SOBRE LA IDENTIFICACIÓN | M. Klein

| sábado, 19 de março de 2011
El Diablo lo lleva a una sala de lectura en busca de una persona en quien pueda cambiarse Fabián-Esménard, y escoge a Emmanuel Fruges; Fruges y el Diablo se reconocen de inmediato, porque Fruges ha estado luchando todo el tiempo contra él, que "tan a menudo y tan pacientemente rondaba a esa alma inquieta". SOBRE LA IDENTIFICACIÓN. 1955
INTRODUCCIÓN

En "Duelo y melancolía" (1917)[1] Freud demostró la relación intrínseca entre identificación e introyección. Su posterior descubrimiento del superyó[2], el que atribuyó a la introyección del padre y a la identificación con el mismo, llevó al reconocimiento de que la identificación como secuela de la introyección constituye una parte del desarrollo normal. A partir de este descubrimiento, la introyección y la identificación han desempeñado un papel central en el pensamiento y la investigación psicoanalíticos.

Antes de comenzar con el verdadero asunto de este trabajo, pienso que seria útil recapitular mis conclusiones principales sobre este tema: el desarrollo del superyó puede ser investigado hasta la introyección en las etapas más tempranas de la infancia; los objetos primarios internalizados forman la base de complejos procesos de identificación; la ansiedad persecutoria, que surge de la experiencia del nacimiento, es la primera forma de ansiedad, seguida muy pronto por la ansiedad depresiva; la introyección y la proyección operan desde el comienzo de la vida postnatal e interactúan constantemente. Esta interacción erige a un tiempo el mundo interno y modela el cuadro de la realidad externa. El mundo interno consiste en objetos, el primero de todos la madre, internalizada en varios aspectos y situaciones emocionales. Las relaciones entre estas figuras internalizadas, y entre las mismas y el yo, tienden a ser experimentadas -cuando predomina la ansiedad persecutoria- principalmente como hostiles y peligrosas; son vividas como buenas y amorosas cuando el niño es gratificado y prevalecen los sentimientos felices. Este mundo interno, que puede describirse en términos de relaciones y sucesos internos, es el producto de los propios impulsos, emociones y fantasías del niño. Por supuesto es profundamente influido por sus buenas y malas experiencias de fuentes externas[3]. Pero al mismo tiempo el mundo interno influye en su percepción del mundo externo de un modo que no es menos decisivo para su desarrollo. La madre, y antes que nada su pecho, es el objeto primario tanto para los procesos introyectivos como para los proyectivos del niño. El amor y el odio son desde el comienzo proyectados sobre ella, y concurrentemente ella es internalizada junto con estas dos contrastantes emociones primordiales, que subyacen a la sensación infantil de que existen una buena y una mala madre (pecho). Cuanto más la madre y su pecho son catectizados -y el grado de la catexia depende de una combinación de factores internos y externos, entre los cuales la capacidad ínsita de amar es de la mayor importancia- tanto más seguramente se establecerá en la mente infantil el pecho bueno internalizado, el prototipo de los buenos objetos internos. Esto a su vez influye en la fuerza y la naturaleza de las proyecciones; en particular determina si son los sentimientos de amor o los impulsos destructivos los que predominan en ellas[4].He descrito en diversos contextos las fantasías sádicas infantiles dirigidas contra la madre. Descubrí que los impulsos y fantasías agresivos que aparecen en la más temprana relación con el pecho materno, tales como succionarlo hasta dejarlo seco y vacío, pronto llevan a nuevas fantasías de entrar en la madre y robarle el contenido de su cuerpo. Coincidentemente, el niño experimenta impulsos y fantasías de atacar a la madre poniendo excrementos en ella. En tales fantasías, se tiene la vivencia de haber disociado productos del cuerpo y partes del propio yo, y haberlos proyectado en la madre, en cuyo interior continúan su existencia. Estas fantasías pronto se extienden al padre y a otras personas. También sostuve que la ansiedad persecutoria y el temor a la retaliación, que resultan de los impulsos oral, uretral y anal-sádicos, subyacen al desarrollo de la paranoia y la esquizofrenia.

No son solamente las partes del propio yo, sentidas como destructivas y "malas", las disociadas y proyectadas en otra persona, sino también partes que son vividas como buenas y valiosas.

He señalado antes que desde el comienzo de la vida el primer objeto del niño, el pecho materno (y la madre), es investido de libido y que esto influye vitalmente en la forma en que la madre es internalizada. Esto a su vez es de gran importancia para la relación con ella como objeto externo e interno. El proceso por el que la madre es investida de libido está vinculado al mecanismo de proyectar buenos sentimientos y buenas partes del yo en ella.

En el curso de la labor posterior llegué también a reconocer la gran importancia que tienen para la identificación ciertos mecanismos proyectivos que son complementarios de los introyectivos. El proceso que subyace al sentimiento de identificación con otras personas, debido al hecho de que se les atribuyen cualidades o actitudes propias, fue dado por sentado aun antes que el correspondiente concepto fuera incorporado a la teoría psicoanalítica. Por ejemplo, el mecanismo proyectivo que fundamenta la empatía es familiar en la vida diaria. Fenómenos bien conocidos en psiquiatría, por ejemplo, la convicción de un paciente de ser realmente Cristo, Dios, un rey, una persona famosa, se vincula con la proyección. Los mecanismos qué fundamentan estos fenómenos, sin embargo, no habían sido investigados en detalle cuando, en mis "Notas sobre algunos mecanismos esquizoides"[5], sugerí la denominación "identificación proyectiva"[6] para esos procesos que forman parte de la posición esquizo-paranoide. Las conclusiones a que llegué en aquel trabajo, con todo, se basaron en algunos de mis hallazgos más tempranos[7], en particular en el de las fantasías e impulsos infantiles oral, uretral y anal-sádicos de atacar el cuerpo materno de diversas maneras, incluyendo la proyección de excrementos y partes del yo en ella. La identificación proyectiva se vincula con procesos evolutivos que aparecen durante los primeros tres o cuatro meses de vida (la posición esquizo-paranoide), cuando la disociación es máxima y la ansiedad persecutoria predomina. El yo se encuentra todavía en gran medida no integrado y es susceptible por ende de disociarse, así como de disociar sus emociones y sus objetos internos y externos, pero la disociación es también una de las defensas fundamentales contra la ansiedad persecutoria. Otras defensas que aparecen en esta etapa son la idealización, la negación y el control omnipotente de los objetos internos y externos. La identificación por proyección implica una combinación de la disociación de partes del yo con la proyección de las mismas sobre (o mejor en) otra persona. Estos procesos tienen muchas ramificaciones e influyen fundamentalmente en las relaciones objetales.

En el desarrollo normal, en el segundo cuarto del primer año la ansiedad persecutoria disminuye y pasa al frente la ansiedad depresiva, como resultado de la mayor capacidad del yo para integrarse y para sintetizar sus objetos. Esto ocasiona culpa y pesar por el daño causado (en las fantasías omnipotentes) a un objeto que es vívido ahora a un tiempo como amado y odiado; estas ansiedades y las defensas contra ellas representan la posición depresiva. En esta coyuntura puede producirse una regresión a la posición esquizo-paranoide, en una tentativa de huir de la depresión.

También sugerí que la internalización es de la mayor importancia para los procesos proyectivos, en particular que el pecho bueno internalizado actúa como punto focal en el yo, desde el cual pueden proyectarse sentimientos buenos en objetos externos. Fortalece al yo, contrarresta los procesos de disociación y dispersión y aumenta la capacidad de síntesis e integración. El objeto bueno internalizado constituye así una de las precondiciones de un yo integrado y estable y de buenas relaciones objetales. La tendencia a la integración, que rivaliza con la disociación, es a mi juicio desde la más temprana infancia un rasgo dominante de la vida mental. Uno de los principales factores que fundamentan la necesidad de integración es la sensación del individuo de que la misma implica estar vivo, amar y ser amado por el objeto bueno interno y externo; es decir, existe una estrecha relación entre integración y relaciones objetales. Recíprocamente, el sentimiento de caos, de desintegración, de falta de emociones como resultado de la disociación, pienso que se vincula estrechamente con el temor a la muerte. Sostuve (en "Mecanismos esquizoides") que el temor a la aniquilación por las fuerzas destructivas de adentro es el más intenso de todos los miedos. La disociación, en cuanto defensa primaria contra el mismo, es efectiva en la medida en que produce una dispersión de la ansiedad y una supresión de emociones. Pero fracasa en otro sentido porque deriva en un sentimiento análogo a la muerte -que esto es lo que significan el sentimiento de caos y la desintegración concomitante-. Pienso que los sufrimientos de los esquizofrénicos no son plenamente apreciados, puesto que parecen carecer de emociones.

Quisiera aquí agregar algo a mi trabajo sobre los "Mecanismos esquizoides". Sugeriría que un objeto bueno establecido con seguridad, que implica un amor por el mismo seguramente establecido, proporciona al yo una sensación de riqueza y abundancia que permite una efusión de libido y una proyección de partes buenas del yo en el mundo externo, sin que surja un sentimiento de depleción. El yo entonces puede sentir que es capaz de reintroyectar el amor que ha repartido, así como incorporar bondad de otras fuentes, y de ese modo, enriquecerse con todo el proceso. En otras palabras, en tales casos hay un equilibrio entre dar y recibir, entre proyección e introyección.

Además, cada vez que es incorporado un pecho indemne, en estados de gratificación y amor, esto afecta los modos en los que el yo disocia y proyecta. Como he sugerido, existen diversos procesos disociativos (acerca de los cuales nos queda todavía mucho por averiguar) y su naturaleza es de gran importancia para el desarrollo del yo. El sentimiento de contener un pezón y un pecho indemnes -si bien coexiste con fantasías de un pecho devorado, por ende en pedazos- tiene como efecto que la disociación y la proyección no estén predominantemente relacionadas con partes fragmentadas de la personalidad, sino con partes más coherentes del propio yo. Esto implica que el yo no está expuesto a un fatal debilitamiento por dispersión, y por esta razón es más capaz de contrarrestar repetidamente la disociación y alcanzar la integración y la síntesis en su relación con los objetos.

Recíprocamente, el pecho introducido con odio, y por ello vivido como destructivo, se convierte en el prototipo de todos los malos objetos internos, impulsa al yo a una mayor disociación y deviene el representante interno del instinto de muerte.

He mencionado ya que, simultáneamente con la internalización del pecho bueno, la madre externa es catectizada también con libido. En varios contextos ha descrito Freud este proceso y algunas de sus implicaciones: por ejemplo, refiriéndose a la idealización en una relación de amor, manifiesta[8] que "el objeto está siendo tratado del mismo modo que nuestro propio yo, de manera que cuando estamos enamorados una considerable cantidad de libido narcisista desborda sobre el objeto... Lo amamos a causa de las perfecciones que hemos tendido a alcanzar para nuestro propio yo.. "[9].En mi concepto, los procesos que Freud describe implican que se siente este objeto amado como el continente de la parte disociada, amada, y valorada del si-mismo, que así continúa su existencia dentro del objeto. De tal suerte se transforma en una extensión del si-mismo[10]. Lo dicho más arriba es un breve resumen de mis hallazgos expuestos en "Notas sobre algunos mecanismos esquizoides"[11]. Sin embargo, no me limité a los puntos allí discutidos, sino que agregué algunas nuevas sugerencias y amplifiqué otras que estaban implícitas pero no se mencionaban abiertamente en aquel trabajo. Me propongo ahora ejemplificar algunos de estos hallazgos por medio del análisis de una narración del novelista francés Julien Green[12].
UNA NOVELA QUE ILUSTRA LA IDENTIFICACIÓN PROYECTIVA

El héroe, un joven escribiente llamado Fabián Especel, es desgraciado y está insatisfecho consigo mismo, en especial por su aspecto, su falta de éxito con las mujeres, su pobreza y el trabajo inferior a que se siente condenado. Encuentra sus creencias religiosas, que atribuye a imposiciones de su madre, muy pesadas, sin lograr empero liberarse de ellas. Su padre, fallecido cuando Fabián todavía se hallaba en la escuela, había despilfarrado todo su dinero en el juego, había llevado una vida "alegre" con las mujeres, y había muerto por una crisis cardíaca que se pensaba resultado de su vida disoluta. La pronunciada pesadumbre y rebelión de Fabián contra su suerte se vinculan con el resentimiento hacia su padre, cuya irresponsabilidad lo había privado de una mayor educación y mejores perspectivas. Estos sentimientos, parece, contribuyen al insaciable deseo de Fabián de riquezas y éxito, y a su intensa envidia y odio por los que tienen mas.

