O Seminário, livro 6 - o desejo e sua interpretação (parte 2) | Jacques LACAN

| quinta-feira, 4 de fevereiro de 2010
Hamlet. Cannevas II
11 de Marzo de 1959



Henos aquí, entonces, otra vez en Hamlet no llega allí por azar, aún cuando yo les he dicho que él estaba introducido en este lugar por la fórmula de "ser o no ser" que se había impuesto a nosotros, a propósito del sueño de Ella Sharpe.











Hamlet. Cannevas II
11 de Marzo de 1959



Henos aquí, entonces, otra vez en Hamlet no llega allí por azar, aún cuando yo les he dicho que él estaba introducido en este lugar por la fórmula de "ser o no ser" que se había impuesto a nosotros, a propósito del sueño de Ella Sharpe.

He sido llevado a releer una parte de lo que ha sido escrito do Hamlet en el plano analítico, y también de lo que ha sido escrito antes. Los autores, al menos los mejores, no se entienden bien, sin tener una idea clara de lo anterior, y debo decir que somos llevados más lejos.

Abandonado, de tanto en tanto, a perderme un poco, no sin placer, el problema es el de reunir esto de lo cual se trata, para lo que atañe a nuestro fin preciso, el de dar o devolver su sentido a la función del deseo en el análisis y la interpretación analítica. Está claro que por esto no debemos apenarnos, ya que espero hacerles sentir y darles enseguida aquí mi intención.

Creo que lo que distingue a la tragedia "Hamlet, príncipe de Dinamarca" es, esencialmente, ser la tragedia del deseo.

Hamlet, sin que de eso estemos absolutamente seguros, pero según comprobaciones rigurosas, debería haber sido representada en Londres, por primera vez, durante el invierno de 1601. La primera edición in-quarto, esta famosa edición, ha sido lo que se llama una edición pirata en la época, es decir que no estaba puesta a punto bajo el control del autor, sino falseado en lo que llamaríamos los libretos, a la manera del apuntador.

Esta edición, que es divertida en cuanto a saber estos pequeños trozos de historia literaria, ha sido desconocida hasta 1823, cuando se ha puesto la mano sobre estos ejemplares sórdidos, lo que tiende a que han sido manipulados, llevados probablemente, a representaciones.

Y la edición in-folio, la gran edición de Shakespeare, no ha comenzado a aparecer sino después de su muerte, en 1623, precediendo a la gran edición, donde se encuentra la división en actos. Lo que explica que la división en actos es mucho menos decisiva y clara en Shakespeare, que después. De hecho, no se cree que Shakespeare haya soñado con dividir sus obras en cinco actos.

Esto tiene su importancia, ya que vamos a ver como se repartió esta obra.

El invierno de 1601 es dos años antes de la muerte de la reina Isabel. Y en efecto, se puede considerar aproximadamente que Hamlet, que tiene su importancia capital en la vida de Shakespeare, redobla, si se puede decir, el drama donde esta unión de dos épocas, dos vertientes de la vida del poeta. Ya en tono completamente cambiado, cuando aparece sobre el trono Jacobo I, algo se anuncia, como dice un autor, que quiebra este encanto cristalino del reino de Isabel, de la reina virgen, la que lograra esos largos años de paz milagrosos, al salir de lo que constituye, en la historia de Inglaterra como en muchos países, un período de esos en el cual debía prontamente entrar, con todo el drama de la revolución puritana.

En breve, 1601, se anuncia ya esta muerte de la reina que no se podía, seguramente prever, por la ejecución su amante, el conde de Essex, que se ubica en el mismo año que la obra de Hamlet .

Estos reparos no son en vano para evocar, tanto más que nosotros no somos los únicos en haber tratado de resituar Hamlet en su contexto. Esto que digo acá á no lo he visto remarcado en ningún autor analítico. Estos son, por lo tanto, hechos primeros, que tienen su importancia. Lo que ha sido escrito, en los autores analíticos, no fue dicho aclaratoriamente, y esto no significa que hoy haré la crítica de una especie de interpretación analítica en la línea de Hamlet.

Quiero decir: trato de reencontrar tal o cual elemento, a decir verdad, pese a que se puede decir de ello que se aleja, cada vez más, a medida que los autores insisten en la comprensión del conjunto, la coherencia del texto.

Debo decir también, de nuestra Ella Sharpe, a quien he tomado en cuenta, que en eso, en su texto, verdadero unfinished, que se ha encontrado después de su muerte, el la me ha decepcionado grandemente. Me he dado cuenta de esto porque es significativo. Somos llevados de tal manera en la línea de explicar en consideración a la tendencia que se ve tomada por la teoría analítica, que esto vale la pena resaltarlo.

Pero no vamos a comenzar por esto. Vamos a comenzar por el artículo de Jones, aparecido en 1910 en el Journal of American Psychology, que es una fecha y un monumento que es esencial haber leído. No es fácil conseguirlo actualmente. Y en la pequeña reedición que ha hecho de él Jones, tiene, creo, agregada otra cosa, algunos complementos a su teoría de Hamlet, en este artículo, "The Oedipus complex: an explanation o E Hamlet mystery " (El complejo de Edipo en tanto explicación del misterio de Hamlet).

Agrega como subtítulo "A study on motive" (Un estudio de motivación) . En 1910 Jones aborda el problema magistralmente indicado por Freud, como les he demostrado la última vez, en esa media página sobre la cual se puede decir que, en fin de cuentas, ya está todo, puesto que aún los puntos de horizonte están marcados, a saber, las relaciones de Shakespeare con el sentido del problema que se plantea para él: la significación del objeto femenino. Creo que acá es algo central. Freud lo puntúa al recordar a "Timon de Atenas".

Es una vía en la cual, seguramente, Ella Sharpe ha tratado de engancharse. Ella hizo, de toda la obra de Shakespeare, una especie de vasta oscilación ciclotímica, mostrando allí las obras ascendentes, es decir, que se podrían creer optimistas, las obras donde la agresión va hacia afuera; y aquellas donde la agresión vuelve hacia el héroe o el poeta, aquéllas de la fase descendente. He aquí cómo podríamos clasificar las obras de Shakespeare, así como fecharlas.

No creo que esto sea algo enteramente valorable, y vamos a detenernos, por el momento, en el punto donde estamos, es decir, en principio, en Hamlet, para probar - yo daría, quizás, algunas indicaciones sobre lo que sigue o precede, sobre la Deuxieme Nuit y Troylus and Cressida, porque creo que es casi imposible no tenerlo en cuenta. Esto aclara mucho los problemas que vamos a introducir sobre el único texto de Hamlet.

Con este gran estilo de documentación que carácteriza sus escritos —hay en Jones una solidez, una cierta amplitud de estilo en la documentación que distingue altamente sus contribuciones—, Jones hace una especie de resumen de lo que llama, a justo título, el misterio de Hamlet. De dos cosas, hay una en que ustedes se darán cuenta de la amplitud que ha tomado la cuestión. Para aquéllos que no se han dado cuenta, no voy a repetir acá lo que hay en el artículo de Jones. De una manera o de otra, infórmense.

Es necesario que diga que la masa de los escritos sobre Hamlet es algo sin equivalencia, la abundancia de la literatura es algo increíble. Poro lo que es más increíble aún es la extraordinaria diversidad de interpretaciones que han sido creadas. Quiero decir que las interpretaciones más contradictorias han sucedido, han desfilado a través de la historia, instaurando el problema del problema. A saber, que todo el mundo se encarniza para comprender algo de allí. Y ellas dan los resultados más extravagantes, más incoherentes, más diversos. No se puede decir que esto no fuera excesivamente lejos. Nosotros tendremos que volver allí, en el interior mismo de esto que voy a recordar rápidamente acerca de las vertientes de esta explicación que resume Jones en su artículo.

Mas cercanamente, todo ha sido dicho y, para ir al extremo, hay un Popular Science Monthly, que debe ser una especie de publicación de difusión popular más o menos médica, que ha hecho algo en 1960 que se llama Impediment of Adipous (Los problemas del adiposo). En el final de Hamlet, se nos dice que esta gordo y corto de aliento, y en esta revista hay todo un desarrollo sobre la adiposidad de Hamlet. Hay un tal Winting que, en 1801, ha descubierto que Hamlet era una mujer disfrazada de hombre, cuyo fin a través de toda la obra, era la seducción de Horacio; y que era para alcanzar el corazón de Horacio, que Hamlet manejaba toda la Historia.

Es una historia bastante linda. Al mismo tiempo, no se puede decir que esto no tenga ningún eco para nosotros. Es cierto que las relaciones de Hamlet con las personas de su propio sexo están estrechamente tejidas en la problemática de la obra.

Volviendo a cosas serias, y con Jones, recordamos que estos esfuerzos de la critica son agrupados alrededor de dos versiones. Cuando hay dos versiones, en la lógica, siempre hay una tercera donde, contrariamente a lo que se cree, el cero tercero no está tan excluido y es, evidentemente, el tercero que, en este caso, es interesante. Las dos versiones no han tenido escasos defensores. En la primera versión, están aquellos que han interrogado la psicología de Hamlet. Es evidentemente a quienes pertenece la primacía, y a quienes debemos darles lo más alto de nuestra estima. Reencontramos allí a Goethe, Coleridge que, en sus Lecturas sobre Shakespeare, ha tomado una posición muy carácterística, de la que encuentro que Jones habría podido, quizás, darse cuenta más ampliamente. Porque Jones - cosa curiosa - es, sobre todo, lanzado en un extraordinariamente abundante comentario de lo que ha sido hecho en alemán, que ha sido proliferante y aún prolijo.

Las posiciones de Goethe y de Coleridge no son idénticas. Tienen, sin embargo, un gran parentesco que consiste en poner el acento sobre la forma espiritual del personaje de Hamlet. A grosso modo, digamos que, para Goethe, la acción es paralizada por el pensamiento. Como se sabe, esto tiene larga descendencia. Uno recuerda, y no en vano seguramente, que Hamlet habla vivido un tiempo en Witenberg. Este término reenviando a lo intelectual y sus problemas, a una frecuencia un poco abusiva de Witenberg, representada no sin razón como uno de los centros de cierto estilo deformación de la juventud estudiantil alemana, es una cosa que ha tenido gran resonancia. Hamlet es, en suma, el hombre que ve todos los elementos, todas las complejidades, los motivos de juego de la vida, y que está suspendido, paralizado, sin su acción, por este conocimiento. Es un problema, hablando propiamente, goetheano, y que no ha sido sin retener profundamente, sobre todo, si ustedes agregan allí el encanto y la seducción del estilo de Goethe y de su persona.

En cuanto a Coleridge, en un largo pasaje que no tengo tiempo de leerles, abunda en el mismo sentido, con un carácter mucho menos sociológico, mucho más psicológico. Hay algo, a mi entender, que domina, acá, en todo el pasaje de Coleridge sobre esta cuestión, y que me plazco en retener.

"Es necesario que les confiese que siento en mi algún gusto por la misma cosa". Es lo que designa en él el carácter psicasténico, la imposibilidad de enganchar en una vía y, una vez entrando allí, enganchado, permanecer hasta el fin.

La intervención de la vacilación, los motivos múltiples, es un trozo brillante de psicología que da, para nosotros, lo esencial, el resorte, el jugo de su esencia, en esta nota dicha en el pasaje por Coleridge: después de todo, "tengo algún gusto por esto". Es decir, me reencuentro ahí dentro. El lo confiesa en el pasaje, y no es el único. Se encuentra una nota análoga en alguien que es casi contemporáneo de Coleridge, y que ha escrito cosas notables sobre Shakespeare en sus "Essays on Shakespeare". Es Hazlitt, al cual Jones no le hace caso del todo, injustamente, ya que es alguien que ha escrito las cosas más salientes sobre este tema en la apoca.

Él va más lejos aún. Dice que, en fin de cuentas, hablar de esta tragedia... Ha sido tan manoseada, que apenas podemos saber cómo hacer la crítica de ellas, no más que hasta donde podría describir nuestra propia mirada. Hay otra nota que va en el mismo sentido. Y están acá líneas que tendré en cuenta. Paso bastante rápido a la otra versión, de una dificultad exterior, que ha sido instaurada por un grupo de críticos donde los dos principales son Klein y Werder, que escribieron en el final del Siglo XIX en Berlín. Es más o menos como es to que Jones los agrupa, y tiene razón. Se trata de poner en relieve las causas exteriores de la dificultad en la tarea que Hamlet se ha dado, y das formas que la tarea de Hamlet tenía, la de hacer reconocer a su pueblo la culpabilidad de Claudio, de aquel que, después de haber matado a su padre y esposado a su madre, reina en Dinamarca.

Hay acá algo que no sostiene la critica, porque las dificultades que tendría Hamlet en cumplir su tarea, es decir, en hacer reconocer la culpabilidad de un rey, o bien dos cosas en, una, en intervenir ya de la manera de la cual se trata cuando interviene, por el asesinato y, a continuación, de estar en la posibilidad de justificar este asesinato son, evidentemente, muy fácilmente levantadas por la sola lectura del texto.

Jamás Hamlet se plantea un problema parecido. El principio de su acción, a saber, lo que él debe vengar sobre aquél que es el asesino de su padre, y que, al mismo tiempo, ha tomado su trono y su lugar junto a la mujer que amaba por encima de todo, debe ser purgado por la acción más violenta. Hamlet no es puesto en causa solamente por el asesinato, sino que, creo que les leeré más adelante pasajes que les muestren que se trata de flojo, de cobarde. El transpira sobre la escena, al desesperar por no poder decidirse a esta acción.

Pero el principio de la cosa no acarrea ninguna especie de duda. El no se plantea el menor problema que concierna a la validez de este acto, de esta tarea.

Y más adelante, hay uno llamado Loening, al cual Jones toma mucho en cuenta, que hizo una nota en el mismo período, discutiendo las teorías de Klein y Werder de manera muy decidida.

Señalo que, en el pasaje, está la más calurosa recomendación que Jones aporta sobre las notas. En efecto, cita algunas que parecen fuertemente penetrantes. Pero todo esto no tiene una importancia extraordinaria, ya que la cuestión es, verdaderamente, superada, a partir del momento en que tomamos la tercera posición, aquélla a través de la cual Jones introduje la posición analítica.

Estas lecturas de exposición son necesarias, y deben ser seguidas para que nosotros estemos en el fondo sobre el cual se plantea el problema de Hamlet. La tercera posición es esta: si bien el sujeto no duda un instante de tener una tarea que cumplir, por alguna razón desconoce que esta tarea le repugna. Dicho de otra manera, es en la tarea misma, y no en el sujeto, ni en lo que sucede en el exterior. Es inútil decir que, para lo que sucede en el exterior, él puede tener, de eso, versiones mucho más sutiles que aquélla que yo he comenzado, en principio, a despejar.

Hay, entonces, acá, una posición esencialmente conflictiva en relación a la tarea misma. Y es de esta manera, en suma, muy sólida y que debe, sin embargo, darnos una lección de método, que Jones introduce la teoría analítica. Muestra que la noción del conflicto no es del todo nueva, es decir, la contradicción interna en la tarea ha sido aportada por cierto número de autores que han visto muy bien, como Loening, si nosotros creemos en las citas que Janes da de ello, que se puede tomar el carácter problemático, conflictual de la tarea, en ciertos signos en que no se ha esperado el análisis para apercibirse de su carácter descriptivo. Es decir, la diversidad, la multiplicidad, la contradicción, la falsa consistencia de las razones que puede dar el sujeto al definir esta tarea, por no cumplir con ella en el momento en que ella se le presenta. En suma, la noción del carácter superestructural racionalizado, racionalizante de los motivos que tea el sujeto, había sido ya percibido por los psicólogos mucho antes del análisis. Y Jones sabe valorizarlo, ponerlo de relieve. Solamente se trata de saber dónde gira el conflicto en el que los autores que están en esta vía, no dejan de notar que hay algo que se presenta en primer plano, y una especie de dificultad subyacente que, no siendo, hablando con propiedad, articulada cono inconsciente, es considerada como más profunda y, en paste, no dominada, no completamente elucidada ni percibida por el sujeto.

Y la discusión de Jones presenta esta cualidad totalmente carácterística, lo que, en él, dará una de las marcas de la cual sabe hacer el mejor uso en sus artículos, que han jugado el más grande papel para valorizar frente a un vasto público intelectual, la noción misma de inconsciente. El articula extremadamente que lo que los autores, sutiles, han resaltado, es que el motivo subyacente, contrariamente, para la acción de Hamlet él es, por ejemplo, un motivo de derecho. Es decir, él tiene el derecho de hacer eso.

Y Dios sabe si los autores alemánes no han dejado, sobre todo cuando esto pasaba en pleno período del hegelianismo, de tomar en cuenta toda clase de registros sobre dos cuales Jones tiene buen juego para ironizar (avoir beau jeu: tener buen juego, de cartas), mostrando que, si algo debe entrar en los resortes inconscientes, no son motivos de orden elevado, de un alto carácter de abstracción, haciendo entrar en juego la moral, el Estado, el saber absoluto, sino que debe tener allí algo mucho más radical, más concreto. Y que esto de lo que se trata es, precisamente, eso que Jones va a producir entonces, ya que es más cerca, hacia ese año, que comienzan a introducirse en América los puntos de vista freudianos. Es en este mismo año, que publica un informe sobre los sueños, que Freud da su artículo sobre los orígenes y el desarrollo del psicoanálisis, directamente escrito en inglés, si mal no recuerdo, ya que se trata de las famosas conferencias en la Clark University. Creo que no se puede en un análisis que va, verdaderamente, tan lejos como se puede ir en esto época, que valoriza eso en el texto de la obra en el desarrollo del drama, para mostrar allí la significación edípica, que favorece lo que podemos llamar la estructura mítica de Edipo...

Debo decir que no estamos tan lavados mentalmente como para poder sonreír tan fácilmente, al verlo traer, a propósito de Hamlet, Amphion, Moisés, Faraón, Zoroastro, Jesús, Herodes - todo el mundo llega en el paquete -, y finalmente, lo que es esencial, dos autores que han escrito cerca de 1900, han hecho un "Hamlet en Irán", en una revisión muy conocida, una refrencia al mito de Hamlet en los mitos irahíes que están alrededor de la leyenda de , del cual otro autor ha tomado en cuenta, en una revisión desconocida e inhallable.

Lo importante es que, en la introducción de Jones, en 1910, hay una nueva crítica de Hamlet, y una crítica que va a consistir enteramente, en llevarnos a esta conclusión: "llegamos a esta paradoja aparente, en que el poeta y la audiencia están profundamente conmovidos por sentimientos debidos a un conflicto en el origen del cual ellos no son conscientes - no están enterados, no saben de que se trata".

Pienso que es esencial notar el paso franqueado en este nivel. No digo que éste sea el único paso posible, pero el primer paso analítico consiste en trasformar una referencia psicológica, no en una referencia a una psicología más profunda, sino en una referencia a un arreglo mítico, considerado como teniendo el mismo sentido para todos los seres humanos. Y es necesario algo más, ya que, en Hamlet, que no son, sin embargo Los Kyrosage, las historias de Ciro con Cambises, ni de Perseo con su padre Acrisio. Es otra cosa.

Si hablamos de eso, no es, solamente, porque hubo miles de críticas, sino también porque es interesante ver lo que esto hace de Hamlet.

Ustedes no tienen, de eso, finalmente, ninguna clase idea, ya que acerca de una especie de cosa seguramente curiosa, creo poder decir, después de mi propia experiencia, que es inexpresable en francas. Yo no he visto nunca un buen Hamlet en francés. Ni alguien que represente bien Hamlet, ni un texto que se pueda escuchar. Para aquéllos que leen el texto, es algo para darse vuelta, morder la alfombra, rodar por tierra. Es algo inimaginable. No hay una versión de "Hamlet", ni una réplica fue no selecta en inglés, con un poder de percusión, de violencia, al final, de hecho algo donde, en todo momento, uno está absolutamente estupefacto. Se cree que esta escrito ayer, que no se podía escribir algo como eso hace tres siglos.

En Inglaterra, es decir, donde la obra es representada en su lengua, la representación de Hamlet es siempre un acontecimiento. Yo iría aún más lejos —ya que, después de todo, no se puede medir la tensión psicológica del público, si no es en la taquilla— y diré lo que esto es para los actores, lo que nos enseña doblemente; en principio, porque es, seguramente, claro, que representar Hamlet para un actor inglés, es la culminación de su carrera y, cuando no es la culminación de su carrera, es porque quiere retirarse con felicidad, dando así su representación de adiós, aún cuando su papel consiste en representar al primer sepulturero.

Hay una cosa curiosa: es que, cuando el actor inglés llega a representar Hamlet, lo representa bien. Todos ellos lo representan bien. Una cosa aún más extraña, es que se habla del Hamlet de tal o cual. Hay tantos Hamlet como grandes actores. Evocamos, entonces, el. "Hamlet:" de Garrik, el. Hamlet de Kenns, etc. Esto es, también, algo extraordinariamente indicativo. Pero el punto de convergencia de todo esto, que impresiona particularmente, y que les ruego retener, es que se puede creer, finalmente, que es en razón de la estructura del problema que Hamlet, como tal, plantea a propósito del deseo, a saber, lo que es la tesis que adelante aquí, que Hamlet hace jugar los diferentes planos, el marco mismo en el cual intento introducirles aquí, en el cual viene a situarse el deseo. Es por esto que este lugar está, allí, excepcionalmente bien articulado, tan bien, diría, es de tal manera, cómo cada uno viene allí a encontrar su lugar, llega a reencontrarse allí, que el aparato, el hilo de la obra de Hamlet es esta especie de red, de red de cazador de pájaros en la que el deseo del hombre, en las coordenadas que, justamente, Freud nos descubre, están en relación al Edipo y la castración, y acá esta articulado esencialmente.

Pero esto supone que no es, simplemente, otra edición, otro tiraje del eterno prototipo, drama, conflicto, de la lucha del héroe contra el padre, contra el tirano, contra el buen o mal padre. Acá introduzco cosas que vamos a ver desarrolladas enseguida. Es que las cosas son lanzadas por Shakespeare hasta un punto tal, que lo que es aquí importante, es mostrarnos los carácteres atípicos del conflicto, la manera modificada en que se presenta la estructura fundamental de la eterna saya, que uno reencuentra desde el origen de das edades; en consecuencia, en la función en que, de cierta manera, las coordenadas de este conflicto son modificarlas por Shakespeare de manera de poder hacer aparecer cómo, en estas condiciones atípicas, vienen a jugar todo su carácter más esencialmente problemático, el problema del deseo, en tanto que el hombre no está simplemente poseído, investido sino que este deseo, tiene que situarlo, encontrarlo. Tiene que encontrarlo a costa suya, y a costa de su pesada pena, en el punto de no poder encontrarlo más que en el límite, a saber, en una acción que no puede para él realizarse, más que, a condición de ser mortal.

Esto nos incita a mirar más de cerca el desarrollo la obra. Yo no quisiera hacerles demorar demasiado , es necesario, aún cuando señale, de ella, las principales salientes.

El acto primero concierne a algo que se puede llamar la introducción del problema. Es acá el punto de intersección, de acumulación, de confusión, en que gira la obra; es necesario, aún cuando volvamos a algo simple que es el texto. Vamos a ver que esta composición merece ser retenida, que no es algo que falta ni que vaya a la derecha o a la izquierda.

Como ustedes saben, las cosas se abren sobre una guardia, un relevo de la guardia, en la terraza de Elsinor. Y debo decir que es una de las salidas a escena más magistrales de todas las obras de Shakespeare, ya que torras no son tan magistrales en la salida a escena.

Es en la medianoche que llega a hacerse el relevo, un relevo en que hay cosas muy lindas, muy sorprendentes. Así es que aquellos que llegan para el relevo, preguntan: "¿Quién está ahí?", en tanto esto debería ser al contrario. Es que, en efecto, todo sucede anormalmente. Ellos están todos angustiados por algo que escuchan. Y esta cosa se hace escuchar en más de cuarenta versos.

Entonces, a medianoche, cuando tiene lugar el relevo, una hora suena en un reloj, y aparece el espectro. Y a partir del momento en que el espectro aparece, hemos entrado en un movimiento muy rápido, con bastantes curiosos estancamientos

En seguida, después de la escena en que aparecen el rey y la reina, el rey dice: "El está seguramente a tiempo de dejar nuestro duelo; podemos llorar con un ojo, pero reírnos con el otro", y donde a Hamlet, que esta acá, le aparecen estos sentimientos de rebeldía ante la rapidez del nuevo casamiento de su madre y del hecho de que ella está casada con alguien que, frente a quien era su padre, es un personaje absolutamente inferior.

En todo momento, en los propósito de Hamlet, vemos valorizada la exaltación de su padre como de un ser del cual él dirá, más tarde, que todos los dioses parecían tener, sobre él, impreso su sello, para mostrar hasta dónde podía ser elevada la perfección de un hombre. Es sensiblemente más tarde, en el texto, que esta frase será dicha por Hamlet. Pero desde la primera escena, hay palabras análogas. Es esencialmente en esta especie de traición, y también de caída sentimientos que le inspira la conducta de su madre, este matrimonio àpresurado, dos meses , se nos dice, después de la muerte de su padre -, que Hamlet se presenta. Está acá el famoso diálogo con Horacio: "Economía, economía el asado de los funerales no tendrá tiempo de enfriarse para servir en el banquete de bodas". No tengo necesidad de recordar estos temas célebres.

A continuación, vamos a introducir dos personajes: Ofelia y Polonio, y esto, a propósito de una especie de pequeña reprimenda que Laertes, que es un personaje seguramente importante en nuestra historia de Hamlet, del cual he querido hacer - volveremos allí - alguien que juega cierto papel en relación a Hamlet, en el desarrollo mítico de la historia, y, bien escuchado, se dirige a Ofelia, que es la joven de la cual Hamlet estuvo, como dice él mismo, enamorado, y que actualmente, en el estado en que está, rechaza con muchos sarcasmos.

Polonio y Laertes pasan cerca de esta infeliz Ofelia, pasa darle todos los sermones de la prudencia, para invitarla a desconfiar de este Hamlet.

Llega en seguida la cuarta escena. El reencuentro sobre la terraza de Elsinor, de Hamlet, quien ha sido reunido, por Horacio, con el espectro de su padre. En este reencuentro, él se muestra apasionado, corajudo, ya que no duda en seguir al espectro hacia el rincón donde el espectro lo arrastre, para tener con él un diálogo horripilante. Y subrayo que el carácter de horror esta articulado por el espectro mismo. El no puede revelar a Hamlet el horror y la abominación del lugar en que vive, y de lo que sufre, porque sus órganos mortales no podrían soportarlo. Y le da una consigna, un mandato. Es interesante notar en seguida, que el mandato consiste en que, de cualquier manera en que él se tome de esto, tiene que hacer cesar el escándalo de la lujuria de la reina. Y que, en todo lo demás, él continúe sus pensamientos y sus movimientos. Que no se deje arrastrar a no sé qué excesos concernientes a los pensamientos a propósito de su madre.

Seguramente, los autores han tomado muy en consideración esta especie de desorden extremo de las consignas dadas por el espectro a Hamlet, de tener, en suma, que guardarse de sí mismo en sus relaciones con su madre. Pero hay una cosa en que no parece que haya articulado esto de lo cual se tratarla: que, en suma, de ahora en adelante, y en seguida, es alrededor de una pregunta a resolver: Qué hacer en relación a algo que aparece, aquí, siendo lo esencial, a pesar del horror de esto que está articulado, las acusaciones formalmente pronunciadas por el espectro, contra el personaje de Claudio, es decir, el asesino. Es acá que él revela a su hijo que ha sido muerto por él.

La consigna que da el ghost no es una consigna en sí misma. Es algo que, de aquí en más, pone en primer plano, y como tal, el deseo de la madre. Es absolutamente esencial. Por otra parte, volveremos allí.

El segundo acto está constituido por lo que se puede llamar la organización de la vigilancia alrededor de Hamlet. Nosotros entramos en eso teniendo una especie de pródromos bajo la forma —es bastante divertido, y muestra el carácter de doblete del grupo Polonio-Laertes-Ofelia, en relación al grupo Hamlet-Claudio-Gertrudis— da instrucciónes que Polonio, primer ministro, da a alguien para la vigilancia de su hijo que ha partido a París. El le dice cómo es necesario proceder para informarle sobre su hijo. Hay acá una especie de trocito de bravera del género de las verdades eternas de la policía, sobre lo cual no tengo que insistir. Después intervienen - está ya preparado en el primer acto, Guildenstern y Rosencrantz, que no son, simplemente, los personajes inflados que uno piensa. Son personajes viejos, amigos de Hamlet. Y Hamlet que desconfía de ellos, que los burla, los toma en broma, los confunde y juega con ellos un juego extremadamente sutil, bajo la apariencia de la locura —veremos también lo que quiere decir este problema de la locura o pseudo locura de Hamlet— hace, verdaderamente, un llamado en un momento, a su vieja y antigua amistad, con un tono y un acento que merecen, también ser recalcados, si tuviéramos tiempo, y merece ser retenido, que prueba que él lo hace sin ninguna confianza. No pierde ni en un sólo instante su posición de astucia y de juego, con ellos. Sin embargo, hay un momento en que él puede hablarles sobre esta particular tono.

Rosencrantz y Guildenstern son los vehículos, que llegan a sondearlo para el rey... y es lo que siente Hamlet, que los incita, verdaderamente a confesarle: "¿Esta usted enviado cerca mío? ¿Qué tiene Usted que hacer cerca mío?"

Y los otros están suficientemente estremecidos, para que uno de ellos pregunte al otro: "¿Qué es lo que dice?". Pero esto pasa. Porque siempre pasa de una cierta manera. Es decir que jamas se ha atravesado cierto muro que detendría una situación que aparece esencialmente anudada.

En este momento, Rosencrantz y Guildenstern introducen a los comediantes que han encontrado en el camino, y que Hamlet conoce. Hamlet esta siempre interesado en el teatro, y estos comediantes van a ser acogidos por él de una manera notoria. Acá también, es necesario leer las primeras pruebas que ellos dan de su talento.

Lo importante es que se trata de una tragedia que concierne al fin de Troya, el asesinato de Príamo. Y concerniente a este asesinato, tenemos una escena muy bella en inglés, donde vemos a Pirro suspender un puñal encima del personaje de Príamo, y permanecer así:

So, as a painted tyrant, Pyrrhus stood,
And like a neutral to this will and matter,
Did Nothing


"Es así que, como un tirano en una pintura, Pirro se detiene y, como neutralizado entre su voluntad y aquello que hay que hacer, no hace nada".

Como es uno de los temas fundamentales del asunto, merece ser relevado en esta primera imagen, la de un comediante, a propósito de que va a llegar a nuestro Hamlet la idea de utilizarlos en lo que va a constituir el cuerpo del tercer acto - esto es absolutamente esencial aquello que los ingleses llaman con un término estereotipado "the play scene": el teatro sobre el teatro. Hamlet concluye acá:


"The play"s the thing
Where in I"ll catch the conscience of the king".


Esta especie de ruido de platillos, que termina con las instrucciónes de Hamlet, esta escrita totalmente en versos simples, y donde encontramos esta copla de rimas entre cosa y rey, con todo su valor introductorio. Quiero decir que es ahí debajo, que termina el segundo acto, y que el tercero, que es el tiempo de realizarse the play scene, es introducido. Este monólogo es esencial. Por acá vemos la violencia de los sentimientos de Hamlet, y la violencia de las acusaciones que él dirige hacia sí mismo, por una parte:


"Am I a coward?
Who calls me villain? breaks my pate acrose?
Plucks off my beard, and blows it in my face?
Tweaks me bey the nose? Gives me the lie i" the threat
As deep as the lungs? Who does me this?

Soy un cobarde? ¿Quién me llama villano?
Qué es lo que me demolió la cabeza?
Qué es lo que me arranca la barba, y me la arroja a trocitos a la cara?
Qué es lo que me retuerce la nariz?
Qué es lo me hunde en la garganta hasta el nivel de los pulmones?
Qué es lo que me hace todo esto?

Qué es lo que nos da el estilo general de esta obra, que es para rodar por tierra. Y en seguida, él habla con su padrastro actual:


Swound, I should take it: for it cannot be
But I can pigeon - liver"d and lack gall
To make opression bitter, or are this
I should have fatted all the region Kites
With this slave"s offal.


Nosotros habíamos hablado de esos kites, a propósito del recuerdo de Leonardo Da Vinci. Creo que es una especie de milano. Se trata de su padrastro, y de esta víctima, y de este esclavo hecho para ser, justamente, ofrendado como víctima a las musas.

Y acá comienza una serie de injurias:


Bloody, bawdy villain!
Remorseless, treacherous, lechereus, kindless villain.


"Sangriento, maldito villano, villano!
Sin remordimientos, bajo e innoble villano"


Pero esos gritos, esas injurias, se dirigen tanto a él como a quien escuche el contexto.

Este punto es importante. Es la culminación del segundo acto. Y lo que constituye lo esencial de su texto, es esto que ha visto a los actores llorar, describiendo la triste suerte de Hécuba, ante la cual se recorta en pedacitos su Príamo, como marido. Pero después de haber guardado la posición fija durante largo tiempo, su puñal suspendido, el Pyrrhus adquiere un placer malicioso - es el texto el que nos lo dice:


When she saw Pyrrhus make malicious sport
In mincing with his sword her husband´s limbs,


Para recortar —mincing es, pienso, la misma palabra que emincer en francés (cortar en lonjas)— ante esta mujer que se nos describe muy bien envuelta en yo no sé qué especie de edredón alrededor de sus flancos enjutos, el cuerno de Príamo. El tema se trata acá, totalmente, de Hécuba. Pero qué es Hécuba para estas personas.

He aquí personas que llegan en esto, a este extremo de emoción por algo que no les concierne en nada. Es acá que se desencadena, para Hamlet, este desesperación de no poder sentir nada equivalente. Esto es importante para introducir esto de lo cual se trata, es decir, este play scene en que él da la razón. Como atrapado en la atmósfera, parece percatarse de golpe de esto.

¿Cuál es la razón que le plantea? Seguramente, hay una motivación racional: atrapar la conciencia del rey. Es decir, haciendo jugar esta obra con algunas modificaciones introducidas por sí mismo, percatarse de lo que va a emocionar al rey; hacer que se traicione. Y en efecto, es así que las cosas suceden. En un momento, con un gran ruido, el rey no puede sostenerse más allí. Se le representa de una manera tan exacta el crimen que ha cometido, con comentarios de Hamlet que ha hacho bruscamente: "luz, luz" y que se va de allí con un gran ruido. Y que Hamlet dice a Horacio: "No hay más duda".

Esto es esencial. Y yo no soy el primero en haber planteado, en el registro analítico que es el nuestro, cuál es la función de este play scene. Rank lo ha hecho antes que yo en un libro que se llama "Das Schauspiel von Hamlet", aparecido en la International Psychanalitiche, Imago, en 1928 en Viena- Leipzig (p. 72-75).

La función de este Schauspie ha sido articulada por Rank de cierta manera, sobre la cual habremos de volver. Está claro, de todas maneras, que ella plantea un problema que va más allá de su papel funcional en la articulación de la obra. Muchos detalles muestran que se trata, sin embargo, de saber hasta dónde y cómo podemos interpretar estos detalles.

Es para saber si nos basta hacer esto con lo cual Rank se contenta, es decir, de relevar allí todos los trazos que muestran que, en la estructura misma del hecho de mirar una obra, hay algo que evoca las primeras observaciones para el niño de la cópula parental. Es la posición que toma Rank. No digo que no tenga valor, que sea falsa. Creo que es incompleta y que, en todo caso, merece ser articulada en el conjunto del movimiento, a saber, en esto por lo cual Hamlet trata de ordenar, de dar una estructura, de dar, justamente, esta dimensión que he llamado, en alguna parte, de la verdad disfrazada: su estructura de ficción, en relación a lo cual solamente él busca reorientarse, más allá del carácter o menos eficaz de la para hacer que Claudio se devela, se traicione. Hay algo aquí, y Rank ha tocado un punto justo en lo que concierne a su propia orientación en relación a sí mismo. No hago más que indicarlo, para mostrar el interés de los problemas que están aquí planteados.

Las cosas no van tan simplemente, y el tercer acto no se acaba sin que las consecuencias de esta articulación aparezcan bajo la forma siguiente: El es convocado - Hamlet con toda urgencia cerca de la madre, que, bien escuchado, no puede más - literalmente, las palabras usadas son "speak no more". Y en el curso de esta escena, él ve a Claudio, cuando va hacia el apartamento de su madre. Llegando a arrepentirse, asistimos a toda la escena de la súplica arrepentida de este hombre que se encuentra aquí, en cierta manera, tomado en las redes mismas de aquello que guarda, los frutos de su crimen, y que eleva hacia Dios no sé que súplica, para tener la fuerza de librarse de ella.

Y, tomándolo literalmente, de rodillas y a su merced, sin ser visto por el rey, Hamlet tiene la venganza a su alcance. Es acá que él se detiene con esta reflexión: ahora él no lo enviará al cielo, cuando su padre ha insistido mucho sobre el hecho de que él sufriera todos los tormentos de no sé qué infierno o qué purgatorio. ¿Es que va a enviarlo directamente a la felicidad eterna? Es justamente lo que no es necesario que haga. Y yo diría que este "to be or not to be" que les he introducido la última vez, no es para nada esencial, a mis ojos. Lo esencial está acá. Quiero decir que la razón del hecho de que ha llegado con el padre es, justamente, venir a decirnos que él está fijado para siempre en este momento, este golpe arrojado hacia el final de las cuentas de la vida, que hace que él permanezca, en suma, idéntico a la suma de sus crímenes. Es también frente a esto que Hamlet se detiene con su "to be or not to be".

El suicidio no es tan simple. Nosotros no estamos soñando con él en esto que sucede en el más allá, sino simplemente, que esto de poner punto final a algo, no impide que él permanezca idéntico a todo aquello que él articulaba en el. discurso de su vida, y que acá no hay "to be or not to be", sea lo que fuere el "to be", que permanezca eterno. Es, justamente, también para Hamlet que, estar confrontado con esto, es decir, no ser pura y simplemente el vehículo del drama, aquel a través del cual suceden las pasiones, aquél que, como Etéocle y Polinice, continúa en el crimen aquello que el padre acabó en la castración; es, justamente, porque él se preocupa del "to be" eterno de dicho Claudio, que de una manera seguramente coherente, en efecto, en este momento aún no saca su espada de la vaina.

Esto es, en efecto, un punto clave, un punto esencial. Lo que quiere es escuchar, sorprender al otro en el exceso de sus placeres, dicho de otra manera, en su situación, siempre en relación a esta madre que es acá el punto clave, a saber, este deseo de la madre, y que él va a tener, en efecto, con la madre, esta escena patética, una de las cosas más extraordinarias que se pueden dar, esta escena donde le muestra a ella misma el espejo de lo que es, y donde, entre este hijo que incontestablemente ama a su madre como su madre lo ama , más allá de toda expresión, se produce este dialogo, en el cual él la incita a romper los lazos con aquello que él llama este monstruo condenado del habito. "Este monstruo, la costumbre, que devora toda conciencia de nuestros actos, este demonio del hábito es ángel aún en esto, jugando también para las buenas acciones. Comienza a desprenderte. No te acuestes más - todo esto nos es dicho con una crudeza maravillosa - con Claudio. Verás, esto será cada vez más fácil".

Está acá el punto sobre el cual quiero introducirlos. Hay dos réplicas que me parecen sumamente esenciales. No he hablado mucho aún de la pebre Ofelia. Es alrededor de esto que va a volver. En un momento, Ofelia le dice: "Pero Usted es un muy buen coro", es decir, "Usted comenta muy bien esta obra". El responde:


"I could interpret between you and your love,
if I could... the puppets dallying".


"Yo podría entrar en la interpretación entre usted y nuestro amor, en la medida en que estoy viendo a las doncellas jugar su jueguito". A saber, es de esto que se trata en la escena. Se trata, en todo caso, de algo que sucede entre "you and your love".

De la misma manera, en la escena con la madre, cuando aparece el espectro, en un momento en que, justamente, los reproches de Hamlet van a comenzar a flaquear, él dice:


"O, step between her and her fighting soul;
conceit in weakest bodres strongest works:
Speak to her, Hamlet."


Es decir, que el espectro que aparece acá únicamente para él - porque habitualmente, cuando el espectro aparece, todo el mundo lo ve - viene a decirle: "Deslízate entre ella y su alma, peleando".

"Conceit" es unívoco. Esta empleado todo el tiempo en esta obra, y justamente a propósito de esto que es el alma. El "conceit" es, justamente, el "conceit", el punto del estilo. Y es la palabra que se emplea para hablar del estilo rebuscado. "El conceit opera más poderosamente en los cuerpos cansados. Háblale, Hamlet".

Este lugar que esta siempre demandado por Hamlet para entrar, jugar, intervenir, es algo que nos da la verdadera situación del drama, a pesar de la intervención, llamada significativa. Es significativa para nosotros, ya que, para nosotros, se trata de intervenir "between her and her". Este es nuestro trabajo. "Conceit in weakest bodies strongest works", es al analista que está dirigido este llamado.

Acá, una vez mas, Hamlet flaquea, y abandona a su madre, diciendo: "Después de todo, déjate acariciar, él va a llegar, te va a dar un gran beso sobre la mejilla y te acariciará la nuca". El deja a su madre. La deja, literalmente, escurrir, retornar, si se puede decir, al abandono de su deseo. Y es así como termina este acto, cercano a que, en el intervalo, el infeliz Polonio ha tenido la desgracia de hacer un movimiento detrás del tapizado, y Hamlet le atravesó el cuerpo con la espada.

Llegamos al cuarto acto. Se trata, en este momento, de algo que comienza bastante alegremente, a saber, la caza del cuerpo. Ya que Hamlet ha escondido el cadáver en alguna parte y verdaderamente, se trata, al principio, de una caza del cuerpo que Hamlet tiene el aspecto de encontrar muy divertida. El grita: "Juguemos a esconder el zorro, y todo el mundo después corre". Finalmente, el le dice: "No se fatigue. En quince días Usted comenzaría a sentirlo. Está acá bajo la escalera. No hablemos más de eso."

Hay acá una réplica que es importante, y sobre la cual volveremos:

"The body is with the king, but the king is not with the body.
The king is a thing."


"El cuerpo está con el rey, pero el rey no está con el cuerpo.
El rey es una cosa".


Esto, verdaderamente, forma parte de dos propósitos esquizofrenizantes de Hamlet. Tampoco esto sucede sin poder librarnos de algo en la interpretación. veremos en lo que sigue. El acto es un acto donde suceden muchas cosas, rápidamente: El envío de Hamlet a Inglaterra, su regreso antes de tiempo —se sabe por qué él ha descubierto el florero con las rosas que lo enviaba a la muerte—. Su retorno esta acompañado de cierto drama, a saber, que Ofelia, en el intervalo, se vuelve loca, digamos, por la muerte de su padre. Y probablemente, por otra cosa aún: que Laertes se ha rebelado; ha urdido un pequeño golpe; que el rey ha impedido su revuelta, diciendo que Hamlet es culpable, que no puede decírselo a nadie, ya que Hamlet es demasiado popular, pero se puede suavizar la cosa, haciendo un pequeño duelo trucado, en que perecerá Hamlet.

Es verdaderamente esto lo que va a pasar. La escena del último acto esta constituida por la escena del cementerio. Yo recurriría en seguida al primer enterrador. Todos ustedes tienen más cerca en los oídos, estas palabras estupefacientes que se intercambian entre estos personajes que están cavando la tumba de Ofelia, y que hacen saltar, a cada palabra, un cráneo, uno de los cuales es escogido por Hamlet, haciendo un discurso sobre él.

Ya que hablo de los actores, en memoria del encargado de vestuario, no se ha visto jamas un Hamlet y un primer enterrador que no estuvieran por pelearse. Jamás el primer enterrador ha podido soportar el hecho del que habla Hamlet. Esto es un pequeño trazo que vale la pena ser notado en el pasaje, y que nos muestra hasta dónde puede ir la potencia de las relaciones puestas en juego en este drama.

Llegamos a esto sobre lo cual atraeré vuestra atención la próxima vez: Es después de esta larga y poderosa preparación, que se encuentra, efectivamente, en el quinto acto, ese algo de lo cual se trata, ese deseo siempre vuelto a caer, ese algo agotado, inacabado, inacabable, que hay en la posición de Hamlet.

¿Por qué vamos a verlo de golpe como posible? Es decir, ¿por qué vamos a ver de golpe a Hamlet aceptar, en las condiciones más inverosímiles, el desafío de Laertes?. En condiciones tanto más curiosas el se encuentra, dado que es el paladín de Claudio.

Lo vemos deshacer a Laertes en todos los rounds. Lo toca cuatro o cinco veces, aún cuando se había hecho la apuesta de que lo tocaría, por lo menos, cinco contra doce, y llegar a ensartarse, como está previsto; sobre la punta envenenada, no sin que haya habido una especie de confusión, donde esta punta le vuelve a la mano, y donde también hiere a Laertes. Y es en la medida en que están, los dos, heridos de muerte, que llega el último golpe, que es llevado hacia aquél a quien desde el principio se trata de estaquear: Claudio.

No es por nada que evoqué, la última vez, una especie de cuadro que es el de Ofelia flotando sobre las aguas.

Quisiera proponerles otro cuadro, para terminar nuestro objetivo de hoy. Quisiera que alguien haga un cuadro, donde se viera el cementerio en el horizonte y aquí, el hoyo de la tumba, gente yéndose de allí, como la gente en el fin de la tragedia edípica, dispersándose y cubriéndose los ojos para no ver lo que sucede; a saber, algo en relación a Edipo está un poco más cerca en "El extraño caso del Señor Valdemar".

Aquí es otra cosa; ha sucedido algo a lo cual no hemos atribuido suficiente importancia. Hamlet, que acaba de desembarcar gracias a los piratas que le han permitido escapar al atentado, llega para el entierro de Ofelia.

Para él, primera noticia. El no sabía esto que había sucedido durante su corta ausencia. Laertes quiere desgarrarse el pecho y abalanzarse hacia el agujero, para abrazar una última vez el cadáver de su hermana, clamando en voz alta su desesperación.

Hamlet, literalmente, no sólo no puede tolerar esta manifestación en relación a una muchacha que, como ustedes saben, él ha maltratado mucho hasta acá, sino que se precipita detrás de Laertes: después de haber lanzado un verdadero rugido, grito de guerra, en el cual él dice la cosa más desesperada, concluye, diciendo: "¿Quién lanza estos gritos desesperados a propósito de la muerte de esta joven?"

Y él dice: "Quien grita acá soy yo, Hamlet, el danés". Nunca se ha oído decir que él es danés. A él, los daneses le dan nauseas. De pronto, helo aquí absolutamente revolucionado por algo, de lo cual puedo decir que es, seguramente, significativo, en relación a nuestro esquema.

Es en la medida en que S está acá en cierta relación con a, que ha hecho, de pronto, esta identificación que le hace recobrar, por primera vez, su deseo, en su totalidad.

Esto dura cierto tiempo, en que están en el hoyo, por agarrarse entre ellos. Se les ve desaparecer en él, y, por fin, se los saca para separarlos. Esto sería lo que se vería en el cuadro. Veremos cómo se puede concebir esto que acá quise decir.



índice del seminario 6




































Clase 15. El deseo de la madre.
18 de Marzo de 1959

El deseo de la madre
18 de Marzo de 1959



Los principios analíticos están, sin embargo, por alcanzar su propósito. No es necesario darse prisa. Posiblemente, algunos de entre ustedes creen —pienso que no hay demasiados de esta especie— que estamos lejos de la clínica. Eso no es para nada cierto. Estamos de lleno allí, pues se trata de situar el sentido del deseo del deseo humano—, ese modo de localización al que procedemos sobre eso que es, por otra parte, desde el comienzo, uno de los grandes temas del pensamiento analítico, algo que no podría, de ninguna manera, desviarnos de lo que nos es requerido con más urgencia.

Han sido dichas muchas cosas sobre Hamlet, y he hecho alusión a eso la última vez. He intentado mostrar la densidad de la acumulación de comentarios sobre Hamlet. Me ha llegado, en el intervalo, un documento en pos del cual padecía en mi deseo de perfecciónamiento, a saber, sobre el "Hamlet y Edipo", de Ernest Jones. Lo he leído para darme cuenta de que, en suma, Jones habla tenido su cuaderno al corriente de lo que sucedió desde 1909. Y no es sólo a Loning al que hace alusión como referencia recomendable, sino a Dover Wilson, quien ha escrito mucho sobre Hamlet, y que ha escrito muy bien. En el intervalo, como he leído yo mismo una parte de la obra de Dover Wilson, creo que les he dado, aproximadamente, la sustancia de eso.

Es, más bien, un cierto retroceso que se trataría de tomar ahora en relación a todo eso, a la especulación de Jones, que —debo decirlo— es muy penetrante, en general de otro estilo que todo lo que ha podido ser escrito, agregado sobre el sujeto, en la familia analítica.

Hace observaciones muy justas que quiero, simplemente, retomar en esta ocasión. Hace, en particular, la observación, de simple buen sentido, de que Hamlet no es un personaje real y que, sin embargo, nos plantea preguntas más profundas concernientes al carácter de Hamlet. Esto es, posiblemente, algo que merece que uno se detenga allí un poco más seriamente de lo habitual.

Como siempre cuando estamos en un dominio que concierne, por una parte, A nuestra exploración y, por otra parte, también a un objeto, hay una doble vía a seguir. Nuestro derecho en empeñarnos en cierta especulación fundada sobre la idea que nos hacemos de un objeto...

Es bien evidente que hay cosas, yo diría, a despejar en primerísimo plano, en particular, por ejemplo, que eso de lo que nos ocupamos en las obras de arte, y especialmente en las obras dramáticas, es de los carácteres, en el sentido en que se lo entiende en francés.

Los carácteres, es decir, algo de lo cual suponemos que el autor, poseído de ello en toda su densidad, ha creado un personaje, un carácter, y el supondría emocionarnos por la transmisión de los carácteres de ese carácter. Y por esta única señalización, estaríamos ya introducidos a una especie de realidad supuesta, que estarla más allá de lo que nos es dado en la obra de arte.

Diré que Hamlet tiene ya esta propiedad verdaderamente importante para hacernos sentir hasta qué punto esta visión, no obstante común, que aplicamos a cada instante, espontáneamente, cuando se trata de una obra de arte, es, sin embargo, algo, si no para refutar, al menos para suspender.

Pues de hecho, en toda obra de arte hay dos puntos sobre dos cuales nos podemos enganchar sólidamente como de referencias absolutamente ciertas. Es que no basta con decir, como lo he hecho, que Hamlet es una especie de espejo donde cada uno se es visto a su manera, lector y espectador. Pero dejamos a los espectadores, que son insondables.

En todo caso, la diversidad de las interpretaciones criticas que nos han sido dadas, sugiere que hay allí algún misterio, pues el conjunto de lo que ha sido adelantado, afirmado a propósito de Hamlet es, hablando propiamente, inconciliable, contradictorio. Pienso habérselos mostrado suficientemente la última vez. He articulado que la diversidad de las interpretaciones eran, estrictamente, del orden de al contrario de lo contrario.

También he indicado un poco lo que podría ser el Hamlet para los actores. Es un terreno sobre el cual volveremos más adelante, que es muy significativo. He dicho que Ese era el rol por excelencia y que, al mismo tiempo, se decía el Hamlet de tal, de cual, de tal otro. Es decir que hay tantos actores de una cierta potencia personal, como tantos Hamlet.

Pero esto va más lejos. Algunos han llegado hasta a sostener —en particular, Robertson— en la época del tercer centenario, un poco sostenidos, sin duda, por una especie de "rush" que hubo en ese momento sobre los temas shakespeareanos, la exaltación pasional con la que toda la moda literaria inglesa ha hecho revivir este tema.

Algunos han dado a entender una vía que se oponía, para decir que, estrictamente, Hamlet era el vacío que eso era insostenible, que no había clave alguna de Hamlet, que Shakespeare había hecho lo que habla podido para remendar un tema del que la exploración filológica que ha ido bastante lejos - muestra se sabía que había ya un Hamlet que se atribuye a Kyd, que habría sido representado una docena de años antes de ese otoño de 1601, en el que tenemos casi la certeza de que por primera vez apareció este Hamlet...

Se ha podido llegar hasta a decir —y diré que es luego de eso que termina el primer capitulo del libro de Jones ha sido propiamente hablando articulado, por Grillpazer, que es un dramaturgo austríaco al cual Freud hace una referencia muy importante en la ocasión, y que dice que lo que era la razón misma de Hamlet era su impenetrabilidad, lo que es, sin embargo, bastante curioso como opinión.

Que esto haya podido ser anticipado —no se puede decir que no sea ésta una opinión estrictamente anti-aristotélica, por cuanto que el carácter del héroe en relación a nosotros es del efecto de la comedia y de la tragedia— que todo esto haya podido ser adelantado al sujeto de Hamlet, es algo que tiene su precio.

Es necesario decir que, debajo de esto, hay toda una gama de opiniones que no son equivalentes, que presentan toda una serie de matices concernientes a lo que se puede decir de esto, y que no es lo mismo decir que Hamlet es una pieza fracasada - lo muestra bien que alguien que es nada menos que T.S. Elliot, que para un cierto medio es más o menos el más grande de los poetas ingleses modernos; piense, también él (y lo ha dicho) que Shakespeare no ha estado a la altura de su héroe. Quiero decir que, si Hamlet es alguien que es desigual en su tarea, Shakespeare ha sido, también, desigual en la articulación del rol de Hamlet.

Allí están las opiniones, que, se puede decir, de todas maneras, problemáticas. Se las enumero para llevarlos hacia eso, hacia qué... Eso de lo que se trata —es la opinión más matizada, la que creo aquí más justa— es que hay, en la relación de Hamlet con aquél que lo aprehende, sea como lector, sea como espectador, algo que es del orden de una ilusión.

Es otra cosa que decir que Hamlet es, simplemente, el vacío. Una ilusión, esto no es el vacío. Para poder producir, sobre la escena, un efecto fantasmático del orden de lo que se representarla, si ustedes quieren, mi pequeño espejo cóncavo, con la imagen real que surge y que no puede verse más que desde un cierto ángulo y de un cierto punto, es necesaria toda una maquinaria.

Que Hamlet sea una ilusión, la organización de la ilusión, he ahí algo que no es del mismo orden de ilusión que si todo el mundo sueña a propósito del vacío. Es, sin embargo, importante hacer esta distinción.

Lo que hay allí de seguro, en todo caso, es que todo confirma que hay algo de este orden. Esto da —es el primer punto— la agarradera de la que nos podemos enganchar.

Por ejemplo, alguien que es (falta en el original) que es citado por Jones, se verá en cuáles términos, escribe algo como esto: Encontramos la dificultad más grande, aún con la ayuda de Shakespeare, de comprender a Hamlet; posiblemente, incluso Shakespeare encuentre difícil comprenderlo. Hamlet mismo —se ve que ese pasaje es divertido, el deslizamiento de la pluma o del pensamiento va hacia esto—, Hamlet mismo se encuentra, es muy posible, en dificultad para leer en el corazón y en los motivos de los otros. (Este fin de frase no se refiere ni a nosotros mismos, ni a Shakespeare, sino a Hamlet).

Ustedes saben que Hamlet, todo el tiempo, se libra a ese juego de desmontaje con sus interlocutores, con aquéllos que vienen a interrogarlo, les tiende trampas. Y él es totalmente incapaz de leer sus propios motivos.

Les señalo que, inmediatamente después, Jones, que, justamente, ha comenzado a tomar todas las reservas, diciendo que no es necesario dejarnos arrastrar a hablar de Hamlet como se habla de un personaje real —es en otra parte que es necesario buscar la articulación— y que más allá, debemos hallar a Shakespeare, es la posición tradicional en materia de interpretación analítica, pero creo que contiene algún errar, alguna falacia, sobre la cual luego voy a atraer vuestra atención. Jones hace esta observación y, a continuación, no deja de patinar, él mismo, en algo que se expresa más o menos así: No conozco juicio auténtico que esté en toda la literatura sobre el problema.

En otro lugar, el mismo Jones nos dirá que, en suma, el poeta y el héroe y la audiencia están profundamente conmovidos por los sentimientos que los tocan en su sin-saber (a leur insu).

Hay allí, pues, algo que nos hace palpar la estricta equivalencia de ciertos términos de esta cuestión, a saber, el poeta y el héroe, con algo de lo que es suficiente detenerse un instante para percibirlo. Es que ellos no están allí, verdaderamente, más que por su discurso.

Si se trata de algo que es la comunicación de lo que esta en el inconsciente de aquellos que son adelantados aquí como siendo los primeros términos, a saber, el poeta y el héroe, no se puede decir que esta comunicación de lo inconsciente, en todo caso, pueda concebirse, no esta presentificada aquí por ninguna otra más que por la articulación del discurso dramático.

No hablamos del héroe que, a decir verdad, si me siguen en el camino en el que intento inducirlos, es estrictamente idéntico a esas palabras... Sobre todo, si comenzamos por sentir que lo que hace el más alto valor dramático, en esta ocasión, de ese héroe, es un modo. Allí esta la segunda agarradera a la cual les pido que se tomen. Es del mismo orden que ese lado que se esconde en todo lo que podemos decir de su consistencia. En otros términos, aquí Hamlet deviene la obra ejemplar.

Que el modo sobre el cual una obra nos toca, nos toca, precisamente, de la manera más profunda, es decir, sobre el plano de lo inconsciente, es algo que está enganchado a un arreglo, a una composición de la obra que, sin ninguna duda, hace que estemos interesados muy precisamente a nivel del inconsciente, pero que esto no es en razón de la presencia de algo que realmente soporte frente a nosotros un inconsciente.

Quiero decirles que nosotros no tenemos que habérnoslas, contrariamente a lo que se cree con el inconsciente del poeta... No es esto lo que nos interesa en mayor medida, aunque se pueden encontrar en Hamlet algunas huellas, es por eso que es empleado, en último término, por Ella Sharpe, como les dije la última vez: Ella va a buscar desentrañar (echeniller) de aquí y de allá lo que, en el carácter de Hamlet, puede hacer percibir no sé qué enganche, qué fijación de la metáfora alrededor de temas femeninos, o de temas orales. Les aseguro que, frente al problema que plantea Hamlet, esto es, verdaderamente, aquí, algo que parece secundario, casi pueril, sin perder, naturalmente, interés.

En muchas obras vamos a encontrar, también, algunas huellas bajo este ángulo, algo que puede informarles sobre un autor. Cuando ustedes hacen investigación biográfica sobre el autor, no analizan el alcance de la obra como tal. Y el alcance que toma Hamlet en primer plano para nosotros, es aquel que le da su valor de estructura equivalente a la del "Edipo".

Algo que puede permitir interesarnos en lo más profundo de la trama de lo que, para nosotros, permite estructurar cierto problema, es, evidentemente, otra cosa que tal o cual confesión fugaz. Es evidentemente el conjunto, la articulación de la tragedia en sí misma lo que nos interesa.

Esto es lo que estoy acentuando. Esto vale por su organización, porque instaura planos superpuestos en el interior de lo que puede encontrar lugar la dimensión propia de la subjetividad humana.

Y lo que hace que, si ustedes quieren, en esta maquinaria, o aún, en sus sostenedores (sustentadores) para metaforizar lo que quiero decirles, en la necesidad de cierto número de planos superpuestos, la profundidad está dada en el interior de lo que puede plantearse de la manera más amplia, para nosotros, de la articulación del deseo.

Me hago entender. Digo que si Hamlet —allí está el punto esencial— tiene un alcance privilegiado para nosotros, quiero decir, si Hamlet es e] drama más grande, verdaderamente, o uno de los más grandes dramas de la tragedia moderna, poniendo "Fausto" del otro costado, no es, simplemente, porque hay un Shakespeare tan genial como nosotros lo supongamos. Tal vez concierna a una vuelta de su vida - ya que, evidentemente, también podemos decir que Hamlet es un punto en el que algo sucede en la vida de Shakespeare. Quizá a esto se reduzca todo lo que de esto podemos decir, ya que sabemos de eso que sucedió, la muerte de su padre, y contentarnos con esto, nos hace contentarnos con poca cosa. Y suponemos, también, que, en torno a este acontecimiento ha debido haber allí otras cosas en su vida, ya que el viraje, la orientación, el giro de su producción es, verdaderamente, manifiesto. Antes, no hay otra cosa que esa serie de comedias, o esos dramas históricos son, verdaderamente, dos géneros a los que ha llevado, tanto a uno como al otro, a su más alto grado de belleza, de perfección, de soltura. Hasta allí, es, apenas, un autor con dos grandes especialidades, sobre las cuales juega con una maestría, un brío, una felicidad, que lo coloca en el orden de los autores de éxito. A partir de Hamlet el cielo cambia, y tocamos esas cosas más allá de todos los límites, que no tienen más relación con ninguna especie de canon, que no son más del mismo orden. Después de Hamlet, esta "El rey Lear" y muchas otras cosas aún, hasta llegar a "La tempestad".

Sentimos allí algo totalmente distinto, un drama humano que se desarrolla en otro registro. Es, al fin de cuentas, el Shakespeare joya de la historia de la humanidad y del drama humano, que abre una nueva dimensión sobre el hombre.

Así, pues, algo sucede en aquel momento. ¿Pero es suficiente como para que estemos seguros como para pensar que se trata de esto? Seguramente, en cierta forma. Pero observemos, sin embargo que, si Hamlet es la pieza que más se presenta como un enigma, es muy evidente que no toda pieza que trae problemas es, por lo tanto una buena pieza. Una muy mala pieza puede hacerlo también. Y en una muy mala pieza hay, probablemente, un inconsciente igualmente presente, y aún más presente que lo que puede haber de esto en una buena.

Si somos conmovidos por una obra de teatro, no es a causa de lo que representa un difícil esfuerzo, de eso que en su sin saber un autor deja pasar allí. Es a causa - lo repito - de las dimensiones del desarrollo que ella ofrece en el lugar a tomar por nosotros de eso que, hablando propiamente, encierra en nosotros de problemático nuestra propia relación con nuestro propio deseo.

Y esto no nos es ofrecido de una manera más eminente más que en una pieza que, por cierto lado, realiza al máximo esas necesidades de dimensión, este orden y esta superposición de planos que dan su lugar a eso que debe allí, en nosotros, lograr resonar.

Esto no es porque Shakespeare está en ese momento tomado por un drama personal - si se llevan las cosas al límite, se cree agarrar ese drama personal, y el se esconde; se ha llegado a decir que ése era el drama que estaba en los sonetos, las relaciones con su protector y su amante.

Ustedes saben que se sintió doblemente engañado por parte de su amigo y por parte de su amante. Se ha llegado a decir que el drama de ese momento, probablemente haya sucedido en un período más temprano en la vida de Shakespeare (no tenemos ninguna certeza sobre esta historia, no tenemos más que el testimonio de los sonetos, que él mismo ha elaborado singularmente.

Creo que se trata de otra cosa. El punto último, en Hamlet, de todo lo que podemos soñar que está, en la ocasión, puesto en causa, es la composición de Hamlet.

Sin duda, a esta composición, el autor ha logrado llevarla a ese alto grado de madurez, de perfección, que hace de Hamlet algo que se distingue de todos los pre- Hamlet que hemos podido descubrir con nuestra filología, con una articulación tan singular, tan excepcional, que allí esta, justamente, lo que debe hacerse objeto de nuestra reflexión.

Si Shakespeare ha sido capaz de hacerlo hasta ese grado, es probablemente en razón de un ahondamiento que es tanto más el ahondamiento del métier del autor, que el de la experiencia vivida por un hombre que, seguramente, ha vivido, y cuya vida ha sido dichosa, del cual todo nos indica que su vida no ha transcurrido sin ser atravesada por todas las solicitaciones y todas las pasiones. Que esté allí el drama de Shakespeare detrás de Hamlet, es algo secundario, en vista de lo que compone al estructura de Hamlet.

Es esta estructura la que responde por el efecto de Hamlet, y esto tanto más puesto que Hamlet mismo —como se expresan los autores—, después de todo, es un personaje del que no es por nuestra ignorancia que no conocemos las profundidades. Efectivamente, es un personaje que está compuesto de algo que es el lugar vacío, para situar - pues esto es lo importante nuestra ignorancia.

Una ignorancia situada es otra cosa que algo puramente negativo. Esta ignorancia situada, después de todo, no es otra cosa que, justamente, esta presentificación de lo inconsciente. Ella da a Hamlet su alcance y su fuerza.

Creo haber logrado comunicarles con la mayor cantidad de matices, sin haber excluido nada, sin negar la dimensión propiamente psicológica que está interesada en una pieza como asta, que es una cuestión de eso que se llama psicoanálisis aplicado, aún cuando es totalmente lo contrario en el nivel en el que estamos nosotros. Es de psicoanálisis teórico de lo que se trata, y en relación a la cuestión clínica, es una cuestión de psicoanálisis aplicado...

Hay aquí personas que me escuchan y que tendrán, sin duda, necesidad de que yo diga de esto, al menos, un poco más en cierto sentido en el que me plantearon preguntas. Si verdaderamente Hamlet es lo que les digo, a saber, una composición, una estructura tal que allí el deseo puede encontrar su lugar, suficientemente, correctamente, rigurosamente planteado, para que todos los deseos o, más exactamente, todos los problemas de relación del sujeto al deseo, puedan proyectarse ahí, bastaría, de alguna manera, con leerlo.

Hago, entonces, alusión a la gente que podría plantearme aquí la cuestión de la función del actor. ¿Dónde está la función del teatro, de la representación? Está claro que no es para nada lo mismo leer Hamlet que verlo representado. No pienso que puedan hacerse problemas durante mucho tiempo por esto, y que en la perspectiva que intento desarrollar ante ustedes, concerniente, en suma, a la función del inconsciente - función del inconsciente que he definido como discurso del Otro - no se lo puede ilustrar mejor que en la perspectiva que nos da una experiencia como la de la relación de la audiencia con Hamlet. Está claro que allí, el inconsciente se presentifica bajo la forma del discurso del Otro, que es un discurso perfectamente compuesto. El héroe no esta allí , que por su discurso, del mismo modo que el poeta, muerto hace mucho tiempo, al fin de cuentas. Lo que nos lega es su discurso.

Pero seguramente, esta dimensión que agrega la representación, a saber, los actores que representan este Hamlet, es estrictamente análogo a eso por lo que nosotros mismos estamos interesados en nuestro propio inconsciente. Y si les digo que lo que constituye nuestra relación con el inconsciente es esto por lo que nuestro imaginario, quiero decir, nuestra relación con nuestro propio cuerpo, parece que ignoro la existencia del cuerpo, tengo una teoría del análisis incorpórea (incorporelle); eso es lo que se descubre, al menos, al escuchar la irradiación de lo que articulo aquí a una cierta distancia.

El significante, para decir la palabra, somos nosotros quienes le proveemos el material - es esto mismo lo que yo enseño, y lo que me paso el tiempo diciéndoles -, es con nuestros propios miembros - el imaginario es esto - que hacemos el alfabeto de ese discurso que es inconsciente, y desde luego, en las diversas relaciones, ya que no nos servimos de los mismos elementos para ser tomados en el inconsciente. Y es análogo: el actor presta sus miembros, su presencia, no simplemente como una marioneta, sino con su inconsciente verdaderamente real, a saber, la relación de sus miembros con una cierta historia, que es la suya.

Todos saben que hay buenos y malos actores. Es en la medida —creo— en que el inconsciente de un actor es más o menos compatible con ese préstamo a su marioneta, donde él se presta allí, o no se presta. Esto es lo que hace que un actor tenga más o menos talento, genio e, incluso, que sea más o menos compatible con ciertos papeles - por qué no. Incluso aquéllos que tienen la más extensa gama, después de todo, pueden representar ciertos papeles mejor que otros.

En otros términos, seguramente, el actor está allí. Es en la medida de la conveniencia de algo que, en efecto, bien puede tener la relación más estrecha con su inconsciente, con eso que él tiene que representar para nosotros, que da a eso una punta que agrega, incontestablemente, algo, pero que está lejos de constituir lo esencial de lo que nos es comunicado, la representación del drama. Esto, creo, nos abriría la puerta bastante lejos hacia la psicología del actor. Desde luego, hay leyes de compatibilidad general. La relación del actor con la posibilidad de exhibición, es algo que plantea un problema de psicología particular en el actor, el problema que ha podido ser abordado de la relación entre ciertas texturas psicológicas, y el teatro.

Alguien ha escrito, hace unos años, un artículo que daba esperanzas sobre lo que él llamaba la histeria y el teatro. Lo he vuelto a ver recientemente. Tendremos, posiblemente la ocasión de hablar de él con interés, si no, sin duda, con cierto agrado.

Cerrado este paréntesis, retomamos el hilo de nuestro tema. ¿Cuál es, entonces, la estructura alrededor de la cual se compone la ubicación que es esencial en lo que busco hacerles comprender del efecto de Hamlet?. Esta ubicación de lo interior, en lo interior de lo cual el deseo puede, y debe, tomar su lugar.

En el primer aspecto, vamos a ver que lo que está dado de esto en el registro analítico, comúnmente, como articulación, comprensión de lo que es Hamlet, es algo que tiene la apariencia de ir en ese sentido.

¿Es que les he hecho todas estas observaciones introductorias para reunir las temáticas totalmente clásicas, incluso banales? Verán ustedes que esto no es para nada. Sin embargo, comencemos a abordar las cosas por lo que nos es comúnmente presentado, y no crean que eso es tan simple ni tan unívoco. Y cierta rectitud, es todo eso que, para los autores mismos, es lo más difícil de sostener en el desarrollo de su pensamiento, ya que todo el tiempo hay una especie de fuga, de oscilación, de la que van a ver algunos ejemplos alrededor de lo que voy a enunciarles.

