OBRAS COMPLETAS | KAFKA, Franz (parte I)

| terça-feira, 29 de dezembro de 2009
José Martín González y Jordi Rottner
Impreso en España, 1983
ÍNDICE
INTRODUCCION
DESCRIPCION DE UNA LUCHA (1904)
CABALGATA
PASEO
EL GORDO
HUNDIMIENTO DEL GORDO
PREPARATIVOS PARA UNA BODA EN EL CAMPO (1907)
LOS AEROPLANOS DE BRESCIA (1909)
MUCHO RUIDO (1911)
DISCURSO SOBRE LA LENGUA YIDDISCH (1912)
LA CONDENA (1912)
AMERICA (1912)
EL FOGONERO
EL TÍO
UNA QUINTA EN LAS AFUERAS DE NUEVA YORK
CAMINO A RAMSÉS
BOTE OCCIDENTAL
EL CASO ROBINSON
UN ASILO
EL GRAN TEATRO INTEGRAL DE OKLAHOMA
LA METAMORFOSIS (1912)
CONTEMPLACIÓN (1913)
NIÑOS EN LA CARRETERA
DESENMASCARAMIENTO DE UN EMBAUCADOR
EL PASEO REPENTINO
RESOLUCIONES
LA EXCURSIÓN A LA MONTAÑA
DESGRACIA DE SOLTERO
EL COMERCIANTE
CONTEMPLACIÓN DISTRAÍDA
CAMINO A CASA
TRANSEÚNTES
EL PASAJERO
VESTIDOS
LA NEGATIVA
REFLEXIONES PARA JINETES
LA VENTANA A LA CALLE
EL DESEO DE SER PIEL ROJA
LOS ÁRBOLES
DESDICHA
EL PROCESO (1914)
EN LA COLONIA PENITENCIARIA (1914)
EL MAESTRO DE PUEBLO (EL TOPO GIGANTE) (1914)
BLUMFELD, UN SOLTERÓN (1915)
UN MEDICO RURAL (1916)
UN MÉDICO RURAL
EL NUEVO ABOGADO
EN LA GALERÍA
UN VIEJO MANUSCRITO
ANTE LA LEY
CHACALES Y ÁRABES
UNA VISITA A UNA MINA
LA ALDEA MAS CERCANA
UN MENSAJE IMPERIAL
PREOCUPACIONES DE UN JEFE DE FAMILIA
ONCE HIJOS
UN FRATRICIDIO
UN SUEÑO
INFORME PARA UNA ACADEMIA
LA MURALLA CHINA Y OTROS RELATOS (1918)
LA MURALLA CHINA
EL ESCUDO DE LA CIUDAD
DE LAS ALEGORÍAS
¡OLVÍDALO!
UNA PEQUEÑA FÁBULA
POSEIDÓN
LA PARTIDA
UNA CRUZA
EL CAZADOR GRACCHUS
FRAGMENTO PARA EL CAZADOR GRACCHUS
UN GOLPE A LA PUERTA DEL CORTIJO
EL PUENTE
DE NOCHE
EL TIMONEL
EL TROMPO
UNA CONFUSIÓN COTIDIANA
EL JINETE DEL CUBO
EL MATRIMONIO
EL VECINO
LA PRUEBA
ABOGADOS
REGRESO AL HOGAR
COMUNIDAD
EL BUITRE
EL
PROMETEO
EL SILENCIO DE LA SIRENAS
LA FATIGA
DE LA MUERTE APARENTE
LA VERDAD SOBRE SANCHO PANZA
LA CONSTRUCCIÓN
INVESTIGACIONES DE UN PERRO
CARTA AL PADRE (1919)
EL CASTILLO (1922)
UN ARTISTA DEL HAMBRE (1923)
UNA MUJERCITA
UN ARTISTA DEL HAMBRE
UN ARTISTA DEL TRAPECIO
JOSEFINA LA CANTORA
CONSIDERACIONES ACERCA DEL PECADO











OBRAS COMPLETAS – FRANZ KAFKA
EDITORIAL TEOREMA –VISIÓN LIBROS
Título del original en alemán: Gesammelte Werke
Traducciones de Joan Bosch Estrada,
A. Laurent, Roberto R. Mahler,
José Martín González y Jordi Rottner
Impreso en España, 1983
ÍNDICE
INTRODUCCION
DESCRIPCION DE UNA LUCHA (1904)
CABALGATA
PASEO
EL GORDO
HUNDIMIENTO DEL GORDO
PREPARATIVOS PARA UNA BODA EN EL CAMPO (1907)
LOS AEROPLANOS DE BRESCIA (1909)
MUCHO RUIDO (1911)
DISCURSO SOBRE LA LENGUA YIDDISCH (1912)
LA CONDENA (1912)
AMERICA (1912)
EL FOGONERO
EL TÍO
UNA QUINTA EN LAS AFUERAS DE NUEVA YORK
CAMINO A RAMSÉS
BOTE OCCIDENTAL
EL CASO ROBINSON
UN ASILO
EL GRAN TEATRO INTEGRAL DE OKLAHOMA
LA METAMORFOSIS (1912)
CONTEMPLACIÓN (1913)
NIÑOS EN LA CARRETERA
DESENMASCARAMIENTO DE UN EMBAUCADOR
EL PASEO REPENTINO
RESOLUCIONES
LA EXCURSIÓN A LA MONTAÑA
DESGRACIA DE SOLTERO
EL COMERCIANTE
CONTEMPLACIÓN DISTRAÍDA
CAMINO A CASA
TRANSEÚNTES
EL PASAJERO
VESTIDOS
LA NEGATIVA
REFLEXIONES PARA JINETES
LA VENTANA A LA CALLE
EL DESEO DE SER PIEL ROJA
LOS ÁRBOLES
DESDICHA
EL PROCESO (1914)
EN LA COLONIA PENITENCIARIA (1914)
EL MAESTRO DE PUEBLO (EL TOPO GIGANTE) (1914)
BLUMFELD, UN SOLTERÓN (1915)
UN MEDICO RURAL (1916)
UN MÉDICO RURAL
EL NUEVO ABOGADO
EN LA GALERÍA
UN VIEJO MANUSCRITO
ANTE LA LEY
CHACALES Y ÁRABES
UNA VISITA A UNA MINA
LA ALDEA MAS CERCANA
UN MENSAJE IMPERIAL
PREOCUPACIONES DE UN JEFE DE FAMILIA
ONCE HIJOS
UN FRATRICIDIO
UN SUEÑO
INFORME PARA UNA ACADEMIA
LA MURALLA CHINA Y OTROS RELATOS (1918)
LA MURALLA CHINA
EL ESCUDO DE LA CIUDAD
DE LAS ALEGORÍAS
¡OLVÍDALO!
UNA PEQUEÑA FÁBULA
POSEIDÓN
LA PARTIDA
UNA CRUZA
EL CAZADOR GRACCHUS
FRAGMENTO PARA EL CAZADOR GRACCHUS
UN GOLPE A LA PUERTA DEL CORTIJO
EL PUENTE
DE NOCHE
EL TIMONEL
EL TROMPO
UNA CONFUSIÓN COTIDIANA
EL JINETE DEL CUBO
EL MATRIMONIO
EL VECINO
LA PRUEBA
ABOGADOS
REGRESO AL HOGAR
COMUNIDAD
EL BUITRE
EL
PROMETEO
EL SILENCIO DE LA SIRENAS
LA FATIGA
DE LA MUERTE APARENTE
LA VERDAD SOBRE SANCHO PANZA
LA CONSTRUCCIÓN
INVESTIGACIONES DE UN PERRO
CARTA AL PADRE (1919)
EL CASTILLO (1922)
UN ARTISTA DEL HAMBRE (1923)
UNA MUJERCITA
UN ARTISTA DEL HAMBRE
UN ARTISTA DEL TRAPECIO
JOSEFINA LA CANTORA
CONSIDERACIONES ACERCA DEL PECADO
INTRODUCCIÓN
Algunas especulaciones sobre lo kafkiano
"Moles de piedra, de un negro azulado, se acercaban en cuñas hasta el
mismo tren; se asomaba uno por la ventanilla y buscaba inútilmente las
cumbres: allí se abrían valles oscuros, angostos, desganados, y uno
indicaba con el dedo la dirección en que se perdían; allí venían anchos
ríos correntosos que de prisa se precipitaban en forma de grandes olas,
sobre el quebrado cauce y, arrastrando en su seno mil olitas espumosas,
se volcaban bajo los puentes que el tren cruzaba, tan cerca,
que el rostro se estremecía al hálito de su frescura", ¡Es quizás esta
visión desolada la del paraíso entrevisto por Kafka, ese paraíso al que
Karl Rossmann, el héroe de América, se resiste tan empeñosamente en
penetrar, a pesar de desearlo con tanta ansiedad? ¿o quizá fuera aquel
castillo "que se destacaba con limpieza allí arriba en el aire luminoso; la
nieve, que se extendía por todas partes en fina capa, revelaba
claramente el contorno (...) en la montaña, todo tenía un aspecto
despejado, todo subía con libertad en el aire, o al menos eso parecía
desde aquí"?
Desde la muerte de Franz Kafka, un 3 de julio de 1924, muchas han
sido las interpretaciones posibles de sus obras. En los primeros
momentos del impacto de su publicación se destacaron las que veían en
K. un arquetipo del hombre en lucha contra un sistema, Lucha estéril y
sin esperanzas que hizo que los seudomarxistas la consideraran como
"de pequeño burgués angustiado". "Dónde estaba el juez que nunca
había visto? ¿Dónde estaba el Alto Tribunal al cual nunca había llegado?
(...) uno de los señores cogió la garganta a K. y el otro le clavó el
cuchillo a la altura del corazón, repitiendo dos veces más la operación."
No faltaron las explicaciones médicas y psicológicas, unas que
correlacionan el largo proceso de su enfermedad (No podía contener
sus resoplidos y, de vez en cuando, tenía que pararse a descansar.
Nadie lo corría" ), sobre todo en el análisis de La metamorfosis, con la
lenta agonía de K., otras que ven en la interrelación padre-hijo la suma
de todas las obsesiones y complejos en esos mismos personajes ("... te
encontrabas enteramente absorto en el negocio, te dejabas ver sólo
una vez por día, causándome así una impresión tan honda, que apenas
llegó a disminuir alguna vez con la costumbre"), y que tan bien queda
explicitada en Carta al padre.
Es indudable que el carácter común de todas estas interpretaciones,
hasta las más opuestas, consiste en hacer de las obras de Kafka
"novelas en clave", buscando en ellas motivaciones religiosas,
ontológicas, sociales y mitológicas.
Es innegable que en la obra de Kafka hay un condimento religioso, no
cabe duda que su sentimiento de la existencia tiene ciertas analogías
con el pensamiento de Kierkegaard; pero su obra no puede reducirse a
ser función de estas tesis, o de otras. Una novela no es una idea
abstracta oscurecida con metáforas, es un mito revelador, nos arroja
una nueva visión del mundo, una nueva forma de sentir lo maravilloso
y lo cotidiano.
En esta sociedad deshumanizada, el hombre, despojado de su
particularidad, deviene una cosa impersonal y fantástica. Pero esa
unidad de la creación poética y la vida no surgen por expresarse con
los mismos materiales, sino porque engendran y expresan las mismas
reacciones. El mundo externo e interno de Kafka son uno solo: cuando
él nos habla de otro mundo deja entrever que ese otro mundo está en
éste. Porque lo que le falta al mundo es también el mundo, se expresa
por su negación. "Yo he asumido intensamente la negatividad de mi
tiempo, que además me es muy cercano, y que no tengo derecho a
combatir, pero que en cierta medida tengo el derecho de representar."
Kafka no es ni un desesperado ni un revolucionario, es un testimonio
iluminador. Su obra es una lucha sin esperanzas. Su única salida era
penetrar en la muerte, abandonando así su particularidad. "Será a la
muerte a quien me confiaré. Resto de una creencia. Retorno al padre
Gran día de reconciliación." Él, que pudo a su vez ser "padre" por medio
del matrimonio, no aceptó serlo, de alguna manera no podía ser "un
nuevo origen de generaciones".
Toda su obra es una clara búsqueda de hallar un sentido a la vida, él
que era "más extranjero que un extranjero". Un miembro del gheto
judío de Praga, obligado a expresarse en alemán, enfermo –lo que lo
marginaba de la vida–, perdido entre el cielo y la tierra, desgajado de
su contexto. Judío aislado de su comunidad, pero que siente la
nostalgia de ella, la "ausencia del suelo, del aire, de la ley". Así como K.
desea aferrarse a una comunidad, penetrar en la "Gracia" en un sentido
teológico. Así –como lo expresa Max Brod–, El proceso y El castillo
serían la Justicia y la Gracia que la Divinidad nos ofrece. "¿Hasta cuánto
soportarás el silencio de la perrada? ¿Hasta cuánto lo soportarás? Esta
es la pregunta vital, más allá de todas las otras."
Ese silencio, ese silencio que la Cábala define como la voz de Dios, ese
silencio que es una respuesta, genera una actitud común que en Kafka
se expresa a través del prisma de su talento; la angustia, esa angustia
que nos arrastra a la muerte, pero que nos permite la lucidez necesaria
coma para diseccionar el proceso, como un médico que busca el secreto
de la vida entre la carroña y los gusanos de la muerte.
Kafka no es un escritor "negro". Este hombre desesperado y solitario
aspira a la normalidad con todas sus fuerzas, no quiere ser excluido de
la "perrada". El conflicto con el padre, no necesariamente es una
muestra de las tesis del psicoanálisis, ya que, además de prefigurar los
conflictos internos posteriores, resume en general la visión de una
sociedad represiva y alienante, que ahoga al individuo. Es así que
confiesa a Brod su proyecto de titular a toda su obra "Tentativa de
evadirse de la esfera paterna", pero donde "esfera paterna"
representaría en verdad a la sociedad y la religión, mejor dicho a
nuestras concepciones alienantes de la sociedad y la religión.
Su obra y su vida; inextricablemente ligadas, son un canto desesperado
de amor y temor, de rebelión y de angustia. La fuerza y la
trascendencia de Kafka deben buscarse en haber hallada una técnica
para expresar y traducir en forma literaria esa angustia. "El deseo de
muerte es uno de los primeros indicios que empezamos a discernir.
Esta vida nos parece intolerable, la otra inaccesible. Ya no se siente
vergüenza de querer morir; se implora desde la vieja celda que se odia,
ser trasladado a otra nueva, que tendremos todavía que aprender a
odiar."
Dentro de este universo kafkiano surge un solo personaje unificador de
esta realidad, intercesor entre el poder (¿Dios quizá?) y el mundo: la
mujer. A ella se aferra ambigua y simbólicamente; en Kafka el
enfrentamiento de dos tesis filosóficas –trascendencia o inmanencia es
un drama que debe vivirse con pleno desgarramiento. Leni, la
enfermera del abogado de El proceso, y Frieda, la cantinera del mesón
de los señores, en El castillo, representan perfectamente este poder
mediador. K. soportará todas las humillaciones, pero se aferrará a ellas
con uñas y dientes, única esperanza de redención, recuperación quizá
de ese período de Gracia que precedió a la Caída, ejemplificado por esa
misma mujer: diosa-madre-amante. En verdad, lo que separa a Tito de
Berenice es todo el peso del mundo, que se hunde en las más
profundas raíces del pasado.