La esencia de la narración la constituye el mágico poder de convertirse en otras personas que es conferido a Fabián merced a un pacto con el Diablo, que lo seduce con falsas promesas de felicidad a aceptar el siniestro don. El Diablo enseña a Fabián una fórmula secreta mediante la cual puede efectuarse el cambio. Esta incluye su propio nombre, Fabián, y es de gran importancia que recuerde -pase lo que pase- la fórmula y su nombre.

La primera elección de Fabián la constituye el mozo que le trae una taza de café, que es todo lo que puede permitirse como desayuno. Esta tentativa de proyección no se realiza porque a esta altura todavía considera los sentimientos de sus futuras víctimas, y el mozo, al ser preguntado por Fabián si desearía cambiar lugares con él, se rehúsa. La próxima elección de Fabián es su empleador, Poujars. Envidia grandemente a este hombre, que es rico, que puede -según supone Fabián- gozar plenamente de la vida, y tiene poder sobre otras personas, en particular sobre Fabián. El autor describe la envidia que siente Fabián por Poujars en estos términos: "¡Ah! el sol. A menudo le parecía que el señor Poujars lo tenía escondido en su bolsillo."

Fabián también está muy resentido con su empleador porque se siente humillado por él y aprisionado en su oficina.

Antes de murmurar la fórmula al oído de Poujars, Fabián le habla del mismo modo despectivo y humillante que el empleador utilizaba con él. La transformación tiene el efecto de hacer que la víctima entre al cuerpo de Fabián y se desmaye; Fabián (ahora en el cuerpo de Poujars) extiende un cheque por una suma importante a favor de Fabián. Encuentra en el bolsillo de Fabián su dirección, que anota cuidadosamente. (Este trozo de papel con el nombre y la dirección de Fabián lo lleva consigo en sus dos siguientes transformaciones.) Asimismo dispone que Fabián, en cuyo bolsillo ha colocado el cheque, sea llevado a su hogar, donde sería cuidado por su madre. El destino del cuerpo de Fabián está muy presente en la mente de Fabián-Poujars, porque siente que algún día podría querer retornar a su antigua personalidad; por lo tanto no desea ver recobrar la conciencia a Fabián, ya que teme los ojos asustados de Poujars (con quien cambió de lugar) mirando desde un rostro que fue el suyo. Se pregunta, mirando a Fabián, quien sigue aún inconsciente, si alguien alguna vez lo quiso, y se alegra de haberse librado de esa apariencia poco atractiva y de esas ropas miserables.

Fabián-Poujars muy pronto descubre ciertos inconvenientes en su transformación. Se siente oprimido por su nueva corpulencia; ha perdido su apetito y se da cuenta de la enfermedad renal que aqueja a Poujars. Descubre con disgusto que no sólo ha asumido la apariencia de Poujars sino también su personalidad. A esta altura ha quedado extrañado de su antiguo ser y recuerda poco sobre la vida y circunstancias de Fabián. Decide que no ha de quedarse un minuto más de lo necesario en la piel de Poujars.

Al abandonar la oficina con la libreta de Poujars en su poder comprende gradualmente que se ha colocado a sí mismo en una situación extremadamente seria. Porque no sólo le disgustan el aspecto, personalidad, y recuerdos ingratos que ha adquirido, sino que también está preocupado en grado sumo por la falta de fuerza de voluntad e iniciativa que están de conformidad con la edad de Poujars; el pensamiento de que podría no ser capaz de reunir la energía para transformarse en alguien distinto lo llena de horror. Decide que como próximo objeto debe elegir a alguien que sea joven y sano. Cuando ve en un café a un joven atlético de cara desagradable, con aspecto arrogante y pendenciero, pero cuya presencia global muestra confianza en si mismo, vigor y salud, Fabián-Poujars -sintiéndose crecientemente preocupado porque no pudiera nunca desembarazarse de Poujars- decide aproximarse al joven a pesar de tenerle mucho miedo. Le ofrece un fajo de billetes de banco que Fabián-Poujars desea tener después de la transformación, y mientras distrae así la atención del hombre se ingenia para susurrar la fórmula en su oído y deslizar la tira de papel con el nombre y dirección de Fabián en su bolsillo. A los pocos momentos Poujars, cuya persona acaba de abandonar Fabián, ha caído y Fabián se ha convertido en el joven Paul Esménard. Está lleno de la gran alegría de sentirse joven, sano y fuerte. Ha perdido mucho más que en la primera transformación su personalidad original y se ha hecho de una nueva; se sorprende de hallar en su mano un fajo de billetes y en su bolsillo una tira de papel con el nombre y dirección de Fabián. Pronto piensa en Berthe, la joven cuyos favores Paul Esménard ha estado tratando de ganar, hasta el momento sin éxito. Entre otras cosas desagradables, Berthe le manifestó que posee la cara de un asesino y que ella le tiene miedo. El dinero en su bolsillo le da confianza y se dirige directamente a su casa, determinado a hacerla complacer sus deseos.

Si bien Fabián ha quedado sumergido en Paul Esménard, se siente cada vez más aturdido por el nombre Fabián que ha leído en la tira de papel. "Ese nombre permaneció en cierto modo en el corazón mismo de su ser." Una sensación de estar prisionero en un cuerpo desconocido y agobiado por unas manos grandes y un cerebro de lento funcionamiento se posesiona de él. No puede desentrañarla, y lucha ineficazmente con su propia estupidez; se pregunta qué puede significar su deseo de estar libre. Todo esto atraviesa su mente mientras se dirige hacia Berthe. Entra violentamente a su habitación, aunque ella trata de cerrar la puerta contra él. Berthe grita, él la silencia tapándole la boca, y en la lucha que se sucede la estrangula. Sólo gradualmente se da cuenta de lo que ha hecho; se aterroriza y no se atreve a dejar el departamento de Berthe dado que oye gente moviéndose en la casa. De pronto oye un golpe a la puerta, la abre y se encuentra con el Diablo, a quien no reconoce. El Diablo se lo lleva, le enseña de nuevo la fórmula que Fabián-Esménard ha olvidado, y lo ayuda a recordar algo de su condición original. También le previene que en el futuro no debe entrar en una persona demasiado estúpida para emplear la fórmula y por ende incapaz de efectuar posteriores transformaciones.

El Diablo lo lleva a una sala de lectura en busca de una persona en quien pueda cambiarse Fabián-Esménard, y escoge a Emmanuel Fruges; Fruges y el Diablo se reconocen de inmediato, porque Fruges ha estado luchando todo el tiempo contra él, que "tan a menudo y tan pacientemente rondaba a esa alma inquieta". El Diablo lleva a Fabián-Esménard a murmurar la fórmula al oído de Fruges y la transformación se efectúa. Tan pronto como Fabián ha penetrado en el cuerpo y la personalidad de Fruges, recobra su capacidad de pensar. Se pregunta acerca del destino de su última víctima y está un tanto preocupado por Fruges (ahora en el cuerpo de Esménard), quien será condenado por el crimen de Fabián-Esménard. En parte se siente responsable por el crimen porque, como el Diablo le señala, las manos que lo cometieron le pertenecían tan sólo unos pocos minutos antes. Antes de separarse del Diablo inquiere también sobre el Fabián original y sobre Poujars. Mientras recobra algunos recuerdos sobre sus anteriores personalidades, observa que cada vez más se convierte en Fruges y adquiere la suya. Al mismo tiempo se da cuenta de que sus experiencias han aumentado su comprensión del resto de la gente, porque ahora puede entender mejor lo que pasaba en las mentes de Poujars, Paul Esménard y Fruges. También siente simpatía, una emoción que nunca ha conocido antes, y vuelve una vez más para ver lo que Fruges -en el cuerpo de Paul Esménard- hace. No obstante, saborea no sólo el pensamiento de su propia huida sino también de lo que su víctima habrá de sufrir en su lugar.

El autor nos relata que algunos elementos de la naturaleza original de Fabián entran más en esta transformación que en cualquiera de las previas. En particular el lado inquisitivo del carácter de Fabián impulsa a Fabián-Fruges a descubrir más y más sobre la personalidad de Fruges. Entre otras cosas descubre que le atraen las postales obscenas que compra a una vieja mujer en una pequeña librería, donde las postales se ocultan detrás de otros artículos. Fabián está disgustado con este aspecto de su nueva naturaleza; odia el ruido que hace el estante giratorio sobre el que se disponen las postales, y siente que este ruido lo perseguirá siempre. Decide desembarazarse de Fruges, a quien ahora es capaz en cierto grado de juzgar con los ojos de Fabián.

Pronto entra al negocio un niño pequeño de alrededor de seis años. George es la imagen de la "inocencia con mejillas como manzanas" y Fabián-Fruges se siente de inmediato muy atraído por él. George le hace recordar a sí mismo cuando tenía esa edad y siente gran ternura hacia el niño. Fabián-Fruges sigue a George fuera del comercio y lo observa con gran interés. Repentinamente siente la tentación de transformarse en el niño. Lucha contra esta tentación como nunca, piensa, ha luchado antes contra la tentación, porque sabe que sería criminal robar la personalidad y la vida del niño. Sin embargo, decide convertirse en George, se arrodilla a su lado y pronuncia la fórmula en su oído, en un estado de gran remordimiento y emoción. Pero nada sucede, y Fabián-Fruges comprende que la magia no obra sobre el niño porque el Diablo no tiene poder sobre él.

Fabián-Fruges se horroriza ante la idea de que pudiera no ser capaz de apartarse de Fruges, quien le disgusta más y más. Siente que es prisionero de Fruges y lucha por mantener vivo el aspecto Fabián de sí mismo, porque comprende que a Fruges le falta la iniciativa que le ayudaría a escapar. Realiza varios intentos de acercarse a la gente, pero fracasa y pronto se desespera, teme que el cuerpo de Fruges sea su tumba y que tenga que permanecer en el mismo hasta su muerte. "Tenia todo el tiempo la impresión de que estaba siendo lenta pero seguramente encerrado; que una puerta que había permanecido abierta estaba ahora cerrándose gradualmente sobre él." Finalmente logra transformarse en un bello y saludable joven de veinte años llamado Camille. A esta altura el autor nos introduce por primera vez en un círculo familiar, consistente en la esposa de Camille, Stéphanie, su prima Elise, Camille mismo, su hermano menor, y el viejo tío que los había adoptado a todos cuando eran niños.

Cuando entra a la casa, Fabián-Camille parece estar buscando algo. Sube las escaleras mirando las diferentes habitaciones, hasta que llega al cuarto de Elise. Cuando se ve allí reflejado en un espejo se llena de alegría al comprobar que es hermoso y fuerte, pero un momento más tarde descubre que en realidad se ha convertido en una persona infeliz, débil, e inútil y decide librarse de Camille. Al mismo tiempo se ha dado cuenta del apasionado y no correspondido amor de Elise por Camille. Elise entra y él le dice que la ama y que debería haberse casado con ella en vez de su prima Stéphanie. Elise, atónita y atemorizada desde que Camille nunca le había dado signos de retribuir su amor, huye. Dejado solo en la habitación de Elise, Fabián-Camille piensa con simpatía en los sufrimientos de la joven y que podría hacerla feliz amándola. Entonces piensa de súbito que si esto fuera así él podría ser feliz convirtiéndose en Elise. Sin embargo, desecha esta posibilidad porque no puede estar seguro de que Camille, si Fabián se transformara en Elise, habría de amarla. Ni siquiera está seguro de si él mismo -Fabián- ama a Elise. Mientras piensa sobre esto, se le ocurre que lo que ama en Elise son sus ojos, que de alguna manera le resultan familiares.

