OBRAS COMPLETAS | KAFKA, Franz (parte IV)

| terça-feira, 29 de dezembro de 2009










CONTEMPLACIÓN
(1913)
NIÑOS EN LA CARRETERA
Muchas veces oía pasar los coches junto a la cerca del jardín, los veía a
través de los intersticios apenas oscilantes del follaje. ¡Cómo crujía por
el calor estival la madera de sus ruedas y varas! Del campo volvían los
labradores, y se reían escandalosamente.
Estaba sentado en nuestro pequeño columpio, descansando entre los
árboles del jardín de mis padres.
Al otro lado de la cerca el ruido no cesaba. Los pasos de niños
correteando desaparecían en un instante; carros de cosechadores, con
hombres y mujeres arriba y alrededor, oscurecían los canteros de
flores; hacia el atardecer veía pasearse a un señor con un bastón, y a
un par de muchachas que venían cogidas del brazo en dirección
opuesta, y se hacían a un lado sobre el césped, saludándolo.
Luego los pájaros salpicaban el espacio con su vuelo; yo los seguía con
los ojos, los veía subir de un solo impulso, hasta que ya no me parecía
que subieran, sino que yo caía; debía sostenerme de las sogas, y
comenzaba a balancearme un poco, de debilidad; pronto me
columpiaba con más fuerza, el aire refrescaba y en vez de pájaros en
vuelo parecían temblorosas estrellas.
Cenaba a la luz de una bujía. A menudo apoyaba los brazos en la
madera, y ya cansado, comía mi pan con manteca. Las agujereadas
cortinas se hinchaban bajo el viento caliente, y muchas veces alguien
que pasaba por afuera las sujetaba con la mano, como si quisiera
verme mejor y hablar conmigo. Generalmente la bujía se apagaba de
golpe y seguían girando los insectos un rato en el humo oscuro de la
vela. Si alguien me interrogaba desde la ventana, lo miraba como se
mira una montaña o al vacío, y tampoco a él le importaba mucho que
yo le respondiera. Pero si alguien saltaba sobre el alféizar de la
ventana, y me anunciaba que los demás estaban ya frente a la casa,
me levantaba lanzando un suspiro.
–¿Y ahora por qué suspiras? ¿Qué ha ocurrido? ¿Alguna desgracia
irremediable? ¿Nunca más podremos ser lo que éramos antes?
Realmente, ¿está todo perdido?
Nada estaba perdido. Salíamos corriendo de la casa. –Gracias a Dios,
por fin has llegado.
–Siempre llegas tarde.
–¿Sólo yo llego tarde?
–Tú más que los otros; quédate en tu casa si no quieres venir con
nosotros.
–¡Sin cuartel!
–¿Qué? ¿Sin cuartel? ¿Qué estás diciendo?
Nos zambullíamos de cabeza en el atardecer. No existían ni el día ni la
noche. Tan pronto se entrechocaban como dientes los botones de
nuestros chalecos como corríamos regularmente espaciados, con fuego
en la boca, como animales tropicales. Saltando hacia los aires y pisando
fuerte, como los coraceros de las guerras antiguas, nos empujábamos
mutuamente a lo largo de la corta callejuela, y con ese impulso todavía
en las piernas seguíamos un trecho por el camino principal. Algunos se
metían en las alcantarillas, y apenas habían desaparecido frente al
oscuro terraplén, cuando ya se les veía como forasteros en el sendero
superior, desde donde nos gritaban.
–¡Bajad!
–¡Primero subid vosotros!
–Para que nos tiréis abajo; no, gracias, no somos tan tontos.
–Tan cobardes, querréis decir. Venid en seguida, venid.
–¿De veras? ¿Vosotros? ¿Nada menos que vosotros queréis tirarnos
abajo? Me gustaría verlo.
Hacíamos la prueba, nos daban un empujón en el pecho y caíamos
sobre la hierba de la alcantarilla, encantados. Todo nos parecía
uniformemente cálido, en la hierba no sentíamos ni calor ni frío,
solamente cansancio.
Cuando uno se volvía sobre el costado derecho, con la mano debajo de
la cabeza, sentía deseos de dormir. Pero uno quería volver a levantarse,
con la barbilla erguida, sólo para volver a caer en una zanja más
profunda. Con el brazo extendido y las piernas abiertas, uno quería
lanzarse al aire, y caer sin duda en una zanja aún más honda. Y nos
hubiera gustado seguir indefinidamente con este juego.
Cuando llegábamos a las últimas alcantarillas no nos preocupaba la
mejor manera de echarnos para dormir, especialmente si estábamos de
rodillas y permanecíamos de espaldas, como enfermos con ganas de
llorar. Parpadeábamos a veces, cuando algún niño con las manos en la
cintura saltaba con sus oscuras suelas del talud al camino, por encima
de nosotros.
La luna había alcanzado ya una cierta altura y alumbraba el paso del
coche correo. Una suave brisa comenzaba a soplar en todas partes,
también se la sentía en el fondo de las zanjas; en las cercanías, el
bosque empezaba a susurrar. Entonces uno no sentía tantos deseos de
estar solo.
–¿Dónde estáis?
–¡Venid aquí!
–¡Todos juntos!
–¿Por qué te escondes? Déjate de tonterías.
–¿No has visto que ya pasó el correo?
–¡No! ¿Ya pasó?
–¡Naturalmente! Pasó por el camino mientras dormías.
–¿Yo dormía? No puede ser.
–Cállate, si se te ve en la cara.
–Pues te digo que no.
–Ven.
Corríamos más apretados, algunos se daban la mano, llevábamos la
cabeza lo más erguida que podíamos, porque el camino bajaba. Alguien
lanzaba el grito de guerra de las pieles rojas, nuestras piernas se
lanzaban a galopar como nunca; al saltar, el viento nos cogía por la
cintura. Nada hubiera podido detenernos; corríamos con tal ímpetu que
aún cuando alcanzábamos a alguno podíamos cruzar los brazos y mirar
tranquilamente en derredor.
Nos deteníamos junto al puente del arroyo; los que habían seguido
corriendo, volvían. Debajo, el agua golpeaba contra las piedras y las
raíces como si no hubiera anochecido aún. No había ningún motivo para
que alguno de nosotros no saltara sobre el parapeto del puente.
Detrás del follaje distante pasaba un tren, los vagones estaban
iluminados, las ventanillas herméticamente cerradas. Uno de nosotros
comenzaba a entonar una canción callejera; pero todos queríamos
cantar. Cantábamos mucho más rápido que el tren, nos cogíamos del
brazo, porque las voces no bastaban; nuestros cantos se unían en un
estrépito que nos hacía bien. Cuando uno mezcla su voz con la de los
demás, es como si se lo llevaran con un anzuelo.
Así cantábamos, de espaldas al bosque, para los oídos de los viajeros
lejanos. En el pueblo, los mayores estaban despiertos todavía, las
madres preparaban las camas para la noche.
Ya era hora. Besaba al que estaba a mi lado, daba la mano a los tres
que estaban más cerca, y echaba a correr por el camino; nadie me
llamaba. En el primer cruce, donde ya no podían verme, me volvía y
retornaba corriendo al bosque, iba hacia la ciudad, que quedaba hacia
el sur del bosque; de ella decían en nuestro pueblo:
–Allí sí hay gente extraña. Imagínense que no duermen.
–¿Y por qué no duermen?
–Porque no están nunca cansados.
–¿Y por qué no?
–Porque son tontos.
–¿Y los tontos no se cansan?
–¿Cómo van a cansarse los tontos?
DESENMASCARAMIENTO DE UN EMBAUCADOR
Por fin, hacia las diez de la noche, llegué con aquel hombre a quien
apenas conocía y que no se había despegado de mí durante dos largas
horas de paseos callejeros, ante la casa señorial donde tendría lugar
una reunión a la que estaba invitado.
–Bueno –dije, y junté ruidosamente las palmas de las manos, para
indicarle la necesaria inminencia de una despedida.
Ya había hecho algunas tentativas menos explícitas y estaba bastante
cansado.
–¿Piensa entrar ya? –me preguntó.
De su boca surgía un ruido como de dientes entrechocados.
–Sí.
Yo estaba invitado; ya se lo había dicho una vez. Pero invitado a entrar
en esa casa, donde tantos deseos tenía de entrar, y no a quedarme allí,
ante la puerta, mirando más allá de la cabeza de mi interlocutor,
guardando silencio como si hubiéramos decidido quedarnos siempre en
ese lugar. Ya compartían ese silencio las casas que nos rodeaban, y la
oscuridad que de ellas ascendía hasta las estrellas. Y los pasos de algún
transeúnte invisible, cuyo destino no se sentía ganas de investigar; el
viento, que azotaba insistentemente el lado opuesto de la calle, un
gramófono que cantaba detrás de la ventana cerrada de alguna
habitación... todos querían participar de este silencio, como si les
hubiera pertenecido desde siempre.
Y mi acompañante se suscribía en su nombre, y después de una
sonrisa, también en el mío, extendiendo hacia arriba el brazo derecho,
contra la pared, y apoyando la cara en ella, con los ojos cerrados.
Pero no quise ver el final de esa sonrisa, porque de pronto se apoderó
de mí la vergüenza. Sólo ante esa sonrisa me había dado cuenta de que
el hombre era un embaucador, y nada más. Y sin embargo hacía meses
que me encontraba en esa ciudad, creía conocer perfectamente a estos
embaucadores, que de noche vienen hacia nosotros con las manos
extendidas, como taberneros, surgiendo de calles secundarias; que
rondan constantemente en torno de los postes de propaganda, a
nuestro lado, como si jugaran al escondite, y nos espían desde el otro
lado del poste, al menos con un ojo; que de pronto aparecen en las
esquinas, cuando estamos indecisos, sobre el borde de la acera. Sin
embargo, yo los comprendía perfectamente, porque eran las primeras
personas que había conocido en los pequeños albergues de la ciudad, y
a ellos les debía los primeros signos de una intransigencia que siempre
me había parecido una cualidad tan universal, y que ahora comenzaba
a asomar en mí. ¡Cómo se adherían a uno, a pesar de que uno se
alejaba de ellos, aun cuando uno les negaba la más mínima esperanza!
¡Cómo no se desalentaban, cómo no cejaban, e insistían en mirarnos
con rostros que aun desde lejos seguían siendo suplicantes! Y sus
recursos eran siempre los mismos: se colocaban ante nosotros, lo más
visiblemente posible; trataban de impedir que fuéramos donde
quisiéramos; nos ofrecían en cambio un asilo en su propio pecho, y
cuando por fin el sentimiento contenido dentro nuestro estallaba, lo
aceptaban dichosos, como si fuera un abrazo en el que impetuosamente
se sumergían.
Y yo había sido capaz de estar tanto tiempo al lado de ese hombre sin
reconocer el viejo juego. Me froté las manos, para borrar la infamia.
Pero el hombre seguía inclinado hacia mí, como antes, considerándose
aún un perfecto embaucador; su complacencia ante su propio destino le
coloreaba la mejilla descubierta.
–¡Descubierto! –le dije, y lo palmeé suavemente en el hombro. Luego
subí con rapidez la escalinata, y los rostros de los criados en el
vestíbulo, desinteresadamente afectuosos, me alegraron como una
hermosa sorpresa. Los contemplé uno por uno, mientras que me
quitaban el abrigo y me limpiaban los zapatos. Respirando con alivio, y
con el cuerpo erguido, entré en la sala.
EL PASEO REPENTINO
Cuando decidido definitivamente a pasar la velada en casa, cuando se
ha puesto la chaqueta más cómoda, se ha sentado después de la cena
frente a la mesa iluminada, y comenzado algún trabajo o algún juego,
después del cual podrá irse tranquilamente a la cama, como de
costumbre; cuando afuera hace mal tiempo, y quedarse en casa parece
lo más natural; cuando ya hace tanto tiempo que se está sentado junto
a la mesa que el mero hecho de salir provocaría la sorpresa general;
cuando además el vestíbulo está a oscuras y la puerta de la calle con
cerrojo; y cuando a pesar de todo uno se levanta, presa de repentina
inquietud, se quita la chaqueta, se viste con ropa de calle, explica que
se ve obligado a salir, y después de una breve despedida sale, cerrando
con mayor o menor estrépito la puerta de la calle; cuando se está en la
calle, y se ve que los miembros responden con singular agilidad a esa
inesperada libertad que se les ha concedido; cuando gracias a esta
decisión se siente reunidas en sí todas las posibilidades de decisión;
cuando se comprende con más claridad que de costumbre que tiene
más poder que necesidad de provocar y soportar con facilidad los más
rápidos cambios, y cuando se recorre así las largas calles; entonces,
por una noche, al separarse completamente de la familia, que se
desvanece en la nada, uno se convierte en una silueta vigorosa, de
atrevidos y negros trazos, que golpea los muslos con la mano, y se
adquiere la verdadera imagen y estatura.
Todo esto resulta más decisivo aún si a estas altas horas de la noche se
decide ir a casa de un amigo, para ver cómo está.
RESOLUCIONES
Salir de un estado de melancolía debiera ser fácil, aun a fuerza de
simple voluntad. Trato de levantarme de la silla, rodeo la mesa, muevo
la cabeza y el cabello, hago destellar los ojos y distiendo los músculos.
Desafiando mis propios deseos, saludo con entusiasmo a A. cuando
viene a visitarme, tolero amablemente a B. en mi habitación, y a pesar
del sufrimiento y devoro a grandes bocados todo lo que dice C.
Pero a pesar de todo, con un simple desliz que no hubiera podido
evitar, destruyo toda mi labor, lo fácil y lo difícil, y me veo preso
nuevamente en el mismo círculo anterior.
Por lo tanto, tal vez sea mejor soportarlo todo con pasividad,
comportarse como una simple masa, y si uno se siente arrastrado, no
dejarse inducir al menor paso innecesario, contemplar a los demás con
la mirada de un animal, no sentir ningún remordimiento en fin, ahogar
con una sola mano el fantasma de vida que aún subsista, es decir,
aumentar en lo posible la postrera calma sepulcral, y no dejar subsistir
nada más.
El movimiento característico de este estado consiste en frotar el dedo
meñique sobre las cejas.
LA EXCURSIÓN A LA MONTAÑA
–No lo sé –exclamé sin voz–, realmente no lo sé. Si no viene nadie,
nadie viene. No hice mal a nadie, nadie me hizo mal, y sin embargo
nadie quiere ayudarme. Absolutamente nadie. Y sin embargo no es así.
Es simple: nadie me ayuda; si no, absolutamente nadie me gustaría.
Me gustaría mucho –¿por qué no?–hacer una excursión con un grupo de
absolutamente nadie. A la montaña como es natural: ¿adonde, si no?
¡Cómo se apiñan esos brazos extendidos y entrelazados, esos pies con
sus innúmeros pasos! Claro que todos están de etiqueta. Vamos tan
contentos, el viento se cuela en los intersticios del grupo y de nuestros
cuerpos. En la montaña nuestras gargantas se sienten libres. Es
asombroso que no cantemos.
DESGRACIA DE SOLTERO
Es tan terrible quedarse soltero, ser un viejo intentando de conservar la
dignidad, suplicando una invitación cada vez que se quiere pasar una
velada en compañía de otros seres; estar enfermo y desde el rincón de
la cama contemplar durante semanas el cuarto vacío, despedirse
siempre ante la puerta de la calle, no subir nunca las escaleras junto a
su mujer, tener sólo una habitación con puertas laterales que conducen
a habitaciones de extraños, traer la cena a casa en un paquete, tener
que admirar a los niños de los demás y ni siquiera poder seguir
repitiendo "No tengo", modelar el aspecto y el proceder según el
modelo de uno o dos solterones que se conoció cuando era joven.
Así será, pero también hoy y más tarde, en realidad, será uno mismo
quien está allí, con un cuerpo y una cabeza reales, y también una
frente, para poder golpeársela con la mano.
EL COMERCIANTE
Sin duda algunas personas se compadecen de mí, pero no me doy
cuenta. Mi pequeño negocio me llena de preocupaciones, me hace doler
la frente y las sienes, adentro, sin ofrecerme a cambio perspectivas de
alivio, porque mi negocio es pequeño.
Debo preparar las cosas con anticipación, durante horas, vigilar la
memoria del empleado, evitar de antemano sus temibles errores, y
durante una temporada prever la moda de la temporada próxima, no
entre las personas de mi relación, sino entre inescrutables campesinos.
Mi dinero está en manos desconocidas; las finanzas me son
incomprensibles; no adivino las desgracias que pueden sobrevenirles;
¡cómo hacer para evitarlas! Tal vez unos se han vuelto pródigos, y
ofrecen una fiesta en un restaurante y otros se demoran un momento
en esa misma fiesta, antes de huir a América.
Cuando cierro el negocio después de un día de labor y me encuentro de
pronto con la perspectiva de esas horas en que no podré hacer nada
para satisfacer sus ininterrumpidas necesidades, vuelve a apoderarse
de mí, como una marea creciente, la agitación que por la mañana había
logrado alejar, pero ya no puedo contenerla y me arrastra sin rumbo.
Y sin embargo no sé sacar ventaja de este impulso, y sólo puedo volver
a mi casa, porque tengo la cara y las manos sucias y sudadas, la ropa
manchada y polvorienta, la gorra de trabajo en la cabeza, y los zapatos
desgarrados por los clavos de los cajones. Vuelvo como arrastrado por
una ola, haciendo chasquear los dedos de ambas manos, y acaricio el
cabello de los niños que surgen a mi paso.
Pero el camino es corto. Apenas estoy en mi casa, abro la puerta del
ascensor y entro.
Allí descubro de pronto que estoy solo. Otras personas, que deben subir
escaleras, y por lo tanto se cansan un poco, se ven obligadas a esperar
jadeando que les abran la puerta de su domicilio, y tienen así una
excusa para irritarse e impacientarse; luego entran en el vestíbulo,
donde cuelgan sus sombreros, y sólo después de atravesar el corredor,
a lo largo de varias puertas con cristales entran en su habitación, y
están solos.
Pero yo ya estoy solo en el ascensor, y miro de rodillas el angosto
espejo. Mientras el ascensor comienza a subir, digo:
–¡Quietas, retroceded! ¿A dónde queréis ir, a la sombra de los árboles,
detrás de los cortinajes de las ventanas, o bajo el follaje del jardín?
Hablo entre dientes, y la caja de la escalera se desliza junto a los
vidrios opacos como un río torrentoso.
–Volad lejos; vuestras alas, que nunca pude ver, os llevarán tal vez al
valle del pueblo, o a París, si allá queréis ir.
"Pero aprovechad para mirar por la ventana, cuando llegan las
procesiones por las tres calles convergentes, sin darse paso, y se
entrecruzan para volver a dejar la plaza vacía, al alejarse las últimas
filas. Agitad vuestros pañuelos, indignaos, emocionaos, elogiad a la
hermosa dama que pasa en coche.
"Cruzad el arroyo por el puente de madera, saludad a los niños que se
bañan, y asombraos ante el ¡Hurra! de los mil marineros del acorazado
distante.
"Seguid al hombre poco distinguido, y cuando lo hayáis acorralado en
un corredor, robadle, y luego contemplad, con las manos en vuestros
bolsillos, cómo prosigue su camino tristemente por la calle izquierda.
"Los policías, galopando dispersos, frenan sus cabalgaduras y os
obligan a retroceder. Dejadles, las calles vacías les desanimarán, lo sé.
Ya se alejan, ¿no os lo dije?, cabalgando de dos en dos, con lentitud al
volver las esquinas, y a toda velocidad cuando cruzan la plaza.
Y entonces debo salir del ascensor, mandarlo hacia abajo, hacer sonar
la campanilla de mi casa, y la criada abre la puerta, mientras yo la
saludo.
CONTEMPLACIÓN DISTRAÍDA
¿Qué podemos hacer en estos días de primavera, que ya se aproximan
rápidamente? Esta mañana temprano, el cielo estaba gris, pero si ahora
uno se asoma a la ventana, se sorprende y apoya la mejilla contra la
falleba.
Abajo, se ve la luz del sol feneciente sobre el rostro de la doncellita que
se pasea mirando a su alrededor; al mismo tiempo se ve en él la
sombra de un hombre que se acerca rápidamente.
Y luego el hombre pasa, y el rostro de la niña está totalmente
iluminado.
CAMINO A CASA
Después de una tempestad, se ve el poder de persuasión del aire. Mis
méritos se me hacen evidentes y me dominan, aunque no les ofrezco
ninguna resistencia.
Camino, y mi compás es el compás de este lado de la calle, de la calle,
de todo el barrio. Por derecho, soy responsable de todas las llamadas a
las puertas, de todos los golpes en las mesas, de todos los brindis, de
todas las parejas de amantes en sus lechos, en los andamiajes de las
construcciones, en las calles oscuras, apretados contra los muros de las
casas, en los divanes de los prostíbulos.
Comparo mi pasado con mi futuro, pero ambos me parecen admirables,
no puedo otorgar la palma a ninguno de los dos, y sólo protesto ante la
justicia de la Providencia, que me ha favorecido tanto.
Pero cuando entro en mi habitación, me siento un poco pensativo,
aunque al subir las escaleras no me he encontrado con nada que
justifique ese sentimiento. No me sirve de mucho abrir de par en par la
ventana, y oír que todavía están tocando música en un jardín.
TRANSEÚNTES
Cuando se sale a caminar de noche por una calle, y un hombre, visible
desde muy lejos –porque la calle es empinada y hay luna llena–, corre
hacia nosotros, no lo detenemos, ni siquiera si es débil y andrajoso, ni
siquiera si alguien corre detrás de él gritando; lo dejamos pasar.
Porque es de noche, y no es culpa nuestra que la calle sea empinada y
la luna llena; además, tal vez esos dos organizaron una cacería para
entretenerse, tal vez huyen de un tercero, tal vez el primero es
perseguido a pesar de su inocencia, tal vez el segundo quiere matarle,
y no queremos ser cómplices de un crimen, tal vez ninguno de los dos
sabe nada del otro, y se dirigen corriendo por su cuenta hacia la calma,
tal vez son noctámbulos, tal vez el primero lleva armas.
Y finalmente, de todos modos, ¿no podemos acaso estar cansados, no
hemos bebido tanto vino? Nos alegramos de haber perdido de vista
también al segundo.
EL PASAJERO
Me encuentro en la plataforma de un tranvía, completamente en ayunas
de mi posición en este mundo, en esta ciudad, en mi familia. Ni siquiera
casualmente sabría indicar qué derechos me asisten y me justifican, en
cualquier sentido que se quiera. Ni siquiera puedo justificar por qué
estoy en esta plataforma, me cojo de esta correa, me dejo llevar por
este tranvía. Las personas esquivan el tranvía, o siguen su camino, o
contemplan los escaparates: nadie me exige esa justificación, pero eso
no importa.
El tranvía se acerca a una parada; una joven se acerca a la puerta,
dispuesta a bajar. Me parece tan definida como si la hubiera tocado.
Esta viste de negro, los pliegues de su falda están casi inmovibles, la
blusa ceñida y tiene un cuello fino de encaje blanco, su mano izquierda
se apoya de plano sobre el tabique, el paraguas de su mano derecha
descansa sobre el segundo peldaño. Su rostro es moreno, la nariz,
levemente contraída a los lados, tiene punta redondeada y ancha. Su
cabellera es abundante, oscura y se advierte algún vello en su sien
derecha. Su diminuta oreja es breve y compacta, pero como estoy
cerca puedo ver todo el pabellón de la oreja derecha, y la sombra que
produce en su rostro.
En ese momento me pregunté: "¿Cómo es posible que no esté
asombrada de sí misma, que sus labios estén cerrados y no digan nada
por el estilo?"
VESTIDOS
Muchas veces, cuando veo vestidos que con sus múltiples pliegues,
volantes y adornos oprimen a bellos y hermosos cuerpos, pienso que no
conservarán por mucho tiempo esa tersura, que pronto mostrarán
arrugas imposibles de alisar, polvos tan profundamente confundidos
con el encaje que ya no se podrá cepillarlos, y que nadie querrá ser tan
ridículo y tan desdichado para usar el mismo costoso vestido desde la
mañana hasta la noche.
Y sin embargo encuentro jóvenes bastante hermosas que dejan ver
variados y atractivos músculos y delicados huesos y tersa piel y masas
de fino cabello, y que no obstante día tras día se ponen esa especie de
disfraz natural y se apoyan en la misma mano y reflejan en su espejo el
mismo rostro.
Sólo a veces, de noche, cuando vuelven tarde de alguna fiesta, sus
vestidos parecen raídos ante el espejo, deformados, sucios, ya
observados por demasiada gente, y casi impresentables.
LA NEGATIVA
Cuando encuentro una hermosa joven y le ruego: "¿Quiere usted
acompañarme?" y ella pasa sin contestar, ese silencio quiere decir esto:
–No eres ningún duque de famoso título, ni un fornido americano con
porte de piel roja, de ojos equilibrados y tranquilos, de una piel curtida
por el viento de las praderas y de los ríos que las atraviesan, no has
hecho ningún viaje por los grandes océanos, y por esos mares que no
sé dónde se encuentran. En consecuencia, ¿por qué yo, una joven
hermosa, habría de acompañarte?
Yo le respondería:
–Olvidas que ningún automóvil te pasea en largos recorridos por las
calles; no veo a los caballeros de tu séquito lanzarse detrás de ti
siguiéndote en estrecho semicírculo, murmurándote bendiciones; tus
pechos parecen perfectamente comprimidos en tu blusa, pero tus
caderas y tus muslos los compensan de esa opresión; llevas un vestido
de tafetán plisado, como los que tanto nos alegraron el otoño pasado, y
sin embargo, sonríes –con ese peligro mortal en el cuerpo– de vez en
cuando.
Ya que los dos tenemos razón, y para no darnos irrevocablemente
cuenta de la verdad, preferimos, ¿no es cierto?, irnos cada uno a su
casa.
REFLEXIONES PARA JINETES
Pensándolo bien, no es tan envidiable, ser vencedor en una carrera de
caballos.
La gloria de ser reconocido como mejor jinete de un país marea
demasiado, junto al estrépito de la orquesta, para no sentir a la
mañana siguiente cierto arrepentimiento.
La envida de los contrincantes, hombres astutos y bastante influyentes,
nos entristece al cruzar el estrecho pasaje que recorremos después de
cada carrera, y que pronto aparece desierto ante nuestra mirada,
exceptuando algunos jinetes retrasados y diminutos sobre el confín del
horizonte.
La mayoría de nuestros amigos se apresuran a cobrar sus ganancias, y
sólo nos gritan un lejano y distraído "Hurra", volviéndose a medias,
desde las alejadas ventanillas; pero nuestros mejores amigos no
apostaron nada al caballo, porque temían enojarse con nosotros si
perdíamos; pero ahora que nuestro caballo ha vencido y ellos no han
ganado nada, nos vuelven el rostro al pasar a su lado, y prefieren
contemplar las tribunas.
Detrás de nosotros, los contrincantes, afirmados en sus cabalgaduras,
tratan de olvidar su mala suerte, y la injusticia que en cierto modo se
ha cometido con ellos; tratan de contemplar las cosas desde un nuevo
punto de vista, como si después de este juego de niños debiera
empezar otra carrera, la verdadera.
Muchas damas observan con burla al vencedor, porque parece hinchado
de vanidad y sin embargo no sabe cómo recibir los interminables
apretones de manos, felicitaciones, reverencias y saludos desde lejos,
mientras los vencidos se callan la boca y acarician ligeramente las
crines de sus caballos, muchos de los cuales relinchan.
Al final, bajo un cielo entristecido, comienza a llover.
LA VENTANA A LA CALLE
Quien vive solo, y sin embargo desea de vez en cuando vincularse a
algo; quien, considerando los medios del día, del tiempo, del estado de
sus negocios y demás, anhela de pronto ver un brazo al cual pudiese
aferrarse, no está en condiciones de vivir mucho tiempo sin una
ventana a la calle. Y si le place no desear nada, y sólo se acerca a la
ventana como un nombre cansado cuya mirada oscila entre el público y
el cielo, y no quiere mirar hacia afuera, y ha echado la cabeza un poco
hacia atrás, sin embargo, a pesar de todo esto, los caballos de abajo
terminarán por arrastrarlo en su caravana de coches y su tumulto,
conduciéndolo finalmente a la armonía humana.
EL DESEO DE SER PIEL ROJA
Ah, si uno pudiera ser un piel roja, siempre alerta, cabalgando sobre un
caballo veloz, a través del viento, constantemente sacudido sobre la
tierra estremecida, hasta arrojar las espuelas, porque no hacen falta
espuelas, hasta arrojar las riendas, porque no hacen falta las riendas,
sin apenas ver ante sí que el campo es una pradera rasa, habrían
desaparecido las crines y la cabeza del caballo.
LOS ÁRBOLES
En verdad somos como troncos de árboles en la nieve. En apariencia
sólo apoyados en la superficie, y factibles de ser desplazados con un
pequeño empujón. No, es imposible, estamos firmemente unidos a la
tierra. Pero cuidado, también esto es pura apariencia.
DESDICHA
Cuando ya se volvía insoportable –en un atardecer de noviembre–,
cansado de ir y venir por la estrecha alfombra de mi habitación, como
en una pista de carreras, y de eludir la imagen de la calle iluminada,
me volví hacia el fondo del cuarto, y en la profundidad del espejo
encontré una nueva meta, y grité, solamente para oír mi propio grito,
que no halló respuesta ni nada que disminuyera su vigor, de modo que
ascendió sin resistencia, sin cesar ni siquiera cuando ya no fue audible;
frente a mí se abrió en ese momento la puerta, rápidamente, porque
hacía falta rapidez, y hasta los caballos de los coches piafaban en la
calle enloquecidos como en una batalla, ofreciendo sus gargantas.
Como un pequeño fantasma, se penetró una niña desde el oscuro
corredor, donde la lámpara no había sido encendida aún, y permaneció
allí, de puntillas, sobre una tabla del piso que se estremecía levemente.
De inmediato deslumbrada por el crepúsculo de mi habitación, intentó
cubrirse la cara con las manos, pero se contentó inesperadamente con
echar una mirada hacia la ventana, frente a cuya cruz el vapor
ascendente de la luz callejera se había al fin acurrucado en la
oscuridad. Con el codo derecho se apoyó en la pared, ante la puerta
abierta, permitiendo que la corriente que entraba le acariciara los
tobillos, y también el pelo y las sienes.
La miré un instante, luego le dije: "Buenas tardes", y tomé mi
chaqueta, que estaba sobre la pantalla frente a la estufa, porque no
quería que me viera así, a medio vestir. Permanecí un momento con la
boca abierta, para que la agitación se me escapara por la boca. Sentía
un mal gusto en la boca, las pestañas me temblaban, en fin, esta visita
tan esperada no me causaba ningún placer.
La niña seguía junto a la pared, en el mismo lugar; había colocado la
mano derecha contra la pared, y con las mejillas ruborizadas acababa
de descubrir con asombro que el muro encalado era áspero y le
lastimaba la punta de los dedos. Le dije:
–¿Me busca realmente a mí? ¿No habrá un error? Nada más fácil que
cometer un error en esta casa tan grande. Me llamo Tal–y–tal, vivo en
el tercer piso, ¿Soy acaso la persona que usted busca?
–Calle, calle –dijo la criatura volviendo la cabeza–, no hay ningún
error.
–Entonces, entre del todo en la habitación, quisiera cerrar la puerta.
–Acabo de cerrarla yo. No se moleste. Sobre todo, cálmese.
–No es ninguna molestia. Pero en este corredor vive mucha gente, y
naturalmente todos son conocidos míos; la mayoría vuelve ahora de su
trabajo; cuando oyen hablar en un cuarto se consideran con derecho a
abrir la puerta y mirar qué ocurre. Siempre lo hacen. Esa gente ha
trabajado el día entero, y nadie podría amargarles su provisional
libertad nocturna. Además, usted lo sabe tan bien como yo. Permítame
cerrar la puerta.
–¿Cómo, qué le ocurre? ¿Qué pasa? Por mí, puede venir toda la casa. Y
le repito una vez más: ya he cerrado la puerta; ¿se cree que usted es el
único que sabe cerrar la puerta? Hasta la he cerrado con llave.
–Muy bien, entonces. No pido más. No hacía falta que cerrara con llave.
Y ahora que está usted aquí, le ruego que se considere como en su
casa. Es mi invitada. Confíe totalmente en mí. Póngase cómoda, sin
temor. No insistiré para que se quede, ni para que se vaya. ¿Necesito
decírselo? ¿Tan mal me conoce usted?
–No. Realmente, no hacía falta que lo dijera. Aún más, no ha debido
decírmelo. Soy una criatura; ¿por qué entonces tantas ceremonias
conmigo?
–Exagera. Naturalmente, es una criatura. Pero no tan pequeña. Ha
crecido bastante. Si fuera una muchacha no se atrevería a encerrarse
con llave en una habitación, a solas con un hombre.
–No tenemos que preocuparnos por eso. Sólo quería decirle que el
hecho de conocerlo tan bien no me protege mucho, y sólo le evita a
usted el trabajo de mantener conmigo las apariencias. Y sin embargo,
quiere hacer cumplimientos. ¡Déjese de tonterías, se lo ruego, déjese
de tonterías! Debo decirle que no lo reconozco en todas partes y todo el
tiempo, y menos en esta penumbra. Sería mejor que encendiera la luz.
No, mejor que no. En todo caso, no olvidaré que acaba de
amenazarme.
–¿Cómo? ¿Que yo la he amenazado? Pero escúcheme. Estoy muy
contento de que por fin haya venido. Digo "al fin" porque es tarde. No
puedo comprender por qué ha venido tan tarde. Es posible que la
alegría me haya hecho hablar desordenadamente, y que usted haya
entendido mal mis palabras. Admito todas las veces que usted quiera
que tiene razón, que todo ha sido una amenaza, lo que usted prefiera.
Pero nada de peleas, por Dios. ¿Cómo puede usted creer semejante
cosa? ¿Cómo puede herirme de ese modo? ¿Por qué desea con tanta
intensidad estropear este breve instante de su presencia? Un
desconocido sería más condescendiente.
–No lo dudo; no es un gran descubrimiento. Yo estoy más cerca de
usted, por mi propia naturaleza, que el desconocido más
condescendiente. También usted lo sabe; entonces, ¿por qué toda esta
tragedia? Si quiere representar conmigo una comedia, me voy de
inmediato.
–¿Ah, sí? ¿Se atreve también a decirme eso? Es casi demasiado
atrevida. Después de todo, está en mi habitación. Frotando los dedos
como una loca sobre la pared del cuarto.
¡Mi cuarto, mi pared! Y además, lo que usted dice no sólo es insolente,
sino también ridículo. Dice que su naturaleza la impulsa a hablar
conmigo de ese modo. ¿Realmente? ¿Su naturaleza le impulsa? Su
naturaleza es muy amable. Su naturaleza es la mía, y cuando yo por
naturaleza me siento amable hacia usted, usted no puede entonces
sentirse sino amable hacia mí.
–¿Le parece eso amable?
–Hablo de antes.
–¿Sabe usted cómo seré después?
–No sé nada.
Y me dirigí hacia la mesita de noche, y encendí la bujía. En aquella
época no tenía gas ni luz eléctrica en mi habitación. Luego me quedé un
rato sentado junto a la mesa, hasta que me cansé, me puse el abrigo,
cogí el sombrero sobre el sofá, y apagué la vela. Al salir tropecé con la
pata de una silla
EL PROCESO
(1914)
LA DETENCIÓN
Alguien tenía que haber calumniado a Josef K , pues fue detenido una
mañana sin haber hecho nada malo. La cocinera de la señora Grubach,
su casera, que le llevaba todos los días a eso de las ocho de la mañana
el desayuno a su habitación, no había aparecido. Era la primera vez que
ocurría algo semejante. K esperó un rato más. Apoyado en la
almohada, se quedó mirando a la anciana que vivía frente a su casa y
que le observaba con una curiosidad inusitada. Poco después,
extrañado y hambriento, tocó el timbre. Nada más hacerlo, se oyó
cómo llamaban a la puerta y un hombre al que no había visto nunca
entró en su habitación. Era delgado, aunque fuerte de constitución,
llevaba un traje negro ajustado, que, como cierta indumentaria de
viaje, disponía de varios pliegues, bolsillos, hebillas, botones, y de un
cinturón; todo parecía muy práctico, aunque no se supiese muy bien
para qué podía servir.
–¿Quién es usted? –preguntó Josef K, y se sentó de inmediato en la
cama.
El hombre, sin embargo, ignoró la pregunta, como si se tuviera que
aceptar tácitamente su presencia, y se limitó a decir:
–¿Ha llamado?
–Anna me tiene que traer el desayuno –dijo K, e intentó averiguar en
silencio, concentrándose y reflexionando, quién podría ser realmente
aquel hombre. Pero éste no se expuso por mucho tiempo a sus
miradas, sino que se dirigió a la puerta, la abrió un poco y le dijo a
alguien que presumiblemente se hallaba detrás:
–Quiere que Anna le traiga el desayuno.
Se escuchó una risa en la habitación contigua, aunque por el tono no se
podía decir si la risa provenía de una o de varias personas. Aunque el
desconocido no podía haberse enterado de nada que no supiera con
anterioridad, le dijo a K con una entonación oficial:
–Es imposible.
–¡Es lo que faltaba! –dijo K, que saltó de la cama y se puso los
pantalones con rapidez–. Quiero saber qué personas hay en la
habitación contigua y cómo la señora Grubach me explica este
atropello.
Al decir esto, se dio cuenta de que no debería haberlo dicho en voz alta,
y de que, al mismo tiempo, en cierta medida, había reconocido el
derecho a vigilarle que se arrogaba el desconocido, pero en ese
momento no le pareció importante. En todo caso, así lo entendió el
desconocido, pues dijo:
–¿No prefiere quedarse aquí?
–Ni quiero quedarme aquí, ni deseo que usted me siga hablando
mientras no se haya presentado.
–Se lo he dicho con buena intención –dijo el desconocido, y abrió
voluntariamente la puerta.
La habitación contigua, en la que K entró más despacio de lo que
hubiera deseado, ofrecía, al menos a primera vista, un aspecto muy
parecido al de la noche anterior. Era la sala de estar de la señora
Grubach. Tal vez esa habitación repleta de muebles, alfombras, objetos
de porcelana y fotografías aparentaba esa mañana tener un poco más
de espacio libre que de costumbre, aunque era algo que no se advertía
al principio, como el cambio principal, que consistía en la presencia de
un hombre sentado al lado de la ventana con un libro en las manos, del
que, al entrar K, apartó la mirada.
–¡Tendría que haberse quedado en su habitación! ¿Acaso no se lo ha
dicho Franz?
–Sí, ¿qué quiere usted de mí? –preguntó K, que miró alternativamente
al nuevo desconocido y a la persona a la que había llamado Franz, que
ahora permanecía en la puerta. A través de la ventana abierta pudo ver
otra vez a la anciana que, con una auténtica curiosidad senil,
permanecía asomada con la firme resolución de no perderse nada.
–Quiero ver a la señora Grubach –dijo K, hizo un movimiento corno si
quisiera desasirse de los dos hombres, que, sin embargo, estaban
situados lejos de él, y se dispuso a irse.
–No –dijo el hombre de la ventana, arrojó el libro sobre una mesita y
se levantó–. No puede irse, usted está detenido.
–Así parece –dijo K –. ¿Y por qué? –preguntó a continuación.
–No estamos autorizados a decírselo. Regrese a su habitación y espere
allí. El proceso se acaba de iniciar y usted conocerá todo en el momento
oportuno. Me excedo en mis funciones cuando le hablo con tanta
amabilidad. Pero espero que no me oiga nadie excepto Franz, y él
también se ha comportado amablemente con usted, infringiendo todos
los reglamentos. Si sigue teniendo tanta suerte como la que ha tenido
con el nombramiento de sus vigilantes, entonces puede ser optimista.
K se quiso sentar, pero ahora comprobó que en toda la habitación no
había ni un solo sitio en el que tomar asiento, excepto el sillón junto a
la ventana.
Ya verá que todo lo que le hemos dicho es verdad –dijo Franz, que se
acercó con el otro hombre hasta donde estaba K. El compañero de
Franz le superaba en altura y le dio unas palmadas en el hombro.
Ambos examinaron la camisa del pijama de K y dijeron que se pusiera
otra peor, que ellos guardarían ésa, así como el resto de su ropa, y que
si el asunto resultaba bien, entonces le devolverían lo que habían
tomado.
–Es mejor que nos entregue todo a nosotros en vez de al depósito –
dijeron–, pues en el depósito desaparecen cosas con frecuencia y,
además, transcurrido cierto plazo, se vende todo, sin tener en
consideración si el proceso ha terminado o no. ¡Y hay que ver lo que
duran los procesos en los últimos tiempos! Naturalmente, el depósito,
al final, abona un reintegro, pero éste, en primer lugar, es muy bajo,
pues en la venta no decide la suma ofertada, sino la del soborno y, en
segundo lugar, esos reintegros disminuyen, según la experiencia,
conforme van pasando de mano en mano y van transcurriendo los
años.
K apenas prestaba atención a todas esas aclaraciones. Por ahora no le
interesaba el derecho de disposición sobre sus bienes, consideraba más
importante obtener claridad en lo referente a su situación. Pero en
presencia de aquella gente no podía reflexionar bien, uno de los
vigilantes –podía tratarse, en efecto, de vigilantes–, que no paraba de
hablar por encima de él con sus colegas, le propinó una serie de golpes
amistosos con el estómago; no obstante, cuando alzó la vista
contempló una nariz torcida y un rostro huesudo y seco que no
armonizaba con un cuerpo tan grueso. ¿Qué hombres eran ésos? ¿De
qué hablaban? ¿A qué organismo pertenecían? K vivía en un Estado de
Derecho, en todas partes reinaba la paz, todas las leyes permanecían
en vigor , ¿quién osaba entonces atropellarle en su habitación? Siempre
intentaba tomarlo todo a la ligera, creer en lo peor sólo cuando lo peor
ya había sucedido, no tomar ninguna previsión para el futuro, ni
siquiera cuando existía una amenaza considerable. Aquí, sin embargo,
no le parecía lo correcto. Ciertamente, todo se podía considerar una
broma, si bien una broma grosera, que sus colegas del banco le
gastaban por motivos desconocidos, o tal vez porque precisamente ese
día cumplía treinta años. Era muy posible, a lo mejor sólo necesitaba
reírse ante los rostros de los vigilantes para que ellos rieran con él,
quizá fueran los mozos de cuerda de la esquina, su apariencia era
similar, no obstante, desde la primera mirada que le había dirigido el
vigilante Franz, había decidido no renunciar a la más pequeña ventaja
que pudiera poseer contra esa gente. Por lo demás, K no infravaloraba
el peligro de que más tarde se dijera que no aguantaba ninguna broma.
Se acordó –sin que fuera su costumbre aprender de la experiencia– de
un caso insignificante, en el que, a diferencia de sus amigos, se
comportó, plenamente consciente, con imprudencia, sin cuidarse de las
consecuencias, y fue castigado con el resultado. Eso no debía volver a
ocurrir, al menos no esta vez; si era una comedia, seguiría el juego.
Aún estaba en libertad.
–Permítanme –dijo, y pasó rápidamente entre los vigilantes para
dirigirse a su habitación.
–Parece que es razonable –oyó que decían detrás de él.
En cuanto llegó a su habitación se dedicó a sacar los cajones del
escritorio, todo en su interior estaba muy ordenado, pero, a causa de la
excitación, no podía encontrar precisamente los documentos de
identidad que buscaba. Finalmente encontró los papeles para poder
circular en bicicleta, ya quería ir a enseñárselos a los vigilantes cuando
pensó que esos papeles eran insignificantes, por lo que siguió buscando
hasta que encontró su partida de nacimiento. Cuando regresó a la
habitación contigua, se abrió la puerta de enfrente y apareció la señora
Grubach. Sólo se vieron un instante, pues en cuanto reconoció a K
pareció confusa, pidió disculpas y desapareció cerrando
cuidadosamente la puerta.
–Pero entre –es lo único que K tuvo tiempo de decir.
Ahora se encontraba en el centro de la habitación, con los papeles en la
mano. Continuó mirando hacia la puerta, que no se volvió a abrir, y le
asustó la llamada de los vigilantes, quienes permanecían sentados
frente a una mesita al lado de la ventana abierta. Como K pudo
comprobar, se estaban comiendo su desayuno.
–¿Por qué no ha entrado la señora Grubach? –preguntó K.
–No puede –dijo el vigilante más alto–. Usted está detenido. –Pero
¿cómo puedo estar detenido, y de esta manera?
–Ya empieza usted de nuevo –dijo el vigilante, e introdujo un trozo de
pan en el tarro de la miel–. No respondemos a ese tipo de preguntas.
–Pues deberán responderlas. Aquí están mis documentos de identidad,
muéstrenme ahora los suyos y, ante todo, la orden de detención.
–¡Cielo santo! –dijo el vigilante–. Que no se pueda adaptar a su
situación actual, y que parezca querer dedicarse a irritarnos
inútilmente, a nosotros, que probablemente somos los que ahora
estamos más próximos a usted entre todos los hombres.
Así es, créalo –dijo Franz, que no se llevó la taza a los labios, sino que
dirigió a K una larga mirada, probablemente sin importancia, pero
incomprensible. K incurrió sin quererlo en un intercambio de miradas
con Franz, pero agitó sus papeles y dijo:
Aquí están mis documentos de identidad.
–¿Y qué nos importan a nosotros? –gritó ahora el vigilante más alto–.
Se está comportando como un niño. ¿Qué quiere usted? ¿Acaso
pretende al hablar con nosotros sobre documentos de identidad y sobre
órdenes de detención que su maldito proceso acabe pronto? Somos
empleados subalternos, apenas comprendemos algo sobre papeles de
identidad, no tenemos nada que ver con su asunto, excepto nuestra
tarea de vigilarle diez horas todos los días, y por eso nos pagan. Eso es
todo lo que somos. No obstante, somos capaces de comprender que las
instancias superiores, a cuyo servicio estamos, antes de disponer una
detención como ésta se han informado a fondo sobre los motivos de la
detención y sobre la persona del detenido. No hay ningún error. El
organismo para el que trabajamos, por lo que conozco de él, y sólo
conozco los rangos más inferiores, no se dedica a buscar la culpa en la
población, sino que, como está establecido en la ley, se ve atraído por
la culpa y nos envía a nosotros, a los vigilantes. Eso es ley. ¿Dónde
puede cometerse aquí un error?
–No conozco esa ley –dijo K.
–Pues peor para usted –dijo el vigilante.
–Sólo existe en sus cabezas –dijo K, que quería penetrar en los
pensamientos de los vigilantes, de algún modo inclinarlos a su favor o ir
ganando terreno. Pero el vigilante se limitó a decir:
–Ya sentirá sus efectos.
Franz se inmiscuyó en la conversación y dijo:
–Mira, Willem, admite que no conoce la ley y, al mismo tiempo, afirma
que es inocente.
–Tienes razón, pero no se puede conseguir que comprenda nada –dijo
el otro.
K ya no respondió. «¿Acaso –pensó– debo dejarme confundir por la
cháchara de estos empleados subalternos, como ellos mismos
reconocen serlo? Hablan de cosas que no entienden en absoluto. Su
seguridad sólo se basa en su necedad. Un par de palabras que
intercambie con una persona de mi nivel y todo quedará
incomparablemente más claro que en una conversación larga con
éstos». Paseó de un lado a otro de la habitación, seguía viendo enfrente
a la anciana, que ahora había arrastrado hasta allí a una persona aún
más anciana, a la que mantenía abrazada. K tenía que poner punto final
a ese espectáculo.
–Condúzcanme hasta su superior –dijo K.
–Cuando él lo diga, no antes –dijo el vigilante llamado Willem–. y
ahora le aconsejo –añadió– que vaya a su habitación, se comporte con
tranquilidad y espere hasta que se disponga algo sobre su situación. Le
aconsejamos que no se pierda en pensamientos inútiles, sino que se
concentre, pues tendrá que hacer frente a grandes exigencias. No nos
ha tratado con la benevolencia que merecemos. Ha olvidado que
nosotros, quienes quiera que seamos, al menos frente a usted somos
hombres libres, y esa diferencia no es ninguna nimiedad. A pesar de
todo, estamos dispuestos, si tiene dinero, a subirle un pequeño
desayuno de la cafetería.
K no respondió a la oferta y permaneció un rato en silencio. Tal vez no
le impidieran que abriera la puerta de la habitación contigua o la del
recibidor, tal vez ésa fuera la solución más simple, llevarlo todo al
extremo. Pero también era posible que se echaran sobre él y, una vez
en el suelo, habría perdido toda la superioridad que, en cierta medida,
aún mantenía sobre ellos. Por esta razón, prefirió a esa solución la
seguridad que traería consigo el desarrollo natural de los
acontecimientos, y regresó a su habitación, sin que ni él ni los
vigilantes pronunciaran una palabra más.
Se arrojó sobre la cama y tomó de la mesilla de noche una hermosa
manzana que había reservado la noche anterior para su desayuno.
Ahora era su único desayuno y, como comprobó al darle el primer
mordisco, resultaba, sin duda, mucho mejor que el desayuno que le
hubiera podido subir el vigilante de la sucia cafetería. Se sentía bien y
confiado. Cierto, estaba descuidando sus deberes matutinos en el
banco, pero como su puesto era relativamente elevado podría
disculparse con facilidad. ¿Debería decir las verdaderas razones? Pensó
en hacerlo. Si no le creían, lo que sería comprensible en su caso, podría
presentar a la señora Grubach como testigo o a los dos ancianos de
enfrente, que ahora mismo se encontraban en camino hacia la ventana
de la habitación opuesta. A K le sorprendió, al adoptar la perspectiva de
los vigilantes, que le hubieran confinado en la habitación y le hubieran
dejado solo, pues allí tenía múltiples posibilidades de quitarse la vida. Al
mismo tiempo, sin embargo, se preguntó, esta vez desde su
perspectiva, qué motivo podría tener para hacerlo. ¿Acaso porque esos
dos de al lado estaban allí sentados y se habían apoderado de su
desayuno? Habría sido tan absurdo quitarse la vida, que él, aun cuando
hubiese querido hacerlo, hubiera desistido por encontrarlo absurdo. Si
la limitación intelectual de los vigilantes no hubiese sido tan manifiesta,
se hubiera podido aceptar que tampoco ellos, como consecuencia del
mismo convencimiento, consideraban peligroso dejarlo solo. Que vieran
ahora, si querían, cómo se acercaba a un armario, en el que guardaba
un buen aguardiente, cómo se tomaba un vaso como sustituto del
desayuno y cómo destinaba otro para darse valor, pero este último sólo
como precaución para el caso improbable de que fuera necesario.
En ese instante le asustó tanto una llamada de la habitación contigua
que mordió el cristal del vaso.
–El supervisor le llama –dijeron.
Sólo había sido el grito lo que le había asustado, ese grito corto, seco,
militar, del que jamás hubiera creído capaz a Franz. La orden fue
bienvenida.
–¡Por fin! –exclamó, cerró el armario y se apresuró a entrar en la
habitación contigua. Allí estaban los dos vigilantes que le conminaron a
que volviera a su habitación, como si fuera algo natural.
–¿Pero cómo se le ocurre? –gritaron–. ¿Cómo pretende presentarse
ante el supervisor en mangas de camisa? ¡Le dará una paliza y a
nosotros también!
–¡Al diablo con todo! –gritó K, que ya había sido empujado hasta el
armario ropero–. Cuando se me asalta en la cama no se puede esperar
encontrarme en traje de etiqueta.
–No le servirá de nada resistirse –dijeron los vigilantes, quienes,
siempre que K gritaba, permanecían tranquilos, con cierto aire de
tristeza, lo que le confundía y, en cierta medida, le hacía entrar en
razón.
–¡Ceremonias ridículas! –gruñó aún, pero cogió una chaqueta de la silla
y la mantuvo un rato entre las manos, como si la sometiera al juicio de
los vigilantes. Ellos negaron con la cabeza.
–Tiene que ser una chaqueta negra –dijeron.
K arrojó la chaqueta al suelo y dijo:
–Aún no se puede tratar de la vista oral.
Los vigilantes sonrieron, pero no cambiaron de opinión: –Tiene que ser
una chaqueta negra.
–Si eso contribuye a acelerar el asunto, me parece bien –dijo K, que
abrió el armario, buscó un buen rato entre los trajes y por fin sacó su
mejor traje negro, un chaqué que por su elegancia había causado
impresión entre sus amigos. A continuación, sacó también una camisa y
comenzó a vestirse cuidadosamente. Creyó haber logrado un adelanto
al comprobar que los vigilantes habían olvidado que se aseara en el
baño. Los observaba para ver si se acordaban, pero naturalmente no se
les ocurrió; sin embargo, Willem no olvidó enviar a Franz al supervisor
con la noticia de que K se estaba vistiendo .
Una vez vestido tuvo que atravesar, pocos pasos por delante de Willem,
la habitación contigua, ya vacía, y entrar en la siguiente, cuya puerta,
de dos hojas, estaba abierta. Esta habitación, como muy bien sabía K,
había sido ocupada hacía poco tiempo por una mecanógrafa que solía
salir muy temprano a trabajar y llegaba tarde por las noches, y con la
que K apenas había cruzado algunas palabras de saludo. Ahora la
mesilla de noche había sido desplazada desde la cama hasta el centro
de la habitación para servir de mesa de interrogatorio, y el supervisor
se sentaba detrás de ella. Tenía las piernas cruzadas y apoyaba un
brazo en el respaldo de la silla. En una de las esquinas de la habitación
había tres jóvenes que contemplaban las fotografías de la señorita
Bürstner, colgadas de la pared. Del picaporte de la ventana, que
permanecía abierta, colgaba una blusa blanca. En la ventana de
enfrente se encontraban de nuevo los dos ancianos, pero la reunión
había aumentado, pues detrás de ellos destacaba un hombre con la
camisa abierta, mostrando el pecho, que no paraba de retorcer y
presionar con los dedos su perilla pelirroja.
–¿Josef K? –preguntó el supervisor, tal vez sólo para captar su atención
dispersa.
K asintió.
–¿Le han sorprendido mucho los acontecimientos de esta mañana? –
preguntó el supervisor y, como si fueran elementos necesarios para el
interrogatorio, desplazó con ambas manos algunos objetos que había
sobre la mesilla: una vela, una caja de cerillas, un libro y un acerico.
–Así es –dijo K, y le invadió una sensación de bienestar por haber
encontrado al fin a un hombre razonable con el que poder hablar sobre
su asunto–. Cierto, estoy sorprendido, pero de ningún modo muy
sorprendido.
–¿No muy sorprendido? –preguntó el supervisor, y puso ahora la vela
en el centro de la mesilla, mientras agrupaba el resto de los objetos a
su alrededor.
–Es posible que no me interprete bien –se apresuró a especificar–.
Quiero decir… –aquí K se interrumpió y buscó una silla–. ¿Puedo
sentarme? –preguntó.
–No es lo normal –respondió el supervisor.
–Quiero decir –dijo ahora K sin más pausas– que me ha sorprendido
mucho, pero como llevo treinta años en el mundo y he tenido que
abrirme camino solo en la vida, estoy endurecido contra todo tipo de
sorpresas, así que no las tomo por la tremenda. Especialmente la de
hoy, no.
–¿Por qué no especialmente la de hoy?
–No quiero decir que lo considere todo una broma, para ello me
parecen demasiado complicadas todas las precauciones que se han
tomado. Tendrían que participar todos los inquilinos de la pensión y
también todos ustedes, eso me parece rebasar los límites de una
broma. Por eso no quiero decir que se trata de una broma.
–En efecto –dijo el supervisor y se dedicó a contar las cerillas que
había en la caja.
–Por otra parte –continuó K, y se dirigió a todos, incluso le hubiera
gustado que los tres situados ante las fotografías se hubieran dado la
vuelta para escucharle–, por otra parte el asunto no puede ser de
mucha importancia. Lo deduzco porque he sido acusado, pero no puedo
encontrar ninguna culpa por la que me pudieran haber acusado. Pero
eso también es secundario. Las preguntas principales son: ¿Quién me
ha acusado? ¿Qué organismo tramita mi proceso? ¿Es usted
funcionario? Ninguno tiene uniforme, a no ser que su traje –y se dirigió
a Franz– se pueda denominar un uniforme, aunque a mí me parece más
bien un traje de viaje. Reclamo claridad en estas cuestiones y estoy
convencido de que, una vez que hayan sido aclaradas, nos podremos
despedir amablemente.
El supervisor derribó la caja de cerillas sobre la mesa.
–Usted se encuentra en un grave error –dijo–. Estos señores, aquí
presentes, y yo, carecemos completamente, en lo que se refiere a su
asunto, de importancia, más aún, apenas sabemos algo de él.
Podríamos llevar los uniformes reglamentarios y su asunto no habría
empeorado un ápice. Tampoco puedo decirle si le han acusado, o
mejor, ni siquiera se si le han acusado. Usted está detenido, eso es
cierto, no sé más. Es posible que los vigilantes hayan charlado de otra
cosa, pero eso sólo es una charla. Aunque no pueda responder a sus
preguntas, sí le puedo aconsejar que piense menos en nosotros y en lo
que le pueda ocurrir y piense más en sí mismo. Y tampoco alardee
tanto de su inocencia, estropea la buena impresión que da. También
debería ser más reservado al hablar, casi todo lo que ha dicho hasta
ahora se podría haber deducido de su comportamiento aunque hubiera
dicho muchas menos palabras, además, no resulta muy favorable para
su causa.
K miró fijamente al supervisor. ¿Acaso recibía lecciones de un hombre
que probablemente era más joven que él? ¿Le reprendían por su
sinceridad? ¿Y no iba a saber nada de su detención ni del que la había
dispuesto? Se apoderó de él cierta excitación, fue de un lado a otro,
siempre y cuando nada ni nadie se lo impedía, se subió los puños de la
camisa, se tocó el pecho, se alisó el pelo, pasó al lado de los tres
señores, dijo «esto es absurdo», por lo que éstos se volvieron y le
contemplaron con amabilidad, pero serios, y, finalmente, se paró ante
la mesa del supervisor.
–El fiscal Hasterer es un buen amigo mío –dijo–, ¿le puedo llamar por
teléfono?
–Por supuesto –dijo el supervisor–, pero no sé qué sentido podría tener
hacerlo, a no ser que quisiera hablar con él de algún asunto particular.
–¿Qué sentido? –gritó K, más confuso que enojado–. ¿Pero, entonces,
quién es usted? Usted pretende encontrar algún sentido y procede de la
manera más absurda. Esto es para volverse loco. Estos señores me han
asaltado y ahora están aquí sentados o pasean alrededor y me obligan
a comparecer ante usted como si fuera un colegial. ¿Qué sentido
tendría llamar a un fiscal si, como indican las apariencias, estoy
detenido? Bien, no llamaré por teléfono.
–Pero hágalo –dijo el supervisor, y extendió la mano en dirección al
recibidor, donde estaba el teléfono–, por favor, llame.
–No, ya no quiero –dijo K, y se acercó a la ventana. Desde allí podía
ver a las personas de enfrente, quienes ahora, al ver aparecer a K en la
ventana, se sintieron algo perturbadas en su papel de tranquilos
espectadores. Los ancianos querían levantarse, pero el hombre que
estaba detrás de ellos los tranquilizó.
–¡Allí hay unos mirones! –gritó K hacia el supervisor y los señaló con el
dedo–. ¡Fuera de ahí!
Los tres retrocedieron inmediatamente unos pasos, los dos ancianos se
colocaron, incluso, detrás del hombre, que con su ancho cuerpo los
tapaba. Por los movimientos de su boca se podía deducir que estaba
diciendo algo, aunque incomprensible desde la distancia. Pero no
llegaron a desaparecer del todo, más bien parecían esperar el instante
en que pudieran acercarse a la ventana sin ser notados.
–¡Gente impertinente y desconsiderada! –dijo K al volverse hacia la
habitación. El supervisor probablemente asintió, al menos así lo creyó K
al dirigirle una mirada de soslayo. Aunque también era posible que no
hubiera escuchado, pues había extendido una de sus manos en la mesa
y parecía comparar los dedos. Los dos vigilantes estaban sentados en
un baúl cubierto con un paño decorativo y frotaban sus rodillas. Los tres
jóvenes habían colocado las manos en las caderas y miraban alrededor
sin fijarse en nada. Había un silencio como el que reina en una oficina
vacía.
–Bien, señores –dijo K, pues le pareció que él era quien lo soportaba
todo sobre sus hombros–, de su actitud se puede deducir que han
concluido con mi asunto. Soy de la opinión de que lo mejor sería no
pensar más sobre si su actuación está justificada o no y terminar el
caso reconciliados, con un apretón de manos. Si comparten mi opinión,
entonces, por favor… –y se acercó a la mesa del supervisor alargándole
la mano.
El supervisor elevó la mirada, se mordió el labio y miró la mano
extendida de K. Aún creía K que el supervisor la estrecharía, pero éste
se levantó, cogió un sombrero que estaba sobre la cama de la señorita
Bürstner y se lo colocó cuidadosamente con las dos manos, como hace
la gente cuando se prueba un sombrero nuevo.
–¡Qué fácil le parece todo a usted! –dijo a K mientras se ponía el
sombrero–. Deberíamos terminar el asunto con una despedida
conciliadora, ¿ésa es su opinión? No, no, así no funcionan las cosas, y
con esto tampoco le estoy diciendo que se desespere. No, ¿por qué
hacerlo? Usted está detenido, nada más. Eso es lo que tenía que
comunicarle, he cumplido mi misión y también he visto cómo ha
reaccionado. Con eso es suficiente por hoy, ya podemos despedirnos,
aunque sólo por el momento. Usted querrá ir al banco…
–¿Al banco? –preguntó K–. Pensé que estaba detenido.
K preguntó con cierto consuelo, pues aunque su apretón de manos no
había sido aceptado, desde que el supervisor se había levantado se
sentía mucho más independiente de aquella gente. Quería seguirles el
juego. Tenía la intención, en el caso de que se fueran, de ir detrás de
ellos hasta la puerta y ofrecerles su detención. Por eso repitió:
–¿Cómo puedo ir al banco, si estoy detenido?
–¡Ah, ya! –dijo el supervisor, que había llegado a la puerta–, me ha
entendido mal, usted está detenido, cierto, pero eso no le impide
Cumplir con sus obligaciones laborales. Debe seguir su vida normal.
–Entonces estar detenido no es tan malo –dijo K, y se acercó al
supervisor.
–No he dicho nada que lo desmienta –dijo éste.
–Pero tampoco parece que haya sido necesaria la comunicación de la
detención –dijo K, y se acercó más. También los otros se habían
acercado. Todos se habían reunido en un pequeño espacio al lado de la
puerta.
–Era mi deber –dijo el supervisor.
–Un deber bastante tonto –dijo K inflexible.
–Puede ser –respondió el supervisor–, pero no vamos a perder el
tiempo con conversaciones como ésta. He pensado que querría ir al
banco. Como usted está al tanto de todas las palabras, añado: no le
obligo a ir al banco, sólo he supuesto que quería hacerlo. Para
facilitárselo y para que su llegada al banco sea lo más discreta posible,
he mantenido a estos tres jóvenes, colegas suyos, a su disposición.
–¿Cómo? –gritó K, y miró asombrado a los tres.
Aquellos jóvenes tan anodinos y anémicos, que él aún recordaba sólo
como grupo al lado de las fotografías, eran realmente funcionarios de
su banco, no colegas, eso era demasiado decir, y demostraba una
laguna en la omnisciencia del supervisor, aunque, en efecto, se trataba
de funcionarios subordinados del banco. ¿Cómo no se había dado
cuenta antes? Hasta qué punto había concentrado la atención en el
supervisor y en los vigilantes, que había sido incapaz de reconocer a
esos tres: al torpe Rabensteiner, siempre agitando las manos, al rubio
Kullych, con los ojos caídos, y a Kaminer, con su sonrisa insoportable,
producto de una distrofia muscular crónica.
–¡Buenos días! –dijo K, pasado un rato, y ofreció su mano a los
señores, que se inclinaron correctamente–. No les había reconocido.
Bien, entonces nos vamos juntos al trabajo, ¿no?
Los tres jóvenes asintieron solícitos y sonriendo, como si hubieran
estado esperando ese momento durante todo el tiempo, sólo cuando K
echó de menos su sombrero, que se había quedado en su cuarto, se
apresuraron, uno detrás del otro, a recogerlo, de lo que se podía
deducir cierta perplejidad. K permaneció en silencio y vio cómo se
alejaban a través de las dos puertas abiertas, el último, naturalmente,
era el indiferente Rabensteiner, que se había limitado a adoptar un
elegante trote corto. Kaminer le entregó el sombrero, y K tuvo que
decirse expresamente, lo que, por lo demás, era necesario con
frecuencia en el banco, que la sonrisa de Kaminer no era intencionada,
que en realidad era incapaz de sonreír intencionadamente. En el
recibidor, la señora Grubach, que no aparentaba ninguna conciencia
culpable, abrió la puerta de la calle a todo el grupo, y K, como muchas
veces, se quedó mirando la cinta de su delantal, que ceñía
innecesariamente su poderoso cuerpo. Una vez fuera, K, con el reloj en
la mano, y para no aumentar el retraso de media hora, decidió llamar a
un taxi. Kaminer se acercó corriendo a una esquina para llamar a uno,
pero mientras los otros dos aparentemente intentaban distraer a K,
Kullych señaló repentinamente la puerta de enfrente, en la que acababa
de aparecer el hombre con la perilla pelirroja, quien quedó algo
confuso, ya que ahora se mostraba en toda su estatura, por lo que
retrocedió hasta la pared y se apoyó en ella. Los ancianos aún estaban
en las escaleras. K se enfadó con Kullych por haber llamado la atención
sobre el hombre al que ya había visto antes y al que incluso había
esperado.
–No mire hacia allí –balbuceó, sin darse cuenta de lo llamativa que
resultaba esa forma de expresarse cuando se dirigía a personas
maduras. Pero tampoco era necesaria ninguna explicación, pues
acababa de llegar el coche, así que se sentaron y partieron. En ese
instante, K se acordó de que no se había percatado de la partida del
supervisor y de los vigilantes, el supervisor le había ocultado a los tres
funcionarios y ahora los funcionarios habían ocultado, a su vez, al
supervisor. Eso no denotaba mucha serenidad, así que K se propuso
observarse mejor. No obstante, se dio la vuelta y se inclinó por si
todavía existía la posibilidad de ver al supervisor y a los vigilantes. Pero
recuperó en seguida su posición original sin ni siquiera haber intentado
buscar a alguien, reclinándose cómodamente en uno de los extremos
del asiento del coche. Aunque no lo aparentaba, habría necesitado
ahora algo de conversación, pero los señores parecían cansados.
Rabensteiner miraba hacia la derecha, Kullych hacia la izquierda y sólo
Kaminer estaba a su disposición con sus muecas, y hacer una broma
sobre ellas, por desgracia, lo prohibía la humanidad.
CONVERSACIÓN CON LA SEÑORA GRUBACH Y LA SEÑORITA
BÜRSTNER
En esa primavera, K, después del trabajo, cuando era posible –
normalmente permanecía hasta las nueve en la oficina–, solía dar un
paseo por la noche solo o con algún conocido y luego se iba a una
cervecería, donde se sentaba hasta las once en una tertulia compuesta
en su mayor parte por hombres ya mayores. Pero había excepciones en
esta rutina, por ejemplo cuando el director del banco, que apreciaba su
capacidad de trabajo y su formalidad, le invitaba a una excursión con el
coche o a cenar en su villa. Además, una vez a la semana iba a casa de
una muchacha llamada Elsa, que trabajaba de camarera en una taberna
hasta altas horas de la madrugada y durante el día sólo recibía en la
cama a sus visitas.
Aquella noche, sin embargo –el día había transcurrido con rapidez por
el trabajo agotador y las numerosas felicitaciones de cumpleaños–, K
quería regresar directamente a casa. En todas las pequeñas pausas del
trabajo había pensado en ello. Sin saber con certeza por qué, le parecía
que los incidentes de aquella mañana habían causado un gran desorden
en la vivienda de la señora Grubach y que su presencia era necesaria
para restaurar de nuevo el orden. Una vez restaurado, quedaría
suprimida cualquier huella del incidente y todo volvería a los cauces
normales. De los tres funcionarios no había nada que temer, se habían
vuelto a sumir en el gran cuerpo de funcionarios del banco, tampoco se
podía notar ningún cambio en ellos. K les había llamado con frecuencia,
por separado o en grupo, a su despacho, sólo para observarlos y
siempre los había podido despedir satisfecho.
Cuando llegó a las nueve y media de la noche a la casa en que vivía, K
se encontró en la puerta con un muchacho que permanecía con las
piernas abiertas y fumando en pipa.
–¿Quién es usted? –preguntó K en seguida y acercó su rostro al del
muchacho, pues no se veía mucho en el oscuro pasillo de entrada.
–Soy el hijo del portero, señor –respondió el muchacho, se sacó la pipa
de la boca y se apartó.
–¿El hijo del portero? –preguntó K, y golpeó impaciente con el bastón
en el suelo.
–¿Desea algo el señor? ¿Debo traer a mi padre?
–No, no –dijo K. En su voz había un tono de disculpa, como si el
muchacho hubiera hecho algo malo y él le perdonara–. Está bien –dijo,
y siguió, pero antes de subir las escaleras, se volvió una vez más.
Habría podido ir directamente a su habitación, pero como quería hablar
con la señora Grubach, llamó a su puerta. Estaba sentada a una mesa
cosiendo una media. Sobre la mesa aún quedaba un montón de medias
viejas. K se disculpó algo confuso por haber llegado tan tarde, pero la
señora Grubach era muy amable y no quiso oír ninguna disculpa:
siempre tenía tiempo para hablar con él, sabía muy bien que era su
mejor y más querido inquilino. K miró la habitación, había recobrado su
antiguo aspecto, la vajilla del desayuno, que había estado por la
mañana en la mesita junto a la ventana, ya había sido retirada. «Las
manos femeninas hacen milagros en silencio –pensó–, él
probablemente habría roto toda la vajilla, en realidad ni siquiera habría
sido capaz de llevársela». Contempló a la señora Grubach con cierto
agradecimiento.
–¿Por qué trabaja hasta tan tarde? –preguntó.
Ambos estaban sentados a la mesa, y K hundía de vez en cuando una
de sus manos en las medias.
–Hay mucho trabajo –dijo ella–. Durante el día me debo a los
inquilinos, pero si quiero mantener el orden en mis cosas sólo me
quedan las noches.
–Hoy le he causado un trabajo extraordinario.
–¿Por qué? –preguntó con cierta vehemencia; el trabajo descansaba en
su regazo.
–Me refiero a los hombres que estuvieron aquí esta mañana.
–¡Ah, ya! –dijo, y se volvió a tranquilizar–. Eso no me ha causado
mucho trabajo.
K miró en silencio cómo emprendía de nuevo su labor. «Parece
asombrarse de que le hable del asunto –pensó–, no considera correcto
que hable de ello. Más importante es, pues, que lo haga. Sólo puedo
hablar de ello con una mujer mayor».
–Algo de trabajo sí ha causado –dijo–, pero no se volverá a repetir.
–No, no se puede repetir –dijo ella confirmándolo y sonrió a K casi con
tristeza.
–¿Lo cree de verdad? –preguntó K.
–Sí –dijo ella en voz baja–, pero ante todo no se lo debe tomar muy en
serio. ¡Las cosas que ocurren en el mundo! Como habla conmigo con
tanta confianza, señor K, le confesaré que escuché algo detrás de la
puerta y que los vigilantes también me contaron algunas cosas. Se
trata de su felicidad, y eso me importa mucho, más, quizá, de lo que
me incumbe, pues no soy más que la casera. Bien, algo he oído, pero
no puedo decir que sea especialmente malo. No. Usted, es cierto, ha
sido detenido, pero no como un ladrón. Cuando se detiene a alguien
como si fuera un ladrón, entonces es malo, pero esta detención…, me
parece algo peculiar y complejo, perdóneme si digo alguna tontería, hay
algo complejo en esto que no entiendo, pero que tampoco se debe
entender.
–No ha dicho ninguna tontería, señora Grubach, yo mismo comparto
algo su opinión, pero juzgo todo con más rigor que usted, y no lo tomo
por algo complejo, sino por una nadería. Me han asaltado de un modo
imprevisto, eso es todo. Si nada más despertarme no me hubiera
dejado confundir por la ausencia de Anna, me hubiera levantado en
seguida y, sin tener ninguna consideración con nadie que me saliera al
paso, hubiera desayunado, por una vez, en la cocina y me hubiera
traído usted el traje de mi habitación, entonces habría negociado todo
breve y razonablemente, no habría pasado a mayores y no hubiera
ocurrido nada de lo que pasó. Pero uno siempre está tan desprevenido.
En el banco, por ejemplo, siempre estoy preparado, allí no me podría
ocurrir algo similar, allí tengo a un ordenanza personal; el teléfono
interno y el de mi despacho están frente a mí, en la mesa; no cesa de
llegar gente, particulares o funcionarios; además, y ante todo, allí estoy
siempre sumido en el trabajo, lo que me mantiene alerta, allí sería un
placer para mí enfrentarme a una situación como ésa. Bien, pero ya ha
pasado y tampoco quiero hablar más sobre ello, sólo quería oír su
opinión, la opinión de una mujer razonable, y estoy contento de que
coincidamos. Pero ahora me debe dar la mano, una coincidencia así se
tiene que sellar con un apretón de manos.
«¿Me dará la mano? El vigilante no me la dio» –pensó, y miró a la
mujer de un modo diferente, con cierto aire inquisitivo. Ella se levantó,
porque él también se había levantado, y se mostró algo turbada, ya que
no había entendido todo lo que K había dicho. A causa de esa turbación
dijo algo que no quería haber dicho y que estaba completamente fuera
de lugar:
–No se lo tome muy en serio, señor K –dijo con voz temblorosa y,
naturalmente, olvidó darle la mano.
–No sabía que se lo tomaba tan en serio –dijo K, repentinamente
agotado al comprobar la inutilidad de todos los beneplácitos de aquella
mujer.
Ya desde la puerta preguntó:
–¿Está en casa la señorita Bürstner?
–No –dijo la señora Grubach, y sonrió con simpatía al dar esa breve y
seca información–. Está en el teatro. ¿Desea algo de ella? ¿Quiere que
le dé algún recado?
–Sólo quería conversar un poco con ella.
–Lamentablemente no sé cuándo regresará; cuando va al teatro suele
llegar tarde.
–Da igual –dijo K, e inclinó la cabeza hacia la puerta para irse–, sólo
quería disculparme por haber sido el causante de que ocuparan su
habitación esta mañana.
–Eso no es necesario, señor K, usted es demasiado considerado, la
señorita no sabe nada de nada, había abandonado la casa muy
temprano, ya está todo ordenado, usted mismo lo puede comprobar.
Abrió la puerta de la habitación de la señorita Bürstner.
–Gracias, lo creo –dijo K, pero fue hacia la puerta abierta. La luna
iluminaba la oscura habitación. Lo que pudo ver parecía en orden, ni
siquiera la blusa colgaba en el picaporte de la ventana. Los
almohadones de la cama alcanzaban una altura llamativa: sobre ellos
caía la luz de la luna.
–La señorita viene con frecuencia muy tarde por la noche –dijo K, y
contempló a la señora Grubach como si fuera responsable de esa
costumbre.
–¡Ah, la gente joven! –dijo la señora Grubach con un tono de disculpa.
–Cierto, cierto –dijo K–, pero no se deben extremar las cosas. –No,
claro que no –dijo la señora Grubach–. Tiene mucha razón, señor K.
Tal vez también en este caso. No quiero criticar a la señorita Bürstner,
ella es una muchacha buena y amable, ordenada, puntual, trabajadora,
yo aprecio todo eso, pero algo es verdad: debería ser más prudente y
discreta. Este mes ya la he visto dos veces con un hombre diferente en
calles apartadas. Para mí resulta muy desagradable; esto, pongo a Dios
por testigo, sólo se lo cuento a usted, pero es inevitable, tendré que
hablar sobre ello con la señorita. Y no es lo único en ella que considero
sospechoso.
–Está equivocada –dijo K furioso e incapaz de ocultarlo–, usted ha
interpretado mal el comentario que he hecho sobre la señorita, no
quería decir eso. Es más, le advierto sinceramente que no le diga nada,
usted está completamente equivocada, conozco muy bien a la señorita,
nada de lo que usted ha dicho es verdad. Por lo demás, tal vez he ido
demasiado lejos, no le quiero impedir que haga nada, dígale lo que
quiera. Buenas noches.
–Señor K… –dijo la señora Grubach suplicante, y se apresuró a ir
detrás de K hasta la puerta, que él ya había abierto–, por el momento
no quiero hablar con la señorita, naturalmente que antes quiero
observarla, sólo a usted le he confiado lo que sabía. Al fin y al cabo
intento mantener decente la pensión en beneficio de todos los
inquilinos, ése es mi único afán.
–¡Decencia! –gritó K a través de la rendija de la puerta–, si quiere que
la pensión continúe siendo decente, debería echarme a mí primero.
A continuación, cerró la puerta de golpe e ignoró un suave golpeteo
posterior.
Puesto que no tenía ganas de dormir, decidió permanecer despierto y
comprobar a qué hora regresaba la señorita Bürstner. Tal vez fuera aún
posible, por muy improcedente que resultara, intercambiar con ella
algunas palabras. Cuando estaba en la ventana y se frotaba los ojos
cansados llegó a pensar en castigar a la señora Grubach y en convencer
a la señorita Bürstner para que ambos rescindieran el contrato de
alquiler. Pero poco después todo le pareció terriblemente exagerado e,
incluso, alimentó la sospecha contra él mismo de que quería irse de la
vivienda por el incidente de la mañana. Nada podría haber sido más
absurdo y, ante todo, más inútil y más despreciable.
Cuando se cansó de mirar por la ventana, y después de haber abierto
un poco la puerta que daba al recibidor para poder ver a todo el que
entraba, se echó en el canapé. Permaneció tranquilo, fumando un
cigarrillo, hasta las once. Pero a partir de esa hora ya no lo resistió
más, así que se fue al recibidor, como si al hacerlo pudiese acelerar la
llegada de la señorita Bürstner. No es que deseara especialmente verla,
en realidad ni siquiera se acordaba de su aspecto, pero ahora quería
hablar con ella y le irritaba que su tardanza le procurase intranquilidad
y desconcierto al final del día. También la hacía responsable de no
haber ido a cenar y de haber suprimido la visita prevista a Elsa. No
obstante, aún se podía arreglar, pues podía ir a la taberna en la que
Elsa trabajaba. Decidió hacerlo después de la conversación con la
señorita Bürstner.
Habían pasado de las once y media cuando oyó pasos en la escalera. K,
que se había quedado ensimismado en sus pensamientos y paseaba
haciendo ruido por el recibidor, como si estuviera en su propia
habitación, se escondió detrás de la puerta. Era la señorita Bürstner,
que acababa de llegar. Después de cerrar la puerta de entrada se echó,
temblorosa, un chal de seda sobre sus esbeltos hombros. A
continuación, se dirigió a su habitación, en la que K, como era
medianoche, ya no podría entrar. Por consiguiente, tenía que dirigirle la
palabra ahora; por desgracia, había olvidado encender la luz de su
habitación, por lo que su aparición desde la oscuridad tomaría la
apariencia de un asalto y se vería obligado a asustarla. En esa situación
comprometida, y como no podía perder más tiempo, susurró a través
de la rendija de la puerta:
–Señorita Bürstner.
Sonó como una súplica, no como una llamada.
–¿Hay alguien ahí? –preguntó la señorita Bürstner, y miró a su
alrededor con los ojos muy abiertos.
–Soy yo –dijo K abriendo la puerta.
–¡Ah, señor K! –dijo la señorita Bürstner sonriendo–. Buenas noches –y
le tendió la mano.
–Quisiera hablar con usted un momento, ¿me lo permite?
–¿Ahora? –preguntó la señorita Bürstner–. ¿Tiene que ser ahora? Es un
poco extraño, ¿no?
–La estoy esperando desde las nueve.
–¡Ah!, bueno , he estado en el teatro, usted no me había dicho nada.
–El motivo por el que quiero hablar con usted es algo que ha sucedido
esta mañana.
–Bien, no tengo nada en contra, excepto que estoy agotada. Venga un
par de minutos a mi habitación, aquí no podemos conversar,
despertaremos a todos y eso sería muy desagradable para mí, y no por
las molestias causadas a los demás, sino por nosotros. Espere aquí
hasta que haya encendido la luz en mi habitación y entonces apague la
suya.
Así lo hizo K, luego esperó hasta que la señorita Bürstner le invitó en
voz baja a entrar en su habitación.
–Siéntese –dijo, y señaló una otomana; ella permaneció de pie al lado
de la cama a pesar del cansancio del que había hablado. Ni siquiera se
quitó su pequeño sombrero, adornado con un ramillete de flores.
–Bueno, ¿qué desea usted? Tengo curiosidad por saberlo –dijo, y cruzó
ligeramente las piernas.
–Tal vez le parezca –comenzó K– que el asunto no era tan urgente
como para tener que hablarlo ahora, pero…
–Siempre ignoro las introducciones –dijo la señorita Bürstner.
–Bien, eso me facilita las cosas –dijo K–. Su habitación ha sido esta
mañana, en cierto modo por mi culpa, un poco desordenada. Lo
hicieron unos extraños contra mi voluntad y, como he dicho, también
por mi culpa. Por eso quisiera pedirle perdón.
–¿Mi habitación? –preguntó la señorita Bürstner, y en vez de mirar la
habitación dirigió a K una mirada inquisitiva.
Así ha sido –dijo K, y por primera vez se miraron a los ojos–. La
manera en que ha ocurrido no merece la pena contarla.
–Pero es precisamente lo interesante –dijo la señorita Bürstner.
–No –dijo K.
–Bueno, tampoco quiero inmiscuirme en los asuntos de los demás, si
usted insiste en que no es interesante, no objetaré nada. Acepto sus
disculpas, sobre todo porque no encuentro ninguna huella de desorden.
Dio un paseo por la habitación con las manos en las caderas. Se paró
frente a las fotografías.
–Mire –exclamó–, han movido mis fotografías. Eso es algo de mal
gusto. Así que alguien ha entrado en mi habitación sin mi permiso.