En una primera aproximación, que es aquélla con la cual todo el mundo esta de acuerdo, Hamlet es aquél que no sabía lo que quería, aquél que, amargamente, se detiene en el momento en que ve partir las tropas del joven Fortimbrás, que pasan en un momento en el horizonte de la escena, y que es de golpe impactado por el hecho de que hay gente que va a hacer una gran acción tres veces por nada, por un pequeño pedazo de Polonia, y que van a sacrificar todo, sus vidas, aún cuando él está allí, aún cuando él tiene todo para hacerlo, la causa, la voluntad, la fuerza y los medios, como el mismo lo dice.

He ahí el problema que plantea para cada uno. ¿Por qué no actúa? ¿Por qué ese "will", ese deseo, esta voluntad, es algo que, en él parece suspendida, que, si ustedes quieren, se junta con lo que S. Robert escribe de la histérica?

Unos dicen que él no quiere. El dice que no puede. De lo que se trata es de que él no puede querer.

¿Qué nos dice sobre esto la tradición analítica? Nos dice que todo reposa, en esta ocasión, sobre el deseo por la madre; que ese deseo está reprimido, que ésta es la causa por la que el héroe no podría adelantarse hacia la acción que le es encomendada, a saber, la venganza contra un hombre que es el actual poseedor ilegitimo, ya que criminal, del objeto maternal; y que, si no puede golpear a aquél que está designado en su venganza, es en, la medida en que, él mismo, en suma, habría cometido el crimen que se trata de vengar.

Es —se nos dice— en tanto que, en el fondo, está el recuerdo del deseo infantil por la madre, del deseo edípico del asesinato del padre, es en esta medida que Hamlet se encuentra, de alguna manera, siendo cómplice del actual poseedor, que ese poseedor es, a sus ojos beatus possidens, del que él es cómplice, que él no puede, entonces atacar a ese poseedor sin atacarse a sí mismo. Pero, ¿es esto lo que aquello quiere decir, o bien que él no puede atacar a ese poseedor sin despertar en él el antiguo deseo, es decir, un deseo sentido como culpable, mecanismo que, sin embargo, es más sensible?

Pero después de todo es que esto nos permite, fascinados ante una especie de lazo insondable a un esquema que esta para nosotros rodeado de una especie de carácter intocable, no dialéctico que podríamos decir que todo esto en suma se invierte.

Quiero decir que se podría, por otra parte, si Hamlet se precipitaba inmediatamente sobre su padrastro, decir que encuentra allí, después de todo, la ocasión para calmar su propia culpabilidad, encontrando fuera de el verdadero culpable. Que, sin embargo, para llamar las cosas por su nombre, todo lo lleva a obrar por el contrario, y va en el mismo sentido, pues el padre vuelve del más allá bajo la forma de un fantasma, para dirigir este acto de venganza. De esto no hay ninguna duda. La dirección del superyó está allí, de alguna manera materializada, y totalmente establecido el carácter sagrado de aquél que allí mismo vuelve de ultratumba, con lo que agrega de autoridad su grandeza, su seducción, el hecho de ser la víctima, el hecho de haber sido, verdaderamente, atrozmente desposeído, no solamente del objeto de su amor, sino de su poder, de su trono, de la vida misma, de su salud y de su felicidad eterna.

Está esto y, de aquí en mas, vendría a jugar en el mismo sentido, algo que se podría llamar, en esta ocasión, el deseo natural de Hamlet. Si, en efecto; que él esté separado de la madre es algo que no ha podido sentir aún; que se puede decir, al menos, incontestablemente, que cuenta para él que está fijado a su madre, es la cosa más evidente y más aparente, en Hamlet. Entonces, ese deseo que denomino, en esta ocasión, natural, y no sin intención, pues en el momento en el que Jones escribe su artículo sobre Hamlet, está aún en el deber de defender ante el público esta dimensión de la represión y de la censura y, de todas las páginas que escribe en esta ocasión, tienden a dar un origen social a esta censura.

"Es curioso, de todos modos, (curiously enough) —dice él—, que las cosas que evidentemente están más censuradas por la organización social, sean los deseos más naturales". En verdad, esto plantea una cuestión. Porque después de todo, la sociedad no está organizada para la satisfacción de esos deseos más naturales, si es verdaderamente de la sociedad que surge la dimensión de la represión y de la censura. Esto podría conducirnos un poco más lejos, a saber, que es algo totalmente evidente que las cosas de las que uno jamás parece darse cuenta, las necesidades de la vida, de la vida del grupo, las necesidades sociológicas, no son totalmente exhaustivas para explicar esta especie de prohibición, de donde surge, en los seres humanos, la dimensión del inconsciente.

Esto es tan poco suficiente, que fue necesario que Freud inventara un mito original, pre-social —no lo olviden—para lo que funda a la sociedad, a saber: "Tótem y tabú" puede explicar los principios mismos de la represión. Y el comentario de Jones, en la fecha en la que él lo ha escrito y donde, curiosamente, desgraciadamente, conserva allí esta génesis sociológica de las prohibiciones al nivel de lo inconsciente, exactamente al nivel de la censura, muy exactamente de la fuente del Edipo, es un error de parte de Jones.

Es un error, posiblemente, bastante deliberado, apologético, el error de alguien que quiere convencer, que quiere conquistar cierto público de psicosociólogos; no es para nada algo que no plantea un problema.

Pero volvamos a nuestro Hamlet. Lo vemos, al fin de cuentas, con dos tendencias: la tendencia imperativa que está, para él doblemente dirigida por la autoridad del padre, y el amor que él le dirige; y la segunda, de querer defender a su madre, y de querer guardársela, que debe hacerlo ir en el mismo sentido para matar a Claudio. Entonces, dos cosas positivas - cosa curiosa darían un resultado cero. He encontrado un muy lindo ejemplo, en un momento en el que acababa de romperme la pierna, un encogimiento, más otro encogimiento - el de la pierna - y no hay más encogimiento. Es un buen ejercicio para nosotros, ya que tenemos relación con cosas de este orden.

¿Es esto de lo que se trata? No, no lo creo. Creo, más bien, que nos empeñamos en una dialéctica ilusoria, que nos satisfacemos con algo que, después de todo, sin duda, no se justifica, a saber, que Hamlet está ahí, que es muy necesario explicarlo. Que toquemos, al menos, algo esencial, a saber, que hay una relación que vuelve este acto difícil, que vuelve la tarea repugnante para Hamlet, que lo pone, efectivamente, en un carácter problemático, frente a frente con su propia acción, y que ese sea su deseo; qué de alguna manera, sea ése el carácter impuro de ese deseo el que juega allí el rol esencial, pero sin saberlo Hamlet; que, en cierta forma, es puesto que su acción no es desinteresada, que no está motivada kantianamente, que Hamlet no puede ejecutar su acto, creo que, grosso modo, es aquí, en efecto, que podemos decir algo, pero que es, en verdad, casi hasta accesible teniendo la investigación analítica, y de lo cual tenemos las huellas, el interés de la bibliografía de Jones es el de mostrarlo.

Ciertamente, aún antes de que Freud haya comenzado a articular el Edipo en los escritos de 1880 o 1890, algunos autores lo entrevieron.

Sin embargo, creo que podemos formular analíticamente algo más justo, y llegar más lejos que eso a lo que creo que se reduce lo que ha sido formulado analíticamente sobre ese plano. Y creo que, para hacerlo, no tenemos más que seguir, verdaderamente, el texto de la obra, y darnos cuenta de lo que va a seguir.

Lo que va a seguir consiste en hacerles observar que eso con lo cual Hamlet tiene que habérselas, con lo cual Hamlet se las agarra, es un deseo que debe ser observado, considerado allí donde esta en la obra, es decir, muy diferente, bien lejos del suyo, que es el deseo, no por su madre, sino el deseo de su madre.

No se trata, verdaderamente, más de eso. El punto pivote, aquel sobre el cual sería necesario que yo lea toda la escena con ustedes, es aquél del reencuentro con su madre después de la play scene, la escena de la obra que él hace representar, y con la cual él ha sorprendido la conciencia del rey, y de donde todo el mundo, cada vez más angustiados en relación a las intenciones de Hamlet, se decide a hacerlo llamar, para tener una conversación con su madre.

Esto es todo lo que Hamlet mismo desea. En esta ocasión, dice, él va a revolver el hierro en la herida. Habla de "daga en el corazón" de su madre. Y acontece esta larga escena, que, es una especie de cumbre del teatro. Eso a propósito de lo cual les decía la última vez que esta lectura está en el limite de lo soportable, donde él va a conjurar patéticamente a su madre, a tomar conciencia del punto en el que ella esta - lamento no poder leer toda esta escena, pero háganlo, y como se lo hace en la escuela, lapicera en mano. El le explica: "¡Qué estás haciendo de tu vida! ¡Y además tú no estás en la primera juventud; eso debe calmarse un poco en ti".

Son cosas de este orden las que él le dice en esta lengua admirable. Son cosas que uno no cree poder escuchar de una forma tan penetrante y que responda mejor a que, en efecto, Hamlet es disparado como un dardo para decirle a su madre cosas que están destinadas a abrirle el corazón, y que ella siente como tales. Es decir, que ella misma le dice: "Tú me abres el corazón". Y ella gime, literalmente, bajo la presión.

Es bastante seguro que Hamlet tiene treinta años. Eso puede discutirse, pero puede decirse que hay una indicación en la escena del cementerio, algo de lo que se puede deducir que Hamlet tiene treinta años. La madre tiene, por lo menos, cuarenta y cinco, Hamlet tiene un poquito menos.

Está claro que, si recuerda al pobre Yorik que está muerto hace una treintena de años, y que lo ha besado en los labios, se puede decir que tiene treinta años. Es importante saber que Hamlet no es un jovencito.

Después, él compara a su padre con Hyperion, aquél sobre el que todos los dioses imprimieron su sello. "Y al lado, he aquí esta especie de desecho, un rey de despojos, deshilachado, un escarnio, un malvado, un vil, y es con éste que tú te revuelves en la basura". No se trata más que de eso, y hay espacio para articularlo. Verán ustedes más lejos en eso de lo que se trata. Pero cualquiera que sea, se trata del deseo de la madre, de un conjuro de Hamlet, que es una demanda del tipo: retome cierta vía, domínate, toma —les decía la última vez— la vía de las buenas costumbres. Comienza por no acostarte más con mi tío —las cosas son dichas de esta manera—; y además todos saben —dice— que el apetito viene comiendo, que la costumbre, ese demonio que nos liga a las peores cosas, también se ejerce en el sentido contrario, a saber, aprendiendo en ella a contenerte mejor; esto os será cada vez más fácil.

¿Qué es lo que vemos? La articulación de una demanda que es hecha por Hamlet, manifiestamente en nombre de algo que es del orden, no simplemente de la ley, sino de la dignidad, y que es dirigida con una fuerza, un vigor, una crueldad, incluso, de lo que lo menos que se puede decir, es que esto desencadena mucha más molestia. Luego llega allí, cuando el otro está literalmente jadeante, al punto que uno ha podido preguntarse se la aparición que se produce entonces del espectro - ya que saben ustedes que el espectro reaparece en la escena del dormitorio - no es algo que consiste en decir a Hamlet, sin duda alguna: "Vamos, vamos, ve ahí, continúa", pero también, en cierto punto, para llamarlo al orden, para proteger a la madre contra algo que sería una especie de desborde agresivo, aquél ante el cual la madre misma tembló hace un momento: "¿Es que vas a matarme?, ¿hasta donde vas a llegar?". Entonces, su padre viene a recordarle esto: "Deslízate entre ella y su alma, que está a punto de ceder".

Y llegado este momento del que se trata, hay en Hamlet una recaída que le hace decir: "Y además, después de todo, ahora que te he dicho todo esto, obra a tu antojo, y ve a contarle todo esto al tonto de Claudio. Esto es, que vas a dejarlo darte besuqueos en la mejilla, una cosquilla en la nuca, una caricia en el vientre, y que todo va a terminar, como de costumbre, en el lecho". Esto es, exactamente, lo que es dicho por Hamlet.

Es decir que vemos allí la oscilación entre eso que, en el momento de la recaída del discurso de Hamlet, es algo que esta en las palabras mismas, a saber, la desaparición, la evanescencia de su apelación, en algo que es el consentimiento al deseo de la madre, las armas rendidas ante algo que le parece ineluctable, esto es, que el deseo de la madre retoma aquí, para él, el valor de algo que, de todos modos, y de ninguna manera, podría ser sublevado.

He ido más lentamente aún de lo que podía suponer. Estaré forzado a detener las cosas en un punto que, como ustedes ven, deja ante nosotros el programa del desciframiento de Hamlet, posiblemente, por dos de nuestros encuentros, aún.

Para concluir hoy, voy a intentar mostrarles la relación con lo que estoy articulando en el grafo. Allí donde quiero llevarlos es a lo siguiente: que, más allá del discurso elemental de la demanda, en tanto que i somete a la necesidad del sujeto al consentimiento, al capricho, a la arbitrariedad del Otro como tal, y que, de este modo, estructura la tensión y la intención humana en la fragmentación significante, si lo que sucede más allá del Otro, si el discurso del sujeto que es el que se persigue, en tanto que más allá de esta primera etapa, de esa primera relación al Otro, lo que se trata, para él, de encontrar en ese discurso que lo modela, que lo estructura, es de encontrar, en el interior de esto, lo que el verdaderamente quiere... ya que ésta es la primera etapa y la etapa fundamental de toda localización del sujeto en relación de eso que uno llama su will, su propia voluntad.

Su propia voluntad es, en principio, esta cosa tan problemática, a saber, lo que él desea verdaderamente. Ya que es totalmente claro que, más allá de las necesidades de la demanda, en tanto que ésta divide y fractura a ese sujeto, el reencuentro del deseo en su carácter ingenuo, es el problema con el que tenemos que vérnoslas constantemente.El análisis nos dice que, más allá de esa relación al Otro, esta interrogación del sujeto sobre lo que quiere no es, simplemente, aquélla de ese ganchillo interrogativo que esta dibujado aquí en el segundo plano del grafo; pero que hay debajo de ase, algo para reencontrarse. A saber que, como en el primer piso hay, en alguna parte instalada una cadena significante, que se llama, hablando propiamente, el inconsciente, y que da ya, a esto, su soporte significante, puede encontrarse algo allí.

Hay un código inscripto allí, que es la relación del sujeto a su propia demanda. Hay un registro que ya está instaurado, gracias al cual, ¿qué es lo que puede percibir el sujeto? No como lo que se dice: que su demanda es oral, o anal, o esto, o aquello, pues no es de esto de lo que se trata. Que él este en una cierta relación privilegiada, en tanto que sujeto. Y es por esto que he inscripto así, con cierta forma de demanda, esta línea más allá del Otro, donde se plantea la interrogación del sujeto. Es una línea consciente. Antes de que haya habido análisis y analistas, los seres humanos se han planteado la pregunta, y se la planteaban sin cesar, como en nuestro tiempo, como desde Freud, por saber dónde estaba su verdadera voluntad.

Es por esto que nosotros trazamos esta línea con un trazo pleno. Ella corresponde al sistema de la personalidad, llamado consciente y preconsciente. por ahora no voy a entrar en más detalles.

Pero, ¿qué es lo que el grafo nos indica aquí? Que es, evidentemente, sobre esta línea, que en alguna parte va a situarse la que es del deseo; que este deseo tiene relación con algo que debe situarse sobre la línea de retorno frente a esta línea intencional. En esto que él es el homólogo de la relación del yo (moi) con la imagen.

El grafo nos enseña que ese deseo que, flotando allí en alguna parte, pero siempre en ese más allá del Otro, ese deseo esta sometido a una cierta regulación, a cierta altura, si se puede decir, de fijación que está determinada.¿Determinada por qué? Por algo que aquí se dibuja así: A saber, con una vía de retorno del código del inconsciente hacia el mensaje del inconsciente, sobre el plano imaginario. Que el circuito punteado, llamado también inconsciente, que comienza aquí y que pasa a nivel del mensaje inconsciente S(A/) [A mayúscula barrada], va al nivel del código inconsciente $, frente a la demanda; retorna hacia el fantasma, que es, en otros términos, esencialmente en relación a eso que ordena, sobre esta línea, la altura, la situación del deseo. Y en una vía que es una vía de retorno en relación al inconsciente; pues si ustedes observan cómo está hecho el grafo, verán aquí que el trazo no tiene retorno. Es en ese sentido que se produce el circuito de formación del deseo, a nivel del inconsciente.

¿Qué es lo que podemos articular, incluso, respecto de esto, y ateniéndonos a esta escena de Hamlet frente a su madre? Es esencialmente, que no hay momento en el que, de manera más completa, y de manera, justamente, que más anula al sujeto, la fórmula de que el deseo del hombre es el deseo del Otro, no sea allí sensible, manifiesta, cumplida.

En otros términos, eso de lo que se trata es que, en la medida en que al Otro que el sujeto se dirige, no con su propia voluntad, sino con ésa de la que él es en ese momento el soporte y el representante, a saber, aquélla del padre, y también la de la orden, y además, la del pudor, la decencia - volveré sobre estos términos; no están empleados allí por elegancia; he hecho intervenir ya el demonio del poder, y verán ustedes qué lugar tendrá a continuación -; y que es por lo mismo que él sostiene ante la madre ese discurso más allá de ella misma, y que vuelve a caer allí, a saber, vuelve al nivel estricto de ese Otro ante el cual él no puede más que doblegarse, más que rastrear, si se puede decir... El movimiento de la escena es, más o menos, éste; que más allá del Otro, el conjuro - la súplica del sujeto intenta encontrar en el nivel del código de la ley, y que vuelve a caer, no hacia un punto donde algo lo detenga o se reencuentre él mismo con su propio deseo: él no tiene más deseo.

Ofelia ha sido rechazada, y verán la próxima vez que ésa es la función de Ofelia allí dentro. Pero todo sucede, si ustedes quieren, para esquematizar, como si esta vía de retorno volviera pura y simplemente sobre la articulación del Otro, como si no pudiera recibir allí otro mensaje, que el significado del Otro, a saber, la respuesta de la madre: "Soy esto que soy, conmigo no hay nada que hacer, soy una verdadera genital —en el sentido de primer volumen de La Psychanalyse d'aujourd'hui —, yo no conozco el duelo".

"La comida de los funerales sirve, al día siguiente, para las bodas; economía, economía". La reflexión es de Hamlet. Para ella, ella es una concha abierta. Cuando uno ha partido, llega el otro. Es de esto de lo que se trata.

El drama de Hamlet, la articulación de Hamlet, si es el drama del deseo, es —lo hemos visto a lo largo de esta escena— el drama— por no decirlo, es muy curioso que uno se sirva todo el tiempo de palabras como objetos, pero que la primera vez que se lo encuentra no se lo reconozca—, desde el comienzo hasta el final, no se habla más que de esto: Hay un objeto digno y uno indigno.

"Señora, un poco de limpieza, os lo ruego. Hay, de todos modos, una diferencia entre ese Dios y esta basura". Es de eso de lo que se trata, y nadie ha hablado jamás de la relación de objeto a propósito de Hamlet. Uno queda sorprendido por esto.

Entonces, no se trata más que de esto. El discurso a] cual he hecho alusión, hace un momento, concerniente a lo verdadero, o lo verdadero genital, es un discurso coherente, ya que pueden ustedes leer allí que la carácterística del genital es que tiene el duelo leve. Está escrito en el primer volumen de La Psychanalyse d'anjourd'hui. Es un maravilloso comentario de la dialéctica de Hamlet.

Ahora bien; uno no puede ser sorprendido por esto —voy un poco rápido, porque es necesario que les dé una idea de los horizontes hacia los cuales tiendo - que, si bien es un problema de duelo de lo que se trata, he aquí que vemos entrar, por el intermediario, y ligado al problema del duelo, el problema del objeto.

Lo que, posiblemente, nos permita dar una articulación más a lo que nos es aportado en "Duelo y melancolía", esto es, a saber que, si el duelo tiene lugar y se nos dice que es en razón de la introyección del objeto perdido, para que él sea introyectado hay, posiblemente, una condición previa; ésta es que él esté constituido en tanto que objeto y que, desde ese momento, la cuestión de la constitución en tanto objeto no está, posiblemente; pura y simplemente ligada a la concepción a las etapas co-instintuales como nos son dadas.

Pero hay algo que, de ahora en adelante, nos da el índice de que estamos en el corazón del problema. Es algo sobre lo cual finalice la última sesión, y sobre lo cual se va a desarrollar toda la continuación de nuestros encuentros. Es esto: Es que el punto clave, el punto decisivo a partir del cual Hamlet, si se puede decir, se desboca, ya que,, en efecto, se lo ha observado muy bien, después de haber perdido mucho tiempo, de golpe Hamlet, hecho un tigre, se lanza en un combate que se presenta en condiciones inverosímiles. Tiene que matar a su padrastro. Llega a proponerse sostener por ese padrastro, una especie de apuesta, que va a consistir en esa batalla de florete, sin duda, con un señor del que él sabe que la menor de las cosas, para el, es que, en el momento en que eso sucede, ese señor no lo quiere demasiado bien. Ese no es ni más ni menos que el hermano de Ofelia, quien acaba de poner fin a sus días repentinamente, en una confusión donde no es por nada que el está, él sabe, en todo caso, que ese señor lo quiere. Hamlet ama mucho a ese señor, él se lo dice - y volveremos allí - , y es, sin embargo, con él que va a cruzar los aceros por encargo de la persona que él tiene, en principio, que masacrar. Y en ese momento, se revela un verdadero matador, absolutamente sin precedente. Incluso, él no deja al otro dar una estocada - es una verdadera fuga hacia adelante lo que es allí totalmente manifiesto. El punto sobre el cual Hamlet se desboca es aquél sobre el que he finalizado con mi pequeño cuadro del cementerio y de esa gente que se peleaba en el fondo de una tumba, lo cual es, a pesar de todo, una escena divertida, enteramente de la cosecha de Shakespeare, ya que en los "pre-Hamlet" no hay traza de esto.

¿Qué es lo que sucede, y por qué Hamlet es llevado a meterse allí? Porque e no ha podido soportar ver a otro más que a sí mismo alardear, ostentar, justamente, un duelo desbordante. Las palabras que les digo sería necesario sostenerlas a cada una con una lectura de Hamlet, pero es demasiado largo, por lo que no puedo hacerlo. No hay una sola de esas palabras que no esté sostenida por algo que esta en sustancia en el texto. El lo dice: "No he podido soportar que él haga tanto alarde alrededor de su duelo". Lo explica después, para excusarse por haber sido tan violento.

Es decir, ante lo que ha hecho Laertes, saltar dentro de la tumba para abrazar a su hermana, salta tras él para abrazar a Ofelia. Es necesario decir que uno se hace una idea curiosa de lo que sucede en el interior. Se los he sugerido la última vez con el pequeño cuadro imaginario.

Es —dicho de otra manera— por la vía del duelo, y de un duelo asumido en la misma relación narcisista que hay entre el yo (moi) y la imagen del otro, es en función de eso que se representa, de golpe, en otro, esa relación apasionada de un sujeto con un objeto que está en el fondo del cuadro, la presencia del $ que pone, ante él, un soporte donde este objeto que, para él, está rechazado a causa de la confusión de los objetos, de la mezcla de los objetos. Es en la medida en que algo, de golpe, allí lo engancha, que ese nivel puede, de repente, ser reestablecido, que por un corto instante, va a hacer de él un hombre. A saber, algo que va a hacer alguien capaz, por un corto instante, sin duda alguna, pero un instante que es suficiente para que termine la obra, capaz de batirse, y capaz de matar.

Lo que quiero decirles no es que Shakespeare dijo todas esas lindas cosas. Es que, si ha puesto en alguna parte de la articulación de su obra, algo tan singular como el personaje de Laertes, para hacerlo jugar en el momento culminante, crucial de la obra, ese papel de ejemplo y de soporte hacia el cual Hamlet se precipita en un abrazo apasionado, y de donde sale literalmente otro, ese grito acompañado de comentarios que van de tal forma en el sentido en que les digo que es necesario leerlo, que es allí que se produce, en Hamlet, el momento en que él puede retomar su deseo.

Lo que les prueba que estamos, aquí, en el corazón de la economía de la que se trata. Bien entendido, esto no tiene más que un interés límite, después de todo para mostrarnos hacia qué punto son trazadas las avenidas de la articulación de la obra. Y es en estas avenidas que, a cada instante, nuestro interés está suspendido, es lo que hace nuestra participación en el drama de Hamlet. Bien entendido, no hay otro interés para llegar allí, que porque ha habido cuatro actos antes, que preceden esta escena del cementerio. En esos cuatro actos ha habido otras cosas, que vamos A volver a ver aflora, remontando hacia atrás.

En el primer plano, está el papel de la play scene. ¿Qué es esta representación? ¿Qué es lo que ella quiere decir? ¿Por qué la ha concebido Shakespeare como indispensable? Ella tiene más de un motivo, más de un pretexto, pero lo que intentaremos ver es su pretexto más profundo.

En suma, pienso que han tenido hoy suficientemente indicado en qué sentido de experiencia, de articulación de la estructura, se plantea, para nosotros, el problema del estudio de Hamlet, eso que podemos conservar de utilizable, para nosotros, de esto, cuando lo hayamos terminado; de quedarnos con lo utilizable, como referencia, el deseo, el deseo del neurótico, en cada instante de su incidencia.

Les mostraré ese deseo de Hamlet. Se ha dicho que es el deseo de un histérico. Esto es cierto, probablemente. Es el deseo de un obsesivo, puede decirse. Es un hecho que esta atacado de síntomas psicasténicos, incluso severos. Pero la cuestión no esta allí. En verdad, es las dos cosas. El es, pura y simplemente, el lugar de ese deseo. Hamlet no es un caso clínico. Bien entendido, Hamlet —es más que evidente recordarlo— no es un ser real. Es un drama que permite situar, si ustedes quieren, como una placa giratoria dónde se sitúa un deseo, dónde podemos reencontrar todos los rasgos del deseo; es decir, orientarlo, interpretarlo en el sentida de lo que sucede, en el final de una cura, para el deseo de la histérica: A saber, ese deseo de la histérica está forzado a constituirse. Diré que es por esto que el problema de Hamlet esta más cerca del deseo de la histérica, puesto que, de alguna manera, el problema de Hamlet es el de reencontrar el lugar de su deseo.

Esto se parece bastante a lo que un histérico es capaz de hacer, es decir, crearse un deseo insatisfecho.

Pero también es verdad que es el deseo del obsesivo, en tanto que el problema del obsesivo es el de soportarse sobre un deseo imposible. Esto no es totalmente parecido.

Los dos son verdaderos. Verán ustedes que, por otra parte, hacemos virar de un lado a otro la interpretación de las palabras y de los actos de Hamlet.

Lo que es necesario que ustedes lleguen a comprender es algo más radical que el deseo de tal o cual, que el deseo con el cual ustedes prenden con alfileres un histérico o un obsesivo.

Cuando se denomina histérico al personaje, se dice que cada uno sabe que un histérico es incapaz de amar. Cuando leo cosas como éstas, tengo siempre ganas de decirle al autor: "Y Usted, ¿es usted capaz de amar?". Se dice que un histérico vive en lo irreal. ¿Y él? El médico habla siempre como si él tuviera las botas bien calzadas, las botas del amor, del deseo, de la voluntad y de todo lo que sigue. Es, sin embargo, una posición muy curiosa y, debemos saber, pasado cierto tiempo, que es una posición peligrosa. Es gracias a esto que se toman las posiciones de contratransferencia gracias a las cuales no se comprende nada de la enfermedad con la que tenemos que ver. Es exactamente de este orden que son las cosas. Y es por esto que es esencial articular, situar dónde se ubica el deseo.



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Clase 16. No hay Otro del Otro.
8 de Abril de 1959

No hay Otro del Otro
8 de Abril de 1959



"Que me den mi deseo". Este es el sentido que tendría Hamlet para todos aquéllos, críticos, actores o espectadores, que se apoderan de él. Les he dicho que eso estaba casi cerca de lo excepcional, del genial rigor estructural al cual llega el tema de Hamlet, luego de una elaboración tenebrosa que comienza en los siglos XII y XIII con Saxo Grammaticus, luego continúa con la romanza de la Belleforest y sin duda en un boceto de Kid y, me parece, también, en un boceto del propio Shakespeare, para finalizar en la forma en que lo tenemos nosotros.

Esta forma se carácteriza, ante nuestros ojos, con el método que empleamos aquí, por algo que llamo la estructura y que es, precisamente, en donde intento darles una clave que les permita localizar con exactitud, en esta forma topológica que he llamado grafo y que, quizá, se podría llamar grammo.

Retomemos nuestro Hamlet. Pienso que, luego de las tres veces que les he hablado de esto, ustedes lo habrán leído, al menos, una vez. Intentamos retomar, en ese movimiento a la vez simple y profundamente marcado por todos los rodeos que han permitido a tanto pensamiento humano situarse ahí, el movimiento de Hamlet. Si esto puede ser, a la vez, tan simple y nunca acabado, no es muy difícil de saber por qué. El drama de Hamlet es el encuentro con la muerte.

Otros han insistido —por otra parte, he hecho ya aquí alusión a nuestras aproximaciones precedentes— sobre el carácter que fija, de manera prodigiosa, pertinentemente, la primera escena sobre la terraza de Elsinor, de esta escena, de eso que va a volver y que los centinelas ya han visto una vez. Es el encuentro con el espectro, con esa forma de las profundidades, de la cual no se sabe, aún, lo que ella es, lo que trae, lo que quiere decir.

Vuelvo a las interesantes notas de Coleridge, que son tan lindas, y que se lo encuentra fácilmente. Quiero decirles que, al afirmar que, después de todo, Coleridge no hacia más que reencontrarse ahí, parecía que yo tenla la intención de minimizar lo que él decía. El es el primero que ha sondeado, tanto en otros dominios lo profundo de lo que hay en Hamlet a propósito de esta primera escena. Hume mismo, que estaba totalmente en contra de los fantasmas, creía en éste, decía que el arte de Shakespeare llevaba a hacerle creer a pesar de su resistencia. La fuerza que él desplegaba contra los fantasmas —dice— es parecida a aquélla de un Sansón. Y ahí, el Sansón es derribado.

Si esto es claro, es porque Shakespeare ha rodeado muy de cerca algo que no era el ghost, sino que era, efectivamente, este encuentro no con el muerto, sino con la muerte que, en suma, es el punto clave de esta obra. El ir de Hamlet ante la muerte: es de eso de lo que debemos partir para concebir lo que nos es prometido desde esta primera escena donde el espectro aparece en el momento mismo en que se dice que él ha aparecido: "The bell then beating one". La campana sonando a la una.

Este "one", lo reencontraremos al final de la obra cuando, después del recorrido sinuoso, Hamlet se encuentra muy próximo a hacer el acto que debe, al mismo tiempo, conducir su destino, y donde, de alguna manera, el no avanza sino cerrando los ojos, hacia el cual él debe alcanzar, diciendo a Horacio —y no es en cualquier momento que el termina diciéndole— : "¿Qué es matar a un hombre? El tiempo de decir "one".

Evidentemente, para dirigirse ahí, toma caminos que atraviesa, hace, como se dice, la rabona. Esto me permite pedir prestada una palabra que está en el texto. Se trata de Horacio que, muy modesto y muy gentil, mientras viene a darle su ayuda le dice: "Yo soy aquí un Truant Scholar, yo vagabundeo". Nadie lo cree, pero esto es, en efecto, lo que siempre ha impresionado a los críticos, este Hamlet, él vagabundea. ¡Que no vaya ahí derecho!

En suma, lo que intentamos hacer aquí es profundizar, saber por qué él es así. Lo que nosotros hacemos en este asunto no es un camino lateral. Es una ruta diferente a aquélla seguida por los que han hablado antes que nosotros, pero ella es . diferente en tanto que vuelve a llevar la cuestión, quizá, un poco más lejos. Lo que ellos dicen no pierde, por ello, su alcance. Lo que han notado es lo que Freud ha puesto en seguida en primer plano: es que esta acción en cuestión, la acción de producir la muerte tan presente y, al fin de cuentas, tan breve de ejecutar, le demanda a Hamlet tanto tiempo.

Lo que se nos ha dicho de entrada es que esta acción de producir la muerte encuentra, en Hamlet, el obstáculo del deseo. Este es el descubrimiento, la razón y la paradoja, porque lo que les he mostrado, y que queda del irresoluble enigma de Hamlet, del enigma que intentamos resolver, es, justamente, algo en lo que parece que el espíritu deba detenerse. Es que el deseo en cuestión, porque Este es el deseo descubierto por Freud, el deseo por la madre, el deseo en tanto que suscita la rivalidad con aquél que la posee, ese deseo, ! mi Dios !, debería ir en el mismo sentido que la acción.

Para comenzar a descifrar lo que esto puede llegar a querer decir, pues al fin de cuentas, la función mítica de Hamlet, que hace de él un tema igual al de Edipo, eso que nos aparece, de entrada, es lo que ligamos en el mito, el lazo íntimo que hay, en suma, entre esa muerte por hacer, esa muerte justa, esa muerte que él quiere hacer, no hay conflicto en él de derecho o de orden; por tanto, como lo han sugerido varios autores, ya se los he recordado, los fundamentos de la ejecución de la justicia. No hay ambigüedad en él, entre el orden público, el brazo, de la ley, y las tareas privadas. No hay ninguna duda, para él, que esa muerte está ahí, del todo, con la ley. Esa muerte no hace problema.

Esa muerte no se ejecutará sino cuando Hamlet esté tocado de muerte, en ese corto intervalo que le queda entre esta muerte recibida, y el momento de perderse en ella.

Es, pues, de ahí que es necesario partir. De esta cita, a la cual podemos dar su nombre, a la cual podemos dar. todo su sentido. El acto de Hamlet se proyecta, se sitúa, a su término en la cita, la última y todas las citas, en ese punto en relación al sujeto, tal como nosotros intentamos aquí articularlo, definirlo, al sujeto en tanto no está aún a la luz —su advenimiento es retardado en la articulación propiamente filosófica—, al sujeto tal como Freud nos ha enseñado que él es construido. Al sujeto que no es jamas el soporte universal de los objetos, y de ninguna manera su negativo, su soporte omnipresente; al sujeto en tanto que habla y en tanto está estructurado en una relación compleja con el significante, que es exactamente aquél que nosotros intentamos articular aquí.

Y para representarlo una vez más, si es cierto que el punto entrecruzado de la intención de la demanda y de la cadena significante, se hace la primera vez en el punto A, que nosotros hemos definido como el gran Otro, en tanto que lugar de la verdad, quiero decir, en tanto lugar donde la palabra se sitúa tomando en eso, lugar, instaura este otro orden evocado, invocado, cada vez que el sujeto articula algo, cada vez que habla Y que hace algo que se distingue de todas las otras formas inmanentes de captación en las que, de lo uno por relación a lo otro, nada equivaldría a lo que, en la palabra, instaura siempre este elemento tercero, a saber, este lugar del Otro donde la palabra, incluso falsa, se inscribe como verdad.

Ese discurso para el Otro, esa referencia al Otro, se prolonga más allá, en esto: Que ella es retomada, a partir del Otro, para constituir la pregunta de: "¿Qué es lo que quiero?". O más exactamente, la pregunta que eso propone al sujeto bajo una forma ya negativa: "¿Qué quieres tú?"; la pregunta de lo que, más allá de esta demanda alienada en el sistema de discurso, en tanto que él está ahí, reposando en el lugar del Otro, el sujeto, prolongando su pantalla, se pregunta, ahí, lo que él es como sujeto, y donde él tiene, en suma, que encontrar algo.

Más allá del lugar de la verdad, lo que el genio mismo tiene que encontrar —no de la lengua, sino de la metáfora extrema, que tiende, ante ciertos espectáculos significativos, a formularse— se llama con un nombre que reencontramos aquí en el pasaje: la hora de la verdad.

Pues no olvidemos, en un tiempo donde toda filosofía esta encargada de articular lo que liga el tiempo, al ser, que es completamente simple darse cuenta de que e] tiempo, en la constitución misma, pasado-presente-futuro (aquéllos de la gramática), se retoma en ninguna otra cosa que en el acto de la palabra.

No es estrictamente imposible concebir una temporalidad en una dimensión animal, es decir, en una dimensión del apetito. El "b", "a", "ba" de la temporalidad, exige, incluso, la estructura del lenguaje. Y en este más allá del Otro, en ese discurso que no es discurso para el Otro, sino discurso del Otro, propiamente hablando, en el cual va a constituirse esta línea quebrada de los significantes del inconsciente, en este Otro en el cual el sujeto avanza con su pregunta como tal; a lo que él apunta, en último término, es la hora de este encuentro con él mismo, de este encuentro con su querer, de este encuentro con algo que vamos a intentar formular en último término, y del cual nosotros no podemos, a continuación, dar los elementos, si bien es cierto, incluso, que algunos signos, nosotros los representamos aquí y son, de alguna manera, para ustedes, la referencia, la prefigura, e] estado de eso que nos espera en lo que se puede llamar los pasos, las etapas necesarias de la pregunta.

Notemos, incluso que, si Hamlet, que les he dicho que no es esto o aquello, no es un obsesivo por la buena razón de que él es una creación poética, Hamlet no tiene una neurosis. Hamlet nos muestra la neurosis, y esto es toda otra cosa que serlo. Si Hamlet, por ciertas frases, cuando nosotros nos miramos en Hamlet bajo un cierto reflejo del espejo, nos aparece más cerca de todo de la estructura del obsesivo, es ya en esto que la función del deseo —porque está ah! la pregunta que nos planteamos a propósito de Hamlet— nos aparece, justamente, en esto que es revelador del elemento esencial de la estructura, que es aquél puesto de relieve al máximo por la neurosis obsesiva. Es que una de las funciones del deseo, la función mayor, en e] obsesivo es, a esta hora del encuentro deseado, mantenerla a distancia, esperarla.

Y el empleo del término que Freud ofrece en "Síntoma y angustia", el de Erwartung, la espera en el sentido activo, es, también, hacer esperar. Ese juego con la hora del encuentro, domina esencialmente la relación del obsesivo. Sin duda, Hamlet nos demuestra toda esta dialéctica, todo este despliegue que juega con el objeto, aún bajo otras faces, pero ésta es la más evidente, aquélla que aparece en lo manifiesto y sorprendente, que da el estilo de esta obra, y que ha sido siempre el enigma de ella.

Intentemos ver, ahora, en otros elementos, las coordenadas que nos da la obra. ¿Qué es lo que distingue la posición de Hamlet en relación, en suma, a una trama fundamental? ¿Qué es lo que hace a esta variante del Edipo, tan impresionante, en su carácter de variación? Pues, en fin, Edipo no daba tantas vueltas, como lo ha remarcado Freud en la pequeña nota de explicación, a la cual uno recurre cuando no da pie con hola. A saber, ¡Mi Dios!, todo se degrada, estamos en el período de decadencia de nuestros autores modernos. Nos torturamos miles de veces antes de hacer lo que otros, los buenos, los valientes, los antiguos, hacían directamente. Esto no es una explicación. Esta referencia a la idea de decadencia debe sernos sospechosa. Podemos tomarla por otros lados.

Creo que conviene llevar la pregunta más lejos. Si es verdad que a eso llegaron dos modernos, debe ser por alguna razón. Pero si nosotros somos psicoanalistas, no podemos dar la razón siguiente: ellos no tienen el temple que tuvieron sus padres. Es esencial sobre lo cual yo he atraído vuestra atención: Edipo no tenía que dudar treinta y seis veces antes de hacer el acto. El lo había hecho, incluso antes de pensar, y sin saberlo. La estructura del mito de Edipo está esencialmente constituida por eso.

Es claro y evidente que aquí hay algo, algo que es, justamente, eso por lo cual yo los he introducido, este año —y no es por azar— en esta iniciación al grammo, como llave del problema del deseo. Recuerden ustedes el sueño muy simple del "Principio de placer y de la realidad", el sueño donde el padre muerto aparece. Y les he marcado, sobre la línea superior, la línea de la enunciación en el sueno: El no sabía; esa venturosa ignorancia de aquéllos que están sumidos en el drama necesario que continúa por el hecho de que el sujeto que habla esta sometido al significante . Esta ignorancia esta aquí.

Les hago notar al pasar, que nadie explica el porqué de eso. Pues, en fin, si el padre, adormecido en el jardín, ha sido muerto a causa de que le han vertido en la oreja —como dice Jarry, ese delicado jugo— hebona, parece que la cosa ha debido escapársele, pues nadie nos dice que él ha salido de su sueño para constatar el daño; que las llagas que cubrían 'su' cuerpo no fueron jamás vistas más que por aquéllos que descubrieron su cadáver. Y esto supone que, en el dominio del más allá, él tiene sobre eso informaciones demasiado precisas sobre la manera en que eso sucedió, lo que puede, en efecto, ser una hipótesis de principio. Esto no es algo que nosotros debamos, de entrada, dar por cierto.

Todo esto es para subrayar lo arbitrario de la revelación inicial, de aquélla de la cual habla todo el movimiento de Hamlet. La revelación, por el padre, de la verdad sobre su muerte, distingue esencialmente una coordenada del mito, con respecto a lo que pasa en el mito de Edipo.

Algo es levantado, un velo, aquél que pesa, justamente, sobre la articulación de la línea del inconsciente. Ese velo que, incluso nosotros, intentamos levantar, no sin que él nos de - ustedes lo saben - considerable trabajo. Pues es claro que debe tener alguna función esencial. Diré que está para la seguridad del sujeto. En tanto que él habla, porque nosotros intervenimos para restablecer la coherencia de la cadena significante a nivel del inconsciente, y esto presenta todas las dificultades. Se recibe, de parte del sujeto, toda esa oposición, ese rechazo, esto que llamamos resistencia y que es el pivote de toda la historia del análisis.

Aquí la cuestión está resuelta. El padre sabía, y porque él sabía, Hamlet sabe también. Es decir que él tiene la respuesta y no puede, ahí, sino tener una respuesta. Ella no es expresable, obligatoriamente, en términos psicológicos. Quiero que ésta no sea una respuesta forzosamente comprensible; menos aún que nos atrape, pero no es por esto menos una respuesta completamente fatal. Nosotros intentamos ver qué es esta respuesta. Esta respuesta que es, en suma, el mensaje en el punto donde él constituye en la línea superior, en la línea del inconsciente, esta respuesta que yo he simbolizado para ustedes anteriormente, y no, bien entendido, sin ser forzado en ese hecho a demandarles que me den crédito. Pero es más fácil, más honesto, demandar a alguno de ustedes que me den crédito sobre algo que, de entrada, no tiene ningún sentido; eso no los compromete en nada, quizá en buscarla, lo que deja, sin embargo, una libertad de crearla por ustedes mismos. Esta respuesta, yo he comenzado a articularla bajo la forma siguiente: significante, S. Eso que distingue la respuesta a nivel de la línea inferior -al nivel de la línea inferior, la respuesta es siempre e] significado del Otro, es siempre en relación a esta palabra, que se desarrolla al nivel del Otro y que modula el sentido de lo que hemos querido decir.Pero, ¿quién habrá querido decir eso al nivel del Otro?

Eso es significado al nivel del discurso simple, pero en el nivel del más allá de ese discurso, al nivel de la pregunta que el sujeto se plantea a sí mismo, que quiere decir, al fin de cuentas, ¿qué es lo que ha llegado a ser en todo esto?La respuesta, se las he dado. Es el significante del Otro, con la barra: S(A/) [A mayúscula barrada].

Hay de maneras de comenzar a desarrollar lo que incluye este símbolo. Pero nosotros elegiremos, hoy, una, porque estamos en Hamlet, la vía clara, evidente, patética, dramática, Y es aquello que da valor a Hamlet, que nos es dado acceder al sentido de S(A/) [A mayúscula barrada].

El sentido de lo que Hamlet aprende por ese padre, está ante nosotros muy claro. Es la irremediable, la absoluta, la insondable traición del amor. Del amor más puro, el amor de ese rey que, quizá, como todos los hombres, pudo haber sido un gran pillo, pero que, con ese ser que era su mujer, era aquél que iría hasta evitar que el viento la rozara. Al menos, siguiendo lo que dice Hamlet.

Esto es la máxima falsedad de lo que ha aparecido en Hamlet como el testimonio mismo de la bondad, de la verdad, de lo esencial.

Ahí está la respuesta. La verdad de Hamlet es una verdad sin esperanza. No hay en todo Hamlet, deuda elevación hacia algo que sería más allá redención, readaptación.

Nos ha dicho que el primer encuentro venía de lo más profundo. Esa relación oral, infernal, en este Aqueronte que Freud ha elegido sacudir, a falta de poder doblegar las potencias superiores, es ah! que se sitúa, de la manera más clara, Hamlet. Pera esto, bien visto, no es más que una observación bien simple, evidente, en la cual es bastante curioso ver que los autores, uno no sabe por qué poder —no es necesario alertar a las almas sensibles— no dan a eso casi valor, a propósito de Hamlet. No les doy, después de todo, un camino en el. Orden de lo patético, en el orden de lo sensible, bastante penoso como pueda ser. El debe tener ahí algo donde pueda formularse más radicalmente la razón, el motivo de toda esa elección porque, después de todo, toda conclusión, todo veredicto, por radical que sea toma una forma acentuada en el orden de lo que se llama pesimismo; esto es algo que esta hecho para velarnos eso de lo que se trata.

S(A/) [A mayúscula barrada] eso no quiere decir que lo que sucede a nivel del A no valga nada, o que toda verdad es desfalleciente. Esto es algo que puede hacer reír en los períodos de diversión que siguen a las post-guerras, donde se hace, por ejemplo, una filosofía del absurdo que sirve, sobre todo, en los sótanos .

Intentamos articular algo más serio. Además, S (A/) [A mayúscula barrada] con la barra, ¿qué es lo que eso quiere, realmente, decir? Creo que es el momento de decirlo, aunque, bien en tendido, esto va a aparecer bajo un ángulo muy particular, pero yo lo creo, contingente .

S(A/) [A mayúscula barrada] quiere decir esto: Que si A, el gran Otro, no es un ser, sino un lugar, el lugar de la palabra; S(A/) [A mayúscula barrada] quiere decir que, en ese lugar, la palabra, donde reposa bajo una forma desarrollada, o bajo una forma disfrazada, el conjunto del sistema de los significantes, es decir, de un lenguaje, le falta algo. Algo que no puede ser sino que un significante, ahí, hace falta.

El significante que hace falta al nivel del Otro, y que da su valor, el. más radical, a ese S(A/) [A mayúscula barrada] es éste que es, si puedo decir, el gran secreto del psicoanálisis, eso por lo cual el psicoanálisis aporta algo, por donde el sujeto que habla, en tanto la experiencia del análisis nos lo revela como estructurado, necesariamente de una cierta manera, se distingue del sujeto de siempre, del sujeto al cual una evolución filosófica que, después de todo, puede bien hacernos aparecer en una cierta perspectiva de delirio, fecundo, pero de delirio, en la retrospección.

Esto es el gran secreto. No hay Otro del Otro. En otros términos, para el sujeto de la filosofía tradicional, ese sujeto se subjetiva él mismo indefinidamente.

Si soy en tanto pienso, soy en tanto pienso que soy, y así a continuación. Esto no tiene ninguna razón para detenerse.

La verdad es que el psicoanálisis nos enseña algo totalmente diferente. Es que uno se da cuenta de que no es tan seguro que soy en tanto pienso, y que uno no podría estar seguro más que de una cosa, esto es, que yo soy en tanto pienso que soy, por la simple razón de que, por el hecho de que yo pienso que soy, yo pienso que soy en el lugar del Otro, soy un otro que aquél que pienso que soy. Ahora bien; la cuestión es que yo no tengo ninguna garantía de que ese Otro, por eso que hay en su sistema, pueda devolverme, si puedo expresarme así, lo que yo le he dado: su ser y su esencia de verdad. No hay, les he dicho, Otro del Otro. No hay, en el Otro, ningún significante que, en la ocasión, pueda responder de eso que yo soy.

Y, para decir las cosas de una manera transformada, esta verdad sin esperanza de la cual les hablaba recién, esta verdad que es aquélla que nos reencontramos al nivel del inconsciente, es una verdad sin rostro, es una verdad cerrada, una verdad plegable, en todo sentido. Nosotros lo sabemos demasiado. Es una verdad sin verdad.

Y eso es lo que hace el más grande obstáculo a aquéllos que se aproximan desde afuera a nuestro trabajo y que, ante nuestras interpretaciones, porque ellos no están en la misma vía que nosotros, donde ellas están destinadas a llevar su efecto, que no es sino de una manera manera y tanto estas interpretaciones juegan y resuenan siempre entre estas dos líneas, ellos no pueden comprender de qué se trata en la interpretación analítica.

Ese significante del cual el Otro no dispone, si podemos hablar de eso, es seguro, incluso, que él está, bien entendido, en alguna parte.

Les he hecho este pequeño grafo con el fin de que ustedes no pierdan el norte. Lo he hecho con todo el cuidado que he podido, pero ciertamente, no para acrecentar vuestro embarazo (embarras). Ustedes pueden reconocer ahí donde está la barra, el significante oculto, aquél del cual el Otro no disponía y que es; justamente, aquél que les concierne, esto es lo mismo que hacen entrar en el. juego, en tanto que ustedes, pobres tontos, desde que flan nacido, están tomados en este sacro asunto del logos. Esto es esa parte de ustedes que ahí dentro está sacrificada, y sacrificada no pura y simplemente, psíquicamente, como se dice, realmente) sino simbólicamente, eso que no es nada, esta parte de ustedes que ha tomado función significante, y es por eso que hay de eso una sola y no hay treinta y seis. Es exactamente esta función enigmática que llamamos el falo y que está aquí, ese algo del organismo de la vida, de este empuje o empuje vital, del cual saben que yo no creo que sea necesario usar a tontas y a locas, sino que, una vez bien rodeada, simbolizada, puesta ahí donde ella está y, sobre todo, ahí donde ella sirve, ahí donde efectivamente, en el inconsciente, ella está tomada, toma su sentido. El falo, la turgencia vital, eso con algo de enigmático, de universal, más macho que hembra y, no obstante, del cual la hembra misma puede devenir el símbolo, he ahí de lo que se trata, y eso que, puesto que, en el Otro, no esta disponible, aunque sea, incluso, está la vida que el sujeto haga significante, no llega de ninguna manera a garantizar la significación del discurso del Otro.

Dicho de otra manera, por sacrificada que sea, esta vida no le es devuelta por el Otro.

Esto es porque es de ahí de donde parte Hamlet, de la respuesta de lo dado, que todo el recorrido puede ser, quizá, explorado, que esta revelación radical va a conducirlo a la cita última. Para alcanzarlo, nosotros vamos ahora a re tomar lo que sucede en la obra de Hamlet.

La obra de Hamlet es, como ustedes lo saben, la obra de Shakespeare, y nosotros debemos prestar atención a lo que él ha añadido. Eso estaba, ya, bastante bien explorado, pero es necesario creer que él ofrece— y ahí basta que él lo ofrezca, para que sea tomado —un camino bastante largo a recorrer, para mostrarnos lo que se llama país.

Les he explicado, la última vez, las preguntas que plantea la play scene, la escena de los actores. Volveré ahí. Quisiera introducir, hoy, un elemento esencial, esencial porque concierne a eso a lo cual nosotros nos acercamos después de haber establecido la función de las dos líneas, esto es, eso que gira en el intervalo, eso que, si se puede decir, hace, para el sujeto, la distancia que podría mantener entre las dos líneas, para, ahí, respirar durante el tiempo que le queda de vida, y que es lo que llamamos el deseo.

Les he dicho qué presión, qué abolición, qué destrucción sufre ese deseo, en tanto de eso que se encuentra con algo del. Otro real, de la madre tal como es esta madre, como tantas otras, a saber, ese algo estructurado de alguna cosa que es menos deseo, que glotonería, engullimiento, de algo que es, evidentemente, uno no sabe por qué, pero después de todo qué importa, A ese nivel de la vida de Shakespeare ha sido, para el, una revelación.

El problema de la mujer, por cierto, no ha dejado de ser presentado en toda la obra de Shakespeare, y había tunantes antes que Hamlet, pero también abismales, feroces y tristes, no hay en eso sino que partir de Hamlet.

"Troylus and Cressida", que es una maravilla pura, y a la que , por cierto, no se le ha dado suficiente valor, nos permite, quizá, ir más lejos en eso que Hamlet ha pensado en ese momento. La creación de "Troylus and Cressida" es, creo, una de las más sublimes que se pueda encontrar en la obra dramática. Al nivel de Hamlet y al nivel del dialogo que uno puede llamar el paroxismo de la obra, entre Hamlet y su madre, les he dicho, la última vez, el sentido de ese movimiento de súplica ante la madre, que él esta casi cerca ce lograrlo: "No denigres; la belleza, el orden del mundo, no confundas a Hyperion mismo —es a su padre a quien designa así— con el más abyecto"; y la recaída de esta súplica ante eso que él sabe que es la necesidad fatal de esta suerte de deseo que no nada, que no se detiene ante nada.

Las "ellas" que podría hacerles en este lugar, de lo que es el pensamiento de Shakespeare con respecto a esto, son excesivamente numerosas. No les daré sino esto que he revelado durante las vacaciones, en otro contexto. Se trata de alguien que esta bastante enamorado pero también, hace falta decirlo, es bastante extravagante, un hombre bueno, además. Esto está en "Twelfth Night", "La duodécima noche".

El héroe, dialogando con una joven, quien, para conquistarlo, y sin que nada, en el héroe, el Duque, como se lo llama, pone en duda que sus inclinaciones sean las mujeres - porque es de su pasión de lo que se trata -, se le acerca disfrazada de muchacho, lo que, incluso, es un rasgo singular para darse valor como muchacha, pues ella lo ama. No es por nada que les doy esos detalles. Es porque es un aporte hacia lo cual quiero introducirlos ahora, a saber, la creación de Ofelia. Esta mujer, Viola, es, justamente, anterior a Ofelia. La "Twelfth Night", "La duodécima noche", es de aproximadamente dos años antes que Hamlet., y permite medir la trasformación de lo que sucede en Shakespeare al nivel de sus creaciones femeninas que, como saben, son las más atrayentes, las más cautivantes, las más fascinantes y las más confusas, a la vez, y hacen al carácter inmortalmente poético de toda una cara del genio. Esta muchacha-varón o varón-muchacha es el tipo mismo de creación donde aflora, donde se revela algo que va a introducirnos en eso que va a ser, ahora, nuestro propósito, nuestra continuación, a saber, el rol del objeto en el deseo.

Luego de haber usado la ocasión para mostrar la perspectiva en la cual se inscribe la cuestión sobre Ofelia, he aquí lo que el Duque, sin saber que la persona que está ante él es una joven que lo ama, responde a las preguntas capciosas de la muchacha que, mientras que él se desespera de amor, ella le dice: "¿Cómo puede quejarse? Si alguien que está a su lado, suspirando por vuestro amor, y usted no tiene ninguna gana de amarlo —tal es el caso, es por eso por lo cual sufre él—, ¿cómo podría Usted aceptarlo? No hay que resentirse con los otros por lo que, seguramente, haría Usted mismo".

El., que está ahí ciego y, en el enigma, le dice una importante frase concerniente a la diferencia del deseo femenino y del deseo masculino: "No hay mujer que pueda soportar los embates de una pasión tan violenta como la que domina mi corazón. Ningún corazón de mujer puede soportar tanto. Ellas carecen de esta incertidumbre..."

Y todo su desarrollo es aquél que hace, del deseo, esencialmente, esa distancia que hay, esta relación particular al objeto sostenido corno tal, que es algo que está expresado en el símbolo que ubico aquí (en el grafo) sobre esta línea de retorno de la x del deseo (vouloir). Es la relación $ (a. El objeto en tanto que es, si puedo decirlo, el carril, el nivel donde se sitúa ese lugar que, en el sujeto, propiamente hablando, es el deseo.

Quisiera introducir, ahora, el personaje Ofelia, beneficiándonos de lo que la crítica filológica y textual nos ha aportado en lo concerniente a sus antecedentes. He visto bajo la pluma de no sé qué cretino, un vivo movimiento de buen humor que le sobrevino el día donde, no especialmente precipitado, pues habría debido saberlo desde hacía buen tiempo, él se da cuenta de que, en Belleforest, hay alguien que hace el papel de Ofelia.

En Belleforest están completamente molestos por lo que llega de Hamlet:. El tiene todo el. aspecto de estar loco, pero incluso, uno no está más seguro que de eso; pues si bien es cierto que ese loco sabe bastante bien lo que quiere, y lo que él quiere es eso que no se sabe, esto es, a la vez muchas cosas. Lo que él quiere, eso es la cuestión para todos los que le rodean. Se le envía a una mujer de la vida, destinada a llamarlo desde un rincón del bosque, para captar sus confidencias, mientras que alguien que está escuchando podría saber de eso un poco más. La estrategia fracasa, como conviene a él, gracias al amor de la joven. Lo cierto es que el crítico en cuestión estaba contento al encontrar esta especie de arque-Ofelia, pues hallaba allí la razón de las ambigüedades del carácter de Ofelia.

Naturalmente, no voy a releerles el rol de Ofelia, pero este personaje tan eminentemente patético, conmovedor, del cual se puede decir es una de las grandes figuras de la humanidad, se presenta, como saben, bajo trazos extremadamente ambigüos donde nadie ha podido, jamás, decir aún si ella es la inocencia misma que habla, o que hace alusión misma a sus impulsos carnales con la simplicidad de una pureza que no conoce el pudor o si, al contrario, es una casquivana dispuesta a cualquier cosa. Los textos, en eso, son un verdadero juego de espejos. Se puede encontrar todo ahí. Y, en verdad, uno encuentra, sobre todo, un gran encanto, donde la escena de la locura no lo es menos. La cosa, en efecto, esta completamente clara. Si, por una parte, Hamlet se comporta con ella con una crueldad completamente excepcional, que molesta, que, como se dice, duele, y que la hace sentir como una víctima, por otra parte se ve bien que ella no es la criatura descarnada que la pintura prerrafaélica que yo les evocaba ha hecho de eso. Es completamente otra cosa.

En realidad, uno está. sorprendido de que las prejuicios concernientes al tipo, a la naturaleza, a la significación, a las costumbres, para decirlo todo, de la mujer, estén aún tan fuertemente anclados como para que se pueda, a propósito de Ofelia, plantear una cuestión parecida. Parece que Ofelia es lo que toda jovencita es, haya o no franqueado - después de todo, nosotros no sabemos nada - el paso tabú de la ruptura de su virginidad. Esta cuestión no me parece estar planteada de ninguna manera a propósito de Ofelia.

En este caso se trata de saber por qué Shakespeare ha aportado este personaje, que parece representar una especie de punto extremo sobre una línea curva, que va de las primeras heroínas, muchachas-varones, hasta algo que va a encontrar la fórmula más adelante, pero transformarla bajo otra naturaleza.

Ofelia, que parece ser la cúspide de la creación del tipo de mujer en el punto exacto donde ella misma es ese brote presto a nacer, y amenazado por el insecto devorador, en el corazón mismo del brote.

Esta imagen de vida pronta a nacer, de vida portadora de todas las vidas, es así como, además, Hamlet la califica, la sitúa, para rechazarla: "Serás la madre de pecadores''. Esta imagen, justamente, de la fecundidad vital, esta imagen, para decirlo todo, nos ilustra, creo que más que ninguna otra creación, la ecuación a la cual he tenido en cuenta en mis cursos, la ecuación mujer=falo. Hay, evidentemente, ahí, algo que nosotros podemos reconocer fácilmente.

Si bien no tendré en cuenta cosas que, en verdad, me parecen, simplemente, casualidades, he tenido la curiosidad de ver de dónde venta Ofelia. Y en el artículo de Boissade del Diccionario Etimológico Griego, he visto una referencia griega. Shakespeare no disponía, evidentemente, de los dicciónarios de los que nos servimos nosotros, pero uno encuentra, en los autores de esa apoca, cosas tan asombrosas junto a ignorancias suntuosas, cosas tan penetrantes que anticipan las construcciónes de la crítica más moderna, que bien puedo, en esta ocasión, darles cuenta de lo que está en las notas que he tomado.

Creo que en Homero, si recuerdo bien, hay Ofelia en el sentido de "engordar, hinchar". Ofelia está empleado para esta mutación, esta fermentación vital que hace que algo cambie, se abulte.

Lo más gracioso —aún no se puede hacer de esto una cuestión— es que un autor como Boissade, que filtra severamente el orden de sus cadenas significantes, cree necesario, en el mismo artículo, hacer una expresa referencia a propósito de la forma verbal de Ofelia al Falo.

La confusión de Ofelia (Ophelia) y Falo (Phallos) no tiene, incluso para nosotros, necesidad de nada para aparecer. Ella nos aparece en la estructura. Y lo que el trata de introducir ahora, no es: ¿en qué Ofelia puede ser el Falo?, sino si ella es, como nosotros lo decimos, verdaderamente el falo, la cuestión es: ¿Cómo es que Shakespeare le hace cumplir esta función? Aquí es donde está lo importante. Shakespeare traslada sobre otro plano, lo que viene dado por la leyenda de Belleforest. La cortesana es el cebo destinado a arrancarle su secreto. Y, trasportando esto al nivel superior, que es aquél donde se sostiene la verdadera pregunta, les mostraré, la próxima vez, que Ofelia esta ahí para interrogar el secreto de Hamlet, no en el sentido de los oscuros designios que se trata de hacerle tener para aquellos que la rodean, y que no saben muy bien de qué él es capaz, sino el secreto de su deseo.

En las relaciones con el objeto, Ofelia, en tanto están escondidas en el curso de la obra por una serie de tiempos sobre los cuales nos detendremos, algo se articula, que nos permite asir, de una manera particularmente viviente, las relaciones del sujeto en tanto que habla. Del sujeto, en tanto está sometido a la cita con su destino, con algo que debe tomar, en y por el análisis, otro sentido. Ese sentido alrededor del cual gira el análisis y que no es, para nade, el giro donde aproxima a propósito de este término de objeto tan prevalerte, tan ciertamente mucho más insistente y presente, como no ha sido jamas en Freud. Al punto de que algunos han podido decir que el análisis ha cambiado de sentido, en tanto que la libido, búsqueda de placer, ha devenido, ahora, búsqueda de objeto.

Se los he dicho. El análisis se engancha en una vía falsa, en tanto que, a este objeto, lo articula y lo define de una manera a la que falta su finalidad, que no sostiene eso de lo que se trata verdaderamente en la fórmula S(A/)[A mayúscula barrada] castrado, S sometido a algo que les nombraré la próxima vez, y que aprenderán a descifrar bajo el nombre de fading del sujeto, que se opone a la noción de splitting de objeto, de esa relación de ese sujeto con el objeto, en tanto que tal. ¿Qué es este objeto de deseo?

Un día que no tenía nada de particular, creo que era la segunda sesión de este año, les he hecho una cita de alguien que, espero, alguno de ustedes habría identificado desde entonces, que decía que lo que el avaro lamenta, en la pérdida de su cofre, nos enseñaría, si uno lo supiera, sobre el deseo humano. Es Simon Weil quien lo decía.

Es eso que vamos a intentar ajustar alrededor de este que corre a lo largo de la tragedia, entre Hamlet y Ofelia.



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Clase 17. El objeto de Ofelia.
15 de Abril de 1959

El objeto de Ofelia
15 de Abril de 1959



He anunciado, en resumidas cuentas, que hoy, a modo de señuelo, hablaré de ese señuelo que es Ofelia. Y pienso que voy a cumplir mi palabra.

Ese objeto, ese tema, ese personaje, viene, aquí, como elemento a nuestro propósito, el que seguimos desde hace cuatro de nuestros encuentros, que es el de mostrar, en Hamlet, la tragedia del deseo. De mostrar que si ella puede —hablando con propiedad— ser así calificada, es en la medida en que el deseo humano, el deseo que nos ocupa en el análisis, el deseo que —según el modo de nuestro enfoque a su respecto— podríamos desviar, aún confundir con otros términos, ese deseo no se concibe, no se sitúa sino en relación a las coordenadas fijas en la subjetividad, tal como Freud ha demostrado que fijan a cierta distancia el uno del otro, el sujeto y el significante, lo que pone, al sujeto, en una cierta dependencia del significante como tal.

Eso quiere decir que no podemos dar cuenta de la experiencia analítica, partiendo de la idea de que el significante sería, por ejemplo, un puro y simple reflejo, un puro y simple producto de las llamadas relaciones interhumanas. Y tampoco es sólo un instrumento. Es uno de los componentes iniciales, esenciales de una topología, a falta de la cual se ve al conjunto de los fenómenos reducirse, aplastarse de una forma que no nos permite a nosotros, analistas, dar cuenta de los presupuestos de nuestra experiencia.

He comenzado en ese camino, tomando a Hamlet como un ejemplo de algo que nos denuncia un sentido dramático muy vivo de las coordenadas de esa topología, y que hace que sea a esto que atribuyamos el excepcional poder de cautivar que tiene Hamlet, que nos hace decir que, si la tragedia de Hamlet tiene ese rol prevalente en las preferencias del público crítico, que si ella es siempre seductora para los que se le acercan, ello tiende a algo que muestra que el poeta ha puesto allí, por algún sesgo, algunas percepciones de su propia experiencia. Y todo lo indica en la suerte de vuelco que representa Hamlet en la obra shakespeareana. Vemos también que su experiencia de poeta, en el sentido técnico del término, ha mostrado, poco a poco, el camino.

Es a causa de ciertos desvíos que pensamos poder interpretar aquí, en función de algunas de nuestras marcas (repéres), de aquellas que están articuladas en nuestro gramma, que podemos asir el alcance de ese estudio, ciertamente, muy esencial.

Una peripecia es enganchada de una forma que distingue a la pieza de Shakespeare de las piezas precedentes, o de los relatos de Saxo Grammaticus, de Belleforest, como de piezas sobre las cuales tenemos percepciones fragmentarias. Ese desvío es, ciertamente, aquí, el personaje de Ofelia que, ciertamente, está presente en la historia desde el inicio — Ofelia, se los dije, es la trampa —, desde el origen de la leyenda de Hamlet. Es la trampa donde Hamlet no cae, porque se le advirtió de antemano; también porque el señuelo mismo, a saber, la Ofelia de Saxo Grammaticus, no se presta allí, enamorada como está, desde hace tiempo, nos dice el texto de Belleforest, del príncipe Hamlet. Con esa Ofelia, Shakespeare hace otra cosa. En la intriga puede que no haya hecho más que profundizar esa función, ese rol que tiene Ofelia en la leyenda, destinada, como está, a tomar, a cautivar, a sorprender el secreto de Hamlet. Ella es, quizá, algo que deviene un elemento de los más íntimos del drama de Hamlet que nos ha dado Shakespeare, del Hamlet que ha extraviado la ruta, la vía de su deseo; o ella es un elemento de articulación esencial en ese encaminamiento que hace a Hamlet ir a eso que llamé, la última vez, la hora de su cita mortal, de cumplimiento de un acto que él realiza, en cierto modo, a pesar suyo.

Hoy veremos, todavía más, hasta qué punto Hamlet es la imagen de ese nivel del sujeto donde puede decirse que es en términos de significante puro que el destino se articula, y que el sujeto no es, en cierto modo, sino el reverso de un mensaje que no es el suyo.

El primer paso que hemos dado en esa vía ha sido, pues, articular cómo la pieza, que es el drama del deseo en su relación al deseo del Otro, cómo es dominado por ese Otro que es, aquí, el deseo en la forma menos ambigüa, la madre, es decir, el sujeto primordial de la demanda.

Ese sujeto del que les he mostrado que es el verdadero sujeto omnipotente del que hablamos, siempre en el análisis.

Eso no es la omnipotencia de la mujer, que tiene, en sí, esa dimensión de la cual ella es la omnipotencia llamada omnipotencia del pensamiento. Es de la omnipotencia del sujeto, como sujeto de la primera demanda, que se trata; y es a ella que esa omnipotencia debe ser referida siempre. Se los dije desde nuestros primeros pasos. Se trata de algo, a nivel de ese deseo del Otro que se presenta al príncipe Hamlet, es decir, al tema principal de la obra, la tragedia como tal, el drama de una subjetividad. Hamlet está siempre allí, y uno puede decir, eminentemente, más que en cualquier otro drama.

El drama se presenta de una forma siempre doble, siendo sus elementos, a la vez, ínter e intra subjetivos, pues, en la perspectiva del sujeto, del príncipe Hamlet, ese deseo del Otro, ese deseo de la madre, se presenta, esencialmente, como un deseo que está entre un objeto eminente, entre ese objeto idealizado, exaltado, que es su padre, y ese objeto despreciado, despreciable, que es Claudio, el hermano criminal y adúltero.

Ella no elige, en razón de algo que está presente como del orden de una voracidad instintual, lo que hace que, en ella, ese sacrosanto objeto genital de nuestra reciente terminología, se presente como otra cosa que el objeto de un goce que es, verdaderamente, satisfacción directa de una necesidad.

Esa dimensión es esencial. Ella es la que forma uno de los polos contra los que vacila la súplica de Hamlet a su madre. Se los mostré en la escena donde, confrontado a ella, él le lanza ese llamado hacia la abstinencia en ese momento donde los términos, por otra parte, los más crudos, los más crueles...

El le trasmite el mensaje esencial que el fantasma, su padre, le encargó trasmitir. De golpe, ese llamado encalla y se vuelve, la reenvía al lecho de Claudio, a las caricias del hombre que no dejarán de hacerla ceder una vez mas.

En esa suerte de caída, de abandono del fin de la súplica de Hamlet, encontramos e]. término mismo, el. modelo, que nos permite concebir en qué, a él, su impulso hacia una acción que arde por cumplir, que el mundo entero deviene, para él, vivo reproche de no estar jamás a la altura de su propia voluntad, esa acción cae, del mismo modo que la súplica que él dirige a su madre.