Antes de dejar la casa, Fabián-Camille toma venganza del tío, que es un hombre hipócrita y tirano, por todo el daño que ha causado a la familia. También venga especialmente a Elise castigando y humillando a su rival Stéphanie. Fabián-Camille, habiendo insultado al viejo, lo deja en un estado de ira impotente y se va sabiendo que ha hecho imposible para sí retornar nunca a esta casa bajo el aspecto de Camille. Pero antes de partir insiste en que Elise, quien todavía le teme, lo escuche una vez más. Le manifiesta que no la ama realmente y que debe abandonar su desdichada pasión por Camille o será siempre infeliz.

Como antes, Fabián siente resentimiento contra la persona en quien se ha convertido, porque la descubre falta de valor; por lo tanto pinta con gozo cómo Camille, cuando Fabián lo haya abandonado, será recibido por su tío y su mujer. La única persona que lamenta abandonar es Elise; y de repente se le ocurre a quién se parece. Sus ojos tienen "en ellos toda la tragedia de una nostalgia que no puede nunca ser satisfecha", y de inmediato cobra conocimiento de que son los ojos de Fabián. Cuando este nombre, que ha olvidado por completo, vuelve a él y lo pronuncia en voz alta, su sonido le recuerda confusamente "un país lejano" conocido tan sólo en el pasado por sueños. Porque su recuerdo real de Fabián ha desaparecido completamente, y en su prisa por escapar de Fruges y transformarse en Camille no ha llevado consigo ni el nombre y dirección de Fabián ni el dinero. Desde este momento en adelante la nostalgia de Fabián se apodera de él y lucha por recobrar sus viejos recuerdos. Es un niño quien lo ayuda a reconocer que él mismo es Fabián, porque cuando el pequeño pregunta cuál es su nombre, contesta inmediatamente "Fabián". Ahora Fabián-Camille se desplaza más y más física y mentalmente en la dirección en que Fabián puede ser hallado, porque, como dice, "quiero ser yo mismo otra vez". Caminando por las calles exclama este nombre, que corporiza su deseo mayor, y espera para obtener una respuesta. La fórmula que ha olvidado se le presenta y espera que también recordará el apellido de Fabián. En el camino a su hogar cada edificio, piedra y árbol adquiere un significado particular; siente que están "cargados con algún mensaje para él" y sigue andando, llevado por un impulso.

Así es como llega a entrar al comercio de la vieja mujer que había sido tan familiar a Fruges. Siente que al explorar este oscuro local está también "explorando un rincón secreto de su propia memoria, mirando por así decir su propia mente", y se siente lleno de "depresión abismal". Cuando impulsa el estante giratorio que contiene las postales el chirrido lo afecta extrañamente. Abandona el local apresuradamente. El próximo mojón es la sala de lectura en la que, con ayuda del Diablo, Fabián-Esménard se transformó en Fruges. Grita "Fabián", pero no obtiene respuesta. Luego pasa por la casa en que Fabián-Esmérand mató a Berthe y se siente impulsado a entrar y descubrir lo que ha sucedido detrás de esa ventana que la gente señala; se pregunta si no es ésta quizá la habitación en que vive Fabián, pero se llena de temor y se escabulle cuando oye a la gente hablar sobre el crimen que se cometió tres días antes; el asesino no ha sido todavía hallado. Al seguir caminando, las casas y los negocios se vuelven aun más familiares para él, y se siente profundamente conmovido cuando llega al sitio en que el Diablo trató por primera vez de ganar a Fabián. Finalmente llega a la casa en que vive Fabián y el portero deja pasar a Fabián-Camille. Cuando comienza a subir las escaleras un súbito dolor atenaza su corazón.

Durante los tres días en que todos estos sucesos ocurrieron Fabián había estado inconsciente en su lecho, cuidado por su madre. Comienza a recobrar los sentidos y se inquieta cuando se acerca Fabián-Camille y sube las escaleras. Fabián oye a Fabián-Camille pronunciar su nombre desde atrás de la puerta, sale de la cama y se acerca a la misma, pero es incapaz de abrirla. Por el agujero de la cerradura Fabián-Camille pronuncia la fórmula y se retira. Fabián es hallado inconsciente junto a la puerta por su madre, pero pronto se recupera y gana fuerzas. Trata desesperadamente de descubrir lo que sucedió durante los días en que estuvo inconsciente y en especial sobre el encuentro con Fabián-Camille; pero se le contesta que nadie ha venido y que ha estado en coma durante tres días desde su desmayo en la oficina. Con su madre sentada junto a su cama se siente invadido por el deseo de ser amado por ella y de poder expresarle su amor. Desea tocar su mano, arrojarse en sus brazos, pero siente que ella no respondería. A pesar de esto comprende que si su amor hubiera sido más fuerte ella lo habría amado más. El intenso afecto que experimenta hacia ella se extiende súbitamente a toda la humanidad y se siente desbordante de una inenarrable felicidad. Su madre le sugiere que rece, pero él sólo puede recordar las palabras "Padre Nuestro". Entonces se siente nuevamente abrumado por esta misteriosa felicidad, y muere.
INTERPRETACIONES
I

El autor de esta novela posee una profunda comprensión de la mente inconsciente; esto se ve tanto en la forma en que describe los sucesos y personajes como -lo que es de especial interés aquí- en su elección de la gente en que Fabián se proyecta. Mi interés en la personalidad y las aventuras de Fabián, que ilustran, como se ve, algunos de los complejos y aún oscuros problemas de la identificación proyectiva, me llevan a intentar un análisis de este rico material, casi como si se tratara de un paciente.

Antes de ocuparme de la identificación proyectiva, que para mi constituye el tema principal de este libro, he de considerar la interacción entre procesos introyectivos y proyectivos, que también -pienso- está ilustrada en la novela. Por ejemplo, el autor describe el desdichado impulso de Fabián a contemplar las estrellas. "Siempre que miraba de este modo a la noche que todo lo cubría, tenía una sensación de ser transportado suavemente por encima del mundo... Era casi como si por el mismo esfuerzo de mirar al espacio se estuviera abriendo dentro suyo una especie de golfo, correspondiendo a las vertiginosas profundidades en que su imaginación atisbaba". Esto, pienso, significa que Fabián está simultáneamente mirando a la distancia y dentro suyo; incorporando al cielo y a las estrellas así como proyectando en ellos sus objetos internos amados y las partes buenas de si mismo. También interpretaría su intenso mirar las estrellas como una tentativa de recuperar sus objetos buenos que siente perdidos o lejanos.

Otros aspectos de las identificaciones introyectivas de Fabián arrojan luz sobre sus procesos proyectivos. En una oportunidad, cuando está solitario por la noche en su habitación, siente, como a menudo, que desea escuchar "algunos signos de vida provenientes de los otros habitantes del edificio que lo rodean". Fabián coloca el reloj de oro de su padre sobre la mesa; siente gran afecto por él y le gusta especialmente a causa de "su opulencia y brillo y de las figuras claramente marcadas en su faz". De una manera vaga este reloj también le da una sensación de confianza. Mientras reposa sobre la mesa entre sus papeles, Fabián siente que la habitación adquiere un aire de orden y seriedad, quizá debido al "inquieto aunque calmante sonido de su tictac, reconfortante en medio del silencio invasor". Contemplando el reloj y escuchando su sonido, medita sobre las horas de alegría y miseria que ha marcado en la vida de su padre, y se le ocurre que está vivo y es independiente de su fallecido dueño anterior. En un pasaje previo el autor manifiesta que desde la infancia siempre "Fabián había sido perseguido por la sensación de una presencia interior que, de cierto modo que él no podría haber descrito, se hallaba siempre más allá del alcance de su propia conciencia...". Yo concluiría que el reloj posee algunas de las cualidades de una naturaleza paterna, tales como el orden y la seriedad, que imparte a la habitación y en un sentido más profundo a Fabián mismo; en otras palabras, el reloj representa al padre bueno internalizado, a quien desea sentir siempre presente. Este aspecto del superyó, que se vincula con la actitud altamente moral y ordenada de su madre, contrasta con las pasiones del padre y con su vida "alegre", de la que también el ruido del reloj trae recuerdos a Fabián. El se identifica con esta parte frívola también, como se evidencia en su conceder tanta importancia a sus conquistas de mujeres; si bien tales éxitos no le proporcionan mucha satisfacción.

Aun otro aspecto del padre internalizado aparece bajo la forma del Diablo. Porque leemos que cuando el Diablo va hacia él, Fabián oye pasos resonando en la escalera: "Comenzó a oír esos resonantes pasos como un pulso latiendo en sus propias sienes".

Un poco más tarde, cuando se enfrenta con el Diablo, le parece "que la figura que tiene enfrente seguirá creciendo y creciendo hasta extenderse como una oscuridad por toda la habitación". Esto, pienso, expresa la internalización del Diablo (el padre malo), indicando la oscuridad también el terror que siente al haber incorporado un objeto tan siniestro. Un poco más adelante, cuando Fabián está viajando en un carruaje con el Diablo, se queda dormido y sueña "que su compañero se deslizó por el asiento hacia él" y que su voz "parecía enroscarse en torno suyo, atándole los brazos, sofocándolo con su flujo untuoso". Veo en esto el temor de Fabián a la intrusión del objeto malo en él. En mis "Notas sobre algunos mecanismos esquizoides" describí estos temores como consecuencia del impulso a hacer intrusión en otra persona, esto es, de la identificación proyectiva. El objeto externo que irrumpe en el sí-mismo y el objeto malo que ha sido introyectado tienen mucho en común; estas dos ansiedades están estrechamente vinculadas y pueden reforzarse entre sí. Esta relación con el Diablo repite, me parece, los sentimientos tempranos de Fabián acerca de un aspecto de su padre -el padre seductor vivido como malo-. Por otro lado, el componente moral de sus objetos internalizados puede verse en el ascético desprecio del Diablo por "los placeres de la carne"[13]. Este aspecto estaba influido por la identificación de Fabián con la madre moral y ascética, representando el Diablo así a ambos padres a un tiempo. He indicado algunos aspectos de su padre que Fabián había internalizado. Su incompatibilidad era en él una fuente de inacabable conflicto, que se incrementaba por el conflicto real entre sus padres y había sido perpetuado por su internalización de los padres en su relación desdichada de cada uno con el otro. Las diversas maneras en que se identificaba con su madre no eran menos complejas, como espero demostrar. La persecución y la depresión que surgían de estas relaciones internas contribuyeron mucho a la soledad de Fabián, sus humores inquietos y su necesidad de huir de su odiado ser[14]. El autor cita en su prefacio los versos de Milton "Te has convertido (oh, la prisión peor) en el calabozo de ti mismo".Una tarde, después de haber estado vagando sin objeto por las calles, la idea de regresar a su habitación llena a Fabián de horror. Sabe que todo lo que ha de encontrar allí es a sí mismo; tampoco puede escapar hacia un nuevo asunto amoroso, porque comprende que nuevamente, como siempre, se cansaría rápidamente del mismo. Se pregunta por qué es tan difícil de complacer y recuerda que alguien le había dicho que lo que él deseaba era una "estatua de oro y marfil"; piensa que esta gran melindrería podría ser una herencia de su padre (el tema de Don Juan). Ansía escapar de sí mismo, aunque más no sea por una hora, para alejarse de las "interminables argumentaciones" que se suceden dentro suyo. Parecería que sus objetos internalizados estuvieran haciéndote demandas incompatibles y que éstas fueran las "interminables argumentaciones" por las que se sentía tan perseguido[15].No sólo odia a sus perseguidores internos sino que también se siente desvalorizado porque contiene tan malos objetos. Esto es un corolario del sentimiento de culpa, porque siente que sus impulsos y fantasías agresivas han convertido a los padres en perseguidores retaliativos o los han destruido. De este modo el odio de si mismo, aunque dirigido contra los malos objetos internos, se centra finalmente sobre los propios impulsos del individuo, que son vividos como peligrosos y destructivos tanto en el pasado como en el presente para el yo y sus objetos buenos.