K asintió y maldijo en silencio al funcionario Kaminer, que no podía
dominar su absurda e inculta vivacidad.
–Es extraño –dijo la señorita Bürstner–, me veo obligada a prohibirle
algo que usted mismo se debería prohibir: entrar en mi habitación
cuando me hallo ausente.
–Yo le aseguro, señorita Bürstner –dijo K, acercándose a las
fotografías–, que yo no he sido el que las ha tocado. Pero como no me
cree, debo reconocer que la comisión investigadora ha traído a tres
funcionarios del banco, de los cuales uno, al que cuando se me
presente la primera oportunidad despediré del banco, probablemente
tomó las fotografías en la mano. Sí –añadió K, ya que la señorita le
había lanzado una mirada interrogativa–, esta mañana hubo aquí una
comisión investigadora.
–¿Por usted? –preguntó la señorita.
–Sí –respondió K.
–No –exclamó ella, y rió.
–Sí, sí –dijo K–, ¿cree que soy inocente?
–Bueno, inocente… –dijo la señorita–. No quiero emitir ahora un juicio
trascendente, tampoco le conozco, en todo caso debe de ser un delito
grave para mandar inmediatamente a una comisión investigadora. Pero
como está en libertad –deduzco por su tranquilidad que no se ha
escapado de la cárcel–, no ha podido cometer un delito semejante.
–Sí –dijo K–, pero la comisión investigadora puede haber comprobado
que soy inocente o no tan culpable como habían supuesto.
–Cierto, puede ser –dijo ella muy atenta.
–Ve usted –dijo K–, no tiene mucha experiencia en asuntos judiciales.
–No, no la tengo –dijo la señorita Bürstner–, y lo he lamentado con
frecuencia, pues quisiera saberlo todo y los asuntos judiciales me
interesan mucho. Los tribunales ejercen una poderosa fascinación,
¿verdad? Pero es muy probable que perfeccione mis conocimientos en
este terreno, pues el mes próximo entro a trabajar en un bufete de
abogados como secretaria.
–Eso está muy bien –dijo K–, así podrá ayudarme un poco en mi
proceso.
–Podría ser –dijo ella–, ¿por qué no? Me gusta aplicar mis
conocimientos.
–Se lo digo en serio –dijo K–, o al menos en el tono medio en broma
medio en serio que usted ha empleado. El asunto es demasiado
pequeño como para contratar a un abogado, pero podría necesitar a un
consejero.
–Sí, pero si yo tuviera que ser el consejero, debería saber de qué se
trata –dijo la señorita Bürstner.
Ahí está el quid, que ni yo mismo lo sé.
–Entonces ha estado bromeando conmigo –dijo ella muy
decepcionada–, ha sido algo completamente innecesario elegir una hora
tan intempestiva –y se alejó de las fotografías, donde hacía rato que
permanecían juntos.
–Pero no, señorita –dijo K–, no bromeo en absoluto. ¡Que no me
quiera creer! Le he contado todo lo que sé, incluso más de lo que sé,
pues no era ninguna comisión investigadora, le he dado ese nombre
porque no sabía cómo denominarla. No se ha investigado nada, sólo fui
detenido, pero por una comisión.
La señorita Bürstner se sentó en la otomana y rió de nuevo:
–¿Cómo fue entonces? –preguntó.
–Horrible –dijo K, pero ya no pensaba en ello, se había quedado
absorto en la contemplación de la señorita Bürstner, que, con la mano
apoyada en el rostro, descansaba el codo en el cojín de la otomana y
acariciaba lentamente su cadera con la otra mano.
–Eso es demasiado general –dijo ella.
–¿Qué es demasiado general? –preguntó K. Entonces se acordó y
preguntó:
–¿Le puedo mostrar cómo ha ocurrido? –quería animar algo el ambiente
para no tener que irse.
–Estoy muy cansada –dijo la señorita Bürstner.
–Vino muy tarde –dijo K.
–Y para colmo termina haciéndome reproches: me lo merezco, pues no
debería haberle dejado entrar. Tampoco era necesario, como se ha
comprobado después.
–Era necesario, ahora lo comprenderá –dijo K–. ¿Puedo desplazar de
su cama la mesilla de noche?
–Pero, ¿qué se le ha ocurrido? –dijo la señorita Bürstner–. ¡Por
supuesto que no!
–Entonces no se lo podré mostrar –dijo K excitado, como si le causaran
un daño enorme.
–Bueno, si lo necesita para su representación, desplace la mesilla –dijo
la señorita Bürstner, y añadió poco después con voz débil:
–Estoy tan cansada que permito más de lo debido.
K colocó la mesilla en el centro de la habitación y se sentó detrás.
–Debe imaginarse correctamente la posición de las personas, es muy
interesante. Yo soy el supervisor, allí, en el baúl, se sientan los dos
vigilantes, al lado de las fotografías permanecen tres jóvenes, en el
picaporte de la ventana cuelga, lo que menciono sólo de pasada, una
blusa blanca. Y ahora comienza la función. Ah, se me olvidaba la
persona más importante, yo estaba aquí, ante la mesilla. El supervisor
estaba sentado con toda comodidad, las piernas cruzadas, el brazo
colgando sobre el respaldo, tamaña grosería. Y ahora comienza todo de
verdad. El supervisor me llama como si quisiera despertarme del sueño
más profundo, es decir grita, por desgracia tengo que gritar para que lo
comprenda, aunque sólo gritó mi nombre.
La señorita Bürstner, que escuchaba sonriente, se llevó el dedo índice a
los labios para evitar que K gritase, pero era demasiado tarde, K estaba
tan identificado con su papel que gritó:
–¡Josef K!
Aunque no lo hizo con la fuerza con que había amenazado, sí con la
suficiente como para que el grito, una vez emitido, se expandiera
lentamente por la habitación.
En ese instante golpearon la puerta de la habitación contigua; fueron
golpes fuertes, cortos y regulares. La señorita Bürstner palideció y se
puso la mano en el corazón. K se llevó un susto enorme, pues llevaba
un rato en el que sólo había sido capaz de pensar en el incidente de la
mañana y en la muchacha ante la que lo estaba representando. Apenas
se había recuperado, saltó hacia la señorita Bürstner y tomó su mano.
–No tema usted nada –le susurró–, yo lo arreglaré todo. Pero, ¿quién
puede ser? Aquí al lado sólo está el salón y nadie duerme en él.
–¡Oh, sí! –susurró la señorita Bürstner al oído de K–, desde ayer
duerme un sobrino de la señora Grubach, un capitán. Ahora mismo no
queda ninguna habitación libre. También yo lo había olvidado. ¡Cómo se
le ocurre gritar así! Soy muy infeliz por su culpa.
–No hay ningún motivo –dijo K, y besó su frente cuando ella se reclinó
en el cojín.
–Fuera, márchese –dijo ella, y se incorporó rápidamente–, márchese.
Qué quiere, él escucha detrás de la puerta, lo escucha todo. ¡No me
atormente más!
–No me iré –dijo K– hasta que se haya calmado. Venga a la esquina
opuesta de la habitación, allí no nos puede escuchar.
Ella se dejó llevar.
–Piense que se trata sólo de una contrariedad, pero que no entraña
ningún peligro. Ya sabe cómo me admira la señora Grubach, que es la
que decide en este asunto, sobre todo considerando que el capitán es
sobrino suyo. Se cree todo lo que le digo. Además, depende de mí,
pues me ha pedido prestada una gran cantidad de dinero. Aceptaré
todas sus propuestas para una aclaración de nuestro encuentro,
siempre que sea oportuno, y le garantizo que la señora Grubach las
creerá sinceramente y así lo manifestará en público. No tenga conmigo
ningún tipo de miramientos. Si quiere que se difunda que la he
sorprendido, así será instruida la señora Grubach y lo creerá sin perder
la confianza en mí, tanto apego me tiene.
La señorita Bürstner contemplaba el suelo en silencio y un poco
hundida.
–¿Por qué no va a creerse la señora Grubach que la he sorprendido? –
añadió K. Ante él veía su pelo rojizo, separado por una raya, holgado en
las puntas y recogido en la parte superior . Creyó que le iba a mirar,
pero ella, sin cambiar de postura, dijo:
–discúlpeme, me he asustado tanto por los golpes repentinos, no por
las consecuencias que podría traer consigo la presencia del capitán.
Después de su grito estaba todo tan silencioso y de repente esos
golpes, por eso estoy tan asustada. Yo estaba sentada al lado de la
puerta, los golpes se produjeron casi a mi lado. Le agradezco sus
proposiciones, pero no las acepto. Puedo asumir la responsabilidad por
todo lo que ocurre en mi habitación y, además, frente a cualquiera. Me
sorprende que no note la ofensa que suponen para mí sus sugerencias,
por más que reconozca sus buenas intenciones. Pero ahora márchese,
déjeme sola, ahora lo necesito mucho más que antes. Los pocos
minutos que usted había pedido se han convertido en media hora o
más.
K tomó su mano y luego su muñeca.
–¿No se habrá enfadado conmigo? –dijo él.
Ella retiró su mano y respondió:
–No, no, soy incapaz de enfadarme.
K volvió a tomar su muñeca y ella, esta vez, lo aceptó, pero le condujo
así hasta la puerta. Él estaba firmemente decidido a irse, pero al llegar
a la puerta, como si no hubiera esperado encontrarse allí con semejante
obstáculo, se detuvo, lo que la señorita Bürstner aprovechó para
desasirse, abrir la puerta, deslizarse hasta el recibidor y, desde allí,
decirle a K en voz baja:
Ahora váyase, se lo pido por favor. Mire –ella señaló la puerta del
capitán, por debajo de la cual asomaba un poco de luz–, ha encendido
la luz y nos está espiando.
Ya voy –dijo K, salió, la estrechó en sus brazos y la besó en la boca,
luego ávidamente por todo el rostro, como un animal sediento que
introduce la lengua en el anhelado manantial. Finalmente la besó en el
cuello, a la altura de la garganta: allí dejó reposar sus labios un rato.
Un ruido procedente de la habitación del capitán le obligó a mirar. –Ya
me voy –dijo él, quiso llamarla por su nombre de pila, pero no lo sabía.
Ella asintió cansada, le dejó la mano, mientras se volvía, para que la
besara, como si no quisiera saber nada más y se retiró, encogida, a su
habitación. Poco después K yacía en su cama. Se durmió rápidamente,
aunque antes de dormirse pensó un poco en su comportamiento.
Estaba satisfecho, pero se maravilló de no estar aún más satisfecho. Se
preocupó seriamente por la señorita Bürstner a causa del capitán.
PRIMERA CITACIÓN JUDICIAL
A K le habían comunicado por teléfono que el domingo próximo tendría
lugar una corta vista para la instrucción procesal de su causa. Sé le
advertía que esas vistas se celebraban periódicamente, aunque no
todas las semanas. También le comunicaron que todos tenían interés en
concluir el proceso lo más rápidamente posible; sin embargo, las
investigaciones tenían que ser minuciosas en todos los aspectos,
aunque, al mismo tiempo, el esfuerzo unido a ellas jamás debía durar
demasiado. Precisamente por este motivo se había elegido realizar ese
tipo de citaciones cortas y continuadas. Se había optado por el domingo
como día de la vista sumarial para no perturbar las obligaciones
profesionales de K. Se presumía que él estaría de acuerdo, pero si
prefería otra fecha se intentaría satisfacer su deseo. Las citaciones
podían tener lugar también por la noche, pero K no estaría lo
suficientemente fresco. Así pues, y mientras K no objetase nada, la
instrucción se llevaría a cabo los domingos. Era evidente que debía
comparecer, ni siquiera era necesario advertírselo. Le dijeron el número
de la casa: estaba situada en una calle apartada de los suburbios en la
que K jamás había estado.
Una vez oído el mensaje, K colgó el auricular sin contestar; estaba
decidido a ir el domingo: con toda seguridad era necesario; el proceso
se había puesto en marcha y tenía que dejar claro que esa citación
debía ser la última. Aún permanecía pensativo junto al aparato, cuando
escuchó detrás de él la voz del subdirector, que quería llamar por
teléfono. K le obstruía el paso.
–¿Malas noticias? –preguntó el subdirector sin pensar, no para saber
algo, sino simplemente para apartar a K del teléfono.
–No, no –dijo K, que se apartó pero no se alejó.
El subdirector cogió el auricular y, mientras esperaba la conexión
telefónica, se dirigió a K:
–Una pregunta, señor K, ¿le apetecería venir a una fiesta que doy el
domingo en mi velero? Nos reuniremos un buen grupo y encontrará
conocidos suyos, entre otros al fiscal Hasterer. ¿Quiere venir? ¡Venga,
anímese!
K intentó prestar atención a lo que decía el subdirector. No carecía de
importancia para él, pues esa invitación del subdirector, con el que
nunca se había llevado bien, suponía un intento de reconciliación de su
parte y, al mismo tiempo, mostraba la importancia que K había
adquirido en el banco, así como lo valiosa que le parecía al segundo
funcionario más importante del banco su amistad o, al menos, su
imparcialidad. Esa invitación suponía, además, una humillación del
subdirector, por más que la hubiera formulado por encima del auricular
mientras esperaba la conexión telefónica. Pero K se vio obligado a
ocasionarle una segunda humillación, dijo:
–¡Muchas gracias! Pero por desgracia el domingo no tengo tiempo,
tengo un compromiso.
–Es una pena –dijo el subdirector, que se concentró en su conversación
telefónica. No fue una conversación corta y K permaneció todo el
tiempo pensativo al lado del teléfono. Cuando el subdirector colgó, K se
asustó y dijo para disculpar su pasiva permanencia allí:
–Me acaban de llamar por teléfono, tendría que ir a algún sitio, pero se
les ha olvidado decirme la hora.
–Pregunte usted –dijo el subdirector.
–No es tan importante –dijo K, aunque así dejaba sin fundamento su
ya débil disculpa anterior. El subdirector habló todavía sobre algunas
cosas mientras se iba, K hizo un esfuerzo para responderle, pero sólo
pensaba en que lo mejor sería ir el domingo a las nueve de la mañana,
pues ésa era la hora en que todos los juzgados comenzaban a trabajar
los días laborables.
El domingo amaneció nublado. K se levantó muy cansado, ya que se
había quedado hasta muy tarde por la noche en una reunión de su
tertulia. Casi se había quedado dormido. Deprisa, sin apenas tiempo
para pensar en nada ni para recordar los distintos planes que había
hecho durante la semana, se vistió y salió corriendo, sin desayunar,
hacia el suburbio indicado. Curiosamente, y aunque apenas tenía
tiempo para mirar a su alrededor, se encontró con los tres funcionarios
relacionados con su causa: Rabensteiner, Kullych y Kaminer. Los dos
primeros pasaron por delante de K en un tranvía, Kaminer, sin
embargo, estaba sentado en la terraza de un café y se inclinó con
curiosidad sobre la barandilla cuando K pasó a su lado. Todos miraron
cómo se alejaba y se sorprendieron por la prisa que llevaba. Era una
suerte de despecho lo que había inducido a K a no coger ningún
vehículo para llegar a su destino, pues quería evitar cualquier ayuda
extraña en su asunto, por pequeña que fuera; tampoco quería recurrir
a nadie ni ponerle al corriente de ningún detalle; finalmente tampoco
tenía ganas de humillarse ante la comisión investigadora con una
excesiva puntualidad. No obstante, corría, pero sólo para llegar
alrededor de las nueve, aunque tampoco le habían citado a una hora
concreta.
Había pensado que podría reconocer la casa desde lejos por algún
signo, que, sin embargo, no se había podido imaginar, o por cierto
movimiento ante la puerta. Pero en la calle Julius, que era en la que
debía estar, y en cuyo inicio permaneció K un rato, sólo se alineaban a
ambos lados casas grises de alquiler, altas y uniformes, habitadas por
gente pobre. En aquella mañana de domingo estaban todas las
ventanas ocupadas, hombres en camiseta se apoyaban en los
antepechos y firmaban o sostenían cuidadosamente entre sus brazos a
niños. En otras ventanas colgaba la ropa de cama, sobre la que de vez
en cuando aparecía por un instante la cabeza desgreñada de alguna
mujer. Se llamaban unos a otros a través de la calle: una de esas
llamadas provocó risas sobre K. Repartidas con regularidad, a lo largo
de la calle se encontraban, algo por debajo del nivel de la acera,
algunas tiendas a las que se descendía por unas escaleras y en las que
se vendían distintos alimentos. Se veía cómo entraban y salían mujeres
de ellas: otras permanecían charlando ante la puerta. Un mercader de
fruta, que pregonaba su mercancía y circulaba sin prestar atención, casi
atropella a K, también distraído, con su carro. En ese momento
comenzó a sonar un gramófono de un modo criminal: era un viejo
aparato que sin duda había conocido tiempos mejores en un barrio más
elegante.
K avanzó lentamente por la calle, como si tuviera tiempo o como si el
juez de instrucción le estuviera viendo desde una ventana y supiera que
K iba a comparecer. Pasaban pocos minutos de las nueve. La casa
quedaba bastante lejos, era extraordinariamente ancha, sobre todo la
puerta de entrada era muy elevada y amplia. Aparentemente estaba
destinada a la carga y descarga de mercancías de los distintos
almacenes que rodeaban el patio y que ahora permanecían cerrados. En
las puertas de los almacenes se podían ver los letreros de las
empresas. K conocía a alguna de ellas por su trabajo en el banco.
Aunque no era su costumbre, permaneció un rato en la entrada del
patio dedicándose a observar detenidamente todos los pormenores.
Cerca de él estaba sentado un hombre descalzo que leía el periódico.
Dos muchachos se columpiaban en un carro. Una niña débil, con la
camisa del pijama, estaba al lado de una bomba de agua y miraba
hacia K mientras el agua caía en su jarra. En una de las esquinas del
patio estaban tendiendo un cordel entre dos ventanas, del que colgaba
la ropa para secarse. Un hombre permanecía debajo y dirigía la
operación con algunos gritos.
K se volvió hacia la escalera para dirigirse al juzgado de instrucción,
pero se quedó parado, ya que aparte de esa escalera veía en el patio
otras tres entradas con sus respectivas escaleras y, además, un
pequeño corredor al final del patio parecía conducir a un segundo patio.
Se enojó porque nadie le había indicado con precisión la situación de la
sala del juzgado. Le habían tratado con una extraña desidia o
indiferencia, era su intención dejarlo muy claro. Finalmente decidió
subir por la primera escalera y, mientras lo hacía, jugó en su
pensamiento con el recuerdo de la máxima pronunciada por el vigilante
Willem, que el tribunal se ve atraído por la culpa, de lo que se podía
deducir que la sala del juzgado tenía que encontrarse en la escalera que
K había elegido casualmente.
Al subir le molestaron los numerosos niños que jugaban en la escalera y
que, cuando pasaba entre ellos, le dirigían miradas malignas. «Si tengo
que venir otra vez –se dijo–, tendré que traer caramelos para
ganármelos o el bastón para golpearlos». Cuando le quedaba poco para
llegar al primer piso, se vio obligado a esperar un rato, hasta que una
pelota llegase, finalmente, a su destino; dos niños, con rostros
espabilados de granujas adultos, le sujetaron por las perneras de los
pantalones. Si hubiera querido desasirse de ellos, les tendría que haber
hecho daño y él temía el griterío que podían formar.
La verdadera búsqueda comenzó en el primer piso. Como no podía
preguntar sobre la comisión investigadora, se inventó a un carpintero
apellidado Lanz –el nombre se le ocurrió porque el capitán, sobrino de
la señora Grubach, se apellidaba así–, y quería preguntar en todas las
viviendas si allí vivía el carpintero Lanz, así tendría la oportunidad de
ver las distintas habitaciones. Pero resultó que la mayoría de las veces
era superfluo, pues casi todas las puertas estaban abiertas y los niños
salían y entraban. Por regla general eran habitaciones con una sola
ventana, en las que también se cocinaba. Algunas mujeres sostenían
niños de pecho en uno de sus brazos y trabajaban en el fogón con el
brazo libre. Muchachas adolescentes, aparentemente vestidas sólo con
un delantal, iban de un lado a otro con gran diligencia. En todas las
habitaciones las camas permanecían ocupadas, yacían enfermos,
personas durmiendo o estirándose. K llamó a las puertas que estaban
cerradas y preguntó si allí vivía un carpintero apellidado Lanz. La
mayoría de las veces abrían mujeres, escuchaban la pregunta y luego
se dirigían a alguien en el interior de la habitación que se incorporaba
en la cama.
–El señor pregunta si aquí vive un carpintero, un tal Lanz.
–¿Carpintero Lanz? –preguntaban desde la cama.
–Sí –decía K, a pesar de que allí indudablemente no se encontraba la
comisión investigadora y que, por consiguiente, su misión había
terminado.
Muchos creyeron que K tenía mucho interés en encontrar al carpintero
Lanz, intentaron recordar, nombraron a un carpintero que no se
llamaba Lanz u otro apellido que remotamente poseía cierta similitud, o
preguntaron al vecino, incluso acompañaron a K hasta una puerta
alejada, donde, según su opinión, posiblemente vivía un hombre con
ese apellido como subinquilino, o donde había alguien que podía dar
una mejor información. Finalmente, ya no fue necesario que siguiese
preguntando, fue conducido de esa manera por todos los pisos.
Lamentó su plan, que al principio le había parecido tan práctico. Antes
de llegar al quinto piso, decidió renunciar a la búsqueda, se despidió de
un joven y amable trabajador que quería conducirle hacia arriba, y bajó
las escaleras. Entonces se enojó otra vez por la inutilidad de toda la
empresa. Así que volvió a subir y tocó a la primera puerta del quinto
piso. Lo primero que vio en la pequeña habitación fue un gran reloj de
pared, que ya señalaba las diez.
–¿Vive aquí el carpintero Lanz? –preguntó.
–Pase, por favor –dijo una mujer joven con ojos negros y luminosos,
que lavaba en ese preciso momento ropa de niño en un cubo,
señalando hacia la puerta abierta que daba a una habitación contigua.
K creyó entrar en una asamblea. Una aglomeración de la gente más
dispar –nadie prestó atención al que entraba– llenaba una habitación de
mediano tamaño con dos ventanas, que estaba rodeada, casi a la altura
del techo, por una galería que también estaba completamente ocupada
y donde las personas sólo podían permanecer inclinadas, con la cabeza
y la espalda tocando el techo. K, para quien el aire resultaba demasiado
sofocante, volvió a salir y dijo a la mujer, que probablemente le había
entendido mal:
–He preguntado por un carpintero, por un tal Lanz.
–Sí –dijo la mujer–, pase usted, por favor.
La mujer se adelantó y cogió el picaporte: sólo por eso la siguió; a
continuación dijo:
–Después de que entre usted tengo que cerrar, nadie más puede
entrar.
–Muy razonable –dijo K–, pero ya está demasiado lleno.
No obstante, volvió a entrar.
Acababa de pasar entre dos hombres, que conversaban junto a la
puerta –uno de ellos hacía un ademán con las manos extendidas hacia
adelante como si estuviera contando dinero, el otro le miraba fijamente
a los ojos–, cuando una mano agarró a K por el codo. Era un joven
pequeño y de mejillas coloradas.
–Venga, venga usted –le dijo.
K se dejó guiar. Entre la multitud había un estrecho pasillo libre que la
dividía en dos partes, probablemente en dos facciones distintas. asta
impresión se veía fortalecida por el hecho de que K, en las primeras
hileras, apenas veía algún rostro, ni a la derecha ni a la izquierda, que
se volviera hacia él, sólo veía las espaldas de personas que dirigían
exclusivamente sus gestos y palabras a los de su propio partido. La
mayoría de los presentes vestía de negro, con viejas y largas chaquetas
sueltas, de las que se usaban en días de fiesta. Esa forma de vestir
confundió a K, que, si no, hubiera tomado todo por una asamblea
política del distrito.
En el extremo de la sala al que K fue conducido, había una pequeña
mesa, en sentido transversal, sobre una tarima muy baja, también llena
de gente, y, detrás de ella, cerca del borde de la tarima, estaba sentado
un hombre pequeño, gordo y jadeante, que, en ese preciso momento,
conversaba entre grandes risas con otro –que había apoyado el codo en
el respaldo de la silla y cruzado las piernas–, situado a sus espaldas. A
veces hacía un ademán con la mano en el aire, como si estuviera
imitando a alguien. Al joven que condujo a K le costó transmitir su
mensaje. Dos veces se había puesto de puntillas y había intentado
llamar la atención, pero ninguno de los de arriba se fijó en él. Sólo
cuando uno de los de la tarima reparó en el joven y anunció su
presencia, el hombre gordo se volvió hacia él y escuchó inclinado su
informe, transmitido en voz baja. A continuación, sacó su reloj y miró
rápidamente a K.
–Tendría que haber comparecido hace una hora y cinco minutos –dijo.
K quiso responder algo, pero no tuvo tiempo, pues apenas había
terminado de hablar el hombre, cuando se elevó un murmullo general
en la parte derecha de la sala.
–Tendría que haber comparecido hace una hora y cinco minutos –
repitió el hombre en voz más alta y paseó rápidamente su mirada por la
sala. El rumor se hizo más fuerte y, como el hombre no volvió a decir
nada, se apagó paulatinamente. En la sala había ahora menos ruido
que cuando K había entrado. Sólo los de la galería no cesaban en sus
observaciones. Por lo que se podía distinguir entre la oscuridad y el
polvo, parecían vestir peor que los de abajo. Algunos habían traído
cojines, que habían colocado entre la cabeza y el techo para no herirse.
K había decidido no hablar mucho y observar, por eso renunció a
defenderse de los reproches de impuntualidad y se limitó a decir:
–Es posible que haya llegado tarde, pero ya estoy aquí.
A sus palabras siguió una ovación en la parte derecha de la sala.
«Gente fácil de ganar» –pensó K, al que sólo le inquietó el silencio en la
parte izquierda, precisamente a sus espaldas, y de la que sólo había
surgido algún aplauso aislado. Pensó qué podría decir para ganárselos a
todos de una vez o, si eso no fuera posible, para ganarse a los otros al
menos temporalmente.
–Sí –dijo el hombre–, pero yo ya no estoy obligado a interrogarle –el
rumor se elevó, pero esta vez era equívoco, pues el hombre continuó
después de hacer un ademán negativo con la mano–, aunque hoy lo
haré como una excepción. No obstante, un retraso como éste no debe
volver a repetirse. Y ahora, ¡adelántese!
Alguien bajó de la tarima, por lo que quedó un sitio libre que K ocupó.
Estaba presionado contra la mesa, la multitud detrás de él era tan
grande que tenía que ofrecer resistencia para no tirar de la tarima la
mesa del juez instructor o, incluso, al mismo juez.
El juez instructor, sin embargo, no se preocupaba por eso, estaba
sentado muy cómodo en su silla y, después de haberle dicho una última
palabra al hombre que permanecía detrás de él, cogió un libro de notas,
el único objeto que había sobre la mesa. Parecía un cuaderno colegial,
era viejo y estaba deformado por el uso.
–Bien –dijo el juez instructor, hojeó el libro y se dirigió a K con un tono
verificativo:
–¿Usted es pintor de brocha gorda?
–No –dijo K–, soy el primer gerente de un gran banco.
Esta respuesta despertó risas tan sinceras en la parte derecha de la
sala que K también tuvo que reír. La gente apoyaba las manos en las
rodillas y se agitaba tanto que parecía presa de un grave ataque de tos.
También rieron algunos de la galería. El juez instructor, profundamente
enojado, como probablemente era impotente frente a los de abajo,
intentó resarcirse con los de la galería. Se levantó de un salto, amenazó
a la galería, y sus cejas se elevaron espesas y negras sobre sus ojos.
La parte de la izquierda aún permanecía en silencio, los espectadores
estaban en hileras, con los rostros dirigidos a la tarima y, mientras los
del partido contrario formaban gran estruendo, escuchaban con
tranquilidad las palabras que se intercambiaban arriba, incluso
toleraban que en un momento u otro algunos de su facción se sumaran
a la otra. La gente del partido de la izquierda, que, por lo demás, era
menos numeroso, en el fondo quería ser tan insignificante como el
partido de la derecha, pero la tranquilidad de su comportamiento les
hacía parecer más importantes. Cuando K comenzó a hablar, estaba
convencido de que hablaba en su sentido.
–Su pregunta, señor juez instructor, de si soy pintor de brocha gorda –
aunque en realidad no se trataba de una pregunta, sino de una apera
afirmación–, es significativa para todo el procedimiento que se ha
abierto contra mí. Puede objetar que no se trata de ningún
procedimiento, tiene razón, pues sólo se trata de un procedimiento si
yo lo reconozco como tal. Por el momento así lo hago, en cierto modo
por compasión. Aquí no se puede comparecer sino con esa actitud
compasiva, si uno quiere ser tomado en consideración. No digo que sea
un procedimiento caótico, pero le ofrezco esta designación para que
tome conciencia de su situación.
K interrumpió su discurso y miró hacia la sala. Lo que acababa de decir
era duro, más de lo que había previsto, pero era la verdad. Se había
ganado alguna ovación, pero todo permaneció en silencio,
probablemente se esperaba con tensión la continuación, tal vez en el
silencio se preparaba una irrupción que pondría fin a todo. Resultó
molesto que en ese momento se abriera la puerta. La joven lavandera,
que probablemente había concluido su trabajo, entró en la sala y a
pesar de toda su precaución, atrajo algunas miradas. Sólo el juez de
instrucción le procuró a K una alegría inmediata, pues parecía haber
quedado afectado por sus palabras. Hasta ese momento había
escuchado de pie, pues el discurso de K le había sorprendido mientras
se dirigía a la galería. Ahora que había una pausa, se volvió a sentar,
aunque lentamente, como si no quisiera que nadie lo advirtiera.
Probablemente para calmarse volvió a tomar el libro de notas.
–No le ayudará nada –continuó K–, también su cuadernillo confirma lo
que le he dicho.
Satisfecho al oír sólo sus sosegadas palabras en la asamblea, K osó
arrebatar, sin consideración alguna, el cuaderno al juez de instrucción.
Lo cogió con las puntas de los dedos por una de las hojas del medio,
como si le diera asco, de tal modo que las hojas laterales, llenas de
manchas amarillentas, escritas apretadamente por ambas caras,
colgaban hacia abajo.
–Éstas son las actas del juez instructor –dijo, y dejó caer el cuaderno
sobre la mesa–. Siga leyendo en él, señor juez instructor, de ese libro
de cuentas no temo nada, aunque no esté a mi alcance, ya que sólo
puedo tocarlo con la punta de dos dedos.
Sólo pudo ser un signo de profunda humillación, o así se podía
interpretar, que el juez instructor cogiera el cuaderno tal y como había
caído sobre la mesa, lo intentara poner en orden y se propusiera leer en
él de nuevo.
Los rostros de las personas en la primera hilera estaban dirigidos a K
con tal tensión que él los contempló un rato desde arriba. Eran hombres
mayores, algunos con barba blanca. Es posible que ésos fueran los más
influyentes en la asamblea, la cual, a pesar de la humillación del juez
instructor, no salió de la pasividad en la que había quedado sumida
desde que K había comenzado a hablar.
–Lo que me ha ocurrido –continuó K con voz algo más baja que antes,
buscando los rostros de la primera fila, lo que dio a su discurso un aire
de inquietud–, lo que me ha ocurrido es un asunto particular y, como
tal, no muy importante, pues no lo considero grave, pero es
significativo de un procedimiento que se incoa contra otros muchos.
Aquí estoy en representación de ellos y no sólo de mí mismo.
Había elevado la voz involuntariamente. En algún lugar alguien aplaudió
con las manos alzadas y gritó:
–¡Bravo! ¿Por qué no? ¡Otra vez bravo!
Los ancianos de las primeras filas se acariciaron las barbas, pero
ninguno se volvió a causa de la exclamación. Tampoco K le atribuyó
ninguna importancia, seguía animado. Ya no creía necesario que todos
aplaudieran, le bastaba con que la mayoría comenzase a reflexionar
sobre el asunto y que alguno, de vez en cuando, se dejara convencer.
–No quiero alcanzar ningún triunfo retórico –dijo K, sacando
conclusiones de su reflexión–, tampoco podría. Es muy probable que él
señor juez instructor hable mucho mejor que yo, es algo que forma
parte de su profesión. Lo único que deseo es la discusión pública de una
irregularidad pública. Escuchen: fui detenido hace diez días, me río de
lo que motivó mi detención, pero eso no es algo para tratarlo aquí. Me
asaltaron por la mañana temprano, cuando aún estaba en la cama. Es
muy posible –no se puede excluir por lo que ha dicho el juez instructor–
que tuvieran la orden de detener a un pintor, tan inocente como yo,
pero me eligieron a mí. La habitación contigua estaba ocupada por dos
rudos vigilantes. Si yo hubiera sido un ladrón peligroso, no se hubieran
podido tomar mejores medidas. Esos vigilantes eran, por añadidura,
una chusma indecente, su cháchara era insufrible, se querían dejar
sobornar, se querían apropiar con trucos de mi ropa interior y de mis
trajes, querían dinero para, según dijeron, traerme un desayuno,
después de haberse comido con desvergüenza inusitada el mío ante mis
propios ojos. Y eso no fue todo. Me llevaron a otra habitación, ante el
supervisor. Era la habitación de una dama, a la que aprecio mucho, y
tuve que ver cómo esa habitación, por mi causa aunque no por mi
culpa, fue ensuciada en cierto modo por la presencia de los vigilantes y
del supervisor. No fue fácil guardar la calma. No obstante, lo conseguí,
y pregunté al supervisor con toda tranquilidad –si estuviera aquí
presente lo tendría que confirmar– por qué estaba detenido. ¿Y qué
respondió ese supervisor, al que aún puedo ver sentado en el sillón de
la mencionada dama, como la personificación de la arrogancia más
estúpida? Señores, en el fondo no respondió nada, tal vez ni siquiera
sabía nada, me había detenido y con eso quedaba satisfecho. Pero
había hecho algo más, había introducido a tres empleados inferiores de
mi banco en la habitación de esa dama, que se entretuvieron en tocar y
desordenar unas fotografías, propiedad de la dama en cuestión. La
presencia de esos empleados tenía, sin embargo, otra finalidad, su
misión, como la de mi casera y la de la criada, consistía en difundir la
noticia de mi detención para dañar mi reputación y, sobre todo, para
poner en peligro mi posición en el banco. Pero no han conseguido nada.
Hasta mi casera, una persona muy simple –quisiera mencionar aquí su
nombre como timbre de honor, la señora Grubach–, hasta la señora
Grubach tuvo la suficiente capacidad de juicio para comprender que
semejante detención no tenía más importancia que un plan ejecutado
por algunos jóvenes mal vigilados en una callejuela. Lo repito, lo único
que me ha proporcionado todo esto han sido contrariedades y un enojo
pasajero, pero ¿no hubiera podido tener acaso peores consecuencias?
Cuando K dejó de hablar y miró hacia el silencioso juez de instrucción,
creyó notar que éste le hacía un signo con la mirada a alguien de la
multitud. K se rió y prosiguió:
–El juez instructor acaba de hacer a alguien de ustedes una señal
secreta. Parece que entre ustedes hay personas que se dejan dirigir
desde aquí arriba. No sé si esa señal debe despertar ovaciones o
silbidos, pero, al descubrir a tiempo el truco, renuncio a averiguar el
significado del signo. Me es completamente indiferente y autorizo
públicamente al señor juez instructor para que imparta sus órdenes a
sus empleados asalariados de ahí abajo de viva voz y no con signos
secretos, que diga algo como: «ahora silben» o «ahora aplaudan».
A causa de su confusión o de su impaciencia, el juez instructor no
cesaba de removerse en su silla. El hombre que estaba detrás, y con el
que había conversado anteriormente, se inclinó de nuevo hacia él, ya
fuese para insuflarle valor o para darle un consejo. Abajo, la gente
conversaba en voz baja, pero animadamente. Los dos partidos, que en
un principio parecían tener opiniones contrarias, se mezclaron. Algunas
personas señalaban a K con el dedo, otras al juez instructor. La neblina
que había en la estancia era muy molesta, incluso impedía que el
público más alejado pudiera ver con claridad. Tenía que ser
especialmente molesto para los de la galería, quienes, no sin antes
lanzar miradas temerosas de soslayo hacia el juez instructor, se veían
obligados a preguntar a los participantes en la asamblea para enterarse
mejor. Las respuestas también se daban en voz baja, disimulando con
la mano en la boca.
–Ya termino –dijo K, y como no había ninguna campanilla, dio un golpe
con el puño en la mesa; debido al susto, las cabezas del juez instructor
y del consejero se separaron por un instante–. Todo este asunto apenas
me afecta, así que puedo juzgarlo con tranquilidad. Ustedes podrán
sacar, suponiendo que tengan algún interés en este supuesto tribunal,
alguna ventaja si me escuchan. Les suplico, por consiguiente, que
aplacen sus comentarios para más tarde, pues apenas tengo tiempo y
me iré pronto.
Nada más terminar de decir estas palabras, se hizo el silencio, tal era el
dominio que K ejercía sobre la asamblea. Ya no se lanzaron gritos amo
al principio, ya no se aplaudió más, parecían convencidos o estaban en
vías de serlo.
–No hay ninguna duda –dijo K en voz muy baja, pues sentía cierto
placer al percibir la tensa escucha de toda la asamblea; de ese silencio
surgía un zumbido más excitante que la ovación más halagadora–, no
hay ninguna duda de que detrás de las manifestaciones de este
tribunal, en mi caso, pues, detrás de la detención y del interrogatorio
de hoy, se encuentra una gran organización. Una organización que, no
sólo da empleo a vigilantes corruptos, a necios supervisores y a jueces
de instrucción, quienes, en el mejor de los casos, sólo muestran una
modesta capacidad, sino a una judicatura de rango supremo con su
numeroso séquito de ordenanzas, escribientes, gendarmes y otros
ayudantes, sí, es posible que incluso emplee a verdugos, no tengo
miedo de pronunciar la palabra. Y, ¿cuál es el sentido de esta
organización, señores? Se dedica a detener a personas inocentes y a
incoar procedimientos absurdos sin alcanzar en la mayoría de los casos,
como el mío, ten resultado. ¿Cómo se puede evitar, dado lo absurdo de
todo el procedimiento, la corrupción general del cuerpo de funcionarios?
Es imposible, ni siquiera el juez del más elevado escalafón lo podría
evitar con su propia persona. Por eso mismo, los vigilantes tratan de
robar la ropa de los detenidos, por eso irrumpen los supervisores en las
viviendas ajenas, por eso en vez de interrogar a los inocentes se
prefiere deshonrarlos ante una asamblea. Los vigilantes me hablaron de
almacenes o depósitos a los que se llevan las posesiones de los
detenidos; quisiera visitar alguna vez esos almacenes, en los que se
pudren los bienes adquiridos con esfuerzo de los detenidos, o al menos
la parte que no haya sido robada por los empleados de esos almacenes.
K fue interrumpido por un griterío al final de la sala; se puso la mano
sobre los ojos para poder ver mejor, pues la turbia luz diurna
intensificaba el blanco de la neblina que impedía la visión. Se trataba de
la lavandera, a la que K había considerado desde su entrada como un
factor perturbador. Si era culpable o no, era algo que no se podía
advertir. K sólo podía ver que un hombre se la había llevado a una
esquina cercana a la puerta y allí se apretaba contra ella. Pero no era la
lavandera la que gritaba, sino el hombre, que abría la boca y miraba
hacia el techo. Alrededor de ambos se había formado un pequeño
círculo, los de la galería parecían entusiasmados, pues se había
interrumpido la seriedad que K había impuesto en la asambleas. K quiso
en un primer momento correr hacia allí, también pensó que todos
estarían interesados en restablecer el orden y, al menos, expulsar a la
pareja de la sala, pero las personas de las primeras filas permanecieron
inmóviles en sus sitios, ninguna hizo el menor ademán ni tampoco
dejaron pasar a K. Todo lo contrario, se lo impidieron violentamente.
Los ancianos rechazaban a K con los brazos, y una mano –K no tuvo
tiempo para volverse– le sujetó por el cuello. K dejó de pensar en la
pareja; le parecía como si su libertad se viera constreñida, como si lo
de detenerle fuera en serio. Su reacción fue saltar sin miramientos de la
tarima. Ahora estaba frente a la multitud. ¿Acaso no había juzgado
correctamente a aquella gente? ¿Había confiado demasiado en el efecto
de su discurso? ¿Habían disimulado mientras él hablaba y ahora que
había llegado a las conclusiones ya estaban hartos de tanto disimulo?
¡Qué rostros los que le rodeaban! Pequeños ojos negros se movían
inquietos, las mejillas colgaban como las de los borrachos, las largas
barbas eran ralas y estaban tiesas, si se las cogía era como si se
cogiesen garras y no barbas. Bajo las barbas, sin embargo –y éste fue
el verdadero hallazgo de K–, en los cuellos de las chaquetas, brillaban
distintivos de distinto tamaño y color. Todos tenían esos distintivos.
Todos pertenecían a la misma organización, tanto el supuesto partido
de la izquierda como el de la derecha, y cuando se volvió súbitamente,
descubrió los mismos distintivos en el cuello del juez instructor, que,
con las manos sobre el vientre, lo contemplaba todo con tranquilidad.
–¡Ah! –gritó K, y elevó los brazos hacia arriba, como si su repentino
descubrimiento necesitase espacio–. Todos vosotros sois funcionarios,
como ya veo, vosotros sois la banda corrupta contra la que he hablado,
hoy os habéis apretado aquí como oyentes y fisgones, habéis formado
partidos ilusorios y uno ha aplaudido para ponerme a prueba. Queríais
poner en práctica vuestras mañas para embaucar a inocentes. Bien, no
habéis venido en balde. Al menos os habréis divertido con alguien que
esperaba una defensa de su inocencia por vuestra parte. ¡Déjame o te
doy! –gritó K a un anciano tembloroso que se había acercado
demasiado a él–. Realmente espero que hayáis aprendido algo. Y con
esto os deseo mucha suerte en vuestra empresa.
Tomó con rapidez el sombrero, que estaba en el borde de la mesa, y se
abrió paso entre el silencio general, un silencio fruto de la más
completa sorpresa, hacia la salida. No obstante, el juez instructor
parecía haber sido mucho más rápido que K, pues ya le esperaba ante
la puerta.
–Un instante –dijo.
K se detuvo, pero no miró al juez instructor, sino a la puerta, cuyo
picaporte ya había cogido.
–Sólo quería llamarle la atención, pues no parece consciente de algo
importante –dijo el juez instructor–, de que hoy se ha privado a sí
mismo de la ventaja que supone el interrogatorio para todo detenido.
K rió ante la puerta.
–¡Pordioseros! –gritó–. Os regalo todos los interrogatorios.
Abrió la puerta y se apresuró a bajar las escaleras. Detrás de él se
elevó un gran rumor en la asamblea, otra vez animada, que
probablemente comenzó a discutir lo acaecido como lo harían unos
estudiantes.
EN LA SALA DE SESIONES – EL ESTUDIANTE – LAS OFICINAS
DEL JUZGADO
Durante la semana siguiente K esperó día tras día una notificación: no
podía creer que hubieran tomado literalmente su renuncia a ser
interrogado y, al llegar el sábado por la noche y no recibir nada, su
puso que había sido citado tácitamente en la misma casa y a la misma
hora. Así pues, el domingo se puso en camino, pero esta vez fue
directamente, sin perderse por las escaleras y pasillos; algunas
personas que se acordaban de él le saludaron, pero ya no tuvo que
preguntarle a nadie y encontró pronto la puerta correcta. Le abrieron
inmediatamente después de llamar y, sin ni siquiera mirar a la mujer de
la otra vez, que permaneció al lado de la puerta, quiso entrar en
seguida a la habitación contigua.
–Hoy no hay sesión –dijo la mujer.
–¿Por qué no? –preguntó K sin creérselo. Pero la mujer le convenció al
abrir la puerta de la sala. Realmente estaba vacía y en ese estado se
mostraba aún más deplorable que el último domingo. Sobre la mesa,
que seguía situada sobre la tarima, había algunos libros.
–¿Puedo mirar los libros? –preguntó K, no por mera curiosidad, sino
sólo para aprovechar su estancia allí.
–No –dijo la mujer, y cerró la puerta–. No está permitido. Los libros
pertenecen al juez instructor.
–¡Ah, ya! –dijo K, y asintió–, los libros son códigos y es propio de este
tipo de justicia que uno sea condenado no sólo inocente, sino también
ignorante.
Así será –dijo la mujer, que no le había comprendido bien.
–Bueno, entonces me iré –dijo K.
–¿Debo comunicarle algo al juez instructor? –preguntó la mujer.
–¿Le conoce? –preguntó K.
–Naturalmente –dijo la mujer–. Mi marido es ujier del tribunal.
K advirtió que la habitación, en la que la primera vez sólo vio un
barreño, ahora estaba amueblada como el salón de una vivienda
normal. La mujer notó su asombro y dijo:
–Sí, aquí disponemos de vivienda gratuita, pero tenemos que limpiar la
sala de sesiones. La posición de mi marido tiene algunas desventajas.
–No me sorprende tanto la habitación –dijo K, que miró a la mujer con
cara de pocos amigos–, como el hecho de que usted esté casada.
–¿Hace referencia al incidente en la última sesión, cuando le molesté
durante su discurso? –preguntó la mujer.
–Naturalmente –dijo K–. Hoy ya pertenece al pasado y casi lo he
olvidado, pero entonces me puso furioso. Y ahora me dice que es una
mujer casada.
–Mi interrupción no le perjudicó mucho. Después se le juzgó de una
manera muy desfavorable.
–Puede ser –dijo K, desviando la conversación–, pero eso no la
disculpa.
–Los que me conocen sí me disculpan –dijo la mujer–, el que me
abrazó me persigue ya desde hace tiempo. Puede que no sea muy
atractiva, pero para él sí lo soy. Aquí no tengo protección alguna y mi
marido ya se ha hecho a la idea; si quiere mantener su puesto, tiene
que tolerar ese comportamiento, pues ese hombre es estudiante y es
posible que se vuelva muy poderoso. Siempre está detrás de mí,
precisamente poco antes de que usted llegara, salía él.
–Armoniza con todo lo demás –dijo K–, no me sorprende en absoluto.
–¿Usted quiere mejorar algo aquí? –dijo la mujer lentamente y con un
tono inquisitivo, como si lo que acababa de decir fuese peligroso tanto
para ella como para K–. Lo he deducido de su discurso, que a mí
personalmente me gustó mucho. Por desgracia, me perdí el comienzo y
al final estaba en el suelo con el estudiante. Esto es tan repugnante –
dijo después de una pausa y tomó la mano de K–. ¿Cree usted que
podrá lograr alguna mejora?
K sonrió y acarició ligeramente su mano.
–En realidad –dijo–, no pretendo realizar ninguna mejora, como usted
se ha expresado, y si usted se lo dijera al juez instructor, se reiría de
usted o la castigaría. Jamás me hubiera injerido voluntariamente en
este asunto y las necesidades de mejora de esta justicia no me habrían
quitado el sueño. Pero me he visto obligado a intervenir al ser detenido
–pues ahora estoy realmente detenido–, y sólo en mi defensa. Pero si al
mismo tiempo puedo serle útil de alguna manera, estaré encantando, y
no sólo por altruismo, sino porque usted también me puede ayudar a
mí.
–¿Cómo podría? –preguntó la mujer.
–Por ejemplo, mostrándome los libros que hay sobre la mesa.
–Pues claro –exclamó la mujer, y lo acompañó hasta donde se
encontraban.
Se trataba de libros viejos y usados; la cubierta de uno de ellos estaba
rota por la mitad, sólo se mantenía gracias a unas tiras de papel celo.
–Qué sucio está todo esto –dijo K moviendo la cabeza, y la mujer
limpió el polvo con su delantal antes de que K cogiera los libros.
K abrió el primero y apareció una imagen indecorosa: un hombre y una
mujer sentados desnudos en un canapé; la intención obscena del
dibujante era clara, no obstante, su falta de habilidad había sido tan
notoria que sólo se veía a un hombre y a una mujer, cuyos cuerpos
destacaban demasiado, sentados con excesiva rigidez y, debido a una
perspectiva errónea, apenas distinguibles en su actitud. K no siguió
hojeando, sino que abrió la tapa del segundo volumen: era una novela
Con el título: Las vejaciones que Grete tuvo que sufrir de su marido
Hans.
–Éstos son los códigos que aquí se estudian –dijo K–. Los hombres que
leen estos libros son los que me van a juzgar.
–Le ayudaré –dijo la mujer–. ¿Quiere?
–¿Puede realmente hacerlo sin ponerse en peligro? Usted ha dicho que
su esposo depende mucho de sus superiores.
–A pesar de todo quiero ayudarle –dijo ella–. Venga, hablaremos del
asunto. Sobre el peligro que podría correr, no diga una palabra más.
Sólo temo al peligro donde quiero temerlo. Venga conmigo –y señaló la
tarima, haciendo un gesto para que se sentara allí con ella.
–Tiene unos ojos negros muy bonitos –dijo ella después de sentarse y
contemplar el rostro de K–. Me han dicho que yo también tengo ojos
bonitos, pero los suyos lo son mucho más. Me llamaron la atención la
primera vez que le vi. Fueron el motivo por el que entré en la
asamblea, lo que no hago nunca, ya que, en cierta medida, me está
prohibido.
«Así que es eso –pensó K–, se está ofreciendo, está corrupta como todo
a mi alrededor; está harta de los funcionarios judiciales, lo que es
comprensible, y saluda a cualquier extraño con un cumplido sobre sus
ojos».
K se levantó en silencio, como si hubiera pensado en voz alta y le
hubiese aclarado así a la mujer su comportamiento.
–No creo que pueda ayudarme –dijo él–. Para poder hacerlo
realmente, debería tener relaciones con funcionarios superiores. Pero
usted sólo conoce con seguridad a los empleados inferiores que pululan
aquí entre la multitud. A éstos los conoce muy bien, y podrían hacer
algo por usted, eso no lo dudo, pero lo máximo que podrían conseguir
carecería de importancia para el definitivo desenlace del proceso y
usted habría perdido el favor de varios amigos. No quiero que ocurra
eso. Mantenga la relación con esa gente, me parece, además, que le
resulta algo indispensable. No lo digo sin lamentarlo, pues, para
corresponder a su cumplido, le diré que usted también me gusta,
especialmente cuando me mira con esa tristeza, para la que, por lo
demás, no tiene ningún motivo. Usted pertenece a la sociedad que yo
combato, pero se siente bien en ella, incluso ama al estudiante o, si no
lo ama, al menos lo prefiere a su esposo. Eso se podría deducir
fácilmente de sus palabras.
–¡No! –exclamó ella, permaneciendo sentada y cogiendo la mano de K,
quien no pudo retirarla a tiempo–. No puede irse ahora, no puede irse
con una opinión tan falsa sobre mí. ¿Sería capaz de irse ahora? ¿Soy
tan poco valiosa para usted que no me quiere hacer el favor de
permanecer aquí un rato?
–No me interprete mal –dijo K, y se volvió a sentar–, si es tan
importante para usted que me quede, lo haré encantado, tengo tiempo,
pues vine con la esperanza de que hoy se celebrase una reunión. Con lo
que le he dicho anteriormente, sólo quería pedirle que no emprendiese
nada en mi proceso. Pero eso no la debe enojar, sobre todo si piensa
que a mí no me importa nada el desenlace del proceso y que, en caso
de que me condenaran, sólo podría reírme. Eso suponiendo que
realmente se llegue al final del proceso, lo que dudo mucho. Más bien
creo que el procedimiento, ya sea por pura desidia u olvido, o tal vez
por miedo de los funcionarios, ya se ha interrumpido o se interrumpirá
en poco tiempo. No obstante, también es posible que hagan continuar
un proceso aparente con la esperanza de lograr un buen soborno, pero
será en vano, como muy bien puedo afirmar hoy, ya que no sobornaré
a nadie. Siempre sería una amabilidad de su parte comunicarle al juez
instructor, o a cualquier otro que le guste propagar buenas noticias,
que nunca lograrán, ni siquiera empleando trucos, en lo que son muy
duchos, que los soborne. No tendrán la menor perspectiva de éxito, se
lo puede decir abiertamente. Por lo demás, es muy posible que ya lo
hayan advertido, pero en el caso contrario, tampoco me importa mucho
que se enteren ahora. Así los señores podrían ahorrarse el trabajo, y yo
algunas incomodidades, las cuales, sin embargo, soportaré encantado,
si al mismo tiempo suponen una molestia para los demás. ¿Conoce
usted al juez instructor?
–Claro –dijo la mujer–, en él pensé al principio, cuando ofrecí mi
ayuda. No sabía que era un funcionario inferior, pero como usted lo
dice, será cierto. Sin embargo, pienso que el informe que él proporciona
a los escalafones superiores posee alguna influencia. Y él escribe tantos
informes. Usted dice que los funcionarios son vagos, no todos,
especialmente este juez instructor no lo es, él escribe mucho. El
domingo pasado, por ejemplo, la sesión duró hasta la noche. Todos se
fueron, pero el juez instructor permaneció en la sala; tuve que llevarle
una lámpara, una pequeña lámpara de cocina, pues no tenía otra, no
obstante, se conformó y comenzó a escribir en seguida. Mientras, mi
esposo, que precisamente había tenido libre ese domingo, ya había
llegado, así que volvimos a traer los muebles, arreglamos nuestra
habitación, vinieron algunos vecinos, conversamos a la luz de una vela,
en suma, nos olvidamos del juez instructor y nos fuimos a dormir. De
repente me desperté, debía de ser muy tarde, al lado de la cama
estaba el juez instructor, tapando la lámpara para que no deslumbrase
a mi esposo. Era una precaución innecesaria, mi esposo duerme tan
profundamente que no le despierta ninguna luz. Casi grité del susto,
pero el juez instructor fue muy amable, me hizo una señal para que me
calmase y me susurró que había estado escribiendo hasta ese
momento, que me traía la lámpara y que jamás olvidaría cómo me
había encontrado dormida. Con esto sólo quiero decirle que el juez
instructor escribe muchos informes, especialmente sobre usted, pues su
declaración fue, con toda seguridad, el asunto principal de la sesión
dominical. Esos informes tan largos no pueden carecer completamente
de valor. Además, por el incidente que le he contado, puede deducir
que el juez instructor se interesa por mí y que, precisamente ahora,
cuando se ha fijado en mí, podría tener mucha influencia sobre él.
Además, tengo aún más pruebas de que se interesa por mí. Ayer, a
través del estudiante, que es su colaborador y con el que tiene mucha
confianza, me regaló unas medias de seda, al parecer como motivación
para que limpie y arregle la sala de sesiones, pero eso es un pretexto,
pues ese trabajo es mi deber y por eso le pagan a mi esposo. Son
medias muy bonitas, mire –ella extendió las piernas, se levantó la falda
hasta las rodillas y también miró las medias–. Son muy bonitas, pero
demasiado finas, no son apropiadas para mí.
De repente paró de hablar, puso su mano sobre la de K, como si
quisiera tranquilizarle y musitó:
–¡Silencio, Bertold nos está mirando!
K levantó lentamente la mirada. En la puerta de la sala de sesiones
había un hombre joven: era pequeño, tenía las piernas algo arqueadas
y llevaba una barba rojiza y rala. K lo observó con curiosidad, era el
primer estudiante de esa extraña ciencia del Derecho desconocida con
el que se encontraba, un hombre que, probablemente, llegaría a ser un
funcionario superior. El estudiante, sin embargo, no se preocupaba en
absoluto de K, se limitó a hacer una seña a la mujer llevándose un dedo
a la barba y, a continuación, se fue hacia la ventana. La mujer se
inclinó hacia K y susurró:
–No se enoje conmigo, se lo suplico, tampoco piense mal de mí, ahora
tengo que irme con él, con ese hombre horrible, sólo tiene que mirar
esas piernas torcidas. Pero volveré en seguida y, si quiere, entonces me
iré con usted, a donde usted quiera. Puede hacer conmigo lo que desee,
estaré feliz si puedo abandonar este sitio el mayor tiempo posible,
aunque lo mejor sería para siempre.
Acarició la mano de K, se levantó y corrió hacia la ventana.
Involuntariamente, K trató de coger su mano en el vacío. La mujer le
había seducido y, después de reflexionar un rato, no encontró ningún
motivo sólido para no ceder a la seducción. La efímera objeción de que
la mujer lo podía estar capturando para el tribunal, la rechazó sin
esfuerzo. ¿Cómo podría hacerlo? ¿Acaso no permanecía él tan libre que
podía destruir, al menos en lo que a él concernía, todo el tribunal? ¿No
podía mostrar algo de confianza? Y su solicitud de ayuda parecía
sincera y posiblemente valiosa. Además, no podía haber una venganza
mejor contra el juez instructor y su séquito que quitarle esa mujer y
hacerla suya. Podría ocurrir que un día el juez instructor, después de
haber trabajado con esfuerzo en los informes mendaces sobre K,
encontrase por la noche la cama vacía de la mujer. Y vacía porque ella
pertenecía a K, porque esa mujer de la ventana, ese cuerpo voluptuoso,
flexible y cálido, cubierto con un vestido oscuro de tela basta, sólo le
pertenecía a él.
Después de haber ahuyentado de esa manera las dudas contra la
mujer, la conversación en voz baja que sostenían en la ventana le
pareció demasiado larga, así que golpeó con un nudillo la tarima y,
luego, con el puño. El estudiante miró un instante hacia K sobre el
hombro de la mujer, pero no se dejó interrumpir, incluso se apretó más
contra ella y la rodeó con los brazos. Ella inclinó la cabeza, como si le
escuchara atentamente, el estudiante la besó ruidosamente en el
cuello, sin detener, aparentemente, la conversación. K vio confirmada
la tiranía que el estudiante, según las palabras de la mujer, ejercía
sobre ella, se levantó y anduvo de un lado a otro de la habitación.
Pensó, sin dejar de lanzar miradas de soslayo al estudiante, cómo
podría arrebatársela lo más rápido posible, y por eso no le vino nada
mal cuando el estudiante, irritado por los paseos de K, que a ratos
derivaban en un pataleo, se dirigió a él:
–Si está tan impaciente, puede irse. Se podría haber ido mucho antes,
nadie le hubiera echado de menos. Sí, tal vez debiera haberse ido
cuando yo entré y, además, a toda prisa.
En esa advertencia se ponía de manifiesto la cólera que dominaba al
estudiante, pero sobre todo salía a la luz la arrogancia del futuro
funcionario judicial que hablaba con un acusado por el que no sentía
ninguna simpatía. K se detuvo muy cerca de él y dijo sonriendo:
–Estoy impaciente, eso es cierto, pero esa impaciencia desaparecerá en
cuanto nos deje en paz. No obstante, si usted ha venido a estudiar –he
oído que es estudiante–, estaré encantado de dejarle el espacio
suficiente y me iré con la mujer. Por lo demás, tendrá que estudiar
mucho para llegar a juez. No conozco muy bien este tipo de justicia,
pero creo que con esos malos discursos que usted pronuncia con tanto
descaro aún no alcanza el nivel exigido.
–No deberían haber dejado que se moviese con tanta libertad –dijo
como si quisiera dar una explicación a la mujer sobre las palabras
insultantes de K–. Ha sido un error. Se lo he dicho al juez instructor. Al
menos se le debería haber confinado en su habitación durante el
interrogatorio. El juez instructor es, a veces, incomprensible.
–Palabras inútiles –dijo K, y extendió su mano hacia la mujer–. Venga
usted.
–¡Ah, ya! –dijo el estudiante–, no, no, usted no se la queda –y con una
fuerza insospechada levantó a la mujer con un brazo y corrió inclinado,
mirándola tiernamente, hacia la puerta.
No se podía ignorar que en esa acción había intervenido cierto miedo
hacia K, no obstante osó irritar más a K al acariciar y estrechar con su
mano libre el brazo de la mujer. K corrió unos metros a su lado, presto
a echarse sobre él y, si fuera necesario, a estrangularlo, pero la mujer
dijo:
–Déjelo, no logrará nada, el juez instructor hará que me recojan, no
puedo ir con usted, este pequeño espantajo –y pasó la mano por el
rostro del estudiante–, este pequeño espantajo no me deja.
–¡Y usted no quiere que la liberen! –gritó K, y puso la mano sobre el
hombro del estudiante, que intentó morderla.
–No –gritó la mujer, y rechazó a K con ambas manos–, no, den qué
piensa usted? Eso sería mi perdición. ¡Déjele! ¡Por favor, déjele! Lo
único que hace es cumplir las órdenes del juez instructor, me lleva con
él.
–Entonces que corra todo lo que quiera. A usted no la quiero volver a
ver más –dijo K furioso ante la decepción y le dio al estudiante un
golpe en la espalda; el estudiante tropezó, pero, contento por no
haberse caído, corrió aún más ligero con su carga. K le siguió cada vez
con mayor lentitud, era la primera derrota que sufría ante esa gente.
Era evidente que no suponía ningún motivo para asustarse, sufrió la
derrota simplemente porque él fue quien buscó la lucha. Si
permaneciera en casa y llevara su vida habitual, sería mil veces
superior a esa gente y podría apartar de su camino con una patada a
cualquiera de ellos. Y se imaginó la escena tan ridícula que se
produciría, si ese patético estudiante, ese niño engreído, ese barbudo
de piernas torcidas, se arrodillara ante la cama de Elsa y le suplicara
gracia con las manos entrelazadas. A K le gustó tanto esta idea que
decidió, si se presentaba la oportunidad, llevar al estudiante a casa de
Elsa.
K llegó hasta la puerta sólo por curiosidad, quería ver adónde se llevaba
a la mujer; no creía que el estudiante se la llevara así, en vilo, por la
calle. Comprobó que el camino era mucho más corto. Justo frente a la
puerta de la vivienda había una estrecha escalera de madera que
probablemente conducía al desván, pero como hacía un giro no se
podía ver dónde terminaba. El estudiante se llevó a la mujer por esa
escalera; ya estaba muy cansado y jadeaba, pues había quedado
debilitado por la carrera. La mujer se despidió de K con la mano y alzó
los hombros para mostrarle que el secuestro no era culpa suya, pero el
gesto no resultaba muy convincente. K la miró inexpresivo, como a una
extraña, no quería traicionar ni que estaba decepcionado ni que podía
superar fácilmente la decepción.
Los dos habían desaparecido por la escalera; K, sin embargo, aún
permaneció en la puerta. Se vio obligado a aceptar que la mujer no sólo
le había traicionado, sino que le había mentido al contarle que el
estudiante la llevaba con el juez instructor. Éste no podía esperar
sentado en el desván. La escalera de madera tampoco aclaraba nada, al
menos a primera vista. Entonces K advirtió una pequeña nota al lado de
la escalera, fue hacia allí y leyó las siguientes palabras escritas con
letra infantil y tosca: «Subida a las oficinas del juzgado». ¿Aquí, en el
desván de una casa de alquiler se encontraban las oficinas del juzgado?
No era un lugar que infundiera mucho respeto; por lo demás, era
tranquilizante para un acusado imaginarse la falta de medios que
estaban a disposición de un juzgado que albergaba sus oficinas donde
los inquilinos, pertenecientes a las clases más pobres, arrojaban todos
sus trastos inútiles. No obstante, tampoco se podía excluir que
dispusiera del dinero suficiente, pero que el cuerpo de funcionarios se
arrojase sobre él antes de que lo destinasen a los fines judiciales. Eso
era, según las últimas experiencias de K, incluso muy probable; para el
acusado, sin embargo, semejante robo a la justicia, si bien resultaba
algo indigno, era más tranquilizador que la pobreza real del juzgado.
También le parecía comprensible que se avergonzaran de citar al
encausado en el desván para el primer interrogatorio y que se prefiriera
molestarle en su propia vivienda. La posición en la que K se encontraba
frente al juez, sentado en el desván, se podía caracterizar del siguiente
modo: K disfrutaba en el banco de un gran despacho con su
antedespacho y un enorme ventanal que daba a la animada plaza. No
obstante, él carecía de ingresos extraordinarios procedentes de
sobornos o malversaciones y no podía hacer que el ordenanza le trajera
una mujer al despacho sobre el hombro. Pero a eso K podía renunciar,
al menos en esta vida.
K aún permanecía frente a la nota, cuando un hombre bajó por la
escalera, miró a través de la puerta en el salón de la vivienda, desde
donde también se podía ver la sala de sesiones, y finalmente preguntó
a K si no había visto hacía poco a una mujer.
–Usted es el ujier del tribunal, ¿verdad? –preguntó K.
–Sí –dijo el hombre–, ah, ya, usted es el acusado K, ahora le
reconozco, sea bienvenido –y extendió la mano a K, que no lo había
esperado.
–Hoy no hay prevista ninguna sesión –dijo el ujier al ver que K
permanecía en silencio.
–Ya sé –dijo K, y contempló la chaqueta del ujier, cuyos únicos
distintivos oficiales eran, junto a un botón normal, dos botones dorados
que parecían haber sido arrancados de un viejo abrigo de oficial–. Hace
un rato he hablado con su esposa, pero ya no está aquí. El estudiante
se la ha llevado al juez instructor.
–¿Se da cuenta? –dijo el ujier–, una y otra vez se la llevan de mi lado.
Hoy es domingo y no estoy obligado a trabajar, pero sólo para alejarme
de aquí me mandan realizar los recados más inútiles. Por añadidura, no
me mandan muy lejos, de tal modo que siempre conservo la esperanza
de que, si me doy prisa, tal vez pueda regresar a tiempo. Así que corro,
tanto como puedo, grito sin aliento mi mensaje a través del resquicio
de la puerta en el organismo al que me han mandado, tan rápido que
apenas me entienden, y regreso también corriendo, pero el estudiante
se ha dado más prisa que yo, además él tiene que recorrer un camino
más corto, sólo tiene que bajar las escaleras. Si no fuese tan
dependiente hace tiempo que habría estampado al estudiante contra la
pared. Aquí, junto a la nota. Sueño con hacerlo algún día. Le veo ahí,
aplastado en el suelo, los brazos extendidos, las piernas retorcidas y
todo alrededor lleno de sangre. Pero hasta ahora sólo ha sido un sueño.
–¿No hay otra posibilidad? –dijo K sonriendo.
–No la conozco –dijo el ujier–. Y ahora es aún peor, antes se la llevaba
a su casa, pero ahora, como yo ya presagiaba, se la lleva al juez
instructor.
–¿No tiene su mujer ninguna culpa? –preguntó K. Se vio obligado a
realizar esa pregunta, tanto le espoleaban los celos.
–Pues claro –dijo el ujier–, ella es incluso la que tiene más culpa. Ella
se lo ha buscado. En lo que a él respecta, corre detrás de todas las
mujeres. Sólo en esta casa ya le han echado de cinco viviendas en las
que se había deslizado. Por lo demás, mi mujer es la más bella de toda
la casa, y yo no puedo defenderme.
–Si todo es como usted lo cuenta, entonces no hay otra posibilidad –
dijo K.
–¿Por qué no? –preguntó el ujier–. Cada vez que el estudiante, que, por
cierto, es un cobarde, tocase a mi mujer habría que pegarle tal paliza
que no se atreviera a hacerlo más. Pero no puedo, y otros tampoco me
hacen el favor, pues todos temen su poder. Sólo un hombre como usted
podría hacerlo.
–¿Por qué yo? –preguntó K asombrado.
–A usted le han acusado, ¿no?
–Sí –dijo K–, pero entonces debería temer con más razón que una
acción así pudiera influir en el desarrollo del proceso o, al menos, en la
preinstrucción.
–Sí, es verdad –dijo el ujier, como si la opinión de K fuese tan cierta
como la suya–, pero aquí, por regla general, no se conducen procesos
sin ninguna perspectiva de éxito.
–No soy de su opinión –dijo K–, pero eso no me impedirá que ajuste
las cuentas de vez en cuando al estudiante.
–Le quedaría muy agradecido –dijo el ujier con cierta formalidad, pero
no parecía creer mucho en la realización de su mayor deseo.
–Tal vez –prosiguió K– haya otros funcionarios que merezcan lo mismo.
–Sí, sí –dijo el ujier como si fuera algo evidente. Entonces miró a K con
confianza, como hasta ese momento, a pesar de la amabilidad, aún no
había hecho, y añadió–: Uno se rebela siempre.
Pero la conversación parecía serle ahora un poco desagradable, pues la
interrumpió al decir:
–Ahora tengo que presentarme en las oficinas. ¿Quiere venir conmigo?
–No tengo nada que hacer allí –dijo K.
–Podría ver las oficinas del juzgado. Nadie se fijará en usted.
–¿Hay algo que merezca la pena? –preguntó K algo indeciso, aunque
tenía ganas de ir.
–Bueno –dijo el ujier–, pensé que podría interesarle.
–Bien –dijo K–, iré –y subió las escaleras más deprisa que el ujier.
Estuvo a punto de caerse nada más entrar, pues había un escalón
Detrás de la puerta.
–No tienen mucha consideración con el público –dijo él.
–No tienen consideración alguna –dijo el ujier–, si no mire aquí sala de
espera.
Era un largo corredor en el que había puertas toscamente labradas que
conducían a los distintos departamentos del desván. Aunque no había
ninguna entrada directa de luz, no estaba completamente oscuro, pues
algunos departamentos no estaban separados del corredor por una
pared, sino por unas rejas de madera que llegaban hasta el techo, a
través de las cuales penetraba algo de luz y se podía ver cómo algunos
funcionarios escribían o simplemente permanecían en las rejas
observando a la gente que esperaba en el corredor. Había poca gente
esperando, probablemente porque era domingo. Daban una pobre
impresión. Todos vestían con cierto descuido, aunque la mayoría, ya
fuese por la expresión de sus rostros, por su actitud, por la barba
cuidada o por otros detalles, parecían pertenecer a las clases altas.
Como no había perchas, habían colocado los sombreros debajo del
banco, probablemente siguiendo uno el ejemplo de otro. Cuando los
que estaban sentados más cerca de la puerta vieron a K y al ujier, se
levantaron para saludar. Como el resto vio que se levantaban, se
creyeron obligados a hacer lo mismo, así que se fueron levantando
conforme pasaban los dos. Nunca permanecieron completamente
rectos, las espaldas estaban encorvadas, las rodillas ligeramente
flexionadas, parecían mendigos. K esperó al ujier, que venía algo
retrasado, y le dijo:
–Qué humillados parecen.
–Sí –dijo el ujier–, son acusados, todos los que usted ve aquí son
acusados.
–¿Sí? –dijo K–. Entonces son mis colegas.
Se dirigió al más próximo, un hombre alto y delgado, con el pelo
canoso.
–¿Qué está esperando aquí? –preguntó K con cortesía.
La inesperada pregunta le dejó confuso, y su actitud se volvió más
penosa por el hecho de parecer un hombre de mundo, que en otro
lugar, sin duda, hubiera sabido dominarse y al que le costaba renunciar
a la superioridad que había adquirido sobre los demás. Allí, sin
embargo, no sabía responder a una pregunta tan simple, y se limitaba a
mirar a los demás como si estuvieran obligados a ayudarle o como si
nadie pudiese reclamar una respuesta sin dicha ayuda. Entonces
intervino el ujier para tranquilizar y animar al hombre:
–Este señor sólo le pregunta a qué está esperando. Responda.
La voz familiar del ujier tuvo mejor efecto.
–Espero… –comenzó, pero no pudo seguir. Era probable que hubiese
elegido ese inicio para responder con toda exactitud a la pregunta, pero
ahora no sabía continuar.
Algunos de los que esperaban se habían aproximado y rodeaban al
grupo. El ujier se dirigió a ellos:
–Vamos, vamos, dejen el corredor libre.
Retrocedieron un poco, pero no hasta sus sitios. Mientras tanto, el
hombre al que le habían preguntado se había serenado y respondió
incluso con una sonrisa:
–Hace un mes que presenté unas solicitudes de prueba para mi causa y
espero a que se concluya su tramitación.
–Parece tomarse muchas molestias –dijo K.
–Sí –dijo el hombre–, se trata de mi causa.
–No todos piensan como usted –dijo K–. Yo, por ejemplo, también soy
un acusado, pero, por más que desee una absolución, no he presentado
una solicitud de prueba ni he emprendido nada similar. ¿Cree usted que
eso es necesario?
–No lo sé con seguridad –dijo el hombre completamente indeciso.
Probablemente creía que K le estaba gastando una broma, por eso le
hubiera gustado repetir, por miedo a cometer un nuevo error, su
primera respuesta, pero ante la mirada impaciente de K se limitó a
decir:
–En lo que a mí concierne, he presentado solicitudes de prueba.
–Usted no se cree que yo sea un acusado –dijo K.
–Oh, por favor, claro que sí –dijo el hombre, y se echó a un lado, pero
en la respuesta no había convicción, sino miedo.
–¿Entonces no me cree? –preguntó K, y le cogió del brazo, impulsado
inconscientemente por la actitud humillada del hombre, como si
quisiera obligarle a que le creyese. Aunque no quería causarle daño
alguno, en cuanto le tocó ligeramente, el hombre gritó como si K en vez
de con dos dedos le hubiese agarrado con unas tenazas ardiendo. Ese
grito ridículo terminó por hartar a K. Si no se creía que era un acusado,
mucho mejor. Quizá le tomaba por un juez. Y para despedirse lo cogió
con más fuerza, lo empujó hacia el banco y siguió adelante.
–La mayoría de los acusados son muy sensibles –dijo el ujier.
Detrás de ellos, todos los que habían estado esperando se
arremolinaron alrededor del hombre, que ya había dejado de gritar, y
parecían preguntarle detalladamente sobre el incidente. Al encuentro de
K vino ahora un vigilante; al que identificó por el sable, cuya vaina, al
menos por el color, parecía hecha de aluminio. K se quedó asombrado y
quiso tocarla con la mano. El vigilante, que había venido por el ruido,
preguntó acerca de lo ocurrido. El ujier trató de tranquilizarlo con
algunas palabras, pero el vigilante declaró que prefería comprobarlo
personalmente, así que saludó y siguió adelante con pasos rápidos pero
cortos, posiblemente por culpa de la gota.
K ya no se preocupó de él, ni de la gente, sobre todo porque una vez
que había llegado a la mitad del corredor, vio la posibilidad de doblar a
la derecha, a través de un umbral sin puerta. Habló con el ujier para
comprobar si ése era el camino correcto y éste asintió, por lo que
torció. Le resultaba molesto tener que ir dos pasos por delante del
ujier, podía despertar la impresión de que era conducido como un
detenido. Por esta razón, esperaba con frecuencia al ujier, pero éste
siempre se quedaba atrás. Finalmente, K, para terminar con esa
sensación desagradable, le dijo:
–Bien, ya he visto cómo es esto; ahora quisiera irme.
–Pero aún no lo ha visto todo –dijo el ujier con naturalidad.
–Tampoco lo quiero ver todo –dijo K, que realmente se sentía
cansado–. Quiero irme, ¿cómo se llega a la salida?
–¿No se habrá perdido? –dijo el ujier asombrado–. Vaya hasta la
esquina, luego tuerza a la derecha, atraviese el corredor y encontrará la
puerta.
–Venga conmigo –dijo K–. Muéstreme el camino, si no me perderé,
aquí hay tantos pasillos…
–Sólo hay un camino –dijo el ujier ahora lleno de reproches–. No
puedo regresar con usted; tengo que llevar un recado y ya he perdido
mucho tiempo por su culpa.
–¡Acompáñeme! –repitió K, esta vez con un tono más cortante, como si
hubiera descubierto al ujier en una mentira.
–No grite así –susurró el ujier–, todo esto está lleno de despachos. Si
no quiere regresar solo, acompáñeme un trecho o espéreme aquí hasta
que haya cumplido mi encargo, entonces le acompañaré encantado.
–No, no –dijo K–, no esperaré aquí, y usted vendrá ahora conmigo.
K no había mirado en torno suyo para comprobar dónde se hallaba, sólo
ahora, cuando una de las muchas puertas que le rodeaban se abrió,
miró a su alrededor. Una muchacha, que había salido al oír el tono
elevado de K, le preguntó:
–¿Qué desea el señor?
Detrás, en la lejanía, se podía ver en la semioscuridad a un hombre que
se aproximaba. K miró al ujier. Éste había dicho que nadie se fijaría en
K y ahora venían dos personas, poco más se necesitaba para que todos
los funcionarios se fijasen en él y pidieran una explicación de su
presencia. La única explicación comprensible y aceptable era hacer
valer su condición de acusado: podía aducir que quería conocer la fecha
de su próximo interrogatorio, pero ésa era precisamente la explicación
que no quería dar, sobre todo porque no era toda la verdad, pues sólo
había venido por pura curiosidad o, lo que era imposible de aducir como
explicación, para comprobar que el interior de esa justicia era tan
repugnante como el exterior. Y parecía que con esa suposición tenía
razón, no quería adentrarse más, ya se había deprimido lo
suficientemente con lo que había visto. Ahora no estaba en condiciones
de encontrarse con un funcionario superior, como el que podía surgir
detrás cada puerta; quería irse y, además, con el ujier, o solo si no
había gira manera.
Pero quedarse allí mudo sería llamativo y, en realidad, la muchacha y el
ujier ya le miraban cómo si se estuviera produciendo en él una extraña
metamorfosis que no querían perderse de ningún modo. Y en la puerta
estaba el hombre que K había visto en la lejanía: se mantenía aferrado
a la parte de arriba del umbral y se balanceaba ligeramente sobre las
puntas de los pies, como un espectador impaciente. La muchacha, sin
embargo, fue la primera en reconocer que el comportamiento de K
tenía como causa un ligero malestar, así que trajo una silla y le
preguntó:
–¿No quiere usted sentarse?
K se sentó en seguida y apoyó los codos en los brazos de la silla para
mantener mejor el equilibrio.
–Está un poco mareado, ¿verdad? –le preguntó.
Su rostro estaba ahora cerca del suyo, mostraba la expresión severa
que tienen algunas mujeres en lo mejor de su juventud.
–No se preocupe –dijo ella–, aquí no es nada extraordinario, casi todos
padecen un ataque semejante cuando vienen por primera vez. ¿Usted
viene por primera vez? Bien, no es nada extraordinario, ya le digo. El
sol cae sobre el tejado y la madera caliente provoca este aire tan
enrarecido. El lugar no es el más adecuado para instalar despachos, por
más ventajas que ofrezca en otros sentidos. Pero en lo que concierne al
aire, los días en que hay mucha gente, y eso ocurre prácticamente
todos los días, se torna casi irrespirable. Si considera, además, que aquí
se cuelga ropa para que se seque –es algo que no se puede prohibir a
los inquilinos–, entonces no se sorprenderá de haber sufrido un ligero
mateo. Pero uno llega a acostumbrarse muy bien a este aire. Si viene
por segunda o tercera vez, apenas notará este ambiente opresivo. ¿Se
siente Ya mejor?
K no respondió, le parecía algo lamentable depender de aquellas
personas a causa de esa debilidad repentina; por añadidura, al conocer
los motivos de su mareo, no se sintió mejor, sino un poco peor. La
muchacha lo notó en seguida y, para refrescar a K, asió un gancho que
colgaba de la pared y abrió un pequeño tragaluz, situado precisamente
encima de K. Pero cayó tanto hollín que la joven tuvo que cerrarlo de
inmediato y limpiar la mano de K con un pañuelo, pues K estaba
demasiado cansado como para ocuparse de sí mismo. Le habría
gustado permanecer allí sentado hasta que hubiera recuperado las
fuerzas suficientes para irse, y eso ocurriría antes si no se preocupaban
de él. Pero en ese momento añadió la muchacha:
–Aquí no puede quedarse, interrumpimos el paso.
K preguntó con la mirada a quién interrumpían el paso.
–Le llevaré, si lo desea, al botiquín.
–Ayúdeme, por favor –le dijo ella al hombre de la puerta, que ya se
había acercado. Pero K no quería que lo llevaran al botiquín,
precisamente eso era lo que quería evitar, que lo siguieran adentrando
en las oficinas; cuanto más avanzase, peor.
–Ya puedo irme –dijo por esta razón, y se levantó temblando,
acostumbrado a la cómoda silla. Pero no pudo mantenerse de pie.
–No, no puedo –dijo moviendo la cabeza y volvió a sentarse con un
suspiro. Se acordó del ujier, que a pesar de todo le podría conducir
fácilmente hacia la salida, pero parecía haberse ido hacía tiempo. K
atisbó entre la joven y el hombre, que permanecían de pie ante él, pero
no pudo encontrar al ujier.
–Creo –dijo el hombre, que vestía elegantemente: sobre todo llamaba
la atención un chaleco gris que terminaba en dos largas puntas–, creo
que la indisposición del señor se debe a la atmósfera de estas
estancias; sería lo mejor, y probablemente lo que él preferiría, que no
se le llevase al botiquín, sino fuera de las oficinas.
–Así es –exclamó K, que de la alegría había interrumpido al hombre–,
me sentiré mucho mejor, tampoco estoy tan débil, sólo necesito un
poco de apoyo, no les causaré muchas molestias, el camino no es largo,
condúzcanme hasta la puerta, me sentaré un rato en los escalones y
me recuperaré, nunca he padecido este tipo de mareos, yo mismo
estoy sorprendido. También soy funcionario y estoy acostumbrado al
aire de las oficinas, pero aquí es muy malo, usted mismo lo ha dicho.
¿Tendrían la amabilidad de acompañarme un trecho? Estoy algo
mareado y me pondré peor si me levanto sin ayuda.
Levantó los hombros para facilitarles que le cogieran bajo los brazos.
Pero el hombre no siguió sus indicaciones, sino que se mantuvo
tranquilo, con las manos en los bolsillos y rió en voz alta.
–Ve –le dijo a la muchacha–, he acertado. Al señor no le sienta den
estar aquí.
La muchacha rió también y dio un golpecito con la punta del dedo en el
brazo del hombre, como si se hubiese permitido una broma pesada con
K.
–Pero, ¿qué piensa? –dijo el hombre entre risas–. Yo mismo conduciré
al señor hasta la salida.
