OBRAS COMPLETAS | KAFKA, Franz (parte II)

| terça-feira, 29 de dezembro de 2009










CAMINO A RAMSÉS
En la pequeña fonda a la cual llegó Karl después de una breve
caminata, y que en verdad no era más que una pequeña estación
terminal de carruajes de Nueva York y por lo tanto apenas solía usarse
como hospedaje, solicitó Karl el camastro más barato que pudiera
obtenerse; pues creía que era su deber comenzar a economizar
inmediatamente. En virtud de su pedido, fue despachado por el fondista
escaleras arriba mediante un gesto como destinado a un dependiente
suyo, y allá arriba lo recibió una mujer vieja, desgreñada, disgustada
por aquella interrupción de su sueño, y casi sin escucharlo lo condujo,
exhortándolo ininterrumpidamente a que anduviera sin hacer ruido, a
un cuarto cuya puerta cerró luego, no sin haberle lanzado antes su
aliento a la cara con un «¡sst!».
Karl, al pronto, no se daba bien cuenta de si sólo estaban bajadas las
cortinas de la ventana o si aquel cuarto carecía de ventanas, tanta era
allí la oscuridad; finalmente notó una claraboya pequeña, cubierta con
un paño; lo quitó e hizo entrar así un poco de luz. El cuarto tenía dos
camas; pero las dos estaban ocupadas ya. Karl vio allí a dos hombres
jóvenes sumidos en pesado sueño y que no parecían muy dignos de
confianza, ante todo porque, sin causa comprensible, dormían vestidos;
uno de ellos hasta tenía los zapatos puestos.
En el mismo instante en que Karl descubría la claraboya uno de los
durmientes alzó un poco sus brazos y piernas, y esto ofreció un aspecto
tal que Karl, a pesar de sus preocupaciones, no pudo menos que reírse
para sus adentros.
Pronto cayó en la cuenta de que él ya se quedaría sin dormir esa noche,
no sólo porque allí no existía ningún lecho más, ni diván ni sofá alguno,
sino también porque no podía exponer a ningún peligro ese baúl que
acababa de recuperar ni el dinero que llevaba. Mas tampoco deseaba
marcharse, pues no se atrevía a pasar frente a la criada y al fondista,
cosa necesaria para dejar esa casa en ese momento. Al fin y al cabo
quién sabía si la inseguridad era mayor allí que en la carretera.
Llamaba la atención por cierto que en todo el cuarto no pudiera
descubrirse ni una sola pieza de equipaje, por cuanto se podía
comprobar a la media luz que reinaba. Pero tal vez, esto era muy
probable, esos dos jóvenes serían los criados, obligados a levantarse
muy temprano para servir a los huéspedes, y por eso dormían vestidos.
En este caso no era muy honroso, ciertamente, dormir con ellos; pero
ya no ofrecía, en cambio, ningún peligro. Sólo que, en tanto que esto
no quedara plenamente aclarado y fuera de toda duda, no podía él, de
ninguna manera, acostarse a dormir.
Debajo de la cama había una vela y fósforos y Karl fue a buscar esas
cosas con paso sigiloso. No tenía reparos en encender luz, pues el
cuarto, según orden del fondista, tanto le pertenecía a él como a los
otros dos, quienes por otra parte ya habían disfrutado del sueño
durante la mitad de la noche y cuya ventaja frente a él era
incomparable, ya que se hallaban en su poder las camas. Por lo demás
procedió, naturalmente, con mucha cautela, y al andar y manejar las
cosas se esforzaba muchísimo por no despertarlos.
Antes que nada deseaba examinar su baúl para tener una idea general
acerca de sus cosas, que ya sólo recordaba de un modo vago y de las
que seguramente ya se habría perdido lo más valioso. Pues si aquel
Schubal ponía su mano sobre algo, quedaba poca esperanza de
recuperarlo intacto. Ciertamente era posible que esperara del tío una
buena propina; mas por otra parte, en el caso de faltar algunos objetos
aislados, bien podía él echar la culpa al verdadero cuidador del baúl, el
señor Butterbaum.
Al abrir el baúl quedó Karl verdaderamente horrorizado por esa primera
visión que se le ofrecía. Interminables horas había dedicado él durante
la travesía a ordenar y volver a ordenar el baúl, y ahora estaba todo allí
encerrado de un modo tan salvaje que la tapa saltó por sí sola al
abrirse la cerradura.
Mas pronto advirtió Karl, alegrándose por ello, que ese desorden sólo se
debía a la circunstancia de que, posteriormente, habían metido allí
aquel traje que había usado durante el viaje y para el cual el baúl,
naturalmente, ya no tenía capacidad. No faltaba absolutamente nada.
En el bolsillo secreto de la chaqueta no sólo se hallaba el pasaporte,
sino también el dinero traído de su casa; de manera que Karl, si le
agregaba el que llevaba consigo, disponía de dinero suficiente por el
momento. Allí se encontraba también la ropa blanca que él llevaba
puesta al llegar, bien lavada y planchada. Sin demora, depositó reloj y
dinero en el acreditado bolsillo secreto. Lamentable era únicamente que
aquel salchichón veronés, que tampoco faltaba, hubiera comunicado su
olor a todas las cosas. De no encontrarse algún medio para subsanar
eso, vería Karl ante sí la perspectiva de andar durante meses envuelto
en tal olor.
Al exhumar algunos objetos que yacían en el fondo del baúl –tratábase
de una Biblia de bolsillo, papel para cartas y las fotografías de los
padres– se le cayó de la cabeza la gorra, que fue a dar en el baúl. En
medio de todas esas cosas antiguas y familiares que lo rodeaban, la
reconoció en seguida: era su gorra, aquella gorra que la madre le había
dado para que la usara como gorra de viaje. Pero él había tenido la
precaución de no usarla a bordo, pues sabía que en América la gente
llevaba, en general, gorra en lugar de sombrero, por lo cual él no quería
gastar la suya antes de llegar. Ahora bien, ciertamente aquel señor
Green se había servido de ella para divertirse a expensas de Karl.
¿Acaso le había encargado también eso su tío? Y en un movimiento
involuntario, furioso, cogió la tapa del baúl y éste se cerró con
estrépito.
Ahora ya no había remedio: había despertado a los dos durmientes.
Primero se desperezó y bostezó uno de ellos y acto seguido le imitó el
otro. Y había que considerar que casi todo el contenido del baúl se
hallaba volcado sobre la mesa; si eran ladrones, no necesitaban más
que acercarse y escoger. No sólo para adelantarse a tal posibilidad, sino
también para poner todas las cosas en claro desde el primer momento,
acercóse Karl a las camas, vela en mano, y explicó acto seguido con
qué derecho se hallaba él allí. Mas ellos, al parecer, ni habían esperado
tal explicación; demasiado soñolientos todavía para poder hablar, no
hacían sino mirarlo sin el menor asombro. Eran los dos muy jóvenes,
pero el trabajo pesado o la necesidad les había destacado los huesos de
la cara antes de tiempo; barbas desordenadas colgaban en torno a sus
mentones; el pelo, sin cortar desde hacía mucho tiempo, rodeaba
desgreñado las cabezas; y ahora, para colmo, se frotaban y se
apretaban con los nudillos sus ojos muy hundidos, de tanto sueño que
tenían.
Karl, queriendo aprovechar ese momentáneo estado de debilidad, dijo:
–Me llamo Karl Rossmann y soy alemán. Ya que tenemos un cuarto en
común, les ruego que también cada uno de ustedes me diga su nombre
y su nacionalidad. Quiero declarar ahora mismo que no pretendo
ninguna cama, puesto que he venido tan tarde y que, además, no
tengo intención de dormir. Por otra parte, no reparen ustedes en mi
hermoso traje; soy completamente pobre y no tengo perspectivas de
ninguna clase.
El más bajo de los dos –aquel que tenía los zapatos puestos– indicó con
brazos, piernas y gestos que todo eso no le interesaba nada y que
aquélla no era hora para tales discursos; se echó de nuevo y se durmió
inmediatamente. El otro, hombre de tez oscura, volvió a acostarse
también; pero antes de dormirse, con la mano negligentemente
extendida, dijo todavía:
–Éste se llama Robinsón y es irlandés; yo me llamo Delamarche, soy
francés; y ahora ¡silencio!, ¡se lo ruego!
Apenas hubo terminado de decir esas palabras apagó la vela de Karl
soplándola con un gran despliegue de su aliento y luego se dejó caer
nuevamente sobre la almohada.
«Bien, este peligro queda eliminado por el momento», díjose Karl
volviendo a la mesa.
Si ese sueño que tenían no era sólo un pretexto, todo marchaba bien.
Lo único desagradable era que uno de ellos fuera irlandés. Karl ya no
sabía con exactitud cuál era el libro en que una vez, en su casa, había
leído que en América del Norte era menester cuidarse de los irlandeses.
Claro que, durante su permanencia en casa de su tío, hubiera tenido la
oportunidad de investigar a fondo en qué estribaba lo que de peligroso
tenían los irlandeses; pero él había dejado de hacerlo, había perdido
por completo aquella oportunidad, porque ya se creía allí, para siempre,
en puerto seguro. Ahora, al menos, contemplaría bien de cerca a ese
irlandés a la luz de la vela que volvió a encender; así lo hizo y le
parecía más tolerable el aspecto de éste que el del francés. El irlandés
hasta conservaba todavía un rastro de mejillas redondeadas y se
sonreía afablemente durante el sueño, por cuanto Karl pudo comprobar
desde cierta distancia y de puntillas.
Firmemente decidido a no dormir, pese a todo, sentóse Karl en la única
silla del cuarto, postergó por el momento la tarea de ordenar el baúl,
puesto que para ello disponía de la noche entera todavía, y hojeó
ligeramente la Biblia sin leer nada. Luego cogió la fotografía de sus
padres, en la cual el padre, que era pequeño, aparecía muy erguido;
mientras que la madre, sentada en un sillón, delante de él, se
presentaba levemente encogida. Mantenía el padre una de sus manos
sobre el respaldo del sillón; la otra, cerrada en puño, sobre un libro
ilustrado que yacía abierto a su lado, en una frágil mesita de adorno.
Existía además otra fotografía, en la cual se veía a Karl retratado con
sus padres. En ella, el padre y la madre lo miraban fijamente, mientras
que él mismo, de acuerdo con la orden del fotógrafo, había tenido que
clavar la mirada en la máquina. Pero no le habían dado esa fotografía
para el viaje.
Con tanto mayor detenimiento quedóse mirando esta que tenía delante
y desde distintos ángulos intentó recoger la mirada del padre. Mas éste,
por más que Karl modificara la visión mediante diversas posiciones de
la vela, no quiso cobrar vida; además, su bigote horizontal y fuerte no
se parecía nada a la realidad; éste no era un buen retrato. La madre,
en cambio, había quedado mucho mejor retratada; en su boca se
insinuaba una mueca como si se le hubiera hecho algún mal y ella se
esforzase por sonreír. Parecíale a Karl que esto debía de llamar la
atención tan poderosamente a quienquiera que mirase ese retrato que,
pasado el primer momento, la nitidez de esa impresión había de
resultar demasiado fuerte, casi absurda. ¡Cómo era posible que se
obtuviera de un retrato, hasta tal punto, la convicción inconmovible
acerca de un sentimiento oculto del retratado! Y luego, durante unos
instantes, apartó la vista del retrato.
Cuando sus miradas volvieron a él le llamó la atención aquella mano de
la madre, que allí, muy adelante colgaba del brazo del sillón, tan cerca
que él sintió ganas de besarla. Quizá fuera bueno, a pesar de todo –
pensó–, escribir a sus padres, tal como los dos –y por último su padre,
muy severamente, en Hamburgo– se lo habían pedido. Cierto que
entonces, aquella terrible noche en que la madre junto a la ventana le
había anunciado el viaje a América, él había hecho el juramento
irrevocable de no escribir jamás; pero, ¡qué valor tenía aquí y en medio
de circunstancias tan nuevas semejante juramento de un muchacho sin
experiencia! Lo mismo hubiera podido jurar entonces que a los dos
meses de su permanencia en América sería general de la milicia
norteamericana, mientras que en realidad se veía allí junto a dos
vagabundos en un desván de una fonda de los alrededores de Nueva
York, debiendo admitir, además, que en verdad éste era el sitio que le
correspondía. Y, sonriendo, examinó los rostros de sus padres, como si
en ellos pudiera leerse si aún seguían abrigando el deseo de recibir
noticias de su hijo.
Durante esa contemplación cayó pronto en la cuenta de que, a pesar de
todo, estaba muy cansado y que difícilmente podría pasar esa noche en
vela. El retrato se le cayó de las manos; luego asentó la cara sobre ese
retrato cuyo frescor placía a su mejilla y con una sensación agradable
se quedó dormido.
Lo despertaron temprano unas cosquillas en el sobaco. Era el francés
quien se permitía semejante impertinencia. Pero también el irlandés ya
estaba apostado ante la mesa de Karl. Los dos lo miraban con un
interés no menor que el que Karl demostró frente a ellos durante la
noche. No le sorprendió a Karl el hecho de no haberse despertado al
levantarse aquéllos; no había sido necesario que ellos, con mala
intención, anduvieran con especial sigilo, pues él había estado
profundamente dormido y además a ellos no les había dado mucho
trabajo vestirse y, evidentemente, tampoco el lavarse.
En aquel momento se saludaron mutuamente como era debido, no sin
ciertos cumplimientos, y Karl se enteró de que ambos eran mecánicos,
que desde hacía mucho tiempo no habían podido obtener trabajo en
Nueva York y que, en consecuencia, habían llegado a un estado
considerablemente miserable. Para demostrarlo abrió Robinsón su
chaqueta, y bien pudo verse que no había debajo ninguna camisa, lo
que ciertamente ya podía conocerse por aquel cuello suelto que llevaba
cosido, por detrás, a la chaqueta.
Abrigaban ellos la intención de marchar hasta la pequeña ciudad de
Butterford que distaba de Nueva York unos dos días de viaje y donde,
según se decía, había vacantes. No tenían ningún inconveniente en que
Karl los acompañara y le prometían, primero, que a ratos llevarían su
baúl y, segundo, que en el caso de obtener trabajo ellos mismos le
conseguirían un empleo de aprendiz, lo cual sería facilísimo si había
trabajo. Karl no había dado su consentimiento, sino apenas, cuando
ellos ya le daban el consejo amistoso de quitarse aquel traje tan
flamante, puesto que sólo sería un obstáculo dondequiera que se
presentase solicitando empleo. Que en esa casa precisamente había
una oportunidad excelente para deshacerse de ese traje, pues la criada
se dedicaba también a un comercio de ropa. Le ayudaron a Karl, quien
tampoco estaba decidido del todo en cuanto al traje, a quitárselo, y se
lo llevaron. Cuando Karl, que quedó solo, un poco soñoliento todavía,
estaba poniéndose sus viejas prendas de viaje, se recriminó ya el haber
vendido aquel traje que, acaso, podía perjudicarlo si solicitaba un
empleo de aprendiz, pero que en cambio sólo podía serle útil si se
trataba de una ocupación mejor. Abrió, pues, la puerta para gritarles
que volvieran; pero apenas lo hizo chocó con ellos que ya regresaban:
dejaron sobre la mesa medio dólar como producto de la venta, con el
semblante tan alegre que resultaba imposible persuadirse de que en
aquella venta no habían obtenido su ganancia ellos también, y una
ganancia escandalosamente grande.
Por otra parte no había tiempo de discutir nada: entró la criada tan
soñolienta como la noche anterior y echó a los tres al pasillo declarando
que debía preparar la habitación para nuevos huéspedes. Naturalmente
eso no era cierto en absoluto y obraba así sólo por malicia. Karl, quien
precisamente había querido ordenar su baúl, tuvo que quedarse
mirando cómo aquella mujer agarraba sus cosas, con las dos manos, y
las echaba dentro del baúl con una violencia que sólo se hubiera
justificado si se tratase de alguna clase de bichos que hubiera que
acallar. Los dos mecánicos, ciertamente, trataron de entretenerla; la
zarandeaban por las faldas, la palmoteaban en la espalda, pero si
tenían intención de ayudar con ello a Karl, su proceder era
completamente equivocado.
Cuando la mujer hubo cerrado el baúl, le puso a Karl el asa en la mano,
se deshizo de los mecánicos de una sacudida y arrojó a los tres del
cuarto con la amenaza de que, si no obedecían, se quedarían sin café.
Aquella mujer, evidentemente, parecía haber olvidado por completo
que desde un principio Karl no había tenido la menor relación con los
mecánicos, pues los trataba como a una pandilla única. Ciertamente los
mecánicos le habían vendido el traje de Karl, demostrando con ello
cierta comunidad.
En el pasillo tuvieron que pasearse durante mucho tiempo, de un lado
para otro, y el francés, que se había colgado del brazo de Karl,
blasfemaba ininterrumpidamente y amenazaba con derribar al fondista
boxeando, si es que se atrevía a mostrarse allí; y parecía apercibirse a
ello frotándose furiosamente uno contra otro los puños cerrados.
Finalmente llegó un muchachito pequeño, de aire inocente, que tuvo
que estirarse para darle la cafetera al francés. Desgraciadamente había
una sola cafetera y no se le podía hacer comprender al chico que
también hacían falta vasos. Así, podía beber uno solo por vez y los
otros dos se quedaban plantados ante él, esperando. Karl no tenía
ganas de beber el café, pero no queriendo ofender a los otros, se
quedaba sin sorber nada, con la cafetera en los labios, cuando le tocaba
el turno.
En señal de despedida arrojó el irlandés la cafetera contra el piso de
baldosa. Abandonaron la casa sin que nadie los viera y entraron en la
densa y amarillenta neblina matinal. La mayor parte del tiempo
marcharon silenciosamente el uno junto al otro por el borde del
camino; Karl tenía que llevar su baúl; los otros seguramente lo
relevarían sólo cuando él se lo pidiera. De vez en cuando algún
automóvil salía rápidamente de la neblina y los tres volvían la cabeza
hacia aquellos coches casi siempre gigantescos, tan llamativos en su
construcción y cuya aparición era tan breve que uno no tenía tiempo de
notar siquiera la presencia de sus ocupantes.
Más tarde comenzaban las caravanas de carruajes que llevaban víveres
a Nueva York; avanzaban en forma tan ininterrumpida, en cinco hileras
que ocupaban todo el ancho del camino, que nadie hubiera podido
atravesarlo. De tiempo en tiempo ensanchábase el camino hasta formar
una plaza en cuyo centro se paseaba un agente de policía sobre una
construcción elevada en forma de torre que le permitía dominar todo y
regular el tránsito con un bastoncito: tanto el de la vía principal como
también el de los caminos laterales que desembocaban allí; ese tránsito
que luego quedaba sin vigilancia hasta la plaza siguiente y el agente
próximo, pero que los cocheros y conductores, callados y atentos,
mantenían sin embargo dentro de un orden suficiente por su propia
voluntad.
Lo que más le asombraba a Karl era aquella tranquilidad general. Si no
hubiera sido por el griterío de las reses que iban al matadero
posiblemente sólo se habría percibido el golpeteo de los cascos de los
caballos y el sibilante zumbido de los antideslizantes de los
automóviles. Y había que considerar que la velocidad, naturalmente, no
era siempre la misma. Si en alguna de las plazas, debido a una
aglomeración excesiva procedente de los caminos laterales, se hacía
necesario ejecutar grandes cambios y traslaciones, deteníanse las
hileras enteras o adelantaban sólo paso a paso; pero luego sucedía
también que durante un rato corrieran todos a una velocidad
relámpago, hasta que nuevamente se aplacaban como regidos por un
freno único. Y a pesar de todo ni el menor polvillo se levantaba del
camino: todo esto se movía en una atmósfera transparentísima. No
había peatones allí, no se encaminaban hacia la ciudad las vendedoras
de feria, las verduleras, como allá, en la tierra de Karl; mas, no
obstante, aparecían de cuando en cuando grandes automóviles chatos
que llevaban a una veintena de mujeres, de pie, con canastos a la
espalda, acaso verduleras con todo, y éstas estiraban los cuellos para
ver bien el tránsito y encontrar así alguna esperanza de hacer el viaje
más rápidamente. Y luego se veían otros automóviles similares sobre
los cuales se paseaban aisladamente unos hombres con las manos en
los bolsillos del pantalón.
Sobre uno de aquellos vehículos, que llevaba diversas inscripciones,
leyó Karl, no sin que se le escapara un leve grito: «Se admiten obreros
portuarios para la Compañía de Transportes Jakob». El carruaje iba
muy despacio, precisamente, y un hombrecillo encogido y vivaz,
apostado en la escalerilla del coche, invitó a los tres caminantes a subir.
Karl se refugió tras los mecánicos, como si en aquel vehículo pudiera
encontrarse el tío en persona y pudiera verlo. Estaba contento de que
también los otros dos rechazaran esa invitación, aunque le doliera en
cierto modo el gesto soberbio con que lo hicieron. Ellos no tenían
motivo de estimarse tanto como para no ingresar en los servicios de su
tío. Y aunque no expresamente, él les dio a entender en seguida lo que
pensaba. En respuesta le rogó Delamarche que hiciera el favor de no
inmiscuirse en asuntos que no entendía; que esa manera de contratar a
la gente era una miserable estafa y que la Casa Jakob tenía pésima
fama en ese sentido en todo el territorio de los Estados Unidos.
Karl no respondió, pero desde ese momento comenzó a confiar más en
el irlandés, y a éste rogó finalmente que le llevara un poco el baúl y,
después de repetir Karl su pedido varias veces, el hombre no dejó de
hacerlo. Sólo que se quejaba incesantemente de lo pesado que era;
hasta que quedó manifiesto que su intención era únicamente aliviar el
peso del baúl sacando el salchichón veronés que ya en el hotel había
llamado gratamente su atención. Karl tuvo que sacarlo y desenvolverlo;
el francés se apoderó de él, tratándolo con un cuchillo en forma de
puñal y comiéndoselo casi él solo: Robinsón recibía una rodaja de vez
en cuando, y en cambio Karl, obligado a llevar nuevamente su baúl si
no quería dejarlo sobre la carretera, no recibió nada, como si él ya por
anticipado hubiese tomado la parte que le correspondía. Le parecía
demasiado mezquino obtener un pedacito mendigándolo, pero en su
interior se le revolvía la bilis.
La neblina había desaparecido por completo; a lo lejos resplandecía una
alta cordillera cuya cresta ondulada llevaba la mirada hacia una nube,
más distante aún, atravesada por los rayos del sol. A la vera del camino
había tierras mal labradas que rodeaban grandes fábricas levantadas en
medio del campo libre, oscurecidas por el humo. En las grandes casas
de vecindad, aisladas y diseminadas sin orden ni concierto, titilaban las
muchas ventanas con variadísimo movimiento e iluminación, y en todos
aquellos balcones pequeños y endebles atendían a muchísimos
quehaceres mujeres y niños; mientras que alrededor de ellos, ya
descubriéndolos a la vista, ya ocultándolos, ondeaban y se hinchaban
poderosamente con el viento matinal paños y prendas de vestir
colgados o tendidos. Si las miradas, deslizándose sobre las casas, se
alejaban de ellas veía uno volar las alondras en lo alto del cielo y más
bajo, en cambio, las golondrinas revoloteaban a no mucha altura sobre
las cabezas de quienes iban en los vehículos.
Muchas cosas había que le recordaban a Karl su patria y él no sabía si
hacía bien abandonando Nueva York y yéndose al interior del país.
Nueva York estaba sobre el mar y ello significaba la posibilidad del
regreso en cualquier momento a la patria. Y por eso se detuvo, y dijo a
sus dos acompañantes que había cambiado de parecer y que tenía
deseos de quedarse en Nueva York. Y cuando Delamarche
sencillamente pretendió empujarlo, él no lo consintió diciendo que,
según creía, le asistía todavía el derecho de decidir acerca de sí mismo.
Tuvo que intervenir el irlandés declarando que Butterford era mucho
más hermoso que Nueva York, y fue necesario que los dos se lo
rogaran mucho antes de que se decidiera a proseguir la marcha. Y aun
entonces no lo hubiera hecho todavía si no se hubiera dicho que así
sería mejor para él, que tal vez sería mejor llegar a un sitio desde el
cual la posibilidad del regreso a la patria no fuese tan fácil. Sin duda
trabajaría mejor y adelantaría más allí donde no lo estorbaran
pensamientos inútiles.
Y ahora era él quien impulsaba a los otros dos, y tanto se alegraron
ellos del celo de Karl que, sin esperar a que éste se lo pidiese, llevaban
el baúl turnándose; y Karl no comprendía claramente por qué les
causaba él, en realidad, semejante alegría.
Llegaron a un paraje que iba ascendiendo, y si de cuando en cuando se
detenían podían ver, al mirar hacia atrás, cómo se desarrollaba
ampliándose cada vez más el panorama de Nueva York con su puerto.
El puente que une a Nueva York con Brooklyn colgaba frágil sobre el
East River y se le veía estremecerse cuando se entornaban los ojos.
Parecía completamente libre de tránsito y debajo tendíase la cinta de
agua lisa, inanimada. Todas las cosas, en las dos ciudades gigantescas,
parecían estar absurdamente colocadas, sin responder a ningún sentido
de utilidad. Apenas se notaba una diferencia entre las casas grandes y
las pequeñas. En las honduras invisibles de las calles continuaba
seguramente la vida a su manera; pero por encima de ellas no se podía
ver sino una leve bruma que, aunque inmóvil, parecía muy fácil de
disipar. Aun sobre el puerto, el más grande del mundo, había
descendido la paz; y sólo de cuando en cuando, y seguramente bajo el
influjo del recuerdo de haberlo visto antes de cerca, creíase ver
desplazarse algún barco un breve trecho. Pero tampoco era posible
observarlo durante mucho tiempo: se escapaba a las miradas y luego
ya no se le volvía a encontrar.
Pero evidentemente Delamarche y Robinsón veían mucho más; ellos
señalaban hacia derecha e izquierda y con las manos extendidas
trazaban arcos sobre plazas y jardines que llamaban por sus nombres.
Les parecía inconcebible que Karl hubiese estado más de dos meses en
Nueva York sin haber visto de la ciudad apenas otra cosa que una calle.
Y le prometieron que, una vez que ganaran lo suficiente en Butterford,
irían con él a Nueva York y le mostrarían todas las curiosidades y claro
que muy especialmente aquellos lugares donde uno se divertía hasta la
dicha suprema. Y acto seguido entonó Robinsón a voz en cuello una
canción que Delamarche acompaño golpeando las manos y en la cual
Karl reconoció un aire de opereta de su patria que allí, y con letra
inglesa, le gustaba muchísimo más de lo que le había gustado en su
tierra. Y así se efectuó una pequeña función al aire libre de la cual todos
participaban, y sólo la ciudad, allá abajo, que según decían se divertía
tanto con esa melodía, parecía ignorarla.
Una vez preguntó Karl dónde estaba la Compañía de Transportes Jakob
e inmediatamente vio los dedos índice de Delamarche y de Robinsón
extendidos, señalando tal vez el mismo punto y tal vez puntos distintos
entre los cuales había kilómetros de distancia. Al proseguir luego la
marcha preguntó Karl cuándo podrían regresar a Nueva York con
ganancias suficientes. Delamarche dijo que bien podría suceder dentro
de un mes, pues en Butterford hacían falta obreros y los salarios eran
elevados. Naturalmente depositarían ellos su dinero en una caja común,
a fin de que las diferencias casuales de ganancia fuesen compensadas
como entre buenos camaradas. Esa caja común no le agradaba a Karl,
a pesar de que él, como aprendiz, ganaría menos, por supuesto, que un
obrero calificado. Por lo demás, dijo Robinsón que, naturalmente, si no
hubiera trabajo en Butterford tendrían que seguir camino para
colocarse en alguna parte como peones en el campo, o bien llegar a los
lavaderos de oro de California; y esto, según se deducía de los
circunstanciados relatos de Robinsón, constituía su proyecto favorito.
–¿Por qué se hizo usted mecánico si ahora quiere ir a los lavaderos de
oro? –preguntó Karl, a quien no le alegraba precisamente que hablasen
de semejante necesidad de emprender viajes largos e inciertos.
–¿Que para qué me hice mecánico? –dijo Robinson–. Pues
seguramente no ha de ser para que el hijo de mi madre se muera de
hambre. En los lavaderos de oro las ganancias son buenas.
–Antes lo eran –dijo Delamarche.
–Y lo son todavía –dijo Robinsón, y refirió historias de muchos
conocidos suyos que allí se habían enriquecido, que aún vivían en el
lugar y que, como era natural, ya no movían ni un dedo; pero que
debido a su vieja amistad le ayudarían a llegar a la riqueza a él, y se
sobreentendía que también a sus amigos.
–Por fuerza obtendremos empleos en Butterford –dijo Delamarche
expresando con ello el pensamiento más íntimo de Karl; sin embargo,
ésa no era una manera muy optimista de expresarse.
Durante el día hicieron una sola parada en una fonda; comieron delante
de la misma al aire libre, en una mesa que a Karl le pareció de hierro,
una carne casi cruda que no era posible cortar con cuchillo y tenedor,
sino que era necesario arrancar a pedazos. El pan tenía forma de
cilindro y de cada uno de los panes surgía un largo cuchillo. Con esa
comida se servía un líquido negro que quemaba la garganta; pero a
Delamarche y a Robinsón les gustaba; levantaban a menudo sus vasos,
los chocaban y hacían votos por el cumplimiento de diversos deseos, y
al hacerlo sostenían durante unos instantes los vasos en alto, uno
contra otro.
En la mesa de al lado estaban sentados unos obreros que llevaban
blusas salpicadas de cal, y todos bebían el mismo líquido. Los
numerosos automóviles que pasaban arrojaban nubes de polvo sobre
las mesas. Se hacían circular grandes hojas de periódicos, se hablaba
con excitación de la huelga de los obreros de la construcción y se oía a
menudo el nombre de Mack. Karl hizo averiguaciones al respecto y supo
que se trataba del padre de aquel Mack que él conocía y que era el
empresario de construcciones más importante de Nueva York, que la
huelga le costaba millones y que acaso amenazara su posición
comercial. Karl no creyó ni una palabra de aquellas habladurías de
gente mal informada y malintencionada.
Además amargábale a Karl aquella comida la circunstancia muy
problemática de cómo se pagaría la consumición. Lo natural hubiese
sido que cada uno pagase su parte, pero tanto Delamarche como
Robinsón habían declarado oportunamente que el último resto de su
dinero se había agotado con el pago del albergue de la noche anterior.
No se podía descubrir en poder de ninguno de ellos reloj, anillo o
cualquier otro objeto que se pudiera vender. Y Karl no podía echarles
en cara, claro está, que hubieran ganado algo sobre la venta de sus
ropas, pues esto habría sido una ofensa que los hubiera separado para
siempre. Pero lo más asombroso era que ni Delamarche ni Robinsón
demostraran preocupación alguna en cuanto al pago; por el contrario,
ostentaban el suficiente buen humor como para intentar, con la mayor
frecuencia posible, trabar relaciones con la camarera, que se paseaba
entre las mesas, ufana y con paso firme y pesado. Llevaba el cabello un
poco suelto, de manera que desde los lados le caía sobre la frente y las
mejillas; se lo alisaba hacia atrás introduciendo las manos por debajo.
Finalmente cuando podía esperarse de ella la primera palabra amable,
se aproximó a la mesa y, apoyando en ella ambas manos, preguntó:
–¿Quién paga?
Jamás hubo manos que se alzaran con mayor prontitud que en aquel
momento las de Delamarche y Robinsón señalando a Karl. Éste no se
asustó por ello, ya que lo había previsto, y no veía nada malo en que
los camaradas, de los cuales él también esperaba sus ventajas, se
hicieran pagar algunas insignificancias; aunque por cierto, más decente
hubiera sido convenir ese asunto en forma expresa antes del momento
decisivo. Lo único molesto era que se hacía necesario extraer en ese
momento el dinero del bolsillo secreto. Al principio había sido su
intención reservar su dinero para el último caso de necesidad y
colocarse por el momento, en cierto modo, en un mismo plano con sus
camaradas. La ventaja que él obtenía al poseer aquel dinero y, ante
todo, del hecho de no hablar a sus camaradas de su propiedad,
quedaba más que sobradamente compensada, para ellos, por las
circunstancias de que ya desde su niñez se hallaban en América, de que
tenían experiencia y conocimientos suficientes para ganar dinero y de
que, al fin y al cabo, no estaban acostumbrados a otras condiciones de
vida mejores que las actuales.
Las intenciones que hasta entonces abrigó Karl con respecto a su dinero
no tenían por qué quedar perturbadas con motivo de ese pago, pues de
un cuarto de dólar podía él prescindir y por lo tanto podía ponerlo sobre
la mesa, declarando que era todo lo que poseía y que estaba dispuesto
a sacrificarlo por su viaje en común a Butterford. Además, esa suma
bastaría perfectamente para ese viaje a pie. Pero no sabía en aquel
momento si tenía suficiente dinero suelto, y además ese dinero, junto
con los billetes doblados, se hallaba hundido en quién sabe qué
profundidades del bolsillo secreto, donde la mejor manera de encontrar
algo era precisamente volcando todo el contenido sobre la mesa. Por
otra parte, era absolutamente innecesario que los camaradas se
enterasen de la existencia de aquel bolsillo secreto. Ahora bien,
afortunadamente, a sus compañeros aún seguía interesándoles mucho
más la camarera que cómo lograba Karl el dinero para el pago.
Pidiéndole que hiciera la cuenta detallada, atrajo Delamarche a la
camarera, obligándola a colocarse entre él y Robinsón, y ella sólo pudo
repeler las insolencias de ambos poniendo ya a uno, ya a otro, toda la
mano sobre la cara, a fin de apartarlos de esta manera.
Entretanto Karl, acalorado por el esfuerzo que tuvo que hacer, juntaba
debajo de la tabla de la mesa, en una de sus manos, el dinero que
pieza por pieza iba cazando y pescando con la otra en el bolsillo
secreto. Finalmente, a pesar de que todavía no conocía bien el dinero
norteamericano, creyó haber reunido una suma suficiente a juzgar, al
menos, por la cantidad de monedas, y las puso sobre la mesa. El sonido
del dinero interrumpió inmediatamente las bromas. Para disgusto de
Karl, y con el consiguiente asombro general, resultó que había allí casi
un dólar entero. Si bien ninguno de ellos preguntó por qué no había
dicho antes Karl nada de ese dinero, suficiente para un cómodo viaje en
tren hasta Butterford, Karl se sentía, sin embargo, muy cohibido.
Lentamente, después de quedar pagada la comida, volvió a guardar el
dinero; Delamarche alcanzó a quitarle todavía, de la mano, una
moneda que necesitaba para propina de la camarera, a la cual abrazó
estrechamente contra sí, para entregarle luego, desde el otro lado, la
moneda.
Karl sintió gratitud hacia ellos, ya que al proseguir la marcha no
hicieron alusión alguna al dinero y, durante un rato, hasta pensó
confesarles a cuánto ascendía toda su fortuna, pero, con todo, no lo
hizo, ya que no se presentaba ninguna ocasión propicia. Hacia el
atardecer llegaron a un paraje más rural, más fértil. Alrededor
aparecían campos que no estaban subdivididos y se extendían con su
tierno verdor sobre suaves collados; ricas residencias rurales bordeaban
el camino, y durante horas y horas anduvieron entre las rejas doradas
de los jardines, cruzaron varias veces el mismo río de lenta corriente y
muchas veces, por encima de sus cabezas, escucharon el tronar de los
trenes que pasaban por los viaductos construidos sobre altas arcadas.
Precisamente estaba poniéndose el sol sobre el borde recto de lejanos
bosques cuando se dejaron caer en la hierba, en medio de una pequeña
arboleda situada sobre una altura, para descansar de las fatigas del día.
Allí se tendieron Delamarche y Robinsón, estirándose y desperezándose
cuanto podían. Karl permaneció sentado, la cabeza erguida, mirando
hacia el camino que corría unos metros más abajo y sobre el cual
pasaban continuamente, veloces, los automóviles uno junto a otro,
rozándose casi, como ya durante todo el día habían pasado, y como si
los despacharan en número exacto allá en la lejanía, una y otra vez, y
los esperaran, en igual número, en la otra lejanía. Durante todo el día,
desde tempranas horas de la mañana, Karl no había visto detenerse ni
un solo automóvil ni apearse a un solo pasajero.
Robinsón propuso que se quedaran allí a pasar la noche, puesto que
todos ellos estaban bastante cansados, y que desde aquel lugar podrían
volver a emprender la marcha mucho más, temprano y ya que,
finalmente, sería difícil que hallasen un albergue más barato y mejor
situado antes de cerrar la noche por completo. Delamarche estaba de
acuerdo y sólo Karl se creyó en la obligación de observar que él
disponía de dinero suficiente para pagar a todos las camas, aunque
fuese en un hotel. Delamarche dijo que ya necesitarían ese dinero y
que lo tuviese bien guardado. Delamarche no ocultó de ningún modo el
hecho de que ellos ya estaban contando, desde luego, con el dinero de
Karl. Ya que su primera propuesta estaba aceptada, declaró Robinsón
en seguida que, antes de dormir y a fin de acumular fuerzas para el día
siguiente, era necesario que comiesen algo bien sólido, y que uno de
ellos fuera a buscar la comida para todos a aquel hotel que muy cerca
de allí, luciendo el letrero luminoso de Hotel Occidental, se veía sobre la
carretera. Siendo el más joven de todos y ya que, por otra parte,
ninguno se mostraba dispuesto, no vaciló Karl en ofrecerse para esa
diligencia, y después de haber recibido el encargo de traer tocino, pan y
cerveza se fue hasta el hotel.
Había seguramente, no muy lejos, una gran ciudad, pues ya el primer
salón del hotel donde Karl había entrado hallábase atestado de una
ruidosa multitud. Delante del mostrador, que se extendía a lo largo de
uno de los muros principales y de dos paredes laterales, corrían
incesantemente muchos mozos con delantales blancos que cubrían su
pecho, y no podían, con todo, satisfacer a los impacientes huéspedes,
ya que, partiendo de los más diversos lugares, se oían y volvían a oírse
continuamente maldiciones y ruido de puños que golpeaban en las
mesas. Nadie reparaba en Karl.
No había, evidentemente, servicio alguno en el salón mismo, y los
clientes, sentados alrededor de diminutas mesas que desaparecían
fácilmente entre tres comensales, se dirigían al mostrador y retiraban
de allí todo lo que deseaban. En cada mesita había un frasco grande
con aceite, vinagre o cosa semejante, y antes de comer vertían el
líquido de esos frascos sobre los platos traídos del mostrador. Para
llegar de algún modo hasta él, donde probablemente sólo entonces
comenzarían las dificultades, debió Karl abrirse paso, necesariamente,
entre muchas mesas; lo que, claro está, no podía llevarse a cabo,
aunque lo hiciera con el mayor cuidado, sin molestar groseramente a
los huéspedes, quienes, sin embargo, soportaban todo como si fuesen
insensibles e incluso toleraron, sin dar muestras de fastidio, el que Karl
fuera empujado contra una de las mesitas, si bien por uno de los
mismos huéspedes, y casi estuviera a punto de tumbarla. Disculpóse,
pero evidentemente no le comprendían; ni tampoco comprendió él nada
de las voces que le dirigían.
Le costó encontrar un pequeñísimo lugar libre en el mostrador, cuya
visión le impidieron durante buen rato los codos de sus vecinos. Parecía
costumbre allí acodarse y apretar el puño contra la sien. Hubo de
recordar Karl cómo su profesor de latín, el doctor Krumpal, odiaba
precisamente esa postura, y cómo se acercaba siempre sigilosa e
imprevistamente barriendo los codos de las mesas con burlesco
empujón, mediante una regla que surgía de pronto.
Estaba Karl muy apretado contra el mostrador, pues apenas hubo
ocupado su puesto habían colocado una mesa detrás de él y uno de los
huéspedes que en ella tomaron asiento rozaba pesadamente con su
gran sombrero la espalda de Karl por poco que, al hablar, se inclinase
hacia atrás. Y era, además, ínfima la esperanza de obtener algo del
mozo, aun después de haberse ido satisfechos los dos toscos vecinos...
Varias veces, por encima de la mesa, había asido Karl del delantal a
uno de los mozos, pero éste se había zafado siempre con una mueca.
No se podía retener a ninguno; lo único que hacían era correr y correr.
Si al menos hubiera habido cerca de Karl algo para comer o beber, él lo
habría tomado, habría preguntado el precio y, dejado el dinero sobre el
mostrador, se habría ido contento. Pero precisamente delante de él no
había sino fuentes con pescado –una especie de arenque cuyas
escamas negras brillaban doradas en los bordes– que podía ser
carísimo y seguramente no saciaría a nadie. Además podían alcanzarse
unos barrilitos con ron, pero no era ron lo que él quería llevar a sus
camaradas. Éstos, ya de suyo, parecían interesarse vivamente en
cualquier ocasión por el alcohol concentrado y él, por su parte, no
quería favorecer aquella inclinación natural de ellos.
Lo único, pues, que podía hacer Karl era buscar otro sitio y volver a
comenzar sus tentativas. Pero la hora ya era muy avanzada. En el otro
extremo del salón el reloj, cuyas agujas casi no podían distinguirse a
través del humo ni aunque se lo mirara muy fijamente, señalaba las
nueve pasadas. Y en cualquier otra parte del mostrador el gentío era
mayor aún que en el sitio que había abandonado, que estaba un tanto
apartado. Por otra parte, cuanto más tarde se hacía, más se llenaba el
salón. Por el portal entraban continuamente nuevos huéspedes, en
medio de una gran algazara. En distintos lugares los parroquianos, con
ademán soberano, sacaban las cosas de encima del mostrador, se
sentaban en él y brindaban entre sí; eran éstos los mejores asientos y
desde ellos se tenía una visión del salón entero.
Si bien seguía Karl abriéndose paso, ya no abrigaba ninguna esperanza
real de obtener nada. Se reprochaba que, desconociendo las
condiciones del lugar, se hubiese ofrecido para este recado. Sus
camaradas le regañarían con toda razón y aun pensarían que no había
llevado nada sólo por economizar el dinero. Y de pronto se hallaba en
una región donde, en las mesitas que lo rodeaban, la gente comía
platos de carne caliente con hermosas patatas amarillas. Le resultaba
incomprensible cómo habían podido obtener eso.
Vio entonces, unos pasos más adelante, a una señora de cierta edad
que evidentemente formaba parte del personal del hotel, quien,
riéndose, hablaba con uno de los huéspedes. Al mismo tiempo hurgaba
continuamente su peinado con una horquilla. En seguida Karl se sintió
decidido a comunicar su pedido a esa señora, ya porque ella, siendo la
única mujer del salón, significaba una excepción en medio del barullo
general; ya, por otra parte, por la sencilla razón de que era la única
empleada del hotel a la que podía llegarse, suponiendo, eso sí, que no
se alejara corriendo, ocupada en sus negocios, al dirigírsele la primera
palabra. Pero ocurrió todo lo contrario. Karl ni siquiera le había hablado
todavía, y sólo estaba en acecho cuando ella, así como a veces suele
ocurrir que se desvíe ligeramente la mirada en medio de la
conversación, dirigió la vista hacia Karl e interrumpiendo su discurso le
preguntó amablemente y en un inglés claro como el de la gramática si
buscaba algo.
–Ciertamente –dijo Karl–; no puedo obtener nada aquí.
–Venga entonces conmigo, chico –dijo ella.
Se despidió de su conocido, el cual se descubrió –lo que allí parecía una
cortesía increíble–, tomó a Karl de la mano, se dirigió al mostrador,
apartó a un huésped, abrió una puerta que allí había, atravesó el pasillo
que estaba detrás del mostrador, donde había que tener cuidado con
los mozos que corrían incansablemente, abrió una puerta doble,
disimulada en la pared empapelada, y se encontraron en una despensa
grande y fresca.
«Hay que conocer el mecanismo», se dijo Karl.
–Bien, ¿qué desea usted? –le preguntó la señora inclinándose solícita.
Era muy gruesa, su cuerpo se balanceaba; pero su rostro era de líneas
casi delicadas, claro está que relativamente. De pronto, por poco se
sintió tentado Karl, a la vista de tantos comestibles ordenados
cuidadosamente en estantes y mesas, de pedir alguna cena más fina,
sobre todo porque bien podía esperar que esa señora influyente le
vendiera más barato; pero finalmente, ya que nada adecuado se le
ocurría, no pidió sino tocino, pan y cerveza.
–¿Nada más? –preguntó la señora.
–No, gracias –dijo Karl–; pero que sea para tres personas.
Respondiendo a una pregunta de la señora acerca de los otros dos, hizo
Karl en breves palabras un relato de lo referente a sus amigos; le
causaba alegría que lo interrogaran un poco.
–Pero si es una comida para presidiarios –dijo la señora, y esperaba,
evidentemente, que Karl manifestara otros deseos.
Éste temía ahora que ella le obsequiara con aquello, que no quisiera
aceptar su dinero, y por eso callaba.
–Ya lo tendremos en seguida –dijo la señora. Se dirigió hacia una de
las mesas, con agilidad admirable si se consideraba su gordura, cortó
con un cuchillo largo, delgado, con la hoja en forma de sierra, un
pedazo grande de tocino veteado con mucha carne, sacó de un estante
un pan, levantó tres botellas de cerveza del suelo, puso todo esto
dentro de un liviano cesto de paja y se lo entregó a Karl. Entre una y
otra cosa le explicó a Karl que lo había llevado allí porque en el
mostrador los comestibles dejaban, por lo general, muy pronto de ser
frescos, a pesar del rápido consumo, debido al humo y a las muchas
emanaciones. Pero para aquella gente todo eso era suficientemente
bueno.
Karl ya no decía nada, pues no acertaba a entender cómo merecía él
tratamiento tan distinguido. Pensó en sus camaradas que, por buenos
conocedores del país que fueran, acaso no hubiesen llegado, con todo,
hasta esa despensa y habrían tenido que contentarse con los
comestibles echados a perder que se hallaban encima del mostrador.
Ninguno de los ruidos del salón llegaba hasta allí; los muros debían de
ser muy gruesos para conservar suficientemente frescas aquellas
bóvedas.
Durante un buen rato tuvo Karl el cesto de paja en las manos; pero no
pensaba en pagar, ni siquiera se movía. Sólo cuando la señora quiso
poner aún en el cesto una botella parecida a aquellas que se hallaban
afuera, en las mesas, él se lo agradeció estremeciéndose.
–¿Tiene usted todavía que hacer mucho camino? –preguntó la señora.
–Hasta Butterford –respondió Karl.
–Eso queda aún muy lejos –dijo la señora. –Un día más de viaje –dijo
Karl.
–¿Nada más? –preguntó la señora.
–¡Oh, no! –dijo Karl.
La señora ordenó algunas cosas encima de las mesas; entró un mozo,
miró en derredor como si buscara algo; luego la señora le señaló una
gran fuente en la que había un ancho montón de sardinas aderezadas
con un poco de perejil y él se la llevó al salón en sus manos levantadas.
–Pero, ¿por qué quiere usted pasar la noche a la intemperie? –preguntó
la señora–. Tenemos aquí bastante lugar. Duerma en nuestro hotel.
Era esto muy tentador para Karl, sobre todo porque había pasado tan
mal la noche anterior.
–Tengo afuera mi equipaje –dijo vacilante y no sin un dejo de vanidad.
–Tráigalo, pues –dijo la señora–; eso no será un obstáculo.
–¡Pero mis compañeros! –dijo Karl y advirtió en seguida que éstos sí
constituían un obstáculo.
–Naturalmente, también ellos pueden pernoctar aquí –dijo la señora–.
¡Que vengan! No se haga usted rogar así.
–Por otra parte, mis compañeros son buena gente –dijo Karl–, pero no
son muy aseados...
–¿No ha visto usted la mugre del salón? –preguntó la señora, e hizo
una mueca–. En nuestra casa puede entrar realmente el peor.
Entonces, haré preparar en seguida tres camas. Eso sí, tendrá que ser
en el desván porque el hotel está repleto; yo también me mudé al
desván. En todo caso es mejor que a la intemperie.
–No puedo traer a mis compañeros –dijo Karl.
Se imaginaba cómo alborotarían en los pasillos de ese fino hotel;
Robinsón lo ensuciaría todo y Delamarche, indefectiblemente,
molestaría incluso a aquella señora.
–No sé por qué ha de ser imposible –dijo la señora–, pero si usted así
lo desea, deje a sus camaradas afuera y venga solo a nuestra casa.
–Eso no puede ser; eso no puede ser –dijo Karl–; son mis compañeros
y debo quedarme con ellos.
–Es usted terco –dijo la señora apartando la mirada–, se tienen con
usted las mejores intenciones, gustosamente se querría ayudarle y
usted se opone con todas sus fuerzas.
Karl lo reconocía, pero no sabía cómo remediarlo; por eso lo único que
aún dijo fue:
–Muchísimas gracias por su gentileza.
Luego se acordó de que no había pagado todavía y preguntó por el
importe de lo que llevaba.
–Pague usted cuando me devuelva el cesto –dijo la señora–; a más
tardar mañana por la mañana lo necesito.
–¡Por cierto! –dijo Karl.
La señora abrió una puerta que conducía directamente al aire libre y,
mientras él salía haciendo una reverencia, siguió ella hablando:
–Buenas noches, pero usted no obra bien.
Ya se había alejado unos pasos cuando una vez más gritó detrás de él:
–¡Hasta mañana!
Apenas hubo salido volvió a oír en seguida el ruido, en nada disminuido,
de la sala, al que se mezclaban ahora los sones de una banda de
instrumentos de viento. Sintió alegría por no haber tenido que salir
atravesando la sala.
El hotel estaba iluminado ahora en todos sus cinco pisos y alumbraba la
carretera que pasaba delante. Afuera seguían corriendo los
automóviles, aunque ya se interrumpía su continuidad. Venían de la
lejanía, creciendo mucho más rápidamente que de día; tanteaban el
suelo de la carretera con los blancos rayos de sus faros. Con luces que
palidecían, cruzaban la zona luminosa del hotel y se internaban
velozmente en la oscuridad más distante con nuevos destellos.
Karl encontró a sus camaradas ya profundamente dormidos; Pero lo
cierto es que había tardado demasiado. Precisamente pensaba extender
sobre papeles que halló en el cesto, dándole así un aspecto apetitoso, lo
que había traído, y despertar a los camaradas sólo cuando todo
estuviera listo, cuando vio, espantado, que su baúl, que él había dejado
cerrado y cuya llave llevaba en el bolsillo, estaba completamente
abierto y la mitad de su contenido desparramada en derredor, sobre la
hierba.
–¡Levántense! –exclamó–. Mientras ustedes dormían han venido
ladrones.
–¿Acaso falta algo? –preguntó Delamarche.
Robinsón aún no estaba del todo despierto y ya extendía la mano para
coger la cerveza.
–No lo sé –exclamó Karl–. Pero el baúl está abierto y es de todos
modos un descuido echarse a dormir y dejar el baúl sin vigilancia.
Delamarche y Robinsón se rieron y el primero dijo:
–La próxima vez no se ausentará usted tanto tiempo. El hotel está a
diez pasos de aquí y usted necesita tres horas para ir y volver.
Teníamos hambre, pensábamos que usted quizá tuviera en su baúl
cualquier cosa para comer y le hicimos cosquillas a la cerradura hasta
que se abrió. Por otra parte, no había nada, y usted puede volver a
guardárselo tranquilamente todo.
–¡Ah, sí! –dijo Karl mirando fijamente al interior del cesto que se
vaciaba con rapidez y prestando atención al ruido curioso que producía
Robinsón al beber pues primero el líquido le penetraba muy hondo en la
garganta, para volver a ser lanzado luego hacia arriba con una especie
de silbido y rodar hacia abajo sólo después en poderoso torrente.
–¿Han terminado ustedes de comer? –preguntó apenas vio que los dos
tomaban un poco de aliento durante un instante.
–Pero, ¿no ha comido usted ya en el hotel? –preguntó Delamarche
creyendo que Karl reclamaba su parte.
–Si quiere usted comer todavía, apresúrese –dijo Karl dirigiéndose
hacia su baúl.
–Éste parece que tiene sus caprichos –dijo Delamarche a Robinsón.
–No tengo caprichos –dijo Karl–. Pero, ¿acaso está bien forzar mi baúl
durante mi ausencia y arrojar mis cosas afuera? Sé que entre
camaradas hay que tolerar muchas cosas y sin duda me he preparado
para ello, pero esto ya es demasiado. Voy a pernoctar en el hotel y no
iré a Butterford. Terminen ustedes pronto de comer. Tengo que
devolver el cesto.
–Lo ves, Robinsón, así se habla –dijo Delamarche–. Ésta es la manera
educada de expresarse. Es alemán y basta. Tú bien me lo habías
advertido y me habías puesto en guardia contra él ya al comienzo; pero
yo he sido un necio perfecto y lo he llevado con nosotros a pesar de
todo. Hemos depositado en él nuestra confianza, hemos perdido así
medio día por lo menos, y ahora, porque allí en el hotel alguien le ha
echado el anzuelo, ahora se despide, es muy sencillo: se despide. Pero
como es alemán, y por lo tanto falso, no lo hace abiertamente, sino que
se busca el pretexto del baúl; y como es alemán, y por lo tanto bruto,
no puede marcharse sin ofendernos en nuestro honor y nos llama
ladrones, sólo por haber gastado una bromita con su baúl.
Karl, ordenando sus cosas, dijo sin volverse:
–Siga usted hablando de esa manera y así me resultará más fácil
marcharme. Yo sé perfectamente lo que es la camaradería. En Europa
también tuve amigos y ninguno de ellos podría reprocharme ninguna
falsía, ninguna vileza. Claro que ahora hemos interrumpido nuestras
relaciones; pero si alguna vez regresara yo a Europa, todos ellos me
acogerían bien y me reconocerían inmediatamente como amigo. Y
siendo así, ¿cómo podría yo traicionarlo a usted, Delamarche, y a
usted, Robinsón; a ustedes que han sido tan amables conmigo,
dispuestos a socorrerme y a procurarme un empleo de aprendiz en
Butterford, cosa que jamás negaré? Pero se trata de algo muy distinto.