La voracidad, la envidia y el odio, fuente principal de las fantasías agresivas, son rasgos dominantes del carácter de Fabián, y el autor nos muestra que estas emociones impulsan a Fabián a apoderarse de las posesiones de otras personas, sean materiales o espirituales; lo llevan irresistiblemente a lo que he descrito como identificaciones proyectivas. En determinado punto, cuando Fabián ha realizado ya el pacto con el Diablo y está próximo a probar su nuevo poder, exclama "¡Humanidad, la gran copa de la que beberé en breve!" Esto sugiere el deseo voraz de beber de un pecho inagotable. Podemos suponer que estas emociones y las identificaciones voraces por introyección y proyección fueron experimentadas primero en las relaciones de Fabián con sus objetos primarios, madre y padre. Mi experiencia analítica me ha demostrado que los procesos de introyección y proyección en la vida adulta repiten en cierta medida el molde de las introyecciones y proyecciones más tempranas; el mundo externo es una y otra vez incorporado y puesto afuera -reintroyectado y reproyectado-. La voracidad de Fabián, como puede colegirse de la novela, es reforzada por el odio a sí mismo y el impulso a escapar de su propia personalidad.
II

Mi interpretación de la novela implica que el autor ha presentado aspectos fundamentales de la vida emocional en dos planos: las experiencias del niño y su influencia sobre la vida del adulto. En las últimas pocas páginas me he ocupado de las emociones, ansiedades, introyecciones y proyecciones infantiles que presumo que subyacen al carácter y a las experiencias adultas de Fabián.

He de sostener estas suposiciones analizando algunos nuevos episodios que no he mencionado en el relato de la novela. Al reunir los diversos incidentes desde esta perspectiva particular, no he de seguir el orden cronológico ya sea del libro o de la evolución de Fabián. Los considero más bien como la expresión de ciertos aspectos de la evolución infantil, y debemos recordar que especialmente en la infancia las experiencias emocionales no son solamente consecutivas sino en gran medida simultáneas.

Hay un interludio en la novela que me parece de la mayor importancia para la comprensión del desarrollo temprano de Fabián. Fabián-Fruges se ha ido a dormir muy deprimido por su pobreza y su inadecuación, y lleno de temor porque no fue capaz de cambiarse en algún otro. Al despertar comprueba que es una brillante mañana de sol. Se viste con más cuidado que de costumbre y, sentándose al sol, se exalta. Todas las caras que lo rodean parecen ser hermosas. También piensa que en esta admiración de la belleza no hay "nada de la lujuriosa codicia que eran tan apta para envenenar incluso sus momentos de contemplación realmente seria; por el contrario, simplemente admiraba y lo hacía con un toque de casi religioso respeto".

Sin embargo, pronto se siente hambriento puesto que no ha desayunado, y a esto atribuye un ligero aturdimiento que experimenta junto con la esperanza y la exaltación. Comprende, empero, que su estado de felicidad es también peligroso porque debe acicatearse a sí mismo a la acción de manera de convertirse en alguien distinto; pero antes que nada es impulsado por el hambre a encontrar algún alimento[16]. Se dirige a una panadería a comprar un panecillo. El mismo olor de la harina y del pan caliente recuerda siempre a Fruges las vacaciones de la infancia en el campo, en una casa llena de niños. Yo creo que todo el local se transforma en su mente en la madre que alimenta. Queda embelesado al mirar una gran canasta de panes frescos y extiende su mano hacia ellos cuando oye la voz de una mujer preguntándole qué desea. A esto salta como "un sonámbulo que ha sido despertado súbitamente". Ella también huele bien -"como un campo de trigo"-, anhela tocarla y le sorprende sentir temor de hacerlo. Está absorto por su belleza y siente que por ella podría abandonar todas sus creencias y esperanzas. Al observar con deleite todos sus movimientos cuando le alcanza un panecillo, se detiene en sus pechos, cuyo perfil puede adivinar bajo su vestimenta. La blancura de su piel lo intoxica y se llena de un deseo irresistible de poner sus manos en torno a su cintura. Tan pronto como deja el local se siente abrumado de miseria. De repente siente una fuerte tentación de tirar el pan al suelo y pisotearlo con "sus brillantes zapatos negros... para insultar la santidad misma del pan."

Recuerda entonces que la mujer lo tocó y "en una pasión de deseo frustrado muerde furiosamente en la parte más gruesa del pan". Ataca incluso sus restos triturándolos en su bolsillo y al mismo tiempo le parece que una miga estuviera atravesada como una piedra en su garganta. Se siente agonizar. "Algo estaba latiendo y aleteando como un segundo corazón justo encima de su estómago, pero algo grande y pesado". Al pensar nuevamente en la mujer, concluye con amargura que nunca ha sido amado. Todos sus asuntos con muchachas han sido sórdidos y nunca antes había encontrado en una mujer "esa plenitud del pecho cuya misma idea lo torturaba ahora con su persistente imagen."

Decide retornar al negocio para por lo menos echarle otra mirada, porque sus deseos parecen "estar quemándolo". La encuentra aun más deseable y se percata de que su mirada casi equivale a tocarla. Observa entonces a un hombre que le habla, con su mano puesta afectuosamente sobre su brazo de "láctea blancura". La mujer sonríe al hombre y discuten planes para la tarde. Fabián-Fruges está seguro de que no ha de olvidar esta escena nunca "estando cada detalle investido de trágica importancia". Las palabras que el hombre le ha dicho resuenan aún en sus oídos. No puede "apagar el sonido de esa voz que desde algún lugar de adentro continuaba todavía hablando". Con desesperación cubre sus ojos con las manos. No puede recordar ninguna ocasión en que haya sufrido tan agudamente por sus deseos.

Yo veo en los detalles de este episodio revivido el poderoso deseo de Fabián por el pecho materno con la consiguiente frustración y odio; su deseo de pisotear el pan con sus zapatos negros expresa sus ataques anal-sádicos, y su furioso morder en el pan su canibalismo y sus impulsos oral-sádicos. Toda la situación parece estar internalizada y todas sus emociones, con la desilusión y los ataques subsiguientes, se aplican también a la madre internalizada. Esto está demostrado por el furioso triturar de los remanentes del panecillo en su bolsillo, por la sensación de que una miga se le ha atascado como una piedra en la garganta e (inmediatamente después) que un segundo y más grande corazón latía dentro suyo encima del estómago. En este mismo episodio la frustración experimentada frente al pecho y en la relación más temprana con la madre parece estar estrechamente vinculada a la rivalidad con el padre. Esto representa una situación muy primitiva cuando el niño, privado del pecho de la madre, siente que algún otro, antes que nadie el padre, se lo ha quitado y lo está gozando -una situación de envidia y celos que me parece parte de las etapas mas tempranas del complejo de Edipo. Los apasionados celos de Fabián-Fruges frente al hombre que, según cree, posee a la panadera por la noche, se relacionan también con una situación interna, dado que siente que puede oír dentro suyo la voz del hombre hablando a la mujer. Yo sacaría en conclusión que el incidente que ha presenciado con tan fuerte emoción representa la escena primaria que ha internalizado en el pasado. Cuando, en este estado emocional, cubre sus ojos con su mano, está reviviendo -pienso- el deseo del niño pequeño de no haber nunca visto ni incorporado la escena primaria.

La parte siguiente de este capítulo trata de la sensación de culpa de Fabián-Fruges por sus deseos, que siente que debe destruir "como la basura es consumida por el fuego". Entra a una iglesia sólo para comprobar que no hay agua bendita en la pila, que está "seca como un hueso", y se indigna mucho por tal negligencia de los deberes religiosos. Se arrodilla en un estado de depresión y piensa que sería necesario un milagro para aliviar su culpa y su tristeza y resolver sus conflictos sobre religión que han aparecido en este momento. Pronto sus quejas y acusaciones se vuelven contra Dios. ¿Por qué lo ha creado El para ser "tan enfermo y arrastrado como una rata envenenada"? Entonces recuerda un viejo libro sobre las muchas almas que podrían haber venido a la vida pero quedaron nonatas. Se trataba así de una cuestión de elección divina, y este pensamiento lo conforta. Incluso se exalta porque está vivo "y se aferra de su costado con ambas manos como para asegurarse del latido de su corazón". Reflexiona entonces que estas ideas son infantiles, pero concluye que "la verdad misma" es "la concepción de un niño". Inmediatamente después de eso coloca luces votivas en todos los lugares vacíos del estante. Una voz interior lo tienta nuevamente, diciéndole lo hermoso que sería ver a la panadera a la luz de todas estas pequeñas velas.

Mi conclusión es que su culpa y desesperación se refieren a la destrucción fantaseada de la madre externa e interna y de sus pechos, y a la rivalidad criminal con su padre, es decir al sentimiento de que sus buenos objetos internos y externos han sido destruidos por él. Esta ansiedad depresiva estaba vinculada a una persecutoria. Porque Dios, que representaba al padre, era acusado de haberlo hecho una criatura mala y envenenada.

Fluctúa entre esta acusación y un sentimiento de satisfacción por haber sido creado con preferencia a las almas no nacidas y estar vivo. Sugiero que las almas que nunca han llegado a la vida representan los hermanos y hermanas no nacidos de Fabián. El hecho de que fuera hijo único era al mismo tiempo una causa de culpa y -desde que había sido elegido para nacer mientras que ellos no- de satisfacción y gratitud hacia el padre. La idea religiosa de que la verdad "es la concepción de un niño" adquiere así otro significado. El mayor acto de creación es crear un niño, porque esto significa perpetuar la vida. Pienso que cuando Fabián-Fruges coloca velas en todos los lugares vacantes del estante y las enciende, esto significa preñar a la madre y traer a la vida a los niños no nacidos. El deseo de ver a la panadera a la luz de las velas expresaría así el deseo de verla preñada de todos los niños que él le daría. Aquí hallamos el "pecaminoso" deseo incestuoso por la madre así como la tendencia a reparar dándole todos los niños que él había destruido. A este respecto, su indignación por la pila "seca como hueso" no tiene solamente una base religiosa. Veo en ella la ansiedad del niño por la madre que es frustrada y olvidada por el padre, en lugar de ser amada y quedar preñada por él. Esta ansiedad es particularmente fuerte en hijos menores y únicos porque la realidad de no haber nacido ningún otro niño parece confirmar el sentimiento culposo de haber impedido el coito entre los padres, el embarazo de la madre y la llegada de otros niños, por odio, celos y ataques al cuerpo materno[17].Dado que supongo que Fabián-Fruges había expresado su destrucción del pecho materno al atacar el pan que le diera la panadera, saco en conclusión que la pila "seca como un hueso" representa también al pecho succionado hasta dejarlo seco y destruido por su voracidad infantil.
III

Es significativo que el primer encuentro de Fabián con el Diablo se produzca cuando se está sintiendo agudamente frustrado porque su madre, que insistía en que fuera a comulgar el día siguiente, le había impedido de ese modo embarcarse aquella tarde en un nuevo asunto amoroso; y cuando Fabián se rebela y efectivamente marcha a ver a la muchacha, ésta no aparece. En ese momento se introduce el Diablo; él representa en este contexto, me parece, los impulsos peligrosos que son agitados en el niño pequeño cuando su madre lo frustra. En este sentido el Diablo es la personificación de los impulsos destructivos del niño.

