OBRAS COMPLETAS | KAFKA, Franz (parte V)

| terça-feira, 29 de dezembro de 2009










EN LA GALERÍA
(1916)
Si alguna débil y tísica écuyére de circo fuera obligada por un Director
despiadado a girar ininterrumpidamente durante meses en torno de la
pista, a golpes de fusta, sobre un ondulante caballo, ante un público incansable:
a pasar como un suspiro, arrojando besos, saludando y doblando
el talle; y si esa representación se prolongara hacia la gris perspectiva
de un futuro cada vez más lejano, bajo el incesante estrépito de
la orquesta y de los ventiladores, acompañada por decrecientes y luego
crecientes olas de aplausos, que en realidad son martinetes de vapor...
entonces, tal vez, algún joven visitante del paraíso descendería apresuradamente
las largas escalinatas, cruzaría todos los estrados, irrumpiría
en la pista, y gritaría: "¡Basta!", a través de las fanfarrias de la siempre
oportuna orquesta.
Pero como no es así, una hermosa dama, sonrosada entra casi volando
entre los cortinados que los orgullosos lacayos abren ante ella; el Director,
buscando ansiosamente su mirada, se acerca como un manso animal;
con cuidado, la sube sobre el caballo manchado, como si fuera su
nieta predilecta, que emprende un viaje peligroso; no se decide a dar el
latigazo inicial; finalmente, dominándose a sí mismo, opta por darlo,
resonante; corre junto al caballo, con la boca abierta; sigue con mirada
aguda los saltos de la amazona; apenas puede comprender su destreza
artística; la aconseja con gritos en inglés; furioso, exhorta a los caballerizos
que sostienen los arcos para que pongan más atención; antes del
gran Salto Mortal ordena a la orquesta, con los brazos en alto, que
haga silencio; finalmente, alza a la pequeña y la desmonta del tembloroso
corcel, la besa en ambas mejillas, y ninguna ovación del público le
parece suficiente; mientras ella, sostenida por él, erguida sobre la punta
de los pies, rodeada de polvo, con los brazos extendidos y la cabecita
echada hacia atrás, desea compartir su felicidad con el circo entero...
como esto es lo que ocurre, el visitante de la galería apoya el rostro sobre
la baranda, y hundiéndose en la marcha final como en una honda
pesadilla, llora, sin darse cuenta.
UN VIEJO MANUSCRITO
(1917)
Podría decirse que el sistema de defensa de nuestra patria adolece de
serios defectos. Hasta el momento no nos hemos ocupado de ellos sino
de nuestros deberes cotidianos; pero algunos acontecimientos recientes
nos inquietan.
Soy zapatero remendón; mi negocio da a la plaza del palacio imperial.
Al amanecer, apenas abro mis ventanas, ya veo soldados armados,
apostados en todas las bocacalles que dan a la plaza. Pero no son
soldados nuestros; son, evidentemente, nómades del Norte. De algún
modo que no llego a comprender, han llegado hasta la capital, que, sin
embargo, está bastante lejos de las fronteras. De todas maneras, allí
están; su número parece aumentar cada día.
Como es su costumbre, acampan al aire libre y rechazan las casas. Se
entretienen en afilar las espadas, en aguzar las flechas, en realizar
ejercicios ecuestres. Han convertido esta plaza tranquila y siempre
pulcra en una verdadera pocilga. Muchas veces intentamos salir de
nuestros negocios y hacer una recorrida para limpiar por lo menos la
basura más gruesa; pero esas salidas se tornan cada vez más escasas,
porque es un trabajo inútil y corremos, además, el riesgo de hacernos
aplastar por sus caballos salvajes o de que nos hieran con sus látigos.
Es imposible hablar con los nómades. No conocen nuestro idioma y casi
no tienen idioma propio. Entre ellos se entienden como se entienden los
grajos. Todo el tiempo se escucha ese graznar de grajos. Nuestras
costumbres y nuestras instituciones les resultan tan incomprensibles
como carentes de interés. Por lo mismo, ni siquiera intentan
comprender nuestro lenguaje de señas. Uno puede dislocarse la
mandíbula y las muñecas de tanto hacer ademanes; no entienden nada
y nunca entenderán. Con frecuencia hacen muecas; en esas ocasiones
ponen los ojos en blanco y les sale espuma por la boca, pero con eso
nada quieren decir ni tampoco causan terror alguno; lo hacen por
costumbre. Si necesitan algo, lo roban. No puede afirmarse que utilicen
la violencia. Simplemente se apoderan de las cosas; uno se hace a un
lado y se las cede.
También de mi tienda se han llevado excelentes mercancías. Pero no
puedo quejarme cuando veo, por ejemplo, lo que ocurre con el
carnicero. Apenas llega su mercadería, los nómades se la llevan y la
comen de inmediato. También sus caballos devoran carne; a menudo se
ve a un jinete junto a su caballo comiendo del mismo trozo de carne,
cada cual de una punta. El carnicero es miedoso y no se atreve a
suspender los pedidos de carne. Pero nosotros comprendemos su
situación y hacemos colectas para mantenerlo. Si los nómades se
encontraran sin carne, nadie sabe lo que se les ocurriría hacer; por otra
parte, quien sabe lo que se les ocurriría hacer comiendo carne todos los
días.
Hace poco, el carnicero pensó que podría ahorrarse, al menos, el
trabajo de descuartizar, y una mañana trajo un buey vivo. Pero no se
atreverá a hacerlo nuevamente. Yo me pasé toda una hora echado en el
suelo, en el fondo de mi tienda, tapado con toda mi ropa, mantas y
almohadas, para no oír los mugidos de ese buey, mientras los nómades
se abalanzaban desde todos lados sobre él y le arrancaban con los
dientes trozos de carne viva. No me atreví a salir hasta mucho después
de que el ruido cesara; como ebrios entorno de un tonel de vino,
estaban tendidos por el agotamiento, alrededor de los restos del buey.
Precisamente en esa ocasión me pareció ver al emperador en persona
asomado por una de las ventanas del palacio; casi nunca sale a las
habitaciones exteriores y vive siempre en el jardín más interior, pero
esa vez lo vi, o por lo menos me pareció verlo, ante una de las
ventanas, contemplando cabizbajo lo que ocurría frente a su palacio.
–¿En qué terminará esto? –nos preguntamos todos–. ¿Hasta cuando
soportaremos esta carga y este tormento? El palacio imperial ha traído
a los nómades, pero no sabe como hacer para repelerlos. El portal
permanece cerrado; los guardias, que antes solían entrar y salir
marchando festivamente, ahora están siempre encerrados detrás de las
rejas de las ventanas. La salvación de la patria sólo depende de
nosotros, artesanos y comerciantes; pero no estamos preparados para
semejante empresa; tampoco nos hemos jactado nunca de ser capaces
de cumplirla. Hay cierta confusión, y esa confusión será nuestra ruina.
ANTE LA LEY
(1914)
Ante la Ley hay un guardián. Hasta ese guardián llega un campesino y
le ruega que le permita entrar a la Ley. Pero el guardián responde que
en ese momento no le puede franquear el acceso. El hombre reflexiona
y luego pregunta si es que podrá entrar más tarde.
–Es posible –dice el guardián–, pero ahora, no.
Las puertas de la Ley están abiertas, como siempre, y el guardián se ha
hecho a un lado, de modo que el hombre se inclina para atisbar el
interior. Cuando el guardián lo advierte, ríe y dice:
–Si tanto te atrae, intenta entrar a pesar de mi prohibición. Pero
recuerda esto: yo soy poderoso. Y yo soy sólo el último de los
guardianes. De sala en sala irás encontrando guardianes cada vez más
poderosos. Ni siquiera yo puedo soportar la sola vista del tercero.
El campesino no había previsto semejantes dificultades. Después de
todo, la Ley debería ser accesible a todos y en todo momento, piensa.
Pero cuando mira con más detenimiento al guardián, con su largo
abrigo de pieles, su gran nariz puntiaguda, la larga y negra barba de
tártaro, se decide a esperar hasta que él le conceda el permiso para
entrar. El guardián le da un banquillo y le permite sentarse al lado de la
puerta. Allí permanece el hombre días y años. Muchas veces intenta
entrar e importuna al guardián con sus ruegos. El guardián le formula,
con frecuencia, pequeños interrogatorios. Le pregunta acerca de su
terruño y de muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes,
como las de los grandes señores, y al final le repite siempre que aún no
lo puede dejar entrar. El hombre, que estaba bien provisto para el
viaje, invierte todo –hasta lo más valioso– en sobornar al guardián.
Este acepta todo, pero siempre repite lo mismo:
–Lo acepto para que no creas que has omitido algún esfuerzo.
Durante todos esos años, el hombre observa ininterrumpidamente al
guardián. Olvida a todos los demás guardianes y aquél le parece ser el
único obstáculo que se opone a su acceso a la Ley. Durante los
primeros años maldice su suerte en voz alta, sin reparar en nada;
cuando envejece, ya sólo murmura como para sí. Se vuelve pueril, y
como en esos años que ha consagrado al estudio del guardián ha
llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de pieles, también
suplica a las pulgas que lo ayuden a persuadir al guardián. Finalmente
su vista se debilita y ya no sabe si en la realidad está oscureciendo a su
alrededor o si lo engañan los ojos. Pero en aquellas penumbras
descubre un resplandor inextinguible que emerge de las puertas de la
Ley. Ya no le resta mucha vida. Antes de morir resume todas las
experiencias de aquellos años en una pregunta, que nunca había
formulado al guardián. Le hace una seña para que se aproxime, pues su
cuerpo rígido ya no le permite incorporarse.
El guardián se ve obligado a inclinarse mucho, porque las diferencias de
estatura se han acentuado señaladamente con el tiempo, en desmedro
del campesino.
–¿Qué quieres saber ahora? –pregunta el guardián–. Eres insaciable.
–Todos buscan la Ley –dice el hombre–. ¿Y cómo es que en todos los
años que llevo aquí, nadie más que yo ha solicitado permiso para llegar
a ella?
El guardián comprende que el hombre está a punto de expirar y le
grita, para que sus oídos debilitados perciban las palabras.
–Nadie más podía entrar por aquí, porque esta entrada estaba
destinada a ti solamente. Ahora cerraré.
CHACALES Y ÁRABES
(1917)
Acampábamos en el oasis. Los viajeros dormían. Un árabe, alto y
blanco, pasó adelante; ya había alimentado a los camellos y se dirigía a
acostarse.
Me tiré de espaldas sobre la hierba; quería dormir; no pude conciliar el
sueño; el aullido de un chacal a lo lejos me lo impedía; entonces me
senté. Y lo que había estado tan lejos, de pronto estuvo cerca. El
gruñido de los chacales me rodeó; ojos dorados descoloridos que se
encendían y se apagaban; cuerpos esbeltos que se movían ágilmente y
en cadencia como bajo un látigo. Un chacal se me acercó por detrás,
pasó bajo mi brazo y se apretó contra mí como si buscara mi calor,
luego me encaró y dijo, sus ojos casi en los míos:
–Soy el chacal más viejo de toda la región. Me siento feliz de poder
saludarte aquí todavía. Ya casi había abandonado la esperanza, porque
te esperábamos desde la eternidad; mi madre te esperaba, y su madre,
y todas las madres hasta llegar a la madre de todos los chacales.
¡Créelo!
–Me asombra –dije, olvidando alimentar el fuego cuyo humo debía
mantener lejos a los chacales–, me asombra mucho lo que dices. Sólo
por casualidad vengo del lejano Norte en un viaje muy corto. ¿Qué
quieren de mí, chacales?
Y como envalentonados por este discurso quizá demasiado amistoso,
los chacales estrecharon el círculo a mi alrededor; todos respiraban con
golpes cortos y bufaban.
–Sabemos –empezó el más viejo– que vienes del Norte; en esto
precisamente fundamos nuestra esperanza. Allá se encuentra la
inteligencia que aquí entre los árabes falta. De este frío orgullo, sabes,
no brota ninguna chispa de inteligencia. Matan a los animales, para
devorarlos, y desprecian la carroña.
–No hables tan fuerte –le dije–, los árabes están durmiendo cerca de
aquí.
–Eres en verdad un extranjero –dijo el chacal–, de lo contrario sabrías
que jamás, en toda la historia del mundo, ningún chacal ha temido a un
árabe. ¿Por qué deberíamos tenerles miedo? ¿Acaso no es un desgracia
suficiente el vivir repudiados en medio de semejante pueblo?
–Es posible –contesté–, puede ser, pero no me permito juzgar cosas
que conozco tan poco; debe tratarse de una querella muy antigua, de
algo que se lleva en la sangre, entonces concluirá quizá solamente con
sangre.
–Eres muy listo –dijo el viejo chacal; y todos empezaron a respirar aún
más rápido, jadeantes los pulmones a pesar de estar quietos; un olor
amargo que a veces sólo apretando los dientes podía tolerarse salía de
sus fauces abiertas–, eres muy listo; lo que dices se corresponde con
nuestra antigua doctrina. Tomaremos entonces la sangre de ellos, y la
querella habrá terminado.
–¡Oh! –exclamé más brutalmente de lo que hubiera querido– se
defenderán, los abatirán en masa con sus escopetas.
–Has entendido mal –dijo–, según la manera de los hombres que ni
siquiera en el lejano Norte se pierde. Nosotros no los mataremos. El
Nilo no tendría bastante agua para purificarnos. A la simple vista de sus
cuerpos con vida escapamos hacia aires más puros, al desierto, que por
esta razón se ha vuelto nuestra patria.
Y todos los chacales en torno, a los cuales entre tanto se habían
agregado muchos otros venidos de más lejos, hundieron la cabeza
entre las extremidades anteriores y se la frotaron con las patas;
habríase dicho que querían ocultar una repugnancia tan terrible que yo,
de buena gana, con un gran salto hubiese huido del cerco.
–¿Qué piensan hacer entonces? –les pregunté al tiempo que quería
incorporarme, pero no pude; dos jóvenes bestias habían mordido la
espalda de mi chaqueta y de mi camisa; debí permanecer sentado.
–Llevan la cola de tus ropas –dijo el viejo chacal aclarando en tono
serio–, como prueba de respeto.
–¡Que me suelten! –grité, dirigiéndome ya al viejo, ya a los más
jóvenes.
–Te soltarán, naturalmente –dijo el viejo–, si tú lo exiges. Pero debes
esperar un ratito, porque siguiendo la costumbre han mordido muy
hondo y sólo lentamente pueden abrir las mandíbulas. Mientras tanto
escucha nuestro ruego.
–No diré que el comportamiento de ustedes me ha predispuesto a ello –
contesté.
–No nos hagas pagar nuestra torpeza –dijo, empleando en su ayuda
por primera vez el tono lastimero de su voz natural–, somos pobres
animales, sólo poseemos nuestra dentadura; para todo lo que
queramos hacer, bueno o malo, contamos únicamente con los dientes.
–¿Qué quieres entonces? –pregunté algo aplacado.
–Señor –gritó, y todos los chacales aullaron; a lo lejos me pareció como
una melodía–. Señor, tú debes poner fin a la querella que divide el
mundo. Tal cual eres, nuestros antepasados te han descrito como el
que lo logrará. Es necesario que obtengamos la paz con los árabes; un
aire respirable; el horizonte completo limpio de ellos; nunca más el
lamento de los carneros que el árabe degüella; todos los animales
deben reventar en paz; es preciso que nosotros los vaciemos de su
sangre y que limpiemos hasta sus huesos. Limpieza, solamente
limpieza queremos –y ahora todos lloraban y sollozaban–, ¿cómo
únicamente tú en el mundo puedes soportarlos, tú, de noble corazón y
dulces entrañas? Inmundicia es su blancura; inmundicia es su negrura;
y horrorosas son sus barbas; ganas da de escupir viendo las comisuras
de sus ojos; y cuando alzan los brazos en sus sobacos se abre el
infierno. Por eso, oh señor, por eso, oh querido señor, con la ayuda de
tus manos todopoderosas, con la ayuda de tus todopoderosas manos,
¡córtales el pescuezo con esta tijera! –Y, a una sacudida de su cabeza,
apareció un chacal que traía en uno de sus colmillos una pequeña tijera
de sastre cubierta de viejas manchas de herrumbre.
–¡Ah, finalmente apareció la tijera, y ahora basta! –gritó el jefe árabe
de nuestra caravana, que se nos había acercado contra el viento y que
ahora agitaba su gigantesco látigo. Todos escaparon rápidamente, pero
a cierta distancia se detuvieron, estrechamente acurrucados unos
contra otros, tan estrecha y rígidamente los numerosos animales, que
se los veía como un apretado redil rodeado de fuegos fatuos.
–Así que tú también, señor, has visto y oído este espectáculo –dijo el
árabe riendo tan alegremente como la reserva de su tribu lo permitía.
–¿Sabes entonces qué quieren los animales? –pregunté.
–Naturalmente, señor –dijo–, todos lo saben; desde que existen los
árabes esta tijera vaga por el desierto, y viajará con nosotros hasta el
fin de los tiempos. A todo europeo que pasa le es ofrecida la tijera para
la gran obra; cada europeo es precisamente el que les parece el
predestinado. Estos animales tienen una esperanza insensata; están
locos, locos de verdad. Por esta razón los queremos; son nuestros
perros; más lindos que los de ustedes. Mira, reventó un camello esta
noche, he dispuesto que lo traigan aquí.
Cuatro portadores llegaron y arrojaron el pesado cadáver delante de
nosotros. Apenas tendido en el suelo, ya los chacales alzaron sus voces.
Como irresistiblemente atraído por hilos, cada uno se acercó,
arrastrando el vientre en la tierra, inseguro. Se habían olvidado de los
árabes, habían olvidado el odio; la obliteradora presencia del cadáver
reciamente exudante los hechizaba. Ya uno de ellos se colgaba del
cuello y con el primer mordisco encontraba la arteria. Como una
pequeña bomba rabiosa que quiere apagar a cualquier precio y al
mismo tiempo sin éxito un prepotente incendio, cada músculo de su
cuerpo zamarreaba y palpitaba en su puesto. Y ya todos se apilaban en
igual trabajo, formando como una montaña encima del cadáver.
En aquel momento el jefe restalló el severo látigo a diestra y siniestra.
Los chacales alzaron la cabeza, a medias entre la borrachera y el
desfallecimiento, vieron a los árabes ante ellos, sintieron el látigo en el
hocico, dieron un salto atrás y corrieron un trecho a reculones. Pero la
sangre del camello formaba ya un charco, humeaba a lo alto, en
muchos lugares el cuerpo estaba desgarrado. No pudieron resistir; otra
vez estuvieron allí; otra vez el jefe alzó el látigo; yo retuve su brazo.
–Tienes razón, señor –dijo–, dejémoslos en su oficio; por otra parte es
tiempo de partir. Ya los has visto. Prodigiosos animales, ¿no es cierto?
¡Y cómo nos odian!
UNA VISITA A UNA MINA
(1917)
Hoy bajaron hasta aquí los ingenieros jefes. La dirección seguramente
ha ordenado cavar nuevas galerías, y por eso vinieron los ingenieros,
para ejecutar un replanteo provisorio. ¡Qué jóvenes son, y sin embargo
qué diferentes ya entre sí! Se han formado en plena libertad, y ya desde
jóvenes muestran con toda naturalidad caracteres netamente definidos.
Uno, de pelo negro, vivaz, recorre todo con la mirada.
Otro, con un anotador, hace croquis al pasar, mira alrededor, compara,
vuelve a anotar.
Un tercero, con las manos en los bolsillos de la chaqueta, lo que hace
que todo en él sea tenso, avanza erguido; conserva su dignidad; sólo la
costumbre de morderse continuamente los labios demuestra su impaciente
e inocultable juventud.
El cuarto ofrece al tercero explicaciones que éste no le pide; más bajo
que el otro, lo persigue como un demonio familiar, y con el índice siempre
levantado, parece entonar una letanía sobre todo lo que ven.
El quinto, tal vez más importante, no admite que lo acompañen; a veces
marcha adelante, a veces detrás; el grupo acomoda su paso al suyo;
es pálido y débil; la responsabilidad ha socavado sus ojos; a menudo,
meditativo, se oprime la frente con la mano.
El sexto y el séptimo marchan un poco agobiados, con las cabezas juntas,
tomados del brazo y conversando confidencialmente; si esto no
fuera evidentemente nuestra mina de carbón, y nuestro puesto de trabajo
en la galería más profunda, alguien podría creer que estos señores
huesudos, afeitados y narigudos son dos jóvenes clérigos. Uno se ríe
casi siempre con un ronroneo de gato; el otro, también riendo, dirige la
conversación, y con su mano libre marca una especie de compás. ¡Qué
seguros han de estar estos señores de su posición; sí, a pesar de su juventud,
cuántos servicios habrán prestado ya a nuestra mina, para
atreverse así, en una inspección tan importante, bajo la mirada de su
jefe, a ocuparse tan abstraídamente de asuntos personales, o por lo
menos de asuntos que nada tienen que ver con la tarea del momento!
¿O será tal vez posible que, a pesar de sus risas y su desatención, se
den perfecta cuenta de todo? Uno casi no se atrevería a emitir un juicio
definitivo sobre esta clase de señores.
Por otra parte es indudable en cambio que el octavo está concentrado
en su labor con más atención que todos los demás. Todo tiene que tocar,
que golpearlo con un martillo que saca constantemente del bolsillo,
para volver a guardarlo enseguida. A menudo se arrodilla en la suciedad,
a pesar de sus ropas elegantes, y golpea el piso, y luego al reanudar
la marcha sigue golpeando las paredes y el techo de la galería. Una
vez se tendió en el suelo y permaneció inmóvil largo rato, hasta que
pensamos que le había ocurrido alguna desgracia; pero de pronto se
puso de pie de un salto, con un breve encogimiento de su magro cuerpo.
Simplemente, estaba haciendo una investigación. Nosotros creemos
conocer nuestra mina y sus rocas, pero lo que este ingeniero investiga
sin cesar de esta manera nos resulta incomprensible.
El noveno empuja una especie de cochecito de bebé. donde se encuentran
los aparatos de medición. Aparatos extraordinariamente costosos,
envueltos en finísimo algodón. En realidad, el ordenanza debería conducir
el cochecito, pero no le tienen bastante confianza; prefieren que
lo lleve un ingeniero, y se ve que lo hace de buena gana. Es el más joven,
probablemente, tal vez todavía no entiende bien todos los aparatos,
pero su mirada no se aparta de ellos, lo que a menudo lo pone en
peligro de chocar con el cochecito contra las paredes.
Pero hay otro ingeniero que va junto al coche y que impide esos accidentes.
Este, evidentemente, conoce a fondo los aparatos, y parece ser
en realidad el encargado de ellos. De vez en cuando, sin detener el cochecito,
toma una parte de algún aparato, la examina, la atornilla o la
desatornilla, la agita y la golpea, la acerca a su oído y escucha; y por
fin, mientras el conductor del coche se detiene, coloca nuevamente el
pequeño objeto, casi invisible desde lejos, con gran cuidado en el vehículo.
Este ingeniero es un poco imperioso, pero sólo por consideración
hacia los aparatos. Cuando el coche está a diez pasos de distancia de
nosotros, el ingeniero nos hace un signo con el dedo, sin decir palabras,
para que nos hagamos a un lado, aún donde no hay ningún lugar para
correrse.
Detrás de estos dos caballeros viene el ocioso ordenanza. Los señores,
como es de esperar en personas tan instruidas, han abandonado hace
tiempo cualquier arrogancia, pero en cambio el ordenanza parece
haberla recogido y conservado toda. Con una mano en la espalda, la
otra adelante, sobre sus botones dorados, o acariciando el fino tejido de
su librea, inclina constantemente la cabeza hacia izquierda y derecha,
como si lo hubiéramos saludado y nos contestara, o como si diera por
sentado que lo hemos saludado, pero que no puede descender de sus
alturas para comprobarlo. Naturalmente, no lo saludamos, pero por su
aspecto casi podría creerse que es algo maravilloso ser portero de la Dirección
de la mina. A sus espaldas, todos nos reíamos de él, pero como
ni siquiera un rayo podría obligarlo a darse vuelta, seguimos considerándolo
como algo incomprensible.
Hoy no trabajaremos mucho más: la interrupción resultó además interesante;
una visita como ésta se lleva consigo todos muestros deseos
de trabajar. Sentimos demasiada tentación de quedarnos mirando a los
caballeros que han desaparecido en la oscuridad de la galería de prueba.
Además, nuestro turno termina pronto; ya no veremos el retorno de
los señores.
LA ALDEA MAS CERCANA
(1916)
Mi abuelo solía decir:
–La vida es increíblemente breve. Ahora, al recordarla, me aparece tan
conciensuda que, por ejemplo, casi no comprendo cómo un joven puede
tomar la decisión de ir cabalgando hasta el pueblo mas cercano, sin temer
–y descontando por supuesto la mala suerte– que aún el lapso de
una vida normal y feliz no alcance ni para comenzar semejante viaje.
UN MENSAJE IMPERIAL
(1917)
El Emperador –así dicen– te ha enviado a ti, el solitario, el más miserable
de sus súbditos, la sombra que ha huido a la más distante lejanía,
microscópica ante el sol imperial; justamente a ti, el Emperador te ha
enviado un mensaje desde su lecho de muerte. Hizo arrodillar al
mensajero junto a su cama y le susurró el mensaje al oído; tan
importante le parecía, que se lo hizo repetir. Asintiendo con la cabeza,
corroboró la exactitud de la repetición. Y ante la muchedumbre reunida
para contemplar su muerte –todas las paredes que interceptaban la
vista habían sido derribadas, y sobre la amplia y alta curva de la gran
escalinata formaban un círculo los grandes del Imperio–, ante todos,
ordenó al mensajero que partiera. El mensajero partió en el acto; un
hombre robusto e incansable; extendiendo primero un brazo, luego el
otro, se abre paso a través de la multitud; cuando encuentra un
obstáculo, se señala sobre el pecho el signo del sol; adelanta mucho
más fácilmente que ningún otro. Pero la multitud es muy grande; sus
alojamientos son infinitos. Si ante él se abriera el campo libre, cómo
volaría, qué pronto oirías el glorioso sonido de sus puños contra tu
puerta. Pero, en cambio, qué vanos son sus esfuerzos; todavía está
abriéndose paso a través de las cámaras del palacio central; no acabará
de atravesarlas nunca; y si terminara, no habría adelantado mucho;
todavía tendría que esforzarse para descender las escaleras; y si lo
consiguiera, no habría adelantado mucho; tendría que cruzar los patios;
y después de los patios el segundo palacio circundante; y nuevamente
las escaleras y los patios; y nuevamente un palacio; y así durante miles
de años; y cuando finalmente atravesara la última puerta –pero esto
nunca, nunca podría suceder–, todavía le faltaría cruzar la capital, el
centro del mundo, donde su escoria se amontona prodigiosamente.
Nadie podría abrirse paso a través de ella, y menos aún con el mensaje
de un muerto. Pero tú te sientas junto a tu ventana, y te lo imaginas,
cuando cae la noche.
PREOCUPACIONES DE UN JEFE DE FAMILIA
(1917)
Algunos dicen que la palabra Odradek es de origen eslovaco, y de
acuerdo a esto tratan de explicar su etimología. Otros en cambio, creen
que es de origen alemán y sólo tiene influencia eslovaca. La imprecisión
de ambas interpretaciones permite suponer, sin error, que ninguna de
las dos es verdadera, sobre todo porque ninguna de las dos nos revela
que esta palabra tenga algún sentido.
Naturalmente, nadie haría estos estudios si no existiera en realidad un
ser que se llama Odradek. A primera vista se asemeja a un carretel de
hilo, plano y en forma de estrella, y en efecto, también parece que tuviera
hilos arrollados; por supuesto, sólo son trozos de hilos viejos y rotos,
de diversos tipos y colores, no sólo anudados, sino también enredados
entre sí. Pero no es sólo un carretel, porque en medio de la
estrella, emerge un travesaño pequeño, y sobre éste, en ángulo recto,
se inserta otro. Con ayuda de esta última barrita, de un lado, y de uno
de los rayos de las estrellas del otro, el conjunto puede sostenerse
como sobre dos patas.
Uno se siente inclinado a creer que esta criatura tuvo en otro tiempo
alguna especie de forma inteligible, y ahora está rota. Pero esto no parece
comprobado; por lo menos, no hay nada que lo demuestre; no se
ve ningún agregado o rajadura que corrobore esta suposición; es un
conjunto bastante absurdo pero dentro de su estilo, bien definido. De
todos modos, no es posible un estudio más minucioso, porque Odradek
es extraordinariamente ágil y no se lo puede apresar.
Se esconde alternativamente en la buhardilla, en la caja de la escalera,
en los corredores, en el vestíbulo. A veces no se lo ve durante meses;
suele mudarse a otra casa; pero siempre vuelve, fielmente, a la nuestra.
A menudo, cuando al salir por la puerta uno se lo encuentra apoyado
justamente debajo en la escalera, siente deseos de hablarle. Naturalmente,
no le hace una pregunta difícil, más bien lo trata –su tamaño
diminuto lo exige– como a un niño.
–Bueno, ¿cómo te llamas?
–Odradek –dice él.
–¿Y dónde vives?
–Domicilio desconocido –dice, y ríe; claro que es la risa de alguien que
no tiene pulmones. Suena más o menos como el susurro de las hojas
caídas.
Y así termina generalmente la conversación. Por otra parte, no siempre
responde, frecuentemente se queda mucho tiempo callado, como la
madera de que parece estar hecho.
Ociosamente, me pregunto qué será de él. ¿Será posible que se muera?
Todo lo que se muere tiene que haber tenido alguna especie de intención,
alguna especie de actividad, que lo haya gastado; pero esto no
puede decirse de Odradek. ¿Será posible entonces que siga rodando por
las escaleras y arrastrando pedazos de hilo ante los pies de mis hijos y
de los hijos de mis hijos? Evidentemente, no hace mal a nadie; pero la
sospecha de que pueda sobrevivirme me resulta casi dolorosa.
ONCE HIJOS
(1917)
Tengo once hijos.
El primero es exteriormente bastante insignificante, pero serio y perspicaz;
aunque lo quiero, como quiero a todos mis otros hijos, no lo sobrevaloro.
Sus razonamientos me parecen demasiado simples. No ve ni
a izquierda ni a derecha ni hacia el futuro; en el estrecho círculo de sus
pensamientos, gira y gira corriendo sin cesar, o más bien se pasea.
El segundo es hermoso, esbelto, bien formado; es un placer verlo manejar
el florete. También es perspicaz, pero además tiene mundo; ha
visto mucho, y por eso mismo la naturaleza de su país parece hablar
con él mas confidencialmente que con los que nunca salieron de su patria.
Pero es probable que esta ventaja no se deba únicamente, ni siquiera
esencialmente, a sus viajes; más bien es un atributo de lo irreparable
del muchacho, reconocido por ejemplo por todos los que han
querido imitar sus saltos ornamentales en el agua, con varias volteretas
en el aire, y que sin embargo no le hacen perder ese dominio casi violento
de sí mismo. El coraje y el afán del imitador llega hasta el extremo
del trampolín; pero una vez allí, en vez de saltar, se sienta repentinamente
y alza los brazos para excusarse. Pero a pesar de todo (en
realidad debería sentirme feliz con un hijo semejante), mi afecto hacia
él no está libre de limitaciones. Su ojo izquierdo es un poco más chico
que el derecho y parpadea mucho; no es más que un pequeño defecto,
naturalmente, que por otra parte da más audacia a su expresión, y nadie,
considerando la incomparable perfección de su persona, llamaría a
ese ojo más chico y parpadeante un defecto. Pero yo, su padre, sí. Por
supuesto, no es ese defecto físico lo que me preocupa, sino una pequeña
irregularidad de su espíritu, cierto veneno oculto en su sangre cierta
incapacidad de utilizar a fondo las posibilidades de su naturaleza que yo
sólo observo. Tal vez esto, por otra parte, sea lo que hace de él mi verdadero
hijo, porque esa falla es al mismo tiempo la de toda nuestra familia,
y sólo en él es tan visible.
El tercer hijo es también hermoso, pero no con la hermosura que me
agrada. Es la belleza de un cantor; los labios bien formados; la mirada
soñadora; esa cabeza que requiere un marco para ser efectiva; el pecho
enormemente amplio; las manos que fácilmente ascienden y demasiado
fácilmente vuelven a caer; las piernas que se mueven delicadamente,
porque no soportan el peso del cuerpo. Y además el tono de su
voz no es perfecto; se mantiene un instante; el entendido se dispone a
escuchar; pero poco después pierde el aliento. Aunque en general todo
me tienta a exhibir especialmente a este hijo mío, prefiero mantenerlo
oculto; él, por su lado, no se opone, pero no porque conozca sus defectos,
sino por pura inocencia. Aún más, no se siente cómodo en nuestra
época; como si perteneciera a nuestra familia, pero además formara
parte de otra, perdida para siempre, frecuentemente está melancólico y
nada consigue alegrarlo.
Mi cuarto hijo es tal vez el más sociable. Verdadero exponente de su
época, todos lo comprenden, se mueve en un plano común a todos, y
todos lo buscan para saludarlo. Tal vez esta apreciación general otorgue
a su naturaleza cierta ligereza, a sus movimientos cierta libertad, a sus
razonamientos cierta inconsecuencia. Muchas de sus observaciones merecen
ser repetidas, pero no todas, porque en conjunto adolecen de extremada
superficialidad. Es como aquel que se eleva maravillosamente
del suelo, atraviesa los aires como una golondrina, y luego termina con
desolación el vuelo en un oscuro desierto, en una nada. Estos pensamientos
me amargan cuando lo contemplo.
El quinto hijo es bueno y amable; prometía ser menos de lo que es; es
tan insignificante, que realmente uno se sentía solo en su presencia;
pero ahora ha logrado gozar de cierto prestigio. Si me preguntaran cómo,
no sabría contestar. Tal vez la inocencia sea aquello que más fácilmente
se destaca a través del tumulto de los elementos de este mundo,
y es inocente. Quizá demasiado inocente. Amigo de todos. Quizá demasiado
amigo. Confieso que me siento mal cuando me lo elogian. Parece
que el valor de los elogios disminuyera cuando se los prodigan a alguien
tan evidentemente digno de ellos como mi hijo.
Mi sexto hijo parece, por lo menos a primera vista, el más profundo de
todos. Es cabizbajo y sin embargo charlatán. Por eso no es fácil entenderlo.
Si se siente dominado, se entrega a una impenetrable tristeza; si
logra el dominio, lo mantiene a fuerza de conversación. Aunque no le
niego cierta capacidad de apasionamiento y de olvido de sí mismo; a la
luz del día, se le ve con frecuencia debatirse en medio de sus pensamientos,
como en un sueño. Sin estar enfermo –nada de eso, su salud
es muy buena–, a veces se tambalea, especialmente en el crepúsculo,
pero no necesita ayuda, no se cae. Tal vez la causa de ese fenómeno
sea su desarrollo físico, porque es demasiado alto para su edad. Eso
hace que en conjunto resulte feo, aunque en ciertos detalles es hermoso,
por ejemplo en las manos y los pies. También su frente es fea; tanto
la piel como la forma de los huesos parecen mal desarrollados.
El séptimo hijo me pertenece tal vez más que todos los demás. El mundo
no sabría apreciarlo como merece; no comprendería su particular ingenio.
Yo no exagero su valor; ya sé que su importancia no es considerable;
si el mundo no cometiera otro error que el de no saber apreciarlo,
seguiría siendo impecable. Pero dentro de mi familia no podría estar
sin este hijo. Introduce cierta inquietud y al mismo tiempo cierto respeto
por la tradición, y sabe equilibrarlos, por lo menos así me parece, en
un todo incontestable. Es verdad que él es el menos capacitado para
sacar partido de ese todo; no es él quien pondrá en movimiento la rueda
del futuro; pero esa manera de ser suya es tan alentadora, tan esperanzada,
que me gustaría que tuviera hijos, y que éstos tuvieran
hijos a su vez. Por desgracia, no parece dispuesto a satisfacer ese deseo.
Satisfecho consigo mismo, actitud que me es muy comprensible
pero al mismo tiempo deplorable, y que por cierto se opone notablemente
al juicio de sus conocidos, se pasea por todas partes solo, no se
interesa por las muchachas, y sin embargo no pierde nunca su buen
humor.
Mi octavo hijo es mi desesperación y realmente no se a qué atribuirlo.
Me trata como a un desconocido y no obstante siento que me une a él
un estrecho vínculo paterno. El tiempo nos ha hecho mucho bien; pero
antes yo solía estremecerme cuando pensaba en él. Sigue su propio
camino; ha roto todo vínculo conmigo, y ciertamente con su cabeza dura
su cuerpecito atlético –aunque cuando era muchacho sus piernas
eran muy débiles, pero quizá con el tiempo ese defecto se haya subsanado–
llegará con toda facilidad adonde se proponga. Muchas veces deseé
volver a llamarlo, preguntarle cómo le iba realmente, por qué se
alejaba de ese modo de su padre, y cuáles eran sus deseos más importantes,
pero ahora está tan lejos, y ha pasado tanto tiempo, que es mejor
dejar las cosas como están. He oído decir que es el único hijo mío
que usa barba; naturalmente, eso no puede quedar bien en un hombre
tan bajo como él.
Mi noveno hijo es muy elegante y tiene lo que las mujeres consideran
sin lugar a dudas una mirada seductora. Tan seductora que en ciertas
ocasiones hasta consigue seducirme, aunque sé muy bien que bastaría
una esponja mojada para borrar todo ese brillo ultraterreno. Lo curioso
de este muchacho es que no trata en absoluto de ser seductor; para él
el ideal sería pasarse la vida tendido en el sofá, desperdiciando su seductora
mirada en la contemplación del cielorraso, o mejor aún, dejándola
reposar detrás de los párpados cerrados.
Cuando está en esa posición favorita, le gusta hablar y lo hace bastante
bien; concisamente y con sutileza, pero sólo dentro de estrechos límites;
si los transgrede, lo que es inevitable ya que son tan estrechos, su
conversación se vuelve vacua. Uno querría hacerle señas para advertírselo,
si hubiera alguna esperanza de que su mirada soñolienta pudiera
siquiera verlas.
Mi décimo hijo pasa por ser de carácter poco sincero. No quiero negar
totalmente ese defecto, ni tampoco afirmarlo. En realidad cualquiera
que lo ve acercarse, con un envaramiento que no corresponde a su
edad, con su levita siempre cuidadosamente abotonada, con un sombrero
negro y viejo pero minuciosamente cepillado, con su rostro inexpresivo,
la mandíbula un poco prominente, las largas pestañas que se
curvan sombríamente ante los ojos, esos dos dedos que tan a menudo
se lleva a los labios; el que lo ve así piensa: "este es un perfecto hipócrita".
Pero oídlo hablar. Comprensivo, reflexivo, lacónico; pregunta y
replica con satírica vivacidad, en un maravilloso acuerdo con el mundo,
una armonía natural y alegre; una armonía que necesariamente vuelve
más tenso el cuello y enaltece el cuerpo. Muchos que se suponen muy
agudos y que por ese motivo creyeron experimentar cierta repulsión
ante su aspecto exterior, terminaron por sentirse fuertemente atraídos
por su conversación. Pero en cambio hay otras personas que no ponen
reparos a su aspecto, pero que consideran su conversación demasiado
hipócrita. Yo, como padre, no quiero pronunciar un juicio definitivo, pero
debo admitir que estos últimos críticos son por lo menos más dignos
de atención que los primeros.
Mi undécimo hijo es delicado, quizás el más débil de todos; pero su debilidad
es engañosa, porque a veces sabe mostrarse fuerte y decidido,
aunque en el fondo también en esos casos padezca de una fragilidad
fundamental. Pero no es una debilidad vergonzosa, sino algo que sólo
parece debilidad a ras de la tierra. ¿No es acaso, por ejemplo, una debilidad
la predisposición al vuelo, que después de todo consiste en una
inquietud y una indecisión y un aleteo? Algo parecido ocurre con mi
hijo. Naturalmente, estas no son cualidades que regocijen a un padre,
es evidente que tienden a la destrucción de la familia. Muchas veces me
mira, como si quisiera decirme: "Te llevaré conmigo, padre." Entonces
pienso: "Eres la última persona a quien me confiaría." Y su mirada parece
replicarme: "Déjame entonces ser por lo menos la última."
Estos son mis once hijos.
UN FRATRICIDIO
(1916)
Se ha comprobado que el asesinato tuvo lugar de la siguiente manera:
Schmar, el asesino, se apostó alrededor de las nueve de la noche –una
noche de luna– en la intersección de la calle donde se encuentra la oficina
de Wese, la víctima, y la calle donde ésta vivía.
El aire de la noche era frío y penetrante. Pero Schmar vestía sólo un
delgado traje azul; además, tenía la chaqueta desabotonada. No sentía
frío; por otra parte estaba todo el tiempo en movimiento, su mano no
soltaba el arma del crimen, mitad bayoneta y mitad cuchillo de cocina,
completamente desnuda. Miraba el cuchillo a la luz de la luna; la hoja
resplandecía; pero no lo suficiente para Schmar; la frotó contra las piedras
del pavimento, hasta sacar chispas; quizá se arrepintió de ese impulso,
y para reparar el daño, la pasó como el arco de un violín contra
la suela de su zapato, sosteniéndose sobre una sola pierna, inclinado
hacia adelante, escuchando al mismo tiempo el sonido del cuchillo contra
el zapato, y el silencio de la fatídica callejuela.
¿Por qué permitió todo esto el reservado Pallas, que a poca distancia de
allí contemplaba todo desde su ventana del segundo piso?
Misterio de la naturaleza humana. Con el cuello alzado, el enorme cuerpo
envuelto en la bata, meneando la cabeza, miraba hacia abajo.
Y a cinco casas de distancia, del otro lado de la calle, la señora Wese,
con el abrigo de piel de zorros sobre el camisón, miraba también por la
ventana, esperando a su marido que hoy tardaba más que de costumbre.
Finalmente sonó la campanilla de la puerta del escritorio de Wese, demasiado
fuerte para la campanilla de una puerta; resonó en toda la ciudad,
hacia el cielo, y Wese, el laborioso trabajador nocturno, salió de la
casa, todavía invisible, sólo anunciado por el sonido de la campanilla;
inmediatamente, el pavimento registró sus tranquilos pasos.
Pallas se asoma todavía más; no se atreve a perder ningún detalle. La
señora Wese, tranquilizada por el sonido de la campanilla, cierra rumorosamente
la ventana. Pero Schmar se arrodilla; como en ese momento
no tiene ninguna otra parte del cuerpo descubierta, sólo apoya la cara y
las manos contra las piedras; donde todo se hiela, Schmar arde.
En la misma esquina en que ambas calles se encuentran, se detiene
Wese: sólo el bastón en que se apoya asoma por la otra calle. Un capricho.
El cielo nocturno lo atrae, el azul oscuro y el oro. Sin pensar lo
contempla, se levanta el sombrero y se acaricia el pelo; allá arriba, ninguna
armoniosa conjunción le señala su futuro inmediato; todo sigue en
su insensato, inescrutable lugar. Desde el punto de vista de Wese, es
muy razonable que siga su camino; pero se encamina hacia el cuchillo
de Schmar.
–¡Wese! –grita Schmar, en punta de pies, con el brazo extendido, y el
cuchillo vertical–. ¡Wese! Julia te esperará en vano.
Y a derecha, y a izquierda del cuello y finalmente en lo más hondo del
vientre hunde Schmar su arma. Las ratas de agua hacen cuando las
abren un ruido semejante al ruido que hace Wese.
–Ya está –dice Schmar y arroja el cuchillo, esa inútil carga ensangrentada,
hacia el frente de la casa contigua–. ¡Éxtasis del crimen! Alivio,
sensación de alas que el fluir de la sangre ajena nos provoca. Wese,
vieja sombra nocturna, amigo, compañero de cervecería, te desangras
en el oscuro pavimento de la calle. ¡Por qué no serás una simple vejiga
llena de sangre, para que yo me suba sobre ti y te haga desaparecer
totalmente! No todo lo que deseamos se cumple, no todos los sueños
que florecen dan fruto, tus grávidos restos permanecen aquí, ya indiferentes
a cualquier puntapié. ¿De qué sirve esa muda pregunta que a
través de ellos nos formulas?
Pallas, tratando de disimular la confusión de espantos de su cuerpo,
aparece en la puerta de la casa, abierta de par en par.
–¡Schmar! ¡Schmar!
Todo fue visto, nada quedó oculto. Pallas y Schmar se escudriñan mutuamente.
Esto tranquiliza a Pallas; Schmar no llega a ninguna conclusión.
La señora Wese, con una muchedumbre a cada lado, se acerca veloz, el
rostro totalmente envejecido por el terror. El abrigo de piel se abre, la
señora se arroja sobre Wese, a quien ese cuerpo envuelto en un camisón
pertenece; el abrigo de piel que se abate sobre el matrimonio, como
el césped de una tumba, pertenece a la multitud.
Schmar, conteniendo con dificultad su última náusea, apoya la boca sobre
el hombro del policía que con livianos pasos se lo lleva.
UN SUEÑO
(1914)
Josef K. soñó:
Era un día hermoso, y K. quiso salir a pasear. Pero apenas dio dos pasos,
llegó al cementerio. Vio numerosos e intrincados senderos, muy
ingeniosos y nada prácticos; K. flotaba sobre uno de esos senderos como
sobre un torrente, en un inconmovible deslizamiento. Su mirada
advirtió desde lejos el montículo de una tumba recién cubierta y quiso
detenerse a su lado. Ese montículo ejercía sobre él casi una fascinación,
y le parecía que nunca podría acercarse demasiado rápidamente. De
pronto, sin embargo, la tumba casi desaparecía de la vista, oculta por
estandartes que flameaban y se entrechocaban con fuerza; no se veía a
los portadores de los estandartes, pero era como si allí reinara un gran
júbilo.
Todavía buscaba a la distancia, cuando vio de pronto la misma sepultura
a su lado, cerca del camino; pronto la dejaría atrás. Saltó rápidamente
al césped. Pero como en el momento del salto el sendero se movía
velozmente bajo sus pies, se tambaleó y cayó de rodillas justamente
frente a la tumba. Detrás de ésta había dos hombres que sostenían
una lápida en la tierra, donde quedó sólidamente asegurada. Entonces
surgió de un matorral un tercer hombre, en quien K. inmediatamente
reconoció a un artista. Sólo vestía pantalones y una camisa mal abotonada;
en la cabeza tenía una gorra de terciopelo; en la mano, un lápiz
común, con el que dibujaba figuras en el aire mientras se acercaba.
Apoyó ese lápiz en la parte superior de la lápida; la lápida era muy alta;
el hombre no necesitaba agacharse, pero sí inclinarse hacia adelante,
porque el montículo de tierra (que evidentemente no quería pisar) lo
separaba de la piedra. Estaba en puntas de pie, y se apoyaba con la
mano izquierda en la superficie de la lápida. Mediante un prodigio de
destreza, logró dibujar con un lápiz común letras doradas y escribió:
"Aquí yace". Cada una de las letras era clara y hermosa, profundamente
inscripta, y de oro purísimo. Cuando hubo escrito las dos palabras,
se volvió hacia K., que sentía gran ansiedad por saber cómo seguiría la
inscripción, apenas se preocupaba por el individuo y sólo miraba la lápida.
El hombre se dispuso nuevamente a escribir, pero no pudo, algo se
lo impedía; dejó caer el lápiz, y nuevamente se volvió hacia K. Esta vez
K. lo miró y advirtió que estaba profundamente perplejo, pero sin poder
explicarse el motivo de su perplejidad. Toda su vivacidad anterior había
desaparecido. Esto hizo que también K. comenzara a sentirse perplejo;
cambiaban miradas desoladas: había entre ellos algún odioso malentendido,
que ninguno de los dos podía solucionar. Fuera de lugar, comenzó
a repicar la pequeña campana de la capilla fúnebre, pero el artista hizo
una señal con la mano y la campana cesó. Poco después comenzó nuevamente
a repicar; esta vez con mucha suavidad y sin insistencia; inmediatamente
cesó; era como si solamente quisiera probar su sonido.
K. estaba preocupado por la situación del artista, comenzó a llorar y sollozó
largo rato en el hueco de sus manos. El artista esperó que K. se
calmara, y luego decidió, ya que no encontraba otra salida, proseguir
su inscripción. El primer breve trazo que dibujó fue un alivio para K. pero
el artista tuvo que vencer evidentemente una extraordinaria repugnancia
antes de terminarlo; además, la inscripción no era ahora tan
hermosa, sobre todo parecía haber mucho menos dorado, los trazos se
demoraban, pálidos e inseguros; pero la letra resultó bastante grande.
Era una J; estaba casi terminada ya, cuando el artista, furioso, dio un
puntapié contra la tumba y la tierra voló por los aires. Por fin comprendió
K.; era muy tarde para pedir disculpas; con sus diez dedos escarbó
en la tierra, que no le ofrecía ninguna resistencia; todo parecía preparado
de antemano; sólo para disimular, habían colocado esa fina capa
de tierra; inmediatamente se abrió debajo de él un gran hoyo, de empinadas
paredes, en el cual K., impulsado por una suave corriente que
lo colocó de espaldas, se hundió. Pero cuando ya lo recibía la impenetrable
profundidad esforzándose todavía por erguir la cabeza, pudo ver
su nombre que atravesaba rápidamente la lápida, con espléndidos
adornos. Encantado con esta visión, se despertó.
INFORME PARA UNA ACADEMIA
(1917)
Excelentísimos señores académicos:
Me hacéis el honor de presentar a la Academia un informe sobre mi anterior
vida de mono. Lamento no poder complaceros; hace ya cinco
años que he abandonado la vida simiesca. Este corto tiempo cronológico
es muy largo cuando se lo ha atravesado galopando –a veces junto a
gente importante– entre aplausos, consejos y música de la orquesta;
pero en realidad solo, pues toda esta farsa quedaba –para guardar las
apariencias– del otro lado de la barrera.
Si me hubiera aferrado obstinadamente a mis orígenes, a mis evocaciones
de juventud, me hubiera sido imposible cumplir lo que he cumplido.
La norma suprema que me impuse consistió justamente en negarme a
mí mismo toda terquedad. Yo, mono libre, acepté ese yugo; pero de esta
manera los recuerdos se fueron borrando cada vez más. Si bien, de
haberlo permitido los hombres, yo hubiera podido retornar libremente,
al principio, por la puerta total que el cielo forma sobre la tierra, ésta se
fue angostando cada vez más, a medida que mi evolución se activaba
como a fustazos: más recluido, y mejor me sentía en el mundo de los
hombres; la tempestad, que viniendo de mi pasado soplaba tras de mí,
ha ido amainando: hoy es tan solo una corriente de aire que refrigera
mis talones. Y el lejano orificio a través del cual ésta me llega, y por el
cual llegué yo un día, se ha reducido tanto que –de tener fuerza y voluntad
suficientes para volver corriendo hasta él– tendría que despellejarme
vivo si quisiera atravesarlo. Hablando con sinceridad –por más
que me guste, hablar de estas cosas en sentido metafórico– , hablando
con sinceridad os digo: vuestra simiedad, estimados señores, en tanto
que tuvierais algo similar en vuestro pasado, no podría estar más alejada
de vosotros que lo que la mía está de mí. Sin embargo, le cosquillea
los talones a todo aquel que pisa sobre la tierra, tanto al pequeño
chimpancé como al gran Aquiles.
Pero a pesar de todo, y de manera muy limitada, podré quizá contestar
vuestra pregunta, cosa que por lo demás hago de muy buen grado. Lo
primero que aprendí fue a estrechar la mano en señal de convenio solemne.
Estrechar la mano es símbolo de franqueza. Hoy, al estar en el
apogeo de mi carrera, tal vez pueda agregar, a ese primer apretón de
manos, también la palabra franca. Ella no brindará a la Academia nada
esencialmente nuevo, y quedaré muy por debajo de lo que se me demanda,
pero que ni con la mejor voluntad puedo decir. De cualquier
manera, con estas palabras expondré la línea directiva por la cual alguien
que fue mono se incorporó al mundo de los humanos y se instaló
firmemente en él. Conste además, que no podría contaros las insignificancias
siguientes si no estuviese totalmente convencido de mí, y si mi
posición no se hubiese afirmado de manera incuestionable en todos los
grandes music–halls del mundo civilizado.
Soy originario de la Costa de Oro. Para saber cómo fui atrapado dependo
de informes ajenos. Una expedición de caza de la firma Hagenbeck –
con cuyo jefe, por otra parte, he vaciado luego no pocas botellas de vino
tinto– acechaba emboscada en la maleza que orilla el río, cuando en
medio de una banda corrí una tarde hacia el abrevadero. Dispararon:
fui el único que hirieron, alcanzado por dos tiros.
Uno en la mejilla. Fue leve pero dejó una gran cicatriz pelada y roja que
me valió el repulsivo nombre, totalmente inexacto y que bien podía
haber sido inventado por un mono, de Peter el Rojo, tal como si sólo
por esa mancha roja en la mejilla me diferenciara yo de aquel simio
amaestrado llamado Peter, que no hace mucho reventó y cuyo renombre
era, por lo demás, meramente local. Esto al margen.
El segundo tiro me atinó más abajo de la cadera. Era grave y por su
causa aún hoy rengueo un poco. No hace mucho leí en un artículo escrito
por alguno de esos diez mil sabuesos que se desahogan contra mí
desde los periódicos "que mi naturaleza simiesca no ha sido aplacada
del todo", y como ejemplo de ello alega que cuando recibo visitas me
deleito en bajarme los pantalones para mostrar la cicatriz dejada por la
bala. A ese canalla deberían arrancarle a tiros, uno por uno, cada dedo
de la mano con que escribe. Yo, yo puedo quitarme los pantalones ante
quien me venga en ganas: nada se encontrará allí más que un pelaje
acicalado y la cicatriz dejada por el –elijamos aquí para un fin preciso
un término preciso y que no se preste a equívocos– ultrajante disparo.
Todo está a la luz del día; no hay nada que esconder. Tratándose de la
verdad toda persona generosa arroja de sí los modales, por finos que
éstos sean. En cambio, otro sería el cantar si el chupatintas en cuestión
se quitase los pantalones al recibir visitas. Doy fe de su cordura admitiendo
que no lo hace, ¡pero que entonces no me moleste más con sus
mojigaterías!
Después de estos tiros desperté –y aquí comienzan a surgir lentamente
mis propios recuerdos– en una jaula colocada en el entrepuente del
barco de Hagenbeck. No era una jaula con rejas a los cuatro costados,
eran mas bien tres rejas clavadas en un cajón. El cuarto costado formaba,
pues, parte del cajón mismo. Ese conjunto era demasiado bajo
para estar de pie en él y demasiado estrecho para estar sentado. Por
eso me acurrucaba doblando las rodillas que me temblaban sin cesar.
Como posiblemente no quería ver a nadie, por lo pronto prefería permanecer
en la oscuridad: me volvía hacia el costado de las tablas y dejaba
que los barrotes de hierro se me incrustaran en el lomo. Dicen que
es conveniente enjaular así a los animales salvajes en los primeros
tiempos de su cautiverio, y hoy, de acuerdo a mi experiencia, no puedo
negar que, desde el punto de vista humano, efectivamente tienen razón.
Pero entonces no pensaba en todo esto. Por primera vez en mi vida me
encontraba sin salida; por lo menos no la había directa. Directamente
ante mí estaba el cajón con sus tablas bien unidas. Había, sin embargo,
una hendidura entre las tablas. Al descubrirla por primera vez la saludé
con el aullido dichoso de la ignorancia. Pero esa rendija era tan estrecha
que ni podía sacar por ella la cola y ni con toda la fuerza simiesca
me era posible ensancharla.
Como después me informaron, debo haber sido excepcionalmente silencioso,
y por ello dedujeron que, o moriría muy pronto o, de sobrevivir a
la crisis de la primera etapa, sería luego muy apto para el amaestramiento.
Sobreviví a esos tiempos. Mis primeras ocupaciones en la nueva
vida fueron: sollozar sordamente; espulgarme hasta el dolor; lamer
hasta el aburrimiento una nuez de coco; golpear la pared del cajón con
el cráneo y enseñar los dientes cuando alguien se acercaba. Y en medio
de todo ello una sola evidencia: no hay salida. Naturalmente hoy sólo
puedo transmitir lo que entonces sentía como mono con palabras de
hombre, y por eso mismo lo desvirtúo. Pero aunque ya no pueda retener
la antigua verdad simiesca, no cabe duda de que ella está por lo
menos en el sentido de mi descripción.
Hasta entonces había tenido tantas salidas, y ahora no me quedaba
ninguna. Estaba atrapado. Si me hubieran clavado, no hubiera disminuido
por ello mi libertad de acción. ¿Por qué? Aunque te rasques hasta
la sangre el pellejo entre los dedos de los pies, no encontrarás explicación.
Aunque te aprietes el lomo contra los barrotes de la jaula hasta
casi partirse en dos, no conseguirás explicártelo. No tenía salida, pero
tenía que conseguir una: sin ella no podía vivir. Siempre contra esa pared
hubiera reventado indefectiblemente. Pero como en el circo Hagenbeck
a los monos les corresponden las paredes de cajón, pues bien, dejé
de ser mono. Esta fue una magnífica asociación de ideas, clara y
hermosa que debió, en cierto sentido, ocurrírseme en la barriga, ya que
los monos piensan con la barriga.
Temo que no se entienda bien lo que para mi significa "salida". Empleo
la palabra en su sentido más preciso y más común. Intencionadamente
no digo libertad. No hablo de esa gran sensación de libertad hacia todos
los ámbitos. Cuando mono posiblemente la viví y he conocido hombres
que la añoran. En lo que a mí atañe, ni entonces ni ahora pedí libertad.
Con la libertad –y esto lo digo al margen– uno se engaña demasiado
entre los hombres, ya que si el sentimiento de libertad es uno de los
más sublimes, así de sublimes son también los correspondientes engaños.
En los teatros de variedades, antes de salir a escena, he visto a
menudo ciertas parejas de artistas trabajando en los trapecios, muy alto,
cerca del techo. Se lanzaban, se balanceaban, saltaban, volaban el
uno a los brazos del otro, se llevaban el uno al otro suspendidos del pelo
con los dientes. "También esto", pensé, "es libertad para el hombre:
¡el movimiento excelso!" ¡Oh burla de la santa naturaleza! Ningún edificio
quedaría en pie bajo las carcajadas que tamaño espectáculo provocaría
entre la simiedad.
No, yo no quería libertad. Quería únicamente una salida: a derecha, a
izquierda, adonde fuera. No aspiraba a mas. Aunque la salida fuese tan
sólo un engaño: como mi pretensión era pequeña el engaño no sería
mayor. ¡Avanzar, avanzar! Con tal de no detenerme con los brazos en
alto, apretado contra las tablas de un cajón.
Hoy lo veo claro: si no hubiera tenido una gran paz interior, nunca
hubiera podido escapar. En realidad, todo lo que he llegado a ser lo debo,
posiblemente, a esa gran paz que me invadió, allá, en los primeros
días del barco. Pero, a la vez, debo esa paz a la tripulación.
Era buena gente a pesar de todo. Aún hoy recuerdo con placer el sonido
de sus pasos pesados que entonces resonaban en mi somnolencia.
Acostumbraban hacer las cosas con exagerada lentitud. Si alguno necesitaba
frotarse los ojos levantaba la mano como si se tratara de un peso
muerto. Sus bromas eran groseras pero afables. A sus risas se mezclaba
siempre un carraspeo que, aunque sonaba peligroso, no significaba
nada. Siempre tenían en la boca algo que escupir y les era indiferente
dónde lo escupían. Con frecuencia se quejaban de que mis pulgas les
saltaban encima, pero nunca llegaron a enojarse en serio conmigo: por
eso sabían, pues, que las pulgas se multiplicaban en mi pelaje y que las
pulgas son saltarinas. Con esto les era suficiente. A veces, cuando estaban
de asueto, algunos de ellos se sentaban en semicírculo frente a mí,
hablándose apenas, gruñéndose el uno al otro, fumando la pipa recostados
sobre los cajones, palmeándose la rodilla a mi menor movimiento
y, alguno, de vez en cuando, tomaba una varita y con ella me hacía
cosquillas allí donde me daba placer. Si me invitaran hoy a realizar un
viaje en ese barco, rechazaría, por cierto, la invitación; pero también es
cierto que los recuerdos que evocaría del entrepuente no serían todos
desagradables.
La tranquilidad que obtuve de esa gente me preservó, ante todo, de
cualquier intento de fuga. Con mi actual dentadura debo cuidarme hasta
en la común tarea de cascar una nuez; pero en aquel entonces, poco
a poco, hubiera podido roer de lado a lado el cerrojo de la puerta. No lo
hice. ¿Qué hubiera conseguido con ello? Apenas hubiese asomado la
cabeza me hubieran cazado de nuevo y encerrado en una jaula
peor; o bien hubiera podido huir hacia los otros animales, hacia las
boas gigantes, por ejemplo, que estaban justo frente a mí, para exhalar
en su abrazo el último suspiro; o, de haber logrado deslizarme hasta el
puente superior y saltado por sobre la borda, me hubiera mecido un
momento sobre el océano y luego me habría ahogado. Todos éstos, actos
suicidas. No razonaba tan humanamente entonces, pero bajo la influencia
de mi medio ambiente actué como si hubiese razonado.
No razonaba pero sí observaba, con toda calma, a esos hombres que
veía ir y venir. Siempre las mismas caras, los mismos gestos; a menudo
me parecían ser un solo hombre. Pero ese hombre, o esos hombres,
se movían en libertad. Un alto designio comenzó a alborear en mí. Nadie
me prometía que, de llegar a ser lo que ellos eran, las rejas me serían
levantadas. No se hacen tales promesas para esperanzas que parecen
irrealizables; pero si llegan a realizarse, aparecen estas promesas
después, justamente allí donde antes se las había buscado inútilmente.
Ahora bien, nada había en esos hombres que de por sí me atrajera especialmente.
Si fuera partidario de esa libertad a la cual me referí,
hubiera preferido sin duda el océano a esa salida que veía reflejarse en
la turbia mirada de aquellos hombres. Había venido observándolos, de
todas maneras, ya mucho antes de haber pensado en estas cosas, y,
desde luego, sólo estas observaciones acumuladas me encaminaron en
aquella determinada dirección.
¡Era tan fácil imitar a la gente! A los pocos días ya pude escupir. Nos
escupimos entonces mutuamente a la cara, con la diferencia de que yo
me lamía luego hasta dejarla limpia y ellos no. Pronto fumé en pipa
como un viejo, y cuando además metía el pulgar en el hornillo de la pipa,
todo el entrepuente se revolcaba de risa. Pero durante mucho tiempo
no noté diferencia alguna entre la pipa cargada y la vacía.
Pero nada me resultó tan difícil como la botella de caña. Me martirizaba
el olor y, a pesar de mis buenas intenciones pasaron semanas antes de
que lograra vencer esa repulsión. Lo insólito es que la gente tomó más
en serio esas pujas internas que cualquier otra cosa que se relacionara
conmigo. En mis recuerdos tampoco distingo a esa gente, pero había
uno que venía siempre, solo o acompañado, de día, de noche, a las
horas más diversas, y deteniéndose ante mí con la botella vacía me daba
lecciones. No me comprendía: quería dilucidar el enigma de mi ser.
Descorchaba lentamente la botella, luego me miraba para saber si yo
había entendido. Confieso que yo lo miraba siempre con una atención
desmedida y precipitada. Ningún maestro de hombre encontrará en el
mundo entero mejor aprendiz de hombre. Cuando había descorchado la
botella se la llevaba a la boca; yo seguía con los ojos todo el movimiento.
Asentía satisfecho conmigo, y apoyaba la botella en sus labios. Yo,
maravillado con mi paulatina comprensión, chillaba rascándome a lo
largo, a lo ancho, donde fuera. El, alborozado, empinaba la botella y
bebía un sorbo. Yo, impaciente y desesperado por imitarle, me ensuciaba
en la jaula, lo que de nuevo lo divertía mucho. Después apartaba de
sí la botella con ademán ampuloso y volvía a acercarla a sus labios de
igual manera; luego, echado hacia atrás en un gesto exageradamente
didáctico, la vaciaba de un trago. Yo, agotado por el excesivo deseo, no
podía seguirlo y permanecía colgado débilmente de la reja mientras él,
dando con esto por terminada la lección teórica, se frotaba, con amplia
sonrisa, la barriga.
Recién entonces comenzaba el ejercicio práctico. ¿No me había dejado
ya el teórico demasiado fatigado? Sí, exhausto, pero esto era parte de
mi destino. Sin embargo, tomaba lo mejor que podía la botella que me
alcanzaban; la descorchaba temblando; el lograrlo me iba dando nuevas
fuerzas; levantaba la botella de manera similar a la del modelo; la
llevaba a mis labios y... la arrojaba con asco; con asco, aunque estaba
vacía y sólo el olor la llenaba; con asco la arrojaba al suelo. Para dolor
de mi instructor, para mayor dolor mío; ni a él ni a mí mismo lograba
reconciliar con el hecho de que, después de arrojar la botella, no me olvidara
de frotarme a la perfección la barriga, ostentando al mismo
tiempo una amplia sonrisa. Así transcurría la lección con demasiada frecuencia,
y en honor de mi instructor quiero dejar constancia de que no
se enojaba conmigo, pero sí que, de vez en cuando me tocaba el pelaje
con la pipa encendida hasta que comenzaba a arder lentamente, en
cualquier lugar donde yo difícilmente alcanzaba: entonces lo apagaba
él mismo con su mano enorme y buena. No se enojaba conmigo, pues
aceptaba que, desde el mismo bando, ambos luchábamos contra la
condición simiesca, y que era a mí a quien le tocaba la peor parte.
Y a pesar de todo, qué triunfo luego, tanto para él como para mí,
cuando cierta noche, ante una gran rueda de espectadores –quizás estaban
de tertulia, sonaba un fonógrafo, un oficial circulaba entre los tripulantes–,
cuando esa noche, sin que nadie se diera cuenta, tomé
una botella de caña que alguien, en un descuido, había olvidado junto a
mi jaula, y ante la creciente sorpresa de la reunión, la descorché con
toda corrección, la acerqué a mis labios y, sin vacilar, sin muecas, como
un bebedor empedernido, revoloteando los ojos con el gaznate palpitante,
la vacié totalmente. Arrojé la botella, no ya como un desesperado,
sino como un artista, pero me olvidé, eso sí, de frotarme la barriga.
En cambio, como no podía hacer otra cosa, como algo me empujaba a
ello, como los sentidos me hervían, por todo ello, en fin, empecé a gritar:
"¡Hola!", con voz humana. Ese grito me hizo irrumpir de un salto
en la comunidad de los hombres, y su eco: "¡Escuchen, habla!" lo sentí
como un beso en mi sudoroso cuerpo.
Repito: no me cautivaba imitar a los humanos; los imitaba porque buscaba
una salida; no por otro motivo. Con ese triunfo, sin embargo, poco
había conseguido, pues inmediatamente la voz volvió a fallarme. Recién
después de unos meses volví a recuperarla. La repugnancia hacia la botella
de caña reapareció con más fuerza aún, pero, indudablemente, yo
había encontrado de una vez por todas mi camino.
Cuando en Hamburgo me entregaron al primer adiestrador, pronto me
di cuenta que ante mí se abrían dos posibilidades: el jardín zoológico o
el music hall. No dudé. Me dije: pon todo tu empeño en ingresar al music
hall: allí está la salida. El jardín zoológico no es más que una nueva
jaula; quien allí entra no vuelve a salir.
Y aprendí, estimados señores. ¡Ah, sí, cuando hay que aprender se
aprende; se aprende cuando se trata de encontrar una salida! ¡Se
aprende de manera despiadada! Se controla uno a sí mismo con la fusta,
flagelándose a la menor debilidad. La condición simiesca salió con
violencia fuera de mí; se alejó de mí dando tumbos. Por ello mi primer
adiestrador casi se transformó en un mono y tuvo que abandonar pronto
las lecciones para ser internado en un sanatorio. Afortunadamente,
salió de allí al poco tiempo.
Consumí, sin embargo, a muchos instructores. Sí, hasta a varios juntos.
Cuando ya me sentí más seguro de mi capacidad, cuando el público
percibió mis avances, cuando mi futuro comenzó a sonreírme, yo mismo
elegí mis profesores. Los hice sentar en cinco habitaciones sucesivas
y aprendí con todos a la vez, corriendo sin cesar de un cuarto a
otro.
¡Qué progresos! ¡Qué irrupción, desde todos los ámbitos, de los rayos
del saber en el cerebro que se aviva! ¿Por qué negarlo? Esto me hacía
feliz. Pero tampoco puedo negar que no lo sobreestimaba, ya entonces,
¡y cuánto menos lo sobreestimo ahora! Con un esfuerzo que hasta hoy
no se ha repetido sobre la tierra, alcancé la cultura media de un europeo.
Esto en sí mismo probablemente no significaría nada, pero es algo,
sin embargo, en tanto me ayudó a dejar la jaula y a procurarme esta
salida especial; esta salida humana. Hay un excelente giro alemán: "escurrirse
entre los matorrales". Esto fue lo que yo hice: "me escurrí entre
los matorrales". No me quedaba otro camino, por supuesto: siempre
que no había que elegir la libertad.
Si de un vistazo examino mi evolución y lo que fue su objetivo hasta
ahora, ni me arrepiento de ella, ni me doy por satisfecho. Con las manos
en los bolsillos del pantalón, con la botella de vino sobre la mesa,
recostado o sentado a medias en la mecedora, miro por la ventana. Si
llegan visitas, las recibo correctamente. Mi empresario está sentado en
la antecámara: si toco el timbre, se presenta y escucha lo que tengo
que decirle. Por las noches casi siempre hay función y obtengo éxitos
ya apenas superables. Y si al salir de los banquetes, de las sociedades
científicas o de las agradables reuniones entre amigos, llego a casa a
altas horas de la noche, allí me espera una pequeña y semiamaestrada
chimpancé, con quien, a manera simiesca, lo paso muy bien. De día no
quiero verla pues tiene en la mirada esa demencia del animal alterado
por el adiestramiento; eso únicamente yo lo percibo, y no puede soportarlo.
De todos modos, en síntesis, he logrado lo que me había propuesto lograr.
Y no se diga que el esfuerzo no valía la pena. Sin embargo, no
es la opinión de los hombres lo que mi interesa; yo sólo quiero difundir
conocimientos, sólo estoy informando. También a vosotros, excelentísimos
señores académicos, sólo os he informado.
FRAGMENTOS PARA EL INFORME PARA UNA ACADEMIA
Conocemos a Pedro el Rojo, como le conoce media humanidad. Pero
cuando vino al festival en nuestra ciudad, quise conocerle más de cerca,
personalmente. No es difícil ser recibido. En las grandes ciudades, donde
todos "se arremolinan para ver respirar a los grandes personajes,
debe ser problemático; pero en nuestra ciudad uno se conforma con
admirarlos desde la galería. Por eso yo había sido, como me informó el
criado, el primero que hizo anunciar su visita. El señor Busenau, el empresario,
me recibió con extrema cordialidad. No esperaba encontrarme
con un hombre tan humilde, casi tímido. Sentado en la antecámara de
la casa de Pedro el Rojo, se deleitaba con una tortilla. Aunque era de
mañana, ya lucía su frac, tal como se presenta en las funciones. Apenas
me vio, a mí, al visitante anónimo e insignificante, él, el poseedor de
los más altos galardones, monarca de los domadores, doctor honoris
causa de grandes universidades, saltó de su silla, me estrechó y sacudió
las manos, me obligó a sentarme, limpió su cuchara en el mantel y
me la ofreció amablemente para que terminara su comida. Obvió mi
agradecido rechazo e intentó darme de comer. Fue difícil serenarle y
hacerle retroceder con plato y cuchara.
–Es usted muy gentil en visitarnos –dijo con marcado acento extranjero
–; realmente muy gentil. Además, llega a la mejor hora; no siempre,
lamentablemente no siempre, Pedro el Rojo puede recibir; con frecuencia
le causa repulsión ver gente, entonces nadie puede entrar, sea
quien fuere; incluso yo mismo, sólo puedo tratarle comercialmente y en
el escenario. Pero después de la representación ya no puedo verle; él
vuelve solo a casa, se encierra en su habitación y permanece así hasta
la noche siguiente. Siempre tiene en su dormitorio una gran canasta de
frutas, para alimentarse en esas ocasiones. Pero yo, que naturalmente
no puedo dejarle sin vigilancia, alquilo las habitaciones de enfrente y lo
espío oculto tras las cortinas.
Al verme sentado frente a usted, Pedro el Rojo, lo oigo hablar y bebo a
su salud –usted podrá tomarlo como cortesía o no, pero es la pura verdad–,
me olvido por completo de que usted es un chimpancé. Sólo poco
a poco, cuando consigo volver a la realidad, los ojos me indican de
quién soy huésped.
–Sí.
–Está usted taciturno, ¿por qué? Si justamente ahora hemos pronunciado
juicios tan notablemente preciso acerca de nuestra ciudad, ¿por
qué callamos?
–¿Callamos?
–¿Se le ofrece algo? ¿Quiere que llame al domador? ¿Tal vez acostumbre
tomar algún alimento a esta hora?
–No, no. Está bien. Le puedo decir qué fue. A veces me repugna en tal
grado la gente, que a duras penas contengo la náusea. Eso, naturalmente,
nada tiene que ver con los individuos aislados, nada, por ejemplo,
con su gentil presencia. Va contra toda la gente. No es nada fuera
de lo común; si, por ejemplo, usted tuviera que convivir todo el tiempo
con monos, a pesar de todo su autodominio, sufriría ataques similares.
Por otra parte, no es el olor de mi especie lo que me repugna, sino el
de la gente, ese olor que se me ha adherido, mezclándose con el de mi
antigua raza. ¡Por favor, huela usted mismo! ¡Aquí, en el pecho! ¡Hunda
más la nariz en el pelo! ¡Más, le digo!
–Lamentablemente, no logro percibir ningún olor especial. El olor normal
de un cuerpo limpio; fuera de eso, nada. Por cierto, el olfato de un
hombre de la ciudad no es decisivo a este respecto. Usted, como es lógico,
percibe mil olores que a nosotros se nos escapan.
–Antes, estimado señor, antes. Eso ya pasó.
–Ya que usted mismo comienza con esto, aventuro la pregunta? ¿cuánto
hace que vive entre nosotros?
–Cinco años, el cinco de abril hará cinco años.
–Hazaña increíble. Abandonar la simiedad en cinco años y cruzar de un
salto toda la evolución de la humanidad. En verdad, nadie lo ha hecho
todavía. Corre solo esta carrera.
–Lo sé, es mucho y muchas veces yo también me asombro. Pero en
horas más tranquilas no opino lo mismo. ¿Sabe cómo me cazaron?
–He leído cuanto se escribió acerca de usted. Fue herido de un disparo
y atrapado.
Sí, recibí dos disparos: uno aquí, en la mejilla; la herida era naturalmente
mucho más grande que esta cicatriz, y otra debajo de la cadera.
Voy a quitarme el pantalón para que vea también esa marca. Este fue
el orificio de entrada, esta fue la herida grave, decisiva; caí del árbol y
cuando desperté estaba en una jaula en el entrepuente.
–¡En la jaula! ¡En el entrepuente! Es muy distinto leerlo que oírlo contar
por usted mismo.
–Y más distinto aún es haberlo pasado uno mismo, estimado señor.
Hasta entonces no supe lo que significaba no tener salida. No era un
jaulón cuadrado; eran tres lados sujetos a un cajón que constituía el
cuarto lado. El conjunto era tan bajo que no podía estar de pie y tan estrecho
que resultaba imposible sentarse. Sólo podía estar acurrucado,
con las rodillas dobladas. En mi enojo no quería ver a nadie y permanecía
de cara al cajón, acuclillado, con las rodillas temblorosas, durante
días y noches, mientras atrás los barrotes me cortaban las carnes. Se
consideraba conveniente guardar a los animales salvajes en esas condiciones
durante los primeros tiempos de su cautiverio, y por experiencia
propia puedo decir que en sentido humano tal vez sea exacto.
Pero aún no le había tomado sabor al sentido humano. Tenía el cajón
ante mí. Rompe la madera con los dientes, escúrrete por el agujero,
que ni deja pasar la mirada y al que saludaste con inconscientes saludos
de satisfacción. ¿A dónde quieres? Tras las tablas comienza la selva.
(Comienzo de carta)
Estimadísimo señor Pedro el Rojo:
He leído con sumo interés y hasta con el corazón agitado el informe que
usted ha escrito para la Academia de las Ciencias. No es de extrañar,
puesto que fui su primer maestro, para quien usted ha tenido tan amables
palabras de evocación. Tal vez, reflexionando un poco más se
hubiese podido evitar la referencia a mi estadía en el sanatorio, pero
reconozco que el informe, dada la franqueza que lo caracteriza, no podía
dejar de lado ese pequeño detalle, ya que se le ocurrió en el momento
de escribir, no quería hablarle de esto, se trata de otro asunto.
CARTA AL PADRE
(1919)
Querido padre:
"Me preguntaste una vez por qué afirmaba yo que te tengo miedo. Como
de costumbre, no supe qué contestar, en parte, justamente por el
miedo que te tengo, y en parte porque en los fundamentos de ese miedo
entran demasiados detalles como para que pueda mantenerlos reunidos
en el curso de una conversación. Y, aunque intente ahora contestarte
por escrito, mi respuesta será, no obstante, muy incomprensible,
porque también al escribir el miedo y sus consecuencias me inhiben
ante ti, y porque la magnitud del tema excede mi memoria y mi entendimiento.
"Para ti, el asunto fue siempre muy sencillo, por la menos por lo que
hablabas al respecto en mi presencia y también, sin discriminación, en
la de muchos otros. Creías que era, más o menos, así: durante tu vida
entera trabajaste duramente, sacrificando todo a tus hijos, en especial
a mí. Por lo tanto, yo he vivido cómodamente, he tenido absoluta libertad
para estudiar lo que se me dio la gana, no he tenido que preocuparme
por el sustento, por nada, por lo tanto, y en cambio de eso, tú
no pedías gratitud (tú conoces como agradecen los hijos) pero esperabas
por lo menos algún acercamiento, alguna señal de simpatía; por el
contrario, yo siempre me he apartado de ti, metido en mi cuarto, con
mis libros, con amigos insensatos, con mis ideas descabelladas; jamás
hablé francamente contigo, en el templo jamás me acerqué a ti, en
Franzenbad no fui jamás a visitarte, tampoco he conocido el sentimiento
de familia, ni me ocupé del negocio ni de tus otros asuntos, te
endosé la fábrica y te abandoné luego, apoyé a Otila en su terquedad, y
mientras que por ti no muevo ni un dedo (si siquiera te traigo una entrada
para el teatro), no hay cosa que no haga por mis amigos. Si
haces un resumen de tu juicio sobre mí, surge que no me reprochas
nada que sea en realidad indecente o perverso (excepto, tal vez, mi reciente
proyecto de matrimonio), sino mi frialdad, mi alejamiento, mi ingratitud.
Y me lo echas en cara como si fuese culpa mía, como si mediante
n golpe de timón hubiese podido, dar a todo esto un curso distinto,
en tanto tú no tienes la menor culpa, salvo tal vez la de haber sido
excesivamente bueno conmigo.
"Esta consabida interpretación tuya me parece correcta sólo en lo que
se refiere a tu falta de culpa en cuanto a nuestro distanciamiento. Pero
también estoy yo igualmente exento de culpa. Si pudiera conseguir que
reconocieras esto, entonces sería posible, no digo una vida nueva –para
ello los dos somos ya demasiados viejos–, pero sí una especie de paz,
no un cese, pero sí un atenuamiento de tus incesantes reproches.
"Es extraño, pero tú tienes un presentimiento de lo que quiero decirte.
Así por ejemplo, me dijiste hace poco: "Yo siempre te he querido, aunque
no como ellos". Ahora bien, padre: yo en verdad nunca dudé de tu
bondad para conmigo pero no me parece que tu observación sea exacta.
Tú no sabes fingir, eso es cierto, pero si pretendes, sólo por esa razón,
afirmar que los otros padres fingen, se trata, o bien de simple terquedad,
imposible de discutir, o bien de una expresión encubierta de
que hay algo que no anda bien entre nosotros, y que tú contribuyes a
causar, aunque sin culpa. Si realmente es ésa tu opinión, estamos de
acuerdo.
No digo, por supuesto, que he llegado a ser lo que soy sólo por tu influencia.