Kafka es así una especie de Mesías negativo que revela el desorden
íntimo y absurdo del mundo. "La vida se reduce a no ser más que
simple existencia; no hay más drama ni lucha, sino simplemente usura
de la materia, caducidad." Y así hasta la muerte, asesinado por la
ausencia de Dios.
Tal es el mundo interior de Kafka y sus ambigüedades. No es optimista,
porque no ve ni muestra los medios para cambiar al mundo extirpando
las raíces de la alienación. Tampoco es pesimista. "Yo lucho, nadie lo
sabe", escribe en sus Diarios. El héroe de El proceso no se detiene
hasta encontrar al juez y el de El castillo nunca ceja en su búsqueda.
Sólo en la creación artística, en la construcción de! mito, Kafka intenta
liberarse de las ambigüedades de este mundo. Su técnica: el arte, la
creación, de hecho un desafío a la muerte. Todo artista es, a su
manera, un deicida.
“No es necesario que salgas de casa. Quédate en tu mesa y
escucha. Ni siquiera escuches, espera solamente. Ni siquiera
esperes, quédate solo y en silencio. El mundo llegará a ti para
hacerse desenmascarar; no puede dejar de hacerlo, se
prosternará extático a tus pies."
A. LAURENT
DESCRIPCIÓN DE UNA LUCHA
...la gente se mece y en la grava se pasea bajo este vasto cielo
que de lomas lejanas a lejanas lomas llega.
I
Algunas personas se levantaron casi a las doce; después de hacer
reverencias, darse las manos y decir que todo había sido muy
agradable, salieron al vestíbulo por el gran portal. La dueña de la casa,
en el centro, se inclinaba con volubilidad, mientras se agitaban los
bonitos pliegues de su vestido.
Yo, sentado a una mesita con tres patas finas y tensas, en ese
momento tomaba un sorbo de mi tercera copa de Benedictine, y al
beber miraba la pequeña provisión de pastelillos que yo mismo había
elegido y apilado.
Entonces, en la puerta de una habitación contigua apareció mi nuevo
conocido, un poco agitado y desordenado; como no me interesaba gran
cosa, quise apartar la mirada. Él, en cambio, se me acercó, y riéndose
distraídamente de lo que me ocupaba, dijo:
–disculpe que me dirija a usted, pero he estado hasta ahora sentado
con mi novia en la habitación contigua desde las diez y media. ¡Esta sí
que ha sido una noche, compañero! Comprendo: no está bien que se lo
cuente; apenas nos conocemos. ¿No es así? Apenas si al llegar hemos
cambiado unas palabras en la escalera. Con codo, le ruego que me
disculpe, pero no soportaba ya la felicidad, era más fuerte que yo. Y
como aquí no tengo conocidos en quienes confiar...
Miré con tristeza su bello rostro arrebolado –el pastelillo de fruta que
me había llevado a la boca no era gran cosa y le dije:
–Desde luego que me agrada parecerle digno de confianza, pero no me
interesa ser su confidente. Y usted, si no estuviese tan alterado, se
daría cuenta de lo tonto que es hablar de una muchacha enamorada a
un bebedor solitario...
Cuando callé, se desplomó sobre el asiento y echándose hacia atrás
dejó colgar los brazos. Luego los cruzó y habló en voz bastante alta:
–Hace un momento Anita y yo estábamos solos en ese cuarto. Yo la
besaba, la besaba, ¿entiende?, en la boca, en las orejas, en los
hombros. ¡Dios mío!
Algunos invitados, suponiendo una animada conversación, se acercaron
bostezando. Me levanté y dije para que todos lo oyeran:
–Bien; si usted lo desea voy, pero insisto en que es una locura ir al
Laurenzi en una noche de invierno. Hace frío y la nieve hace que los
caminos parezcan pistas de sky. Pero si se empeña...
Primero me miró con sorpresa, entreabriendo sus húmedos labios, pero
luego, cuando vio a los otros, muy próximos, se echó a reír y dijo al
tiempo que se levantaba:
–¡Oh!, el fresco nos sentará bien; tenemos las ropas transpiradas e
impregnadas en humo; además, sin haber bebido precisamente con
exceso, estoy un poco mareado. ¿Vamos?
Buscamos a la anfitriona quien, mientras él besaba su mano, le dijo:
–Me siento muy contenta; ¡parece usted tan feliz esta noche!...
La bondad de sus palabras lo emocionó y se inclinó nuevamente sobre
la mano; entonces ella sonrió. Tuve que arrastrarlo. En el vestíbulo
había una criada que veíamos por primera vez. Nos ayudó con los
abrigos y tomó una pequeña lámpara para alumbrarnos la escalera.
Una cinta de terciopelo casi pegada a la barbilla rodeaba su cuello
desnudo; dentro de sus ropas sueltas, el cuerpo ondulaba al
precedernos con la lámpara. Sus mejillas estaban rojas; había bebido
vino, y al débil resplandor que llenaba la escalera, se advertía el
temblor de sus labios.
Una vez abajo, puso la lámpara en un escalón, avanzó hacia mi
compañero; lo abrazó y besó y lo volvió a abrazar. Sólo cuando le puse
una moneda en la mano se desprendió como adormilada, abrió con
lentitud la pequeña puerta y nos dejó salir.
Sobre las calles vacías, uniformemente iluminadas, había una luna
enorme que brillaba en el cielo ligeramente nublado y que por ello se
veía más extenso. Sólo se podían dar saltitos sobre la nieve congelada.
De inmediato comencé a sentirme muy despabilado. Flexioné las
piernas, hice crujir las coyunturas, grité un nombre como si alguien
hubiese escapado doblando la esquina; arrojé el sombrero al aire y lo
recogí con jactancia.
Mi compañero no se preocupaba por lo que yo hacía. Iba con la cabeza
inclinada, mudo. Me extrañó; había supuesto que al sacarlo de la
reunión se pondría a hablar ansiosamente. No fue así, también yo podía
comportarme con más calma. Acababa de darle un golpecito animador
en la espalda cuando, de pronto, dejé de comprenderlo y retiré la mano
y la metí en el bolsillo del abrigo. Continuamos, pues, en silencio. Yo,
atento al ruido de nuestros pasos, no llegaba a comprender cómo no
me era posible conservar el paso de mi acompañante. Sin embargo, el
aire era diáfano y veía, nítidamente sus piernas. Alguien nos
contemplaba acodado en una ventana.
Al entrar en la calle Ferdinand noté que mi compañero comenzaba a
tararear una melodía de "La Princesa del Dólar"; lo hacía muy quedo,
pero alcanzaba a oírlo bien. ¿Qué se proponía? ¿Ofenderme? Bien;
estaba dispuesto a prescindir de la música y del paseo. ¿Y por qué no
hablaba? Si no me necesitaba ¿por qué no me había dejado en paz con
las golosinas, y al calor del Benedictine? Desde luego que yo no había
tenido mucho interés en dar este paseo. Por otra parte, podía
divertirme sin él. Regresaba de una velada, acababa de salvar del
oprobio a un joven ingrato y me paseaba ahora a la luz de la luna. De
acuerdo. Durante el día, en el trabajo, después en sociedad y, por la
noche, en las calles, y sin medida. Un modo de vivir atolondrado... en
su naturalidad. Pero mi compañero aún me seguía; hasta aceleró el
paso al notar que se había retrasado. No hablábamos; tampoco podía
decirse que camináramos. Me pregunté si no me convenía coger una
calle lateral, ya que en el fondo no tenía ninguna obligación de pasear
con él. Podía regresar a casa solo, nadie podía impedírmelo. Luego lo
vería, desorientado, irse por la bocacalle. ¡Adiós, querido! Me acogerá la
tibieza del cuarto, encenderé la lámpara de pie de hierro que hay sobre
la mesa, y luego, ¡por fin!, me arrojaré en mi sillón, sobre la raída
alfombra oriental. ¡Hermosas perspectivas! ¿Y por qué no? ¿Y después?
Ningún después. La claridad de la lámpara caerá sobre mi pecho en la
cálida habitación. Luego me abandonará el calor y las horas pasarán en
una soledad de paredes pintadas; sobre el suelo, que en el espejo de
marco dorado de la pared trasera se refleja oblicuamente.
Mis piernas comenzaban a fatigarse y estaba decidido a regresar a casa
de cualquier modo para meterme en cama, cuando me asaltó la duda
de si, al separarnos, debía saludarlo o no. Era demasiado tímido para
alejarme sin saludar y me faltaba valor para hacerlo con una simple
exclamación. Me detuve. pues, y apoyándome en una pared iluminada
por la luna, esperé.
Mi compañero se deslizaba hacia mí por la acera, rápido, como si yo
debiera recibirlo en brazos. Me hacía un guiño en señal de inteligencia,
por algo qua yo probablemente no recordaba.
–Qué pasa? –pregunté. ¿Qué pasa?
–Nada, nada –dijo, sólo queda conocer su opinión sobre la criada que
me besó en el zaguán. ¿Quién es esa muchacha? ¿La ha visto antes?
¿No? Yo tampoco. ¿Era en realidad una criada? Quise preguntárselo
desde que bajamos la escalera detrás de ella.
–Era una criada, y creo qua ni siquiera de las principales: lo noté por
sus manos enrojecidas; cuando le di el dinero sentí la aspereza de la
piel.
–Eso probaría que hace algún tiempo que sirve.
–Tal vez tenga razón; en la penumbra no se distinguía bien; pero al
mismo tiempo su cara me recordaba a una muchacha bastante madura,
hija de un oficial al que conozco.
–A mí no –dijo él.
–Eso no me impedirá marcharme a casa; es tarde, y mañana tengo que
ir al trabajo; se duerme mal allí.
Le tendí la mano.
–¡Qué espanto! ¡Qué mano más fría! –exclamó. No quisiera irme a casa
con una mano así. También usted debiera haberse hecho besar.
Omisión, por otra parte, fácilmente subsanable. ¿Dormir? ¿En
semejante noche? ¡Qué ocurrencia! Considere cuántos pensamientos
felices se ahogan bajo las mantas al dormir solo y cuántos sueños
desdichados arropa con ellas.
–Yo no ahogo ni arropo nada –dije.
–¡Bah! Déjeme usted; es un gracioso –concluyó. Comenzó a alejarse, y
yo, preocupado por sus palabras, lo seguí maquinalmente.
Deduje de su modo de hablar que él suponía algo que se relacionaba
conmigo, algo que tal vez no existía, pero cuya mera presunción me
elevaba a sus ojos. Era mejor que no hubiese vuelto a casa. Tal vez
este hombre, a mi lado, con la boca humeante por el frío y pensando en
criadas, se hallara en condiciones de valorizarme ante la gente, sin
esfuerzo de mi parte. ¡Que no me lo malogren las muchachas! –me
decía. Que le besen y le abracen, bueno; al fin y al cabo es la obligación
de ellas y el derecho de él, pero que no me lo arrebaten. Cuando lo
besan también me besan un poco a mí, si se quiere; con los ángulos de
la boca, en cierto modo; pero si lo seducen me lo quitan. Y él debe
permanecer siempre conmigo, siempre; ¿quién sino yo lo protegerá?
Pero el pobre diablo es bastante tonto: en pleno febrero le dice uno:
"Vamos al monte Laurenzi" y viene. Además puede caerse, resfriarse,
algún hombre celoso puede salir del callejón del Correo, y asaltarlo.
¿Qué seria de mí después? Sería como proscrito del mundo. No; ya
nunca se librará de mí.
Mañana conversará con Ana. al principio de cosas vulgares, como es
natural, pero de pronto no pudiendo contenerse dirá: "Anoche, Anita,
después de la velada, estuve con un hombre, un hombre como con
seguridad nunca has visto. Tiene el aspecto –¿cómo podría describirlo?
– de un junco, con un pelo negro que le hace rizos en la nuca. Sobre
su cuerpo pendían tiras de género amarillento que lo cubrían por
completo, y que, con la calma que reinaba anoche, se le adherían al
cuerpo. ¡Cómo!, Anita, ¿pierdes el apetito? Creo que la culpa es mía por
habértelo contado tan mal. ¡Ah, si lo hubieras visto, caminaba con
timidez a mi lado, adivinando que te amaba, lo cual, desde luego, no
era nada difícil! Para no turbar mi felicidad se me adelantó durante un
buen rato. Creo que te habrías reído y tal vez te hubieras asustado un
poco, pero a mí me agradaba su presencia. Y, ¿dónde estabas, Anita?
Durmiendo, y el África no estaba más lejos que tu cama. A veces me
parecía que con la simple expansión de su pecho, se elevaba el cielo
estrellado. ¿Crees que exagero? ¡No!, ¡no!, por mi alma, que te
pertenece, te juro que no.
Y no perdoné a mi compañero –precisamente dábamos los primeros
pasos sobre el muelle Francisco ni la mínima parte de la vergüenza que
debía sentir durante semejante discurso. Sólo que en aquel entonces
mis pensamientos se enmarañaban, ya que el Moldava y los barrios de
la orilla opuesta yacían inmersos en una misma oscuridad; a pesar de
todo allí había algunas luces que jugaban con los ojos del espectador.
Cruzamos la carretera hasta la barandilla del río y allí nos detuvimos.
Encontré un árbol en que apoyarme. Soplaba frío desde el agua y me
puse los guantes; suspiré sin motivo, como suele hacerse de noche
junto al río, y de inmediato quise continuar. Pero él miraba el agua y no
se movía. Luego se acercó a la barandilla y, con las piernas junto al
hierro, se acodó y se apoyó la frente en las manos. ¿Y qué más? Sentí
frío y tuve que subirme el cuello del abrigo. Se distendió; la espalda, los
hombros, el cuello, manteniendo el busto, que descansaba sobre los
brazos estirados, más allá de la barandilla.
–Los recuerdos, ¿no es así? –continúe. Si ya el recuerdo es triste,
¡cómo será lo que se evoca! No se entregue a tales evocaciones, no son
para usted ni para mí. Con ellas sólo se debilita la actual posición, sin
consolidar la anterior que, por otra parte, ya no necesita ser
consolidada. ¿Cree usted que yo tengo recuerdos? Diez por cada uno de
los suyos. En este mismo momento, por ejemplo, podría acordarme de
cómo estaba una vez, sentado en un banco. Era de noche y a la orilla
de un río; en verano. En una noche así acostumbro a encoger las
piernas y rodearlas con los brazos. Había apoyado la cabeza en el
respaldo de madera y miraba las montañas nebulosas de la otra orilla.
Un violín tocaba suavemente en el hotel de la playa. En ambas
márgenes pasaban de vez en cuando trenes envueltos en humo
brillante.
Mi compañero me interrumpió, se volvió de pronto, casi como
asombrado de verme todavía con él.
–¡Ah, todavía podría contar mucho más! –agregué.
