Seminario 1: os escritos técnicos de Freud (1) | LACAN, J.

| sábado, 19 de março de 2011
Este niño salvaje siempre puede-como un animalito bien organizado-atrapar lo que desea. Pero si hay fallo o lapsus del acto, sólo puede corregir volviendo a empezar todo. En consecuencia, podemos decir que en este niño no parece haber ni un déficit ni un retraso ligado al sistema piramidal, nos hallamos ante manifestaciones de las fallas de las funciones de síntesis del yo, en el sentido en que entendemos el yo en la teoría analítica. La ausencia de atención, la agitación-inarticulada, que usted también notó al comienzo, deben igualmente ser referidas a desfallecimientos de las funciones del yo. Seminario 1. Los escritos
técnicos de Freud.
Los escritos técnicos de Freud
Apertura 18 de Noviembre de 1953
Clase 1 Introducción a los comentarios sobre los escritos técnicos de Freud.
13 de Enero de 1954
Clase 2 Primeras intervenciones sobre el problema de la resistencia.
20 y 27 de Enero de 1954
Clase 3 La resistencia y las defensas.
7 de Enero de 1954
Clase 4 El yo y el otro yo.
3 de Febrero de 1954
Clase 5 Introducción y respuesta a una exposición de Jean Hyppolite sobre la
Verneinung de Freud.
10 de Febrero de 1954
Clase 6 Análisis del discurso y análisis del yo.
17 de Febrero de 1954
Clase 7 La tópica de lo imaginario.
24 de Febrero de 1954
Clase 8 ¡El lobro! El lobo!.
10 de Marzo de 1954
Clase 9 Sobre el narcisismo.
17 de Marzo de 1954
Clase 10 Los dos narcisismos.
24 de Marzo de 1954
Clase 11 Ideal del Yo y Yo-Ideal.
31 de Marzo de 1954
Clase 12 Zeitlich-Entwickelungsgeschichte.
7 de Abril de 1954
Clase 13 La báscula del deseo.
5 de Mayo de 1954
Clase 14 Las fluctuaciones de la libido.
12 de Mayo de 1954
Clase 15 El núcleo de la represión.
19 de Mayo de 1954
Clase 16 Primeras intervenciones sobre Balint.
26 de Mayo de 1954
Clase 17 Relación de objeto y relación intersubjetiva.
2 de Junio de 1954
Clase 18 El orden simbólico.
9 de Junio de 1954
Clase 19 Función creadora de la palabra.
16 de Junio de 1954
Clase 20 De locutionis significatione.
23 de Junio de 1954
Clase 21 La verdad surge de la equivocación.
30 de Junio de 1954
Clase 22 El concepto del análisis.
7 de Julio de 1954
Indice General de Seminarios
Jacques Lacan / Los Seminarios de Jacques Lacan / Seminario 1. Los escritos
técnicos de Freud. / Apertura. 18 de Noviembre de 1953
18 de Noviembre de 1953
El maestro interrumpe el silencio con cualquier cosa, un sarcasmo, una patada.
Así procede, en la técnica zen, el maestro budista en la búsqueda del sentido. A los alumnos
les toca buscar la respuesta a sus propias preguntas. El maestro no enseña ex cathedra una
ciencia ya constituida, da la respuesta cuando los alumnos están a punto de encontrarla.
Esta enseñanza es un rechazo de todo sistema. Descubre un pensamiento en movimiento:
que, sin embargo, se presta al sistema, ya que necesariamente presenta una faz dogmática.
El pensamiento de Freud está abierto a revisión. Reducirlo a palabras gastadas es un error.
Cada noción posee en él vida propia. Esto precisamente es lo que se llama dialéctica.
Algunas de estas nociones fueron, en cierto momento, para Freud, indispensables, pues
respondían a una pregunta que él había planteado, anteriormente, en otros términos.
Su valor sólo se capta cuando se las re-situa en su contexto.
Pero no basta hacer historia, historia del pensamiento, y decir que Freud surgió en un siglo de
cientificismo. En efecto, con La Interpretación de los sueños, es re-introducido algo de esencia
diferente, de densidad psicológica concreta, a saber el sentido.
Desde el punto de vista cientificista, Freud pareció entonces coincidir con el más arcaico
pensar: leer algo en los sueños. Retornó luego a la explicación causal. Pero, cuando se
interpreta un sueño, estamos siempre de lleno en el sentido. Es la subjetividad del sujeto, sus
deseos, su relación con su medio, con los otros, con la vida misma, lo aquí cuestionado.
Nuestra tarea, aquí, es re-introducir el registro del sentido, registro éste que debe ser
reintegrado a su nivel propio.
Brucke, Ludwig, Helmholtz, Du Bois-Reymond, habían constituido una especie de pacto de fe:
todo se reduce a fuerzas físicas, las de atracción y las de repulsión. Cuando se eligen estas
premisas no hay razón alguna para abandonarlas. Si Freud las abandonó, fue por haber
confiado en otras. Osó atribuir importancia a lo que le ocurría a él, a las antinomias de su
infancia, a sus trastornos neuróticos, a sus sueños. Por ello, es Freud, para todos nosotros,
un hombre situado como todos en medio de todas las contingencias: la muerte, la mujer, el
padre.
Esto constituye un retorno a las fuentes que apenas merece el título de ciencia. Con el
psicoanálisis sucede como con el arte del buen cocinero que sabe cómo trinchar el animal,
cómo separar la articulación con la menor resistencia. Se sabe que existe, para cada
estructura, un modo de conceptualización que le es propio. Mas como se entra así en el
sendero de las complicaciones, hay quienes se atienen a la noción monista de una deducción
del mundo. Así, uno se extravía.
Es preciso entender que no disecamos con un cuchillo, sino con conceptos. Los conceptos
poseen su orden original de realidad. No surgen de la experiencia humana, si así fuera
estarían bien construidos. Las primeras denominaciones surgen de las palabras mismas, son
instrumentos para delinear las cosas. Toda ciencia, entonces, permanece largo tiempo en la
oscuridad, enredada en el lenguaje.
En primer lugar existe un lenguaje ya acabado, del que nos servimos cual si fuese una mala
herramienta. De vez en cuando se producen vuelcos: del flogisto al oxígeno, por ejemplo.
Pues Lavoisier contribuye, a la vez, con el flogisto y con el concepto correcto, el oxígeno. La
raíz de la dificultad estriba en que sólo pueden introducirse símbolos, matemáticos u otros,
gracias al lenguaje cotidiano, pues es preciso explicar cómo se los va a utilizar. Estamos pues
en cierto nivel del intercambio humano, en este caso en el nivel del terapeuta. Freud está allí a
pesar de su denegación. Pero, como lo mostró Jones, se impuso desde el inicio la ascesis de
no caer en el dominio especulativo, al que su naturaleza le inclinaba. Se sometió a la
disciplina de los hechos, al laboratorio. Se alejó del mal lenguaje.
Consideremos ahora la noción de sujeto. Cuando se la introduce, se introduce el sí mismo. El
hombre que les habla es un hombre como los demás: hace uso del mal lenguaje. El sí mismo
está entonces cuestionado.
Así, Freud sabe desde el comienzo que sólo si se analiza progresará en el análisis de los
neuróticos. La importancia creciente actualmente atribuida a la contratransferencia implica el
reconocimiento de que, en el análisis, no sólo está el paciente. Hay dos; y no solamente dos.
Fenomenológicamente, la situación analítica es una estructura, es decir que sólo gracias a ella
son aislables, separables, ciertos fenómenos. Es otra estructura, la de la subjetividad, la que
crea en los hombres la idea de que pueden comprenderse a sí mismos.
Ser neurótico puede pues ser útil para llegar a ser un buen psicoanalista, y al comienzo, esto
le sirvió a Freud. Producimos sentido, contra-sentido, sin-sentido, como Monsieur Jourdain su
prosa. Aún hacía falta encontrar allí los lineamientos de la estructura. También Jung,
maravillándose, re-descubre en los símbolos de los sueños y de las religiones, ciertos
arquetipos propios de la especie humana. Esta también es una estructura; pero distinta a la
estructura analítica.
Freud introdujo el determinismo peculiar de esta estructura. De allí la ambigüedad presente
por doquier en su obra. ¿El sueño, por ejemplo, es deseo o reconocimiento del deseo? O más
aún, el ego es, por un lado, un huevo vacío diferenciado en su superficie por el contacto con
el mundo de la percepción, pero es también cada vez que nos topamos con él, quien dice
«no» o yo (moi), yo (je)(1), quien habla a los otros, quien se expresa en diferentes registros.
Vamos a seguir las técnicas de un arte del diálogo. Como el buen cocinero, tenemos que
saber qué articulaciones, qué resistencias encontramos.
El super-ego es una ley sin sentido aún cuando no tiene más fundamento que el lenguaje. Si
digo «tú irás hacia la derecha», es para permitir al otro acordar su lenguaje con el mío.
Pienso en lo que está pensando en el momento en que le hablo. Este esfuerzo por encontrar
un acuerdo constituye la comunicación propia del lenguaje. Este tú es tan fundamental que su
intervención es previa a la conciencia. Por ejemplo, la censura, que es intencional, actúa
antes que la conciencia, funciona vigilante. Tú no es una señal, sino una referencia al otro, es
orden y amor.
Del mismo modo, el ideal del yo es un organismo de defensa perpetuado por el yo para
prolongar la satisfacción del sujeto. Pero es también la función más deprimente en el sentido
psiquiátrico del término.
El id no es reducible a un puro dato objetivo, a las pulsiones del sujeto. Nunca un análisis
culminó en la determinación de tal o cual índice de agresividad o erotismo. El punto al cual
conduce el progreso del análisis, el punto extremo de la dialéctica del reconocimiento
existencial, es: Tú eres esto. Este ideal, de hecho, nunca es alcanzado.
El ideal del análisis no es el completo dominio de sí, la ausencia de pasión. Es hacer al sujeto
capaz de sostener el diálogo analítico, de no hablar ni demasiado pronto, ni demasiado tarde.
A esto apunta un análisis didáctico.
Se denomina razón a la introducción de un orden de determinaciones en la existencia
humana, en el orden del sentido. El descubrimiento de Freud es el re-descubrimiento, en un
terreno virgen, de la razón.
Jacques Lacan / Los Seminarios de Jacques Lacan / Seminario 1. Los escritos
técnicos de Freud. / Apertura. 18 de Noviembre de 1953 / NOTA DEL
TRADUCTOR
NOTA DEL TRADUCTOR
La continuación de esta lección falta, al igual que todas las lecciones de finales del año 1953.
Indice del Seminario 1
Jacques Lacan / Los Seminarios de Jacques Lacan / Seminario 1. Los escritos
técnicos de Freud. / Clase 1. Introducción a los comentarios sobre los escritos
técnicos de Freud. 13 de Enero de 1954
Introducción a los comentarios sobre los escritos técnicos de Freud.
13 de Enero de 1954
El seminario. La confusión en el análisis. La historia no es el pasado. Teorías del ego.
Introduciré con mucho gusto este año, en el que les deseo la mejor suerte, diciéndoles: ¡se
acabaron las bromas!
Durante el último trimestre, sólo han tenido que escucharme; les anuncio solemnemente que
en este trimestre que comienza, cuento con, espero, me atrevo a esperar, que, también yo,
los escucharé un poco.
Es la ley misma, y la tradición del seminario que quienes participan en él aporten algo más
que un esfuerzo personal: una colaboración a través de comunicaciones efectivas. La
colaboración sólo puede venir de quienes están interesados del modo más directo en este
trabajo, de aquellos para quienes estos seminarios de textos tienen pleno sentido, de quienes
están comprometidos, de diferentes modos, en nuestra práctica. Esto no excluirá que
obtengan las respuestas que dentro de mis posibilidades pueda darles.
Me interesaría especialmente que todos y todas, en la medida de sus medios, a fin de
contribuir a este nuevo estadio del seminario, dieran el máximo. Este máximo consiste en que,
cuando interpele a tal o cual pala encomendarle una parte precisa de nuestra tarea común,
éste no responda con aire aburrido que, precisamente, tiene esta semana ocupaciones
particularmente importantes.
Me dirijo aquí a quienes forman parte del grupo de psicoanálisis que representamos. Quisiera
que captaran que si éste est constituido como tal, con carácter de grupo autónomo, lo est en
función de una tarea que implica para cada uno de nosotros nada menos que el porvenir.: el
sentido de todo lo que hacemos y tendremos que hacer durante el resto de nuestra existencia.
Si no vienen aquí a fin de cuestionar toda su actividad, no veo por qué est n ustedes aquí.
¿Por qué permanecerían ligados a nosotros, en lugar de asociarse a una forma cualquiera de
burocracia, quienes no sintiesen el sentido de nuestra tarea?
1
Estas reflexiones son particularmente pertinentes, a mi parecer, en el momento en que vamos
a abordar lo que habitualmente se denomina los Escritos Técnicos de Freud.
Escritos Técnicos es un término ya establecido por cierta tradición. Estando Freud aún en
vida, apareció bajo el título de Kleine Neurosen Schrifte, un pequeño volumen in octavo, que
escogía cierto número de escritos de Freud, comprendidos entre 1904 y 1919, cuyo título,
presentación, y contenido, indicaban que trataban del método psicoanalítico.
Lo que motiva y justifica esta forma es la necesidad de alertar al practicante inexperto, quien
querría precipitarse al análisis, y a quien hay que evitarle ciertas confusiones respecto a la
práctica del método, y también respecto a su esencia.
Se encuentran en estos escritos pasajes de suma importancia para captar el progreso que ha
conocido en el curso de estos años la elaboración de la práctica. Gradualmente vemos
aparecer nociones fundamentales para comprender el modo de acción de la terapéutica
analítica, la noción de resistencia y la función de la transferencia, el modo de acción e
intervención en la transferencia, e incluso, hasta cierto punto, el papel esencial de la neurosis
de transferencia. Es inútil pues subrayar aún más el peculiar interés que tiene este pequeño
conjunto de escritos.
Ciertamente este agrupamiento no es completamente satisfactorio, y el término escritos
técnicos no es quizás el que le da su unidad. Unidad que, no por eso, es menos efectiva. El
conjunto es el testimonio de una etapa en el pensamiento de Freud. Lo estudiaremos desde
esa perspectiva.
Estos textos constituyen una etapa intermedia. Ella continúa el primer desarrollo que alguien,
analista cuya pluma no siempre es acertada, pero que en esta ocasión hizo un feliz hallazgo,
bello incluso, denominó la experiencia germinal de Freud. Precede a la elaboración de la
teoría estructural.
Los orígenes de esta etapa intermedia deben situarse entre 1904 y 1909.
En 1904, aparece el artículo sobre el método psicoanalítico, hay quienes sostienen que surge
allí por primera vez la palabra psicoanálisis; esto es falso pues Freud ya la había utilizado
mucho antes, aún cuando es empleada allí de modo formal, y en el título mismo del artículo.
1909, momento de las conferencias en la Clark University, del viaje de Freud a América,
acompañado de su hijo, Jung.
Si retornamos las cosas en el año 1920, vemos elaborarse la teoría de las instancias, la teoría
estructural, o como Freud también la llamó, metapsicológica. Es este otro desarrollo de su
experiencia y su descubrimiento que nos ha legado.
Como pueden ver, los escritos llamados técnicos se escalonan entre estos dos desarrollos.
Esto es lo que les confiere su sentido. Es una concepción errónea creer que su unidad surge
del hecho de que Freud habla en ellos de técnica.
En cierto sentido, Freud nunca dejó de hablar de técnica. Basta evocar ante ustedes los
Studien über Hysterie, que no son más que una larga exposición del descubrimiento de la
técnica analítica. La vemos allí en formación; esto es lo que le da su valor. Por ellos habría
que empezar si quisiera hacerse una exposición completa, sistemática, del desarrollo de la
técnica en Freud. La razón por la cual no he tomado los Studien über Hysterie es sencilla; no
son fácilmente accesibles(2) -ya que no todos leen alemán, ni siquiera inglés- ciertamente
existen otras razones, además de estas razones circunstanciales, que hacen que haya
preferido más bien los Escritos Técnicos.
Incluso en La Interpretación de los sueños, se trata todo el tiempo, constantemente, de
técnica. No hay obra alguna, dejando de lado lo que ha escrito sobre temas mitológicos,
etnográficos, culturales, donde Freud no aporte algo sobre la técnica. Inútil también es
subrayar que un artículo como Análisis terminable e interminable, aparecido hacia 1934, es
uno de los artículos más importantes en lo que a técnica se refiere.
Quisiera ahora acentuar la actitud que me parece deseable mantener, este trimestre, en el
comentario de estos escritos. Es necesario fijarla desde hoy.
2
Obtendremos, evidentemente, una completa satisfacción si consideramos que estamos aquí
para inclinarnos con admiración ante los textos freudianos, y maravillarnos.
Estos escritos son de tal frescura y vivacidad, que nada tienen que envidiar a otros escritos de
Freud. Su personalidad se revela aquí a veces de modo tan directo que es imposible dejar de
encontrarla. La simplicidad y la franqueza del estilo son ya, por sí mismas, una especie de
lección.
Particularmente, la soltura con que encara el problema de las reglas prácticas que se deben
observar, nos permite ver en qué medida ellas eran, para Freud, un instrumento, en el sentido
en que se dice una herramienta hecha a medida. En suma dice, está, hecha a la medida de
mi mano, y así es como yo suelo agarrarla. Otros quizá preferirían un instrumento ligeramente
diferente, más adecuado a su mano. Encontrarán pasajes que expresan esto aún más
netamente de lo que yo lo hago en esta forma metafórica.
La formalización de las reglas técnicas es tratada así en estos escritos con una libertad que
por sí sola es enseñanza suficiente, y que brinda ya en una primera lectura su fruto y
recompensa. Nada más saludable y liberador. Nada muestra mejor que la verdadera cuestión
se halla en otro lado.
Esto no es todo. Existe, en el modo en que Freud nos transmite lo que se podría denominar
las vías de la verdad de su pensamiento, otro aspecto, que se descubre en algunos pasajes
que aparecen quizás en segundo plano, pero que son no obstante notables. El carácter
doliente de su personalidad, su sentimiento de la necesidad de autoridad; acompañado en él
de cierta depreciación fundamental de lo que puede esperar, quien tiene algo que transmitir o
enseñar, de quienes lo escuchan y siguen. En muchos sitios aparece cierta desconfianza
profunda respecto al modo en que se aplican y comprenden las cosas. Creo incluso, ustedes
lo verán, que se encuentra en él una depreciación muy particular de la materia humana que le
ofrece el mundo contemporáneo. Esto, seguramente, es lo que nos permite vislumbrar porqué
Freud ejerció concretamente el peso de su autoridad para asegurar, así creía él, el porvenir
del análisis, exactamente a la inversa de lo que sucede en sus escritos. Respecto a todos los
tipos de desviaciones, pues eso era, que se manifestaron, fue exclusivista, e imperativo en el
modo en que dejó organizarse a su alrededor la transmisión de su enseñanza.
Esto no es sino una aproximación a lo que puede revelársenos en esta lectura sobre el
aspecto histórico de la acción y la presencia de Freud. ¿Nos limitaremos acaso a este
registro? Ciertamente no, aunque más no sea por la sola razón de que sería asaz inoperante
a pesar del interés, el estímulo, el agrado, el esparcimiento que de él podemos esperar.
Hasta ahora he enfocado siempre este comentario de Freud en función de la pregunta ¿qué
hacemos cuando hacemos análisis? El análisis de estos breves escritos continuar en el
mismo estilo. Partir pues de la actualidad de la técnica, de lo que se dice, se escribe, y se
practica en relación a la técnica analítica.
Ignoro si la mayoría de ustedes- espero que al menos una parte sí- ha tomado conciencia de
lo siguiente. Cuando, hoy en día- me refiero a 1954, este año tan joven, tan nuevoobservamos
cómo los distintos practicantes del análisis piensan, expresan, conciben su
técnica, nos decimos que las cosas han llegado a un punto que no es exagerado denominar la
confusión m s radical. Les informo que, actualmente, entre quienes son analistas y piensan (lo
que ya restringe el círculo) no hay quizás ni uno que, en el fondo, esté de acuerdo con sus
contemporáneos o vecinos respecto a lo que hacen, a lo que apuntan, a lo que obtienen, y a
lo que está en juego en el análisis.
Hasta tal punto es así que podríamos divertirnos jugando a comparar las concepciones más
extremas: veríamos cómo culminan en formulaciones rigurosamente contradictorias. Esto, sin
siquiera recurrir a los aficionados a las paradojas que, por otra parte, no son tan numerosos.
El tema es suficientemente serio como para que los distintos teóricos lo aborden sin ingenio
alguno, y así el humor está ausente, en general, de sus elucubraciones sobre los resultados
terapéuticos, sus formas, sus procedimientos y las vías por las que se obtienen. Se contentan
con aferrarse a la barandilla, al pretil de algún fragmento de la elaboración teórica de Freud.
Sólo esto le ofrece a cada uno la garantía de estar aún en comunicación con sus compañeros
y colegas. Sólo gracias al lenguaje freudiano se mantiene un intercambio entre practicantes
que tienen concepciones manifiestamente muy diferentes de su acción terapéutica, y aún
más, acerca de la forma general de esa relación interhumana que se llama psicoanálisis.
Como ven, cuando digo relación interhumana coloco las cosas en el punto al que han llegado
en la actualidad. En efecto, elaborar la noción de la relación entre analista y analizado, tal es
la vía en la que se comprometieron las doctrinas modernas intentando encontrar una base
adecuada a la experiencia concreta. Esta es, ciertamente, la dirección más fecunda desde la
muerte de Freud. M. Balint la denomina two bodies' psychology, expresión que, por otra parte,
no es suya, ya que la tomó del difunto Rickman, una de las pocas personas que, después de
la muerte de Freud, ha tenido en los medios analíticos un poco de originalidad teórica. En
torno a esta fórmula pueden reagruparse fácilmente todos los estudios sobre la relación de
objeto, la importancia de la contratransferencia y cierto número de términos conexos, entre
ellos en primer lugar el fantasma. La inter-reacción imaginaria entre analizado y analista es
entonces algo que deberemos tener en cuenta.
¿Significa esto que es una vía que nos permite situar correctamente los problemas? En parte
sí. En parte no.
Es interesante promover una investigación de este tipo, siempre y cuando se acentúe
adecuadamente la originalidad de lo que está en juego respecto a la one body's psychology,
la psicología constructiva habitual. ¿Pero, basta afirmar que se trata de una relación entre dos
individuos? Podemos percibir aquí el callejón sin salida hacia el cual se ven empujadas
actualmente las teorías de la técnica.
Por el momento no puedo decirles más, aún cuando, quienes están familiarizados con este
seminario deben, sin duda, comprender que, sin que intervenga un tercer elemento, no existe
two bodies' psychology. Si se toma la palabra tal como se debe, como perspectiva central, la
experiencia analítica debe formularse en una relación de tres, y no de dos.
Esto no quiere decir que no puedan expresarse fragmentos, trozos, pedazos importantes de
esta teoría en otro registro. De este modo se captan las dificultades que enfrentan los
teóricos. Es fácil comprenderlos: si, efectivamente, debemos representamos el fundamento de
la relación analítica como triádico, existen varias maneras de elegir en esta tríada dos
elementos. Se puede acentuar una u otra de las tres relaciones duales que se establecen en
su interior. Este ser, ya verán, una manera práctica de clasificar cierto número de
elaboraciones teóricas que son datos de la técnica.
3
Es posible que todo esto pueda parecerles por el momento un poco abstracto y, para
introducirlos en esta discusión, quiero intentar decirles algo más concreto.
Evocaré rápidamente la experiencia germinal de Freud, de la que hace un instante les hablé,
ya que en suma ella fue en parte el objeto de nuestras lecciónes del último trimestre,
enteramente centrado alrededor de la noción de que la reconstitución completa de la historia
del sujeto es el elemento esencial, constitutivo, estructural, del progreso analítico.
Creo haberles demostrado que éste es el punto de partida de Freud. Para él siempre se trata
de la aprehensión de un caso singular. En ello radica el valor de cada uno de sus cinco
grandes psicoanálisis. Los dos o tres que ya hemos examinado, elaborado, trabajado juntos
los años anteriores, lo demuestran. El progreso de Freud, su descubrimiento, está en su
manera de estudiar un caso en su singularidad.
¿Qué quiere decir estudiarlo en su singularidad? Quiere decir que esencialmente, para él, el
interés, la esencia, el fundamento, la dimensión propia del análisis, es la reintegración por
parte del sujeto de su historia hasta sus últimos límites sensibles, es decir hasta una
dimensión que supera ampliamente los límites individuales. Lo que hemos hecho juntos,
durante estos últimos años, es fundar, deducir, demostrar esto en mil puntos textuales de
Freud.
Esta dimensión revela cómo acentuó Freud en cada caso los puntos esenciales que la técnica
debe conquistar; puntos que llamaré situaciones de la historia. ¿Acaso es éste un acento
colocado sobre el pasado tal como, en una primera aproximación, podría parecer? Les mostré
que no era tan simple. La historia no es el pasado. La historia es el pasado historizado en el
presente, historizado en el presente porque ha sido vivido en el pasado.
El camino de la restitución de la historia del sujeto adquiere la forma de una búsqueda de
restitución del pasado. Esta restitución debe considerarse como el blanco hacia el que
apuntan las vías de la técnica.
Verán indicada a lo largo de toda la obra de Freud, en la cual como les dije las indicaciones
técnicas se encuentran por doquier, cómo la restitución del pasado ocupó hasta el fin, un
primer plano en sus preocupaciones. Por eso, alrededor de esta restitución del pasado, se
plantean los interrogantes abiertos por el descubrimiento freudiano, que no son sino los
interrogantes, hasta ahora evitados, no abordados -en el análisis me refiero- a saber, los que
se refieren a las funciones del tiempo en la realización del sujeto humano.
Cuando volvemos al origen de la experiencia freudiana cuando
digo origen no digo origen
histórico, sino fuentenos
damos cuenta que esto mantiene siempre vivo al análisis, a pesar
de los ropajes profundamente diferentes con que se lo viste. Freud coloca siempre, una y otra
vez, el acento sobre la restitución del pasado, aún cuando, con la noción de las tres instancias
verán
que también podemos decir cuatroda
al punto de vista estructural un desarrollo
considerable, favoreciendo así cierta orientación que, cada vez más, centrar la relación
analítica en el presente, en la sesión en su actualidad misma, entre las cuatro paredes del
análisis.
Para sostener lo que estoy diciendo, me basta evocar un artículo que publicaba en 1934,
Konstruktionen in der Analyse, en el que Freud trata, una y otra vez, la reconstrucción de la
historia del sujeto. No encontramos ejemplo más carácterístico de la persistencia de este
punto de vista de una punta a otra de la obra de Freud. Hay allí una insistencia última en este
tema pivote. Este artículo es la esencia, la cima, la última palabra de lo que constantemente
se halla en juego en una obra tan central como El hombre de los lobos: ¿cuál es el valor de lo
reconstruido acerca del pasado del sujeto?
Podemos decir que Freud llega allí pero
se siente claramente en muchos otros puntos de su
obraa
una concepción que emergía en los seminarios que realizamos el último trimestre, y
que es aproximadamente la siguiente: que el sujeto reviva, rememore, en el sentido intuitivo
de la palabra, los acontecimientos formadores de su existencia, no es en sí tan importante. Lo
que cuenta es lo que reconstruye de ellos.
Existen sobre este punto fórmulas sorprendentes. Después de todo escribe
FreudTraüme,
los sueños, sind auch erinnern, son también un modo de recordar. Incluso llegar a decir que
los recuerdos encubridores mismos son, después de todo, representantes satisfactorios de lo
que está en juego. Es cierto que en su forma manifiesta de recuerdos no lo son, pero si los
elaboramos suficientemente nos dan el equivalente de lo que buscamos.
¿Ven ustedes adónde arribamos? En la concepción misma de Freud, arribamos a la idea de
que se trata de la lectura, de la traducción calificada, experimentada, del criptograma que
representa lo que el sujeto posee actualmente en su conciencia
¿qué diré?, ¿de él mismo?
No solamente de él mismode
él mismo y de todo, es decir del conjunto de su sistema.
Hace un momento les dije, que la restitución de la integridad del sujeto se presenta como una
restauración del pasado. Sin embargo, el acento cae cada vez más sobre la faceta de
reconstrucción que sobre la faceta de reviviscencia en el sentido que suele llamarse afectivo.
En los textos de Freud encontramos la indicación formal de que lo exactamente revivido- que
el sujeto recuerde algo como siendo verdaderamente suyo, como habiendo sido
verdaderamente vivido, que comunica con él, que él adopta- no es lo esencial. Lo esencial es
la reconstrucción, término que Freud emplea hasta el fin.
Hay aquí algo muy notable, que sería paradójico, si para acceder a ello no tuviéramos idea
acerca del sentido que puede cobrar en el registro de la palabra, que intento promover aquí
como necesario para la comprensión de nuestra experiencia. Diré, finalmente, de qué se trata,
se trata menos de recordar que de reescribir la historia.
Hablo de lo que esta en Freud. Esto no quiere decir que tenga razón, pero esta trama es
permanente, subyace continuamente al desarrollo de su pensamiento. Nunca abandonó algo
que sólo puede formularse en la forma que acabo de hacerlo reescribir
la historiafórmula
que permite situar las diversas indicaciones que brinda a propósito de pequeños detalles
presentes en los relatos en análisis.
4
Podría confrontar la concepción freudiana que les expongo con concepciones completamente
diferentes de la experiencia analítica.
Hay quienes efectivamente consideran el análisis como una especie de descarga
homeopática, por parte del sujeto, de su aprehensión fantasmática del mundo. Según ellos,
en el interior de la experiencia actual que transcurre en el consultorio, esta aprehensión
fantasmática debe, poco a poco, reducirse, transformarse, equilibrarse en cierta relación con
lo real. El acento est puesto allí, pueden verlo claramente en otros autores que Freud, en la
transformación de la relación fantasmática en una relación que se llama, sin ir más lejos, real.
Sin duda, pueden formularse las cosas de modo más amplio, con suficientes matices como
para dar cabida a la pluralidad expresiva, como lo hace una persona que ya nombré aquí, y
que escribió sobre técnica. Pero, a fin de cuentas, todo se reduce a esto. Singulares
incidencias resultan de ello, que podremos evocar cuando comentemos los textos freudianos.
¿Cómo la práctica instituida por Freud ha llegado a transformarse en un manejo de la relación
analista-analizado en el sentido que acabo de comunicarles?, es ésta la pregunta fundamental
que encontraremos en el transcurso del estudio que intentamos.
Esta transformación es consecuencia del modo en que fueron acogidas, adoptadas,
manejadas, las nociones que Freud introdujo en el período inmediatamente ulterior al de los
Escritos Técnicos, a saber las tres instancias. Entre las tres, es el ego la primera en cobrar
importancia. Todo el desarrollo de la técnica analítica gira, desde entonces, en torno a la
concepción del ego, es allí donde radica la causa de todas las dificultades planteadas por la
elaboración teórica de este desarrollo práctico.
Sin duda alguna hay una gran distancia entre lo que efectivamente hacemos en esa especie
de antro donde un enfermo nos habla y donde, de vez en cuando, le hablamos, y la
elaboración teórica que de ello hacemos. Incluso en Freud, en quien la separación es
infinitamente más reducida, tenemos la impresión que se mantiene una distancia.
No soy desde luego el único que se ha planteado esta pregunta: ¿qué hacía Freud
efectivamente? Bergler formula esta pregunta por escrito y responde que no sabemos gran
cosa acerca de ello, salvo lo que Freud mismo nos dejó ver cuando, también él, formuló
directamente por escrito el fruto de algunas de sus experiencias y, en particular, sus cinco
grandes psicoanálisis. Tenemos allí la mejor apertura hacia el modo en que Freud actuaba.
Pero los rasgos de su experiencia no parecen poder reproducirse en su realidad concreta. Por
una razón muy sencilla, en la cual ya he insistido: la singularidad de la experiencia analítica
tratándose de Freud.
Fue realmente Freud quien abrió esta vía de la experiencia. Este hecho, por sí solo, le daba
una óptica absolutamente particular, que su diálogo con el paciente demuestra. Se advierte, a
cada momento, que el paciente no es para él más que algo así como un apoyo, un
interrogante, un control si se quiere, en el camino por el que él, Freud, avanza solitario. A ello
se debe el drama, en el sentido propio de la palabra, de su búsqueda. El drama que llega, en
cada caso que nos ha aportado, hasta el fracaso.
Durante toda su vida Freud continuó por las vías que había abierto en el curso de esta
experiencia, alcanzando finalmente algo que se podría llamar una tierra prometida. Pero no
puede afirmarse que haya penetrado en ella. Basta leer lo que se puede considerar su
testamento, Análisis terminable e interminable, para ver que, si de algo tenía conciencia, era,
justamente, de no haber penetrado en la tierra prometida. Este artículo no es una lectura
aconsejable para cualquiera, para cualquiera que sepa leer por
suerte poca gente sabe leerya
que, por poco analista que uno sea, es difícil de asimilar, y si uno no lo es, pues entonces
le importa un bledo.
A quienes están en posición de seguir a Freud, se les plantea la pregunta acerca de cómo
fueron adoptadas, re-comprendidas, re-pensadas las vías que heredamos. De modo tal que
nuestra única alternativa es reunir nuestros aportes bajo la égida de una crítica, una crítica de
la técnica analítica.
La técnica no vale, no puede valer sino en la medida en que comprendemos dónde est la
cuestión fundamental para el analista que la adopta. Pues bien, señalemos en primer término,
que escuchamos hablar del ego como si fuera un aliado del analista, y no solamente un
aliado, sino como si fuese la única fuente de conocimiento. Suele escribirse que sólo
conocemos el ego. Anna Freud, Fenichel, casi todos los que han escrito sobre análisis a partir
de 1920, repiten: No nos dirigimos sino al yo, no tenemos comunicación sino con el yo y todo
debe pasar por el yo.
Por el contrario, desde otro ángulo, todo el progreso de esta psicología del yo puede
resumirse en los siguientes términos: el yo esta estructurado exactamente como un síntoma.
No es más que un síntoma privilegiado en el interior del sujeto. Es el síntoma humano por
excelencia, la enfermedad mental del hombre.
Traducir el yo analítico de esta manera rápida, abreviada, es resumir, lo mejor posible, los
resultados de la pura y simple lectura del libro de Anna Freud El yo y los mecanismos de
defensa. Ustedes no pueden dejar de sorprenderse de que el yo se construye, se sitúa en el
conjunto del sujeto, exactamente como un síntoma. Nada lo diferencia. No hay objeción
alguna que pueda hacerse a esta demostración, especialmente fulgurante. No menos
fulgurante es que las cosas hayan llegado a un punto tal de confusión, que el catálogo de los
mecanismos de defensa que constituyen el yo resulta una de las listas más heterogéneas que
puedan concebirse. La misma Anna Freud lo subraya muy bien: aproximar la represión a
nociones tales como las de inversión del instinto contra su objeto o inversión de sus fines, es
reunir elementos en nada homogéneos.
En el punto en que nos encontramos, tal vez no podamos hacer nada mejor. Pero de todos
modos podemos destacar la profunda ambigüedad de la concepción que los analistas se
hacen del ego; ego sería todo aquello a lo que se accede, aunque, por otra parte, no sea sino
una especie de escollo, un acto falido, un lapsus.
Al comienzo de sus capítulos sobre la interpretación analítica, Fenichel habla del ego como
todo el mundo, y siente necesidad de afirmar que desempeña este papel esencial: ser la
función mediante la cual el sujeto aprende el sentido de las palabras.
Pues bien, desde la primera línea, Fenichel está en el núcleo del problema. Todo radica allí.
Se trata de saber si el sentido del ego desborda al yo.
Si esta función es una función del ego, todo el desarrollo que Fenichel hace a continuación
resulta absolutamente incomprensible; por otra parte, él tampoco insiste. Afirmo que es un
lapsus, porque Fenichel no lo desarrolla, y todo lo que sí desarrolla consiste en afirmar lo
contrario, y lo conduce a sostener que, a fin de cuentas, el id y el ego, son exactamente lo
mismo, lo cual no aclara mucho las cosas. Sin embargo, lo
repitoo
bien la continuación del
desarrollo es impensable, o bien no es cierto que el ego sea la función por la que el sujeto
aprende el sentido de las palabras.
¿Qué es el ego? Aquello en lo que el sujeto está capturado, más allá del sentido de las
palabras, es algo muy distinto: el lenguaje, cuyo papel es formador, fundamental en su
historia. Tendremos que formular estos interrogantes que nos conducir n lejos, a propósito de
los Escritos Técnicos de Freud, haciendo la salvedad de que, en primer lugar, estén en
función de la experiencia de cada uno de nosotros.
Será también necesario, cuando intentemos comunicarnos entre nosotros a partir del estado
actual de la teoría y de la técnica, que nos planteemos la cuestión de saber lo que ya estaba
implicado en lo que Freud introducía. ¿Qué es lo que, quizá, ya en Freud se orientaba hacia
las fórmulas a las que somos hoy conducidos en nuestra práctica? ¿Qué reducción tal vez
existe en la forma en que somos llevados a considerar las cosas? ¿O acaso, algo de lo
realizado luego, avanza hacia una ampliación, una sistematización más rigurosa, más
adecuada a la realidad? Nuestro comentario sólo adquirirá su sentido en este registro.
5
Quisiera ofrecerles una idea más precisa aún sobre la manera en que encaro este seminario.
Han visto, al final de las últimas lecciónes que les he expuesto, el esbozo de una lectura de lo
que puede llamarse el mito psicoanalítico. Esta lectura está orientada, no tanto a criticarlo,
sino más bien a medir la amplitud de la realidad con la que se enfrenta, y a la cual brinda una
respuesta, mítica.
Pues bien, el problema es más limitado, pero mucho más urgente cuando se trata de técnica.
En efecto, el examen que debemos hacer de todo lo que pertenece al orden de nuestra
técnica no debe escapar a nuestra propia disciplina. Si hay que distinguir los actos y
comportamientos del sujeto de lo que viene a decirnos en la sesión, diría que nuestros
comportamientos concretos en la sesión analítica están igualmente distanciados de la
elaboración teórica que de ellos hacemos.
Sin embargo, no es ésta sino una primera verdad, que sólo adquiere su alcance si se la
invierte, y quiere decir, al mismo tiempo: tan próximos. El absurdo fundamental del
comportamiento interhumano sólo puede comprenderse en función de ese sistema como
acertadamente lo ha denominado Melanie Klein, sin saber, como siempre, lo que decíallamado
yo humano, a saber, esa serie de defensas, negaciones, barreras, inhibiciones,
fantasmas fundamentales que orientan y dirigen al sujeto. Pues bien, nuestra concepción
teórica de nuestra técnica, aunque no coincida exactamente con lo que hacemos, no por ello
deja de estructurar, de motivar, la más trivial de nuestras intervenciones sobre los
denominados pacientes
En efecto, he aquí lo grave. Porque efectivamente nos permitimos nos
permitimos las cosas
sin saberlo, tal como el análisis lo ha reveladohacer
intervenir nuestro ego en el análisis.
Puesto que se sostiene que se trata de obtener una re-adaptacion del paciente a lo real, sería
preciso saber si es el ego del analista el que da la medida de lo real.
Con toda seguridad, no basta para que nuestro ego entre en juego, que tengamos una cierta
concepción del ego, cual un elefante en el bazar de nuestra relación con el paciente. Sin
embargo, cierto modo de concebir la función del ego en el análisis no deja de tener relación
con cierta práctica del análisis que podemos calificar de nefasta.
Me limitaré a abrir esta cuestión. Nuestro trabajo debe resolverla. ¿Acaso la totalidad del
sistema del mundo de cada uno de nosotros me
refiero a ese sistema concreto que no
necesita el síntoma humano por excelencia, la enfermedad mental del hombre que lo
hayamos formulado para que esté allí, que no es del orden del inconsciente, pero que actúa
sobre nuestro modo cotidiano de expresarnos, en la más mínima espontaneidad de nuestro
discursoes
algo que efectivamente debe servir, sí o no, como medida en el análisis?
Creo haber abierto suficientemente la cuestión, como para que vean, ahora, el interés de lo
que podemos hacer juntos.
Mannoni, ¿quiere usted asociarse a uno de sus compañeros, Anzieu, por ejemplo, para
estudiar la noción de resistencia en los escritos de Freud, que est n a su alcance con el título
de Acerca de la técnica psicoanalítica.(3) No descuiden la continuación de las lecciónes de la
Introducción al psicoanálisis. ¿Y si otros dos, Perrier y Granoff, por ejemplo, quisieran
asociarse para trabajar el mismo tema? Ya veremos cómo hemos de proceder. Nos dejaremos
guiar por la experiencia misma.
Indice del Seminario 1
Jacques Lacan / Los Seminarios de Jacques Lacan / Seminario 1. Los escritos
técnicos de Freud. / Clase 2. Primeras intervenciones sobre el problema de la
resistencia. 20 y 27 de Enero de 1954
Primeras intervenciones sobre el problema de la resistencia.
20 y 27 de Enero de 1954
El análisis la primera vez. Materialidad del discurso. Análisis del análisis. ¿Megalomanía de
Freud?
1
Después de la ponencia de 0. Mannoni
Agradecemos calurosamente a Mannoni quien acaba de hacer una muy acertada apertura
hacia la reanudación del dialogo en el seminario. No obstante, su tendencia es netamente
fenomenológica, y no pienso que la solución asuma totalmente la forma que él nos deja
entrever, él mismo lo ha sentido así. Pero está bien que plantee el problema como lo ha
hecho, hablando de un mecanismo interpersonal, aunque en este caso la palabra mecanismo
sea tan sólo aproximativa.
2
Interrupción, en el transcurso de la ponencia de D. Anzieu
Freud explica, a propósito de Lucy R., que recurría a la presión de las manos cuando sólo
conseguía una hipnosis incompleta. Dice a continuación que dejó de preocuparse por este
asunto; y que renunció incluso a obtener del sujeto, según el método clásico, la respuesta a la
pregunta ¿duerme usted?, porque le desagradaba escuchar la respuesta: Pero no, no duermo
en absoluto, lo cual lo colocaba en una situación harto incómoda.
Explica, de manera ingenua y encantadora, que esto lo llevaba a persuadir al sujeto que se
refería a un tipo distinto de sueño que el que el sujeto suponía, y que a pesar de todo éste
debía estar algo adormecido. Rayando casi con la ambigüedad más perfecta, dice muy
claramente, que todo esto le ponía en un gran aprieto, del que sólo pudo desembarazarse el
día en que dejó de preocuparse por ello.
Conservó, sin embargo, la presión de las manos, ya sea sobre la frente, ya sea a ambos lados
de la cabeza, invitando al paciente, al mismo tiempo, a concentrarse en la causa del síntoma.
Era éste un estadio intermedio entre el diálogo y la hipnosis. Los síntomas eran tratados uno
por uno, en sí mismos; los afrontaba directamente como si fueran problemas propuestos. Bajo
las manos de Freud, el paciente estaba seguro de que los recuerdos que iban a presentarse
eran los que importaban, y que no tenía sino que confiar en ellos. Freud añadía este detalle,
en el momento en que levantase las manos —mímica del levantamiento de la barrera— el
paciente volvería a estar perfectamente consciente, y no tendría sino que tomar lo que se
presentase en su mente para estar seguro de tener el hilo por el cabo adecuado.
Es muy notable que, en los casos que Freud relata, este método se haya revelado
perfectamente eficaz. En efecto, resolvió completamente el hermoso caso de Lucy R., con
una facilidad que tiene la belleza de las obras de los primitivos. En todo lo nuevo que se
descubre, hay un feliz azar, una feliz conjunción de los dioses. Por el contrario, con Anna O.,a
pesar del método empleado, estamos en presencia de un largo trabajo de working-through,
que muestra la animación y la densidad de los casos más modernos de análisis: se revive, se
reelabora varias veces la serie completa de acontecimientos, toda la historia. Se trata de una
obra de largo alcance, que dura casi un año. En el caso de Lucy R., las cosas marchan mucho
más aprisa, con elegancia realmente sorprendente. Sin duda, las cosas son demasiado
densas y no nos permiten ver dónde realmente est n los resortes; pero, sin embargo, es un
material perfectamente utilizable. Esta mujer tuvo lo que pueden llamarse alucinaciones
olfativas, síntomas histéricos cuya significación, lugares y fechas, son satisfactoriamente
detectados. Freud en esta ocasión nos proporciona todos los detalles sobre su modo de
operar.