Eso sería muy exagerado (y bien que me siento atraído hacia
tal exageración). Es muy posible que, aun si hubiese estado totalmente
libre de tu influencia durante mi desarrollo, no hubiera podido llegar a
ser tampoco la clase de persona que tú quieres. Hubiera sido, probablemente,
un hombre endeble, temeroso, vacilante e inquieto: ni un
Robert Kafka, ni un Karl Hermann, pero, con todo, distinto de como soy
en la actualidad, y hubiéramos podido entendernos perfectamente. Yo
hubiese sido feliz teniéndote corno amigo, corno jefe, tío o abuelo, y
hasta (aunque en esto ya vacilo) como suegro. Pero precisamente como
padre has sido demasiado fuerte para mí, tanto más cuanto que mis
hermanos murieron siendo niños aún, y las hermanas llegaron sólo mucho
más tarde, de manera que yo tuve que soportar completamente solo
el primer choque, y para eso era débil, demasiado débil.
"Compáranos a los dos: yo, para decirlo buenamente, un Lówy con cierto
fondo de los Kafka, a quien sin embargo no impulsa esa voluntad de
vivir, de comerciar y de conquistar típica de los Kafka, sino un aguijón
de los Lówy, que actúa en otra dirección, más secreto, más tímido, y
que con frecuencia cesa por completo. Tú, en cambio, un verdadero
Kafka en cuanto a fuerza, salud, apetito, volumen de voz, cualidades
oratorias, autosatisfacción, superioridad humana, perseverancia, presencia
de ánimo, conocimiento de los hombres y cierta amplitud de miras,
claro que también con los defectos y debilidades correspondientes
a tales excelencias, y a los cuales te impulsan tu temperamento y tu
mal genio, a veces. Quizá no eres del todo un Kafka en tu concepción
general del mundo, si se te compara con los tíos Philipp, Ludwig y Heinrich.
Esto es extraño, y no lo comprendo con suficiente claridad. Ellos
eran más alegres, más espontáneos, más desenvueltos, menos severos
que tú. (En esto, digámoslo al pasar, he heredado mucho de ti y he
administrado demasiado bien esta herencia, sin tener en cambio, en mi
ser, los contrapesos necesarios, tal como tú los tienes). Pero también
tú, en ese sentido, has atravesado períodos diversos; estuviste tal vez
más contento antes de que tus hijos, y yo especialmente, te decepcionaran
y te afligieran en el hogar (ya que, cuando venían extraños, eras
distinto) y puede ser que ahora estés otra vez más contento, ya que
vuelves a recibir de los nietos y del yerno algo de aquel calor que los
hijos, con excepción tal vez de Valli, no pudieron darte. De cualquier
manera, éramos tan distintos y tan peligrosos el uno para el otro en esa
diferencia, que sí hubiese calculado de antemano la relación que surgiría
entre nosotros, yo, el niño que se desarrollaba lentamente, y tú, el
hombre hecho, hubiera sido posible presumir que tú simplemente me
aplastarías bajo tus pies, que nada quedaría de mí.
Esto no sucedió por cierto (no puede calcularse lo que vive) pero quizá
haya sucedido algo peor todavía. Y al referirme a esto, te ruego una vez
más no olvides que nunca, ni remotamente, creí en culpa alguna de tu
parte. Tu influjo sobre mí era tal como debía ser, sólo que debes dejar
de considerar como una especial maldad de mi parte el hecho de haber
sucumbido a él.
"Yo era un niño tímido, pero seguramente también terco, como deben
ser los niños; sin duda mi madre me mimaba también, pero no puedo
creer que fuera tan difícil tratarme que una palabra cariñosa, un silencioso
asirme de la mano, una mirada dulce no hubieran podido obtener
de mí lo que quisieran. En el fondo, eres un hombre bueno y afable (esto
no está en contradicción con lo que sigue, ya que solamente hablo de
la apariencia con que influías sobre mí, cuando era niño), pero no todos
los niños tienen la perseverancia y la intrepidez suficientes como para
buscar mucho tiempo hasta llegar a la bondad. Tú sólo puedes tratar a
un niño de la misma manera con que estás hecho, con fuerza, ruido e
iracundia, y esto te parecía además muy adecuado para el caso, porque
querías hacer de mí un muchacho fuerte y valeroso.
"Por cierto, no puedo describir ahora concretamente tus recursos educativos
de los primeros años, pero bien puedo imaginármelos infiriéndolos
de los años siguientes y de tu manera de tratar a Félix. Y debe
considerarse que todo se acentuaba en aquel entonces, porque eras
más joven, y en consecuencia más espontáneo, más fogoso, más primitivo,
más despreocupado que hoy y que, además, te hallabas por completo
absorbido por el negocio; que yo te veía apenas una vez en el día,
y por lo tanto, la impresión que me causabas era más honda aún, y
nunca llegó a disminuir con la costumbre.
"Sólo recuerdo con claridad un suceso de los primeros años. Quizá tú
también lo recuerdes. Una noche, yo, lloraba sin cesar pidiendo que me
trajeran agua, no sin duda porque tuviera sed sino probablemente en
parte para fastidiar y en parte para entretenerme. Como algunas amenazas
violentas no habían producido efecto, me sacaste de la cama, me
llevaste al balcón y me dejaste allí un rato, en camisa, solo ante la
puerta cerrada. No pretenderé decir que eso estaba mal, puede ser que
en ese momento no hubiese otra forma de conseguir el descanso nocturno,
pero quiero caracterizar con ello tus métodos educativos y su
efecto sobre mí. Sin duda, esa vez fui obediente, pero había sufrido un
daño interior. Nunca pude establecer, de acuerdo con mi naturaleza, la
relación correcta entre lo lógico, para mí, de aquel absurdo pedir agua
con lo extraordinariamente terrible de verme llevado afuera. Todavía
años más tarde me perseguía la visión aterradora de ese hombre gigantesco,
mi padre, esa última instancia, que podía, casi sin motivo, venir
de noche a sacarme de la cama y llevarme al balcón, a tal punto yo no
era nada para él.
"Aquello fue entonces solamente un breve comienzo, pero esa sensación
de nulidad que con frecuencia me domina (en otro sentido, sin duda,
también una sensación noble y fértil), se debe en gran parte a tu
influencia. Me hubiese sido necesario un poco de estímulo, un poco de
cordialidad que me allanara ligeramente el camino; en cambio, tú me
cerrabas el paso, indudablemente con la buena intención de desviarme
hacia otro. Pero yo no servía para eso. Tú, por ejemplo, me alentabas
cuando hacía bien el saludo militar, el paso de marcha, pero yo no era
un futuro soldado, o me estimulabas cuando podía comer mucho y aún
tomar cerveza, o cuando lograba repetir canciones incomprensibles o
repetir tus frases usuales, pero nada de eso pertenecía a mi porvenir. Y
resulta demostrativo que aún hoy sólo me estimes en algo cuando te
cabe participar en la emoción, cuando hiero tu egocentrismo (por ejemplo,
con mi intención de casarme) o cuando alguien hiere en mí tu egocentrismo,
(por ejemplo, cuando Pepa me insulta). Entonces se me
anima, se me recuerda mi valer, se me señalan los partidos a que tengo
derecho, y se condena a Pepa definitivamente. Pero, aparte de ser a
mi edad ya casi insensible a los estímulos, ¿de qué me sirven si sólo
aparecen allí donde ya no se trata en primer lugar de mí?
"En aquel entonces, y sólo en aquel entonces, me hubiera sido necesario
el estímulo. Si tu sola presencia física ya me aplastaba...
Recuerdo, por ejemplo, cuando nos desvestíamos juntos en una
casilla. Yo flaco, débil, enjuto; tú, fuerte, grande, ancho. Ya en la casilla
me sentía miserable, y no sólo frente a ti, sino ante el mundo entero,
porque tú eras para mí la medida de todas las cosas. Pero después salíamos
de la Casilla e íbamos entre la gente, yo tomado de tu mano, un
esqueleto pequeño, vacilante, descalzo sobre las tablas, temeroso del
agua, incapaz de imitar tus movimientos para nadar que, con la mejor
intención, pero en realidad para mi vergüenza profunda, tú repetías
constantemente para enseñarme. Yo me sentía entonces completamente
desesperado, y todas mis experiencias desalentadoras en otros terrenos
coincidían a la perfección en ese momento. Me sentía mejor
cuando te desvestías primero y me quedaba solo en la casilla, postergando
la vergüenza de la presentación en público hasta que, finalmente,
venías a buscarme y me sacabas de allí. Yo te estaba agradecido
porque no parecías advertir mi angustia y también estaba orgulloso por
el cuerpo de mi padre. Por lo demás, esta diferencia subsiste todavía
hoy entre nosotros.
"A ella correspondía, además, tu supremacía espiritual. Tú habías llegado
tan alto mediante tu propio esfuerzo que por eso tenías una ilimitada
confianza en tu parecer. Esto fue para mí, como niño, aun menos deslumbrante
de lo que fue más tarde para el adolescente, para el hombre
en formación. Desde tu sillón gobernabas el mundo. Tu opinión era la
correcta, y cualquier otra, absurda, exagerada, insensata, anormal. Tu
confianza en ti mismo era tan grande que no necesitabas siquiera ser
consecuente para que no dejaras, sin embargo de tener razón. Podía
suceder también que acerca de un asunto no tuvieras opinión alguna,
pero entonces todas las opiniones que fueran posibles con respecto a
ese asunto tenían que ser falsas sin excepción. Podrías, por ejemplo,
despotricar contra los checos, después contra los judíos, y esto en cualquier
sentido, sin discriminación alguna, y al fin no se salvaba nadie,
excepto tú. Asumías ante mí el enigma de los tiranos, cuyo, derecho se
funda, en su persona y no en la razón. Por lo menos, así me parecía.
"Ahora bien, con asombrosa frecuencia tenías razón de hecho contra
mí. En la conversación, esto se sobreentendía, pues casi nunca se hacía
posible el diálogo entre nosotros, pero también la tenías en la realidad.
No obstante, esto tampoco era muy incomprensible: todos mis pensamientos
se hallaban bajo tu poderosa presión, incluso también aquellos
que no coincidían con los tuyos, y especialmente éstos. Todos mis pensamientos
en apariencia independientes de ti, llevaban desde el principio
el peso de tu veredicto adverso; soportar esto hasta su desarrollo,
completo y permanente, era casi imposible. No me refiero aquí a ninguna
clase de pensamientos elevados, sino a cualquier asunto pequeño
de la infancia. Bastaba con estar contento por cualquier causa, absorbido
por ella, llegar a casa y expresarla, para que la respuesta fuese un
suspiro irónico, un meneo de cabeza, un golpeteo de los dedos sobre la
mesa: "Yo vi cosas mejores", o "me conmueves con tus preocupaciones",
o "no tengo una cabeza tan descansada", "trata de comprar
algo con eso" o "qué acontecimiento". Naturalmente, no era posible
exigirte que demostraras entusiasmo por cada pequeñez infantil, ya
que vivías sumido en preocupaciones y problemas. Pero no se trataba
de eso. Se trataba más bien de que siempre y de hecho ocasionabas
desilusiones al niño con tu espíritu de contradicción, y que este espíritu
de contradicción se reforzaba incesantemente con la acumulación de
material, de modo que finalmente obrabas por costumbre aun cuando
alguna vez coincidieras conmigo; por último, tales decepciones del niño
no eran decepciones de la vida común, sino que, como estaba de por
medio tu persona, medida y patrón para todo, daban en lo más profundo.
El valor, la decisión, la seguridad, la alegría a causa de esto o aquello,
no subsistían hasta el fin si tú te oponías o si solamente era posible
presumir esa oposición, y era posible presumirla sin lugar a dudas frente
a casi todo lo que yo hiciese.
"Eso se refería tanto a los pensamientos como a los seres humanos.
Bastaba con que yo demostrase algún interés por alguna persona (cosa
que, debido a mi carácter, no sucedía muy a menudo) para que tú, en
seguida, sin consideración alguna para mis sentimientos ni respeto por
mi opinión, te entrometieras con insultos, difamaciones y calumnias.
Hombres inocentes, infantiles, como por ejemplo el actor judío Lówy,
tuvieron que expiar ese castigo. Sin conocerlo, lo comparaste de un
modo terrible que ya he olvidado, con un insecto; ¡y cuántas otras veces,
refiriéndote a personas que me eran queridas, tuviste automáticamente
a mano, el proverbio del perro y las pulgas! Del caso de ese actor
me acuerdo ahora perfectamente, porque esa vez anoté la observación
siguiente con respecto a tus manifestaciones: "Así habla mi padre
de mi amigo (al que ni siquiera conoce), sólo por el hecho de ser mi
amigo. Es algo que siempre podré oponerle cuando me reproche mi falta
de amor filial y de gratitud". Incomprensible me resultó siempre tu
absoluta insensibilidad por el daño y el dolor que podías ocasionarme
con esas palabras y esos juicios; era como si, no tuvieses la menor
conciencia de tu poder. Yo también, seguramente, te herí a menudo con
mis palabras, pero entonces lo sabía y me causaba dolor, pero no podía
dominarme, no podía retener la palabra, y ya me arrepentía al tiempo
de pronunciarla. Pero tú, en cambio, descargabas los golpes de tus palabras
a diestra y siniestra. No te compadecías de nadie, ni en ese momento
ni después; ante ti, uno se hallaba totalmente indefenso.
"Pero así era tu manera de educar. Creo que tienes talento educativo; a
una persona como tú le hubieses sido sin duda útil en su educación;
hubiera reconocido lo sensato de tus observaciones, no se hubiera preocupado
por nada y habría obrado tranquilamente. Pero para mí, un niño,
toda palabra que me dirigías era como un precepto divino, nunca lo
olvidaba, lo asimilaba como el medio más eficaz para juzgar el mundo,
más que nada para Juzgarte a ti, y en eso fracasabas completamente.
Como por lo común me encontraba contigo durante la hora de las comidas,
tu enseñanza en gran parte versaba sobre el correcto comportamiento
en la mesa. Lo que se colocaba sobre la mesa debía comerse;
no era permitido opinar sobre la calidad de la comida, pero tú, a
menudo, la encontrabas incomible, la llamabas "la bazofia", la "bestia"
(la cocinera) la había echado a perder. Como, debido a tu apetito excelente
y tu peculiar preferencia, tragabas la comida con rapidez, caliente,
y a grandes bocados, los niños debían apresurarse; un silencio
sombrío reinaba en la mesa, sólo interrumpido por amonestaciones:
"primero come, después habla", o "pronto, pronto", o "mira, hace rato
que yo terminé". Los huesos no podían morderse, pero tú sí podías; el
vinagre no podía sorberse, pero tú sí podías. Lo principal era cortar el
pan en forma correcta, pero no tenía importancia que tú lo hicieras con
un cuchillo que chorreaba salsa. Había que cuidar que no cayesen migas
al suelo, pero al terminar, donde más restos había era debajo de tu
silla. Una vez sentados a la mesa, sólo era permitido ocuparse en comer.
Pero tú te limpiabas y te cortabas las uñas, sacabas punta a lápices,
te hurgabas las orejas con escarbadientes. Te ruego, padre, que
me comprendas bien: todos éstos hubieran sido detalles sin importancia,
pero se tornaron deprimentes para mí porque tú, un hombre tan
enormemente decisivo en mi vida, no cumplías los preceptos que me
dictabas. Por esa razón el mundo quedó para mí dividido en tres partes:
una donde vivía yo, el esclavo, bajo leyes inventadas exclusivamente
para mí, y a las que, además, no sabía porqué, no podía adaptarme por
entero; luego, un segundo mundo, infinitamente distinto del mío, en el
que vivías tú, ocupado en gobernar, impartir órdenes y enfadarte por
su incumplimiento; y, finalmente, un tercer mundo donde vivía la demás
gente, feliz y libre de órdenes y de obediencia. Yo me hallaba
siempre en una vergonzosa situación: o bien obedeciendo tus órdenes,
lo cual implicaba una afrenta, ya que sólo tenían vigencia para mí, o
bien adoptando una actitud obstinada, lo que también era ignominioso,
ya que era imposible mantenerse obstinado frente a ti, o bien no podía
obedecerte porque no poseía, simplemente, ni tu fuerza, ni tu apetito,
ni tu habilidad, a pesar de que tu exigías eso como algo que se da por
sobreentendido; y ésta era sin duda la vergüenza mayor. Así se movían,
no las reflexiones, sino los sentimientos del niño.
"Mi situación de entonces tal vez aparezca más clara si se la compara
con la de Félix. A él también lo tratas en forma parecida y le aplicas un
recurso educativo particularmente terrible: cuando, durante la comida,
comete alguna torpeza, no te contentas con decirle como a mí: "eres un
chancho", sino que agregas además: "un auténtico Hermann", o si no:
"idéntico a tu padre". Ahora bien, quizás (más que "quizás" no puede
decirse) esto no le cause a Félix un daño esencial, ya que para él tú
eres sólo un abuelo, por cierto que un abuelo singularmente importante,
pero no lo eres todo, como lo eras para mí; además, Félix tiene
un carácter tranquilo, ya desde ahora hasta cierto punto viril, y acaso
pueda quedar aturdido por una voz de trueno, pero sin recibir de ella, a
la larga, ningún influjo permanente; pero, antes que nada, sólo está
contigo raras veces y recibe también otras influencias; tú eres para él
una curiosidad querida de la cual puede tomarse lo que se quiera para
sí. En cambio, tú no eras para mí una curiosidad, yo no podía elegir, tenía
que aceptarlo todo.
"Y además, sin poder alegar nada en contrario, ya que contigo resulta
imposible iniciar una conversación tranquila si no estás de acuerdo de
antemano con el asunto que se tratará o, simplemente, si no parte de
ti. Tu temperamento dominante no lo permite. En los últimos años eso
lo explicabas atribuyéndolo a tu nerviosidad cardiaca, pero yo no puedo
decir que alguna vez haya sido esencialmente distinto; cuanto más, esa
nerviosidad cardiaca es para ti un pretexto para ejercer tu dominación,
ya que tomarla en cuenta obliga al otro a ahogar forzosamente el último
intento de contradicción. No se trata de un reproche, por supuesto,
sino de la comprobación de una realidad. Por ejemplo, en el caso de Ottla:
"con ella es imposible hablar, en seguida le salta a uno a la cara";
eso acostumbras a decir, pero en realidad ella, por principio, no ataca;
confundes el asunto con la persona; es el asunto el que te ataca, y tú
decides inmediatamente acerca de él, sin reparar en la persona; lo que
después pueda alegarse sólo conseguirá aumentar tu irritación, pero
jamás convencerte. Sólo se te oye decir después: "Haz lo que quieras,
para mí eres libre, eres mayor de edad, no tengo por qué darte consejos";
y todo ello, con ese tono de voz ronco, terrible expresión de la ira
y de la condenación total, ante el cual tiemblo hoy todavía, aunque menos
que en la infancia sólo porque el sentimiento de culpa, exclusivo del
niño, fue parcialmente remplazado por la comprensión de nuestra mutua
impotencia.
"La imposibilidad de una relación apacible tuvo otra consecuencia más,
sin duda natural: perdí la costumbre de hablar. De cualquier manera,
nunca seguramente hubiera llegado a ser un gran orador, pero hubiese
dominado el lenguaje humano con fluencia normal. Pero desde muy
temprano tú me prohibiste la palabra; tu amenaza: "¡ni una palabra de
protesta!" y la mano levantada al mismo tiempo, me acompañan desde
siempre. Adquirí una manera entrecortada, tartamudeante de hablar en
tu presencia (cuando se trata de tus asuntos, tú eres un excelente orador),
y aún eso era demasiado para ti, de manera que finalmente me
quedé callado, al principio, tal vez por terquedad y más tarde porque en
tu presencia no podía ni pensar ni hablar. Y como tú eras mi verdadero
maestro, todo esto influyó para siempre sobre mi vida en general. Cometes
un gran error si crees que nunca me he sometido a ti. Mi actitud
hacia ti nunca ha sido realmente "siempre todo en contra", tal como
supones y me lo echas en cara. Al contrario: si te hubiese obedecido
menos, estarías sin duda más contento de mí. Más bien, todas tus normas
educativas fueron certeras; no eludí detalle alguno: tal como soy
represento (con exclusión, naturalmente, de los fundamentos e influencia
de la vida) los resultados de tu educación y mi obediencia. Si estos
resultados te parecen no obstante penosos, y aún te niegas inconscientemente
a admitirlos como producto de tu educación, se debe justamente
al hecho de que tu mano y mi materia hayan sido tan extraños
la una para la otra. Decías: "¡Ni una palabra de protesta!", y con ello
querías acallar en mí las fuerzas contrarias que te eran desagradables,
pero esa influencia era demasiado fuerte para mí, yo era demasiado
obediente, callé por completo, me escondí de ti, y sólo me atreví a moverme
cuando estuve tan lejos de ti que tu poder, al menos directamente,
ya no me alcanzaba. Pero estabas allí, y todo te parecía otra
vez "contrario", en tanto no era en realidad sino la consecuencia lógica
de mi debilidad y de tu fuerza.
"Tus recursos oratorios, sumamente eficaces para la educación, y que
al menos en mi caso no fracasaban nunca, eran: insulto, amenaza, ironía,
risa malévola y (cosa extraña), autocompasión.
"No recuerdo que alguna vez me hayas insultado directamente y con
palabras concretas. Tampoco era necesario, ya que tenías otros recursos,
aparte de que en las conversaciones en casa y en el negocio los insultos
volaban a mi alrededor, cayendo sobre otros, en tal cantidad
que, siendo todavía un niño, me dejaban a veces casi aturdido; además,
no había motivo para no referirlos también a mí, ya que las personas
a las que insultabas no eran sin duda peores que yo, y con toda
seguridad no estabas más descontento de ellas que de mí. Y también
en esto aparecía tu indescifrable falta de culpa e inmunidad; tú insultabas
sin el menor escrúpulo, pero también condenabas y prohibías los
insultos de los demás.
"Reforzabas los insultos con amenazas, y éstas ya me alcanzaban también
a mí. Me aterraba, por ejemplo, la siguiente: "Te destrozaré como
un pez". A pesar de saber yo que nada peor seguía a tales palabras
(por cierto, cuando era niño no lo sabía), mi concepción de tu poder casi
me convencía de que eras capaz de hacerlo. Era terrible también
cuando corrías dando gritos alrededor de la mesa para asir a uno de
nosotros, aunque en realidad ni siquiera querías tocarlo, pero hacías
como fuese, hasta que por fin parecía rescatarnos mi madre. Una vez
más, así creía el niño, había salvado la vida gracias a tu clemencia y
seguía llevándola como un inmerecido regalo tuyo. Aquí pueden mencionarse
también las amenazas acerca de las consecuencias de desobedecerte.
Si comenzaba a hacer algo que no fuera de tu gusto y tú me
amenazabas con el fracaso, el respeto por tu opinión era tan grande en
mí, que el fracaso, aunque fuese mucho más tarde, era irremediable.
Perdí la confianza en mis actos. Yo era inconstante, indeciso. A medida
que fui creciendo aumentó el material que podías señalar como testimonio
de mi inutilidad; poco a poco, en ciertos aspectos, comenzaste a
tener razón. Una vez más me guardo de afirmar que llegué a ser como
soy sólo a causa de ti; tú acentuabas únicamente lo que ya existía, pero
lo acentuabas enormemente, porque eras muy poderoso frente a mí y
empleabas en eso todo tu poder.
"Tenías singular confianza en la educación mediante la ironía. Ella era
también lo que más se adecuaba a tu superioridad sobre mí. Una
exhortación de tu parte tenía habitualmente esta forma: "¿No puedes
hacer esto así o así?, ¿esto con seguridad ya sería demasiado para ti?,
¿para esto naturalmente ya no tienes tiempo?" u otra parecida, y cada
una de estas preguntas acompañada por una sonrisa maliciosa y un
rostro agrio. Uno estaba castigado, en cierto modo, antes de saber que
había hecho algo malo. Eran irritantes también esas reconvenciones dirigidas
en tercera persona, es decir, que por consiguiente ni siquiera
era uno digno de la despectiva interpelación directa: aparentemente te
dirigías a mi madre, pero dirigiéndote en realidad a mí, que me hallaba
presente: "Esto, por supuesto, no puede esperarse del señor hijo", y
cosas por el estilo. (Ello trajo como consecuencia que yo me atreviera,
y después por costumbre que eso ya ni se me ocurriese, a preguntarte
algo directamente, estando presente mi madre. Para el niño era mucho
menos peligroso preguntar a su madre, que estaba sentada a su lado:
"¿Cómo está mi padre?", quedando así a salvo de sorpresas). Hubo
también casos, naturalmente, en que uno estaba completamente de
acuerdo con la peor de las ironías cuando se refería a otro, por ejemplo,
a Elli, con la cual viví yo enojado durante años. Para mí, era una fiesta
de maldad, de perversa fruición, cuando casi en todas las comidas se la
apostrofaba así: "A diez metros de la mesa tiene que estar sentada esa
muchachota", y cuando después pretendías imitarla, demostrando exageradamente
cuan grande era el disgusto que te producía su manera de
sentarse, sin el más leve rastro de amabilidad o de humor, sino como
un exacerbado enemigo. Cuántas veces tuvo que repetirse esta escena
y otras semejantes, y cuan poco, en realidad, has logrado con ello.
Creo que esto se debe a que el grado de ira y de enojo no parecía estar
en relación correcta con el asunto; se tenía la sensación de que tu cólera
no podía haber sido provocada por esa nimiedad del estar sentado
lejos de la mesa, sino que existía en su entera magnitud ya desde un
principio, y hubiese tomado sólo por casualidad ese preciso detalle como
pretexto para su descarga. Y como uno tenía la certeza de que
siempre encontrarías un pretexto y, conjuntamente, la convicción de no
ser apaleado, uno no prestaba mayormente atención y se insensibilizaba
además bajo la constante amenaza. Se convertía uno en una criatura
huraña, desatenta, desobediente, que buscaba constantemente una
forma de huida, una huida interior casi siempre. Así, tú sufrías, y sufríamos
nosotros, Desde tu punto de vista tenías toda la razón cuando,
con los dientes apretados y esa risa gutural que por primera vez había
hecho entrever al niño fantasías infernales, solías decir, con amargura
(como últimamente a propósito de una carta de Constantinopla): "¡Qué
sociedad ésta!"
"Totalmente incompatible con esta actitud hacia tus hijos aparecía el
hecho, bastante frecuente en verdad, de tus lamentaciones en público.
Confieso que, de niño, no me inspiraba sentimiento alguno (más tarde
sí, ciertamente) y no comprendía cómo podías pretender encontrar
compasión alguna. Siendo tan gigantesco en todo sentido, ¿qué interés
podía tener para ti nuestra compasión y menos aún nuestra ayuda? Tú,
en verdad, tenías que despreciarla, como a nosotros mismos con tanta
frecuencia. Por consiguiente, no creía yo en tus quejas y procuraba encontrar
una intención oculta tras ellas. Sólo más tarde comprendí que
realmente sufrías mucho por tus hijos; pero en aquel entonces, cuando
tus quejas, aún en circunstancias distintas, hubiesen podido encontrar
un espíritu infantil, abierto, libre de escrúpulos, y dispuesto para la
ayuda, ellas tenían que parecerme sólo medios educativos y humillantes
demasiado evidentes, y no muy eficaces como tales, pero con el
efecto secundario nocivo de que el niño se habituara a no tomar en serio
justamente las cosas que hubiera debido tomar muy en cuenta.
"Hubo también, por suerte, momentos de excepción, en particular
cuando sufrías en silencio, y el amor y la bondad vencían con su intensidad
los obstáculos y conmovían invariablemente. Sucedía raras veces,
pero era maravilloso. Así por ejemplo, cuando se te veía en el negocio,
en los ardientes días del verano, dormitando a mediodía, después del
almuerzo, cansado, el codo apoyado en el escritorio; o cuando venías a
visitarnos los domingos, en nuestro lugar de veraneo, rendido de fatiga;
o cuando mi madre estaba gravemente enferma, y tú, estremecido
por el llanto, te aferrabas a la biblioteca; o cuando estuve enfermo yo,
la última vez, y viniste silenciosamente a verme, en el cuarto de Otila, y
te paraste en el umbral, y estiraste el cuello a fin de verme en la cama,
y me saludaste sólo con la mano, por consideración. En tales momentos,
se echaba uno a llorar de felicidad, y hoy vuelvo a llorar mientras
lo escribo.
"Tienes también un modo particularmente bello y poco frecuente de
sonreír, tranquilo, apacible y afable, capaz de hacer por entero feliz a
aquel que lo recibe. No puedo recordar si durante mi infancia tu sonrisa
me fue dedicada especialmente alguna vez, pero sin duda ha debido ser
así, ya que no puede admitirse que me la hayas negado entonces,
cuando aún te parecía inocente, cuando era todavía tu gran esperanza.
Por mi parte, tampoco estas impresiones cordiales han tenido a la larga
otro efecto que el de aumentar mi sentimiento de culpa, haciendo que
el mundo me fuera más incomprensible aún.
"Prefería atenerme a la realidad perdurable. En parte, a fin de defenderme
de ti, y en parte como una especie de venganza, pronto comencé
a observar, reunir y exagerar pequeñas ridiculeces que observaba
en ti. Por ejemplo, la facilidad con que te dejabas deslumbrar por
personas que sólo en apariencia, en la mayoría de los casos, ocupaban
una posición más elevada que tú, o tu incansable costumbre de contar
lo ocurrido, digamos con algún consejero imperial o algo parecido
(además estas cosas me dolían porque tú, mi padre, necesitabas esas
comprobaciones fútiles de tu valer, jactándote de ellas). O bien observaba
tu predilección por las expresiones procaces pronunciadas con la
voz más alta posible, y de las que te reías como si hubieras acertado a
decir algo particularmente brillante, cuando en realidad no se trataba
más que de alguna indecencia nimia y común (al mismo tiempo, era
también, por cierto, una manifestación de tu fuerza vital, que me avergonzaba).
Naturalmente, hubo oportunidad para gran cantidad de tales
observaciones, y de muy diverso tipo; yo me sentía feliz al hacerlas,
porque me daban motivos para murmuraciones y burlas; tú lo notabas
a veces, te disgustabas, te parecían maldad, falta de respeto, pero, tienes
que creerlo, para mí no eran más que un medio, por otra parte inservible,
para subsistir; eran como esas bromas que se difunden acerca
de los dioses y de los reyes, bromas que no sólo están vinculadas con el
respeto más profundo, sino que hasta son parte de éste.
"También tú, al hallarte en situación parecida y concorde ante mí, ensayabas
una especie de contraataque; solías señalarme cuan extraordinariamente
buena era mi situación en la vida y qué bien se me había
tratado en realidad; esto es cierto, pero no creo que, bajo el imperio de
circunstancias irremediables, me haya servido de algo.
"Es verdad que mi madre fue infinitamente buena conmigo, pero aún
esto se hallaba, a mi modo de ver, referido a ti: en relación nada buena
por lo tanto. Mi madre, sin saberlo, desempeñaba el papel del batidor
en una cacería. Si bien la educación que me diste, en alguna circunstancia
improbable, hubiera podido incitarme a adoptar una actitud de
terquedad, aversión o hasta odio, ella intercedía con su bondad, con su
palabra sensata (en la confusión de mi infancia ella era para mí el arquetipo
de la sensatez), devolviéndome el equilibrio, pero también empujándome
de nuevo hacia tu círculo, del cual, de otra manera, quizá
me hubiera evadido, para bien de ambos. O bien la situación se presentaba
de manera tal que no se producía una reconciliación verdadera; mi
madre sólo me protegía, en secreto, de ti, me daba algo en secreto. Y
entonces yo volvía a ser otra vez el ser que huye de la luz, el estafador,
el culpable consciente, el cual, debido a su nulidad, debía alcanzar por
caminos tortuosos aquello a que creía tener derecho. Naturalmente, me
acostumbré también a alcanzar por esos caminos aquello a lo que, aún
en mi opinión, no tenía derecho alguno. Y esto implicaba un nuevo aumento
de mi sentimiento de culpa.
"También es verdad que nunca me golpeaste realmente. Pero esos gritos,
ese enrojecimiento de tu rostro, ese rápido movimiento para quitarte
los tiradores y colocarlos deliberadamente en el respaldo de la silla,
todo eso era casi peor para mí.
"Es como uno cuando va a ser ahorcado. Si realmente lo ahorcan, está
muerto y todo se acabó. Pero si tiene que asistir a todos los preparativos
para su ejecución y sólo cuando el nudo corredizo ya cuelga ante
sus ojos se entera del indulto, es posible que quede afectado por ello
durante toda su vida. Además, de tantas veces en que, según tu opinión
claramente expresada, merecía yo una paliza de la que me salvaba
por poco, gracias a tu perdón, sólo conseguía acumular un sentimiento
de culpa todavía más grande. Desde todos los ángulos, yo quedaba
siempre culpable frente a ti.
"Siempre me echaste en cara (y no solamente a solas, sino también en
presencia de otros, y tú nunca advertiste cuan humillante era esto último,
y siempre los asuntos con tus hijos fueron asuntos públicos) que yo
viviera sin privaciones, tranquilo, bien abrigado y servido gracias a tu
trabajo; recuerdo al respecto observaciones que posiblemente han trazado
verdaderos surcos en mi cerebro, como por ejemplo:
"A los siete años, ya tenía que andar en un carro a través de los pueblos",
"dormíamos todos en un solo cuarto", "éramos felices cuando teníamos
papas", "durante años he tenido llagas abiertas en las piernas,
por falta de suficiente ropa de abrigo", "ya de muchacho tenía yo que ir
a Pisek a trabajar en un negocio", "de casa no recibía nada, ni siquiera
durante el servicio militar; todavía, enviaba dinero a casa", "pero, a pesar
de todo, a pesar de todo, un padre era para mí siempre un padre,
¿quién reconoce esto hoy? ¿Qué saben los hijos?, ¡eso no lo ha pensado
nadie!, ¿quién entiende esto, hoy?". En otras circunstancias, tales recuerdos
hubiesen podido ser un excelente recurso educativo; hubieran
servido para estimular y fortalecer la capacidad de sobrellevar parecidos
sacrificios y privaciones que los que había tenido que sufrir mi padre;
pero tú no deseabas eso, de ninguna manera; la situación, gracias
a tus incansables esfuerzos, había cambiado, y ya no había oportunidad
para sobresalir en la forma en que tú lo habías hecho. Una oportunidad
semejante sólo podría haberse creado mediante la violencia o la rebelión;
hubiera sido necesario escaparse de casa (dando por supuesto que
se contara con la fuerza y la decisión suficientes, y que mi madre no se
opusiera, evitándolo con otros medios). Pero tú no deseabas eso, de
ninguna manera, lo definías como ingratitud, exaltación, desobediencia,
traición, insensatez. O sea que, mientras que por un lado nos tentabas
a hacerlo mediante el ejemplo, el comentario y la humillación, por el
otro nos lo prohibías con la más rotunda severidad. Si no fuese así,
hubieras tenido que mostrarte verdaderamente encantado, abstracción
hecha de los detalles circunstanciales, de la aventura de Ottla en Zürau.
Ella quiso ir a la tierra de donde tú habías venido, quiso tener trabajo y
sacrificios corno los que habías tenido tú, no quiso disfrutar de los éxitos
de tu trabajo, así como tú también habías sido independiente de tu
padre. ¿Eran intenciones tan horribles? ¿Tan alejadas de tu ejemplo y
de tus enseñanzas? Verdad que las intenciones de Ottla fracasaron finalmente,
fueron ejecutadas tal vez en forma algo ridícula, con demasiado
ruido, y sin la debida consideración a sus padres. Pero, ¿tuvo ella
exclusivamente la culpa, o la tuvieron también las circunstancias, y antes
que nada, tu actitud de frialdad para con ella? Acaso (como más
tarde pretendías persuadirte), ¿te era ella menos extraña en el negocio
que después en Zürau? ¿Y no hubieras podido, con toda seguridad (en
el supuesto caso de que hubieses podido avenirte a ello), convertir esa
aventura en algo verdaderamente útil, por medio del estímulo, el consejo,
el cuidado y, hasta quizás solamente, con la tolerancia?
"En relación con tales experiencias acostumbrabas decir, como amarga
broma, que nos iba demasiado bien. Pero esa broma no era tal, en cierto
sentido. Lo que tú debiste conquistar mediante la lucha, nosotros lo
recibíamos de tus manos, pero la lucha por la vida, que a ti te fue accesible
de inmediato, y que por supuesto nosotros no podemos tampoco
eludir, tuvimos que enfrentarla más tarde, en la edad adulta, con armas
infantiles. No quiero decir con esto que nuestra situación sea necesariamente
más desfavorable de lo que fue la tuya entonces. Es más bien
igual (sin comparar, lógicamente, las disposiciones básicas); nuestra
desventaja sólo consiste en que nosotros no podemos vanagloriarnos
de nuestra miseria, ni humillar a nadie con ella, tal como tú lo has
hecho con la tuya. Tampoco niego que me hubiera sido posible disfrutar
verdaderamente de los resultados de tu grande y exitosa labor, que
hubiera podido aprovecharlos y continuar tu obra, para tu felicidad, pero
a ello se oponía nuestro distanciamiento. Yo podía disfrutar lo que
me dabas, sólo que acompañado de vergüenza, de cansancio, de debilidad,
de sentimiento de culpa. Por eso, sólo pude agradecerte como un
mendigo y no con hechos.
"El resultado visible e inmediato de esta educación fue que huyera de
todo lo que aún de lejos te recordase. En primer lugar, del negocio. Ese
negocio, de por sí, y especialmente durante mi niñez, como era un negocio
a la calle, hubiera podido agradarme; de noche, iluminado, había
en él tanto movimiento, se veían y oían tantas cosas, y yo podía de vez
en cuando ayudar aquí y allí, hacerme notar, pero antes que nada podía
admirarte, con tu extraordinario talento comercial, como vendías, cómo
tratabas a la gente, cómo hacías bromas, cómo eras de incansable, cómo
acertabas en seguida con la solución en los casos de duda, etcétera;
aún atando un paquete o abriendo un cajón, eras un espectáculo
digno de verse, y todo eso en conjunto no constituía en verdad una escuela
elemental nada desdeñable. Pero, como poco a poco me fuiste
asustando en todo sentido, y el negocio y tú se confundieron, también
éste me resultó desagradable. Cosas que al comienzo me habían parecido
naturales allí, llegaron a torturarme y avergonzarme, especialmente
tu manera de tratar al personal. No sé si también era así en la mayoría
de los negocios (en Assicurazioni Generali, por ejemplo, el trato era,
en mis tiempos, realmente semejante; expliqué al director, no ajustándome
por entero a la verdad, pero tampoco era por entero mentira, que
mi renuncia se debía a que no puedo soportar los insultos, aunque por
otra parte, no estaban ni siquiera dirigidos a mí; ya en mi casa me
había vuelto dolorosamente sensible a ellos) pero los otros negocios no
me preocupaban durante mi niñez. A ti, en cambio, yo te veía gritar, insultar
y rabiar en el negocio, de una manera tal que, a mi parecer de
aquel entonces, no sucedía en parte alguna del mundo. Y no sólo se
trataba de insultos, sino también de otras formas de tiranía. Como, por
ejemplo, cuando arrojabas del mostrador, de un manotazo, mercaderías
que, no querías reconocer, habías confundido con otras, y el dependiente
tenía que levantarlas (sólo la inconsciencia de tu ira hubiera podido
ser una pequeña excusa). O tus, palabras constantes, referidas a
un dependiente tísico: "¡Que reviente, ese perro enfermo!". A tus empleados
los llamabas "enemigos pagados", y lo eran, pero, aún antes de
que lo fuesen, tú me parecías ser su "enemigo que paga". Allí recibí
también la importante lección de que tú podías ser injusto; por mí
mismo no lo hubiese llegado a notar tan rápidamente, se habían acumulado
en mí demasiados sentimientos de culpa que te daban la razón;
pero allí había, de acuerdo con mi opinión infantil, después corregida en
parte, pero no demasiado, personas extrañas que trabajaban para nosotros
y que, en retribución, tenían que vivir víctimas de un miedo
constante ante ti. Es verdad que exageraba, ya que sin más suponía
que causabas a esa gente una impresión tan terrible como a mí. Si esto
hubiese sido así, ellos seguramente no hubieran podido vivir; pero como
eran personas adultas, la mayoría con nervios excelentes, se desasían
con facilidad de los insultos que, al fin de cuentas, te hacían mucho
más daño a ti que a ellos. Pero a mí se me hacía insoportable el
negocio, me recordaba demasiado mi relación contigo: aun dejando de
lado tu interés por la empresa y tu pasión de dominio, sólo como comerciante
eras tan superior a todos los que alguna vez aprendieron algo
de ti, que no podía satisfacerte ninguna de sus realizaciones; de la
misma manera, siempre tenías que estar insatisfecho conmigo. Por eso,
necesariamente, tenía que pertenecer yo al partido del personal, especialmente
porque mi desasosiego no me permitía comprender cómo se
podía insultar así a un extraño; en consecuencia yo deseaba reconciliar
al personal, al que, según mi manera de ver, suponía terriblemente indignado
contigo, con nuestra familia, y aun para mi propia seguridad.
Para esto ya no bastaba con observar ante ellos una conducta sencilla,
correcta, ni siquiera humilde; debía hasta ser sumiso, no solamente saludando
primero sino también, cuando fuera posible, eludiendo la respuesta.
Y si yo, la persona insignificante, les hubiese lamido los pies en
el suelo, aún así no hubiera podido compensar la forma en que tú, el
amo, los pisoteabas desde arriba. Este vínculo con que me hallaba ligado
con mis semejantes, obró, más allá del negocio, en el porvenir. (Algo
semejante, aunque no tan peligroso ni de tan hondas raíces como en
mí, es por ejemplo la predilección de Otila por el trato con la gente
humilde, sus relaciones con el personal de servicio, que tanto te indignaban,
y otras cosas parecidas). Finalmente, casi terminé por tenerle
miedo al negocio y, de cualquier manera, hacía tiempo que ya no era
asunto mío, aun antes de ingresar en el colegio secundario, con lo cual
me alejé más todavía. Además, me parecía excesivo para mi capacidad,
ya que, como tú decías, consumía aun la tuya. Tu inventabas entonces
(esto a mí hoy me conmueve y avergüenza) extraer siquiera de mi
aversión hacia el negocio, hacia tu obra, que te debía resultar muy dolorosa,
alguna dulzura para ti, afirmando que yo carecía de cualidades
para el comercio, que tenía ideas más elevadas en la cabeza y cosas
parecidas. Mi madre, naturalmente, se alegraba con esta explicación
tuya, y aunque forzada, también yo en mi vanidad y mi angustia me
dejaba influir por ella. Pero si, única o verdaderamente, hubiesen sido
"ideas más elevadas" las que me alejaban del negocio (ese negocio que
ahora, pero sólo ahora, odio sinceramente, realmente), debieran haberse
manifestado en forma distinta, y no dejándome nadar tranquilo y
medroso a través del colegio y de los estudios de derecho hasta llegar
por último a mi escritorio de empleado.
"Si quería escapar de ti, también debía hacerlo de la familia, y hasta de
mi madre. En ella, era siempre posible encontrar protección, pero tan
sólo en relación contigo. Te amaba demasiado, demasiada era su fidelidad
hacia ti como para que, en la lucha del hijo, ella pudiese constituir,
en forma duradera, un poder espiritual independiente. Reconocerlo fue
una intuición correcta del niño, porque, a través de los años, mi madre
se unió cada vez más a ti, en tanto conservaba siempre, en lo que le
concernía, suave y dignamente su independencia, dentro de límites
modestos, y sin molestarte jamás, en el fondo; aceptó, con el tiempo,
más con el sentimiento que con la razón, cada vez más ciega y completamente,
tus fallos y condenas referentes a los hijos, en particular en el
serio problema de Ottla. No obstante, es necesario recordar siempre,
por cierto, cuan martirizante y completamente agotadora ha sido la situación
de mi madre en la familia. Se atormentaba con el negocio, con
los quehaceres de la casa, compartía por partida doble las enfermedades
de la familia, pero la culminación de todo fue el haber sufrido esa
situación intermedia entre nosotros Y tú. Siempre fuiste cariñoso y considerado
con ella, pero en ese sentido, al igual que nosotros tú nunca te
preocupaste por ella. Sin ninguna consideración descargábamos sobre
ella nuestros golpes, tú por tu lado y nosotros por el nuestro. Era una
derivación, no veíamos nada malo en ello, sólo interesaba la lucha que
librabas tú contra nosotros y nosotros contra ti, descargándolo todo sobre
ella. Tampoco era ninguna contribución favorable a nuestra educación
infantil ver cómo, sin culpa alguna de tu parte, por supuesto, la
martirizabas a causa de nosotros. Eso hasta justificaba en apariencia
nuestra conducta para con ella, conducta que, de otra manera, no
hubiera tenido justificación. Cuánto ha sufrido por nosotros, por culpa
tuya, y cuánto por ti, por culpa nuestra, sin contar aquellos casos en
que tú tenías razón, porque ella nos malcriaba, aún cuando esa "malcrianza"
pudo haber sido a veces una manifestación silenciosa e inconsciente
contra tu sistema. Es lógico que mi madre no hubiera podido soportar
todo esto, si no hubiese extraído del amor hacia todos nosotros y
de la felicidad que le producía ese amor, las fuerzas para soportarlo.
"Las hermanas sólo en parte me acompañaban. La que se hallaba en
mejor situación con respecto a ti era Valli. Siendo ella la más apegada a
mi madre, también se sometía a ti en forma semejante, sin gran esfuerzo
ni daño. Pero tú también la tratabas, por consideración a mi madre,
con más cordialidad, aunque en ella había poco material de los
Kafka cuando se manifestaba en las mujeres. La relación de Valli contigo
hubiese podido ser aún más cordial si no la hubiésemos estropeados
nosotros.
"Elli es el único ejemplo de éxito casi completo en la ruptura y evasión
de tu círculo. De ella es de quien hubieras esperado menos, de considerar
su infancia: era una criatura torpe, cansada, miedosa, indolente,
atormentada, en exceso sumisa, maliciosa, haragana, golosa, avarienta;
yo apenas si podía mirarla, de ninguna manera hablarle, tanto me
recordaba a mí mismo, tan parecido era el influjo de la educación bajo
la cual se encontraba. Su avaricia, en particular, me era detestable, tal
vez porque yo era más avaro aún. La avaricia, sin duda, es uno de los
signos más auténticos de la infelicidad profunda; tan inseguro estaba
yo de todas las cosas, que en verdad sólo poseía lo que ya tenía en mis
manos o en mi boca o, por lo menos, lo que estaba en camino hacia
ellas, y justamente eso era lo que me quitaba ella, que se encontraba
en situación semejante a la mía. Pero todo esto cambió cuando, todavía
joven (eso es lo más importante) se fue de casa, se caso, tuvo hijos, y
se volvió alegre, despreocupada, valiente, generosa, desinteresada, llena
de esperanzas. Es realmente increíble cómo no has notado en absoluto
ese cambio, cómo de cualquier manera no lo has apreciado en su
justo valor, a tal punto estás cegado por el rencor que siempre sentiste
contra ella, y que en el fondo sigues sintiendo, sólo que ahora se ha
vuelto menos actual, ya que Elli ya no vive más con nosotros y, por
otra parte, tu cariño por Félix y tu simpatía por Karl le han restado importancia.
Pero Gerti a veces debe expiar todavía ese rencor.
"Acerca de Otila, apenas si me atrevo a escribir; sé que con ello pongo
en juego todas las esperanzas del resultado que espero de esta carta.
En circunstancias normales, es decir, cuando no se halla en peligro ni
padece ningún sufrimiento especial, tú sientes odio por ella; tú mismo
me has confesado que, a tu parecer, ella te causa siempre intencionalmente
sufrimientos y disgustos, y que, en tanto tú sufras por su causa,
ella se sentirá satisfecha y alegre. Una especie de demonio, por lo tanto.
Qué distanciamiento enorme, aún mayor que el nuestro, debe
haberse producido entre tú y ella para que sea posible semejante desconocimiento.
Ella está tan lejos de ti que apenas la ves ya, y en el lugar
donde la supones colocas un espectro. Admito que su caso ha sido
una tarea difícil para ti. Si bien yo no puedo abarcar por entero ese caso
tan complicado, puedo decir no obstante que había allí algo como
una especie de Lówy, equipada con las mejores armas de los Kafka. Entre
nosotros, no hubo prácticamente lucha; yo bien pronto quedé derrotado;
sólo subsistió después evasión, amargura, tristeza, conflicto interior.
Ustedes dos, en cambio, estaban siempre en actitud de lucha,
siempre frescos, siempre vigorosos. Era un espectáculo tan magnífico
como desolador. Al comienzo, se encontraban uno muy cerca del otro, y
aún hoy, de nosotros cuatro, es quizá Ottla la expresión más pura del
matrimonio entre tú y mi madre y de las fuerzas que allí se unieron. Ignoro
cuál fue la causa que les privó de la felicidad que surge de la armonía
entre padre e hija, aunque estoy tentado a creer que la evolución
del caso fue semejante a la del mío. En cuanto a ti. La tiranía de tu
carácter; en cuanto a ella, la terquedad, la susceptibilidad, el sentido de
la justicia, la inquietud característica de los Lówy, y todo ello apoyado
por la conciencia de la fuerza de los Kafka. Sin duda, yo también he
contribuido a influir sobre ella, pero menos que por mi propia iniciativa,
por el mero hecho de mi existencia. Además, ella había llegado la última,
a un medio donde las relaciones entre las fuerzas estaban ya determinadas,
y pudo formarse su opinión personal utilizando el abundante
material que tenía a su alcance. Hasta me es posible imaginar
que, dado su carácter, ha debido vacilar durante algún tiempo sobre si
tenía que arrojarse en tus brazos o en los de tus adversarios; sin duda,
en ese momento desperdiciaste la ocasión y la rechazaste; ustedes dos,
de haber sido posible, hubieran llegado, a ser una pareja magníficamente
concorde. Aunque con ello hubiese perdido un aliado, el espectáculo
ofrecido por los dos me hubiese compensado con creces; y también
a ti, la felicidad incalculable de encontrar al fin, por lo menos en
uno de tus hijos, entera satisfacción, te hubiese cambiado muy en favor
mío. Todo esto, en verdad, es hoy sólo un sueño. Otila no tiene vínculo
alguno con su padre; debe, como yo, buscar sola su camino, y ese algo
más de esperanza, de confianza en sí misma, de salud, de irreflexividad
que posee en comparación conmigo, la muestra a tus ojos más malvada
y más traidora que yo. Lo comprendo: desde tu punto de vista no puedes
verla de otro modo. Es más, aún ella misma es capaz de verse con
tus ojos, de compartir tu sufrimiento y no quedar angustiada (la angustia
es cosa mía), pero sí muy triste. Es verdad que en contradicción
aparente con lo que digo, nos ves a menudo hablando en voz baja y
riéndonos juntos, y a veces oyes que te mencionamos. Tienes la impresión
de que somos insolentes conspiradores, curiosos conspiradores.
Tú, por cierto, eres siempre un tema principal en nuestras conversaciones,
como así también de nuestros pensamientos, pero en verdad no
nos reunimos con el fin de urdir algo contra ti, sino para discutir juntos,
con nuestra mejor buena voluntad, con bromas, con seriedad, con
amor, con terquedad, con enojo, con aversión, con resignación, con
sentimiento de culpa, con todas las fuerzas de la razón y del corazón,
en todos sus detalles, en todos sus aspectos, en todos sus motivos,
desde lejos y desde cerca, ese proceso terrible que flota entre nosotros
y tú, del que constantemente afirmas ser juez, cuando en verdad sólo
eres, por lo menos en gran parte (dejo aquí la puerta abierta para todos
los errores que, desde luego, puedo cometer), una parte, tan débil y
ofuscada como nosotros.
"Un ejemplo instructivo, en relación con todo esto, es el efecto de tu
educación sobre Irma. Por una parte, era una extraña, llegó al negocio
en edad adulta, su relación contigo era la de una empleada con su patrón,
es decir, sólo parcial, y en una edad en que era capaz de resistir
tu influencia; pero otra parte era también una pariente consaguínea,
respetaba en ti sólo al hermano de su padre, y tenías sobre ella más
poder que el de un simple patrón. Y sin embargo ella, que a pesar de su
cuerpo débil era tan capaz, inteligente, aplicada, modesta, fiel, desinteresada
y leal, que te amaba como tío y admiraba como jefe, que antes
y después sobresalió en otros puestos, no era una empleada muy buena
para ti. En realidad, su situación para contigo, por supuesto también
por influencia nuestra, era la de una hija, y el poder compulsivo de tu
carácter era con ella tan grande que acabó por desarrollar (es cierto
que sólo frente a ti, y, es de esperarlo, sin grave daño para la niña),
distracción, negligencia, mal humor, quizás un poco de terquedad, en la
medida en que le fue posible, y esto sin tener en cuenta que era enfermiza,
no muy feliz por lo demás, y que pesaba sobre ella la situación de
un hogar desgraciado. Lo significativo para mí de tu actitud para con
ella lo resumiste en una frase que llegó a ser clásica para nosotros, que
es casi una blasfemia, pero que demuestra con claridad la inocencia que
hay en tu manera de tratar a las personas: "La bendita me dejó bastante
porquería".
"Aún podría describir más ejemplos de tu influencia y de la lucha contra
ella, pero entraría entonces en un terreno inseguro y tendría que imaginar;
por otra parte, cuando más te alejas del negocio y de la familia,
tanto más amable te vuelves, más tolerante, más cortés, más considerado,
más comprensivo (exteriormente, quiero decir); más o menos,
por ejemplo, como un autócrata que, cuando se halla fuera de las fronteras
de su país, no tiene motivo para seguir siendo tiránico y puede
mostrarse bondadoso aún para con las gentes de la más baja capa social.
Y esto se confirma viendo, por ejemplo, las fotografías de Franzensbad,
donde apareces siempre tan elegante y erguido entre las personas
pequeñas y hoscas, como un rey que estuviera de viaje. Verdad
que también los hijos podrían haber sacado provecho de esto, aunque,
cosa imposible, hubieran tenido que ser capaces de reconocerlo desde
niños, y yo no hubiera tenido así que estar viviendo constantemente en
mi interior, dentro de ese círculo severísimo, oprimente, de tu influencia.
"Así, no sólo no perdí, como tú dices, el sentimiento de la familia, sino
que por el contrario conservaba aún ese sentimiento, pero en su faz
negativa, aplicándolo a la separación (por cierto interminable) de ti. Pero
las relaciones con personas ajenas a la familia se perjudicaron, por
tu influencia, tal vez más todavía. Cometes un grave error si supones
que por los demás lo hago todo por amor y lealtad, y nada por la familia,
por frialdad y traición. Lo repito por décima vez: en otras circunstancias,
hubiera sido también, probablemente, un hombre miedoso y
huraño, pero de allí a donde he llegado queda en realidad todavía un
largo y oscuro camino. (Hasta este momento es relativamente poco lo
que en esta carta he callado adrede, pero ahora y más adelante tendré
que callar algunas cosas que, para ti y para mí, resultan muy difíciles
de confesar). Digo esto para que, cuando en el conjunto, aquí o allá
aparezca algo oscuro, no creas que es por falta de pruebas, por el contrario,
existen pruebas que podrían hacer el cuadro insoportablemente
nítido y crudo. No es fácil hallar al respecto un término medio). Por otra
parte, basta con recordar aquí los hechos anteriores: yo había perdido
frente a ti la confianza en mí mismo, y adquirido en cambio un ilimitado
sentimiento de culpa. (Recordando, esta falta de límites, escribí cierta
vez sobre alguien, acertadamente, que "temía que la vergüenza llegara
a sobrevivirle"). No me era posible, cuando me encontraba con otras
personas, transformarme repentinamente; más bien, frente a ellas, mi
sentimiento de culpa se agudizaba más todavía, ya que, como dije antes,
debía indemnizarlos por el daño que tú les causabas, y del que yo
compartía la responsabilidad. Además, siempre tenías objeciones,
abiertamente o en secreto, contra cualquiera de las personas con quienes
me tratase, y también por esto tenía que pedirles perdón. La desconfianza
que tratabas de inculcarme, en el negocio o en casa, contra la
mayoría de las personas (nómbrame por lo menos una sola que en mi
infancia significara algo para mí y a quien no hayas criticado, por lo
menos una vez, dejándola por el suelo), esa desconfianza que a ti no te
afectaba en grado alguno (tú eras lo suficientemente fuerte como para
soportarla, y además sólo era tal vez un emblema del soberano), esa
desconfianza que, a mis ojos de niño, no se confirmaba nunca, ya que
en todas partes sólo veía personas inaccesiblemente excelentes, se
convirtió en desconfianza hacia mí mismo y en una continua angustia
ante los demás. Por lo tanto, no tuve en general posibilidad alguna de
salvarme de ti. Tu error consistió, en que desconocieras por entero mis
verdaderas relaciones con la gente y en suponer, desconfiado y celoso
(¿niego acaso que me quieres?), que me resarcía en alguna otra parte
de mi evasión de la familia, creyendo imposible que viviese también de
la misma manera fuera de ella. Además, la duda acerca de mi buen juicio,
durante mi niñez, contenía en ese sentido cierto consuelo. Me decía:
"Exageras, como todos los jóvenes sientes como grandes excepciones
lo que sólo son tonterías". Pero ese consuelo lo perdí más tarde,
con una mayor visión del mundo.
"Tampoco el judaísmo me ha salvado de ti. De por sí, en ese terreno,
hubiese sido posible concebir una salvación, pero más aún, hubiese sido
posible concebir que en el judaísmo ambos nos encontráramos a nosotros
mismos o que, más todavía, saliéramos juntos de allí. ¡Pero, qué
clase de judaísmo me legaste! En el correr de los años, lo he considerado
más o menos de tres maneras distintas.
"Cuando niño, de acuerdo contigo, me recriminaba a mí mismo por no
asistir al templo con suficiente asiduidad, por no ayunar, etc. No creía
cometer con ello una injusticia para conmigo, sino para contigo, y la
conciencia de culpa, siempre alerta, me atormentaba.
"Más tarde, cuando adolescente, no comprendía cómo con tu nada de
judaísmos de que disponías, eras capaz de echarme en cara que yo por
"piedad", según tu expresión, no me esforzara por practicar una nada
similar. Era, en efecto, hasta donde yo alcanzaba a ver, una nada, una
broma, ni siquiera una broma. Ibas al templo cuatro días al año, allí te
hallabas en el mejor de los casos más cerca de los indiferentes que de
aquellos que tomaban la cosa en serio, cumplías con las oraciones por
formalidad, me asombrabas a veces cuando me señalabas en el devocionario
el pasaje que yo precisamente estaba recitando, y además, con
tal de que estuviese en el templo, eso era lo principal, podía yo escurrirme
por donde quisiese. Me pasaba bostezando y dormitando las muchas
horas que había que estar allí (creo que nunca después me he
aburrido tanto como entonces, salvo en la academia de baile), y trataba
de distraerme como pudiera con las pequeñas variaciones que se producían
en la ceremonia, por ejemplo, cuando abrían el arca de la Alianza,
que siempre me recordaba los puestos de tiro al blanco en las ferias
de diversiones, donde también, si daba uno en el centro, se abría la tapa
de una caja, sólo que de allí surgía siempre algo interesante, no como
aquí, y siempre de nuevo, esos viejos muñecos sin cabeza. Por otra
parte, siempre tenía mucho miedo allí, no sólo de la gran cantidad de
gente con la que era natural entrar en contacto, sino también porque
cierta vez me dijiste como de paso que yo también podía ser llamado a
presentarme ante la Tora. Y esto me hizo temblar durante años. Por lo
demás, nada perturbó esencialmente mi aburrimiento, a no ser la ceremonia
de la Barmitsve, que en realidad exigía únicamente un ridículo
aprendizaje de memoria, destinado únicamente, en consecuencia, a un
examen ridículo; y luego, en lo que se refiere a ti, sólo sucesos ínfimos,
de escasa importancia, por ejemplo, cuando te llamaban a presentarte
ante la Tora y tú salías airoso de ese acontecimiento, puramente social
en mi sentir; o cuando, durante la solemne recordación de las almas, tú
te quedabas en el templo, mientras que a mi me mandaban afuera, con
lo cual, durante largo tiempo, y evidentemente por haber sido mandado
afuera y no haber podido participar activamente en ella, tuve la sensación,
apenas consciente, de que se trataba de alguna indecencia. Así
pasaban las cosas en el templo; en casa, si fuera posible, esto era más
mísero todavía; se limitaba a la celebración de la primera noche del Seder,
que se convertía cada vez más en una comedia con accesos de risa,
por cierto ya bajo el influjo de los hijos cada vez mayores. (¿Por qué
tuviste que someterte a ese influjo? Porque lo habías provocado). Tal
era, por lo tanto, el material de fe que me había sido legado; cuando
más, hay que agregar aún la mano extendida que señalaba a "los hijos
del millonario Fuchs", quienes, en los días de grandes festividades,
acompañaban a su padre al templo. Qué otra cosa podía hacerse con
semejante material, sino desasirse de él cuanto antes, me era imposible
imaginarlo; precisamente, el desasirme de él me parecía la acción
más piadosa.
"Pero más tarde volví a ver de otra manera esta cuestión del judaísmo
y comprendí por qué era admisible que creyeras que yo, también en
ese sentido, te había traicionado malévolamente. Tú habías traído,
realmente, algo del judaísmo de la pequeña comunidad rural, parecida
a un ghetto, de donde habías venido; no era mucho, y disminuyó un
poco más todavía en la ciudad y en el servicio militar, pero las impresiones
y recuerdos de juventud bastaban aún para llevar una especie
de vida judía, antes que nada porque tú no necesitabas ayuda de esa
clase, ya que provenías de una estirpe fuerte, y tu manera de ser no te
permitía sentirte conmovido por escrúpulos religiosos si a ellos no se
mezclaran escrúpulos sociales. En el fondo, la fe primera que te guiaba
consistía en la creencia en la verdad incondicional de las convicciones
de acuerdo con tu manera de ser, creías por lo tanto en ti mismo. Aún
en esto quedaba todavía bastante judaísmo, aunque demasiado poco
para transmitírselo al hijo, y sus gotas se perdían en su totalidad mientras
se lo trasmitías, en parte por intrasferibles impresiones de juventud,
y en parte por tu tan temida presencia. Además, a un niño que,
como yo, había agudizado extraordinariamente su sentido de observación
a causa de tantos temores, era imposible hacerle comprender que
esas pocas insignificancias que tú ejecutabas en nombre del judaísmo,
con una indiferencia digna de su insignificancia, pudieran tener un sentido
más elevado. Tenían sentido para ti como pequeños recuerdos de
tiempos pasados, y por eso querías inculcármelas, pero sólo podías
hacerlo por medio de la insistencia o de la amenaza porque para ti
habían perdido su intrínseco valor; por un lado, esto no podría lograrse,
y por otro, tuvo que enfurecerte contra mí a causa de mi aparente obstinación,
ya que tú no reconocías de ninguna manera la debilidad de tu
posición.
"Todo esto no es un hecho aislado; algo semejante ocurría con gran
parte de esa generación judía de transición, aún relativamente devota,
que emigró desde el campo a las ciudades; era un resultado lógico; sólo
que en el caso de nuestra relación, que ya de por sí no carecía de asperezas,
añadía otra más. Aunque también a este respecto has de creer
conmigo en tu falta de culpa, deberías sin embargo buscar la explicación
de esa falta de culpa en tu carácter y en las circunstancias de la
época, y no, por el contrario, en las circunstancias exteriores, es decir,
no afirmando por ejemplo que tuviste mucho trabajo y otras preocupaciones
que te impidieron dedicarte a tales asuntos. Con esto, trasformas
tu indudable falta de culpa en injustos cargos contra los otros. Esto
puede refutarse siempre muy fácilmente, y también aquí. No se trataba
de una enseñanza cualquiera que hubieses debido inculcar a tus hijos,
sino de una vida ejemplar; si tu judaísmo hubiese sido más firme, tu
ejemplo también hubiera sido más aleccionador; esto se sobreentiende,
y no es de ninguna manera un reproche, sino únicamente un rechazo
de tus reproches. Hace poco leíste los recuerdos de juventud de Franklin.
Es verdad que te los di a leer con toda intención, pero no por lo
que observaste irónicamente (aquel pequeño pasaje sobre el vegetarianismo),
sino por las relaciones entre el autor y su padre, tales como están
descritas allí, y también las relaciones entre el autor y su hijo, tales
como se manifiestan por sí mismas en esos recuerdos escritos para el
hijo. No deseo sacar a relucir los detalles.
"Gracias a tu conducta de estos últimos años, he podido obtener una
confirmación ulterior acerca de mi concepto sobre tu judaísmo, desde
que te ha parecido que yo me ocupo más de las cosas judías. Ya que de
antemano sientes aversión por cada una de mis ocupaciones, y en particular
por mi manera de interesarme en algo, era natural que también
la sintieras en este caso. Pero, con todo, era posible esperar que en este
caso hicieras una pequeña excepción, ya que se trataba ciertamente
de un judaísmo que formaba parte de tu judaísmo, y en consecuencia
de la posibilidad de establecer nuevas relaciones entre nosotros. No
niego que estos asuntos, si hubieses demostrado interés por ellos,
hubieran podido llegar a serme sospechosos, justamente por eso. Ni se
me ocurre siquiera pretender afirmar que en ese sentido soy mejor que
tú. Pero tampoco se produjo tal prueba. Por mi intermedio, el judaísmo
llegó a ser repelente para ti, los escritos judíos eran indignos de leerse,
te "asqueaban"... Esto pudo significar que tú insistías precisamente en
que el judaísmo, tal como me lo habías enseñado durante mi infancia,
era lo único verdadero, y que no podía haber nada más allá. Pero que
te empeñaras en eso era apenas concebible. De manera que el "asco"
(aparte de que, en primer lugar, no te lo inspiraba el judaísmo sino yo)
sólo podía significar que reconocías inconscientemente la debilidad de
tu judaísmo y de mi educación judaica, que de ninguna manera querías
que te lo recordasen, y a todo recuerdo en ese sentido respondías con
abierto odio. Por otra parte, tu estimación negativa de mi nuevo judaísmo
era muy exagerada; en primer lugar, porque en él llevaba implícita
tu maldición, y en segundo lugar porque para su desarrollo era decisiva
la relación sistemática con el prójimo, lo que en mi caso era mortal.
"Con mayor acierto dirigías tu aversión contra mi escribir y contra todo
aquello que, desconocido para ti, se relacionaba con esa actividad.
Realmente, en ella me había independizado y alejado un buen trecho de
ti, aun cuando la situación recuerde la de un gusano que, aplastado por
un pie en su parte trasera, avanza con la parte anterior y se arrastra
hacia un costado. Me sentía en cierto modo a salvo, podía respirar; la
aversión que por supuesto sentías por mis escritos me resultaba, por
excepción, sumamente grata. Si bien mi vanidad y mi amor propio sufrían
con ese saludo, ya famoso entre nosotros, con que recibías mis libros:
"¡Déjalo sobre la mesa de luz!" (casi siempre estabas jugando a
los naipes cuando llegaba mi libro), en el fondo eso me agradaba, no
sólo por mi maldad no saciada todavía, no sólo por el placer de esa
nueva confirmación de mi concepto acerca de nuestras relaciones, sino
antes que nada porque aquella fórmula me sonaba como si dijeras:
"¡Ahora eres libre!" Naturalmente, se trataba de un engaño, yo no era
libre, o bien, en el caso más favorable, aún no lo era. Mis escritos trataban
de ti: en ellos quedaban consignadas las quejas que yo no podía
presentarte a ti, en persona. Era una despedida de ti, que yo dilataba
intencionadamente, y a la cual tú me forzabas, pero que tomaba un
camino elegido por mí. Pero, ¡qué ínfimo era todo eso! En verdad, sólo
vale la pena mencionarlo porque ocurrió en mi vida y ejerció su dominio
sobre ella (de otro modo, ni siquiera sería perceptible), en mi niñez como
presentimiento, más tarde como esperanza, y más tarde todavía,
como desesperación, dictándome (si se quiere, adquiriendo no obstante
nuevamente tu forma) mis escasas e ínfimas decisiones.
"Tomemos por ejemplo la elección de una profesión. Tú, en este aspecto,
me diste sin duda entera libertad, con tu modo magnánimo, y, en
este sentido, casi tolerante. Pero es indudable también que al hacerlo
obedeciste a las reglas generales, también aplicables en tu caso, del
tratamiento que daba a sus hijos la clase media judía, u observaste, por
lo menos, las valoraciones de esa clase social. Por último, también contribuyó
a ello uno de tus errores acerca de mí. Porque, ya sea por orgullo
paterno, por desconocimiento de mi verdadero ser o por inferencias
extraídas de mi debilidad, me consideraste siempre sumamente aplicad.
De niño, según tu parecer, estaba siempre estudiando y más tarde escribiendo
sin cesar. Esto no es verdad, ni remotamente. Más bien podría
decirse, exagerando mucho menos, que, por el contrario, estudié
poco y no aprendí nada; que algo haya aprendido, a través de tantos
años, con una memoria común y una capacidad de asimilación que no
es tan mala, no es en verdad nada notable, pero, de cualquier manera,
el resultado total de mis conocimientos, y en especial la fundamentación
de esos conocimientos, es en extremo reducido, comparado con la
inversión de tiempo y de dinero en medio de una existencia exteriormente
tranquila, sin preocupaciones, y más aún en comparación con
casi todas las personas que conozco. Es deplorable, pero comprensible
para mí. Desde que tengo uso de razón he tenido preocupaciones tan
hondas por la conservación de mi existencia espiritual, que todo lo demás
me daba lo mismo. Entre nosotros, los estudiantes judíos son a
menudo seres extraños; se encuentra entre ellos lo más inverosímil,
pero esa indiferencia mía, apenas disimulada, fría, inquebrantable, infantilmente
desvalida, que llegaba hasta el ridículo, animalmente satisfecha
de sí misma, en un niño en sí dotado de fantasía, pero de una
fantasía helada, no he vuelto a encontrarla jamás en ninguna parte, es
verdad que en mi caso fue la única defensa contra la crisis de nervios
provocada por mi angustia y por los cargos de mi conciencia. Sólo me
preocupaba el cuidado de mí mismo, pero en las formas más diversas.
Por ejemplo, en forma de preocupación por mi salud; comenzó despacio,
de vez en cuando surgía un leve temor por la digestión, por la pérdida
de cabello, por una desviación en la columna vertebral, etc., pero
fue creciendo con innumerables gradaciones hasta concluir por último
en una enfermedad verdadera. Como no estaba seguro de nada, necesitaba
a cada momento una nueva confirmación de mi existencia; o no
poseía nada que fuese de mi verdadera, indudable, única y exclusiva
propiedad, como era, por cierto, un hijo desheredado, también lo más
cercano, mi propio cuerpo, se me volvió inseguro; crecí estirándome
hacia lo alto, pero no sabía qué hacer con ello, la carga era muy pesada,
la espalda se me encorvó; apenas me atrevía a moverme o a realizar
ejercicios físicos; quedé débil, asombrado ante aquello que aún poseía,
como si fuesen milagros, así por ejemplo, mi buena digestión: eso
bastó para que la perdiera y así quedó libre el camino hacia la hipocondría
hasta que, como consecuencia del esfuerzo sobrehumano de mi
deseo de casarme (del que hablaré luego), la sangre brotó de mis pulmones,
hecho en el cual puede haber tenido sobrada participación el
cuarto en el Palacio Schónborn (que sólo conservaba porque creía necesitarlo
para escribir, de manera que también esto pertenece al asunto).
En consecuencia, esto no tuvo origen, como tú siempre te lo imaginas,
en un trabajo exagerado. Hubo años en los que, enteramente sano, he
perdido más tiempo tirado en el sofá, sin hacer nada, que tú durante tu
vida entera, incluyendo todas tus enfermedades. Cuando te dejaba corriendo,
sumamente atareado, era casi siempre para ir a recostarme en
mi cuarto. El rendimiento total de mi trabajo, tanto en la oficina, (donde
por otra parte la pereza no llama mucho la atención, y además mi
timidez la mantenía dentro de ciertos límites) como también en casa, es
ínfimo; si pudieras llegar a tener una idea de él, te espantaría. Tal vez
no soy nada perezoso por naturaleza, pero no había nada que hacer para
mí. Dondequiera que viviese, allí había sido anulado, sentenciado,
vencido; y huir a alguna otra parte hubiera sido un extremo esfuerzo
para mí, pero no era ningún trabajo, ya que se trataba de conseguir algo
imposible, algo superior a mis fuerzas, salvo ligeras excepciones.
"En ese estado recibí, por lo tanto, la libertad para elegir una profesión.
¿Pero era yo, todavía capaz de usar realmente una libertad semejante?
¿Confiaba en poder alcanzar una verdadera profesión? La estimación de
mí mismo dependía mucho más de ti que de cualquier otra instancia, de
un éxito externo, por ejemplo. Este podía fortalecerme por un instante
y nada más, pero en el otro lado tu peso tiraba siempre hacia abajo.
Creí que jamás pasaría el primer grado de la escuela primaria, pero lo
pasé, y hasta obtuve un premio; no podré aprobar el examen de ingreso
al colegio secundario, pero lo aprobé no obstante; tendré que repetir,
con toda seguridad, el primer año; pero no, no tuve que repetirlo y
continué sin tropiezos, siempre más y más adelante. Pero ello no me
trajo ninguna confianza, al contrario, estaba siempre persuadido (y en
tu actitud de reprobación tenía una prueba de ello) de que, cuanto más
lejos fuera, tanto más terrible sería el fracaso final. A menudo veía con
la imaginación la terrible asamblea de profesores (el colegio secundario
es el ejemplo aquí, pero en todas partes me ocurría algo parecido), reunidos,
si aprobaba yo el primer año, para decidir sobre el segundo, y
al aprobar éste, sobre el tercero, y así sucesivamente, a fin de investigar
este caso único, que clamaba al cielo, y establecer cómo yo, el más
incapaz y, antes que nada, el más ignorante, había logrado desrizarme
subrepticiamente hasta la altura de esa clase que, como ahora la atención
general estaba dirigida hacia mí, desde luego me vomitaría inmediatamente,
para alegría de todos los justos liberados de semejante pesadilla...
No es fácil para un niño vivir con estas obsesiones. En esas
circunstancias, ¡qué me importaba el estudio! ¿Quién era capaz de sacar
de mí una chispa de interés? Me interesaba la enseñanza (y no sólo
la enseñanza sino también todo lo que me rodeaba en esa edad decisiva)
más o menos como al que comete una defraudación en un banco, y
aún conserva su puesto y tiembla ante la posibilidad de ser descubierto,
le interesan los insignificantes asuntos corrientes del banco, de los que
tiene que seguir ocupándose como empleado. Tan insignificante, tan lejano
era todo ante lo principal...
Las cosas siguieron así hasta el examen final del bachillerato, que aprobé
en parte sólo mediante el engaño, y luego se paralizaron: ahora era
libre. Si antes, a pesar de las obligaciones que me imponía el colegio,
me había ocupado únicamente de mí, cuánto más ahora, al verme libre.
En consecuencia, no tenía la verdadera libertad de elegir una profesión,
ya que sabía esto: comparado con el asunto principal, todo me sería tan
indiferente como las materias del colegio; se trataba, entonces, de encontrar
una profesión que me permitiera, más que ninguna otra, y sin
herir demasiado mi vanidad, mantener a salvo esa indiferencia. Por lo
tanto, el derecho fue lo obvio. Breves intentos opuestos, obra de la vanidad,
de la esperanza absurda, tales como los estudios de química durante
quince días, o el de las letras germánicas durante seis meses, sólo
reforzaron aquella primera convicción. Por consiguiente, estudié derecho.
Esto significa que en los meses inmediatos a los exámenes, y
con gran perjuicio para los nervios, me alimenté de aserrín, al que por
lo demás ya habían premasticado mil bocas. Pero, en cierto sentido,
eso me gustaba, como antes, también en cierto sentido me gustaba el
colegio, y más tarde mi profesión de empleado, porque todo eso correspondía
por entero a mi situación. De cualquier manera, demostré, a
este respecto, una asombrosa previsión: ya desde niño tenía presentimientos
bastante claros en lo que se refiere a estudios y profesión. De
ellos no esperaba salvación alguna: hacía tiempo que había renunciado
a lograrla con tales recursos.
"En cambio, no demostré previsión alguna en cuanto a la importancia y
posibilidad del matrimonio para mí; ese miedo, hasta ahora el más
grande de mi vida, cayó sobre mí de un modo casi por completo inesperado.
El niño se había desarrollado tan lentamente, tan lejanos se le
hacían estos asuntos que, aunque se presentara a veces la necesidad
de pensar en ellos, no le era posible prever que se estuviera preparando
para una prueba perdurable, decisiva y hasta extremadamente
amarga. Pero, en realidad, las tentativas de casamiento fueron los ensayos
de salvación más extraordinarios, más ricos en esperanzas, si
bien fue luego por igual extraordinario su fracaso.
"Como en este terreno todo es fracaso para mí, temo que tampoco me
sea posible hacerte comprender estas tentativas de casamiento. Sin
embargo, el éxito de esta carta depende de ello, porque en estas tentativas
se reunieron, por una parte, la totalidad de las fuerzas positivas
de que dispongo, y por la otra, se reunieron también, y con verdadera
furia, la totalidad de las fuerzas negativas que ya describí como resultado
de tu educación, es decir, debilidad, falta de confianza en mí mismo,
sentimiento de culpa, tendiendo prácticamente un cordón entre yo
y el casamiento. La explicación me resultará difícil, además, porque sobre
este asunto tanto es lo que he meditado y vuelto a meditar durante
tantos días y noches, que el espectáculo ha llegado a confundirme
completamente. Sólo me facilita esa explicación mi convencimiento de
tu interpretación totalmente equivocada del asunto, de manera que mejorar
una interpretación tan por entero equivocada no me parece tarea
excesivamente difícil.
"En primer lugar, tú colocas el fracaso de mis tentativas de casamiento
en el mismo nivel que mis demás fracasos; en sí, nada tendría que
oponer a ello si admitieras mis anteriores explicaciones con respecto a
mis demás fracasos. Están, efectivamente, en el mismo nivel, sólo que
tú subestimas de tal manera la importancia del asunto que, cuando
hablamos de él, hablamos en realidad de cosas muy distintas. Me atrevo
a decir que en toda tu vida no te ha sucedido nada que pueda tener
para ti la importancia que tienen para mí estos proyectos de casamiento.
No quiero decir con esto que no hayas experimentado nunca
algo de por sí igualmente significativo; al contrario, tu vida ha sido mucho
más rica, más abundante en preocupaciones y más densa que la
mía, pero justamente por esa nunca te ocurrió nada semejante. Es como
si un hombre tuviera que subir cinco peldaños bajos de una escalera
y otro uno solo, el cual, no obstante, al menos para él, es tan alto como
los otros cinco juntos; el primero, no sólo subirá esos cinco peldaños,
sino centenares y miles más; habrá vivido una vida importante y laboriosa,
pero ninguno de los peldaños que ha subido tendrá para él la importancia
que tiene para el otro ese peldaño único, inicial, alto, inaccesible
aún para todas sus fuerzas, a cuya altura no puede subir y al que
tampoco puede, lógicamente, sobrepasar.
"Casarse, fundar una familia, aceptar los hijos que lleguen, mantenerlos
y hasta encaminarlos un poco en este mundo inseguro es, a mi entender,
lo máximo que puede alcanzar un hombre. El que tantos, aparentemente,
lo consigan con facilidad, no es una prueba en contrario, porque,
en primer lugar, muchos en realidad no lo consiguen, y en segundo
lugar, esos "no muchos" por lo común no lo "hacen" sino que meramente
"les sucede"; esto no es, por cierto, ese máximo al que me refiero,
pero aún así es muy grande y muy meritorio (principalmente porque
no es posible separar con nitidez el "hacer"' y el "suceder"). No se trata
en absoluto, además, de lograr ese máximo, sino una aproximación lejana,
pero decente; no es necesario volar al centro mismo del sol, pero
sí arrastrarse hasta un lugarcito de la tierra, que esté limpio, donde el
sol brille a veces y donde pueda uno calentarse un poco.
"¿Cómo estaba yo preparado para eso? Pésimamente. Esto ya se deduce
de lo que antecede. Pero, en tanto existen para ello preparativos directos
del individuo y una creación directa de las condiciones generales
básicas, tú no interveniste mayormente. Tampoco era posible que fuese
de otra manera; allí deciden las costumbres sexuales comunes a la clase
social y a la época. No obstante, también interveniste allí, no mucho
(porque la condición previa de semejante intervención sólo puede ser
una gran confianza mutua, que al producirse el momento decisivo, ya
nos faltaba a los dos desde hacía mucho tiempo), ni muy felizmente, ya
que nuestras necesidades eran totalmente distintas (y lo que a mí me
conmueve, apenas si puede tocarte a ti, y viceversa, lo que en tu caso
es inocencia en el mío puede ser culpa, y viceversa, lo que para ti no
tiene consecuencias, para mí puede ser la tapa de mi ataúd).