–Piense que siempre sucede así –comenzó él. Cuando hoy salía por la
escalera de mi casa para dar una vuelta antes de la reunión, me
asombré de que mis manos bailaran alegremente dentro de los puños
de la camisa. Me dije: "Espera, hoy ha de suceder algo. Y sucedió
efectivamente."
Ya había empezado a caminar cuando dijo esto; y se volvía para
mirarme con sus grandes ojos, sonriente. Así estaban las cosas, pues.
Podía contarme tales aventuras, sonreír y mirarme con sus grandes
ojos. Y yo, yo debía contenerme para que mi brazo no rodeara sus
hombros, para no besarle los ojos, como premio por poder prescindir de
mí hasta ese punto. Lo peor era que ya tampoco importaba nada, que
nada podía cambiar, porque yo debía necesariamente irme.
Mientras buscaba afanosamente algún medio para quedarme por lo
menos un rato más, se me ocurrió que tal vez mi gran estatura, al
hacerle parecer más bajo, le era desagradable. Y esta circunstancia me
torturó de tal forma –ya era noche avanzada y no encontrábamos casi a
nadie–, que me encorvé hasta tocar las rodillas con las manos. Pero
para que él no lo notara, mi posición la fui cambiando poco a poco,
durante el camino, mientras trataba de desviar su atención. Incluso,
una vez lo hice volver en dirección al río y le señalé los árboles de la
isla de los tiradores, para que notara cómo se reflejaban los focos de
los puentes.
Yo no había terminado por completo, cuando, volviéndose de repente,
me miró y dijo:
–¿Qué le ocurre? Está usted completamente encorvado. ¿Qué le ocurre?
–Muy bien –dije, con la cabeza junto a la costura de su pantalón, lo
que me impedía levantar los ojos, su vista parece muy buena.
–¡Vamos, vamos! Enderécese. ¡Qué tontería!
–No –dije y miraba el suelo muy próximo, me quedo así.
–Realmente, conseguirá que me enfade. Nos estamos retrasando
inútilmente. ¡Vamos! ¡Terminemos!
–¡Cómo gritas! ¡Y en una noche tan tranquila! –dije.
–Como usted quiera –agregó, y después de un rato: La una menos
cuarto.
Evidentemente, veía la hora en la torre del molino. Yo estaba tieso
como si me hubieran levantado por los pelos. Mantuve un rato los
labios entreabiertos para que la excitación pudiera abandonarme por la
boca. Entonces comprendí: me estaba echando. Junto a él no había
sitio para mí, y si existía era inhallable. ¿Por qué –dicho sea de paso–
me empeñaba en estar con él? No; sólo quería irme, y al instante, para
ver a mis parientes y amigos. Y aunque no tuviera parientes y amigos
tendría que arreglármelas de cualquier modo (¿de qué serviría
quejarse?), y cuanto antes mejor. Junto a él ya nada podía ayudarme,
ni mi estatura, ni mi apetito, ni mi mano helada. Pero si yo llegaba a
opinar que debía quedarme a su lado, esa opinión sería realmente
peligrosa.
–Su indirecta está de más –dije.
–¡Gracias a Dios que se ha enderezado! Lo único que dije es que ya es
la una menos cuarto.
–Está bien –dije, e introduje las uñas de dos dedos entre los dientes
castañeteantes–. No necesito su indirecta y menos aún su explicación.
Sólo necesito su compañía. Se lo ruego: retire lo que ha dicho.
–¿Lo de la una menos cuarto? Con mucho gusto, sobre todo porque esa
hora ya pasó hace rato.
Levantó el brazo derecho, agitó la mano y se puso a escuchar el
tintineo de sus gemelos.
Ahora llegaba evidentemente el asesinato. Permaneceré pegado a él;
levantará el puñal, cuya empuñadura ya sujeta en el bolsillo, y lo
dirigirá contra mi. No es probable que se asombre de lo fácil que resulta
todo, pero a lo mejor sí, no se puede saber. No gritaré, sólo lo miraré
mientras pueda.
–¿Y? –dijo.
Frente a un lejano café de cristales negros un policía resbalaba sobre el
pavimento como un patinador. Tropezaba con el sable, lo cogió en la
mano, se deslizó un gran trecho y al final giró casi en una curva. Por
fin, soltó un gritito exultante y, con la cabeza llena de melodías, volvió
a hacer eses.
Este policía, que a doscientos metros de un inminente asesinato se
ocupaba tan sólo de sí mismo, me produjo miedo. Era el fin de
cualquier modo, aunque huyera o me dejara apuñalar. Sin embargo,
¿no era preferible huir y liberarme de ese final complicado y doloroso?
No veía las ventajas de tal género de muerte, pero no podía
desperdiciar mis últimos instantes en averiguarlas. Para eso tendría
tiempo más tarde; ahora se imponía decidirse. Y me había decidido.
Debía huir aunque no era fácil. Al doblar a la derecha, hacia el puente
Carlos, podía saltar a la izquierda, metiéndome en el callejón. Este era
sinuoso, con portales oscuros y tabernas aún abiertas: no debía
desesperar.
Cuando abandonamos el arco al final del muelle para avanzar hasta la
plaza de los Caballeros de la Cruz, corrí con los brazos en alto hacia el
callejón. Paré frente a una pequeña puerta de la iglesia del Seminario,
pues había allí un escalón con que no contaba. Hice bastante ruido, el
primer farol estaba lejos, me hallaba rendido; salió en la oscuridad de
una taberna de enfrente una mujer gorda con un farol; salió a ver qué
había sucedido. La música del piano, en el interior, continuaba más
débilmente, se conocía que tocaban con una sola mano y que el
pianista se había vuelto hacia la puerta, primero solamente entornada,
luego abierta del todo por un hombre de chaqueta abotonada. Escupió y
estrujó a la mujer con tal fuerza, que ésta tuvo que levantar el farol
para protegerlo.
–No ha pasado nada –gritó el hombre hacia el interior; los dos se
volvieron, entraron y la puerta se cerró.
Al intentar levantarme, caí de nuevo.
–Hay hielo –me dije, y sentí dolor en la rodilla. Con todo, me alegraba
de que la gente de la taberna no me hubiese visto, pues de esa manera
podría seguir allí hasta el amanecer.
Mi acompañante habría llegado probablemente hasta el puente sin
percatarse de mi alejamiento, pues llegó sólo después de un rato. No
parecía sorprendido cuando se inclinó sobre mí –inclinaba solamente el
cuello, como una hiena– y me acarició blandamente. Pasó su mano por
mis hombros, subiéndola y bajándola y apoyó después la palma en mi
frente.
–Se ha lastimado, ¿no? Está helado y hay que andar con cautela. ¿No
me lo ha dicho usted mismo? ¿Le duele la cabeza? ¿No? Ah!, la rodilla.
Si, es muy desagradable.
Pero se veía que no pensaba levantarme. Apoyé la cabeza en mi mano
derecha –el codo descansaba contra un adoquín y dije:
–Bien, de nuevo juntos –y como volvía a experimentar aquel miedo de
antes, empujé con fuerza sus piernas, para apartarlo.
–Vete, vete –decía.
El tenía las manos en los bolsillos, miró el callejón vacío, luego, la
iglesia del Seminario y el cielo. Por fin, el bullicio de un coche en una
calle próxima le recordó presencia.
–¿Por qué no habla, querido? ¿Se siente mal? ¿Por qué no se levanta?
¿No será mejor buscar un coche? Si quiere le traigo un poco de vino de
la taberna. No debe continuar echado aquí con este frío. Además,
íbamos a ir al monte Laurenzi.
–Naturalmente –dije, y con fuertes dolores me levanté por mis propios
medios. Vacilaba y tenía que mirar la estatua de Carlos IV para estar
seguro de dónde me encontraba. Ni aun eso me habría ayudado si no
se me hubiera ocurrido que una muchacha que llevaba una cinta de
terciopelo negro en el cuello me amaba si no fogosamente, por lo
menos con fidelidad. Y constituía sin duda una amabilidad por parte de
la luna querer alumbrarme; por modestia iba a colocarme bajo la
arcada de la torre; pero luego comprendí que era natural que la luna lo
alumbrara todo. Abrí los brazos con alegría para gozar de ella por
completo. Todo me resultó más fácil cuando haciendo débiles
movimientos natatorios con los brazos, conseguí avanzar sin dolor y sin
esfuerzo. ¡No haberlo intentado antes! Mi cabeza hendía el aire fresco y
precisamente mi rodilla derecha era lo que volaba mejor; le expresé mi
satisfacción con unos golpecitos. Me acordaba de que había tenido un
conocido al que no toleraba bien, sin embargo lo que más me alegraba
era que mi memoria fuera lo suficientemente buena como para retener
tales cosas. Pero no debía pensar tanto, ya que tenía que seguir
andando si no quería hundirme más aún. Con todo para que luego no
se me pudiera decir que en el pavimento nadaba cualquiera, y que no
merecía la pena contarlo, me levanté un rato por sobre la barandilla y
nadé alrededor de todas las imágenes que encontraba.
Al llegar a la quinta –justamente me sostenía con imperceptibles golpes
encima de la acera–, mi compañero me tomó de la mano. De nuevo me
hallaba de pie sobre el pavimento y sentía dolor en la rodilla. Mi
acompañante, sujetándome con una mano y señalando con la otra la
estatua de Santa Ludmila, dijo:
–Siempre he admirado las manos de este ángel de la izquierda.
¡Observe qué suaves son! ¡Verdaderas manos de ángel! ¿Ha visto
alguna vez algo semejante? Usted no, pero yo sí, porque esta noche he
besado unas manos...
Para mí ahora una tercera posibilidad de aniquilamiento. No era forzoso
dejarme apuñalar, no era forzoso huir; sencillamente podía arrojarme al
aire. Que se vaya al Laurenzi, no lo molestaré, ni siquiera huyendo lo
molestaré.
–¡Adelante con las historias! –grité. No me contento con fragmentos.
¡Cuéntelo todo, del principio al fin! Y le advierto que no toleraré que
suprima ni una coma. Ardo en deseos de saberlo todo.
Me miró, y yo me fui calmando.
–Puede confiar en mi reserva. Cuéntemelo todo; alivie su corazón;
jamás ha tenido un oyente tan reservado como yo. Y a media voz,
cerca de su oído, agregué:
–No tenga miedo de mí, está completamente fuera de lugar.
Aún lo oí reír.
–Ya lo creo, ya lo creo –dije–; no me cabe ninguna duda. Y con dedos
que sustraía a la presión de sus manos tanto como me era posible, le
pellizcaba las pantorrillas. Pero él no lo sentía. Entonces me dije: "¿Por
qué andas con este hombre? Ni le amas, ni le odias; su dicha no tiene
más objetivo que una muchacha que a lo mejor ni siquiera usa un vestido
blanco. Luego este hombre te es indiferente –lo repito–,
indiferente. Pero también es inofensivo, como has podido comprobarlo.
Sigue, pues, con él hasta el Laurenzi, ya que te has puesto en camino
en esta hermosa noche, pero déjate hablar y diviértete a tu manera,
que es –dilo despacio– la mejor forma de protegerte."
II
ENTRETENIMIENTOS O DEMOSTRACIÓN
DE QUE ES IMPOSIBLE VIVIR
CABALGATA
Tomando impulso salté sobre los hombros de mi compañero como si no
fuera la primera vez y, hundiéndole los puños en las costillas, lo hice
trotar. Cuando aminoró la marcha con visibles muestras de desagrado,
llegando hasta a detenerse, le clavé las botas en el vientre para
espolearlo. Dio buen resultado y rápidamente llegamos al interior de
una región extensa pero inconclusa. Cabalgaba por una carretera
pedregosa y bastante empinada, pero precisamente eso me agradaba y
dejé que se volviera aún más pedregosa y empinada. Cuando mi
cabalgadura tropezaba la levantaba de un tirón en el cuello y si se
quejaba le azotaba la cabeza. En tanto, encontré saludable esta
cabalgata por el aire puro, y para hacerla todavía más salvaje, hice que
soplaran a través de nosotros fuertes ráfagas de viento contrario.
Exageré el movimiento de vaivén sobre los anchos hombros de mi
compañero y, agarrado a su cuello con ambas manos, eché la cabeza
hacia atrás, para contemplar las multiformes nubes que, más débiles
qua yo, se dejaban arrastrar pesadamente por el viento. Reía y
temblaba de coraje. Mi abrigo se desplegaba y me daba fuerzas.
Apretaba con firmeza una mano contra la otra, estrangulando a mi
compañero. Sólo cuando el cielo fue cubriéndose gradualmente con las
ramas de los árboles que yo dejaba crecer en los bordes de la calle,
volví en mi.
–No sé, no sé –grité sin entonación–. Si no viene nadie, entonces nadie
viene. A nadie he hecho mal, nadie me ha hecho mal, pero nadie me
quiere ayudar, nadie en absoluto. Pero, sin embargo, no es así. Sólo
que nadie me ayuda, de lo contrario sería absolutamente hermoso; y
con gusto quisiera –¿qué me dice de ello?– hacer una excursión con
una sociedad de absolutos nadies. Desde luego que a la montaña;
¿adónde si no? ¡Cómo se aprietan estos nadie, estos numerosos brazos
atravesados y enganchados, estos muchos pies separados por pasos
minúsculos! Se comprende, todos de etiqueta. Marchamos tan así, así;
un excelente viento pasa por los huecos que dejamos entre nuestros
miembros. Las gargantas se abren en la montaña. Es un milagro que no
cantemos.
Entonces mi compañero cayó y comprobé que se hallaba seriamente
lesionado en la rodilla. Como ya no podía serme útil lo dejé sin pena
sobre las piedras; y luego silbé, llamando a unos buitres, que,
obedientes se posaron sobre él para custodiarlo con sus picos oscuros.
PASEO
Seguí con despreocupación. Pero como peatón temía las dificultades de
la montaña, por lo que hice que la senda se suavizara cada vez más
hasta descender a un valle en la lejanía. Las piedras desaparecieron por
mi voluntad y el viento se esfumó.
Marchaba a buen paso y como bajaba por una pendiente, levanté el
rostro, erguí el cuerpo y crucé los brazos tras la cabeza. Como amo los
montes de pinos –iba cruzando por ellos– y como me place mirar
silenciosamente a las estrellas, éstas se abrieron en forma gradual para
mí, según es costumbre. Se veían sólo unas pocas nubes alargadas,
que el viento, confinado en las capas superiores, arrastraba y estiraba
para asombro del paseante.
Bastante lejos de la carretera que tenía enfrente de mí, probablemente
más allá de un río, hice incorporarse una montaña de generosa altura,
cuya cima cubierta de arbustos rozaba el cielo. Alcanzaba a divisar las
menores ramificaciones de los más empinados gajos y sus
movimientos. Semejante espectáculo, por vulgar que sea, me produjo
tanta alegría que, convertido en pequeño pájaro sobre las varas de
estos lejanos matorrales, olvidé hacer salir la luna, que ya esperaba
tras la montaña, seguramente indignada por el retraso. En ese
momento se extendía sobre la montaña el fresco resplandor que
precede al ascenso de la luna, y repentinamente, ella misma se elevó
tras uno de los inquietos arbustos. Yo, que miraba en otra dirección, al
volver la vista al frente y ver de pronto cómo lucía en su casi plena
redondez, me detuve con ojos turbios: la pendiente de mi calle parecía
conducir directamente al interior de esa luna de espanto.