3
Interrupción, en el transcurso de la ponencia de D. Anzieu
Ya he acentuado el carácter privilegiado, debido al carácter especial de su técnica, de los
casos tratados por Freud. Cómo era ella, sólo podemos presumirlo, a través de algunas reglas
que nos dejó, y que han sido fielmente aplicadas. Según lo confiesan los mejores autores, y
entre ellos quienes conocieron a Freud, no podemos hacernos una idea cabal del modo en
que aplicaba la técnica.
Insisto en el hecho de que Freud avanzaba en una investigación que no está marcada con el
mismo estilo que las otras investigaciones científicas. Su campo es la verdad del sujeto. La
investigación de la verdad no puede reducirse enteramente a la investigación objetiva, e
incluso objetivamente, del método científico habitual. Se trata de la realización de la verdad
del sujeto, como dimensión propia que ha de ser aislada en su originalidad en relación a la
noción misma de realidad: es aquí donde he puesto el acento en todas las lecciónes de este
año.
Freud estaba comprometido en la investigación de una verdad que le concernía a él
completamente, hasta en su persona, y por lo tanto también en su presencia ante el enfermo,
en su actividad digamos de terapeuta; aunque el término resulte cabalmente insuficiente para
calificar su actitud. Según afirma el propio Freud, este interés confirió a sus relaciones con sus
enfermos un carácter absolutamente singular.
Ciertamente, el análisis como ciencia es siempre una ciencia de lo particular. La realización de
un análisis es siempre un caso particular, aún cuando estos casos particulares, desde el
momento en que hay más de un analista, se presten, de todos modos, a cierta generalidad.
Pero con Freud la experiencia analítica representa la singularidad llevada a su límite, puesto
que él estaba construyendo y verificando el análisis mismo. No podemos borrar este hecho,
era la primera vez que se hacía un análisis. Sin duda alguna el método se deduce a partir de
allí, pero sólo es método para los demás. Freud, él, no aplicaba un método. Si descuidáramos
el carácter único, inaugural, de su proceder, cometeríamos una grave falta.
El análisis es una experiencia de lo particular. La experiencia verdaderamente original de este
particular adquiere pues un valor aún más singular. Si no subrayamos la diferencia que existe
entre esta primera vez, y todo lo que ha venido después —nosotros que nos interesamos, no
tanto en esta verdad, como en la constitución de las vías de acceso a esta verdad— no
podremos nunca captar el sentido que debe darse a ciertas frases, a ciertos textos que
emergen en la obra de Freud, y que posteriormente adquieren, en otros contextos, un sentido
muy distinto, aunque parecieran calcados uno sobre el otro.
El interés de estos comentarios de textos freudianos reside en que nos permiten seguir
detalladamente cuestiones —ustedes lo verán, ya lo ven hoy— que son de considerable
importancia. Ellas son múltiples, insidiosas, hablando estrictamente, son el prototipo de
cuestión que todos intentan evitar, para confiarse a una cantinela, a una fórmula abreviada,
esquemática, gráfica.
4
D. Anzieu cita un pasaje de los Estudios sobre la Histeria(4)
Interrupción.
Lo sorprendente, en este párrafo que usted invoca, es que se desprende de la metáfora
pseudo-anatómica evocada cuando Freud habla de las imagenes verbales deambulando a lo
largo de los conductos nerviosos. Aquí, lo que se estratificó alrededor del nódulo patógeno
evoca un legajo de documentos, una partitura de varios registros. Estas metáforas tienden,
inevitablemente, a sugerir la materialización de la palabra; no la materialización mítica de los
neurólogos, sino una materialización concreta: la palabra empieza a fluir en las páginas de un
manuscrito impreso. También aparece la metáfora de la página en blanco, del palimpsesto.
Desde entonces han surgido en la pluma de más de un analista.
La noción de varios estratos longitudinales aparece aquí, es decir de varios hilos de discurso.
Los imaginamos en el texto que los materializa en forma de haces literalmente concretos.
Existe una corriente de palabras paralelas que, en determinado momento, se extienden y
rodean al famoso nódulo patógeno —el cual, él también, es una historia— se abren para
incluirlo y, un poco más adelante, vuelven a reunirse.
El fenómeno de la resistencia se sitúa exactamente allí. Existen dos sentidos, un sentido
longitudinal y un sentido radial. Cuando queremos acercarnos a los hilos que se encuentran
en el centro del haz, la resistencia se ejerce en sentido radial. Ella es consecuencia del intento
de atravesar los registros exteriores hacia el centro. Cuando nos esforzamos en alcanzar los
hilos de discurso más próximos al nódulo reprimido, desde él se ejerce una fuerza de
repulsión positiva, y experimentamos la resistencia. Freud, no en los Estudios, sino en un
texto ulterior publicado con el título de Metapsicología, llega incluso a escribir que la fuerza de
la resistencia es inversamente proporcional a la distancia que nos separa del nódulo
reprimido.
No creo que sea ésta la frase exacta, pero es muy sorprendente. Evidencia la materialidad de
la resistencia tal como se la capta en el transcurso de la experiencia y, precisamente, como
decía hace un momento Mannoni, en el discurso del sujeto. Para saber dónde esta el soporte
material, biológico, Freud considera resueltamente el discurso como una realidad en tanto tal,
una realidad que está allí, legajo, conjunto de pruebas como suele decirse, haz de discursos
yuxtapuestos que se recubren unos a otros, se suceden, forman una dimensión, un espesor,
un expediente.
Freud no disponía aún de la noción, aislada como tal, de soporte material de la palabra. Hoy,
habría tomado, como elemento de su metáfora, la sucesión de fonemas que componen parte
del discurso del sujeto. Diría que la resistencia que encontramos es tanto mayor cuanto más
se aproxima el sujeto a un discurso que sería el último y el bueno, pero que rechaza de plano.
En el esfuerzo de síntesis que ustedes han hecho, tal vez lo que no destacaron es una
cuestión que, sin embargo, está en primer plano tratándose de la resistencia: el problema de
las relaciones entre lo inconsciente y lo consciente. ¿Es la resistencia un fenómeno que sólo
aparece en el análisis? ¿O bien es algo de lo que podemos hablar cuando el sujeto está fuera
del análisis, incluso antes de llegar a él, o después de dejarlo? ¿Sigue teniendo sentido la
resistencia fuera del análisis?
Hay un texto sobre la resistencia que se encuentra en el análisis de los sueños, al que
ninguno de ustedes se ha referido, y que permite, sin embargo, abordar algunos problemas
que ambos se han planteado, ya que Freud se interroga allí sobre el carácter de
inaccesibilidad del inconsciente. Las nociones de resistencia son antiquísimas. Desde el
origen, desde las primeras investigaciones de Freud, la resistencia está vinculada a la noción
de ego. Pero, cuando leemos en el texto de los Studien ciertas frases sorprendentes, donde
no sólo se considera al ego como tal, sino al ego como representante de la masa ideacional,
nos damos cuenta que la noción de ego deja vislumbrar ya en Freud, todos los problemas que
ahora nos plantea. Casi diría que es una noción con efecto retroactivo. Cuando se leen estas
primeras cosas a la luz de lo que desde entonces se ha desarrollado en torno al ego, todas
las formulaciones, incluso las más recientes, parecen enmascarar en lugar de evidenciar.
En esta fórmula, la masa ideacional, no pueden ustedes dejar de percibir algo que se asemeja
singularmente a una fórmula que he podido darles, a saber que la contratransferencia no es
sino la función del ego del analista, lo que denominaba la suma de los prejuicios del analista.
Asimismo, encontramos en el paciente una organización completa de certidumbres, creencias,
coordenadas, referencias, que constituyen, hablando estrictamente, lo que Freud llamaba
desde el comienzo un sistema ideacional, y que abreviando podemos llamar aquí el sistema.
¿Proviene la resistencia únicamente de allí? Cuando, en el límite de ese campo de la palabra
que es justamente la masa ideacional del yo, les representaba el montante de silencio tras el
cual una palabra distinta reaparece, aquella que se trata de reconquistar en el inconsciente ya
que ella es esa parte del sujeto separada de su historia: ¿acaso está allí la resistencia? ¿Es,
sí o no, pura y simplemente la organización del yo lo que constituye, como tal, la resistencia?
¿Es esto lo que dificulta el acceso al contenido del inconsciente en sentido radial, para
emplear el término de Freud? Hénos aquí ante una pregunta muy simple, demasiado simple, y
como tal insoluble.
Afortunadamente, durante los primeros treinta años de este siglo, la técnica analítica ha
progresado lo suficiente, ha atravesado suficientes fases experimentales, como para
diferenciar sus preguntas. Hemos sido conducidos, ya lo ven, a lo siguiente —que les he dicho
sería el modelo de nuestra investigación— hay que plantear que la evolución, los avatares de
la experiencia analítica nos informan sobre la naturaleza misma de esta experiencia, en tanto
ella también es una experiencia humana enmascarada para sí misma. Esto es aplicar al
análisis mismo el esquema que él nos ha enseñado. ¿Después de todo, no es él acaso un
rodeo para acceder al inconsciente? Es también elevar a un grado segundo el problema que
nos plantea la neurosis. Por ahora, me limito a afirmarlo, ustedes lo verán demostrarse a la
par de nuestro examen.
¿Qué quiero? —sino salir de este verdadero callejón sin salida, mental y práctico, en el que
desemboca actualmente el análisis. Se dan cuenta ustedes que voy lejos en la formulación de
lo que digo: es importante someter el análisis mismo al esquema operacional que él nos ha
enseñado y que consiste en leer, en las diferentes fases de su elaboración teórico-técnica,
cómo avanzar en la reconquista de la realidad auténtica del inconsciente por parte del sujeto.
Este método nos hará superar en mucho el simple catálogo formal de procedimientos o
categorías conceptuales. Volver a examinar el análisis, en un examen a su vez analítico, es un
procedimiento que revelará su fecundidad en relación a la técnica, como ya lo ha revelado en
relación a los textos clínicos de Freud.
5
Intervenciones en el curso de la discusión
Los textos analíticos abundan en impropiedades metódicas. Hay en ellos temas difíciles de
tratar, de verbalizar, sin dar al verbo un sujeto: leemos también continuamente que el ego
emite la señal de angustia, maneja el instinto de vida, el instinto de muerte; ya no se sabe
dónde está la central, dónde el guardagujas, dónde la aguja. Todo esto es escabroso. Vemos
aparecer constantemente en el texto analítico diablillos de Maxwell, que son de una
clarividencia, de una inteligencia... Lo molesto es que los analistas no tienen una idea muy
precisa de la naturaleza de estos demonios.
Estamos aquí para ver qué significa la evocación de la noción de ego de punta a punta de la
obra de Freud. Es imposible comprender lo que representa esta noción, tal como empezó a
surgir en los trabajos de 1920, en los estudios sobre la psicología del grupo y Das Ich und
das. Es, si se empieza mezclando todo en una suma general con el pretexto de que se trata
de aprehender una cierta vertiente del psiquismo. El ego, en la obra de Freud, no es en
absoluto esto. Cumple un papel funcional vinculado a necesidades técnicas.
El triunvirato que funciona en Nueva York, Hartmann, Loewenstein y Kris, en su tentativa
actual de elaborar una psicología del ego, se pregunta constantemente: ¿qué quiso decir
Freud en su última teoría del ego? ¿Se han extraído, verdaderamente, hasta el momento sus
consecuencias técnicas? No traduzco, sólo repito lo que aparece en los dos o tres últimos
artículos de Hartmann. En el Psychanalytic Quaterly de 1951, encontrarán tres artículos de
Loewenstein, Kris y Hartmann sobre este tema que merecen ser leídos. No podemos decir
que lleguen a una formulación totalmente satisfactoria, pero investigan en este sentido y
plantean principios teóricos que implican aplicaciones técnicas muy importantes que, según
ellos, no se habían percibido. Es muy interesante seguir este trabajo que se elabora a través
de artículos que vemos sucederse desde hace algunos años, especialmente desde el fin de la
guerra. Creo que en ellos se evidencia un fracaso muy significativo, que debe sernos
instructivo.
En todo caso, es grande la distancia recorrida entre el ego del que se habla en los Studien,
masa ideacional, contenido de ideaciones, y la última teoría del ego, aún problemática para
nosotros, tal como Freud la formulo a partir de 1920. Entre ambas, se encuentra ese campo
central que estamos estudiando.
¿Cómo apareció esta última teoría del ego? Es la culminación de la elaboración teórica de
Freud, una teoría extraordinariamente nueva y original. Sin embargo, en la pluma de
Hartmann ella se presenta como si tendiera a incorporarse con todas sus fuerzas a la
psicología clásica.
Ambas cosas son ciertas. Esta teoría, Kris es quien lo escribe, hace entrar al psicoanálisis en
la psicología general, y a la vez, aporta una novedad sin precedentes. Paradoja que aquí
debemos resaltar, ya sea que sigamos con los escritos técnicos hasta las vacaciones, o bien
que abordemos el mismo problema en los escritos de Schreber.
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En el artículo de Bergmann, Germinal cell, se considera como célula germinal de la
observación analítica la noción de reencuentro y restitución del pasado. Hace referencia a los
Studien über Hysterie para evidenciar que Freud hasta el final de su obra, hasta las
expresiones últimas de su pensamiento, mantiene siempre en primer lugar esta noción del
pasado, de mil maneras, y sobre todo bajo la forma de la reconstrucción. En este artículo, la
experiencia de la resistencia no es considerada pues central.
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Hyppolite alude al hecho de que los trabajos anatómicos de Freud pueden considerarse
éxitos, y como tales fueron sancionados. En cambio, cuando comenzó a operar en el plano
fisiológico, parece haber manifestado un cierto desinterés. Esta es una de las razones por las
que no profundizó el alcance del descubrimiento de la cocaína. Su investigación fisiológica fue
floja porque permaneció demasiado cerca de la terapéutica. Freud se ocupó de la utilización
de la cocaína como analgésico, y dejó de lado su valor anestésico.
En fin, aquí sólo estamos evocando un rasgo de la personalidad de Freud. Sin duda,
podríamos preguntarnos si, como decía Z*, se reservaba para un destino mejor. Pero me
parece excesivo llegar hasta el punto de decir que su orientación hacia la psicopatología fue
para él una compensación. Si leemos los trabajos publicados con el título El nacimiento del
psicoanálisis(5) y el primer manuscrito encontrado donde figura la teoría del aparato psíquico,
nos damos cuenta que él está realmente en la corriente de la elaboración teórica de su época
sobre el funcionamiento mecanicista del aparato nervioso; por otra parte todo el mundo lo ha
reconocido así.
Por ello no debemos asombrarnos demasiado de que se inmiscuyan allí metáforas eléctricas.
Pero no hay que olvidar que es en el campo de la conducción nerviosa donde por primera vez
la corriente eléctrica fue experimentada sin aún saberse cuál sería su alcance.
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Z*: Creo que, desde el punto de vista clínico, la noción de resistencia representa realmente
una experiencia que todos enfrentamos alguna vez con casi todos los pacientes en nuestra
práctica: resiste y eso me pone furioso.
¿Qué? ¿Cómo dice?
Z*: Esa experiencia extremadamente desagradable en la que uno se dice: estaba a punto de
encontrarlo, podría encontrarlo él mismo, lo sabe sin saber que lo sabe, no tiene sino que
mirar más allá de sus narices, y este pedazo de imbécil, este idiota, todos los términos
agresivos y hostiles que se nos ocurran, no lo hace. Y la tentación que se siente de forzarlo,
de obligarlo...
No se regodee demasiado en eso.
SR. HYPPOLITE: Esta resistencia que hace pasar al analizado por idiota es lo único que
permite al analista ser inteligente. Esto le permite una elevada conciencia de sí.
De todos modos, la trampa de la contratransferencia, puesto que así hay que llamarla, es más
insidiosa que este primer plano.
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Z*: Freud sustituyó el poder indirecto y más potable que la ciencia ofrece sobre la naturaleza
al poder directo sobre los seres humanos. Volvemos a ver aquí el mecanismo de
intelectualización; comprender a la naturaleza y de ese modo someterla, fórmula clásica del
determinismo, lo cual por alusión remite a ese carácter autoritario de Freud que puntúa toda
su historia, y particularmente, sus relaciones tanto con los herejes como con sus discípulos.
Debo decir que si bien hablo en ese sentido, no he llegado al extremo de convertirlo en la
clave del descubrimiento de freudiano.
Z*: Tampoco pienso convertirlo en su clave, sino en un elemento interesante a destacar. En
esa resistencia, la hipersensibilidad de Freud a la resistencia del sujeto no deja de estar en
relación con su propio carácter.
¿Qué es lo que le permite hablar de la hipersensibilidad de Freud?
Z*: El hecho de que él, y no Breuer, ni Charcot, ni los otros, la haya descubierto. Fue a él a
quien le sucedió, porque la sintió más intensamente, y elucidó lo que había experimentada.
¿Cree usted que destacar el valor de una función como la resistencia significa que quien lo
hace tiene una intolerancia peculiar hacia aquello que le resiste? Por el contrario, ¿no es
acaso por haber sabido dominarla, por ir más lejos, y mucho 'más allá, que pudo Freud
hacerla uno de los resortes de la terapéutica, un factor que se puede objetivar, nombrar y
manejar? ¿Cree usted que Freud es más autoritario que Charcot?, cuando Freud —en la
medida en que pudo—renuncia a la sugestión para dejar integrar al sujeto aquello de lo cual
está separado por las resistencias. En otros términos, ¿hay menos autoritarismo en quienes
desconocen la resistencia, o en quien la reconoce como tal? Yo tendería más bien a creer que
quien, en el hipnotismo, intenta hacer del sujeto su objeto, su cosa, volverlo dócil como un
guante, para así darle la forma que quiere, para sacar de él lo que quiere, está impulsado, en
mayor medida que Freud, por una necesidad de dominar y de ejercer su poder. Freud parece,
al contrario, respetuoso de lo que comúnmente también se llama la resistencia del objeto.
Z*: Desde luego.
Creo que debemos ser muy prudentes aquí. No podemos manejar tan fácilmente nuestra
técnica. Cuando les hablo de analizar la obra de Freud, es para proceder a ello con toda la
prudencia analítica. No debe hacerse de un rasgo de carácter una constante de la
personalidad, y menos aún una carácterística del sujeto. Jones ha escrito, sobre este tema,
cosas sumamente imprudentes, pero que son de todos modos mucho más matizadas que lo
que ha dicho usted. Pensar que la carrera de Freud ha sido una compensación de su deseo
de poder, incluso de su franca megalomanía, de la que por otra parte quedan huellas en sus
escritos, creo que es... El drama de Freud, en el momento en que descubre su vía, no puede
resumirse así. Después de todo hemos aprendido en el análisis lo suficiente como para no
creernos obligados a identificar a Freud soñando con dominar al mundo, con Freud iniciador
de una nueva verdad. Esto no me parece provenir de la misma Cupido, si es que no es de la
misma libido.
Sr. HYPPOLITE: Con todo me parece —sin aceptar integralmente las fórmulas de Z* y las
conclusiones que de ellas saca— que, en la dominación hipnótica de Charcot sólo se trata de
la dominación de un ser reducido a objeto, de la posesión de un ser que ya no es dueño de sí.
Mientras que la dominación freudiana consiste en vencer a un sujeto, a un ser que aún tiene
conciencia de sí. Hay pues una mayor voluntad de dominio en el dominio de la resistencia a
vencer, que en la pura y simple supresión de esa resistencia; sin que pueda deducirse que
Freud haya querido dominar el mundo.
¿En la experiencia de Freud, se trata acaso de dominio? Siempre tuve mis reservas sobre
muchas cosas que no están indicadas en su modo de proceder. Su intervencionismo, en
particular, nos sorprende si lo comparamos con algunos principios técnicos a los que ahora
damos importancia. Pero no hay en este intervencionismo —contrariamente a lo que dice
Hyppolite— satisfacción alguna por haber obtenido la victoria sobre la conciencia del sujeto;
menos seguramente, que en las técnicas modernas, que ponen todo el acento en la
resistencia. En Freud, vemos una actitud más diferenciada, es decir más humana.
No siempre define lo que hoy se llama interpretación de la defensa, quizá no es éste el mejor
modo de decirlo. Pero al fin y al cabo, la interpretación del contenido cumple en Freud el papel
de interpretación de la defensa.
Al evocar eso tiene usted razón Z*. Es lo que esto es para usted. Intentaré mostrarles en qué
rodeo surge el peligro, a través de las intervenciones del analista, de forzar al sujeto. Es
mucho más evidente en las técnicas llamadas modernas —como se dice al hablar del análisis
como se habla del ajedrez— de lo que jamás lo ha sido en Freud. No creo que la promoción
teórica de la noción de la resistencia pueda servir como pretexto para formular respecto a
Freud esa acusación que va radicalmente en sentido opuesto al efecto liberador de su obra y
su acción terapéutica.
No enjuicio sus intenciones Z*. Lo que usted manifiesta es, efectivamente, una intención.
Ciertamente hay que tener espíritu de examen, de crítica, aún frente a la obra original, pero de
este modo, sólo se consigue espesar el misterio, y de ninguna manera aclararlo.
Indice del Seminario 1
Jacques Lacan / Los Seminarios de Jacques Lacan / Seminario 1. Los escritos
técnicos de Freud. / Clase 3. La resistencia y las defensas. 7 de Enero de 1954
La resistencia y las defensas.
7 de Enero de 1954
Un testimonio de Annie Reich. De ego a ego. Realidad y fantasma del trauma. Historia, vivido,
revivido.
Comencemos felicitando a Mannoni y Anzieu por sus ponencias cuyo interés reside en
haberles mostrado los aspectos candentes del problema que enfrentamos. Como corresponde
a mentes sin duda formadas, pero hace poco iniciadas, no en la aplicación del análisis, pero sí
en su práctica, sus ponencias tu un matiz agudo, incluso polémico, lo cual resulta siempre
interesante como introducción al problema en su vivacidad.
Se ha planteado una cuestión muy delicada, más delicada aún en tanto se trata de una
cuestión, lo he indicado en los comentarios que he intercalado, muy actual para algunos de
nosotros.
Implícitamente se le reprochó a Freud su autoritarismo como supuesto inaugural de su
método. Es paradójico. Si algo hace la originalidad del tratamiento analítico es justamente el
haber percibido, desde su origen y de entrada, la relación problemática del sujeto consigo
mismo. El hallazgo propiamente dicho, el descubrimiento, tal como se los expuse a principios
de este año, consiste en haber puesto esta relación en conjunción con el sentido de los
síntomas.
El rechazo de este sentido es lo que le plantea al sujeto un problema. Este sentido no debe
serle revelado, debe ser asumido por él. Por eso el psicoanálisis es una técnica que respeta a
la persona humana —tal como hoy la entendemos luego de habernos dado cuenta que la
misma tenía su valor— que no sólo la respeta, sino que no puede funcionar sino
respetándola. Sería entonces paradójico colocar en primer plano la idea de que la técnica
analítica tiene como objetivo forzar la resistencia del sujeto. Esto no quiere decir que el
problema no se plantee en absoluto.
¿Acaso no sabemos en efecto, que hoy en día hay analistas que no dan ni un paso en el
tratamiento sin enseñar a sus alumnos a preguntarse siempre en relación al paciente: ¿qué
habrá inventado como defensa esta vez?
Esta concepción no es verdaderamente policial —si por policial queremos decir intento de
encontrar algo oculto—, éste es más bien el término que puede aplicarse a las fases dudosas
del análisis en sus períodos arcaicos. Están más bien siempre intentando saber cuál es la
postura que el sujeto ha podido asumir, cuál su hallazgo, a fin de colocarse en una posición
tal que haga inoperante todo cuanto le digamos. No sería justo decir que imputan mala fe al
sujeto pues la mala fe está por demás vinculada a implicaciones del orden del conocimiento
totalmente ajenas a este estado mental. Incluso esto sería demasiado sutil. Está allí presente
la idea de una mala voluntad fundamental del sujeto. Todos estos rasgos me hacen creer que
soy preciso al calificar este estilo analítico como inquisitorial.
1
Antes de entrar en tema, voy a tomar como ejemplo el artículo de Annie Reich sobre la
contratransferencia, aparecido en el primer número de 1951 del International Journal of
Psychoanalysis. Las coordenadas de este artículo están tomadas de un modo de orientar la
técnica que triunfa en cierto sector de la escuela inglesa. Ustedes saben que se llega a
afirmar que todo el análisis debe desarrollarse hic et nunc. Todo transcurriría en un forcejeo
con las intenciones del sujeto, aquí y ahora, en la sesión. Sin duda se reconoce que se
vislumbran fragmentos de su pasado, pero se piensa que a fin de cuentas es en la prueba
—casi llegaría a decir en la prueba de fuerza psicológica— en el interior del tratamiento donde
se desarrolla la actividad del analista.
Para estos autores, para Annie Reich, nada tiene importancia salvo el reconocimiento por
parte del sujeto, hic et nunc, de las intenciones de su discurso. Y sus intenciones sólo tienen
valor en su alcance hic et nunc, en la interlocución presente. El sujeto puede relatar sus
encontronazos con el tendero o con el peluquero, pero en realidad lo hace para insultar y
molestar a quien se dirige, es decir al analista.
Algo de verdad hay en esto. Basta la más mínima experiencia de la vida conyugal para saber
que siempre hay cierta reivindicación implícita en el hecho de que uno de los cónyuges le
cuente al otro lo que le ha molestado durante el día más bien que lo contrario. Pero puede
también reflejar la inquietud por informarle algún suceso importante que desea que conozca.
Ambos aspectos son ciertos. Se trata de saber cuál de ellos debemos destacar.
Las cosas, van, a veces, más lejos, como lo muestra esta historia que Annie Reich relata.
Algunos datos están alterados pero todo hace pensar que se trata de un análisis didáctico, en
todo caso del análisis de alguien cuyo campo de actividades es muy cercano al psicoanálisis.
El analizado fue invitado a dar una disertación en la radio sobre un tema que interesa
profundamente a la analista; son cosas que pasan. Sucede que esta intervención radiofónica
se realizó algunos días después de la muerte de la madre del analizado. Ahora bien, todo
indica que la susodicha madre juega un papel extremadamente importante en las fijaciones
del paciente. A pesar de estar sumamente afectado por este duelo, sigue cumpliendo con sus
obligaciones de modo particularmente brillante. Llega a la sesión siguiente en un estado de
estupor rayano con la confusión. No sólo no se le puede sacar nada, sino que lo que dice
sorprende por su incoordinación. La analista temerariamente interpreta: usted está en este
estado porque piensa que estoy muy resentida por el éxito que acaba de obtener el otro día
en la radio, hablando de ese tema que como usted sabe, me interesa en primer término a mí.
¡Nada menos!
La continuación de esta observación muestra que, tras esta interpretación-choque que no dejó
de producir cierto efecto, ya que después de ella el sujeto se recobró instantáneamente, el
sujeto necesitó por lo menos un año para restablecerse.
Esto demuestra que el hecho de que el sujeto salga de su estado brumoso tras una
intervención del analista no prueba en absoluto que la misma fuese eficaz en el sentido
estrictamente terapéutico, estructurante de la palabra, es decir que ella fuese en el análisis,
verdadera. Al revés.
Annie Reich devolvió al sujeto el sentido de la unidad de su yo. Este sale bruscamente de la
confusión en que estaba diciéndose: He aquí alguien que me recuerda que en efecto somos
todos lobos entre lobos y que estamos vivos. Entonces recomienza, arranca; el efecto es
instantáneo. Es imposible en la experiencia analítica considerar el cambio de estilo del sujeto
como prueba de la justeza de una interpretación. Considero que lo que prueba la justeza de
una interpretación es que el sujeto traiga un material que la confirme. Y aún esto debe ser
matizado.
Al cabo de un año, el sujeto se da cuenta que su estado confusional era consecuencia de sus
reacciónes de duelo, que sólo invirtiéndolas había podido superar. Los remito aquí a la
psicología del duelo, cuyo aspecto depresivo conocen suficientemente algunos de ustedes.
En efecto, una intervención radiofónica es un modo muy particular de palabra pues está
dirigida por un locutor invisible a una masa invisible de oyentes. Puede decirse que, en la
imaginación del locutor, la palabra no se dirige forzosamente a quienes le escuchan sino más
bien a todos, tanto a los vivos como a los muertos. El sujeto estaba allí en una relación
conflictual: podía lamentar que su madre no pudiese ser testigo de su éxito, pero a la vez,
quizás, en el discurso que dirigía a sus invisibles oyentes, algo estaba a ella destinado.
Sea como fuere, el carácter de la actitud del sujeto está claramente invertido,
pseudo-maníaco, y su estrecha relación con la pérdida reciente de su madre, objeto
privilegiado de sus lazos de amor, constituye manifiestamente el motor del estado crítico en
que había llegado a la sesión siguiente, después de su hazaña, después de haber llevado a
cabo de modo brillante, a pesar de las circunstancias desfavorables, lo que se había
comprometido a hacer. De este modo, la misma Annie Reich, que sin embargo, está lejos de
sustentar una actitud crítica ante este estilo de intervención, atestigua que la interpretación
fundada en la significación intencional del acto del discurso en el momento presente de la
sesión está sometida a las numerosas contingencias que el eventual compromiso del ego del
analista implica.
En suma, lo importante no es que el analista mismo se haya equivocado, por otra parte nada
indica que la contratransferencia sea culpable de esta interpretación manifiestamente refutada
por el desarrollo del tratamiento. Que el sujeto haya experimentado los sentimientos que le
imputaba la analista, no sólo podemos admitirlo, sino que es incluso por demás probable. Que
la analista se guiara por ellos en la interpretación que hizo no es algo, en sí, peligroso. Que el
único sujeto analizarte, el analista, haya experimentado incluso sentimientos de celos, tenerlo
en cuenta de modo oportuno, para guiarse por ellos cual una aguja indicadora más, es asunto
suyo. Nunca dijimos que el analista jamás debe experimentar sentimientos frente a su
paciente. Pero debe saber, no sólo no ceder a ellos, ponerlos en su lugar, sino usarlos
adecuadamente en su técnica.
En este caso, es porque el analista creyó su obligación buscar primero en el hic et nunc la
razón de la actitud del paciente, que la encontró allí donde, sin duda alguna, algo
efectivamente existía en el campo intersubjetivo entre los dos personajes. Está bien ubicado
para saberlo, ya que en efecto experimentaba un sentimiento de hostilidad, o al menos de
irritación, ante el éxito de su paciente. Lo grave es que se haya creído autorizada por una
determinada técnica a usarlo de entrada y de modo directo.
¿Qué opongo a esto? Intentaré ahora indicárselo.
El analista se cree aquí autorizado a hacer lo que llamaría una interpretación de ego a ego, o
de igual a igual(6) —si me permiten el juego de palabras— dicho de otro modo, una
interpretación cuyo fundamento y mecanismos en nada pueden distinguirse de la proyección.
Cuando digo proyección, no hablo de proyección errónea. Entiendan bien lo que les estoy
explicando. Hay una fórmula que, antes de ser analista, yo había colocado —usando mis
escasos dones psicológicos— en la base de la pequeña brújula que utilizaba para evaluar
ciertas situaciones. Me decía gustosamente: Los sentimientos son siempre recíprocos. A
pesar de las apariencias, esto es absolutamente verdadero. Desde el momento en que se
pone a dos sujetos en el mismo campo —digo dos, no tres— los sentimientos son siempre
recíprocos.
Es por ello que la analista tenía buenas razones para pensar que, ya que ella tenía esos
sentimientos, los sentimientos correspondientes podían ser evocados en el otro. La prueba
está en que el otro los aceptó perfectamente. Bastaría que la analista le dijese:- Usted es
hostil pues piensa que estoy irritada con usted- para que este sentimiento se estableciese.
Entonces, virtualmente, el sentimiento ya estaba allí, pues para que exista bastaba enceder
una chispita.
El sujeto tenía buenas razones para aceptar la interpretación de Annie Reich sencillamente
porque, en una relación tan íntima como la que existe entre analizado y analista, él estaba lo
suficientemente al tanto de los sentimientos de la analista como para ser inducido a algo
simétrico.
La cuestión es saber si esta manera de comprender el análisis de las defensas no nos
conduce a una técnica que engendra casi obligatoriamente cierto tipo de error, un error que
no es tal, un error anterior a lo verdadero y lo falso. Hay interpretaciones que son tan justas y
verdaderas, tan obligatoriamente justas y verdaderas, que no se puede afirmar si responden o
no a una verdad. De todos modos serán verificadas.
Conviene abstenerse de esta interpretación de la defensa que llamo de ego a ego, fuera cual
fuese su eventual valor. En las interpretaciones de la defensa es necesario siempre al menos
un tercer término.
De hecho, hacen falta más, espero poder demostrárselo. Por hoy me limito a plantear el
problema.
2
Es tarde. Por ello no podemos adelantar tanto como hubiera querido en el problema de las
relaciones entre la resistencia y las defensas. Sin embargo, quisiera en este sentido darles
algunas indicaciones.
Después de haber escuchado las exposiciones de Mannoni y Anzieu, y de haberles mostrado
los peligros que implica una cierta técnica del análisis de las defensas, creo necesario
plantear algunos principios.
En La interpretación de los sueños capítulo VII, primera definición, en función del análisis, de
la noción de resistencia. Encontramos allí una frase decisiva que es ésta: —Was immer die
Fortsetzung der Arbeit stört ist ein Widerstand— que quiere decir:-Todo lo que
destruye/suspende/altera/la continuación del trabajo-, no se trata allí de síntomas sino del
trabajo analítico, del tratamiento, del Behandlung, así como se dice que se trata a un objeto
haciéndolo pasar por ciertos procesos. Todo aquello que destruye el progreso de la labor
analítica es una resistencia(7).
Desgraciadamente en francés esto ha sido traducido así: Todo obstáculo a la interpretación
proviene de la resistencia psíquica. Les señalo este punto que no facilita la tarea a quienes
sólo tienen la simpática traducción del valiente Sr. Meyerson. Del mismo estilo es la traducción
de todo el párrafo precedente. Esto debe inspirarles una saludable desconfianza respecto a
ciertas traducciones de Freud. En la edición alemana hay, como apéndice, una nota a la frase
que citaba en la que se discute el siguiente punto: ¿el padre del paciente muere, es esto
acaso una resistencia?. No les digo la conclusión de Freud, pero ven ustedes que esta nota
muestra la amplitud con que se plantea la cuestión de la resistencia. Pues bien, esta nota ha
sido suprimida en la edición francesa.
Todo lo que suspende / destruye / interrumpe / la continuidad... —también se puede traducir
así Fortsetzung—... del tratamiento es una resistencia. Hay que partir de textos como estos,
meditarlos un poco, tamizarlos y ver entonces qué surge.
En suma, ¿de qué se trata? Se trata de la prosecución del tratamiento, del trabajo. Para poner
bien los puntos sobre las íes, Freud no dijo Behandlung que podría significar la curación. No,
se trata del trabajo, Arbeit, que, por su forma, puede definirse como la asociación verbal
determinada por la regla que acaba de mencionar, la regla fundamental de la asociación libre.
Ahora bien, este trabajo, ya que estamos en el análisis de los sueños, es evidentemente la
revelación del inconsciente. Esto nos permitirá evocar cierto número de problemas, en
particular el que evocó Anzieu hace un momento ¿de dónde proviene esta resistencia?
Hemos visto que no hay en los Studien über Hysterie ningún texto que permita considerar
que, en tanto tal, ella provenga del yo. Nada en la Traumdeutung indica tampoco que ella
provenga del proceso secundario, cuya introducción es una etapa tan importante en el
pensamiento de Freud. Cuando llegamos a 1915, año en el que Freud publica Die
Verdrängung —primer estudio de los que ulteriormente se reagruparán en los escritos
metapsicológicos—, la resistencia, por cierto, es concebida como algo que se produce del
lado de lo consciente, pero cuya identidad se regula esencialmente por su distancia,
Entfernung, respecto a lo originariamente reprimido. Por lo tanto, es allí aún muy visible el
vínculo de la resistencia con el contenido del inconsciente mismo. Hasta una época posterior a
la de este artículo, que forma parte del período intermedio de Freud, esto se conserva así.
¿A fin de cuentas, de La interpretación de los sueños hasta este período que he calificado de
intermedio, qué es lo que fue originariamente reprimido? Es, una vez más y como siempre, el
pasado. Un pasado que debe ser restituido, y acerca del cual no podemos sino evocar, una
vez más, su ambigüedad y los problemas que suscita en lo atinente a su definición, su
naturaleza y su función.
Este período es el mismo del Hombre de los lobos, donde Freud plantea la pregunta: ¿qué es
el trauma? Se da cuenta que el trauma es una noción sumamente ambigüa, ya que, de
acuerdo con la evidencia clínica, su dimensión fantasmática es infinitamente más importante
que su dimensión de acontecimiento. El acontecimiento entonces pasa a un segundo plano en
el orden de las referencias subjetivas. En cambio, la fecha del trauma sigue siendo, para él,
un problema que conviene conservar, valga la palabra, testarudamente, como se lo he
recordado a quienes siguieron mis clases sobre El hombre de los lobos. ¿Quién sabrá jamás
lo que vio? Pero, lo haya visto o no, sólo puede haberlo visto en una fecha precisa; no puede
haberlo visto ni siquiera un año después. No creo traicionar el pensamiento de Freud —basta
saber leerlo pues está escrito con todas las letras— diciendo que sólo la perspectiva de la
historia y el reconocimiento permite definir lo que cuenta para el sujeto.
Quisiera proporcionarles cierto número de nociones básicas a quienes no están familiarizados
con esta dialéctica que ya desarrollé abundantemente. Hay que permanecer siempre a nivel
del alfabeto. Por eso tomaré un ejemplo que les hará comprender claramente las cuestiones
que plantea el reconocimiento, y que les evitará diluirlo en nociones tan confusas como las de
memoria o recuerdo. Si en alemán, erlebnis, puede tener aún un sentido, la noción francesa
de recuerdo vivido o no vivido se presta a todas las ambigüedades.
Voy a contarles un cuento.
Me despierto por la mañana, entre baldaquines como Semiramis, y abro los ojos. No son las
cortinas que veo todas las mañanas pues son las de mi casa de campo, a la que sólo voy
cada ocho o quince días, y en los trazos que forman las franjas de la cortina, observo una vez
más —digo una vez más, ya que en el pasado sólo lo he visto así una vez— el perfil de un
rostro, a la vez agudo, caricaturesco y envejecido, que representa vagamente para mí el estilo
del rostro de un marqués del siglo XVIII He aquí una de esas necias fabulaciones a las que se
entrega nuestra mente al despertar y que se producen, como se diría hoy en día para referirse
al reconocimiento de una figura que desde hace mucho tiempo conocemos, por una
cristalización guestáltica.
Hubiera podido suceder lo mismo con una mancha en la pared. Por ello puedo asegurar que
desde hace ocho días las cortinas no se han movido ni un milímetro. Hacía una semana, al
despertarme, había visto lo mismo. Desde luego, lo había olvidado completamente. Pero
justamente a causa de eso sé que el cortinado no se ha movido.
Esto no es más que un apólogo, pues ocurre en el plano imaginario, aunque no sería difícil
ubicar las coordenadas simbólicas. Las necedades —marqués del siglo XVIII etc.—
desempeñan un papel muy importante, porque si yo no tuviese determinados fantasmas sobre
el tema que representa el perfil, no lo habría reconocido en las franjas de mi cortina. Pero
dejemos esto.
Veamos qué implica en el plano del reconocimiento. El hecho de que las cosas estaban así
hace ocho días está relaciónado con un fenómeno de reconocimiento en el presente.
Esta es exactamente la expresión que Freud utiliza en los Studien über Hysterie. Afirma haber
hecho, en esa época, algunos estudios sobre la memoria, y refiere el recuerdo evocado, el
reconocimiento, a la fuerza actual y presente que le otorga, no forzosamente su peso y
densidad, sino simplemente su posibilidad.
Así es como procede Freud. Cuando no sabe a qué santo encomendarse para obtener la
reconstrucción del sujeto, lo atrapa de todos modos con la presión de las manos sobre la
frente, y enumera todos los años, todos los meses, las semanas, incluso los días,
nombrándolos uno por uno, martes 17, miércoles 18, etc. Confía suficientemente en la
estructuración implícita del sujeto por acción de lo que luego ha sido definido como el tiempo
socializado como para pensar que, cuando su enumeración llegue al punto en que la aguja
del reloj cruzará efectivamente el momento crítico del sujeto, éste dirá: Ah sí, justamente ese
día me acuerdo de algo. Observen que no confirmo que eso funcione. Es Freud quien
asegura que eso funcionaba.
¿Se dan cuenta realmente ustedes del alcance de lo que estoy diciéndoles? El centro de
gravedad del sujeto es esta síntesis presente del pasado que llamamos historia. En ella
confiamos cuando se trata de hacer avanzar el trabajo. El análisis en sus orígenes la supone.
Por lo tanto, no cabe demostrar que, a su fin, ella es refutada. A decir verdad, si no es así, no
vemos en absoluto cuál es la novedad que el psicoanálisis ha aportado.
Esta es una primera fase. ¿Basta acaso?
No desde luego que no basta. La resistencia del sujeto sin duda se ejerce en ese plano, pero
se manifiesta de una manera curiosa que vale la pena explorar, y a través de casos
absolutamente particulares.
Hay un caso en el que Freud conocía toda la historia —la madre se la había contado—.
Entonces se la comunica a la sujeto, diciéndole: He aquí lo que sucedió, he aquí lo que le
hicieron. En cada oportunidad la paciente, la histérica, respondía con una pequeña crisis de
histeria, reproducción de la crisis carácterística. Escuchaba y respondía con su forma de
respuesta, que era su síntoma. Lo cual plantea ciertos problemitas, entre ellos el siguiente:
¿es ésta una resistencia? Es una pregunta que, por hoy, abro.
Quisiera finalizar con la siguiente observación. Freud, al final de los Studien über Hysterie,
define el nódulo patógeno como aquello que se busca, pero que el discurso rechaza, que el
discurso huye. La resistencia es esa inflexión que adquiere el discurso cuando se aproxima a
este nódulo. Por lo tanto, sólo podremos resolver la cuestión de la resistencia profundizando
cuál es el sentido de este discurso. Ya lo hemos dicho, es un discurso histórico.
No olvidemos lo que era la técnica analítica en sus comienzos: una técnica hipnótica. En el
hipnotismo, el sujeto sostiene este discurso histórico. Incluso lo sostiene de un modo
particularmente sorprendente, dramatizado, lo cual implica la presencia del oyente. Una vez
salido de la hipnosis, el paciente ya no recuerda su discurso. ¿Por qué es ésta la puerta de
entrada a la técnica psicoanalítica? Porque la reviviscencia del trauma se muestra aquí, en sí
misma, inmediatamente, aunque no de modo permanente, terapéutica. Se revela que un
discurso así sostenido, por alguien que puede decir yo (moi), concierne al sujeto
Es ambigüo pues hablar del carácter vivido, revivido del trauma, del traumatismo en estado
segundo, histérico. No es porque el discurso esté dramatizado y se presente bajo un aspecto
patético, que el término revivido puede satisfacernos. ¿Qué significa la asunción por parte del
sujeto de sus propias vivencias ?
Ven ustedes, que llevo la cuestión al punto de máxima ambigüedad de lo revivido, es decir, al
estado segundo del sujeto. ¿Pero no sucede exactamente lo mismo en todos los niveles de la
experiencia analítica? En todas partes se plantea la cuestión de saber qué significa el discurso
que obligamos al sujeto a sostener, en el paréntesis de la regla fundamental. Esta regla le
dice: A fin de cuentas, su discurso no tiene importancia. Desde el momento en que se entrega
a este ejercicio, no cree ya por lo tanto en su discurso sino a medias, pues sabe que está,
todo el tiempo, bajo el fuego tupido de nuestra interpretación. La pregunta se convierte
entonces del siguiente modo: ¿Cuál es el sujeto del discurso?