"Recuerdo una noche en que salimos de paseo contigo, y con mi madre;
en la Plaza Joseph, cerca de donde está hoy el Banco Lánder, comencé
a hablar de asuntos importantes en forma tonta, grandielocuente,
con aires de superioridad, orgullo, serenidad (que no era auténtica),
frialdad (que sí lo era) y tartamudeando, como era normal casi siempre
que hablaba contigo; les eché en cara el haberme dejado en la ignorancia,
el que unos compañeros hubieran tenido que ocuparse de mí, el
haberme dejado expuesto a grandes peligros (aquí, de acuerdo con mi
costumbre, mentía desvergonzadamente, a fin de mostrarme valiente,
ya que debido a mi carácter miedoso no tenía una idea exacta de lo que
pudieran ser "grandes peligros"), pero al final di a entender que ahora,
por suerte, ya lo sabía todo, no necesitaba consejo alguno y todo estaba
en orden. De cualquier manera, el motivo principal para haber comenzado
a hablar era el placer que me producía tocar ese tema, luego
también por curiosidad y, por último, también para vengarme de ustedes
de cualquier manera y por cualquier motivo. Tú, de acuerdo con tu
carácter, tomaste el asunto con suma sencillez; dijiste tan sólo, más o
menos, que podías darme un consejo para que yo pudiese seguir en
esas cosas sin peligro. Quizá mi propósito fuera justamente inducirte a
una respuesta semejante, que se avenía muy bien con la concuspicencia
de un niño bien alimentado con carne y con buenos manjares, físicamente
inactivo y siempre ocupado de sí mismo, pero, no obstante, mi
vergüenza exterior quedó tan herida con ella, que ya no pude, en contra
de mi voluntad, seguir hablando contigo, de modo que interrumpí
la conversación con altiva insolencia.
"No es fácil juzgar esa respuesta tuya de entonces; por una parte tiene
cierta franqueza avasalladora, como de tiempos primitivos; por otra, en
cuanto a la enseñanza en sí, está muy de acuerdo en su falta de escrúpulos
con la época moderna. No sé qué edad tenía yo entonces, con seguridad
no pasaba de los dieciséis años. Para un muchacho así era sin
duda una contestación extraña, y la distancia que había entre nosotros
quedó en evidencia también por el hecho de que ésta fue en verdad la
primera enseñanza directa, tocante a la vida, que yo recibía de ti. Su
significado, real, que ya aquella vez se grabó en mí pero que sólo después
llegué a comprender, y a medias, era el siguiente: aquello que me
aconsejabas era, según tu opinión y más aún en la mía de entonces, lo
más sucio posible. Tu cuidado para que no llevara, físicamente, nada de
esa suciedad a casa, era asunto secundario, porque con ello únicamente
te protegías tú, tú casa. Lo principal era, más bien, que permanecieras
ajeno a tu consejo: un hombre casado, un hombre puro, que estaba
por encima de esas cosas. Esta interpretación se agudizó más aún
para mí por el hecho de que también el matrimonio me pareciese una
unión indecente y, por lo tanto, me fuese imposible aplicar a mis padres
aquellas generalidades de que había enterado con respecto al matrimonio.
Por ello, tú resultabas todavía más puro, te elevabas más aún. La
idea de que tal vez antes de tu matrimonio te hubieses dado a ti mismo
un consejo semejante, me parecía por completo inconcebible. Así, no
quedaba en ti ni el menor vestigio de suciedad terrena. Y eras tú, justamente,
quien me empujaba a esa suciedad, como si yo estuviese destinado
a ella. Si en ese momento el mundo hubiera estado formado por
tú y yo (imagen que siempre estaba bastante cerca de mí), entonces la
pureza del mundo finalizaba contigo, y comenzaba conmigo, por obra
de tu consejo, su suciedad. Por sí solo, era en verdad incomprensible el
hecho de que me sentenciaras de ese modo: sólo podía explicármelo
una culpa antigua y el más profundo desprecio de tu parte. Y con ello,
una vez más, estaba atrapado, y por cierto rigurosamente, en mi fuero
más íntimo.
"Es quizás aquí donde la falta de culpa de ambos aparece más nítida. A
le da a B un consejo franco, que refleja su concepción de la vida, no
muy digno, pero de todas maneras hoy usual en la ciudad, y que acaso
sirva para evitar perjuicios en la salud. Este consejo no resulta muy tonificante
para la moral de B, pero, ¿por qué no había de remediar ese
perjuicio con el transcurso del tiempo? Además, no está obligado a seguir
el consejo, y, por otra parte, en el consejo mismo no hay motivo
alguno para que toda la vida futura de B se derrumbe. Y sin embargo,
algo de esto sucede, pero sólo porque A eres tú y B soy yo.
"También de esa falta de culpa por ambas partes puedo tener una visión
particularmente nítida, porque veinte años más tarde, en circunstancias
completamente distintas, volvió a producirse entre nosotros
un choque parecido, horrible como hecho, pero en sí mismo mucho menos
peligroso porque, desde mis dieciséis años de edad, ¿dónde hay algo
que en mí pudiera aún ser dañado? Me refiero a una breve conversación
ocurrida en uno de esos días de excitación que siguieron a la noticia
de mi reciente proyecto de matrimonio. Tú me dijiste, más o menos:
"Supongo que ella se habrá puesto alguna blusa llamativa, como
suelen hacerlo las judías de Praga, y acto seguido, naturalmente, te decidiste
a casarte con ella. Y eso cuanto antes, dentro de una semana,
mañana, hoy. Yo no te entiendo: eres un hombre grande, vives en la
ciudad y no encuentras nada mejor que casarte en seguida con una
cualquiera. ¿No hay otras posibilidades? Si no te atreves, yo iré contigo,
personalmente." Lo dijiste con más detalle y con más claridad, pero no
puedo recordar los pormenores, quizá también se me nublaron los ojos,
casi me interesaba más mi madre que, aunque totalmente de acuerdo
contigo, tomó no obstante algo de la mesa y salió con ello de la habitación.
"No creo que jamás me hayas humillado más profundamente que con
estas palabras ni que me hayas mostrado con mayor claridad tu desprecio.
Cuando, hace veinte años, me hablaste en forma parecida,
aquella vez se hubiera podido ver, hasta con tus ojos, cierto respeto por
ese precoz muchacho de la ciudad que, según tu parecer, ya podía ser
introducido sin rodeos en la vida. Hoy, esta consideración sólo podría
aumentar tu desprecio, porque el adolescente que en aquel entonces
había tomado impulso, se quedó detenido ahí, y a tu parecer no tendría
hoy más experiencia que entonces, sino que resulta únicamente veinte
años más lamentable. Mi elección de una muchacha no significa nada
para ti. Mantuviste siempre oprimida (inconscientemente) mi capacidad
de decisión, y creías ahora (inconscientemente) saber lo que ella vale.
De mis tentativas de salvación en otras direcciones nada sabías, y tampoco
nada podías saber entonces de las reflexiones que me habían llevado
a ese proyecto de matrimonio; tenías que procurar interpretarlas,
interpretaste, partiendo del concepto que formado tienes sobre mí, lo
más repugnante, torpe y ridículo. Y no vacilaste un momento en decírmelo
de manera similar. La afrenta que me infligías con ello, no era nada
en comparación con la deshonra que, según tu manera de ver, traería
yo a tu nombre con mi matrimonio.
"Es verdad que puedes darme más de una contestación en lo que se refiere
a mi proyecto de matrimonio, y así lo has hecho: que mal podías
respetar mi decisión, cuando ya dos veces había anulado mi compromiso
con F. y dos veces lo había reanudado: que te había arrastrado
inútilmente a Berlín, junto con mi madre, para mi compromiso, y cosas
por el estilo. Todo eso es verdad, pero, ¿cómo llegó a suceder?
"El pensamiento fundamental de ambos proyectos de matrimonio fue
perfectamente correcto: fundar un hogar, independizarme. Un pensamiento
que en verdad te es simpático, sólo que en la realidad luego
resulta ser como ese juego infantil en el que uno toma la mano del
otro, la aprieta, y al mismo tiempo grita: "Pero, ¡suelta!, ¡suelta!, ¿por
qué no sueltas?" Lo que en nuestro caso se complicó todavía, por el
hecho de que ese "¡suelta!" tuyo fue siempre sincero, ya que siempre
me has retenido, o mejor dicho aprisionado, sin saberlo, sólo por la
fuerza de tu carácter.
"Las dos muchachas fueron elegidas, tal vez por casualidad, con excepcional
acierto. Una nueva señal de tu completa incomprensión es que
puedas suponer que yo, el miedoso, el vacilante, el desconfiado, decidiera
casarme por un impulso, digamos seducido por una blusa. Por el
contrario, ambos matrimonios hubiesen sido matrimonios de conveniencia,
si así puede expresarse el producto de la reflexión que día y
noche, la primera vez durante años, la segunda vez durante meses, dediqué,
con todas las fuerzas de mi razón, a esos proyectos.
"Ninguna de las dos muchachas me decepcionó, sino yo a ambas. Mi
concepto de ellas es hoy exactamente el mismo que en aquel entonces,
cuando quería casarme con ellas.
"Tampoco es verdad que con motivo de mi segundo proyecto de matrimonio
haya dejado de lado las experiencias del primero, es decir, actuado
con ligereza. Los casos eran completamente distintos y las experiencias
anteriores, precisamente, fueron las que pudieron alentarme en
la segunda ocasión, que ya de por sí presentaba mejores perspectivas.
No deseo entrar aquí en detalles.
"¿Por qué, entonces, no me casé? Había, como siempre las hay, algunas
dificultades, pero la vida consiste ciertamente en aceptarlas. La dificultad
esencial, independiente por desgracia del caso en sí, era que, a
ojos vista, soy espiritualmente incapaz de casarme. Esto se manifiesta
en el hecho de que, desde el momento en que adopto la decisión de
casarme, ya no puedo dormir, la cabeza me arde día y noche, la vida ya
no es vida, y desesperado, ando tambaleándome de un lado a otro. No
son en realidad las preocupaciones las que producen esto, si bien las
acompañan inquietudes infinitas, surgidas de mi pesadez y pedantería,
pero ellas no son lo decisivo, aunque consumen como gusanos su tarea
en el cadáver; las que me derriban definitivamente son otras causas: la
presión general del miedo, la debilidad, el menosprecio de mí mismo.
"Intentaré explicarlo con más claridad: en mis proyectos de matrimonio
chocan con fuerza inigualable dos aspectos en apariencia antagónicos
de mis relaciones contigo. El casamiento es, sin duda, una garantía de
la liberación y la independencia personal más acentuadas. Yo tendría
una familia, lo máximo que en mi opinión puede alcanzarse, y por consiguiente
lo máximo que has alcanzado también tú; sería tu igual, y todas
las afrentas antiguas, y la tiranía, eternamente renovadas, ya sólo
pertenecerían a la historia. Esto, realmente, sería extraordinario, pero
en ello justamente reside ya lo cuestionable. Es demasiado, tanto no
puede lograrse. Es como si alguien que estuviese prisionero no sólo tuviese
la intención de fugarse, cosa que tal vez fuese posible, sino además
y simultáneamente el propósito de convertir la prisión en un suntuoso
castillo para sí. Si realiza la fuga, no podrá construir el castillo, y
si lo construye, no podrá fugarse. Si deseo independizarme de esta peculiar
e infortunada relación en que me hallo contigo, debo hacer algo
que, dentro de lo posible, no tenga relación alguna contigo; pero si bien
el matrimonio es lo máximo y confiere la independencia más digna,
conserva simultáneamente la más estrecha relación contigo. Querer salir
de allí tiene por eso algo de demencia, y cada tentativa recibe como
castigo esa demencia.
"Precisamente, esta relación estrecha es, en parte, la que me atrae
hacia el matrimonio. Imagino esa igualdad que entonces surgiría entre
nosotros, que tú sabrías comprender mejor que ninguna otra, y que sería
tan bella porque yo podría ser entonces un hijo libre, agradecido,
inocente, franco, y tú un padre tolerante, liberal, afectuoso, satisfecho.
Pero, para lograr este fin, todo lo sucedido habría que darse por no sucedido,
es decir, borrarnos a nosotros mismos.
"Tales como somos, el matrimonio me está vedado justamente porque
es la jurisdicción que más te corresponde de hecho. A veces me imagino
el mapamundi desplegado y tú extendido sobre él de parte a parte.
Y me parece entonces que para mi vida sólo pueden tomarse en consideración
aquellos lugares que tú no cubres o que no están a tu alcance.
Y esos lugares, de acuerdo con la idea que tengo de tu tamaño, son
muy escasos y nada confortantes, y particularmente el matrimonio no
se encuentra entre ellos.
"Esta comparación demuestra ya que de ninguna manera pretendo decir
que con tu ejemplo me hayas arrojado fuera del matrimonio, como
ocurrió tal vez con el negocio. Al contrario, aunque existan similitudes
lejanas. En el matrimonio de ustedes tenía yo un modelo de matrimonio
ejemplar, en la fidelidad, en la ayuda mutua, en el número de hijos; y
aun cuando luego los hijos crecieron y perturbaron cada vez más la
paz, el matrimonio, como tal, quedó intacto. Quizás este ejemplo contribuyó
también a formar mi elevado concepto del matrimonio; otros
eran los motivos que hacían inútil mi ansioso deseo de casarme. Residían
en tu actitud hacia los hijos, de la cual trata por entero esta carta.
"Hay una opinión según la cual el miedo al matrimonio proviene a veces
del temor de que los hijos hagan pagar a uno, más tarde, los pecados
contra sus propios padres. Esto, en mi caso, no tiene gran importancia,
ya que mi sentimiento de culpa procede justamente de ti y está demasiado
penetrado de su singularidad; es más, esa sensación de singularidad
pertenece a su esencia atormentadora: una repetición es inconcebible.
No obstante debo reconocer que un hijo tan taciturno, insensible,
seco y perdido me resultaría insoportable; si no tuviese otra posibilidad,
huiría de él, emigraría, tal como tú quisiste hacerlo, en el primer momento,
a causa de mi matrimonio. De tal modo, esta consideración
puede haber ejercido igualmente una influencia secundaria en mi capacidad
para casarme.
"Mucho más importante es, sin embargo, el temor de mí mismo. Esto
debe entenderse así: ya señalé que en el hecho de escribir, y en todo lo
que se relaciona con este hecho, he logrado pequeños éxitos en mis
tentativas de autonomía y de evasión, que no me llevarán muy lejos,
según lo he comprobado en múltiples ocasiones. No obstante, es mi
deber, o mas bien mi vida depende de ello, evitar que quede expuesto
a un peligro, más aún, a cualquier posibilidad de peligro. El matrimonio
es una posibilidad de peligro, como así también, por cierto, de poderoso
impulso, pero a mí me basta con que sea la posibilidad de un peligro.
¡Qué haría si en verdad fuese un peligro! ¡Cómo podría continuar en el
matrimonio con la sensación, quizá imperceptible, pero irrefutable, de
ese peligro! Ante eso, podría ciertamente vacilar, pero el desenlace final
es seguro: debo abstenerme. La comparación del pájaro en la mano y
los cien volando sólo muy remotamente tiene aplicación aquí. En la mano
no tengo nada, todo está volando y, no obstante (tan decisivas son
las condiciones de la lucha y la miseria de la vida), yo debo elegir la
nada. De manera parecida, por otra parte, también he tenido que elegir
en cuanto a mi profesión.
"Pero el principal obstáculo para mi matrimonio es mi certeza, ya indestructible,
de que el mantenimiento de una familia y aun su conducción
requieren imprescindiblemente de todos esos factores que he reconocido
en ti, de la conjunción de todos ellos, los buenos y los malos, tales
como se hallan orgánicamente reunidos en ti, es decir: fuerza y escarnio
del prójimo, salud y cierta desmesura, elocuencia y hosquedad,
confianza en sí mismo y descontento para cualquier otra persona, superioridad
mundana y carácter tiránico, experiencia de los hombres y desconfianza
ante los demás; luego, además, virtudes intachables, como
ser: aplicación, perseverancia, presencia de ánimo, valentía. De todo
esto no tenía yo, comparativamente, casi nada o sólo muy poco y, en
estas condiciones, ¿me atrevería a casarme, viendo que aun tú mismo
debías librar tan dura batalla en el matrimonio y hasta fracasabas ante
los hijos? Por supuesto, no me planteaba esta pregunta en forma explícita
ni respondía a ella en esa forma, porque de ser así la reflexión común
se hubiera apoderado del asunto, mostrándome otros hombres,
distintos de ti (para nombrar a uno, próximo, y muy distinto de ti: el tío
Richard), que, sin embargo, se han casado y al menos no se arruinaron
con ello, lo que ya es muchísimo y me habría bastado. Pero el hecho es
que yo no me planteé ese problema sino que lo viví desde la infancia.
En principio, no me detenía a examinarme ante la eventualidad del matrimonio
sino ante la menor insignificancia; y ante la menor insignificancia
tú me persuadías con tu ejemplo y con tu educación, tal como
intenté describirlo, de que yo no era más que un inepto; lógicamente,
lo que con respecto a cualquier insignificancia era exacto y te daba la
razón, debía ser exacto y darte la razón con respecto a lo más grande,
o sea, con respecto al matrimonio. Hasta llegar a mis proyectos de matrimonio,
crecí más o menos como un comerciante que pasa sus días
preocupado y con presentimientos funestos, pero sin llevar una contabilidad
exacta. Obtiene algunas pequeñas ganancias que, por ser raras,
de continuo acaricia y exagera en su imaginación, pero por lo común,
sólo tiene pérdidas. Todo se registra, pero jamás se hace balance. Y
ahora llega la imperiosa necesidad del balance, es decir, el proyecto de
matrimonio. Y en vista de las grandes sumas con que hay que contar
para eso, pareciera que jamás hubiese existido la más ínfima ganancia:
todo es una enorme y única deuda. ¡Y entonces cásate sin perder la razón!
"Así concluye mi vida anterior a tu lado, y tales son las perspectivas
que lleva en sí para el mañana.
"Si examinaras ahora los fundamentos del miedo que siento de ti, podrías
responder: "Afirmas que yo simplifico el asunto al explicar mi actitud
para contigo echándote sencillamente a ti la culpa, pero yo creo
que, a pesar de tus esfuerzos visibles, te hallas en situación mucho más
favorable que yo, o por lo menos, no más difícil. En primer lugar, tú
también niegas tener culpa alguna ni responsabilidad de tu parte, con lo
cual nuestros procedimientos se igualan. Pero mientras que yo, con la
misma sinceridad con que lo creo, te atribuyo la culpa únicamente a ti,
tú pretendes ser "superinteligente" y "superafectuoso" y absolverme, a
tu vez, de mi culpa. Claro que esto último lo consigues sólo en apariencia
(tampoco tienes otra intención), y a pesar de todas esas frases
sobre esencia y naturaleza, antagonismo y desamparo, resulta entre líneas
que en verdad he sido yo el agresor, mientras que todo cuanto tú
hiciste no fue más que en defensa propia. Por lo tanto, gracias a tu falta
de sinceridad, habrías ya logrado tu objeto, o sea demostrar tres cosas:
primero: que eres inocente; segundo: que yo soy culpable, y tercero:
que, por pura magnanimidad, no sólo estás dispuesto a perdonarme,
sino también lo que es más o menos igual, a demostrar, y a pretender
creerlo tú mismo, que yo, si bien contrariamente a la verdad, también
soy inocente. Podría bastarte con esto, pero no. Te has metido en la
cabeza la pretensión de querer vivir enteramente de mi bolsillo. Admito
que luchemos el uno contra el otro, pero hay dos clases de lucha. La lucha
caballeresca, donde se miden las fuerzas de adversarios independientes:
cada uno está solo, pierde solo, gana solo. Y la lucha del
parásito, que no sólo pica, sino que también chupa la sangre para conservar
su vida. Así es el soldado mercenario, y así también eres tú. Eres
incapaz en la vida, pero para poder arreglarte en ella a tu gusto, sin
preocupaciones y sin remordimientos, quieres demostrar que yo te quité
toda tu aptitud para la vida y me la guardé en el bolsillo. ¡Qué te importa
entonces si eres un incapaz para la vida, ya que yo soy el responsable!
Tú tranquilamente te recuestas, te desperezas, y dejas que
yo, física y espiritualmente, te arrastre a través de la vida. Un ejemplo:
cuando, recientemente, querías casarte, querías al mismo tiempo no
casarte, cosa que admites en tu carta; pero, para no tener que resolverlo
tú, deseabas que yo te ayudase a no casarte, prohibiéndote ese
casamiento a causa de la "deshonra" que tal unión haría caer sobre mi
nombre. Pero eso ni se me ocurrió. Primero, porque yo, en este caso
como en los demás, no deseaba "ser un obstáculo para tu felicidad", y
segundo, porque no quiero que un hijo mío me eche en cara jamás algo
semejante. Pero el haber dominado mis sentimientos para dejarte casar
libremente, ¿me sirvió acaso de algo? Ni lo más mínimo. Mi aversión
por ese casamiento no hubiera podido evitarlo, al contrario, hubiera sido
un incentivo más para ti, ya que la "tentativa de evasión", según te
expresas, hubiera sido mucho más completa. Mi consentimiento no evitó
tus reproches, ya que demuestra que, de cualquier manera, yo soy el
culpable de que no te hayas casado. Para mí, sin embargo, en este y en
los otros casos, en el fondo no me has demostrado otra cosa sino que
mis reproches se justifican y que entre ellos falta uno más, particularmente
justificado, que es el de la falta de sinceridad, obsecuencia, parasitismo.
Si no estoy muy equivocado, aún sigues explotándome en
calidad de parásito, incluso con esta carta".
"A esto respondo yo que las objeciones que haces pueden volverse
también contra ti, en su mayor parte, y que no proceden de ti sino de
mí. Ni siquiera tu desconfianza por los demás es tan grande como mi
desconfianza por mí mismo, en la que me has educado. Y no te niego
hasta un cierto derecho a esa objeción, que además contribuye por sí
sola a la caracterización de nuestras relaciones. Claro está que las cosas
no pueden ajustarse en la realidad tan bien la una con la otra como
los argumentos en mi carta, porque la vida es algo más que un rompecabezas;
pero, gracias a las enmiendas que surgen de esta confesión, y
que no puedo ni quiero extender hasta el detalle, se ha logrado, a mi
parecer, algo tan próximo a la verdad, que podrá tranquilizarnos un poco
a los dos y hacernos más fáciles la vida y la muerte."
FRANZ.
UN ARTISTA DEL HAMBRE
1923
UNA MUJERCITA
Es toda una mujercita; aunque muy delgada, suele además usar un
corsé ajustado; la veo siempre con el mismo vestido gris amarillento,
algo así como el color de la madera, adornado discretamente con borlas
en forma de botón, de igual color; siempre sale sin sombrero, el rubio
cabello opaco y lacio es ordenado, pero también muy suelto. Aunque
está encorsetada se mueve con agilidad, y a veces exagera esa
facilidad de movimiento; le gusta llevarse las manos a la cintura y girar
el torso hacia uno u otro lado, con asombrosa rapidez. Apenas puedo
dar una ligera idea de la impresión que me causa su mano, si digo que
jamás he visto una cuyos dedos estén tan agudamente diferenciados
entre sí como la suya; y sin embargo no presenta ninguna peculiaridad
anatómica, es completamente normal.
Ahora bien, esta mujercita está muy descontenta conmigo, siempre
tiene algo que objetarme, siempre cometo toda clase de injusticias con
ella, cada paso mío la irrita; si la vida pudiera cortarse en trozos
infinitesimales y cada pedacito pudiera ser juzgado, estoy seguro de
que cada partícula de mi vida sería para ella motivo de disgusto. A
menudo he pensado en eso: ¿por qué la irrito tanto? Podría ser que
todo en mí ofendiera su sentido de la belleza, su idea de la justicia, sus
costumbres, sus tradiciones, sus esperanzas; hay naturalezas humanas
muy incompatibles, pero ¿por qué se preocupa tanto por eso? No hay
en verdad ninguna relación entre nosotros que la obligue a soportarme.
Debería decidirse a considerarme un perfecto desconocido, lo que en
realidad soy, teniendo en cuenta que semejante decisión no me
molestaría, más bien se la agradecería mucho, sólo debería decidirse a
olvidar mi existencia, una existencia que nunca quise obligarla a
soportar, y jamás querré; y evidentemente, todos sus tormentos
terminarían. Hago total abstracción de mis sentimientos y no tengo en
cuenta que su actitud también es para mí, naturalmente, muy dolorosa,
y no lo tengo en cuenta porque reconozco perfectamente que mis
molestias no son nada al lado de sus sufrimientos. De todos modos,
siempre he sabido que esos sufrimientos no son causados por el afecto;
no le interesa en absoluto mejorarme, y además todo lo que en mí le
desagrada es justamente lo que menos puede impedirme mejorar. Pero
tampoco le importa que yo progrese, solamente le importan sus
intereses personales, que consisten en vengarse de los sufrimientos
que le provoco, e impedir los sufrimientos con que pueda volver a
amenazarla. Ya una vez intenté indicarle la mejor manera de poner fin
a este resentimiento perpetuo, pero sólo logré suscitar en ella tal
arrebato de furor, que nunca más repetiré esa tentativa.
Además, esto representa para mí, si así puedo decirlo, cierta
responsabilidad, porque por menos intimidad que haya entre la
mujercita y yo, y por más evidente que sea que la única relación
existente es la irritación que le produzco, o más bien la irritación que
ella permite que yo le produzca, no por eso puedo sentirme indiferente
ante los visibles perjuicios físicos que le produce. De vez en cuando, y
estos últimos tiempos más a menudo, me llegan informes de que esa
mañana amaneció pálida, insomne, con dolor de cabeza y casi
incapacitada para el trabajo; esto hace que sus familiares se pregunten
perplejos cuál será el origen de esos estados, y hasta ahora no lo han
descubierto. Sólo yo lo sé, es la antigua y siempre renovada irritación.
Claro que no comparto totalmente las preocupaciones de sus familiares;
ella es fuerte y resistente; quien puede enojarse hasta ese punto,
puede con seguridad también pasar por alto las consecuencias del
enojo; hasta tengo la sospecha de que ella –por lo menos a veces–
simula sufrimientos para dirigir hacia mí las sospechas de la gente. Es
demasiado orgullosa para decir abiertamente cómo sufre por culpa de
mi simple existencia; recurrir a los demás contra mí le parecería
rebajarse a sí misma; sólo la repugnancia, una incesante repugnancia
que no deja de impelerla, consigue que se ocupe de mí; discutir
abiertamente algo tan impuro le parecería demasiada vergüenza. Pero
también es demasiado para ella callar constantemente algo que la
oprime sin cesar. Por eso prefiere, con astucia femenina, un término
medio: callar, y sólo mediante las apariencias exteriores de un
sufrimiento oculto, llamar la atención pública sobre el asunto. Tal vez
espere, posiblemente, que en cuanto la atención pública fije en mí
todas sus miradas, se concrete un rencor general y público, y con todos
sus vastos poderes éste consiga condenarme definitivamente, con
mucho más vigor y rapidez que sus relativamente débiles rencores
privados, entonces se retiraría de la escena, respiraría con alivio y me
volvería la espalda. Ahora bien, si estas son realmente sus esperanzas,
se engaña. La opinión pública no la sustituirá en su papel; la opinión
pública nunca encontraría en mí tantos motivos de reproche, aunque
me estudiara a través de su lupa de mayor aumento. No soy un hombre
tan inútil como ella cree; no quiero exagerar mis méritos, y mucho
menos cuando se trata de este asunto; pero si no llamo la atención por
mis condiciones extraordinarias, tampoco la llamo por mi falta de
condiciones; sólo para ella, para sus ojos llameantes y casi lívidos de
ira, soy así; no podrá, convencer a nadie más. Por lo tanto, ¿puedo
sentirme por completo tranquilo en lo que a esto respecta? No,
tampoco; porque cuando sea realmente de conocimiento público que mi
comportamiento está provocando positivamente su enfermedad, y
algún observador, por ejemplo mis más activos informadores, estén a
punto de advertirlo, o por lo menos adopten la actitud de advertirlo, y
la gente venga a preguntarme por qué hago sufrir a esta pobre
mujercita con mis acciones incorregibles, o si tengo la intención de
llevarla a la tumba, y cuándo llegará el momento de mostrarme más
sensato y de demostrar suficiente compasión para poner fin a todo eso;
cuando la gente me haga esta pregunta, me costará bastante
responder. ¿Confesaré francamente que no creo en sus síntomas de
enfermedad, lo que producirá la desagradable impresión de que para
librarme de mi culpa culpo a otro, y justamente de una manera tan
poco galante? ¿Y cómo podría decir abiertamente que yo, aun cuando
creyera que ella está realmente enferma, no siento un poco de
compasión, que la mujer en cuestión es para mí una perfecta
desconocida, y que la relación que existe entre nosotros es pura
invención de su parte y totalmente inexistente? No digo que no me
creerían; más bien ni una cosa, ni la otra; no se tomarían el trabajo de
dudar; simplemente, se tomaría nota de la respuesta relativa a una
mujer débil y enferma, y esto no me haría mucho honor. Tanto con ésta
como con cualquier otra respuesta, chocaría inevitablemente con la
incapacidad de la gente de impedir, en un caso como éste, la sospecha
de una relación amorosa, aunque es más evidente que la luz del día
que semejante relación no existe, y que si existiera, se originaría más
bien en mí y no en ella, ya que realmente yo sería muy capaz de
admirar en esta mujercita la potente rapidez de sus juicios y la
infatigabilidad de sus conclusiones, cuando esas mismas cualidades no
estuvieran al servicio constante de mi tormento. Pero en todo caso, ella
no muestra el menor deseo de llegar a una relación amistosa; en eso es
honrada y veraz; en eso reside mi última esperanza; sería imposible
que la conveniencia de su plan de campaña la llevara a hacerme creer
en una relación de ese tipo, olvidándose de sí misma hasta el punto de
cometer una acción semejante. Pero la opinión pública, absolutamente
incapaz de sutilezas, seguirá siempre pensando lo mismo en este
sentido, y siempre se decidirá en mi contra.
Por lo tanto, lo único que me resta es cambiar a tiempo, antes que
intervengan los demás, lo suficiente no para anular el rencor de la
mujercita, que es inconcebible, sino por lo menos para dulcificarlo. Y en
efecto, muchas veces me he preguntado si me agrada tanto mi estado
actual que ya no quiero modificarlo, y si no sería posible provocar en mí
algunos cambios, no porque me parecieran necesarios, sino
simplemente para calmar a la mujercita. Y he tratado honradamente de
hacerlo, no sin fatigas ni problemas; hasta me hacía bien, casi me
divertía; logré ciertas modificaciones visibles desde muy lejos, no
necesitaba llamar la atención de la mujercita sobre ellas, ya que se da
cuenta de esas cosas antes que yo, puede percibir por la expresión de
mi cara las intenciones de mi mente; pero no logré ningún éxito. ¿Cómo
hubiera podido lograrlo? Su disconformidad conmigo es, como bien lo
comprendo ahora, fundamental; nada puede hacerla desaparecer, ni
siquiera mi propia desaparición; su furor ante la noticia de mi suicidio
sería posiblemente inmenso.
Ahora bien, no puedo imaginarme que ella, una mujer tan aguda, no
comprenda todo esto tan bien como yo, no comprenda tanto la
inutilidad de sus esfuerzos como mi propia inocencia, mi incapacidad (a
pesar de la mejor voluntad del mundo) de conformarme a sus
requisitos. Seguramente lo comprende, pero como es de naturaleza
combativa, lo olvida en el apasionamiento del combate, y mi
desdichada manera de ser, que no puedo imaginar diferente porque me
pertenece de nacimiento, consiste justamente en susurrar suaves
consejos a quien está enfurecido. De este modo, naturalmente, no
llegaremos jamás a entendernos. Día tras día saldré de la casa con mi
habitual alegría matutina, para encontrarme con ese rostro amargado,
con la curva desdeñosa de esos labios, la mirada investigadora (y ya
antes de investigar, segura de lo que encontrará) que me explora y a la
que nada escapa, sea cual sea su brevedad, la sonrisa sarcástica que
abre surcos en sus mejillas adolescentes, la mirada lastimera elevada
hacia el cielo, las manos que se plantan en las caderas, para reunir más
aplomo, y luego, el temblor y la palidez de la ira al estallar.
No hace mucho –y por primera vez, como advertí asombrado entonces–
mencioné algo de este asunto a un buen amigo mío, sólo de pasada, sin
darle importancia; con sólo dos palabras, le hice un rápido resumen de
la situación; tan poca cosa me parece cuando la contemplo desde
afuera, que hasta llegué a reducir un poco sus proporciones.
Inesperadamente, mi amigo no se desinteresó de la cuestión, sino que
por cuenta propia le dio más importancia que yo, no quería cambiar de
tema, e insistía en discutirlo. Más inesperado aún fue que él, a pesar de
todo, subestimara el problema en uno de sus aspectos más
importantes, porque me aconsejó seriamente que me alejara por un
tiempo, que viajara. Ningún consejo podría ser más incomprensible; la
situación es bastante clara, cualquiera que la estudie de cerca puede
llegar a comprenderla perfectamente, pero no es sin embargo tan
simple que una simple partida la solucione del todo, o por lo menos en
una parte. Nada de eso, tengo que cuidarme mucho de no alejarme;
porque si me decido a seguir algún plan, éste debe consistir
esencialmente en mantener el asunto dentro de los reducidos límites
que hasta ahora ha tenido, no dejar penetrar en él al mundo exterior, o
sea quedarme tranquilo donde estoy, y no permitir que el asunto
ocasione ningún cambio considerable e importante, lo que significa no
hablar con nadie de la cuestión; pero todo esto no porque se trate de
un peligroso misterio, sino porque es una cuestión desdeñable,
puramente personal, y como tal indigna de tanta atención; y porque no
debe dejar de serlo. Por eso las observaciones de mi amigo no fueron
totalmente inútiles; no me revelaron nada nuevo, pero fortificaron mi
primitiva resolución.
En efecto, si se lo considera atentamente, las modificaciones que con el
correr del tiempo parece haber sufrido este asunto, no son
modificaciones del tema en sí, sino tan sólo un desarrollo de mi actitud
ante él, una indicación de que esta actitud se ha vuelto por una parte
más tranquila, más viril, más cerca del fondo de la cuestión, y por otra
parte, bajo la incesante influencia de estos continuos sobresaltos, por
insignificantes que parezcan, ha provocado cierta alteración de mis
nervios.
Este asunto me preocupa menos que antes, porque comienzo a creer
que comprendo que por más cerca que hayamos creído encontrarnos de
una crisis decisiva, es muy poco probable que ésta ocurra; se está
predispuesto a calcular con demasiado apresuramiento, en especial
cuando se es joven, la rapidez con que se producen las crisis decisivas;
cada vez que mi pequeño juez femenino, debilitado por culpa de mi
mera presencia, se dejaba caer de costado en una silla sosteniéndose
con una mano sobre el respaldo, y aflojándose los lazos del corpiño con
la otra, mientras lágrimas de furor y desesperación corrían por sus
mejillas, yo creía que el instante de la crisis había llegado, y que de un
momento a otro me vería obligado a dar explicaciones. Pero nada de
momento decisivo, nada de explicaciones, las mujeres se desvanecen
con facilidad, la gente ni tiene tiempo de ocuparse de sus manías. ¿Y
qué sucedió realmente durante todos estos años? Muy simple: estas
situaciones se repitieron, a veces más violentamente, a veces menos, y
que en consecuencia su suma total ha aumentado. Y la gente acecha en
torno, deseosa de intervenir, si pudieran descubrir una oportunidad que
se lo permitiera; pero no encuentran ninguna, hasta ahora se han visto
obligados a reducirse a lo que podían olfatear en el ambiente, y
bastante había como para mantenerlos ampliamente ocupados, pero allí
terminaba todo. Pero siempre ha sido fundamentalmente así, siempre
existieron esos inútiles espectadores y esos olfateadores, que
excusaban su presencia con pretextos ingeniosos, con preferencia de
parentesco, siempre espiando, siempre olfateando toda clase de pistas,
pero la consecuencia de todo esto es simplemente que allí están
todavía. La única diferencia consiste en que poco a poco he llegado a
conocerlos, y a distinguir sus caras; en otros tiempos, yo creía que
acudían paulatinamente de todas partes, que las repercusiones del
asunto aumentaban y provocarían por sí solas la crisis definitiva; hoy
creo saber que todos ésos estaban aquí desde mucho antes, y que la
crisis definitiva poco o nada tiene que ver con ellos. Y esa crisis ¿por
qué la dignifico con un nombre tan pomposo? Suponiendo que algún día
–que no será seguro mañana ni pasado mañana ni probablemente
nunca– ocurriera que la opinión pública se interesara en este asunto, lo
que insisto en repetir, no le compete, no saldré seguramente indemne
de dicho proceso, pero también es indudable que tendrán en
consideración el hecho de que la opinión pública no le desconoce
totalmente, y que hasta ahora siempre he vivido a la plena luz,
confiado y digno de confianza, y que esta insignificante y desdichada
mujercita, recién llegada a mi vida, a quien, hago notar de paso, otro
hombre habría considerado hace mucho como insignificante y, sin
llamar en lo más mínimo la atención de la opinión pública, la habría
aplastado bajo sus pies; esta mujer, en el peor de los casos, sólo podría
agregar un odioso adorno al diploma que desde hace tiempo me
certifica ante la opinión pública como miembro respetable de la
sociedad. Así están actualmente las cosas, de modo que no tengo
muchos motivos de preocupación.
El hecho de que con los años yo haya llegado a sentirme un poco
inquieto no tiene nada que ver en realidad con el significado esencial
del asunto; es simple: es insoportable ser el constante motivo de ira de
otra persona, aun cuando se sabe perfectamente que esa ira es
infundada; uno se siente inquieto, se empieza, de una manera
puramente física, a eludir las crisis decisivas, aun cuando
honradamente no crea demasiado en su posibilidad. Además, esto
representa en cierta forma un síntoma de envejecimiento; la juventud
lo mejora todo; las características desagradables se pierden en la
fuente de vigor inagotable de la juventud; si una persona tiene mirada
astuta cuando es joven no se considera un defecto, ni siquiera se
advierte, ni siquiera él mismo lo advierte; pero lo que perdura en la
vejez son restos, todo es necesario, nada se renueva, todo está
expuesto a examen, y la mirada astuta de un hombre que envejece es
francamente una mirada astuta, y no es difícil reconocerla. Sólo que
tampoco en este caso constituye un empeoramiento real de su
condición.
Por lo tanto, de cualquier ángulo que se lo considere resulta evidente, y
a esa evidencia me atengo, que si consigo mantener este pequeño
asunto bajo control, aun sin esforzarme, todavía podré seguir viviendo
durante mucho tiempo la vida que hasta ahora he vivido, imperturbado
por el mundo, a pesar de todos los arrebatos de esta mujer.
UN ARTISTA DEL HAMBRE
En los últimos decenios, el interés por los ayunadores ha disminuido
muchísimo. Antes era un buen negocio organizar grandes exhibiciones
de este género como espectáculo independiente, cosa que hoy. en
cambio, es imposible del todo. Eran otros los tiempos. Entonces, todo la
ciudad se ocupaba del ayunador; aumentaba su interés a cada día de
ayuno: todos querían verle siquiera una vez al día; en los últimos del
ayuno no faltaba quien se estuviera días enteros sentado ante la pequeña
jaula del ayunador; había, además, exhibiciones nocturnas, cuyo
efecto era realzado por medio de antorchas; en los días buenos, se sacaba
la jaula al aire libre, y era entonces cuando les mostraban el ayunador
a los niños. Para los adultos aquello solía no ser más que una
broma en la que tomaban parte medio por moda, pero los niños, cogidos
de las manos por prudencia, miraban asombrados y boquiabiertos a
aquel hombre pálido. con camiseta oscura, de costillas salientes, que,
desdeñando un asiento, permanecía tendido en la paja esparcida por el
suelo, y saludaba, a veces, cortamente o respondía con forzada sonrisa
a las preguntas que se le dirigían o sacaba, quizá, un brazo por entre
los hierros para hacer notar su delgadez, volviendo después a sumirse
en su propio interior, sin preocuparse de nadie ni de nada, ni siquiera
de la marcha del reloj, para él tan importante, única pieza de mobiliario
que se veía en su jaula. Entonces se quedaba mirando al vacío, delante
de sí, con ojos semicerrados, y sólo de cuando en cuando bebía en un
diminuto vaso un sorbito de agua para humedecerse los labios.
Aparte de los espectadores que sin cesar se renovaban, había allí vigilantes
permanentes, designados por el público (los cuales, y no deja de
ser curioso, solían ser carniceros); siempre debían estar tres al mismo
tiempo, y tenían la misión de observar día y noche al ayunador para
evitar que, por cualquier recóndito método, pudiera tomar alimento. Pero
esto era sólo una formalidad introducida para tranquilidad de las masas,
pues los iniciados sabían muy bien que el ayunador, durante el
tiempo del ayuno, bajo ninguna circunstancia, ni aun a la fuerza, tomaría
la más mínima porción de alimento; el honor de su profesión se lo
prohibía.
A la verdad, no todos los vigilantes eran capaces de comprender tal cosa;
muchas veces había grupos de vigilantes nocturnos que ejercían su
vigilancia muy débilmente, se juntaban adrede en cualquier rincón y allí
se sumían en los lances de un juego de cartas con la manifiesta intención
de otorgar al ayunador un pequeño respiro, durante el cual, a su
modo de ver, podría sacar secretas provisiones, no se sabía de dónde.
Nada atormentaba tanto al ayunador como tales vigilantes; le atribulaban;
le hacían espantosamente difícil su ayuno. A veces, sobreponíase
a su debilidad y cantaba durante todo el tiempo que duraba aquella
guardia, mientras le quedaba aliento, para mostrar a aquellas gentes la
injusticia de sus sospechas. Pero de poco le servía, porque entonces se
admiraban de su habilidad que hasta permitía comer mientras cantaba.
Muy preferibles eran, para él, los vigilantes que se pegaban a las rejas,
y que, no contentándose con la turbia iluminación nocturna de la sala,
le lanzaban a cada momento el rayo de las lámparas eléctricas de bolsillo
que ponía a su disposición el empresario. La luz cruda no le molestaba;
en general no llegaba a dormir, pero quedar transpuesto un poco
podía hacerlo con cualquier luz, a cualquier hora y hasta con la sola llena
de una estrepitosa muchedumbre. Estaba siembre dispuesto a pasar
toda la noche en vela con tales vigilantes; estaba dispuesto a bromear
con ellos, a contarles historias de su vida vagabunda y a oír, en cambio,
las suyas, sólo para mantenerse despierto, para poder mostrarles de
nuevo que no tenía en la jaula nada comestible y que soportaba el
hambre como no podría hacerlo ninguno de ellos.
Pero cuando se sentía más dichoso era al llegar la mañana, y, por su
cuenta, les era servido a los vigilantes un abundante desayuno, sobre el
cual se arrojaban con el apetito de hombres robustos que han pasado
una noche de trabajosa vigilia. Cierto que no faltaban gentes que quisieran
ver en este desayuno un grosero soborno de los vigilantes, pero
la cosa seguía haciéndose, y si se les preguntaba si querían tomar a su
cargo, sin desayuno, la guardia nocturna, no renunciaban a él, pero
conservaban siempre sus sospechas.
Pero éstas pertenecían ya a las sospechas inherentes a la profesión del
ayunador. Nadie estaba en situación de poder pasar, ininterrumpidamente,
días y noches como vigilante junto al ayunador; nadie, por tanto,
podía saber por experiencia propia si realmente había ayunado sin
interrupción y sin falta; sólo el ayunador podía saberlo, ya que él era, al
mismo tiempo, un espectador de su hambre completamente satisfecho.
Aunque, por otro motivo, tampoco lo estaba nunca. Acaso no era el
ayuno la causa de su enflaquecimiento, tan atroz, que muchos, con
gran pena suya, tenían que abstenerse de frecuentar las exhibiciones
por no poder sufrir su vista: tal vez su esquelética delgadez procedía de
su descontento consigo mismo. Sólo él sabía –sólo él y ninguno de sus
adeptos– qué fácil cosa era el ayuno. Era la cosa más fácil del mundo.
Verdad que no lo ocultaba, pero no le creían; en el caso más favorable,
le tomaban por modesto, pero, en general. le juzgaban un reclamista, o
un vil farsante para quien el ayuno era cosa fácil porque sabía la manera
de hacerlo fácil y que tenía, además, el cinismo de dejarlo entrever.
Había que aguantar todo esto y, con el curso de los años, ya se había
acostumbrado a ello; pero, en su interior, siempre le recomía ese descontento
y ni una sola ver, al fin de su ayuno –esta justicia había que
hacérsela– había abandonado su jaula voluntariamente.
El empresario había fijado cuarenta días como el plazo máximo de ayuno,
más allá del cual no le permitía ayunar ni siquiera en las capitales
de primer orden. Y no dejaba de tener sus buenas razones para ello.
Según le había señalado su experiencia, durante cuarenta días, valiéndose
de toda suerte de anuncios que fueran concentrando el interés,
podía quizá aguijonearse progresivamente la curiosidad de un pueblo;
mas pasado este plazo, el público se negaba a visitarle, disminuía el
crédito de que gozaba el artista del hambre. Claro que en este punto
podían observarse pequeñas diferencias según las ciudades y las naciones;
pero, por regla general, los cuarenta días eran el período de ayuno
más dilatado posible. Por esta razón, a los cuarenta días era abierta la
puerta de la jaula, ornada con una guirnalda de flores; un público entusiasmado
llenaba el anfiteatro; sonaban los acordes de una banda militar;
dos médicos entraban en la jaula para medir al ayunador, según
normas científicas; y el resultado de la medición se anunciaba a la sala
por medio de un altavoz; Por último, dos señoritas, felices de haber sido
elegidas para desempeñar aquel papel mediante sorteo, llegaban a
la jaula y pretendían sacar de ella al ayunador y hacerle bajar un par de
peldaños para conducirle
ante una mesilla en la que estaba servida una comidita de enfermo cuidadosamente
escogida. Y en este momento, el ayunador siempre se resistía.
Cierto que colocaba voluntariamente sus huesudos brazos en las manos
que las dos damas, inclinadas sobre él, le tendían dispuestas a auxiliarle,
pero no quería levantarse. ¿Por qué suspender el ayuno precisamente
entonces, a los cuarenta días? Podía resistir aún mucho tiempo más,
un tiempo ilimitado; ¿por qué cesar entonces, cuando estaba en lo mejor
del ayuno? ¿Por qué arrebatarle la gloria de seguir ayunando, y no
sólo la de llegar a ser el mayor ayunador de todos los tiempos, cosa
que probablemente ya lo era, sino también la de sobrepujarse a sí
mismo hasta lo inconcebible, pues no sentía límite alguno a su capacidad
de ayunar? ¿Por qué aquella gente que fingía admirarlo tenía tan
poca paciencia con él? Si aún podía seguir ayunando, ¿por qué no querían
permitírselo? Además, estaba cansado; se hallaba muy a gusto
tendido en la paja, y ahora tenía que ponerse de pie cuan largo era, y
acercarse a una comida, cuando con sólo pensar en ella sentía náuseas
que contenía difícilmente por respeto a las damas.
Y alzaba la vista para mirar los ojos de las señoritas, en apariencia tan
amables, en realidad tan crueles, y movía después negativamente, sobre
su débil cuello, la cabeza, que le pesaba como si fuese de plomo.
Pero entonces ocurría lo de siempre; ocurría que se acercaba el empresario
silenciosamente –con la música no se podía hablar–, alzaba los
brazos sobre el ayunador, como si invitara al cielo a contemplar el estado
en que se encontraba, sobre el montón de paja, aquel mártir digno
de compasión, cosa que el pobre hombre, aunque en otro sentido, lo
era; agarraba al ayunador por la sutil cintura, tomando al hacerlo exageradas
precauciones, como si quisiera hacer creer que tenía entre las
manos algo tan quebradizo como el vidrio; y, no sin darle una disimulada
sacudida, en forma que al ayunador sin poderlo remediar, se le iban
a un lado y otro las piernas y el tronco, se lo entregaba a las damas,
que se habían puesto entretanto mortalmente pálidas.
Entonces el ayunador sufría todos sus males: la cabeza le caía sobre el
pecho, como si le diera vueltas y, sin saber cómo, hubiera quedado en
aquella postura; el cuerpo estaba como vacío; las piernas, en su afán
de mantenerse en pie, apretaban sus rodillas una contra otra; los pies
rascaban el suelo como sino fuera el verdadero y buscaran a éste bajo
aquél; y todo el peso del cuerpo, por lo demás muy leve, caía sobre una
de las damas, la cual, buscando auxilio, con cortado aliento –jamás se
hubiera imaginado de este modo aquella misión honorífica–, alargan,
todo lo posible su cuello para librar siquiera su rostro del contacto con
el ayunador. Pero después, como lo lograba, y su compañera, más feliz
que ella, no venía en su ayuda, sino que se limitaba a llevar entre las
suyas, temblorosas, el pequeño haz de huesos de la mano del ayunador,
la portadora, en medio de las divertidas carcajadas de toda la sala,
rompía a llorar y tenía que ser librada de su carga, por un criado de
largo tiempo atrás preparado para ello.
Después venía la comida, en la cual el empresario, en el semisueño del
desenjaulado, más parecido a un desmayo que a un sueño, le hacía
tragar alguna cosa, en medio de una divertida charla con que apartaba
la atención de los espectadores del estado en que se hallaba el ayunador.
Después venía un brindis dirigido al público, que el empresario fingía
dictado por el ayunador; la orquesta recalcaba todo con un gran
trompeteo, marchábase el público y nadie quedaba descontento de lo
que había visto; nadie, salvo el ayunador, el artista del hambre; nadie,
excepto él.
Vivió así muchos años, cortados por periódicos descansos, respetado
por el mundo, en una situación de aparente esplendor; mas, no obstante,
casi siempre estaba de un humor melancólico, que se acentuaba cada
vez más, ya que no había nadie que supiera tomarle en serio. ¿Con
qué, además, podrían consolarle? ¿Qué más podía apetecer? Y si alguna
vez surgía alguien, de piadoso ánimo, que le compadecía, quería hacerle
comprender que, probablemente, su tristeza procedía del hambre,
bien podía ocurrir, sobre todo si estaba ya muy avanzado el ayuno, que
el ayunador le respondiera con una explosión de furia y, con espanto de
todos, comenzara a sacudir como una fiera los hierros de la jaula. Mas
para tales casos tenía el empresario un castigo que le gustaba emplear.
Disculpaba al ayunador ante el congregado público, añadía que sólo la
irritabilidad provocada por el hambre, irritabilidad incomprensible en
hombres bien alimentados, podía hacer disculpable la conducta del
ayunador. Después, tratando de este tema, para explicarlo pasaba a
rebatir la afirmación del ayunador de que le era posible ayunar mucho
más tiempo del que ayunaba: alababa la noble ambición, la buena voluntad,
el gran olvido de sí mismo, que claramente se revelaban en esta
afirmación; pero enseguida procuraba echarla abajo sólo con mostrar
unas fotografías, que eran vendidas al mismo tiempo, pues en el retrato
se veía al ayunador en la cama, casi muerto de inanición; a los cuarenta
días de su ayuno. Todo lo sabía muy bien el ayunador, pero era
rada vez más intolerable para él aquella enervante deformación de la
verdad. ¡Presentábase allí como causa lo que sólo era consecuencia de
la precoz terminación del ayuno! Era imposible luchar contra aquella incomprensión,
contra aquel universo de estulticia. Lleno de buena fe, escuchaba
ansiosamente desde su reja las palabras del empresario; pero
al aparecer las fotografías, soltábase siempre de la reja, y sollozando,
volvía a dejarse caer en la paja. El ya calmado público podía acercarse
otra vez a la jaula y examinarlo a su sabor.
Unos años más tarde, si los testigos de tales escenas volvían a acordarse
de ellas, notaban que se habían hecho incomprensibles hasta para
ellos mismos. Es que mientras tanto se había operado el famoso cambio;
sobrevino casi de repente; debía haber razones profundas para
ello; pero ¿quién es capaz de hallarlas?
El caso es que cierto día, el tan mimado artista del hambre se vio abandonado
por la muchedumbre ansiosa de diversiones, que prefería otros
espectáculos. El empresario recorrió otra vez con él media Europa para
ver si en algún sitio hallarían aún el antiguo interés. Todo en vano: como
por obra de un pacto, había nacido al mismo tiempo, en todas partes,
una repulsión hacia el espectáculo del hambre. Claro que, en realidad,
este fenómeno no podía haberse dado así de repente, y, meditabundos
y compungidos, recordaban ahora muchas cosas que en el
tiempo de la embriaguez del triunfo no habían considerado suficientemente,
presagios no atendidos como merecían serlo. Pero ahora era
demasiado tarde para intentar algo en contra. Cierto que era indudable
que alguna vez volvería a presentarse la época de los ayunadores, pero
para los ahora vivientes, eso no era consuelo.
¿Qué debía hacer, pues, el ayunador? Aquel que había sido aclamado
por las multitudes, no podía mostrarse en barracas por las ferias rurales;
y para adoptar otro oficio, no sólo era el ayunador demasiado viejo,
sino que estaba físicamente enamorado del hambre. Por lo tanto, se
despidió del empresario, compañero de una carrera incomparable, y se
hizo contratar en un gran circo, sin examinar siquiera las condiciones de
la contrata.
Un gran circo, con su infinidad de hombres, animales y aparatos que sin
cesar se sustituyen y se complementan unos a otros, puede, en cualquier
momento, utilizar a cualquier artista, aunque sea a un ayunador,
si sus pretensiones son modestas, naturalmente. Además, en este
caso especial, no era sólo el mismo ayunador quien era contratado, sino
su antiguo y famoso nombre; y ni siquiera se podía decir, dada la
singularidad de su arte, que. como al crecer la edad mengua la
capacidad, un artista veterano que ya no está en la cumbre de su
poder, trata de refugiarse en un tranquilo puesto de circo; al contrario,
el ayunador aseguraba, y era plenamente creíble, que lo mismo podía
ayunar entonces que antes, y hasta aseguraba que si le dejaban hacer
su voluntad, cosa que al momento le prometieron, sería aquélla la vez
en que había de llenar al mundo de justa admiración; afirmación que
había de llenar al mundo de justa admiración; afirmación que provocaba
una sonrisa en las gentes del oficio, que conocían el espíritu de los
tiempos, del cual, en su entusiasmo, habíase olvidado el ayunador.
Mas, allá en su fondo, el ayunador no dejó de hacerse cargo de las circunstancias,
y aceptó sin dificultad que no fuera colocada su jaula en el
centro de la pista, como número sobresaliente , sino que se la dejara
fuera, cerca de las cuadras, sitio, por lo demás, bastante concurrido.
Grandes carteles de colores chillones rodeaban la jaula y anunciaban lo
que había que admirar en ella. En los intermedios del espectáculo,
cuando el público se dirigía hacia las cuadras para ver los animales, era
casi inevitable que pasaran por delante del ayunador y se detuvieran
allí un momento; acaso habrían permanecido más tiempo junto a él si
no hicieran imposible una contemplación más larga y tranquila los empujones
de los que venían detrás por el estrecho corredor y que no
comprendían que se hiciera aquella parada en el camino de las interesantes
cuadras.
Por este motivo el ayunador temía aquella horade visitas que por otra
parte anhelaba como el objeto de su vida. En los primeros tiempos
apenas había tenido paciencia para esperar el momento del intermedio;
había contemplado con entusiasmo la muchedumbre que se extendía y
venía hacia él hasta que, muy pronto –ni la más obstinada y casi consciente
voluntad de engañarse a sí mismo se salvaba de aquella experiencia–
tuvo que convencerse de que la mayor parte de aquella gente
sin excepción, no traía otro propósito que el de visitar las cuadras. Y
siempre era lo mejor el ver aquella masa, así, desde lejos. Porque
cuando llegaban junto a su jaula, en seguida le aturdían los gritos e insultos
de los dos partidos que inmediatamente se formaban: el de los
que querían verlo cómodamente (y bien pronto llegó a ser este bando
el que más apenaba al ayunador, porque se paraban, no porque les interesara
lo que tenían ante sus ojos, sino por llevar la contraria y fastidiar
a los otros) y el de los que sólo apetecían llegar lo antes posible a
las cuadras. Una vez que había pasado el gran tropel, venían los rezagados,
y también éstos, en vez de quedarse mirándole cuanto tiempo
les apeteciera, pues ya era cosa no impedida por nadie, pasaban de prisa,
a largo paso, apenas concediéndole una mirada de reojo, para llegar
con tiempo de ver los animales. Y era caso insólito el de que viniera un
padre de familia con sus hijos, mostrando con el dedo al ayunador y
explicando extensamente de qué se trataba y hablara de tiempos pasados.
cuando había estado él en una exhibición análoga, pero incomparablemente
más lucida que aquélla, y entonces los niños, que, a causa
de su insuficiente preparación escolar y general –¿qué sabían ellos lo
que era ayunar?– seguían sin comprender lo que contemplaban, tenían
un brillo en sus inquisidores ojos, en que se traslucían futuros tiempos
más piadosos. –Quizá estarían un poco mejor las cosas –decíase a veces
el ayunador– si el lugar de la exhibición no se hallase tan cerca de
las cuadras. Entonces les habría sido más fácil a las gentes elegir lo que
prefirieran; aparte de que le molestaban mucho y acababan por deprimir
sus fuerzas las emanaciones de las cuadras, la nocturna inquietud
de los animales, el paso por delante de su jaula de los sangrientos trozos
de carne con que alimentaban a los animales de presa, y los rugidos
y gritos de éstos durante su comida. Pero no se atrevía a decirlo a
la Dirección, pues, si bien lo
pensaba, siempre tenía que agradecer a los animales la muchedumbre
de visitantes que pasaban ante él, entre los cuales, de cuando en cuando,
bien se podía encontrar alguno que viniera especialmente a verle.
Quién sabe en qué rincón le meterían, si al decir algo les recordaba que
aún vivía, y le hacía ver, en resumidas cuentas, que no venía a ser más
que un estorbo en el camino de las cuadras.
Un pequeño estorbo en todo caso, un estorbo que cada vez se hacía
más diminuto. Las gentes se iban acostumbrando a la rara manía de
pretender llamar la atención como ayunador en los tiempos actuales, y
adquirido este hábito quedó ya pronunciada la sentencia de muerte del
ayunador. Podía ayunar cuanto quisiera, y así lo hacía. Pero nada podía
ya salvarle, la gente pasaba a su lado sin verle. ¿Y si intentara explicarle
a alguien el arte del ayuno" A quien no lo siente, no es posible hacérselo
comprender.
Los más hermosos rótulos llegaron a ponerse sucios e ilegibles, fueron
arrancados, y a nadie se le ocurrió renovarlos. La tablilla con el número
de los días transcurridos desde que había comenzado el ayuno, que en
los primeros tiempos era cuidadosamente mudada todos los días, hacía
ya mucho tiempo que era la misma, pues al cabo de algunas semanas,
este pequeño trabajo habíase hecho desagradable para el personal; y
de este modo, cierto que el ayunador 'continuó ayunando, como siempre
había anhelado, y que lo hacía sin molestia, tal como en otro tiempo
lo había anunciado; pero nadie contaba ya el tiempo que pasaba;
nadie, ni siquiera el mismo ayunador, sabía qué número de días de
ayuno llevaba alcanzados, y su corazón se llenaba de melancolía. Y así,
cierta vez, durante aquel tiempo, en que un ocioso se detuvo ante su
jaula y se rió del viejo número de días consignado en la tablilla, pareciéndole
imposible, y habló de engañifa y de estafa, fue ésta la más estúpida
mentira que pudieran inventar la indiferencia y la malicia innata,
pues no era el ayunador quien engañaba, él trabajaba honradamente,
pero era el mundo quien se engañaba en cuanto a sus merecimientos.
Volvieron a pasar muchos días, pero llegó uno en que también aquello
tuvo fin. Cierta vez, un inspector se fijó en la jaula y preguntó a los
criados por qué dejaban sin aprovechar aquella jaula tan utilizable que
sólo contenía un podrido montón de paja. Todos lo ignoraban, hasta
que, por fin, uno, al ver la tablilla del número de días, se acordó del
ayunador. Removieron con horcas la paja, y en medio de ella hallaron
al ayunador. ¿Ayunas todavía? –preguntóle el inspector–. ¿Cuándo vas
a cesar de una vez?
–Perdonadme todos –musitó el ayunador, pero sólo le comprendió el
inspector, que tenía el oído pegado a la reja.
–Sin duda –dijo el inspector, poniéndose el índice en la sien para indicar
con ello al personal el estado mental del ayunador–, todos te perdonamos.
–Había deseado toda la vida que admirarais mi resistencia al hambre –
dijo el ayunador. –Y la admiramos –repúsole el inspector. –Pero no debíais
admirarla –dijo el ayunador.
–Bueno, pues entonces, no la admiraremos –repuso el inspector–; pero
¿por qué, no debemos admirarte?
–Porque me es forzoso ayunar, no puedo evitarlo –dijo el ayunador. –
Eso ya se ve –dijo el inspector––, pero ¿por qué no puedes evitarlo?
–Porque –dijo el artista del hambre levantando un poco la cabeza y
hablando en la misma oreja del inspector para que no se perdieran sus
palabras, con labios alargados como si fuera a dar un beso–, porque no
pude encontrar comida que me gustara. Si la hubiera encontrado, puedes
creerlo, no habría hecho ningún cumplido y me habría hartado como
tú y como todos.
Estas fueron sus últimas palabras, pero todavía, en sus ojos quebrados,
mostrábase la firme convicción, aunque ya no orgullosa, de que seguiría
ayunando.
–¡Limpien aquí! –ordenó el inspector, y enterraron al ayunador junto
con la paja. Mas en la jaula pusieron una pantera joven. Era un gran
placer hasta para el más obtuso de sentidos, ver en aquella jaula, tanto
tiempo vacía, la hermosa fiera que se revolcaba y daba saltos. Nada le
faltaba. La comida, que le gustaba, traíansela sin largas cavilaciones
sus guardianes. Ni siquiera parecía añorar la libertad. Aquel noble cuerpo,
provisto de todo lo necesario para desgarrar lo que se le pusiera por
delante, parecía llevar consigo la propia libertad: parecía estar escondida
en cualquier rincón de su dentadura. Y la alegría de vivir brotaba con
tan fuerte ardor de sus fauces, que no les era fácil a los espectadores
poder hacerle frente. Pero se sobreponían a su temor, se apretaban contra
la jaula y en modo alguno querían apartarse de allí.
UN ARTISTA DEL TRAPECIO
Un artista del trapecio –es sabido que ese arte que se practica en lo alto
de las carpas de los grandes circos es uno de los más difíciles entre
todos los asequibles al hombre– había organizado su vida de manera tal
–primero por afán profesional de perfección, después por una costumbre
que se había hecho tiránica– que, mientras trabajaba en la misma
empresa, permanecía día y noche en el trapecio. Todas sus necesidades
–por otra parte muy pequeñas– eran satisfechas por criados que se relevaban
a intervalos y vigilaban abajo. Todo lo que arriba se necesitaba
lo subían y bajaban en cestos construidos para el caso.
De este modo de vivir no derivaban para el trapecista problemas insolubles
con el resto del mundo. Sólo resultaba un poco molesto durante
los demás números del programa, porque como no se podía ocultar que
se había quedado allá arriba, aunque permanecía quieto, siempre alguna
mirada del público se desviaba hacia él. Pero los directores se lo
perdonaban, porque era un artista extraordinario, insustituible. Además,
era sabido que no vivía así por capricho y que sólo de aquella manera
podía estar siempre entrenado y conservar la extrema perfección
de su arte.
Allá arriba lo pasaba muy bien. Cuando, en los días calurosos del verano,
eran abiertas las ventanas laterales que corrían alrededor de la cúpula
y el sol y el aire se volcaban en el ámbito crepuscular del circo, era
hasta bello. Su contacto humano estaba muy limitado, naturalmente.
Alguna vez trepaba por la cuerda de ascensión algún colega, se sentaba
a su lado en el trapecio, apoyado uno en la cuerda de la derecha, otro
en la de la izquierda, y conversaban con fervor. O bien los obreros que
reparaban los techos cambiaban con él alguna que otra palabra por una
de las claraboyas o el electricista, que comprobaba las conexiones de la
luz en la galería más alta, le gritaba alguna frase respetuosa, aunque
poco comprensible.
No siendo un solitario, estaba siempre solo. Alguna vez un empleado
que erraba cansadamente a las horas de la siesta por el circo, elevaba
su mirada a la casi atrayente altura, donde el trapecista descansaba o
se ejercitaba en su arte sin saber que era observado.
De este modo hubiera podido vivir tranquilo el artista del trapecio, a no
ser por los inevitables viajes de lugar en lugar que le fastidiaban muchísimo.
Pero el empresario cuidaba que ese sufrimiento no se prolongara
innecesariamente.
El trapecista salía hacia la estación en un automóvil de carrera que corría,
a la madrugada, por las calles desiertas, con la velocidad máxima;
demasiado lenta, sin embargo, para su nostalgia del trapecio.
En el tren se disponía un departamento para él solo, donde encontraba,
encima en la rendilla de los equipajes, una sustitución precaria –pero
en algún sentido equivalente– de su forma de vivir.
En el lugar de destino ya estaba enarbolado el trapecio mucho antes de
su llegada, cuando todavía no se habían cerrado las tablas ni colocado
las puertas. Pero para el empresario era el instante de mayor placer
aquel en que el trapecista apoyaba el pie en la cuerda de subida y en
un segundo se encaramaba de nuevo sobre su trapecio.
Pese a todas esas precauciones, los viajes perturbaban gravemente los
nervios del trapecista, de modo que por muy afortunados que fueran
económicamente para el empresario, siempre le resultaban penosos.
Una vez, mientras viajaban, el artista ubicado en la redecilla como soñando,
y el empresario recostado junto a la ventanilla, leyendo un libro,
el hombre del trapecio lo apostrofó suavemente. Y le dijo, mordiéndose
los labios, que en lo sucesivo necesitaba para vivir, no un trapecio,
como hasta entonces, sino dos, dos trapecios, uno frente a otro.
El empresario se lo concedió de inmediato. Pero el trapecista, como si
quisiera mostrar que la aceptación del empresario no era más importante
que su oposición, agregó que nunca más, en ninguna ocasión,
trabajaría únicamente sobre un solo trapecio. Parecía horrorizarse ante
la idea de que pudiera sucederle alguna vez. El empresario, deteniéndose
y observando a su artista, declaró nuevamente su absoluta
conformidad. Dos trapecios son mejor que uno solo. Además, los nuevos
ejercicios serían más variados y vistosos.
Pero de pronto el artista comenzó a llorar. El empresario, profundamente
conmovido, se levantó de un salto y le preguntó que le ocurría, y
como no recibiera ninguna respuesta, se subió al asiento, lo acarició y
abrazó y estrechó su rostro contra el suyo, hasta sentir las lágrimas en
su piel. Después de muchas preguntas y palabras cariñosas, el trapecista
exclamó, sollozando:
–Sólo con una barra en las manos, ¡cómo podría vivir!
Entonces le resultó fácil al empresario consolarlo. Le prometió que en la
primera estación, en la primera parada, telegrafiaría para que montasen
un segundo trapecio y se reprochó a sí mismo duramente la crueldad
de haber dejado al artista tanto tiempo en uno solo. En fin, le dio
las gracias por haberle hecho observar aquella omisión imperdonable.
De esta forma, pudo el empresario tranquilizar al artista y volver a su
rincón.
En cambio, él no estaba tranquilo; con grave preocupación espiaba a
hurtadillas, por encima del libro, al trapecista. Si semejantes pensamientos
habían empezado a atormentarlo, ¿podrían ya cesar por completo?
¿No seguirían aumentando día a día? ¿No amenazarían su existencia?
Y el empresario, alarmado, creyó advertir en aquel sueño aparentemente
tranquilo en que habían terminado los sollozos, la primera
arruga cincelándose en la lisa frente juvenil del artista del trapecio.
JOSEFINA LA CANTORA
Josefina es el nombre de nuestra cantora. Quien no la ha oído, no conoce
el poder del canto. No hay nadie a quien su canto no arrebate, prueba
de su valor, ya que en general nuestra raza no aprecia la música. El
silencio es nuestra música preferida; nuestra vida es dura, y aunque intentáramos
olvidar las preocupaciones cotidianas no podríamos nunca
elevarnos tan por encima de nuestra vida habitual, hacia la música. Pero
no nos quejamos mucho; casi ni nos quejamos; consideramos que
nuestra máxima virtud es cierta astucia práctica, en verdad sumamente
indispensable, y con esa sonriente astucia solemos consolarnos de todo,
aun cuando alguna vez sintamos –lo que no ocurre nunca– la nostalgia
de felicidad que tal vez la música produce. Sólo Josefina es una excepción;
le gusta la música, y además sabe comunicarla; es la única; con
su desaparición desaparecerá también la música –quién sabe hasta
cuándo– de nuestras vidas.
Muchas veces me he preguntado qué ocurre realmente con esa música.
Carecemos totalmente de sentido musical; ¿cómo comprendemos entonces
el canto de Josefina, o más bien, ya que Josefina niega nuestra
comprensión, creemos comprenderlo? La respuesta más simple sería
que la belleza de su canto es tan grande que ni los más obtusos pueden
resistirla; pero esa respuesta es insatisfactoria. Si así fuera realmente,
al oír ese canto deberíamos experimentar, ante todo y en todos los casos,
la sensación de lo extraordinario, la sensación de que en esa garganta
resuena algo no oído antes, y que tampoco somos capaces de oír,
y que tal vez Josefina y sólo ella nos capacita para oír. En realidad, no
es ésta mi opinión, no siento eso y no he notado que los demás lo sintieran.
En círculos íntimos, no titubeamos en confesarnos que, como
canto, el de Josefina no es nada extraordinario.
Para empezar con algo, ¿es canto? A pesar de nuestra carencia de sentido
musical, poseemos tradiciones de canto; en la antigüedad, el canto
existió entre nosotros; las leyendas lo mencionan, y hasta se conservan
canciones, que desde luego ya nadie puede entonar. Por lo tanto, tenemos
alguna idea de lo que es el canto, y es evidente que el canto de
Josefina no corresponde a esa idea. ¿Es entonces canto? ¿No será quizás
un simple chillido? Todos sabemos que el chillido es una aptitud artística
de nuestro pueblo, o, mejor que una aptitud, una expresión vital
característica. Todos chillamos, pero a nadie se le ocurre que esto sea
un arte, chillamos sin darle importancia, hasta sin darnos cuenta, y muchos
de nosotros ni siquiera saben que es una de nuestras características.
Por lo tanto, si fuera cierto que Josefina no canta, sino chilla, y que
tal vez, como creo yo por lo menos, su chillido no sobrepasa los límites
de un chillido común –hasta es posible que sus fuerzas ni siquiera alcancen
para un chillido común, cuando un simple trabajador de la tierra
puede chillar todo el día, mientras trabaja, sin cansarse–; si todo esto
fuera cierto, entonces quedarían de inmediato refutadas todas las pretensiones
artísticas de Josefina, pero todavía faltaría resolver el misterio
de su inmenso encanto.
Tengamos en cuenta, después de todo, que lo que ella emite es un
simple chillido. Si uno se coloca bien lejos y la escucha, o todavía mejor,
si para poner a prueba su discernimiento trata de reconocer la voz
de Josefina cuando ésta canta en medio de otras voces, sólo distingue,
sin lugar a dudas, un vulgar chillido, que en el mejor de los casos apenas
se diferencia por su delicadeza o su suavidad. Y sin embargo, si no
se está ante ella, ya no se oye un simple chillido; para comprender su
arte es necesario no sólo escucharla, sino también contemplarla. Aun
cuando sólo fuera nuestro chillido cotidiano, nos encontramos ante todo
con la peculiaridad de alguien que se prepara con solemnidad para ejecutar
un acto cotidiano. Cascar una nuez no es realmente un arte, y en
consecuencia nadie se atrevería a congregar a un auditorio para cascar
nueces. Pero si lo hace y logra su propósito, entonces ya no se trata
simplemente de cascar nueces. O tal vez se trate simplemente de cascar
nueces, pero se descubre que nos hemos despreocupado totalmente
de dicho arte porque lo dominábamos demasiado, y este nuevo cascador
de nueces nos muestra por primera vez la real esencia del arte, al
punto que podría convenirle, para dar un mayor efecto, ser un poco
menos hábil en cascar nueces que la mayoría de nosotros.
Tal vez sucede lo mismo con el canto de Josefina; admiramos en ella lo
que no admiramos en nosotros; por otra parte, ella coincide totalmente
con nuestra opinión. Yo me encontraba presente una vez que alguien,
como a menudo ocurre, mencionó el chillido popular, tan difundido, y
en verdad lo mencionó muy tímidamente, pero para Josefina era más
que suficiente. No he visto nunca una sonrisa tan sarcástica y arrogante
como la suya en ese momento; ella, que es la personificación de la perfecta
delicadeza, y hasta se destaca por eso entre nuestro pueblo, tan
rico en finos tipos femeninos, llegó a parecer en ese instante francamente
vulgar; pero su gran sensibilidad le permitió advertirlo y se dominó.
De todos modos, niega toda relación entre su arte y el chillido.
Sólo siente desprecio hacia los que son de opinión contraria, y probablemente
un odio inconfesado. Esto no es simple vanidad, porque dichos
opositores, entre los que en cierto modo me cuento, no la admiran
seguramente menos que la multitud, pero Josefina no se conforma con
la simple admiración, quiere ser admirada exactamente como ella prescribe;
la mera admiración no le importa. Y cuando uno está frente a
ella, la comprende; la oposición sólo es posible desde lejos; cuando uno
está frente a ella, sabe: lo que chilla no son chillidos.
Como chillar es uno de nuestros hábitos inconcientes, podría suponerse
que también en el auditorio de Josefina se oyen chillidos; nos encanta
su arte, y cuando estamos encantados, chillamos; pero su auditorio no
chilla, guarda un silencio ratonil; como si nos volviéramos partícipes del
anhelado silencio, del que nuestro chillar nos apartaría, callamos. ¿Nos
extasía su canto, o no será más bien el solemne silencio que envuelve
su débil vocecita? Sucedió una vez que una tonta criaturita comenzó
también a chillar, con toda inocencia, mientras Josefina cantaba. Ahora
bien, era exactamente lo mismo que Josefina nos hacía oír; frente a nosotros,
sus chillidos cada vez más débiles, a pesar de todos los ensayos,
y en medio del público, el chillido infantil e involuntario; hubiera
sido imposible señalar una diferencia; y sin embargo silbamos y siseamos
de inmediato a la intrusa, aunque en realidad era totalmente innecesario,
porque ésta se habría retirado de todos modos arrastrándose
de terror y vergüenza, mientras Josefina lanzaba su chillido triunfal y en
un completo éxtasis extendía los brazos y estiraba el cuello hasta más
no poder.
Por otra parte, siempre ocurre así, cualquier tontera, cualquier contingencia,
cualquier contrariedad, un crujido del suelo, un rechinar de
dientes, un defecto de la iluminación le sirven de pretexto para realizar
el efecto de su canto; cree cantar sin embargo ante oídos sordos; aprobación
y aplauso le sobran, pero no verdadera comprensión, según ella,
y hace tiempo que se resignó a la incomprensión. Por eso le agradaban
tanto las interrupciones; cualquier circunstancia exterior que se oponga
a la pureza de su canto, que pueda ser vencida con poco esfuerzo, o
hasta sin esfuerzo, con simplemente afrontarla, puede contribuir a despertar
a la multitud, y a enseñarle, si no la comprensión, por lo menos
un respeto supersticioso.
Si así le sirven las pequeñeces, ¡cuánto más los grandes avatares!
Nuestra vida es muy inquieta, cada día nos trae nuevas sorpresas, temores,
esperanzas y miedos, que el individuo aislado no podría soportar
si no contara día y noche, siempre, con el apoyo de sus camaradas;
pero aun así sería bastante difícil; muchas veces miles de espaldas
tambalean bajo una carga destinada a uno solo. Entonces Josefina considera
que ésta es su hora. Se yergue, delicada criatura; su pecho vibra
con angustia, como si hubiera concentrado todas sus fuerzas en el canto,
como si se hubiera despojado de todo lo que en ella no es directamente
necesario al canto, toda fuerza, toda manifestación de vida casi,
como si se hubiera desnudado, abandonado, entregado totalmente a la
protección de los ángeles guardianes, como si en su total arrobamiento
en la música un sólo hálito frío pudiera matarla. Pero justo cuando aparece
así los que nos decimos oponentes solemos comentar:
–Ni siquiera puede chillar; tiene que esforzarse tan horriblemente no
para cantar (no hablemos de cantar), sino para obtener algo vagamente
parecido al chillido habitual del país.
Así comentamos, pero esta impresión, como he dicho inevitable, es sin
embargo fugaz, y rápidamente desaparece. Pronto, también nosotros
nos sumergimos en el sentimiento de la multitud, que en cálida proximidad
escucha, conteniendo el aliento.
Y para reunir en torno a ella esta multitud de gente de nuestro pueblo,
un pueblo casi siempre móvil, que corre de un lado para otro por motivos
no muy claros, le basta a Josefina generalmente echar la cabecita
hacia atrás, entreabrir la boca, volver los ojos hacia lo alto, y adoptar
en general la posición que anuncia su intención de cantar. Puede hacer
esto donde se le ocurra, no hace falta que sea un lugar visible desde lejos,
cualquier rincón escondido y escogido al azar según el capricho del
instante, le sirve. La noticia de que va a cantar se difunde de inmediato,
y pronto acuden procesiones enteras.
Claro que a veces surgen inconvenientes, porque Josefina canta con
preferencia en tiempos de agitación; múltiples preocupaciones y peligros
nos obligan a seguir caminos divergentes, a pesar de la mejor voluntad
no podemos reunirnos tan rápidamente como Josefina desearía,
y se ve obligada a esperar algún tiempo, sin abandonar su actitud
grandilocuente, y sin auditorio suficiente; entonces se pone francamente
furiosa, patalea, maldice de manera muy poco casta; hasta llega
a morder. Pero ni siquiera semejante conducta perjudica su reputación;
en vez de contener sus exageradas pretensiones, todos se esfuerzan
por satisfacerlas; se envían mensajeros para convocar más público;
se le oculta esta circunstancia; en todos los caminos de los alrededores
hay centinelas apostados que hacen señales a los concurrentes para
que se apresuren; y continúa hasta reunir un auditorio tolerable. ¿Qué
impulsa a la gente a molestarse tanto por Josefina? Problema tan difícil
de resolver como el del canto de Josefina, y muy relacionado con él.
Se podría suprimirlo, e incluirlo totalmente en el segundo problema
mencionado, si fuera posible asegurar que por su canto la gente es incondicionalmente
adicta a Josefina. Pero no es éste el caso; nuestro
pueblo desconoce casi la adhesión incondicional; nuestro pueblo,
que ama sobre todo la astucia inocua, el susurro infantil y la charla inocente
y superficial, ese pueblo no puede en ningún caso entregarse incondicionalmente,
y Josefina lo sabe muy bien, y justamente contra eso
combate con todo el vigor de su débil garganta.
En verdad, no debemos exagerar las consecuencias de estas consideraciones
tan generales; el pueblo es adicto a Josefina, pero no lo es en
forma incondicional. Por ejemplo, no serían capaces de reírse de ella.
Llega a admitir que muchos aspectos de Josefina son risibles; y la risa
es de por sí una de nuestras características constantes; a pesar de todas
las miserias de nuestra existencia, la risa moderada es en cierto
modo nuestra compañera habitual; pero de Josefina no nos reímos. A
menudo tengo la impresión de que el pueblo concibe su relación con Josefina
como si este ser frágil, indefenso, y en cierto modo notable (según
ella notable por su poder lírico), le estuviera confiado y debiera
cuidar de ella; el motivo no es claro para nadie, pero el hecho parece
indiscutible. Pero nadie se ríe de lo que le han confiado; reírse sería faltar
al deber; la máxima maldad de que a veces son capaces los mezquinos
al hablar de ella es ésta: "La risa se nos acaba cuando vemos a
Josefina."