Esto, sin embargo, sólo toca un aspecto de la compleja relación con la madre, un aspecto ilustrado por Fabián tratando de proyectarse en el mozo que le sirve su magro desayuno (en la novela, su primer intento de asumir la personalidad de otro hombre). Los procesos proyectivos dominados por la voracidad son, como repetidamente lo he observado, parte de la relación del niño con la madre, pero son particularmente poderosos donde la frustración es frecuente[18]. La frustración refuerza a un tiempo el deseo voraz de gratificación ilimitada y los deseos de agotar el pecho y entrar en el cuerpo de la madre para obtener por la fuerza la gratificación que niega. Hemos visto en relación con la panadera los impetuosos deseos de Fabián-Fruges por el pecho y el odio que la frustración le produjo. Todo el carácter de Fabián y sus fuertes sentimientos de resentimiento y privación apoyan la suposición de que se había sentido muy frustrado en la más temprana relación de alimentación. Tales sentimientos serían revividos en relación con el mozo si éste representa un aspecto de la madre -la madre que lo alimentó pero que realmente no lo satisfizo-. El intento de Fabián de convertirse en el mozo representaría así una reviviscencia del deseo de hacer intrusión en su madre para robarle y obtener de ese modo más alimento y satisfacción. También es significativo que el mozo, el primer objeto en que Fabián trató de transformarse, sea la única persona cuyo permiso pide (permiso que el mozo niega).

Esto implicaría que la culpa, que está tan claramente expresada en la relación con la panadera, incluso se encuentra presente en relación con el mozo[19].En el episodio con la panadera Fabián experimenta toda la gama de emociones relativas a su madre, esto es, deseos orales, frustración, ansiedades, culpa y la necesidad de reparar; también revive el desarrollo del complejo de Edipo. La combinación de apasionados deseos físicos, afecto y admiración, indica que hubo un tiempo en que Fabián veía a su madre a un tiempo como la madre hacia quien se experimentan deseos orales y genitales, y la madre ideal, la mujer que debe ser vista a la luz de las lámparas votivas, esto es, debe ser adorada. Es cierto que no tiene éxito en esta adoración en la iglesia, porque siente que no puede refrenar sus deseos. No obstante, representa por momentos a la madre ideal que debería no tener vida sexual.

En contraste con la madre que debería ser adorada como la Virgen, hay otro aspecto de ella. Yo entiendo que la transformación en el criminal Esménard significa una expresión de los impulsos infantiles de matar a la madre, cuya relación sexual con el padre no sólo es vivida como una traición al amor del niño por ella, sino que es vista en su conjunto como mala e indigna. Este sentimiento es el que sostiene la ecuación inconsciente entre la madre y una prostituta, que es característica de la adolescencia. Berthe, que obviamente es considerada como mujer promiscua, se aproxima en la mente de Fabián-Esménard al tipo prostituta. Otro ejemplo de la madre como figura sexual mala es la vieja mujer en el local oscuro, vendiendo postales obscenas que están ocultas tras de otros artículos. Fabián-Fruges siente tanto disgusto como placer al mirar las figuras obscenas, y también se siente perseguido por el ruido del estante giratorio. Yo creo que esto expresa el deseo del niño de mirar y oír la escena primaria así como su rechazo de estos deseos. La culpa adscripta a tales observaciones reales o fantaseadas, en que los sonidos escuchados a menudo desempeñan un papel, deriva de los impulsos sádicos contra los padres en esta situación y se refiere también a la masturbación que acompaña frecuentemente a estas fantasías sádicas.

Otra figura que representa a la madre mala es la sirviente de la casa de Camille, una vieja hipócrita que conspira con el tío anciano contra los jóvenes. La propia madre de Fabián aparece bajo esta luz cuando insiste en que concurra a confesarse. Porque Fabián es hostil al padre-confesor y detesta confesarle sus pecados. El pedido de su madre, por lo tanto, debe representar para él una conspiración entre los padres, aliados contra los deseos sexuales y agresivos del niño. La relación de Fabián con su madre, representada por estas distintas figuras, demuestra desvalorización y odio así como idealización.
IV

Existen solamente unos pocos indicios acerca de la temprana relación de Fabián con su padre, pero están plenos de significado. Al hablar de las identificaciones introyectivas de Fabián sugerí que su fuerte afición al reloj de su padre, y los pensamientos que le provocaba sobre la vida de su padre y su prematura muerte, mostraban amor y compasión por el mismo y tristeza por su fin. Con referencia a las observaciones del autor en el sentido de que Fabián había sido desde la niñez "perseguido por un sentimiento de una cierta presencia interior..." extraje en conclusión que esta presencia interior representaba al padre internalizado.

Pienso que el impulso a conformarse con la muerte prematura de su padre y en cierto sentido mantenerlo vivo contribuyó mucho al impetuoso y voraz deseo de Fabián de vivir plenamente la vida. Yo diría que era también voraz a cuenta de su padre. Por otro lado, en su inquieta búsqueda de mujeres y descuido de la salud, Fabián reencarnaba el destino de su padre, de quien se suponía que había muerto prematuramente como resultado de su vida disoluta. Esta identificación estaba reforzada por la precaria salud de Fabián, ya que sufría de la misma enfermedad cardíaca que su padre, y había sido exhortado a menudo a no fatigarse[20]. Así parecería que en Fabián estaban en conflicto un impulso a producir su muerte y una necesidad voraz de prolongar su vida, como asimismo de este modo la vida de su padre internalizado, entrando en otras personas y robándoles verdaderamente su vida. Esta lucha exterior entre búsqueda y rechazo de la muerte era parte de su mente inquieta e inestable.

La relación de Fabián con su padre internalizado se centraba, como recién hemos visto, en la necesidad de prolongar la vida de su padre o revivirlo. Deseo mencionar otro aspecto del padre interno muerto. La culpa referente a la muerte del padre -debida a los deseos de muerte contra él- tiende a convertir al padre muerto internalizado en perseguidor. Hay un episodio en la novela de Green que señala la actitud de Fabián hacia la muerte y los muertos. Antes de aceptar Fabián el pacto, el Diablo lo lleva por la noche en un viaje a una casa siniestra donde está reunida una extraña compañía. Fabián se descubre en el centro de una intensa atención y envidia. Lo que le envidian está indicado por su murmurar "Es por el don..." El "don", como sabemos, es la fórmula mágica del Diablo que daría a Fabián el poder de transformarse en otras personas y, como a él le parece, prolongar su vida indefinidamente. Fabián es bienvenido por el "segundo" del Diablo, un aspecto muy seductor del mismo, sucumbe a su encanto y acepta ser persuadido a aceptar el "don". Parece que las gentes reunidas quieren significar los espíritus de los muertos que ya sea no recibieron el don o no lo usaron bien. El "segundo" del Diablo habla despectivamente de ellos, dando la impresión de que han sido incapaces de vivir su vida plenamente; quizá los desprecia porque se han vendido al Diablo en vano. Una conclusión parecida es que esta gente insatisfecha y envidiosa representa también al padre muerto de Fabián, porque Fabián habría atribuido a su padre -quien en efecto había desperdiciado su vida- tales sentimientos de envidia y voracidad. Su correspondiente ansiedad porque el padre internalizado no quisiera chuparle la vida a Fabián se sumaba a la necesidad de Fabián de huir de su yo y a su voraz deseo (en identificación con el padre) de robar su vida a otras personas.

La pérdida de su padre a una edad temprana contribuyó mucho a su depresión, pero las raíces de estas ansiedades pueden de nuevo ser halladas en la infancia. Porque si suponemos que la poderosa emoción de Fabián hacia el amante de la panadera es una repetición de sus tempranos sentimientos edípicos, habremos de concluir que experimentaba fuertes deseos de muerte hacia su padre. Como sabemos, los deseos de muerte y el odio contra el padre como rival no sólo llevan a la ansiedad persecutoria sino también -puesto que rivalizan con el amor y la compasión- a severos sentimientos de culpa y depresión en el niño pequeño. Es significativo que Fabián, que posee el poder de transformarse en cualquiera que desee, nunca piense siquiera convertirse en el envidiado amante de la mujer admirada. Parece que de haber efectuado una tal transformación, habría sentido que estaba usurpando el lugar de su padre y dando rienda suelta a su odio criminal contra él. Tanto el odio hacia el padre como el conflicto entre amor y odio, esto es, tanto la ansiedad persecutoria como la depresiva serían la causa de su retirada de una expresión tan desembozada de sus deseos edípicos. He descrito ya sus actitudes conflictivas hacia su madre -de nuevo un conflicto entre amor y odio- que contribuyeron a su apartarse de ella como objeto de amor y a la represión de sus sentimientos edípicos.

Las dificultades de Fabián en la relación con su padre deben ser consideradas con referencia a su voracidad, su envidia y sus celos. Su transformación en Poujars es motivada por la violenta voracidad, envidia y odio, tal como el niño experimenta hacia su padre que es adulto y potente y posee, en la fantasía infantil, todo, puesto que posee a la madre. Me he referido a la descripción que hace el autor de la envidia de Fabián por Poujars con las palabras: "¡Ah! el sol. A menudo le parecía que el señor Poujars lo tenía escondido en su bolsillo[21]."La envidia y los celos, reforzados por frustraciones, contribuyen a los sentimientos del niño de pesadumbre y resentimiento hacia sus padres y estimulan el deseo de invertir los roles privándolos de ellos. De la actitud de Fabián, cuando ha cambiado lugares con Poujars y mira con una mezcla de piedad y desprecio su anterior persona poco atractiva, deducimos lo mucho que se alegra de haber invertido los roles. Otra situación en que Fabián castiga a una figura de padre malo surge cuando él es Fabián-Camille: insulta y encoleriza al viejo tío de Camille antes de dejar la casa.

En la relación de Fabián con su padre, así como en la relación con su madre, podemos detectar el proceso de idealización y su corolario, el temor de los objetos persecutorios. Esto se hace claro cuando Fabián se ha convertido en Fruges, cuya lucha interior entre su amor a Dios y su atracción por el Diablo es muy aguda; Dios y el Diablo representan claramente al padre ideal y al totalmente malo. La actitud ambivalente hacia el padre es mostrada también en la acusación de Fabián-Fruges a Dios (padre) por haberlo hecho una criatura tan pobre: no obstante, reconoce la gratitud por Su haberle dado la vida. De estos indicios deduzco que Fabián ha estado siempre buscando a su padre ideal y que éste es un fuerte estímulo hacia sus identificaciones proyectivas. Pero en su búsqueda del padre ideal fracasa: debe fracasar porque está impulsado por la voracidad y la envidia. Todos los hombres en quienes se transforma resultan ser despreciables y débiles. Fabián los odia porque lo desilusionan, y siente gozo por el destino de sus víctimas.
V

He sugerido que algunas de las experiencias emocionales que ocurrieron durante las transformaciones de Fabián arrojan luz sobre su evolución más temprana. De su vida sexual adulta nos hacemos una imagen por el período que precede a su encuentro con el Diablo, es decir cuando todavía es el Fabián original. He mencionado ya que las relaciones sexuales de Fabián eran vividas brevemente y acababan en desilusión. No parecía ser capaz de un amor genuino por una mujer. Yo interpreté el interludio con la panadera como una reviviscencia de sus tempranos sentimientos edípicos. Su infructuoso enfrentamiento con estos sentimientos y ansiedades fundamenta su posterior desarrollo sexual. Sin volverse impotente, ha desarrollado la división en dos direcciones, descriptas por Freud como "amor divino y terrenal (o animal)"[22].Incluso este proceso de disociación deja de alcanzar sus objetivos, porque nunca encuentra realmente una mujer a quien poder idealizar; pero la existencia de una persona tal en su mente es demostrada por su preguntarse si la sola mujer que podría satisfacerlo plenamente seria "una estatua de oro y marfil". Como hemos visto, en el rol de Fabián-Fruges, experimentó una apasionada admiración, equivalente a una idealización, por la panadera. Yo diría que estaba inconscientemente toda su vida a la búsqueda de la madre ideal que había perdido.