–Entonces está bien –dijo la muchacha inclinando un instante su bonita
cabeza–. No le dé mucha importancia a la risa –dijo la joven a K, que
se había vuelto a entristecer, miraba fijamente ante sí y no parecía
necesitar ninguna explicación–; este señor, ¿puedo presentarle? –el
hombre dio su permiso con un gesto–, este señor es el informante. Él
da a las partes que esperan toda la información que necesitan y, como
nuestra justicia no es muy conocida entre la población, se reclama
mucha información. Conoce la respuesta a todas las preguntas. Si
alguna tiene ganas, puede probar. Pero no sólo posee ese mérito, otra
de sus virtudes es su elegante forma de vestir. Nosotros, es decir los
funcionarios, opinamos que el informante, como es el primero en tratar
con las partes, debe vestir con elegancia para dar una impresión digna.
Los demás, como puede comprobar conmigo, nos vestimos muy mal y
pasados de moda. No tiene sentido gastar mucho en vestir, ya que
estamos casi todo el tiempo en las oficinas, incluso dormimos aquí.
Pero como he dicho, creemos que el informante tiene que vestir bien.
Como no había dinero disponible para ropa elegante en nuestra
administración, que en este sentido es algo peculiar, hicimos una
colecta –en la que también participaron los acusados– y le compramos
ese bonito traje y otros. Ahora está preparado para dar una buena
impresión, pero lo estropea todo con su risa y asusta a la gente.
–Así es –dijo el hombre con tono burlón–, pero no entiendo, señorita,
por qué le cuenta a este señor todas nuestras intimidades, o mejor, le
obliga a oírlas, pues no creo que tenga ganas de conocerlas. Mire si no
cómo permanece ahí sentado ocupado en sus propios asuntos.
K no tenía ganas de contradecirle. La intención de la muchacha podía
ser buena, tal vez pretendía distraerle para darle la posibilidad de
recuperarse, pero el medio elegido era inadecuado.
–Quería aclararle el motivo de su risa –dijo la muchacha–, era
insultante.
–Creo que me perdonaría peores ofensas a cambio de que le condujera
a la salida.
K no dijo nada, ni siquiera miró, dejó que ambos hablaran sobre él
como si fuese un objeto, incluso lo prefería así. Pero de repente sintió la
mano del informante en uno de sus brazos y la de la joven en el otro.
Arriba, hombre débil –dijo el informante.
–Se lo agradezco mucho a los dos –dijo alegremente sorprendido, se
levantó lentamente y llevó él mismo las manos ajenas a las zonas en
que más necesitaba su apoyo.
–Parece –musitó la joven al oído de K, mientras se acercaban al
corredor– como si fuera muy importante para mí hablar bien del
informante, pero sólo quiero decir la verdad. No tiene un corazón duro.
No está obligado a conducir hasta la salida a las partes que se ponen
enfermas y, sin embargo, lo hace, como puede ver. Ninguno de
nosotros es duro de corazón, sólo queremos ayudar, pero como
funcionarios judiciales damos la impresión de ser duros de corazón y de
no querer ayudar a nadie. Yo sufro por eso.
–¿Quiere sentarse aquí un poco? –preguntó el informante: ya se
encontraban en el corredor, precisamente ante el acusado con el que K
había hablado anteriormente. K se avergonzó ante él, se había
mantenido tan recto en su presencia y ahora se tenía que apoyar en
dos personas, con la cabeza descubierta, pues el informante balanceaba
su sombrero con los dedos, despeinado y con la frente bañada de
sudor. Pero el acusado no pareció notar nada, permanecía humillado
ante el informante, que ni siquiera lo miró, como si quisiera pedir
perdón por su mera presencia.
–Ya sé –se atrevió a decir el acusado–, que hoy no puedo recibir los
resultados de mis solicitudes. No obstante, aquí estoy, he pensado que
podía esperar, es domingo, tengo tiempo y no estorbo.
–No debe disculparse –dijo el informante–, su esmero es digno de
elogio; aunque está ocupando inútilmente un sitio, no le impediré
seguir el transcurso de su proceso mientras no moleste. Cuando se ha
visto gente que ha descuidado vergonzosamente su deber, se aprende
a tener paciencia con personas como usted. Siéntese.
–Cómo sabe hablar con los acusados –susurró la muchacha a K. Éste
asintió, pero se sobresaltó cuando el informante le preguntó de nuevo:
–¿No quiere sentarse aquí?
–No –dijo K–, no quiero descansar.
Lo dijo con decisión, pero en realidad le habría venido muy bien
sentarse. Se sentía mareado, como si estuviera en un barco en plena
tormenta. Le parecía oír cómo el agua del mar golpeaba las paredes de
madera, como si del fondo del corredor llegase el bramido de una
catarata, y luego sintió que el corredor se balanceaba y le dio la
impresión de que los acusados subían y bajaban. La tranquilidad de la
muchacha y del hombre que le acompañaban le parecía, en esa
situación, completamente incomprensible. Dependía de ellos: si le
dejaban, caería al suelo como una tabla. Lanzaban miradas penetrantes
a un lado y a otro, K sentía sus pasos regulares, pero no los podía
imitar, pues prácticamente le llevaban en vilo. Finalmente, notó que le
hablaban, pero no entendía lo que decían, sólo escuchaba un ruido que
lo abarcaba todo, a través del cual se podía distinguir lo que podría ser
el sonido de una sirena.
–Hablen más alto –musitó con la cabeza inclinada, aunque sabía que
habían hablado con voz lo suficientemente alta. De repente, como si se
hubiese derrumbado la pared ante él, sintió una corriente de aire fresco
y oyó que decían a su lado:
Al principio quería salir, luego se le repite mil veces que ésta es la í
salida y no se mueve.
K notó que se hallaba en la puerta de salida, que la muchacha acababa
de abrir. Le pareció como si le regresaran todas las fuerzas de una vez.
Para sentir un anticipo de la libertad, bajó uno de los escalones y se
despidió desde allí de sus acompañantes, que en ese instante se
inclinaban sobre él.
–Muchas gracias –repitió, estrechó las manos de ambos y las dejó
cuando creyó ver que ellos, acostumbrados al aire de las oficinas,
difícilmente soportaban el aire fresco que subía por la escalera. Apenas
pudieron responder, y la muchacha tal vez se hubiera caído si K no
hubiese cerrado la puerta a toda prisa. K permaneció un momento en
silencio, se atusó el pelo con ayuda de un espejo de bolsillo, se puso el
sombrero, que habían dejado en el siguiente escalón –el informante lo
había arrojado al suelo– y bajó las escaleras tan fresco y con pasos tan
largos que casi tuvo miedo del cambio repentino que acababa de
experimentar. Su estado de salud, por otro lado siempre bastante
bueno, jamás le había procurado una sorpresa semejante. ¿Acaso
pretendía su cuerpo hacer una revolución e incoarle un nuevo proceso,
ya que soportaba el otro con tanto esfuerzo? No descartó del todo la
idea de ver a un médico, pero lo que sí se afianzó en su mente fue el
firme propósito –en esto él mismo se podía aconsejar– de emplear
mejor las mañanas de los domingos.
EL AZOTADOR
Cuando K, una de las noches siguientes, pasó por el pasillo que
separaba su despacho de las escaleras –esta vez se iba a casa uno de
los últimos, sólo en el departamento de expedición quedaban dos
empleados en el pequeño radio luminoso de una bombilla–, oyó detrás
de una puerta, que siempre había creído que daba a un trastero,
aunque nunca lo había constatado con sus propios ojos, una serie de
quejidos. Se detuvo asombrado y escuchó detenidamente para
comprobar si se había equivocado. Durante un rato todo quedó en
silencio, pero los suspiros comenzaron de nuevo. Al principio pensó en
traer a uno de los empleados –tal vez necesitara un testigo–, pero le
invadió una curiosidad tan indomable que él mismo abrió la puerta. Se
trataba, como había supuesto, de un trastero. Detrás del umbral se
acumulaban formularios inservibles y frascos de tinta vacíos. Pero
también había tres hombres inclinados en un espacio de escasa altura.
Una vela situada en un estante les iluminaba.
–¿Qué hacen aquí? –preguntó K, precipitándose por la excitación, pero
no en voz alta. Uno de los hombres, que parecía dominar a los otros y
que fue el primero que atrajo su atención, estaba embutido en una
suerte de traje oscuro, que dejaba al aire el cuello hasta el pecho y
todo el brazo. No respondió. Pero los otros dos gritaron:
–¡Señor! Nos tienen que azotar porque te has quejado de nosotros ante
el juez instructor.
Y ahora comprobó K que, en efecto, se trataba de los vigilantes Franz y
Willem. El tercero sostenía un látigo para azotarlos.
–Bueno –dijo K, y los miró fijamente–, no me he quejado, sólo he
dicho lo que ocurrió en mi habitación. Y desde luego no os
comportasteis de una manera irreprochable.
–Señor –dijo Willem, mientras Franz intentaba protegerse del tercero
detrás de él–, si usted supiera lo mal que nos pagan, nos juzgaría
mejor. Yo tengo que alimentar a una familia y Franz quiere casarse;
uno intenta ganar dinero como puede, sólo con el trabajo no es posible,
ni siquiera con el más fatigoso: a mí me tentó su fina ropa blanca. Por
supuesto que está prohibido que los vigilantes actúen así, es injusto,
pero es tradición que la ropa blanca pertenezca a los vigilantes, así ha
sido siempre, créame. Además, es muy comprensible, pues ¿qué
significan esas cosas para una persona tan desgraciada como para ser
detenida? No obstante, si el detenido habla de ello públicamente, la
consecuencia es el castigo.
–No sabía lo que me estáis diciendo. Tampoco he reclamado ningún
castigo para vosotros; para mí es una cuestión de principios.
–Franz –se dirigió Willem al otro vigilante–, ¿no te dije que el señor no
había reclamado que nos castigasen? Ya has oído que ni siquiera sabía
que nos tenían que castigar.
–No te dejes conmover por esos discursos –dijo el tercero a K–, el
castigo es tan justo como inevitable.
–No le escuches –dijo Willem, y se calló sólo para llevar rápidamente la
mano, que acababa de recibir un azote, a la boca–, nos castigan sólo
porque tú nos has denunciado, en otro caso no nos hubiera pasado
nada, incluso si se hubiera sabido lo que habíamos hecho. ¿Se puede
llamar a esto justicia? Nosotros dos, y sobre todo yo, somos vigilantes
desde hace mucho tiempo. Tú mismo reconocerás que, mirado desde la
perspectiva del organismo que representamos, hemos vigilado bien.
Habríamos tenido posibilidades de ascender, con toda seguridad en
poco tiempo habríamos llegado a ser azotadores, como éste, que tuvo
la suerte de no ser denunciado por nadie, pues una denuncia semejante
es muy rara. Y ahora, señor, todo está perdido, tendremos que trabajar
en puestos aún más subordinados que el del servicio de vigilancia y,
además, recibiremos unos espantosos y dolorosos azotes.
–¿Puede causar ese látigo tanto dolor? –preguntó K, y examinó el látigo
que el azotador sostenía ante él.
–Nos tendremos que desnudar –dijo Willem.
–¡Ah, ya! –dijo K, y contempló más detenidamente al azotador. Estaba
bronceado como un marinero y tenía un rostro lozano y feroz.
–¿Hay alguna posibilidad de ahorrarles los azotes? –le preguntó K.
–No –dijo el azotador, sacudiendo la cabeza sonriente–. Quitaos la
ropa –ordenó a los vigilantes y, a continuación, le dijo a K:
–No tienes que creerte todo lo que te dicen. Su mente se ha debilitado
por el miedo a los azotes. Lo que éste –y señaló a Willem– te ha
contado sobre su posible carrera es completamente ridículo. Mira lo
gordo que está, los primeros azotes se perderán en la grasa. ¿Sabes
por qué se ha puesto tan gordo? Tiene la costumbre de comerse el
desayuno de todos los detenidos. ¿Acaso no se ha comido también el
tuyo? Ya lo dije. Pero un hombre con semejante estómago jamás podrá
llegar a ser azotador, eso es imposible.
–Hay azotadores así –afirmó Willem, que acababa de soltarse el
cinturón.
–¡No! –dijo el azotador, que le rozó el cuello con el látigo causándole
un sobresalto–. No tienes que escuchar lo que decimos, sino
desnudarte.
–Te recompensaría bien, si los dejaras marchar –dijo K, sin mirar al
azotador– esos negocios se cierran mejor con los ojos cerrados –y sacó
la cartera.
–Tú quieres denunciarme también a mí –dijo el azotador–, y
procurarme también unos azotes.
–No, sé razonable –dijo K–, si hubiese querido que azotasen a estos
hombres, no trataría ahora de liberarlos del castigo. Simplemente
cerraría la puerta, no querría ver ni oír nada y me iría a mi casa. Sin
embargo, no lo hago, sino que pretendo seriamente liberarlos. Si
hubiera sospechado que los iban a castigar, no hubiera mencionado sus
nombres. No los considero culpables, culpable es la organización,
culpables son los funcionarios superiores.
–Así es –dijeron los vigilantes y recibieron de inmediato un latigazo en
sus desnudas espaldas.
–Si tuvieras a un juez a merced de tu látigo –dijo K, y bajó el látigo
que ya se elevaba otra vez–, no te impediría que lo azotases, todo lo
contrario, te daría dinero para motivarte.
–Lo que dices suena creíble –dijo el azotador–, pero yo no me dejo
sobornar. Mi puesto es el de azotador, así que azoto.
El vigilante Franz, que se había mantenido reservado hasta ese
momento, tal vez con la esperanza de que la intercesión de K tuviera
éxito, se acercó ahora a K, sólo vestido con los pantalones, y se
arrodilló ante él cogiéndole la mano. A continuación, musitó:
–Si no puedes lograr que nos remitan a los dos el castigo, al menos
intenta liberarme a mí. Willem es mayor que yo, menos sensible en
todos los sentidos, incluso recibió hace un par de años una pena de
azotes, yo, sin embargo, aún no he perdido el honor, fue Willem, ni¡
maestro tanto en lo bueno como en lo malo, quien me indujo a actuar
así. Abajo, en la puerta del banco, espera mi prometida, siento tanta
vergüenza –y secó su rostro lleno de lágrimas en la chaqueta de K.
–Ya no espero más –dijo el azotador, tomó el látigo con ambas manos
y azotó a Franz, mientras Willem rumiaba en una esquina y miraba a
hurtadillas, sin atreverse a girar la cabeza. Entonces se elevó un grito
procedente de Franz, ininterrumpido e intenso; no parecía humano,
más bien parecía generado por un instrumento de tortura, resonó por
todo el pasillo, se tuvo que escuchar en todo el edificio.
–¡No grites! –exclamó K. No se pudo contener y mientras miraba tenso
en la dirección en la que deberían venir los empleados, empujó a Franz,
no muy fuerte pero lo suficiente como para que cayera al suelo y allí se
arrastrara, convulso, con ayuda de las manos. Pero ni aun así pudo
evitar los azotes, el látigo supo encontrarle también en el suelo;
mientras él se agitaba bajo los golpes, la punta del látigo bajaba y
subía con perfecta regularidad. Y entonces apareció en la lejanía uno de
los empleados, y dos pasos detrás, el segundo. K salió y cerró la puerta
a toda prisa, se acercó a una pequeña ventana que daba al patio y la
abrió. El vigilante dejó de gritar. Para no dejar que los empleados se
acercaran, gritó:
–¡Soy yo!
–Buenas noches, señor gerente –le respondieron–, ¿ha ocurrido algo?
–No, no –respondió K–, es sólo un perro en el patio.
Como los empleados no se movían añadió: –Pueden seguir con su
trabajo.
Para no continuar con la conversación, se inclinó por la ventana.
Cuando, transcurrido un rato, miró por el pasillo, ya se habían ido. K,
sin embargo, permaneció en la ventana, no se atrevía a volver al
trastero y tampoco quería regresar a casa. Se limitó a contemplar el
patio cuadrado que tenía ante él; alrededor había oficinas, todas las
ventanas estaban oscuras, sólo las más altas recibían el reflejo de la
luna. K se esforzó por discernir una de las oscuras esquinas del patio,
en el que había dos carretas de mano. Le atormentaba no haber podido
detener los azotes, pero no era culpa suya no haberlo logrado. Si Franz
no hubiese gritado –cierto, tuvo que hacerle mucho daño, pero en
determinados momentos decisivos hay que saber dominarse–, si no
hubiera gritado, K habría encontrado con toda seguridad un medio para
convencer al azotador. Si todos los empleados inferiores eran canalla,
¿por qué iba a constituir una excepción el azotador, que, además,
ejercía el cargo más inhumano? K había observado muy bien cómo le
habían brillado los ojos al ver los billetes. Posiblemente se había
tomado en serio lo de los azotes para subir un poco la suma del
soborno. Y K no habría ahorrado medios, realmente hubiera querido
liberar a los vigilantes. Si había comenzado a combatir la corrupción de
esa judicatura, era evidente que también tenía que intervenir en ese
ámbito. Pero en el momento en el que Franz había comenzado a gritar,
todo había acabado. K no podía permitir que los empleados, y quién
sabe qué otras personas, vinieran y le sorprendieran tratando con los
tipos del trastero. Nadie podía reclamar de K semejante sacrificio. Si se
hubiera propuesto hacerlo, hubiera sido muy fácil, K se habría
desnudado y se habría ofrecido al azotador como sustituto.
Ciertamente, el azotador no hubiera admitido semejante cambio, pues
sin obtener beneficio alguno habría tenido que incumplir seriamente su
deber y, muy probablemente, por partida doble, pues K, mientras
permaneciera sujeto al procedimiento, debía ser inviolable para todos
los empleados del tribunal. Es posible, no obstante, que en ese terreno
hubiera disposiciones especiales. Pero, en todo caso, K no podía haber
hecho otra cosa que cerrar la puerta, aunque ni siquiera así había
alejado del todo el peligro. Que al final hubiera tenido que empujar a
Franz era algo lamentable y sólo se podía disculpar por su estado de
excitación.
Oyó en la lejanía los pasos de los empleados. Para no llamar la atención
cerró la ventana y avanzó en dirección a la escalera principal.
Permaneció un rato escuchando al lado de la puerta del trastero.
Silencio. El hombre podía haber matado a azotes a los vigilantes,
estaban sometidos a su poder. K ya había extendido la mano para
coger el picaporte, pero se arrepintió. Era tarde para ayudar a nadie y
los empleados tenían que estar al llegar. No obstante, se propuso
hablar del asunto e intentar que castigasen convenientemente a los
culpables reales, es decir, a los funcionarios superiores, que aún no
habían tenido el valor de presentarse ante él. Mientras bajaba la
escalinata del banco, observó cuidadosamente a los paseantes, pero no
había ninguna muchacha en las cercanías que pudiera estar esperando
a alguien. La indicación de Franz, de que su prometida le estaba
esperando, no era más que una mentira, si bien disculpable, cuyo único
objetivo había sido despertar una mayor compasión.
El día siguiente K siguió pensando en los vigilantes. Como no se podía
concentrar en el trabajo, decidió obligarse a permanecer más tiempo en
el banco que el día anterior. Cuando pasó por el trastero para irse a
casa, abrió la puerta como si fuera una costumbre. Quedó
desconcertado ante la inesperada escena que se mostró ante sus ojos.
Todo estaba exactamente igual que la noche anterior, cuando abrió la
puerta. Los formularios y los frascos de tinta se acumulaban detrás del
umbral; el azotador con el látigo; los vigilantes, completamente
vestidos; la vela sobre el estante. Los vigilantes comenzaron a quejarse
y gritaron:
–¡Señor!
K cerró la puerta de inmediato y la golpeó con los puños, como si sólo
así pudiera quedar cerrada del todo. Al borde de las lágrimas se fue a
ver a los empleados, que trabajaban tranquilamente con una
multicopista y permanecían absortos en su actividad.
–¡Ordenad de una vez el trastero! –gritó–. La inmundicia nos va a llegar
al cuello.
Los empleados se mostraron dispuestos a hacerlo al día siguiente. K
asintió con la cabeza. No podía obligarles a realizar el trabajo tan tarde,
como había previsto antes. Se sentó un rato, para tener a los
empleados cerca, desordenó algunas copias, queriendo dar la impresión
de que estaba examinando algo, pero comprobó que los empleados no
se atreverían a salir con él, así que se fue a casa cansado y con la
mente en blanco.
EL TÍO LENI
Una tarde, cuando K estaba ocupado abriendo la correspondencia, el tío
de K, Karl, un pequeño terrateniente de la provincia, se abrió paso
entre dos empleados que llevaban algunos escritos y entró en el
despacho. K se asustó menos de la llegada del tío de lo que le había
asustado la simple idea de su posible visita. El tío iba a venir, de eso
estaba seguro desde hacía un mes. Ya al principio había creído verlo,
cómo le alcanzaba la mano derecha sobre el escritorio, algo inclinado,
con su sombrero de jipijapa en la mano izquierda, mostrando una prisa
desconsiderada y arrollando todo lo que se le ponía en su camino. El tío
siempre tenía prisa, pues le perseguía el infeliz pensamiento de que en
su estancia de un día en la ciudad tenía que tener tiempo para realizar
todo lo que se había propuesto, sin perderse tampoco cualquier
conversación, negocio o placer que ocasionalmente pudiera surgirle. En
todo ello tenía que ayudarle K, pues había sido su tutor y estaba
obligado; además le tenía que dejar dormir en su casa. K le solía llamar
«el fantasma rural».
Inmediatamente después de saludarse –no tenía tiempo para seguir la
invitación de K y sentarse en el sillón–, le pidió a K si podían conversar
a solas.
–Es necesario –dijo, tragando con esfuerzo–, es necesario para mi
tranquilidad.
K hizo salir a los empleados del despacho con instrucciones de que no
dejaran pasar a nadie.
–¿Qué ha llegado a mis oídos, Josef? –exclamó el tío en cuanto se
quedaron solos. A continuación, se sentó sobre la mesa y, sin verlos,
puso varios papeles debajo para sentarse con más comodidad.
K no respondió: sabía lo que vendría a continuación, pero,
repentinamente relajado al dejar el fatigoso trabajo, se apoderó de él
una agradable lasitud, por lo que se limitó a mirar por la ventana hacia
la calle de enfrente, de la que desde su sitio sólo se podía ver una
pequeña esquina, la pared desnuda de una casa entre dos escaparates
de tiendas.
–¡Y te dedicas a mirar por la ventana! –exclamó el tío alzando los
brazos–. ¡Por amor al Cielo, Josef ¡Respóndeme! ¿Es verdad? ¿Puede
ser verdad?
–Querido tío –dijo K, y salió de su ensimismamiento–, no sé qué
quieres de mí.
–Josef –dijo el tío advirtiéndole–, siempre has dicho la verdad, por lo
que sé. ¿Acaso tengo que tomar tus últimas palabras como un mal
signo?
–Supongo lo que quieres –dijo K sumiso–. Probablemente has oído
hablar de mi proceso.
Así es –respondió el tío, asintiendo con la cabeza lentamente–, he
tenido noticia de tu proceso.
–¿Quién te lo ha dicho? –preguntó K.
–Ema me lo ha escrito –dijo el tío–. No tiene ningún trato contigo, por
desgracia no te preocupas mucho de ella, sin embargo se ha enterado.
Hoy he recibido la carta y he venido de inmediato. Por ningún otro
motivo, pues me parece motivo suficiente. Te puedo leer la parte de la
carta que se refiere a ti.
Sacó la carta del bolsillo.
–Aquí está. Escribe: «Hace tiempo que no veo a Josef, hace una
semana estuve en el banco, pero Josef estaba tan ocupado que no me
dejaron verle. Estuve esperando casi una hora, pero tuve que irme a
casa porque tenía la lección de piano. Me hubiera gustado hablar con él,
es posible que se presente otra oportunidad. Para mi cumpleaños me
envió una gran caja de bombones de chocolate, fue muy atento y
cariñoso. Se me olvidó escribíroslo, pero ahora que me preguntáis, lo
recuerdo. Los bombones no duran mucho en la pensión, apenas tiene
uno conciencia de que le han regalado bombones, cuando ya se han
acabado. En lo que concierne a Josef os quería decir algo más. Como os
he mencionado, en el banco no me dejaron entrar a verle porque en
ese momento estaba tratando algo importante con un hombre. Después
de esperar tranquilamente durante un buen rato, pregunté a un
empleado si la reunión duraría mucho más. Él contestó que podría ser,
pires probablemente tenía que ver con el proceso que se había incoado
contra el gerente. Pregunté qué proceso y si no se equivocaba y me
respondió que no se equivocaba, que era un proceso y, además, grave,
pero que no sabía más. A él mismo le gustaría ayudar al gerente, pues
le consideraba un hombre bueno y justo, pero que no sabría cómo
empezar, sólo deseaba que personas influyentes lo apoyaran. Era muy
probable que esto ocurriera, y todo terminaría bien, pero por ahora,
como se, desprendía del mal humor del señor gerente, las cosas no
iban nada bien. Por supuesto, no di mucha importancia a esta
información, intenté tranquilizar al sencillo empleado, le aconsejé que
no hablase de ello con otros y lo tuve todo por rumores infundados. Sin
embargo, tal vez fuera conveniente que tú, querido padre, le visitaras
la próxima vez que vinieras, a ti te será fácil averiguar algo y, si
realmente fuera necesario, podrías intervenir con algunos de tus
influyentes amigos. Y si no resulta necesario, que será lo más probable,
al menos le darás a tu hija la oportunidad de abrazarte, lo que le
alegrará mucho».
–Una niña encantadora –dijo el tío al terminar de leer la carta y se secó
algunas lágrimas que brotaban de sus ojos.
K asintió. A causa de todos los problemas que había tenido en los
últimos tiempos, había olvidado por completo a Ema, incluso se había
olvidado de su cumpleaños y la historia de los bombones había sido
sólo una fábula para protegerle frente a sus tíos. Era algo enternecedor,
Y ni siquiera se lo podría pagar con las entradas para el teatro que, a
partir de ahora, pensaba enviarle con regularidad, pero no se sentía con
berzas para visitarla en la pensión, ni tampoco para sostener una
conversación con una niña de diecisiete años que aún acudía al
instituto.
–Y ¿qué dices tú ahora? –preguntó el tío, que daba la impresión de
haberlo olvidado todo debido a su excitación y parecía leer la carta de
nuevo.
–Sí, tío –dijo K–, es verdad.
–¿Es verdad? –exclamó el tío–. ¿Qué es verdad? ¿Cómo puede ser
verdad? ¿Qué tipo de proceso? ¿No será un proceso penal?
–Un proceso penal –respondió K.
–¿Y estás aquí sentado tan tranquilo mientras tienes un proceso penal
al cuello? –gritó el tío, que iba elevando cada vez más el tono de voz.
–Cuanto más tranquilo esté, mejor para el desenlace –dijo K cansado–.
No temas nada.
–¡Eso no me puede tranquilizar! –gritó el tío–. Josef, querido Josef,
piensa en ti, en tus parientes, en nuestro buen nombre. Hasta ahora
has sido nuestro orgullo, no puedes convertirte en nuestra vergüenza.
Tu actitud –y miró a K con la cabeza ligeramente inclinada–, tu actitud
no me gusta, así no se comporta ningún acusado inocente que aún
posee fuerzas. Dime en seguida de qué se trata para que pueda
ayudarte. ¿Acaso se trata del banco?
–No –dijo K, y se levantó–. Hablas demasiado alto, querido tío, el
empleado está seguramente detrás de la puerta y oye todo lo que
decimos. Esto es muy desagradable para mí. Es mejor que nos
vayamos. Contestaré a todas tus preguntas lo mejor que pueda. Sé
muy bien que soy responsable ante la familia.
–Exacto –exclamó el tío–, exacto, date prisa, Josef, date prisa. –Aún
tengo que dar unos encargos –dijo K, y llamó por teléfono a su
sustituto, que entró poco después. El tío, en su excitación, señaló con la
mano a K para indicar que éste era el que le había llamado, de lo que
naturalmente no había ninguna duda. K, que permanecía detrás del
escritorio, aclaró en voz baja a su sustituto, un hombre joven, que, sin
embargo, escuchaba con seriedad, todo lo que tenía que hacer en su
ausencia, mostrándole distintos escritos. El tío molestaba al permanecer
allí de pie, con los ojos muy abiertos y mordiéndose los labios; aunque
en realidad no escuchaba, la impresión de que lo hacía era muy
incómoda. Luego comenzó a pasear de un lado a otro de la habitación,
deteniéndose un rato ante la ventana o ante un cuadro y pronunciando
expresiones como: «Me es completamente incomprensible» o «ahora
dime adónde va a ir a parar todo esto». El hombre joven hacía como si
no notase nada, escuchó tranquilamente las instrucciones de K, anotó
algunas cosas y salió, después de haber realizado una ligera inclinación
ante K, así como ante el tío, que, sin embargo, le volvió la espalda,
miró por la ventana y cerró los visillos. Apenas se había cerrado la
puerta, el tío exclamó:
–Al fin se ha ido ese pelele, ahora podemos irnos. ¡Ya era hora!
Por desgracia, no hubo ningún medio para que el tío dejase las
preguntas sobre el proceso cuando pasaban por el vestíbulo del banco,
donde se encontraban algunos funcionarios, entre ellos el subdirector.
–Bien, Josef –comenzó el tío, mientras saludaba con inclinaciones de
cabeza a los presentes–, dime ahora abiertamente qué tipo de proceso
es.
K hizo algunos gestos para que no dijera nada, sonrió un poco y sólo
cuando llegaron a la escalinata explicó al tío que no había querido
hablar ante la gente.
–Has hecho bien –dijo el tío–, pero ahora habla.
Escuchó con la cabeza inclinada, fumando un cigarrillo con nerviosismo.
Ante todo, tío, no se trata de un proceso ante un tribunal ordinario.
–Malo –dijo el tío.
–¿Qué? –dijo K, y miró al tío.
–Eso es malo, según creo –repitió el tío.
Estaban al comienzo de la escalinata que conducía a la calle. Como el
portero parecía escuchar, K se llevó al tío hacia abajo. El animado
tráfico de la calle los acogió. El tío, que se había asido del brazo de K,
ya no quiso hablar con tanta urgencia sobre el proceso, incluso
anduvieron un rato en silencio.
–Pero, ¿cómo ha podido ocurrir? –preguntó finalmente el tío, y se
detuvo tan súbitamente que los que venían detrás le tuvieron que
esquivar asustados–. Esas cosas no surgen así, de repente, se van
preparando con mucho tiempo de antelación, ha tenido que haber
signos. ¿Por qué no me has escrito? Ya sabes que hago todo lo que
puedo por ti, en cierta medida sigo siendo tu tutor, y hasta hoy he
estado orgulloso de serlo. Por supuesto que seguiré ayudándote,
aunque ahora que el proceso está en marcha, será muy difícil. Lo mejor
sería que te tomaras unas pequeñas vacaciones y te vinieras con
nosotros al campo. Estás un poco delgado, ahora lo noto. En el campo
recuperarás las fuerzas, eso será bueno, pues te esperan grandes
esfuerzos. Además, así eludirás al tribunal. Aquí disponen de todos los
medios coercitivos y los pueden aplicar automáticamente. En el campo
tienen que delegar en un órgano o intentar influir sobre ti por
correspondencia, telégrafo o teléfono. Eso debilita, naturalmente, los
efectos. Aunque no te libera, al menos te da un respiro.
–Me pueden prohibir salir de la ciudad –dijo K, que parecía entrar algo
en el proceso mental del tío.
–No creo que lo hagan –dijo el tío pensativo–, con tu partida no sufren
una pérdida excesiva de poder.
–Yo pensaba –dijo K, y tomó a su tío del brazo para impedirle que se
detuviera– que le darías menos importancia que yo, y ahora compruebo
que tú mismo lo tomas como algo muy serio.
Josef –exclamó el tío, e intentó desasirse para detenerse, pero K no le
dejó–, estás cambiado, siempre has tenido una gran inteligencia, ¿y
precisamente ahora no la empleas? ¿Acaso quieres perder el proceso?
¿Sabes lo que eso significa? Eso significa que te suprimirán, y a todos
tus parientes contigo o, al menos, quedarán humillados, a la altura del
suelo. Josef, concéntrate. Tu indiferencia me desespera. Al verte así se
puede creer el refrán: «Proceso incoado, proceso perdido».
–Querido tío –dijo K–, es inútil excitarse. Excitándose no se ganan los
procesos. Deja que me guíe también por mis experiencias, del mismo
modo en que respeto las tuyas, por más que algunas veces me
asombren. Como dices que también la familia quedará afectada –lo que
no puedo entender, pero es un asunto secundario–, seguiré tus
consejos. Pero no considero una estancia en el campo como algo
ventajoso, pues significaría reconocer mi culpa y podría entenderse
como una huida. Además, aquí, es cierto, me pueden perseguir mejor
pero también puedo actuar e influir en el asunto.
–Cierto –dijo el tío en un tono reconciliador–, sólo te hice esa
proposición porque veía que peligraba todo el asunto con tu indiferencia
y me parecía que la única salida viable era tomarlo todo en mis manos.
Pero si quieres llevar tú mismo el asunto y con todas tus fuerzas, será
desde luego mucho mejor.
–Entonces estamos de acuerdo –dijo K–. ¿Tienes algún consejo sobre
lo que podría hacer?
–Aún tengo que meditar algo sobre el asunto –dijo el tío–. Como
sabes, vivo ininterrumpidamente en el campo desde hace veinte años y
así se pierde el instinto para estas cosas. Mis contactos con gente
importante, que tal vez conozcan mejor estos asuntos, se han
debilitado con el tiempo. En el campo estoy algo solo. Precisamente uno
lo nota cuando se producen este tipo de incidentes. Además, todo esto
ha sido inesperado, por más que después de la carta de Ema
sospechase algo, que se convirtió en certeza nada más verte. Pero eso
no tiene importancia, lo más importante es no perder el tiempo.
Mientras hablaba había hecho señas a un taxi, poniéndose de puntillas,
y cuando éste paró, subió, le dijo una dirección al conductor e introdujo
a K en el interior.
–Vamos a hacer una visita al abogado Huld –dijo el tío–, fuimos
compañeros de colegio. ¿Conoces el nombre? ¿No? Es muy extraño.
Tiene gran fama como defensor y abogado de los pobres. Yo tengo
mucha confianza en él como persona.
–Me parece bien todo lo que emprendas –dijo K, aunque la manera
precipitada de actuar del tío le causara cierto malestar. No era muy
agradable visitar a un abogado para pobres siendo un acusado.
–No sabía –dijo– que en un asunto así se podía consultar a un
abogado.
–Pues claro, naturalmente, ¿por qué no? Y ahora cuéntamelo todo para
que esté bien informado de lo que ha ocurrido.
K se lo comenzó a contar, sin silenciar nada. Su completa sinceridad fue
la única protesta que se pudo permitir contra la opinión del tío de que el
proceso era una gran vergüenza. El nombre de la señorita Bürstner lo
mencionó sólo una vez y de pasada, pero eso no influyó en la
sinceridad de su exposición, pues ella no tenía ninguna relación con el
proceso. Mientras hablaba, miraba por la ventanilla y observaba cómo
se acercaban a los suburbios en los que se hallaban las oficinas del
juzgado. Se lo dijo a su tío, pero éste no creyó que la coincidencia fuese
digna de ser tenida en cuenta. El coche se detuvo ante una casa
oscura. El tío llamó a la primera puerta de la planta baja. Mientras
esperaban, sonrió, hizo rechinar sus grandes dientes y musitó:
–Las ocho, una hora inusual para recibir a los clientes. Huld no me lo
tomará a mal.
En la mirilla de la puerta aparecieron dos grandes ojos negros, que
contemplaron durante un rato a los huéspedes y desaparecieron. La
puerta permaneció cerrada. El tío y K se confirmaron mutuamente
haber visto los dos ojos.
–Una criada nueva que tiene miedo a los extraños –dijo el tío y llamó
otra vez. Volvieron a aparecer los ojos, parecían tristes, pero podía ser
una ilusión producida por la llama de gas que ardía por encima de sus
cabezas y que apenas alumbraba.
–¡Abra! –gritó el tío golpeando la puerta con el puño–, somos amigos
del señor abogado.
–El señor abogado está enfermo –susurró alguien a sus espaldas. En
una puerta al otro lado del pasillo había un hombre en bata que era el
que se había dirigido a ellos con voz tan baja. El tío, que ya estaba
enfurecido por la espera, se dio la vuelta bruscamente y gritó:
–¿Enfermo? –y se fue hacia él con actitud amenazadora, como si el otro
fuese la misma enfermedad.
–Ya les han abierto –dijo el hombre, señaló la puerta del abogado, se
ajustó la bata y desapareció.
Era cierto, habían abierto la puerta, una muchacha –K reconoció en
seguida los ojos oscuros, un poco saltones– permanecía con un delantal
blanco en el vestíbulo y mantenía una vela en la mano.
–La próxima vez abra antes –dijo el tío en vez de saludar, mientras la
muchacha hacía una ligera inclinación de cabeza.
–Vamos, Josef –dijo a K, que pasó lentamente al lado de la muchacha.
–El señor abogado está enfermo –dijo la joven, ya que el tío se dirigió
directamente hacia una puerta sin detenerse. K aún contemplaba
asombrado a la muchacha, cuando ella se volvió para impedir la
entrada. Tenía un rostro redondo como el de una muñeca, pero no sólo
las pálidas mejillas y la barbilla poseían una forma redondeada, sino
también las sienes y la frente.
–Josef –volvió a llamar el tío y, a continuación, le preguntó a la joven:
–¿Es el corazón?
–Creo que sí –dijo ella, había tenido tiempo para avanzar con la vela y
abrir la puerta de la habitación. En una de las esquinas, aún no
iluminada, se elevó de la cama un rostro con una larga barba.
–Leni, ¿quién viene? –preguntó el abogado, que, deslumbrado por la luz
de la vela, aún no había podido reconocer a los visitantes.
–Soy Albert, tu viejo amigo –dijo el tío.
–¡Ah!, Albert –dijo el abogado, y se dejó caer sobre la almohada, como
si esa visita no necesitase ninguna atención especial.
–¿Tan mal estás? –preguntó el tío, y se sentó al borde de la cama–. No
lo creo. Es una de tus recaídas, pero pasará como las anteriores.
–Es posible –dijo el abogado en voz baja–, pero es peor que otras
veces. Respiro con dificultad, no duermo y voy perdiendo fuerzas día a
día.
–Vaya –dijo el tío, y presionó su sombrero de jipijapa contra la rodilla–
, son malas noticias. ¿Te están cuidando bien? Esto está tan triste, tan
oscuro. Ha pasado ya mucho tiempo desde la última vez que estuve
aquí, pero antes esto era más agradable. Tampoco tu pequeña señorita
parece muy alegre, o tal vez disimula.
La muchacha permanecía con la vela cerca de la puerta. Parecía fijarse
más en K que en el tío, aun cuando éste se refirió a ella. K se apoyó en
una silla que él mismo había desplazado hasta las proximidades de la
joven.
–Cuando se está tan enfermo como yo –dijo el abogado–, hay que
tener tranquilidad, a mí no me parece triste.
Después de una pequeña pausa añadió:
–Y Leni me cuida muy bien, es muy buena.
El tío, sin embargo, no se dejó convencer. Tenía un prejuicio contra la
enfermera y aunque no replicó nada al enfermo, persiguió con mirada
severa a la muchacha cuando ésta se acercó a la cama, dejó la vela en
la me silla de noche, se inclinó sobre el enfermo y le susurró algo
mientras le arreglaba la almohada. El tío prácticamente abandonó toda
consideración hacia el enfermo, se levantó, estuvo paseando de un lado
a otro detrás de la enfermera y a K no le hubiera asombrado que la
hubiera cogido por la falda para apartarla de la cama. K, sin embargo,
lo contemplaba todo con tranquilidad. Incluso la enfermedad del
abogado era algo que no le venía mal, no había podido oponer nada a
la actividad que el tío había desarrollado por su causa, pero el freno que
experimentaba ahora ese celo, sin intervención alguna de K, lo tomó
como algo positivo. Entonces el tío, tal vez sólo con la intención de
ofender a la enfermera, dijo:
–Señorita, por favor, déjenos un momento a solas, tengo que tratar con
mi amigo un asunto personal.
La enfermera, que se había inclinado aún más sobre el enfermo y
precisamente en ese momento alisaba la sábana, volvió la cabeza y dijo
con toda tranquilidad, que contrastaba con el silencio furioso y la
verborrea del tío:
–Ya ve, el señor está muy enfermo, no puede hablar de ningún asunto
personal.
Probablemente había repetido las palabras del tío sólo por comodidad,
pero por alguna persona ajena se podría haber tomado como una burla.
El tío, naturalmente, se comportó como si le hubieran acuchillado.
–Tú, condenada –logró decir con voz gutural y casi incomprensible por
la excitación.
K se asustó, aunque había esperado una reacción semejante, así que
corrió hacia él con la intención de taparle la boca con las manos.
Felizmente, el enfermo se incorporó detrás de la muchacha. El rostro
del tío se tornó sombrío, como si se estuviera tragando algo
repugnante, y dijo algo más tranquilo:
–Por supuesto que aún no hemos perdido la razón; si lo que reclamo no
fuera posible, no lo habría dicho. Por favor, váyase.
La enfermera estaba de pie al lado de la cama, mirando al tío, y con
una de sus manos, como creyó advertir K, acariciaba la mano del
ahogado.
–Puedes decir lo que quieras en presencia de Leni –dijo el enfermo con
un tono de súplica.
–No me concierne a mí –dijo el tío–, no es mi secreto.
Y se dio la vuelta, como si no pensara participar en más negociaciones,
pero concediera un periodo de reflexión.
–Entonces, ¿a quién concierne? –preguntó el abogado con voz apagada,
y volvió a echarse.
–A mi sobrino –dijo el tío–, lo he traído conmigo.
Se lo presentó:
–Gerente Josef K.
–¡Oh! –dijo el enfermo con súbita vivacidad, y le extendió la mano–,
disculpe, no había advertido su presencia.
–Retírate, Leni –dijo a la enfermera, que ya no se opuso, y le dio la
mano como si se despidiera por largo tiempo.
–Así que no has venido a hacer una visita a un enfermo –dijo
finalmente al tío, que se había acercado ya reconciliado–, vienes por
motivos profesionales.
Era como si la idea de una visita de enfermo hubiese paralizado hasta
ese momento al abogado, tan fortalecido aparecía ahora. Permaneció
apoyado en el codo, lo que tenía que ser bastante fatigoso, y tiró una y
otra vez de un pelo de su barba.
–Parece –dijo el tío– que te has recuperado algo desde la salida de esa
bruja.
Se interrumpió y musitó:
–Apuesto a que está escuchando –y saltó hacia la puerta. Pero detrás
de la puerta no había nadie. El tío regresó, pero no decepcionado, sino
amargado, pues creía ver en el comportamiento recto de la muchacha
una mayor maldad.
–No la conoces –dijo el abogado, sin proteger más a la enfermera. Tal
vez sólo quería expresar con ello que no necesitaba protección. Pero
prosiguió en un tono más interesado:
–En lo que se refiere al asunto de tu señor sobrino, me consideraría
feliz si mis fuerzas bastasen para una tarea tan extremadamente difícil;
me temo, sin embargo, que no bastarán, pero tampoco quiero dejar de
intentarlo; si no puedo, siempre será posible solicitar la ayuda de otro.
Para ser sincero, el asunto me interesa demasiado como para dejarlo
pasar y renunciar a toda participación. Si mi corazón no lo soporta, al
menos encontrará aquí una buena ocasión para fallar del todo.
K no creyó comprender ni una sola palabra de lo que había dicho. Miró
al tío para encontrar una explicación, pero éste estaba sentado en la
mesilla de noche, de la que se acababa de caer sobre la alfombra un
frasco de medicinas. Con la vela en la mano, el tío asentía a lo que
decía el abogado, se mostraba de acuerdo en todo y miraba de vez en
cuando a K como si requiriera un asenso similar. ¿Acaso había hablado
ya el tío con el abogado acerca del proceso? Pero eso era imposible,
todo lo acaecido hablaba en contra. Por esta causa, dijo:
–No entiendo.
–¿Acaso le he interpretado mal? –preguntó el abogado tan asombrado y
confuso como K–. Tal vez me he precipitado. ¿Sobre qué quería hablar
conmigo? Creía que se trataba de su proceso.
–Naturalmente –dijo el tío, que entonces preguntó a K–: Pero ¿qué te
pasa?
–Sí, pero, ¿de qué me conoce y cómo sabe de mi proceso? –inquirió K.
–¡Ah, ya! –dijo el abogado sonriendo–, soy abogado, trato con
miembros de los tribunales, se habla de distintos procesos, sobre todo
de los más llamativos, y cuando afectan al sobrino de un amigo se
quedan en la memoria. No es nada extraño.
–Pero ¿qué te pasa? –volvió a preguntarle el tío–. Estás muy nervioso.
–¿Usted tiene trato con los miembros de los tribunales? –preguntó K.
–Sí –dijo el abogado.
–Haces preguntas de niño –dijo el tío.
–¿Con quién voy a tratar si no es con gente de mi gremio? –añadió el
abogado.
Sonó tan irrebatible que K fue incapaz de contestar. «Usted trabaja en
las estancias del Palacio de justicia pero no en las del desván», hubiera
querido decir, pero no se atrevió.
–Tiene que tener en cuenta –continuó el abogado, como si le estuviera
explicando algo evidente y superfluo– que de ese trato saco muchas
ventajas para mis clientes y, además, en múltiples sentidos, pero de
eso no se puede hablar. Naturalmente estoy algo impedido a causa de
mi enfermedad; no obstante sigo recibiendo visitas de buenos amigos
de los tribunales y me entero de algunas cosas. Es posible que me
entere de mucho más de lo que se pueden enterar algunos que gozan
de la mejor salud y se pasan todo el día en los tribunales. Precisamente
ahora tengo una visita entrañable –y señaló hacia una de las esquinas.
–¿Dónde? –preguntó K de un modo algo grosero por la sorpresa. Miró a
su alrededor con inseguridad, la luz de la vela no llegaba hasta la pared
opuesta. Y realmente algo comenzó a moverse en la esquina. A la luz
de la vela, que ahora el tío sostenía en alto, se podía ver a un señor
bastante mayor sentado frente a una mesita. Era como si todo ese
tiempo hubiera aguantado la respiración para permanecer inadvertido.
Ahora se levantó algo molesto, insatisfecho por haber acaparado la
atención. Era como si quisiera evitar, moviendo las manos como
pequeñas alas, cualquier presentación o saludo, como si no quisiera
molestar a los demás con su presencia y como si suplicase que le
dejaran de nuevo en la oscuridad y en el olvido. Pero ya no se lo podían
consentir.
–Nos habéis sorprendido –dijo el abogado como explicación e hizo una
seña al señor para animarle a que se aproximara, lo que éste hizo
lentamente, dudando, mirando alrededor y con cierta dignidad.
–El señor jefe de departamento judicial…, ¡ah!, perdón, no les he
presentado. Aquí mi amigo Albert K, aquí su sobrino, el gerente Josef K,
y aquí el señor jefe de departamento. Bien, pues el señor jefe de
departamento ha sido tan amable de hacerme una visita. El valor de
una visita así sólo puede ser apreciado por alguien que sepa lo cargado
de trabajo que está el señor jefe de departamento. No obstante ha
venido, y conversábamos tranquilamente, tanto como lo permitía mi
debilidad. No habíamos prohibido a Leni que dejara entrar a visitantes,
pues no esperábamos a ninguno, pero opinábamos que debíamos
permanecer solos; entonces se oyeron tus golpes, Albert, y el señor
jefe de departamento se retiró con su sillón a una esquina, pero ahora
parece que tenemos un asunto para discutir en común y puede volver
con nosotros. Señor jefe de departamento –dijo con una inclinación y
una sonrisa sumisa, señalando una silla en la cercanía de la cama.
–Por desgracia sólo podré permanecer unos minutos –dijo
amablemente el jefe de departamento, se sentó cómodamente en la
silla y miró el reloj–, pues el trabajo me llama. Pero tampoco quiero
perder la oportunidad de conocer a un amigo de mi amigo.
Inclinó ligeramente la cabeza hacia el tío, quien parecía muy satisfecho
por su nuevo conocido, satisfacción que, sin embargo, no supo
manifestar, ya que, por su naturaleza, era incapaz de mostrar ningún
sentimiento de sumisión, limitándose a acompañar las palabras del jefe
de departamento con una risa confusa. ¡Una visión horrible! K podía
contemplarlo todo tranquilamente, pues nadie se preocupaba de él. El
jefe de departamento, como parecía que era su costumbre, tomó la
palabra. El abogado, por su parte, cuya debilidad inicial parecía que
sólo había servido para expulsar a la nueva visita, escuchaba con
atención, con la mano en el oído; el tío, que mantenía la vela –la
balanceaba sobre su muslo y el abogado le miraba frecuentemente con
preocupación– había superado su confusión previa y seguía encantado
la manera de hablar del jefe de departamento y los movimientos
ondulados de manos con que éste acompañaba a sus palabras. K, que
se apoyaba en la pata de la cama, era completamente ignorado por el
jefe de departamento, probablemente con toda intención, y permaneció
como mero oyente. Además, no sabía de qué estaban hablando y se
dedicó a pensar en la enfermera, en el trato tan malo que había
recibido del tío y llegó a considerar si no había visto ya al jefe de
departamento, tal vez en la asamblea durante su primera
comparecencia. Si se equivocaba, el jefe de departamento habría
armonizado perfectamente con los participantes de las primeras filas,
aquellos ancianos con sus barbas ralas.
En ese preciso momento todos se quedaron escuchando pues se había
producido un ruido como el que hace la porcelana al romperse.
–Voy a ver qué ha podido ocurrir –dijo K, y salió lentamente, como si
quisiera dar la oportunidad de que le detuvieran. Apenas había entrado
en el vestíbulo e intentaba orientarse en la oscuridad, cuando una mano
pequeña, mucho más pequeña que la de K, se posó sobre la suya, aún
en el picaporte, y cerró suavemente la puerta. Era la enfermera, que
había estado esperando allí.
–No ha ocurrido nada –susurró ella–, he arrojado un plato contra la
pared para sacarle de la habitación.
K dijo algo confuso:
–También yo he pensado en usted.
–Mucho mejor –dijo la enfermera–. Venga.
Llegaron a una puerta con un cristal opaco. La enfermera la abrió.
–Entre –dijo ella.
Era el despacho del señor abogado. Por lo que se podía apreciar a la luz
de la luna, que sólo alumbraba con intensidad un espacio rectangular
del suelo bajo dos grandes ventanas, los muebles eran antiguos y
pesados.
–Venga aquí –dijo la enfermera, y señaló un oscuro arcón con forma
de asiento provisto de un respaldo de madera labrada.
Cuando K se sentó, miró a su alrededor: era una habitación amplia y
elevada, la clientela del abogado de los pobres se debía de sentir
perdida. K creyó apreciar los pequeños pasos con los que los visitantes
se acercaban al poderoso escritorio. Pero poco después lo olvidó y sólo
tuvo ojos para la enfermera, que estaba sentada junto a él y casi le
presionaba contra uno de los brazos del arcón.
–Pensé –dijo ella– que vendría conmigo sin necesidad de llamarle. Ha
sido muy extraño. Primero me estuvo mirando al entrar casi
ininterrumpidamente y luego me dejó esperando. Por lo demás,
llámeme Leni –añadió rápida e inesperadamente, como si no quisiera
desperdiciar ni un segundo de esa conversación.
–Encantado –dijo K–. Pero en lo que concierne a su extrañeza, Leni, se
puede explicar fácilmente. En primer lugar, tenía que escuchar la
cháchara de los dos ancianos y no podía salir sin motivo alguno; en
segundo lugar, soy más bien tímido, y usted, Leni, no tenía el aspecto
de poder ser conquistada en un instante.
–No ha sido eso –dijo Leni, que apoyó el brazo en el respaldo y
contempló a K–, lo que pasa es que no le gusté al principio y
probablemente tampoco le gusto ahora.
–«Gustar» no expresaría bien lo que siento –dijo K, eludiendo una
respuesta directa.
–¡Oh! –exclamó ella sonriendo, y ganó gracias a las últimas palabras de
K cierta superioridad. Por esta causa, K permaneció un rato en silencio.
Como ya se había acostumbrado a la oscuridad de la habitación, pudo
distinguir algunos objetos. En concreto, le llamó la atención un gran
cuadro que colgaba a la derecha de la puerta. Se inclinó para verlo
mejor. En él estaba retratado un hombre con la toga de juez, sentado
en un sitial, cuyos adornos dorados destacaban intensamente. Lo
insólito era que ese juez no estaba sentado en una actitud digna y
reposada, sino que presionaba con fuerza el brazo izquierdo contra el
respaldo y contra el brazo del sitial, mientras mantenía libre el brazo
derecho, cuya mano se aferraba al otro brazo del asiento como si en el
instante siguiente fuera a saltar con un giro violento para decir algo
decisivo o pronunciar una sentencia. Se suponía que el acusado estaba
al inicio de una escalera, de la cual sólo se podían ver los peldaños
superiores, cubiertos con una alfombra amarilla.
–Tal vez sea éste mi juez –dijo K, y señaló el cuadro con el dedo.
–Yo le conozco –dijo Leni, que también miró el cuadro–, viene a
menudo de visita. El retrato lo pintaron cuando era joven, pero jamás
ha podido parecerse al del cuadro, pues es muy bajito. Sin embargo, se
hizo retratar con esa estatura porque es muy vanidoso, como todos los
de aquí. Pero yo también soy vanidosa y estoy muy insatisfecha por no
gustarle a usted.
K sólo respondió a este último comentario atrayendo a Leni hacia él y
abrazándola: ella reclinó en silencio la cabeza en su hombro. A
continuación, K le preguntó:
–¿Qué rango tiene?
–Es juez de instrucción –dijo ella, tomó la mano de K, con la que él la
abrazaba y jugó con sus dedos.
–Otra vez sólo un juez instructor –dijo K decepcionado–, los
funcionarios superiores se esconden, pero él está sentado en un sitial.
–Eso es todo un invento –dijo Leni, poniendo el rostro en la Mano de
K–, en realidad está sentado en una silla de cocina, cubierta una vieja
manta para caballerías. Pero ¿tiene que pensar siempre en proceso? –
añadió lentamente.
–No, no, en absoluto –dijo K–, incluso creo que pienso demasiado poco
en él.
–Ése no es el error que está cometiendo –dijo Leni–. Usted es
demasiado inflexible, al menos eso es lo que he oído.
–¿Quién ha dicho eso? –preguntó K. Sintió su cuerpo en su pecho y
contempló su mata de pelo oscuro.
–Revelaría demasiado si se lo dijera –respondió Leni–. Por favor, no
pregunte nombres, pero rectifique su error, no sea tan inflexible. No
hay defensa posible contra esta judicatura, hay que confesar. Haga la
confesión en la próxima oportunidad que se le presente. Sólo así tendrá
la posibilidad de escapar, sólo así. No obstante, le será imposible sin
ayuda. No tema por esa ayuda, yo se la prestaré.
–Usted sabe mucho de esta justicia y de todas las trampas necesarias
para moverse en ella –dijo K, y, como se apretaba mucho a él, decidió
sentarla sobre sus rodillas.
–Así estoy bien –dijo ella, y se acomodó un poco la falda y la camisa.
Luego puso las manos en torno a su cuello, se inclinó un poco hacia
atrás y lo contempló durante un rato.
Y si no confieso, ¿no me podrá ayudar? –preguntó K de prueba. Reúno
ayudantes femeninos –pensó con asombro–, primero la señorita
Bürstner, luego la esposa del ujier y por último esta pequeña
enfermera, que parece sentir una incomprensible atracción hacia mí.
¡Se sienta en mis rodillas como si fuese su lugar preferido!»
–No –respondió Leni y sacudió lentamente la cabeza–. En ese caso no
podría ayudarle. Pero está claro que usted no quiere mi ayuda usted es
obstinado y no se deja convencer. ¿Tiene una amante? –preguntó
después de un rato de silencio.
–No –dijo K.
–¡Oh, sí! –dijo ella.
–Sí, claro que sí –dijo K–. La he negado y, no obstante, llevo una
fotografía suya.
Siguiendo su petición, le mostró la fotografía, que ella estudió hecha un
ovillo sobre sus rodillas. Era una fotografía al natural: la tomaron
mientras Elsa bailaba una danza trepidante, como las que le gustaba
bailar en el local donde trabajaba; su falda volaba a su alrededor
agitada por sus giros y apoyaba las manos en las caderas, al mismo
tiempo miraba sonriendo hacia un lado con el cuello estirado. No se
podía reconocer en la foto a quién dirigía esa sonrisa.
–Se ha ceñido demasiado el corpiño –dijo Leni, y señaló el lugar donde
se podía apreciar–. No me gusta, es torpe y vulgar. Tal vez sea con
usted dulce y amable, eso se podría deducir de la fotografía. Mujeres
tan altas y fuertes no saben a menudo otra cosa que ser dulces y
amables; pero, ¿sería capaz de sacrificarse por usted?
–No –dijo K–, ni es dulce ni amable, ni tampoco se sacrificaría por mí.
Aunque hasta ahora no he reclamado de ella ni lo uno ni lo otro. Y no
he contemplado la fotografía con tanto detenimiento como usted.
–Entonces no tiene mucha importancia para usted –dijo Leni–, no es su
amante.
–Sí lo es –dijo K–, no voy a desmentirlo ahora.
–Bueno, por mucho que sea su amante –dijo Leni–, no la echaría de
menos si la perdiera o la sustituyera por otra, por ejemplo por mí.
–Cierto –dijo K sonriendo–, eso sería posible, pero ella tiene una
ventaja frente a usted, no sabe nada del proceso y si supiera algo, no
pensaría en convencerme para que condescendiera.
–Eso no es ninguna ventaja –dijo Leni–. Si no tiene más ventajas, no
perderé la esperanza. ¿Tiene algún defecto corporal?
–¿Un defecto corporal? –preguntó K.
–Sí –dijo Leni–, yo tengo un pequeño defecto, mire.
Estiró los dedos corazón e índice de su mano derecha y una membrana
llegaba prácticamente hasta la mitad del dedo más corto. La oscuridad
impidió ver a K lo que quería mostrarle, así que ella llevó su mano
hasta el sitio indicado para que él lo tocara.
–Qué capricho de la naturaleza –dijo K, y añadió mientras miraba toda
la mano–: Qué garra tan hermosa.
Leni contempló con orgullo cómo K abría y cerraba asombrado los dos
dedos hasta que, finalmente, los besó ligeramente y los soltó.
–¡Oh! –exclamó ella en seguida–. ¡Me ha besado!
Ayudándose con las rodillas, trepó por el cuerpo de K con la boca
abierta; K la miró consternado, ahora que estaba tan cerca notó que s
pedía un olor amargo y excitante, como a pimienta; atrajo su cabeza,
se inclinó sobre ella y la mordió y besó en el cuello, luego mordió su
pelo.
–La ha sustituido por mí –exclamaba ella–, ve, ¡la ha sustituido por mí!
Sus rodillas resbalaron y cayó hasta casi tocar la alfombra lanzando un
pequeño grito. K la abrazó para sujetarla, pero ella lo atrajo.
–Ahora me perteneces –dijo ella.
–Aquí tienes la llave de la casa, ven cuando quieras –fueron sus últimas
palabras y un beso al azar le alcanzó en la espalda mientras se legar
Cuando salió de la casa comprobó que caía una fina lluvia, quería llegar
a la mitad de la calle para poder ver a Leni en la ventana, pero de un
automóvil, que esperaba cerca de la casa, y que K no había advertido,
salió el tío, le cogió del brazo y le empujó contra la puerta de la rasa,
como si quisiera apuntalarle contra ella.
–¡Pero cómo has podido hacerlo! –gritó–. Has dañado gravemente tu
causa cuando ya iba por el buen camino. Te ocultas con esa cosa sucia
que, además, es la amante del abogado y permaneces ausente durante
horas. Ni siquiera buscas una excusa, no, ni disimulas, sino que
abiertamente corres hacia ella y te quedas con ella. Y mientras tanto
nosotros permanecemos allí sentados, tu tío, que se esfuerza por ti, el
abogado, al que hay que ganarse para que te defienda y, sobre todo, el
jefe de departamento, ese gran señor, que domina tu caso en su estado
actual. Queríamos hablar sobre cómo se te podía ayudar, yo tenía que
hablar cuidadosamente con el abogado y luego éste con el jefe de
departamento y al menos tendrías que haberme apoyado. En vez de
eso permaneces ausente. Al final ya no se puede ocultar, son hombres
educados, no hablan de ello, me guardan consideración, pero llega un
momento en que ya no lo pueden tolerar, y como no pueden hablar del
caso, enmudecen. Hemos permanecido allí sentados minutos y minutos
sin decir una palabra, escuchando si venías o no. Todo en vano.
Finalmente, el jefe de departamento, que ha permanecido más tiempo
del que quería, se ha levantado y se ha despedido de mí,
compadeciéndome y sin poder ayudarme. Luego esperó amablemente
un tiempo en la puerta y se fue. Naturalmente, yo estaba feliz de que
se hubiera ido, ya no podía ni respirar. Al abogado le ha sentado mucho
peor, el pobre hombre no podía hablar cuando me despedí de él.
Probablemente has contribuido a que sufriese una recaída y así aceleras
la muerte del hombre del que dependes. Y me dejas a mí, a tu tío, aquí,
bajo la lluvia, mira, estoy empapado, he esperado horas.
EL ABOGADO – EL FABRICANTE – EL PINTOR
Una mañana de invierno –fuera caía la nieve y la luz era mortecina–, K
estaba sentado en su despacho, exhausto a pesar de encontrarse in las
primeras horas de la mañana. Para protegerse de los funcionarios
inferiores, había encargado a su ordenanza que no dejase pasar a
nadie; puso como excusa que estaba muy ocupado. Pero en vez de
trabajar, giraba en su sillón, desplazaba lentamente distintos objetos
sobre el escritorio y, sin ser muy consciente de lo que hacía, terminó
por extender el brazo sobre la mesa y permanecer inmóvil con la
cabeza inclinada.
El proceso ya no abandonaba sus pensamientos. Con frecuencia había
considerado la posibilidad de redactar un escrito de defensa y
Presentarlo al tribunal. En él incluiría una corta descripción de su vida y
aclararía, respecto a cada acontecimiento importante, por qué motivos
había actuado así, si esa forma de actuar, según su juicio actual, era
reprochable o no, y las justificaciones que se podían aducir en uno u
otro caso. Las ventajas de un escrito de defensa con un contenido
similar, en comparación con la simple defensa a través del abogado,
por lo demás tampoco libre de objeciones, eran indudables. K no sabía
lo que el abogado emprendía; en todo caso no era mucho, hacía un
mes que no le llamaba y en ninguna de las visitas previas tuvo la
impresión de fue ese hombre pudiera alcanzar algo. Ni siquiera le había
preguntado apenas nada. Y, sin embargo, había tanto que preguntar.
Preguntar era, sin duda, lo principal. K tenía la sensación de que él
mismo podía plantear todas las preguntas necesarias del caso. El
abogado, por el contrario, en vez de preguntarle, contaba cosas él
mismo o permanecía en silencio, inclinándose sobre el escritorio –tal
vez por su dureza de oído–, tirándose de un pelo de la barba y mirando
fijamente la alfombra, es posible que hacia el lugar en el que habían
yacido K y Leni. De vez en cuando le hacía alguna vacía advertencia,
como se hace con los niños. Palabras tan inútiles como aburridas, que K
no pensaba pagar ni con un céntimo cuando le enviara la cuenta final.
Una vez que el abogado creía haberle humillado lo suficiente,
comenzaba, como de costumbre, a infundirle un poco de ánimo. Según
le contaba, él había ganado ya total o parcialmente muchos procesos
similares, procesos que, si bien no habían sido tan difíciles como el
suyo, al menos se habían presentado igual de desesperanzados. Tenía
una lista con esos procesos en su cajón –al decirlo golpeteaba en uno
de los laterales de la mesa–, pero por desgracia no podía mostrar el
material, pues se trataba de un secreto oficial. Naturalmente, decía,
toda su experiencia revertía en favor de K. Había comenzado a trabajar
de inmediato y el primer escrito judicial ya casi estaba redactado. Su
importancia consistía en que al ser la primera impresión que daba la
defensa, a menudo determinaba esencialmente el posterior desarrollo
del procedimiento. No obstante, por desgracia, se veía obligado a
advertirle que a veces ocurría que los primeros escritos presentados al
tribunal no se leían. Simplemente se agregaban a las actas y se
estimaba que provisionalmente era más importante el interrogatorio y
la observación del acusado que todas las alegaciones realizadas por
escrito. Si el solicitante mostraba apremio, se aducía que antes de la
sentencia definitiva se reuniría todo el material, incluidas las actas
respectivas, y se examinarían también los primeros escritos.
Lamentablemente, esto no ocurría siempre así, el primer escrito se solía
traspapelar o simplemente se extraviaba y, aunque se conservase hasta
el final –esto lo había sabido el abogado sólo por rumores–, apenas se
leía. Todo eso era lamentable, pero no carecía de justificación. K no
debía sacar la falsa conclusión de que el procedimiento no era público,
podía ser público, si el tribunal lo consideraba necesario, pero la ley no
prescribía su publicidad. Como consecuencia de esto, los escritos
judiciales, ante todo el escrito de acusación, eran inaccesibles para el
acusado y la defensa, por consiguiente no se sabía con exactitud a qué
se debía referir, en concreto, el primer escrito, así que éste sólo podía
contener por casualidad algo que fuera importante para la causa. Datos
exactos y aptos para servir de prueba se podían elaborar con
posterioridad, cuando los interrogatorios del acusado hicieran aparecer
con más claridad los cargos que se le imputaban o permitieran
deducirlos con mayor precisión. Naturalmente, bajo estas condiciones,
la defensa se encontraba en una situación muy desfavorable y difícil.
Pero también esto era deliberado. En realidad, la ley no permitía una
defensa, sólo la toleraba, no obstante, incluso respecto al sexto legal
del que se podía deducir una tolerancia, existía una fuerte disensión
doctrinal. Por consiguiente, estrictamente hablando, no podía haber
ningún abogado reconocido por los tribunales, todos los abogados que
comparecían ante ese tribunal eran abogados intrusos. El gremio
consideraba esta situación indignante y si K, en su próxima visita a los
juzgados, se fijaba en el despacho de los abogados, lo comprobaría.
Probablemente quedaría horrorizado al ver en qué condiciones se reunía
allí la gente. Ya la estancia estrecha mostraba el desprecio que la
justicia tenía por ese gremio. La luz sólo penetraba por una claraboya,
situada a tal altura que si alguien quería mirar por ella tenía fue buscar
a un colega para subirse a sus espaldas. Por añadidura, el humo de una
chimenea cercana le entraría por la nariz y le dejaría la cara negra. En
el suelo de esa estancia –sólo para añadir un ejemplo más del estado
en que se encontraba aquello–, había, desde hacía más ele un año, un
agujero, no tan grande como para que un hombre pudiese caer por él,
pero sí lo suficiente como para poder meter una pierna. El despacho de
los abogados estaba en el segundo piso, si alguien se hundía, la pierna
aparecía en el primer piso, precisamente en el corredor donde esperan
los acusados. No exageraba al decir que en los círculos de abogados
esa situación se consideraba vergonzosa. Las quejas a la Administración
de Justicia no habían tenido el más mínimo éxito, lo único que se había
conseguido era que se prohibiera severamente que los abogados
cambiasen algo en la habitación asumiendo ellos mismos los costes.
Pero también esta forma de tratar a los abogados tenía un fundamento.
Se quería impedir la defensa y se pretendía que todo recayese sobre el
acusado. No era un mal criterio, pero sería un error deducir que en esa
justicia los abogados no servían para nada. Todo lo contrario, en ningún
lugar eran tan necesarios. El procedimiento no sólo no era público, sino
que también permanecía secreto para el acusado. Naturalmente, todo
lo secreto que era posible, pero era posible en su mayor parte. El
acusado tampoco tenía acceso a los escritos judiciales y deducir de los
interrogatorios el contenido de ellos era muy difícil, sobre todo para el
acusado, confuso y lleno de preocupaciones. Aquí es cuando debía
actuar la defensa. Por regla general, la defensa no podía estar presente
durante los interrogatorios, así que se veía obligada a preguntar al
acusado, si era posible en la misma puerta del despacho del juez
instructor, acerca del interrogatorio e intentar deducir de esos informes,
la mayoría de las veces muy vagos, la información conveniente. Pero
esto no era lo más importante, pues así no se podía averiguar mucho,
aunque, si bien era cierto, una persona competente averiguaría más
que otra que no lo era. Lo más importante eran las relaciones
personales del abogado, en ellas consistía la calidad de la defensa. K ya
había sabido por propia experiencia que los rangos inferiores de esa
organización judicial no eran del todo perfectos, que en ellos
abundaban los empleados corruptos y aquellos que olvidaban
fácilmente el cumplimiento del deber, por lo que la severa configuración
judicial mostraba algunas lagunas. Aquí es donde la gran masa de
abogados encontraba su campo de actuación, aquí se sobornaba y se
espiaba, no hacía mucho tiempo, incluso, se produjeron robos de actas.
No se podía dudar que de esa manera se podían conseguir resultados
sorprendentemente favorables para el acusado, aunque sólo
momentáneos. Los pequeños abogados los aprovechaban para hacerse
publicidad y vanagloriarse, pero para el posterior transcurso del proceso
no significaba nada o nada bueno. Lo que a fin de cuentas poseía más
valor eran las buenas y sinceras relaciones personales y, además, con
los funcionarios superiores, con lo que sólo se hacía referencia a los
funcionarios superiores de los grados inferiores. Gracias a estas
relaciones se podía influir en el desarrollo del proceso, al principio de
una manera inapreciable, más tarde con mayor claridad. Esto lo
conseguían muy pocos abogados, y aquí la elección de K se mostraba
muy acertada. Tal vez sólo uno o dos abogados podían poseer unas
relaciones similares a las suyas. Estos abogados, sin embargo, no se
ocupaban de los clientes presentes en el despacho de abogados y no
tenían nada que ver con ellos. Y precisamente esa circunstancia era la
que fortalecía –vínculo con los funcionarios judiciales. Ni siquiera era
necesario que el Dr. Huld acudiera a los tribunales, que esperase allí a
la casual aparición del juez instructor y que consiguiese algún éxito,
dependiendo del humor del magistrado, o ni siquiera eso. No, K ya lo
había podido ver, los funcionarios, y, entre ellos, algunos superiores, se
presentaban por su propia voluntad, ofrecían espontáneamente alguna
información, clara o fácilmente interpretable, hablaban sobre el
posterior desarrollo del proceso, sí, incluso había casos en que se
dejaban convencer y adoptaban encantados los puntos de vista ajenos.
No obstante, tampoco se podía confiar mucho en ellos en este último
aspecto. Por muy positiva que fuese su opinión para la defensa, nada
impedía que regresasen a su despacho y al día siguiente emitiesen una
sentencia completamente contraria y mucho más severa para el
acusado que la pensada en un primer momento, de la que, sin
embargo, afirmaban estar convencidos del todo. Contra esto no hay
defensa posible, pues lo que han dicho en confianza sólo se ha dicho en
confianza y no admite ninguna consecuencia pública, ni siquiera en el
caso de que la defensa no se esforzara en mantener el favor de los
señores. Por otra parte, resultaba cierto que estos señores no se ponían
en contacto con la defensa, naturalmente con una defensa
especializada, por amor al género humano o por sentimientos de
amistad, también ellos, en cierta manera, dependían de ella. Aquí salía
a la luz uno de los defectos de una organización judicial que establecía
la confidencialidad del tribunal. A los funcionarios les faltaba el contacto
con la población, para los procesos habituales estaban bien dotados, un
proceso así prácticamente avanzaba por sí mismo y sólo necesitaba un
pequeño empujón de vez en cuando, pero en los casos más simples o
en los más difíciles se mostraban con frecuencia perplejos. Como
estaban sumidos noche y día en la ley, carecían del sentido para las
relaciones humanas y en algunos casos lo echaban de menos. Entonces
acudían a los abogados para tomar consejo y detrás de ellos venía un
empleado con esas actas que, en realidad, se supone, son tan secretas.
En esa ventana había visto a algunos señores, de los que jamás se
hubiera podido esperar una actitud así, mirando hacia la calle
desconsolados, mientras el abogado estudiaba las actas para darle un
buen consejo. Por lo demás, en esas situaciones se podía comprobar la
enorme seriedad con que esos señores se tomaban su trabajo y cómo
se desesperaban cuando topaban con impedimentos que, por su
naturaleza, no podían superar. Su posición tampoco era fácil, se les
haría una injusticia si se pensase que su posición era fácil. La estructura
jerárquica de la organización judicial era infinita y ni siquiera era
abarcable para el especialista. El procedimiento en los distintos
juzgados era, por regla general, también secreto para los funcionarios
inferiores, por consiguiente jamás podrían seguir los asuntos que
trataban en las fases subsiguientes; las causas judiciales entraban en
su ámbito de competencias sin que supieran de dónde venían y luego
seguían su camino sin que supieran adónde iban. Así pues, estos
funcionarios no podían sacar ninguna enseñanza del estudio de las
distintas fases procesales, de las decisiones y fundamentos de las
mismas. Sólo podían ocuparse de aquella parte del proceso que la ley
les atribuía y del resultado de su trabajo sabían con frecuencia menos
que la defensa, que, por regla general, permanecía en contacto con el
acusado hasta el final del proceso. También a este respecto podían
conocer a través de la defensa alguna información valiosa. Si K todavía
se asombraba, teniendo en cuenta todo lo dicho, de la irascibilidad de
los funcionarios –todos tenían la misma experiencia–, que con
frecuencia se dirigían a las partes de un modo insultante, debía
considerar que todos los funcionarios estaban irritados, incluso cuando
parecían tranquilos. Era natural que los abogados sufrieran mucho por
esa circunstancia. Se contaba, por ejemplo, una historia, que, según
todos los indicios, podía ser verdadera: Un viejo funcionario, un señor
bueno y silencioso, había estudiado una noche y un día, sin interrupción
–estos funcionarios eran más diligentes que nadie–, un asunto judicial
bastante difícil, especialmente complicado debido a los datos confusos
aportados por el abogado. Por la mañana, después de un trabajo de
veinticuatro horas, probablemente no muy fecundo, se fue hacia la
puerta de entrada, permaneció allí emboscado y arrojó por las escaleras
Modos los abogados que pretendían entrar. Los abogados se reunieron
al pie de las escaleras y discutieron qué podían hacer. Por una parte, no
tenían ningún derecho a entrar, así que no podían emprender acción
judicial alguna contra el funcionario y, además, tenían que cuidarse
mucho de poner al cuerpo de funcionarios en su contra. Por otra parte,
terno no hay día perdido en el juzgado, tenían la necesidad de entrar
realmente, se pusieron de acuerdo en intentar cansar al funcionario.
Una y otra vez mandaron a un abogado que volvía a ser arrojado
escaleras abajo al ofrecer una resistencia meramente pasiva. Todo esto
duró alrededor de una hora; entonces el hombre, ya viejo, debilitado
por el abajo nocturno, realmente fatigado, regresó a su despacho. Los
de abajo no se lo querían creer, así que enviaron a uno para que mirase
detrás de la puerta y comprobara que ya no estaba. Sólo entonces
entraron, pero no se atrevieron ni a rechistar. Pues los abogados –y
hasta el más ínfimo de ellos podía abarcar, al menos en parte, las
circunstancias que allí prevalecían– no pretendían introducir ni imponer
ninguna Mejora en el funcionamiento de los tribunales, mientras que
casi todos los acusados –y esto era lo significativo–, incluso gente muy
simple, empezaban a pensar nada más entrar en proposiciones de
mejora y así desperdiciaban el tiempo y las energías, que podrían
emplear mucho mejor de otra manera. Lo correcto era adaptarse a las
circunstancias. Aun en el supuesto de que a alguien le fuera posible
mejorar algunos detalles –aunque sólo se trataba de una superstición
absurda–, lo único que habría conseguido, en el mejor de los casos,
sería mejorar algo para asuntos futuros, pero se habría dañado
extraordinariamente a sí mismo, pues habría llamado la atención del
cuerpo de funcionarios, siempre vengativo. ¡Jamás había que llamar la
atención! Había que esforzarse por comprender que ese gran organismo
judicial en cierta manera estaba suspendido, como si flotara, y si
alguien cambiaba algo en su esfera particular podía perder el suelo bajo
los pies y precipitarse, mientras que el gran organismo, para paliar esa
pequeña distorsión, encontrar fácilmente un repuesto en otro lugar –
todo está conectado– y permanecería así invariable o, lo que era aún
más probable, todavía más cerrado, más atento, más severo, más
perverso. Así que lo mejor era ceder el trabajo a los abogados en vez
de molestarlos. Los reproches no servían de nada, sobre todo cuando
no se podían comprender los motivos que los generaban, y no se podía
negar que K, con su actitud frente al jefe de departamento, había
dañado mucho su causa. A ese hombre tan influyente, que pertenecía a
aquellos que pueden hacer algo por él, ya había que tacharlo de la lista.
Desoía incluso las menciones más fugaces del proceso y, además,
intencionadamente. En algunas cosas los funcionarios se comportaban
como niños. Con frecuencia se podían ofender por pequeñeces –y la
actitud de K, por desgracia, no quedaba encuadrada en esta categoría–,
y entonces dejaban de hablar incluso con buenos amigos, los evitaban y
los perjudicaban en todo lo que podían. Pero de pronto,
sorprendentemente, sin un motivo que lo explicase, se les hacía reír
con una broma, fruto de la desesperación, y se reconciliaban. El trato
con ellos era al mismo tiempo difícil y fácil, no había reglas. A veces
resultaba asombroso que una vida normal alcanzase para poder abarcar
tanto y obtener aquí algún éxito laboral. Había, por supuesto, horas
sombrías, como las que tiene cualquiera, en las que se creía no haber
conseguido nada, en las que a uno le parecía que un proceso, con
buenas perspectivas desde el principio hasta el final y con un buen
resultado, podría haber llegado a la misma conclusión sin trabajo
alguno, mientras otros muchos se habían perdido a pesar de todo el
esfuerzo, de las muchas idas y venidas, de los pequeños éxitos
aparentes, sobre los que uno tanto se alegraba. Entonces todo parecía
inseguro y uno no osaría negar, incluso, que procesos con buenas
expectativas se habían descarrilado precisamente por la ayuda
prestada. También eso era una cuestión de confianza en uno mismo, y
esa confianza era lo único que quedaba. A estos ataques –sólo eran
pequeños ataques, caídas de ánimo, nada más– estaban expuestos los
abogados cuando, de repente, se les quitaba un proceso que habían
llevado durante mucho tiempo y satisfactoriamente. Esto era lo más
enojoso que le podía ocurrir a un abogado. No era el acusado el que le
quitaba el proceso, eso no sucedía nunca, un acusado que había
nombrado a un abogado tenía que quedarse con él ocurriera lo que
ocurriese. ¿Cómo podría defenderse solo si ya había pedido ayuda? Eso
no sucedía, aunque podía ocurrir alguna vez que el proceso tomase un
curso que el abogado ya no pudiese seguir. Entonces al abogado se le
privaba del proceso, del acusado y de todo lo demás. En esta situación
ya no podía ayudar las mejores relaciones con los funcionarios, pues ni
siquiera ellos sabían algo. El proceso había entrado en una fase en la
que ya se podía prestar ayuda alguna. De él se ocupaban ahora
juzgados accesibles, donde el acusado no podía ser localizado por su
defensor. Un día el abogado llegaba a casa y encontraba sobre la mesa
todas las anotaciones y datos reunidos con tanto esfuerzo y con tantas
esperanzas. –Se los habían devuelto, pues no poseían valor alguno en
la nueva fase procesal, eran desperdicios. Pero tampoco había que dar
por perdido el proceso, en absoluto, al menos no había ningún motivo
decir que avalase esa suposición, lo único que ocurría es que ya no se
sabría nada del proceso. Afortunadamente, estos casos eran
excepcionales y, aun en el supuesto de que el proceso de K pudiera
convertirse en uno de ellos, por ahora estaría muy lejos de una fase
semejante. Todavía quedaban muchas oportunidades para el trabajo
del abogado y de que él las aprovecharía, de eso K podía estar seguro.
El escrito, como le había mencionado, aún no había sido entregado,
tampoco había prisa, mucho más importantes eran las entrevistas
introductorias con los funcionarios decisivos y éstas ya se habían
producido. Con distinto éxito, había que reconocerlo. Por ahora era
mejor no revelar detalles, pues K podría ser influido desfavorablemente
por ellos, ya fuera despertando en él demasiadas esperanzas o
provocándole angustia; sí se Podía decir, sin embargo, que algunos se
mostraron muy favorables y dispuestos, mientras que otros se
mostraron menos favorables, pero tampoco se habían negado a ayudar.
El resultado, por consiguiente, muy satisfactorio, aunque tampoco se
podían sacar conclusiones, pues todas las vistas preliminares
comenzaban así y sólo el posterior transcurso del proceso podía
mostrar el valor de esas vistas. En todo caso, aún no había nada
perdido y si fuera posible ganarse al jefe de departamento –ya había
emprendido algo en ese sentido–, entonces todo era, como dirían los
cirujanos, una herida limpia y se podía esperas confiado el desarrollo
posterior del proceso.
En discursos como éste el abogado era incansable. Se repetían en cada
visita. Siempre había progresos, pero nunca podía comunicar de qué
progresos se trataba. Se trabajaba sin cesar en el primer escrito, pero
nunca se terminaba, lo que en la siguiente visita resultaba una gran
ventaja, pues precisamente los últimos tiempos, lo que no se podía
haber previsto, habían sido desfavorables para entregarlo. Si K algunas
veces, agotado por el discurso, añadía que, teniendo en cuenta todas
las dificultades, parecía que el asunto iba muy lento, se le replicaba que
no iba nada lento, pero que ya habrían avanzado mucho más si K se
hubiera dirigido al abogado en el momento oportuno. Por desgracia,
había descuidado esa medida y un descuido así traería más
desventajas, y no sólo temporales.
La única interrupción bienhechora en esas visitas era la aparición de
Leni, que siempre sabía arreglárselas para traer el té al abogado en
presencia de K. Luego permanecía detrás de K, aparentaba contemplar
cómo el abogado se servía y sorbía inclinado el té, con una suerte de
avaricia, y dejaba que K cogiese su mano en secreto. Reinaba un
completo silencio. El abogado bebía, K estrechaba la mano de Leni y
Leni se atrevía a veces a acariciar suavemente el cabello de K.