Así cuida el pueblo a Josefina, como un padre cuida a la criatura que le
tiende su manecita, no se sabe bien si para pedir o para exigir. Podría
pensarse que nuestro pueblo no es capaz de desempeñar esas funciones
paternales, pero en realidad, y por lo menos en este caso, las desempeña
admirablemente, ningún individuo podría hacer lo que hace la
totalidad del pueblo. Desde luego, la diferencia de fuerzas entre el pueblo
y el individuo es tan extraordinaria, que basta que atraiga al protegido
al calor de su proximidad, para que éste se encuentre suficientemente
protegido. Pero nadie se atreve a hablar de esto con Josefina.
"Me burlo de vuestra protección", dice en esos casos. Sí, sí, búrlate,
pensamos. Y en realidad, su rebelión no implica nuestra resistencia,
más bien es mera puerilidad y gratitud infantil, y el deber de un padre
es obviarlas.
Pero hay algo en las relaciones entre el pueblo y Josefina que es aún
más difícil de explicar. Josefina no sólo descree de la protección del
pueblo, cree que es ella quien protege al pueblo. Piensa que su canto
nos salva en las crisis políticas o económicas, nada menos, y cuando no
aleja la desgracia, por lo menos nos da fuerzas para soportarla. No lo
dice, ni explícita ni implícitamente, pues en verdad habla poco, calla entre
charlatanes, pero lo dice el brillo de sus ojos, y lo proclama su boca
cerrada (en nuestro pueblo, pocos pueden tenerla cerrada; ella puede).
A cada mala noticia –y hay días en que las malas noticias abundan, incluyendo
las falsas y dudosas– ella se yergue, porque por lo general
yace en el suelo, fatigada; se yergue, estira el cuello y trata de abarcar
con la mirada a su rebaño, como un pastor ante la tormenta. Se sabe
que también los niños suelen aducir pretensiones análogas, en su irreprimible
e impetuosa puerilidad, pero en Josefina no son tan infundadas
como en ellos. Es verdad que no nos salva, ni nos infunde ninguna
fuerza especial; es fácil adoptar el papel de salvador de nuestro pueblo,
habituado al sufrimiento, temerario, de rápidas decisiones, conocedor
del rostro de la muerte, sólo aparentemente tímido en esa atmósfera
de audacia que lo rodea sin cesar, y además tan fecundo como
arriesgado; es fácil, digo, considerarse a posteriori el salvador de este
pueblo que siempre ha sabido de algún modo salvarse a sí mismo, aun
a costa de sacrificios que estremecen de espanto al historiador (aunque
en general descuidamos casi por completo el estudio de la historia). Y
sin embargo también es verdad que en las situaciones de angustia
escuchamos mejor que en otras la voz de Josefina. Las amenazas en
suspenso sobre nosotros nos vuelven más silenciosos, más humildes,
más dóciles a la dominación de Josefina; con gusto nos reunimos, con
gusto nos apiñamos, especialmente porque la ocasión tiene tan poco
que ver con nuestra apremiante preocupación; es como si bebiéramos
con apresuramiento –sí, hay que darse prisa, demasiado a menudo Josefina
olvida esta circunstancia– una copa común de paz antes de la
batalla. Es menos un concierto de canto que una asamblea popular, y
en verdad, una asamblea donde, exceptuando el débil chillido de Josefina,
impera un silencio absoluto; la hora es demasiado seria para desperdiciarla
en charlas.
Una relación de este tipo, como es natural, no satisface a Josefina. A
pesar de su inquietud y nerviosismo, consecuencias de lo indefinido de
su posición, hay muchas cosas que no ve, cegada por su engreimiento,
y sin mayor esfuerzo puede lograrse que pase por alto muchas otras;
un enjambre de aduladores se ocupa constantemente de esto, rindiendo
un verdadero servicio público; pero no consentiría jamás cantar en
un rincón de una asamblea popular, inadvertida, secundaria, aun sin
que eso fuera deshonroso, y preferiría negarnos el don de su canto.
Pero esto no es necesario, porque su arte no pasa inadvertido. Aunque
en el fondo estamos preocupados por cosas muy diferentes, y el silencio
reina no sólo porque ella canta, y muchos acaso ni miran, prefiriendo
hundir el rostro en el cuello del vecino, y Josefina parece por lo tanto
esforzarse inútilmente en el escenario, hay algo sin embargo en su canto
–y esto no puede negarse– que nos conmueve. Esos chillidos que
lanza mientras todos están entregados al silencio, nos llegan como un
mensaje de todo el pueblo a cada uno de nosotros; el suave chillido de
Josefina en medio de esos momentos de graves decisiones es casi como
la miserable existencia de nuestro pueblo ante el tumulto del mundo
hostil. Josefina se impone, con su carencia de voz, con su carencia de
técnica se impone y nos llega al alma; nos hace bien pensar en eso. En
esos momentos, no soportaríamos a una verdadera artista del canto,
suponiendo que hubiera alguna entre nosotros, y unánimemente nos
alejaríamos de la insensatez de semejante concierto. Que Josefina no
descubra jamás que la escuchamos justo porque no es una gran cantante.
Algún presentimiento de esto ha de tener, porque si no ¿con qué
motivo negaría tan apasionadamente que la escuchamos?; pero igual
sigue cantando, tratando de alejar a chillidos ese presentimiento.
Pero hay otras cosas que deberían consolarla: a pesar de todo, es probable
que la escuchemos igual que se escucha a una artista del canto;
provoca emociones que una artista famosa trataría en vano de lograr, y
que sólo son posibles justamente por la pobreza de sus medios. Esto se
relaciona sobre todo con nuestro modo de vivir.
Si bien nuestro pueblo desconoce la juventud, apenas conoce una mínima
infancia. Es cierto que regularmente aparecen proyectos en los
que se otorga a los niños una libertad y protección especial; en los que
su derecho a cierta negligencia, a cierto espíritu inocente de travesura,
a un poco de diversión, es reconocido, y se fomenta su ejercicio; en
cuanto aparecen esos proyectos todos los aprueban, nada aprobarían
con más agrado, pero tampoco hay nada que la realidad de nuestra vida
permita menos cumplir; se aprueban los proyectos, se intenta su
aplicación, pero pronto todo vuelve a ser lo que era antes. Nuestra vida
es tal, que un niño apenas puede correr un poco y distinguir otro tanto
del mundo que le rodea, pues debe ganarse la vida como un adulto; las
zonas en que por razones económicas debemos vivir dispersos son demasiado
extensas, nuestros enemigos demasiado numerosos, los peligros
que nos acechan, innúmeros; no podemos alejar a los niños de la
lucha por la existencia, hacerlo significaría una muerte prematura. A estas
melancólicas consideraciones se agrega otra que no es nada melancólica:
la fecundidad de nuestra raza. Una generación –y cada una es
más numerosa aún que la anterior– es inmediatamente desplazada por
la siguiente; los niños no tienen tiempo de ser niños. Otros pueblos
pueden criar cuidadosamente a sus niños, pueden edificar escuelas para
ellos, y de esas escuelas surgen diariamente torrentes de niños, el futuro
de la raza, pero durante mucho tiempo esos niños que día tras día
salen de las escuelas son los mismos. Nosotros no tenemos escuelas,
pero de nuestro pueblo surgen a brevísimos intervalos innúmeras multitudes
de niños, balbuceando o pipiando alegremente, porque todavía no
saben chillar, rodando o gateando impulsados por el ímpetu general,
porque todavía no saben correr, llevándoselo todo por delante con torpeza,
porque todavía no pueden ver, ¡nuestros niños! Y no como los niños
de esas escuelas, siempre los mismos, no; siempre distintos, sin
fin, sin interrupción, apenas aparece un niño, ya no es más niño, porque
se apiñan detrás de él nuevos rostros de niños, imposibles de diferenciar
a causa de su cantidad y su premura, rosados de felicidad. Verdaderamente,
por más hermosa que sea esta abundancia, y por más
que nos la envidien los demás, y con razón, no podemos proporcionarles
una verdadera infancia. Y esto trae consecuencias. Una especie de
inagotable e inarraigable infancia caracteriza a nuestro pueblo; en oposición
directa con lo mejor que tenemos, nuestro infalible sentido
común, nos conducimos muchas veces de la manera más insensata, y
justamente con la misma insensatez de los niños, loca, pródiga, grandiosa,
frívolamente, y todo por el placer de alguna diversión. Y aunque
tanto nuestra alegría natural ya no puede alcanzar la intensidad de la
alegría infantil, algo de ésta sin duda queda. Y también Josefina ha sabido
aprovechar desde el primer momento esta puerilidad de nuestro
pueblo.
Pero nuestra gente no sólo es pueril, en cierto sentido también es prematuramente
senil, la niñez y la vejez no son como en los demás. No
tenemos juventud, somos adultos de inmediato, y luego somos adultos
demasiado tiempo, y cierto cansancio y cierta desesperanza originados
por esa circunstancia nos marcan con señales visibles, a pesar de la resistencia
y la capacidad de esperanza que nos caracterizan. Esto también
se relaciona seguramente con nuestra carencia de sentido musical,
somos demasiado viejos para la música, sus emociones, sus éxtasis no
concuerdan con nuestra pesadez; cansados, la desdeñamos; nos conformamos
con nuestro chillido; un chillido de vez en cuando basta.
Quien sabe si no habrá talentos musicales entre nosotros; pero si los
hubiera, el carácter de nuestras gentes los anularían antes de que comenzaran
a desarrollarse. En cambio, Josefina puede chillar todo lo que
se le ocurra, o cantar, o como quiera llamárselo, no nos molesta, nos
cae bien, podemos soportarlo perfectamente; si alguna traza de música
hay en su canto, está reducida a su mínima expresión; así conservamos
cierta tradición musical, sin molestarnos en lo más mínimo.
Pero Josefina representa algo más para este pueblo tan definido. En sus
conciertos, sobre todo durante las épocas difíciles, sólo los muy jóvenes
se interesan por la cantante como tal, sólo ellos la contemplan con
asombro, miran cómo proyecta los labios, cómo expele el aire entre sus
bonitos dientes, y cómo desfallece de pura admiración ante los sonidos
que ella misma provoca, y aprovecha esos desfallecimientos para elevarse
hacia nuevas y cada vez más increíbles perfecciones; pero la verdadera
masa del pueblo –es fácil advertirlo– se recoge en sus propios
pensamientos. Aquí, en los breves instantes entre las luchas, el pueblo
dormita; como si los miembros de cada individuo se distendieran, como
si por una vez el sufriente pudiera tenderse y reposar en el vasto y cálido
lecho del pueblo. Y en medio de esos sueños resuena el intermitente
chillido de Josefina; ella lo llama canto perlado, nosotros tartamudeo;
pero de todos modos, éste es su lugar apropiado, más que en
cualquier otra parte; casi nunca encontrará la música momento más
adecuado. Algo hay allí de nuestra pobre y breve infancia, algo de una
dicha perdida que no puede volver a encontrarse, pero también algo de
nuestra activa vida cotidiana, de sus pequeñas alegrías, incomprensibles
y sin embargo incontenibles e imposibles de tapar. Y todo esto expresado
no mediante sonidos rotundos, sino suaves, casi murmullos
confidenciales, a veces un tanto roncos. Es natural: son chillidos. ¿Por
qué no? El chillido es el habla de nuestro pueblo, sólo que muchos chillan
toda la vida y no lo saben, pero aquí el chillido se libera de las cadenas
de la vida cotidiana y al mismo tiempo nos libera a nosotros, durante
un breve instante. Juro que no queremos faltar a esos conciertos.
Pero de aquí a la pretensión de Josefina, de que así nos infunde nuevas
fuerzas y etcétera y etcétera, hay un buen trecho. Por lo menos para
las personas normales, no para los aduladores.
–¿Cómo podría ser de otro modo? –dicen con la más descarada arrogancia–,
¿cómo se podrían explicar si no ese enorme público, especialmente
en momentos de peligro directo e inminente, que muchas veces
hasta han llegado a entorpecer las medidas requeridas para alejar a
tiempo el peligro?
Bien, esto último es lamentablemente cierto, pero no debería mencionarse
como título de honor de Josefina, especialmente si se considera
que cuando el enemigo sorprendía y diseminaba dichas asambleas, y
muchos de los nuestros perdían la vida, Josefina, la culpable de todo –
sí, tal vez había atraído al enemigo con sus chillidos–, siempre aparecía
escondida en el rincón más seguro, y era siempre la primera en escapar
en silencio y velozmente, protegida por su escolta. Sin embargo, en el
fondo, todos lo saben, y no obstante acuden apresuradamente dónde y
cuándo se le ocurre a Josefina volver a cantar. De aquí se podría deducir
que Josefina está prácticamente más allá del bien y del mal, que
puede hacer lo que se le ocurra, aun cuando entrañe un peligro para la
comunidad, y que todo se le perdona. Si así fuera, las pretensiones de
Josefina serían entonces perfectamente comprensibles, si, en esa libertad
que el pueblo le permite, en esa exención que a nadie más se concede
y que va esencialmente contra la ley, uno podría advertir un reconocimiento
de la incomprensión que Josefina aduce, como si la gente se
maravillara impotente ante su arte, no se sintiera digna de él y tratara
de compensar la tristeza que dicha incomprensión provoca en Josefina
mediante un sacrificio en verdad desesperado, y decidiera que así como
el arte de ella está más allá de su entendimiento, así también su persona
y sus deseos están más allá de su alcance. Ahora bien, esto es absolutamente
falso; tal vez el pueblo, individualmente, se rinde demasiado
pronto ante Josefina, pero en conjunto, así como no se rinde incondicionalmente
ante nadie, tampoco lo hace ante Josefina.
Desde hace mucho tiempo, tal vez desde el comienzo de su carrera artística,
Josefina lucha por obtener la supresión de toda trabajo en consideración
a su canto; se le evitarían así las preocupaciones relativas al
pan cotidiano, y todo lo que nuestra lucha por la existencia implica, para
transferirlo –aparentemente– a la comunidad. Un fácil entusiasta –y
alguno hubo entre nosotros– podría deducir con simpleza lo insólito de
esta petición, y de la actitud espiritual que semejante petición implica,
la íntima justicia de la misma.. Pero nuestro pueblo deduce otras conclusiones,
y declina tranquilamente la exigencia. Tampoco se preocupa
mucho por refutar sus considerándoos básicos. Josefina aduce, por
ejemplo, que el esfuerzo del trabajo le daña la voz, que en realidad el
esfuerzo del trabajo no es nada al lado del esfuerzo de cantar, pero que
le impide descansar suficientemente después del canto y recuperar
fuerzas para nuevas canciones, y por lo tanto se ve obligada a agotarse
por completo, y en esas condiciones no puede alcanzar nunca la cima
de sus posibilidades. La gente la escucha y no le hace caso. Esta gente,
tan fácil de conmover a veces, otras veces no se deja conmover por
nada. La negativa es en ciertas ocasiones tan neta, que hasta Josefina
se amilana, parece someterse, trabaja como es debido, canta lo mejor
que puede, pero sólo durante un tiempo, y luego reanuda el ataque con
fuerzas renovadas (en este sentido sus fuerzas son inagotables).
Ahora bien, es evidente que Josefina no pretende en realidad lo que dice
pretender. Es razonable, no elude el trabajo; de todos modos, entre
nosotros la holgazanería es desconocida, y además si le concedieran lo
que pide es seguro que seguiría viviendo como antes, el trabajo no es
un obstáculo para su canto, y después de todo, éste no mejoraría gran
cosa; en realidad lo que ella pretende es simplemente un reconocimiento
público, franco, permanente y superior a todo lo conocido hasta
ahora, de su arte. Pero aunque casi todo lo demás parece a su alcance,
este reconocimiento la elude con persistencia. Quizá debió atacar desde
el primer momento en otra dirección, quizás ella misma advierte ahora
su error, pero ya no puede echarse atrás, porque hacerlo significaría
traicionarse a sí misma; ahora tiene que resignarse a vencer o morir.
Si en realidad tuviera enemigos, como dice, podría divertirse mucho con
el simple espectáculo de esta lucha, sin mover un dedo. Pero no tiene
ningún enemigo, y aunque aquí y allá no haya faltado nunca quien la
criticara, esta lucha no divierte a nadie. Justamente porque en este caso
nuestro pueblo adopta una actitud fría y legal, lo que muy raramente
ocurre entre nosotros; y aunque se apruebe dicha actitud, la simple
idea de que alguna vez el pueblo pueda adoptarla con nosotros destruye
toda alegría. Lo importante, ya en el rechazo como en la petición, no
es la cuestión en sí, sino el hecho de que el pueblo sea capaz de oponerse
tan implacablemente a un camarada, y tanto más cuanto más paternamente
lo protege en otros sentidos; y aun más: servilmente.
Supongamos que en vez del pueblo se tratara de un individuo; se podría
creer que este individuo fue cediendo ante la voluntad de Josefina,
sin cesar de alimentar un ardiente deseo de poner fin algún día a su
sumisión; que se sacrificó con fuerza sobrehumana porque creyó que a
pesar de todo había un límite para su capacidad de sacrificio; sí, se sacrificó
más de lo necesario, sólo para acelerar el proceso, sólo para ser
más que Josefina e incitarla a deseos siempre renovados, obligarla a
sobrepasar todo límite en esta última exigencia; y oponer finalmente su
negativa, lacónica, porque hacía mucho que estaba preparada. Ahora
bien, la situación no es así en absoluto, el pueblo no necesita de esas
astucias, además su respeto hacia Josefina es real y comprobado, y la
exigencia de ella es de todos modos tan exagerada que una simple criatura
podría haber predicho el resultado; sin embargo, debido a la idea
que Josefina se ha formado del asunto, podía ocurrir que también intervinieran
estas consideraciones, para agregar una amargura más al dolor
de la negativa. Pero sean cuales fueren sus consideraciones, no le
impiden proseguir combatiendo. Esta lucha ha llegado a crecer en los
últimos tiempos; hasta ahora ha sido sólo verbal, pero ya empieza a
emplear otros medios, para ella más eficaces, pero en nuestra opinión
más peligrosos.
Muchos creen que Josefina aumenta su apremio porque se siente envejecer,
porque su voz se debilita, y por lo tanto cree que ha llegado el
momento de librar la última batalla por el reconocimiento. Yo no lo
creo. Josefina no sería Josefina, si esto fuera cierto. Para ella no existen
ni vejez ni debilitamiento de la voz. Si algo exige, no lo hace impelida
por circunstancias exteriores, sino por una lógica interna. Aspira a la
más alta corona, no porque momentáneamente parezca menos accesible,
sino porque es la más alta; si dependiera de ella, querría una más
alta todavía.
Este desdén hacia las dificultades eternas no le impide de todos modos
utilizar los métodos más ruines. Para ella, su derecho es inapelable; entonces,
¿qué importa cómo lo impone? Sobre todo porque en este mundo,
tal como ella lo ve, los métodos lícitos están destinados al fracaso.
Quizá por eso ha trasladado el combate por sus derechos del campo de
la música a otro campo secundario. Sus partidarios han hecho saber de
su parte que ella se considera absolutamente capaz de cantar de tal
modo que importe un verdadero placer a todo el mundo, cualquiera que
sea su nivel social, hasta la más remota oposición; un verdadero placer
no en el sentido de la gente, que declara haber experimentado siempre
placer ante el canto de Josefina, sino un placer en el sentido que ella
desea. No obstante, agrega, como no puede falsificar lo elevado ni
halagar lo vulgar, se ve obligada a seguir siendo tal como es. Pero en lo
que se refiere a su campaña de liberación del trabajo, el asunto cambia:
es claro que es una campaña a favor de la música, pero como ella
ya no emplea allí directamente la preciosa arma de su voz, cualquier
medio es por lo tanto válido. Así se ha difundido por ejemplo el rumor
de que si no aceptan su exigencia, está decidida a abreviar las coloraturas.
Yo no sé nada de coloraturas, y no he advertido la menor coloratura
en sus cantos. No obstante, Josefina amenaza con abreviar las coloraturas,
no suprimirlas, sino simplemente abreviarlas. Es posible que
haya cumplido su amenaza, pero por lo menos yo no advierto la menor
diferencia en su canto. El pueblo en su totalidad la ha escuchado como
de costumbre, sin hacer ninguna referencia a las coloraturas, y tampoco
ha cambiado su actitud ante la exigencia de Josefina. Sin embargo,
es indudable que la mente de Josefina, como su figura, es a menudo de
una gracia exquisita. Es así por ejemplo que después de aquel concierto,
como si su decisión sobre las coloraturas hubiera sido demasiado
severa o apresurada para el pueblo, anunció que en el concierto siguiente
volvería a cantar completas todas las partes de coloratura. Pero
después del concierto siguiente volvió a cambiar de idea, suprimiría en
forma definitiva las grandes arias de coloratura, y hasta qué no se decidiera
favorablemente su pleito, no volvería a cantarlas. Ahora bien, la
gente oyó todos esos anuncios, decisiones y contra decisiones sin concederles
la menor importancia, como un adulto meditabundo que cierra
sus oídos ante la cháchara de una criatura, fundamentalmente bien intencionado,
pero con distancia.
De todos modos, Josefina no se amilana. Es así que hace poco pretendió
haberse lastimado un pie al trabajar, lo que le imposibilitaba cantar
de pie; como no podía cantar sino de pie, se vería obligada a abreviar
sus canciones. Aunque renquea y necesita el apoyo de sus partidarios,
nadie cree realmente en su herida. Aun admitiendo la extraordinaria
delicadeza de su cuerpecito, no dejamos de ser un pueblo de obreros, y
Josefina pertenece a ese pueblo; si cada vez que nos hiciéramos un
rasguño renqueáramos, el pueblo entero lo haría incesantemente. Pero
aunque se hace transportar como una inválida, aunque se muestra en
público en este patético estado más de lo habitual, la gente escucha sus
conciertos tan agradecida y tan encantada como antes, pero no se preocupa
mucho por la brevedad de las canciones.
Como no puede seguir renqueando eternamente, imagina otra cosa,
alega cansancio, mal humor, debilidad. Al concierto se agrega ahora el
teatro. Vemos a los partidarios de Josefina, que la siguen suplicando e
implorando que cante. Ella quisiera complacerlos, pero no puede. La
consuelan, la adulan, casi la llevan en andas hasta el lugar previamente
elegido donde se supone que ha de cantar. Finalmente, prorrumpiendo
en lágrimas inexplicables, cede, pero cuando evidentemente cansada se
dispone a cantar, fatigada, con los brazos no ya extendidos como antaño,
sino fláccidos y caídos junto al cuerpo, lo que produce la impresión
de que quizá sean un poco cortos; justo cuando va a empezar, no, es
realmente imposible, un movimiento desganado de la cabeza nos lo
anuncia, y se desmaya ante nuestros ojos. Después, a pesar de todo,
se repone y canta, a mi entender más o menos como de costumbre;
quizá, si uno tiene oído para los más finos matices, descubre un poco
más de sentimiento que de costumbre, lo que es de agradecer. Y al
terminar está menos cansada que antes, y con andar firme, si uno se
atreve a designar así sus pasitos, se aleja rechazando la ayuda de sus
admiradores, y contemplando con ojos helados a la multitud que le abre
paso con respeto.
Así ocurría hace unos días; pero la última novedad es otra: en el momento
en que debía iniciar un concierto, desapareció. No sólo la buscan
sus partidarios, muchos otros comparten la búsqueda, pero es inútil:
Josefina ha desaparecido, no cantará, ni siquiera habrá que adularla para
que cante, esta vez nos ha abandonado por completo.
Es curioso lo mal que calcula esa astuta, tan mal que uno pensaría que
no calcula nada, y que sólo se deja llevar por su sino, que en nuestro
mundo no puede ser sino triste. Ella misma abandona el canto, ella
misma hace trizas su poder sobre los corazones. ¿Cómo pudo obtener
ese poder, si tan mal conoce esos corazones? Se oculta y no canta, pero
el pueblo, tranquilo, sin decepción visible, señoril, una masa en perfecto
equilibrio, constituida de tal modo que, aunque las apariencias lo
nieguen, sólo puede dar y nunca recibir, ni siquiera de Josefina, ese
pueblo sigue su camino.
En tanto el camino de Josefina declina. Pronto llegará el momento en
que su último chillido se apague para siempre. Ella es apenas un pequeño
episodio en la eterna historia de nuestro pueblo, que superará su
pérdida. Para nosotros no será fácil; ¿cómo haremos para reunimos en
completo silencio? En realidad, ¿no eran nuestras reuniones también silenciosas
cuando estaba Josefina? ¿Era, después de todo, su chillido notoriamente
más fuerte y más vivo que lo que será en el recuerdo? ¿Era
acaso en vida de Josefina algo más que un simple recuerdo? ¿No habrá
sido quizá porque en algún sentido era inmortal, que la sabiduría del
pueblo apreció tanto el canto de Josefina?
Quizá nosotros no perdamos demasiado, después de todo; mientras
tanto, Josefina, libre ya de los afanes terrenos, que según ella están sin
embargo destinados a los elegidos, se aleja casi jubilosamente en medio
de la multitud innumerable de héroes de nuestro pueblo, para entrar
muy pronto como todos sus hermanos, ya que desdeñamos la historia,
en la exaltada redención del olvido.
LA MURALLA CHINA Y OTROS RELATOS
(1918)
LA MURALLA CHINA
1. De la construcción
El extremo norte de la Muralla China ya está concluido. Dos secciones
convergieron allí, del sureste y del suroeste. Ese sistema de construcción
parcial fue aplicado también en menor escala por los dos grandes
ejércitos de trabajadores, el oriental y el occidental. Este era el procedimiento:
se formaban grupos de unos veinte trabajadores, que tenían
a su cargo una extensión cercana a los quinientos metros, mientras
otros grupos edificaban un trozo de muralla de longitud igual que se
encontraba con el primero. Una vez producida la unión, no se seguía la
construcción a partir de los mil metros edificados: los dos grupos de
obreros eran destinados a otras regiones donde se repetía la operación.
Naturalmente que con ese procedimiento quedaron grandes espacios
abiertos que tardaron muchísimo en cerrarse: algunos lo fueron años
después de proclamarse oficialmente que la Muralla estaba concluida.
Se afirma que hay espacios vacíos que nunca se edificaron; aseveración,
sin embargo, que es tal vez una de las tantas leyendas a que dio
origen la Muralla y que ningún hombre puede verificar con sus ojos, dada
la magnitud de la obra.
Se pensaría de antemano que hubiese sido mejor en todo sentido construir
la Muralla seguidamente o, por lo menos, seguidamente dentro de
las dos secciones principales. La Muralla, como universalmente se proclamó
y como nadie ignora, había sido concebida como una defensa contra
las naciones del Norte. Pero, ¿qué defensa puede ofrecer una muralla
discontinua? Ninguna, y la Muralla misma está en incesante peligro.
Esos pedazos de muralla abandonados en mitad del desierto podían
ser fácilmente abatidos por los nómadas, ya que esas tribus, alarmadas
por los trabajos de construcción, cambiaban de terruño como
langostas, con increíble velocidad y lograban tal vez una mejor visión
general de los progresos de la Muralla que nosotros los constructores.
Sin embargo, la obra se hizo del único modo posible. Para entenderlo
así debemos considerar que la Muralla tenía que ser una defensa para
los siglos que vendrían, de ahí que la edificación más escrupulosa, la
aplicación de la sabiduría arquitectónica de todas las épocas y de todos
los pueblos y el sentimiento perenne de la responsabilidad personal en
los constructores, eran indispensables para la obra. Es verdad que para
las tareas más subalternas podían emplearse obreros ignorantes –
hombres, mujeres, niños, llevados por el mero interés–, pero ya un capataz
de cuatro obreros debía ser un hombre versado en albañilería, un
hombre que en el fondo del corazón sintiera la importancia de la obra.
Cuanto más alto el cargo, mayor la exigencia. Y tales hombres existían,
quizá no todos los requeridos por la obra, pero sí muy numerosos. El
trabajo no había sido emprendido a la ligera. Medio siglo antes de empezarlo,
la arquitectura y la albañilería, en particular, habían sido proclamadas
en toda China (que se pensaba amurallar) las más importantes
de las ciencias, y las otras no eran reconocidas sino en cuanto se
relacionaban con ellas. Recuerdo todavía que nosotros, niños aún, nos
agrupábamos en el jardín del maestro para levantar con piedritas una
especie de muro, y que el maestro se remangaba la túnica, arremetía
contra el muro, lo hacía pedazos y vociferaba tan fuertes reproches
acerca de la fragilidad de la obra que nosotros huíamos llorando en
busca de nuestros padres. Un episodio mínimo, pero típico del espíritu
de la época. Yo tuve la suerte de que la iniciación de la obra coincidiera
con mis veinte años y con los últimos exámenes de la escuela primaria.
Digo la suerte porque muchos que ya habían completado sus estudios
se pasaron la vida sin poder aplicar sus conocimientos y vagaban sin
rumbo, con la cabeza llena de vastos planes arquitectónicos, sin oportunidad
ni esperanzas. Pero aquellos otros que lograron puestos de capataces,
siquiera en la categoría inferior, eran en verdad dignos de su
trabajo. Eran albañiles que habían meditado muchísimo sobre la obra y
que no cesaban de hacerlo: hombres que desde la primera piedra que
enterraron se sintieron parte de la Muralla. Es natural que en tales albañiles
alentara no sólo la voluntad de trabajar concienzudamente sino
la impaciencia de ver concluida la obra. El obrero ignora esas impaciencias
porque no le interesa más que el salario. Los jefes superiores, y
aun los intermedios, ven mucho del crecimiento múltiple de la obra para
mantener en alto el espíritu. Pero con los subalternos, hombres espiritualmente
superiores a sus tareas aparentemente triviales, era preciso
proceder de otro modo: imposible tenerlos durante meses o tal vez durante
años acumulando piedra sobre piedra en una montaña desierta, a
centenares de millas de su hogar; la futilidad de un trabajo, que excedía
el término natural de la vida de un hombre, los hubiera incapacitado
para la obra. Por eso fue elegido el sistema de construcción parcial.
Quinientos metros solían completarse en cinco años; al cabo de ese
tiempo los capataces quedaban exhaustos y habían perdido la confianza
en sí mismos, en la Muralla y en el mundo. Entonces, en plena exaltación
de las fiestas que celebraban los mil metros ejecutados, los destinaban
muy lejos. En la travesía divisaban aquí y allá trozos de Muralla
concluidos, pasaban por altas jefaturas donde les entregaban premios
honoríficos, escuchaban el júbilo de los nuevos ejércitos laboriosos que
llegaban de los confines del país, veían bosques talados para apuntalar
la Muralla, veían las montañas hechas canteras y escuchaban los himnos
de los fieles en los santuarios rogando por la feliz culminación de la
empresa. Todo eso aplacaba su impaciencia. La vida tranquila de sus
hogares, donde acostumbraban descansar un tiempo, los fortalecía; el
respeto que infundían, la credulidad piadosa con que eran recibidas sus
palabras, la fe de los humildes ciudadanos en la pronta conclusión de la
obra, todo eso retemplaba las fibras de su alma. Como niños eternamente
esperanzados decían adiós a sus hogares; el anhelo de volver al
trabajo colectivo era irresistible. Emprendían viaje antes de lo necesario;
media aldea los acompañaba un largo trecho. En todos los caminos
había grupos, arcos de triunfo, banderas; no habían visto jamás que
grande, rica, amable y hermosa era su patria. Cada compatriota era un
hermano para el que levantaban una muralla protectora y que les agradecería
toda su vida, con todo lo que tenía y lo que era. ¡Unidad! ¡Unidad!
Hombro contra hombro, una cadena de hermanos, una sangre no
ya encerrada en la mezquina circulación del cuerpo, sino circulando con
dulzura y sin embargo regresando sin fin a través de la China infinita.
Se justifica así el sistema de construcción parcial, pero también había
otras razones. No es extraño que me demore tanto en este punto; por
trivial que parezca a primera vista, se trata de un problema esencial de
la edificación de la Muralla. Para comunicar y hacer comprensibles las
ideas y experiencias de aquella época, nunca insistiré lo bastante en esta
cuestión.
No hay que olvidar que en aquel tiempo se realizaron cosas apenas inferiores
a la erección de la Torre de Babel, pero de la que diferían mucho
–si nuestros cálculos humanos no yerran– en lo que respecta a la
aprobación divina. Digo esto, porque en los días iniciales de la obra un
letrado compuso un libro que desarrollaba precisamente ese paralelo.
Ese libro quería demostrar que el fracaso de la Torre de Babel no se debía
a las razones que generalmente se aducen o mejor dicho, que esas
conocidas razones no eran las esenciales. Sus pruebas no sólo se apoyaban
en informes y documentos: pretendía haber hecho investigaciones
en el sitio mismo y haber descubierto que la Torre se malogró –y
tenía que malograrse– a causa de lo débil de sus cimientos. Pero en ese
aspecto nuestro tiempo era muy superior a aquel remoto pasado. Casi
no había un contemporáneo educado que no fuera albañil de profesión
e infalible en materia de cimientos. No era esto, sin embargo, lo que el
escritor pretendía demostrar; su tesis era que la Gran Muralla ofrecería
por primera vez en la historia una base segura para una nueva Torre de
Babel. Primero la Muralla, por consiguiente; luego la Torre. El libro estaba
en todas las manos, pero debo admitir que hasta el día de hoy no
acabo de comprender su concepción de la Torre. ¿Como entender que
la Muralla, que ni siquiera formaba un círculo, sino una especie de arco
o semicírculo, fuera la base de una torre? Claro está que todo eso puede
encerrar algún sentido simbólico. Pero entonces, ¿a qué levantar la
Muralla, que al fin y al cabo era algo concreto, que exigía la vida y la
labor de innumerables hombres? ¿Y a qué los plano de la torre –planos
un tanto nebulosos, en verdad– y los diversos proyectos para encauzar
las energías del Imperio en esa gigantesca empresa?
Había entonces –este libro es sólo un ejemplo– mucha confusión mental,
quizás engendrada por el hecho de que tantos hombres persiguieran
un mismo fin. La naturaleza humana, esencialmente voluble, inestable
como el viento, no tolera que se la sujete; forcejea contra las ataduras
que ella misma se ha impuesto y acaba por romperlas a todas, a
la muralla y a sí misma.
Es muy posible que esas consideraciones adversas a la edificación de la
Muralla no dejaran de influir en las autoridades al optar estas por el sistema
de contribución parcial. Nosotros –ahora pretendo hablar en nombre
de muchos– realmente no sabíamos quiénes éramos haber estudiado
los decretos de la Dirección y habernos convencido de que sin ella
nuestra sabiduría aprendida y nuestro entendimiento natural hubieran
sido insuficientes para las humildes tareas que ejecutamos dentro de la
vastísima obra. En el despacho de la Dirección –dónde estaba y quiénes
estaban, eso lo han ignorado y lo ignoran cuántos he interrogado–, en
ese despacho se agitaban, sin duda, todos los pensamientos y todos los
deseos humanos e inversamente todas las metas y todas las plenitudes.
Por la ventana abierta caía un esplendor de mundos divinos sobre las
manos que trazaban los planos.
Por consiguiente, el observador imparcial debe admitir que la Dirección,
si se hubiera empeñado en ello, hubiese podido vencer las circunstancias
que se oponían a un sistema de construcción continua. Es decir;
debemos admitir que la Dirección eligió deliberadamente el sistema de
construcción parcial. La construcción parcial, sin embargo, era un mero
expediente y, por lo tanto, inadecuado. ¿Eligió entonces la Dirección un
medio inadecuado? ¡Extraña conclusión! Sin duda, pero desde cierto
punto de vista puede justificarse. Tal vez ahora lo podemos discutir sin
peligro, en esos días la máxima secreta de muchos, y aun de los mejores,
era ésta: '¡'rata de comprender con todas tus fuerzas las órdenes
de la Dirección, pero sólo hasta cierto punto; luego, deja de meditar.
Una máxima de lo más razonable, que se desarrolló en una parábola
que logró mucha difusión: Deja de meditar, pero no porque pueda perjudicarte,
ya que tampoco hay la seguridad de que pueda perjudicarte;
las ideas de perjuicio y de no perjuicio nada tienen que ver con el asunto.
Te sucederá lo que al río en la primavera. El río crece, se hace más
caudaloso, alimenta la tierra de sus riberas, y guarda su propio carácter
hasta penetrar en el mar que lo recibe agradecido, 'trata de comprender
hasta ese punto las órdenes de la Dirección. Pero otras veces el río
anega sus riberas, pierde su forma, demora su curso, ensaya contra su
destino la formación de pequeños mares tierra adentro, perjudica los
campos, y, sin embargo, no puede mantener ese nivel y acaba por volver
a sus riberas para secarse miserablemente cuando llega el verano.
No quieras penetrar demasiado las órdenes de la Dirección.
Por acertada que fuera esa parábola durante la construcción de la
Muralla, sólo tiene un valor muy relativo en el informe que preparo. Mi
indagación es puramente histórica; ya se han desvanecido los relámpagos
de esa remota tempestad, y yo no me propongo otra cosa que dar
una explicación del sistema de construcción parcial, una explicación
más profunda que las que satisficieron entonces. Los límites que me
impone mi inteligencia son estrechos, pero la materia que deberé abarcar,
infinita.
¿De quienes iba a resguardarnos la Gran Muralla? De los pueblos del
Norte. Yo vengo del Sureste de China. Ningún pueblo del Norte nos
amenaza. Leemos las historias antiguas, y las crueldades que esos
pueblos cometen siguiendo sus instintos nos hacen suspirar bajo nuestros
pacíficos árboles. En las auténticas figuras de los pintores vemos
esos rostros crueles, esas fauces abiertas, esas mandíbulas ceñidas de
dientes puntiagudos, esos ojitos entornados que parecen buscar carne
débil para el brillo de sus dientes. Cuando los niños se portan mal les
mostramos esas figuras y ellos se refugian en nuestros brazos. Pero eso
es todo lo que sabemos de esos hombres del Norte. Nunca los hemos
visto y si permanecemos en nuestra aldea no los veremos nunca, aunque
resolvieran precipitarse sobre nosotros al galope tendido de sus caballos
salvajes... demasiado vasta es la tierra y no los dejaría acercarse...
su carrera se estrellaría en el vacío.
Entonces ¿por qué razón abandonamos nuestros hogares, el río y los
puentes, la madre y el padre, la mujer deshecha en lágrimas, los niños
sin amparo, y fuimos a la ciudad lejana a estudiar y nuestros pensamientos
aún más lejos, hasta la Muralla que está en el Norte? ¿Por qué?
La Dirección lo sabe. Nuestros jefes nos conocen bien. Agitados por ansiedades
gigantescas, lo saben todo acerca de nosotros, conocen nuestros
pequeños quehaceres, nos ven reunidos en humildes cabañas y
aprueban o desaprueban el rezo que el padre de familia eleva en las
tardes rodeado por los suyos. Si me fuera permitido otro juicio sobre la
Dirección, diría que es muy antigua y que no ha sido congregada de
golpe, como los grandes mandarines que se reúnen movidos por un
sueño y ya esa misma tarde sacan de sus camas al pueblo redoblando
tambores y lo arrean a una iluminación en honor de un dios que ayer
ha favorecido a sus Señorías y que mañana, apenas apagados los faroles,
será relegado a un oscuro rincón. Prefiero sospechar que la Dirección
no es menos antigua que el mundo y asimismo que la decisión de
hacer la Muralla. ¡Inconscientes pueblos del Norte que imaginaban ser
el motivo! ¡Venerable, inconsciente Emperador que imaginó haberlo decretado!
Los constructores de la Muralla conocemos la verdad y callamos.
Desde la construcción de la Muralla hasta el día de hoy, me he entregado
casi exclusivamente a la historia comparativa de las naciones –hay
determinados problemas que no es posible penetrar sino por este método–
y he llegado a la conclusión de que los chinos estamos dotados
de algunas instituciones sociales y políticas cuya claridad es incomparable,
y también de otras cuya oscuridad es desmesurada. El deseo de investigar
las causas de esos fenómenos (especialmente los últimos) no
me abandona nunca, ya que la construcción
de la Muralla guarda una relación esencial con esas cuestiones.
La más oscura de nuestras instituciones es indudablemente el Imperio.
Por cierto que en Pekín, en la Corte, hay alguna claridad sobre esa materia,
pero esa misma claridad es más ilusoria que real. En las universidades,
los profesores de derecho y de historia afirman su conocimiento
exacto del tema y su capacidad de comunicarlo. A medida que uno desciende
a las escuelas elementales, van desapareciendo las dudas, y una
cultura superficial infla monstruosamente unos pocos preceptos seculares,
que a pesar de no haber perdido nada de su eterna verdad, resultan
indescifrables en ese polvo y en esa niebla.
Precisamente sobre el imperio convendría que el pueblo fuera interrogado,
ya que el Imperio tiene en el pueblo su último sostén. Es verdad
que sobre este punto yo sólo puedo hablar de mi aldea. Descontadas
las divinidades agrarias cuyas ceremonias ocupan el año de un modo
tan bello y variado, sólo pensamos en el Emperador. No en el Emperador
actual; para ello tendríamos que saber quién es o algo determinado
sobre él. Hemos tratado siempre –no tenemos otra curiosidad– de conseguir
algún dato, pero, por raro que parezca, nos ha resultado casi
imposible descubrir algo, tanto de los peregrinos, que han andado por
muchas tierras, como de las aldeas vecinas o remotas, o de los marineros,
que no sólo han remontado nuestros arroyos, sino los ríos sagrados.
Uno oye muchas cosas, es verdad, pero nada resulta seguro, indiscutible.
Nuestra tierra es tan grande que no existe cuento de hadas que pueda
encerrar su grandeza. El cielo mismo apenas la abarca, y Pekín es un
punto y el palacio imperial es menos que un punto. El Emperador, como
tal, está sobre todas las jerarquías del mundo. Pero el Emperador, individualmente,
es un hombre como nosotros, que duerme como un hombre
en una cama que tal vez es amplísima, pero que tal vez es corta y
angosta. Como nosotros, a veces se acuesta y cuando está muy cansado
bosteza con su boca delicada. Pero nosotros, que habitamos al Sur,
a millares de leguas, casi en los contrafuertes de la meseta tibetana,
¿qué podemos saber de todo eso? Además, aunque nos llegaran noticias,
nos llegarían
atrasadas, absurdas. En torno del Emperador se reúne una brillante y
sin embargo oscura muchedumbre de cortesanos –maldad y hostilidad
disfrazadas de amigos y servidores–, el contrapeso del poder imperial,
perpetuamente dirigiendo al Emperador dardos envenenados. El Imperio
es eterno, pero el Emperador vacila y se tambalea; dinastías enteras
se derrumban y mueren en un solo estertor. De esas batallas y esas luchas
no sabrá nada el pueblo; es corno el retrasado forastero que no
pasa del fondo de una atestada calle lateral, mientras en la plaza central
están ejecutando al rey.
Hay una parábola que describe muy bien esa relación. El emperador –
así dicen– te ha enviado a ti, el solitario, el más miserable de sus súbditos,
la sombra que ha huido a la más distante lejanía, microscópica ante
el sol imperial ¡justamente a ti, el Emperador te ha enviado un mensaje
desde su lecho de muerte. Hizo arrodillar al mensajero junto a su
cama y le susurró el mensaje al oído; tan importante le parecía, que se
lo hizo repetir. Asintiendo con la cabeza, corroboró la exactitud de la
repetición. Y ante la muchedumbre reunida para contemplar su muerte
–todas las paredes que interceptaban la vista habían sido derribadas, y
sobre la amplia y alta curva de la gran escalinata formaban un círculo
los grandes del Imperio–, ante todos, ordenó al mensajero que partiera.
El mensajero partió en el acto; un hombre robusto e, incansable; extendiendo
primero un brazo, luego el otro, se abre paso a través de la
multitud; cuando encuentra un obstáculo, se señala sobre el pecho el
signo del sol; adelanta mucho más fácilmente que ningún otro. Pero la
multitud es muy grande; sus alojamientos son infinitos. Si ante él se
abriera el campo libre, como volaría, que pronto oirías el glorioso sonido
de sus puños contra tu puerta. Pero, en cambio, qué vanos son sus
esfuerzos; todavía está abriéndose paso a través de las cámaras del palacio
central; no acabará de atravesarlas nunca; y si terminara, no
habría adelantado mucho; todavía tendría que esforzarse para descender
las escaleras; y si lo consiguiera, no habría adelantado mucho; tendría
que cruzar los patios: y después de los patios el segundo palacio
circundante; y nuevamente las escaleras y los patios; y nuevamente un
palacio: y así durante miles de años; y cuando finalmente atravesara la
última puerta –pero esto nunca, nunca podría suceder
todavía le faltaría cruzar la capital, el centro del mundo, donde su escoria
se amontona prodigiosamente. Nadie podría abrirse paso a través de
ella, y menos aún con el mensaje de un muerto. Pero tú te sientas junto
a tu ventana, y te lo imaginas cuando cae la noche.
Así, de modo tan desesperado y tan esperanzado a la vez, es como mira
nuestro pueblo al Emperador. No sabe que Emperador reina, y hasta
el nombre de la dinastía está en duda. En la escuela se enseñan en orden
las dinastías, pero la incertidumbre general es tan grande que hasta
los mejores letrados se dejan arrastrar por ella. Emperadores muertos
hace siglos suben al trono en nuestras aldeas y la proclamación de
un emperador que sólo perdura en las epopeyas fue leída frente al altar
por un sacerdote. Batallas de la historia más antigua son recientes para
nosotros, y un vecino trae la noticia con la cara encendida. LaS mujeres
de los emperadores, ociosas entre sus almohadones de seda, desviadas
de la noble tradición por cortesanos viles, henchidas de ambición, violentas
de codicia, desaforadas de lujuria, repiten y vuelven a repetir sus
abominaciones. Cuanto más tiempo ha transcurrido, más terribles y vivos
son los colores y con temor nuestra aldea recibe la noticia de que
una emperatriz (hace miles de años) bebió la sangre del marido a grandes
tragos.
Así están cerca de nuestro pueblo los emperadores antiguos, pero al
que vive lo juzgan entre los muertos. Si alguna vez, alguna rarísima
vez, un funcionario imperial, que recorre las provincias, cae por azar en
nuestra aldea, y nos transmite algunos decretos y examina las listas de
los impuestos, preside los exámenes, interroga al sacerdote, y antes de
ascender a su litera, dirige algunos reproches a los asistentes, entonces
una sonrisa alegra las caras, todos se miran a hurtadillas y la gente se
inclina sobre los niños, para que el funcionario no se de cuenta. "¿Cómo?
–piensa – : habla de un muerto como si aún estuviera vivo; ese
Emperador ha muerto hace tiempo, la dinastía se ha extinguido, el señor
funcionario nos está gastando una broma, pero no nos daremos por
aludidos, -para no ofenderlo. Pero realmente no acataremos sino al
Emperador actual, porque proceder de otro modo sería un desacato." Y
al desaparecer la litera surge como señor del pueblo una sombra que
arbitrariamente
exaltamos y que habitó, sin duda, una urna ya hecha cenizas.
Paralelamente nuestro pueblo suele interesarse muy poco en las agitaciones
civiles o en las guerras contemporáneas. Recuerdo un incidente
de mi juventud. Había estallado una revuelta en una provincia limítrofe
pero muy apartada. No recuerdo las causas de la revuelta, ni éstas importan:
ahora las causas sobran cuando la gente es revoltosa. Un pordiosero
que venía de esa provincia, trajo a la casa de mi padre una proclama
publicada por los rebeldes. Casualmente era un día de fiesta, la
casa estaba llena de invitados, el sacerdote ocupaba el sitio de honor y
miró la proclama. De golpe todos se reían, en la confusión la hoja se
hizo pedazos, el pordiosero que había recibido abundantes limosnas fue
expulsado a golpes, los huéspedes salieron a gozar del hermoso día.
¿La razón? El dialecto de esa provincia limítrofe difiere esencialmente
del nuestro y esa disparidad se manifiesta en algunas formas del idioma
escrito que tienen un carácter arcaico para nosotros. Apenas hubo leído
el sacerdote un par de líneas, nuestra decisión estaba tomada. Viejas
cosas, contadas hace tiempo, hace tiempo cicatrizadas. Y aunque –así
me lo asegura el recuerdo– la actualidad hablaba palmariamente por
boca del pordiosero, todos movían la cabeza y reían y rehusaban escuchar
más. Tan inclinado está nuestro pueblo a ignorar el presente.
Si de todos estos hechos se deduce que carecemos de emperador, no
se estará muy lejos de la verdad. Lo digo y lo repito: no hay pueblo
más fiel al Emperador que nuestro pueblo del Sur, pero de nada le sirve
al Emperador nuestra fidelidad. Es cierto que el dragón sagrado está en
su pedestal a la entrada de nuestra aldea, y desde que los hombres son
hombres ha dirigido hacia Pekín su aliento de fuego, pero Pekín es más
inconcebible para nosotros que la otra vida. ¿Existiría realmente una aldea
de casas encimadas que cubre un espacio superior al que domina
nuestro cerro, y será posible que entre esas casas haya hombres hacinados
todo el día y toda la noche? Menos difícil que figurarnos esa ciudad
es pensar que Pekín y su Emperador son una sola cosa: una tranquila
nube, digamos, que gira eternamente cerca del sol.
De semejantes opiniones resulta una vida relativamente libre y despreocupada.
De modo alguno una vida inmoral:
no he hallado en mis peregrinajes una pureza de costumbres como la
de mi aldea. Pero es una vida, con todo, que no sabe de leyes contemporáneas,
y sólo reconoce las exhortaciones y los avisos que vienen de
tiempos remotos.
No hago generalizaciones y no pretendo que sucede lo mismo en las mil
aldeas de nuestra provincia o en las quinientas provincias del Imperio.
El examen de muchos documentos, corroborado por mis observaciones
personales, las vastas muchedumbres movilizadas para levantar la Muralla,
daban a los hombres sensibles ocasión de recorrer casi todas las
provincias; esa examen –repito– me permite afirmar que la concepción
general del Emperador concuerda esencialmente con la que se tiene en
mi aldea. No afirmo que esa concepción sea una virtud: todo lo contrario.
Es indudable que la responsabilidad principal le incumbe al gobierno,
que en este Imperio –el más antiguo de la tierra– no ha conseguido
o no ha querido desarrollar las instituciones imperiales con la justeza
necesaria para que su influencia llegue directa e incesantemente a los
límites extremos del país. Por otra parte, el pueblo adolece de una debilidad
de imaginación o de fe que le impide levantar al Imperio de su
postración en Pekín y estrecharlo con amor contra su pecho leal, aunque
en el fondo no ambiciona otra cosa que sentir ese contacto y morir.
En consecuencia, nuestra concepción del Emperador no es una virtud.
Tanto más raro es que esa misma debilidad sea una de las mayores
fuerzas aglutinantes de nuestro pueblo; constituye, si me permiten la
expresión, el suelo que pisamos. Declararlo un defecto esencial, importaría
no sólo hacer vacilar las conciencias, sino también los pies. Y por
eso no deseo continuar examinando este problema.
2. El Rechazo
Nuestra pequeña ciudad no está en la frontera, ni tan siquiera próxima;
la frontera está todavía tan lejos que probablemente nadie de la ciudad
haya llegado hasta ella; hay que cruzar planicies desérticas y también
extensas regiones fértiles. Es cansador tan sólo imaginar parte de la ruta,
y es completamente imposible imaginar más. Grandes ciudades se
hallan en el camino mucho más grandes que la nuestra; y en el supuesto
de que uno no se perdiera en el trayecto, se perdería con seguridad
en ellas debido a su enorme tamaño que hace imposible bordearlas.
Mucho más allá de la frontera, si tales distancias pudiesen compararse
–es como decir que un hombre de trescientos años es más viejo que
uno de doscientos–, mucho más allá aún está la capital. Y si bien nos
llega alguna noticia de las luchas fronterizas, no nos enteramos casi absolutamente
de lo que sucede en ella, los ciudadanos corrientes al menos,
pues los funcionarios disponen de excelentes comunicaciones; según
afirman en dos o tres meses pueden recibir una noticia.
Y es curioso, y esto siempre renueva en mí el asombro, cómo nos sometemos
a cuanto se ordena desde la capital. Hace siglos que no se
produce entre nosotros modificación política alguna emanada de los
ciudadanos mismos. En la capital los jerarcas se han relevado unos a
otros; dinastías enteras se han extinguido o fueron depuestas y nuevas
dinastías comenzaron; en el último siglo la capital misma fue destruida,
y fundada una nueva, lejos de la primera; luego la nueva fue destruida
a su vez y la antigua vuelta a edificar; en nuestra ciudad nada de ello
tuvo repercusión alguna. La burocracia conservó siempre su lugar, los
funcionarios principales venían de la capital, los de mediano rango llegaban
por lo menos de afuera, los inferiores salían de nuestro medio;
así ha sido siempre, y eso nos bastaba.
El funcionario más elevado, es el Jefe Recaudador de Impuestos, en
grado de coronel, y así se le llama. Hoy es ya hombre viejo, pero lo conozco
desde hace muchos años, y ya en mi niñez era coronel; al principio
hizo una carrera rápida, que luego se estancó de golpe; para nuestra
ciudad basta su grado, no estaríamos en condiciones de absorber
otro más importante. Cuando trato de imaginármelo, lo veo sentado en
la galería de su casa, frente a la plaza del mercado, echado hacia atrás,
con una pipa en la boca. En el techo ondea sobre él la bandera imperial;
y en los límites de la galería, tan espaciosa que en ella se realizan
pequeños ejercicios militares, hay ropa tendida a secar. Sus nietos, ricamente
vestidos de seda, juegan alrededor de él; no se les permite
bajar a la plaza, los otros niños son indignos de ellos, pero como les
tienta, meten la cabeza entre los barrotes de la barandilla, y cuando los
otros chicos se pelean, ellos siguen la lucha desde arriba. Este coronel
gobierna, pues, la ciudad. Creo que no ha exhibido jamás un documento
que le autorice a ello. Acaso tampoco lo tenga. Tal vez sea, en efecto,
Jefe Recaudador de Impuestos, ¿pero es suficiente?, ¿le autoriza a
mandar en todos los campos de la Administración? Desde luego, su
cargo es importante para el Estado, pero se tiene la impresión de que la
gente dice: "Ya nos has tomado cuanto teníamos; por favor, tómanos
también a nosotros". Porque, realmente, no se ha adueñado del poder
por la violencia ni es un tirano. Desde tiempos inmemoriales la fuerza
de la costumbre ha querido que el Jefe Recaudador fuera también el
primer funcionario, y el Coronel y nosotros no hacemos más que seguir
la tradición. Pero aunque vive entre nosotros sin excesivas distinciones
en razón de su cargo, es muy distinto de un ciudadano común. Cuando
una delegación llega ante él con una súplica, parece el muro del mundo.
Más allá de él no hay nada; parecen oírse, sí, todavía algunos cuchicheos,
pero tal vez sólo sea un engaño de los sentidos, puesto que él
representa el final de todo, al menos para nosotros. Es necesario haberlo
observado en esas recepciones. De niño asistía a una; la delegación
de los ciudadanos le solicitaba un subsidio gubernamental porque el barrio
más pobre había sido destruido por un incendio. Mi padre, el herrero,
persona respetada, formaba parte de la delegación y me había llevado
con él. Esto no era nada fuera de lo común; a semejante espectáculo
asiste todo el mundo, y casi no es posible distinguir la delegación
entre el gentío. Por lo general tales recepciones tienen lugar en la galería;
hay personas que trepan desde la plaza del mercado con escaleras
de mano para participar en los sucesos por encima de la barandilla. En
aquella ocasión casi la cuarta parte de la galería estaba reservada para
él, el resto lo llenaba la multitud. Algunos soldados se hallaban encargados
de la vigilancia; también le rodeaban a él en semicírculo. En el
fondo, hubiera bastado un solo soldado, tanto es el temor que el Coronel
despierta. No sé con exactitud de dónde vienen estos soldados, en
todo caso de muy lejos; todos se parecen y ni siquiera necesitarían uniforme.
Son pequeños, poco robustos, pero vivaces; lo más llamativo en
ellos es la dentadura, poderosa como si les llenara demasiado la boca, y
un cierto recluir inquieto en los ojillos estrechos. Son el terror de los niños,
y al mismo tiempo también su atracción, porque continuamente
quisieran asustarse ante esas dentaduras y esos ojos, para en seguida
escapar desesperados. Probablemente este terror infantil no se pierde
en los adultos, o al menos sigue obrando en ellos. Hay otras cosas todavía.
Los soldados hablan un dialecto incomprensible, no logran habituarse
a nuestro idioma, lo que les hace herméticos, inaccesibles. Ello
responde también a su carácter. Son reservados, serios y rígidos, y
aunque no hagan nada malo, algo parecido a una malignidad latente les
hace insoportables. Entra, un soldado en un comercio, por ejemplo,
compra una chuchería y permanece apoyado en el mostrador; atiende a
las conversaciones, tal vez sin comprenderlas, pero como si lo hiciera
no tiene palabra, tan sólo mira rígidamente al que habla, luego a los
que escuchan, la mano en la empuñadura del largo cuchillo que pende
del cinto. Es insoportable, se pierden las ganas de conversar, el comercio
se vacía, y sólo cuando se ha vaciado por completo marcha también
el soldado. Donde aparecen los soldados, nuestro pueblo, tan animado,
se cohíbe. Así fue también en aquella oportunidad. Como en todas las
ocasiones solemnes, el Coronel estaba muy erguido y sostenía en las
manos tendidas hacia delante dos varáis de bambú. Es una vieja costumbre
que significa que él se apoya en la ley y que ella a su vez es
sostenida por él. Todos saben ya lo que sucederá en lo alto de la galería;
sin embargo, vuelven a atemorizase. También en aquella oportunidad
el designado para hablar no quiso comenzar a hacerlo; estaba ya
frente al Coronel, pero de pronto perdió el ánimo y con diversos pretextos
volvió a desaparecer entre la multitud. Y no se encontró a otro capaz
y dispuesto a hablar; por cierto, algunos incapaces se ofrecieron;
se originó una gran confusión y se enviaron mensajeros a algunos oradores
conocidos.
Durante todo este tiempo el Coronel permaneció de pie, inmóvil; sólo la
respiración le convulsionaba el pecho. No porque respirara con dificultad,
respiraba con precisión, como lo hacen, por ejemplo, las ranas, pero
en éstas es habitual, mientras que en él era extraordinario. Me escurrí
entre las personas mayores y lo pude contemplar por un hueco, entre
los soldados, hasta que uno de éstos me apartó con la rodilla. Entretanto
el orador primitivamente designado pudo reaccionar y, sostenido
firmemente por dos ciudadanos, pronunció el discurso. Era emocionante
ver cómo durante este grave discurso, que describía tal infortunio, no
cesó de sonreír; era la más humilde de las sonrisas, que se esforzaba
en vano para provocar el menor reflejo en el rostro del Coronel. Por fin
formuló la súplica, creo que tan sólo solicitó una exención dé impuestos
por un año, o acaso también madera barata de los bosques imperiales.
Luego se inclinó profundamente, como lo hicieron todos los demás a
excepción del Coronel, de los soldados y de algunos funcionarios del
fondo. Al niño le pareció ridículo que los que estaban encaramados en
las escaleras descendieran unos peldaños para no ser vistos durante el
decisivo silencio y cómo de vez en cuando se asomaban al nivel del
suelo de la galería para espiar. Eso duro un momento; luego un funcionario,
un hombre menudo, se adelantó, trató de levantarse de puntillas
hasta el Coronel, que, aparte de los movimientos del pecho, seguía
completamente inmóvil, y obtuvo de él un susurro al oído. El funcionario
dio una palmada y anunció: "La petición ha sido rechazada. Idos",
Una innegable sensación de alivio recorrió la multitud; todos se apretujaban
para salir; casi nadie se fijaba ya en el Coronel, que parecía
haberse convertido de nuevo en un ser humano como todos nosotros;
sólo vi cómo, realmente agotado, soltó las varas, que cayeron al suelo,
cómo se hundió en una poltrona traída por los funcionarios y cómo se
metió con apresuramiento la pipa en la boca. Pero no se trataba de un
hecho aislado; era lo corriente. Puede ocurrir, sin embargo, que alguna
que otra vez se acceda a alguna pequeña petición, pero entonces sucede
como por decisión del Coronel, como ente poderoso y bajo su exclusiva
responsabilidad; en cierto modo debe ser
conservado –no se dice, pero es así en definitiva– en secreto ante el
gobierno. Si bien en nuestra pequeña ciudad los ojos del Coronel son al
propio tiempo los ojos del gobierno, en este caso hay que hacer una
distinción, cuyo sentido no es del todo comprensible.
Pero en los asuntos importantes se puede estar siempre seguro de la
negativa. Y es realmente curioso que en cierto modo no nos podamos
pasar sin ella; lo que no quiere decir que la ida y el logro del rechazo
sea una simple formalidad. Siempre con seriedad y con renovado ánimo
el pueblo concurre y luego se retira, no precisamente conforme y feliz,
pero de ningún modo con desilusión o cansancio. Sobre estos asuntos
no necesito el parecer de nadie, las siento en mi interior como todo el
mundo. Y ni siquiera experimento curiosidad por saber la relación que
hay entre tales sucesos.
Sin embargo, según mis observaciones, la gente de determinada edad,
los jóvenes entre diecisiete y veinte años, no están conformes. Es gente
incapaz de sospechar, por su extremada juventud, la trascendencia de
cualquier idea y menos aún de una idea revolucionaria. Y sin embargo,
precisamente entre ella se infiltra el descontento.
3. La Cuestión de Las Leyes
Por lo general nuestras leyes no son conocidas, sino que constituyen un
secreto del pequeño grupo aristocrático que nos gobierna. Aunque estamos
convencidos de que estas antiguas leyes se cumplen con exactitud,
resulta en extremo mortificante el verse regido por leyes para uno
desconocidas. No pienso aquí en las diversas posibilidades de interpretación
ni en las desventajas de que sólo algunas personas, y no todo el
pueblo, puedan participar de su interpretación. Acaso esas desventajas
no sean muy grandes. Las leyes son tan antiguas que los siglos han
contribuido a su interpretación, pero las licencias posibles sobre la interpretación,
aun cuando subsistan todavía, son muy restringidas. Por
lo demás la nobleza no tiene evidentemente ningún motivo
para dejarse influir en la interpretación por un interés personal en perjudicarnos
ya que las leyes fueron establecidas desde sus orígenes por
ella misma; la cual se halla fuera de la ley, que, precisamente por eso,
parece haberse puesto exclusivamente en sus manos. Esto, naturalmente,
encierra una sabiduría –quién duda de la sabiduría de las antiguas
leyes–, pero al propio tiempo nos resulta mortificante, lo cual es
probable que sea inevitable.
Por otra parte, estas apariencias de leyes sólo pueden ser en realidad
sospechadas. Según la tradición existen y han sido confiadas como
secreto a la nobleza; de modo que más que una vieja tradición, digna
de crédito por su antigüedad, pues la naturaleza de estas leyes exige
también mantener en secreto su existencia. Pero si nosotros, el pueblo,
seguimos atentamente la conducta de la nobleza desde los tiempos
más remotos y poseemos anotaciones de nuestros antepasados referentes
a ello, y las hemos proseguido concienzudamente hasta creer
discernir en los hechos múltiples ciertas líneas directrices que permiten
sacar conclusiones sobre esta o aquella determinación histórica,
y si después de estas deducciones finales cuidadosamente tamizadas
y ordenadas procuramos adaptarnos en cierta medida al presente y
al futuro, todo aparece ser entonces algo inseguro y quizás un simple
juego del entendimiento, pues tal vez esas leyes que aquí tratamos de
descifrar no existen. Hay un pequeño partido que sostiene esta opinión
y que trata de probar que cuando una ley existe sólo puede rezar: lo
que la nobleza hace es ley. Ese partido ve solamente actos arbitrarios
en los actos de la nobleza y rechaza la tradición popular, la cual, según
su parecer, sólo comporta beneficios casuales e insignificantes, provocando
en cambio graves perjuicios al dar al pueblo una seguridad falsa,
engañosa y superficial con respecto a los acontecimientos por venir. No
puede negarse este daño, pero la gran mayoría de nuestro pueblo ve su
razón de ser en el hecho de que la tradición no es ni con mucho suficiente
aún, ya que hay todavía mucho que investigar en ella y que, sin
duda, su material, por enorme que parezca, es aún demasiado pequeño,
por que habrán de transcurrir siglos antes de que se revele como
suficiente. Lo confuso
de esta visión a los ojos del presente sólo está iluminado por la fe de
que habrá de venir el tiempo en que la tradición y su investigación consiguiente
resurgirán en cierto modo para poner punto final, que todo
será puesto en claro, que la ley sólo pertenecerá al pueblo y la nobleza
habrá desaparecido. Esto no lo ha dicho nadie, en modo alguno, con
odio hacia la nobleza. Antes bien, debemos odiarnos a nosotros mismos,
por no ser dignos aún de tener ley. Y por eso, ese partido, en realidad
tan atrayente desde cierto punto de vista y que no cree, en verdad,
en ley alguna, no ha aumentado su caudal porque él también reconoce
a la nobleza y el derecho a su existencia.
En verdad, esto sólo puede ser expresase con una especie de contradicción:
un partido que, junto a la creencia en las leyes, repudiara la nobleza,
tendría inmediatamente a todo el pueblo a su lado, pero un partido
semejante no puede surgir pues nadie osa repudiar a la nobleza.
Vivimos sobre el filo de esta cuchilla. Un escritor lo resumió una vez de
la siguiente manera: la única ley, visible y exenta de duda, que nos ha
sido impuesta, es la nobleza, ¿y de esta única ley habríamos de privarnos
nosotros mismos?
4. El Reclutamiento
Los reclutamientos de tropas son a menudo necesarios, puesto que las
luchas fronterizas no cesan nunca, y se realizan de la siguiente forma:
Se publica el mandato de que en tal día, en tal barrio, todos los habitantes,
hombres, mujeres, niños, sin excepción, deben permanecer en
sus casas. Generalmente es hacia el mediodía cuando aparece en la entrada
del barrio, donde una brigada de soldados de infantería y caballería
espera ya desde el amanecer, el joven noble que debe practicar el
reclutamiento. Es un hombre delgado, no muy alto, débil, de aspecto
descuidado, con ojos cansados, la inquietud lo agita constantemente,
igual que a un enfermo el escalofrío. Sin mirar a nadie hace con su fusta,
que compone todo su armamento, una señal; algunos soldados lo
siguen y él penetra en la primera casa. Un soldado, que conoce personalmente
a todos los habitantes de este barrio, lee la lista de los ocupantes.
Por lo general se encuentran todos allí, en fila en la habitación,
los ojos pendientes del noble, como si ya fueran soldados. Pero también
puede ocurrir que aquí y allí falte alguno. Entonces nadie se atreve a
esgrimir una excusa y menos aún una mentira ; se calla, se bajan los
ojos, apenas si se soporta la presión de la orden que se ha desacatado
en esta casa, pero la muda presencia del noble inmoviliza sin embargo
a todos en sus puestos. El hace una señal, no es siquiera una inclinación
de cabeza, sólo se lee en sus ojos, y dos soldados comienzan a
buscar al que falta. No da mucho trabajo. Nunca se encuentra fuera de
la casa, nunca intenta realmente sustraerse al reclutamiento, sólo es
por miedo que no ha venido, pero no por miedo al servicio, es, en realidad,
timidez, recelo; la orden es para él formalmente demasiado grande,
atemorizante, no puede venir por sus propias fuerzas. Pero por eso
no huye, sólo se oculta, y cuando oye que el noble está en la casa, se
arrastra fuera de su escondrijo hasta la puerta de la habitación y es inmediatamente
cogido por los soldados que salen. Es llevado ante el noble:
éste aferra la fusta con ambas manos –es tan débil que con una
mano no puede hacer nada– y castiga al hombre. No le produce grandes
dolores; deja caer la fusta, mitad por agotamiento, mitad por repugnancia,
y el azotado ha de recogerla y entregársela. Entonces se le
permite alinearse con los demás; está seguro, casi seguro que no va a
ser asentado. Pero también ocurre, y esto es más frecuente, que haya
más gente que la que figura en el registro. Por ejemplo, una muchacha
desconocida está allí y mira al noble; es de fuera, tal vez de la provincia;
el reclutamiento la ha atraído hasta aquí. Hay muchas mujeres que
no pueden resistirse a la atracción de uno de estos reclutamientos extraños;
el de casa tiene un significado completamente distinto. Y es curioso
que no se vea en ello nada reprochable cuando una mujer cede a
esta tentación; al contrario, es algo por lo que, según la opinión de algunos,
tienen que pasar las mujeres, es una deuda contraída con su
sexo. Además siempre sucede de manera parecida. La muchacha o señora
oye que en algún sitio, tal vez muy lejos, en casa de unos parientes
o amigos, hay un reclutamiento; suplica a sus familiares aprobación
para el viaje, se aprueba –esto no se le puede rechazar–, se viste con
lo mejor que tiene, está más contenta que de costumbre, al mismo
tiempo tranquila y amable, diferente de corno acostumbra a ser, y detrás
de toda su calma y amabilidad, se mantiene inaccesible, como una
desconocida que viaja a su patria y no piensa ya en otra cosa. En la
familia, en la que ha de tener lugar el reclutamiento, es recibida de
forma completamente distinta que un huésped normal; la adulan, debe
atravesar todas las habitaciones de la casa, asomarse a todas las ventanas,
y si alguien le coloca la mano en la cabeza, significa más que la
bendición paterna. Cuando la familia se prepara para el reclutamiento,
ella recibe el mejor sitio, el más próximo a la puerta, que es donde va a
ser mejor vista por el noble y donde ella mejor lo va a ver. Pero sólo es
honrada hasta la entrada del noble, a partir de ahí comienza a marchitarse
formalmente. El la contempla tan poco como a los otros, e incluso
si dirige sus ojos hacia alguno, aquél no se siente mirado. Ella no había
esperado esto o, lo que es más, lo había esperado con toda seguridad,
puesto que no puede ser de otra manera, pero tampoco era la esperanza
de lo contrario lo que la había traído hasta aquí; era, sencillamente,
algo que ahora ciertamente ha terminado. Siente vergüenza en una
medida que tal vez nuestra mujeres no sienten nunca; no es sino ahora
cuando se da cuenta de que se ha entremetido en un reclutamiento extraño,
y cuando el soldado termina de leer su lista su nombre no ha
aparecido y hay un instante de silencio; ella huye temblando y encogida
hasta la puerta y recibe todavía un puñetazo del soldado en la espalda.
Si es un hombre el que sobra, no aspira a otra cosa, tal y como antes, a
pesar de no pertenecer a esta casa, que a ser reclutado. También esto
es completamente inútil; nunca ha sido reclutado uno de estos sobrantes
y nunca sucederá algo semejante.
5. Un fragmento
A nuestro mundo llegó entonces la noticia de la construcción de la muralla.
Lo hizo con retraso, unos treinta años después de su proclamación.
Era una tarde de verano. Yo, de unos diez años, me hallaba con
mi padre a la orilla del río. Por la trascendencia de esa hora, comentada
muchas veces, recuerdo todavía los detalles más nimios. Me tenía de la
mano –lo hacía con placer, hasta en su vejez avanzada– y deslizaba la
otra por la pipa, larga y muy fina, como si fuese una flauta. Su gran
barba movediza y armada avanzaba en el espacio; saboreando la pipa,
miraba a lo alto por encima del río. Su trenza, objeto de la veneración
de los niños, caía hacia abajo y susurraba suavemente sobre la seda
bordada en oro del traje de fiesta. Entonces se detuvo una barca ante
nosotros; el barquero, con un gesto, indicó a mi padre de que bajara
por el talud; él mismo ascendió también. Se encontraron en el medio;
el barquero susurró algo en secreto al oído de mi padre; para
acercársele más lo abrazó. No comprendí lo que decían, sólo vi que mi
padre no parecía creer la noticia, que el barquero trataba de reforzar su
veracidad, que mi padre aún no podía creerla, que el barquero, con el
apasionamiento que lo caracteriza, casi se desgarró sus ropas en el
pecho para probar lo que decía, que mi padre se tornó más silencioso y
que el barquero saltó ruidosamente a la barca, alejándose. Mi padre,
pensativo, se volvió hacia mí, golpeó la pipa, la metió en el cinturón y
me acarició la mejilla. Era lo que más me gustaba, me hacía feliz, y así
llegamos a casa. El arroz ya humeaba sobre la mesa, había algunos
huéspedes y se vertía vino en las copas. Sin prestar atención a ello, mi
padre, desde el umbral, comenzó a contar lo que había oído. No
recuerdo exactamente las palabras, pero sí el sentido, debido a lo
extraordinario de las circunstancias, aun para un niño, me penetró tan
profundamente, que todavía hoy me atrevo a dar la versión oral. Y lo
hago porque es muy demostrativo de las ideas del pueblo. Mi padre dijo
esto aproximadamente: "Un barquero desconocido –conozco a todos los
que habitualmente pasan por aquí, pero éste era desconocido– me
contó que se piensa construir una gran muralla para proteger al
emperador; a menudo pueblos no creyentes se reúnen ante el palacio
imperial, entre ellos también demonios, y disparan sus negras flechas
contra el emperador.
EL ESCUDO DE LA CIUDAD
Al comienzo no faltó el orden en las disposiciones para construir la Torre
de Babel; hubo un orden excesivo, quizá. Se pensó demasiado en
guías, intérpretes, alojamientos para obreros y vías de comunicación,
como si se dispusiera de siglos. En aquel tiempo la opinión general era
que no se debía construir con demasiada lentitud; un poco más y
hubieran renunciado a todo, incluso a echar los cimientos. La gente razonaba
de esta manera: lo esencial de la empresa es el pensamiento de
construir una torre que llegue al cielo. Lo demás es secundario. Ese
pensamiento, una vez comprendida su grandeza, es inolvidable: mientras
haya hombres en la tierra, habrá también el fuerte deseo de terminar
la Torre. En consecuencia, no debe preocuparnos el porvenir. Al
contrario: el saber de los hombres adelanta, la arquitectura ha progresado
y seguirá progresando; dentro de cien años el trabajo para el que
hoy precisamos un año se hará quizás en pocos meses, y más resistente,
mejor. Entonces, ¿a qué agotarnos ahora? Eso tendría sentido si
valiera la esperanza de que la Torre quedara terminada en el tiempo de
una generación. Esa esperanza-era imposible. Lo probable era que la
nueva generación, con sus conocimientos superiores, condenara el trabajo
de la generación precedente y derribase todo lo construido, para
recomenzar. Semejantes pensamientos paralizaron las energías, y se
pensó menos en construir la Torre que en construir una ciudad para los
obreros. Cada nacionalidad quería el mejor barrio, y esto dio lugar a
discusiones que terminaban en peleas sangrientas. Esas peleas no tenían
fin; algunos dirigentes opinaban que demoraría muchísimo la
construcción de la Torre y otros que convenía aguardar que se restableciera
la paz. Pero no sólo en pelear pasaban el tiempo; en las treguas
embellecían la ciudad, lo que provocaba nuevas envidias y nuevas peleas.
Así pasó el tiempo de la primera generación, pero ninguna de las
siguientes fue distinta; sólo aumentó la capacidad técnica y con ella el
ansia de guerra. Aunque la segunda o tercera generación reconoció la
insensatez de una torre que llegara hasta el cielo, ya estaban demasiado
comprometidos para abandonar los trabajos y la ciudad.
En todas las leyendas y cantos de esa ciudad está el anhelado vaticinio
de un día en el que cinco golpes sucesivos de un puño gigantesco aniquilarán
la ciudad. Por esa causa existe un puño en el escudo de armas.
DE LAS ALEGORÍAS
La¡ gran mayoría se queja de que las palabras de los sabios sean siempre
alegorías, inaplicables a la vida cotidiana, y esto es lo único que poseemos.
Cuando el sabio dice: "Ve hacia allá", no quiere decir que uno
deba pasar al otro lado, que siempre sería posible si la meta así lo justificase,
sino que se refiere a un allá legendario, algo que nos es desconocido,
que tampoco puede ser precisado por él con mayor. exactitud y
que, por tanto, de nada puede servirnos aquí. En realidad, todas esas
alegorías sólo quieren significar que lo inasequible es inasequible, lo
que ya sabíamos. Pero aquello en que diariamente gastamos nuestras
energías, son otras cosas.
A este propósito dijo alguien: –¿Por qué os defendéis? Si obedecierais a
las alegorías, os habríais convertido en tales, con lo que os hubierais liberado
de la fatiga diaria.
Otro dijo: –Apuesto a que eso es también una alegoría.
Dijo el primero: –Has ganado.
Dijo el segundo: –Pero por desgracia, sólo en lo de la alegoría.
El primero dijo: –En verdad, no; en lo de la alegoría, has perdido.
¡OLVÍDALO!
Era la madrugada. Las calles estaban limpias y desiertas. Me dirigía
hacia la estación. Al confrontar mi reloj con el de la torre comprendí
que era más tarde de lo que pensaba y que debía apurarme. La impresión
que me causó este retraso me hizo sentir inseguro de mi camino
ya que aún no conocía bien aquella ciudad. Por fortuna había un policía
cerca. Corrí hacia él y le pregunté jadeante que me indicara el camino.
Se sonrió y me dijo:
–¿Quiere conocer el camino?
–Sí –dije–, no puedo hallarlo por mí mismo. –Olvídalo, olvídalo –dijo,
y se volvió con brusquedad, como alguien que quiere reír a solas.
UNA PEQUEÑA FÁBULA
–¡Ay! –dijo el ratón–. El mundo se hace cada día más pequeño. Al principio
era tan grande que le tenía miedo; corría y corría y por cierto que
me alegraba ver esos muros, a diestra y siniestra, en la distancia. Pero
esas paredes se estrechan tan rápido que me encuentro en el último
cuarto y ahí en el rincón está la trampa, sobre la cual debo pasar.
–Todo lo que debes hacer es cambiar de rumbo –dijo el gato, y se lo
comió.
POSEIDÓN
Poseidón se sentó ante su mesa de trabajo y revisó las cuentas. La administración
de todos los océanos lo tenía muy atareado. Podía emplear
los asistentes que quisiera, y por cierto tenía muchos, pero responsable,
como era, insistía en revisar personalmente cuenta por cuenta, así
que sus asistentes de poco le servían. No diría que le deleitaba este
trabajo, lo hacía simplemente porque se le había asignado. Es cierto
que ya con frecuencia había pedido una tarea más animada, pero entre
los varios trabajos que le fueron sugeridos, se observó que su disposición
natural era para su presente empleo. Ni decirlo, sería demasiado
difícil conseguirle otra ocupación. Tampoco pensar en ponerlo a administrar
determinado mar. Dejando a un lado que la tarea no sería más
fácil, sólo inferior, el gran Poseidón, por el contrario, debía obtener un
puesto más importante. Cuando se le ofreció un cargo sin afinidad a las
aguas, la sola idea lo enfermó, su aliento divino decayó y su broncíneo
torso comenzó a jadear. Lo cierto era que nadie tomaba muy en serio
las quejas de Poseidón, pero cuando alguien de su poderosa talla se
lamenta, por lo menos se debe simular que se lo escucha, aunque sea
una situación sin perspectivas. Realmente, nadie pensaba en separar a
Poseidón de su cargo ; desde los orígenes estaba destinado a ser el
dios de los mares y eso no podía ser modificado.
Lo que más le irritaba –y esto era lo que lo indisponía con su trabajo–,
eran los rumores que circulaban sobre él. Por ejemplo, que constantemente
cabalgaba sobre las olas con su tridente, como un cochero,
cuando la verdad era que se encontraba sentado en las profundidades
de los océanos sin terminar nunca con sus cuentas. La única interrupción
a esa monotonía era, de vez en cuando, un viaje hasta Júpiter, del
cual siempre regresaba exasperado. De ahí que casi no conocía los
océanos, sólo los había visto en sus furtivas ascensiones al Olimpo. Y
no se podía afirmar que realmente los hubiera navegado. Acostumbraba
decir que lo haría cuando el mundo tocara a su fin, sólo para entonces
tendría un momento de descanso. Justo antes del fin del mundo y sólo
después de haber revisado la última cuenta le daría tiempo para una
rápida gira.
LA PARTIDA
Ordené que trajeran mi caballo del establo. El criado no me entendió,
así que fui yo mismo. Ensillé el caballo y lo monté. A la distancia oí el
sonido de una trompeta y pregunté el mozo su significado. El no sabía
nada; no había oído sonido alguno. En el portón me detuvo y preguntó:
–¿Hacia dónde cabalga, señor?