Es, esencialmente, en esa dependencia del sujeto en relación al sujeto otro, que se presenta el acceso mayor, el acento mismo del drama de Hamlet, lo que podemos llamar su dimensión permanente.

Se trata de ver en qué, de una manera más articulada, entrando en un detalle psicológico, que permanecería enigmático, si no estuviera ese detalle sometido a esa visión de conjunto que hace el sentido de la tragedia de Hamlet, cómo eso resuena sobre el nervio mismo de la voluntad de Hamlet, sobre lo que, en mi grafo, es el gancho, el punto de interrogación del "che vuoi?" de la subjetividad, constituida en el Otro.

Es el sentido de lo que tengo para decir hoy.

Lo que podemos llamar el ajuste imaginario de lo que constituye el soporte del deseo, de eso que, frente a un punto indeterminado, un punto variable sobre el origen de la curva, y que representa esa asunción, por el sujeto, de su voluntad esencial, lo que viene a ajustarse sobre algo que está, en cierto modo, enfrente y, de alguna manera, se puede decirlo, inmediatamente al nivel del sujeto consciente, el acabado, el estribo, el término de lo que constituye la pregunta del sujeto, es algo que simbolizamos con ese S/ en presencia de a, y que llamamos el fantasma que, en la economía psíquica, representa algo que ustedes conocen.

Ese algo ambigüo, aún cuando esté, efectivamente, en lo consciente, cuando lo abordamos por una cierta fase, un último término, el que hace al fondo de toda pasión humana, en tanto está marcada por alguno de esos rasgos que llamamos rasgos de perversión.

El misterio del fantasma, en tanto que es, en alguna medida, el último término de un deseo, y que se presenta, siempre, bajo una forma más o menos paradoja!, por haber motivado, hablando propiamente, el rechazo clásico de su dimensión, como sien do del orden del absurdo, y que ese paso esencial que ha sido dado en la época moderna, donde el psicoanálisis constituye el recodo primero que intenta interpretar ese fantasma en tanto perverso, y que no pudo ser concebido, a pesar de que ha estado ordenado a una economía inconsciente, más que si aparece el soporte, en su último término, en su enigma, si puede ser comprendido en función de un circuito inconsciente, donde lo que lo articula, a través de otra cadena significante, profundamente diferente de la cadena que el sujeto comanda, en tanto que es ésa la que está debajo de la primera, y al nivel que precede a la demanda.

Y que ese fantasma intervenga, y también, no intervenga, es en la medida en que algo, normalmente, no llega por esa vía; no vuelve al nivel del mensaje, del significante del Otro que es el módulo, la suma de todas las significaciónes, tal como son adquiridas por el sujeto en el intercambio interhumano, y el discurso completo. Es en tanto ese fantasma pasa, o no pasa, para arribar al mensaje, que nos encontramos en una situación normal o en una situación atípica.

Es normal que por esa vía pase, que quede inconsciente, que sea separado. Es, también, esencial que, en ciertas fases y en fases que se inscriben más o menos en el orden de lo patológico, franquee también ese pasaje.

Daremos su nombre a esos momentos de franqueamiento, esos momentos de comunicación, que no pueden hacerse, como les indica el esquema, sino en un sólo sentido — yo indico esa articulación esencial, porque es para avanzar, en suma, en el manejo de ese aparato que llamamos aquí el gramma, en que estamos aquí.

Vamos a ver, de momento, simplemente, lo que quiere decir, y cómo funciona, en la tragedia shakespeareana, lo que llamé el momento de perturbación del deseo de Hamlet, en tanto que es a esa regulación imaginaria que conviene reportarlo. Ofelia, en este examen, se sitúa a nivel de la letra a, la letra a en tanto que está inscripta en esa simbolización de un fantasma. El fantasma, siendo el soporte, el sustrato imaginario, de algo que se llama, hablando con propiedad, el deseo, en tanto que se distingue de la demanda, que se distingue, también, de la necesidad.

Ese a corresponde a ese algo hacia el que se dirige toda la articulación moderna del análisis, cuando procura articular el objeto y la relación de objeto. Quiero decir, la noción común de la relación de objeto, como lo articula cuando lo articula como lo que estructura, fundamentalmente, el modo de aprehensión del mundo.

Simplemente, en la relación de objeto, tal como nos es explicado comúnmente en la mayoría de los trabajos que le hacen un lugar más o menos grande, ya se trate de un volumen aparecido muy cerca de nosotros, al cual hago alusión como al ejemplo más caricaturesco, o de otros más elaborados, como los de Federn o tal o cual otro; el error y la confusión consisten en esa teorización del objeto en tanto objeto, que se llama objeto pregenital.

Un objeto genital está, también, especialmente en el interior de las diversas formas del objeto pregenital, y de las diversas formas del objeto anal, etc. Es eso, precisamente, lo que les es materializado sobre ese esquema, en eso que es tomar la dialéctica del objeto, por la dialéctica de la demanda.

Y esa, confusión es explicable, porque, en los dos casos, el sujeto se encuentra, él mismo, en un momento, en una postura en su relación con el significante, que es la misma. El sujeto está en posición de eclipse.

Bien que, en los dos puntos de nuestro grafo (gramme), se trate del código al nivel del inconsciente , es decir, de la serie de relaciones que hay con cierto aparato de la demanda; o que se trate de la relación que lo constituye de un modo privilegiado en una cierta postura, también definida por su relación al significante frente a un objeto a; en los casos, el sujeto está en posición de eclipse. Está en esa posición que comencé a articular, la última vez, bajo el término de fading.

He elegido ese término por todo tipo de razones filológicas, etc., y también porque se volvió familiar a propósito de la utilización de nuestros aparatos de comunicación. El fading es, exactamente, lo que se produce en un aparato de comunicación, de reproducción de la voz, cuando la voz desaparece, se desvanece, para reaparecer al capricho de cualquier variación, en el soporte mismo de la transmisión.

Es, pues, en tanto que el sujeto está en un momento de verdadera oscilación que lo carácteriza naturalmente, vamos a dar su soporte y sus coordenadas reales a eso que no es sino metáfora— , ante la demanda y ante objeto, que la confusión puede producirse y que, de hecho, lo que se llama relación de objeto es, siempre, relación del sujeto en ese momento privilegiado de fading del sujeto, no a los objetos, como se dice, sino a los significantes de la demanda.

Y que la demanda queda fija es al modo, al aparato significante, que corresponde a los diferentes tipos, oral, anal y otros, que podemos articular algo que, en efecto, tiene una suerte de correspondencia clínica.

Pero hay un gran inconveniente en confundir lo que es relación al significante con lo que es relación al objeto, porque ese objeto es otro; porque ese objeto, en tanto objeto de deseo, tiene otro sentido, porque todo tipo de cosas hacen necesario que no desconozcamos que daríamos todo su primitivo valor determinante, como lo hacemos, a los significantes de la demanda, en tanto que son significantes orales, anales — con todas las subdivisiones, todas las diferencias de orientación y polarización que puede tomar ese objeto, en tanto tal, en relación al sujeto, lo que la relación de objeto tal como es aflora articulada, desconocería, justamente, esa correlación al sujeto que esta expresada, también, en tanto que el sujeto está marcado por la barra.

Es lo que hace que el sujeto, aún cuando lo consideremos en los estadios más primitivos del período oral, tal como, por ejemplo, lo ha articulado, de una forma de otro modo próxima, de otro modo, rigurosa, exacta, Melanie Klein — nos encontramos, véanlo, en el texto mismo de Melanie Klein, en presencia de ciertas paradojas, y que tales paradojas no están inscriptas en la pura y simple articulación que se puede hacer del sujeto, como siendo puesto frente al objeto correspondiente a una necesidad, especialmente, el pezón, el seno, en la ocasión.

La paradoja aparece en que, desde el origen, otro significante enigmático se presenta en el horizonte de esta relación. Eso es puesto en evidencia perfectamente en Melanie Klein, que, en esto, no tiene otro mérito que el, de no hesitar en fundar, en ratificar lo que encuentra en la experiencia clínica, y que, carente de explicación, de contentarse con explicaciones. bien pobres. Pero seguramente, ella testimonia que el falo está ya allí como tal.

Ella hace de él desde el inicio, de ese objeto primordial que es, a la vez, el mejor y el peor, eso alrededor del cual van a girar todos los avatares del período tanto paranoide como depresivo.

No hago aquí sino indicar, recordar, lo que pude articular, antes, a propósito de ese $ por cuanto nos interesa, no en cuanto confrontado, puesto en relación con la demanda, sino con ese elemento que, este año, vamos a tratar de estrechar más de cerca, que está representado por el a. El a, objeto esencial, objeto alrededor del cual gira, como tal, la dialéctica del deseo; objeto alrededor del cual el sujeto se prueba, en una alteridad imaginaria, ante un elemento que es alteridad al nivel imaginario, tal como ya lo hemos articulado y definido muchas veces.

El es imagen, y es pathos.

Y es por ese otro que es el objeto del deseo, que se colma una función que define el deseo en esa doble coordenada que hace que no apunte, no del todo, a un objeto, en tanto que tal, de una satisfacción de necesidad, sino a un objeto en tanto que es ya, él mismo, relativizado, quiero decir, puesto en relación con el sujeto —el sujeto que está presente en el fantasma.

Esta es una evidencia fenomenológica. Volveré allí luego.

El sujeto está presente en el fantasma. Y la función del objeto, que es objeto del deseo, únicamente en eso de que es término del fantasma... diría que el objeto toma su lugar de eso de lo cual el sujeto esta privado simbólicamente.

Eso puede parecerles un poco abstracto. Quiero decir, a aquellos que no han hecho todo el camino precedente con nosotros. Digamos, para ellos, que es en razón de la articulación del fantasma, que el objeto toma el lugar de aquello de lo cual el sujeto está privado. ¿Qué es? Es del falo que el objeto toma esa función que tiene en el fantasma, y que el deseo se constituye con el fantasma como soporte.

Pienso que es difícil ir más lejos en el extremo de lo que les quiero decir, concerniente eso que debemos llamar el deseo y su relación con el fantasma, hablando con propiedad.

Es en ese sentido, y al margen de la fórmula de que el objeto de]. fantasma es esa alteridad, imagen y pathos, por donde otro toma el lugar de aquello de lo cual el sujeto esta privado simbólicamente, ven bien que es en esa dirección que ese objeto imaginario se encuentra en una suerte de posición de condensar, sobre él, las virtudes o la dimensión del ser—, que puede convertirse en ese verdadero engaño (leurre) del ser, que es el objeto del deseo humano, ese algo frente al cual Simone Weil se detiene cuando marca la relación más espesa, la más opaca que pueda sernos presentada, del hombre, con el objeto de su deseo: la relación del avaro con su cofre, donde parece culminar, para nosotros, de la forma más evidente, ese carácter de fetiche que es el del objeto del deseo humano, y que es, también, el carácter o una de las caras de todos sus objetos.

Es bastante cómico de ver, como me ha sido dado recientemente, un tipo que había venido a explicarnos la relación de la teoría de la significación con el marxismo, decir que no se podría abordar la teoría de la significación, sin hacerla partir de las relaciones interhumanas. Eso iba bastante lejos. Al cabo de tres minutos, aprendimos que el significante era el instrumento gracias al cual el hombre trasmite a su semejante sus pensamientos privados — eso nos ha sido dicho textualmente, por una boca que se autorizaba con Marx. De no referir las cosas a ese fundamento de la relación interhumana, parece que caemos en el peligro de fetichizar eso de lo cual se trata en el dominio del lenguaje.

Seguramente, quiero que, en efecto, debamos encontrar algo que se parece mucho al fetiche. Pero me pregunto si ese algo que se llama fetiche no es, justamente, una de las dimensiones mismas del mundo humano, y precisamente aquella de la que se trata de rendir cuentas.

Si ponemos el todo en la raíz de la relación inter-humana, no llegamos sino a una cosa, a reenviar e]. hecho de la fetichización de los objetos humanos a no sé qué malentendido inter-humano, que en sí mismo, supone un reenvío a las significaciónes. Del. mismo modo que los pensamientos privados de los que se trata —pienso en un pensamiento genético— están allí para hacerlos sonreír, porque si los pensamientos privados ya están allí, ¿a qué. ir a buscarlos más lejos?.

Es sorprendente que esa relación, no a la praxis humana, sino a una subjetividad humana, dada como esencialmente primitiva, esta sostenida en una doctrina que se califica de marxista, aún cuando me parece que hasta abrir el primer tomo de El capital, para darse cuenta de que el primer paso del análisis de Marx es, hablando con propiedad, a propósito del carácter fetiche de la mercancía, de abordar el problema, exactamente, al nivel propio y como tal, aunque el término no esté allí dicho como tal, al nivel del significante.

Las relaciones significantes, las relaciones de valor, están dadas, en primer lugar; y toda la subjetividad, la de la fetichización, eventualmente, viene a inscribirse en el interior de esa dialéctica significante. Eso no da lugar a dudas. Eso no es un simple paréntesis, reflejo que yo derramo en vuestras orejas, de mis ocasionales indagaciones, y del fastidio que puedo sentir por haber perdido mi tiempo.

Ahora, tratamos de servirnos de esa relación $ en presencia del a que es, para nosotros, el soporte fantasmático del deseo. Es necesario que lo articulemos netamente, porque, ¿qué lo que quiere decir ese otro imaginario?

Eso quiere decir que algo más amplio que una persona puede allí incluirse) toda una cadena, todo un escenario. No tengo necesidad de volver, en esta ocasión, a lo que el último año, destaqué aquí a propósito del análisis de "El balcón" de Jean Genet. Basta, para dar su sentido a lo que quiero decir en la ocasión, reenviar a lo que podemos llamar el desorden difuso, sin embargo, que deviene la causa de eso que llamamos, entre nosotros, el sacrosanto genital.

Lo que es importante en ese elemento estructural del fantasma, imaginario, en tanto se sitúa al nivel de a, es, por una parte, ese carácter opaco, el que lo especifica bajo las formas más acentuadas, como el polo del deseo perverso.

En otros términos, que hace al elemento estructural de las perversiones, y nos muestra que la perversión se carácteriza en que todo el acento del fantasma está puesto del lado del correlativo propiamente imaginario del otro a, o del paréntesis, en el cual algo que es a+ b+ c, etc., toda la combinación de los objetos, aún los más elaborados, pueden encontrarse reunidos, según la aventura, las secuelas, los residuos, en los cuales vino a cristalizarse la función de un fantasma en un deseo perverso. Sin embargo, lo que es esencial, y que es el elemento de fenomenología al cual hacia alusión en su momento, es contarles que, por extraño, por bizarro que pueda ser, en su aspecto, el fantasma del deseo perverso, el deseo, allí, esta siempre interesado de algún modo.

Interesado en una relación que está, siempre, ligada a lo patético, dolor de existir como tal., existir puramente, o de existir como término sexual. Es, evidentemente, en la medida en que aquel que sufre la injuria en el fantasma sádico, es algo que interesa al sujeto —en tanto que él mismo puede ser ofrecido a esa injuria—, que el. fantasma sádico subsiste.

Y de esa dimensión, no se puede decir más que una cosa. Es que no puede uno sino ser sorprendido, al menos un instante, habiendo podido pensar en eludirlo, haciendo, de la tendencia sádica, algo que, de ninguna forma, puede referirse a una pura y simple agresión primitiva.

No me extiendo demasiado. Si lo hago, no es sino para acentuar bien algo que es eso hacia lo cual nos falta articular, ahora, la verdadera oposición entre perversión y neurosis.

Si la perversión es, ciertamente, algo articulado y del mismo nivel —como verán— que la neurosis, algo de interpretable, de analizable, por lo tanto, se encuentra en los elementos imaginarios, de una relación esencial del sujeto a su ser, bajo una forma esencialmente localizada, fijada, como siempre se dijo. La neurosis se sitúa por un acento puesto en el otro término del fantasma, es decir, al nivel del $.

Les dije que ese fantasma se sitúa, como tal, en el extremo, en la punta, al nivel del final del reflejo de la interrogación subjetiva por la cual el sujeto procura sentirse, allí, en ese más allá de la demanda, en la dimensión misma del discurso del Otro, donde debe reencontrar lo que ha sido perdido por esa entrada en el discurso del Otro.

Les dije que, en último término, no es a nivel de la verdad, sino de la hora de la verdad, de lo que se trata.

Es, en efecto, esencialmente eso que nos muestra, lo que nos permite designar lo que distingue más profundamente el fantasma de la neurosis del de la perversión.

El fantasma de la perversión, se los dije, es apelable, esta en el espacio, suspende no sé qué relación esencial. No es, hablando con propiedad, atemporal. Está fuera del tiempo. La relación del sujeto al tiempo, en la neurosis, es algo de lo que se habla muy poco y que es, sin embargo, la base misma de las relaciones del sujeto con su objeto en el nivel del fantasma.

En la neurosis, el objeto se carga con esa significación buscada, en la que yo llamo la hora de la verdad. el objeto esta allí, siempre, en la hora anterior o en la hora posterior.

Si la histeria se carácteriza por la fundación de un deseo en tanto insatisfecho, la obsesión se carácteriza por la función de un deseo imposible. Pero lo que hay más allá de esos dos términos, es algo que tiene relación doble e inversa en uno y otro caso, con ese fenómeno que aflora, que puntúa, que se manifiesta de una manera permanente en esa procastination del obsesivo, por ejemplo, fundado en el hecho de que por otra parte, él anticipa, siempre, demasiado tarde.

Asimismo, para la histérica hay el hecho de que repite lo que tiene de iniciático en sus traumas, a saber, un cierto demasiado temprano, una inmadurez fundamental. Es en ese hecho que el fundamento da un comportamiento neurótico, en su forma más general, es que, en su objeto, el sujeto busca siempre leer su hora, y aún si puede decir que aprende a leer la hora, es en ese punto que reencontramos a nuestro Hamlet.

Verán por qué Hamlet puede ser gratificado, aunque se le pueda prestar al gres de cada uno de todas las formas de comportamiento neurótico, tan lejos como lo lleven, a saber, hasta la neurosis de carácter. Pero también, legítimamente, hay para ello una razón que se distribuye a través de toda la intriga, y que hace, verdaderamente, uno de los factores comunes de la estructura de Hamlet — así como el primer término, el primer factor, era la dependencia respecto del deseo del Otro, del deseo de la madre, he aquí el segundo carácter común, que ahora les ruego reencontrar en la lectura o la relectura de Hamlet.

Hamlet está, siempre, suspendido en la hora del Otro, y eso, hasta el fin. Ustedes recuerdan uno de los primeros giros en los que los detuve, comenzando a descifrar el texto de Hamlet, el que sigue a la play scene, la escena de los comediantes, donde el rey se turbó, ha denunciado, visiblemente, a los ojos de todos, a propósito de lo que producía, sobre la escena, su propio crimen; que él no podía soportar el espectáculo.

Hamlet triunfa, ridiculiza a aquel que así es denunciado. Y sobre el camino que lo lleva a la cita, ya toma, ante la play scene, con su madre, y donde cada uno presiona a su madre a apurar el final (terme). Sobre el camino de ese reencuentro donde va a desarrollarse la gran escena sobre la cual ya puse muchas veces el acento: él encuentra a su padrastro, Claudio, en plegaria, estremecido hasta el tuétano por lo que acaba de tocarlo mostrándole el rostro mismo, el escenario de su acción.

Hamlet está allí, frente a su tío, del cual todo parece indicar, también, en la escena, que no sólo está poco dispuesto a defenderse, sino que ni siquiera ve la amenaza que pende sobre su cabeza. Y él se detiene porque no es la hora.

No es la hora del Otro. No es la hora en que el Otro deberá rendir cuentas al Eterno. Esto estaría demasiado bien, por un lado, o demasiado mal, por el otro. Quizá, no vengaría lo bastante a su padre, porque ese gesto de arrepentido que es el rezo abriría, quizá, a Claudio, la vía de la salvación.

Sea como fuere, una cosa es segura: Hamlet, que acaba de lograr esta captura de la conciencia del rey —"Wherein I'll catch the conscience of the king"— como se lo proponía, Hamlet se detiene. No piensa ni por un instante que ese momento sea su hora.

Sea lo que fuere lo que después pueda advenir, no es la hora del Otro; y suspende su gesto. Todo lo que hace Hamlet, nunca será hecho sino a la hora del Otro.

Hamlet acepta todo. No olvidemos que, al principio, y con la repugnancia que sentía ya, aún antes de su encuentro con el ghost, por el nuevo casamiento de su madre, no pensaba más que en partir hacia Wittenberg. Es con esto que alguien ilustraba, recientemente, su comentario de cierto estilo práctico que tiende a establecerse como costumbre contemporánea, al observar que Hamlet era el ejemplo más hermoso en cuanto a que se evitan muchos dramas dando pasaportes a tiempo. Si se le hubiera dado a Hamlet su pasaporte para Wittenberg, no hubiese habido drama.

Es a la hora de sus padres que se queda ahí, la hora de los otros que suspende su crimen. Es a la hora de su padrastro que se embarca hacia Inglaterra. Es a la hora de Rosencrantz y de Guildenstern que es llevado, evidentemente con una felicidad que lo maravilla a Freud, a enviarlos frente a la muerte, gracias a un toque de prestidigitación felizmente realizado. Y es también a la hora de Ofelia, a la hora de su suicidio, que esta tragedia va a encontrar su término, en un momento en que Hamlet que, según parece, acaba de darse cuenta de que no es difícil matar a alguien, y que no tendrá tiempo de pronunciar palabra.

Y a pesar de ello, viene a anunciarle algo que no se parece en nada a una ocasión de matar a Claudio. Acaban de proponerle un torneo del cual todos los detalles han sido minuciosamente apuntados, preparados, y del cual los trofeos está constituidos por lo que llamaremos, en el sentido colecciónista del término, una serie de objetos que poseen, todos, el carácter de objetos preciosos, de objetos de colección. Se trata de copadas, de dragones, de cosas que no tienen valor más que como objetos de lujo. Y ello va a brindar la apuesta de una suerte de justa, en la cual Hamlet, de hecho provocado por el tema de una cierta inferioridad por la cual se le acuerda el beneficio del retador... es una ceremonia complicada, un torneo que, para nosotros, es, ciertamente, el lazo en el que él debe caer, que ha sido fomentado por su padrastro y su amigo Laertes; pero que, para él —no lo olvidemos— no es nada menos que aceptar hacer palotes, todavía. Habrá gran diversión, sin duda.

Aún cuando siente una pequeña advertencia a nivel del corazón — hay allí algo que lo emociona. La dialéctica del presentimiento en el momento del héroe, viene, aquí, a dar su acento, por un instante, al drama. Pero asimismo —y esencialmente— es todavía a la hora del Otro, y del modo más enorme aún, para sostener la apuesta del otro, pues no son sus bienes los que están empeñados. Es en beneficio de su padrastro y él mismo, como paladín de su padrastro, con alguien que es presumido superior a él en esgrima, y como tal, va a suscitar en él sentimientos de rivalidad y de honor hacia la trampa de quienes se calculó que, seguramente, le prenderían.

Se precipita, pues, en la trampa. Diría que lo que hay allí de nuevo, en ese momento, es sólo la energía, el corazón con el que se precipita allí.

Hasta el último término, hasta la última hora, hasta la hora que es tan determinante que ella va a ser su propia hora, saber que va a ser alcanzado mortalmente antes de que pueda alcanzar a su enemigo. Es a la hora del Otro que la tragedia persigue siempre su cadena, y se cumple. Es, para concebir eso de lo cual se trata, un cuadro absolutamente esencial.

Es en eso que la resonancia del personaje y del drama de Hamlet, es la resonancia, aún metapsíquica, de la cuestión del héroe moderno, aún cuando, en efecto, algo para él ha cambiado en su relación con su destino.

Se los dije. Lo que distingue a Hamlet de Edipo es que él, Hamlet, sabe. Y eso, por otra parte, explica, ante todo, lo que acabamos de designar como siendo rasgos de superficie.

Por ejemplo, la locura de Hamlet. Hay allí héroes trágicos, en la tragedia antigua, que están locos. Pero en mi conocimiento no hay, digo en la tragedia —no hablo de los textos legendarios—, que hagan el loco como tal.

¿Se puede decir que todo, en la locura de Hamlet, se reduce a hacerse el loco?. Es la pregunta que nos vamos a plantear ahora. Pero se hace el loco porque sabe que es el más débil. Y esto no tiene interés de ser señalado. —ustedes ven que, por superficial que sea, yo lo puntúo ahora— no porque eso avance en nuestra dirección, sino solamente porque es secundario.

Sin embargo, no es secundario en esto que hay que reflejar aquí, si queremos comprender lo que Shakespeare ha querido en Hamlet, es que es el rasgo esencial de la leyenda original, la que está allí en Saxo Grammaticus y en Belleforest.

Shakespeare ha elegido el tema de un héroe constreñido a perseguir a los abominables, que lo lleva hacia el final de su gesta de hacer el loco. Es una dimensión propiamente moderna. El que sabe, está en una posición peligrosa como tal, tan designada por el fracaso y el sacrificio, que su encaminamiento debe ser, como tal —en alguna parte lo dice Pascal— de ser loco con los otros.

Esa forma de hacer el loco, que es una de las enseñanzas, una de las dimensiones de lo que podría llamar la política del héroe moderno, es algo que merece no ser descuidado, en tanto es en eso donde es asido Shakespeare en el momento en que quiere hacer la tragedia de Hamlet. Lo que le ofrecen los autores es, esencialmente, eso. Y no se trata sino de saber qué tiene ese loco en la cabeza. Que sea en el interior de eso que Shakespeare haya elegido su sujeto, es un punto esencial.

Hemos arribado, ahora, al punto en que Ofelia ha de cumplir su rol. Si la obra verdaderamente, tiene todo lo que acabo de desarrollar en su estructura, es, al fin de cuentas, a lo que viene el personaje de Ofelia.

Recuerdo que algunos me reprocharon no haber avanzado sino con cierta timidez.. No creo haber dado pruebas de una excepcional timidez. No quisiera animarlos a esa suerte de extravagancia de la cual los textos psicoanalíticos, literalmente, pululan. Sólo estoy sorprendido de que no haya dato de que Ofelia es Omphalos, porque, tan carcomidos se encuentran, con sólo abrir los Unfinished papers sobre Hamlet que Ella Sharpe pudo dejar lamentablemente inacabados, antes de su muerte, y que se ha cometido, quizá, el error de publicar.

Pero Ofelia es, evidentemente, esencial. Corresponde a eso, y ligada, para siempre y por los siglos, a la figura de Hamlet.

Quiero, simplemente —porque es bastante tarde como para que pueda terminar hoy con Ofelia— escandir lo que pasa, a lo largo de la obra. Ofelia, escuchamos hablar de ella como de la causa del triste estado de Hamlet. Eso es la sabiduría psicoanalítica de Polonio. Está triste, es porque no es feliz. "No está feliz a causa de mi hija. Ustedes no la conocen, es la flor y nata y, como es natural yo, el padre, no toleraré eso". Se la ve aparecer a propósito de algo que la hace, ya, una persona muy destacable, a propósito de una observación clínica, que es ella quien tuvo la dicha de ser la primera persona que Hamlet ha encontrado, después del encuentro con el ghost. Es decir, apenas salido de ese encuentro que tenía algo bastante trastornante' encuentra a Ofelia. Y la forma en que se comporta con Ofelia es algo que vale la pena ser relatada. "My lord, as I was sewing in my closet...". "Mi señor, como estaba cosiendo en mi habitación", el Señor Hamlet, su jubón deshecho, sin sombrero en la cabeza, las medias enchastradas y sin ligas caían sobre sus talones..." "Pale as this shirt, this knees knocking each other..." "Pálido como su camisa, sus rodillas se entrechocan y el aspecto tan desdichado como si hubiera sido rescatado del infierno para hablar de sus horrores... he ahí que viene a mi".

"He took me by the wrist and held me the hand... , "El me toma por la muñeca y la aprieta fuerte..." "Then goes he to the length of all this arm..." "... él se aparta todo el largo de su brazo..." "... and with this other hand thus other this brow..." "con su otra mano sobre las cejas..." "the falls to such persual of my face..." cae en tal examen de mi figura, como si quisiera dibujarla. Se queda así largamente y, al fin, sacudiéndome ligeramente el brazo, y meneando tres veces la cabeza de arriba a abajo e"and thrice this head thus waving up and down..." exhala un suspiro tan triste y profundo, que ese suspiro parece conmover todo su ser y terminar su vida. Después de que él me deja, y siempre mirando detrás de su espalda, "...he seemed to find this way without this eyes...", parece encontrar su camino sin la ayuda de sus ojos fuera de la puerta, y hasta el fin los tiene fijados sobre mí.

También Polonio describe: "¡Es el amor!"

Esa observación, creo que esa interrogación, esa distancia tomada al objeto como por proceder a no sé que identificación en lo sucesivo difícil, esa vacilación en presencia de lo que, hasta entonces, ha sido objeto de exaltación suprema, es algo que nos da estratégicamente, el primer tiempo, si se puede decir.

No podemos decir más de ello. Sin embargo, creo que, hasta un cierto punto, no forzamos nada designándolo como propiamente patológico lo que pasa en ese momento, que testimonia un gran desorden de Hamlet en su aspecto, y volviéndolo a sus períodos de irrupción, de la desorganización subjetiva que sea.

Ocurre que algo vacila en el fantasma; hace aparecer allí sus componentes, los hace aparecer y recibir, en algo que se manifiesta en esos síntomas que llamamos una experiencia de despersonalización, y que es eso por lo cual los limites imaginarios, entre el sujeto y el objeto, pueden cambiar, en el sentido propio del término, el orden de lo que se llama lo fantástico.

Es propiamente cuando algo, en la estructura imaginaria del fantasma, acierta a reencontrarse, a comunicar con lo que llega más fácilmente al nivel del mensaje, a saber, lo que viene por debajo, a ese punto que es la imagen del otro, en tanto que esa imagen del otro es mi propio yo (moi).

Es algo en lo que los autores como Federn marcan con mucha finura las correlaciones necesarias entre el sentimiento del propio cuerpo, y la extrañeza de lo que llega en una cierta crisis, en una cierta ruptura, en un cierto alcance del objeto como tal, y de un nivel especificado, que encontrarlos allí.

Es posible que aquí fuerce un poco las cosas, con el propósito de interesarlos, quiero decir, en la intención de mostrarles en qué eso se relacióna a las experiencias electivas de nuestra clínica. Sin duda, volveremos allí. Ustedes dicen que es imposible, en todo caso, sin esa referencia a ese esquema patológico, a ese drama, situar bien lo que ha sido promovido por primera vez por Freud, al nivel analítico, bajo el nombre (.............). Eso no está ligado, como algunos lo han creído, a toda suerte de irrupciones del inconsciente. Está ligado a esa suerte de desequilibrio que se produce en el fantasma, y al margen de que el fantasma, franqueando los limites que le están asignados, ante todo, se descompone y viene a reencontrar eso por lo cual él reúne la imagen del otro. De hecho, no es sino un toque.

En el caso de Hamlet, la encontramos después de que Ofelia está completamente disuelta. en tanto objeto de amor. "I did you love one", te he amado antes, dice Hamlet. Y las cosas pasan en las relaciones con Ofelia, en ese estilo de agresión cruel, de sarcasmo llevado muy lejos, que no hace a las escenas menos extrañas de toda la literatura clásica.

Porque, si se pudo ver jugar sobre esa cuerda en las obras extremas, en algo que se sitúa con carácter verdaderamente central, en medio de la escena trágica de la obra de Hamlet, una escena como esa que tuvo lugar entre Hamlet y Ofelia, no es una escena banal.

Eso es lo que carácteriza esa actitud por la cual encontramos huellas de lo que, en su momento, indiqué como desequilibrio en la relación fantasmática, en tanto que vierte hacia el objeto del lado perverso.

Ese es uno de los rasgos de esa relación. Otro de los rasgos es que ese objeto del que se trata, no es tratado, después de todo, como podría serlo, como una mujer. Ella deviene, para el, la portadora de todos los pecados. Ella, que es designada para engendrar pecadores, y que es designada, luego, como debiendo sucumbir bajo todas las calumnias. Ella deviene el simple soporte de una vida que, en su esencia, deviene condenada para Hamlet.

Ahora bien; lo que se produce en ese momento es, en esa destrucción o pérdida del objeto, que es reintegrado en su cuadro narcisístico.

Para el sujeto, aparece afuera, si puedo decirlo: eso de lo cual es equivalente, según la fórmula que emplee en su momento, eso de lo que toma el lugar, y lo que no puede ser dado al sujeto más que en el momento en que, literalmente, se sacrifica, donde no es más él mismo, donde lo rechaza de todo su ser, es, únicamente, el falo.

¿En qué es Ofelia el falo en ese momento?. En esto, y aún cuando el sujeto, aquí, exteriorice el falo, en tanto que símbolo significante de la vida y que, como tal, él lo rechaza.

Ese es el segundo tiempo de la relación al objeto.

Lo avanzado del tiempo me hace dudar de darles todas las coordenadas, y volveré a ello.

Es de eso que se trata., es decir, de una trasformación de la fórmula $ (el falo) y bajo la forma del rechazo, eso es demostrado una vez que se percaten por otra cosa que no sea la etimología de Ofelia. Ante todo, porque no se trata de eso, de la fecundidad. La concepción es una bendición, dice Hamlet a Polonio, pero vigile a su hija. Y en el diálogo con Ofelia, es bien la mujer, de la mujer concebida únicamente como la portadora de esa turgencia vital que se trata de maldecir y de agotar.

Por otra parte, la actitud de Hamlet con Ofelia en la play scene, es también algo donde se designa esa relación entre el falo y el objeto. Allí, porque él está delante de su madre, y expresamente, en tanto está delante de su madre, diciéndole que "hay aquí un metal que me atrae más que vos", va a situar la cabeza entre las piernas: "Lady, shall I lie in your lap?" de Ofelia, preguntándole expresamente.

La relación fálica del objeto de deseo está también claramente indicada a ese nivel; y no encuentro superficial indicar, porque la iconografía ha hecho tanto efecto, que, entre las flores con las que Ofelia va a ahogarse, es expresamente mencionada que las "deads'men finger" de que se trata, son designadas de un modo más grosero, por el común de las gentes. La planta de la que se trata es la orchie mascula. Se trata de algo que tiene alguna relación con la mandrágora, que hace que eso tenga alguna relación con el elemento fálico. He buscado en el New English Dictionary, pero me desilusioné mucho porque, aunque eso esté citado en las referencias del término 'finger', no hay alusión a lo que Shakespeare alude para esa apelación.

Tercer tiempo, que es el que ya les traje muchas veces, y donde una vez mas, los voy a dejar: el tiempo de la escena decimotercera. Es la valorización entre algo que se plantea como reintegración de a y la posibilidad, en fin, para Hamlet, de anudar el nudo, es decir, de precipitarse a su destino. .

Ese tercer tiempo enteramente aludido, es absolutamente capital, ya que toda la escena de simetría está hecha para que se produzca algo que Hamlet no encontró en ninguna parte, esa suerte de batalla furiosa al fondo de una tumba, sobre la cual ya he insistido. Esa designación como una punta de la función del objeto como no siendo aquí reconquistado sino al precio del duelo y la muerte, es allí abajo donde pienso que podría acabar la próxima vez.



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Clase 18. El deseo y el duelo.
22 de Abril de 1959

El deseo y el duelo
22 de Abril de 1959



Hamlet, lo hemos dicho, no puede soportar la cita: La cita es, siempre, demasiado temprano para él, y la retarda. Este elemento de la procastination no puede; de ningún modo —pese a ciertos autores de una literatura que yo he profundizado cada vez más, en el curso de este estudio— , ser descartado. La procastination queda como una de las dimensiones esenciales de la tragedia de Hamlet.

Por el contrario, cuando él actúa, es, siempre, con precipitación. El actúa de golpe, cuando parece que se ofrece una ocasión, cuando no sé qué llamado del acontecimiento, más allá de él mismo, de su resolución, parece ofrecerle no sé qué apertura ambigüa que es, para nosotros analistas, propiamente eso que ha introducido en la dimensión de la realización, esta perspectiva que llamamos huida.

Nada es más claro que este momento donde él se precipita sobre eso que se mueve detrás del tapiz, donde mata a Polonio. Otros momentos también, el modo cuasi misterioso, yo diría casi en estado segundo, cuando, en la noche, se despierta sobre ese barco en la tempestad, del cual él va a verificar los mensajes; romper los sellos del mensaje del cual Guildenstern y Rosencrantz son portadores. Y el modo cuasi automático en el cual sustituye un mensaje por otro; rehace, gracias a su anillo, el sello real. Y también va a reencontrar esta ocasión prodigiosa del abordaje de los piratas, para marcharse por las buenas, de sus guardias, que irán hacia su propia ejecución, sin sospecharlo.

Nosotros tenemos, allí, algo de una verdadera fenomenología —porque es necesario llamar las cosas por su nombre— , de la cual nosotros sabemos el acento fácilmente reconocible, familiar, casi, de nuestra experiencia, como también de nuestras concepciones, en la relación con la vida del neurótico. Es que eso que, la última vez, intenta hacerles sentir, más allá de esas carácterísticas tan sensibles, en esta referencia estructural que recorre toda la obra, Hamlet está, siempre, en la hora del Otro.

Seguro, no es más que un espejismo la hora del Otro —y es también eso que les he explicado cuando cité la última respuesta, en ese significante del Otro barrado— pues no hay —se los he dicho— Otro del Otro. No hay, en el significante mismo, garante de la dimensión de la verdad, instaurada por el significante.

No hay sino su hora. Y no hay, además, sino una sola hora: es la hora de su pérdida. Y toda la tragedia de Hamlet está para mostrarnos el recorrido implacable de Hamlet, hacia esa hora.

Lo que especifica su destino, lo que hace, de eso, el valor altamente problemático, ¿que es eso, pues?. Porque esa cita con la hora de su pérdida no es solamente la suerte común, que es significativa en todo destino humano. La fatalidad de Hamlet tiene un signo particular, pues de otro modo, no tendría, para nosotros, ese valor eminente. Es ahí, pues, donde estamos. Es ahí que estábamos la última vez, en el fin de nuestro discurso .

¿Qué le falta a Hamlet? ¿Y hasta qué punto el dibujo de la tragedia de Hamlet, tal como Shakespeare nos la ha compuesto, nos permite una articulación, un punto de referencia de esta falta, que va más allá de las aproximaciones con las cuales siempre nos contentamos y que, además, por el hecho de contentarnos con que ellas sean aproximativas, hace, también, lo confuso, no solamente de nuestro lenguaje, sino de nuestra conducta, de nuestras sugestiones —es necesario decirlo— con respecto al paciente?.

Comencemos, de todos modos, por esta aproximación de la que se trata,

Se puede decir que, en Hamlet, eso que falta en todo momento, es lo que podríamos llamar un lenguaje comunicable, en el lenguaje de todos los días, esta suerte de fijación de una meta, de un objeto en su acción, que comporte, siempre, algo de lo que se llama arbitrario.

Hamlet, lo hemos visto, incluso hemos comenzado a explorar por qué, es alguien que, como dicen las buenas mujeres, no sabe lo que quiere. Y en cierto modo esta primera dimensión está, para él, en el discurso que le hace pronunciar Shakespeare, presentificado.

Ella esta presentificada en cierto giro crucial que es tan significativo, por otra parto. Es el giro de su eclipse en su tragedia. Quiero decir, durante el corto tiempo donde él no va a estar allí, donde va a hacer ese circuito marino del cual va a volver excesivamente rápido, apenas salido del puerto, siempre obediente.

Se cruza con las tropas de Fortimbrás, que está ahí, en el trasfondo de la tragedia, evocado desde el principio y que, al final, viene a hacer la limpieza en el escenario, recoger los muertos, poner en orden los estragos.

Y vemos, ahí, cómo nuestro Hamlet habla de Fortimbrás. Está impresionado de ver esas tropas valientes que van a conquistar un pedazo de Polonia en nombre de un pretexto guerrero más o menos fútil, que es la ocasión de una vuelta sobre sí mismo.

"La menor ocasión me acusa. Aguijonea mi venganza que se adormece. ¿Qué es un hombre si su felicidad suprema, si el empleo de su tiempo, está solamente en comer y dormir? Una bestia, sin más. El que puso en nosotros este ojo de la razón..." En inglés es "Sure, he that nade us with such large discourse / looking before and after, gaye us not / that capability and god—like reason / to fust in us unusec". Lo que el traductor transcribe, por razón, es el gran discurso, el discurso fundamental, lo que yo llamaba, aquí, el discurso concreto.

"... que nos hace ver delante y atrás, y que nos da esta capacidad..."

Ahí la palabra 'razón' llega a su lugar "... seguramente no nos hizo ese don divino para que, a falta de empleo, quede enmohecido en nosotros". Ahí, dice nuestro Hamlet, ya sea "olvido bestial", "bestial oblivion" —es una de las palabras claves de la dimensión de su ser en la tragedia—, "ya sea cobarde escrúpulo (craven scruple), quien demasiado minucioso encara el desenlace" —pensamiento que, dividido en cuatro, tiene un cuarto de sabiduría contra tres cuartos de cobardía— "vivo diciendo, no sé demasiado por qué, esta cosa debe hacerse (this thing's to do), cuando tengo lo mejor para hacerlo y puedo, (Sith I have cause, and will, and strength, and means / To do't), "Cuando tengo la razón, la causa, la voluntad, la fuerza y los medios para hacerla" . Ejemplos grandes como el mundo me invitan, como esos grandes y onerosos ejércitos conducidos por un tierno y delicado príncipe, cuyo espíritu, alentado por una ambición divina, se burla del desenlace invisible, exponiendo su debilidad endeble y mortal a las audacias de la fortuna, del peligro y de la muerte, 'even for an egg—shell', "por una cáscara vacía".

"Ser grande, sin discusión, no es emocionarse sin demasiado motivo, es encontrar ese gran motivo en una pequeñez, cuando el honor está en juego". "Ringhtly to be great / is not to stir without great argument / but greatly to find quarrel in a straw / When honour's at the stake".

"¿Qué soy, si mi padre muerto y mi madre mancillada, dos motivos, mi razón y mi sangre dejan todo dormitar, cuando veo, para mi vergüenza, él tránsito inminente de más de veinte mil hombres que, por un fantasma de gloria, van a la tumba así como a la cama, combatiendo por una parcela sobre la que: no pueden luchar tan pocos soldados, cuya capacidad, como tumba, no alcanza para los muertos?", "Which is not tomb enough and continent to hice the slain?".

"Y que, de ahora en adelante, mis pensamientos sean de sangre, o que no sean dignos de nada". "O, from this time / forth / My thoughts be bloody, or be nothing worth". Tal es la meditación de Hamlet sobre el objeto que yo llamaría, de la acción humana. Este objeto deja acá la puerta abierta a lo que llamaría todas las particularizaciones en las que nos detenemos.

Llamaremos a esto la oblatividad: derramar su sangre por una causa noble, por el honor.

El honor también es designado: Resultar comprometido por su palabra. Llamaremos, a esto, el don.En tanto que analistas, no podemos, efectivamente, no encontrar esta determinación concreta, no darnos cuenta de su peso, ya sea de carne o de compromiso. Lo que trato de mostrarles acá, es algo que no es solamente la forma común a todo esto, el más pequeño común denominador. No se trata, solamente, de una posición, de una articulación que podría carácterizarse como un formalismo.

Cuando les escribo la fórmula $ à a, puesta al final de la pregunta que el sujeto plantea en el Otro que, dirigiéndose a él, se llama el "¿qué quieres?". Esta pregunta que es el punto donde el sujeto está en la búsqueda de su última palabra, y que no tiene ninguna posibilidad, fuera de la exploración de la cadena inconsciente, en tanto que ella recorre el circuito superior de la cadena significante, pero que no es, fuera de las condiciones especiales que llamamos analíticas, nada que esté, efectivamente, abierto a la investigación... fuera del auxilio de la cadena inconsciente en tanto que ella ha sido, para el analista, descubierta por la experiencia freudiana, eso con lo que tenemos que ver, eso es algo en lo que puede acordarse, en un cortocircuito imaginario, en la relación a mitad de camino, de ese circuito del deseo con lo que está enfrente, a saber, el fantasma, y la estructura radical del fantasma, su estructura general, lo que yo expreso, a saber, una cierta relación del sujeto al significante, lo que es expresado por el ($), es el sujeto en tanto que afectado irreductiblemente por el significante, con todas las consecuencias que esto comporta, en una cierta relación específica con una coyuntura imaginaria en su esencia, a, no el objeto del deseo, sino el objeto en el deseo.

Es de esta función del objeto en el deseo, que se trata de aproximar, y es por cuanto que la tragedia de Hamlet nos permite aproximarla, articularla de un modo ejemplar, que nos acercamos con este interés insistente sobre la estructura de la obra de Shakespeare.

Aproximémonos más. $ (a, como tal, significa esto: es en tanto que el sujeto esta privado de algo de sí mismo , que ha tomado valor de significante, incluso en su alienación.

Ese algo es el falo. Es, pues, en tanto que el sujeto está privado de algo de su vida misma, por lo que ha tomado valor de lo que lo liga al significante. Es en tanto que está en esta posición, que un objeto particular deviene objeto de deseo. Ser objeto de deseo es algo esencialmente diferente que ser objeto de alguna necesidad. Es por esta subsistencia del objeto como tal, del objeto en el deseo, en el tiempo, que viene a tomar su lugar lo que, por su naturaleza, queda enmascarado para el sujeto, ese sacrificio de sí mismo, esta libra de carne empeñada en su relación con el significante. Es porque algo toma el lugar de eso, que ese algo deviene objeto en el deseo.

Y esto que es tan profundamente enigmático, por ser, en el fondo, una relación con lo escondido, con lo oculto, es porque es así, es porque —si me permiten una fórmula que es de las que vienen bajo la pluma de mis notas, y que me vuelve allá, pero no hagamos la fórmula doctrinaria, tómenla, a lo más, como una imagen— es en tanto que la vida humana podría definirse como un cálculo, del cual el cero sería irracional.

Esta fórmula no es sino una metáfora matemática, y es necesario dar, aquí, a lo irracional, su sentido matemático. No hago alusión, aquí, a un no sé qué afectivo insondable, sino a algo que se manifiesta en el interior mismo de las matemáticas, bajo la forma equivalente de lo que llamo un número imaginario, que es (Raíz cuadrada de –1]. Pues hay algo que no podría corresponder a nada intuible y que, sin embargo, quiere ser conservado en su plena función. Es esta relación, digo del objeto con este elemento escondido del soporte viviente, del sujeto en tanto tomando función de significante, no puede ser subjetivado como tal.

Es porque esto es así, que esta estructura, del mismo modo, en la misma relación que estamos con la raíz de menos uno ( –1) es algo que, en sí, no podría corresponder a nada real, incluso en el sentido matemático del término... Es, justamente, también a causa de ello que no podemos captar la verdadera función del objeto, sino haciendo el recorrido de una serie de sus relaciones posibles con el $, es decir con el S que, en el preciso punto donde el a toma el máximo de su valor, no puede estar sino ocultado.

Sería demasiado decir que es justamente el recorrido de las funciones del objeto, que la tragedia de Hamlet nos permite completar; pero seguramente, en todo caso, ella nos permite ir más lejos de lo que jamás hemos ido por ninguna otra vía.

Partamos del final, del punto de encuentro, de la hora de la cita, de este acto donde, al fin de cuentas —ustedes deben darse cuenta de que el acto final donde por fin arroja, como precio de su acción cumplida, todo el peso de su vida— ; ese acto merece ser llamado acto que él àpresura (activo) y padece. Hay, alrededor de este acto, un lado de acoso. En el momento donde su gesto se realiza, él es asimismo el ciervo forzado de Diana. Es alrededor del cual se cierne el complot urdido —yo no sé si se dan cuenta — con un cinismo y una maldad increíbles, entre Claudio y Laertes, cualesquiera hayan podido ser las razones de uno y de otro, probablemente, estando implicada, también, esta suerte de tarántula, el ridículo cortesano que vino a proponerle el torneo donde se esconde el complot.

Tal es la estructura. Es de las más claras. El torneo que le es propuesto lo pone en posición de campeón de un otro. He insistido sobre esto. El es el adalid del desafío de la apuesta de su tío y padrastro, Claudio.

Pasa algo, sobre lo cual ya he insistido la última vez, a saber, que en las apuestas, sobre los objetos (a) que se carácterizan allí con todo su brillo, a saber que, como todos los objetos y todas las apuestas, están, esencialmente, primero, en el mundo del deseo humano, carácterizados por lo que la tradición religiosa, en representaciones ejemplares, nos enseña a dominar una varitas, una suerte de tapiz de petit point. Es la acumulación de todos los objetos de valor que están ahí y puestos en una balanza frente a la muerte.

El apostó con Laertes seis caballos de Barbaria, contra los cuales el otro puso en la balanza seis espadas y seis puñales franceses; a saber, todo un aparataje de duelistas, con todo lo que depende de eso, como lo que sirve para colgarlos, sus vainas, pienso.

Y particularmente, hay tres que tienen lo que el texto llama los carriages. Esta palabra, carriage, es una forma particularmente rebuscada de designar una clase de hebillas de las que debe colgar la espada. Es una palabra de colecciónista, que crea ambigüedad con la cureña del cañón, de suerte que se establece un diálogo entre Hamlet y aquel que viene a referirle las condiciones del torneo. Durante un diálogo bastante largo, todo esta hecho para seducirlos: la calidad, el número, la panoplia de los objetos, dando todo su acento a esta suerte de prueba de la cual les he dicho el carácter paradojal, incluso absurdo, ese giro que se le propone a Hamlet.

Y sin embargo, Hamlet parece, una vez más, agachar la cabeza como si, en suma, nada en él pudiese oponerse a esta especie de disponibilidad fundamental.

Su respuesta es, allí, completamente significativa: "Señor, voy a quedarme en esta sala, no disguste a Su Majestad, es mi hora de recreación. Que traigan los floretes, a gusto del gentil hombre y, si el rey persiste en su decisión, lo haré ganar, si puedo. Si no, no ganaré más que mi humillación y las estocadas recibidas".

Ha aquí, pues, algo que, en el acto final, nos muestra la estructura misma del fantasma. En el momento donde está en el punto de su resolución, en fin, como siempre, en la víspera de su resolución, helo ahí que se alquila, literalmente, a otro y, además, para nada, del modo más gratuito, siendo este otro, justamente, su enemigo, y al cual debe abatir.

Y esto lo compara con las cosas del mundo, primero, las que le interesan menos, a saber, que no es en ese momento que todos los objetos de colección son su preocupación mayor, sino que va a esforzarse en ganar para otro.

Sin duda, en ese plano hay algo de lo cual los otros piensan que es con eso que se lo va a cautivar, y en que, por supuesto, a lo cual no es totalmente ajeno, no como los otros lo piensan, sino a pesar de todo, sobre el mismo plano donde los otros lo sitúan, a saber, que esta interesado, por honor, es decir, a un nivel de lo que Hegel llama la lucha por puro prestigio, interesado, por honor, en lo que va a oponerle un rival, por otra parte, admirado.

Y no podemos no detenernos un instante en la seguridad de esta conexión puesta ahí, avanzada por Shakespeare. Ustedes reconocerán ahí algo que es antiguo en nuestro discurso, en nuestro diálogo: a saber, el estadio del espejo.

Que Laertes, en ese nivel, sea su semejante, es lo que es expresamente articulado en el texto. Está articulado de un modo indirecto, quiero decir, en el interior de una parodia. Es cuando él responde a ese cortesano demasiado limitado, que se llama Osric, y que viene a proponerle el duelo, a hablarle de su adversario comenzando por hacer jugar ante sus ojos la eminente cualidad de aquel a quien deberá mostrar su mérito.

Le corta la palabra, haciéndolo aún mejor que el: "Sir, is definement suffers no perdition in you...". "Señor, su representación no sufre, en Usted, desfallecimiento. Si, como yo puedo divisar, sus méritos para hacer de ellos un inventario, debe exceder la aritmética de la memoria, y sin embargo, no podría desampararlo, tan maravillosamente grande es la rapidez de sus velos."

Es un discurso extremadamente preciosista el que el persigue, muy alambicado, que parodia, de algún modo el estilo de su interlocutor, y por el cual concluye: "I take him to be a soul of great article". "Considero que su alma es un alma de un precio bastante alto, y que en él hay infundida una rareza tal, y un precio tal que, para hacer de él pronunciación verdadera, su semejante no puede ser sino su espejo, y qué otro podría trazar su retrato, si no por ser su propia sombra y nada más".

En resumen, esta referencia a la imagen del otro como lo que no puede sino absorber completamente al que la contempla, está ahí a propósito de los méritos de Laertes presentada, ciertamente, inflada de una manera muy gongorina. El amaneramiento es algo que tiene su precio más alto en este momento. Tanto más, cuanto que, como lo verán, es en esta actitud que Hamlet aborda a Laertes antes del duelo. Es sobre ese pie que él lo aborda, y que no deviene significativo más que en ese paroxismo de la absorción imaginaria, formalmente articulada como una relación especular, una reacción en espejo. Es ahí que es situado, igualmente, por el dramaturgo, el punto manifiesto de la agresividad.

Aquel al que más se admira, es aquel al que se combate. Aquel que es el Ideal del yo, también es aquel al que, según la fórmula hegeliana de coexistencia, debemos matar.

Esto no lo hace Hamlet, sino sobre un plano que podemos llamar desinteresado, en el plano del torneo. Se compromete, allí, de un modo que se puede calificar de formal, incluso ficticio. Es en su sin saber que el entra, en realidad, también, en el juego más serio.

¿Qué quiere decir esto?. Esto quiere decir que él no ha entrado, digamos, con su falo. Quiere decir que lo que se presenta para él, en esta relación agresiva, es un señuelo, es un espejismo, que es a pesar suyo que va a perder la vida, que sin saberlo, va, precisamente en ese momento, a la vez al encuentro de la realización de su acto y de su propia muerte, que casi al instante va a coincidir con él.

El no entró con su falo. Es un modo de expresar lo que estamos en vía de buscar, a saber, dónde está la falta, dónde esta la particularidad de esta posición del sujeto Hamlet en el drama.

Sin embargo, él entró, pues si los floretes están embotonados, no es sino en su engaño. En realidad, hay al menos uno que no está embotonado, que, en el momento de la distribución de espadas, fue cuidadosamente marcada por delante, para dársela a Laertes. Aquélla es una punta verdadera y, además, una punta envenenada.

Lo que es sorprendente es que, aquí, la despreocupación del guionista reúne lo que se puede llamar la formidable intuición del dramaturgo. Quiero decir que él no se toma demasiado trabajo para explicarnos que esta arma envenenada va a pasar, en la pelea, Dios sabe cómo —eso debe ser una de las dificultades del juego escénico— , de la mano de uno de los adversarios, a la mano del otro. Ustedes saben que es en una especie de cuerpo a cuerpo que ellos se confunden, después de que Laertes ha asestado la estocada de la cual Hamlet no puede curar, y por la cual debe perecer. En pocos instantes, resulta que esta misma espada está en la mano de Hamlet.

Nadie se preocupa por explicar tan sorprendente incidente. Por otra parte, nadie tiene que preocuparse en lo más mínimo, pues de lo que se trata es de eso, es decir, de mostrar que, aquí, en instrumento de la muerte, en la ocasión el instrumento más velado del drama, Hamlet sólo puede recibirlo del otro. El instrumento que hace morir es algo que está en otra parte distinta de la materialmente representable.

Aquí, uno es sorprendido por algo que, literalmente, se encuentra en el texto. Es claro que lo que estoy en vías de decirles es que, más allá de esta parada del torneo de la rivalidad con aquel que es su semejante, bajo el aspecto más favorable, el yo—mismo (moi-même) que él puede amar, más allá se juega el drama del cumplimiento del deseo de Hamlet. Más allá está el falo.

Y al fin de cuentas, es en este encuentro con el otro que Hamlet va, por fin, a identificarse con el significante fatal. Y bien, cosa muy curiosa, esta en el texto. Se habla de floretes, de 'foils', en el momento de ditribuirlos: "Give them the foils, young Osric (dale los floretes). Cousin Hamlet, you know the wager (ustedes conocen la apuesta)".

Y anteriormente, Hamlet dice: "Give us the foils".

Entre estos dos términos donde se trata de floretes, Hamlet hace un juego de palabras: "I'll be your foil, Laertes: in my ignorance / your skill shall, like a star in the darkest night / Stick fiery off indeed". Lo que se tradujo al francés como se pudo: "Laertes, mi florete no será sino florcita cerca del tuyo". 'Foil' quiere decir florete, en el contexto. Aquí el 'foil' no puede tener ese sentido, y tiene un sentido perfectamente identificable, es un sentido perfectamente atestiguado en la apoca, y asimismo frecuentemente empleado.

Es el sentido donde 'foil', que en la misma palabra que 'feuille' (folio) en francés antiguo, está utilizada bajo una forma preciosista, para designar la 'feuille' (folio) en la cual algo precioso es guardado, es decir, un estuche. Aquí es utilizado para decir: "Yo no estaré allí sino para hacer resaltar vuestro brillo de estrella en la negrura del cielo, combatiendo con Usted".

Por otra parte, son las condiciones mismas en las cuales el duelo ha sido pactado; a saber, Hamlet no tiene ninguna posibilidad de ganar; que habrá ganado bastante si el otro sólo le gana tres puntos sobre doce. La apuesta es pactada en nueve contra doce, es decir, que se le da un handicap a Hamlet.

Yo diría que, en ese juego de palabras sobre 'foil', encontramos legítimamente esto que está incluido en lo oculto del retruécano... Quiero decir que es una de las funciones de Hamlet hacer, todo el tiempo, juegos de palabras, retruécanos, dobles sentidos, de jugar con el equívoco. Este juego de palabras no está ahí por azar. Cuando él le dice "yo seré vuestro estuche", emplea la misma palabra que hace juego de palabras con eso que está en juego en ese momento, a saber, la distribución de las espadas. Y más precisamente, en el retruécano de Hamlet hay, al fin de cuentas, esta identificación del sujeto al falo mortal, por eso de que él está ahí presente.

El le dice "yo seré vuestro estuche para favorecer vuestro méritos", pero lo que ocurrirá en un instante es que, verdaderamente, la espada de Laertes, que ha herido de muerte a Hamlet, pero que es asimismo la misma que va a tener en la mano para terminar su itinerario y matar, al mismo tiempo, a su adversario y al que es el último objeto de su misión, a saber, el rey al que debe hacer perecer inmediatamente después.

Esta referencia verbal, este juego de significante, ciertamente, no está ahí por azar. Está justificado hacerlo entrar en juego. No es, en efecto, un accidente en el texto. Una de las dimensiones en las que se presenta Hamlet, y su trama, es ésa, a través de todo el texto.

En Shakespeare —y esto, en sí, solo, merecería un desarrollo— , ustedes ven cómo, representando ahí un rol esencial, esos diversos personajes que uno llama 'clowns', uno llama los locos de la corte, que son , propiamente hablando, los que, teniendo la facultad de hablar francamente, pueden permitirse develar los motivos más escondidos, los rasgos de carácter que la cortesía prohibe abordar francamente. Es algo que no es simplemente cinismo y juego más o menos injurioso del discurso. Es esencialmente por la vía del equívoco, de la metáfora, del juego de palabras, de cierto uso del amaneramiento, de un hablar preciosista, de esas sustituciones de significantes sobre las que insisto aquí en cuanto a su función esencial. Ellos dan a todo el teatro de Shakespeare un estilo, un color, que es absolutamente carácterístico de ese estilo, y que crea, en él, esencialmente, la dimensión psicológica.

El hecho de que Hamlet sea una persona más angustiarte que otra, no debe disimularnos que la tragedia de Hamlet es la tragedia que, por cierto lado, al pie de la letra, lleva a este loco, a este 'clown', este hacedor de palabras, al rango de coro. Si, por alguna razón, se deja de lado esta dimensión de Hamlet de la obra de Shakespeare, más de las cuatro quintas partes de la obra desaparecerá, como alguien lo subrayó.

Una de las dimensiones donde se lleva a cabo la tensión de Hamlet, es este perpetuo equívoco, el que, en cierto modo, nos es disimulado por el lado máscara del asunto, si puedo decirlo. Quiero decir: Lo que se juega entre Claudio, el tirano, el usurpador, el asesino, y Hamlet es, a saber, desenmascarar las intenciones de Hamlet, a saber, por qué se hace el loco.

Pero lo que no se debe olvidar es el modo como se hace el loco, este modo que da a su discurso ese aspecto cuasi maníaco; este modo de atrapar al vuelo las ideas, las ocasiones del equívoco, las ocasiones de hacer brillar, un instante, delante de sus adversarios, esa suerte de chispa de sentido.

Hay ahí, en la obra, textos donde, ellos mismos, se ponen a construir, incluso a fabular. Lo que les sorprende no como algo discordante, sino como algo extraño por su caríz de especial pertinencia. Es en este juego, que no es solamente un juego de disimulación, sino un acertijo, un juego que se establece a nivel de los significantes, en la dimensión del sentido, que eso sostiene lo que se puede llamar el espíritu mismo de la obra.

Es en el interior de esta disposición ambigüa que hace de todos los propósitos de Hamlet y, al mismo tiempo, de la reacción de los que lo rodean, un problema donde el mismo espectador, el auditor, se extravía y se interroga sin cesar. Es ahí que hace falta situar la base, el plan sobre el cual la obra de Hamlet cobra su alcance.

Y yo recuerdo aquí, para indicarles que no hay nada de arbitrario ni de excesivo en dar todo su peso a ese último pequeño juego de palabras sobre el 'foil'...

He ahí, pues, la carácterística de la constelación en la cual se establece el último acto: el duelo entre Hamlet y el que es, aquí, una suerte de semejante o de doble, más bello que él.

Hemos insistido sobre este elemento que está, en cierto modo, en el nivel inferior de nuestro esquema, i(a), que es ese que se encuentra remodelado por un instante, para Hamlet... que él, para quien ningún hombre o mujer es otra cosa que una sombra inconsistente y pútrida, encuentra, aquí, un rival de su talla.

Digámoslo: ese semejante remodelado, el que va a permitirle, al menos por un instante, sostener en su presencia la apuesta humana de ser, él también, un hombre. Pero esta remodelación no es más que una consecuencia, y no un punto de partida. Quiero decir que es la consecuencia de lo que se manifiesta en la situación del sujeto en presencia del otro como objeto del deseo, la presencia inmanente del falo, que no puede aparecer aquí en su función formal, sino con la desaparición misma del sujeto.

¿Qué hace posible el hecho de que el sujeto mismo sucumba, antes de echarle mano para devenir, él mismo, el asesino? .

Volvemos, una vez más, a nuestra encrucijada. Esta encrucijada tan singular de la cual he hablado, de la cual he marcado, en Hamlet, el carácter esencial: a saber, lo que pasa en el cementerio; a saber, algo que debería interesar mucho a uno de nuestros colegas, que trató en su obra, eminentemente, a la vez, los celos y el duelo. Esto es algo que es uno de los puntos más salientes de esta tragedia: El celo del duelo.

Les ruego, pues, trasladarse a la escena en que termina el acto del cementerio. Aquel sobre el cual los he llevado ya tres veces en el curso de mi exposición.

Lo que es absolutamente carácterístico, es que Hamlet no puede soportar la parada o la ostentación, y que articula como tal lo que hay de insoportable en la actitud de Laertes en el momento del entierro de su hermana, esta ostentación del duelo en su partenaire, por lo que se encuentra fuera de sí, trastornado, sacudido en sus cimientos, al punto de no poder tolerarlo como tal.

Y la primera rivalidad, la más auténtica — pues si es con toda la pompa de la cortesía y con un florete no embotonado, que Hamlet aborda el duelo, es a la garganta de Laertes que él salta, en el agujero donde se acaba de bajar el cuerpo de Ofelia, para decirle: "Muéstrame lo que podrás hacer.. ¿Llorarás, pegarás, ayunarás?... Yo lo haré. ¿Has venido para gimotear, mofarte de mí saltando en su tumba? Hazte enterrar vivo con ella, yo también lo haré. Y si tú parloteas de montañas, que se arrojen sobre nosotros millones de hectáreas, a tal punto que, después, esa colina que enrojecerá su cima en la zona de fuego, Ossa parecerá una verruga. Y si tú gritas, yo vociferaré".

Después de esto, todo el mundo se escandaliza, se deshace por separar a esos hermanos enemigos en vías de asfixiarse. Y Hamlet pronuncia, aún, esos propósitos, hablando a su partenaire: "Eh, Señor, ¿qué hace que te conduzcas de este modo conmigo? Yo le he amado siempre. No importa. Hércules hará lo mejor que pueda, el gato maullará y el perro tendrá siempre su día". Lo que, por otra parte, es un elemento proverbial y que aquí me parece tomar todo su valor de ciertas aproximaciones que algunos de ustedes pueden hacer, pero donde no puedo detenerme.

Lo esencial es que, cuando él hable con Horacio, le explicará: "No he podido soportar ver esta especie de ostentación de su duelo".

Henos aquí llevados al corazón de algo que va a abrirnos toda una problemática.

¿Qué relación hay entre lo que hemos aportado bajo la forma $ (a , en lo concerniente a la constitución del objeto en el deseo, y el duelo?.

Observemos esto: Abordemos por sus carácterísticas más manifiestas que pueden parecer, también, las más alejadas del centro que buscamos aquí, lo que se nos presenta.

Hamlet se condujo con Ofelia de manera despreciativa y cruel. He insistido sobre el carácter agresivo, desvalorizante, de humillación sin cesar, impuesto a esta persona que ha devenido, repentinamente, el símbolo mismo del rechazo, como tal, de su deseo. No podemos dejar de ser sorprendidos por algo que completa para nosotros, una vez más, bajo otra forma, bajo otro rasgo, la estructura, para Hamlet. Es que, repentinamente, este objeto va a retomar, para él, su presencia, su valor. El declara: "Yo amaba a Ofelia, y treinta y seis mil hermanos, con todo su amor, no llegarán jamás a la cantidad del mío. ¿Qué harás tú por ella?".

Es en estos términos que comienza el desafío dirigido a Laertes. Es de algún modo en la medida en que el objeto de su deseo se ha vuelto un objeto imposible, que vuelve a ser objeto de su deseo.

Una vez más creemos encontrarnos con un rodeo familiar, a saber, una de las carácterísticas del deseo del obsesivo. No nos detengamos demasiado rápido en las apariencias demasiado evidentes. Lo que carácteriza al obsesivo no es tanto que el objeto de su deseo sea imposible, en tanto que, por la estructura misma de los fundamentos del deseo, siempre hay esta nota de imposibilidad en el objeto del deseo.

Lo que carácteriza no es, pues, que el objeto de su deseo sea imposible. No es esto. Este rasgo no es más que una de las formas especialmente manifiestas de un aspecto del deseo humano. Lo que carácteriza al obsesivo es que pone el acento sobre el encuentro con esta imposibilidad.

Dicho de otro modo: Se las arregla para que el objeto de su deseo tome valor esencial de significante de esta imposibilidad.

Esto es una de las notas por la cual podemos abordar ya esta forma. Pero hay algo más profundo que nos solicita.

El duelo es algo que nuestra teoría, nuestra tradición, las fórmulas freudianas, nos han enseñado a formular en términos de relación de objeto. Es que, por cierto dado, no podemos ser sorprendidos por el hecho de que el objeto del duelo sea puesto de relieve por Freud, por primera vez, desde que hay psicólogos, y que piensan.

Es porque el objeto del duelo está en cierta relación de identificación, que él ha tratado de definir tan cuidadosamente, de llamar relación de incorporación con el sujeto, y es allí que toma su alcance, que se agrupan y se organizan, las manifestaciones del duelo. Entonces, ¿no podemos tratar, nosotros, de articular cuidadosamente, en el vocabulario que hemos aprendido a manejar aquí, qué puede ser esta identificación del duelo? ¿Cuál es la función del duelo?.

Si avanzamos por esta vía, veremos aparecer —y únicamente en función de los aparatos simbólicos que nosotros empleamos en esta exploración— en la función del duelo, consecuencias que creo nuevas y, para ustedes, eminentemente sugestivas. Quiero decir, destinadas a abrir apreciaciones eficientes y fecundas, a las cuales no podrían acceder por otra vía .

La pregunta de qué es la identificación debe esclarecernos por las categorías que son aquellas que aquí, delante de ustedes, desde hace años, yo promuevo, a saber, aquellas de lo simbólico, lo imaginario y lo real.

¿Qué es esta incorporación del objeto perdido? ¿En qué consiste el trabajo del duelo?.

Se permanece en algo vago, que explica la detención de toda especulación alrededor de esta vía abierta, sin embargo, por Freud, alrededor del duelo y la melancolía, por el hecho de que la pregunta no fue articulada convenientemente. Atengámonos a los primeros aspectos, a los más evidentes, de la experiencia del duelo.

El sujeto se hunde en el vértigo del dolor, se encuentra en una relación, en cierto modo, aquí ilustrada de la manera más manifiesta, por lo que vemos que ocurre en la escena del cementerio: el salto de Laertes en la tumba y el hecho de que abraza, fuera de sí, el objeto cuya desaparición es la causa de este dolor que, en realidad, en el tiempo, en el momento de este abrazo, es, de la manera más manifiesta, una especie de existencia tanto más absoluta, que no corresponde a nada que exista.

En otros términos, el agujero en lo real, provocado por una pérdida, una pérdida verdadera, esta especie de pérdida intolerable al se humano que provoca, en el duelo, ese agujero en lo real, se encuentra, por esta misma función, en esta relación que es la inversa que aquella que promuevo delante de ustedes bajo el nombre de Verwerfung.

Así como lo que es rechazado en lo simbólico reaparece en lo real, es que esas fórmulas deben ser tomadas en sentido literal, lo mismo la Verwerfung, el agujero de la perdida en lo real, de algo que es la dimensión, propiamente hablando, intolerable, ofrecida a la experiencia humana, y que es no la experiencia de la propia muerte, que nadie tiene, sino aquella de la muerte de otro que es, para nosotros, un ser esencial.