Los episodios en que Fabián se convierte en el rico Poujars o el físicamente poderoso Esménard, o finalmente en un hombre casado (Camille, que tiene una bella esposa), sugieren una identificación con su padre, basada en un deseo de ser como él y tomar su lugar como hombre. En la novela no hay señal de que Fabián fuera homosexual. Con todo puede hallarse una indicación de homosexualidad en su fuerte atracción física hacia el "segundo" del Diablo, un hombre joven y hermoso cuya persuasión domina las dudas y ansiedades de Fabián respecto a entrar en el pacto con el Diablo. Ya me he referido al temor de Fabián frente a lo que él imagina ser los avances sexuales del Diablo hacia él. Pero el deseo homosexual de ser el amante de su padre se manifiesta más directamente con relación a Elise. Su atracción hacia ella -hacia sus ojos nostálgicos- se debía, como lo hace notar el autor, a una identificación con ella. Por un momento se siente tentado a transformarse en ella, si sólo pudiera asegurarse de que el bello Camille habría de amarla. Pero comprende que esto no puede suceder y decide no convertirse en Elise.

En este contexto el amor no correspondido de Elise parece expresar la situación edípica invertida de Fabián. Colocarse en el papel de mujer amada por el padre significaría desplazar o destruir a la madre y haría surgir una intensa culpa; en efecto, en la novela Elise tiene a la desagradable pero bella mujer de Camille como odiada rival -otra figura materna, pienso-.

Es interesante que no fuera sino al final cuando Fabián experimentó el deseo de ser mujer. Esto podría estar relacionado con la emergencia de impulsos y deseos reprimidos, y de ese modo con una disminución de las fuertes defensas contra sus tempranos impulsos femeninos y homosexuales pasivos.

Pueden extraerse de este material algunas conclusiones acerca de las severas incapacidades que sufre Fabián. Su relación con su madre estaba fundamentalmente perturbada. Está descrita, como sabemos, como madre escrupulosa, preocupada sobre todo por el bienestar físico y moral de su hijo, pero incapaz de afecto y ternura. Parece probable que tuviera la misma actitud hacia él cuando era niño. Ya me he referido a que el carácter de Fabián, la naturaleza de su voracidad, envidia y resentimiento indican que sus decepciones orales habían sido muy grandes y nunca superadas. Podemos suponer que estos sentimientos de frustración se extendían a su padre; porque, en las fantasías del niño pequeño, el padre es el segundo objeto de quien se esperan gratificaciones orales. En otras palabras, el lado positivo de la homosexualidad de Fabián estaba también perturbado desde las raíces.

El fracaso en la modificación de los deseos y ansiedades orales fundamentales tiene muchas consecuencias. En último análisis, significa que la posición esquizo-paranoide no ha sido elaborada satisfactoriamente. Pienso que esto era cierto con Fabián, y que por lo tanto tampoco había manejado adecuadamente la posición depresiva. Por esas razones su capacidad de reparar se había menoscabado y no podía enfrentarse más tarde con sus sentimientos de persecución y depresión. En consecuencia sus relaciones con sus padres y con la gente en general eran muy insatisfactorias. Todo esto implica, como me lo ha demostrado mi experiencia, que era incapaz de establecer con seguridad el pecho bueno, la madre buena, en su mundo interno[23], un fracaso inicial que a su vez le impedía desarrollar una fuerte identificación con un padre bueno. La excesiva voracidad de Fabián, en cierta medida derivada de su inseguridad acerca de sus buenos objetos internos, influyó a un tiempo en sus procesos proyectivos e introyectivos y -dado que estamos tratando también acerca de Fabián adulto- en los procesos de reintroyección y reproyección. Todas estas dificultades contribuían a su incapacidad para establecer una relación de amor con una mujer, es decir, a la perturbación de su desarrollo sexual. En mi concepto, fluctuaba entre una homosexualidad fuertemente reprimida y una heterosexualidad inestable.

He mencionado una cantidad de factores externos que desempeñaron un papel importante en el desgraciado desarrollo de Fabián, tales como la muerte prematura de su padre, la falta de afecto de su madre, su pobreza, la naturaleza insatisfactoria de su trabajo, su conflicto con su madre sobre la religión, y -punto muy importante- su enfermedad física. De estos hechos podemos extraer nuevas conclusiones. El matrimonio de los padres de Fabián fue obviamente desdichado, como lo indica el padre buscando sus placeres en otro sitio. La madre no sólo era incapaz de mostrar el calor de un sentimiento sino que también era, como podemos suponer, una infeliz mujer que buscaba consuelo en la religión. Fabián era hijo único y sin duda solitario. Su padre falleció cuando Fabián estaba aún en la escuela y esto lo privó de su posterior educación y de las perspectivas de una carrera exitosa; también tuvo el efecto de agitar sus sentimientos de persecución y depresión.

Sabemos que todos los sucesos, desde la primera transformación hasta su regreso a su hogar, se supone que ocurren en el término de tres días. Durante estos tres días, como sabemos al final cuando Fabián-Camille retorna a su personalidad anterior, Fabián ha estado inconsciente en su lecho, cuidado por su madre. Como ella le dice, él se había desmayado en la oficina de su empleador después de haberse comportado allí mal; fue llevado a su casa y había permanecido inconsciente desde entonces. Ella piensa, cuando él se refiere a la visita de Camille, que ha estado delirando. ¿Acaso el autor se propone que tomemos toda la historia como representativa de las fantasías de Fabián durante la enfermedad que precedió a su muerte? Esto implicaría que todos los personajes eran figuras de su mundo interno e ilustra nuevamente que la introyección y la proyección operaban en él en la más estrecha interacción.
VI

Los procesos que subyacen a la identificación proyectiva son pintados muy concretamente por el autor. Una parte de Fabián abandona literalmente su yo y entra en su víctima, suceso que en ambas partes se acompaña de intensas sensaciones físicas. Se nos dice que la parte disociada de Fabián se sumerge en grados diversos en sus objetos y pierde los recuerdos y las características pertenecientes al Fabián original. Deberíamos deducir por ende (de acuerdo a la muy concreta concepción del autor sobre el proceso proyectivo) que los recuerdos de Fabián y otros aspectos de su personalidad son dejados atrás en el Fabián descartado, que debe haber retenido una buena parte de su yo al producirse la disociación. Esta parte de Fabián, que yace dormida hasta el retorno de los aspectos disociados de su personalidad, representa, a mi modo de ver, aquel componente del yo que los pacientes sienten inconscientemente haber retenido mientras que otras partes son proyectadas en el mundo externo y perdidas.

Los términos espaciales y temporales en que el autor describe estos eventos son realmente aquellos en que nuestros pacientes experimentan tales procesos. La sensación de un paciente de que partes de su yo han dejado de pertenecerle, están muy lejos o se han ido, es por supuesto una fantasía que subyace a los procesos disociativos. Pero tales fantasías tienen consecuencias de largo alcance e influyen vitalmente la estructura del yo. Tienen el efecto de que aquellas partes de su yo que siente extrañadas, incluyendo a menudo sus emociones, dejan de ser accesibles ya sea al analista o al paciente[24]. La sensación de no saber dónde han ido las partes de sí mismo que ha dispersado al mundo exterior, es una fuente de gran ansiedad e inseguridad[25].He de considerar a continuación las identificaciones proyectivas de Fabián desde tres ángulos: (i) la relación de las partes disociadas y proyectadas de su personalidad con aquellas que ha dejado atrás; (ii) los motivos que fundamentan la elección de los objetos en que se proyecta, y (iii) en qué medida en estos procesos la parte proyectada de su personalidad queda sumergida en el objeto o adquiere control sobre él.

(i) La ansiedad de Fabián porque está próximo a empobrecer su yo disociando partes de él y proyectándolas en otras personas está expresada, antes de que comience sus transformaciones, por la forma en que mira sus ropas amontonadas desaliñadamente sobre una silla: "Al mirarlas tuvo una horrible sensación de estarse viendo a si mismo, pero autoasesinado o de algún modo destruido. Las mangas vacías de su saco tenían, al pender libremente hacia el piso, una lejana sugestión de tragedia."

Vemos también que Fabián, cuando se ha convertido en Poujars (es decir, cuando los procesos de disociación y proyección terminaban de producirse), se preocupa mucho por su persona anterior. Piensa que podría desear el retorno a su yo original, y estando por lo tanto ansioso porque Fabián sea llevado a su casa, extiende un cheque a su favor.

La importancia atribuida al nombre de Fabián denota también que su identidad se vinculaba con aquellas partes de sí mismo que eran dejadas atrás y que las mismas representaban el meollo de su personalidad; el nombre era una parte esencial de la fórmula mágica, y es importante que la primera cosa que se le ocurre cuando, bajo la influencia de Elise, experimenta la urgencia de recuperar su anterior personalidad, sea el nombre "Fabián". Pienso que los sentimientos de culpa por haber olvidado y abandonado un componente precioso de ella contribuyeron a la nostalgia de Fabián por volver a ser él mismo, una nostalgia que irresistiblemente lo empujó a su hogar al final de la novela.

(ii) La elección de su primera víctima propuesta, el mozo, se hace fácilmente comprensible si suponemos, como lo sugerí más arriba, que representaba a la madre de Fabián; porque la madre es el primer objeto para la identificación del niño, sea por proyección o introyección.

Algunos de los motivos que impulsaron a Fabián a proyectarse en Poujars han sido ya discutidos; sugerí que deseaba convertirse en el padre rico y poderoso, robándole así todas sus posesiones y castigándolo. Al hacerlo estaba también actuando por un motivo que a este respecto deseo recalcar. Pienso que los impulsos y fantasías sádicos de Fabián (expresados en el deseo de controlar y castigar a su padre) eran algo que él sentía tener en común con Poujars. La crueldad de Poujars, según la consideraba Fabián, representaba la propia crueldad de Fabián y su deseo de poder.

El contraste entre Poujars (que resultó ser achacoso y miserable) y el viril joven Esménard, fue sólo un factor contribuyente en la elección del último por Fabián como objeto para la identificación. Creo que la principal causa de la decisión de Fabián de transformarse en Esménard, a pesar de ser repelente y antipático, era que Esménard representaba una parte del yo de Fabián, y que el odio criminal que impulsaba a Fabián-Esménard a matar a Berthe es una reviviscencia de las emociones que Fabián experimentó en la infancia hacia su madre cuando ésta lo frustraba, según su sentir, oral y genitalmente. Los celos de Esménard ante cualquier hombre a quien Berthe favoreciera renuevan de manera extrema el complejo de Edipo y la intensa rivalidad de Fabián con su padre. Esta parte de sí mismo, que era potencialmente criminal, estaba personificada por Esménard. Fabián, al convertirse en aquél, proyectaba así y vivía algunas de sus propias tendencias destructivas. La complicidad de Fabián en el crimen es señalada por el Diablo, quien le hace recordar, después de su transformación en Fruges, que las manos que estrangularon a Berthe fueron las suyas tan sólo unos minutos antes.

Llegamos ahora a la elección de Fruges. Fabián tiene mucho en común con Fruges, en quien, sin embargo, estas características son mucho más pronunciadas. Fabián se inclina a negar el dominio que la religión (y esto significa también Dios -el padre-) tiene sobre él y atribuye sus conflictos sobre religión a la influencia de su madre. Los conflictos de Fruges acerca de la religión son agudos, y, como describe el autor, tiene plena conciencia de que la lucha entre Dios y el Diablo domina su vida. Fruges se halla en constante lucha contra sus deseos de lujo y riquezas; su conciencia lo impulsa a una severa austeridad. En Fabián el deseo de ser tan rico como las personas que envidia es también muy pronunciado, pero no intenta refrenarlo. Ambos tienen también en común sus propósitos intelectuales y una muy marcada curiosidad intelectual.

Estas características comunes serian las que predispusieron a Fabián a elegir a Fruges para la identificación proyectiva. Pienso, sin embargo, que hay otra razón que entra en esta elección. El Diablo, desempeñando aquí el papel de superyó conductor, ha ayudado a Fabián a dejar a Esménard y le ha prevenido contra la entrada en una persona en quien se sumerja en grado tal que nunca pueda volver a escapar. Fabián está aterrorizado de haberse convertido en un asesino, lo que significa, pienso, haber sucumbido a la parte más peligrosa de sí mismo -a sus impulsos destructivos-; huye por lo tanto cambiando roles con alguien totalmente diferente de su elección anterior. Mi experiencia me ha demostrado que la lucha contra una identificación abrumadora -sea introyectiva o proyectiva- impulsa a menudo a la gente a identificarse con objetos que muestran las características opuestas. (Otra consecuencia de esta lucha es una huida indiscriminada a una multitud de nuevas identificaciones y fluctuaciones entre ellas. Tales conflictos y ansiedades a menudo se perpetúan y profundizan el debilitamiento del yo).