Retomaremos aquí la próxima vez, y trataremos de discutir la significación y alcance de la
resistencia en relación a estos problemas fundamentales.
Indice del Seminario 1
Jacques Lacan / Los Seminarios de Jacques Lacan / Seminario 1. Los escritos
técnicos de Freud. / Clase 4. El yo y el otro yo. 3 de Febrero de 1954
El yo y el otro yo.
3 de Febrero de 1954
La resistencia y transferencia. El sentimiento de la presencia. Verwerfung (No igual a)
Verdrängung. Mediación y revelación. Las inflexiones de la palabra.
Llegamos la última vez al punto en que nos preguntábamos cuál es la naturaleza de la
resistencia.
Percibieron claramente que, en nuestro modo de abordar este fenómeno de la resistencia hay
ambigüedad, y no sólo complejidad. Múltiples formulaciones de Freud parecen mostrar que la
resistencia emana de lo que ha de ser revelado, es decir de lo reprimido, de lo verdrängt, o
incluso de lo unterdruckt (suprimido).
Los primeros traductores tradujeron unterdrückt por sofocado, que es muy impreciso. ¿Acaso
verdrängt y unterdruckt significan lo mismo? No entraremos en estos detalles. Lo haremos
sólo cuando hayamos empezado a ver cómo se establece en la experiencia la distinción entre
estos fenómenos.
Hoy quisiera conducirlos, en los Escritos Técnicos, a uno de esos puntos desde donde se
instaura una perspectiva. Lo que está en Juego, más que manejar un vocabulario, es tratar de
comprender y, con este fin, es preciso ubicarse en un sitio desde el cual las cosas se ordenen.
Anuncié en la presentación de enfermos del viernes la lectura de un texto significativo;
intentaré pues cumplir con mi promesa.
Hay, en el centro mismo de la recopilación de los escritos llamados técnicos, un texto que se
llama La dinámica de la transferencia(8). Como sucede con todos los textos reunidos en esta
obra, no podemos decir que la traducción nos satisfaga enteramente. Hay inexactitudes
singulares, que bordean los límites de la impropiedad. Algunas son sorprendentes. Todas se
orientan en el mismo sentido: limar las aristas del texto. Recomiendo encarecidamente a
quienes saben alemán que se remitan al texto original. Les señalo la existencia de un corte en
la traducción francesa, un punto en la penúltima línea que aparece entonces allí sin que se
sepa por qué. Para terminar recordemos que nadie puede ser muerto in absentia o in effigie.
La traducción correcta del texto alemán sería: pues hay que recordar que nadie puede ser
muerto in absentia o in effigie(9). Esta frase está articulada con la anterior. Aislada carece de
sentido, mientras que en el texto de Freud está perfectamente articulada.
Voy a leer el párrafo del artículo que anuncié(10). Se enlaza directamente con ese importante
pasaje de los Studien (11)que ya evoqué, donde se habla de la resistencia encontrada al
aproximarse en sentido radial —como dice Freud— al discurso del sujeto, cuando éste se
acerca a la formación profunda que Freud denomina nódulo patógeno.
Estudiemos un complejo patógeno a veces muy aparente y a veces casi imperceptible... Yo
traduciría más bien —o bien aparente como síntoma o bien imposible de aprehender, no
manifiesto— ya que se trata del modo en que se traduce el complejo, y es de la traducción del
complejo de la que decimos si es aparente o imperceptible(12). No es lo mismo decir que es el
complejo quien es aparente o imperceptible. Hay en la traducción francesa un desplazamiento
que basta para producir una vacilación. Continúo: ...desde su manifestación en lo consciente
hasta sus raíces en el inconsciente, llegamos enseguida a una región donde la resistencia se
hace sentir en forma tan neta que la asociación que entonces surge lleva su marca- la de esta
resistencia- y se nos presenta como un compromiso entre las exigencias de esta resistencia y
la del trabajo de investigación. No es exactamente la asociación que entonces surge, nächste
Einfall, la asociación más cercana, más próxima, pero, en fin, el sentido está conservado. La
experiencia- he aquí el punto capital- muestra que es aquí donde surge la transferencia.
Cuando algo en los elementos del complejo (en su contenido) es susceptible de vincularse
con la persona del médico, la transferencia se produce, proporciona la idea siguiente, y se
manifiesta en forma de resistencia, de una detención de las asociaciones por ejemplo.
Experiencias semejantes nos enseñan que la idea de transferencia llegó a ser preferida a
todas las otras asociaciones factibles de deslizarse hasta lo consciente, justamente porque
satisfacía a la resistencia. Esta última parte de la frase está subrayada por Freud. Un hecho
de este tipo se reproduce un número incalculable de veces durante un psicoanálisis. Toda vez
que nos acercamos al complejo patógeno, es primero la parte del complejo que puede
convertirse en transferencia la que es impulsada hacia lo consciente, y aquella que el paciente
se empecina en defender con la mayor tenacidad.
Los elementos a destacar en este párrafo son los siguientes.
Primero, llegamos enseguida a una región donde la resistencia se hace sentir en forma neta.
Esta resistencia emana del proceso mismo del discurso, de su aproximación, si me permiten la
expresión. En segundo lugar, la experiencia muestra que es aquí donde surge la
transferencia. En tercer lugar, la transferencia se produce justamente porque satisfacía a la
resistencia. En cuarto lugar, un hecho de este tipo se reproduce un número incalculable de
veces en el transcurso de un psicoanálisis. Se trata sin duda de un fenómeno perceptible en
el análisis. Y esa parte del complejo que se manifestó en forma de transferencia resulta
impulsada hacia lo consciente en ese momento. El paciente se empecina en defenderla con la
mayor tenacidad.
Aparece aquí una nota que destaca el fenómeno en juego, fenómeno, en efecto, observable a
veces con extraordinaria pureza. Esta nota coincide con una observación que emana de otro
texto de Freud: Cuando el paciente calla es muy probable que el silenciamiento de su discurso
se deba a la aparición de algún pensamiento referido al analista.
Un manejo técnico frecuente, pero que no obstante hemos enseñado a nuestros alumnos a
medir, a refrenar, traduce esto en una pregunta tipo: ¿Sin duda tiene usted alguna idea que
se relacióna conmigo? A veces, esta solicitación cristaliza los discursos del paciente en
algunos comentarios concernientes al aspecto, al rostro, o al mobiliario del analista, o bien al
modo en que el analista lo recibió ese día, etc. Este manejo no carece de fundamento. Algo
de este orden puede ocupar la mente del paciente en ese momento y, al así focalizar sus
asociaciones, pueden obtenerse múltiples cosas. Pero se observa a veces un fenómeno
infinitamente más puro.
En ciertos casos, en el momento en que parece dispuesto a formular algo más auténtico, más
candente que lo que ha conseguido hasta entonces alcanzar, el sujeto se interrumpe y emite
un enunciado que puede ser éste: Súbitamente me doy cuenta de su presencia.
Esto es algo que me ocurrió más de una vez, y que los analistas fácilmente pueden
corroborar. Este fenómeno se establece en conexión con la manifestación concreta de la
resistencia que interviene en la trama misma de nuestra experiencia en función de la
transferencia. Si adquiere un valor selectivo, es porque el sujeto mismo lo siente entonces
como un viraje brusco, un giro súbito que le hace pasar de una vertiente a otra del discurso,
de un acento a otro de la función de la palabra.
Quise colocarlos de entrada ante este fenómeno bien delimitado, que esclarece nuestro
comentario de hoy. Es éste el punto que nos permitirá reanudar nuestros interrogantes.
Antes de seguir este camino, quiero detenerme un momento en el texto de Freud para
mostrar, claramente, hasta qué punto les hablo de lo mismo que él. Es necesario que se
desprendan, por un instante, de la idea que la resistencia es coherente con esa construcción
según la cual el inconsciente está, en un sujeto determinado, en un momento determinado,
contenido y, como suele decirse, reprimido. Cualquiera sea la extensión que podamos dar
ulteriormente al término resistencia, en su conexión con el conjunto de las defensas, la
resistencia es un fenómeno que Freud localiza en la experiencia analítica.
Por ello es importante la breve nota agregada al pasaje que les he leído; Freud pone allí los
puntos sobre las íes.
No habría, sin embargo, que concluir una importancia patogénica... es esto lo que les estoy
diciendo, no se trata de la idea que nos hacemos a posteriori de lo que ha motivado, en el
sentido profundo del término, las etapas del desarrollo del sujeto —...una importancia
patogénica del elemento elegido para la resistencia de transferencia. Cuando durante una
batalla, los combatientes se disputan encarnizadamente la posesión de una capilla o de una
granja, no puede deducirse de ello que la iglesia sea un santuario nacional ni que la granja
esconda los tesoros del ejército. Tales lugares pueden tener un valor tan sólo táctico, y servir
para esa sola batalla.
El movimiento a través del cual el sujeto se confiesa, aparece un fenómeno que es
resistencia. Cuando esta resistencia se vuelve demasiado fuerte, surge la transferencia.
El texto de Freud- es un hecho- no dice fenómeno de transferencia. Si Freud hubiese querido
decir aparece un fenómeno de transferencia lo hubiese dicho. El final del artículo prueba que
esta diferencia es significativa. La última frase, la que comienza: Reconozcamos que nada es
más difícil en análisis que..., se tradujo en francés vencer las resistencias; mientras que el
texto alemán dice: die Bezzewingung der Uberträgungsphänomene, es decir el forzamiento de
los fenómenos de la transferencia(13). Utilizo este pasaje para mostrarles que
Uberträgungsphänomene pertenece al vocabulario de Freud. ¿Por qué entonces se lo tradujo
por resistencia? Esto es signo de gran comprensión, no de gran cultura.
Lo que Freud escribió es que precisamente surge allí, no el fenómeno mismo de la
transferencia, sino un fenómeno que mantiene con ella una relación esencial.
Por lo demás, a lo largo de todo este artículo, se trata de la dinámica de la transferencia. No
examino en su conjunto todas las cuestiones allí planteadas, pues ellas conciernen a la
especificidad de la transferencia en análisis, en tanto que la transferencia no está allí como en
otros sitios, sino que desempeña en él una función muy particular. Les aconsejo leer este
artículo. Lo traigo aquí tan sólo como apoyo de nuestro estudio de la resistencia. No obstante
—ya lo verán— es el punto pivote de lo que está en juego en la dinámica de la transferencia.
¿Qué puede esto enseñarnos acerca de la naturaleza de la resistencia? Puede permitirnos
responder a la pregunta ¿quién habla?, y saber así que significa la reconquista, el nuevo
hallazgo del inconsciente.
Planteamos el problema de lo que significan memoria, rememoración, técnica de
rememoración, de lo que significa la asociación libre en tanto que nos permite acceder a una
formulación de la historia del sujeto. ¿Pero en qué se convierte el sujeto? ¿En el curso de este
desarrollo acaso se trata siempre del mismo sujeto?
Henos aquí ante un fenómeno en el que captamos un nudo en este desarrollo, una conexión,
una presión originaria o, más bien, y hablando estrictamente, una resistencia. Vemos
producirse, en cierto punto de esta resistencia, lo que Freud llama la transferencia, es decir la
actualización de la persona del analista. Señalé antes, extrayéndolo de mi experiencia, que el
sujeto la experimenta, en el punto más sensible —me parece—, más significativo del
fenómeno, como la brusca percepción de algo que no es tan fácil de definir, la presencia.
Es éste un sentimiento que no experimentamos constantemente. Sin duda, estamos
influenciados por todo tipo de presencias, y nuestro mundo sólo obtiene su consistencia, su
densidad, su estabilidad vivida, en la medida en que, de algún modo, las tenemos en cuenta;
pero no nos percatamos de ellas en tanto tales. Se dan cuenta claramente que se trata de un
sentimiento que diré tendemos incesantemente a borrar de la vida. No sería fácil vivir si, en
todo momento, tuviésemos el sentimiento de la presencia, con todo el misterio que ella
entraña. Es un misterio que mantenemos a distancia, y al que, por así decirlo, nos hemos
acostumbrado.
Creo que no podríamos detenernos demasiado en este punto. Intentaremos asirlo por otras
puntas, ya que Freud nos enseña que el buen método analítico consiste siempre en encontrar
una misma relación, una misma conexión, un mismo esquema, que se presenta a la vez en
las formas vividas, en los comportamientos, y también en el interior de la relación analítica.
Se trata para nosotros de establecer una perspectiva, una percepción en profundidad, según
varios planos. Nociones como el ello y el yo, que ciertas manipulaciones nos han
acostumbrado a plantear de manera masiva, quizá no sean simplemente un par contrastante.
Es preciso aquí montar una estereoscopio un poco más compleja.
A quienes asistieron a mi comentario sobre El hombre de los lobos —ahora ya tan lejano,
hace ya año y medio— quisiera recordarles algunos puntos particularmente impactantes de
este texto.
En el momento en que aborda la cuestión del complejo de castración en su paciente-cuestión
que ocupa una función sumamente peculiar en la estructuración de este sujeto-Freud formula
el siguiente problema. Cuando, para este sujeto, se halla en juego el temor a la castración
aparecen síntomas que se sitúan en el plano que comúnmente llamamos anal, pues son
manifestaciones intestinales. Ahora bien, interpretamos todos estos síntomas en el registro de
la concepción anal de las relaciones sexuales, y consideramos que testimonian cierta etapa
de la teoría sexual infantil. ¿Con qué derecho lo hacemos? ¿La misma entrada en juego de la
castración, no implica acaso que el sujeto ha alcanzado un nivel genital de la estructura?
¿Cuál es la explicación de Freud?
Dice Freud: cuando el sujeto había llegado a una primera maduración, o premaduración
infantil, y estaba preparado para realizar, aunque sólo fuera parcialmente, una estructuración
más específicamente genital de la relación de su padres, rehusó la posición homosexual, que
es la suya en esa relación, no realizó la situación edípica, rehusó y rechazó —el término
alemán es verwirf—todo lo que pertenece al plano de la realización genital. Retornó a su
verificación anterior de esa relación afectiva, se replegó tras las posiciones de la teoría anal
de la sexualidad.
Ni siquiera se trata de una represión, en el sentido de un elemento que se habría realizado en
cierto plano y que sería luego repelido. La represión dice Freud-página 111-es otra cosa: Eine
Verdrängung ist etwas anderes als cine Verwerfung. En la traducción francesa, llevada a cabo
por personas cuya intimidad con Freud habría debido tal vez inspirarlas mejor —pero sin duda
no basta haber sido portadora de la reliquia de una personalidad eminente para estar
autorizada a convertirse en su guardiana— se traduce: una represión es algo distinto a un
juicio que rechaza y elige. ¿Por qué traducir así Verwerfung? De acuerdo, es difícil, sin
embargo, la lengua francesa...
SR. HYPPOLITE: ¿Rechazo?
Sí, rechazo. También a veces negativa. ¿Por qué introducir súbitamente allí un juicio, en un
nivel en el que no hay huella alguna de Urteil? Hay Verwerfung(14). Tres páginas más
adelante, luego de elaborar las consecuencias de esta estructura, Freud concluye diciendo:
Kein Urteil über seine... Es la primera vez que Urteil aparece en el texto para cerrar un párrafo.
Sin embargo, aquí no hay juicio alguno. No se ha emitido juicio alguno acerca de la existencia
del problema de la castración; Aber etwas so, pero las cosas están ahí, als ob sic nicht, como
si no existieran.
Esta importante articulación nos indica que, en el origen, para que la represión sea posible, es
preciso que exista un más allá de la represión, algo último, ya constituido primitivamente, un
primer nódulo de lo reprimido, que no sólo no se reconoce, sino que, por no formularse,
literalmente es como si no existiese; sigo aquí a Freud. Sin embargo, en cierto sentido, se
halla en alguna parte puesto que —Freud nos lo dice constantemente— es el centro de
atracción que atrae hacia sí todas las represiones ulteriores.
Diré que es la esencia misma del descubrimiento freudiano.
No es necesario recurrir, a fin de cuentas, a una predisposición innata para explicar cómo se
produce una represión de tal o cual tipo, histérica u obsesiva. Freud a veces lo admite como
marco general de referencia, pero nunca como principio. Lean Bemerkungen über Neurosen,
el segundo artículo de 1896 sobre las neurosis de defensa. ver nota(15)
Las formas que adquiere la represión son atraídas por este primer nódulo, que Freud atribuye,
en esa época, a determinada experiencia a la que llama experiencia originaria del trauma.
Retomemos el problema de la significación de la noción de trauma, noción que debió
relativizarse; retengan por el momento que el nódulo primitivo está en un nivel distinto al de
los avatares de la represión. Constituye su fondo y su soporte.
En la estructura de lo que le ocurre al hombre de los lobos, lo Verwerfund de la realización de
la experiencia genital es un momento muy especial, que Freud mismo distingue de todos los
demás. Cosa singular, lo que se ha excluido de la historia del sujeto, lo que éste es incapaz
de decir, necesitó del forzamiento de Freud para hacerse accesible. Sólo entonces, la
experiencia repetida del sueño infantil adquirió su sentido, y permitió, no la reviviscencia, sino
la reconstrucción directa de la historia del sujeto.
Interrumpo por un momento el tema del Hombre de los lobos para abordar por otra punta el
asunto. Tomemos la Traumdeutung, el capítulo séptimo, consagrado a los procesos oníricos,
Traumvorgänge. Freud comienza resumiendo las consecuencias que se desprenden de lo que
ha elaborado a lo largo de su libro.
La quinta parte del capítulo comienza con esta magnífica frase: Resulta sumamente difícil
proporcionara través de la descripción de una sucesión..—-pues Freud vuelve una vez más a
todo lo que ya ha explicado sobre el sueño—...la simultaneidad de un proceso complicado, y
al mismo tiempo intentar abordar sin prejuicio cada nueva exposición.ver nota(16)
Esta frase subraya bien las dificultades que yo también encuentro aquí al reconsiderar este
problema siempre presente en nuestra experiencia, ya que es preciso, de diversas formas,
llegar a recrearlo, cada vez, desde un nuevo ángulo. Freud nos explica que hay que volver a
hacerse el ingenuo cada vez.
Hay en este capítulo un progreso que nos permite palpar algo verdaderamente singular. Freud
enumera todas las objeciones que pueden formularse acerca de la validez del recuerdo del
sueño. ¿Qué es el sueño? ¿Es acaso exacta la reconstitución que hace el sujeto? ¿Qué
garantías tenemos de que no se mezcle en ella una verbalización ulterior? ¿No es acaso todo
sueño algo instantáneo a lo cual la palabra del sujeto confiere una historia? Freud rechaza
estas objeciones y muestra que carecen de fundamento. Lo muestra subrayando el hecho
singular de que cuando más incierto es el texto que nos brinda el sujeto, más significativo es.
Freud que está escuchando el sueño, esperándolo para revelar su sentido, reconoce
justamente lo importante en la duda misma que formula el sujeto ante ciertos fragmentos de
su sueño. Debemos estar seguros porque el sujeto duda.
Sin embargo, a medida que avanza el capítulo, el procedimiento se reduce a tal punto que,
finalmente, el sueño completamente olvidado, aquel sobre el cual el sujeto nada podría decir
sería el sueño más significativo. Es casi exactamente lo que escribe Freud: A menudo se
puede volver a encontrar a través del análisis lo que el olvido ha perdido; en toda una serie de
casos, al menos, algunos restos permiten volver a encontrar, no el sueño mismo, lo cual es
accesorio, sino los pensamientos que están en su base. Algunos restos: es esto justamente lo
que les digo, nada más queda del sueño.
¿Qué más le interesa a Freud? Llegamos aquí a los pensamientos que están en su base.
El término pensamiento es difícil de manejar para los que han estudiado psicología. Y, como
hemos aprendido psicología, estos pensamientos son para nosotros todo lo que
incesantemente ronda nuestra cabeza, tal como ocurre en las personas acostumbradas a
pensar...
Pero quizá sobre los pensamientos que están en su base, la Traumdeutung toda nos
esclarece suficientemente como para darnos cuenta que ellos no son lo que se cree cuando
se estudia la fenomenología del pensamiento, el pensamiento con o sin imagenes, etc. No es
lo que corrientemente llamamos el pensamiento, pues se trata siempre de un deseo.
Dios sabe hasta qué punto en el curso de nuestra investigación hemos aprendido a percibir
que este deseo circula así como circula la sortija —apareciendo y desapareciendo— en un
juego de manos(17). A fin de cuentas aún no sabemos si lo hemos de situar del lado del
inconsciente o del lado de lo consciente. Por otra parte, ¿deseo de quién? y sobre todo,
¿deseo de qué falta?
Freud ilustra, en una breve nota de las Lecciónes introductorias al psicoanálisis, con un
ejemplo, lo que quiere decir.
Una paciente, escéptica, y a la vez muy interesada en Freud, le cuenta un sueño bastante
largo en el curso del cual varias personas le hablan del libro sobre el Witz, elogiándolo. Todo
esto no parece aportar nada. Luego cambia de tema, y todo lo que queda del sueño es: canal.
Quizás en otro libro figure esa palabra, algo vinculado a canal..., no sabe, no entiende bien.
Sólo queda entonces canal, y no se sabe con qué se relacióna, de dónde viene, o adónde va.
Justamente, dice Freud, esto es lo más interesante, porque no es más que un pequeño resto
rodeado de un halo de incertidumbre.
¿Cuál es el resultado? AI día siguiente, no el mismo día, la paciente cuenta que se le ocurrió
una idea que se relacióna con canal. Se trata precisamente de una agudeza. Una travesía de
Dover a Calais, un inglés y un francés. En el curso de la conversación, el inglés cita la
conocida frase: De lo sublime a lo ridículo no hay más que un paso. Y el francés, gentil,
responde: Sí, el Paso de Calais, lo cual es especialmente amable hacia el interlocutor. Pero el
Paso de Calais es el Canal de la Mancha. Volvemos entonces a encontrar el canal, ¿y al
mismo tiempo qué otra cosa? Presten atención, pues esto cumple la misma función que el
surgimiento de la presencia en el momento de la resistencia. La enferma, escéptica, discutió
antes largamente el mérito de la teoría de Freud sobre la agudeza. Luego de la discusión, en
el momento en que su discurso vacila y no sabe ya qué camino tomar, aparece exactamente
el mismo fenómeno —la resistencia tiene presentación transferencial—como decía el otro día
Mannoni; expresión que me pareció muy acertada pues hablaba como partero.
De lo sublime a lo ridículo no hay más que un paso; éste es el punto donde el sueño se
engancha al oyente, pues esto es para Freud.
Así, canal no era gran cosa, pero es indiscutible después de las asociaciones.
Quisiera presentar otros ejemplos.
Dios sabe hasta qué punto Freud es cuidadoso cuando agrupa hechos, y no es casual que en
ciertos capítulos se reúnan cosas diferentes. En el sueño, en el momento en que éste asume
cierta orientación, ocurren fenómenos que son de orden lingüístico particularmente. El sujeto
con toda conciencia comete un error de lenguaje. El sujeto en el sueño sabe que se trata de
un error de lenguaje pues aparece allí un personaje para corregirle. En un punto crítico, hay
entonces una adaptación que se realiza mal, cuya función se desdobla ante nuestros ojos.
Pero dejemos esto de lado por ahora.
Tomemos también —lo elegí un poco al azar esta mañana— ese ejemplo célebre que Freud
publicó ya en 1898 en su primer capítulo de la Psicopatología de la vida cotidiana. Freud se
refiere, a propósito del olvido de nombres, a la dificultad que, un día en una conversación con
un interlocutor en el curso de un viaje, tuvo para recordar el nombre del autor del célebre
fresco de la catedral de Orvieto, grandiosa composición que representa los acontecimientos
esperados para el fin del mundo y centrada en torno a la aparición del Anticristo. El autor de
dicho fresco es Signorelli, y Freud no consigue encontrar su nombre. Otros nombres acuden a
su mente —es éste, no es éste— Botticelli, Boltraffio..., no consigue encontrar Signorelli.
Lo consigue finalmente gracias a la aplicación de un procedimiento analítico. Pues este
pequeño fenómeno no surge de la nada, está inserto en el texto de una conversación. Iban en
ese momento de Ragusa hacia el interior de Dalmacia y se encontraban casi en la frontera del
imperio austríaco, en Bosnia Herzegovina. La palabra Bosnia se convierte en pretexto para la
narración de varias anécdotas, y lo mismo sucede con Herzegovina. Surgen luego en la
conversación alguno comentarios acerca de una tendencia particularmente simpática de la
clientela musulmana, que es, desde una cierta perspectiva, primitiva, y que muestra en este
punto una extraordinaria decencia. Cuando él médico anuncia una mala noticia, que la
enfermedad es incurable —el interlocutor de Freud parece ser un médico que practica en la
región— esta gente manifiesta cierto sentimiento de hostilidad hacia él. Enseguida le dicen:
Herr, si había algo qué hacer seguramente usted habría sido capaz de hacerlo. Están frente a
un hecho que es preciso aceptar, a ello se debe su actitud cortés, controlada, respetuosa
hacia el médico a quien llaman, en alemán, Herr. Es éste el telón de fondo sobre el cual
parece establecerse la continuación de la conversación, puntuada por el olvido significativo
que plantea un problema a Freud.
Freud señala que seguía con agrado la conversación pero que, a partir de cierto momento, su
atención se dirigió a otra cosa; mientras hablaba pensaba en otra cosa hacia la cual esta
anécdota médica lo conducía.
Por un lado, evocaba el alto valor que confieren los pacientes, en particular los islámicos, a
todo lo que se refiere a las funciones sexuales. Un paciente que lo había consultado por
trastornos de su potencia sexual le había dicho literalmente: cuando eso ya no es posible la
vida no vale la pena ser vivida. Por otra parte, recordó que había recibido, en uno de los sitios
que había visitado, la noticia de la muerte de uno de sus pacientes al que había tratado
durante mucho tiempo, noticia que no deja de producir —dice Freud—cierta conmoción. No
había querido expresar sus ideas respecto a la valorización de los procesos sexuales porque
no estaba muy seguro de su interlocutor. Además, adrede no había detenido su pensamiento
en el tema de la muerte de dicho enfermo. Pero pensando en todo esto había dejado de
prestar atención a lo que estaba diciendo.
Freud presenta en su texto un pequeño esquema muy bonito —consulten la edición de
Imago— donde escribe todos los nombres: Botticelli, Boltraffio, Herzegovina, Signorelli, y
debajo de ellos los pensamientos reprimidos, el sonido Herr y la pregunta. Lo que ha quedado
es el resultado. La palabra Signor fue atraída por el Herr de estos musulmanes tan corteses,
Traffio por el hecho de que allí había recibido el shock de la mala noticia relativa a su
paciente. Lo que Freud pudo encontrar, en el momento en que su discurso buscaba al autor
del fresco de Orvieto, es lo que quedaba disponible, luego que cierta cantidad de elementos
radicales fueran atraídos por lo que él denomina lo reprimido; es decir, las ideas en torno a las
historias sexuales de los musulmanes, y el tema de la muerte.
¿Qué significa esto? Lo reprimido no estaba tan reprimido; pues si bien Freud no habló de ello
a su compañero de viaje, nos lo entrega enseguida en el texto. Pero sucede como si estas
palabras —bien puede hablarse de palabras aunque tales vocablos sólo sean partes de
palabras, ya que tienen vida de palabras individuales— fuesen la parte del discurso que Freud
debía verdaderamente dirigir a su interlocutor. No la ha dicho, aunque haya comenzado a
hacerlo. Era eso lo que le interesaba, era eso lo que estaba a punto de decir, pero por no
haberlo dicho, a renglón seguido en su conexión con su interlocutor sólo quedaron desechos,
pedazos, desprendimientos de esta palabra.
¿No ven ustedes allí hasta qué punto este fenómeno, que se produce a nivel de la realidad,
es complementario de lo que sucede a nivel del sueño? Asistimos aquí a la emergencia de
una palabra verdadera.
Sabe Dios cuán lejos puede resonar esta palabra verdadera. Qué es lo que está aquí en
juego sino lo absoluto de !a muerte que está allí presente con la cual Freud nos dice prefirió, y
no simplemente a causa de su interlocutor, no enfrentarse demasiado. Dios sabe también que
el problema de la muerte es vivido por el médico como un problema de dominio. Ahora bien,
en este caso el médico —Freud— como el otro, perdió, es siempre así como vivimos la
pérdida del enfermo, sobre todo cuando lo hemos tratado durante mucho tiempo.
¿Qué es por lo tanto lo que decapita a Signorelli? En efecto, todo se concentra en torno a la
primera parte de este nombre, y de su repercusión semántica. En la medida en que Freud no
pronuncia la palabra, la que puede revelar el secreto más profundo de su ser, sólo puede
quedar enganchado al otro a través de los desprendimientos de esta palabra. No quedan sino
los desechos. El fenómeno del olvido es manifestado allí literalmente por la degradación de la
palabra en su relación con el otro.
He aquí entonces adonde quería yo llegar a través de estos ejemplos: en la medida en que el
reconocimiento del ser no culmina, la palabra fluye enteramente hacia la vertiente a través de
la cual se engancha al otro.
No es ajeno a la esencia de la palabra, si se me permite la expresión, engancharse al otro. La
palabra es sin duda mediación, mediación entre el sujeto y el otro, e implica la realización del
otro en la mediación misma. Un elemento esencial de la realización del otro es que la palabra
puede unirnos a él. Es esto sobre todo lo que les he enseñado hasta ahora, ya que es ésta la
dimensión en la que nos desplazamos constantemente.
Pero existe otra faceta de la palabra que es revelación.
Revelación, y no expresión: el inconsciente sólo se expresa mediante una deformación,
Entstellung, distorsión, transposición.
Este último verano escribí Función y campo de la palabra y del lenguaje sin emplear allí
adrede el término expresión, pues toda la obra de Freud se despliega en el sentido de la
revelación, no en el de la expresión. La revelación es el resorte último de lo que buscamos en
la experiencia analítica.
La resistencia se produce en el momento en que la palabra de revelación no se dice —como
escribe curiosamente Sterba al final de un artículo execrable, pero muy cándido, que centra
toda la experiencia analítica en torno al desdoblamiento del ego, una de cuyas mitades debe
acudir en nuestra ayuda contra la otra— en el momento en que el sujeto no encuentra ya
salida. Se engancha al otro porque lo que es impulsado hacia la palabra no accedió a ella. El
advenimiento inconcluso de la palabra, en la medida en que algo puede quizá volverla
fundamentalmente imposible, es el punto pivote donde la palabra, en el análisis, fluye por
entero hacia su primera vertiente y se reduce a su función de relación con el otro. Si la palabra
funciona entonces como mediación es porque no ha culminado como revelación.
El problema consiste siempre en saber a qué nivel se produce el enganche del otro. Hay que
ser imbécil—como sólo se puede serlo a través de cierto modo de teorizar, dogmatizar y
enrolarse en la técnica analítica— para afirmar, como lo hizo alguien un día, que una de las
condiciones previas al tratamiento analítico era ¿qué?: que el sujeto tuviera cierta realización
del otro en tanto tal. ¡Por supuesto, pícaro! Pero se trata de saber a qué nivel se ha realizado
este otro, cómo, con qué función y en qué círculo de su subjetividad, a qué distancia está de
ese otro.
En el transcurso de la experiencia analítica esta distancia varía incesantemente. ¡Qué
estupidez pretender considerarla un cierto estadio del sujeto!
Partiendo de la misma inspiración Piaget habla de la noción egocéntrica del mundo del niño.
¡Como si sobre este tema los adultos pudieran acaso dar clase a los niños! ¡Quisiera saber
qué pesa más en la balanza del Señor como aprehensión mejor del otro, la de Piaget, en su
posición de profesor y a su edad, o bien la que tiene el niño! Vemos a este niño
prodigiosamente abierto hacia todo lo que el adulto le aporta como sentido del mundo.
¿Pensamos alguna vez acaso en lo que significa, en lo que se refiere al sentimiento del otro,
esta prodigiosa permeabilidad del niño frente a todo lo que sea mito, leyenda, cuento de
hadas, historia, esa facilidad para dejarse invadir por los relatos? ¿Se piensa acaso que esto
es compatible con los jueguecitos de cubos mediante los cuales Piaget nos demuestra que el
niño accede a un conocimiento copernicano del mundo?
Se trata de saber cómo, en determinado momento, asoma hacia el otro ese sentimiento tan
misterioso de la presencia. Quizás está integrado a aquello de lo cual Freud nos habla en la
Dinámica de la transferencia, es decir a todas las estructuras previas, no sólo de la vida
amorosa del sujeto, sino de su organización del mundo.
Si tuviese que aislar la primera inflexión de la palabra, el momento primero en que toda la
realización de la verdad del sujeto se marca en su curva, el nivel primero en el que la
captación del otro asume su función, lo haría mediante una fórmula que me dio alguien, aquí
presente, a quien controlo. Le pregunté un día: ¿En qué punto está su sujeto respecto a usted
esta semana? Me respondió entonces con una expresión que coincide exactamente con lo
que intentaba situar en esta inflexión: Me tomó como testigo.
Poco después aparecerá la seducción. Y más adelante aún, el intento de captar al otro en un
juego donde la palabra adquiere incluso —la experiencia analítica nos lo ha demostrado—
una función más simbólica, una satisfacción instintiva más profunda. Sin tomar en cuenta el
término último: desorganización total de la función de la palabra en los fenómenos de
transferencia, situación en la que el sujeto —señala Freud— se libera totalmente y consigue
hacer exactamente lo que le da la gana.
En resumidas cuentas, ¿no nos conduce esta consideración al punto del que partí en mi
trabajo sobre las funciones de la palabra? A saber, a la oposición entre palabra vacía y
palabra plena; palabra plena en tanto que realiza la verdad del sujeto, palabra vacía en
relación a lo que él tiene que hacer hic et nunc con su analista, situación en la que el sujeto se
extravía en las maquinaciones del sistema del lenguaje, en el laberinto de los sistemas de
referencia que le ofrece el sistema cultural en el que participa en mayor o menor grado. Una
amplia gama de realizaciones de la palabra se despliega entre estos dos extremos.
Esta perspectiva nos conduce exactamente al siguiente punto: la resistencia de la que
hablamos proyecta sus resultados sobre el sistema del yo, en tanto el sistema del yo no
puede ni siquiera concebirse sin el sistema —si así puede decirse— del otro. El yo es
referencia! al otro. El yo se constituye en relación al otro. Le es correlativo. El nivel en que es
vivido el otro sitúa el nivel exacto en el que, literalmente, el yo existe para el sujeto.
En efecto, la resistencia se encarna en el sistema del yo y del otro. Allí es donde surge en tal
o cual momento del análisis. Pero parte de otro lado, a saber, de la impotencia del sujeto para
llegar hasta el final en el ámbito de la realización de su verdad. Según un modo, más o menos
definido sin duda para tal o cual sujeto en función de las fijaciones de su carácter y estructura,
el acto de la palabra siempre viene a proyectarse a determinado nivel, en determinado estilo
de la relación con el otro.
A partir de aquí, observen ustedes lo paradójica que es la posición del analista. Es en el
momento en que la palabra del sujeto es más plena cuando yo, analista, podría intervenir.
¿Pero sobre qué intervendría?: sobre su discurso. Ahora bien, cuanto más íntimo le es al
sujeto su discurso, más me centro yo sobre este discurso, más me siento llevado, yo también,
a aferrarme al otro, es decir, a hacer lo que siempre se hace en ese famoso análisis de las
resistencias, buscar el más allá del discurso, más allá, piénsenlo bien, que no se encuentra en
ningún sitio; más allá que el sujeto debe realizar, pero que justamente no ha realizado y que
está entonces constituido por mis propias proyecciónes, en el nivel en que el sujeto lo realiza
en ese momento.
La última vez, señalé los peligros de las interpretaciones o imputaciones intencionales que,
verificadas o no, susceptibles o no de verificación, no son a decir verdad más verificables que
cualquier otro sistema de proyecciónes. Allí está la dificultad del análisis.
Cuando decimos que interpretamos las resistencias nos topamos con esta dificultad: ¿cómo
operar en un nivel de menor densidad de relación de la palabra? ¿Cómo operar en esa inter
psicología, del ego y del alter-ego, a la que nos reduce la degradación misma del proceso de
la palabra? En otros términos ¿cuáles son las relaciones posibles entre esa intervención de la
palabra que es la interpretación y el nivel del ego en tanto que siempre supone
correlativamente al analizado y al analista? ¿Qué podemos hacer para aún manejar
válidamente la palabra en la experiencia analítica, cuando su función se ha orientado en el
sentido del otro hasta un punto tal que ha dejado de ser mediación, para ser sólo violencia
implícita, reducción del otro a una función correlativa del yo del sujeto?
Se dan cuenta ustedes de la naturaleza oscilante de este problema. Nos conduce
nuevamente a esta pregunta: ¿qué significa ese apoyo tomado en el otro? ¿Por qué el otro se
vuelve cada vez realmente menos otro cuanto más asume exclusivamente esta función de
apoyo?
En el análisis se trata de salir de este círculo vicioso. ¿Pero no estamos acaso aún más
profundamente atrapados en él en tanto la historia de la técnica muestra que se ha puesto
siempre y cada vez más el énfasis en el aspecto yoico de las resistencias? El mismo problema
puede también formularse de otro modo: ¿Por qué el sujeto cuanto más se afirma como yo,
más se aliena?
Volvemos así a la pregunta de la sesión anterior: ¿Quién es pues, aquel que busca
reconocerse más allá del yo?
Indice del Seminario 1
Jacques Lacan / Los Seminarios de Jacques Lacan / Seminario 1. Los escritos
técnicos de Freud. / Clase 5. Introducción y respuesta a una exposición de Jean
Hyppolite sobre la Verneinung de Freud. 10 de Febrero de 1954
Introducción y respuesta a una exposición de
Jean Hyppolite sobre la Verneinung de Freud.
10 de Febrero de 1954
El entrecruzamiento lingüístico. Las disciplinas filosóficas. Estructura de la alucinación. En
toda relación al otro, la denegación.
Quienes estuvieron presentes la última vez pudieron escuchar un desarrollo acerca del
pasaje central del texto de Freud La dinámica de la transferencia.
La totalidad de este desarrollo consistió en mostrarles que el fenómeno principal de la
transferencia surge de lo que llamaría el fondo del movimiento de la resistencia. Aislé ese
momento, enmascarado en la teoría analítica, en el que la resistencia, en su fundamento más
esencial, se manifiesta por un movimiento de báscula de la palabra hacia la presencia del
oyente, de ese testigo que es el analista. El momento en que el sujeto se interrumpe es,
comúnmente, el momento más significativo de su aproximación a la verdad. Captamos aquí la
resistencia en estado puro, la que culmina en el sentimiento, frecuentemente teñido de
angustia, de la presencia del analista.
Les enseñé también que la pregunta del analista cuando el sujeto se interrumpe —esa
pregunta que por haberles sido indicada por Freud, se convirtió para muchos en algo casi
automático: ¿No está usted pensando en algo que me concierne, a mí, analista? —no es sino
un activismo que cristaliza la orientación del discurso hacia el analista. Esta cristalización sólo
pone de manifiesto lo siguiente: el discurso del sujeto en la medida en que no alcanza esa
palabra plena en la que debería revelarse su fundamento inconsciente, se dirige entonces al
analista, está hecha para interesarle, y encuentra su soporte en esa forma alienada del ser
que llamamos ego.
1
La relación del ego con el otro, la relación del sujeto con ese otro mismo(18), con ese
semejante en relación al cual se ha constituido de entrada, en una estructura esencial de la
constitución humana.
Es a partir de esta función imaginaria que podemos concebir y explicar lo que es el análisis.
No hablo del ego en la psicología, donde es función de síntesis, sino del ego en el análisis,
función dinámica. El ego se manifiesta aquí como defensa, negativa. En él está inscrita toda la
historia de las sucesivas oposiciones que el sujeto ha manifestado ante la integración de lo
que, más tarde y sólo más tarde, se llamará, en la teoría, sus pulsiones más profundas y
desconocidas. En otros términos, en esos momentos de resistencia, tan bien señalados por
Freud, captamos lo que el movimiento mismo de la experiencia analítica aísla como función
fundamental del ego, el desconocimiento.
Les indiqué ya, a propósito del análisis del sueño, cuál es el resorte, el punto clave de la
investigación de Freud. Vieron allí en forma casi paradójica hasta qué punto el análisis
freudiano del sueño supone la existencia de la función de la palabra. Esto queda demostrado
por el hecho de que Freud capta la huella última de un sueño desvanecido en el momento
preciso en que el sujeto se vuelve enteramente hacia él. Es en el punto preciso en que el
sueño no es sino huella, un resto de sueño, un vocablo aislado, que encontramos su alusión
transferencia!. He evocado ya esa interrupción significativa, aislada que puede ser el punto de
viraje de un momento de la sesión psicoanalítica. El sueño se moldea pues según un
movimiento idéntico.
Les mostré también la significación de la palabra no dicha porque ha sido rechazada, porque
ha sido verworfen, rechazada por el sujeto. Les hice sentir el peso propio de la palabra en el
olvido de un nombre —ejemplo tomado de la Psicopatología de la vida cotidiana— y cuán
visible es allí la diferencia entre lo que la palabra del sujeto habría debido formular, y lo que le
queda como resto para dirigirse al otro. En este caso, por efecto de la palabra Herr, algo en la
palabra del sujeto falta, el vocablo Signorelli, que no podrá evocar con el interlocutor ante
quien, de modo potencial, la palabra Herr fue poco antes evocada en su plena significación.
Este momento, revelador de la relación fundamental entre resistencia y dinámica de la
experiencia analítica, nos conduce pues a un interrogante que puede polarizarse entre estos
dos términos: el ego, la palabra.
Es éste un interrogante apenas profundizado —debería sin embargo ser para nosotros el
objeto de investigación esencial—; en alguna parte, en un texto de Fenichel, se afirma, por
ejemplo, que el sentido de las palabras llega incontestablemente al sujeto a través del ego.
¿Es preciso acaso ser analista para pensar que semejante afirmación es, al menos, digna de
cuestionamiento? ¿Incluso admitiendo que en efecto sea el ego —como suele decirse— el
que dirige nuestras manifestaciones motrices y, en consecuencia, la emisión de esos vocablos
que se llaman palabras, podemos decir que, en nuestro discurso actualmente el ego sea el
amo de todo lo que entrañan las palabras?
El sistema simbólico es sumamente intrincado; se halla marcado por esa Verschlungenheit,
propiedad de entrecruzamiento, que la traducción de los escritos técnicos transformó en
complejidad, término harto débil. Verschlungenheit designa el entrecruzamiento lingüístico:
todo símbolo lingüístico fácilmente aislado no sólo es solidario del conjunto, sino que además
se recorta y constituye por una serie de afluencias, de sobre determinaciones oposicionales
que lo sitúan simultáneamente en varios registros. ¿Este sistema del lenguaje, en el que se
desplaza nuestro discurso, no supera acaso infinitamente toda intención que podamos
atribuirle y que sólo es momentánea?
La experiencia analítica juega precisamente sobre estas funciones, estas ambigüedades,
estas riquezas desde siempre implicadas en el sistema simbólico tal como lo ha constituido la
tradición, a la que más que deletrear y aprender, nos incorporamos en tanto individuos.
Considerando únicamente desde dicho ángulo este problema vemos que, en todo momento,
esta experiencia consiste en mostrar al sujeto que dice más que lo que cree decir.
Quizá deberíamos considerar este problema desde el ángulo genético. Pero entonces
seríamos conducidos hacia una investigación psicológica que nos llevaría demasiado lejos y
que no podemos abordar ahora. No obstante parece incuestionable que no podemos juzgar la
adquisición del lenguaje como tal a partir de la adquisición del dominio de la motricidad
revelado por la aparición de las primeras palabras. Las listas de palabras que los
observadores se complacen en registrar dejan abierto por entero el problema de saber en qué
medida las palabras que en efecto emergen en la representación motriz, emergen
precisamente de una primera aprehensión de conjunto del sistema simbólico en tanto tal.