Esto es un agujero en lo real. Este agujero se encuentra en lo real, y es en razón de la misma correspondencia que la que articulo en la Verwergung, que ofrece el lugar donde se proyecta, precisamente, ese significante faltante, ese significante esencial, a, como tal, en la estructura del Otro, ese significante cuya ausencia vuelve al Otro impotente para darles vuestra respuesta.

Ese significante que sólo pueden pagar con vuestra carne y vuestra sangre, ese significante que es, esencialmente, el falo bajo el velo.

Es porque ese significante encuentra ahí su lugar y, al mismo tiempo, no puede encontrarlo, porque ese significante no puede articularse a nivel del Otro, que vienen, como en la psicosis —y es porque el duelo se emparenta con la psicosis— a pulular en su lugar todas las imagenes por las cuales aparecen los fenómenos del duelo, y por las cuales los fenómenos de primer orden, aquellos por los cuales se manifiesta, no tal o cual locura particular, sino una de las locuras colectivas más esenciales de la comunidad humana como tal, es, a saber, lo que esta ahí puesto en primer plano, en primer lugar, en la tragedia de Hamlet, a saber, el ghost, el fantasma, esta imagen que puede sorprender el alma de todos y cada uno.

Si en lo concerniente al muerto, aquel que acaba de desaparecer, no han sido cumplidos los ritos —¿los ritos destinados a qué, a fin de cuentas?, ¿qué son los ritos funerarios?— los ritos por los cuales nosotros satisfacemos eso que se llama la memoria del muerto, ¿qué es sino la intervención total, masiva, desde el infierno hasta el cielo, de todo el juego simbólico?. Yo querría también tener tiempo de darles algunos seminarios sobre este tema del rito funerario, a través de una investigación etnológica. Recuerdo, hace muchos años, haber pasado bastante tiempo sobre un libro que es una ilustración verdaderamente admirable, y que cobra todo su valor, para nosostros ejemplar, por ser de una civilización bastante distinta de la nuestra para que los relieves de esta función aparezcan verdaderamente de un modo brillante.

Este Li-ki, uno de los libros chinos consagrados. El carácter macroscópico de los ritos funerarios, a saber el hecho de que en efecto no hay nada que pueda colmar de significante ese agujero en lo real, sino es la totalidad del significante, el trabajo se efectúa a nivel del Logos —digo esto por no decir del grupo de la comunidad (es evidente que es el grupo y la comunidad en tanto que culturalmente organizados quienes son los soportes) el trabajo del duelo se presenta primero como una satisfacción dada en los elementos significantes para hacer frente al agujero creado en la existencia, por la puesta en juego total de todo el sistema significante alrededor del mínimo duelo.

Y es lo que nos explica que toda creencia floklórica establezca esencialmente la relación más estrecha entre el hecho de que algo fuese falido, elidido o rechazado en esta satisfacción al muerto, y el hecho que se produzcan esos fenómenos que corresponden a la influencia, a la entrada en juego, a la puesta en marcha de los fantasma y de los espectros en el lugar dejado libre por el rito significante.

Y aquí aparece una nueva dimensión de la tragedia de Hamlet. Se los he dicho al comienzo, es una tragedia del mundo subterráneo. El ghost surge de una ofensa inexpiable. Ofelia aparece en esta perspectiva, neutra, nada más que una víctima ofrecida a esta ofensa primordial. El asesinato de Polonio y el ridículo arrastre de su cadaver por el pie, por un Hamlet que deviene de repente literalmente desenfrenado, y que se divierte en mofarse de todo el mundo que le pregunta dónde está el cadáver, y que se divierte en proponer toda una serie de enigmas de muy mal gusto que culmina en la fórmula: "Hide fox, an all after" lo que evidentemente una referencia a una especie de juego de escondida...Esto quiere decir, el zorro está escondido, corramos detrás: el asesinato de Polonio es la extraordinaria escena del cadáver escondido a despecho de la sensibilidad y de la inquietud de todos los que lo rodean no es todavía más que una burla de lo que se trata, a saber de un duelo no satisfecho.

Estamos quí en algo que como ven no he podido todavía hoy darles la última palabra; este perspectiva, esa relación entre la fórmula $ à a, el fantasma, y algo que aparece paradojicamente alejado, a saber la relación de objeto, por cuanto que el duelo nos permitió esclarecerla.

La próxima vez, vamos a proseguir en detalle, mostrando, retomando los recovecos de la obra de Hamlet por cuanto que ella nos permita captar mejor la economía estrechamente ligada aquí a lo real, lo imaginado, lo simbólico.

Puede ser que en el curso de estas muchas ideas preconcebidas por ustedes queden atascadas, incluso espero estrelladas, pero pienso que estarán prepeardos por el hecho que porque comenzamos una tragedia donde apenas se economizan los cadáveres, esta suerte de estragos puramente ideicos les parecerán al lado de los estragos dejados por Hamlet tras él muy poca cosa, y en suma ustedes se consolarían del camino, puede ser difícil, que les he hecho recorrer con esta fórmula hamlética: no se hace Hamlet, sin romper los huevos.



índice del seminario 6

































Clase 19. Falofahía.
29 de Abril de 1959

Falofahía
29 de Abril de 1959



Si la tragedia de Hamlet es la tragedia del deseo, es tiempo de señalar — es allí donde los he llevado al final de nuestro curso, lo que se señala siempre al final, a saber, lo que es más evidente —, no supe, en efecto, que ningún autor se haya detenido tan sólo en esta observación, difícil, sin embargo, de desconocer, una vez que se la ha formulado, que, de un extremo a otro de Hamlet, no se habla más que de duelo.

La primera observación de Hamlet concierne a ese escándalo, ese casamiento precoz de su madre. Ese casamiento que la madre misma en su ansiedad, su ansiedad por saber lo que atormenta a su amado hijo, llama, ella misma, "nuestro casamiento demasiado precoz": "I doubt it is no other but the main. His father's deth and our o'earhsty marriage". No es necesario que les recuerde esas palabras de Hamlet sobre esos restos de la comida de los funerales, que servirían para la comida de las nupcias, economía, economía: "Thrift, Thrift Horatio", indicando con ese término algo que nos recuerda que, en nuestra exploración del mundo del objeto, en esta articulación que es aquella de la sociedad moderna sobre eso que llamamos los valores de uso y los valores de cambio, con todas las nociones que se engendran alrededor de eso, hay algo que, posiblemente, el análisis desconoce —entiendo el análisis marxista, económico, por cuanto domina el pensamiento de nuestra época— , y de lo cual palpamos la fuerza y la amplitud a cada instante, son los valores rituales.

Aún por eso que notamos sin cesar en nuestra experiencia, puede ser útil que destaquemos, que los articulamos como esenciales.

He hecho alusión ya, la anteúltima vez, a esta función del rito en el duelo. Es por esta mediación, que el rito introduce en eso que el duelo abre de hiancia en alguna parte, más exactamente, en la manera en que él viene a coincidir, a poner en el centro de una hiancia totalmente esencial, la hiancia simbólica, la falta simbólica, el punto x, en suma, del cual se puede decir que, en alguna parte, cuando Freud hace alusión al ombligo del sueño, es, tal vez, justamente, el correspondiente psicológico que él evoca, de esa falta.

Por otra parte, sobre la cuestión del duelo, no podemos sino impresionarnos, porque todos los duelos que son mayores, que son puestos en cuestión en Hamlet, siempre vuelven a esto, que los ritos han sido abreviados, clandestinos.

Polonio es enterrado sin ceremonia, secretamente, a las apuradas, por razones políticas.

Y ustedes recuerdan todo lo que se juega alrededor del entierro de Ofelia, de la discusión por saber cómo es que, muy probablemente estando muerta habiéndolo querido, habiéndose ahogado de manera deliberada —al menos esa es la opinión popular—, sin embargo, ella es enterrada en tierra santa, en tierra cristiana, algo del rito cristiano le es acordado.

Los enterradores no dudan de esto: Si ella no fuera una persona de un rango tan elevado, se la hubiera tratado de otra manera, de la forma en que el sacerdote articula que esto hubiera debido ser, ya que él no es del parecer de que se le rindan esos honores funerarios, se la habría arrojado en tierra no consagrada, se habrían acumulado sobre ella tiestos y detritos de la maldición y las tinieblas. El sacerdote no ha aceptado sino esos ritos abreviados.

Todo es fuertemente acentuado en el final de la escena del cementerio. No podemos no tener en cuenta todos esos elementos, sobre todo si agregamos allí algunas otras cosas.

La sombra del padre es una sombra que tiene una queja inexpiable, que ha sido sorprendido, nos dice, ofendido de una manera eterna, que ha sido sorprendido —y no es éste uno de los misterios menores de esta tragedia— en la flor de sus pecados. No ha tenido tiempo de reunir, antes de su muerte, ese algo que lo hubiera puesto en condiciones de comparecer ante el último juicio.

Tenemos allí una especie de huella de elementos que se ordenan demasiado, de una manera notablemente significativa, como para que no nos detengamos en ello, como para que no nos preguntemos, como liemos comenzado a hacerlo la última vez, la relación del drama del deseo con todo eso de lo que se trata alrededor del duelo, y de las exigencias del duelo.

Este es el punto en el cual quisiera detenerme hoy, para tratar de profundizar en qué sentido introduce, para nosotros, una cuestión, en tanto que esta cuestión es aquella del objeto, y del objeto en tanto que nosotros lo abordamos bajo diversas formas, en el análisis. Lo abordamos en el sentido del objeto del deseo. Y hay, también, una relación simple del objeto al deseo, como en eso que podría ser articulado como si se tratara de un simple ajuste, aunque quizá es otra cosa.

Abordamos, también, la cuestión del objeto desde un ángulo totalmente diferente, cuando hablamos del objeto en tanto que el sujeto se identifica, allí, en el duelo.

El puede, se dice, reintegrarlo a su ego. ¿Qué es eso ahí? Esto es que no hay las dos fases: ¿que en el análisis no están articuladas, no están acordadas? ¿No hay algo, aquí, que exige de nosotros penetrar más lejos en este problema?.

Seguramente, lo que acabo de decir del duelo en Hamlet no nos permite ocultar que, en el fondo de ese duelo, es tanto en Hamlet como en "Edipo", un crimen. Que, hasta un cierto punto, todos esos duelos se suceden en cascada, como los resultados, las secuelas, las consecuencias del crimen de donde parte el drama. Y es por esto que Hamlet, decimos, es un drama edípico, lo que nos permite igualarlo, ponerlo en el mismo nivel funcional, en la genealogía trágica, que el "Edipo".

Es esto lo que ha puesto a Freud, y luego a sus discípulos, sobre la pista de la importancia de Hamlet para nosotros. Pero eso debe ser, para nosotros, al mismo tiempo, una ocasión de trabajar sobre ese tema, puesto que Hamlet, para la tradición analítica, se sitúa en el centro de una meditación sobre los orígenes, ya que tenemos la costumbre de reconocer, en el crimen de Edipo, la trama más esencial de la relación del sujeto con eso que aquí llamamos el Otro, a saber, el lugar donde se inscribe la ley...

Es bueno recordar algunos términos esenciales de la manera en que, para nosotros, están articuladas, hasta el presente, esas relaciones del sujeto con eso que se puede llamar el crimen original.

Está claro que debemos distinguir —en lugar de hacer como siempre, de dejar las cosas en una confusión, de imprecisión que no facilita las especulaciones de las cosas que tenemos para decir sobre este tema— que nos encontramos en presencia de dos pisos.

Está el mito freudiano, que merece ser llamado así, la construcción del tótem establecido, en tanto que ordena lo que puede llamarse, hablando propiamente, un mito —en su momento, he tocado ya este problema— , en el que, incluso, se puede decir que la construcción freudiana es, posiblemente, aquí, el único ejemplo de un mito formado que haya aparecido en nuestra era histórica.

Está ese mito que nos indica, de alguna manera, la ligazón primitiva esencial, completamente necesaria, que hace que no podamos concebir el orden de la ley, más que sobre la base de algo más primordial que se presenta ¿como qué?.

Allí esta el sentido del mito de Edipo, de Freud. Es muy evidente que ese crimen, que es el asesinato primitivo del padre, que es para él exigido como debiendo reaparecer siempre, como formando el horizonte, la barra terminal del problema de los orígenes en toda materia analítica remarquémoslo— , ya que él lo reencuentra siempre, y nada le parece agotado sino cuando lo reúne con este último término, el asesinato primitivo del padre, que él lo ubica en el origen de la horda, o en el origen de la tradición judaica, tiene, evidentemente, un carácter de exigencia mítica.

Otro plano es aquel donde algo se desarrolla y se encarna en un drama formador. Otra cosa es la relación de la ley primitiva con el crimen primitivo, y eso que sucede cuando el héroe trágico que es Edipo, que, por otra parte, es cada uno de nosotros en algún punto de su ser, virtualmente, cuando reproduce el drama edípico, cuando, matando al padre, se acopla con la madre, cuando, de alguna manera, renueva, sobre el plano trágico, en una especie de lustroso baño, el renacimiento de la ley.

Aquí podemos ver la disimetría entre la tragedia de Edipo y la tragedia de Hamlet.

Edipo responde, estrictamente, a esta definición que acabo de dar de reproducción ritual del mito. Edipo, en suma, completamente inocente, inconsciente, hace, en una especie de sueño que es su vida —la vida es un sueño— , cumple, sin saberlo, la renovación de los pasos que van, del crimen, a la restauración del orden y a la punición que asume él mismo, que nos lo hace aparecer, al fin, castrarlo.

Pues, está claramente aquí el elemento al que debemos tener en cuenta y que queda, si nos mantenemos en el nivel genético del asesinato primitivo, el elemento que nos queda velado. Es el sentido, al fin de cuentas, de lo que despunta, de lo que importa. Es, a saber, en esta punición, en esta sanción, en esta castración en la cual queda encerrada la clave, ese algo que es el resultado, que es, hablando propiamente, la humanización de la sexualidad en el hombre, que es, por otra parte, la clave en la cual tenemos costumbre, por nuestra experiencia, de hacer girar todos los accidentes de la evolución del deseo.

Es aquí que no es indiferente darnos cuenta de las disimetrías entre el drama de Hamlet y el drama de Edipo. Perseguirlas hasta en los detalles sería casi una operación demasiado brillante. Indiquemos, sin embargo, que el crimen se produce, en Edipo, en el nivel de la generación del héroe. En Hamlet, se produce en el nivel de la generación precedente.En Edipo, se produce no sabiendo el héroe lo que hace, y guiado, de alguna manera, por el destino. Aquí, el crimen es realizado en forma deliberada, puesto que es, también, traición.

El sorprende a aquél que es la víctima, el padre, en una especie de sueño, e incluso, en un sueño completamente real. Hay algo, en ese sueño, que no está absolutamente integrado. Se puede decir que Edipo ha jugado el drama como cada uno lo repite en sus sueños, pero aquí el héroe ha sido, verdaderamente —aquí, nuestras referencias pueden servir sorprendido de una manera completamente extraña al hilo de eso que él perseguía, entonces, de sus pensamientos.

El lo indica: "He sido sorprendido en la flor de mis pecados". Un golpe acaba de sorprenderlo, partiendo de un punto de donde él no lo esperaba, verdadera intrusión de lo real, verdadera ruptura del hilo del destino. El muerto sobre un lecho de flores, nos dice el texto Shakespeareano, y la escena de los actores, van casi a reproducírnoslo en una especie de pantomima preliminar, ese lecho de flores sobre la escena.

Hay allí, sin duda alguna, algún misterio, y del cual, no obstante, les he señalado, desde el principio, el contraste con el hecho tan singular que es la irrupción más extraña al sujeto, en el crimen, Es algo que parece, de alguna manera compensado, contrastado de la manera más paradoja!, por el hecho de que, aquí, el sujeto sabe. Quiero decir que Hamlet es informado por su padre, que sabe lo que está sucediendo. Y eso no es, para nada, uno de los menores enigmas.

El drama de Hamlet, contrariamente al de Edipo, no parte de esta cuestión: ¿qué es lo que sucede?, ¿dónde está el crimen?, ¿dónde está el culpable? Parte de la denuncia del crimen sacado a luz en el oído del sujeto. Y se desarrolla a partir de la revelación del crimen.

Por otra parte, veremos allí, al mismo tiempo, toda la ambigüedad y el contraste de algo de lo que se puede inscribir, bajo la forma en que nosotros inscribimos el mensaje de lo inconsciente, a saber, el significante de A/. [A mayúscula barrada] En la forma, si se puede decir, normal del Edipo, el S(A/) [A mayúscula barrada] lleva una encarnación, aquélla del Otro, la verdad de la verdad, en tanto que él debe ser el autor de la ley, y no obstante, en tanto que él no es jamas el que la sufre, es aquel que, como cualquiera, no puede garantizarla, aquel que, también, tiene él que sufrir la barra, aquello que, por cuanto es el padre real, hace de él un padre castrado.

Totalmente diferente —aunque pueda simbolizarse de la misma manera— es la posición al final de Hamlet, o más exactamente, en su comienzo, puesto que es el mensaje el que abre el drama de Hamlet. Aquí también vemos al Otro revelarse bajo la forma más significante, como un A/ [A mayúscula barrada]. No es solamente del mundo de los vivos que él esta excluido; es de su justa remuneración. Con el crimen, él es introducido en el dominio del infierno, es decir, de una deuda que él no ha podido pagar, una deuda inexpiable, dice él. Y allí está el sentido más terrible y más angustiarte de su revelación para su hijo.

Edipo ha pagado, se presenta como aquel que lleva, en el destino del héroe, la carga de la deuda cumplida, retribuida. Eso de lo que. se queja el padre de Hamlet, es de haber sido interrumpido, sorprendido, quebrado, en ese hilo. Es de no poder responder james por ello.

Ustedes lo ven: es alrededor de lo que nuestra investigación nos conduce a medida que progresa, es de eso de lo que se trata en la retribución, en la punición, en la castración, en la relación al significante falo, puesto que es en ese sentido que nosotros hemos comenzado a articularlo.

Y una ambigüedad se establece entre eso que Freud mismo nos ha indicado de una manera, posiblemente, un poco finisecular, a saber, ese algo que haría que nos consagremos a no vivir el Edipo, más que bajo una forma, de alguna manera, falseada, ese algo del que hay, seguramente, un eco, en Hamlet.

Uno de los primeros gritos al final del primer acto de Hamlet es éste: "The time is out of joint: O coursed spite. / That ever I was born to set it right". "El tiempo se ha salido de sus casillas, Oh, maldito —no lo puedo traducir de otra manera— qué despecho, spite".

"Spite" está por todas partes, en los sonetos de Shakespeare. "Despecho" ha tomado, para nosotros, un sentido subjetivo. Nuestro primer paso para la comprensión de los isabelinos sería, a propósito de cierto número de palabras, deber devolverle, también, el poder de dar vueltas sobre sus goznes, es decir, situar el despecho en alguna parte, entre el despecho objetivo y el despecho subjetivo, en algo de lo que parece que hemos perdido la referencia, que es, justamente, lo que sucede en el nivel del orden, a saber, de los términos que pueden estar entre los dos, entre lo objetivo y lo subjetivo. "O cursed spite", es esto por lo que él está despechado, es en lo cual también el tiempo le es injusto. Nosotros no podemos articular esas palabras que están en juego en el centro de eso que es lo vivido del sujeto, o bien todo lo que él puede designar como la injusticia en el mundo.

Posiblemente, reconozcan allí, en el pasaje, el extravío del alma bella, del cual no hemos salido, lejos de allí, a pesar de todos nuestros esfuerzos, pero que el vocabulario shakespeareno trasciende. Y no es por nada que he hecho alusión aquí a los sonetos, tan alegremente —pues, "oh maldición, que yo no haya nacido jamas para volver a enderezarlo".

Y he aquí, entonces, justificado, profundizado, lo que en Hamlet parece ilustrar una forma decadente del "Edipo", una especie de Untergang compleja, que produce ambigüedad con eso hacia lo cual quiero llevar vuestra atención ahora, por un instante, a saber, lo que Freud llama así, en cada vida individual, a saber, lo que él ha descripto bajo ese titulo en 1924, llamando él mismo la atención sobre lo que es, al fin de cuentas; el enigma del Edipo, y que no es, simplemente, que el sujeto haya querido, haya deseado el asesinato de su padre, la violación de su madre, sino que esto esta en el inconsciente, y cómo llega a estar allí, al punto que el sujeto, durante un período importante de su vida, el período de latencia —fuente, en el ser humano, de los puntos de construcción de todo su mundo objetivo— llega a no ocuparse más de esto para nada.

A tal punto no se ocupa de para nada, que ustedes saben muy bien que Freud admite, por lo menos en el origen de su articulación doctrinal que, en un caso ideal, no ocuparse de esto deviene algo felizmente definitivo.

Vuelvo a enviarlos a ese texto que no es largo, y que encontrarán en el Tomo XIII de las Obras Completas. ¿Qué es lo que nos dice Freud? Partamos de lo que él nos dice. Veremos, después, que esto puede aportarnos agua para nuestro molino.

Freud nos dice: El complejo de Edipo entra en su Untergang, en su descenso, en su declinación, en esa declinación que será una peripecia decisiva para todo el desarrollo ulterior del sujeto. A continuación dice: El complejo de Edipo no ha sido probado, experimentado, bajo las dos fases de su posición triangular, sino cuando el sujeto, rival del padre, se ve sobre el punto concreto alcanzado por una amenaza, que no es otra que la castración, es decir que, en tanto el quiere tomar el lugar del padre, será castrado, y que, si toma el lugar de la madre —es literalmente lo que dice Freud— el perderá también el falo, puesto que, el punto de conclusión, de maduración del Edipo, es el descubrimiento pleno de que la mujer está castrada.

Es precisamente en tanto que el sujeto esta tomado en esta alternativa cerrada, que no le deja ninguna salida sobre el plano de algo que podemos articular como la relación —que vamos a intentar profundizar mejor más adelante—, con eso que se llama el falo, y que es la clave de la situación que, en ese momento, se forma como la del drama esencial del Edipo.

El Edipo, diría, en tanto está, precisamente, en el sujeto, marca la unión y el retorno que lo hace pasar, del plano de la demanda, al del deseo.

Es en tanto que esta cosa —pues dejo la interrogación sobre la calificación, y vamos a ver lo que eso debe ser para nosotros— no he dicho objeto al decir cosa, digo real, aún no simbolizado, pero de alguna manera con posibilidad de serlo. Es, para decirlo todo, lo que podemos llamar un significante.

El falo nos es presentado por Freud como la clave de la Untergang, del descenso, de la declinación del Edipo. Observamos reunido, en la articulación freudiana, algo que no pone la vida en una posición tan simétrica.

Y es en tanto que el sujeto entra, en cuanto a esta cosa, en una relación que podemos llamar de lasitud —esta en el texto de Freud— respecto de la gratificación, es en tanto que el chico renuncia a estar a la altura de las circunstancias —esto ha sido más articulado aún para la niña, en la que ninguna gratificación se espera en este plano—, es en tanto, para decirlo todo, que algo de lo que se sabe que no se produce la emergencia articulada en ese momento, a saber, que el sujeto tiene que hacer su duelo del falo, que el Edipo entra en su declinación.

Que la cosa es alrededor de un duelo, se despeja de una manera tan evidente, que no se puede no intentar hacer el acercamiento para darnos cuenta de que es por ahí que se aclara, para nosotros, la función ulterior de ese momento de declinación, su rol decisivo que —no lo olvidemos no es solamente, no puede ser solamente, para nosotros, el hecho de que los fragmentos, los detritus más o menos incompletamente rechazados del Edipo, van a resurgir, al nivel de la pubertad, bajo la forma de síntomas neuróticos.

Pero esto que también hemos admitido siempre, que es de la experiencia común de los analistas, que de esto depende algo en la economía, no solamente del inconsciente, sino en la economía imaginaria del sujeto, que no se llama de otra manera que su normalización sobre el plano genital. A saber, que no hay sucesos felices de la maduración genital, sino por la conclusión, justamente, tan plena como sea posible, de este Edipo, y en tanto que el Edipo lleva como consecuencia el estigma, la cicatriz, tanto en el hombre como en la mujer, del complejo de castración.

Es posiblemente aquí, entonces, haciendo el acercamiento, la síntesis con lo que nos ha sido dado, en la obra freudiana, concerniente al mecanismo del duelo, que podemos darnos cuenta de que es esto lo que va a ser, para nosotros, esclarecedor, en cuanto al hecho de que se produce en el sujeto ese duelo, sin duda, particular, ya que ese falo no es, din duda, un objeto como los otros.

Pero aquí también podemos detenernos, pues, después de todo, si les pregunto: ¿Qué es lo que define el alcance, los limites, de los objetos de los que nosotros tenemos que llevar luto?.

Hasta el presente, esto no ha sido articulado para nada. Nosotros sospechamos que el falo, entre los objetos por los que tenemos que llevar luto, no es como los otros. Allí, como en todas partes, él debe tener su lugar aparte.

Pero justamente, es eso lo que se trata de precisar: el lugar de algo sobre un fondo. Es precisándolo sobre ese fondo, que la precisión del lugar del fondo aparece, también, en retroacción.

Estamos aquí en un terreno completamente nuevo. Intentemos, entonces, avanzar, ya que es esto lo que va a servirnos en el último término de nuestro análisis de Hamlet. Es para volver a llevarlos a esta cuestión, que elaboré ante ustedes, por una serie de toques concéntricos, que acentué, que les he hecho escuchar de una manera diversamente resonante, y que espero hacer cada vez más precisa, a saber, lo que llamo el lugar del objeto en el deseo.

¿Qué nos dice Freud, en cuanto a ese duelo del falo?. Nos dice que lo que esta ligado a el, lo que es uno de los resortes fundamentales, lo que le da su valor —puesto que es eso lo que buscamos— es una exigencia narcisística del sujeto.

He aquí establecida la relación de ese momento crítico en que el sujeto se ve, de todas maneras, castrado, privado de la cosa, del falo. Aquí Freud hace intervenir algo, como siempre, sin la menor precaución —quiero decir que él nos trastorna, como de costumbre, y gracias a Dios, lo ha hecho toda su existencia, ya que él (p. 14) no hubiera llegado nunca a trazar lo que le faltaba en su campo. El nos dice que es una exigencia narcisística.

En presencia de la última salida de sus exigencias edípicas, el sujeto prefiere, si se puede decir, abandonar toda esa parte de sí mismo, sujeto, que, de ahora para siempre, le será prohibido, a saber, puntuada en la cadena significante, lo que hace la parte superior de nuestro grafo.

Todo el asunto no es otro que la cuestión fundamental de la relación de amor, tal como ella es presentada por él en la dialéctica parental, y la forma en la que podía introducirse ahí. El va a dejar zozobrar todo esto en razón, dice Freud, de algo que tiene relación con ese falo como tal, tan enigmáticamente introducido allí desde el origen, y sin embargo, de una manera tan clara a través de toda la experiencia, en una relación narcisística con ese término.

¿Qué es lo que esto puede querer decir para nosotros?. En nuestro vocabulario puede ser algo esclarecedor, muy esclarecedor, algo por lo que intentamos responder a esa exigencia que Freud debe dejar de lado, porque le es necesario llegar a lo vivo, a lo tajante del sujeto, y que él no tiene mucho tiempo para detenerse en las premisas. Es, por otra parte, de esta manera como, en general, se funda toda acción y, más aún, toda acción verdadera, es decir, la acción que es allí nuestro tema. Por lo menos, debería serlo.

Y bien. Traducido nuestro discurso a nuestras referencias, 'narcisista' implica una cierta relación con lo imaginario. 'Narcisista' nos explica, aquí, esto: Que es, exactamente, en el duelo, en tanto que en el duelo nada es satisfecho —y aquí nada puede satisfacer, porque la pérdida del falo sentida como tal, es la salida misma de la vuelta hecha por toda la relación del sujeto a lo que sucede en el lugar del Otro, es decir, al campo organizado de la relación simbólica en la cual ha comenzado a expresarse su exigencia de amor. Está en el límite, y su pérdida, en este proceso, es radical.

Lo que se produce entonces es, precisamente, eso de lo que ya he indicado el parentesco con un mecanismo psicótico, en tanto que es con su textura imaginaria, y solamente con ella, que el sujeto puede responder allí.

Lo que, bajo una forma velada, Freud nos presenta como siendo el lazo narcisista del sujeto con la situación que se representa. Esto que nos permite, en ese momento, identificarlo a algo que representa, para él en el plano imaginario, esa falta como tal que pone, si se puede decir, en nulidad, o en reserva, en él todo lo que más tarde va a ser el molde de donde vendrá a remodelarse la asunción de su posición en la función genital. ¿Pero ahí, no es aún demasiado pronto para atravesar eso de lo que se trata realmente?. ¿Es para hacer creer, como se lo cree, que la relación al objeto genital es una relación positiva o negativa?. Verán ustedes que no es esto para nada, y es por eso que nuestras notaciones son mejores, porque ellas permiten articular cómo va a presentarse, realmente, el problema.

Eso de lo que se trata, de hecho, es algo que, para nosotros, debe connotarse bajo la forma siguiente, en tanto que ella nos hace abordar ese algo a lo que nos hemos aproximado ya, cuando hemos distinguido las funciones de la castración, de la frustración y de la privación.

Si ustedes lo recuerdan, en ese caso les he escrito: Castración, simbólica. Frustración, término imaginario. Privación, termino real. Les he dado las connotaciones de sus relaciones a los objetos. Les he dicho que la castración se relaciónaba con el objeto fálico imaginario. Y les he escrito que la frustración, imaginaria en su naturaleza, se desarrollaba siempre con un bien y con un término real. Y que la privación, real, se relaciónaba con un término simbólico. No hay —agregaba en aquel momento—, en lo real, ninguna especie de falla o de fisura. Toda falta es falta en su lugar, pero falta en su lugar es falta simbólica.

Hay aquí una columna, que es la del agente de estas acciones con su término objeto, que es algo que he tocado en un sólo punto, en aquel momento, al nivel del agente de la frustración: La madre. Y para mostrarles que es en tanto que la madre, como tal, es lugar de la demanda de amor, estaba, en primer lugar, simbolizada en el doble registro de la presencia y de la ausencia, que se encontraba en posición de dar el inicio genético de la dialéctica. En tanto que madre real, hace girar eso de lo que el sujeto está privado realmente, el seno, por ejemplo, como símbolo de su amor. Y en esto me he detenido allí.

Pueden ver ustedes que han quedado libres, aquí, los casos que corresponden al término agente en las otras dos relaciones. Es ahora, y únicamente ahora, que podemos inscribir aquí eso de lo que se trata .

El término agente es algo que, en cuanto a su sitio, se relacióna con el sujeto. A ese sujeto, en aquel momento, no podíamos articularlo netamente en los diferentes pisos. Es ahora que podemos hacerlo, y que podemos inscribir, en el nivel donde habíamos ubicado el lugar efectivo de la madre, el termino donde todo lo que transcurre en su acciónar, toma su valor, es decir, el A del Otro, en tanto que es ahí que se articula la demanda.

En el nivel de la castración, tenemos un sujeto en tanto que real, pero bajo la forma en la que hemos aprendido a articularlo y a descubrirlo desde entonces, es decir, en tanto que sujeto parlante, en tanto que sujeto concreto, es decir, marcado por el signo de la palabra. Seguramente, ustedes verde allí enseguida, justamente, esto que me parece que desde hace algún tiempo dos filósofos intentan articular, concerniente a la naturaleza singular de la acción humana.

No es posible acercarse al tema de la acción humana, sin dar cuenta de que, en cuanto a la ilusión de no sé qué comienzo absoluto, que sería el último término en el que se puede puntuar la noción de agente, hay algo que cojea.

A ese algo que cojea, a través de los tiempos, se ha intentado introducirlo, para nosotros, bajo la forma de diversas especulaciones sobre la libertad, que es, al mismo tiempo, necesidad —es éste el último término donde los filósofos han llegado a articular algo— , es decir, que no hay otra acción verdadera, que la de ponerse, de alguna manera, en el recto curso de las voluntades divinas.

Nos parece que, por lo menos, podemos pretender, aquí, aportar algo de un registro totalmente diferente, por la cualidad particular de su articulación, cuando decimos que el sujeto, en tanto que real, es algo que tiene cierta propiedad de estar en una relación particular con la palabra, condicionando en él este eclipse, esa falta fundamental que lo estructura como tal a nivel simbólico, en la relación con la castración.

No se trata, allí, de un lingote de oro, de un sésamo, de algo que nos abre todo. Pero que esto comienza a articular algo, y algo que jamás sido dicho, seguramente vale la pena señalarlo.

Entonces, ¿qué es lo que va a aparecer aquí, a nivel de la privación, a saber, de eso que deviene el sujeto, en tanto que él ha sido simbólicamente castrado al nivel de su posición como sujeto parlante, no de su ser, de este ser que tiene que hacer el duelo de esa cierta cosa que él ha aportado como sacrificio, como en holocausto en su función de significante faltante?.

Esto deviene mucho más claro, y mucho más fácil do connotar, a partir del momento en que planteamos el problema en términos de duelo. En términos de duelo es en tanto que podemos escribir, sobre el plano en que el sujeto es idéntico a las imagenes biológicas que lo guían, y que hacen, para él el surco preparado de su "behaviour", de eso que lo va a atraer por todas las vías de la voracidad y del acoplamiento. Y es allí que algo es tomado, es marcado, es sustraído sobre ese plano imaginario, y que hace, del sujeto como tal, algo realmente privado.

Esta privación que nuestra contemplación, nuestro conocimiento, no nos permite localizar, situar, en ninguna parte en lo real, es porque lo real, en tanto tal, se define como siempre pleno.

Volvemos a encontrar aquí, pero trajo otra forma, y acentuada de otra manera, esta observación del pensamiento que se llama, equivocadamente o con razón, existencialista, que es el sujeto humano, viviente, quien introduce, allí, una nadificación (neantisation), que ellos llaman de esa manera, pero que nosotros llamamos de otra.

Pues esta nadificación de la que los filósofos hacen sus domingos, y aún los domingos de sus vidas (ver Raymond Quenau), no nos alcanza. Esto no nos satisface, por los usos tan artificiales que se hace de eso en la prestidigitación dialéctica moderna.

Nosotros llamamos a esto (-j), es decir, eso que Freud ha señalado como siendo lo esencial de la marca, en el hombre, de su relación al Logos, es decir, la castración, aquí efectivamente asumida sobre el plano imaginario.

Verán a continuación para qué nos servirá esta connotación (-j). Ella nos servirá para definir eso de lo que se trata, es decir, el objeto a del deseo, tal como él aparece en nuestra formulación del fantasma, que nos situará en relación a las categorías, a los encabezamientos de capítulos, a los registros que son nuestros registros habituales en el análisis.

Al objeto a del deseo, vamos a definirlo, vamos a formularlo como ya lo hemos hecho, y vamos a repetirlo una vez más aquí. Es este objeto el que sostiene la relación del sujeto con eso que él no es . Hasta aquí, llegamos casi tan lejos, aunque un poco más que lo que la filosofía tradicional y existencialista formulado bajo la forma de la negatividad o de la nadificación del sujeto existente.

Pero nosotros agregamos: A eso que él no es, en tanto que él no es el falo. Es el objeto que sostiene al sujeto en esta posición privilegiada que es llevado a ocupar en ciertas situaciones, que es la de ser, propiamente, aquello que no es, el falo.

Ese objeto a, tal como nosotros intentamos definirlo, porque ha devenido ahora exigible para nosotros que tengamos una justa definición del objeto, por lo menos que hagamos esta experiencia a partir de una definición que hemos creído justa de este objeto, para ver cómo se ordena, y al mismo tiempo, se diferencia lo que hasta el presente, equivocadamente o con razón, en nuestra experiencia, hemos comenzado a articular como siendo el objeto.

¿Es el objeto a nuestra manera de definir el objeto genital? ¿Sería decir que los objetos pregenitales no son objetos?. Las respuestas no podrían ser muy simples. Pero desde ya, la ventaja de la pregunta consiste en permitirnos captar la distinción que debe efectuarse entre lo que se llamó la fase fálica y la fase genital. ¿Cuál es, en efecto, la función de la fase fálica, en la formación y la maduración del objeto? Es una pregunta que desde hace algunos anos no se plantea.

La posición del falo está siempre velada. No aparece más que como resplandor, como aparición por su reflejo a nivel del objeto. Por supuesto, se trata, para el sujeto, de tenerlo o no. Pero la posición radical del sujeto al nivel de la privación, del sujeto en tanto sujeto del deseo, es la de no serlo. El sujeto es, el mismo, si puedo decirlo, un objeto negativo.

Las formas en las que aparece el sujeto al nivel de la castración, de la frustración, de la privación, bien podemos llamarlas alienadas, pero quizás aportemos, a este término de alienación, una articulación sensiblemente diferente, en tanto que diversificada...

Quiero decir que, si al nivel de la castración, el sujeto aparece en una síncopa del significante, es otra cosa aún que cuando aparece al nivel del Otro como sometido a la ley de todos, es otra cosa aún que cuando él tiene que situarse a él mismo en el deseo, donde la forma de su desaparición nos aparece en relación a las otras dos, teniendo una originalidad singular, bien propia para suscitarnos a articularlo más adelante.

Y es claramente esto lo que se produce en nuestra experiencia, y es hacia lo cual nos dispara el desarrollo de la tragedia de Hamlet. Cierta cosa de "el algo podrido" que el pobre Hamlet tiene para volver a poner sobre sus pasos, es algo que tiene la relación más estrecha con esta posición en relación al falo.

A través de toda la pieza, sentimos este término presente en todas partes, en el desorden manifiesto que es el de Hamlet, cada vez que acerca, si se puede decir, los puntos brillantes de su acción.

No podré hoy más que indicarles los puntos que nos permiten seguirle la huella.

Hay algo muy extraño en la manera en la que Hamlet habla a su padre. Hay una exaltación idealizante de su padre muerto, que se resume más o menos en esto: que la voz le falta para decir lo que él puede tener para decir de eso, y que, verdaderamente, él se sofoca y se ahoga, para concluir en eso que parece una de las formas particulares del significante que se llama, en inglés, 'pregnant', es decir, algo que tiene un sentido más allá de su sentido. El no encontraba ninguna otra cosa para decirle a su padre sino, dice él, que era como cualquier otro. Lo que él quiere decir es, evidentemente, lo contrario. Primera indicación y huella de eso de lo que quiero hablarles.

Hay muchos otros términos aún. El rechazo, el desprecio, el menosprecio arrojado sobre Claudio, es algo que tiene toda la apariencia de una denegación. Es, a saber, que en el desencadenamiento de injurias de las que lo cubre, y ante el llamado de su madre, él culmina en ese término: "un rey de piezas y parches", un rey hecho de jirones emparchados, que no puede no indicarnos que hay allí algo igualmente problemático, y de lo que, seguramente, no podemos no hacer la ligazón con un hecho que es que, si hay algo sorprendente en la tragedia de Hamlet, en relación a la tragedia edípica, es que, después del asesinato del padre, el falo está todavía allí.

Está realmente allí, y es justamente Claudio quien está encargado de encarnarlo. Es, a saber, que el falo real de Claudio es de lo que se trata todo el tiempo y que, en suma, él no tiene otra cosa que reprochar a su madre, que su estar satisfecha, precisamente apenas muerto su padre, a la vez que devolverla, con un discurso descorazonado, a ese fatal y fatídico objeto, verdaderamente, real, que parece ser, en efecto, el único punto alrededor del cual gira el drama.

Es, a saber, que por esta mujer que no nos parece, en su naturaleza, una mujer tan diferente a las otras que hay en la obra — estando dados todos los sentimientos humanos que ella muestra, además — , algo muy fuerte que debe, al menos, ligarla a su partenaire.

Ahora bien: parece que ése es el punto alrededor del cual gira y vacila la acción de Hamlet, el punto, si se puede decir, donde su genio sorprendido tiembla ante algo completamente inesperado.

Es que el falo está en posición totalmente ectópica, en relación a nuestro análisis de la posición édípica. Al falo, allí verdaderamente real, es, como tal, que se trata de golpearlo. El se detiene siempre.

El dice: "—Bien podría matarlo", en el momento en que encuentra a Claudio en sus plegarias. Y esta especie de vacilación ante el objeto a atacar, ese lado incierto de eso que él tiene que golpear, allí está lo que es el resorte mismo de lo que hace desviar, en todo momento, el brazo de Hamlet, justamente, ese lazo narcisista del que nos habla Freud en su texto sobre la declinación del Edipo. No se puede al falo, porque el falo mismo, si es allí verdaderamente real, es una sombra.

Les ruego meditar esto a propósito de todo tipo de cosas bien extrañas, paradojales, llamadas así, hasta qué punto esto por lo que nos inquietamos en esta apoca, a saber, por qué, después de todo, estaba completamente claro que a Hitler no se lo asesinaba.

Hitler que representa tan bien el objeto del que Freud nos muestra la función, en esta especie de homogeneización de la masa por identificación a un objeto en el horizonte, a un objeto equis, a un objeto que no es como los otros, ¿no es eso algo que nos permite reunirnos con eso de lo que venimos hablando?.

La manifestación totalmente enigmática del significante de la potencia como tal: De eso se trata. El Edipo, cuando éste se presenta bajo la forma particularmente penetrante en lo real, como lo es en Hamlet, aquello del criminal y usurpador instalado como tal, desvía el brazo de Hamlet, no porque él tenga miedo de ese personaje, que desprecia, sino porque él sabe que lo que tiene que golpear, es otra cosa que eso que está ahí.

Y esto es tan verdadero que, diez minutos más tarde, cuando llega a la habitación de su madre, que él comenzará a verduguearla fuertemente, escucha un ruido, detrás del tapiz, y se lanza sin mirar.

No sé que autor astuto ha hecho observar que es imposible que él crea que se trata de Claudio, pues él acaba de dejarlo en la habitación de al lado. Y sin embargo, cuando ya ha destripado, despanzurrado al infortunado Polonio, hará esta reflexión: "—Pobre viejo demente. Te había tomado por alguien algo mejor" (del texto de Shakespeare/473).

Todos piensan que él ha querido matar al rey, pero ante el rey —hablo de Claudio, el rey real, el usurpador, incluso—, él se detiene, al fin de cuentas, porque él quería tener para eso mejor ocasión. Es decir, sorprenderlo también a el en la flor de los pecados. Tal como se presentaba allí, no era eso lo que ocurría, no era ésta la buena ocasión.

Eso de lo que se trata es, justamente, del falo, y es por esto que él no podrá alcanzarlo jamás, hasta el momento en que, justamente, habrá hecho el sacrificio completo y, por otra parte, a pesar suyo, de todo su apego narcisista. Es, a saber, cuando el esta herido de muerte, y él lo sabe.

Es únicamente en ese momento que él podrá realizar el acto que hiere a Claudio. La cosa es singular y evidente, es sorprendente, y diré que están inscriptos en todo tipo de enigmas del estilo de Hamlet.

Cuando esta especie de personaje que, para el no es más que un chivo expiatorio, que de alguna manera él ha inmolado a los "manes" de su padre, puesto que él no está para nada afectado por la muerte de Polonio. Cuando él ha puesto a buen recaudo a Polonio en un recodo bajo la escalera, y que por todas partes se le pregunta de qué se trata, desliza algunas de sus menudas burlas, que son siempre tan desorientadoras para sus adversarios. Todo el mundo se pregunta —allí está el fondo del asunto— si lo que dice es lo que quiere decir, pues lo que dice causa, con todo derecho, comezón a todo el mundo. Pero para que lo diga, era necesario que se supiera de esto, de tal modo que no se lo pudiera creer, y así sucesivamente.

Es ésta una posición que debe sernos bastante familiar, desde el punto de vista del fenómeno de la confesión del sujeto. Dice estas palabras que han permanecido bastante cerradas para los autores, hasta el momento: "The body is with the king —no emplea la palabra 'corpe'; el dice 'body' aquí, les ruego que observen esto—, but the king is not with the body".

Les ruego, simplemente, que reemplacen la palabra "rey" por la palabra "falo", para darse cuenta de que, precisamente, es de eso de lo que se trata, a saber que el cuerpo está comprometido en este asunto del falo, y cómo, pero que, por el contrario, el falo no está comprometido con nada, y que él siempre se desliza de entre los dedos.

Inmediatamente después, él dice: "The king is a thing" (el rey es una cosa). "¿Una cosa?" —le dice la gente completamente estupefacta, embrutecida, como cada vez que él se libra a sus aforismos habituales. "A thing, my lord?" Hamlet: "Of nothing": Una cosa de nada.

A partir de lo cual, todo el mundo se encuentra enfrentado a no sé qué cita del salmista en donde se dice que, en efecto, el hombre es una "thing of not", una cosa de nada. Pero creo que, para esto, más vale remitirse a los textos shakespeareanos mismos.

Me parece, después de una atenta lectura de los sonetos, que Shakespeare es alguien que ha ilustrado singularmente, en su persona, un punto totalmente extremo y singular del deseo. En alguna parte, en uno de sus sonetos, del que no se imaginan la audacia —estoy sorprendido de que, respecto de eso, se pueda hablar aún de ambigüedad— él habla del objeto de su amor que, como todos saben,. era de su mismo sexo, y que parece ser un muy encantador joven, que parece haber sido el conde de Essex, le dice que tiene todas las apariencias que, para él, satisfacen el amor en aquello en que asemeja en todo a una mujer, que no tiene más que una muy pequeña cosa de la que la naturaleza ha querido proveerlo, Dios sabe por qué, y que con esta pequeña cosa, él, desgraciadamente, no tiene nada que hacer, y que él está muy desolado de que eso deba hacer las delicias de las mujeres. Le dice que tanto peor, con tal de que su amor permanezca, que éste sea su placer.

Los términos "thing" y "nothing" están allí estrictamente empleados, y no dejan ningún tipo de duda de que esto forme parte del vocabulario familiar de Shakespeare. Ese vocabulario familiar, después de todo, es, aquí, una cosa secundaria. Lo importante es que, al ir más lejos, podemos, justamente, penetrar en eso que es la posición creadora misma de Shakespeare, su posición que creo que, sin duda alguna, puede ser expresada sobre el plano sexual invertido, pero posiblemente, no sobre el plano del amor de tal manera pervertido.

Si nos introducimos en ese camino de los sonetos, que va a permitirnos precisar más de cerca aún lo que puede aparecer en esta dialéctica del sujeto con el objeto de su deseo, podremos llegar más lejos en algo que llamaré los instantes en que el objeto, por alguna vía —y siendo la vía mayor la del duelo—, desaparece, se desvanece despacito, deja, por un tiempo —un tiempo que no podría subsistir más que en la iluminación de un instante—, manifestarse la verdadera naturaleza de lo que le corresponde en el sujeto, a saber, eso que llamaré las apariciones del falo, las falofahías.

Es con esto que los dejaré hoy.



índice del seminario 6






































Clase 20. Del 13 de Mayo de 1959

13 de Mayo de 1959



Hablamos del deseo. Durante esta interrupción de una quincena, he tratado de reencontrar este camino que es el nuestro este año, y que nos obliga, a voces, como todo camino, a largos rodeos.

En mi esfuerzo de retomar el origen, al mismo tiempo que el objetivo de nuestro propósito, creo haber tratado de rehacer, para ustedes, esta puesta a punto que no es sino una manera más de concentrarse en el progreso de nuestra atención.

Se trata, en suma, en el punto en el que estamos, de intentar articular dónde está nuestro encuentro. No es solamente el encuentro de este Seminario, tampoco el encuentro de nuestro trabajo cotidiano de analistas. Es, además, el encuentro de nuestra función de analistas y del sentido del análisis. No podemos más que estar sorprendidos por la persistencia de un movimiento tal como el análisis, si fuera solamente entre otros en la historia, una tentativa terapéutica más o menos fundada, más o menos lograda.

No hay ejemplo de ninguna teorización, de ortopedia psíquica alguna, que tuviera una carrera más larga que medio siglo. Y seguramente, uno no puede dejar de sentir que lo que hace a la duración del análisis, lo que hace a su lugar más allá de su función, de su utilización medica - que nadie finalmente sueña con discutir -, es que hay, en él, algo concerniente al hombre de manera seguramente novedosa, seria, auténtica. Nueva, en su aporte; seria, en su alcance; autentificada, seguramente, por otra cosa que resultados a menudo discutibles, a veces precarios.

Creo que lo que es carácterístico en el fenómeno, es ese sentimiento que se tiene de algo que he llamado una vez la cosa freudiana, que es una cosa de la cual hablamos por primera vez. Yo irla más lejos, hasta decir que esto es, a la vez, el testimonio y la manifestación más cierta de esta autenticidad de la cosa de la cual se trata; el testimonio es dado, en ella, cada día, por la formidable verborrea que hay a su alrededor.

Si ustedes consideran en su caudal la producción analítica, lo que atrapa es este esfuerzo de los autores que, en fin de cuentas, se desliza siempre a tomar de su propia actividad un principio, para articularlo de manera tal que todo curso del análisis no se presente jamás como cerrado, cumplido, satisfactorio.

Este perpetuo movimiento, deslizamiento dialéctico, que es el movimiento y la vía de la búsqueda analítica, es algo que testimonia la especificidad del problema alrededor del cual esta búsqueda está enganchada.

Más cerca de esto, todo lo que nuestra búsqueda comporta de malestares, confusión, incertidumbre, en sus principios, todo esto que su práctica aporta de equívoco - espero encontrar siempre no sólo delante suyo, sino en su práctica misma esto que es, justamente, su principio, esto que querríamos evitar, la sugestión, la persuasión, la construcción -, todas estas contradicciónes en el movimiento analítico, no hacen más que acusar mejor la especificidad de la cosa freudiana.

A esta cosa, la encaramos, este año, por hipótesis sostenidas por todo el recorrido concéntrico de nuestra búsqueda precedente, bajo esta forma, a saber: Que esta cosa es el deseo.

Y al mismo tiempo, en el momento en que articulamos esta fórmula, nos apercibimos de una especie de contradicción, por el hecho de que todo nuestro esfuerzo parece ejercerse en el sentido de hacer desaparecer, en este deseo, su valor, su acento original, sin que podamos palpar, hacer ver, que la experiencia nos muestra que es con su acento original que tenemos que hacerlo.

El deseo no es algo que podamos considerar como reducido, normalizado, funcionando a través de las exigencias de una especie de pre-formación orgánica que nos implicaría, en principio, en la vía y el camino trazado en el cual tenemos que hacerlo entrar, que conducirlo.

El deseo, desde el origen de la articulación analítica por Freud, se presenta con este carácter que, en el inglés "lust", quiere decir "codicia", tanto como "lujuria", esta misma palabra que está en el "Lust-principie". Y ustedes saben que, en alemán, guarda toda la ambigüedad del placer y del deseo.

Ese algo que se presenta de antemano para la experiencia como turbio, como algo que enturbia la percepción del objeto, algo, además, que las maldiciones de los poetas y los moralistas nos muestran cómo, además, él degrada este objeto, lo desordena, lo envilece, en todo caso, lo sacude; a veces llega hasta la disolución aquello mismo que lo percibe, es decir, el sujeto.

Este acento está, ciertamente, articulado al principio de la posición freudiana, en tanto que la puesta en primer plano del "Lust", tal como está articulado en Freud, nos es presentado de una manera radicalmente diferente de todo lo que ha sido articulado precedentemente, que concierne al principio del deseo.

Y él nos es presentado, en Freud, como siendo, en su origen y en su fuente, opuesto al principio de realidad.

El acento está conservado, en Freud, en la experiencia original del deseo como siendo opuesto, contrario, a la construcción de la realidad. El deseo esta precisado como marcado, acentuado por el carácter ciego de la búsqueda que es la saya, como algo que se presenta como el tormento del hombre y que, efectivamente, hace a una contradicción en la búsqueda de aquello que está acá, para todos aquellos que han intentado articular el sentido de las vías del hombre en su búsqueda, de todo lo que, hasta acá, ha sido siempre articulado en el principio como siendo la búsqueda de su bien por el hombre.

El principio de placer, a través de todo el pensamiento filosófico y moralista a través de los siglos, no ha partido jamás en toda definición original, de aquello por la cual toda teoría moral del hombre se propone siempre afirmando como hedonista. A saber, que el hombre buscaría fundamentalmente su bien, lo sepa o no, y que, además esto no sería sino una especie de accidente en que se encontraría tomada la experiencia de este error de su deseo, de sus aberraciones.

Es en su principio y como fundamentalmente contradictorio que, por primera vez en una teoría del hombre, el placer se encuentra articulado con un acento diferente. Y en la medida en que el término del placer en su significante, incluso en Freud, está contaminado del acento especial con el cual se presenta la "Lust"; el "Lust", la codicia, el deseo.

El deseo, entonces, no se organiza, no se compone en una especie de acuerdo preformado con el concierto del mundo, como después de todo, una idea armónica, optimista del desarrollo humano podría suponerlo.

La experiencia analítica nos enseña que las cosas son en un sentido diferente. Como ustedes saben, como nosotros lo habíamos anunciado aquí, ella nos demuestra que es justamente esto que nos va a enganchar en una vía de experiencia que es, por su desarrollo mismo, algo donde vamos a perder el acento, la afirmación de ese instante primordial.

Es, a saber, que la historia del deseo se organiza en un discurso que se desarrolla en lo insensato - esto es, el inconsciente -, en un discurso en el que los desplazamientos, las condensaciones son, sin ninguna duda, lo que son desplazamientos y condensaciones en el discurso, es decir, metonimias y metáforas.

Pero metáforas que no engendran ningún sentido, a diferencia de la metáfora. Desplazamientos que no llevan ningún ser, y donde el sujeto no reconoce algo que se desplaza.

Es alrededor de la exploración de este discurso del inconsciente que la experiencia del análisis está desarrollada.

Está, entonces, alrededor de algo cuya dimensión radical podemos llamar la diacronía del discurso. Lo que hace la esencia de nuestra búsqueda, aquello donde se sitúa lo que tratamos de retomar, en cuanto aquello que esta allí de ese deseo, es nuestro esfuerzo para situarlo en la sincronía. Estamos introducidos en esto por algo que se hace oír cada vez que abordamos nuestra experiencia. No podemos no ver, no tomar - cuando leemos el informe, el text-book de la experiencia más original del análisis, a saber, "La interpretación de los sueños" de Freud, o que nos relacionemos con un matiz cualquiera, con una serie de interpretaciones -, el carácter de reenvío indefinido que tiene todo ejercicio de una interpretación que no nos presenta jamás el deseo sino bajo una forma articulada, pero que supone, en principio, algo que necesita este mecanismo de reenvío de deseo (voeu) en deseo (voeu), donde el movimiento del sujeto se inscribe, y además, a esta distancia de sus propios deseos (voeu) en que se encuentra.

Es porque nos parece que puede legítimamente formularse como una esperanza, que en la referencia a la estructura - referencia lingüística como tal, en tanto ella nos recuerda que no podría tener allí formación simbólica tan de costado y principalmente en todo ejercicio de la palabra que se llama discurso, no hay allí, necesariamente, un sincronismo, una estructura de lenguaje como sistema sincrónico - buscamos señalar cuál es la función del deseo.

¿Dónde se sitúa deseo en esta relación que hace que este algo que, de aquí en más, llamaremos el hombre, en la medida en que es el sujeto del logos?, ¿En qué se constituye en el significante como sujeto?, ¿Dónde se sitúa el deseo como sincrónico, en esta relación?.

Esto, pienso que les hará sentir la necesidad primordial de retomar eso, este algo en donde vemos, a la búsqueda analítica, desconocer esta organización estructural. En efecto, en el mismo momento en que yo antes articulaba la función contraria instaurada en el origen, principalmente por la experiencia freudiana, entre el principio de placer y el principio de realidad, ustedes no podían, al mismo tiempo, darse cuenta de que estábamos, justamente, en el punto en que la teoría trata de articularse en los mismos términos en los que yo decía que el deseo no se arregla.

Se arregla, por lo tanto, en la ambición que tienen los autores de conservarlo, de sentirlo, de una cierta manera, en esta especie de acuerdo con el concierto del mundo. Todo esta hecho para tratar de deducir, de una convergencia de la experiencia con una maduración, lo que es desear (sonhaiter), como un desarrollo acabado.

Y, al mismo tiempo, está bien claro que todo querría decir que los autores han abandonado, ellos mismos, todo contacto con su experiencia, si pudiesen, efectivamente, articular la teoría analítica en estos términos, es decir, encontrar qué hay de satisfactorio en esto, de clásico en la adaptación ontológica del sujeto a su experiencia.

La paradoja es la siguiente: Más lejos vamos en el sentido de esta exigencia a la cual llegamos por toda clase de errores - es necesario decirlo: errores reveladores, reveladores justamente cuando seria necesario articular las cosas de otra manera - , más lejos vamos en el sentido de esta experiencia, más lejos llegamos a paradojas como la siguiente.

Tomo un ejemplo, y lo tomo en uno de los mejores autores que haya, en uno de los más cuidadosos, precisamente, de una articulación justa, no solamente de nuestra experiencia, sino además de la suma de sus datos en un esfuerzo, también, por recontar nuestros términos, las nociones de las cuales nos servimos, los conceptos. He nombrado a Edward Glover, cuya obra es, seguramente, una de las más útiles para quien quiera intentar - en principio, en el análisis, esto es absolutamente indispensable-, saber esto que ha hecho y, además, la suma de experiencias que él incluye en sus escritos. Tomo un ejemplo de uno de sus numerosos artículos, que es necesario que ustedes lean, el que ha aparecido en el Journal International Psychanálisis, de Octubre de 1937 (cuarto volumen del año): "De la relación perversa al desarrollo del sentido de la realidad".

Muchas cosas son importantes para discutir en este articulo; no seria sólo los puntos de partida que él nos da, con la intención de manejar correctamente aquello que se trata, para él, de mostrarnos, especialmente, la definición del sentido de realidad como siendo esta facultad de la cual inferimos la existencia en el examen de la prueba de realidad. Hay gran interés en que estas cosas sean formuladas alguna vez.

La segunda cosa, es que lo que él llama pruebas eficientes de la realidad, a las cuales ningún sujeto que ha pasado la edad de la pubertad y la capacidad de conservar el contacto psíquico con los objetos que permiten la gratificación del instinto, incluyendo, aquí, además, los residuos y las modificaciones, los impulsos infantiles ... (párrafo inconcluso).

En tercer lugar, la objetividad, como la capacidad de tomar correctamente la relación de la pulsión instintual con el objeto instintual, cualesquiera que sean los fines de este impulso. Es, a saber, que él pueda o no ser gratificado.

He aquí los datos de principio, que son muy importantes y seguramente no pueden dejar de impactarlos, al dar, al término 'objetividad', en todo caso, un carácter que no es más aquel que le es habitualmente otorgado.

Esta naturaleza va a darnos la idea de que, en efecto, algo no está perdido en la dimensión original de la búsqueda freudiana, ya que algo puede ser desordenado de lo que, justamente hasta acá, nos parecían ser las categorías y los órdenes necesitados por nosotros en nuestra visión del mundo.

No podemos más que estar impactados por esto que comporta nuestra investigación con tal punto de partida. Ella comporta, en la ocasión, una búsqueda de lo que significa la relación perversa, aquí, siendo entendida en sentido amplio, en relación con el sentido de la realidad.

El espíritu del artículo implica que la formación perversa es concebida, por el autor, como siendo, en fin de cuentas, un medio para el sujeto de evitar los desgarrones, en las cosas que hacen "floup", en las cosas que no se dicen, para él en una realidad coherente.

La perversión está muy precisamente articulada por el autor, como el medio de salvación, para el sujeto, al asegurar en esta realidad, una textura contínua... Seguramente, hay aquí una vía original. Es que resulta, de esta forma de articulación, una suerte de omnipresencia de la función perversa . Pues también haciendo las pruebas al describir en ello si se puede decir las inserciones cronológicas, quiero decir, por ejemplo, dónde conviene colocarlo en un sistema de anterioridad y de posterioridad, donde veíamos escalonarse como más primitivos los desórdenes psicóticos, seguidos de los desórdenes neuróticos, y en el medio, el papel que juega, en el sistema de Glower, la toxicomanía, en tanto que hace, de ello, algo que responde a una etapa intermediaria, cronológicamente hablando, entre los puntos de arraigo, los puntos fecundos históricamente, los puntos en el desarrollo donde remonta el origen de estas diversas afecciónes.

Nosotros no podemos entrar aquí en un detalle de la crítica de esta vía, que no deja de ser criticable, como cada vez que tratamos un puro y simple punto de referencia genético de las afecciónes analizables.

Pero de todo esto, quiero destacar un párrafo que les muestra a qué punto de paradoja somos llevados, en toda tentativa que, de alguna manera, parte, desde un principio, de reducir la función en la cual tenemos que ver al nivel del deseo, al nivel del principio del deseo, a algo como una etapa preliminar, preparatoria, aún no informada, de la adaptación a la realidad, a una primera forma de relación con la realidad como tal. Porque es partiendo de este principio de clasificar la formación perversa en relación al sentido de la realidad, que Glower, aquí como en otra parte, desarrolla su pensamiento.

Lo que esto implica, yo les indicaré simplemente por esto que ustedes reconocerán, por otro lado, en miles de otros escritos, que aquí toma su interés al presentarse bajo una forma imaginada literaria, paradojal y verdaderamente expresiva. Ustedes reconocerán allí, algo que no es otra cosa que el período que podemos llamar kleiniano del pensamiento de Glower.Además, este período no es un período de lucha que ha creído deber llevar en el plano teórico con Melanie Klein. Sobre muchos puntos, podemos decir que tal pensamiento tiene muchos puntos comunes con el sistema kleiniano. Se trata de un período que - dice él -, se presenta en el momento en que la fase llamada paranoica del sujeto, se encuentra conducida a este sistema de realidad que él llama oral, anal, y que sería aquel en el que el niño se encontraría viviendo en esta época.Lo carácteriza como un mundo exterior que representaría la combinación de una carnicería, de un baño público, dicho de otra manera, de una letrina o alguna cosa aún más elaborada, bajo un bombardeo, de una morgue. Explica que la particular salida que da esto que es el pivote y el punto central de su intención en este momento, transforma este mundo, en efecto más bien trastornado, catastrófico, en una tranquilizadora y fascinante farmacia en la cual, sin embargo, hay esta reserva: es que el armario en que se encuentran los venenos, tiene la llave arriba.

Esto, que es muy bonito y muy pintoresco, es de naturaleza tal que sugiere que hay, asimismo, cierta dificultad para concebir que, efectivamente, el comienzo de la realidad es algo que debemos ver en una vivencia tan profunda, tan inmersa, tan implícita, que la suponemos como debiendo ser, para el hombrecito, aquel de una carnicería, de un baño público bajo un bombardeo, y de una cámara fría.

Hay, acá, algo, seguramente, de lo cual esto no es una razón, ya que se presenta bajo un aspecto, en principio, chocante, para que impulsemos de eso el principio, pero que puede, al mismo tiempo, hacernos emitir cierta duda sobre la exactitud de esta formulación que, de una manera cierta, manifiesta, no podría recortar una forma regular de desarrollo del hombrecito, más que si lo consideráramos como carácterizado por los modos de adaptación del sujeto a la realidad.

Necesariamente, tal formulación implica, por lo menos, la articulación de una doble realidad, de aquel la en la cual podría inscribirse la experiencia behaviorista y otra. La realidad en la cual estamos obligados, se reduce a vigiladas erupciones en el comportamiento del sujeto, es decir, efectivamente, para restaurar desde el origen algo que implica la autonomía, la originalidad de otra dimensión que no es la de la realidad primitiva, sino que, desde el punto de partida, es un más allá de lo vivido del sujeto.

Voy a tener que excusarme quizá, también por apoyar largo tiempo una contradicción que, después de todo, una vez que está articulada, se vuelve tan evidente. Pero nosotros no podemos, tampoco, apercibirnos de lo que comporta el hecho de que, en ciertas formulaciones, ella está enmascarada. En efecto, finalizaremos en algo que implica, en el lugar del término de realidad, un grave equívoco.

Si la realidad está como teniendo para nosotros aquello que permite acordarle un desarrollo paralelo al de los instintos - y está seguramente acá en la verdad más comúnmente recibida-, finalizaremos en extrañas paradojas que no dejan de tener resonancias en la práctica.

Si el deseo está acá, es justamente necesario hablar de él bajo su forma original, y no bajo su forma enmascarada, a saber, el instinto de esto de lo cual se trata en su evolución, y esto con lo que es nuestra experiencia analítica.

Si el deseo se inscribe en un orden homogéneo, en tanto que es enteramente articulable y asumible en términos de realidad, si es del mismo orden que la realidad, entonces, en efecto, se concibe esta paradoja indicada en formulaciones que sostienen la experiencia analítica más cotidiana.

Es que el deseo, así situado, implica que sea su maduración quien permita al mundo consumarse en su objetividad. Esto, más cercanamente, forma parte del credo de cierto análisis.

Quiero simplemente plantear la cuestión de lo que quiero decir concretamente: ¿Qué es el mundo, para nosotros, vivientes? ¿Qué es la realidad, en el sentido tenido, por ejemplo, en el psicoanálisis hartmaniano?.

Aquel que da toda la parte que merecen a los elementos estructurantes que implican que la organización del Yo (moi), en tanto el Yo (moi) está adaptado a trasladarse de manera eficaz en la realidad constituida, en un mundo que es, aproximadamente, idéntico, por ahora, a un campo, por lo menos, importante, de nuestro universo.

Esto quiere decir que la forma más típica de ese mundo, la más acabada - quisiera, yo también, permitirme dar imagenes que les hagan sentir esto de lo cual hablamos -, la realidad adulta, nosotros la identificamos, para fijar das ideas, a un mundo de abogados americanos.

El mundo de abogados americanos no parece, actualmente, el mundo más elaborado, el más presionado que uno pueda definir, concerniente a la relación con lo que, en cierto sentido, es necesario llamar la realidad. A saber, que nada falta, allí, de un abanico que parte de cierta relación fundamental de violencia esencial, marcada, siempre presente, para que la realidad sea, acá, algo que no esté en ningún lado elidida, y se extiende hasta con refinamientos de procedimiento que permiten, en este mundo, insertar toda clase de paradojas, de novedades, que están definidas en relación a la ley, siendo ésta esencialmente constituida por los giros necesarios para obtener su violación más perfecta.

He aquí el mundo de la realidad. ¿Qué relación hay, allí, entre este mundo y esto que se puede llamar un deseo maduro, un deseo maduro en el sentido en que nosotros lo entendemos, a saber, maduración genital? ¿Qué es?. La pregunta, seguramente, puede ser recortada da de muchas maneras, de las cuales una es la de la experiencia, a saber, el comportamiento sexual del abogado americano.

Nada parece, hasta este día, confirmar que hay una relación, una correlación exacta entre la terminación perfecta de un mundo que, además, se da la mano en el orden de todas las actividades, y una perfecta armonía en las relaciones con el otro, en tanto que esto implica un éxito en el plano de lo que llamamos el acuerdo del amor. Nada lo prueba, y casi nadie aún soñará con sostenerlo - esto no es, después de todo, más que una manera global, ilustrativa, de mostrar dónde se plantea la cuestión.

La cuestión se plantea en que una confusión es en este nivel, a propósito del término "objeto", entre la realidad que se situarla, en el sentido en que acabamos de articularlo, y la relación del sujeto al objeto que implica conocimiento, de una manera latente, en la idea de que la maduración del deseo es algo que implica, al mismo tiempo, una maduración del objeto. Se trata, seguramente, de otro objeto que el que podemos situar acá. Este punto de referencia objetivo nos permite carácterizar las relaciones de realidad.

Este objeto del cual se trata, lo conocemos desde hace largo tiempo. Aunque esté allí escondido, velado, es ese objeto que se llama objeto del conocimiento, el objeto que es el fin, la mira, el término de una larga búsqueda en el curso de las eras, de la allí el último término de los frutos que ha obtenido, al término de eso que llamamos la ciencia, pero que, durante mucho tiempo, debió atravesar las vías de un no enraizamiento, de una cierta relación del sujeto al mundo.Enraizamiento que entiendo, en el plano filosófico, de algo de lo cual no podemos negar que sea en su terreno, y que la ciencia haya podido tomar, en su punto de partida, originariamente. Y es justamente eso que ahora la distingue, como un niño que alcanza su independencia, pero que durante largo tiempo se alimentó de eso, de esa relación de meditación de la que nos quedan huellas bajo el nombre de teoría del conocimiento, y que, en ese orden, es una aproximación tan lejana como se puede de ese término, de ese pensamiento de una relación del objeto al sujeto, para el cual conocer comporta una profunda identificación, la relación a una connaturalidad, por la cual toda captura del objeto manifiesta algo de una armonía del principio.

Pero eso, no lo olvidemos, no es sino el hecho de una experiencia especializada, históricamente definible en muchas ramas. Pero no nos contentaremos con re tomar el sentido, articulándolo sobre ese ramal que es el nuestro, aquel de la filosofía griega.Ese esfuerzo de aserción, de cernimiento de ese algo que se llama objeto, implica una actitud principal., de la que nos equivocaríamos si consideráramos que podemos, ahora, una vez obtenidos los resultados, elidir, como si esa posición de principio no tuviera importancia sobre sus efectos.Seguramente, nosotros analistas, somos capaces de introducir la cuestión de aquello que, en este esfuerzo del conocimiento, estaba implicado en una posición de deseo. Nosotros no haremos, además, aquí como en otra parte, más que reencontrar algo que no ha pasado desapercibido para la experiencia religiosa que, en tanto ella puede indicarse a ella misma para otros fines, ha individualizado este deseo como deseo de saber, que nosotros lo encontraríamos en bases más radicales, bajo la forma de cierta pulsión ambivalente del tipo de la escoptofilia, incluso aún de la incorporación oral. Esta es la cuestión donde no haremos más que agregar nuestro toque. Pero hay una cosa cierta. Es que, en todo caso, todo este desarrollo del conocimiento, con lo que implica como portador de nociones implícitas de la función del objeto, es el hecho de una alternativa.