Sin embargo, al cabo de un momento me acostumbré a ella y,
pensativo, me puse a contemplar su trabajoso ascenso; por fin, luego
de haberlos aproximado un trecho, sentí gran somnolencia, que atribuí
a las fatigas del desacostumbrado paseo. Seguí unos momentos con los
ojos cerrados; sólo lograba mantenerme despierto golpeando sonora y
regularmente las manos.
Pero más tarde, cuando el camino amenazó escurrírseme bajo los pies,
y el contorno todo, agotado como yo, comenzaba a desvanecerse, me
apresuré a trepar en un supremo esfuerzo por el muro, sobre el lado
derecho de la calle. Quería llegar a tiempo al alto y enmarañado pinar y
pasar la noche que seguramente se avecinaba.
Corría prisa. Las estrellas se oscurecían ya y la luna se sumergía
débilmente en el cielo como si cayera en aguas agitadas. La montaña
pertenecía a la oscuridad, la carretera se desintegraba, en el punto
donde la había abandonado y desde el interior del bosque se acercaba
cada vez más el fragor de árboles derrumbándose. Hubiera podido
echarme a dormir sobre el musgo pero, como en general temo hacerlo
en el suelo, trepé; el tronco se deslizó rápidamente por los anillos que
yo formaba con brazos y piernas a un árbol, que también se
bamboleaba sin que hubiera viento; me acosté en una rama con la
cabeza contra el tronco y dormí con apresuración mientras que una
ardilla, hija de mi capricho, se columpiaba con la cola tiesa en el final
tembloroso de la rama.
Dormí profundamente y sin sueños. No me despertó ni la desaparición
de la luna ni la salida del sol. Y cuando ya estaba por despertar volví a
tranquilizarme.
–Ayer te cansaste mucho –me dije, cuida ahora tu sueño– y volví a
dormirme.
Y si bien no soñaba, dormí con continuas y leves turbaciones. Durante
toda la noche alguien hablaba cerca de mi. Apenas si distinguía las
palabras, salvo algunas como "banco en la ribera", "montañas
nebulosas", trenes envueltos en humo brillante", pero sí la forma de la
pronunciación; todavía recuerdo que me frotaba las manos dormido,
satisfecho por no tener la obligación de reconocer las palabras,
precisamente porque dormía.
–Tu vida era demasiado monótona –dije en alta voz para
convencerme. Era realmente necesario que te condujeran a otra parte.
Puedes estar contento, hay alegría aquí. El sol brilla.
Entonces salió el sol y las nubes cargadas de lluvia se hicieron blancas,
leves y pequeñas en el cielo azul. Brillaron y se empinaron. Vi un río en
el valle.
–Sí, era monótona, mereces esta diversión –seguí diciendo como
obligado–, pero ¿no era también arriesgada?
Entonces oí gemir a alguien, horrorosamente cerca.
Me apresuré a descender, pero la rama temblaba como mi mano; y caí
al vacío, rígido. Apenas si hubo golpe; no me dolió, pero me sentí tan
débil y desdichado que hundí el rostro en el suelo; no podía soportar el
esfuerzo de ver el mundo que me rodeaba. Estaba convencido de que
cada movimiento y pensamiento eran forzados, había que pensar en
ellos. En cambio, era natural yacer aquí en la hierba, los brazos
pegados al cuerpo y la cara oculta. Y me decía que debía congratularme
por estar ya en esta posición natural, pues de lo contrario tendría que
soportar todavía para alcanzarla muchos y dolorosos espasmos, como
lo exigen las palabras y los pasos.
El río era ancho y sobre las pequeñas ondas rumorosas caía la luz.
También en la otra orilla había prados, que luego se convertían en
matorrales, y más allá de éstos, en la más profunda lejanía, claras
líneas de frutales conducían a colinas cubiertas de verde.
La belleza del espectáculo me anegó de felicidad; me acosté y pensé,
tapándome los oídos contra posibles llantos, que aquí podría estar
contento. Era un lugar solitario y bello. No se necesitaba mucho valor
para vivir en este paraje. Había que torturarse como en otros sitios,
pero sin
necesidad de moverme tanto. No, o no era necesario. Aquí sólo hay
montañas y un gran río, y soy lo bastante cuerdo como para
considerarlos inanimados. Y si en la soledad de la noche tropiezo al
andar con los ascendentes caminos del prado, no estaré por ello más
solo que la montaña, aunque yo sí lo sentiré. Pero también eso pasará.
Así jugaba con mi vida futura y trataba de olvidar con obstinación.
Parpadeando, miraba el cielo, de extraña coloración feliz. Hacía mucho
que no lo veía tan bello y, emocionado, me acordé de los días solitarios
en que me había parecido verlo así. Retiré las manos de los oídos y
extendí los brazos, dejándolos caer sobre la hierba. Oí sollozos débiles y
lejanos. Se levantó viento y grandes masas de hojas secas que antes
no había notado volaron rumorosas. De los árboles se desprendía la
fruta verde y golpeaba alocadamente el suelo. Detrás de una montaña
ascendían nubes oscuras. En el río crujían las olas, retrocediendo ante
el viento.
Me levanté aprisa. Me dolía el corazón: ahora me parecía imposible
superar mi pena. Quería volverme y tornar a mi antiguo género de
vida, cuando tuve esta ocurrencia: "Qué curioso es que todavía en la
actualidad haya personas distinguidas que pasan al otro lado del río en
forma tan complicada. Lo único que lo explica es que siguen
practicando un uso muy antiguo." Sacudí la cabeza; estaba en verdad
asombrado.
EL GORDO
a. Invocación al paisaje.
De los arbustos de la otra orilla surgieron vigorosamente cuatro
hombres desnudos que llevaban sobre los hombros un palanquín de
madera. En él iba sentado con las piernas cruzadas un hombre
extraordinariamente gordo. Aunque era conducido a través del
matorral, no apartaba las ramas espinosas, sino que las desviaba
tranquilamente con su cuerpo inmóvil. Sus masas de grasa estaban
extendidas con tanto cuidado que, además de cubrir totalmente el
palanquín, caían a los costados como los pliegues de un tapiz
amarillento; pero no le molestaban. Su cráneo, desnudo, era pequeño,
amarillo y brillante. Su cara tenía la cándida expresión de un hombre
que reflexionaba sin molestarse en ocultarlo. A veces cerraba los ojos;
cuando volvía a abrirlos se le torcía la mandíbula.
–El paisaje no me deja pensar –dijo en voz alta. Hace oscilar mis ideas
como puentes colgantes sobre un torrente. Es bello y merece ser
contemplado. Cierro los ojos y digo: “¡Oh, tú, montaña verde junto al
río, dueña de piedras que ruedan hacia el agua! ¡Eres bella!”
“Pero toda esta alocución no la satisface, quiere que abra los ojos.
“Con todo, si digo con los ojos cerrados: “Montaña, no te amo porque
me recuerdas las nubes, el crepúsculo rosado y el cielo en la altura,
cosas todas que me colocan al borde del llanto y que no se pueden
alcanzar jamás si uno se hace conducir en una pequeña litera. Y
mientras tú, pérfida montaña, me muestras eso, me ocultas la lejanía
de bellas cosas alcanzables. Por eso no te amo, montaña junto al río,
no, no te amo.”
"Pero este discurso le sería indiferente como el anterior sino se lo dijera
con los ojos abiertos.
"Y ya que tiene tan caprichosa predilección por la papilla de nuestros
sesos, hay que conservar su disposición amistosa, mantenerla erecta.
Pues podría arrojar sombras dentadas, interponer en silencio horrorosas
paredes desnudas y hacer tropezar a mis conductores en los guijarros
del camino.
Pero no sólo la montaña es vanidosa, exigente y vengativa; todo lo
demás también lo es. Con los ojos redondos –¡oh, cómo duelen!– debo
pues repetir constantemente:
"Sí, montaña, eres hermosa y los bosques de tu ladera occidental me
alegran... También tú, flor, me satisfaces y tu rosado color entona mi
alma... Y tú, hierba del prado, ya has crecido y eres fuerte y refrescas...
Y tú, matorral desconocido, pinchas de manera tan inesperada que
haces brincar nuestro pensamiento... Pero tú, río, tú eres el que me
produces más placer tanto que me entregaré confiado a tus aguas
flexibles.”
Después de haber gritado diez veces esta vibrante loa, que
acompañaba humildemente con pequeñas sacudidas de su cuerpo, dejó
caer la cabeza y dijo con los ojos todavía cerrados:
–Pero ahora, os ruego, montaña, flor, hierba, matorral y río, dejadme
un poco de espacio para respirar.
Entonces se produjeron rápidos deslizamientos de las montañas, que se
ocultaron tras amplias colgaduras de niebla. Las arboledas quisieron
resistir y proteger el sendero, pero se diluyeron en seguida. Delante del
sol pendía una nube húmeda con leve borde translúcido; en su sombra
se deprimía la tierra y todas las cosas perdían sus bellos contornos.
Las pisadas de los servidores se me hacían perceptibles a través del río,
y sin embargo nada podía distinguir con claridad en los oscuros
cuadrados de los rostros. Vi solamente cómo ladeaban las cabezas y
curvaban las espaldas ante el extraordinario peso de la carga. Me
preocupaba por ellos, porque los notaba cansados. Observé fascinado
cómo hollaban la hierba de la orilla, cómo cruzaban con paso llano la
arena mojada, cómo por fin se hundían en el juncal fangoso, donde los
dos de atrás tuvieron que inclinarse más aún, para mantener el
palanquín en posición horizontal. Yo retorcía las manos. Ahora, a cada
paso debían levantar mucho los pies, de modo que sus cuerpos
brillaban sudorosos en el aire de la tarde cambiante.
El gordo estaba tranquilo, las manos sobre las piernas; las puntas de
las cañas lo rozaban, cuando tornaba a enderezarse detrás de los
conductores delanteros.
Los movimientos de los cuatro hombres se hicieron más
desacompasados a medida que se aproximaban al agua. A veces la
litera oscilaba como mecida por las olas, porque se encontraban con
pequeños charcos entre los juncos, que debían bordear o saltar, ya que
podían ser profundos. En una oportunidad una bandada de patos
salvajes ascendió gritando directamente hacia el nubarrón. Entonces,
gracias a uno de los movimientos del palanquín, vi el rostro del gordo;
estaba inquieto. Me levanté y corrí en zigzag por el pedregoso declive
que me separaba del agua. No reparaba en que era peligroso, sólo
pensaba en que quería ayudar al gordo cuando sus sirvientes no
pudieran seguir llevándolo. Corrí tan irreflexivamente que no me pude
detener a tiempo y penetré hasta las rodillas en las aguas, que se
abrieron salpicándome.
Los conductores, en la otra margen, a fuerza de retorcerse, habían
depositado la litera en el río y mientras con una mano se sostenían
sobre el agua, cuatro brazos velludos empujaban la litera hacia arriba;
se veían los músculos desmesuradamente tensos.
El agua golpeó primero la barbilla y les lamió la boca; las cabezas de los
conductores se inclinaron hacia atrás, las varas cayeron sobre los
hombros. El agua les llegaba a la nariz pero no cejaban en sus
esfuerzos, y eso que apenas habían llegado a la mitad del río. Entonces
una ola baja cayó sobre las cabezas de los delanteros y los cuatro hombres
se ahogaron en silencio, arrastrando en sus manos la litera. El
agua se precipitó a raudales sobre ellos.
En ese momento el claro resplandor de sol poniente surgió de los
bordes de la gran nube, aclarando las colinas y las montañas hasta el
último confín del campo visual, mientras el río y toda la zona que cubría
la nube permanecían en penumbras.
El gordo se volvió lentamente con la corriente y fue llevado río abajo
como un dios de madera clara que, ya superfluo, hubiese sido arrojado
al río. Se deslizaba mansamente sobre el reflejo del nubarrón. Largas
nubes lo arrastraban y otras le empujaban encorvándose, lo que
producía bastante agitación en el agua, perceptible en los golpes de las
olas en mis rodillas y contra las piedras de la ribera.
Trepé vivamente por el talud para poder acompañar al gordo desde el
camino, un poco porque realmente lo amaba, porque tal vez pudiera
averiguar algo sobre los peligros de este país aparentemente seguro.
Así fui andando sobre la franja de tierra, tratando de habituarme a su
angostura, las manos en los bolsillos y el rostro vuelto en ángulo recto
hacia el río, de modo que la barbilla casi venía a quedar sobre el
hombro.
Sobre las piedras de la orilla había golondrinas. El gordo dijo:
–Querido señor de la orilla, no intente salvarme. Es la venganza del
agua y del viento; estoy perdido. Sí: venganza; cuántas veces no
habremos atacado estas cosas yo y mi amigo el orante, con la música
de nuestros aceros, con el brillo de los címbalos, con la amplia
magnificencia de los trombones y los destellos saltarines de los
timbales.
Un mosquito pequeño, de alas extendidas, voló a través de su barriga
sin aminorar la velocidad.
El gordo contó lo que sigue:
b. Comienzo de conversación con el orante
–Hubo un tiempo en que iba a la iglesia todos los días, porque una
muchacha, de la que me había enamorado, se arrodillaba allí a rezar
media hora al atardecer; así podía contemplarla con tranquilidad.
Una vez que ella no había ido miré con disgusto a los orantes y me
llamó la atención un joven delgado que se había arrojado al suelo. De
tiempo en tiempo, gimiendo intensamente, estrellaba el cráneo con
todas sus fuerzas contra las palmas de las manos, apoyadas en las
piedras.
En la iglesia había sólo algunas viejas que a veces giraban sus cabecitas
cubiertas, mirando hacia el orante. Esto parecía hacerle feliz, pues
antes de cada uno de sus estallidos de contrición volvía los ojos para
comprobar si los espectadores eran numerosos.
Como su actitud me pareció indecorosa, resolví hablarle al salir de la
iglesia y preguntarle directamente por qué oraba de ese modo. Porque
desde mi llegada a esta ciudad ver claro era lo que me importaba por
sobre todas las cosas, aunque en ese momento lo que más me
contrariaba era no haber visto a mi muchacha.
El hombre se levantó sólo después de una hora y se sacudió los
pantalones durante tanto tiempo que tuve ganas de gritarle: "¡Basta,
basta, ya vemos que tiene pantalones!", se santiguó muy
cuidadosamente y con paso lento, coma de marinero, se dirigió hacia la
pila de agua bendita.
Me coloqué entre ésta y la puerta; sabía con certeza que no lo dejaría
pasar sin pedirle una explicación. Torcí la boca, lo que constituye el
mejor preparativo para ciertos discursos; adelanté la pierna derecha y
cargué el cuerpo sobre ella, apoyando sólo la punta del pie izquierdo:
esta posición me da mucho aplomo, como a menudo he podido
comprobar.