Ustedes no tienen nada y a mis ojos eso no los rebaja en absoluto, pero
ustedes me envidian mis pequeños bienes y tratan de humillarme por
eso; y verdaderamente no puedo soportarlo. Y ahora, después de haber
descerrajado mi baúl, no pronuncian ustedes siquiera una sola palabra
de disculpa, sino que además me injurian e injurian también a mi
pueblo... y con ello, claro es, ya me quitan toda posibilidad de
quedarme junto a ustedes. Por lo demás, todo esto no lo digo
precisamente contra usted, Robinsón; el único reparo que tengo contra
su carácter es que depende usted demasiado de Delamarche.
–Ya lo vemos –dijo Delamarche acercándose a Karl y propinándole un
ligero empujón como para llamar su atención–. Ya vemos cómo va
usted destapándose. El día entero ha marchado usted detrás de mí,
prendido a mis faldones, imitando cada uno de mis movimientos y
quedándose quieto como un ratoncito. Pero ahora que se siente usted
respaldado por alguna cosa en ese hotel ya comienza a pronunciar
grandes discursos. Es usted un pequeño pillo y todavía no sé si vamos a
admitir todo esto tranquilamente y sin más; si no vamos a exigirle que
nos pague lo que durante el día ha aprendido de nosotros. Oye,
Robinsón, dice que le envidiamos sus bienes. Un día de trabajo en
Butterford, y ni que hablar de California, y tendremos diez veces más
que lo que usted nos ha mostrado y de lo que todavía puede tener
escondido en ese forro de su chaqueta. Y por eso, ¡mucho cuidado con
lo que dice esa boca!
Karl se había incorporado ya y vio que entonces también se aproximaba
Robinsón, medio dormido pero un tanto animado por la cerveza.
–Si me quedara mucho tiempo todavía –dijo–, debería prepararme, tal
vez, para otras sorpresas más. Parece que ustedes quieren zurrarme.
–Toda paciencia se acaba –dijo Robinsón.
–Mejor será que usted se calle, Robinsón –dijo Karl sin quitarle a
Delamarche los ojos de encima–; para sus adentros no deja usted de
reconocer que yo tengo razón; pero, abiertamente, ¡tiene usted que
tomar el partido de Delamarche!
–¿Intenta usted sobornarlo? –preguntó Delamarche.
–Ni se me ocurre –dijo Karl–. Estoy contento de irme y ya no quiero
tener la menor relación con ninguno de ustedes. Una sola cosa quiero
decirles todavía: usted me ha reprochado que poseo dinero y que lo he
ocultado ante ustedes. En el supuesto caso de que esto fuera cierto,
¿no debía yo obrar así tratándose de gente que sólo conocía desde
hacía pocas horas?, ¿no confirman ustedes, además, con su conducta
presente lo acertado de semejante manera de obrar?
–Quédate tranquilo –le dijo Delamarche a Robinsón, aunque éste no se
moviera. Luego preguntó a Karl–: Puesto que es usted tan
desvergonzadamente sincero, lleve más lejos aún esa sinceridad, ya
que estamos aquí tan amistosamente el uno frente al otro, y confiese
por qué, en realidad, quiere usted ir al hotel.
Karl tuvo que retroceder un paso por encima del baúl tanto se le había
aproximado Delamarche. Pero éste no abandonó por ello su propósito,
apartó el baúl, dio otro paso hacia adelante, poniendo el pie sobre una
pechera blanca que había quedado en la hierba, y repitió su pregunta.
Como a guisa de respuesta subió desde el camino un hombre, con una
linterna de bolsillo de foco potente que se dirigió al grupo. Era un mozo
del hotel. No bien vio a Karl, dijo:
–Lo estoy buscando a usted hace ya media hora. He recorrido ya todos
los taludes a ambos lados del camino. La señora cocinera mayor le
manda decir que necesita con urgencia el cesto de paja que le ha
prestado a usted.
–Aquí está –dijo Karl, y su voz casi temblaba de excitación.
Con aparente modestia Delamarche y Robinsón se habían apartado tal
como hacían siempre ante gente extraña que gozaba de un buen
puesto. El mozo recogió el cesto y dijo:
–Además, la señora cocinera mayor le manda preguntar si no ha
cambiado usted de parecer, si no quiere usted pernoctar en el hotel a
pesar de todo. Y que también los otros dos señores serán bienvenidos,
si quiere usted llevarlos. Las camas ya están preparadas. Es cierto que
la noche es más bien templada, pero el dormir en esta ladera no está
libre de peligros; se encuentran aquí, a menudo, víboras.
–Puesto que la señora cocinera mayor es tan amable, aceptaré su
invitación a pesar de todo –dijo Karl, y esperó alguna manifestación
por parte de sus camaradas. Pero Robinsón seguía allí plantado,
apático, y Delamarche tenía las manos en los bolsillos del pantalón y
miraba hacia las estrellas. Evidentemente los dos estaban muy
confiados en que Karl los llevaría sin más.
–En este caso –dijo el mozo– tengo orden de conducirle al hotel y de
llevar su equipaje.
–Si es así, espere usted un momento todavía, se lo ruego –dijo Karl y
se agachó para meter dentro del baúl las pocas cosas que aún estaban
dispersas por el suelo.
De pronto se irguió. Faltaba la fotografía. Antes estaba encima de los
demás efectos que contenía el baúl, pero ya no aparecía por ninguna
parte. Nada faltaba si no era aquella fotografía.
–No puedo encontrar la fotografía –dijo suplicante dirigiéndose a
Delamarche.
–¿Qué fotografía? –preguntó éste.
–La fotografía de mis padres –dijo Karl.
–No hemos visto ninguna fotografía –dijo Delamarche.
–Ahí dentro no había ninguna fotografía, señor Rossmann –certificó
también Robinsón por su parte.
–Pero si esto es imposible –dijo Karl, y sus miradas en procura de
ayuda atrajeron al mozo–. Estaba encima de las demás cosas y ahora
ha desaparecido. Ojalá no hubieran gastado ustedes esa broma con el
baúl.
–No debe quedar la menor duda –dijo Delamarche–; en el baúl no
había ninguna fotografía.
–Era para mí más importante que todo lo demás que tengo en el baúl
–dijo Karl dirigiéndose al mozo que andaba de un lado para otro,
revisando el césped–, puesto que es irreemplazable: ya no me enviarán
otra. –Y cuando el mozo desistió de su búsqueda inútil agregó todavía–:
Era el único retrato que tenía de mis padres.
A lo cual el mozo, en voz alta y sin ninguna clase de miramientos ni
disimulo, dijo:
–Tal vez podríamos registrar todavía los bolsillos de los señores.
–Sí –dijo Karl en seguida–, es necesario que yo encuentre esa
fotografía. Pero antes de revisar los bolsillos quiero declarar que daré el
baúl con todo su contenido a quien me devuelva espontáneamente la
fotografía.
Después de un momento de silencio general le dijo Karl al mozo:
–Por lo visto mis camaradas prefieren que les revisemos los bolsillos.
Pero aun así le prometo a aquel en cuyo bolsillo se encuentre la
fotografía el baúl entero. No puedo hacer más.
El mozo se dispuso acto seguido a registrar a Delamarche, pues le
pareció un caso más difícil que Robinsón, a quien dejó por cuenta de
Karl. Le advirtió a Karl que era necesario registrar a ambos
simultáneamente ya que de otra manera uno de los dos podría hacer
desaparecer la fotografía sin que nadie lo notare. Apenas introdujo la
mano en el bolsillo de Robinsón encontró Karl una corbata que le
pertenecía, mas no se apoderó de ella, y dirigiéndose al mozo exclamó:
–Déjele usted a Delamarche todo lo que le encuentre, sea lo que fuere,
se lo ruego. Yo no quiero sino la fotografía, sólo la fotografía.
Al registrar los bolsillos interiores de la chaqueta tocó Karl con la mano
el pecho caliente, grasiento, de Robinsón, y su conciencia le dijo, de
pronto, que acaso estaba cometiendo con sus camaradas una gran
injusticia. Procedió luego con la mayor prisa posible. Por otra parte todo
resultó en vano; la fotografía no se encontró: ni apareció en poder de
Robinsón ni la tenía Delamarche.
–Nada cabe hacer –dijo el mozo.
–Probablemente rompieron la fotografía y tiraron los trozos –dijo Karl–.
Creía yo que eran amigos, pero en secreto ellos sólo querían
perjudicarme. No tanto Robinsón, a ése ni se le hubiera ocurrido que la
fotografía podía tener para mí un valor semejante, sino Delamarche.
Karl vio delante de sí sólo al mozo, cuya linterna iluminaba un pequeño
círculo; mientras que todo lo demás, incluso Delamarche y Robinsón,
permanecía hundido en tinieblas.
Naturalmente ya nadie pensaba siquiera en la posibilidad de llevar a
esos dos al hotel. El mozo alzó el baúl sobre el hombro, Karl recogió el
cesto de paja y se marcharon.
Ya estaba Karl en el camino cuando, interrumpiendo sus reflexiones, se
detuvo y dirigiendo su voz hacia arriba, hacia la oscuridad, exclamó:
–Oigan, si, a pesar de todo, alguno de ustedes tiene esa fotografía y
quiere traérmela al hotel, la oferta del baúl sigue en pie y juro que no lo
delataré.
Lo que bajó no fue en realidad una respuesta; no era sino una palabra
brusca, lo que pudo oírse, el comienzo de una exclamación de
Robinsón, al que seguramente Delamarche tapó súbitamente la boca.
Karl se quedó esperando un largo rato todavía, para ver si los de arriba
cambiaban, con todo, de decisión. Dos veces, a intervalos, exclamó:
–¡Aún sigo aquí!
Mas no le respondió sonido alguno; sólo una vez una piedra vino
rodando cuesta abajo, acaso por casualidad, acaso como consecuencia
de un tiro errado.
BOTE OCCIDENTAL
Una vez en el hotel, Karl fue conducido inmediatamente a una especie
de oficina donde la cocinera mayor con una libreta de apuntes en la
mano, dictaba una carta a una joven dactilógrafa. Ese dictado
sumamente preciso, el contenido y elástico tableteo de las teclas,
pasaba velozmente sobre el tictac del reloj de la pared que sólo llegaba
a oírse de cuando en cuando y que señalaba ya casi las once y media.
–¡Bien! –dijo la cocinera mayor y cerró de golpe su libreta de apuntes:
la dactilógrafa se levantó de un salto y cubrió rápidamente la máquina
con su tapa de madera, sin quitarle a Karl los ojos de encima mientras
ejecutaba mecánicamente su tarea. Conservaba el aspecto de colegiala;
su delantal estaba esmeradamente planchado, con ondulaciones sobre
los hombros, por ejemplo; llevaba un peinado bastante alto, y uno se
asombraba un poco si luego de esos detalles, reparaba en su rostro
serio. Después de dos reverencias, primero hacia la cocinera mayor y
luego hacia Karl, se retiró e involuntariamente dirigió a Karl y a la
cocinera mayor una mirada interrogativa.
–Qué bien que haya venido usted, a pesar de todo –dijo la cocinera
mayor–. ¿Y sus camaradas?
–No los he traído –dijo Karl.
–Seguramente querrán emprender la marcha muy temprano– dijo la
cocinera mayor, como tratando de explicarse el caso.
«¿No pensará ella, entonces, que yo también he de marcharme con
ellos?», preguntóse Karl; por lo tanto, para disipar toda duda, dijo:
–Nos hemos separado en discordia.
La cocinera mayor pareció recibir estas palabras como si encerrasen
una grata noticia.
–Pues entonces, ¿está usted libre? –preguntó.
–Sí, estoy libre –dijo Karl, ¡y nada en el mundo le pareció más fútil!
–Bueno, dígame entonces, ¿no quisiera usted aceptar un empleo aquí,
en el hotel?
–Con muchísimo gusto –dijo Karl–, pero los conocimientos que yo
tengo son tremendamente reducidos. Así, por ejemplo, ni siquiera sé
escribir a máquina.
–No es eso lo que más importa –dijo la cocinera mayor–. En este caso
le ofrezco a usted por el momento un empleo de escasa importancia, y
luego, tratará usted de ir levantándose, trabajando con ahínco y
atención. De todas maneras creo que sería mejor y más conveniente
para usted echar raíces en alguna parte en vez de andar vagando por el
mundo de esta manera. No me parece usted hecho para semejante
vida.
«Todo esto también lo suscribiría mi tío», díjose Karl a la vez que
asentía con la cabeza. Al mismo tiempo se acordó de que él, por quien
tanto se preocupaban, hasta ese momento no se había presentado
siquiera.
–Perdone usted, se lo ruego –dijo–, que todavía ni siquiera me haya
presentado: me llamo Karl Rossmann.
–¿Es usted alemán, verdad?
–Sí –dijo Karl–, hace muy poco que estoy en los Estados Unidos.
–¿Y de dónde es usted?
–De Praga, Bohemia –dijo Karl.
–¡Qué me dice! –exclamó la cocinera mayor en alemán, con un fuerte
acento inglés, y casi levantó los brazos al cielo–. Somos compatriotas,
entonces: yo me llamo Grete Mitzelbach y soy de Viena. Y conozco
muchísimo Praga, como que estuve empleada durante medio año en El
Ganso de Oro, en el Wenzelplatz. ¡Quién lo dijera!
–¿Cuándo fue eso? –preguntó Karl.
–Ya hace muchos, muchísimos años.
–El antiguo Ganso de Oro –dijo Karl– fue demolido hace dos años.
–Pero, claro –dijo la cocinera mayor, abismada por completo en sus
recuerdos de épocas pasadas.
Mas reanimándose de pronto y cogiendo las manos de Karl exclamó:
–Ahora que hemos descubierto que es usted compatriota mío, ya no
puede usted irse de aquí, de ningún modo. No querrá usted hacerme
eso. ¿Le gustaría a usted ser, por ejemplo, ascensorista? Sólo tiene
usted que decir que sí, y ya lo es. Si ha corrido usted un poco de
mundo sabrá que no es del todo fácil encontrar empleos así, pues
ofrecen el mejor comienzo que uno pueda imaginarse. Se topa usted
con todos los huéspedes, éstos lo ven siempre, le dan pequeños
encargos; en pocas palabras, se le ofrece a usted a diario la
oportunidad de llegar a algo mejor. Y deje usted que yo me ocupe de
todo lo demás.
–Me gustaría bastante ser ascensorista –dijo Karl después de una
breve pausa. Hubiera sido muy absurdo tener escrúpulos contra el
empleo de ascensorista a causa de aquellos cinco años de estudios
clásicos que él había cursado en el gymnasium. Más bien habría motivo
aquí, en los Estados Unidos, para abochornarme de aquellos cinco años
de estudios clásicos. Por otra parte los ascensoristas siempre le habían
gustado a Karl; habíanle parecido algo así como el adorno del hotel–. ¿Y
no hacen falta conocimientos de idiomas? –indagó todavía.
–Usted habla alemán, y un inglés muy bueno: con eso basta.
–El inglés lo he aprendido sólo ahora, estando ya en América, en dos
meses y medio– dijo Karl, pues creía que no era necesario callar su
única ventaja.
–Eso ya es testimonio suficiente en favor de usted –dijo la cocinera
mayor–. ¡Si me pongo a pensar en las dificultades que me creaba el
inglés! Claro que desde entonces ya han pasado unos treinta años bien
contados. Justamente ayer, durante una conversación, lo recordé. Pues
debe usted saber que ayer he cumplido cincuenta años. –Y, sonriendo,
trató de leer en el semblante de Karl la impresión que tan digna edad le
causaría.
–Le deseo entonces muchas felicidades –dijo Karl.
–Esto nunca viene mal –dijo ella estrechando la mano de Karl y
poniéndose de nuevo medio taciturna por ese viejo giro de su patria
que ahora, al hablar alemán, se le había ocurrido–. Pero aún lo retengo
aquí –exclamó luego– y usted seguramente estará muy cansado;
además podremos hablar acerca de todo y mucho mejor, durante el
día. La alegría de haber encontrado a un compatriota me pone en este
estado, atolondrada. Venga usted, lo llevaré a su cuarto.
–Quisiera pedirle aún un favor, señora cocinera mayor –dijo Karl al ver
la caja del teléfono sobre la mesa–; es posible que mañana, tal vez
muy temprano, mis compañeros me traigan una fotografía que yo
necesito urgentemente. ¿Tendría usted la amabilidad de avisar por
teléfono al portero que hiciera pasar a esa gente; o, si no, que me
mandara llamar?
–Ciertamente –dijo la cocinera mayor–. Pero, ¿no sería suficiente que
recibiera él la fotografía? ¿Y qué clase de fotografía es, si no es
indiscreta la pregunta?
–Es la fotografía de mis padres –dijo Karl–. No, tengo que hablar con
esa gente yo mismo.
La cocinera mayor no dijo nada más y dio por teléfono la orden
correspondiente a la portería, mencionando con el número 536 el
cuarto de Karl. Salieron luego a un pequeño pasillo, opuesto a la puerta
de entrada, donde, apoyándose en la reja de un ascensor, dormía de
pie un muchacho ascensorista.
–Podemos subir nosotros solos –dijo la cocinera mayor en voz baja e
hizo que Karl pasara al ascensor–. Una jornada de trabajo de diez o
doce horas es demasiado para un muchacho tan joven –dijo luego
mientras iba subiendo–. Pasan realmente cosas raras en los Estados
Unidos. Ahí está este chiquillo, por ejemplo; llegó hace sólo medio año
con sus padres; es italiano. Ahora parece que ya no podrá soportar de
ningún modo el trabajo: ni siquiera le quedan carnes en el rostro y
duerme durante las horas de servicio a pesar de ser muy aplicado por
naturaleza; sin embargo, bastará con que trabaje aún sólo medio año
más en los Estados Unidos –en este hotel o en cualquier otra parte–
para que lo soporte todo fácilmente. En cinco años se tornará hombre
fuerte. Durante horas podría yo contarle cosas y cosas con ejemplos
semejantes. Y no vaya a creer que todo esto se me ocurre a propósito
de usted, pues usted es un chico fuerte; diecisiete años, ¿no es así?
–Cumpliré dieciséis el mes que viene –respondió Karl.
–¡Tan poco! ¡Dieciséis nada más! –dijo la cocinera mayor–. ¡Valor,
pues!
Una vez arriba condujo a Karl a un cuarto que, si bien era una
buhardilla –tenía por cierto inclinada una de las paredes–, mostraba por
otra parte, al quedar iluminado por dos lamparillas eléctricas, un
aspecto muy acogedor.
–No se asuste usted por el mobiliario –dijo la cocinera mayor–, pues
éste no es un cuarto de hotel, sino una habitación de mi propia
vivienda, que consta de tres cuartos, de manera que usted no me
molestará en absoluto. Cerraré la puerta de comunicación y usted
podrá quedarse aquí y disponer de la habitación con toda tranquilidad.
Mañana, como nuevo empleado del hotel, se le destinará a usted un
cuarto propio, desde luego. Si hubiera venido con sus compañeros, le
habría mandado hacer las camas en el dormitorio común de los criados,
pero, ya que está usted solo, pienso que así le agradará más, aunque
tenga usted que dormir en un sofá. Le deseo, pues, que duerma y
descanse usted bien; así tendrá nuevas fuerzas para el servicio, que
mañana no será aún demasiado severo.
–Muchísimas gracias por su amabilidad.
–Espere usted –dijo deteniéndose; ya estaba junto a la salida–. Es
cierto que así bien pronto lo despertarán.
Se acercó a una de las puertas laterales del cuarto, golpeó y llamó:
–¡Therese !
–Sí, señora cocinera mayor –respondió la voz de la pequeña
dactilógrafa.
–Cuando por la mañana vengas a despertarme, tienes que tomar por el
pasillo; pues aquí, en el cuarto, duerme un visitante. Está muerto de
cansancio. –Mientras decía estas palabras sonreía a Karl–. ¿Has
comprendido?
–Sí, señora cocinera mayor.
–¡Buenas noches, entonces!
–Buenas noches tenga usted.
–Desde hace algunos años –dijo la cocinera mayor a modo de
explicación– duermo muy mal. Ahora, por cierto, ya puedo estar bien
contenta con mi empleo y no tengo por qué preocuparme de nada. Pero
deben de ser las consecuencias de mis preocupaciones de antes las que
me causan este insomnio. Si logro conciliar el sueño a las tres de la
mañana, puedo darme por satisfecha. Pero como ya a las cinco, a más
tardar a las cinco y media, es necesario que esté en mi puesto, tengo
que hacerme despertar, y es preciso que lo hagan con suma cautela,
para que no me torne más nerviosa aún de lo que ya soy. Es
precisamente Therese quien me despierta. Ahora ya lo sabe usted todo
y todavía permanezco aquí. ¡Buenas noches! –Y, no obstante su peso,
abandonó el cuarto deslizándose casi, con gran agilidad.
Karl esperaba ansioso el momento de entregarse al sueño, pues las
andanzas del día lo habían fatigado mucho. Y en verdad no podía
desear un ambiente más confortable para lograr un sueño prolongado y
tranquilo. Ciertamente no era un cuarto destinado a servir de
dormitorio, era más bien un pequeño aposento que la cocinera mayor
solía usar como sala de recibo y al que sólo por esa noche se había
provisto de un lavabo. No obstante, Karl no tenía la sensación de ser
allí un intruso; al contrario, se sentía muy cómodo. Su baúl había sido
dejado efectivamente allí, y ya hacía mucho tiempo sin duda que Karl
no gozaba de la seguridad de tenerlo a buen recaudo.
Sobre un armario bajo, con cajones, sobre el que se extendía una
carpeta grande de lana, de un tejido muy abierto, había diversas
fotografías con sus marcos y bajo vidrio; al inspeccionar el cuarto, allí
se detuvo Karl y las miró. Eran en su mayor parte fotografías antiguas y
representaban casi todas a muchachas que, con sus vestidos fuera de
moda e incómodos, tocadas sólo ligeramente con sombreritos que,
aunque pequeños, eran de alta copa, daban la cara al espectador, si
bien evitando sus miradas. Entre los retratos de señores llamó la
atención de Karl, especialmente, el de un joven soldado que había
colocado su quepis sobre una mesita, y que permanecía de pie, en
actitud rígida, con su cabello salvaje, negro, y lleno el rostro de una risa
orgullosa, aunque reprimida. Los botones de su uniforme habían sido
dorados ulteriormente sobre la fotografía.
Todas esas fotografías provenían sin duda de Europa, y probablemente
esto hubiera podido establecerse con exactitud buscando las
inscripciones que llevarían al dorso; pero Karl no quiso tocarlas. Tal
como esas fotografías se hallaban colocadas, hubiera podido colocar él
también la fotografía de sus padres en su futura habitación.
Precisamente se desperezaba Karl, después de haberse lavado todo el
cuerpo –en consideración a su vecina trataba de ejecutarlo todo en el
mayor silencio posible– y se estiraba ya sobre su sofá, cuando creyó
percibir unos débiles golpecitos en una puerta. No se podía establecer
inmediatamente de qué puerta se trataba, sin contar que tal vez fuera
un ruido casual. Pasaron unos instantes antes de que se repitieran los
golpes y Karl ya estaba casi dormido cuando sonaron nuevamente. Pero
ahora no cabía la menor duda de que llamaban a la puerta y de que los
golpecitos provenían de la dactilógrafa. Karl corrió de puntillas hasta la
puerta y en voz tan baja que, si a pesar de todo estaban durmiendo allí
al lado, no hubiera podido despertar a nadie preguntó:
–¿Desea usted algo?
Al instante y en voz idénticamente baja llegó la respuesta:
–¿No quisiera usted abrir la puerta? La llave está del lado suyo.
–Por cierto –dijo Karl–, sólo que antes debo vestirme. Se produjo una
pequeña pausa, y luego se oyó:
–No es necesario. Abra usted y acuéstese en la cama; esperaré un poco
antes de entrar.
–Bueno –dijo Karl, e hizo lo que le habían pedido, sólo que antes
iluminó además la habitación con la luz eléctrica–. Ya estoy acostado –
dijo luego levantando un poco la voz.
Y en efecto ya entraba desde su cuarto, que estaba a oscuras, la
pequeña dactilógrafa, vestida exactamente como cuando la había visto
en la oficina; de seguro no había pensado siquiera, en todo ese tiempo,
en acostarse.
–Le ruego que me perdone –dijo, y se quedó de pie ante el lecho de
Karl, inclinándose ligeramente hacia él–. No me traicione usted por
favor. No es tampoco mi intención molestarle por mucho tiempo, sé qué
está usted muerto de cansancio.
–No es para tanto –dijo Karl–. Pero tal vez habría sido mejor, de todas
maneras, que me hubiese vestido.
Se vio obligado a quedarse allí tendido cuan largo era para poder
taparse hasta el cuello, ya que no tenía camisa de dormir.
–Sólo me quedaré un momento –dijo ella cogiendo una silla–. ¿Me
permite sentarme al lado del sofá?
Karl asintió. Sentóse entonces tan cerca, tan pegada al sofá la silla, que
Karl, a fin de poder mirarla, tuvo que retroceder hasta la pared. Tenía
ella cara redonda, regular, sólo la frente era insólitamente ancha, pero
esto, por cierto, podía deberse al peinado que, verdaderamente, no le
quedaba bien. Su traje estaba muy limpio y cuidado. Con la mano
izquierda estrujaba un pañuelo.
–¿Se quedará usted mucho tiempo aquí? –preguntó ella.
–Todavía no lo he decidido –respondió Karl–; sin embargo, creo que me
quedaré.
–Realmente estaría muy bien si usted se quedase –dijo ella pasándose
el pañuelo por la cara–, ¡estoy tan sola aquí!
–Me extraña –dijo Karl–. La señora cocinera mayor es ciertamente muy
amable con usted. No la trata en absoluto como suele tratarse a una
empleada. Ya casi pensé que sería usted una pariente suya.
–¡Oh, no! –dijo–; me llamo Therese Berchtold, soy de Pomerania,
¿sabe usted?
También Karl se presentó a su vez. Tras lo cual lo miró por primera vez
francamente a la cara como si al decir su nombre se hubiese tornado un
poco más extraño para ella. Se callaron durante unos instantes. Luego
dijo ella:
–No crea usted que soy desagradecida. Claro está que sin la señora
cocinera mayor estaría yo mucho peor. Antes fui ayudanta de cocinera
de este hotel y me vi ante el grave riesgo de ser despedida porque no
podía cumplir un trabajo tan pesado. Aquí le exigen a una muchísimo.
Hace un mes una muchacha de la cocina llegó a desmayarse debido
sólo a la fatiga excesiva, y tuvo que guardar cama durante quince días
en el hospital. Y yo no soy muy fuerte. He sufrido ya muchos trabajos;
por eso no me he desarrollado cabalmente. Usted no creerá, con toda
seguridad, que ya tengo dieciocho años. Pero ahora sí; ahora ya voy
tornándome más fuerte.
–El servicio en esta casa debe de ser realmente abrumador –dijo Karl–.
Acabo de ver en la planta baja a un ascensorista que dormía de pie.
–Sin embargo, los ascensoristas gozan de la mejor situación entre
todos –dijo ella–; ganan un dineral en propinas y, al fin y al cabo, no
tienen que afanarse ni remotamente como la gente de la cocina. Así,
pues, yo he tenido suerte una vez realmente; la señora cocinera mayor
necesitó en cierta ocasión una muchacha que preparara las servilletas
para un banquete y mandó por una de las muchachas de la cocina; hay
en la casa unas cincuenta de esas muchachas y a mí precisamente me
tenían a mano abajo. La dejé muy satisfecha, porque en cuanto a la
disposición de las servilletas tenía yo bastante experiencia. Y así, desde
entonces, me ha conservado cerca de ella y ha ido formándome poco a
poco, hasta convertirme en su secretaria. He aprendido muchísimo con
ella.
–¿Acaso hay tanto que escribir? –preguntó Karl.
–¡Oh, muchísimo! –contestó ella–; usted seguramente no puede
imaginárselo. Lo ha visto usted mismo; he trabajado hoy hasta las once
y media, y el de hoy no es ningún día extraordinario. Ciertamente no
sólo estoy escribiendo: tengo que hacer también muchas diligencias en
la ciudad.
–¿Cómo se llama esa ciudad? –preguntó Karl.
–¿No lo sabe usted? –dijo ella–. Ramsés.
–¿Es una gran ciudad? –preguntó Karl.
–Muy grande –respondió ella–, no me gusta ir allá. Pero,
¿verdaderamente no quiere usted dormir ya?
–No, no –dijo Karl–, ni siquiera me ha dicho todavía para qué ha
entrado usted.
–Porque no tengo a nadie con quien hablar. No soy quejumbrosa, pero
si realmente no se tiene a nadie, se siente una feliz de que alguien la
escuche. Ya lo había visto abajo en el salón; venía yo precisamente en
busca de la señora cocinera mayor, cuando ella se lo llevaba a usted a
la despensa.
–Es un salón terrible –dijo Karl.
–Ya ni siquiera me doy cuenta de ello –respondió ella– Pero yo
solamente quise decir que la señora cocinera mayor es tan buena y
amable conmigo como sólo lo ha sido mi madre y, sin embargo, hay
una diferencia de posición demasiado grande entre nosotras para que
yo pueda hablarle con entera libertad. Antes, entre las muchachas de la
cocina, tenía yo buenas amigas; pero hace mucho ya que no están en
la casa y a las muchachas nuevas apenas si las conozco. Después de
todo, a veces se me ocurre que mi trabajo actual me fatiga más que el
de antes, y que ni siquiera lo hago tan bien como el de la cocina, y que
la señora cocinera mayor me conserva en el empleo por pura
compasión. Después de todo, es realmente necesario tener mejor
preparación escolar para llegar a ser secretaria. Es un pecado decirlo:
tantas y tantas veces tengo miedo de volverme loca... Pero por el amor
de Dios –dijo de repente mucho más ligero y tocando fugazmente el
hombro de Karl, ya que él retenía las manos debajo de la colcha–, no
vaya usted a decirle nada de esto; ni una palabra a la señora cocinera
mayor, pues entonces sí que estaría perdida. Si además de las
molestias que ya le estoy causando con mi trabajo, todavía le infligiera
yo alguna pena, ya sería realmente el colmo de los colmos.
–Se sobreentiende que no le diré nada –contestó Karl.
–Entonces está bien –dijo ella–, y quédese usted aquí. Me gustaría
mucho que se quedara usted en la casa, y, si le parece, podríamos
ayudarnos y llevarnos bien. Apenas lo vi a usted le he tomado
confianza. Y, sin embargo, ¡imagínese usted qué mala soy!, sin
embargo, tenía miedo, por otra parte, de que la señora cocinera mayor
lo tomara a usted como secretario y me despidiera. Sólo después de
quedarme largo rato allí sentada, sola, mientras usted estaba en la
oficina, he reflexionado y entiendo que hasta sería excelente que usted
se hiciera cargo de mis trabajos, porque usted seguramente sabrá
hacerlos mejor. Si usted no quisiera hacer las diligencias en la ciudad,
bien podría yo quedarme con ese trabajo. Y después de todo,
seguramente sería yo mucho más útil en la cocina, más aún ahora, ya
que me he robustecido un poco.
–El asunto ya está arreglado –dijo Karl–, yo seré ascensorista y usted
seguirá siendo secretaria. Pero con que sólo le insinúe usted sus
proyectos a la señora cocinera mayor, revelaré yo también lo demás,
todo lo que usted me ha dicho hoy, por más que yo mismo tendría que
lamentarlo.
Semejante tono excitó tanto a Therese que se arrojó junto al lecho y,
gimoteando, hundió la cara en la ropa de la cama.
–Pero si no revelaré nada –dijo Karl–, sólo que usted tampoco debe
decir nada.
Y ahora ya no podía permanecer escondido totalmente bajo la colcha;
acarició un poco el brazo de la muchacha; no se le ocurría nada
apropiado que pudiera decirle y sólo pensó que era una vida amarga la
que allí se llevaba. Por fin ella se tranquilizó, a lo menos tanto que se
avergonzó de su llanto; miró a Karl con gratitud, trató de persuadirlo de
que durmiera hasta tarde y prometió que, de tener un momento libre,
subiría hacia las ocho a despertarlo.
–Cierto, tiene usted mucha habilidad para despertar –dijo Karl.
–Sí, algunas cosas sé hacerlas –dijo ella; pasó la mano suavemente
sobre la colcha de Karl en señal de despedida y se fue corriendo a su
cuarto.
Al día siguiente pidió Karl con insistencia que le permitieran entrar en
funciones inmediatamente, a pesar de que la cocinera mayor deseaba
darle franco ese día, para que fuese a visitar la ciudad de Ramsés. Mas
Karl declaró abiertamente que no faltarían oportunidades para eso y
que ahora lo más importante para él era comenzar a trabajar, pues ya
había interrumpido sin provecho otro trabajo, con distinta finalidad, en
Europa, y ahora iba a empezar como ascensorista a una edad que
seguramente otros muchachos, al menos los más capaces, estarían ya
próximos a hacerse cargo, por natural consecuencia, de alguna tarea
superior. Le parecía muy bien empezar de ascensorista, pero no estaría
mal tampoco, sin duda, que se diese la mayor prisa posible. En las
presentes circunstancias no le causaría ningún placer esa visita a la
ciudad. Ni siquiera podía resolverse a hacer una diligencia rápida que le
pedía Therese. No lo abandonaba la idea de que, si no se aplicaba,
llegaría finalmente a lo que habían llegado Delamarche y Robinsón.
En la sastrería del hotel le probaron el uniforme de ascensorista,
adornado con gran gala de botones y cordones dorados, y sin embargo,
se estremeció un poco al ponérselo, pues la chaquetilla, especialmente
en los sobacos, era fría, dura y al mismo tiempo húmeda por el sudor
de los ascensoristas que la habían usado antes que él. El uniforme, por
otra parte, hubo de ser agrandado especialmente para Karl, en el pecho
sobre todo, pues ni uno sólo de los diez que allí había le quedaba bien,
aunque sólo fuese aproximadamente. Pese al trabajo de costura que se
hizo necesario y aunque el sastre parecía muy minucioso –por dos
veces volvió al taller el uniforme ya entregado– todo quedó listo en
apenas cinco minutos, y Karl abandonó el salón del sastre convertido ya
en ascensorista, con pantalones ajustados y una chaquetilla que, a
pesar de la firme aseveración contraria del sastre, le quedaba muy
estrecha y lo tentaba continuamente a practicar ejercicios de
respiración, pues tenía deseos de comprobar si todavía le era posible
respirar.
Luego se presentó al camarero mayor, a cuyas órdenes quedaría: un
hombre esbelto, hermoso, narigudo, que seguramente ya tenía unos
cuarenta años. Ni siquiera tuvo tiempo de entablar la menor
conversación y lo único que hizo fue llamar, mediante un timbre, a un
muchacho ascensorista; era, por casualidad, precisamente el que Karl
había visto la víspera. El camarero mayor sólo lo llamaba por su
nombre de pila, Giácomo, pero de esa particularidad se enteró Karl sólo
más tarde, puesto que a través de la pronunciación inglesa, el nombre
quedaba tan desfigurado que era imposible reconocerlo. Ahora bien,
ese chico recibió orden de enseñarle a Karl todo lo necesario para el
servicio de los ascensores, pero era tan esquivo y se daba tanta prisa
que Karl apenas pudo enterarse siquiera de lo poco que en el fondo
había que aprender. Seguramente Giácomo estaba disgustado porque
debía abandonar el servicio de los ascensores, evidentemente por Karl,
para ser colocado como ayudante de camareras; lo cual, de acuerdo
con ciertas experiencias que con todo no quiso revelar, le parecía
infamante. El hecho de que la relación de un ascensorista con la
maquinaria del ascensor consistiera únicamente en ponerla en
movimiento mediante la simple presión del botón, fue lo primero que
desilusionó a Karl, pues hasta para la reparación de los motores se
utilizaba tan exclusivamente a los mecánicos del hotel que por ejemplo
Giácomo, a pesar de que su servicio en el ascensor llevaba ya medio
año, no había visto con sus propios ojos ni los motores del sótano ni la
maquinaria del interior del ascensor; si bien, por lo que decía él
expresamente, eso le hubiese gustado mucho.
Era, en general, un servicio monótono y, debido a la jornada de doce
horas –los turnos se relevaban una vez por día y otra para la noche–,
tan abrumador que, según las referencias de Giácomo, resultaba del
todo insoportable si no se lograba dormir algunos minutos de pie.
Karl no dijo nada, pero comprendió que era precisamente esa habilidad
de Giácomo la que le había costado el puesto.
A Karl le convenía mucho la circunstancia de que el ascensor que
quedaba a su cuidado fuese uno destinado sólo a los pisos últimos, por
lo cual él no tendría que habérselas con los más exigentes de entre la
gente rica. Ciertamente no podría aprenderse allí tanto como en otra
parte y por eso era una circunstancia favorable sólo para comenzar.
Ya al cabo de la primera semana se dio cuenta Karl de que estaba
perfectamente a la altura del servicio. Los bronces de su ascensor eran
los que estaban mejor pulidos, ninguno de los otros treinta ascensores
podía compararse en ese punto con el suyo, y acaso habrían quedado
más relucientes aún si el muchacho que servía en el mismo ascensor se
hubiese aplicado otro tanto, aunque fuese tan sólo en medida
aproximada; pero se sentía más bien apoyado en su dejadez por ese
ahínco de Karl. Era norteamericano de nacimiento y se llamaba Renell;
un muchacho vanidoso, de ojos oscuros y mejillas lisas, un poco
ahuecadas. Poseía un elegante traje, y las noches que no le tocaba
servicio se apresuraba a ponérselo y a dirigirse, ligeramente
perfumado, a la ciudad; de vez en cuando también le rogaba a Karl que
lo reemplazase por la noche, alegando que debía ausentarse por
asuntos familiares, y poco se preocupaba de que su aspecto
contradijese un pretexto semejante. Sin embargo, Karl lo estimaba y
veía con gusto que Renell, en tales noches, se estuviese de pie, unos
momentos antes de salir, luciendo su hermoso traje, junto al ascensor,
se excusase todavía un poco mientras se calzaba los guantes y que
luego partiese por el corredor. Por otra parte Karl, al reemplazarlo, sólo
quería hacerle un favor que frente a un colega más antiguo le parecía
natural al comienzo; mas esto, pensaba, no debía convertirse en una
costumbre permanente. Pues, en efecto, aquel eterno subir y bajar en
el ascensor era bastante fatigoso, y más aún en las horas vespertinas,
ya que en esas horas casi no había interrupción alguna.
Bien pronto aprendió Karl a ejecutar también esas reverencias breves y
profundas que se exigen de un ascensorista y ya recogía la propina al
vuelo. Desaparecía ésta en el bolsillo de su chaleco y nadie hubiera
podido decir, guiándose por la expresión de su semblante, si era grande
o pequeña. Ante las damas abría la puerta con una leve añadidura de
galantería y con un movimiento airoso y elegante entraba lentamente
en el ascensor tras ellas que, preocupadas por sus faldas, sombreros y
adornos colgadizos, solían subir más vacilantes que los hombres.
Durante el viaje se quedaba, puesto que era ésta la forma menos
llamativa, pegado a la puerta y dando la espalda a sus pasajeros y
sostenía la manija de la puerta del ascensor a fin de empujarla hacia un
costado en el momento preciso de la llegada, de una manera súbita y a
la vez nada alarmante.
Sólo en raras oportunidades le tocaba alguno en el hombro durante el
viaje para pedirle una pequeña información cualquiera, y entonces se
volvía él rápidamente, como si lo hubiese esperado, y en voz alta daba
la respuesta. A menudo, a pesar de los muchos ascensores y
especialmente a la hora de terminar las funciones de los teatros o
después de la llegada de determinados trenes expresos, producíase tal
hacinamiento que, después de haber dejado apenas a los pasajeros en
los pisos altos, debía precipitarse ya de nuevo hacia abajo, a fin de
recoger a los que allí esperaban. Quedábale también la posibilidad de
aumentar la velocidad normal tirando de un cable metálico que
atravesaba toda la caja del ascensor, mas ciertamente esto estaba
prohibido por el reglamento de los ascensores y se decía, además, que
era peligroso. Karl, en efecto, jamás usó ese procedimiento llevando
pasajeros; pero una vez que los había depositado arriba y habiendo
abajo otros que esperaban, él no se guardaba consideraciones: con
movimientos vigorosos, rítmicos, maniobraba con el cable como si fuera
un marinero. Sabía por lo demás que así obraban los otros
ascensoristas, y él no deseaba perder sus pasajeros cediéndoselos a
otros muchachos. Algunos de los huéspedes que se alojaban en el hotel
por una temporada, cosa que además era bastante usual, demostraban
de vez en cuando, con una sonrisa, que reconocían en Karl a su
ascensorista y éste aceptaba esa amabilidad con semblante serio, si
bien con agrado.
A veces, cuando el movimiento mermaba un poco podía aceptar
pequeños encargos especiales también: ir, por ejemplo, a buscar
alguna cosa que un huésped del hotel había olvidado en su habitación,
al no querer molestarse él mismo en ir hasta allí; y entonces volaba
Karl hacia arriba, solo en su ascensor que en tales momentos le
resultaba mucho más familiar; entraba en el cuarto ajeno, donde
generalmente veía desparramadas sobre los muebles o colgadas de las
perchas cosas que nunca había visto, y percibía el olor especial de un
jabón de otra persona, de un perfume, de un agua dentífrica, y sin
detenerse para nada, regresaba presuroso con el objeto pedido,
encontrado las más de las veces a pesar de las indicaciones inexactas.
Lamentaba a menudo no poder aceptar encargos de mayor
importancia, pues para ello había ordenanzas especiales y mensajeros
que hacían sus diligencias en bicicletas y hasta en motocicletas. Sólo
para llevar pequeños recados desde las habitaciones hasta los
comedores o las salas de juego, podía utilizársele a Karl, si la ocasión le
era favorable.
Cuando después de la jornada de doce horas regresaba del trabajo,
durante tres días a las seis de la tarde y los otros tres a las seis de la
mañana, sentíase tan cansado que se dirigía derechamente a la cama,
sin preocuparse por nadie. Tenía su cama en el dormitorio común de los
chicos ascensoristas; por cierto, la señora cocinera mayor, cuya
influencia acaso no era, pese a todo, tan grande como él la creyó
aquella noche, habíase esforzado por conseguirle un cuartito propio, y
sin duda también lo habría logrado; pero viendo cuántas dificultades le
causaba esto y también las veces que la cocinera mayor llamaba por
ese asunto al superior de Karl, aquel camarero mayor tan atareado,
desistió Karl y persuadió a la cocinera mayor de que verdaderamente
renunciaba al cuarto propio alegando que no deseaba él que los otros
chicos le envidiasen una ventaja que en verdad no había conseguido
por sus propios méritos.
Ciertamente no era un dormitorio tranquilo el de los ascensoristas;
pues ya que cada uno repartía de manera diversa su tiempo libre de
doce horas entre los ratos dedicados a la comida, al sueño, a las
diversiones y a alguna ganancia ocasional, en el dormitorio reinaba sin
interrupción el mayor movimiento. Algunos dormían cubriéndose con
sus colchas hasta las orejas para no oír nada; si no obstante se
despertaba a alguno, lanzaba éste gritos tan furiosos por la gritería de
los otros, que ya no podían soportarlo tampoco los demás durmientes,
por muy dormilones que fuesen.
Casi todos los muchachos poseían su pipa; era ésta una manera de
abandonarse a una especie de lujo; Karl también había adquirido una y
bien pronto comenzó a tomarle gusto. Ahora bien, durante el servicio se
prohibía fumar, y el resultado era que, en el dormitorio, todo el que no
dormía a pierna suelta, fumaba. Por consiguiente, cada una de las
camas quedaba envuelta en su propia humareda y el todo era una
bruma general. Era imposible conseguir, a pesar de que en principio la
mayoría estaba de acuerdo, que durante la noche quedara encendida la
luz de un solo extremo de la habitación. Si esta proposición hubiera
logrado imponerse, entonces aquellos que desearan dormir habrían
podido hacerlo tranquilamente, al abrigo de la oscuridad que reinaría en
una de las mitades de la sala –era una habitación grande con cuarenta
camas–; mientras que los otros, en la parte alumbrada, hubieran
podido jugar a los dados o a los naipes y entregarse a todas las demás
ocupaciones que exigieran luz. Si alguno cuya cama estuviese en la
mitad alumbrada de la sala hubiera querido dormir, habría podido
acostarse en una de las camas libres de la parte oscura, pues siempre
había bastantes camas desocupadas y nadie objetaba nada contra
semejante uso pasajero de su cama por otro. Mas la disposición de
mantener una única zona iluminada no se observó siquiera una sola
noche. Continuamente dábase el caso, por ejemplo, de dos muchachos
que, después de haber aprovechado la oscuridad para dormir un poco,
sentían deseos de jugar a los naipes en sus camas, sobre una tabla
colocada en medio, y naturalmente encendían con ese fin una lámpara
eléctrica adecuada, cuya luz punzante sobresaltaba a los durmientes
sobre cuyas caras daba directamente. Cierto que todavía se revolcaba y
se retorcía uno un poco, mas finalmente no encontraba nada mejor que
hacer sino jugar con su vecino, despertado a su vez, una partida bajo la
iluminación reciente. Y de nuevo, como era natural, echaban humo
todas las pipas.
Ciertamente había también algunos que deseaban dormir a toda costa –
Karl generalmente estaba entre ellos–, y éstos, en vez de apoyar la
cabeza sobre la almohada, la cubrían o la envolvían con la misma; pero
cómo podía conservarse el sueño si el vecino más próximo se
levantaba, a altas horas de la noche, para dirigirse a la ciudad en busca
del placer; si se lavaba ruidosamente, rociándolo todo con agua, en el
lavabo que estaba instalado a la cabecera de la propia cama; si no sólo
se calzaba las botas con estrépito, sino que además intentaba
asentárselas mejor golpeando el suelo con el tacón –casi todos, a pesar
de la horma americana de su calzado, gastaban zapatos demasiado
estrechos–, si hasta terminaba por alzar finalmente, en busca de algún
detalle de su atavío, la almohada del durmiente, debajo de la cual éste,
claro es que ya despierto, sólo aguardaba el momento de lanzarse
sobre el importuno. Ahora bien, todos ellos eran deportistas,
muchachos jóvenes y en su mayor parte fuertes, que no perdían
oportunidad alguna que pudiesen aprovechar para sus ejercicios
deportivos. Y si durante la noche se incorporaba uno de un salto,
despertado de su profundo sueño por un tremendo estrépito, podía
estar seguro de encontrar en el suelo, junto a su cama, a dos
luchadores; y de pie sobre todas las camas a la redonda, bajo una luz
penetrante, a los peritos, en camisa y calzoncillos.
Cierta vez, a raíz de una demostración nocturna de boxeo de este tipo,
uno de los púgiles fue a caer sobre Karl; éste estaba durmiendo y lo
primero que vio al abrir los ojos fue la sangre que al muchacho le salía
de la nariz y que se derramaba sobre toda la ropa de la cama antes de
que nada pudiera hacerse para evitarlo.
A menudo se pasaba Karl las doce horas, casi íntegramente, intentando
lograr unas horas de sueño, aunque por otra parte también implicaba
para él un atractivo grande el poder participar de las diversiones de los
demás; pero continuamente se le figuraba que los otros todos ellos, le
llevaban ventaja en la vida, una ventaja que él debía compensar
mediante una aplicación mayor en el trabajo, y también con pequeñas
renuncias. A pesar de que, por lo tanto, le importaba principalmente
dormir en provecho de su trabajo, no se quejaba él de las condiciones
que reinaban en el dormitorio, ni ante la cocinera mayor ni ante
Therese; pues en primer lugar, considerándolo bien, todos los
muchachos sobrellevaban esas condiciones penosamente, sin que
jamás se quejaran seriamente; y en segundo lugar, porque consideraba
las molestias del dormitorio como una parte inseparable de su tarea de
ascensorista, tarea que por lo pronto había recibido con gratitud de
manos de la cocinera mayor.
Una vez por semana, con motivo del cambio de turno, tenía franco
durante veinticuatro horas, y las empleaba, en parte, para hacer una o
dos visitas a la cocinera mayor; o, si no, aguardaba el escaso tiempo
libre de Therese para estar con ella unos momentos en algún rincón del
pasillo y sólo rara vez en su cuarto, para cambiar así unas palabras
fugaces. A veces también la acompañaba cuando hacía sus diligencias
en la ciudad que debían llevarse a cabo con la mayor premura. Iban
entonces casi corriendo, llevándole Karl el bolso, hasta la primera
estación del tren subterráneo; el viaje pasaba en un santiamén como si
el tren fuese arrastrado sin ofrecer la menor resistencia y apenas
adentro ya lo abandonaban, traqueteando escaleras arriba, en lugar de
esperar el ascensor, que les resultaba demasiado lento. Aparecían luego
las grandes plazas desde las cuales las calles eran irradiadas como
veloces rayos estelares, plazas que aportaban una aglomeración en ese
tránsito que en línea recta afluía desde todas partes; pero Karl y
Therese corrían, muy juntos, a las distintas oficinas, lavaderos,
depósitos y comercios, donde había que hacer pedidos o presentar
quejas, cosas de bien escasa importancia por cierto, pero que no se
podían negociar, sin más, por teléfono.
Therese cayó pronto en la cuenta de que la ayuda de Karl no resultaba
nada despreciable sino que, por el contrario, aceleraba notablemente
una cantidad de cosas. Jamás, cuando él la acompañaba, tenía que
quedarse esperando, tal como otras veces le ocurría a menudo, hasta
que la gente de los comercios, más que atareada, la atendiese. Él se
aproximaba al mostrador y tanto golpeaba con los nudillos que
finalmente el procedimiento daba resultado; por encima de murallas
humanas lanzaba él sus exclamaciones en ese inglés que aún seguía
teniendo ese acento un poco exagerado que se distinguía fácilmente
entre cien voces, se acercaba a la gente sin vacilación, por más que se
retirasen, arrogantes, al fondo de los más extensos salones de
comercio. No lo hacía con arrogancia y justipreciaba toda resistencia,
pero se sentía respaldado por una posición segura que le confería
derechos: el Hotel Occidental era un cliente que no admitía bromas, y al
fin y al cabo, Therese, pese a su experiencia comercial, veíase bastante
necesitada de ayuda.
–Debería usted venir conmigo siempre –decía a veces, riendo dichosa,
al regresar de alguna empresa llevada a cabo con particular éxito.
Sólo tres veces durante ese mes y medio de su permanencia en Ramsés
se quedó Karl durante un rato prolongado, más de un par de horas, en
el cuartito de Therese. Naturalmente, era más pequeño que cualquiera
de los cuartos de la cocinera mayor; las cosas que contenía rodeaban
en cierto modo sólo la ventana, pero Karl ya apreciaba bastante, por
sus experiencias del dormitorio, el valor de un cuarto propio y
relativamente tranquilo, y aunque no lo manifestase en forma expresa,
Therese notaba, sin embargo, cuánto le gustaba su cuarto. No tenía ella
secretos para él; no hubiera sido fácil por otra parte, después de
aquella visita de la primera noche, tener todavía secretos ante él. Era
hija natural; su padre, capataz de obras, luego de emigrar, las había
hecho venir, a la madre y a la hija, desde Pomerania; mas como si con
ello hubiese cumplido su deber o como si hubiese esperado a personas
distintas y no a esa mujer agotada por el trabajo y a esa niña
débil,+que había ido a recoger en el desembarcadero, siguió viaje bien
pronto y sin grandes explicaciones hacia Canadá. Ellas se quedaron y
no recibieron de él ni una carta ni otra noticia alguna, lo que, por otra
parte, no era para asombrarse, pues se hallaban perdidas en los
grandes alojamientos colectivos del Este neoyorquino, cosa que excluía
toda posibilidad de dar con ellas.
Cierta vez Therese se puso a referirle –Karl permanecía a su lado junto
a la ventana y miraba a la calle– la muerte de su madre; cómo corrían
la madre y ella, cierta noche de invierno –tendría ella a la sazón unos
cinco años– por las calles, cada una con su hatillo, en procura de un
echadero para pasar la noche; cómo la madre la llevaba primero de la
mano –arreciaba un temporal de mucha nieve y no era nada fácil
avanzar– hasta que se le entumeció la mano y soltó a Therese, sin
volverse siquiera para mirarla; y ella entonces, con grandes esfuerzos,
tuvo que sujetarse por sí misma de las faldas de su madre. Therese
tropezó a menudo y hasta llegó a caerse, pero la madre seguía adelante
como presa de una obsesión, y no se detenía. ¡Y qué nevascas aquéllas,
en las largas y rectas calles de Nueva York! Karl aún no había pasado
ningún invierno en Nueva York. Si camina uno contra el viento, y éste
gira en círculo, entonces no pueden abrirse los ojos ni un instante; y el
viento, sin cesar, le frota a uno la cara con nieve, y uno corre, pero sin
adelantar nada; es en verdad desesperante. Y con todo, un niño, claro
está, aventaja siempre a los adultos, ya que corre por debajo del viento
y hasta siente un poco de alegría y placer en todo eso. Y así, aquella
vez, Therese no podía comprender del todo a su madre, y estaba
físicamente convencida de que, si aquella noche se hubiese conducido
con más inteligencia –era todavía una niña muy pequeñita– frente a su
madre, ésta no hubiera tenido que sufrir aquella muerte tan miserable.
La madre ya llevaba entonces dos días sin trabajar, ya no poseían ni la
más ínfima moneda, habían pasado el día a la intemperie y sin probar
bocado y en sus hatillos sólo arrastraban unos trapos inservibles que,
acaso por superstición, no se atrevían a tirar. Ahora bien, para la
mañana siguiente creía la madre que podría obtener una ocupación en
una obra en construcción, pero temía –cosa que trató de explicar a
Therese durante todo el día– no poder aprovechar esa ocasión
favorable, pues se sentía muerta de cansancio ya por la mañana y para
espanto de los transeúntes había tosido y arrojado mucha sangre; su
único anhelo era llegar a calentarse en alguna parte y descansar. Y
precisamente aquella noche resultaba imposible hallar el más
insignificante rincón. Allí donde el casero no comenzaba ya por
arrojarlas del zaguán, refugio en el que, de todas maneras, hubiera sido
posible reponerse algo del temporal, atravesaban corriendo los
estrechos y helados pasillos e iban subiendo afanosamente los altos
pisos, rodeando las estrechas terrazas de los patios, llamando a las
puertas a la buena de Dios, ya sin atreverse a hablarle a nadie, ya
rogándole a cada uno de los que encontraban, y una o dos veces hasta
llegó la madre a arrodillarse sin aliento, en el peldaño de una escalera
soledosa y atraía hacia sí violentamente a Therese que casi se defendía,
y la besaba con dolorosa presión de sus labios. Si luego se piensa que
eran éstos los últimos besos, no se concibe cómo, aun siendo una
pequeña criatura, se ha podido ser tan ciega para no comprenderlo.