Toda instauración, toda introducción a la posición filosófica, no ha transcurrido jamás, en el curso de los tiempos, sin hacerse reconocer como siendo una posición de sacrificio de algo. Es en tanto que el sujeto entra en el orden de lo que se llama la búsqueda interesada - después de todo, su fruto, la objetividad, no es jamas definido de otra manera que como el alcance de cierta realidad, en una perspectiva desinteresada -, en la exclusión, por lo menos en principio, de cierta forma de deseo. Es en esta perspectiva, que está constituida la noción de objeto que nosotros reintroducimos, ya que no sainemos lo que hacemos, sino porque ella está implícita en esto que hacemos cuando la reintroducimos, cuando suponemos que, por toda nuestra investigación del deseo, nosotros podemos, como virtual, como latente, como para reencontrar, como para obtener, colocar una correspondencia del objeto como objeto naturalmente de eso que hemos explorado en la perspectiva del deseo.

Es, entonces, por una confusión entre la noción del objeto, tal como ella ha sido el fruto de elaboración de siglos en la búsqueda filosófica, el objeto satisfaciendo el deseo de conocimiento, con lo que podemos esperar del objeto de todo deseo, que nos encontramos llevados a plantear tan fácilmente la correspondencia de cierta constitución del objeto, con cierta maduración de la pulsión.

Es oponiéndose a esto que trato, para ustedes, de articular de otra manera, de una forma que pretendo más conforme a nuestra experiencia, a saber, para permitirles tomar, a cada instante, cuál es la verdadera articulación entre el deseo y esto que llamamos, en la ocasión, su objeto. Es esto que llamo la articulación sincrónica, que intento introducir cerca de ustedes, de la relación del deseo a su objeto. Es la verdadera forma de la pretendida relación de objeto, tal como ella está, hasta aquí, articulada para ustedes.

La fórmula simbólica $ (a en tanto que es la que les permite darle su forma a lo que yo llamo el fantasma - yo lo llamo aquí fundamental. Esto no quiere decir ninguna otra cosa, si esto no esta en la perspectiva sincrónica que asegura la estructura mínima que debe ser el soporte del deseo.

En esta estructura mínima, dos términos cuya relación de uno a otro constituye el fantasma, compleja en sí misma, en tanto que es en una tercera relación con este fantasma, que el sujeto se constituye como deseo.

Tomamos hoy la perspectiva tercera de este fantasma, al hacer pasar la asunción del sujeto por a. Lo que es, además legitimo, eso de hacerlo pasar por S/ , siendo dado que es en la relación de confrontación $ (a, que se sostiene el deseo.

Ya ustedes me han oído articular las cosas bastante lejos, para no ser sorprendidos, confundidos ni asombrados si adelanto que el objeto que se definió de antemano como el soporte que el sujeto se da, en tanto que desfallece (defailler). ¿Nos detenemos aquí un instante?. Comencemos por decir algo aproximativo, para que esto les hable, en el sentido, si puedo decir, de que él desfallece en su corteza de sujeto. Y luego retomaré, para decirles trajo otro término, hablando demasiado poco de la intuición, para que no tenga temor de llevarlo para ustedes de antemano, que es, por lo tanto, el término exacto: En tanto que él desfallece en su designación de sujeto.

Porque esto de lo cual se trata reposa enteramente sobre lo que sucede en tanto digo que el sujeto tiene, como tal, este deseo en el Otro, en ese discurso del Otro que es el inconsciente, algo falta en el sujeto - volveremos allí a cada momento, volveremos allí tantas veces como sea necesario, volveremos allí hasta el fin -; es en tanto que algo, por la estructura misma que instaura la relación del sujeto al Otro, en tanto lugar de la palabra, algo al nivel del Otro falta, que permite al sujeto identificarse allí - como precisamente el sujeto de este discurso que él sostiene, este algo que hace que el sujeto desaparezca allí como tal, en tanto que ese discurso es el discurso del inconsciente, que el sujeto emplea, para esta designación, algo que es, precisamente, tomado a sus expensas, a sus expensas no de sujeto constituido en la palabra, sino de sujeto real, verdaderamente viviente, es decir, de algo que solamente para sí no es en absoluto un sujeto - , que el sujeto, pagando el precio necesario para este punto de referencia a sí mismo, en tanto que desfalleciente (defaillant), es introducido en esta dimensión siempre presente, cada vez que se trata del deseo, a saber, de tener que pagar la castración.

Es decir que algo real, tomado en una relación imaginaria, es llevado a la pura y simple función del significante. En el sentido último, es el sentido más profundo de la castración como tal.

El hecho de que la castración esté concernida, desde el momento en que lo manifiesta de una manera clara el deseo como tal, es este el descubrimiento esencial del freudismo. Es la cosa que era, hasta acá, desconocida, es la cosa que ha permitido darnos toda clase de vías y apreciaciones históricas, a las cuales se han dado traducciones diversamente míticas, de las que se ha tratado enseguida de reducir a términos desarrollistas.

La fecundidad, en esta dimensión, no ha sido dudosa. Ella no debe dispensarnos de buscar en otra dimensión que la diacrónica, es decir, en la dimensión sincrónica. ¿Cuál es la relación esencial. que está interesada?.

La relación que está interesada es ésta: a saber, que el sujeto que paga - intento acá ser lo más gráfico posible, estos no son siempre los términos más rigurosos que traigo -, al pagar con su persona, debe reemplazar esta relación, que es relación del sujeto al significante, donde él no puede designarse, donde él no puede nombrarse como sujeto.El interviene en esto en que podemos encontrar el análogo en la función de ciertos símbolos del lenguaje, en tanto que los lingüistas dos distinguen bajo el termino de "shifters", símbolos-índice. Especialmente, he hecho alusión allí al pronombre personal, en tanto que la noción simbólica en el sistema le hace que sea algo que designa al que habla, cuando es el Yo (je).

Asimismo, sobre el plano del inconsciente, que no es un símbolo, que es un elemento real del sujeto, a es lo que interviene para soportar este momento, en el sentido sincrónico, donde el sujeto desfallece, para designarse al nivel de una instancia que, justamente, es la del deseo.

Yo sé lo que puede tener de fatigosa para ustedes la gimnasia mental de una articulación llevada a este nivel. Además, la ilustraré, para darles algún descanso de ciertos términos que son los de nuestra experiencia concreta.

El a, he dicho que era el efecto de la castración. No he dicho que era el objeto de la castración. Este objeto de la castración, lo llamemos el falo. El falo, ¿qué es?. Es necesario reconocer que, en nuestra experiencia, cuando lo vemos aparecer, en las falofahías, como les decía la última vez, artificiales, del análisis - también acá el análisis se comprueba como habiendo sido una experiencia absolutamente única, original -, también lo habíamos visto aparecer en alguna especie de alquimia terapéutica o nombre del pasado.

En Jerome Bosch vemos montones de cosas, toda clase de miembros dislocados, vemos el flato en el cual Jones ha creído encontrar más tarde el prototipo de aquel falo. Y ustedes saben que es nada menos que un flato oloroso. Encontramos todo esto expuesto sobre imagenes, todo esto que hay de manifiesto. Al falo - ustedes pueden observar - no se lo ve a menudo. Nosotros lo vemos. Lo vemos, y nos apercibimos, también, de que él no es tampoco muy fácil de nombrar como estando aquí o allá. Yo no voy a hacer por debajo, más que una referencia, por ejemplo, la de nuestra experiencia de la homosexualidad.

Nuestra experiencia de la homosexualidad está definida a partir del momento en que hemos comenzado a analizar a los homosexuales. En un principio, no se los analizaba.

El profesor Freud nos dice en "Tres ensayos sobre la sexualidad", que la homosexualidad masculina - él no puede, en este momento, avanzar más -, se manifiesta por esta exigencia narcisística de que el objeto no podría estar desprovisto de este atributo considerado por el sujeto como esencial.

Comenzamos a analizar a los homosexuales. Les ruego remitir a este momento los trabajos de Boshu, tal como han comenzado a ordenarse hacia los años 29, hasta el 33 y después.

Yo les señalo esto, ya que es muy ejemplar. Por otra parte, he indicado la bibliografía sobre la homosexualidad, cuando les he hablado de la importancia de los artículos de.. (falta en el original).

El desarrollo del análisis nos muestra que la homosexualidad está muy lejos de ser una exigencia instintiva. primordial, quiero decir, identificable con una pura y simple fijación o desviación del instinto. Quiero decir identificable con una pura y simple fijación o desviación del instinto.

Vamos a encontrar, en un segundo estado, que el falo, que de alguna manera interviene en el mecanismo de la homosexualidad, está muy lejos de ser el del objeto; que el falo del cual se trata es un falo que se identifica, quizá rápidamente, al falo paterno, en tanto este falo se encuentra en la vagina de la mujer. Y es porque es acá que él está cuestionado, que el sujeto se encuentra llevado hasta los extremos y a la homosexualidad.

He aquí un falo, entonces, con otro alcance, con otra función y con otro lugar que el que habíamos visto al principio.

Esto no es todo. Después nos regocija, si puedo decir, tener esta liebre por las orejas. He aquí lo que perseguimos los analistas, de los homosexuales, y que nos apercibimos que, en el fondo es acá que me remito especialmente en los trabajos de (ilegible), particularmente ilustrativos y confirmados por una experiencia muy abundantemente, la imagen que reencontramos en una fecha ulterior, en estructuraciones analíticas de la homosexualidad. Es una imagen que, por presentarse como el apéndice - nosotros lo atribuimos a una primera sección en la mujer, en tanto que ella no estaría castrada -, se muestra para ser cerrada más en los detalles, como algo que es lo que podemos llamar la evaginación, la extraposición en el interior de este órgano.

Este fantasma que, justamente, nos hemos encontrado en el sueño, y que he analizado tan largamente para ustedes, en este sueño de la capucha dada vuelta, apéndice hecho de algo que es una especie de exteriorización del interior, es acá algo que, en cierta perspectiva de investigación, se confirma como el término imaginario último, al cual el homosexual del cual se trata en la ocasión (cita a Boehm), se encuentra confrontado, cuando se trata de mostrarle la dialéctica cotidiana de su deseo.

¿Qué se puede decir, sino que aquí el falo se presenta, seguramente, bajo una forma radical donde él es algo, en tanto que este algo está para mostrar, en el exterior, lo que esta en el interior imaginario del sujeto que, en último término, no hay casi nada para sorprenderse, salvo cierta convergencia que se establece entre la función imaginaria de esto que está acá, en el imaginario, en postura de extraposición, de extirpación, casi destacada en el interior del cuerpo, lo que se encuentra más naturalmente pudiendo ser llevado a la función de símbolo, no obstante, sin ser desligado de su inserción radical, de eso que le hace sentir como una amenaza a la integridad de la imagen de sí?.

Estando dada esta apreciación, yo no quiero dejarlos acá, porque esto no es lo que va a darles el sentido y la función de a, en tacto objeto en toda su generalidad. Yo les he dicho: El objeto, en el fantasma, es decir, en su forma más acabada, en tanto que el sujeto es deseo, que el sujeto está, entonces, en inminencia de esta relación castratoria, el objeto es lo que da, a esta posición, su soporte. Aquí, quisiera mostrarles en qué sincronía puede articularse. Yo subrayo "sincronía", porque además la necesidad del discurso va a darles, de ello, forzosamente, una fórmula que será diacrónica. Es decir, que ustedes pueden llegar a confundir lo que les voy a dar aquí con una génesis. Sin embargo, no se trata de nada de eso.

Lo que quiero indicarles en las relaciones del ser que voy a inscribir ahora en la pizarra, es algo que nos permite situar en su lugar esta adquisición y este objeto, en su relación al sujeto, como en presencia de la castración inminente, en una relación que, provisoriamente, llamaré relación de rescate de esta posición, ya que además, me es necesario acentuar lo que quiero decir, hablando de relación de soporte.

¿Cómo se engendra esta relación sincrónica?. De la manera siguiente: Si partimos de la posición subjetiva la más original, aquella de la demanda, tal como la encontramos al nivel del esquema, como ilustración, el ejemplo manifestable en el comportamiento que nos permite tomar en su esencia cómo el sujeto se constituye, en tanto entra en el significante, la relación es la siguiente: El va a establecerse en el muy simple algoritmo que es el de la división. Está esencialmente constituido por esta barra vertical. La barra horizontal, estando, en la ocasión, adjunta, pero no siendo nada esencial, ya que podemos repetirla en cada nivel.

Digamos que es en tanto que está introducida por la relación más primordial del sujeto, la relación al Otro, como lugar de la palabra, de la demanda, que la dialéctica se instituye en la cual el residuo va a aportarnos la posición de a, el objeto.

Yo les he dicho, por el hecho de que está en términos de la alternativa significante que se articula primordialmente, en el comienzo del proceso que esta aquí, que nos interese que se articule primordialmente la necesidad del sujeto, que se instaura todo lo que, a continuación, va a estructurar esta relación del sujeto consigo mismo, que se llama el deseo.

El Otro, en tanto que es aquí algún real, pero interpelado en la demanda, se encuentra en postura de hacer pasar esta demanda, cualquiera que sea, por otro valor, que es el de la demanda de amor como tal, en tanto ella se refiere, pura y simplemente, a la alternativa presencia-ausencia.

Y yo no he podido dejar de ser sorprendido, tocado, incluso emocionado, al encontrar, en los sonetos de Shakespeare, literalmente, este termino presencia-ausencia, en el momento en que se trata, para él, de expresar la relación de amor con un guión. He aquí, entonces, al sujeto constituirlo, en tanto que el Otro es un personaje real, como siendo aquel por el cual la demanda misma cambia de significación. Como siendo aquel por quien la demanda del sujeto deviene otra cosa que aquello que demanda, especialmente, a saber, la satisfacción de una necesidad. No hay - es un principio que tenemos que mantener como principio para siempre- , sujeto, más que para un sujeto. Es en tanto el Otro ha sido colocado primordialmente como aquel que, en presencia de la demanda, puede o no jugar cierto juego, es en tanto término de una tragedia, que el Otro está instaurado como sujeto. Desde ahí, es a partir de este momento, que la introducción del sujeto, del individuo, en el significante, toma función de subjetivarlo.

Es en tanto que el Otro es un sujeto como tal, que el sujeto, en este momento, se instaura, y puede constituirse a sí mismo como Sujeto, que se establece, en este momento, esta nueva relación Con el Otro, porque él tiene, en este Otro, que hacerse reconocer como sujeto. Ya no como demanda, tampoco como amor, sino como sujeto.

No crean que estoy atribuyendo aquí a no se qué larva, todas las dimensiones de la meditación filosófica. No se trata de esto. Pero no se trata de esto como escondido, tampoco. Se trata de esto bajo una forma bien concreta y bien real, a saber, este algo por el cual toda especie de función y de funcionamiento del Otro en lo real, como respondiendo a su demanda, aquello en lo cual esto tiene que encontrar su garantía, la verdad de este comportamiento, cualquiera sea, es decir, precisamente, este algo que está en el fondo concreto de la noción de verdad como intersubjetividad, a saber, lo que da su sentido pleno al término "truth" en inglés, que es empleado, pura y simplemente, para expresar la verdad con una "V", pero además, lo que llamamos, en una descomposición del lenguaje que resulta ser el hecho de un sistema lingüisteril, la fe o la palabra. En otros términos aquello en lo cual podemos contar con el Otro.

Es esto de lo que se trata. Cuando digo que no hay Otro del Otro, ¿qué quiere decir esto si no es, justamente, que no existe ningún significante que garantice la continuación concreta de ninguna manifestación del significante?. Es aquí que se introduce este término que se manifiesta, al nivel del Otro, como garante, ante la preside de la demanda del sujeto, frente a la cual este algo se realiza, antes y primordialmente, de esta falta (manque), en relación a la cual el sujeto habrá de señalarse. Esta falta - obsérvenla -, se produce al nivel del Otro en tanto lugar de la palabra: no al nivel del Otro en tanto que real. Pero nada de lo real del lado del Otro puede suplir. allí si esto no es una serie de adiciones que no serán jamas agotadas, pero que pongo al margen, a saber e, a o el o en tanto que Otro, en tanto que se manifestara en el sujeto en todo el curso de su existencia, por los dones o por los rechazos, pero él no se situará jamás sino al margen de esta falta fundamental que se encuentra, como tal, al nivel del significante. El sujeto estará interesado, históricamente, por todas estas experiencias con otros. El Otro maternal, en la ocasión. Pero nada de esto podría agotar la falta que existe al nivel del significante como tal, a este nivel que el sujeto tiene para identificarse, para constituirse como sujeto, al nivel del Otro. Es acá que, en tanto que él mismo se encuentra marcado por este desfallecimiento, por esta no-garantia, al nivel de la verdad del Otro, que él habrá de instituir este algo que ya hemos tratado de aproximar enseguida bajo la forma de su génesis, este algo que es a. Este algo que se encuentra sometido a esta condición de expresar su Ultima tensión, aquella que es el resto, el residuo, que está al margen de todas estas demandas, y que ninguna de esas demandas puede agotar. Ese algo que está destinado, como tal, a representar una falta, y a representarla con una tensión real del sujeto.

Esto es, si puedo decir, el hueso de la función del objeto en el deseo. Es aquello que llega al rescate, del hecho de que el sujeto no puede situarse en el deseo sin castrarse; dicho de otra manera, sin perder lo más esencial de su vida. Y es, además, esto alrededor de lo cual se sitúa esta forma, una de las más ejemplares del deseo, la que ya el tema de Simone Weill les proponía como esto: Si supiéramos lo que el avaro encierra en su cofre, sabríamos, dice ella, mucho sobre el deseo.

Seguramente, es justamente para guardar su vida, que el avaro - y es una dimensión esencial, obsérvenlo - , encierra en algo, en un recinto, al objeto de su deseo; y donde ustedes van a ver que, por este hecho mismo, este objeto se vuelve un objeto mortificado.

En tanto esto está en el cofre, esta fuera del circuito de la vida, sustraído de ella y conservado como siendo la sobra de nada, que es el objeto del avaro. Y además, aquí se sanciona la fórmula de que, quien quiera guardar su vida, la pierde. Pero no digamos tan rápido que aquel que consiente en la pérdida la encuentra acá, directamente.



índice del seminario 6






































Clase 21. Del 20 de Mayo de 1959

20 de Mayo de 1959



Retomemos nuestro tema en el punto donde lo habIamos dejado la última vez., es decir, en el punto donde de lo que se trata es de una especie de operación que yo había formulado para ustedes bajo el modo de una división subjetiva de la demanda.

Retomaremos esto porque nos conduce al examen de la formula del fantasma, en tanto que ella es el soporte de una relación esencial, de una relación pivot, aquella que intento promover para ustedes este año, en el funcionamiento del análisis.

Si recuerdan, yo les había escrito la última vez las siguientes letras: Imposición, proposición de la demanda en el lugar del Otro como siendo la etapa ideal primaria.

Bien entendido, esto es una reconstrucción y, por lo tanto, nada es más concreto, nada es más real, porque es en la medida en que la demanda del niño comienza a articularse, que el proceso se engendra o que, al menos, nosotros pretendemos mostrar que el proceso se engendra, de donde va a formarse esta Spaltung del discurso, que está expresada por los hechos del inconsciente.

Pero, como ya les dije, es considerando lo que sucede a nivel de la demanda, que vamos a continuar el proceso de la generación lógica que se produce a partir de esta demanda. De manera que lo que yo habla expresado el otro día trajo una forma que hacia intervenir al Otro como sujeto real - no sé si bajo esta forma o bajo otra que había escrito en el pizarrón - , que la demanda toma aquí otro alcance, que deviene demanda de amor, que, en tanto es demanda de satisfacción de una necesidad, ella está revestida, a ese nivel, de un signo, de una barra, que cambia esencialmente el alcance de eso.

Poco importa que haya empleado esas letras o no - es seguro que he utilizado ésas - , porque esto es lo que puede engendrar toda una gama, que es la de las experiencias reales del sujeto, en tanto que van a inscribirse en cierto número de respuestas que son gratificantes o frustrantes, y que son, evidentemente, esenciales para que allí se inscriba cierta modulación de su historia.

Pero no es eso lo que perseguimos en el análisis sincrónico, el análisis forma]. que seguimos ahora. Es en la medida donde es el estadio ulterior a aquel de la posición del Otro como Otro real, que responde a la demanda, el sujeto se interroga como sujeto, es decir, donde él mismo se aparece como sujeto, en tanto que es sujeto para el Otro. Es, pues, en esa relación de primera etapa, en la cual el sujeto se constituye en relación al sujeto que habla, se re tome en la estrategia fundamental, que se instaura la dimensión de] lenguaje, y que no comienza sino a partir de esta dimensión del lenguaje. Es porque el Otro está estructurado en el lenguaje, que deviene sujeto posible de una tragedia, por la cual el sujeto mismo puede constituirse como sujeto reconocido por el Otro, como sujeto para un sujeto. No puede haber ahí otro sujeto más que un sujeto para un sujeto y, por otra parte, el sujeto primero no puede instituirse como tal, más que como sujeto que habla, como sujeto de la palabra. Es porque el Otro mismo está marcado por las necesidades del lenguaje, es porque este Otro se instaura, no como Otro real, sino como Otro, lugar de la articulación de la palabra, que se da la primera posición posible de un sujeto como tal, de un sujeto que puede asirse como sujeto, que se toma como sujeto en el Otro, en tanto que el Otro lo piensa, a él como sujeto.

Se los he hecho notar la última vez : Nada hay más concreto que eso. Esto no es jamas una etapa de la meditación filosófica. Es algo que se establece en la relación de confianza. ¿En qué medida y hasta que punto, puedo yo (je) contar con el Otro? ¿Qué es lo que hay de viable en los comportamientos del Otro? ¿Qué consecuencias puedo yo (je) esperar de lo que ya ha sido prometido por él?. Se da ahí, seguro, uno de los conflictos más primitivos, el más primitivo, sin duda, desde el punto de vista que nos interesa de la relación del niño al Otro. Esto es algo alrededor de lo cual vamos a girar, la instauración y base misma de los principios de su historia, y también, que eso se repite al nivel más profundo de su destino, aquello que ordena la modulación inconsciente de sus comportamientos. Es en otra parte que en una pura y simple frustración a las gratificaciones.

Es en la medida en que él puede fundarse sobre algún Otro que —ustedes lo saben— se instituye eso que nosotros encontramos en el análisis, incluso en la experiencia más cotidiana del análisis, eso que nosotros encontramos de más radical en la modulación inconsciente del paciente, neurótico o no.

Es ante el Otro como sujeto de la palabra, en tanto que ella se articula primordialmente, es en relación a ese Otro, que el sujeto mismo se constituye como sujeto que habla. Nunca como sujeto primitivo del conocimiento, ni sujeto de los filósofos, sino el sujeto en tanto que se plantea como mirado por el Otro, como pudiendo responderle en el nombre de una tragedia común, como sujeto que puede interpretar todo lo que el Otro articula, indica su intención más profunda, su buena o su mala fe.

Es esencialmente en ese nivel, si me permiten un juego de palabras, que la S se plantea verdaderamente no sólo como la S que se inscribe como una letra, sino también a ese nivel como la "Es" de la fórmula tópica que Freud da al sujeto, "eso" (ça) bajo una forma interrogativa, también bajo la forma donde, si ustedes ponen aquí un punto de interrogación, el sujeto se articula.

S, es ahí todo lo que, en ese nivel, el sujeto formula, aún de sí mismo. El está en estado naciente, en presencia de la articulación del Otro, en tanto que ella le responde, pero a condición de que dicha articulación le responda más allá de lo que él ha formulado en su demanda.

S, es en este nivel que el su sujeto se suspende y que, en la etapa siguiente, es decir, en tanto que él va a dar ese paso en el cual él quiere tomarse en el más allá de la palabra, es él mismo como marcado por algo que lo divide primordialmente de sí mismo, en tanto que sujeto de la palabra. Es a ese nivel, como sujeto barrado, que él puede, que debe, que pretende encontrar la respuesta y que, además, no la encuentra, porque él encuentra en el Otro, a ese nivel, ese hueco, ese vacío, que yo he articulado para ustedes diciendo que no hay Otro del Otro. Que ningún significante posible garantiza la autenticidad de la continuación de los significantes que él depende, para eso, de la buena voluntad del Otro, que no hay nada que, al nivel del significante, garantice, autentifique, por más que eso sea la cadena y la palabra significante.

Y es aquí que se produce, por parte del sujeto, algo que, por otro lado, él toma, él hace además :l legar, llegar del registro de lo imaginario, de una parte de sí mismo en tanto que él está enganchado en la relación imaginaria al otro . Y esto que llega aquí que surge en el lugar donde se lleva, donde se plantea la interrogación del Es, el lo permite decir que, por esto, él es verdaderamente) por esto, él quiere verdaderamente. Es ahí que se produce el surgimiento de algo que llamamos a, a, en tanto que es el objeto, el objeto del deseo, sin duda, y no en tanto que este objeto del deseo se coaptarla directamente por relación al deseo, sino porque este objeto entra en juego en un complejo que nosotros llamamos fantasma, el fantasma como tal, es decir, en tanto que ese objeto es el soporte alrededor del cual, en el movimiento donde e] sujeto se desvanece (s'evanouit), ante la carencia significante que responde de su lugar al nivel del Otro, encuentra su soporte en este objeto.

Es decir que, en ese nivel, la operación es división. El sujeto intenta reconstituirse, identificarse, reunirse en la demanda dirigida al Otro. La operación se detiene. Sin embargo, es aquí que el cociente que el sujeto busca alcanzar, porque él debe tomarse, reconstituirse, autentificarse como sujeto de la palabra, queda suspendido en presencia, a]. nivel del Otro, de la aparición de ese resto, por donde él mismo, el sujeto, suple, aporta el rescate, reemplaza la carencia al nivel del Otro del significante que le responde. .

Es en tanto que ese cociente y ese resto quedan aquí en presencia el uno del otro, y, si se puede decir, sosteniéndose el uno por el otro, que el fantasma no es ninguna otra cosa que el enfrentamiento perpetuo de este S de este S en tanto marca el momento de fatiga del sujeto, donde no encuentra nada, en el Otro, que lo garantice a él de una manera segura y cierta, que lo autentifique, que le permita situarse y nombrarse al nivel del discurso del Otro, es decir, en tanto que sujeto del inconsciente. Respondiendo a este momento es que surge como suplente del significante faltante este elemento imaginario, que nosotros llamamos en su forma más general, en tanto que término correlativo de la estructura del fantasma, soporte de S como tal, en el momento en el cual él intenta indicarse como sujeto del discurso inconsciente.

Me parece que no tengo más que decir aquí. Sin embargo, voy a decir más, para recordarles lo que esto significa en el discurso freudiano, por ejemplo, el "wo Es war, soll Ich werden": ahí donde eso era, yo (je) debo advenir. Esto es muy preciso; es ese "ich" que no es "das ich", que no es el yo (moi). Es un "ich" utilizado como sujeto de la frase. Ahí donde eso estaba, ahí donde eso (ça) habla. Donde eso (ça) habla, es decir, donde, en el instante anterior, algo estaba, que es el deseo inconsciente, ahí yo debo designarme, ahí yo (je) debo ser ese yo (je) que es la meta, el fin, el término del análisis ante el cual él se nombra, se forma, se articula, en tanto no lo haga jabas, pues también, en formula freudiana, ese "soll Ich werden", ese "debe ser", ese "debo advenir", es el sujeto de un devenir, de un deber que le es propuesto.

Debemos reconquistar ese campo perdido del ser del sujeto, como dice Freud en la misma frase, en una divertida comparación, como la reconquista de Holanda sobre el Zuyderzeé de tierras ofrecidas a una conquista pacífica. .

Ese campo del inconsciente sobre el cual debemos ganar en la realización de la gran obra analítica, es seguro que se trata de eso. Pero antes de que esto sea hecho, ahí donde eso estaba, ¿qué es lo que nos designa el lugar de ese yo (je) que debe aparecer? ¿De que es Índice eso que nos lo designa?. Exactamente, de eso de lo que se trata, del deseo. Del deseo en tanto es función y término de eso de lo cual se trata en el inconsciente.

Y el deseo es aquí sostenido por la oposición, la coexistencia de los dos términos que son el S, el sujeto en tanto que, en este límite él se pierde, es que comienza el inconsciente —eso quiere decir que no hay pura y simple privación de algo que se llamaría conciencia. Otra dimensión comienza donde no les es más posible saber donde él no es más conciencia.

Aquí se detiene toda posibilidad de nombrarse. Pero en este punto de detención, está también el Índice, el índice que es aportado, que es la función mayor, sean cuales fueren las apariencias de lo que en ese momento es sostenido ante él como el objeto que le fascina, pero también que lo retiene ante la anulación pura y simple, la síncopa de su existencia. Y esto es lo que constituye la estructura de lo que llamaremos el fantasma.

Hoy vamos a detenernos en esto. Vamos a ver lo que comporta como generalidad de aplicación esta formula del fantasma. También nosotros vamos a tomarla, porque hemos dicho la ultima vez que eso era en su función sincrónica, es decir, por el lugar que el ocupa en esta referencia del sujeto a sí mismo, del sujeto a eso que él es, al nivel del inconsciente, cuando es, en suma, llevado por la pregunta sobre lo que es. O sea, la definición de la neurosis.

Detengámonos de entrada en las propiedades formales, aquellas que la experiencia analítica nos permite reconocer, de este objeto a, en tanto interviene en la estructura del fantasma.

El sujeto, decimos, está al borde de esta nominación desfalleciente que es el rol estructural de eso que está señalado en el momento del deseo. Y él está en el punto donde sufre, si se puede decir, al máximo, en un punto de apogeo, eso que uno puede llamar la virulencia del logos, en tanto él se encuentra con el punto supremo del efecto alienante de su implicación en el logos.

Esta toma del hombre en la combinatoria fundamental, que da la carácterística esencial del logos, es una cuestión que otros, como yo, han decidido saber qué puede querer decir. Quiero decir, lo que significa que el hombre sea necesario en esta acción del logos en el mundo. Pero lo que nosotros tenemos que ver es lo que resulta para el hombre de eso, y como el le hace frente, como lo sostiene.

La primera fórmula que puede surgirnos es que es necesario que el la sostenga realmente, que la sostenga en su real, de el en tanto que real, es decir, de lo que le queda siempre como lo más misterioso.

Seguramente podemos ejemplificarlo como una disciplina, una ascesis, una elección. Y sabemos que lo que sale de eso, a saber, la ciencia, nuestra ciencia moderna, nuestra ciencia en tanto se puede decir que ella se distingue para nosotros por esta posición excepcional sobre el mundo que, de alguna manera, nos tranquiliza, cuando nosotros hablamos de la realidad.

Nosotros sabemos que tenemos una posición sobre lo real, pero ¿cual es? Es una posición de conocimiento. Y no puedo, al menos, sino indicar las preguntas. ¿Es eso que no aparece en la primera aproximación, en la primera aprehensión que tenemos de lo que resulta de ese proceso? ¿Es eso que, seguramente, en el punto donde nosotros estamos, en suma, en el punto de elaboración de la ciencia psíquica, que es la forma donde el éxito esta planteado lo más lejos posible de la posición de nuestras cadenas simbólicas, sobre algo que llamamos la experiencia, la experiencia construida, jamás aparece que tengamos el sentimiento de alcanzar algo que, en el ideal de la filosofía incipiente, de la filosofía en sus comienzos, se propone como el fin, la recompensa del esfuerzo del filósofo, del sabio, es decir, esta participación, este conocimiento, esta identificación, con el ser que está enfocado, que está presentado en la perspectiva griega, en la perspectiva aristotélica, como siendo lo que está en el fin del conocer, o sea, la identificación por el pensamiento del sujeto, que no se llamarla, en ese momento, sujeto, de aquel que perseguirla el conocimiento en el objeto de su contemplación?.

En los términos de la ciencia moderna, ¿a qué nos identificamos?. No creo, incluso, que haya una sola rama de la ciencia, que sea aquella en la cual nosotros hemos llegado a los resultados más perfectos, más pujantes, ni que sean aquellas mismas donde la ciencia intenta bosquejarse, dar el primer paso, como en los términos de una psicología behaviorista... Tanto que, en ultima instancia, estamos seguros de ser engañados en cuanto a lo que hay allí que conocer, que incluso cuando nos encontramos con una de las formas de esta ciencia que aún es balbuceante, que pretende imitar, como el pequeño personaje de La melancolía de Durero, el angelito que a los costados de la gran melancolía comienza a hacer simple behaviorismo, es decir que vamos a contentarnos con mirar, sobre todo que nos rehusamos desde el inicio mismo a toda visión que comporte esta asunción, esta identificación a lo que esta delante de nosotros.

Mas allá del me toco, eso va a consistir, de entrada, en rehusarnos a creer que podemos, al final, llegar a lo que esta en el antiguo ideal del conocimiento.

Hay sin duda, ahí, algo verdaderamente ejemplar, y que es natural que nos haga meditar sobre lo que cuando, por otra parte, una psicología que, si nosotros no la planteamos y no la articulamos como una ciencia es, a pesar a todo, algo que se plantea como paradojal en relación al método hasta aquí definido sobre el aporte científico, la psicología freudiana, ella nos dice que lo real del sujeto no es concebible como lo correlativo a un conocimiento.

El primer paso donde se sitúa lo real como real, como término de algo donde el sujeto está interesado, este real no se sitúa en relación al sujeto del conocimiento, porque algo, en el sujeto, se articula, que está más allá de su conocimiento posible y que, sin embargo, es ya el sujeto, y cuanto más el sujeto se reconoce en esto, más es sujeto de una cadena articulada.

Que algo que es del orden de un discurso desde un comienzo, que sostiene algún soporte, algún soporte que no es abusivo calificar con el termino de ser, si damos a ese término ser su definición mínima, que es la siguiente: Si el término ser quiere decir algo, eso es lo real, en tanto se inscribe en lo simbólico, lo real interesado en esta cadena que Freud nos dice ser coherente y comandar, más allá de todas sus motivaciones accesibles al juego del conocimiento, el comportamiento del sujeto.

Esto es algo que, en el pleno sentido, merece ser nombrado como del orden del ser, porque es algo que se plantea ya como un real articulado en lo simbólico, como un real que ha tomado su lugar en lo simbólico, y que ha tomado este lugar más allá del sujeto del conocimiento.

Es en este momento que se abrocha el paréntesis que había abierto ahora, en el momento donde, en nuestra experiencia de conocimiento, algo se oculta para nosotros en lo que está desarrollado sobre el árbol del conocimiento, donde algo en esa rama que se llama la ciencia se prueba, se manifiesta a nosotros como siendo algo que ha defraudado la esperanza del conocimiento.

Si, por otro lado, uno puede decir que eso ha ido quizá mucho más lejos que todo efecto esperado del conocimiento - es al mismo tiempo y en ese momento que, en la experiencia de la subjetividad, en aquella que se establece en la confidencia, en la confianza analítica, que Freud nos designa esta cadena donde fas cosas se articulan de una manera que esta estructurada de manera homogénea con otra cadena simbólica, con lo que conocemos como discurso, que, porque no es accesible a la contemplación, no es accesible al sujeto, en tanto que él podría recostarse ahí como el objeto en el cual él se reconoce.

Al contrario, fundamentalmente él se desconoce. Y en la medida en que él intenta abordar esta cadena, que él intenta nombrarse allí, retomarse, es precisamente ahí que no se encuentra. El no está ahí, sino en los intervalos, en los cortes... Cada vez que quiere tomarse, él no está más que en el intervalo.

Y es por eso que el objeto imaginario del fantasma sobre el cual él va a buscar soportarse, está estructurado de la manera que lo está. Eso es lo que quiero mostrarles ahora. Hay, seguro, otras cosas para demostrar sobre esta formalización S/ ( a , pero yo quiero mostrarles como se constituye el a.

Se los he dicho, es como corte y como intervalo, que el sujeto se encuentra en el punto último de su interrogación. Es también, esencialmente, como forma de corte que el a, en toda su generalidad, nos muestra su forma.

Aquí voy, simplemente, a agrupar cierto número de rasgos comunes que ustedes ya conocen, concernientes a las diferentes formas de este objeto. Para aquellos que aquí son analistas, puedo ir más rápido, no entrar en detalles, para volver a comentar.

Si se trata de que el objeto del fantasma sea algo que tenga la forma del corte, ¿en qué podremos reconocerlo?. Francamente aire que, al nivel del resultado, pienso que ustedes ya se me adelantaron. Al menos, así lo espero.

Nosotros podemos, en una primera aproximación, dar tres ejemplos de esa relación que hace que el sujeto, en el punto en el cual el S/ se interroga como S/, no encuentra, para soportarse, sino una serie de términos que son los que aquí llamamos a, en tanto que objeto en el fantasma. Eso se implica que sea completamente exhaustivo. Casi lo es. Digo que no lo es completamente, en tanto toma las cosas al nivel de lo que llamara el resultado, es decir, del a constituido, no es una gestión totalmente legítima. Quiero decir que comenzar por ahí es hacerlos partir de un terreno ya conocido, el cual ustedes retomarían para hacer el camino más fácil. Esa no es la vía más rigurosa, como van a verlos cuando reunamos ese término por la vía más rigurosa de la estructura. Es decir, la vía que parte del sujeto en tanto que barrado, en tanto es él quien levanta, suscita el término del objeto. Pero es del objeto de donde partiremos, porque es allí que ustedes encontrarán lo mejor.

Hay tres especies de eso, retomadas en la experiencia analítica, identificadas perfectamente, hasta el presente, como tales.

La primera especie es aquella que nosotros llamamos habitualmente el objeto pregenital. La segunda es esta especie de objeto que está interesado en lo que se llama complejo de castración. Y ustedes saben que bajo su forma más general, es el falo.La tercera especie es, quizá, el sólo termino lo que les sorprenderá como una novedad, pero en verdad pienso que aquellos de entre ustedes que han podido estudiar de bastante cerca lo que he podido escribir sobre la psicosis, no se encontrarán, sin embargo, esencialmente desconectados, la tercera especie de objeto, cumpliendo exactamente la misma función por relación al sujeto en su punto de desfallecimiento, de fatiga, eso no es ninguna otra cosa, ni más ni menos, que lo que se llama comúnmente el delirio, y muy precisamente, eso por lo cual Freud, casi desde el inicio de sus primeras aprehensiones, ha podido escribir: "Ellos aman su delirio como a sí mismos".

Vamos a retomar estas tres formas de objeto, porque ellas nos permiten tomar algo en su forma que le permite cumplir esta función: devenir los significantes que el sujeto extrae de su propia sustancia, para sostener ante el, precisamente, este agujero, esta ausencia del significante al nivel de la cadena inconsciente.

¿Qué quiere decir el a en tanto que objeto pregenital? .

En la experiencia animal, aunque ella se estructure en imagenes, no debemos evocar aquí el término mismo por donde más de una reflexión materialista llega a resumir lo que es, después de todo, el funcionamiento de un organismo, por humano que sea, al nivel de los intercambios materiales. Precisamente, no soy yo quien ha inventado la fórmula. Este animal, por humano que sea, no es, después de todo, sino una tripa con dos orificios, aquél por donde eso entra y aquél por donde eso sale.

Y de todos modos, es por eso por lo cual se constituye el objeto llamado pregenital, en tanto él llega a cumplir su función significante en el fantasma. Es por eso de lo cual el sujeto se nutre, se corta en algún momento de él, incluso que, en esta ocasión, es la inversión de la posición, el estadio sádico oral mismo es el corte, o al menos, hace el esfuerzo para cortarlo, y muerde. Es el objeto en tanto objeto de destete. Lo que quiere decir, propiamente hablando, objeto de corte de una parte; y por otro lado, en la otra extremidad de la tripa, en tanto eso que él rechaza se corta de él, y como además, todo el aprendizaje le es brindado de los ritos y de las formas de la limpieza él aprende que lo que el rechaza, lo corta de él mismo.

Es esencialmente eso que hacemos en la experiencia analítica común, la forma fundamental del objeto de las fases llamadas orales y anales, a saber, el pezón, esta parte del seno que el sujeto puede tener en su orificio bucal, es también eso de lo cual él está separado - es de todos modos, este excremento que deviene también para el sujeto, en otro momento, la forma más significativa de su relación a los objetos... Son precios (sic) elegidos muy precisamente, en tanto ellos son especialmente ejemplares, manifestando en la forma la estructura del corte, que están interesados en jugar ese rol de soporte al nivel donde el sujeto se encuentra, él mismo, situado como tal en el significante, en tanto que él está estructurado por el corte. El es, él mismo, en esta ocasión, el corte.

Y esto es lo que nos explica que esos objetos entre otros, y con preferencia a otros, sean elegidos. Pues uno no ha podido sino remarcar que, si se tratara de que el sujeto erótico tal o cual de sus funciones, en tanto que simplemente vitales. ¿Por qué no habría, también, una fase más primitiva que las otras, y también más fundamental, a la que él estaría relaciónado, tal vital como aquella que pasa por la boca, para terminar por la excreción del orificio intestinal, esto es, la respiración?.

Sí, pero la respiración no conoce en ninguna parte este elemento de corte. La respiración no se corta o, si se corta, es de una manera que no deja de engendrar algún drama. Nada se inscribe en un corte de la respiración, si no es de una manera excepcional. La respiración es ritmo, la respiración es pulsación, la respiración es alternancia vital, no es nada que permita sobre el plano imaginario simbolizar precisamente eso de lo que se trata, a saber, el intervalo, el corte.

Sin embargo, eso no es decir que nada de lo que pasa por el orificio respiratorio, pueda ser, como tal, escandido, porque precisamente, es por ese mismo orificio que se produce la emisión de la voz, y que la emisión de la voz es algo que se corta, que se escande, y además, es porque la reencontraremos ahora y, precisamente, al nivel de ese tercer tipo de a, que hemos llamado el delirio del sujeto.

En tanto que esta emisión, justamente, no es escandida, en tanto es simplemente pneuma, flatos, es evidentemente muy notable -y aquí les ruego que se dirijan a los estudios de Jones-, ver que, desde el punto de vista del inconsciente, ella no está individualizada en el punto más radical, como siendo algo que sea del orden respiratorio, sino precisamente en razón, justamente, de esta imposición de la forma de corte relaciónada, al nivel más profundo de la experiencia que nosotros tenemos de eso en el inconsciente. Y es el mérito de Jones haberlo visto. El flato anal que se encuentra paradojalmente y por esta suerte de desplazamiento sorpresa que los descubrimientos analíticos nos han aportado, se encuentra simbolizado en lo más profundo de lo que se trata, cada vez que, al nivel del inconsciente, es el falo que encuentra simbolizar al sujeto.

En el segundo nivel, y se trata, bien entendido, de un artificio de exposición, pues no hay ni primer ni segundo nivel, en el punto donde nos desplazamos, todos los a que tienen la misma función.

Ellos tienen la misma función. Se trata de saber por qué toman una forma o la otra, pero en la forma que nosotros describimos en la sincronía, lo que nosotros intentamos despejar son los rasgos, los carácteres comunes.

Aquí en el nivel del complejo de castración le encontramos otra forma, que es la de la mutilación. En efecto, si se trata de corte, es necesario y suficiente que el sujeto se separe de alguna parte de sí mismo, que sea capaz de mutilarse. Los autores analistas lo han percibido. La cosa no implica, incluso, una modalidad totalmente nueva en el primer aspecto, porque ellos han recordado, a propósito de la mutilación, en tanto que ella juega un rol importante en todas las formas, en todas las manifestaciones del acceso del hombre a su propia realidad, en la consagración de su plenitud de hombre - sabemos por la historia, por la etnografía, por la constatación de todos los procesos iniciáticos por donde el hombre busca, en un cierto número de formas de estigmatización, definir su acceso a un nivel superior de realización de sí mismo, sabemos esta función de la mutilación como tal. Y no es aquí que les haré recordar a ustedes el catálogo y el abanico que se despliega.

Es necesario y basta que les recuerde aquí, simplemente para hacerles, en esta ocasión, palpar que, bajo otra forma, es algo que aún podemos llamar corte de lo que se trata, sencillamente en tanto ella instaura el pasaje a una función significante, porque lo que queda de esta mutilación es una marca. Es lo que hace que el sujeto que ha sufrido la mutilación como un individuo particular en el rebaño, lleve en adelante sobre él la marca de un significante que lo extrae de un estado primero, para llevarlo, identificarlo a una potencia de ser diferente, superior. Este es el sentido de toda especie de experiencia de travesía iniciática, en tanto que nosotros encontramos su significación al nivel del complejo de castración como tal.

De todos modos, eso no es, les hago notar de paso , agotar la cuestión, pues desde que intento con ustedes acercarme a eso de lo que se trata al nivel del complejo de castración, han debido darse cuenta bien de las ambigüedades que reinan en torno a la función de este falo. Y en otros términos, que si es simplemente el resultado de ver que, por algún lado, es él quien está marcado, es el quien es llevado a la función significante, queda, no obstante, que la forma de la castración no está enteramente implicada en eso que nosotros podemos tener en el exterior, en los resultados de las ceremonias que concluyen en tal o cual deformación.

La marca llevada sobre el falo no es esta especie de extirpación de función particular de negativización Aportada al falo en el complejo de castración. Esto, no podemos tomarlo en ese nivel de la exposición. Pienso que volveremos ahí la próxima vez, cuando tengamos que explicar eso que, lo indico simplemente hoy , es el problema que se plantea ahora que nosotros reabordamos esas cosas, que nosotros hacemos el inventario. Es, a saber, en que y por qué Freud ha podido en el comienzo, hacer algo enorme como ligar el complejo de castración a algo que un examen atento muestra que no es totalmente solidario, a saber, de una función dominadora, cruel, tiránica, de una especie de padre absoluto.

Hay ahí un mito, seguramente. Y como todo lo. que Freud ha aportado, es un hecho demasiado milagroso, es un mito que sostiene, y nosotros intentaremos explicar por qué.

Queda en su función fundamental, los ritos de iniciación, que se marcan, que se inscriben en cierto numero de formas de estigmatización, de mutilación hasta el punto donde las abordamos hoy, es decir, en tanto ellos juegan ese rol de a, en tanto que son, para los sujetos mismos que los experimentan, índices. Ellos están destinados a cambiar la naturaleza, eso que, en el sujeto, hasta ahí, en la libertad de los estadios preiniciatiácos que carácterizan las sociedades primitivas, ha sido abandonado a una suerte de juego indiferente de los deseos naturales..

Los ritos de iniciación toman la forma de cambiar el sentido de tesos deseos, de darlos, a partir de ahí precisamente, una función donde se identifica, donde se designa como tal el ser del sujeto, donde deviene, si uno puede decirlo, hombre, pero también mujer, en pleno ejercicio, donde la mutilación sirve aquí para orientar el deseo, para hacerle tomar, precisamente, esta función de índice, de algo que está realizado y que no puede articularse, expresarse, sino en un más allá simbólico, y un más allá que es aquel que nosotros llamamos hoy el ser, una realización de ser en el sujeto.

Uno podría, en esta ocasión, hacer algunas observaciones laterales, y darnos cuenta de que, si algo se ofrecía al alcance, a la marca significante del rito de iniciación, no en, por azar que eso sea, todo lo que puede ahí ofrecerse como apéndice. Ustedes saben, también, que el apéndice fálico no es lo único que, en esta ocasión empleado, que sin ninguna duda, también la relación que el sujeto puede establecer en toda referencia a sí mismo y que es aquél donde nosotros podemos concebir que la aprehensión vivida puede ser la más notable, es decir, la relación de tumescencia, designa, bien entendido, al primer plano del falo como algo que se ofrece de una manera privilegiada, en esta función de poder ofrecerse al corte, y además, de una manera que, seguramente, será más que en cualquier otro objeto, temido, escabroso.

En tanto que la función del narcisismo es relación imaginaria del sujeto a sí mismo, debe ser tomada por el punto de soporte donde se inscribe en el centro de esta formación del objeto significativo. Y ahí también, quizá, podemos percibir como lo que es aquí importante en la experiencia que nosotros tenemos de todo lo que sucede al nivel del estadio del espejo, a saber, la inscripción, la situación donde el sujeto puede colocar su propia tensión, su propia erección, en relación a la imagen de más allá de sí mismo que él tiene en el otro, nos permite darnos cuenta de que pueden tener de legitimas ciertas aproximaciones que la tradición de las psicologías filosóficas habían hecho de esta aprehensión de la función del Yo (moi).

Hago alusión aquí a lo que Maine de Biran nos ha aportado en su análisis tan fino del rol del sentimiento del esfuerzo. El sentimiento del esfuerzo, en tanto está empujado, aprehendido por el sujeto desde dos lados a la vez en tanto que él es el autor del empuje, pero es además el autor de eso que lo contiene, en tanto que el adopta este empuje de si como tal en el interior de sí mismo, he aquí que, traída esta experiencia de la tumescencia, nos hace darnos cuenta bien de cómo puede situarse ahí, y entrar en función en ese mismo nivel de la experiencia como eso por lo cual el sujeto se prueba, sin poder abrirse jamás, sin embargo, porque aquí tampoco hay, propiamente hablando, marca posible, corte posible, alguna cosa de la cual yo creo que el lazo debe ser re tomado, en tanto que el toma valor simbólico, sintomático, al mismo nivel de la experiencia que es aquella tan paradoja! de la fatiga.

Si el esfuerzo no puede, de ninguna manera, servir al sujeto, por la razón de que nada permite la impresión del corte significante, inversamente, parece que ese algo de lo cual ustedes saben el carácter de espejismo, el carácter inobjetivable a nivel de la experiencia neurótica, que se llama la fatiga del neurótico, esta experiencia paradojal que no tiene nada que hacer con ninguna de las fatigas musculares que nosotros podemos registrar sobre el plano de los hechos esta fatiga, en tanto ella responde, es de alguna manera la inversa, la secuela, el trazo de un esfuerzo que llamaré de significatividad.

Es ahí que podemos encontrar - y creo que al pasar importa notarlo - , algo que, en su forma general, es lo que, al nivel de la tumescencia, del empuje como tal del sujeto, nos da los limites donde llega a desvanecerse la consagración posible en la marca significante.

Llegamos a la tercera forma de este pequeño a, en tanto él puede aquí servir de objeto. Aquí, me gustaría que uno no se equivoque, y seguramente no tengo ante mi tanto tiempo como para poner el acento sobre lo que voy a intentar aislar aquí en todos los detalles. Creo lo más favorable mostrarles de lo que se trata y como lo entiendo yo, fuera de una atenta lectura que les ruego hacer de lo que he escrito sobre el tema, "De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis", a saber eso que yo he articulado en lo que nos permite, de una manera tan pujante, tan elaborada, articular el delirio de Schreber, esto que nos va a permitir asir la función de la voz en el delirio como tal.

Creo que, porque nosotros debemos buscar de ver en que la voz, en el delirio, responde especialmente a las exigencias formales de ese a, en tanto el puede ser elevado a la función significante del corte, del intervalo como tal, es que nosotros comprendemos las carácterísticas fenomenológicas de esta voz.

El sujeto produce la voz. Yo daré mas: habremos de hacer intervenir esta función de la voz, incluso haciendo intervenir el peso del sujeto, el peso real del sujeto en el discurso. En la formación de la instancia del superyó, el vozarrón es para hacer entrar en juego algo que representa la instancia de un Otro manifestándose como real.

¿Se trata de la misma voz, en el delirante? ¿Es la voz del delirante eso que Cocteau ha intentado aislar en la función dramática bajo el título de "La voz Humana"? Es suficiente relaciónarse con esta experiencia que nosotros podemos tener, en efecto, bajo una forma aislada, ahí donde Cocteau, con mucha más pertinencia y olfato, ha sabido, él mismo, mostrarnos la incidencia pura de eso, a saber, en el teléfono.

¿Qué es lo que la voz nos enseña como tal, más allá del discurso que ella sostiene en el teléfono?. No hay, seguramente, que variar ahí, y ustedes pueden hacer un pequeño caleidoscopio de las experiencias que uno puede tener de eso. Que les baste evocar que, intentando pedir un servicio en no importa que casa de comercio o no importa que otra, ustedes encuentran tener, al final del hilo, una de esas voces que les enseña bastante sobre el carácter de indiferencia, de mala voluntad, de voluntad bien establecida para eludir lo que puede tener ahí de presente, de personal en vuestro pedido, y que es, muy esencialmente, esta suerte de voz que ustedes aprenden de eso bastante, sobre el hecho de que no tienen nada para escuchar de aquél a quien interpelan, una de esas voces que nosotros llamamos una voz de contramaestre. Ese término tan verdaderamente magníficamente hecho por el genio de la lengua. No que sea contra el amo, sino que es lo contrario del amo, verdaderamente.

Esta voz, esta suerte de presentificación de la vanidad, de la inexistencia, del vacío burocrático que puede darles, alguna vez, ciertas voces, ¿es lo que nosotros designamos mientras hablamos de la voz, en la función donde tenemos que hacerla intervenir al nivel del a?.

Absolutamente no. Si aquí la voz se presenta perfectamente bien y como tal, como articulación pura - y es seguro eso que hace la paradoja de lo que nos comunica el delirante cuando nosotros lo interrogamos y que algo que él tiene para comunicar sobre la naturaleza de las voces, parece esconderse siempre de manera tan singular -, nada más firme, para él, que la consistencia y la existencia de la voz como tal. Y es justamente porque ella es reducida bajo su forma más cortante, al punto por donde el sujeto puede tomarla como imponiéndose a él.

Y de todos modos, he puesto el acento, cuando nosotros analizamos el delirio del Presidente Schreber, sobre ese carácter de corte que es totalmente puesto en evidencia, que las voces escuchadas por Schreber son exactamente desde el comienzo, frases: "Sie sollen werden...", etc, y justamente las palabras más significativas, que se interrumpen, que se impelen, dejando surgir después del corte, el llamado a la significación.

El sujeto esta ahí verdaderamente interesado, pero propiamente hablando en tanto que el mismo desaparece, sucumbe, se hunde todo entero en esta significación que no lo enfoca más que de una manera global. Y es en esta palabra "interesado" que yo presumiré hoy, en el momento de dejarlos, algo que ya he intentado aprehender y asir para ustedes hoy.

Convengo en que esta sesión ha sido, quizá, una de las más difíciles de todas aquellas que he tenido que sostener para ustedes. Serán -espero- recompensados la próxima vez.

Vamos a proceder por dos vías menos áridas. Pero les he pedido hoy a ustedes sostener, alrededor de esta noción de "interesado". El sujeto está como siendo en el intervalo, como siendo lo que es en el intervalo del discurso inconsciente, como siendo, propiamente hablando, la metonimia de este ser que se expresa en la cadena inconsciente.

Si el sujeto se siente eminentemente interesado por esas voces, por esas frases sin pies ni cabeza del delirio, es por la misma razón que, en todas las otras formas de este objeto que yo les he enumerado, es a nivel del corte, del intervalo, que él se fascina, que el se fija, para sostenerse en ese instante donde, propiamente hablando, él se vislumbra y se interroga como ser. Como ser de su inconsciente. Es eso alrededor de lo cual planteamos aquí la cuestión. Y no quiero, incluso, terminar, al menos para aquellos que vienen aquí la primera vez, sin hacerles sentir cual es el alcance de tal análisis de este pequeño eslabón que es mi discurso de hoy, en relación a aquello que sucede desde hace días. De todos modos, de lo que se trata es, justamente, de ver lo que nosotros debemos hacer en relación a ese fantasma. Pues ese fantasma, les he mostrado aquí las formas más radicales, las más simples, aquellas en las cuales nosotros sabemos que él constituye los objetos privilegiados del deseo inconsciente del sujeto. Pero ese fantasma es móvil, si uno lo contraria, no hace falta creer que él puede, como eso, dejar caer él uno de sus miembros. No hay ejemplo de que un fantasma, convenientemente atacado, no reaccióne reiterando en eso su forma de fantasma.

De todos modos, sabemos a cuáles formas de complicaciones este fantasma puede alcanzar, en tanto es, justamente, bajo su forma llamada perversa, él insiste, el mantiene, complica su estructura; él intenta, cada vez más cerca, cumplir su función.

¿Qué es interpretar el fantasma? Como se dice, ¿debe ser, pura y simplemente, volver al sujeto a un actual a nuestra medida, lo actual de la realidad que nosotros podemos definir como hombres de ciencia, o como hombres que nos imaginamos que, después de todo, todo es reductible a términos de conocimiento?

Parece bien que eso sea algo hacia lo cual tiende toda una dirección de la técnica analítica, de reducir al sujeto a las funciones de la realidad, esta realidad que, para algunos analistas, parece no poder articularse de otra manera que como eso que yo he llamado el mundo de abogados americanos. La empresa, sin ninguna duda, no está fuera del alcance de los medios de cierta dimensión donde nosotros tenemos que tener en cuenta eso que uno puede llamar las exigencias verdaderas del sujeto. Precisamente, esta dimensión, no de la realidad, de una reducción al mundo común, sino de una dimensión de ser, de una dimensión donde el sujeto lleva, en él, algo, mi Dios, que es quizá tan incómodo de llevar como el mensaje de Hamlet, pero que, de todos modos, para deber, quizá , prometerlo a un destino fatal, no es algo así no más, pues nosotros analistas, en tanto analistas, podemos, en la experiencia del deseo, encontrar más que un simple accidente, algo, después de todo, bien molesto, peto de lo cual no hay, en suma, que esperar que eso pase y que la vejez llegue, porque el sujeto reencuentra, naturalmente, las vías de la paz y de la sabiduría... Ese deseo nos señala, a nosotros analistas, otra cosa. ¿Cómo debemos operar, cuál es nuestra misión, cuál es, al fin de cuentas, nuestro deber con esa otra cosa que él nos designa? Esto es, aquí, la cuestión que yo planteo, hablando de la interpretación del deseo.



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Clase 22. Del 27 de Mayo de 1959

27 de Mayo de 1959



Hoy vamos a proseguir el estudio del lugar de la función del fantasma, en tanto que está simbolizado en las relaciones del sujeto, colocado del lado del sujeto, en tanto marcado por el efecto de la palabra, respecto de un objeto al que hemos tratado de definir la última vez.

La función del fantasma —lo saben—, se sitúa en alguna parte al nivel de esa relación que hemos tratado de inscribir en lo que llamamos el grato. Es algo muy simple, ya que, en suma, los términos se resumen en los cuatro puntos. Si puedo decirlo, situados en el cruce de las dos cadenas significantes con un rulo que es el de la intención subjetiva, ese cruce, determinante de los cuatro puntos que hemos llamado puntos del código, que son los de la derecha, aquí, y otros dos puntos del mensaje. Ello, en función del carácter retroactivo del efecto de la cadena significante en cuanto a la significación.

He aquí, pues, los cuatro puntos que hemos aprendido a enriquecer con las significaciónes siguientes. Son los lugares donde viene a situarse el reencuentro de la intención del sujeto con el hecho concreto, el hecho de que hay lenguaje aquí. Los otros dos signos a los que debemos llegar hoy, son $ en presencia de D, y S significante de A/ [A mayúscula barrada].

Esas dos cadenas significantes, lo saben, aquí está elucidado desde hace tiempo, representan, respectivamente, la cadena inferior, la del discurso concreto del sujeto, en tanto que es accesible a la conciencia. Lo que el análisis nos ha enseñado es que el que sea accesible a la conciencia es posible, seguramente, porque parte de ilusiones, que nosotros afirmamos que es enteramente transparente a la conciencia. Y si, durante muchos años, he insistido frente a ustedes por todos los sesgos por lo que pueden serles sugeridas las partes ilusorias que hay en ese efecto de transparencia, si traté de mostrar, por todo tipo de fábulas, de las que pueden aún acordarse, podemos ensayar, bajo la forma de una imagen vuelta eficaz en un espejo, más allá de toda subsistencia del sujeto, por qué mecanismo persistente, en la nada subjetiva realizada por la destrucción de toda vida, si traté de darles allí la imagen de una posibilidad de subsistencia de algo absolutamente especular, independientemente de todo soporte subjetivo, no es por el . simple placer de semejante juego. Ello reposa, empero, sobre el hecho de que un montaje estructurado como el de una cadena significante puede ser supuesto durar más allá de la subjetividad de los soportes.

La conciencia que nos da ese sentimiento de ser yo (moi) en el discurso, es algo que, en la perspectiva analítica, nos hace palpar, sin cesar, el desconocimiento sistemático del sujeto, algo que, justamente, nuestra experiencia nos enseña a referir a una relación, mostrándonos que esa conciencia, en tanto que es experimentada, que es probada en una imagen que es la imagen del semejante, es algo que, aún más, recubre, con una apariencia de conciencia, lo que allí hay de incluido en las relaciones del sujeto a la cadena significante primaria, ingenua, a la demanda inocente, al discurso concreto. Esto, en tanto se perpetúe de boca en boca, organiza lo que hay allí de discurso en la historia misma, lo que rebota de articulación en articulación, en lo que pasa efectivamente, a mayor o menor distancia de este discurso concreto común, universal, que engloba toda la actividad real, social, del grupo humano.

La otra cadena significante en la que nos es positivamente dada en la experiencia analítica, como inaccesible a la conciencia. Ustedes lo sienten, en tanto esa referencia a la conciencia de la primera cadena, está suspendida. A fortiori, esa sola carácterística de inaccesibilidad es algo que, para nosotros, plantea cuestiones sobre lo que es allí del sentido de esa inaccesibilidad.

También debemos considerar —y volveré allí—, debemos precisar lo que entendemos por eso. ¿Debemos considerar que esa cadena, como tal inaccesible a la conciencia, está hecha como una cadena significante? Pero es sobre eso que volveré en su momento.

Pongámoslo allí, de momento, tal como ella se nos presenta. Aquí, el punteado sobre el cual se presenta, significa que el sujeto no lo articula en tanto que discurso. Lo que articula actualmente es otra cosa; lo que articula a nivel de la cadena significante, se sitúa al nivel del rulo intencional. Aún cuando el sujeto se localiza en tanto actuando en la alienación de la significancia (signifiance), con el juego de la palabra, el sujeto se articula, ¿como qué? Como enigma, como pregunta, más exactamente, lo que nos es dado en la experiencia, a partir de lo que es tangible en la evolución del sujeto humano, en un momento de la articulación infantil, a saber que, más allá de la primera demanda, con todo lo que ella comporta como consecuencia, hay un momento en que va a tratar de sancionar lo que hay delante de el, a sancionar las cosas en el orden inaugurado por la significancia. El va a decir "qué" y va a decir " por qué". Es en el interior de eso que es referencia expresa al discurso, es eso que se presenta como continuando la primera intención de la demanda, llevándola a la segunda intención del discurso como discurso, del discurso que se interroga, que interroga las cosas en relación a sí mismo, en relación a su situación en el discurso, que no es más exclamación, interpelación, grito de la necesidad, sino ya nominación. Es esto lo que representa la intención segunda del sujeto, y si a esa intención segunda la hago partir del lugar de A, es por otra razón que si el sujeto está entero en la alienación de la significancia, en la alienación de la articulación hablada como tal, y que esta allí y a ese nivel en que se plantea la cuestión que he llamado, la última vez, sujeto como tal del S con un signo de interrogación. También, no es que me complazca con los juegos del equívoco, pero es coherente con el nivel al cual procedemos, al punto que articulamos. Es en el interior de esa interrogación, de esa interrogación interna, en el lugar instituido de la palabra, del discurso; es en el interior de eso que el sujeto debe tratar de situarse como sujeto de la palabra, demandando allí, aún: "qué, por qué, quién es el que habla, dónde está el que eso habla.". Es precisamente en el hecho de que eso que, al nivel de la cadena significante, se articula, no es articulable al nivel de ese S, de esta cuestión que constituye al sujeto una vez instituido en la palabra, en eso consiste el hecho de la conciencia.

Aquí, simplemente, quiero llamar al uso de aquellos que podrían inquietarse, como de una construcción arbitraria de esa identificación de la cadena inconsciente que presenta allí, en relación a la interrogación del sujeto, de estar en las mismas relaciones que aquellas del discurso primero, de la demanda a la intención que surge de la necesidad.

Quiero recordarles esto: si el significante, si la inconsciencia tiene un sentido, ese sentido tiene todas las carácterísticas de la función de la cadena significante como tal, y sé que, haciendo este breve llamado, debo hacer, para la mayoría de mi auditorio, alusión a lo que sé que han escuchado de mí cuando hablé de esa cadena significante, en tanto que está ilustrada en la historia que publiqué en otra parte, la fábula de los discos blancos y los discos negros, en tanto que ella ilustra algo estructural en las relaciones del sujeto al sujeto, en tanto que se encuentran allí tres términos. En esa historia, un signo distintivo permite identificar, discriminar, en relación a un par blanco o negro, la relación con los otros sujetos. Para los que no se acuerdan, me contentaré con decirles que se refieran a lo que escribí al respecto, en relación a esa sucesión de oscilaciones por donde el sujeto se localiza, ¿en relación a qué?. En relación a la búsqueda del otro que se hace en función de eso que los otros ven en él, y que les determina conclusivamente eso que yo llamarla aquí el aserto, eso por lo cual e] sujeto decide que es, efectivamente, negro o blanco, se confiesa presto a eso por lo cual la fábula es construida.

No encuentran allí exactamente eso que, en la estructura de lo inconsciente, nos es de uso familiar, ese hecho de identificación relativa, esa posibilidad de denegación, de rechazo de la articulación, de defensa, que son también coherentes con la inscripción del derecho y el revés de una misma cosa, y que concluyen por algo que deviene marca para el sujeto; la elección, en tales condiciones, lo que él busca de antemano, ese poder de la repetición siempre parejo, que tratamos de llamar, según los casos, una tendencia masoquista, una inclinación al fracaso, retorno de lo reprimido, evocación fundamental de la cadena primitiva.

Todo eso es una y la misma cosa, la repetición, en el sujeto, de un tipo de sanción cuyas formas sobrepasan en mucho las carácterísticas del contenido.

Esencialmente, el inconsciente se nos presenta siempre como una articulación indefinidamente repetida, y es por eso que es legitimo que lo situemos en el esquema bajo la forma de línea punteada. ¿Por qué la punteamos? Lo hemos dicho: aunque el sujeto no acceda allí, decimos más precisamente que es la forma por la cual el sujeto puede allí nombrarse a sí mismo, puede situarse en tanto que es el soporte de esa sanción que. puede ahí designarse, en tanto el es aquél sobre el que quedara la marca, los estigmas de lo que, para él, queda no sólo ambigüo, sino inaccesible, hasta un cierto término que es justamente ése, el que da la experiencia analítica. Ningún juego puede ser articulado a ese nivel, pero la experiencia se presenta como eso que ocurre desde afuera, y ya es mucho que ello ocurra. El puede leerlo como un "eso habla". Hay allí una distancia donde, incluso, no esta dicho, a pesar de que el mandato de Freud nos lo refiere, que, de una forma cualquiera, el sujeto pueda alcanzar la meta.

El alcance, a ese nivel, pues, el punto llamado código, que aquí lo simbolizamos por la confrontación del $ con la demanda, ¿que significa?. Precisamente eso: que es eso, y nada más que ese punto que llamamos punto del código, y que no es tomado sino porque el analista comienza el desciframiento de la coherencia de la cadena superior. Es por cuanto el sujeto S, en tanto sujeto del inconsciente, es decir, en tanto que el sujeto que está constituido en el más allá del discurso concreto, en tanto que sujeto, ve, lee, escucha, yo digo retroactivamente, podemos suponerlo aquí como soporte de la articulación de la conciencia, ¿Encuentra qué? Encuentra lo que, en esa cadena de la palabra del sujeto, en tanto que pregunta sobre sí mismo, encuentra la demanda.

¿Qué papel juega la demanda a ese nivel? A ese nivel, y eso es lo que quiere decir el signo entre $ y D, a ese nivel, la demanda es afectada por su forma propiamente simbólica, la demanda no es utilizada sino más allá de lo que ella exige, en cuanto a la satisfacción de la necesidad, se plantea como esa demanda de amor, o esa demanda de presencia por donde hemos dicho que instituye al Otro al cual se dirige, como a aquel que puede estar presente o ausente. Es en tanto que la demanda juega esa función metafórica, en tanto que la demanda, sea oral o anal, deviene símbolo de la relación con el Otro, que juega ahí su función de código que permite constituir al sujeto como siendo situado en eso que llamamos, en nuestro lenguaje, la fase oral o anal, por ejemplo.

Eso puede ser llamado, también, la correspondencia del mensaje, es decir, que con el código el sujeto puede responder o recibir, como mensaje, a eso que es la pregunta que, en el más allá, da la primera captura en la cadena significante. Se presenta también allí en punteado y como viniendo del otro, la pregunta del "¿Che voi?", "¿Que quieres?".

¿Es eso que el sujeto, más allá del Otro, se plantea bajo la forma de S? La respuesta es la simbolizada aquí sobre el esquema por la significancia del Otro en tanto que $. A esa significancia del Otro en tanto que $ le hemos dado un sentido que es el más general, ese sentido en el cual se va a colar la aventura del sujeto concreto, su historia subjetiva. La forma más general es esa: que no hay allí nada en el Otro; no hay allí nada en la significancia, que pueda ser suficiente a ese nivel de la articulación significante.

No hay nada en la significancia que sea la garantía de la verdad. No hay allí otro garante de la verdad que la buena fe del Otro, es decir, algo que se plantea, siempre, bajo una forma problemática para el sujeto.

Es decir que el sujeto queda, al final de su pregunta, con esa gran incertidumbre concerniente a lo que, para él, hace surgir el reino de la palabra.