–No lo sé –respondí–, sólo quiero partir, sólo partir, nada más que partir
de aquí. Sólo así lograré llegar a mi meta.
–¿Entonces conoce usted la meta? –preguntó él.
–Sí –contesté–. Ya te lo he dicho. Partir, ésa es mi meta.
–¿No lleva provisiones?–preguntó.
–No me son necesarias –respondí–, el viaje es tan largo que moriré de
hambre si no consigo aumentos por el camino. No hay provisión que
pueda salvarme. Por suerte es un viaje realmente interminable.
UNA CRUZA
Tengo un animal singular, mitad gatito, mitad cordero. Lo heredé con
una de las propiedades de mi padre. Desde que está conmigo ha completado
su desarrollo; antes era más cordero que gato. Ahora participa
de ambas naturalezas por igual. Tiene del gato la cabeza y las uñas; del
cordero el tamaño y la forma; de ambos los ojos, salvajes y chispeantes,
la piel suave y ajustada al cuerpo, los movimientos a la par vivaces
y furtivos. Echado al sol en el hueco de la ventana, se hace un ovillo y
ronronea; en el campo corre corno loco y es imposible alcanzarlo. Huye
de los gatos y pretende atacar a los corderos. En las noches de luna su
paseo favorito son los tejados. No sabe maullar y le repugnan las ratas.
Pasa horas y horas en acecho ante el gallinero, pero no ha aprovechado
jamás la ocasión de matar.
Lo alimento con leche: es lo que le sienta mejor. La sorbe a grandes
tragos entre sus dientes de animal de presa. Naturalmente, constituye
un gran espectáculo para los niños. Las visitas son los domingos por la
mañana. Me siento con el animal en las rodillas y me hacen rueda todos
los niños de la vecindad.
Escucho, entonces, las más extraordinarias preguntas, que ningún ser
humano es capaz de contestar; ¿por qué hay un solo animal así? ¿por
qué soy yo su poseedor y no otro?, si antes ha existido un animal parecido
y qué pasará luego de su muerte, si no se siente solo, porque no
tiene hijos, cuál es su nombre, etcétera.
No me tomo el trabajo de responder: me limito a exhibir mi propiedad,
sin grandes explicaciones. A veces las criaturas traen gatos; un día llegaron
a traer corderos. Contra lo que esperaban no se registraron escenas
de reconocimiento. Los animales se miraron tranquilamente con
ojos animales, y se aceptaron mutuamente como un hecho natural.
Sobre mis rodillas este animal no conoce ni el miedo ni deseos de perseguir
a nadie. Acurrucado contra mí es como se siente mejor. Está
apegado a la familia que lo crió. Esto no puede ser considerado, desde
luego, como una extraordinaria muestra de fidelidad, sino como el recto
instinto de un animal que en la tierra tiene innumerables parientes políticos,
pero quizá ni uno solo consanguíneo, y para el cual, por lo mismo,
resulta sagrada la protección que ha encontrado entre nosotros.
A veces me da risa cuando me olfatea, se desliza por entre mis piernas
y no quiere apartarse de mí. Como si no le alcanzara ser gato y cordero
también le gustaría ser perro. Una vez, como le ocurre a cualquiera, no
hallaba yo forma de solucionar ciertos problemas económicos y estaba
a punto de terminar con todo. Con esa idea me hamacaba en el sillón
de mi cuarto, con el animal sobre las rodillas: entonces bajé los ojos y
vi lágrimas que goteaban de sus grandes bigotes. ¿Eran suyas o mías?
¿Tiene este gato de alma de cordero ambición humana? No es mucho lo
que he heredado de mi padre, pero vale la pena cuidar este legado.
Tiene la inquietud de los dos, la del gato y la del cordero, aunque ambas
son muy distintas. Por eso le queda estrecho el pellejo. A veces salta
al sillón, apoya las patas delanteras contra mi hombro y acerca el
hocico a mi oído. Es como si me hablara, y de hecho vuelve la cabeza y
me mira atentamente para observar el efecto de su comunicación. Para
complacerlo hago como si hubiera entendido algo y asiento con la cabeza.
Salta entonces y brinca a mi alrededor.
Quizá la cuchilla del carnicero fuese la redención para este animal, pero
tengo que negárselo porque lo he recibido en herencia. Por eso tendrá
que esperar hasta que se le acabe el aliento, aunque a veces me mira
con razonables ojos humanos, que me tientan a obrar comprensivamente.
EL CAZADOR GRACCHUS
Sentados en el muelle, dos muchachos jugaban a los dados. Un hombre
leía un diario en las escalinatas de un monumento, a la sombra del
héroe que blandía la espada. Una muchacha junto a la fuente llenaba su
cántaro. Un vendedor de fruta, apoyado en su mercancía, miraba hacia
el mar. A través de la puerta y ventanas de una taberna se veía en el
fondo a dos hombres bebiendo vino. Al frente, sentado a una mesa, el
tabernero dormitaba. Una barca que se deslizaba silenciosa, como llevada
por el agua, entró al pequeño puerto. Un hombre de azul, saltó a
tierra y pasó las amarras a través de las argollas. Otros dos hombres,
de ropa oscura con botones plateados, seguían al contramaestre sosteniendo
una camilla sobre la que, cubierto con un lienzo de seda floreada,
yacía ostensiblemente un hombre.
En el muelle nadie parecía ocuparse de los que recién llegaban; nadie
se les acercó cuando descendieron la camilla a tierra, esperando al contramaestre,
que todavía se empeñaba con las amarras; nadie les dirigió
una pregunta, nadie se detuvo a observarlos siquiera.
A causa de una mujer que, con un niño de pecho, apareció en cubierta,
con el cabello suelto, el conductor se demoró todavía un poco; luego,
señaló a la izquierda, hacia una casa amarillenta de dos pisos, que se
levantaba junto al agua. Los portadores levantaron la carga y la condujeron
por el portal, entre esbeltas columnas. Un muchachito abrió una
ventana, alcanzó a observar cómo el grupo desaparecía dentro de la
casa y volvió a cerrarla de inmediato. También se cerró el portal de roble
oscuro cuidadosamente trabajado. Una bandada de palomas que
había revoloteado alrededor del campanario descendió frente a la casa,
delante del portal, como si allí se guardara su alimento. Una de ellas se
elevó hasta el primer piso y picoteó el cristal de la ventana. Eran palomas
vivaces, de plumaje claro; parecían bien cuidadas. La mujer de la
barca, con un marcado ademán, les arrojaba granos. Ellas descendían y
después de recogerlos, volaban hacia ella.
Un hombre de sombrero de copa con cintillo de luto se acercaba por
una de las callejuelas que, estrechas e inclinadas, conducían al puerto.
Miraba atentamente en derredor; todo parecía interesarle; los desperdicios
que había en un rincón, produjeron en su rostro una mueca de
desagrado. En las escalinatas del monumento había cáscaras de fruta
que quitó al pasar, empujándolas con su bastón. Golpeó el portón de la
casa; al mismo tiempo tomó el sombrero de copa con la diestra enguantada
de negro. Se le abrió de inmediato; cincuenta niños se alinearon
a lo largo del pasillo haciendo reverencias a su paso.
El barquero descendió las escaleras para saludar al señor y lo condujo
hacia arriba; en el primer piso atravesaron el patio rodeado de leves arcadas
que sostenían la galería, y seguidos por los niños a respetuosa
distancia, penetraron en una fresca habitación del ala posterior de la
casa. Desde allí no se podían ver edificios, tan sólo un paredón de roca
negruzca. Los portadores estaban ocupados en instalar y encender algunos
cirios a la cabecera de la camilla, no por ello se intensificó la luz,
sólo comenzaron a temblar las sombras, agitándose sobre las paredes.
Habían replegado el lienzo que cubría la camilla. Sobre ella yacía un
hombre bronceado, de pelo y barba salvajemente largos y revueltos,
como correspondía a un cazador. Estaba inmóvil, con los ojos cerrados;
al parecer no respiraba; a pesar de todo, sólo el conjunto de la escena
indicaba que se trataba de un muerto.
El caballero se acercó a la camilla, posó su mano sobre la frente del yacente,
luego se arrodilló y oró. El conductor de la barca ordenó con una
seña a los portadores que abandonaran la habitación; salieron, hicieron
alejarse a los niños que se habían reunido en el lugar, y cerraron la
puerta. Mas este silencio no bastó al señor; miró al contramaestre, éste
comprendió y salió por una puerta lateral a una habitación. De inmediato
el hombre que yacía en la camilla abrió los ojos, y con una sonrisa
dolo rosa volvió su rostro hacia el señor y dijo:
–¿Quién eres?
Sin asombro alguno, el señor se incorporó y contestó:
–Soy el alcalde de Riva.
El hombre de la camilla asintió con la cabeza, señaló débilmente con el
brazo un sillón y, cuando el alcalde hubo aceptado su invitación, dijo:
–Lo sabía, señor alcalde, pero en el primer momento siempre me olvido
de todo, las ideas se me revuelven y es mejor que pregunte, a pesar de
que ya sepa. También usted, al parecer, ya sabe que soy el cazador
Gracchus.
–Así es –afirmó el alcalde–. Anoche me fue anunciada su llegada. Ya estábamos
profundamente dormidos, cuando me despertó mi mujer: "
¡Salvatore (que así me llamo) mira la paloma en la ventana!" Era realmente
una paloma, pero grande como un gallo. Voló a mi oído y dijo:
"Mañana llega el cazador Gracchus, muerto; recíbelo en nombre de la
ciudad."
El cazador asintió con la cabeza, mojando sus labios con la punta de la
lengua.
–Sí, las palomas se me adelantan. ¿Pero cree usted, señor alcalde, que
debo quedarme en Riva?
–No lo podría decir aún –repuso el alcalde–. ¿Está usted muerto?
–Sí –dijo el cazador–; usted puede verlo. Hace muchos años, sí, muchísimos
años, me despeñé mientras perseguía a una gamuza en la
Selva Negra (eso queda en Alemania). Desde entonces estoy muerto.
–Pero usted vive también –dijo el alcalde.
–En cierta forma –dijo el cazador–; en cierta forma también vivo. Mi
barca mortuoria erró el viaje, un viraje en falso del timón, un instante
de descuido del conductor, un rodeo a través de mi bellísima patria, no
sé qué fue, sólo sé que permanecí en la tierra y que desde entonces, mi
barca surca las aguas terrenales. Así, yo, el que sólo quiso vivir en sus
montañas, viajo por todos los países de la tierra.
–¿Y usted no tiene un lugar en el más allá? –preguntó el alcalde arrugando
la frente.
–Siempre estoy en la gran escalera que conduce a lo alto –contestó el
cazador–. En esta escalinata infinitamente amplia, estoy siempre moviéndome
hacia arriba, hacia abajo, a derecha e izquierda, siempre. El
cazador se volvió mariposa. No se ría.
–No me río –se atajó el alcalde.
–Muy cuerda su actitud –dijo el cazador–. Siempre estoy en movimiento.
Pero, ineludiblemente, cuando tomo un gran impulso y ya vislumbro
el portal en lo alto, despierto en mi barca, desoladamente varada en alguna
parte de las aguas terrenales. En mi camarote, el error de mi pasada
muerte me sonríe con una mueca disimulada. Julia, la mujer del
contramaestre, toca y me trae a la camilla el desayuno, del país cuyas
costas estemos bordeando. Yo reposo en mi camilla; (no es muy grato
contemplarme) cubierto con una mortaja sucia; pelo y barba, gris y negro
se confunden desordenadamente; mis piernas están cubiertas con
un mantón de mujer, de seda floreada y con largos flecos. En mi cabecera
hay un cirio que me ilumina. En la pared de enfrente, el cuadrito
de cierto bosquimano, que me apunta con su larga lanza y se cubre
como puede con un escudo extraordinariamente decorado. En los barcos
solemos encontrar cuadros muy grotescos, pero éste es uno de los
más ridículos que he visto. Fuera de esto mi jaula de madera está completamente
vacía. Por una escotilla lateral me llega la brisa tibia de la
noche austral; desde ahí puedo oír el agua que golpea contra k barca.
"Aquí estoy desde entonces, cuando siendo el aún vivo cazador Gracchus,
me despeñé persiguiendo una gamuza en la amada Selva Negra.
Todo sucedió según el orden natural. La perseguí, caí, me desangré en
un barranco, morí, y esta barca debía llevarme al más allá. Me acuerdo
todavía cuan alegremente me estiré por primera vez en esta camilla.
Nunca las montañas habían escuchado de mí un canto más festivo que
el que oyeron estas cuatro paredes, entonces aún vagas.
"Había vivido alegre, y alegre morí; alegre arrojé ante mí el morral, la
caja y la escopeta, que siempre había llevado con orgullo, antes de pisar
la borda y deslizarme en la mortaja, como una chiquilla en su vestido
de novia. Aquí yacía y esperaba, después sucedió la desgracia.
–Triste destino –dijo el alcalde como defendiéndose de una mano levantada-.
¿Y usted no habrá tenido alguna culpa?
–En absoluto -dijo el cazador–; fui cazador. ¿Puede culpárseme por
eso? Me apostaron como cazador en la Selva Negra, que todavía entonces
albergaba lobos. Yo acechaba, disparaba, acertaba en mi blanco, le
quitaba la piel; ¿puede culpárseme por eso? Mi trabajo era bendito. Me
llamaban "el gran cazador de la Selva Negra". ¿Tengo alguna culpa?
–No soy yo el más indicado para decirlo –dijo el alcalde-, pero no me
parece que tenga ninguna culpa. ¿Pero quién es culpable entonces?
–El barquero –dijo el cazador–. Nadie leerá lo que escribo aquí, nadie
vendrá a ayudarme; y si fuera un deber ayudarme, entonces todas las
puertas de todas las casas permanecerían cerradas, todas las ventanas
cerradas, todos se meterían en las camas cubiertos con las mantas hasta
la cabeza, toda la tierra se convertiría en una oscura posada. Nadie
sabe de mí y, aun cuando alguien supiera, no sabría mi paradero, y si
supiera el paradero, no sabría cómo retenerme allí, cómo ayudarme. La
idea de quererme ayudar es una enfermedad y debe guardarse cama
para curar de ella.
"Y como lo sé no grito pidiendo ayuda ni aun en los instantes en que –
como precisamente ahora, sin dominarme– pienso intensamente en
ello. Pero me basta para alejar esos pensamientos mirar a mi alrededor
y darme cuenta de dónde estoy –y puedo afirmarlo–, dónde moro desde
hace siglos.
–Extraordinario –dijo el alcalde–, extraordinario... ¿Y ahora piensa
quedarse con nosotros en Riva?
–No pienso –dijo el cazador sonriendo, y para atenuar el sarcasmo, puso
la mano sobre la rodilla del alcalde–. Estoy aquí, no sé más; no puedo
hacer otra cosa. Mi barca carece de timón, viaja con el viento que
sopla en las regiones inferiores de la muerte.
FRAGMENTO PARA EL CAZADOR GRACCHUS
–¡Cómo, cazador Gracchus! ¿Hace siglos que viajas en esa lancha vieja?
–Hace mil quinientos años.
–¿Y siempre en este barco?
–Siempre en esta barca. Creo que ésta es la forma apropiada de
llamarla. No sabes mucho de navegación, ¿no?
–No, nunca me ocupé de eso, hasta que no te conocí, hasta que no subí
a tu barco.
–Nada de disculpas. Yo también soy de tierra adentro. No era marino,
no quise serlo; mis amigos fueron el bosque y la montaña, y ahora soy
el más viejo de los marinos, el cazador Gracchus, genio tutelar de los
marineros, al que ora el grumete en las noches borrascosas, retorciendo
las manos. No te rías.
–¿Reírme? De veras que no. Con gran agitación me paré ante la puerta
de tu camarote, con gran agitación en mi corazón, entré. Tu natural
amable me tranquiliza un poco, pero nunca podría olvidar de quién soy
huésped.
–De acuerdo. De todas formas, soy el cazador Gracchus. ¿Quieres beber
de mi vino? La marca me es desconocida, pero es denso y dulce; el
patrón me atiende bien.
–Aún no, por favor. Estoy demasiado nervioso. Tal vez más adelante, si
me toleras hasta entonces. Además no me atrevo a beber de tu vaso.-
¿Quién es el patrón?
–El dueño de la barca. Estos patrones son personas excelentes. Sólo
que no los entiendo. Y no me refiero a la lengua, aunque a menudo
tampoco la entiendo. Pero eso es secundario. He aprendido tantos
idiomas en el correr de los siglos que podría ser intérprete entre los
hombres de la antigüedad y los contemporáneos. Sino que lo que no logro
comprender son sus razonamientos. Quizá tú me los puedas explicar.
–No tengo muchas esperanzas. ¿Cómo podría yo enseñarte algo, si
comparado contigo soy un niño de pecho?
–No; definitivamente no. ¿Me harías el favor de portarte de un modo un
poco más seguro, más íntegro? ¿Qué hago con un huésped que es una
sombra? Lo soplo por la escotilla, al agua. Necesito explicaciones diferentes.
Tú que rondas por ahí, tal vez me las puedas dar. Pero si te pones
a temblar pegado a la mesa y olvidas lo poco que sabes, entonces,
¡adiós! Como lo digo lo siento.
–Hay algo de eso que es verdad. En efecto, soy superior a ti en algunas
cosas. Trataré de controlarme. ¿Qué quieres saber?
–Mejor; mucho mejor si exageras y te imaginas que eres superior en
algo. Debes comprenderse. Soy un hombre como tú, pero más viejo e
impaciente, y en eso te llevo siglos de ventaja. Bien; queríamos hablar
de los patrones. Atención. Y bebe para incrementar el ingenio. Sin temor,
con ganas. Aún hay mucho en el cargamento.
–Estupendo vino, Gracchus. ¡A la salud del patrón! -Lástima que falleció
hoy. Descanse en paz el buen hombre. Sus hijos ya grandes, magníficos,
rodeaban su lecho de muerte; la mujer se desmayó a los pies de
la cama. Pero su último pensamiento fue para mí. Buen hombre, hamburgués.
-¡Por Dios! Hamburgués, ¿y tú aquí en el Sur, cómo sabes que
murió hoy?
–¿Como no iba a enterarme de la muerte de mi patrón? ¡Qué simpleza
la tuya!
–¿Quieres insultarme?
–No, de ninguna manera, fue sin querer. Pero debías de beber más y
asombrarte menos. Así sucede con los patrones: al principio la barca no
pertenecía a nadie.
–Gracchus; quiero pedirte un favor. Primero explícame pero en forma
coherente, tu situación.
–Confieso que no la conozco. Para ti son cosas bien sabidas y supones
que todo el mundo las conoce. Pero resulta que en una corta vida
human –porque la vida es corta, y quisiera que lo comprendieras– uno
está ocupado en su manutención y en la de su familia. Por más interesante
que resulte el cazador Gracchus –y esto no es servilismo sino
convicción– uno no tiene tiempo para pensar en él, para informarse sobre
él y mucho menos para preocuparse por él. Acaso en el lecho de
muerte, como tu hamburgués... no sé. Tal vez en esa situación el hombre
laborioso tenga, por primera vez, tiempo de estirarse y entre sus
divagaciones piense en el cazador Gracchus de verdoso uniforme. Pero
al contrario, como ya te dije: no sabía nada de ti, me encuentro en el
puerto por asuntos de negocios, vi la barrea, la plancha estaba tendida,
crucé... Pero ahora me gustaría saber algo de ti.
- ¡Ah! ¡Esas antiguas historias! Todos los libros están repletos de ellas;
en todas las escuelas los maestros las dibujan en el pizarrón, las sueña
la madre mientras da el pecho al niño, las secretean los que se abrazan,
los mercaderes las comentan a sus clientes, los soldados las cantan
durante su marcha, el sacerdote las grita durante el sermón, los
historiadores –boquiabiertos– las descubren en sus habitaciones tal como
sucedieron hace mucho y las describen sin cesar; están impresas en
los diarios y pasan de mano en mano; el telégrafo fue inventado para
que dieran la vuelta al mundo más rápidamente, se las exhuma con las
ciudades desaparecidas y el ascensor sube con ellas al techo del rascacielos.
Los pasajeros las proclaman desde las ventanillas de los trenes
en los lejanos países que surcan, pero aún antes las aúllan los salvajes;
están escritas en las estrellas y los mares devuelven su reflejo; los torrentes
las bajan de las montañas y la nieve las esparce en las cimas, y
tú hombre, estás ahí sentado y las preguntas ¡Qué juventud particularmente
desperdiciada debes haber tenido!
–Posiblemente; eso es común entre todos los jóvenes. También a ti
creo que te haría bien una vuelta por el mundo, con los ojos abiertos.
Por asombroso que te parezca, casi me parece extraño a mí también;
nadie habla sobre ti; son muchos los temas, pero tú no estás en ellos;
tú sigues tu viaje, pero hasta donde yo sé, ninguno se ha cruzado contigo.
–Ese es tu punto de vista; otros han dado el suyo. Sólo hay dos posibilidades.
O tú guardas deliberadamente lo que sabes con algún propósito,
en tal caso estás equivocado, te lo digo con franqueza, o supones
que realmente no me recuerdas porque confundes mi historia con otra,
y si ese es el caso, sólo puedo decirte... No, no puedo; todo el mundo
lo sabe, ¿y precisamente yo tenía que contártelo? ¡Hace tanto tiempo!
¡Pregúntales a los historiadores! ¡Vete y vuelve más adelante! ¡Hace
tanto tiempo! Mi cerebro está tan sobrecargado ¡cómo iba a recordar
algo!
–Un segundo, Gracchus, te preguntaré; eso te ayudará. ¿De dónde
eres?
–Todo el mundo lo sabe; de la Selva Negra. –Muy bien; de la Selva Negra.
¿Y allí has sido cazador en el siglo cuarto?
–¡Hombre! ¿Conoces la Selva Negra? -No.
–Realmente, no sabes nada. El hijo del timonel conoce más que tú.
¿Quién te habrá invitado? Es una desgracia. Estaba más que justificada
tu modestia. Eres la nada llena de vino. ¡Ni siquiera conoces la Selva
Negra, y yo nací allí! Allí cacé hasta los veinticinco años. Si no me
hubiera tentado la gamuza –bien, ya te enteraste–, habría tenido una
vida de cazador, larga y hermosa, pero me tentó la gamuza, me despeñé
estrellándome contra las rocas. No preguntes más. Aquí estoy,
muerto, muerto. No sé por qué estoy aquí. Como es usual, me cargaron
en la barca mortuoria; era sólo un muerto, hicieron los manejos de costumbre,
como con cualquiera, ¿por qué hacer una excepción con el cazador
Gracchus?, todo estaba en orden. Y yo yaciente en la barca.
UN GOLPE A LA PUERTA DEL CORTIJO
Fue un caluroso día de verano. Mi hermana y yo pasábamos frente a la
puerta de un cortijo que estaba en el camino de regreso a casa. No sé
si golpeó esa puerta por travesura o distracción. No sé si tan sólo amenazó
con el puño sin llegar a tocarla siquiera. Cien metros más adelante,
junto al camino real que giraba a la izquierda, empezaba el pueblo.
No lo conocíamos, pero al cruzar frente a la casa que estaba inmediatamente
después de la primera, salieron de ahí unos hombres haciéndonos
señas amables o de advertencia; estaban asustados, encogidos
de miedo. Señalaban hacia el cortijo y nos hacían recordar el golpe contra
la puerta. Los dueños nos denunciarían e inmediatamente comenzaría
el sumario. Yo permanecía calmo, tranquilizaba a mi hermana. Posiblemente
ni siquiera había tocado, y si en realidad lo había hecho, nadie
podría acusarla por eso. Intenté hacer entender esto a las personas
que nos rodeaban; me escuchaban pero absteniéndose de emitir juicio
alguno. Después dijeron que no sólo mi hermana, sino también yo sería
acusado. Yo asentía, sonriente, con la cabeza. Todos volvíamos nuestra
vista atrás, hacia el cortijo, tan atentamente como si se tratara de una
lejana cortina de humo tras la cual fuera a aparecer un incendio. Lo que
pronto vimos, en realidad, fue a unos jinetes que entraron por el portón
del cortijo. Una polvareda, al levantarse, lo cubrió todo; sólo brillaban
las puntas de las enormes lanzas. Apenas la tropa había desaparecido
en el patio, cuando debió, al parecer, hacer dar vuelta a sus corceles,
pues volvió a salir en dirección nuestra. Aparté a mi hermana de un
empellón, yo me encargaría de poner todo en orden. Ella no quiso dejarme
solo. Le expliqué que para que se viera mejor vestida ante los
señores debía, al menos, cambiarse de ropas. Por fin me hizo caso e
inició el largo camino a casa. Ya estaban los jinetes junto a nosotros y
casi al tiempo de apearse preguntaron por mi hermana. "No está aquí
de momento" fue la temerosa respuesta, "pero vendrá más tarde". La
contestación se recibió con indiferencia. Parecía que ante todo, lo importante
era haberme hallado. Destacaban, de entre ellos, el juez, un
hombre joven y vivaz, y su silencioso ayudante llamado Assmann. Me
invitaron a pasar a la taberna campesina. Lentamente, balanceando la
cabeza, jugando con los tiradores, comencé a caminar bajo las miradas
severas de los señores. Aún creía que una sola palabra sería suficiente
para que yo, que vivía en la ciudad, fuese liberado, incluso con honores,
en ese pueblo campesino. Pero luego de atravesar el umbral de la puerta,
pude escuchar al juez que se acercó a recibirme: "Este hombre me
da lástima". Sin duda alguna, no se refería con esto a mi estado actual
sino a lo que me esperaba en el futuro. La habitación se parecía más a
la celda de una prisión que a una taberna rural. De las grandes losas de
la pared, oscura y sin adornos, pendía, en alguna parte, una argolla de
hierro, y en el centro de la habitación algo que era medio catre y medio
mesa de operaciones.
¿Podría yo respirar otros aires que los de una cárcel? He aquí el gran dilema.
O, mejor dicho, lo que sería el gran dilema, si yo tuviera alguna
perspectiva de ser dejado en libertad.
EL PUENTE
Yo era rígido y frío, yo estaba tendido sobre un precipicio; yo era un
puente. En un extremo estaban las puntas de los pies; al otro, las manos,
aferradas; en el cieno quebradizo clavé los dientes, afirmándome.
Los faldones de mi chaqueta flameaban a mis costados. En la profundidad
rumoreaba el helado arroyo de las truchas. Ningún turista se animaba
hasta estas alturas intransitables, el puente no figuraba aún en
ningún mapa. Así yo yacía y esperaba; debía esperar. Todo puente que
se haya construido alguna vez, puede dejar de ser puente sin derrumbarse.
Fue una vez hacia el atardecer –no sé si el primero y el milésimo–, mis
pensamientos siempre estaban confusos, giraban siempre en redondo;
hacia ese atardecer de verano, cuando el arroyo murmuraba oscuramente,
escuché el paso de un hombre. A mí, a mí. Estírate puente,
ponte en estado, viga sin barandales, sostén al que te ha sido confiado.
Nivela imperceptiblemente la inseguridad de su paso; si se tambalea,
date a conocer y, como un dios de la montaña, ponlo en tierra firme.
Llegó y me golpeteó con la punta metálica de su bastón, luego alzó con
ella los faldones de mi casaca y los acomodó sobre mí. La punta del
bastón hurgó entre mis cabellos enmarañados y la mantuvo un largo
rato ahí, mientras miraba probablemente con ojos salvajes a su alrededor.
Fue entonces –yo soñaba tras él sobre montañas y valles– que saltó,
cayendo con ambos pies en mitad de mi cuerpo. Me estremecí en
medio de un salvaje dolor, ignorante de lo que pasaba. ¿Quién era? ¿Un
niño? ¿Un sueño? ¿Un salteador de caminos? ¿Un suicida? ¿Un tentador?
¿Un destructor? Me volví para poder verlo. ¡El puente se da vuelta!
No había terminado de volverme, cuando ya me precipitaba, me precipitaba
y ya estaba desgarrado y ensartado en los puntiagudos guijarros
que siempre me habían mirado tan apaciblemente desde el agua veloz.
DE NOCHE
¡Hundirse en la noche! Así como a veces se sumerge la cabeza en el
pecho para reflexionar, sumergirse por completo en la noche. Alrededor
duermen, los hombres. Un pequeño espectáculo, un autoengaño inocente,
es el de dormir en casas, en camas sólidas, bajo techo seguro,
estirados o encogidos, sobre colchones, entre sábanas, bajo mantas; en
realidad se han encontrado reunidos como antes una vez y como después
en una comarca desierta: un campamento al raso, una inabarcable
cantidad de personas, un ejército, un pueblo bajo un cielo frío, sobre
una tierra fría, arrojados al suelo allí donde antes se estuvo de pie,
con la frente contra el brazo, y la cara contra el suelo, respirando pausadamente.
Y tú velas, eres uno de los vigías, hallas al prójimo agitando
el leño encendido que cogiste del montón de astillas, junto a ti. ¿Por
qué velas? Alguien tiene que velar, se ha dicho. Alguien tiene que estar
ahí.
EL TIMONEL
¿Acaso no soy timonel? –exclamé.
–¿Tú? –preguntó un hombre alto y moreno, y se pasó la mano por los
ojos, como si disipara un sueño.
Yo había estado al timón en noches oscuras, la débil luz del farol sobre
mi cabeza, y ahora había venido aquel hombre y quería apartarme. Y
como yo no cediera, me puso el pie en el pecho y me empujó
lentamente contra el suelo, mientras yo seguía aferrado al timón y lo
arrancaba al caer. Entonces el hombre se apoderó de el, lo puso en su
lugar y me dio un empujón, alejándome. Me rehice de inmediato fui
hasta la escotilla que llevaba a la cámara de la tripulación y grité:
–¡Tripulantes! ¡Camaradas! ¡Venid pronto! ¡Un extraño me ha quitado
el timón!
Llegaron lentamente, subiendo por la escalerilla, eran unas formas poderosas,
oscilantes, cansadas.
–¿No soy yo el timonel? –pregunté.
Asintieron, pero sólo tenían miradas para el extraño, a quien rodeaban
en semicírculo, y cuando con voz de mando él dijo: "No me molestéis",
se reunieron, me observaron asintiendo con la cabeza y bajaron otra
vez la escalerilla. ¿Qué pueblo es éste? ¿Piensan también, o sólo se
arrastran sin sentido sobre la tierra?
EL TROMPO
Un filósofo solía frecuentar los juegos de los niños. Y cuando veía a un
chico con un trompo, se ponía al acecho. Apenas estaba el trompo en
movimiento, el filósofo lo perseguía para atraparlo. Que los niños hicieran
bulla y procurasen alejarlo de su juego le tenía sin cuidado, y era
feliz sujetándolo tras giraba, pero esto duraba sólo un instante, entonces
lo arrojaba al suelo y se marchaba. Creía, en efecto, que el conocimiento
de cualquier bagatela, como por ejemplo un trompo que giraba
sobre sí mismo, bastaba para alcanzar el conocimiento de lo general.
De ahí que se desentendiera de los grandes problemas, que no le parecían
provechosos. Conocer realmente la bagatela más insignificante, era
conocer el todo, por lo cual se ocupaba tan sólo del trompo casi inmóvil.
Y cuando se hacían los preparativos para hacer girar el trompo, tenía
siempre la esperanza de que todo saliera bien y, si el trompo giraba, en
medio de las carreras sin aliento, su esperanza se convertía en certeza,
pero cuando se quedaba con el inmóvil trozo de madera en la mano, se
sentía mal, y el griterío de los niños, que hasta entonces no oyera y que
ahora, de súbito, le atronaba los oídos, lo arrojaba fuera de allí, y se
tambaleaba como un trompo bajo una cuerda torpe.
UNA CONFUSIÓN COTIDIANA
Un problema cotidiano del que resulta una confusión cotidiana. A tiene
que concretar un negocio importante con B en H. Se traslada a H para
una entrevista preliminar, pone diez minutos en ir y diez en volver, y en
su hogar se enorgullece de esa velocidad. Al día siguiente vuelve a H,
esa vez para cerrar el negocio. Ya que probablemente eso le insumirá
muchas horas. A sale temprano. Aunque las circunstancias (al menos
en opinión de A) son precisamente las de la víspera, tarda diez horas
esta vez en llegar a H. Lo hace al atardecer, rendido. Le comunicaron
que B, inquieto por su demora, ha partido hace poco para el pueblo de
A y que deben haberse cruzado por el camino. Le aconsejan que aguarde.
A, sin embargo, impaciente por la concreción del negocio, se va inmediatamente
y retorna a su casa.
Esta vez, sin prestar mayor atención, hace el viaje en un rato. En su
casa le dicen que B llegó muy temprano, inmediatamente después de la
salida de A, y que hasta se cruzó con A en el umbral y quiso recordarle
el negocio, pero que A le respondió que no tenía tiempo y que debía salir
en seguida.
Pese a esa incomprensible conducta, B entró en la casa a esperar su
vuelta. Ya había preguntado muchas veces si no había regresado todavía,
pero continuaba aguardando
aún en el cuarto de A. Contento de poder encontrarse con B y explicarle
todo lo sucedido, A corre escaleras arriba. Casi al llegar, tropieza, se
tuerce un tobillo y a punto de perder el conocimiento, incapaz de gritar,
gimiendo en la oscuridad, oye a B –tal vez ya muy lejos, tal vez a su
lado– que baja la escalera furioso y desaparece para siempre.
EL JINETE DEL CUBO
Todo el carbón se había consumido; vacío el cubo; la pala, sin objeto
ya; la chimenea respirando frío; el cuarto lleno de soplo de la helada;
ante la ventana, árboles rígidos de escarcha; el cielo, un escucho de
plata vuelto hacia aquel que le pida ayuda. Necesito carbón; no debo
congelarme; detrás de mí la chimenea inhospitalaria, ante mí, el cielo
igualmente despiadado: deberé cabalgar entre ambos y en medio de
ambos pedir ayuda al carbonero. Pero ante mis súplicas habituales él se
ha endurecido ya; debo probarle exactamente que no me queda ni el
más leve polvillo de carbón y que, por lo tanto, él es para mí como el
sol de los cielos. Debo actuar como el mendigo hambriento que decide
expirar en el umbral de la puerta y a quien, por eso, la cocinera de los
señores se decide a dar el poso del último café; así también, furioso,
pero a la luz del mandamiento "no matarás", el carbonero tendrá que
echarme una palada en el cubo.
Mi ascensión lo va a decidir; por eso voy hacia allí montado en el cubo.
Jinete del cubo, y puesta la mano en el asa, riendas harto sencillas,
desciendo penosamente la escalera; pero una vez abajo, mi cubo asciende;
¡magnífico!, ¡magnífico!; los camellos echados en tierra no se
levantan sacudiéndose con más belleza bajo el palo del guía. Marchamos
al trote por la callejuela helada; con frecuencia me veo alzado hasta
el primer piso; nunca llego a descender hasta la puerta de la calle.
Ante el abovedado sótano del carbonero floto a extraordinaria altura, en
tanto él, allá abajo, escribe,
encogido ante su mesita; para dar paso al calor excesivo ha abierto la
puerta.
–¡Carbonero! –gritó, con voz hueca, quemada por el frío y oculto por
las nubes de mi aliento lleno de humo–, por favor, carbonero, dame un
poco de carbón. Mi cubo está vacío, ya no puedo cabalgar sobre él. Sé
bueno. Tan pronto pueda, te pagaré.
El carbonero se lleva la mano al oído.
–¿Oigo bien? –pregunta por sobre el hombro a su mujer, que teje sentada
en el banco de la chimenea–, ¿oigo bien? Un cliente.
–No oigo nada –dice la mujer, respirando con tranquilidad por encima
de las agujas de tejer, con un agradable calórenlo en la espalda.
–¡Oh, sí! –exclamó–. Soy yo; un viejo cliente; un seguro servidor; sólo
que momentáneamente sin medios.
–Mujer –dice el carbonero-, ahí hay alguien, hay alguien; no puedo
equivocarme hasta ese extremo; tiene que ser un cliente antiguo, muy
antiguo, para que así me hable al corazón.
–¿Qué te pasa hombre? –dice la mujer, y aprieta su labor contra el pecho,
descansando por un instante–. No hay nadie, la calle está vacía y
toda nuestra clientela está ya servida; podemos cerrar el negocio por
unos días y descansar.
–Pero yo estoy aquí, sobre el cubo –gritó, e insensibles lágrimas de frío
velan mis ojos–. Por favor, aquí arriba; me veréis en seguida; tan sólo
una palada; y si me dierais dos, me haríais más que feliz. Toda la clientela
está ya provista. ¡Ah, si pudiera oírlo sonar ya en el cubo.!
–Voy –dice el carbonero, y quiere subir la escalera con sus cortas piernas,
pero la mujer está ya junto a él, le coge por el brazo y dice:
–Tú te quedas. Si no desistes de tu testarudez, seré yo quien suba.
Acuérdate de tu tos. Pero por un negocio, aunque sólo sea imaginario,
olvidas mujer e hijo y sacrificas tus pulmones. Iré yo.
–Entonces dile todas las clases que hay en depósito; yo te cantaré los
precios.
–Bueno –dice la mujer, y sube hacia la calle. Como es natural, me ve
en seguida.
-Señora carbonera –exclamo–, la saludo; sólo una palada de carbón;
aquí, en seguida, en el cubo; yo mismo lo llevaré a casa; una palada
del peor. La pagaré toda, claro está, pero no ahora, no ahora.
¡Qué tañido de campanas son esas dos palabras, "no ahora", y que turbadora
para los sentidos que se mezclan al toque del reloj que precisamente
me llega desde la cercana torre de la iglesia!
-¿Qué es, pues, lo que quiere? -exclama el carbonero,
–Nada –le replica la mujer–, no hay nadie; no veo nada, no oigo nada;
sólo están dando las seis y nosotros cerramos. Hace un frío terrible; es
probable que mañana tengamos mucho trabajo aún.
No ve nada, no oye nada, y sin embargo, suelta la cinta de su delantal
y procura alejarme con él. Por desgracia lo consigue. Mi cubo tiene todas
las desventajas de un animal de silla; carece de fuerzas para resistir;
es demasiado liviano; un delantal de mujer obliga a sus patas a dejar
el suelo.
–¡Mala mujer! –gritó aún, mientras ella, volviéndose hacia el negocio,
entre despreciativa y satisfecha, hace un gesto en el aire con la mano-.
¡Mala! Te pedí una palada del peor y no me la has dado.
Y con ello me elevo a las regiones de los pinos helados y me pierdo de
vista para siempre.
EL MATRIMONIO
En general la situación de los negocios es tan mala que, a veces, cuando
me desocupo un rato de la oficina, tomo la cartera de muestras y visito
personalmente a los clientes. Entre otras diligencias, me había propuesto
llegar alguna vez hasta lo de N., con quien antes tenía continuas
relaciones comerciales que, sin embargo, en el último año, por razones
que ignoro, llegaron a aflojarse casi por completo. Para tales perturbaciones
en realidad no es necesario que haya motivos; en las actuales
circunstancias de inseguridad, a menudo esto determina una insignificancia,
un matriz, y de la misma manera, una insignificancia, una palabra,
puede
volver a arreglarlo todo. Pero es un poco difícil avanzar hasta N. Es un
hombre de edad que en los últimos tiempos estaba bastante enfermo, y
que, a pesar de dirigir todavía los negocios, apenas si va a su comercio;
si se quiere verle, se debe ir hasta su domicilio, pero por lo general,
prefiere aplazar una diligencia comercial de tal índole.
Sin embargo, ayer a la tarde, después de las seis, me puse en camino;
ya no era hora de visita, pero la cuestión no debía juzgarse de forma
social, sino comercial. Tuve suerte. N. estaba en casa; acababa de regresar
de dar un paseo con la esposa, como se me informó en el recibidor,
y se hallaba ahora en la habitación del hijo, que se encontraba enfermo.
Me invitaron a ir también allí; al principio vacilé, pero luego se
impuso el deseo de terminar cuanto antes la penosa visita y me decidí
tal como iba, con el abrigo puesto, sombrero y cartera en mano, me
dejé conducir a través de una habitación oscura hacia otra, muy suavemente
iluminada, en la que se encontraban varias personas.
En forma casi instintiva, mi mirada recayó primero en un agente de negocios,
harto conocido por ser competidor mío. Se había deslizado hasta
aquí, adelantándose. Estaba cómodamente instalado junto a la cama
del enfermo, como si él fuese el médico; con su hermoso abrigo abierto,
abollonado, daba una impresión de poder; su descaro es insuperable;
algo semejante debió de pensar también el enfermo, que yacía con
las mejillas enrojecidas por la fiebre y que de vez en cuando miraba
hacia él. Por lo demás, el hijo ya no es joven; un hombre de mi edad,
de barba corta algo descuidada por la enfermedad.
El viejo N., grande, de hombros anchos, sorprendentemente enflaquecido
por su traicionero mal, encorvado e inseguro, permanecía aún como
había llegado, con el abrigo puesto, y murmuraba algo en dirección
a su hijo. Su señora, pequeña y frágil, aunque extremadamente vivaz,
pero sólo en cuanto se refería a él –a los otros apenas si nos veía–, se
hallaba ocupada en quitarle el abrigo, lo que por la diferencia de estatura
entre ambos ofrecía algunas dificultades. Finalmente lo consiguió. La
verdadera dificultad estaba en que N., muy impaciente, no cesaba, tanteando
con sus manos inquietas, de pedir el sillón, que por fin
la mujer, luego de haberle quitado el abrigo, empujó con prisa hacia él.
Ella misma tomó el abrigo, debajo del cual casi desaparecía, y se lo llevó.
Entonces llegada mi oportunidad, o mejor, no había llegado, no llegaría
nunca aquí; en realidad, si yo todavía quería intentar algo, debía hacerlo
de inmediato, porque tenía la impresión de que las posibilidades para
una conversación de negocios podían empeorar. Pero no entraba en mis
costumbres eternizarme en un asiento, como lo pretendía con seguridad
el agente; por otra parte, no quería guardar consideraciones con
éste. De modo que comencé a exponer brevemente mi asunto, a pesar
de que notaba que N. tenía deseos de conversar algo con su hijo. Desgraciadamente,
tengo la costumbre, cuando me excito con la conversación
–y esto sucede casi en seguida y sucedió en este cuarto de enfermo
antes en otras oportunidades–, de levantarme y pasear mientras
hablo. En la oficina de uno esto puede ser muy conveniente, pero es
muy molesto en casa ajena. Sin embargo, no pude dominarme, sobre
todo porque me faltaba el cigarrillo habitual. Por cierto, todos tenemos
malos hábitos, con lo cual todavía elogio los míos en comparación con
los del agente. Qué decir, por ejemplo, de que a menudo, de modo
completamente inesperado, se encasquetaba el sombrero, después de
haberlo mecido suavemente sobre las rodillas. Claro que al instante
vuelve a quitárselo, como si hubiera sucedido por casualidad, pero de
todos modos lo ha tenido un momento en la cabeza, y esto sucede a
menudo. Creo que semejante comportamiento es en verdad intolerable.
A mí no me molesta, voy y vengo, estoy completamente absorto por mi
asunto y miro por encima de él; pero debe de haber gentes a la que la
prueba con el sombrero los saca de las casillas. En mi ardor no presto
atención a molestias de esta índole ni a nada; veo, sí, lo que ocurre,
pero hasta que no he terminado o no oigo objeciones, en cierto modo
no lo advierto. Así, por ejemplo, supe perfectamente que N. no estaba
en condiciones de atender: se revolvía incómodo, las manos en los brazos
del sillón, observa el vacío con expresión de búsqueda y su rostro
parecía tan ausente como si ninguna de mis palabras ni la menor señal
de mi presencia le llegase. Yo veía" que todo
este comportamiento enfermizo me daba pocas esperanzas, pero a pesar
de todo seguía hablando como si tuviese todavía la intención de
arreglarlo todo con palabras, con ofertas ventajosas. Yo mismo me
asusté de las concesiones que hacía sin que nadie me las pidiera. Me
produjo alguna satisfacción que el agente, como noté de paso, dejara
por fin en paz su sombrero y cruzara los brazos sobre el pecho: mi exposición,
en parte destinada a él, parecía estropear sus proyectos. La
satisfacción que esto me produjo seguramente me habría incitado a seguir
hablando si el hijo, al que había prestado poca atención por ser un
personaje secundario, no me hubiese reducido a silencio incorporándose
a medias y amenazándome con el puño. Era evidente que quería decir
algo, mostrar algo, pero no tenía fuerzas suficientes. Al principio lo
atribuí todo al delirio de la fiebre; pero cuando involuntariamente miré
al viejo, lo comprendí todo mejor. N. estaba sentado con los ojos abiertos,
vidriosos, hinchados, que sólo podían servirle unos instantes más;
se inclinaba temblorosamente hacia adelante como si alguien lo sujetase
o lo golpease en la nuca; el labio inferior, el maxilar mismo, colgaba
inerte, mostrando las encías; todo el rostro estaba desencajado; respiraba,
aunque con dificultad, pero luego, cerró los ojos, la expresión de
que hacía un gran esfuerzo cruzó todavía su rostro y todo terminó. Salté
hacia él, tomé con escalofrío la mano que colgaba sin vida, helada.
Ya no había pulso. Todo había acabado. Ciertamente, se trataba de un
nombre de edad. Ojalá el morir no nos resulte más arduo. ¡Pero cuánto
había que hacer ahora! ¿Qué era lo más urgente? Miré en derredor, en
busca de ayuda. Pero el hijo había subido la manta hasta cubrirse la
cabeza, se oía su llanto interminable. El agente frío como un sapo, seguía
firme en su sillón, visiblemente decidido a esperar a que pasara el
tiempo; yo, solamente yo, quedaba para hacer algo y emprender en
seguida lo más difícil: comunicar de una manera soportable, a la mujer
la noticia, es decir, de una manera que no existe. Y ya oía sus pasos diligentes
y arrastrados en la pieza contigua. Trajo –todavía en ropa de
calle, no había tenido tiempo de cambiarse– un camisón entibiado en la
estufa y quería ponérselo al marido.
–Se ha dormido –dijo moviendo la cabeza con una sonrisa al notarnos
tan silenciosos.
Y con la infinita fe de los inocentes, tomó la misma mano que hacía un
instante había yo tenido en la mía con desagrado y aprensión, la besó
como en un pequeño juego conyugal, y –¡cómo habremos abierto los
ojos los tres! – N. se movió, bostezó ruidosamente, se dejó poner el
camisón, toleró con rostro de irónico disgusto los tiernos reproches de
su mujer por el excesivo esfuerzo realizado en el paseo demasiado largo,
y dijo, para justificar que se hubiese quedado dormido, algo relativo
al aburrimiento. Después, para no enfriarse yendo a otra habitación, se
acostó por el momento en la cama del hijo. Reposó la cabeza junto a
los pies de éste, sobre dos almohadas rápidamente traídas por la mujer.
Después de lo pasado, no encontré nada extraño en ello. Entonces
pidió el diario de la tarde, lo tomó sin consideración a los visitantes, pero
sin leer; le echaba sólo un vistazo nos dijo entretanto, con mirada
cortante, asombrosamente comercial, algunas cosas muy desagradables
acerca de nuestras propuestas, mientras que con la mano libre
hacía continuamente movimientos de arrojar algo y chasqueaba la lengua,
como significando la contrariedad que le provocaba nuestra conducta
comercial.
El agente no pudo dejar de hacer algunas observaciones inadecuadas,
en su tosquedad sentía probablemente que después de lo que había sucedido
debía producirse alguna compensación. Yo me despedí de prisa;
casi le estaba agradecido al agente; sin su presencia no hubiese tenido
el valor de retirarme tan pronto.
En la antesala me encontré todavía con la señora N. Al contemplar su
mísera figura le dije con sinceridad que me recordaba algo a mi madre.
Y como permaneciera callada, agregué:
–Dígase lo que se quiera; podía hacer milagros. Lo que nosotros ya
habíamos destruido, ella sabía componerlo. La perdí en la niñez.
Había hablado deliberadamente con exagerada lentitud y claridad, porque
sospechaba que la señora era un poco sorda. Y probablemente lo
era, porque preguntó sin transición:
–¿Qué le parece el aspecto de mi marido?
Por algunas palabras de despedida advertí que me confundía
con el agente; creo que de otra manera hubiera sido
más gentil.
Luego bajé la escalera. El descenso fue más difícil que el ascenso, y eso
que éste no había sido fácil. ¡Ah, qué desdichadas diligencias comerciales
hay, y uno tiene que seguir llevando la cruz!
EL VECINO
El negocio descansa por entero sobre mis hombros.
Dos señoritas con sus máquinas de escribir y sus libros comerciales en
la primera habitación, y una mesa de despacho, caja, butaca y teléfono
constituyen todo mi aparato de trabajo. Resulta facilísimo dominarlo todo
con un vistazo y dirigirlo. Soy muy joven y los negocios se acumulan
a mis pies. No me quejo, no me quejo.
Desde Año Nuevo un joven ha alquilado sin vacilar la habitación contigua,
pequeña y desocupada, que por tanto tiempo titubeé, con torpeza
en coger. Se trata de un cuarto con antecámara y cocina. Hubiese podido
utilizar el cuarto y la antecámara –mis dos empleadas se han sentido
más de una vez recargadas en sus tareas–, pero ¿para qué me habría
servido la cocina? Esta pequeña vacilación fue causa de que me dejara
quitar la habitación. En ella está instalado ese joven. Se llama Harras. A
ciencia cierta no sé lo que hace allí. Sobre la puerta dice: "Harras oficina".
He pedido informes, me han dicho que se trataría de un negocio
similar al mío. En realidad, no es el caso dificultarle la concesión de
créditos, pues se trata de un hombre joven con aspiraciones, cuyas actividades
tienen quizá porvenir, pero no se podría, sin embargo, aconsejar
que se le otorgue crédito, pues actualmente, según todos los informes,
carece de fondos. Es decir, el informe que se da por lo común
cuando no se sabe nada.
A veces encuentro a Harras en la escalera, debe de tener siempre una
prisa extraordinaria, pues se escabulle ante mí. Ni siquiera lo he visto
bien aún, y ya tiene pronta en la mano la llave del escritorio. Al momento
abre la puerta, y antes de que lo observe bien ya se ha deslizado
hacia adentro como la cola de una rata y heme aquí otra vez ante el
cartel "Marras, oficina", que he leído muchas más veces de lo merecido.
La miserable delgadez de las paredes, que denuncian al hombre eternamente
activo, ocultan sin embargo al poco honrado. El teléfono está
en la pared que me separa del cuarto de mi vecino.
No obstante, lo destaco tan sólo como algo particularmente irónico. Aun
cuando colgara de la pared opuesta, se oiría todo desde la habitación
vecina. Me he quitado la costumbre de pronunciar por teléfono el nombre
de los clientes. Pero no se necesita mucha astucia para adivinar los
nombres a través de característicos pero inevitables giros de la conversación.
A veces, aguijoneando por la inquietud, bailoteo en torno al
aparato, con el receptor en el oído, pero no puedo impedir que se filtren
secretos.
Por supuesto, las resoluciones de carácter comercial se vuelven así inseguras
y mi voz tiembla ¿Qué hace Harras mientras telefoneo? Si quisiera
exagerar –lo que es preciso hacer con frecuencia para ver claro–,
podría decir: Harras no necesita teléfono, utiliza el mío; ha arrimado el
sofá a la pared y escucha; yo, en cambio, cuando llama el teléfono debo
atender, tomar nota de los deseos de los clientes, adoptar resoluciones,
sostener conversaciones de grandes proyecciones, pero, ante todo,
proporcionar a Harras informes involuntarios a través de la pared.
A lo mejor ni siquiera aguarda que termine la conversación, sino que se
levanta cuando se informa suficientemente sobre el caso, y se lanza,
según su costumbre, a través de la ciudad. Antes de haber colgado yo
el receptor, él está trabajando ya en mi contra.
LA PRUEBA
No hay trabajo para un criado. Soy medroso y no me pongo en evidencia;
ni siquiera me coloco en fila con los demás, pero esto es sólo una
de las causas de mi falta de ocupación; también es posible que nada
tenga que ver con eso; lo
importante es, en todo caso, que no soy llamado a prestar servicio;
otros han sido llamados y no han hecho más gestiones que yo; y acaso
ni siquiera han tenido alguna vez el deseo de ser llamados, en tanto
que yo lo he sentido, a veces, con mucha intensidad.
Así yazgo, pues, en el catre del cuarto de los criados, la mirada fija en
las vigas del techo, me duermo, me despierto y, en seguida, vuelvo a
dormirme. A veces cruzo hasta la taberna, donde sirven cerveza agria;
algunas veces por fastidio, he volcado un vaso, pero luego vuelvo a beber.
Me gusta sentarme allí porque, detrás de la pequeña ventana cerrada
y sin que nadie me descubra puedo contemplar las ventanas de
casa. No se ve gran cosa; a la calle dan, según creo, sólo las ventanas
de los corredores, y además, no de aquellos que llevan a los cuartos de
los señores; es posible también que me equivoque; alguien lo sostuvo
una vez, sin que yo se lo preguntara, y la impresión general de la fachada
lo confirma. Sólo de vez en cuando se abren las ventanas, y
cuando esto ocurre, lo hace un criado, que se inclina también sobre el
antepecho para echar un vistazo hacia abajo. Son, pues, corredores
donde no puede ser sorprendido. Por lo demás no conozco a esos criados;
los que son ocupados permanentemente arriba, duermen en otro
lugar; no en mi cuarto.
Una vez, al llegar a la hostelería, un huésped ocupaba ya mi lugar de
observación; no me atreví a mirar en forma directa hacia donde estaba
y quise volverme en la puerta para irme en seguida. Pero el huésped
me llamó y, así, entonces, advertí que también era un criado al que yo
había visto una vez en alguna parte, aunque sin haber hablado nunca
hasta entonces.
–¿Por qué quieres escapar? Siéntate aquí y bebe. Te invito.
Me senté, entonces. Me preguntó algo, pero no pude responder; ni siquiera
comprendía las preguntas. Por eso le dije:
–Quizás ahora te arrepientas de haberme invitado. Me voy, pues.
Quise levantarme. Pero él extendió la mano por encima de la mesa y
me retuvo en el asiento.
–Quédate –dijo–. Era sólo una prueba. El que no responde a las preguntas
la ha aprobado.
ABOGADOS
Aún no había seguridad de que yo consiguiera un abogado; tampoco
había logrado averiguar nada concreto sobre el asunto. Todos aquellos
rostros eran repugnantes; la mayor parte de las personas con las que
me encontraba y con las que volvía a cruzarme en los pasillos una y
otra vez, parecían viejas gordas; vestían inmensos delantales rayados
en blanco y azul que les cubrían por entero el cuerpo; se frotaban el
vientre mientras se movían con pesadez de un lado a otro. Ni siquiera
podía saber si nos encontrábamos en un palacio de justicia. Habían cosas
que parecían indicarlo así; muchas otras lo negaban. Pero sobre todos
estos detalles, lo que más me recordaba a un tribunal era un estruendo
que se oía a lo lejos sin cesar; imposible decir de qué dirección
provenía; saturaba a tal punto todos los ambientes, que aparentemente
procedía de todos lados; o, para ser más exacto todavía, era como si el
lugar donde uno se encontrara, fuera el verdadero origen de aquel estruendo;
pero con certeza, aquello era una ilusión, pues el rumor nacía
a lo lejos. Esos pasillos estrechos, de sencillas bóvedas, cuyo recorrido
era ligeramente sinuoso, surcado por altas puertas apenas decoradas,
parecían creados para un profundo silencio; eran los pasillos de un museo
o de una biblioteca. Pero si esto no era un tribunal, ¿por qué buscaba
yo aquí a un abogado? Porque lo buscaba por todas partes; después
de todo, en todas partes es necesario ; se lo necesita más fuera
de un tribunal que dentro, de él, pues se supone que el tribunal dicta su
sentencia según la ley. La vida sería imposible si se admitiera que aquí
se procede con injusticia o basándose en datos superfluos; hay que
confiar en que el tribunal deje su acción a la majestad de la ley misma:
acusación, defensa y sentencia; la intervención aquí de una persona en
forma individual sería un sacrilegio. Otra cosa muy distinta es la que
respecta a la circunstancia de una sentencia; ésta se fundamenta en
testimonios de familiares y extraños, amigos, y enemigos, en privado y
en público, en la ciudad y en el campo; en síntesis en todas partes. Un
abogado es aquí imprescindible; no, muchos abogados, los mejores,
formando una hilera, una muralla viviente, pues los abogados son lentos
por naturaleza en
cambio los fiscales, esos zorros astutos, esas sagaces comadrejas, esos
ratoncitos invisibles, se cuelan por los recovecos, se escabullen entre
las piernas de los abogados. ¡Cuidado! Pues por eso estoy aquí; por
coleccionar abogados. Pero todavía no he encontrado ninguno; sólo estas
viejas gordas que van y vienen, siempre igual; de no haberme empeñado
en la búsqueda, ya me habría dormido. No me encuentro en el
lugar adecuado; por desgracia no puedo sustraerme a la impresión de
no estar en el lugar apropiado. Debería encontrarme en un lugar donde
se reuniera gente de toda clase, de distintas comarcas, estados y profesiones,
de diversas edades; debería poder escoger esmeradamente entre
la multitud, a los eficientes, a los amables, a aquellos que tienen
una mirada para mí. Para esto posiblemente sería lo mejor una gran feria
anual. En cambio, me arrastro por estos pasillos donde sólo puedo
ver a estas viejas, y sólo a algunas, siempre las mismas, y aun a estas
pocas, a pesar de su lentitud, no logro detenerlas, se me escabullen,
flotan como nubes cargadas de lluvia, totalmente empeñadas en ocupaciones
extrañas. ¿Por qué entro a ciegas en un edificio, sin leer la inscripción
sobre el pórtico, y me deslizo inmediatamente en los pasillos
tan obstinadamente, que el recordar que alguna vez estuve afuera, ante
el pórtico, se vuelve imposible? Ya ni siquiera recuerdo haber subido
las escaleras. Sin embargo no puedo volver atrás; esta pérdida de
tiempo, el darme cuenta del error que cometí me sería insoportable.
¿Cómo desandar las escaleras de esta vida breve, presurosa, acompañada
de un estruendo que no cesa? Imposible. El tiempo que se te ha
acordado es tan corto, que si pierdes un segundo pierdes tu vida entera;
porque sólo es tan larga como el tiempo que pierdes. Si has comenzado,
pues, un camino, sigue adelante en cualquier circunstancia:
sólo puedes ganar; no corres ningún peligro; quizás al fin caigas, pero
si al dar los primeros pasos te hubieras arrepentido y bajado la escalera,
te habrías despeñado desde el comienzo mismo; y esto no sólo es
probable sino seguro. Si no hallas nada detrás de las puertas, hay otros
pisos; si no encuentras nada arriba, no importa; continúa subiendo.
Mientras no dejes de subir no terminarán los escalones; bajo tus
pasos ascendentes, ellos crecen hacia lo alto.
REGRESO AL HOGAR
Al regresar, atravieso el zaguán y miro en derredor.
Es el viejo cortijo de mi padre. El charco en el medio. Entremezclados
objetos viejos e inservibles cierran el paso hacia la escalera del granero.
El gato acecha desde la baranda. Un trapo desgarrado, atado alguna
vez a una barra, mientras alguien jugaba, se agita al viento. He llegado.
¿Quién me recibirá? ¿Quién espera tras de la puerta de la cocina?
La chimenea humea, están preparando el café para la cena. ¿Sientes la
intimidad, te encuentras como en tu casa? No lo sé, no estoy seguro.
Es, la casa de mi padre pero todos están uno junto al otro, fríamente,
como si estuviesen ocupados en sus asuntos, que en parte he olvidado
y en parte no he conocido jamás. ¿De qué puedo servirles, qué soy para
ellos, aun siendo el hijo de mi padre, el hijo del viejo propietario rural?
Y no me atrevo a llamar a la puerta de la cocina, y sólo escucho
desde lejos, sólo desde lejos tenso sobre mis pies, pero de manera tal
que no me puedan sorprender escuchando. Y porque escucho desde lejos
no oigo nada, salvo una leve campanada de reloj, que quizá sólo
creo oír, llegándome desde los días de la infancia. Lo que además ocurre
en la cocina es un secreto que los que allí están sentados meocultan.
Cuanto más se titubea ante la puerta, más extraño se siente
uno. ¿Qué tal si ahora alguien la abriese y me hiciese una pregunta?
¿Acaso yo mismo no estaría entonces, como alguien que quiere ocultar
su secreto?
COMUNIDAD
Éramos cinco amigos; una vez salimos en fila de una casa; primero vino
uno y se puso junto a la entrada, luego vino, o mejor dicho, se deslizó
tan ligeramente como se desliza una bolita de mercurio, el segundo y
se puso no lejos del primero, luego el tercero, luego el cuarto, luego el
quinto. Finalmente estábamos todos de pie, en una línea. La gente se
fijó en nosotros y señalándonos, decía: todos acaban de salir de esa casa.
Desde entonces vivimos juntos, y tendríamos una vida pacífica si un
sexto no viniese siempre a entrometerse; No nos hace nada, pero nos
molesta, lo que ya es bastante; ¿por qué se introduce por fuerza allí
donde nadie lo quiere? No lo conocemos y no queremos aceptarlo nosotros.
Nosotros cinco tampoco nos conocíamos antes y, si se quiere,
tampoco nos conocemos ahora, pero aquello que entre nosotros cinco
es posible y tolerado, no es ni posible ni tolerado con respecto a aquel
sexto. Además, somos cinco y no queremos ser seis. Y qué sentido, sobre
todo, puede tener esta convivencia permanente, si estamos ya juntos
y seguimos estándolo, pero no queremos un nuevo nexo, precisamente
en razón de nuestras experiencias. Pero ¿cómo explicar esto a
un sexto, puesto que las largas explicaciones significarían ya una aceptación
a nuestro círculo? Es preferible no explicar nada y no aceptarlo.
Por mucho que frunza los labios lo alejamos con el codo, pero por más
que lo hagamos, vuelve otra vez.
EL BUITRE
Un buitre me picoteaba los pies. Ya me había desgarrado los zapatos y
las medias y ahora me picoteaba los pies. Siempre tiraba un picotazo,
volaba en círculos amenazadores alrededor y luego continuaba su obra.
Pasó un señor, nos miró un rato y me preguntó por qué toleraba al buitre.
–Estoy indefenso –le dije–, vino y empezó a picotearme; lo quise espantar
y hasta proyecté torcerle el pescuezo, pero estos animales son
muy fuertes y quería saltarme a la cara. Preferí sacrificar los pies; ahora
están casi hechos pedazos.
–No se debe atormentar –dijo el señor–, un tiro y el buitre se acabó.
–¿Le parece? –pregunté–, ¿quiere encargarse usted del asunto?
–Encantado –dijo el señor–, no tengo más que ir a casa a buscar mi
fusil, ¿puede aguantar media hora más?
–No sé –le respondí, y por un instante me quedé rígido de dolor; después
agregué–: por favor, pruebe de todos modos.
–Bueno –dijo el señor–, me apuraré.
El buitre había escuchado tranquilamente nuestro diálogo y había dejado
vagar la mirada entre el señor y yo. Ahora vi que había comprendido
todo: voló un poco más lejos, retrocedió para alcanzar el impulso óptimo,
y, como un atleta que arroja la jabalina, encajó su pico en mi boca,
profundamente. Al caer de espaldas sentí como una liberación; sentí
que en mi sangre, que colmaba todas las profundidades y que inundaba
todas las riberas, el buitre, irremediablemente, se ahogaba.
EL
En ninguna ocasión se está lo suficientemente preparado, ni siquiera
reprochablemente, porque ¿cómo se habría de tener tiempo para prepararse
anticipadamente en esta vida tan dolorosa que exige estar presto
a cada instante? Y aunque lo tuviera, ¿cómo estar preparado sin conocer
el problema que hay que resolver?; es decir: ¿es realmente posible
superar una prueba espontánea, imprevista, no dispuesta en forma
artificial? Por eso hace tiempo que fue destrozado por las ruedas; para
esta ocasión –es curioso pero confortador– estuvo menos preparado
que nunca.
Cuanto hace le parece extraordinariamente nuevo, pero también, por
su exagerada abundancia, improvisado, apenas soportable, incapaz de
perdurar, destructor de la cadena de las generaciones, y por primera
vez demoledor hasta sus últimas consecuencias de la música del mundo
que hasta ahora podía al menos barruntarse. A veces, en su soberbia,
teme más por el mundo que por sí mismo.
Se hubiera resignado a la prisión. Terminar preso podría constituir el
objetivo de una vida. Pero era una gran jaula de rejas. Como en sus lares,
el ruido del mundo, indiferente, imperioso, fluía a través de las rejas;
en cierto modo era libre, podía tomar parte en todo, nada de lo que
sucedía afuera se le escapaba, hasta hubiera podido abandonar la jaula,
ya que los barrotes se encontraban muy separados; ni siquiera se encontraba
preso. Tenía la sensación de que por el hecho de vivir se obstruía
los caminos. Y luego deducía que esa obstrucción era la prueba de
su existencia.
Su propia frente le obstruye el camino; contra ella se golpea la propia
frente hasta hacerla sangrar.
Se siente preso en este mundo, le falta espacio; lo acosan la pena, la
debilidad, las enfermedades, las alucinaciones de los presos; ningún
consuelo es bastante, precisamente por ser tan sólo consuelo, tierno y
doloroso consuelo frente al brutal hecho de estar preso. Pero si se le
pregunta qué es lo que desea en realidad, no sabe responder, porque
no sabe –y es uno de sus argumentos más fuertes– lo que es la libertad.
Hay quien niega la pena señalando el sol; él niega al sol señalando la
pena.
El movimiento ondulatorio de toda vida, de la propia y la ajena, lacerante,
lento, a veces mucho tiempo detenido, pero en el fondo interminable,
lo tortura porque lleva consigo la también interminable exigencia
de pensar. A veces le parece que esta tortura precede a los acontecimientos.
Cuando se entera de que nacerá el hijo de un amigo, reconoce
que ya ha sufrido antes por ello como pensador.
Por una parte ve algo inimaginable sin cierto bienestar, algo sereno y
henchido de vida: la meditación, valoración, el análisis, la extraversión.
Las posibilidades son infinitas. Hasta un ciempiés necesita una grieta
suficientemente amplia para instalarse; aquellos actos, en cambio, no
requieren espacio, pueden coexistir por millares, compenetrándose, sin
necesidad de la menor grieta. Pero por otra, ve también el instante en
que, llamado a rendir cuentas y sin conseguir articular palabra, es rechazado
de nuevo hacia la contemplación... y ya sin la posibilidad de
chapotear en ellos, se hunde con una maldición.
Se trata de lo siguiente: hace muchos años me senté en la ladera del
monte Laurenzi. Bastante triste, analizaba mis
deseos. Me pareció más importante o' atrayente el de lograr una concepción
de la vida (y, ambas cosas estaban necesariamente ligadas,
convencer a los demás de ella), una concepción en que la vida conservara
todo su peso, sus altibajos naturales, pero en que fuera también
reconocida, con no menor precisión, como nada, como un sueño, como
un algo leve y fluctuante. Acaso-un hermoso deseo si lo hubiese deseado
completamente. Algo como el goce de ensamblar una mesa a la perfección,
de acuerdo con las reglas del arte; y al mismo tiempo no hacer
nada, pero en tal forma que no se pudiese decir: "el martillar no es nada
para él", sino que hubiera que decir: "el martillar es para él un verdadero
martillar y al propio tiempo nada", con lo cual el martillar se
tornaría aún más audaz, más decidido, más real y, si lo deseas, más
delirante.
Pero no podía desear en esa forma, ya que ese deseo no era un deseo,
era tan sólo una defensa, una certeza de la nada, un soplo de vitalidad
conferido a la nada, en la que entonces apenas si aventuraba los primeros
pasos concientes, pero sintiéndola ya como su elemento. Era como
una despedida del humo de apariencias de la juventud, aunque ésta
nunca le había engañado directamente, sino tan sólo a través de la palabra
de las eminencias. El "deseo" se hizo pues necesario.
Sólo se prueba a sí mismo, es su única demostración; todos los adversarios
lo derrotan en seguida, pero no por/que lo refuten (él es irrefutable),
sino porque se prueban a sí mismos.
Las asociaciones humanas se basan en que alguien, por su poderosa
esencia, parezca haber refutado a otros, en sí irrefutables. Esto es dulce
y consolador para aquellos; pero como falta la verdad no puede ser
duradero.
Antes formó parte de un grupo monumental. En torno a un pináculo se
agrupaban en orden estudiado las figuras del guerrero, de las artes,
ciencias y oficios. Uno de ellos era él. Hace tiempo que el grupo se ha
disuelto; al menos él ya no lo integra. No conserva ya su antiguo oficio,
ha olvidado cuál era su papel. Precisamente por este olvido le sobreviene
una cierta tristeza, inseguridad, inquietud, una cierta nostalgia de
los tiempos pasados que oscurecen el presente. Y sin embargo esta
nostalgia es un importante elemento de la fuerza vítalo acaso ella misma.
No vive por su existencia personal, no piensa en razón de su propio
pensamiento. Es como si viviera y pensara bajo la presión de una familia
para la cual, a pesar de ser enormemente rica en energías vitales y
de pensamiento, él constituye una necesidad, en virtud de una ley desconocida.
Por esta familia y por estas leyes desconocidas es imposible
despedirlo.
El pecado original, la vieja culpa del hombre, consiste en el reproche
que formula y en que reincide, de haber sido él la víctima de la culpa y
del pecado original.
Frente a las vitrinas de Cassinelli dos niños bien vestidos (un niño de
unos seis años y una niña de siete), hablaban de Dios y del pecado. Me
detuve tras ellos. La niña, tal vez católica, sólo consideraba pecado
mentir a Dios. El niño, quizá protestante, preguntaba empecinado qué
era entonces mentir a los hombres o robar.
–También un enorme pecado –dijo la niña–, pero no el más grande.
Sólo los pecados contra Dios son los verdaderamente grandes; para los
pecados contra los hombres tenemos la confesión. Si me confieso, aparece
el ángel a mis espaldas; pero si peco aparece el diablo, aunque no
se lo vea.–Entonces la niña, como cansada de tanta seriedad, se volvió
y dijo en broma: –¿Ves? No hay nadie detrás de mí.
El niño, a su vez, se volvió y me vio.
–¿Ves? –dijo sin tener en cuenta que yo lo oía–, detrás de mí está el
diablo.
–Ya lo veo –le respondió la niña–, pero no me refiero a ése.
No busca consuelo, no porque no lo quiera –¿quién no lo quiere?–, sino
porque buscar consuelo significa dedicarla vida a ello; vivir al borde de
la existencia, fuera de ella, ya sin saber casi para quién se busca consuelo
y sin estar ya en condiciones de buscar consuelo eficaz, no digo
verdadero, que no lo hay.
Se resiste a dejarse medir por los demás. El hombre, por infalible que
sea, ve en los otros sólo la parte que le muestra su propia mirada y su
manera de pensar. Padece como todo el mundo, aunque en forma exagerada,
la manía de reducirse hasta amoldarse a la mirada de los demás.
Si Robinsón, por consolarse o por tristeza, temor, ignorancia o
nostalgia no hubiera abandonado nunca el punto más alto o mejor, más
visible de la isla, pronto habría muerto; pero como, sin preocuparse de
los barcos y de sus débiles catalejos, comenzó a explorar su isla y a encontrar
alegría en ella, sobrevivió y fue finalmente encontrado, como
consecuencia al menos intelectualmente, necesaria. De tu debilidad
haces una virtud.
En primer lugar, todos lo hacen; y en segundo, precisamente yo no lo
hago. Dejo que mi debilidad lo siga siendo; no seco los pantanos, sigo
viviendo en su vaho febril.
De ello haces precisamente tu virtud.
Como todos, ya lo dije. Por lo demás, lo hago por ti. Para que continúes
siendo amable conmigo, perjudico a mi alma.
Todo le está permitido menos olvidarse de sí mismo; así todo le está
vedado, menos lo que momentáneamente es necesario al todo.
La cuestión de la conciencia es una exigencia social.
Todas las virtudes son individuales, todos los vicios sociales. Lo que se
hace valer como virtud social, como el amor, el desinterés, la justicia, el
espíritu de sacrificio son tan sólo vicios sociales "asombrosamente" rebajados.
Entre el sí y el no que dice a sus contemporáneos y los que debiera decirles,
hay más o menos la misma diferencia que entre la vida y la
muerte, e igualmente inasible.
La causa de que la posteridad juzgue más acertadamente al muerto,
radica en éste. La verdadera índole se desarrolla
tan sólo después de la muerte. Estar muerto es para cada uno como la
noche del sábado para el deshollinador. Le quita el hollín al cuerpo. Y
queda aclarado si los contemporáneos le han hecho más daño a él o él
a ellos. En el último caso fue un gran hombre.
Siempre tenemos fuerzas para negar, la más natural manifestación del
espíritu de lucha, siempre cambiante, renovado, que nace y que muere;
pero nos falta valor para ello, cuando en realidad la vida es negación,
es decir negación afirmativa.
No muere con la atrofia de sus pensamientos. Atrofiarse es sólo una
manifestación del mundo interior (que permanece aunque sólo sea pensamiento),
una manifestación natural como cualquier otra, ni alegre ni
triste.
La corriente contra la cual se afana es tan veloz que en algún momento
de distracción puede- desesperarse por la estéril quietud en que flota;
tan atrás ha sido arrastrado en un instante de postración.
Tiene sed y un simple arbusto lo separa del manantial. Pero está formado
por dos pactes. Una vigila el conjunto, ve que está aquí y la fuente
al lado; la otra a lo sumo sospecha que la primera lo ve todo. Pero
como no advierte nada, no puede beber.
Ni audaz ni temerario, tampoco cobarde. La vida libre no le acobardaría.
Claro que tal género de vida no se le ha presentado, pero tampoco
esto le preocupa, como en general no se preocupa de sí en absoluto,
pero hay alguien desconocido que se preocupa por él, tan sólo por él. Y
esas preocupaciones de ese alguien desconocido, y en especial su constancia,
son las que en horas silenciosas le causan una terrible jaqueca.
Cierta pesadez le impide erguirse, la sensación de estar protegido, de
yacer en un lecho preparado para él y que le pertenece exclusivamente;
pero no puede descansar, la intranquilidad le expulsa del lecho, se
lo impide la conciencia, el corazón que late sin cesar, el temor a la
muerte y el deseo de
refutarlo. Torna a levantarse. Esta agitación y algunas observaciones al
sesgo, casuales, fugitivas, constituyen su vida.
Tiene dos enemigos: el primero lo amenaza por detrás, desde las fuentes;
el segundo le cierra el camino hacia adelante. Lucha con ambos. En
realidad, el primero lo apoya en su lucha contra el segundo, quiere impulsarlo
hacia adelante y de la misma manera el segundo lo apoya en
su lucha contra el primero, lo empuja hacia atrás. Pero esto es solamente
teórico. Porque aparte de los adversarios también existe él, ¿y
quién no conoce sus intenciones? Siempre sueña que en un momento
de descuido –para ello hace falta una noche impensablemente oscura–
puede escabullirse del frente de batalla y ser elevado, por su experiencia
de lucha, por encima de los combatientes, como arbitro.
PROMETEO
Hay cuatro leyendas referidas a Prometeo. Según la primera, fue encadenado
al Cáucaso por haber revelado a los hombres los secretos divinos,
y los dioses mandaron águilas a devorar su hígado, que se renovaba
perpetuamente.
Según la segunda, Prometeo, aguijoneado por el dolor de los picos desgarradores,
se fue hundiendo en la roca hasta hacerse uno con ella.
Según la tercera, la traición fue olvidada en el curso de los siglos. Los
dioses la olvidaron, las águilas la olvidaron, él mismo la olvidó.
Según la cuarta, se cansaron de esa historia insensata. Se cansaron los
dioses, se cansaron las águilas, la herida se cerró de cansancio.
Quedó el inexplicable peñasco.
La leyenda quiere explicar lo que no tiene explicación.
Como nacida de una verdad, tiene que volver a lo inexplicable.
EL SILENCIO DE LA SIRENAS
Existen métodos insuficientes, casi pueriles, que también pueden servir
para la salvación. He aquí la prueba:
Para guardarse del canto de las sirenas, Ulises tapó sus oídos con cera
y se hizo encadenar al mástil de la nave. Aunque todo el mundo sabía
que este recurso era ineficaz, muchos navegantes podían haber hecho
lo mismo, excepto aquellos que eran atraídos por las sirenas ya desde
lejos. El canto de las sirenas lo traspasaba todo, la pasión de los seducidos
habría hecho saltar prisiones más fuertes que mástiles y cadenas.
Ulises no pensó en eso, si bien quizás alguna vez, algo había llegado a
sus oídos. Se confió por completo en aquel puñado de cera y en el manojo
de cadenas. Contento con sus pequeñas estratagemas, navegó en
pos de las sirenas con inocente alegría.
Sin embargo, las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el
canto: su silencio. No sucedió en realidad, pero es probable que alguien
se hubiera salvado alguna vez de sus cantos, aunque nunca de su silencio.
Ningún sentimiento terreno puede equiparse a la vanidad de haberlas
vencido mediante las propias fuerzas.
En efecto, las terribles seductoras no cantaron cuando pasó Ulises; tal
vez porque creyeron que a aquel enemigo sólo podía herirlo el silencio,
tal vez porque el espectáculo de felicidad en el rostro de Ulises, quien
sólo pensaba en ceras y cadenas, les hizo olvidar toda canción.
Ulises, (para expresarlo de alguna manera), no oyó el silencio. Estaba
convencido de que ellas cantaban y que sólo él se hallaba a salvo. Fugazmente,
vio primero las curvas de sus cuellos, la respiración profunda,
los ojos llenos de lágrimas, los labios entreabiertos. Creía que todo
era parte de la melodía que fluía sorda en torno de él. El espectáculo
comenzó a desvanecerse pronto; las sirenas se esfumaron de su horizonte
personal, y precisamente cuando se hallaba más próximo, ya no
supo mas acerca de ellas.
Y ellas, más hermosas que nunca, se estiraban, se contoneaban. Desplegaban
sus húmedas cabelleras al viento, abrían sus garras acariciando
la roca. Ya no pretendían seducir, tan sólo querían atrapar por un
momento más el fulgor de los grandes ojos de Ulises.
Si las sirenas hubieran tenido conciencia, habrían parecido aquel día.
Pero ellas permanecieron y Ulises escapó.
La tradición añade un comentario a la historia. Se dice que Ulises era
tan astuto, tan ladino, que incluso los dioses del destino eran incapaces
de penetrar en su fuero interno. Por más que esto sea inconcebible para
la mente humana, tal vez Ulises supo del silencio de las sirenas y tan
sólo representó tamaña farsa para ellas y para los dioses, en cierta manera
a modo de escudo.
LA FATIGA
Me dijeron que instruyera a los niños. La salita estaba colmada. Muchos
se apretaban de tal manera contra las paredes que el espectáculo infundía
temor; sin duda se defendían de los otros y los repelían, por ese
motivo la masa estaba en continuo movimiento. Sólo unos pocos niños
mayores que sobresalían de los demás y no tenían nada que temer del
resto, estaban tranquilamente sentados al final de la salita y miraban
hacia mí.
Los azotadores estaban reunidos. Eran hombres fuertes pero delgados;
estaban siempre listos, se llamaban azotadores, pero no tenían látigos
sino varas en las manos; formaban una especie de saliente en la pared
del fondo del lujoso salón, entre los espejos. Entré con mi novia, era
una boda. Los parientes aparecieron a través de una puerta angosta
que estaba frente a nosotros. Giraban hacia adelante con pasos cortos,
mujeres corpulentas, a la izquierda de ellas hombrecillos enfundados en
trajes de gala abotonados hasta el cuello. Algunos de mis parientes levantaron
los brazos, azorados ante la novia; sin embargo, aún no se
había roto el silencio.
Durante un paseó de domingo, me había alejado de la ciudad más de lo
que pensaba. El hecho de estar tan lejos me impulsaba todavía más
allá. Sobre un montículo había un roble viejo y retorcido, pero no muy
grande. En cierta forma me recordó que ya era tiempo de regresar. Era
casi noche cerrada. De pie frente al árbol, pasaba mi mano por su dura
corteza y leía dos nombres grabados en ella. Los leía pero no los retenía;
una terquedad pueril me mantenía allí y no me dejaba regresar, ya
que no debía seguir adelante. A veces uno se encuentra prisionero de
tales fuerzas; no es difícil liberarse, pues es casi como una broma que
se le hace a un amigo; pero era domingo, no había nada que perder, ya
estaba cansado y, por lo tanto, me rendía a todo. Luego descubrí que
uno de los nombres era Joseph y recordé a un amigo del colegio que se
llamaba así. En mis evocaciones era un muchachito, tal vez el más pequeño
de la clase; durante varios años se había sentado en mi mismo
banco. Era feo; aun a nosotros que en aquel entonces apreciábamos
más la fuerza y la habilidad (y tenía ambas) nos parecía feo.