Algunos de los cuartos por los que pasaban tenían las puertas abiertas
para dar salida al aire sofocante y en medio de aquel humo brumoso
que, como causado por un incendio, llenaba los cuartos, no surgía sino
la figura de alguien que aparecía en el marco de la puerta,
demostrando, ya por su muda presencia, ya por una breve palabra, la
imposibilidad de un albergue en dicho cuarto.
Ahora, a través de esa visión retrospectiva, parecíale a Therese que
sólo en las primeras horas la madre había buscado seriamente algún
sitio; pues pasada la medianoche probablemente ya no le había dirigido
la palabra a nadie, si bien no había cesado de correr, entre pequeñas
pausas, hasta la hora del alba y aunque hubiera en aquellas casas,
donde jamás se cierran ni las puertas de calle ni las del interior, un
movimiento constante y se topara uno con gente a cada paso. Desde
luego aquello no era, en verdad, una carrera y la rapidez de su marcha
se debía sólo al esfuerzo extremo de que ellas eran capaces, y en
realidad sólo pudo haber sido un lento arrastrarse. Therese no podía
tampoco precisar si, desde la medianoche hasta las cinco de la
madrugada, habían estado en veinte casas o sólo en dos o siquiera en
una sola. Los pasillos de esas casas habían sido construidos
astutamente de acuerdo con planos adecuados al mejor
aprovechamiento del espacio, pero que no tomaban en consideración la
necesidad de poder orientarse fácilmente a través de ellos; ¡cuántas
veces, sin duda, habían atravesado los mismos pasillos! Por ejemplo
Therese recordaba oscuramente que abandonaron el portón de una
casa después de haberla recorrido durante una eternidad; pero también
le parecía que, una vez en la calle, se volvieron en seguida,
precipitándose de nuevo en el interior de la misma casa.
Para la niña todo aquello implicaba naturalmente sufrimientos
inconcebibles: el verse ya sujetada por la madre, ya asida a ella,
arrastrada sin una sola palabra de consuelo; y todo esto no parecía
tener entonces más que una sola explicación para su corta inteligencia,
y era ésta: la madre pretendía huir de ella. Por eso se aferraba Therese
cada vez más –aun cuando la madre la llevaba de una mano,
aferrábase ella para mayor seguridad también con la otra– a las faldas
de la madre, y sollozaba a intervalos. No quería ella que la
abandonaran allí, entre las gentes que subían ruidosamente la escalera
delante de ellas, que a su espalda, invisibles todavía, se aproximaban
tras un recodo; que reñían en los pasillos ante una de las puertas,
empujándose mutuamente al interior de los cuartos. Beodos ambulaban
por la casa con su sordo canturrear, y la madre conseguía deslizarse
felizmente con Therese a través de grupos de tal gente que iban a
cerrarles el paso.
Sin duda, a altas horas de la noche, cuando ya no se prestaba atención
y ya nadie insistía con rigor absoluto en su derecho, habrían podido
meterse siquiera en uno de aquellos dormitorios colectivos,
subarrendados por empresarios; ya habían pasado frente a varios, pero
Therese no entendía nada de eso y la madre ya no buscaba descanso.
Por la mañana, comienzo de un hermoso día de invierno, estaban
apoyadas ambas en el muro de una casa, y allí quizá habían dormido
un poco, quizá sólo habían estado mirando las cosas fijamente, con los
ojos abiertos. Resultó que Therese había perdido su hatillo y la madre
quiso zurrarla para castigar así semejante falta de cuidado, mas
Therese ni oyó ni sintió golpe alguno. Siguieron luego a través de las
calles que se animaban, la madre junto al muro; pasaron por un puente
donde la madre iba quitando con la mano la escarcha del pretil y
llegaron por fin –entonces Therese lo tomaba como si fuese lo más
natural del mundo, hoy en cambio no podía comprenderlo–
precisamente a aquella obra en construcción adonde la madre había
sido citada para aquella mañana. No le dijo a Therese que esperara ni
que se fuera, y Therese veía en ello una orden de esperar, ya que era
esto lo que mejor concordaba con sus propios deseos. Sentóse, pues,
sobre un montón de ladrillos y se quedó mirando cómo desataba la
madre su hatillo, cómo sacaba de él un trapo de color y se aseguraba
un pañuelo que había llevado en la cabeza durante toda la noche.
Therese estaba demasiado cansada y por eso ni siquiera se le ocurría
ayudar a su madre.
Sin presentarse previamente en la garita del capataz como era lo
acostumbrado, sin preguntar a nadie, subió la madre por una escalera,
como si ya supiese qué trabajo le habían adjudicado. A Therese le
extrañó todo aquello, pues comúnmente se ocupaba a las ayudantas
tan sólo abajo y únicamente para preparar y apagar la cal, para
alcanzar los ladrillos y otras tareas sencillas. Creyó por lo tanto que la
madre pensaba dedicarse ese día a un trabajo mejor pagado, y mirando
hacia arriba medio dormida, le sonreía.
La obra aún no era alta, apenas había adelantado en la planta baja
aunque las altas vigas de los armazones destinadas a la futura
construcción –si bien todavía sin los tirantes de comunicación– se
destacaban ya, enhiestas, contra el cielo azul. Allá arriba, la madre
eludía hábilmente las dificultades de la marcha entre los albañiles que
ponían ladrillo sobre ladrillo y que, cosa inaudita, no le pedían cuentas.
Sujetábase cautelosamente, tocándolo apenas, de un tabique de
madera, que servía de barandilla, y Therese, en medio de su modorra,
miraba asombrada desde abajo esa habilidad, y aun creía recibir de su
madre una mirada amable. Pero por entonces la madre, en su marcha,
había llegado a una pequeña pila de ladrillos ante la cual concluía la
barandilla y probablemente también el camino; mas a ella no le
importó, dirigióse derechamente a aquel montón de ladrillos y, pasando
sobre él, se precipitó al vacío. Muchos ladrillos rodaron tras ella y
finalmente, al cabo de un buen rato, desprendióse en alguna parte una
pesada tabla que le cayó encima con gran estrépito.
El último recuerdo que guardaba Therese de su madre, era el de
haberla visto yacer esparrancada, aun con su falda a cuadros que
procedía de Pomerania; el de haber visto cómo la cubría casi
totalmente aquella pesada tabla que yacía sobre ella, y cómo se
agolpaban las gentes llegadas de todas partes, y cómo arriba, en lo alto
de la obra, lanzaba algún hombre una voz iracunda.
Habíase hecho tarde cuando Therese concluyó su relato. Había
desarrollado la narración minuciosamente, cosa que no solía hacer otras
veces, y en los momentos indiferentes sobre todo, así al describir las
vigas de los armazones, de las que cada una por sí misma se destacaba
enhiesta contra el cielo, había tenido que interrumpirse con lágrimas en
los ojos. Ahora, a los diez años de ocurrido el hecho, recordaba ella con
toda precisión cada detalle de lo que entonces había sucedido; y ya que
la visión que conservaba de la madre en lo alto de la apenas terminada
planta baja era el último recuerdo que guardaba de la vida de su madre
y no lograba transmitírselo con claridad suficiente a su amigo, quiso
volver una vez más sobre el particular después del relato; pero se
atascó, hundió la cara en ambas manos y no dijo ni una sola palabra
más.
Pero también transcurrían horas más alegres en el cuarto de Therese.
Ya durante su primera visita vio Karl allí un texto de correspondencia
comercial y, accediendo a su pedido, ella se lo prestó. Al mismo tiempo
convinieron en que Karl hiciera los ejercicios insertos en el libro y se los
presentara a Therese, que ya había estudiado el contenido de ese libro,
porque resultaba indispensable para cumplir sus pequeños trabajos. Y
ahora permanecía Karl durante noches enteras, con algodón en los
oídos, en el dormitorio, sobre su cama, y para no cansarse adoptaba
todas las posturas posibles, leía en el texto y garabateaba los ejercicios
en un cuadernillo con una estilográfica que le había regalado la cocinera
mayor, como premio por haberle preparado en forma muy práctica y
con esmerado empeño un gran registro del inventario.
Logró sacar provecho de la mayor parte de las molestias que le
causaban los otros muchachos, pidiéndoles reiteradamente consejos en
cuestiones relativas al idioma inglés, hasta que se cansaron y lo
dejaron en paz. A menudo le asombraba que los demás se hubiesen
resignado de tal manera a permanecer en su condición actual, sin sentir
siquiera su carácter precario –ascensoristas de más de veinte años de
edad ya no eran admitidos–, y sin percibir la necesidad de decidirse
acerca de su profesión futura, y que, a pesar del ejemplo de Karl, no
leían otra cosa que, en el mejor de los casos, cuentos policíacos que,
hechos jirones y sucios, se entregaban de cama en cama.
Durante los encuentros, corregía luego Therese con minuciosidad
excesiva; surgían opiniones que eran objeto de controversias; Karl
citaba en calidad de testigo a su gran profesor neoyorquino, pero éste
tenía exactamente tan poco valor para Therese como los pareceres
gramaticales de los ascensoristas. Ella le quitaba la pluma estilográfica
de la mano y tachaba los puntos de cuya imperfección estaba segura;
pero en caso de duda, y a pesar de que ninguna autoridad superior a
Therese debía ver el ejercicio, volvía Karl a tachar, por pura
escrupulosidad, las marcas que había puesto Therese.
A veces, por cierto, aparecía la cocinera mayor y ella decidía siempre a
favor de Therese, mas esto tampoco probaba nada, ya que Therese era
su secretaria. Pero al mismo tiempo su llegada traía la reconciliación
general, pues se preparaba el té y se mandaba a buscar pasteles. Karl
tenía entonces que contar cosas de Europa, ciertamente entre muchas
interrupciones de la cocinera mayor que volvía a preguntar y a
asombrarse de nuevo, por lo cual Karl se daba cuenta de cuánto habían
cambiado allá las cosas, fundamentalmente, en un lapso relativamente
breve, y cuánto se habrían modificado ya las cosas desde su ausencia y
cómo iban modificándose continuamente.
Haría un mes aproximadamente que Karl se hallaba en Ramsés cuando
cierta noche le dijo Renell, al pasar que delante del hotel le había
dirigido la palabra un hombre que se llamaba Delamarche,
preguntándole por Karl. Claro que Renell no había tenido motivo alguno
de callar nada, y de acuerdo con la verdad le había referido que Karl
era ascensorista, pero que tenía perspectivas de llegar a ocupar
puestos mucho más importantes, debido a la protección que le brindaba
la cocinera mayor. Karl se dio cuenta de cuán cautelosamente había
sido tratado Renell por Delamarche, pues hasta lo había invitado a
cenar esa noche con él.
–No tengo la menor relación con Delamarche –dijo Karl–. ¡Y tú cuídate
mucho de él!
–¿Yo? –preguntó Renell y, estirándose, se fue presuroso. Era el chico
más guapo del hotel y entre los demás muchachos circulaba el rumor
(sin que se supiera quién lo había originado) de que una señora
distinguida, que se alojaba en el hotel ya hacía cierto tiempo, lo había
acometido a besos (eso por lo menos) en el ascensor.
Él, que conocía ese rumor, encontraba sin duda un encanto muy grande
en ver pasar a su lado a aquella dama confiada en cuyo aspecto
exterior ni la menor cosa revelaba la posibilidad siquiera de semejante
conducta, con sus pasos tranquilos y leves, sus delicados velos y su
talle muy ceñido. Vivía ella en el primer piso y el ascensor de Renell no
era el suyo; pero desde luego, estando los demás ascensores ocupados,
no podía prohibirse a huéspedes de esa categoría el acceso a otro
ascensor. Y así sucedía que dicha señora viajaba de vez en cuando en
el ascensor de Karl y de Renell y, en efecto, sólo cuando estaba de
servicio Renell. Quizá fuera pura casualidad; mas nadie lo creía así, y
cuando partía el ascensor con los dos, apoderábase de toda la fila de
los ascensoristas cierta inquietud que todos se esforzaban por reprimir
y que hasta había provocado cierta vez la intervención de un camarero
mayor.
Sea cual fuere la causa, ya la dama, ya el rumor, Renell de todas
maneras había cambiado, habíase tornado mucho más altivo todavía;
abandonaba el trabajo de lustrar los bronces totalmente a Karl –éste ya
esperaba una oportunidad para plantear a fondo el asunto–, y en el
dormitorio ya no se le veía. Ningún otro se había retirado tan
completamente de la comunidad de los ascensoristas, pues por lo
general conservaban todos una solidaridad severa, al menos en
cuestiones de servicio, y mantenían una organización reconocida por la
Dirección del hotel.
Karl dejó que todo esto cruzara por su mente, pensó también en
Delamarche y, por otra parte, siguió cumpliendo con su servicio, como
siempre. Hacia medianoche tuvo una pequeña distracción, pues
Therese, que lo sorprendía a menudo con regalitos, le llevó una gran
manzana y una tableta de chocolate. Conversaron un rato y las
interrupciones producidas por los viajes del ascensor apenas los
molestaron. La conversación llegó a tocar también el tema de
Delamarche, y Karl cayó en la cuenta de que, en realidad, se había
dejado influir por Therese, y si desde hacía algún tiempo creía que
aquél era un hombre peligroso, a eso se debía; pues tal, en efecto, le
había parecido a Therese, de acuerdo con los relatos de Karl. Pero Karl,
en el fondo, creía que era tan sólo un bribón, que había permitido que
la desgracia lo perdiera, y con el cual bien podía uno entenderse. Pero
Therese le contradijo muy vivamente y mediante largos discursos le
exigió a Karl la promesa de que ya nunca hablaría una sola palabra con
Delamarche. En lugar de prometérselo instóla Karl repetidas veces a
que se fuera a dormir, puesto que hacía mucho ya que había pasado la
medianoche, y como ella se negara, la amenazó con que abandonaría el
puesto y la conduciría hasta su cuarto. Cuando finalmente la vio
dispuesta a irse le dijo:
–¿Por qué me causas preocupaciones inútiles, Therese? Por si esto te
ayudara a dormir, te prometo gustoso que hablaré con Delamarche sólo
si no puedo evitarlo.
Luego se produjeron muchos viajes, pues el muchacho del ascensor
vecino había sido inutilizado para algún trabajo auxiliar en otra parte y
Karl tuvo que atender los dos ascensores. Ya hubo huéspedes que
hablaron de desorden y un señor que acompañaba a una dama hasta le
tocó a Karl levemente, con un bastón, a fin de que trabajase con mayor
prisa, exhortación del todo innecesaria, por otra parte. Si por lo menos
los huéspedes, al ver que en uno de los ascensores no había ningún
muchacho, se hubiesen acercado en seguida al ascensor de Karl; pero
ellos no hacían tal cosa, sino que, bien al contrario, se acercaban al
ascensor vecino y allí se quedaban de pie, con la mano sobre la manija;
o, si no, lo que era peor aún, entraban ellos mismos en el ascensor,
cosa que de acuerdo con el inciso más severo del reglamento de
servicio debían evitar los ascensoristas a toda costa. Y así tuvo que
correr Karl, en un constante ir y venir que resultaba muy fatigoso, sin
que no obstante hubiese obtenido con ello la conciencia de cumplir con
rigor su deber.
Para colmo, hacia las tres de la mañana un mozo de cuerda, hombre
viejo con quien tenía cierta amistad, pretendía que le ayudase en
alguna cosa; pero él no podía brindarle de ninguna manera esa ayuda,
pues precisamente en aquel momento había huéspedes esperando ante
sus dos ascensores y exigía una gran presencia de ánimo tener que
decidirse en el acto y dando grandes pasos por uno de los dos grupos.
Se sintió feliz, por lo tanto, al volver el otro chico a su puesto y le
dirigió unas palabras de reproche por su prolongada ausencia, aunque
él probablemente no tuvo ninguna culpa.
Después de las cuatro de la madrugada todo fue tranquilizándose un
poco; Karl ya necesitaba con urgencia de esa tranquilidad. Se quedó
pesadamente apoyado en la balaustrada, junto a su ascensor, se puso a
comer despacio la manzana, de la que emanaba, ya al primer mordisco,
un fuerte aroma y miró hacia abajo, hacia un pozo de luz que se veía
rodeado por las grandes ventanas de las despensas, tras las cuales
apenas se llegaba a vislumbrar, entre las sombras, unas masas
colgantes de plátanos.
EL CASO ROBINSON
Y entonces alguien le dio unas palmaditas en el hombro. Karl,
pensando, claro está, que se trataba de un huésped, se apresuró a
meter en un bolsillo su manzana y corrió hasta el ascensor, dirigiéndole
al hombre apenas una mirada.
–Buenas noches, señor Rossmann –dijo en ese momento el hombre–;
yo soy Robinsón.
–¡Pero! ¡Cómo ha cambiado usted! –dijo Karl cabeceando de asombro.
–Sí, ahora me va bien –dijo Robinsón contemplándose a sí mismo con
una mirada que se deslizó hacia abajo sobre su propia vestimenta,
compuesta acaso de prendas bastante finas, pero en tan abigarrada
mezcla que el conjunto parecía sencillamente miserable. Lo más
llamativo era un chaleco blanco, evidentemente recién estrenado, con
cuatro bolsillos pequeños fileteados de negro; Robinsón, por otra parte,
trataba de ostentarlo ex profeso hinchando el pecho.
–Gasta usted prendas caras –dijo Karl y pensó fugazmente en su
sencillo y hermoso traje con el cual él hubiera podido competir hasta
con el mismísimo Renell y que aquellos dos malos amigos habían
vendido.
–Sí –dijo Robinsón–, casi todos los días me compro algo. ¿Qué le
parece el chaleco?
–Bastante bien –dijo Karl.
–No son bolsillos verdaderos; están hechos así sólo para figurar –dijo
Robinsón cogiendo la mano de Karl para que éste se convenciera por sí
mismo. Pero Karl retrocedió, pues la boca de Robinsón despedía un
insoportable olor a aguardiente.
–De nuevo bebe usted mucho –dijo Karl, y ya estaba nuevamente
junto a la balaustrada.
–No –dijo Robinsón–; mucho no. –En desacuerdo con su anterior
comentario añadió–: Y, qué más le queda al hombre en este mundo?
Un viaje en el ascensor vino a interrumpir la conversación y apenas
hubo regresado recibió una llamada telefónica con la orden de ir a
buscar al médico del hotel para una señora del séptimo piso que había
sufrido un desmayo. Mientras se hallaba en camino para cumplir la
orden, esperaba Karl secretamente que Robinsón se marchara
entretanto, pues no quería que lo viesen con él y, teniendo presente la
advertencia de Therese, no quería tampoco saber nada de Delamarche.
Pero Robinsón seguía esperando, con el porte rígido de un beodo
completo, y en ese preciso instante pasaba por allí un importante
empleado del hotel, de levita negra y sombrero de copa, felizmente sin
que Robinsón le mereciera, al parecer, mucha atención.
–Rossmann, ¿no quiere usted venir a visitarnos alguna vez? Ahora lo
pasamos muy bien –dijo Robinsón mirando a Karl de un modo
seductor.
–¿Me invita usted o Delamarche? –preguntó Karl.
–Delamarche y yo; estamos de acuerdo en ello –dijo Robinsón.
–Entonces le digo a usted y le ruego le transmita lo mismo también a
Delamarche que nuestra despedida, si es que esto no había quedado en
claro ya de por sí, ha sido definitiva. Ustedes dos me han causado más
penas que las que nadie me causó nunca. ¿Acaso se han propuesto no
dejarme en paz tampoco de ahora en adelante?
–Pero si somos sus camaradas –dijo Robinsón, y repugnantes lágrimas
de borracho le asomaron a los ojos–. Delamarche le manda decir que
desea indemnizarlo de todo lo anterior. Vivimos ahora con Brunelda,
una magnífica cantante.
Y acto seguido se dispuso a entonar una sonora canción, pero Karl, a
tiempo todavía, lo increpó siseando:
–Cállese, ¡cállese inmediatamente!, ¿acaso no sabe usted dónde se
encuentra?
–Rossmann –dijo Robinsón, atemorizado ya en cuanto al canto–, pero
si yo, diga usted lo que quiera, soy su compañero. Y ahora que tiene
usted aquí un puesto tan excelente, ¿no podría facilitarme algo de
dinero?
–Pero si usted no hará más que bebérselo otra vez –dijo Karl–; si
hasta estoy viendo allí, en su bolsillo, una botella de aguardiente, del
que usted seguramente ha bebido durante mi ausencia, pues al
comienzo estaba usted todavía, poco más o menos, en sus cabales.
–Lo hago sólo para confortarme cuando estoy en camino haciendo
alguna diligencia –dijo Robinsón excusándose.
–Si ya ni siquiera es mi propósito corregirlo a usted –dijo Karl.
–¡Pero el dinero! –dijo Robinsón con los ojos repentinamente rasgados.
–Sin duda Delamarche le ha encargado que le llevara dinero. Bien, le
daré dinero; pero con la expresa condición de que usted se marche
inmediatamente de aquí, y que jamás vuelva a visitarme en esta casa.
Si quiere usted comunicarme algo, escríbame: Karl Rossmann,
ascensorista, Hotel Occidental, son señas suficientes. Pero aquí, lo
repito, no debe usted volver a visitarme. Aquí estoy de servicio y no
tengo tiempo para recibir visitas. Bien, pues, ¿quiere usted el dinero
con esa condición? –preguntó Karl, y ya introducía la mano en el bolsillo
de su chaleco, pues estaba decidido a sacrificar la propina de aquella
noche.
Robinsón, en respuesta a tal pregunta, sólo asintió meneando la cabeza
y respirando con gran dificultad. Karl interpretó el hecho erróneamente
y preguntó una vez más:
–¿Sí o no?
Y entonces Robinsón le hizo comprender por señas que se aproximara y
entre contorsiones ya bastante elocuentes susurró:
–Rossmann, me siento muy mal.
–¡Al diablo! –exclamó Karl escapándosele involuntariamente tales
palabras, y con ambas manos lo arrastró hasta la balaustrada. Y ya
surgía el chorro y caía de la boca de Robinsón a las profundidades.
Desamparado, en las pausas que le dejaba su malestar, se deslizaba
hacia Karl ciegamente.
–Usted es, en verdad, un buen muchacho –decía luego; o bien–; ya va
a terminar, ya –cosa que aún no era cierta ni remotamente, o–: ¡Qué
brebaje me habrán echado ahí esos perros!
Karl, lleno de inquietud y de asco, ya no aguantaba cerca de él y
comenzó a pasearse. En aquel rincón, junto al ascensor quedaba
Robinsón, ciertamente un tanto escondido; pero, ¿qué sucedería si no
obstante, alguno reparase en él, uno de esos huéspedes nerviosos,
ricos, que están en acecho constantemente, ansiosos de poder
presentar una queja a algún empleado del hotel que acudiría sin duda
corriendo, y que luego, furioso, tomaría venganza contra toda la casa,
aprovechando ese motivo; o si pasara uno de esos pesquisantes del
hotel que siempre cambian, que nadie conoce excepto la Dirección y
cuya presencia se sospecha en cada hombre que uno ve, basta que se
le descubra una mirada un tanto examinadora, acaso debida
meramente a su miopía? Y allá abajo sólo hacía falta que con ese
movimiento propio del restaurante, que no cesaba durante toda la
noche, fuese alguien a las despensas, que notase aquella asquerosidad
en el pozo de luz y preguntase a Karl por teléfono qué, por el amor
Dios, estaba pasando allí arriba. ¿Podía Karl, en tal caso, desconocer a
Robinsón? Y si lo hiciese, ¿no se referiría Robinsón, en su tontería y
desesperación, y por toda excusa, precisa y exclusivamente a Karl? ¿Y
no sería inevitable entonces que lo despidieran en el acto, pues habría
sucedido la cosa inaudita de que un ascensorista –el más bajo y más
prescindible de la enorme escala de la servidumbre de aquella casa–
dejara mancillar el hotel por su amigo, permitiendo que asustara a los
huéspedes o que del todo los ahuyentara? ¿Podía tolerarse por más
tiempo a un ascensorista que tenía tales amigos, y a quienes, para
colmo, permitía que lo visitaran durante las horas de servicio? ¿No
parecería a todas luces evidente que un ascensorista de esa laya era un
bebedor él mismo o algo peor aún?, pues ¿no sería la suposición más
convincente que él, aprovechando los depósitos del hotel, hartaba a sus
amigos hasta el punto de que llegasen a hacer cosas como la que ahora
había hecho Robinsón en ese mismo hotel donde se mantenía una
limpieza rigurosa y pedante? ¿Y por qué había de limitarse tal
muchacho a los hurtos de víveres, si las ocasiones para robar eran
realmente infinitas, dada la conocida negligencia de los huéspedes, y si
estaban a la vista los armarios que quedaban abiertos por todas partes,
los valores y preciosidades que se dejaban sobre las mesas, los
estuches muy abiertos, las llaves distraídamente arrojadas en cualquier
parte?
Precisamente veía Karl que a lo lejos, de un salón del sótano en el cual
acababa de concluir una función de variedades, comenzaban a subir los
huéspedes. Karl se apostó junto a su ascensor y ni siquiera se atrevió a
volver la cabeza hacia Robinsón, por temor a lo que allí pudiera
presentarse a sus ojos. Pero le tranquilizaba el que no oyese desde
aquel lado el menor ruido, ni siquiera un suspiro. Seguía, por cierto,
atendiendo a sus huéspedes, subía y bajaba con ellos; mas, no
obstante, no podía ocultar del todo su distracción, y en cada viaje hacia
abajo preparábase a encontrar alguna sorpresa desagradable.
Al fin dispuso nuevamente de unos momentos libres para echar una
mirada al lugar donde estaba Robinsón y lo vio muy encogido,
acurrucado en su rincón y con la cara apretada contra las rodillas. Tenía
muy echado hacia atrás su sombrero redondo y duro.
–Pues ahora, váyase usted –dijo Karl en voz baja y con tono resuelto–.
Aquí tiene usted el dinero. Si se apresura, podré mostrarle todavía el
camino más corto.
–No podré irme –dijo Robinsón enjugándose la frente con un diminuto
pañuelo–. Aquí moriré. No puede imaginarse usted que mal me siento.
Delamarche me lleva a todas partes, a estos lugares finos, pero yo no
soporto ese brebaje afeminado; se lo digo a Delamarche todos los días.
–Pero, de una vez para siempre, aquí no puede usted quedarse –dijo
Karl–; piense usted siquiera dónde se encuentra. Si lo descubren aquí,
lo castigarán a usted y yo perderé mi puesto. ¿Es esto lo que usted
pretende?
–No puedo irme –dijo Robinsón–. Antes me arrojo allá abajo. –Y a
través de los balaustres señaló el pozo de luz– Quedándome aquí
sentado, todavía puedo soportarlo, pero levantarme, ¡eso sí que no
puedo! ¡Si ya lo intenté mientras usted no estaba!
–Entonces, bien, iré por un coche y lo llevarán al hospital –dijo Karl
sacudiéndole ligeramente las piernas, pues Robinsón amenazaba
hundirse a cada instante en una apatía absoluta. Pero apenas oyó
Robinsón la palabra hospital, que parecía despertar en él imágenes
terribles, se puso a llorar a lágrima viva y tendió las manos hacia Karl,
implorando gracia.
–Quieto –dijo Karl; le bajó las manos de un revés, corrió hasta el
ascensorista a quien él había reemplazado esa noche, le rogó que
durante unos momentos le hiciera el mismo favor, y retornó corriendo
hasta donde estaba Robinsón.
Levantó con todas sus fuerzas al que aún seguía sollozando y le dijo al
oído:
–Robinsón, si quiere que yo me ocupe de usted, haga entonces un
esfuerzo y recorra ahora un pequeñísimo trecho. Lo conduciré, ¿sabe
usted?, a mi cama, donde podrá quedarse hasta que se sienta bien.
Verá usted qué pronto se repondrá. Quedará usted asombrado. Y ahora
sólo le pido que se conduzca razonablemente, pues en los pasillos hay
gente por todas partes y mi cama, además, se halla en un dormitorio
colectivo. Por poco que llame la atención, ya nada podré hacer por
usted. Y tenga los ojos abiertos: no puedo andar llevándolo como a un
enfermo moribundo
–Sí, sí, voy a hacer lo que usted quiera –dijo Robinsón–, pero usted
solo no podrá llevarme. ¿Por qué no va usted a buscar también a
Renell?
–Renell no está –dijo Karl.
–¡Ah, sí!, es verdad –dijo Robinsón–; Renell está con Delamarche. Si
son ellos, ellos dos, quienes me han mandado por usted. Ya lo estoy
confundiendo todo.
Karl aprovechó éste y otros monólogos incomprensibles de Robinsón
para ir empujándolo adelante, y así llegaron felizmente hasta un recodo
desde donde un pasillo un poco menos iluminado conducía al dormitorio
de los ascensoristas. Precisamente venía por el pasillo a todo correr un
ascensorista que pasó junto a ellos; por lo demás, hasta ese momento,
sólo había tenido encuentros nada peligrosos; pues esa hora, entre las
cuatro y las cinco, era la más tranquila, y bien sabía Karl que si no
lograba sacar a Robinsón en seguida, a la hora del alba y al comenzar
el tráfago del día ya no habría, de ninguna manera, ocasión favorable
de hacerlo.
En el otro confín del dormitorio se realizaba precisamente una gran
pelea o alguna función de otra índole. Se oía un palmoteo rítmico, un
pataleo de pies agitados y aclamaciones deportivas. En la mitad de la
sala situada cerca de la puerta se veía sobre las camas a muy pocos
durmientes imperturbables, los más yacían boca arriba y miraban
fijamente al vacío y de vez en cuando saltaba alguno de la cama,
vestido o sin vestir, tal como en el momento se encontraba, para
cerciorarse de cómo marchaban las cosas en el otro extremo de la sala.
Y así pues, Karl, sin que lo notasen llevó a Robinsón, que entretanto se
había acostumbrado hasta cierto punto a andar, a la cama de Renell, ya
que ésta se encontraba muy cerca de la puerta y felizmente no la
ocupaba nadie; mientras que en su propia cama, como bien podía verlo
desde lejos, dormía tranquilamente otro muchacho, a quien ni siquiera
conocía.
Apenas sintió Robinson la cama bajo sí –una de sus piernas
bamboleaba todavía fuera del lecho– se quedó dormido. Karl lo cubrió
completamente con la colcha, incluso el rostro, y luego se fue creyendo
que no tenía por qué preocuparse, puesto que Robinsón sin duda no
despertaría hasta las seis y antes de esa hora él ya estaría de vuelta,
luego –quizá entonces estaría también Renell para ayudarle– ya
encontraría algún medio para quitar de allí a Robinsón. Una inspección
del dormitorio realizada por funcionarios superiores producíase sólo en
casos extraordinarios –hacía años ya que los ascensoristas habían
conseguido la abolición de la inspección general que antes se
practicaba–, de manera que tampoco en ese sentido había nada que
temer.
Al llegar nuevamente junto a su ascensor advirtió Karl que partían hacia
arriba, en ese preciso instante, tanto su propio ascensor como el de su
vecino. Quedóse esperando, inquieto por ver cómo se explicaba ese
asunto. Su ascensor bajó primero y salió de él aquel muchacho que
precisamente hacía unos momentos había venido corriendo por el
pasillo.
–¿Dónde has estado Rossmann? –preguntó–. ¿Por qué te has ido? ¿Y
por qué no has dado aviso de que te ibas?
–Pero si le dije que me reemplazara por un momento –repuso Karl
señalando al muchacho del ascensor vecino que se aproximaba–. Yo
también lo he reemplazado a él durante dos horas y cuando más
movimiento había.
–Perfectamente, perfectamente –dijo el interpelado–, pero eso no es
suficiente. ¿Acaso no sabes que por poco que uno se ausente durante el
servicio, debe dar aviso, como corresponde, a la oficina del camarero
mayor? Para eso tienes ahí el teléfono. Yo te hubiera reemplazado con
gusto, pero bien sabes que no es tan fácil. Precisamente esperaban
ante los dos ascensores huéspedes nuevos, llegados en el tren rápido
de las cuatro y treinta. Y como yo no podía primero hacerme cargo del
ascensor tuyo y dejar que esperaran los huéspedes míos, he subido
antes con el mío.
–¿Y entonces? –preguntó Karl intrigado, ya que los dos muchachos
callaban.
–Y entonces –dijo el muchacho del ascensor vecino–, entonces pasa
precisamente el camarero mayor, ve a la gente de pie, delante de tu
ascensor, sin ser atendida, se le revuelve la bilis, llego yo a todo correr,
me pregunta dónde te has metido, pero yo no tenía la menor idea pues
tú no me dijiste adónde ibas, y entonces habla inmediatamente por
teléfono al dormitorio y hace venir a otro muchacho en seguida.
–Si hasta te encontré en el pasillo –dijo el reemplazante de Karl. Éste
asintió.
–Naturalmente –aseguraba el otro muchacho–, le dije en seguida que
tú me habías pedido que te reemplazara, pero ¿acaso escucha ése
semejantes excusas? Probablemente tú no lo conoces todavía. Y
además nos dijo que tienes que ir inmediatamente a la oficina. De
manera que es mejor que no te detengas: ve corriendo allí. Tal vez
todavía te lo perdone, pues realmente te habías ausentado sólo dos
minutos. Dile tranquilamente que me habías pedido que te
reemplazara. Pero de que me hayas reemplazado tú a mí, será mejor
que no hables, créemelo; a mí nada puede pasarme, puesto que yo
tenía permiso, pero no es bueno hablar de una cuestión semejante
entremetiéndola en ese asunto con el cual no tiene la menor relación.
–Ésta ha sido la primera vez que he abandonado mi puesto –dijo Karl.
–Siempre ocurre así, sólo que no lo creen –dijo el muchacho, y corrió
hasta su ascensor viendo que se aproximaba gente.
El reemplazante de Karl, un muchacho de unos catorce años, que
evidentemente sentía compasión por Karl, dijo:
–No sería la primera vez que se perdonan cosas semejantes.
Generalmente lo trasladan a uno a otros trabajos. Por lo que yo sé, uno
solo ha sido despedido por una cuestión como ésta.
–Tienes que inventar alguna excusa. No le digas en ningún caso que de
pronto te has sentido mal, pues entonces sólo se reiría de ti. Será
mejor que le digas que algún huésped te ha mandado a ver a otro
huésped con un recado urgente y que ya no sabes quién es el primero
de los huéspedes, y que al segundo no has podido encontrarlo.
–¡Bah! –dijo Karl–, no ha de ser tan grave.
Después de todo lo que había oído, ya no creía en la posibilidad de un
desenlace favorable. Pues aunque quedase perdonada esta falta en el
servicio, en el dormitorio seguía yaciendo Robinsón que representaba
su culpa viviente; y el carácter atrabiliario del camarero mayor era más
que probable que no se conformara con una investigación superficial y
que, finalmente diera todavía, a pesar de todo, con Robinsón. Sin duda
no existía ninguna prohibición expresa según la cual no se podía llevar
gente extraña al dormitorio, pero si no regía una prohibición semejante
era sólo porque nadie prohibía, por cierto, cosas inimaginables.
Cuando Karl entró en la oficina del camarero mayor estaba éste
precisamente tomando su desayuno; bebía un sorbo de su café con
leche y revisaba luego una lista que, sin lugar a dudas, lo había traído
el portero mayor del hotel, que también se hallaba allí presente. Era un
hombre grande a quien su uniforme abundante, ricamente adornado –
hasta sobre los hombros y descendiendo por los brazos serpenteaban
cadenas y cintas doradas–, hacía aparecer más ancho de hombros
todavía de lo que ya era por naturaleza. Un bigote negro y lustroso,
estirado en puntas distantes, como suelen gastarlo los húngaros, no se
movía ni al más rápido movimiento de cabeza. Por otra parte el
hombre, por el peso de su ropaje, apenas si podía moverse, con
dificultad por regla general, y no estaba de pie sino esparrancado, con
las piernas a manera de estacas, a fin de distribuir así exactamente su
peso.
Karl entró con timidez y de prisa, costumbre que había adquirido en el
hotel, pues la lentitud y cautela, que en un particular son señal de
cortesía, considerábase pereza en un ascensorista. Por otra parte, no
había de notarse ya en el primer momento su culpabilidad. Ciertamente
el camarero mayor había dirigido una mirada fugaz hacia la puerta que
se abría; pero luego volvieron a ocuparlo en seguida su café y su
lectura, y ya no hizo caso de Karl. El portero, en cambio, tal vez porque
se sentía molesto por la presencia de Karl, tal vez porque venía con
alguna noticia o solicitud secreta, sea como fuese, lo miraba a cada
instante, enfadado, con la cabeza rígida, inclinada, para volverse luego
nuevamente hacia el camarero mayor, mas no antes de que sus
miradas hubiesen encontrado las de Karl, lo que manifiestamente había
sido su intención. No obstante creía Karl que al encontrarse ya allí no
quedaría bien que abandonara la oficina sin haber recibido antes la
orden correspondiente del camarero mayor. Pero éste seguía
estudiando la lista y al mismo tiempo comía a intervalos un pedazo de
torta, del que de cuando en cuando, sin interrumpir la lectura, sacudía
el azúcar. En eso estaba cuando cayó al suelo una hoja de la lista; el
portero ni siquiera intentó levantarla; sabía perfectamente que no lo
lograría, mas no fue necesario porque en el acto ya estaba Karl
entregándole la hoja al camarero mayor, que se la recibió con un
ademán como si hubiese levantado vuelo por sí mismo desde el piso
hasta su mano. Esa pequeña atención no sirvió de nada, pues tampoco
en lo sucesivo suspendió el portero sus enojadas miradas.
No obstante, Karl estaba más tranquilo que antes. Ya el hecho de que
su asunto pareciera tener tan poca importancia para el camarero mayor
podía interpretarse ciertamente como buena señal. Al fin y al cabo esto
era lo más natural. Ciertamente un ascensorista no significa nada en
absoluto y nada puede permitirse por lo tanto; pero por el mismo hecho
de no significar nada no puede tampoco originar ningún mal
extraordinario. Al fin y al cabo el mismo camarero mayor había sido
ascensorista en su juventud –cosa que seguía siendo un motivo de
orgullo para los ascensoristas de la generación actual–, había sido él
quien por primera vez había organizado a los ascensoristas y
seguramente él también habría abandonado alguna vez su puesto sin
permiso, aunque por cierto nadie podría obligarlo a que ahora lo
recordase y no se debía menoscabar el hecho de que él, precisamente
como antiguo ascensorista, considerara de su deber el mantenimiento
del orden en el seno de este gremio, mediante una severidad
inexorable en ciertas ocasiones.
Pero además confiaba Karl en la marcha del tiempo. De acuerdo con el
reloj de la oficina ya eran las cinco y cuarto; Renell podía volver en
cualquier momento, hasta era posible que ya estuviese allí; pues, por
otra parte, debía haberle llamado la atención que Robinsón no
regresara, esto se le ocurría a Karl ahora. Delamarche y Renell no
podían haber estado muy lejos del Hotel Occidental, pues de otra
manera Robinsón, en el estado miserable en que se hallaba, no habría
llegado hasta allí. Ahora bien, encontrando Renell a Robinsón en su
cama, cosa que tenía que suceder, ya todo marcharía perfectamente.
Pues Renell, práctico como era, sobre todo si iba en ello su propio
interés, ya se las arreglaría para alejar a Robinsón del hotel de alguna
manera inmediata, cosa que entonces ya resultaría mucho más fácil,
puesto que Robinsón se habría repuesto un poco entretanto, y ya que,
por otra parte, sería probable que Delamarche esperase delante del
hotel a fin de recogerlo.
Ahora bien, una vez alejado Robinsón, ya podría Karl enfrentarse con el
camarero mayor mucho más tranquilo; por esta vez acaso se salvaría
recibiendo sólo una amonestación que, por cierto, podía resultar bien
grave. Y luego le pediría consejo a Therese, sobre si convendría que le
confesase la verdad a la cocinera mayor –por su parte no veía
obstáculo alguno–, y si esto era posible efectivamente, el asunto
quedaría olvidado sin mayores perjuicios.
Precisamente habíase tranquilizado Karl un poco con tales reflexiones y
ya se disponía a hacer, sin llamar la atención, el recuento de la propina
recibida esa noche, pues tenía la sensación de que era
excepcionalmente abundante, cuando el camarero mayor, pronunciando
las palabras: «Haga usted el favor de esperar un instante todavía,
Feodor», dejó la lista sobre la mesa, se levantó de un salto elástico e
increpó a Karl, gritando de tal manera que éste, en el primer momento,
no hizo más que, asustado, mirar fijamente al interior de aquel grande
y negro orificio bucal.
–Has abandonado tu puesto sin permiso. ¿Sabes lo que esto significa?
Pues significa perder el empleo. No quiero conocer tus excusas;
guárdate tus mentirosos pretextos; a mí me basta plenamente con el
hecho de que no hayas estado. Que una sola vez tolere y perdone yo
esto será suficiente para que en lo sucesivo los cuarenta ascensoristas
abandonen sus puestos durante las horas de servicio y habrá que
verme entonces a mí solo cargar con los cinco mil huéspedes escaleras
arriba.
Karl no dijo nada. Se le había acercado el portero, el cual daba en ese
momento unos tirones de la chaquetilla de Karl que mostraba unas
cuantas arrugas; lo hacía sin duda para llamar la atención del camarero
mayor, especialmente, sobre ese pequeño desorden del traje de Karl.
–¿Acaso te has sentido repentinamente mal? –preguntó con astucia el
camarero mayor.
Karl le dirigió una mirada escudriñadora y respondió:
–No.
–¿De manera que ni siquiera te has sentido mal? –gritó el camarero
mayor–. Pues si es así habrás inventado alguna mentira
verdaderamente grandiosa. ¿Qué excusa tienes? Vamos, desembucha.
–Yo no sabía que hubiera que pedir permiso por teléfono –dijo Karl.
–¡Oh!, esto es, por cierto, delicioso –dijo el camarero mayor; cogió a
Karl de la solapa y así, casi suspendido, se lo llevó frente a un
reglamento relativo al servicio de los ascensores que estaba fijado en la
pared. El portero también fue tras ellos.
–¡Lee aquí! –dijo el camarero mayor señalando cierto artículo.
Karl creyó que debía leerlo para sí.
–¡En voz alta! –ordenó con tono de mando el camarero mayor.
En vez de leer en voz alta, Karl, esperando que con ello aplacaría más
fácilmente al camarero mayor, dijo:
–Conozco el artículo; he recibido, por supuesto, el reglamento y lo he
leído detenidamente; pero precisamente una ordenanza como ésta, que
uno nunca tiene ocasión de poner en práctica, suele olvidarse. Ya estoy
desempeñando mi puesto desde hace dos meses y jamás he
abandonado mi puesto.
–Pues entonces lo abandonarás ahora –dijo el camarero mayor.
Se acercó a la mesa, levantó de nuevo la lista como si fuese algún
trapo sin valor y echó a andar por el cuarto, de aquí para allá, con la
frente y las mejillas muy encendidas.
–¡Y por un granuja semejante tiene uno que pasar por todo esto! ¡Por
semejantes disgustos durante el servicio nocturno! –Espetó tales
palabras varias veces–. ¿Sabe usted quién era el que precisamente
deseaba subir cuando este individuo había abandonado el ascensor? –
dijo dirigiéndose al portero. Y nombró un apellido. Al escucharlo, el
portero, que seguramente conocía y sabía apreciar el valor de todos los
huéspedes, se estremeció tanto que no pudo menos que dirigir una
rápida mirada hacia Karl, como si sólo la existencia de éste pudiese ser
realmente una confirmación de que, en efecto, el portador de aquel
apellido había tenido que esperar unos instantes, inútilmente, junto a
un ascensor cuyo ascensorista se había escapado.
–¡Es horroroso! –dijo el portero presa de una inquietud infinita y
meneando la cabeza lentamente en dirección a Karl.
Éste lo miraba con tristeza y pensaba que ahora tendría que pagar
también las consecuencias de la torpeza mental de ese hombre.
–Por otra parte ya te conozco yo también –dijo el portero extendiendo
su índice grueso, grande, rígido–. Eres el único de los muchachos que
no me saluda, que sistemáticamente no me saluda. ¿Qué es lo que te
crees tú, en verdad? Cualquiera que pase por la portería tiene el deber
de saludarme. En cuanto a los demás porteros, puedes proceder como
quieras; pero, por mi parte, exijo que se me salude. Es cierto que a
veces me hago el distraído; pero puedes estar bien tranquilo, yo sé
siempre, exactamente, quién me saluda y quién no, ¡pedazo de
botarate!
Se apartó de Karl y en actitud altiva dio unos pasos hacia el camarero
mayor; pero éste, en lugar de manifestar su opinión respecto de ese
asunto del portero, concluía su desayuno hojeando un diario matutino
que acababa de traerle un ordenanza.
–Señor portero mayor –dijo Karl queriendo aprovechar la distracción
del camarero mayor al menos para dejar en claro el asunto del portero,
pues comprendía que si bien no podía perjudicarle gran cosa el
reproche del portero, sí podía hacerlo su enemistad–; ciertamente lo
saludo a usted. No llevo mucho tiempo todavía en América y vengo de
Europa, donde, como todo el mundo sabe, se saluda mucho más de lo
necesario. Naturalmente no he podido deshabituarme del todo y hace
apenas dos meses trataron de convencerme en Nueva York, donde
casualmente tenía yo relaciones con gente del gran mundo, en cada
ocasión que se presentaba, de que dejara yo a un lado mi exagerada
cortesía. ¡Y siendo así, cómo no habría de saludarlo a usted,
precisamente a usted! Todos los días lo he saludado a usted, y varias
veces por día. ¡Claro que no cada vez que lo veía, puesto que cien
veces al día paso yo frente a usted!
–Tú tienes que saludarme siempre, siempre sin excepción, y durante
todo el tiempo que hables conmigo tienes que permanecer con la gorra
en la mano y tienes que decirme siempre: «señor portero mayor» y no
«usted». Y todo esto siempre y siempre.
–¿Siempre? –repitió Karl en voz baja y en tono interrogativo; ahora se
acordaba, en efecto, de las miradas llenas de rigor y reproche que le
había lanzado el portero durante toda su permanencia allí, ya a partir
de aquella primera mañana en que, no habiéndose adaptado todavía
suficientemente a su condición de subordinado, interrogó a aquel
portero, sin más, con cierto exceso de audacia y queriendo saber si por
ventura no habían preguntado por él dos hombres y si no habían
dejado, quizá, alguna fotografía para él.
–Ahora ya ves a dónde lleva una conducta semejante –dijo el portero.
Ya estaba otra vez muy cerca de Karl y dijo esto señalando al camarero
mayor, que aún se hallaba leyendo, como si aquél fuese el
representante de su venganza–. En tu próximo puesto ya sabrás
saludar al portero aunque sólo sea el caso en alguna taberna miserable.
Karl comprendió que en realidad había perdido su puesto, pues el
camarero mayor ya lo había declarado y el portero mayor lo había
repetido como si se tratase de un hecho consumado, y tratándose de
un simple ascensorista seguramente no sería necesaria la confirmación
de su cesantía por parte de la Dirección del hotel. Por cierto, todo esto
había podido imaginar, pues al fin y al cabo había cumplido durante
esos dos meses lo mejor que había podido y sin duda mejor que
muchos otros muchachos. Pero tales cosas por lo visto no se toman en
consideración en el momento decisivo, en ninguno de los continentes,
ni en Europa ni en América, sino antes bien se toman decisiones según
el rapto de furia del primer momento y conforme a la primera sentencia
que salga de la boca.
Tal vez hubiera sido lo mejor en aquel momento despedirse en seguida
y marcharse; la cocinera mayor y Therese quizá estuvieran durmiendo
todavía y él podría despedirse de ellas por carta, para ahorrarles así, al
menos evitando la despedida personal, la decepción y la tristeza que su
conducta les causaría; podría preparar rápidamente su baúl y
marcharse en silencio. Pero si en cambio se quedaba aunque fuese un
día más, y por cierto le hubiera sentado bien dormir un poco, no podía
acontecer sino que su asunto se inflase hasta estallar en un escándalo y
sólo podría esperar reproches de todas partes y la escena insoportable
del llanto de Therese y quizá de la cocinera mayor, y posiblemente,
para rematarlo todo, recibiese algún castigo. Mas por otra parte lo
turbaba tener que enfrentarse con dos enemigos y el que cada palabra
que él pronunciase fuese objetada e interpretada para mal, si no por
uno, seguramente por el otro; quedó, pues, callado disfrutando
momentáneamente de la tranquilidad que reinaba en el cuarto ya que
el camarero mayor seguía leyendo el diario y el portero mayor
ordenaba la lista dispersa sobre la mesa de acuerdo con los números de
las páginas, lo que en vista de su miopía evidente le originaba grandes
dificultades.
Por fin, bostezando, el camarero mayor dejó el diario, dirigió una
mirada hacia Karl para cerciorarse de que éste seguía allí, y dando
vueltas a la manivela hizo sonar la campanilla del teléfono que estaba
sobre la mesa. Dijo varias veces «hola», pero nadie contestaba.
–No contesta nadie –le dijo al portero mayor. Éste, que había seguido
con especial interés, por lo que le pareció a Karl, esa llamada
telefónica, dijo:
–Pero si ya son las seis menos cuarto. Ya debe estar despierta sin duda.
Insista usted, insista sin temor.
En ese momento llegó, sin que mediase otro pedido, la señal telefónica
de respuesta.
–Habla el camarero mayor Isbary –dijo éste–. Buenos días, señora
cocinera mayor. Espero no haberla despertado, ¡por Dios! Pues lo siento
muchísimo. Sí, sí; ya son las seis menos cuarto. Pero siento
sinceramente haberla asustado. Debería usted desconectar el teléfono
mientras duerme. No, no, realmente es imperdonable, más aún si se
considera la insignificancia del asunto por el cual quisiera hablarle. Pero
claro está, tengo tiempo, seguramente; voy a esperar junto al teléfono,
si le parece.
–Debe de haber corrido en camisa de dormir a atender el teléfono –
dijo el camarero mayor sonriendo al portero mayor, que en el ínterin
había permanecido inclinado sobre la caja telefónica, con un enorme
interés reflejado en su rostro–. Realmente la he despertado. Por lo
general la despierta esa chiquilla que escribe para ella a máquina, y
sólo por excepción debe de haberse retrasado hoy. Siento haberle
causado ese sobresalto; ya es bastante nerviosa de suyo.
–¿Por qué no sigue hablando?
–Se ha ido a ver qué ocurre con la muchacha –contestó el camarero
mayor acercando el auricular a su oído, pues la campanilla sonaba otra
vez–. Ya aparecerá –dijo luego dirigiéndose al teléfono–. No debe
usted permitir que cualquier cosa la asuste de esa manera. Usted
realmente necesita reponerse, y a fondo. Bueno, pues mi pequeña
consulta... hay aquí un ascensorista que se llama... –con un gesto
interrogativo se volvió hacia Karl y éste, ya que estaba prestando suma
atención, pudo proporcionarle su nombre en seguida–, que se llama,
pues, Karl Rossmann. Si mal no recuerdo, demostró usted cierto interés
por él; desgraciadamente, él ha pagado muy mal su gentileza: ha
abandonado sin previo permiso su puesto, me ha causado con ello
disgustos gravísimos, cuyo alcance ni siquiera puede apreciarse
todavía, y con tal motivo acabo de despedirlo. Espero que no lo tomará
usted trágicamente. ¿Cómo dice? Despedido, sí, despedido. Pero si le
he dicho que abandonó su puesto. No, en este caso realmente no puedo
transigir, mi querida cocinera mayor. Se trata de mi autoridad; es
mucho lo que entra en juego; un muchacho semejante me echa a
perder a toda la pandilla. Precisamente tratándose de los ascensoristas
hay que andarse con un cuidado del diablo. No, no; en este caso no
puedo hacerle ese favor, por más que me empeñe siempre en ser
cortés con usted. Pues si a pesar de todo le permitiera permanecer en
la casa, aunque sólo fuera para mantener en actividad mi bilis, por
usted, sí, por usted, señora cocinera mayor, por usted, él no podrá
quedarse. Demuestra usted para con él un interés que no merece en
absoluto; y puesto que no sólo lo conozco a él, sino también a usted, sé
que esto sólo le acarrearía las más graves decepciones y yo quiero
evitárselas a usted a cualquier precio. Lo digo con toda franqueza y a
pesar de que ese chico empedernido está aquí presente, a unos pasos
delante de mí. Se le despide, pues; no, no, señora cocinera mayor; se
le despide totalmente; no, no, no se le trasladará a ningún otro trabajo,
es completamente inepto. Por otra parte también acabo de recibir otras
quejas acerca de él. El portero mayor, por ejemplo, ¿qué, Feodor?; sí,
Feodor se queja de la descortesía e insolencia de este muchacho.
¿Cómo que eso no basta?; pues, querida señora cocinera mayor,
reniega usted de su propio carácter por ese chico. No, no debe usted
instarme en esa forma.
En ese instante inclinóse el portero al oído del camarero mayor
susurrándole algo. El camarero mayor lo miró asombrado primero, y
luego habló al teléfono con tal velocidad que Karl en un comienzo no
pudo entenderlo perfectamente y de puntillas se acercó dos pasos más.
–Querida cocinera mayor –oyó–, sinceramente yo no hubiese creído
que conociera usted tan mal a la gente. En este momento me entero de
algo que concierne a ese angelito de muchacho suyo, y esto le hará
cambiar radicalmente la opinión que de él tiene; casi me da pena que
sea precisamente yo el que tenga que decírselo. Pues este delicado
muchachito, al que usted llama modelo de decencia, no deja pasar ni
una sola de las noches libres de servicio sin irse corriendo a la ciudad
de la cual sólo regresa por la mañana. Sí, sí, señora cocinera mayor;
eso está probado por testigos intachables, sí... ¿Podría usted decirme
ahora, acaso, de dónde saca el dinero necesario para tales placeres? ¿Y
si es posible que así mantenga alerta la atención indispensable en su
servicio? ¿O acaso quiere usted que además le describa en qué cosas
anda en la ciudad? Sí, pues; me apresuraré muy especialmente, a fin
de verme libre de este muchacho. Y a usted, se lo ruego, que le sirva
de escarmiento para que sepa cuánta cautela hay que emplear en el
trato con estos mocitos vagabundos llegados de no se sabe dónde.