Es aquí, justamente, que llegamos a nuestro fantasma. Ya la última vez les mostré que el fantasma, en tanto que es el punto de llegada (butée) concreto por donde abordamos, en los lindes de la conciencia, cómo el fantasma juega, para el sujeto, ese papel de soporte imaginario, precisamente de ese punto donde el sujeto no encuentra nada que pueda articularlo como sujeto de su discurso inconsciente.

Ahí volveremos hoy. Nos falta interrogar más de cerca lo que hay de ese fenómeno. Les recuerdo lo que les dije la última vez a propósito del objeto, como si el objeto jugase allí el mismo rol de espejismo que, en el piso inferior, la imagen del otro especular juega respecto del yo (moi). Así, pues, frente al punto donde el sujeto e va a situar para acceder al nivel de la cadena inconsciente, aquí se propone el fantasma como tal. Esa relación al objeto, tal como está en el fantasma, nos induce a una fenomenología del corte con el objeto, en tanto que puede soportar, en el plano imaginario, esa relación de corte que es aquella donde, a ese nivel, el sujeto ha de soportarse.

Ese objeto, en tanto soporte imaginario de esa relación de corte, la hemos visto en los tres niveles del objeto pre-genital de la mutilación castratoria, y aún la vía alucinatoria, es decir, menos aquí como voz encarnada, que como discurso en tanto interrumpido, cortado, de monólogo interior, cortado en el texto del monóloqo interior.

Vemos hoy, si no queda más para decir, si volvemos sobre el sentido de eso que, allí, se expresa también, de qué se trata, en relación a algo que ya he introducido la última vez, desde el punto de vista de lo real, desde el punto de vista del conocimiento. ¿En qué nivel estamos, visto que estamos introducidos al nivel del "Es"? ¿Es que ese "Es" es otra cosa que un equívoco susceptible de ser rellenado por cualquier sentido?.

Donde vamos a detenernos, ¿es en su pertenencia verbal de conjugación al verbo ser?.

Algo ya ha sido aportado allí la última vez. Se trata, en efecto, de saber en qué nivel estamos aquí, en cuanto al sujeto, bien que el sujeto no se resguarda simplemente en cuanto al discurso, sino también en cuanto a ciertas realidades.

Yo digo esto: si algo se presenta, se articula, que podamos de un modo coherente, para intitular la realidad, quiero decir la realidad de la que hacemos ahíaraca en nuestro discurso analítico, yo lo situaría, ese esquema, en el campo que está por debajo del discurso concreto, por cuanto ese discurso lo engloba y lo encierra. Es reserva de un saber, de un saber que podemos extender tan lejos como todo lo que puede hablar por el hombre. Entiendo que no está, sin embargo, obligado en todo momento a reconocer eso que, ya en su realidad, en su historia, él ha incluido en su discurso, que todo lo que, por ejemplo, se presenta en la dialéctica marxista como alienación, puede aquí asirse y articularse de una forma coherente.

Diría mas, El corte, no lo olvidemos —y aquí ya nos está indicado en el tipo del primer objeto del fantasma, del objeto pre-genital —¿a qué hago alusión como objetos que puedan soportar el fantasma, si no es a objetos reales, en relación estrecha con la pulsión vital del sujeto, en tanto separados de él? Lo que no es sino muy evidente es que lo real no es un continuo opaco, que lo real está hecho de cortes diferentes y, más allá de los cortes del lenguaje —y no es de ayer que el filósofo Aristóteles nos habla del "buen filósofo", lo que, según mi opinión quiere decir también aquel que sabe; en toda su generalidad es comparable al buen cocinero, el que sabe hacer pasar el cuchillo por el lugar justo, cortar las articulaciones, penetrarlas sin estropearlas.

La relación del corte de lo real con el corte del lenguaje es, pues, algo que, hasta cierto punto, parece satisfacer eso en lo cual la tradición filosófica no está, en suma, siempre instalada, a saber, que no se trata sino del recubrimiento de un sistema de corte por otro sistema de corte. Es eso a lo que la cuestión freudiana llega en su momento. Es por cuanto eso que el recorrido hasta ahora cumplido de la ciencia, nos permite formularlo; que hay, en la aventura de la ciencia, algo que va más allá de esa identifiación, de ese recubrimiento de cortes naturales por los cortes de un discurso cualquiera, lo que ha tenido el esfuerzo esencial de vaciar toda la articulación científica de sus implantaciones mitológicas.

Veremos, en su momento, algo que, de ahí, nos ha llevado el punto en que estamos, y que me parece suficientemente te carácterizado, sin hacer más drama, por el término de desintegración de la materia.

Es algo que puede sugerirnos ver, en esa aventura, más que simples conocimientos. Esto es, hasta ubicarnos sobre el plano real o, si ustedes quieren, provisoriamente, algo que yo llamaría, en esta ocasión, con todo el acento de la ironía necesaria, ya que no es, ciertamente, mi inclinación a llamarlo así, el Gran Todo.

Desde ese punto de vista, la ciencia y su aventura se presentan como lo real, reenviándose a sí misma sus propios cortes, pero como elementos creadores de algo nuevo, y que toma el sesgo de proliferar de una manera que aquí, seguramente, no podemos negarnos a nosotros mismos, en tanto que hombres, de nuestra función mediatriz, nuestra función de agentes no deja plantear la cuestión de saber si las consecuencias de eso que se manifiesta, no nos exceden un poco.

Para decirlo todo, el hombre, quizá, en ese juego, entra por su cuenta y riesgo. No hay lugar aquí, para nosotros, para ir más lejos, ya que ese discurso que hago expresamente sobrio y reducido, del cual, por lo mismo, supongo que el acento dramático y actual no se les escapa, lo que quiero aquí decir es que esa cuestión, en cuanto a la aventura de la ciencia, es otra cosa que lo que pudo articularse, aún con esa consecuencia extrema de la ciencia, con todas las consecuencias que han sido las del dramatismo humano, en tanto inscripto en toda la historia.

Aquí, en ese caso, el sujeto particular esta en relaciones con esa suerte de corte constituido por el hecho de que no es por relación a cierto discurso consciente que él no sabe lo que él es.

Se trata de eso, se trata de la relación de lo real del objeto como entrando en el corte, y ese suceso del sujeto al nivel del corte tiene algo que hay que llamar un real, pero que no es simbolizado por nada. Puede que les parezca excesivo ver designar al nivel de lo que hemos llamado, en su momento, una manifestación de ese ser, el punto electivo de la relación del sujeto a lo que aquí podemos llamar su ser puro de sujeto, eso por lo cual, desde entonces, el fantasma del deseo toma la función de designarlo.

Por eso, en otro momento pude definir esa función cumplida por el fantasma como una metonimia del ser, e identificar, como tal, a ese nivel, el deseo. Entendemos que a ese nivel, la cuestión queda enteramente abierta, si podemos llamar hombre a lo que de esa manera se indica, ya que no podemos llamar hombre sino a lo que así se ha simbolizado como tal ya, y que también, cada vez que se habla, se encuentra, pues, cargado de todos los reconocimientos históricos .

La palabra "humanismo" no designa nada, por lo común, a ese nivel, pero hay algo en él de real, algo real, que es necesario, y que basta para asegurar, en la experiencia, esa dimensión que llamamos —creo que impropiamente, por lo habitual— profundidad del más allá que hace que el ser no sea identificable a ninguno de los roles, como se dice actualmente, que él asume.

Aquí, pues, la dignidad, si puedo decirlo, de ese ser, es definida en una relación que no es ni independientemente de donde fuera cortada, si así me puedo expresar, con todos los últimos planos, las referencias castratorias, especialmente, si pueden allí meter con otras experiencias, no un culpable, por permitirme un juego de palabras, sino el corte (coupable-coupure), como tal, a saber, eso que se presenta para nosotros como siendo la última carácterística estructura] de lo simbólico como tal, a lo cual no quiero sino indicar, al pasar, que lo que encontramos allí es la dirección donde ya les enseñé a buscar eso que Freud llamó "instinto de muerte", aquello por lo cual ese instinto de muerte puede encontrarse convergiendo con el ser.

En ese punto, puede haber allí algunas dificultades. Voy a tratar de movilizarlas.

En el último número de ....... hay un articulo interesante, además sin excesos, de Kurt Eissler, que se llama "La función de los detalles en la interpretación de las obras de arte". Es a una obra de arte, y a la obra de arte en general, que voy a tratar de referirme, para ilustrar eso de lo que aquí se trata.

Kurt Eissler comienza, y termina, su discurso, con una observación de la que debo decir que se la puede calificar diversamente, según que se la considera confusa, o simplemente no explotada. He aquí, aproximadamente, lo que él articula: El término "detalle" le parece particularmente significativo a propósito y en ocasión de la obra de un autor perfectamente desconocido fuera del circulo austríaco. Es un actor-autor, y si me refiero a eso, es porque voy a volver a Hamlet. El autor-actor en cuestión es un pequeño Shakespeare, desconocido.

A propósito de ese Shakespeare que vivía al comienzo del siglo pasado en Viena, Eissler ha hecho una de sus bellas historias, típicas, de eso que se llama psicoanálisis aplicado, es decir que, una vez más, ha encontrado, a través de la vida del personaje, un cierto número de elementos descriptivos, paradojales, que permiten introducir cuestiones que quedaron sin resolver, a saber, si el autor en cuestión ha sido especialmente afectado, cinco años antes de escribir una de sus obras maestras, por la muerte de alguien que era para él una suerte de modelo, pero un modelo de tal modo asumido, que todas las cuestiones se plantean a propósito de la identificación paternal, maternal, sexual, la que ustedes quieran. La cuestión en sí misma nos deja fríos, en el ejemplo de uno de esos trabajos gratuitos que, en ese género, se renuevan siempre con un valor de repetición que también guarda su valor de convicción: pero no es de eso de lo que se trata.

Se trata de esto: es la especie de distinción que Eissler quiere establecer, entre la función de lo que él llama el detalle "relevante", llamémoslo el detalle que no pega, el detalle impertinente. En efecto, es a propósito de algo en una pieza bastante bien hecha de lo denominado (jathe en original), es a propósito de algo que llega allí, como decimos, como un cabello en la sopa, que nada implica absolutamente que la oreja de Kurt Eissler se dirigiese allí, que de propósito en propósito, llegue a reencontrar un cierto número de hechos biográficos de los cuales el interés es patente. Es, pues, del valor de guía del detalle irrelevante de lo que se trata. Y allí, Eissler hace una suerte de análisis aplicado, que comúnmente se hace en el análisis de una obra de arte. Repite dos veces algo —si tuviera el tiempo, tendría que leerles eso en el texto, para hacerles sentir el carácter bastante opaco—, dice él, en suma, es casi el mismo rol que Juegan el síntoma y el detalle que no convienen, por poco que, en el análisis, partamos de un síntoma que es dado como un elemento irrelevante, especialmente, para el sujeto. Es en su interpretación que progresamos hasta su solución. En el otro caso, es el detalle que nos introduce al problema, es decir que, en tanto que en un texto —él no va a llegar a formular la noción de texto—, en un texto, asimos algo que, no estando allí especialmente implicado como siendo discordante, somos introducidos a algo que puede llevarnos hasta la personalidad del autor.

Hay allí algo que, si se lo mira de cerca, no puede pasar por una relación de contraste. Parece suficiente que reflexionen allí, para percatarse de que, si hay allí contraste, hay también paralelismo, que en el conjunto, eso hacia lo que tiende debería llevar esa marca. Es seguramente que la discordancia en lo simbólico, en el simbólico que, como tal, en una obra escrita, y en todo caso juega un rol funcional identificable al síntoma real desde el punto de vista del progreso, si éste debe ser considerado como progreso del conocimiento, concerniente al sujeto.

A ese respecto, la aproximación tiene su interés. Simplemente, la cuestión, en ese momento, para nosotros, se plantea en saber si, en la obra de arte, diría sólo la falta de impacto va a devenir significativa para nosotros, ¿Y por qué, después de todo? Si está claro que, en la obra de arte, lo que se puede llamar la falta de impacto —se dan cuenta de que quiero decir algo que se nos presenta como una discontinuidad, puede llevarnos a algún conocimiento útil para nosotros, servirnos de índice donde nos reencontramos con las aclaraciones mayores, en su alcance inconsciente, tal o cual incidente de la vida pasada del autor —lo que pasa, efectivamente en este artículo—, es que, en todo caso, la cosa no nos introduce a eso desde donde la dimensión de la obra de arte debe ser aclarada para nosotros.

En efecto, podemos, desde allí y a partir de ese único hecho —lo veremos más allá de ese hecho—, plantear que la obra de arte no podría, para nosotros, ser afirmada como—. representando esa trasposición, esa sublimación, llámenlo como quieran, de la realidad.

Eso puede también aplicarse a lo que, por otra parte, en el caso general de que la obra de arte es siempre una modificación profunda, eso no se cuestiona, sino lo que creo que ha fue pasado por nosotros. Pero no es sobre ese punto que quiero atraer su atención. Es que, para nosotros, la obra de arte está limitada a un tipo de obra de arte. Me limitaré a la obra de arte escrita.

La obra de arte, lejos de ser algo que transfigura de la manera que sea, tan amplio como puedan decirlo, la realidad, introduce en su estructura el hecho del suceso del corte, por cuanto se manifiesta allí lo real del sujeto en tanto que, más allá de lo que dice, es el sujeto inconsciente. Porque si esa relación del sujeto al evento del corte le está interdicta, en tanto está, justamente allí, su inconsciente, no le esta interdicta en tanto que el sujeto tiene la experiencia del fantasma, esto es, que está animado por esa relación del deseo, y que, por la sola referencia de esa experiencia y por cuanto esta íntimamente tejida en la obra, algo deviene posible, por lo cual la obra va a expresar esa dimensión, ese real del sujeto, en tanto lo hemos llamado, en su momento, advenimiento del ser más allá de toda realización subjetiva posible. Y es hacia la virtud de la forma de la obra de arte, tanto la lograda como la que fracasa, que interesa a esa dimensión, si puedo decirlo, si puedo servirme de mi esquema para hacerlo sentir, esa dimensión transversal no es paralela al campo creado en lo real por la simbolización humana que se llama realidad, pero que le es transversal por cuanto la relación más Intima del hombre el corte, en tanto él rebasa todos los cortes naturales, que hay allí ese corte esencial de la existencia, a saber, que está allí y debe situarse en el hecho mismo del advenimiento del corte, que es eso de lo que se trata en la obra de arte, especialmente en lo que abordamos recientemente, porque es por ese aspecto la más problemática: "Hamlet".

Hay, también, toda suerte de cosas irrelevantes en Hamlet. Diría que es por eso que hemos progresado, pero de una forma completamente enigmática. No podemos sino interrogarnos todo el tiempo sobre esto: Qué quiere decir esa irrelevancia. Una cosa está clara, el que no esta excluido que Shakespeare lo haya querido. Errado o con razón, poco importa, Kurt Eissler, en la obra de puede hallar bizarro al hecho de que se haga intervenir un período de cinco años, del cual nadie habló antes —es el detalle irrelevante que va a ponerlo sobre la vía de una cierta investigación —, está claro que no hemos procedido para nada de la misma manera concerniente a lo que pasa en Hamlet, ya que, en todo caso, estamos seguros de que ese tejido de irrelevancias no puede, en ningún caso, ser pura y simplemente resuelto para nosotros por el hecho de que Shakespeare se dejaba conducir aquí por su buen genio. Tenemos el sentimiento de que estaba allí por algo y, después de todo, no sería por otra cosa que por la manifestación de su inconsciente más profundo, en todo caso, aquí, la arquitectura de sus irrelevancias nos muestra eso a lo que llega esencialmente a desplegarse en la afirmación mayor que distinguimos en su momento, a saber, en el tipo de relación del sujeto, a su nivel más profundo, como sujeto que habla, es decir, por cuanto actualiza su relación al corte como tal.

Es precisamente eso lo que nos muestra la arquitectura de "Hamlet" por cuanto vemos lo que en Hamlet depende fundamentalmente de una relación, que es la del sujeto a la verdad.

A diferencia del sueño del padre muerto, del que partimos este año en nuestra exploración, el sueño del padre muerto que aparece delante del hijo traspasado de dolor, aquí el padre sabe que esta muerto y lo hace saber a su hijo. Y lo que distingue el escenario, la articulación del "Hamlet" de Shakespeare de la historia tal como aparece en Saxo Grammaticus es, justamente, que están ellos dos solos para saber. En la historia de Saxo Grammaticus, es público que la muerte tuvo lugar, y Hamlet se hace el loco para disimular sus intenciones. Todo el mundo sabe que allí hubo un crimen. Aquí no hay sino estos dos que saben, uno de los cuales es un "ghost". Ahora; un "ghost", ¿qué es sino la representación de esa paradoja, tal como puede fomentarla la obra de arte? Y es allí que Shakespeare va a tornárnosla enteramente creíble. Otros antes que yo han mostrado la función que cumple esa venida de un "ghost" al primer plano. La función del "ghost" se impone desde el comienzo de "Hamlet". Y ese "ghost", ¿qué dice? Dice cosas extrañas, y estoy sorprendido de que nadie lo haya abordado, no digo el psicoanálisis del "ghost", pero que no hayan puesto el acento en alguna interrogación sobre lo que dice el "ghost".Lo que dice, en todo caso, no es dudoso. Dice: "La traición es absoluta; no había allí nada más grande, nada más perfecto, que mi relación de fidelidad a esa mujer. No hay allí nada más total que la traición de la que fui objeto". Todo lo que se plantea, lo que se afirma como buena fe, como fidelidad y deseo (voeu), es puesto, pues, para Hamlet, no sólo como revocable, sino como literalmente revocado. La anulación absoluta de eso se extiende al nivel de la cadena significante, y es algo que es diferente de esa carencia de algo que garantice.

El término garantido es la no-verdad, esa suerte de revelación, de engaño, si así puede decirse. Es algo que merecería ser seguido. Representa en el espíritu de Hamlet esa suerte de estupor en él, que entra después de las revelaciones paternas. Es algo que, en el texto de Shakespeare, está traducido de un modo destacable, a saber que, cuando pregunta lo que él ha aprendido, no quiere decirlo, y con razón, pero lo expresa de un modo muy particular. Se podría decir, en francés: "No hay puerco roñoso, en el reino de Dinamarca, que no sea un individuo inmundo". Es decir que se expresa en el régimen de la tautología. Pero dejemos de lado eso. No son sino detalles y anécdotas. La cuestión está en otra parte. La cuestión es ésta: ¿Dónde somos engañados? Está aceptado, por lo general, que un muerto no podría ser mentiroso; ¿y por qué? Por la misma razón, puede que toda nuestra ciencia conserva aún ese postulado que Einstein destacó en términos propios. El decía, de tiempo en tiempo, cosas que no eran tan superficiales, en orden filosófico, como eso. Decía: "El bueno y viejo Dios es un pillo (malin); seguramente es honesto". Podemos decir otro tanto de un padre que nos expresa categóricamente que es presa de los tormentos y llamas del infierno, y ello por crímenes absolutamente infames.Hay allí, menos, algo, algo que no puede dejar de alertarnos. Hay allí alguna discordancia, y si seguimos los efectos, en Hamlet, de lo que se presenta como la condena eterna de la verdad para siempre condenada a escapársele a él, si concebimos que Hamlet queda, entonces, encerrado en esa afirmación del padre, es que nosotros mismos, hasta cierto punto, ¿no podemos interrogarnos sobre lo que significa, al menos funcionalmente, esa palabra, el relación a la génesis y al despliegue de todo el drama?. Muchas cosas podrían decirse, comprendida ésta: que el padre de Hamlet dice esto, en francés: "Pero si no se subleva (émeut) la virtud aún cuando el vicio viniera a tentarla bajo la forma del cielo, también la lujuria, el vicio en el lecho de un angel radiante torna pronto en repugnancia ese lecho celestial y corto, a la inmundicia". Es, por cierto, una mala traducción, ya que debería decir: "También el vicio, aunque ligado a un ángel radiante".¿De qué ángel radiante se trata? Si es un ángel radiante que introduce el vicio, en esa relación de amor decaído en el cual toda la carga está puesta sobre el otro, ¿puede aquí más que no importe dónde, que aquél que viene a portar para siempre el testimonio de la injuria sufrida, no esté allí para nada? ¿Esa es la llave que no podrá ser girada jamás, el secreto que jamás podrá ser revelado?.

Pero algo no viene, aquí, a ponernos sobre la huella de la palabra bajo la cual debemos comprender. Y bien se trata del fantasma, ya que el enigma para siempre irresuelto, tan primitivo como lo supongamos, y precisamente los sesos de los contemporáneos de Shakespeare, a pesar de la curiosa elección de esa redoma de veneno vertida en la oreja del "ghost", que es el padre, que es Hamlet padre, no lo olvidemos, ya que ambos se llaman Hamlet.

Allí los analistas no se han aventurado, casi. Hay allí bastante de eso para indicar que puede ser que algún elemento simbólico deba ser reconocido. Pero es algo que, en todo caso, puede ser situado según nuestro método, bajo la forma del block que él forma, del agujero que forma el enigma impenetrado que constituye. Inútil, ya lo hice, al señalar la paradoja de esa revolución, incluidas hasta allí sus consecuencias.

Lo importante es esto: Tenemos allí una estructura no solamente fantasmática que dificulta tanto a lo que pasa, a saber que, en todo caso, hay allí alguien que es envenenado por la oreja. Es Hamlet, y aquí lo que cumple la función de veneno, es la palabra de su padre. Desde allí, la intención de Shakespeare se aclara un poco, es, a saber, que lo que nos ha mostrado es la relación del deseo con esa revelación. Durante dos meses, Hamlet queda bajo el golpe de esa revelación. ¿Y cómo va a recuperar poco a poco el uso de sus miembros? Justamente, por una obra de arte: Los comediantes llegan a él a tiempo para que él les haga ser el banco de prueba de la conciencia del rey, nos dice el texto. Lo que es cierto es que, por vía de esa prueba, va a poder entrar en acción, en una acción que, necesariamente, va a desenvolverse a partir de la primera de sus consecuencias, a saber, en primer lugar, que ese personaje que, a partir de la revelación paterna, deseaba su propia disolución: "¡Oh, carne demasiado sólida, que no te evaporas, que no puedes disolverte!".

Al fin de la obra, lo vemos tomado por una ceguera que tiene un nombre preciso, el del artificio. Está loco de alegría de haber conseguido su peor efecto. No se puede obtener más, y es justo si Horacio debe colgarse de sus faldones para contener una exuberancia demasiado grande, cuando le dice: "¿No podría ahora engancharme en alguna troupe como actor, con una parte entera?". Horacio responde: "Con una mitad". Sabe a qué atenerse. En efecto, todo está lejos de ser reconquistado en ese hecho. No es por artificioso que ha encontrado su papel, pero basta que se sepa que es artificioso para comprender que el primer papel que encuentre, lo tomará. Al fin de cuentas, ejercerá lo que le es ordenado.

Otra vez les leeré ese pasaje en el texto: "Tal veneno, una vez ingerido por la rata —y ustedes saben que la rata no está nunca lejos de estos sucesos, especialmente en "Hamlet"—, le da esa sed que es la sed de la cual muere, porque ella disolverá completamente en él el veneno mortal, tal como ha sido inspirado en Hamlet".

Algo se agrega a lo que les digo, que permite poner allí el acento. Un autor se sorprendió de eso que los espectadores habrían debido percatarse desde hace tiempo, Es que Claudio se muestra tan insensible a lo que precede a la escena de la representación, aquella en la que Hamlet hace representar, frente a Claudio, la escena misma de su crimen. Hay una suerte de prólogo que consiste en una pantomima en la que se ve, antes de la larga escena de protesta de fidelidad y amor de la reina de comedia al rey de comedia, antes, el gesto de verter el veneno en la oreja, en contexto mismo del vergel, del jardín, es hecho, prácticamente delante de Claudio que, literalmente, no chista.

Vidas enteras se engancharon sobre ese punto. Alguien dijo que el "ghost" mentía, lo que a Dios no le gusta, no lo digo. Y (falta en el original) ha escrito largas obras para explicar cómo puede ser que Claudio, tan manifiestamente culpable, no se haya reconocido en la escena representada. Y él ha preparado toda suerte de cosas minuciosas y lógicas como para decir que, si no se reconoce, es porque mira a otra parte. Eso no está indicado en el juego de escena, y puede ser, después de todo. Eso no vale el trabajo de una vida entera. Es que no podemos sugerir que seguramente Claudio allí esta por algo; él mismo lo confiesa, lo clama de cara al cielo, en una sombría historia donde subvierte no sólo el equilibrio conyugal de Hamlet padre, sino algo más aún, su propia vida. Y es que es verdad que su crimen es malvado al punto de apestar hasta el cielo. Todo indica que, en un momento, él se siente verdaderamente picado, en lo más profundo de sí mismo. El salta cuando Hamlet le dice, ¿qué? Le dice esto: El que va a entrar en la escena, el (Lucieux) que va a envenenar al rey, es su sobrino. Se empieza a comprender que Claudio que, desde hace algún tiempo siente que hay ahí algo, un olor a azufre en el aire, ha preguntado, por otra parte: "¿No hay una ofensa allí dentro?". "La menor ofensa" —ha respondido Hamlet. En ese momento Claudio siente que se ha pasado la medida.

En verdad, queda en una total ambigüedad si el escándalo es general, si toda la corte considera, a partir de ese momento, que Hamlet es particularmente imposible, porque todo el mundo está del lado del rey, es seguramente para la corte, porque ellos han reconocido allí el crimen de Claudio, ya que nadie sabe nada, y nadie jamas supo, hasta el fin, fuera de Hamlet y su confidente, de la forma en que Claudio ha exterminado a Hamlet padre. La función del fantasma parece, pues, aquí, ser bien algo diferente de la del medio —como se dice en las novelas policiales. Y que ese algo deviene mucho más claro si pensamos, como creo mostrarles, que Shakespeare ha ido más lejos que nadie, al punto de que su obra es la obra en la cual podemos ver descripta una suerte de cartografía de todas las relaciones humanas posibles, con ese estigma que se llama deseo en tanto punto de toque; lo que designa, irreductiblemente, su ser, ése por el cual, milagrosamente, podemos encontrar esa suerte de correspondencia.

¿No les parece maravilloso que alguien cuya obra, recortada por todas partes, presente esa unidad de correspondencia?, ¿que alguien qué, ciertamente, ha sido uno de los seres que han avanzado más lejos en esa dirección de oscilaciones, haya vivido, sin duda, una aventura, la que es descripta en el soneto que nos permite recortar, exactamente, las posiciones fundamentales del deseo?.

Volveré allí más tarde. Ese hombre sorprendente ha atravesado la vida de la Inglaterra de Isabel, de un modo incontestablemente no desapercibido, con sus cuarenta piezas, aproximadamente, y con algo de lo que tenemos algunas huellas, quiero decir, algunos testimonios. Pero lean una obra bien hecha y que resume, ahora, casi todo lo que ha sido hecho de investigaciones sobre Shakespeare. Hay algo sorprendente, es que, aparte del hecho de que seguramente ha existido, no podemos, sobre el, sobre sus tareas, sobre todo lo que lo ha rodeado, sobre sus amores, amistades, no podemos, verdaderamente, decir nada. Todo pasó. Todo desapareció sin dejar huellas. Nuestro autor se nos presenta a nosotros, analistas, como el enigma más radicalmente desaparecido, disuelto, desvanecido, que podamos señalar en nuestra historia.

( Aplausos )


índice del seminario 6





































Clase 23. Del 3 de Junio de 1959

3 de Junio de 1959



Continúo mi tentativa de articular para ustedes lo que debe regular nuestra acción en el análisis, en tanto nosotros tenemos que ver con el inconsciente en el sujeto. Sé que esto no es cosa fácil, y además, no me permito todo, en la clase de formulación a la cual me gustaría llevarlos. Ocurre que mis rodeos están ligados a los sentimientos, por lo que tengo necesidad de hacerles sensible el paso del cual se trata. No es forzoso que siempre logre que ustedes no pierdan el sentido de la ruta.

Sin embargo, les pido seguirme, tenerme confianza. Y para volver al punto donde estábamos la última vez, articulo más simplemente lo que yo he —evidentemente no sin precaución, no sin esfuerzo por evitar las ambigüedades formulado—, poniendo en primer plano el término del ser.

Y para proceder a martillazos, me pregunto, por azaroso que pueda parecer semejante fórmula, la restitución, la reintegración, en nuestros conceptos cotidianos, de términos tan importantes que, desde siglos, uno no osa abordarlos más que con una especie de temor respetuoso. Quiero hablar del Ser y del Uno... Digamos, bien entendido, es en! su empleo, el hacer la prueba de su coherencia, que lo que llamo ser, y que hasta cierto punto, yo he llegado a calificar, la última vez, como ser puro, en un cierto nivel de su emergencia, es algo que corresponde a los términos según los cuales nosotros nos ubicamos especialmente: Lo real y lo simbólico. Y aquí el ser es nada menos que esto, que no somos idealistas, que, para nosotros, como se dice en los libros de filosofía, somos de aquellos que pensamos que el ser es anterior al pensamiento, pero que, para ubicarnos, nos falta nada menos que eso, aquí en nuestro trabajo de analistas.

Lamento tener que hacer intervenir para ustedes el cielo de la filosofía, pero debo decir que no lo hago sino molesto y forzado y, después de todo, porque no encuentro nada mejor para operar.

El ser, diremos, pues, que es propiamente lo real, en tanto él se manifiesta a nivel de lo simbólico. Pero entendamos bien qué es a nivel de lo simbólico. En todo caso, para nosotros, no hemos de considerar en otra parte esto que parece tan simple —de esto que hay algo que agregar cuando decimos "el es eso", y que esto apunta a lo real, y en tanto que lo real está afirmado, o rechazado, o denegado, en lo simbólico.

Este ser no está en ninguna otra parte —que esto quede bien entendido—, sino en los intervalos, en los cortes. Y allí donde, hablando propiamente, él es el menos significante de los significantes, a saber, el corte. Que es lo mismo que afirmar que el corte se presentifica en lo simbólico. Y nosotros hablamos de ser puro. Voy a decirlo más brutalmente, porque la última vez, parece —y quiero admitirlo voluntariamente -, que ciertas fórmulas que he adelantado han parecido conclusas a algunos. El ser puro del que se trata es ese mismo ser del cual acabo de dar la definición general, y esto, en tanto que, bajo el nombre de inconsciente, de simbólico, una cadena significante subsiste según la fórmula que ustedes me permitirán adelantar: Todo sujeto es Uno.

Aquí, es necesario que les pida indulgencia, a saber, seguirme. Lo que quiere decir, simplemente, que ustedes no imaginan que lo que adelanto allí es algo que adelanto con menos precaución de lo que he adelantado el ser. Les pido que me den crédito porque, antes de hablarles, ya he advertido que lo que voy ahora a adelantar, a saber, el Uno, no es una noción unívoca, y que los dicciónarios de filosofía les dirán que hay más de un empleo de ese término, a saber que el Uno, lo que es el todo, no se confunde en todos sus empleos, en todos sus usos, con el uno número, es decir, el uno que supone la sucesión y el orden de los números, y que se desempeña ahí como tal. Pues bien, parece, en efecto, según toda apariencia, que este uno fuese secundario de la institución del número como tal y que, para una deducción correcta —en todo caso, las aproximaciones empíricas no dejan en eso ninguna duda; la psicología inglesa trata de instaurar la entrada empírica del número en nuestra experiencia, y no es por nada que me refiero aquí a la tentativa de argumentación lo más al ras de la tierra. Yo les he hecho, ya, notar que es imposible estructurar la experiencia humana, quiero decir, esta experiencia afectiva más común, a partir del hecho de que el ser humano cuenta, y que él se cuenta.

Yo diría, de un modo abreviado —pues hace falta, para ir más lejos, que supongo adquirido por cierto tiempo de reflexión lo que ya he dicho—, que el deseo está estrechamente ligado a lo que sucede en tanto que el ser humano tiene que articularse en el significante, y que en tanto que ser, es en los intervalos, que aparece a un nivel que trataremos, quizá, un poco más adelante, de articular de un modo que allí, deliberadamente, voy a hacer más ambigüo que aquello del uno tal como acabo de introducirlo, porque no pienso que ella se haya aún tratado de articular como tal en su ambigüedad misma. Es la noción de No-Uno.

Es en tanto que esa S aparece aquí como ese No-Uno, que nosotros vamos a retomar y ver de nuevo hoy.

Pero retomemos las cosas a nivel de la experiencia. Quiero decir, a nivel del deseo. Si el deseo juega ese rol de servir de índice al sujeto, en el punto donde no puede representarse sin desvanecerse, diremos que, al nivel del deseo, el sujeto se cuenta. El se cuenta, para jugar sobre las ambigüedades, sobre la lengua, es allí, en primer lugar, que quiero atraer vuestra atención; quiero decir, sobre la propensión que tenemos siempre de olvidar eso con lo que tenemos que ver en la experiencia, aquella de nuestros pacientes, de aquellos de los cuales tenemos la audacia de encargarnos; y es por eso por que los reenvío a ustedes mismos. En el deseo nos contamos contante (comptant).

Es allí que el sujeto aparece contante, no en el cómputo, sino allí donde se dice que él tiene que hacer frente, en lo que hay en último término, que lo constituye propiamente como él.

De todos modos, es tiempo de recordar a los analistas que no hay nada que constituya mejor el último término de la presencia del sujeto, en tanto es con eso con lo que nos tenemos que ver, que el deseo.

Es a partir de ahí que ese manejo del contante comienza a entregarse a toda suerte de transacciónes que lo evaporan en equivalente diversamente fiduciarios, es evidentemente todo un problema, pero hay, a pesar de todo, un momento donde es necesario pagar contante yo (moi).

Si la gente viene a vernos es, en general, porque eso de lo que se trata en el momento de pagar, contante, al contado, no marcha; se trata del deseo sexual, o de la acción en sentido pleno, o en el sentido más simple.

Es ahí adentro, que se hace la pregunta del objeto. Es claro que, si el objeto fuese simple, no solamente no sería difícil para el sujeto hacer frente contante a sus sentimientos, sino, si me permiten ese juego de palabras, estaría más a menudo contento del objeto, en tanto que es necesario que él se contente de eso, lo que es completamente diferente.

Esto está, evidentemente, ligado al hecho de que conviene también recordar, porque es el principio de nuestra experiencia, que en ese nivel del deseo, el objeto, para satisfacerlo, no es, al menos, de acceso simple, y que asimismo diremos que no es fácil reencontrarlo, por razones estructurales que son, justamente, aquellas en las cuales vamos a tratar de entrar más adelante.

No pareciera que vamos rápido, pero es porque es duro, aunque, lo repito, eso sea nuestra experiencia cotidiana.

Si el objeto del deseo más maduro, más adulto, como nosotros nos expresamos de vez en cuando, en esta especie de embriaguez babosa que se llama la exaltación del deseo genital no tendríamos que hacer constantemente esta observación de la división que se introduce allí regularmente, y que estamos muy forzados de articular en el mismo momento en que hablamos de ese sujeto muy conciliador, más o menos problemático, entre los dos planos que constituyen este objeto como objeto de amor, o, como uno se expresa, de ternura, o del otro al cual hacemos don de nuestra unicidad, y el mismo otro considerado como instrumento del deseo.

Es muy claro que es el amor del otro el que resuelve todo. Pero se ve bien, por esta sola observación, que quizá aquí salimos, justamente, de los límites del diagrama, porque al fin de cuentas, no es a nuestras disposiciones, sino a la ternura del otro, que es reservado esto que, al precio, sin ninguna duda, de un cierto descentramiento de sí mismo, él satisfaga lo más exactamente posible eso que, sobre el plano del deseo, es, para nosotros, promovido como objeto.

Finalmente, bien parece aquí que, más o menos camuflados, reproducíamos muy simplemente viejas distinciones introducidas de la experiencia religiosa. Es, a saber, la distinción de la tendencia amorosa en el sentido concreto o pasional, carnal, como uno se expresa, del término, y el amor de caridad. Si es verdaderamente esto, ¿por qué no reenviaron a nuestros pacientes a los pastores, que les predicarían mucho mejor que nosotros?'.

Además, por otra parte, estamos advertidos que seria un lenguaje mal tolerado, y que, de vez en cuando, no es mejor que nuestros pacientes, por anticipar los deslizamientos ahí debajo de nuestros lenguajes, y de que después de todo, si son esos bellos principios de moral que vamos a predicarles, podrían muy bien ir a buscarlos en otra parte, pero que es, curiosamente, una vez ocurrido, que eso les pega tanto como para que no tengan ganas de escuchar eso de nuevo.

Yo hago allí una ironía muy fácil. No es una ironía pura y simple. Iré más lejos. Diré que, al fin de cuentas, no hay esbozo de teoría del deseo —quiero decir de una teoría del deseo donde pudiésemos reconocernos. Si pongo los puntos sobre las íes, las cifras mismas a través de las cuales entiendo ahora articularla para ustedes, si no los dogmas religiosos; y que no es por azar si, en la articulación religiosa, el deseo sin duda en rincones protegidos, cuyo acceso, por supuesto, está reservado. No está abierto grandemente al común los mortales, de los fieles, sino en rincones que uno llama la mística; está bien inscripta como tal la satisfacción del deseo —está ligada a toda una organización divina que es aquella que, para el común de la gente, se presenta bajo la forma de los misterios -, probablemente también para los otros (no tengo necesidad de nombrarlos). Y es necesario ver lo que pueden representar, para el creyente de nivel sensible, términos suficientemente vibrantes como el de encarnación o redención.

Pero iré más lejos: diré que el más profundo de todos, que se llama la Trinidad, sería un gran error creer que no es algo que, al menos, tiene relación con la cifra tres, con la cual tenemos siempre que ver, si advertimos que no hay justo acceso, equilibrio posible a alcanzar para un deseo que llamamos normal, sin una experiencia que hace intervenir una cierta tríada subjetiva.

¿Por qué no decir estas cosas, ya que ellas están allí en una extrema simplicidad?. Y yo no las descarto. Me satisfago tanto en tales referencias, como en aquellas más o menos confusas aprehensiones de ceremonias primitivas, totémicas u otras, en las cuales lo que mejor encontramos no es muy diferente de esos elementos de estructura.

Por supuesto, justamente es por eso que tratamos de abordarlo de un modo que, por no ser exhaustivo, no es tomado bajo el ángulo del misterio, que creo que hay interés en lo que nos comprometíamos por esta vía. Pero ahora, lo repito, ciertas cuestiones de horizonte moral, incluso social, no son superfluas de recordar en esta ocasión. A saber, articular esto que aparece bien claro en la experiencia contemporánea, que no podría haber ahí satisfacción de cada uno, sin la satisfacción de todos, y que esto está al principio de un movimiento que, incluso si no estamos comprometidos poderosamente con otros, nos hostiga por todas partes, y lo bastante, por estar siempre dispuesto a trastornar muchas de nuestras comodidades.

Se trata aún de recordar que la satisfacción de la cual se trata, merece, posiblemente, que se la interrogue. Pues, ¿es pura y simplemente de la satisfacción de las necesidades?. Aquellos,incluso, de los que hablo —pongámoslos bajo la rúbrica del movimiento que se inscribe en la perspectiva marxista, y que no hay nada, en su principio, sino aquello que acabo de expresar: no hay satisfacción de cada uno, sino en la satisfacción de todos -, no osarían pretenderlo, porque justamente, lo que es el fin de ese movimiento y de las revoluciones que comporta es, en último término, hacer acceder esos todos a una libertad sin ninguna duda lejana, y planteada como debiendo ser post-revolucionaria.

Pero esta libertad, ¿qué otro contenido podemos darle, sino de ser, justamente, la libre disposición, para cada uno, de su deseo?. Sin embargo, queda por decir que la satisfacción del deseo, en esta perspectiva, es una cuestión post-revolucionaria. Y de esto nos damos cuenta todos los días. Esto no arregla nada. No podemos reenviar el deseo con el cual tenemos que ver, a una etapa post-revolucionaria, y cada uno sabe, por otra parte, que no estoy ahí en vías de hablar mal de tal o cual modo de vida, que fuese más acá o más allá de cierto limite.

La cuestión del deseo queda en primer plano, incluso, de las preocupaciones de los poderes. Quiero decir que es muy necesario que haya alguna manera social y colectiva de manejo con él. Esto no es más cómodo de un cierto lado de la cortina que del otro. Se trata, siempre, de moderar un cierto malestar, "el malestar en la cultura", como lo llamó Freud. No hay otro malestar en la cultura que el malestar del deseo.

Para sorprenderlos un último hito sobre lo que quiero decir, les plantearé la cuestión de saber, cada uno, no en tanto que analistas demasiado predispuestos —menos aquí que en otra parte—, a creerse destinados a ser los regentes de los deseos de los otros... de interrogarse sobre lo que quiere decir, para cada uno de ustedes, en el corazón de vuestra existencia, el término: ¿Qué es realizar su deseo?.

Esto existe, a pesar de todo. Hay, a pesar de todo, cosas que se realizan. Ellas están un poco desviadas a la derecha, un poco desviadas a la izquierda, torcidas, farfullantes y más o menos mierdosas, pero son, a pesar de todo, cosas que, en cierto momento, podemos reunir bajo ese conjunto, en tal o cual momento: Esto iba en el sentido de realizar mi deseo.

Pero si les pido articular lo que quiere decir "realizar su deseo", apuesto a que no lo articularán fácilmente. Sin embargo, si me es permitido —yo cruzaré esto con la referencia religiosa a la cual me he adelantado hoy—, valerme de esta formidable creación de humor negro que la religión a la cual me referí hace un rato, la que tenemos ahí tan viva, la religión cristiana, ha promovido bajo el nombre de juicio final, simplemente. Les planteo la cuestión de saber si eso no es una de las cuestiones que debemos proyectar como en su lugar más conveniente —lugar de juicio final, la cuestión de saber si ese día del juicio final lo que podremos decir sobre ese sujeto, lo que en nuestra única experiencia, habremos hecho en ese sentido de realizar nuestro deseo, no pesara tanto como aquella que no la refuta en ningún grado, que no la contrabalancea de ningún modo, esto es, de saber si habremos, o no, hecho lo que se llama el bien.

Pero volvamos sobre nuestra fórmula, nuestra estructura del deseo, para ver eso que, de hecho, no es solamente la función del objeto, como he tratado de articularla hace dos años, ni tampoco la del sujeto en tanto que he tratado de mostrarles que se distingue en ese punto clave del deseo por ese desvanecimiento del sujeto en tanto que tiene que nombrarse como tal, sino en la correlación que liga uno al otro, que hace que el objeto, en esta función, precisamente, de significar ese punto donde el sujeto no puede nombrarse, donde el pudor, diría, es la forma regia de lo que se acuña en los síntomas de la vergüenza y del asco.

Y les pido aún un tiempo, antes de entrar en esta articulación, para hacerles remarcar algo que fui forzado a dejar ahí como una marca, a saber, como un punto que no he podido, en su momento, por razones de programa, desarrollar como lo hubiera deseado, que es la comedia.

La comedia, contrariamente a lo que una vana muchedumbre puede creer, es lo que hay de más profundo en este acceso, al mecanismo de la escena, en tanto el permite al ser humano la descomposición espectral de lo que es su situación en el mundo. La comedia está más allá de ese pudor. La tragedia termina con el nombre del héroe, y con la total identificación del héroe. Hamlet es Hamlet, él es tal nombre. Asimismo es porque su padre ya era Hamlet que, al fin de cuentas, todo se resuelve ahí, a saber, que Hamlet está definitivamente abolido en su deseo. Creo haber dicho bastante con "Hamlet".

Pero la comedia es un muy curioso atrapa-deseo, y es porque cada vez que una trampa del deseo funciona, estamos en la comedia. Es el deseo en tanto aparece ahí donde no se lo esperaba. El padre ridículo, e] devoto hipócrita, el virtuoso víctima de una maniobra adúltera, he ahí aquello con lo que se hace la comedia. Pero hace falta, por supuesto, este elemento que hace que el deseo no se confiese. Está enmascarado y desenmascarado. Está ridiculizado. Está condenado, si llega el caso, pero es por la forma, pues en las verdaderas comedias, el castigo, incluso no roza el ala de cuervo del deseo, que sigue absolutamente intacto.

Tartufo es exactamente el mismo después de que el exceptuado le haya puesto la mano sobre el hombro. Arnolfo, dice ¡Uf!, es decir que él es siempre Arnolfo, y que no hay ninguna razón para que no recomience con una nueva Agnes. Y Harpagón no es curado por la conclusión más o menos artificial de la comedia molieresca. El deseo, en la comedia, está desenmascarado, pero no refutado.

No les doy aquí sino una indicación. Ahora, querría introducirlos en lo que me va a servir para situar nuestro comportamiento con respecto al deseo, en tanto que nosotros, en el análisis, la experiencia nos ha enseñado a verlo para, como lo decía uno de nuestros grandes poetas, aunque fuese, además, un gran pintor, ese deseo podemos atraparlo por la cola, a saber, en el fantasma.

El sujeto, pues, en tanto que desea, no sabe dónde está la relación a la articulación inconsciente, es decir, a ese signo, a esa escansión que repite en tanto que inconsciente.

¿Dónde esta, como tal, ese sujeto? ¿Esta en el punto donde desea?. Ahí está el punto de mi articulación de hoy. El no está en el punto donde desea. Esta en alguna parte en el fantasma. Y esto es lo que quiero articular hoy, pues de esto depende toda nuestra conducta en la interpretación.

Yo me valgo otra vez aquí de una observación aparecida en una especie de pequeño boletín en Bélgica, concerniente a la aparición de una perversión transitoria en el momento de la cura de algo que ha sido impropiamente etiquetado como una forma de fobia, cuando se trata muy claramente, y como el autor lo sospecha en sus interrogaciones —debo decir que ese texto es precioso—, él es muy concienzudo y muy utilizable, por las interrogaciones que el autor puntúa, a saber, la mujer que ha dirigido ese tratamiento y que, sin ninguna duda, mejor dirigida ella misma, tenía todas las cualidades que eran necesarias para ver mucho mejor e ir mucho más lejos... Es claro que esta observación, en la cual se puede decir que, en nombre de ciertos principios, principio de "realidad" en la ocasión, la analista se permite jugar el deseo del sujeto como si se tratase ahí del punto que, en él, debía ser puesto en su sitio.

El sujeto, sin ninguna duda no por azar, se pone a fantasear (phantasmer) que su curación coincidirla con el hecho de que se acostará con la analista.

Sin ninguna duda no es por azar que algo tan tajante, tan crudo, llega al primer plano de una experiencia analítica. Es una consecuencia de la orientación general dada al tratamiento, y de algo que es claramente bien percibido por el autor como habiendo sido el punto crucial, a saber, el momento donde se trata de interpretar un fantasma, no de identificar o no un elemento de ese fantasma, y, en ese momento, no digo un hombre con armadura, sino una armadura que avanza detrás del sujeto. Armadura armada de algo bastante fácilmente reconocible, porque es una jeringa Fly-tox, es decir, lo que se puede hacer como representación más cómica y más carácterizada del aparato fálico como destructor.

Y esto, en el más grande embarazo retrospectivo del autor. Es seguramente de ahí que han dependido muchas cosas, y presiente que, a eso, ha sido enganchado, en la sucesión, todo el desencadenamiento de la perversión artificial. Todo depende del hecho de que esto era interpretado en términos de la realidad, de experiencia real de la madre fálica, indiscutiblemente.Y no en el sujeto de eso, que resalta completamente claro desde un cierto punto de vista de la observación, a partir del momento donde se quiere tomarla, que el sujeto hace surgir ahí la imagen necesaria y faltante del padre como tal, en tanto que ésa exigido por la estabilización del deseo. Y sin embargo nada podría satisfacernos mejor que el hecho que ese personaje faltante apareciera en consecuencia bajo la forma de un montaje,de algoque da la imagen viviente del sujeto en tanto que está reconstituida con la ayuda de un cierto número de cortes, de articulaciones de la armadura, en tanto que ellas son junturas, y junturas puras como tales.

Es en éste sentido, y de un modo completamente concreto que se podría rehacer el tipo de intervención que hubiese sido necesaria ; que quizá lo que se llama en esta ocasión curación hubiese podido ser encontrada con menores esfuerzos que por el rodeo de una perversión transitoria sin duda jugada en lo real, y que indiscutiblemente nos permite abordar en una cierta práctica , en qué la referencia a la realidad representa una regresión en el tratamiento.

Voy ahora a precisar bien lo que quiero hacerles sentir en lo concerniente a esas relaciones de yo (moi) y a.Primero voy a darles el modelo, que no es más que un modelo, el fort da, es decir, algo que no tengo necesidad de comentar de otro modo, a saber, ese momento que podemos considerar teóricamente como primero de la introducción del sujeto en lo simbólico, en tanto que es en la alternancia de una pareja significante, que reside esa introducción en relación con un pequeño objeto cualquiera que sea, digamos, una pelota, o además, un pequeño trozo de cordón, algo deshilachado en el fin de la cama, con tal que eso resulte, y que eso puede ser arrojado y vuelto a traer.

He aquí, pues, el elemento del que se trata, y en el cual lo que se expresa es algo que está justo antes de la aparición del yo (moi), es decir, el momento donde el S se interroga en relación al otro en tanto que presente o ausente.

Es pues, el lugar por el que el sujeto entra a ese nivel en lo simbólico, y hace surgir, en el comienzo, ese algo que el Sr. Winnicott, por la necesidad de un pensamiento completamente centrado sobre las experiencias primarias de la frustración, ha introducido el término necesario para él, en la génesis posible de todo desarrollo humano como tal, el objeto transicional. El objeto transicional es la pequeña pelota del Fort-Da.

¿A partir de cuándo podemos considerar ese yo (je) como promovido a su función en el deseo?. A partir del momento en que deviene fantasma, es decir, cuando el sujeto no entra más en el juego, pero se anticipa en ese yo (je), cuando cortocircuito ese yo (je), cuando está enteramente incluido en el fantasma. Quiero decir, cuando se capta, él mismo, en su desaparición.

Por supuesto, no se captará sin esfuerzo, pero lo que es exigible para eso que llamo fantasma, en tanto que soporte del deseo, es que el sujeto sea representado, en el fantasma, en ese momento de desaparición. Y les hago remarcar que no estoy diciendo nada extraordinario. Simplemente; articulo ese sesgo, esa chispa, ese momento donde Jones se detuvo, cuando buscó dar su sentido concreto al termino complejo de castración, y donde, por razones de exigencia de su comprensión personal, no llega lejos, porque para él las cosas son fenomenológicamente sensibles.

La gente está, a pesar de todo, detenida por los límites de la comprensión, cuando quiere comprender a todo precio. Lo que trato es hacerles ir un poquito más lejos, diciéndoles que se puede ir más lejos deteniéndose en eso de tratar de comprender. Y es en lo que no soy fenomenologista.

Y Jones identifica el complejo de castración, con el temor de la desaparición del deseo. Es exactamente lo que estoy diciendo bajo una forma diferente. Ya que el sujeto teme que su deseo desaparezca, esto debe significar algo. Es que, en alguna parte, él se desea deseante. Que está ahí lo que es la estructura del deseo —pongan atención —del neurótico.

Es por eso que no abordaré al neurótico de antemano, porque esto les representa demasiado fácilmente una simple duplicación: Yo me deseo deseante, y me deseo deseante deseado, etc. No es del todo de esto de lo que se trata, y es por eso que es útil de recordar el fantasma perverso. Y si hoy no puedo ir más lejos, trataré de hacerlo tomando uno de esos fantasmas más accesibles, y además, emparentado con esto que yo ya he hecho alusión hace poco en la observación que evoqué, a saber, el fantasma del exhibicionista. Del voyeurista igualmente, pues ustedes van a verlo, tal vez conventa no contentarse del modo en que es comúnmente revertida la estructura de la que se trata.

Suelen decirnos, es muy simple, es muy lindo ese fantasma perverso. Es la pulsión escópica. Seguro, uno quiere mirar, uno quiere ser mirado... Esas encantadoras pulsiones vitales, como dice en alguna parte Paul Elouard. Hay en suma, ahí, algo, la pulsión que se complace en lo que el poema de Elouard expresaba tan perfectamente bajo la fórmula de "dar a ver", manifestación de la forma ofreciéndose, ella misma, al otro.

Y en suma, les hago remarcarlo, esto ya no es para decir. No nos parece tan simple. Esto implica, ya que estábamos en ese nivel ayer, a saber, que puede haber subjetividad implícita en una vida animal, implica, a pesar de todo, cierta subjetividad. No es casi posible concebir ese dar a ver, incluso, sin dar a la palabra (mot) la plenitud de las virtudes del don, a pesar de todo, una referencia, inocente, sin duda, no advertida, en esta forma de su propia riqueza.

Y además, tenemos de eso indicaciones completamente concretas en el lujo puesto por los animales, en las manifestaciones de la parada cautivante, principalmente de la parada sexual.No voy a volver a hacer bullir delante de ustedes el picón, pienso haber hablado bastante de eso, para que lo que estoy diciendo tenga un sentido. Es simplemente para decir que, en la curva de cierto comportamiento, tan instintual como lo supongamos, algo puede ser implicado, tanto como ese mismo pequeño movimiento de retorno, y al mismo tiempo de anticipación, que está ahí en la curva de la palabra. Quiero decir una proyección temporal de ese algo que está para mostrarse en la exhuberancia de la pulsión, tal como podemos reencontrarla a nivel natural.

Aquí no puedo más que lateralmente, y para aquellos que estaban ayer en la sesión científica, incitar a aquel que ha intervenido sobre ese sujeto, a darse cuenta de que conviene, justamente en esa anticipación temporal, de modular lo que es espera, sin ninguna duda, en el animal, en ciertas circunstancias, con ese algo que nos permite articular la decepción de esa espera como un engaño, y el medio, diría, hasta que me convenza de lo contrario, me parece estar constituido por una promesa.

Que el animal se haga una promesa del logro de tal o cual de sus comportamientos, está ahí toda la cuestión para que podamos hablar de engaño, en lugar de decepción de la espera.

Ahora, volvamos a nuestro exhibicionista. ¿Es que él se inscribe de alguna manera en esta dialéctica de mostrar, incluso, en tanto que ese mostrar está enlazado a las vías del Otro?. Aquí, simplemente, puedo, a pesar de todo, hacerles observar, en la relación exhibicionista con el Otro —voy a emplear los términos tal cual, para hacerme comprender; no son, ciertamente, los mejores, los más literarios—, que el Otro fuese sorprendido en su deseo cómplice —y Dios sabe que el Otro verdaderamente lo está en la ocasión —, de eso que pasa allí, y de eso que pasa en tanto que ruptura.

Observen que esta ruptura no es cualquiera. Es esencial que esta ruptura sea, así, la trampa del deseo. Es una ruptura que pasa desapercibida a lo que llamaremos, en la ocasión, la mayor parte de las veces. Y ella es advertida en su intención, en tanto que inadvertida en otra parte. Además, cada uno sabe que no hay verdadero exhibicionista, salvo refinamiento por supuesto suplementario, en lo privado. Justamente, para que eso sea, para que haya placer, es necesario que eso pase en un lugar público.

En eso, en esta estructura, reconocemos al bacalao, aunque venga disfrazado, y le decimos: "mi pequeño amigo, si usted se muestra tan lejos, es porque usted tiene miedo de ponerse en contacto con vuestro objeto. Acérquese, acérquese". Yo pregunto lo que significa esta broma. ¿Creen ustedes que los exhibicionistas no cogen?. La clínica va por completo en contra de eso. Ellos hacen, en la ocasión, de muy buenos esposos con sus mujeres, pero solamente el deseo del cual se trata está en otra parte. Por supuesto, él exige otras condiciones; son condiciones sobre las que conviene detenerse.

Se ve bien que esta manifestación, esta comunicación electiva que se produce aquí con el Otro, satisface cierto deseo, en tanto que están puestas en cierta relación, cierta manifestación del ser y de lo real, en tanto se interesa en el cuadro simbólico como tal. Por otra parte, está ahí la necesidad del lugar público. Es que se esté seguro de que se está en el cuadro simbólico. Es decir —lo hago notar para la gente que me reprocha no osar acercar el objeto, de ceder a no sé qué miedo—, que he puesto como condición para la satisfacción de su deseo, justamente el máximo de peligro. Ahí aún se irá en otro sentido, sin preocuparse de la contradicción, y uno dirá que es ese peligro lo que ellos buscan. No es imposible.

Antes de ir tan lejos, tratemos, a pesar de todo, de observar una estructura: a saber, que, del lado de lo que figura como objeto, a saber, el o la o los interesados, la o las niñas sobre las que vertemos al pasar las lágrimas de las buenas almas, ocurre que las niñas, sobre todo si son muchas, se divierten mucho durante ese tiempo. Esto, incluso, forma parte del placer del exhibicionista. Es una variante.

El deseo del Otro está, pues, ahí, como elemento esencial, en tanto que es sorprendido, que es interesado más allá del pudor, que es, en la ocasión, cómplice. Todas las variantes son posibles.

Del otro lado, ¿que hay?. Hay algo de lo cual les he hecho ya notar la estructura, y que he vuelto a indicar suficientemente, me parece, hace un momento. Está, sin ninguna duda, eso que muestra, me dirán ustedes. Pero yo les diré que lo que muestra, en esta ocasión, es más bien' bastante variable. Lo que muestra es más o menos glorioso, pero lo que muestra es una redundancia, que esconde, antes que devela, eso de lo que se trata. No hay que equivocarse sobre lo que se muestra, siendo que testimonia de la erección de su deseo, sobre la diferencia que hay entre aquello y el aparato de su deseo. El aparato está esencialmente constituido por eso que he subrayado de lo advertido (aperçu) en lo inadvertido, que he llamado crudamente un pantalón que se abre y se cierra y, para decir todo, en eso que podemos llamar la hendidura en el deseo.

Esto es lo esencial. Y no hay erección, por más lograda que se la suponga, que aquí supla a lo que es el elemento esencial en la estructura de la situación, a saber, esa hendidura como tal. Es ahí, también, donde el sujeto como tal se designa. Está ahí lo que conviene retener para darse cuenta de lo que se trata. Y hablando muy probablemente, lo que se trata de colmar. Volveremos más tarde allí, pues quiero controlar esto de la fenomenología correlativa del voyeur.

Creo poder ir más rápido ahora. Y sin embargo, ir demasiado rápido es, como siempre, permitirnos escamotear aquello de lo cual se trata. Es por eso que me aproximo aquí con la misma circunspección, pues lo que es esencial, y lo que es omitido en la pulsión escoptofílica es comenzar, también, por la hendidura. Pues para el voyeur esta hendidura acierta a ser un elemento de la estructura absolutamente indispensable. Y la relación de lo advertido en lo inadvertido, por repartirse aquí diferentemente, no deja de ser, por eso, distinta.

Además, quiero entrar en detalle. A saber que, puesto que se trata del apoyo tomado sobre el objeto, es decir, sobre el otro en la satisfacción, aquí, especialmente, voyeurista, lo importante es que lo que es visto esta interesado en el asunto.

Esto forma parte del fantasma. Pues sin ninguna duda, lo que es visto puede, muy a menudo, ser visto detrás suyo. El objeto, digamos femenino, puesto que parece que no es por nada que sea en esta dirección que se ejerce esta búsqueda, el objeto femenino, sin duda, no sabe que el es visto, pero en la satisfacción del voyeur, quiero decir en lo que soporta su deseo, hay esto que es todo en prestarse a eso, si se puede decir, inocentemente —algo en el objeto se presta a eso en esta función de espectáculo -, que esta allí abierta, que participa en potencia en esta dimensión de la indiscreción; y que es en la medida en que algo en sus gestos puede dejar sospechar que, por algún sesgo, es capaz de ofrecerse a él que el goce del voyeur alcanza su exacto y verdadero nivel.

La criatura sorprendida está tanto más erotizable, diría yo, cuanto que sus gestos puedan revelársenos como ofreciéndose a eso que llamaría los huéspedes invisibles del aire. No es por nada que los evoco aquí. Eso se llama ángeles de la cristiandad, a quienes la Sra. Anatole France ha tenido la frescura de implicar en este asunto. Lean "La revuelta de los ángeles". Verán en él, en todo caso, el vinculo muy preciso que une la dialéctica del deseo con esta especie de virtualidad de un ojo inasible, pero siempre imaginable. Y las referencias hechas en el libro del Conde de Cabanis, en lo que concierne a los esponsales místicos de los hombres con los silfos y las ondinas, no han llegado ahí por nada en el texto muy centrado en sus objetivos, que constituye tal o cual libro de Anatole France.

Es, pues, en esta actividad donde la criatura aparece en esa relación de secreto con ella misma, en esos gestos en que se traiciona la permanencia del testimonio delante del cual uno no se confiesa, que el placer del voyeur como tal esta colmado.

Es que ustedes no ven que aquí, en los dos casos, el sujeto se reduce, el mismo, al artificio de la hendidura como tal. Este artificio sostiene su lugar y lo muestra efectivamente reducido a la miserable función que es la saya. Pero es de él de lo que se trata, en tanto que está en el fantasma, es la hendidura.

La cuestión de la relación de esta hendidura con eso que hay de más insoportable simbólicamente, según nuestra experiencia, a saber, la forma que responde ahí en el lugar del sexo femenino, es otra cuestión que dejamos aquí abierta para el futuro. Pero ahora retomemos el conjunto, y partamos de la célebre metáfora poética del "yo me veía verme" de la Joven Parca.

Está muy claro que ese sueño de perfecta clausura, de suficiencia acabada, no es realizada en ningún deseo, sino en el deseo sobrehumano de la virgen poética. Es en tanto que él se pone en el lugar del "yo me vela", que el voyeur y el exhibicionista se introducen en la situación que es, justamente, una situación donde el otro no ve el "yo me veía" una situación de goce inconsciente del otro. El otro, en cierto modo, es aquí decapitado de la parte tercera. No sabe que está en potencia de ser visto. No sabe lo que representa el hecho de que sea sacudido con lo que él ve, es decir, del objeto inhabitual que el exhibicionista le presenta, y que no produce su efecto sobre este otro, sino en tanto que es efectivamente el objeto de su deseo, pero que no lo reconoce en ese momento.

Se establece, pues, la distribución de una doble ignorancia, pues si el otro no realiza en ese nivel, en tanto que otro, lo que se supone que realice en el espíritu de aquel que se exhibe, o de aquel que se ve como manifestación posible del deseo. Inversamente, en su deseo, aquel que se exhibe o que se ve, no realiza la función del corte que lo abole en su automatismo clandestino, que lo aplasta en un momento del cual no reconoce, absolutamente, la espontaneidad, en tanto que ella designa lo que se dice allí como tal, y que es allí, en su apogeo (acmé) conocido, aunque presente, pero suspendido.

El no conoce sino esta maniobra de animal vergonzoso, esta maniobra oblicua, esta maniobra que lo expone a los puñetazos. Sin embargo, esta hendidura, bajo cualquier forma que se presente, postigo o telescopio o no importa que pantalla, esta hendidura, es ahí lo que lo hace entrar en el deseo del Otro. Esta hendidura es la hendidura simbólica de un misterio más profundo que es aquel que se trata de elucidar, a saber, su lugar en cierto nivel del inconsciente, que nos permita situar al perverso, en ese nivel, como en cierta relación con el Otro.

Es la estructura del deseo como tal, pues es el deseo del Otro como tal, reproduciendo la estructura del suyo, que él apunta.

La solución perversa, en este problema de la situación del sujeto con el fantasma, es justamente asta: La de apuntar al deseo del Otro, y creer ver allí un objeto.

Es una hora bastante avanzada. Me detengo ahí. Es también un corte. El, simplemente, tiene el defecto de ser arbitrario. Quiero decir, de no permitirme mostrarles la originalidad de esta solución, en relación a la solución neurótica. Sepan, simplemente, que esta ahí el interés de aproximarlas, y a partir de ese fantasma fundamental del perverso, hacerles ver la función que juega el sujeto del neurótico, en su fantasma, con él. Felizmente, ya lo he indicado hace poco. El se desea deseante, les he dicho. ¿Y por que, entonces, no puede desear? ¿Que falla de tal manera que desea?. Cada uno sabe que hay algo interesado allí dentro, que es, hablando propiamente, el falo. Pues después de todo, hasta el presente han podido ver que he dejado reservada en esta economía, la intervención del falo, ese bueno viejo velo de otras veces.

En dos ocasiones, al retomar el complejo de Edipo el último año, y en mi artículo sobre las psicosis, yo se los he mostrado como ligado a la metáfora paterna, a saber, como viniendo a dar al sujeto un significado. Pero es imposible reintroducirlo en la dialéctica de la que se trata, si no les planteaba primero este elemento de estructura por el cual el fantasma es constituido en algo de lo cual voy a pedirles, en un último esfuerzo, admitir, dejando hoy, por otra parte, el simbolismo.

Quiero decir que, de ahora en adelante, el S en el fantasma, en tanto que confrontado y opuesto a ese a del cual ustedes han comprendido bien que era más complicado que las tres formas que les he dado primero como aproximación, ya que aquí el a es el deseo del Otro, en el caso que represento.

Ustedes ven, pues, que todas las formas del corte, comprendido en eso, justamente, aquellas que reflejan el corte del sujeto, están subrayadas. Yo les pido admitir la nota siguiente. Me permito, incluso, lo ridículo, referirme a una nota de (falta en el original) en lo que concierne a los imaginarios. Los he dejado al borde del "No Uno" (pas un) en este desvanecimiento del sujeto. Es en este No Uno, e incluso en ese "como No Uno", en tanto que es él quien nos da la abertura sobre la unicidad del sujeto, que retomaré las cosas la próxima vez. Pero si les pido anotarlos de este modo es, justamente, porque ustedes no veían en eso la forma más general y al mismo tiempo más confusa de la negación

Si es tan difícil hablar de la negación, es que nadie sabe lo que es. Sin embargo, ya les he indicado al inicio de este año, la abertura de la diferencia que hay entre forclusión y discordancia. Por ahora, les indico bajo una forma cerrada, simbólica pero justamente a causa de eso, decisiva, otra forma de esta negación. Es algo que sitúa al sujeto en otro orden de grandeza.



índice del seminario 6











































Clase 24. Del 10 de Junio de 1959

10 de Junio de 1959



En nuestro último encuentro, desarrollé la estructura del fantasma, en tanto que es, en el sujeto, lo que llamamos el sostén de su deseo.

El fantasma, allí donde podemos tomarlo en una estructura suficientemente compleja como para servir luego, en cierta especie de placa giratoria a eso a lo cual somos llevados a referirle las diversas estructuras, es decir, a la relación del deseo del sujeto a eso que, desde hace tiempo, designo para ustedes como siendo más que su referencia, su esencia en la perspectiva analítica: el deseo del Otro.

Hoy, como les he anunciado, voy a tratar de situar la posición del deseo en las diferentes estructuras, digamos nosológicas, digamos las de la experiencia, en el primer plano de la estructura neurótica.

El fantasma perverso, ya que es éste el que he elegido la última vez para permitirles puntuar allí lo que corresponde a la función del sujeto y a la del objeto en el fantasma, en tanto que es el soporte, el índice de cierta posición del sujeto; del mismo modo que es la imagen del otro lo que es el comienzo y el soporte —al menos en ese punto donde el sujeto se califica como deseo —, hay allí esta estructura más compleja que se llama fantasma y donde, paradojalmente, he sido llevado, la última vez, tomando para eso una forma particular, especialmente ejemplar, no sin motivo profundo: aquella del exhibicionista y el voyeur, para mostrarles que, contrariamente a lo que se dice a menudo, esas no son dos posiciones, de alguna manera, recíprocas, como una especie de precipitación del pensamiento lleva a formularla: aquel que muestra, aquel que ve, se completan el uno al otro.

Se los he dicho. Esas dos posiciones son, por el contrario, estrictamente paralelas, y en los dos casos, el sujeto, en el fantasma, se encuentra indicado por ese algo que hemos llamado la grieta, la hiancia, algo que es, en lo real, agujero y destello a la vez, en tanto que el voyeur espía detrás de los postigos; que el exhibicionista entreabre su pantalla, está indicado allí, en su lugar, en el acto, que no es otra cosa que este destello del objeto del que hablamos. Y vivido, percibido por el sujeto por la abertura de esta hiancia, en este algo que él sitúa como abierto. ¿Abierto a que? A otro deseo que el suyo; el cual está profundamente atacado, sacudido, golpeado por eso que es percibido en ese destello.

Es la emoción del Otro más allá de su pudor. Es la abertura del Otro la espera virtual, en tanto que no se siente visto y que, sin embargo es percibido como ofreciéndose a la vista.

Esto es lo que carácteriza, en estos dos casos, la posición del objeto que está allí, en esta estructura tan fundamental, puesto que, al fin de cuentas, la experiencia analítica lo observa en el punto de partida de eso que ha encontrado, primero, sobre la vía de las causas y los estigmas generadores de las posiciones neuróticas, especialmente, la escena percibida, la escena llamada primitiva.

Ella participa de esta estructura, por un vuelco, sin duda, de esta estructura que hace que el sujeto vea abrirse algo de esta hiancia repentinamente percibida, algo que, evidentemente, en su valor traumático, tiene relación con el deseo del Otro entrevisto, percibido como tal, que queda allí como un carozo enigmático, hasta que, ulteriormente, àpres coup, puede reintegrar, de eso, el momento vivido en una cadena que no será forzosamente la cadena correcta, que será, en todo caso, la cadena generadora de toda una modulación inconsciente, generadora, nucleadora, entonces, de la neurosis.

Les ruego detenerse en esta estructura del fantasma. Está entendido que es un tiempo suspendido, como lo he subrayado, que tiene su valor. Lo que hace su valor es que es un tiempo de detención. Un tiempo de detención eh el que, a este valor de índice, corresponde un momento de acción donde el sujeto no puede instituirse de una cierta manera equis que es, justamente, lo que designamos como deseo aquí, eso que intentamos aislar en su función de deseo ,más que a condición de perder, este sujeto, el sentido de esta posición.