–¿Aún estás aquí? –preguntaba el abogado, después de haber
terminado de beber.
–Quería llevarme el servicio –decía Leni, se producía un último apretón
de manos, el abogado se secaba la boca y comenzaba a hablar a K con
nuevas energías.
¿Era consuelo o desesperación lo que quería conseguir el abogado? K
no lo sabía, no obstante pronto tuvo por seguro que su defensa no
estaba en buenas manos. Es posible que todo lo que el abogado
contaba fuese verdad, aunque estaba claro que siempre quería
permanecer en un primer plano y que muy probablemente jamás había
llevado un proceso tan grande como, según su opinión, era el de K. Lo
más sospechoso, sin embargo, eran las supuestas relaciones con los
funcionarios, de las que no dejaba de vanagloriarse. ¿Acaso debían ser
empleados sólo en beneficio de K? El abogado jamás se olvidaba de
indicar que siempre se trataba funcionarios inferiores, es decir de
funcionarios en puestos muy dependientes, y cuyo ascenso podría verse
influido por ciertos cambios en el proceso. ¿No podrían estar utilizando
al abogado para conseguir cambios que, por supuesto, siempre serían
contrarios al acusado? Probablemente no lo hicieran en todos los
procesos, cierto, pero seguro que habían procesos en los que podían
conseguir ventajas a través del abogado, pues les interesaba mantener
incólume su buen nombre. Si era así, ¿de qué modo podrían intervenir
en el proceso de K, el cual, como aclaraba el abogado, era un proceso
muy difícil e importante y había llamado la atención en los tribunales
desde el principio? No era muy difícil sospechar lo que harían. Se
podían descubrir algunas señales de esto en el mero hecho de que ni
siquiera se había entregado el primer escrito, a pesar de que el proceso
ya duraba meses y según las indicaciones del abogado se encontraba
en los inicios, lo que, naturalmente, era muy adecuado para adormecer
al acusado y mantenerlo desamparado, hasta que, de repente, se
abalanzaban sobre él con la sentencia o, al menos, con la comunicación
de que la investigación, concluida en su perjuicio, se había trasladado a
estancias superiores.
Era absolutamente necesario que K actuara por su propia cuenta.
Precisamente en momentos de gran cansancio, como en esa mañana
invernal, cuando todo pasaba inerte por su cabeza, ese convencimiento
le parecía irrefutable. El desprecio que había sentido en un principio
hacia el proceso había desaparecido. Si hubiera estado solo en el
mundo, habría podido desdeñar fácilmente el proceso, aunque estaba
seguro que en ese caso no habría habido proceso. Pero el tío le había
llevado al abogado, había intereses familiares que contaban. Su
posición no era por completo independiente del curso del proceso, él
mismo había mencionado imprudentemente el asunto, con una
inexplicable satisfacción, a conocidos, otros se habían enterado a través
de fuentes desconocidas, la relación con la señorita Bürstner parecía
vacilar conforme al curso que tomaba el proceso, en resumen, ya no
tenía la elección de aceptar o rechazar el proceso, estaba metido en él
de lleno y tenía que defenderse. Si estaba cansado, peor para él.
Pero por ahora no había motivo para una preocupación exagerada.
Había sabido ascender en el banco, en relativamente poco tiempo, a
una posición elevada, y mantenerse en ella reconocido por todos. Sólo
tenía que emplear estas capacidades, que le habían posibilitado su
éxito, en el proceso y no había duda de que todo saldría bien. Ante
todo, si quería lograr algo, era necesario rechazar de antemano
cualquier pensamiento sobre una posible culpabilidad. No había culpa
alguna. El proceso no era otra cosa que un gran negocio, como él
mismo los había cerrado anteriormente con ventaja para el banco, un
negocio en el cual, como era la regla, amenazaban distintos peligros,
que, sin embargo, se podían evitar. Para alcanzar este objetivo, no
podía perder el tiempo pensando en una posible culpa, sino aferrarse al
pensamiento del beneficio propio. Considerado desde esta perspectiva,
también era inevitable privar al abogado de su defensa, aquella misma
noche si fuera posible. Según lo que le había contado, sería algo
inusitado e, incluso, insultante, pero K no podía tolerar que sus
esfuerzos en el proceso tropezasen con impedimentos que podían
provenir de su propio abogado. Una vez que hubiera prescindido del
abogado, tendría que presentar el escrito de inmediato e insistir todos
los días para que lo tuvieran en cuenta. Para alcanzar este objetivo no
sería suficiente que K se quedara sentado como los demás en el
corredor y colocara su sombrero bajo el banco. Él mismo, las mujeres o
algún mensajero tendrían que perseguir a los funcionarios para
obligarlos a sentarse en la mesa, en vez de mirar a través de las rejas
hacia el corredor, y así presionarlos para estudiar el escrito de K. No
había que cejar en estos esfuerzos, todo tenía que ser organizado y
vigilado, la justicia tenía que toparse, por fin, con un acusado que sabía
hacer valer sus derechos.
Aunque K tenía la esperanza de aplicar este método, la dificultad de
redactar el escrito le resultaba insuperable. Hacía una semana había
pensado con un sentimiento de vergüenza que en algún momento se
vería obligado a redactar él mismo ese escrito, pero jamás hubiera
,creído que pudiera ser tan difícil. Recordó cómo una mañana, cuando
estaba desbordado por el trabajo, lo dejó repentinamente todo a un
lado y tomó un cuaderno e intentó bosquejar un escrito judicial para
ponerlo a disposición del abogado, y cómo precisamente en ese
instante se abrió la puerta del despacho contiguo y entró el subdirector
riendo. Fue muy desagradable para K, aunque, naturalmente, el
subdirector no se había reído de su escrito, del que no sabía nada, sino
sobre un chiste bursátil que acababa de oír, un chiste que necesitaba,
para comprenderse, de un dibujo, que el subdirector, inclinado sobre la
mesa de K y con su lápiz, trazó en el cuaderno destinado a la redacción
del escrito.
Pero K ya no conocía la vergüenza, el escrito se tenía que redactar. Si
no encontraba tiempo para escribirlo en la oficina, lo tendría que hacer
en su casa por las noches. Si las noches no bastaban, tendría que
tomar unas vacaciones. Lo que no podía hacer era quedarse a medio
camino, eso era lo más absurdo y no sólo en el mundo de los negocios,
sino en todos los ámbitos. El escrito judicial significaba un trabajo
interminable. No era necesario tener un carácter miedoso para llegar a
creer que era imposible terminar un escrito semejante. Y no por pereza
o astucia, lo que sin duda impedía a los abogados concluir su redacción,
sino porque tenía que recordar y examinar concienzudamente, toda su
vida, sin tener conocimiento de la acusación y de sus posibles
ampliaciones. Y, por añadidura, qué trabajo tan triste. Tal vez fuera
adecuado para ocupar a un anciano senil en los días vacíos de su
jubilación. Pero, ahora que K necesitaba invertir toda su capacidad
mental ;en su trabajo, ahora que cada minuto pasaba raudo –ya que se
encontraba en plena promoción y representaba un serio peligro para el
subdirector–, y ahora que, como un hombre joven, deseaba disfrutar
las cortas tardes y las noches, precisamente ahora tenía que comenzar
a redactar ese escrito. Otra vez sus pensamientos se tornaron en
quejas. Casi sin advertirlo, sólo para ponerles fin, apretó el botón del
timbre que se oía en el antedespacho. Mientras lo presionaba miró la
hora. Eran las once, habían transcurrido dos horas; con sus reflexiones
había perdido un tiempo precioso y estaba más cansado que antes. De
todos modos, tampoco había perdido el tiempo del todo. Había tomado
decisiones que podían ser muy valiosas. El empleado trajo además del
correo dos tarjetas de visita pertenecientes a dos señores que ya
esperaban a K desde hacía un tiempo. Precisamente se trataba de
importantes clientes del banco a los que no se les debería haber hecho
esperar en ningún caso. ¿Por qué habían venido en un momento tan
poco propicio y por qué, parecían preguntarse aquellos señores detrás
de la puerta cerrada, por qué empleaba el laborioso K el mejor
momento para hacer negocios en asuntos particulares? Cansado por el
tiempo transcurrido y cansado por lo que se le avecinaba, K se levantó
para recibir al primero.
Era un señor pequeño y alegre. Lamentó haber molestado a K en un
trabajo importante y K lamentó por su parte haber hecho esperar al
fabricante tanto tiempo. Pero esa disculpa la expresó de un modo tan
maquinal, con una acentuación tan falsa, que el fabricante, si no
hubiera estado tan sumido en sus asuntos de negocios, lo habría
advertido. En vez de eso, sacó a toda prisa, de todos sus bolsillos,
cuartillas llenas de cifras y tablas, las extendió ante K, le aclaró algunos
detalles y corrigió un pequeño error de cálculo que le había llamado la
atención al supervisarlo superficialmente, luego recordó a K que hacía
un año había cerrado con él un negocio similar y añadió de pasada que
esta vez había otro banco que se interesaba en el proyecto. Finalmente,
se calló para oír la opinión de K. Éste había seguido al principio la
explicación del fabricante, también él había reconocido la importancia
del negocio, pero, por desgracia, no por mucho tiempo, pronto perdió el
hilo, se limitó a asentir con la cabeza a las aclaraciones del fabricante y,
poco después, omitió hasta eso, dedicándose simplemente a
contemplar la cabeza calva inclinada sobre el papel y a preguntarse
cuándo se daría cuenta el fabricante de que todos sus esfuerzos eran
inútiles. Cuando se calló, K creyó en un principio que eso sólo ocurría
para darle la oportunidad de reconocer que era incapaz de escuchar
nada. Por desgracia, notó en la mirada tensa del fabricante, quien
parecía estar preparado para cualquier eventualidad, que la entrevista
de negocios tenía que continuar. Así que inclinó la cabeza, como si se le
hubiera impartido a orden y comenzó a desplazar el lápiz por los
papeles, deteniéndose un lugar u otro y contemplando fugazmente
alguna cifra. El fabricante supuso que tenía objeciones, era posible que
las cifras no cuadraran, tal vez no fueran lo decisivo, en todo caso el
fabricante tapó los papeles con la mano y, aproximándose más a K,
comenzó a dar una idea general del negocio.
–Es difícil –dijo K frunciendo los labios y reclinándose contra el brazo
de su sillón, ya que los papeles, lo único inteligible, estaban tapados.
Incluso miró débilmente hacia arriba cuando se abrió la puerta del
despacho contiguo y apareció, algo borroso, como si estuviera detrás
de un velo, el subdirector. K ya no pudo reflexionar más, simplemente
auspició el resultado, que sería satisfactorio para él. Pues el fabricante
se levantó de un salto y se apresuró a saludar al subdirector, K, sin
embargo, hubiese querido que se hubiera levantado diez veces más
mido, ya que temía que el subdirector pudiera desaparecer. Era un
temor inútil, los señores se saludaron y se acercaron juntos a la mesa
de Y, El fabricante se quejó de que había encontrado poco interés por
fiarte del gerente hacia el negocio y señaló a K, que, bajo la mirada del
subdirector, se inclinó de nuevo sobre los papeles. Cuando ambos se
apoyaron en la mesa y el fabricante intentó ganarse al subdirector, a K
le pareció como si dos hombres, cuya estatura él se imaginó exagerada,
estuvieran discutiendo sobre él. Lentamente, elevando los ojos con
precaución, intentó enterarse de lo que ocurría arriba, tomó al azar un
papel de la mesa, lo puso en la palma de la mano y lo elevó poco a
foco, mientras se levantaba, hacia los señores. Al hacerlo no pensó en
hada concreto, sólo tenía la impresión de que así era como tendría que
comportarse si hubiera terminado su gran escrito judicial que
finalmente le aliviaría de toda carga. El subdirector, que prestaba gran
atención al fabricante, miró fugazmente el papel, pero no lo leyó, pues
lo que era importante para el gerente no lo era para él, se limitó a
cogerlo de la mano de K y dijo:
–Gracias, ya lo sé –y lo volvió a colocar tranquilamente en la mesa.
K lo miró de soslayo con amargura. El subdirector, sin embargo, no lo
notó o, en el caso de haberlo notado, le produjo un efecto positivo,
pues rió con frecuencia, confundió al fabricante con una réplica aguda,
le sacó de la confusión haciéndose a sí mismo un reproche y,
finalmente, le invitó a ir a su despacho para terminar allí el asunto.
–Es un negocio muy importante –le dijo al fabricante–, ya lo veo. Y al
señor gerente –y al hacer esta indicación siguió hablando sólo con el
fabricante– le gustará con toda certeza que le privemos de él. El asunto
reclama una reflexión cuidadosa. El gerente parece hoy, sin embargo,
sobrecargado de trabajo, aún espera gente desde hace horas en y el
antedespacho.
K tuvo la suficiente serenidad para apartar la mirada del subdirector y
dirigirle una sonrisa amable pero rígida al fabricante, aparte de eso no
emprendió nada, se apoyó con las dos manos en el escritorio, como un
dependiente de comercio detrás del mostrador, y contempló cómo
ambos señores recogían, mientras conversaban, todos los papeles de la
mesa y desaparecían en el despacho del subdirector. Antes de salir, el
fabricante se volvió y le dijo que no se despedía, que informaría
naturalmente al gerente sobre el éxito de la entrevista y que aún tenía
que comunicarle algo.
Al fin estaba solo. No pensó en recibir al resto de los clientes. Era
agradable pensar que la gente del antedespacho creería que aún estaba
hablando con el fabricante, así no entraría nadie, ni siquiera el
ordenanza. Fue hacia la ventana, se sentó en el antepecho, asió el
picaporte con la mano y contempló la plaza. Aún caía la nieve, no había
aclarado.
Así permaneció mucho tiempo sin saber lo que realmente le
preocupaba, sólo de vez en cuando miraba asustado por encima del
hombro hacia la puerta del antedespacho, donde creía haber oído
erróneamente un ruido. Pero como nadie venía, se fue tranquilizando. A
continuación, entró en el lavabo, se lavó con agua fría y volvió a la
ventana con la cabeza más despejada. La decisión de asumir su propia
defensa le parecía ahora más ardua de lo previsto. Desde que había
traspasado la defensa al abogado, el proceso le había afectado poco, lo
había observado desde la lejanía y, aunque apenas se había logrado
nada, había podido comprobar, siempre que había querido, cómo esa el
asunto, retirándose cuando lo creía oportuno. No obstante, si gumía su
propia defensa, tendría que dedicarse plenamente al proceso, el éxito
supondría una completa y definitiva liberación, pero para alcanzarla
tendría que exponerse a peligros mayores. Si quedaba alguna duda, la
visita del subdirector y del fabricante se la había aclarado. ¡Cómo se
había quedado sentado completamente sumido en su decisión de
defenderse a sí mismo! ¿Hasta dónde podría llegar? ¡Qué días le
esperaban! ¿Lograría encontrar el camino que lleva a un buen fin?
Acaso no significaba una defensa cuidadosa –y cualquier otra cosa era
absurda– la necesidad de aislarse al mismo tiempo de todo lo demás?
podría superarlo con éxito? ¿Y cómo podría llevarlo a cabo en el banco?
No se trataba sólo del escrito, para lo que quizá hubieran bastado pinas
cortas vacaciones, aunque solicitar ahora unas vacaciones supondría
una empresa arriesgada, se trataba de todo el proceso, cuya duración
era imposible de prever. ¡Qué impedimento había sido arrojado
repentinamente en la carrera de K!
¿Y ahora tenía que trabajar para el banco? Miró hacia el escritorio.
¿Ahora tendría que dejar pasar a los clientes para entrevistarse con
dios? ¿Tenía que preocuparse por los negocios del banco mientras su
Proceso seguía su curso, mientras arriba, en la buhardilla, los
funcionarios judiciales se sentaban ante los escritos de su proceso? ¿No
parecía todo una tortura, reconocida por la justicia, y que acompañaba
al proceso? ¿Y se tendría en cuenta en el banco a la hora de juzgar su
trabajo la situación delicada en la que se encontraba? Nunca jamás. Su
proceso tampoco era tan desconocido, aunque no estuviera muy claro
quién sabía de él y cuánto. Aparentemente el rumor no había llegado
hasta el subdirector, si no ya se habría visto claramente cómo éste lo
utilizaba contra K, sin espíritu de solidaridad y sin la más mínima
humanidad. ¿Y el director? Cierto, mostraba simpatía hacia K, y si
hubiese sabido algo del proceso habría querido ayudarle aligerándole el
trabajo, pero no hubiera intervenido, pues ahora que se había perdido
el equilibrio formado por K quedaba sometido a la influencia del
subdirector, quien se aprovechaba del estado de debilidad del director
para fortalecer su propio poder. ¿Qué podía esperar entonces K? Era
posible que con tanta reflexión estuviera debilitando su capacidad de
resistencia, pero también resultaba necesario no hacerse ilusiones y
verlo todo con la mayor claridad posible.
Sin un motivo especial, sólo para no tener que volver al escritorio, abrió
la ventana. Se abría con dificultad, tenía que girar el picaporte con
ambas manos. Al abrirse penetró una bocanada de niebla mezclada con
humo que se extendió por toda la habitación, acompañada de un ligero
olor a quemado. También penetraron algunos copos de nieve.
–Un otoño horrible –dijo el fabricante detrás de K, que había entrado
desde el despacho del subdirector sin que K lo hubiese advertido. K
asintió y miró, inquieto, la cartera del fabricante, de la que parecía
querer sacar los papeles para comunicarle los resultados de su
entrevista con el subdirector. Pero el fabricante siguió la mirada de K,
golpeó su cartera y dijo sin abrirla:
–Quiere oír qué tal ha ido. No ha ido mal. Casi llevo el negocio cerrado
en la cartera. Un hombre encantador, el subdirector, pero nada
inocente –y rió estrechando la mano de K, intentando que también él
riera. Pero a K le pareció sospechoso que el fabricante no quisiera
mostrarle los papeles y no encontró nada divertida la insinuación del
fabricante.
–Señor gerente –dijo el fabricante–, le sienta mal este tiempo. Parece
deprimido.
–Sí –dijo K y se llevó una mano a la sien–, dolores de cabeza,
preocupaciones familiares.
–Ya lo conozco –dijo el fabricante, que era un hombre siempre con
prisas y no podía escuchar tranquilamente a nadie–, cada uno tiene que
llevar su cruz.
K había dado un paso involuntario hacia la puerta, como si quisiera
acompañar al fabricante, pero éste dijo:
Aún tengo algo que decirle al señor gerente. Temo importunarle
precisamente hoy con esto, pero ya he estado dos veces aquí y siempre
lo he olvidado. Si sigo aplazándolo, al final ya no tendrá ningún sentido.
Y sería una pena, porque es muy probable que mi información sea
valiosa.
Antes de que K hubiese tenido tiempo para responder, el fabricante se
le acercó, le golpeó ligeramente con el dedo en el pecho y dijo voz
baja:
–Usted está procesado, ¿verdad?
K retrocedió y exclamó:
–¿Se lo ha dicho el subdirector?
–No, no –dijo el fabricante–, ¿de dónde podría saberlo el subdirector?
–¿Y usted? –dijo K recuperando algo el sosiego.
–Yo me entero aquí y allá de alguna cosa relativa a los tribunales –dijo
el fabricante–, precisamente de eso quería hablarle.
–¡Tanta gente está en contacto con los tribunales! –dijo K con la
cabeza inclinada y llevó al fabricante hasta la mesa. Se sentaron como
antes y el fabricante continuó:
–Por desgracia no es mucho lo que le puedo decir. Pero en estas cosas
no se debe despreciar nada por mínimo que sea. Por lo demás, siento
cierta inclinación a ayudarle, aunque mi ayuda sea tan modesta. Hasta
ahora hemos sido buenos compañeros de negocios, ¿verdad? K quiso
disculparse por su comportamiento en la entrevista de ese día, pero el
fabricante no toleró ninguna interrupción. Puso la cartera bajo el brazo
para mostrar que tenía prisa y dijo:
–He sabido algo de su proceso a través de un tal Titorelli. Es un pintor,
Titorelli es sólo su nombre artístico, desconozco su nombre verdadero.
Viene desde hace mucho tiempo a mi despacho y trae algunos cuadros
por los que le doy –es casi un mendigo– alguna limosna. Además, son
cuadros bonitos, paisajes y cosas parecidas. Estas compras –ya nos
habíamos acostumbrado ambos a ellas– se producían con cierta
regularidad y sin perder el tiempo. Pero durante un periodo sus visitas
se hicieron tan frecuentes que le hice alguna objeción, entonces
conversamos, me interesé por cómo podía subsistir sólo pintando y me
enteré, para mi sorpresa, de que sus principales ingresos procedían de
los retratos. Me dijo que trabajaba para los tribunales. Le pregunté Para
qué tribunal en concreto y entonces me contó acerca de esa justicia. Se
puede figurar mi sorpresa al oír lo que me contaba. Desde ese día cada
vez que me visita me entero de alguna novedad concerniente al tribunal
y así me hago una idea del asunto. Titorelli es, sin embargo, bastante
hablador y a veces tengo que pararle los pies, y no sólo porque miente,
sino también porque un hombre de negocios como yo, abrumado de
trabajo, tampoco puede ocuparse en cosas ajenas. Pero esto sea dicho
sólo de paso. He pensado que Titorelli, tal vez, podría serle de alguna
ayuda, conoce a muchos jueces y aunque no tenga mucha influencia, al
menos podría darle algún consejo sobre cómo se puede encontrar a
gente influyente. Y aunque estos consejos, considerados en sí mismos,
no sean decisivos, creo que, en su posesión, pueden adquirir alguna
importancia. Usted es casi un abogado. Yo suelo decir siempre: el
gerente K es casi un abogado. Oh, no me preocupo en absoluto por su
proceso. ¿Quiere ir a ver a Titorelli? Con mi recomendación hará todo lo
que sea posible. Creo que debería visitarlo. No tiene que ser hoy, en
alguna ocasión. Por supuesto, tengo que añadir, no está usted obligado
por mi consejo a visitarle. No, si cree que puede prescindir de Titorelli,
es mejor dejarlo de lado. Tal vez ya tenga un plan y Titorelli pueda
estropearlo. No, entonces no vaya. También cuesta algo de superación
aceptar consejos de un tipo así. Como usted quiera. Aquí tiene mi carta
de recomendación y aquí la dirección.
K tomó decepcionado la carta y se la guardó en el bolsillo. En el caso
más favorable, la ventaja que podría obtener de la recomendación sería
mucho menor que los daños ocasionados por el hecho de que el
fabricante se hubiera enterado del proceso y de que el pintor siguiera
extendiendo la noticia. Apenas se sentía capaz de agradecerle el
consejo al fabricante, que ya se dirigía a la puerta.
–Iré –dijo él, al despedirse del fabricante en la puerta–, o, como estoy
muy ocupado, le escribiré para que venga a mi despacho.
–Ya sabía –dijo el fabricante– que encontraría la mejor solución. No
obstante, pensé que evitaría invitar al banco a tipos como este Titorelli
para hablar del proceso. Tampoco resulta muy ventajoso poner cartas
en manos de esa gente. Pero estoy seguro de que usted lo ha pensado
muy bien y sabe lo que tiene que hacer.
K asintió y acompañó al fabricante hasta el antedespacho. Pero a pesar
de su tranquilidad aparente, estaba horrorizado. Que escribiría a
Titorelli sólo lo había dicho para mostrar de alguna manera al fabricante
que apreciaba su recomendación y que reflexionaría sobre las
posibilidades de entrevistarse con él, pero si realmente hubiese
considerado valiosa su ayuda no hubiera dudado en escribirle. No
obstante, había reconocido los peligros que encerraba hacerlo gracias a
la mención del fabricante. ¿Podía confiar tan poco en su inteligencia? Si
era posible que invitara con una carta explícita a un hombre de dudosa
reputación para visitarle en el banco, y allí, sólo separados por una
puerta del despacho del subdirector, pedirle consejos acerca de su
proceso, ¿no sería posible, incluso muy probable, que hubiera ignorado
otros peligros o se estuviera metiendo de cabeza en ellos? No siempre
iba a estar alguien a su lado para advertirle. Y precisamente ahora,
cuando tenía que hacer acopio de todas sus fuerzas, tenían que
asaltarle esas dudas sobre su capacidad para prestar atención.
¿Comenzarían a producirse en el proceso las mismas dificultades que ya
tenía en la realización de su trabajo? No podía comprender cómo había
sido capaz de pensar en escribir a Titorelli e invitarle a venir al banco
para hablar del proceso.
Aún sacudía la cabeza ante semejante disparate, cuando el empleado
se acercó hasta él y le indicó a tres señores que esperaban sentados en
el antedespacho. Ya esperaban desde hacía mucho tiempo. Ahora,
aprovechando la ocasión, se levantaron para intentar hablar con K.
Como recibían un tratamiento tan desconsiderado por parte del banco,
tampoco ellos quisieron tener ninguna consideración.
–Señor gerente –dijo uno de los que esperaban. Pero K le había pedido
al empleado que le trajera el abrigo. Mientras le ayudaba a ponérselo,
dijo a las tres personas presentes:
–discúlpenme, señores, por desgracia no tengo tiempo de recibirles.
Les pido perdón, pero tengo que terminar un negocio urgente y debo
salir de inmediato. Ya han visto todo el tiempo que me han tenido
ocupado. ¿Serían tan amables de venir mañana o cuando puedan? ¿O
quizá prefieren que tratemos el asunto por teléfono? Tal vez prefieran
informarme ahora brevemente y yo les daré una respuesta detallada
por escrito. Lo mejor sería, sin embargo, que vinieran otro día.
Estas proposiciones de K dejaron a aquellos hombres, que habían
esperado inútilmente tanto tiempo, tan asombrados que se miraron
mutuamente sin decir palabra.
–Entonces, ¿estamos de acuerdo? –preguntó K, y se volvió hacia el
empleado, que traía su sombrero. A través de la puerta abierta del
despacho de K se podía ver que nevaba con fuerza. K se subió el cuello
del abrigo y se abrochó el último botón.
En ese instante, el subdirector salió de su despacho, miró sonriendo
cómo K, con el abrigo puesto, trataba con los señores, y preguntó:
–¿Se va ya, señor gerente?
–Sí –dijo K enderezándose–. Tengo que terminar un negocio.
Pero el subdirector ya se había vuelto hacia los señores.
–¿Y los señores? –preguntó–. Ya esperan desde hace tiempo.
–Ya nos hemos puesto de acuerdo –dijo K. Pero los señores ya no se
callaron, rodearon a K y explicaron que no habrían esperado tantas
horas si sus asuntos no fueran importantes y no fuera necesario tratar
los confidencial y detalladamente. El subdirector les prestó atención,
contempló a K, que sostenía el sombrero en la mano y le quitaba el
polvo, y dijo:
–Señores, hay una solución muy fácil. Si no tienen nada en contra,
asumiré encantado las gestiones del señor gerente. Sus asuntos,
naturalmente, deben ser tratados en seguida. Somos hombres de
negocios y sabemos valorar en su justa medida el tiempo de los
hombres de negocios. ¿Quieren entrar a este despacho? –y abrió la
puerta que conducía a su antedespacho.
¡Cómo se las arreglaba el subdirector para apropiarse de todo a lo que
K se veía obligado a renunciar! ¿Acaso no renunciaba K a más de lo que
era necesario? Mientras se apresuraba a visitar con pocas e inciertas
esperanzas a un pintor desconocido, su prestigio allí sufría un daño
irreparable. Habría sido mucho mejor quitarse el abrigo y ganarse a los
dos señores que aún esperaban. K lo habría intentado si en ese instante
no hubiese visto al subdirector en su despacho, buscando en los
anaqueles de libros, como si todo fuera suyo. Cuando K, irritado por la
intrusión, se aproximó a la puerta, el subdirector exclamó:
–Ah, aún no se ha ido –y volvió el rostro, cuyas arrugas no parecían ser
huellas de la edad sino un signo de fuerza, y comenzó de nuevo a
buscar.
–Busco la copia de un contrato –dijo–, que, según el representante de
la empresa, tendría que estar en su despacho. ¿No quiere ayudarme a
buscar?
K dio un paso, pero el subdirector dijo:
–Gracias, ya lo he encontrado –y regresó a su despacho con un paquete
de escritos, que no sólo contenía la copia del contrato, sino ducho más.
«Ahora no le puedo hacer sombra –se dijo K–, pero cuando logre
arreglar mis dificultades personales, él será el primero en enterarse y
además con amargura».
Tranquilizado con estos pensamientos, encargó al empleado, que
mantenía abierta para él la puerta del pasillo, que le dijera al director,
si se presentaba la ocasión, que había salido a realizar una gestión.
Luego abandonó el banco casi feliz de poder dedicarse con exclusividad
a su asunto.
Fue directamente a ver al pintor, que vivía en los arrabales,
precisamente en la dirección opuesta a donde se encontraba el juzgado
en el que había estado. Era un barrio aún más pobre, las casas eran
más oscuras, las calles estaban llenas de suciedad, que se acumulaba
alrededor de la nieve. En la casa en que vivía el pintor sólo estaba
abierta una hoja de la puerta, en la otra habían abierto un agujero, a
través del cual, cuando K se aproximó, fluía una repugnante sustancia
amarilla y humeante, de la que huyó una rata metiéndose en un canal
cercano. A los pies de la escalera había un niño boca abajo que lloraba,
pero sus sollozos apenas se oían por el ruido ensordecedor reinante,
procedente de un taller de hojalatería, situado en la parte opuesta. La
puerta del taller estaba abierta, tres empleados rodeaban una pieza y la
golpeaban con martillos. Una gran plancha de hojalata colgaba de la
pared y arrojaba una luz pálida que penetraba entre dos de los
empleados e iluminaba los rostros y los mandiles. K sólo dedicó una
mirada fugaz a ese cuadro, quería salir de allí lo más pronto posible,
hacer un par de preguntas al pintor y regresar al banco en seguida. Si
alcanzaba el más pequeño éxito, ejercería un buen efecto en su trabajo
en el banco. Al llegar al tercer piso tuvo que ir más lento, le faltaba la
respiración; los peldaños, así como las escaleras, eran excesivamente
altos y el pintor debía de vivir en el ático. El aire también era muy
opresivo, no había hueco en la escalera, sino que ésta, muy estrecha,
estaba cerrada a ambos lados por muros, en los que sólo de vez en
cuando había una pequeña ventana. Precisamente en el momento en el
que K se detuvo para descansar, salieron varias niñas de una vivienda
y, riéndose, adelantaron a K. Las siguió lentamente, alcanzó a una de
las niñas que había tropezado y se había quedado rezagada y le
preguntó, mientras las demás seguían subiendo:
–¿Vive aquí un pintor llamado Titorelli?
La niña, de apenas trece años y algo jorobada, le golpeó con el codo y
le miró de soslayo. Ni su juventud ni su defecto corporal habían
impedido que se corrompiese. Ni siquiera le sonreía, sino que lanzaba a
K miradas provocativas. K hizo como si no hubiera notado su actitud y
preguntó:
–¿Conoces al pintor Titorelli?
Ella asintió y preguntó a su vez:
–¿Qué quiere usted de él?
A K le pareció ventajoso obtener algo de información sobre Titorelli.
–Quiero que me haga un retrato –dijo él.
–¿Un retrato? –preguntó ella, abrió desmesuradamente la boca, golpeó
ligeramente a K con la mano, como si hubiera dicho algo sorprendente
o desacertado, se levantó sin más su faldita y corrió todo lo rápido que
pudo detrás de las otras niñas, cuyo griterío se fue perdiendo conforme
subían. K volvió a encontrarse con las niñas en el siguiente rellano.
Aparentemente habían sido informadas por la jorobada y le esperaban.
Estaban colocadas a ambos lados de la escalera y se apretaron contra
la pared para que K pudiera pasar cómodamente entre ellas. Se
limpiaban las manos en sus delantales. Sus rostros, así como su
formación en fila, indicaban una mezcla de infantilismo y perdición.
Arriba, al final de la hilera de niñas, que se juntaron por detrás de K y
rieron, estaba la jorobada, que había tomado el liderato. K tenía que
agradecerle haber encontrado con rapidez el camino correcto. Quería
seguir subiendo, pero ella le mostró un desvío que conducía a la
vivienda de Titorelli. La escalera que tuvo que tomar era aún más
estrecha, muy larga, sin giros y finalizaba directamente ante la puerta
cerrada de Titorelli. Esa puerta, provista de una pequeña claraboya y,
por esta causa, mejor iluminada que la escalera, estaba hecha de tablas
ensambladas sin blanquear, en las que estaba pintado con un pincel
grueso con pintura roja el nombre de Titorelli. Cuando K, acompañado
de su séquito, llegó a la mitad de la escalera, la puerta se abrió,
probablemente debido al ruido de los numerosos pasos, y apareció un
hombre en pijama.
–¡Oh! –gritó, al ver cómo se acercaba tal cantidad de gente y
desapareció. La jorobada aplaudió de alegría y el resto de las niñas
empujaron a K para que subiese con mayor rapidez.
Aún no habían llegado, cuando el pintor abrió la puerta del todo invitó a
entrar a K con una profunda inclinación. A las niñas, sin embargo, las
rechazó. No las quiso dejar pasar por más que se lo suplicaron. Sólo la
jorobada logró deslizarse hasta el interior pasando por dejo de su
brazo, pero el pintor la persiguió, la cogió por la falda, la sacudió a un
lado y a otro y la puso en la puerta con las otras niñas, que, mientras el
pintor había estado ausente, no se habían atrevido a cruzar el umbral.
K no sabía qué pensar, parecía como si todo fuese una broma. Las
niñas estiraron los cuellos y dirigieron al pintor algunas burlas, que K no
entendió y de las que también se rió el pintor. Mientras, la jorobada
estuvo a punto de escaparse de sus manos. Luego el pintor cerró la
puerta, se inclinó una vez más ante K, le estrechó la imano y dijo:
–Pintor Titorelli.
K señaló la puerta, detrás de la cual se oía a las niñas susurrar, y dijo:
–Parece que le quieren mucho en la casa.
–¡Ah, esas pordioseras! –dijo el pintor, que intentó en vano abrocharse
el último botón de la camisa del pijama. Estaba descalzo y llevaba
puestos unos pantalones de lino amplios y amarillentos, que estaban
ajustados a la cintura con un cordel, cuyos largos cabos se balanceaban
de un lado a otro.
–Esas pordioseras son una verdadera carga –continuó, dejó de intentar
abrocharse el botón, pues había terminado por arrancarlo, acercó una
silla para K y casi le obligó a sentarse.
–Hace tiempo pinté a una de ellas, aunque no estaba entre las que
usted ha visto, y desde esa vez me persiguen todas. Cuando estoy solo
entran si se lo permito, pero cuando me voy siempre entra alguna. Se
han hecho una llave de la cerradura y se la prestan unas a otras. No se
puede imaginar lo pesadas que son. Una vez vine con una dama para
pintarla, abrí la puerta con mi llave y encontré a la jorobada pintándose
los labios de rojo con el pincel, mientras sus hermanas pequeñas, a las
que tenía que vigilar, andaban por toda la habitación ensuciándolo y
revolviéndolo todo. O regreso, como me ocurrió ayer, tarde por la
noche –le suplico que, en consideración a ello, perdone mi estado y el
desorden de la habitación–, quiero irme a la cama y de repente noto un
pellizco en la pierna, miro debajo de la cama y saco a una de esas
pordioseras. No entiendo por qué la han tomado conmigo, pues intento
rechazarlas, ya lo ha visto usted. Naturalmente que estorban mi
trabajo. Si no hubieran puesto gratuitamente a mi disposición este
estudio ya me habría mudado hace tiempo.
Precisamente en ese momento se oyó a través de la puerta una
vocecita suave y temerosa:
–Titorelli, ¿podemos pasar ya? El pintor no respondió.
–¿Yo tampoco? –preguntó otra de las niñas.
–Tampoco –dijo el pintor, se acercó a la puerta y la cerró con llave.
K, mientras tanto, se había dedicado a examinar la habitación, jamás
podría haberse imaginado que aquel cuartucho pudiera recibir el
nombre de estudio. Apenas se podían dar dos pasos a lo largo y a lo
ancho. Todo, suelo, paredes y techo, era de madera, entre las tablas
había resquicios. Frente a K estaba situada la cama, cubierta con
mantas de distinto color. En medio de la habitación, sobre un caballete,
había un cuadro cubierto con una camisa, cuyas mangas llegaban hasta
el suelo. Detrás de K estaba la ventana, pero la niebla no permitía ver
más que la nieve acumulada en el tejado de la casa de enfrente.
El ruido de la llave al girar recordó a K que quería irse lo más pronto
posible. Así que sacó del bolsillo la carta del fabricante, se la dio al
pintor y dijo:
–Me la ha dado un conocido suyo y, siguiendo su consejo, he venido a
visitarle.
El pintor leyó la carta fugazmente y la arrojó sobre la cama. Si el
fabricante no hubiera hablado del pintor como de un conocido suyo,
como un pobre hombre dependiente de sus limosnas, se hubiera podido
creer que Titorelli no conocía al fabricante o no se acordaba de él. flor
añadidura, el pintor preguntó:
–¿Desea comprar algún cuadro o quiere que le haga un retrato?
K miró con asombro al pintor. ¿Qué es lo que había escrito el fabricante
en la carta? K había considerado evidente que el fabricante informaría
al pintor en la carta de que K sólo tenía interés en preguntar acerca de
su proceso. ¿Se había precipitado al venir de un modo tan rápido e
irreflexivo? Pero ahora tenía que responder al pintor. Mientras miraba
hacia el caballete, dijo:
–¿Está trabajando en un cuadro?
–Sí –dijo el pintor, y arrojó la camisa, que colgaba sobre el caballete,
en la cama, sobre la carta–. Es un retrato. Un buen trabajo, pero aún
no está terminado.
La ocasión era propicia para que K hablase sobre el tribunal, pues,
según todas las apariencias, se trataba del retrato de un juez. Además,
era muy similar al que había en el despacho del abogado. No obstante,
era otro juez, un hombre gordo con barba poblada y negra que le
cubría por completo las mejillas, pero el del despacho del abogado era
un retrato al óleo, mientras que éste era al pastel, por lo que la figura
aparecía imprecisa y difuminada. Todo lo demás era similar, pues
también aquí el juez quería que lo pintaran en el momento de
incorporarse con actitud amenazadora, aferrando con fuerza los brazos
del sitial.
«Es un juez», hubiera querido decir K de inmediato, pero se contuvo y
se aproximó al cuadro como si quisiera estudiar algunos detalles. No
pudo aclararse la presencia de una gran figura detrás del sitial, así que
le preguntó al pintor sobre su significado.
–Tengo que trabajar más en ella –respondió el pintor, cogió un lápiz
para pintar al pastel y realzó un poco el contorno de la figura, pero sin
que apareciese más precisa para K.
–Es la justicia –dijo finalmente el pintor.
–Ahora la reconozco –dijo K–. Ahí está la venda y aquí la balanza. Pero
posee alas en los talones y está en movimiento.
–Sí –dijo el pintor–, pero la tengo que pintar así por encargo, en
realidad representa al mismo tiempo a la justicia y a la diosa de la
victoria.
–No es una buena combinación –dijo K sonriendo–. La justicia debería
estar quieta, si no oscilaría la balanza y entonces no sería posible una
sentencia justa.
–Me tengo que adaptar a los gustos de mi cliente –dijo el pintor.
–Sí, claro –dijo K, que no había querido molestar al pintor con su
indicación–. Ha pintado la figura tal y como aparece detrás del sitial.
–No –dijo el pintor–, no he visto ni la figura ni el sitial, todo es pura
invención, pero me indicaron qué es lo que tenía que pintar.
–¿Cómo? –preguntó K, y fingió que no comprendía del todo lo que decía
el pintor–. Pero se trata de un juez sentado en un sitial de juez.
–Sí –dijo el pintor–, pero no es ningún juez supremo y jamás se ha
sentado en un sitial así.
–¿Y, no obstante, se hace pintar en una actitud tan solemne? Parece el
presidente de un tribunal supremo.
–Sí, los señores son vanidosos –dijo el pintor–. Pero tienen permiso de
sus superiores para pintarse así. A cada uno de ellos se le prescribe con
exactitud cómo se le tiene que retratar. Por desgracia, en el cuadro no
se pueden apreciar los detalles del traje y del sitial, la pintura al pastel
no es adecuada para este tipo de retratos.
–Sí –dijo K–, es extraño que lo haya tenido que pintar al pastel.
–Así lo ha querido el juez –dijo el pintor–, es para una dama.
La contemplación del cuadro parecía haber infundido ganas de trabajar
en el pintor. Se subió las mangas de la camisa, cogió unos lápices K
observó cómo bajo la punta temblorosa del lápiz iba surgiendo
alrededor de la cabeza del juez una sombra rojiza que, adoptando una
forma estrellada, llegaba hasta los bordes del cuadro. Paulatinamente,
juego de sombras que rodeaba la cabeza se convirtió en una suerte de
adorno honorífico. La figura que representaba a la justicia quedó de una
tonalidad clara, y esa claridad la hacía resaltar, pero apenas recordaba
a la diosa de la justicia, aunque tampoco a la de la victoria, más bien se
parecía a la diosa de la caza. K se sintió atraído por el trabajo del pintor
más de lo que hubiese querido. Al final, sin embargo, se hizo reproches
por haber permanecido allí tanto tiempo y no haber emprendido nada
en lo referente a su asunto.
–¿Cómo se llama ese juez? –preguntó de repente.
–No se lo puedo decir –respondió el pintor. Se había inclinado hacia el
cuadro y descuidaba claramente a su huésped, al que, sin embargo,
había recibido con tanta consideración. K lo atribuyó a un cambio de
humor y se enojó porque debido a esa causa estaba perdiendo el
tiempo.
–¿Es usted un hombre de confianza del tribunal? –preguntó.
El pintor dejó el lápiz a un lado, se irguió, se frotó las manos y miró a K
sonriente.
–Bueno, vayamos al grano –dijo él–. Usted quiere saber algo del
tribunal, como consta en su carta de recomendación, y ha comenzado a
hablar sobre mis cuadros para halagarme. Pero no lo tomo a mal, usted
no puede saber que para mí eso es una impertinencia. ¡Oh, por favor!
–dijo en actitud defensiva, cuando K quiso objetar algo, y continuó:
–Por lo demás, usted tiene razón con su indicación, soy un hombre de
confianza del tribunal.
Hizo una pausa, como si quisiera dejarle tiempo a K para adaptarse a
las circunstancias. Se oyó otra vez a las niñas detrás de la puerta. Era
probable que se estuvieran peleando por mirar a través del ojo de la
cerradura, aunque también era probable que pudieran ver a través de
los resquicios. K decidió no disculparse, pues no quería que el pintor
cambiase de tema, pero tampoco quería que el pintor se ufanase y se
creyera inalcanzable, así que preguntó:
–¿Es un puesto reconocido oficialmente?
–No –dijo el pintor brevemente, como si con esa pregunta le impidiese
continuar hablando. Pero K no quería que se callase y dijo:
–Bueno, con frecuencia ese tipo de puestos no reconocidos son más
influyentes que los otros.
–Ése es mi caso –dijo el pintor, y asintió con la frente arrugada–. Ayer
hablé con el fabricante sobre su problema, me preguntó si no quería
ayudarle, yo respondí: «Puede venir a mi casa si quiere», y ahora estoy
encantado de poder recibirle tan pronto. Parece que el asunto le afecta
bastante y no me extraña. ¿No desea quitarse antes el abrigo?
Aunque K tenía previsto quedarse muy poco tiempo, aceptó de buen
grado la proposición del pintor. El aire de la habitación le resultaba
opresivo, con frecuencia había dirigido su mirada asombrada hacia una
estufa de hierro, situada en una esquina, y que con toda seguridad
estaba apagada. El bochorno en la habitación era inexplicable. Mientras
se quitaba el abrigo y se desabrochaba la chaqueta, el pintor le dijo con
un tono de disculpa:
–Tengo que tener la habitación templada. Se está muy confortable,
¿verdad? La habitación está muy bien situada.
K no dijo nada, no era el calor lo que le molestaba, sino el aire, tan
enrarecido que dificultaba la respiración; era ostensible que hacía
mucho tiempo que no ventilaban la habitación. Esta sensación
desagradable se intensificó, ya que el pintor le invitó a sentarse en la
cama, mientras él se sentaba en la única silla de la habitación, frente al
caballete. Además, el pintor interpretó mal por qué K quería
permanecer al borde de la cama, ya que le pidió que se pusiera cómodo
y, como K dudase, se acercó él mismo y le puso en medio de la cama
con los almohadones. A continuación, regresó a su silla y le hizo la
primera pregunta, cuyo efecto fue que K olvidase todo lo demás:
–¿Es usted inocente? –preguntó.
–Sí –dijo K–. La respuesta a esta pregunta le causó alegría,
especialmente porque la respondió ante un particular, es decir sin
asumir responsabilidad alguna. Nadie hasta ese momento le había
preguntado de un modo tan directo. Para disfrutar de esa alegría,
añadió:
–Soy completamente inocente.
–Bien –dijo el pintor, bajó la cabeza y pareció reflexionar. De repente
subió la cabeza y dijo:
–Si usted es inocente, entonces el caso es muy fácil.
La mirada de K se nubló, ese supuesto hombre de confianza del tribunal
hablaba como un niño ignorante.
–Mi inocencia no simplifica el caso –dijo K, que, a pesar de todo, tuvo
que reír, sacudiendo lentamente la cabeza–. Todo depende de muchos
detalles, en los que el tribunal se pierde. Al final, sin embargo,
descubre un comportamiento culpable donde originariamente no había
nada.
–Sí, cierto, cierto –dijo el pintor, como si K estorbase innecesariamente
el curso de sus pensamientos–. Pero usted es inocente.
–Bueno, sí –dijo K
–Eso es lo principal –dijo el pintor.
No había manera de influir en él con argumentos en contra; a pesar de
su resolución, K no sabía si hablaba así por convicción o por
indiferencia. K quiso comprobarlo, así que dijo:
–Usted conoce este mundo judicial mucho mejor que yo, yo no sé más
que lo que he oído aquí y allá, aunque lo oído procedía de personas
muy distintas. Todos coinciden en que no se acusa a nadie a la ligera y
que el tribunal, cuando acusa a alguien, está convencido de la culpa del
acusado y que es muy difícil hacer que abandone ese convencimiento.
–¿Difícil? –preguntó el pintor, y elevó una mano–. Nunca se le puede
disuadir. Si pintase a todos los jueces aquí en la pared, uno al lado del
otro, y usted se defendiese ante ellos, tendría más éxito que ante un
tribunal real.
–Sí –dijo K para sí mismo y olvidó que sólo había querido sondear un
poco al pintor.
Una de las niñas volvió a preguntar a través de la puerta:
–Titorelli, ¿se irá pronto?
–¡Callaos! –gritó el pintor hacia la puerta–, ¿acaso no veis que estoy
hablando con este señor?
Pero la muchacha no quedó satisfecha con esa respuesta, así que
preguntó:
–¿Le vas a pintar?
Y cuando no recibió respuesta del pintor, añadió:
–Por favor, no pintes a un hombre tan feo.
A estas palabras siguió una confusión de exclamaciones
incomprensibles aunque aprobatorias. El pintor dio un salto hacia la
puerta, la abrió un resquicio –se podían ver las manos extendidas de
las niñas en actitud de súplica–, y dijo:
–Si no os calláis, os arrojo a todas por la escalera. Sentaos aquí, en el
escalón, y comportaos bien.
No debieron de seguir sus instrucciones, así que tuvo que impartirles
órdenes.
–¡Aquí, en el escalón!
Sólo entonces se callaron.
–disculpe –dijo el pintor cuando regresó.
K apenas se había vuelto hacia la puerta, había dejado a su discreción
si quería protegerle y cómo. Tampoco se movió cuando el pintor se
acercó hasta él y se inclinó para decirle algo al oído:
–También las niñas pertenecen al tribunal.
–¿Cómo? –preguntó K, que inclinó el rostro y miró al pintor. Éste, sin
embargo, se sentó de nuevo y añadió medio en serio medio en broma:
–Todo pertenece al tribunal.
–No lo había notado –dijo K brevemente.
La indicación general del pintor al señalar a las niñas quitaba a la
información toda su carga inquietante. No obstante, K contempló un
rato la puerta, detrás de la cual permanecían las niñas, ya calladas y
sentadas en el escalón. Una de ellas había introducido una pajita por
una de las ranuras entre las tablas y la metía y sacaba lentamente.
–Por lo que parece aún no se ha hecho una idea del tribunal –dijo el
pintor, que había estirado las piernas y golpeaba el suelo con las puntas
de los pies–. No necesitará ser inocente. Yo mismo le sacaré del
problema.
–¿Y como pretende conseguirlo? –preguntó K–. Hace poco usted me ha
dicho que el tribunal es inaccesible a cualquier tipo de argumentación.
–Inaccesible a cualquier argumentación que se plantee ante él –dijo el
pintor, y elevó el dedo índice como si K no hubiese percibido la sutil
diferencia–. Pero esa regla pierde su validez cuando se argumenta a
espaldas del tribunal oficial, es decir en los despachos de los asesores,
en los pasillos o, por ejemplo, aquí, en mi estudio.
Lo que el pintor acababa de decir no le pareció a K tan descabellado,
todo lo contrario, coincidía con lo que le habían contado otras personas.
Incluso parecía otorgar muchas esperanzas. Si los jueces se dejaban
influir tan fácilmente por sus relaciones personales, como el abogado
había manifestado, entonces las relaciones del pintor con los vanidosos
jueces eran muy importantes y de ninguna manera se podían
menospreciar. En ese caso el pintor se adaptaba perfectamente al
círculo de ayudantes que K paulatinamente iba reuniendo a su
alrededor. Una vez habían elogiado en el banco su talento organizador,
aquí, en una situación en la que dependía exclusivamente de sí mismo,
había una buena oportunidad para ponerlo a prueba. El pintor observó
el efecto que su aclaración había ejercido en K y dijo, no sin cierto
temor:
–¿No le llama la atención que hablo casi como un jurista? Es por el trato
ininterrumpido con los señores del tribunal, que tanto me ha influido.
Por supuesto, saco muchos beneficios de ello, pero el impulso artístico
se pierde en parte.
–¿Cómo entró en contacto con los jueces? –preguntó K. Quería ganarse
primero la confianza del pintor, antes de tomarlo a su servicio.
–Muy fácil –dijo el pintor–, he heredado mi posición. Ya mi padre fue
pintor judicial. Es un puesto hereditario. No se necesitan nuevas
personas que ejerzan el oficio. Para pintar a los distintos grados de
funcionarios se han promulgado tantas reglas secretas y, además, tan
complejas, que no se pueden dominar fuera de determinadas familias.
Por ejemplo, ahí, en el cajón, tengo los apuntes de mi padre, que no
enseño a nadie. Sólo el que los conoce está capacitado para pintar a los
jueces. Aun en el caso de que los perdiera, guardo en la memoria tal
cúmulo de reglas que nadie podría aspirar a ocupar mi puesto. Los
jueces quieren que se les pinte como se pintó a los jueces en el pasado,
y eso sólo lo puedo hacer yo.
–Eso es digno de envidia –dijo K, que pensó en su puesto en el banco–
. Su posición, por consiguiente, es inalterable.
–Sí, inalterable –dijo el pintor, y alzó los hombros con orgullo–. Por eso
mismo me puedo atrever de vez en cuando a ayudar a algún pobre
hombre que tiene un proceso.
–Y, ¿cómo lo hace? –preguntó K, como si no fuera él a quien el pintor
había llamado pobre hombre. El pintor, sin embargo, no se dejó
interrumpir, sino que dijo:
–En su caso, por ejemplo, ya que usted es completamente inocente,
emprenderé lo siguiente.
A K le comenzaba a resultar molesta la repetida mención de su
inocencia. Le parecía que el pintor, con esas indicaciones, hacía
depender su ayuda de un resultado positivo del proceso, en cuyo caso
la ayuda carecería de cualquier valor. A pesar de esta duda, K se
dominó y no interrumpió al pintor. No quería renunciar a su ayuda,
estaba decidido, además le parecía que esa ayuda no era más
cuestionable que la del abogado. K incluso la prefirió, pues era más
inofensiva y sincera que esta última.
El pintor había acercado la silla a la cama y continuó con voz apagada:
–He olvidado preguntarle al principio qué tipo de absolución prefiere.
Hay tres posibilidades, la absolución real, la absolución aparente y la
prórroga indefinida. La absolución real es, naturalmente, la mejor, pero
no tengo ninguna influencia para lograr esa solución. Aquí decide, con
toda probabilidad, la inocencia del acusado. Como usted es inocente,
podría confiar en alcanzarla, pero entonces no necesitaría ni mi ayuda
ni la de cualquier otro.
Esta gama de posibilidades desconcertó al principio a K, luego dijo
también en voz baja, como había hablado el pintor:
–Creo que se contradice.
–Por qué? –preguntó el pintor con actitud paciente, y se reclinó
sonriente.
Esa sonrisa despertó en K la impresión de que no se proponía cubrir
contradicciones en las palabras del pintor, sino en el mismo
procedimiento judicial. No obstante, continuó:
–Hace poco comentó que el tribunal es inaccesible para todo tipo de
argumentación, después ha limitado la validez de ese principio al
tribunal oficial y ahora dice, incluso, que el inocente no necesita ayuda
alguna ante el tribunal. Ahí se produce una contradicción. Además,
antes ha dicho que se puede influir personalmente en los jueces, pero
ahora pone en duda que se pueda llegar a la absolución real, como
usted la llama, mediante una influencia personal. Ahí se incurre en una
segunda contradicción.
–Esas contradicciones son fáciles de aclarar –dijo el pintor–. Aquí está
hablando de dos cosas distintas, de lo que la ley establece y de lo que
yo he experimentado personalmente; no debe confundir ambas cosas.
En la ley, aunque yo no lo he leído, se establece por una parte que el
inocente tiene que ser absuelto, pero por otra parte no se establece que
los jueces puedan ser influidos. No obstante, yo he experimentado lo
contrario. No he sabido de ninguna absolución real, pero he conocido
muchas influencias. Es posible que en los casos que he conocido no se
diera la inocencia del acusado. Pero, ¿no es acaso improbable que en
tantos casos no haya ni uno solo en el que el acusado haya sido
inocente? Ya cuando era niño escuchaba a mi padre cuando contaba
algo de los procesos, también los jueces hablaban sobre procesos
cuando le visitaban en su estudio, en nuestro círculo no se hablaba de
otra cosa, siempre que tuve la oportunidad de ir a los juicios, siempre
la aproveché, he presenciado innumerables procesos y he seguido pus
distintas fases, tanto como era posible y, lo debo reconocer, no he
conocido ninguna absolución real.
–Así pues, ninguna absolución –dijo K como si hablase consigo mismo
y con sus esperanzas–. Eso confirma la opinión que tengo del tribunal.
Tampoco por esa parte tiene sentido. Un único verdugo podría sustituir
a todo el tribunal.
–No debe generalizar –dijo el pintor insatisfecho–, sólo he hablado de
mis experiencias.
–Eso basta –dijo K–, ¿o acaso ha oído de absoluciones en otros
tiempos?
–Ha debido de haber ese tipo de absoluciones –respondió el pintor–.
Pero es difícil constatarlo. Las sentencias definitivas del tribunal no se
hacen públicas, ni siquiera son accesibles para los jueces, por eso sólo
se han conservado leyendas sobre casos judiciales antiguos. Estas
leyendas, en su mayoría, contienen absoluciones reales, se puede creer
en ellas, pero no se pueden demostrar. No obstante, no se deben
descuidar, contienen una cierta verdad, y son muy bellas, yo mismo he
pintado varios cuadros que tienen como tema esas leyendas.
–Simples leyendas no pueden hacerme cambiar de opinión –dijo K–,
¿acaso se pueden invocar esas leyendas en juicio?
El pintor rió.
–No, no se puede –dijo.
–Entonces es inútil hablar de ellas –dijo K. Quería aceptar
provisionalmente todas las opiniones del pintor, aun en el caso de
considerarlas improbables o que contradijeran otros informes. Ahora no
disponía del tiempo preciso para analizar todo lo que el pintor había
dicho y constatarlo o refutarlo de acuerdo con la verdad. Se daría por
satisfecho si lograse que el pintor le ayudase incluso de una manera no
decisiva. Así que dijo:
–Dejemos entonces la absolución real. Usted mencionó otras dos
posibilidades.
–La absolución aparente y la prórroga indefinida. Sólo hay estas dos
posibilidades –dijo el pintor–. Pero, ¿no quiere quitarse la chaqueta
antes de que continuemos? Parece que tiene calor.
–Sí –dijo K, que hasta ese momento sólo había prestado atención a las
explicaciones del pintor, pero que ahora, al recordársele el calor, sintió
cómo el sudor bañaba su frente–. El calor es casi insoportable.
El pintor asintió como si entendiese perfectamente el malestar de K.
–¿No se puede abrir la ventana? –preguntó K.
–No –dijo el pintor–. No es más que un vidrio fijo, no se puede abrir.
Ahora se daba cuenta K de que todo el tiempo había alimentado la
esperanza de que el pintor, o él mismo, se levantaría y abriría la
ventana. Estaba incluso preparado para respirar la niebla a todo
pulmón. La sensación de estar allí encerrado le produjo un mareo.
Golpeó ligeramente la cama con la mano y dijo con voz débil:
–Es un ambiente opresivo e insano.
–¡Oh, no! –dijo el pintor en defensa de su ventana–. Precisamente
porque no se puede abrir mantiene mejor el calor que una ventana
doble. Si quiero airear, lo que no es muy necesario, pues penetra aire
suficiente por los resquicios de las tablas, puedo abrir una de las
puertas o ambas.
K, consolado un poco por esa explicación, miró en torno para descubrir
esa segunda puerta. El pintor lo notó y dijo:
–Está detrás de usted. La tuve que tapar con la cama.
Ahora vio K la pequeña puerta en la pared.
–Esto es muy pequeño para ser un estudio –dijo el pintor, como
quisiera salir al paso de una crítica de K–. Tuve que instalarme como
pude. La cama, justo delante de la puerta, está, naturalmente, en un
mal lugar. El juez al que estoy retratando, por ejemplo, entra siempre
por la puerta de la cama y le he dado una llave para que cuando no
esté Yo en casa pueda esperarme. Pero suele venir por la mañana
temprano, cuando aún duermo. Naturalmente me despierta siempre del
sueño más profundo cuando abre la puerta. Le perdería el respeto a
todos los jueces si oyera las maldiciones con las que le recibo cuando se
sube a mi rama tan temprano. Le podría quitar la llave, pero con eso
sólo conseguiría enojarle. Todas las puertas de esta casa se podrían
sacar de sus quicios sin hacer muchos esfuerzos.
Mientras hablaba el pintor, K pensaba si se debía quitar la chaqueta,
finalmente reconoció que si no lo hacía sería incapaz de permanecer allí
por más tiempo, así que se la quitó y la puso sobre sus rodillas para
podérsela poner en cuanto terminara la conversación. Apenas se había
quitado la chaqueta, una de las niñas gritó:
–¡Ya se ha quitado la chaqueta! –y se oyó cómo todas se apresuraban a
mirar por las rendijas para contemplar el espectáculo.
–Las niñas –dijo el pintor– creen que le voy a pintar y que por eso se
desnuda.
–¡Ah, ya! –dijo K poco animado, pues no se sentía mucho mejor que
antes aunque estuviera sentado en mangas de camisa. Casi de mal
humor preguntó:
–¿Cómo denominó las otras dos posibilidades?
Ya había olvidado las expresiones que el pintor había empleado.
–La absolución aparente y la prórroga indefinida –dijo el pintor–. Usted
elige. Ambas se pueden lograr con mi ayuda, naturalmente no sin
esfuerzo, la diferencia en este sentido radica en que la absolución
aparente requiere un esfuerzo intermitente y concentrado, mientras
que la prórroga, uno más débil, pero continuado. Bien, comencemos
por la absolución aparente. Si eligiese ésta, escribiré en un papel una
confirmación de su inocencia. El texto para una confirmación así lo he
heredado de mi padre y resulta irrefutable. Con esa confirmación hago
una ronda con los jueces que conozco. Por ejemplo, comienzo hoy por
la noche con el juez al que estoy pintando, cuando venga a la sesión. Le
presento la confirmación, le aclaro que usted es inocente y me hago
garante de su inocencia. Pero no se trata de una garantía superficial o
ficticia, sino real y vinculante.
En la mirada del pintor había un aire de reproche por el hecho de que K
le cargase con esa responsabilidad.
–Sería muy amable de su parte –dijo K–. ¿Y el juez, en el caso de que
le creyera, tampoco me absolvería realmente?
–Como ya le dije –respondió el pintor–. Pero tampoco es seguro que
todos me crean, algún juez reclamará, por ejemplo, que le conduzca
hasta él. Entonces no le quedará otro remedio que venir. En un su
puesto así, se puede decir que la causa está casi ganada, especialmente
porque antes le informaré de cómo tiene que comportarse ante el juez.
Peor resulta con aquellos jueces que no me atienden desde el principio,
esto también puede ocurrir. Nos veremos obligados a renunciar a ellos,
aunque no falten algunos intentos, pero podemos permitirnos ese lujo,
que unos cuantos jueces aislados no son decisivos. Si consigo un
número suficiente de firmas de jueces en esta confirmación de
inocencia, entonces voy a ver al juez que lleva su caso. Es posible que
tenga ya su firma, en ese supuesto, todo va un poco más rápido. En
general ya no hay muchos más impedimentos, ha llegado el momento
para que el acusado tenga una gran confianza. Es extraño, pero cierto,
la gente se encuentra en esa fase más confiada que después de la
absolución. Ya no necesario esforzarse más. El juez posee en la
confirmación de inocencia la garantía de un número de jueces y puede
absolver sin preocuparse. Así lo hará, sin duda, para hacerme un favor
a mí y a otros conocidos, después de realizar algunas formalidades.
Usted sale del ámbito tribunal y es libre.
–Entonces soy libre –dijo K indeciso.
–Sí –dijo el pintor–, pero sólo libre en apariencia o, mejor dicho, libre
provisionalmente. La judicatura inferior, a la que pertenecen mis
conocidos, no posee el derecho a otorgar una absolución definitiva, este
derecho sólo lo posee el tribunal supremo, inalcanzable para usted,
para mí y para todos nosotros. No sabemos lo que allí pasa y, dicho sea
de paso, tampoco lo queremos saber. Nuestros jueces carecen del gran
derecho a liberar de la acusación, pero entre sus competencias está la
de poder desprenderle de ella. Eso quiere decir que si obtiene Viste tipo
de absolución, queda liberado momentáneamente de la acusación, pero
pende aún sobre usted y puede suceder, si llega la orden desde arriba,
que entre en vigor de inmediato. Como tengo tan buenos contactos con
el tribunal, puedo decirle también cómo se refleja exteriormente en los
reglamentos de la Administración de Justicia la diferencia entre una
absolución real y otra aparente. En caso de una absolución real, se
deben reunir todas las actas procesales, desaparecen por completo del
procedimiento, todo se destruye, no sólo la acusación, sino también
todos los escritos procesales, incluida la absolución. En la absolución
aparente ocurre de un modo algo diferente. No se produce ninguna
modificación más de las actas, a ellas se añaden la confirmación de
inocencia, la absolución y el fundamento de la absolución. Por lo demás,
las actas continúan en el proceso, se trasladan, como exige el continuo
trámite administrativo, a los tribunales supremos, vuelve a los
inferiores, y oscila entre unos y otros con mayor o menor fluidez Esos
caminos son impredecibles. Considerado desde el exterior, se podría
llegar a la conclusión de que todo se ha olvidado hace tiempo, que las
actas se han perdido y que la absolución es completa. Un especialista
no lo creerá jamás. No se pierden las actas, el tribunal no olvida. Un día
–nadie lo espera–, un juez cualquiera toma el acta, le presta poco de
atención, comprueba que la acusación aún está en vigor y ordena la
detención inmediata. He dado a entender que entre la absolución
aparente y la nueva detención transcurre un largo periodo d tiempo, es
posible y conozco algunos casos, pero también es posible? que el
absuelto llegue a su casa de los tribunales y ya allí le esperen unos
emisarios para detenerle de nuevo. Entonces, por supuesto, se ha
terminado la vida en libertad.
–¿Y el proceso comienza otra vez? –preguntó K incrédulo.
–Así es –dijo el pintor–, el proceso comienza de nuevo, y también
existe la posibilidad, como al principio, de obtener una absolución
aparente. Hay que concentrar otra vez todas las fuerzas y no rendirse.
Lo último lo dijo el pintor probablemente guiado por la impresión de
que el ánimo de K se había hundido.
–Pero, ¿no resulta más difícil obtener la segunda absolución que la
primera? –preguntó K, como si quisiera anticiparse a alguna de las
revelaciones del pintor.
–No se puede decir nada seguro al respecto –dijo el pintor–. ¿Quiere
decir si el juez se puede ver influido desfavorablemente en su sentencia
por la primera detención? No, ése no es el caso. Los jueces ya han
previsto la detención en el momento de dictar la absolución. Esa
circunstancia apenas tiene efecto. Pero otros muchos motivos pueden
influir ahora en el humor del juez y en su enjuiciamiento jurídico del
caso, y los esfuerzos se tendrán que adaptar a las nuevas
circunstancias, siendo necesario, por supuesto, actuar con la misma
fuerza y decisión que antes de la primera absolución.
–Pero esa segunda absolución tampoco es definitiva –dijo K, y giró la
cabeza con actitud de rechazo.
–Por supuesto que no –dijo el pintor–, a la segunda absolución sigue la
tercera detención; a la tercera absolución, la cuarta detención, Esto
está implícito en el mismo concepto de absolución aparente.
K permaneció en silencio.
–La absolución aparente no le resulta muy ventajosa, ¿verdad? –dijo el
pintor–. Tal vez prefiera la prórroga indefinida. ¿Desea que le are en
qué consiste la prórroga indefinida?
K asintió con la cabeza.
El pintor se había reclinado cómodamente en la silla, su camisa del
pijama estaba abierta y se rascaba el pecho con la mano.
–La prórroga –dijo el pintor, y miró un momento ante sí como si
tascara las palabras adecuadas–, la prórroga consiste en que el proceso
se mantiene de un modo duradero en una fase preliminar. Para lograrlo
es necesario que el acusado y el ayudante, sobre todo el ayudante,
permanezca continuamente en contacto personal con el tribunal.
Repito, aquí no es necesario gastar tantas energías como para lograr
una absolución aparente y, sin embargo, sí es necesario prestar una
mayor atención. No se puede perder de vista el proceso, hay que ir a
ver al juez competente en periodos de tiempo regulares y, además, en
ocasiones especiales, y hay que intentar mantenerlo contento. Si no se
conoce personalmente al juez, se puede intentar influir en él a través
de otros jueces, sin por ello renunciar a las entrevistas personales. Si
no se descuida nada a este respecto, se puede decir con bastante
certeza que el proceso no pasará de su primera fase. El proceso, sin
embargo, no se detiene, pero el acusado queda casi tan a salvo de una
condena como si estuviera libre. Frente a la absolución aparente, la
prórroga indefinida tiene la ventaja de que el futuro del acusado es
menos incierto, evita los sustos de las detenciones repentinas y no
tiene que temer, precisamente en aquellos periodos en que sus
circunstancias son inapropiadas, los esfuerzos y las irritaciones que
cuestan el logro de la absolución aparente. No obstante, la prórroga
también posee ciertas desventajas para el acusado que no se deben
subestimar. Y no pienso en que aquí el acusado nunca es libre, pues
tampoco lo es, en un sentido estricto, en la absolución aparente. Se
trata de otra desventaja. El proceso no se puede detener sin que, al
menos, haya motivos aparentes para ello. Por lo tanto, y de cara al
exterior, tiene que suceder algo en el proceso. Así pues, de vez en
cuando se tomarán algunas disposiciones, se interrogará al acusado, se
realizarán algunas investigaciones, etc. El proceso debe girar dentro de
los estrechos límites a los que se le ha reducido artificialmente. Eso
produce algunas molestias al acusado, que, sin embargo tampoco debe
imaginarse que son tan malas. Todo es de cara al exterior; los
interrogatorios, por ejemplo, son muy cortos, cuando se tiene poco
tiempo o, simplemente, no se tienen ganas de comparecer, sé puede
faltar presentando una disculpa, incluso con algunos jueces se pueden
fijar de antemano las fechas de determinadas formalidades, se trata, en
definitiva, ya que uno es un acusado, de presentarse ante el juez
competente de vez en cuando.
Ya durante las últimas palabras K se había colocado la chaqueta en el
brazo y se había levantado.
–¡Se ha levantado! –gritaron en seguida al otro lado de la puerta.
–¿Ya se quiere ir? –preguntó el pintor también levantándose–. Seguro
que es el aire viciado por lo que se va. Me resulta muy desagradable.
Me quedaban más cosas por decirle, tenía que haber abreviado. Espero
que me haya comprendido.
–¡Oh, sí! –dijo K, al que le dolía la cabeza por el esfuerzo realizado
para escuchar. No obstante esta confirmación, el pintor se lo resumió
otra vez, como si quisiera que K se llevase consigo algún consuelo.
Ambos métodos tienen en común que impiden una condena del
acusado.
–Pero también impiden la absolución real –dijo K en voz baja, como si
se avergonzase de haberlo descubierto.
–Ha comprendido el meollo del asunto –dijo el pintor con rapidez.
K puso la mano en el abrigo, pero no podía decidirse a ponérselo. Le
hubiera gustado recogerlo todo y salir a respirar el aire fresco. Tampoco
las niñas le motivaban a vestirse, por más que desde el principió se
gritaran entre ellas que se estaba vistiendo. El pintor intentó conocer el
estado de ánimo de K, así que dijo:
–No se ha decidido respecto a mis proposiciones. Lo apruebo. o mismo
le hubiera desaconsejado que se decidiera en seguida. Las ventajas y
las desventajas son nimias. Hay que valorarlo todo con exactitud.
–Le volveré a visitar pronto –dijo K, que con decisión repentina puso la
chaqueta, se echó el abrigo sobre los hombros y se apresuró hacia la
puerta. Las niñas, al advertirlo, comenzaron a gritar.
–Pero debe mantener su palabra –dijo el pintor, que le había seguido–,
si no, me presentaré en su banco y preguntaré por usted.
–Abra la puerta –dijo K, al notar cómo las niñas hacían fuerza en
picaporte.
–¿Acaso quiere que las niñas le molesten? Salga mejor por la otra
puerta –y señaló la puerta situada detrás de la cama.
K estuvo de acuerdo y retrocedió hasta la cama. Pero el pintor, en vez
de abrir la puerta, se metió debajo de la cama y preguntó desde allí:
–¿No quiere ver un cuadro que le podría vender?
K no quería ser descortés, el pintor se había portado bien y le había
prometido seguir ayudándole, además K se había olvidado de hablar
sobre la recompensa por la ayuda, por este motivo no pudo zafarse y
dejó que le mostrara el cuadro, aunque temblase de impaciencia por
salir del estudio. El pintor sacó de debajo de la cama un montón de
cuadros sin enmarcar tan llenos de polvo que, cuando el pintor sopló
sobre el primero, K estuvo un tiempo sin poder respirar ni ver bien.
–Un paisaje de landa –dijo el pintor, y alcanzó el cuadro a K.
Representaba unos árboles débiles, muy alejados entre sí, rodeados de
hierba oscura. En segundo plano se veía un policromo crepúsculo.
–Muy bonito –dijo K–, lo compro.
K se había expresado con tal brevedad de una forma impensada. Por
eso se alegró cuando el pintor en vez de tomarlo a mal, levantó otro
cuadro del suelo.
–Aquí tiene un contraste con el anterior –dijo el pintor.
Se habría concebido como un contraste, pero no había la más mínima
diferencia con el anterior, ahí estaban los árboles, la hierba y en el
fondo el crepúsculo. Pero a K no le importaba.
–Son paisajes muy bonitos –dijo–. Se los compro. Los colgaré en mi
despacho.
–Parece que el motivo le gusta. Casualmente tengo un tercer cuadro
similar.
No era similar, más bien se trataba de un paisaje idéntico. El pintor
aprovechaba la oportunidad para vender cuadros viejos.
–También lo compro –dijo K–. ¿Cuánto cuestan los tres cuadros?
–Ya hablaremos de eso –dijo el pintor–. Ahora tiene prisa, pero vamos
a permanecer en contacto. Por lo demás, me alegra que le hayan
gustado los cuadros. Le daré todos los que tengo debajo de la cama.
Todos son paisajes de landa, ya he pintado muchos. Hay personas que
les tienen cierta aversión porque son melancólicos, otros, sin embargo,
entre los que usted se cuenta, aman precisamente esa melancolía. Pero
K ya no tenía ganas de oír las experiencias profesionales del pintor
pedigüeño.
–Empaquete los cuadros –exclamó, interrumpiendo al pintor–, mañana
vendrá mi ordenanza y los recogerá.
–No es necesario –dijo el pintor–. Creo que podré conseguir que
alguien se los lleve ahora.
Finalmente, salió de debajo de la cama y abrió la puerta.
–Súbase a la cama –dijo el pintor–, lo hacen todos los que entran.
K tampoco habría tenido ninguna consideración si el pintor no hubiese
dicho nada. En realidad ya tenía puesto un pie encima de la cama, pero
entonces se quedó mirando hacia la puerta abierta y volvió a retirar el
pie.
–¿Qué es eso? –preguntó al pintor.
–¿De qué se asombra? –preguntó éste, asombrado a su vez–. Son
dependencias del tribunal. ¿No sabía que aquí había dependencias
judiciales? Este tipo de dependencias las hay en prácticamente todas
las buhardillas, ¿por qué habrían de faltar aquí? También mi estudio
pertenece a las dependencias del tribunal, éste es el que lo ha puesto a
mi disposición.
K no se horrorizó tanto por haber encontrado allí unas dependencias
judiciales, sino por su ignorancia en asuntos relacionados con tribunal.
Según su opinión, una de las reglas fundamentales que debía regir la
conducta de todo acusado era la de estar siempre preparado, no
dejarse sorprender, no mirar desprevenido hacia la derecha, cuando el
juez se encontraba a su izquierda, y precisamente infringía esta regla
continuamente. Ante él se extendía un largo pasillo, por el que corría un
aire fresco en comparación con el del estudio. A ambos lados del pasillo
había bancos, como en la sala de espera de las oficinas judiciales
competentes para el caso de K. Parecían existir reglas concretas para la
construcción de las dependencias. En ese momento no había mucho
tráfico de personas. Un hombre permanecía casi tendido: había
apoyado la cabeza en el banco y se había cubierto el rostro con las
manos. Parecía dormir. Otro estaba al final del pasillo, en una zona
oscura. K se subió a la cama, el pintor le siguió con los cuadros. Al poco
tiempo encontraron a un empleado de los tribunales. K reconocía a
todos estos empleados por el botón dorado que llevaban en sus gajes
normales, junto a los otros botones usuales. El pintor le encargó que
acompañase a K con los cuadros. K vacilaba al caminar y avanzaba con
el pañuelo en la boca. Ya se encontraban cerca de la salida, cuando las
niñas irrumpieron frente a ellos, así que K ni siquiera se pudo ahorrar
esa situación. Habrían visto cómo abrían la otra puerta y habían corrido
para sorprenderlos.
–Ya no puedo acompañarle más –exclamó el pintor sonriendo y
resistiendo el embate de las niñas–. ¡Adiós! ¡Y no tarde mucho en
decidirse!
K ni siquiera le miró. Al salir a la calle tomó el primer taxi que pasó.
Deseaba deshacerse del empleado, ese botón dorado se le clavaba
continuamente en el ojo, aunque a cualquier otro ni siquiera le llamara
la atención. El empleado, servicial, quiso sentarse con K, pero éste lo
echó abajo. K llegó al banco por la tarde. Habría querido dejarse los
cuadros en el coche, pero temió necesitarlos en algún momento para
justificarse ante el pintor. Así que pidió que los subieran a su despacho
Y los guardó en el último cajón de su mesa. Allí estarían a salvo de la
curiosidad del subdirector, al menos durante los primeros días.
EL COMERCIANTE BLOCK K RENUNCIA AL ABOGADO
Por fin se había decidido K a renunciar a la representación del ahogado.
Las dudas acerca de lo acertado de dicha medida no se podían eliminar,
pero el convencimiento de la necesidad de ese paso terminó por
prevalecer. La decisión, en el día que K tenía que visitar al abogado, le
había costado tiempo y esfuerzo, trabajó con excesiva lentitud y tuvo
que permanecer muchas horas en su despacho. Pasaban de las diez de
la noche cuando K se presentó ante la puerta del abogado. Antes de
llamar pensó si no sería mejor romper con el abogado por teléfono o
por escrito, pues la entrevista tendría que ser por fuerza desagradable.
Pero K decidió mantenerla, de otro modo el abogado aceptaría la
decisión de K con algunas palabras formales o con silencio, y K, salvo lo
que Leni le pudiera decir, desconocería su reacción ante la medida y las
consecuencias que, según la opinión nada despreciable del abogado,
ese paso tendría para K. No obstante, si K estaba sentado frente al
abogado, aunque éste no quisiera decir mucho, al menos podría deducir
bastante de sus gestos y de su actitud. Tampoco se podía excluir que le
convenciese para que el abogado continuase con la defensa y que él
renunciase a su decisión.
Como siempre, la primera llamada a la puerta quedó sin respuesta.
«Leni podría ser más rápida» –pensó K. Pero resultaba una ventaja que
no se inmiscuyeran los vecinos, como habitualmente, ya fuese el
hombre en bata o cualquier otro. Mientras K tocaba el timbre por
segunda vez, miró hacia la puerta vecina, pero permaneció cerrada.
Finalmente aparecieron dos ojos en la mirilla de la puerta, pero no eran
los de Leni. Alguien abrió la puerta, pero siguió apoyándose en ella, y
gritó hacia el interior:
–¡Es él! –y abrió del todo.
K había empujado también la puerta, pues ya había escuchado la llave
de la cerradura en la puerta de al lado. Cuando la puerta se abrió, se
precipitó hacia dentro y le dio tiempo a ver cómo Leni, a la que habían
dirigido antes el grito de advertencia, corría por el pasillo vestida con
una simple camisa. Se quedó mirándola un rato y luego se volvió hacia
el que había abierto la puerta. Era un hombre pequeño y delgado, con
barba, y sostenía una vela en la mano.
–¿Está empleado aquí? –preguntó K.
–No –respondió el hombre–, el abogado me defiende, estoy aquí por un
asunto judicial.
–¿Sin chaqueta? –preguntó K, y señaló con un movimiento de la mano
su forma inapropiada de vestir.
–¡Oh, disculpe! –dijo el hombre, y se iluminó a sí mismo con la vela,
como si advirtiese por primera vez su estado.
–¿Leni es su amante? –preguntó K brevemente. Había abierto algo las
piernas, las manos, que sostenían el sombrero, permanecían en la
espalda. Sólo por poseer un buen abrigo de invierno se sintió superior a
aquella figura esmirriada.
–¡Oh, Dios! –dijo, y alzó la mano ante el rostro en una actitud
defensiva–, no, no, ¿cómo puede pensar eso?
–Parece que dice la verdad –dijo K sonriendo–, no obstante, venga –le
hizo una seña con el sombrero y dejó que fuera por delante.
–¿Cómo se llama? –preguntó K mientras caminaban.
–Block, soy el comerciante Block –dijo, y al hacer su presentación se
volvió, pero K no dejó que se detuviera.
–¿Es su apellido de verdad? –preguntó K.
–Claro –fue la respuesta–, ¿por qué?
–Pensé que tenía razones para silenciar su apellido –dijo K. Se sentía
libre, tan libre como el que habla en el extranjero con gente de baja
condición, guarda para sí todo lo que le afecta y sólo habla indiferente
de los intereses de los demás, elevándolos o dejándolos caer según su
gusto. K se paró ante la puerta del despacho del abogado, la abrió y
gritó al comerciante, que había continuado:
–¡No tan deprisa! Ilumine aquí.
K pensó que Leni podía haberse escondido allí, por lo que obligó al
comerciante a buscar por todas las esquinas, pero la habitación estaba
vacía. K detuvo al comerciante ante el cuadro del juez cogiéndole por
los tirantes.
–¿Le conoce? –preguntó, y señaló con el dedo hacia arriba.
El comerciante elevó la vela, miró guiñando los ojos y dijo:
–Es un juez.
–¿Un juez supremo? –preguntó K, y se puso al lado del comerciante
para observar la impresión que le causaba el cuadro. El comerciante
miraba con admiración.
–Es un juez supremo –dijo.
–Usted no tiene mucha capacidad de observación –dijo K–. Entre todos
los jueces de instrucción inferiores, él es el inferior.
–Ahora me acuerdo –dijo el comerciante, y bajó la vela–, yo también lo
he oído.
–Naturalmente –exclamó K–, lo olvidé, claro que lo habrá oído.
–Pero, ¿por qué?, ¿por qué? –preguntó el comerciante, mientras se
dirigía hacia la puerta empujado por K. Ya en el pasillo, dijo K:
–¿Sabe dónde se ha escondido Leni?
–¿Escondido? –dijo el comerciante–. No, pero puede estar en la cocina
preparando una sopa para el abogado.
–¿Por qué no lo ha dicho en seguida? –preguntó K.
–Yo quería conducirle hasta allí, pero usted mismo es el que me ha
llamado –respondió el comerciante, algo confuso por las órdenes
contradictorias.
–Usted se cree muy astuto –dijo K–. ¡Lléveme entonces hasta ella! K
no había estado nunca en la cocina, era sorprendentemente grande y
estaba muy bien amueblada. El horno era tres veces más grande que
los normales; del resto podía ver muy poco, pues la cocina sólo estaba
iluminada por una pequeña lámpara situada a la entrada. Frente al
fogón se encontraba Leni con un delantal blanco, como siempre, y
cascaba huevos en una olla puesta al fuego.
–Buenas noches, Josef –dijo mirándole de soslayo.
–Buenas noches –dijo K, y señaló una silla en la que el comerciante se
debía sentar, lo que éste hizo sin vacilar. K, sin embargo, se aproximó a
Leni por detrás, se inclinó sobre su hombro y preguntó:
–¿Quién es ese hombre?