Las primeras apariciones, la clínica lo pone de manifiesto, tienen una significación totalmente
contingente. Todos saben la diversidad con que aparecen en la elocución del niño los
primeros fragmentos de lenguaje. Y también sabemos hasta qué punto es sorprendente
escuchar al niño pronunciar adverbios, partículas, palabras, desde los quizás, o los aún no,
antes de haber expresado un sustantivo, o cualquier nombre de objeto.
Este planteo previo del problema parece indispensable para situar cualquier observación
válida. Es imposible partir de los hechos, sin de inmediato cometer los errores de comprensión
más groseros, si no se capta claramente la autonomía de la función simbólica en la realización
humana.
Como éste no es un curso de psicología general, no tendré indudablemente oportunidad de
examinar de nuevo estos interrogantes.
2
Hoy no creo poder introducir más que el problema del ego y la palabra, partiendo por
supuesto del modo en que se revela en nuestra experiencia.
Sólo podemos plantear este problema a partir del punto que ha alcanzado su formulación. No
podemos hacer como si la teoría freudiana del ego no existiese. Freud opuso al ego el ello, y
esta teoría impregna nuestras concepciones teóricas y técnicas. Por eso quisiera hoy
llamarles la atención sobre un texto llamado la Verneinung.
Verneinung significa(19), como me lo señaló hace un momento Hyppolite, denegación y no
negación, como se lo ha traducido en francés. Así es como lo he evocado siempre, cada vez
que en mis seminarios tuve la oportunidad.
El texto es de 1925. Es posterior a la publicación de los artículos vinculados a la psicología del
yo y su relación con el ello. En particular es posterior al artículo Das Ich und das Es. Freud
vuelve a examinar allí la relación, siempre presente en él, entre el ego y la manifestación
hablada del sujeto en la sesión.
He creído, por razones que ya verán desplegarse, que Hyppolite, que nos hace el honor de
participar con su presencia, e incluso con sus intervenciones, en nuestro trabajo, podría
aportarnos el testimonio de una crítica avalada por todo lo que conocemos de sus trabajos
anteriores.
El problema en cuestión, lo verán, se refiere nada menos que al conjunto de la teoría, sino del
conocimiento, al menos del juicio. Por ello le he solicitado —sin duda con alguna insistencia—
no sólo que me reemplace, sino además que nos brinde lo que únicamente él puede ofrecer a
partir de un texto del rigor de Die Verneinung.
Creo que éste presenta dificultades para un pensamiento no formado en esas disciplinas
filosóficas de las que no podemos prescindir en la función que ocupamos. Nuestra experiencia
no consiste en un toqueteo afectivo. No tenemos que provocar en el sujeto esas reapariciones
de experiencias más o menos evanescentes, confusas, donde residiría la magia toda del
psicoanálisis. Cumplimos pues enteramente con nuestro deber al escuchar, sobre un texto
como éste, las opiniones de alguien consagrado al ejercicio de la crítica del lenguaje y
formado en las disciplinas filosóficas.
Este texto pone de manifiesto una vez más el valor fundamental de todos los escritos de
Freud. Cada palabra merece ser medida en relación a su incidencia precisa, a su énfasis, a su
expresión particular; merece insertarse en el análisis lógico más riguroso. Es en esto en lo que
se diferencia de los agrupamientos más o menos vagos de los mismos términos realizados
por sus discípulos, cuya aprehensión de los problemas fue —por así decirlo— de segunda
mano, y nunca plenamente elaborada, lo cual dio como resultado esa degradación de la teoría
analítica que se manifiesta sin cesar en sus vacilaciones.
Antes de ceder la palabra a Hyppolite, quisiera llamarles la atención sobre una intervención
que él hizo en el transcurso de esa especie de debate que provocó un cierto modo de
presentar las cosas respecto a Freud y a sus intenciones frente al enfermo. Hyppolite
proporcionó entonces una ayuda a zaborda...
SR. HYPPOLITE: -... momentánea.
-... sí, una ayuda momentánea. Si recuerdan, se trataba de ver cuál era la actitud
fundamental, intencional de Freud respecto a su paciente, en el momento en que pretendía
sustituir la subyugación ejercida por la sugestión y la hipnosis, por el análisis de las
resistencias mediante la palabra.
Expresé entonces mis reservas sobre saber si en Freud esto era una manifestación de
combatividad, incluso de dominación, reliquias del estilo ambicioso que podríamos ver
traicionarse en su juventud.
Creo que un texto es suficientemente decisivo. Se trata de un pasaje de Psicología de las
masas y análisis del yo. El yo, como función autónoma, aparece por vez primera en la obra de
Freud a propósito de la psicología de las masas, es decir de las relaciones con el otro
—simple observación que enfatizo hoy porque justifica la perspectiva bajo la cual yo mismo la
introduzco ante ustedes. Este pasaje se encuentra en el capítulo cuarto, Sugestión y libido.
"De este modo estamos preparados para admitir que la sugestión (o más exactamente, la
sugestibilidad) es un fenómeno primario e irreductible, un hecho fundamental de la vida
psíquica humana. Así opinaba Bernheim de cuyos asombrosos experimentos fui testigo
presencial en 1889. Pero recuerdo también haber experimentado entonces una oscura
animosidad contra tal tirahía de la sugestión.
Cuando oía a Bernheim interpelar a un enfermo poco dócil con las palabras: «¿ Qué hace
usted? ¡Vous, vous contre suggestionnez!», no podía dejar de pensar que aquello constituía
una injusticia y una violencia. El sujeto poseía un evidente derecho a contrasugestionarse
cuando se le intentaba dominar por medio de la sugestión. Esta resistencia mía asumió
después la forma de una rebelión contra el modo de pensar según el cual la sugestión, que
todo lo explicaba, no necesitara de explicación alguna, y me repetí, refiriéndome a ella, la
antigua pregunta chistósa: Cristóbal llevaba a Cristo, —Cristo sostenía el mundo entero.
Decidme entonces ¿dónde apoyaba sus pies Cristóbal?
Verdadera rebelión pues la que experimentaba Freud ante la violencia que puede implicar la
palabra. Esta tendencia potencial del análisis de las resistencias, que Z* testimoniaba el otro
día, es precisamente el contrasentido que debe evitarse en la práctica del análisis. Creo que,
al respecto, este pasaje tiene todo su valor y merece citarse.
Pido sencillamente a Hyppolite que nos comunique su opinión sobre este texto al cual, según
ha llegado a mis oídos, ha consagrado una prolongada atención, agradeciéndole nuevamente
la colaboración que amablemente acepta prestarnos.
El comentario de J. Hyppolite se encuentra en los Écrits, páginas 879-887 o en Figuras del
pensamiento filosófico, escritos de Jean Hyppolite, París, 1971 - Tomo I, páginas 385-396.
3
No podemos dejar de estar muy agradecidos a J. Hyppolite por habernos brindado la
oportunidad, a través de un movimiento coextensivo al pensamiento de Freud, de alcanzar
inmediatamente ese más allá de la psicología positiva, que ha situado tan notablemente.
Les señalo de paso, que en estos seminarios al insistir en el carácter transpsicológico del
campo psicoanalítico, no hacemos más que volver a mostrar la evidencia de nuestra práctica,
que el pensamiento mismo de quien nos abrió sus puertas manifiesta constantemente hasta
en el más insignificante de sus textos.
Es mucho lo que puede obtenerse de la reflexión sobre este texto. La extrema condensación
de la exposición de Hyppolite es quizás, en cierto sentido, mucho más didáctica que lo que
con mi estilo les expreso, con intenciones precisas. La haré reproducir para quienes vienen
aquí, pues me parece que no puede haber mejor introducción a esta distinción entre distintos
niveles, a esta crítica de conceptos, en la que me esfuerzo en introducirlos, a fin de evitar
confusiones.
La elaboración de Hyppolite del texto de Freud nos ha mostrado la diferencia de niveles entre
la Bejahung, la afirmación y la negatividad en tanto ésta instaura en un nivel inferior —empleo
con toda intención expresiones mucho más bastas— la constitución de la relación
sujeto-objeto. En efecto, el texto —en apariencia mínimo— nos plantea de entrada esta
cuestión acercándose así a algunas de las elaboraciones más actuales de la meditación
filosófica.
Esto nos permite criticar a la vez la ambigüedad siempre mantenida en torno a la famosa
oposición entre lo intelectual y lo afectivo; como si lo afectivo fuese algo así como una
coloración, una cualidad inefable que debiera buscarse en sí misma, independientemente de
la piel vaciada que sería la realización puramente intelectual de una relación del sujeto. Esta
concepción que conduce al análisis por curiosos caminos es pueril. El más mínimo sentimiento
peculiar —incluso extraño— que el sujeto acuse en el texto de la sesión, es calificado como
un éxito sensacional. Esto se desprende de este malentendido fundamental.
Lo afectivo no es una densidad especial que faltaría a la elaboración intelectual. No se sitúa
en un más allá mítico de la producción del símbolo, anterior a la formulación discursiva. Sólo
esto puede permitirnos de entrada, no digo situar, pero sí aprehender en qué consiste la plena
realización de la palabra.
Nos queda un poco de tiempo. Quisiera ahora intentar mostrarles, a través de algunos
ejemplos, cómo se plantea este problema. Lo haré desde dos ángulos diferentes.
4
Consideremos, en primer lugar, un fenómeno cuya perspectiva ha sido totalmente renovada
por la elaboración del pensamiento psicoanalítico: la alucinación.
Hasta cierta época, la alucinación era considerada como un fenómeno crítico en torno al cual
se planteaba la cuestión del valor discriminativo de la conciencia; la conciencia no podía estar
alucinada, debía ser otra cosa. De hecho, basta con introducirse en la nueva fenomenología
de la percepción tal como se presenta en Merleau Ponty, para ver, por el contrario, que la
alucinación es integrada como esencial a la intencionalidad del sujeto.
Habitualmente, para explicar la producción de la alucinación nos conformamos con recurrir a
cierto número de registros, como por ejemplo el del principio del placer. Se la considera así
como el primer movimiento en el orden de la satisfacción del sujeto. No podemos
contentarnos con una teorización tan simple.
Recuerden el ejemplo del Hombre de los lobos que les cité la vez pasada. El progreso del
análisis de este sujeto, las contradicciónes que presentan las huellas a través de las que
seguimos la elaboración de su situación en el mundo humano, indican una verwerfung, un
rechazo. Para él siempre fue como si el plano genital literalmente no existiese. Hemos sido
llevados a situar este rechazo a nivel, diría, de la no-Bejahung, pues no podemos, en
absoluto, colocarlo en el mismo nivel que una denegación.
Lo sorprendente es lo que se producirá a continuación. Resultará mucho más comprensible a
la luz de las explicaciones que hoy se han dado acerca de Die Verneinung. En efecto,
generalmente, la condición para que algo exista para un sujeto es que haya Bejahung, esta
Bejahung que no es negación de la negación. ¿Qué sucede cuando esta Bejahung no se
produce, y nada entonces se manifiesta en el registro simbólico?
Veamos al Hombre de los Lobos. No hubo para él Bejahung, realización del plano genital. No
hay en el registro simbólico huella de este plano. La única huella que tenemos es la
emergencia, no en su historia, sino realmente en el mundo exterior de una pequeña
alucinación. La castración, que es precisamente lo que no ha existido para él, se manifiesta
en la forma que él se imagina: haberse cortado el meñique, tan profundamente, que sólo se
sostiene aún por un pedacito de piel. Le invade entonces el sentimiento de una catástrofe tan
inexpresable que ni siquiera se atreve a hablar de ello a la persona que se encuentra a su
lado. Aquello de lo cual no se atreve a hablar es lo siguiente: es como si esa persona a quien
le relata enseguida todas sus emociones se hubiera anulado. Ya no hay otro. Existe algo así
como un mundo exterior inmediato, manifestaciones percibidas en lo que llamaré un real
primitivo, un real no simbolizado, a pesar de la forma simbólica, en el sentido corriente del
término, que adquiere este fenómeno.
El sujeto no es en absoluto psicótico. Sólo tiene una alucinación. Podrá ser psicótico más
adelante, pero no lo es en el momento en que tiene esa vivencia absolutamente limitada,
nodal, extraña a las vivencias de su infancia, totalmente desintegrada. En ese momento de su
infancia nada permite clasificarlo como un esquizofrénico y, sin embargo, se trata en efecto de
un fenómeno de psicosis.
Hay pues allí, a nivel de una experiencia totalmente primitiva, en ese punto de origen donde la
posibilidad del símbolo abre al sujeto a cierta relación con el mundo, una correlación, un
movimiento, un balanceo que les ruego comprendan: lo no reconocido hace irrupción en la
conciencia bajo la forma de lo visto.
Si ustedes profundizan esta particular polarización, les resultará mucho más fácil abordar ese
fenómeno ambigüo denominado «déja vu», que se sitúa entre esos dos modos de relación: lo
reconocido y lo visto. En el caso del «déja vu» algo es llevado a su límite último en el mundo
exterior y surge con una pre-significación especial. La ilusión retrospectiva remite ese
percepto, dotado de una cualidad original, al dominio del «déja vu». Freud no nos habla de
otra cosa cuando afirma que toda prueba del mundo externo se refiere implícitamente a algo
que ya había sido percibido en el pasado. Esto se aplica al infinito: de cierto modo cualquier
percepto implica necesariamente una referencia a un precepto anterior.
Somos así llevados al nivel de lo imaginario en tanto tal, al nivel de la imagen modelo de la
forma originaria. No se trata de lo reconocido simbolizado y verbalizado, sino más bien de los
problemas evocados por la teoría platónica, no de la rememoración sino de la reminiscencia.
Les anuncié otro ejemplo, lo tomo de los partidarios de la llamada manera moderna de
analizar. Van a ver que sus principios ya estaban expuestos, en 1925, en este texto de Freud.
Se da mucha importancia al hecho de que primero analizamos la superficie, como suele
decirse. Sería este el máximo refinamiento destinado a permitir al sujeto que progrese
escapando así a esa forma de azar que la esterilización intelectual del contenido re-evocado
por el análisis representaría.
Pues bien, Kris expone, en uno de sus artículos, el caso de un sujeto que toma en análisis y
que, por otra parte, ya había sido analizado una vez. Este sujeto encuentra grandes
obstáculos en su trabajo, trabajo intelectual que, por lo que se vislumbra, parece muy próximo
a preocupaciones semejantes a las nuestras. Presenta toda clase de dificultades para
producir, como suele decirse. En efecto, su vida está como trabada pues tiene el sentimiento
de ser, para abreviar digamos, un plagiario. Continuamente intercambia ideas con alguien que
le es muy próximo, un brillante acholar, pero siempre siente la tentación de apoderarse de las
ideas que su interlocutor le expone; esto constituye para él un permanente obstáculo para
exteriorizar, publicar.
De todos modos logra producir un texto. Pero, un día llega declarando, de manera casi
triunfante, que toda su tesis se encuentra ya en la biblioteca, en un artículo publicado. Hélo
aquí pues esta vez plagiario a su pesar.
¿En qué consiste la pretendida interpretación en la superficie que nos propone Kris?
Probablemente en esto: Kris se interesa efectivamente en lo que ha sucedido y en lo que hay
en ese artículo. Examinándolo más de cerca, se da cuenta que para nada contiene lo esencial
de las tesis elaboradas por el sujeto. En él están esbozadas cosas que plantean el mismo
problema, pero no están allí las nuevas ideas aportadas por su paciente, cuya tesis es, por lo
tanto, totalmente original. Afirma Kris que hay que partir de allí, es esto lo que él llama, no sé
por qué, tomar las cosas por la superficie.
Ahora bien, dice Kris, si el sujeto quiere manifestarle que toda su conducta está trabada
porque su padre nunca llegó a producir nada porque estaba aplastado por un abuelo(20),
quien sí era un personaje harto constructivo y fecundo. Necesita encontrar en su padre a un
abuelo, a un gran padre, capaz de hacer algo; el sujeto satisface esa necesidad forjándose
tutores, tutores más grandes que él, en cuya dependencia se encuentra a través de un
plagiarismo que luego se reprocha, y con cuya ayuda se destruye. Satisface con ello una
necesidad que ha atormentado toda su infancia y, en consecuencia, dominado toda su
historia.
Sin duda, la interpretación es válida. Es importante saber cómo el sujeto reacciónó ante ella.
¿Qué considera Kris una confirmación del alcance de lo que introduce, que está preñado de
consecuencias?
Veremos luego desarrollarse toda la historia del sujeto. Veremos que la simbolización
estrictamente hablando, peneana, de esa necesidad de un padre real, creador y potente, ha
pasado por múltiples juegos en la infancia; por ejemplo, los juegos de pesca: ¿pescará el
padre un pez más grande o más pequeño?, etc... Sin embargo, la reacción inmediata del
sujeto es la siguiente: guarda silencio, y en la sesión siguiente dice: El otro día, al salir de
aquí, me fui a la calle X —esto sucede en Nueva York, y se trata de una calle donde hay
restaurantes extranjeros y donde se pueden comer cosas un tanto condimentadas— y busqué
un lugar donde pudiese encontrar ese plato que me gusta particularmente, los sesos frescos.
Tienen aquí el tipo de respuesta evocada por una interpretación justa: a saber un nivel de
palabra a la vez paradójico y pleno en su significación.
¿Por qué es aquí justa esta interpretación? ¿Se trata acaso de algo que está en la superficie?
¿Qué significa esto? No significa nada, excepto que Kris, sin duda a través de un laborioso
rodeo, pero cuyo término hubiera podido seguramente prever, se percató precisamente de
esto: que el sujeto, en su manifestación a través de esa forma especial que es la producción
de un discurso organizado, en la que está siempre sometido a ese proceso que se denomina
la denegación y en el que la integración de su ego culmina, no puede reflejar su relación
fundamental con su yo ideal más que en forma invertida.
En otros términos, la relación al otro, en la medida en que tiende a manifestarse en ella el
deseo primitivo del sujeto, contiene siempre en sí misma ese elemento fundamental,
originario, que es la denegación, que adquiere aquí la forma de una inversión.
Como pueden ver, esto no hace sino introducir nuevos problemas.
Para continuar hubiera sido preciso situar la diferencia de nivel entre lo simbólico como tal, la
posibilidad simbólica, la apertura del hombre a los símbolos y, por otra parte, su cristalización
en el discurso organizado en tanto éste contiene, de modo fundamental, la contradicción.
Creo que el comentario de Hyppolite lo ha mostrado hoy magistralmente. Deseo que
conserven a mano el dispositivo y su modo de empleo como hitos a los cuales puedan recurrir
cuando lleguen a encrucijadas difíciles en el desarrollo de nuestra exposición. Agradezco
pues al Sr. Hyppolite por habernos brindado la colaboración de su gran competencia.
Indice del Seminario 1
Jacques Lacan / Los Seminarios de Jacques Lacan / Seminario 1. Los escritos
técnicos de Freud. / Clase 6. Análisis del discurso y análisis del yo. 17 de
Febrero de 1954
Análisis del discurso y análisis del yo
17 de Febrero de 1954
Anna Freud o Melanie Klein
Tengo intención de comenzar a internarlos en la región delimitada por nuestras
afirmaciones de la vez pasada. Se trata exactamente de la región comprendida entre la
formación del símbolo y el discurso del yo, en la cual, desde comienzos de este año,
avanzamos.
He dado hoy, al seminario que juntos continuaremos, el título de Análisis del discurso y
análisis del yo, pero no puedo prometer, en una sola sesión, cumplir con un título tan
ambicioso. Pretendo así sustituir, oponiendo ambos términos, la oposición clásica entre
análisis del material y análisis de las resistencias.
Hyppolite destacó en el texto de Freud sobre la Verneinung, que amablemente aceptó
comentar para nosotros, el sentido complejo, flexible, de Aufhebung. En alemán este término
significa a la vez negar, suprimir, pero también conservar en la supresión, levantar. Tenemos
aquí el ejemplo de un concepto cuya profundización, a fin de reflexionar acerca de lo que
hacemos en nuestro diálogo con el sujeto nunca será suficiente, como lo han señalado desde
hace un tiempo los psicoanalistas.
1
Por supuesto que es con el yo del sujeto, con sus limitaciones, sus defensas, su carácter, con
lo que tenemos que vérnosla. Tenemos que hacerlo avanzar. ¿Pero cuál es la función que
cumple en esta operación? Toda la literatura analítica está enredada en torno a su definición
exacta.
Las elaboraciones recientes que consideran al yo del analizado como aliado del analista en la
Gran Obra analítica implican contrae acciones severas.
En efecto, es muy difícil definir al yo como una función autónoma, y al mismo tiempo como un
maestro en errores, sede de la ilusión, lugar de una pasión que le es propia y que conduce
esencialmente al desconocimiento; salvo que se desemboque en la noción, no sólo de
bipolaridad o bifuncionamiento del yo, sino estrictamente hablando, de splitting, distinción
radical entre dos yo. Función de desconocimiento; esto es el yo en el análisis, como lo es
también, por otra parte, en una gran tradición filosófica.
Hay párrafos en el libro de Anna Freud, El yo y los mecanismos de defensa, donde se tiene la
impresión, siempre y cuando se venza el lenguaje a veces desconcertante por su estilo
cosiste, de que habla del yo en el estilo de comprensión que intentamos mantener aquí. Al
mismo tiempo tenemos la impresión de que ella habla del hombrecito-que-está en el hombre,
que tendría una vida autónoma en el sujeto y que estaría allí para defenderlo— Padre,
cuidado a la derecha, Padre cuidado a la izquierda —contra lo que puede acometerlo tanto
desde fuera como desde dentro. Si consideramos su libro como una descripción moralista,
entonces ella sin duda alguna habla del yo como sede de cierto número de pasiones, en un
estilo que no es indigno de lo que La Rochefaucauld señala como las astucias incansables del
amor propio.
La función dinámica del yo en el diálogo analítico, por no haber sido rigurosamente situada,
sigue siendo pues hasta hoy profundamente contradictoria, y ello se manifiesta cada vez que
abordamos los principios de la técnica.
Creo que muchos de ustedes han leído este libro de Anna Freud. Es muy instructivo, y
ciertamente pueden detectarse en él, pues es suficientemente riguroso, los puntos en que
aparecen los errores de su demostración, más patentes aún en los ejemplos que nos ofrece.
Examinen los pasajes en que intenta definir la función del yo. En el análisis, afirma, el yo sólo
se manifiesta a través de sus defensas, vale decir en tanto se opone al trabajo analítico.
¿Significa esto que todo lo que se opone al trabajo analítico es defensa del yo? En otro lugar
Anna Freud reconoce que esta concepción no puede sostenerse y que existen otros
elementos de resistencia distintos a las defensas del yo. ¿No es así como he empezado a
abordar el problema con ustedes? Muchos de los problemas aquí abordados figuran en este
libro, es preciso leerlo lápiz en mano, pues tiene un valor de legado, verdaderamente bien
transmitido, de la última elaboración de Freud en lo que concierne al yo.
Alguien cercano a nosotros en la Sociedad(21), empujado en el Congreso de 1950, no sé por
qué, por un impulso lírico —ese querido compañero— llamó a Anna Freud la plomada del
psicoanálisis. Pues bien, la plomada sola no es suficiente en arquitectura. Hacen falta otras
herramientas, por ejemplo un nivel de agua. No obstante, la plomada no está mal, nos permite
situar la vertical de algunos problemas.
Voy a pedirle a la Srta. Gélinier que les presente un artículo de Melanie Klein: La importancia
de la formación del símbolo en el desarrollo del yo. No creo que sea inadecuado introducirlo
con la lectura de un texto de Anna Freud sobre el análisis de niños y, en particular, las
defensas del yo.
He aquí un pequeño ejemplo que ella nos ofrece. Se trata de una de sus pacientes quien
decide analizarse a causa de un grave estado de ansiedad que perturba su vida y sus
estudios, lo decide a fin de obedecer a su madre. Al comienzo del análisis, dice Anna Freud:
«Su actitud hacia mí era amistosa y sincera, pero advertí sin embargo que en sus relatos
evitaba cuidadosamente toda alusión a sus síntomas y no mencionaba las crisis de ansiedad
que sufría entre las sesiones. Su actitud amistosa cambiaba inmediatamente cada vez que
deliberadamente yo intentaba traer al análisis su síntoma o interpretaba su ansiedad en base
a ciertos datos de sus asociaciones. En tales ocasiones me hacía objeto de un torrente de
observaciones burlonas e irónicas. Toda tentativa de hallar una relación entre esta actitud de
apaciente y su comportamiento con su madre fracasó totalmente. La relación consciente e
inconsciente de la niña con la madre era totalmente distinta. Su ironía, sus sarcasmos
renovados sin cesar desconciertan a la analista y, durante un tiempo, hacen imposible la
continuación del análisis. Sin embargo, observé, profundizando a continuación el análisis, que
esta actitud irónica y bromista no era, estrictamente hablando una reacción de transferencia, y
no estaba vinculada en absoluto a la situación analítica. La paciente recurría a esta maniobra
cada vez que estaban a punto de surgir sentimientos tiernos, de deseo o ansiedad. Cuanto
más fuerte era el ímpetu del afecto, más vehemencia y acritud surgía en su autoridiculización.
Sólo secundariamente la analista atrae hacia si estas reacciónes de defensa pues favorece la
aparición en lo consciente de los sentimientos de ansiedad de la enferma. Aunque
correctamente fundada en las asociaciones y comunicaciones de la paciente, la interpretación
del contenido de la angustia no surtía efecto, pues toda aproximación a los afectos no hacía
sino intensificar la defensa. Hasta no haber logrado llevar a la conciencia y volver así
inoperante el método defensivo (desvalorización, burla) que de modo automático la paciente
utilizaba contra sus afectos en todas las circunstancias de su vida, el análisis no pudo hacer
consciente el contenido de la angustia. Este mecanismo defensivo —desprecio e ironía— se
aclara históricamente por una identificación con su padre muerto, quien quiso educar a la niña
en el autodominio, burlándose de ella cada vez que se abandonaba a algún arrebato
emocional. El recuerdo del padre amado había estereotipado este modo de defensa. El
procedimiento técnico a seguir en la comprensión de este caso era comenzar por el análisis
de la defensa contra los afectos, y elucidar luego su resistencia en la transferencia. Sólo
entonces es posible analizar verdaderamente la ansiedad misma y sus antecedentes
históricos.» ver nota(22)
¿Qué es lo que aquí se presenta como necesidad de analizar la defensa del yo? No es otra
cosa sino el correlato de un error. Anna Freud, en efecto, consideró inmediatamente las cosas
desde el ángulo de la relación dual entre la enferma y ella misma. Confundió la defensa de la
enferma con aquello mediante lo cual se manifestaba: a saber, una agresión contra ella, Anna
Freud. Es en el plano de su yo, el de Anna Freud, en el contexto de la relación dual con ella,
Anna Freud, donde percibió las manifestaciones de defensa del yo. Quiso al mismo tiempo ver
allí una manifestación de transferencia acorde con la fórmula que convierte la transferencia en
la reproducción de una situación. Aunque muchas veces mencionada, hasta tal punto que se
la considera clásica, esta fórmula es incompleta, pues no precisa como está estructurada la
situación. Lo que les digo hoy se une a lo que señalaba en mi conferencia en el College
Philosophique.
Anna Freud empezó por interpretar la relación analítica según el prototipo de la relación dual,
que es la relación del sujeto con su madre. De inmediato se encontró en una posición que, no
sólo se estancaba, sino que era perfectamente estéril. ¿Qué es lo que ella llama haber
analizado la defensa contra los afectos? Según este texto no parece que pueda verse allí sino
su propia comprensión. No podía progresar por ese camino. Debería haber establecido la
distinción entre la interpretación dual, en la cual el analista entra en una rivalidad yo a yo con
el analizado, y la interpretación que progresa en el sentido de la estructuración simbólica del
sujeto, la cual ha de situarse más allá de la estructura actual de su yo.
Volvemos así al problema de saber cuál es la Bejahung, la asunción por el yo, el sí que está
en juego en el progreso analítico. ¿Cuál es la Bejahung que se trata de obtener cuya
revelación es esencial para el progreso de un análisis?
Freud en un texto contenido en el Compendio de psicoanálisis, página 40 de la edición
francesa, que no está fuera de nuestros intereses, puesto que se llama La técnica
psicoanalítica, nos dice que lo que define la entrada en la situación analítica es el
establecimiento de un pacto. «El "yo" enfermo del paciente promete la más completa
sinceridad, es decir, promete poner a nuestra disposición todo el material que le suministra su
autopercepción. Por nuestra parte, le aseguramos la más estricta discreción y ponemos a su
servicio nuestra experiencia en la interpretación del material sometido al inconsciente. Nuestro
saber ha de compensar su ignorancia, y ha de permitir al yo recuperar y dominar los dominios
perdidos de su psiquismo. En este pacto consiste la situación analítica.»
Pues bien —mi última conferencia ya lo implicaba— si es cierto que nuestro saber acude en
auxilio de la ignorancia del analizado, no por ello dejamos de estar, nosotros también, en la
ignorancia, en tanto ignoramos la constelación simbólica que yace en el inconsciente del
sujeto. Además, esta constelación hay que concebirla siempre como ya estructurada, y de
acuerdo a un orden complejo.
La palabra complejo surgió en la superficie de la teoría analítica por una especie de fuerza
interna; como ustedes saben, no la inventó Freud, sino Jung. Cuando nos encaminamos hacia
el descubrimiento del inconsciente, nos encontramos con situaciones estructuradas,
organizadas, complejas. Freud nos proporcionó su primer modelo, su patrón, con el complejo
de Edipo. Aquellos entre ustedes que han seguido desde hace ya tiempo mi seminario
pudieron advertir cuántos problemas y cuántas ambigüedades plantea el complejo de Edipo a
través de mis comentarios sobre los casos que menos pueden ponerse en tela de juicio, pues
son los más ricamente delineados por Freud mismo: a saber, tres de sus cinco grandes
psicoanálisis. En suma, todo el desarrollo del psicoanálisis consistió en la valorización
sucesiva de cada una de las tensiones implicadas en ese sistema triangular. Esto sólo nos
obliga ya a ver en él algo muy diferente a ese bloque masivo que se resume en la fórmula
clásica: atracción sexual hacia la madre, rivalidad con el padre.
Conocen el carácter profundamente disimétrico —desde el origen— de cada una de las
relaciones duales que comprende la estructura edípica. La relación que une al sujeto con su
madre es distinta de la que lo vincula al padre, la relación narcisista o imaginaria con el padre
es distinta de la relación simbólica, y también de la relación que debemos llamar real: la cual
es, respecto a la arquitectura que nos interesa en el análisis, residual. Todo esto muestra
suficientemente la complejidad de la estructura, y que no es inconcebible que otra línea de
investigación nos permita elaborar el mito edípico superando lo hecho hasta ahora.
A pesar de la riqueza del material incluido en el interior de la relación edípica, poco nos hemos
despegado del esquema dado por Freud. Este esquema debe, en lo esencial, mantenerse,
pues él es, verán ustedes por qué, verdaderamente fundamental, no sólo para toda
comprensión del sujeto, sino también para toda realización simbólica, por el sujeto, del ello,
del inconsciente, el cual es un sí-mismo y no una serie de pulsiones desorganizadas, como
parte de la elaboración teórica de Freud permitiría pensar al leer en ella que sólo el yo tiene,
en el psiquismo, una organización.
Vimos la vez pasada que la reducción misma de la negación que afecta lo denegado no nos
da por ello, de parte del sujeto, su Bejahung. Es preciso examinar en detalle el valor de los
criterios que exigimos —sobre los cuales estamos, por otra parte, de acuerdo con el sujeto—
para reconocer una Bejahung satisfactoria.
¿Dónde está la fuente de la evidencia? Lo que el sujeto debe autentificar es la reconstrucción
analítica. El recuerdo ha de ser revivido con ayuda de los vacíos. Y Freud nos recuerda, a
justo título, que jamás podremos confiar íntegramente en la memoria. ¿A partir de entonces,
qué nos satisface exactamente cuando el sujeto nos dice que las cosas han llegado a ese
punto disparador en el que experimenta el sentimiento de la verdad?
Esta pregunta nos conduce al núcleo del problema del sentimiento de realidad que abordé el
otro día a propósito de la génesis de la alucinación del hombre de los lobos. Di esa fórmula
casi algebraica, casi demasiado transparente, demasiado concreta: lo real o lo que es
percibido como tal es lo que resiste absolutamente a la simbolización. A fin de cuentas, ¿no
se presenta acaso en su punto máximo el sentimiento de lo real en la ardiente manifestación
de una realidad irreal, alucinatoria?
En el hombre de los lobos, la simbolización del sentido del plano genital ha sido verworfen.
Tampoco debe sorprendernos que ciertas interpretaciones, que suelen llamarse
interpretaciones de contenido, no sean simbolizadas por el sujeto.
Se manifiestan en una etapa en que no pueden revelarle en grado alguno cuál es su situación
en ese dominio interdicto que es su inconsciente, pues se encuentran aún en el plano de la
negación o en el plano de la negación de la negación. Algo aún no ha sido franqueado: algo
que justamente está más allá del discurso, que necesita un salto en el discurso. La represión
no puede pura y simplemente desaparecer, sólo puede ser superada, en el sentido de
Aufhebung.
Lo que Anna Freud llama análisis de las defensas contra el afecto es tan sólo una etapa de su
propia comprensión, y no de la del sujeto. Una vez que se ha dado cuenta de que está
equivocada al creer que la defensa del sujeto es una defensa contra ella misma, puede
entonces analizar la resistencia de transferencia.
¿Adónde se ve entonces conducida?: hacia alguien que no está allí, hacia un tercero. Aísla
algo que debe parecerse mucho a la posición de Dora. La sujeto se identificó con su padre y
esta identificación estructura su yo. Esta estructuración del yo es allí designada como
defensa. Se trata de la parte más superficial de la identificación, pero por ese sesgo podemos
alcanzar un plano más profundo, y reconocer la situación de la sujeto en el orden simbólico.
La prenda del análisis no es sino reconocer qué función asume el sujeto en el orden de las
relaciones simbólicas que cubre todo el campo de las relaciones humanas, y cuya célula
inicial es el complejo de Edipo, donde se decide la asunción del sexo.
Dejo ahora la palabra a la señorita Gélinier quien va a mostrarles cuál es el punto de vista de
Melanie Klein. Este punto de vista se opone al de Anna Freud: no en vano estas dos damas,
que no dejan de presentar entre sí ciertas analogías, se enfrentaron en rivalidades
merovingias.
El punto de vista de Anna Freud es intelectualista, y la lleva a formular que, en el análisis,
todo debe ser conducido a partir de la posición mediana, moderada, que sería la del yo. Todo
parte para ella de la educación o de la persuasión del yo, y a esto se limitará todo. Verán de
dónde, por el contrario, parte Melanie Klein para abordar a un sujeto especialmente difícil, con
el cual uno se pregunta cómo se las habría ingeniado Anna Freud para utilizar sus categorías
de yo fuerte y yo débil, que suponen una posición previa de reeducación. Podrán apreciar al
mismo tiempo cuál de ellas se encuentra más cerca del eje del descubrimiento freudiano.
El artículo de Melanie Klein, The importance of symbol formation in the development of the
ego(23), publicado en 1930, se encuentra en Contributions to Psycho-Analysis, 1921-1945.
2
¡Hay que ver con qué brutalidad Melanie Klein le enchufa al pequeño Dick el simbolismo!
Comienza de entrada lanzándole las interpretaciones mayores. Le suelta una verbalización
brutal del mito edípico, casi tan escandalosa para nosotros como para cualquier lector: tú eres
el pequeño tren, quieres cogerte a tu madre.
Esta manera de actuar evidentemente se presta a polémicas teóricas que no pueden
disociarse del diagnóstico del caso. Pero después de esta intervención indudablemente algo
sucede. Todo radica allí.
Percibieron la falta de contacto que experimenta Dick. Es éste el defecto de su ego. Su ego
no está formado. También Melaine Klein distingue a Dick de los neuróticos a causa de su
profunda indiferencia, su apatía, su ausencia. En efecto, es evidente que, para Dick, lo no
simbolizado es la realidad. Este joven sujeto está enteramente en la realidad de su estado
puro, inconstituida. Está enteramente en lo indiferenciado. Ahora bien, ¿qué es lo que
constituye un mundo humano sino el interés por los objetos en tanto distintos, por los objetos
en tanto equivalentes?. El mundo humano es, en lo que se refiere a los objetos, un mundo
infinito. En este sentido, Dick vive en un mundo no-humano.
Este texto es valioso porque pertenece a una terapeuta, a una mujer con experiencia. Ella
siente las cosas, las expresa mal, no podemos reprochárselo. La teoría del ego está aquí
incompleta, quizá porque ella no se decide a formularla, sin embargo muestra claramente lo
siguiente: si, en el mundo humano, los objetos se multiplican, se desarrollan con la riqueza
que constituye su originalidad, lo hacen en la medida en que aparecen en un proceso de
expulsión ligado al instinto primitivo de destrucción.
Se trata aquí de una relación primitiva, situada en la raíz misma, instintual, del ser. A medida
que se producen esas eyecciónes fuera del mundo primitivo del sujeto, que no está aún
organizado en el registro de la realidad propiamente humana, comunicable, surge cada vez un
nuevo tipo de identificación. Esto es lo que no puede soportarse y la ansiedad surge al mismo
tiempo.
La ansiedad no es una especie de energía que el sujeto debería repartir para constituir los
objetos, y en el texto de Melanie Klein no hay frase alguna que pueda interpretarse en ese
sentido. La ansiedad siempre es definida como surgente, arising. A cada una de las
relaciones objetares corresponde un modo de identificación cuya señal es la ansiedad. Las
identificaciones a las que se refiere preceden a la identificación yoica. Pero aún cuando esta
última esté realizada, toda nueva re-identificación del sujeto hará surgir la ansiedad: ansiedad
en tanto ella es tentación, vértigo, pérdida del sujeto que vuelve a encontrarse en niveles
extremadamente primitivos. La ansiedad es una connotación, una señal, como siempre lo
formuló claramente Freud: una cualidad, una coloración subjetiva.
Ahora bien, precisamente lo que no se produce en el sujeto al que nos referimos es esta
ansiedad. Dick ni siquiera puede lograr el primer tipo de identificación la cual sería ya un
esbozo de simbolismo. Por paradójico que sea decirlo, él está frente a la realidad, vive en la
realidad. En el consultorio de Melanie Klein no hay para él ni otro ni yo; hay una realidad pura
y simple. El intervalo entre las dos puertas es el cuerpo de la madre. Los trenes, y todo lo
demás, es algo sin duda, pero no es ni nombrable ni nombrado.
Entonces Melanie Klein, con ese instinto de bruto que le permitió alcanzar, por otro lado, una
suma de conocimientos hasta entonces impenetrable, se atreve a hablarle: hablar a un ser
que, sin embargo, se deja aprehender como alguien que, en el sentido simbólico del término,
no responde. Está allí como si ella no existiese, como si ella fuese un mueble. Y, sin embargo,
ella le habla. Ella literalmente da nombre a aquello que, sin duda, participa efectivamente del
símbolo pues puede ser inmediatamente nombrado, pero que hasta entonces no era para ese
sujeto, más que una realidad pura y simple.
Allí adquiere entonces su significación el término premaduración que utiliza para decir que
Dick ha alcanzado ya en cierto sentido el estadio genital.
Normalmente, el sujeto da a los objetos de su identificación primitiva una serie de
equivalentes imaginarios que aumentan los engranajes de su mundo: esboza identificaciones
con otros objetos, etc... Cada vez, la ansiedad detiene la identificación definitiva, la fijación de
la realidad. Pero estas idas y venidas proporcionarán su marco a ese real infinitamente más
complejo que es el real humano. Después de esa fase durante la cual los fantasmas son
simbolizados, aparece el estadio llamado genital, en que la realidad entonces es fijada.
Ahora bien, para Dick, la realidad está bien fijada, pero porque no puede realizar esas idas y
venidas. Está inmediatamente en una realidad que no conoce desarrollo alguno.
Sin embargo, no se trata de una realidad totalmente deshumanizada. A su nivel, ella significa.
Ya está simbolizada pues puede dársele un sentido. Pero como ella es, ante todo, movimiento
de ida y vuelta, no se trata más que de una simbolización anticipada, inmovilizada, y de una
sola y única identificación primaria que tiene nombre: lo vacío, lo negro. Precisamente, lo que
es humano en la estructura propia del sujeto es esa hiancia y es ella la que en él responde. El
sujeto no tiene contacto sino con esa hiancia.
En esa hiancia, sólo cuentan un número muy limitado de objetos, que el niño ni siquiera
puede nombrar, como han podido observar. Ciertamente, dispone ya de cierta aprehensión de
los vocablos, pero no ha realizado la Bejahung: no los asume. Al mismo tiempo, y por más
paradójico que ello parezca, existe en él una posibilidad de empatía mucho mayor que la
normal, pues se encuentra perfectamente bien en su relación con la realidad, de modo no
ansiógeno. Cuando ve sobre la blusa de Melanie Klein virutitas de lápiz, resultado de un
destrozo, dice: Poor Melanie Klein.
La próxima vez, abordaremos el problema de la relación entre el simbolismo y lo real desde su
perspectiva más difícil, en su punto de origen. Verán ustedes la relación con lo que el otro día,
en el comentario de Hyppolite, designamos como función de la destructividad en la
constitución de la realidad humana.
Indice del Seminario 1
Jacques Lacan / Los Seminarios de Jacques Lacan / Seminario 1. Los escritos
técnicos de Freud. / Clase 7. La tópica de lo imaginario. 24 de Febrero de 1954
La tópica de lo imaginario
24 de Febrero de 1954
Meditación sobre la óptica. Introducción del ramillete invertido. Realidad: el caos original.
Imaginario: el nacimiento del yo. Simbólico: las posiciones del sujeto. Función del mito de
Edipo en el psicoanálisis.
La pequeña charla que les ofreceré hoy estaba anunciada con el título de La tópica de lo
imaginario. Un tema tan importante como éste llevaría varios años de enseñanza; pero ya que
en el hilo de nuestro discurso han surgido algunos problemas relaciónados con el lugar de lo
imaginario en la estructura simbólica, la charla de hoy puede reivindicar este título.
Es, según un plan preconcebido, cuyo rigor espero el conjunto les demostrará, que los guié la
última vez hacia un caso especialmente significativo pues muestra de modo reducido el juego
recíproco de esos tres grandes términos que ya tuvimos oportunidad de introducir: lo
imaginario, lo simbólico y lo real.
Nada puede comprenderse de la técnica y la experiencia freudianas sin estos tres sistemas de
referencia. Cuando se emplean estas distinciones muchas dificultades se justifican y aclaran.
Sucede así con los puntos incomprensibles que la señorita Gélinier señaló el otro día en el
texto de Melanie Klein. Cuando se intenta elaborar una experiencia lo que cuenta no es tanto
lo que se comprende como lo que no se comprende. El mérito de la exposición de la señorita
Gélinier radica precisamente en haber resaltado lo que en este texto no ce comprende.
Se demuestra así la fecundidad del método de los comentarios. Comentar un texto es como
hacer un análisis. Cuantas veces advertí a quienes están en control conmigo cuando me
dicen: Creí entender que él quería decir esto o aquello, les advertí que una de las cosas que
más debemos evitar es precisamente comprender demasiado, comprender más que lo que
hay en el discurso del sujeto. No es lo mismo interpretar que imaginar comprender. Es
exactamente lo contrario. Incluso diría que las puertas de la comprensión analítica se abren en
base a un cierto rechazo de la comprensión.
No basta con que un texto parezca coherente. Ciertamente, este texto se sostiene en el
marco de las cantinelas que nos son habituales: maduración instintiva, instinto primitivo de
agresión, sadismo oral, anal, etc. Sin embargo, en el registro que Melanie Klein hace intervenir
aparecen algunos contrastes sobre los que volveré a insistir detalladamente.