Es posible que el hombre me hubiera observado de soslayo, mientras se
salpicaba el rostro con agua bendita, o que mi mirada le preocupaba ya
con anterioridad, el caso es que inesperadamente, corrió hacia la puerta
y salió. Salté para sujetarlo. La puerta vidriera golpeó. Y cuando salí ya
no pude dar con él, en tantos callejones estrechos y de gran movimiento
como los que allí había.
No lo vi, en los días siguientes, pero eh cambio apareció la muchacha,
que tornaba a rezar en el rincón de una capillita lateral. Llevaba un
vestido negro; en los hombros y la espalda era todo de encaje, lo que
transparentaba el escote en media luna de la camisa; la parte de seda
del vestido terminaba en el borde inferior del encaje formando un cuello
bien cortado. Al acudir la muchacha, me olvidé con gusto de aquel
hombre, y aun cuando más tarde volvió y tornó a rezar de la misma
manera, no volví a ocuparme de él.
Siempre pasaba a mi lado con súbita prisa y desviando el rostro, pero
en cambio me observaba con frecuencia mientras rezaba. Era casi como
si estuviese enfadado conmigo por no haberle dirigido la palabra en
aquella oportunidad y como si por aquel intento hubiera contraído
realmente la obligación de hablarle. Creí notar que sonreía cuando
después de un sermón, y siempre siguiendo a la muchacha, tropezaba
con él en la penumbra.
Claro que no existía tal obligación, y tampoco tenía yo deseos de
hacerlo. Una vez llegué a la plaza de la iglesia cuando el reloj daba ya
las siete, la muchacha hacía rato que se había ido; sólo aquel hombre
se contorsionaba cerca de la barandilla del altar. Todavía entonces
vacilé, pero por fin me deslicé de puntillas hasta la salida, di una
moneda al mendigo ciego de allí sentado y me acurruqué junto a, él,
detrás de la puerta abierta. Gocé por anticipado, durante media hora,
de la posible sorpresa del orante. Pero la alegría pasó. Soporté con
disgusto las idas y venidas de las arañas sobre mis ropas y la molestia
de hacer reverencias cada vez que salía alguien, respirando hondo, de
la oscuridad de la iglesia.
Por fin salió. El tañido de las grandes campanas que había comenzado
hacía un momento lo molestaban evidentemente. Se veía obligado a
tantear ligeramente el suelo con las puntas de los pies antes de pisar.
Me levanté, di un gran paso hacia delante y lo sujeté con fuerza.
–Buenas noches –dije, y agarrándolo por el cuello lo empujé por la
escalinata hacia la plaza iluminada.
Cuando llegamos abajo se volvió, mientras yo seguía sujetándolo por
detrás, de manera que ahora estábamos pecho contra pecho.
–¡Suélteme! –dijo no sé qué sospecha, pero soy inocente. –Y luego
repitió: –No sé qué sospecha.
–No se trata de sospechas ni de inocencias. Le ruego que no hable más
de ello. Somos extraños, nuestra relación es más breve que la
escalinata de la iglesia. ¿Adónde iríamos a parar si en seguida
comenzáramos a hablar de nuestra inocencia?
–Completamente de acuerdo –dijo él. Por lo demás, decía usted
"nuestra inocencia". ¿quería significar con ello que una vez que yo
hubiese demostrado mi inocencia usted demostraría la suya? ¿Quería
significar eso?
–Eso u otra cosa –dije. Pero tenga presente que sólo le he dirigido la
palabra para preguntarle algo.
–Quisiera irme a casa –dijo él e inició un débil retroceso.
–¡Ya lo creo! ¿Para qué le he hablado entonces? ¿O cree que le he
dirigido la palabra por su cara bonita?
–Bastante franco, ¿eh?
–¿Debo repetirle que no se trata de eso? ¿Qué tiene que ver aquí la
franqueza? Yo pregunto, usted contesta y en seguida, adiós. Por mí
puede irse después a su casa, a toda prisa.
–¿No seria mejor que nos encontráramos en otra oportunidad? ¿A una
hora más apropiada, en un café, por ejemplo? Además, su señorita
novia se fue hace sólo unos minutos, podría alcanzarla: la pobre esperó
tanto tiempo...
–No –grité en medio del estrépito del tranvía que pasaba. Usted no se
me escapa. Me gusta cada vez más. Es una verdadera pesca milagrosa
y me felicito por ello.
–¡Por Dios! –dijo entonces, usted tiene, como suele decirse, un corazón
sano y una cabeza de una sola pieza.
Me llama pesca milagrosa. ¡Qué dichoso ha de ser usted! Porque mi
desdicha es una desdicha inestable; cuando se la toca cae sobre quien
ha formulado la pregunta. ¡Buenas noches!
–Bien –dije yo, y me apoderé de su diestra por sorpresa. Si no
contesta voluntariamente, lo obligaré. Lo seguiré adonde vaya, a
derecha a izquierda, subiré la escalera hasta su habitación, y allí me
sentaré en cualquier parte. Es inútil que me mire así, porque lo haré. –Y
me acerqué aún más, hasta hablar casi pegado a su cuello, pues era
una cabeza más alto que yo.–¿De dónde sacará valor para
impedírmelo?
Entonces, retrocediendo, me besó alternativamente ambas manos y las
humedeció con sus lágrimas.
–No puedo negarle nada. Así como usted sabía que yo deseaba ir a
casa, sabía yo, y desde mucho antes, que no le podría negar nada.
Pero, por favor, entremos en esa calle lateral.
Asentí y lo seguí. Un coche nos separó, quedando yo atrás, y él agitó
ambas manos para que me diera prisa.
Pero no se conformó con la oscuridad y casi a la altura del primer piso,
sino que me condujo al zaguán de una casa antigua, bajo una
lamparilla, que pendía rezumente al comienzo de la escalera de
madera.
Extendió su pañuelo sobre el hueco de un escalón desgastado y me
invitó a sentarme:
–Sentado puede preguntar mejor; yo me quedo de pie; de pie puedo
contestar mejor. Pero no me torture.
Ya que tomaba el asunto con tanta seriedad, me senté, pero dije:
–Usted me conduce a este rincón como si fuéramos conspiradores,
cuando en realidad yo estoy ligado a usted sólo por la curiosidad y
usted a mí sólo por el temor. En el fondo lo único que quiero
preguntarle es por qué reza así en la iglesia. ¡Qué forma de
comportarse! ¡Parece un loco! ¡Qué ridículo, qué desagradable para los
espectadores y qué insoportable para los creyentes!
Había apretado el cuerpo contra la pared; sólo movía libremente la
cabeza.
–Nada más erróneo, pues los creyentes consideran natural mi conducta,
y los demás la consideran devota.
–Mi disgusto prueba lo contrario.
–Su disgusto, en el supuesto de que se trate de un verdadero disgusto,
sólo revela que usted no se cuenta. entre los devotos ni entre los
demás.
–Tiene usted razón; he exagerado un poco al decir que su
comportamiento me había disgustado; no, despertó mi curiosidad como
le dije al principio. Pero usted ¿entre cuáles se cuenta?
–Tan sólo me divierte que la gente me mire y, por así decido, arrojar de
vez en cuando una sombra sobre el altar.
–¿Le divierte? –dije y se me arrugó la cara.
–Bueno, no, por si le interesa saberlo, no es ése el caso. No se enoje
porque me haya expresado mal. No, no me divierte; es una necesidad
para mí. Necesidad de hacerme azotar por esas miradas durante una
breve hora, mientras toda la ciudad alrededor de mi...
–¡Qué me dice! –exclamé con demasiado énfasis para tan insignificante
observación y para un pasillo tan pequeño, pero luego temí enmudecer
o que se me debilitara la voz. Realmente, ¿qué dice usted? ¡Por Dios!,
adiviné desde el principio su estado. ¿No es esa fiebre, ese mareo en
tierra firme, una especie de lepra? ¿No siente un exceso de calor que le
impide conformarse a los verdaderos nombres de las cosas, como si no
pudiera saciarse con ellos, y se viera obligado a volcar sobre ellas,
apresuradamente, una cantidad de nombres casuales? ¡Aprisa, aprisa!,
pero apenas se aleja ya ha vuelto a olvidar los nombres. Ese álamo de
los campos que usted Llamó "la torre de Babel", porque no quería saber
que era un álamo, oscila de nuevo innominado y usted tiene que
bautizarlo: "Noé, cuando estaba ebrio".
Me interrumpió:
–Me alegro de no entender lo que usted dice.
Excitado, dije con prisa:
–Al decir que se alegra, demuestra que me ha entendido.
–¿No se lo he dicho? A usted no se le puede negar nada. Puse las
manos en el escalón más alto; me recosté hacia atrás y en esa posición
casi inexpugnable, que constituye la última salvación de los luchadores,
pregunté:
–dispense, pero no creo que sea de lucha franca volver a arrojarme las
explicaciones que he acabado de dar.
Con esto se animó. Juntó las manos para comunicar armonía al cuerpo
y dijo:
–Desde el principio usted excluyó las discusiones sobre la franqueza. Y,
en verdad, lo único que me importa es hacerlo comprender
perfectamente mi manera de rezar. ¿Sabe ahora por qué rezo así?
Me ponía a prueba. No, no lo sabía ni lo quería saber. Entonces me dije
que tampoco había querido venir aquí, pero que él casi me había
obligado a escucharlo. De modo que sólo necesitaba sacudir la cabeza
para que todo estuviera bien, pero eso era precisamente lo que no
podía hacer por el momento.
Él sonreía; luego se acurrucó hasta quedar casi de rodillas y me explicó
con aire soñoliento:
–Al fin ahora puedo confiarle lo que me movió a permitir que me
hablara: la curiosidad, la esperanza. Hace mucho que me consuela su
mirada. Y espero saber por usted algo de las cosas que se hunden
alrededor de mi como una nevada, mientras que para otros un simple
vaso de aguardiente sobre la mesa constituye de por si algo tan sólido
como un monumento.
Como yo callara –sólo cruzó por mi rostro un involuntario
estremecimiento– preguntó:
–¿No cree que a otros les sucede lo mismo? ¿Realmente no? Escuche,
pues: una vez, siendo muy niño, al abrir los ojos de una siesta, oí,
todavía aturdido por el sueño, que mi madre preguntaba desde el
balcón en tono natural: "¿Qué hace usted, querida? ¡Qué calor!" Una
señora contestó desde el jardín: "¡gozo entre las plantas!" Lo decían sin
pensar y no muy claramente, como si aquella señora hubiera esperado
la pregunta y mi madre la respuesta.
Yo creía que él también me preguntaba algo, por eso llevé la mano al
bolsillo posterior del pantalón, como buscando algo. Pero no buscaba
nada, sólo quería cambiar mi aspecto exterior para demostrar el interés
que tenía la conversación. Entretanto dije que el suceso era extraño y
que no lo comprendía. Agregué que no creía que fuera verdadero, que
probablemente había sido inventado con algún propósito determinado
que escapaba a mi comprensión. Luego cerré los ojos, cansados por la
poca iluminación.
–¿Ve? Anímese; por lo menos una vez nuestras opiniones coinciden y
me ha detenido generosamente para decírmelo. Pierdo una esperanza y
gano otra.
–¿No es verdad? ¿Había de avergonzarme porque no camino erguido y
a grandes pasos, porque no golpeo el pavimento con el bastón y no
rozo los vestidos de la gente que pasa bulliciosamente? Por el contrario,
¿no tendría derecho a quejarme por tener que ir saltando a lo largo de
las casas como una sombra ilimitada y porque a veces desaparezco tras
los cristales de los escaparates?
–¡Qué días debo soportar! ¿Por qué estará todo tan mal construido?
Altas casas se derrumban a veces sin que se pueda encontrar un
motivo visible. Trepo después por los montones de escombros y
pregunto a todo el que encuentro: ¿Cómo ha podido ocurrir esto? ¡Una
casa nueva! ¡En nuestra ciudad! ¿Cuántas van ya? Imagínese. Y nadie
puede responderme.
A menudo se desploma alguien en la calle y permanece allí muerto.
Entonces todos los comerciantes abren sus puertas, tapizadas de
mercaderías en exhibición, se acercan ágiles, entran al muerto en una
casa, regresan con una sonrisita alrededor de la boca y de los ojos, y
comienza la charla:
–Buenos días... el cielo está descolorido... vendo muchos pañuelos... sí,
la guerra.
Yo entro corriendo en la casa y después de levantar varias veces la
mano y encorvando un dedo temerosamente, golpeo por fin la
ventanita del portero:
–Buenos días –digo, tengo la impresión de que hace poco han traído
aquí a un hombre muerto. ¿Seria tan amable de mostrármelo? –Y
cuando él mueve la cabeza como si no pudiera decidirse, agrego:
–¡Tenga cuidado! Soy de la policía secreta y quiero ver al muerto en
seguida. –Su indecisión ha desaparecido.
–¡Fuera! –grita, esta gentuza ha tomado por costumbre arrastrarse
todos tos días por aquí. Aquí no hay ningún muerto. Tal vez en la casa
de al lado.
Yo saludo y me voy.
Pero luego, cuando tengo que cruzar una gran plaza, lo olvido todo. Si
se construyen plazas tan amplias por puro capricho, ¿por qué no se las
provee de una barandilla para atravesarlas? Hoy sopla viento del
sudoeste. La aguja de la torre del ayuntamiento traza pequeños
círculos. Todos los vidrios de la ventana crujen y los postes del
alumbrado se doblan como bambúes. El manto de la virgen sobre la
columna se retuerce y el viento la envuelve. ¿No lo ve nadie? Los
caballeros y las damas que debieran marchar sobre las piedras, flotan.
Si el viento para, se detienen, se hablan, se inclinan y se saludan; pero
si arrecia no pueden resistirlo y todos levantan simultáneamente los
pies. Por cierto que deben sujetar los sombreros, pero les bailan los
ojos y no tienen nada que objetar al tiempo. Sólo yo tengo miedo.
Entonces pude decir:
–No encuentro nada de particular en la historia que me ha contado de
su madre y la mujer del jardín. No sólo porque he escuchado muchas
de ese tipo, sino también porque incluso ha intervenido en algunas. Es
completamente natural. ¿No cree que si yo hubiera estado en verano en
ese balcón no habría podido preguntar lo mismo o contestar lo mismo
desde el jardín? El suceso era en realidad muy común.
Por fin, cuando hube dicho esto, pareció tranquilizado. Dijo que yo
estaba bien vestido, que le gustaba mi corbata. Y que tenía una piel
muy fina. Agregó que las confesiones eran más claras cuando uno podía
retractarse de ellas.
c. Historia del orante
Luego se sentó a mi lado, pues yo, confundido, le había hecho sitio,
ladeando la cabeza. Sin embargo, no se me escapaba que él también
estaba turbado y que procuraba conservar entre el y yo una cierta
distancia. Dijo con esfuerzo:
–¡Qué días estoy pasando! Anoche estuve en una reunión. Me inclinaba,
a la luz del gas, frente a una señorita a quien decía: "Me alegra
realmente que se aproxime el invierno..." Precisamente me inclinaba
diciendo estas palabras, cuando noté con desagrado que me había
dislocado una pierna y que la rótula también se había aflojado un poco.