–Pero, señor camarero mayor –exclamó entonces Karl, realmente
aliviado por aquel error grande que parecía haberse introducido allí,
destinado quizá, antes que cualquier otra cosa, a tornarlo todo,
inesperadamente, en su favor–, aquí hay con toda certeza una
confusión. Según creo, el señor portero mayor le ha dicho que yo me
ausento todas las noches. Pero esto no es cierto en absoluto; al
contrario, me quedo todas las noches en el dormitorio; todos los
muchachos podrán confirmarlo. Si no duermo, me dedico a estudiar
correspondencia comercial; pero en ningún caso me muevo del
dormitorio; ni una sola noche lo he hecho. Esto es fácil de probar, sin
duda. Por lo visto el señor portero mayor me confunde con algún otro,
y ahora ya entiendo también por qué cree que no lo saludo.
–¡Te querrás callar inmediatamente! –gritó el portero mayor agitando el
puño por algo que a otro hubiera hecho mover un dedo–. ¡Que yo te
confunda con algún otro, yo! Pues entonces ya no puedo ser portero
mayor, si es que confundo a la gente. Escuche usted eso, señor Isbary,
ya no puedo seguir como portero mayor, claro está, puesto que
confundo a la gente. Ciertamente en mis treinta años de servicio aún no
me ha ocurrido confundir a nadie, cosa que podrán confirmar los
centenares de señores camareros mayores que hemos tenido desde
entonces, pero en este caso, pillo miserable, quieres que haya
comenzado a cometer confusiones. ¡Y contigo, con esa jeta tan
llamativa, lisa, que tienes! ¿Qué es lo que se puede confundir en tu
caso? Podrías haber ido todas las noches a la ciudad sin que yo te viera
y yo confirmo, sin embargo, tan sólo por tu cara, que eres un bribón
redomado.
–¡Deja, Feodor! –dijo el camarero mayor cuyo diálogo con la cocinera
mayor parecía haber quedado interrumpido de pronto–. En primer
lugar, no importan tanto sus diversiones nocturnas. Podría ser que
antes de que lo despidamos quisiera él provocar todavía algo así como
una gran investigación acerca de sus ocupaciones nocturnas. Bien
puedo imaginarme que esto le complacería. Si fuera posible se citaría
como testigos a los cuarenta ascensoristas en pleno y se les
interrogaría; éstos, naturalmente, también lo habrían confundido,
todos, de manera que poco a poco se requeriría el testimonio de todo el
personal; desde luego, el movimiento del hotel quedaría paralizado un
buen rato y si luego, al fin y al cabo, lo echaran a pesar de todo, él al
menos se habría divertido en grande mientras tanto. Será, pues,
preferible que nos abstengamos. Ya se ha burlado de la cocinera mayor,
esa mujer tan buena, y con ello debe bastarnos. No quiero saber nada
más; quedas despedido de tu servicio por tu falta disciplinaria. Aquí
tienes un vale para la caja; te pagaran tu sueldo hasta el día de hoy.
Esto, por otra parte, considerando tu conducta y dicho sea entre
nosotros, es sencillamente un regalo y te lo doy sólo por consideración
a la señora cocinera mayor.
Una llamada telefónica impidió que el camarero mayor firmara el vale
acto seguido.
–¡Vaya si me dan que hacer esos ascensoristas hoy! –exclamó apenas
hubo escuchado las primeras palabras–. ¡Pero si esto es inaudito! –
exclamó nuevamente al cabo de unos instantes. Y dejando el teléfono
se dirigió al portero del hotel diciendo–: Por favor, Feodor, sujeta un
poco a este mocito; todavía tendremos que hablar con él. –Y
volviéndose de nuevo hacia el teléfono ordenó–: ¡Sube
inmediatamente!
Ahora, por lo menos, el portero mayor podía dar rienda suelta a su
furia, cosa que no había logrado con las palabras. Sujetó a Karl por la
parte superior del brazo, mas de ninguna manera agarrándolo
tranquilamente, lo que hubiera podido soportarse, sino que, de vez en
cuando, aflojaba su mano para luego apretarla in crescendo cada vez
más, y dada su gran fuerza física, parecía que esto no terminaría
nunca; por lo demás era tan fuerte que a Karl se le nublaba la vista.
Pero no se limitaba a sostenerlo, sino que, como si hubiera recibido la
orden de estirarlo al mismo tiempo, le daba de vez en cuando un tirón
hacia arriba, sacudiéndolo; y a la vez, en un tono que era a medias
interrogativo, le decía reiteradamente al camarero mayor:
–Con tal que no lo confunda ahora; con tal que no lo confunda ahora.
Para Karl significó una verdadera liberación que entrara en ese
momento el jefe de los ascensoristas –un tal Bess, muchacho gordo que
vivía resoplando eternamente–, el cual vino a desviar un poco hacia su
persona la atención del portero mayor. Karl se sintió tan agotado que
apenas saludó, cuando vio con asombro que tras el muchacho se
deslizó al interior de la habitación Therese, lívida, desaliñada, con los
cabellos medio sueltos. Al instante estuvo junto a él cuchicheando:
–¿Lo sabe ya la cocinera mayor?
–El camarero mayor se lo ha dicho por teléfono –respondió Karl.
–Entonces ya está todo bien; sí, entonces ya está todo bien –dijo
rápidamente con gran vivacidad en los ojos.
–No –dijo Karl–; si tú no sabes lo que tienen ellos contra mí. Yo
tendré que irme. La señora cocinera mayor también ya está convencida
de ello. No te quedes aquí, vete arriba, iré luego a despedirme de ti.
–Pero, Rossmann, ¿qué se te ocurre? Te quedarás en esta casa el
tiempo que te plazca. Si el camarero mayor lo hace todo tal como lo
quiere la cocinera mayor, como que está enamorado de ella; esto lo he
sabido últimamente. Y siendo así ya puedes estar bien tranquilo
–Te lo ruego, Therese, vete ahora. No podré defenderme como es
debido si te quedas aquí. Y debo defenderme con mucha precisión,
porque me acusan alegando mentiras. Y cuanta más atención pueda yo
prestar y cuanto mejor pueda defenderme, mayores serán las
esperanzas de que me quede; bueno, pues, Therese... –Por desgracia,
obedeciendo a un dolor repentino, no pudo dejar de añadir–: ¡Si me
soltara este portero mayor! Ni sabía que fuese enemigo mío. ¡Cómo me
aprieta y estruja!
«¡Pero cómo estoy diciendo todo esto!», pensó al mismo tiempo;
«ninguna mujer podría escuchar tranquilamente tales cosas»; y en
efecto, Therese, sin que él pudiera apartarla con la mano libre, se
dirigió al portero mayor:
–Señor portero mayor, haga usted el favor de soltar a Rossmann
inmediatamente. ¿No ve que le causa dolor? Ahora mismo vendrá la
señora cocinera mayor en persona y luego ya se verá que están
cometiendo una injusticia con él. Suéltelo usted; ¿qué placer puede
procurarle el torturarlo? –Y hasta quiso coger la mano del portero
mayor.
–Es una orden, señoritinga; es una orden –dijo el portero mayor, y con
la mano libre atrajo hacia sí, amablemente, a Therese, mientras que
con la otra apretaba el brazo de Karl haciendo ya un verdadero
esfuerzo, como si no sólo quisiera causarle dolor, sino como si aquel
brazo que tenía en su poder debiera servirle para alcanzar alguna meta
especial que aún distaba mucho de lograr.
Therese necesitó algún tiempo para zafarse del abrazo del portero
mayor y precisamente se disponía a intervenir en favor de Karl ante el
camarero mayor, que aún seguía escuchando al ceremonioso Bess,
cuando, con rápido paso, entró la cocinera mayor.
–A Dios gracias –exclamó Therese, y durante un instante no se oyó en
el cuarto nada más que estas palabras pronunciadas en alta voz.
Inmediatamente el camarero mayor se levantó de un salto, apartando a
Bess.
–¿Viene, pues, usted misma, señora cocinera mayor? ¿Y por tan poca
cosa? Por cierto, ya me lo imaginaba, después de nuestra conversación
telefónica y..., sin embargo, no lo hubiera creído. Y pensar que la causa
de su protegido va empeorando de momento en momento. Me temo
que, en efecto, no voy a despedirlo; pero en cambio tendré que hacerlo
detener. Escuche usted misma. –Le hizo señas a Bess para que se
aproximara.
–Primero quisiera yo cambiar unas palabras con Rossmann –dijo la
cocinera mayor sentándose en un sillón, obligada por el camarero
mayor.
–Karl, acércate, por favor –dijo luego.
Karl obedeció o, mejor dicho, fue arrastrado hasta donde ella estaba
por el portero mayor.
–Pero suéltelo usted –dijo la cocinera mayor, disgustada–; ¡no es
ningún temible asesino!
El portero mayor lo soltó, en efecto; pero no sin antes apretar una vez
más con tanta fuerza que a él mismo se le llenaron los ojos de lágrimas
por el esfuerzo que tuvo que realizar.
–Karl –dijo la cocinera mayor; asentó tranquilamente sus manos sobre
su regazo y miró a Karl inclinando la cabeza (por cierto no parecía esto
un interrogatorio)–, ante todo quiero decirte que aún sigo teniendo
plena confianza en ti. También el señor camarero mayor es hombre
justo; de ello respondo yo. A los dos, en el fondo, nos gustaría que tú
te quedaras. –Al decir esto dirigió una mirada fugaz al camarero mayor
como si quisiera rogarle que no la interrumpiese. Lo cual, en efecto, no
sucedió–. Olvida por tanto lo que hasta ahora pueden haberte dicho.
Ante todo: lo que tal vez te haya dicho el señor portero mayor no debes
tomarlo muy a pecho. Es ciertamente un hombre excitable, lo que no es
extraño si se considera la clase de funciones que desempeña; pero él
también tiene mujer e hijos y sabe que no estaría bien martirizar sin
motivo a un muchacho que depende enteramente de sí mismo; él sabe
que de ello ya se encarga sobradamente todo el mundo.
En el cuarto reinaba un silencio profundo. El portero mayor miraba al
camarero mayor exigiendo explicaciones, y éste a su vez, meneando la
cabeza, miraba a la cocinera mayor. El ascensorista Bess, en forma
bastante absurda, reía tras la espalda del camarero mayor. Therese
sollozaba para sus adentros, de placer y de pena, y tenía que
esforzarse mucho para que nadie la oyese.
Y Karl, pese a que aquello sólo podía ser interpretado como mala señal,
no miraba a la cocinera mayor, que seguramente requería su mirada,
sino fijamente delante de sí, clavados los ojos en el piso. En su brazo el
dolor vibraba convulsivamente, ramificándose en todas las direcciones;
su camisa estaba pegada a los cardenales y en realidad lo que debía
hacer era quitarse la chaqueta para examinar eso. Todo lo que decía la
cocinera mayor era, desde luego, muy amable en el fondo; pero por
desgracia le parecía que precisamente esa actitud de la cocinera mayor
demostraría a las claras que él no era digno de amabilidad alguna, que
ya durante dos meses había disfrutado inmerecidamente de la bondad
de la cocinera: sí, sí, que no merecía sino caer en las manos del portero
mayor.
–Y digo esto –continuó la cocinera mayor– para que ahora contestes sin
turbación alguna; aunque por otra parte, por lo que creo conocerte,
muy probablemente sea eso lo que de todas maneras habrías hecho.
–Por favor, ¿puedo ir mientras tanto a buscar al médico? Porque de otro
modo el hombre podría desangrarse en el ínterin –entrometióse de
pronto, muy cortés pero muy oportuno, el ascensorista Bess.
–Ve –dijo el camarero mayor a Bess; éste salió corriendo
inmediatamente. Y luego, dirigiéndose a la cocinera mayor–: El asunto
es éste: no sin motivo ordené al portero mayor que sujetase a este
muchacho; pues abajo en el dormitorio de los ascensoristas ha sido
hallado en una de las camas un hombre completamente extraño,
borracho hasta más no poder, cuidadosamente tapado. Como es natural
lo despertaron y quisieron echarlo de allí. Pero entonces el hombre
armó un tremendo alboroto, poniéndose a gritar una y otra vez que el
dormitorio le pertenecía a Karl Rossmann, de quien era huésped, y que
Rossmann lo había llevado allí y castigaría a cualquiera que se atreviese
a tocarlo. Además era necesario, decía, que esperase a Karl Rossmann
porque éste, por otra parte, le había prometido dinero y había ido a
buscarlo. Repare usted, se lo ruego, en esto, señora cocinera mayor: le
había prometido dinero y había ido a buscarlo. Tú también puedes
prestar atención, Rossmann –dijo el camarero mayor dirigiéndose
también a Karl, quien en ese momento se había vuelto hacia Therese,
pues ésta miraba al camarero mayor como fascinada, y al mismo
tiempo se apartaba una y otra vez algún mechón de la frente, bien
fuera por el ademán mismo, o bien contra su voluntad–, tal vez pueda
recordarte yo ciertos compromisos que has contraído. Pues ese hombre
ha dicho además que vosotros dos, a tu regreso, haríais una visita
nocturna a cierta cantante, cuyo nombre por cierto nadie consiguió
entender, puesto que el hombre sólo podía pronunciarlo cantando.
Interrumpióse el camarero mayor, pues la cocinera mayor se había
puesto visiblemente pálida y se había levantado del sillón empujándolo
ligeramente hacia atrás.
–Le ahorraré lo demás –dijo el camarero mayor.
–No; se lo ruego, no –dijo la cocinera mayor y lo cogió de la mano–,
siga usted contando; quiero escucharlo todo, todo; para eso he venido.
El portero mayor, adelantándose y golpeándose el pecho ruidosamente
en señal de que él lo había comprendido todo desde un comienzo, fue
tranquilizado y a la vez rechazado por el camarero mayor:
–¡Sí, tenía usted razón, Feodor!
–Ya no queda mucho que contar –dijo el camarero mayor–. Usted sabe
cómo son estos muchachos; primero se rieron del hombre y luego se
trabaron en riña con él, y puesto que allí hay siempre buenos
boxeadores a disposición, pues sencillamente lo han derribado a
puñetazos y yo ni siquiera he osado preguntarles cuáles y cuántas son
las partes de su cuerpo que están sangrando, pues estos muchachos
son boxeadores terribles y, naturalmente, ¡tienen juego fácil con un
borracho!
–¡Ah! –dijo la cocinera mayor, agarró el sillón por el respaldo y se
quedó mirando el sitio que acababa de dejar–. ¡Di, pues, te lo ruego,
una palabra, Rossmann! –dijo luego.
Therese, dejando el sitio donde había estado hasta entonces, corrió
junto a la cocinera mayor y la cogió del brazo, cosa que Karl nunca la
había visto hacer antes. El camarero mayor estaba de pie tras la
cocinera mayor, muy cerca de ella, y pasaba lentamente la mano por el
modesto cuellecito de encaje de la cocinera mayor que se había
doblado un poco. El portero mayor, apostado junto a Karl, dijo:
–¿Para cuándo? –pero con ello sólo quiso disimular un empujón que
mientras tanto le propinó a Karl por la espalda.
–Es cierto –dijo Karl con menos seguridad de la que hubiera querido,
debido a ese golpe– que he llevado a ese hombre al dormitorio.
–Nos basta con eso –dijo el portero en nombre de todos. Pero la
cocinera mayor, muda, miró primero al camarero mayor y luego a
Therese.
–No me quedaba más remedio –siguió diciendo Karl–. El hombre es un
antiguo camarada mío; no nos habíamos visto durante dos meses y
vino aquí a visitarme; pero estaba tan borracho que ya no pudo
marcharse solo.
El camarero mayor, de pie junto a la cocinera mayor, murmuró como
para sí:
–De manera que vino a visitarlo y luego estaba tan borracho que ya no
podía marcharse.
La cocinera mayor dijo algo al oído del camarero mayor, por encima de
su propio hombro; pero él parecía oponer reparos con una sonrisa que
evidentemente no venía al caso. Therese –Karl sólo la miraba a ella–,
del todo desamparada, apretaba su rostro contra la cocinera mayor y
ya no quería ver nada. El único que parecía plenamente satisfecho por
la declaración de Karl era el portero mayor, que repitió varias veces:
–Pero si eso está perfectamente bien; a su compinche de borracheras
debe uno ayudarle. –Y mediante miradas y ademanes trataba de
inculcar lo que decía a cada uno de los presentes.
–De manera que soy culpable –dijo Karl haciendo una pausa como si
esperase una palabra amable de parte de sus jueces, una palabra que
le diera valor para su próxima defensa; mas esta palabra no fue dicha–.
Soy culpable sólo de haber llevado al dormitorio a ese hombre: se llama
Robinsón y es irlandés. Todo lo demás, lo que él dijo, lo dijo en su
borrachera y no es verdad.
–¿De manera que no le has prometido dinero? –preguntó el camarero
mayor.
–Sí –dijo Karl y lamentó haberlo olvidado; por irreflexión o distracción
se había declarado libre de culpa en términos demasiado absolutos–. Le
he prometido dinero porque él me lo ha pedido. Pero yo no iba a
buscarlo; pensaba darle la propina que había ganado esta noche. –Y
por toda prueba sacó el dinero del bolsillo y mostró sobre la palma de la
mano las pocas moneditas.
–Te enredas cada vez más –dijo el camarero mayor–. Si uno quisiera
creerte tendría que olvidar lo que dijiste antes. De manera que primero
llevaste al hombre –no creo siquiera que se llame como tú dices, pues
desde que Irlanda existe no creo que ningún irlandés se haya llamado
Robinsón–, de manera que primero lo llevaste al dormitorio, lo que ya
bastaría por sí solo para que volaras de aquí sin más y, primero
también, no le habías prometido dinero; pero luego si se te pregunta de
sopetón, entonces sí, le has prometido dinero. Pero no estamos
jugando aquí a las preguntas y respuestas: queremos escuchar tu
justificación. De manera que primero no ibas a buscar dinero para él,
sino querías darle tu propina del día; pero luego resulta que todavía
llevas ese dinero contigo, de modo que, por lo visto y a pesar de todo,
ibas en busca de algún otro dinero, cosa que abona, por otra parte, tu
prolongada ausencia. Finalmente, no sería nada extraordinario que
fueras a buscar ese dinero para él en tu baúl; pero que lo niegues con
toda tenacidad, eso sí es extraordinario, lo mismo que el hecho de que
quieras callar constantemente que fuiste tú el que emborrachó a ese
hombre, aquí en el hotel y no antes; de ello no cabe la menor duda,
puesto que tú mismo has confesado que él había venido solo, pero que
solo ya no podía marcharse y él mismo se ha puesto a gritar en el
dormitorio que es tu huésped. Por tanto quedan ahora dos cosas
inciertas, que tú, si quieres simplificar la cuestión, podrías aclarar
contestando directamente; pero que, al fin y al cabo, se podrán
establecer igualmente sin tu ayuda: primero, ¿cómo has conseguido
acceso a las despensas?; y segundo, ¿cómo has acumulado dinero en
una cantidad que te permite regalarlo?
«Es imposible defenderse si falta la buena voluntad», díjose Karl y ya
dejó de contestar al camarero mayor por más que Therese,
probablemente, pudiera sufrir por ello. Sabía que lo que él pudiera decir
tendría luego otro aspecto muy distinto; que ya no sería lo que él había
querido decir; y que sólo quedaba a la merced de la manera de juzgar
las cosas el que se viera en ellas algo bueno o algo malo.
–No contesta –dijo la cocinera mayor.
–Es lo más razonable –dijo el camarero mayor.
–Ya conseguirá inventar algo –dijo el portero mayor acariciándose
delicadamente el bigote con aquella mano antes tan cruel.
–Quieta –dijo la cocinera mayor a Therese, que comenzaba a sollozar a
su lado–; ya lo ves, no contesta. ¿Cómo quieres entonces que haga
algo por él? Al fin seré yo la que tenga que darle la razón al señor
camarero mayor. Dilo tú, Therese, ¿crees que he descuidado algo, que
he dejado de hacer algo por él?
¿Cómo podía saberlo Therese y de qué podía servir ahora que la
cocinera mayor, mediante esa pregunta y ese ruego dirigidos
públicamente a la muchachita, faltara acaso demasiado a su propia
dignidad ante esos dos hombres?
–Señora cocinera mayor –dijo Karl cobrando ánimo una vez más, y
esto sólo para evitarle a Therese la respuesta, y sin ningún otro fin–, no
creo haber sido para usted motivo de vergüenza en ningún caso y
después de una investigación minuciosa tendría que verlo así cualquier
otra persona también.
–Cualquier otra persona –dijo el portero mayor señalando con el dedo
al camarero mayor–, esto es una punta contra usted, señor Isbary.
–Bien, señora cocinera mayor –dijo éste–, son las seis y media; es ya
muy tarde. Pienso que será lo mejor que me deje usted a mí la palabra
final en este asunto tratado ya con excesiva indulgencia.
Había entrado el pequeño Giácomo y quiso acercarse a Karl; pero,
asustado por el silencio general que reinaba, se detuvo esperando.
Desde las últimas palabras de Karl la cocinera mayor no le había
quitado la mirada de encima, y nada indicaba que siquiera hubiese oído
la observación del camarero mayor. Sus ojos se fijaron en Karl y lo
miraron de lleno; eran grandes y azules, pero un tanto enturbiados por
los años y los muchos afanes. Tal como permanecía allí, de pie,
meciendo débilmente el sillón que tenía delante, hubiera podido
esperarse perfectamente que al instante dijese: «Pues bien, Karl, si
bien lo considero, esta cuestión no está aún lo suficientemente aclarada
y exige todavía, como bien lo has dicho, una investigación minuciosa. Y
ahora procederemos a efectuarla, estén ellos de acuerdo o no, pues la
justicia cuenta ante todo.»
Pero en lugar de decir esto, la cocinera mayor, después de una breve
pausa que nadie osó interrumpir –sólo el reloj confirmando las palabras
del camarero mayor dio las seis y media y, como todo el mundo sabía,
al unísono con él todos los relojes del hotel entero; sonaba esto, en el
oído y en el presentimiento, como una reiterada contracción de una sola
impaciencia general–, dijo:
–No, Karl, ¡no, no! No podemos persuadirnos de ello. Las causas justas
suelen tener cierto aspecto especial que tu asunto, debo confesarlo, no
tiene. Yo tengo derecho a decirlo y debo hacerlo; no puedo menos que
confesarlo, pues he sido yo la que se ha presentado aquí inspirada por
la mejor buena voluntad para contigo. Ya lo ves, también Therese se
calla. (Pero si ella no se callaba, ¡si estaba llorando! )
La cocinera mayor se interrumpió, pues una resolución se apoderó de
pronto de ella, y dijo:
–Karl, acércate un poco.
Cuando hubo llegado hasta ella –inmediatamente se juntaron a sus
espaldas, en vivo diálogo el camarero mayor y el portero mayor– lo
rodeó con el brazo izquierdo y se dirigió con él y con Therese, que los
seguía automáticamente, hasta lo más apartado del cuarto, y allí se
paseó varias veces con los dos, de un lado para otro, diciendo:
–Es posible, Karl, y tú pareces confiar en ello, pues de otra manera no
te comprendería en absoluto, que una investigación te dé la razón en
algunas pequeñeces. ¿Por qué no? Quizá realmente saludaras al portero
mayor. Hasta lo creo con certeza, pues sé lo que debo pensar del
portero mayor; ya lo ves, aun ahora te hablo con absoluta franqueza.
Pero insignificantes justificaciones de esa clase no te servirían de nada.
El camarero mayor, cuyo conocimiento de los hombres he aprendido a
estimar en el transcurso de muchos años y que es el hombre más
formal que yo haya conocido, se ha pronunciado claramente al creer en
tu culpabilidad; culpabilidad que, por cierto, me parece que no puede
ponerse en duda. Acaso sólo obraste irreflexivamente; pero quizá
también, ¿quién sabe?, no seas el que yo creía. Y, sin embargo –de
algún modo se cortaba a sí misma la palabra y miraba, aunque
fugazmente, hacia atrás, donde se hallaban los dos hombres–, sin
embargo, me cuesta dejar de creer que, en el fondo, seas un muchacho
decente.
–¡Pero, señora cocinera mayor! –exhortó el camarero mayor que había
captado su mirada.
–Ya, ya estaremos –dijo la cocinera mayor, y comenzó a hablarle a
Karl con mayor insistencia y rapidez–: Escucha, Karl, tal como
considero este asunto, me daré por satisfecha con que el camarero
mayor no quiera iniciar investigaciones de ninguna clase; pues, si
quisiera hacerlo, debería yo impedírselo en tu propio interés. Que nadie
se entere cómo y con qué medios has invitado a ese hombre, el cual,
por otra parte, no puede haber sido uno de tus antiguos camaradas, tal
como tú alegas; puesto que habías reñido definitivamente cuando te
despediste de ellos, y por lo tanto no los invitarías ahora. Puede ser,
pues, sólo algún conocido con el cual, en tu ligereza, te has reunido
durante la noche en alguna taberna de la ciudad. ¿Cómo, Karl, has
podido ocultarme todo esto? Si acaso no has podido soportar las
condiciones que reinan en el dormitorio y fue ése el primer motivo,
bastante inocente, para tus trasnochadas, ¿por qué entonces no me
dijiste ni una palabra? Bien sabes que yo quería conseguirte un cuarto
propio y que he desistido de ello tan sólo accediendo a tus ruegos.
Ahora parecería que tú preferías el dormitorio general porque allí te
sentías menos atado, más libre. Guardabas tu dinero, por cierto, en mi
caja de caudales y me traías tus propinas semana tras semana; ¿de
dónde, por el amor de Dios, chico, sacabas tú el dinero para tus
placeres, y a dónde querías ir a buscar ahora ese dinero para tu
amigote? Todas éstas son cosas que naturalmente ni siquiera insinuaría
yo, pues en tal caso sería tal vez inevitable una investigación. Por eso
debes abandonar el hotel sin falta, y ciertamente lo más pronto posible.
Vete derechamente a la pensión Brenner, ya estuviste allí varias veces
acompañando a Therese, con esta recomendación. –La cocinera mayor
con un lápiz de oro que sacó de su blusa escribió unas líneas en una
tarjeta de visita, mas sin interrumpir entretanto su discurso–. Te
recibirán gratuitamente y yo te mandaré luego, sin tardanza, tu baúl.
Therese, ¡vete corriendo al guardarropa de los ascensoristas y prepara
su baúl!
Pero Therese seguía sin moverse; pues, tal como había soportado la
pena toda, quería vivir también plenamente el aspecto favorable que el
asunto de Karl, gracias a la bondad de la cocinera mayor, estaba
tomando ya.
Alguien abrió un poco la puerta y, sin mostrarse, volvió a cerrarla en
seguida. Por lo visto había sido para Giácomo, pues éste se adelantó y
dijo:
–Rossmann, tengo algo que comunicarte.
–En seguida –dijo la cocinera mayor y le metió a Karl, que la había
escuchado con la cabeza gacha, la tarjeta de visita en el bolsillo–;
guardaré tu dinero por el momento; ya sabes que puedes confiármelo.
Por hoy quédate en casa y recapacita sobre tu asunto; mañana, ya que
hoy no tengo tiempo y además me he entretenido aquí muchísimo, iré a
la casa de Brenner y ya veremos lo que en adelante se podrá hacer por
ti. No te abandonaré; esto, de todas maneras, debes saberlo desde
ahora. No tienes por qué preocuparte por tu futuro, hazlo más bien por
esta última época de tu vida.
Luego le dio unas palmaditas en el hombro y se acercó al camarero
mayor. Karl levantó la cabeza y siguió con la mirada a aquella señora
grande, gallarda, que con paso tranquilo y porte franco se alejaba de él.
–Pero, ¿no estás contento –dijo Therese quedándose junto a él– de
que todo haya salido tan bien?
–¡Oh, sí! –dijo Karl sonriéndole, pero sin entender por qué había de
contentarlo tanto el hecho de que lo despidieran por ladrón.
Los ojos de Therese irradiaban la alegría más pura, como si a ella le
fuese absolutamente indiferente que Karl hubiera perpetrado algún
crimen o no, que hubiera sido juzgado con justicia o no, con tal de que
se le dejara escapar, cubierto ya de oprobio, ya de honores. Y así
procedía nada menos que Therese, esa muchacha que era tan
escrupulosa en sus propios asuntos y que resolvía y escudriñaba en sus
pensamientos, durante semanas, una palabra no del todo unívoca de la
cocinera mayor.
Intencionadamente preguntó Karl:
¿Harás mi baúl y lo despacharás en seguida?
Contra su propia voluntad tuvo que menear Karl la cabeza de asombro,
¡tan pronto se acomodó Therese a esta pregunta!; y la convicción de
que en el baúl había cosas cuyo secreto habría que guardar ante todo el
mundo, ni siquiera le permitió mirar a Karl, ni siquiera tenderle la
mano. Sólo dijo susurrando:
–Naturalmente, Karl, en seguida, en seguida haré el baúl –y ya había
salido corriendo.
Pero ahora Giácomo ya no podía más y, excitado por su larga espera,
exclamó en voz alta:
–Rossmann, el hombre está revolcándose en el pasillo y no podemos
sacarlo de allí. Querían llevarlo al hospital, pero se resiste y afirma que
tú jamás tolerarías que lo llevasen al hospital. Que se tome un
automóvil, dice, y se le envíe a su casa, y que tú pagarás el viaje.
¿Quieres?
–El hombre tiene confianza en ti –dijo el camarero mayor.
Karl se encogió de hombros y puso su dinero, contando las monedas,
en la mano de Giácomo.
–No tengo más –dijo luego.
–Y que te pregunte también si quieres ir con él –siguió preguntando
Giácomo, haciendo sonar las monedas.
–No, no irá –dijo la cocinera mayor.
–Bien, Rossmann –dijo el camarero mayor rápidamente y sin esperar
siquiera que Giácomo estuviese afuera–, ya estás despedido.
El portero mayor asintió meneando varias veces la cabeza, como si
éstas fuesen sus propias palabras que el camarero mayor tan sólo
estaba repitiendo.
–No puedo pronunciar siquiera en voz alta los motivos de tu expulsión,
pues en tal caso tendría que hacerte encarcelar.
El portero mayor dirigió a la cocinera mayor una mirada notablemente
severa, pues él había comprendido perfectamente que era ella la causa
de aquel trato exclusivamente benigno.
–Ahora te presentas a Bess, te cambias la ropa, entregas a Bess tu
librea y abandonas inmediatamente, pero inmediatamente, la casa.
La cocinera mayor cerró los ojos; así quiso tranquilizar a Karl. Al
inclinarse en señal de despedida vio Karl fugazmente que el camarero
mayor retenía la mano de la cocinera mayor, como en secreto y
jugando con ella. El portero mayor acompañó a Karl, con pasos
pesados, hasta la puerta, que no le dejó cerrar, sino que, por el
contrario, mantuvo abierta para poder gritar en pos de Karl:
–¡Dentro de un cuarto de minuto quiero verte pasar junto a mí, por la
puerta principal! ¡Recuérdalo!
Karl se apresuró cuanto pudo con tal de evitar una molestia al llegar a
la puerta principal, pero las cosas transcurrían mucho más lentamente
de lo que él deseaba. Primero, a Bess no se le podía encontrar en
seguida y además en ese momento, a la hora del desayuno, todo
estaba lleno de gente; y luego resultó que algún muchacho había
tomado prestados los pantalones viejos de Karl y éste tuvo que
examinar las perchas de casi todas las camas antes de encontrar sus
pantalones, de manera que bien podían haber pasado unos cinco
minutos antes de que Karl llegara a la puerta principal. Precisamente
delante de él iba una dama en medio de cuatro señores.
Aproximábanse todos a un gran automóvil que los aguardaba y cuya
puerta mantenía abierta un lacayo, el cual a la vez extendía en actitud
rígida su brazo izquierdo que quedaba libre, horizontalmente, hacia un
costado esto ofrecía un aspecto sumamente solemne. Pero Karl en vano
había esperado poder salir sin que lo advirtiesen tras aquel grupo
distinguido. Ya el portero mayor lo cogía de la mano y entre dos
señores, a los que pidió perdón, lo atrajo hacia sí.
–Y esto ha sido un cuarto de minuto –dijo mirándolo como si observase
un reloj de marcha defectuosa–. Ven aquí –dijo luego, y lo condujo a la
portería grande, que Karl por cierto había tenido deseos de visitar
alguna vez, hacía mucho ya; pero donde ahora, empujado por el
portero, entraba sólo con recelo. Ya estaba junto a la puerta cuando se
volvió e intentó empujar a un lado al portero mayor para huir.
–No, no; por aquí se entra –dijo el portero mayor haciendo girar a
Karl.
–Pero si ya estoy separado del servicio –dijo Karl queriendo expresar
con ello que ya nadie podía ordenarle nada en el hotel.
–Mientras yo te sujete no estás separado –dijo el portero; lo que,
ciertamente, era exacto también.
Karl, después de todo, no veía tampoco motivo alguno para ofrecerle
resistencia al portero. En el fondo, ¿qué podía sucederle todavía? Por
otra parte, las paredes de la portería estaban enteramente formadas
por gigantescos ventanales a través de los cuales se veía claramente la
muchedumbre que, en corrientes encontradas, fluía por el vestíbulo, tal
como si estuviese uno en medio de ella. Más aún: en toda la portería no
parecía haber rincón alguno donde fuese posible esconderse de las
miradas de la gente. Por grande que fuese la prisa que la gente parecía
tener –puesto que cada uno seguía su camino con el brazo extendido,
la cabeza gacha, los ojos en acecho, con equipajes levantados en vilo–,
ninguno de ellos, no obstante, dejaba de echar una mirada a la portería
tras cuyos vidrios había siempre anuncios y comunicados, importantes
tanto para los huéspedes como para el personal del hotel.
Pero además existía también un tránsito directo entre la portería y el
vestíbulo, pues frente a dos ventanillas corredizas permanecían
sentados dos porteros, ocupados constantemente en dar informes
referentes a los más diversos asuntos. Era, en verdad, gente abrumada
de trabajo y Karl hubiera afirmado que el portero mayor, tal como él lo
conocía, habría buscado algún camino tortuoso a fin de eludir en su
carrera aquel puesto. Estos dos informantes –desde afuera no podía
uno imaginárselo debidamente– tenían siempre ante sí, en la abertura
de su ventanilla, por lo menos diez caras interrogantes. Entre estos diez
que cambiaban sin cesar, producíase a menudo una barahúnda de
idiomas como si cada uno hubiese sido enviado allí de un país distinto.
Preguntaban siempre varios a la vez; además había siempre algunos
que conversaban entre sí. Los más iban a buscar o bien a dejar algo en
la portería y por eso se veían también, constantemente, manos que en
impaciente agitación surgían de la turbamulta.
Una vez se presentó uno con un pedido referente a algún diario que
imprevistamente se desplegó desde lo alto, cubriendo por un instante
todas las caras. Y todo esto, pues, tenían que resistir los dos porteros.
No hubiera sido suficiente, para el cumplimiento de su tarea, el mero
hablar: estaban parloteando; uno de ellos especialmente, hombre
sombrío con barba oscura que rodeaba todo su rostro, daba sus
informes sin la menor interrupción. No miraba ni la tabla de la mesa
desde donde debía alcanzar cosas constantemente, ni la cara de éste ni
de aquel preguntador; sino exclusiva, fijamente al vacío, de seguro a
fin de ahorrar y concentrar sus fuerzas. Por otra parte, su barba parecía
dificultar un poco la comprensión de sus palabras y Karl, durante el
breve rato en que se detuvo junto a él, pudo recoger sólo muy poco de
lo dicho; aunque bien podía ser que, pese al acento inglés, estuviera
hablando en otras lenguas, a las que precisamente tenía necesidad de
recurrir en ese momento. Además, lo confundía a uno el hecho de que
los informes se sucedieran sin transición alguna, uno detrás de otro, de
manera que a menudo seguía escuchando con la cara muy atenta
alguno de los que se informaban, creyendo que aún se trataba de su
asunto, para darse cuenta sólo al cabo de unos instantes de que él ya
estaba despachado. Había que acostumbrarse también al hecho de que
el portero no pidiese jamás que se le repitiera ninguna pregunta, aun
cuando en su totalidad resultase comprensible y lo defectuoso de ella
sólo residiese en la escasa claridad de la pronunciación. Cierto cabeceo
apenas perceptible revelaba entonces que no era su intención
responder a esa pregunta y era asunto del interlocutor reconocer su
propia falta y formularla mejor. Debido a esta situación, especialmente,
se pasaba alguna gente muchísimo tiempo ante la ventanilla.
Para auxilio de los porteros, cada uno de ellos tenía a su servicio a un
ordenanza que, a la carrera, debía llevar desde un estante de libros y
diversos cajones todo lo que el portero necesitara por el momento. Eran
éstos los puestos mejor pagados; si bien eran, por otra parte, los más
fatigosos que había en el hotel para la gente muy joven. En cierto
sentido su condición era mucho peor aún que la de los porteros, pues
éstos sólo tenían que pensar y que hablar, mientras que los jóvenes
debían pensar y correr simultáneamente. Si alguna vez traían alguna
cosa equivocada, el portero, dada su prisa, no podía naturalmente
entretenerse dándoles largas explicaciones; antes bien, arrojaba
entonces de la mesa de un solo empujón lo que le habían puesto
delante.
Muy interesante resultó el relevo de los porteros que se efectuó
precisamente unos momentos después de entrar Karl. Claro que ese
relevo debía realizarse con cierta frecuencia, al menos durante el día;
pues era difícil que existiese alguna persona capaz de resistir más de
una hora tras aquella ventanilla. Ahora bien, en el momento del relevo
sonó una campanilla, y simultáneamente entraron por una puerta
lateral los dos porteros a quienes entonces tocaba el turno, cada uno de
ellos seguido por su mandadero. Por el momento apostáronse inactivos
junto a la ventanilla, contemplando a la gente de afuera durante un
breve rato, para establecer en qué estado se encontraba, exactamente,
el desarrollo de la contestación de las preguntas. Cuando el momento le
pareció apropiado para intervenir, cada uno de ellos golpeó en el
hombro al portero a quien había de relevar, y éste, a pesar de que
hasta entonces no se había preocupado por nada de lo que ocurría a
sus espaldas, comprendió en seguida y desocupó su asiento. Todo esto
llevóse a cabo con tal velocidad que la gente de afuera quedó
sorprendida y retrocedió un poco por el susto que le causaba esa cara
nueva que, de pronto, surgía ante ellos. Los dos hombres relevados
estiraron sus miembros y luego en dos lavabos preparados echaron
agua sobre sus cabezas ardientes. En cambio, los mandaderos
relevados aún no podían estirarse, puesto que durante un rato
siguieron ocupados todavía en levantar y volver a su sitio los objetos
arrojados al suelo durante sus horas de servicio.
Todas estas impresiones las recogió Karl en pocos instantes, mediante
una atención tensísima, y luego, con un leve dolor de cabeza, siguió en
silencio al portero mayor, que lo condujo más adentro. Evidentemente
el portero mayor había observado la fuerte impresión que esa manera
de despachar informaciones había causado a Karl y, dando un repentino
tirón de la mano de éste, dijo:
–Ya lo ves, así se trabaja aquí.
Por cierto Karl no había estado haraganeando en ese hotel, pero un
trabajo semejante, ni siquiera se lo habría imaginado; y olvidando casi
por completo que el portero mayor era su gran enemigo, levantó los
ojos, lo miró a la cara y, mudo y pleno de convicción, asintió con la
cabeza. Pero parecía que el portero mayor interpretaba ya esto como
una estimación de los porteros que excedía las medidas de lo justo, y
acaso como una descortesía frente a su propia persona, pues como si
se hubiese burlado de Karl, y sin preocuparse de que pudieran oírlo,
exclamó
–Claro que éste es el trabajo más estúpido de todo el hotel; habiendo
escuchado eso durante una hora, ya conoce uno sobre poco más o
menos todas las preguntas que se hacen, y a las otras no es necesario
responder. $i no hubieras sido insolente y mal educado, si no hubieras
mentido, ni bebido, ni robado, entonces tal vez habría yo podido
emplearte junto a una de estas ventanas, pues para ello me sirven sólo
y exclusivamente las cabezas obtusas.
Karl pasó por alto las injurias en cuanto a él se referían: tanto le
indignaba el hecho de que aquel trabajo tan honrado y tan oneroso de
los porteros fuese escarnecido en vez de ser estimado; y escarnecido
además por un hombre que, si se hubiese atrevido a sentarse una sola
vez ante una ventanilla semejante seguramente habría tenido que
retirarse a los pocos minutos, acompañado de las risas de todos los
circunstantes.
–Déjeme usted –dijo Karl; su curiosidad en lo concerniente a la
portería había quedado sobradamente satisfecha–; ¡yo no quiero tener
que ver nada más con usted!
–Eso no es suficiente para marcharse –dijo el portero mayor, y apretó
tanto los brazos de Karl que éste ni siquiera podía moverlos; y así se lo
llevó, levantándolo casi, hasta el otro extremo de la portería.
¿No veía la gente desde afuera ese acto de violencia que estaba
cometiendo el portero mayor? O bien si lo veían, ¿cómo lo tomaban,
cómo lo entendían para que ninguno de ellos se escandalizase, ni
siquiera golpease en el vidrio para hacerle comprender al portero mayor
que se le estaba observando y que él no podía proceder a su antojo con
Karl?
Pronto, sin embargo, ya no le quedó a Karl ninguna esperanza de
recibir auxilio desde el vestíbulo, pues el portero mayor tiró de un
cordón y sobre los vidrios de la mitad de la portería se juntaron como
en un vuelo, y hasta el último borde en lo alto, negros cortinajes. Por
cierto había gente también en esta parte de la portería, pero todos ellos
dedicados de lleno a sus tareas, y no teniendo ni ojos ni oídos sino para
lo que se relacionaba con su trabajo. Además ellos dependían
absolutamente del portero mayor y, en lugar de ayudar a Karl, más
bien hubieran procurado ayudar a ocultar todo lo que se le ocurriera
hacer al portero mayor, fuese lo que fuese.
Había allí, por ejemplo, seis porteros frente a seis teléfonos. Podía
advertirse al instante que allí todo estaba distribuido de manera que
uno solamente recibiera las conversaciones mientras que su vecino
daba curso, telefónicamente, a los pedidos anotados en los registros
que había recogido el primero. Tratábase de esos teléfonos novísimos
para los que no se necesitaba ninguna casilla telefónica, pues la
llamada de la campanilla no era más fuerte que un zumbido: podía
hablarse al micrófono del teléfono en tono susurrante y, sin embargo,
surgían las palabras con voz de trueno en su lugar de destino, merced a
los amplificadores eléctricos especiales. Por eso apenas se oía a los tres
locutores frente a sus teléfonos y se hubiera podido creer que,
murmurando, observaban algún proceso que se cumplía dentro del
aparato, mientras que los otros tres, como aturdidos por el sonido que
los acometía y que, por otra parte, nadie más que ellos podía oír,
dejaban colgar las cabezas sobre el papel que, de acuerdo con su tarea,
debían llenar. Nuevamente en este caso también, junto a cada uno de
los tres locutores había, de pie, un muchacho para los trabajos
auxiliares; esos tres muchachos no hacían otra cosa que inclinar,
primero, la cabeza hacia sus jefes escuchando con suma atención, para
buscar luego con mucha prisa, como si los hubieran pinchado, en
gigantescos libros amarillos –el ruido de las revueltas masas de esas
hojas excedía en mucho cualquier ruido de los teléfonos– los números
telefónicos, y así alternativamente.
Karl, en efecto, no pudo resistirse a observar todo eso muy
detenidamente, a pesar de que el portero mayor, habiéndose sentado,
lo mantenía cogido delante de sí, en una especie de abrazo
atenaceante.
–Es mi deber –dijo el portero mayor, y sacudía a Karl como si sólo
quisiera lograr que volviese hacia él la cara– reparar en nombre de la
dirección del hotel, al menos en parte, lo que el camarero mayor ha
descuidado, sean cuales fuesen las causas que para ello haya podido
tener. En esta forma sustituye aquí siempre cada cual a su prójimo. Sin
ello un movimiento tan grande sería inimaginable. Querrás decir, tal
vez, que yo no soy tu superior inmediato; bien, tanto mejor hecho de
mi parte que tome yo a mi cargo este asunto que de otra manera
quedaría abandonado. Por lo demás, en mi calidad de portero mayor
soy en cierto sentido el superior de todos, puesto que a mi cuidado
están todas las puertas del hotel: esta puerta principal, por lo tanto, las
tres del medio y las diez puertas laterales, y ni qué hablar de las
innumerables portezuelas ni de las salidas sin puertas. Es natural que
deban obedecerme, en absoluto, todos los equipos de servicio que
entran en cuestión. Frente a estos grandes honores tengo,
naturalmente, también la obligación ante la Dirección del hotel de no
dejar salir a nadie que resultara sospechoso por cualquier causa. Y
precisamente tú, puesto que así se me antoja, no sólo me pareces
sospechoso, sino hasta muy sospechoso.
Y en la alegría que todo esto le causaba levantó las manos y dejólas
caer con fuerza; eso sonaba y dolía.
–Es posible –agregó divirtiéndose como un rey– que por otra salida
hubieras podido marcharte inadvertidamente; pues, como es natural, tú
no valías la pena de que yo emitiese instrucciones especiales. Pero, ya
que estás aquí, quiero gozarme contigo. Por lo demás no he dudado de
que acudirías a esta cita que nos dimos en la puerta principal, pues es
regla que el porfiado y el desobediente cese en sus vicios precisamente
allí donde esto le resulta perjudicial y en el momento menos propicio.
Sin duda podrás todavía observar esto en tu propia persona con
bastante frecuencia.
–No crea usted –dijo Karl respirando ese olor curiosamente húmedo,
mohoso, que emanaba el portero mayor y que él sólo notaba ahora
permaneciendo tanto tiempo en su proximidad–, no crea usted que me
hallo completamente a su merced; yo puedo gritar.
–Y yo puedo taparte la boca –dijo el portero mayor con la misma
seguridad y rapidez con que seguramente pensaba ejecutar lo dicho en
caso necesario–. ¿Y acaso crees realmente que, si entraran por tu
causa, se encontraría alguien que te diese la razón frente a mí, el
portero mayor? Reconocerás, por lo tanto seguramente, lo absurdo de
tus esperanzas. Cuando todavía llevabas el uniforme, ¿sabes?, tenías
aún, en efecto, cierta apariencia estimable, pero con ese traje, ¡que
realmente es admisible sólo en Europa!... –Y lo zarandeaba tirando de
los más diversos puntos del traje; traje que ahora, por cierto, a pesar
de que sólo hacía cinco meses había estado casi nuevo, ya estaba
raído, arrugado, pero sobre todo manchado, y esto se debía
principalmente a la falta de consideración de los ascensoristas que,
cada día, a fin de mantener brillante y sin polvo el piso de la sala, en
observación de la orden general, no efectuaban, por pura haraganería,
una limpieza verdadera, sino que salpicaban el piso con algún aceite y
rociaban así al mismo tiempo, miserablemente, toda la ropa que
colgaba de las perchas.
Ahora bien, podía uno guardar su ropa donde quisiera, siempre se daba
el caso de alguno que precisamente no tenía a mano su propia ropa y
en cambio encontraba con facilidad la ajena aunque estuviese
escondida, y entonces se la llevaba, sin más, prestada. Y quizá, por
coincidencia, era el muchacho que ese mismo día tenía a su cargo la
limpieza de la sala y entonces no sólo rociaba la ropa con el aceite: en
tal caso la empapaba completamente desde arriba hasta abajo.
Sólo Renell había guardado su precioso traje en algún lugar secreto, del
cual, seguramente, nadie lo había sacado nunca; claro que, por otra
parte, nadie se llevaba prestada la ropa ajena ni por malicia ni por
mezquindad, sino que la tomaba allí donde la encontraba, debido
meramente a su prisa y dejadez. Pero aun el traje de Renell ostentaba
en plena espalda una rojiza y circular mancha de aceite; de modo que,
en la ciudad, un conocedor hubiera podido establecer precisamente por
esa mancha que aquel elegante joven era ascensorista.
Y al recordar todo esto díjose Karl que él también había sufrido
bastante como ascensorista, y que, sin embargo, todo había sido en
vano, pues ahora, según veía, ese servicio de ascensorista no había
sido, tal como él esperara, un escalón previo para llegar luego a un
puesto mejor; antes bien, había sido empujado ahora más abajo
todavía; hasta se había aproximado bastante a la cárcel. Y para colmo,
ahora todavía lo sujetaba ese portero mayor, que seguramente estaba
pensando en cómo podría abochornar a Karl aún más. Y olvidando por
completo que el portero mayor no era, en absoluto, un hombre que se
dejara persuadir, Karl, golpeándose varias veces en la frente con la
mano que en ese momento tenía libre, exclamó:
–¡Y aunque realmente no le haya saludado a usted, cómo es posible
que un hombre adulto se vuelva tan vengativo por la omisión de un
simple saludo!
–No soy vengativo –dijo el portero mayor–, sólo quiero registrar tus
bolsillos. Estoy por cierto convencido de que no encontraré nada, pues
seguramente habrás tenido buen cuidado de que tu amigo se llevase las
cosas poco a poco y cada día algo. ¡Pero es indispensable que se te
registre! –metió la mano en uno de los bolsillos de Karl con tal fuerza
que reventaron las costuras de los costados–. Aquí, por lo pronto, no
hay nada –dijo y examinó minuciosamente en su mano el contenido
del bolsillo: un almanaque de propaganda del hotel, una hoja con un
ejercicio de correspondencia comercial, algunos botones de chaqueta y
de pantalón, la tarjeta de visita de la cocinera mayor, un pulidor de
uñas que una vez le había arrojado un huésped al hacer los baúles, un
viejo espejito de bolsillo que cierta vez le regaló Renell en recompensa
de quizá diez reemplazos en el servicio y algunas pequeñeces más–.
Aquí no hay nada, por lo visto –repitió el portero mayor arrojando todo
debajo del banco, como si se sobreentendiese que toda la propiedad de
Karl, por cuanto no era robada, debía ir a parar debajo del banco.
«Ahora sí; basta ya», díjose Karl –su cara debía de estar ardiendo, roja
como el fuego–, y cuando el portero mayor, abandonándose a su avidez
y perdiendo así toda cautela, hurgaba en el segundo bolsillo de Karl,
éste se libró instantáneamente de las mangas, empujó a uno de los
porteros contra su aparato telefónico con bastante fuerza, pues no pudo
dominarse en el primer salto que dio, atravesó corriendo el aire
sofocante hasta llegar a la puerta, en realidad más despacio de lo que
había sido su propósito, y felizmente se halló afuera antes de que el
portero mayor, con su pesado abrigo, hubiese podido incorporarse
siquiera.
La organización de vigilancia, por lo visto, no debía de ser tan ejemplar,
pues ciertamente sonaron algunas campanillas, pero ¡sabe Dios para
qué fines! En el zaguán de la puerta de salida había, es cierto, tal
cantidad de empleados del hotel que marchaban de un lado para otro
entrecruzando sus pasos que casi se podía pensar que, sin llamar la
atención, se disponían ellos a impedirle la salida, pues no se podía
descubrir ningún otro sentido en aquel constante ir y venir. De todas
maneras, Karl llegó pronto al aire libre, pero aún tuvo que seguir
andando a lo largo de la acera del hotel, pues no era posible llegarse
hasta la calzada, ya que una hilera ininterrumpida de automóviles
pasaba como a empellones delante de la puerta principal.
Esos automóviles, para llegar lo antes posible ante los dueños que los
aguardaban, casi se habían encajado, por así decirlo, uno dentro de
otro y cada uno era empujado por el que lo seguía. Peatones que
llevaban demasiada prisa por llegar a la calzada atravesaban por cierto,
de vez en cuando, alguno de los automóviles, abriendo y cerrando sus
portezuelas como si se tratase de un pasaje público; y les daba
completamente lo mismo que en el automóvil estuviese sólo el chofer y
la servidumbre, o bien la gente más distinguida. Pero una conducta
semejante parecióle a Karl exagerada de cualquier manera, y
seguramente había que conocer al dedillo condiciones y costumbres
para atreverse a tanto; cuán fácilmente podía él caer en un automóvil
cuyos ocupantes lo tomaran a mal, lo echaran y provocaran un
escándalo; y nada había que él pudiera temer más, siendo un empleado
fugitivo del hotel, sospechoso, en mangas de camisa.
Al fin y al cabo aquella hilera de los automóviles no podía continuar así
por toda la eternidad y además lo menos sospechoso, en verdad, era
seguir andando a lo largo del hotel. En efecto, llegó Karl por fin a un
punto donde, si bien no terminaba la hilera de los automóviles, a lo
menos doblada hacia la calzada, aflojándose un poco. Cuando quiso
escabullirse en el tránsito de la arteria, donde seguramente se movían
en libertad personas acaso mucho más sospechosas aún que él, oyó
que lo llamaban por su nombre desde algún sitio bien cercano. Se
volvió y vio a dos ascensoristas a quienes conocía mucho que se
esforzaban tremendamente por hacer salir del vano de una puerta baja
y pequeña, que semejaba la entrada de un mausoleo, una camilla sobre
la cual, según ahora pudo comprobar Karl, yacía Robinsón con múltiples
vendajes en torno de la cabeza y alrededor de la cara y los brazos. Era
repelente ver cómo se llevaba los brazos a los ojos para secarse con el
vendaje las lágrimas que vertía, ya de dolor, ya por alguna otra pena, o
bien por la alegría que el volver a encontrar a Karl le causaba.
–Rossmann –exclamó en tono de reproche–, ¿por qué me haces
esperar tanto? Desde hace una hora lo único que hago es resistirme a
que me trasladen de aquí antes de que tú vengas. Estos tipos –y le
propinó a uno de los ascensoristas un coscorrón, como si los vendajes
lo protegieran contra golpes– son, pues, unos verdaderos diablos. ¡Ay!,
Rossmann, me ha salido cara esta visita que te he hecho.
–Pero, ¿qué te hicieron? –dijo Karl, y se aproximó a la camilla que los
dos ascensoristas, a fin de descansar, depositaron, riendo, en el suelo.
–Todavía lo preguntas –suspiró Robinsón– viendo mi aspecto.
Imagínate; lo más probable es que me hayan mutilado y que quede
inválido para toda mi vida. Siento unos dolores horribles desde aquí
hasta ahí. –Señaló primero la cabeza y luego los dedos de los pies–.