Porque eso es: El fantasma le es opaco. Nosotros podemos designar su lugar en el fantasma. Posiblemente, él mismo puede entreverlo. Pero el sentido de esa posición, eso por lo que está allí, eso que nace de su ser, eso, el sujeto no puede decirlo. Allí está el punto esencial: afanisis. Sin duda, el término es acertado y nos sirve. Pero, a diferencia de la función que le da Jones en la interpretación del complejo de castración, su forma es enigmática.

Vemos, en el fantasma, que la afanisis, más o menos allí donde la palabra desaparición, "fading", nos es utilizable, no es en tanto que afanisis del deseo. Es en tanto que, en el punto del deseo, hay afanisis del sujeto. El sujeto, en tanto que se situaría en su lugar, que se articularía como yo (je), allí donde eso habla en la cadena inconsciente, en que no puede indicarse allí más que desapareciendo de su posición de sujeto.

A partir de allí, vemos eso de lo que se va a tratar. En tanto que hemos definido ese punto extremo, ese punto imaginario en el que el ser del sujeto reside en su densidad máxima — éstas no son más que imagenes para que nuestro espíritu se enganche a una metáfora —, a partir del momento en que vemos, definimos ese punto imaginario donde el ser del sujeto, en tanto que es aquel a articular, a nombrar en el inconsciente, no puede, en ningún caso, en último término, ser nombrado, sino únicamente indicado por algo que se revela a sí mismo como corte, como hendidura, como estructura de corte en el fantasma. Es alrededor de ese punto imaginario que vamos a intentar situar eso que sucede efectivamente en las diferentes formas del sujeto, que no son para nada formas obligatoriamente homogéneas formas comprensibles de un lado, para aquel que está del otro lado.

No sabemos demasiado de lo que, a este respecto, puede engañarnos en la comprensión de una psicosis. Por ejemplo, debemos cuidarnos de comprender si podemos intentar reconstruir, articular, en la estructura. Y es esto lo que intentamos hacer aquí. Entonces, a partir de allí, a partir de esta estructura donde el sujeto, en su momento de desaparición — y se los repito, es hasta una noción de la que ustedes pueden encontrar la huella cuando Freud habla del ombligo del sueño, el punto donde todas las asociaciones convergen para desaparecer, para no ser más reunibles sino a eso que llama lo no reconocido —, es de esto de lo que se trata.En relación a esto, ¿qué es lo que el sujeto ve abrirse frente a él?. Ninguna otra cosa que otra hiancia que, en el limite, engendra un reenvío del deseo al infinito, hacia otro deseo.

Como lo vemos en el fantasma del voyeur y del exhibicionista, es del deseo del Otro que se encuentra dependiendo. Es a merced del deseo del Otro que se encuentra ofrecido. Esto es concreto. Lo encontramos en la experiencia. No es porque no lo articulemos, que no podamos comúnmente encontrar, sino que es muy fácil de asir.

Cuando les hablé largamente, hace dos años, de la neurosis de Juanito, no se trataba de otra cosa. Es en tanto que, en un momento de su evolución, Juanito se encuentra confrontado a algo que va mucho más lejos que el momento, sin embargo crítico, de la rivalidad en relación a la recién venida, su hermanita mucho más grave que esta novedad es, para él, el esbozo de maduración sexual que lo vuelve capaz de erecciónes, incluso de orgasmos.

Esto no está ni al nivel interpsicológico, hablando propiamente, ni al nivel de la integración de una nueva tendencia que abre la crisis. Se los he subrayado y articulado suficientemente; e incluso aún martillo sobre eso.

Es que, por un cierre en ese momento de la coyuntura, se encuentra efectivamente y especialmente confrontado, como tal, al deseo de su madre, y que se encuentra en presencia de ese deseo sin ningún recurso.

La Hilflosigkeit de Freud, en su artículo sobre "Lo inconsciente", articulo de 1917, es esta posición de estar sin recursos, más primitiva que todo, y con respecto a la cual la angustia es, ya, un esbozo de organización de esto, en tanto que es ya esperada.

Si no se sabe qué, si, en todo caso, no se lo articula inmediatamente, en todo caso, ella es, ante todo, "Erwartung" (expectativa), nos dice Freud. Pero en primer término, hay este Hilflosigkeit, el sin recurso.

¿El sin recurso ante qué?. Eso que no es definible, centrable de ninguna otra forma que ante el deseo del Otro.

Es esa relación al deseo del sujeto, en tanto que tiene que situarse ante el deseo del Otro, quien, sin embargo lo aspira, literalmente, y lo deja sin recursos. Es en ese drama de la relación del deseo del sujeto al deseo del Otro, que se constituye una estructura esencial, no solamente de la neurosis, sino de toda otra estructura analíticamente definida.

Nosotros comenzamos por la neurosis. Hemos partido hace bastante de la perversión, para que ustedes puedan entrever que la perversión también está ligada, allí, a esto. Subrayémoslo, de todas formas. No hemos hecho entrar la perversión, sino en ese momento instantáneo del fantasma, debido a que el fantasma, en tanto que el pasaje al acto en la perversión, y solamente en la perversión, lo revela.

En la neurosis, que es de lo que se trata para nosotros de cercar, por ahora, eso que tiene relación con esta estructura que articulo ante ustedes, es ese momento fecundo de la neurosis a la que apunto, en el caso de Juanito, porque allí se trata de una fobia, es decir, la forma más simple de la neurosis, aquella donde podemos palpar el carácter de la solución. Aquello que les he articulado largamente ya, a propósito de Juanito, mostrándoles la entrada en juego de este objeto, el objeto fóbico, en tanto que él es un significante insignificante, definitivamente.

Está allí para ocupar, en este lugar, entre el deseo del sujeto y el deseo del Otro, una cierta función que es una función de protección o de defensa. Allí no hay ninguna ambigüedad sobre la formulación freudiana. El miedo del objeto fóbico: ¿De qué se protege el sujeto? Esto está en Freud: del acercamiento de su deseo. Y es, considerando más de cerca las cosas que vemos, eso de lo que se trata: de su deseo, en tanto que él está sin armas a eso que, en el Otro, la madre en esta ocasión, se abre, para Juanito, como el signo de su dependencia absoluta.

Ella lo llevará al fin del mundo, lo llevará más lejos aún, lo llevará tan lejos y tan a menudo, que ella misma desaparece, se eclipsa.La que es la persona que, en ese momento, puede parecerle no solamente como aquella que puede responder a todas sus demandas; ella le aparece con ese misterio complementario de estar, ella misma, abierta a una falta de la cual aparece el sentido, en ese momento, para Juanito, de ser en una cierta relación al falo que, sin embargo, él no lo tiene.

Es al nivel de la falta en ser de la madre, que se abre, para Juanito, el drama que él no puede resolver más que al hacer surgir ese significante de la fábula del que les he mostrado la función plurivalente, una especie de llave universal, de llave para todo fin, que le sirve, en ese momento, para protegerse contra eso que, de una manera unívoca, todos los analistas experimentados han percibido, contra el surgimiento de una angustia más temible aún, que el miedo ligado, que el miedo fijado de la fobia. Ese momento, en tanto que es relación de deseo, que es algo que va en la estructura del fantasma, en la oposición de $ con a, dar a este $ algo que alivia la parte que sostiene la presencia de eso, que es algo donde el sujeto se re-engancha, ese punto donde, en suma, va a producirse el síntoma.

El síntoma, al nivel más profundo, en la neurosis es decir, en tanto que interesa de la manera más general la posición del sujeto, esto es lo que merece ser, aquí articulado.

Si ustedes quieren, procedamos en este orden: estar articulado, primero, para luego, preguntarnos si esta estructura del fantasma es tan fatal, cómo algo que se sostiene en el borde de ese punto de pérdida, de ese punto de desaparición indicado en la estructura del fantasma; cómo ese algo que se sostiene al borde, que se sostiene a la entrada del torbellino del fantasma, cómo ese algo es posible. Pues es bien claro que es posible.

La neurosis accede al fantasma. Accede allí, en ciertos momentos elegidos de la satisfacción de su deseo. Pero todos nosotros sabemos que eso no es allí más que una utilización funcional del fantasma, más que su relación de intercambio con su mundo, y especialmente, sus relaciones con los otros, con los otros reales — es allí que llegamos ahora —, ¿por qué está marcada?. Se lo ha dicho siempre: Por una pulsión reprimida.

Esta pulsión reprimida es esa relación que intentamos articular un poco mejor, más estrechamente, de una manera, incluso, cínicamente más evidente. Vamos a ver, simplemente, cómo es posible esto. Vamos a indicar, de todos modos cómo se presenta esto. Tomemos, si ustedes quieren, el obsesivo y la histérica. Tomémoslos juntos, en tanto que, en un cierto número de rasgos, vamos a verlos esclarecerse el uno por el otro.

El objeto del fantasma, en tanto que desemboca sobre el deseo del Otro, se trata de no aproximarlo. Y para esto, hay, evidentemente, muchas soluciones. Hemos visto aquella que está ligada a la promoción del objeto fóbico al objeto de la interdicción. ¿De interdicción de qué?. Al fin de cuentas, de un goce que es peligroso, porque abre, ante el sujeto, el abismo del deseo como tal.

Hay otras soluciones. Se los he indicado ya, bajo esas dos formas esquemáticas, en el informe de Royaumont. El deseo del sujeto puede ser sostenido por el ante el deseo de Otro. Lo sostiene de dos formas: como deseo insatisfecho, es el caso de las histéricas. Les recuerdo el ejemplo de la bella carnicera donde esta estructura aparece de una manera muy clara. Ese sueño en cuyas asociaciones aparece la forma, de alguna manera confesada, de la operación de la histérica.

La bella carnicera desea comer caviar, pero ella no quiere que su marido se lo compre, porque es necesario que ese deseo quede insatisfecho. Esta estructura que está allí llena de imagenes, en una pequeña maniobra que forma, por otra parte, la trama y el texto de la vida cotidiana de esos sujetos, va mucho más lejos, en realidad. Esta historieta quiere decir la función que la histérica se da a ella misma. Ella es el obstáculo. Ella es quien no quiere. Es decir que, en esa relación del sujeto al objeto en el fantasma, ella viene a ocupar esta posición tercera, que estaba, hace un rato, adjudicada al significante fóbico pero de otra manera.

Ella es el obstáculo. Es ella quien es la apuesta (qui est l'enjeu), en realidad Y su goce es de impedir, justamente, el deseo en las situaciones que ella misma trama. Pues aquí está una de las funciones fundamentales del sujeto histérico; en las situaciones que ella trata su función, es impedir llegar a término al deseo, para quedar, ella misma, como lo que se juega (le' en, jeu).

Ella toma el lugar de algo que podríamos llamar, en el sentido más extenso, más general, un manequí. Es una falsa apariencia. La histérica que, en una situación tan frecuentemente observada que se reconoce con claridad, verdaderamente, en las observaciones — alcanza a tener la clave de esto que es su posición entre una sombra que es su doble: una mujer que es, de manera encubierta, ese punto, precisamente, donde se sitúa, donde se inserta su deseo, en tanto que es necesario que ella no lo vea — la histérica se instituye presente, ella misma, en la ocasión del resorte de la máquina, aquella que las suspende y las sitúa una en relación a la otra como especies de marionetas donde tiene que sostenerse ella misma, en esa relación desdoblada que es la de $ (a.

La histérica está, sin embargo, ella misma en el juego, bajo de forma de lo que, al fin de cuentas, es la apuesta (l'eu jeu).

El obsesivo tiene una posición diferente. La diferencia del obsesivo, en relación a la histérica, es quedar, él fuera del juego. Es su verdadero deseo, ustedes lo verán. Confíen en esas fórmulas cuando tengan que estudiar al sujeto clasificable clínicamente. El obsesivo es alguien que no está jamás verdaderamente allí en el lugar donde está en juego algo que podría ser calificado su deseo. Allí donde arriesga el golpe, aparentemente, no es allí donde él está. Es de esta desaparición misma del sujeto, del $ en el punto de compromiso del deseo, que hace, si se puede decir, su arma y su escondite. El ha aprendido a servirse de esto para estar en otra parte.

Y obsérvenlo bien. Esto, puesto que no tiene otro lugar que aquel que, hasta aquí, estaba reservado a la estructura instantánea, relaciónal, de la histérica, esto no es posible más que desplegándolo en el tiempo, temporalizando esta relación, volviendo a dejar siempre, para mañana, su compromiso en esa verdadera relación del deseo. Es siempre para mañana que el obsesivo reserva el compromiso con su verdadero deseo.

Esto no quiere decir que, esperando ese término, él no comprometa nada. Lejos de eso, hace sus pruebas. Además, él puede llegar hasta a considerar esas pruebas, eso que hace, como un medio de ganar méritos. ¿Méritos en qué?. En la referencia del Otro respecto de sus deseos. Constatarán ustedes que estas cosas, verdaderamente, se confiesan cada dos por tres, aún si el obsesivo no reconoce ese mecanismo como tal. Pero es importante que ustedes sean capaces de reconocerlo, para designarlo.

Pues, después de todo, hay allí algo importante, en aplastar este mecanismo bajo la forma de eso que arrastra en su estela, a saber, todas esas relaciones intersubjetivas que no se conciben sino ordenadas respecto de esta relación o de esas relaciones fundamentales que intento articular aquí para ustedes.

¿Qué es lo que esto quiere decir, al fin de cuentas?. Quiero decir, incluso antes de preguntarnos cómo es posible esto, ¿qué es lo que vemos despuntar en esta posición neurótica?. Está claro que lo que vemos despuntar es, al menos, esto: El llamado al socorro del sujeto, para sostener su deseo, para sostenerlo en presencia y frente al deseo del Otro, para constituirse como deseante. Esto es lo que les indicaba la ultima vez: Es que la única cosa que él no sabe, es que, constituyéndose como deseante, su andar está profundamente marcado por algo que está allí detrás, a saber, el peligro que constituye esta pendiente del deseo. De manera que, constituyéndose como deseante, no se da cuenta de que, en la constitución de su deseo, él se defiende contra algo, que su deseo mismo es una defensa, y no puede ser otra cosa.

Aún para que esto pueda sostenerse, está claro que, en cada caso, él llama en su socorro una cosa que se presenta en una posición tercera en relación a ese deseo del Otro, algo donde él pueda colocarse para que la relación aspirante, evanescente del $ ante el a, sea sostenible. Es en la relación al Otro, al Otro real, que vemos suficientemente indicado el rol de eso que permite al sujeto simbolizar. Pues no se trata de otra cosa que de simbolizar su situación, a saber, de mantener en acto algo donde él pueda reconocerse como sujeto, satisfacerse como sujeto, completamente asombrado de ver que ese sujeto que se sostiene, se encuentra preso de todo tipo de actitudes contorsionadas y paradojales que lo designan a él mismo desde que él puede tener la menor visión reflexiva sobre su propia situación, como un neurótico presa de los síntomas.

Aquí interviene este elemento que la experiencia analítica nos ha enseñado a poner en un punto clave de las funciones significantes, y que se llama el falo. Si el falo tiene la posición clave que les designo ahora, esto es muy evidente, en tanto que significante, significante ligado a algo que tiene un nombre en Freud, y del que Freud no ha disimulado, para nada, el lugar en la economía inconsciente misma; éste es, a saber, la ley.

A este respecto, todo tipo de tentativa de volver a traer el falo como algo que se equilibre, que se ensamble con tal otro correspondiente funcional en el otro sexo, es algo que, entendido desde el punto de vista de interrelación del sujeto, tiene su valor, si se puede decir, genético. Pero no puede ejercerse, hacerse, más que a condición de desconocer lo que es totalmente esencial en la valorización del falo como tal.

No es, pura y simplemente, un órgano Allí donde es un órgano es instrumento de un goce. No está, en ese nivel, integrado en el mecanismo del deseo, porque el mecanismo del deseo es algo que se sitúa en otro nivel, que, para comprender lo que es ese mecanismo del deseo, es necesario definirlo visto del otro lado, es decir, una vez instituidas las relaciones de la cultura, y a partir del mito del asesinato primordial.

El deseo se distingue de todas las demandas, en que es una demanda sometida a la Ley. Esto tiene la apariencia de derribar una puerta abierta, pero es, sin embargo, de esto de lo que se trata, cuando Freud nos hace la distinción entre demandas que corresponden a necesidades llamadas de conservación de la especie y del individuo, y aquellas que están sobre otro plano. Aquellas que están sobre este otro plano se distinguen de las primeras en ese sentido: que ellas pueden ser diferidas... Pero después de todo, si el deseo sexual puede ser diferido en sus efectos, en su pasaje al acto en el hombre, es de una manera, seguramente, ambigüa.

¿Puede ser diferidos. ¿Por qué puede serlo más en los hombres que en los animales que, después de todo, no sufren de tal forma aplazamientos?. Es en razón, sin duda alguna de una flexibilidad genética — pues nada es articulable, en el análisis, si no se articula a ese nivel — que es sobre ese deseo sexual mismo que está edificado el orden primordial de intercambios que fundan la ley por la cual entra al estado viviente el número como tal en la interpsicología humana. La ley llamada de alianza y de parentesco por la que vemos aparecer esto: es que el falo, fundamentalmente, es el sujeto, en tanto que objeto de ese deseo, este objeto siendo sometido a eso que llamaremos la ley de la fecundidad.

Y por otra parte es así que, cada vez que se hace intervenir de una manera más o menos encubierta y más o menos iniciática, al falo, él es para aquellos que participan en esta iniciación, develado. Si la función del padre, para el sujeto, en tanto que autor de sus días, como se dice, no es más que el significante de lo que llamo aquí la Ley de la fecundidad, que ella regula, anuda el deseo a una ley, efectivamente, esta significación fundamental del falo es eso por lo que, en toda la dialéctica del deseo, puesto que allí se expresa el ser del sujeto en el punto de su pérdida, se interpone sobre el trayecto de esta funcionalización del sujeto en tanto que falo, de eso por lo que el sujeto se presenta en la ley de intercambio definido por las relaciones fundamentales que reglan las interrelaciones del deseo en la cultura... tanto que el sujeto es, como que a partir de cierto momento no es más, falta a ser que no puede asirse mas.

Es del reencuentro de esto con su función fálica, con su función fálica en los lazos reales de las relaciones con los otros reales de la generación real del linaje, que se produce el punto de equilibrio, aquel en el que nos detuvimos en el final del sueño de la paciente de Ella Sharpe.

Si he ramificado toda la gran digresión sobre "Hamlet" en ese nivel, es en tanto que ese sujeto nos presentaba en su sueño, bajo la forma más pura, esta alternancia del "to be or not", de lo que ya he dado cuenta. Es, a saber, ese sujeto que se califica a sí mismo como persona. Ese sujeto, en el momento donde la proximidad de su deseo, donde él pone el dedo, justamente allí donde él tiene que elegir entre no ser nadie (ser persona), o ser tomado, absorbido enteramente en el deseo devorante de la mujer, que inmediatamente después es intimado (requerido) a ser o no ser, para actualizar el "to be" de la segunda parte que no tiene el mismo sentido que en la primera, el "no ser" de la estructura primordial del deseo, que se ve ofrecido a una alternativa. Para ser, es decir, ser el falo, él debe ser el falo para el Otro, el falo señalado. Para ser ése que puede ser como sujeto, está ofrecido a la amenaza de no tenerlo.

Si ustedes me permiten servirme de un signo llamado lógico, que es el "vel", del que uno se sirve para designar el "o bien... o bien..." de la distinción, el sujeto ve abrirse, para él la elección entre no serlo —no ser el falo— o, si lo es, no tenerlo, es decir, ser el falo para Otro, el falo en la dialéctica intersubjetiva. Es de eso de lo que se trata.

(Falta una carilla en el original). ... no solamente toda la anécdota de la historia del sujeto, sino también, otros elementos estructurados en ese pasado. Quiero decir, eso que hemos manifestado, puesto en relieve en el momento querido, eso que se relacióna, como tal, con el drama narcisista, con la relación del sujeto con su propia imagen.

Seguramente que es allí que se inscribe, al fin de cuentas, para el sujeto —Freud señaló más de una vez en su tiempo y en términos propios, el miedo a la pérdida del falo, también, el sentimiento de falta de falo. El yo (moi), en otros términos, está interesado, pero observémoslo entonces en ese nivel en el que, si él interviene, si puede intervenir en este lugar, pude tener que sostenerse en esta dialéctica compleja donde él teme perder su privilegio en la relación con el Otro. Y bien. Es Lo no es cierto, si la relación narcisista con la imagen del otro interviene a causa de algo que podríamos llamar debilidad del yo (moi), pues, después de todo, en todos los casos en los que constatamos tal debilidad, a lo que asistimos es, por el contrario, a una dispersión, a un bloqueamiento de la situación.

Después de todo, no tengo que hacer alusión allí a algo que es, para todos ustedes, familiar, que creo que ha sido traducido en la "Revue"; ese caso notorio de Melanie Klein, a saber, ese niño que estaba verdaderamente introducido como tal en esa relación del deseo al significante, pero que se encontraba, en relación al otro, a la relación posible sobre el plano imaginario, sobre el plano gestual, comunicativo, viviente, con el otro, completamente suspendido, tal como nos lo describe Melanie Klein.

No sabemos todo de ese caso, y, después de todo, no podemos decir que Melanie Klein haya hecho allí otra cosa que presentarnos un caso notable. Y lo que ese caso demuestra, es que, seguramente, este niño que no hablaba es, ya, accesible y tan sensible a las intervenciones habladas de Melanie Klein que, para nosotros, en nuestro registro, en aquel que intentamos desarrollar aquí, su comportamiento es verdaderamente notorio.

Las únicas estructuras del mundo que son accesibles, sensibles, manifiestas, manifestables, para él desde los primeros momentos con Melanie Klein, son estructuras que llevan, en ellas mismas, todos los carácteres de la relación con la cadena significante.

Melanie klein nos lo subraya. Es la pequeña cadena del tren, es decir, de algo que este constituido por un cierto número de elementos enganchados los unos a los otros. Es una puerta que se abre o que se cierra. Vale decir, eso que, cuando yo intentaba mostrarles en las posibles utilizaciones de tal esquema cibernéticos para nuestro manejo del símbolo, eso que es la forma más simple de la alternancia sí o no, que condiciona el significante como tal. Una puerta debe estar abierta o cerrada.

Es alrededor de eso que se limita todo el comportamiento del niño. Es, sin embargo, nada más que para tocar esto en palabras que son, no obstante y algo esencialmente verbal. ¿Qué es lo que obtiene del niño, desde los primeros momentos, la intervención de Melaine Klein? Su primera reacción es, a mi parecer, sorprendente, casi prodigioso en su carácter ejemplar. Esto es, ir a situarse —y allí está el texto—, entre dos puertas. Entre la puerta interior de los consultorios, y la puerta exterior, en un espacio negro del que uno se asombra de que Melanie Klein, que, por ciertos lados, ha visto tan bien los elementos de estructura, como aquellos de la introyección y la expulsión, a saber, este límite del mundo exterior, de ése que se puede llamar las tinieblas interiores en relación a un sujeto, que, entonces, Melanie Klein no haya visto la puerta de esta zona intermedia que no es nada menos que aquella que nosotros distinguimos de esta forma: Aquella donde se sitúa el deseo, a saber, esa zona que no es ni lo exterior ni lo interior, articulado y construido en ese sujeto, pero lo que se puede llamar, puesto que encontramos esto en ciertas estructuras de las poblaciones primitivas, esa especie de zonas desmontadas entre las dos, la zona "no man's land", entre la población y la naturaleza virgen, que es eso donde queda averiado el deseo del pequeño sujeto.

Es allí que vemos intervenir, posiblemente, el yo (moi), y bien entendido, es en la medida en que ese yo (moi) no es débil sino fuerte, que vendrán, como he repetido siempre y cientos de veces, a organizarse las resistencias del sujeto. Las resistencias del sujeto en tanto que ellas son las formas de coherencia misma de la construcción neurótica, es decir, de eso en lo cual él se organiza para subsistir como deseo, en no ser el lugar de ese deseo, en ser amparado por el deseo del Otro como tal, en ver interponerse entre su manifestación más profunda como deseo, y el deseo del Otro, esta distancia, esta coartada que es aquella donde se constituye, respectivamente, como fóbico, histérico, obsesivo .

Volveré —es necesario— sobre un ejemplo que Freud nos da, desarrollado, de un fantasma. No es en vano volver allí, después de todo este recorrido. Es el fantasma "Un niño es pegado". Aquí se pueden asir los tiempos que nos permiten reencontrar la relación estructural que intentamos articular la vez pasada.

¿Que tenemos?, el fantasma de los obsesivos. Niños y niñas se sirven de ese fantasma , para conseguir ¿qué?. El goce masturbatorio. La relación con el deseo es clara. ¿Cuál es la función de ese goce? Su función, aquí, es la de toda satisfacción de necesidad, en una relación con el más allá que determina la articulación de un lenguaje para el hombre. Esto es, a saber, que el goce masturbatorio, allí, no es la solución del deseo. Es el aplastamiento de él, exactamente como el niño de pecho, en la satisfacción de la nutrición, aplasta la demanda de amor en relación a la madre.

Por otra parte, esto está casi firmado por testimonios históricos. Quiero decir, puesto que hemos hecho alusión a la perspectiva hedonista en su tiempo, en su insuficiencia para calificar el deseo humano como tal —no olvidemos, después de todo, el carácter ejemplar de uno de sus puntos paradojales, como tal, evidentemente dejado en la sombra, de la vida de aquellos que se han presentado en la historia como los sabios, y los sabios de una disciplina de la que el fin, calificado de filosófico, era, precisamente, por razones después de todo válidas, puesto que metódicas—, la elección, la determinación de una postura en relación al deseo, postura que consiste, por otra parte, en el origen, en excluirlo, en volverlo caduco. Y, hablando propiamente, toda perspectiva hedonista participa de esta posición de exclusión como lo demuestra el ejemplo paradojal que voy a recordarles aquí, a saber, el de la posición de los cínicos. La tradición nos transmite el testimonio de esto, en la boca de Chrysipo, si recuerdo bien. Esto que Diógenes el cínico alardeaba, hasta el punto de hacerlo en público a la manera de un acto demostrativo, y no exhibicionista, que la solución del problema del deseo sexual, estaba, si puedo decirlo, al alcance de la mano de cada uno, y él lo demostraba brillantemente masturbándose.

El fantasma del obsesivo es, entonces, algo que tiene una relación con el goce de lo que es, incluso, observable, que puede devenir una de las condiciones, pero de lo que Freud nos demuestra que la estructura tiene valor de eso que designo como siendo su valor de índice, puesto que lo que ese fantasma puntúa no es otra cosa que un rasgo de la historia del sujeto, algo que se inscribe en su diacronía. Es, a saber, que el sujeto, en un pasado en consecuencia olvidado, ha visto, nos dice Freud, un rival — que sea del mismo sexo o de otro, poco importa —, sufrir la sevicia del ser amado, en la ocasión, del padre, y ha encontrado en esa situación original, su felicidad.

¿En qué perpetúa, si se puede decir así, el instante fantasmático, este instante privilegiado de Felicidad?. Es aquí que la fase intermedia que nos es designada por Freud, toma su valor demostrativo. Es que se da en un tiempo que Freud nos dice que no puede ser sino reconstruido —esto se observa en el hecho de que, en Freud, no encontramos sino el. testimonio de ciertos momentos inconscientes que, hablando propiamente, son inaccesibles como tales que tenga razón o no en el caso preciso, determinado, está fuera de cuestión, por ahora. Por otra parte, no se equivoca. Pero lo importante es que designa esta etapa intermedia como algo que no puede ser sino reconstruido, etapa intermedia entre el recuerdo histórico, en tanto que designa el sujeto en uno de sus momento de triunfo, recuerdo histórico que no está reprimido sino defectuosamente, y que puede ser traído a la luz. Es allí que el instante fantasmático juega el rol de índice. Eterniza, si se puede decir, ese momento, haciendo, de él el punto de ligazón de algo totalmente diferente, a saber, el deseo del sujeto. Y bien, esto no sucede más que en relación a un momento intermediario que llamaré aquí aún cuando ése sea un punto que no puede ser sino reconstruido, hablando propiamente, metafórico.

Pues, ¿de qué se trata en ese momento intermediario?, ese segundo tiempo, del que Freud nos dice que es esencial para la comprensión del funcionamiento de ese fantasma. Es de esto: es que en el otro, el hermano rival que es en quien el castigo es infligido por el ser amado, el sujeto se constituye él mismo. Es decir que, en ese segundo tiempo, es él quien es castigado.

Encontramos, delante nuestro, el enigma en el estado naciente de lo que comporta esta metáfora, esta transferencia. ¿Que es lo que busca el sujeto allí?.

¿Que extraña vía para, a continuación, dar a su triunfo, sino este modo de pasar, él mismo, a su turno, por los castigos infligidos al otro?.

¿No encontramos allí, delante, el enigma último? —Freud, por otra parte, no lo disimula— el enigma último de lo que viene a inscribirse, en la dialéctica analítica, como masoquismo, y de lo que uno ve, después de todo, presentarse aquí, bajo una forma pura, la conjunción.

Es, a saber, que algo en el sujeto, perpetúa la felicidad de la situación inicial, en una situación oculta, latente, inconsciente, de desdicha. Eso de lo que se trata en ese segundo tiempo hipotético, es de una oscilación, de una ambivalencia, de una ambigüedad, más precisamente, de eso que el acto de la persona autoritaria, en la ocasión, el padre, implica de reconocimiento. El goce que ubica el sujeto allí, es eso hacia lo cual se desliza desde un accidente de su historia, a una estructura donde va a aparecer como ser en tanto tal. Esto es lo que, en el hecho de alienarse, es decir, de sustituirse aquí en el otro como víctima, consiste el paso decisivo de su goce, en tanto que él concluye, en el instante fantasmático donde no es más él mismo, entonces, que "se". Por un lado, instrumento de la alienación, en tanto que ella es desvalorización.

Es "se pega", por un lado, y es por lo que, hasta cierto punto, he podido decirles que él deviene, pura y simplemente, el instrumento fálico, en tanto que él es, aquí, instrumento de su anulación. ¿Confrontado a qué?, a "se pega a un niño", un niño sin figura, un niño que no es nada más que original, ni el niño que ha sido en el segundo tiempo él mismo, que no hay ninguna determinación especial de sexo. El exámen de la sucesión de los fantasmas de los que Freud nos habla, lo muestra. El está confrontado a lo que se puede llamar una suerte de fragmento del objeto.

Es en esta relación, sin embargo, del fantasma, que nosotros vemos despuntar, en ese momento, lo que para el sujeto hace al instante privilegiado de su goce. Diremos que el neurótico — y veremos la próxima vez cómo podemos oponerle algo muy particular, no la perversión en general, pues aquí la perversión, en lo que nosotros exploramos como estructura, juega un rol de punto pivote, sino donde nosotros podemos oponerle algo muy especial, y de lo cual el factor común no parece haber sido encontrado hasta aquí, es en la homosexualidad.

Pero para sostenernos en eso del neurótico, hoy, su estructura más común, fundamental, reside, al fin de cuentas, en esto: ¿Deseando qué, se desea?, algo que no es, al fin de cuentas, sino eso que le permite sostenerse en su precariedad, su deseo como tal, sin saber que toda la fantasmagoría está hecha para eso, a saber, que sus deseos son esos sin tomas mismos, que son el lugar donde él muestra (confiesa) su goce, esos síntomas, ellos mismos, tan poco satisfactorios.

El sujeto, pues, se presenta aquí como no diría, un ser puro, ése del cual he partido, para indicarles cuál es la relación de esta manifestación particular del sujeto lo real, sino un ser—para. La ambigüedad de la posición del neurótico está enteramente aquí, en esta metonimia que hace que es en este ser—para, que reside todo su puro ser.



índice del seminario 6














































Clase 25. Del 17 de Junio de 1959

17 de Junio de 1959


(En el Anfiteatro de la Facultad de Medicina de París)



Hay algo de instructivo, no diría hasta en los errores, sino incluso, sobre todo en los errores —o en las errancias, si se quiere—.Me verán constantemente utilizar las mismas vacilaciones, hasta los impasses que se manifiestan en la teoría analítica, como siendo ellos mismos reveladores de una estructura de la realidad con la que tenemos que ver. A este respecto, está claro que hay algo interesante, destacable, significativo para nosotros, en trabajos no tan viejos, puesto que, por ejemplo al que me referiré es de 1956 (Nro. de Julio/Octubre del International Journal of Psychoanálisis, Vol. 37). Es un artículo, creo de alguno de nuestros colegas parisinos, no lo designaré por su nombre en tanto no es su posición personal lo que está así enfocado. Y está claro que en este artículo extremadamente curioso, reservado en sus conclusiones, y del que no resulta verdaderamente más que esta conclusión formalmente articulada; no hay, en consecuencia, ningún contenido inconsciente específico en las perversiones sexuales, puesto que los mismos hallazgos pueden ser reconocidos en los casos de neurosis y psicosis.Hay algo bastante sorprendente, que ilustra todo el artículo, que uno se da cuenta que parte de una confusión —verdaderamente mantenida de manera constante— entre "Fantasma" perverso y perversión. De hecho que hay fantasmas consciertes e inconscientes que se recubren. Que los fantasmas se manifiestan, con la apariencia de recubrirse, en las neurosis y en las perversiones, y se concluye de esto con asombrosa soltura, que no hay diferencia fundamental, desde el punto de vista inconsciente, entre neurosis y perversión.Hay ahí una de las cosas más sorprendentes donde ciertas reflexiones que se presentan, ellas mismas, bastante libres de la tradición analítica y que son como una especie de revisión de valores y principios. De hecho, es de esta cuestión de la relación del fantasma y la perversión que nos lleva a ocuparnos hoy a continuación de eso que hemos aproximado la ultima vez, a saber, hemos comenzado a indicar los términos más generales he la relación del fantasma con la neurosis. Algunas palabras de la historia, lo que ha pasado en el análisis, a la luz de nuestro progreso, es esencialmente esto: que en suma, poco tiempo después de haber articulado las funciones de la conciencia, hecho a propósito de la histeria, de las neurosis y del sueño, Freud ha sido llevado a ubicar la presencia en el inconsciente de lo que llamó "tendencias perversas polimorfas". Es de ahí, y es ahí, durante un cierto tiempo. seguramente muy superado, que nos hemos quedado en eso. Y lo que parece que habría faltado articular de esta noción "tendencia perversa polimorfa", es el haber descubierto la estructura del fantasma inconsciente. La forma de los fantasmas inconscientes que recubre una parte de la perversión, la podemos intentar articular así: algo que ocupa el campo imaginativo que constituye el deseo del perverso, éste lo pone en escena; ese algo se presenta de manera patente en clínica. Es en la relación de esos fantasmas con la historia del sujeto, que el fantasma del perverso se presenta como una secuencia recortada del desarrollo del drama.

La relación del fantasma del perverso con su deseo y la posición del deseo en relación al sujeto, quiero decir este más allá de lo nombrable, este más allá del sujeto en el que se sitúa ese deseo, es ahí —lo digo retrospectivarnente y al pasar— estos algos que nos explican la cualidad propia en la que el fantasma se reviste cuando se confiesa , sea o no el del perverso, a saber, esta especie de molestia, que es necesario nombrar en su punto, aquel que efectivamente retiene durante mucho tiempo, a menudo los sujetos liberados, a saber, esta manera del ridículo que no se explica que, no se comprende más que si hemos podido darnos cuenta de las relaciones que hemos hecho entre el deseo en su posición propia y el campo, el dominio de la comedia. Esto no es más que un recuerdo. Y al haber recordado esta posición, esta función del fantasma, especialmente a propósito del perverso, y los problemas que por eso se nos plantean a continuación, acerca de su naturaleza real, si era de una naturaleza de alguna manera radical, natural, si era en último termino esta naturaleza del fantasma perverso, o si había que ver allí otras cosas también complejas, también elaboradas, para decirlo todo,, también significativas como el síntoma neurótico. Esto es así acá, porque toda una elaboración que se ha hecho, esta integrada al problema de la perversidad, y que ha tomado una parte esencial en la elaboración de lo que se llama la "relación de objeto" o de la relación con el objeto, como debiendo ser definida de una manera evolutiva, de una manera genética, como regulando los estados, las fases del desarrollo del sujeto, no simplemente en función del hombre del "momento", como fases erógenas del sujeto, sino al modo de una relación definida en cada una de esas fases. (Faltan frases en este párrafo pero inferimos que se refiere a esas definiciones de sujetos, orales, anales, etc.).

Es a partir de ahí que son hechas —tanto por Abraham, por Ferenczy, como por otros— no tengo necesidad de recordarles aquí a los iniciadores que son hechas esas tablas llamadas de fases "correlativas", por una parte de estados de dependencia y por la otra de formas libidinales del ego. Esta forma de la libido, esta estructura del ego, parecen responder y especificar un tipo de relación especial con la realidad. Saben que por una parte, el resultado de esta especie de elaboración fue llevar claridad, incluso enriquecimiento, y que ha podido por otra parte, ubicar el problema. Basta referirse al menor de los trabajos, al menos a dos trabajos concretos, que intentan efectivamente, de articular a propósito de un caso preciso, de una forma precisa, una correspondencia establecida siempre de una manera un poco teórica, cuyo desarrollo sugiere algo que le falta.

Les recuerdo pues que se trata de este tema: "Búsqueda del conjunto de la relación de obieto", es esto que decimos cuando por ejemplo, una oposición como la del objeto parcial y el objeto total aparece elaborada en nuestra opinión de manera inapropiada. En las elaboraciones más recientes, por ejemplo la de la famosa noción de "distancia del objeto", tan dominante en trabajos acerca de las reglas técnicas, a los que muchas veces hice alusión aquí, esa noción de distancia de] objeto tal como un autor francés, en particular quiere hacer decisiva en la relación de la neurosis obsesiva, como si no fuese evidente, por ejemplo, que esta noción de distancia juega un papel decisivo, cuando se intenta articular, ciertas posiciones perversas, las del fetichismo, por ejemplo, donde la distancia de un objeto es más evidentemente manifestada por la fenomenología del fetichismo.

Y nuestra primera de las verdades que habremos de aportar en esto, es que seguramente esta noción de distancia es incluso tan esencial, que después de todo, quizá seguramente, ella es ineliminable como tal del deseo mismo. quiero decir necesaria en el mantenimiento, en el sostén, en la salvaguarda misma de la dimensión del deseo.

Basta, en efecto, considerar que si algo puede responder en fin, al mito de una relación con el objeto sin distancia, mal se ve cómo podría sostenerse eso que es propiamente hablando el deseo. Hay algo que, les, digo, tiene una forma propiamente mitológica, de una especie de acuerdo. Por un lado animal, por el otro mítico con el objeto, que es un resto en el interior de la elaboración analítica de algo que no coincide con los datos de la experiencia.

Además, por otra parte; eso que está indicado en la técnica analítica como que se debe corregir, rectificar esa pretendida mala distancia mantenida con el objeto por parte del obsesivo, cada uno sabe de la manera más clara que eso está indicando como que debe ser sobrellevado por el paciente en la relación analítica, y esto por una identificación ideal, hasta idealizante con el analista, considerado él mismo, en esta ocasión, no como el objeto sino como del prototipo de una relación satisfactoria con el objeto. Hablemos de volver a eso, a lo que puede corresponder exactamente tal ideal, que se realiza en el análisis.

Ya lo he abordado pero habremos de situarlo, quizá de articularlo de manera diferente dentro de poco. En efecto, esos problemas han sido elaborados de manera bastante más rigurosa, bastante más seria, siempre en la misma vía, en otros contextos, en otros grupos, y pondría —como ya lo he indicado— en primer plano las articulaciones de Edward Glover. Les recuerdo el lugar del artículo que ya he citado. en el volumen 14 de L'International Journal of Psycltoanalysis, Octubre de 1933, sobre la formación de la perversión en el desarrollo del sentido de la realidad. Es su preocupación, perseguir en el sentido de una elaboración genética de las relaciones del sujeto con ese mundo, esto es la realidad que lo rodea, y de una evolución que debe ser alcanzada tanto por la reconstrucción en los análisis de adultos, como por la aprehensión directa del comportamiento del niño, también rigurosa, que es posible, en una perspectiva renovada por el análisis, que Glover intente situar esas perversiones en alguna parte en relación a una cadena. Y ha establecido una cadena que implica datos, la inserción de anomalías psíquicas con las que tiene que ver el análisis, y que lo ha llevado a hacer una serie, cuyo orden esta constituido por el carácter primitivo, primordial, de las perturbaciones psicóticas, fundamentalmente perturbaciones paranoides, a continuación de las cuales se suceden las diferentes formas de neurosis, que se articulan, se sitúan en un orden progresivo, quiero decir de antes hacia después, de los orígenes a lo más tardío, comenzando por la neurosis obsesiva que se encuentra exactamente en el limite con las formas paranoicas. En alguna parte, en el intervalo, en un articulo precedente, el del volumen 13, es decir de Julio de 1932, parte tercera del International Journal, sobre las drogadicciónes, dicho de otro modo lo que llamamos toxicomanías, ha creído poder situar con bastante precisión las relaciones entre "paranoides" y neuróticos, ha buscado situar ahí lo que puede ser la función de las perversiones; en esa etapa, en esa fecha, en ese modo de relación del sujeto con lo real; por lo que la forma paranoide está ligada a mecanismos totalmente primitivos de proyección e introyección, de eso decimos, que lo notable es que trabaja sobre el mismo plano, y expresamente de acuerdo, por otra parte, con una manera formulada por Melanie Klein.

Ustedes saben que si se hace el opositor —es sobre este plano que él adhiere a la elaboración kleniana—; y que un modo de relación de objeto, muy específico de esta etapa tipo paranoide, considerado como primitivo, existe , y que la sitúa, la elabora, la articula, abarcando la función de la drogadicción, la toxicomanía. Es a esto que se relacióna el pasaje que les he leído. Hay algunas sesiones, a saber, el pasaje donde de una manera metafórica muy brillante, de un modo muy instructivo, no duda en comparar el mundo primitivo del niño a algo que participa de una carnicería, de un baño público bajo un bombardeo y de una morgue combinados, al que seguramente aporta una organización más benigna la transformación de este espectáculo inicial, inaugural, en una farmacia con sus reservas de objetos; unos benéficos, otros maléficos. Esto está articulado en forma muy clara, y es instructivo que nos signifique en qué dirección está hecha la investigación del fantasma. En la dirección de su funcionamiento, como es estructural, como organizador del descubrimiento, de la construcción de la realidad por el sujeto. En esto, en efecto, no hay diferencia entre Glover y Melanie Klein. Y Melanie Klein nos articula que en suma los objetos son conquistados sucesivamente por el niño, que esto está articulado en "Formación de] símbolo, etc., a medida que los objetos que están menos próximos a las necesidades del niño son aprehendidas, se cargan de la ansiedad ligada a su utilización en las relaciones agresivas sádicas fundamentales, que en el comienzo son las del niño y su entorno como continuación de toda frustración. Es en tanto que el sujeto desplaza su interés sobre objetos más benignos, los que a su alrededor se cargan de la misma ansiedad, que la extensión del mundo del niño es concebido como tal. Eso representa la noción que debemos buscar en un mecanismo, en suma, que podemos llamar contrafóbico, a saber: que es que los objetos son primero y primitivamente una función de objeto fóbico, si se puede decir, es buscado en otro lugar, es por una extensión progresiva del mundo de los objetos en una dialéctica contrafóbica, esto es el mecanismo mismo de la conquista de la realidad .

Si esta corresponde o no a la clínica, es una cuestión que no está aquí directamente en el campo de nuestra mira. Creo que directamente; y en la clínica, bastantes cosas pueden ir en contra, que hay ahí una unilateralización, una parcialización de un mecanismo que seguramente interfiere en la conquista de la realidad, pero que propiamente hablando no la constituye. Pero no es acá nuestra meta criticar la teoría de Klein. Nosotros la hacemos entrar en juego en relación a algo que es la función del deseo. Ahora bien, es así que esto enseguida muestra sus consecuencias, a saber, que lo conduce a una paradoja, parece más instructivo para él, Glover, que para nosotros, puesto que no parece sorprenderse. El desemboca en esto: intenta concretamente situar las diversas perversiones en relación a su dialéctica, a su mecanismo tal como desea elaborarlo, reconstruirlo, reintegrarlo en la noción de un desarrollo regular del ego, que sería paralelo a las modificaciones de la libido, que pueda inscribirse allí la estructuración del sujeto en términos de pura experiencia individual de conquista de la realidad. Todo está ahí, en efecto. La diferencia que hay entre la teoría que les doy de las fobias, por ejemplo, y las que ven en tales autores franceses recientes, que intentan indicar la génesis de la fobia en las formas estructurales de la experiencia infantil, por ejemplo la manera que el niño tiene que arreglárselas con sus relaciones con eso que lo rodea, del pasaje de la claridad a la obscuridad, se trata de una génesis puramente experimental, de temor, a partir de la cuál es engendrada y deducida le posibilidad de la fobia, la diferencia entre esta exposición y la que enseño es típicamente esto: hay que decir que no hay ninguna justa deducción de la fobia, sino admitir la exigencia como tal de una función significante, la que supone una dimensión propia, que no es la de la relación del sujeto con su entorno, que no es la de ninguna relación con la realidad, sino a la realidad y a la dimensión de lenguaje como tal por el hecho de que tiene que situarse como discurso, para manifestarse allí como ser, lo que es diferente.

Hay algo totalmente sorprendente, que concierne a la apreciación de esas fobias, incluso en alguien tan perspicaz como lo es Edward Glover. Intenta explicar la génesis, la estabilización de una fobia cuando declara que es seguramente más ventajoso estar provisto de una fobia al tigre, cuando se vive como un niño en las calles de Londres, que encontrar la misma fobia que si viviera en el medio de la jungla. Puede uno preguntarse si no se podría retrucarle que, efectivamente, no es en ese registro en el que se encuentra el problema; es a saber, que después de todo uno podría incluso dar vuelta su proposición y decir que la fobia al tigre en la jungla, es la más ventajosa para adaptar al niño en una situación real, y que al contrario es muy molesto sufrir una fobia al tigre en tanto sabemos cuales son las correlaciones: que desde niño hasta el sujeto más avanzado en su desarrollo, en el momento en el que es presa de una fobia, tiene seguramente, un comportamiento de lo más torpe, y sin ninguna relación con lo real.

De hecho algo se presenta, que Glover ubica su problema en estos términos es por darse cuenta que la más amplia diversidad de distorsión de la realidad es realizada en las perversiones, y que se puede decir que no puede situarse en una perspectiva genética a la perversión más que a condición de fragmentarla, de interpolarla en todas las etapas supuestas y presupuestas del desarrollo, admitiendo tanto la existencia de perversiones muy arcaicas, más o menos contemporáneas de la época paranoide, hasta de la época esquizoide, como otras perversiones que se sitúan en lugares muy avanzados, no solamente "fálicas", sino incluso propiamente hablando hasta genitales del desarrollo. Eso no le parece una objeción en razón de que termina por dar de la perversión la siguiente definición: la perversión es una de las formas de la prueba de realidad, —no puede llegar a otra cosa de acuerdo con la perspectiva de la que ha partido—. Es así que —según Glover— en alguna parte, algo en la prueba de realidad no se realiza, fracasa, que la per versión venga a recubrir ese agujero —no es eso— por un modo particular de aprehensión de lo real como tal, real que en la ocasión es un real psíquico, un real proyectado y, por otra parte introyectado, que es pues, propiamente hablando como función de mantenimiento, de preservación de una realidad que estaría amenazada en su conjunto, es así que la perversión sirve, si ustedes, quieren, a la vez de zurcido, en el sentido de un tejido, en el sentido en que se dice que un tejido está zurcido, o aún de llave de bóveda, alquna descarga, algún momento tambaleante, y algún momento amenazante, que comprometa el equilibrio del conjunto de la realidad para el sujeto; ahora bien, es de una manera nada ambigüa, que como salida en relación a una amenaza supuesta de psicosis.

La perversión es concebida por E. Glover. Hay ahí una perspectiva. Quizás ciertas observaciones pueden suministrar efectivamente algo que parece ilustrado, pero hay bastantes elementos que nos alejan. Otra cosa que parece completamente paradojal es hacer de la perversión algo que tiene ese rol económico que numerosos elementos contradicen, algo nos indica que no es cierta la precariedad del edificio del perverso.

Para indicar algo aquí, no abandonaría esa dialéctica kleniana sin hacer notar como junta y encara el problema que nos ocupa. Ella distingue entre la fase paranoide, y a continuación la fase depresiva, que está carácterizada en relación con la primera, por la relación del sujeto con su objeto mayor y prevalente; la madre como un todo. Previamente, es en esos elementos disjuntos que se las tendrá que ver, divididos en buenos y malos, con todo lo que se va a instaurar en él, en función de la proyección y la introyección. Así se carácteriza la barrera paranoide. En fin; qué podemos decir en nuestra perspectiva. Intentemos comprender en la perspectiva en la que nosotros articulamos, eso de lo que se trata en ese proceso. Ese proceso totalmente inaugural, que ubica al principio de la vida del sujeto, las primeras aprehensiones del objeto, tal como Melanie Klein nos lo muestra, provienen de que el objeto, más allá del hecho de que pueda ser bueno o malo, gratificante o frustrante, es significativo. Luego si la oposición, como tal, es estricta —y diría sin matiz, sin transición, sin percibir de alguna manera que es el mismo objeto que puede ser bueno o malo, según las horas, A saber: la madre— no hay aquí ninguna experiencia en el joven sujeto, ni todo lo que puede comparar como hábitos transitorios, sino que hay allí oposición tajante, pasaje del objeto como tal a una función de oposición significante que es la base de toda la dialéctica kleniana. Es ahí donde se puede percibir bastante poco, por fundada que esté, que está totalmente en lo opuesto, en el borde opuesto, en el polo opuesto, que es lo contrario de ese otro elemento puesto de relieve por nuestra experiencia, a saber, la importancia de la comunicación viviente tan esencial en el punto de partida para el desarrollo, que se expresa, se manifiesta en la dimensión de los cuidados maternos. Hay algo de otro registro que es contemporáneo pero que no puede ser confundido, que Melanie Klein nos aporta, y que es una especie de álgebra primitiva, de la que se puede decir que reúne totalmente, eso que intentamos poner aquí de relieve, bajo el nombre de la función del significante, como tal.

De ahí la pregunta por el valor que va a tomar esta fase límite entre el período paranoide con su ordenamiento de objetos buenos, como tales son interiorizados, internalizados —dice ella— por el sujeto. ¿Qué es lo que pasa?. ¿Cómo podemos describir eso que pasa, a partir del momento en que interviene la noción de sujeto como un todo, que es esencial para que el sujeto mismo se considere como teniendo un adentro y un afuera?. Luego, a fin de cuentas, no es más que a partir de lo que puede concebirse como manifiesto, que se define el proceso de internalización y de externalización, de introyección y de proyección, que va a ser para Melanie Klein decisivo para esta estructuración del animal primitivo. Con reparos que son los nuestros, vemos que de lo que se trata es de algo que resitúa esa relación, esta esquicia —como ella se expresa— primitiva de los objetos en buenos y malos en relación a ese otro registro del adentro y del afuera del sujeto.

Ese algo, del que creo, sin exceso de solicitación, podemos relaciónar con las perspectivas klenianas, es el llamado estadio del espejo, eso que en tanto imagen del otro da al sujeto esta forma de la unidad del otro, como tal. Es así que puede establecerse en alguna parte esta división del adentro y el afuera, o en relación a donde van a reclasificarse los buenos y malos objetos, los buenos por lo tanto deben ir al adentro, los malos deben quedar afuera. Bien, lo que aquí se llega a definir de la manera más clara puesto que la experiencia lo impone —es lo mismo que podríamos decir en nuestro discurso, esto es: que el discurso que organiza realmente el mundo de los objetos. diría , por otra parte, según el ser del sujeto— desborda aquello donde el sujeto mismo se ubica, la prueba llamada del "estado Nro 1", a saber: donde se reconoce como dominio y como yo (moi) único, donde él se reconoce en una relación de identificación narcisista de una imagen a otra, donde se reconoce como dominio de un yo (moi). Es por lo tanto que algo que está expresado aquí en el nivel de la primera identificación con la madre, como objeto de la primera identificación a las insignias de la madre, por lo que esto conserva para el sujeto un valor asimilador que desborda lo que va a poder.......... ..... ............... ........ .... ..... .............. .......... .. ............... ................prestancia, en tanto que él es i(a) de otro "i", idealmente, de ese joven semejante, con el que va de la manera más clara a hacer esas experiencias de dominio. Estas dos experiencias no se recubren necesariamente.



En efecto, lo que define esta diferencia, ese campo x, que a la vez forma parte del sujeto y al mismo tiempo no es parte de él, es ese objeto donde no parece destacarse paradoja alguna, a partir de las premisas de Melanie Klein, el objeto que llama "objeto interno malo". El objeto interno malo se nos presenta en el conjunto de la dialéctica kleniana, de la manera más manifiesta, como objeto problemático, en el sentido de que, —si se puede decir— visto desde afuera, ahí donde el sujeto no es sujeto, pero donde debemos tomarlo como un ser real, podemos preguntarnos: ¿ese objeto malo, al cuál pretendidamente el sujeto se identifica, en fin de cuentas, lo es o no lo es?.

Inversamente, visto desde adentro, del dominio del primer ejercicio del sujeto para sostenerse, de afirmarse, debemos preguntarnos si ese objeto malo, ¿lo tiene o no lo tiene?. Luego, si hemos definido "buenos y malos objetos", como determinante del proceso de estructuración por el cual el sujeto interioriza los buenos objetos y los hace primitivamente partir de sí mismo, la paradoja del objeto malo interiorizado aparece en primer plano: ¿qué significa esta zona del primer objeto en tanto que el sujeto lo interioriza, que a la vez lo hace suyo, y que de alguna manera como malo virtualmente lo deniega?. Es claro que aquí la función ulterior de lo prohibido es justamente lo que tiene valor delineador, gracias a lo cual el objeto malo deja de proponerse como una especie de enigma, de enigma ansiógeno, en relación del ser del sujeto. Lo prohibido es precisamente, lo que introduce en el interior de esta función problemática del objeto malo esta deimitación esencial, eso que hace a su función de lo prohihido, es que si lo es, no lo tiene: en tanto que lo es, identificado, él esta defendido de que "lo tenga", la eugfonía francesa entre el subjuntivo del verbo "avoir" (haber o tener) y el indicativo del verbo "etre". (ser o estar) es para utilizar dicho de otra manera "En tanto que lo es no lo tiene", "en tanto que lo tiene no lo es".

De otro modo, es lo que a nivel del objeto malo el sujeto experimenta, es, si lo puedo decir así la servidumbre de su dominio. Es que el verdadero Amo— cada uno sabe que este rostro, que está en alguna parte de] lenguaje, aún cuando no puede estar en ninguna parte—, el verdadero amo le delega el uso limitado del objeto malo como tal, a saber: de un objeto que no está situado en relación a la demanda, de un objeto que no se puede demandar. Es de ahí que parte todo el alcance de nuestros datos. Previamente puedo indicarles que lo que se lee de una manera pasmosa en los casos precisos que nos presenta Melanie Klein, es manifiestamente ese lado de la impasse en el campo de lo "no demandable", como tal, donde encontramos ese niño tan singularmente inhibido, aquel que nos presenta en el artículo sobre la "Formación y desarrollo del ego en su relación con la formación del símbolo". Es que no está claro lo que ella obtiene, desde que comienza a hablar de ese niño, es algo que rápidamente se cristaliza en una demanda, una demanda "pánica", "¿va a venir la niñera?", y que inmediatamente después, en la medida en que el niño va a permitirse retomar contacto con los objetos en que aparece la salida, en la experiencia singularmente separada, es que ella nos señala como un hecho detonante, decisivo, puesto que recordarán, que es en ejercicio de una suerte de pequeño corte, de arrancarse con ayuda de las tijeras del niño. que está lejos de ser un torpe, puesto que se sirve de toda clase de elementos, tales como manijas, etc. Las tijeras no ha podido tenerlas jamás. Ahí las tiene, y para intentar limpiar —él llega allí— tiene un pequeño trozo de carbón, algo que no carece de significación, puesto que es un elemento de la cadena del tren, con el cuál se ha conseguido hacerlo jugar, y es en ese pequeño trozo que el niño, en verdad, se aísla, se define, se sitúa él mismo en ese algo que puede separar de la cadena significante es en ese resto, en ese montón tan minúsculo, en este esbozo de objeto, que no aparece aquí más que bajo la forma de pequeños trozos, de un pequeñísimo trozo, el mismo que provocará de una sola vez su simpatía "pánica", como lo verá bajo la forma de puntas de crayón sobre el pecho de Melanie Klein, y por primera vez, se conmoverá en presencia de este otro aI escribir, "pobre señora Klein". Es de esta intuición primera que partimos, que nos lleva a las condiciones originales en las que un sujeto nos encuentra. ¿Por qué esto? ¿qué es lo que demanda?. En principio satisfacción. que como toda satisfacción no entraña organizar para él la historia de sujeto, como historia del análisis, como historia de la técnica en el sentido de algo que debe responder a esa demanda de satisfacción, por una reducción de sus deseos a sus necesidades. Luego no hay allí sino una paradoja, mientras que por otra parte, toda nuestra experiencia se sostiene en esta dimensión, tan evidente para el sujeto como para nosotros, puesto que todo lo que hemos articulado va a resumirse en lo que voy a decir, y para el sujeto porque, al fin de cuentas, él sabe muy bien el momento en que nos encuentra.

El principio de lo que un sujeto implica para nosotros por su presencia misma, es que en los datos de su demanda no se fía de su deseo, este es el factor común por el que los sujetos nos abordan.

Aún cuando se pueda, más adelante por nuevos artificios, inscribirse con nuestra serie en su referencia a la necesidad de ese deseo, hasta en su sublimación, en las vías más elevadas del amor, queda, por otra parte, lo que carácteriza al deseo; es que hay algo que, como tal no puede ser demandado, a propósito de lo cuál la cuestión es pesada, esto es, propiamente hablando, el campo y la dimensión del deseo.

Saben que para introducir ésta división, esta dialéctica del deseo, —eso que hice en una fecha muy precisa, a saber, hace dos años y medio—, parte de lo que Freud dijo a propósito del complejo de Edipo en la mujer; es por lo que la mujer demanda en la partida, que entra en el Edipo.

Eso no es tener una satisfacción, es tener lo que ella no tiene, como tal, se trata, lo saben, del falo. Esto no es otra cosa que la fuente surgente de todos los problemas que surgen para intentar reducir la dialéctica de la maduración del deseo en las mujeres a algo natural; el hecho es que lográsemos o no esa reducción, lo que debemos sobrepasar es un hecho de experiencia: es que la niña en un momento de su desarrollo después de todo poco importa que sea un proceso primario o secundario, es un proceso destacado e irreductible— demanda tener el falo, es para tener, en ese momento crítico del desarrollo que Freud valoriza, es para tener el lugar que debería tener si fuese un hombre. Se trata de eso, no hay allí ninguna ambigüedad, y que de hecho, incluso cuando consiguiera tenerlo, porque ella está en una posición muy privilegiada, en relación al hombre —ese falo que es un significante, digo bien, un significante, ella puede tenerlo realmente. Es incluso eso que hace su ventaja y la relativa simplicidad de sus problemas afectivos en relación a los del hombre. Pero falta mucho para que esta relativa simplicidad nos ciegue, puesto que ese falo que ella puede tener, real, que se introduce en su dialéctica, en su evolución como un significante, ella lo tendrá siempre, por lo menos en un nivel de su experiencia. Reservo siempre la posibilidad limite de la unión perfecta con un ser, a saber: de algo que funda completamente, en el abrazo, el ser amado con su órgano. Pero lo que constituye la prueba de nuestra experiencia y las dificultades con las que nos tenemos que ver en el orden sexual, se sitúa precisamente en esto: es que ese momento ideal, y, de alguna forma poético, hasta apocalíptico de la unión sexual perfecta, no se sitúa más que en el límite, y que en lo común de la experiencia la mujer tiene que vérselas con el objeto fálico siempre en tanto que separado. Es por eso, y bajo éste registro, que su acción, su incidencia puede ser percibida por, el hombre como "castradora". Lo que queda para ella inconsciente hasta en el análisis, que es que el falo que no tiene, ella lo es simbólicamente, en tanto ella es el objeto del deseo del Otro. Pero ni lo uno ni lo otro, ella lo sabe. Esta posición específica de la mujer vale en tanto que la es inconsciente , lo que quiere decir que en tanto ella no vale más que para el otro, para el partenaire queda en relación con su falo en la singular formula de que paradojalmente, en el inconsciente, ella lo es a la vez que lo tiene, pero ella no lo sabe más que por su deseo. Hay una singular similitud de su fórmula subjetiva inconsciente, con la del perverso. Esto lleva a lo que quiero decir con respecto a que si hay menos perversión en la mujeres que en los hombres, es que ellas satisfacen en general, el orden perverso en las realidades con sus niños. (...................) ,sobre verdades primeras, pero no es inútil recaer allí, por una vía que sea concreta y clara.

Quiero indicar algo destinado, al menos para la parte masculina de mi asamblea, voy a hablar de lo que comúnmente se llama los celos. El problema de los celos y especialmente de los femeninos, ha sido anudado en el análisis bajo una forma muy diferente a la de los celos masculinos. Los celos femeninos, de dimensiones tan marcadas, tan distintas, tanto: como el estilo del amor en uno y otro sexo, es verdaderamente algo que no puedo situar sino en el punto más radical. Y si recuerdan mi pequeño gráfico de la demanda en la relación con el Otro, del sujeto que interroga esta relación y que alcanza allí al otro de la caída significante para aparecer él mismo como caído en presencia de algo que es en fin de cuentas el resto de esa división, ese algo irreductible, no demandable que es precisamente el objeto del deseo, es por lo que el sujeto que se hace objeto de amor, la mujer, en la ocasión, quiere en ese resto ese algo que en ella es lo más esencial, por lo que ella acuerda tanta importancia a la manifestación del deseo. Es claro, que en esa experiencia, el amor y el deseo son dos cosas diferentes, y que es necesario incluso hablar claro y decir que se puede amar bastante a un ser y desear a otro. Es precisamente, en la medida en que la mujer ocupa esta posición particular, que ella sabe muy bien el. valor del deseo, a saber: que más allá de todas las sublimaciones del amor, el deseo tiene una relación al ser, incluso bajo lo la forma más limitada, más fetichista, y para decirlo todo, más estúpida. Incluso en el fantasma, donde el sujeto se presenta ciego y no es más que literalmente un soporte y un signo, el signo de ese resto significante de las relaciones con el otro, es sin embargo, a eso, que al fin de cuentas, la mujer concederá un valor de prueba última, que es a lo que ella se dirige.

En cuanto al amado, con toda la ternura y devoción que se pueda imaginar, aún cuando deseara a otra mujer ella sabe que aún si lo que el hombre ama es su zapato, o la pintura de su rostro, es no obstante de ese lado que el homenaje al ser se produce. A veces es necesario recordar estas verdades primeras, por lo que pienso que me van a excusar del tono quizá un poco extremo que he dado a esta disgresión. Veamos ahora cómo siguen las cosas. ¿Cuál es la función como tal del falo en relación a esa zona del objeto donde se instaura esta ambigüedad?, me refiero a lo ya anunciado en relación al objeto malo interno; si se puede decir que en tanto la "metáfora paterna" , —como la he llamado— instaura allí , bajo la forma del falo una disociación que es exactamente la que recubre la forma general, como era necesario esperar allí, que les he dado como siendo la de la prohibición, de modo que; o bien el sujeto no lo es, o bien el sujeto no lo tiene. Eso quiere decir que si el sujeto es el falo y esto se ilustra de la siguiente manera; —como objeto del deseo de su madre—, él no lo tiene, es decir, que no tiene el derecho de servirse de él, y es ese el valor fundamental de la ley llamada de "prohibición del incesto", y que por otra parte si lo tiene, es decir que ha realizado la identificación paterna, una cosa es cierta, que ese falo, él no lo es. Esto significa en el nivel simbólico más radical, la introducción de la dimensión del Edipo. Todo lo que se elaborará del sujeto volverá a este: "O bien... o bien", que introduce un orden en el nivel del objeto que no se puede demandar. El neurótico se carácteriza por eso, usa de esa alternancia, es por eso que se sitúa plenamente en el nivel del Edipo, en el nivel de la estructuración significante del Edipo como tal, que lo usa de una manera que llamaría "metonímica", inclusión en relación a que si "él no lo es" se presenta como primera en la relación a "ella no lo tiene", la llamaría una "metonimia regresiva". Quiero decir que el neurótico es el que usa la alternancia fundamental, bajo esta forma metonímica en la que para él "no tenerlo es la forma bajo la cual se afirma de manera encubierta, el ser, esto es, el falo. El no lo tiene, el falo, para serlo de manera encubierta, inconsciente. Y para no tenerlo a fin de serlo, —es "para ser", un poco enigmático sobre el que había terminado la última vez —es "otro quien lo tiene", mientras que, el, "lo es", de forma inconsciente. El fondo de la neurosis esta constituído porque en su función de deseante, el sujeto toma un sustituto. Para el caso del obsesivo: no es él quien goza. Para la histérica, no es de ella de quien se goza. La sustitución imaginaria de la que se trata, es precisamente la sustitución del sujeto, de su "moi" como tal por ese sujeto barrado, $, concerniente al deseo del que se trata. En tanto sustituye su "moi" al sujeto, introduce la demanda en la cuestión del deseo. Es porque alguien que no es él, sino su imagen, que es sustituído en la dialéctica del deseo, que al fin de cuentas no puede demandar más que sustitutos.Eso que hay de carácterístico en la experiencia del neurótico, y que aflora en sus propios sentimientos, es que todo lo que demanda, lo demanda para otra cosa. La continuación de esta escena, por donde lo imaginario juega su papel en eso que llamo metonimia regresiva del neurótico, tiene otra consecuencia: el sujeto es sustituido a sí mismo en el nivel de su deseo, no puede demandar más que sustitutos, al creer que demanda lo que desea. Y aún más le lejos la experiencia en razón de la forma de la que se trata, es decir del moi en tanto que es reflejo de un reflejo, y la forma del otro, el se sustituye también a eso que el demanda. Esta claro, que en ninguna otra parte que en el neurótico, ese moi separado viene a tomar el lugar de ese objeto separado que designo como siendo la forma original del objeto del deseo. El altruismo del neurótico es permanente, la vía más común de satisfacción es que busca satisfacer todas las demandas: su devoción por satisfacer todas las demandas constituyen un perpetuo fracaso del deseo. En otros términos: cegarse en su devoción por el otro sobre su propia insatisfacción. Estas cosas no creo que sean comprensibles fuera de la perspectiva que intento articular aquí, que al fin de cuentas la formula $ (a para el neurótico se transforma en algo que bajo reservas se lee así: falo barrado en presencia de un objeto que seria el otro.


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Clase 26. Del 24 de Junio de 1959

24 de Junio de 1959



La dificultad con la que nos tenemos que ver no data de ayer. Es, de aquellas, después todo, por las que toda tradición moralista ha especulado, a saber, las del deseo caído. No tengo necesidad de reflotar desde el fondo de las edades la aventura de los sabios o de los pseudosabios sobre el carácter engañoso del deseo humano. La cuestión toma una forma explicitada en el análisis, en tanto que en principio la primera experiencia analítica nos muestra los objetos en su naturaleza parcial. La relación con el objeto al suponer una complejidad. Una complicación con e] increíble riesgo en la disposición de estas pulsiones parciales, termina haciendo depender la conjunción con el objeto de estas disposiciones.

La combinación de las pulsiones parciales nos muestra verdaderamente el carácter funcionalmente problemático de todo acceso al objeto, al mostrar una teoría que al precio de contrariar aquello que podemos concebir en un principio de la noción de instinto, que de todos modos, aún cuando dejemos extremadamente flexible su hipótesis finalista, no obsta a que, sea cual sea la teoría del instinto es una teoría del centramiento del objeto. A saber, que el proceso en el organismo viviente hace que un objeto esté progresivamente fijado en cierto campo y captado en cierta conducta, proceso que por sí mismo se presenta bajo una forma de concentración progresiva del campo.

Muy distinto es el proceso, muy distinta es la dialéctica que nos muestra el análisis que se progresa, por el contrario, por adición, combinación de estas pulsiones parciales y que llega a concebir el advenimiento de un objeto satisfactorio, aquel que corresponde a los dos polos de la masculinidad y de la femineidad, al precio de la síntesis de toda suerte de pulsiones intercambiables, variables, y combinables para llegar a sucesos muy diversos. Es porque en cierta forma ustedes podrían pensar que definiendo allí por el S; a, aquí ubicado en el esquema o grafo del cual nos servimos para explicar, para expresar la posición del deseo en un sujeto hablante, no hay acá después de todo nada más que una notación muy simple; en el deseo algo es exigible en la relación del sujeto con el objeto, donde a es el objeto. La S es el sujeto, y nada más. Nada más original en esta notación, que esta pequeña barra que recuerda que el sujeto, en este punto de acmé que representa la presentación del deseo es, él mismo, marcado por la palabra.

Y después de todo esto no es diferente de aquello que recuerda que las pulsiones están fragmentadas. Conviene notar que esto no es a lo que se limita, el alcance de esta notación. Esta notación designa, pero no una relación del sujeto con el objeto, sino el fantasma, fantasma que sostiene a este sujeto como deseante, es decir, en ese punto más allá de su discurso donde se trata del deseo. Esta notación significa que en el fantasma el sujeto está presente como sujeto del discurso inconsciente. El sujeto está presente en tanto está representado en el fantasma por la función del corte, que es la suya esencial, de corte en un discurso tal, que le escapa: el discurso del inconsciente. Esto es esencial y si ustedes siguen allí el hilo no podrán dejar de ser sorprendidos por lo que se pone de relieve, de una dimensión siempre omitida, cuando se trata de los fantasmas perversos. Ya les he indicado el otro día la prudencia con la que conviene abordar lo que llamamos fantasma perverso. El fantasma perverso no es la perversión.