Leni rodeó la cabeza de K con una mano mientras con la otra daba
vueltas a la sopa, luego le atrajo hacia sí y dijo:
–Es un hombre digno de lástima, un pobre comerciante, un tal Block.
Míralo.
Ambos le miraron. El comerciante estaba sentado en la silla que K le
había asignado. Había apagado la vela, ya innecesaria, e intentaba
presionar el pabilo con los dedos para evitar que humease.
–Estabas en camisa –dijo K, girando la cabeza hacia el fogón. Ella calló.
–¿Es tu amante? –preguntó K.
Ella quiso coger la olla, pero K tomó sus manos y dijo:
–¡Responde!
Ella musitó:
–Ven al despacho, te lo explicaré todo.
–No –dijo K–, quiero que lo aclares aquí.
Ella le abrazó y quiso besarle, pero K se resistió y dijo:
–No quiero que me beses ahora.
–Josef –dijo Leni, y miró a los ojos de K suplicante pero con sinceridad–
, ¿no estarás celoso del señor Block? Rudi –dijo ahora volviéndose
hacia el comerciante–, ayúdame y deja la vela, mira cómo sospecha de
mí.
Se podría haber pensado que no prestaba atención, pero seguía
perfectamente la conversación.
–No sé por qué tiene que estar celoso –dijo sin saber qué responder.
–Yo tampoco lo sé –dijo K, y contempló al comerciante sonriendo. Leni
rió en voz alta, se aprovechó del descuido de K para rodearse con su
brazo y susurró:
–Déjalo, ya ves la clase de hombre que es. Lo he tomado un poco bajo
mi protección porque es un buen cliente del abogado, por ningún otro
motivo. ¿Y tú? ¿Quieres hablar con el abogado? Hoy está muy enfermo,
pero si quieres te anuncio ahora mismo. Por la noche te quedas
conmigo, ¿verdad? Hace tiempo que no vienes, el abogado ha
preguntado por ti. ¡No descuides el proceso! También yo tengo que
comunicarte algo que he sabido hace poco. Pero ahora quítate el
abrigo.
Ella le ayudó a quitárselo, también le cogió el sombrero, luego regresó
y comprobó cómo iba la sopa.
–¿Quieres que te anuncie ahora o prefieres que le lleve primero la
sopa?
–Anúnciame primero –dijo K.
Estaba enojado. En un principio tenía planeado hablar con Leni sobre la
posibilidad de renunciar al abogado, pero la presencia del comerciante
le había quitado las ganas. Ahora, sin embargo, consideraba el asunto
demasiado importante como para que ese comerciante bajito pudiera
interferir en él de una manera decisiva, así que llamó a Leni, que ya
estaba en el pasillo, y le dijo que regresara.
–Llévale primero la sopa –dijo–, tiene que fortalecerse para nuestra
entrevista, lo va a necesitar.
–¿Usted también es un cliente del abogado? –dijo el comerciante en
voz baja desde su esquina sólo para confirmar.
–¿Qué le importa a usted eso? –dijo K.
Pero Leni intervino:
–Quieres callarte. Bueno, entonces le llevo primero la sopa –dijo Leni a
K y sirvió la sopa en un plato–. Pero temo que se duerma; en cuanto
come, se duerme.
–Lo que voy a decirle le mantendrá despierto –dijo K.
–Quería dar a entender que pretendía decirle algo muy importante,
quería que Leni le preguntara qué era para luego pedirle consejo. Pero
ella se limitó a cumplir las órdenes. Cuando pasó a su lado con el plato,
le dio un golpe cariñoso y musitó:
–En cuanto se haya tomado la sopa, te anuncio, así te tendré conmigo
antes.
–Ve –dijo K–, ve.
–Sé más amable –dijo ella, y se volvió al llegar a la puerta.
K miró cómo se iba. Su decisión de despedir al abogado era definitiva.
Era mejor no haber hablado antes con Leni. Ella apenas tenía una visión
general del caso, le habría desaconsejado ese paso, probable mente
hubiera convencido a K para no darlo, habría seguido dudando,
permanecería inquieto y, finalmente, habría tenido que tomar la misma
decisión, pues era inevitable. Pero cuanto antes la tomara, más daños
se ahorraría. Tal vez el comerciante pudiera decir algo al respecto.
K se volvió; apenas lo notó el comerciante, quiso levantarse.
–Permanezca sentado –dijo K, y puso una silla a su lado–. ¿Es un viejo
cliente del abogado? –preguntó K.
–Sí –dijo el comerciante–, desde hace muchos años.
–¿Cuántos años hace que le representa? –preguntó K.
–No sé qué quiere decir –dijo el comerciante–, en asuntos jurídicos y de
negocios –tengo un negocio de granos–, me asesora desde que asumí
el negocio, hace casi veinte años, pero en mi proceso, a lo que usted
probablemente se refiere, desde su inicio hace más de cinco años. Sí,
hace más de cinco años –añadió, y sacó una cartera–. Lo tengo
apuntado aquí, si quiere le doy las fechas precisas. Es difícil mantenerlo
todo en la memoria. Mi proceso es posible que dure más, comenzó poco
después de la muerte de mi mujer, y de eso ya hace más de cinco
años.
K se acercó aún más a él.
–Así que el abogado también se hace cargo de asuntos jurídicos
ordinarios –dijo K.
Esa conexión entre ciencias jurídicas y tribunal le pareció muy
tranquilizadora.
–Cierto –dijo el comerciante, y susurró a K–: Se dice incluso que es
más habilidoso en las cuestiones jurídicas que en las otras.
Pero inmediatamente pareció lamentar lo dicho, puso una mano en el
hombro de K y dijo:
–Le suplico que no me traicione.
K le dio unos golpecitos amistosos en el muslo y dijo:
–No se preocupe, no soy ningún traidor.
–Él es muy vengativo –dijo el comerciante.
–No hará nada contra un cliente tan fiel –dijo K.
–¡Oh, sí! –dijo el comerciante–, cuando se excita no conoce
diferencias. Además, no le soy tan fiel.
–¿Por qué no? –preguntó K.
–¿Puedo confiarle algo? –preguntó el comerciante indeciso.
–Creo que puede –dijo K.
–Bien, le confiaré una parte, pero usted debe decirme a su vez un
secreto, así estaremos en las mismas condiciones ante el abogado.
–Es usted muy precavido –dijo K–, le diré un secreto que le
tranquilizará por completo. Así que, ¿en que consiste su infidelidad con
el abogado?
–Yo tengo… –dijo el comerciante indeciso, en un tono como si
estuviera confesando algo deshonroso–, además de él tengo otros
abogados.
–Eso no es tan malo –dijo K un poco decepcionado.
–Aquí sí –dijo el comerciante respirando con dificultad, aunque después
de las palabras de K tuvo más confianza–. No está permitido. Y lo que
no se tolera bajo ninguna circunstancia es tener otros aboga dos
intrusos junto al abogado propiamente dicho. Y eso es precisamente lo
que yo he hecho, además de él tengo cinco abogados.
–¡Cinco! –exclamó K, el número le dejó asombrado–. ¿Cinco abogados
además de éste?
El comerciante asintió:
–Ahora mismo estoy en tratos con el sexto.
–Pero, ¿para qué necesita tantos abogados? –preguntó K.
–Los necesito a todos –dijo el comerciante.
–¿Me lo puede explicar?
–Encantado –dijo el comerciante–. Ante todo no quiero perder el
proceso, eso es evidente. Así, no puedo omitir nada que me sea útil.
Aun cuando en un caso concreto las esperanzas de utilidad sean muy
pequeñas, no las puedo rechazar. Por consiguiente, he invertido todo lo
que poseo en el proceso. Por ejemplo, he sacado todo el dinero de mi
negocio; antes las oficinas de mi negocio ocupaban toda una planta,
ahora basta una pequeña estancia en la parte trasera de la casa, en la
que trabajo con un aprendiz. Este repliegue no se ha debido
exclusivamente a la carencia de dinero, sino también a la drástica
reducción de la jornada laboral. Quien quiere hacer algo por su proceso,
puede ocuparse muy poco de todo lo demás.
–Entonces, ¿usted mismo trabaja en los juzgados? –preguntó K–.
Precisamente sobre eso quisiera saber algo más.
–Precisamente sobre eso le puedo informar muy poco –dijo el
comerciante–. Al principio lo intenté, pero lo tuve que dejar. Es
demasiado agotador y no es una actividad que procure muchos éxitos.
Trabajar y negociar allí al mismo tiempo me resultó imposible.
Simplemente estar sentado y esperar supone un esfuerzo agotador. Ya
conoce usted ese aire opresivo de las oficinas.
–¿Cómo sabe que he estado allí? –preguntó K.
–Yo estaba precisamente en la sala de espera cuando usted pasó.
–¡Qué casualidad! –exclamó K, tan absorbido por la conversación que
había olvidado lo ridículo que le había parecido al principio el
comerciante–. ¡Entonces me vio! Estaba en la sala de espera cuando
pasé. Sí, yo pasé por allí una vez.
–No es tanta casualidad –dijo el comerciante–, estoy allí casi todos los
días.
–Tendré que ir más –dijo K–, pero no seré recibido con tanto decoro
como aquella vez. Todos se levantaron. Pensaron que yo era un juez.
–No –dijo el comerciante–, en realidad saludábamos al ujier. Nosotros
ya sabíamos que usted era un acusado. Esas noticias se difunden con
rapidez.
–Así que ya lo sabía –dijo K–, entonces mi comportamiento le debió de
parecer, tal vez, arrogante. ¿No hablaron sobre ello?
–No –dijo el comerciante–. Todo lo contrario. No son más que
tonterías.
–¿Que son tonterías? –preguntó K.
–¿Por qué pregunta eso? –dijo el comerciante enojado–. Parece no
conocer a la gente de allí y tal vez lo interpretase mal. Debe tener en
cuenta que en este tipo de procedimientos se habla de muchas cosas
para las que ya no basta el sentido común, uno está demasiado
cansado y confuso, así que se cae en las supersticiones. Hablo de los
demás, pero yo no soy mejor. Una de esas supersticiones es, por
ejemplo, que muchos pueden presagiar el resultado del proceso
mirando el rostro del acusado, especialmente por la forma de los labios.
Esas personas afirman que por sus labios deducen que usted será
condenado en breve. Repito, es una superstición ridícula y en la
mayoría de los casos refutada por los hechos, pero cuando se vive en
esa compañía es difícil deshacerse de esas opiniones. Piense sólo la
fuerza con que puede obrar esa superstición. Usted se dirigió a uno de
los acusados ¿verdad? Él apenas le pudo responder. Hay muchas
causas para quedar confuso en una situación así, pero una de ellas era
sus labios. Luego contó que creía haber visto en sus labios el signo de
su propia condena.
–¿En mis labios? –preguntó K, sacó un espejo y se contempló–. No noto
nada especial en mis labios, ¿y usted?
–Yo tampoco –dijo el comerciante–. Nada en absoluto.
–Qué supersticiosa es la gente –exclamó K.
–¿Acaso no lo dije? –preguntó el comerciante.
–¿Hablan mucho entre ustedes? ¿Intercambian sus opiniones? –
preguntó K–. Hasta ahora me he mantenido apartado.
–Por regla general no conversan entre ellos –dijo el comerciante–, no
sería posible, son demasiados. Tampoco hay intereses comunes.
Cuando alguna vez surge en un grupo la creencia en un interés común,
resulta al poco tiempo un error. No se puede emprender nada en
común contra el tribunal. Cada caso se investiga por separado, es el
tribunal más concienzudo. Así pues, en común no se puede imponer
nada. Sólo un individuo logra algo en secreto. Sólo cuando lo ha
logrado, se enteran los demás. Nadie sabe cómo ha ocurrido. Así que
no hay nada en común, uno se encuentra de vez en cuando con otro en
la sala de espera, pero allí se habla poco. Las supersticiones vienen ya
de muy antiguo y se difunden por sí mismas.
–Yo vi a los señores en la sala de espera –dijo K–, y su espera me
pareció inútil.
–Esperar no es inútil –dijo el comerciante–, inútil es actuar por sí
mismo. Ya le he dicho que yo, además de éste, tengo a cinco abogados.
Se podría creer –yo mismo lo creí al principio–, que podría delegar en
ellos todo el asunto. Eso sería falso. Les podría delegar lo mismo que si
tuviera a un solo abogado. ¿No lo entiende?
–No –dijo K, y puso su mano en la del comerciante para apaciguarle e
impedir que siguiese hablando con tanta rapidez–, pero quisiera pedirle
que hable un poco más despacio, son cosas muy interesantes para mí y
no le puedo seguir muy bien.
–Está bien que me lo recuerde –dijo el comerciante–, usted es nuevo,
un novato por así decirlo. Su proceso lleva en marcha medio año,
¿verdad? He oído de ello. ¡Un proceso tan joven! Yo, sin embargo, he
reflexionado sobre todas estas cosas mil veces, para mí son lo más
evidente del mundo.
–¿Está contento de que su proceso ya esté tan avanzado? –preguntó K,
aunque no quería preguntar directamente cómo le iban los asuntos al
comerciante. Pero tampoco recibió una respuesta clara.
–Sí, llevo arrastrando mi proceso desde hace cinco años –dijo el
comerciante hundiendo la cabeza–, no es un logro pequeño –y se calló
un rato.
K escuchó un momento para saber si Leni venía. Por una parte no
quería que viniese, pues aún le quedaba mucho por preguntar y no
quería encontrarse con ella en medio de una conversación tan
confidencial; por otra parte, sin embargo, le enojaba que permaneciera
tanto tiempo con el abogado a pesar de su presencia, mucho más del
tiempo necesario para servir una sopa.
–Recuerdo muy bien –comenzó de nuevo el comerciante, y K prestó
toda su atención– cuando mi proceso tenía la misma edad que el suyo
ahora. En aquel tiempo sólo tenía a este abogado, pero no estaba muy
satisfecho con él.
«Aquí me voy a enterar de todo» –pensó K, y asintió insistentemente
con la cabeza, como para animar así al comerciante a que revelase todo
lo que tuviera importancia.
–Mi proceso –continuó el comerciante– no progresaba, se llevaban a
cabo pesquisas, yo estuve presente en todas, reunía material, presenté
todos mis libros de contabilidad ante el tribunal, lo que, como me
enteré después, no había sido necesario, visité una y otra vez al
abogado, ,presentó varios escritos judiciales…
–¿Varios escritos judiciales?
–Sí, cierto –dijo el comerciante.
–Eso es importante para mí –dijo K–, en mi causa aún trabaja en el
primer escrito. Todavía no ha hecho nada. Ahora veo que me descuida
vergonzosamente.
–Que el escrito judicial no esté terminado se puede deber a múltiples
causas justificadas –dijo el comerciante–. Por lo demás, en lo que
respecta a mis escritos resultó que no habían tenido ningún valor. Yo
mismo he leído uno de ellos gracias a un funcionario judicial. Era
erudito pero sin contenido alguno. Ante todo mucho latín, que yo no
entiendo, también interminables apelaciones generales al tribunal;
adulaciones a determinados funcionarios, que, aunque no eran
nombrados, cualquier especialista podía deducir fácilmente de quién se
trataba; un elogio de sí mismo del abogado, humillándose como un
perro ante el tribunal y, finalmente, algo de jurisprudencia. Las
diligencias, por lo que pude comprobar, parecían haber sido hechas con
todo cuidado. Tampoco quiero juzgar en base a ellas el trabajo del
abogado; además, el escrito que leí no era más que uno entre muchos,
aunque, en todo caso, y de eso quiero hablar ahora, no percibí el más
pequeño progreso en mi causa.
–¿Qué progreso quería usted ver? –preguntó K.
–Sus preguntas son muy razonables –dijo el comerciante sonriendo–,
raras veces se pueden ver progresos en este procedimiento. Pero eso
no lo sabía al principio. Soy comerciante, y antaño lo era más que
ahora; yo quería ver progresos tangibles, todo tenía que aproximarse al
final o, al menos, tomar el camino adecuado. En vez de eso sólo había
interrogatorios, casi siempre con el mismo contenido. Las respuestas ya
las tenía preparadas, como una letanía. Varias veces a la semana
venían ujieres a mi negocio, a mi casa o a donde pudieran
encontrarme, eso era una molestia –hoy, con el teléfono, es mucho
mejor–, además, se empezaron a difundir rumores sobre mi proceso
entre amigos de negocios y, especialmente, entre mis parientes, sufría
perjuicios por todas partes, pero no había el más mínimo signo de que
se fuera a producir en un tiempo prudencial la primera vista. Así que fui
a ver al abogado y me quejé. Él me dio largas explicaciones, pero
rechazó con decisión hacer algo en mi favor, nadie tenía poder, según
él, para influir en la fijación de la fecha de la vista. Insistir sobre ello en
un escrito, como yo pedía, era algo inaudito y nos llevaría a los dos a la
ruina. Yo pensé: «Lo que este abogado ni quiere ni puede, es posible
que otro abogado lo quiera y pueda». Así que busqué otro abogado. Se
lo voy a anticipar: nadie ha impuesto o solicitado la fijación de la vista
principal, eso es imposible, con una excepción de la que le hablaré a
continuación. Respecto a ese punto el abogado no me había engañado.
Pero tampoco tuve que lamentar haberme dirigido a otro abogado. Ya
habrá oído algo sobre los abogados intrusos a través del Dr. Huld, él se
los habrá presentado como seres bastante despreciables y así son en la
realidad. Pero cuando habla de ellos y se compara siempre omite un
pequeño detalle. Denomina a los abogados de su círculo los «grandes
abogados». Eso es falso, cada cual puede llamarse, naturalmente, si le
place, «grande», pero en este caso sólo deciden los usos judiciales.
Este abogado y sus colegas son, sin embargo, los pequeños abogados,
los grandes, de los que sólo he oído hablar y a los que no he visto
nunca, están en un rango comparablemente superior al que ocupan
éstos respecto a los despreciables abogados intrusos.
–¿Los grandes abogados? –preguntó K–. ¿Quiénes son? ¿Cómo se
puede establecer contacto con ellos?
–Así que usted aún no ha oído hablar de ellos –dijo el comerciante–.
Apenas hay un acusado que después de haber conocido su existencia
no sueñe largo tiempo con ellos. Pero no se deje seducir por la idea. Yo
no sé quiénes son los grandes abogados y no tengo ningún acceso a
ellos. No conozco ningún caso en el que se pueda decir con seguridad
que han intervenido. Defienden a algunos, pero no se puede lograr su
defensa por propia voluntad, sólo defienden a los que quieren defender.
Sin embargo, los asuntos que aceptan ya tienen que haber pasado de
las instancias inferiores. Por lo demás, es mejor no pensar en ellos,
pues de otro modo todas las entrevistas con los otros abogados, todos
sus consejos y ayudas, aparecerán como algo completamente inútil, yo
o lo he experimentado, a uno le entran ganas de arrojarlo todo r la
borda, irse a casa, meterse en la cama y no querer saber nada más
asunto. Pero eso sería, una vez más, una gran necedad, tampoco en
cama se podría gozar por mucho tiempo de tranquilidad.
–¿Usted no pensó entonces en los grandes abogados? –preguntó K.
–No por mucho tiempo –dijo el comerciante, y sonrió otra vez–, por
supuesto no se les puede olvidar por completo, la noche es
especialmente favorable para que surjan esos pensamientos. Pero en
aquellos tiempos sólo pretendía éxitos inmediatos, así que fui a ver a
los abogados intrusos.
–Qué bien estáis sentados los dos juntos –exclamó Leni, que había
regresado con el plato de sopa.
Realmente estaban sentados muy cerca el uno del otro, al hacer el
mínimo movimiento podrían golpearse mutuamente con la cabeza. El
comerciante, que además de su pequeña estatura se mantenía
encorvado obligó a que K se inclinara para poder oír lo que decía.
–Un momento todavía –gritó K, rechazando a Leni y agitando
impaciente la mano que aún tenía sobre la del comerciante.
–Quería que le contase mi proceso –dijo el comerciante a Leni.
–Sigue, sigue contando –dijo ella. Hablaba al comerciante con cariño,
pero también algo despectivamente. A K no le gustó. Como acababa de
reconocer, ese hombre poseía un valor, al menos tenía experiencias
que sabía comunicar. Era posible que Leni le juzgara injustamente. Miró
a Leni enojado cuando ella le quitó la vela al comerciante, que había
sostenido en alto todo ese tiempo, le limpió la mano con el delantal y se
arrodilló a su lado para raspar algo de cera que le había caído en el
pantalón.
–Quería hablarme de los abogados intrusos –dijo K y, sin más
comentarios, dio una palmada en la mano de Leni.
–¿Qué quieres? –preguntó Leni, le devolvió la palmada y continuó su
trabajo.
–Sí, de los abogados intrusos –dijo el comerciante y se pasó la mano
sobre la frente, como si reflexionara.
K quiso ayudarle y dijo:
–Usted quería tener éxitos inmediatos y por eso buscó abogados
intrusos.
–Ah, sí, cierto –dijo el comerciante, pero no continuó hablando
«Es posible que no quiera hablar delante de Leni» –pensó K. Dominó su
impaciencia por oír el resto y no le presionó más.
–¿Me has anunciado? –preguntó a Leni.
–Naturalmente –dijo ella–, te está esperando. Deja a Block, con él
puedes hablar más tarde, se quedará aquí.
K aún dudaba.
–¿Quiere quedarse aquí? –preguntó al comerciante. Quería oír su propia
respuesta. No le gustaba que Leni hablase del comerciante como si
estuviera ausente. Ese día estaba lleno de oscuros reproches contra
Leni. Pero otra vez fue Leni la que respondió:
–Duerme aquí con frecuencia.
–¿Duerme aquí? –preguntó al comerciante. K había creído que
esperaría allí hasta que él cumpliese rápidamente con el trámite de
hablar con el abogado, luego podrían continuar juntos y hablarlo todo
sin molestias.
–Sí –dijo Leni–, no todos son como tú, Josef, que te presentas a ver al
abogado cuando quieres. Ni siquiera pareces asombrarte de que el
abogado te reciba a las once de la noche y a pesar de su enfermedad.
Aceptas todo lo que hacen tus amigos por ti como algo evidente. Bien,
tus amigos o, al menos, yo, lo hacemos encantados. No quiero ningún
otro agradecimiento, y tampoco lo necesito, salvo el de que me quieras.
«¿Que te quiera?» –pensó K en el primer momento, luego le pasó por la
cabeza: «Bien, sí, la quiero». Sin embargo, al responder ignoró sus
últimas palabras:
–Me recibe porque soy su cliente. Si fuese necesaria la ayuda de
extraños, debería estar mendigando a casa paso.
–¿Qué mal está hoy, verdad? –preguntó Leni al comerciante.
«Ahora soy yo el ausente» –pensó K, y casi se enoja con el comerciante
al asumir éste la descortesía de Leni y decir:
–El abogado también le recibe por otros motivos. Su caso es más
interesante que el mío. Además, su proceso está en la primera fase, es
decir, no ha avanzado mucho, por eso al abogado le gusta ocuparse de
Más tarde será diferente.
–Sí, sí –dijo Leni, y contempló al comerciante sonriendo–. ¡Cómo
bromea! No le creas nada –dijo Leni volviéndose a K–. Es tan cariñoso
como hablador. A lo mejor es por eso que el abogado no le puede
soportar. Sólo le recibe cuando está de buen humor. Me he esforzado
mucho por cambiarlo, pero es imposible. Hay veces en que anuncio a
Block y le recibe tres días después. Si cuando lo llama no está
preparado para entrar, entonces está todo perdido y hay que anunciarle
de nuevo. Por eso le he permitido dormir aquí, ya ha ocurrido que le ha
llamado en plena noche. Ahora Block también está preparado de noche.
Pero puede ocurrir que el abogado, si resulta que Block está aquí,
cambie de opinión y cancele la visita.
K miró con gesto interrogativo al comerciante. Éste asintió y dijo
abiertamente, como antes había hablado con K, quizá algo confuso por
la vergüenza:
–Sí, uno termina volviéndose dependiente de su abogado.
–Sólo se queja para guardar las apariencias –dijo Leni–, le encanta
dormir aquí, como ha reconocido ante mí muchas veces.
Ella se acercó a una pequeña puerta y la abrió de golpe.
–¿Quieres ver dónde duerme? –preguntó.
K fue hacia allí y vio desde el umbral un recinto bajo y sin ventanas,
ocupado por completo por una cama estrecha. Sólo se podía subir a ella
escalando por la pata de la cama. En la cabecera había un hundimiento
en la pared, allí se podían ver, ordenados escrupulosamente, una vela,
un tintero, una pluma y unos papeles, probablemente escritos del
proceso.
–¿Duerme en la habitación de la criada? –preguntó K volviéndose hacia
el comerciante.
–Leni la ha arreglado para mí –respondió el comerciante–. Dormir en
ella es muy ventajoso.
K lo contempló un rato. La primera impresión que había recibido del
comerciante era, probablemente, la correcta. Tenía experiencia, pues
su proceso duraba ya mucho tiempo, pero la había pagado muy cara.
De repente, K no soportó por más tiempo la visión del comerciante.
–¡Llévatelo a la cama! –le gritó a Leni, que pareció no entenderle. Él,
sin embargo, quería ir a ver al abogado y, con su renuncia, liberarse no
sólo de él, sino también de Leni y del comerciante. Pero antes de que
llegase a la puerta, el comerciante se dirigió a él en voz baja:
–Señor gerente.
K se volvió enojado.
–Ha olvidado su promesa –dijo el comerciante, que se estiró en su sitio
y miró a K suplicante–. Me tiene que decir un secreto.
–Es verdad –dijo K, y acarició ligeramente a Leni con una mirada. Ella
prestó atención a lo que iba a decir–. Escuche, aunque ya no es ningún
secreto. Voy a ver al abogado para despedirle.
–¡Le despide! –gritó el comerciante, saltó de la silla y corrió alrededor
de la cocina con los brazos en alto.
Una y otra vez gritaba:
–¡Despide al abogado!
Leni quiso acercarse a K, pero el comerciante se interpuso en su
camino, por lo que le dio un golpe con el puño. Aún con la mano
cerrada, corrió detrás de K, pero éste le llevaba ventaja. Acababa de
entrar en la habitación del abogado, cuando Leni logró alcanzarle. K
cerró la puerta, pero Leni la mantuvo abierta con el pie, le cogió del
brazo e intentó sacarle. K presionó tanto su muñeca que se vio obligada
a soltarle lanzando un quejido. No se atrevió a entrar de inmediato en
la habitación. K cerró la puerta con llave.
–Le espero desde hace tiempo –dijo el abogado desde la cama, dejó un
escrito, que había estado leyendo a la luz de una vela, sobre la mesilla
de noche y se puso las gafas, con las que miró a K con ojos
penetrantes. En vez de disculparse, K dijo:
–Me iré en seguida.
El abogado ignoró las palabras de K, porque no suponían ninguna
disculpa, y dijo:
–La próxima vez no le recibiré a una hora tan avanzada.
–No importa –dijo K.
El abogado le lanzó una mirada interrogativa.
–Siéntese –dijo.
–Como guste –dijo K, y trajo una silla hasta la mesilla de noche.
–Me parece que ha cerrado la puerta con llave –dijo el abogado.
–Sí –dijo K–, ha sido por Leni.
No tenía la menor intención de respetar a nadie. Pero el abogado
preguntó:
–¿Ha vuelto a ser atrevida?
–¿Atrevida? –preguntó K.
–Sí –dijo el abogado, y al reír sufrió un ataque de tos, pero continuó
riendo en cuanto se le pasó.
–Usted habrá notado ya su osadía –dijo, y dio unos ligeros golpecitos
en la mano de K, que, confuso, la había apoyado en la mesilla de
noche, retirándola ahora de inmediato.
–No le da importancia –dijo el abogado cuando K se quedó callado–,
mucho mejor. Si no hubiera tenido que disculparme ante usted. Es una
peculiaridad de Leni, que ya le he perdonado hace mucho tiempo y de
la que no hablaría si usted no hubiera cerrado la puerta con llave. A
usted sería a quien menos se le debería explicar esa peculiaridad, pero
como me mira tan consternado, lo haré. Esa peculiaridad consiste en
que Leni encuentra guapos a la mayoría de los acusados. Se encapricha
de todos, los ama, al menos aparentemente todos le corresponden;
para entretenerme, cuando le doy permiso, me cuenta algo. Para mí no
es ninguna sorpresa, como para usted parece serlo. Cuando se tiene la
perspectiva visual adecuada, se encuentra que, efectivamente, la
mayoría de los acusados son guapos. Se trata, en cierta manera, de un
fenómeno científico bastante extraño. A causa de la apertura del
proceso no se produce, naturalmente, una alteración clara y apreciable
del aspecto exterior de una persona. Pero tampoco es como en otros
asuntos judiciales, aquí la mayoría mantiene su forma de vida habitual
y, si tienen un buen abogado que cuide de ellos, el proceso apenas les
afectará. Sin embargo, los que poseen una dilatada experiencia son
capaces de reconocer a los acusados entre una multitud. ¿Por qué?,
preguntará. Mi respuesta no le satisfará. Los acusados son los más
guapos. No puede ser la culpa la que los embellece, pues –y aquí tengo
que hablar como abogado– no todos son culpables; tampoco puede ser
la pena futura la que les hace guapos, pues no todos serán castigados;
por consiguiente, se tendría que deber al proceso, que, de algún modo,
les marca. Aunque también hay que reconocer que entre todos ellos
hay algunos que se distinguen por una belleza especial. Pero todos son
guapos, incluso Block, ese gusano miserable.
Cuando el abogado terminó de hablar, K estaba tranquilo, incluso había
asentido con la cabeza a sus últimas palabras, confirmando así su
antigua opinión de que el abogado siempre intentaba confundirle con
informaciones generales ajenas al caso y, así, evitaba dar respuesta a
la cuestión de si había realizado algo en su favor. El abogado notó que
K estaba dispuesto a ofrecerle más resistencia que de costumbre, pues
se calló para dar a K la posibilidad de hablar. No obstante preguntó al
ver que K mantenía su silencio:
–Pero usted ha venido a verme con una intención especial, ¿verdad?
–Sí –dijo K y tapó un poco la vela con la mano para poder ver mejor al
abogado–, quería decirle que renuncio a partir del día de hoy a sus
servicios.
–¿Le he entendido bien? –preguntó el abogado, se incorporó en la cama
y se apoyó con una mano en la almohada.
–Creo que sí –dijo K, que estaba sentado muy recto, como si estuviera
al acecho.
–Bien, podemos discutir ese plan –dijo el abogado transcurrido un rato.
–Ya no es ningún plan –dijo K.
–Puede ser –dijo el abogado–, pero tampoco nos vamos a precipitar.
Utilizó la primera persona del plural, como si no tuviera la intención de
desprenderse de K y como si quisiera seguir siendo, si no su defensor,
sí, al menos, su consejero.
–No es precipitado –dijo K, y se levantó lentamente, poniéndose detrás
de la silla–, lo he pensado mucho y, quizá, demasiado tiempo. La
decisión es definitiva.
–Al menos permítame decir algunas palabras –dijo el abogado, que se
quitó la manta y se sentó en el borde de la cama. Sus piernas
desnudas, cubiertas de pelo blanco, temblaban de frío. Le pidió a K que
le diera una manta que había sobre el canapé. K le llevó la manta y
dijo:
–Se expone inútilmente a un enfriamiento.
–El motivo es lo suficientemente importante –dijo el abogado, mientras
cubría la parte superior del cuerpo con la manta de la cama y luego las
piernas con la manta que le había llevado K–. Su tío es mi amigo y
también le he cogido cariño a usted. Lo reconozco abiertamente. No
necesito avergonzarme de ello.
Esos discursos enternecedores del viejo eran inoportunos para las
intenciones de K, pues le obligaban a dar una aclaración detallada, que
él hubiera querido evitar. Además, le confundían, aunque nunca
lograban que cambiase de decisión.
–Le agradezco mucho la amable opinión que tiene de mí –dijo–,
también reconozco que ha llevado mi asunto tan bien como le ha sido
posible y con la mayor ventaja para mí. No obstante, en los últimos
tiempos se ha afianzado en mí la convicción de que no es suficiente. Por
supuesto que jamás intentaré convencerle, a usted, a un hombre
mucho más experimentado y mayor que yo. Si lo he intentando alguna
vez, le ruego que me perdone. El asunto, como usted dice, es lo
suficientemente importante y estoy convencido de que es necesario
actuar con más energías en el proceso de las que se han empleado
hasta ahora.
–Le comprendo –dijo el abogado–. Usted es impaciente.
–No soy impaciente –dijo K algo irritado, y ya no cuidó tanto sus
palabras–. Usted pudo notar, cuando vine la primera vez acompañado
de mi tío, que el proceso no me importaba mucho. Si no me lo
recordaban con insistencia, lo olvidaba por completo. Pero mi tío se
empeñó en que le encargase mi defensa, así lo hice, pero sólo para ser
amable con él. Y a partir de ese momento creí que soportar el proceso
sería aún más fácil para mí, pues al encargar al abogado la defensa, la
carga del proceso recaería sobre él. Pero ocurrió todo lo contrario.
Nunca antes de que usted asumiera mi defensa tuve tantas
preocupaciones a causa del proceso. Cuando estaba solo no emprendía
nada a favor de mi causa, pero apenas lo sentía; luego, sin embargo,
dispuse de un defensor, todo estaba dispuesto para que algo ocurriera,
yo esperaba cada vez más tenso sus diligencias, pero no se produjeron.
Eso sí, de usted recibí informaciones acerca del tribunal que no hubiera
podido recibir de otros. Pero eso no me puede bastar cuando el
proceso, aunque sea en secreto, me afecta cada vez más.
K había apartado la silla y permanecía de pie con las manos en los
bolsillos de la chaqueta.
–Desde un punto de vista práctico –dijo el abogado en voz baja y con
tranquilidad–, ya no se produce nada esencialmente nuevo. Usted está
ahora ante mí del mismo modo en que estuvieron muchos otros
acusados en la misma fase del proceso, y también dijeron lo mismo.
–Entonces todos esos acusados –dijo K– tenían la misma razón que yo
tengo. Eso no refuta mis ideas.
–Yo no pretendía refutar su opinión –dijo el abogado–, sólo quería
añadir que había esperado de usted una mayor capacidad de juicio,
sobre todo porque le he permitido hacerse una mejor idea de la
judicatura y de mi actividad que a otros. Y, sin embargo, ahora puedo
comprobar que, a pesar de mis esfuerzos, no me tiene mucha
confianza. No me lo pone muy fácil.
¡Cómo se humillaba el abogado ante K! Sin consideración alguna al
honor de su gremio, que en este punto es de lo más sensible. Y, ¿por
qué lo hacía? Según las apariencias era un abogado muy ocupado y,
además, un hombre rico, en su caso no se trataba ni de ganancias ni de
la pérdida de un cliente. Por añadidura, estaba enfermo y tenía que
pensar en reducir su trabajo. No obstante, se aferraba a K. ¿Por qué?
¿Acaso era por el tío, o consideraba el proceso de K tan extraordinario
que podría distinguirse ya fuese ante K o –la posibilidad no se podía
excluir– ante sus amigos del tribunal? De su actitud no se podía deducir
nada, por muy desconsiderada que fuese su mirada escrutadora. Se
podría decir que esperaba con un gesto intencionadamente neutral el
efecto de sus palabras. En todo caso pareció interpretar el silencio de K
de un modo demasiado favorable, ya que continuó:
–Habrá notado que tengo un bufete grande pero que no empleo a
pasantes. Antes era distinto, hubo un tiempo en que trabajaban para mí
jóvenes juristas, hoy trabajo solo. En parte se debe a que me he ido
restringiendo a asuntos como el suyo, en parte debido al profundo
conocimiento que he ido acumulando acerca de esta judicatura. Pensé
que un trabajo así no se puede delegar en nadie, que al hacerlo
traicionaría al cliente y la tarea que había asumido. La decisión de
realizar todo el trabajo por mí mismo tuvo consecuencias naturales:
tuve que renunciar a casi todos los casos y sólo aceptar los que tenían
un interés especial para mí. A fin de cuentas hay suficientes criaturas, y
muy cerca de aquí, que se arrojan sobre cada mendrugo que yo
rechazo. Aun así me puse enfermo por el exceso de trabajo. No
obstante, no me arrepiento de mi decisión. Es posible que hubiera
debido rechazar más casos de los que rechacé, pero que lo he dado
todo en los procesos que he asumido es algo que ha resultado
necesario y ha sido premiado con éxitos. Una vez encontré muy bien
expresada en un escrito la diferencia entre la representación de mi
cliente en asuntos judiciales normales y la representación en este tipo
de asuntos. Decía: «Uno de los abogados lleva a su cliente de una
hebra de hilo hasta la sentencia, el otro sube a su cliente sobre sus
hombros y lo lleva así, sin bajarlo, hasta la sentencia e, incluso, más
allá de ella». Así es. Pero no era del todo cierto cuando dije que jamás
he lamentado asumir este trabajo tan pesado. Cuando usted, en su
caso, se equivoca de manera tan garrafal, sólo entonces es cuando lo
lamento.
K no sólo no se dejó convencer, sino que se fue poniendo cada vez más
impaciente. Creyó percibir en el tono del abogado lo que le esperaría si
cedía: comenzarían de nuevo los consuelos; se repetirían las menciones
acerca de la redacción avanzada del escrito judicial, acerca del estado
de ánimo de los funcionarios, pero también sobre las dificultades que se
oponían al trabajo. En suma, todo eso, ya conocido, se tendría que
repetir hasta la saciedad para embaucar a K con esperanzas inciertas y
atormentarle con amenazas larvadas. Tenía que impedirlo
definitivamente, así que dijo :
–¿Qué emprendería si mantuviese mi representación?
El abogado aceptó esa pregunta humillante y contestó:
–Continuar con las diligencias ya iniciadas.
–Ya lo sabía –dijo K–. Cualquier palabra más resulta superflua.
–Haré todavía un intento –dijo el abogado, como si lo que irritaba a K
le afectara en realidad a él–. Tengo la sospecha de que usted ha sido
llevado a su falso enjuiciamiento de mi trabajo y a su comporta! miento
por el hecho de que, a pesar de ser un acusado, se le ha tratado
demasiado bien o, mejor expresado, con aparente indulgencia. También
esto último tiene su motivo. A menudo es mejor estar encadenado que
libre. Pero quiero mostrarle cómo se trata a otros acusados, tal vez sea
capaz de aprender una lección. Voy a llamar a Block, abra la puerta y
siéntese aquí, junto a la mesilla de noche.
–Encantado –dijo K, e hizo lo que el abogado le había pedido. Siempre
estaba dispuesto a aprender algo. Pero para asegurarse, preguntó:
–Pero, ¿se ha enterado de que le he retirado definitivamente mi
confianza?
–Sí –dijo el abogado–, pero hoy mismo puede rectificar.
Se acostó, se tapó con la manta hasta la barbilla y se volvió hacia la
pared. Entonces llamó. Al poco rato apareció Leni, intentó apreciar con
miradas fugaces qué había ocurrido. Que K permaneciera tranquilo al
lado de la mesilla de noche del abogado, era un signo positivo. Hizo una
ligera seña con la cabeza a K, que la contempló rígido, y sonrió.
–Trae a Block –dijo el abogado.
En vez de salir de la habitación para traerlo, se acercó a la puerta y
gritó:
–¡Block! ¡El abogado te llama! –luego se puso detrás de K, ya que el
abogado continuaba mirando hacia la pared y no se preocupaba de
nada. A partir de ese momento estuvo molestando a K, pues se inclinó
sobre el respaldo de su silla y acarició, con sumo cuidado y suavidad,
su pelo y mejillas. Finalmente, K intentó impedírselo al coger una de
sus manos, que ella, después de resistirse algo, dejó en su poder.
Block llegó en seguida, pero se quedó esperando en la puerta: parecía
reflexionar si debía entrar o no. Elevó las cejas e inclinó la cabeza como
si estuviera esperando a que se repitiese la orden del abogado. K habría
podido animarle a entrar, pero había decidido romper definitivamente
no sólo con el abogado, sino con todo lo que había en casa, así que
permaneció imperturbable. Leni tampoco habló. Block notó que nadie,
en principio, le echaba, por lo que entró de puntillas, con los músculos
del rostro tensos y las manos a la espalda, en una posición artificial.
Dejó la puerta abierta para posibilitar una retirada. No miró a K, sino
que su vista siempre se dirigió a la manta bajo la que se encontraba el
abogado, al que ni siquiera podía ver por la postura adoptada. Pero
entonces se oyó su voz:
–¿Block aquí? –preguntó el abogado.
Esa pregunta, que le cogió por sorpresa cuando ya había avanzado un
buen trecho, le causó el mismo efecto que un golpe en el pecho y otro
en la espalda, se tambaleó, permaneció profundamente inclinado y dijo:
–A su servicio.
–¿Qué quieres? –preguntó el abogado–. Vienes en un momento
inoportuno.
–¿No me ha llamado? –preguntó Block, más a sí mismo que al abogado,
y puso las manos hacia adelante, como para protegerse, disponiéndose
a salir corriendo.
–Te he llamado –dijo el abogado–, pero vienes en un momento
inoportuno –y tras una pausa añadió–: Siempre vienes en un momento
inoportuno.
Desde que el abogado comenzó a hablar, Block ya no miraba hacia la
cama, más bien se quedó como petrificado en una esquina y se
dedicaba exclusivamente a escuchar, como si la visión del que hablaba
le deslumbrase tanto que no pudiese soportarlo. Pero escuchar al
abogado era difícil, pues seguía de cara a la pared y hablaba despacio y
rápido.
–¿Quiere que me vaya? –preguntó Block.
–Bueno, ya que estás aquí –dijo el abogado–, ¡quédate!
Se podía creer que el abogado no había satisfecho el deseo de Block,
sino que le había amenazado con azotarle, pues Block comenzó
temblar.
–Ayer estuve con el tercer juez, mi amigo, y la conversación terminó
centrándose en ti. ¿Quieres saber lo que me dijo?
–¡Oh!, por favor –dijo Block.
Como el abogado no continuó hablando, Block repitió otra vez su
súplica y se inclinó como si se propusiera arrodillarse. Entonces K se
dirigió a él:
–¿Qué haces? –exclamó.
Leni intentó que no interviniera, por eso K cogió también su otra mano.
No las apretaba precisamente con amor. Ella se quejaba e intentaba
liberar las manos. Pero por culpa de la exclamación de K, el abogado
castigó a Block:
–¿Quién es tu abogado? –preguntó el Dr. Huld.
–Usted –dijo Block.
–¿Quién más? –preguntó el abogado.
–Nadie más –dijo Block.
–Entonces no obedezcas a nadie más.
Block reconoció la situación, dirigió a K miradas malignas y sacudió la
cabeza. Si se hubieran podido traducir esos gestos en palabras, habrían
sido graves insultos. ¡Con ese hombre había querido hablar
amigablemente K sobre su causa!
–Ya no te molestaré más –dijo K reclinado en la silla–. Arrodíllate o
ponte a cuatro patas si quieres, haz lo que te dé la gana, a mí no me
importa.
Pero Block tenía sentido del honor, al menos frente a K. Se lanzó hacia
él con los puños en alto y gritó, tanto como era capaz de hacerlo en la
cercanía del abogado:
–No me hable así, eso no está permitido. ¿Por qué me insulta? Y,
además, aquí, en presencia del señor abogado, donde ambos, usted y
yo, sólo somos tolerados por caridad. Usted no es mejor que yo, pues
usted también es un acusado y tiene un proceso. Si a pesar de ello
sigue siendo un señor, yo también, y aún más digno que usted. Y
quiero que se dirija a mí como corresponde. Si se cree que es un
privilegiado al estar sentado ahí y poder escuchar tranquilamente,
mientras yo, como usted dice, me pongo a cuatro patas, le recuerdo la
vieja máxima judicial: «Para el sospechoso es mejor moverse que
sentarse, pues el que cansa puede hacerlo, sin saberlo, sobre una
balanza y ser pesado según sus pecados».
K no dijo nada, se limitó a mirar asombrado, con ojos inmóviles, a ese
hombre perturbado. ¡Qué cambios había experimentado en las últimas
horas! ¿Sería acaso el proceso el que le confundía de esa manera, y el
que no le dejaba reconocer dónde estaba el amigo y dónde el j
enemigo? ¿No se daba cuenta de que el abogado le humillaba
intencionadamente y que no pretendía otra cosa que ufanarse de su
poder ante K y así, tal vez, someterlo? Si Block no era capaz de darse
cuenta, o si tanto temía al abogado que ese conocimiento no le
ayudaba en nada, ¿cómo era posible que repentinamente se tornase
tan astuto u osado corno para intentar engañar al abogado y ocultarle
que tenía a su servicio a otros abogados? ¿Y cómo osaba atacar a K,
que en cualquier momento podía revelar su secreto? Pero se atrevió a
más, se acercó a la mesa del abogado y comenzó a quejarse de K:
–Señor abogado –dijo–, ¿ha oído cómo me ha tratado ese hombre? Se
pueden contar las horas de su proceso y quiere darme lecciones, a mí,
que ya llevo cinco años de proceso. Incluso me insulta. No sabe ?nada
y me insulta, a mí, que he estudiado, tanto como mis fuerzas lo han
permitido, lo que es decencia, deber y lo que son usos judiciales.
–No te preocupes –dijo el abogado– y haz lo que te parezca correcto.
–Cierto –dijo Block, como si él mismo se animase y, después de a
corta mirada de soslayo, se arrodilló junto a la cama–. Ya me arrodillo,
mi abogado –dijo.
Pero el abogado calló. Block acarició cuidadosamente la manta con una
mano. Leni, liberándose de las manos de K, rompió el silencio que
ahora reinaba:
–Me haces daño. Déjame. Me voy con Block.
Se fue hacia él y se sentó al borde de la cama. Block se alegró.
Inmediatamente le suplicó por medio de signos enérgicos que le
ayudase ante el abogado. Parecía necesitar urgentemente la
información del abogado, aunque tal vez sólo para dejarse explotar por
el resto de los abogados. Leni sabía muy bien cómo ganarse a Huld,
señaló la mano del anciano y frunció los labios como para dar un beso.
Sin pensarlo, Block le dio un beso en la mano y repitió el beso a
petición de Leni. Pero el abogado seguía callado. Leni, entonces, se
acercó a él, su esbelta figura se hizo visible al estirarse sobre la cama,
y acarició su rostro inclinada sobre su largo pelo blanco. Eso le obligó a
contestar.
–Estoy dudando en decírselo –dijo el abogado y se pudo ver cómo
sacudió ligeramente la cabeza, tal vez para sentir mejor las caricias de
Leni. Block escuchaba con la cabeza humillada, como si al escuchar
estuviese incumpliendo un mandamiento.
–¿Por qué dudas? –preguntó Leni.
K tenía la impresión de que escuchaba una conversación estudiada, que
ya se había repetido con frecuencia y se seguiría repitiendo en el
futuro. Block era el único para el que no perdería su novedad.
–¿Cómo se ha portado hoy? –preguntó el abogado en vez de responder.
Antes de que Leni le contestase, miró hacia Block y observó un rato
cómo elevaba las manos entrelazadas en actitud de súplica. Finalmente,
ella asintió, se volvió hacia el abogado y dijo:
–Ha estado tranquilo y ha sido diligente.
Un viejo comerciante, un hombre con toda una barba, suplicaba a una
muchacha para que diera un buen testimonio de él. Por más que se
reservase sus pensamientos reales, nada podía justificarle ante los ojos
de sus congéneres. Casi degradaba al espectador. K no comprendía
cómo el abogado podía pensar en ganárselo con semejante
representación. Si no hubiese prescindido antes de él, lo habría hecho
al contemplar esa escena. Ésos eran, pues, los resultados del método
empleado por el abogado, al que K, por fortuna, no había estado
expuesto mucho tiempo. El cliente terminaba por olvidarse del mundo y
esperaba arrastrarse hasta el final del proceso por ese camino erróneo.
Eso ya no era un cliente, eso era el perro del abogado. Si éste le
hubiera ordenado meterse debajo de la cama como si fuera una caseta
de perro, y ladrar desde allí dentro, lo hubiera hecho con placer. K
escuchó todo actitud reflexiva e inquisidora, como si le hubieran
encargado que retuviera todo lo dicho para presentar una denuncia y
un informe en una instancia superior.
–¿Qué ha hecho durante todo el día? –preguntó el abogado.
–Le he encerrado en el cuarto de la criada –dijo Leni–, donde
normalmente duerme, para que no me molestase mientras trabajaba.
De vez en cuando le observé por la claraboya para ver qué hacía. Ha
estado todo el tiempo arrodillado al pie de la cama, con los escritos que
le has dejado abiertos, y no ha parado de leerlos. Eso me ha causado
una buena impresión. Además, la ventana da a un pozo de ventilación,
por lo que apenas tiene luz. Que Block, no obstante, leyera, me ha
mostrado lo obediente que es.
–Me alegra oírlo –dijo el abogado–, pero, ¿se enteraba de lo que leía?
Block, durante esa conversación, movía continuamente los labios,
aparentemente formulaba así las respuestas que esperaba de Leni.
–A eso no puedo responder con seguridad –dijo Leni–. Lo único que sé
es que le he visto leer concentrado. Ha leído durante todo el día la
misma página y al leer ha seguido las líneas con el dedo. Siempre que
le he mirado, suspiraba como si la lectura le costase un gran esfuerzo.
Los escritos que le has dejado son, con seguridad, difíciles de entender.
–Sí –dijo el abogado–, sí que lo son. No creo que los entienda. Sólo
tienen que darle una idea de lo dura que es la lucha que yo dirijo en su
defensa. Y ¿para quién dirijo esa dura lucha? Es ridículo decirlo, para
Block. También tiene que aprender lo que eso significa. ¿Ha estudiado
sin interrupción?
–Casi sin interrupción –respondió Leni–, una vez pidió agua. Le di un
vaso a través de la claraboya. A las ocho le dejé salir y le di algo de
comer.
Block miró a K de soslayo, como si se estuviera contando algo
honorable de él y también tuviera que impresionar a K. Ahora parecía
tener buenas esperanzas, se movía con más libertad y, de rodillas como
estaba, se giraba a un lado y a otro. Pero sólo sirvió para que se notase
más su confusión al oír las palabras siguientes del abogado.
–Le alabas –dijo el abogado–, pero precisamente eso es lo que me
impide hablar. El juez no se ha manifestado de un modo favorable, ni á
sobre Block ni sobre su proceso.
–¿No ha sido favorable? –preguntó Leni–. ¿Cómo es posible?.
Block le dirigió a Leni una mirada tensa, como si le atribuyese la
capacidad de convertir en positivas las palabras pronunciadas por el
juez.
–Nada favorables –dijo el abogado–. El juez, incluso, se mostró
desagradablemente sorprendido cuando comencé a hablar de Block «No
me hable de Block», dijo. «Pero es mi cliente», dije yo. «Deja que
abusen de usted», dijo él. «No creo que su causa esté perdida», dije
yo. «Deja que abusen de usted», repitió él. «No lo creo», dije yo,
«Block sigue su proceso con diligencia. Prácticamente vive en mi casa
para estar al corriente. No se encuentra a menudo un celo semejante.
Cierto, no es una persona agradable, tiene malos modales y es sucio,
pero desde una perspectiva meramente procesal, es irreprochable».
Dije irreprochable y exageré intencionadamente. Él respondió: «Block
es astuto. Ha acumulado mucha experiencia y sabe cómo retrasar el
proceso. Pero su ignorancia es mucho más grande que su astucia. Qué
diría si supiera que su proceso ni siquiera ha comenzado; que ni
siquiera se ha dado la señal para el comienzo del proceso». Tranquilo,
Block –dijo el abogado, pues Block había comenzado a levantarse sobre
sus inseguras rodillas y parecía querer una explicación. Era la primera
vez que el abogado se dirigía directamente a Block. Le miró desde
arriba con los ojos cansados, aunque no fijamente. Block volvió a
arrodillarse lentamente.
–Esa opinión del juez no tiene para ti ninguna importancia –dijo el
abogado–. No te asustes por cada palabra que oigas. Si se vuelve a
repetir, no te diré nada más. No se puede comenzar ninguna frase sin
que mires como si se fuera a pronunciar tu sentencia definitiva.
¡Avergüénzate ante mi cliente! También tú quebrantas su confianza en
mí. ¿Qué quieres? Aún vives, aún estás bajo mi protección. ¡Es un
miedo absurdo! Has leído en alguna parte que la sentencia definitiva,
en algunos casos, pronuncia de improviso, emitida por una boca
cualquiera en un momento arbitrario. Eso es verdad, con algunas
reservas, pero también es verdad que tu miedo me repugna y que en él
sólo veo una falta de confianza en mí. ¿Qué he dicho? Me he limitado a
repetir la opinión de un juez. Ya sabes que las opiniones más distintas
se acumulan en el proceso hasta lo inextricable. Ese juez, por ejemplo,
acepta el inicio del proceso en una fecha diferente a la mía. Una
diferencia de opiniones, nada más. En una determinada fase del
proceso se da una señal con una campanilla según una vieja
costumbre. Según la opinión de este juez a partir de ese preciso
momento es cuando se inicia el proceso. Ahora no te puedo decir todo
lo que se puede objetar a esa opinión. Tampoco lo entenderías, te basta
con saber que hay mucho que habla en contra.
Confuso, Block pasaba la mano sobre la manta, el miedo a las
declaraciones del juez le hizo olvidar provisionalmente su sumisión
frente al abogado. Sólo pensaba en él mismo y no cesaba de dar
vueltas a las palabras del juez.
–Block –dijo Leni con un tono admonitorio, y le tiró un poco hacia
arriba del cuello de la chaqueta–, deja la manta y escucha al abogado.
EN LA CATEDRAL
K había recibido el cometido de enseñar algunos monumentos históricos
a un buen cliente italiano del banco, que visitaba la ciudad por primera
vez. Era una obligación que, en otro tiempo, hubiera considerado un
honor, pero que ahora, cuando apenas lograba con esfuerzo mantener
su prestigio en el banco, asumía con desagrado. Cada hora que no
podía permanecer en el despacho le preocupaba. Por desgracia,
tampoco podía aprovechar como antes sus horas laborales, pasaba
mucho tiempo aparentando que trabajaba. Sin embargo, sus cuitas se
hacían más grandes cuando permanecía ausente de su despacho.
Imaginaba que el subdirector, siempre al acecho, entraba en su
despacho, se sentaba a su mesa, registraba sus papeles, recibía a los
clientes con los que K, desde hacía años, sostenía incluso una relación
de amistad, les enemistaba con él, descubría fallos, que K, durante el
trabajo, cometía sin darse cuenta y ya no podía evitar. Si se le
encargaba realizar tina salida de negocios o irse de viaje, aunque fuese
como una distinción –semejantes encargos se habían hecho,
casualmente, muy frecuentes en los últimos tiempos–, siempre
sospechaba que se le quería alejar del despacho para examinar su
trabajo o, simplemente, porque creían que podían prescindir de él.
Podría haber rechazado todos esos encargos sin mayores dificultades,
pero no se atrevió, pues, aunque sus temores no estuvieran
justificados, un rechazo significaba una confesión del miedo qué sentía.
Por este motivo aceptaba los encargos con aparente indiferencia,
incluso llegó a silenciar un serio enfriamiento antes de emprender un
agotador viaje de negocios de dos días, para no correr el peligro de que
suspendieran el viaje a causa del mal tiempo otoñal. Cuando regresó de
ese viaje con furiosos dolores de cabeza, supo que le habían
encomendado que acompañase al día siguiente al hombre de negocios
italiano. La tentación de negarse por una sola vez fue muy grande,
además no se trataba de un encargo vinculado a su trabajo, por más
que el cumplimiento de ese deber social fuese lo suficientemente
importante, aunque no para K, que sabía muy bien que sólo se podía
mantener con éxitos laborales y que si no lo lograba, no poseería el
menor valor, por mucho que llegara a embelesar, de forma inesperada,
al italiano. No quería que le apartaran del trabajo ni siquiera un día,
pues el miedo de que lo dejasen atrás era demasiado grande, un miedo
que él, como reconocía, era exagerado, pero era un miedo que le
asfixiaba. En este caso, sin embargo, era casi imposible encontrar una
excusa aceptable. El conocimiento que K tenía de la lengua italiana no
era bueno, pero bastaba para un caso así. Lo decisivo, sin embargo, era
que él poseía ciertos conocimientos artísticos adquiridos hacía tiempo y
conocidos en el banco, si bien se exageraban un poco por el hecho de
que K, aunque sólo por motivos de negocios, había sido miembro de la
Asociación para la Conservación de los Monumentos Urbanos. El
italiano, como habían sabido a través de fuentes distintas, resultaba ser
un amante del arte, así que la elección de K era algo evidente.
Era una mañana fría y tormentosa. K, enojado por el día que le
esperaba, llegó a su despacho a las siete para, al menos, trabajar algo
antes de que la visita se lo impidiese. Estaba muy cansado, puesto que
había pasado parte de la noche estudiando algo de gramática italiana.
La ventana, junto a la que, últimamente, permanecía sentado con
demasiada frecuencia, le tentaba mucho más que la mesa, pero resistió
y continuó el trabajo. Por desgracia, al poco tiempo entró el ordenanza
y anunció que el director le había enviado para comprobar si el gerente
ya se encontraba en su despacho. Le pidió que fuese tan amable de
acudir a la sala de recepción, donde ya se encontraba el señor de Italia.
–Ya voy –dijo K, se metió un pequeño diccionario en el bolsillo, cogió un
folleto turístico y, a través del despacho del subdirector, entró en el del
director. Se alegró de haber venido tan temprano a la oficina y poder
estar ya dispuesto, lo que nadie podía haber esperado. El despacho del
subdirector permanecía, naturalmente, aún vacío, como en lo más
profundo de la noche, tal vez el ordenanza también le había buscado,
aunque en vano. Cuando K entró en la sala de recepción, se levantaron
los dos señores de sus cómodos sillones. El director sonrió D amable,
parecía muy contento de la llegada de K. Le presentó en seguida, el
italiano estrechó con energía la mano de K y, sonriendo, dijo algo de
madrugadores; K no entendió muy bien a quién se refería, además era
una palabra extraña, que K sólo pudo comprender transcurrido rato.
Respondió con algunas frases hechas, que el italiano escuchó sonriente,
mientras, algo nervioso, acariciaba su poblado bigote gris azulado. El
bigote parecía perfumado, uno casi se veía tentado a acercarse y olerlo.
Cuando todos se sentaron y comenzaron a hablar, K notó con gran
disgusto que apenas entendía al italiano. Cuando hablaba tranquilo, le
entendía casi todo, pero ésos eran momentos excepcionales la mayoría
de las veces las palabras manaban a borbotones de su boca y parecía
sacudir la cabeza de placer cuando esto ocurría. Mientras hablaba
lanzaba frases enteras en un dialecto extraño, que para K no tenía nada
de italiano, pero que el director no sólo comprendía, sino que lo
hablaba, lo que K tendría que haber previsto, ya que el italiano era
originario del sur de Italia, en donde el director había residido algunos
años. K reconoció que la posibilidad de comprenderse con el italiano sé
había reducido drásticamente, pues su francés también era difícil de
entender. Por añadidura, el bigote ocultaba los labios, así que al
siquiera se podía leer en ellos para averiguar qué era lo que estaba
diciendo. K comenzó a prever situaciones incómodas, provisionalmente
renunció a entender al italiano –en presencia del director, que le
entendía tan fácilmente, hubiera sido un esfuerzo innecesario–, así que
se limitó a observar malhumorado cómo éste descansaba tranquilo y
semihundido en el sillón, cómo estiraba de vez en cuando su chaqueta
bien cortada y cómo una vez, elevando el brazo y agitando las manos,
Intentaba explicar algo que K no podía comprender, a pesar de que no
perdía de vista sus manos. Al final, K, que permanecía ausente,
siguiendo mecánicamente la conversación, empezó a sentir el cansancio
previo y se sorprendió a sí mismo, para su horror, aunque felizmente a
tiempo, cuando, guiado por su confusión, pretendía levantarse, darse
la vuelta y marcharse. Pero transcurrido un rato el italiano miró el reloj
y se levantó. Después de despedirse del director, se acercó a K y,
además, tanto, que K tuvo que desplazar el sillón para poderse mover.
El director, que por la mirada de K reconoció la situación apurada de
éste frente al italiano, se inmiscuyó en la conversación de un modo tan
inteligente que pareció como si simplemente añadiera algunos consejos,
mientras en realidad lo que estaba haciendo era traducir a K todo lo
que el incansable italiano decía con su fluidez proverbial. K se enteró
así de que el italiano aún debía terminar algunos negocios, que sólo
tenía poco tiempo y que no pretendía visitar todos los monumentos.
Más bien había decidido visitar –si K daba su aprobación, en él recaía la
decisión– sólo la catedral, pero detenidamente. Él se alegraba mucho
de poder realizar esa visita en compañía de un hombre tan erudito y
amable –con estas palabras estaba haciendo referencia a K, que
prescindía de las palabras del italiano e intentaba oír las del director–,
así que le pedía, si le parecía bien, que se encontraran transcurridas
dos horas, alrededor de las diez, en la catedral. Creía poder estar allí a
esa hora. K respondió algo adecuado, el italiano estrechó primero la
mano del director, luego la de K, y se dirigió, volviéndose
continuamente y sin parar de hablar, hacia la puerta seguido por
ambos. K permaneció un rato con el director, que ese día parecía
enfermo. Creyó tener que disculparse ante K –estaban juntos en un
trato de confianza–, al principio había previsto acompañar él mismo al
italiano, pero luego –no adujo ningún motivo– se decidió por enviar a K.
Si no entendía al italiano, no tenía por qué asustarse, con un poco de
práctica lo comprendería mejor, pero que en el caso de que no lo
hiciera, tampoco pasaba nada malo, para el italiano no era importante
que le entendieran. Por lo demás, el italiano de K era
sorprendentemente bueno y él cumpliría su misión a la perfección. Con
estas palabras se despidió de K. El tiempo que aún le quedaba lo
empleó en aprender algunos términos complejos que necesitaba para
su guía por la catedral, sacándolos del diccionario. Era un trabajo muy
pesado, el empleado le trajo la correspondencia, algunos funcionarios
vinieron con algunas preguntas y, al ver a K ocupado, se quedaron
esperando en la puerta, pero no se movieron hasta que K les atendió.
El subdirector tampoco perdió la ocasión de molestar, pasó varias veces
por su despacho, le quitó el diccionario de las manos y lo hojeó sin
intención alguna, incluso clientes emergían cuando las puertas se
abrían en la semioscuridad del antedespacho y se inclinaban indecisos,
ya que querían llamar la atención, pero no estaban seguros de que les
veían. Todo eso giraba en torno a K como si él fuese el centro, mientras
él pensaba en las palabras que iba a necesitar, las buscaba en el
diccionario, las apuntaba y las pronunciaba para, a continuación,
aprendérselas de memoria. No obstante, su buena memoria de los
viejos tiempos parecía haberle abandonado, algunas veces se puso tan
furioso con el italiano por haberle obligado a ese esfuerzo que enterró
el diccionario entre papeles con la firme intención de no prepararse
más, aunque luego comprendía que no podía permanecer mudo con el
italiano ante las obras de arte en la catedral, así que, aún más furioso,
volvía a coger el diccionario.
Precisamente a las nueve y media, cuando se disponía a salir, recibió
una llamada por teléfono. Leni le deseó buenos días y le preguntó sobre
su estado. K le dio las gracias a toda prisa y le advirtió que en ese
momento no podía conversar, que tenía que ir a la catedral.
–¿A la catedral? –preguntó Leni.
–Pues sí, a la catedral.
–¿Por qué precisamente a la catedral? –preguntó Leni.
K intentó explicárselo brevemente, pero apenas había comenzado,
cuando Leni le interrumpió bruscamente:
–Te están acosando.
K no toleró una compasión que él ni había requerido ni esperado. Se
despidió con dos palabras y, mientras colgaba el auricular, en parte
para sí, en parte dirigiéndose a la muchacha, que ya no le podía oír,
–Sí, me están acosando.
Miró el reloj, corría el peligro de llegar tarde. Decidió desplazarse en
automóvil, en el último momento se había acordado del folleto turístico,
pues no había tenido la oportunidad de entregárselo al italiano, así que
pensó en llevárselo. Lo mantenía sobre las rodillas y tamborileaba en él
con los dedos. La lluvia se había apaciguado, pero el día era húmedo,
frío y oscuro, podrían ver poco en el interior de la catedral y, además, a
causa de la humedad y de una larga permanencia do pie el resfriado de
K empeoraría con toda seguridad.
La plaza de la catedral estaba solitaria. K recordó que ya en su infancia
le había llamado la atención que todas las casas de esa pequeña plaza
siempre tenían las cortinas cerradas. Con ese tiempo, sin embargo, era
comprensible. Tampoco parecía haber nadie en el interior de la
catedral. A nadie se le podía ocurrir visitar su interior en un día así. K
paseó por ambas naves laterales, sólo encontró a una anciana envuelta
en un mantón y arrodillada ante una imagen de la Virgen María. Desde
lejos, sin embargo, vio cómo un sacristán cojo desaparecía por una
puerta. K había sido puntual, precisamente al entrar tocaron las once ,
el italiano, sin embargo, aún no había llegado. K regresó a la: puerta
principal, permaneció allí un rato indeciso y, finalmente, dio una vuelta
en torno a la catedral bajo la lluvia para comprobar si el italiano no le
estaba esperando en alguna puerta lateral. No lo encontró por ninguna
parte. ¿Acaso el director había entendido mal la hora? ¿Cómo se podía
comprender bien a ese hombre? Fuera lo que fuese, K tenía que
esperar como mínimo media hora. Como estaba cansado, quiso
sentarse, volvió a entrar en la catedral, encontró en uno de los
escalones un trozo de tela, que parecía de una alfombra, lo llevó con la
punta del pie hasta un banco cercano, se envolvió bien en su abrigo, se
subió el cuello y se sentó. Para distraerse abrió el folleto, lo hojeó un
poco, pero tuvo que dejarlo pues se hizo tan oscuro que, cuando miró
hacia arriba, apenas pudo distinguir nada en la nave cercana.
En la lejanía brillaba un gran triángulo compuesto por velas. K no podía
decir con certeza si lo había visto antes. Tal vez las acababan de
encender. Los sacristanes son silenciosos, es un rasgo profesional, así
que no se les nota. Cuando K se volvió casualmente, vio, no muy lejos
de donde se encontraba, cómo ardía un cirio grande y grueso, adosado
a una columna. Por muy bello que fuera, era insuficiente para iluminar
las imágenes que colgaban en las tinieblas de las capillas laterales, en
realidad contribuía a aumentar esas tinieblas.
Era al mismo tiempo razonable y descortés que el italiano no se hubiera
presentado. No se podría haber visto nada, se tendrían que haber
limitado a buscar algunas imágenes con la linterna de K. Para
comprobar qué es lo que les esperaba, K se acercó a una capilla lateral,
subió un par de escalones hasta llegar a un bajo antepecho de mármol
e, inclinado sobre él, iluminó con la linterna el cuadro del altar. La luz
continua osciló inquietante. Lo primero que K, más que ver, adivinó, fue
un gran caballero con armadura, representado en uno de los extremos
del cuadro. Se apoyaba en su espada, que mantenía firmemente sobre
un suelo desnudo, a no ser por unas briznas de hierba aquí y allá.
Parecía observar con atención un incidente que tenía lugar ante él. Era
asombroso que se mantuviera en esa posición y no se aproximara. Tal
vez su misión consistía en vigilar. K, que hacía tiempo que no
contemplaba ningún cuadro, permaneció ante él un buen rato, aunque
se veía obligado a guiñar continuamente los ojos, pues no soportaba la
luz verde de la linterna. Cuando, a continuación, desplazó la luz hacia el
resto del cuadro, pudo ver una versión usual del entierro de Cristo; por
lo demás, se trataba de un cuadro moderno. Se guardó la linterna y
volvió a su sitio.
Era inútil seguir esperando al italiano; fuera, sin embargo, debía de
estar cayendo un chaparrón, y como en el interior no hacía tanto frío
como había esperado, decidió permanecer dentro. Cerca de él estaba el
púlpito, debajo del pequeño y redondo tornavoz había dos cruces
doradas que se cruzaban en sus extremos. La parte exterior del pretil y
el espacio que la unía a la columna sustentadora estaban adornados
con hojas verdes esculpidas, que querubines mantenían en sus manos,
unos con actitud vivaz, otros, reposada. K se acercó al púlpito y lo
examinó por todas partes, el grabado de la piedra era extremadamente
cuidadoso, la profunda oscuridad que reinaba entre los espacios vacíos
del follaje pétreo y la que se extendía detrás de éste parecía atrapada,
como si estuviera retenida; K introdujo su mano en uno de esos
espacios vacíos y palpó la piedra, nunca había tenido conocimiento de
la existencia de ese púlpito. En ese momento notó casualmente que un
sacristán permanecía detrás de un banco cercano, vestido con una
chaqueta negra colgante y arrugada, sosteniendo una cajita de rapé y
observándole.
«¿Qué quiere ese hombre? –pensó K–. ¿Acaso le parezco sospechoso?
¿O querrá una limosna?» Cuando el sacristán vio que K le observaba,
señaló con la mano derecha –entre dos dedos aún sostenía una
pulgarada de rapé– hacia una dirección incierta. Su comportamiento era
inexplicable. K esperó un rato, pero el sacristán no cesó de señalarle
algo con la mano e incluso llegó a reforzar sus gestos con un
movimiento de cabeza.
«¿Qué querrá?» –se preguntó K en voz baja. No se atrevía a gritar allí
dentro. Su reacción fue sacar su cartera y acercarse al hombre. Pero
éste hizo de inmediato un gesto de rechazo con la mano, alzó los
hombros y se alejó cojeando. Con un paso semejante K había intentado
imitar cuando era niño el trote de un caballo. «Un anciano senil –pensó
K–. Su inteligencia apenas llega para ayudar en la Iglesia. Se para
cuando yo me paro y acecha por si sigo andando». K siguió sonriendo al
anciano por toda la nave lateral hasta llegar al Altar Mayor, el anciano
no paraba de señalarle algo, pero K no se volvía. Esos gestos sólo
tenían la intención de apartarle de sus huellas. Finalmente le dejó, no
quería asustarlo, tampoco quería ahuyentarlo del todo, por si acaso
venía el italiano.
Cuando entró en la nave principal para buscar el sitio en el que había
dejado el folleto, descubrió muy cerca de una columna casi adosada a
los bancos del coro del altar un sencillo y pequeño púlpito lateral, hecho
de piedra desnuda y blanca. Era tan pequeño que desde lejos parecía
una hornacina aún vacía, destinada a albergar una estatua. El
sacerdote, con toda seguridad, apenas podría retroceder un paso desde
el pretil. Además, el tornavoz, sin ningún adorno, estaba situado a una
altura escasa y se inclinaba tanto que un hombre de mediana estatura
no podía permanecer recto en el interior del púlpito, sino que debía
agacharse y apoyarse en el pretil. Parecía diseñado específicamente
para atormentar al sacerdote, era incomprensible para qué podía
necesitarse ese púlpito, ya que se tenía el otro, más grande y decorado
con tanto primor.
A K no le hubiera llamado la atención ese pequeño púlpito, si no
hubiera descubierto una lámpara fijada en la parte superior, como las e
se suelen colocar poco antes de un sermón. ¿Se pronunciaría ahora un
sermón? ¿En la iglesia vacía? K miró hacia la escalera que, bordeando
la columna, conducía al púlpito y que era tan estrecha que no pare para
uso humano, sino simplemente de adorno para la columna. Pero al pie
del púlpito, K sonrió de asombro, se encontraba, efectivamente, un
sacerdote. Apoyaba la mano en la barandilla, preparado para subir, y
miraba a K. Entonces asintió levemente con la cabeza, por que K se
persignó e inclinó, lo que debería haber hecho antes. El sacerdote tomó
un poco de impulso y subió al púlpito con pasos cortos y rápidos.
¿Realmente iba a pronunciar un sermón? ¿Acaso el sacristán carecía de
tan poco sentido común que le había querido conducir hasta– el
sacerdote, lo que, en vista de la iglesia vacía, era necesario? Además,
por algún lado había una anciana ante la imagen de la Virgen María que
también tendría que haber venido. Y, si se iba a pronunciar un sermón,
¿por qué no había sido precedido por el órgano? Pero éste permanecía
en silencio y brillaba débilmente envuelto en las tinieblas.
K pensó si no debería alejarse deprisa, o lo hacía ahora o ya no tendría
otra oportunidad, debería permanecer allí durante todo el sermón; en la
oficina había perdido tanto tiempo; ya no estaba obligado a esperar
más al italiano. Miró su reloj, eran las once. Pero, ¿realmente se iba a
pronunciar un sermón? ¿Podía K representar a toda la comunidad de
fieles? ¿Y si fuese un extranjero que sólo pretendía visitar la iglesia? En
el fondo así era. Era absurdo pensar que se podía pronunciar un
sermón, ahora, a las once de la mañana, en un día laborable y con un
tiempo tan horrible. El sacerdote –se trataba sin duda de un sacerdote,
un hombre joven con el rostro liso y oscuro– parecía subir a apagar la
lámpara, que alguien había encendido por error.
Pero no fue así. El sacerdote, en realidad, examinó la luz, la ajustó y se
dio la vuelta lentamente hacia el pretil, apoyándose en él con las dos
manos. Así permaneció un rato y miró, sin mover la cabeza, a su
alrededor. K había retrocedido un trecho y se apoyaba con el codo en el
banco de delante. Con ojos inseguros, sin poder determinar
exactamente el lugar, vio cómo el sacristán, algo encorvado, se ponía a
descansar pacíficamente como si hubiera terminado su cometido. ¡Qué
silencio reinaba ahora en la catedral! Pero K tenía que romperlo, no
pretendía quedarse allí. Si era un deber del sacerdote predicar a una
hora determinada sin consideración a las circunstancias, que lo hiciera,
también podría cumplir su cometido en ausencia de K, su presencia
tampoco contribuiría a aumentar el efecto. K se puso lentamente en
camino y fue tanteando el banco de puntillas. Llegó a la nave central y
prosiguió sin que nadie le detuviera, sólo sus pasos ligeros resonaban
continuamente bajo las bóvedas con un ritmo regular y progresivo. K,
consciente de que el sacerdote podía estar observándole, se sentía
abandonado mientras avanzaba solo entre los bancos vacíos. Las
dimensiones de la catedral le parecían ahora rayar en los límites de lo
soportable para el ser humano. Cuando llegó al sitio que había ocupado
anteriormente, cogió el folleto sin detenerse. Apenas había dejado atrás
el banco y se acercaba al espacio vacío que le separaba de la salida,
cuando escuchó por primera vez la voz del sacerdote. Era una voz
poderosa y ejercitada. ¡Cómo se expandió por la catedral, preparada
para recibirla! Pero no era a la comunidad de fieles a quien llamaba, su
voz resonó clara, no había escapatoria alguna, exclamó:
–¡Josef K!
K se detuvo y miró al suelo. Aún era libre, podía seguir y escapar por
una de las pequeñas y oscuras puertas de madera, que no estaban
lejos. Pero eso significaría o que no había entendido o que había en
tendido pero no quería hacer ningún caso. Si se daba la vuelta, se
tendría que quedar, pues habría confesado tácitamente que había
comprendido muy bien su nombre y que quería obedecer. Si el
sacerdote hubiese gritado de nuevo, K habría proseguido su camino,
pero como todo permaneció en silencio, volvió un poco la cabeza, pues
quería ver qué hacía el sacerdote en ese momento. Se le veía tranquilo
en el púlpito, se podía advertir que había notado el giro de cabeza de K.
Hubiera sido un juego infantil si K no se hubiese dado la vuelta por
completo. Así lo hizo, y el sacerdote le llamó con una señal de la mano.
Como ya todo ocurría abiertamente, avanzó –lo hizo en parte por
curiosidad y en parte para tener la oportunidad de acortar su estancia
allí– con pasos largos y ligeros hasta el púlpito. Se paró ante los
bancos, pero al sacerdote le parecía que la distancia era aún demasiado
grande. Estiró la imano y señaló con el dedo índice un asiento al pie del
púlpito. K siguió su indicación y, al sentarse, tuvo que mantener la
cabeza inclinada hacia atrás para poder ver al sacerdote.
–Tú eres Josef K –dijo el sacerdote, y apoyó una mano en el pretil con
un movimiento incierto.
–Sí –dijo K. Pensó cómo en otros tiempos había pronunciado su
nombre con entera libertad, pero ahora suponía una carga para él,
también ahora conocía su nombre gente a la que veía por primera vez.
Qué bello era que le presentaran y luego conocer a la gente.
–Estás acusado –dijo el sacerdote en voz baja.
–Sí –dijo K–, ya me lo han comunicado.
–Entonces tú eres al que busco –dijo el sacerdote–. Yo soy el capellán
de la prisión.
–¡Ah, ya! –dijo K.
–He hecho que te trajeran aquí para hablar contigo –dijo el sacerdote.
–No lo sabía –dijo K–. He venido para mostrarle la catedral a un
italiano.
–Deja lo accesorio –dijo el sacerdote–. ¿Qué sostienes en la mano?
¿Un libro de oraciones?
–No –respondió K–, es un folleto con los monumentos históricos de la
ciudad.
–Déjalo a un lado –dijo el sacerdote.
K lo arrojó con tal fuerza que se rompió y un trozo con las páginas
dobladas se deslizó por el suelo.
–¿Sabes que tu proceso va mal? –preguntó el sacerdote.
–También a mí me lo parece –dijo K–. Me he esforzado todo lo que he
podido, pero hasta ahora sin éxito. Además, aún no he concluido mi
primer escrito judicial.
–¿Cómo te imaginas el final? –preguntó el sacerdote.
Al principio pensé que terminaría bien –dijo K–, ahora hay veces que
hasta yo mismo lo dudo. No sé cómo terminará. ¿Lo sabes tú?
–No –dijo el sacerdote–, pero temo que terminará mal. Te consideran
culpable. Tu proceso probablemente no pasará de un tribunal inferior.
Tu culpa, al menos provisionalmente, se considera probada.
–Pero yo no soy culpable –dijo K–. Es un error. ¿Cómo puede ser un
hombre culpable, así, sin más? Todos somos seres humanos, tanto el
uno como el otro.
–Eso es cierto –dijo el sacerdote–, pero así suelen hablar los culpables.
–¿Tienes algún prejuicio contra mí? –preguntó K.
–No tengo ningún prejuicio contra ti –dijo el sacerdote.
–Te lo agradezco –dijo K–. Todos los demás que participan en mi
proceso tienen un prejuicio contra mí. Ellos se lo inspiran también a los
que no participan en él. Mi posición es cada vez más difícil.
–Interpretas mal los hechos –dijo el sacerdote–, la sentencia no se
pronuncia de una vez, el procedimiento se va convirtiendo lentamente
en sentencia.
–Así es, entonces –dijo K, y agachó la cabeza.
–¿Qué es lo siguiente que vas a hacer en tu causa? –preguntó el
sacerdote.
–Quiero buscar ayuda –dijo K, y elevó la cabeza para ver cómo el
sacerdote juzgaba su intención–. Aún quedan posibilidades que no he
utilizado.
–Buscas demasiado la ayuda de extraños –dijo el sacerdote con un
tono de desaprobación–, especialmente de mujeres. ¿Acaso no te das
cuenta de que no es la ayuda verdadera?
Algunas veces, incluso con frecuencia podría darte la razón –dijo K–,
pero no siempre. Las mujeres tienen mucho poder. Si pudiera
convencer a algunas mujeres de las que conozco para que trabajen en
común para mí, podría abrirme paso. Especialmente en este tribunal,
que parece constituido por mujeriegos. Muéstrale una mujer al juez
instructor y arrollará la mesa y a los acusados para llegar hasta ella.
El sacerdote inclinó la cabeza hacia el pretil, ahora parecía como si el
tornavoz le presionase hacia abajo. ¿Pero qué tiempo podía estar
haciendo fuera? Ya no era sólo un día nublado y lluvioso, parecía noche
profunda. Ninguna de las vidrieras era capaz de iluminar con un pobre
resplandor los oscuros muros. Y precisamente en ese momento el
sacristán comenzó a apagar todas las velas del Altar Mayor.
–¿Estás enfadado conmigo? –preguntó K al sacerdote–. Es posible que
no conozcas el tipo de tribunal en el que prestas servicio.
No recibió ninguna respuesta.
–Son sólo mis experiencias –dijo K.
Arriba, en el púlpito, todo permaneció silencioso.
–No te he querido ofender –dijo K.
Entonces gritó el sacerdote hacia K:
–¿Acaso eres ciego?
Gritó con ira, pero también como alguien que ve caer a otro y, debido al
susto, grita sin voluntad de hacerlo.
Ambos se callaron un rato. El sacerdote no podía reconocer a K, abajo,
en la oscuridad, mientras que K podía ver claramente al sacerdote
gracias a la pequeña lámpara. ¿Por qué no bajaba? No había
pronunciado ningún sermón, sino que se había limitado a darle algunas
informaciones, que a él, si las consideraba con detenimiento, antes le
podrían dañar que beneficiar. No obstante, a K le parecía indudable la
buena intención del sacerdote, no sería imposible que pudieran llegar a
un acuerdo si bajaba, tampoco era imposible que recibiera de él un
consejo decisivo y aceptable, que le mostrara, por ejemplo, no cómo se
podía influir en el proceso, sino cómo se podía salir del proceso, cómo
se podía vivir al margen de éste. Esa posibilidad tenía que existir, K
había pensado mucho en ella en los últimos tiempos. Si el sacerdote
conocía esa posibilidad, a lo mejor se la decía si se lo pedía, aunque
perteneciera al tribunal, y a pesar de que K, al atacar al tribunal,
hubiese herido sus sentimientos y le hubiera obligado a gritar.
–¿No quieres bajar? –dijo K–. No vas a pronunciar ningún sermón.
Baja conmigo.
–Ya puedo bajar –dijo el sacerdote, parecía lamentar su grito. Mientras
descolgaba la lámpara, dijo–: Primero tenía que hablar contigo
guardando las distancias, si no me dejo influir fácilmente y olvido mi
misión.
K le esperó abajo, al pie de la escalera. El sacerdote le ofreció la mano
mientras bajaba los últimos escalones.