Me senté, y ya que siempre trato de controlar mis frases dije:
–Si el invierno resulta algo penoso, uno puede conducirse con mayor
soltura, no necesita esforzarse tanto con las palabras. ¿No es así,
estimada señorita? Creo que tengo razón en este punto.
Entretanto la pierna derecha me fastidiaba. Al principio creía que se
había desarmado por completo; sólo poco a poco, apretándola, y con
masajes adecuados, pude arreglarla a medias.
La muchacha, que por solidaridad también se había sentado, dijo en
voz baja:
–No; usted no me impresiona en absoluto, porque...
–Espere –dije satisfecho y expectante. Usted no debe malgastar ni
cinco minutos en conversar conmigo, estimada señorita. Coma, por
favor, entre palabra y palabra.
Extendí los brazos y tomé un grueso racimo de uvas de una fuente
sostenida por un alado efebo de bronce, lo levanté un poco y luego lo
deposité en un platillo de borde azul. Con movimiento tal vez no exento
de elegancia, se lo alcancé a la joven.
–No me impresiona en absoluto –dijo ella; todo lo que usted dice es
tedioso e incomprensible, y falso también. Lo que yo creo, señor (¿por
qué siempre me dice estimada señorita?), lo que yo creo es que usted
no se ocupa de la verdad porque exige grandes esfuerzos.
Sus palabras me agradaron.
–Sí, señorita, sí –grité casi. Cuánta razón tiene! Es una dicha ser
comprendido así sin habérselo propuesto.
–La verdad es demasiado pesada para usted, señor; observe su
aspecto; está usted recortado todo a lo largo en papel de seda; papel
de seda amarillo, como una silueta, y cuando camina se deben de oír
los crujidos. Por eso sería injusto tomar demasiado en serio sus
posturas o sus opiniones, porque usted no tiene más remedio que
doblarse según la corriente de aire que hay en la habitación.
–No la comprendo. Nos rodean unas cuantas personas que dejan caer
los brazos sobre los respaldos de las sillas o se apoyan en el piano o
que, indecisas, se llevan la copa a los labios, o van temerosas a la
habitación contigua, y después de golpearse en la oscuridad el hombro
izquierdo y piensan: “Allí está Venus, el lucero vespertino”. Y yo formo
parte de esta reunión. Pero no sé si tiene algún sentido, no lo encuentro.
Pero no sé ni siquiera si tiene algún sentido... Y vea usted, querida
señorita, entre toda esta gente que, respondiendo a su propia
vaguedad, se comporta en forma tan indecisa y hasta ridícula, sólo yo
parezco digno de escuchar un juicio completamente claro sobre mi
persona. Y para que hasta eso tenga algo de agradable, usted lo
expresa con sorna, para dar a entender que algo se salva, como sucede
con las paredes de un edificio destruido por dentro por un incendio. La
mirada apenas encuentra obstáculos; por los amplios huecos de las
ventanas se ven de día las nubes parecen talladas en piedra gris y las
estrellas forman dibujos sobrenaturales... ¿Qué tal si, en
agradecimiento, le confiara a usted que vendrá un tiempo en que todos
los que quieran vivir tendrán el mismo aspecto que yo; recortados en
papel de seda amarillo, en forma de siluetas (como usted ha hecho
notar) y que cuando caminen se oirá su crujido? Y usted no será
distinta de lo que es ahora, pero tendrá ese aspecto, querida señorita...
Noté que la muchacha ya no estaba sentada a mi lado. Probablemente,
se había ido después de sus últimas palabras, pues ahora la veía, no
lejos de mí, cerca de una ventana, rodeada por tres jóvenes que
hablaban, riendo desde la altura de sus blancos cuellos.
Lleno de alegría bebí una copa de vino y me acerqué al pianista que,
completamente aislado y cabeceando, tocaba algo triste. Me incliné con
cuidado sobre su oído, para no asustarlo, y dije en voz baja:
–Tenga usted la amabilidad, estimado señor, de permitirme tocar a mí
ahora, porque estoy en vías de ser feliz.
Como parecía no escucharme, permanecí un rato confuso, de pie, pero
luego, sobreponiéndome a mi timidez, recorrí uno a uno los grupos de
invitados y les dije:
–Esta noche tocaré el piano.
Todos parecían saber que no podía hacerlo, pero sonreían con
amabilidad porque había interrumpido agradablemente sus
conversaciones. Pero sólo prestaron realmente atención cuando dije al
pianista, en voz alta:
–Tenga la amabilidad, estimado señor, de permitirme tocar ahora.
Estoy en vías de ser feliz. –Hay que celebrar un triunfo.
El pianista, si bien dejó de tocar, no parecía comprenderme y no se
movió de su banco color castaño. Suspiró y se cubrió el rostro con los
largos dedos.
Me compadecí de él, e iba a instarle a seguir tocando, cuando se me
acercó la dueña de casa con otras personas. –¡Qué casualidad! –decían
y soltaban la risa como si yo fuese a emprender algo extraordinario.
La joven también se acercó, me miró despectivamente y dijo:
–Por favor, señora, déjele tocar. Tal vez quiera contribuir así al
entretenimiento de todos. Es digno de aplauso. Se lo ruego, señora.
Todos se rieron porque, evidentemente, creían, como yo, que esas
palabras tenían un sentido irónico. Sólo el pianista estaba mudo.
Mantenía la cabeza baja y pasaba el índice de la mano por la madera
del banco como si dibujara en la arena. Yo temblaba, y para ocultarlo,
metí las manos en los bolsillos del pantalón. No podía ya hablar con
claridad porque todo mi rostro quería llorar. Por eso tenía que elegir las
palabras en tal forma que la idea de que quería llorar pareciera ridícula
a mis oyentes.
–Señora –dije– tengo que tocar ahora porque...
Como había olvidado el motivo, me senté inopinadamente al piano.
Entonces volví a comprender mi situación. El pianista se levantó y pasó
delicadamente por encima del banco, pues yo le cerraba el camino.
–Apague la luz, por favor, sólo puedo tocar en la oscuridad.
Me incorporé.
Dos caballeros levantaron el banco y me llevaron en volandas hasta la
mesa, mientras silbaban una canción y me columpiaban ligeramente.
Todos parecían entusiasmados y la señorita dijo:
–¿Ve, señora? Ha tocado bastante bien. Yo ya lo sabía. ¿Ve que su
temor era infundido?
Comprendí y agradecí con una reverencia que ejecuté correctamente.
Se me sirvió limonada y una señorita de labios rojos me sostuvo el vaso
para que bebiera. La dueña de casa me alcanzó pastelillos en una
bandejita de plata y una muchacha de vestido completamente blanco
me los introducía en la boca. Una exhuberante joven de cabello rubio
sostenía un racimo de uvas que yo no necesitaba más que arrancar; me
miraba a los ojos, que la eludían. Como me trataban tan bien, me
sorprendió que todos, unánimemente, me retuvieran cuando pretendí
acercarme de nuevo al piano.
–Ya es suficiente –dijo el dueño de casa, cuya presencia no había
notado. Salió y regresó de inmediato con un descomunal sombrero de
copa y un abrigo floreado de color castaño cobrizo. Ahí tiene sus cosas.
Realmente, no eran mis cosas, pero no quería ocasionarle la molestia
de salir nuevamente. El mismo me ayudó a ponerme el abrigo, que me
sentaba a la perfección, aunque tal vez resultara un poco estrecho, a
pesar de mi delgadez. Una dama de rostro benévolo me lo abrochó y al
hacerlo se fue inclinando insensiblemente.
–Que siga usted bien –dijo la dueña de casa, y vuelva pronto. Su visita
siempre será grata.
Todos se inclinaron como si ello fuera indispensable. Yo lo intenté
también, pero el abrigo me lo impedía. Entonces cogí el sombrero y,
creo que desmañadamente fui hacia la puerta.
Pero cuando con pasos cortos crucé la puerta de la calle, la gran
concavidad el cielo con la luna y las estrellas, la plaza con el
Ayuntamiento, la columna de la Virgen y la iglesia se me vinieron
encima.
Pasé tranquilamente de la sombra al claro de la luna, me desabroché el
abrigo y traté de entrar en calor; luego, levantando las manos, hice
callar el rumor de la noche y comencé a reflexionar:
–¿Qué? ¿Fingís que existís? ¿Pretendéis hacerme creer que soy irreal,
cómicamente plantado en el verde pavimento? Sin embargo, hace ya
mucho tiempo que dejaste de ser real. oh cielo, y tú plaza, no lo fuiste
jamás.
"Os concedo que todavía sois superiores a mi, pero sólo cuando os dejo
en paz.
"Gracias a Dios, luna, ya no eres la luna, pero quizá sólo por pereza te
sigo nombrando luna, como te llamabas antes. ¿Por qué disminuye tu
orgullo cuando te designo olvidado farolito japonés de color extraño? ¿Y
por qué estás a punto de retirarte cuando te designo Columna de
María? ¿Y por qué ya no reconozco tu actitud amenazadora, Columna
de María, cuando te nombro: Luna, que irradia luz amarilla?
"Creo. en verdad, que no os sienta bien que uno haga reflexiones sobre
vosotras; disminuye vuestro ánimo y vuestra salud.
"¡Gran Dios, qué beneficioso sería que el contemplativo aprendiera del
borracho!"
¿Por qué ha callado todo? Creo que ya no hay viento. Y las casitas que
a menudo se deslizan por la plaza como sobre ruedecillas, se han
atascado. Silencio, silencio..., ni siquiera se ve el fino trazo negro que
ordinariamente las separa del suelo.
Eché a correr. Sin dificultad, di tres vueltas a la plaza, y como no
encontré ningún borracho, me dirigí, sin disminuir la rapidez y sin
experimentar fatiga, hacia el callejón Carlos.
Mi sombra me acompañaba y a veces corría sobre la pared, más
pequeña que yo, como si se hubiera introducido en una zanja entre la
pared y la calle.
Al pasar por el Cuartel de Bomberos oí ruidos en dirección a la pequeña
plaza, y al doblar, vi a un borracho de pie junto a la verja de la fuente,
los brazos en posición horizontal y golpeando el suelo con zuecos de
madera.
Me detuve para recobrar el aliento; luego me acerqué a él, me quité el
sombrero de copa y dije, presentándome:
–Buenas noches, tierno caballero; he llegado a los veintitrés años, pero
todavía no tengo nombre. Pero usted seguramente viene con un
apelativo asombroso y musical de esa gran ciudad llamada París. El
sobrenatural perfume de la frívola corte de Francia le envuelve.
"Con toda seguridad que, con sus ojos coloreados, ha visto a esas
grandes damas que están de pie sobre la alta y amplia terraza, girando
irónicamente sobre su talle estrecho, mientras el extremo de su cola
pintada, extendida ampliamente también sobre la escalera, yace aún en
la arena del jardín. ¿No es cierto que una multitud de criados, de
fraques grises de corte atrevido y pantalón blanco, trepan por largas
pértigas, distribuidas por todas partes, y con las piernas alrededor de
los postes, el torso frecuentemente echado hacia atrás y hacia el
costado, deben tirar de gruesas sogas para izar y extender en lo alto
gigantescas lonas grises, porque la señora desea una mañana
neblinosa? Eructó y dijo alarmado:
–Realmente, ¿es verdad que usted viene, señor, de nuestro París, del
turbulento París, de esa granizada de entusiasmo? Cuando volvió a
eructar, dije con embarazo:
–Sé que se me depara un gran honor.
Con ágiles dedos me abroché el abrigo y dije con fervorosa timidez:
–Ya sé, señor, que no me considera digno de una contestación, pero si
hoy no le preguntara, tendría que llevar una existencia por demás
triste.
"Le ruego, pues, elegante caballero, me diga si es verdad lo que me
han contado. ¿Hay gente en París que no tiene más que ropas
adornadas y hay allí casas que son sólo portales? ¿Y es verdad que en
los días de verano el cielo sobre la ciudad es fugitivamente azul, sólo
adornado con blancas nubecillas en forma de corazón? ¿Y que existe allí
un panóptico muy concurrido, en que sólo hay árboles y tablillas con los
nombres de los más célebres héroes, delincuentes y amantes?
"Y después todavía esta noticia, seguramente falsa ¿no es verdad de
que las calles de París se ramifican de pronto, inquietas?. ¿Que no
siempre todo está en orden? Pero claro, ¿cómo podría estarlo? Sucede
alguna vez un accidente, la gente se reúne saliendo de las calles
laterales, con ese paso urbano que apenas roza el pavimento; todos
sienten curiosidad, pero al mismo tiempo temen ser defraudados;
respiran con prisa y adelantan sus cabecitas. Pero si llegan a chocar
entre sí, hacen profundas reverencias y piden perdón: Lo siento.. ha
sido sin querer... hay demasiada gente, disculpe, por favor... qué torpe
soy... lo reconozco. Mi nombre es... mi nombre es Jerome Faroche,
comerciante en especias en la rue de Cabotin... permítame que lo invite
a almorzar mañana... mi señora estará encantada... Así hablan
mientras la calle está sumida en gran confusión y el humo de las
chimeneas cae sobre las casas. Y hasta sería posible que en algún
bulevar animado de un barrio distinguido se detuvieran dos coches, que
los criados abrieran gravemente las puertas y ocho perros lobos
siberianos, de raza, bajaran bailoteando y se lanzaran a saltos a través
de la calzada. Y entonces se diría que son petimetres disfrazados.
El borracho había entrecerrado los ojos cuando callé.
se introdujo ambas manos en la boca y empujó la mandíbula hacia
abajo. Su ropa estaba manchada; era probable que lo hubieran
arrojado de una taberna y aún no lo había advertido.
Seguramente era esa pausa completamente tranquila entre el día y la
noche, en que la cabeza, sin que uno se percate, cuelga hacia la nuca y
en que todo, sin que uno se dé cuenta, se detiene porque no lo
contemplamos y luego desaparece. Con los cuerpos arqueados y
quemados, solos, miramos a nuestro alrededor, sin ver nada, y no
percibimos la resistencia del aire, sino que nos aferramos íntimamente
al recuerdo de que a cierta distancia de nosotros se levantan edificios
con techos y chimeneas angulosas, por las que la oscuridad fluye de las
casas y pasa necesariamente a través de las buhardillas, antes de llegar
a las distintas habitaciones. Y es una suerte que mañana sea un día en
que, por más increíble que parezca, todo podrá ser visto de nuevo.
Entonces el borracho levantó las cejas, en forma tal que se vio entre
ellas y los ojos un destello y explicó con intermitencias:
–Es así..., tengo sueño, me iré a dormir... Tengo un cuñado en la Plaza
Wenzel... Iré hacia allá, vivo allá, allá tengo mi cama... vete ahora... No
sé cómo se llama ni dónde vive... me parece que lo he olvidado... pero
eso no importa, porque ni siquiera sé si tengo cuñado... Ahora me
voy... ¿Cree usted que lo encontraré?
–Desde luego –dije sin vacilar. Pero usted viene de lejos y sus criados
casualmente no están con usted. Permítame que lo acompañe.