Corrimos hacia el frente de la casa. Allí estaba un mendigo, de pie, con
una armónica. Su traje estaba hecho jirones como si el género para
confeccionarlo, en lugar de haber sido cortado, hubiera sido arrancado
de la pieza de tela. Y esto coincidía, de alguna manera, con el aspecto
desmelenado del mendigo, que parecía despertar de un sueño profundo
sin poder, a pesar de todos sus esfuerzos, reencontrarse consigo mismo.
Era como si continuamente se durmiera y volvieran a despertarle.
Los niños no nos atrevíamos a pedirle que tocara una canción, tal como
lo hacíamos con otros músicos ambulantes. Además, nos observaba todo
el tiempo, como si advirtiese nuestra presencia, pero no pudiese
percibirla de la manera que hubiese deseado.
Entonces esperamos que llegara nuestro padre; éste estaba en el fondo,
en el taller. Transcurrió un buen rato antes de que atravesara el
largo pasillo.
–¿Quién eres?– preguntó con severidad y en voz alta en la habitación
de al lado; fruncía el entrecejo, tal vez estaba molesto por nuestro
comportamiento hacia el mendigo, pero no habíamos hecho nada malo
ni habíamos malogrado nada. Nos quedamos callados más allá de lo
concebible. De todos modos todo estaba en silencio, sólo
se oía el rumor del viento en las ramas del tilo que estaba frente a
nuestra casa.
–Vine de Italia– dijo el mendigo, pero no a modo de respuesta, sino
como confesión de una culpa. Era como si nuestro padre se hubiese
convertido en su amo. Aferraba su armónica contra el pecho, como si
fuera una protección...
Estaba inmóvil, miraba delante de sí mientras se mordía el labio inferior.
–Tu comportamiento es ridículo. ¿Qué te ha ocurrido? Tu negocio no es
excelente, pero tampoco marcha mal; aun si fueras a la quiebra (v esto
es imposible) te será fácil salir adelante de otra manera; eres joven,
sano, fuerte, tienes instrucción y aptitudes comerciales, sólo debes preocuparte
por ti y por tu madre. Por lo tanto, hombre, te ruego que te
controles y me expliques por qué me has llamado en pleno día y por
qué estás sentado así.
Hubo una breve pausa, yo estaba sentado sobre el marco de la ventana,
él en un sillón, en el centro del cuarto. Finalmente continuó:
-Bien, te lo explicaré todo. Lo que has dicho era correcto, pero reflexiona:
desde ayer llueve sin parar; alrededor de las cinco de la tarde –
echó una mirada a su reloj– comenzó a llover y hoy a las cuatro aún
llueve. Esto bien puede hacerle reflexionar a uno. En general sólo llueve
en las calles, no en las habitaciones; sin embargo, esta vez parece ser
al revés. Por favor, mira por la ventana; afuera todo está seco, ¿verdad?
Bien. Pero aquí el agua sube sin cesar. Que suba, que suba. Es terrible,
pero lo aguanto. Con un poco de buena voluntad puede tolerarse;
el sillón flota un poco más alto, las circunstancias no se alteran mayormente,
todo nada, y uno flota cada vez más arriba. Pero lo que no
aguanto es el repiqueteo de las gotas de lluvia sobre mi cabeza. Parece
una tontería, pero justamente no aguanto esa tontería, o tal vez sí, sólo
que no soporto estar indefenso frente a ella. Y estoy indefenso; me
pongo un sombrero, abro el paraguas, sostengo una tabla sobre mi cabeza;
nada me ayuda, quizá la lluvia penetra a través de todo eso, o
quizás una nueva lluvia comienza debajo del sombrero, paraguas o tabla,
golpeando con la misma fuerza.
Estaba de pie frente al ingeniero de minas, en su oficina. Era una cabina
de tablas, sobre un suelo yermo, barroso y toscamente nivelado.
Una bombilla desnuda brillaba sobre el centro del escritorio.
–¿Quiere usted que le acepten? –preguntó el ingeniero, apoyando la
frente sobre la mano izquierda y sosteniendo con la derecha la pluma
sobre el papel. No era una pregunta, lo decía como para sí mismo, era
un hombre joven, débil, de estatura menor que mediana; debía estar
muy cansado; los ojos, que por naturaleza serían pequeños y estrechos,
tenían la apariencia de carecer de la fuerza suficiente como para
abrirse totalmente–. Tome asiento –dijo entonces. Pero sólo había un
cajón, que tenía una parte arrancada, del cual se habían sacado rodando
pequeñas piezas de máquinas. Me senté sobre el cajón. El se había
separado casi por completo del escritorio, sólo la mano derecha permanecía
inmóvil allí; por otra parte, se había reclinado en el sillón, y tenía
la mano izquierda en el bolsillo del pantalón, y me observaba–. ¿Quién
lo envía? –preguntó.
–He leído en un periódico del ramo que aquí emplean gente –dije.
–Aja –dijo, y sonrió–, así que es eso lo que ha leído. Pero usted lo presenta
de una manera muy tosca.
–¿Que quiere decir? –pregunté–. No le entiendo. –Lamento decirle que
aquí no se emplea a nadie. Y si no
se emplea a nadie, tampoco puede aceptárselo a usted.
–Naturalmente, naturalmente –dije y me puse de pie irritado–; para
saber eso no me hubiera hecho falta sentarme. -Pero luego medité y
pregunté:– ¿No podría pasar la noche aquí? Está lloviendo, y el pueblo
queda a una hora de camino.
–No tengo cuarto de huéspedes –dijo el ingeniero.
–¿No podría quedarme en el despacho? –Aquí trabajo y allí –señaló un
rincón– duermo. Evidentemente, se veían algunas mantas, y también
se había amontonado un poco de paja, pero estaban colocadas, además,
tantas otras cosas apenas identificables, en especial herramientas,
que hasta ese momento no había advertido que era una cama.
... guardármelo. Lo hice y dijo:
–Estoy de viaje, no me moleste, abra su camisa y acérquese con el
cuerpo.
Lo hice, dio un paso grande y desapareció dentro de mí, como en una
casa. Me estiré como si me sintiese más estrecho, casi sufrí un vahído,
dejé caer la pala y regresé a casa. Allí los hombres estaban sentados
ante la mesa y comían de la fuente común, las dos mujeres se encontraban
al lado del fogón y pileta de lavar. En seguida relaté todo lo que
me había ocurrido, y al hacerlo caí sobre el banco más cercano a la
puerta, todos estaban alrededor de mí. Se mandó llamar a un anciano
muy famoso, de una granja cercana. Mientras se le esperaba, los niños
se aproximaban, nos tendíamos las manos, entrelazábamos los dedos...
Era una corriente de aguas turbias, muy rápidas, y sin embargo algo
adormecida, demasiado regular, con olas bajas y mudas. Quizá no era
posible de otra forma, porque estaba tan colmado...
Un jinete cabalgaba por el sendero de un bosque; delante de él corría
un perro. Detrás de él venían unos gansos; una niña con una vara los
arreaba delante de sí. A pesar de que todos, desde el perro hasta la niñita
avanzaban tan velozmente como podían, no era muy rápido, cada
uno mantenía con relativa facilidad el paso del otro. Además, los árboles,
a ambos lados del sendero, también corrían con ellos, en cierto
modo a disgusto, cansados, esos árboles viejos. A la niña se unió un
atleta joven, un nadador; nadaba con braceo vigoroso, la cabeza hundida
bien en el agua, pues se levantaban olas alrededor de él, y así como
nadaba se deslizaba la corriente; después vino un carpintero que
debía entregar una mesa, la llevaba sobre la espalda, sujetando las dos
patas delanteras con las manos; le seguía el correo del zar, se sentía
desdichado por la mucha gente que había encontrado aquí en el bosque,
estiraba el cuello sin cesar y averiguaba la situación de la vanguardia
y por qué todo iba tan desagradablemente despacio, pero debía
resignarse, al carpintero podría haberle adelantado, pero cómo iba a
poder pasar a través del agua que rodeaba al nadador. Por casualidad,
detrás del correo venía el propio zar, un hombre joven todavía, de barba
puntiaguda rubia y rostro delicado, pero mas bien redondo, que reflejaba
el goce de la vida. Aquí se demostraban las desventajas de imperios
tan enormes, el zar conocía a su correo, pero el correo no le conocía
a él, el zar estaba dando un paseo para distraerse y no avanzaba
más rápidamente que el correo, por lo que también podría haberse
ocupado él mismo de la correspondencia.
Había burlado al primer guardia. Posteriormente me asusté, corrí de regreso
y le dije:
–Me he evadido de aquí, en un descuido suyo.
El guardián miró delante de sí y permaneció en silencio.
–No debía haberlo hecho –dije.
El guardián seguía callado.
–¿Tu silencio significa el permiso para pasar?...
Habían pedido tres trilladores, estaban pasados en el granero oscuro,
llevaban sus mayales.
–Ven –dijeron, y me acostaron sobre la era. El aldeano estaba apoyado
contra la puerta, medio afuera medio adentro.
El animal arranca el látigo del amo y se castiga a sí mismo para convertirse
en amo, y no comprende que no es más que una ilusión producida
por un nuevo nudo del látigo del amo.*
El hombre es una enorme superficie pantanosa. Cuando le arrebata la
exaltación, en la vista de conjunto es como si, en algún rincón de ese
pantano, cayera un pequeño sapo en el agua verde.
Si hubiese uno solo capaz de quedarse atrás una palabra antes de la
verdad; todos (también yo, en este aforismo) la atropellamos con centenares.
En realidad, no me preocupa mucho el asunto. Estoy echado en un rincón,
observo todo lo que en esa forma puede verse, escucho tanto como
puedo; por otra parte, vivo ya desde hace meses en un crepúsculo
y espero la noche. Distinto es mi compañero de celda, un hombre irreductible,
un ex capitán. Puedo imaginarme su composición de lugar.
Opina que su situación se asemeja quizás a la de un expedicionario polar
que se ha helado sin consuelo en parte alguna, pero a quien con toda
seguridad se salvará, o más bien que ya se ha salvado, como puede
leerse en las historias de las expediciones polares. Y ahora se produce
el siguiente desacuerdo: para él es indudable que se le salvará, sin que
eso dependa de su voluntad, simplemente por el peso victorioso de su
personalidad, pero, ¿debe desearlo? Su deseo o no deseo no modificará
nada, habrán de rescatarlo, pero queda el interrogante de si, además,
debe desearlo. Está preocupado con esta pregunta, en apariencia tan
lejana; la medita, me la expone, la discutimos. No comprende que la
formulación de esa pregunta convierte su destino en definitivo. No
hablamos de la salvación en sí. Para ella le basta al parecer el martillito
que ha conseguido de alguna manera, un pequeño martillo para clavar
chinches en un tablero de dibujo; más no podría realizar, pero tampoco
le pide más, la sola posesión le hace feliz. A veces se hinca de rodillas a
mi lado y me pone ese martillo, ya mil veces visto, ante la nariz; o toma
mi mano, la extiende sobre el suelo y martilla sucesivamente todos
los dedos. Sabe que con ese martillo no sacará ni una astilla de la pared,
tampoco quiere hacerlo, sólo lo desliza a veces por las paredes,
como si pudiera con ello dar la señal que pondría en movimiento la gran
maquinaria de salvación. No será así, el rescate se producirá a su debido
tiempo, sin depender del martillo, pero siempre es algo, algo concreto,
una garantía, algo que puede besarse, como no podrá besarse jamás
ni a la salvación misma.
Ahora bien, mi respuesta a su pregunta es sencilla:
–No, la salvación no es deseable.
No quiero establecer leyes generales, ese es problema del alcalde. Sólo
hablo de mí. Y en lo que a mí concierne, la libertad, esa misma libertad
que debiera ser ahora nuestra salvación, apenas he podido soportarla,
pues ahora estoy en la celda. Sin duda no he aspirado a una celda, sino
a un alejamiento en general, quizás hacia otra estrella, en principio
hacia otra estrella. Pero, ¿el aire sería respirable allí ? ¿y no me asfixiaría
como aquí en la celda? Por lo tanto, de la misma manera podría
haber aspirado a la celda.
A veces vienen dos carceleros a nuestra celda para jugar a los naipes.
No sé por qué lo hacen; en realidad es una especie de atenuación del
castigo. La mayoría de las veces al anochecer, entonces yo tengo siempre
un poco de fiebre, no puedo mantener los ojos bien abiertos y los
veo sólo en forma imprevista a la luz del farol grande que han traído.
Pero ¿será realmente todavía la celda, si les basta incluso a los carceleros?
No siempre me alegra esta reflexión, a veces despierta en mí un
sentimiento de clase de los penados, ¿qué buscan aquí, entre los presos?
Desde luego que me alegra que estén, me siento seguro por la
presencia de estos hombres poderosos, también me siento elevado por
ellos sobre mí mismo, pero nuevamente no lo deseo, quiero abrir la boca
y arrojarlos con la sola fuerza de mi aliento.
Con seguridad puede decirse que el capitán ha enloquecido por el cautiverio.
Su capacidad de raciocinio está tan limitada que apenas tendría
espacio para un pensamiento más. También ha terminado de elucubrar
la idea de la salvación, no ha quedado más que un resto, tanto como
era imprescindible para mantenerlo en forma convulsa de pie; pero
también a veces abandona este recurso para atraparlo luego de nuevo
y entonces jadear de alegría y orgullo. Pero no lo aventajo por ello, sino
quizás en el método, quizás en algo insustancial, pero en nada más.
Un día de lluvia. Estás parado frente al brillo de un charco. No estás
cansado, ni triste, ni pensativo; sólo estás de pie allí, con todo el peso
del mundo, y esperas a alguien. Entonces oyes una voz, cuyo sonido,
aun sin palabras, te hace sonreír.
–Ven conmigo– dice la voz. Pero alrededor de ti no hay nadie con quien
podrías ir.
–Yo iría –contestas–, pero no te veo.
Después, ya no oyes más nada. Pero viene el hombre a quien esperabas,
un hombrón vigoroso, con ojos pequeños, cejas tupidas, mejillas
gruesas y algo fláccidas y una barbita. Te parece que ya lo has visto en
otra ocasión. Y es natural, porque es viejo compañero de oficina, con
quien habías convenido reunirte aquí para discutir a fondo una cuestión
de negocios, pendiente desde hacía mucho tiempo. A pesar de que está
parado frente a ti, y del ala de su bien conocido sombrero gotea lentamente
la lluvia, sólo le reconoces con dificultad. Hay algo que te lo impide,
deseas apartarle, ponerte en relación directa con el hombre, y por
ello le tomas del brazo. Pero en seguida sientes tanta náusea que te
produce arcadas. Inventas una disculpa que quizá no es tal, pues mientras
la dices la has olvidado, y te alejas, entrando directamente en una
pared de casa (el hombre te grita, quizás una advertencia, pero le despides
agitando la mano), la pared se abre ante ti, un criado lleva un
candelabro muy alto, le sigues. Pero no te guía a una habitación sino a
una farmacia. Es una farmacia grande, de paredes altas y forma semicircular,
que tiene centenares de cajones idénticos. También hay muchos
compradores, la mayoría llevan bastones largos y delgados, con
los cuales golpean sobre el cajón del que desean algo. En seguida, los
dependientes trepan, con movimientos cortos y muy rápidos (uno no ve
sobre qué se apoyan, uno se pasa la mano por los ojos y, sin embargo,
tampoco lo ve), y buscan lo pedido. Sea hecho con fines de entretenimiento
o congénito de los vendedores, de todos modos tienen atrás,
sobresaliendo del pantalón, colas empenachadas, como si fueran de ardillas,
pero mucho más largas, que al trepar acompañan las sacudidas
de todos estos movimientos cortos. El ir y venir de la corriente de compradores
por la farmacia impide ver la conexión de la misma con la calle;
en cambio se divisa una ventanita cerrada, a la derecha de la que
posiblemente es la salida principal. A través de esta ventana se ven
afuera tres personas; tapan la visual en forma tan completa que no podría
decirse si detrás de ellos la calle está llena de gente o quizá desierta.
Un hombre, en especial, atrae la mirada, a cada uno de sus lados
hay una mujer, pero apenas se las distingue, están agachadas o hundidas,
o están hundiéndose oblicuamente contra el hombre, hacia abajo;
son del todo secundarias, mientras que el hombre también tiene algo
de femenino. Es vigoroso, viste una blusa azul de obrero, su cara es
ancha y franca; la nariz achatada, es como si sé la hubiera apretado recientemente,
y las fosas nasales lucharan, retorciéndose, para subsistir;
las mejillas tienen mucho color vital. Todo el tiempo mira hacia el interior
de la farmacia, mueve los labios, se inclina de derecha a izquierda,
como si buscara algo adentro. En la tienda llama la atención un hombre
que no pide nada, ni a quien se atiende; yendo erguido de uno a otro
lado trata de observarlo todo, apretando el labio inferior inquieto con
los dos dedos, y a veces mira el reloj de bolsillo. Evidentemente es el
propietario, los compradores le señalan entre sí, es fácil reconocerle por
las numerosas correas delgadas, redondeadas y alargadas que cuelgan
sobre su busto, ni muy tensas ni muy flojas. Un muchacho rubio, de
más o menos diez años de edad, está cogido a su chaqueta, de vez en
cuando también quiere tomarse de las correas, pide algo que el dueño
no quiere concederle. En ese momento suena la campanilla de la puerta.
¿Por qué suena? Tantos compradores vinieron y se fueron sin que
sonara, pero ahora suena. La muchedumbre se aparta de la puerta, es
como si se hubiera esperado el campanilleo, hasta parecería que la
multitud supiese más de lo que confiesa. Ahora se ve también la puerta
de vidrio grande, de dos hojas. Afuera está la estrecha calle vacía, empedrada
pulcramente con ladrillos, es un día nublado que presagia lluvia,
pero aún no llueve. Un hombre ha abierto la puerta desde la calle y
puesto la campanilla en movimiento, pero ahora duda, retrocede de
nuevo, relee el nombre en el cartel, sí, está bien, y entonces entra. Es
el médico Herodias, todos lo conocen. Con la mano izquierda en el bolsillo
avanza hacia el farmacéutico, que ahora está solo, de pie en el espacio
libre; hasta el niño, si bien en primera fila, se ha quedado atrás
y observa con los grandes ojos azules abiertos. Herodias tiene una manera
de hablar sonriente, y con aire de superioridad, la cabeza echada
para atrás, y aun cuando sea él mismo quien habla produce la impresión
de estar escuchando. Con todo, es muy distraído, a veces hay que
repetirle las cosas, es trabajoso penetrar hasta él, y también por eso
parece sonreír. Cómo no iba un médico a conocer la farmacia, y sin
embargo mira a su alrededor, como si estuviera allí por primera vez y
sacude la cabeza ante las colas de gente y los vendedores. Luego se dirige
hacia el dueño, lo rodea con el brazo derecho a la altura de los
hombros, lo hace girar, y entonces ambos siguen
caminando, muy juntos, por entre la multitud que retrocede a un lado,
hacia el interior del negocio, el niño delante de ellos, mirando otra vez
tímidamente hacia atrás. Llegan tras los mostradores hasta una cortina,
que el niño levanta, luego continúan a través de las salas del laboratorio
y por último a una puertita que, como el muchacho no se atreve a
abrir, debe franquear el médico. Existe el riesgo de que la multitud que
ha llegado hasta allí, también quiera seguirles a esa habitación. Pero los
vendedores, que entre tanto se han abierto paso hasta la primera línea,
se vuelven contra la multitud sin esperar hacia atrás a la muchedumbre
que, por otra parte, sólo se ha desplazado hasta allí por su peso y no
con intención de molestar. De todos modos se hace sentir un
movimiento contrario: lo origina el hombre con las dos mujeres; ha
abandonado el lugar en la ventana, ha entrado en la tienda y ahora
quiere llegar aún más lejos. Precisamente la docilidad de la multitud,
que por lo que se ve, respeta ese lugar, se lo permite. A través de los
vendedores, a quienes aparta más con la mirada que con los codos, ya
se ha acercado con sus dos mujeres hasta donde se encuentran los dos
señores, y a través de sus cabezas él, más grande que ambos, mira
hacia la oscuridad del cuarto.
–¿Quién viene?– pregunta débilmente una mujer desde la habitación.
–Quédate tranquila, es el médico– contesta el farmacéutico, y entran
en el cuarto. Nadie piensa en encender la luz. | El médico ha dejado al
farmacéutico y se dirige solo hacia la cama. El hombre y las mujeres se
apoyan en el respaldo de la cama, a los pies de la enfermera, como sobre
un parapeto. El farmacéutico no se atreve a acercarse; el niño nuevamente
se ha tomado de él. El médico se siente estorbado por la presencia
de los tres extraños.
–¿Quiénes son ustedes?– pregunta, en voz baja, por consideración
hacia la enferma.
–Vecinos– dice el hombre.
–¿Qué quieren?
–Queremos– dice el hombre, hablando en voz mucho más alta que el
médico...
DE LA MUERTE APARENTE
Quien haya padecido alguna vez de muerte aparente, podrá contar cosas
espantosas; sin embargo, no podrá decir cómo es después de la
muerte. Es más, ni ha estado más cerca de ella que otros; en el fondo,
tan sólo ha "sentido" algo especial, y la vida común, no la extraordinaria,
se ha "convertido en algo más valioso con ello. A todo aquel que
haya experimentado algo peculiar le sucede una cosa similar. Con toda
seguridad Moisés, por ejemplo, experimentó sobre el Monte Sinaí algo
"especial"; pero, en lugar de abandonarse a ello, como tal vez lo haría
un muerto aparente, que no se anuncia y se queda en el ataúd, bajó
corriendo del Monte y, desde luego, tuvo cosas importantes que contar,
y amó a los hombres, de los cuales había huido, mucho más que antes,
dando entonces su vida por ellos, casi podría decirse por agradecimiento.
De ambos, sin embargo, del que vuelve de la muerte aparente, y de
Moisés que regresa, puede aprenderse mucho, pero no podemos conocer
lo decisivo, pues ellos mismos no lo han llegado a saber. Y si lo
hubieran llegado a saber, no hubieran regresado. Esto podría verificarse
si, por ejemplo, alguna vez quisiésemos vivir "con un salvoconducto"
para tener la certeza del retorno, la experiencia del muerto aparente o
de Moisés, o incluso que deseáramos la muerte, pero ni siquiera en
pensamiento querríamos permanecer en el Monte Sinaí o vivos en el
ataúd, sin posibilidad alguna de retorno...
(Esto, ciertamente, nada tiene que ver con el temor a la muerte...)
LA VERDAD SOBRE SANCHO PANZA
Con el correr del tiempo, Sancho Panza, que por otra parte, jamás se
vanaglorió de ello, consiguió mediante la composición de una gran cantidad
de cuentos de caballeros andantes y de bandoleros, escritos durante
los atardeceres y las noches, separar a tal punto de sí a su demonio,
a quien luego llamó don Quijote, que éste se lanzó inconteniblemente
a las más locas aventuras; sin embargo, y por falta de un objeto
preestablecido, que justamente hubiera debido ser Sancho Panza, hombre
libre, siguió de manera imperturbable, tal vez en razón de un cierto
sentido del compromiso, a don Quijote en sus andanzas, y obtuvo con
ello un grande y útil solaz hasta su muerte.
LA CONSTRUCCIÓN
He presentado la obra y me parece bien lograda. Desde afuera sólo se
ve un gran agujero que en realidad no conduce a ninguna parte, ya que
a los pocos pasos se tropieza con roca. No quiero jactarme de haber
ejecutado esta treta en forma deliberada; es más bien el sobrante de
uno de los numerosos y vanos intentos de construcción, pero finalmente,
me pareció ventajoso dejar este agujero sin rellenar. Desde luego
hay astucias que, por sutiles, se aniquilan por sí solas, eso lo sé mejor
que nadie, e indudablemente constituye una audacia llamar la atención
con este agujero sobre la posibilidad de que aquí exista algo digno de
ser investigado. Sin embargo, se equivoca quien crea que soy cobarde
y que sólo por cobardía ejecuto la obra. A unos mil pasos de este
agujero se halla, cubierto por una capa de musgo suelto, el verdadero
acceso, tan bien asegurado-como puede estarlo algo en el mundo;
naturalmente, alguien podría pisar el musgo o levantarlo; entonces mi
obra quedaría al aire y quien tuviera ganas –nótese, sin embargo, que
se requerirían dotes no demasiado frecuentes– podría penetrar y
destruirlo todo para siempre. Lo sé bien y ahora en su culminación mi
vida apenas si tiene un momento por completo tranquilo; allí, en ese
sitio, en el oscuro musgo, soy mortal y en mis sueños husmea
interminablemente un hocico voraz. Habría podido, se opinará, rellenar
este agujero de entrada con un manto firme y delgado arriba y más
abajo con tierra floja, de manera que siempre me hubiera costado poco
esfuerzo asegurarme de nuevo la salida. Pero no es posible;
epxreigceis aqmuee ntteen glaa cuanuate vlaia bilidad de escape, precisamente ella obliga con
frecuencia a arriesgar la vida. Todos estos son cálculos harto penosos;
la alegría que la cabeza experimenta al efectuarlos es muchas veces el
único motivo de que siga calculando. Yo necesito una inmediata posibilidad
de escape, pues acaso, ¿no puedo ser atacado a pesar de toda mi
vigilancia en el punto más inesperado? Vivo pacíficamente en lo más
profundo de mi casa, y mientras el enemigo se me aproxima sigilosamente.
No quiero decir que tenga mejor olfato que yo; tal vez me ignore
como yo lo ignoro a él. Pero hay bandidos apasionados que perforan
ciegamente la tierra y que por la enorme extensión de mi obra, pueden
alentar la esperanza de dar con algunos de mis túneles. Ciertamente,
tengo la ventaja de estar en mi casa y de conocer perfectamente todos
los caminos y direcciones. Es fácil que tal bandido se convierta en mi
víctima, en dulce víctima. Pero yo envejezco, hay muchos más fuetes
que yo, mis enemigos son innumerables; podría suceder que huyera de
uno y cayera en las garras de otro. ¡Ah, todo puede suceder! De cualquier
modo, necesito tener conciencia de que en alguna parte hay una
salida completamente expedita, alcanzable con facilidad, donde para liberarme
no necesitara cavar en absoluto, tal que, mientras yo trabajara
desesperadamente, aunque fuera entre flojos escombros, no sintiera de
pronto, ¡Dios me ampare!, los dientes de mi perseguidor en los muslos.
Y no solamente me amenazan los enemigos externos, los hay también
en lo profundo de la tierra. No los he visto jamás, pero las leyendas
hablan de ellos y creo firmemente en su existencia. Son seres del interior,
ni siquiera las leyendas logran describirlos; ni los que se convirtieron
en sus víctimas alcanzan a verlos bien; se acercan, se oye el arañar
de sus garras bajo la tierra, que es su elemento, y ya se está perdido.
Entonces ya se está en la propia casa, más bien se está en su casa. De
ellos tampoco me salva aquella salida, como probablemente no ha de
salvarme en absoluto, sino perderme, pero de todos modos es una esperanza
sin la que no puedo subsistir. Aparte de este gran camino, me
comunican con el mundo exterior otros muy estrechos, bastante seguros,
por los que me llega el aire que respiro. Han sido construidos por
ratones que he sabido atraer a mi obra. Me ofrecen las ventajas del
gran alcance de su olfato y de ese modo me protegen. Además, por su
causa llega toda una fauna menor que devoro. De manera que, sin necesidad
de abandonar mi obra, dispongo de un medio de vida, aunque
limitado, suficiente. Y esto es esencial.
Pero lo mejor de mi construcción es su silencio. Este es desde luego,
engañoso; repentinamente puede interrumpirse. Todo habría terminado.
Pero por el momento todavía existe. Durante horas puedo deslizarme
por mis galerías sin oír más que el rumor de alguna bestezuela que
de inmediato reduzco al silencio con mis dientes; o el crujir de la tierra
que me anuncia la necesidad de alguna reparación. Salvo esto, el silencio
es absoluto. El aire del bosque penetra, hay al mismo tiempo abrigo
y frescura. A veces me relajo satisfecho y me doy vuelta en la galería.
Es bueno tener una construcción así para la ya cercana vejez, saberse
bajo techo al comienzo del otoño. He ensanchado las galerías cada
cien metros hasta convertirlas en pequeña plazas circulares. Allí
puedo enrollarme con comodidad, abrigarme en mí mismo y descansar.
Allí duermo el dulce sueño de la paz, del deseo satisfecho, de la alcanzada
meta del dueño de casa. No sé si es una costumbre de épocas antiguas
o si los peligros de esta casa son lo suficientemente grandes como
para despertarme; pero con regularidad, de tiempo en tiempo, el
sobresalto me arranca del sueño y entonces atisbo, atisbo el silencio;
que reina invariablemente de día y de noche; sonrío tranquilizado y recaigo,
los miembros flojos, en sueños más profundos aún. ¡Pobres viajeros
sin morada, en las carreteras, en los bosques, en el mejor de los
casos acurrucados sobre montones de hojas o apretujados entre sus
semejantes, expuestos a toda la perdición del cielo y de la tierra! Yo, en
cambio, estoy en una fortaleza protegida por todos lados –más de cincuenta
de éstas hay en mi construcción– y en somnolencia o sueño profundo
transcurren las horas, que para ello elijo.
Casi en el centro mismo de la obra está la plaza principal, estudiada para
el caso de peligro exterior, no tanto de persecución, como de asedio.
Mientras todo lo otro es producto de esforzado trabajo mental más que
físico, esta plaza fuerte es resultado del pesadísimo trabajo de mi cuerpo
y de cada una de sus partes. Alguna vez, en la desesperación de mi
cansancio corporal, he querido abandonarlo todo; me revolcaba, maldecía
la obra, me arrastraba hacia el exterior, dejando la construcción
abierta. Podía hacerlo porque no quería regresar, hasta que, después
de horas o de días, retornaba un arrepentimiento casi prorrumpiendo
en loas al advertir la integridad de la obra, y realmente alegre, reanudaba
el trabajo. La tarea en la plaza fuerte se agravaba de modo innecesario
(innecesario quiere decir que el trabajo de vaciado no se traducía
en beneficio esencial para la obra), porque justamente donde debía
estar situada según el plan, la tierra era floja y arenosa y había que
conseguir que se volviera compacta antes de formar el círculo bellamente
abovedado. Para ese trabajo poseo tan sólo la frente. Con la
frente, pues, he embestido la tierra miles y miles de veces, a lo largo
de días y de noches y era feliz, cuando los golpes la hacían sangrar, ya
que probaba que la solidez estaba próxima, y en esta forma creo que se
me reconocerá, me he ganado mi plaza fuerte. En esta plaza fuerte almaceno
las provisiones, compuestas por los sobrantes de mis capturas
dentro de la casa, luego de satisfacer las necesidades inmediatas, y por
lo que traigo de las cacerías exteriores. Es tan amplio el sitio que no lograrían
llenarlo las reservas de medio año; puedo, pues, extenderlas
holgadamente, caminar entre ellas, jugar con ellas, alegrarme de su
abundancia y sus diversos olores, y tener siempre una exacta visión de
lo existente. También puedo efectuar nuevos ordenamientos y, según
las épocas del año, hacer nuevas previsiones y proyectos de caza. Hay
períodos en que estoy tan provisto que, indiferente a la comida en general,
ni siquiera toco la caza menor que se agita aquí, lo que, por otros
motivos, tal vez sea temerario. Como consecuencia de las múltiples tareas
vinculadas a los preparativos de defensa, mis ideas acerca de la
utilidad de la construcción para ese caso se modifican o desarrollan en
forma importante. Me parece que es peligroso basar la defensa exclusivamente
en la plaza fuerte; la complejidad de la obra me brinda muchas
otras posibilidades y me parece prudente distribuir las provisiones
dejando algunas de ellas en pequeñas plazas; entonces destino, por
ejemplo, cada tercer lugar a las reservas, o cada
cuarto o depósito principal y cada., segundo a almacén de reserva adicional,
o algo por el estilo. O, para despistar, elimino ciertos caminos de
la acución de la salida principal, sólo algunos pocos sitios. Cada nuevo
proyecto exige una fatigosa labor de acarreo, nuevos cálculos, y luego
debo llevar y traer las cargas. Desde luego, puedo realizarlo sin prisa;
además, no es desagradable transportar manjares con la boca, descansar
dónde y cómo se quiera, saborear lo que más guste. A veces, sin
embargo, me despierto con sobresalto, y aquí está lo grave, parece que
la actual distribución es por completo errónea, que puede provocar
enormes peligros y que es urgente rectificarla, sin tiempo para somnolencias
o para el cansancio. Entonces me apresuro, vuelo, no tengo
tiempo para cálculos, quiero realizar un nuevo y minucioso proyecto,
cojo lo primero que me cae entre los dientes, arrastro, cargo, gimo,
tropiezo y el menor cambio favorable de circunstancias peligrosas me
produce alivio. Hasta que paulatinamente, al despertar por completo, el
violento trajín, me parece absurdo; aspiro profundamente la paz de la
casa, que yo mismo he destruido; retorno al lecho y al sueño, y al despertar
me encuentro con que, como prueba incontrastable de la ya inverosímil
tarea nocturna, conservo alguna rata entre los dientes. Luego
llegan períodos en que me parece mejor la reunión de todas las provisiones
en un solo sitio. La utilidad de las reservas en las pequeñas plazas
es un problema; cabe poco en ellas y se obstruye el paso, desplazar
en caso de alarma. Aparte de ello es, aunque tonto, cierto que la sensación
de 'seguridad se perjudica cuando no se ven juntas todas las
provisiones y no se puede apreciar con una sola mirada lo que se posee.
Además, con estas múltiples distribuciones, mucho puede extraviarse.
No puedo galopar continuamente en todas direcciones para ver
si todo se halla en perfecto estado. Desde luego, la idea fundamental de
distribuir las reservas es correcta, pero solamente cuando se poseen
varios sitios similares a mi plaza fuerte. ¡Varios sitios! ¡Naturalmente!
Pero ¿quién puede realizar eso? Tampoco pueden acomodarse, en el
plan de conjunto, a posteriori. Sin embargo, quiero reconocer que en
ello radica un error de la construcción, pero como por lo general siempre
hay un error,
cuando de algo se posee un solo ejemplar. Y también reconozco que
durante toda la ejecución de la obra en lo más oscuro de mi conciencia
moró la idea aunque con bastante nitidez, de disponer de más de una
plaza fuerte, pero no he cedido; me sentía demasiado débil para
hacerme cargo de la necesidad de dicho trabajo y me consolaba de
cualquier modo con sensaciones no menos oscuras, según las cuales lo
que en otros casos no sería suficiente, llegaría en el mío a ser excepcional,
por gracia, ya que probablemente la providencia estaba interesada
en la conservación de mi frente, de mi ariete. Tengo, pues, una
sola plaza fuerte, pero los oscuros temores de que no pudiera alcanzar
se han perdido. Sea como fuere, debo conformarme con una sola; las
pequeñas plazas no podrían reemplazarla de ningún modo, por lo que
comienzo, cuando este punto de vista ha madurado, a arrastrar material,
desde las pequeñas plazas a la principal. Por un tiempo, es un consuelo
saber que todos los espacios y galerías están libres, ver cómo sé
hacinan en la plaza fuerte las montañas de carne, que envían hasta las
galerías más lejanas la mezcla de sus muchos olores, los cuales me
alegran, cada uno según su tipo y que aun a distancia sé distinguir perfectamente.
Entonces llegan tiempos pacíficos durante los cuales lenta
y gradualmente traslado mis guardias desde los círculos externos al interior,
sumergiéndome cada vez más en los olores, hasta que no soporto
más, y una noche me lanzo sobre la plaza principal, arraso con las
provisiones y me sacio con lo mejor hasta el embotamiento. Tiempos
dichosos, pero de peligro; quien supiera aprovecharlos podría destruirme
con facilidad y sin riesgos. También en esto influye perniciosamente
la falta de una segunda o tercera plaza fuerte, pues me pierde el hecho
de ser único el gran depósito. Trato de resguardarme contra ellos de diversas
maneras; la distribución en plazas menores es una medida de
esa índole. Pero, desgraciadamente, conduce como las otras, por las
privaciones que apareja, a una avidez aún mayor, y ésta, despreciando
el sentido común, altera los planes de defensa en su beneficio.
Una vez que han pasado dichos tiempos suelo revisar la obra, y cuando
las reparaciones necesarias han sido hechas la abandono, aunque
siempre por poco tiempo. El castigo
de verme privado de ella largamente me parece excesivo, pero reconozco
que estas excursiones son imprescindibles. Mi aproximación a la
salida no carece de cierta solemnidad. En períodos de vida casera le
evito, y también la galería que ella conduce y sus ramificaciones. No es
nada fácil pasearse por ese lugar: he instalado allí un complejo zig-zag
de galerías. Cuando inicié la obra todavía no podía soñar en poderla
terminar según el proyecto; comencé en este rincón, casi jugando, aquí
se desfogó mi primer entusiasmo en una construcción laberíntica que,
en aquel entonces, me pareció la más excelsa de las construcciones,
pero que hoy considero, probablemente con mayor justicia, como labor
de aficionado, indigna del resto de la construcción. En teoría tal vez sea
valiosa –aquí está la entrada a mi casa, les decía irónicamente a los
enemigos invisibles y los veía ya asfixiados en , masa en el laberinto de
entrada–, pero en realidad representa un jugueteo de paredes harto de
endebles, que difícilmente resistiría un ataque serio o a un enemigo que
luchara con desesperación por su vida. ¿Debo modificar por ello esta
parte? Aplazo la decisión, y creo que quedará como está. Aparte del volumen
de trabajo que me echaría sobre los hombros, sería también la
tarea más peligrosa que pueda imaginarse. En aquella época, cuando
inicié la construcción, pude trabajar allí con relativa tranquilidad, el
riesgo no era mucho mayor que en cualquier otro lugar, pero significaría
llamar casi deliberadamente la atención de todo el mundo sobre la
obra hoy que ya no es posible. Conservo sin embargo, alguna debilidad
por esta empresa inicial, pero si viene el gran ataque, ¿qué trazado de
la entrada podría salvarme? La entrada puede ciertamente engañar,
desviar, torturar, al atacante, y también lo lograría éste en último caso,
pero es evidente que un ataque realmente importante tengo que resistirlo
de inmediato, con todos los medios de la obra en conjunto y con
todas las fuerzas del cuerpo y del alma. De modo que el acceso permanezca
como está. Si la construcción ofrece tantas debilidades impuestas
por la naturaleza, que soporte también estas deficiencias creadas por
mí, que reconozco por completo, aunque tarde. Claro está, con ello no
quiero decir que estos fallos no me preocupen todavía de tiempo en
tiempo. Cuando en mis acostumbrados paseos eludo esta parte de la
construcción, me sucede principalmente porque su aspecto me molesta;
no siempre quiero mirar los defectos, sobre todo si se hallan demasiado
presentes en mi conciencia. Que persista el corregible error allá arriba,
junto a la entrada, pero yo quiero evitar su contemplación en lo posible.
Me basta aproximarme a la salida, aunque todavía esté separado de
ella por galerías y plazas, para sentirme en la atmósfera peligrosa; es
como si se afinara mi piel, como si fuera a quedar con la carne desnuda
y me saludara ya el aullar de los enemigos. Ciertamente, la salida en sí,
el final de la zona de protección, provoca ya estos sentimientos, pero es
esta construcción lo que especialmente me tortura. A veces sueño que
he construido la entrada, que la he modificado por completo, de prisa,
en una sola noche, con fuerzas gigantescas, sin ser visto por nadie, y
que se ha vuelto inexpugnable; el sueño en que eso sucede es el más
dulce de todos y al despertar aún brillan en mi barba lágrimas de alegría
y de liberación.
El suplicio de este laberinto debo superarlo también corporalmente al
salir; me disgusta y conmueve a la vez el hecho de extraviarme por un
instante en mi propia creación, como si la obra se esforzara todavía en
justificar su existencia, ante mí, que desde-hace mucho tiempo me he
formado un juicio definitivo a su respecto. Luego estoy bajo la capa de
musgo, que muchas veces dejo el tiempo necesario para que se suelde
con el humus del bosque –antes no me muevo de la casa– y de un solo
golpe de la cabeza me coloco en el exterior. Me cuesta mucho atreverme
a realizar este pequeño movimiento, y si no tuviera que superar el
laberinto de entrada probablemente emprendería el regreso. ¿Cómo?
Tu casa está protegida, clausurada, vives en paz, abrigado, señor, único
señor de una multitud de galerías y plazas, y espero que todo esto
no desees sacrificarlo, o por lo menos exponerlo en cierto modo. Tienes,
sí, la esperanza de recuperarlo, pero te comprometes en un juego
arriesgado, demasiado arriesgado. ¿Hay motivos razonables? No; para
algo semejante no puede haber motivos razonables. Sin embargo, levanto
con cautela la trampa, estoy afuera, la dejo descender con cuidado,
y a la máxima velocidad posible huyo de este lugar delator.
En verdad no estoy en libertad, pero ya no me adelanto pegándome a
las galerías, sino que me lanzo por el bosque abierto, siento que hay
nuevas fuerzas en mí, fuerzas para las que en cierto modo no hay espacio
en la obra, ni siquiera en la plaza fuerte aunque fuera diez veces
más grande. También la alimentación es mejor afuera, aunque la caza
sea más dificultosa y el éxito menos frecuente; pero el resultado es
más apreciable en todo sentido; no niego esto y sé apreciarlo y disfrutarlo,
al menos como cualquier otro, y probablemente mucho mejor,
pues no cazo con atolondramiento o desesperación, como un merodeador,
sino práctica y reposadamente. Tampoco estoy predestinado y expuesto
a la vida libre, sino que sé que mi tiempo está medido, que no
estaré obligado a cazar aquí indefinidamente, sino que en cierto modo,
cuando lo quiera y me canse de esta existencia, alguien me llamará
hacia sí, alguien cuya invitación no podré rehusar. Y así puedo disfrutar
por completo de este tiempo aquí, y pasarlo sin preocupaciones, es decir,
podría, porque no puedo. La obra me tiene demasiado atareado. Me
he alejado con rapidez de la entrada, pero pronto vuelvo. Busco un
buen escondrijo y acecho la puerta de mi casa –esta vez desde afuera–
durante días y noches. Se dirá que es estúpido pero a mí me proporciona
una indecible alegría y me tranquiliza. Es como si no estuviera delante
de mi casa, sino delante de mí mismo, mientras duermo, como si
tuviese la dicha de poder a un tiempo dormir profundamente y vigilarme
en forma estricta. Hasta cierto punto no tan sólo me caracteriza la
capacidad de ver los fantasmas nocturnos durante la confiada inocencia
del sueño, sino también la de enfrentarlos en la realidad, con la plena
fuerza de la vigilia y la serenidad del juicio. Y encuentro que mi situación
no es tan desesperada como creía a menudo y como probablemente
volverá a parecerme cuando descienda a mi casa. En este sentido, y
también en otro, pero especialmente en éste, esas excursiones son
realmente imprescindibles. A pesar del cuidado que he puesto en elegir
para la entrada un lugar apartado, el tránsito que se produce, si se resumen
las observaciones de una semana, es muy grande, pero tal vez
sea así en todos los lugares habitables, y probablemente sea también
más ventajoso afrontar un tránsito más intenso, al que su propio volumen
desplaza, que exponerse
en total soledad a la morosa búsqueda de un intruso. Aquí hay
muchos enemigos, y sus cómplices son aun más numerosos, pero como
están ocupados en combatirse entre sí, pasan de largo. Durante todo
este tiempo no he visto a nadie investigar en la entrada, por suerte para
ambos, porque olvidado el peligro, inconscientemente, le habría saltado
al cuello. Ciertamente, llegaron también invasores en cuya
proximidad no me atreví a permanecer; el sólo intuirlos en la lejanía me
obligaba a huir. Acerca de su conducta en relación a la construcción no
debiera expedirme categóricamente, pero baste para tranquilizar,
que yo regresaba pronto, no hallaba a nadie y encontraba la entrada
intacta. Tiempos felices hubo en que casi me decía que la hostilidad del
mundo contra mí probablemente había terminado o disminuido, o que
el poder de la construcción me salvaba de la lucha de aniquilamiento
que había perdurado hasta ahora. La obra me protege tal vez más de lo
que hubiera llegado a pensar, o de lo que me habría atrevido a pensar
en el interior dé la construcción misma. Llegué hasta a alimentar el deseo
infantil de no retornar a la obra nunca más, sino instalarme en laproximidad
de la entrada y pasar mi vida en la contemplación de ella,
no perdiéndola de vista y hallando mi felicidad en la constatación de la
firmeza con que me habría protegido de estar yo en ella. Pero espantables
despertares suelen seguir a los sueños infantiles. ¿Qué seguridad
es la que observo aquí? ¿Puedo juzgar el peligro en que me encuentro
en el interior a través de las experiencias que realizo desde aquí afuera?
¿Siguen mis enemigos el verdadero rastro cuando no estoy en la
construcción? Algo huelen probablemente, pero no con seguridad. ¿Y
no es a menudo la existencia de un pleno olfato la premisa necesaria de
un peligro normal? Se trata entonces tan sólo de semipruebas o de la
décima parte de una prueba, apropiadas más bien para que me tranquilice
u precipite en él máximo peligro por esta falsa tranquilidad. No, yo
no observo mis sueños, como creía; más bien soy el que duerme mientras
Malvado vigila. Quizás esté entre los que distraídamente rondan y
pasan sólo para asegurarse, corno yo mismo, de que la puerta está intacta
y esperando atacarla; tal vez sólo pasen porque saben que el
dueño de casa no está en el
interior o tal vez hasta sepan que espera inocentemente en el matorral
contiguo. Y abandono la guardia, estoy harto de la vida al aire libre, es
como si ya no pudiera aprender nada aquí, ni ahora ni más tarde. Y
siento deseos de despedirme de todo esto, de descender a la obra y no
retornar nunca jamás, de dejar que las cosas sigan su curso sin tratar
de demorarlas con inútiles observaciones. Pero, preocupado porque durante
tanto tiempo he visto lo que sucedía sobre la entrada, me resulta
ahora torturante llevar a cabo la casi espectacular operación del descenso
sin saber lo que va a pasar a mis espaldas, más allá de la trampa
vuelta a su sitio. Lo intento después en noches turbulentas, arrojo rápidamente
la caza al interior, me parece lograrlo, pero el resultado sólo
estará a la vista cuando yo mismo haya descendido, estaría a la vista,
pero no para mí, o tal vez también para mí, pero demasiado tarde.
Abandono, pues, y no desciendo. Cavo, a bastante distancia de la verdadera
entrada, naturalmente, una zanja de prueba, no más larga que
yo mismo y también cubierta con un manto de musgo. Me acurruco en
la zanja, la cubro detrás de mí, calculo con cuidado períodos más o menos
largos a distintas horas del día, aparto luego el musgo, salgo y registro
mis observaciones. Realizo estas diversas experiencias buenas y
desfavorables, pero no logro establecer una ley general o un procedimiento
infalible para el descenso. En consecuencia, no descendí a la
verdadera entrada, y me desespero por tener que hacerlo pronto. Estoy
a punto de tomar la determinación de alejarme, de volver a la vieja vida
sin consuelo, que no ofrecía seguridad alguna, que era una uniforme
plenitud de peligros y que por lo tanto no permitía diferencias y temer
un único peligro, como me lo enseña cotidianamente la comparación
entre la seguridad de mi obra y la otra vida. Desde luego, tal determinación
sería una completa locura, provocada por la harto prolongada libertad
sin sentido; todavía la obra es mía, sólo tengo que dar un paso y
estoy a salvo. Y deponiendo toda vacilación, corro directamente, a plena
luz del día, hacia la puerta, para levantarla ahora con seguridad, pero
sin embargo no soy capaz, sigo de largo y me arrojo en las espinas
para castigarme, para castigarme por una culpa que desconozco. Luego,
en definitiva, tengo que reconocer que estoy en lo cierto, que es
realmente imposible descender sin exponer a todos, al menos por un
rato, la más apreciada de mis pertenencias, a los que están en el suelo,
en los árboles y en los aires. Y el peligro no es imaginario, sino muy real.
No es forzoso que el enemigo cuyo deseo de perseguirme provoco
sea verdadero, basta que sea una insignificancia, cualquier pequeño ser
repugnante que me sigue por curiosidad, y que por ello, sin saberlo, se
convierte en el guía del mundo contra mí. Tampoco necesita ser, y tal
vez es, y esto no es menos grave, tal vez sea alguien de mi especie, un
conocedor y apreciador de obras, algún hermano del bosque, un amante
de la paz, pero un bribón holgazán que quiere habitar sin construir.
Si al menos llegara ya, y descubriera con sucia avaricia la entrada, si
comenzara a trabajar en ella, levantara el musgo, si tuviera éxito, si se
introdujera, si estuviera ya tan adentro que sólo me mostrara el trasero
por un instante, si todo eso sucediera para que por fin, lanzándome tras
él, libre de toda vacilación le pudiera saltar encima, morderlo, destrozarlo,
beber su sangre y apisonar el cadáver con el resto del botín, pero,
sobre todo, esto sería lo principal, que por fin me encontrara en casa.
Con gusto admitiría esta vez el laberinto, pero antes extendería sobre
mí el manto del musgo, para descansar largamente, creo que por
todo el resto de mi vida. Pero no viene nadie y quedo a solas conmigo
mismo. Ocupado continuamente con las dificultades del asunto, pierdo
gran parte de mi temor. Ya no eludo la entrada, tampoco por el lado
exterior; rodearla se convierte en mi ocupación favorita, es casi como si
yo fuera el enemigo y espiara la oportunidad de irrumpir. Si al menos'
tuviese alguien en quien pudiese confiar, a quien pudiese dejar mi
puesto de observación, entonces sí que podría descender la tranquilidad.
Yo convendría con él, con el hombre de confianza, en que observara
exactamente la situación durante mi descenso, o un tiempo más, y
que, en caso de peligro, golpeara la capa de musgo, y si no, no. Con
esto, arriba todo estaría despejado, sólo quedaría mi hombre de confianza,
¿pero no pediría alguna satisfacción a cambio? ¿No querría por
lo menos contemplar la obra? Ya esto por sí solo, dejar entrar a alguien
voluntariamente en mi obra, me sería muy desagradable. La he hecho
para mí, no para visitantes; creo que no lo dejaría entrar. Ni aun al precio
de que me posibilitara a mí mismo la entrada. Pero no podría dejarlo
bajar solo, lo que excede todo lo imaginable, o tendríamos que bajar
juntos, con lo que se perdería la ventaja que él debiera proporcionarme,
es decir, hacer observaciones detrás de mí. ¿Y qué es esto de la
confianza? ¿Puedo seguir confiando en el que confío cara a cara, cuando
ya no lo veo más y nos separa una capa de musgo? Es relativamente
fácil confiar en alguien cuando se lo vigila al mismo tiempo o cuando al
menos existe la posibilidad de vigilarlo; hasta es posible confiar en alguien
a distancia, pero confiar en alguien desde el interior de la construcción,
es decir, desde otro mundo, lo creo imposible. Pero tales dudas
ni siquiera son imprescindibles, basta pensar que durante o después
de mi descenso las innumerables cualidades de la vida impidieran
a mi hombre de confianza cumplir con su deber. Sus menores dificultades
podrían tener consecuencias incalculables para mí. No; considerándolo
todo en su conjunto, no debiera quejarme de estar solo y de no
tener en quien confiar. Así, seguramente, no pierdo ninguna ventaja y
me ahorro perjuicios. Sólo puedo confiar en mí y en la construcción.
Debí pensarlo antes, para el caso que ahora me ocupa, y tomar medidas.
Hubiera sido posible, al menos en parte, durante el comienzo de la
obra. Debí diseñar la primera galería en tal forma que tuviese dos entradas
bastantes separadas entre sí, de modo que pudiese introducirme
en una –con todas las dificultades inevitables–, trasladarme rápidamente
por el comienzo de la galería hasta la segunda boca, levantar allí la
capa de musgo dispuesta para ello, y observar la situación durante varios
días y noches. Sólo así hubiera estado bien. Es verdad, dos entradas
duplican el peligro, pero hubiera podido desechar estas preocupaciones
en vista de que una de las bocas, la pensada como lugar de observación,
sería muy estrecha. Y con esto me extravío en consideraciones
técnicas y comienzo nuevamente a soñar con mi proyecto de construcción
perfecta; esto me tranquiliza en parte; contemplo radiante, con
los ojos cerrados, las múltiples soluciones de construcción, claras y menos
claras, destinadas a permitirme entrar y salir sin ser advertido.
Y cuando, cómodamente echado, reflexiono, valorando estas posibilidades,
pero sólo como conquistas técnicas, no como verdaderas ventajas,
porque ¿qué sentido tiene esto de entrar y salir inadvertidamente? Sugiere
ánimo intranquilo, falta de seguridad, sucios apetitos, condiciones
negativas que se agravan aún más en presencia de la obra, que sin
embargo está allí, y que es capaz de inundar de sosiego a poco que uno
se lo permita. Naturalmente, ahora estoy fuera de ella y busco una posibilidad
de retorno; las disposiciones técnicas necesarias para ello serían
muy deseables. Pero tal vez no tanto. ¿No se subestima la obra durante
el momentáneo arrebato de miedo al considerarla solamente como
un agujero apto para refugio? Claro está que es también un agujero
seguro, o debiera serlo, y cuando me imagino en medio del peligro, deseo,
con los dientes apretados, con toda la fuerza de mi desesperación,
que no sea más que el agujero destinado a salvarme la vida y que no
cumpla debidamente esta misión y estoy dispuesto a relevarlo de cualquier
otra. Pero sucede que en realidad –y no se presta atención durante
el máximo peligro, y hasta en tiempos de riesgos corrientes es difícil
advertir– da mucha protección, pero no la suficiente, porque las preocupaciones
no terminan jamás por completo en la obra. Son otras preocupaciones,
de más fuste, más ricas en contenido, a menudo muy
postergadas, pero probablemente tan inquietantes como las que depara
la vida en el exterior. Si hubiera realizado la obra sólo para asegurar mi
vida no me habría engañado, pero la relación entre el enorme trabajo y
la seguridad lograda, al menos hasta donde estoy en condiciones de
apreciarla y de beneficiarme con ella, no sería muy favorable para mí.
Es muy doloroso reconocer esto, pero hay que hacerlo, más aún, en
presencia de la entrada que se cierra ahora sobre mí, contra su constructor
y propietario, en forma casi espasmódica: La obra no es precisamente
un agujero de salvación. Cuando me detengo en la plaza fuerte,
rodeado por los altos depósitos de carne, el rostro vuelto hacia las
diez galerías que parten de ella, cada una con su inclinación, ya sea ascendente
o descendente, rectas o curvas, o listas, cada una a su manera,
para conducirme hacia otras muchas plazas, también silenciosas y
vacías, entonces se aleja de mí la idea de seguridad, entonces sé con
certeza que éste es mi castillo, que he conquistado a la tierra, palmo a
palmo, arañando y mordiendo, apisonando y pujando, mi castillo que
de ningún modo puede pertenecer a otro y que es tan mío, que en él
podría tranquilamente, en último caso, aceptar las heridas mortales de
mis enemigos, porque mi sangre empaparía aquí mi propio suelo y no
se perdería. Y no otro es el sentido de las cálidas horas que suelo pasar
en las galerías, ya durmiendo pacíficamente, ya vigilando de buen talante
estas galerías que han sido calculadas exactamente para mí, para
poderme estirar satisfecho o revolearme como un niño, o yacer somnolientamente,
o dormirme feliz. Y las pequeñas plazas, todas perfectamente
conocidas y que, a pesar de su completa igualdad, puedo diferenciarlas
entre sí a ojos cerrados por la simple curvatura de sus paredes,
me rodean amistosas y cálidas, como un nido al ave. Y todo, todo,
silencioso y vacío.
Pero si es así, ¿por qué vacilo, por qué temo más al intruso que a la posibilidad
de no volver a ver mi obra? Por fortuna, esto último es imposible,
y no hace falta reflexionar mucho para comprender todo lo que la
construcción significa para mí; yo y la obra estamos tan unidos, nos
pertenecemos recíprocamente en tal grado que podría tranquilamente,
con todo mi temor, permanecer aquí, echarme, y sin necesidad de dominarme
abandonar todo reparo y aun abrir la entrada; más aún, me
bastaría esperar ocioso, porque en definitiva, de un modo o de otro,
volveré abajo. Pero ¿cuánto tiempo puede transcurrir hasta entonces, y
cuántas cosas pueden suceder entretanto, aquí arriba y allá abajo? Y
tan sólo depende de mi acortar este plazo y hacer en seguida lo necesario.
Y ya, cansado hasta no poder pensar, la cabeza colgante, inseguras las
piernas, semidormido, arrastrándome más que caminando, me acerco a
la entrada, levanto con lentitud el musgo, desciendo lentamente, en mi
turbación dejo abierta la entrada durante un lapso de innecesaria largueza,
me acuerdo después de mi omisión, subo para repararla. ¿Para
qué subir? Sólo tengo que correr la capa de musgos, bien, entonces bajo
de nuevo, y, por fin, la corro. Solamente en este estado de ánimo,
exclusivamente en este estado de ánimo me hallo en condiciones de
realizarlo. Después estoy echado bajo el musgo en lo alto del botín, nadando
entre sangre y jugos de carne, y podría comenzar a dormir el
sueño tan ansiado. Nada me turba, nadie me ha seguido, sobre el musgo
todo parece tranquilo, al menos hasta ahora, y aunque no lo estuviera,
creo que no. podría demorarme en observaciones. He cambiado
de lugar, del mudo exterior he retornado a la obra e inmediatamente
siento el efecto. Es un mundo nuevo, que proporciona nuevas energías,
lo que arriba sería cansancio aquí no lo es. He regresado de un viaje,
agotado por las penurias hasta el embotamiento, pero el reencuentro
con la antigua vivienda, los arreglos que me esperan, la necesidad de
visitar siquiera en forma superficial todas las dependencias, y sobre todo
de avanzar cuanto antes hasta la plaza central, todo eso transforma
mi agotamiento en agitación y entusiasmo, es como si durante el mismo
instante en que puse los pies en la obra hubiese dormido un largo
sueño. La primera tarea es muy penosa y me absorbe por completo:
hacer pasar la caza por las estrechas y endebles galerías del laberinto.
Empujo con todas mis fuerzas, avanzo con efecto, pero me parece que
con demasiada lentitud; para ir más aprisa tiro hacia atrás una parte de
las masas de carne y me escurro por encima y a través de ellas. Ahora
tengo sólo una parte delante, ahora va mejor, pero estoy encajado en
la abundancia de la carne, que en la estrechez de las galerías –en las
cuales aun a solas me resulta a veces dificultosos avanzar– podrían asfixiarme
mis propias provisiones; a menudo sólo comiendo y bebiendo
puedo defenderme de sus embates. Pero el transporte progresa, lo logro
en poco tiempo, el laberinto ha sido superado, respirando a mis anchas
salgo a una verdadera galería, empujo el botín a través de un
conducto de comunicación, hacia una galería principal, creada especialmente
para esto, que conduce en pronunciado declive hasta la plaza
fuerte. Ahora ya es fácil, ahora el conjunto rueda y fluye casi por sí solo.
¡Por fin en mi plaza fuerte! ¡Por fin poder descansar! Nada ha cambiado,
ningún infortunio mayor parece haber sobrevivido, y los pequeños
daños, que noto a primera vista, pronto estarán subsanados. Pero
antes debo recorrer las galerías, lo que no constituye un esfuerzo, sino
una plática con amigos, como era antes en los viejos tiempos –en verdad
no soy tan viejo, pero los recuerdos de muchas cosas se empastan
casi por completo-, como yo lo hacía antes, o como oí decir que sucedía
antes. Comienzo ahora con la segunda
galería, con deliberada lentitud; después de haber visto la plaza fuerte
dispongo de un tiempo infinito –en el interior siempre de la obra siempre
dispongo de tiempo infinito– porque todo lo que allí hago es bueno
e importante y me alimenta en cierto modo. Comienzo con la segunda
galería e interrumpo la inspección a la mitad y paso a la tercera, por la
que me dejo conducir de nuevo hasta la plaza principal, y debo volver a
ocuparme de la galería segunda, y juego así con el trabajo y lo multiplico,
me río solo, gozo, y me siento mareado por completo entre tanto
trabajo, pero no lo abandono. Por vosotras, galerías y plazas, y por tus
problemas ante todo, plaza principal, he vuelto, sin valorar en nada mi
vida, después de incurrir durante mucho tiempo en la simpleza de temblar
por ella, y de postergar por ella el regreso. Qué me importa el peligro
ahora que estoy con vosotras. Vosotras me pertenecéis, yo os pertenezco,
estamos ligados, qué puede sucedemos. ¡Qué el pueblo se
hacine arriba si quiere; que esté pronto el hocico que ha de perforar el
musgo! Muda y vacía me saluda ahora también la obra y refuerza lo
que digo, pero me asalta cierta flojedad y en uno de mis lugares predilectos
me enrollo un poco –falta mucho para que lo haya visto todo,
quiero seguir la inspección hasta el final–, no quiero dormir aquí. Cedo
solamente a la tentación de instalarme como si fuera a dormir, comprobar
si lo logro tan bien como antes. Lo logro, pero lo que no logro es
recuperarme y permanezco aquí profundamente dormido.
He dormido mucho tiempo, casi con seguridad, sólo consigo salir del último
sueño que se disuelve por sí mismo, debe de ser un sueño muy leve,
pues un siseo apenas audible me despierta. Lo comprendo al momento;
la cría menuda, no vigilada por mí, demasiado descuidada por
mí, ha taladrado en mi ausencia un nuevo camino en alguna parte; este
camino se junta con algún otro, el aire se arremolina y eso produce el
silbido. ¡Qué pueblo tan interminablemente activo y qué molesto su tesón!
Me veré obligado, escuchando en las paredes de mi galería y con
perforaciones de sondeo a determinar el lugar de la perturbación, para
sólo después poder eliminar el ruido. Por lo demás, el conducto, si de
alguna manera es adaptable a la obra, me será útil como nueva vía de
aire. Pero deberé vigilar a los pequeños en adelante; ninguno debe escaparse.
Con tengo gran práctica en estas investigaciones, seguramente no tardaré
mucho, y puedo comenzar en seguida, aunque hay otros trabajos
más, pero éste es el más urgente: el silencio debe reinar en mis galerías.
Este ruido es relativamente inocente; ni siquiera lo oí al llegar aunque,
ciertamente, ya debía de existir; necesité volver a acostumbrarme
a la casa para advertirlo, en cierto modo es sólo audible para el dueño
de casa. Y ni siquiera es permanente, como por lo general suelen ser
estos ruidos, sino que hay grandes intervalos, eso se debe ostensiblemente
a la obstrucción de la corriente de aire. Comienzo la investigación,
pero no logro encontrar el lugar donde debiera intervenir; hago
algunas excavaciones, sólo al azar; como es natural así no obtengo
ningún resultado, y el gran trabajo de cavar y el aun mayor de rellenar
y alisar resultan inútiles. Ni siquiera logro acercarme al lugar del ruido,
inalterablemente sutil suena a intervalos regulares, una vez como un
siseo y la siguiente como un silbido. Sí, por el momento, podría no
hacerle caso, pero es demasiado molesto; no, no cabe duda, el origen
debe de ser el que yo supuse, es, pues, difícil que aumente de volumen;
al contrario, puede suceder que –sin embargo jamás he esperado
tanto hasta ahora– con el andar del tiempo cese del todo, al progresar
el trabajo de los pequeños mineros, sin contar con que a menudo una
casualidad lleva al descubrimiento de la pista mejor que la búsqueda
sistemática. Así me consuelo, y preferiría seguir recorriendo las galerías
y visitar los sitios o las plazas, muchas de las cuales no he vuelto a ver,
y regodearme también un poco en la plaza fuerte, pero no puedo permitírmelo,
debo seguir la búsqueda. Mucho tiempo, demasiado, que podría
utilizar en mejor forma, me cuesta esta cría. En tales circunstancias
suele tentarme el problema técnico; partiendo del ruido, por ejemplo,
que mi oído está especialmente dotado para distinguir en todos sus
matices, trato de imaginarme su causa, y entonces me apresuro a
comprobar si responde a la realidad, con buen fundamento, porque
mientras no se produzca una comprobación, así sólo se tratara de establecer
hacia dónde rueda un grano de arena, no podría sentirme seguro.
Y hasta un ruido así no deja de ser en este aspecto una cuestión
importante, pero importante o no, por más que
busque no encuentro nada, o mejor, encuentro demasiado. Justamente
en mi plaza predilecta tenía que suceder esto; me alejo pensando que
tal vez todo sea una broma, así lo hago hasta la mitad del camino hacia
la siguiente plaza, pero como si necesitara probarme que no precisamente
mi lugar favorito ha preparado esta perturbación, sino que ellas
existen también en otras partes, sonrío y me pongo a escuchar. Pero en
seguida dejo de sonreír, porque realmente también aquí se oye el mismo
siseo. No es nada, pienso, nadie sino yo podría oírlo, pero con el oído
afinado por el esfuerzo lo oigo ahora cada vez con mayor claridad,
aunque se trate exactamente del mismo sonido, como puedo comprobarlo
por comparación. Tampoco se intensifica cuando, sin acercar el
oído a la pared, atisbo en mitad de la galería. Entonces tan sólo esforzándome
distingo por momentos el soplo de un sonido que más parezco
adivinar que percibir. Esta uniformidad en todas partes me perturba al
máximo, pues es imposible hacerla coincidir con mis primitivas deducciones.
Si hubiera adivinado su causa, el sonido tendría mayor intensidad
en el lugar de irradiación, que sería precisamente el que: tendría
que buscar para hacerse después cada vez más pequeño. Si mi explicación
no 'es exacta, ¿de que se trata entonces? Existía aún la posibilidad
de dos focos sonoros, y que habiendo yo escuchado ambos a la distancia,
cuando me aproximaba a cualquiera de ellos, uno de los sonidos
aumentaba mientras el otro disminuía, siendo el resultado conjunto casi
invariable. Me parecía ya, cuando atendía mejor, que podía distinguir,
aunque confusamente, algunas variaciones, lo que parecía coincidir con
la nueva hipótesis. De todos modos debía ampliar mucho más el tiempo
de las exploraciones. Desciendo, pues, por la galería hasta la plaza
fuerte y comienzo a escuchar en ese lugar. Es extraño, también aquí
advierto el mismo sonido. Sí, es un ruido provocado por las excavaciones
de bestezuelas insignificantes, que aprovecharon infamantemente
el tiempo de mi ausencia; por cierto, no tienen intenciones hostiles contra
mí, tan sólo están ocupadas en su propia obra y mientras no tropiecen
con un obstáculo conservarán la dirección inicial. Todo eso lo sé;
sin embargo, me resulta incomprensible y me excita, y la idea de que
se hayan atrevido a acercarse a la plaza fuerte perturba mis sentidos,
que tanto necesito para el trabajo. No quiero ahora establecer diferencias,
pero algo, sea la considerable profundidad en que se halla situada
la plaza principal, sea su gran extensión, con la consecuente corriente
de aire, detenía a los excavadores. O tal vez aun más simplemente,
había llegado a su obtusa percepción algún indicio de que se trataba de
la plaza fuerte. Nunca había observado perforaciones en las paredes de
ésta; por cierto, multitudes de animales se acercaban atraídos por las
intensas emanaciones y yo tenía aquí caza segura. Pero habían penetrado
en algún otro sitio más arriba e, irresistiblemente atraídos, sobreponiéndose
al ahogo, descendían por las galerías. Pero ahora taladraban
también en éstas. Si al menos hubiese ejecutado los más importantes
proyectos de mi juventud y de mi temprana madurez, o mejor, si al
menos hubiese tenido la fuerza para ponerlos en práctica, porque no
me faltó la voluntad. Uno de los proyectos preferidos era separar la plaza
fuerte de la tierra circundante, es decir, crear por fuera un espacio
vacío a todo su alrededor, tan sólo con la excepción de un pequeño soporte
que, desgraciadamente, no podría aislarse de la tierra. Las paredes
subsistirían "con un espesor aproximadamente igual a mi propia altura.
Siempre me había imaginado, este espacio vacío, y creo que con
razón, como uno de los lugares más atrayentes y confortables. Estar
suspendido sobre su curvatura, izarse, resbalar por ella, rodar y encontrar
de nuevo el suelo bajo los pies, y ejecutar todos estos juegos sobre
la estructura misma de la plaza fuerte, ¡pero sin estar en su interior!
Poder evitar la plaza, descansar los ojos de su imagen, aplazar la alegría
de volver a verla, aunque sin llegar a privarse de ella, estrecharla
literalmente entre las garras, algo que es imposible al disponer tan sólo
de un acceso ordinario. Y, sobre todo, poder vigilarla y, como compensación
de no tenerla a la vista, poder elegir entre instalarse en la plaza
o en el espacio hueco, y escoger seguramente este último, deambular
el resto de la existencia, vigilando la plaza. Entonces ya no habría ruidos
en las paredes, ni descaradas excavaciones hacia la plaza, se hallaría
asegurada la paz y yo sería el custodio; ya no tendría que escuchar
con desagrado el trabajo de zapa de esta plaga, sino, y con deleite, algo
que se me escapa ahora
por completo: el rumor del silencio en la plaza principal. Pero, desgraciadamente,
toda esta belleza no existe, debo volver a mi trabajo, felicitándome
casi de que se vincule directamente con la plaza que me da
bríos. Por cierto, como se comprueba cada vez más, necesito todas mis
energías para esta tarea que al principio pareció casi insignificante. Recorro
ahora las paredes de la plaza y escucho, y dondequiera que aplico
el oído, en lo alto y junto al suelo, cerca de la entrada o en el interior,
en todas partes, en todas el mismo ruido. Y esta prolongada atención al
sonido intermitente, ¡cuánto tiempo, cuánto esfuerzo exige! Tal vez
pueda hallarse un pequeño consuelo para el autoengaño, en el hecho
de que aquí, por la extensión de la plaza principal, a diferencia de la galería,
al alejarse el oído del suelo ya no se oye nada. Solamente para
descansar, para recuperarme, hago a menudo estos ensayos, escucho
con atención y me siento feliz de no oír nada. Pero, por lo demás, ¿qué
es lo que ha sucedido? El fenómeno destruye mis primeras explicaciones,
y también tengo que descartar otras que se me ofrecen. Se podría
pensar que oigo a las bestezuelas en su trabajo, pero ello estaría en
contradicción con la experiencia; lo que no he oído nunca, aunque
siempre estaba presente, no puedo comenzar a oírlo de pronto. Tal vez,
con los años pasados en la obra, mi sensibilidad frente a las perturbaciones
se haya acrecentado, pero de ningún modo es posible que se
afine el oído. Debido a la naturaleza de la plaga ésta no puede ser oída.
¿Hubiera tolerado esto antes? La habría exterminado, aún a riesgo de
perecer de hambre. Pero probablemente también, y esa idea se va infiltrando
en mí, pueda tratarse de un animal de una especie desconocida.
Aunque hace mucho tiempo que observo cuidadosamente la vida aquí
abajo, sería posible: el mundo es complejo, y nunca faltan sorpresas
desagradables. Pero no podría ser un animal único, tendría que tratarse
de un rebaño, que de pronto ha invadido mis dominios,'de un gran rebaño
de seres que, aunque por encima de estos bichos, los J superen
en poco, ya que es muy pequeño el ruido de su trabajo. Podrían ser
quizás animales desconocidos, un rebaño i de paso, que me turba, sí,
pero que pronto tendría fin. En consecuencia, podría limitarme a esperar,
sin realizar trabajos finalmente inútiles. Pero si son animales desconocidos,
¿cómo no consigo verlos? Ya he hecho muchas excavaciones
para atrapar siquiera uno de ellos, pero no encuentro ninguno; se me
ocurre que tal vez sean pequeñísimos, mucho más pequeños que todos
los que conozco y que sólo el ruido que producen sea perceptible. Por
eso reviso la tierra extraída, rompo los terrores hasta reducirlos a partículas
minúsculas, pero los alborotadores no aparecen. Muy lentamente
voy comprendiendo que con estas excavaciones al azar no llegaré a nada,
sólo destrozo las paredes, escarbo a la ligera, aquí y allá, no tengo
tiempo para rellenar luego los agujeros: ya hay montañas de tierra que
obstruyen el camino y la visión. Desde luego, esto me molesta sólo de
un modo accesorio; ahora no puedo pasear ni contemplar, ni descansar;
a menudo me he quedado dormido por un momento en cualquier
agujero, en medio del trabajo, con una zarpa hundida en lo alto, en la
tierra, sobre el terrón que en el último instante de vigilia he querido
arrancar. Ahora cambiaré mis métodos. Cavaré una verdadera zanja en
dirección al ruido y no cejaré en mis esfuerzos hasta que, independientemente
de toda teoría, encuentre la verdadera causa del ruido. Y luego
la eliminaré, si me lo permiten mis fuerzas, y en caso contrario, por lo
menos, tendré una seguridad. Esta seguridad me traerá, bien la calma,
bien la desesperación, pero de cualquier modo que sea, esto o aquello,
al menos será algo indudable y justificado. Esta determinación me hace
bien. Todo lo que he hecho hasta ahora me parece apresurado, realizado
en la excitación del regreso, no liberado aún de las preocupaciones
del mundo exterior, todavía no reabsorbido en la calma de la obra; hipersensibilizado
por la larga privación de ella, me he dejado arrebatar
el juicio por un fenómeno extraño. Porque ¿de qué se trata? Un ligero
siseo intermitente, una nada, a la que uno podría, no, no digo que uno
podría acostumbrarse a ella, pero sí que se podría, sin intentar por el
momento nada, observar durante algún tiempo, es decir, escucharlo
ocasionalmente cada tantas horas y registrar pacientemente los resultados,
y no, como yo, arrastrar la oreja a lo largo de las paredes, y al
menor ruido abrir la tierra, no tanto para encontrar algo en realidad,
como para traducir en algo la fiebre interior. Todo esto cambiará ahora,
espero. Y por otra parte, tampoco lo espero –como tengo
que reconocerlo a ojos cerrados, irritado contra mí mismo– porque la
inquietud vibra aún en mí, exactamente como hace horas, y si la prudencia
no me contuviera, ya hubiera comenzado a cavar en cualquier
sitio, sin preocuparme si se oyera algo o no, absurda, empecinadamente
como la misma plaga, que, o cava completamente sin sentido o lo
hace porque come tierra. El nuevo y juicioso proyecto me tienta, y por
otra parte no me tienta. No hay nada que objetar contra él, yo al menos
no encuentro ninguna objeción; debe conducir al éxito, según yo lo
veo. Y a pesar de todo, en el fondo, no tengo fe en él, tengo tan poca fe
en él que ni siquiera me atemorizan los posibles horrores del resultado,
ni siquiera creo en un resultado horroroso; es como si ya a la primera
aparición del ruido hubiese pensado en esa excavación metódica, dejándola
de lado sólo por no confiar en ella. A pesar de todo, comenzaré
desde luego con la excavación, pero no en seguida, aplazaré un poco el
trabajo. Cuando el juicio retorne a su equilibrio, entonces lo realizaré;
no he de precipitarme. Por cierto, antes hay que subsanar los daños
que mi escarbar produce a la obra; costará mucho tiempo, pero es necesario;
si la nueva excavación ha de conducir al objetivo, es indudable
que resultará larga, y si no conduce a ningún objetivo, entonces será
infinita, y de cualquier modo, esta tarea significará una prolongada ausencia
de la obra, no tan grave como la transcurrida en el mundo exterior
–puedo interrumpir la tarea cuando quiera y visitar la casa, y aun
cuando no hiciera esto, me llegaría el aire de la plaza principal y me
rodearía durante el trabajo–, pero de todos modos significará alejarse
de la obra y exponerse así a un destino incierto, por lo que prefiero dejarlo
todo en orden; que no se diga que yo, el que lucha por su tranquilidad,
la ha turbado él mismo sin restablecerla en seguida. Con lo cual
comienzo a rellenar de tierra los agujeros, trabajo que conozco perfectamente,
que he realizado innumerables veces, casi sin tener conciencia
de realizar un trabajo y que, especialmente en lo que se refiere al último
apisonamiento y alisado –esto no es jactancia, es la simple verdad–
, ejecuto en forma insuperable. Esta vez, sin embargo, se me hace difícil,
estoy distraído; continuamente, en la mitad del trabajo, aprieto el
oído contra la pared, escucho, e indiferente, dejo escapar la tierra recién
levantada, que rueda hacia la galería. Apenas si puedo ejecutar los
últimos trabajos de embellecimiento, que exigen mayor atención. Quedan
desagradables montículos, grietas molestas, sin hablar siquiera de
que el no logra restaurarse antiguo vuelo de una pared así remendada.
Procuro consolarme pensando que se trata de un trabajo provisional.
Cuando regrese y la paz se haya restablecido, lo mejoraré en forma definitiva,
todo se podrá hacer en un instante. Sí, en las fábulas todo se
realiza en un instante, y este consuelo pertenece también a las fábulas.
Mejor sería hacer en seguida una labor perdurable, más útil, que volver
a interrumpirla de continuo, deambulando, por las galerías, y establecer
nuevas fuentes del ruido, lo que en verdad es muy fácil, porque no exige
más que detenerse en cualquier sitio y escuchar. Y todavía hago
otros descubrimientos inútiles. A veces me parece que el ruido ha terminado
–se producen largos intervalos–, a veces no se oye el siseo,
demasiado golpea la propia sangre en el oído, entonces se juntan dos
intervalos en uno, y durante un rato se piensa que el siseo ha terminado
para siempre. No se escucha más, se salta, toda la vida da un vuelco,
es como si se abriera el manantial del cual fluye el silencio de la
construcción. Uno se abstiene de comprobar en seguida el descubrimiento,
busca a alguien a quien pudiera antes confiar en forma segura,
se corre febrilmente para ello hacia la plaza principal, se acuerda uno,
ya que, con todo lo que se es, se ha despertado a una nueva vida, que
hace mucho que no se ha comido, se arranca cualquier cosa de entre
las provisiones casi cubiertas por la tierra, se está tragando todavía
mientras regresa al lugar del increíble descubrimiento –uno quiere accesoriamente,
tan sólo en forma superficial, mientras come, cerciorarse
del suceso–, se escucha, pero la fugaz atención revela en seguida
que uno se ha equivocado miserablemente, que el silbido con tina
imperturbable en la lejanía. Y se escupe la comida y hasta se quisiera
pisotearla y se vuelve al trabajo sin saber siquiera a cuál, en cualquier
sitio, donde parece necesario, y de estos lugares hay bastantes, se empieza
mecánicamente a hacer algo, como si hubiera venido el capataz y
se debiera representar una comedia. Pero apenas se ha trabajado un
rato así, puede suceder que se haga un nuevo descubrimiento. El ruido
parece haberse hecho más intenso, no mucho como es natural, siempre
se trata dé diferencias sutiles, pero es un poco más fuerte de todos
modos, en forma claramente audible. Y este crecimiento parece una
aproximación, y casi con más claridad que el aumento sonoro, se ve nítidamente
el andar que se acerca. Se salta de la pared y, de un vistazo,
se trata de abarcar todas las posibilidades que este nuevo descubrimiento
traerá como' consecuencia. Se tiene la sensación de que la obra
jamás fue instalada con vistas a la defensa, mejor dicho, se tenía la intención,
pero el peligro de ataque y por tanto la preparación de la defensa
parecía lejana, o no lejana (¿cómo sería posible?), pero ciertamente
de importancia muy inferior: a los preparativos destinados a la
vida pacífica, que gozaron así de prioridad en todas las partes de la
obra. Mucho podría « haberse hecho en aquel otro sentido, sin modificar
el proyecto en lo fundamental, pero se ha omitido de manera incomprensible.
He tenido mucha suerte en todos estos años, la suerte
me ha mimado, pero la intranquilidad dentro de la dicha no conduce a
nada.