–¿Me podrías dedicar un poco de tu tiempo?
–Tanto como necesites –dijo el sacerdote, y le dio la lámpara a K para
que éste la llevase. Ni siquiera tan cerca perdió su actitud en
solemnidad.
–Eres muy amable conmigo –dijo K.
Comenzaron a recorrer la nave lateral uno al lado del otro.
–Eres una excepción entre todos los que pertenecen al tribunal. En ti
tengo más confianza que en cualquiera de los demás. Contigo puedo
hablar abiertamente.
–No te engañes –dijo el sacerdote.
–¿En qué podría engañarme? –preguntó K.
–Te engañas en lo que respecta al tribunal –dijo el sacerdote–, en la
introducción a la Ley se ha escrito sobre este engaño :
«Ante la Ley hay un guardián que protege la puerta de entrada. Un
hombre procedente del campo se acerca a él y le pide permiso para
acceder a la Ley. Pero el guardián dice que en ese momento no le
puede permitir la entrada. El hombre reflexiona y pregunta si podrá
entrar más tarde».
–Es posible –responde el guardián–, pero no ahora.
«Como la puerta de acceso a la Ley permanece abierta, como siempre,
y el guardián se sitúa a un lado, el hombre se inclina para mirar a
través del umbral y ver así qué hay en el interior. Cuando el guardián
advierte su propósito , ríe y dice:
»–Si tanto te incita, intenta entrar a pesar de mi prohibición. Ten en
cuenta, sin embargo, que soy poderoso y que, además, soy el guardián
más insignificante. Ante cada una de las salas permanece un guardián,
el uno más poderoso que el otro. La mirada del tercero ya es para mí
insoportable.
»El hombre procedente del campo no había contado con tantas
dificultades. La Ley, piensa, debe ser accesible a todos y en todo
momento, pero al considerar ahora con más exactitud al guardián,
cubierto con su abrigo de piel, al observar su enorme y prolongada
nariz, la barba negra, fina, larga, tártara, decide que es mejor esperar
hasta que reciba el permiso para entrar. El guardián le da un taburete y
deja que tome asiento en uno de los lados de la puerta. Allí permanece
sentado días y años. Hace muchos intentos para que le inviten a entrar
y cansa al guardián con sus súplicas. El guardián le somete a menudo a
cortos interrogatorios, le pregunta acerca de su hogar y de otras cosas,
pero son preguntas indiferentes, como las que hacen grandes señores,
y al final siempre repetía que todavía no podía permitirle la entrada. El
hombre, que se había provisto muy bien para el viaje, utiliza todo, por
valioso que sea, para sobornar al guardián. Éste lo acepta todo, pero al
mismo tiempo dice:
»–Sólo lo acepto para que no creas que has omitido algo.
»Durante los muchos años que estuvo allí, el hombre observó al
guardián de forma casi ininterrumpida. Olvidó a los otros guardianes y
éste le terminó pareciendo el único impedimento para tener acceso a la
Ley. Los primeros años maldijo la desgraciada casualidad, más tarde,
ya envejecido, sólo murmuraba para sí. Se vuelve senil, y como ha
sometido durante tanto tiempo al guardián a un largo estudio ya es
capaz de reconocer a la pulga en el cuello de su abrigo de piel, por lo
que solicita a la pulga que le ayude para cambiar la opinión del
guardián. Por último, su vista se torna débil y ya no sabe realmente si
oscurece a su alrededor o son sólo los ojos los que le engañan. Pero
ahora advierte en la oscuridad un brillo que irrumpe indeleble a través
de la puerta de la Ley. Ya no vivirá mucho más. Antes de su muerte se
concentran en su mente todas las experiencias pasadas, que toman
forma en una sola pregunta que hasta ahora no había hecho al
guardián. Entonces le guiña un ojo, ya que no puede incorporar su
cuerpo entumecido. El guardián tiene que inclinarse hacia él
profundamente porque la diferencia de tamaños ha variado en perjuicio
del hombre de la provincia.
»–¿Qué quieres saber ahora? –pregunta el guardián–. Eres insaciable.
»–Todos aspiran a la Ley –dice el hombre–. ¿Cómo es posible que
durante tantos años sólo yo haya solicitado la entrada?
»El guardián comprueba que el hombre ha llegado a su fin y, para que
su débil oído pueda percibirlo, le grita:
»–Ningún otro podía haber recibido permiso para entrar por está
puerta, pues esta entrada estaba reservada sólo para ti. Yo me voy
ahora y cierro la puerta».
–El centinela, entonces, ha engañado al hombre –dijo K en seguida,
fuertemente atraído por la historia.
–No te apresures –dijo el sacerdote–, no asumas la opinión ajena sin
examinarla. Te he contado la historia tal y como está escrita. En ella no
se habla en ningún momento de engaño.
–Pero está claro –dijo K–, y tu primera interpretación era correcta. El
vigilante le ha comunicado el mensaje liberador sólo cuando ya no
podía ayudar en nada al hombre.
–Pero él tampoco preguntó antes –dijo el sacerdote–, considera que
sólo era un vigilante y como tal se ha limitado a cumplir su deber.
–¿Por qué piensas que ha cumplido con su deber? –preguntó K–. No lo
ha cumplido. Su deber consistía en rechazar a los extraños, pero tenía
que haber dejado pasar al hombre para quien estaba destinada la
entrada.
–No tienes el suficiente respeto a la letra escrita y cambias la historia –
dijo el sacerdote–. La historia contiene dos explicaciones importantes
del vigilante respecto a la entrada a la Ley, una al principio y otra al
final. Una dice: «que no podía permitirle la entrada», y la otra: «esta
entrada estaba reservada sólo para ti». Si entre ambas explicaciones
existiese una contradicción, tú tendrías razón y el vigilante habría
engañado al hombre. Pero no existe ninguna contradicción. Todo lo
contrario, la primera explicación, incluso, indica la segunda. Se podría
decir que el vigilante se excede en el cumplimiento de su deber al
plantear la posibilidad de una futura entrada. En ese momento su único
deber parecía consistir en no admitir al hombre. Y, en efecto, muchos
intérpretes se maravillan de que el vigilante haya pronunciado
semejante indicación, pues parece amar la precisión y cumple
escrupulosamente con su deber. No abandona su puesto en tantos años
y sólo cierra la puerta en el último momento, siendo consciente de la
importancia de su misión, pues dice: «soy poderoso». Además, tiene
respeto frente a sus superiores, pues dice: «soy el guardián más
insignificante». Cuando se trata del cumplimiento del deber, no admite
ruegos ni se deja ablandar, pues se dice: «cansa al guardián con sus
súplicas». Tampoco es hablador, pues durante todos los años sólo
plantea, como está escrito, preguntas «indiferentes». No se deja
sobornar, pues dice sobre un regalo: «sólo lo acepto para que no creas
que has emitido algo». Finalmente, su aspecto externo indica un
carácter pedante, por ejemplo la gran nariz y la larga y fina barba
tártara. ¿Puede haber un vigilante más fiel a su deber? Pero en el
vigilante se mezclan otros caracteres esenciales que resultan muy
favorables para quien solicita la entrada, y que, además, indican la
posibilidad, manifestada en su anterior insinuación, de que en el futuro
podría ir más allá de lo que le dicta el deber. No obstante, no se puede
negar que es algo simple y, en relación con este atributo, presuntuoso.
Si todas las menciones que hace referentes a su poder y sobre el poder
de los demás vigilantes, cuya visión, como él reconoce, le es
insoportable, son ciertas, entonces muestra, en la manera con que las
emite, que sus ideas están afectadas por su simpleza y arrogancia. Los
intérpretes aducen: «El correcto entendimiento de un asunto y una
incomprensión de éste no se excluyen mutuamente». En todo caso, se
debe reconocer que esa simpleza y arrogancia, por muy difuminadas
que aparezcan, debilitan la vigilancia de la entrada, son lagunas en el
carácter del vigilante. A esto se añade que el vigilante, según su talante
natural, parece amable, no siempre actúa como si estuviera de servicio.
Al principio dice en broma que, a pesar del mantenimiento de la
prohibición, le invita a entrar, pero, a continuación, no le incita a
entrar, sino que, como está escrito, le da un taburete y le deja sentarse
al lado de la puerta. La paciencia con la que, durante tantos años,
soporta las peticiones del hombre, los pequeños interrogatorios, la
aceptación de los regalos, la nobleza con la que permite que el hombre
a su lado maldiga en voz alta su desgraciado destino, del que hace
culpable al vigilante, todo eso indica el talante compasivo del vigilante.
No todos los vigilantes habrían actuado así. y;, al final, se inclina
profundamente hacia el hombre para darle la oportunidad de plantear
una última pregunta. Sólo deja traslucir una débil impaciencia –el
vigilante sabe que todo ha acabado–, cuando dice: «Eres insaciable».
Algunos intérpretes continúan, incluso, esta línea exegética y afirman
que las palabras «eres insaciable» expresan una suerte de admiración,
que, por supuesto, tampoco está libre de altivez. Pero así la figura del
vigilante adquiere un perfil distinto al que tú le has atribuido.
–Tú conoces la historia con más detalle que yo y desde hace mucho
más tiempo –dijo K.
Permanecieron callados un rato. Luego K preguntó:
–¿Entonces crees que no engañó al hombre?
–No me interpretes mal –dijo el sacerdote–, sólo te menciono las
distintas opiniones sobre la leyenda. No debes fiarte tanto de las
opiniones. La escritura es invariable, y las opiniones, con frecuencia,
sólo son expresión de la desesperación causada por este hecho. En este
caso hay, incluso, una opinión según la cual precisamente el vigilante
es el engañado.
–Ésa es una interpretación que va demasiado lejos –dijo K–. ¿Cómo la
fundamentan?
–La fundamentación se basa en la simpleza del centinela. Él dice que no
conoce el interior de la Ley, sino sólo el camino que una y otra vez
tiene que recorrer ante la entrada. Las ideas que posee del interior se
consideran ingenuas y se cree que él mismo teme aquello que también
quiere hacer que el hombre tema. Sí, incluso él tiene más miedo que el
hombre, pues éste sólo quiere entrar, aun después de haber oído que
hay vigilantes más poderosos; el centinela, sin embargo, no quiere
entrar, al menos no se dice nada sobre ello. Otros, por el contrario,
afirman que él ha tenido que estar en el interior, pues fue admitido
para ponerse al servicio de la Ley y eso sólo puede ocurrir en el interior.
A esto se responde que una voz procedente del interior pudo nombrarle
vigilante y que, por consiguiente, es posible que no hubiese estado en
el interior, al menos no en la parte más interna, ya que él mismo dice
que no resiste la mirada del tercer centinela. Además, tampoco se
informa de que durante todos esos años haya mencionado, aparte de
su referencia a los otros vigilantes, algo del interior. Es posible que lo
tuviera prohibido, pero no se nos dice nada de esa prohibición. De todo
esto se deduce que no sabe nada del aspecto que presenta el interior ni
de su importancia y que, por lo tanto, permanece allí engañado. Pero
también está engañado respecto al hombre de la provincia, pues es su
subordinado y no lo sabe. Que él trata al hombre como si fuera un
subordinado, se reconoce en muchos detalles, fáciles de recordar. Pero
que realmente sea un subordinado debería derivarse, según esa
opinión, con la misma claridad. Ante todo es libre el que está por
encima del que permanece sujeto. Ahora bien, el hombre es el que
realmente está libre, él puede ir a donde quiera, sólo le está prohibida
la entrada a la Ley y, además, sólo por una persona, por el centinela. Si
se sienta en el taburete al lado de la puerta y allí pasa toda su vida, lo
hace voluntariamente, la historia no habla de ninguna obligación. El
centinela, sin embargo, está obligado por su cargo a permanecer en su
puesto, no se puede alejar; según las apariencias, tampoco puede ir
hacia el interior, ni en el caso de que así lo quisiera. Además, aunque
está al servicio de la Ley, sólo presta su servicio ante esa entrada, es
decir, en realidad está al servicio de ese hombre, el único al que está
destinada dicha entrada. También desde esta perspectiva está
subordinado a él. Se puede suponer que, a través de muchos años, sólo
ha prestado un servicio inútil, pues se dice que llega un hombre
maduro, es decir, que el centinela tuvo que esperar mucho tiempo
hasta que pudo cumplir su objetivo y, además, tuvo que esperar tanto
tiempo como quiso el hombre del campo, que vino voluntariamente.
Pero también el final de su servicio queda determinado por la muerte
del hombre, así que permanece subordinado a él hasta su fallecimiento.
Y una y otra vez se acentúa que el centinela no sabe nada de eso. No
es nada extraordinario, pues, según esta interpretación, el centinela es
víctima de un engaño mucho mayor, el que hace referencia a su
servicio. Al final habla de la entrada y dice: «Ahora me voy y la cierro»,
pero al principio se dice que la puerta que da acceso a la Ley
permanece abierta, como siempre, así que siempre está abierta,
siempre, con independencia de la vida del hombre para el que está
destinada esa entrada, por consiguiente el vigilante no podrá cerrarla.
Aquí divergen las opiniones. Unos creen que el centinela, con el anuncio
de que va a cerrar la puerta, sólo pretende dar una respuesta o
acentuar su obligación; otros piensan que en el último momento quiere
entristecer al hombre e impulsarle a que se arrepienta. Muchos
comentadores coinciden en que no podrá cerrar la puerta. Opinan,
incluso, que al menos al final, también en lo que sabe, permanece
subordinado al hombre, pues éste ve cómo surge el resplandor de la
Ley, mientras que el centinela permanece de espaldas y no menciona
nada que haga suponer que ha advertido alguna transformación.
–Esta última interpretación está bien fundada –dijo K, que había
repetido para sí, en voz baja, algunos de los pasajes de la aclaración
del sacerdote–. Está bien fundada, y creo también que el centinela está
engañado. Pero al aceptar esto no me he apartado de mi primera
opinión, ambas se cubren parcialmente. No es algo decisivo si el
centinela ve claro o se engaña. Yo dije que han engañado al hombre. Si
el centinela ve claro, se podría dudar, pero si el centinela está
engañado, su engaño se transmite necesariamente al hombre. El
centinela no es, en ese caso, un estafador, pero sí tan simple que
debería ser expulsado inmediatamente del servicio. Tienes que
considerar que el engaño que afecta al centinela no le daña, pero sí al
hombre, y con crueldad.
–Aquí topas con una opinión contraria –dijo el sacerdote–. Muchos
dicen que la historia no otorga a nadie el derecho a juzgar al centinela.
Sea cual sea la impresión que nos dé, es un servidor de la Ley, esto es,
pertenece a la Ley, por lo que es inaccesible al juicio humano. Tampoco
se puede creer que el centinela esté subordinado al hombre. Estar
sujeto, por su servicio, a la entrada de la Ley es incomparablemente
más importante que vivir libre en el mundo. El hombre viene a la Ley,
el centinela ya está allí. La Ley ha sido la que le ha puesto a su servicio.
Dudar de su dignidad significa dudar de la Ley.
–Yo no comparto esa opinión –dijo K moviendo negativamente la
cabeza–, pues si se aceptan sus premisas hay que considerar que todo
lo que dice el vigilante es verdad. Pero eso es imposible, como tú
mismo has fundamentado con todo detalle.
–No –dijo el sacerdote–, no se debe tener todo por verdad, sólo se
tiene que considerar necesario.
–Triste opinión –dijo K–. La mentira se eleva a fundamento del orden
mundial.
K dijo estas palabras como conclusión, pero no eran su juicio definitivo.
Estaba demasiado cansado para poder abarcar todas las posibilidades
que ofrecía la historia, además conducía a razonamientos inusuales, a
paradojas, más adecuadas para funcionarios judiciales que para él. Esa
historia tan simple se había tornado en algo informe, quería sacudírsela
de encima y el sacerdote, que ahora mostró una gran delicadeza de
sentimientos, lo toleró y recibió en silencio la última indicación de K,
aunque con toda seguridad no coincidía con ella.
Siguieron andando un rato en silencio. K se mantenía muy cerca del
sacerdote, sin saber dónde se encontraba por las tinieblas que les
rodeaban. La vela de la lámpara hacía tiempo que se había apagado.
Una vez brilló ante él el pedestal de plata de un Santo, pero volvió a
sumirse en la oscuridad. Para no depender por completo del sacerdote,
K le preguntó:
–¿No nos encontramos cerca de la salida principal?
–No –dijo el sacerdote–, estamos muy lejos. ¿Quieres irte ya?
Aunque en ese momento no pensaba en ello, K respondió en seguida:
–Es verdad, tengo que irme. Soy gerente en un banco, me esperan,
sólo he venido para enseñarle la catedral a un hombre de negocios
extranjero.
–Bien –dijo el sacerdote, y estrechó la mano de K–, entonces vete.
–No puedo orientarme bien aquí en la oscuridad –dijo K.
–Ve a la izquierda, hacia el muro –dijo el sacerdote–, luego síguelo
hasta que encuentres una salida.
El sacerdote sólo se había separado de él unos pasos, cuando K gritó:
–¡Por favor, espera!
–Espero –dijo el sacerdote.
–¿No quieres nada más de mí? –preguntó K.
–No –dijo el sacerdote.
Al principio has sido tan amable conmigo –dijo K–, y me lo has
explicado todo, pero ahora me despides como si no te importase nada.
–Tienes que irte –dijo el sacerdote.
–Bien, sí –dijo K–, compréndelo.
–Comprende primero quién soy yo –dijo el sacerdote.
–Tú eres el capellán de la prisión –dijo K, y se acercó al sacerdote.
No necesitaba regresar tan pronto al banco como en un principio había
creído. Podía permanecer aún allí.
–Yo pertenezco al tribunal –dijo el sacerdote–. ¿Por qué debería querer
algo de ti? El tribunal no quiere nada de ti. Te toma cuando llegas y te
despide cuando te vas.
EL FINAL
La noche anterior al día en que cumplía treinta y un años –serían las
nueve de la noche, tiempo de silencio en las calles–, dos hombres
llegaron a la vivienda de K. Vestían levitas, sus rostros eran pálidos y
grasientos, y estaban tocados con chisteras firmemente encajadas.
Después de intercambiar algunas formalidades ante la puerta de la
casa, repitieron las mismas formalidades, pero con más ceremonia,
ante la puerta de K. Aunque nadie le había anunciado la visita, K, poco
antes de la llegada de aquellos hombres, había permanecido sentado en
una silla cerca de la puerta, también vestido de negro, poniéndose
lentamente sus guantes, en una actitud similar a cuando alguien espera
huéspedes. Se levantó en seguida y contempló a los hombres con
curiosidad.
–¿Les han enviado para recogerme? –preguntó.
–Los hombres asintieron, uno de ellos hizo una seña a su compañero
con la chistera en la mano. K reconoció que había esperado una visita
distinta. Fue hacia la ventana y contempló una vez más la calle oscura.
Casi todas las ventanas de la calle de enfrente también estaban
oscuras, en muchas habían corrido las cortinas. En una de las ventanas
iluminadas se podía ver cómo jugaban dos niños detrás de unas rejas,
se tocaban con las manos, aún incapaces de moverse de sus sitios.
«Viejos actores de segunda fila es lo que envían para recogerme» –
pensó K, y miró a su alrededor, para convencerse otra vez de ello–.
«Buscan librarse de mí de la forma más barata». K se volvió de repente
y preguntó:
–¿En qué teatro actúan ustedes?
–¿Teatro? –preguntó uno de los hombres con un tic en la comisura del
labio, volviéndose hacia su compañero para buscar consejo. El otro hizo
gestos mudos, como el que lucha contra un ser fantasmal.
–No están preparados para que se les pregunte –se dijo K, y fue a
recoger su sombrero.
Ya en la escalera querían cogerle de los brazos, pero K dijo:
–Cuando estemos en la calle, no estoy enfermo.
No obstante, en cuanto llegaron a la puerta le agarraron de un modo
inaudito para K. Mantenían los hombros justo detrás de los suyos, no
doblaban los brazos, sino que los utilizaban para rodear los brazos de K
en toda su largura, por debajo agarraban las manos de K con una maña
de colegio, pero estudiada e irresistible. K iba muy recto entre ambos,
ahora los tres formaban tal unidad que, si alguien hubiese golpeado a
uno de ellos, todos habrían sentido el golpe. Constituían una unidad
como sólo la materia inanimada puede formar.
K, bajo la luz de las farolas, intentó a menudo contemplar mejor a sus
acompañantes de lo que lo había hecho en la penumbra de su vivienda,
a pesar de que la forma en que lo llevaban dificultaba esa operación. «A
lo mejor son tenores» –pensó al mirar sus dobles papadas. La limpieza
de sus rostros le daba asco. Vio cómo la mano lustrosa restregó el
rabillo del ojo, frotó el labio superior, rascó las arrugas de la barbilla.
Cuando K lo advirtió, se detuvo, así que los otros también se
detuvieron. Se encontraban al borde de una plaza solitaria, adornada
con jardines.
–¡Por qué les han enviado precisamente a ustedes! –gritó más que
preguntó.
Los hombres no supieron qué contestar, se limitaron a esperar con el
brazo libre colgando, como enfermeros cuando el enfermo quiere
descansar.
–No sigo –dijo K para probarlos.
A eso no necesitaron contestar, apretaron las manos de K e intentaron
moverle de su sitio, pero K se resistió.
«No necesitaré más mi fuerza –pensó K–, la emplearé toda ahora».
Recordó a las moscas que intentan escapar con las patitas rotas del
papel encolado.
–Los señores van a tener trabajo –se dijo.
Ante ellos apareció en ese momento la señorita Bürstner, que salía (orla
plaza de una calle lateral. No era seguro que fuese ella, aunque se
parecía mucho. Pero a K no le importaba si lo era o no, sólo tomó con
ciencia de lo inútil de su oposición. No había nada de heroico en ofrecer
ahora resistencia, en poner dificultades a esos hombres, o en intentar
disfrutar de la vida aparente que aún le quedaba mediante una defensa.
Así que reanudó su camino y sintió algo de la alegría de sus
acompañantes por haberlo hecho. Toleraron que determinase la
dirección y él eligió seguir el camino de la señorita, y no porque la
quisiera alcanzar, no porque la quisiera ver el mayor tiempo posible,
sino simplemente para no olvidar la advertencia que ella significaba
para él.
«Lo único que puedo hacer –se dijo, y la sincronicidad de sus pasos con
los de sus acompañantes confirmó sus pensamientos–, lo único que
puedo hacer es mantener el sentido común hasta el final. Siempre quise
ir por el mundo con veinte manos y, además, con un objetivo no
autorizado. Eso fue incorrecto, ¿acaso es necesario que diga que ni
siquiera un proceso de un año ha logrado hacerme aprender algo?
¿Acaso debo partir como un ser humano obcecado? ¿Se puede decir de
mí que quise terminar el proceso en su inicio y que ahora, cuando
termina, quiero comenzarlo de nuevo? No quiero que se diga eso. Estoy
agradecido de que me hayan asignado para este camino a estos
hombres necios y semimudos, y de que se me haya permitido que yo
mismo me diga lo necesario».
La señorita, mientras tanto, había doblado por una calle perpendicular,
pero K ya podía abandonarla, así que se dejó conducir por los
acompañantes. Los tres, en perfecta armonía, atravesaron un puente a
la luz de la luna. Los hombres permitían que K hiciera los pequeños
movimientos que deseaba. Cuando quiso girar un poco hacia la
barandilla, los hombres también giraron, quedando todos de frente. El
agua, brillante y temblorosa a la luz de la luna, se bifurcaba ante una
pequeña isla, en cuyas orillas crecían arbustos y una espesa arboleda.
Por debajo de ellos, invisibles, se extendían caminos de arena,
formando pequeñas playas en las que K, en algún verano, se había
tumbado para tomar el sol.
–En realidad, no quería pararme –dijo K a sus acompañantes,
avergonzado por su buena disposición hacia él. Uno de ellos, a espaldas
de K, pareció hacerle al otro un reproche por la equivocación, luego
siguieron adelante.
Pasaron por algunas calles empinadas, en las que, más lejos o más
cerca, vieron a algunos policías. Uno de ellos, con un bigote poblado, se
acercó al grupo con la mano en la empuñadura del sable, probable
mente le resultó sospechoso. Los hombres se detuvieron, el policía iba
a abrir la boca, pero entonces K empujó a sus acompañantes hacia
adelante. Se volvió con frecuencia para comprobar si el policía les
seguía. Pero en cuanto doblaron una esquina y perdieron de vista al
policía, K comenzó a correr. Sus acompañantes tuvieron que correr con
él perdiendo el aliento.
Así, salieron rápidamente de la ciudad, que, en esa dirección, limitaba
prácticamente sin transición con el campo. Cerca de una casa de pisos,
como las de la ciudad, había una pequeña cantera, abandona da y
desierta. Allí se pararon, ya fuese porque ese lugar había sido su
destino desde el principio, ya porque estuvieran demasiado agotados
para seguir andando. Dejaron libre a K, que, mudo, se limitó a esperar.
Los dos hombres se quitaron las chisteras y, mientras inspeccionaban
con la mirada la cantera, se secaron el sudor de la frente con un
pañuelo. La luz de la luna iluminaba todo el escenario con la naturalidad
y tranquilidad que ninguna otra luz posee.
Después de intercambiar algunas cortesías sobre quién debería hacerse
cargo de las próximas tareas –aquellos señores parecían haber recibido
el encargo sin que les asignaran sus respectivas competencias–, uno de
ellos se acercó a K y le quitó la chaqueta, el chaleco y, finalmente, la
camisa. K tembló involuntariamente, por lo que uno de los hombres le
dio una palmada tranquilizadora en la espalda. A continuación, dobló
cuidadosamente las prendas, como si se fueran a utilizar otra vez,
aunque no en un periodo inmediato. Para no exponer a K al aire frío de
la noche, le tomó bajo su brazo y anduvo con él de un lado a otro,
mientras el compañero buscaba un lugar apropiado en la cantera.
Cuando lo hubo encontrado, hizo una seña y el otro acompañó a K
hasta allí. Estaba cerca del corte, al lado de una piedra desprendida.
Los hombres sentaron a K en el suelo, le apoyaron contra la piedra y
reclinaron su cabeza. A pesar del esfuerzo que ponían y de toda la
ayuda de K, su posición quedaba forzada e inverosímil. Uno de los
hombres pidió al otro que le dejase a él buscar una postura mejor, pero
tampoco logró nada. Finalmente, dejaron a K en una posición que ni
siquiera era la mejor entre todas las que habían probado. Entonces uno
de los hombres abrió su levita y sacó de un cinturón que rodeaba al
chaleco un cuchillo de carnicero largo, afilado por ambas partes; lo
mantuvo en alto y comprobó el filo a la luz. De nuevo comenzaron las
repugnantes cortesías, uno entregaba el cuchillo al otro por encima de
la cabeza de K, y el último se lo devolvía al primero. K sabía que su
deber hubiera consistido en coger el cuchillo cuando pasaba de mano
en mano sobre su cabeza y clavárselo. Pero no lo hizo; en vez de eso,
giró el cuello, aún libre, y miró alrededor. No podía satisfacer todas las
exigencias, quitarle todo el trabajo a la organización; la responsabilidad
por ese último error la soportaba el que le había privado de las fuerzas
necesarias para llevar a cabo esa última acción. Su mirada recayó en el
último piso de la casa que lindaba con la cantera. Del mismo modo en
que una luz parpadea, así se abrieron las dos hojas de una ventana. Un
hombre, débil y delgado por la altura y la lejanía, se asomó con un
impulso y extendió los brazos hacia afuera. ¿Quién era? ¿Un amigo?
¿Un buen hombre? ¿Alguien que participaba? ¿Alguien que quería
ayudar? ¿Era sólo una persona? ¿Eran todos? ¿Era ayuda? ¿Había
objeciones que se habían olvidado? Seguro que las había. La lógica es
inalterable, pero no puede resistir a un hombre que quiere vivir.
¿Dónde estaba el juez al que nunca había visto? ¿Dónde estaba el
tribunal supremo ante el que nunca había comparecido? Levantó las
manos y estiró todos los dedos.
Pero las manos de uno de los hombres aferraban ya su garganta,
mientras que el otro le clavaba el cuchillo en el corazón, retorciéndolo
dos veces. Con ojos vidriosos aún pudo ver cómo, ante él, los dos
hombres, mejilla con mejilla, observaban la decisión.
–¡Como a un perro! –dijo él: era como si la vergüenza debiera
sobrevivirle.
FRAGMENTOS
LA AMIGA DE B
En los días siguientes, a K le había sido imposible intercambiar ni
siquiera unas palabras con la señorita Bürstner. Intentó acercarse a ella
por diversos medios, pero ella supo impedirlo. Después de la oficina se
Iba directamente a casa, permanecía en su habitación sin encender la
luz, sentado en el canapé o simplemente se limitaba a observar el
recibidor. Si pasaba, por ejemplo, la criada, y ésta cerraba la puerta de
la habitación, aparentemente vacía, K se levantaba pasado un rato y la
abría de nuevo. Por las mañanas se levantaba una hora más temprano
que de costumbre para poder encontrarse a solas con la señorita
Bürstner, cuando ella se iba a la oficina. Pero ninguno de estos intentos
culminó con éxito. Así pues, decidió escribirle una carta tanto a la
oficina como a casa, en ella intentó justificar su comportamiento,
ofreció una satisfacción, prometió no volver a sobrepasarse y pidió que
le diera una Oportunidad para hablar con ella, sobre todo porque no
quería emprender nada respecto a la señora Grubach mientras no
hubiesen hablado. Finalmente, le comunicaba que el domingo próximo
permanecería todo el día en su habitación esperando un signo suyo,
que él partía de la consideración de que cumpliría su petición o que, en
caso contrario, le explicaría los motivos de su negativa, aunque él le
había prometido plegarse a todos sus deseos. No devolvieron las cartas,
pero tampoco recibió respuesta. Sin embargo, el domingo hubo un
signo lo suficientemente claro. Por la mañana temprano K percibió a
través del ojo de la cerradura un movimiento inusual en el recibidor,
que pronto encontró una explicación. Una profesora de francés, que,
por lo demás, era alemana y se llamaba Montag, una muchacha débil y
pálida, que cojeaba un poco y que hasta el momento había vivido en su
propia habitación, se estaba mudando a la habitación de la señorita
Bürstnner. Se la vio arrastrar el pie por el recibidor durante horas.
Siempre quedaba una prenda o una tapadera o un libro olvidados que
había que ir a recoger y traer a la nueva habitación.
Cuando la señora Grubach le trajo el desayuno –desde que enojó tanto
a K ya no delegaba en la criada ningún servicio–, K no se pudo
contener y le habló por primera vez en seis días.
–¿Por qué hay hoy tanto ruido en el recibidor? –preguntó mientras se
servía el café–. ¿No se podría evitar? ¿Precisamente hay que limpiar el
domingo?
Aunque K no miró a la señora Grubach, notó que respiró aliviada.
Consideraba esas palabras severas de K como un perdón o como el
comienzo del perdón.
–No están limpiando, señor K –dijo ella–, la señorita Montag se está
mudando a la habitación de la señorita Bürstner y traslada sus cosas.
No dijo nada más, se limitó a esperar a que K hablase o consintiese que
ella lo siguiera haciendo. K, sin embargo, la puso a prueba, removió
pensativo el café con la cuchara y calló. Luego la miró y dijo:
–¿Ha renunciado ya a su sospecha referente a la señorita Bürstner? –
Señor K –exclamó la señora Grubach, que había estado esperando esa
pregunta, doblando las manos ante K–, usted tomó tan mal hace poco
una mención ocasional. Jamás he pensado en insultar a nadie. Usted
me conoce ya desde hace mucho tiempo, señor K, para estar
convencido de ello. ¡No sabe lo que he sufrido los últimos días! ¡Yo,
difamar a uno de mis inquilinos! ¡Y usted, señor K, lo creía! ¡Y dijo que
debería echarle! ¡Echarle a usted!
El último grito se ahogó entre las lágrimas, se llevó el delantal al rostro
y sollozó.
–No llore, señora Grubach –dijo K, y miró a través de la ventana.
Seguía pensando en la señorita Bürstner y en que había admitido en su
habitación a una persona extraña.
–No llore más –repitió al volverse hacia el interior de la habitación y ver
que aún seguía llorando–. Tampoco lo dije con tan mala intención. Ha
habido una confusión, eso es todo. Le puede ocurrir a viejos amigos.
La señora Grubach apartó el delantal de los ojos para ver si K
realmente se había reconciliado.
–Bien, así es –dijo K y, como del comportamiento de la señora
Grubach se podía deducir que el capitán no había contado nada, se
atrevió a añadir:
–¿Acaso cree que me voy a enemistar con usted por una muchacha
desconocida?
–Así es, precisamente –dijo la señora Grubach; su desgracia consistía
en decir algo inadecuado cada vez que se sentía un poco libre–,
siempre me pregunté: ¿por qué se toma tan en serio el señor K el
asunto de la señorita Bürstner? ¿Por qué discute conmigo por su causa
aun sabiendo que cada una de sus malas palabras me quita el sueño?
De la señorita Bürstner sólo he dicho lo que he visto con mis ojos.
K no dijo nada, la tendría que haber echado de la habitación nada más
abrir la boca, pero no quería hacerlo. Se contentó con tomarse el café y
con hacer notar a la señora Grubach que allí sobraba. Fuera se volvió a
oír el paso arrastrado de la señorita Montag, que atravesaba todo el
recibidor.
–¿Lo oye? –preguntó K, y señaló con la mano hacia la puerta.
–Sí –dijo la señora Grubach, y suspiró–, la he querido ayudar, y
también le dije que la criada podía ayudarla, pero es obstinada, ella
quiere mudarlo todo sola. Con frecuencia me resulta desagradable tener
a la señorita Montag de inquilina. La señorita Bürstner, sin embargo, se
la lleva incluso a su habitación.
–Eso no debe preocuparle –dijo K, y deshizo los restos de azúcar en la
taza–. ¿Le resulta perjudicial?
–No –dijo la señora Grubach–, en lo que a mí respecta no hay ningún
problema. Además, así se queda una habitación libre y puedo alojar allí
a mi sobrino, el capitán. Desde hace tiempo temo que le moleste por
vivir ahí al lado, en el salón. Él no es muy considerado.
–¡Qué ocurrencia! –dijo K, y se levantó–. Ni una palabra sobre eso.
Parece que me toma por un hipersensible sólo por el hecho de que no
puedo soportar los paseos de la señorita Montag, y ahí la tiene, ya
regresa otra vez.
La señora Grubach se vio impotente.
–¿Quiere que le diga que retrase el resto de la mudanza? Si usted
quiere, lo hago en seguida.
–¡Pero tiene que mudarse a la habitación de la señorita Bürstner!
–Sí –dijo la señora Grubach, que no entendió muy bien lo que K quiso
decir.
–Bien –dijo K–, pues entonces tendrá que trasladar todas sus cosas.
La señora Grubach se limitó a asentir. Esa impotencia muda, que se
reflejaba exteriormente en un gesto de consuelo, irritaba aún más a K.
Comenzó a pasear de un lado a otro de la habitación, de la ventana
hasta la puerta y de ésta, de nuevo, a la ventana, y la señora Grubach
aprovechó la oportunidad para alejarse, lo que probablemente hubiera
hecho de todos modos.
Acababa de llegar K a la puerta, cuando alguien llamó. Era la criada.
Anunció que la señorita Montag deseaba hablar con el señor K y por eso
le pedía que fuera al comedor, donde ella le esperaba. K escuchó
pensativo a la criada, luego se volvió hacia la asustada señora Grubach
con una mirada irónica. Esa mirada parecía decir que K hacía tiempo
que esperaba esa invitación y que se adaptaba perfectamente al
tormento que los inquilinos de la señora Grubach le estaban infligiendo
esa mañana dominical. Envió a la criada con la respuesta de que iría en
seguida, se acercó al armario para cambiarse de chaqueta y como
respuesta a la señora Grubach, que se quejaba en voz baja de esa
persona tan desagradable, le pidió que se llevara la vajilla del
desayuno.
–Pero si apenas ha comido algo –dijo la señora Grubach.
–¡Ah, lléveselo ya! –exclamó K, le parecía como si la señorita Montag se
hubiera mezclado con el desayuno y lo hiciera repugnante. Cuando
atravesó el recibidor, miró hacia la puerta cerrada de la habitación de la
señorita Bürstner. Pero no estaba invitado allí, sino en el comedor, cuya
puerta abrió sin llamar.
Era una habitación larga y estrecha, con una sola ventana. Había tanto
espacio libre que se hubieran podido colocar en las esquinas, a ambos
lados de la puerta, dos armarios, mientras que el resto del espacio
quedaba acaparado por una larga mesa que comenzaba cerca de la
puerta y llegaba casi hasta la ventana, que permanecía prácticamente
inaccesible. La mesa estaba puesta y, además, para muchas personas,
pues el domingo comían allí todos los inquilinos.
En cuanto K entró, la señorita Montag vino desde la ventana, a lo largo
de la mesa, para encontrarse con K. Se saludaron sin pronunciar
palabra. A continuación, la señorita Montag, con la cabeza demasiado
erguida, como siempre, dijo:
–No sé si me conoce.
K la miró con ojos entornados.
–Claro que sí –dijo él–. Vive desde hace tiempo en casa de la señora
Grubach.
–Usted, sin embargo, según creo –dijo la señorita Montag–, no se
preocupa mucho de la pensión.
–No –dijo K.
–¿No quiere sentarse? –dijo la señorita Montag.
Llevaron dos sillas en silencio hacia el extremo de la mesa y allí se
sentaron uno frente al otro. Pero la señorita Montag se volvió a levantar
al poco tiempo, pues se había dejado el bolso en la ventana, así que fue
a recogerlo. Cuando regresó, balanceando ligeramente el bolso, dijo:
–Quisiera hablar con usted sólo un momento por encargo de mi amiga.
Quería haber venido ella misma, pero hoy no se siente bien. Le pide
que la disculpe y que me oiga a mí en vez de a ella. No le hubiera
podido decir nada diferente a lo que le voy a decir yo. Todo lo contrario,
creo que yo le voy a decir más, ya que no tengo ningún interés en el
asunto, ¿no cree?
–¡Qué podría decir yo! –respondió K, ya cansado de que la señorita
Montag no parase de mirar sus labios. Así se arrogaba un dominio
sobre lo que él quería decir.
–La señorita Bürstner, como veo, no está dispuesta a sostener conmigo
la entrevista que le he solicitado.
–Así es –dijo la señorita Montag–, o, mejor, no es así, usted lo expresa
con demasiada dureza. En general las conversaciones ni se conceden ni
se niegan. Pero puede ocurrir que determinadas conversaciones se
consideren inútiles, y éste es uno de esos casos. Después de su
mención, ya puedo hablar abiertamente. Usted ha pedido por escrito u
oralmente a mi amiga que sostenga una entrevista con usted. Pero mi
amiga no sabe, al menos eso es lo que yo deduzco, cuál puede ser el
objeto de esa entrevista y, por motivos que desconozco, está
convencida de que, si tuviera lugar, no sería útil para nadie. Por lo
demás, ayer me explicó, aunque de un modo fugaz, que a usted
tampoco le podía importar mucho esa conversación, que se le debía de
haber ocurrido por casualidad y que reconocería pronto, sin necesidad
de aclaraciones, lo absurdo de la pretensión. Yo le respondí que podía
tener razón, pero que sería más ventajoso, para una clarificación
completa del asunto, hacerle llegar una respuesta. Yo me ofrecí a
asumir esa tarea y, después de dudar algo, mi amiga consintió en ello.
Espero haber trabajado también en su beneficio, pues la menor
inseguridad en el asunto más insignificante siempre resulta
desagradable. Además, si se puede resolver fácilmente, como en este
caso, lo mejor es hacerlo en seguida.
–Se lo agradezco –dijo K con rapidez, se levantó lentamente, miró a la
señorita Montag, luego deslizó su mirada a lo largo de la mesa hasta
dejarla reposar en la ventana –en la casa de enfrente daba el sol– y,
finalmente, se dirigió hacia la puerta.
La señorita Montag le siguió unos pasos como si no confiase en él. No
obstante, ambos tuvieron que apartarse nada más llegar a la puerta,
pues el capitán Lanz entró. K era la primera vez que lo veía de cerca.
Era un hombre alto, de unos cuarenta años, con un rostro carnoso y
bronceado. Hizo una ligera inclinación, también dirigida a K, luego se
acercó hasta donde estaba la señorita Montag y besó obsequioso su
mano. Su cortesía frente a la señorita Montag contrastaba con la
actitud que K había tenido ante ella. Pero la señorita Montag no parecía
enojada con K, pues, según le pareció, quiso presentarle al capitán.
Pero K no quería que le presentaran, no hubiese sido adecuado ser
amable con el capitán o con la señorita Montag, el beso en la mano la
había unido, para él, a un grupo que, bajo la apariencia de una
extremada inocencia y desinterés, intentaba apartarle de la señorita
Bürstner. K no sólo creyó reconocer esto, sino también que la señorita
Montag había escogido un buen medio, aunque de dos filos. Por una
parte, exageraba la importancia de la relación entre la señorita Bürstner
y K, por otra, exageraba la importancia de la entrevista solicitada e
intentaba darle la vuelta a la argumentación, de tal modo que K
apareciese como el que lo exageraba todo. Se equivocaba, K no quería
exagerar nada, K sabía que la señorita Bürstner no era más que una
pequeña mecanógrafa que no podría ofrecerle resistencia durante
mucho tiempo. Ni siquiera había tomado en cuenta lo que la señora
Grubach sabía de la señorita Bürstner. Reflexionó sobre todo esto
mientras salía de la habitación sin apenas despedirse. Quiso volver de
inmediato a su cuarto, pero oyó, desde el comedor, la risa de la
señorita Montag, y pensó que podría prepararles una sorpresa a ambos,
tanto a ella como al capitán. Miró alrededor y escuchó por si acaso
podía ser descubierto por alguien de las habitaciones vecinas. Reinaba
el silencio, sólo se oía la conversación en el comedor y, en el pasillo que
conducía a la cocina, la voz de la señora Grubach. La oportunidad
parecía favorable. K se acercó a la puerta de la habitación de la señorita
Bürstner y tocó sin hacer apenas ruido. Como no se oyó nada, volvió a
llamar, pero tampoco obtuvo respuesta. ¿Dormía o realmente se
encontraba mal? ¿O tal vez no quería abrir porque sospechaba que esa
forma de llamar sólo podía proceder de K? K supuso que no quería
abrir, así que golpeó la puerta con más fuerza. Como tampoco tuvo
éxito, abrió la puerta con precaución, aunque no sin el sentimiento de
hacer algo incorrecto, y además inútil. En la habitación no había nadie.
Apenas recordaba a la habitación que K había visto. En la pared había
dos camas contiguas, habían situado tres sillas cerca de la puerta y
estaban repletas de ropa; un armario permanecía abierto. Era posible
que la señorita Bürstner hubiera salido mientras K conversaba con la
señorita Montag en el comedor. K no estaba muy desilusionado, no
había esperado poder encontrar tan fácilmente a la señorita Bürstner.
Lo había intentado sólo como consuelo contra la señorita Montag. Más
desagradable fue, cuando K, mientras cerraba la puerta, vio, a través
de la puerta del comedor, cómo conversaban la señorita Montag y el
capitán. Era probable que ya permanecieran así antes de que K hubiese
abierto la puerta, evitaban dar la impresión de que le observaban, se
limitaban a conversar en voz baja y seguían los movimientos de K con
la mirada, como se mira distraído durante una conversación. Pero a K
esas miradas le afectaron especialmente: se apresuró a llegar a su
habitación sin separarse de la pared.
EL FISCAL
A pesar de los conocimientos psicológicos y de la experiencia adquirida
durante su larga actividad bancaria, sus compañeros de tertulia siempre
le habían parecido dignos de admiración y jamás negaba que para él
suponía un gran honor pertenecer a un grupo semejante. Estaba
constituido casi exclusivamente por jueces, fiscales y abogados; a
algunos jóvenes funcionarios y pasantes se les admitía en la reunión,
pero se sentaban al final de la mesa y sólo podían intervenir en los
debates cuando se les preguntaba expresamente algo. Pero esas
preguntas solían tener el único objetivo de divertir a la concurrencia:
especialmente el fiscal Hasterer, habitual vecino de mesa de K, gustaba
de avergonzar así a los jóvenes. Cuando ponía su gran mano peluda en
el centro de la mesa, la extendía y miraba hacia el extremo, todos
aguzaban los oídos. Y cuando uno de los jóvenes se adjudicaba la
pregunta, pero o no podía descifrarla o se quedaba mirando la cerveza
pensativo, moviendo las mandíbulas en vez de hablar, o –lo que era
más enojoso defendía con un torrente de palabras una opinión falsa o
desautorizada, entonces todos los señores volvían a acomodarse riendo
en sus asientos y sólo a partir de ese momento parecían sentirse
realmente a gusto. Las conversaciones serias y especializadas
quedaban reservadas para ellos.
K había sido introducido en esa sociedad por el asesor jurídico del
banco. Hubo un tiempo en que K tuvo que sostener largas entrevistas
con ese abogado hasta muy tarde por la noche y se había adapta do a
su costumbre de cenar en la tertulia, gustándole la compañía. Allí podía
ver a eruditos, a hombres poderosos y de gran prestigio, cuya diversión
consistía en intentar resolver cuestiones ajenas a la vida común.
Aunque él podía intervenir muy poco, al menos disfrutaba de la
posibilidad de acumular conocimientos, lo que más tarde o más
temprano le procuraría ventajas en el banco. Además, podía conseguir
importantes contactos personales con el mundo de la justicia, que
siempre podían ser de utilidad. Pero también el grupo parecía tolerarle.
Pronto fue reconocido como un experto en negocios y su opinión en esa
materia –muchas veces emitida con ironía– resultaba irrefutable.
Ocurría con frecuencia que dos personas, que juzgaban de manera
diferente una cuestión jurídica, solicitaban a K su opinión, de tal modo
que el nombre de K quedaba involucrado en todas las intervenciones,
incluso en los análisis más abstractos, en los que K se perdía. No
obstante, poco a poco iba comprendiendo las argumentaciones más
complejas, pues contaba a su lado con el fiscal Hasterer, un buen
consejero que le ayudaba amigablemente en esas cuestiones. Algunas
veces K le acompañaba por la noche a casa, aunque no se podía
acostumbrar a ir al lado de un hombre tan enorme, que le podría haber
ocultado en los faldones de su abrigo.
A lo largo del tiempo se hicieron tan amigos que las diferencias de
educación, de profesión y de edad desaparecieron. Hablaban entre ellos
como si hubieran estado juntos desde siempre y, aunque en la relación
a veces parecía que uno mostraba cierta superioridad, no era Hasterer,
sino K el que quedaba algo por encima, pues sus experiencias prácticas
le daban con frecuencia la razón, no en vano las había adquirido
directamente, como nunca ocurre en un despacho judicial.
Esa amistad era conocida entre los contertulios; al final, sin embargo,
se olvidó quién había introducido a K en la sociedad, aunque Hasterer le
cubría en todo momento. Si el derecho de K a sentarse entre ellos
hubiese sido puesto en duda, habría podido apelar a Hasterer con todo
derecho. Por eso K ocupó una posición privilegiada, pues Hasterer era
tan admirado como temido. La fuerza de su argumentación jurídica era
digna de admiración, pero había otros señores que estaban a su altura
en ese terreno. No obstante, ninguno de ellos alcanzaba la
impetuosidad con que defendía su opinión. K tenía la impresión de que
Hasterer, cuando no podía convencer a su contrario, al menos le quería
asustar, sólo ante su dedo índice admonitorio había más de uno que
retrocedía. Entonces era como si el oponente olvidara que estaba en la
compañía de buenos conocidos y colegas, que sólo se trataba de
cuestiones teóricas y de que en realidad no podía ocurrirle nada. A
pesar de todo esto, enmudecía y un ligero balanceo de cabeza ya era
un acto de valor. Era un espectáculo patético cuando el oponente
estaba sentado lejos; Hasterer sabía que con esa distancia no se podría
llegar a ninguna unanimidad, a no ser que desplazara el plato de la
cena y se levantase lentamente para buscar al hombre en cuestión. Los
que estaban a su lado miraban hacia arriba para observar su rostro.
Pero esos incidentes eran relativamente escasos, ante todo se irritaba
tratando de cuestiones jurídicas, principalmente en aquellas que aludían
a procesos en los que él mismo participaba o había participado. Si no se
trataba de esas cuestiones, permanecía tranquilo y amable, su sonrisa
era cariñosa y su pasión era comer y beber. Podía ocurrir incluso que
no escuchase la conversación, se volviera hacia K, pusiera el brazo
sobre el respaldo de la silla de éste, le preguntase algo en voz baja
acerca del banco, luego hablase él sobre su propio trabajo y contase
algo sobre las damas que conocía, que le daban tanto o más trabajo
que el tribunal. Con ningún otro hablaba así, podía ocurrir, incluso, que
cuando alguien quería solicitar algo de Hasterer –la mayoría de las
veces para lograr una reconciliación con algún colega– se dirigiera
primero a K y le pidiera su intercesión, a lo que él siempre accedía. Sin
aprovecharse en este sentido de la amistad con Hasterer, K era amable
y modesto con todos los demás y sabía distinguir –lo que era mucho
más importante que la cortesía y la modestia– los distintos rangos
jerárquicos y tratar a cada uno según su posición. Hasterer le ilustraba
a este respecto una y otra vez, ésas eran las únicas normas que ni
siquiera Hasterer rompía en sus debates más enconados. Por el respeto
a estas normas se juzgaba también a los jóvenes situados al fondo de
la mesa, que aún no poseían rango alguno y a los que se dirigían como
si no fueran individuos, sino una masa compacta. Pero precisamente
estos jóvenes eran los que brindaban mayores honores a Hasterer, y
cuando se levantaba a las once para irse a casa, siempre había uno
dispuesto a ayudarle a ponerse el pesado abrigo y otro que con
inclinaciones se apresuraba a abrirle la puerta y, naturalmente, la
mantenía abierta hasta que K abandonaba la estancia detrás de él.
Mientras que al principio K acompañaba a Hasterer, o este último a K,
un trecho del camino, más tarde Hasterer comenzó a invitar a K para
que subiese a su vivienda y conversaran un rato. Permanecían
alrededor de una hora juntos bebiendo licor y fumando cigarros. A
Hasterer le gustaban tanto esas veladas que no quiso renunciar a ellas
cuando una mujer, Helene de nombre, vivió allí durante unas semanas.
Era una mujer gorda y ya mayor, con una piel amarillenta y rizos
negros que le caían por la frente. K al principio sólo la vio en la cama:
permanecía tendida sin vergüenza alguna, leyendo una novela y sin
interesarse por la conversación de los dos hombres. Sólo cuando se
había: hecho tarde acostumbraba estirarse y bostezar. Y si así no podía
llamar la atención, entonces le arrojaba la novela a Hasterer. Éste se
levantaba sonriendo y se despedía de K. Después, cuando Hasterer
comenzó a cansarse de Helene, ésta perturbaba considerablemente los
encuentros. Esperaba la llegada de ambos completamente vestida y,
además, con un traje que ella, probablemente, consideraba muy
elegante, pero que en realidad era un vestido de baile pasado de moda
y que llamaba desagradablemente la atención por una serie de volantes
que ella misma le había añadido como adorno. K ignoraba el aspecto
real que podía haber tenido ese vestido, él se negaba a mirarlo y
permanecía sentado durante horas con los ojos bajos, mientras ella iba
y venía contoneándose por la habitación o se sentaba cerca de él. Más
tarde, cuando su situación empezaba a ser insostenible, intentó dar,
llevada por la desesperación, un trato de preferencia a K para, así,
poner celoso a Hasterer. Era sólo por desesperación, no por maldad,
cuando apoyaba su grasienta espalda desnuda en la mesa, acercaba su
rostro a K y le quería obligar a que la mirara. Ella sólo consiguió que K
renunciase a visitar a Hasterer y cuando, transcurrido un tiempo,
regresó, ya se había desembarazado de Helene. K lo tomó como algo
evidente. Esa noche permanecieron juntos más de lo habitual,
celebraron su hermandad por iniciativa de Hasterer y K regresó a casa
algo mareado a causa de los cigarros y del licor.
Precisamente a la mañana siguiente, el director del banco, durante una
conversación de negocios, mencionó que le había parecido ver a K la
noche anterior. Si no se equivocaba, había visto a K andando con el
fiscal Hasterer cogidos del brazo. Al director le parecía tan extraño, que
nombró la iglesia –esto correspondía a su pasión por la exactitud– en
cuyo muro lateral, cerca de la fuente, se había producido ese
encuentro. Si hubiese querido describir un espejismo, no lo hubiera
podido expresar mejor. K le explicó que el fiscal era amigo suyo y que,
en efecto, la noche anterior habían pasado por la iglesia mencionada. El
director rió asombrado y pidió a K que se sentase. Era uno de esos
momentos por los que K tenía tanto cariño al director. Eran instantes en
que ese hombre enfermo y débil, que apenas dejaba de toser,
sobrecargado de trabajo y lleno de responsabilidad, se preocupaba por
el bienestar de K y por su futuro. Se trataba de una preocupación que,
según otros funcionarios que habían experimentado algo parecido, se
podía denominar fría y superficial, pues no era nada más que un buen
método para ganarse a valiosos funcionarios por muchos años con el
sacrificio de dos minutos. Pero fuera lo que fuese, K quedaba sometido
al director en esos instantes. Tal vez el director hablaba con K de un
modo algo diferente, jamás olvidaba su posición para ponerse al mismo
nivel de K –esto, sin embargo, lo hacía con regularidad en las relaciones
usuales de negocios–, pero sí parecía olvidar la posición de K, ya que
hablaba con él como con un niño o como con un joven ignorante que
pretende un puesto de trabajo y, por motivos inescrutables, cae
simpático al director. K no habría tolerado semejante tratamiento de
nadie, ni siquiera del director, si su preocupación no le hubiera parecido
sincera o si al menos la posibilidad de esa preocupación, como se
mostraba en esos instantes, no le hubiera hechizado de ese modo. K
reconocía sus debilidades. Tal vez el motivo era que en él había algo
infantil, ya que no había recibido el cariño de un padre, pues éste había
muerto muy joven. Además, había salido muy pronto de casa y no se
había sentido atraído por la ternura de la madre, que, medio ciega,
vivía en una de esas ciudades de provincia por las que no pasa el
tiempo y a la que había visitado por última vez hacía dos años.
–No sabía nada de esa amistad –dijo el director, y sólo una débil y
amable sonrisa dulcificó la severidad de sus palabras.
HACIA LA CASA DE ELSA
Una noche, poco antes de irse, K recibió una llamada en la que le
exhortaban a que se presentase inmediatamente en las oficinas del
juzgado. Se le advertía que obedeciese. Sus inauditas indicaciones
acerca de la inutilidad de los interrogatorios, de que éstos no conducían
a nada, de que él no volvería a comparecer, de que no atendería
ninguna notificación, ni por teléfono ni por escrito, y de que echaría a
todos los ujieres, todas esas indicaciones constaban en acta y ya le
habían perjudicado mucho. ¿Por qué no se quería plegar? ¿Acaso no se
esforzaban, sin considerar el tiempo invertido ni los costes, en ordenar
algo su confusa causa? ¿Acaso pretendía molestar y que se tomasen
medidas violentas, de las que hasta ahora había sido eximido? La
citación de ese día era un último intento. Que hiciera lo que quisiese,
pero que supiese que el tribunal supremo no iba a tolerar que se
burlasen de él.
Precisamente esa noche K había avisado a Elsa de su visita y por ese
motivo no podía comparecer ante el tribunal. Estaba contento de poder
justificar su incomparecencia con ese motivo, aunque, natural mente,
jamás utilizaría semejante excusa ni, con toda probabilidad, acudiría
esa noche al tribunal aun cuando no tuviera la obligación más nimia. En
todo caso, con la conciencia de estar en su derecho, planteó la
pregunta de qué ocurriría si no fuera.
–Sabremos encontrarle –fue la respuesta.
–¿Y seré castigado porque no me he presentado voluntariamente? –
preguntó K, y sonrió en espera de lo que le iban a responder.
–No –fue la respuesta.
–Estupendo –dijo K–, ¿qué motivo podría tener entonces para cumplir
con la citación de hoy?
–No se suele acosar con los medios punitivos del tribunal –dijo la voz
ya debilitada y que terminó por extinguirse.
«Es muy imprudente si no se hace –pensó K mientras se marchaba–.
Hay que conocer esos medios punitivos».
Se dirigió a casa de Elsa sin pensarlo dos veces. Sentado cómodamente
en la esquina del coche, con las manos en los bolsillos del abrigo –
empezaba a hacer frío–, contempló las animadas calles. Pensó con
cierta satisfacción que le causaría dificultades al tribunal, si realmente
estaban trabajando, pues no había dicho con claridad si se iba a
presentar o no. Así que el juez estaría esperando, quizá toda la
asamblea, pero K, para decepción de toda la galería, no aparecería. Sin
tomar en consideración al tribunal, iba a donde quería. Por un momento
dudó de si, por distracción, le había dado al conductor la dirección del
tribunal, así que le gritó la dirección de Elsa. El conductor asintió, la
dirección que le había dado era la correcta. A partir de ese momento K
se fue olvidando del tribunal y los pensamientos del banco comenzaron
a invadir su mente, como en los viejos tiempos.
LUCHA CON EL SUBDIRECTOR
Una mañana K se encontró mucho más fresco y fuerte que de
costumbre. Apenas pensaba en el tribunal. Cuando se acordaba de él,
le parecía como si, palpando en la oscuridad un mecanismo oculto,
pudiera manejar fácilmente a esa gran organización inabarcable,
desgarrarla y hacerla trizas. Su ánimo extraordinario le tentó a invitar
al subdirector para que viniera a su despacho y tratar de un asunto de
negocios que urgía desde hacía tiempo. En esas ocasiones, el
subdirector solía fingir que sus relaciones con K no se habían alterado
en los últimos meses. Entraba tranquilo, como en los tiempos de
continua competencia con K, le escuchaba paciente, mostraba su
interés con pequeñas indicaciones amistosas y de confianza, y sólo
confundía a K, sin que se notase ninguna intención expresa en ello, al
no desviarse un ápice del asunto de negocios, al mostrarse receptivo y
concentrado mientras los pensamientos de K, ante ese modelo de
cumplimiento del deber, comenzaban a dispersarse y le obligaban, casi
sin resistencia, a cederle todo el asunto. Una vez la situación fue tan
mala que el subdirector se levantó repentinamente y regresó a su
oficina en silencio. K no sabía lo que había ocurrido, era posible que la
entrevista hubiera concluido, pero también era posible que el
subdirector la hubiera interrumpido porque K, sin saberlo, le había
molestado, o porque había dicho alguna necedad, o porque al
subdirector le había resultado indudable que K no escuchaba y estaba
ocupado en otros asuntos. Era posible, incluso, que K hubiese tomado
una decisión ridícula o que el subdirector le hubiese sonsacado algo
absurdo y ahora se apresurase a difundirlo para dañar a K. Por lo
demás, ya no volvieron a hablar de ese asunto. K no quería
recordárselo y el subdirector permaneció inaccesible al respecto.
Tampoco hubo, al menos provisionalmente, consecuencias visibles. Pero
K no aprendió del incidente, cuando encontraba una oportunidad
adecuada y se sentía con algo de fuerzas, ya estaba en la puerta del
despacho del subdirector invitándole a ir al suyo o pidiendo permiso
para entrar. Ya no se escondía de él como había hecho anteriormente.
Tampoco tenía la esperanza de que se produjera una pronta decisión
que le liberase de una vez por todas de sus cuitas y que restableciera la
relación originaria con el subdirector. K comprendió que no podía ceder;
si retrocedía, como, tal vez, exigían las circunstancias, corría el peligro
de no poder avanzar más. No se podía dejar que el subdirector creyese
que K estaba acabado, no podía permanecer sentado tranquilamente en
su despacho con esa suposición, había que ponerlo nervioso, tenía que
experimentar con tanta frecuencia como fuera posible que K vivía y
que, como todo lo que poseía vida, un día podía sorprender con nuevas
capacidades, por muy inofensivo que pareciese hoy. A veces, sin
embargo, K se decía que con ese método lo único que conseguía era
luchar por su honor, pero que no le sería de ninguna utilidad, puesto
que siempre que se enfrentaba al subdirector terminaba fortaleciendo la
posición de éste y, además, le daba la oportunidad de realizar
observaciones y tomar las medidas adecuadas que reclamaban las
circunstancias que en ese momento se imponían. Pero K no hubiera
podido alterar su comportamiento, estaba sometido a ilusiones
generadas por él mismo, a veces creía que podía medirse con el
subdirector con despreocupación. No aprendió de las experiencias más
desgraciadas; lo que no había resultado en diez intentos, creía que
podría resultar en el decimoprimero, aunque las circunstancias eran las
mismas y todo estaba en su contra. Cuando, después de uno de esos
encuentros, regresaba agotado, sudoroso, con la mente vacía, no sabía
si lo que le había impulsado a entrevistarse con el subdirector había
sido la esperanza o la desesperación. En la siguiente ocasión fue
claramente la esperanza la que le indujo a apresurarse hacia la puerta
del subdirector.
Así era hoy. El subdirector entró en seguida, permaneció cerca de la
puerta, limpió sus quevedos –era una nueva costumbre que había
adquirido–, miró a K y, a continuación, para no dar la impresión de
fijarse demasiado en él, paseó la mirada por la habitación. Era como si
aprovechase la oportunidad para examinar su vista. K resistió sus mira
das, incluso sonrió un poco e invitó al subdirector a que tomase asiento.
K se reclinó en su sillón, lo acercó un poco al subdirector, tomó los
papeles necesarios y comenzó a informarle. El subdirector parecía s
como si apenas escuchara. La tabla de la mesa de K estaba rodeada por
una pequeña moldura labrada. Toda la mesa estaba excepcionalmente
trabajada y también la moldura era de madera y estaba sólidamente
adosada a la tabla. Pero el subdirector hizo como si hubiese encontrado
ahí precisamente una pieza suelta y quisiera repararla con el dedo
índice. K pensó en interrumpir su informe, pero el subdirector no quiso,
pues él, como explicó, lo escuchaba y comprendía todo. Mientras K era
incapaz de sonsacarle una mera indicación, la moldura parecía requerir
un tratamiento especial, pues el subdirector sacó una navaja de
bolsillo, tomó la regla de K como palanca e intentó elevar la moldura
para poder encajarla mejor. K había incluido en su informe una
propuesta novedosa, la cual esperaba que ejerciera un efecto especial
en el subdirector, pero cuando llegó el momento de mencionarla, no
pudo parar, tanto le obsesionaba el trabajo o, mejor, tanto se alegraba
de esa conciencia, cada vez más rara, de que aún era alguien en el
banco y de que sus pensamientos tenían la fuerza de justificarle. Tal
vez fuese esa forma de justificarse la mejor, y no sólo en el banco, sino
también en el proceso, quizá mucho mejor que cualquier otra defensa
ya intentada o planeada. Con su prisa por decirlo todo, K no tuvo
tiempo de desviar la atención del subdirector de su actividad, se limitó,
dos o tres veces, mientras leía, a pasar la mano sobre la moldura con
un ademán tranquilizador, para, así, sin ser consciente de ello, mostrar
al subdirector que la moldura no tenía ningún defecto y que, si
encontraba uno, era mas importante escuchar y comportarse
decentemente que cualquier mejora en el mueble. Pero el subdirector,
como ocurre con frecuencia con hombres activos, asumió ese trabajo
con celo, ya había levantado un trozo de moldura y ahora sólo le
quedaba ir introduciendo las columnitas en sus agujeros respectivos.
Eso era lo más difícil de todo. El subdirector se tuvo que levantar e
intentó presionar con las dos manos la moldura contra la tabla. Pero no
lo consiguió ni empleando todas sus fuerzas. K, mientras leía –aunque
combinaba la lectura con muchas explicaciones–, sólo había percibido
fugazmente que el subdirector se había levantado. Aunque apenas
había perdido de vista la actividad complementaria del subdirector,
supuso que el movimiento de éste se había debido a su informe, así que
también se levantó y le extendió un papel al subdirector. El subdirector,
mientras tanto, había comprendido que la presión de las manos no
bastaría, así que se sentó con todo su peso encima de la moldura.
Ahora lo consiguió, las columnitas se introdujeron chirriando en sus
agujeros, pero una de ellas se quebró y la moldura se partió en dos.
–La madera es mala –dijo el subdirector enojado, dejó la mesa y se
sentó…
LA CASA
Sin una intención concreta, K, en diversas ocasiones, había intentado
enterarse del domicilio del organismo del que partió la primera
denuncia en su causa. Lo averiguó sin dificultades, tanto Titorelli como
Wolfhart le dieron el número de la calle cuando les preguntó. Titorelli
completó la información, con la sonrisa que siempre tenía preparada
para aquellos planes secretos que no se le presentaban para su examen
pericial, diciendo que ese organismo no tenía ninguna importancia, sólo
ejecutaba lo que se le encargaba y sólo era el órgano externo de la
autoridad acusatoria, que era inaccesible para los acusados. Si se
deseaba algo de la autoridad acusatoria –naturalmente siempre había
muchos deseos, pero no siempre era inteligente manifestarlos–, había
que dirigirse al mencionado organismo, pero así ni se lograba acceder a
la autoridad acusatoria, ni que el deseo fuese transmitido a ésta.
K ya conocía la manera de ser del pintor, así que no le contradijo,
tampoco quiso pedirle más información, se limitó a asentir y a darse
por enterado. Una vez más le pareció que Titorelli, cuando se trataba
de atormentar, superaba al abogado. La diferencia consistía en que K
no dependía tanto de Titorelli y hubiera podido liberarse de él cuando
hubiese querido. Además, Titorelli era hablador, incluso parlanchín, si
bien antes más que ahora y, en definitiva, también K podía atormentar
a Titorelli.
Y así lo hizo en esa oportunidad, habló con frecuencia a Titorelli de esa
casa como si quisiera ocultarle algo, como si tuviera algún contacto con
ese organismo, aunque no lo suficientemente intenso como para darlo a
conocer sin peligro. Titorelli intentó obtener alguna información de K,
pero éste, repentinamente, ya no volvió a hablar más del asunto. K se
alegraba de esos pequeños éxitos, él creía después que entendía mejor
a esas personas del tribunal, incluso que podía jugar con ellas, estar
por encima y disfrutar, al menos en algunos instantes, de una mejor
visión de las cosas, ya que ellas estaban en el primer nivel del tribunal.
Pero, ¿qué ocurriría si perdía su posición? Aún habría una posibilidad de
salvación, no tenía nada más que deslizarse entre esas personas, si no
le habían podido ayudar en su proceso a causa de su bajeza o por otros
motivos, al menos le podrían aceptar y esconder, sí, ni siquiera, si él lo
planeaba bien y ejecutaba su plan en secreto, podrían rechazar
ayudarle de esa manera, especialmente Titorelli no podría denegarle
ayuda, ya que se había convertido en un benefactor.
Sin embargo K no se alimentaba diariamente de esas esperanzas,. en
general aún distinguía con precisión y se guardaba mucho de ignorar o
pasar por alto alguna dificultad, pero a veces –normalmente en estados
de agotamiento por la noche, después del trabajo– encontraba consuelo
en los más pequeños y significativos incidentes del día. Usualmente
permanecía tendido en el canapé de su despacho –no podía abandonar
su despacho sin tener que recuperarse después una hora en el canapé–
y se dedicaba a encadenar en su mente observación tras observación.
No se limitaba a las personas que pertenecían a la organización de la
justicia, en ese estado de duermevela se mezclaban todos, entonces se
olvidaba del enorme trabajo del tribunal, le parecía que él era el único
acusado y veía cómo el resto de las personas, una confusión de
funcionarios y juristas, pasaban por los pasillos de un edificio. Ni los
más lerdos hundían la barbilla en el pecho, todos mostraban los labios
fruncidos y una mirada fija de reflexión responsable. Los inquilinos de la
señora Grubach siempre aparecían como un grupo cerrado,
permanecían juntos uno al lado del otro con las bocas abiertas, como
los miembros de un coro. Entre ellos había muchos desconocidos, pues
K hacía tiempo que no prestaba ninguna atención a la pensión. A causa
de los muchos desconocidos le causaba desagrado acercarse al grupo,
lo que a veces se veía obligado a hacer cuando buscaba entre ellos a la
señorita Bürstner. Sobrevoló, por ejemplo, el grupo y, de repente,
brillaron dos ojos completamente desconocidos que lo detuvieron. No
encontró a la señorita Bürstner, pero cuando siguió buscando para
evitar cualquier error, la encontró en el centro del grupo, rodeando a
dos hombres con sus brazos. No le causó ninguna impresión, sobre
todo porque esa visión no era nueva, sino un recuerdo imborrable de
una fotografía de la playa que había visto una vez en la habitación de la
señorita Bürstner. Esa visión separaba a K del grupo y aun cuando
regresaba una y otra vez, sólo lo hacía para atravesar a toda prisa el
edificio del tribunal. Conocía muy bien todas las estancias; incluso los
pasillos perdidos, que no había visto nunca, le resultaban familiares,
como si le hubieran servido de morada desde siempre. Los detalles
quedaban grabados en su cerebro con una exactitud dolorosa. Un
extranjero, por ejemplo, paseaba por una antesala, vestía como un
torero, el talle apretado, su chaquetilla corta y rígida estaba adornada
con borlas amarillas, y ese hombre, sin parar de pasear, se dejaba
admirar por K. Éste, encogido, le contemplaba con los ojos muy
abiertos. Conocía todos los dibujos, todos los flecos, todas las líneas de
la chaquetilla y, aun así, no se cansaba de mirarla. O, mejor, hacía
tiempo que se había cansado de mirarla o, aún más correcto, nunca la
había querido mirar, pero no le dejaba. «¡Qué mascaradas ofrece el
extranjero!» –pensó, y abrió aún más los ojos. Y fue seguido por ese
hombre hasta que se echó y presionó el rostro contra el canapé.
VISITA A LA MADRE
De repente, durante la comida, se le ocurrió visitar a su madre. La
primavera ya estaba llegando a su fin y con ella se cumplía el tercer
año desde que no la había visto. Su madre le había pedido hacía tres
años que fuese a su cumpleaños y él había cumplido la promesa, a
pesar de algunos impedimentos. Luego le había prometido visitarla en
todos sus cumpleaños, una promesa que había dejado de cumplir dos
veces. Ahora no quería esperar hasta su cumpleaños: aunque sólo
faltaran catorce días, deseaba viajar en seguida. Sin embargo, se dijo
que no había ningún motivo para salir tan rápido, todo lo contrario, las
noticias que recibía regularmente, en concreto cada dos meses, de su
primo, que poseía un comercio en la pequeña ciudad y administraba el
dinero que K le enviaba a su madre, eran más tranquilizadoras que
nunca. La vista de la madre se apagaba, pero eso, según lo que le
habían dicho los médicos, ya lo esperaba K desde hacía años, no
obstante su estado había mejorado en general, determinadas dolencias
de la edad habían disminuido en vez de agravarse, al menos ella se
quejaba menos. Según el primo, se podría deber a que en los últimos
años –K ya había advertido algo con disgusto en su visita– se había
vuelto muy piadosa. El primo le había descrito en una carta, de manera
muy ilustrativa, cómo la anciana, que antes se había arrastrado con
esfuerzo, ahora andaba muy bien cogida de su brazo cuando la llevaba
los domingos a la iglesia. Y K podía creer al primo, pues éste era
miedoso y solía exagerar en sus informes lo malo antes que lo bueno.
Pero K se había decidido a partir. Desde hacía tiempo había confirmado
en su temperamento, entre otras cosas desagradables, una cierta
inclinación a quejarse, así como una ansiedad irrefrenable por satisfacer
todos sus deseos. Bien, en este caso particular, ese defecto serviría
para una buena acción.
Se acercó a la ventana para ordenar un poco sus pensamientos, luego
mandó que se llevasen la comida, envió al ordenanza a casa de la
señora Grubach para que le anunciase su partida y para recoger el
maletín, en el que la señora Grubach podía meter lo que considerase
conveniente. A continuación, dejó unos encargos, referentes a algunos
negocios, al señor Kühne, para que los realizase durante el tiempo en
que iba a estar ausente; esta vez apenas se enojó por las malas
maneras con que últimamente recibía sus encargos, sin ni siquiera
mirarle, como si supiera de sobra lo que tenía que hacer y sólo tolerase
ese reparto de encargos como una ceremonia. Finalmente, se fue a ver
al director. Cuando le pidió dos días libres para visitar a su madre, el
director preguntó, naturalmente, si la madre de K estaba enferma.
–No –dijo K, sin más explicaciones. Permanecía en medio de la
habitación, con las manos entrelazadas a la espalda. Reflexionaba con
la frente arrugada. ¿Acaso se había precipitado con los preparativos del
viaje? ¿No era mejor quedarse? ¿Quería viajar sólo por puro
sentimentalismo? ¿Y si por ese sentimentalismo descuidaba algo allí,
por ejemplo perdía una importante oportunidad para actuar, que,
además, podía surgir en cualquier momento, sobre todo ahora, cuando
el proceso, desde hacía semanas, no había experimentado cambio
alguno y no había surgido ninguna noticia referente a él? ¿Y no
asustaría a la pobre mujer, ya mayor? Eso era algo que no pretendía en
absoluto y, sin embargo, podía ocurrir contra su voluntad, pues ahora
muchas cosas ocurrían contra su voluntad. Y la madre tampoco había
manifestado su deseo de verle. Antes, en las cartas de su primo, se
habían repetido regularmente las urgentes invitaciones de la madre,
pero desde hacía un tiempo se habían interrumpido. Así que por la
madre no iba, eso estaba claro. Si iba, no obstante, por alguna
esperanza referida a él, entonces era un completo demente y allí, en la
desesperación final, recibiría la recompensa por su demencia. Pero,
como si estas dudas no fueran las suyas propias, sino que intentasen
convencer a gente extraña, mantuvo, al despertar de su ausencia
mental, la determinación de viajar. El director, mientras tanto,
casualmente o, lo que era más probable, por especial consideración a
K, se había inclinado sobre el periódico, pero ahora elevó los ojos,
estrechó la mano de K y le deseó, sin plantearle más preguntas, un
buen viaje.
K esperó en su despacho al ordenanza paseando de un lado a otro,
rechazó casi en silencio al subdirector, que quiso entrar varias veces
para preguntarle por los motivos de su viaje y, cuando al fin tuvo el
maletín, se apresuró a llegar hasta el coche. Se encontraba aún en la
escalera, cuando arriba apareció el funcionario Kullych con una carta en
la mano, con la que aparentemente quería solicitar algo de K. Éste le
rechazó con la mano, pero terco y necio como era ese hombre rubio y
cabezón, interpretó mal el gesto de K y bajó las escaleras con el papel
dando unos saltos en los que ponía en peligro su vida. K se enojó tanto
que, cuando Kullych le alcanzó en la escalinata, le arrebató la carta y la
rompió. Cuando K se volvió ya en el coche, Kullych, que probablemente
aún no había comprendido el error cometido, permanecía estático en el
mismo sitio y miraba cómo se alejaba el coche, mientras el portero, a
su lado, se quitaba la gorra. Así que K aún era uno de los funcionarios
superiores del banco, el portero rectificaría la opinión de quien lo
quisiera negar. Y su madre le tendría, incluso, y a pesar de todos sus
desmentidos, por el director del banco y, eso, desde hacía años. En su
opinión jamás descendería de rango, por más que su reputación
sufriese daños. Tal vez era una buena señal que justo antes de salir se
hubiera convencido de que aún era un funcionario que incluso tenía
conexiones con el tribunal, podía arrebatar una carta y romperla sin
disculpa alguna. Pero no pudo hacer lo que más le hubiera gustado, dar
dos sopapos en las mejillas pálidas y redondas de Kullych.
ANOTACIONES EN LOS DIARIOS DE KAFKA REFERENTES A
EL PROCESO
«Josef K, el hijo de un rico comerciante, se dirigió una noche, después
de una gran disputa con su padre –el padre le había reprochado su vida
licenciosa y le había exigido que cambiase de vida–, hacia la casa de
comercio, situada en las cercanías del puerto, sin ninguna intención
definida, inseguro y cansado. El guardián ante la puerta se inclinó
profundamente. Josef le miró fugazmente sin saludarle. “Estas personas
mudas y subordinadas hacen todo lo que se espera de ellas pensó–. Si
pienso que me observa con mirada impertinente, así lo hace en
realidad”. Y se volvió de nuevo hacia el guardián de la puerta sin
saludar. Éste se volvió a su vez hacia la calle y contempló el cielo
cubierto» (29 de julio de 1914).
«Comencé con tantas esperanzas y ahora rechazado por las tres
historias, hoy más que nunca. Tal vez sea conveniente trabajar en la
historia rusa después del Proceso. En esta ridícula esperanza, que sólo
se apoya en una fantasía maquinal, comienzo de nuevo el Proceso. No
fue del todo en vano» (21 de agosto de 1914).
«Fracaso al intentar terminar el capítulo, otro ya comenzado no podré
continuarlo tan bien, mientras que aquella vez, por la noche, me habría
sido posible. No puedo abandonarme, estoy completamente solo» (29
de agosto de 1914).
«Frío y vacío. Siento demasiado los límites de mi capacidad, que,
cuando no estoy plenamente concentrado, se estrechan» (30 de agosto
de 1914).
«Un completo desamparo, apenas 2 páginas escritas. Hoy he estado
muy cansado, aunque he dormido bien. Pero sé que no puedo
doblegarme si quiero llegar a la gran libertad que tal vez me espera
más allá de los padecimientos más bajos de mi actividad literaria, tan
nimia a causa de mi forma de vida» (1 de septiembre de 1914).
«Otra vez sólo 2 páginas. Al principió pensé que la tristeza provocada
por las derrotas austriacas y el miedo ante el futuro (un miedo que me
parece al mismo tiempo ridículo e infame) me impedirían seguir
escribiendo. No ha sido así, sólo una abulia que me asalta una y otra
vez y que tengo que superar continuamente. Para la tristeza hay
tiempo suficiente cuando no escribo» (13 de septiembre de 1914).
«He tomado una semana de vacaciones para dar un impulso a la
novela. He fracasado, estoy en la noche del miércoles, el lunes se
acaban las vacaciones. He escrito poco y débil» (7 de octubre de 1914).
«14 días, en parte un buen trabajo, comprensión completa de mi
situación» (15 de octubre de 1914).
«Desde hace 4 días no he trabajado apenas nada, alguna hora y un par
de líneas, pero he dormido mejor, los dolores de cabeza prácticamente
han desaparecido por esta razón» (21 de octubre de 1914).
«Paralización casi completa del trabajo. Lo que he escrito no parece
espontáneo, sino el reflejo de un buen trabajo realizado con
anterioridad» (25 de octubre de 1914).
«Ayer, después de un largo espacio de tiempo, avancé un buen trecho,
hoy de nuevo casi nada, los 14 días de vacaciones se han perdido
prácticamente del todo» (1 de noviembre de 1914).
«–… A causa del miedo al dolor de cabeza, que ya ha comenzado,
como he dormido poco por la noche, no he trabajado nada, en parte
también porque temo estropear un pasaje soportable escrito ayer. El
cuarto día desde agosto en el que no he escrito nada» (3 de noviembre
de 1914).
«No puedo seguir escribiendo. He llegado al límite definitivo en el que
tendré que permanecer otra vez muchos años, luego comenzaré, a lo
mejor, otra historia, que probablemente también quedará inconclusa.
Este destino me persigue. También estoy frío y confuso, sólo me ha
quedado el amor senil a la completa tranquilidad. Y como un animal
cualquiera apartado del hombre vuelvo a balancear el cuello y quisiera
intentar conseguir de nuevo a F durante el tiempo intermedio.
Realmente lo volveré a intentar, si las náuseas que me causo a mí
mismo no me lo impiden» (30 de noviembre de 1914).
«( …) Seguir trabajando como sea. Triste de que hoy no sea posible,
pues estoy cansado y padezco dolores de cabeza, ya los tuve por la
mañana, como una premonición, en la oficina. Seguir trabajando como
sea, tiene que ser posible a pesar del insomnio y de la oficina» (2 de
diciembre de 1914).
«Ayer, y por primera vez desde hace mucho tiempo, con la capacidad
para realizar un buen trabajo. Sin embargo, sólo he escrito la primera
página del capítulo de la madre. Puesto que no había dormido en dos
noches, padecí ya desde por la mañana dolores de cabeza y tenía
demasiado miedo al día siguiente. Otra vez he comprobado que todo lo
escrito fragmentariamente y no a lo largo de la mayor parte de la noche
(o durante toda ella) es de escaso valor y que estoy condenado a esa
calidad inferior debido a mis condiciones de vida» (8 de diciembre de
1914).
«En vez de trabajar (sólo he escrito una página –exégesis de la
leyenda–), he leído los capítulos concluidos y los he encontrado en
parte buenos. Siempre con la conciencia de que tendré que pagar todo
sentimiento de satisfacción o de felicidad, como el que por ejemplo
tengo frente a la leyenda, y, además, para no disfrutar jamás de
descanso, lo tendré que pagar con posterioridad» (13 de diciembre de
1914).
«El trabajo se arrastra lamentablemente, tal vez en el lugar más
importante, donde hubiera sido necesaria una buena noche» (14 de
diciembre de 1914).
«No he trabajado nada» (15 de diciembre de 1914).
«He trabajado desde agosto, en general bastante y bien, pero ni en el
primer sentido ni en el segundo hasta los límites de mi capacidad, como
debería haber sido, sobre todo considerando que mi capacidad, según
todos los indicios (insomnio, dolores de cabeza, insuficiencia cardiaca),
no durará mucho. He trabajado en algunos textos incompletos: El
proceso, Recuerdos del Kaldabahn, Un maestro rural, El ayudante del
fiscal y pequeños inicios. Completado sólo: En la colonia penitenciaria y
un capítulo de El ausente, ambos durante los 14 días de vacaciones. No
sé por qué hago este repaso, no es propio de mí» (31 de diciembre de
1914).
«He resistido los muchos deseos de comenzar una nueva historia. Todo
es inútil. No puedo seguir escribiendo las historias durante las noches,
se interrumpen y se pierden, como con El ayudante del fiscal» (4 de
enero de 1915).