Desearía que hubieras visto cómo sangraba yo por la nariz. Mi chaleco
está del todo echado a perder; ya ni siquiera me lo llevo; mis
pantalones están hechos trizas, estoy en calzoncillos. –Levantó
ligeramente la colcha para invitar a Karl a que mirara debajo–. ¿Qué
será de mí ahora? Tendré que guardar cama durante algunos meses
por lo menos, y, quiero decírtelo desde ahora, no tengo a nadie más
que a ti para que me cuide; bien sabes tú que Delamarche es
demasiado impaciente. ¡Rossmann, Rossmanncito !
Y Robinsón extendió la mano hacia Karl, el cual retrocedió un poco,
para conquistarlo así, acariciándolo.
–¡Por qué habré venido a visitarte! –repitió varias veces, a fin de que
Karl no pudiese olvidar la parte de culpa que a él le tocaba en su
desgracia...
Ahora bien, Karl reconoció en seguida que los quejidos de Robinsón no
eran originados por sus heridas, sino por la tremenda modorra de su
borrachera, ya que lo habían despertado no bien se quedó dormido en
un estado de completa embriaguez y, para sorpresa, fue desafiado y
derribado en cruenta lucha; ya no podía orientarse para nada en el
mundo. La insignificancia de las heridas quedaba patente en aquellos
vendajes informes, compuestos por trapos viejos, en que los
ascensoristas lo habían envuelto con evidente intención de divertirse. Y
además, aquellos dos ascensoristas, uno en cada punta de la camilla,
reventaban de risa a cada rato. Ahora bien, ése no era sitio para volver
a Robinsón a sus cabales pues los transeúntes pasaban por allí
llevándose todo por delante, sin preocuparse por el grupo de la camilla.
A menudo saltaban algunos, verdaderos atletas, por encima de
Robinsón, y el chofer pagado con el dinero de Karl clamaba:
–Vamos, vamos.
Los ascensoristas levantaron la camilla empeñando el resto de sus
fuerzas; Robinsón cogió la mano de Karl y en tono zalamero dijo:
–Anda, ven, pues.
¿Y acaso Karl, considerando su actual aspecto, no estaría mejor que en
ninguna otra parte allí, al abrigo de las sombras del automóvil? Y así,
pues, se sentó junto a Robinsón y éste apoyó en él su cabeza. Los
ascensoristas, que aún estaban allí, le estrecharon cordialmente la
mano a través de la ventanilla del coche, pues él había sido su colega;
y el automóvil arrancó e hizo un pronunciado viraje hacia la carretera.
Parecíale inevitable que ocurriese un desastre; pero en seguida el
tránsito, que lo envolvía todo, acogió también en su seno,
tranquilamente, a aquel automóvil en su viaje rectilíneo.
UN ASILO
Debía de ser seguramente una apartada calle de suburbio aquella en la
que el automóvil se detuvo, pues en torno reinaba tranquilidad y en el
borde de la acera había niños que jugaban en cuclillas. Un hombre con
un montón de ropa vieja sobre los hombros lanzaba sus pregones a voz
en cuello, atento a las ventanas de las casas. Karl, por su cansancio, se
sintió molesto al descender del automóvil, al pisar el asfalto bañado por
el calor y la claridad del sol matinal.
–¿Vives aquí realmente? –exclamó, dirigiéndose hacia el interior del
automóvil.
Robinsón, que durante todo el viaje había dormido pacíficamente,
farfulló alguna afirmación indefinida y pareció esperar que Karl lo
levantara y le ayudara a descender del vehículo.
–Entonces, ya no tengo nada que hacer aquí. Que sigas bien –dijo Karl,
y se dispuso a echar a andar cuesta abajo por aquella calle que
descendía en ligero declive.
–Pero, Karl, ¿cómo se te ocurre? –exclamó Robinsón, y tan alarmado
estaba ya que se le vio de pie en el coche, bastante erguido, aunque
con las rodillas un poco trémulas todavía.
–Sí, tengo que irme, pues –dijo Karl habiendo observado la rápida
mejoría de Robinsón.
–¿En mangas de camisa? –preguntó éste.
–Ya sabré ganarme una chaqueta –respondió Karl; miró a Robinsón
moviendo la cabeza en señal de confianza y de optimismo, saludó
levantando la mano y se hubiera marchado realmente si entonces no
hubiese exclamado el chofer:
–¡Un poquito de paciencia todavía, señor!
Resultó –circunstancia fastidiosa– que el chofer pretendía un pago
suplementario, pues la espera delante del hotel aún no estaba abonada.
–Y claro –exclamó desde el automóvil Robinsón en confirmación de lo
justificado de esa pretensión–; he tenido que esperarte allí tanto
tiempo... Tendrás que darle algo más.
–Por supuesto –dijo el chofer.
–Pues, siempre que tenga algo –dijo Karl metiéndose las manos en los
bolsillos del pantalón, a pesar de que sabía que era inútil.
–Sólo puedo exigírselo a usted –dijo el chofer apostándose allí,
esparrancado–. A este hombre enfermo no puedo pedirle nada.
Desde la puerta de la casa aproximóse un muchacho joven, de nariz
carcomida, que se puso a escuchar a unos pasos de distancia.
Precisamente un agente de policía recorría en ese momento esa calle;
le llamó la atención el hombre en manga de camisa y se detuvo con la
cara gacha.
Robinsón, quien también había advertido la presencia del agente de
policía, cometió la tontería de gritarle desde la otra ventanilla:
–¡No es nada, no es nada! –como si a un agente de policía se le pudiese
ahuyentar igual que a una mosca.
También los chicos que habían estado observando al agente repararon
ahora, por el hecho de haberse él detenido, en Karl y en el chofer, y
acudieron rápidamente. Una mujer vieja, de pie en la puerta de
enfrente, se quedó mirando con la vista clavada en el grupo.
–¡Rossmann! –exclamó entonces una voz desde lo alto.
Era Delamarche quien le gritaba desde el balcón del último piso. A él,
por lo demás, sólo podía distinguírsele apenas, contra aquel cielo de
color azul blanquecino. Al parecer tenía puesta una bata y observaba la
calle con unos gemelos de teatro. Junto a él se veía abierta una
sombrilla roja, debajo de la cual, según parecía, estaba sentada una
mujer.
–¡Hola! –gritó, y tuvo que hacer un esfuerzo máximo para que se le
comprendiera–: ¿Está Robinsón también?
–Sí –contestó Karl, apoyado vigorosamente, desde el coche por otro
«sí», mucho más sonoro, de Robinsón.
–¡Hola! –se oyó por respuesta–. ¡Voy en seguida!
Robinsón se asomó por la ventanilla del coche.
–¡He aquí un hombre! –dijo, y este elogio de Delamarche iba destinado
a Karl, al chofer, al agente de policía y a todo aquel que deseara oírlo.
Allá arriba, en el balcón, hacia el que todos, por distracción, seguían
dirigiendo las miradas a pesar de que Delamarche ya lo había
abandonado, levantóse ahora, bajo la sombrilla, realmente una mujer;
era corpulenta y llevaba un vestido rojo, nada entallado; cogió los
gemelos del antepecho del balcón y con su ayuda miró a las personas
que estaban abajo y que sólo poco a poco apartaban de ella la mirada.
Aguardando a Delamarche, miró Karl en dirección a la puerta principal y
más allá al patio, atravesado por una hilera casi ininterrumpida de
dependientes de comercio, cada uno de los cuales llevaba sobre su
hombro un cajoncito pequeño pero por lo visto muy pesado. El chofer
se había acercado a su coche y, para aprovechar el tiempo, limpiaba
con un trapo los focos. Robinsón se palpó los miembros, pareció
asombrado de lo poco que le dolían, a pesar de toda la atención que les
prestaba, y comenzó a quitarse, cuidadosamente y con la cara muy
agachada, uno de los gruesos vendajes de su pierna.
El agente de policía, sosteniendo delante de sí, cruzado, su bastoncito
negro, esperaba tranquilamente con la gran paciencia que necesitan
tener los agentes de policía, ya estén cumpliendo su servicio usual, ya
alguna comisión especial, acechando a alguien.
El muchacho de la nariz carcomida se sentó sobre una de las piedras
angulares de la puerta y estiró las piernas. Los chicos se aproximaron a
Karl poco a poco, a pequeños pasos; pues éste, a pesar de que no les
hacía caso, les parecía el más importante de todos debido a las mangas
azules de su camisa.
Por el tiempo que transcurrió hasta la llegada de Delamarche pudo
apreciarse la gran altura de aquella casa. Y Delamarche, por cierto,
hasta venía muy apresurado, con la bata casi sin atar.
–¡Aquí estáis vosotros entonces! –exclamó, contento y severo a un
tiempo. Con los grandes pasos que daba, descubríanse cada vez,
durante un instante, sus prendas interiores de color.
Karl no comprendía del todo por qué se paseaba Delamarche así –en
plena ciudad, en aquella enorme casa de vecindad y en la vía pública–,
tan cómoda y negligentemente vestido como si se hallara en su casa de
campo.
Como Robinsón, también Delamarche había cambiado muchísimo. Su
cara oscura, bien afeitada, escrupulosamente limpia, formada por
músculos de rudo trazo, ofrecía un aspecto orgulloso e infundía respeto.
El fuerte resplandor de sus ojos, ahora siempre ligeramente
entornados, resultaba sorprendente. Su bata morada era, por cierto,
vieja, estaba manchada y resultaba demasiado amplia para él; pero de
esa fea prenda sobresalía arriba, hinchándose, una imponente corbata
oscura de pesada seda.
–¿Y bien? –preguntó a todos en conjunto.
El agente de policía se arrimó un poco y se apoyó en la caja del motor
del automóvil. Karl explicó con breves palabras la situación:
–Robinsón está ligeramente maltrecho; pero si se esfuerza un poco sin
duda podrá subir la escalera. Aquí el chofer pretende todavía un
pequeño pago suplementario, además del importe del viaje que ya he
pagado. Y ahora me voy. Buenos días.
–Tú no te vas –dijo Delamarche.
–Ya se lo dije yo también –informó Robinsón desde el coche.
–Sí que me voy –dijo Karl, y dio unos cuantos pasos. Pero ya
Delamarche estaba a sus espaldas, empujándolo de vuelta con
violencia.
–¡Digo que te quedes! –exclamó.
–Pero déjenme ustedes –dijo Karl, y se preparaba a conseguir su
libertad con los puños si fuera necesario, aunque bien poco éxito podía
esperar frente a un hombre como Delamarche. Pero allí estaba el
agente de policía y también el chofer y de vez en cuando pasaban
grupos de obreros por aquella calle que, por lo demás, era
verdaderamente tranquila; ¿acaso tolerarían que Delamarche cometiera
una injusticia con él? No hubiera querido estar a solas con Delamarche
en su cuarto, ¿pero aquí?
En ese momento Delamarche estaba pagándole tranquilamente al
chofer y éste, con repetidas reverencias, se guardó la suma
inmerecidamente elevada y por gratitud se acercó a Robinsón,
evidentemente para discutir con él la mejor manera de sacarlo del
coche. Karl vio que no lo vigilaban; quizá le resultaría más fácil a
Delamarche tolerar calladamente que se marchase. Si la pelea podía
evitarse era, desde luego, mejor, y por eso entró Karl en la calzada
dispuesto sencillamente a alejarse lo más pronto posible. Los chicos se
volvieron hacia Delamarche para advertirle de la fuga de Karl; pero ni
siquiera tuvo que intervenir él personalmente, pues el agente de
policía, con el bastón tendido hacia adelante, dijo:
–¡Alto! ¿Cómo te llamas? –preguntó; y poniendo el bastón bajo el brazo
sacó lentamente una libreta.
Karl lo miró entonces por primera vez con mayor detenimiento; era un
hombre vigoroso, pero tenía ya casi totalmente blanca la cabeza.
–Karl Rossmann –dijo.
–Rossmann –repitió el agente, sin duda sólo porque era un hombre
tranquilo y escrupuloso; pero Karl, teniendo que habérselas, como era
el caso, por primera vez con las autoridades norteamericanas, vio ya en
esa repetición, cierta manifestación de sospecha. Y en efecto su asunto
no debía de tener muy buena cara, pues hasta Robinsón, que tan
ocupado estaba con sus propias penas, suplicaba desde el coche a
Delamarche, con ademanes mudos y vivaces, que socorriese a Karl.
Pero Delamarche lo rechazó negando bruscamente con la cabeza y se
quedó mirando sin hacer nada, metidas las manos en sus bolsillos
excesivamente grandes.
El muchacho que estaba sentado sobre la piedra angular del vano de la
puerta explicó a una señora, que en ese momento salía, toda la historia
desde el principio. Los chicos formaron un semicírculo detrás de Karl y
se quedaron mirando al agente de policía, quietos, levantando los ojos.
–Veamos tus documentos –dijo el agente
Esto era, sin duda, sólo una formalidad; pues no llevando chaqueta,
como era el caso, mal podría llevar documentos consigo. Por eso Karl
se quedó callado, prefiriendo más bien contestar explícitamente la
pregunta siguiente y disimular así, en lo posible, la carencia de
documentos.
Pero la pregunta siguiente fue:
–¿De manera que no tienes documentos?
Entonces Karl tuvo que responder:
–No los llevo conmigo.
–Esto sí que es grave –dijo el agente. Miró pensativo a la redonda y se
puso a tamborilear con dos dedos sobre su libreta.
–¿Tienes algún dinero ganado? –interrogó finalmente el agente de
policía.
–Fui ascensorista –dijo Karl.
–Fuiste ascensorista, de manera que ya no lo eres; y si es así, ¿de qué
vives ahora?
–Ahora me buscaré otro empleo.
–Pero, ¿te acaban de despedir entonces, ahora mismo?
–Sí, hace una hora.
–¿Repentinamente?
–Sí –dijo Karl alzando una mano como para excusarse.
No podía ponerse a contar allí toda la historia y, aunque hubiera sido
posible, parecía no obstante del todo inútil querer repeler la amenaza
de una injusticia con la narración de otra injusticia ya sufrida. Y si no le
habían hecho justicia la bondad de la cocinera mayor ni la comprensión
del camarero mayor, no podía él esperar que se la hiciera aquella
reunión callejera.
–¿Y te han despedido sin chaqueta? –preguntó el agente.
–Sí, pues –dijo Karl; de manera que también en los Estados Unidos era
característico de las autoridades que preguntaran expresamente lo que
estaba a la vista. (¡Cuánta mala sangre se había hecho su padre por
esas preguntas insistentes e inútiles de las autoridades, con motivo de
la tramitación de su pasaporte!) Karl sentía unas ganas tremendas de
escaparse, de esconderse en alguna parte, para ya no tener que
escuchar ninguna clase de preguntas. Y ahora para colmo, pronunció el
agente de policía aquella pregunta que Karl más temiera, y en
inquietante previsión de la cual, él se había conducido hasta ese
momento probablemente con mayor cautela de la que de otro modo
habría demostrado.
–¿Y en qué hotel estabas empleado?
Agachó la cabeza y no contestó; esa pregunta no la contestaría de
ninguna manera. No debía suceder, no, que escoltado por un agente de
policía volviera él al Hotel Occidental, que allí se organizaran
interrogatorios con intervención de sus amigos y enemigos, que la
cocinera mayor abandonara del todo la buena opinión, ya bastante
debilitada, que se había formado de Karl, viéndolo a él, a quien suponía
en la Pensión Brenner, nuevamente de regreso, detenido por un agente
de policía, en camisa, sin su tarjeta de visita; mientras que el camarero
mayor tal vez sólo meneara la cabeza comprendiéndolo todo; y el
portero mayor, a su vez, hablara de la mano de Dios que por fin había
alcanzado al pícaro.
–Estuvo empleado en el Hotel Occidental –dijo Delamarche
colocándose junto al agente.
–¡No! –exclamó Karl y dio una patada en el suelo–. ¡No es cierto!
Delamarche lo miró frunciendo burlescamente la boca, como diciendo
que él podría revelar muchas cosas todavía. La inesperada irritación de
Karl promovió una gran agitación entre los chicos, que se trasladaron
hasta donde estaba Delamarche, prefiriendo contemplar a Karl desde
allí con toda atención. Robinsón había sacado completamente la cabeza
fuera del coche. Tan grande era su interés que se mantenía del todo
quieto; sólo algún parpadeo de vez en cuando era su único movimiento.
El muchacho de la puerta palmoteaba de puro placer, pero la señora
que estaba junto a él le dio un codazo para que se quedara quieto. Los
mozos de cuerda, que tenían en ese momento su descanso para tomar
el desayuno, aparecieron todos con grandes tazones de café negro, que
revolvían con largos panes. Algunos de ellos se sentaron en el borde de
la acera y todos sorbían el café muy ruidosamente.
–Según parece conoce usted a este muchacho –dijo el agente de
policía a Delamarche.
–Más de lo que pudiera serme grato –dijo éste–. En cierta oportunidad
he sido muy bueno con él, pero muy mal me lo ha pagado; cosa que
usted comprenderá muy fácilmente, aun basándose sólo en ese
brevísimo interrogatorio a que acaba de someterlo.
–Sí –dijo el agente–; parece un muchacho porfiado.
–Y lo es –dijo Delamarche–, pero ésta ni siquiera es la peor de sus
cualidades.
–¿Cómo así? –preguntó el agente de policía.
–Sí –dijo Delamarche que ahora había tomado la palabra,
entusiasmándose y comunicando al mismo tiempo, con las manos en
los bolsillos, un movimiento ondulatorio a toda su bata–, es una buena
pieza, éste. Mi amigo, el que está en el coche, y yo lo habíamos
recogido casualmente en plena miseria; no tenía él entonces ni el
menor asomo de conocimiento de las condiciones de América, pues
acababa de llegar de Europa; de allí también lo echaron por inútil; y
bien, lo arrastramos con nosotros, le permitimos vivir a nuestro lado, lo
instruimos acerca de todas las cosas; queríamos conseguirle un
empleo; nos proponíamos hacer de él todavía, contra todas las señales
que nos defraudaban, un hombre; pero desapareció cierta vez durante
la noche; se marchó, y en circunstancias que realmente prefiero callar.
¿Ha sido así o no? –preguntó finalmente Delamarche, zarandeando a
Karl por la manga de la camisa.
–¡Atrás, chicos! –gritó el agente de policía, pues éstos, agolpándose, se
habían adelantado tanto que poco faltó para que Delamarche tropezase
cayendo por encima de uno de ellos.
Entretanto, también los mozos de cuerda, que hasta ese momento
habían tenido en poco el interés que ese interrogatorio ofrecía,
comenzaban a prestar mayor atención congregándose en fila cerrada a
espaldas de Karl, quien ahora no hubiera podido dar un solo paso atrás;
además sonaba ahora en sus oídos, ininterrumpidamente, el barullo de
las voces de aquellos mozos de cuerda, quienes, más que hablar,
chapurreaban algún lenguaje inglés completamente incomprensible,
acaso entremezclado con voces eslavas.
–Gracias por la información –dijo el agente saludando militarmente a
Delamarche–; de todas maneras me lo llevaré y lo haré conducir
nuevamente al Hotel Occidental.
Pero Delamarche dijo:
–¿Me permitiría usted rogarle que dejara a ese muchacho por el
momento a mi cargo? Tendría que ajustar con él ciertas cuentas
todavía. Me comprometo a llevarlo luego, yo mismo, al hotel.
–No puedo hacerlo –dijo el agente de policía. Delamarche dijo:
–Aquí tiene usted mi tarjeta –le tendió una tarjetita de visita.
El agente de policía la miró con gesto aprobatorio; pero, a pesar de
todo y sonriendo amablemente, dijo: –No, es inútil.
Por más que Karl hasta aquel momento se cuidara de Delamarche,
ahora veía en él la única salvación posible. Era por cierto sospechosa la
manera que tenía éste de pretender obtener a Karl del agente, pero
sería de todas maneras más fácil inducir a Delamarche a que no lo
llevase de regreso al hotel, que no al agente de policía. Y aunque Karl
volviera al hotel de la mano de Delamarche, ya sería mucho menos
grave que si esto sucediera en compañía del agente. Claro que, por el
momento, Karl no debía dejar traslucir, con todo, que en efecto
deseaba quedarse con Delamarche; pues, de otro modo, todo estaba
perdido. Y observó inquieto la mano del agente de policía, que en
cualquier instante podía levantarse para atraparlo.
–Por lo menos debería yo saber por qué lo han despedido tan
repentinamente –acabó por decir el agente de policía, mientras que
Delamarche apartaba la vista con gesto fastidiado, estrujando entre las
puntas de los dedos la tarjeta de visita.
–¡Pero si no está despedido! –exclamó Robinsón con la subsiguiente
sorpresa general, y apoyándose en el chofer se asomó del coche lo más
que pudo–. Al contrario; ¡si él tiene allí un buen empleo! En el
dormitorio es el superior de todos los ascensoristas y puede llevar allí a
quien quiera. Sólo que siempre está terriblemente ocupado y si se
quiere algo de él hay que esperar muchísimo: está constantemente
metido en el despacho del camarero mayor, o de la cocinera mayor, y
es realmente persona de confianza. No está despedido de ninguna
manera. No sé por qué habrá dicho tal cosa. ¿Cómo es posible que esté
despedido? Yo me he lastimado gravemente allá en el hotel y a él le
encargaron traerme a mi casa, y puesto que en ese momento andaba
sin chaqueta, se vino conmigo sin ella. No podía yo esperar hasta que
fuese a buscarla.
–Pues entonces... –dijo Delamarche extendiendo los brazos, en un
tono como si le reprochara al agente de policía una falta de perspicacia,
de conocimiento de los hombres, y era como si esas dos palabras suyas
introdujesen una incontrovertible claridad en el carácter vago de la
declaración de Robinsón.
–Pero, ¿será esto realmente cierto? –preguntó el agente de policía con
voz ya menos categórica–. ¿Y si es cierto, por qué pretende el
muchacho haber sido despedido?
–Debes contestar tú –dijo Delamarche.
Karl miró al agente de policía, cuyo deber era restablecer allí el orden,
entre gente extraña que sólo pensaba en sí misma; y algo de sus
preocupaciones generales se le contagió también a Karl. Él no quería
mentir y mantenía las manos tras su espalda, estrechamente
entrelazadas.
En la puerta de la casa apareció un capataz y golpeó las manos en
señal de que los mozos de cuerda debían ya volver a su trabajo.
Arrojaron éstos de sus tazones el poso de café y, mudos y con paso
vacilante, se retiraron y entraron en la casa.
–Así no llegamos a ningún fin –dijo el agente de policía, y quiso
agarrar a Karl de un brazo. Pero éste involuntariamente retrocedió un
poco, sintió detrás de sí el espacio libre que se había formado al
retirarse los mozos de cuerda, se volvió y después de algunos grandes
saltos iniciales, echó a correr. Los chicos prorrumpieron en un grito
único y, con los bracitos extendidos, corrieron también unos pasos.
–¡Deténganlo! –gritó el agente de policía, y corrió tras Karl, cuesta
abajo, por aquella larga calle casi desierta, profiriendo con regularidad
la misma exclamación. Su silenciosa carrera revelaba un gran vigor y
mucha ejercitación.
Fue una suerte para Karl que la persecución aconteciera en un barrio
obrero. Los obreros no hacen causa común con la autoridad. Karl corría
por el centro de la calzada, pues allí tenía menos obstáculos que en
ninguna otra parte y veía, ahora, a obreros que de vez en cuando se
quedaban plantados en la acera, mirándolo tranquilamente, mientras el
agente les lanzaba su «¡deténganlo!», extendiendo al correr –él se
mantenía inteligentemente sobre la lisa acera– su bastón contra Karl,
en forma constante.
Karl tenía pocas esperanzas de escapar y las perdió casi por completo
cuando el agente de policía –puesto que se aproximaban a calles
transversales que seguramente tenían también sus patrullas policíacas–
se puso de pronto a emitir silbidos, unos silbidos en verdad
ensordecedores. La ventaja de Karl era meramente su liviana
vestimenta: volaba o más bien se precipitaba cuesta abajo por aquella
calle cuyo declive se hacía cada vez más pronunciado, sólo que a
menudo, distraído por el sueño que tenía, daba brincos demasiado
altos, que resultaban inútiles y le hacían perder tiempo. Pero además el
agente de policía tenía su meta siempre frente a sí, sin tener nada qué
pensar; para Karl, en cambio, la carrera era en verdad cosa secundaria;
él debía reflexionar, escoger entre varias posibilidades, debía decidirse
siempre de nuevo, una y otra vez.
Su plan, un tanto desesperado, era evitar por el momento las calles
transversales, ya que no era posible saber qué podían ocultar; quizá si
tomara por alguna de ellas correría derechamente a algún puesto de
guardia; en tanto que fuera posible, no quería él apartarse de aquella
calle, cuya perspectiva podía uno abarcar con la mirada hasta muy lejos
y que sólo muy, muy abajo, terminaba en un puente, del que apenas se
veía el comienzo, ya que un poco más allá desaparecía en una bruma
de agua y sol. Precisamente y después de tomar esta decisión, se
disponía Karl a concentrar sus fuerzas para correr más ligero, a fin de
pasar con especial velocidad la primera calle transversal, cuando, no
muy lejos delante de sí, vio a un agente de policía en acecho,
agazapado contra la oscura pared de una casa que permanecía en la
sombra, dispuesto a lanzarse sobre Karl en el momento oportuno.
Ahora ya no le quedaba otra salida sino la calle transversal, y cuando
desde allí hasta lo llamaron por su nombre en forma absolutamente
inofensiva –aunque primero esto le pareciera una ilusión, pues ya todo
este tiempo sentía un zumbido en los oídos–, no vaciló más, y,
queriendo sorprender en lo posible a los agentes, giró sobre una sola
pierna, y en ángulo recto dobló por esa calle.
Había dado dos saltos apenas –ya había olvidado el hecho de que
hubieran gritado su nombre; ahora silbaba también el otro agente, y se
notaba su vigor intacto y fresco y a lo lejos algunos transeúntes de esa
calle transversal parecían apretar el paso–, cuando de una pequeña
puerta de calle surgió una mano que, asiendo a Karl, lo atrajo con estas
palabras a un oscuro zaguán:
–¡Ahora quieto!
Era Delamarche, jadeante sin poder tomar aliento, con las mejillas
encendidas y los cabellos pegados en torno de la cabeza. Llevaba la
bata bajo el brazo y estaba vestido con sólo la camisa y los calzoncillos.
Cerró en seguida la puerta, que en realidad no era una verdadera
puerta de calle, sino sólo una insignificante entrada secundaria.
–Un momento –dijo luego apoyándose en la pared, con la cabeza
erguida y respirando pesadamente.
Karl yacía casi en sus brazos y apretaba, medio desmayado, su cara
contra el pecho del otro.
–Por ahí corren los señores –dijo Delamarche prestando atención de
pronto y señalando la puerta con el dedo.
Realmente pasaron en ese momento, corriendo, los dos agentes de
policía; en la calle desierta resonaba su correr como si se golpease
acero contra piedra
–Tú estás bastante rendido –dijo Delamarche a Karl, que luchaba
todavía por recobrar el aliento, sin poder proferir una palabra.
Delamarche lo sentó cuidadosamente en el suelo, se arrodilló junto a él,
le pasó la mano por la frente varias veces y se quedó observándolo.
–Ya estoy bien –dijo Karl y, haciendo un supremo esfuerzo, se levantó.
–Vamos entonces –dijo Delamarche después de ponerse nuevamente
su bata; y fue empujando hacia adelante a Karl, que por la extrema
debilidad mantenía aún gacha la cabeza.
De tiempo en tiempo Delamarche lo zarandeaba, tratando de
reanimarlo.
–¿Y tú pretendes estar cansado? –dijo–. Pero si podías correr al aire
libre como un caballo, mientras que yo tenía que escurrirme a
hurtadillas a través de esos malditos patios y pasillos. Pero por suerte
soy corredor yo también. –De puro orgullo propinó a Karl un golpe
impetuoso en la espalda–. De tiempo en tiempo una carrera semejante
con la policía es un buen ejercicio.
–Ya estaba fatigado cuando empecé a correr –dijo Karl.
–No hay excusas que valgan; no sabes correr –dijo Delamarche–. Si no
fuera por mí, ya hace rato que te hubieran prendido.
–También yo lo creo –dijo Karl–. Le estoy reconocido.
–Sin duda –dijo Delamarche.
Anduvieron por un pasillo largo y estrecho, pavimentado de piedras
oscuras, lisas. De vez en cuando abríase a derecha e izquierda un
nacimiento de escalera, o bien surgía la perspectiva de otro pasillo más
largo. Apenas se veía alguna persona adulta; sólo había niños que
jugaban en las escaleras desiertas. En una barandilla apoyábase una
muchachita que lloraba tanto que toda la cara le brillaba por las
lágrimas. Apenas hubo divisado a Delamarche, cuando echó a correr
escaleras arriba, boquiabierta y jadeante; se calmó sólo cuando estuvo
muy arriba y cuando después de volverse varias veces se hubo
convencido de que nadie la seguía ni quería seguirla.
–A ésta hace un momento la derribé al correr –dijo Delamarche riendo
y amenazándola con el puño; por lo cual ella, dando gritos, prosiguió su
carrera hacia arriba.
También los patios que atravesaron estaban casi todos desiertos. Sólo
aquí o allá un dependiente de comercio empujaba una carretilla de dos
ruedas, una mujer llenaba una jarra con el agua que extraía con una
bomba, un cartero cruzaba el patio con paso reposado, un viejo con
mostacho blanco permanecía sentado cruzado de piernas ante una
puerta de vidrio y fumaba su pipa. Delante de una empresa de
transportes descargaban cajones y los caballos, desocupados, volvían
las cabezas con indiferencia: un hombre de guardapolvo, con un papel
en la mano, vigilaba todo el trabajo; en una oficina se veía a través de
la ventana abierta a un empleado sentado frente a su escritorio; tenía
apartada la vista del mismo y miraba pensativo hacia afuera, por
donde, en ese preciso momento, pasaban Karl y Delamarche.
–No es posible desear un barrio más tranquilo –dijo Delamarche–; por
la noche hay mucho barullo durante unas horas, pero durante el día las
cosas transcurren de una manera ejemplar.
Karl asentía con la cabeza; le parecía demasiado grande aquella
tranquilidad.
–En ninguna otra parte podría yo vivir –dijo Delamarche–, pues
Brunelda no soporta ningún ruido, absolutamente ninguno. ¿Conoces a
Brunelda? Pues ya la verás, en todo caso te recomiendo que te
conduzcas lo más quedamente que te sea posible.
Cuando llegaron a la escalera que conducía a la vivienda de
Delamarche, el automóvil ya había partido, y el muchacho de la nariz
carcomida, sin que lo asombrara en manera alguna la reaparición de
Karl, anunció que él había cargado con Robinsón y lo había subido por
la escalera. Delamarche no hizo más que aprobar con la cabeza, como
si el muchacho fuese su sirviente y no hubiera hecho otra cosa que
cumplir con su deber natural, y arrastró consigo escaleras arriba a Karl,
que vaciló un poco mirando hacia la calle que resplandecía al sol.
–Ya estamos arriba –dijo Delamarche repetidas veces mientras subían
por la escalera, mas su predicción no se cumplía en absoluto pues
siempre se sumaba un tramo más, que subía alterando sólo
imperceptiblemente la dirección.
Una vez hasta se detuvo Karl, en verdad no tanto por el cansancio
como por el sentirse desarmado frente a semejante extensión de la
escalera.
–El departamento queda muy alto, es cierto –dijo Delamarche cuando
prosiguieron su marcha–; pero esto también tiene sus ventajas. Sale
uno muy rara vez y se queda el día entero en bata; llevamos, pues, una
vida muy cómoda. Naturalmente, teniendo que subir hasta semejante
altura, tampoco vienen visitas.
«¿De dónde habrían de venir las visitas?», pensó Karl.
Por fin en uno de los descansos de la escalera, ante la puerta cerrada
de un departamento, apareció Robinsón, y ahora efectivamente habían
llegado. La escalera ni siquiera había alcanzado su fin: continuaba
perdiéndose a través de la penumbra y no había nada que pareciera
señalar su pronta conclusión.
–¡Ya sabía yo –dijo Robinsón en voz baja, como si todavía lo afligieran
las dolencias– que Delamarche lo traería! ¡Rossmann, qué sería de ti sin
Delamarche!
Robinsón estaba de pie, en paños menores, y sólo intentaba en la
medida en que esto resultaba posible envolverse en la manta que le
habían dado en el Hotel Occidental. No se podía comprender por qué no
entraba en el departamento en vez de ponerse en ridículo, ante la
gente que, tal vez, podía pasar.
–¿Está durmiendo ella? –preguntó Delamarche.
–Creo que no –dijo Robinsón–, pero con todo he preferido esperar
hasta que vinieras tú.
–Primero tenemos que ver si está durmiendo –dijo Delamarche
inclinándose hasta el ojo de la cerradura. Después de haber mirado
largo rato a través del mismo, se incorporó y dijo–: No se la ve bien;
está bajada la persiana. La veo sentada en el canapé, pero tal vez esté
durmiendo.
–Pero, ¿está enferma? –preguntó Karl, pues Delamarche se quedaba
inmóvil como si necesitara consejo. Pero ahora éste a su vez, y en tono
áspero, preguntó:
–¿Enferma?
–Es que él no la conoce –dijo Robinsón disculpándolo.
Unas puertas más allá habían salido al pasillo dos mujeres; se
enjugaban las manos con sus delantales, contemplaban a Delamarche y
a Robinsón, y parecía que de ellos hablaban. De una de las puertas
salió de un salto una muchacha, una muchacha muy joven todavía, de
lustrosa cabellera rubia y se estrechó entre las dos señoras, colgándose
de sus brazos.
–¡Qué mujeres asquerosas! –dijo Delamarche en voz baja,
evidentemente sólo por consideración a la durmiente Brunelda–. Uno de
estos días las denunciaré a la policía y ya me dejarán en paz durante
años. No las mires –dijo luego siseando a Karl, quien no veía nada
malo en mirar a las mujeres, ya que de todas maneras había que
esperar allí, en el pasillo, el despertar de Brunelda.
Karl movió la cabeza disgustado, como diciendo que él no tenía por qué
aceptar amonestaciones de Delamarche, y para demostrarlo más
decididamente aún quiso acercarse a las mujeres, pero entonces
Robinsón con las palabras: «¡Cuidado, Rossmann!» lo retuvo por la
manga; y Delamarche, ya irritado por Karl, se puso tan furioso con
motivo de una sonora risotada de la muchacha que, tomando gran
impulso y agitando brazos y piernas, echó a correr hacia las mujeres.
Éstas, como llevadas por el viento, desaparecieron cada una por su
puerta.
–Así tengo que despejar a menudo los pasillos –dijo Delamarche
volviendo con paso lento; entonces se acordó de la resistencia de Karl y
dijo–: Y de tu parte espero una conducta muy diferente, ¡pues de otro
modo podrías llegar todavía a conocerme!
Y entonces una voz llamó desde el cuarto, en un tono suave y cansado:
–¿Delamarche?
–Sí –respondió éste mirando afablemente hacia la puerta–, ¿podemos
entrar?
–¡Oh, sí! –se oyó entonces.
Delamarche, después de haber rozado con una mirada a los dos que
esperaban tras él, abrió lentamente la puerta.
Entraron en una oscuridad total. La cortina de la puerta del balcón –
ventana no había ninguna– estaba bajada hasta el suelo y era muy
poco translúcida, pero además contribuía mucho al oscurecimiento del
cuarto el hecho de que se viera repleto de muebles y de ropas colgadas
y dispersas. La atmósfera era sofocante y, realmente, se olía el polvo,
acumulado allí en rincones, manifiestamente inaccesibles a mano
alguna. Lo primero que notó Karl al entrar fueron tres armarios
apostados uno tras otro, sin interrupción.
En el canapé, acostada, estaba la mujer que antes había mirado desde
el balcón. Su vestido rojo se le había torcido un poco por abajo y,
formando una larga punta, colgaba hasta el suelo; por el otro lado se le
veían las piernas casi hasta las rodillas; tenía medias de lana, gruesas y
blancas; no llevaba zapato alguno.
–¡Qué calor, Delamarche! –dijo; apartó la cara de la pared y sostuvo la
mano negligentemente en suspenso, tendiéndosela a Delamarche. Éste
la tomó y la besó.
Karl sólo miraba su papada que, al volver la cabeza, rodaba con ella.
–¿No quieres que haga subir la cortina? –preguntó Delamarche.
–No; todo menos eso –dijo con los ojos cerrados y como desesperada–
; así empeoraría más aún.
Karl se aproximó al pie del canapé para examinar mejor a aquella
mujer; le maravillaban sus quejas, pues el calor no era nada
extraordinario.
–Espera, voy a ponerte un poco más cómoda –dijo Delamarche
temeroso. Le desabrochó unos botones cerca del cuello y abrió el
vestido de manera que quedaron libres el cuello y el nacimiento del
pecho; apareció también la puntilla, delicada y amarillenta, de la
camisa.
–¿Quién es éste? –dijo súbitamente la mujer señalando con el dedo a
Karl–; ¿por qué me clava así los ojos?
–Tú mira en seguida cómo hacerte útil –dijo Delamarche empujando a
Karl a un lado, y tranquilizó a la mujer con estas palabras–: No es más
que el muchacho que he traído para tu servicio.
–¡Pero si yo no quiero ninguno! –exclamó–. ¿Por qué traes gente
extraña a mi casa?
–Pero si siempre estás deseando a alguien para tu servicio –dijo
Delamarche arrodillándose, pues en el canapé, con ser muy ancho, no
quedaba el menor lugar junto a Brunelda.
–¡Ay, Delamarche! –dijo ella–, tú no me entiendes y no me entiendes.
–Pues entonces realmente no te entiendo –dijo Delamarche y tomó
entre sus dos manos la cara de ella–; pero no ha pasado nada. Si tú así
lo quieres, se marchará al instante.
–Ya que está, que se quede, pues –dijo ella, sin embargo.
Karl, debido a su cansancio, le agradeció tanto esas palabras, que en el
fondo acaso no eran siquiera amables, que –pensando siempre
confusamente en aquella escalera interminable que tal vez ya hubiera
tenido que bajar de nuevo– pasó por encima de Robinsón, que dormía
pacíficamente sobre su manta, y, a despecho de todo ese disgustado
agitar de manos de Delamarche, dijo:
–Le agradezco de todas maneras que me permita usted quedarme un
rato más aquí. Ya van seguramente veinticuatro horas que no duermo,
no obstante haber trabajado bastante y haber tenido diversos
disgustos. Estoy terriblemente cansado. Ni siquiera sé bien dónde me
encuentro. Pero cuando haya dormido unas horas podrá usted echarme
sin consideración y me iré gustosamente.
–Puedes quedarte tranquilamente –dijo la mujer; y con ironía añadió–:
Como ves, tenemos lugar de sobra.
–Tienes que irte, entonces –dijo Delamarche–; no podemos emplearte.
–No, no, que se quede –dijo la mujer, ahora ya en serio.
Y Delamarche, como ejecutando ese deseo, le dijo a Karl:
–Bueno, pues, acuéstate por fin en alguna parte.
–Puede acostarse sobre las cortinas, pero tiene que quitarse los zapatos
para no romper nada.
Delamarche enseñó a Karl el lugar a que se refería. Entre la puerta y
los tres armarios había un gran montón de los más diversos cortinajes
de ventana. Si se hubieran doblado todos en regla, si se hubieran
colocado abajo las cortinas más pesadas y arriba las más livianas y si,
finalmente, se hubieran sacado las diversas tablas y anillas de madera
metidas en el montón, aquel conjunto se habría convertido en un
cómodo lecho; pero así como estaba no era más que una masa
oscilante en la cual se deslizaba uno. Sin embargo, Karl se acostó
instantáneamente, pues estaba demasiado cansado y no podía efectuar
preparativos especiales para dormir y debía, además, cuidarse también
de no causar allí demasiadas molestias en atención a sus huéspedes.
Ya estaba casi sumido en el sueño propiamente dicho cuando oyó un
fuerte grito; se incorporó y vio a Brunelda, erguida, sentada en el
canapé; extendía los brazos en amplio movimiento y rodeaba con ellos
a Delamarche, que seguía arrodillado ante ella. Karl, penosamente
impresionado por el espectáculo, se recostó nuevamente y se hundió en
las cortinas a fin de continuar durmiendo. Le parecía fuera de toda duda
que no aguantaría allí ni dos días, pero tanto más necesario era dormir
primero debidamente, para poder tomar luego las decisiones del caso
con la mente lúcida, con prontitud y precisión.
Pero Brunelda ya había advertido los ojos de Karl, grandemente
abiertos de cansancio, que ya la asustaron una vez, y clamó:
–Delamarche, no aguanto más de calor, estoy ardiendo, tengo que
desnudarme, tengo que bañarme; ¡manda a esos dos afuera, fuera del
cuarto, a donde quieras: al pasillo, al balcón, con tal que no los vuelva
a ver! Está una en su propia casa y la estorban continuamente... ¡Si
estuviera sola contigo, Delamarche! ¡Ay Dios mío, todavía siguen aquí!
Cómo se despereza ese desvergonzado Robinsón, en ropa interior, en
presencia de una dama. Y este chico extraño, hace un momento me
miró como un salvaje y ahora, ¡cómo ha vuelto a acostarse para
engañarme! Fuera con ellos, Delamarche, pronto; los siento como una
carga, me pesan sobre el pecho y si ahora perezco será por su culpa.
–En el acto estarán fuera; puedes ir desnudándote –dijo Delamarche.
Se acercó a Robinsón y poniéndole un pie sobre el pecho comenzó a
sacudirlo. Al mismo tiempo increpó a Karl–: ¡Rossmann, a levantarse!
¡A salir los dos al balcón! ¡Y ay de vosotros si entráis antes de que se os
llame! Vamos pronto, Robinsón. –Sacudía a Robinsón con más fuerza–.
Y tú, Rossmann, cuidado que no te caiga yo encima a ti también. –Y
dos veces golpeó ruidosamente las manos.
–¡Cuánto tardan! –exclamó Brunelda desde el canapé. Mantenía, en la
posición sentada, muy separadas las piernas, para proporcionar así
mayor espacio a su cuerpo excesivamente obeso; y sólo con el mayor
esfuerzo y múltiples intentos de cogerlas, y descansando con
frecuencia, pudo asir las medias por su parte superior y bajárselas un
poco, mas no podía desnudarse del todo: eso tenía que hacerlo
Delamarche, y ella lo esperaba ya con impaciencia.
Totalmente aturdido por el cansancio, abandonó Karl el montón de
cortinas, deslizándose hasta el suelo y se dirigió lentamente a la puerta
del balcón; un trozo de género de cortina se le había enredado en el pie
y él fue arrastrándolo sin reparar en él. Tan distraído estaba que al
pasar frente a Brunelda hasta llegó a decirle
–Le deseo a usted muy buenas noches.
Luego pasó junto a Delamarche, el cual apartó ligeramente el cortinaje
de la puerta, y siguió andando hasta llegar al balcón.
Tras Karl fue inmediatamente Robinsón, sin duda no menos necesitado
de sueño, pues caminaba refunfuñando:
–Siempre y siempre lo maltratan a uno –dijo–; si no viene Brunelda
también, yo no salgo al balcón.
Pero a pesar de esta aseveración salió sin la menor resistencia y, ya
afuera, puesto que Karl se había desplomado en el sillón, se acostó en
el acto sobre el piso de losas.
Cuando Karl despertó ya había caído la noche; ya estaban las estrellas
en el cielo, y tras las altas casas de enfrente ascendía el claro de luna.
Sólo después de mirar unas cuantas veces en torno de sí, para
orientarse en aquel sitio desconocido, y después de aspirar unas
cuantas veces el aire fresco cobró Karl conciencia del lugar en que
estaba. Cuán imprudente había sido, cómo había desoído todos los
consejos de la cocinera mayor, todas las advertencias de Therese,
todos sus propios temores, ¡y se hallaba tranquilamente sentado en el
balcón de Delamarche, y hasta se había quedado a dormir allí durante
la mitad del día, como si tras la cortina no estuviera Delamarche, su
gran enemigo! En el suelo se retorcía aquel haragán de Robinsón,
zarandeaba a Karl por un pie y parecía que, en efecto, así lo había
despertado, ya que estaba diciendo:
–¡Qué manera de dormir, Rossmann! ¡Lo que es la juventud
despreocupada! ¿Hasta cuándo piensas seguir durmiendo? Yo te
hubiera dejado dormir por más tiempo; pero, en primer lugar estoy
aburriéndome demasiado aquí en el suelo y, en segundo lugar, tengo
mucha hambre. Levántate un poco, te lo ruego: ahí abajo, dentro del
sillón, he guardado algunas cosas para comer y me gustaría mucho
sacarlas; también a ti te daré algo.
Y Karl, habiéndose levantado, se quedó mirando cómo se aproximaba
aquél, sin levantarse, arrastrándose sobre el vientre, y cómo sacaba de
debajo del sillón, con las manos extendidas, una bandeja plateada,
aproximadamente de esas que sirven para presentar tarjetas de visita.
Sobre esta bandeja había medio chorizo muy negro, algunos cigarrillos
delgados, una lata de sardinas bastante llena todavía, en donde el
aceite rebosaba, y una cantidad de bombones, en su mayor parte
estrujados, que formaban una pelota. Luego apareció además un gran
pedazo de pan y una especie de frasco de perfume que, no obstante,
parecía contener algo muy distinto, pues Robinsón lo señaló con
satisfacción especial y, relamiéndose, le envió a Karl un chasquido con
la lengua.
–¿Lo ves, Rossmann? –dijo Robinsón mientras tragaba sardina tras
sardina y se limpiaba las manos del aceite, de vez en cuando, con un
paño de lana que por lo visto Brunelda había olvidado en el balcón–.
¿Lo ves, Rossmann? Aquí tiene uno que guardarse su comida si no
quiere morirse de hambre. Sabes, muchacho: me han dejado
completamente de lado. Y si lo tratan a uno sin cesar como a un perro,
al fin llega uno a pensar que lo es de veras. Suerte que estás aquí,
Rossmann; al menos puedo hablar con alguien; pues en esta casa nadie
habla conmigo. Nos detestamos, y todo por esa Brunelda. Ella, claro
está, es una hembra magnífica. Ven –y le hizo señas a Karl a fin de que
se agachara para susurrarle luego al oído–: una vez la he visto
desnuda. ¡Oh! –Y recordando ese placer se puso a estrujar y a golpear
las piernas de Karl, hasta que éste, cogiéndole las manos y
rechazándolas, exclamó:
–Robinsón, ¡pero estás loco!
–Es que tú eres un chico todavía, Rossmann –dijo Robinsón, y sacó un
puñal que llevaba prendido de un cordón que hacía de collar, le quitó la
vaina y cortó con él el duro chorizo–. Tienes que aprender muchas
cosas todavía. Pero aquí, en nuestra casa, has llegado a una buena
fuente de conocimientos. Siéntate, pues. ¿No quieres comer algo tú
también? Pues tal vez el mirarme a mí te abra el apetito. ¿Y no quieres
beber tampoco? Tú no quieres nada, pero nada. Y tampoco eres muy
conversador que digamos. Pero da absolutamente lo mismo quedarse
en el balcón con cualquiera con tal de que haya alguien. Porque yo me
quedo muy a menudo en el balcón, ¿sabes? Esto le divierte mucho a
Brunelda. Por cualquier cosa que se le ocurre: ya sienta frío, ya calor,
ya quiera dormir, ya quiera peinarse, ya quiera aflojarse el corsé, ya
quiera ponérselo, a mí me mandan siempre al balcón. A veces hace ella
realmente lo que dice, pero la mayor parte de las veces se queda
acostada igual que antes en el canapé, y no se mueve. Antes abría yo a
menudo la cortina un poco, así, y espiaba; pero desde que cierta vez,
en una ocasión semejante, me dio Delamarche (sé perfectamente que
él no quería hacerlo, que lo hizo sólo accediendo a los ruegos de
Brunelda), desde que me dio, pues, unos cuantos latigazos en la cara,
¿ves las estrías?, ya no me atrevo a espiar. Por eso me quedo aquí
acostado en el balcón y no tengo más placer que la comida. Anteayer
por la noche estaba aquí, solo; entonces llevaba yo todavía mi ropa
elegante, la que por desgracia he perdido en tu hotel (esos perros, ¡le
arrancan a uno del cuerpo esas ropas tan caras!), estaba acostado,
pues, entonces, tan solo aquí; me quedé mirando hacia abajo a través
de la balaustrada y sentí una tristeza tan grande por todo que me puse
a sollozar. Y entonces casualmente, sin que yo lo notara al punto, salió
Brunelda de la habitación y vino a verme, con su vestido rojo (es de
entre todos, sin duda, el que mejor le queda), y se quedó mirándome
un poco y al fin dijo: «Robinsón, ¿por qué lloras?» Luego, levantó su
vestido y con el ribete me enjugó los ojos. Quién sabe qué más habría
hecho, si no la hubiera llamado Delamarche, si no hubiera tenido que
volver a entrar inmediatamente en la habitación. Como es natural, creía
yo que había llegado mi hora y, a través del cortinaje, pregunté si ya
podía entrar en el cuarto. Y, ¿qué crees tú que me dijo Brunelda?
«¡No!», dijo y «¿Cómo se te ocurre?»
–Y, ¿por qué, si te tratan de esta manera, te quedas aquí? –preguntó
Karl.
–Perdona Rossmann, tu pregunta no es muy inteligente –repuso
Robinsón–. Ya te quedarás tú también, así te traten peor todavía. Por
otra parte, tan mal no me tratan.
–No –dijo Karl–; yo ciertamente me voy y, si es posible, esta misma
noche. No me quedo con ustedes.
–Y, ¿cómo, por ejemplo, te las arreglarás para marcharte esta noche? –
preguntó Robinsón, que había recortado la miga de su pan y la
empapaba, cuidadosamente, en el aceite de la lata de sardinas–.
¿Cómo quieres marcharte si ni siquiera puedes entrar en el cuarto?
–¿Y por qué no podemos entrar?
–Y bien, mientras no suene la campanilla, no podemos entrar –dijo
Robinsón abriendo la boca lo más que podía para devorar el grasiento
pan y recogiendo a la vez, en una de sus manos, el aceite que goteaba
del mismo, a fin de remojar de tiempo en tiempo el pan que todavía le
quedaba en su mano ahuecada que servía de recipiente–. Aquí todo se
ha vuelto más severo. Primero había sólo una cortina delgada, por
cierto nada se podía ver a través de ella; pero por la noche, con todo,
se distinguían las sombras. Pero esto le desagradaba a Brunelda y
entonces tuve que convertir en cortina una de sus capas de teatro y
colgarla allí en lugar de la cortina vieja. Ahora ya no se ve nada. Luego:
antes podía yo preguntar siempre si ya me permitían entrar y, según
las circunstancias, me contestaban sí o no; pero seguramente
aprovechaba yo esto demasiado y preguntaba con demasiada
frecuencia. Brunelda no podía soportarlo. Ella, a pesar de su gordura,
es de constitución muy débil, tiene a menudo dolor de cabeza y casi
siempre tiene gota en las piernas. Por eso dispuso que no volviera a
preguntar y que, en cambio, en caso de poder yo entrar, oprimirían el
botón de la campanilla de mesa. Suena tan fuerte que hasta me
despierta cuando duermo. Una vez tuve aquí un gato, para divertirme;
se escapó de susto al oír esta campanilla y no ha vuelto ya; bien, pues,
hoy no sonó todavía porque cuando suena no sólo puedo, sino que en
realidad ya debo entrar, y si esta vez no ha sonado en tanto tiempo,
puede tardar muchísimo más todavía.
–Sí –dijo Karl–, pero no hay ninguna razón para que lo que es válido
para ti, lo sea también para mí. Y, en general, una cosa semejante es
válida sólo para quien la tolera.
–Pero –exclamó Robinsón–, ¿por qué no habría de ser válida también
para ti? Es, desde luego, válida también para ti. Espera tranquilamente
aquí conmigo hasta que suene la campanilla. Y luego puedes intentarlo;
veremos si puedes marcharte.
–¿Por qué, realmente, no te marchas también de aquí? ¿Tan sólo
porque Delamarche es, o más bien era, tu amigo? ¿Y es esto vida
acaso? ¿No sería mejor estar ya en Butterford, a donde queríais ir
vosotros primero? ¿O mejor aún en California, donde tú tienes amigos?
–Sí –dijo Robinsón–, nadie podía prever esto. –Antes de continuar
contando alcanzó a decir todavía–: A tu salud, querido Rossmann –y
tomó un largo trago del contenido del frasco de perfume–. Pues en
aquel entonces, cuando tú tan villanamente nos abandonaste, nuestra
situación era pésima. En los primeros días no fue posible conseguir
ningún trabajo. Por otra parte, Delamarche no quería trabajar, pues de
otro modo ciertamente lo habría conseguido; me mandaba siempre a
mí a buscar algo, y yo no tengo suerte. Él no hizo más que andar
merodeando por aquí y por allá, pero ya casi había llegado la noche y
sólo había traído un portamonedas de mujer. Era de perlas y, por
cierto, muy bonito; se lo regaló a Brunelda, pero adentro no había casi
nada. Luego dijo que fuéramos a mendigar por las casas; esto,
naturalmente, da oportunidad de encontrar muchas cosas útiles, de
manera que fuimos a mendigar, y yo, para guardar mejor las
apariencias, cantaba ante las puertas de las casas. Y teniendo suerte
Delamarche como la tiene siempre, apenas nos hubimos detenido ante
la segunda casa, un departamento muy rico en la planta baja, y junto a
la puerta les hubimos cantado algo a la cocinera y al criado, cuando
llegó la señora a la cual pertenecía ese departamento, Brunelda, que
subía la escalera. Acaso iba demasiado ceñida y no podía subir por eso
aquellos pocos escalones. Pero ¡qué lindo aspecto tenía, Rossmann!