Todo gira en torno a lo que a la Srta. Gélinier le pareció singular, paradójico, contradictorio,
respecto a la función del ego: demasiado desarrollado traba todo desarrollo, pero al
desarrollarse vuelve a abrir las puertas de la realidad. ¿Cómo es posible que el desarrollo del
ego vuelva a abrir las puertas de la realidad? ¿Cuál es la función propia de la interpretación
kleiniana, cuyas carácterísticas son las de una intrusión, un enchapado del sujeto? Estas son
las cuestiones que hoy tendremos que precisar.
Ya han debido darse cuenta que, en el caso de este joven sujeto, real, imaginario y simbólico
están allí perceptibles, aflorantes. Les enseñé a identificar lo simbólico con el lenguaje: ahora
bien, ¿no es precisamente en la medida en que, digamos, Melanie Klein habla, que algo
sucede? Por otra parte, ¿cuando Melanie Klein nos dice que los objetos se constituyen
mediante juegos de proyecciónes, introyecciónes, expulsiones, reintroyecciónes de los objetos
malos; cuando nos dice que el sujeto, quien ha proyectado su sadismo, lo ve retornar desde
esos objetos, y en consecuencia se halla bloqueado por un temor ansioso, no sienten ustedes
que nos hallamos en el dominio de lo imaginario?
Todo el problema reside entonces en la articulación de lo simbólico y lo imaginario en la
constitución de lo real.
Para tratar de aclararles un poco las cosas, he elaborado un pequeño modelo, sucedáneo del
estadio del espejo.
He señalado a menudo que el estadio del espejo no es simplemente un momento del
desarrollo. Cumple también una función ejemplar porque nos revela algunas de las relaciones
del sujeto con su imagen en tanto Urbild del yo. Ahora bien, ese estadio del espejo, que no
podemos negar, tiene una presentación óptica que tampoco podemos negar. ¿Es acaso una
casualidad ?
Las ciencias, en particular las ciencias nacientes como la nuestra, toman prestado
frecuentemente modelos a otras ciencias. ¡No imaginan, mis pobres amigos, todo lo que
deben ustedes a la geología! Si la geología no existiera, ¿cómo pensar entonces que, en un
mismo nivel, puede pasarse de una capa reciente a una capa muy anterior? No estaría mal, lo
digo al pasar, que todo analista se comprara un librito de geología. Hubo hace tiempo un
analista geólogo, Leuba, quien escribió un libro cuya lectura les recomiendo calurosamente.
La óptica también tendría algo que decir. No me alejo con esto de la tradición del maestro:
seguramente más de uno habrá notado en la Traumdeutung, en el capítulo Psicología de los
procesos oníricos, el famoso esquema en el cual Freud inserta la totalidad del proceso del
inconsciente.
En su interior, Freud sitúa las distintas capas que se diferencian del nivel perceptivo, a saber
la impresión instantánea: S1, S2, etc., a la vez imagen, recuerdo. Estas huellas registradas
son luego reprimidas en el inconsciente. Es un esquema bonito, ya volveremos a él pues nos
será útil. Observen que va acompañado de un comentario que no parece haber llamado la
atención de nadie, a pesar de que Freud lo retomó en su casi última obra: el Compendio de
psicoanálisis.
Se los leo tal como figura en la Traumdeutung: La idea que así se nos ofrece es la de una
localidad psíquica trata exactamente del campo de la realidad psíquica, es decir, de todo lo
que sucede entre la percepción y la conciencia motriz del yo- . .. Vamos ahora a prescindir por
completo de la circunstancia de sernos conocido también anatómicamente el aparato ahímico
de que aquí se trata y vamos a eludir asimismo toda posible tentación de determinar en dicho
sentido la localidad psíquica. Permaneceremos, pues, en el terreno psicológico y no
pensaremos sino en obedecer a la invitación de representarnos el instrumento puesto al
servicio de las funciones ahímicas como un microscopio compuesto, un aparato fotográfico o
algo semejante. La localidad psíquica corresponderá entonces a un lugar situado en el interior
de este aparato, en el que surge uno de los grados preliminares de la imagen. En el
microscopio y en el telescopio son estos lugares puntos ideales; esto es, puntos en los que no
se halla situado ningún elemento concreto del aparato. Creo innecesario excusarme por la
imperfección de estas imagenes y otras que han de seguir. Estas comparaciones no tienen
otro objeto que el de auxiliarnos en una tentativa de llegar a la comprensión de la complicada
función psíquica total, dividiéndola y adscribiendo cada una de sus funciones aisladas a uno
de los elementos del aparato. La tentativa de adivinar la composición del instrumento psíquico
por medio de tal división no ha sido emprendida todavía que yo sepa. Por mi parte no
encuentro nada que a ella pueda oponerse. Creo que nos es lícito dejar libre curso a nuestras
hipótesis, siempre que conservemos una perfecta imparcialidad de juicio y no tomemos
nuestra débil armazón por un edificio de absoluta solidez. Como lo que-necesitamos son
representaciones auxiliares que nos ayuden a conseguir una primera aproximación a algo
desconocido, nos serviremos del material más práctico y concreto.
Ya que los consejos están hechos para que nadie los siga, creo que es inútil aclararles que
desde entonces no hemos dejado de tomar el débil armazón por un edificio de absoluta
solidez. Por otra parte, la autorización que nos da Freud para utilizar en la aproximación a un
hecho desconocido relaciones auxiliares, me ha incitado a hacer gala de cierta desenvoltura
en la construcción de un esquema.
Vamos a usar hoy algo casi infantil, un aparato de óptica mucho más simple que un
microscopio complejo, sería divertido continuar con esta comparación, pero eso nos llevaría
demasiado lejos.
Les recomiendo encarecidamente que mediten acerca de la óptica. Cosa curiosa, se ha
fundado todo un sistema metafísico en la geometría y la mecánica, buscando en ellas
modelos de comprensión, en cambio, hasta hoy, no se ha sacado todo el partido posible de la
óptica. Sin embargo, ella debería prestarse a algunas ensoñaciones, esta curiosa ciencia que
intenta producir mediante aparatos esa cosa singular llamada «imagenes», a diferencia de las
demás ciencias que efectúan un recorte, una disección, una anatomía de la naturaleza.
Tengan claro que al decir esto no busco darles gato por liebre, ni confundir las imagenes
ópticas con las imagenes que nos interesan. Pero, no por casualidad, llevan el mismo nombre.
Las imagenes ópticas presentan variedades singulares; algunas son puramente subjetivas,
son las llamadas virtuales; otras son reales, es decir que se comportan en ciertos aspectos
como objetos y pueden ser consideradas como tales. Pero aún más peculiar: podemos
producir imagenes virtuales de esos objetos que son las imagenes reales. En este caso, el
objeto que es la imagen real recibe, con justa razón, el nombre de objeto virtual.
Todavía hay algo aún más sorprendente: la óptica se apoya, totalmente, en una teoría
matemática sin la cual es absolutamente imposible estructurarla. Para que haya óptica es
preciso que a cada punto dado en el espacio real le corresponda un punto, y sólo uno, en otro
espacio que es el espacio imaginario. Es ésta la hipótesis estructural fundamental. Parece
muy simple, pero sin ella no puede escribirse ecuación alguna, ni simbolizarse nada; sin ella la
óptica es imposible. Aún quienes la ignoran nada podrían hacer en óptica si ella no existiese.
Allí también espacio real y espacio imaginario se confunden. Esto no impide que deban
pensarse como diferentes. En materia de óptica, encontramos muchas oportunidades para
entrenarnos en ciertas distinciones que muestran hasta qué punto es importante el resorte
simbólico en la manifestación de un fenómeno.
Por otro lado, en óptica existen una serie de fenómenos que podernos considerar como
totalmente reales puesto que es la experiencia quien nos guía en esta materia y, sin embargo,
la subjetividad está constantemente comprometida. Cuando ustedes ven un arco iris ven algo
totalmente subjetivo. Lo ven a cierta distancia destacándose sobre el paisaje. El no está allí.
Se trata de un fenómeno subjetivo. Sin embargo, gracias a una cámara fotográfica pueden
registrarlo objetivamente. ¿Qué es entonces? Ya no sabemos muy bien¿verdad?-dónde se
encuentra lo subjetivo y dónde se encuentra lo objetivo. ¿No será más bien que estamos
acostumbrados, en nuestras cortas entendederas, a establecer una distinción demasiado
somera entre lo objetivo y lo subjetivo? ¿Tal vez la cámara fotográfica no sea más que un
aparato subjetivo, enteramente construido con ayuda de una x y una y que habitan el mismo
territorio que el sujeto, es decir el del lenguaje?
Dejaré abiertos estos interrogantes para abordar directamente un pequeño ejemplo que
intentaré meterles en la cabeza antes de hacerlo en la pizarra, puesto que no hay nada más
peligroso que las cosas en la pizarra: quedan siempre un poco chatas.
Se trata de una experiencia clásica, que se llevaba a cabo en la época en que la física era
divertida, en la época de la verdadera física. Nosotros, de igual modo, estamos en la época en
que verdaderamente se trata de psicoanálisis. Cuando más cerca del psicoanálisis divertido
estemos, más cerca estaremos del verdadero psicoanálisis. Con el tiempo se irá desgastando,
se hará por aproximaciones y triquiñuelas. Ya no se comprenderá nada de lo que se hace, así
como ya no es necesario comprender nada de óptica para hacer un microscopio.
Regocijémonos pues, aún hacemos psicoanálisis.
Coloquen pues aquí, en mi lugar, un formidable caldero -que quizá me reemplazaría
ventajosamente, algunos días, como caja de resonancia-, un caldero lo más parecido posible
a una semiesfera, bien pulido en su interior, en resumen un espejo esférico. Si lo acercamos
casi hasta llegar a la mesa, ustedes no se verán dentro: así, aunque cada tanto yo me
transformase en caldero, el fenómeno de espejismo que se produce cada tanto entre mis
alumnos y yo, no se producirá aquí. Un espejo esférico produce una imagen real. A cada
punto de un rayo luminoso proveniente de un punto cualquiera de un objeto situado a cierta
distancia-preferentemente en el plano del centro de la esfera-le corresponde en el mismo
plano, por convergencia de los rayos reflejados sobre la superficie de la esfera, otro punto
luminoso: se produce entonces una imagen real del objeto.
Lamento no haber podido traer hoy ni el caldero, ni los aparatos de la experiencia. Tendrán
que imaginárselos.
Supongan que esto sea una caja, hueca por este lado, y que está colocada sobre una base,
en el centro de la semiesfera Sobre la caja pondrán un florero, real. Debajo hay un ramillete
de flores. ¿Qué sucede entonces?
Experiencia del ramillete invertido
El ramillete se refleja en la superficie esférica, para aparecer en el punto luminoso simétrico.
Dada la propiedad de la superficie esférica, todos los rayos que emanan de un punto dado
aparecen en el mismo punto simétrico; con todos los rayos ocurre lo mismo. Se forma así una
imagen real. Observen que en mi esquema los rayos no se cruzan por completo, pero así
sucede también en la realidad, y en todos los instrumentos de óptica: obtenemos sólo una
aproximación. Más allá del ojo, los rayos continúan su trayectoria, y vuelven a divergir. Pero,
para el ojo son convergentes, y producen una imagen real, pues la carácterística de los rayos
que impresionan un ojo en forma convergente es la de producir una imagen real. Convergen
cuando llegan al ojo, divergen cuando se alejan de él. Si los rayos impresionan al ojo en
sentido contrario, se forma entonces una imagen virtual. Es lo que sucede cuando miran una
imagen en el espejo: la ven allí donde no está. Aquí, por el contrario, ustedes la ven donde
ella está, siempre y cuando el ojo de ustedes se encuentre en el campo de los rayos que ya
se han cruzado en el punto correspondiente.
En ese momento, mientras no ven el ramillete real, que está oculto, verán aparecer, si están
en el campo adecuado, un curiosísimo ramillete imaginario, que se forma justamente en el
cuello del florero. Como sus ojos deben desplazarse linealmente en el mismo plano, tendrán
una sensación de realidad sintiendo, al mismo tiempo, que hay algo extraño, confuso, porque
los rayos no se cruzan bien. Cuanto más lejos estén, más influirá el paralaje, y más completa
será la ilusión.
Es éste un apólogo que nos resultará de gran utilidad. Claro que este esquema no pretende
abordar nada que tenga una relación substancial con lo que manipulamos en análisis: las
relaciones llamadas reales u objetivas, o las relaciones imaginarias. Sin embargo, nos permite
ilustrar, de modo particularmente sencillo, el resultado de la estrecha intrincación del mundo
imaginario y del mundo real en la economía psíquica; verán ahora de qué modo.
2
Esta pequeña experiencia me fue favorable. No la inventé yo, es conocida desde hace mucho
tiempo con el nombre de experiencia del ramillete invertido. Así, tal cual es, en su
inocencia-sus autores no la fabricaron para nosotros-nos seduce hasta en sus detalles
contingentes, el florero y el ramillete.
En efecto, el dominio propio del yo primitivo, Ur-Ich o LustIch', se constituye por clivaje(24),
por distinción respecto al mundo exterior: lo que está incluido en el exterior se distingue de lo
que se ha rechazado mediante los procesos de exclusión, Aufstossung, y de proyección. De
allí que, sin duda, las concepciones analíticas del estadio primitivo de la formación del yo,
colocaron en primer plano esas nociones que son las de continente y contenido. Por este
motivo la relación entre el florero y las flores que contiene puede servir como metáfora, y de
las más preciosas.
Saben que su proceso de maduración fisiológica permite al sujeto, en un momento
determinado de su historia, integrar efectivamente sus funciones motoras y acceder a un
dominio real de su cuerpo. Pero antes de este momento, aunque en forma correlativa con él,
el sujeto toma conciencia de su cuerpo como totalidad. Insisto en este punto en mi teoría del
estadio del espejo: la sola visión de la forma total del cuerpo humano brinda al sujeto un
dominio imaginario de su cuerpo, prematuro respecto al dominio real. Esta formación se
desvincula así del proceso mismo de la maduración, y no se confunde con él. El sujeto
anticipa la culminación del dominio psicológico, y esta anticipación dará su estilo al ejercicio
ulterior del dominio motor efectivo.
Es ésta la aventura imaginaria por la cual el hombre, por vez primera, experimenta que él se
ve, se refleja y se concibe como distinto, otro de lo que él es: dimensión esencial de lo
humano, que estructura el conjunto de su vida fantasmática.
En el origen suponemos todos los ellos, objetos, instintos, deseos, tendencias, etc. Se trata
pues de la realidad pura y simple, que en nada se delimita, que no puede ser aún objeto de
definición alguna; que no es ni buena ni mala, sino a la vez caótica y absoluta, originaria.
Freud se refiere a este nivel en Die Verneinung cuando habla de los juicios de existencia: o
bien es o bien no es. Aquí es donde la imagen del cuerpo of rece al sujeto la primera forma
que le permite ubicar lo que es y lo que no es del yo. Pues bien, digamos que la imagen del
cuerpo -si la situamos en nuestro esquema-es como el florero imaginario que contiene el
ramillete de flores real. Así es como podemos representarnos, antes del nacimiento del yo y
su surgimiento, al sujeto.
Se dan cuenta, sin duda, que estoy esquematizando, pero el desarrollo de una metáfora, de
un dispositivo para pensar, exige primero entender para qué sirve. Verán que este dispositivo
posee una capacidad de maniobra tal que es posible imprimirle cualquier tipo de movimiento.
Pueden invertir las condiciones de la experiencia: el florero podría estar abajo y las flores
arriba. Pueden, según su capricho, hacer imaginario lo que es real, siempre y cuando
conserven la relación entre los signos, + - + o -+-.
Para que la ilusión se produzca, para que se constituya, ante el ojo que mira, un mundo
donde lo imaginario pueda incluir lo real y, a la vez, formularlo; donde lo real pueda incluir y, a
la vez, situar lo imaginario, es preciso, ya lo he dicho, cumplir con una condición: el ojo debe
ocupar cierta posición, debe estar en el interior del cono.
Si está fuera de este cono, no verá ya lo que es imaginario, por la sencilla razón de que nada
proveniente del cono de emisión le impactará. Verá las cosas tal como son, en su estado real,
al desnudo, es decir el interior del mecanismo y, según los casos, un pobre florero vacío o
bien unas desoladas flores.
Me dirán: No somos un ojo, ¿qué significa este ojo que se pasea de un lado al otro?
La caja representa el cuerpo de ustedes. El ramillete son los instintos y los déseos, los objetos
de deseo que se pasean. ¿Y qué es el caldero? Tal vez el córtex. ¿Por qué no? Sería
divertido: hablaremos de ello otro día.
El ojo de ustedes no se pasea en medio de todo esto, está fijado allí, como un pequeño
apéndice titilante del córtex. Entonces, ¿por qué les cuento que se pasea, y que es en función
de su posición que el dispositivo funciona o no?
Como sucede con frecuencia, el ojo es aquí el símbolo del sujeto. Toda la ciencia se basa en
la reducción del sujeto a un ojo, por eso está proyectada ante ustedes, es decir objetivada; les
explicaré en otra oportunidad este punto. Hubo un año en que alguien había traído una
construcción muy buena de la teoría de los instintos, la más paradójica que yo jamás haya
oído, en la cual se entificaban los instintos. Al final, ni uno quedaba en pie; en ese sentido era
una demostración útil. Sería preciso, para relucirnos por un instante a no ser sino un ojo, que
nos situásemos en la posición del sabio que puede decretar que él sólo es un ojo, y colocar
un letrero en la puerta: No molestar al experimentador. No ocurren así las cosas en la vida
pues no somos un ojo. ¿Qué significa entonces este ojo que está aquí?
Significa que, en la relación entre lo imaginario y lo real, y en la constitución del mundo que de
ella resulta, todo depende de la situación del sujeto. La situación del sujeto-deben saberlo ya
que se lo repito_está carácterizada esencialmente por su lugar en el mundo simbólico; dicho
de otro modo, en el mundo de la palabra. De ese lugar depende que el sujeto tenga o no
derecho a llamarse Pedro. Según el caso, estará o no, en el campo del cono.
Aún cuando esto parezca un poco rígido tienen que metérselo en la cabeza para poder
comprender lo que ha de seguir.
3
Debemos tomar el texto de Melanie Klein como lo que es: el informe de una experiencia.
Se trata de un muchacho que, nos informan, tiene unos cuatro años, pero cuyo nivel general
de desarrollo está entre los quince y los dieciocho meses. Es éste un problema de definición;
nunca se sabe qué se quiere decir con esto. ¿Cuál es el instrumento de medición? Esta
aclaración se omite a menudo. Un desarrollo afectivo entre quince y dieciocho meses, esta
noción es aún más vaga que la imagen de una flor en la experiencia que acabo de
presentarles.
El niño dispone de un vocabulario muy limitado, y más que limitado, incorrecto. Deforma las
palabras, y la mayor parte del tiempo las emplea mal; otras veces en cambio uno se da cuenta
que conoce su sentido. Melanie Klein insiste en el hecho más sorprendente: este niño no
desea hacerse comprender, no busca comunicarse; sus únicas actividades más o menos
lúdicas son emitir sonidos y complacerse con estos sonidos sin significación, con estos ruidos.
Sin embargo, este niño posee algo de orden del lenguaje, si no Melanie Klein no podría
hacerse entender por él. Dispone de algunos elementos del aparato simbólico. Por otra parte,
Melanie Klein, desde el primer contacto con el niño, que es tan importante, carácteriza su
actitud como apática, indiferente. Pero no por ello carece de orientación. No da la impresión
de ser idiota ni mucho menos. Melanie Klein lo distingue de todos los niños neuróticos que ha
examinado antes señalando que, en él, no hay indicios aparentes de ansiedad, ni siquiera en
la forma velada en que aparece en los neuróticos: explosión o bien retracción, rigidez, timidez.
Algo así no podría escapársele a una terapeuta de la experiencia de Melanie Klein. Aquí está
el niño, como si no pasara nada. Mira a Melanie Klein como miraría un mueble.
Subrayo estos aspectos porque quiero destacar el carácter uniforme que, para él, tiene la
realidad. Todo le es igualmente real, igualmente indiferente.
Aquí comienzan las perplejidades de la señorita Gélinier.
El mundo del niño, nos dice Melanie Klein, se produce a partir de un continente-sería el
cuerpo de la madre-y de un contenido del cuerpo de esta madre. A lo largo del avance de sus
relaciones instintuales con ese objeto privilegiado que es la madre, el niño se ve llevado a
realizar una serie de relaciones de incorporación imaginaria. Puede morder, absorber el
cuerpo de su madre. El estilo de esta incorporación es un estilo de destrucción.
El niño espera encontrar en ese cuerpo materno cierta cantidad de objetos que, aunque están
incluidos en él, están provistos de cierta unidad, objetos que pueden serle peligrosos. ¿Por
qué peligrosos? Exactamente por la misma razón por la cual él es peligroso para ellos. Los
reviste-es oportuno decirlo-en espacio, con las mismas capacidades de destrucción de las que
se siente portador. Acentuará en este sentido su exterioridad respecto a las primeras
delimitaciones de su yo, y los rechazará como objetos malos, peligrosos, caca.
Estos objetos serán, desde luego, exteriorizados, aislados de ese primer continente universal,
de ese primer gran todo que es la imagen fantasmática del cuerpo de la madre, imperio total
de la primera realidad infantil. Sin embargo, siempre se le presentarán provistos del mismo
acento maléfico que habrá marcado sus primeras relaciones con ellos. Por eso los
re-introyectará, y trasladará su interés hacia otros objetos menos peligrosos. Llevará a cabo,
por ejemplo, lo que se llama la ecuación heces-orina. Diferentes objetos del mundo exterior,
más neutralizados, se constituirán en equivalentes de los primeros, vinculándose a ellos por
una ecuación-lo subrayo-imaginaria. De este modo la ecuación simbólica que volvemos a
descubrir entre estos objetos surge de un mecanismo alternativo de expulsión e introyección,
de proyección y absorción, vale decir, de un juego imaginario.
Precisamente es este juego el que trato de simbolizar en mi esquema por las inclusiones
imaginarias de objetos reales, o inversamente por las capturas en el interior de un ámbito real
de objetos imaginarios.
En Dick, observamos un esbozo de imaginarización, si puedo decirlo asé, del mundo exterior.
Está ahí, a punto de aflorar, pero está tan sólo preparado.
Dick juega con el continente y con el contenido. De modo natural ya ha entificado ciertos
objetos, por ejemplo el trenecito, ciertas tendencias, incluso ciertas personas; él mismo es el
trenecito en relación a su padre que es el tren grande. Por otra parte, hecho sorprendente, el
número de objetos que son para él significativos es extremadamente reducido; reducido a los
signos mínimos que permiten expresar el adentro y el afuera, el contenido y el continente. Así,
el espacio negro es inmediatamente asimilado al interior del cuerpo de la madre en el cual se
refugia. Lo que no se produce es el juego libre, la conjunción entre las diferentes formas,
imaginaria y real de los objetos. Así, cuando busca refugio en el interior vacío y negro del
cuerpo materno, los objetos no están allí, para gran sorpresa de la señorita Gélinier. Por la
sencilla razón de que en su caso, el ramillete y el florero no pueden estar allí al mismo tiempo.
Esta es la clave.
El asombro de la señorita Gélinier se debe a que, para Melanie Klein, todo está en un plano
de igual realidad- The unreal reality como dice-lo cual, en efecto, no permite concebir la
disociación de los diferentes sets de objetos primitivos. Sucede que para Melanie Klein, no
hay teoría de lo imaginario, ni teoría del ego. Somos nosotros quienes debemos introducir
estas nociones y comprender que si una parte de la realidad es imaginada la otra es real; o
inversamente, si una es real la otra se convierte en imaginaria. Comprendemos entonces por
qué, al comienzo, la conjunción de las diferentes partes, de los diferentes sets, no puede
lograrse nunca.
Estamos aquí en la relación del espejo.
Llamamos a esto el plano de la proyección: ¿cómo señalar el correlato de la proyección?
Habría que encontrar un término diferente al de introyocción. Tal como lo utilizamos en
análisis el término introyección no es lo contrario de proyección. Habrán observado que
prácticamente sólo se lo emplea cuando se trata de introyección simbólica. Siempre se
acompaña de una denominación simbólica. La introyección es siempre introyección de la
palabra del otro, lo que introduce una dimensión muy diferente a la de la proyección. Mediante
esta distinción podrán separar lo que pertenece a la función del ego, que es del orden del
registro dual; y lo que pertenece a la función del superyó. Su distinción no es gratuita en la
teoría psicoanalítica, y no por nada se admite que el superyó, el superyó auténtico, es una
introyección secundaria respecto a la función del ego ideal.
Estas son observaciones al margen. Vuelvo al caso descrito por Melanie Klein.
El niño está allí. Dispone de cierta cantidad de registros significativos. Melanie Klein-podemos
seguirla en este punto-hace hincapié en la gran estrechez de uno de ellos: el registro
imaginario. Normalmente las posibilidades de juego, de transposición imaginaria son las que
permiten que se realice la valorización progresiva de los objetos en el plano comúnmente
denominado afectivo, mediante una multiplicación de los engranajes, un despliegue en
abanico de todas las ecuaciones imaginarias que permiten al ser humano ser el único, entre
los animales, que posee un número casi infinito de objetos a su disposición; objetos marcados
con un valor de Gestalt en su Umwelt, objetos delimitados en sus formas. Melanie Klein
subraya la pobreza del mundo imaginario y, al mismo tiempo, la imposibilidad de este niño de
establecer una relación efectiva con los objetos en tanto estructuras. Correlación que es
importante aprehender.
Si resumimos ahora todo lo que describe Melanie Klein acerca de la actitud de este niño, el
punto significativo es simplemente éste: no dirige ningún llamado.
El llamado, les recomiendo retengan esta noción. Ustedes pensarán: Por supuesto, el Dr.
Lacan ya va a empezar otra vez con el lenguaje. Pero este niño ya tiene un sistema de
lenguaje suficiente. La prueba está en que juega con él. Incluso lo utiliza para dirigir un juego
de oposición contra los intentos de intrusión de los adultos. Por ejemplo, se comporta en una
forma que en el texto es denominada negativista. Cuando su madre le propone una palabra
que él es capaz de reproducir correctamente, la reproduce de modo ininteligible, deformado, o
inservible. Volvemos a encontrar aquí la distinción necesaria entre negativismo y denegación,
como nos ha recordado Hyppolite, demostrando así no sólo su gran cultura, sino también que
ha visto enfermos. Dick utiliza el lenguaje en forma propiamente negativista.
En consecuencia, al introducir el llamado no introduzco indirectamente el lenguaje. Más aún,
diría que no sólo no es el lenguaje, sino que ni siquiera es un nivel superior al lenguaje. Si se
habla de niveles, estaría más bien por debajo del lenguaje.
No tienen más que observar un animal doméstico para ver cómo un ser desprovisto de
lenguaje es totalmente capaz de dirigir llamados; llamado para atraer la atención de ustedes
hacia algo que, en cierto sentido, le falta. Al llamado humano le está reservado un desarrollo
ulterior, más rico, precisamente porque se produce en un ser que ya adquirió el nivel del
lenguaje.
Esquematicemos.
Un tal Karl Bühler formuló una teoría del lenguaje, que no es la única ni la más completa, pero
en la que hay algo que no deja de presentar cierto interés: distingue tres etapas en el
lenguaje. Desgraciadamente las ubica mediante registros que no las tornan demasiado
comprensibles.
En primer lugar, el nivel del enunciado como tal, que está a un nivel casi de dato natural. Me
encuentro a nivel del enunciado cuando le digo a alguien la cosa más sencilla, por ejemplo un
Imperativo. Hay que situar en este nivel del enunciado todo lo concerniente a la naturaleza del
sujeto. Un oficial, un profesor, no daran sus órdenes con el mismo lenguaje que un obrero o
un contramaestre. Todo lo que aprendemos a nivel del enunciado, en su estilo y hasta en sus
entonaciones, se refiere a la naturaleza del sujeto.
En un imperativo cualquiera hay otro plano: el del llamado. Se trata del tono con el que se
dice este imperativo. El mismo texto puede tener valores completamente diferentes según el
tono empleado. El simple enunciado Deténgase puede tener según las circunstancias valores
de llamado completamente diferentes.
El tercer valor es el de la comunicación: aquello de lo que se trata, y su referencia al conjunto
de la situación.
Con Dick estamos a nivel del llamado. El llamado cobra su valor en el Interior del sistema ya
adquirido del lenguaje. Ahora bien, ocurre que este niño no pronuncia ningún llamado. El
sistema por el que el sujeto llega a situarse en el lenguaje está interrumpido a nivel de la
palabra. El lenguaje y la palabra no son lo mismo: este niño hasta cierto punto es dueño del
lenguaje, pero no habla. Es un sujeto que está allí y que, literalmente, no responde.
La palabra no le ha llegado. El lenguaje no se ha enlazado a su sistema imaginario, cuyo
registro es extremadamente pobre: valorización de los trenes, de las manijas de las puertas,
del lugar negro. Sus facultades, no de comunicación, sino de expresión están limitadas a esto.
Para él lo real y lo imaginario son equivalentes.
Melanie Klein debe entonces renunciar aquí a toda técnica. Tiene un material mínimo. Ni
siquiera dispone de juegos: este niño no juega. Cuando toma a veces el trenecito, no juega, lo
hace como si atravesase la atmósfera, como si fuese invisible, o más bien como si, en cierto
modo, todo le fuese invisible.
Melanie Klein no interpreta nada aquí, y tiene clara conciencia de ello. Parte-dice-de las ideas
que tiene, que son conocidas, acerca de lo que sucede en este estadio. Voy directamente y le
digo: Dick tren pequeñito, tren grande papátren.
Entonces, el niño se pone a jugar con su trenecito y le dice la palabra station o sea estación.
Momento crucial en el que se esboza la unión del lenguaje con el imaginario del sujeto.
Melanie Klein le devuelve lo siguiente: La estación es mamá, Dick entrar en mamá. A partir de
ese momento todo se desencadena. Ella sólo hará este tipo de cosas, ninguna otra.
Rápidamente el niño progresa. Es un hecho.
¿Qué ha hecho Melanie Klein? Tan sólo aportar la verbalización. Ha simbolizado una relación
efectiva: la de un ser, nombrado, con otro ser. Ha enchapado la simbolización del mito
edípico, para llamarlo por su nombre. A partir de entonces, y después de una primera
ceremonia, que consistirá en refugiarse en el espacio negro para volver a tomar contacto con
el continente, la novedad surge para el niño.
El niño verbaliza un primer llamado: un llamado hablado. Solicita a su niñera, con quien había
entrado y a quien había dejado partir como si nada. Por primera vez, produce una reacción de
llamado que no es simplemente un llamado afectivo, mimado por todo el ser, sino un llamado
verbalizado que supone, entonces, una respuesta. Se trata de una primera comunicación, en
el sentido propio, técnico, del término.
Luego las cosas se desenvuelven hasta el punto en que Melanie Klein hace intervenir los
otros elementos de la situación, ahora organizada; incluso el padre desempeña su papel.
Fuera de las sesionesdice Melanie Klein-las relaciones del niño se desarrollan en el plano del
Edipo. El niño simboliza la realidad que lo rodea a partir de ese núcleo, de esa pequeña célula
palpitante de simbolismo que le ha dado Melanie Klein.
Es lo que ella más tarde llama: haber abierto las puertas de su inconsciente.
¿Acaso Melanie Klein ha hecho algo que evidencie la más mínima aprehensión de no sé qué
proceso que sería, en el sujeto, su inconsciente? Por hábito, lo admite de entrada. Vuelvan a
leer toda la observación y encontrarán allí una manifestación sensacional de la fórmula que
siempre repito: el inconsciente es el discurso del otro.
Este es un caso donde esta fórmula es absolutamente evidente. No hay en el sujeto ningún
tipo de inconsciente. Es el discurso de Melanie Klein el que injerta brutalmente, en la inercia
yoica inicial del niño, las primeras simbolizaciones de la situación edípica. Melanie Klein
siempre procede así con sus sujetos, más o menos implícitamente, más o menos
arbitrariamente.
En el caso dramático de este sujeto que no ha accedido a la realidad humana porque no hace
ningún llamado, ¿cuáles son los efectos de las simbolizaciones introducidas por la terapeuta?
Ellas determinan una posición inicial a partir de la cual el sujeto puede hacer jugar lo
imaginario y lo real, y conquistar así su desarrollo. El niño se precipita en una serie de
equivalencias, en un sistema donde los objetos se sustituyen unos a otros. Recorre toda una
serie de ecuaciones que le hacen pasar de ese intervalo entre los dos batientes de la puerta,
adonde iba a refugiarse como si fuera el negro absoluto del continente total, a objetos que lo
sustituyen; la palangana de agua por ejemplo. Despliega y articula así todo su mundo. Pasará
luego de la palangana al radiador eléctrico, a objetos más y más elaborados. Accede a
contenidos cada vez más ricos, y también a la posibilidad de definir el contenido y el
no-contenido.
¿Por qué hablar en este caso de desarrollo del ego? Esto es confundir como siempre ego y
sujeto.
El desarrollo sólo se produce en la medida en que el sujeto se integra al sistema simbólico, se
ejercita en él, se afirma a través del ejercicio de una palabra verdadera. Notarán que ni
siquiera es necesario que esta palabra sea la suya. En la pareja momentáneamente formada
por la terapeuta y el sujeto, aún cuando su forma sea mínimamente afectiva, puede
producirse una palabra verdadera. Sin duda no cualquier palabra: en esto radica la virtud de la
situación simbólica del Edipo.
Verdaderamente ésta es la llave, llave en verdad pequeña. Ya les señalé que muy
probablemente existía un manojo de llaves. Tal vez un día de estos dé una conferencia acerca
de lo que nos enseña, en este sentido, el mito de los primitivos: no diré de los más primitivos,
pues no son menos, y conocen acerca de esto mucho más que nosotros. Cuando estudiamos
una mitología, por ejemplo la que quizá va a ser publicada sobre una población sudanesa,
vemos que el complejo de Edipo no es para ellos más que una tontería. Es apenas un detalito
de un inmenso mito. El mito permite confrontar una serie de relaciones entre los sujetos de tal
riqueza y complejidad que, en comparación, el Edipo parece una versión hasta tal punto
abreviada que, finalmente, puede llegar a resultar inservible.
Pero qué importa. Hasta ahora, nosotros, analistas, nos hemos conformado con él.
Ciertamente, intentamos elaborarlo un poco, pero más bien tímidamente. Nos sentimos
siempre horriblemente embarullados pues distinguimos mal entre imaginario, simbólico y real.
Quiero ahora señalarles lo siguiente. Cuando Melanie Klein le transmite el esquema del Edipo,
la relación imaginaria que vive el sujeto, aunque extremadamente pobre, es ya
suficientemente compleja como para que pueda afirmarse que el niño tiene su mundo propio.
Pero, para nosotros, este real primitivo es literalmente inefable. Mientras no nos diga algo
acerca de él, no tenemos ningún medio para penetrarlo, salvo mediante extrapolaciones
simbólicas que constituyen la ambigüedad de todos los sistemas como el de M. Klein; ella nos
dice, por ejemplo, que en el interior del imperio materno, el sujeto está allí con todos sus
hermanos, incluyendo también el pene del padre, etc. ¿En serio ?
No importa, porque podemos captar en todo caso cómo este mundo se pone en movimiento,
cómo imaginario y real comienzan a estructurarse, cómo se desarrollan las cargas sucesivas
que delimitan la variedad de los objetos humanos, es decir nombrables. Todo este proceso
encuentra su punto de partida en este primer fresco constituido por una palabra significativa,
que formula una estructura fundamental que, en la ley de la palabra, humaniza al hombre.
¿Cómo decirlo aún de otro modo? Pregúntense ustedes qué representa el llamado en el
campo de la palabra. Pues bien, es la posibilidad de la negativa. Digo la posibilidad. El
llamado no implica la negativa, no implica ninguna dicotomía, ninguna bipartición. Pero
pueden comprobar que es en el instante en que se produce el llamado cuando se establecen
en el sujeto las relaciones de dependencia. Recibirá a partir de entonces a su niñera con los
brazos abiertos, y se esconderá adrede detrás de la puerta; manifestará súbitamente ante
Melanie Klein la necesidad de contar con un compañero en ese rincón reducido que fue a
ocupar por un momento. Luego vendrá la dependencia.
En esta observación pueden ver entonces jugar en el niño, independientemente, la serie de
relaciones pre-verbales y post-verbales. Perciben que el mundo exterior-lo que llamamos el
mundo real, no es más que un mundo humanizado, simbolizado, constituido por la
trascendencia introducida por el símbolo en la realidad primitiva-sólo puede constituirse
cuando se han producido, en el lugar adecuado, una serie de encuentros.
Estas posiciones pertenecen al mismo orden que las que, en mi esquema, hacen que
determinada estructuración de la situación dependa de determinada posición del ojo. Volveré
a utilizar este esquema. Hoy sólo quise introducir un ramillete, pero se puede introducir el otro.
A partir del caso de Dick, y utilizando las categorías de lo real, lo simbólico y lo imaginario,
demostré cómo es posible que un sujeto que dispone de todos los elementos del lenguaje,
que tiene la posibilidad de realizar desplazamientos imaginarios que le permitirían estructurar
su mundo, no estuviese en lo real. ¿Por qué no lo está? Unicamente porque las cosas no han
aparecido en cierto orden. La figura en su conjunto está dislocada. Imposible darle a ese
conjunto el más mínimo desarrollo.
¿Se trata acaso de desarrollo del ego? Vuelvan al texto de Melanie Klein. Ella dice que el ego
se ha desarrollado demasiado precozmente, de modo tal que el niño mantiene una relación
demasiado real con la realidad porque lo imaginario no puede introducirse; luego, en la
segunda parte de su frase, dice que es el ego quien detiene el desarrollo. Esto quiere decir,
sencillamente, que no puede utilizarse, en forma valedera, el ego como aparato en la
estructuración del mundo exterior. Por una sencilla razón: dada la mala posición del ojo, el
ego pura y simplemente no aparece.
Supongamos que el florero sea virtual. El florero no aparece y el sujeto permanece en una
realidad reducida, con un bagaje imaginario también reducido.
Deben comprender cuál es el resorte de esta observación: la virtud de la palabra, en tanto el
acto de la palabra es un funcionamiento coordinado con un sistema simbólico ya establecido,
típico y significativo. .
Esto merecería que ustedes formulasen preguntas, que volvieran a leer el texto, que
manejasen también este pequeño esquema para ver por su propia cuenta de qué modo les
puede ser útil.
Lo que ofrecí hoy es una elaboración teórica que se mantiene próxima a los problemas
planteados por la señorita Gélinier la última vez. Anuncio el título de la próxima sesión que
tendrá lugar dentro de quince días: La transferencia en los distintos niveles donde es preciso
estudiarla.
Indice del Seminario 1
Jacques Lacan / Los Seminarios de Jacques Lacan / Seminario 1. Los escritos
técnicos de Freud. / Clase 8. ¡El lobro! El lobo!. 10 de Marzo de 1954
¡El lobro! El lobo!
10 de Marzo de 1954
El caso de Roberto. Teoría del superyó. La médula de la palabra.
A través de nuestro diálogo pudieron familiarizarse con la ambición que preside nuestro
comentario: volver a pensar los textos fundamentales de la experiencia analítica. El alma de
nuestra profundización es la siguiente idea: siempre lo que mejor se ve en una experiencia es
lo que está a cierta distancia. No es pues sorprendente que, para comprender la experiencia
analítica, debamos, aquí y ahora, volver a partir de lo que está supuesto en su dato más
inmediato: la función simbólica, o lo que es su equivalente en nuestro vocabulario: la función
de la palabra.
Esta área central de la experiencia analítica está por doquier indicada en la obra de Freud,
nunca nombrada, pero sí señalada en cada uno de sus pasos. Creo no forzar nada si digo
que es lo que puede traducirse inmediatamente a partir de cualquier texto freudiano, casi
algebraicamente. Esta traducción soluciona muchas antinomias que se manifiestan en Freud,
con esa honestidad que hace que un texto suyo nunca esté totalmente cerrado, como si todo
el sistema estuviera presente allí.
Para la próxima reunión, desearía que alguien se encargara de comentar un texto ejemplar en
relación a lo que les acabo de expresar. Su redacción se sitúa entre Recuerdo, repetición y
elaboración y Observaciones sobre el amor de transferencia, que son dos de los textos más
importantes de la recopilación de los Escritos Técnicos. Se trata de Introducción al narcisismo.
A partir del momento en que abordamos la situación del diálogo analítico no podemos dejar de
integrar este texto a nuestra trayectoria. Si conocen las repercusiones implicadas en los
términos situación y diálogo-diálogo entre comillas-estarán ustedes de acuerdo con ello.
Hemos tratado de definir la resistencia en su propio campo. Hemos formulado luego una
definición de la transferencia. Ahora bien, pueden darse cuenta claramente de la distancia
que existe entre la resistencia que separa al sujeto de la palabra plena que el análisis espera
de él, y que está en función de esa inflexión ansiógena que constituye en su modo más
radical, a nivel de intercambio simbólico, la transferencia-y ese fenómeno que manejamos
técnicamente en el análisis, y que nos parece es el resorte energético, como dice Freud, de la
transferencia, a saber el amor.
En Observaciones sobre el amor de transferencia, Freud no vacila en aplicar a la transferencia
el nombre de amor. Tampoco elude Freud el fenómeno amoroso, pasional, en su sentido más
concreto, pues hasta llega a decir que no hay, entre la transferencia y lo que en la v ida
llamamos amor, ninguna distinción verdaderamente esencial. La estructura de ese fenómeno
artificial que es la transferencia y la del fenómeno espontáneo que llamamos amor y, muy
precisamente, amor-pasión, son en el plano psíquico equivalentes.
No hay por parte de Freud evitación alguna del fenómeno, ninguna tentativa de disolver lo
escabroso en algo que sería del orden del simbolismo, en el sentido en que se lo entiende
habitualmente: lo ilusorio, lo irreal. La transferencia es el amor.
Nuestras reuniones girarán ahora en torno al amor de transferencia, con lo cual pondremos
término al estudio de los Escritos Técnicos. Esto nos llevará al corazón de esa otra noción,
que aquí intento introducir, y sin la cual no es posible efectuar una justa repartición de lo que
manejamos en nuestra experiencia: la función de lo imaginario.
No crean que esta función de lo imaginario está ausente de los textos de Freud. Así como
tampoco está ausente la función simbólica. Simplemente, Freud no la colocó en primer plano,
ni la destacó en todos los puntos en que puede hallársela. Cuando estudiemos Introducción al
narcisismo, verán que, para designar la diferencia entre demencia precoz, esquizofrenia,
psicosis y neurosis, la única definición que Freud mismo encuentra es la siguiente, que quizá
resultará sorprendente para algunos de ustedes. También el histérico o el neurótico obsesivo
al igual que el psicótico, en tanto la influencia de la enfermedad los domina, pierden su
relación con la realidad y, sin embargo, el análisis nos demuestra que no han roto su relación
erótica con las personas y las cosas. La conservan en su fantasma, esto es, han sustituido los
objetos reales por otros imaginarios basados en recuerdos o han mezclado ambos - recuerden
nuestro esquema de la vez pasada - y, por otro lado, han renunciado a realizar los actos
motores necesarios para la consecución de sus fines con tales objetos. Sólo a este estado
podemos denominar con propiedad «introversión» de la libido, concepto utilizado
indiscriminadamente por Jung. El parafrénico se conduce muy diferentemente. Parece haber
retirado realmente su libido de las personas y cosas del mundo exterior, sin haberlas
sustituido por otras en sus fantasmas. Ello significa que, en efecto, recrea ese mundo
imaginativo. Cuando en algún caso hallamos tal sustitución, es siempre de carácter
secundario y corresponde a una tentativa de curación que quiere volver a llevar la libido a su
objeto.
Entramos aquí en la distinción esencial que debe efectuarse entre neurosis y psicosis, en
cuanto al funcionamiento de lo imaginario; distinción que el análisis de Schreber, que espero
podremos comenzar antes de fin de año, nos permitirá profundizar.