La siguiente elección de Fabián, Camille, apenas tiene algo en común con él. Pero a través de Camille, parece, Fabián se identifica con Elise, la muchacha que está desdichadamente enamorada de Camille. Como hemos visto, Elise representaba el aspecto femenino de Fabián, y sus sentimientos hacia Camille, el amor homosexual no consumado hacia su padre. Al mismo tiempo Elise representaba también la parte buena de su yo, que era capaz de sentir amor y nostalgia. En mi concepto, el amor infantil de Fabián por su padre, vinculado como estaba con sus deseos homosexuales y su posición femenina, había sido perturbado desde sus orígenes. También señalé que era incapaz de convertirse en mujer porque esto habría representado una realización de los profundamente reprimidos deseos femeninos en la relación edípica invertida con su padre. (No me ocupo en este contexto de otros factores que impiden la identificación femenina, sobre todo el temor a la castración). Con el despertar de la capacidad de amar, Fabián puede identificarse con el desdichado apasionamiento de Elise por Camille; en mi concepto logra también experimentar su amor y sus deseos hacia su padre. Yo concluiría que Elise ha llegado a representar una parte buena de su yo.

Sugeriría además que Elise también representa a una hermana imaginaria. Es bien sabido que los niños tienen compañeros imaginarios. Estos representan, particularmente en la fantasía de los hijos únicos, hermanos o hermanas mayores o menores, o un gemelo, que no han nacido nunca. Podemos conjeturar que Fabián, que era hijo único, habría ganado mucho con la compañía de una hermana. Una relación tal también lo habría ayudado a enfrentar mejor su complejo de Edipo y a ganar más independencia de su madre. En la familia de Camille existe realmente una relación tal entre Elise y el hermano menor de Camille.

Recordaremos aquí que los abrumadores sentimientos de culpa de Fabián-Fruges en la iglesia parecían relacionarse también con el haber sido elegido, mientras que otras almas nunca llegaron a la vida. Interpreté el prender lámparas votivas e imaginarse a la panadera rodeada por ellas a un tiempo como una idealización de la misma (la madre como santa) y como una expresión de su deseo de reparar trayendo a la vida a los hermanos y hermanas no nacidos. Especialmente los hijos únicos y los más jóvenes tienen a menudo un fuerte sentimiento de culpa porque sienten que sus impulsos agresivos y celosos han impedido a sus madres dar a luz nuevos niños. Tales sentimientos están también vinculados con miedo a la retaliación y a la persecución. Repetidas veces hallé que el temor y las sospechas frente a compañeros de escuela u otros niños estaban relacionados con fantasías de que los hermanos y hermanas nonatos habían finalmente entrado a la vida, y estaban representados por cualesquiera niños que se mostraban hostiles. Los deseos de hermanos y hermanas amistosos están fuertemente influidos por tales ansiedades.

Hasta aquí no he discutido por qué Fabián eligió en primer lugar identificarse con el Diablo, hecho sobre el que se basa el argumento. Señalé anteriormente que el Diablo representaba al padre seductor y peligroso; también representaba partes de la mente de Fabián, del superyó tanto como del ello. En la novela, el Diablo se despreocupa de sus víctimas; extremadamente voraz y despiadado, aparece como el prototipo de las identificaciones proyectivas perversas y hostiles, que son descritas en la novela como violentas intrusiones en la gente. Yo diría que muestra de manera extrema aquel componente de la vida emocional infantil que está dominado por la omnipotencia, voracidad y sadismo, y que son estas características las que Fabián y el Diablo tienen en común. Por lo tanto Fabián se identifica con el Diablo y ejecuta todos sus mandatos.

Es significativo -y pienso que expresa un aspecto importante de la identificación- que cuando se convierte en una nueva persona, Fabián hasta cierto punto retiene sus identificaciones proyectivas previas. Esto queda demostrado por el fuerte interés -un interés mezclado con desprecio- que Fabián-Fruges se toma en el' destino de sus anteriores víctimas, y también en su sentimiento de que después de todo él es responsable por el crimen que cometió como Esménard. Se evidencia con la mayor claridad hacia el final de la novela, puesto que sus experiencias en los personajes en quienes se había transformado están todas presentes en su mente antes de morir y se preocupa por su suerte. Esto implicaría que introyecta sus objetos, así como se proyecta en ellos; una conclusión que está de acuerdo con mi concepto, reafirmado en la introducción a este trabajo, de que la proyección y la introyección interactúan desde el comienzo de la vida.

Al singularizar un motivo importante para la elección de objetos de identificación, he descrito ésta, a los efectos de la presentación, como produciéndose en dos etapas: a) hay una cierta base común, b) la identificación se produce. Pero el proceso, tal como lo observamos en nuestra labor analítica, no está dividido.

Porque la sensación individual de tener mucho en común con otra persona es concomitante con la proyección de sí mismo en esa persona (y lo mismo se aplica a la introyección). Estos procesos varían en intensidad y duración, y de estas variaciones dependen la fuerza y la importancia de las identificaciones y sus vicisitudes. A este respecto deseo llamar la atención hacia el hecho de que mientras los procesos que he descrito parecen operar simultáneamente, debemos considerar con cuidado en cada estado o situación si, por ejemplo, la identificación proyectiva tiene primacía sobre los procesos introyectivos o viceversa[26].

He sugerido en mis "Notas sobre algunos mecanismos esquizoides" que el proceso de reintroyectar una parte proyectada del yo incluye la internalización de una parte del objeto en el cual se realizó la proyección, parte que el paciente puede sentir como hostil, peligrosa y muy poco indicada para reintroyectar. Además, dado que la proyección de una parte del yo incluye la proyección de objetos internos, éstos también son reintroyectados. Todo esto tiene relación con la medida en que en la mente individual las partes proyectadas del yo son capaces de retener su fuerza dentro del objeto en que han hecho intrusión. He de hacer ahora algunas sugerencias acerca de este aspecto del problema, lo que me lleva al punto tercero.

(iii) En la novela, como señalé antes, Fabián sucumbe al Diablo y queda identificado con él. Si bien aun antes de ello Fabián parecía deficiente en la capacidad de amar y preocuparse, tan pronto como sigue la huella del Diablo está reglado enteramente por la crueldad. Esto implica que, al identificarse con el Diablo, Fabián sucumbe plenamente a la parte voraz, omnipotente y destructiva de su ser. Cuando Fabián se ha convertido en Poujars, retiene algunas de sus propias actitudes, y especialmente una opinión crítica sobre la persona en quien ha entrado. Teme perderse completamente dentro de Poujars, y es sólo porque ha conservado algo de la iniciativa de Fabián que es capaz de producir la siguiente transformación. Sin embargo, se aproxima la pérdida completa de su personalidad anterior cuando se convierte en el asesino Esménard. No obstante, desde que el Diablo, que suponemos también ser parte de Fabián -aquí su superyó- lo previene y ayuda a escapar del asesino, deberíamos deducir que Fabián no ha sido enteramente sumergido en Esménard[27].La situación con Fruges es diferente: en esta transformación el Fabián original permanece mucho más activo. Fabián se muestra muy crítico de Fruges, y es esta mayor capacidad de mantener vivo algo de su yo original dentro de Fruges lo que le posibilita reunir gradualmente su yo vaciado y volver a ser él mismo. A grandes rasgos, sostengo que el grado en que el individuo siente su yo sumergido en los objetos con que se ha identificado por proyección o introyección, es de la mayor importancia para el desarrollo de relaciones objetales y determina también la fuerza o debilidad del yo.

Fabián recobra parte de su personalidad después de su transformación en Fruges y al mismo tiempo algo sucede, que es muy importante. Fabián-Fruges comprueba que sus experiencias le han dado una mejor comprensión de Poujars, Esménard e incluso Fruges, y que es capaz ahora de sentir simpatía hacia sus víctimas. También a través de Fruges, quien gusta de los niños, se despierta el afecto de Fabián por el pequeño George. Este, en la descripción del autor, es un niño inocente que ama a su madre y desea retornar a ella. El despierta en Fabián-Fruges el recuerdo de la niñez de Fruges, y en éste surge el deseo impetuoso de transformarse en George. Creo que está deseando recobrar la capacidad de amar; en otras palabras, de recobrar un sí-mismo infantil ideal.

Este resurgimiento de sentimientos de amor se evidencia de varias maneras: experimenta apasionados sentimientos por la panadera, que, en mi concepto, significaba una reviviscencia de su temprana vida amorosa. Otro paso en esta dirección es su transformación en un hombre casado y su consiguiente ingreso en un circulo familiar. Pero la única persona que Fabián halla deseable y de quien queda prendado es Elise. He descrito ya los distintos significados que Elise tiene para él. Especialmente ha descubierto en ella aquella parte de si mismo que es capaz de amar, y se siente profundamente atraído hacia ese lado de su propia personalidad; es decir, ha descubierto también un cierto amor por sí mismo. Física y mentalmente, volviendo sobre los pasos que ha dado en sus transformaciones, es vuelto atrás con creciente urgencia más y más cerca de su casa y del Fabián enfermo a quien había abandonado y que para ese entonces había llegado a representar la parte buena de su personalidad. Hemos visto que la simpatía por sus víctimas, la ternura hacia George, el cuidado por Elise y la identificación con su desdichado amor por Camille, así como el deseo de una hermana, todos estos pasos son un despliegue de su capacidad de amar. Sugiero que este desarrollo era una precondición de la apasionada necesidad de Fabián de hallar de nuevo su vieja personalidad, es decir, de integrarse. Aun antes de que se produjeran sus transformaciones, la nostalgia por recobrar la mejor parte de su personalidad -que parecía ser ideal por lo mismo que se había perdido- había contribuido, como sugerí, a su soledad e inquietud; había dado ímpetu a sus identificaciones proyectivas[28] y era complementaría de su odio de sí mismo, otro factor que lo impulsaba a forzar su entrada en otras personas. La búsqueda del yo ideal perdido[29, que constituye un rasgo importante de la vida mental, incluye inevitablemente la búsqueda de objetos ideales perdidos; porque el yo bueno es aquella parte de la personalidad que se percibe en relación amorosa con sus objetos buenos. El prototipo de una relación tal es el vínculo entre la madre y el bebé. En efecto, cuando Fabián recupera su yo perdido, recobra asimismo su amor por su madre.

Con Fabián comprobamos que parecía incapaz de una identificación con un objeto bueno o admirado. Una cantidad de razones tendrían que considerarse a este respecto, pero deseo singularizar una como explicación posible. He señalado ya que para identificarse fuertemente con otra persona es esencial sentir que hay dentro del yo suficiente base común con ese objeto. Dado que Fabián había perdido -así parecía- su yo bueno, no sentía que hubiera bastante bondad dentro suyo para la identificación con un objeto muy bueno. También podría haber sido la ansiedad, característica de estos estados mentales, porque un objeto admirado fuera introducido a un mundo interno demasiado privado de bondad. El objeto bueno, por ende, es mantenido afuera (con Fabián, pienso, en las lejanas estrellas). Pero con el redescubrimiento de su yo bueno encontró asimismo sus objetos buenos y pudo identificarse con ellos.

En la novela, como hemos visto, la parte empobrecida de Fabián también anhela reunirse con las partes proyectadas de su yo. Cuanto más Fabián-Camille se aproxima a la casa, tanto más se inquieta Fabián en su lecho de enfermo. Recobra la conciencia y se dirige hacia la puerta a través de la cual su otra mitad, Fabián-Camille, pronuncia la fórmula mágica. De acuerdo a la descripción del autor, las dos mitades de Fabián anhelan reunirse; esto significa que Fabián deseaba integrar su yo. Como ya vimos, este impulso estaba vinculado a una creciente capacidad de amar. Esto corresponde a la teoría de Freud sobre la síntesis como función de la libido, en último término del instinto de vida.