No contestó y le ofrecí el brazo.
d. Prosecución de la conversación entre el gordo y el orante
Hacía ya tiempo que trataba de despabilarme. Me frotaba el cuerpo y
me decía:
"Es hora de que hables. Si ya estás confundido”.
¿Sientes opresión? Espera. Tú conoces estas situaciones. ¡Piénsalo sin
prisa! Los que te rodean también esperarán.
"Sucede como en la reunión de la semana pasada. Alguien lee algo en
voz alta. Yo mismo he copiado una hoja a petición suya. Cuando veo la
letra que aparece a continuación de las hojas escritas por él, me
asusto. Es insoportable. La gente se inclina sobre ellas desde los tres
lados de la mesa. Aseguro llorando que no es mi letra.
"¿Pero por qué había de parecerse a lo de hoy? Sólo depende de ti que
se origine una conversación limitada. Todo está en paz. ¡Haz un
esfuerzo, querido!... Ya encontrarás una objeción... Puedes decir:
“Tengo sueño. Me duele la cabeza. Adiós”. Conque, ¡rápido, rápido!
Hazte notar. ¿Qué es eso? ¿Otra vez obstáculos y obstáculos? ¿Qué
recuerdas?... Recuerdo una meseta que se alzaba contra la grandeza
del cielo como un escudo de la tierra. La vi desde una montaña y me
preparé para atravesarla. Comencé a cantar."
Mis labios estaban secos y desobedientes cuando dije:
–¿No será posible vivir en otra forma?
–No –dijo él, sonriendo, interrogante.
–¿Pero por qué reza a la tarde en la iglesia? –pregunté entonces,
mientras se derrumbaba entre nosotros todo cuanto yo había
apuntalado entre sueños.
–¿Por qué habríamos de hablar de ello? Al anochecer, nadie que viva
solo es responsable. Hay muchos temores. Que se desvanezca la
corporeidad, que los nombres sean realmente como parecen en el
crepúsculo, que no se pueda andar sin bastón, que tal vez fuera
conveniente ir a la iglesia y rezar a gritos, para ser mirado y obtener un
cuerpo.
Como hablara así y después callara, saqué del bolsillo mi pañuelo rojo y
lloré doblado sobre mí mismo.
Se puso de pie, me besó y me dijo:
–¿Por qué lloras? Eres alto y eso me gusta; tienes largas manos que
casi se conducen según tu voluntad. ¿Por qué no te alegras por ello?
Usa siempre bordes oscuros en las mangas, te lo aconsejo... No.... ¿te
mimo y sigues llorando? Sin embargo, soportas con bastante cordura la
vida.
"Construimos máquinas de guerra en el fondo inútiles, torres, murallas,
cortinas de seda y, si tuviéramos tiempo, nos asombraríamos de ello. Y
nos mantenemos en suspenso, no caemos, aleteamos a pesar de ser
más repelentes que murciélagos. Y ya casi nadie nos puede impedir que
en un día hermoso digamos: “Gran Dios, hoy es un hermoso día”, pues
ya estamos instalados en nuestra tierra y vivimos conformes a ella y a
nosotros mismos.
"Porque somos como troncos derribados de la nieve. Parecen apoyarse
ligeramente y se debería poder desplazarlos con un empujón. Pero no,
no se puede, están fuertemente unidos al suelo. Pero mira, hasta eso
es sólo aparente.
Las reflexiones contuvieron mis lágrimas:
–Es de noche y nadie podrá echarme en cara mañana lo que pueda
decir ahora, porque puede haber sido dicho en sueños.
Luego dije:
–Eso es. Pero ¿de qué hablábamos? No podíamos hablar de la
iluminación del cielo, ya que estamos en la profundidad de un zaguán.
No..., sin embargo, hubiéramos podido hablar de ello, porque, ¿no
somos acaso completamente independientes en nuestra conversación?
No buscamos ni fin ni verdad, sólo diversión y esparcimiento. Pero ano
podría contarme de nuevo la historia de la señora del jardín? ¡Qué
admirable, qué sabia es esta mujer! Debemos comportarnos según su
ejemplo. ¡Cómo me agrada! Y además está bien que me encontrara con
usted y lo atrapara. Ha sido para mí un gran placer conversar con
usted. He oído algunas cosas que (tal vez deliberadamente) ignoraba.
Me alegro.
Parecía satisfecho. Aunque el contacto con un cuerpo humano siempre
me es desagradable, tuve que abrazarlo.
Luego salimos del zaguán y miramos el cielo. Mi amigo acabó de
dispersar con el aliento algunas nubes ya deshechas, y se nos ofreció la
ininterrumpida extensión de las estrellas. Caminaba penosamente.
HUNDIMIENTO DEL GORDO
Entonces fue atrapado por la velocidad y empujado a lo lejos. El agua
del río fue atraída a un precipicio, quiso retroceder, vaciló en, el borde
que se desmoronaba, y se derrumbó entre fragmentos y humo.
El gordo no pudo seguir hablando, tuvo que girar y desaparecer en el
fragor de la catarata.
Yo, que había asistido a tantos entretenimientos, lo vi todo desde la
orilla.
–¿Qué pueden hacer nuestros pulmones? –grité–. Si al respirar
apresuradamente, se asfixian en sus propios venenos; si con lentitud,
mueren en el aire irrespirable, por culpa de las cosas en rebelión. Pero
si tratan de dar con su propio ritmo, entonces es esa búsqueda lo que
los mata.
Entretanto, las márgenes del río se separaban desmesuradamente, y
sin embargo yo tocaba con la palma de la mano el hierro de un
indicador de caminos empequeñecido por la distancia. No lo entendía
muy bien. Yo era pequeño, casi más pequeño que de costumbre; un
rosal silvestre de flor blanca era más alto que yo. Lo sabía porque poco
antes había estado a mi lado. Y sin embargo me había equivocado, ya
que si mis brazos eran tan largos como los nubarrones, los aventajaban
en rapidez. No sabía por qué querían aplastar mi pobre cabeza.
Esta era minúscula como un huevo de hormiga y estaba un poco
deteriorada, además no era perfectamente redonda. Efectuaba con ella
giros suplicantes, pues, por ser mis ojos tan pequeños no se habría
notado lo que querían expresar.
Mis piernas, mis imposibles piernas yacían por sobre las montañas
boscosas y proyectaban sombra en los valles aldeanos. ¡Crecían! Ya
llegaban al espacio carente de paisaje, más allá de mi alcance visual.
Pero no; soy pequeño, pequeño por ahora; ruedo, ruedo, soy un alud.
Os lo ruego, ¡oh vosotros, los que pasáis!, sed amables y decidme cuán
grande soy; medid estos brazos y estas piernas. Os lo ruego.
III
–Por favor –dijo mi compañero, que volvía conmigo de la reunión y que
marchaba tranquilo a mi lado por un camino del monte Laurenzi,
deténgase un poco para que pueda ordenar mis ideas. Tengo algo que
hacer. Pero estoy cansado... la noche es fría y radiante, pero este
viento, viento descontento, a ratos hasta parece hacer cambiar la
situación de aquellas acacias.
La sombra lunar de la casa del jardinero se tendía a través del camino
ligeramente abovedado, adornada con ribetes de nieve. Cuando
distinguí el banco junto a la puerta, lo señalé con la mano, pues no era
valiente y esperaba reproches, así que me puse la mano izquierda
sobre el pecho.
Se sentó disgustado, sin preocuparse por sus hermosas ropas, y me
asombró que apretara los codos contra las caderas, apoyando la frente
sobre los dedos crispados.
–Quiero contarle esto. Vivo ordenadamente, ¿sabe? No hay nada que
objetar. Todo lo que es necesario y reconocido, sucede. La desdicha,
habitual en la sociedad que frecuento, no me respetó, como
comprobamos con satisfacción yo mismo y todos los que me rodean; y
tampoco esta dicha general se retrajo: podía hablar de él en las
reuniones. Bueno, nunca he estado enamorado de veras. Lo lamentaba
a veces, pero cuando las necesitaba, usaba aquellas expresiones.
Ahora, en cambio, lo tengo que admitir: Si, estoy enamorado, y
probablemente arrebatado por la pasión. Soy un amante fogoso, como
los desean las muchachas. Pero ¿no debí considerar que precisamente
esta deficiencia anterior originaba un vuelco excepcional y jocoso,
sumamente jocoso, en mi situación?
–Calma, calma –dije indiferente, sólo pensando en mí. Su amada es
hermosa, por lo que he oído.
–Si, es hermosa. Junto a ella sólo pensaba: "Esta audacia... y yo soy
tan osado... viajo por mar... bebo litros y linos de vino. Pero cuando ríe
no muestra los dientes como es de esperar, sólo se puede ver la
oscura, estrecha, arqueada oquedad de su boca. Eso le confiere un
aspecto astuto y senil, aunque al reír eche la cabeza hacia atrás.
–No puedo negarlo –dije entre suspiros. Probablemente yo también lo
he visto, pues debe ser notable. Pero no es tan sólo eso. ¡La belleza de
las muchachas en general! A menudo, al contemplar los vistosos
vestidos con pliegues y volados, pienso que no se conservarán así por
mucho tiempo, que se formarán arrugas que nadie podrá alisar, que el
polvo se alojará, pertinaz, en los adornos; pienso que nadie desearía
ofrecer el espectáculo triste y ridículo de ponerse por la mañana y
quitarse por la noche, diariamente, el mismo costoso vestido. Sin
embargo, veo muchachas que a pesar de su hermosura y atractivos
músculos y huesecillos, tengan piel y grandes matas de cabello sedoso,
aparecen diariamente con este mismo disfraz natural, apoyan siempre
el mismo rostro en la mano y contemplan idéntica faz en el espejo. Sólo
a veces, de noche, cuando regresan de alguna fiesta, advierten, al
mirarse en el espejo, que tienen un rostro ajado, hinchado, por todos
visto y apenas tolerado.
–Muchas veces, mientras caminábamos, le pregunté si ella le parecía
bonita; pero usted siempre se volvió, sin contestarme. Dígame, ¿tiene
malas intenciones? ¿Por qué no me consuela?
Afirmé los pies en la sombra y dije atentamente: –Usted no necesita
consuelo. Usted es amado.
Y para no resfriarme, me cubrí la boca con mi pañuelo estampado de
uvas azules.
Ahora se volvió hacia mi y apoyó su gruesa cara contra el bajo respaldo
del banco:
–¿Sabe? En realidad aún tengo tiempo, todavía puedo cortar este amor
naciente con una infamia, una infidelidad o con un viaje a un país
lejano. Porque, realmente, dudo, no sé si dejarme arrastrar por este
torbellino. No hay nada seguro; nadie puede precisar rumbo y duración.
Cuando entro en una taberna para emborracharme, sé que esa noche
estaré borracho. ¡Pero en mi caso! Dentro de una semana pensaba
hacer una excursión con una familia amiga, eso ya supone quince días
de agitación para el corazón. Los besos de esta noche me adormecen
para obtener espacio de sueños ilimitados. Yo me rebelo, doy un paseo
nocturno; me muevo continuamente, mi rostro se hiela y arde como
golpeado por el viento, debo tocar continuamente una cinta rosa en el
bolsillo, experimento grandes temores por mí, sin poder afrontarlos y
hasta superarlo a usted, señor mío, mientras que en otra ocasión
seguramente no conversaría tanto.
Yo sentía mucho frío y el cielo adquiría ya poco a poco una coloración
blanquecina.
–Ninguna infamia, ninguna infidelidad, ningún viaje a un país lejano le
servirá. Tendrá que matarse –dije, y sonreí además.
Enfrente, en el otro borde de la avenida, había dos arbustos y, detrás
de ellos, la ciudad. Todavía estaba un poco iluminada.
–Bien –gritó y golpeó el banco con un pequeño y fuerte puño, pero en
seguida volvió a quitarlo. Sin embargo, usted vive. Usted no se mata.
Nadie lo ama. Usted no logra nada. Ni siquiera dominar el próximo
instante. Por eso habla así, como un vulgar. No puede amar; nada le
agita fuera del miedo. Mire, mire mi pecho.
Se abrió rápidamente el abrigo, el chaleco y la camisa. Su pecho era
realmente ancho y hermoso.
Yo comencé a susurrar.
–Sí, a veces sobrevienen situaciones rebeldes. Este verano, por
ejemplo, estuve en un pueblo, a orillas de un río. Lo recuerdo
perfectamente. A menudo me acurrucaba en un banco de la orilla. En la
ribera había un puesto de meriendas. A menudo tocaban el violín. Se
reunía allí gente joven y fuerte, que bebía cerveza al aire libre;
hablaban de caza y de aventuras. Además, detrás de la otra orilla
surgían montañas cubiertas de nubes...
Me levanté, la boca débilmente retorcida, y me detuve en el césped,
detrás del banco: quebré también algunas ramas cubiertas de nieve.
Dije al oído de mi compañero:
–Estoy comprometido; lo reconozco.
No se asombró de que me hubiese levantado.
–¿Usted está comprometido?
Daba la sensación de estar muy débil, como si sólo lo sostuviera el
respaldo. Se quitó el sombrero y vi su pelo cuidadosamente peinado y
perfumado, terminado en la nuca en una línea curva y precisa, tal como
se usaba en ese invierno.
Me alegré de haberle contestado en forma tan inteligente. "Si. –me
dije–; he aquí un hombre que se mueve a sus anchas en las reuniones,
de lengua ágil y brazos libres. Puede conducir a una dama a través de
un salón y conversar amablemente con ella sin que le preocupe que
afuera llueva o que haya un tímido o que suceda cualquier otra cosa
lamentable. Sí, se inclina graciosamente ante las damas. Aquí está
ahora."
Se pasó un pañuelo de batista por la frente.
–Póngame la mano sobre la frente –dijo. Se lo ruego.
No me apresuré a complacerle y entonces cruzó las manos.
Como si nuestra pena lo oscureciese todo, hablábamos en lo alto de la
montaña como en una pequeña habitación, a pesar de la luz, y del
viento de la mañana. Muy próximos aunque no simpatizábamos, las
paredes nos impedían separarnos. Pero podíamos conducirnos
ridículamente y sin rigidez humana, sin avergonzarnos de las ramas
que nos cubrían y los árboles que nos rodeaban.
Mi compañero sacó una navaja, la abrió pensativo y, como jugando, se
la hundió en el brazo izquierdo; pero no volvió a sacarla. La sangre
corrió en el acto. Sus redondas mejillas estaban pálidas. Retiré
entonces el cuchillo, corté con él las mangas del abrigo y de la chaqueta
y rasgué la camisa. Corrí un trecho buscando ayuda. Todo el ramaje se
veía ahora nítidamente inmóvil. Chupé un poco la herida; de pronto, me
acordé del pabellón. Subí corriendo las escalinatas del lado izquierdo,
revisé de prisa las ventanas y puertas, llamé furiosamente, aunque
había notado desde el principio que la casa estaba deshabitada. Luego
volví a mirar la herida, que continuaba manando sangre. Humedecí el
pañuelo en la nieve y le vendé el brazo con torpeza.