Cederé hoy la palabra a Rosine Lefort, mi alumna, aquí presente a mi derecha, quien según
me enteré, trajo anoche a nuestro subgrupo de psicoanálisis de niños la observación de un
niño del que me había hablado hace ya tiempo. Se trata de uno de esos casos graves, que
nos colocan en un posición muy incómoda en cuanto al diagnóstico, y en una gran
ambigüedad nosológica. Pero de todas formas, Rosine Lefort, supo examinarlo con gran
profundidad, como podrán ustedes comprobar.
Así como hace dos reuniones partimos de la observación de Melanie Klein, cedo hoy la
palabra a Rosine Lefort. Ella abrirá, en la medida en que el tiempo lo permita, interrogantes a
los que intentaré responder y que, la próxima vez, podrán insertarse en lo que expondré bajo
la rúbrica de Transferencia en lo imaginario.
Estimada Rosine, expónganos el caso de Roberto.
1
El Caso Roberto
SRA. LEFORT: Roberto nació el 4 de Marzo de 1948. Su historia fue reconstituida
trabajosamente, y si los traumatismos sufridos pudieron conocerse fue, sobre todo, gracias al
material aportado en las sesiones.
Padre desconocido. Su madre está actualmente internada por paranoica. Lo tuvo consigo
hasta los cinco meses, errando de casa en casa. Desatendió los cuidados esenciales llegando
incluso a olvidar alimentarlo. Debían recordársele sin cesar los cuidados que requería su hijo:
aseo, alimentación. Se demostró que el niño estuvo desatendido hasta el punto de sufrir
hambre. Debió ser hospitalizado a los cinco meses en un estado avanzado de hipotrofia y
desnutrición.
Apenas hospitalizado, sufrió una otitis bilateral que requirió una mastoidectomía doble.
Después fue enviado al Paul Parquet, cuya estricta práctica profiláctica todos conocen. Allí
estuvo aislado y alimentado con sonda a causa de su anorexia. Salió a los nueve meses, y fue
devuelto, a la fuerza, a su madre. Nada se sabe de los dos meses que pasó entonces con
ella. Sus huellas reaparecen en ocasión de su hospitalización, a los once meses,
encontrándose nuevamente en un estado marcado de desnutrición. El niño será definitiva y
legalmente abandonado algunos meses después, sin haber vuelto a ver a su madre.
Desde esta época hasta los tres años y nueve meses, el niño sufrió veinticinco cambios de
residencia, pasando por instituciones de niños u hospitales, sin habérsele colocado nunca con
una familia adoptiva propiamente dicha, subvencionada por el Estado. Estas hospitalizaciones
fueron requeridas por sus enfermedades infantiles, por una amigdalectomía, exámenes
neurológicos, ventriculografía, electroencefalografía, cuyos resultados fueron normales. Se
destacan evaluaciones sanitarias, médicas, que indican profundas perturbaciones somáticas,
y cuando lo somático mejoró, deterioros psicológicos. La última evaluación de Denfert, cuando
Roberto tenía tres años y medio, propone una internación que sólo podía ser definitiva, por un
estado parapsicotico no francamente definido. El test de Gesell dio un Q.D. de 43.
El niño llegó pues a los tres años y nueve meses a la institución, dependencia de Denfort,
donde empecé su tratamiento. En ese momento se presentaba de la siguiente manera.
Desde el punto de vista pondo-estatural se hallaba en muy buen estado, al margen de una
otorrea bilateral crónica. Tenia desde el punto de vista motor, marcha pendular, gran
incoordinacion de movimientos, hiperagitación constante. Desde el punto de vista del lenguaje
tenía ausencia total de habla coordinada, gritos frecuentes, risas guturales y discordantes.
Sólo sabía decir, gritando, dos palabras: ¡Señora! y ¡El lobo! Repetía ¡el lobo! todo el día, por
lo que le puse el sobrenombre de el niño lobo, pues tal era, verdaderamente, la
representación que tenía de sí mismo.
Desde el punto de vista del comportamiento, era hiperactivo, todo el tiempo estaba agitado
por movimientos bruscos y desordenados, sin objetivo. Actividad de prehensión incoherente:
estiraba su brazo hacia adelante para tomar un objeto, y si no lo alcanzaba no podía
rectificarse, y debía recomenzar el movimiento desde el principio. Variados trastornos del
sueño. Sobre este fondo permanente, tenía crisis de agitación convulsiva, sin verdaderas
convulsiones, con enrojecimiento del rostro, alaridos desgarradores; estas crisis estaban
relaciónadas con escenas de su vida cotidiana: el orinal, y sobretodo el vaciado del orinal,
vestirse, la alimentación, las puertas abiertas que no podía soportar, al igual que la oscuridad,
los gritos de los otros niños, y como veremos, los cambios de habitación.
Más raramente, tenía crisis diametralmente opuestas, en las que estaba completamente
postrado, mirando al vacío, como deprimido.
Con el adulto era hiperagitado, indiferenciado, sin verdadero contacto. A los niños parecía
ignorarlos, pero cuando uno de ellos lloraba o gritaba, entraba en una crisis convulsiva. En
esos momentos de crisis se volvía peligroso, fuerte, intentaba estrangular a los otros niños, y
debió ser aislado por la noche, y durante las comidas. No se observaba angustia alguna,
ninguna emoción.
No sabíamos muy bien en qué categoría clasificarlo. Pero, a pesar de eso intentamos un
tratamiento, preguntándonos si obtendríamos algo.
Voy a hablarles del primer año de tratamiento. Interrumpido luego durante un año. El
tratamiento conoció varias fases.
Durante la fase preliminar, Roberto mantuvo su comportamiento cotidiano. Gritos guturales.
Entraba en la habitación corriendo sin parar, aullando, saltando en el aire y volviendo a caer
en cuclillas, cogiéndose la cabeza con las manos, abriendo y cerrando la puerta, encendiendo
y apagando la luz. Los objetos, los tomaba o bien los rechazaba, o también los amontonaba
sobre mí. Prognatismo muy marcado.
Lo único que pude sacar en limpio de estas primeras sesiones era que Roberto no se atrevía
a acercarse al biberón, o que apenas se le acercaba, soplándole encima. Observé también un
interés por la palangana que, llena de agua, parecía desencadenar una verdadera crisis de
pánico.
Hacia el final de esta fase preliminar, durante una sesión, después de haber amontonado todo
sobre mí en un estado de gran agitación, salió a toda velocidad, y le oí en lo alto de la
escalera, que no sabía bajar solo, decir, con tono patético, con una tonalidad muy baja que no
le era habitual, Mamá, mirando al vacío.
Esta fase preliminar terminó pues fuera del tratamiento. Una noche, después de acostarlo, de
pie en su cama, con tijeras de plástico, intentó cortarse el pene ante los otros niños
aterrorizados.
En la segunda parte del tratamiento comenzó a exponer qué era para él ¡El lobo! Gritaba esto
todo el tiempo.
Un día, comenzó tratando de estrangular a una niñita que yo tenía en tratamiento. Hubo que
separarlos, y ponerlo en otra habitación. Su reacción fue violenta, su agitación intensa. Debí
acudir y volver a traerlo a la habitación donde vivía habitualmente. En cuanto llegó, aulló ¡El
lobo!, y comenzó a tirarlo todo por la habitación-que era el comedor-alimentos y platos. Los
días siguientes, cada vez que pasaba ante la habitación adonde había sido llevado, aullaba:
¡El lobo!
Esto aclara también su comportamiento con las puertas, a las que no podía soportar abiertas;
pasaba el tiempo de la sesión abriéndolas, para que yo las volviera a cerrar, y gritando ¡El
lobo!
Aquí es preciso recordar su historia; los cambios de lugar, de habitación, eran para él una
destrucción, ya que había cambiado, sin parar, tanto de lugares como de adultos. Esto se
había convertido para él en un verdadero principio de destrucción que había marcado
intensamente las manifestaciones primordiales de su vida de ingestión y excreción. Lo
expresó principalmente en dos escenas, una con el biberón, la otra con el orinal.
Roberto había porfie tomado el biberón. Un día fue a abrir la puerta, y tendió el biberón a
alguien imaginario; cuando estaba sólo con un adulto en una habitación, seguía
comportándose como si hubiera otros niños a su alrededor. Roberto tendió el biberón. Volvió
arrancando la tetina, hizo que yo la volviera a colocar, tendió nuevamente el biberón hacia
afuera, dejó la puerta abierta, me volvió la espalda, tragó dos sorbos de leche y, frente a mí,
arrancó la tetina, echó la cabeza hacia atrás, se inundó de leche y vertió el resto sobre mí.
Salió presa de pánico, inconsciente y ciego. Tuve que recogerlo en la escalera, por donde
empezaba a rodar. En ese momento tuve la impresión de que había tragado la destrucción, y
que la puerta abierta y la leche estaban ligadas.
La escena del orinal que ocurrió a continuación presentaba el mismo carácter de destrucción.
Al comienzo del tratamiento se creía obligado a hacer caca en sesión, pensando que si me
daba algo, me conservaba. Sólo podía hacerlo apretándose contra mí, sentándose en el
orinal, teniendo con una mano mi guardapolvo, y con la otra el biberón o un lápiz. Comía
antes, y sobre todo después. No leche, sino bombones y tortas.
La intensidad emocional evidenciaba un gran temor. La última de estas escenas aclaró la
relación que para él existía entre la defecación y la destrucción por los cambios.
A lo largo de esta escena había comenzado haciendo caca, sentado a mi lado. Después, con
su caca al lado de él, hojeaba las páginas de un libro, volviéndolas. Luego oyó un ruido en el
exterior. Loco de miedo salió, tomó su orinal, y lo colocó ante la puerta de la persona que
acababa de entrar en la habitación vecina. Después volvió a la habitación donde yo estaba, y
se pegó a la puerta gritando: ¡El lobo! ¡El lobo!
Tuve la impresión que era un rito propiciatorio. Era incapaz de darme esa caca. En cierta
medida, sabía que yo no lo exigía.
Fue a ponerla afuera, sabía bien que iba a ser botada, o sea destruida. Le interpreté entonces
su rito. Después fue a buscar el orinal, lo volvió a poner en la habitación a mi lado, lo tapó con
un papel diciendo «a pu, a pu», como para no estar obligado a entregarla.
Comenzó entonces a ser agresivo conmigo, como si al darle permiso para poseerse a través
de esa caca de la que podía disponer, yo le hubiera dado la posibilidad de ser agresivo.
Evidentemente, no pudiendo hasta entonces poseer, no tenía sentido de la agresividad, sino
sólo de autodestrucción, y esto cuando atacaba a los otros niños.
A partir de ese día ya no se creyó obligado a hacer caca en sesión. Empleó sustitutos
simbólicos: la arena. Tenía una gran confusión entre él mismo, los contenidos de su cuerpo,
los objetos, los niños, los adultos que lo rodeaban. Sus estados de ansiedad, de agitación se
hacían cada vez mayores. En la vida, se volvía imposible. Yo misma asistía en sesión a
verdaderos torbellinos en los que me costaba bastante trabajo intervenir.
Ese día, después de haber bebido un poco de leche, la tiró al suelo, luego tiró arena en la
palangana de agua, llenó el biberón con arena y agua, agregó todo esto al orinal, y encima
puso el muñeco de goma y el biberón. Me confió todo.
En ese momento, fue a abrir la puerta, y volvió con el rostro convulsionado de miedo. Cogió el
biberón que estaba en el orinal y lo rompió, ensañándose con él hasta reducirlo a ínfimos
pedacitos. Después los recogió cuidadosamente y los hundió en la arena del orinal. Se
hallaba en tal estado que tuve que llevarle abajo, sintiendo que ya no podía hacer nada más
por él. Se llevó el orinal. Un poco de arena cayó al suelo desencadenando en él un pánico
inverosímil. Se vio obligado a recoger hasta la más mínima pizca, como si fuese un pedazo de
sí mismo, y aullaba: ¡El lobo! ¡El lobo!
No pudo permanecer en la colectividad, no pudo soportar que ningún niño se acercara a su
orinal. Debieron acostarlo en un estado de tensión intensa que sólo cedió, de manera
espectacular, después de una irrupción diarreica, que extendió por todas partes con sus
manos, en su cama y sobre las paredes.
Esta escena era tan patética, vivida con tal angustia, que yo estaba muy inquieta, y empecé a
comprender la idea que él tenia de sí mismo.
La precisó al día siguiente, cuando debí frustrarlo, corrió a la ventana, la abrió, gritó ¡El lobo!
¡El lobo!, y viendo su imagen en el vidrio, la golpeó, gritando: ¡El lobo! ¡El lobo!
Roberto se representaba así, él era ¡El lobo! En su propia imagen la que golpea o la que
evoca con tanta tensión. Ese orinal donde puso lo que entra en él y lo que sale, el pipí y la
caca, después una imagen humana, la muñeca, luego los restos del biberón, eran
verdaderamente una imagen de él mismo, semejante a la del lobo, como lo evidenció el
pánico que tuvo cuando un poco de arena cayó al suelo. Sucesiva y simultáneamente, él era
todos los elementos que puso en el orinal. Roberto no era más que una serie de objetos por
los que entraba en contacto con la vida cotidiana, símbolos de los contenidos de su cuerpo.
La arena es símbolo de las heces, el agua de la orina, la leche de lo que entra en su cuerpo.
Pero la escena del orinal muestra que diferenciaba muy poco todo esto. Para él, todos los
contenidos están unidos en el mismo sentimiento de destrucción permanente de su cuerpo, el
cual, por oposición a esos contenidos, representa el continente-que simbolizó con el biberón
roto-cuyos pedazos fueron enterrados entre esos contenidos destructores.
En la fase siguiente Roberto exorcizaba ¡El lobo! Digo exorcismo, porque este niño me daba la
impresión de ser un poseído. Gracias a mi permanencia pudo exorcizar, con un poco de leche
que había bebido, las escenas de la vida cotidiana que le hacían tanto daño.
En ese momento, mis interpretaciones tendieron, sobre todo, a diferenciar los contenidos de
su cuerpo desde el punto de vista afectivo. La leche es lo que se recibe. La caca es lo que se
da, y su valor depende de la leche que se ha recibido. El pipí es agresivo.
Numerosas sesiones se desarrollaron así. Cuando hacía pipí en el orinal, me anunciaba: Caca
no, es pipí. Estaba desolado. Yo lo calmaba diciéndole que había recibido muy poco como
para poder dar algo, sin que esto lo destruyera. Se tranquilizaba. Podía entonces vaciar el
orinal en el cuarto de baño.
El vaciado del orinal se rodeaba de muchos ritos de protección. Comenzó vaciando la orina en
el lavabo del W. C., dejando abierto el grifo de agua para poder así reemplazar la orina por
agua. Llenaba el orinal, haciéndolo desbordar ampliamente como si un continente no tuviese
existencia sino por su contenido, y debiese desbordar para, a su vez, contenerlo. Había allí
una visión sincrética del ser en el tiempo, como continente y contenido, al igual que en la vida
intrauterina.
Roberto recobraba aquí la imagen confusa que tenía de sí mismo. Vaciaba ese pipí y trataba
de recuperarlo, persuadido de que era él quien se iba. Aullaba: ¡El lobo!, y el orinal sólo tenía
realidad para él cuando estaba lleno. Toda mi actitud fue mostrarle la realidad del orinal, que
seguía existiendo después de vaciado de su pipí; así como él, Roberto, permanecía después
de haber hecho pipí, así como el grifo no era arrastrado por el agua que corre.
A través de estas interpretaciones, y de mi permanencia, Roberto introdujo progresivamente
un lapso de tiempo entre el vaciado y el llenado, hasta el día en que pudo volver triunfante
con un orinal vacío en sus brazos. Era visible que había adquirido idea de la permanencia de
su cuerpo. Su ropa era para él su continente, y cuando se despojaba de ella, la muerte era
segura. El momento de desvestirse era ocasión de verdaderas crisis; la última había durado
tres horas, durante la misma el personal lo describía como poseído. Aullaba ¡El lobo!
corriendo de una habitación a otra, extendiendo sobre los otros niños las heces que
encontraba en sus orinales. Sólo se calmó cuando lo ataron.
Al día siguiente, vino a la sesión, comenzó a desvestirse en un estado de gran ansiedad y,
completamente desnudo, subió a la cama. Fueron precisas tres sesiones para que llegara a
beber un poco de leche, completamente desnudo, en la cama. Mostraba la ventana y la
puerta, y golpeaba su imageen gritando: ¡El lobo!
Paralelamente, en la vida cotidiana, le era más fácil desvestirse, pero a continuación sufría
una gran depresión. Se ponía a lloriquear por la noche sin razón, bajaba a hacerse consolar
por la celadora, y se dormía en sus brazos.
Al final de esta fase, exorcizó conmigo el vaciado del orinal, así como el momento de
desvestirse; mi permanencia había convertido la leche en un elemento constructivo. Pero,
impulsado por la necesidad de construir un mínimo, no tocó el pasado, no contó más que con
el presente de su vida cotidiana, como si estuviera privado de memoria.
En la fase siguiente, fui yo quien se convirtió en ¡El lobo!
Aprovecha la mínima construcción que ha logrado, para proyectar en mí todo el mal que había
bebido y, de cierta manera, recuperar la memoria. Así podrá volverse progresivamente
agresivo. Esto resultará trágico. Empujado por el pasado, es preciso que sea agresivo
conmigo y, sin embargo, al mismo tiempo, soy en el presente la que necesita. Debo
tranquilizarlo con mis interpretaciones, hablarle del pasado que lo obliga a ser agresivo, y
asegurarle que esto no implica mi desaparición, ni su cambio de lugar, que siempre es tomado
por él como un castigo.
Luego de estar agresivo conmigo, trata de destruirse. Trataba de romper el biberón que lo
representaba. Yo le quitaba el biberón de las manos porque no estaba en condiciones de
soportar romperlo. Retomaba entonces el curso de la sesión, y su agresividad contra mí
proseguía.
En ese momento me hizo jugar el papel de la madre que lo hambreaba. Me obligó a sentarme
en una silla donde tenía su vaso de leche, para que yo lo volcase, privándolo así de su
alimento bueno. Se puso entonces a aullar: ¡El lobo!, tomó la cuna y el muñeco, y los arrojó
por la ventana. Se volvió contra mí y, con gran violencia, me hizo tragar agua sucia gritando:
¡El lobo!, ¡El lobo! Este biberón representaba el alimento malo, y remitía a la separación de su
madre, que lo había privado de alimento, y a todos los cambios de lugar que se le había
obligado a soportar.
Paralelamente, me hizo jugar otro aspecto de la madre mala, el de la que se va. Una tarde me
vio salir de la institución. Al día siguiente reacciónó aún cuando me había visto irme otras
veces, sin ser capaz de expresar la emoción que podía sentir. Ese día hizo pipí encima mío en
un estado de gran agresividad, y también de ansiedad.
Esta escena no era más que el preludio de una escena final, cuyo resultado fue cargarme
definitivamente con todo el mal que había padecido, y proyectar sobre mí ¡El lobo!
Había tragado el biberón de agua sucia y recibido encima mío su pipí agresivo justamente
porque me iba. Yo era pues ¡El lobo! Roberto me separó de él durante una sesión
encerrándome en el cuarto de baño, después volvió a la habitación de las sesiones, solo,
subió a la cama vacía y se puso a gemir. No podía llamarme, y era preciso sin embargo, que
yo volviese, pues yo era la persona permanente. Volví. Roberto estaba extendido, patético, el
pulgar suspendido a dos centímetros de su boca. Y, por primera vez en una sesión, extendió
sus brazos y se hizo consolar.
A partir de esta sesión, se percibió en la institución un cambio total de comportamiento.
Tuve la impresión de que Roberto había exorcizado a ¡El lobo!
A partir de ese momento ya no habló más de él y pudo pasar a la fase siguiente, la regresión
intrauterina; es decir, la construcción de su cuerpo, del ego-body, que hasta entonces no
había podido hacer.
Para emplear la dialéctica que él había empleado siempre, la de los contenidos-continentes,
Roberto debía, para construirse ser mi contenido, pero debía asegurarse de mi posesión, es
decir de su futuro continente.
Comenzó este período tomando un cubo lleno de agua, cuya asa era una cuerda. No podía
soportar que la cuerda estuviera atada de los dos lados. La cuerda tenía que colgar de un
lado. Me sorprendió que, al tener que anudar yo la cuerda para cargar el cubo, Roberto
experimentara un dolor casi físico. Un día, colocó el cubo lleno de agua entre sus piernas,
tomó la cuerda y llevó su extremidad a su ombligo. Tuve la impresión de que el cubo era yo, y
que así se ataba a mí a través de un cordón umbilical. Después, volcó el contenido del cubo
de agua, se desnudó totalmente, se tumbó en el agua en posición fetal, acurrucado,
estirándose de vez en cuando, llegando hasta a abrir y cerrar la boca sobre el líquido, como
un feto que bebe el líquido amniótico, así como lo han mostrado las últimas experiencias
americanas. Yo tenía la impresión que, así, se iba construyendo.
Al comienzo estaba muy agitado, poco a poco tomó conciencia de cierta realidad placentera, y
todo culminó en dos escenas capitales, actuadas con un recogimiento extraordinario, y una
plenitud asombrosa, dado su edad y su estado.
En la primera escena, Roberto, desnudo frente a mí, recoge con sus dos manos unidas agua,
la eleva a la altura de sus hombros y la hace correr a lo largo de su cuerpo. Recomienza de
este modo varias veces, y me dice entonces, muy bajito: Roberto, Roberto.
A este bautismo por el agua-pues era un bautismo dado el recogimiento que ponía en él-le
siguió un bautismo por la leche.
Comenzó jugando con el agua con más placer que recogimiento. Después tomó su vaso de
leche y lo bebió. Luego repuso la tetina, y comenzó a hacer correr la leche del biberón a lo
largo de su cuerpo. Como la cosa no iba suficientemente rápida, sacó la tetina, y volvió a
empezar, haciendo correr la leche sobre su pecho, su vientre, y a lo largo de su pene con un
intenso sentimiento de placer. Luego se volvió hacia mí, y me mostró el pene, tomándolo en
su mano, con aire embelesado. Después bebió leche, poniéndosela así por encima y por
dentro, de modo que el contenido fuera a la vez continente y contenido, volviendo a la misma
escena que había jugado con el agua.
En la fase siguiente, Roberto pasa al estadio de construcción oral.
Este estadio es extremadamente difícil, muy complejo. En primer lugar, tiene cuatro años, y
vive en el más primitivo de los estadios. Además, los otros niños que tengo entonces en
tratamiento en esa institución son niñas, lo que para él constituye un problema. Por último, los
patterns de conducta de Roberto no han desaparecido totalmente, y tienden a volver cada vez
que hay frustración.
Tras el bautismo por el agua y por la leche, Roberto comenzó a vivir esa simbiosis que
carácteriza la relación primitiva madre-hijo. Pero, normalmente, cuando el niño la vive
verdaderamente, no existe ningún problema de sexo, al menos desde el recién nacido hacia
su madre. Mientras que aquí había uno.
Roberto debía hacer una simbiosis con una madre femenina, lo que planteaba entonces el
problema de la castración. El problema era llegar a recibir el alimento sin que esto acarreara
su castración.
Primero vivió esta simbiosis en forma simple. Sentado en mis rodillas, Roberto comía.
Después tomaba mi anillo y mi reloj y se los ponía, o bien tomaba un lápiz de mi bata y lo
rompía con sus dientes. Entonces, se lo interpreté. Esta identificación con una madre fálica
castradera quedó desde ese momento, en el plano del pasado, se acompañó de una
agresividad reactiva cuyas motivaciones evolucionaron. Ya no rompía la mina del lápiz sino
para castigarse por esta agresividad.
Más adelante, pudo beber la leche del biberón, en mis brazos, pero él mismo sostenía el
biberón. Sólo más tarde pudo soportar que yo sostuviera el biberón, como si todo el pasado le
impidiese recibir en él, de mí, el contenido de un objeto tan esencial.
Su deseo de simbiosis estaba aún en conflicto con su pasado. Esto explica que utilizara el
rodeo de darse a sí mismo el biberón. Pero a medida que experimentaba-a través de otros
alimentos como papillas o tortas-que el alimento que recibía de mí en esa simbiosis no lo
transformaba en una niña, pudo entonces recibirlo.
Intentó primero, compartiendo conmigo, diferenciarse de mí. Me daba de comer mientras
decía, palpándose: Roberto; luego me palpaba y decía: No Roberto. Utilicé mucho esto en mis
interpretaciones para ayudarlo a diferenciarse. La situación dejó entonces de ser sólo entre él
y yo; Roberto dio cabida a las niñas que yo tenía en tratamiento.
Era un problema de castración, pues sabía que antes y después de él, una niña subía a
sesión conmigo. La lógica emocional quería pues que él se hiciese niña, puesto que era una
niña la que rompía la simbiosis conmigo, que le era necesaria. La puso en escena de
diferentes modos, haciendo pipí sentado en el orinal, o bien haciéndolo de pie pero
mostrándose agresivo.
Roberto era ahora capaz de recibir, y capaz de dar. Me dio su caca sin temor de ser castrado
por ese don.
Llegamos entonces a un nivel del tratamiento que puede resumirse así: el contenido de su
cuerpo ya no es destructor, malo; Roberto es capaz de expresar su agresividad haciendo pipí
de pie, y sin que la existencia e integridad del continente, es decir del cuerpo, sean
cuestionadas.
El Q.D. del Gessell pasó de 43 a 89, y en el Terman Merrill tiene un C.I. de 75. El cuadro
clínico cambió, las perturbaciones motoras han desaparecido, el prognatismo también. Se ha
vuelto amistoso con los otros niños, a menudo protector de los más pequeños. Se puede
empezar a integrarlo en actividades grupales. Sólo el lenguaje permanece rudimentario:
Roberto nunca estructura frases, sólo emplea las palabras esenciales.
Me fui luego de vacaciones. Estuve ausente dos meses.
A mi regreso, Roberto monta una escena que muestra la coexistencia en él de los patterns del
pasado y de la construcción presente.
Durante mi ausencia su comportamiento siguió siendo idéntico; expresaba en su antiguo
modo, pero en forma muy rica a causa de lo adquirido, lo que la separación representaba para
él: su temor de perderme.
Cuando regresé, vació como para destruirlos, la leche, su pipí, su caca, después se quitó el
delantal y lo tiró al agua. Destruyó así su antiguo contenido y su antiguo continente, vueltos a
encontrar a través del traumatismo de mi ausencia.
Al día siguiente, desbordado por su reacción psicológica, Roberto se expresaba en el plano
somático: diarrea profusa, vómitos, síncope. Se vaciaba completamente de su imagen
pasada. Sólo mi permanencia podía constituir el enlace con una nueva imagen de sí mismo,
como un nuevo nacimiento.
En ese momento, adquirió una nueva imagen de sí mismo. Lo vemos en sesión volver a poner
en escena antiguos traumatismos que ignorábamos. Roberto bebe el biberón, pone la tetina
en su oreja, y rompe luego, con gran violencia, el biberón.
Sin embargo, fue capaz de hacerlo sin que la integridad de su cuerpo sufriera por ello. Se
separó de su símbolo del biberón y pudo expresarse a través de él en tanto que objeto. Esta
sesión que repitió dos veces, fue tan impresionante que investigué cómo se había
desarrollado la antrotomía sufrida a los cinco meses. Supimos entonces que, en el servicio de
O.R.L. donde fue operado, no le anestesiaron y que, durante la dolorosa operación le
mantuvieron por la fuerza un biberón de agua azucarada en la boca
Este episodio traumático esclareció la imagen que Roberto había construido de una madre
que hambreaba, violenta, paranoica, peligrosa, que seguramente le atacaba. Después de la
separación, un biberón mantenido por la fuerza, haciéndole tragar sus gritos. La alimentación
con sonda, veinticinco cambios sucesivos. Tuve la impresión de que el drama de Roberto era
que todos sus fantasmas oral-sádicos se habian realizado en sus condiciones de existencia.
Sus fantasmas se habían convertido en realidad.
Por último, debí confrontarlo con una realidad. Estuve ausente durante un año, y volví encinta
de ocho meses. Me vio encinta. Comenzó poniendo en escena fantasmas de destrucción de
ese niño.
Desaparecí a causa del parto. Durante mi ausencia, mi marido lo tomó en tratamiento, y
Roberto puso en escena la destrucción del niño. Cuando regresé me vio sin vientre y sin niño.
Estaba pues convencido que sus fantasmas se habían hecho realidad, que había matado al
niño, y que por lo tanto yo iba a matarlo.
Estuvo sumamente agitado esos últimos quince días, hasta el día en que pudo decírmelo.
Entonces, lo confronté con la realidad. Le traje a mi hija, para que pudiese ahora hacer la
ruptura. Su estado de agitación cesó de golpe, y cuando lo volví a ver, al día siguiente,
empezó, por fin, a expresarme sentimientos de celos. Se aferraba a algo vivo y no a la muerte.
Este niño había permanecido siempre en el estadio en el que los fantasmas eran realidad.
Esto explica que sus fantasmas de construcción intrauterina hayan sido realidad en el
tratamiento, y que haya podido hacer una asombrosa construcción. Si hubiese estado más
allá de ese estadio, yo no hubiera podido obtener esa construcción de sí mismo.
Como decía ayer, tuve la impresión de que este niño había caído bajo el efecto de lo real, que
al comienzo no había en él función simbólica alguna, y menos aún función imaginaria.
Tenía al menos dos palabras.
SR. HYPPOLITE: Quisiera plantear una pregunta sobre la palabra El lobo. ¿De dónde salió El
lobo?
SRA. LEFORT: En las instituciones infantiles, a menudo las enfermeras asustan a los niños
con el lobo. En la institución donde lo tomé en tratamiento, los niños fueron encerrados-un día
que estaban insoportables-en la sala de juegos, y una enfermera salió e imitó el grito del lobo
para que se portaran bien.
SR. HYPPOLITE: Quedaría por explicar por qué el miedo al lobo se fijó en él, como en
muchos otros niños.
SRA. LEFORT: El lobo era evidentemente, en parte, la madre devorante.
SR. HYPPOLITE: ¿ Cree usted que el lobo es siempre la madre devorante?
SRA. LEFORT: En las historias infantiles siempre se dice que el lobo va a comer. En el
estadio sádico-oral, el niño tiene deseos de comer a su madre, y piensa que su madre va a
comerle. Su madre se convierte en lobo. Creo que aquí está, probablemente, pero no estoy
segura, la génesis. Hay en la historia de este niño muchas cosas ignoradas, que no he podido
saber. Cuando quería ser agresivo conmigo no se ponía en cuatro patas, ni ladraba. Ahora lo
hace. Ahora sabe que es un ser humano, pero de vez en cuando necesita identificarse a un
animal, como lo hace un niño de dieciocho meses. Y cuando quiere ser agresivo, se pone en
cuatro patas, y hace uuh, uuh, sin la menor angustia. Después se incorpora y sigue el curso
de la sesión. Sólo puede expresar su agresividad en ese estadio.
SR. HYPPOLITE: Sí, entre zwingen y bezwingen. Se trata de la diferencia que existe entre la
palabra en que hay coerción, y aquella en la que no la hay. La compulsión, Zwang, es el lobo
el que le produce angustia, y la angustia superada, Bezwingung, es el momento en que juega
al lobo.
SRA. LEFORT: Sí, estoy de acuerdo.
Naturalmente, el lobo plantea todos los problemas del simbolismo: no es una función
delimitable, ya que debemos buscar su origen en una simbolización general.
¿Por qué el lobo? No es un personaje demasiado familiar en nuestras comarcas. El hecho de
que el lobo haya sido elegido para producir estos efectos nos remite, directamente, a una
función más amplia en el plano mítico, folklórico, religioso, primitivo. El lobo se vincula con una
filiación a través de la cual llegamos a las sociedades secretas, con lo que las mismas
suponen de iniciático, ora en la adopción de un tótem, ora en la identificación con un
personaje.
Es difícil efectuar estas distinciones a propósito de un fenómeno tan elemental, pero yo
quisiera llamarles la atención sobre la diferencia entre el superyó, en el determinismo de la
represión, y el ideal del yo.
No sé si han advertido aún lo siguiente: existen dos concepciones que, apenas introducidas
en una dialéctica cualquiera para explicar un comportamiento enfermo, parecen dirigirse
exactamente en sentido contrario. El superyó es coercitivo y el ideal del yo exaltante.
Son estas cosas que tendemos a eliminar, al pasar de un término al otro cual si ambos fueran
sinónimos. Se trata de una cuestión que valdrá la pena plantear a propósito de la relación
transferencial. Cuando se busca el fundamento de la acción terapéutica, suele decirse que el
sujeto identifica al analista con su ideal del yo, o por el contrario, con su superyó y, en el
mismo texto, un término sustituye al otro según el capricho del desarrollo de la demostraclón,
sin que se explique claramente la diferencia.
Me veré obligado, indudablemente, a examinar el problema del superyó.
Por de pronto diré que-si nos limitamos a un empleo ciego, mítico, de este término, palabra
clave, ídolo-el superyó se sitúa esencialmente en el plano simbólico de la palabra, a diferencia
del ideal del yo.
El superyó es un imperativo. Como lo indican el sentido común el uso que de él se hace, el
superyó es coherente con el registro y la noción de ley, es decir con el conjunto del sistema
del lenguaje, en tanto define la situación del hombre como tal, es decir, en tanto que éste no
sólo es individuo biológico. Por otra parte, es preciso acentuar también, y en sentido contrario
su carácter insensato, ciego, de puro imperativo, de simple tirahía. ¿En qué dirección puede
hacerse la síntesis de estas nociones?
El superyó tiene relación con la ley, pero es a la vez una ley insensata, que llega a ser el
desconocimiento de la ley. Así es como actúa siempre el superyó en el neurótico. ¿No es
debido acaso a que la moral del neurótico es una moral insensata, destructiva, puramente
opresora, casi siempre antilegal, que fue necesario elaborar la función del superyó en el
análisis?
El superyó es, simultáneamente, la ley y su destrucción. En esto es la palabra misma, el
mandamiento de la ley, puesto que sólo queda su raíz. La totalidad de la ley se reduce a algo
que ni siquiera puedes expresarse, como el Tú debes, que es una palabra privada de todo
sentido. En este sentido, el superyó acaba por identificarse sólo a lo más devastador, a lo más
fascinante de las primitivas experiencias del sujeto. Acaba por identificaré se a lo que llamo la
figura feroz, a las figuras que podemos vincular con los traumatismos primitivos, sean cuales
fueren, que el niño ha sufrido.
Percibimos encarnada, en este caso privilegiado, esta función del lenguaje, la palpamos en su
forma más reducida, reducida a una palabra-cuyo sentido y alcance para el niño ni siquiera
somos capaces de definir-pero que, sin embargo, lo enlaza a la comunidad humana. Como lo
indicó con toda pertinencia Rosine Lefort, no se trata de un niño-lobo que habría vivido en un
simple salvajismo, sino de un niño hablante; ha sido gracias a ese ¡El lobo! que ella tuvo
desde el comienzo la posibilidad de instaurar el diálogo.
Lo admirable en esta observación es el momento en que, después de una escena que usted
ha descrito, desaparece el uso de la palabra ¡El lobo! Es en torno a este pivote del lenguaje, a
la relación con esa palabra, que para Roberto resume una ley, donde se produce el giro de la
primera a la segunda fase. Comienza luego esa elaboración extraordinaria que culmina en el
conmovedor auto-bautismo, cuando pronuncia su propio nombre. Palpamos aquí en su forma
más reducida, la relación fundamental del hombre con el lenguaje. Es extraordinariamente
conmovedor.
¿Qué otras preguntas quieren plantear?
SRA. LEFORT: ¿Qué diagnóstico?
Bien, hay quienes ya tomaron posición al respecto. Lang, me dijeron que dijo usted algo
anoche que me pareció interesante. Pienso que su diagnóstico es sólo analógico.
Refiriéndose al cuadro que existe en la nosografía, usted pronunció la palabra...
DR. LANG: Delirio alucinatorio. Siempre se puede intentar buscar una analogía entre
trastornos profundos del comportamiento de los niños y lo que conocemos en los adultos. Casi
siempre se habla de esquizofrenia infantil cuando no se comprende bien lo que ocurre. Para
que pueda hablarse de esquizofrenia falta aquí un elemento esencial: la disociación. No hay
disociación, porque apenas hay construcción. Me pareció que esto recuerda ciertas formas de
organización del delirio alucinatorio. Anoche formulé grandes reservas pues falta franquear un
paso entre la observación directa de un niño de esta edad y lo que conocemos de la
nosografía habitual. Habría en este caso que explicitar muchas cosas.
Sí. Así comprendí lo que usted dilo cuando me lo contaron.
Un delirio alucinatorio-en el sentido en que usted lo entiende, el de una psicosis alucinatoria
crónica-sólo tiene un punto en común con lo que sucede en este sujeto: esa dimensión, que
observó sutilmente la Sra. Lefort, según la cual este niño sólo vive lo real. Si la palabra
alucinación significa algo, es ese sentimiento de realidad. En la alucinación, hay algo que el
paciente asume, verdaderamente, como real.
Saben ustedes cuán problemático sigue siendo esto, incluso en una psicosis alucinatoria. En
la psicosis alucinatoria crónica del adulto hay una síntesis de lo imaginario y lo real; en esto
radica el problema de la psicosis. Encontramos aquí una elaboración imaginaria secundaria,
que la Sra. Lefort destacó, que es literalmente la no-inexistencia en estado naciente.
Hacía tiempo que no examinaba este caso. Sin embargo, la última vez que nos encontramos
les hice el gran esquema del florero y las flores, en el que las flores son imaginarias, virtuales,
ilusorias, y el florero real o inversamente, pues se puede disponer el aparato en sentido
contrario.
Ahora tan sólo puedo hacerles notar la pertinencia de este modelo, construido en base a la
relación entre las florescontenido y el florerocontinente. Vemos aquí jugar plenamente, y al
desnudo, el sistema continente-contenido que ya coloqué en un primer plano de la
significación que doy al estadio del espejo. Vemos cómo el niño actúa con la función, más o
menos mítica, del continente, y cómo podrá soportarlo vacío-como señaló la Sra. Lefort-sólo al
final. Poder soportar su vacuidad es identificarlo finalmente como un objeto propiamente
humano; es decir, un instrumento, capaz de ser separado de su función. Esto es esencial, ya
que en el mundo no sólo existe lo útil sino también el utensilio; es decir, instrumentos que
existen como cosas independientes.
SR. HYPPOLITE: Universales.
DR. LANG: El paso de la posición vertical del lobo a la posición horizontal es muy interesante.
Me parece justamente que el lobo del comienzo es vivenciado.
Al comienzo, no es ni él ni ningún otro.
DR. LANG: Es la realidad.
No, creo que es esencialmente la palabra reducida a su médula. No es ni él, ni nadie, es,
evidentemente, ¡El lobo! en tanto que él dice esta palabra. Pero ¡El lobo! es cualquier cosa en
tanto que puede ser nombrada. Ven aquí ustedes el estado nodal de la palabra. El yo es aquí
completamente caótico, la palabra está detenida. Pero sólo a partir de ¡El lobo! podrá ocupar
su lugar y construirse.
DR. BARGUES: Yo había señalado que, en cierto momento, cuando el niño jugaba con sus
excrementos, había un cambio. El dio, cambió y cogió arena y agua. Pienso que comenzaba a
construir y a manifestar lo imaginario. Pudo tomar ya una mayor distancia con el objeto, con
sus excrementos, y luego avanzar cada vez más. No creo que podamos hablar de símbolo, en
el sentido en que usted lo entiende. Sin embargo, ayer, tuve la impresión de que la Sra; Lefort
hablaba de ellos como símbolos.
Es ésta una cuestión difícil. Es la que aquí tratamos, en la medida en que puede ser la clave
de lo que designamos como yo. ¿Qué es el yo? No son instancias homogéneas. Unas son
realidades, otras imagenes, funciones imaginarias. El mismo yo es una de ellas.
Quisiera detenerme en este punto antes de terminar. No hay que omitir lo que usted nos
describió, al comienzo, de modo tan apasionante: el comportamiento motor de este niño. Este
niño parece no tener lesión alguna en sus aparatos. ¿Cómo es actualmente su
comportamiento motor? ¿Cómo son sus gestos de prehensión?
SRA. LEFORT: Desde luego, ya no está como al principio.
Al comienzo, tal como usted lo describió, cuando quería alcanzar un objeto no podía asirlo
más que con un único gesto. Si ese gesto fallaba, debía volver a empezar desde el principio.
Por lo tanto controla la adaptación visual, pero sufre perturbaciones de la noción de distancia.
Este niño salvaje siempre puede-como un animalito bien organizado-atrapar lo que desea.
Pero si hay fallo o lapsus del acto, sólo puede corregir volviendo a empezar todo. En
consecuencia, podemos decir que en este niño no parece haber ni un déficit ni un retraso
ligado al sistema piramidal, nos hallamos ante manifestaciones de las fallas de las funciones
de síntesis del yo, en el sentido en que entendemos el yo en la teoría analítica.
La ausencia de atención, la agitación-inarticulada, que usted también notó al comienzo, deben
igualmente ser referidas a desfallecimientos de las funciones del yo. Es además preciso
observar que, en ciertos aspectos, la teoría analítica llega a hacer de la función del dormir una
función del yo.
SRA. LEFORT: Este niño ni dormía ni soñaba, desde el famoso día en que me encerró
disminuyeron sus trastornos motores, empezó a soñar por la noche, y a llamar en sueños a su
madre.
A esto quería llegar. No dejo de vincular directamente la atipla de su dormir con el carácter
anómalo de su desarrollo, cuyo retraso se sitúa precisamente en el plano de lo imaginario, en
el plano del yo como función imaginaria. Esta observación nos muestra que, a partir de un tal
retraso del desarrollo imaginario, aparecen perturbaciones de ciertas funciones,
aparentemente inferiores a lo que podemos llamar el nivel superestructural.
En la relación entre la maduración estrictamente sensoriomotriz y las funciones del dominio
imaginario en el sujeto radica el enorme interés de este caso. Todo el problema reside ahí. Se
trata de saber en qué medida esta articulación es la que está en juego en la esquizofrenia.
Según nuestra inclinación, y en función de cómo cada uno de nosotros concibe la
esquizofrenia, su mecanismo, su resort esencial, podremos o no situar este caso en el marco
de una afección esquizofrénica.
Ciertamente no se trata de una esquizofrenia en el sentido de un estado, en la medida en que
usted nos muestra su significación y movilidad. Pero hay allí una estructura esquizofrénica de
relación con el mundo, y un conjunto de fenómenos que, eventualmente, podríamos vincular
con la serie catatónica. No hay ningún síntoma de ello en sentido estricto, sólo podemos pues
situar el caso en este cuadro-como lo hace Lang-para situarlo de modo aproximativo. Pero
ciertas deficiencias, ciertas carencias de adaptación humana, abren hacia algo que, más
tarde, analógicamente, se presentará como una esquizofrenia.
Creo que no podemos decir nada más, salvo quizá que se trata de lo que llamamos un caso
de demostración. Después de todo, no tenemos ninguna razón para pensar que los cuadros
nosológicos están delimitados y esperándonos desde la eternidad. Como decía Péguy, los
tornillitos siempre entran en los agujeritos, pero existen situaciones anormales donde los
tornillitos no corresponden ya a los agujeritos. Que se trata de fenómenos de orden psicótico,
o más exactamente de fenómenos que pueden culminar en una psicosis, no me cabe duda.
Leclaire, le pido especialmente a usted que, la próxima vez, nos traiga algo sobre Introducción
al narcisismo, que se encuentra en el tomo IV de los Collected Papers, o en el tomo X de las
obras completas. Verá que se plantean problemas que corresponden al registro de lo
imaginario que aquí estamos estudiando.
Indice del Seminario 1
Jacques Lacan / Los Seminarios de Jacques Lacan / Seminario 1. Los escritos
técnicos de Freud. / Clase 9. Sobre el narcisismo. 17 de Marzo de 1954
Sobre el narcisismo
17 de Marzo de 1954
De lo que hace acto. Sexualidad y libido. Freud o Jung. Lo imaginario en la neurosis. Lo
simbólico en la psicosis.
1
Para quienes la vez pasada no asistieron, situaré la utilidad que, pienso, tiene introducir
ahora el artículo de Freud Zur Einführung des Narzismus.