Lo que habría que hacer ahora sería revisar minuciosamente la obra,
ejecutar un nuevo proyecto y comenzar en seguida con el trabajo, fresco
como un joven. Este sería el trabajo necesario, para el cual, dicho
sea de paso, es naturalmente demasiado tarde, pero sería el trabajo a
realizar, y de ningún modo la excavación de una larga zanja de tanteo
que sólo tendría por consecuencia dedicarme con todas mis energías e
indefensamente a la búsqueda del peligro, en la estúpida suposición de
que éste no supiera aproximarse con suficiente prisa. Y de pronto no
comprendo mi plan anterior. En lo que antes era lógico no encuentro
ahora la menor lógica, de nuevo abandono el trabajo y dejo de escuchar.
No quiero encontrar nuevos argumentos; he hecho demasiados
hallazgos. Lo dejo todo. Me conformaría con calmar la lucha interior.
De nuevo dejo que me alejen las galerías, llego a otras cada vez más
lejanas, todavía no vistas después de mi regreso, todavía no tocadas
por mis zarpas, cuyo silenció se despierta cuando me aproximo y desciende
sobre mí; no me entrego, sigo a la carrera, sin saber en realidad
qué busco. Probablemente, tan sólo un aplazamiento. Me alejo tanto
que llego hasta el laberinto; me tienta aplicar el oído a la capa de musgo:
cosas muy lejanas, muy lejanas por el momento, atraen mi interés.
Avanzo hasta arriba y escucho. Profundo silencio. ¡Qué agradable! Nadie
se ocupa allí de mi obra, cada cual tiene sus asuntos sin relación
conmigo. ¿Cómo he conseguido esto? Este sitio junto al musgo es tal
vez el único en la construcción en que puedo escuchar tranquilo, durante
horas. Una completa inversión de las circunstancias: lo que antes era
un lugar de peligro se ha convertido en lugar de paz, la plaza fuerte en
cambio ha sido ahora en el ruido del mundo y en sus peligros. Y, lo que
es peor aún, en realidad tampoco hay paz; nada ha cambiado, con silencio
o sin él, el peligro espera como antes encima del musgo, sólo
que me he hecho insensible a él, demasiado ocupado con los zumbidos
de mis paredes. ¿Estoy ocupado , con ello? Se intensifica, se acerca;
pero yo serpenteo a través del laberinto, me instalo aquí arriba bajo el
musgo; casi es como si abandonara mi casa al silbador, conformándome
con tener un poco de calma aquí arriba; ¿El silbador? ¿Es que tengo
una nueva opinión precisa acerca del origen del ruido? ¿No era ésa mi
opinión precisa? Creo no haberme apartado de ella. Y si no en forma directa,
al menos indirectamente provendrá de ellas. Y si no hay ninguna
relación, entonces no se puede opinar nada concreto hasta encontrar la
causa, o hasta que ella aparezca por sí misma. Con presunciones se la
podría considerar ahora, se podría, por ejemplo, decir que en algún lugar
lejano se ha producido un curso de agua, y que lo que parece siseo
o silbido es en realidad murmullo. Pero, aparte de que en esa materia
no tengo experiencia –la capa de agua que encontré al principio la he
desviado en seguida y no ha vuelto a presentarse, debido a la índole
arenosa del suelo–, aparte de eso no es posible confundir siseo con
murmullo. Todos los deseos de tranquilidad son inútiles, la imaginación
no se detiene, y me aferró a la creencia –es inútil querer negar esto–
de que el siseo proviene de un animal, no de muchos y pequeños, sino
de uno solo y grande. Claro que hay circunstancias que parecen indicar
lo contrario. Por ejemplo, la de que se oiga el ruido en todas partes y
con la misma intensidad, tanto de día como de noche. Por cierto, habría
que inclinarse más bien por muchos animales pequeños, pero como no
los he encontrado durante mis excavaciones, sólo queda la suposición
de la existencia del gran animal, máxime teniendo en cuenta que lo que
parecería estar en contradicción con esta hipótesis no torna al animal
imposible, sino tan sólo inimaginablemente peligroso. Sólo por esto me
resisto a admitir su existencia. Pero ahora abandono el autoengaño.
Hace mucho que me ronda la idea de que es audible a gran distancia
porque cava frenéticamente, porque avanza taladrando la tierra a la velocidad
de un paseante que se desplaza por una galería libre; la tierra
tiembla cuando él cava, también cuando ya se ha alejado; con la distancia
esta vibración se une con el ruido del trabajo mismo, y yo, que
oigo sólo estas últimas vibraciones, las percibo con uniformidad en todas
partes. Contribuye a ello el hecho de que el animal no avanza hacia
mí; por eso no se altera el ruido; hay más bien un plan cuyo sentido no
consigo penetrar; sólo supongo que el animal me cerca –sin que ello
signifique que conozca mi existencia–, más aún, que ya ha trazado algunos
círculos alrededor de la obra desde que lo observo. Me da la naturaleza
mucho que pensar del ruido, el siseo o el silbido. Cuando escarbo
o araño la tierra es completamente distinto. Sólo consigo explicarme
el siseo pensando que la herramienta principal del animal no son
sus garras, con las cuales tal vez sólo se ayuda, sino el hocico o la
trompa, los que aparte de su enorme potencia han de tener una especie
de filo. Probablemente encaja la trompa en la tierra con un sólo golpe
violento, arrancando un gran trozo; durante este tiempo yo no oigo nada,
ése es el intervalo, pero luego absorbe aire para el golpe siguiente.
Esta succión, que debe producir un ruido que hace retemblar la tierra,
no sólo por la fuerza del animal, sino también por su prisa, por su frenesí
de trabajo, yo lo percibo como un leve siseo. Sigue siendo, sin embargo,
por completo incomprensible su capacidad de trabajar interminablemente;
tal vez los pequeños intervalos contengan la posibilidad de
un brevísimo descanso, porque a un descanso verdadero no ha llegado
jamás, cava de día y de noche, siempre con la misma intensidad y
energía, con el plan siempre en vista, un plan que hay que cumplir con
urgencia y para cuya ejecución posee todas las condiciones. Ciertamente,
no había esperado un enemigo tal. Pero aparte de sus peculiaridades,
se cumple ahora algo que siempre debí temer, algo contra lo cual
siempre debí estar preparado. ¡Se acerca alguien! ¿Cómo durante tanto
tiempo todo transcurrió felizmente y en silencio? ¿Quién ha guiado los
caminos de los enemigos para que describan los grandes arcos alrededor
de mi propiedad? ¿Por qué fui protegido, tanto tiempo para ser espantado
ahora de este modo? ¿Qué eran todos los pequeños peligros,
en cuya imaginación y estudio pasaba mi tiempo, al lado de este mayúsculo
peligro? ¿Esperaba, como propietario de la construcción, tener
supremacía sobre cualquier enemigo que se presentara? Precisamente,
como propietario de esta obra grande y delicada, estoy inerme frente a
cualquier ataque serio. La dicha de poseerla me ha ablandado, la delicadeza
de la obra me ha hecho delicado, sus lesiones me duelen como
si fueran mías. Justamente esto es lo que debí prever, no pensar tan
sólo en mi propia defensa – ¡y aun esto con qué ligereza y falta de resultados
lo he realizado!– sino en la defensa de la obra. Ante todo debieron
haberse tomado disposiciones para que algunas partes de la
obra, y en lo posible muchas de ellas, cuando fuesen atacadas, pudiesen
ser aisladas de las menos expuestas, con derrumbamientos al instante,
y constituidos por masas de tierra tales, y con un aislamiento tal,
que el atacante ni siquiera pudiese sospechar que ahí detrás estuviera
la verdadera obra. Más aún: estos derrumbamientos debieran ser apropiados,
no sólo para ocultar la obra, sino también para sepultar al atacante.
No he hecho absolutamente nada para algo semejante; nada,
absolutamente nada, ha sucedido en ese sentido; he sido inconsciente
como un niño, he pasado mis años adultos en juegos infantiles, hasta
con la idea de los peligros he jugado, omitiendo pensar realmente en
los verdaderos peligros. Y no me han faltado advertencias.
Desde luego, nada que se acerque en importancia a lo de ahora ha sucedido;
pero en las primeras épocas de la construcción hubo algo que
se le parecía. La principal diferencia consistía precisamente en que eran
las primeras épocas de la construcción... Yo entonces aún trabajaba casi
como un pequeño aprendiz en la primera galería –el laberinto sólo
estaba proyectado en líneas generales–, ya había vacilado una pequeña
plaza, pero sus dimensiones y el tratamiento de las paredes era un fracaso;
bien, todo estaba de tal modo en los comienzos que sólo podría
valer como ensayo, como algo que, a poco que falle la paciencia, se podría
abandonar repentinamente sin la mayor pena. Entonces sucedió
que durante uno de mis descansos –siempre hubo en mi vida demasiados
intervalos para descansar–, yaciendo entre montones de tierra, que
se oye de pronto un ruido a lo lejos. Joven como era, más que atemorizarme,
despertó mi curiosidad. Dejé el trabajo y me dediqué a escuchar;
continuamente escuchaba, y no corrí a tenderme bajo el musgo
para no privarme de escuchar. Al menos escuchaba. Lograba distinguir
muy bien que se trataba de un trabajo semejante al mío, aunque sonaba
con más debilidad pero no se podía saber en qué grado esta diferencia
debía atribuirse a la distancia. Estaba intrigado, pero tranquilo. Quizá
–pensé– estoy en una construcción ajena y el dueño cava ahora en
mi dirección. Si se hubiera comprobado la exactitud en otra parte, pues
nunca he tenido ansias de conquista o de ataque. Pero, ciertamente, yo
era todavía joven y todavía no tenía obra, podía permanecer tranquilo.
Tampoco el posterior transcurso de los hechos me trajo mayor excitación;
interpretarlos era lo que no resultaba fácil. Si el que allí cavaba
tendía verdaderamente hacia mí porque me había oído cavar, cuando
cambiara su rumbo –como sucedía ahora realmente– no podía determinarse
si lo hacía porque mi intervalo de descanso lo privaba de todo
punto de referencia para su marcha, o más bien porque él mismo cambiaba
de propósitos. También podía ser que yo me hubiese engañado
por completo y que él nunca se hubiese dirigido a mí; lo cierto es que el
ruido aumentó todavía por un tiempo, como si se acercara; joven como
era, no me hubiera desagradado que el cavador surgiese de repente de
la tierra, pero no sucedió nada por el estilo, y a partir de determinado
momento el ruido comenzó a debilitarse, se hizo cada vez más lejano,
como si el cavador se desviase gradualmente de su primitiva dirección,
y de pronto todo cesó como si él hubiese optado plenamente por una
dirección opuesta y se alejara con decisión. Durante mucho tiempo seguí
escuchando el silencio antes de reanudar el trabajo. Por cierto esta
advertencia fue bastante clara, pero bien pronto la olvidé, y apenas si
se tradujo en alguna modificación de mis proyectos de construcción.
Entre entonces y hoy media mi edad adulta, pero es como si no mediara
nada, hoy como entonces hago grandes pausas en mi trabajo, y escucho
junto a la pared ¡últimamente el cavador ha cambiado de intención,
ha vuelto, regresa de su viaje, cree que me ha dejado suficiente
tiempo para disponerme a recibirlo. Pero de mi parte todo está menos
dispuesto que entonces; la gran obra yace como entonces inerme; aunque
ya no soy un pequeño aprendiz, sino un maestro de obra, las energías
que me restan fracasarán en el momento de la decisión; a pesar
de mi edad avanzada me parece que quisiera ser más viejo aún, tan
viejo que ya no pudiera levantarme de mi lecho bajo el musgo. Porque
en realidad no aguanto más, me levanto y corro hacia abajo, hacia la
casa, como si aquí, en vez de paz me hubiese llenado sólo de tribulaciones.
¿Cómo quedaron las cosas últimamente? ¿El siseo se ha debilitado?
No; ha ganado en fuerzas. Escucho en diez lugares al azar y noto
claramente el engaño, el siseo continúa igual, nada ha cambiado. Allí
enfrente no se producen cambios, allá 'sé" está tranquilo, por encima
del tiempo; aquí en cambio cada instante sacude al oyente. Y deseando
el largo camino hasta la plaza fuerte, todo el contorno me parece excitado,
parece mirarme, parece en seguida desviar la vista para no molestarme,
y se esfuerza de nuevo para leer en mi gesto las resoluciones
salvadoras. Muevo la cabeza; todavía no las tengo. Tampoco voy a la
plaza principal para ejecutar allí algún plan. Paso por el lugar en que
había querido hacer la zanja de exploración, lo estudio de nuevo, hubiera
sido un buen lugar, la zanja habría seguido la dirección en que se
hallan la mayoría de los conductos de aire, que me hubieran facilitado
el trabajo, tal vez no hubiese tenido que cavar muy fatigosamente, ni
siquiera me hubiese visto obligado a cavar hacia el ruido, tal vez hubiese
bastado pegar el oído a los conductos. Pero ninguna consideración es
capaz de animarme a emprender este trabajo. ¿Esta zanja debe traerme
la certidumbre? He llegado a un extremo en que ni siquiera deseo la
certidumbre. En la plaza fuerte elijo un buen pedazo de carne roja, sin
cuero, y me escondo con él, en un montón de tierra; allí habrá silencio
en la medida en que el silencio es todavía posible aquí. Me deleito con
la carne; me acuerdo todavía alguna vez del animal desconocido que
traza su ruta a distancia, y después pienso que mientras me sea posible
debo disfrutar suculentamente de mis provisiones. Esto último es probablemente
el único plan a ejecutar. Por lo demás, trato de descifrar el
del animal. ¿Está de viaje o trabaja en su propia construcción? Si se
halla de viaje, tal vez fuese posible un entendimiento con él. Si
realmente irrumpiera hasta mí, entonces podría darle algo de mis provisiones
y él seguiría. Sí, seguiría. En mi montón de tierra puedo soñarlo
todo, hasta con ciertos acuerdos' aunque sé con seguridad
que no son posibles ya que en el mismo instante en que nos veamos,
mejor, cuando nos sospechemos próximos, sin vacilaciones, simultáneamente
prepararemos las garras y los dientes uno contra el
otro con renovada hambre aunque estemos llenos hasta el hartazgo. Y
como siempre en este caso, con pleno derecho: ¿quién,, aunque estuviera
de viaje, no alteraría a la vista de la obra, sus proyectos y propósitos?
Pero tal vez el animal cava en su propia obra; entonces ni siquiera
podría soñar con un acuerdo. Aunque se tratara de un animal extraño
y que su obra tolerara vecindades, la mía no las tolera, al menos no
las de tipo audible. Ahora el animal parece hallarse a gran distancia; si
se alejara un poco más, también desaparecería el ruido, quizá todo volvería
a arreglarse, a ser como en los buenos tiempos; todo no dejaría
de ser una amarga experiencia, pero beneficiosa; me incitaría a
realizar diversas mejoras; cuando tengo paz y el peligro no apremia
de manera inmediata, todavía soy capaz de trabajos considerables; quizás
el animal renuncie, en vista de las extraordinarias posibilidades que
parecen inherentes a su capacidad de trabajo, a la extensión de su obra
en dirección a la mía y se resarza de ello en algún otro lado. Pero, como
es natural, esto no es alcanzable por negociaciones, sino sólo por la voluntad
del animal o por una amenaza que yo pudiese ejercer. En ambos
i casos será decisivo establecer si el animal sabe algo acerca; de mí y
qué sabe. Cuanto más reflexiono acerca de esto se me figura más improbable
que me haya oído; es posible, aunque inimaginable, que tenga
noticias mías, pero con toda seguridad que no me ha oído. Mientras no
supe nada de él no pudo oírme en absoluto, pues permanecí silencioso
–no hay nada más silencioso que el reencuentro con la obra–, luego,
cuando hice las excavaciones de exploración, habría podido oírme a pesar
de que mi manera de cavar produce poco ruido; y si me hubiera oído
yo habría notado algo, porque al menos habría tenido que interrumpirse
con frecuencia en su trabajo para escuchar.
...Pero todo permaneció sin alteración...
INVESTIGACIONES DE UN PERRO
¡En qué forma ha cambiado mi vida, sin cambiar en el fondo! Si retrocedo
con el pensamiento y evoco los tiempos en que aún vivía en medio
de la perrera, participando en cuanto interesa a los perros, un perro entre
perros, encuentro, si advierto más detenidamente, que siempre
hubo algo que funcionaba mal, que existía una pequeña grieta y que un
ligero malestar me acometía en el curso de los más solemnes actos públicos;
a veces también en los círculos privados; no, no a veces, sino
muy a menudo, la simple visión de uno de mis semejantes perrunos,
considerado de pronto de otra manera, me turbaba, me asustaba, dejándome
indefenso y desesperado. Traté de tranquilizarme; algunos
amigos, a los que confesé esto, me ayudaron; luego llegaron épocas
mas tranquilas, en las que si bien no faltaban aquellas sorpresas, se las
consideraba con más ecuanimidad y como venían se las incorporaba a
la existencia; tal vez entristecían y cansaban, pero en lo demás me
permitían subsistir, un poco retraído, temeroso, calculador, sí, pero en
resumidas cuentas, todavía un perro cabal. ¿Cómo hubiera podido alcanzar
sin esos períodos de descanso la edad de que hoy gozo; cómo
hubiese
podido luchar y abrirme camino hacia la serenidad desde la cual contemplo
los terrores de mi juventud y la vejez; cómo hubiese podido llegar
a sacar conclusiones de mi –como lo reconozco– desgraciada o, para
expresarlo más cautelosamente, no muy feliz disposición, y vivir conforme
a ellas? Retirado, solitario, ocupado en investigaciones, sin esperanzas,
aunque para mí indispensables, así vivo, pero sin perder de vista
a mi pueblo. A menudo me llegan noticias y a veces también doy alguna
señal de vida. Se me trata con consideración, sin comprender mi
real naturaleza; pero no lo tomo a mal e incluso los perros jóvenes, que
veo cruzar alguna vez a lo lejos –una nueva generación–, de cuya infancia
me acuerdo oscuramente, no me niegan su respetuoso saludo.
No hay que perder de vista que, a pesar de todas mis rarezas, traslúcidas
como la luz, sigo perteneciendo a la especie. Es verdaderamente
curioso –pienso, y para hacerlo tengo tiempo y ganas y disposición– lo
que pasa con la condición perruna. Fuera 'de nosotros, los perros, hay
muchas especies de animales: pobres seres minúsculos, casi mudos,
capaces, solamente de algunos gritos.; muchos de nosotros, los perros,
los estudian, les han dado nombre, tratan de ayudarlos, de educarlos,
ennoblecerlos, etcétera. A mí me son indiferentes; basta con que no me
molesten; los confundo unos con otros, apenas los veo. Hay sin embargo
algo llamativo: la poca, solidaridad que reina entre ellos, si se los
compara con nosotros, la indiferencia y hasta la hostilidad con que se
tratan, al extremo de que sólo los más burdos intereses parecen unirlos;
y aun estos intereses originan a menudo odios y peleas. ¡Nosotros,
los perros, en cambio!... Puede decirse que todos," vivimos agrupados,
por más que nos diferencien los caracteres adquiridos a través del
tiempo. ¡Todos agrupados! Ese es el impulso y nada puede refrenarlo;
todas nuestras leyes e instituciones, las pocas que todavía conozco y
las innumerables que he olvidado, tienden a satisfacer el anhelo hacia
la suprema dicha de que somos capaces: la cálida convivencia. Y ¡ahora
la otra cara del asunto: entiendo que ningún ser vive,! tan ampliamente
diseminado como el perro; en ninguno se manifiestan tantas diferencias
en realidad inabarcables, por razón de clase, tipo, ocupación; nosotros
que deseamos permanecer unidos -y siempre y a pesar de todo lo logramos
en momentos extraordinarios–, precisamente nosotros, vivimos
separados desempeñando oficios extraños, desconocidos hasta para los
congéneres más inmediatos, sujetos a prescripciones que no son las de
la perrada, que más bien están orientadas contra ella. Estas son cuestiones
tan complejas, cuestiones que, por lo general, se prefiere eludir
–comprendo también este punto de vista, hasta lo comprendo mejor
que el mío– y a las que sin embargo me he entregado por completo.
¿Por qué no hago como Tos demás, por qué no vivo en armonía con mi
pueblo, sin dar importancia a lo que turba precisamente esta armonía,
considerándolo como un simple fallo dentro del gran conjunto; por qué
no me oriento hacia lo que nos une en felicidad, no a lo que naturalmente
–siempre también en forma irresistible– nos arranca del círculo
de nuestro pueblo?
Recuerdo un suceso de mis primeros años. Experimentaba la feliz e inexplicable
excitación que sin duda todos experimentamos en la niñez;
era un perro muy joven; todo me gustaba, todo se refería a mí; creía
que grandes cosas sucedían a mi alrededor porque yo era su motor, y
que debía conferirles mi voz, cosas que permanecerían miserablemente
en tierra si yo no me afanaba y corría y agitaba mi cuerpo por ellas; en
suma, fantasías de la niñez que desaparecen con los años. Pero en
aquella época eran poderosas, me subyugaban y, efectivamente, sucedió
algo extraordinario que parecía justificar mis caóticas esperanzas.
En sí no era nada muy extraordinario –más tarde he visto cosas semejantes
y más extrañas aún–, pero me afectó con la fuerza de la primera
impresión, imborrable y orientadora. Tropecé con un pequeño grupo de
perros, mejor dicho, no tropecé con él, porque vinieron a mi encuentro.
Yo había caminado largamente en la oscuridad, con el presentimiento
de grandes sucesos –presentimiento que, por constante, me inducía fácilmente
a error–, había caminado mucho sin rumbo, ciego y sordo a
todo, impulsado sólo por mi deseo impreciso; me detuve con la repentina
sensación de haber llegado a buen lugar; levanté la vista y vi que
era de día, un día muy luminoso, con algo de bruma, lleno de entreverados
y mareantes oleajes de perfumes; saludé la mañana con turbulentas
voces y, entonces, corno si los hubiese conjurado, siete perros
surgieron de la
oscuridad y se presentaron a la luz, con un ruido espantoso, como no
había oído jamás. Si no hubiese visto con claridad que se trataba de perros
y que ellos portaban el ruido, aunque no podía precisar cómo lo
hacían, hubiera huido. Me quedé, pues. Entonces no sabía casi nada del
don creativo musical conferido exclusivamente a los perros; había escapado
a mi poder de observación que se hallaba en lento desarrollo;
tal vez porque la música me rodeaba desde la lactancia como elemento
vital cotidiano, indispensable, que nada me obligaba a diferenciar de la
vida misma; sólo con indicaciones adaptadas a la mentalidad infantil se
había tratado de señalármela; tanto más sorprendentes, casi abrumadores,
me resultaron aquellos grandes artistas. No hablaban ni cantaban,
más bien callaban obstinadamente; pero como por arte de magia,
extraían su música del espacio vacío. Todo era música, las subidas y
bajadas de las patas, determinados giros de las cabezas, el andar y el
reposo, sus posiciones respectivas, los pasos como de contradanza originados
cuando, por ejemplo, cada cual afirmaba las patas delanteras
en el lomo del precedente de manera que el primero sostenía, erguido,
el peso de los demás, o cuando formaban entrelazadas figuras que
se arrastraban, cerca del suelo, sin equivocarse jamás. El último de
ellos, todavía un poco inseguro, no encontrando de inmediato la conexión
con los otros y en cierto modo vacilante al iniciarse la melodía,
lo era sólo comparado con la magnífica seguridad de los otros; y aunque
lo fuese por completo, no habría podido echar a perder nada porque
los otros, grandes maestros, mantenían inconmoviblemente el
compás. ¡Pero si apenas se les veía! Se habían adelantado, se los había
saludado ya con anterioridad como a perros a pesar de la confusión
creada por el estruendo que los acompañaba; sí, eran perros, perros
como tú y yo, uno quería acercárseles, intercambiar saludos, estaban
muy próximos, eran perros ciertamente mucho más viejos que yo y no
de mi especie lanuda, pero tampoco muy distintos en tamaño y aspecto;
al contrario, resultaban muy familiares; yo conocía a muchos de esa
especie o de otra parecida, pero mientras estaba entretenido en tales
reflexiones, la música comenzaba a predominar; lo cogía materialmente
a uno, lo apartaba de estos pequeños perros reales, y a pesar de resistirse
con todas las fuerzas, aullando
como si le causaran daño, no podía ya ocuparse de otra cosa que de la
música procedente de todas partes, de arriba, de abajo, arrastrando al
oyente, sepultándolo y aplastándolo; que al aniquilarlo a uno estaba tan
próxima que de inmediato parecía lejanísima, soplando trompetas apenas
audibles. Y de nuevo uno era despedido porque ya estaba demasiado
agotado, aniquilado, demasiado débil para seguir escuchando; era
despedido y veía a los siete perritos realizar sus evoluciones, ejecutar
sus saltos; uno quería, a pesar de su aspecto inaccesible, llamarlos,
preguntarles, averiguar qué hacían allí –yo era una criatura y me creía
autorizado a preguntar a todo el mundo– pero apenas comenzaba, apenas
sentía el fluido de la buena y cálida comunicación con los siete,
cuando la música había vuelto, me quitaba el sentido, me hacía girar en
círculos, como si yo mismo fuera uno de los músicos, cuando sólo era
una de sus víctimas, y me arrojaba de un lado para otro, por más que
implorara clemencia. Por fin me salvó su violencia misma, apretándome
en una pila de maderas que hasta entonces no había advertido. Al
abrazarme con firmeza y bajar la cabeza me daba al menos la posibilidad
de resollar, aunque en el exterior siguiera tronando la música. Verdaderamente,
más que el arte de los siete perros –incomprensible para
mí, porque sobrepasaba en mucho mis facultades de aprehensión– me
maravillaba su valor de exponerse por entero y abiertamente al resultado
de su propio arte y de soportarlo, aunque iba más allá de sus fuerzas,
sin que se les quebrara el espinazo. Por cierto que yo comprobaba
ahora desde mi escondrijo, mirando mejor, que no trabajaban con tanta
calma, sino más bien con extremo esfuerzo; estas patas movidas en
apariencia con tal seguridad, temblaban a cada paso en interminables
palpitaciones ; rígidos, como desesperados, se miraban unos a otros, y
la lengua, una y otra vez dominada, tornaba también una. y otra vez a
colgar mustia. Y no podía ser que los excitara así el temor al fracaso;
los que tanto arriesgaban, los que lograban tanto, no podían ya tener
miedo. ¿Miedo a qué? ¿Quién los obligaba a realizar lo que allí estaban
haciendo? Y ya no pude contenerme, sobre todo porque ahora me parecían
necesitados de ayuda, y grité mis preguntas a través del ruido, alta
e imperiosamente. Pero ellos - ¡incomprensible! ¡incomprensible! – no
contestaron, actuaron como si yo no existiera. ¡Perros que ni siquiera
contestan a una llamada de perro, un atentado imperdonable a las buenas
costumbres inconcebible en ninguna circunstancia, ni en el más
grande ni en el más pequeños de los perros! ¿Y si no fueran perros? Pero
cómo podían no ser perros si ahora oía, al escuchar mejor, las suaves
voces con que se azuzaban unos a otros, se hacían notar ciertas dificultades,
se advertían ciertos errores, hasta veía al último perro, al
más pequeño, al que estaban destinadas la mayoría de las voces, entrecerrar
los ojos hacia mí con frecuencia, como si tuviese ganas de
contestarme, pero dominándose porque no debía ser. ¿Pero por qué no
debía ser, por qué lo que nuestras leyes exigen siempre incondicionalmente
no podía ser en este caso? Me sentía indignado casi hasta olvidar
la música. Estos perros violaban la ley. Aunque fueran grandes magos
la ley era válida también para ellos, eso lo comprendía yo muy bien
aunque fuera una criatura. Y noté aún más. En realidad tenían motivo
para callar, en el supuesto de que callaran por sentimiento de culpa.
Porque, ¿cómo se conducían? La música me había impedido notarlo; los
muy desdichados, arrojando de sí toda vergüenza, hacían lo más ridículo
y lo más indecente: caminaban erguidos sobre las patas traseras.
¡Horror! Se desnudaban y llevaban procazmente a la vista su desnudez;
se gozaban en ello y si alguna vez obedecían al sano instinto y bajaban
las manos parecían asustarse, como si fuera un error, como si la naturaleza
fuese un error, y volvían a levantarse en seguida, sus miradas
parecían pedir disculpas por haber interrumpido de momento sus prácticas
pecaminosas. ¿Estaba el mundo al revés? ¿Dónde me hallaba?
¿Qué había pasado? Aquí ya no pude vacilar, la existencia misma estaba
en juego; me solté de las maderas que me aprisionaban y me adelanté
de un salto, quería llegar hasta los perros; de pequeño discípulo
debía convertirme en maestro, hacerles comprender lo que hacían, evitar
que cayeran en ulteriores pecados. "Unos perros tan viejos, unos
perros tan viejos", me repetía. Pero apenas estuve en libertad –sólo
dos, tres saltos me separaban de ellos– el ruido volvió a adueñarse de
mí. Tal vez, como ahora ya lo conocía, aunque era espantoso, le habría
podido oponer resistencia; luchar contra él, si a través de toda la plenitud
sonora no se hubiese mantenido un sonido claro, severo, siempre
igual a sí mismo, como si llegase invariablemente de gran distancia y
pareciera constituir la verdadera melodía en medio del ruido. Me obligó
a caer de rodillas. ¡Qué embaucadora era la música de estos perros! No
lograba avanzar, ya no quería educarlos; que siguieran despatarrándose,
que siguieran cometiendo pecados e induciendo a otros al silencioso
pecado de contemplar; yo era un perro demasiado pequeño; ¿cómo se
podía esperar de mí acción tan ardua? Me acurruqué aún más, gimoteando,
y si los perros me hubiesen preguntado mi opinión tal vez les
hubiese dado la razón. Afortunadamente, no tardaron en irse; con todo
su ruido y toda su luz desaparecieron en la oscuridad por donde habían
salido.
Como ya he dicho, en este suceso no había nada de extraordinario; en
el transcurso de una larga vida se ven muchas cosas que, aisladamente
y miradas con ojos infantiles, serían aún más extraordinarias. Además,
el caso podía presentarse en otra forma, como todo. Porque, se podía
argüir, en definitiva, que los siete músicos se habían reunido para hacer
música en el silencio matutino; un perrillo se había extraviado hasta
llegar a ellos, un oyente molesto, al que en vano habían intentado ahuyentar
con música terrible o sublime. Los importunaba con preguntas,
¿debían ellos, ya fastidiados por su simple presencia, agravar la molestia
y agrandarla contestando? Y si bien la ley ordena contestar a todo el
mundo, ¿era en realidad alguien ese perrito insignificante llegado de
cualquier parte? Acaso ni siquiera lo comprendían, pues ladraba sus
preguntas en forma casi ininteligible. O tal vez lo comprendían y, sobreponiéndose,
le contestaba, pero él, el pequeño, inhabituado a la música,
no sabía separar-ésta del ruido. Y en lo que se refiere a las patas
traseras, es probable, sí, que caminaran excepcionalmente sobre ellas;
es un pecado, sí, pero estaban solos, eran amigos entre amigos, en una
reunión íntima, en cierto modo entre cuatro paredes y completamente
solos, ya que los amigos no son público, ni tampoco lo es un pequeño y
curioso perro callejero. En resumen: ¿no era como si no hubiese sucedido
nada? No es así del todo, pero sí en aproximación. Los padres debieran
cuidar más a sus hijos y enseñarles mejor a callar y a respetar
las canas.
Y si uno llega a este punto, el caso está terminado. Ciertamente, lo que
está terminado para los mayores, no lo está para los pequeños. Corrí y
conté y pregunté; acusé y averigüé, quería arrastrar a todos hasta el
lugar del suceso, quería mostrar a todos dónde estaba yo y dónde los
siete, y cómo y dónde habían bailado y ejecutado su música, y si alguien,
en vez de rechazarme y reírse de mí, hubiese venido conmigo,
entonces tal vez hubiese sacrificado mi pureza y habría intentado elevarme
sobre las patas traseras, para dejarlo todo bien en claro. En fin,
todo lo que hace una criatura está mal, pero afortunadamente también
se le perdona todo. Yo, sin embargo, maduré sin perder esta cualidad
infantil. Así como en aquel entonces no terminaba de comentar el suceso
en alta voz –suceso que desde luego hoy me parece poco importante–
y de dividirlo en partes, y de apreciarlo a la luz del criterio de los
presentes, importunándolos sin consideración, ocupado tan sólo con mi
asunto, que yo encontraba tan molesto como todos los demás y precisamente
por eso –ahí estaba la diferencia– digno de ser aclarado a fondo,
para poder por fin recuperar la libertad y ocuparme de la vida cotidiana,
ordinaria, tranquila y feliz; así como entonces, exactamente –
aunque con medios menos pueriles, si bien la diferencia no es muy
grande– seguí trabajando después y sigo todavía hoy, sin detenerme.
Todo comenzó con aquel concierto. No me quejo; es innato en mí, y si
el concierto no hubiese ocurrido, mi naturaleza habría buscado otra
oportunidad para manifestarse. Sólo que algunas veces me apena que
sucediera tan pronto; me privó de gran parte de mi niñez; la feliz existencia
de los cachorros, que algunos son capaces de prolongar durante
años, fue para mí de sólo pocos meses. Ya pasó. Hay cosas más importantes
que la infancia. Y tal vez me espera en la vejez, como premio
por tan dura existencia, más dicha infantil que la que podría soportar
un niño verdadero, pero que yo tendré fuerzas para soportar.
Comencé entonces con mis investigaciones sobre las cuestiones más
sencillas; no me faltaba material; lamentablemente, fue la superabundancia
de éste la causa de mi desesperación en horas oscuras. Comencé
a averiguar de qué se alimentaba la perrada. Esta no es, si bien se
mira, pregunta fácil de contestar; nos ocupa desde los primeros tiempos;
es el principal objeto de nuestras meditaciones; las observaciones, experimentos
y puntos de vista fueron innumerables en este terreno; se
convirtieron en una ciencia que por su enorme amplitud excede lo abarcable
por un individuo, y también por todos los sabios; que únicamente
puede ser soportada por toda la perrada, y esto sólo en parte y no sin
suspiros, ello sin hablar de las dificultades y de las condiciones previas
casi imposibles de cumplir, que exigen mis investigaciones. No es necesario
que todo eso se me señale, lo sé tanto como cualquier perro; no
pienso propasarme con la verdadera ciencia, le guardo el respeto que
merece; pero para aumentarlo me falta saber, constancia, calma y –no
en último término y especialmente durante los últimos años– también
el apetito. Trago la comida sin demorarme en disquisiciones económicas.
Me basta en este aspecto la quintaesencia del saber, la pequeña
regla, con la cual las madres destetan a los pequeños y los dejan partir
hacia la vida: "Riega todo lo que puedas." ¿Es que esto no lo dice casi
todo? ¿Ha podido la investigación agregar a ello algo esencial, comenzando
desde los tiempos de nuestros más remotos antepasados? Pormenores,
nada más que pormenores. Y todos inseguros. En cambio, esta
regla permanecerá inconmovible mientras haya perros. Se refiere a
nuestro principal alimento. Desde luego, todavía hay medios accesorios,
pero en caso de necesidad y si los años no fueran demasiado malos,
podríamos vivir de este alimento principal, que encontramos en la tierra;
la tierra necesita de esa agua nuestra y sólo a este precio nos suministra
alimento, cuya producción, esto tampoco hay que olvidarlo,
puede desde luego acelerarse con determinados dichos, cantos y movimientos.
A mi juicio, esto sería todo: nada fundamental puede agregarse
al respecto. Estoy de acuerdo con la gran mayoría de la perrada y
doy la espalda, firme y severamente, a las opiniones heréticas sobre la
materia. No, no trato de distinguirme, ni de tener razón; me siento feliz
cuando puedo coincidir con mis conciudadanos, y ello sucede en este
caso. Pero mis propios trabajos se orientan en otra dirección. La simple
observación me enseña que la tierra, si se la rocía y trabaja según las
normas científicas, entrega alimentos de tal calidad y en tales cantidades,
de tal manera, en tales lugares y a tales horas, según las leyes
parcial o totalmente establecidas por la ciencia. Eso lo doy por sentado,
pero mi pregunta es: "¿De dónde saca la tierra estos alimentos?" Pregunta
que en general se simula no comprender o a la que se contesta
en el mejor de los casos: "Si no tienes bastante de comer, te daremos
de lo nuestro." Obsérvese esta contestación. Ya sé, no cuenta entre las
ventajas de la perrada distribuir los alimentos una vez logrados. La vida
es dura, la tierra árida, la ciencia rica en comprobaciones, pero bastante
pobre en resultados prácticos; el que tiene alimentos los conserva;
eso no es egoísmo, sino todo lo contrario, ley de perros, unánime resolución
popular, lograda después de sobreponerse precisamente al egoísmo,
ya que los que poseen son los menos. Por eso aquella contestación
de "si no tienes bastante para comer, te daremos de lo nuestro" es
sólo una frase hecha, una broma, una burla. No lo he olvidado. Pero
tanto mayor significado tiene el hecho de que tratándose de mí –que
entonces rodaba por el mundo con estas preguntas– se dejara de lado
la burla; si bien no se me daba alimento –¿de dónde se lo hubiera podido
sacar?– y si por casualidad se tenía, en la urgencia del hambre se
olvidaba cualquier otra consideración; les ofrecimientos eran siempre
serios, y aquí y allá obtenía efectivamente alguna pequeñez si me apresuraba
a atraparla. ¿Por qué fui objeto de un tratamiento especial? ¿Por
qué se me respetó y se me prefirió? ¿Porque era un animal flaco, débil,
mal alimentado y demasiado despreocupado de la comida? Andan por el
mundo muchos perros mal alimentados y si se puede se les quita de la
boca el más miserable aumentó, con frecuencia no por voracidad, sino
casi siempre por principio. No; se me prefería; no podría quizás entrar
en pormenores, pero tenía la exacta impresión de ello. ¿Divertirían mis
preguntas acaso? ¿Se las encontraba especialmente juiciosas? No; mis
preguntas no divertían y se las encontraba tontas. Y, con todo, sólo podían
ser las preguntas las que habían atraído la atención sobre mí. Era
como si se prefiriese hacer cualquier cosa, taparme la boca con comida,
por ejemplo –no se lo hacía, pero se tenía la intención–, antes de tolerar
mis preguntas. Pero se me hubiera podido ahuyentar, prohibirme
las preguntas. No, no se quería eso; no se quería oír mis preguntas;
pero precisamente no se me quería expulsar por ellas. Por más que se
rieran de mí y me trataran como a un animal pequeño y tonto, por más
que se me empujara de un lugar para otro, aquel fue el tiempo en que
llegué a gozar de mayor prestigio; nunca se repitió en adelante nada
semejante; tenía acceso a todas partes y, con el pretexto de tratarme
rudamente, se me lisonjeaba. Y todo sólo por mis preguntas, por mi
impaciencia, por mis ansias de investigación. ¿Se me quería embaucar
sin violencia, apartarme casi amorosamente de un camino equivocado,
de un camino cuya falsedad sin embargo no estaba por encima de cualquier
duda, puesto que no autorizaba a emplear la fuerza?... También
un cierto respeto y temor se oponían al empleo de la violencia. Ya sospechaba
en aquel entonces algo semejante, hoy lo sé con certeza, con
más certeza que aquellos que actuaron entonces; es cierto, se me quiso
apartar hábilmente de mi camino. No lo lograron; el resultado fue inverso:
mi vigilancia se agudizó. Hasta se evidenció después que era yo
quien trataba de apartar a los demás de su propio camino, propósito en
el que tuvo éxito hasta cierto punto. Sólo con ayuda de la perrada comencé
a comprender mis propias interrogaciones. Cuando yo preguntaba,
por ejemplo: "¿De dónde saca la tierra este alimento?", ¿me interesaban
entonces, como podría parecer, las preocupaciones de la tierra?
En lo más mínimo; eso estaba, como pronto pude comprobar, lejos de
mí; a mí me preocupaban sólo los perros, nada fuera de ellos. Porque,
¿qué hay fuera de los perros? ¿A quién recurrir fuera de ellos en el inmenso
mundo vacío? Todo el saber, la totalidad de las preguntas y respuestas
está contenida en los perros. ¡Si al menos este saber pudiera
utilizarse, extraído a la luz del día; si al menos los perros no supieran
tan infinitamente más de lo que reconocen saber, de lo que ante sí
mismos admiten que saben! Pero el más locuaz de los perros es más
hermético que los lugares donde se hallan los mejores alimentos. Se
ronda a tal canino, se espumajea de avidez, se pelea con la propia cola,
se pregunta, se ruega, se aúlla, se muerde y se logra... y se logra lo
que se lograría también sin ningún esfuerzo: amabilidad, contactos
amistosos, honrosos olisqueos, estrechos abrazos, tu aullido y el mío
unidos en uno solo, todo converge hacia allí, una dicha, un olvidar y un
encontrar, pero lo único que deseaba alcanzar: la confesión del propio
saber, eso se niega. A este ruego, silencioso o en alta voz, contestan en
el mejor de los casos, cuando la insistencia se ha llevado al extremo,
con aires obtusos, miradas oblicuas, ojos velados, turbios. Más o menos
lo mismo que lo que sucedió cuando de niño clamé a los perros músicos
y no me contestaron.
Se podría decir: "Te quejas de tus semejantes, de su silencio sobre las
cosas decisivas; sostienes que saben más de lo que admiten saber más
de lo que hacen valer en la vida; y esta reserva, cuyo motivo y secreto
naturalmente también callan, te envenena la existencia, te la torna imposible,
te impulsa a cambiarla o a abandonarla; pero si como es cierto
eres también un perro, con saber de perro, entonces manifiéstalo no
solamente en forma de pregunta, sino como respuesta. Porque, si lo
expresaras, ¿quién se te resistiría? El gran coro de la perrada se levantaría
como si hubiese esperado tu señal. Entonces tendrías tanta verdad
y claridad y tantas confesiones como pudieras desear. El techo de esta
vida ruin, que tanto criticas, se abriría, y todos, perro junto a perro, ascenderíamos
hacia una libertad superior. Y aunque esto último no sucediera,
si fuera peor que hasta ahora, si la verdad total fuese menos soportable
que la parcial, si llegara a confirmarse que los silenciosos están
en su derecho como protectores de la vida, y si la ligera esperanza que
ahora todavía poseemos se trocara en desesperación total, el ensayo
merece igualmente la pena puesto que no quieres vivir como te dejan
vivir. Entonces: ¿por qué reprochas a los otros su mutismo cuando tú
también callas?" Fácil respuesta: soy un perro. En lo esencial tan hermético
como ellos, resistiéndome también a las mismas preguntas, rígido
de miedo. ¿Pregunto acaso –al menos desde que soy adulto– para
que se me conteste? No alimento tan absurdas esperanzas. Veo los
fundamentos de nuestra vida, presiento su hondura, veo a los obreros
en la construcción, en su obra oscura, ¿he de esperar que gracias a mis
preguntas todo se acabe, sea destruido, abandonado? No; ya no espero
eso, desde luego. Los comprendo, soy sangre de su sangre, de su pobre
sangre, siempre renovadamente joven y siempre renovadamente
ansiosa. Pero no sólo tenemos en común la sangre, sino también el saber,
y no tan sólo el saber, sino también las llaves para lograrlo. No lo
poseo sin intervención de los demás, no puedo tenerlo
sin ayuda. Los huesos duros, los de más noble tuétano, sólo son accesibles
a las dentelladas conjuntas de todos los perros. Esta es desde
luego sólo una analogía muy exagerada; si todos los dientes estuvieran
preparados ya no necesitarían morder, el hueso se abriría y su tuétano
estaría al alcance del cachorro más débil. Si me mantengo dentro de
este símil debo decir que mis preguntas, mis investigaciones, tienden a
algo mayor. Quiero lograr esta asamblea de todos los perros, quiero
hacer que por la amenaza de todos los dientes se abra el hueso; quiero
luego despedirlos para que vivan su vida, que les es cara, y quiero después,
solo, absolutamente solo, chupar el tuétano. Esto suena a monstruosidad,
casi es como si no quisiera vivir del tuétano de un hueso, sino
del tuétano de la perrada misma. Pero es sólo un ejemplo. El tuétano
de que se habla aquí no es alimento, es lo contrario: es veneno.
Me azuzo con preguntas sólo a mí mismo; quiero encender, en el silencio
que me rodea, la única réplica. ¿Durante cuánto tiempo lo soportarás?
Esta es la pregunta vital, más allá de todas las demás. Me la dirijo
a mí mismo; no molesta a los demás. Lamentablemente, es fácil de
contestar: soportaré hasta que me llegue el final; a las preguntas inquietas
se opone cada vez más la calma de la vejez. Estoy seguro que
moriré en silencio, rodeado de silencio, casi en paz, pero estoy prevenido.
Como para escarnio se nos ha dotado de un corazón admirable y de
pulmones que no se desgastan prematuramente; resistimos a todas las
preguntas, hasta las propias: somos verdaderos baluartes del silencio.
En los últimos tiempos reflexiono con mayor frecuencia sobre mi vida,
busco el error decisivo que fue culpable de todo, pero no lo encuentro.
Y sin embargo, debo de haberlo cometido, pues, si a pesar de no existir,
el trabajo probo de toda mi vida no me hubiese permitido alcanzar
la meta, ello demostraría que lo que me proponía era imposible, y
habría que caer en la absoluta falta de fe, en la desesperanza. ¡La obra
de una vida! Primero las investigaciones relativas a la pregunta: ¿De
dónde toma la tierra nuestro alimento? Perro joven, ávido de vida, renuncié
a todos los goces, evité toda diversión, sepulté la cabeza entre
las patas ante las tentaciones y me puse a trabajar. No era un trabajo
científico, ni por
preparación ni por método, ni por finalidad perseguida. Tal vez haya
habido en esto un error, pero no pudo ser decisivo. Aprendí poco; era
muy joven cuando me vi separado de mi madre; me acostumbré muy
pronto a la independencia; y la vida libre y la independencia precoz son
poco propicias al aprendizaje sistemático. Pero he visto y oído mucho, y
hablé con perros de las más diversas especies y oficios, y no asimilé
mal ni relacioné mal las observaciones, lo que reemplazó un tanto el
aprendizaje sistemático; además, aunque la independencia es un inconveniente
para el estudio ordenado, se torna una ventaja para la investigación
personal. Era tanto más necesaria en mi caso, cuanto que
no podía seguir los métodos propios de la ciencia, es decir, utilizar los
trabajos de los precursores y relacionarme con los investigadores de mi
época. Entregado a mi propio esfuerzo, comencé desde el principio con
el convencimiento, muy agradable para la juventud, pero abrumador
para la vejez, de que el punto final que habría de colocar sería también
el definitivo. ¿Pero estuve en realidad tan aislado en mis investigaciones?
Sí y no. No es imposible que haya habido siempre, también hoy,
algunos perros aislados en mi propia situación. Lo que no es tan grave;
no me desvío ni el grosor de un pelo de la costumbre colectiva. Todos
los perros sienten como yo el impulso de preguntar y yo, como ellos, el
de callar. En cada uno existe el impulso de la pregunta. Si no fuera así.
las mías no habrían provocado la menor conmoción, conmociones-que
me llenaban de dicha, dicha exagerada, además. Y en cuanto a mi tendencia
a callar, lamentablemente no necesita demostración especial.
Luego, en el fondo, no soy distinto de los demás; a pesar de todas las
discrepancias ellos me reconocerán y yo procederé como ellos. Tan sólo
la dosificación de los componentes es distinta, diferencia que personalmente
puede ser muy importante, pero que desde el punto de vista colectivo
es mínima. ¿Y será posible que nunca, en el pasado y en el presente,
la dosificación haya sido parecida a la mía, y si esta mezcla se
llama desgraciada, que no haya habido otra más desgraciada aún? La
experiencia parece indicar lo contrario. Los perros desempeñamos los
oficios más extraordinarios, que nadie lo creería posible si no tuviésemos
acerca de ellos noticias fidedignas. Cuando oí hablar de ellos por
primera vez, no
quise creer lo que se me decía. ¿Cómo? ¿Que había un perro de raza
muy pequeña, no más grande que mi cabeza, ni aun en la edad adulta,
y que a pesar de su débil constitución y de su apariencia artificiosa, poco
madura, relamida, y a pesar de ser incapaz de dar un salto decente,
pudiera como se decía, desplazarse en el aire sin ningún trabajo aparente,
descansando? Pretender convencerme de tales-cosas me parecía
un abuso a mi ingenuidad de cachorro. Pero poco después, en otro lugar,
me volvieron a hablar de los perros voladores. ¿Se habían confabulado
para burlarse de mí? Sin embargo, cuando vi a los perros músicos,
ya todo me pareció posible; ningún prejuicio se oponía a mi capacidad
de asimilación, he seguido el rastro de los rumores más descabellados,
y lo más disparatado en esta vida insensata llegó a parecerme más verosímil
que lo razonable, y más provechoso en mis investigaciones. Así
sucedió también con los perros voladores. Averigüé mucho de ellos; y
aunque hasta hoy no he conseguido verlos, estoy firmemente convencido
de su existencia: en mi imagen del mundo ocupan un lugar importante.
Como en la mayoría de los casos, tampoco en éste me desconcierta
su arte. Es realmente admirable, ¡quién podría negarlo!, que
puedan suspenderse en el aire, y me adhiero a la admiración de la perrada.
Pero mucho más admirable es, a mi modo de ver, la insensatez,
la callada insensatez de sus existencias. Flotan en el aire y basta, la vida
sigue su curso, aquí y allá se habla de arte y de artistas, eso es todo.
¿Pero por qué, pregunto a la perrada, por qué flotan los perros?
¿Qué sentido tiene su oficio? ¿Por qué es imposible obtener de ellos una
palabra explicativa? ¿Por qué flotan allá arriba, dejando que se les atrofien
las patas, el orgullo del perro, y por qué, lejos de la tierra que alimenta,
cosechan sin sembrar y, según referencias, se hacen mantener
opíparamente a costa de la perrada? Debo felicitarme por haber provocado
con mis preguntas cierta agitación en lo que a esto se refiere. Se
comienza a fundar, a improvisar una especie de fundamento y por cierto-
que no se irá más allá del comienzo. Pero ya es algo. Si bien no se
alcanza la verdad –nunca se llegará a ella– por lo menos se descubre
parte de la confusión y de la mentira. Porque hasta lo más descabellado
de nuestra vida, y especialmente esto, puede tener fundamento. No de
modo completo –es una gracia del diablo– pero de todas maneras en
grado suficiente como para preservarse de preguntas molestas. Y volviendo
al ejemplo de los perros voladores, no son arrogantes, como se
podría suponer de entrada; dependen mucho de sus semejantes, lo que
es fácil de comprender si uno trata de colocarse en su caso. Están obligados,
ya que no pueden hacerlo abiertamente –lo que implicaría infringir
el deber de callar–, a conseguir que se les perdone de alguna
manera, su género de vida o, al menos, a desviar la atención, a lograr
su olvido, y tratan de conseguirlo, según se me informa, mediante un
parloteo casi insoportable. Siempre tienen algo que contar, sea de sus
meditaciones filosóficas, en las que pueden ocupar su tiempo puesto
que han renunciado a todo esfuerzo corporal, sea acerca de lo que ven
desde su altura. Y aunque no se caracterizan por su talento, lo que,
habida cuenta de su vida ociosa, es perfectamente comprensible, y
aunque su filosofía sea tan inútil como sus observaciones e igualmente
inútiles para la ciencia, que no puede supeditarse a fuentes tan despreciables,
si a pesar de ello uno pregunta qué es lo que quieren en definitiva
los perros voladores, se nos dirá una y otra vez que contribuyen
poderosamente a la ciencia. "Ciertamente –observa uno entonces–, pero
son contribuciones completamente carentes de valor y molestas."
Las réplicas siguientes consistirán en encogimiento de hombros, rodeos,
disgustos o risas, y luego de un rato, si uno vuelve a preguntar, de
nuevo se entra de que son útiles a la ciencia y por fin, cuando a su vez
le preguntan a uno, a poco que se distraiga, contesta lo mismo. Y tal
vez sea mejor no ser demasiado terco y resignarse, no digo a justificar
el derecho a la vida de los perros voladores, pero sí por lo menos a tolerarlos.
Más no debiera pedirse; sería excesivo y sin embargo se pide.
Cada vez son más los perros voladores que se encaraman en el espacio,
y para todos se pide tolerancia. No se sabe con seguridad de dónde
provienen. ¿Se reproducen? ¿Les quedan fuerzas para ello? Puesto que
no son más que una hermosa piel, ¿qué había de reproducirse? Y aunque
lo inverosímil fuera posible, ¿cuánto tiene lugar el acto de la reproducción?
Siempre se los ve solitarios allá arriba, pagados de sí mismos,
y si alguna vez se rebajan a caminar, sucede sólo durante instales, dan
unos pocos pasos temerosos, rigurosamente a solas,
abismados en supuestos pensamientos, de los que no pueden libertarse
ni aun a costa de mayores esfuerzos; por lo menos así se afirma. Pero
si no se reproducen, hay que suponer que hay perros que renuncian voluntariamente
a la vida en el llano, que se convierten en perros voladores,
y que al precio de la comodidad y de cierta habilidad, eligen esa
estéril existencia de almohadón. Esto no es admisible; ni la hipótesis de
la reproducción ni la de la libre elección son admisibles. Y sin embargo,
la realidad demuestra que siempre hay nuevos perros voladores, por
tanto hay que deducir que, aunque los inconvenientes parezcan insuperables
a la luz de nuestro entendimiento, dada una especie de perros,
por más extraña que sea, no se extinguirá tan fácilmente, ya que siempre
habrá en ella algo que resistirá con éxito.
Si esto es válido para una especie tan insensata, extraña y hasta no
viable como la de los perros voladores, ¿no habría de serlo también para
la mía? Sobre todo, teniendo en cuenta que mi aspecto no es tan
singular, que soy perro de clase media, muy abundante en esta región,
que no me destaco en nada, que no soy especialmente despreciable y
que en mi juventud y aun en mi edad adulta, antes de abandonarme,
fui bastante bien parecido. Se me elogiaba el pecho, las patas esbeltas,
el porte de la cabeza, pero también mi pelaje grisáceo-amarillento, de
puntas rizadas, tenía gran aceptación; todo esto no es extraño, extraña
es solamente mi manera de ser y aun ésta –lo que no debo olvidar
nunca– está arraigada en lo profundo en la naturaleza de la perrada. Si
el perro volador mismo no permanece absolutamente solo, si siempre
aparece alguno nuevo en el gran mundo de la perrada, si siempre se
procuran descendencia, entonces puedo aún confiar en que tampoco yo
estoy definitivamente perdido. Como es natural mis congéneres han de
tener un destino especial, pero el simple hecho de existir no me beneficia
de forma visible: no los reconocería. Somos los oprimidos del silencio,
queremos destruirlo, padecemos hambre de aire, mientras que a
los demás parece agradarles; "parece" solamente, como lo prueba el
caso de los perros músicos, en apariencia entregados tranquilamente a
su arte, pero en realidad muy excitados. De todos modos esta apariencia
tiene gran poder, uno trata de comprenderla, pero ella burla todo
intento. ¿Cómo se las arreglan mis congéneres? ¿Cómo son sus intentos
de vivir? Ha de existir en esto mucha diversidad! Yo ensayé con
preguntas en mi juventud. Luego, tal vez, podría adherirme a los que
preguntan mucho, ellos serían mis congéneres. En realidad, lo intenté
durante un tiempo violentándome, porque ante todo me interesan los
que debieran responder; los que interrumpen con preguntas que casi
nunca puedo contestar me son desagradables, y después: ¿a quién no
le gusta preguntar mientras es joven? ¿Cómo habría de seleccionar entre
las múltiples preguntas las verdaderas? Todas las preguntas suenan
igual, lo importante es la intención y ésta generalmente está oculta,
aun para el que las formula. Además, preguntar es propio de la perrada,
todo el mundo hace preguntas, éstas se entrecruzan; hasta parece
que hubiera el propósito de borrar el rastro de las preguntas verdaderas.
No; mis iguales no se hallan entre los preguntones jóvenes y tampoco
entre los taciturnos, los viejos, a los que ahora pertenezco. Por lo
demás, ¿qué se logra con preguntas?; yo he fracasado con ellas; tal vez
mis compañeros sean más inteligentes que yo y empleen medios más
efectivos para soportar la existencia, medios que –así me parece– tal
vez los ayuden en su angustia, los calmen, los adormezcan, modifiquen
su índole, pero que en el fondo sean tan impotentes como los míos,
puesto que por más que mire en derredor no veo resultados. ¿Y dónde
están estos congéneres? Sí, esta es la tortura, ésta. ¿Dónde están? En
todos lados y en ninguno. Tal vez lo sea mi vecino, que está solo a tres
saltos de mí; intercambiamos algún grito, él cruza para verme, pero yo
no a él. ¿Es mi congénere? Es posible, pero nada hay más improbable.
Cuando está lejos puedo, por ejemplo, con gran esfuerzo de imaginación,
ver en él muchos rasgos que me son propios, pero cuando está
presente mis apreciaciones caen en el ridículo.
Un perro viejo, aún más pequeño que yo a pesar de mi talla escasamente
mediana, castaño, de pelo corto, cabeza cansada, abatida, de
paso deslizante, que además arrástrala pata izquierda posterior a consecuencia
de una enfermedad. Hace mucho que no me doy con nadie
como no sea con él; estoy contento de soportarlo mal que bien, y al irse
le grito las cosas más amables, ciertamente, no por afecto, sino irritado
conmigo mismo, pues cuando lo sigo encuentro en extremo repelente
su andar reptante, su pie arrastrado y el cuarto trasero demasiado
bajo. A veces, cuando mentalmente lo considero compañero mío, es
como si quisiera ridiculizarme a mí mismo. Por otra parte, al hablar no
demuestra nada que pueda parecerse al compañerismo; es inteligente,
sí, y, para nuestro medio, bastante culto; se podría aprender mucho de
él. Pero ¿busco la inteligencia y la instrucción? Generalmente hablamos
de cuestiones comunales y yo, más perspicaz en este aspecto a causa
de mi aislamiento, suelo asombrarme de la riqueza de espíritu que necesita
un perro común, aun en circunstancias no excesivamente desfavorables,
par ir por la vida y protegerse de los peligros corrientes. Es la
ciencia de las reglas, pero no resulta fácil comprenderla ni aun en sus
planteamientos más elementales, y sólo una vez comprendida viene la
verdadera dificultad: aplicarla a las circunstancias ordinarias. En esto
casi nadie puede ayudar; cada hora y cada lugar de la tierra crea nuevos
problemas. Nadie puede afirmar que está instalado en algún punto
de manera definitiva y que su vida transcurrirá como por sí sola; ni siquiera
yo, con mis necesidades decrecientes cada día que pasa. Y todo
este esfuerzo infinito, ¿para qué? Sólo para sepultarse cada vez más en
el mutismo, para no poder ser sacado de él ya nunca y por nadie.
Se suele elogiar el progreso de la perrada a través de los tiempos, con
lo que, entiendo, se quiere elogiar el progreso de la ciencia. Ciertamente,
la ciencia progresa en forma incontenible, hasta aceleradamente,
cada vez con mayor velocidad, pero ¿qué hay de glorioso en ello? Es
como si se quisiera elogiar a alguien porque a medida que transcurren
los años envejece acercándose por tanto a la muerte con velocidad creciente.
Es un proceso natural y hasta desagradable, en el que no encuentro
nada que celebrar. Veo sólo desintegración, con lo cual no quiero
dar a entender que las generaciones fueron mejores; sólo fueron
más jóvenes, esa era su gran ventaja, su memoria no estaba tan abarrotada
como la de hoy, era más fácil lograr que hablaran, y aunque
nadie lo haya conseguido, las posibilidades eran mayores; precisamente,
esta mayor posibilidad es lo que nos enardece al escuchar aquellas
viejas historias, bastante ingenuas por lo demás. De vez en cuando
una palabra parece revelar un indicio, nos hace saltar, no sentimos el
peso de los siglos. Así es; por más que critique mi tiempo, las antiguas
generaciones no fueron mejores que las más recientes y hasta en cierto
sentido fueron peores y más débiles. Tampoco entonces los milagros
andaban por las calles para que cualquiera pudiese echarles el lazo, pero
los perros no eran aún, no puedo expresarlo en otra forma, tan perrunos
como hoy; la estructura de la perrada era más burda, la exacta
palabra todavía habría podido actuar, decidirla obra, alterarla, cambiarla
voluntariamente en forma diametral, y aquella palabra existía, o por
lo menos se la sentía próxima, flotaba sobre la punta de la lengua y
cualquiera hubiese podido averiguarla. ¿Adonde ha ido a parar hoy? Introduciendo
las manos en las entrañas, no se la encontraría. Quizá
nuestra generación esté perdida, pero es más inocente que aquéllas.
Comprendo las vacilaciones de la mía. Ya ni siquiera se trata de vacilar,
es apenas olvidar el sueño que hace mil noches se ha soñado, para mil
veces olvidarlo. ¿Quién nos echará en cara precisamente este milésimo
olvido? Y hasta creo comprender las vacilaciones de los antepasados;
probablemente nosotros no hubiésemos actuado distinto; casi quisiera
decir: dichosos de nosotros por no tener que cargar con la culpa; por
poder correr hacia la muerte envueltos en un silencio casi inocente, en
un mundo ya oscurecido por otros. Quizá cuando se extraviaron ni se
dieron cuenta de que" se trataba de un extravío definitivo; seguían
viendo la encrucijada, les era fácil regresar, y si se retrasaban era sólo
porque querían gozar durante un tiempo de la vida perruna, que en
realidad no era en verdad una vida perruna, pero con todo embriagadoramente
agradable, por lo que siempre convenía demorarse un poco,
aunque ya fuera unos instantes y seguir errando. No sabían lo que nosotros,
analizando el decurso de la historia, podemos deducir: el alma
evoluciona más de prisa que la vida perruna, ya debían de tener el alma
perrunizada desde antiguo, y no se hallaban tan cerca del punto de partida
como les parecía o quería hacerles creer su vista, ya regodeada en
pleno libertinaje perruno. ¿Quién puede hablar hoy todavía de juventud?
Fueron en realidad perros jóvenes, pero por desgracia su único orgullo
se cifraba en llegar a ser perros viejos, de modo que, es cierto, no
podían fracasar, como lo demostraron todas las generaciones siguientes
y la nuestra mejor que ninguna.
No, no hablo con mi vecino de estas cosas, pero a menudo debo pensar
en ellas cuando estoy sentado frente a él, típico perro viejo, o cuando
hundo el hocico en su pelaje y percibo el hedor característico que tienen
las pieles desolladas. Carecería de sentido hablar de estas cosas con él
o con los demás. Sé cómo transcurriría la conversación. Haría algunos
reparos aquí y allá, finalmente aprobaría –la aprobación es la mejor
arma– y el asunto quedaría enterrado. ¿Para qué entonces molestarse
en desenterrarlo? Y sin embargo, tal vez haya con mi vecino alguna
concordancia más allá de las simples palabras. No puedo dejar de sostener
esto aunque carezca de pruebas y pueda ser víctima de engaño,
precisamente por ser desde hace mucho el único a quien trato y porque
debo aferrarme a él. "¿Serás mi correligionario a tu manera? ¿Te avergüenzas
de tu fracaso? También yo fracasé. A veces lloro a solas por
ello; ven, entre dos es menos amargo." Así pienso a veces y lo miro fijamente.
El no baja la mirada, pero nada deja traslucir, mira obtusamente,
asombrado de que haya dejado de hablar. Pero tal vez sea esa
su manera de preguntar y yo lo decepcione tanto como él a mí. En mi
juventud, si otras preguntas no me hubiesen parecido más importantes,
y si no me hubiese bastado con mucho a mí mismo, tal vez le habría
preguntado de viva voz, obteniendo un descolorido asentimiento, es
decir, menos de lo que obtengo hoy con mi silencio. Pero ¿no callan todos
por igual? Nada me impide creer que todos son camaradas, no solamente
que he tenido un ocasional camarada investigador, Hundido y
olvidado con sus insignificantes éxitos, al que no puedo llegar por impedírmelo
la bruma de los tiempos pasados y la conglomeración del
presente, sino que desde siempre he tenido y tengo compañeros en todos,
todos afanosos a su manera, a su manera infructuosos, callados o
astutamente charlatanes, como consecuencia de la investigación desesperanzada.
Pero entonces no hubiera sido necesario que me aislara;
hubiera podido quedarme tranquilamente entre los demás, no habría
tenido que abrirme paso como un cachorro rebelde en las filas de los
mayores, que en resumidas cuentas quieren lo mismo que yo, abrirse
paso, y que sólo me engañan por su mayor juicio, que les advierte que
nadie puede llegar más allá y que todo empuje carece de sentido.
Tales ideas son ciertamente el resultado de las conversaciones con mi
vecino; me confunde y me entristece; con todo, es bastante alegre, al
menos lo he oído gritar y cantar en su casa, hasta molestarme. Convendría
renunciar también a esta última relación, no seguir vagas ensoñaciones
como las que provoca todo trato perruno por más endurecido
que uno se crea, y dedicar el poco tiempo que me resta en forma exclusiva
a mis investigaciones. La próxima vez que venga me arrinconaré y
me fingiré dormido y repetiré esto todas las veces que sea necesario
hasta que deje de venir.
También ha entrado el desorden en mis investigaciones; desisto, me
canso, un trote mecánico, donde antes habría carrera entusiasta. Recuerdo
los tiempos en que comencé a investigar la pregunta: "¿De dónde
toma la tierra nuestro alimento? Por cierto que vivía entonces en el
seno pueblo pugnaba por meterme donde todo se hacía mas denso, a
todos quería convertir en testigos de mi trabajo, y este testimonio me
importaba más que el trabajo mismo; como todavía esperaba algún
efecto general recibía gran estímulo, que ahora, solitario como soy, se
ha desvanecido. Por entonces era tan fuerte que hice algo inaudito,
algo en contradicción con todos nuestros principios y que todo testigo
presencial recuerda como siniestro. Encontré en la ciencia, que tiende
por lo general a la ilimitada especialización, una curiosa simplificación.
Ella enseña fundamentalmente que la tierra produce alimento e indica,
luego de haber sentado este principio, los métodos por los cuales pueden
obtenerse, y en abundancia, las diversas comidas. Es exacto, en
efecto, que la tierra produce alimentos, ello no admite dudas, pero el
proceso no es tan simple como se presenta, al extremo de excluir toda
investigación ulterior. Basta tomar los más elementales sucesos que se
repiten a diario. Si nos quedáramos completamente inactivos, como yo
ahora, y después de un ligero cultivo de la tierra nos acurrucáramos a
esperar el resultado, y en el supuesto de que realmente se produjera
algo, encontraríamos sin duda el alimento en la tierra. Pero este caso
no constituye la regla. Los que conserven cierta ecuanimidad frente a
la ciencia –y por cierto son pocos, puesto que los círculos que ella traza
son cada vez más amplios– comprobarán con facilidad, aunque no
hagan observaciones muy detenidas, que el alimento principal que encontramos
sobre la tierra proviene de lo alto; hasta cogemos parte de
él de acuerdo a nuestra habilidad y avidez, antes de que entre en contacto
con la tierra. Con esto todavía, no afirmo nada contra la ciencia,
porque también la tierra produce este alimento en forma natural. Que
uno lo saque de su seno y el otro de las alturas, quizá no constituya
una diferencia esencial; la ciencia, que ha establecido que en ambos
casos es necesario trabajar el suelo, tal vez no deba ocuparse de tales
distingos por aquello de: "Panza llena, corazón contento". Sólo que me
parece que la ciencia se ocupa de estas cosas en forma velada y fragmentaria,
ya que conoce los métodos para la obtención de alimentos: el
cultivo del suelo propiamente dicho y las labores accesorias o de refinamiento
en forma de aforismo, danza y canto. Encuentro en ello una
clasificación que, si bien no perfecta, bastante clara. El cultivo del suelo
sirve a mi juicio para la obtención de ambas clases de alimentos y es
siempre imprescindible; aforismo, danza, y canto no se refieren tanto al
alimento terrestre en sentido estricto, sino que sirven más bien para
atraerlo desde lo alto. En esta hipótesis me apoya la tradición. Aquí el
pueblo parece rectificar a la ciencia sin saberlo y sin que la ciencia intente
defenderse. Si, como quiere la ciencia, aquellas ceremonias sólo
habían de servir al suelo, acaso para darle fuerzas para atraer el alimento
desde lo alto, entonces, deberían lógicamente cumplirse en su
totalidad junto al suelo; todo habría que susurrarlo, bailarlo, y cantarlo
al oído de la tierra misma. Y a mi entender la ciencia no pretende otra
cosa. Y ahora viene lo notable: el pueblo se dirige a las alturas con todas
sus ceremonias. Esto no atenta contra la ciencia: ella no prohíbe ;
deja al campesino en libertad, considera en sus enseñanzas tan sólo el
suelo y si el campesino las asimila, queda satisfecha; pero su razonamiento
debiera a mi juicio exigir más. Y yo, que nunca he profundizado
en la ciencia, no puedo imaginarme cómo los científicos permiten que
nuestro pueblo, apasionado como es, ladre las frases mágicas hacia lo
alto, entonces nuestros antiguos lamentos al aire y ejecute cabriolas
danzadas, como si, olvidándose del suelo, quisiera elevarse para siempre.
Traté de subrayar estas contradicciones; cuando, de acuerdo con
las enseñanzas de la ciencia, se aproximaba la época de la cosecha, me
dedicaba por completo al suelo, lo apañaba durante la danza y giraba la
cabeza para aproximarme a la tierra lo más posible. Más tarde hice un
hoyo e introduje la boca, cantando y declamando de ese modo, para
que sólo lo oyera el suelo y nadie más que él.
Los resultados fueron limitados. A veces, no obtenía el alimento y ya
estaba a punto de alegrarme por mi descubrimiento, cuando aparecía
de pronto como si, superada la confusión creada por mi extraña representación,
se reconocieran sus ventajas y se renunciara con gusto a gritos
y saltos. A menudo la comida llegaba en mayor abundancia que antes;
luego faltaba por completo. Con un tesón hasta entonces desconocido
en perros jóvenes, hice una extraña reseña de todos mis ensayos;
creía ya encontrar una pista que pudiera llevarme más lejos, pero en
seguida volvía a perderla. Innegablemente, aquí me perjudicó mi insuficiente
capacidad científica. ¿Qué seguridad había por ejemplo de que la
falta de comida no era atribuible a mi experimento, sino a la preparación
anticientífica del suelo? Si era así, todas mis conclusiones carecían
de valor. Bajo determinadas condiciones, habría hecho un experimento
completamente satisfactorio si hubiese obtenido el alimento sin trabajar
a la tierra en absoluto, sólo con ceremonias dirigidas a lo alto; o también
si, con ceremonias terrenas en forma exclusiva, hubiese podido
comprobar la ausencia del mismo. Lo intenté, sin mayores esperanzas y
no bajo condiciones experimentales rigurosas, porque, de acuerdo con
mi creencia inamovible, un mínimo de cultivo es siempre indispensable
y aunque los herejes que no lo creen tuvieran razón, no podrían demostrarlo,
porque la aspersión del suelo se produce necesariamente
y es, dentro de ciertos límites, a inestable. Otro experimento,
aunque un tanto colateral, tuvo más éxito y causó cierto revuelo. Paralelamente
a la práctica usual de coger los alimentos que venían del aire,
resolví dejarlos caer, sin cogerlos. Con tal objeto cada vez ; que caía el
alimento ejecutaba un pequeño salto calculando de tal forma que resultara
insuficiente; en la mayoría de los casos el alimento caía con sorda
indiferencia y yo me arrojaba sobre él, no sólo por hambre, sino también
con la ira de la decepción. Pero en casos aislados se produjo algo
diferente, realmente maravilloso; el alimento no caía, sino que me perseguía
en el aire; la comida perseguía al hambriento. No sucedía durante
mucho tiempo, sólo un pequeño trecho, y después caía o desaparecía
por completo o –más frecuentemente– en mi avidez la devoraba, terminando
en forma prematura el experimento. De todos modos, me sentí
feliz, me envolvía un rumor de inquietud y de atención, encontré a los
conocidos más accesibles a mis preguntas, en sus ojos brillaba un resplandor
de ayuda, y aunque sólo fuese el reflejo de mis propias miradas,
no exigía más, me conformaba. Hasta que me enteré –y los otros
se enteraron conmigo– que este experimento no era nuevo, que había
sido descrito científicamente, y hasta de forma más completa; sin embargo,
hacía mucho que no se llevaba a cabo por el autodominio que
exige y porque su supuesta carencia de importancia científica hacía innecesaria
su repetición. Demostraría tan sólo lo que ya se sabía, o sea
que el suelo no siempre atraía el alimento verticalmente, sino también
en forma oblicua y hasta en espiral. Con todo, no me amilané; para eso
era demasiado joven; por el contrario, me sentí estimulado a cumplir lo
que fue tal vez la mayor realización de mi vida. No me dejé desorientar
por la subestimación científica del experimento, pero en estos casos no
ayuda la fe sino tan sólo la comprobación, y yo quería enfrentarme con
ésta, destacando al mismo tiempo, a plena luz y en el centro fe a la investigación,
esta experiencia en su origen un poco colateral. Quería
demostrar que si retrocedía ante el alimento, no era el suelo el que lo
atraía en forma oblicua, sino que era yo el que lo instaba a seguirme.
No pude llevar a cabo la prueba en forma completa, porque no aguantaba
durante mucho rato el esfuerzo de tener el alimento ante los ojos,
y experimentar al mismo tiempo científicamente. Pero quería también
hacer otra cosa, quería ayunar por completo, mientras me fuera posible,
evitando el espectáculo del alimento y su tentación. Si me retiraba
y permanecía echado con los ojos cerrados de día y de noche, sin preocuparme
de la recolección ni de la caída de los alimentos, suprimiendo
también toda otra actividad, pero confiando secretamente en que la inevitable
e irracional aspersión del suelo y la calmosa repetición de los
aforismos y canciones –la danza quería evitarla para no debilitarme–
fueran suficientes para hacer descender la comida que, sin hacer caso
del suelo, vendría a llamar contra mi dentadura para que le franquease
la entrada; si eso sucedía, entonces, por cierto aún no habría rebatido a
la ciencia, bastante flexible en el caso de excepciones y de casos particulares,
pero ¿qué diría el pueblo que por suerte no tiene la misma
flexibilidad? Porque ese no sería un caso de excepción como los de enfermedad
física o de melancolía, que refiere la historia, en que el sujeto
se niega a preparar los alimentos, a buscarlos, ingerirlos, y que en la
perrada se une en fórmulas de conjuro, desviando los alimentos de su
trayectoria natural y haciéndolos llegar directamente a la boca del enfermo.
Yo, en cambio, estaba perfectamente sano y fuerte, y mi apetito
era tan magnífico que durante días enteros me impedía pensar en otra
cosa que no fuera él; me sometía voluntariamente al ayuno; estaba en
condiciones de proveer al descenso de los alimentos y hasta quería
hacerlo, pero no necesitaba la ayuda de la perrada y me opuse a ella en
forma decidida.
Me busqué un lugar adecuado en un matorral distante, donde no oyera
conversaciones de comida, ni chasquear de lengua, ni triturar huesos, y
me acosté allí después de haberme atracado por última vez. Quería pasar,
a ser posible, todo el tiempo con los ojos cerrados; mientras no
quisiera venir la comida sería de noche para mí, aunque pasaran días y
semanas. Entretanto no debía, y éste era un grave inconveniente, dormir
en absoluto, o por lo menos debía dormir poco, porque no sólo tenía
que conjurar los alimentos,, naciéndolos bajar, sino también estar
sobre aviso para que la llegada de ellos no me sorprendiese dormido.
En otro aspecto, el sueño sería ventajoso, porque no permitiría prolongar
el ayuno. Por estas razones resolví subdividir el tiempo en forma
cuidadosa y dormir mucho, pero poco por vez. Lo conseguí apoyando la
cabeza en débiles ramas que pronto se quebraban, despertándome. Así
estaba, dormía o vigilaba soñando o canturreando para mí. Al principio
todo transcurrió sin novedad; tal vez en la fuente de los alimentos
había pasado inadvertido mi rebelión contra el curso habitual de las cosas,
y la verdad es que todo se mantuvo en calma. Me turbaba un tanto
el temor de que los perros, al echarme de menos, me buscaran e intentaran
algo contra mí. Un segundo temor era que el suelo –a pesar de
que según la ciencia se trataba de tierra estéril– produjera por simple
aspersión el llamado alimento casual y que su olor me tentara. Por de
pronto no sucedía nada semejante y podía seguir ayunando. Fuera de
estos temores, me hallaba tranquilo, tranquilo como nunca. Aunque
trabajaba contra la ciencia, experimentaba el bienestar y la casi proverbial
tranquilidad de los científicos. En mis ensoñaciones conseguía el
perdón de la ciencia; también había en ella lugar para mis investigaciones;
me consolaba saber que, por grande que fuera el éxito de mis trabajos,
y precisamente por eso, yo no estaría perdido para la perrada; la
posición de la ciencia era ahora amistosa; ella misma se encargaría de
la interpretación de mis resultados y esta promesa ya era casi tanto
como el éxito; mientras antes me sentía en el fuero íntimo como un réprobo
que embestía enloquecido los muros de su pueblo, ahora sería
recibido con grandes honores, la ansiada tibieza de multitudes de cuerpos
perrunos me envolvería en su corriente, me levantaría, me haría
oscilar sobre los hombros de mi raza. ¡Notable efecto del hambre inicial!
Mi empresa me parecía del tal magnitud que allí mismo, en el matorral,
comencé a llorar emocionado y compadecido de mí mismo, lo
cual, por otra parte, no era muy lógico, pues si esperaba el merecido
premio, ¿por qué lloraba? Acaso sólo por bienestar. Siempre que me he
sentido bien, harto pocas veces, he llorado. Pero esto duró poco. Las
hermosas visiones desaparecieron al agravarse el hambre; no pasó mucho
tiempo y luego de la apresurada dispersión de todas las fantasías y
emociones, me sentí en completa soledad con el hambre que quemaba
mis entrañas. "Esto es el hambre", me dije infinidad de veces, como
queriendo hacerme creer que el hambre y yo éramos todavía dos cosas
diferentes y como si uno se la pudiese quitar de encima como a un pretendiente
molesto; pero en realidad éramos
una unidad extremadamente dolorosa, y si yo me declaraba "Esto es el
hambre", en realidad hablaba el hambre, burlándose de mí. ¡Horribles
momentos! Me da escalofríos no solamente por el sufrimiento que pasé
entonces, sino también porque sé que aquel no fue el final, porque todo
este sufrimiento habré de sufrirlo de nuevo si realmente quiero llegar a
algo, porque aún hoy opino que el hambre es el principal instrumento
de mis investigaciones. La ruta marcha a través del hambre; lo más
elevado se conquista sólo con el más elevado sacrificio, y el mayor sacrificio
es entre nosotros el hambre voluntaria. Si reflexiono pues acerca
de aquellos tiempos –y me es esencial meditar en él–, si se debiera
dejar transcurrir una vida entera para reponerse de semejante intento;
todos los años de mi edad adulta me separan de aquel ayuno, pero aún
no estoy repuesto. Tal vez cuando inicie el próximo esté más decidido
debido a mi mayor experiencia y mejor comprensión de la necesidaddel
ensayo, pero mis fuerzas serán menores, como resultado de lo que
pasé, y la sola idea de lo que habré de pasar ya me debilita. Mi apetito
disminuido no me ayudará, sólo restará mérito al intento y probablemente
me obligará a ayunar durante un plazo más largo. He aclarado
perfectamente estas ideas; todo este largo período no transcurrió sin
ensayos previos, muchas veces he hincado literalmente el diente en el
ayuno, pero sin sentirme todavía preparado para la prueba. El entusiasmo
juvenil no existe ya; desapareció entonces en medio del hambre.