«He dejado provisionalmente Un maestro rural y El ayudante del fiscal,
pero también incapaz de continuar El proceso» (6 de enero de 1915).
«También se lo he leído a ella (Felice), las frases irrumpían repugnantes
y confusas, ninguna conexión con la oyente, que yacía en el canapé con
los ojos cerrados y muda. Una tibia solicitud para llevarse el manuscrito
y copiarlo. Gran atención a la historia del centinela y buena
observación. En ese momento comprendí la importancia de la historia,
también ella la comprendió correctamente, luego hicimos algunos
burdos comentarios acerca de ella, yo comencé» (24 de enero de 1915)
EN LA COLONIA PENITENCIARIA
(1914)
–Es un aparato singular –dijo el oficial al explorador, y contempló con
cierta admiración el aparato, que le era tan conocido. El explorador parecía
haber aceptado sólo por cortesía la invitación del comandante para
presenciar la ejecución de un soldado condenado por desobediencia e
insulto hacia sus superiores. En la colonia penitenciaria no era tampoco
muy grande el interés suscitado por esta ejecución. Por lo menos, en
ese pequeño valle, profundo y arenoso, rodeado totalmente por riscos
desnudos, sólo se encontraban, además del oficial y el explorador, el
condenado, un hombre de boca grande y aspecto estúpido, de cabello y
rostro descuidados, y un soldado, que sostenía la pesada cadena donde
convergían las cadenitas que retenían al condenado por los tobillos y las
muñecas, así como por el cuello, y que estaban unidas entre sí mediante
cadenas secundarias. De todos modos, el condenado tenía un aspecto
tan caninamente sumiso, que al parecer hubieran podido permitirle
correr en libertad por los riscos circundantes, para llamarlo con un simple
silbido cuando llegara el momento de la ejecución.
El explorador no se interesaba mucho por el aparato y, se paseaba detrás
del condenado con visible indiferencia, mientras el oficial daba fin a
los últimos preparativos, arrastrándose de pronto bajo el aparato, profundamente
hundido en la tierra, o trepando de pronto por una escalera
para examinar las partes superiores. Fácilmente hubiera podido ocuparse
de estas labores un mecánico, pero el oficial las desempeñaba con
gran celo, tal vez porque admiraba el aparato, o tal vez porque por diversos
motivos no se podía confiar ese trabajo a otra persona.
–¡Ya está todo listo! –exclamó finalmente, y descendió de la escalera.
Parecía extraordinariamente fatigado, respiraba por la boca muy abierta,
y se había metido dos finos pañuelos de mujer bajo el cuello del uniforme.
–Estos uniformes son demasiado pesados para el trópico –comentó el
explorador, en vez de hacer alguna pregunta sobre el aparato, como
hubiese deseado el oficial.
–En efecto –dijo éste, y se lavó las manos sucias de aceite y de grasa
en un balde que allí había–; pero para nosotros son símbolos de la patria;
no queremos olvidarnos de nuestra patria. Y ahora fíjese en este
aparato –prosiguió inmediatamente, secándose las manos con una toalla
y mostrando aquél al mismo tiempo. Hasta ahora intervine yo, pero
de aquí en adelante funciona absolutamente solo.
El explorador asintió, y siguió al oficial. Este quería cubrir todas las contingencias,
y por eso dijo:
–Naturalmente, a veces hay inconvenientes; espero que no los haya
hoy, pero siempre se debe contar con esa posibilidad. El aparato debería
funcionar ininterrumpidamente durante doce horas. Pero cuando hay
entorpecimientos, son sin embargo desdeñables, y se los soluciona rápidamente.
"¿No quiere sentarse? –preguntó luego, sacando una silla de mimbre
entre un montón de sillas semejantes, y ofreciéndosela al explorador;
éste no podía rechazarla. Se sentó entonces, al borde de un hoyo estaba
la tierra removida, dispuesta en forma de parapeto; del otro lado estaba
el aparato.
–No sé –dijo el oficial– si el comandante le ha explicado ya el aparato.
El explorador hizo un ademán incierto; el oficial no deseaba nada mejor,
porque así podía explicarle personalmente el funcionamiento.
–Este aparato –dijo, tomándose de una manivela, y apoyándose en
ella– es un invento de nuestro antiguo comandante. Yo asistí a los primerísimos
experimentos, y tomé parte en todos los trabajos, hasta su
terminación. Pero el mérito del descubrimiento sólo le corresponde a él.
¿No ha oído hablar usted de nuestro antiguo comandante? ¿No? Bueno,
no exagero si le digo que casi toda la organización de la colonia penitenciaria
es obra suya. Nosotros, sus amigos, sabíamos aun antes de su
muerte que la organización de la colonia era un todo tan perfecto, que
su sucesor, aunque tuviera mil nuevos proyectos en la cabeza, por lo
menos durante muchos años no podría cambiar nada. Y nuestra profecía
se cumplió; el nuevo comandante se vio obligado a admitirlo. Lástima
que usted no haya conocido a nuestro antiguo comandante. Pero –
el oficial se interrumpió– estoy divagando, y aquí está el aparato. Como
usted ve, consta de tres partes. Con el correr del tiempo se generalizó
la costumbre de designar a cada una, de estas partes mediante una especie
de sobrenombre popular. La inferior se llama la Cama, la de arriba
el Diseñador, y esta del medio, la Rastra.
–¿La Rastra? –preguntó el explorador.
No había escuchado con mucha atención; el sol caía con demasiada
fuerza en ese valle sin sombras, apenas podía uno concentrar los pensamientos.
Por eso mismo le parecía más admirable ese oficial, que a
pesar de su chaqueta de gala, ajustada, cargada de charreteras y de
adornos, proseguía con tanto entusiasmo sus explicaciones, y además,
mientras hablaba, ajustaba aquí y allá algún tornillo con un destornillador.
En una situación semejante a la del explorador parecía encontrarse
el soldado. Se había enrollado la cadena del condenado en torno
de las muñecas; apoyado con una mano en el fusil, cabizbajo, no se
preocupaba por nada de lo que ocurría. Esto no sorprendió al explorador,
ya que el oficial hablaba en francés, y ni el soldado ni el condenado
entendían el francés. Por eso mismo era más curioso que el condenado
se esforzara por seguir las explicaciones del oficial. Con una especie de
soñolienta insistencia, dirigía la mirada hacia donde el oficial señalaba,
y cada vez que el explorador hacía una pregunta, también él, como el
oficial, lo miraba.
–Sí, la Rastra –dijo el oficial–, un nombre bien educado. Las agujas están
colocadas en ellas como los dientes de una rastra, y el conjunto
funciona además como una rastra, aunque sólo en un lugar determinado,
y con mucho más arte. De todos modos, ya lo comprenderá mejor
cuando se lo explique. Aquí, sobre la Cama, se coloca al condenado.
Primero le describiré el aparato, y después lo pondré en movimiento.
Así podrá entenderlo mejor. Además, uno de los engranajes del Diseñador
está muy gastado; chirría mucho cuando funciona, y apenas se entiende
lo que uno habla; por desgracia, aquí es muy difícil conseguir
piezas de repuesto. Bueno, esta es la Cama, como decíamos. Está totalmente
cubierta con una capa de algodón en rama; pronto sabrá usted
por qué. Sobre este algodón se coloca al condenado, boca abajo,
naturalmente desnudo; aquí hay correas para sujetarle las manos, aquí
para los pies, y aquí para el cuello. Aquí, en la cabecera de la Cama
(donde el individuo, como ya le dije, es colocado primeramente boca
abajo), esta pequeña mordaza de fieltro, que puede ser fácilmente regulada,
de modo que entre directamente en la boca del hombre. Tiene
la finalidad de impedir que grite o se muerda la lengua. Naturalmente,
el hombre no puede alejar la boca del fieltro, porque si no la correa del
cuello le quebraría las vértebras.
–¿Esto es algodón? –preguntó el explorador, y se agachó.
–Sí, claro –dijo el oficial riendo–; tóquelo usted mismo. Cogió la mano
del explorador, y se la hizo pasar por la Cama.
–Es un algodón especialmente preparado, por eso resulta tan irreconocible;
ya le hablaré de su finalidad.
El explorador comenzaba a interesarse un poco por el aparato; protegiéndose
los ojos con la mano, a causa del sol, contempló el conjunto.
Era una construcción elevada. La Cama y el Diseñador tenían igual tamaño,
y parecían dos oscuros cajones de madera. El Diseñador se elevaba
unos dos metros sobre la Cama; los dos estaban unidos entre sí,
en los ángulos, por cuatro barras de bronce, que casi resplandecían al
sol. Entre los cajones, oscilaba sobre una cinta de acero la Rastra.
El oficial no había advertido la anterior indiferencia del explorador, pero
sí notó su interés naciente; por lo tanto interrumpió las explicaciones
para que su interlocutor pudiera dedicarse sin inconvenientes al examen
de los dispositivos.
El condenado imitó al explorador; como no podía cubrirse los ojos con
la mano, miraba hacia arriba, parpadeando.
–Entonces, aquí se coloca al hombre –dijo el explorador, echándose
hacia atrás en su silla, y cruzando las piernas.
–Sí –dijo el oficial, corriéndose la gorra un poco hacia atrás, y pasándose
la mano por el rostro acalorado–, y ahora escuche. Tanto la Cama
como el Diseñador tienen baterías eléctricas propias; la Cama la requiere
para sí, el Diseñador para la Rastra. En cuanto el hombre está bien
asegurado con las correas, la Cama es puesta en movimiento. Oscila
con vibraciones diminutas y muy rápidas, tanto lateralmente como verticalmente.
Usted habrá visto aparatos similares en los hospitales; pero
en nuestra Cama todos los movimientos están exactamente calculados;
en efecto, deben estar minuciosamente sincronizados con los movimientos
de la Rastra. Sin embargo, la verdadera ejecución de la sentencia
corresponde a la Rastra.
–¿Cómo es la sentencia? –preguntó el explorador.
–¿Tampoco sabe eso? –dijo el oficial, asombrado, y se mordió los labios–.
Perdóneme si mis explicaciones son tal vez un poco desordenadas:
le ruego realmente que me disculpe. En otros tiempos, correspondía
en realidad al comandante dar las explicaciones, pero el nuevo comandante
rehuye ese honroso deber; de todos modos, el hecho de que
a una visita de semejante importancia –y aquí el explorador trató de
restar importancia al elogio, con un ademán de las manos, pero el oficial
insistió–, a una visita de semejante importancia ni siquiera se la
ponga en conocimiento del carácter de nuestras sentencias, constituye
también una insólita novedad, que... –Y con una maldición al borde de
los labios se contuvo y prosiguió–...Yo no sabía nada, la culpa no es
mía. De todos modos, yo soy la persona más capacitada para explicar
nuestros procedimientos, ya que tengo en mi poder –y se palmeó el
bolsillo superior– los respectivos diseños preparados por la propia mano
de nuestro antiguo comandante.
–¿Los diseños del comandante mismo? –preguntó el explorador–. ¿Reunía
entonces todas las cualidades? ¿Era soldado, juez, constructor,
químico y dibujante?
–Efectivamente –dijo el oficial, asintiendo con una mirada impenetrable
y lejana.
Luego se examinó las manos; no le parecían suficientemente limpias
para tocar los diseños; por lo tanto, se dirigió hacia el balde, y se las
lavó nuevamente. Luego sacó un pequeño portafolio de cuero, y dijo:
–Nuestra sentencia no es aparentemente severa. Consiste en escribir
sobre el cuerpo del condenado, mediante la Rastra, la disposición que él
mismo ha violado. Por ejemplo, las palabras inscritas sobre el cuerpo de
este condenado –y el oficial señaló al individuo– serán:
HONRA A TUS SUPERIORES.
El explorador miró rápidamente al hombre; en el momento en que el
oficial lo señalaba, estaba cabizbajo y parecía prestar toda la atención
de que sus oídos eran capaces, para tratar de entender algo. Pero los
movimientos de sus labios gruesos y apretados demostraban evidentemente
que no entendía nada. El explorador hubiera querido formular
diversas preguntas, pero al ver al individuo sólo inquirió:
–¿Conoce él su sentencia?
–No –dijo el oficial, tratando de proseguir inmediatamente con sus explicaciones,
pero el explorador lo interrumpió.
–¿No conoce su sentencia?
–No –replicó el oficial, callando un instante como para permitir que el
explorador ampliara su pregunta–. Sería inútil anunciársela. Ya la sabrá
en carne propia.
El explorador no quería preguntar más; pero sentía la mirada del condenado
fija en él, como inquiriéndole si aprobaba el procedimiento descrito.
En consecuencia, aunque se había repantigado en la silla, volvió a
inclinarse hacia adelante y siguió preguntando:
–Pero por lo menos ¿sabe que ha sido condenado?
–Tampoco –dijo el oficial, sonriendo como si esperara que le hiciera
otra pregunta extraordinaria.
–¿No? –dijo el explorador, y se pasó la mano por la frente–, entonces
¿el individuo tampoco sabe cómo fue conducida su defensa?
–No se le dio ninguna oportunidad de defenderse –dijo el oficial, y volvió
la mirada, como hablando consigo mismo, para evitar al explorador
la vergüenza de oír una explicación de cosas tan evidentes.
–Pero debe de haber tenido alguna oportunidad de defenderse –insistió
el explorador, y se levantó de su asiento.
El oficial comprendió que corría el peligro de ver demorada indefinidamente
la descripción del aparato; por lo tanto, se acercó al explorador,
lo tomó por el brazo, y señaló con la mano al condenado, que al ver tan
evidentemente que toda la atención se dirigía hacia él, se puso en posición
de firme, mientras el soldado daba un tirón a la cadena.
–Le explicaré cómo se desarrolla el proceso –dijo el oficial–. Yo he sido
designado juez de la colonia penitenciaria. A pesar de mi juventud. Porque
yo era el consejero del antiguo comandante en todas las cuestiones
penales, y además conozco el aparato mejor que nadie. Mi principio
fundamental es éste: la culpa es siempre indudable. Tal vez otros juzgados
no siguen este principio fundamental, pero son multipersonales,
y además dependen de otras cámaras superiores. Este no es nuestro
caso, o por lo menos no lo era en la época de nuestro antiguo comandante.
El nuevo ha demostrado, sin embargo, cierto deseo de inmiscuirse
en mis juicios, pero hasta ahora he logrado mantenerlo a cierta
distancia, y espero seguir lográndolo. Usted desea que le explique este
caso particular; es muy simple, como todos los demás. Un capitán presentó
esta mañana la acusación de que este individuo, que ha sido designado
criado suyo, y que duerme frente a su puerta, se había dormido
durante la guardia. En efecto, tiene la obligación de levantarse al
sonar cada hora, y hacer la venia ante la puerta del capitán. Como se
ve, no es una obligación excesiva, y sí muy necesaria, porque así se
mantiene alerta en sus funciones, tanto de centinela como de criado.
Anoche el capitán quiso comprobar si su criado cumplía con su deber.
Abrió la puerta –exactamente a las dos, y lo encontró dormido en
el suelo. Cogió la fusta, y le cruzó la cara. En vez de levantarse y suplicar
perdón, el individuo aferró a su superior por las piernas, lo sacudió
y exclamó: "Arroja ese látigo, o te como vivo". Estas son las pruebas. El
capitán vino a verme hace una hora, tomé nota de su declaración y dicté
inmediatamente la sentencia. Luego hice encadenar al culpable.
Todo esto fue muy simple. Si primeramente lo hubiera hecho llamar,
y lo hubiera interrogado, sólo habrían surgido confusiones. Habría
mentido, y si yo hubiera querido desmentirlo, habría reforzado sus
mentiras con nuevas mentiras, y así sucesivamente. En cambio,
así lo tengo en mi poder, y no se escapará. ¿Está todo aclarado? Pero
el tiempo pasa, ya debería comenzar la ejecución, y todavía no terminé
de explicarle el aparato.
Obligó al explorador a que se sentara nuevamente, se acercó otra vez
al aparato, y comenzó:
–Como usted ve, la forma de la Rastra corresponde a la forma del cuerpo
humano; aquí está la parte del torso, aquí están las rastras para las
piernas. Para la cabeza, sólo hay esta agujita. ¿Le resulta claro?
Se inclinó amistosamente ante el explorador, dispuesto a dar las más
amplias explicaciones.
El explorador, con el ceño fruncido, consideró la Rastra. La descripción
de los procedimientos judiciales no lo había satisfecho. Constantemente
debía hacer un esfuerzo para no olvidar que se trataba de una colonia
penitenciaria, que requería medidas extraordinarias de seguridad, y
donde la disciplina debía ser exagerada hasta el extremo. Pero por otra
parte fundaba ciertas esperanzas en el nuevo comandante, que evidentemente
proyectaba introducir, aunque poco a poco, un nuevo sistema
de procedimientos; procedimientos que la estrecha mentalidad de este
oficial no podía comprender. Estos pensamientos le hicieron preguntar:
–¿El comandante asistirá a la ejecución?
–No es seguro –dijo el oficial, dolorosamente impresionado por una
pregunta tan directa, mientras su expresión amistosa se desvanecía–.
Por eso mismo debemos darnos prisa. En consecuencia, aunque lo siento
muchísimo, me veré obligado a simplificar mis explicaciones. Pero
mañana, cuando hayan limpiado nuevamente el aparato (su única falla
consiste en que se ensucia mucho), podré seguir explayándome con
más detalles. Reduzcámonos entonces por ahora a lo más indispensable.
Una vez que el hombre está acostado en la Cama, y ésta comienza
a vibrar, la Rastra desciende sobre su cuerpo. Se regula automáticamente,
de modo que apenas roza el cuerpo con la punta de las agujas;
en cuanto se establece el contacto, la cinta de acero se convierte inmediatamente
en una barra rígida. Y entonces empieza la función. Una
persona que no esté al tanto, no advierte ninguna diferencia entre un
castigo y otro. La Rastra parece trabajar uniformemente. Al vibrar, rasga
con la punta de las agujas la superficie del cuerpo, estremecido a su
vez por la Cama. Para permitir la observación del desarrollo de la sentencia,
la Rastra ha sido construida de vidrio. La fijación de las agujas
en el vidrio originó algunas dificultades técnicas, pero después de diversos
experimentos solucionamos el problema. Le diré que no hemos escatimado
esfuerzos. Y ahora cualquiera puede observar, a través del vidrio,
cómo va tomando forma la inscripción sobre el cuerpo. ¿No quiere
acercarse a ver las agujas?
El explorador se levantó lentamente, se acercó, y se inclinó sobre la
Rastra.
–Como usted ve –dijo el oficial–, hay dos clases de agujas, dispuestas
de diferente modo. Cada aguja larga va acompañada por una más corta.
La larga se reduce a escribir, y la corta arroja agua, para lavar la
sangre y mantener legible la inscripción. La mezcla de agua y sangre
corre luego por pequeños canalículos, y finalmente desemboca en este
canal principal, para verterse en el hoyo, a través de un caño de desagüe.
El oficial mostraba con el dedo el camino exacto que seguía la mezcla
de agua y sangre. Mientras él, para hacer lo más gráfica posible la imagen,
formaba un cuenco con ambas manos en la desembocadura del
caño de salida, el explorador alzó la cabeza y trató de volver a su asiento,
tanteando detrás de sí con la mano. Vio entonces con horror que
también el condenado había obedecido la invitación del oficial para ver
más de cerca la disposición de la Rastra. Con la cadena había arrastrado
un poco al soldado adormecido, y ahora se inclinaba sobre el vidrio.
Se veía cómo su mirada insegura trataba de percibir lo que los dos señores
acababan de observar, y cómo, faltándole la explicación, no comprendía
nada. Se agachaba aquí y allá. Sin cesar, su mirada recorría el
vidrio. El explorador trató de alejarlo, porque lo que hacía era probablemente
punible. Pero el oficial lo retuvo con una mano, con la otra
cogió del parapeto un terrón, y lo arrojó al soldado. Este se sobresaltó,
abrió los ojos, comprobó el atrevimiento del hombre, dejó caer el rifle,
hundió los talones en el suelo, arrastró de un tirón al condenado, que
inmediatamente cayó al suelo, y luego se quedó mirando cómo se debatía
y hacía sonar las cadenas.
–¡Póngalo de pie! –gritó el oficial, porque advirtió que el condenado distraía
demasiado al explorador. En efecto, éste se había inclinado
sobre la Rastra, sin preocuparse mayormente por su funcionamiento,
y sólo quería saber qué ocurría con el condenado.
–¡Trátelo con cuidado! –volvió a gritar el oficial. Luego corrió en torno
del aparato, cogió personalmente al condenado bajo las axilas, y
aunque éste se resbalaba constantemente, con la ayuda del soldado lo
puso de pie.
–Ya estoy al tanto de todo –dijo el explorador, cuando el oficial volvió a
su lado.
–Menos de lo más importante –dijo éste, tomándolo por un brazo y señalando
hacia lo alto–. Allá arriba, en el Diseñador, está el engranaje
que pone en movimiento la Rastra; dicho engranaje es regulado de
acuerdo a la inscripción que corresponde a la sentencia. Todavía utilizo
los diseños del antiguo comandante. Aquí están –y sacó algunas hojas
del portafolio de cuero–, pero por desgracia no puedo dárselos para que
los examine; son mi más preciosa posesión. Siéntese, yo se los mostraré
desde aquí, y usted podrá ver todo perfectamente.
Mostró la primera hoja. El explorador hubiera querido hacer alguna observación
pertinente, pero sólo vio líneas que se cruzaban repetida y
laberínticamente, y que cubrían en tal forma el papel, que apenas podían
verse los espacios en blanco que las separaban.
–Lea –dijo el oficial.
–No puedo –dijo el explorador.
–Sin embargo está claro –dijo el oficial.
–Es muy ingenioso –dijo el explorador evasivamente–, pero no puedo
descifrarlo.
–Sí –dijo el oficial, riendo y guardando nuevamente el plano–, no es
justamente caligrafía para escolares. Hay que estudiarlo largamente.
También usted terminaría por entenderlo, estoy seguro. Naturalmente,
no puede ser una inscripción simple; su fin no es provocar directamente
la muerte, sino después de un lapso de doce horas, término medio; se
calcula que el momento crítico tiene lugar a la sexta hora. Por lo tanto,
muchos, muchísimos adornos rodean la verdadera inscripción; ésta sólo
ocupa una estrecha faja en torno del cuerpo; el resto se reserva a los
embellecimientos. ¿Está ahora en condiciones de apreciar la labor de la
Rastra, y de todo el aparato? ¡Fíjese! –y subió de un salto la escalera, e
hizo girar una rueda–. ¡Atención, hágase a un lado!
El conjunto comenzó a funcionar. Si la rueda no hubiera chirriado,
habría sido maravilloso. Como si el ruido de la rueda lo hubiera sorprendido,
el oficial la amenazó con el puño, luego abrió los brazos, como
disculpándose ante el explorador, y descendió rápidamente, para
observar desde abajo el funcionamiento del aparato. Todavía había algo
que no andaba, y que sólo él percibía; volvió a subir, buscó algo con
ambas manos en el interior del Diseñador, se dejó deslizar por una de
las barras, en vez de utilizar la escalera, para bajar más rápidamente, y
exclamó con toda su voz en el oído del explorador, para hacerse oír en
medio del estrépito:
–¿Comprende el funcionamiento? La Rastra comienza a escribir; cuando
termina el primer borrador de la inscripción en el dorso del individuo, la
capa de algodón gira y hace girar el cuerpo lentamente sobre un costado,
para dar más lugar a la Rastra. Al mismo tiempo, las partes ya escritas
apoyan sobre el algodón, que gracias a su preparación especial
contiene la emisión de sangre y prepara la superficie para seguir profundizando
la inscripción. Luego, a medida que el cuerpo sigue girando,
estos dientes del borde de la Rastra arrancan el algodón de las heridas,
lo arrojan al hoyo, y la Rastra puede proseguir su labor. Así sigue inscribiendo,
cada vez más hondo, las doce horas. Durante las primeras
seis horas, el condenado se mantiene casi tan vivo como al principio,
sólo sufre dolores. Después de dos horas, se le quita la mordaza de fieltro,
porque ya no tiene fuerzas para gritar. Aquí, en este recipiente calentado
eléctricamente, junto a la cabecera de la Cama, se vierte pulpa
caliente de arroz, para que el hombre se alimente, si así lo desea, lamiéndola
con la lengua. Ninguno desdeña esta oportunidad. No sé de
ninguno, y mi experiencia es vasta. Sólo después de seis horas desaparece
todo deseo de comer. Generalmente me arrodillo aquí, en ese
momento, y observo el fenómeno. El hombre, no traga casi nunca el último
bocado, sólo lo hace girar en la boca, y lo escupe en el hoyo. Entonces
tengo que agacharme, porque si no me escupiría en la cara.
¡Qué tranquilo se queda el hombre después de la sexta hora! Hasta el
más estólido comienza a comprender. La comprensión se inicia en torno
de los ojos. Desde allí se expande. En ese momento uno desearía colocarse
con él bajo la Rastra. Ya no ocurre más nada; el hombre comienza
solamente a descifrar la inscripción, estira los labios hacia afuera,
como si escuchara. Usted ya ha visto que no es fácil descifrar la inscripción
con los ojos; pero nuestro hombre la descifra con sus heridas.
Realmente, cuesta mucho trabajo; necesita seis horas por lo menos.
Pero ya la Rastra lo ha atravesado completamente y lo arroja en el
hoyo, donde cae en medio de la sangre y el agua y el algodón. La sentencia
se ha cumplido, y nosotros, yo y el soldado, lo enterramos.
El explorador había inclinado el oído hacia el oficial, y con las manos en
los bolsillos de la chaqueta contemplaba el funcionamiento de la máquina.
También el condenado lo contemplaba, pero sin comprender. Un
poco agachado, seguía el movimiento de las agujas oscilantes; mientras
tanto el soldado, ante una señal del oficial, le cortó con un cuchillo la
camisa y los pantalones, por la parte de atrás de modo que estos últimos
cayeron al suelo; el individuo trató de retener las ropas que se le
caían, para cubrir su desnudez, pero el soldado lo alzó en el aire y sacudiéndolo
hizo caer los últimos jirones de vestimenta. El oficial detuvo
la máquina, y en medio del repentino silencio el condenado fue colocado
bajo la Rastra. Le desataron las cadenas, y en su lugar lo sujetaron
con las correas; en el primer instante, esto pareció significar casi un
alivio para el condenado. Luego hicieron descender un poco más la Rastra,
porque era un hombre delgado. Cuando las puntas lo rozaron, un
estremecimiento recorrió su piel; mientras el soldado le ligaba la mano
derecha, el condenado lanzó hacia afuera la izquierda, sin saber hacia
dónde, pero en dirección del explorador. El oficial observaba constantemente
a este último, de reojo, como si quisiera leer en su cara la impresión
que le causaba la ejecución que por lo menos superficialmente
acababa de explicarle.
La correa destinada a la mano izquierda se rompió; probablemente, el
soldado la había estirado demasiado. El oficial tuvo que intervenir, y el
soldado le mostró el trozo roto de correa. Entonces el oficial se le acercó,
y con el rostro vuelto hacia el explorador dijo:
–Esta máquina es muy compleja, a cada momento se rompe o se descompone
alguna cosa; pero uno no debe permitir que estas circunstancias
influyan en el juicio de conjunto. De todos modos, las correas son
fácilmente sustituibles; usaré una cadena; es claro que la delicadeza de
las vibraciones del brazo derecho sufrirá un poco.
Y mientras sujetaba la cadena, agregó:
–Los recursos destinados "a la conservación de la máquina son ahora
sumamente reducidos. Cuando estaba el antiguo comandante, yo tenía
a mi disposición una suma de dinero con esa única finalidad. Había aquí
un depósito, donde se guardaban piezas de repuesto de todas clases.
Confieso que he sido bastante pródigo con ellas, me refiero a antes, no
ahora, como insinúa el nuevo comandante, para quien todo es un motivo
de ataque contra el antiguo orden. Ahora se ha hecho cargo personalmente
del dinero destinado a la máquina, y si le mando pedir una
nueva correa, me pide, como prueba, la correa rota; la nueva llega por
lo menos diez días después, y además es de mala calidad, y no sirve de
mucho. Cómo puede funcionar mientras tanto la máquina sin correas,
eso no le preocupa a nadie.
El explorador pensó: Siempre hay que reflexionar un poco antes de intervenir
decisivamente en los asuntos de los demás. El no era ni miembro
de la colonia penitenciaria, ni ciudadano del país al que ésta pertenecía.
Si pretendía emitir juicios sobre la ejecución o trataba directamente
de obstaculizarla, podían decirle: "Eres un extranjero, no te metas."
Ante esto no podía contestar nada, sólo agregar que realmente no
comprendía su propia actitud, y de ningún modo pretendía modificar los
métodos judiciales de los demás. Pero aquí se encontraba con cosas
que realmente lo tentaban a quebrar su resolución, de no inmiscuirse.
La injusticia del procedimiento y la inhumanidad de la ejecución eran
indudables. Nadie podía suponer que el explorador tenía algún interés
personal en el asunto, porque el condenado era para él un desconocido,
no era compatriota suyo, y ni siquiera era capaz de inspirar compasión.
El explorador había sido recomendado por personas muy importantes,
había sido recibido con gran cortesía, y el hecho de que lo hubieran invitado
a la ejecución podía justamente significar que se deseaba conocer
su opinión sobre el asunto. Esto parecía bastante probable, porque
el comandante, como bien claramente acababan de expresarle, no era
partidario de estos procedimientos, y su actitud ante el oficial era casi
hostil.
En ese momento oyó el explorador un grito airado del oficial. Acababa
de colocar, no sin gran esfuerzo, la mordaza de fieltro dentro de la boca
del condenado, cuando este último, con una náusea irresistible, cerró
los ojos y vomitó. Rápidamente el oficial le alzó la cabeza, alejándola de
la mordaza y tratando de dirigirla hacia el hoyo; pero era demasiado
tarde, y el vómito se derramó sobre la máquina.
–¡Todo esto es culpa del comandante! –gritó el oficial, sacudiendo insensatamente
la barra de cobre que tenía enfrente–. Me dejarán la máquina
más sucia que una pocilga –y con manos temblorosas mostró al
explorador lo que había ocurrido–. Durante horas he tratado de hacerle
comprender al comandante que el condenado debe ayunar un día entero
antes de la ejecución. Pero nuestra nueva doctrina compasiva no lo
quiere así. Las señoras del comandante visitan al condenado y le atiborran
la garganta de dulces. Durante toda la vida se alimentó de peces
hediondos, y ahora necesita comer dulces. Pero en fin, podríamos pasarlo
por alto, yo no protestaría, pero ¿por qué no quieren conseguirme
una nueva mordaza de fieltro, ya que hace tres meses que la pido:
¿Quién podría meterse en la boca, sin asco, una mordaza que más de
cien moribundos han chupado y mordido?
El condenado había dejado caer la cabeza y parecía tranquilo; mientras
tanto, el soldado limpiaba la máquina con la camisa del otro. El oficial
se dirigió hacia él explorador, que tal vez por un presentimiento retrocedió
un paso, pero el oficial lo cogió por la mano y lo llevó aparte.
–Quisiera hablar confidencialmente algunas palabras con usted –dijo
este último–. ¿Me lo permite?
–Naturalmente –dijo el explorador, y escuchó con la mirada baja.
–Este procedimiento judicial, y este método de castigo, que usted tiene
ahora oportunidad de admirar, no goza actualmente en nuestra colonia
de ningún abierto partidario. Soy su único sostenedor, y al mismo
tiempo el único sostenedor de la tradición del antiguo comandante. Ya
ni podría pensar en la menor ampliación del procedimiento, y necesito
emplear todas mis fuerzas para mantenerlo tal como es actualmente.
En vida de nuestro antiguo comandante, la colonia estaba llena de partidarios;
yo poseo en parte la fuerza de convicción del antiguo comandante,
pero carezco totalmente de su poder; en consecuencia, los partidarios
se ocultan; todavía hay muchos, pero ninguno lo confiesa. Si
usted entra hoy, que es día de ejecución, en la confitería, y escucha las
conversaciones, tal vez sólo oiga frases de sentido ambiguo. Esos son
todos partidarios, pero bajo el comandante actual, y con sus doctrinas
actuales, no me sirven absolutamente de nada. Y ahora le pregunto: ¿le
parece bien que por culpa de este comandante y sus señoras, que influyen
sobre él, semejante obra de toda una vida –y señaló la maquinaria–
desaparezca? ¿Podemos permitirlo? Aun cuando uno sea un extranjero,
y sólo haya venido a pasar un par de días en nuestra isla. Pero no
podemos perder tiempo, porque también se prepara algo contra mis
funciones judiciales; ya tienen lugar conferencias en la oficina del comandante,
de las que me veo excluido; hasta su visita de hoy, señor,
me parece formar parte de un plan; por cobardía lo utilizan a usted, un
extranjero, como pantalla. ¡Qué diferente era en otros tiempos la ejecución!
Ya un día antes de la ceremonia, el valle estaba completamente
lleno de gente; todos venían sólo para ver; por la mañana temprano
aparecía el comandante con sus señoras; las fanfarrias despertaban a
todo el campamento; yo presentaba un informe de que todo estaba
preparado; todo el estado mayor –ningún alto oficial se atrevía a faltar–
se ubicaba en torno de la máquina; este montón de sillas de mimbre es
un mísero resto de aquellos tiempos. La máquina resplandecía, recién
limpiada; antes de cada ejecución me entregaban piezas nuevas de repuesto.
Ante cientos de ojos –todos los asistentes en puntas de pie,
hasta en la cima de esas colinas– el condenado era colocado por el
mismo comandante debajo de la Rastra. Lo que hoy corresponde a un
simple soldado, era en esa época tarea mía, tarea del juez presidente
del juzgado, y un gran honor para mí. Y entonces empezaba la ejecución.
Ningún ruido discordante afeaba el funcionamiento de la máquina.
Muchos ya no miraban; permanecían con los ojos cerrados, en la arena;
todos sabían: ahora se hace justicia. En ese silencio, sólo se oían los
suspiros del condenado, apenas apagados por el fieltro. Hoy la máquina
ya no es capaz de arrancar al condenado un suspiro tan fuerte que el
fieltro no pueda apagarlo totalmente; pero en ese entonces las agujas
inscriptoras vertían un líquido ácido, que hoy ya no nos permiten emplear.
¡Y llegaba la sexta hora! Era imposible satisfacer todos los pedidos
formulados para contemplarla desde cerca. El comandante, muy
sabiamente, había ordenado que los niños tendrían preferencia sobre
todo el mundo; yo, por supuesto, gracias a mi cargo, tenía el privilegio
de permanecer junto a la máquina; a menudo estaba en cuclillas, con
un niñito en cada brazo, a derecha e izquierda. ¡Cómo absorbíamos todos
esa expresión de transfiguración que aparecía en el rostro martirizado,
cómo nos bañábamos las mejillas en el resplandor de esa justicia,
por fin lograda y que tan pronto desaparecería! ¡Qué tiempos, camarada!
El oficial había evidentemente olvidado quién era su interlocutor; lo
había abrazado, y apoyaba la cabeza sobre su hombro. El explorador se
sentía grandemente desconcertado; inquieto, miraba hacia la lejanía. El
soldado había terminado su limpieza, y ahora vertía pulpa de arroz en
el recipiente. Apenas la advirtió el condenado, que parecía haberse mejorado
completamente, comenzó a lamer la papilla con la lengua. El
soldado trataba de alejarlo, porque la papilla era para más tarde, pero
de todos modos también era incorrecto que el soldado metiera en el recipiente
sus sucias manos, y se dedicara a comer ante el ávido condenado.
El oficial recobró rápidamente el dominio de sí mismo.
–No quise emocionarlo –dijo–, ya sé que actualmente es imposible dar
una idea de lo que eran esos tiempos. De todos modos, la máquina todavía
funciona, y se basta a sí misma. Se basta a sí misma, aunque se
encuentra muy solitaria en este valle. Y al terminar, el cadáver cae como
antaño dentro del hoyo, con un movimiento incomprensiblemente
suave, aunque ya no se apiñan las muchedumbres como moscas en
torno de la sepultura, como en otros tiempos. Antaño teníamos que colocar
una sólida baranda en torno de la sepultura, pero hace mucho que
la arrancamos.
El explorador quería ocultar su rostro al oficial, y miraba en torno, al
azar. El oficial creía que contemplaba la desolación del valle; le cogió
por lo tanto las manos, se colocó frente a él, para mirarlo en los ojos, y
le preguntó:.
–¿Se da cuenta, qué vergüenza?
Pero el explorador calló. El oficial lo dejó un momento entregado a sus
pensamientos; con las manos en las caderas, las piernas abiertas, permaneció
callado, cabizbajo. Luego sonrió alentadoramente al explorador,
y dijo:
–Yo estaba ayer cerca de usted cuando el comandante lo invitó. Oí la
invitación. Conozco al comandante. Inmediatamente comprendía su
propósito. Aunque su poder es suficientemente grande para tomar medidas
contra mí, todavía no se atreve, pero ciertamente tiene la intención
de oponerme su veredicto de usted, el veredicto de un ilustre extranjero.
Lo ha calculado perfectamente: hace dos días que usted está
en la isla, no conoció al antiguo comandante, ni su manera de pensar,
está habituado a los puntos de vista europeos, tal vez se opone fundamentalmente
a la pena capital en general y a estos tipos de castigo
mecánico en particular; además comprueba que la ejecución tiene lugar
sin ningún apoyo popular, tristemente, mediante una máquina ya un
poco arruinada; considerando todo esto (así piensa el comandante),
¿no sería entonces muy probable que desaprobara mis métodos? Y si
los desaprobara, no ocultaría su desaprobación (hablo siempre en nombre
del comandante), porque confía ampliamente en sus bien probadas
conclusiones. Es verdad que usted ha visto las numerosas peculiaridades
de numerosos pueblos, y ha aprendido a apreciarlas, y por lo
tanto es probable que no se exprese con excesivo rigor contra el procedimiento,
como lo haría en su propio país. Pero el comandante no necesita
tanto. Una palabra cualquiera, hasta una observación un poco imprudente
le bastaría. No hace ni siquiera falta que esa observación exprese
su opinión, basta que aparentemente corrobore la intención del
comandante. Que él tratará de sonsacarlo con preguntas astutas, de
eso estoy seguro. Y sus señoras estarán sentadas en torno, y alzarán
las orejas; tal vez usted diga: "En mi país el procedimiento judicial es
distinto", o "En mi país se permite al acusado defenderse antes de la
sentencia", o "En mi país hay otros castigos, además de la pena de
muerte", o "En mi país sólo existió la tortura en la Edad Media". Todas
éstas son observaciones correctas y que a usted le parecen evidentes,
observaciones inocentes, que no pretenden juzgar mis procedimientos.
Pero ¿cómo las tomará el comandante? Ya lo veo al buen comandante,
veo cómo aparta su silla y sale rápidamente al balcón, veo a sus señoras,
que se precipitan tras él como un torrente, oigo su voz (las señoras
la llaman una voz de trueno) que dice: "Un famoso investigador europeo,
enviado para estudiar el procedimiento judicial en todos los países
del mundo, acaba de decir que nuestra antigua manera de administrar
justicia es inhumana. Después de oír el juicio de semejante personalidad,
ya no me es posible seguir permitiendo este procedimiento. Por lo
tanto, ordeno que desde el día de hoy..." y así sucesivamente. Usted
trata dé interrumpirlo para explicar que no dijo lo que él pretende, que
no llamó nunca inhumano mi procedimiento, que en cambio su profunda
experiencia le demuestra que es el procedimiento más humano y
acorde con la dignidad humana, que admira esta maquinaria... pero ya
es demasiado tarde; usted no puede asomarse al balcón, que está lleno
de damas; trata de llamar la atención; trata de gritar; pero una mano
de señora le tapa la boca... y tanto yo como la obra del antiguo comandante
estamos irremediablemente perdidos.
El explorador tuvo que contener una sonrisa; tan fácil era entonces la
tarea que le había parecido tan difícil. Dijo evasivamente:
–Usted exagera mi influencia; el comandante leyó mis cartas de recomendación,
y sabe que no soy ningún entendido en procedimientos judiciales.
Si yo expresara una opinión, sería la opinión de un particular,
en nada más significativa que la opinión de cualquier otra persona, y en
todo caso mucho menos significativa que la opinión del comandante,
que según creo posee en esta colonia penitenciaria prerrogativas extensísimas.
Si la opinión de él sobre este procedimiento es tan hostil como
usted dice, entonces, me temo que haya llegado la hora decisiva para el
mismo, sin que se requiera mi humilde ayuda.
¿Lo había comprendido ya el oficial? No, todavía no lo comprendía. Meneó
enfáticamente la cabeza, volvió brevemente la mirada hacia el condenado
y el soldado, que se alejaron por instinto del arroz, se acercó
bastante al explorador, lo miró no en los ojos, sino en algún sitio de la
chaqueta, y le dijo más despacio que antes:
–Usted no conoce al comandante; usted cree (perdone la expresión)
que es una especie de extraño para él y para nosotros; sin embargo,
créame, su influjo no podría ser subestimado. Fue una verdadera felicidad
para mí saber que usted asistiría solo a la ejecución. Esa orden del
comandante debía perjudicarme, pero yo sabré sacar ventaja de ella.
Sin distracciones provocadas por falsos murmullos y por miradas desdeñosas
(imposibles de evitar si una gran multitud hubiera asistido a la
ejecución), usted ha oído mis explicaciones, ha visto la máquina, y está
ahora a punto de contemplar la ejecución. Ya se ha formado indudablemente
un juicio; si todavía no está seguro de algún pequeño detalle,
el desarrollo de la ejecución disipará sus últimas dudas. Y ahora elevo
ante usted esta súplica: Ayúdeme contra el comandante.
El explorador no le permitió proseguir.
–¡Cómo me pide usted eso –exclamó–, es totalmente imposible! No
puedo ayudarlo en lo más mínimo, así como tampoco puedo perjudicarlo.
–Puede –dijo el oficial; con cierto temor, el explorador vio que el oficial
contraía los puños–. Puede –repitió el oficial con más insistencia todavía–.
Tengo un plan, que no fallará. Usted cree que su influencia no es
suficiente. Yo sé que es suficiente. Pero suponiendo que usted tuviera
razón, ¿no sería de todos modos necesario tratar de utilizar toda clase
de recursos, aunque dudemos de su eficacia, con tal de conservar el
antiguo procedimiento? Por lo tanto, escuche usted mi plan. Ante todo
es necesario para su éxito que hoy, cuando se encuentre usted en la
colonia, sea lo más reticente posible en sus juicios sobre el procedimiento.
A menos que le formulen una pregunta directa, no debe decir
una palabra sobre el asunto; si lo hace, que sea con frases breves y
ambiguas; debe dar a entender que no le agrada discutir ese tema, que
ya está harto de él, que si tuviera que decir algo, prorrumpiría francamente
en maldiciones. No le pido que mienta; de ningún modo; sólo
debe contestar lacónicamente, por ejemplo: "Sí, asistí a la ejecución", o
"Sí, escuché todas las explicaciones". Sólo eso, nada más. En cuanto al
fastidio que usted pueda dar a entender, tiene motivos suficientes,
aunque no sean tan evidentes para el comandante. Naturalmente, éste
comprenderá todo mal, y lo interpretará a su manera. En eso se basa
justamente mi plan. Mañana se realizará en la oficina del comandante,
presidida por éste, una gran asamblea de todos los altos oficiales administrativos.
El comandante, por supuesto, ha logrado convertir esas
asambleas en un espectáculo público. Hizo construir una galería, que
está siempre llena de espectadores. Estoy obligado a tomar parte en las
asambleas, pero me enferman de asco. Ahora bien, pase lo que pase,
es seguro que a usted lo invitarán; si se atiene hoy a mi plan, la invitación
se convertirá en una insistente súplica. Pero si por cualquier motivo
imprevisible no fuera invitado, debe usted de todos modos pedir que
lo inviten; es indudable que así lo harán. Por lo tanto, mañana estará
usted sentado con las señoras en el palco del comandante. El mira a
menudo hacia arriba, para asegurarse de su presencia. Después de varias
órdenes del día, triviales y ridículas, calculadas para impresionar al
auditorio –en su mayoría son obras portuarias, ¡eternamente obras porturarias!–,
se pasa a discutir nuestro procedimiento judicial. Si eso no
ocurre, o no ocurre bastante pronto, por desidia del comandante, me
encargaré yo de introducir el tema. Me pondré de pie y mencionaré que
la ejecución de hoy tuvo lugar. Muy breve, una simple mención. Semejante
mención no es en realidad usual, pero no importa. El comandante
me da las gracias, como siempre, con una sonrisa amistosa, y ya sin
poder contenerse aprovecha la excelente oportunidad. "Acaban de
anunciar –más o menos así dirá– que ha tenido lugar la ejecución. Sólo
quisiera agregar a este anuncio que dicha ejecución ha sido presenciada
por el gran investigador que como ustedes saben honra extraordinariamente
nuestra colonia con su visita. También nuestra asamblea de hoy
adquiere singular significado gracias a su presencia. ¿No convendría
ahora preguntar a este famoso investigador qué juicio le merece nuestra
forma tradicional de administrar la pena capital, y el procedimiento
judicial que la precede?" Naturalmente, aplauso general, acuerdo unánime,
y mío más que de nadie. El comandante se inclina ante usted, y
dice: "Por lo tanto, le formulo en nombre de todos dicha pregunta". Y
entonces usted se adelanta hacia la baranda del palco. Apoya las manos
donde todos pueden verlas, porque si no, se las cogerán las señoras y
jugarán con sus dedos. Y por fin se escucharán sus palabras. No sé cómo
podré soportar la tensión de la espera hasta ese instante. En su discurso
no debe haber ninguna reticencia, diga la verdad a pleno pulmón,
inclínese sobre el borde del balcón, grite, sí, grite al comandante su
opinión, su inconmovible opinión.
Pero tal vez no le guste a usted esto, no corresponde a su carácter, o
quizás en su país uno se comporta diferentemente en esas ocasiones;
bueno, está bien, también así será suficientemente eficaz, no hace falta
que se ponga de pie, diga solamente un par de palabras, susúrrelas,
que sólo los oficiales que están debajo de usted las oigan, es suficiente,
no necesita mencionar siquiera la falta de apoyo popular a la ejecución,
ni la rueda que chirría, ni las correas rotas, ni el nauseabundo fieltro,
no, yo me encargo de todo eso, y le aseguro que si mi discurso no obliga
al comandante a abandonar el salón, lo obligará a arrodillarse y reconocer:
"Antiguo comandante, ante ti me inclino."
Este es mi plan; ¿quiere ayudarme a realizarlo? Pero, naturalmente, usted
quiere, aún más, debe ayudarme.
El oficial cogió al explorador por ambos brazos, y lo miró en los ojos,
respirando agitadamente. Había gritado con tal fuerza las últimas frases,
que hasta el soldado y el condenado se habían puesto a escuchar;
aunque no podían entender nada, habían dejado de comer, y dirigían la
mirada hacia el explorador, masticando todavía.
Desde el primer momento el explorador no había dudado de cuál debía
ser su respuesta. Durante su vida había reunido demasiada experiencia,
para dudar en este caso; era una persona fundamentalmente honrada,
y no conocía el temor. Sin embargo contemplando al soldado y el condenado,
vaciló un instante. Por fin dijo lo que debía decir:
–No.
El oficial parpadeó varias veces, pero no desvió la mirada.
–¿Desea usted una explicación? –preguntó el explorador.
El oficial asintió, sin hablar.
–Desapruebo este procedimiento –dijo entonces el explorador–, aun
desde antes que usted me hiciera estas confidencias (por supuesto que
bajo ninguna circunstancia traicionaré la confianza que ha puesto en
mi); ya me había preguntado si sería mi deber intervenir, y si mi intervención
tendría después de todo alguna posibilidad de éxito. Pero sabía
perfectamente a quién debía dirigirme en primera instancia; naturalmente
al comandante. Usted lo ha hecho más indudable aún, aunque
confieso que no sólo no ha fortalecido mi decisión, sino que su honrada
convicción ha llegado a conmoverme mucho, por más que no logre modificar
mi opinión.
El oficial callaba; se volvió hacia la máquina, se tomó de una de las barras
de bronce, y contempló, un poco echado hacia atrás, el Diseñador,
como para comprobar que todo estaba en orden. El soldado y el condenado
parecían haberse hecho amigos; el condenado hacía señales al
soldado, aunque sus sólidas ligaduras dificultaban notablemente la operación;
el soldado se inclinó hacia él; el condenado le susurró algo, y el
soldado asintió.
El explorador se acercó al oficial, y dijo:
–Todavía no sabe usted lo que pienso hacer. Comunicaré al comandante,
en efecto, lo que opino del procedimiento, pero no en una asamblea,
sino en privado; además, no me quedaré aquí lo suficiente para asistir
a ninguna conferencia; mañana por la mañana me voy, o por lo menos
me embarco.
No parecía que el oficial lo hubiera escuchado.
–Así que el procedimiento no lo convence –dijo éste para sí, y sonrió,
como un anciano que se ríe de la insensatez de un niño, y a pesar de la
sonrisa prosigue sus propias meditaciones–. Entonces, llegó el momento
–dijo por fin, y miró de pronto al explorador con clara mirada, en la
que se veía cierto desafío, cierto vago pedido de cooperación.
–¿Cuál momento? –preguntó inquieto el explorador, sin obtener respuesta.
–Eres libre –dijo el oficial al condenado, en su idioma; el hombre no
podía creerlo–. Vamos, eres libre –repitió el oficial.
Por primera vez, el rostro del condenado pareció realmente animarse.
¿Sería verdad? ¿No sería un simple capricho del oficial, que no duraría
ni un instante? ¿Tal vez el explorador extranjero había suplicado que lo
perdonaran? ¿Qué ocurría? Su cara parecía formular estas preguntas.
Pero por poco tiempo. Fuera lo que fuese, deseaba ante todo sentirse
realmente libre, y comenzó a debatirse en la medida que la Rastra se lo
permitía.
–Me romperás las correas –gritó el oficial–, quédate quieto. Ya te desataremos.
Y después de hacer una señal al soldado, pusieron manos a la obra. El
condenado sonreía sin hablar, para sí mismo, volviendo la cabeza ora
hacia la izquierda, hacia el oficial, ora hacia el soldado, a la derecha; y
tampoco olvidó al explorador.
–Sácalo de allí –ordenó el oficial al soldado.
A causa de la Rastra, esta operación exigía cierto cuidado. Ya el condenado,
por culpa de su impaciencia, se había provocado una pequeña
herida desgarrante en la espalda.
Desde este momento, el oficial no le prestó la menor atención. Se acercó
al explorador, volvió a sacar el pequeño portafolio de cuero, buscó
en él un papel, encontró por fin la hoja que buscaba, y la mostró al explorador.
–Lea esto –dijo.
–No puedo –dijo el explorador–, ya le dije que no puedo leer esos planos.
–Mírelo con más atención, entonces –insistió el oficial, y se acercó más
al explorador, para que leyeran juntos.
Como tampoco esto resultó de ninguna utilidad, el oficial trató de ayudarlo,
siguiendo la inscripción con el dedo meñique, a gran altura, como
si en ningún caso debiera tocar el plano. El explorador hizo un esfuerzo
para mostrarse amable con el oficial, por lo menos en algo, pero sin
éxito. Entonces el oficial comenzó a deletrear la inscripción, y luego la
leyó entera.
–"Sé justo", dice –explicó–; ahora puede leerla.
El explorador se agachó sobre el papel, que el oficial, temiendo que lo
tocara, alejó un poco; el explorador no dijo absolutamente nada, pero
era evidente que todavía no había conseguido leer una letra.
–"Sé justo", dice –repitió el oficial.
–Puede ser –dijo el explorador–, estoy dispuesto a creer que así es.
–Muy bien –dijo el oficial, por lo menos en parte satisfecho–, y trepó la
escalera con el papel en la mano; con gran cuidado lo colocó dentro del
Diseñador, y pareció cambiar toda la disposición de los engranajes; era
una labor muy difícil, seguramente había que manejar rueditas muy
diminutas; a menudo la cabeza del oficial desaparecía completamente
dentro del Diseñador, tanta exactitud requería el montaje de los engranajes.
Desde abajo, el explorador contemplaba incesantemente su labor, con
el cuello endurecido, y los ojos doloridos por el reflejo del sol sobre el
cielo. El soldado y el condenado estaban ahora muy ocupados. Con la
punta de la bayoneta, el soldado pescó del fondo del hoyo la camisa y
los pantalones del condenado. La camisa estaba espantosamente sucia,
y el condenado la lavó en el balde de agua. Cuando se puso la camisa y
los pantalones, tanto el soldado como el condenado se rieron estrepitosamente,
porque las ropas estaban rasgadas por detrás. Tal vez el condenado
se creía en la obligación de entretener al soldado, y con sus ropas
desgarradas giraba delante de él; el soldado se había puesto en cuclillas
y a causa de la risa se golpeaba las rodillas. Pero trataban de
contenerse, por respeto hacia los presentes.
Cuando el oficial terminó arriba con su trabajo, revisó nuevamente todos
los detalles de la maquinaria, sonriendo, pero esta vez cerró la tapa
del Diseñador, que hasta ahora había estado abierta; descendió, miró el
hoyo, luego al condenado, advirtió satisfecho que éste había recuperado
sus ropas, luego se dirigió al balde, para lavarse las manos, descubrió
demasiado tarde que estaba repugnantemente sucio, se entristeció
porque ya no podía lavarse las manos, finalmente las hundió en la arena
–este sustituto no le agradaba mucho, pero tuvo que conformarse –,
luego se puso de pie y comenzó a desabotonarse el uniforme. Se le cayeron
entonces en la mano dos pañuelos de mujer que tenía metidos
debajo del cuello.
–Aquí tienes tus pañuelos –dijo, y se los arrojó al condenado.
Y explicó al explorador:
–Regalo de las señoras.
A pesar de la evidente prisa con que se quitaba la chaqueta del uniforme,
para luego desvestirse, totalmente, trataba cada prenda de vestir
con sumo cuidado; acarició ligeramente con los dedos los adornos plateados
de su chaqueta, y colocó una borla en su lugar. Este cuidado parecía,
sin embargo, innecesario, porque apenas terminaba de acomodar
una prenda, inmediatamente con una especie de estremecimiento de
desagrado, la arrojaba dentro del hoyo. Lo último que le quedó fue su
espadín, y el cinturón que lo sostenía. Sacó el espadín de la vaina, lo
rompió, luego reunió todo, los trozos de espada, la vaina y el cinturón,
y lo arrojó con tanta violencia que los fragmentos resonaron al caer en
el fondo.
Ya estaba desnudo. El explorador se mordió los labios, y no dijo nada.
Sabía muy bien lo que iba a ocurrir, pero no tenía ningún derecho de
inmiscuirse. Si el procedimiento judicial, que tanto significaba para el
oficial, estaba realmente tan próximo a su desaparición –posiblemente
como consecuencia de la intervención del explorador, lo que para éste
era una ineludible obligación–, entonces, el oficial hacía lo que debía
hacer; en su lugar el explorador no habría procedido de otro modo.
Al principio, el soldado y el condenado no comprendían; para empezar,
ni siquiera miraban. El condenado estaba muy contento de haber recuperado
los pañuelos, pero esta alegría no le duró mucho porque el soldado
se los arrancó, con un ademán rápido e inesperado. Ahora el condenado
trataba de arrancarle a su vez los pañuelos al soldado; éste se
los había metido debajo del cinturón, y se mantenía alerta. Así luchaban,
medio en broma. Sólo cuando el oficial apareció completamente
desnudo, prestaron atención. Sobre todo el condenado pareció impresionado
por la idea de este asombroso trueque de la suerte. Lo que le
había sucedido a él, ahora le sucedía al oficial. Tal vez hasta el final.
Aparentemente, el explorador extranjero había dado la orden. Por lo
tanto, esto era la venganza. Sin haber sufrido hasta el fin, ahora sería
vengado hasta el fin. Una amplia y silenciosa sonrisa apareció entonces
en su rostro, y no desapareció más. Mientras tanto, el oficial se dirigió
hacia la máquina. Aunque ya había demostrado con largueza, que la
comprendía, era sin embargo casi alucinante ver cómo la manejaba, y
cómo ella le respondía. Apenas acercaba una mano a la Rastra, ésta se
levantaba y bajaba varias veces, hasta adoptar la posición correcta para
recibirlo; tocó apenas el borde de la Cama, y ésta comenzó inmediatamente
a vibrar; la mordaza de fieltro se aproximó a su boca; se veía
que el oficial hubiera preferido no ponérsela, pero su vacilación sólo duró
un instante, luego se sometió y aceptó la mordaza en la boca. Todo
estaba preparado, sólo las correas pendían a los costados, pero eran
evidentemente innecesarias, no hacía falta sujetar al oficial. Pero el
condenado advirtió las correas sueltas; como según su opinión la ejecución
era incompleta si no se sujetaban las correas, hizo un gesto ansioso
al soldado, y ambos se acercaron para atar al oficial. Este había extendido
ya un pie, para empujar la manivela que hacía funcionar el Diseñador;
pero vio que los dos se acercaban, y retiró el pie, dejándose
atar con las correas. Pero ahora ya no podía alcanzar la manivela; ni el
soldado ni –el condenado sabrían encontrarla, y el explorador estaba
decidido a no moverse. No hacía falta; apenas se cerraron las correas,
la máquina comenzó a funcionar; la Cama vibraba, las agujas bailaban
sobre la piel, la Rastra subía y bajaba. El explorador miró fijamente, durante
un rato; de pronto recordó que una rueda del Diseñador hubiera
debido chirriar; pero no se oía ningún ruido, ni siquiera el más leve
zumbido.
Trabajando casi silenciosamente, la máquina pasaba casi inadvertida. El
explorador miró hacia el soldado y el condenado. El condenado mostraba
más animación, todo en la máquina le interesaba, de pronto se agachaba,
de pronto se estiraba, y todo el tiempo mostraba algo al soldado
con el índice extendido. Para el explorador, esto era penoso. Estaba decidido
a permanecer allí hasta el final, pero la vista de esos dos hombres
le resultaba insoportable.
–Volved a casa –dijo.
El soldado estaba dispuesto a obedecerle, pero el condenado consideró
la orden como un castigo. Con las manos juntas imploró lastimeramente
que le permitieran quedarse, y como el explorador meneaba la cabeza,
y no quería ceder, terminó por arrodillarse. El explorador comprendió
que las órdenes eran inútiles, y decidió acercarse y sacarlos a empujones.
Pero oyó un ruido arriba, en el Diseñador. Alzó la mirada. ¿Finamente
habría decidido andar mal la famosa rueda? Pero era otra cosa.
Lentamente, la tapa del Diseñador se levantó, y de pronto se abrió
del todo. Los dientes de una rueda emergieron y subieron; pronto apareció
toda la rueda, como si alguna enorme fuerza en el interior del Diseñador
comprimiera las ruedas, de modo que ya no hubiera lugar para
ésta; la rueda se desplazó hasta el borde del Diseñador, cayó, rodó un
momento sobre el canto por la arena, y luego quedó inmóvil. Pero
pronto subió otra, y otras la siguieron, grandes, pequeñas, imperceptiblemente
diminutas; con todas ocurría lo mismo, siempre parecía que
el Diseñador ya debía de estar totalmente vacío, pero aparecía un nuevo
grupo, extraordinariamente numeroso, subía, caía, rodaba por la
arena y se detenía. Ante este fenómeno, el condenado olvidó por completo
la orden del explorador, las ruedas dentadas lo fascinaban, siempre
quería coger alguna, y al mismo tiempo pedía al soldado que lo
ayudara, pero siempre retiraba la mano con temor, porque en ese momento
caía otra rueda que por lo menos en el primer instante lo atemorizaba.
El explorador, en cambio, se sentía muy inquieto; la máquina estaba
evidentemente haciéndose trizas; su andar silencioso ya era una mera
ilusión. El extranjero tenía la sensación de que ahora debía ocuparse
del oficial, ya que el oficial no podía ocuparse más de sí mismo. Pero
mientras la caída de los engranajes absorbía toda su atención, se olvidó
del resto de la máquina; cuando cayó la última rueda del Diseñador, el
explorador se volvió hacia la Rastra, y recibió una nueva y más desagradable
sorpresa. La Rastra no escribía, sólo pinchaba, y la Cama no
hacía girar el cuerpo, sino que lo levantaba temblando hacia las agujas.
El explorador quiso hacer algo que pudiera detener el conjunto de la
máquina, porque esto no era la tortura que el oficial había buscado sino
una franca matanza. Extendió las manos. En ese momento la Rastra se
elevó hacia un costado con el cuerpo atravesado en ella, como solía
hacer después de la duodécima hora. La sangre corría por un centenar
de heridas, no ya mezclada con agua, porque también los canalículos
del agua se habían descompuesto. Y ahora falló también la última función;
el cuerpo no se desprendió de las largas agujas; manando sangre,
pendía sobre el hoyo de la sepultura, sin caer. La Rastra quiso volver
entonces a su anterior posición, pero como si ella misma advirtiera que
no se había librado todavía de su carga, permaneció suspendida sobre
el hoyo.
–Ayudadme –gritó el explorador al soldado y al condenado, y cogió los
pies del oficial.
Quería empujar los pies, mientras los otros dos sostenían del otro lado
la cabeza del oficial, para desengancharlo lentamente de las agujas. Pero
ninguno de los dos se decidía a acercarse; el condenado terminó por
alejarse; el explorador tuvo que ir a buscarlos y empujarlos a la fuerza
hasta la cabeza del oficial. En ese momento, casi contra su voluntad,
vio el rostro del cadáver. Era como había sido en vida; no se descubría
en él ninguna señal de la prometida redención; lo que todos hallaban, el
oficial no lo había hallado; tenía los labios apretados, los ojos abiertos,
con la misma expresión de siempre, la mirada tranquila y convencida; y
atravesada en medio de la frente la punta de la gran aguja de hierro.
Cuando el explorador llegó a las primeras casas de la colonia, seguido
por el condenado y el soldado, éste le mostró uno de los edificios y le
dijo:
–Esa es la confitería.
En la planta baja de una casa había un espacio profundo, de techo bajo,
cavernoso, de paredes y cielo raso ennegrecidos por el humo. Todo el
frente que daba a la calle estaba abierto. Aunque esta confitería no se
distinguía mucho de las demás casas de la colonia, todas en notable
mal estado de conservación (aun el palacio donde se alojaba el comandante),
no dejó de causar en el explorador una sensación como de evocación
histórica, al permitirle vislumbrar la grandeza de los tiempos
idos. Se acercó y entró, seguido por sus acompañantes, entre las mesitas
vacías, dispuestas en la calle frente al edificio, y respiró el aire fresco
y cargado que provenía del interior.
–El viejo está enterrado aquí –dijo el soldado–, porque el cura le negó
un lugar en el camposanto. Dudaron un tiempo dónde lo enterrarían, finalmente
lo enterraron aquí. El oficial no le contó a usted nada, seguramente,
porque ésta era, por supuesto, su mayor vergüenza. Hasta
trató varias veces de desenterrar al viejo, de noche, pero siempre lo
echaban.
–¿Dónde está la tumba? –preguntó el explorador, que no podía creer lo
que oía.
Inmediatamente, el soldado y el condenado le mostraron con la mano
dónde debía de encontrarse la tumba. Condujeron al explorador hasta
la pared; en torno de algunas mesitas estaban sentados varios clientes.
Aparentemente eran obreros del puerto, hombres fornidos, de barba
corta, negra y reluciente. Todos estaban sin chaqueta, tenían las camisas
rotas, era gente pobre y humilde. Cuando el explorador se acercó,
algunos se levantaron, se ubicaron junto a la pared, y lo miraron.
–Es un extranjero –murmuraban en torno de él–, quiere ver la tumba.
Corrieron hacia un lado una de las mesitas, debajo de la cual se encontraba
realmente la lápida de una sepultura. Era una lápida simple, bastante
baja, de modo que una mesa podía cubrirla. Mostraba una inscripción
de letras diminutas; para leerlas, el explorador tuvo que arrodillarse.
Decía así: "Aquí yace el antiguo comandante. Sus partidarios,
que ya deben de ser incontables, cavaron esta tumba y colocaron esta
lápida. Una profecía dice que después de determinado número de años
el comandante resurgirá, desde esta casa conducirá a sus partidarios
para reconquistar la colonia. ¡Creed y esperad!"
Cuando el explorador terminó de leer y se levantó, vio que los hombres
se reían, como si hubieran leído con él la inscripción, y ésta les hubiera
parecido risible, y esperaban que él compartiera esa opinión. El explorador
simuló no advertirlo, les repartió algunas monedas, esperó hasta
que volvieran a correr la mesita sobre la tumba, salió de la confitería y
se encaminó hacia el puerto.
El soldado y el condenado habían encontrado algunos conocidos en la
confitería, y se quedaron conversando. Pero pronto se desligaron de
ello, porque cuando el explorador se encontraba por la mitad de la larga
escalera que descendía hacia la orilla, lo alcanzaron corriendo. Probablemente
querían pedirle a último momento que los llevara consigo.
Mientras el explorador discutía abajo con un barquero el precio del
transporte hasta el vapor, se precipitaron ambos por la escalera, en silencio,
porque no se atrevían a gritar. Pero cuando llegaron abajo, el
explorador ya estaba en el bote, y el barquero acababa de desatarlo de
la costa. Todavía podían saltar dentro del bote, pero el explorador alzó
del fondo del barco una pesada soga anudada, los amenazó con ella y
evitó que saltaran.
EL MAESTRO DE PUEBLO (EL TOPO GIGANTE)
(1914)
Las gentes a las que yo pertenezco, las que incluso encuentran repulsivo
un topo corriente, hubieran muerto con seguridad de repugnancia si
hubieran visto el gigantesco topo que hace algunos años fue visto en
las cercanías de un pequeño pueblo, que adquirió pronto efímera fama.
Pero ciertamente hace ya tiempo que ha vuelto a caer en el olvido y
con ello se ve la falla de todo el suceso, que quedó completamente inexplicado,
ya que no se hizo ningún esfuerzo serio para aclararlo; y que
a consecuencia de un incomprensible descuido de aquellos círculos que
se tenían que haber ocupado y que efectivamente se preocupan de cosas
de menor importancia, quedó olvidada, sin un examen más minucioso.
El hecho de que el pueblo se encuentre lejos del tren no puede
servir en ningún caso como disculpa.
Muchas personas venían de lejos por curiosidad, incluso del extranjero;
sólo no vinieron aquellos que debían mostrar algo más que curiosidad.
En efecto, si las personas sencillas no se hubieran ocupado desinteresadamente
de este asunto, personas a las que su trabajo diario apenas
les concedía un minuto de respiro, el rumor de la aparición apenas si
hubiera traspasado la región. Hay que admitir que incluso el rumor, que
apenas si se puede mantener, era demasiado insistente; si no se lo
hubiera empujado formalmente, no se hubiera extendido. Pero esto
tampoco era motivo para no ocuparse del asunto; por el contrario,
también la aparición tenía que haber sido investigada. En su lugar se
dejó el único estudio escrito del caso al viejo maestro de pueblo que, si
bien era un extraordinario hombre en su profesión, ni sus aptitudes ni
su instrucción le permitían entregarse a una profunda y valorable descripción,
ni mucho menos a una explicación. El pequeño escrito fue impreso
y muy bien vendido a los que entonces visitaban el pueblo, encontró
incluso una cierta acogida; pero el maestro era lo suficientemente
listo como para darse cuenta de que sus esfuerzos, aislados y sin
apoyo, en el fondo carecían de valor. Mas no cesó en ellos y convirtió el
hecho, que a pesar de su naturaleza era cada vez más y más desesperado,
en el trabajo de su vida; esto demuestra, por una parte, la gran
influencia que podía causar la aparición, y por otra parte, el tesón y la
persuasión que se pueden encontrar en un viejo y olvidado maestro de
pueblo. Pero que había sufrido mucho ante la indiferencia de las personalidades
competentes, lo prueba un pequeño apéndice que hizo añadir
a su escrito, si bien algunos años después, o sea, en una época en la
que ya casi nadie se acordaba del asunto. En este apéndice se lamenta
–convincentemente, tal vez por su sinceridad más que por su habilidad–
de la falta de comprensión que ha encontrado en la gente, sobre todo
en aquella que era menos de esperar. De estas personas dicte acertadamente:
"Ellos hablan como viejos maestros de pueblo, no yo."
Comenta, entre otras cosas, la opinión de un experto al que acudió con
su asunto. El nombre del experto no aparece, pero a través de ciertos
detalles se puede adivinar de quién se trataba. Después de vencer
grandes dificultades para llegar a ser recibido por el experto, al que ya
se había anunciado con semanas de anticipación, notó ya en los saludos
que éste se había formado una inamovible opinión en relación al asunto.
La preocupación con la que escuchó el largo informe del maestro, al
que devolvió el escrito, se aprecia en la observación que hizo tras una
aparente reflexión:
–La tierra es en su comarca especialmente pesada y negra. Así da a los
topos una alimentación especialmente sustanciosa y se hacen extraordinariamente
grandes.
–Pero no tan grandes –gritó el maestro y midió, exagerando un poco en
su ira, dos metros en la pared.
–Sin embargo, sí –contestó el experto, al que por lo visto todo el asunto
le parecía muy divertido.
Con esta respuesta regresó el maestro a su casa. Cuenta cómo, por la
noche, nevando, le esperaban en la carretera su mujer y sus seis hijos
y cómo les tuvo que informar del definitivo fracaso de sus esperanzas.
Cuando leí lo relativo al comportamiento del experto con el maestro, no
conocía aún el escrito principal de este último. Pero me decidí inmediatamente
a coleccionar y recopilar yo mismo todo lo que pudiera conocer
sobre el caso. Puesto que yo no podía vérmelas con el experto, mi escrito
debía defender por lo menos al maestro, mejor dicho, no tanto al
maestro como la buena intención de un honrado pero poco influyente
hombre. Confieso que me arrepentí más tarde de esta decisión, pues
pronto noté que su exposición me iba a colocar en una situación curiosa.
Por una parte mi influencia distaba mucho de ser suficiente como
para cambiar la opinión del experto o incluso la del público a favor del
maestro; por otra parte, el maestro debía notar que a mí me importaba
menos su intención principal –probar la aparición del enorme topo– que
la defensa de su hombría de bien, que a él le parecía por supuesto fuera
de toda defensa. Así, pues, podía ocurrir que yo, que quería apoyar
al maestro, no encontrase en él ninguna comprensión, y que seguramente,
en lugar de su ayuda, necesitase para mí otra nueva ayuda, de
aparición poco probable. Además, mi decisión me echaba encima un
gran trabajo.
Si yo quería convencer, no debía remitirme al maestro, que a su vez no
había podido convencer. El conocimiento de su escrito sólo me hubiera
confundido, por lo que evité leerlo antes de la conclusión de mi propio
trabajo. Ciertamente él se enteró por terceras personas de mis indagaciones,
pero no sabía si trabajaba en su mismo sentido o contra él. Sí,
incluso imaginó lo último, aunque más tarde lo negara, pues puedo
probar que me colocó distintos obstáculos en el camino. Eso le resultaba
muy fácil, puesto que yo estaba obligado a examinar de nuevo las
investigaciones que él ya había efectuado, por lo que siempre se me
anticipaba. Este era, sin embargo, el único reproche que se le podía
hacer con justicia a mi método, un reproche por cierto inevitable, pero
muy contrarrestado por el cuidado y abnegación de mis conclusiones finales.
Aparte de esto, mi escrito estaba libre de toda influencia del
maestro; tal vez observara en este punto una exagerada meticulosidad;
parecía como si nadie hubiera estudiado el caso hasta ahora, como si
yo fuera el primero que interrogaba a los testigos, el primero que orde–
naba los datos, el primero que deducía consecuencias. Al leer más tarde
el escrito del maestro –tenía un título muy ceremonioso: "Un topo, tan
grande como nadie lo ha visto jamás" –encontré que no coincidíamos
en los puntos esenciales, si bien ambos creíamos haber demostrado el
problema esencial, la existencia del topo. De todas maneras aquellas
diferencias de opinión impidieron el nacimiento de una relación amistosa,
que en realidad yo había esperado a pesar de todo. Incluso empezó
a desarrollarse por su parte una cierta enemistad. Si bien siempre se
comportó conmigo humilde y razonablemente, su verdadero estado de
ánimo se le notaba claramente. Opinaba que yo lo había dañado la causa
del topo, y que si creía haberlo ayudado o podido ayudar era, en el
mejor de los casos, un ingenuo, y más seguramente, un presumido o
un falso. Sobre todo señaló repetidas veces que todos los enemigos que
hasta entonces había tenido, no habían demostrado su enemistad o sólo
lo habían hecho a solas o verbalmente, mientras que yo había considerado
necesario hacer imprimir de inmediato todas mis proposiciones.
Además, los pocos enemigos que, si bien superficialmente, se habían
ocupado del asunto, habían escuchado su opinión, la opinión que aquí
marcaba la pauta, la suya, antes de expresar otra propia. Yo en cambio
había obtenido resultados de unos datos desordenadamente sistematizados
y en parte mal comprendidos. Estos resultados, a pesar de ser
correctos en lo esencial, tanto para el público como para los catedráticos.
El más leve destello de incredulidad sería, sin embargo, lo peor que
podía ocurrir.
Yo podía haber contestado fácilmente a estos reproches enmascarados
–por ejemplo, su escrito representaba el colmo de lo inverosímil–, pero
más difícil era luchar contra sus restantes sospechas, y este fue el motivo
por el que en general me mantuve alejado de él. Él secretamente
creía que yo le había querido quitar la fama de haber sido el primer defensor
público del topo.
Mas no existía mérito alguno en su persona, sino cierta ridiculez que,
sin embargo, se reducía a un círculo cada vez más pequeño y al cual yo
con toda certeza no quería aspirar. Pero además yo había explicado claramente,
en la introducción a mi escrito, que el maestro debía considerar
siempre como descubridor del topo –ni siquiera era el descubridor
del topo– y que sólo una participación en su desgracia me había forzado
a la redacción de la investigación. "El fin de este libro es" –terminé
así, casi patéticamente, pero de acuerdo con mi excitación de entonces–
"contribuir a la merecida difusión del escrito del maestro. Si se
consigue esto, mi nombre debe ser inmediatamente borrado de este
asunto, en el que sólo aparece nombrado de pasada y superficialmente."
Así pues, rechacé cualquier participación mayor en el
asunto; parecía que de alguna manera no hubiera previsto el increíble
reproche del maestro. Pero justo en este punto él encontró asidero en
mi contra, y no niego que había un cierto derecho en lo que decía o
más que nada apuntaba: como me ocurrió no pocas veces, en algunos
aspectos demostraba conmigo más agudeza que en su escrito, pues
afirmaba que mi introducción tenía un doble sentido. Si lo que de verdad
me importaba era difundir su escrito, ¿porqué no me ocupaba exclusivamente
de él y de su escrito?, ¿por qué no mostraba sus méritos,
su irrefutabilidad?, ¿por qué no profundizaba más, abandonando completamente
el escrito, del propio descubrimiento?. ¿Es que acaso no
había sido ya hecho éste? ¿Quedaba acaso algo por hacer en este aspecto?
Pero si yo creía realmente en la necesidad de efectuar de nuevo
el descubrimiento, ¿por qué me desdecía tan alegremente de éste en la
introducción? Podía ser una fingida modestia, pero era algo más enojoso:
yo desvalorizaba el descubrimiento, le concedía atención sólo para
desvalorizarlo; lo había investigado y lo dejaba a un lado. Tal vez ya se
hubiera silenciado un poco el asunto; pero yo volví a revolverlo, con lo
que, sin embargo, coloqué al maestro en una posición más difícil que
nunca. ¡Lo que significaba para el maestro la defensa de su rectitud!
Era esta cuestión y sólo ésta la que importaba.
Pero yo lo había traicionado, porque no lo comprendía, porque no lo valoraba
correctamente, porque no tenía ningún talento para ello. Escapaba
con mucho a mi comprensión. Estaba sentado delante mío y me
miraba tranquilamente con su vieja y arrugada cara y, sin embargo, ésta
era sólo su opinión. No era exacto que le importara solamente el
asunto en sí; era incluso bastante ambicioso y quería ganar dinero, que
era muy comprensible a la vista de su numerosa familia. A pesar de todo
mi interés en un asunto tan pequeño le parecía en comparación tan
reducida que se creía autorizado a presentarse como modelo de desinterés
sin mentir demasiado. Y efectivamente, no me sirvió ni una sola
vez para mi satisfacción interior, que me dijera que en el fondo de los
reproches del hombre se debían a que en cierto sentido, él sujetaba su
topo con las dos manos y llamaba traidor a todo aquel que tan sólo
quería acercarle un dedo. Su comportamiento, no era por avaricia, por
lo menos no se podía explicar sólo por este motivo; más bien había una
irritación provocada por su gran esfuerzo y total falta de éxito.
Pero la irritación tampoco lo explicaba todo. Tal vez mi interés en el
asunto fuera realmente demasiado pequeño. Ya era algo común para el
profesor la falta de interés de los extraños; sufrían por él en general,
pero no en lo particular. Pero cuando al fin se había encontrado con uno
que se ocupaba del asunto en forma extraordinaria, incluso éste no lo
comprendía. Una vez empujado en esta dirección, no quise mentir. No
soy zoólogo; tal vez me hubiese apasionado por este caso hasta el fondo
de mi corazón si lo hubiera descubierto yo, pero no había sido así.
Ciertamente que un topo tan grande es algo notable, pero no puede
exigir la atención permanente del mundo, especialmente cuando la
existencia del topo no está completa y satisfactoriamente demostrada y
cuando sobre todo éste no puede ser exhibido. Y también reconocí que,
aunque hubiera sido yo el descubridor del topo, nunca me hubiera ocupado
de él lo que me ocupo del profesor, a gusto y voluntariamente.
Seguramente hubiera desaparecido pronto la discrepancia entre el
maestro y yo si mi escrito hubiera tenido éxito. Pero incluso este éxito
se hizo desear.
A lo mejor el escrito no era bueno, no había sido escrito convincentemente;
yo soy comerciante, la redacción de semejante escrito sobrepasa
posiblemente el círculo que me ha sido impuesto, en este caso el
maestro, a pesar de que yo lo superaba en todos los conocimientos necesarios.
También contribuyó al fracaso la quizás inapropiada fecha de
aparición.
El descubrimiento del topo, que no había podido abrirse paso, era, por
una parte, no tan lejano como para haberlo olvidado por completo, de
modo que escrito hubiera podido resultar una sorpresa; pero por otra
parte, había pasado ya el tiempo suficiente como para agotar casi totalmente
el reducido interés que despertó en su día. Aquellos que se interesaban
siquiera un poco por mi escrito se decían con un cierto desconsuelo,
que ya hace años había ocurrido una discusión, y que de
nuevo volvían a empezar los esfuerzos inútiles por probar este asunto
anodido; algunos incluso confundían mi escrito con el del profesor.
En una importante revista agrícola apareció la siguiente observación,
por suerte en las hojas finales y en letra pequeña: "Se nos ha vuelto a
enviar el escrito sobre el topo gigante. Nos acordamos de habernos reído
de él de todo corazón hace algunos años. Desde entonces, este escrito
no se ha vuelto mas inteligente y nosotros no nos hemos vuelto
más tontos. La segunda vez no podemos tan sólo reírnos. Por eso nos
parece oportuno preguntar a las asociaciones de maestros si un maestro
de pueblo no puede encontrar un trabajo más últil que el de ir persiguiendo
topos gigantes."
¡Una equivocación imperdonable! No habían leído ni el primer ni el segundo
escrito y las dos miserables palabras –topo gigante y maestro de
pueblo– que habían cogido apresuradamente, bastaban a los señores
para colocarse en escena como defensores de intereses reconocidos.
Contra todo esto se podría haber hecho algo con éxito, pero el deficiente
entendimiento con el maestro me hizo desistir de ello. Al revés, intenté
mantenerle oculta la revista tanto tiempo como fue posible. Pero
la descubrió muy pronto, lo noté por una observación en una carta en la
que me comunicaba su visita para las fiestas de Navidad. Escribió: "El
mundo es malo, cosa que a veces se le facilita", con lo que quería indicar
que yo pertenezco al mundo malo, pero que no basta con la maldad
residente en mí, sino que además facilito al mundo, es decir, actúo, para
sacar a relucir la maldad general y para ayudarla a triunfar. Bueno,
yo ya había sacado las conclusiones necesarias; pude esperarlo tranquilamente
y pensar con calma, mientras él me saludaba con menos
amabilidad que otras veces, se sentaba frente a mí sin hablar, sacaba
con cuidado la revista del bolsillo interior de su gabán curiosamente
acolchonado y empujaba la revista en mi dirección.
–La conozco –dije yo y empujé de nuevo la revista hacia él sin mirarla.
–Usted la conoce –dijo suspirando, pues tenía la vieja costumbre de
maestro de repetir respuestas de otros–. Naturalmente, no voy a aceptar
el asunto sin defenderme –prosiguió, golpeó excitado la revista con
el dedo mientras me observaba con una mirada penetrante, como si yo
fuera de la opinión contraria.
Tenía ciertamente una idea de lo que yo iba a decir: pero creí notar, no
tanto en sus palabras como en otros indicios, que a menudo tenía una
comprensión muy correcta de mis intenciones; pero no cedía en sus
ideas y se dejaba apartar del asunto. Esto, se lo dije en aquella ocasión,
puedo repetirlo casi al pie de la letra, pues lo anoté poco después de la
conversación.
–Haga lo que quiera –dije yo–; a partir de hoy nuestros caminos se separan.
Creo que no resulta para usted ni inesperado ni inoportuno. La
noticia de la revista no es la causa de mi decisión, ha contribuido a
afirmarla; el auténtico motivo es que al principio creía poder ayudarlo
con mi informe, mientras que ahora puedo ver que en todo sentido lo
he perjudicado. Por qué ha ocurrido así, no lo sé; los motivos para el
éxito y el fracaso son siempre ambiguos; no busque sólo aquellas interpretaciones
que hablen en mi contra. Pienso en usted; también usted
tenía las mejores intenciones y, sin embargo, fracasó, si observamos
todo en conjunto. No bromeo cuando digo, pues va en contra mía, que
su relación conmigo cuenta dentro de sus fracasos. El que yo me retire
ahora del asunto no es ni cobardía ni traición. Incluso lo hago no sin
cierto esfuerzo; lo que yo aprecio de su persona esta ya en mi escrito;
en cierto sentido, usted se ha convertido en mi maestro, e incluso el
topo se me hizo querido. Sin embargo, me aparto; usted es el descubridor
y a pesar de todo lo que yo haga siempre impido la llegada de la
posible fama, y en cambio atraigo el fracaso y lo conduzco hacia usted.