Llevaba un vestido blanquísimo y una sombrilla roja. Estaba que daban
ganas de relamerse. Estaba como para bebérsela toda. ¡Dios mío, Dios
mío, qué linda estaba! ¡Qué mujer! Dime, por todo lo que quieras,
¿cómo es posible que exista una mujer así? La muchacha y el sirviente
corrieron en seguida a su encuentro, claro está, y casi la subieron
llevándola en vilo. Nosotros nos quedamos inmóviles, a derecha y a
izquierda de la puerta e hicimos un saludo muy cortés, como es
costumbre aquí. Ella se detuvo un poco, porque todavía no tenía
bastante aliento, ahora bien, no sé cómo ha sucedido eso en verdad; el
sufrir hambre ya tanto tiempo me había trastornado el juicio y además,
de cerca estaba más hermosa aún y tremendamente ancha y muy
maciza por todas partes, efectos de un corsé especial, puedo
mostrártelo luego, está en el armario. En pocas palabras, la toqué un
poquito por detrás, pero sólo muy ligeramente, ¿sabes?, sólo la toqué
así. Desde luego no puede tolerarse que un mendigo toque a una
señora rica. Por cierto, esto casi no era tocar siquiera; pero al fin de
cuentas y a pesar de todo era, sin embargo, tocar. Quién sabe qué
malas consecuencias hubiera tenido eso si Delamarche no me hubiera
dado, acto seguido, una bofetada, y una bofetada de tal categoría que
necesité inmediatamente de mis dos manos, ya que las reclamaba mi
mejilla.
–¡Las cosas que habéis hecho! –dijo Karl sentándose en el suelo
fascinado completamente por aquella historia–. ¿Y era Brunelda?
–Sí, pues –dijo Robinsón–, era Brunelda.
–Pero, ¿no dijiste una vez que es cantante? –preguntó Karl.
–Por supuesto que es cantante, y una gran cantante –replicó Robinsón,
que estaba haciendo correr sobre la lengua una gran masa de
bombones y que, de vez en cuando, apretaba con el dedo algún trozo
que había sido empujado fuera de la boca, obligándolo así a volver
adentro–. Pero, naturalmente, entonces no lo sabíamos todavía; sólo
veíamos que era una dama, muy rica y muy distinguida. Ella hizo como
si nada hubiese sucedido y tal vez ni siquiera hubiera sentido nada,
pues yo realmente sólo la había rozado con la punta de los dedos. Pero
se quedó mirando a Delamarche sin quitarle los ojos de encima, y éste
–como suele acertar siempre en todas las cosas– le devolvió esa
mirada, mirándola a su vez también derecho a los ojos. Después de lo
cual, ella le dijo: «Ven, entra por un ratito», e indicó con la sombrilla el
departamento abierto, queriendo significar con ello que Delamarche la
precediera. Luego entraron los dos y la servidumbre cerró la puerta tras
ellos. A mí me olvidaron afuera y entonces pensé que tanto, tanto no
iba a tardar en el asunto y me senté en la escalera para esperar a
Delamarche. Pero en lugar de Delamarche salió un sirviente y me trajo
un plato completamente lleno de sopa. «Una atención de Delamarche»,
me dije. El sirviente se quedó un rato de pie, a mi lado, y me contó
algunas cosas sobre Brunelda; entonces comprendí qué importancia
podía tener para nosotros esa visita a Brunelda. ¡Porque Brunelda era
una mujer divorciada, tenía una gran fortuna y vivía con independencia
absoluta! Su ex marido, un fabricante de chocolate, seguía por cierto
amándola; pero ella no sentía trato alguno con él. Iba él muy a menudo
al departamento, muy elegante siempre, ataviado como si fuera a un
casamiento –todo esto es verdad palabra por palabra porque lo conozco
yo mismo–, pero el criado, por grande que fuera el soborno, no se
atrevía a preguntar a Brunelda si ella lo recibiría, pues varias veces se
lo había preguntado y, cada vez, Brunelda le había arrojado a la cara lo
que en ese preciso momento tenía a mano. Cierta vez hasta le tiró su
calientapiés de agua caliente y en esa oportunidad le sacó un diente
anterior. Sí, Rossmann, ¡estás abriendo la boca ahora!
–Y, ¿cómo conoces tú al marido? –preguntó Karl.
–A veces sube también hasta aquí –dijo Robinsón.
–¿Aquí arriba? –tan asombrado estaba Karl que dio una ligera palmada
en el piso.
–Asómbrate, pues –continuó Robinsón–; yo mismo también me quedé
asombrado cuando me lo contó entonces el criado. Imagínate, cuando
no estaba Brunelda en la casa el hombre se hacía conducir a sus
habitaciones por el sirviente y se llevaba siempre alguna cosita
insignificante de recuerdo y, en cambio, dejaba siempre alguna cosa
muy cara y fina para Brunelda; al criado le prohibía severamente decir
de quién era. Pero cierta vez, cuando había llevado algo de porcelana –
según decía el sirviente y lo creo–, algo realmente impagable, Brunelda
debe de haberlo reconocido de alguna manera; pues lo arrojó al suelo
inmediatamente y lo pisoteó y escupió encima e hizo algunas otras
cosas más, de manera que el criado apenas pudo llevárselo de allí,
tanto era el asco que le daba.
–Pero, ¿qué le ha hecho a ella ese hombre? –preguntó Karl.
–En realidad, no lo sé –dijo Robinsón–; pero creo que nada especial. Él
mismo, por lo menos, no lo sabe, pues ya he hablado con él más de
una vez al respecto. Me espera diariamente allí, en esa esquina; si voy,
tengo que contarle las novedades; si no puedo ir, espera media hora y
luego se va. Para mí constituía una buena ganancia de carácter
extraordinario, pues pagaba esas noticias muy generosamente; pero
desde que Delamarche se enteró del negocio, tengo que entregarle todo
a él y por eso, ahora, voy allí con menor frecuencia.
–Pero, ¿qué quiere el hombre? –preguntó Karl–. ¿Qué es lo que quiere?
Ya ve, pues, que ella no quiere nada con él.
–Sí –suspiró Robinsón. Encendió un cigarrillo y, entre grandes giros de
su brazo, iba exhalando el humo hacia lo alto. Pero luego pareció
cambiar de decisión y dijo: –¿Qué me importa eso? Lo único que yo sé
es que él daría mucho dinero si le permitieran estar aquí en el balcón,
acostado como nosotros.
Karl se levantó, se apoyó en la balaustrada y miró hacia abajo, hacia la
calle. La luna ya era visible, pero aún no llegaba su luz hasta lo hondo
de la calle. Esa calle, tan desierta durante el día, estaba atestada de
gente, en especial delante de las puertas principales de las casas;
estaban todos en movimiento; era un movimiento lento, torpe;
destacábanse débilmente en la oscuridad las mangas de camisa de los
hombres y los vestidos claros de las mujeres y todos andaban con la
cabeza descubierta.
Los muchos balcones de los alrededores veíanse ahora ocupados en su
totalidad; allí se reunían las familias a la luz de una bombilla eléctrica y,
según el tamaño del balcón, permanecían o bien sentadas en torno de
una mesita, o simplemente en sillas apostadas en hileras, o al menos,
asomaban las cabezas de los cuartos. Los hombres se sentaban
esparrancados, sacando los pies fuera de los balaustres, y leían diarios
que casi llegaban hasta el suelo o jugaban a los naipes, en apariencia
silenciosos, pero dando fuertes golpes en las mesas. Las mujeres tenían
las faldas llenas de trabajo de costura y sólo de vez en cuando
disponían de una breve mirada para las cosas que las rodeaban o para
la calle. Una mujer rubia y de aspecto débil bostezaba sin cesar en el
balcón vecino y al mismo tiempo ponía los ojos en blanco; levantaba a
cada bostezo una prenda de ropa que estaba remendando, para
cubrirse con ella la boca. Aun en los balcones más pequeños, se las
componían los niños para correr y perseguirse mutuamente, lo que
molestaba muchísimo a los padres.
En el interior de muchos cuartos había fonógrafos que emitían música
de canto u orquestal, pero nadie se preocupaba gran cosa por esa
música; sólo de vez en cuando el jefe de la familia hacía una seña, y
alguien entraba corriendo en el cuarto para cambiar el disco. En
muchas ventanas veíase a parejas de amantes completamente
inmóviles; en una de las ventanas, enfrente mismo de Karl, hallábase
una de esas parejas, de pie: el joven rodeaba con su brazo a la
muchacha y oprimía con la mano su pecho.
–¿Conoces a alguien de la gente de al lado? –preguntó Karl a Robinsón,
quien ahora también se había incorporado, después de envolverse, ya
que estaba tiritando de frío, en la manta de Brunelda, que había
sumado a la que ya usaba.
–Casi a nadie; precisamente eso es lo malo de mi situación –dijo
Robinsón, y atrajo hacia sí a Karl, para poder susurrarle al oído–; de
otra manera, no tendría, en verdad, de qué quejarme por el momento.
Ya ves que Brunelda ha vendido por Delamarche todo lo que tenía y se
ha mudado con todas sus riquezas aquí, a esta vivienda de suburbio,
sólo para poder dedicarse por entero a él y para que nadie los moleste.
Por otra parte, éste era también el deseo de Delamarche.
–¿Y ha despedido a la servidumbre? –preguntó Karl.
–Exactamente –dijo Robinsón–, ¿dónde quieres que alojen aquí a la
servidumbre? Esos sirvientes son unos señores muy exigentes. Cierto
día, en la casa de Brunelda, echó Delamarche a uno de esos sirvientes
del cuarto, lo echó sencillamente a bofetadas; caían, una tras otra,
hasta que el hombre estuvo afuera. Claro que los otros sirvientes se
unieron a él y armaron un gran barullo delante de la puerta y entonces
salió Delamarche (yo no era entonces sirviente, sino amigo de la casa,
pero convivía, sin embargo, con los sirvientes) y preguntó: «¿Qué
queréis?» El más viejo de los sirvientes, un tal Isidor, repuso: «Usted
nada tiene que hablar con nosotros; nuestra ama es la señora». Como
has de notarlo, probablemente, querían ellos muchísimo a Brunelda.
Pero Brunelda, sin hacer caso de ellos, corrió hasta Delamarche
(entonces, por cierto, no estaba todavía tan pesada como ahora), lo
abrazó y lo besó delante de todos, llamándolo «queridísimo
Delamarche». Y «echa de una vez a estos monos», dijo finalmente.
Monos, era para los sirvientes; imagínate las caras que pusieron. Luego
atrajo Brunelda la mano de Delamarche hacia el bolso que llevaba en el
cinturón; Delamarche metió la mano y comenzó, pues, a pagar las
cuentas de los sirvientes. La única participación de Brunelda en ese
pago fue quedarse de pie, con el saquillo abierto que pendía de su
cinturón. Muchas veces tuvo Delamarche que meter la mano allí, pues
partía el dinero sin contarlo y sin examinar las pretensiones. Finalmente
dijo: «Puesto que no queréis hablar conmigo, os digo en nombre de
Brunelda que os larguéis inmediatamente». Así fueron despedidos.
Hubo luego algunos pleitos todavía; Delamarche hasta tuvo que
comparecer una vez ante la justicia, pero de eso no sé nada cierto. Sólo
sé que inmediatamente después de haber despedido a los sirvientes le
dijo Delamarche a Brunelda: «Y ahora, ¿te quedas sin servidumbre?»
Ella dijo: «Pero ahí está Robinsón.» Por lo cual me dio Delamarche una
palmada en el hombro y al mismo tiempo dijo: «Bueno, tú serás
nuestro sirviente.» Y Brunelda me dio luego unas palmaditas en la
mejilla. Si se presenta la ocasión, Rossmann, deja que alguna vez
también a ti te palmotee la mejilla; quedarás asombrado de lo
agradable que es eso.
–¿De manera que te convertiste en sirviente de Delamarche? –dijo Karl
resumiendo.
Robinsón percibió el tono de compasión de esta pregunta y respondió:
–Sí, soy sirviente; pero sólo poca gente se da cuenta de ello. Ya lo ves,
tú mismo no lo sabías, a pesar de que hace ya un buen rato que estás
con nosotros. Ya has visto cómo andaba yo vestido cuando fui al hotel.
Llevaba puesto lo más fino de lo más fino. ¿Se visten acaso así los
sirvientes? Sólo que el asunto es éste: yo no puedo salir a menudo;
necesitan tenerme a mano, pues en la casa hay siempre algo que
hacer. Es que una sola persona no alcanza a cumplir tanto trabajo.
Como tal vez lo habrás notado, tenemos muchísimas cosas dispersas en
la habitación; lo que no pudimos vender con motivo de la gran
mudanza, lo hemos traído. Claro que hay muchas cosas que hubieran
podido regalarse, pero Brunelda no regala nada. Imagínate el trabajo
que dio subir por la escalera hasta aquí todas esas cosas.
–Robinsón, ¿tú has subido todo eso? –preguntó Karl.
–¿Y quién sino yo? –dijo Robinsón–. Había también un obrero
ayudante, un gran haragán; tuve que hacer la mayor parte del trabajo
yo solo. Brunelda quedó abajo, junto al carro; Delamarche disponía
arriba dónde había que poner las cosas y yo corría constantemente
yendo y viniendo. Nos llevó dos días; muchísimo tiempo, ¿no es cierto?
Pero tú ni siquiera sabes cuántas cosas hay aquí en este cuarto; todos
los armarios están llenos y detrás de los armarios está todo repleto de
cosas hasta el techo. Si se hubiera empleado a unas cuantas personas
para el transporte bien pronto todo habría estado listo, pero Brunelda
no quería confiárselo a nadie más que a mí. Estaba eso muy bien, pero
yo en esa oportunidad me estropeé la salud para toda mi vida, y ¿qué
otra cosa tenía yo, además de mi salud? Ahora, por el menor esfuerzo
que haga, ya siento punzadas aquí, aquí y aquí. ¿Crees acaso que esos
chicos del hotel, esos renacuajos (pues qué otra cosa son), hubieran
podido vencerme alguna vez, si yo hubiera estado sano? Pero tenga lo
que tuviere, a Delamarche y a Brunelda no les diré ni una palabra,
trabajaré mientras pueda y cuando ya no pueda más, me echaré para
morir; y sólo entonces, demasiado tarde, verán ellos que he estado
enfermo y que, sin embargo, he seguido trabajando sin cesar, y que a
su servicio me he matado trabajando. ¡Ay, Rossmann! –dijo finalmente
y se enjugó los ojos con la manga de la camisa de Karl. Después de un
breve rato, dijo–: ¿No sientes frío? Te quedas ahí, en camisa.
–Anda, Robinsón –dijo Karl–, a cada momento estás llorando. No creo
que estés tan enfermo. Tú tienes el aspecto de un hombre bastante
sano, pero como te quedas siempre aquí, acostado en el balcón, te
imaginas muchas cosas y nada más. Quizá sientas a veces una punzada
en el pecho, eso me ocurre a mí también, y a cualquiera. Si todos los
hombres quisieran llorar, como tú, por cualquier cosa sin importancia,
tendría que llorar toda esa gente que está en los balcones.
–Eso, mejor lo sé yo –dijo Robinsón que se restregaba los ojos con la
punta de su colcha–. El estudiante que vive aquí al lado, con esa mujer
que subarrienda la casa y que antes cocinaba también para nosotros,
me dijo el otro día al llevar yo de vuelta la vajilla: «Oiga usted,
Robinsón, ¿no está usted enfermo?» A mí me prohibieron hablar con
esa gente, de manera que no hice más que dejar la vajilla y quise
marcharme. Pero entonces él se me acercó y dijo: «Oiga, hombre, no
lleve usted las cosas a tal extremo; usted está enfermo.» «Y bien, ¿qué
debo hacer?, se lo ruego», pregunté. «Eso es asunto suyo», dijo él, y
me volvió la espalda. Los otros que estaban allí, sentados a la mesa, se
echaron a reír. Es que tenemos aquí enemigos en todas partes y por
eso me retiré; era mejor.
–De manera que a la gente que se divierte a tu costa la crees y a la
gente que quiere tu bien no la crees.
–Pero soy yo el que debe de saber cómo me siento –se encrespó
Robinsón; mas acto seguido volvió al llanto.
–Es el caso que eres tú precisamente el que no sabe lo que tiene.
Deberías de buscarte algún trabajo como es debido, en lugar de seguir
aquí como un sirviente de Delamarche. Pues por cuanto puedo juzgar
yo, según tus relatos y según lo que yo mismo he visto, lo de aquí no
es servicio, es esclavitud. Ningún hombre podría soportarlo, ya lo creo.
Y tú, en cambio, crees que por ser amigo de Delamarche no tienes
derecho a abandonarlo. Esto es falso; si él no entiende ni ve la vida
miserable que estás llevando, no tienes tú la menor obligación para con
él.
–¿De manera que crees realmente, Rossmann, que podré reponerme si
dejo este servicio?
–Ciertamente –dijo Karl.
–¿Ciertamente? –volvió a preguntar Robinsón.
–Pero ciertamente, sin duda –dijo Karl sonriendo.
–Pues entonces podría empezar a reponerme en seguida
–dijo Robinsón con la mirada fija en Karl.
–¿Cómo es eso? –preguntó éste.
–Pues porque tú deberás encargarte aquí de mi trabajo –respondió
Robinsón.
–¿Y quién te ha dicho tal cosa? –preguntó Karl.
–¡Pero si éste es un viejo proyecto! Ya desde hace algunos días se
habla de eso. La cosa comenzó al reñirme Brunelda por no mantener
bastante limpio el departamento. Claro que prometí que sin demora lo
arreglaría todo. Ahora bien, eso resulta muy difícil. Yo, por ejemplo, en
mi estado, no puedo meterme en todos los rincones para quitar el
polvo. Ni en el centro de la habitación puede uno moverse con libertad,
¡cuánto menos entonces entre los muebles y las cosas depositadas! Y si
uno quiere limpiarlo bien todo, es necesario mover los muebles de su
lugar, ¿y que yo solo haga eso? Además, todo eso debería hacerse en
medio del mayor silencio ya que no se puede molestar a Brunelda, y
ella apenas si abandona la habitación. De manera que he prometido por
cierto limpiarlo todo, pero de hecho no lo he limpiado. Cuando Brunelda
lo advirtió, le dijo a Delamarche que eso no podía seguir así y que
habría que tomar un sirviente auxiliar. «No quiero, Delamarche –decía
ella–, que alguna vez me reproches el no haber llevado bien la casa. Yo
misma no puedo hacer ningún esfuerzo, sin duda reconocerás esto, y
Robinsón no basta. Al comienzo estaba tan fresco y ágil que atendía a
todo; pero ahora está constantemente cansado y se queda casi siempre
sentado en un rincón. Y una habitación con tantas cosas como la
nuestra, no se arregla sola, ni se mantiene arreglada por sí sola.» Y
entonces Delamarche se puso a pensar qué era lo que podía hacerse en
tal caso, pues a una persona cualquiera naturalmente no puede
tomársela en una casa como ésta, ni siquiera para prueba, ya que
desde todas partes nos están espiando. Pero como soy buen amigo
tuyo y supe por Renell cómo tenías que afanarte en el hotel, te propuse
a ti. Delamarche en seguida estuvo de acuerdo, a pesar de que aquella
vez te habías insolentado con él, y yo, como es natural, quedé muy
contento de poder serte tan útil. Pues para ti, este puesto está hecho
como a medida: tú eres joven, fuerte y ágil, mientras que yo ya no
valgo para nada. Sólo que debo advertirte, eso sí, que todavía no estás
aceptado, de ninguna manera; si no le gustas a Brunelda, no nos sirves
de nada. De modo que haz todo lo posible y esfuérzate mucho por
resultarle agradable, y lo demás déjalo por mi cuenta.
–¿Y tú qué vas a hacer cuando yo sea sirviente aquí? –preguntó Karl;
¡se sentía tan libre!
El primer susto que le habían causado las noticias de Robinsón había
pasado. Por lo tanto, Delamarche no tenía con él intenciones peores
que las de hacerlo sirviente –pues si verdaderamente hubiera tenido
peores intenciones, ese charlatán de Robinsón sin duda se las habría
revelado–, y si así estaban las cosas, se atrevía Karl a llevar a cabo la
despedida aun esa misma noche. No se le puede forzar a nadie a
aceptar un empleo. Y mientras que antes le había preocupado a Karl la
cuestión de si, después de haber sido despedido del hotel, encontraría
un puesto conveniente y no inferior, en lo posible, lo bastante pronto
como para salvarse del hambre, le parecía ahora que en comparación
con éste que allí se le reservaba, que le resultaba en verdad repelente,
cualquier otro empleo sería suficientemente bueno; y hasta la miseria
de la desocupación le parecía preferible. Pero ni siquiera intentó
hacérselo comprender a Robinsón, más aún porque Robinsón no podía
juzgar ahora absolutamente nada, embargado como estaba por la
esperanza de verse aligerado con el trabajo de Karl.
–De manera que –dijo Robinsón acompañando su discurso con
placenteros ademanes (tenía los codos apoyados en la balaustrada)–
primero te lo explicaré todo y te enseñaré las existencias. Tú eres culto
y seguramente tienes buena letra también, de manera que podrás
hacer en seguida una lista de todas las cosas que aquí tenemos. Hace
rato que Brunelda desea tener esa lista. Si mañana por la mañana hace
buen tiempo, rogaremos a Brunelda que se siente en el balcón y entre
tanto podremos trabajar tranquilamente en la habitación sin molestarla.
Pues en este sentido, Rossmann, debes tener cuidado ante todo. No
molestar a Brunelda por nada del mundo. Ella lo oye todo; seguramente
tiene oído tan sensible porque es cantante. Así, por ejemplo, tú sacas
rodando el barril de aguardiente que está detrás del armario; esto hace
ruido porque es pesado y porque allí hay dispersas por todas partes
muchísimas cosas, de modo que, para sacarlo, no es posible hacerlo
rodar de un solo tirón. Brunelda, por ejemplo, está tranquilamente
acostada en el canapé, cazando moscas, porque éstas, en general, le
molestan mucho. Tú, entonces, crees que no hace caso de ti y sigues
haciendo rodar tu barril. Ella aún continúa tranquila. Pero en el
momento en que menos te esperas tal cosa y cuando menos ruido
haces, se incorpora ella de repente y se queda sentada y golpea el
canapé con las dos manos que ni se la ve por el polvo que levanta
(desde que estamos aquí no he sacudido el canapé; no puedo hacerlo,
ella está siempre encima) y comienza a gritar horrorosamente, como un
hombre, y así se queda gritando durante horas. Que cante ya se lo han
prohibido los vecinos, pero nadie puede prohibirle que grite; ella tiene
que gritar. Por otra parte esto ahora sucede ya sólo rara vez, pues
Delamarche y yo nos hemos tornado muy prudentes y cautelosos.
Además, el gritar le ha hecho mucho daño. Una vez se desmayó y yo
(Delamarche no estaba en ese momento) tuve que llamar al estudiante
de al lado; éste la roció con un líquido de una botella grande, lo que
ciertamente produjo un buen efecto; pero el tal líquido tenía un olor
insoportable. Aun ahora mismo se huele todavía si se acerca la nariz al
canapé. El estudiante es, sin duda, enemigo nuestro, como todos aquí;
tú también deberás andar con cuidado frente a todo el mundo y no
meterte con nadie.
–Oye, Robinsón –dijo Karl–, pero es un servicio bien pesado éste; para
bonito puesto me has recomendado.
–No te preocupes –dijo Robinsón, y movió la cabeza cerrando los ojos
para disipar así todas las posibles preocupaciones de Karl–; el puesto
tiene también sus ventajas, como no te las puede brindar ningún otro.
Te quedas constantemente en la proximidad de una dama como
Brunelda, duermes a veces en el mismo cuarto que ella, y esto, como
bien puedes imaginártelo, supone por cierto múltiples encantos. Te
pagarán espléndidamente, pues dinero hay a raudales. Yo, como amigo
de Delamarche, no recibo nada; sólo cuando salgo, Brunelda me da
siempre algo; pero a ti, naturalmente, te pagarán como a cualquier
sirviente, puesto que tampoco eres otra cosa. Pero lo más importante
para ti es el hecho de que yo he de facilitarte muchísimo el desempeño
de tu labor. Al comienzo, desde luego, no. haré nada, ya que debo
reponerme; pero no bien esté un poco repuesto, ya podrás contar
conmigo. Y en general me quedaré yo con el servicio personal de
Brunelda; esto es con las tareas de peinarla y vestirla, en cuanto no las
atienda Delamarche. Tú sólo tendrás que ocuparte del arreglo de la
habitación, de encargos y de los quehaceres domésticos más pesados.
–No, Robinsón –dijo Karl–; todo esto no me tienta.
–No hagas tonterías, Rossmann –dijo Robinsón muy cerca de la cara
de Karl–; no desperdicies esta magnífica ocasión. ¿Dónde conseguirás
en seguida un puesto? ¿Quién te conoce? ¿A quién conoces tú?
Nosotros, dos hombres que ya hemos pasado por muchas cosas y que
tenemos gran experiencia, anduvimos durante semanas sin conseguir
trabajo. No es fácil, no; es hasta desesperadamente difícil.
Karl asintió asombrándose de cuán cuerdamente sabía hablar Robinsón.
Para él, claro está, esos consejos no tenían validez; él no podía
quedarse allí; en esa gran ciudad seguramente hallaría algún lugarcito
para él. Durante toda la noche, eso lo sabía, estaban atestadas de
gente todas las fondas, se necesitaba servidumbre para los huéspedes
y en esto él ya tenía cierta práctica. Ya sabría incorporarse, pronto y sin
llamar la atención, a cualquier establecimiento. Precisamente, en la
casa de enfrente estaba instalada una pequeña fonda, de la cual surgía
una música muy sonora. La entrada principal estaba cubierta tan sólo
por una gran cortina amarilla que a veces, movida por una corriente de
aire, flameaba poderosamente hacia afuera, hacia la calle.
Por lo demás, el ruido de la calle se había calmado muchísimo. La
mayor parte de los balcones quedaban a oscuras; sólo a lo lejos se veía
todavía, y aquí o allá, alguna luz aislada, pero apenas se quedaba uno
mirándola un rato ya se levantaba allí también la gente y mientras
todos se agolpaban por volver a la habitación un hombre acercaba la
mano a la bombilla y, quedándose el último en el balcón, apagaba la luz
después de echar a la calle una rápida mirada.
«Pero si ya está comenzando la noche –se dijo Karl–, y si me quedo
aquí más tiempo todavía, ya seré uno de ellos.» Se volvió y se dispuso
a descorrer la cortina que colgaba ante la puerta de la habitación.
–¿Qué es lo que quieres? –preguntó Robinsón interponiéndose entre
Karl y la cortina.
–Irme, quiero irme –dijo Karl–. ¡Déjame! ¡Déjame!
–Pero no irás a estorbarlos –exclamó Robinsón–, ¡no se te vaya a
ocurrir!
Rodeando con sus brazos el cuello de Karl, colgóse de él con todo su
peso; entrelazó con sus piernas las de Karl y así lo arrastró en un
momento al suelo. Pero entre los ascensoristas Karl había aprendido a
pelear un poco; le asentó a Robinsón un puñetazo bajo el mentón,
aunque sólo débilmente y con sumo cuidado. Robinsón alcanzó todavía
a darle a Karl, rápidamente y sin ninguna consideración, un fuerte
rodillazo en el vientre; pero luego, con las dos manos en el mentón,
rompió a llorar a gritos, tanto que un hombre del balcón vecino,
golpeando salvajemente las manos, ordenó: «¡Silencio!»
Un rato todavía se quedó Karl silenciosamente acostado, para
sobreponerse al dolor que el golpe de Robinsón le había causado. Se
limitaba a volver la cara hacia la cortina, que colgaba pesada y
tranquila ante el cuarto, que, por lo visto, seguía a oscuras. ¡Pero si ya
nadie parecía estar en ese cuarto!, quizá Delamarche había salido con
Brunelda, con lo que Karl ya tendría plena libertad. Robinsón, que se
conducía realmente como un perro guardián, estaba definitivamente
descartado.
Resonaron entonces desde la calle, a lo lejos, en forma intermitente,
tambores y clarines. Gritos aislados, proferidos por mucha gente, se
reunieron pronto en una gritería general. Karl volvió la cabeza y vio
cómo se volvían a animar todos los balcones. Se irguió lentamente, no
podía levantarse del todo y tenía que apoyarse contra la balaustrada
con todo su peso. Abajo sobre la acera, marchaban a grandes pasos
unos muchachos jóvenes con los brazos extendidos y las gorras en alto,
vueltas las caras hacia atrás. La calzada quedaba todavía libre. Algunos
agitaban, sobre unos palos altos, farolillos de papel envueltos en humo
amarillo. Precisamente surgían a la luz los tamborileros y los trompetas,
en anchas filas, y Karl se asombraba de su gran cantidad cuando
percibió voces detrás de sí. Se volvió y descubrió que Delamarche
levantaba la pesada cortina y que luego surgía de la oscuridad del
cuarto Brunelda, con el vestido rojo, con una mantilla de encaje sobre
los hombros y una pequeña cofia oscura sobre el cabello,
probablemente despeinado y sólo amontonado a la ligera con puntas
que asomaban sueltas, aquí y allí. Sostenía en la mano un pequeño
abanico desplegado, pero no lo movía, sólo lo estrechaba fuertemente
contra sí.
Karl se hizo a un lado, deslizándose a lo largo de la balaustrada, para
dejar sitio a los dos. Seguramente nadie lo obligaría a quedarse allí y
aunque Delamarche quisiera intentarlo, Brunelda lo dejaría partir
inmediatamente, si él se lo pidiera, pues ella ni podía sufrirlo; le
asustaban sus ojos. Pero apenas dio un paso hacia la puerta, lo advirtió
ella, sin embargo, y dijo:
–¿Adónde vas, chiquillo?
Karl se detuvo ante las miradas severas de Delamarche, y Brunelda lo
atrajo hacia sí.
–¿No quieres ver el desfile de abajo? –dijo Brunelda empujándolo hacia
adelante, hacia la balaustrada–. ¿Sabes de qué se trata? –le oyó decir
Karl a sus espaldas, y sin ningún éxito intentó un movimiento
involuntario para sustraerse a su presión. Tristemente se quedó
mirando hacia abajo, hacia la calle, como si allá estuviera el motivo de
su tristeza.
Delamarche se apostó primero con los brazos cruzados a espaldas de
Brunelda, pero luego corrió al cuarto y le trajo los gemelos de teatro.
Abajo, tras los músicos, había aparecido la parte principal del cortejo. A
horcajadas sobre los hombros de un hombre gigantesco iba sentado un
señor del que no se veía, desde aquella altura, otra cosa que la calva,
de un brillo mortecino, por encima de la cual mantenía en alto su
sombrero de copa en saludo perpetuo. Alrededor de él llevaban, al
parecer, grandes carteles de madera que, vistos desde el balcón,
parecían completamente blancos; la disposición había sido tomada de
manera que esos carteles se enderezaran verdaderamente, desde todos
los lados, hacia el señor, el cual sobresalía, elevado entre ellos. Puesto
que todo estaba en marcha, esa muralla de carteles que rodeaba al
señor se aflojaba constantemente y volvía luego a ordenarse sin cesar.
En un ámbito mayor, todo el ancho de la calle en torno del señor –
aunque por la oscuridad sólo alcanzaba a dominarse un trecho
insignificante de su extensión–, estaban los secuaces de aquel hombre
que venían palmoteando y anunciando, en ampulosa cantilena, algo que
era probablemente el apellido del señor, un apellido brevísimo pero
incomprensible. Algunos individuos, distribuidos hábilmente entre la
multitud, llevaban unos focos de automóvil que difundían una luz
potente en sumo grado, y recorrían lentamente con la misma las casas,
de abajo arriba y de arriba abajo, a ambos costados de la calle. A la
altura donde se hallaba Karl ya no molestaba aquella luz; pero en los
balcones más bajos se veía a la gente a la que alcanzaba ese rayo
protegerse apresuradamente los ojos con las manos.
Delamarche, accediendo a los ruegos de Brunelda, trató de averiguar
por la gente del balcón vecino qué significaba aquel acto. Karl tenía
cierta curiosidad por saber si le contestarían y cómo. Y, en efecto,
Delamarche tuvo que preguntar tres veces, sin recibir respuesta. Ya se
inclinaba peligrosamente sobre la balaustrada. Brunelda golpeó
levemente con el pie en el piso por el disgusto que le causaban aquellos
vecinos. Karl sintió sus rodillas. Finalmente vino, con todo, alguna
contestación; pero al mismo tiempo, en ese balcón atestado de gente,
todos se echaron a reír estrepitosamente; a lo cual Delamarche
respondió gritando algo tan alto, que si en ese momento no hubiera
sido tan fuerte el ruido en toda la calle hubieran tenido que advertirlo,
sorprendidos, todos a la redonda. Pero, de todas maneras, eso tuvo por
efecto que la risa se acallara con una prontitud bien poco natural.
–En nuestro distrito elegirán juez mañana y el que llevan allá abajo es
uno de los candidatos –dijo Delamarche al volver junto a Brunelda,
completamente calmado–. ¡Cosa rara! –exclamó luego golpeándole a
Brunelda cariñosamente la espalda–. Ya ni siquiera sabemos lo que
sucede en el mundo.
–Delamarche –dijo Brunelda a propósito de la conducta de los vecinos–
, cuánto me gustaría mudarme de casa, si no fuese tan fatigoso. Pero
desgraciadamente no puedo animarme a hacerlo. –Y entre hondos
suspiros, inquieta y distraída, jugueteaba con la camisa de Karl, que
trataba de apartar tenazmente, y en lo posible sin llamar la atención,
aquellas manecitas regordetas; cosa que por otra parte le resultó
bastante fácil, pues Brunelda no estaba pensando en él; muy otros eran
los pensamientos que la ocupaban.
Pero también Karl olvidó pronto a Brunelda y toleró sobre sus hombros
la carga de sus brazos, pues los sucesos de la calle lo absorbían
sobremanera. Por disposición de un pequeño grupo de hombres –que
gesticulando marchaban justo delante del candidato y cuyas
conversaciones debían de tener un significado especial, pues se veía
que desde todas partes inclinábanse hacia ellos rostros atentos– se hizo
un alto frente a la fonda. Uno de esos hombres competentes hizo, con
la mano levantada, una señal, destinada tanto a la muchedumbre como
al candidato. La muchedumbre enmudeció, y el candidato, intentando
varias veces ponerse de pie sobre los hombros de su portador y
cayendo reiteradamente en su asiento, pronunció un pequeño discurso
durante el cual iba agitando, con pasmosa rapidez, su sombrero de
copa alta. La escena se veía con toda claridad, pues durante su discurso
caían sobre él los haces de luz de todos los focos de los automóviles, de
manera que se hallaba en el centro de una estrella luminosa.
Pero por otra parte ya se notaba el interés que el asunto iba cobrando
para toda la calle. En los balcones ocupados por los partidarios del
candidato comenzaban a acompañar aquella cantilena de su apellido,
coreándola, y a golpear maquinalmente las manos que se adelantaban
por encima de la balaustrada. En los otros balcones, que hasta estaban
en mayoría, levantóse un fuerte canto contrario, que ciertamente no
tenía ningún efecto uniforme, puesto que se trataba de los secuaces de
diversos candidatos. En cambio, todos los enemigos del candidato
presente se unieron, además, en una rechifla general y en muchas
partes hasta pusieron nuevamente en marcha los fonógrafos.
De balcón a balcón se dirimían diferencias políticas en medio de una
gran excitación, realzada aún más por la hora nocturna. Los más ya
vestían ropa de dormir y se habían limitado a cubrirse con unos
abrigos; las mujeres se envolvían en grandes mantones oscuros; los
niños, descuidados, trepaban –cosa que daba miedo– sobre los salidizos
de los balcones y surgían, en número creciente, de los cuartos oscuros,
en los cuales ya habían estado durmiendo.
De vez en cuando, objetos aislados, indefinibles, volaban en dirección a
los adversarios, arrojados por los que se acaloraban extremadamente;
a veces alcanzaban su blanco, pero las más veces caían a la calle y allí
provocaban a menudo aullidos de furia. Si el ruido se hacía abajo
demasiado recio a los ojos de los organizadores, los tamborileros y los
trompeteros recibían la orden de intervenir y su toque atronador,
ejecutado con el máximo de sus fuerzas que parecían infinitas, sofocaba
todas las voces humanas hasta lo más alto de los techos de las casas. Y
siempre cesaba ese toque tan repentinamente que apenas podía
creerse y entonces la turbamulta de la calle, evidentemente ejercitada
para ello, rugía hacia las alturas su estribillo partidario –a la luz de los
focos de los automóviles se veían una por una las bocas ampliamente
abiertas–, hasta que los adversarios, que entretanto se habían
recobrado, lanzaban desde todos los balcones y ventanas su grita con
decuplicado vigor, acallando así por completo al partido de abajo,
después de su breve victoria. Al menos así se presentaban las cosas
apreciadas desde aquella altura.
–¿Qué tal?, ¿te gusta, chiquillo? –preguntó Brunelda, la que, muy
apretada contra Karl, se volvía hacia un lado y hacia otro a fin de
abarcar, en lo posible, todo lo que se pudiera ver a través de los
gemelos.
Karl sólo respondió meneando la cabeza. De paso se daba cuenta de
que Robinsón ponía todo su celo en comunicar a Delamarche diversas
cosas evidentemente relacionadas con la conducta de Karl; pero
Delamarche no parecía dar a todo eso ninguna importancia, pues sólo
trataba constantemente de hacer a un lado a Robinsón con la mano
izquierda, pues con la derecha rodeada a su Brunelda.
–¿No quieres mirar a través de los gemelos?–preguntó Brunelda
dándole a Karl unos golpecillos en el pecho para dar a entender que se
dirigía a él.
–Veo bastante –dijo Karl.
–Pruébalo, pues –dijo ella–, así verás mejor.
–Tengo buena vista –respondió Karl–; lo veo todo.
No interpretó como una amabilidad que ella le aproximara los gemelos
a los ojos, sino que tan sólo sintió una molestia; y realmente no dijo
ella más que la sola palabra «¡tú!» en tono melodioso pero
amenazante. Y ya tenía Karl los gemelos ante sus ojos y ahora, en
efecto, no veía nada.
–Si no veo nada –dijo queriendo librarse de los gemelos; pero ella los
sostuvo firmemente y él no podía desplazar ni hacia atrás ni hacia un
lado su cabeza, que estaba encajada en el pecho de ella.
–Pero ahora sí, ahora ya ves –dijo haciendo girar el tornillo de los
gemelos.
–No, pues, sigo sin ver nada –dijo Karl, y pensó que, sin quererlo, ya
había exonerado en efecto a Robinsón: los caprichos insoportables de
Brunelda se descargaban ahora sobre él.
–¿Y cuándo verás por fin? –dijo, y siguió haciendo girar el tornillo;
ahora tenía Karl toda la cara sumergida en su pesado aliento–. ¿Ahora?
–preguntó.
–¡No, no, no! –exclamó Karl, a pesar de que ya, en verdad, podía
distinguir todas las cosas aunque con escasa nitidez. Pero en ese
momento tenía Brunelda algo que hacer con Delamarche, ya sólo
sostenía los gemelos flojamente ante la cara de Karl y éste podía, sin
que ella lo notara, mirar a la calle por debajo de los gemelos. Un
momento después ya no insistió Brunelda tampoco en su deseo y usó
los gemelos para sí.
De la fonda había salido un mozo que, dejando el umbral y yendo y
viniendo de un lado para otro, recogía los pedidos de los dirigentes. Se
le veía estirarse mucho para ver bien el interior del local y llamar en su
ayuda a todo el personal de servicio disponible. Durante esos
preparativos, que por lo visto iban destinados a un gran convite al aire
libre, el candidato no cesaba de hablar. Su portador, el hombre
gigantesco que le servía exclusivamente a él, se volvía, después de
algunas frases, hacia uno y otro lado, girando un poco sobre sí mismo
para que el discurso pudiera llegar en todas las direcciones a la
muchedumbre que los rodeaba.
El candidato se mantenía casi constantemente muy encorvado e
intentaba dar a sus palabras la mayor fuerza de persuasión posible
mediante movimientos esporádicos de una de sus manos –la que tenía
libre– y del sombrero de copa que llevaba en la otra. Pero a veces, a
intervalos casi regulares, se exaltaba, se levantaba con los brazos
extendidos y ya no se dirigía con sus palabras a un grupo sino a la
totalidad; hablaba dirigiéndose a los habitantes de las casas, elevaba su
voz pretendiendo que llegara hasta las alturas de los pisos superiores y,
no obstante, quedaba fuera de toda duda que ya en los pisos inferiores
nadie podía oírlo; es más aún, que nadie hubiera querido escucharlo
aunque se hubiera dado tal posibilidad, pues en cada ventana y en cada
balcón había por lo menos un orador vociferante.
Entretanto algunos mozos llevaron de la fonda una tabla repleta de
vasos llenos, resplandecientes; era una tabla del tamaño de una mesa
de billar. Los jefes organizaron la distribución, que se llevó a cabo en
forma de un desfile frente a la puerta de la fonda. Pero a pesar de que
los vasos que estaban sobre la tabla volvían a ser llevados muchas
veces, no alcanzaban para semejante multitud; dos filas de muchachos
escanciadores tuvieron que partir, deslizándose a derecha y a izquierda
de la tabla, a fin de abastecer a la muchedumbre más lejana. El
candidato, desde luego, había dejado de hablar; aprovechó la pausa
para reconfortarse. Apartado de la muchedumbre y de la luz cegadora,
llevábalo su portador lentamente a un lado y a otro, y sólo algunos
adeptos le acompañaban y le hablaban, levantando hacia él sus caras.
–Mira al chiquillo –dijo Brunelda–; de tanto mirar se olvida de dónde
está. –Y sorprendió a Karl tomándole el rostro con ambas manos y
haciéndolo volverse hacia ella de manera que así pudo mirarle a los
ojos. Pero esto sólo duró un instante, pues inmediatamente sacudió
Karl sus manos disgustado porque no lo dejaban un rato en paz, y al
mismo tiempo muriéndose de ganas de irse a la calle y contemplarlo
todo de cerca; intentó entonces librarse con todas sus fuerzas de la
presión de Brunelda y dijo:
–Por favor, deje usted que me marche.
–Te quedarás con nosotros –dijo Delamarche, sin desviar la mirada de
la calle y se limitó a extender una mano para impedir que Karl se
marchara.
–Deja –dijo Brunelda rechazando la mano de Delamarche–, si ya se
queda. –Y apretó a Karl más fuertemente todavía contra la balaustrada;
para librarse habría tenido que luchar con ella. Y aunque hubiera
logrado vencerla, ¡qué habría conseguido con ello! A su izquierda
estaba Delamarche, a su derecha se había colocado ahora Robinsón; se
hallaba literalmente aprisionado.
–Puedes estar contento de que no se te eche –dijo Robinsón, y
palmoteó a Karl con una de sus manos que había pasado por debajo del
brazo de Brunelda.
–¿Echarlo? –dijo Delamarche–; a un ladrón escapado no se le echa, se
le entrega a la policía. Y esto puede pasarle ya mañana a primera hora,
si es que no se queda quieto, absolutamente quieto.
A partir de ese instante ya no le alegró a Karl el espectáculo que se
desarrollaba allá abajo, aunque seguía inclinado sobre la balaustrada,
claro está que por fuerza, ya que Brunelda le impedía mantenerse
erguido. Lleno de su propia pesadumbre, de sus preocupaciones
personales, con la mirada distraída veía a la gente de abajo; grupos de
unos veinte hombres se acercaban a la puerta de la fonda, cogían los
vasos, se volvían y los agitaban en dirección al candidato –ocupado
ahora con su propia persona– lanzando al mismo tiempo un saludo
partidario; vaciaban los vasos y los colocaban nuevamente sobre la
tabla –operación que debían de realizar con gran estrépito, aunque
resultaba imperceptible desde aquella altura– para dejar su lugar a otro
grupo que ya alborotaba de impaciencia. Por orden de los caudillos, la
banda que hasta entonces tocara dentro de la fonda había salido a la
calle; en medio de la oscura turbamulta resplandecían sus grandes
instrumentos de viento, pero su música casi se perdía en el ruido
general. Y ahora la calle, al menos del lado en que se encontraba la
fonda, se veía atestada de gente en una gran extensión. Llegaban
afluyendo desde arriba, por donde Karl llegó por la mañana en el
automóvil, y desde abajo viniendo del puente. Acudían corriendo y aun
las gentes de las casas no habían podido resistirse a la tentación de
intervenir en ese asunto con sus propias manos; en los balcones y en
las ventanas quedaban casi exclusivamente mujeres y niños mientras
que los hombres se agolpaban para salir en las puertas de las casas. Y
la música y el convite ya habían logrado su objeto, la asamblea era
suficientemente numerosa; uno de los jefes políticos flanqueado por
dos focos de automóvil hizo señas a la banda a fin de que cesara de
tocar; emitió un fuerte silbido e inmediatamente se vio acudir, pues se
había desviado un tanto, al portador con el candidato que llegaba a
través de una brecha abierta en el gentío por los partidarios.
Apenas hubo llegado a la puerta de la fonda comenzó el candidato su
nuevo discurso, en medio de la claridad de los focos de automóvil,
dispuesto en tal forma que rodeaban al hombre en estrecho círculo.
Pero ya todo resultaba mucho más difícil que antes; el portador ya no
tenía la menor libertad para moverse, el hacinamiento era demasiado
denso. Los partidarios más próximos, los que antes habían tratado de
aumentar el efecto de las palabras del candidato mediante todos los
recursos posibles, ahora debían esforzarse por permanecer en su
proximidad; unos veinte se mantenían asidos al portador, empleando
toda su fuerza. Pero ni aun ese hombre fuerte podía dar un solo paso
que dependiese de su propia voluntad y ya nadie podía pensar en una
posible influencia sobre la multitud por medio de avances o retrocesos
adecuados, o bien por determinados giros del portador.
La muchedumbre se agitaba en constantes oleadas, sin dirección
alguna; se recostaban unos sobre otros; ya nadie se mantenía erguido;
el número de los adversarios parecía haber engrosado muchísimo con el
nuevo público. El portador se había sostenido durante largo rato cerca
de la puerta de la fonda, pero ahora se dejaba arrastrar por la
corriente, al parecer sin ofrecer resistencia, calle arriba y calle abajo. El
candidato hablaba sin cesar, pero ya no resultaba del todo claro saber
si exponía su programa o si daba voces de socorro. Si no engañaban
todos los indicios, había aparecido también un candidato opositor, o
hasta varios; pues de vez en cuando veíase en medio de alguna luz,
que de pronto se encendía, a un hombre de rostro pálido y puños
cerrados, alzado por la muchedumbre, que pronunciaba un discurso
saludado por múltiples exclamaciones.
–Pero, ¿qué es lo que sucede? –preguntó Karl y, muy confundido, sin
poder tomar aliento, se dirigió a sus guardianes.
–Cómo se excita el chico con esto –dijo Brunelda a Delamarche, y
tomó a Karl de la barbilla para atraer hacia sí su cabeza. Pero Karl no lo
toleró y se sacudió (perdiendo realmente debido a los sucesos de la
calle toda consideración) tan fuertemente que Brunelda no sólo lo soltó,
sino que retrocedió de pronto dejándolo del todo libre.
–Ya has visto bastante –dijo, evidentemente enojada por la conducta
de Karl–; vete al cuarto y prepara las camas y todo para la noche.
Extendió la mano en dirección al cuarto. Pero ésta era, por cierto, la
dirección que Karl deseaba tomar desde hacía ya algunas horas; no
replicó, pues, ni una sola palabra. En aquel momento se oyó desde la
calle el estrépito de muchos vidrios haciéndose añicos. Karl no pudo
dominarse y se acercó una vez más a la balaustrada con un rápido
salto, para echar tan sólo fugazmente una mirada más hacia abajo.
Había salido airosa una conspiración de los adversarios, decisiva tal
vez: los focos de los automóviles de los secuaces, que con su fuerte luz
conseguían que al menos los sucesos principales ocurriesen ante la
totalidad del público, manteniendo con ello todas las cosas dentro de
ciertos márgenes, habían sido destrozados todos simultáneamente.
Rodeaba ahora al candidato y a su portador el mero e incierto
alumbrado común que, en su repentina propagación, producía el efecto
de una oscuridad total. Ni siquiera aproximadamente hubiera podido
indicarse ya dónde se hallaba el candidato, y lo engañoso de las
tinieblas se veía acrecentado aún más por un canto amplio, uniforme,
entonado en aquel preciso momento, que venía de abajo, del puente.
–¿No te dije acaso lo que ahora tienes que hacer? –dijo Brunelda–.
Apresúrate, estoy cansada –añadió; y levantó luego en alto los brazos,
y su pecho se arqueó más todavía que de costumbre.
Delamarche, que seguía rodeándola con el brazo, se fue con ella
arrastrándola a uno de los rincones del balcón. Robinsón los siguió para
apartar los restos de su comida, que todavía estaban allí.
Karl debía aprovechar esta oportunidad favorable; ya no había tiempo
para mirar abajo; de los sucesos de la calle aún vería bastante, y más
que desde allá arriba, cuando bajara. En dos saltos atravesó la
habitación alumbrada por una luz rojiza, pero la puerta estaba cerrada
y quitada la llave. Era cuestión de encontrar ahora esa llave, ¡pero
quién iba a encontrar una llave en medio de semejante desorden y más
aún en un tiempo tan breve y precioso como el que Karl tenía a su
disposición! En realidad, en ese momento ya debería de estar él en la
escalera, ya debería de estar corriendo y corriendo. ¡Y en cambio
estaba buscando la llave! La buscó en todos los cajones accesibles,
revolvió las cosas sobre la mesa, en la cual había dispersos varios
objetos de la vajilla, servilletas y el comienzo de algún bordado; fue
atraído por un sillón donde se veía un montón de ropa vieja
completamente enmarañada entre la cual posiblemente estaría la llave,
sin que jamás se la pudiera encontrar allí, y finalmente se arrojó sobre
el canapé, maloliente en verdad, a fin de palparlo en todos sus rincones
y pliegues y encontrar así la llave. Luego cesó en su búsqueda y se
detuvo en medio del cuarto.
«Sin duda –se dijo– Brunelda lleva la llave sujeta a su cinturón.» De él
colgaban muchas cosas y toda búsqueda resultaría vana.
Y, ciegamente, cogió Karl dos cuchillos y los introdujo con fuerza entre
las hojas de la puerta, uno arriba, otro abajo, a fin de obtener dos
puntos de apoyo distintos y separados. Apenas hizo fuerza con los
cuchillos, naturalmente, se quebraron sus hojas. Él no había querido
otra cosa: los cabos, que ahora podía hacer penetrar mucho más
firmemente, resistirían mucho mejor. Se puso entonces a forcejear
empeñando todo su vigor, los brazos muy abiertos, apoyándose sobre
las piernas muy separadas, gimiendo, y prestando con todo muchísima
atención a la puerta. Sin duda no podría resistir: lo reconocía gozoso en
el aflojamiento de los pasadores que claramente se percibía, pero
cuanto más despacio sucediera esto tanto mejor sería. De ninguna
manera debía saltar la cerradura, pues en tal caso llamaría la atención
de los que estaban en el balcón; antes bien, era menester que la
cerradura se soltase muy lentamente, y Karl procedía con máxima
cautela en este sentido, acercando los ojos cada vez más a la
cerradura.
–Mirad, mirad, ¿qué es lo que veo? –dijo entonces la voz de
Delamarche.
Ya estaban los tres en la habitación; ya habían dejado caer tras ellos la
cortina; su llegada debía de haber pasado inadvertida para Karl, que no
los había oído; las manos se le bajaron con semejante aparición y soltó
los cuchillos. Pero ni siquiera tuvo tiempo de pronunciar palabra alguna
de explicación o excusa, pues en un ataque de furia que excedía en
mucho el motivo que lo originaba, se arrojó Delamarche de un salto –el
cordón suelto de su bata iba trazando una gran figura por los aires–
sobre Karl. Solamente en el último instante, a decir verdad, logró Karl
eludir el ataque; habría podido extraer los cuchillos de la puerta y
utilizarlos en su defensa, pero no lo hizo. En cambio se agachó y
levantándose de un salto agarró el ancho cuello de la bata de
Delamarche, lo dobló hacia arriba y lo subió luego más todavía –esa
bata ya le quedaba excesivamente grande a Delamarche–, y al fin,
felizmente, logró sujetar a Delamarche por la cabeza. Éste, demasiado
sorprendido, agitó primero las manos a ciegas y sólo un momento
después se puso a golpear con los puños, mas sin emplear toda su
fuerza todavía, la espalda de Karl, quien para proteger su rostro se
había arrojado contra el pecho de Delamarche. Karl, aunque se
retorciera de dolor y aunque los golpes se tornaran cada vez más
fuertes, soportó los puñetazos. ¡Cómo no había de soportarlos viendo
que tenía la victoria por delante! Con las manos en la cabeza de
Delamarche, los pulgares sin duda puestos exactamente sobre los ojos,
lo condujo empujándolo hacia el lugar donde los muebles se
amontonaban en mayor confusión y con las puntas de sus pies intentó,
además, enredar los de Delamarche en el cordón de su bata, para
hacerlo caer de esa manera.
Pero puesto que no podía ocuparse sino exclusivamente y por entero de
Delamarche –más aún porque sentía crecer su resistencia cada vez
más, y porque aquel cuerpo se le oponía con una tensión cada vez
mayor de los tendones–, olvidó, en efecto, que él no estaba solo con
Delamarche. Pero con demasiada prontitud le fue recordado este hecho,
pues repentinamente dejaron de obedecerle los pies: Robinson, que a
sus espaldas se había arrojado al suelo, los separaba con fuerza y
dando gritos. Karl, suspirando, soltó a Delamarche, que retrocedió un
paso más todavía.
Brunelda ocupaba con todo su volumen el centro del cuarto y apostada
allí, con las piernas ampliamente separadas y las rodillas dobladas,
observaba los acontecimientos con ojos fulgurantes. Como si ella
realmente participara de la lucha, respiraba hondamente, apuntaba con
los ojos, y adelantaba los puños lentamente. Delamarche se bajó el
cuello dejando nuevamente libre la vista y, claro está, ya no habría
lucha, sino meramente un castigo. Tomó a Karl de la camisa, por
delante; casi lo levantó del suelo y sin mirarlo, tanto era su desprecio,
lo arrojó con la mayor violencia contra un armario que se hallaba a
varios pasos de allí. En el primer momento creyó Karl que aquellos
dolores punzantes que sentía en la espalda y en la cabeza, originados
por el golpe contra el armario, procedían directamente de la mano de
Delamarche.
–¡Canalla! –oyó todavía exclamar a Delamarche en voz alta, en medio
de la oscuridad que se levantaba ante sus ojos temblorosos. Y al caer
en el agotamiento que lo hizo desplomarse ante el armario resonaron
aún en sus oídos, débilmente, estas palabras–: ¡Espera!, ¡ya verás!
Cuando recobró el conocimiento, lo rodeaba la oscuridad más completa;
sería a altas horas de la noche todavía. Desde el balcón llegaba al
cuarto, por debajo de la cortina, un leve resplandor del claro de luna.