Muchos, pensamientos me torturaron. Amenazadoramente aparecieron
nuestros antepasados. Aunque no lo pueda decir en forma pública
los considero culpables; ellos provocan esta vida perruna y bien podía
contestar a sus amenazas con otras amenazas. Pero me inclino ante
su saber; proviene de fuentes que nosotros ya no conocemos; por lo
tanto, a pesar de todo mi impulso de luchar contra ellos, me abstendré
siempre de violar en forma abierta sus leyes, en verdad pasaré por las
rendijas para cuya localización tengo un olfato especial. Acerca del
hambre, invoco el famoso diálogo, en el curso del cual uno de nuestros
sabios expresó la intención de prohibir el ayuno, a lo que otro se opuso
con esta pregunta: "¿Y quién querrá ayunar?" El primero se dejó convencer
y la prohibición no prosperó. Con todo vuelve a nacer la pregunta:
"¿Está el ayuno realmente prohibido?" La enorme mayoría de. los
comentaristas contestan en forma negativa, considera que hay libertad
de ayunar, está con el segundo sabio y no teme que los comentarios
erróneos produzcan consecuencias graves. Me había cerciorado bien de
esto antes de comenzar mi propio ayuno. Pero mientras me doblaba por
efecto del hambre y en mi confusión mental buscaba la salvación en
mis extremidades posteriores, lamiéndolas, masticándolas, chupándolas
desesperadamente casi hasta el ano, me pareció completamente falsa
la interpretación de aquel diálogo, maldije la exégesis, me maldije a mí
mismo por haberme dejado engañar; el diálogo, como hasta un niño lo
comprendería, contenía algo más que la prohibición de ayunar. El primer
sabio querría prohibir el ayuno, lo que un sabio quiere ya ha sucedido,
el ayuno estaba pues prohibido; el segundo sabio no sólo se adhirió,
sino que también consideró imposible el ayuno, colocó a la primera
prohibición una segunda, lo que a verdad era prohibir la naturaleza
perruna misma; el primer sabio reconoció esto y retiró su prohibición,
es decir, ordenó a los perros, después de la explicación de todo esto, a
obrar con prudencia y a prohibirse el ayuno a sí mismos. Tres prohibiciones
en lugar de una y yo las había violado todas. Aunque con retraso,
hubiese podido obedecer y suspender el, ayuno, pero a pesar de
mi sufrimiento, me tentaba la prosecución y me lancé tras ella, golosamente,
como si se tratase de un perro desconocido. No podía terminar,
probablemente estaba también demasiado débil para levantarme y buscar
la salvación en los poblados. Me revolcaba en el lecho, ya no podía
dormir, en todas partes oía el ruido, el mundo hasta ahora dormido parecía
haberse despertado por mi ayuno; tenía la sensación de que nunca
más podría volver a comer porque entonces silenciaría de nuevo al
mundo ahora libre y sonoro, de lo que no me sentía capaz. Por otra
parte, el mayor ruido, estaba en mi barriga; a menudo apoyaba el oído
en ella; cara bien extraña debo haber puesto; apenas podía dar crédito
a lo que oía. Y cuando las cosas llegaron al límite, el mareo pareció
adueñarse de mi naturaleza misma; hacía intentos de salvación carentes
de sentido; comencé a sentir olores de alimentos, de manjares selectos
que hacía mucho que no comía, alegrías de mi niñez; sí, olfateé
el olor de los pechos de mi madre; olvidé mi decisión de resistir a los
olores, o mejor, no la olvidé; como si ello formara parte de esa decisión,
me arrastraba en todas direcciones, sólo un poco, y olisqueaba,
como si quisiera el manjar sólo para alcanzarlo. No me causaba decepción
no encontrar nada; los alimentos existían, sí, pero siempre se
hallaban unos pasos más allá, las patas se me doblaban antes de alcanzarlos.
Pero al propio tiempo sabía que no había nada, que me movía
sólo por miedo a la postración definitiva en un lugar que, sin embargo,
ya no podría abandonar nunca. Las últimas esperanzas y las ultimas
tentaciones se esfumaron en forma miserable: terminaría aquí, ¿qué
sentido tenían mis investigaciones, pueriles intentos de pueriles épocas
felices?; ahora iba en serio, aquí la investigación hubiera podido demostrar
su importancia, pero ¿dónde había quedado? Aquí sólo había un
perro que boqueaba desvalidamente y que, sin embargo, con espasmódica
prisa, sin saberlo, rociaba el suelo de continuo, incapaz de sacar
nada de su memoria, no lo más mínimo de toda la sabiduría de las palabras
mágicas, ni siquiera el canto con que se refugian los recién nacidos
bajo la madre. Era como si no estuviese separado de los hermanos
por un corto trecho, sino infinitamente lejos de todo, como si en realidad
no me estuviese muriendo de hambre, sino de abandono. Era evidente
que nadie se ocupaba de mí, nadie bajo la tierra, ni sobre ella,
nadie en las alturas; moría por su indiferencia, su indiferencia me decía:
"Se muere, así ha de ser." ¿Y no coincidía yo con ellos? ¿No decía
lo mismo? ¿No había deseado este abandono? Ciertamente, perros, pero
no para morir aquí, sino para llegar allá, a la verdad, para salir de
este mundo de mentiras, donde no se encuentra a nadie de quien obtener
la verdad, tampoco de mí, ciudadano innato de la mentira. Tal vez
la verdad no estuviese tan lejos, y yo no tan abandonado como creía, al
menos no tanto por los otros como por mí, que estaba al fin de mis
fuerzas y moría.
Pero no se muere tan pronto como supone un perro alucinado. Me desvanecí
y al recuperar el sentido y levantar los ojos vi a un perro desconocido.
Ya no sentía hambre, estaba fuerte, mis coyunturas parecían
elásticas, como resortes, aunque no realicé ningún intento de levantarme
para comprobarlo. Sí, un perro hermoso pero no fuera de lo común,
y sin embargo me pareció ver en él, además, otras cosas. Debajo de mí
había sangre; en el primer momento supuse que era alimento, pero en
seguida noté que era sangre vomitada. Dejé de mirarla y me volví hacia
el perro. Era delgado, de largas patas, castaño, manchado de blanco en
algunas partes: tenía una hermosa mirada, fuerte, investigadora.
–¿Qué haces aquí? –preguntó–. Debes marcharte de aquí.
–No puedo irme ahora –dije sin más explicación. ¿Cómo había de explicarle
todo? Además, él parecía tener prisa.
–Por favor, vete –dijo, y levantaba nerviosamente una pata, luego la
otra.
–Déjame –dije–, vete y no te ocupes de mí, los otros tampoco se ocupan.
–Te lo pido por ti –dijo.
–Pídelo por lo que quieras –dije–; no podría andar aunque quisiera.
–No es eso –dijo sonriendo–; puedes andar. Precisamente porque pareces
estar muy débil; te ruego que te alejes con lentitud; si vacilas,
más tarde tendrás que correr.
–Déjalo de mi cuenta –dije.
–También es de mi cuenta –dijo él, entristecida por mi terquedad, y
aparentemente quería dejarme aquí por ahora, pero sin desaprovechar
la ocasión de buscarme amorosamente. En otra época tal vez lo hubiese
tolerado, pero ahora no lo comprendía. Sentí espanto.
–¡Fuera! –grité con tanta más fuerza cuanto que no tenía otra defensa.
–Ya te dejo –dijo él retrocediendo con lentitud–. Eres maravilloso. ¿No
te gusto?
–Me gustarías si te alejaras y me dejaras en paz.–Pero ya no tenía tanta
firmeza como quería hacerle creer. Algo oía o veía en él con mis sentidos
aguzados por el ayuno; sólo estaba en los comienzos, crecía, se
aproximaba y ya lo sabía: este perro tiene la fuerza para alejarte, aunque
todavía no logres imaginar cómo podrías levantarte. El, a mi brusca
réplica, sólo había contestado moviendo con suavidad la cabeza; yo lo
miraba ahora con creciente avidez.
–¿Quién eres? –pregunté. –Un cazador –dijo él.
–¿Y por qué no me quieres dejar aquí? –pregunté. –Porque me estorbas
–dijo–; no puedo cazar si estás
aquí.
–Inténtalo –dije–; tal vez puedas cazar.
–No –dijo–; lo siento, pero debes irte.
–Deja la caza por hoy –rogué.
–No –dijo él–, debo cazar.
–Yo debo irme; tú debes cazar –dije–; simple deber. ¿Comprendes por
qué "debemos"?
–No –dijo–; pero no hay nada que comprender, son cosas evidentes,
naturales.
–Sin embargo, no –dije–. Te da pena tener que ahuyentarme y sin
embargo lo haces. ¡Así es! –repetí disgustado–. No es una contestación.
¿Qué renuncia te sería más fácil: renunciar a la caza o a ahuyentarme?
–Renunciar a la caza –dijo.
–¿Entonces? –dije–. Hay una contradicción.
–¿Qué contradicción? –dijo–. ¿No comprendes, querido perrito, no
comprendes que debo hacerlo? ¿No comprendes lo evidente?
No contesté ya porque notaba –y una nueva vida circulaba en mí, vida
como sólo la da el espanto, por inasibles pormenores, que tal vez nadie
fuera de mí hubiera podido advertir–, que desde las profundidades del
pecho del perro iba a comenzar a levantarse un canto.
–Cantarás –dije.
–Sí –dijo gravemente–; pronto, pero no todavía.
–Ya comienzas –dije.
–No –dijo–. Todavía no, pero prepárate.
–Lo oigo aunque lo niegues –dije, temblando.
El calló y creí reconocer lo que no había averiguado ningún perro antes
–al menos no se encuentra en la tradición el menor indicio de ello– y
me apresuré a hundir, presa de miedo y de vergüenza infinitos, el rostro
en el charco de sangre. Creí advertir que el perro ya cantaba antes
de saberlo, y, más aún, que la melodía, separada de él, flotaba en el
espacio sobre él, obedeciendo leyes propias, como si ya no tuviese nada
que ver con él; tendía sólo hacia mí; yo, exclusivamente yo, era su
destinatario. Hoy, es natural, me parece imposible y lo atribuyo a la sobreexcitación
de aquel entonces; pero aunque fuese un error, no carecía
de grandeza; fue la única realidad, aunque sólo aparente, que pude
salvar de mi ayuno y traer a este mundo, y que por lo menos demuestra
hasta dónde podemos llegar con un completo despoja-miento. Y yo
estaba realmente fuera de mí. En circunstancias normales hubiese estado
gravemente enfermo, inmovilizado; pero no pude resistir a la melodía,
que después, gradualmente, el perro comenzó a aceptar como
propia. Se hizo cada vez más fuerte; su crecimiento probablemente era
limitado; ya casi me hacía saltar los oídos. Pero lo más grave era que
solamente parecía existir por mí; esta voz, ante la cual enmudecía la
sublimidad del bosque, existía sólo por mí. ¿Quién era yo que aún osaba
permanecer aquí, ante ella, a mis anchas en mi sangre y en mi suciedad?
Tambaleándome me levanté y miré hacia abajo, a lo largo de
mis patas. "Esto no va a ser posible", me dije todavía, pero ya volaba
arrebatado por la melodía, ejecutando saltos soberbios. Nada conté a
mis amigos; al momento de mi llegada tal vez lo hubiese contado todo,
pero estaba demasiado débil; y más tarde me pareció incomunicable.
Algunas insinuaciones que no lograba reprimir se diluían en las conversaciones
sin dejar rastro. Físicamente me recuperé en pocas horas; pero
aún hoy sufro las consecuencias.
Extendí mis investigaciones a la música de los perros. Tampoco estaba
inactiva la ciencia en este sector; la ciencia de la música es probablemente,
si no estoy mal informado, más amplia aún que aquélla de la
alimentación, y mejor fundada. Ello se explica porque en este campo se
puede trabajar con más desapasionamiento que en aquél y porque aquí
sólo se trata de simples observaciones y de su sistematización; allí hay,
en cambio, ante todo, consecuencias prácticas. A ello hay que agregar
que la investigación musical goza de mayor respeto que la de la nutrición;
sin embargo, la primera nunca pudo arraigar tan profundamente
en el pueblo como la segunda. El éxito de los perros músicos parecía
indicarlo, pero yo era entonces demasiado joven. Realmente, no es nada
fácil acercarse a esta ciencia; se considera que es difícil, llena de
distinción y que se aísla de la multitud. En aquellos perros lo más
llamativo era sin duda la música, pero aún más importante me pareció
su mutismo; tal vez no encontrara ya algo semejante a su espantosa
música; la podía posponer y olvidar, pero su callada esencia perruna
me salió al encuentro a partir de entonces en todos los perros. Para
comprender la naturaleza perruna, las investigaciones sobre la
aumentación me parecieron lo más correcto. Quizá me equivoqué. Una
zona de contacto entre ambas ciencias había provocado entonces mis
sospechas. Se trata de lo relativo al canto que hace descender los
alimentos. De nuevo me perjudica en este punto no haber estudiado
nunca seriamente la ciencia de la música, ni remotamente puedo
contarme en este aspecto entre los que la ciencia llama con desdén
medianamente cultos. Debo tenerlo siempre presente. No soportaría,
de esto tengo lamentables pruebas, el más ligero examen a que me
sometiera un científico. Esto, naturalmente, tiene sus causas, aparte de
las circunstancias de mi vida ya mencionadas, en mi escasa disposición
científica, escasa concentración, poca memoria y, sobre todo, en que no
me resigno a tener siempre presente el objetivo científico. Todo lo
reconozco con franqueza, hasta con cierta alegría. Porque la razón
profunda de mi incapacidad científica parece estar en un instinto no
científica parece estar en un instinto no necesariamente malo. Y si quisiera
fanfarronear podría decir que precisamente este instinto ha destruido
mis aptitudes científicas, porque sería por lo menos muy extraño
que yo, que en las cuestiones de la vida cotidiana, que desde luego no
son las más sencillas, pongo de manifiesto un entendimiento tolerable y
que comprendo, aunque no a la ciencia, a los científicos, como lo demuestran
mis resultados; sería muy extraño que de entrada no hubiese
sido capaz de levantar una pata hasta el primer escalón de la ciencia.
Fue el insisto el que, en beneficio de la ciencia precisamente, pero de
una ciencia diferente de la que se cultiva hoy día, de una ciencia final,
última, me hizo estimar la libertad por sobre todo. ¡La libertad! Por cierto
que la libertad tal como hoy es posible es un arbusto raquítico. Pero
de todos modos libertad, de todos modos, un bien.
EL CASTILLO
(1922)
CAPíTULO I
Cuando K llegó era noche cerrada. El pueblo estaba cubierto por una
espesa capa de nieve. Del castillo no se podía ver nada, la niebla y la
oscuridad lo rodeaban, ni siquiera el más débil rayo de luz delataba su
presencia. K permaneció largo tiempo en el puente de madera que
conducía desde la carretera principal al pueblo elevando su mirada
hacia un vacío aparente.
Se dedicó a buscar un alojamiento; en la posada aún estaban
despiertos, el hostelero no tenía ninguna habitación para alquilar, pero
permitió, sorprendido y confuso por el tardío huésped, que K durmiese
en la sala sobre un jergón de paja. K se mostró conforme. Algunos
campesinos aún estaban sentados delante de sus cervezas pero él no
quería conversar con nadie, así que él mismo cogió el jergón del desván
y lo situó cerca de la estufa. Hacía calor, los campesinos permanecían
en silencio, aún los examinó un rato con los ojos cansados antes de
dormirse.
Pero poco después le despertaron. Un hombre joven, vestido como si
fuese de la ciudad, con un rostro de actor, ojos estrechos y cejas
espesas permanecía a su lado junto al posadero. Los campesinos
todavía seguían allí, algunos habían dado la vuelta a sus sillas para ver
y escuchar mejor. El joven se disculpó muy amablemente por haber
despertado a K, se presentó como el hijo del alcaide del castillo y
después dijo:
–Este pueblo es propiedad del castillo, quien vive aquí o pernocta, vive
en cierta manera en el castillo. Nadie puede hacerlo sin autorización del
conde. Usted, sin embargo, o no posee esa autorización o al menos no
la ha mostrado.
K, que se había incorporado algo, se alisó el pelo, miró desde abajo a la
gente que le rodeaba y dijo:
–¿En qué pueblo me he perdido? ¿Acaso hay aquí un castillo?
–Así es –dijo lentamente el joven, mientras aquí y allá se sacudía
alguna cabeza sobre K–, el castillo del Conde Westwest.
–¿Y hay que tener una autorización para pernoctar? –preguntó K como
si quisiese convencerse de que no había soñado las informaciones
aportadas con anterioridad.
–Hay que tener la autorización –fue la respuesta, y K captó un tono de
burla cuando el joven preguntó al hostelero y a los huéspedes con el
brazo extendido:
–¿O acaso no hay que tener una autorización?
–Entonces tendré que recoger la autorización –dijo K bostezando y se
quitó la manta con la intención de levantarse.
–Sí, ¿y quién se la va a dar? –preguntó el joven.
–El señor conde –dijo K–, no me queda otro remedio.
–¿Solicitar ahora, a medianoche, una autorización del conde? –exclamó
el joven, retrocediendo un paso.
–¿No es posible? –preguntó K con indiferencia–, entonces ¿por qué me
ha despertado?
Pero el joven entró en cólera.
–¡Maneras de vagabundo! –exclamó–. ¡Exijo respeto para la autoridad
condal! Precisamente le he despertado para comunicarle que debe
abandonar en seguida el condado.
–Basta de comedias –dijo K con un tono llamativamente bajo, volvió a
echarse y se cubrió con la manta–. joven, ha llegado demasiado lejos y
mañana volveré a ocuparme de su conducta. El posadero y estos
señores serán testigos, en el caso de que necesite testigos. Por ahora
conténtese con saber que soy el agrimensor solicitado por el conde.
Mis ayudantes vendrán mañana en coche con los aparatos. No quise
perderme un paseo por la nieve, pero por desgracia me he desviado
algunas veces del camino y por eso he llegado tan tarde. Que era muy
tarde para presentarme en el castillo es algo que ya sabía yo mismo
ates de su lección. Por esta razón me he conformado con este albergue
nocturno que usted, dicho con indulgencia, ha tenido la descortesía de
perturbar. Con esto he concluido mis explicaciones. Buenas. noches,
señores.
Y K se volvió hacia la estufa.
–¿Agrimensor? –oyó aún que preguntaban dubitativamente a sus
espaldas, luego se hizo el silencio. Pero el joven se recobró de la
sorpresa y le dijo al posadero en un tono lo suficientemente apagado
para interpretarse como una actitud de respeto hacia el sueño de K,
pero lo suficientemente elevado como para que le fuese comprensible:
–Me informaré por teléfono.
¡Cómo! ¿Hasta un teléfono había en esa posada de pueblo? Estaban
perfectamente establecidos. Ese detalle sorprendió a K, aunque en
verdad lo había esperado. Resultó que el teléfono estaba situado casi
encima de su cabeza, su somnolencia lo había pasado por alto. Pero si
el joven quería telefonear no podría impedir, ni con toda su buena
voluntad, perturbar el sueño de K. Se trataba de si K debía dejarle
llamar, y decidió permitirlo. Pero entonces ya no tenía sentido simular
que estaba dormido, así que volvió a ponerse boca arriba. Vio a los
campesinos arrimarse tímidamente y hablar entre ellos: la llegada de
un agrimensor no era algo baladí. La puerta de la cocina se había
abierto, ocupando todo el umbral se encontraba la poderosa figura de la
posadera; el posadero se acercó a ella de puntillas para informarla de lo
sucedido. Y entonces comenzó la conversación telefónica. El alcaide
dormía, pero un subalcaide, uno de los subordinados, un tal Fritz,
estaba allí. El joven, que se presentó como Schwarzer, explicó que
había encontrado a K, un hombre en la treintena, bastante andrajoso,
durmiendo tranquilamente en un jergón de paja con una minúscula
mochila como almohada y con un bastón nudoso al alcance de la mano.
Era evidente qué le había resultado sospechoso, y como el posadero
había descuidado ostensiblemente su deber, la obligación de Schwarzer
consistía en llegar al fondo del asunto. El hecho de despertarle, el
interrogatorio, la amenaza derivada del deber de expulsarlo del
condado, habían sido tomados con indignación por parte de K, por lo
demás, según había resultado al final, con razón, pues afirmaba ser un
agrimensor solicitado por el conde. Naturalmente que suponía al menos
un deber formal comprobar esa afirmación, y Schwarzer le pedía por
ese motivo al señor Fritz que averiguase en la secretaría central si
realmente se esperaba a un agrimensor de ese tipo y que telefonease la
respuesta en seguida.
Entonces volvió el silencio. Fritz averiguaba por su cuenta y allí se
esperaba la respuesta. K permaneció como hasta entonces, ni siquiera
se dio la vuelta, no pareció mostrar curiosidad alguna, se limitaba a
mirar ante sí. El relato de Schwarzer, en su mezcla de maldad y
cautela, le dio una idea de la formación diplomática de la que disponía
en el castillo gente inferior como Schwarzer. Y tampoco carecían de
diligencia, la secretaría general tenía servicio nocturno. Por añadidura,
daba visiblemente una rápida respuesta, ya sonaba la llamada de Fritz.
Ese informe pareció muy corto, pues Schwarzer, furioso, colgó en
seguida el auricular.
–¡Ya lo había dicho! –gritó–. Ninguna huella de un agrimensor, un
vulgar vagabundo mentiroso, tal vez algo peor.
Por un momento K pensó que todos, Schwarzer, los campesinos, el
posadero y la posadera, se iban a arrojar sobre él; para al menos evitar
la primera acometida se acurrucó debajo de la manta, desde allí volvió
a sacar lentamente la cabeza y oyó cómo sonaba el teléfono,
pareciéndole que lo hacía con una fuerza inusitada. Pese a que era muy
improbable que volviese á referirse a K, todos se quedaron estáticos y
Schwarzer regresó al aparato. Allí escuchó una larga aclaración y luego
dijo en voz baja:
–¿Así que un error? Esto me resulta muy desagradable. ¿El mismo jefe
de oficina ha telefoneado? Extraño, muy extraño. ¿Cómo se lo voy a
explicar ahora al señor agrimensor?
K escuchó. Así que el castillo le había nombrado agrimensor. Eso era
por una parte desfavorable, pues mostraba que el castillo sabía todo lo
necesario acerca de él, que había equilibrado las fuerzas y que
emprendía la lucha sonriendo. Por otra parte también era favorable,
pues eso demostraba, según su opinión, que se le menospreciaba y que
gozaría de más libertad de la que había pensado desde un principio. Y si
creían que se le podría mantener en un estado de continuo terror
mediante ese reconocimiento de su condición de agrimensor, que,
ciertamente, les otorgaba cierta superioridad moral, se equivocaban,
sólo le causaba un ligero escalofrío, nada más.
K hizo una señal negativa a Schwarzer cuando intentó acercarse a él
con actitud sumisa; se negó a trasladarse al dormitorio del posadero,
sobre lo que se le insistió, se limitó a aceptar del hostelero una bebida
para favorecer el sueño, de la hostelera una jofaina con jabón y una
toalla y ni siquiera tuvo que solicitar que se vaciase la sala, pues todos
se apresuraron a salir escondiendo el rostro para que no se les pudiese
reconocer al día siguiente; apagaron la lámpara y finalmente tuvo
tranquilidad. Durmió profundamente, sólo molestado una o dos veces
por las ratas que se deslizaban por la habitación, hasta que llegó la
mañana.
Después del desayuno, que, como toda la manutención, según
indicaciones del posadero, corría a cargo del castillo, quería dirigirse
inmediatamente al pueblo. Pero como el posadero, con quien sólo había
hablado hasta ese momento lo necesario en recuerdo de su conducta
del día anterior, no paraba de vagar a su alrededor con un semblante
de muda súplica, sintió compasión de él y le invitó a sentarse un rato a
su lado.
–Aún no conozco al conde –dijo K–, al parecer paga con generosidad el
trabajo bien hecho, ¿es cierto? Cuando alguien como yo viaja tan lejos
de su mujer e hijo, siempre quiere llevar algo a casa.
–A ese respecto el señor no debe preocuparse, nadie se queja aquí de
salarios bajos.
–Bien –dijo K–, no soy una persona tímida y también le puedo dar mi
opinión a un conde, pero siempre resulta mucho mejor resolver todos
los problemas de forma pacífica.
El posadero se había sentado frente a K en el borde de la repisa de la
ventana, no se atrevía a sentarse con más comodidad, y contempló a K
todo el tiempo con unos grandes y temerosos ojos castaños. Al principio
había hecho esfuerzos por acercarse a K, ahora parecía como si
prefiriese huir de él. ¿Temía que le preguntara sobre el conde? ¿Temía
la desconfianza del «señor» por el que ahora tomaba a K? K tuvo que
cambiar de conversación. Miró la hora y dijo:
–Pronto llegarán mis ayudantes, ¿podrás ofrecerles aquí alojamiento?
–Por supuesto, señor –dijo–, pero, ¿no vivirán contigo en el castillo?
¿Acaso renunciaba tan fácilmente y encantado a sus huéspedes que los
quería relegar a toda costa al castillo?
–Eso aún no es seguro –dijo K–, antes tengo que conocer qué trabajo
quieren que realice. Si tuviera, por ejemplo, que trabajar aquí abajo,
entonces sería razonable vivir aquí abajo. También temo no adaptarme
a la vida arriba en el castillo. Siempre quiero ser libre.
–No conoces el castillo –dijo el posadero en voz baja.
–Es cierto –dijo K–, no se debe de juzgar con anticipación. Por el
momento, del castillo no sé más que allí saben elegir al agrimensor
adecuado. Tal vez haya otras ventajas.
Dicho esto, se levantó para liberarse del posadero que, intranquilo, no
cesaba de morderse los labios. Desde luego no se podía ganar
fácilmente la confianza de ese hombre.
Mientras K se alejaba le llamó la atención un retrato oscuro en un
marco también oscuro. Ya se había fijado en él desde su lecho, pero no
había podido apreciar los detalles desde esa distancia y creía que el
cuadro había sido retirado quedando sólo una mancha negra. Pero,
como podía comprobar ahora, se trataba de un cuadro, el busto de un
hombre de unos cincuenta años. Mantenía la cabeza tan inclinada sobre
el pecho que apenas se podían distinguir los ojos; esa inclinación
parecía causada por la elevada y pesada frente y una nariz grande y
aguileña. La barba, a causa de la posición de la cabeza, permanecía
aplastada contra el mentón, pero volvía a recobrar su amplitud más
abajo. La mano izquierda se hundía abierta en los cabellos, como si
quisiese levantar la cabeza sin conseguirlo.
–¿Quién es? –preguntó K–. ¿El conde?
K permanecía ante el cuadro y ni siquiera se volvió hacia el posadero.
–No –dijo el posadero–, el alcaide.
–Buen aspecto tiene el alcaide del castillo –dijo K–, lástima que tenga
un hijo que no le llegue a los talones.
–No –dijo el posadero, atrajo un poco a K hacia sí y le susurró en el
oído:
–Ayer Schwarzer exageró, su padre no es más que un subalcaide e
incluso uno de los últimos.
En ese momento el posadero le pareció a K un niño.
–¡El muy granuja! –dijo K sonriendo, pero el posadero no sonrió con él,
sino que se limitó a decir:
–También su padre es poderoso.
–¡Vete! –dijo K–. Consideras a todos poderosos. ¿Acaso a mí también?
A ti –dijo con timidez y seriedad– no te considero poderoso.
–Compruebo que tienes una gran capacidad de observación –dijo K–.
Dicho en confianza, no soy realmente poderoso. En consecuencia no
tengo menos respeto que tú frente a los poderosos, sólo que no soy tan
sincero como tú y no siempre quiero reconocerlo.
Y K dio unas palmadas en la mejilla del posadero para consolarle y
ganar su favor. Entonces sonrió un poco. En realidad parecía un
adolescente con su rostro suave y casi barbilampiño. ¿Cómo era posible
que se hubiese podido casar con esa mujer tan gruesa y de edad tan
avanzada, a la que en ese momento se podía ver a través de una
ventana cómo trabajaba en la cocina con los codos bien separados del
cuerpo? K, sin embargo, no quería seguir sondeando a ese hombre y
terminar borrando la sonrisa que tanto le había costado obtener de él,
así que le hizo una señal para que le abriese la puerta y salió a la
hermosa mañana invernal.
Ahora pudo ver el castillo nítidamente destacado en el aire luminoso,
con su contorno aún más realzado por la ligera capa de nieve que lo
cubría todo imitando todas las formas. Además, en la montaña donde
estaba situado el castillo parecía haber menos nieve que en el pueblo,
donde K se desplazaba con no menos esfuerzo que el día anterior en la
carretera principal. Allí alcanzaba la nieve hasta las ventanas de las
casas y se acumulaba pesada sobre los bajos tejados, pero arriba, en la
montaña, todo se elevaba libre y ligero, al menos eso parecía desde allí
abajo.
En general, el castillo, como se mostraba desde la lejanía, correspondía
a lo que K había esperado. No era ni un viejo castillo medieval ni un
nuevo edificio suntuoso, sino una extensa construcción consistente en
unos pocos edificios de dos pisos situados muy próximos unos de otros.
Si no se hubiera sabido que era un castillo, se habría tenido por una
pequeña ciudad. K sólo pudo ver una torre, si pertenecía a una vivienda
o a una iglesia era algo que no se podía saber. Bandadas de cornejas la
rodeaban.
Con la mirada fija en el castillo, K siguió su camino, sin que le
inquietase nada más. Pero al aproximarse, el castillo le decepcionó: en
realidad sí que se trataba de un miserable villorrio, compuesto de casas
de pueblo, y sólo se distinguía porque tal vez todo estaba construido de
piedra, pero la pintura hacía tiempo que se había caído y la piedra
parecía desmenuzarse. K se acordó fugazmente de su pueblo natal:
apenas tenía nada que envidiarle a ese supuesto castillo; si K hubiese
venido sólo para visitarlo, la larga marcha no habría merecido la pena y
habría sido más razonable haber vuelto a visitar una vez más su lugar
de nacimiento, donde hacía tiempo que no había estado. Y comparó en
su mente el campanario de su pueblo natal con la torre de arriba. El
campanario, es cierto, no podía dudarse, se erguía recto,
rejuveneciéndose en la parte superior, y coronado por un techo ancho
de tejas rojas, un edificio terrenal –¿qué otra cosa podíamos
construir?–, pero con una finalidad muy superior a la del achaparrado
villorrio y con una expresión más luminosa que la otorgada por el
sombrío día laboral. La torre de allá arriba –era lo único visible– era la
torre de una vivienda, como ahora se mostraba, quizá la del castillo
principal, un edificio redondo y uniforme, en parte cubierto
piadosamente por la hiedra, con pequeñas ventanas que destellaban
por la luz del sol –su aspecto tenía algo de descabellado–, y acababa en
una especie de azotea, cuyas almenas, inseguras, irregulares, rotas,
mordían el cielo azul y parecían haber sido diseñadas por un niño
descuidado o acobardado. Era como si algún habitante afligido que
tendría que haberse mantenido encerrado en la habitación más alejada
de la casa, hubiese roto el techo y se hubiese alzado para mostrarse al
mundo.
K se detuvo una vez más, como si al estar quieto poseyera más
capacidad de juicio. Pero algo le perturbó. Detrás de la iglesia del
pueblo, al lado de la cual se había detenido –en realidad era sólo una
capilla, ampliada ligeramente para poder acoger a los feligreses– se
encontraba la escuela. Ésta era un edificio largo y bajo que aunaba
extrañamente el carácter provisorio y lo antiguo. Estaba situado detrás
de un jardín cercado con una verja que ahora estaba cubierto de nieve.
En ese preciso momento salían los niños con el maestro. Se apiñaban a
su alrededor, dirigiendo hacia él todas las miradas y sin parar de hablar
entre ellos. K no podía entender su forma de hablar tan rápida. El
maestro, un hombre joven, pequeño y estrecho de hombros, pero, sin
que resultase ridículo, muy recto, ya se había fijado en K desde lejos, si
bien K era, aparte de su grupo, la única persona que podía verse en el
lugar. K, como forastero, saludó primero a ese hombrecillo de aspecto
autoritario.
–Buenos días, señor maestro –dijo.
Los niños enmudecieron de golpe, ese repentino silencio como
preparación a sus palabras debió de agradar al maestro.
–¿Contempla el castillo? –preguntó con más amabilidad de lo que K
había esperado, pero con un tono como si no aprobase lo que K estaba
haciendo.
–Sí –dijo K–, soy forastero, ayer por la noche llegué a este lugar.
–¿No le gusta el castillo? –preguntó rápidamente el maestro.
–¿Cómo? –respondió K un poco confuso y repitió la pregunta de una
forma más suave:
–¿Que si no me gusta el castillo? ¿Por qué supone que no me gusta?
–A ningún forastero le gusta –dijo el maestro.
Para no decir nada inapropiado, K cambió de conversación y dijo:
–¿Conoce al conde?
–No –dijo el maestro, y quiso alejarse, pero K no cedió y volvió a
preguntar:
–¿Cómo? ¿No conoce al conde?
–¿Por qué tendría que conocerlo? –preguntó el maestro en voz baja y
añadió en voz alta en francés–: Tenga consideración con la presencia
de niños inocentes.
K se creyó entonces con derecho a preguntar:
–¿Podría visitarle, señor maestro? Permaneceré aquí largo tiempo y ya
me siento un poco abandonado; no me identifico con los campesinos, y
tampoco con los habitantes del castillo.
–Entre los campesinos y el castillo no hay ninguna diferencia –dijo el
maestro.
–Puede ser –dijo K–, pero eso no altera mi situación. ¿Podría visitarle
alguna vez?
–Vivo en la calle Schwannen, en la casa del carnicero.
Eso era más la información de una dirección que una invitación; no
obstante K dijo:
–Bien, iré.
El maestro asintió con la cabeza y siguió su camino con los niños
apiñados a su alrededor que ya habían reanudado su griterío. Al poco
tiempo desaparecieron por una callejuela que descendía abruptamente.
K estaba preocupado, enojado por la conversación. Por primera vez
desde su llegada se sentía realmente cansado. El largo camino hasta allí
parecía no haberle afectado en nada –¡cómo había caminado día tras
día, tranquilamente, paso a paso!–; ahora, sin embargo, se mostraban
las consecuencias de ese esfuerzo enorme, y a destiempo. Se sentía
irresistiblemente impulsado a buscar nuevos conocidos, pero cada
nuevo conocido aumentaba su fatiga. Si ese día, en el estado en que se
encontraba, se obligaba a prolongar su paseo al menos hasta la entrada
del castillo, habría hecho más que suficiente.
Así que continuó su camino, pero era un largo camino. Además, la calle,
esa calle principal del pueblo, no conducía al castillo, sólo pasaba cerca;
después, sin embargo, como intencionadamente, torcía y, aunque no se
distanciaba del castillo, tampoco se aproximaba a él. K siempre
esperaba que la calle finalmente se dirigiese hacia el castillo y sólo
fundándose en esa esperanza seguía avanzando; en apariencia dudaba
en abandonar la calle a causa de su cansancio, también se quedó
asombrado por la longitud del pueblo que no conocía fin, una y otra vez
se sucedían las casuchas con las ventanas cubiertas de hielo, la nieve y
la soledad; finalmente se apartó de esa calle y le acogió una callejuela
estrecha, con una capa de nieve aún más profunda, donde sólo podía
avanzar con gran esfuerzo al hundírsele los pies en el manto blanco; el
sudor comenzó a correr por su frente; de repente se detuvo y ya no
pudo seguir.
Bueno, no estaba aislado, a derecha e izquierda había casas de
campesinos; hizo una bola de nieve y la arrojó contra una ventana. En
seguida se abrió una puerta –la primera puerta que se abría durante
toda la caminata por el pueblo– y un viejo campesino, con una
chaqueta de piel de cordero, con la cabeza inclinada, apareció en el
umbral, débil y amable.
–¿Puedo entrar un rato en su casa? –dijo K–, estoy muy cansado.
No pudo oír lo que le dijo el anciano, aceptó agradecido que le
colocasen una tabla, que le salvaran de la nieve y que con unos pasos
se hallara en una sala.
Una gran sala en la penumbra. El que venía de fuera al principio no
podía ver nada. K tropezó con un cubo y una mano femenina le retuvo.
Desde una esquina llegaron los lloros de un niño pequeño, de otra se
elevaba humo convirtiendo la penumbra en tinieblas, K parecía estar
entre nubes.
–Pero si está borracho –dijo alguien.
–¿Quién es usted? ¿Por qué lo has dejado entrar? –se oyó que decía
una voz dominante dirigida al anciano–. ¿Acaso se puede dejar entrar a
cualquiera que se arrastre por las calles?
–Soy el agrimensor del condado –dijo K, intentando así justificarse
ante la persona aún invisible que había hablado.
–¡Ah!, es el agrimensor –dijo una voz femenina y luego siguió un
completo silencio.
–¿Me conocen? –preguntó K.
–Claro que sí –dijo brevemente la misma voz.
El hecho de que le conocieran no le pareció ninguna recomendación.
Al fin se disipó algo el humo y K pudo orientarse lentamente. Parecía un
día de limpieza general. Cerca de la puerta se estaba lavando ropa. El
humo, sin embargo, procedía de la esquina izquierda, donde, en una
cubeta de madera tan grande como K no la había visto en su vida –
tenía las dimensiones de dos camas– se bañaban dos hombres en agua
caliente. Pero aún más sorprendente, sin que se pudiera precisar en
qué consistía la sorpresa, era la esquina derecha. De un gran tragaluz,
el único en la pared del fondo, procedía, del patio, una pálida luz blanca
de nieve que daba al vestido de una mujer, que casi yacía con aspecto
cansado en un sillón en lo más profundo de la esquina, una apariencia
sedosa. Tenía un bebé al pecho. A su alrededor jugaban un par de
niños, hijos de campesinos, como se podía comprobar, pero ella no
parecía ser de su misma clase, si bien la enfermedad y el cansancio
también otorgan delicadeza a los campesinos.
–¡Siéntese! –dijo, resollando, uno de los hombres, uno con barba y
bigote. Indicó, cómicamente, con la mano sobre el borde de la cubeta,
un baúl, y al hacerlo salpicó el rostro de K con agua caliente. En el baúl
se sentaba ya aletargado el anciano que le había dejado entrar. K
estaba agradecido de poder sentarse al fin. Entonces nadie se preocupó
de él. La mujer que hacía la colada, rubia, en plena juventud, cantaba
en voz baja mientras trabajaba; los hombres en el baño pataleaban y
se daban la vuelta, los niños querían acercarse a ellos, pero eran
rechazados una y otra vez por chorros de agua que tampoco respetaron
a K; la mujer en el sillón yacía como inánime, ni siquiera miraba a la
criatura que tenía al pecho, sino hacia un lugar indeterminado en las
alturas.
K contempló esa invariable imagen triste y hermosa a un mismo
tiempo, pero luego debió de quedarse dormido, pues al ser llamado por
alguien en voz alta, se asustó y descubrió que su cabeza se apoyaba en
el hombro del anciano que estaba a su lado. Los hombres, que habían
terminado de bañarse –ahora le tocaba el turno a los niños que se
movían por la cubeta vigilados por la mujer rubia–, se encontraban
vestidos ante K. Resultó que el gritón de la barba era el más ordinario
de los dos. El otro, no más alto que el de la barba, aunque con menos
barba, era un hombre silencioso y pensativo, de ancha figura y rostro
también ancho, que mantenía la cabeza inclinada hacia abajo.
–Señor agrimensor –dijo–, aquí no puede quedarse. Perdone la
descortesía.
–Tampoco quería quedarme –dijo K–, sólo descansar un poco. Ya lo he
hecho y me voy.
–Es probable que se sorprenda de la poca hospitalidad –dijo el
hombre–, pero para nosotros la hospitalidad no es costumbre, no
necesitamos huéspedes.
Refrescado por el sueño y más perspicaz que antes, K se alegró por las
sinceras palabras. Se movió con más libertad, apoyó su bastón aquí y
allá y se acercó a la mujer tendida en el sillón; por lo demás, él era el
más alto en la habitación.
–Cierto –dijo K–, para qué necesitan huéspedes. Pero en un momento
u otro se necesita alguno, por ejemplo a mí, al agrimensor.
–Eso no lo sé –dijo lentamente el hombre–, si le han llamado, es
probable que le necesiten, eso es una excepción; nosotros, sin
embargo, gente humilde, nos atenemos a las reglas, eso no nos lo
puede reprochar.
–No, no –dijo K–, sólo les puedo estar agradecidos, a ustedes y a
todos los presentes.
E inesperadamente para todos, K se dio la vuelta y quedó ante la
mujer. Ella miraba a K con sus ojos azules y cansados, un pañuelo de
cabeza transparente de seda. le llegaba hasta la mitad de la frente, la
criatura dormía en su pecho.
–¿Quién eres? –preguntó K.
Con desdén, aunque no quedaba claro si su desprecio se dirigía a K o se
refería a su propia respuesta, dijo:
–Una mujer del castillo.
Todo eso sólo había durado un instante, pero K ya tenía a su derecha e
izquierda a cada uno de los hombres y, como si no hubiera ningún otro
medio de comunicación, le llevaron hasta la puerta en silencio pero
aplicando todas sus fuerzas. El anciano se alegró de algo y aplaudió,
también la mujer que lavaba se rió cuando los niños comenzaron
repentinamente a hacer ruido como locos.
K se encontraba en la callejuela y los hombres le vigilaban desde el
umbral de la puerta. Otra vez caía nieve, sin embargo parecía haber
aclarado algo. El de la gran barba gritó impaciente:
–¿Adónde quiere dirigirse? Por aquí se va al castillo, por allí al pueblo.
K no le respondió, pero al otro, que a pesar de su superioridad le
parecía el más tratable, le dijo:
–¿Quién es usted? ¿A quién tengo que agradecerle la hospitalidad? –
Soy el maestro curtidor Lasemann, pero no le tiene que agradecer nada
a nadie.
–Bien –dijo K–, quizá volvamos a encontrarnos.
–No lo creo –dijo el hombre.
En ese instante exclamó el de la barba con la mano levantada:
–¡Buenos días, Artur! ¡Buenos días, Jeremías!
K se dio la vuelta. ¡Así que en ese pueblo salía la gente a la calle! De la
dirección del castillo venían dos jóvenes de estatura media, los dos muy
delgados, con trajes estrechos, muy parecidos de rostro, de tez muy
morena, pero con unas perillas tan negras que aun así destacaban. Para
la condición en que se hallaba la calle avanzaban sorprendentemente
deprisa, dando grandes zancadas rítmicas con sus piernas delgadas.
–¿Adónde vais? –preguntó el de la gran barba.
Sólo se podía hablar con ellos a gritos, tan rápido caminaban y no se
detenían.
–¡Negocios! –exclamaron riéndose. –¿Dónde?
–¡En la posada!
–¡Hacia allí me dirijo yo también! –gritó K.
De repente, y más que cualquier otra cosa, sintió la gran necesidad de
que le llevaran con ellos; trabar conocimiento con ellos no le pareció
muy productivo, pero parecían alegres compañeros de camino.
Ellos oyeron las palabras de K, se limitaron a asentir con la cabeza y ya
habían pasado de largo.
K aún permanecía en la nieve y tenía pocas ganas de levantar el pie
para volver a hundirlo una vez más un poco más allá. El maestro
curtidor y su compañero, satisfechos por haberse desembarazado
definitivamente de K, se retiraron lentamente, no sin dejar de mirarle
desde la casa por el resquicio de la puerta. K se quedó solo– rodeado
de nieve.
–Una buena oportunidad para desesperarse un poco –pensó–, si me
encontrase aquí por casualidad y no por mi propia voluntad.
En la casa situada a la izquierda se abrió de repente una ventana
minúscula –cerrada había parecido azul oscura, tal vez por el reflejo de
la nieve–, y era tan pequeña que al permanecer ahora abierta no se
podía ver todo el rostro de la persona que miraba por ella, sólo los ojos,
unos ojos castaños y ancianos.
–Allí está –oyó K que decía una voz femenina y temblorosa.
–Es el agrimensor –dijo una voz masculina. Entonces fue el hombre
quien miró por la ventana y preguntó no de una manera descortés,
pero sí como si le preocupase que todo estuviese en orden delante de
su casa.
–¿A quién está esperando?
–A un trineo que me lleve –dijo K.
–Por aquí no pasa ningún trineo –dijo el hombre–. En esta calle no hay
tráfico.
–Pero si es la calle que conduce al castillo –objetó K.
–A pesar de eso –dijo el hombre con cierta inflexibilidad– por aquí no
hay tráfico.
Los dos callaron. Pero el hombre meditaba algo, pues aún mantenía
abierta la ventana, de la que salía humo.
–Es un camino bastante malo –dijo K por mantener la conversación.
El hombre, sin embargo, se limitó a decir:
–Sí, es cierto.
Después de un rato añadió:
–Si quiere le llevo con mi trineo.
–Sí, por favor –dijo K con gran alegría–. ¿Cuánto me va a cobrar?
–Nada –dijo el hombre.
K se asombró.
–Usted es el agrimensor –dijo el hombre explicándose– y pertenece al
castillo. ¿Adónde quiere ir?
–Al castillo –dijo rápidamente K.
–Allí no voy –dijo el hombre en seguida.
–Pero si pertenezco al castillo –dijo K repitiendo las palabras del
hombre.
–Puede ser –dijo el hombre algo reservado.
–Entonces lléveme a la posada –dijo K.
–Bien –dijo el hombre–, ahora salgo con el trineo.
La conversación no le dio la impresión de amabilidad, sino la de un
empeño egoísta, temeroso y casi pedante de retirar a K de la entrada
de la casa.
Se abrió la puerta del patio y por ella apareció un trineo para cargas
ligeras, completamente plano y sin ningún asiento, tirado por un
pequeño y débil caballo, detrás salió el hombre, no un anciano, sino un
hombre débil, encorvado, cojo, con un rostro delgado, colorado y con
aspecto de acatarrado, que daba la impresión de ser muy pequeño
debido a la bufanda de lana que rodeaba el cuello. El hombre estaba
visiblemente enfermo y sólo había salido para poder desembarazarse de
K. Éste hizo una alusión al respecto, pero el hombre la rechazó con
señas negativas. K sólo pudo enterarse de que era el cochero
Gerstäcker y que había cogido ese trineo tan incómodo porque ya
estaba preparado y sacar otro habría necesitado mucho tiempo.
–Siéntese –dijo, y señaló con el látigo la parte trasera del trineo.
–Me sentaré junto a usted –dijo K.
–Entonces me marcharé –dijo Gerstäcker.
–Pero ¿por qué? –preguntó K.
–Me marcharé –repitió Gerstäcker y sufrió un ataque de tos que le
sacudió tanto que se vio obligado a afirmar fuertemente sus piernas en
la nieve y a sujetarse con las dos manos en el borde del trineo. K no
dijo nada más, se sentó en la parte trasera del trineo, la tos se fue
calmando lentamente y partieron.
El castillo allá arriba, extrañamente oscuro a esa hora, y que K había
tenido la esperanza de alcanzar ese mismo día, se alejaba una vez más.
Como si le quisiera dar una despedida provisional, en el castillo se oyó
el repicar de una campana con un tono alegre y alado, que al menos
durante un instante hizo temblar el corazón, como si le amenazase –
pues el son también era doloroso– el cumplimiento de lo que él
anhelaba con inseguridad. Pero al poco tiempo esa gran campana
enmudeció y fue reemplazada por una campanita débil y monótona,
quizá arriba o quizá ya en el pueblo. Ese repique se adaptaba mejor al
lento avance y al lastimoso pero implacable cochero.
–Eh, tú –exclamó repentinamente K (ya se hallaban cerca de la iglesia,
el camino hacia la posada no estaba lejos, así que K podía osar algo)–,
me sorprende mucho que te atrevas a llevarme por los alrededores por
tu propia cuenta. ¿Puedes hacerlo?
Gerstäcker no le prestó atención y continuó la marcha junto a su
caballito.
–¡Eh! –exclamó K, cogió algo de nieve del trineo, hizo una bola, la lanzó
y acertó en la oreja de Gerstäcker. Éste se detuvo y se volvió. Pero
cuando K le vio así tan cerca de él –esa figura encorvada y en cierto
modo maltratada; el rostro colorado, delgado y cansado, con mejillas
disparejas, una plana, la otra caída; la boca abierta, con actitud de
sorpresa, en la que sólo se veían unos pocos dientes– tuvo que repetir
con compasión lo que antes había dicho por maldad: si Gerstäcker no
podía ser castigado por transportarle.
–¿Qué quieres de mí? –preguntó Gerstäcker sin comprender, y no
esperó ninguna aclaración, llamó al caballito y reanudó el camino.
Cuando ya se hallaban cerca de la posada –K se dio cuenta de esta
circunstancia al tomar una curva–, para su sorpresa comprobó que ya
había oscurecido. ¿Tanto tiempo había estado fuera? Según sus
cálculos, sólo una o dos horas, y había salido por la mañana. Tampoco
había sentido hambre, y hacía poco aún había percibido la claridad del
día, no obstante ahora ya anochecía.
–Días cortos, días cortos –se dijo, bajó del trineo y entró en la posada.
Arriba, en la pequeña escalera del vestíbulo, le agradó ver al posadero
alumbrando con un farol ante sí. Acordándose fugazmente del cochero,
K se detuvo, oyó que alguien tosía en la oscuridad y comprobó que
estaba detrás de él. Bien, ya le vería próximamente. Sólo cuando llegó
arriba, donde estaba el posadero, que le saludaba con humildad,
comprobó que había un hombre a cada lado de la puerta. Tomó el farol
de las manos del posadero e iluminó a las dos personas; eran los dos
jóvenes con los que se había encontrado y a los que se habían dirigido
con los nombres de Artur y Jeremías. Ahora le saludaron. Sonrió en
recuerdo de su servicio militar, de aquellos tiempos felices.
–¿Quiénes sois? –preguntó, y miró de uno al otro.
–Sus ayudantes –respondieron.
–Son los ayudantes –confirmó en voz baja el posadero.
–¿Cómo? –preguntó K–. ¿Sois mis antiguos ayudantes a los que dije
que viniesen después de mí y a los que he estado esperando?
Ellos asintieron.
–Está bien –dijo K después de un rato–, está bien que hayáis venido.
–Por lo demás –dijo K después de otro rato–, os habéis retrasado
mucho, sois negligentes.
–Era un largo camino –dijo uno de ellos.
–Un largo camino –repitió K–, pero me he encontrado con vosotros
cuando regresabais del castillo.
–Sí –dijeron sin más aclaraciones.
–¿Dónde tenéis los aparatos? –preguntó K.
–No tenemos ninguno –dijeron.
–Los aparatos que os había confiado –dijo K.
–No tenemos ninguno –repitieron.
–Pero, ¿qué clase de gente sois? –dijo K–. ¿Entendéis algo de
agrimensura?
–No –respondieron.
–Si sois mis antiguos ayudantes, tenéis que entender algo –dijo K.
Ellos callaron.
–Así que esas tenemos –dijo K, y los empujó delante de él hacia el
interior de la casa.
CAPÍTULO II
Los tres estaban sentados juntos ante una mesita en la taberna de la
posada, bebían cerveza y guardaban silencio. K en el centro, a derecha
e izquierda sus ayudantes. Había otra mesa ocupada por campesinos,
como en la noche anterior.
–Resulta difícil con vosotros –dijo K, y comparó sus rostros como había
hecho frecuentemente con anterioridad–, ¿cómo os voy a distinguir?
Sólo os diferenciáis en los nombres, en lo demás sois idénticos como...
–se interrumpió y continuó maquinalmente–, como serpientes.
Ellos se rieron.
–Se nos diferencia bien –dijeron como justificación.
–Lo creo –dijo K–; yo mismo he sido testigo de ello, pero yo sólo veo
con mis ojos y con ellos no puedo distinguiros. Por eso os trataré como
a un solo hombre y os llamaré a los dos Artur, así se llama uno de
vosotros ¿quizá tú? –preguntó K a uno de ellos.
–No –dijo éste–, yo me llamo jeremías.
–Bueno, da igual –dijo K–, os llamaré Artur a los dos. Si envío a Artur
a algún lado, os vais los dos juntos, si le encargo a Artur un trabajo, lo
hacéis los dos, aunque eso tiene para mí la gran desventaja de que no
os puedo emplear en trabajos distintos; sin embargo, tiene la ventaja
de que los dos tenéis una responsabilidad indivisible sobre todo lo que
os encargue. Cómo os repartáis el trabajo que os encargue, me resulta
indiferente, pero no me podéis hablar uno después del otro, para mí
sois un solo hombre.
Ellos meditaron un instante y dijeron:
–Para nosotros sería muy desagradable.
–Cómo no –dijo K–; es natural que os resulte desagradable, pero así lo
haré.
Ya desde hacía un rato había observado K que uno de los campesinos
rondaba la mesa: finalmente se decidió, se acercó a uno de los
ayudantes y quiso susurrarle algo en el oído.
–disculpe –dijo K, golpeó con la mano en la mesa y se levantó–, éstos
son mis ayudantes y ahora tenemos una entrevista. Nadie tiene
derecho a molestarnos.
–¡Oh!, perdone, perdone –dijo el campesino atemorizado y regresó a
su grupo.
–Esto tenéis que tenerlo muy presente –dijo K volviéndose a sentar–,
no podéis hablar con nadie sin mi permiso. Yo soy aquí un forastero y si
sois mis antiguos ayudantes, también vosotros sois forasteros.
Nosotros, los tres forasteros, tenemos, por consiguiente, que
mantenernos juntos; estrechadme entonces vuestras manos.
Con demasiada docilidad estrecharon la mano de K.
–Me habéis dado vuestra palabra –dijo–, tenéis que cumplir mis
órdenes. Ahora me iré a dormir, os aconsejo que hagáis lo mismo. Hoy
hemos perdido un día de trabajo, mañana tendremos que comenzar
muy temprano. Tenéis que conseguir un trineo para ir al castillo y estar
aquí, ante la casa, con él, a las seis de la mañana, dispuestos para
partir.
–Bien –dijo uno, pero el otro se inmiscuyó:
–dices «bien», pero sabes que es imposible.
–Silencio –dijo K–, ya queréis comenzar a distinguiros.
Pero entonces también habló el primero:
–Tiene razón, es imposible, sin autorización ningún forastero puede ir al
castillo.
–¿Dónde se consigue esa autorización?
–No lo sé, tal vez del alcaide.
–Entonces intentaremos hablar con él por teléfono. Llamad en seguida
al alcaide, los dos.
Corrieron hacia el aparato, pidieron la conexión –por el modo en que se
afanaban aparentaban ser ridículamente obedientes– preguntaron si
podía ir al castillo con ellos al día siguiente. El «no» pudo oírlo K desde
su mesa, pero la respuesta fue aún más detallada: «ni mañana ni
ningún otro día».
–Yo mismo telefonearé –dijo K, y se levantó. Mientras que hasta ese
momento, salvo el incidente con el campesino, los presentes apenas
habían reparado en K y sus ayudantes, sus últimas palabras
despertaron el interés general. Todos se levantaron al mismo tiempo
que K y, aunque el posadero intentó echarlos hacia atrás, se agruparon
alrededor del aparato formando un semicírculo. Entre ellos predominó
la opinión de que K no recibiría ninguna respuesta. K tuvo que pedirles
que permaneciesen en silencio: no quería oír su opinión.
En el receptor escuchó un zumbido, como nunca lo había oído al
telefonear. Era como si ese zumbido estuviese compuesto de
innumerables voces infantiles, pero en realidad tampoco era un
zumbido, sino un canto de voces lejanas, extremadamente lejanas,
como si de ese zumbido se formase una única voz elevada y fuerte que
golpeaba el oído como si quisiese penetrar más en el pobre aparato
auditivo. K escuchaba sin decir nada, había apoyado el brazo izquierdo
en el soporte del teléfono y escuchaba en esa postura.
No supo cuánto tiempo estuvo allí escuchando, al cabo el posadero le
tiró de la chaqueta y le dijo que acababa de llegar un mensajero para
él.
–¡Fuera! –gritó perdiendo el dominio de sí mismo, quizá en el auricular
del teléfono, pues entonces se anunció alguien. Se desarrolló la
siguiente conversación:
–Aquí Oswald, ¿quién es? –gritó una voz severa y arrogante con lo que
a K le pareció un pequeño defecto en la articulación que intentaba
compensar con un suplemento de severidad. K dudó en identificarse,
estaba indefenso ante el teléfono: el otro podía fulminarle, colgar el
auricular y K se habría cerrado un camino quizá no carente de
importancia. El titubeo de K acabó con la paciencia del hombre.
–¿Quién es? –repitió, y añadió–: Me agradaría que no se telefonease
tanto desde allí: hace sólo un instante se ha telefoneado.
K no se ocupó de esa indicación y anunció con una decisión repentina:
–Soy el ayudante del señor agrimensor.
–¿Qué ayudante? ¿Qué señor? ¿Qué agrimensor?
K se acordó de la conversación telefónica del día anterior.
–Pregúntele a Fritz –dijo brevemente.
Para su sorpresa surtió efecto. Pero más por el hecho de que surtiera
efecto, se asombró de la centralización del servicio.
La respuesta fue:
–Ya sé, el eterno agrimensor, ja, ja. ¿Qué más? ¿Qué ayudante?
–Josef –dijo K.
Le molestaba algo el murmullo de los campesinos a sus espaldas, en
apariencia no estaban de acuerdo en que no se presentase
correctamente. Pero K no tenía tiempo de ocuparse de ellos, pues la
conversación necesitaba de toda su concentración.
–¿Josef? –preguntaron–. Los ayudantes se llaman... –una pequeña
pausa, al parecer reclamaba los nombres a otra persona–, Artur y
jeremías.
–Ésos son los nuevos ayudantes –dijo K.
–No, ésos son los antiguos.
–Son los nuevos, yo, sin embargo, soy el antiguo, el que ha llegado hoy
después del agrimensor.
–¡No! –gritaron.
–Entonces, ¿quién soy yo? –preguntó K con la misma tranquilidad.
Y después de una pausa la misma voz con el mismo defecto de
articulación, aunque con otro tono más profundo y respetable, dijo:
–Tú eres el antiguo ayudante.
K escuchó el timbre de la voz y casi pasó por alto la pregunta: «¿Qué
quieres?»
Hubiese querido colgar el auricular. De esa conversación ya no
esperaba nada más. Sólo forzándose preguntó rápidamente:
–¿Cuándo puede ir mi señor al castillo?
–Nunca –fue la respuesta.
–Bien –dijo K, y colgó el auricular.
Detrás de él los campesinos se habían aproximado mucho a su persona.
Los ayudantes intentaban detenerlos lanzándole a él miradas de
soslayo. Pero sólo parecía ser una comedia; además, los campesinos,
satisfechos con el resultado de la conversación, comenzaban a ceder
lentamente. Entonces el grupo fue dividido desde atrás por un hombre
con paso rápido que se inclinó ante K y le dio una carta. K mantuvo la
carta en la mano y miró al hombre, ya que en ese instante le parecía
más importante que la carta. Se daba una gran similitud entre él y los
ayudantes, era tan delgado como ellos, con el mismo traje ceñido,
también tan ágil y ligero como ellos y, sin embargo, tan diferente.
¡Ojalá K le hubiese tenido como ayudante! Le recordaba un poco a la
dama con el lactante que había visto en la casa del maestro curtidor.
Vestía casi por entero de blanco, el traje no era de seda, era un traje de
invierno como cualquier otro, pero tenía la suavidad y solemnidad de un
traje de seda. Su rostro era claro y sincero, los ojos demasiado
grandes. Su sonrisa era enormemente estimulante; se pasó la mano
por el rostro como si quisiese ahuyentar esa sonrisa, pero no lo logró.
–¿Quién eres? –preguntó K.
–Me llamo Barnabás –dijo–, soy un mensajero.
Sus labios se abrían y cerraban al hablar con masculinidad y, sin
embargo, con suavidad.
–¿Te gusta este lugar? –preguntó K, y señaló a los campesinos, que
aún no habían perdido el interés por él, y que miraban con sus rostros
atormentados –el cráneo parecía como si hubiese sido aplanado desde
arriba y los rasgos faciales se hubiesen formado por el dolor al ser
golpeados–, sus labios gruesos, sus bocas abiertas, pero al mismo
tiempo tampoco miraban, pues a veces su mirada erraba y permanecía
fija en algún objeto antes de regresar; luego K señaló a los ayudantes,
que se mantenían abrazados, mejilla con mejilla, y sonreían, no se
sabía si humilde o burlonamente, se los señaló como si le presentase un
séquito que le habían impuesto por circunstancias especiales,
esperando –en ello residía la confianza y a eso era a lo que K daba
importancia– que Barnabás distinguiera razonablemente entre él y
ellos. Pero Barnabás –si bien con completa inocencia, como se podía
reconocer– no admitió la pregunta, la dejó pasar como un criado bien
educado deja pasar las palabras sólo en apariencia dirigidas a él por su
señor, y se limitó a mirar a su alrededor en el sentido de la pregunta,
saludando a sus conocidos entre los campesinos e intercambiando
algunas palabras con los ayudantes, todo eso libre y espontáneamente,
sin mezclarse con ellos. K, desairado, pero no avergonzado, volvió a la
carta que tenía en la mano y la abrió. Decía lo siguiente:
«Muy señor mío:
Como usted ya sabe, ha sido aceptado en el servicio condal. Su
superior más próximo es el alcalde del pueblo, quien le comunicará los
detalles acerca de su trabajo y sus condiciones salariales y a quien
también tendrá que dar cuenta de su trabajo. Sin embargo, no le
perderé de vista. Barnabás, el portador de esta carta, le preguntará de
vez en cuando para conocer sus deseos y comunicármelos a mí.
Siempre me encontrará dispuesto, en cuanto sea posible, a
complacerle. Deseo tener trabajadores satisfechos».
La firma era ilegible, pero impreso se podía leer: «El director de la
oficina X».
–¡Espera! –le dijo K a Barnabás, quien obedeció con una ligera
inclinación. A continuación, K llamó al posadero para que le mostrase
su habitación, ya que deseaba permanecer un tiempo a solas con la
carta. Al hacerlo recordó que Barnabás, a pesar de la simpatía que
sentía hacia él, no era más que un mensajero y pidió que le sirvieran
una cerveza. Prestó atención a la forma en que la aceptó,
aparentemente la aceptó encantado y se la bebió en seguida. En la casa
sólo habían podido poner a disposición de K una habitación en el ático,
e incluso eso había creado dificultades, pues había dos criadas que
habían dormido hasta entonces en ella y que habían tenido que ser
alojadas en otro lugar. En realidad no se había hecho otra cosa que
sacar a las criadas, en lo restante la habitación había quedado intacta,
nada de sábanas nuevas en la única cama, sólo un par de almohadas y
una manta de caballerizas en el mismo estado en que habían quedado
después de la última noche; en la pared había algunas imágenes de
santos y fotografías de soldados; ni siquiera habían aireado la
habitación, al parecer no se esperaba que el huésped permaneciese allí
mucho tiempo y tampoco se hacía nada para retenerlo. K, sin embargo,
se mostró conforme con todo, se rodeó con la manta, se sentó a la
mesa y comenzó a leer de nuevo la carta a la luz de una vela.
No era una carta uniforme, había pasajes en los que se hablaba con él
como si fuese una persona independiente, a quien se le reconoce una
voluntad propia, así era el encabezamiento, al igual que el pasaje que
se refería a sus deseos. Sin embargo, había otros pasajes en que era
tratado abierta o encubiertamente como un trabajador inferior apenas
digno de la atención de ese director; éste parecía tener que esforzarse
para no «perderle de vista», su superior sólo era el alcalde del pueblo,
a quien incluso tenía que rendir cuentas, era probable que su único
colega fuese el policía del pueblo. Ésas eran sin duda contradicciones,
tan visibles que debían de ser intencionadas. Pues el pensamiento
absurdo, referido a una administración como ésa, de que había actuado
con indecisión, ni siquiera fue tomado en cuenta por K. Más bien
advertía en ello el ofrecimiento de una elección, se dejaba a su
consideración lo que quería hacer con las instrucciones de la carta: si
quería ser un trabajador del pueblo con una conexión, así y todo,
distinguida, pero aparente con el castillo, o un trabajador del pueblo
aparente que en realidad hacía depender toda su relación laboral de las
indicaciones de Barnabás. K no dudó al elegir, tampoco habría dudado
sin las experiencias que ya había tenido. Sólo como trabajador del
pueblo, lo más alejado posible del señor del castillo, estaba en
condiciones de alcanzar algo en el castillo; esa gente del pueblo, que
aún se mostraba tan recelosa frente a él, comenzaría a hablar cuando
él, aunque no se hubiese convertido en su amigo, sí fuese un
conciudadano, y una vez que ya no se diferenciase de un Gerstäcker o
Lasemann –y esto tenía que ocurrir con gran rapidez, de ello dependía
todo–, entonces se le abrirían de golpe todos los caminos que, si
hubiese dependido de los señores de arriba y de su indulgencia, no sólo
habrían quedado cerrados para él, sino invisibles. Es cierto que había
un peligro y se había acentuado suficientemente en la carta, se había
descrito con cierta alegría, como si fuese inevitable. Era la condición de
trabajador. Servicio, director, superior, trabajo, condiciones salariales,
dar cuenta, trabajador, la carta abundaba en todos estos términos
laborales e incluso cuando se decía algo diferente, más personal, se
decía desde esa perspectiva. Si K quería convertirse en un trabajador,
podía hacerlo, pero entonces con terrible seriedad, sin ninguna otra
intención. K sabía que no le habían amenazado con una obligación real,
no la temía y aquí menos, pero sí que temía la violencia del ambiente
desalentador, la habituación a las decepciones, la violencia de las
influencias imperceptibles que se producirían a cada momento, pero
tenía que atreverse a enfrentarse con ese peligro. La carta tampoco
silenciaba que, si se llegaba a la lucha, K sería quien habría tenido la
osadía de comenzarla, se había dicho con sutileza y sólo una conciencia
inquieta –inquieta, no mala– podía advertirlo, eran las palabras «como
usted ya sabe» respecto a su admisión en el servicio. K se había
anunciado y desde ese momento sabía, como se expresaba en la carta,
que había sido admitido.
K retiró una foto de la pared y colgó la carta en un clavo; en esa
habitación viviría, ahí debía colgar la carta.
Luego bajó a la taberna de la posada; Barnabás estaba sentado con los
ayudantes a una mesita.
–¡Ah!, estás ahí –dijo K sin motivo, sólo porque se alegró de ver a
Barnabás. Éste se levantó de inmediato. Apenas entró K, los
campesinos se levantaron para acercarse a él, se había convertido en
una costumbre estar siempre detrás de sus talones.
–¿Qué queréis continuamente de mí? –exclamó K.
No se lo tomaron a mal y regresaron lentamente a sus asientos. Uno de
ellos, mientras se retiraba, dijo como explicación y con una indefinible
sonrisa, que otros imitaron:
–Siempre se entera uno de algo nuevo –y se lamió los labios como si lo
«nuevo» fuese comida.
K no dijo nada reconciliador, estaba bien si recibía algo de respeto, pero
apenas acababa de sentarse al lado de Barnabás, cuando ya notó el
aliento de un campesino en la nuca; venía, según dijo, a coger el
salero, pero K dio, enojado, una patada en el suelo, y el campesino se
alejó corriendo sin el salero. Era fácil molestar a K, sólo había que
incitar a los campesinos contra él: su obstinada participación le parecía
más perversa que la reserva de los otros y, además, también se trataba
de reserva, pues si K se hubiese sentado a su mesa, con toda seguridad
no se habrían quedado sentados. Sólo la presencia de Barnabás le
impidió formar un escándalo. Pero se dio la vuelta hacia ellos con
actitud amenazadora, y también ellos le miraron. Al verlos así sentados,
cada uno en su puesto, sin hablar entre ellos, sin un vínculo visible
entre ellos, teniendo sólo en común que todos le miraban fijamente, le
pareció que no se trataba de maldad lo que les impulsaba a perseguirle,
tal vez querían realmente algo de él y no lo podían decir, y si no era
eso, quizá se tratase sólo de infantilismo; un infantilismo que parecía
abundar en esa casa, ¿acaso no era también infantil el posadero, que
sostenía una jarra de cerveza para un cliente con las dos manos,
permaneciendo en silencio, mirando a K y haciendo caso omiso de una
llamada de la posadera, quien se había asomado por la ventana de la
cocina?
K, más tranquilo, se volvió hacia Barnabás: le hubiese gustado alejar a
los ayudantes, pero no encontró ninguna excusa, por lo demás. se
limitaban a mirar en silencio sus cervezas.
–He leído la carta –comenzó K–. ¿Conoces su contenido?
–No –dijo Barnabás. Su mirada pareció decir más que sus palabras. Tal
vez K se equivocaba para bien como con los campesinos para mal, pero
siguió sintiéndose bien en su presencia.
–También se habla de ti en la carta, de vez en cuando tienes que
transmitir informaciones entre la dirección y yo, por eso había pensado
que conocerías el contenido.
–Sólo recibí el encargo –dijo Barnabás– de entregar la carta, esperar a
que se haya leído y, si lo considerases necesario, llevar una respuesta
oral o escrita.
–Bien –dijo K–, no necesita ser escrita, comunícale al señor director,
¿cómo se llama? No pude leer el nombre.
–Klamm –dijo Barnabás.
–Comunícale entonces al señor Klamm mi agradecimiento por la
admisión y por su amabilidad, agradecimiento y amabilidad que, como
una persona aún no adaptada a este lugar, sé valorar en lo que se
merecen. Me comportaré según sus instrucciones. Por ahora no tengo
ningún deseo especial.
Barnabás, que había escuchado atento, pidió a K poder repetir el
mensaje. K lo permitió y Barnabás lo repitió literalmente. Luego se
levantó para despedirse.
Durante todo ese tiempo K había examinado su rostro, ahora lo hizo
por última vez. Barnabás era tan alto como K, sin embargo parecía
como si inclinase la mirada hacia K, eso ocurría casi con humildad, pero
era imposible que ese hombre pudiese avergonzar a alguien. Cierto, no
era más que un mensajero, no conocía el contenido de la carta que
debía entregar, pero también su mirada, su sonrisa y su paso parecían
ser un mensaje, por más que no quisiera saber nada de ellos. Y K le
extendió la mano, lo que pareció sorprenderle, pues él sólo hubiese
querido inclinarse.
En cuanto se hubo ido –antes de abrir la puerta se había apoyado un
instante con el hombro en ella y había abarcado la sala con una mirada
que no dirigió a nadie en particular–, K se dirigió a sus ayudantes:
–Voy a traer de mi habitación los planos, entonces hablaremos de
nuestro próximo trabajo.
Quisieron acompañarle.
–¡Quedaos aquí! –dijo K.
Pero no cejaron en su empeño. K tuvo que repetir la orden con más
severidad. Barnabás ya no estaba en el pasillo, acababa de irse.
Tampoco lo vio ante la casa, y volvía nevar. Gritó:
–¡Barnabás!
No hubo respuesta. ¿Acaso se encontraba aún en la casa? No parecía
haber otra posibilidad. No obstante, K volvió a gritar su nombre con
todas sus fuerzas: el nombre estalló en la oscuridad de la noche. Y
desde la lejanía llegó una débil respuesta, tan lejos se encontraba ya
Barnabás. K respondió y fue a su encuentro; en el lugar donde se
encontraron ya no podían ser vistos desde la posada.
–Barnabás –dijo K, y no pudo evitar un temblor en su voz–, quería
decirte algo más. Me he dado cuenta de que no funcionaría bien si
tuviese que depender de tus visitas casuales si necesito algo del
castillo. Si no te hubiese alcanzado ahora por pura casualidad –aún
creía que estabas en la casa–, quién sabe cuánto tendría que haber
esperado a tu próxima aparición.
–Puedes pedirle al director –dijo Barnabás– que me envíe
regularmente a las horas que tú indiques.
–Tampoco eso sería suficiente –dijo K–, tal vez no quiera decir nada en
todo un año, pero un cuarto de hora después de tu partida se me puede
ocurrir algo inaplazable.
–¿Debo comunicar entonces a la dirección –dijo Barnabás– que entre
ella y tú establezca otra conexión además de la mía?
–No, no –dijo K–, de ningún modo, menciono este asunto sólo de
pasada, esta vez he tenido suerte y he logrado alcanzarte.
–¿Quieres que regresemos a la posada –dijo Barnabás– para que me
puedas dar allí el nuevo mensaje?
Ya había dado un paso en dirección a la posada.
–Barnabás –dijo K–, no es necesario, te acompañaré un poco.
–¿Por qué no quieres ir a la posada? –preguntó Barnabás.
–La gente me molesta allí –dijo K–. Ya has visto la impertinencia de los
campesinos.
–Podemos ir a tu habitación –dijo Barnabás.
–Es la habitación de las criadas –dijo K–, sucia y mal ventilada, para
no quedarme allí quería acompañarte un poco, sólo tienes que dejar –
añadió K para superar definitivamente sus dudas– que me apoye en ti,
tú caminas con más seguridad.
Y K se cogió de su brazo. Había una profunda oscuridad, no veía su
rostro, su figura era imprecisa, ya con anterioridad había intentado
Palpar su brazo.
Barnabás cedió y se alejaron de la posada. Sin embargo, K sintió que
él, a pesar del gran esfuerzo, no era capaz de mantener el paso de
Barnabás, que impedía la libertad de sus movimientos y que incluso en
circunstancias normales todo tenía que fracasar por ese detalle, y
precisamente en una de las callejuelas como aquella en la que K se
había hundido en la nieve por la mañana y de la que sólo podría salir
llevado por Barnabás. Pero alejó esas preocupaciones y se consoló con
el silencio de Barnabás; si continuaban en silencio, entonces seguir
caminando podría constituir también para Barnabás la finalidad de su
compañía.
Avanzaron, pero K no sabía en qué dirección, no podía reconocer nada,
ni siquiera sabía si ya habían pasado la iglesia. Debido al esfuerzo que
le causaba el simple hecho de caminar, ocurrió que no podía dominar
sus pensamientos. En vez de permanecer fijos en su objetivo, se
confundían. Una y otra vez emergió su lugar de origen y los recuerdos
de él le colmaron. También allí había una iglesia en la plaza principal,
en parte estaba rodeada por un viejo cementerio y éste a su vez por un
elevado muro. Pocos niños habían escalado ese muro, tampoco K había
sido capaz de escalarlo. No les impulsaba la curiosidad, el cementerio
ya no tenía para ellos ningún secreto, muchas veces habían entrado por
su puerta enrejada, era el elevado muro lo que querían superar. Una
mañana –la plaza, silenciosa y vacía, estaba inundada de luz, K nunca
la había visto así y jamás la volvería a ver–, le resultó
sorprendentemente fácil; en un lugar donde otras veces había
fracasado con frecuencia, escaló el muro a la primera con una bandera
entre los dientes. Aún se desprendían piedras bajo él cuando ya estaba
arriba. Desenrolló la bandera, el viento desplegó el paño, miró hacia
abajo y a su alrededor, también sobre el hombro hacia las cruces
hundidas en la tierra, nadie estaba en ese momento y allí más alto que
él. Casualmente pasó el maestro, obligó a K a bajar con una mirada
enojada y, al saltar, K se lesionó en la rodilla; sólo con esfuerzo pudo
regresar a casa, pero había estado en el muro, el sentimiento de esa
victoria le proporcionó seguridad para una larga vida, lo que no era del
todo absurdo, pues ahora, después de muchos años, vino en su ayuda
en la noche nevada caminando del brazo de Barnabás.
Se sujetó a él con más fuerza, Barnabás casi le arrastraba, el silencio
no se interrumpió; del camino K sólo sabía que por el estado de la calle
no se habían desviado hacia una de esas callejuelas laterales. Se alabó
por no detenerse debido a la dificultad del camino o a la preocupación
de tener que regresar; para que, finalmente, le arrastrasen, aún
alcanzarían sus fuerzas. ¿Podía ser el camino infinito? Durante el día el
castillo se había presentado ante él como un fácil objetivo y el
mensajero conocía con toda seguridad el camino más corto.
Entonces Barnabás se detuvo. ¿Dónde estaban? ¿No se podía seguir?
¿Se despediría Barnabás de K? No le sería posible, K se sujetaba con tal
fuerza del brazo de Barnabás que casi le hacía daño. ¿O podía haber
ocurrido lo increíble y se encontraban ya en el castillo o ante sus
puertas? Sin embargo, por lo que K sabía, no habían ascendido en
ningún momento. ¿O Barnabás le había conducido por un camino que
subía imperceptiblemente?
–¿Dónde estamos? –preguntó K en voz baja, más a él mismo que al
otro.
–En casa –respondió Barnabás de la misma manera.
–¿En casa?
–Ahora ten cuidado, no vayas a resbalar. El camino desciende.
–¿Desciende?
–Sólo son unos pasos –añadió, y ya estaba llamando a una puerta.
Abrió una joven, se encontraban ante el umbral de una gran sala, casi
en plena oscuridad, pues sólo brillaba una diminuta lámpara de aceite
sobre una mesa en la parte trasera de la izquierda.
–¿Quién viene contigo, Barnabás? –preguntó la muchacha.
–El agrimensor –dijo él.
–El agrimensor –repitió ella en voz alta mirando hacia la mesa. A
continuación, se levantaron de allí dos ancianos, hombre y mujer, y
otra joven. Saludaron a K, Barnabás le presentó a todos, eran sus
padres y sus hermanas Olga y Amalia. K apenas se fijó en ellos, le
quitaron la chaqueta empapada para secarla en la calefacción y K dejó
que lo hicieran.
Así pues, no ellos, sino Barnabás era quien estaba en su casa. Pero,
¿por qué estaban allí? K se llevó a Barnabás aparte y dijo:
–¿Por qué has venido a tu casa? ¿O es que vivís en el recinto del
castillo?
–¿En el recinto del castillo? –repitió Barnabás, como si no comprendiese
a K.
–Barnabás –dijo K–, tú querías ir de la posada al castillo.
–No, señor –dijo Barnabás–, yo quería ir a casa, al castillo iré por la
mañana temprano, nunca duermo allí.
–Así que –dijo K– no querías ir al castillo, sólo aquí –su sonrisa le
pareció lánguida, su apariencia deslucida–. ¿Por qué no me has dicho
nada?
–No me has preguntado –dijo Barnabás–. Querías darme un mensaje,
pero ni en la taberna ni en tu habitación, entonces pensé que me lo
podrías dar en casa de mis padres sin que nadie te molestase; se
alejarán en seguida, si se lo ordenas, también podrías pernoctar aquí si
esto te gusta más. ¿No he hecho bien?
K no pudo responder. Había resultado ser un malentendido, un vulgar y
banal malentendido y K se había abandonado a él. ¿Se había dejado
encantar por la chaqueta sedosa, brillante y ajustada de Barnabás, que
éste ahora se desabrochaba y debajo de la cual aparecía una camisa
basta, de un color gris sucio, llena de remiendos sobre el poderoso y
anguloso pecho de un siervo? Y todo lo que le rodeaba no sólo estaba
en sintonía con eso, sino que llegaba a superarlo: el viejo padre gotoso,
que avanzaba más gracias a sus manos que a sus piernas rígidas; la
madre con las manos dobladas en el pecho que, debido a su volumen
sólo podía dar pasos minúsculos; los dos, el padre y la madre, habían
abandonado su esquina desde que K había entrado y aún no le habían
alcanzado. Las hermanas, rubias, muy similares y también parecidas a
Barnabás, pero con rasgos más duros que él, jóvenes altas y fuertes,
rodeaban a los recién llegados y esperaban de K algunas palabras de
saludo, él, sin embargo, no podía decir nada, había creído que en aquel
pueblo todos tenían importancia para él y así era, sólo esa gente no le
importaba en lo más mínimo. Si hubiese sido capaz de regresar solo a
la posada, se habría ido en seguida. La posibilidad de ir con Barnabás
por la mañana temprano al castillo no le tentaba. Ahora, en la noche,
inadvertido, habría querido penetrar en el castillo, conducido por
Barnabás, pero con el Barnabás que se le había aparecido al principio,
un hombre que le estaba más próximo que cualquier otro de los que
había visto allí hasta entonces, y del que había creído al mismo tiempo
que poseía estrechas conexiones con el castillo que iban más allá de su
rango visible. Sin embargo, con el hijo de esa familia, a la que
pertenecía por completo y con la que ya estaba sentado a la mesa, con
un hombre que significativamente ni siquiera podía dormir en el castillo,
era imposible ir al castillo en pleno día y cogido de su brazo, era un
intento ridículo y desesperado.
K se sentó en un banco situado debajo de una ventana, decidido a
pasar allí la noche y a no reclamar de la familia ningún otro servicio. La
gente del pueblo, que le había echado o que tenía miedo de él, le
parecía menos peligrosa, pues le impulsaba a depender de sí mismo, le
ayudaba a mantener concentradas sus fuerzas; esos ayudantes
aparentes, sin embargo, que en vez de al castillo le conducían, gracias
a una pequeña mascarada, a su familia, le apartaban de su camino; lo
quisieran o no, trabajaban en la destrucción de sus fuerzas. Ignoró una
llamada de invitación procedente de la mesa familiar, permaneciendo
en el banco con la cabeza hundida.
En ese instante se levantó Olga, la más afable de las hermanas y,
mostrando una huella de confusión juvenil, se acercó a K y le pidió que
le acompañase a la mesa, en ella habían dispuesto pan y tocino e iría a
traer cerveza. ----> continua no próximo post










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