He sugerido antes que si bien Fabián estaba a la busca de un padre bueno, era incapaz de encontrarlo porque la envidia y la voracidad, aumentadas por el resentimiento y el odio, determinaban su elección de figuras paternas. Cuando se vuelve menos resentido y más tolerante, sus objetos se le aparecen bajo una luz más favorable; pero entonces también él es menos exigente de lo que era en el pasado. Parece que ya no pide más que sus padres sean ideales y por lo tanto puede perdonarles sus defectos. A su mayor capacidad de amor corresponde una disminución del odio, y esto a su vez deriva en una disminución de los sentimientos de persecución -todo lo cual tiene influencia sobre la reducción de la voracidad y la envidia-. El odio de si mismo era un rasgo sobresaliente de su carácter; junto con la mayor capacidad para el amor y la tolerancia hacia otros, surgió la mayor tolerancia y el amor hacia su propio yo.

Al final Fabián recupera su amor por su madre y hace las paces con ella. Es significativo que reconozca su falta de ternura, pero siente que ella podría haber sido mejor si él hubiera sido mejor hijo. Obedece la indicación materna de rezar y parece haber recuperado, luego de todas sus luchas, su creencia y confianza en Dios. Las últimas palabras de Fabián son "Padre nuestro", y parecería que en ese momento, cuando se llena de amor a la humanidad, retorna el amor a su padre. Aquellas ansiedades persecutorias y depresivas que deberían ser agitadas por la proximidad de la muerte serian hasta cierto punto contrarrestadas por la idealización y la exaltación.

Como vimos, Fabián-Camille es llevado a su casa por un impulso irresistible. Parece probable que su sensación de muerte inminente diera ímpetu a su urgencia por reunirse con la parte abandonada de su yo. Porque pienso que el temor a la muerte, que él ha negado a pesar de conocer su severa enfermedad, ha emergido con plena fuerza. Quizás había negado ese temor porque su naturaleza era tan intensamente persecutoria. Sabemos lo lleno de resentimiento que estaba contra el destino y contra sus padres; lo perseguido que se sentía por su propia personalidad insatisfactoria. En mi experiencia, el temor a la muerte se intensifica mucho si ésta es vivida como un ataque de objetos internos y externos hostiles, o si despierta ansiedad depresiva por la posibilidad de que los objetos buenos sean destruidos por esas figuras hostiles. (Por supuesto, pueden coexistir estas fantasías persecutorias y depresivas.) Las ansiedades de naturaleza psicótica son la causa de este excesivo temor a la muerte del que muchos individuos sufren a lo largo de su vida; y el intenso sufrimiento mental que, como algunas observaciones me lo han demostrado, algunas personas experimentan en su lecho de muerte, se debe, en mi concepto, a la reviviscencia de ansiedades psicóticas infantiles.

Considerando que el autor describe a Fabián como una persona inquieta e infeliz, llena de resentimientos, se podría esperar que su muerte fuera dolorosa y diera lugar a las ansiedades persecutorias que recién he mencionado. Sin embargo, no es esto lo que ocurre en la novela, porque Fabián muere felizmente y en paz. Cualquier explicación de este súbito final sólo puede ser a titulo de ensayo. Desde el punto de vista artístico era probablemente para el autor la mejor solución.

Pero, de acuerdo con mi concepción de las experiencias de Fabián que he expuesto en este trabajo, me inclino a explicar el inesperado final por los dos aspectos de Fabián que nos presenta la historia. Hasta el punto en que comienzan las transformaciones, es al Fabián adulto que encontramos. En el curso de sus transformaciones encontramos las emociones, las ansiedades persecutorias y depresivas que caracterizaron, según creo, su temprano desarrollo. Pero mientras en la niñez no había sido capaz de superar estas ansiedades y alcanzar la integración, en los tres días abarcados por la novela atraviesa exitosamente un mundo de experiencias emocionales que significa, en mi concepto, una elaboración de las posiciones esquizoparanoide y depresiva. Como resultado de la superación de las ansiedades psicóticas fundamentales de la infancia, la necesidad intrínseca de integración emerge con plena fuerza. Alcanza la integración al mismo tiempo que buenas relaciones objetales y de ese modo repara lo que había marchado mal en su vida.

[1] Los trabajos de Abraham sobre la melancolía, que datan de 1911 ("Notas sobre la investigación y tratamiento psicoanalíticos de la locura maníaco-depresiva y condiciones asociadas") y 1924 ("Un breve estudio de la evolución de la libido, considerada a la luz de los trastornos mentales"), también fueron de gran importancia a este respecto.

[2] El yo y el ello, O. C., 19.

[3] Entre ellas la actitud de la madre es de vital importancia desde el comienzo de la vida y persiste como factor fundamental en el desarrollo del niño. Véase, por ej., Desarrollos en psicoanálisis (M. Klein y otros, 1952).

[4] Para decirlo en términos de los dos instintos, se trata de si en la lucha entre instintos de vida y muerte prevalece el de vida.

[5] Leído ante la Sociedad Psicoanalítica Británica el 4 de diciembre de 1946.

[6] A este respecto remito a los trabajos de Herbert Rosenfeld (1947, 1949, 1950), que son de importancia para estos problemas.

[7] Véase mi libro El psicoanálisis de niños.

[8] Psicología de las masas y análisis del yo, O. C., 18.

[9] Anna Freud ha descrito otro aspecto de la proyección sobre un objeto amado y la identificación con el mismo en su concepto de "sometimiento altruista" (El yo y los mecanismos de defensa, cap. X.).

[10] Releyendo hace poco Psicología de las masas y análisis del yo, me pareció que Freud tenía conciencia del proceso de identificación por proyección, si bien no lo diferenciaba por medio de un término especial del proceso de identificación por introyección, del que se ocupaba preferentemente. Elliott Jaques (1955) cita algunos pasajes de Psicología de las masas... como implícitamente referentes a la identificación por proyección.

[11] Véase también "Algunas conclusiones teóricas sobre la vida emocional del bebé" (1952c).

[12] If I Were You (traducido del francés por J. H. F. McEwen), Londres, 1950.

[13] Las diversas y contradictorias características -tanto ideales como malas- con que son investidas tanto el padre como la madre, constituyen un rasgo familiar en el desarrollo de las relaciones objetales del niño. De modo similar tales actitudes conflictivas se atribuyen también a las figuras internalizadas, algunas de las cuales forman el superyó.

[14] He sugerido ("Notas sobre algunos mecanismos esquizoides") que la identificación proyectiva surge durante la posición esquizo-paranoide, que se caracteriza por los procesos de disociación. He señalado arriba que la depresión de Fabián y su sentimiento de desvalorización daban ímpetu adicional a su necesidad de huir de su yo. La incrementada voracidad y la negación que caracterizan las defensas maníacas contra la depresión son, junto con la envidia, también un factor importante en las identificaciones proyectivas.

[15] En El yo y el ello (O. C., 19), Freud escribe: "Si éstas (las identificaciones de objeto) obtienen la primacía y se hacen muy numerosas, indebidamente intensas e incompatibles una con la otra, no estará lejano el resultado patológico. Puede llegar a una ruptura del yo, a consecuencia del aislamiento mutuo de las identificaciones individuales por resistencias; quizás el secreto de las así llamadas personalidades múltiples consiste en que las diversas identificaciones toman posesión de la conciencia por turno. Aun cuando las cosas no vayan tan lejos como esto, queda la cuestión de los conflictos entre la diferentes identificaciones en que el yo es disociado, conflictos que después de todo no pueden describirse como puramente patológicos".

[16] Pienso que este estado de exaltación es comparable a la alucinación realizadora de deseos (Freud), que el niño bajo la tensión de la realidad, especialmente del hambre, no puede mantener durante mucho tiempo.

[17] Aquí toco una de las causas esenciales de la culpa y desdicha para la mente infantil. El niño muy pequeño siente que sus fantasías e impulsos sádicos son omnipotentes y por lo tanto han tenido, tienen y tendrán efecto. De modo similar siente acerca de sus deseos y fantasías reparativos, pero parece que a menudo la convicción sobre sus poderes destructivos sobrepasa grandemente su confianza en sus capacidades constructivas.

[18] Como he señalado en diversas ocasiones, el impulso para la identificación proyectiva no surge solamente de la voracidad sino de una variedad de causas.

[19] Al formular esta interpretación me doy cuenta de que no es ésta la única línea sobre la que puede explicarse este episodio. El mozo podía considerarse también como el padre que no satisfacía sus expectativas orales; y el episodio con la panadera significaría así un paso mas allá en la vuelta a la relación con la madre con todos sus deseos y desilusiones.

[20] Este es un ejemplo de la influencia mutua de factores físicos (posiblemente heredados) y emocionales.

[21] Uno de los significados del sol en su bolsillo puede ser la madre buena a quien el padre ha incorporado. Porque el niño pequeño, como señalé antes, siente que cuando es privado del pecho materno, es el padre quien lo recibe. El sentimiento de que es el padre quien contiene a la madre buena, robándole así al niño, agita la envidia y la voracidad y constituye también un importante estímulo para la homosexualidad.

[22] "Sobre la mas generalizada degradación de la vida amorosa", O. C., 11.

[23] La internalización segura de una madre buena -proceso de fundamental importancia- varía en grado y nunca es tan completa que no pueda ser sacudida por ansiedades de fuente interna o externa.

[24] Hay otro aspecto de tales experiencias. Como lo ha señalado Paula Heimann (1955), los sentimientos conscientes de un paciente pueden expresar también sus procesos disociativos.

[25] Sugerí en "Notas sobre algunos mecanismos esquizoides" que el temor a quedar aprisionado dentro de la madre fundamenta, como consecuencia de la identificación proyectiva, diversas situaciones de ansiedad y entre ellas la claustrofobia. Agregaría ahora que la identificación proyectiva puede resultar en el temor de que la parte perdida del yo nunca sea recobrada porque está sepultada en el objeto. En la novela Fabián siente -tanto después de transformarse en Poujars como en Fruges- que está sepultado y nunca volverá a escapar. Esto implica que ha de morir dentro de sus objetos. Hay otro punto que deseo mencionar aquí: además del temor a quedar aprisionado dentro de la madre, he hallado que otro factor contribuyente a la claustrofobia es el temor relativo al interior del propio cuerpo y a los peligros que allí amenazan. Citando nuevamente los versos de Milton: "Te has convertido (oh, la peor prisión) en el calabozo de ti mismo".

[26] Esto es de gran importancia en la técnica. Porque siempre debemos escoger para la interpretación el material que es mas urgente en el momento; y en este contexto diría que hay períodos en el análisis durante los cuales ciertos pacientes parecen completamente dominados por la introyección o la proyección. Por otro lado, es esencial recordar que el proceso opuesto siempre permanece operando hasta cierto punto y por lo tanto entra antes o después nuevamente en el cuadro como factor predominante.

[27] Yo diría que, sea cual fuere la fuerza con que operen la disociación y la proyección, la desintegración del yo nunca es completa mientras exista la vida. Porque pienso que el impulso a la integración, por mas perturbado que esté -aun en su raíz-, es en cierta medida inherente al yo. Esto concuerda con mi punto de vista según el cual ningún niño podría sobrevivir sin poseer en alguna medida un objeto bueno. Son estos hechos los que posibilitan que el análisis produzca cierta medida de integración, a veces incluso en casos muy severos.

[28] El sentimiento de haber dispersado bondad y partes buenas del propio yo en el mundo externo se suma al resentimiento y a la envidia de otros que son vividos como los usufructuarios de la bondad perdida.

[29] El concepto freudiano del ideal del yo fue, como sabemos, el precursor de su concepto de superyó. Mi descripción del yo ideal que Fabián trata de recuperar se acerca mucho mas, me parece, a la opinión original de Freud sobre el ideal del yo que a sus ideas sobre el superyó.

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