¿Cómo podríamos resumir el punto al que hemos llegado? Esta semana, y no sin satisfacción,
me he dado cuenta que algunos entre ustedes empiezan a preocuparse seriamente por el
empleo sistemático-que sugiero aquí desde hace cierto tiempo-de las categorías de lo
simbólico y lo real. Saben que insisto en la noción de lo simbólico, diciendo que siempre
conviene partir de ella para comprender lo que hacemos cuando intervenimos en el análisis y,
en particular, cuando intervenimos positivamente, a saber, mediante la interpretación.
Nos hemos visto llevados a enfatizar esa faz de la resistencia que se sitúa en el nivel mismo
de la emisión de la palabra. La palabra puede expresar el ser del sujeto, pero, hasta cierto
punto, nunca lo logra. Ha llegado ahora el momento de formular esta pregunta: ¿Cómo se
sitúan respecto a la palabra, todos esos afectos, todas esas referencias imaginarias
habitualmente evocadas cuando quiere definirse la acción de la transferencia en la
experiencia analítica? Ustedes se han dado cuenta claramente que todo esto no es obvio.
La palabra plena es la que apunta, la que forma la verdad tal y como ella se establece en el
reconocimiento del uno por el otro. La palabra plena es la palabra que hace acto. Tras su
emergencia uno de los sujetos ya no es el que era antes. Por ello, esta dimensión no puede
ser eludida en la experiencia analítica.
No podemos pensar la experiencia analítica como un juego, una trampa, una artimaña ilusoria,
una sugestión. Esta experiencia convoca la palabra plena. Planteado este punto, han podido
ya percibir que muchas cosas se ordenan y esclarecen, pero también surgen muchas
paradojas y contradicciónes. El mérito de esta concepción reside justamente en hacer surgir
estas paradojas y contradicciónes, que no por ello son opacidades y oscurecimientos. Por el
contrario, a menudo es lo que se presenta como armonioso y comprensible lo que oculta
alguna opacidad. Es en la antinomia, en la hiancia, en la dificultad, donde encontramos la
posibilidad de transparencia. Nuestro método, y espero que también nuestro progreso, se
apoyan en este punto de vista.
La primera de las contradicciónes que surge es la siguiente: resulta harto singular que el
método analítico, que apunta a la obtención de una palabra plena, parta de una vía
estrictamente opuesta, en tanto da como consigna al sujeto el trazar una palabra lo más
despojada posible de toda suposición de responsabilidad; incluso lo libera de toda exigencia
de autenticidad. Le conmina a decir todo aquello que le pase por la mente. Por ello, lo menos
que puede decirse, es que facilita al sujeto el retorno a la vía de lo que, en la palabra, está por
debajo del nivel del reconocimiento y que concierne al tercero, el objeto.
Siempre hemos distinguido dos planos en los que se ejerce el intercambio de la palabra
humana-el plano del reconocimiento, en tanto la palabra teje entre los sujetos ese pacto que
los transforma y los constituye en sujetos humanos comunicantes- y el plano de lo
comunicado, en el que pueden distinguirse diversos grados: el llamado, la discusión, el
conocimiento, la información; pero que, en definitiva, tiende a obtener un acuerdo respecto al
objeto. El término acuerdo surge una vez más, pero el acento está colocado aquí sobre el
objeto considerado como exterior a la acción de la palabra, en tanto expresado por la palabra.
Por supuesto, el objeto no deja de estar sin referencia a la palabra. Está ya dado
parcialmente, desde el comienzo, en el sistema objetar-u objetivo-en el que es preciso incluir
la suma de prejuicios que constituyen una comunidad cultural, y también las hipótesis, incluso
los prejuicios psicológicos, desde los más elaborados por el trabajo científico, hasta los más
ingenuos y espontáneos, que por cierto se relaciónan estrechamente con las referencias
científicas, hasta el punto de impregnarlas.
El sujeto es invitado pues a entregarse sin reservas a este sistema: a sus conocimientos
científicos, así como a lo que imagina a partir de las informaciones que tiene acerca de su
estado, su problema, su situación, y también sus prejuicios más ingenuos, en los que sus
ilusiones se sostienen, incluyendo sus ilusiones neuróticas, en la medida en que ellas son
parte importante de la constitución de la neurosis.
Pareciera-aquí reside el problema-que este acto de la palabra sólo puede progresar siguiendo
la vía de una convicción intelectual proveniente de la intervención educadora, es decir
superior, del analista. El análisis progresaría así por adoctrinamiento.
Cuando se afirma que la primera etapa del análisis habría sido intelectualista se hace
referencia a este adoctrinamiento. Sin embargo, nunca fue así. En aquel entonces existieron,
tal vez, concepciones intelectualistas del análisis, pero ello no significa que realmente se
hicieron análisis intelectualistas; las fuerzas auténticamente en juego estaban presentes
desde el origen. Si no hubiesen estado allí, el análisis jamás habría tenido la posibilidad de
aprobar su examen, e imponerse como método evidente de intervención psicoterapéutica.
En este caso, lo que suele llamarse intelectualización es algo muy diferente a esa connotación
que hace referencia a algo intelectual. Cuanto mejor analicemos los diversos niveles en juego,
mejor lograremos distinguir lo que debe distinguirse, y unir lo que debe unirse, y más eficaz
será nuestra técnica. Intentaremos hacerlo.
Debe existir pues algo diferente del adoctrinamiento que explique la eficacia de las
intervenciones del analista. Es lo que la experiencia demostró como eficaz en la acción de la
transferencia.
Aquí empieza la opacidad, finalmente ¿qué es la transferencia?
La transferencia eficaz de la que hablamos es, simplemente, en su esencia, el acto de la
palabra. Cada vez que un hombre habla a otro de modo auténtico y pleno hay, en el sentido
propio del término, transferencia, transferencia simbólica: algo sucede que cambia la
naturaleza de los dos seres que están presentes.
Sin embargo, ésta es una transferencia diferente a la que se presentó primero en el análisis,
no sólo como problema, sino como obstáculo. En efecto, esta función debe situarse en el
plano imaginario. Para precisarla se forjaron las nociones que ustedes conocen, repetición de
las antiguas situaciones, repetición inconsciente, puesta en acto de la reintegración de la
historia- historia en el sentido opuesto al que yo promuevo, ya que se trata aquí de una
reintegración imaginaria: la situación pasada sólo es vivida en el presente, a pesar del sujeto,
en la medida en que la dimensión histórica es para él desconocida-, observen bien que no dije
inconsciente. Todas estas nociones son introducidas para definir lo que observamos, y
adquieren valor a partir de la comprobación empírica que tienen asegurada. Pero no por ello
revelan la razón, la función, la significación de lo que observamos en lo real.
Quizá me dirán que querer explicar lo que se observa es ser demasiado exigente, manifestar
demasiado apetito teórico. Algunos espíritus violentos desearían, quizás, imponernos aquí una
barrera.
Sin embargo, me parece que al respecto, la tradición analítica no se distingue precisamente
por su falta de ambición; deben existir razones para ello. Por otra parte, justificados o no,
arrastrados o no por el ejemplo de Freud, casi no hay psicoanalistas que no hayan caído en la
teoría de la evolución mental. Esta empresa metapsicológica es, a decir verdad, totalmente
imposible, por razones que más tarde revelaremos. Sin embargo, no puede practicarse, ni
siquiera un segundo un psicoanálisis, sin pensar en términos metapsicológicos, así como
Monsieur Jourdain estaba necesariamente obligado a hacer prosa en cuanto comenzaba a
expresarse, quisiéralo o no. Es éste un hecho verdaderamente estructural de nuestra
actividad.
Aludí, la última vez, al artículo de Freud sobre el amor de transferencia. Conocen la estricta
economía de la obra de Freud y saben hasta qué punto nunca abordó un tema que
verdaderamente no fuera urgente e indispensable; en el transcurso de una carrera apenas
hecha a medida de la vida humana, particularmente si se piensa en qué momento de su vida
concreta, biológica empezó su enseñanza.
No podemos dejar de ver que uno de los problemas más importantes de la teoría analítica
consiste en saber cuál es la relación existente entre los vínculos de transferencia y las
carácterísticas, positivas o negativas, de la relación amorosa. La experiencia clínica es
testimonio de ello, al igual que la historia teórica de las polémicas despertadas en torno del así
llamado resorte de la eficacia terapéutica. En suma, este tema está a la orden del día desde
los años 20 más o menos; primero el Congreso de Berlín, luego el Congreso de Salzburgo y el
Congreso de Marienbad. Desde esa época, nunca se hizo otra cosa más que interrogarse
sobre la utilidad de la función de la transferencia en el manejo que hacemos de la subjetividad
de nuestro paciente. Hemos aislado incluso algo que llega al punto de llamarse no sólo
neurosis de transferencia-etiqueta nosológica que designa lo que afecta al sujeto-sino
neurosis secundaria, neurosis artificial, actualización en la transferencia, neurosis que anuda
en sus hilos a la persona imaginaria del analista.
Ya sabemos todo esto. Sin embargo, el interrogante acerca de cuál es el resorte que actúa en
el análisis permanece oscuro. No hablo de las vías por las que actuamos a veces, sino de la
fuente misma de la eficacia terapéutica.
Lo menos que puede decirse es que, en la literatura analítica acerca de este tema, existe gran
diversidad de opiniones, remítanse-a fin de remontarse hasta las antiguas discusiones-al
último capítulo del librito de Fenichel. No es frecuente que les recomiende la lectura de
Fenichel, pero para estos datos históricos es un testigo sumamente instructivo. Ya verán la
diversidad de opiniones que encontramos-Sachs, Rado, Alexander-cuando la cuestión fue
abordada en el Congreso de Salzburgo. Verán también, como el susodicho Rado anuncia en
qué sentido pretende impulsar la teorización del resorte de la eficacia analítica. Cosa curiosa,
después de haber prometido el esclarecimiento y solución de estos problemas, nunca lo hizo.
Parecería que alguna misteriosa resistencia actuase para dejar en una relativa oscuridad este
problema, resistencia que no sólo debe atribuirse a su propia oscuridad, pues a veces, en tal o
cual investigador, en sujetos que meditan, surgen brillantes destellos. Tenemos realmente la
impresión de que el problema ha sido vislumbrado, enfocado lo más precisamente posible,
pero que, sin embargo, ejerce no sé qué repulsión que prohibe su conceptualización. En este
punto, quizá más que en cualquier otro, es posible que la culminación de la teoría, incluso su
progreso, sean vividos como un peligro. No hay por qué excluir tal idea. Sin duda alguna es
ésta la hipótesis más acertada.
Las opiniones que se manifiestan durante las discusiones acerca de la naturaleza del vínculo
imaginario establecido en la transferencia tienen una íntima relación con la noción de relación
objetal.
Esta última noción está ahora en el primer plano de la elaboración analítica. Pero ustedes
sabe cuán vacilante es también la teoría sobre este punto.
Tomen, por ejemplo, el artículo fundamental de James Strachey, publicado en el International
Journal of PsychoAnalysis, acerca del resorte de la eficacia terapéutica. Se trata de uno de los
artículos mejor elaborados, que pone todo el acento en el papel del superyó. Verán a qué
dificultades conduce esta concepción, y la cantidad de hipótesis suplementarias que el
susodicho Strachey debe introducir para sostenerla. Plantea que el analista ocuparía,
respecto al sujeto, la función del superyó. Pero la teoría según la cual el analista es pura y
simplemente el soporte de la función del superyó no puede ser válida, pues esta función es,
precisamente, uno de los resortes más decisivos de la neurosis. Existe entonces un círculo
vicioso. Para salir de él, el autor se ve obligado a introducir la noción de superyó parásito:
hipótesis suplementaria que nada justifica, que se hace necesaria dadas las contradicciónes
de su elaboración. Se ve forzado, por otra parte, a cargar las tintas. Para sostener la
existencia de este superyó parásito en el análisis, Strachey debe plantear que, entre el sujeto
analizado y el sujeto analista, ocurren una serie de intercambios, proyecciónes e
introyecciónes, que nos conducen a nivel de los mecanismos de constitución de los objetos
buenos y malos, introducidos por Melanie Klein en la práctica de la escuela inglesa. Esto
presenta el peligro de hacerlos renacer sin cesar.
La cuestión de las relaciones entre analizado y analista se puede situar en un plano muy
distinto: en el plano del yo y el no-yo, es decir, en el plano de la economía narcisista del
sujeto.
Es así como, desde siempre, la cuestión del amor de transferencia ha estado ligada,
demasiado estrechamente, a la elaboración analítica de la noción de amor. No se trata del
amor en tanto Eros-presencia universal del poder de vinculación entre los sujetos, subyacente
a toda la realidad en la cual el análisis se desplaza-sino del amor-pasión, tal como
concretamente lo vive el sujeto, cual si fuese una catástrofe psicológica. Saben que se
plantea entonces, la cuestión de saber cómo está vincula do este amor-pasión en su
fundamento, con la relación analítica.
Después de haberles dicho algo bueno acerca del libro de Fenichel, es preciso que ahora
hable un poco mal de él. Es tan divertido como sorprendente comprobar esa especie de
rebelión, casi de insurrección, que los comentarios, extraordinariamente pertinentes, de dos
autores respecto a la relación entre amor y transferencia, parecen provocar en Fenichel. Estos
autores acentúan el carácter narcisista de la relación de amor imaginaria, y demuestran
cuánto y cómo, se confunde el objeto amado-en toda una faceta de sus cualidades, sus
atributos, incluso de su acción en la economía psíquica-con el ideal del yo del sujeto. Vemos
entonces cómo se articulan curiosamente el sincretismo general del pensamiento de Fenichel,
y ese pensamiento del término medio que le es propio, y que le hace experimentar
repugnancia, una verdadera fobia, hacia la paradoja que este amor imaginario presenta. El
amor imaginario participa en el fondo de la ilusión, y Fenichel experimenta algo así como
horror al ver desvalorizarse de este modo la función misma del amor.
De esto precisamente se trata: ¿qué es este amor que interviene como resorte imaginario en
el análisis? El horror de Fenichel nos informa acerca de su propia estructura subjetiva.
Pues bien, para nosotros se trata de localizar la estructura que articula la relación narcisista, la
función del amor en su generalidad, y la transferencia en su eficacia práctica.
Para poder orientarse a través de las ambigüedades, que -ya lo habrán notado-se renuevan a
cada paso en la literatura analítica, hay más de un método. Espero enseñarles nuevas
categorías que introduzcan distinciones esenciales. No son distinciones exteriores,
escolásticas y en extensión: oponiendo tal campo a tal otro, multiplicando al infinito las
biparticiones, forma de progreso que consiste en introducir cada vez más hipótesis
suplementarias. Sin duda, es éste un método lícito; sin embargo, por mi parte, aspiro al
progreso en comprensión.
Se trata de destacar las implicaciones de algunas nociones simples que ya existen.
Descomponer indefinidamente, como puede hacerse, y como se hizo, en un notable trabajo
sobre la noción de transferencia, carece de interés. Prefiero dejar, a la noción de
transferencia, su totalidad empírica, señalando que es plurivalente y que interviene a la vez en
varios registros: en el simbólico, en el imaginario y en el real.
Ellos no son tres campos. Han podido apreciar que, incluso en el reino animal, es a propósito
de las mismas acciones, de los mismos comportamientos, que se pueden distinguir
precisamente las funciones de lo imaginario, lo simbólico y lo real, debido a que las mismas no
se sitúan en el mismo orden de relaciones.
Existen diversos modos de introducir las nociones. El mío tiene sus limitaciones, como sucede
con toda exposición dogmática. Su utilidad radica en el hecho de ser crítico, vale decir, que
surge en el punto en que el esfuerzo empírico de los investigadores encuentra dificultades
para manejar la teoría ya existente. Es éste el interés de proceder por la vía del comentario de
textos.
2
El Doctor Leclaire comienza la lectura y el comentario de las primeras páginas de
Introducción al narcisismo.
Interrupción.
Lo que dice Leclaire es muy acertado. Para Freud, existe una relación entre una cosa x, que
ha sucedido en el plano de la libido, y la decatectización del mundo exterior carácterística de
las formas de demencia precoz; tomen a esta última en el sentido más amplio. Ahora bien,
plantear el problema en estos términos crea grandes dificultades en la teoría analítica, tal
como está actualmente constituida.
Para comprenderlo, es preciso remitirse a los Tres ensayos sobre una teoría sexual, donde se
encuentra la noción de autoerotismo primordial. ¿Qué es este autoerotismo primordial cuya
existencia plantea Freud?
Se trata de una libido que constituye los objetos de interés y que, por una especie de evasión,
de prolongamiento, de pseudopodos, se distribuye. El progreso instintual del sujeto, y su
elaboración del mundo en función de su propia estructura instintual, se realizará a partir del
momento en que el sujeto emite sus cargas libidinales. Esta concepción no plantea
dificultades mientras Freud deje, fuera del mecanismo de la libido, todo lo que concierne a un
registro diferente al del deseo como tal. El registro del deseo es para él una extensión de las
manifestaciones concretas de la sexualidad, una relación esencial que el ser animal mantiene
con el Umwelt, su mundo. Se dan cuenta, entonces, que ésta es una concepción bipolar: de
un lado se encuentra el sujeto libidinal, del otro el mundo.
Ahora bien, esta concepción falle, Freud lo sabía bien; la noción de libido se neutraliza si se la
generaliza en exceso. ¿No es evidente además que la libido no aporta nada esencial a la
elaboración de los hechos de la neurosis si ella funciona casi como lo que Janet llamaba la
función de lo real? Por el contrario, la libido cobra su sentido cuando se la distingue de las
funciones reales o realizantes, de todas las funciones que nada tienen que ver con la función
del deseo? de todo lo que se refiere a las relaciones del yo y del mundo exterior. Nada tiene
que ver con registros instintuales diferentes al registro sexual, por ejemplo, con lo que hace al
dominio de la nutrición, de la asimilación, del hambre, en la medida en que sirve a la
conservación del individuo. Si la libido no está aislada del conjunto de las funciones de
conservación del individuo pierde todo sentido.
Ahora bien, en la esquizofrenia ocurre algo que perturba totalmente las relaciones del sujeto
con lo real, y que confunde el fondo con la forma. Este hecho plantea de inmediato la cuestión
de saber si la libido no tiene mayor alcance que el que se le dio al tomar al registro sexual
como núcleo organizador, central. Llegada a este punto, la teoría de la libido empieza a
plantear problemas.
Se vuelve tan problemática, que ha sido efectivamente cuestionada. Lo demostraré cuando
analicemos el comentario de Freud acerca del texto escrito por el presidente Schreber. Es a lo
largo de este comentario que Freud advierte las dificultades que plantea el problema de la
carga libidinal en las psicosis. Freud utiliza entonces nociones suficientemente ambigüas
como para que Jung pudiese llegar a decir que Freud ha renunciado a definir la naturaleza de
la libido como únicamente sexual. Jung franquea este paso decididamente, e introduce la
noción de introversión, que es para él-es esto justamente lo que Freud le critica-una noción
ohne Unterscheindung, sin distinción alguna. Arriba así a la vaga noción de interés psíquico,
que confunde en un registro único lo que es del orden de la conservación del individuo, y lo
que pertenece al orden de la polarización sexual del individuo en sus objetos. Sólo queda una
cierta relación del sujeto consigo mismo que, Jung sostiene, es de orden libidinal. Se trata
para el sujeto de realizarse en tanto individuo que posee funciones genitales.
A partir de entonces, la teoría analítica quedó expuesta a una neutralización de la libido que
consiste, por un lado, en afirmar decididamente que se trata de la libido y, por otro, en decir
que se trata simplemente de una propiedad del alma, creadora de su mundo. Es ésta una
concepción extremadamente difícil de distinguir de la teoría analítica, por cuanto la idea
freudiana de un autoerotismo primordial a partir del que se constituirían progresivamente los
objetos, es casi equivalente, en su estructura, a la teoría de Jung.
Por ello, en el artículo sobre narcisismo, Freud retorna la necesidad de distinguir libido egoísta
y libido sexual. Comprenden ahora una de las razones que lo llevaron a escribir este artículo.
Para Freud resulta extremadamente arduo resolver este problema. Al mismo tiempo que
mantiene la distinción entre ambas libidos gira, en todo el artículo, en torno a la noción de su
equivalencia. En efecto, ¿cómo pueden distinguirse, rigurosamente, estos dos términos si se
conserva la idea de su equivalencia energética, la cual permite afirmar que sólo cuando la
libido es decatectizada del objeto vuelve al ego? He aquí el problema planteado. Por este
hecho, Freud es llevado a concebir el narcisismo como un proceso secundario. Una unidad
comparable al yo no existe en el origen, nicht von Anfang, no está presente desde el
comienzo en el individuo, y el Ich debe desarrollarse, entwickeln werden. En cambio, las
pulsiones autoeróticas están allí desde el comienzo.
Quienes ya están iniciados a mi enseñanza, verán que esta idea confirma la utilidad de mi
concepción del estadio del espejo. El Urbild, unidad comparable al yo, se constituye en un
momento determinado de la historia del sujeto, a partir del cual el yo empieza a adquirir sus
funciones. Vale decir que el yo humano se constituye sobre el fundamento de la relación
imaginaria. La función del yo-escribe Freud-debe tener cine nene psychiche... Gestalt. En el
desarrollo del psiquismo aparece algo nuevo, cuya función es dar forma al narcisismo. ¿No es
esto acaso marcar el origen imaginario de la función del yo?
En las dos o tres próximas conferencias, explicaré con mayor precisión qué utilización, a la
vez limitada y múltiple, debe hacerse del estadio del espejo. Les enseñaré, por primera vez
siguiendo los textos de Freud, que en ese estadio están implicados dos registros. Finalmente,
si la vez pasada señalé que la función imaginaria contenía la pluralidad de las vivencias del
individuo, demostraré que no podemos limitarla sólo a esto, a causa de la necesidad de
distinguir entre neurosis y psicosis.
3
Lo más importante que debemos retener, ahora, del comienzo del artículo, es la dificultad de
Freud para defender la originalidad de la dinámica psicoanalítica frente a la disolución
jungiana del problema.
Según el esquema jungiano, el interés psíquico va, viene, sale, entra, colorea, etc... Sumerge
a la libido en el magma universal que estaría en la base de la constitución del mundo.
Volvemos a caer así en un pensamiento sumamente tradicional cuya diferencia con el
pensamiento analítico ortodoxo es evidente. Según esta concepción, el interés psíquico no es
más que una iluminación alternante que puede ir, venir, proyectarse, retirarse de la realidad,
siguiendo el capricho de la pulsación del psiquismo del sujeto. Es una linda metáfora, pero no
aclara nada en la práctica, tal como Freud lo señala. No permite captar las diferencias
existentes entre la retracción dirigida, sublimada, del interés por el mundo que puede alcanzar
el anacoreta y la retracción del esquizofrénico, cuyo resultado es estructuralmente distinto
puesto que, en este caso, el sujeto está completamente atrapado. Sin duda, fueron múltiples
las observaciones clínicas aportadas por la investigación jungiana, interesante por lo
pintoresca, por su estilo, por las aproximaciones que establece entre las producciónes de tal
ascensis mental o religiosa, y las de los esquizofrénicos. Quizás ésta sea una perspectiva que
tiene la ventaja de ofrecer más vida y color a la tarea de los investigadores; sin embargo, no
ha elucidado nada en el orden de los mecanismos, cosa que Freud no deja de señalar de
paso con bastante crueldad.
Para Freud se trata de captar la diferencia de estructura existente entre la retracción de la
realidad que observamos en las neurosis y la que observamos en las psicosis. Una de las
principales distinciones se establece de modo sorprendente, al menos para quienes no
mantienen un contacto estrecho con estos problemas.
En el desconocimiento, la negativa, la barrera que el neurótico opone a la realidad
comprobamos que recurre a la fantasía. Hay aquí función y en el vocabulario de Freud, esto
no puede remitir sino al registro imaginario. Sabemos hasta qué punto las personas y las
cosas del entorno del neurótico cambian totalmente de valor, y lo hacen en relación a una
función que nada nos impide llamar imaginaria, sin ir más allá de su uso común en el
lenguaje. Imaginaria se refiere aquí, primero, a la relación del sujeto con sus identificaciones
formadoras, éste es el pleno sentido del término imagen en análisis; segundo, a la relación del
sujeto con lo real, cuya carácterística es la de ser ilusoria: es éste el aspecto de la función
imaginaria destacado más frecuentemente.
Ahora bien, con razón o sin ella, poco importa por el momento, Freud señala que en la
psicosis no sucede nada semejante. Cuando el sujeto psicótico pierde la realización de lo real
no vuelve a encontrar ninguna sustitución imaginaria. Esto es lo que lo distingue del neurótico.
A primera vista, esta concepción puede parecer extraordinaria. Se dan cuenta que es preciso
avanzar aquí un paso en la conceptualización para seguir el razonamiento de Freud. Una de
las conceptualizaciones más difundidas es que el sujeto delirante sueña, que está plenamente
en lo imaginario. Es preciso entonces que, en la concepción de Freud, la función de lo
imaginario no sea la función de lo irreal. Si no, no se comprendería por qué Freud negaría al
psicótico el acceso a lo imaginario. Y como por lo general Freud sabe lo que dice, deberemos
intentar elaborar qué es lo que quiere decir sobre este punto.
Esto nos introducirá a una elaboración coherente de las relaciones entre lo imaginario y lo
simbólico, puesto que es uno de los puntos sobre los que Freud fundamenta más
categóricamente esta diferencia de estructura. Cuando el psicótico reconstruye su mundo,
¿qué es lo primero que catectiza? Verán por qué vía, inesperada para muchos de ustedes,
nos internaremos; lo primero que catectiza son las palabras. No pueden dejar de reconocer
aquí la categoría de lo simbólico.
Penetraremos más a fondo en lo que esta crítica esboza. Veremos que la estructura propia de
lo psicótico podría situarse en un irreal simbólico, o en un símbolo marcado de irreal. La
función de lo imaginario está en un lugar muy diferente.
Espero que empiecen a percibir la diferencia existente entre Freud y Jung en la aprehensión
de la posición de las psicosis. Para Jung, los dos dominios-lo simbólico y lo imaginario- están
en ellas completamente confundidos; mientras que una de las primeras articulaciones que el
artículo de Freud permite destacar es la estricta distinción entre ambos.
Lo de hoy es sólo un comienzo. Pero tratándose de cosas tan importantes nunca el comienzo
será demasiado lento. No hago sino introducir-como por otra parte lo expresa el título mismo
del artículo-algunos problemas hasta ahora nunca formulados. Tendrán así tiempo para
meditar este asunto y trabajar un poco hasta la próxima vez.
La próxima vez quisiera contar, para el comentario de este texto, con la colaboración, todo lo
eficaz posible, de nuestro amigo Leclaire. No me disgustaría tampoco asociar a este trabajo a
Granoff, que parece tener una tendencia especial a interesarse en el artículo de Freud sobre
el amor de transferencia; introducir este artículo podría ser, para él, una oportunidad para
intervenir. Me gustaría confiar a alguien un tercer artículo para una próxima intervención. Se
trata de un texto incluido en la metapsicología de la misma época, que está estrechamente
relaciónado con nuestro objeto: Adición metapsicológica a la teoría de los sueños traducido al
francés como Teoría de los sueños. Se lo ofrezco a quien quiera encargarse de él; por
ejemplo a nuestro estimado Perrier, quien tendrá así oportunidad de trabajar el tema de los
esquizofrénicos.
Indice del Seminario 1
Jacques Lacan / Los Seminarios de Jacques Lacan / Seminario 1. Los escritos
técnicos de Freud. / Clase 10. Los dos narcisismos. 24 de Marzo de 1954
Los dos narcisismos
24 de Marzo de 1954
La noción de pulsión. Lo imaginario en el animal y en el hombre. Los comportamientos
sexuales son especialmente engañosos. El Ur-lch.
Introducción al narcisismo data del comienzo de la guerra de 1914, resulta conmovedor
pensar que, en esa época, Freud proseguía semejante elaboración. Todo lo que clasificamos
bajo la rúbrica de metapsicología se desarrolla entre 1914 y 1918, tras la aparición, en 1912,
del trabajo de Jung traducido al francés con el título de Metamorfosis y símbolos de la libido.
1
Jung abordó las enfermedades mentales desde un ángulo totalmente diferente al de Freud,
pues su experiencia se centró en la gama de las esquizofrenias, mientras Freud se dedicaba a
las neurosis. Su trabajo de 1912 presenta una grandiosa concepción unitaria de la energía
psíquica, fundamentalmente diferente en su inspiración, e incluso en su definición, a la noción
elaborada por Freud con el nombre de libido.
Sin embargo, resulta aún harto difícil establecer la diferencia teórica, y Freud enfrenta
dificultades que pueden percibirse a lo largo de todo este artículo.
Para Freud se trata de mantener un uso bien delimitado -hoy diríamos operativo-de la noción
de libido que es esencial a la preservación de su descubrimiento. ¿Sobre qué se funda, en
suma, el descubrimiento freudiano? Sobre la aprehensión fundamental de que los síntomas
del neurótico revelan una forma desviada de satisfacción sexual. Freud demostró la función
sexual de los síntomas en los neuróticos de modo muy concreto, a través de una serie de
equivalencias, siendo la última de ellas una sanción terapéutica. Sobre esta base sostuvo
siempre que no aportaba una nueva filosofía totalizadora del mundo, sino una teoría bien
definida, fundada en un campo perfectamente delimitado, pero enteramente nuevo, que
implicaba cierto número de realidades humanas, particularmente psicopatológicas: los
fenómenos subnormales, es decir aquellos que la psicología normal no estudia, los sueños,
los lapsus, los fallos que perturban ciertas funciones llamadas superiores.
El problema que se le plantea a Freud en esta época es el de la estructura de las psicosis.
¿Cómo elaborar la estructura de las psicosis en el interior del marco de la teoría general de la
libido?
Jung ofrece la siguiente solución: la profunda transformación de la realidad que se manifiesta
en las psicosis es el resultado de una metamorfosis de la libido, análoga a la que Freud
vislumbró a propósito de las neurosis. Sólo que, en el psicótico -dice Jung-la libido está
introvertida en el mundo interior del sujeto, noción que permanece en la mayor vaguedad
ontológica. A causa de esta introversión la realidad se hunde para él en un crepúsculo. El
mecanismo de las psicosis está pues en perfecta continuidad con el de las neurosis.
Freud, muy apegado a elaborar, a partir de la experiencia, mecanismos sumamente precisos,
siempre preocupado por su referencia empírica, percibe que la teoría analítica se transforma,
en Jung, en un vasto panteísmo psíquico, en una serie de esferas imaginarias que se
envuelven unas a otras, y que conduce a una clasificación general de los contenidos, los
acontecimientos, la Erlebnis de la vida individual y, por último, a lo que Jung llama los
arquetipos. Una elaboración clínica, psiquiatrica, de los objetos de investigación no puede
desarrollarse por esta vía. En consecuencia, Freud intenta establecer en ese momento la
relación que puede existir entre lles pulsiones sexuales, a las que otorgó tanta importancia
pues estaban ocultas y su análisis las revelaba, y las pulsiones del yo que no había colocado
hasta entonces en primer plano. ¿Puede o no decirse que unas son la sombra de las otras?
¿Está la realidad constituida por esa proyección libidinal universal que está en el fondo de la
teoria Jungiana? ¿O bien existe, por el contrario, una relación de oposición, una relación
conflictiva, entre pulsiones del yo y pulsiones libidinales?
Con su honestidad habitual, Freud precisa que su insistencia en mantener esta distinción se
basa en su experiencia de las neurosis, y que, después de todo, sólo se trata de una
experiencia limitada. Afirma entonces, no menos netamente, que puede suponerse, en un
estadio primitivo, anterior al que la investigación psicoanalítica nos permite acceder, la
existencia de un estado de narcisismo en el que resulta imposible discernir entre las dos
tendencias fundamentales: la Sexualibido y las IchTrieive. En esta etapa, ambas están
inextricablemente mezcladas, beisammen, confundidas y no son
diferentes-unterscheibar-para nuestro grosero análisis. No obstante, Freud explica por qué
intenta mantener la distinción.
En primer lugar, está la experiencia de las neurosis. Después, el hecho de que la distinción
entre pulsiones del yo y pulsiones sexuales sólo es imputable quizás a que las pulsiones son
para nuestra teoría el punto último de referencia. La teoría de las pulsiones no se halla en la
base de nuestra construcción sino en su cúspide. Es eminentemente abstracta, y Freud la
llamará más tarde nuestra mitología. Es por esto que, apuntando siempre a lo concreto,
colocando siempre en su lugar las elaboraciones especulativas que fueron las suyas, subraya
su valor limitado. Refiere la noción de pulsión a las nociones más elevadas de la
física-materia, fuerza, atracción-que sólo se elaboraron en el transcurso de la evolución
histórica de la ciencia, y cuya primera forma fue incierta, confusa incluso, antes de que fueran
purificadas y luego aplicadas.
No seguimos a Freud, lo acompañamos. Que una noción figure en alguna parte de la obra de
Freud, no nos asegura por ello que se la maneje de acuerdo con el espíritu de la investigación
freudiana. Por nuestra parte, intentamos obedecer al espíritu, a la consigna, al estilo de esta
investigación.
Freud adosa su teoría de la libido a lo que le indica la biología de su tiempo. La teoría de los
instintos no puede dejar de tener en cuenta una bipartición fundamental entre las finalidades
de preservación del individuo y las de continuidad de la especie. Lo que se encuentra en el
trasfondo, no es más que la teoría de Weissmann, a quien seguramente, gracias a sus clases
de filosofía, recordarán. Esta teoría, que no está definitivamente probada, plantea la
existencia de una sustancia inmortal en las células sexuales. Ellas constituirían un linaje
sexual único por reproducción continua. El plasma germinal sería lo que perpetúa la especie, y
lo que perdura de un individuo a otro. Por el contrario, el plasma somático sería algo así como
un parásito individual que, desde el punto de vista de la reproducción de la especie, habría
brotado lateralmente con el fin único de vehiculizar el plasma germinal eterno. Freud precisa
inmediatamente que su propia construcción no pretende ser una teoría biológica. Sea cual
fuere el valor que Freud da a esta referencia-sobre la que decide apoyarse hasta nueva orden
y a beneficio de inventario-no vacilaría en abandonarla, si el examen de los hechos en el
propio terreno de la investigación analítica, la tornara inútil y perjudicial.
Pero ésta no es razón, dice, para sumergir la Sexualenergie en el campo aún inexplorado de
los hechos psíquicos. No se trata de encontrar para la libido un parentesco universal con
todas las manifestaciones psíquicas. Hacerlo, dice Freud, sería como si en un asunto de
herencia, para probar sus derechos, alguien invocara ante el notario, el parentesco universal
que, según la hipótesis monogenética, vincula entre sí a todos los hombres.
Quisiera introducir aquí un comentario que tal vez parezca contrastar con los que hago
habitualmente. Pero verán que nos ayudará en nuestra tarea, que es clarificar la discusión
que lleva a cabo Freud, y cuyas oscuridades y callejones sin salida no están disimulados en
absoluto, como ya pueden percibir a partir del comentario de las primeras páginas de este
artículo. Freud no aporta una solución, más bien abre una serie de interrogantes, en los
cuales debemos intentar insertarnos.
En la época en que Freud escribe, no hay, como nos dice en alguna parte, una teoría de los
instintos ready-made, lista para llevar. Tampoco hoy está acabada, pero los progresos
realizados desde los trabajos de Lorenz hasta los de Tinbergen, justifican las observaciones,
quizás algo especulativas, que les presentaré hoy.
¿Qué pasa si aceptamos la noción de Weissmann de la inmortalidad del germen? ¿Si el
individuo que se desarrolla es radicalmente distinto a la sustancia viviente
fundamental-imperecedera-que constituye el germen, si lo individual es parasitario, cuál es
entonces su función en la propagación de la vida? Ninguna. Desde el punto de vista de la
especie, los individuos están-si cabe decirlo así-ya muertos. Un individuo no es nada
comparado con la sustancia inmortal oculta en su seno, que es sustancialmente, lo que existe
como vida.
Preciso mi pensamiento. Desde el punto de vista psicológico, ¿el individuo es conducido por el
famoso instinto sexual a fin de propagar qué?: la sustancia inmortal incluida en el plasma
germinal, en los órganos genitales, representada a nivel de los vertebrados por los
espermatozoides y los óvulos. ¿Es esto todo? Seguro que no, ya que lo que se propaga es,
efectivamente, un individuo. Sólo que éste no se reproduce como individuo sino como tipo. No
hace más que reproducir el tipo ya realizado por el linaje de sus antepasados. Al respecto, no
sólo es mortal, sino que ya está muerto, puesto que, estrictamente hablando, no tiene
porvenir. El no es tal o cual caballo, sino el soporte, la encarnación de algo que es el caballo.
Si el concepto de especie está fundado, si la historia natural existe, es porque no sólo hay
caballos, sino el caballo.
A esto nos conduce la teoría de los instintos. ¿Cuál es en efecto el soporte del instinto sexual
en el plano psicológico?
¿Cuál es el resorte concreto que determina la puesta en funcionamiento de la inmensa
máquina sexual? ¿Cuál es su desencadenante, tal como se expresa Tinbergen después de
Lorenz? No es la realidad del compañero sexual, la particularidad de un individuo, sino algo
que tiene una estrecha relación con lo que acabo de llamar el tipo: a saber, una imagen.
Los etólogos demuestran cómo existe, en el funcionamiento de los mecanismos de apareo, el
predominio de una imagen que aparece en forma de fenotipo transitorio, por modificaciones
de su aspecto exterior, cuya aparición sirve como señal -como señal construida, es decir como
Gestalt-y pone en marcha los comportamientos de la reproducción. El embrague mecánico del
instinto sexual está cristalizado entonces, esencialmente, en base a una relación de
imagenes, en base a una relación-llego aquí al término que esperan-imaginaria. Este es el
marco de referencia en el cual debemos articular las Libido-Triebe y las Ich-Triebe.
La pulsión libidinal está centrada en la función de lo imaginario.
Esto no quiere decir, como una transposición idealista y moralizante de la doctrina analítica
quiso hacerlo creer, que el sujeto progresa en lo imaginario hacia un estado ideal de
genitalidad que sería la sanción, y el resorte último del establecimiento de lo real. Debemos
pues ahora precisar las relaciones de la libido con lo imaginario y lo real, y resolver el
problema de la función real que desempeña el ego en la economía psíquica.
O. MANNONI:-¿Se puede pedir la palabra? Desde hace algún tiempo me incomoda un
problema que me parece que a la vez complica y simplifica las cosas. La carga de los objetos
por la libido es, en el fondo, una metáfora realista, ya que la libido, sólo carga la imagen de los
objetos. En cambio la carga del yo puede ser un fenómeno intrapsiquico, donde lo catectizado
es la realidad ontológica del yo. Si la libido se ha convertido en libido de objeto sólo puede
cargar algo simétrico a la imagen del yo. Tendremos así dos narcisismos, uno en el que una
libido carga intrapsíquicamente el yo ontológico, y otro donde una libido objetar carga algo que
quizá sea el ideal del yo, en todo caso, una imagen del yo. Tendremos entonces una
distinción, bien fundamentada, entre el narcisismo primario y el narcisismo secundario.
Usted se da cuenta adecuadamente, que paso a paso, deseo conducirlos a algún lado. No
vamos totalmente a la ventura, aunque estoy dispuesto a aceptar los descubrimientos que
haremos en el camino. Me alegra ver que nuestro amigo Mannoni hace un jump elegante en el
tema-hay que hacerlos de vez en cuando-sin embargo, antes, prefiero volver a mi último paso.
¿Hacia dónde apunto? A coincidir con esa experiencia fundamental que nos aporta la
elaboración actual de la teoría de los instintos acerca del ciclo del comportamiento sexual, que
muestra que, en él, el sujeto es esencialmente engañadizo.
Por ejemplo, es preciso que el pichón macho adquiera bellos colores, en el vientre o en la
espalda, para que comience la danza de la copulación con la hembra. Pero podemos muy
bien hacer una figura que, aunque poco pulida, tenga exactamente el mismo efecto sobre la
hembra, a condición de que lleve ciertas marcas: Merkzeichen. Los comportamientos sexuales
son especialmente engañadizos. Es ésta una enseñanza importante para elaborar, nosotros,
la estructura de las perversiones y las neurosis.
2
Puesto que hemos llegado hasta aquí, voy a introducir un complemento en el esquema que
les presenté en el cursillo sobre la tópica de lo imaginario.
Les indiqué que este modelo está en la línea misma de los deseos de Freud. Freud explica en
varios sitios, especialmente en la Traumdeutung y el Abriss que las instancias psíquicas
fundamentales deben concebirse en su mayor parte, como representantes de lo que sucede
en un aparato fotográfico: es decir, como las imagenes, virtuales o reales, producidas por su
funcionamiento. El aparato orgánico representa el mecanismo del aparato, y lo que
aprehendemos son imagenes. Sus funciones no son homogéneas, ya que una imagen real y
una imagen virtual son diferentes. Las instancias que Freud elabora no deben considerarse
como sustanciales, epifenoménicas, respecto a la modificación del aparato mismo. Las
instancias deben pues interpretarse mediante un esquema óptico. Concepción que Freud
indicó muchas veces, pero que nunca llegó a materializar.
Vean ustedes, a la izquierda, el espejo cóncavo gracias al cual se produce el fenómeno del
ramillete invertido; aquí, por comodidad, lo he transformado en florero invertido. El florero está
en la caja y el ramillete encima.
El florero será reproducido por el juego de reflexión de los rayos por una imagen real, no
virtual, que el ojo puede enfocar. Si el ojo se acomoda a nivel de las flores que hemos
dispuesto, verá la imagen real del florero rodeando el ramillete, confiriéndole estilo y unidad;
reflejo de la unidad del cuerpo.
Para que la imagen tenga cierta consistencia, es necesario que sea verdaderamente una
imagen. ¿Cuál es la definición de imagen en óptica? A cada punto del objeto le corresponde
un punto de la imagen, y todos los rayos provenientes de un punto deben cruzarse en un
punto único en algún lado. Un aparato óptico sólo se define por la convergencia unívoca o
biunívoca de los rayos; como se dice en axiomática.
Si el aparato cóncavo está aquí, donde estoy yo, y el pequeño montaje de prestidigitador está
más allá de la mesa, la imagen no se podrá ver con suficiente nitidez como para producir una
ilusión de realidad, una ilusión real. Es preciso que ustedes se encuentren ubicados en cierto
ángulo. Podríamos distinguir, sin duda, a partir de las diferentes posiciones del ojo que mira,
cierto número de casos que tal vez nos permitirían comprender las diferentes posiciones del
sujeto en relación a la realidad.
Es cierto que un sujeto no es un ojo, ya lo he dicho. Pero, como estamos en lo imaginario,
donde el ojo tiene mucha importancia, este modelo puede aplicarse.
Alguien introdujo la cuestión de dos narcisismos. Se dan cuenta de que, en efecto, de eso se
trata: de la relación entre la constitución de la realidad y la forma del cuerpo, que de un modo
más o menos apropiado, Mannoni ha llamado antológica.
Volvamos primero al espejo cóncavo, podríamos proyectar sobre él probablemente todo tipo
de cosas, ya se los indiqué, de sentido orgánico y, en particular, el córtex.
Pero no sustancialicemos tan rápido, pues no se trata aquí, lo verán enseguida, de una pura y
simple elaboración del hombrecito-que-está-enel-hombre. Si yo aún estuviera haciendo
el-hombrecito-queestá-en-el-hombre, no veo por qué razón estaría siempre criticándolo. Y si lo
admito, es por alguna razón.
Pasemos al ojo, ese ojo hipotético del que les he hablado, pongámoslo en algún sitio entre el
espejo cóncavo y el objeto.
Para que este ojo tenga exactamente la ilusión del florero invertido, es decir, para que lo vea
en óptimas condiciones, como si estuviera en el fondo de la sala, hace falta y basta una sola
cosa: que hubiera, más o menos en la mitad de la sala, un espejo plano.