Por lo menos esta es su opinión. Basta de esto. La única penitencia que
puedo aceptar es pedirle perdón y si así me lo exige, repetir públicamente
la confesión que aquí he hecho, por ejemplo, en esta revista.
Estas fueron entonces mis palabras; no eran del todo sinceras, pero la
sinceridad era fácilmente deducible de ellas. Mi explicación obró en él
como aproximadamente había esperado. La mayoría de las personas
mayores tienen para los jóvenes algo que confunde, algo que niega su
naturaleza; se vive tranquilamente a su lado, se cree asegurada la relación,
se conocen las opiniones dominantes, se recibe continuamente
una confirmación de la paz, se considera todo como lógico y de repente,
cuando ocurre algo decisivo y cuando debiera actuar la tranquilidad
tanto tiempo preparada, estas personas mayores parecen extraños, tienen
opiniones más profundas y más fuertes; es ahora cuando despliegan
formalmente su bandera sobre la que se lee su nuevo lema con
horror. Este horror es sobre todo porque lo que dicen ahora es
realmente mucho más autorizado, más lleno de sentido, como si lo
lógico fuera mucho más lógico. Pero lo que inevitablemente niega todo
es que lo que dicen ahora lo han dicho siempre, en el fondo y, sin
lo que dicen ahora lo han dicho siempre, en el fondo y, sin embargo,
normalmente nunca se podría haber supuesto. Tenía que haber calado
hondo en este maestro del pueblo para que ahora no me sorprendiera
por completo.
–Niño –dijo, puso su mano en la mía y la frotó amistosamente–. ¿Cómo
se le ocurrió siquiera meterse en este asunto? En cuanto lo oí por
primera vez, se lo comenté a mi mujer. –Se apartó de la mesa, extendió
los brazos y observó el suelo, como si abajo estuviera, diminuta, su
mujer y hablara con ella.– Tantos años le dije, luchando solos, y ahora
parece interceder por nosotros un gran protector, un profesor de la ciudad
de nombre tal y tal. ¿No debiéramos alegrarnos? Un profesor en la
ciudad significa no poco; si un labrador andrajoso nos cree y así lo manifiesta
no nos puede ayudar, pues lo que hace un labrador, nunca tiene
valor, da igual que diga: el viejo maestro tiene razón; o que escupa
de manera inconveniente; su efecto es el mismo. Y si se levantan diez
mil labradores en vez de uno, tal vez el efecto sea incluso peor. En
cambio, un profesor en la ciudad es algo distinto, un hombre así tiene
enlaces; incluso aquello que dice de pasada se comenta en amplios sectores,
nuevos proyectos se unen al asunto, uno dice, por ejemplo: también
se puede aprender algo de los maestros de pueblo, y al día siguiente
ya lo comenta una multitud de personas, inesperadas de acuerdo
con su forma dé ser. Ahora se encuentran fondos para el asunto,
una colecta, y los demás le dan el dinero en la mano; se opina que el
maestro de pueblo ha de ser sacado del pueblo; vienen y no se ocupan
de su aspecto, se lo coloca en el centro, también a su mujer e hijos que
se cuelgan de él. Ha observado alguna vez a la gente de la ciudad: gorgojean
ininterrumpidamente. Si hay unos cuantos de ellos juntos, el
gorgojeo va de izquierda a derecha y vuelve de nuevo y baja y sube. Y
así, gorgojeando, hablan de nosotros en el coche, apenas si uno tiene
tiempo de saludar a todos.
El señor sobre el pescante se ajusta sus gafas, blande el látigo y marchamos.
Todos hacen señas de despedida hacia el pueblo, como si todavía
estuviéramos allí en vez de estar sentados entre ellos. De la ciudad
nos salen al encuentro algunos coches con los especialmente impacientes.
Según nos vamos acercando se levantan de sus asientos y se
estiran para vernos. El que ha reunido el dinero lo ordena todo y exhorta
al silencio. Ya es una gran hilera de coches cuando entramos en la
ciudad. Hemos pensado que el saludo ya se ha terminado, pero es delante
de la posada donde comienza de verdad. En la ciudad muchas
personas se congregan inmediatamente a una llamada. Por aquello que
preocupa a uno también preocupa al otro enseguida. Se quitan unos a
otros sus opiniones y se las apropian. No todas las personas que pueden
ir en el coche esperan delante de la posada; sin embargo, otros
podrían viajar, pero no lo hacen por convencimiento propio. También
éstos esperan. Es increíble como se está atento a todo el que ha acumulado
dinero.
Lo había escuchado en silencio; sí, durante su charla me he quedado
cada vez más en silencio. Sobre la mesa había amontonado todos los
ejemplares que aún tenía de mi escrito. Faltaban sólo unos pocos, pues
en los últimos tiempos había ido solicitando por escrito que se me devolvieran
y había recibido ya la mayoría. Por cierto que de muchas partes
me habían escrito con mucha cortesía que no se acordaban de
haber recibido un escrito semejante y que, en el caso de haberlo recibido,
se había perdido lamentablemente. Aun así no importaba, en el
fondo yo no quería otra cosa. Sólo uno pidió poderse quedar con el escrito
como curiosidad, y se comprometía, de acuerdo con el sentido de
mi carta, a no enseñarlo a nadie durante los próximos veinte años. Todas
estas cartas todavía no las había visto el maestro. Me alegré de que
sus palabras me hicieran tan fácil el enseñárselas. Pero si no, también
podía hacerlo sin preocupación, porque había actuado muy cautelosamente
en la redacción y nunca había descuidado el interés del maestro
y de su asunto. Las frases principales de las cartas decían así: "No pido
la devolución del escrito porque haya podido retractarme de las opiniones
en él representadas o porque individualmente pudiera contemplarlas
como erróneas o indemostrables. Mi petición tiene sólo motivos personales,
si bien muy imperiosos; en cuanto a mi posición sobre el asunto
del topo no me retracto en lo más mínimo. Pido que se preste especial
consideración a esto, y si se quiere, que también se propague."
De momento tenía esta comunicación todavía oculta en mis manos
y dije:
–¿Quiere hacerme reproches porque no haya ocurrido así? ¿Por qué
quiere hacer esto? No amarguemos la despedida. Y trate de aceptar por
fin que si bien ha hecho usted un descubrimiento, éste no ha invalidado
a otros y que, por tanto, la injusticia que se le hace no es importante.
No conozco los estatutos de la sociedad de ciencias, pero no creo que ni
aún en el mejor de los casos se le hubiera preparado un recibimiento
siquiera parecido a aquel que tal vez le haya descrito a su pobre mujer.
Si yo mismo esperaba algo del efecto del escrito, pensé que tal vez algún
profesor podría : interesarse en nuestro caso, que podría encargar
a algún estudiante seguir el asunto, que ese estudiante se dirigiría a usted
con seriedad y volvería a examinar de nuevo sus investigaciones y
las mías, y que finalmente, en el caso de que el resultado le pareciera
digno de mención –aquí hay que afirmar que todos los estudiantes jóvenes
están llenos de dudas–, publicaría su propio escrito en el que justificaría
científicamente el que usted ha escrito. Pero incluso en el caso
de que esta esperanza se hubiere realizado, todavía no se habría logrado
mucho. El escrito del estudiante que hubiera definido un caso tan
extraño posiblemente hubiera sido ridiculizado. Ya ve usted con el
ejemplo de la revista agrícola lo fácil que es, y en este aspecto las revistas
científicas son aún más desconsideradas. Y es comprensible, los
profesores tienen mucha responsabilidad ante ellos mismos, ante la
ciencia, ante la posteridad; no pueden engreírse con todo nuevo descubrimiento.
Nosotros, en cambio, les aventajamos en todo sentido. Pero
voy a prescindir de esto y voy a considerar ahora que el escrito del estudiante
tuviese aceptación. ¿Qué hubiera ocurrido entonces? Vuestro
nombre habría sido honrado algunas veces, posiblemente lo favorecería
en su profesión; dirían: "Nuestros maestros de pueblo tienen los
ojos abiertos", y esta revista tendría, si las revistas tuviesen memoria
y conciencia, que pedirle perdón públicamente; también se habría encontrado
algún profesor bien intencionado que le concediera una beca;
también es realmente posible que se hubiera intentado llevarlo a la ciudad,
encontrarle un puesto en una escuela primaria de aquí y darle así
la oportunidad de aprovechar los medios científicos que ofrece la ciudad
para continuar la investigación. Pero si he de ser sincero, he de decir
que tan sólo se habría intentado. Se lo habría llamado y usted habría
venido como uno más, solicitando un empleo al igual que cientos, sin
ningún recibimiento triunfal; se habría hablado con usted, se habría
aceptado vuestra sincera aspiración, pero habrían visto al mismo tiempo
que es un hombre mayor, que comenzar a esta edad un estudio
científico es inútil y que sobre todo se ha realizado el descubrimiento
más por casualidad que por trabajo de investigación y que aparte de
este caso único no piensa trabajar más. Así, pues, por estos motivos os
habrían dejado en el pueblo. Sin embargo, continuarían con el descubrimiento,
pues no es tan insignificante como para que una vez reconocido
sea olvidado. Pero usted ya no tendría muchas noticias de éste, y
las que tuviese le resultarían casi incomprensibles. Todo descubrimiento
es inmediatamente introducido en la totalidad de la Ciencia, con lo
que en cierto sentido deja de ser descubrimiento; se expande y desaparece;
entonces hay que tener una visión muy acostumbrada científicamente
como para reconocerlo. En seguida queda enlazado de cuya
existencia ni siquiera a principios teníamos noticias, y en la discusión
científica se lleva estos principios hasta las nubes. ¿Cómo poder comprenderlo
nosotros? Si escuchamos una discusión especializada, creíamos,
por ejemplo, que se trata del descubrimiento, pero ya se trata de
otras cosas completamente distintas; y la próxima vez creemos que se
trata de otra cosa, no del descubrimiento, pero sí se trata de éste.
¿Lo comprende? Usted se habría quedado en el pueblo, podría haber
alimentado y vestido un poco mejor a su familia con el dinero recibido,
pero el descubrimiento le habría sido quitado sin que pudiese oponerse
esgrimiendo algún derecho, pues no es sino en la ciudad donde éste
cobró su valor real. E incluso no habrían sido desagradecidos con usted;
a lo mejor se construiría en el lugar del descubrimiento un pequeño
museo, que se convertiría en la atracción más interesante del pueblo;
usted habría sido el encargado de las llaves y para no dejarlo sin ningún
signo exterior de honor, se le habría dado una pequeña medalla para
llevarla en el pecho, como acostumbran a llevar los empleados de los
museos científicos. Todo esto habría sido posible, pero ¿es esto lo que
usted quería?
Sin intentar una respuesta, objetó acertadamente:
–¿Así que era esto lo que buscaba conseguir para mí?
–Tal vez –dije yo; –entonces no actué tan reflexivamente, como para
poder contestar ahora con exactitud. Quise ayudarlo, pero me ha salido
mal y es incluso lo peor que jamás haya hecho. Por eso quiero retirarme
ahora y hacerlo como si nada hubiera pasado, en la medida de mis
fuerzas.
–Está bien –dijo el maestro, sacó su pipa y empezó a llenarla con el
tabaco que llevaba suelto en todos los bolsillos–, se ha ocupado voluntariamente
del desgraciado asunto y ahora se retira también voluntariamente.
¡Todo está muy bien!
–No soy terco –dije–. ¿Encuentra algo que oponer a mi proposición?
–No, absolutamente nada –dijo el maestro y su pipa ya humeaba. No
aguantaba el olor de su tabaco, por lo que me levanté y comencé a pasear
por la habitación. Estaba acostumbrado por otras conversaciones a
que el maestro fuera muy callado conmigo, pero que, sin embargo, una
vez llegado, ya no quisiera moverse de mi habitación. Me había extrañado
ya más de una vez; quiere algo más de mí, había pensado entonces
y le había ofrecido dinero, que él indefectiblemente aceptaba. Pero
irse, sólo se iba cuando le apetecía. Generalmente para entonces ya se
había fumado la pipa, se movía alrededor del sofá, que acercaba respetuosa
y ordenadamente a la mesa, cogía su bastón de nudos de la esquina,
me apretaba fervientemente la mano y se iba. Pero hoy su actitud
de permanecer sentado en silencio me resultaba ni más ni menos
que molesta. Cuando se le ofrece a alguien !a despedida definitiva, como
yo lo había hecho, y cuando a otro lo califica de muy acertado, se
termina en común y lo más pronto posible todo lo que quede por solucionar
y no se importuna al otro, sin objeto alguno, con la muda presencia.
Cuando se veía desde atrás al pequeño y tenaz viejo, sentado a
mi mesa, se podría pensar que ya nunca más sería posible sacarlo de la
habitación.
BLUMFELD, UN SOLTERÓN
(1915)
Blumfeld, un solterón, subía una noche a su aposento, lo cual era una
tarea fatigosa, pues vivía en el sexto piso. Mientras subía pensaba,
como con frecuencia lo había hecho en sus últimos días, que aquella
vida absurdamente solitaria resultaba muy molesta, que tenía que subir
aquellos seis pisos con íntimo convencimiento para llegar hasta arriba,
a su cuarto vacío; allí otra vez con íntimo convencimiento, ponerse la
bata, encender la pipa, leer alguna cosa en la revista francesa a la que
estaba suscrito desde años atrás, al tiempo de saborear un licor de
cerezas preparado por él mismo, para finalmente, al cabo de una media
hora, irse a la cama, no sin antes haber tenido que tender íntegramente
el lecho, que la criada, rebelde a toda indicación, disponía siempre de
acuerdo con su humor. Cualquier acompañante, cualquier espectador
para aquellos menesteres hubiese sido bienvenido a los ojos de
Blumfeld. Había reflexionado ya sobre la utilidad de procurarse un
perrito. Ese animal es alegre y, ante todo, agradecido y fiel; un colega
de Blumfeld tiene uno así, que no se apega a nadie, excepción hecha de
su amo, y cuando no le ha visto durante algún tiempo, lo recibe con
fuertes ladridos, con lo que evidentemente quiere expresar su alegría
por haber encontrando nuevamente al extraordinario benefactor que es
su señor. Sin embargo, un perro tiene sus desventajas, y aun cuando
sea tenido en el mayor grado de limpieza, ensucia la habitación. Esto es
imposible de evitar, no se lo puede bañar con agua caliente cada vez
que se lo hace entrar, lo que, por otra parte, atenta contra su salud.
Pero Blumfeld no tolera suciedad en su aposento, la limpieza de su
habitación es algo indispensable para él y varias veces por semana
sostiene disputas sobre este punto, con la, por desgracia, no muy
cuidadosa sirvienta.
Como ella es dura de oído, por lo general la arrastra de un brazo hasta
aquellos sitios de la habitación en los que hay algo de polvo. Gracias a
esta severidad ha obtenido que el orden en la habitación responda en
algo a sus deseos. Con la introducción de un perro, él mismo
implantaría en su cuarto la suciedad hasta ahora combatida con tanto
celo. Las pulgas, eternas compañeras del perro, harían su aparición.
Pero si hubieran pulgas allí, tampoco estaría lejos el momento en que
Blumfeld dejaría al perro su confortable cuarto para buscar otra
habitación. La falta de limpieza era, empero, sólo una de las muchas
desventajas de los perros: enferman y sus enfermedades no las
entiende, en verdad, nadie. El animal se hace un ovillo en un rincón, o
anda renqueando, gime, tose, se sofoca de dolor, se lo envuelve en una
manta, se le silba alguna cosa, se le arrima un poco de leche, en una
palabra, se lo cuida con la esperanza de que sea un mal pasajero; en
tanto puede ser una enfermedad seria, repugnante y contagiosa. Y aun
cuando goce de buena salud, algún día tiene que ponerse viejo, no se
ha llegado a tomar la decisión de deshacerse oportunamente del animal
y llega entonces el tiempo en que la propia edad lo contempla a uno a
través de los ojos lacrimosos del perro. Entonces hay que torturarse por
ese animal semiciego, de pulmones precarios y tan cargado de grasa
que apenas puede moverse, con lo que se pagan caras las alegrías que
otrora proporciona. Por mucho que le gustaría ahora tener un perro,
Blumfeld prefiere seguir subiendo solo la escalera treinta años más, en
vez de ser molestado después por un perro que, resoplando más
fuertemente aún que él mismo, subiera a su lado arrastrándose por los
escalones.
Habrá de quedarse, pues, solo, careciendo de los antojos de una vieja
solterona que quiere tener a su lado a algún ser viviente subordinado a
ella, al que poder proteger, con el que poder ser cariñosa, al cual poder
seguir sirviendo siempre, para cuya finalidad bastan un gato, un
canario y aun peces de colores. Y si esto no puede ser, se contenta
hasta con tener flores en la ventana. Blumfeld, en cambio, sólo quiere
tener un acompañante, un animal del cual no tenga que ocuparse
demasiado, al que un puntapié ocasional no le haga daño, que en caso
de necesidad pueda pernoctar en la calle, pero que, cuando Blumfeld lo
llame, se ponga en seguida a su disposición ladrando, saltando y
lamiéndole las manos. Algo así quiere Blumfeld, pero como, según
advierte, no puede obtenerlo sin problemas excesivos, desiste
volviendo empero, de acuerdo con su naturaleza y de tiempo en
tiempo, como por ejemplo esa noche, a los mismos pensamientos.
Una vez arriba, ante la puerta de su cuarto, saca la llave del bolsillo y le
llama la atención un rumor que procede de su habitación. Un rumor
peculiar, como un tableteo, pero muy vivaz y regular. Como Blumfeld
estaba pensando en perros, aquello le recuerda el rumor de patas que
golpean alternadamente en el suelo. Pero las patas no producen un
tableteo, aquello no son patas. Abre con rapidez la puerta y enciende la
luz. No estaba preparado para lo que ven sus ojos. Aquello es brujería,
dos pelotillas de celuloide, pequeñas, blancas y de rayas azules, saltan
sobre el suelo una junto a otra, de tal manera que cuando una da en el
suelo se levanta la otra, e incansablemente prosiguen su juego. Una
vez, en el gimnasium, Blumfeld, en un conocido experimento de
electricidad, vio saltar en forma parecida una bolitas pequeñas; éstas,
en cambio, son, proporcionalmente, pelotas grandes, saltan libremente
por el cuarto y no se está realizando ningún experimento de
electricidad. Se inclina hacia ellas para observarlas mejor. Se trata, sin
duda, de pelotas comunes, que contienen con seguridad otras pelotas
menores en su interior que producen un ruido de tableteo. Hace
ademán de asir algo en el aire, para comprobar si no cuelgan de algún
hilo, pero no, se mueven en forma completamente independiente.
Lástima que Blumfeld no sea un niño pequeño, pues dos pelotas así
hubiesen sido para él una alegre sorpresa, mientras que ahora le
producen una impresión más bien desagradable. No carece
enteramente de valor el hecho de llevar una oculta vida de soltero y
pasar inadvertido, y he aquí que ahora alguien, no importa quién, ha
irrumpido en esa intimidad, enviándole esas dos extrañas pelotas.
Quiere apoderarse de una de ellas, pero retroceden y lo atraen tras de
sí hacia el interior de la habitación. Es demasiado tonto, piensa él,
andar así a la caza de esas pelotillas; se detiene, las sigue con la
mirada observando como ellas, dando al parecer por terminada la
persecución, también permanecen en el mismo lugar. Sin embargo, voy
a intentar cogerlas, vuelve a pensar, y corre hacia ellas. Ambas huyen
de inmediato, pero Blumfeld las acosa, con las piernas separadas, hasta
un rincón de la habitación, y junto al baúl que hay allí logra apoderarse
de una. Es una pelota pequeña y fría, que gira en su mano, ansiosa por
escabullirse. Y también la otra pelota, al ver el trance de su camarada
salta más arriba que antes y alarga los saltos hasta tocarle la mano.
Golpea contra la mano que encierra por completo la pelota, salta más
arriba aún y quiere, al parecer, alcanzar la cara de Blumfeld. Blumfeld
podría también apoderarse de la otra pelota y encerrar a ambas en
alguna parte, pero le parece demasiado absurdo, por el momento,
tomar medidas semejantes contra dos pelotillas. Por lo demás, tiene
gracia el poseer dos pelotillas como ésas, que no tardarán en cansarse
y, rodando bajo un armario, lo dejarán en paz. A pesar de estas
reflexiones, Blumfeld, con una especie de enojo, arroja la pelota contra
el suelo y parece milagro que la débil y casi transparente envoltura de
celuloide no se rompa. Sin transición, las pelotas vuelven a dar sus
anteriores saltos a ras de tierra, recíprocamente alternados.
Blumfeld se desviste con tranquilidad, ordena la ropa en el armario...
siempre cuida de verificar si la sirvienta lo ha dejado todo en orden.
Una o dos veces mira por encima del hombro a las pelotas que,
ininterrumpidamente, parecen perseguirlo ahora a él, se le acercan por
detrás y saltan junto a sus talones. Blumfeld se pone la bata y quiere
dirigirse hacia la pared opuesta, para buscar una de las pipas que
cuelgan de un soporte. Antes de volverse, da involuntariamente con un
pie hacia atrás, pero las pelotillas se las arreglan para esquivarlo y no
son alcanzadas. Cuando va en busca de la pipa, las pelotillas lo siguen
de inmediato, arrastra las zapatillas, da pasos desiguales, pero a cada
pisada sigue, casi sin pausa, un salto de las pelotillas, que marcan el
paso con él. Blumfeld se vuelve inesperadamente para ver cómo
maniobran las pelotillas. Pero apenas gira, éstas describen un
semicírculo y están de nuevo tras él, y esto se repite cuantas veces se
vuelve. Como acompañantes subordinados, procuran evitar el colocarse
ante Blumfeld. Hasta ahora se habían atrevido a ello solamente al
parecer para presentarse, pero ahora han entrado ya en servicio.
Hasta ahora, en todos los casos excepcionales en que no bastaban sus
propias fuerzas para dominar la situación, Blumfeld ha apelado siempre
al recurso de hacer como si nada advirtiese. Esto le dio frecuentemente
buenos resultados, y en la mayoría de los casos, al menos, mejoró la
situación. Ahora pues, hace lo mismo, está ante el soporte de las pipas,
frunce los labios eligiendo una pipa, la carga con especial cuidado y
deja despreocupadamente que detrás de él las pelotillas sigan saltando.
Sólo titubea cuando se trata de dirigir a la mesa, pues el oír
simultáneamente el ruido de los saltos y el de sus pasos le produce una
sensación casi dolorosa. Se queda así de pie, prolongando
innecesariamente la acción de cargar la pipa y examina la distancia que
lo separa de la mesa. Pero finalmente vence su debilidad y salva el
trayecto pisando tan fuerte que ni siquiera oye el ruido de las pelotillas.
Sin embargo, cuando se sienta, ellas vuelven a saltar como antes.
Por encima de la mesa y al alcance de la mano, hay una tabla adosada
a la pared, y sobre ella, la botella de licor de cerezas, rodeada de
vasitos. Al lado suyo hay varios ejemplares de la revista francesa.
(Precisamente hoy ha llegado un número nuevo y Blumfeld lo coge.
Olvida el licor por completo, hasta tiene la sensación como si hoy
hubiese respetado sus ocupaciones ordinarias, no por rutina, sino para
consolarse, y tampoco siente verdadera necesidad de leer. Contra su
costumbre de hojear meticulosamente las páginas una por una, abre la
revista en un lugar cualquiera y se encuentra allí con una gran lámina.
Se obliga a contemplarla, con más detenimiento. Representa el
encuentro entre el emperador de Rusia y el presidente de Francia,
realizado a borde de un buque. A su alrededor, hasta perderse en la
lejanía, hay muchos otros barcos, y el humo de las chimeneas se
esfuma en el cielo claro. Ambos, el emperador y el presidente, acaban
de dirigirse con paso rápido el uno hacia el otro y se estrechan las
manos. Tanto detrás del emperador, como detrás del presidente, hay
dos señores. Frente a los rostros satisfechos del emperador y del
presidente, las caras de los acompañantes parecen muy serias y las
miradas de cada uno de los grupos de acompañamiento convergen
sobre su señor. Más abajo, a lo que se ve, la escena se desarrolla en el
puente más alto del buque, en tanto que, cortadas por el marco de la
lámina, aparecen largas filas de marineros que saludan. Blumfeld
observa la lámina con creciente interés, la aleja un poco y la mira
pestañeando. Siempre le han gustado escenas grandilocuentes como
ésa. El que las personas principales se estrechen la mano tan
desenvuelta, cordial, despreocupadamente, le parece un fiel reflejo de
la verdad. E igualmente justo es que los acompañantes –por lo demás,
y como es natural, señores de muy alto rango, cuyos nombres están
indicados abajo– preserven con su actitud la seriedad del momento
histórico.)
Y en lugar de procurarse todo lo que necesita, Blumfeld está sentado en
silencio y contempla la pipa aún no encendida. Está al acecho y, de
repente, de modo completamente inesperado, cede su rigidez y gira de
golpe con su asiento. Pero también las pelotillas observan una vigilancia
correspondiente y obedecen ciegamente a la ley que las gobierna,
simultáneamente con el movimiento giratorio de Blumfeld cambian ellas
también de lugar y se ocultan a sus espaldas. En este momento,
Blumfeld se encuentra sentado de espaldas a la mesa, con la pipa fría
en la mano. Las pelotillas saltan ahora debajo de la mesa y allí el ruido
que producen es amortiguado por una alfombra. Esta es una gran
ventaja. El rumor es muy débil y sordo y hay que prestar mucha
atención para llegar a oírse. No obstante, Blumfeld está muy atento y lo
percibe muy bien. Pero es así tan sólo por ahora, dentro de un rato
probablemente no habrá de advertirlo. A Blumfeld le parece que el
pasar tan poco advertidas sobre las alfombras es una gran debilidad de
las pelotillas. Con ponerles por debajo una, o mejor dos alfombras, se
verán reducidas casi a la impotencia. Ello, sin embargo, solamente por
un lapso determinado y por otra parte su sola presencia significa ya una
cierta manifestación de poder.
Blumfeld podría obtener ahora buen partido de un perro, pues un
animal joven y fiero acabaría muy pronto con las pelotillas; se imagina
cómo procuraría atraparlas con las patas, cómo las desalojaría de su
lugar, cómo las perseguiría en todas direcciones por la habitación hasta
finalmente destruirlas con los dientes. Es muy posible que dentro de
poco, Blumfeld se compre un perro.
Pero por el momento, las pelotillas deben sólo temer a Blumfeld, y éste
no tiene ahora deseos de destruirlas, quizá sólo le falta decisión para
ello. Por la noche regresa fatigado del trabajo y cuando necesita
descanso se encuentra con esta sorpresa. Sólo ahora, en realidad,
advierte qué cansado está. Es claro que habrá de destruir las pelotillas,
y a muy corto plazo, pero no en seguida; muy probablemente mañana.
Cuando observa la cosa sin prejuicios, las pelotillas se comportan con
bastante moderación. Podrían, por ejemplo, saltar de vez en cuando
hacia adelante, mostrarse y volver luego a su lugar, o saltar más alto
para golpear contra la parte inferior de la mesa, desquitándose así del
amortiguamiento que origina la alfombra. Pero no lo hacen, no quieren
fastidiar a Blumfeld sin necesidad, se limitan evidentemente a lo
estrictamente necesario.
Sin embargo, lo estrictamente necesario es suficiente como para
amargar a Blumfeld su permanencia junto a la mesa. Hace sólo dos
minutos que está sentado allí y ya piensa en irse a dormir. Otro de los
móviles que lo impulsan es el hecho de que aquí no puede fumar, pues
ha dejado los fósforos sobre la mesita de noche. Tendría que buscar,
pues los fósforos, pero una vez esté junto a la mesa de noche será
mejor quedarse allí y acostarse. En esto tiene todavía una segunda
intención, pues cree que las pelotillas, en su ansia ciega por
mantenerse detrás de él, saltarán sobre la mesa, donde al acostarse,
las aplastará voluntaria o involuntariamente. La objeción de que los
restos de las pelotillas podrían seguir saltando todavía, es rechazada.
También lo que está fuera de lo común debe tener fronteras. Aunque de
costumbre, las pelotas enteras saltan, si bien no ininterrumpidamente,
los trozos de pelotas rotas no saltan jamás y no saltarán tampoco aquí.
–¡Arriba! –exclama, casi envalentonado por esta reflexión y avanza otra
vez pisando con energía hacia la cama, las pelotillas detrás de él. Su
esperanza parece confirmarse; al colocarse deliberadamente muy cerca
de la cama, una pelotilla salta de inmediato sobre el lecho. En cambio
ocurre lo inesperado, que la otra pelotilla se introduce debajo.
Blumfeld no ha pensado siquiera en la posibilidad de que las pelotillas
pudieran saltar también debajo de la cama. Se siente indignado contra
una de ellas, a pesar de que siente lo injusto de su sentimiento, pues
saltando debajo de la cama acaso la pelotilla cumple con su deber,
mejor que la otra, sobre la cama. Ahora bien, todo depende del lugar
por el cual hayan de decidirse, pues Blumfeld no cree que pudieran
trabajar por separado durante mucho tiempo. Y efectivamente, un
instante después la otra pelota salta sobre la cama. Ahora las tengo,
piensa Blumfeld lleno de alegría, y se quita la bata para arrojarse sobre
el lecho. Pero precisamente la misma pelotilla vuelve a saltar debajo de
la cama. Blumfeld se desplaza, muy desilusionado. Es probable que la
pelota no ha hecho más que dar un vistazo allí arriba y aquello no le ha
gustado. Y la otra también la sigue y se queda abajo, naturalmente,
pues abajo se está mejor.
–Ahora voy a tener aquí estos tambores durante toda la noche –piensa
Blumfeld, se muerde los labios e inclina la cabeza.
Está triste, sin saber en realidad cómo podrían causarle daño durante la
noche. Su sueño es magnífico, superará en seguida aquel leve rumor.
Para estar completamente seguro, desliza hacia ellas dos alfombras, de
acuerdo con la experiencia adquirida. Es como si tuviese un perrito al
que quisiera acomodar mullidamente. Y como si las pelotillas se
sintieran cansadas o soñolientas, sus saltos se han vuelto más lentos y
más bajos que antes. Cuando Blumfeld se arrodilla ante la cama y
alumbra por debajo con la lámpara, a veces cree que las pelotillas
habrán de quedar para siempre sobre las alfombras, tan débilmente
caen, tan lentamente corren un pequeño trecho más. Luego, sin
embargo, se alzan de nuevo, según su obligación. Sin embargo, es muy
posible que, cuando Blumfeld mire bajo la cama por la mañana
temprano, encuentre dos silenciosas e inofensivas pelotas de niños.
Pero ellas parecen no poder proseguir los saltos ni siquiera hasta la
mañana, pues cuando Blumfeld se mete en cama ya no las oye más. Se
esfuerza por escuchar algo, se inclina fuera de la cama, pero no percibe
ningún sonido. El efecto de las alfombras no puede ser tan fuerte, la
única explicación es que las pelotas no saltan ya, o bien no pueden
desprenderse suficientemente de las mullidas alfombras y han
suspendido por ahora los saltos, o si no, que es lo más verosímil, no
habrán de saltar nunca más. Blumfeld podría levantarse y mirar qué es
lo que en realidad ocurre, pero en su satisfacción de que haya por fin
tranquilidad, prefiere quedarse acostado, no quiere tocar siquiera con la
mirada a las pelotillas, ahora quietas. Hasta renuncia gustoso a fumar,
se vuelve de lado y se duerme de inmediato.
Pero no se queda tranquilo; como de costumbre, su dormir está
también esta vez libre de sueños, pero es muy inquieto. Incontables
veces es despertado bruscamente por la ilusión de que alguien llama a
la puerta. Sabe también, con certeza, que nadie llama; ¿quién va a
llamar durante la noche y a su puerta, la de un solterón solitario?
Aunque lo sabe a ciencia cierta, se incorpora no obstante, una y otra
vez y mira tenso, por un instante, hacia la puerta; la boca abierta, los
ojos dilatados y los mechones del cabello se sacuden sobre su frente
húmeda. Cuando se despierta, intenta contar, pero olvidando las
enormes cifras que resultan, vuelve a hundirse en el sueño. Cree saber
de dónde proviene el golpear; no se produce en la puerta, sino en otra
parte por completo distinta, pero en la confusión del sueño no logra
establecer la base de sus suposiciones. Sólo sabe que muchos
diminutos y repulsivos golpes se reúnen antes de que ellos mismos
produzcan el golpe grande y fuerte. Pero quisiera tolerar toda la
repulsión de los golpecitos si pudiera evitar el otro golpear, pero por
alguna causa es demasiado tarde, no puede intervenir aquí, no tiene
fuerzas, no tiene palabras, su boca se abre sólo para el bostezo mudo
y, furioso por ello, hunde el rostro en las almohadas. Así transcurre la
noche.
Por la mañana le despierta el golpear de la sirvienta; con un suspiro de
liberación saluda el suave golpear, de cuya inaudibilidad se ha quejado
siempre y va a exclamar ya " ¡Adelante!", cuando oye otro golpear,
vivaz aunque débil, pero formalmente belicoso. Son las pelotillas bajo la
cama. ¿Han despertado, han reunido, contrariamente a lo que le ocurre
a él, nuevas fuerzas durante la noche?
–¡Ya va! –grita Blumfeld a la sirvienta.
Salta de la cama, pero con precaución, para tener tras de sí a las
pelotillas, se arroja al suelo volviéndoles siempre la espalda, mira hacia
las pelotillas torciendo la cabeza y casi quisiera lanzar una maldición.
Como los niños que durante la noche apartan las mantas molestas, las
pelotillas, al parecer, mediante pequeñas sacudidas prolongadas
durante toda la noche, han empujado tan lejos las alfombras bajo la
cama, que ahora tienen otra vez el piso desnudo debajo de ellas y
pueden hacer ruido.
–De nuevo a las alfombras –dice Blumfeld con cara enojada, y una vez
que las pelotillas, gracias a las alfombras, han vuelto a quedaren
silencio, hace entrar a la sirvienta.
Mientras ésta, una mujer gorda y estúpida, que siempre anda
rígidamente erguida, pone el desayuno sobre la mesa y hace los dos o
tres movimientos necesarios. Blumfeld está de pie, inmóvil, con su bata
de dormir, junto a la cama, para mantener sujetas allí abajo a las
pelotillas. Sigue a la sirvienta con la mirada para comprobar si advierte
algo. Ello es muy poco probable debido a su dureza de oído. Blumfeld
cree advertir que la sirvienta se detiene aquí y allá, se apoya en algún
mueble y escucha enarcando las cejas, pero lo atribuye a su
sobreexcitación, producto de la mala noche. Se daría por satisfecho si
lograse que la sirvienta realizara su trabajó un poco más de prisa, pero
la mujer se mueve con una lentitud mayor que de costumbre.
Despaciosamente, carga con los trajes y zapatos de Blumfeld, y los
arrastra hasta el pasillo; su ausencia dura largo rato, monocordes y
muy distintamente se suenan desde fuera los golpes con que se aplica a
la limpieza de la ropa. Y durante todo este tiempo, Blumfeld tiene que
aguantarse sobre la cama, no puede moverse si no quiere llevar tras sí
a las pelotillas, tiene que dejar enfriar el café, que tanto le gusta
caliente, no puede hacer otra cosa que mirar fijamente la caída cortina
de la ventana, tras la cual asoma turbiamente el día. Por fin la sirvienta
acaba; se despide y se dispone a salir. Pero antes de alejarse
definitivamente, permanece todavía de pie en la puerta, mueve apenas
los labios y mira largamente a su patrón. Blumfeld quiere detenerla
para hablarle, pero ella se va. Blumfeld quisiera abrir la puerta de un
tirón y decirle a gritos que es una mujer tonta, vieja y estúpida. Mas
al pensarlo mejor, considerando qué es lo que en realidad tiene que
objetarle, sólo halla el contrasentido de que, sin duda alguna, ella no ha
notado nada y que, sin embargo, quería dar la impresión de que había
notado algo. ¡Qué confusas son sus ideas! ¡Y ello sólo a causa de una
mala noche! El mal dormir no encuentra explicación en el hecho de que
anoche se haya apartado de sus costumbres, que no haya fumado ni
bebido licor. Cuando yo, y éste es el resultado final de sus reflexiones,
no fumo y no bebo licor, duermo mal.
En adelante, cuidará mejor de su bienestar, y poniendo en práctica su
propósito toma del botiquín casero que cuelga sobre la mesa de noche
un poco de algodón, hace con él dos bolitas y se las introduce en los
oídos. Entonces se levanta y prueba a dar un paso. Las pelotillas lo
siguen, sí, pero él casi no las oye, un poco más del algodón las vuelve
completamente inaudibles. Blumfeld da unos pasos más, aquello
marcha sin ninguna molestia especial. Cada cual para sí; Blumfeld y las
pelotillas se hallan ligados entre ellos pero no se molestan
recíprocamente y una pelotilla no alcanza a hacer el contramovimiento
con la presteza necesaria, Blumfeld le da con la rodilla. Este es el único
incidente; por lo demás, Blumfeld bebe con tranquilidad el café, tiene
hambre como si no hubiera dormido en toda la noche y hubiese hecho
un largo camino, se lava con agua fría, sumamente refrescante, y se
viste. Hasta ahora no ha alzado las cortinas, sino que ha permanecido
en la penumbra; no es necesario que las pelotillas sean vistas por ojos
extraños. Pero ahora que está a punto de marcharse, tiene que hallar
un destino para las pelotillas, en caso de que éstas se atreviesen –él no
lo cree– a seguirlo también por la calle. Tiene una ocurrencia feliz: abre
el gran armario y se coloca de espaldas contra él. Como si tuviesen idea
de lo que se planea, las pelotillas evitan entrar en el armario,
aprovechan cada lugarcito que queda entre Blumfeld y el armario,
saltan, cuando no queda otro remedio, dentro del armario por un
instante, pero huyen inmediatamente de lo oscuro, no hay manera de
hacerlas pasar más allá del canto del armario, antes bien infringen su
obligación y se mantienen casi junto a Blumfeld. Pero sus pequeñas
argucias no habrán de servirles para nada, porque ahora el propio
Blumfeld entra de espaldas en el armario y no les queda más remedio
que obedecer. Con esto está también echada su suerte, pues sobre el
suelo de éste hay diversos objetos pequeños, como botines, cajas,
maletines, todos empero –ahora Blumfeld lo lamenta– bien ordenados,
pero que, no obstante, obstaculizan el movimiento de las pelotillas. Y
cuando Blumfeld, que en el ínterin ha cerrado casi por completo la
puerta del armario, abandona el mueble con un gran salto, como no
daba hace años, cierra la puerta y echa la llave, las pelotillas quedan
encerradas.
"Esto ha salido bien", piensa Blumfeld, enjugándose el sudor de la cara.
¡Qué bulla hacen las pelotillas dentro del armario! Dan la impresión de
desesperación. Blumfeld, en cambio, está muy contento. Abandona el
cuarto y el corredor desierto obra benéficamente sobre él. Libera sus
oídos del algodón, y los múltiples rumores de la casa que despierta le
encantan. Se ven muy pocas personas, es todavía muy temprano.
Abajo, en el zaguán, ante la puerta que conduce al sótano donde se
halla la habitación de la sirvienta, se encuentra el niño de ésta, de diez
años. Es el vivo retrato de su madre, ninguna de las fealdades de la
vieja ha sido olvidada en este rostro infantil. Las piernas combadas, las
manos en los bolsillos, está allí y jadea, porque el bocio le vuelve
dificultosa la respiración. En tanto que habitualmente, cuando el niño se
cruza en su camino, Blumfeld aprieta el paso para evitar en lo posible
aquel espectáculo, hoy quisiera detenerse o poco menos. Aun cuando el
chico haya sido traído al mundo por aquella mujer y lleve todos los
signos de su origen, es de cualquier modo, por el momento, un niño; en
esa cabeza deforme habitan pensamientos infantiles, si se le habla y se
lo interroga comprensiblemente, es probable que responda con voz
clara, inocente y respetuosa, y tras algunos esfuerzos se podría llegar a
acariciar esas tersas mejillas. Así piensa Blumfeld, pero pasa de largo.
Al salir advierte que el día en más agradable de lo que supuso en su
habitación. Las brumas de la mañana de disipan y aparecen claros
azules en un cielo fuertemente barrido por el viento. Blumfeld agradece
a las pelotillas el haber abandonado su habitación mucho más temprano
que de costumbre, hasta ha olvidado sobre la mesa el periódico sin
leer, en todo caso ha ganado mucho tiempo y ahora puede andar con
tranquilidad. Es notable lo poco que le preocupan las pelotillas desde
que las alejó de sí. Mientras lo seguían se las hubiese podido tomar por
algo que le pertenecía, por algo que de algún modo debía ser tenido en
cuenta al opinarse sobre su persona; ahora, en cambio, eran tan sólo
un juguete dejado en el armario. Y aquí se le ocurre a Blumfeld que la
mejor manera de volverlas inofensivas sería quizá darles el empleo que
les es propio. En el zaguán está todavía el niño, Blumfeld va a regalarle
las pelotillas; no prestárselas, sino regalárselas expresamente, lo que
con seguridad equivale a destruirlas. Y aun en el caso de que fuesen
conservadas en buen estado, en manos del niño significarán menos aún
que en el armario, la casa entera verá cómo el niño juega con ellas,
otros niños se le juntarán, la opinión general de que se trata de pelotas
de juego y no de acompañantes vitalicios de Blumfeld será
inconmovible e indudable. Blumfeld regresa a la casa. El niño acaba,
precisamente, de descender por la escalera del sótano y quiere abrir la
puerta de abajo. Blumfeld debe llamar al niño y pronunciar su nombre,
que es ridículo como todo lo que se relaciona con el chico.
–¡Alfred, Alfred! –exclama. El niño titubea largamente–. Ven aquí,
hombre –dice Blumfeld–, te voy a dar algo.
Las dos niñitas del mayordomo han salido por enfrente y se colocan,
llenas de curiosidad, a ambos lados de Blumfeld. Comprenden mucho
más rápido que el niño y no se explican por qué éste no acude de
inmediato. Le hacen señas sin apartar los ojos de Blumfeld, pero no
pueden comprender qué clase de regalo espera a Alfred. La curiosidad
las tortura y dando saltitos se apoyan alternativamente sobre uno y
otro pie. Blumfeld se ríe de ellas y del niño. Este parece estar decidido,
por fin, y sube tiesa y pesadamente la escalera. Ni siquiera su andar
desmiente a la madre que, por otra parte, aparece en la puerta del
sótano. Blumfeld da grandes voces, a fin de que la sirvienta también le
oiga y en caso necesario, vigile la comisión del encargo.
–Tengo –dice Blumfeld–, en mi cuarto, dos hermosas pelotillas.
¿Quieres que te las dé?
El niño no hace más que estirar la boca, no sabe cómo debe
comportarse, se vuelve y mira hacia abajo a su madre, con
interrogación. Las niñas, en cambio, se ponen de inmediato a saltar en
derredor de Blumfeld y le piden las pelotillas.
–Vosotras también podréis jugar con ellas –les dice Blumfeld; espera,
sin embargo, la respuesta del niño.– Podría regalar en seguida las
pelotas a las niñas, pero le parecen demasiado despiertas y ahora tiene
más confianza en el muchacho. Este ha buscado, entretanto, consejo
con su madre, sin que se haya cambiado una palabra entre ambos, y
afirma con la cabeza ante una nueva pregunta de Blumfeld, que con
gusto prevé que no le darán las gracias por su regalo–. Tu madre tiene
la llave de mi cuarto y debes pedírsela, aquí te doy la llave de mi
armario y allí están las pelotillas. Cerrarás otra vez el armario y la
habitación con mucho cuidado. Pero con las pelotillas puedes hacer lo
que quieras y no tienes que devolvérmelas. ¿Me has comprendido?
Pero el chico, por desgracia, no ha comprendido. Blumfeld ha querido
ser muy claro con este ser de torpeza ilimitada y de poco
entendimiento, pero con tal propósito, se lo ha repetido todo
demasiadas veces, demasiadas veces le ha hablado y alternativamente
de habitación, llave y armario, y en consecuencia, el niño no lo observa
como un benefactor, sino como un tentador. Las niñas, no obstante, lo
han comprendido todo en seguida, se pegan a Blumfeld y tienden las
manos pidiendo la llave.
–Esperad, pues –dice Blumfeld, enojado ya con todos. Además, el
tiempo pasa, no puede demorarse mucho más. ¡Si la sirvienta dijese
que lo ha entendido y que se ocupará debidamente del niño! En
cambio, sigue allí abajo, en la puerta, sonriendo con remilgo como
avergonzada de su sordera y cree tal vez que Blumfeld, en el otro
extremo de la escalera, ha caído en súbito encantamiento ante su niño
y escucha de sus labios la tabla del uno. Pero Blumfeld no puede bajar
la escalera del sótano para gritar su petición al oído de ella, a fin de que
su niño quiera liberarle de las pelotillas por la misericordia de Dios.
Demasiado se ha violentado ya al confiar la llave de su armario por
todo un día a aquella familia. No con agrado da la llave al niño, en lugar
de conducirlo él mismo hasta arriba y entregarle allí las pelotillas y
luego, según habría de ocurrir visiblemente, quitárselas en seguida al
llevarlas tras de sí como séquito.
–¿No me entiendes, entonces? –pregunta Blumfeld, casi abatido, tras
haber empezado una nueva explicación, que ha interrumpido, sin
embargo, ante la mirada vacía del chico. Una mirada vacía como ésa
desarma a cualquiera. Podría inducir a uno a decir más de lo que
quiere, sólo para colmar ese vacío con entendimiento.
–Vamos a traerle las pelotillas –exclaman entonces las niñas.
Como astutas que son, han advertido que sólo pueden obtenerlas por
intermedio del chico, pero que a ellas toca arbitrar ese medio. Un reloj
da la hora en la habitación del mayordomo, y advierte a Blumfeld que
debe darse prisa.
–Tomad pues la llave –dice Blumfeld, y antes de que pueda entregarla,
le es arrancada de la mano. La seguridad que habría tenido dando la
llave al niño hubiese sido incomparablemente mayor–. La llave del
cuarto está abajo, pues la tiene la mujer –dice todavía Blumfeld–, y
cuando volváis con las pelotillas debéis devolverle ambas llaves.
–Sí, sí –exclaman las niñas y corren escaleras abajo. Lo saben todo,
absolutamente todo, y como si se hubiese contagiado de la torpeza de
entendimiento del chico, Blumfeld no entiende ahora cómo ambas han
podido comprenderlo todo tan rápido con sus explicaciones.
Las niñas ya han llegado y tironean de la falda a la sirvienta, pero
Blumfeld, por atrayente que le resulte, no puede seguir mirando cómo
habrán de cumplir su comisión, y ello no solamente porque ya es tarde,
sino también porque no quiere estar presente cuando las pelotillas
queden en libertad. Hasta quiere hallarse a varias manzanas de
distancia cuando las niñas abran, allá arriba, la puerta de su cuarto. ¡Es
que ni siquiera sabe hasta qué punto puede equivocarse con respecto a
las pelotillas! Y así sale a la calle por segunda vez en la mañana. Ha
alcanzado aún a ver cómo la sirvienta se defendía contra las niñas y
cómo el chico movía las piernas torcidas para acudir en ayuda de su
madre. Blumfeld no comprende cómo personas como la sirvienta crecen
y se reproducen sobre la tierra.
Camino de la fábrica de ropa donde está empleado Blumfeld, los
pensamientos relacionados con el trabajo van prevaleciendo
paulatinamente sobre otra idea. Aprieta el paso y a pesar del retraso
imputable al chico, es el primero en llegar a su oficina. Es un local
rodeado de cristales, y contiene una mesa de despacho para Blumfeld,
así como dos pupitres altos para los escribientes a las órdenes de
Blumfeld. Aunque éstos son tan pequeños y estrechos como si
hubiesen sido destinados a colegiales, el espacio disponible en la
oficina es exiguo y los escribientes no pueden sentarse, pues de
hacerlo, no habría sitio para el asiento de Blumfeld. Están pues de pie
el día entero, apretados contra sus pupitres. Esto les resulta
seguramente muy incómodo, pero también dificulta a Blumfeld al
vigilarles. Con frecuencia se arriman al pupitre, no para
trabajar, sino para cuchichear entre sí y hasta para dormitar. Blumfeld
se hace mucha mala sangre al no hallar en ellos el apoyo requerido por
la gigantesca tarea que le ha sido asignada. Esta tarea consiste en el
despacho de todo el movimiento de mercaderías y dinero destinado a
las obreras eventuales, que son empleadas por la fábrica en la
confección de ciertas mercaderías finas. Para juzgar de la amplitud de
esta tarea hay que observar el estado de cosas existente. Esta visión no
la tiene ya nadie desde la muerte del inmediato superior a Blumfeld,
ocurrida hace algunos años, por lo cual nadie puede permitirse el
derecho de opinar sobre el trabajo de Blumfeld. El fabricante, el señor
Ottomar, por ejemplo, subestima sin duda el trabajo de Blumfeld;
reconoce naturalmente los méritos a que se ha hecho acreedor en el
transcurso de los veinte años que lleva en la fábrica, y los reconoce no
sólo porque debe, sino también porque lo estima como persona fiel y
digna de confianza, pero, sin embargo, subestima su trabajo, pues
cree que las tareas podrían ser realizadas con más sencillez y, por lo
mismo, más ventajosamente en todo sentido, de lo que las efectúa
Blumfeld. Se dice, y ello es digno de creerse, que Ottomar se muestra
rara vez en la sección de Blumfeld porque desea ahorrarse el disgusto
que le producen los métodos de trabajo de Blumfeld. Ser desconocido
así es sin duda triste para Blumfeld, pero no existe solución, pues no
puede obligar a Ottomar a permanecer durante un mes seguido en su
sección, a estudiar las múltiples formas de las tareas que aquí deben
conocerse, a aplicar esos métodos que él supone mejores, y
convencerse de que Blumfeld está en lo cierto ante el derrumbe de la
sección, lo que necesariamente ocurriría. Por eso desempeña Blumfeld
su tarea sin dejarse apartar de ella, como antes, asustándose un poco
cuando, tras larga ausencia aparece de vez en cuando Ottomar.
Entonces, con el sentimiento del deber propio del subordinado, intenta
débilmente explicar a Ottomar esta o aquella instalación, a lo cual el
patrón, con los ojos bajos y aprobando silenciosamente, continúa su
camino. Blumfeld, por lo demás, sufre menos ante este
desconocimiento que ante el pensamiento de que, cuando alguna vez
tenga que retirarse de su puesto, la consecuencia inmediata será un
gran alboroto que nadie podrá arreglar, pues nadie en la fábrica es
capaz de sustituirlo y hacerse cargo de su puesto sin que durante
meses sobrevengan los tropiezos más grandes. Cuando el jefe estima a
alguien, los empleados procuran aventajarlo en ese sentido. De ahí que
cualquiera subestime el trabajo de Blumfeld, que nadie considere
necesario para su instrucción pasar un tiempo en su sección y que,
cuando se incorpora a nuevos empleados, nadie es destinado a
Blumfeld. Por este motivo la sección no se renueva. Cuando Blumfeld,
que hasta entonces lo había despachado todo solo, ayudado
únicamente por un ordenanza, pidió que le dieran un escribiente,
provocó semanas de la más dura lucha. Casi todos los días aparecía
Blumfeld en la oficina de Ottomar y le explicaba tranquila y
detalladamente por qué era necesario la presencia de un escribiente en
aquella sección. Y no era porque quisiera ahorrarse trabajo; Blumfeld
no quería tal cosa, él despachaba su superabundante parte sin querer
con ello ponerle término, pero el señor Ottomar debería reflexionar en
cómo se había desarrollado el negocio con el andar del tiempo, que
todas las secciones habían sido proporcionalmente ampliadas,
quedando siempre olvidada la sección de Blumfeld. ¡Y cómo había
aumentado precisamente allí el trabajo! Cuando Blumfeld entró –de
aquellos tiempos no podría acordarse ya con seguridad el señor
Ottomar– había allí unas diez costureras, oscilando hoy su número
entre cincuenta y sesenta. Un trabajo semejante exige fuerzas,
Blumfeld podría dar garantía de que se da enteramente al trabajo, pero
no podría asegurar, en cambio, que de hoy en adelante pueda abarcarlo
por entero.
El señor Ottomar no rechazaba nunca en forma directa las
proposiciones de Blumfeld, no podía hacer eso con un antiguo
empleado, pero la manera como escuchaba apenas sus peticiones,
hablando con otras personas, haciendo concesiones a medias y
olvidándolo todo al cabo de algunos días, era en verdad ofensiva. No
precisamente para Blumfeld, pues éste no es caprichoso; por más
hermosos que sean el honor y la gratitud, Blumfeld puede prescindir de
ellos; pese a todo aguantará en su puesto mientras haya alguna
posibilidad de hacerlo, en todo caso tiene razón y la razón debe
finalmente, aunque a veces tarde en ocurrir, ser reconocida. Así obtuvo
al fin, Blumfeld, dos escribientes, pero ¡qué dos escribientes! Era como
si Ottomar hubiera podido mostrar su desprecio hacia la sección
proporcionando los escribientes más claramente que negándolos. Hasta
era posible que hubiese hecho alentar esperanzas a Blumfeld durante
tanto tiempo, porque había estado buscando dos escribientes así y, lo
que era comprensible, había tenido que esperar mucho hasta
encontrarlos. Y ahora Blumfeld no podía quejarse, la respuesta era
previsible, se le habían concebido dos escribientes, cuando él no había
solicitado más que uno; con tanta habilidad había sido preparado todo
por Ottomar. Blumfeld se quejó, naturalmente, pero sólo porque los
apuros en que se hallaba le obligaban a ello, y no porque esperase
ahora alguna ayuda. No se quejó tampoco expresamente, sino sólo
como de pasada, en una ocasión favorable. Pese a ello no tardó en
propagarse entre los maldicientes colegas el rumor de que alguien
había preguntado a Ottomar si sería posible que, después de haber
recibido tan extraordinaria ayuda, Blumfeld siguiera quejándose
todavía. Ottomar habría contestado que era cierto, que Blumfeld
continuaba quejándose, pero con razón. El, Ottomar, lo había
comprendido por fin, y se proponía proporcionar a Blumfeld
progresivamente un escribiente por cada costurera, es decir, unos
sesenta en total. Y si éstos no bastasen, mandaría otros más, y no
habría de terminar hasta completar el manicomio que, desde hacía
años, venía desarrollándose en la sección de Blumfeld. Estas
observaciones eran propias de Ottomar y su manera de hablar estaba,
sin duda, bien imitada, pero Blumfeld no dudaba de que Ottomar
estaba lejos de expresarse en forma parecida sobre él. Todo era una
invención de los holgazanes de las oficinas del primer piso, Blumfeld lo
pasó por alto, y ojalá hubiese podido pasar tan tranquilamente por
sobre la existencia de los escribientes. Pero éstos estaban allí y no
había manera de suprimirlos. Muchachos pálidos, débiles. Según sus
documentos debían haber superado ya la edad escolar, pero en realidad
eso parecía increíble. Ni siquiera era posible pensar en confiarlos a un
maestro, tan evidentemente parecían pertenecer todavía a los cuidados
de una madre. Todavía no sabían moverse como es debido, estar de pie
durante mucho tiempo les fatigaba, en particular al principio. Apenas no
se los vigilaba, se doblaban de debilidad y quedaban de pie en un
rincón, torcidos y agobiados. Blumfeld procuró hacerles comprender
que quedarían inválidos para toda la vida si cedían así, constantemente,
a la comodidad. Encargarles algo era una osadía, una vez que uno de
ellos debía llevar algo a dos pasos de allí, el chico se precipitó
afanosamente, chocando contra el pupitre e hiriéndose en la rodilla. El
cuarto estaba lleno de costureras y el pupitre cargado de mercancía,
pero Blumfeld lo dejó todo ante el llanto del escribiente, al que llevó a
la oficina para ponerle un vendaje. Pero también aquel celo de ambos
era sólo exterior, como verdaderos niños querían distinguirse a veces,
pero con mucha más frecuencia, casi siempre, querían engañar al
superior. Una vez, durante la época de mayor trabajo, Blumfeld,
chorreando sudor, había notado al pasar junto a ellos que, escondidos
entre fardos de mercadería, canjeaban sellos de correo. Hubiese
querido descargar los puños sobre sus cabezas, único castigo posible
ante semejante conducta, pero eran niños y Blumfeld no podía matarles
a golpes. Y así seguía penando con ellos. En un principio se había
figurado que los escribientes les prestarían ayuda inmediata, la cual, en
momentos de la distribución de la mercadería exigía tanto esfuerzo y
vigilancia. Había pensado que, de pie, en medio de la habitación, detrás
del escritorio, lo abarcaría todo con la mirada y atendería las entradas,
mientras los escribientes, a sus órdenes, irían de aquí para allí,
distribuyéndolo todo. Se había figurado que su supervisión, aun cuando
severa no podía bastar ante aquel ajetreo, que se vería completada por
el interés de ellos, y que entonces, al adquirir paulatinamente mayor
experiencia, no estarían subordinados a sus órdenes en cada detalle, y
al fin aprenderían por sí mismos a distinguir a las costureras por sus
necesidades de material y pruebas de confianza. Tales esperanzas
estuvieron desprovistas de todo fundamento, y Blumfeld reconoció al
cabo de poco que no podía permitirles hablar con las costureras. Al
principio ni siquiera se habían acercado a ciertas costureras porque les
mostraban aversión o miedo, mientras que con otras, hacia las que
sentían cariño, habían ido con frecuencia hasta la puerta para salirles al
encuentro. A éstas les llevaban cuanto deseaban y aun cuando
estuvieran autorizadas a recibirlo, se lo ponían en la mano con una
especie de gesto confidencial; juntaban en un estante vacío, para estas
favoritas, diversos recortes, sobras sin valor y también chucherías
todavía utilizables, y las saludaban con aire feliz, a espaldas de
Blumfeld, desde lejos, recibiendo a cambio bombones. No obstante
Blumfeld puso pronto término a estas irregularidades y, cuando las
costureras llegaban, los empujaba hacia el cobertizo. Pero ellos
consideraban esto como una gran injusticia, llevándole la contra,
rompiendo de rabia las plumas y a veces, aunque sin atreverse a
levantar la cabeza, golpeaban fuertemente contra los vidrios para
llamar la atención de las costureras sobre el mal trato que, a su juicio,
debían de sufrir a sus manos. No comprenden el mal que hacen. Por
ejemplo, llegan casi siempre tarde a la oficina. Blumfeld, su superior,
quien desde la primera juventud consideró siempre como
sobreentendido que hay que llegar al menos media hora antes de la
hora –no por exceso de celo, ni por excesiva conciencia del deber, sino
porque un cierto sentido de la decencia lo mueve a ello–, Blumfeld
debe, con frecuencia, esperar más de una hora la llegada de los
escribientes. Generalmente está de pie, detrás del escritorio, en la sala,
masticando los panecillos del desayuno y revisando las cuentas en los
libritos de las costureras. Pronto se sumerge en el trabajo, sin pensar
en otra cosa. Súbitamente sufre un sobresalto, hasta el punto de que
un rato después, la pluma le tiembla todavía en la mano. Uno de los
escribientes ha entrado como un torbellino, cual si fuese a caer,
agarrándose con una mano a lo primero que encuentra a su alcance, y
oprimiéndose con la otra el pecho, jadeante, pero eso no representa
otra cosa que la excusa que se dispone a dar por haber llegado tarde,
excusa tan ridícula que Blumfeld hace, de intento, oídos sordos, pues
de lo contrario tendría que castigar al chico como merece. Se contenta,
pues, con mirarle durante un instante, señala con la mano extendida el
cobertizo y vuelve a sumergirse en su trabajo. Podría creerse entonces
que el escribiente, reconociendo la bondad de su superior, habría de
apresurarse a ocupar su lugar. Pero no, no se apura, bailotea, anda de
puntillas, colocando ahora un pie delante del otro. ¿Quiere burlarse de
su superior? Tampoco. Aquello es otra vez esa mezcla de miedo y de
autosatisfacción, contra la cual no hay recurso que valga. ¿Cómo se
explicaría sino, que hoy Blumfeld, que ha llegado él mismo
desacostumbradamente tarde a la oficina, tras larga espera –no tiene
ganas de examinar los libritos–, ve a través de las nubes de polvo que
levanta con la escoba el criado torpe, llegar a los dos escribientes por la
calle, tranquilamente? Muy abrazados, parecen contarse cosas en
extremo importantes que, seguramente, la única relación que tienen
con el negocio es que se trata de algo prohibido. A medida que se
aproximan a la puerta de cristales, sus pasos se hacen más lentos. Por
fin uno de ellos toma el pestillo, pero no lo empuja hacia abajo, pues
todavía tienen algo que contarse, se escuchan el uno al otro y ríen. –
¡Abrid a nuestros señores! –grita Blumfeld al criado, con las manos en
alto. Pero cuando los escribientes entran, Blumfeld no quiere enojarse
ya, y sin responder a su saludo va hacia el escritorio. Empieza a hacer
cuentas, pero de vez en cuando alza los ojos para ver lo que hacen
ellos. Uno parece estar muy cansado y se refriega los ojos; cuando
cuelga su abrigo de la percha, aprovecha la oportunidad para
permanecer apoyado un poco aún contra la pared; en la calle estaba
animado, pero la proximidad del trabajo lo fatiga. En cambio, el otro
tiene ganas de trabajar, pero sólo en ciertas cosas. Así, desde siempre
tiene el deseo de barrer. Pero ése es un trabajo que no le corresponde,
el barrer corresponde sólo al criado; en realidad, Blumfeld no tendría
por qué oponerse a que el escribiente barra; si quiere barrer, no lo hará
peor que el criado, pero si quiere barrer, que venga más temprano,
antes de que el criado empiece a limpiar; no debe emplear su tiempo
en eso cuando está exclusivamente obligado a tareas de oficina. Pero si
el chico es reacio a toda reflexión, el criado, un viejo cegato a quien el
jefe no toleraría en ninguna otra sección que no fuese la de Blumfeld y
que sólo vive gracias a la misericordia de Dios y del jefe, ese criado
podría al menos ser complaciente y dejar por un momento la escoba al
chico, que es torpe, y que perdiendo en seguida las ganas, lo
perseguiría con la escoba para obligarle a barrer de nuevo. Pero el
criado parece sentirse especialmente responsable del barrido, se
advierte que cuando se le aproxima el chico, intenta agarrar mejor la
escoba con sus manos temblorosas, prefiriendo quedarse inmóvil y
dejar de barrer para poder concentrar toda la atención en la posesión
del adminículo. El escribiente no pide con palabras, pues teme a
Blumfeld, quien, al parecer, está sacando cuentas, y además, las
palabras de nada servirían, pues el criado sólo es sensible a los gritos
más desaforados. Empieza, pues, por tironear al criado de la manga. El
criado sabe, naturalmente, de lo que se trata, mira oscuramente al
escribiente, mueve la cabeza y tira de la escoba hacia sí, hasta el
pecho. El escribiente junta entonces las manos en actitud de ruego. No
tiene, sin embargo, esperanza alguna de obtener nada por este medio,
el pedir tan sólo lo divierte, y por eso pide. El otro escribiente
contémplala escena con una sonrisa y cree evidentemente, aunque
parezca increíble, que Blumfeld no lo oye. Los ruegos no hacen la
menor impresión al criado, que se vuelve, y cree poder usar de la
escoba con seguridad. Pero el escribiente sigue saltando sobre la punta
de los pies y frotándose las manos en actitud de súplica, y ruega ahora
de este lado. Estas vueltas del criado y los saltitos del escribiente se
repiten varias veces. Por fin, el criado se ve acosado por todas partes y
observa que con un poquito menos de candidez, hubiese podido
advertir desde un principio que se iba a cansar antes que el otro. En
consecuencia busca la ayuda de terceros, amenaza al escribiente con el
dedo y señala hacia Blumfeld, ante quien habrá de quejarse si no lo
deja tranquilo. El escribiente reconoce ahora que, si quiere obtener la
escoba, debe darse mucha prisa, por lo que atrevidamente intenta
apoderarse de ella. Un grito involuntario del otro escribiente anuncia la
proximidad de una decisión. Por esta vez, el criado pone todavía a salvo
la escoba, dando un paso atrás y arrastrándola consigo. Pero el
escribiente ya no cede, salta hacia adelante con la boca abierta y los
ojos brillantes, el criado quiere huir pero sus viejas piernas se
bambolean en vez de correr; el escribiente tira de la escoba, y aun
cuando no consigue apoderarse de ella, logra, sin embargo, que caiga
al suelo, con lo cual está perdida para el criado. Y al parecer, también
para el escribiente, pues al caer la escoba los tres permanecen rígidos,
tanto escribientes como criado, pues ahora todo tiene que haberse
hecho evidente para Blumfeld. En efecto, éste alza los ojos a través de
la ventanilla, como si ahora pusiese atención en ello, y su mirada,
severa y escrutadora, pasa de uno a otro, escoba inclusive. Sea porque
el silencio dura ya demasiado, sea que el escribiente culpable no puede
dominar sus ansias de barrer, lo cierto es que se inclina, muy
prudentemente por supuesto, como si fuese a coger un animal y no una
escoba, la toma, la desliza por el suelo, pero la arroja en seguida lejos
de sí, asustado, cuando Blumfeld se levanta de un salto y sale del
cobertizo.
–Los dos al trabajo y sin chistar –grita Blumfeld y señala a ambos
escribientes, con la mano extendida, el camino hacia sus pupitres.
Obedecen en seguida, pero no avergonzados y con la cabeza baja, sino
que, al pasar ante Blumfeld se vuelven, tiesos, y lo miran fijamente a
los ojos, como si quisieran impedirle que les pegara. Y sin embargo,
podrían saber por experiencia que Blumfeld no pega nunca. Pero son
temerosos en exceso y buscan siempre, sin la menor delicadeza,
proteger sus derechos, reales o aparentes.
UN MEDICO RURAL
(1916)
UN MÉDICO RURAL
Estaba muy preocupado; debía emprender un viaje urgente; un
enfermo de gravedad me estaba esperando en un pueblo a diez millas
de distancia; una violenta tempestad de nieve azotaba el vasto espacio
que nos separaba; yo tenía un coche, un cochecito ligero, de grandes
ruedas, exactamente apropiado para correr por nuestros caminos;
envuelto en el abrigo de pieles, con mi maletín en la mano, esperaba en
el patio, listo para marchar; pero faltaba el caballo... El mío se había
muerto la noche anterior, agotado por las fatigas de ese invierno
helado; mientras tanto, mi criada corría por el pueblo, en busca de un
caballo prestado; pero estaba condenada al fracaso, yo lo sabía, y a
pesar de eso continuaba allí inútilmente, cada vez más envarado, bajo
la nieve que me cubría con su pesado manto. En la puerta apareció la
muchacha, sola y agitó la lámpara; naturalmente, ¿quién habría
prestado su caballo para semejante viaje? Atravesé el patio, no hallaba
ninguna solución; distraído y desesperado a la vez, golpeé con el pie la
ruinosa puerta de la pocilga, deshabitada desde hacía años. La puerta
se abrió, y siguió oscilando sobre sus bisagras. de la pocilga salió una
vaharanda como de establo, un olor a caballos. Una polvorienta linterna
colgaba de una cuerda.
Un individuo, acurrucado en el tabique bajo, mostró su rostro claro, de
ojitos azules.
–¿Los engancho al coche? –preguntó, acercándose a cuatro patas.
No supe qué decirle, y me agaché para ver qué había dentro de la
pocilga. La criada estaba a mi lado.
–Uno nunca sabe lo que puede encontrar en su propia casa –dijo ésta.
Y ambos nos echamos a reír.
–¡Hola, hermano, hola, hermana! –gritó el palafrenero, y dos caballos,
dos magníficas bestias de vigorosos flancos, con las piernas dobladas y
apretadas contra el cuerpo, las perfectas cabezas agachadas, como las
de los camellos, se abrieron paso una tras otra por el hueco de la
puerta, que llenaban por completo. Pero una vez afuera se irguieron
sobre sus largas patas, despidiendo un espeso vapor.
–Ayúdalo –dije a la criada, y ella, dócil, alargó los arreos al caballerizo.
Pero apenas llegó a su lado, el hombre la abrazó y acercó su rostro al
rostro de la joven. Esta gritó, y huyó hacia mí; sobre sus mejillas se
veían, rojas, las marcas de dos hileras de dientes.
–¡Salvaje! –dije al caballerizo–. ¿Quieres que te azote?
Pero luego pensé que se trataba de un desconocido, que yo ignoraba de
dónde venía y que me ofrecía ayuda cuando todos me habían fallado.
Como si hubiera adivinado mis pensamientos, no se mostró ofendido
por mi amenaza y, siempre atareado con los caballos, sólo se volvió
una vez hacia mí.
–Suba –me dijo, y, en efecto, todo estaba preparado.
Advierto entonces que nunca viajé con tan hermoso tronco de caballos,
y subo alegremente.
–Yo conduciré, pues tu no conoces el camino –dije.
–Naturalmente –replica–, yo no voy con usted: me quedo con Rosa.
–¡No! –grita Rosa, y huye hacia la casa, presintiendo su inevitable
destino; aún oigo el ruido de la cadena de la puerta, al correr en el
cerrojo; oigo girar la llave en la cerradura; veo además que Rosa apaga
todas las luces del vestíbulo y, siempre huyendo, las de las habitaciones
restantes, para que no puedan encontrarla.
–Tu vendrás conmigo –digo al mozo–; si no es así, desisto del viaje,
por urgente que sea. No tengo intención de dejarte a la muchacha
como pago del viaje.
–¡Arre! –grita él; y da una palmada; el coche parte, arrastrado como un
leño en el torrente; oigo crujir la puerta de mi casa, que cae hecha
pedazos bajo los golpes del mozo; luego mis ojos y mis oídos se
hunden en el remolino de la tormenta que confunde todos mis sentidos.
Pero esto dura sólo un instante; se diría que frente a mi puerta que
encontrara la puerta de la casa de mi paciente; ya estoy allí; los
caballos se detienen; la nieve ha dejado de caer; claro de luna en
torno; los padres de mi paciente salen ansiosos de la casa, seguidos de
la hermana; casi me arrancan del coche; no entiendo nada de su
confuso parloteo; en el cuarto del enfermo el aire es casi irrespirable, la
estufa humea, abandonada; quiero abrir la ventana, pero antes voy a
ver al enfermo. Delgado, sin fiebre, ni caliente ni frío, con ojos
inexpresivos, sin camisa, el joven se yergue bajo el edredón de plumas,
se abraza a mi cuello y me susurra al oído:
–Doctor, déjeme morir.
Miro en torno; nadie lo ha oído; los padres callan, inclinados hacia
adelante, esperando mi sentencia; la hermana me ha acercado una silla
para que coloque mi maletín de mano. Lo abro, y busco entre mis
instrumentos; el joven sigue alargándome sus manos, para recordarme
su súplica; tomo un par de pinzas, las examino a la luz de la bujía y las
deposito nuevamente.
–Si –pienso indignado–; en estos casos los dioses nos ayudan, nos
mandan el caballo que necesitamos y, dada nuestra prisa, nos agregan
otro. Además, nos envían un caballerizo...
En aquel preciso instante me acuerdo de Rosa. ¿Qué hacer? ¿Cómo
salvarla? ¿Cómo rescatar su cuerpo del peso de aquel hombre, a diez
millas de distancia, con un par de caballos imposibles de manejar? Esos
caballos que no sé cómo se han desatado de las riendas, que se abren
paso ignoro cómo; que asoman la cabeza por la ventana y contemplan
al enfermo, sin dejarse impresionar por las voces de la familia.
–Regresaré en seguida –me digo como si los caballos me invitaran al
viaje. Sin embargo, permito que la hermana, que me cree aturdido por
el calor, me quite el abrigo de pieles. Me sirven una copa de ron; el
anciano me palmea amistosamente el hombro, porque el ofrecimiento
de su tesoro justifica ya esta familiaridad. Meneo la cabeza; estallaré
dentro del estrecho círculo de mis pensamientos; por eso me niego a
beber. La madre permanece junto al lecho y me invita a acercarme; la
obedezco, y mientras un caballo relincha estridentemente hacia el
techo, apoyo la cabeza sobre el pecho del joven, que se estremece bajo
mi barba mojada. Se confirma lo que ya sabía: el joven está sano,
quizá un poco anémico, quizá saturado de café, que su solícita madre le
sirve, pero está sano; lo mejor sería sacarlo de un tirón de la cama. No
soy ningún reformador del mundo, y lo dejo donde está. Soy un vulgar
médico del distrito que cumple con su deber hasta donde puede, hasta
un punto que ya es una exageración. Mal pagado, soy, sin embargo,
generoso con los pobres. Es necesario que me ocupe de Rosa; al fin y al
cabo el joven es posible que tenga razón, y yo también pido que me
dejen morir. ¿Qué hago aquí, en este interminable invierno? Mi caballo
se ha muerto y no hay nadie en el pueblo que me preste el suyo. Me
veré obligado a arrojar mi carruaje en la pocilga; si por casualidad no
hubiese encontrado esos caballos, habría tenido que recurrir a los
cerdos. Esta es mi situación. Saludo a la familia con un movimiento de
cabeza. Ellos no saben nada de todo esto, y si lo supieran, no lo
creerían. Es fácil escribir recetas, pero en cambio, es un trabajo difícil
entenderse con la gente. Ahora bien, acudí junto al enfermo; una vez
más me han molestado inútilmente; estoy acostumbrado a ello; con esa
campanilla nocturna, todo el distrito me molesta, pero que además
tenga que sacrificar a Rosa, esa hermosa muchacha que durante años
vivió en mi casa sin que yo me diera cuenta cabal de su presencia...
Este sacrificio es excesivo, y tengo que encontrarle alguna solución,
cualquier cosa, para no dejarme arrastrar por esta familia que, a pesar
de su buena voluntad, no podrían devolverme a Rosa. Pero he aquí que
mientras cierro el maletín de mano y hago una señal para que me
traigan mi abrigo, la familia se agrupa, el padre olfatea la copa de ron
que tiene en la mano, la madre, evidentemente decepcionada conmigo
–¿qué espera, pues, la gente?– se muerde, llorosa, los labios, y la
hermana agita un pañuelo lleno de sangre; me siento dispuesto a creer,
bajo ciertas condiciones, que el joven quizá está enfermo. Me acerco a
él, que me sonríe como si le trajera un cordial... ¡Ah! Ahora los dos
caballos relinchan a la vez; ese estrépito ha sido seguramente
dispuesto para facilitar mi auscultación; y esta vez descubro que el
joven está enfermo. El costado derecho, cerca de la cadera, tiene una
herida grande como un platillo, rosada, con muchos matices, oscura en
el fondo, más clara en los bordes, suave al tacto, con coágulos
irregulares de sangre, abierta como una mina al aire libre. Así es como
se ve a cierta distancia. De cerca, aparece peor. ¿Quién puede
contemplar una cosa así sin que se le escape un silbido? Los gusanos,
largos y gordos como mi dedo meñique, rosados y manchados de
sangre, se mueven en el fondo de la herida, la puntean con su
cabecitas blancas y sus numerosas patitas. Pobre muchacho, nada se
puede hacer por ti. He descubierto tu gran herida; esa flor abierta en tu
costado te mata. La familia está contenta, me ve trabajar; la hermana
se lo dice a la madre, ésta al padre, el padre a algunas visitas que
entran por la puerta abierta, de puntillas, a través del claro de luna.
–¿Me salvarás? –murmura entre sollozos el joven, deslumbrado por la
vista de su herida.
Así es la gente de mi comarca. Siempre esperan que el médico haga lo
imposible. Han perdido la antigua fe; el cura se queda en su casa y
desgarra sus ornamentos sacerdotales uno tras otro; en cambio, el
médico tiene que hacerlo todo, suponen ellos, con sus pobres dedos de
cirujano. ¡Como quieran! Yo no les pedí que me llamaran; si pretenden
servirse de mí para un designio sagrado, no me negaré a ello. ¿Qué
cosa mejor puedo pedir yo, un pobre médico rural, despojado de su
criada?
Y he aquí que empiezan a llegar los parientes y todos los ancianos del
pueblo, y me desvisten; un coro de escolares, con el maestro a la
cabeza canta junto a la casa una tonada infantil con estas palabras:
"Desvístanlo, para que cure,
y si no cura, mátenlo.
Sólo es un médico, sólo es un médico..."
Mírenme: ya estoy desvestido, y, mesándome la barba y cabizbajo,
miro al pueblo tranquilamente. Tengo un gran dominio sobre mí mismo;
me siento superior a todos y aguanto, aunque no me sirve de nada,
porque ahora me toman por la cabeza y los pies y me llevan a la cama
del enfermo. me colocan junto a la pared, al lado de la herida. Luego
salen todos del aposento; cierran la puerta, el canto cesa; las nubes
cubren la luna; las mantas me calientan, las sombras de las cabezas de
los caballos oscilan en el vano de las ventanas.
–¿Sabes –me dice una voz al oído– que no tengo mucha confianza en
ti? No importa como hayas llegado hasta aquí; no te han llevado tus
pies. En vez de ayudarme, me escatimas mi lecho de muerte. No sabes
cómo me gustaría arrancarte los ojos.
–En verdad –dije yo–, es una vergüenza. Pero soy médico. ¿Qué
quieres que haga? Te aseguro que mi papel nada tiene de fácil.
–¿He de darme por satisfecho con esa excusa? Supongo que si.
Siempre debo conformarme. Vine al mundo con una hermosa herida. Es
lo único que poseo.
–Joven amigo –digo–, tu error estriba en tu falta de empuje. Yo, que
conozco todos los cuartos de los enfermos del distrito, te aseguro: tu
herida no es muy terrible. Fue hecha con dos golpes de hacha, en
ángulo agudo. Son muchos los que ofrecen sus flancos, y ni siquiera
oyen el ruido del hacha en el bosque. Pero menos aún sienten que el
hacha se les acerca.
–¿Es de veras así, o te aprovechas de mi fiebre para engañarme?
–Es cierto, palabra de honor de un médico juramentado. Puedes
llevártela al otro mundo.
Aceptó mi palabra, y guardó silencio. Pero ya era hora de pensar en mi
libertad. Los caballos seguían en el mismo lugar. Recogí rápidamente
mis vestidos, mi abrigo de pieles y mi maletín; no podía perder el
tiempo en vestirme; si los caballos corrían tanto como en el viaje de
ida, saltaría de esta cama a la mía. Dócilmente, uno de los caballos se
apartó de la ventana; arrojé el lío en el coche; el abrigo cayó fuera, y
sólo quedó retenido por una manga en un gancho. Ya era bastante.
Monté de un salto a un caballo; las riendas iban sueltas, las bestias,
casi desuncidas, el coche corría al azar y mi abrigo de pieles se
arrastraba por la nieve.
–¡De prisa! –grité–. Pero íbamos despacio, como viajeros, por aquel
desierto de nieve, y mientras tanto, el nuevo el canto de los escolares,
el canto de los muchachos que se mofaban de mí, se dejó oír durante
un buen rato detrás de nosotros:
"Alégrense, enfermos,
tienen al médico en su propia cama."
A ese paso nunca llegaría a mi casa; mi clientela está perdida; un
sucesor ocupará mi cargo, pero sin provecho, porque no puede
reemplazarme; en mi casa cunde el repugnante furor del caballerizo;
Rosa es su víctima; no quiero pensar en ello. Desnudo, medio muerto
de frío y a mi edad, con un coche terrenal y dos caballos
sobrenaturales, voy rodando por los caminos. Mi abrigo cuelga detrás
del coche, pero no puedo alcanzarlo, y ninguno de esos enfermos
sinvergüenzas levantará un dedo para ayudarme. ¡Se han burlado de
mí! Basta acudir una vez a un falso llamado de la campanilla nocturna
para que lo irreparable se produzca.
EL NUEVO ABOGADO
(1917)
Tenemos un nuevo abogado, el doctor Bucéfalo. Poco hay en su aspecto
que recuerde la época en que era el caballo de batalla de Alejandro de
Macedonia. Sin embargo, quien está al tanto de esa circunstancia, algo
nota. Y hace poco pude ver en la entrada a un simple ujier que lo contemplaba
admirativamente, con la mirada profesional del aficionado a
las carreras de caballos, mientras el doctor Bucéfalo, alzando gallardamente
los muslos y haciendo resonar el mármol con sus pasos, ascendía
escalón por escalonia escalinata.
En general, la Magistratura aprueba la admisión de Bucéfalo. Con
asombrosa agudeza dicen que dada la organización actual de la sociedad,
Bucéfalo se encuentra en una posición un tanto difícil, y que en
consecuencia, y considerando además su importancia dentro de la historia
universal, merece por lo menos ser recibido. Hoy –nadie podría
negarlo– no hay ningún Alejandro Magno. Hay muchos que saben matar;
tampoco escasea la habilidad necesaria para asesinar a un amigo
de un lanzazo a través de la mesa del festín; y para muchos Macedonia
es demasiado reducida, y maldicen en consecuencia a Filipo, el padre;
pero nadie, nadie puede abrirse paso hasta la India. Aún en su época
las puertas de la India estaban fuera del rey señaló el camino. Hoy dichas
puertas están en otra parte, más lejos, más alto; nadie muestra
el camino; muchos llevan espadas; pero sólo para blandirlas, y la mirada
que las sigue sólo consigue confundirse. Por eso, quizá lo mejor sea
hacer lo que Bucéfalo ha hecho, sumergirse en la lectura de libros de
derecho. Libre, sin que los muslos del jinete opriman sus flancos, a la
tranquila luz de la lámpara, lejos del estruendo de las batallas de Alejandro,
lee y relee las páginas de nuestros antiguos textos.










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