Oíase la tranquila y pausada respiración de los tres durmientes; la más
ruidosa de todas, y con mucho, era la de Brunelda, que resoplaba
mientras dormía tal como lo hacía a veces también al hablar; pero no
era fácil establecer en qué dirección se hallaba cada uno de los
durmientes: todo el cuarto estaba lleno del estruendo de su respiración.
Sólo al cabo de haber examinado un poco su derredor, pensó Karl en sí
mismo y se asustó muchísimo, pues aun cuando se sentía encorvado y
completamente rígido por tantos dolores, no había pensado, sin
embargo, que podía haber sufrido alguna grave lesión sangrienta. Pero
ahora sentía que una carga pesaba sobre su cabeza, y todo el rostro, el
cuello y el pecho bajo la camisa estaban húmedos como de sangre.
Necesitaba luz para examinar su estado detenidamente; tal vez lo
habían golpeado hasta convertirlo en un inválido, y en tal caso sin duda
le gustaría a Delamarche despedirlo, pero realmente ¿qué haría él
entonces? Ya no le quedaría ninguna perspectiva. Acordóse del
muchacho de la nariz carcomida que había visto en el zaguán y por un
instante hundió su cara entre las manos.
Involuntariamente dirigió luego la mirada a la puerta y a tientas y
andando en cuatro patas se dirigió hacia ella. Pronto las puntas de sus
dedos palparon un zapato y un poco más lejos una pierna. Éste era por
lo tanto Robinsón, ¿quién sino él dormiría con los zapatos puestos? Se
le había ordenado que se acostase transversalmente ante la puerta
para cerrar el paso e impedir así la fuga de Karl. ¿Pero acaso ignoraban
ellos el estado en que éste se encontraba? Por lo pronto ni siquiera
deseaba fugarse; tan sólo deseaba llegarse a la luz. De manera que si
no podía salir por la puerta, era fuerza que saliese al balcón.
Encontró la mesa de comedor en un sitio que por lo visto era
completamente distinto del que ocupaba al anochecer; en el canapé, al
que se acercó Karl desde luego con suma cautela, no había nadie, cosa
que le sorprendió; y en cambio tropezó en el centro del cuarto con
prendas de ropa, mantas, cortinas, almohadas y alfombras apiladas en
alto, aunque fuertemente prensadas. Pensó, primero, que sólo se
trataría de un montoncillo similar al que por la noche había encontrado
sobre el sofá, y que podía haberse caído al suelo; mas para su
asombro, al seguir arrastrándose notó que allí había toda una carretada
de tales cosas; probablemente habían sido sacadas de los armarios
para pasar la noche y durante el día volverían a ser guardadas en ellos.
Arrastrándose dio vuelta a todo el montón y pronto reconoció que el
todo constituía una especie de lecho sobre el cual, muy en lo alto,
según pudo comprobar palpándolo todo cautelosamente, descansaban
Delamarche y Brunelda.
Ya sabía, pues, dónde dormían todos, y se apresuró a llegar al balcón.
Era un mundo enteramente distinto ese del otro lado de la cortina al
cual se incorporó Karl rápidamente. Al aire fresco de la noche, bajo el
pleno resplandor de la luna, se paseó varias veces por el balcón. Miró
hacia la calle; estaba completamente tranquila; de la fonda surgían
todavía los sones de la música, pero sólo como a la sordina; delante de
la puerta un hombre barría la acera. En esa calle donde pocas horas
antes no habían podido distinguirse, en medio de la salvaje algarabía
general, los gritos de un candidato electoral de mil otras voces, oíase
ahora claramente el raspar de la escoba sobre el pavimento. Le llamó la
atención a Karl el ruido que produjo una mesa al ser movida en el
balcón vecino y vio que allí alguien estaba sentado y estudiaba. Era un
hombre joven con una barbilla en punta, que retorcía constantemente
durante su estudio; leía acompañando su lectura con rápidos
movimientos de los labios. Estaba sentado dándole la cara a Karl, ante
una mesita cubierta de libros; había quitado del muro la bombilla y la
había colocado entre dos grandes libros, de modo que lo bañaba
totalmente su brillante luz.
–Buenas noches –dijo Karl, porque creía haber notado que el joven le
había dirigido una mirada.
Pero esto sin duda había sido un error, pues el joven que hasta aquel
momento no parecía haberlo advertido siquiera, protegió con una mano
sus ojos, para disminuir la luz y establecer quién era el que de pronto lo
estaba saludando; luego, puesto que seguía sin ver nada levantó la
bombilla para iluminar también con ella un poco el balcón vecino.
–Buenas noches –dijo también él; miró durante un instante muy
fijamente hacia el otro y luego añadió–: ¿Y qué más?
–¿Le molesto? –preguntó Karl.
–Ciertamente, ciertamente –dijo el hombre llevando la lamparilla a su
lugar anterior.
Con estas palabras, por cierto, quedaba rechazado todo contacto; pero
no abandonó Karl aquel lado del balcón donde permanecía lo más cerca
posible del hombre. Se quedó mirando, calladamente, cómo leía éste en
su libro, cómo volvía las hojas, cómo buscaba alguna cosa en otro libro
que consultaba siempre con suma rapidez y cómo tomaba notas a
menudo en un cuaderno, inclinándose todas las veces tanto sobre él
que resultaba una proximidad realmente inusitada.
¿Sería ese hombre un estudiante? Todo esto daba realmente la
impresión de que estudiaba. No era muy distinta la manera de cómo –
hacía ya ahora mucho tiempo de ello– solía sentarse Karl, en su casa,
ante la mesa de sus padres, haciendo sus ejercicios mientras su padre
leía el diario o bien efectuaba asientos en algún libro o escribía cartas
para alguna sociedad y su madre se ocupaba en un trabajo de costura y
extraía el hilo de la tela levantando muy alto la mano. Para no molestar
a su padre, Karl ponía sobre la mesa sólo el cuaderno y los utensilios de
escritorio y distribuía los libros necesarios sobre sillas, a su derecha y a
su izquierda. ¡Qué calma había reinado allí! ¡Qué rara vez penetraba en
aquel aposento gente extraña! Ya de chiquillo le gustaba a Karl seguir a
su madre y quedarse mirando cuando echaba la llave por la noche a la
puerta principal de la casa. Ni siquiera se imaginaba ella que Karl había
llegado ahora hasta a querer violar con cuchillos ¡puertas ajenas!
¡Y qué objeto habían tenido todos sus estudios! ¡Si ya lo había olvidado
todo! Si se hubiera tratado de continuar aquí sus estudios tal cosa le
hubiera resultado muy difícil. Se acordó de que una vez en su casa
había estado enfermo durante un mes; qué esfuerzos le costó en aquel
entonces orientarse luego nuevamente en medio de los estudios
interrumpidos. ¡Y ahora hacía tanto tiempo que, fuera de ese texto de
correspondencia comercial escrito en inglés, no había leído ningún libro!
–Oiga usted, joven –oyó Karl que de pronto lo interpelaban–, ¿no
podría usted apostarse en cualquier otra parte? Su modo de quedarse
mirando me molesta terriblemente. A las dos de la noche ya puede uno
pedir, al fin y al cabo, que lo dejen trabajar tranquilo en el balcón.
¿Quiere usted algo de mí?
–¿Estudia usted? –preguntó Karl.
–Sí, sí, pues –dijo el hombre empleando esos momentos ya perdidos
para el estudio en arreglar sus libros de acuerdo con un orden nuevo.
–Si es así, no quiero molestarle –dijo Karl–; de todas maneras ya
vuelvo al cuarto. Buenas noches.
El hombre ni siquiera dio respuesta; apoyando pesadamente la frente
en su mano derecha, con súbita decisión recomenzó su estudio al ver
eliminada aquella molestia.
Y entonces Karl, ya delante de la cortina, recordó por qué había salido
afuera; si, en verdad, no sabía todavía absolutamente cuál era su
estado. ¿Qué era lo que pesaba sobre su cabeza? Se la palpó y quedó
asombrado: no tenía ninguna lesión sangrienta tal como temiera en la
oscuridad del cuarto; lo que entonces tocaba no era más que un
vendaje, húmedo aún, puesto en forma de turbante. Era, a juzgar por
los restos de encaje que todavía le colgaban, alguna vieja pieza de ropa
de Brunelda, con la que seguramente Robinsón le había envuelto a la
ligera la cabeza. Sólo que olvidó retorcer el trapo y, por tanto, durante
el desvanecimiento de Karl el agua se había derramado por la cara y
bajo la camisa del muchacho, cosa que lo había alarmado
tremendamente.
–Parece que todavía sigue usted aquí –dijo el hombre mirando entre
parpadeos hacia el otro balcón.
–Pero ahora ya me voy de veras –dijo Karl–, sólo quería mirar un poco
por aquí, pues la habitación está completamente a oscuras.
–Pero, ¿quién es usted? –dijo el hombre; puso su portaplumas sobre el
libro abierto que tenía delante y se acercó a la balaustrada–. ¿Cómo se
llama usted? ¿Cómo vino usted a parar entre esa gente? ¿Hace mucho
ya que está usted aquí? ¿Y qué es lo que quiere mirar? Encienda, pues,
su bombilla, para que se le pueda ver.
Karl así lo hizo, pero antes de contestar corrió aún más la cortina de la
puerta, a fin de que nada se notara en el interior.
–Perdone usted –dijo luego susurrando– que hable en voz tan baja. Si
me oyeran esos de allí adentro tendría otra vez un escándalo.
–¿Otra vez? –preguntó el hombre.
–Sí –dijo Karl–, precisamente esta noche he tenido una gran riña con
ellos. Debo de tener todavía por aquí un chichón terrible –y palpó por
detrás de su cabeza.
–¿Y que riña fue ésa? –preguntó el hombre y, como Karl no contestara
en seguida, agregó–: A mí puede usted contarme confiadamente todo
lo que le oprima el corazón con respecto a esos señores, pues odio a los
tres, y muy especialmente a su gran señora. Por otra parte me
admiraría que no le hubiesen instigado ya contra mí. Yo me llamo Josef
Mendel y soy estudiante.
–Sí –dijo Karl–, ciertamente ya me han hablado de usted; pero sin
referirme nada malo. Usted ha atendido una vez a la señora Brunelda,
¿no es cierto?
–Es verdad –dijo el estudiante riendo–. ¿Todavía conserva el canapé
ese olor?
–¡Oh, sí! –dijo Karl.
–Esto sí que me alegra –dijo el estudiante pasándose la mano por el
cabello–. Y ¿por qué le hacen chichones a usted?
–Fue una riña –dijo Karl, y pensó en cómo podría explicárselo al
estudiante. Luego se interrumpió y preguntó–: Pero, ¿no le molesto a
usted?
–En primer lugar –dijo el estudiante– ya me ha molestado usted y, por
desgracia, soy tan nervioso que necesito mucho tiempo para volver a
orientarme. Desde que ha comenzado usted sus paseos en el balcón ya
no adelanta nada mi estudio. Pero, en segundo lugar, hago siempre una
pausa a las tres. De manera que puede seguir contándome
tranquilamente su asunto. Por otra parte, también me interesa.
–Es muy sencillo –dijo Karl–. Delamarche quiere hacerme sirviente de
su casa y yo no quiero. Si hubiera sido por mí, me habría marchado ya.
Él no quiso dejarme, me cerró la puerta con llave, yo quise forzarla y
así se produjo luego la riña. Me siento muy desdichado por encontrarme
todavía aquí.
–¿Acaso tiene usted otro empleo? –preguntó el estudiante.
–No –dijo Karl–; pero no me importa, con tal que pueda marcharme de
aquí.
–Pero oiga usted –dijo el estudiante–, ¿no le importa no tener empleo?
Los dos se quedaron callados durante un rato.
–¿Por qué no quiere quedarse con esa gente? –preguntó luego el
estudiante.
–Delamarche es un mal hombre –dijo Karl–; ya lo conozco de antes.
Una vez hemos marchado juntos durante un día y bien contento estaba
yo cuando ya no me hallaba a su lado. ¿Y ahora quiere usted que me
haga su sirviente?
–¡Si todos los sirvientes fueran tan delicados al escoger a sus amos
como lo es usted! –dijo el estudiante y, al parecer, se sonrió–. Mire
usted, yo durante el día soy vendedor en la tienda de Montly, un
vendedor de última categoría, ya casi se podría decir un mandadero.
Ese Montly es, sin duda, un canalla; pero esto me tiene completamente
sin cuidado y sólo me pone furioso el hecho de que me paguen tan
miserablemente. De manera que vea usted en mí un ejemplo.
–¿Cómo? –dijo Karl–, ¿es usted vendedor durante el día y de noche
estudia?
–Sí –dijo el estudiante–; de otro modo nada podría hacer. Ya he
intentado de todo y esta manera de vivir es, no obstante, la mejor de
todas. Hace años era yo solamente estudiante, tanto durante el día
como durante la noche, ¿sabe usted?; pero procediendo así casi me he
muerto de hambre. Dormía en una vieja y sucia cueva y no me atrevía
a acercarme a las aulas con el traje que llevaba entonces. Pero eso ya
ha pasado.
–Y ¿cuándo duerme usted? –preguntó Karl, y miró admirado al
estudiante.
–¡Ah, sí, dormir! –dijo el estudiante–. Ya dormiré cuando concluya mis
estudios. Mientras tanto bebo café, café negro.
Volviéndose sacó de debajo de su mesa de estudio una gran botella; se
sirvió de ella café negro en una tacita y la vertió dentro de sí, tal como
se tragan apresuradamente los medicamentos, para sentir lo menos
posible su sabor.
–Buena cosa el café –dijo el estudiante–. Lástima que esté usted lejos
y que no pueda ofrecerle un poco.
–A mí no me gusta el café –dijo Karl.
–A mí tampoco –dijo riendo el estudiante–. Pero ¿qué haría yo sin él?
Sin el café no me dejaría Montly en el puesto ni un instante. Yo digo
siempre Montly; aunque él, naturalmente, ni sospecha mi existencia en
el mundo. No sé a ciencia cierta cómo me conduciría yo en la tienda si
no tuviera también allí, siempre lista, mi botella, del mismo tamaño que
ésta; pues jamás hasta ahora he osado suspender el café. Pero,
créamelo, bien pronto estaría yo durmiendo echado detrás del
mostrador. Por desgracia allí lo sospechan y me llaman «Café negro»:
una broma estúpida que seguramente ya me ha perjudicado en mi
carrera.
–Y ¿cuándo terminará usted sus estudios? –preguntó Karl.
–Eso va despacio –dijo agachando la cabeza el estudiante. Abandonó la
balaustrada y se sentó a la mesa nuevamente; apoyó los codos sobre el
libro abierto y revolviéndose con las manos el cabello dijo luego–: Podrá
llevarme todavía de uno a dos años.
–Yo también quise estudiar –dijo Karl, como si tal circunstancia le
diese derecho a pretender una confianza mayor aún que la que el
estudiante, que ya enmudecía, le había demostrado hasta entonces.
–¡Ah! –dijo el estudiante, y no se sabía con certeza si ya estaba otra
vez leyendo en su libro o si sólo clavaba distraídamente en él los ojos–,
quédese usted contento por haber abandonado el estudio. Yo mismo,
desde hace años, estudio ya tan sólo para ser consecuente. El estudio
me da muy pocas satisfacciones y menos aún promesas para el futuro.
¡Qué esperanzas de progreso podría yo abrigar! América está llena de
curanderos.
–Yo quería hacerme ingeniero –se apresuró a decir Karl al estudiante
que en el otro balcón ya no parecía prestar ninguna atención.
–Y ahora, ¡a hacerse criado de esa gente! –dijo el estudiante
levantando fugazmente la mirada–, esto desde luego le duele.
Semejante deducción del estudiante era ciertamente un error; pero
acaso podría serle útil en su relación con el estudiante. Por eso
preguntó:
–¿No podría quizá obtener yo también un empleo en la tienda?
Esta pregunta arrancó por completo al estudiante de su libro; ni
siquiera se le cruzó por la mente el pensamiento de que él podría ser
útil a Karl cuando éste solicitara el puesto.
–Inténtelo usted –dijo–; o mejor será que ni lo intente. El haber
obtenido mi puesto en Montly ha sido hasta ahora el mayor éxito de mi
vida. Si tuviera que elegir entre mis estudios y el puesto, me decidiría
desde luego por el puesto. Todo mi empeño se encamina sencillamente
a no permitir que surja la necesidad de semejante elección.
–Muy difícil es obtener un puesto allí –dijo Karl más bien para sí
mismo.
–¡Oh, qué ha pensado usted! –dijo el estudiante–; aquí es más fácil
llegar a ser juez de distrito que portero en la casa de Montly.
Karl se quedó callado. Ese estudiante, por cierto mucho más
experimentado que él, que odiaba a Delamarche por cualesquiera
razones que Karl todavía ignoraba, que en cambio no le deseaba nada
malo, no hallaba para él ni una sola palabra de aliento, ningún estímulo
que lo animara a abandonar a Delamarche. Y, para colmo, aún no
conocía siquiera el peligro que amenazaba a Karl de parte de la policía y
del cual sólo su estancia en la casa de Delamarche lo protegía hasta
cierto punto.
–Ha visto usted esta noche la demostración de abajo, ¿verdad? Si uno
no conociera las condiciones, podría pensar que ese candidato, se llama
Lobter, tendrá al menos alguna esperanza o que siquiera entrará en
consideración, ¿no es cierto?
–No entiendo nada de política –dijo Karl.
–Lo cual no deja de ser una falta –dijo el estudiante–; pero, aparte de
ello, tiene usted ojos y oídos. Sin duda el hombre ha demostrado tener
sus amigos y enemigos; esto no puede habérsele escapado a usted. Y
ahora piense lo que significa esto: ese hombre, en mi opinión, no tiene
la menor esperanza de salir elegido. Yo, por casualidad, lo sé todo
acerca de él; aquí con nosotros vive uno que lo conoce. No es un
hombre incapaz; de acuerdo con sus opiniones políticas y con su
pasado político, sería él precisamente el juez más adecuado para el
distrito. Pero nadie piensa que podrá resultar electo; será derrotado en
la forma más espléndida que pueda darse. Habrá tirado unos cuantos
dólares por la campaña electoral y eso será todo.
Karl y el estudiante se miraron durante un rato calladamente. El
estudiante meneó sonriendo la cabeza y con una mano apretó sus ojos
fatigados.
–Y bien, ¿todavía no se irá usted a dormir? –preguntó luego–; ahora
debo ponerme a estudiar. Vea usted cuánto trabajo me queda todavía.
–Hojeó rápidamente medio libro para que Karl se formara una idea del
trabajo que aún lo esperaba.
–Buenas noches, entonces –dijo Karl inclinándose.
–Venga alguna vez a visitarnos –dijo el estudiante, ya de nuevo
sentado ante su mesa–; naturalmente, sólo si tiene ganas. Encontrará
usted aquí siempre una gran reunión. De nueve a diez de la noche
tendré tiempo también para usted.
–¿De manera que usted me aconseja quedarme en casa de
Delamarche? –preguntó Karl.
–Indudablemente –dijo el estudiante inclinando ya la cabeza sobre sus
libros. Parecía que ni siquiera hubiera podido ser él quien dijera esa
palabra; resonó en los oídos de Karl como si la hubiera pronunciado una
voz más profunda que la del estudiante.
Lentamente se acercó a la cortina y echó aún otra mirada hacia el
estudiante, que ya en medio de su haz de luz permanecía sentado en
completa inmovilidad, rodeado por grandes tinieblas. Luego se deslizó
al cuarto. Lo acogieron las respiraciones reunidas de los tres
durmientes. Fue buscando el canapé a lo largo de la pared y una vez
que lo hubo encontrado se tendió tranquilamente sobre él, como si éste
fuera su lecho acostumbrado. Ya que el estudiante, que conocía bien las
condiciones del lugar y también a Delamarche, y que además era
hombre culto, le había aconsejado que se quedase allí, él no tenía ya
escrúpulos por el momento. No tenía él tampoco aspiraciones tan altas
como las del estudiante; quizá ni aun en su casa paterna hubiera
logrado llevar a buen término sus estudios; y si esto ya en su propia
casa parecía apenas posible, nadie podía pedirle que lo hiciese allí, en
un país extraño. Pero la esperanza de encontrar un puesto en el cual
pudiera resultar útil y donde se reconociera su utilidad sería
seguramente mayor si, por lo pronto, aceptaba el empleo de sirviente
en la casa de Delamarche, esperando, al abrigo de la seguridad que
este empleo le daba, una ocasión favorable. En esta misma calle
parecía haber muchas oficinas de categoría inferior y mediana que tal
vez en caso necesario no serían tan severas en la selección de su
personal.
Con gusto, si fuera menester, se haría dependiente de comercio, pero a
la postre no era imposible tampoco que lo emplearan sólo para trabajos
auxiliares de oficina y que un día se sentara ante su escritorio como un
verdadero empleado y que, libre de preocupaciones, se quedara
mirando durante un rato a través de la ventana abierta, como aquel
empleado que él había visto por la mañana cuando atravesaba los
patios. Lo tranquilizó, al cerrar los ojos, el pensamiento de que él de
todas maneras era joven y que alguna vez Delamarche lo dejaría libre;
pues este hogar realmente no parecía estar hecho para la eternidad. Y
una vez que Karl tuviese un puesto semejante en una oficina no se
ocuparía de ninguna cosa más que de sus trabajos y no disgregaría sus
fuerzas como el estudiante. Si fuera necesario, emplearía también la
noche para la oficina, cosa que al comienzo, de todas maneras, le
pedirían considerando su escasa preparación comercial. Y él no pensaría
sino en los intereses del negocio a cuyo servicio estuviera, y se
sometería a todos los trabajos sin excepción, aun a aquellos que otros
empleados de la oficina rechazaran considerándolos indignos de ellos.
Hacinábanse en su cabeza los buenos propósitos como si su futuro jefe
estuviese allí presente y los leyera, uno a uno, en su rostro.
Sumido en tales pensamientos Karl se quedó dormido y sólo lo
perturbó, en su primera somnolencia, un tremendo suspiro de
Brunelda, la cual, hostigada al parecer por pesados sueños, daba
vueltas en su lecho.
Del servicio en casa de Brunilda
–¡Arriba! ¡Arriba! –exclamó Robinsón no bien abrió Karl los ojos por la
mañana.
La cortina de la puerta aún no estaba descorrida, mas por la uniforme
luz solar que penetraba a través de las aberturas se daba uno cuenta
de cuán avanzada estaba ya la hora de la mañana. Robinsón corría
presuroso de un lado para otro y sus miradas expresaban
preocupación; iba y venía llevando ya una toalla, ya un cubo de agua,
ya prendas de ropa blanca y de vestir y cada vez, al pasar frente a Karl,
trataba de animarlo mediante señas con la cabeza a que se levantara y
demostraba, levantando lo que precisamente tenía en la mano, cuánto
se afanaba él todavía hoy por Karl, aunque fuera ésta la última vez que
lo hacía; porque, naturalmente, el muchacho no podía entender ya
desde la primera mañana los pormenores del servicio.
Y pronto vio Karl a quién estaba verdaderamente sirviendo Robinsón.
Allí, en un recinto que Karl hasta entonces no había visto todavía,
separado del resto del cuarto por dos armarios, se efectuaba un gran
lavatorio. Veíase la cabeza de Brunelda, su cuello desnudo –en ese
momento el cabello le caía sobre la cara– y el nacimiento de su nuca,
que sobresalían por encima del armario, y de vez en cuando la mano de
Delamarche: sujetaba una esponja de baño que salpicaba todas las
cosas a gran distancia y con la cual Brunelda era lavada y friccionada.
Oíanse las breves órdenes que Delamarche le daba a Robinsón; éste no
alcanzaba las cosas a través del verdadero acceso, ahora obstruido, de
ese recinto; debía contentarse con una pequeña abertura que quedaba
entre uno de los armarios y un biombo; además tenía que extender
mucho el brazo y volver la cara al ejecutar cada uno de esos servicios.
–¡La toalla! ¡La toalla! –exclamó Delamarche.
Robinsón apenas se asustó por ese pedido, pues precisamente estaba
buscando alguna otra cosa bajo la mesa y estaba sacando ya la cabeza
de allí cuando se oyó:
–¡Dónde quedó el agua, diablos! –y por encima del armario apareció
bruscamente el rostro furioso de Delamarche.
Todo lo que, en opinión de Karl, para lavarse y vestirse se necesitaba
generalmente una sola vez se pedía y se llevaba allí muchas veces, en
todo orden de sucesión imaginable. Encima de un pequeño calentador
eléctrico había constantemente un cubo para calentar agua y Robinsón
llevaba continuamente entre sus piernas, muy abiertas, la pesada carga
hasta aquel recinto destinado a los baños. Si se consideraba la cantidad
de trabajo que tenía era fácil comprender que no se atuviera siempre
estrictamente a las órdenes y que una vez, al pedírsele de nuevo una
toalla, recogiera sencillamente una camisa del gran lecho que estaba en
el centro de la habitación y la arrojara por encima de los armarios,
aovillada en una gran pelota.
Pero también a Delamarche le tocaba ejecutar un trabajo bien pesado y
quizá su irritación contra Robinsón –tan irritado estaba que a Karl,
sencillamente, ni siquiera lo veía– se debía al hecho de no poder él
mismo satisfacer a Brunelda.
–¡Ay! –lamentóse ella lanzando un grito, y hasta Karl, que por otra
parte permanecía impasible, se estremeció–. ¡Cómo me haces daño!
¡Vete! ¡Prefiero lavarme yo sola antes que exponerme a sufrir tanto!
Ahora, otra vez, ya no puedo levantar el brazo. ¡Qué mal me siento!,
me aprietas tanto. Seguramente mi espalda ya está llena de
moretones. Naturalmente tú no me lo querrás decir. Ya verás, haré que
me mire Robinsón o nuestro chico. Pero no, si no lo voy a hacer; sólo lo
digo para que seas un poco más delicado. Ten consideración,
Delamarche. Pero es inútil, ya puedo repetirlo todas las mañanas, tú no
tienes y no tienes consideración... ¡Robinsón! –exclamó luego de pronto
y agitó sobre su cabeza un pequeño pantalón de encajes–, ¡ven y
ayúdame; mira cómo estoy sufriendo! ¡Y este Delamarche llama a esta
tortura lavarme! Robinsón, Robinsón, ¿dónde estás?, ¿o es que no
tienes corazón tú tampoco?
Karl calladamente le hizo a Robinsón una seña con el dedo para que
fuese allí, pero Robinsón meneó la cabeza con aire de superioridad y
bajando la vista; él sabía mejor lo que pasaba.
–¿Cómo se te ocurre? –dijo agachándose hasta el oído de Karl–. No es
éste su propósito. Una sola vez he ido allí y nunca más luego. En
aquella ocasión me agarraron los dos y me sumergieron en la bañera;
casi me ahogo. Y durante días y días me reprochaba Brunelda mi
conducta diciendo que era un desvergonzado y lo hacía repitiendo
siempre las mismas frases: «Hace mucho ya que estuviste conmigo en
el baño», o «Pero, ¿cuándo vendrás a mirarme otra vez en el baño?»
Sólo cuando varias veces le hube pedido perdón de rodillas cesó. No lo
olvidaré.
Y mientras Robinsón contaba estas cosas, Brunelda llamaba una y otra
vez:
–¡Robinsón! ¡Robinsón! ¡Pero dónde se quedó Robinsón!
Mas a pesar de que nadie acudía en su ayuda y ni siquiera le daban
respuesta –Robinsón se había sentado junto a Karl y los dos se
quedaron mirando calladamente hacia los armarios, por encima de los
cuales aparecían de vez en cuando las cabezas de Brunelda o de
Delamarche–, no cesó Brunelda, sin embargo, de quejarse de
Delamarche a gritos.
–¡Pero, Delamarche! –exclamó–. Pero si ahora no sé si me estás
lavando. ¿Dónde tienes la esponja? ¡Agárrala, pues! ¡Si sólo pudiera
agacharme; si sólo pudiera moverme! Ya te enseñaría yo cómo se lava.
¡Ay, los tiempos de muchacha cuando allá en la finca de mis padres
nadaba yo todas las mañanas en el Colorado! Era la más ágil entre
todas mis amigas. ¡Y ahora! ¡Cuándo aprenderás a lavarme,
Delamarche! Tú sólo agitas la esponja, te afanas y yo no siento nada.
Si dije que no apretaras hasta lastimarme, no quería decir con ello que
mi deseo era quedarme aquí de pie para resfriarme. ¡Ya verás, voy a
saltar de la bañera y me voy a escapar tal como estoy!
Sin embargo, no ejecutó luego esta amenaza –por otra parte ni siquiera
habría sido capaz de hacerlo–; Delamarche, temiendo que se resfriara,
parecía haberla metido en la bañera, pues se oía chapotear
violentamente.
–Sólo esto sabes hacer, Delamarche –dijo Brunelda en voz un poco
más baja–. Adular y adular, siempre y siempre, cuando has hecho mal
alguna cosa.
–Ahora la está besando –dijo Robinsón, y arqueó las cejas.
–¿Qué trabajo viene ahora? –preguntó Karl. Ya que había decidido
quedarse, deseaba comenzar con su servicio inmediatamente. Dejó a
Robinsón, que no respondió, solo en el canapé, y comenzó a deshacer
el lecho, que aún seguía como prensado por la carga de los durmientes
que habían yacido en él durante la larga noche, para plegar luego
ordenadamente cada una de las piezas de esa masa, cosa que sin duda
no se había hecho ya desde semanas atrás.
–Ve y mira, Delamarche –dijo Brunelda entonces–, creo que están
tirando abajo nuestra cama. Hay que estar pensando en todo, jamás se
puede estar tranquila. Y tú debes ser más severo con esos dos, pues de
otro modo harán lo que quieran.
–Seguramente es ese chico con su maldita diligencia –exclamó
Delamarche probablemente dispuesto a precipitarse fuera del recinto
del baño. Karl arrojó en el acto todo lo que tenía en la mano; pero por
suerte dijo Brunelda:
–No te vayas, Delamarche, no te vayas. ¡Ay!, ¡qué caliente está el
agua!, ¡cómo me fatigo! Quédate conmigo, Delamarche.
En realidad sólo en ese momento se dio cuenta Karl de cómo el vapor
subía incesantemente tras los armarios.
Robinsón, asustado, puso una mano sobre su mejilla como si Karl
hubiese cometido algo grave.
–¡A dejar todo como estaba! –resonó la voz de Delamarche–. ¿Acaso no
sabéis que siempre después del baño descansa Brunelda una hora más?
¡Miserable desorden! ¡Esperad a que os caiga yo encima! ¡Robinsón, tú
seguramente ya estás soñando otra vez! A ti, sólo a ti te hago
responsable por todas las cosas que sucedan. Tú tienes que contener al
chico. ¡Aquí no se llevarán las cosas según su cabeza! Cuando uno
precisa algo, nada se puede obtener de vosotros, y cuando no hay nada
que hacer vosotros os aplicáis. ¡Meteos en algún rincón y esperad hasta
que se os necesite!
Pero acto seguido todo esto estaba olvidado, pues Brunelda,
cansadísima, como si estuviera completamente sumergida en el agua
caliente, susurró:
–¡El perfume! ¡Traed el perfume!
–¡El perfume! –gritó Delamarche–. ¡Moveos!
Bueno, ¿dónde estaba, pues, el perfume? Karl miró a Robinsón;
Robinsón miró a Karl. Karl se dio cuenta de que allí él debía encargarse
del asunto con sus propias manos: Robinsón no tenía la menor idea
acerca de dónde se hallaba el perfume; se limitó a acostarse en el suelo
y a agitar constantemente los dos brazos debajo del canapé, pero sin
lograr sacar a luz otra cosa que pelotitas de polvo y cabellos de mujer.
Karl fue corriendo primero hasta el tocador que estaba junto al lado de
la puerta, pero en sus cajones había únicamente viejas novelas
inglesas, revistas y partituras, y todo estaba tan repleto que no se
podían cerrar los cajones una vez abiertos.
–El perfume –suspiraba entretanto Brunelda–, ¡cuánto tardan! Quisiera
saber si hoy todavía tendré el perfume.
Con semejante impaciencia de Brunelda no podía permitirse Karl, claro
está, buscar a fondo en ninguna parte; debía confiar tan sólo en sus
primeras impresiones superficiales. En el tocador no estaba el frasco;
encima del tocador había sólo frasquitos viejos con medicamentos y
pomadas; todo lo demás ya había sido llevado, sin duda, al recinto
donde se efectuaba el lavatorio. Tal vez el frasco estuviera en el cajón
de la mesa de comedor. Pero dirigiéndose a ella –Karl sólo pensaba en
el perfume y en nada más– chocó violentamente con Robinsón, el cual,
por fin, había abandonado la búsqueda debajo del canapé y corría como
ciego al encuentro de Karl, presa de un incipiente y vago
presentimiento con respecto al paradero del perfume. Se oyó
claramente el choque de las cabezas: Karl se quedó mudo y Robinsón,
aunque no se detuvo en su carrera, se puso a gritar
ininterrumpidamente y con fuerza exagerada a fin de aliviarse el dolor.
–En vez de buscar el perfume, están luchando –dijo Brunelda–.
Enferma esta manera de llevar la casa, Delamarche, y con toda
seguridad moriré en tus brazos. Yo necesito ese perfume –exclamó
luego juntando fuerzas–, ¡lo necesito sin falta! No saldré de la bañera
hasta que me lo traigan, aunque tenga que quedarme aquí hasta la
noche. –dio un puñetazo en el agua y se oyó cómo saltaba ésta.
Pero el perfume no estaba tampoco en el cajón de la mesa de comedor,
pues aunque allí se encontraban exclusivamente objetos de tocador de
Brunelda, tales como viejas borlas para polvos, botecillos de colorete,
cepillos de cabeza, rizos y muchas pequeñeces deshechas,
enmarañadas y pegadas unas a otras, el perfume no estaba allí. Y
tampoco Robinsón, que seguía gritando y abría y revolvía, uno tras
otro, un centenar de cajas y estuches amontonados en un rincón –
generalmente la mitad del contenido, casi siempre cosas de costura y
correspondencia, se caía al suelo y allí quedaba– podía encontrar nada,
según le indicaba a Karl de tiempo en tiempo por meneos de cabeza y
encogimientos de hombros.
Y entonces Delamarche salió de un salto y en paños menores del
recinto del baño, mientras se oía el llanto convulsivo de Brunelda. Karl
y Robinsón cesaron en la búsqueda y miraron a Delamarche, el cual
totalmente empapado –hasta de la cara y de los cabellos le chorreaba
el agua– exclamó:
–¡Y ahora hacedme el favor y empezad a buscar! ¡Aquí! –le ordenó
primero a Karl, y luego–: ¡Allí! –a Robinsón.
Karl buscó realmente y examinó también los sitios a los cuales ya había
sido enviado Robinsón, pero encontró el perfume tanto como lo había
hallado Robinsón, el cual buscaba con más celo que él y miraba de
soslayo a Delamarche. Éste, en cuanto lo permitía el espacio, se
paseaba por el cuarto dando fuertes patadas; sin duda habría preferido
a todo dar una buena zurra tanto a Karl como a Robinsón.
–¡Delamarche! –exclamó Brunelda–. ¡Ven por lo menos a secarme!
Esos dos, de todas maneras, no van a encontrar el perfume; sólo van a
desordenar todas las cosas. Que dejen de buscar inmediatamente.
¡Pero en seguida! ¡Y que dejen ahí todo lo que tengan en las manos! ¡Y
que no toquen nada más! Si fuera por ellos, harían del departamento
un establo. ¡Cógelos del cuello Delamarche, si es que no terminan!
¡Pero si todavía están trabajando!, acaba de caerse una caja. ¡Que no
la levanten, que dejen todo como está y que se vayan de la habitación!
Echa tras ellos el cerrojo y ven a mi lado. ¡Ya hace demasiado tiempo
que estoy acostada en el agua, más que demasiado; ya tengo
completamente frías las piernas!
–¡En seguida, Brunelda, en seguida! –exclamó Delamarche y fue
corriendo hasta la puerta con Karl y Robinsón. Pero antes de
despedirlos les dio orden de traer el desayuno y de conseguir prestado
en cualquier parte, si fuera posible, un buen perfume para Brunelda.
–¡Qué desorden y qué mugre hay en vuestra casa! –dijo Karl cuando
estuvieron en el pasillo–, no bien volvamos con el desayuno, tendremos
que empezar a poner orden.
–¡Si no estuviera yo tan enfermo! –dijo Robinsón–. ¡Y semejante modo
de tratarme!
Sin duda le ofendía a Robinsón el hecho de que Brunelda no hiciera la
menor distinción entre él, que ya venía sirviéndola durante meses, y
Karl, que sólo ayer había entrado a su servicio. Pero en verdad no
merecía otra cosa, y Karl dijo:
–Tienes que hacer un pequeño esfuerzo. –Mas para no abandonarlo
totalmente, dejándolo a merced de su desesperación, añadió–: Será de
todas maneras un trabajo único, de una sola vez. Luego yo te daré un
lecho detrás de los armarios y, una vez que todo esté un poco
arreglado, podrás quedarte allí acostado el día entero sin preocuparte
por nada; y así muy pronto sanarás.
–Pues ahora reconoces tú mismo en qué estado me encuentro –dijo
Robinsón apartando de Karl la cara para quedarse a solas consigo y con
su pena–. Pero, ¿acaso alguna vez me dejarán ellos quedarme
tranquilamente acostado?
–Si quieres, yo mismo hablaré de esto con Delamarche y Brunelda.
–¿Acaso tiene Brunelda alguna consideración? –exclamó Robinsón, y de
un puñetazo abrió una puerta a la que acababan de llegar, sin que
hubiese preparado a Karl previamente para ello.
Entraron en una cocina de cuyo hogar, que parecía exigir reparaciones,
se levantaban en verdad negras nubecillas. Arrodillada ante la
portezuela del hogar estaba una de las mujeres que Karl había visto la
víspera en el pasillo; la cual, valiéndose tan sólo de sus manos, ponía
grandes trozos de carbón en el fuego que examinaba desde todos los
ángulos. La postura en que estaba era muy incómoda para una mujer
de su edad y por eso suspiraba mientras observaba el fuego.
–Claro, y ahora viene también esta plaga –dijo al reparar en Robinsón;
se levantó penosamente apoyando una mano en la carbonera y cerró la
portezuela del hogar, cuya manija agarraba envolviéndola con su
delantal–; ahora, a las cuatro de la tarde –Karl miró asombrado el reloj
de la cocina–. ¿Tienen que desayunarse ustedes todavía? ¡Pandilla de
inútiles!... Siéntense –dijo luego– y esperen hasta que tenga tiempo
para ustedes.
Robinsón arrastró a Karl hasta una banqueta que estaba cerca de la
puerta y le dijo cuchicheando:
–Tenemos que obedecerle: dependemos de ella. Alquilamos de ella
nuestro cuarto y naturalmente puede echarnos en cualquier momento.
Y nosotros no podemos mudarnos de casa, ¡cómo habríamos de sacar
de nuevo todas aquellas cosas!, y, ante todo, ya ves que ni siquiera es
posible transportar a Brunelda.
–¿Y aquí, en este pasillo, no puede conseguirse ningún otro cuarto? –
preguntó Karl.
–Pero si nadie nos quiere –repuso Robinsón–; en toda la casa nadie nos
quiere.
Y así se quedaron esperando tranquilamente sentados en la banqueta.
La mujer corría constantemente yendo y viniendo entre dos mesas, una
batea y el hogar. De sus exclamaciones se desprendía que su hija no se
sentía bien y que por lo tanto quedaba a su solo cargo el atender y
alimentar a treinta inquilinos. Y para colmo ahora no funcionaba bien la
cocina y la comida no acababa de cocinarse. En dos ollas gigantescas
hervía una espesa sopa, y la mujer, por más que la examinara con
ayuda de un cucharón haciéndola caer desde lo alto, no lograba que
mejorara; seguramente tenía la culpa aquel fuego tan malo, de modo
que casi se sentó en el suelo delante de la portezuela del hogar y se
puso a hurgonear trabajosamente con el atizador. El humo que llenaba
toda la cocina le provocaba una tos que se hacía a veces tan intensa
que la obligaba a sentarse en una silla y, durante minutos, no hacer
otra cosa que toser. A menudo decía, como al pasar, que de ningún
modo prepararía el desayuno, puesto que no tenía ni tiempo ni ganas
de hacerlo. Como Karl y Robinsón por un lado tenían orden de llevar el
desayuno y, por el otro, no tenían ninguna posibilidad de obtenerlo por
la fuerza, no contestaban a tales advertencias; permanecían, como
antes, tranquilamente sentados.
En derredor, sobre sillas y banquillos, sobre las mesas y debajo de
ellas, hasta amontonada en un rincón del suelo, estaba todavía sin
lavar la vajilla del desayuno de los inquilinos. Había allí jarrillas en las
cuales se encontraría aún un poco de café o de leche, en algunos
platitos había restos de manteca y de una lata grande, volcada, habían
salido rodando a gran distancia los bizcochos. Era muy posible
componer con todas estas cosas un desayuno contra el cual nada
pudiera objetar Brunelda, si no se enteraba de su origen. En el preciso
momento en que Karl reflexionaba acerca de todo esto –dándose
cuenta por una mirada al reloj de que ya hacía media hora que estaban
esperando allí y de que tal vez Brunelda ya estaría furiosa e instigaría a
Delamarche contra la servidumbre–, exclamó la mujer en medio de un
ataque de tos y mientras clavaba los ojos en Karl:
–Pueden ustedes quedarse sentados, pero el desayuno no lo recibirán;
en cambio, dentro de dos horas les daré la cena.
–Ven, Robinsón –dijo Karl–, nos prepararemos nosotros mismos el
desayuno.
–¿Cómo? –exclamó la mujer levantando la cabeza.
–Sea usted razonable, por favor –dijo Karl–; ¿por qué no quiere usted
darnos el desayuno? Hace ya media hora que estamos esperando; ya
es bastante. Creo que se le paga a usted todo, y seguramente nosotros
pagamos precios más altos que todos los demás. El hecho de que nos
desayunemos tan tarde le resulta a usted sin duda incómodo, pero
nosotros somos sus inquilinos, tenemos la costumbre de desayunarnos
tarde y debe usted tomar en consideración eso también. Hoy,
naturalmente, debido a la enfermedad de su señorita hija le resulta
todo esto especialmente molesto; mas por eso mismo estamos
dispuestos a prepararnos el desayuno utilizando esos restos, si de otra
manera no es posible y si no nos da usted cosas frescas.
Pero la mujer no estaba dispuesta a cambiar ideas amablemente con
nadie; si a esos inquilinos les parecían suficientemente buenos aun los
restos del desayuno general, allá ellos, mas por otra parte ya la
cansaba la insistencia de los dos sirvientes. Tomó por lo tanto una
bandeja y empujó con ella a Robinsón, el cual sólo al cabo de un rato
comprendió, con semblante torturado, que debía sostenerla a fin de
recibir la comida que la mujer eligiera. Ahora bien, con la mayor prisa
cargó ella la bandeja con una cantidad de cosas, pero todo aquello tenía
más bien el aspecto de un montón de vajilla sucia que el de un
desayuno que estaba para servirse. Mientras la mujer todavía los
empujaba hacia fuera, corrían ellos agachados hacia la puerta, como si
temiesen insultos o empujones; Karl tomó la bandeja de manos de
Robinsón, pues no le parecía bastante segura en su poder.
Una vez en el pasillo, y habiéndose alejado un buen trecho de la puerta
de la patrona, sentóse Karl en el suelo para limpiar, ante todo, la
bandeja y juntar las cosas correspondientes, esto es, verter en un solo
recipiente la leche, reunir raspándolos los diversos restos de manteca
en un solo plato y eliminar luego todas las señales del uso, es decir,
limpiar cuchillos y cucharas, recortar los panecillos ya mordidos y dar
así al conjunto un mejor aspecto. A Robinsón esa labor le parecía
innecesaria; afirmaba él que el desayuno, a menudo, ya había tenido
un aspecto mucho peor aún, pero Karl no se dejó disuadir y estaba
bastante contento con que Robinsón no quisiera intervenir en ese
trabajo, pues tenía los dedos sucios. Para que se quedara tranquilo,
Karl le asignó en seguida –si bien, según le dijo expresamente en
calidad de entrega única y definitiva– algunos bizcochos y el poso
espeso de una cacerolita que había estado llena de chocolate.
Cuando llegaron a su habitación y Robinsón sin más puso la mano
sobre el picaporte, Karl lo retuvo, puesto que no era cosa segura que
ellos pudieran entrar.
–Pero sí –dijo Robinsón–, si ahora sólo está peinándola
Y en efecto, en el cuarto, que aún seguía sin airear y cerrado por la
cortina, estaba Brunelda sentada en el sillón muy esparrancada, y
Delamarche, tras ella, peinaba, con la cara profundamente agachada,
sus cabellos cortos, y probablemente muy enredados. Brunelda llevaba
nuevamente un vestido muy suelto, aunque esta vez de color rosa
pálido; era quizá un poco más corto que el del día anterior; al menos se
veían las medias blancas, de rústico tejido, casi hasta la rodilla.
Impaciente porque llevaba tanto tiempo el peinarla, agitaba Brunelda
su lengua roja, gruesa, entre los labios, meneándola de un lado para
otro y a veces hasta se desprendía totalmente de Delamarche
exclamando:
–¡Pero, Delamarche!
Éste operaba tranquilamente, con el peine en alto, hasta que ella
recostara de nuevo la cabeza.
–Ha tardado mucho esto –dijo Brunelda en general; y dirigiéndose
especialmente a Karl–: Tienes que moverte un poco más si quieres que
estemos satisfechos de ti. No debes tomar como ejemplo a ese
Robinsón, que es haragán y comilón. Seguramente entretanto ya os
habéis desayunado en alguna parte y os digo que la próxima vez no lo
toleraré.
Esto era muy injusto y, en efecto, Robinsón meneaba la cabeza y movía
los labios, aunque por cierto sin pronunciar una sílaba, pero Karl, en
cambio, comprendió que sólo se podía influir en los amos mostrándoles
el trabajo que innegablemente habían cumplido. Extrajo por lo tanto de
un rincón una baja mesita japonesa y colocó sobre ella las cosas
traídas. Quien conociera el origen del desayuno podía estar contento
con el resultado; pero de otra manera, según tuvo que admitir Karl
para sí, mucho había que objetar.
Por suerte Brunelda tenía hambre. Benévolamente le hacía señas a Karl
mientras éste disponía todas las cosas y lo estorbaba a menudo
sacando antes de tiempo algún bocado con su mano blanda, grasienta,
que de pronto lo estrujaba todo.
–Bien, muy bien lo ha hecho –dijo chasqueando la lengua, y atrajo a
Delamarche, que dejó el peine enredado en su cabello para continuar
luego el trabajo, y lo sentó junto a sí en una silla. También Delamarche
se volvió amable al ver la comida; los dos tenían mucha hambre; sus
manos se movían presurosas sobre la mesita, a troche y moche.
Karl comprendió que allí, para satisfacer, había que llevar la mayor
cantidad posible y recordando que en la cocina había dejado en el suelo
diversos comestibles que todavía podrían utilizarse dijo:
–La primera vez no supe cómo debía prepararse todo esto; la próxima
vez lo haré mejor.
Pero no había terminado aún de hablar cuando recordó la clase de
individuos a quienes hablaba; en exceso le había preocupado el asunto.
Brunelda, mirando a Delamarche, asintió satisfecha y alcanzó a Karl,
por recompensa, un puñado de bizcochos.
La mudanza de Brunelda
Cierta mañana empujó Karl fuera del portón el vehículo para enfermos
en que iba sentada Brunelda. Ya no era tan temprano como él esperara.
Habían convenido realizar el éxodo en horas de la noche a fin de no
llamar la atención por las calles, cosa que de día hubiera sido
inevitable, por más que Brunelda pensara cubrirse, muy humildemente,
con una manta gris. Pero el transporte por la escalera había llevado
demasiado tiempo, pese a la colaboración sumamente solícita del
estudiante, el cual era mucho más débil que Karl, según quedó
demostrado en esa oportunidad. Brunelda se condujo muy
valerosamente; apenas suspiraba y de todos los modos posibles trataba
de facilitar el transporte a sus portadores. Sin embargo, no había otro
modo de llevarla sino haciéndola sentar cada cinco peldaños, para
brindarse a sí mismos y a ella el tiempo necesario para el descanso.
Era una mañana fresca, por los pasillos corría un aire frío como aire de
sótanos y, sin embargo, tanto Karl como el estudiante estaban
empapados de sudor y, durante las pausas de descanso, cada uno de
ellos para enjugarse la cara se veía obligado a tomar un cabo de la
manta de Brunelda que ella, por otra parte, les tendía amablemente. Y
así fue como sólo a las dos horas llegaron abajo, donde ya desde la
noche anterior esperaba el carrito. Costó cierto trabajo todavía levantar
a Brunelda y meterla dentro, pero, una vez conseguido esto, bien se
podía creer que todo estaba logrado con éxito, pues la tarea de
empujar el carretón, gracias a sus altas ruedas, no debía de ser difícil y
sólo quedaba el temor de que el carruaje se desvencijara bajo el peso
de Brunelda. Ciertamente había que correr ese riesgo; no se podía
llevar un carro de repuesto, aunque el estudiante, medio en broma, se
había ofrecido a ponerlo a su disposición y a conducirlo. Luego se llevó
a cabo la despedida del estudiante, que por cierto llegó a ser hasta muy
cordial. Toda desavenencia entre Brunelda y el estudiante parecía
olvidada; éste hasta se disculpó reconociéndose culpable de la antigua
ofensa que había infligido a Brunelda cuando estuvo enferma, pero ella
dijo que todo estaba olvidado hacía mucho y que se sentía más que
resarcida. Finalmente rogó al estudiante que aceptara en señal de
amistad y como recuerdo de ella un dólar que extrajo trabajosamente
de entre sus muchas faldas.
Semejante regalo era muy significativo, si se consideraba la notoria
avaricia de Brunelda. El estudiante, en efecto, sintió una gran alegría
por ello y arrojó su gorra bien alto al aire. Luego, por cierto, tuvo que
buscarla por el suelo y Karl le ayudó en su búsqueda; finalmente fue
Karl quien la encontró: estaba debajo del carro de Brunelda.
La despedida entre el estudiante y Karl fue desde luego mucho más
sencilla: solamente se estrecharon la mano y expresaron su
convencimiento de que, seguramente, volverían a verse alguna vez y
que entonces por lo menos uno de ellos –el estudiante lo decía por Karl,
Karl por el estudiante– habría logrado algo loable, cosa que hasta ese
momento, por desgracia, no había sucedido. Luego, Karl cogió
animosamente la manija del carrito y lo empujó fuera del portón. El
estudiante se quedó mirándolos y haciendo señas con un pañuelo,
mientras aún se los podía ver. Karl se volvió muchas veces, saludando
con la cabeza; también a Brunelda le hubiera gustado volverse, pero
tales movimientos le resultaban demasiado fatigosos. Para facilitarle a
pesar de todo una última despedida todavía, Karl, al final de la calle,
giró con el carro en círculo, de manera que también Brunelda pudo ver
al estudiante, el cual aprovechó esta oportunidad para agitar el pañuelo
con celo especial.
Después, eso sí, dijo Karl que desde ese momento no podían permitirse
ya ninguna parada, pues el camino era largo y partían mucho más
tarde de lo que había sido su intención. En efecto, de vez en cuando ya
se veían carruajes, como también, aunque muy aisladamente, alguna
gente que se dirigía a su trabajo. Karl, con su observación, no había
querido decir otra cosa que lo que realmente dijo, pero Brunelda, en su
delicadeza de sentimientos, lo entendió de otra manera y se cubrió
totalmente con su manta gris. Karl no objetó nada contra ello. Aquel
carretón de mano, cubierto con una manta gris, resultaba por cierto
muy llamativo; pero sin duda incomparablemente menos de lo que
hubiera resultado con Brunelda descubierta.
Avanzaba Karl con sumo cuidado; antes de doblar por una esquina
observaba la calle siguiente y, si eso le parecía necesario, hasta dejaba
el carro y se adelantaba solo unos pasos y si preveía algún encuentro
que podía ser desagradable se quedaba esperando hasta que fuera
posible evitarlo y aun llegaba a elegir otro camino por una calle
totalmente distinta. Ni aun así, puesto que había estudiado con
anticipación todos los caminos posibles, corría el riesgo de dar algún
rodeo de importancia.
Ciertamente aparecieron obstáculos que, si bien habían sido de temer,
no habían podido preverse en sus detalles. Por ejemplo, surgió de
pronto –en una calle que ascendía levemente, fácil de abarcar con la
mirada y que además, por suerte, se veía completamente desierta: una
ventaja que Karl trataba de aprovechar apresurándose especialmente
del rincón oscuro de una puerta principal un agente de policía que
preguntó a Karl qué era lo que conducía en aquel carro tan
cuidadosamente tapado. Pero por más severo que mirase a Karl, tuvo
que sonreír, sin embargo, al levantar ligeramente la manta y reparar en
la cara acalorada y temerosa de Brunelda.
–¿Cómo? –dijo–, yo pensé que llevabas ahí diez bolsas de papas, y
resulta que es una sola mujer. ¿A dónde van? ¿Quiénes son ustedes?
Brunelda ni siquiera osó mirarle la cara al agente, sólo fijaba sus ojos,
constantemente, en Karl expresando su duda manifiesta de que ni él
siquiera pudiera salvarla. Sin embargo, Karl ya tenía bastante
experiencia en el trato con los agentes de policía y a él no le pareció
muy peligroso todo ese asunto.
–Bueno –dijo–, muestre usted, señorita, el documento que le han
dado.
–¡Ah, claro! –dijo Brunelda y se puso a buscarlo de una manera tan
desesperante que entonces sí ya debía de parecer realmente
sospechosa.
–La señorita –dijo el agente con ironía indudable– no encontrará el
documento.
–¡Oh, sí! –dijo Karl con calma–; lo tiene con toda seguridad; sólo que
se le ha extraviado.
Comenzó a buscar ahora él mismo y lo extrajo efectivamente tras la
espalda de Brunelda. El agente de policía tan sólo le echó una mirada
fugaz.
–Aquí está, pues –dijo el agente sonriendo–, ¿de manera que esta
clase de señorita es la señorita? ¿Y usted, chico, hace de intermediario
y se encarga del transporte? ¿No sabe usted, realmente, buscarse una
ocupación mejor?