En otros términos, si colocamos en la mitad de la sala un espejo, al adosarme al espejo
cóncavo veré la imagen del florero tan nítidamente como si estuviese en el fondo de la sala,
aunque no la vea directamente. ¿Qué veré en el espejo? Primero, mi propia cara, ahí donde
ella no está. En segundo lugar, en un punto simétrico al punto donde está la imagen real, veré
aparecer esa imagen real como imagen virtual. ¿Se dan cuenta? No es difícil entenderlo, al
volver a sus casas colóquense ante un espejo, pongan una mano ante ustedes...
Este pequeño esquema no es más que una elaboración muy simple de lo que desde hace
años intento explicarles con el estadio del espejo.
Hace un momento, Mannoni hablaba de dos narcisismos. En efecto, existe en primer lugar un
narcisismo en relación a la imagen corporal. Esta imagen es idéntica para el conjunto de los
mecanismos del sujeto y confiere su forma a su Umwelt, en tanto es hombre y no caballo. Ella
hace la unidad del sujeto, la vemos proyectarse de mil maneras, hasta en lo que podemos
llamar la fuente imaginaria del simbolismo, que es aquello a través de lo cual el simbolismo se
enlaza con el sentimiento, con el Selbstgefühl que el ser humano, el mensch, tiene de su
propio cuerpo.
Este primer narcisismo se sitúa, si quieren, a nivel de la imagen real de mi esquema, en tanto
esta imagen permite organizar el conjunto de la realidad en cierto número de marcos
preformados.
Desde luego, este funcionamiento es completamente diferente en el hombre y en el animal,
este último está adaptado a un Umwelt uniforme. Hay en él ciertas correspondencias
preestablecidas entre su estructura imaginaria y lo que le interesa en su Umwelt; es decir, lo
que es importante para la perpetuación de los individuos, ellos mismos función de la
perpetuación típica de la especie. En el hombre, por el contrario, la reflexión en el espejo
manifiesta una posibilidad poética original, e introduce un segundo narcisismo. Su pattern
fundamental es de inmediato la relación con el otro.
El otro tiene para el hombre un valor cautivador, dada la anticipación que representa la
imagen unitaria tal como ella es percibida en el espejo, o bien en la realidad toda del
semejante.
El otro, el alter ego, se confunde en mayor o menor grado, según las etapas de la vida, con el
Ich-Ideal, ese ideal del yo constantemente invocado en el artículo de Freud. La identificación
narcisista-la palabra identificación, indiferenciada, es inutilizable-la del segundo narcisismo es
la identificación al otro que, en el caso normal, permite al hombre situar con precisión su
relación imaginaria y libidinal con el mundo en general. Esto es lo que le permite ver en su
lugar, y estructurar su ser en función de ese lugar y de su mundo. Mannoni dijo ontológico
hace un rato, ¿por qué no? Yo diría exactamente: su ser libidinal. El sujeto ve su ser en una
reflexión en relación al otro, es decir en relación al Ich-Ideal.
Observen ustedes que es preciso diferenciar las funciones del yo-por una parte desempeñan
para el hombre, como para todos los demás seres vivos, un papel fundamental en la
estructuración de la realidad-por otra, debe pasar en el hombre por esa alienación
fundamental que constituye la imagen reflejada de sí mismo que es el Ur-Ich; forma originaria
tanto del IchIdeal como de la relación con el otro.
¿Resulta esto suficientemente claro? Ya les había dado un primer elemento del esquema, hoy
les proporciono otro: la relación reflexiva con el otro. Enseguida verán para qué sirve este
esquema. Piensen que no lo traje por el puro placer de hacer construcciónes divertidas. Será
extremadamente útil, pues permitirá situar casi todas las cuestiones clínicas, concretas, que
plantea la función de lo imaginario, y en particular esas cargas libidinales que, cuando se las
maneja, se termina por no comprender ya qué quieren decir.
Respuesta a una intervención del Dr. Granoff sobre la aplicación posible del esquema óptico a
la teoría del estado amoroso.
La estricta equivalencia entre objeto e ideal del yo en la relación amorosa, es una de las
nociones más fundamentales de la obra de Freud: la encontramos a cada paso, una y otra
vez. En la carga amorosa el objeto amado equivale, estrictamente, debido a la captación del
sujeto que opera, al ideal del yo. Por esta razón existe en la sugestión, en la hipnosis, esa
función económica tan importante que es el estado de dependencia, verdadera perversión de
la realidad por fascinación ante el objeto amado y su sobreestimación. Conocen ustedes esa
psicología de la vida amorosa tan sutilmente desarrollada ya por Freud. Nos topamos aquí con
un punto importante y tan amplio que, como ven, apenas si logramos asirlo actualmente. Pero
hay para todos los gustos en el tema que Freud denomina la elección del objeto.
Pues bien, no pueden dejar de percibir la contradicción existente entre esta noción del amor y
ciertas concepciones míticas de la ascesis libidinal del psicoanálisis. Estas plantean, como
culminación de la maduración afectiva, no sé qué fusión, qué comunión, entre la genialidad y
la constitución de lo real. No digo que no haya allí algo esencial para la constitución de la
realidad, pero es necesario aún comprender cómo funciona. Porque, o uno o lo otro: o el amor
es lo que Freud describe, función imaginaria en su fundamento, o bien es el fundamento y la
base del mundo. Así como hay dos narcisismos debe haber dos amores, Eros y Agape.
Respuesta a una pregunta del Dr. Leclaire solare los equivocas entre Ich-Ideal e Ideal-Ich en
el texto de Freud.
Aquí estamos en un seminario, no profesamos una enseñanza excátedra. Intentamos
orientarnos y extraer el máximo provecho de un texto y, sobre todo, de un pensamiento en
desarrollo.
Sabe Dios cómo otros-incluso entre los mejores, como Abraham y Ferenczi-, intentaron
arreglárselas con el desarrollo del ego y sus relaciones con el desarrollo de la libido. Este
problema es objeto del último artículo salido de la escuela de Nueva York, pero quedémonos a
nivel de Ferenczi y Abraham.
Freud se apoya en el artículo de Ferenczi-publicado en 1913-sobre el sentido de la
realidad(25). Es muy pobre. Fue Ferenczi quien comenzó a meterle en la cabeza a todo el
mundo los famosos estadios. Freud se refiere a ellos. En esa época estamos solamente en
las primeras tentativas teóricas de articular la constitución de lo real y, para Freud, oír una
respuesta fue de gran ayuda. Ferenczi le aportó algo, y Freud se sirvió de ello.
Este artículo de Ferenczi ejerció una influencia decisiva. Sucede con él como con las cosas
reprimidas, su importancia es mayor cuanto menos se las conoce. Igualmente, cuando alguien
escribe una insigne tontería, porque nadie la lea no deja de producir efectos. Porque, sin
haberla leído, todo el mundo la repite. Hay así muchas tonterías que circulan y juegan con la
mezcla de diversos planos que la gente no advierte. Así, la primera teoría analítica de la
constitución de lo real está impregnada de las ideas dominantes en esa época, expresada en
términos más o menos míticos, sobre las etapas de la evolución del espíritu humano. Por
todas partes, también en Jung, circula la idea de que el espíritu humano habría realizado
últimamente progresos decisivos, y que antes nos encontrábamos en una confusión prelógica;
como si no estuviese claro que no hay ninguna diferencia estructural entre el pensamiento del
señor Aristóteles y el de algunos otros. Estas ideas conllevan su poder de desorden y
difunden su veneno. Esto puede verse bien en el malestar que el mismo Freud muestra al
referirse al artículo de Ferenczi.
Cuando se habla de los primitivos, de los supuestos primitivos, y de los enfermos mentales, la
cosa funciona. Pero donde el punto de vista evolutivo se complica es con los niños. En este
punto, Freud se ve obligado a afirmar que el desarrollo está lejos de ser tan transparente.
Quizá sería mejor, en efecto, no referirse aquí a nociones falsamente evolucionistas. No es
aquí, sin duda, donde la idea, fecunda, de evolución encuentra su lugar. Se trata, más bien,
de elucidar mecanismos estructurales que funcionan en nuestra experiencia analítica, la cual
gira en torno a los adultos. Retroactivamente, podrá aclararse lo que puede suceder en los
niños, de modo hipotético y más o menos controlable.
Nos encontramos en la línea de pensamiento de Freud al seguir este punto de vista
estructural, porque es en él donde Freud culmina. El último desarrollo de su teoría se alejó de
los viajes analógicos, evolutivos, basados en un empleo superficial de ciertas consignas. En
realidad, Freud siempre insiste exactamente en lo contrario; a saber, en la conservación, en
todos los niveles, de lo que puede considerarse como diferentes etapas.
Trataremos de avanzar la próxima vez un paso más. Consideren todo esto tan sólo como
esbozos. Ya verán su estrecha relación con el fenómeno de la transferencia imaginaria.
Indice del Seminario 1
Jacques Lacan / Los Seminarios de Jacques Lacan / Seminario 1. Los escritos
técnicos de Freud. / Clase 11. Ideal del Yo y Yo-Ideal. 31 de Marzo de 1954
Ideal del Yo y Yo-Ideal
31 de Marzo de 1954
Freud línea a línea. Los engaños de la sexualidad. La relación simbólica define la posición del
sujeto en lo imaginario.
Leclaire, quien ha trabajado para nosotros el difícil texto de Introducción al narcisismo,
seguirá aportándonos hoy sus reflexiones e interrogantes. Vuelva usted a la segunda parte, e
intente hacer muchas citas.
1
DR. LECLAIRE: Es éste un texto que no puede resumirse. Habrá que citarlo casi
íntegramente. La primera parte plantea la distinción fundamental de la libido con argumentos
en base a los que usted construyó sus consideraciones acerca del plasma germinal. En la
segunda parte, Freud nos dice que el estudio de las demencias precoces-lo que él llama el
grupo de las parafrenias -, sigue siendo ciertamente el mejor acceso para el estudio de la
psicología del yo. Pero no seguirá examinándolas. Freud nos muestra otras vías capaces de
conducir a reflexiones sobre la psicología del yo. Parte de la influencia de las enfermedades
orgánicas sobre la distribución libidinal, que puede considerarse como una excelente
introducción a la medicina psicosomática. Se refiere a una conversación que tuvo con
Ferenczi al respecto, y parte de la comprobación que, en el curso de una enfermedad, de un
sufrimiento, el enfermo retrae sus cargas libidinales sobre su yo para liberarlas de nuevo tras
su curación. Freud piensa que ésta es una consideración trivial, pero que, sin embargo, exige
ser examinada. Durante la fase en que retira su carga libidinal de los objetos, la libido y el
interés del yo se confunden nuevamente, tienen de nuevo el mismo destino, y es imposible
distinguirlos.
¿Conoce usted a Wilhelm Busch? Es un humorista en el que usted debiera inspirarse. Hay
una creación suya inolvidable que se llama Balduin Bählamm, el poeta trabado. El dolor de
muelas que sufre interrumpe todos sus ensueños idealistas y platonizantes, así como su
inspiración amorosa. Por ese dolor olvida las cotizaciones de la bolsa, los impuestos, la tabla
de multiplicar, etc. Todas las formas habituales del ser pierden súbitamente su atractivo, están
anuladas. Y ahora, en el pequeño agujero, la muela habita. El mundo simbólico de las
cotizaciones de la bolsa y de la tabla de multiplicar se halla enteramente cargado en el dolor.
DR. LECLAIRE:-Freud pasa luego a otro punto, el estado de reposo, en el cual también hay
una retirada narcisística de las posiciones libidinales. Vuelve luego a la hipocondría, a sus
diferencias y puntos en común con la enfermedad orgánica. Llega a la noción de que la
diferencia entre ambas, que quizá no tenga ninguna importancia, es la existencia de una
lesión orgánica. El estudio de la hipocondria le permite sobre todo precisar que en el
hipocondríaco también se producen, sin duda, cambios orgánicos del orden de las
perturbaciones vaso-motoras, perturbaciones circulatorias, y postula una similitud entre la
excitación de una zona cualquiera del cuerpo y la excitación sexual. Introduce la noción de
erogeneidad, de zonas erógenas que pueden, dice Freud, reemplazar lo genital y comportarse
como él, es decir, ser la sede de manifestaciones y descargas. Nos dice que todo cambio de
este tipo de erogeneidad en un órgano podría ser paralelo a un cambio de carga libidinal en el
yo. Lo que vuelve a plantear el problema psicosomático. De todos modos, luego del análisis
de la erogeneidad, y de las posibilidades de erogeneización de cualquier parte del cuerpo,
arriba a la suposición de que la hipocondría podría clasificarse dentro de las neurosis que
dependen de la libido del yo, mientras que las demás neurosis actuales dependerían de la
libido objetal. Tuve la impresión que este pasaje, que en el conjunto de la segunda parte
forma una especie de párrafo, es menos importante que el segundo párrafo de la segunda
parte, en el cual Freud define los dos tipos de elección objetal.
El comentario esencial de Freud es que resulta casi indiferente que una elaboración de la
libido- saben lo difícil que es traducir Verarbeitung, y elaboración no es totalmente adecuadose
produzca sobre objetos reales u objetos imaginarios. La diferencia sólo aparece más tarde,
cuando la orientación de la libido se efectúa sobre objetos irreales. Esto conduce a Staunng, a
embalsar la libido, lo cual nos introduce al carácter imaginario del ego, puesto que se trata de
su libido.
O. MANNONI:-Esa palabra alemana debe significar construcción de un dique. Parece tener
sentido dinámico, y significa a la vez elevación del nivel y, por consiguiente, una energía cada
vez mayor de la libido, lo que el inglés expresa bien con el damming.
Damming up, incluso. Freud cita al pasar cuatro versos de Enrique Heine en los
Schöpfungslieder, recopilados generalmente con los Lieder. Es un curioso grupito de siete
poemas, a través de cuya ironía y humor aparecen muchas cosas que conciernen a la
psicología de la Bildung. Freud se plantea el problema de saber por qué el hombre sale del
narcisismo. ¿Por qué el hombre está insatisfecho? En ese momento verdaderamente crucial
de su demostración científica, Freud nos ofrece los versos de Heine. Es Dios quien habla, y
dice: La enfermedad es el fundamento último del conjunto del empuje creador. Creando me he
curado.
DR. LECLAIRE:-Es decir que ese trabajo interior para el cual son equivalentes los objetos
reales y los objetos imaginarios...
Freud no dice que son equivalentes. Dice que, en el punto en que estamos de la formación
del mundo exterior, es indiferente considerar si es real o imaginario. La diferencia sólo
aparece después, en el momento en que el embalse produce sus efectos.
DR. LECLAIRE:- Llego pues al segundo subcapítulo de la segunda parte, donde Freud nos
dice que otro punto importante en el estudio del narcisismo es el análisis de la diferencia de
las modalidades de la vida amorosa en el hombre y en la mujer. Freud llega a distinguir dos
tipos de elección, que podemos traducir como anaclítica y narcisística, y estudia su génesis.
Escribe esta frase: «el individuo tiene dos objetos sexuales primitivos: él mismo y la mujer que
se ocupa de él». Podremos partir de aquí
El mismo, o sea, su imagen. Está bien claro.
DR. LECLAIRE:-Más adelante, Freud detalla la génesis, la forma misma de esta elección.
Comprueba que las primeras satisfacciónes sexuales autoeróticas cumplen una función en la
conservación de sí. Después, comprueba que las pulsiones sexuales se aplican primero a la
satisfacción de las pulsiones del yo y que sólo más tarde se hacen autónomas. Así, el niño
ama primero al objeto que satisface sus pulsiones del yo, es decir, a la persona que se ocupa
de él. Por último, Freud define el tipo narcisístico de elección objetal, patente sobre todo, dice,
en quienes el desarrollo libidinal estuvo perturbado.
Es decir, en los neuróticos.
DR. LECLAIRE:-Estos dos tipos fundamentales corresponden- nos lo había anunciado- a los
dos tipos fundamentales, masculino y femenino.
Los dos tipos: narcisístico y Anlehnung.
DR. LECLAIRE:-Anleknung tiene una significación de apoyo.
La noción de Anlehnung no carece de relación con la noción de dependencia desarrollada
posteriormente. Pero es una noción más amplia, y más rica. Freud hace una lista de los
diferentes tipos de fijación amorosa, que excluye toda referencia a lo que podría llamarse una
relación madura, ese mito del psicoanálisis. Existe ante todo, en el campo de la fijación
amorosa, de la Verliebtheit el tipo narcisístico. Está fijado pues se ama primero, lo que uno
mismo es, vale decir, como Freud lo precisa entre paréntesis, uno mismo; segundo, por lo que
uno ha sido; tercero, lo que uno quisiera ser; y cuarto, la persona que fue una parte del propio
yo. Es el Narzissmustypus.
El Anlehnungstypus no es menos imaginario, pues está fundado también en una inversión de
identificación. El sujeto se ubica entonces en una situación primitiva. Ama a la mujer que
alimenta y al hombre que protege.
DR. LECLAIRE:-Aquí, Freud anticipa cierto número de consideraciones que valen como
pruebas indirectas a favor de la concepciòn del narcisismo primario del niño, y que localiza
esencialmente- es curioso decirlo- en la manera como los padres ven a su hijo.
Se trata aquí de la seducción que ejerce el narcisismo. Freud señala lo fascinante y
satisfactorio que es, para todo ser humano, la aprehensión de un ser que presenta las
carácterísticas de ese mundo clausurado, cerrado sobre sí mismo, satisfecho, pleno, que
representa el tipo narcisístico. La compara con la seducción soberana que ejerce un bello
animal.
DR. LECLAIRE:-Dice- Su majestad el niño. El niño es lo que sus padres lo hacen en la medida
en que le proyectan el ideal. Freud precisa que dejará de lado los trastornos del narcisismo
primario del niño, aunque sea éste un tema muy importante, pues se vincula con el complejo
de castración. Aprovecha para ubicar más correctamente la noción de protesta viril de Adler,
colocándola en su justo lugar...
...que no es reducido, sin embargo.
DR. LECLAIRE:-...sí, que es muy importante, pero que Freud vincula a los trastornos del
narcisismo primario originario. Llegamos a esta importante pregunta: ¿en qué se convierte la
libido del yo en el adulto normal? ¿Debemos admitir que está confundida en su totalidad con
las cargas objetares? Freud rechaza esta hipótesis y recuerda que la represión existe, en
suma, con una función normalizarte. Hemos dicho que la represión -dice, y esto es lo esencial
de su demostración- parte del yo, con sus exigencias éticas y culturales. Las mismas
impresiones, los mismos acontecimientos que le sucedieron a un individuo, los mismos
impulsos que una persona deja surgir en ella o que por lo menos elabora de manera
consciente, serán rechazados con indignación por otra persona, o incluso ahogados antes de
volverse conscientes. Hay aquí una diferencia de comportamiento, según los individuos, las
personas. Freud intenta formular así esta diferencia: Podemos decir que uno de los sujetos ha
construido en sí un ideal, con el cual compara su yo actual, mientras que el otro carece de
semejante ideal. La formación de un ideal sería, por parte del yo, la condición de la represión.
A este yo ideal se consagra el amor ególatra de que en la niñez era objeto el yo verdadero. Y
prosigue... No es el yo verdadero, es el yo real: das wirklich Ich.
Prosigue el texto: El narcisismo aparece desplazado sobre este nuevo yo ideal adornado,
como el infantil, con todas las perfecciónes. Como siempre en el terreno de la libido, el
hombre se demuestra aquí, una vez más, incapaz de renunciar a una satisfacción ya gozada
alguna vez.-Freud emplea aquí por primera vez el término yo ideal en la frase-. A este yo ideal
se consagra el amor ególatra de que en la niñez era objeto el yo verdadero... Pero enseguida
dice: No quiere renunciar a la perfección de su niñez... intenta conquistarla de nuevo bajo la
nueva forma de su ideal del yo(26). Figuran pues aquí las dos expresiones, yo ideal e ideal del
yo.
Dado el rigor de la escritura de Freud, uno de los enigmas de este texto, que Leclaire ha
señalado muy bien, es la coexistencia, en el mismo párrafo, de los dos términos.
DR. LECLAIRE:-Es curioso observar que la palabra forma sustituye a la palabra yo.
Perfectamente. Y Freud emplea aquí Ich-ldeal, que es exactamente simétrico y opuesto a
Ideal-Ich. Signo de que Freud designa aquí dos funciones diferentes. ¿Qué quiere decir esto?
Trataremos de precisarlo luego.
DR. LECLAIRE:-Lo que observo es que en el momento en que Freud sustituye el término yo
ideal por ideal del yo, hace preceder ideal del yo por nueva forma.
Por supuesto.
DR LECLAIRE:-La nueva forma de su ideal del yo es lo que él proyecta delante de sí como su
ideal.
El párrafo siguiente aclara esta dificultad. Por una vez, excepcional en su obra, Freud pone
los puntos sobre las íes a propósito de la diferencia entre sublimación e idealización.
Continúe.
DR. LECLAIRE: -Freud formuló pues la existencia del yo ideal, que luego llama ideal del yo, o
forma del ideal del yo. Dice que no hay sino un paso desde este punto a la investigación de
las relaciones entre la formación del ideal y la sublimación. La sublimación es un proceso de la
libido objetal. Por el contrario, la idealización concierne al objeto que es agrandado, elevado,
sin modificaciones en su naturaleza. La idealización es posible tanto en el dominio de la libido
del yo como en el de la libido objetal.
Es decir que, una vez más, Freud coloca ambas libidos en el mismo plano.
DR. LECLAIRE: -La idealización del yo puede coexistir con una sublimación falida. La
formación del ideal del yo aumenta las exigencias del yo y favorece al máximo la represión.
Uno está en el plano de lo imaginario, el otro en el plano de lo simbólico, ya que la. exigencia
del Ich-Ideal encuentra su lugar en el conjunto de las exigencias de la ley.
DR. LECLAIRE:-La sublimación ofrece, por lo tanto, el atajo para satisfacer esa exigencia sin
acarrear la represión.
En el caso de la sublimación satisfactoria.
DR. LECLAIRE:-Freud termina el breve párrafo relativo a las relaciones entre el ideal del yo y
la sublimación en este punto. No sería de extrañar que encontrásemos una instancia psíquica
especial encargada de velar por la satisfacción que se desprende del ideal del yo(27), y que
en cumplimiento de su función, vigila de continuo al yo actual. Esta hipótesis de una instancia
psíquica especial que cumpliría entonces una función de vigilancia y seguridad nos conducirá,
más tarde, al superyó. Freud apoya su demostración en un ejemplo extraído de las psicosis, el
síndrome de influencia, donde dice, esa instancia es particularmente visible. Antes de hablar
de síndrome de influencia aclara que, si una instancia tal existe, no podemos descubrirla, sino
suponerla como tal. Me parece muy importante que, en esta primera forma de introducir el
superyó, Freud diga que esta instancia no existe, que no se la descubrirá, que sólo puede
suponersela. Anade que lo que llamamos nuestra conciencia cumple esta funcion, tiene esta
carácterística. Los enfermos de este tipo se quejan de estar vigilados, de oír voces, de que se
conoce su pensamiento, de que se los observa. Tienen razón dice Freud, esta queja está
perfectamente justificada y corresponde a la verdad. En todos nosotros, y dentro de la vida
normal, existe realmente tal poder, que observa, advierte y critica todas nuestras intenciones.
Encontramos después...
No es ese exactamente el sentido. Freud dice que si una instancia tal existe, no es posible
que sea algo que aún no hayamos descubierto. Los ejemplos que elige muestran que la
identifica con la censura. Vuelve a encontrar esta instancia en el delirio de influencia, donde
se confunde con el que ordena los actos del sujeto. La reconoce luego en lo que se define
como el fenómeno funcional de Silberer. Según Silberer, la percepción interna por parte del
sujeto de sus propios estados, de sus mecanismos mentales en tanto funciones, en el
momento en que se desliza en el sueño, jugaría un rol formador. El sueño daría de esa
percepción una transposición simbólica, entiéndase aquí simbólico simplemente en el sentido
de representado por imagenes. Veríamos aquí una forma espontánea de desdoblamiento del
sujeto. Freud siempre conservó ante esta concepción de Silberer una actitud ambigüa,
diciendo a la vez que este fenómeno es muy importante, y que no obstante es secundario
respecto a la manifestación del deseo en el sueño. Quizás esto se deba al hecho- dice en
alguna parte- de que su propia naturaleza es tal que este fenómeno no tiene, en sus propios
sueños, la importancia que puede tener en los de otras personas. Esta vigilancia del yo que
Freud destaca, perpetuamente presente en el sueño, es el guardián del dormir, situado como
al margen de la actividad del sueño y, muy a menudo, listo, también él, a comentarla. Esta
participación residual del yo es, como todas las instancias que Freud presenta aquí con el
título de censura, una instancia que habla, es decir una instancia simbólica.
DR. LECLAIRE:-Hay luego, algo así como una tentativa de síntesis en la que se aborda la
discusión del sentimiento de sí en el individuo normal y en el neurótico. El sentimiento de sí
tiene tres orígenes: la satisfacción narcisista primaria, el criterio de éxito, es decir la
satisfacción del deseo de omnipotencia, y la gratificación recibida de los objetos de amor.
Estas son las tres raíces que Freud parece retener del sentimiento de sí. Creo que no es
necesario aquí abordar en detalle su discusión. Preferiría volver a la primera de las
observaciones complementarias. Esta me parece extremadamente importante: El desarrollo
del yo consiste en un alejamiento del narcisismo primario y crea una intensa tendencia a
reconquistarlo. Este alejamiento sucede mediante el desplazamiento de la libido sobre un
ideal del yo(28) impuesto desde el exterior, y la satisfacción es proporcionada por el
cumplimiento de este ideal. El yo pasa pues por una especie de alejamiento, de término
medio, que es el ideal, y vuelve después a su posición primitiva. Se trata de un movimiento
que, me parece, es la imagen misma del desarrollo.
O. MANNONI:-La estructuración.
Sí, la estructuración es muy acertado.
DR. LECLAIRE:-Sería preciso aclarar este desplazamiento de la libido sobre un ideal, porque
una de dos- o el desplazamiento de la libido se efectúa una vez más sobre una imagen, sobre
una imagen del yo, es decir, sobre la forma del yo, a la que se llama ideal, porque no es
semejante a la que está actualmente allí, o a aquella que allí ha estado- o bien se llama ideal
del yo a algo que está más allá de la forma del yo, que es propiamente un ideal, y que se
acerca más a la idea, a la forma.
De acuerdo.
DR. LECLAIRE:-En este sentido se advierte, me parece, toda la riqueza de la frase. Pero
también cierta ambigüedad. En la medida en que, si se habla de estructuración, es porque se
considera el ideal del yo como forma de ideal del yo. Pero esto no está precisado en el texto.
SR. HYPPOLITE:-¿Podría usted volver a leer la frase de Freud?
DR. LECLAIRE:-El desarrollo del yo consiste en un alejamiento del narcisismo primario y crea
una intensa tendencia a conquistarlo de nuevo.
SR. HYPPOLITE:-¿Alejamiento es Entfernung?
Si, es Entfernung exactamente.
SR. HYPPOLITE:-¿Pero acaso hay que entender esto como engendramiento del ideal del yo?
LECLAIRE:-No. Del ideal del yo Freud habla antes El alejamiento se efectúa por un
desplazamiento de la libido sobre un ideal del yo impuesto desde el exterior. La satisfacción
surge de la realización de ese ideal. Evidentemente, en la medida en que hay realización de
ese ideal...
SR. HYPPOLITE:-...irrealizable, porque a fin de cuentas es el origen de la trascendencia,
destructora y atrayente.
DR. LECLAIRE:-Sin embargo, no está explícito. La primera vez que Freud habla del yo ideal,
es para decir que ahora el amor a sí mismo se dirige hacia ese yo ideal.
O. MANNONI:-En mi opinión, a menudo se tiene la impresión de que se hablan varias
lenguas. Creo que quizás habría que distinguir entre desarrollo de la persona y estructuración
del yo. Algo así nos permitiría entendernos, porque lo que se estructura es en efecto un yo,
pero en un ser que se desarrolla.
Sí, estamos en la estructuración. Exactamente allí donde se desarrolla toda la experiencia
analítica, en la unión de lo imaginario y lo simbólico. Hace un rato, Leclaire planteó el
interrogante acerca de la función de la imagen, y la función de, lo que el llamó, la idea.
Sabemos bien que la idea nunca vive sola. Vive con todas las otras ideas, ya nos lo enseñó
Platón.
Para esclarecer un poco todo esto empecemos a hacer funcionar el aparento que les muestro
desde hace varias sesiones.
2
Partamos del animal, un animal también ideal, es decir, logrado, el animal no logrado es aquel
que hemos podido capturar. Ese animal ideal nos ofrece una visión de completitud, de
realización, porque supone el ajuste perfecto, incluso la identidad del Innenwelt y el Umwelt.
Allí reside la seducción de esa forma viva, que despliega armoniosamente su apariencia.
¿Qué nos muestra, al respecto, el desarrollo del funcionamiento instintual? La extrema
importancia de la imagen. ¿Qué es lo que funciona en la puesta en marcha del
comportamiento complementario del pichón macho y del pichón hembra? Algunas Gestalten.
Simplifiquemos, y consideremos este funcionamiento sólo en un momento determinado. El
sujeto animal, macho o hembra, está como captado por una Gestalt. El sujeto se identifica
literalmente al estimulo desencadenante. El macho está capturado en la danza en zig-zag a
partir de la relación que se establece entre él mismo y la imagen que ordena el
desencadenamiento del ciclo de su comportamiento sexual. La hembra también está
capturada en esa danza recíproca. No se trata solamente de la manifestación exterior de algo
que siempre tiene un carácter de danza, de gravitación de dos cuerpos. Es éste hasta hoy
uno de los problemas más difíciles de resolver en física, pero que en el mundo natural se ha
realizado armoniosamente en la relación de pareo. En ese momento, el sujeto es totalmente
idéntico a la imagen que dirige el desencadenamiento completo de determinado
comportamiento motor, el cual produce y remite al compañero, en determinado estilo, la orden
que le hace continuar la otra parte de la danza.
La manifestación natural de este mundo cerrado de dos nos ilustra la conjunción de la libido
objetar y la libido narcisistica. En efecto, el apego de cada objeto para con el otro está hecho
de la fijación narcisística a esa imagen, porque esa imagen, y sólo ella, es lo que él esperaba.
Tal es el fundamento del hecho que, en el orden de los seres vivos, sólo el compañero de la
misma especie- nunca se lo destaca suficientemente- puede desencadenar esa forma
especial llamada comportamiento sexual. Salvo ciertas excepciones, que deben situarse en
ese margen de error que presentan las manifestaciones de la naturaleza.
Digamos que, en el mundo animal, todo el ciclo del comportamiento sexual está dominado por
lo imaginario. Por otra parte, es en el comportamiento sexual donde se manifiesta la mayor
posibilidad de desplazamiento, incluso en el animal. Lo empleamos ya a título experimental
cuando le presentamos al animal una trampa, una falsa imagen, un compañero macho que no
es más que una sombra provista de sus carácterísticas principales. En ocasión de las
manifestaciones del fenotipo que, en muchas especies, se produce en ese momento biológico
que llama al comportamiento sexual, basta presentar esa trampa para desencadenar la
conducta sexual. La posibilidad de desplazamiento, la dimensión imaginaria, ilusoria, es
esencial a todo lo que pertenece al orden de los comportamientos sexuales.
¿Sucede o no lo mismo en el hombre? Esta imagen podría ser ese Ideal-Ich del que
hablábamos hace un rato. ¿Por qué no? No obstante, no se nos ocurre llamar Ideal-Ich a esta
trampa. ¿Dónde situarlo entonces? Aquí se revelan los méritos de mi aparatito.
¿Cuál es su alcance? Ya he explicado el fenómeno físico de la imagen real que puede ser
producida por el espejo esférico, ser vista en su lugar, insertarse en el mundo de los objetos
reales, ser enfocada al mismo tiempo que los objetos reales, aportar incluso a estos objetos
reales una ordenación imaginaria, incluirlos, excluirlos, situarlos, completarlos.
Esto no es más que el fenómeno imaginario que les detallé en el animal. El animal hace
coincidir un objeto real con la imagen que está en él. Mas aún, diría, tal como está indicado en
los textos de Freud, que la coincidencia entre imagen y objeto real la refuerza, le da cuerpo, la
encarna. En ese momento, se desencadenan comportamientos que guiarán al sujeto hacia su
objeto, por intermedio de la imagen.
¿Se produce esto en el hombre?
Como sabemos, las manifestaciones de la función sexual en el hombre se carácterizan por un
desorden eminente. Nada se adapta. Esa imagen, en torno a la cual nosotros, psicoanalistas,
nos desplazamos, presenta, ya sea en la neurosis o en la perversión, una especie de
fragmentación, de estalido, de despedazamiento, de inadaptación, de inadecuación. Existe
una especie de juego de escondite entre la imagen y su objeto normal, suponiendo que
adoptemos el ideal de una norma en el funcionamiento de la sexualidad. ¿Cómo podemos
entonces representarnos el mecanismo por el cual esa imaginación en desorden llega
finalmente, sin embargo, a cumplir su función?
Trato de utilizar términos sencillos para guiarlos adecuadamente en el pensar. Se podrían
emplear otros más complicados. Pero se dan cuenta que ésta realmente es la pregunta que
se plantean apasionadamente los analistas, rascándose enérgicamente la cabeza ante todo el
mundo.
Tomen cualquier artículo, por ejemplo, el último que les leí, de nuestro querido Michael Balint;
cuya próxima visita y llegada a nuestra sociedad les anuncio. Plantea la cuestión de saber qué
es el fin del tratamiento. En la última sesión de nuestro ciclo de este trimestre, quisiera-tal vez
no lo haré, no sé, dependerá de mi inspiración- quisiera hablarles de la terminación del
análisis. Daremos así un salto ¿pero acaso nuestro análisis de los mecanismos de la
resistencia y de la transferencia no nos lo permite?
Pues bien ¿qué es el fin del tratamiento? ¿Es acaso análogo a la finalización de un proceso
natural? ¿El amor genital- ese El Dorado prometido de los analistas, y que con toda
imprudencia prometemos a nuestros pacientes- es acaso un proceso natural? Por el contrario,
¿no se trata acaso de una serie de aproximaciones culturales que sólo pueden realizarse en
algunos casos? ¿Depende entonces el análisis, su terminación, de toda clase de
contingencias?
¿De qué se trata sino de ver cuál es la función del otro, del otro humano, en la adecuación de
lo imaginario y lo real?
Esquema simplificado de los dos espejos
Volvemos a encontrar el pequeño esquema. Le añadí en la última reunión un
perfecciónamiento que constituye una parte esencial de lo que intento demostrar. La imagen
real sólo puede verse de manera consistente en determinado campo del espacio real del
aparato, el campo que está delante del aparato constituido por el espejo esférico y el ramillete
invertido.
Hemos situado el sujeto en el borde del espejo esférico. Pero sabemos que la visión de una
imagen en el espejo plano es exactamente equivalente, para el sujeto, a lo que sería la
imagen del objeto real para un espectador que estuviese más allá de ese espejo, en el lugar
mismo en que el sujeto ve su imagen. Podemos pues reemplazar el sujeto por un sujeto
virtual, SV, situado en el interior del cono que delimita la posibilidad de la ilusión, o sea en el
campo x'y'. El aparato que he inventado muestra pues que, estando colocado en un punto
muy cercano a la imagen real, puede vérsela no obstante en un espejo en estado de imagen
virtual. Esto es lo que se produce en el hombre.
¿Cuál es su resultado? Una simetría muy particular. En efecto, el sujeto virtual, reflejo del ojo
mítico, es decir, el otro que somos, está allí donde primero hemos visto a nuestro ego: fuera
nuestro, en la forma humana. Esta forma está fuera nuestro, no en tanto está hecha para
captar un comportamiento sexual, sino en tanto está fundamentalmente vinculada con la
impotencia primitiva del ser humano. El ser humano sólo ve su forma realizada, total, el
espejismo de sí mismo, fuera de sí mismo. Esta noción no figura aún en el artículo que
estudiamos, sólo surgirá más tarde en la obra de Freud.
Lo que el sujeto, que sí existe, ve en el espejo es una imagen, nítida o bien fragmentada,
inconsistente, incompleta. Esto depende de su posición en relación a la imagen real.
Demasiado cerca de los bordes, se ve mal. Todo depende de la incidencia particular del
espejo. Sólo en el cono puede obtenerse una imagen nítida.
De la inclinación del espejo depende pues que veamos, más o menos perfectamente, la
imagen. En cuanto al espectador virtual, aquel al cual ustedes sustituyen mediante la ficción
del espejo para ver la imagen real, basta que el espejo plano esté inclinado de cierto modo,
para que esté en el campo desde donde se ve muy mal. Por este sólo hecho, también ustedes
ven muy mal la imagen en el espejo. Digamos que esto representa la difícil acomodación de lo
imaginario en el hombre.
Podemos suponer ahora que la inclinación del espejo plano está dirigida por la voz del otro.
Esto no existe a nivel del estadio del espejo, sino que se ha realizado posteriormente en
nuestra relación con el otro en su conjunto: la relación simbólica. Pueden comprender
entonces que la regulación de lo imaginario depende de algo que está situado de modo
trascendente -como diría Hyppolite- siendo lo trascendente en esta ocasión ni más ni menos
que el vínculo simbólico entre los seres humanos.
¿Qué es el vínculo simbólico? Para poner los puntos sobre las íes, digamos que, socialmente,
nos definimos por intermedio de la ley. Situamos a través del intercambio de símbolos,
nuestros diferentes yos los unos respecto a los otros: usted es Mannoni y, yo, Jacques Lacan;
estamos en determinada relación simbólica que es compleja, según los diferentes planos en
que nos coloquemos, según estemos juntos en la comisaría, en esta sala, o de viaje.
En otros términos, la relación simbólica define la posición del sujeto como vidente. La palabra,
la función simbólica, define el mayor o menor grado de perfección, de completitud, de
aproximación de lo imaginario. La distinción se efectúa en esta representación entre el
Ideal-Ich y el Ich-Ideal, entre yo ideal e ideal del yo. El ideal del yo dirige el juego de relaciones
de las que depende toda relación con el otro. Y de esta relación con el otro depende el
carácter más o menos satisfactorio de la estructuración imaginaria.
Semejante esquema ilustra que lo imaginario y lo real actúan al mismo nivel. Para
comprenderlo, basta perfecciónar un poco más el aparato. Supongan que este espejo es un
vidrio. Ustedes se ven en el vidrio y ven los objetos que están más allá. Se trata justamente de
eso: de una coincidencia entre ciertas imagenes y lo real. ¿De qué otra cosa hablamos
cuando evocamos una realidad oral, anal, genital, es decir, cierta relación entre nuestras
imagenes y las imagenes? Hablamos justamente de las imagenes del cuerpo humano, y de la
humanización del mundo, su percepción en función de imagenes ligadas a la estructuración
del cuerpo. Los objetos reales, que pasan por intermedio del espejo y a través de él, están en
el mismo lugar que el objeto imaginario. Lo propio de la imagen es la carga por la libido. Se
llama carga libidinal a aquello por lo cual un objeto deviene deseable, es decir, aquello por lo
cual se confunde con esa imagen que llevamos en nosotros, de diversos modos, y en forma
más o menos estructurada.
Este esquema permite pues la representación de la diferencia- que Freud siempre establece
cuidadosamente, y que a menudo resulta enigmática para los lectores- entre regresión tópica
y regresión genética, arcaica, la regresión en la historia como también se nos enseña a
denominarla.
Según la inclinación del espejo, la imagen en el espejo esférico se obtiene, en forma más o
menos bien lograda, en el centro o en los bordes. Incluso puede concebirse que se la pueda
modificar. ¿Cómo se transforma finalmente la boca originaria en falo? Quizá resultaría más
fácil comprenderlo construyendo con este fin un divertido pequeño modelo de física. Esto
representa que, en el hombre, no puede establecerse ninguna regulación imaginaria,
verdaderamente eficaz y completa, si no es mediante la intervención de otra dimensión. Esto
es lo que busca al menos míticamente, el análisis.
¿Cuál es mi deseo? ¿Cuál es mi posición en la estructuración imaginaria? Esta posición sólo
puede concebirse en la medida en que haya un guía que esté más allá de lo imaginario, a
nivel del plano simbólico, del intercambio legal, que sólo puede encarnarse a través del
intercambio verbal entre los seres humanos. Ese guía que dirige al sujeto es el ideal del yo.
La distinción es absolutamente esencial, y nos permite concebir lo que ocurre en el análisis en
el plano imaginario, y que se llama transferencia.
Para captarla- éste es el mérito del texto de Freud- hay que comprender que es la Verliebtheit,
el amor. EL amor es un fenómeno que ocurre a nivel de lo imaginario, y que provoca una
verdadera subducción de lo simbólico, algo así como una anulación, una perturbación de la
función del ideal del yo. El amor vuelve a abrir las puertas- como escribe Freud sin ambagesa
la perfección.
EL Ich-Ideal, el ideal del yo, es el otro en tanto hablante, el otro en tanto tiene conmigo una
relación simbólica, sublimada, que en nuestro manejo dinámico es a la vez semejante y
diferente a la libido imaginaria. El intercambio simbólico es lo que vincula entre sí a los seres
humanos, o sea la palabra, y en tanto tal permite identificar al sujeto. No hay aquí metáfora: el
símbolo da a luz seres inteligentes, como dice Hegel.
El Ich-Ideal, en tanto hablante, puede llegar a situarse en el mundo de los objetos a nivel del
Ideal-Ich, o sea en el nivel donde puede producirse esa captación narcisística con que Freud
nos machaca los oídos a lo largo de este texto. Observen que en el momento en que se
produce esta confusión, no hay ya ninguna regulación posible del aparato. Dicho de otro
modo, cuando se está enamorado, se está loco, como lo expresa el lenguaje popular. Quisiera
ilustrar aquí la psicología del flechazo. Recuerden a Werther cuando ve por primera vez a
Lotte cuidando un niño. Es una imagen perfectamente satisfactoria del Anlehnungstypus en el
plano anaclítico. Esta coincidencia del objeto con la imagen fundamental para el héroe de
Goethe, desencadena su apego mortal: habrá que elucidar, la próxima vez, por qué ese
apego es fundamentalmente mortal. Esto es el amor. En el amor se ama al propio yo, al
propio yo realizado a nivel imaginario.
Nos matamos intentando resolver este problema: ¿cómo puede producirse la transferencia en
los neuróticos, tan trabados en el plano del amor? La producción de la transferencia tiene un
carácter absolutamente universal, verdaderamente automático, mientras que las exigencias
del amor, por el contrario, son, como todos lo saben, tan específicas... No todos los días
encontramos lo que está hecho de tal modo que pueda brindarnos justo la imagen de nuestro
deseo. ¿Cómo es posible entonces que en la relación analítica la transferencia, de igual
naturaleza que el amor-Freud lo dice en el texto que di a examinar a Granoff-se produzca
incluso antes, puede decirse, que el análisis haya comenzado? Ciertamente, quizá no sea del
todo igual, antes y durante el análisis.
El tiempo pasa y no quiero retenerlos más allá de las dos menos cuarto. Retomaré las cosas
en este punto: ¿Cómo la función de la transferencia, desencadenada casi automáticamente
en la relación analizado/analista- e incluso antes de que ella haya comenzado con la
presencia y la función del análisis- nos permite hacer intervenir la función imaginaria del Ideal
Ich?
Indice del Seminario 1
Jacques Lacan / Los Seminarios de Jacques Lacan / Seminario 1. Los escritos
técnicos de Freud. / Clase 12. Zeitlich-Entwickelungsgeschichte. 7 de Abril de
1954
Zeitlich-Entwickelungsgeschichte
7 de Abril de 1954
La imagen de la muerte. La propia persona del durmiente. El nombre la ley. Del porvenir al
pasado.
Alain señalaba que no se cuentan las columnas en la imagen mental que se tiene del
Panteón. A lo cual, gustosamente, yo habría contestado: excepto el arquitecto del Panteón.
Hénos aquí introducidos, a través de esta puertica, en las relaciones entre lo real, lo
imaginario y lo simbólico.

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