El error más grande es el de imaginarnos que todos nosotros comprendemos la perversión, en tanto que somos más o menos neuróticos sobre los bordes, por lo tanto tenemos acceso a estos fantasmas perversos. Pero el acceso comprensivo que tenemos al fantasma perverso no da sin embargo la estructura de la perversión, aún cuando de alguna manera ella llama allí a la reconstrucción, y si ustedes me permiten tomar un poco de libertad en mi discurso de hoy, es decir, dar un pequeño brinco hacia afuera, les evocaré ese libro marcado por el sello de nuestra época contemporánea que se llama Lolita. No les impongo más lectura de ésta obra que de una serie de otras que parecen indicar una cierta constelación de interés alrededor justamente del resorte de] deseo. Hay cosas mejor hechas que Lolita sobre el plano, si se puede decir, teórico. Pero Lolita es a pesar de todo una producción bastante ejemplar. Para aquellos que la entreabrirán nada parecerá oscuro en cuanto a la función devuelta a un otro. Y evidentemente de una manera tanto menos ambigüa, que uno puede decir que curiosamente el autor se coloca en una posición seguramente articulada con lo que él llama la charlatanería freudiana, y no da allí sino muchas reanudaciones de una manera que le pasa verdaderamente desapercibidas el testimonio más claro de esta función simbólica de la imagen de otro.

Comprende allí el sueño que él tiene poco tiempo antes, al aproximar de manera decisiva y que lo hace aparecer bajo la forma de un monstruo peludo y hermafrodita. Pero esto no es lo importante. Lo importante en la estructura de esta obra, es que tiene todas las carácterísticas de la relación del sujeto con el deseo, con el fantasma, hablando propiamente, neurótico, por la simple razón que estalla en el contraste entre el primero y el segundo volumen entre el carácter centelleante del deseo mientras es meditado, mientras ocupa treinta años de la vida del sujeto y su prodigioso vencimiento (échéance) en una realidad hundida, sin ningún medio incluso de alcanzar al compañero, que constituye el segundo volumen y el miserable viaje de esta pareja a través de la bella América.

Lo que es importante, y en cierta manera ejemplar, es que por la única virtud de una coherencia constructiva, el perverso se lanza a hablar, aparece en un otro, en un otro que no es más el doble del sujeto, es otra cosa, que aparece acá literalmente como un perseguidor, que aparece al margen de la aventura como si, y en efecto es todo lo que está más confesado en el libro, el deseo del que se trata en el su sujeto no pudiera vivir más que en otro, y es acá donde es literaImente impenetrable y seguramente descolorido.

El personaje que se sustituye al héroe en un momento de la intriga, el personaje que propiamente ha hablado es el perverso quien realmente accede al objeto, es un personaje cuya clave nos es dada en los gemidos últimos que emite en el momento en que cae bajo los golpes del revólver del héroe. Esta especie de negativa del personaje principal que es aquella en Ia cual descansa efectivamente la relación con el objeto a, algo bien ejemplar y que puede servirnos de esquema para comprender que no es más que al precio de una extrapolación que podemos realizar la estructura perversa. La estructura del deseo en la neurosis es algo de una naturaleza muy distinta que la estructura del deseo en la perversión, y sin embargo estas dos estructuras se oponen. A decir verdad, la más radical de estas posiciones perversas del deseo, es aquella que está puesta por la teoría analítica como en el punto más original en la base del desarrollo y también en el punto terminal de las regresiones más extremas, a saber el masoquismo.

No podemos aquí recordar palpar, en una evidencia la procurada por el fantasma, en qué puntos los planos están descuidados, para enunciar en fórmulas colapsadas la naturaleza de esto en presencia de lo cual estamos. Tomo aquí el masoquismo porque nos servirá de polo para éste abordaje de la perversión. Y cada uno sabe que tendemos a reducir al masoquismo en sus diversas formas a una relación que, en último término se presentaría de una manera seguramente radical, del sujeto en relación a su propia vida: a hacerlo confluir, en nombre de indicaciones válidas y precisas que ha dado Freud sobre este sujeto con un instinto de muerte por el cual se hacía sentir de una manera inmediata y al nivel mismo de la pulsión del impulso considerado como orgánico, algo contrario a la organización de los instintos. Sin duda hay algo que en el límite, presenta un punto de mira, una perspectiva sobre la cual sin ninguna duda no es para nada indiferente fijarse, para plantear ciertas cuestiones.

No nos apuremos, para plantear como aquí se sitúan sobre este esquema, las letras que indican en él la relación, la posición del deseo, esencial en una división de la relación del sujeto al discurso. Es algo que aparece de manera brillante, y que no debemos aligerar en el interior mismo de la fantasmática de esto que llamamos masoquismo. De este masoquismo sobre el cual, haciendo de él la salida del instinto más radical los analistas sin ninguna duda están de acuerdo para apercibirse de que lo esencial del goce masoquista no sería pasar un cierto límite de malos tratos.

Tal o cual rasgo, al ser puesto de relieve, está hecho para aclararnos acerca de algo que nos permite reconocer acá la relación del sujeto con lo que es hablando propiamente, el discurso del otro. Es necesario haber entendido las confidencias de un masoquista, es necesario haber leído el mínimo de los numerosos escritos que allí son consagrados, y de los que son más o menos buenos, los que han salido recientemente, para reconocer una dimensión esencial del goce masoquista ligado a esta especie de pasividad particular, que aprueba, y de la cual goza el sujeto , para representarse su salida como jugándose debajo de una cabeza entre cierto número de personas, que están alrededor de él, y literalmente sin tener en cuenta su presencia, todo esto que se prepara de su destino, siendo discutido delante de él, sin que se lo tome en cuenta a él mismo. ¿Es que no están acá los trazos, las dimensiones más eminentemente salientes, perceptibles, y sobre las cuales por otra parte el sujeto insiste como siendo uno de los constituyentes de la relación masoquista? He aquí en suma una cosa donde se toma, donde aparece esto que se puede palpar, que es en la constitución del sujeto en tanto que sujeto, y es en tanto que esta constitución es inherente al discurso, y la posibilidad está colocada en el extremo, que este discurso como tal aquí se revela abierto, desarrollado en el fantasma, sosteniéndolo al sujeto para nada, que encontramos una de las primeras maneras. Manera, mi Dios, bastante importante ya que es sobre ella, a partir de ella que, cierto número de manifestaciones sintomáticas se desarrollan. Manera que nos permitirá ver en el horizonte la relación que podría haber allí entre el instinto de muerte considerando como una de las instancias más radicales, y este algo eh el discurso que da este soporte sin el cual no podríamos desde ninguna parte acceder a él, este soporte de este no-ser que es una de las dimensiones originales, constitutivas, implícitas, en las raíces mismas de toda simbolización. Nosotros hemos articulado ya durante todo un año, consagrado a Más allá del Principio del placer, esta función propia de la simbolización que está esencialmente en el fundamento del corte, pues es aquello por lo cual la corriente de tensión original , cualquiera que sea está tomada en una serie de alternativas que introducen lo que podemos llamar la máquina fundamental que es propiamente lo que reencontramos como destacado, como desarrollado, en el principio de la esquizotecnia del sujeto, en que el sujeto se identifica con la discordancia de esta máquina en relación a la corriente vital, a esta discordancia como tal.

En este sentido, les hago notar en el pasaje, ustedes lo palparán de una manera ejemplar, a la vez radical, y seguramente accesible, una de las formas más eminentes de la función de esta Verwerfung. En tanto el corte es a la vez constitutivo y al mismo tiempo irremediablemente externo al discurso, en tanto lo constituye, es que podemos decir que el sujeto, en tanto se identifica con el corte, está Verwetfen. Es acá que él se aprehende, se percibe como real. No hago aquí más que indicarles otra forma, no creo que funcionalmente distinta, sino seguramente articulada de otra manera y profundizada del "pienso, "luego soy".

Quiero decir que es en tanto el sujeto participa en este discurso y no hay más que esto además de la dimensión cartesiana, que este discurso es un discurso que le escapa, y lo ayuda sin saberlo, es, en tanto es el corte de este discurso, que él es, en el supremo grado de un "yo soy" que tiene esta propiedad singular en esta realidad que es verdaderamente la última de la que un sujeto se toma, a saber, la posibilidad de poder cortar por alguna parte el discurso, de colocar la puntuación.

Esta propiedad donde reside su ser esencial, su ser, donde él se apercibe en tanto que la única intrusión real que aporta radicalmente al mundo como sujeto, (no) lo excluye sin embargo a partir de esto de todas las relaciones vivientes , al punto que es necesario todos los discursos que los analistas sabemos, para que yo (je) lo reintegre allí. La ultima vez hemos hablado brevemente de la manera en que pasan las cosas en la neurosis. Lo hemos dicho, para el neurótico el problema pasa por la metáfora paterna, por la ficción, real o no, de aquel que goza en vez del objeto, ¿al precio de qué? de algo perverso.

Porque nosotros lo hemos dicho, esta metáfora es la máscara de la metonimia. Detrás de esta metáfora del padre, como poseedor tranquilo del goce, se esconde la metonimia de la castración. Miren de cerca, y verán que la castración del hijo no es aquí más que la continuación y el equivalente de la castración del padre. Con todos los mitos detrás del mito freudiano primitivo del padre y el mito primitivo del padre lo indica bastante: Cronos castra a Júpiter, Júpiter castra a Cronos antes de llegar a la naturaleza celeste. La metonimia de la que se trata sostiene al último término en esto: es que no hay más que un sólo falo en juego, y es justamente, el que en la estructura neurótica se trata de impedir que se vea.

El neurótico el falo más que en nombre de otro. Hay entonces alguien, que es aquel de quien depende su ser. No hay otra cosa que lo que cada uno sabe que se llama complejo de castración. Pero si no hay nadie para tenerlo, lo tiene aún menos, naturalmente. El deseo del neurótico, si ustedes me permiten esta fórmula, es, en tanto está enteramente suspendido, —como todo el desarrollo de la obra de Freud nos lo indica—, en esta garantía mítica de la buena fe del significante en la cual es necesario que el sujeto se prenda para poder vivir de otra forma que en el vértigo. Esto nos permite llegar a la fórmula que el deseo del neurótico y cada uno sabe que hay una relación estrecha, histórica, entre la anatomía que el freudismo hace de este deseo, y algo carácterístico de cierta época en que vivimos, y de lo cual no podemos saber sobre que forma humana, vagamente vaticinada por profetas de diversos. . . . . . . . . . . . . . . . . . pero lo que es cierto es que algo es sensible en nuestra experiencia por poco que dudemos en articularlo, en el deseo del neurótico digo yo de una manera condensada, es aquello que nace cuando no hay Dios. No me hagan decir lo que yo no he dicho, a saber, que la situación es más simple cuando en ella uno (quand il y en un).

La cuestión es ésta: en el nivel de esta suspensión de un garante supremo lo que esconde en él el neurótico que se sitúa y se detiene y se suspende este deseo del neurótico. Este deseo del neurótico es lo que ' solo' es un deseo el horizonte de todos sus comportamientos. Porque , y ustedes me permitirán hacerles la comunicación de una de éstas fórmulas donde se puede reconocer el estilo de un comportamiento, diremos que en relación a este deseo en que se sitúa, el neurótico está siempre en el horizonte de sí mismo, preparando el advenimiento.

El neurótico, si ustedes me permiten una expresión que creo calcada sobre toda clase de cosas que vemos en la experiencia cotidiana, está siempre ocupado preparando su equipa je, su examen de conciencia, u organizando su laberinto, es lo mismo. El los asemeja a su equipa je, y se olvida de eso, o los pone en la consigna, pero se trata siempre de equipajes para un viaje que no hace jamás. Esto es absolutamente esencial considerarlo si queremos apercibirnos de que hay un contraste del todo al todo, aunque diga en ello un pensamiento parecido que se arrastra como un caracol a lo largo del fenómeno, sin querer asemejar allí en ningún momento una perspectiva cualquiera. . . se trata de oponer a esto la estructura del deseo perverso.

En el perverso seguramente se trata también de una hiancia. No puede tratarse así mismo más que del sujeto suprimiendo su ser en el corte. Se trata de saber cómo en el perverso este corte es vivido, soportado. Y bien, acá seguramente el trabajo, a lo largo de los años, de los analistas, en tanto que sus experiencias con enfermos perversos les han permitido articular estas teorías a veces contradictorias, mal coordinarlas unas con otras, pero sugestivas en cuanto al orden de dificultad con el cual han tenido que ver, es algo de lo cual podemos de alguna manera, tomar parte.

Quiero decir, de lo cual podemos hablar como de un material que en sí mismo traiciona ciertas necesidades estructurales que son aquellas que, hablando propiciamente, son las que tratamos aquí de formular. Diré entonces que en este ensayo que hacemos aquí de institución de la función real del deseo, podemos incluir hasta un discreto delirio, bien organizado, al cual han sido llevados quienes se han aproximado a este sujeto por la vía de esos sujetos, quiero decir, de los psicoanalistas.

Voy a tomar un ejemplo de eso. Creo que actualmente, mirándolo bien, nadie ha hablado mejor de la perversión que un hombre muy discreto tanto como pleno de humor en su persona, quiero decir N. Gylespie. Les aconsejo a aquellos que leen inglés, que sacarán de ello el mayor provecho, el primer estudio de Gylespie que ha abordado al sujeto a propósito del fetichismo bajo la forma "Artículo y contribuciori del fetichismo" (Octubre 1940 v.i.p.) sequido de las notas que ha consagrado en análisis y sexual perversion, en el número 23 (1952 , cuarta y quinta parte), y finalmente el último que ha dado en el número de Julio-Octubre de 1956 (NY 37, 4ta y 5ta parte): La teoría general de las perversiones.

Algo se despejará allí para ustedes: es que alguien que es tan libre, y pesa bastante bien los diversos caminos por los cuales se ha tentado abordar la cuestión netamente, más compleja naturalmente de lo que uno pueda imaginarlo en una perspectiva somera, la de la perversión siendo pura y simplemente la pulsión mostrándose a cara descubierta. Esto no es tampoco decir, sin embargo, como se ha dicho, que la perversión pueda resumirse en una especie de aproximación que tiende en suma a homogenizarla a la neurosis.

Voy directo a lo que se trata de explicar, a lo que nos servirá en adelante de señal para interrogar de diversos modos la perversión. La noción de Splitting es allí esencial, demostrando ya algo en lo cual podríamos aplaudirnos. Y no creo que yo vaya a precipitarme allí como recubriendo de alguna manera la función, la identificación del sujeto a la hendidura o corte del discurso, que es aquélla en que yo les enseño a identificar el componente subjetivo del fantasma.

Esto no quiere decir que la especie de precipitación que implica este reconocimiento no se haya ofrecido y no haya abundado la ocasión para una especie de idea un poco vergonzosa de sí mismo los escritores que se hayan ocupado de la perversión. Yo no tengo para testimoniar sobre ello, más que referirme al tercer caso, al que M. Gylespie, en el segundo de sus artículos se refiere. Es el caso de un fetichista.

Este caso quiero bosquejarlo brevemente. Se trata de un fetichista de 30 años, cuyo fantasma se verifica después del análisis, expresamente como de ser rajado en dos por la hendidura madre, cuya prueba penetrante, si puedo decir, está aquí representada por sus pechos mordidos (¿o loco?), tanto como por la hendidura que le acaba de penetrar y que se transforma repentinamente en un. . . . . . . . . . . . . . . . . Brevemente, todo un retorno sobre una descomposición la cual M. Gylespie llama la angustia de castración, y evita relaciónada a una serie de desarrollos donde interviene además la primitiva exigencia de la madre o la primitiva pena de la madre, y por otro lado una concepción, debo decir, no demostrada, sino supuesta en fin de cuentas en el fin del análisis por el analista, con la identificación a la hendidura. Digamos que al término del articulo, M. Gylespie escribe sobre esta especie de apreciación o de intuición medio asumida, interrrogatoria, cuestionadora, pero que es a mi ver, seguramente significativa desde, el punto extremo al que es llevado alguien que sigue con atención, quiero decir, después de desarrollos en el tiempo, después de esta explicación que unicamente el análisis nos da de lo que se encuentra en el último fondo de la estructura perversa : la configuración del material en este momento nos conduciría a una especulación alrededor del fantasma asociado con ese split ego. El ego refendu (¿yo divido?), si aceptamos este término de dividido del cual se sirve bastante gustosamente para hablar de este splitting sobre el cual Freud de alguna manera ha terminado su obra. Porque ustedes saben, pienso, el artículo inacabado de Freud sobre el splitting del ego, la pluma le ha caído de las manos, si se puede decir, ha dejado inacabado este artículo que fuera reencontrado después de su muerte. Esta división del yo (moi) tiene una especulacion alrededor del fantasma asociado con la división del yo (moi) y el objeto dividido. Es la misma palabra que podemos emplear si empleamos este término. Es el splitting ego y el splitting object. Es que el órgano genital femenino —es Gylespie quien se interroga— no es el objeto dividido, el "split object" por excelencia. El fantasma de un ego, de un split ego no puede provenir de una identificación con el órgano genital que es una hendidura, el split genital. Tengo en cuenta, dice él, que cuando hablamos de splitting del ego, de la hendidura del yo, y del objeto correspondiente, nos referimos al mecanismo que presumimos en el fenómeno.

Quiero decir con esto que nosotros hacemos de la ciencia, que nos desplazamos en conceptos científicos. Y el fantasma corresponde a un nivel diferente del discurso. El orden de interrogacion que se plantea M. Gylespie es interesante. No obstante los fantasmas, los nuestros no menos que los de nuestros pacientes, deben jugar siempre un papel en la manera en la que conceptualicemos este proceso subyacente. Nos parece en consecuencia que el fantasma de ser él mismo dividido en dos pedazos por estar seguramente apropiado en el mecanismo mental del splittirtg del objeto y de la introyección del objeto dividido conduciendo la división del ego . Está implícito en tal fantasma un objeto dividido que fue una vez intacto, y la división, splitting, es el resultado de un ataque sádico, sea por el padre, o por sí mismo. Está que nos encontramos acá ante algo que para un espíritu prudente y mesurado como M. Gylespie, no puede dejar de golpear como algo donde se juega él mismo en ir al extremo de un pensamiento reduciendo en él algo que no es en la ocasion nada menor que Ia estructura misma de la personalidad del sujeto, ya que aquello de lo cual se trata a todo lo largo de este artículo -no hay más que este caso para citar- es de este algo tan sensible y que se descompone en la transferencia con los perversos, es a saber de los splitting, que son lo que llamaríamos en la ocasión corrientemente, verdaderas divisiones de la personalidad. Adherir de alguna manera la división de la personalidad del perverso sobre las dos malvas de un órgano original de la fantasmatización, es acá algo que está bien hecho para hacer sonreir, incluso despistar. Pero a decir verdad, aquello que encontramos en efecto, y acá esto debe ser tomado en todos los niveles y bajo formas extremadamente diferentes de la formación de la personalidad del perverso, es algo que ya hemos indicado por ejemplo en uno de nuestros artículos, aquel que hemos hecho a propósito del caso de André Gide, notablemente estudiado por el profesor Delay.

Es algo también que se presenta como una oposición de dos hojas (postigos, tablas) identificatorias. Aquello ligado más especialmente a la imagen narcisística de sí mismo, i(a), por un lado, que es lo que regla en el ilustre paciente del cual tenemos la confidencia bajo mil formas en una obra. Y sin duda tenemos que tener en cuenta la dimensión de esta obra, porque agrega algo al equilibrio del sujeto, y no es con esta intención que quiero desarrollar plenamente esto que les indico, porque después de todo el año está cerca de acabarse, es necesario adelantar, lanzar en adelante pequeños trazos sobre los que podamos aproximar nuestras ideas; es la relación que hay en el título que les he puesto en primer lugar acá particularmente saliente entre justamente lo que ese esquema articula, a saber el deseo y la letra. Que es decir, si esto solamente es en este sentido, debe ser buscado hablando propiamente en la reconversión del deseo en esta producción que se expresa en el símbolo, el cual no es la super-realidad que se cree, sino esencialmente al contrario, hecho de su fractura, de su descomposición en parte significante, es en la reconversión del impasse del deseo en esta materialidad significante que debemos situar, y esto si queremos dar un sentido conveniente al término, el proceso de la sublimación como tal.

Nuestro André Gide, indiscutiblemente, merece estar situado en la categoría que nos plantea el problema de la homosexualidad. Y que es esto que vemos: vemos esta doble relación con un objeto dividido en tanto que es el reflejo de ese chico mal agraciado, como se expresaba un escritor a ese respecto, que fuera el pequeño André Gide en el origen, es que en esta relación furtiva con un objeto narcisístico la presencia del atributo fálico es esencial. Gide es homosexual. Pero es imposible, esta acá el mérito de su obra, de haberlo mostrado, es seguramente imposible centrar, de concentrar la visión de una anomalía sexual del sujeto si nos ponemos enfrente , aquello de lo cual él mismo ha testimoniado, ésta fórmula: esto que es el amor de un uranista.

Y acá se trata de su amor por su mujer, a saber de este amor hiperidealizado, del cual trató sin ninguna consideración en este artículo de asemejar a lo que en el libro de. . . . . . . . . está planteado con gran cuidado, a saber, toda la génesis por la cual este amor por su mujer se vincula a su relación con la madre. Tampoco únicamente la madre real, tal como nosotros la conocemos, sino la madre, en tanto que encubre una estructura de la cual ahora la cuestión va a ser revelar la verdadera naturaleza.

Una estructura, diría enseguida, donde la presencia del objeto malo, diria más; la topografía de este objeto malo, es esencial. No puedo retrasarme en el largo desarrollo que retome poco a poco, punto por punto, toda la historia de Andre Gide, como su obra, en diferentes etapas, ha tenido cuidado de desarrollar. Pero para decir en que punto el instinto de un niño puede errar, quiero indicar más precisamente dos de mis temas de goce, uno me había sido proporcionado en este cuento de Gribouille que se arroja al agua un día que le gusta mucho, no para preservarse de la lluvia así como sus villanos hermanos han intentado hacernos creer, sino para preservarse de sus hermanos. "En el río, el se esfuerza y nada algn tiempo. El se abandona, flota, siente ahora volverse todo pequeño, ligero, raro, vegetal. Lleva hojas por todo el cuerpo, y pronto el agua del río ha tendido sobre la orilla del delicado ramo de roble en que nuestro amigo Gribouille se ha transformado". "Absurdo, hace gritar el escritor a su interlocutor". Pero es seguramente porque yo lo cuento. Es la verdad. Y sin duda la abuela casi no pensaba escribir acá algo repugnante. Pero yo testimonio "que ninguna página de "Le Afrodite" puede turbar a ningún escolar tanto como esta metamorfosis de Gribouille en vegetal hizo del pequeño ignorante que yo era".

Agrego para volver a esto, ya que no hay que desconocer en ello la dimensión; el otro ejemplo de este fantasma provocador en estos goces primitivos que nos da "Habrá allí también, en una estúpida piecita de Mme. de Segur: las cenas de Mlle. Justine, un pasaje donde las domésticas aprovechan la ausencia de los amos para hacer una parranda. Registrar todos los placards, se regodean, mientras Justine a hurtadillas se inclina y retira una pila de platos del placard. El cochero viene a sorprenderlas. Justine la susceptible, suelta la pila, la vajilla se rompe. El estrago me hizo desfallecer". Si es necesario más para tomar relación, el fantasma del segundo con este algo seguramente primordial, que se trata de articular en la relación del sujeto con el corte, les citaré, esto es totalmente común ante tales sujetos, que uno de los fantasmas fundamentales en la iniciación masturbatoria, fuera también por ejemplo el fantasma de, una revelación verbal concerniente más precisamente a algo que es la cosa imaginada en el fantasma, a saber por ejemplo una iniciación sexual como tal tomada como tema del fantasma en tanto existente. La relación revelada en el primero de estos fantasmas del sujeto tiene algo destacado y que progresivamente florece en algo notable, en tanto que nos presentifica este algo que está demostrado por cientos de observaciones analíticas, a saber, el tema ahora seguramente admitido y corriente, del orden de identificación del sujeto al falo, en tanto sumergido de una fantasmatización de un objeto interno en la madre. Esta es una estructura comúnmente reencontrada y que por el momento no tendrá ninguna dificultad en ser aceptada y reconocida como tal por ningún analista.

Lo importante está aquí, lo vemos, manifestado como tal en el fantasma, tomado en el fantasma como soporte de algo que representa para el sujeto una de las experiencias de su vida erótica inicial, y esto que importa para nosotros, es saber más precisamente que se trata de cierta especie de identificación. Lo hemos dicho, la metonimia del neurótico está esencialmente constituida por esto: él no está en el limite, es decir en un punto que alcanza en la perspectiva huidiza de sus síntomas, en tanto que el no tiene el falo. Y es de lo que se trata de revelar. Es decir, que encontramos en él, a medida que el análisis progresa, una creciente angustia de castración.

Hay en la perversión algo que podemos llamar una inversión del proceso de la prueba. Lo que es a probar para el neurótico, a saber, la subsistencia de su deseo, deviene aquí en la perversión, la base de la prueba. Vean allí algo como esta especie de retorno honorable que en el análisis llamamos razonablemente por el absurdo. Para el perverso es la conjunción, este hecho que une en un sólo término introduciendo esta ligera abertura que permite una identificación con el otro seguramente especial, que une en un sólo término el él lo es y el él lo tiene. Basta para esto que este él lo tiene sea en la ocasión ella lo tiene.

Es decir el objeto de la identificación primitiva. El tendrá el falo, el objeto de identificación primitiva, sea este el objeto transformado en fetiche en un caso, o en ídolo en el otro. Tenemos todas las pruebas entre la forma fetichista de sus amores, el homosexual, y la forma idolátrica ilustrada por Gide. El lazo está instituido , si se puede expresar así en el soporte natural.

Nosotros diremos que la perversión se presenta como una especie de simulación natural del corte. Es en esto que la intuición de Gylespie está acá como un índice. Lo que el sujeto no tiene, está en el objeto. Lo que el sujeto no es, su objeto ideal es. Brevemente, una cierta relación natural está tomada como materia de esta hendidura subjetiva que es lo que se trata de simbolizar en la perversión como en la neurosis. El es el falo en tanto que objeto interno de la madre y él lo tiene en su objeto de deseo. He aquí más cercanamente lo que vemos en el homosexual masculino. En la homosexual femenina, recuerden ustedes , el caso articulado por Freud, y que hemos analizado aquí en comparación con el caso Dora. ¿Qué sucede en el retorno donde la joven paciente de Freud se precipita en la idealización homosexual?. Ella es el falo ¿pero cómo? También en tanto que objeto interno de la madre. Y aquí se ve de manera muy neta cuando en la cumbre de la crisis, arrojándose debajo de la barrera del tren, Freud reconoce que en este Miederkonen hay algo que es la identificación con este atributo material. Ella se hace ser (se fait etre) en este supremo esfuerzo de don a su ídolo, que es su suicidio. Ella elige como objeto ¿por qué?, para darle lo que es el objeto del amor, darle lo que ella no tiene, llevar al máximo la idealización, darle este falo objeto de su adoración al cual se identifica el amor homosexual por esta persona singular que es el objeto de sus amores. Si tratamos de llevar esto a propósito de cada caso, si hacemos en cada caso un esfuerzo de interrogación, encontraremos acá aquello que pretendo adelantar como una estructura.

Ustedes pueden siempre reencontrar no solamente en la perversión, sino especialmente en esta forma de la cual se le reprocha explicitamente con pertinencia, que es extremadamente polimorfa, a saber la homosexualidad, sobre todo con el uso que damos a este término de homosexualidad en cuantas formas la experiencia en efecto, no nos la presenta en ella. Pero en fin, aún cuando no había allí interés en esto que situamos al nivel de la perversión, algo que podría constituir el centro como tal de algo, admitiendo en ello que toda clase de formas periféricas intermediarias entre la perversión y por ejemplo digamos la psicosis, la toxicomanía, o tal o cual otra forma de nuestro campo nosográfico, la homosexualidad comparada a eso que la última vez, por ejemplo, nosotros intentamos formular, como siendo el punto sobre el cual el deseo de deseo que es e neurótico se apoya, a saber, se soporta en la imagen del otro; gracias a la cual puede establecer todo este juego de sustitución donde el neurótico no tiene jamás que hacer la prueba de que aquello de lo cual se trata, a saber, que él es el falo.

Diremos que tenemos aquí algo que es una cierta relación con la identificación primitiva, con la identificación narcisística, especular, que es i(a). Es en tanto que algo existe ya, que una esquizia está ya designada entre el acceso del sujeto identificatorio, simbólico, relación primordial con la madre, y las primeras verwerfung, es en tanto que esto se articula a la segunda identificación imaginaria del sujeto en su forma especular, a saber i(a), es aquí que esta utilizado por el sujeto para simbolizar lo que con Gylespie llamaremos la hendidura (frente). A saber, esta en la cual el sujeto interviene en su relación fantasmática. Y aquí el falo es el elemento significante esencial en tanto que surge de la madre como símbolo de su deseo, del deseo del Otro que hace el terror del neurótico,ese deseo donde se siente correr todos los riesgos. Es esto lo que hace el centro alrededor del cual se va a organizar toda la construcción del perverso. Y sin embargo este deseo del Otro es seguramente lo que la experiencia nos muestra también en su caso más refundido, de más difícil acceso.

Es esto mismo que hace a la profundidad y la dificultad de estos análisis que nos han sido permitidos, y al primitivo acceso que ha sido donado por la vía de la experiencia infantil de las construcciónes y de las especulaciones especialmente ligadas a las primitivas identificaciones objetales. Gide no se ofrece a la exploración analítica. Sin embargo por superficial que en fin de cuentas sea un análisis que no está desarrollado más que en la dimensión llamada sublimada, tenemos sobre este punto extrañas indicaciones. Y yo creo que nadie en mi conocimiento ha puesto su precio por este pequeño trazo que aparece como una singularidad de comportamiento que signa casi un acento sintomático, aquello de lo cual se trata, a saber, el más allá del personaje maternal, o más exactamente su interior, su corazón mismo. Porque este corazón de la identificación primitiva se reencuentra en el fondo de la estructura del sujeto perverso en sí mismo. Si en el neurótico el deseo está en el horizonte de todas sus demandas Iargamente desplegadas y literalmente interminables, podemos decir que el deseo del perverso está en el corazón de todas sus demandas.

Y si nosotros lo nombramos en su evolución indiscutiblemente anidado alrededor de exigencias estéticas, nada puede por, lo tanto impactar más que la modulación de los temas alrededor de los cuales se sucede. Y ustedes se dan cuenta de que esto que aparece desde las primeras líneas , es las relaciones del sujeto con una visión fragmentada un caleidoscopio que ocupa las 6 ó 7 primeras páginas del volumen. ¿Como no sentirse llevados más lejos de la experiencia que fragmenta?. Pero hay más, la noción, la percepción que toma en tal momento, y que él mismo articula en esto que sin duda está dicho, la realidad de los sueños, pero hay también una segunda realidad.

Y más lejos aún —es acá que quiero llegar— en el más minúsculo de los incisos, pero cada uno sabe que para nosotros son los más importantes, nos cuenta la historia llamada "del nudo en la madera de una puerta". En la madera de esta puerta, en alguna parte de Uzes, hay un agujero porque un nudo ha sido extraído. Y lo que hay en el fondo es una bolita que "tu padre ha puesto allí cuando tenía tu edad". Y nos cuenta para admiración de los aficionados a los carácteres, que a partir de sus vacaciones pasó un año en dejarse crecer la uña del dedito para tenerla lo bastante larga para la próxima vez ir a extraer esta bolita en el agujero de la madera. Esto a lo cual llega en efecto, para tener en la mano sólo un objeto grisáceo que él se avergonzaría de mostrar a cualquiera, mediante lo cual, creo que lo dice, lo vuelve a su lugar, corta su uñita, y no se lo cuenta a nadie, salvo a nosotros, la posteridad que va a inmortalizar esta historia. Creo que es difícil una mejor introducción a la noción arrojada en una magnífica escena, todo es una perseverancia de algo que nos presenta la figura de la forma sobre la cual se presenta la relación del sujeto perverso con el objeto interno. Un objeto que está en el corazón de algo. La relación de este objeto como tal, en tanto es la dimensión imaginaria del deseo, en la oración del deseo de la madre, de orden primordial, que viene a jugar el rol decisivo, el rol simbolizador central, que permite considerar que aquí al nivel del deseo, el perverso está identificado con la forma imaginaria del falo. Está acá esto sobre lo cual la próxima vez haremos nuestra ultima lección sobre el deseo, este año.



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Clase 27. Del 1º de Julio de 1959

1º de Julio de 1959



Hemos llegado al fin de este, año que he consagrado tanto a mi cuenta y riesgo como al de ustedes, a esta cuestión del deseo y de su interpretación. Han podido ver, en efecto, que es sobre la pregunta del lugar del deseo en la economía de la experiencia analítica, que he permanecido sin moverme de ello, ya que pienso; si que es desde acá que debe partir toda interpretación particular de algún deseo.Esto no ha sido, este lugar, fácil de delimitar. Hoy quisiera simplemente, en una rápida conclusión, indicarles los grandes términos, los puntos cardinales en relación a los cuales se sitúa esto a lo que hemos llegado este año, espero, hacerles sentir esta importancia de la precisión que hay que darle a esta función del deseo como tal ustedes saben, la menor experiencia que pueden tener de los trabajos analíticos modernos y especialmente de lo que está constituido por ejemplo por una observación de análisis, les mostrará como trazo constante —hablo de una observación cualquiera que les plazca comunicar— en el momento analítico que vivimos y que comienza hace ya una veintena de años, son casos que se nombran en relación a las neurosis típicas de la vieja literatura, a los carácteres neuróticos, a los casos límites en cuanto a la neurósis. ¿Qué es lo que encontramos en el modo de abordaje del sujeto?. Tengo leído sobre ello cierto número de casos en los últimos tiempos, para hacer historia en el punto en lo que es la cogitación analítica concerniente a lo que hace a lo esencial del progreso aplicado por la experiencia. Y groseramente se puede decir que con una sorprendente constancia el estado actual de los.............—un momento de análisis en el que estamos— está dominado por el lado que toma sus palabras de orden, por la relación de objeto. Converge hacia la relación de objeto. Lo que bajo esta rúbrica se relacióna la experiencia kleniana se presenta más como un síntoma que como un centro de difusión. Quiero decir una zona donde ha sido particularmente profundizado todo lo que allí se relacióna.

Pero funcionalmente uno cualquiera de los otros centros de organización del pensamiento analítico que estructura la búsqueda no está de tal manera funcionalmente alejado de ello. Porque la relación de objeto viene a dominar toda la concepción que nos hacemos del progreso del análisis. Esta no es una observación, que sea menos impactante que aquellas que se ofrecen a nosotros en esta ocasión.

Sin embargo, en lo concreto de una observación reintegrada a los fines de la ilustración de una estructura cualquiera en la cuál se sitúe el campo de nuestro objeto nosológico, el análisis parece proseguirse durante cierto tiempo sobre la línea de lo que podríamos llamar normativación moralizante. No digo que es en este sentido que suceda directamente la intervención del analista. Es según el caso. Pero es en esta perspectiva que el análisis en sí mismo toma sus indicaciones. La manera en la cual articula las particularidades de la posición del sujeto en relación a lo que lo rodea, a este objeto, serán siempre las de una apreciación de esta aprehensión del objeto por el sujeto que está en análisis.

Y los.............. de esta aprehensión del objeto en función de una supuesta normal de proximidad del Otro como tal, donde en suma nos mostrará que el espíritu del analista se detiene esencialmente sobre las degradaciones de esta dimensión del Otro que es marcado como siendo en todo momento desconocido, olvidado, caído en el sujeto de su propia condición de sujeto autónomo independiente del Otro puro, del Otro absoluto. Es todo. Es un punto de referencia lo que vale allí como Otro. Lo que es sorprendente no es esto sin embarco con todos los presupuestos culturales que implica. Es un implícito en lo que se puede llamar un sistema de valor, que por estar implícito no por ello está menos presente acá. Lo que es sorprendente es si se puede decir, la precipitación de cierto giro, que es que después de haber elaborado largamente con el sujeto las insuficiencias de su aprehensión afectiva en cuanto al Otro, vemos, en general, ya sea que esto traduce directamente no sé qué vuelta del análisis concreto, ya sea simplemente que esto sea por una especie de prisa para resumir lo que manifiesta en el análisis los últimos términos de la experiencia, vemos toda una articulación esencialmente moralizante de la observación, caer bruscamente en una especie de piso inferior, y encontrar este último término de referencia en una serie de identificaciones extremadamente primitivas, aquéllas que, de cualquier manera que se las nombre, sé aproximan siempre a la noción de objetos buenos y malos , internos, introyectados, internalizados, o externos, externalizados, proyectados. Hay siempre alguna propensión kleiniana en esta referencia a las experiencias de identificación primordial. Y el hecho de ,que esto sea enmascarado por la valorizacion de los últimos resortes a los que están atribuidas las fijaciones, que se nombran en esta oportunidad en términos más antiguos, en términos de referencia instintual, en relación por ejemplo a un sadismo oral como habiendo influido profundamente en la relación edípica, y que el sujeto que motiva en última instancia este acuerdo del drama edípico, la identificación edípica, es siempre algo del mismo orden que trata de referirse al último término.

Son estas identificaciones últimas donde encontramos en suma todo el desarrollo del drama subjetivo, en la neurosis, incluso en las perversiones; son estas identificaciones que dejan en una profunda ambigüedad la noción misma de la subjetividad. El sujeto aparece allí esencialmente como identificación pudiéndoselo considerar como siendo este sí mismo, más o menos. La terapéutica se presenta como un ordenamiento de estas identificaciones en el curso de una experiencia que toma su......... en una referencia a la realidad, en lo que el sujeto tiene en aceptar o en rechazar de sí mismo, en algo que entonces tome un aspecto que puede parecer extremadamente arriesgado ya que finalmente esta referencia a la realidad no es más que una realidad. Y la realidad supuesta por el análisis, finalmente, que vuelve bajo una forma aún más implícita esta vez, aún más enmascarada, quizá totalmente escabrosa. especialmente por implicar una normatividad ideal que es, propiamente hablando la de los ideales del analista como siendo la medida última en la cual se solicita reunirse la conclusión del sujeto; es una conclusión identificatoria. Yo soy, finalmente, lo que reconozco ser en Él, lo bueno y el bien, aspiro a conformarme en una normatividad ideal, que por escondida, por implícita que esté, aún después de tantos rodeos, yo reconozco por serme designada.

Lo que me esfuerzo por indicar aquí en este discurso que he continuado frente a ustedes para estar así organizado en una especie de deslizamiento progresivo a partir de la indicación freudiana primordial, es una experiencia que encubre en ella de manera cada vez más enmascarada la pregunta que creo es la pregunta esencial, sin la cual no hay allí la justa apreciación de nuestra acción analítica, y que es la pregunta por el lugar del deseo.

El deseo, tal como lo articulamos a efectos de llevarlo al primer plano de nuestro interés, de manera no ambigüa, sino verdaderamente crucial, la noción de aquello con lo que tenemos que ver, es una subjetividad. El deseo ¿es o no subjetividad?. Esta pregunta no ha esperado al análisis para ser planteada. Ella está desde siempre, desde el origen de lo que podemos llamar la experiencia moral.

El deseo es a la vez subjetividad, es lo que está en el corazón mismo de nuestra subjetividad, lo que es más esencialmente sujeto, y al mismo tiempo lo más opuesto, que se opone allí como una resistencia, como una paradoja, como un núcleo rechazado. Es a partir de acá, he insistido allí muchas veces, que toda la experiencia ética está desarrollada en una perspectiva al término de la cual tenemos la fórmula enigmática de Spinoza, que el deseo es la esencia misma del hombre. Enigmática en tanto que su fórmula deja abierto esto: si lo que él define está bien, lo que deseamos o lo que es deseable, deja abierta la cuestión de saber si esto se confunde o no. Aún en el análisis la distancia entre lo que es deseado o lo que es deseable está plenamente abierta. Que la experiencia analítica se instaure y se articule. El deseo no es simplemente exilado, rechazado al nivel de la acción y del principio de nuestra servidumbre.

¿Qué hay hasta acá?. Está interrogado como siendo la llave misma, o el resorte en nosotros de toda una serie de acciones y comportamientos que están comprendidos como representando lo más profundo de nuestra verdad. Y acá está el punto máximo, el punto de acmé donde a cada instante la experiencia...........¿Es decir, como hemos podido creerlo durante largo tiempo, que este deseo del que se trata es puro y simple recurso para un surgimiento vital?. Esta bien claro que no es nada de eso, ya que desde el primer deletreo de nuestra experiencia, lo que vemos es que en la medida que profundizamos este deseo, menos se confunde con este impulso puro y simple. El se desompone, se desarticula en algo que se presenta como siempre muy distante de una relación armónica. Ningún deseo nos aparece en el ascenso regresivo que constituye la experiencia analítica; más nos aparece como un elemento problemático, disperso, polimorfo, contradictorio, bien lejos de toda coaptación orientada.

Es entonces en esta experiencia del deseo a la que se trata de referirnos como a algo que no podríamos dejar sin profundizar, en el punto en que no podríamos dar algo que nos fije sobre su sentido, que nos evite volvernos hacia lo que hay de absolutamente original, de absolutamente irreductible, en la manera en la cual yo les dije se articula la experiencia analítica, está hecho, este sentido del deseo, para nosotros velarlo. Esta liberación de vías hacia el objeto en la experiencia de transferencia, nos muestra de alguna manera que el negativo de esto de lo que se trata, la experiencia de transferencia, si nosotros la definiéramos como una experiencia de repetición, obtenida, por una regresión dependiente de una frustración, deja de lado la relación fundamental de esta frustración a la demanda. Sin embargo, no hay otra cosa en el análisis. Y solamente esta manera de articular los términos permitirá ver que la demanda regresa. porque la demanda elaborada, tal como se presenta en el análisis, queda sin respuesta.

Pero de ahora en adelante un análisis, por una vía apartada se compromete en la respuesta para guiar al analizado hacia el objeto de dónde partió. Hay toda clase de increíbles ideas, uno de cuyos ejemplos que yo he tenido para criticar muchas veces, está constituido por el arreglo (réglage) de la distancia de la cual he hablado ya que quizá juega más un papel aquí en el contexto francés, este arreglo de la distancia del objeto, que, si puedo decir, en sí solamente, muestra bastante en qué especie de impasse contradictorio se compromete, en cierta vía, el análisis, cuando se centra directamente sobre la relación de objeto, en tanto que seguramente, toda relación cualquiera que sea, que de alguna manera nosotros debiéremos suponerla normal, parece presuponer de una cierta distancia y que en verdad podemos reconocer acá una especie de corta aplicación y tomando a la verdad en contrasentido de cierta consideración sobre la relación del estadio del espejo, sobre la relación narcisística en tanto que tal, que han constituido en autores que han puesto en primer plano la referencia de la acción analítica, que le han servido de "bagaje" teórico para una época en la que no ha podido situarse el lugar en referencias más largas.

De hecho toda clase de referencia de la experiencia analítica a algo que, en último término, apoyaría sobre la pretendida realidad de la experiencia analítica tomada como medida, como patrón de lo que se trata de reducir en la relación transferencial todo lo que pondrá también en el lugar complementario de esta acción de deducción analítica de regular empuje, más o menos analizado, más o menos criticado, una distorsión del yo (moi) con la noción de esta..........................En referencia a esta distorsión del moi, en referencia a esto que subsiste en la reducción del análisis a una realidad, todo lo que se organiza en estos términos no hace más que restaurar esta separación del médico y del enfermo, sobre la cual está fundada toda una nosografía clásica no es de ningún modo una objeción, sino la inoperancia de una terapéutica subjetiva, que es la de la psicoterapia psicoanalítica, se libra a la norma omnipotente del juicio del médico esto de lo cual se trata en la experiencia del paciente, haciendo de la relación del médico al paciente esto: a saber, sometiéndola a una estructuración subjetiva, que es la de un semejante seguramente, pero de un semejante comprometido en el error, con todo lo que esto comporta precisamente de distancia y de desconocimiento imposible de reducir.

Lo que el análisis instaura es una estructuración intersubjetiva que se distingue estrictamente de que pueda ser el sujeto, paciente, de nuestras normas, y esto hasta los limites de la psicosis, de la locura, nosotros le suponemos, pero no a este semejante al cual estamos ligados por lazos de caridad, de respeto de nuestra imagen.

Sin duda es ésta una relación que tiene su fundamento en cuanto a algo que constituye un progreso, seguramente que ha constituido un progreso, y un progreso histórico en la manera cara a cara de comportarse del enfermo mental. Pero e] paso que resulta decisivo, instaurado por el análisis, es lo que nosotros consideramos esencialmente de su naturaleza, en su relación con él, como un sujeto parlante, cualquiera sea su posición en las consecuencias y los riesgos de una relación con la .............................................................

Esto basta para cambiar del todo nuestra relación con este sujeto pasivo en el análisis. Porque a partir de esto, el deseo se sitúe más allá del sentimiento de un acceso oscuro y radical como tal, porque si consideramos este acceso, la pulsión, el grito, este acceso para nosotros no vale, no existe, no está definido, no está articulado por Freud más que como tomado en una secuencia temporal de una naturaleza especial, esta secuencia que nosotros llamamos la cadena significante, y cuyas propiedades, las incidencias sobre todo en que nosotros tenemos que ver como empuje, como pulsión, la desconecta esencialmente de todo lo que la define y la sitúa como vital, la vuelve esencialmente separable de todo lo que la asegura en su consistencia viviente. Ella vuelve posible, como lo articula desde el principio la teoría freudiana, que el empuje este separado de su fuente misma, de su objeto, de su tendencia si se puede decir. Ella esta separada de sí misma ya que es esencialmente reconocible en esta tendencia que es bajo una forma inversa.

Ello está primitivamente, primordialmente, descomponible, descompuesta, es decir en una descomposición significante. El deseo no es está secuencia, es un punto de referencia del sujeto en relación a esta secuencia en que se refleja en la dimensión del deseo del Otro. Tomemos un ejemplo. Tomémoslo bajo la forma más primitiva de lo que nos es ofrecido por la experiencia analítica, la relación del sujeto con lo nuevo llegado en la constelación familiar lo que nosotros llamamos una agresión en esta ocasión no es una agresión, es un deseo anhelo (souhait) de muerte, es decir, tan inconsciente le suponemos, es algo que se articula: "que muera" (qu'il maure).Y es algo que no se concibe más que en el registro de la articulación, es decir, allá donde los significantes existen. Es por lo tanto, en términos significantes, tan primitivos como los suponíamos de la agresión frente a frente del semejante rival, que la agresión del semejante rival se articula. El pequeño semejante se libra con agresiones, mordidas, incluso los rechaza fuera del recinto donde pueden acceder a su alimento.

El pasaje de la rivalidad primitiva en el inconsciente está ligado al hecho de que a algo tan rudimentario como suponíamos se articula lo que no es esencialmente diferente por su naturaleza de la articulación hablada: "que muera" (qu'il maure). Y es por esto que esto de que él muera quiere permanecer por debajo del es bello (qu'il est bean) o del Lo amo (je l'aime) que es el otro discurso que se superpone al precedente. Es en el intervalo de estos dos discursos que se sitúa esto que llamamos deseo, es en el intervalo que se constituye, si uds. quieren lo que la dialéctica kleiniana ha articulado como siendo el objeto malo, y en el cual vemos converger la pulsión rechazada por un lado, y el objeto introyectado en una ambigüedad parcial. Sin embargo, es de la manera en la cual se estructura esta relación en el intervalo, esta función imaginaria en tanto ella es................................Y la cadena patente, manifiesta, es aquí que estamos llamados esencialmente a precisar lo que conviene salvar en la articulación para saber a qué nivel se sitúa el deseo.

El deseo, ustedes han podido pensar, sugerir, en tal o cual ocasión, yo le otorgo en ello una concepción falocéntrica. Es seguramente, muy evidente que el falo juega allá un rol absolutamente esencial, pero ¿cómo verdaderamente comprender esta función del falo si no está en el interior de los puntos de referencia ontológicos que son aquellos que aquí tratamos de introducir. ¿Cómo concebir el uso que ha hecho del falo, Melanie Klein?. Quiero decir, al nivel más primero, más arcaico de la experiencia del niño. Es a saber en el momento en que el niño está tomado en tal o cual dificultad del desarrollo que pueden ser en ocasión severas.

En una primer vuelta Mme Melanie Klein le interpretará este pequeño juguete que él manipula y que va a hacer tocar tal otro elemento de la............, del juego con lo cual la experiencia se instaura en él diciendo: esto es el pene de papá. Y de hecho no importa quien no puede permanecer, por lo menos si viene desde afuera, en tal experiencia, un poco sorprendido por la audacia perfectamente brutal de la intervención. Pero más aún por el hecho de que en fin de cuentas esto prende. Quiero decir que el sujeto puede en ciertos casos seguramente resistir, pero si resiste es seguramente como Melanie Klein no duda de ello, que algo está acá en juego, acerca de lo cual no hay de ninguna manera lugar para desesperar en cuanto a la comprensión futura, y Dios sabe si ella se permite en la ocasión (se me han relatado experiencias todas vistas desde afuera, pero referidas de una manera muy fiel) insistir. Está claro que el símbolo fálico entra en el juego en este período ultra precoz como si el sujeto no esperara más que eso. Que Mme. Melanie Klein justifique este falo como siendo él modelo de un simple......... más manejable y más cómodo, podemos verlo como una singular petición de principios.Lo que en nuestro registro, en nuestro vocabulario permanece, y justifica una intervención parecida no puede expresarse más que en estos términos, el sujeto no acepta, en todo caso es manifiesto, este objeto (del cual no tiene en la mayor parte de los casos más que la experiencia más indirecta) más que como significante: es como significante que la incidencia de este falo se justifica de la manera más clara si el sujeto lo toma por tal a la edad en que quizá la cuestión permanece indiscernible. Pero seguramente si Melanie Klein toma, este objeto, que ella lo sepa no es porque no tiene nada mejor como significante del deseo, en tanto es decir del decir del otro. Si hay algo que el falo significa —quiero decir en la posición de significante— es justamente esto: es el deseo del Otro. Y es por lo cual va a tomar su lugar privilegiado al nivel del objeto. Pero creo que lejos de extendernos en esta posición falocéntrica, como aquello que sostiene en la apariencia lo que estoy tratando de articular, esto nos permite ver dónde está el verdadero problema. El verdadero problema es este: el objeto con el cual nosotros tenemos que ver desde el origen, concerniente al deseo, En ningun grado este objeto preformado, este objeto de la satisfacción instintual, este objeto destinado a satisfacer en no sé que preformación vital al sujeto como su complemento instintual, ( objeto del deseo) no es absolutamente distinto de esto que es: es el significante del deseo de deseo. El objeto como tal, el objeto a, si uds. quieren, del grafo, es como tal el deseo del Otro en tanto yo diré, alcanza si el término tiene sentido, al conocimiento de un sujeto inconsciente.Es decir, es, seguramente, en relación a ese sujeto. en la posición contradictoria: el conocimiento de un sujeto inconsciente. Esto no es para nada impensable. Pero es algo abierto. Esto quiere decir que alcanza a algo del sujeto inconsciente, llega allí en tanto es deseo (voeu) de reconocerlo, es significante de su reconocimiento. Es lo que esto quiere decir. Es que el deseo no tiene otro objeto que el significante de su reconocimiento. El carácter del objeto en tanto es el objeto del deseo, debemos entonces ir a buscarlo allá donde la experiencia humana nos lo designa bajo la forma más paradojal.;he nombrado lo que llamamos comúnmente el fetiche, este algo que está siempre más o menos implícito en todo lo que hace comúnmente a los objetos de intencambio humano, pero acá sin duda enmascarado por el carácter regular, o regularizado de estos intercambios.Hemos hablado del lado fetiche de la mercancía, y después de todo no hay acá algo que sea simplemente un hecho de homofonía. Hay seguramente una comunidad de sentidos en el empleo de la palabra fetiche, pero para nosotros lo que debe poner en el primer plano el acento que debemos conservar concerniente al objeto del deseo este algo que lo define desde el principio y ante todo como estando adaptado al material significante. He visto al diablo la otra noche, dice en alguna parte Paul Jean Toulet, y bajo su pellejo él pasaba sus dos.... Esto termina: No caen todos de una vez los puntos de la ciencia. Y así como no caen todos, también es así para nosotros en esta ocasión, en que nos apercibimos que lo que importa no es tanto sus puntos ocultos como el espejismo presente en el deseo, precisamente su pellejo; el fetiche se carácteriza por esto que es el pellejo, el fleco, el perendique (franfreluche), la cosa que esconde, que se sostiene precisamente en esto de que no hay nada que no esté más designado por la función del significante, que esto de lo que se trata, a saber, del deseo, del deseo del Otro, es decir, aquello con lo cual tiene que ver el niño primitivamente en su relación al sujeto de la demanda, es de saber lo que es, por fuera de la demanda, este deseo de la madre que como tal él no puede descifrar en la manera más virtual a través del significante que nosotros analistas, aunque hagamos a nuestro discurso nuestras relaciones con esta medida común, en este punto central de la patria significante, que es el falo, no hay ninguna otra cosa que este significante del deseo de deseo.El deseo no tiene otro objeto que el significante de su reconocimiento. Y es en este sentido que nos permite concebir esto que pasa, eston en ].o cual somos nosotros mismos los engañados, cuando nos damos cuenta que en esta relación sujeto—objeto, en el nivel del deseo, el sujeto pasó al otro lado. Pasa de nivel debido justamente a que este ultimo término no es en sí mismo más que el significante de este reconocimiento, no es más que el significante del deseo de deseo.Pero justamente lo que importa mantener es la oposición a partir de la cual se opera este cambio, a saber el agrupamiento $ frente de a de un sujeto, sin ninguna duda imaginario, pero en el sentido más radical, en el sentido en que es puro sujeto de........... del corte, hablado, en tanto el corte es la escansión esencial donde se edifica la palabra El agrupamiento de este sujeto con un significante ¿qué es qué? no es otra cosa que el significante del ser al cuál está confrontado en sujeto en tanto ser, está en sí mismo, marcado por el significante.Es decir que el a, el objeto del deseo, en su naturaleza es un residuo, un resto. Es el residuo que deja el ser al cual el sujeto parlante está confrontado como tal, en toda posible demanda. Y es por esto que el objeto alcanza (rejoint) lo real. Es por esto que participa de ello digo lo real, y no la realidad porque la realidad está constituida por todos los cordeles (licol—licou= cordel que se ata a la cabeza del caballo) que el simbolismo humano, de manera más o menos perspicaz, pasa al cuello de lo real en tanto hace de ello los objetos de su experiencia.Remarquemos, lo propio de los objetos de la experiencia es precisamente dejar de lado, como diría M. de la Palisse, todo lo que en el objeto allí escapa. Es por esto que contrariamente a lo que se cree, la experiencia —la pretendida experiencia— está doblemente cercenada.El objeto del cual se trata en tanto alcanza lo real, participa en esto de que lo real se presenta allí justamente como lo que resiste a la demahda, lo que yo llamaría lo inexorable.El objeto del deseo es lo inexorable como tal, y si alcanza lo real, este real al cual hago alusión en el momento en que hacemos el análisis de Schrebter, es bajo esta forma de lo real........... es inexorable, esta forma de lo real que se presenta en esto que vuelve siempre al mismo lugar. Y es por lo cual que hemos.......... el prototipo de esto en los astros, curiosamente.Cómo explicaríamos de otra manera la presencia, en el origen de la experiencia cultural, de este interés por el objeto verdaderamente menos interesante que existe por lo que tiene de vital, es decir, las estrellas. La cultura y la posición del sujeto como tal en el dominio del deseo, en tanto este deseo se instaura, se instituye profundamente en la estructura simbólica como tal.Esto se explica porque toda la realidad es puramente real a partir de una sola condición, es que el pastor en su soledad comienza a observar esto que no tiene otro interés que de ser localizado como volviendo siempre al mismo lugar. He aquí entonces a donde llegamos en esto: es plantear que el objeto del deseo se define fundamentalmente como significante. Como significante de una relación que en sí misma es una relación de alguna manera indefinidamente repercutida (repercute). El deseo, si es deseo del deseo de]. Otro, se abre sobre el enigma de lo que es el deseo del Otro como tal. El deseo del Otro como tal está articulado y estructurado fundamentalmente en la relación del sujeto con la palabra, es decir en la desconección de todo lo que es en el sujeto vitalmente.Este deseo es el punto central, el punto pivote de toda la economía con la que tenemos que ver en el análisis. No mostrando esa función somos llevados necesariamente a encontrar referencias sólo en lo que está efectivamente simbolizado bajo el término de realidad. Realidad existente de contexto social. Y parece desde allí que desconocemos otra dimensión en tanto, sin embargo, ella está introducida en nuestra experiencia, reintegrada en la experiencia humana, y especialmente por el freudismo como absolutamente esencial.Aquí toman su valor los hechos sobre los cuales me he apoyado muchas veces, aquello en lo cual. desemboca en el análisis toda intervención que tiende a la experiencia transferencial en relación a lo que se llama esta realidad tan simple, esta realidad actual de la sesión analítica, como si esta realidad no fuera el artificio mismo, es decir, la condición en la cuál deben producirse por parte del sujeto todo lo que tenemos, sin duda, que retomar, pero ciertamente no reducir a ninguna realidad que sea inmediata. Y es porque muchas veces insistí bajo diferentes formas sobre el carácter común de lo que se produce cada vez que las intervenciones del analista, de una manera insistente en demasía, incluso demasiado brutal, pretenden probar en esta reactualización de una relación objetal considerada como típica en la realidad del análisis, lo que se produce como una constante de la cual debo decir que si tantas observaciones testimonian de ello, no parece que los analistas hayan hecho siempre la identificación. Sea lo que fuere el objeto aquí de nuestra crítica, la famosa observación que está en el boletin de los analistas belgas al cual me he referido una vez, me refiero de nuevo a él, en tanto encuentro allí una comprobación notable en uno de los articulos de Clover, precisamente aquel que está alrededor de lo que él mismo trata ya de plantear con la función de la perversión en relación con el sistema de la realidad del sujeto.No se puede otra cosa que estar golpeado por esto: en tanto la analista es mujer, yo apunté en esto la primera observación, ya que es ella la autora de esto, a propósito de los fantasmas del sujeto. Es decir fantasmas que el sujeto elabora de acostarse con ella. Ella le responde textualmente esto: usted tiene miedo de algo que sabe no llegará jamás. Tal es el estilo en el cual se presenta la intervención analitica marcando en esta ocasión algo que allí no tiene lugar de calificar, concerniente a las motivaciones personales del analista. Sin ninguna duda ellas están justificadas para el analista. Y la analista era una analista que ha sido controlada por alguien que es precisamente alguien a quien he hecho alusión en mi discurso de hoy, concerniente a la temática de la distancia. Está claro que sea quien fuere que represente tal intervenciónen relación a la analista, tratará en ello de justificarla en una justa aprehensión de la realidad, a saber de las relaciones de los objetos en presencia. Es cierto que la relación es decisiva y que es inmediatamente después que se desencadena lo que hace el objeto de la comunicación, a saber, este retoño (rejet), esta especie de rebatido (sur jet) brutal en el sujeto, en un sujeto que puede ser que no esté muy bien calificado desde el punto de vista diagnóstico, que nos pareció seguramente más próximo al esbozo de ilusión paranoide que verdaderamente una fobia. Este sujeto llega absolutamente avergonzado por una gran vergüenza de su................, y hay acá toda una serie de temas cercanos a la.despersonalización a los cuales yo no les daría demasiada importancia.Lo que es cierto es que es una neoformación.,en principio es el objeto de la observación, ver a este sujeto librarse a lo que llamamos la perversión transitoria, es decir, precipitarse hacia el punto geográfico donde ha encontrado las circunstancias particularmente favorables a la observación a través de una abertura (fente)j de las personas, especialmente femeninas, en un cine, cuando ellas están satisfaciendo sus necesidades urinarias.Este elemento que hasta acá no había tenido ningún lugar en la síntomatología sólo nos parece interesante por la razón de que en la página 494 del International Journal, vol.14, article 9, de la perversión, formación y es decir el artículo de Glover sobre las funciones de la perversión, en presencia de un sujeto muy cercano del precedente en este sentido que Glover lo diagnostica más bien paranoide, pero que nosotros, inversamente, uniríamos de buen grado a una fobia. Glover, en razón de intervenciones sin ninguna duda análogas, realiza, produce una puesta en escena análoga a una explosión perversa transitoria y ocasional. No hay una diferencia esencial entre estos dos casos y es sobre lo cual yo he puesto el acento en el discurso sobre Ia función de la palabra y el campo del lenguaje, es la intervención de Ernest Kris relativa a su temor fóbico al plagio, que explica que él no es para nada un plagiario, mediante lo cual el otro se arroja fuera y demanda un plato de sesos frescos para la alegría del analista quien ve allí una reacción verdaderamente para su intervención, pero de la cual podemos decir que bajo una forma atenuada, esto representa la reacción, la reforma de la dimensión propia del sujeto, cada vez que la intervención trata de reducirla, de colapsarla, de comprimirla en una pura y simple reducción a los datos que llamamos objetivos, es decir, a los datos coherentes con los prejuicios del analista. Si uds. me permiten terminar con algo que introduce el lugar en el cual nosotros analistas debemos situarnos en esta relación al deseo: es algo que seguramente no puede ir, si no nos hacemos una cierta concepción coherente de lo que es justamente nuestra función en relación a las normas sociales estas normas sociales, si hay una experiencia que debe enseñarnos cómo son de problemáticas, cuánto deben ser interrogadas cuánto su determiación se sitúa en otra parte que en su función de adaptación, parece que esto concierne al analista.Si en esta experiencia del sujeto lógico que es la nuestra, descubrimos esta dimensión siempre latente, pero también siempre presente, que se sostiene bajo toda relación intersubjetiva, y que se encuentra en una relación de interacción, de cambio con todo lo que de acá se cristaliza en la estructura social, debemos llegar poco después a la concepción siguiente. Es que llamaremos a algo cultura, no dependo de esta palabra, yo sostengo que allí incluso es poco fuerte; es que yo designo por esto cierta historria del sujeto en su relación al logos, de lo cual seguramente la instancia ha podido durante largo tiempo permanecer enmascarada en el corazón de la historia, donde es difícil no ver en la época en que vivimos es por esto que el freudismo existe, qué hiancia, qué distancia representa en relación a cierta inercia social. La relación de lo que sucede entre la cultura y la sociedad podemos provisoriamente definirla como algo que se expresaría bastante bien en una relación de entropía. En tanto algo se produce de lo que cura de la cultura en la sociedad que incluye siempre cierta función de desagregación, lo que se presenta en la sociedad como cultura, dicho de otra manera, por trasladar lo que sea a diversos títulos, encajada en cierto número de condiciones estables, también latentes, que son esta forma confesional, forma de locura; el Nan es lo loco, en lo que constituye el texto de la vida social más común y la más ordinaria. De suerte que podríamos decir que algo se instaura como un circuito que gira entre lo que podríamos llamar conformismo, o forma conformé socialmente, actividad llamada cultural —acá la expresión se vuelve excelente para definir todo lo que de la cultura se devuelve y se aliena en la sociedad—. Aquí, al nivel del sujeto lógico, la perversión en tanto ella representa por una serie de degradaciones, todo lo que en la conformización se presenta como protesta en la dimensión propiamente hablando del deseo, en tanto que es relación del sujeto a su ser; está aquí esta famosa sublimación de la cual comenzaremos quizá a hablar el año próximo, ya que en verdad seguramente la noción más extrema, la más justificada de todo aquello que estoy tratando de avanzar ante uds., la noción de sublimación, aportada por Freud. ¿Qué es esto en efecto? ¿Qué podría ser si nosotros con Freud pudiéramos definirla como una actividad sexual en tanto está desexualizada?. ¿Como podemos asimismo concebir —porque acá no se trata más del origen (source), ni de dirección de la tendencia, ni de objeto, se trata de la naturaleza misma de lo que llamamos en esta ocasión energía interesada.................................donde él trata de abordar con sus preocupaciones críticas la noción de sublimación.Que es esta noción, si no podemos definirla como la forma misma en la cual se cuela (se coule) el deseo, ya que justamente lo que se les indicó es que ella puede vaciarse de la pulsión sexual en tanto tal, o más exactamente que la noción misma de pulsión lejos de confundirse con la sustancia de la relación sexual, es esta forma en que ella es juego del significante, que normalmente puede reducirse a este puro juego del significante. Es de esta manera como podemos definir la sublimación. Es este algo por el cual, como yo he escrito en alguna parte, pueden equivalerse el deseo y la letra. Sin embargo, aquí podemos ver (en punto también paradojal, que la perversión, es decir, bajo su forma más general, lo que en el ser humano resiste a toda normalización) producirse este discurso, esta aparente elaboración en vacío que llamaremos sublimación, que es algo que en su naturaleza, en sus productos es distinto de la normalización social que le es dada ulteriormente, estas dificultades que hay para adherir al término de sublimación la noción de valor social, son particularmente bien valoradas en este artículo de Glover del que les hablo. Sublimación como tal, es decir en el nivel del sujeto lógico, donde se despliega, o se instaura, donde se instituye todo este trabajo que es propiamente hablando el trabajo creador en el orden del logos. Y es acá que llega más o menos a insertarse, más o menos en el nivel social a encontrar su lugar, lo que llamamos actividad cultural, y todas las incidencias y los riesgos que ella comporta, hasta comprender allí las reformas, incluso el estalido de conformismos anteriormente instaurados.Es en el circuito cerrado que constituirían estos cuatro términos que podríamos, al menos provisoriamente, indicar algo, que debe para nosotros dejar en su plano propio, en su plano animador esto de lo cual se trata concerniente al deseo. Aquí desembocamos sobre el mismo problema, sobre el cual los he dejado el ultimo año a propósito del Congreso de Rayaumont. Este deseo del sujeto, en tanto que deseo de deseo, abre sobre el corte, sobre el ser puro, aquí manifestado bajo su forma de falta (manque). Este deseo del deseo del Otro ¿es al fin de cuentas aquel deseo que va a afrontarse en el análisis, deseo del analista?. Es precisamente esto por lo cual es de tal manera necesario que mantengamos frente a nosotros esta dimensión sobre la función del deseo. El análisis no es una simple reconstitución del pasado, no es tampoco una reducción a normas preformadas, no es un épos, no es un éthos, si yo lo comparara con algo, es con un relato que sería tal que el relato mismo sea el lugar del reencuentro del que se trata en el relato. El problema del análisis es justamente el del deseo que el sujeto tiene para reencontrar, que es este deseo del Otro, nuestro deseo, este deseo que está presente sólo en lo que el sujeto supone que le demandamos, este deseo se encuentra en esta situación paradojal................¿Cómo puede esta situación ser sostenida?. Ella no puede ser seguramente sostenida sino por el mantenimiento de un artificio que es el de toda regla analítica. Pero el ultimo resorte de este artificio ¿es que no hay allí algo que nos permita agarrar donde puede en el análisis esta abertura sobre el corte que es aquella sin la cual no podemos pensar la situación de deseo?. Como siempre es seguramente a la vez la verdad más trivial y la verdad más escondida. Lo esencial en el análisis de esta situación en que nos encontramos, ser aquel que se ofrece como soporte para todas las demandas y que no responde a ninguna ¿es que es solamente en esta no respuesta que está bien lejos de ser una respuesta absoluta, que se encuentra el resorte de nuestra presencia? ¿Es que nosotros no debemos hacer una parte esencial, en esto que es inmanente a toda la situación misma en tanto nuestro deseo deba limitarse a este vacío, a este lugar que dejamos al deseo, para que se sitúe allí en el corte? En el corte que es sin duda el modo más eficáz de la intervención y de la interpretación analítica. Y es una de las cosas sobre las cuales deberíamos insistir más, en este corte que hacemos mecánico, que hacemos limitado a un tiempo prefabricado. Es uno de los métodos más eficaces de nuestra intervención, es también uno de los que debiéramos aplicar más. Pero en este corte hay algo, esta misma cosa que hemos aprendido a reconocer bajo la forma de este objeto fálico latente en toda relación de demanda, como significante del deseo.Me gustaria para poder terminar nuestra lección de este año, hacer, no se qué referencia de lo que inaugurará nuestras lecciónes del año próximo,bajo la forma de una prelección, concluir con una frase que yo les propondría en enigma, en lo que se verá si están mejor en el desciframiento de los lapsus burlescos de contraposiciónde letras (cobtrepéteríes) de lo que yo no he constatado eh el curso de experiencias hechas sobre personas que me visitaron. Un poeta, Desiré Viardt en una revista en Bruselas, hacia 51, 52, bajo el título de Fantomas, ha propuesto este pequeño enigma cerrado —vamos a verlo bajo un grito de asistencia que nos va a mostrar enseguida la llave— : "la mujer tiene en la piel un grano de fantasía", este grano de fantasía que es seguramente del que se trata finalmente en lo que modula y modela, las relaciones del sujeto con aquel a quien demanda cualquiera que sea, y sin duda esto no es más que en el horizonte hayamos encontrado el sujeto que contiene todo, la madre universal, y que podamos en la ocasión equivocarnos sobre esta relación del sujeto en torno a lo que le sería librado por los arquetipos analíticos. Pero es otra cosa de lo que se trata. Es de la abertura, de la hiancia sobre esto radicalmente nuevo que introduce el corte de la palabra (parole). Aquí no es solamente desde la mujer que vamos a desear (souhaiter) este grano de fantasía o este grano de poesía, es del análisis mismo.









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