Karl no hizo más que encogerse de hombros; ya aparecían una vez más
las conocidas intromisiones de la policía.
–Bueno, feliz viaje –dijo el agente al no recibir respuesta. En las
palabras de ese agente de policía había probablemente desprecio, y por
eso Karl siguió sin saludar; era preferible el desprecio de la policía a su
atención.
Poco después tuvieron un encuentro acaso más desagradable aún, pues
se le acercó un hombre que venía empujando un carretón cargado con
grandes cántaros de leche y al que, por lo visto, le hubiera gustado
muchísimo saber qué había bajo aquella manta gris en el carro de Karl.
No era de suponer que llevara el mismo camino que Karl, mas no
obstante se quedaba a su vera por sorprendentes que fueran las
vueltas que Karl ejecutaba. Al principio se contentó con exclamaciones,
como por ejemplo: «¡Qué carga pesada has de tener!», o bien:
«¡Cargaste mal, allí arriba se va a caer algo!» Pero luego preguntó
directamente:
–Pero, ¿qué llevas debajo de esa manta?
Karl dijo:
–¿Qué te importa? –pero ya que esto aumentó más aún la curiosidad
del hombre, dijo Karl finalmente–: Son manzanas.
–¡Tantas manzanas! –dijo el hombre asombrado y no cesaba de repetir
esa exclamación–. Pero si es toda una cosecha –dijo luego.
–Sí, pues –dijo Karl.
Pero ya fuera porque no le creyera a Karl, ya porque quisiera
fastidiarlo, seguía andando junto a él y comenzaba –todo esto durante
la marcha– a tender la mano hacia la manta, como en broma;
finalmente se atrevió hasta a tirar de ella. ¡Cómo sufriría Brunelda! Por
consideración a ella no deseaba Karl trabarse en riña con aquel hombre
y se metió en el primer portón abierto, como si ésta fuera su meta.
–He llegado –dijo–; gracias por la compañía.
El hombre se detuvo asombrado ante el portón y siguió a Karl con la
vista, pero éste, si era necesario, estaba dispuesto a atravesar
tranquilamente todo el primer patio. El hombre ya no podía dudar,
pero, a fin de satisfacer su malicia por última vez, dejó su carro, corrió
de puntillas tras Karl y tiró de la manta tan fuertemente que poco faltó
para que descubriera la cara de Brunelda.
–Para que tus manzanas tengan más aire –dijo mientras se volvía
corriendo.
Karl aceptó también eso sin inmutarse, ya que lo libraba
definitivamente del hombre. Condujo luego el carro a un rincón del
patio, donde había unos grandes cajones vacíos, bajo cuya protección
pensaba decirle a Brunelda unas palabras tranquilizadoras. Pero tuvo
que quedarse hablándole largo rato, pues ella estaba completamente
bañada en lágrimas y le suplicaba muy seriamente que permaneciesen
todo el día allí; es decir, detrás de los cajones, y que prosiguiesen el
viaje sólo cuando llegara la noche.
Quién sabe si hubiera podido persuadirla él solo de cuán equivocado era
tal proceder; pero cuando allí, en el otro extremo del montón de
cajones, alguien arrojó un cajón vacío al suelo, con tal estrépito que
resonó tremendamente en el patio desierto, se asustó ella tanto que,
sin atreverse ya a pronunciar una sola palabra, se cubrió con la manta
y se sintió probablemente dichosa porque Karl, en rápida decisión,
había echado a andar en seguida.
Ya se iban animando las calles cada vez más; y, sin embargo, el
carretón no llamaba la atención tanto como Karl temiera. Tal vez
hubiera sido más prudente elegir otra hora para el transporte. Si un
viaje semejante se hiciera necesario otra vez, Karl se atrevería a
realizarlo al mediodía. Sin que lo molestaran gran cosa, dobló
finalmente por la calle angosta, oscura, en la cual se encontraba la
empresa número 25. El bizco administrador estaba de pie delante de la
puerta con el reloj en la mano.
–¿Eres siempre tan poco puntual? –preguntó.
–Hubo diversos obstáculos –dijo Karl.
–Es sabido que siempre los hay –dijo el administrador–, pero en esta
casa no valen. ¡Recuérdalo!
Karl apenas prestaba ya atención a tales discursos; todos aprovechaban
su poder y escarnecían al humilde. Una vez que se había uno
acostumbrado a ello, ya no sonaba sino como el tictac regular de los
relojes. Lo que sí lo espantó al ir empujando el carro hacia el interior
del zaguán fue la mugre que allí reinaba y que, por cierto, había
esperado. Si bien se miraba, no era ésa una suciedad palpable que
pudiera definirse. El piso embaldosado del zaguán estaba casi
perfectamente barrido, la pintura de las paredes no era vieja, sólo un
poco polvorientas las palmeras artificiales, y, sin embargo, todo allí
resultaba grasiento y repelente; era como si de todas las cosas se
hubiera hecho un mal uso y como si ya ninguna limpieza fuera capaz de
remediarlo. Cuando Karl llegaba a alguna parte se complacía en
reflexionar qué cosa se podía mejorar allí y cuánto placer
experimentaría uno interviniendo inmediatamente sin considerar el
trabajo –interminable quizá– que eso exigiría. Pero en el presente caso
no sabía qué era lo que habría que hacer. Con lentitud retiró la manta
de Brunelda.
–Bienvenida, señorita –dijo remilgadamente el administrador. No cabía
duda de que Brunelda le había causado una buena impresión. En cuanto
se dio cuenta de esa circunstancia, supo ella aprovecharla sin demora,
cosa que Karl se complació en comprobar. Y toda la angustia de las
últimas horas se desvaneció.
EL GRAN TEATRO INTEGRAL DE OKLAHOMA
En una esquina vio Karl un cartel con el siguiente texto:
«¡En el hipódromo de Clayton se contratará hoy, desde las seis de la
mañana hasta la medianoche, personal para el Teatro de Oklahoma!
¡Os llama el gran Teatro de Oklahoma! ¡Y llama sólo hoy, sólo una vez!
¡El que ahora pierda la oportunidad, la perderá para siempre! ¡El que
piensa en su futuro es de los nuestros! ¡Todos serán bienvenidos! ¡El
que quiera hacerse artista, preséntese! ¡Éste es el Teatro que está en
condiciones de emplear a cualquiera! ¡Cada cual tendrá su puesto!
¡Felicitamos anticipadamente a todo el que se decida! ¡Pero daos prisa
a fin de que seáis atendidos antes de la medianoche! ¡A las doce
cerramos todo y ya no volveremos a abrir! ¡Maldito sea el que no nos
crea! ¡Adelante, a Clayton! »
Había bastante gente delante del cartel, pero el interés que provocaba
no parecía grande. ¡Había tantos carteles!; ya nadie creía lo que los
carteles decían. Y ése era aún más inverosímil que lo que suelen ser
generalmente los carteles. Ante todo tenía un grave defecto: no se leía
en él ni una sola palabra acerca de la paga. Por poco digna de mención
que hubiese sido, el cartel se habría referido a ella sin duda; no habría
olvidado el elemento más tentador. Nadie quería hacerse artista y, en
cambio, todo el mundo deseaba que le pagasen por su trabajo.
No obstante, el cartel implicaba para Karl una gran tentación. «¡Todos
serán bienvenidos!», decía. Todos, de manera que también Karl. Sería
olvidado todo lo que hasta aquel momento había hecho, nadie pensaría
en reprochárselo. Allí podía él presentarse y solicitar un trabajo que no
era ninguna vergüenza, sino al contrario, ya que era uno invitado
públicamente a hacerse cargo de él. Y además, de la misma manera, es
decir, públicamente, allí se hacía la promesa de que también a él se le
acogería. Él no pedía nada mejor; estaba deseoso de encontrar por fin
el comienzo de una carrera decente y allí quizá se le ofrecía. Aunque
fuese falso todo lo grandilocuente que había en aquel cartel, aunque el
gran Teatro de Oklahoma no fuese más que un pequeño circo
ambulante, el caso era que estaba dispuesto a tomar gente, y eso
bastaba.
Karl no perdió tiempo en leer el cartel dos veces; sólo buscó una vez
más esa frase: «¡Todos serán bienvenidos!» Pensó primeramente ir
hasta Clayton a pie, pero esto le habría llevado tres horas de marcha
esforzada y luego, posiblemente, habría llegado justo a tiempo para
enterarse de que ya habían sido ocupadas todas las vacantes. De
acuerdo con el cartel, el número de los que serían admitidos era
ciertamente ilimitado, pero de esta suerte redactábanse siempre todas
las ofertas similares de empleos. Karl se dio cuenta de que debía
renunciar al puesto o tomar un vehículo. Volvió a contar su dinero: sin
ese viaje, le habría alcanzado para ocho días; sobre la palma extendida
movía las moneditas de un lado para otro.
Un señor que lo observaba le dio unas palmaditas en el hombro,
diciendo:
–Feliz viaje a Clayton.
Karl meneó la cabeza sin decir nada y siguió calculando. Mas se decidió
pronto, apartó el dinero necesario para el viaje y fue corriendo a la
estación del tren subterráneo.
Cuando descendió en Clayton, oyó al pronto el sonido de muchas
trompetas. Era un sonido confuso, las trompetas no estaban afinadas
una con otra y se las tocaba inconsideradamente. Este hecho no
molestó a Karl, antes bien le confirmaba que el Teatro de Oklahoma era
realmente una gran empresa. Pero cuando salió de la estación y vio
ante sus ojos toda la planta instalada se dio cuenta de que todo aquello
era más grande aún que lo que de cualquier manera hubiese podido
pensar, y no comprendía cómo podía hacer tales inversiones una
empresa con el solo fin de conseguir personal.
Delante de la entrada del hipódromo hablase construido una tarima,
alargada y baja, sobre la cual centenares de mujeres –vestidas de
ángeles, con telas blancas y grandes alas a la espalda– tocaban largas
y refulgentes trompetas doradas. Mas no estaban ellas precisamente
sobre la tarima, sino que cada una ocupaba un pedestal que empero no
era visible, ya que las largas telas flameantes de la vestimenta angélica
lo recubrían por completo. Ahora bien, como los pedestales eran muy
altos, tenían quizá hasta dos metros de altura, las figuras de las
mujeres parecían gigantescas y sólo sus pequeñas cabezas disminuían
un tanto aquella impresión de grandeza. También sus cabelleras sueltas
colgaban a los costados demasiado cortas, casi ridículas, entre las
grandes alas. A fin de que no se produjera monotonía alguna habían
utilizado pedestales de los más diversos tamaños; había, pues, mujeres
bajísimas y otras no mucho más altas que de tamaño natural, pero
junto a ellas elevábanse otras mujeres a tales alturas que uno creía que
peligraban con la menor ráfaga. Y bien: todas aquellas mujeres estaban
tocando.
No había muchos oyentes. Pequeños en comparación con las grandes
figuras, paseábanse ante la tarima unos diez muchachos que elevaban
las miradas hacia las mujeres. Mostrábanse unos a otros, a ésta o a
aquélla, pero no parecían tener la intención de entrar para emplearse.
Había un solo hombre de más edad y éste permanecía un tanto
apartado. Sin pérdida de tiempo había traído a su mujer también y a un
niño en su cochecito. La mujer sujetaba con una mano el coche, con la
otra apoyábase en el hombro de su marido. Admiraban por cierto el
espectáculo; pero se notaba su decepción. Ellos también, sin duda,
habían esperado encontrar una ocasión de trabajar, y aquel concierto
de trompetas los turbaba. Karl, a su vez, se hallaba en idéntica
situación. Se acercó al hombre, se quedó un rato escuchando las
trompetas y dijo luego:
–¿Es aquí, según creo, donde se realiza la admisión para el Teatro de.
Oklahoma?
–Yo también lo creía –dijo el hombre–; pero hace ya una hora que
estamos esperando aquí y no oímos otra cosa que esas trompetas. En
ninguna parte puede descubrirse un cartel, no hay ningún pregonero,
no hay nadie en ninguna parte que pueda dar alguna información.
Karl dijo:
–Tal vez estén esperando hasta que se reúna más gente. Realmente
hay muy poca hasta ahora.
–Es posible –dijo el hombre; y se quedaron de nuevo en silencio.
Era difícil, por otra parte, percibir las palabras a través del estruendo de
las trompetas. Luego, no obstante, la mujer le susurró algo a su
marido, éste asintió y ella se dirigió inmediatamente a Karl
preguntando:
–¿No podría usted llegar hasta el hipódromo y averiguar dónde se
realiza la admisión?
–Sí –dijo Karl–; pero tendría que atravesar la tribuna por entre los
ángeles.
–¿Y es tan difícil eso? –preguntó la mujer.
Le parecía que la empresa era fácil para Karl; pero era el caso que no
quería enviar a su marido.
–Y bien –dijo Karl–; iré.
–Es usted muy amable –dijo la mujer; y tanto ella como su marido le
estrecharon la mano.
Todos los muchachos se apiñaron para ver de cerca subir a Karl a la
tarima. Era como si las mujeres soplaran con más fuerza para saludar
al primer postulante de las vacantes. Y aquellas ante cuyo pedestal
pasaba Karl en ese preciso momento, hasta se quitaron la trompeta de
la boca y se inclinaron hacia un lado para seguirlo con la mirada
mientras avanzaba. Karl vio en el otro extremo de la tarima a un
hombre que se paseaba inquieto y que por lo visto sólo esperaba a la
gente para dar a todo el mundo toda la información que se pudiera
desear. Karl ya estaba para acercarse a él e interrogarlo cuando por
encima de su cabeza oyó gritar su nombre.
–Karl –llamó el ángel.
Karl levantó la vista y su alegre sorpresa lo hizo reír. Era Fanny.
–¡Fanny! –exclamó saludando hacia arriba con la mano. –Pero, ven,
pues, aquí –exclamó Fanny–. ¡No irás a pasar de largo estando yo aquí!
–Y abrió las telas de manera que quedaron libres el pedestal y una
angosta escalera.
–¿Está permitido subir? –preguntó Karl.
–¿Quién podría prohibirnos que nos estrechemos la mano? –exclamó
Fanny y miró furiosa en su derredor como si ya se acercara alguno por
esa prohibición.
Karl subía ya presuroso la escalera.
–¡Más despacio! –exclamó Fanny–. ¡Nos caeremos los dos, junto con el
pedestal!
Pero nada de eso sucedió; Karl llegó afortunadamente hasta el último
escalón.
–Mira –dijo Fanny una vez que se hubieron saludado–; mira qué bello
trabajo he conseguido.
–Bello, muy bello –dijo Karl y miró en derredor. Todas las mujeres que
estaban cerca ya habían advertido la presencia de Karl y reprimían
apenas la risa–. Eres casi la más alta –dijo extendiendo la mano para
estimar la altura de las demás.
–Te vi inmediatamente –dijo Fanny–; en cuanto saliste de la estación,
pero por desgracia estoy aquí en la última fila; a mí no se me ve y yo,
por mi parte, no podía llamar. Ciertamente me esforcé por tocar muy
alto, para que me reconocieras; pero tú no lo notaste.
–Pero si todas vosotras tocáis mal –dijo Karl–; déjame que toque yo
una vez.
–Toma –dijo Fanny dándole la trompeta–; pero no estropees el caro;
podrían despedirme.
Karl comenzó a tocar; la trompeta le había parecido burdamente
fabricada, destinada tan sólo a producir ruido, pero ahora quedaba de
manifiesto que se trataba en verdad de un instrumento capaz de
ejecutar casi los menores matices. Si todos los instrumentos eran de
idéntica calidad, se hacía un gran abuso de ellos. Sin dejarse molestar
por el ruido de las demás, tocó Karl con todas sus fuerzas una canción
que alguna vez había escuchado en alguna taberna. Estaba contento de
haber encontrado a una vieja amiga y de poder tocar allí la trompeta,
preferido entre todos, y de tener, además, la perspectiva de obtener
pronto, posiblemente, un buen empleo.
Muchas de las mujeres cesaron de tocar y se pusieron a escuchar
cuando, de pronto, Karl se interrumpió; quedaba en actividad apenas la
mitad de las trompetas y sólo poco a poco fue restableciéndose el
alboroto completo.
–Pero si eres un artista –dijo Fanny al tenderle Karl la trompeta para
devolvérsela–; procura que te empleen de trompetero.
–¿Acaso emplean también a hombres? –preguntó Karl.
–Sí –dijo Fanny–; nosotras tocamos durante dos horas. Luego nos
relevan los hombres, vestidos de diablos. Una mitad toca las
trompetas; la otra, los tambores. Es un bonito espectáculo; como que,
en general, todo el equipo es muy costoso. ¿No es muy bonito también
nuestro vestido? ¿Y las alas? –se recorrió con la mirada de arriba abajo.
–¿Crees –preguntó Karl– que yo también obtendré un puesto todavía?
–Con toda seguridad –dijo Fanny–; es el teatro más grande del mundo.
Cuánto me alegra que estemos nuevamente juntos. Claro que ahora
depende de la clase de empleo que te den. Pues también sería posible
que, aunque los dos estuviéramos empleados, no nos viésemos, sin
embargo, nunca.
–¿Pero es en realidad tan grande todo esto? –preguntó Karl.
–Es el teatro más grande del mundo –dijo Fanny otra vez–; yo misma,
por cierto, no lo he visto todavía, pero muchas de mis compañeras que
ya han estado en Oklahoma dicen que casi no tiene límites.
–Pero viene a presentarse muy poca gente –dijo Karl señalando a los
muchachos que permanecían allá abajo y a la pequeña familia.
–Es cierto –dijo Fanny–, pero piensa que tomamos gente en todas las
ciudades; que nuestro personal de la sección de propaganda está
viajando continuamente y que, como ésta, hay muchas secciones más.
–Pero, ¿no está inaugurado ese teatro todavía? –preguntó Karl.
–¡Oh, sí! –dijo Fanny–; es un teatro antiguo, pero lo amplían
constantemente.
–Me extraña –dijo Karl– que no acuda más gente a disputarse esos
puestos.
–Sí –dijo Fanny–, es raro.
–Quién sabe –dijo Karl– si esta movilización de ángeles y diablos no
ahuyenta en lugar de atraer.
–Hay que ver cómo descubres las cosas –dijo Fanny–. Es posible que
así sea. Díselo a nuestro adalid; quizás así puedas serle útil.
–¿Dónde está? –preguntó Karl
–En el hipódromo –dijo Fanny–. En el palco del jurado.
–También esto me extraña –dijo Karl–; ¿por qué se realiza esta
admisión en el hipódromo?
–Sí –dijo Fanny–, hacemos en todas partes los mayores preparativos
para el mayor gentío. Es que en el hipódromo hay mucho sitio. Y en
todos los quioscos, donde suelen registrarse las apuestas, se han
instalado las oficinas de admisión. Dicen que hay doscientas oficinas
diferentes.
–Pero –exclamó Karl–, ¿tiene el Teatro de Oklahoma ingresos tan
grandes como para sostener semejantes secciones de propaganda?
–¿Y eso qué nos importa a nosotros? –dijo Fanny–; pero ahora vete,
Karl, para que no pierdas nada. Yo, por otra parte, debo volver a tocar.
Intenta en todo caso obtener un empleo en esta sección y ven en
seguida a comunicármelo. Piensa que quedaré muy intranquila
esperando esa noticia.
Le estrechó la mano, lo exhortó a que tuviera cuidado al descender y
acercó de nuevo la trompeta a sus labios, pero no comenzó a tocar
hasta que Karl hubo llegado al suelo, sano y salvo. Éste volvió a poner
las telas sobre la escalera, tal como estaban antes; Fanny se lo
agradeció inclinando la cabeza, y Karl, recapacitando en diversas
formas sobre lo que acababa de oír, se encaminó hacia el hombre que
habiendo visto a Karl arriba, junto a Fanny, ya se había aproximado al
pedestal para esperarlo.
–¿Desea usted ingresar en nuestra empresa? –preguntó el hombre–; yo
soy el jefe de personal de esta sección. Sea usted bienvenido.
Permanecía constantemente un poco inclinado hacia adelante, como por
cortesía, y aunque no se moviera de su sitio, bailoteaba y jugaba con la
cadena de su reloj.
–Gracias –dijo Karl–; he leído el cartel de su compañía y he venido a
presentarme, tal como allí se pide.
–Muy bien hecho –dijo el hombre en tono aprobatorio–; por desgracia
aquí no todo el mundo procede tan bien.
Karl pensó que en aquel momento podría advertir a ese hombre del
hecho de que quizá fracasaran los medios de atracción de la sección de
propaganda, precisamente debido a su grandiosidad. Pero no se lo dijo,
pues aquel hombre no era en modo alguno el adalid de la sección, y
además habría sido poco recomendable que él, que ni siquiera estaba
admitido todavía, hiciese ya proposiciones de mejoramiento. Por eso
tan sólo dijo:
–Allá afuera espera otro que también quiere presentarse; me ha
mandado a mí primero. ¿Puedo ir a buscarlo ahora?
–Naturalmente –respondió el hombre–; cuantos más vengan, mejor
será.
–Ha traído también a su mujer y, en su cochecito, a un niño; ¿les digo
que vengan ellos también?
–Naturalmente –dijo el hombre; al parecer las dudas de Karl lo hacían
sonreír–. Podemos emplear a todos, a quien sea.
–En seguida estaré de vuelta –dijo Karl y regresó corriendo hasta el
borde de la tarima. Le hizo señas al matrimonio y pronunció unas
palabras diciendo que podían acercarse todos. Ayudó a levantar el
cochecito hasta la tarima y marcharon todos juntos.
Los muchachos, viendo aquello, se consultaron todos mutuamente, y
luego, vacilantes hasta en el último momento, y con las manos en los
bolsillos, subieron con lentitud a la tarima y siguieron finalmente a Karl
y a la familia. En ese momento salían de la estación del tren
subterráneo nuevos pasajeros que, viendo la tribuna con los ángeles,
alzaban con asombro los brazos. De todas maneras, parecía que el
concurso de vacantes cobraría ya, con todo, mayor movimiento.
Karl estaba muy contento de haber llegado tan temprano, pues era
acaso el primero; el matrimonio se mostraba temeroso y formulaba
diversas preguntas sobre si serían grandes las exigencias. Karl dijo que
no sabía nada cierto todavía, pero que realmente había tenido la
impresión de que tomaban a todos sin excepción. Según su parecer
podían estar bien tranquilos. Ya el jefe de personal acudía a su
encuentro; se mostraba muy contento de que fueran tantos; se frotaba
las manos, saludaba a cada uno con una leve reverencia y apostaba a
todos en una fila. Karl fue el primero, luego llegó el matrimonio, y sólo
después los demás.
Cuando todos se hubieron situado –los muchachos al comienzo se
agolpaban confusamente y transcurrió un rato hasta que se aquietaron–
dijo el jefe de personal en tanto que las trompetas enmudecían:
–Saludo a ustedes en nombre del Teatro de Oklahoma. Llegaron
ustedes temprano –sin embargo, ya se aproximaba el mediodía–; el
hacinamiento no es grande todavía, por lo tanto las formalidades de su
ingreso quedarán pronto arregladas. Todos ustedes traen,
naturalmente, sus documentos de identidad.
Los muchachos sacaron acto seguido toda clase de papeles, agitándolos
hacia el jefe de personal; el marido empujó a su mujer y ésta extrajo
de debajo del colchón del cochecito todo un fajo de papeles. Karl, por
cierto, no tenía ninguno. ¿Sería esto un obstáculo para su admisión? De
todas maneras sabía Karl por experiencia propia que tales
prescripciones podían eludirse fácilmente si uno se mostraba un poco
resuelto. Esto no era nada improbable. El jefe de personal revisó la fila,
se cercioró de que todos tenían documentos y como también Karl alzó
la mano, vacía por cierto, supuso que también en su caso todo estaba
en orden.
–Está bien –dijo luego el jefe de personal rechazando con un gesto a
los muchachos que pretendían que sus documentos fuesen examinados
inmediatamente–; los documentos serán revisados ahora en las oficinas
de admisión. Tal como ustedes habrán visto ya en nuestro cartel,
podemos emplear a todo el mundo. Pero naturalmente es necesario que
sepamos qué oficio ejercía cada uno hasta ahora para que podamos
emplearlo en el sitio debido, donde pueda aprovechar sus
conocimientos.
«Pero si es un teatro», pensó Karl dudando; y escuchó con muchísima
atención.
–Por tanto –continuó el jefe de personal–, hemos instalado en las
casillas de los recaudadores de apuestas oficinas de admisión, una
oficina para cada grupo profesional. De manera que cada uno de
ustedes tendrá que indicarme ahora su profesión; la familia pertenece,
por lo general, a la oficina de admisión del hombre. Los conduciré luego
a las oficinas, donde serán examinados primero sus documentos y sus
conocimientos después; será un examen muy breve a cargo de peritos;
nadie tiene por qué temer nada. Y allí mismo serán ustedes aceptados
en el momento y recibirán las instrucciones del caso. Empecemos,
pues. Esta primera oficina, como ya lo dice el letrero, se destina a los
ingenieros. ¿Hay por ventura algún ingeniero entre ustedes?
Karl se presentó. Él creía que precisamente por no tener documentos
debía esforzarse por salvar lo más pronto posible y precipitadamente
todas las formalidades; además, tenía un pequeño derecho a
presentarse puesto que él había querido llegar a ser ingeniero. Pero
viendo los muchachos que se adelantaba Karl, sintieron envidia y se
presentaron todos ellos también; todos se presentaron: todos. El jefe
de personal se irguió y dijo a los muchachos:
–¿Son ingenieros ustedes?
Y entonces todos ellos bajaron lentamente las manos; Karl en cambio
persistió en su primera actitud. El jefe de personal lo miró incrédulo por
cierto, pues Karl le parecía demasiado miserablemente vestido y
también demasiado joven para ser ingeniero; sin embargo, no dijo
nada, quizá por gratitud, porque Karl, al menos en su opinión, le había
traído a los aspirantes. Se limitó a señalar la oficina con un gesto de
invitación y hacia allí se encaminó Karl, mientras el jefe de personal se
dirigía a los otros.
En la oficina para ingenieros había dos señores sentados a ambos lados
de un pupitre rectangular, los cuales cotejaban dos grandes listas que
tenían delante. Uno de ellos leía en voz alta, el otro marcaba en su lista
los nombres leídos. Cuando Karl, saludando, apareció ante ellos,
dejaron inmediatamente las listas a un lado y sacaron otros libros
grandes, que abrieron en seguida.
Uno de ellos, por lo visto nada más que un escribiente, dijo:
–Deme usted, por favor, sus documentos de identidad.
–Lamento no tenerlos conmigo –dijo Karl.
–No los tiene aquí –dijo el escribiente dirigiéndose al otro señor y
registrando acto seguido la respuesta en su libro.
–¿Es usted ingeniero? –preguntó luego el otro que parecía ser el jefe de
la oficina.
–No lo soy todavía –dijo Karl rápidamente–; pero...
–Basta –dijo el señor mucho más rápidamente todavía–; entonces ésta
no es su oficina. Le ruego que observe el letrero.
Karl apretó los dientes; el señor debió haberlo notado, pues dijo:
–No hay motivo para inquietarse. Podemos tomar a todo el mundo. –Y
le hizo una seña a uno de los ordenanzas que, ociosos, se paseaban
entre las barreras–. Conduzca usted a este señor a la Oficina para
Personal con Conocimientos Técnicos.
El ordenanza comprendió la orden al pie de la letra y cogió a Karl de la
mano. Pasaron entre muchas casillas, en una de las cuales vio Karl a
uno de los muchachos que había sido admitido ya y que estrechaba,
agradecido, la mano a los señores que allí estaban.
En la oficina a la cual Karl fue llevado después, el procedimiento se
desarrolló de una manera parecida a la de la primera oficina, tal como
Karl lo había previsto. Sólo que de allí, cuando se enteraron de que
había cursado los estudios del ciclo medio, lo mandaron a la Oficina
para Alumnos de Colegios de Ciclo Medio. Pero al decir Karl que él había
frecuentado un colegio del ciclo medio europeo, se declararon
incompetentes también allí y lo hicieron conducir a la Oficina para
Estudiantes del Ciclo Medio Europeo. Era una casilla situada en la punta
más extrema: no sólo más chica sino hasta más baja que todas las
demás. El ordenanza que lo llevó hasta allí estaba furioso por aquella
prolongada conducción y por los muchos rechazos, de los cuales, en su
opinión, Karl exclusivamente tenía la culpa. Ya ni se quedó esperando
las preguntas; se marchó en seguida y presuroso.
Esta oficina era, sin duda, por otra parte, el último refugio. Al reparar
Karl en el jefe de la oficina casi se asustó por el parecido que éste
mostraba con un profesor que probablemente seguía aún dictando su
cátedra como antes en la Realschule de la ciudad natal. Ciertamente tal
parecido estribaba tan sólo en pormenores, cosa que quedó manifiesta
al instante; pero aquellas gafas que reposaban sobre la ancha nariz,
aquella barba cerrada rubia, cuidada como un ejemplar de museo, la
espalda levemente encorvada y la fuerte voz que prorrumpía
inesperadamente cada vez, mantuvieron todavía durante un buen rato
el asombro de Karl. Felizmente no fue necesario siquiera que se
prestase allí mucha atención, pues las cosas se desarrollaron de un
modo más sencillo que en las demás oficinas. Claro que también allí se
registró que carecía de documentos de identidad y el jefe de la oficina
dijo que era una negligencia inconcebible, pero el escribiente, que
parecía ser el que allí mandaba, pasó por alto el hecho y declaró,
después de algunas breves preguntas del jefe, y cuando éste
precisamente se disponía a formular alguna de mayor importancia, que
Karl estaba admitido. El jefe se volvió boquiabierto hacia el escribiente,
pero éste, con un ademán definitivo, dijo:
–Admitido –y anotó además inmediatamente esa decisión en el libro.
Por lo visto el escribiente opinaba que el hecho de ser estudiante del
ciclo medio europeo era de suyo tan denigrante, que se le podía creer
sin más a cualquiera que afirmara tal cosa de sí mismo. Karl, por su
parte, no tenía nada que objetar; se le acercó y quiso expresarle su
agradecimiento. Pero una leve demora se produjo todavía cuando le
preguntaron por su nombre. No respondió en seguida; tenía cierto
temor de decir su verdadero nombre, de permitir que lo anotasen. Una
vez que obtuviera allí aunque fuese el menor de los puestos y cumpliera
con él a satisfacción podían enterarse de su nombre, mas no antes;
demasiado tiempo lo había callado para revelarlo de pronto en aquel
momento. Dijo por lo tanto, ya que al instante no se le ocurría ningún
otro nombre, el apodo de sus últimos empleos:
–Negro.
–¿Negro? –preguntó el jefe y volvió la cabeza haciendo una mueca,
como si ahora hubiera alcanzado Karl el colmo de la inverosimilitud.
También el escribiente miró a Karl durante un rato, como
examinándolo, pero luego repitió: –Negro –y registró el nombre.
–¡Pero no habrá anotado Negro! –lo increpó el jefe.
–Sí, Negro –dijo el escribiente con calma e hizo un gesto con la mano,
como queriendo decir que ahora le tocaba al jefe disponer lo demás.
Y en efecto, el jefe se dominó y poniéndose de pie dijo: –Pues entonces
el Teatro de Oklahoma le...
No pudo decir nada más; no podía con su conciencia; se sentó y dijo:
–No se llama Negro.
El escribiente enarcó las cejas, se levantó luego él mismo y dijo:
–Entonces le comunico yo que está usted admitido en el Teatro de
Oklahoma y que ahora le presentarán a nuestro adalid.
De nuevo fue llamado un ordenanza, el cual condujo a Karl al palco del
jurado.
Al pie de la escalera vio Karl el cochecito; precisamente venía bajando
el matrimonio; la mujer llevaba al niño en brazos.
–¿Está usted admitido? –preguntó el hombre, ya mucho más vivaz que
antes; y también la mujer, riendo, lo miró por encima del hombro del
marido.
Al responder Karl que acababan de admitirlo y que ahora iba a ser
presentado, dijo el hombre:
–Le felicito. También a nosotros nos admitieron. Parece ser una buena
empresa; claro que uno no puede estar en todo, pero esto ocurre en
todas partes.
Se dijeron «hasta luego», y Karl subió al palco. Subió lentamente, pues
el pequeño espacio parecía atestado de gente y él no deseaba
entrometerse a la fuerza. Hasta se detuvo un rato y abarcó de una
mirada la gran pista del hipódromo que lindaba por doquiera con
lejanos bosques. Sintió de pronto ganas de presenciar alguna vez una
carrera de caballos; en América aún no había tenido oportunidad para
ello. En Europa lo habían llevado una vez a una carrera, cuando era un
niño pequeño; pero él no podía recordar sino el hecho de haber sido
arrastrado por la madre entre mucha gente que se negaba a dejar libre
el paso. Por lo tanto, en verdad aún no había visto nunca una carrera. A
sus espaldas comenzó a traquetear una maquinaria; Karl se volvió y
observó que en el indicador donde en los días de carreras se publican
los nombres de los vencedores, alzaban ahora la inscripción siguiente:
«Comerciante Kalla, con señora e hijo». De manera que así
comunicaban a las oficinas los nombres de los admitidos.
Precisamente algunos señores venían bajando presurosos la escalera,
en viva conversación, con lápices y hojas de apuntes en las manos; Karl
se estrechó contra la balaustrada para dejarlos pasar y, ya que se había
despejado el sitio de allá arriba, subió. En un rincón de la plataforma
provista de barandas de madera –tenía todo esto el aspecto de un
techo plano de una angosta torre– estaba sentado, con los brazos
extendidos a lo largo de la baranda de madera, un señor que llevaba,
atravesada sobre el pecho, una ancha cinta de seda blanca, con la
inscripción: «Adalid de la Décima Sección de Propaganda del Teatro de
Oklahoma». A su lado había, sobre una mesita, un teléfono que se
utilizaba seguramente también durante las carreras y mediante el cual
el adalid se enteraba, sin duda, de todos los datos necesarios referentes
a cada uno de los aspirantes, aún antes de la presentación, ya que por
lo pronto no le hizo ninguna clase de pregunta a Karl sino que dijo,
dirigiéndose a un señor apoyado junto a él, con las piernas cruzadas y
la mano en el mentón:
–Negro, estudiante del Ciclo Medio Europeo.
Y como si con ello Karl, quien hizo una profunda reverencia, estuviera
despachado por su parte, dirigió la mirada escaleras abajo para ver si
llegaba alguien más. Puesto que no llegaba nadie, prestó atención de
vez en cuando al diálogo que el otro señor entabló con Karl, pero la
mayor parte del tiempo deslizaba su mirada sobre la pista del
hipódromo y se quedaba golpeteando con los dedos sobre la baranda.
Aquellos dedos delicados y no obstante vigorosos, largos y veloces en el
movimiento, atraían de tiempo en tiempo la atención de Karl, a pesar
de que el otro señor lo absorbía bastante.
–¿Estuvo usted sin ocupación? –preguntó por lo pronto aquel señor.
Esta pregunta, y asimismo casi todas las demás que hacía eran muy
sencillas, absolutamente nada capciosas; y las respuestas, por otra
parte, eran examinadas a la luz de otras preguntas intermedias; sin
embargo, el señor sabía darles una importancia especial por esa
manera de pronunciarlas con los ojos bien abiertos, de observar su
efecto inclinando el busto, de recibir las respuestas agachando la
cabeza sobre el pecho y de repetirlas en voz alta de cuando en cuando,
importancia que por cierto no se entendía, pero cuya sospecha ya lo
tornaba a uno cauteloso y cohibido. Sucedió a menudo que Karl sintiera
el impulso de revocar la respuesta dada, reemplazándola por otra que
acaso encontraría mayor aprobación, pero con todo se dominó y se
abstuvo de hacerlo, pues sabía bien cuán mala sería la impresión que
semejante titubeo había de causar y cuán incalculable era además, casi
siempre, el efecto de las respuestas. Mas, por otra parte, su admisión
parecía ya cosa decidida, y el saberlo le procuraba cierto apoyo.
A la pregunta de si había estado sin ocupación, contestó con un simple:
–Sí.
–¿Dónde estuvo usted empleado la última vez? –preguntó luego el
señor. Ya se disponía Karl a responder, pero entonces el señor levantó
el índice y dijo una vez más–: ¡la última vez!
Karl ya había comprendido perfectamente la primera pregunta; sin
querer movió la cabeza como para librarse de esta última observación
que venía a confundirlo y contestó:
–En una oficina.
Esto todavía era verdad; pero si el señor llegara a exigir una
información más concreta acerca de qué clase de oficina era ésa,
entonces ya tendría que mentir. El señor, sin embargo, no lo hizo;
formuló, al contrario, una pregunta sumamente, fácil de contestar con
toda veracidad:
–¿Estaba usted contento allí?
–¡No! –exclamó Karl cortándole casi la palabra.
Con una mirada de soslayo notó Karl que el adalid sonreía ligeramente;
Karl se arrepintió de lo irreflexivo de su última respuesta; pero había
sido en exceso tentador gritar ese no, pues durante toda la época de su
último empleo sólo había abrigado ese deseo tan grande de que algún
patrono extraño entrara alguna vez y le dirigiese esa pregunta
precisamente.
Su respuesta bien podría acarrear otra desventaja más, porque el señor
podía preguntar ahora por qué no había estado contento. Sin embargo,
en lugar de reparar en eso, preguntó:
–¿Para qué puesto se siente usted apto?
Esta pregunta quizá implicaría realmente una trampa, pues, ¿con qué
fin la formulaban habiendo sido Karl ya admitido como actor? Mas a
pesar de reconocer eso, no pudo, sin embargo, superar sus escrúpulos
declarando que se sentía especialmente apto para la profesión de actor.
Por lo tanto eludió la pregunta y, corriendo el riesgo de parecer
testarudo, dijo:
–Leí el cartel en la ciudad y, como en él decía que se podía tomar a
cualquiera, me presenté.
–Esto ya lo sabemos –dijo el señor; luego se quedó callado
demostrando así que insistía en su pregunta anterior.
–Me han admitido como actor –dijo Karl vacilando, para que el señor
comprendiera el aprieto en que esta última pregunta lo había puesto.
–Es cierto –dijo el señor enmudeciendo de nuevo.
–No –dijo Karl y toda la esperanza de haber conseguido un puesto
comenzaba a tambalearse–; yo no sé si voy a servir para trabajar en el
teatro; pero he de esforzarme y trataré de cumplir todas las órdenes.
El señor se volvió hacia el adalid, ambos asintieron con la cabeza: Karl
parecía haber contestado como era debido; recobró, pues, ánimo y
esperó erguido la pregunta siguiente. Ésta rezaba:
–¿Y qué quiso usted estudiar primeramente?
A fin de formular la pregunta con mayor exactitud –el señor ponía
siempre mucho empeño en enunciar definiciones exactas– añadió:
–Quiero decir, en Europa.
Al mismo tiempo se quitó la mano del mentón con un ligero gesto que a
la vez quería indicar qué lejos estaba Europa y cuán carentes de
importancia los proyectos otrora allí concebidos.
Karl dijo:
–Mi deseo fue llegar a ser ingeniero.
Ciertamente esta contestación le resultaba enojosa; era ridículo
refrescar allí aquel viejo recuerdo de que una vez había querido hacerse
ingeniero, refrescarlo con la conciencia clara de toda su carrera anterior
en América y, además, ¿acaso hubiera llegado a serlo alguna vez, aun
en Europa? Pero en aquel momento no se le ocurría ninguna otra
respuesta, de manera que dio aquélla.
Y el señor lo tomó en serio, tal como tomaba todas las cosas.
–Bueno –dijo–; no podrá usted llegar a ser ingeniero en seguida; pero
tal vez le guste, por el momento, ejecutar cualesquiera trabajos
técnicos inferiores.
–Ciertamente –dijo Karl.
Estaba muy contento; era verdad que si aceptaba el ofrecimiento se le
trasladaba del gremio de los actores y se le colocaba entre los obreros
técnicos, pero él creía que efectivamente se desempeñaría mejor en
esa clase de trabajos. Por lo demás, y se repetía esto constantemente,
en su caso no se trataba tanto de la clase de trabajo que le dieran, sino
de fijarse en general en alguna parte y en forma permanente.
–¿Y es usted bastante fuerte para trabajos más bien pesados? –
preguntó el señor.
–¡Oh, sí!, –dijo Karl.
En respuesta, el señor invitó a Karl a que se le aproximara más y palpó
su brazo.
–Es un chico fuerte –dijo luego llevando del brazo a Karl junto al
adalid. Éste asintió sonriendo, tendió a Karl la mano, sin que por otra
parte alterara su descansada postura, y dijo:
–Entonces, hemos terminado. En Oklahoma todo esto será examinado
una vez más. ¡Honre usted a nuestra sección de propaganda!
Karl hizo una reverencia en señal de despedida; quiso despedirse luego
también del otro señor, pero éste ya estaba paseándose sobre la
plataforma, con la cara dirigida hacia lo alto, como si sus tareas
hubiesen concluido por completo.
Mientras Karl bajaba alzaron al lado de la escalera, sobre el tablero
indicador, esta inscripción: «Negro, trabajador técnico».
Ya que en todo se procedía allí debidamente, ni siquiera hubiera Karl
lamentado que en el tablero se pudiese leer su verdadero nombre. Todo
esto funcionaba realmente con un cuidado sumo, pues al pie de la
escalera ya esperaba a Karl un ordenanza, el cual le fijó en el brazo una
banda. Al levantar Karl luego el brazo para ver qué decía la inscripción
de la banda, halló impresas, precisamente, las palabras: «Trabajador
técnico».
Antes de ser conducido a cualquier parte deseaba Karl poder
comunicarle a Fanny con cuánta suerte se había desarrollado todo.
Pero, para su pesar, el ordenanza lo enteró de que tanto los ángeles
como los diablos habían partido ya para su próximo destino, a fin de
anunciar allí la llegada de la sección de propaganda, que tendría lugar
el día siguiente:
–¡Qué lástima! –dijo Karl; era la primera decepción que experimentaba
en esa empresa–. Yo tenía una conocida entre los ángeles.
–Volverá usted a verla en Oklahoma –dijo el ordenanza–; y ahora
venga, es usted el último.
Condujo a Karl a lo largo de la parte trasera de la tarima, antes
ocupada por los ángeles; ahora se veían allí tan sólo los vacíos
pedestales. Pero la suposición de Karl de que sin la música de los
ángeles acudiría mayor cantidad de pretendientes resultó inexacta,
pues ante la primera tarima ya no se veía ahora a ninguna persona
adulta; sólo había allí unos cuantos chicos que luchaban disputándose
una larga pluma blanca que probablemente se había desprendido de
alguna ala de ángel. Un muchacho la sostenía en alto mientras que los
otros chicos trataban de bajarle la cabeza con una de sus manos y son
la otra intentaban atrapar la pluma.
Karl señaló a los chicos; pero el ordenanza, sin mirarlos, dijo:
–Venga usted más ligero; han tardado muchísimo en admitirlo, ¿tenían
dudas?
–No lo sé –dijo Karl, asombrado, pero no creía tal cosa.
Siempre, aun cuando las circunstancias se presentaran clarísimas, se
hallaba con todo alguien deseoso de causar preocupaciones a sus
prójimos. Pero ante el aspecto afable que ofrecía la gran tribuna de
espectadores, a la cual ya habían llegado, olvidó Karl bien pronto la
observación del ordenanza. En dicha tribuna había un banco largo y
grande, cubierto de blanco mantel; todos los admitidos estaban allí
sentados de espaldas a la pista, sobre el banco inmediatamente
inferior, y eran convidados. La alegría y la excitación eran generales y,
en el preciso momento en que Karl se sentó inadvertidamente en el
banco, incorporáronse muchos con las copas en alto y uno de ellos
pronunció un brindis en homenaje al adalid de la décima sección de
propaganda, a quien llamó «padre de los que buscan empleo».
Alguien hizo notar que también desde allí se le podía ver y en efecto, el
palco del jurado donde estaban los dos señores era visible desde el
lugar en que se encontraban. Todos agitaron sus copas en aquella
dirección, también Karl cogió el vaso que tenía delante, pero por más
que se gritara y se intentara llamar la atención, en el palco del jurado
nada indicaba que hubieran advertido la ovación o que siquiera
desearan advertirla. El adalid permanecía recostado, como antes, en el
rincón y el otro señor seguía a su lado con la mano en el mentón.
Un tanto desilusionados sentáronse todos; alguno se volvía todavía de
vez en cuando hacia el palco del jurado, pero se servían, haciéndolas
circular, magníficas aves con muchos tenedores clavados en la carne
sabrosamente asada. Karl nunca las había visto de tan excelente
calidad; los sirvientes no se cansaban de escanciar el vino –apenas se
lo notaba, ya estaba uno de ellos inclinado sobre el plato y de pronto
caía a la copa el chorro del rojo vino–, y quien no deseaba tomar parte
en la conversación general, podía mirar estampas con vistas del Teatro
de Oklahoma, apiladas en uno de los extremos de la mesa, para ser
pasadas de mano en mano. Pero nadie se interesaba mucho por las
estampas y así sucedió que al sitio de Karl, que era el último, llegara
una sola de esas vistas. Por lo que se podía deducir de ese cuadro
debían de ser muy dignas de verse todas, sin embargo.
La estampa que Karl vio representaba el palco del Presidente de los
Estados Unidos. A primera vista se podía pensar que eso no era un
palco, sino el escenario, en tan majestuoso arco adelantábase el
antepecho al espacio libre. Ese antepecho era completamente de oro,
en todas sus partes. Entre las columnillas, como recortadas con finísima
tijera, habíanse colocado, uno junto al otro, unos medallones que
representaban a los presidentes anteriores; uno de ellos tenía la nariz
extraordinariamente recta, labios abultados y la vista rígidamente
dirigida hacia abajo, oculta por abovedados párpados. En torno del
palco, desde los lados y desde lo alto, surgían rayos de luz; era una luz
blanca y suave que descubría, literalmente, el primer plano del palco,
mientras que su fondo, tras el terciopelo rojo que en pliegues y matices
y guiado por cordones caía a lo largo de todos los bordes, aparecía
como un hueco de rojizo resplandor. Apenas era posible imaginarse la
presencia de seres humanos en ese palco, tan autocráticamente
magnífico era el aspecto que todo eso ofrecía. Karl no olvidó la comida,
pero miró, sin embargo, muchas veces esa ilustración que colocó junto
a su plato.
Al fin y al cabo le hubiera gustado muchísimo, con todo, contemplar al
menos una estampa más pero no quiso ir a buscársela él mismo, pues
un ordenanza tenía su mano sobre las estampas y seguramente era
necesario conservar el orden del turno, de manera que sólo intentó
abarcar la mesa con la mirada para ver si a pesar de todo se iba
acercando alguna estampa más. Y entonces notó con asombro –primero
no quiso creerlo– entre las caras que más se agachaban sobre la
comida, una que él conocía bien: Giácomo. Al instante corrió hacia él.
–¡Giácomo! –exclamó.
Éste, tímido como siempre que se le sorprendía, dejó la comida, se
levantó en el estrecho espacio que había entre los bancos y se limpió la
boca con la mano, pero luego se puso muy contento de ver a Karl, le
rogó que se sentara a su lado y se ofreció a pasarse junto al sitio de
Karl en el caso de que éste no quisiera abandonarlo; anhelaban
contarse todas las cosas y seguir siempre juntos. Karl no quiso
molestar a los demás, por eso cada uno se quedaría, por el momento,
en su sitio; la comida concluiría pronto y luego, naturalmente, ya harían
causa común. Karl, sin embargo, se quedó un rato más junto a
Giácomo, deseoso de mirarlo.
¡Cuántos recuerdos de tiempos pasados! ¿Dónde estaría la cocinera
mayor? ¿Qué estaría haciendo Therese? El propio Giácomo no había
cambiado nada en su aspecto; la predicción de la cocinera mayor de
que al medio año llegaría a ser forzosamente un duro norteamericano,
no se había cumplido; seguía delicado como antes, las mejillas
igualmente hundidas, aunque en ese momento se veían redondeadas,
pues tenía en la boca un trozo excesivamente grande de carne del cual
sacaba lentamente los huesos sobrantes tirándolos luego sobre el plato.
Por lo que Karl pudo leer sobre su brazal, tampoco Giácomo había sido
tomado como actor, sino como ascensorista. ¡El Teatro de Oklahoma
parecía, realmente, poder emplear a quienquiera que fuese! Abismado
en la contemplación de Giácomo, quedóse Karl demasiado tiempo
ausente de su sitio. Precisamente quería llegar, cuando llegó el jefe de
personal que, subiéndose a uno de los bancos situados más arriba,
golpeó las manos y pronunció un pequeño discurso mientras la mayor
parte de la gente se levantaba y los que se habían quedado sentados,
aquéllos que no podían separarse de la comida, eran obligados por
empujones de los otros, finalmente, a incorporarse ellos también.
–Esperemos –decía (Karl ya había regresado de puntillas a su sitio)–
que les haya gustado nuestro convite de recepción. En general, la
comida de nuestra sección de propaganda es objeto de elogios.
Desgraciadamente, me veo obligado a levantar ya la mesa, pues el tren
que llevará a ustedes a Oklahoma partirá dentro de cinco minutos. Es
por cierto un viaje muy largo, pero ya verán ustedes que no les faltará
ninguna clase de atenciones. Aquí les presento al señor que les
conducirá en su viaje y al cual deben ustedes obediencia.
Un señor pequeño y magro trepó al banco sobre el cual estaba de pie el
jefe de personal; apenas se tomó el tiempo necesario para efectuar una
fugaz reverencia, pues comenzó inmediatamente a indicar, con manos
nerviosas y extendidas, de qué manera había de concentrarse,
ordenarse y ponerse en movimiento todo el mundo. Sin embargo, no se
le obedeció en seguida, pues aquel mismo comensal que antes había
pronunciado un discurso golpeó con la mano en la mesa y dio comienzo
a una prolongada oración de agradecimiento, a pesar de que –Karl se
inquietó muchísimo– se acababa de decir que el tren partiría acto
seguido. Pero el orador no prestó atención al hecho de que ni siquiera
el jefe de personal le escuchase –pues éste estaba dando diversas
instrucciones al director del transporte–, esbozó su discurso a grandes
trazos, enumeró luego todos los manjares que habían sido servidos,
emitió su juicio sobre cada uno de ellos y concluyó luego resumiendo
con esta exclamación:
–¡Estimados señores, ésta es la manera de conquistarnos!
Todos, menos los aludidos, se echaron a reír, pero aquello era, no
obstante, más verdad que broma.
Hubo que expiar ese discurso por otra parte, ya que se hizo necesario
correr apresuradamente hasta la estación. Pero eso tampoco resultó
muy difícil, pues –Karl lo notó sólo en ese momento– nadie llevaba
pieza alguna de equipaje; el único equipaje era en realidad el cochecito
que a la cabeza de la compañía y conducido por el padre, daba botes
como barco sin timón. ¡Qué clase de gente desposeída, sospechosa, se
había juntado allí; y se la recibía y se la atendía, sin embargo, tan
espléndidamente! Parecía que todos ellos le hubiesen sido
recomendados con especial encarecimiento a aquel director del
transporte. Ya cogía él mismo con una mano la barra de la manija del
cochecito y levantaba la otra a fin de animar a toda la compañía; ya se
le veía tras la última fila aguijoneando a los rezagados; ya corría a lo
largo de los costados y echaba el ojo a más de uno que avanzaba con
paso retardado por el medio y trataba de hacerles comprender,
agitando los brazos, que era sumamente necesario que corriesen.
Cuando llegaron a la estación ya estaba el tren dispuesto. La gente en
la estación señalábase la compañía; se oían exclamaciones como ésta:
–¡Todos ésos son del Teatro de Oklahoma!
El Teatro parecía mucho más conocido que lo que Karl había supuesto;
cierto que él jamás se había interesado mucho por asuntos de teatro.
Todo un coche había sido destinado especialmente a la compañía; el
director del transporte apremiaba a subir más aún que el empleado del
tren. Revisó primero cada uno de los compartimentos ordenando alguna
cosa, aquí y allí, y sólo después subió él mismo.
A Karl le tocó casualmente un asiento junto a una ventanilla y arrastró
a Giácomo a su lado. Y así se quedaron sentados, muy apretados el uno
contra el otro; en el fondo se alegraban los dos con motivo de este
viaje. Tan libres de toda preocupación no habían hecho ellos todavía
ningún viaje en los Estados Unidos. Cuando el tren arrancó, se pusieron
a hacer señas, sacando las manos por la ventanilla mientras que los
muchachos que estaban enfrente se daban con el codo uno a otro,
porque eso les parecía ridículo.
El viaje duró dos días y dos noches. Sólo entonces comprendió Karl la
magnitud de los Estados Unidos. Infatigablemente miraba por la
ventanilla y Giácomo pugnaba tanto por asomarse él también que los
muchachos de enfrente, muy ocupados con su juego de naipes, se
cansaron y le cedieron el asiento junto a la ventanilla. Karl les dio las
gracias –el inglés de Giácomo no resultaba comprensible a cualquiera–
y con el correr de las horas se volvieron mucho más amables, ya que
otra cosa no puede suceder entre compañeros de compartimento; pero
muchas veces resultaba también molesta su amabilidad ya que, por
ejemplo, siempre que se les caía al suelo una carta y se agachaban
para buscarla, pellizcaban con todas sus fuerzas a Karl o a Giácomo en
las piernas. En tales momentos Giácomo, que no cesaba de
asombrarse, gritaba y levantaba mucho la pierna. Karl intentó una vez
responder con un puntapié; sin embargo, toleró todo aquello
calladamente. Todo lo que acontecía en el pequeño compartimento, que
aun con la ventanilla abierta estaba lleno de humo, carecía de
importancia ante aquello que podía contemplarse afuera.
El primer día atravesaron altas montañas. Macizos de piedra, de un
negro azulado, se aproximaban en puntiagudas cuñas hasta el mismo
tren; se asomaba uno por la ventanilla y buscaba en vano las cumbres:
allí se abrían valles oscuros, estrechos, desgarrados, y uno señalaba
con el dedo la dirección en que iban perdiéndose; allí venían anchos
ríos torrenciales, precipitándose con premura, en forma de grandes
olas, sobre el quebrado lecho y, arrastrando en su seno mil pequeñas
olas espumosas, volcábanse bajo los puentes que el tren atravesaba,
tan cerca, que el rostro se estremecía al hálito de su frescura.









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