–Querido –le dije, te has herido por mi causa. Estás en buena posición,
rodeado de cosas amables. Puedes pasear en días luminosos cuando
mucha gente bien vestida circula entre las mesas o en los caminos de
las colinas. Piensa que en la primavera podernos ir al bosque, no,
nosotros no, viajarás tú, con Anita, alegremente... Sí, créeme, te lo
ruego; el sol, brillando sobre nosotros, iluminará esa belleza vuestra y
todos la verán. Hay música, los caballos se oyen desde lejos, las penas
están de más; la algarabía y los organillos resuenan en las avenidas.
–¡Gran Dios! –dijo él. Se levantó, y apoyándose en mí nos pusimos en
marcha. Ya no hay salvación. Todo eso ya no podría alegrarme.
Discúlpeme. ¿Es tarde? Tal vez mañana tenga algo que hacer. ¡Dios
mío!
Un farol, cerca de la pared, acostaba las sombras de los troncos sobre
los caminos y la nieve, mientras las sombras del ramaje caían como
quebradas, hacia el barranco.
PREPARATIVOS PARA UNA BODA EN EL CAMPO
(1907)
I
Eduard Raban avanzó por el pasillo, entró en la abertura del portal y vio
que estaba lloviendo. Llovía poco. En la acera, ante él, había muchas
personas que caminaban a distinto paso. A veces se adelantaba uno y
cruzaba la carretera. Una niñita sostenía un cansado perrito en sus
brazos estirados. Dos señores se hacían mutuas confidencias. Uno tenía
la mano con la palma hacia arriba y la movía regularmente, como si
sostuviera una carga en vilo. Se veía una dama, con un sombrero muy
cargado de cintas, broches y flores. Y un joven con un delgado bastón
pasaba de prisa, la mano izquierda, como si estuviera impedida,
doblada sobre el pecho. De vez en cuando venían hombres fumando
precedidos por pequeñas, rígidas y apaisadas nubes de humo.
Tres hombres –dos sujetaban ligeros gabanes en el antebrazo–
caminaban desde las paredes de las casas hasta el borde de la acera,
contemplando lo que allí sucedía, y de nuevo se volvían hablando.
A través de los claros entre los caminantes peatones se veían las
piedras, ensambladas con regularidad, de la carretera. Allí, coches
sobre altas y blandas ruedas eran arrastrados por caballos estirados.
Las personas que se recostaban sobre los acolchados asientos miraban
en silencio a los peatones, las tiendas, los balcones y el cielo. Si un
coche adelantaba a otro, los caballos se juntaban unos con otros y los
arneses colgaban bamboleándose. Los animales tiraban del eje, el
coche rodaba, bamboleándose, hasta que el arco alrededor del coche de
delante había sido completado y los caballos se despegaban de nuevo;
sólo las finas y tranquilas cabezas quedaban vueltas unas a otras.
Algunas personas se acercaban corriendo hacia el portal de la casa, se
quedaban parados en el seco mosaico, se volvían con tranquilidad y
miraban la lluvia que caía a ráfagas en ese estrecho callejón. Raban
estaba cansado. Sus labios eran pálidos, al igual que el descolorido rojo
de su corbata ornada con un dibujo moro. La dama en el umbral de la
puerta de enfrente, que hasta ahora había contemplado sus zapatos,
muy visibles bajo su falda remangada, miraba ahora hacia él. Lo hizo
con indiferencia, y además puede que sólo mirara la lluvia que caía
delante ellos o los cartelitos de anuncios sujetos a la puerta por encima
de sus ojos. Raban pensó que ella miraba asombrada. Así que, pensó,
"si se lo pudiera contar, ni se asombraría”. Se trabaja tan
exageradamente que se está incluso demasiado cansado como para
disfrutar de las vacaciones. Pero con todo el trabajo no se consigue la
pretensión de ser tratado por todos con cariño; al contrario, se está
solo, se es un objeto de curiosidad. Y en tanto que digas "se" en lugar
de "yo", no es nada y se puede contar esta historia, pero en cuanto te
confieses que eres tú mismo, entonces eres formalmente atravesado y
estás aterrorizado.
Dejó el maletín revestido con una tela a cuadros en el suelo y al hacerlo
dobló las rodillas. El agua de lluvia corría al borde de la carretera en
riachuelos, que casi se estiraban hacia las zanjas colocadas más
profundamente.
"Pero si yo mismo distingo entre “se” y “yo”, cómo me puedo quejar
entonces de los otros. Tal vez no sean injustos, pero estoy demasiado
cansado para poder recorrer sin esfuerzo el camino hasta la estación,
que, sin embargo, es corto. ¿Así que por qué no me quedo en la ciudad
durante estas pequeñas vacaciones para recuperarme? Soy
imprudente. Este viaje me va a enfermar, lo sé con seguridad. Mi
habitación no será cómoda, no es posible que sea de otra manera en el
campo. Apenas si estamos en la primera mitad de junio, muchas veces
el aire del campo es muy fresco. Si bien estoy bien vestido tendré que
juntarme con personas que pasean tarde en la noche. Se pasearán por
los estanques, casi seguro. Creo que me voy a resfriar. En cambio,
resaltaré poco en las conversaciones. No podré comparar el estanque
con otros estanques de países lejanos, pues nunca he viajado, y para
hablar de la luna y para sentir la santidad y para subir exaltadamente a
un montón de piedras estoy demasiado viejo. No quiero que se rían de
mi."
La gente pasaba con las cabezas un poco bajas, sobre las que
mantenían los oscuros paraguas. También pasó un camión, con un
hombre sentado en el pescante lleno de paja que estiraba tan
descuidadamente las piernas que un pie casi tocaba el suelo, mientras
el otro permanecía sobre paja y harapos. Parecía como si estuviera
sentado en el campo con buen tiempo. Pero sujetaba hábilmente las
riendas de manera que el carro, en el que se entrechocaban las barras
de hierro, se movía con soltura entre el gentío. En el suelo húmedo se
veía pasar despacio el reflejo del hierro girando de hilera en hilera de
piedras.
El niño pequeño de la dama de enfrente estaba vestido como un viejo
viticultor. Su traje era una especie de bolsa ceñida por una cinta de
cuero debajo de las axilas. Su gorra medio esférica le llegaba hasta las
cejas y de la punta dejaba caer una bola que le colgaba hasta la oreja
izquierda. La lluvia lo alegraba. Salió de la puerta y miró al cielo con los
ojos abiertos, para mojarse con el agua que caía. A veces saltaba, de
manera que salpicaba mucho y los que pasaban lo reñían. Entonces la
dama lo llamó y cogió de la mano; no lloró sin embargo.
Entonces Raban se asustó. ¿No era ya demasiado tarde? Como llevaba
el gabán y la levita desabrochados, extrajo rápidamente su reloj. No
funcionaba. Malhumorado, preguntó la hora a un vecino que se hallaba
un poco más adentro en el pasillo. Estaba conversando y todavía
inmerso en la charla, dijo: "Pasadas las cuatro", y se volvió.
Raban abrió rápidamente su paraguas y cogió su maleta. Pero cuando
iba a salir a la calle una mujer apresurada le cerró el camino y la dejó
pasar. Mientras tanto miraba sobre el sombrero de una niña, trenzado
con paja roja y una coronita verde en el ala.
Todavía lo recordaba cuando ya estaba en la calle, que subía un poco
en la dirección que él debía de seguir. Entonces lo olvidó, pues debía
esforzarse; el maletín no resultaba liviano, y tenía el viento
completamente en contra que le sacudía el gabán y le hacía doblar las
varillas del paraguas.
Respiró profundo; un reloj en la plaza cercana, en una hondonada, dio
las cinco menos cuarto; debajo del paraguas veía los cortos y ligeros
pasos de personas que venían hacia él; ruedas de carros rechinaban al
frenar girando más despacio; los caballos estiraban sus delgadas patas
delanteras, osadas como gamos en el monte.
A Raban le pareció entonces que conseguiría soportar los largos y
penosos próximos catorce días. No son más que catorce días, es decir,
un tiempo limitado, y si bien los disgustos son cada vez mayores, el
tiempo durante el cual hay que aguantarlos se reduce. Sin duda alguna
su ánimo crece. Todos los que me quieren torturar y que ahora han
ocupado el espacio a mi alrededor, serán rechazados paulatinamente
por el benévolo transcurso de estos días, sin que tuviera que ayudarlos
siquiera en lo más mínimo. Y yo puedo, como resultará natural,
permanecer débil y estar callado y dejar que se haga todo conmigo y a
pesar de esto todo tiene que salir bien, sólo por los días que van
transcurriendo.
"¿Y además no puedo hacerlo como lo hacía de niño en asuntos
peligrosos? Ni siquiera una vez necesito ir yo mismo al campo, no es
necesario. Envío mi cuerpo vestido. Si se tambalea hacia afuera por la
puerta de mi cuarto, el tambaleo no demuestra miedo, sino nulidad.
Tampoco es excitación cuando tropieza en las escaleras, cuando se va
gimoteando y llorando come allí su cena. Pues mientras tanto yo estoy
tumbado en la cama, tapado con una manta marrón clara, expuesto al
aire que circula por la cerrada habitación. Los coches y la gente del
callejón transitan titubeantes por un reluciente suelo, pues aún estoy
soñando. Los cocheros y los peatones son tímidos y cada paso que
quieren avanzar lo solicitan de mí, observándome. Yo les animo; no
encuentran ningún obstáculo. Acostado en la cama creo que tengo la
figura de un gran escarabajo, de un gusano o de un abejorro."
Se paró delante de una exposición de sombreros de caballeros,
colgados de ganchitos observó detrás de un húmedo cristal, y los
observó con los labios fruncidos. "Bueno, mi sombrero aguantará para
estas vacaciones –pensó y siguió andando, y si nadie me puede
aguantar por culpa de mi sombrero, tanto mejor.
"Sí, la gran figura de un escarabajo. Me coloco las patitas contra mi
panzudo cuerpo. Y cuchicheo un pequeño número de palabras, que son
órdenes para mi triste cuerpo encorvado que apenas si está conmigo.
Pronto habrá terminado; se inclina, se va fugazmente y todo lo hará
perfectamente mientras yo descanso."
Alcanzo una puerta aislada y abovedada que llevaba de lo alto del
pequeño callejón a una pequeña plaza rodeada por muchas tiendas ya
iluminadas. En el centro de la plaza, un poco oscurecida por la luz de
los costados, había una estatua baja de un hombre sentado y
pensativo. La gente se movía como pequeñas placas deslumbrantes
delante de la luz y, como los charcos creaban reflejos por doquier, la
imagen de la plaza variaba permanentemente.
Raban se adentró bastante en la plaza, esquivó temblando los coches
que pasaban; saltaba de piedra seca en piedra seca y mantenía el
paraguas abierto en la mano levantada para ver todo alrededor de él.
Hasta que se detuvo al lado de un farol –la parada del tranvía eléctrico
que estaba situada en una cuadrada plataforma empedrada.
"Me espera en el campo. ¿Qué estará pensando? No le he escrito en
toda la semana, desde que está allí. Sólo hoy por la mañana. Al final
imaginarán mi apariencia de otra forma. A lo mejor creen que me
precipito sobre la gente, y esa no es mi costumbre; o que abrazo
cuando llego, y tampoco hago eso. Les haré enfadar al intentar
apaciguarles."
Un coche pasó muy de prisa; detrás de sus dos faroles ardiendo había
dos damas en los oscuros y pequeños asientos de piel. Una estaba
recostaba y tenía la cara cubierta por el velo y la sombra del sombrero.
Pero el tronco de la otra estaba erguido; su sombrero era pequeño,
delimitado con finas plumas. Todos podían verla. Se mordía ligeramente
el labio inferior.
Nada más pasar el coche por delante de Raban, un poste interrumpió la
visión del caballo, entonces un cochero cualquiera –que llevaba un gran
sombrero de copa sobre un pescante extraordinariamente alto se
interpuso ante las damas –el vehículo ya se había desplazado y
entonces el coche dobló la esquina de una pequeña casa, que ahora
resaltaba más, y desapareció de la vista.
Raban siguió con la mirada con la cabeza inclinada, apoyó el mango del
paraguas en el hombro para ver mejor. El pulgar de la mano derecha se
lo había metido en la boca y frotaba los dientes contra él. Su maleta
estaba a su lado, apoyada a un costado.
Los coches iban por la plaza de callejón en callejón, los cuerpos de los
caballos volaban horizontales como si hubieran sido empujados, pero el
movimiento de la cabeza y el cuello mostraban el impulso y el esfuerzo
del movimiento.
Alrededor, en los bordes de las aceras de tres calles que confluyen aquí,
había muchos desocupados que golpeaban el pavimento con
bastoncitos. Entre ellos había unos quioscos en los que unas niñas
servían limonadas; pesados relojes de calle sobre finas barras; hombres
que llevaban en pecho y espalda grandes cartelones en los que había
anunciados entretenimientos con letras multicolores; criados... toda
una pequeña sociedad.
Dos coches señoriales que iban a través de la plaza hacia el callejón
descendiente retuvieron a algunos señores de esta sociedad, pero
detrás del segundo coche –ya lo habían intentado con miedo detrás del
primero– se unieron en un solo grupo a los demás, con los que subieron
a la acera en una fila más larga y entraron en las puertas de un café,
empujados por las luces de las bombillas que colgaban en la entrada.
Algunos. vagones pasaban cerca, otros estaban lejos, confusamente
quietos en las calles.
"Qué encorvada es –pensó Raban cuando vio la escena–; en realidad
nunca se estira y a lo mejor tiene espaldas anchas. Tendré que prestar
mucha atención. Y su boca es tan grande y su labio inferior sobresale
sin duda por aquí; si, ahora me acuerdo también de eso. ¡Y el vestido!
Naturalmente que yo no entiendo nada de vestidos, pero esas mangas
pobremente cosidas son muy feas, parecen un vendaje. Y el sombrero,
cuya ala tiene en cada lugar una altura distinta a la cara. Pero los ojos
son bonitos, ocres si no me equivoco. Todos dicen que sus ojos son
bonitos.
Al pasar un tranvía delante de Raban, muchas personas de su alrededor
se abalanzaron hacia la escalera del coche, con unos pocos paraguas
abiertos y puntiagudos que sostenían con las manos apretadas contra
los hombros. Raban, que tenía la maleta debajo del brazo, bajó de la
acera y pisó con fuerza un charco invisible. En el coche había un niño
de rodillas sobre un banco y apretaba las puntas de los dedos de ambas
manos contra los labios, como si se despidiera de alguien. Algunos
pasajeros se apearon y tuvieron que caminar unos pocos pasos a lo
largo del coche para salir del tumulto. Entonces una dama subió al
primer escalón; la cola de su vestido, que sujetaba con ambas manos,
llegaba casi al suelo. Un señor se sujetaba a la barra de latón y con la
cabeza erguida le contaba algo a la dama. Todos los que querían subir
estaban impacientes. El conductor gritó.
Raban, que ahora se encontraba en el borde del grupo que esperaba, se
volvió, pues alguien había gritado su nombre.
–Ah, Lenient –dijo con lentitud, y le ofreció al que se acercaba el dedo
meñique de la mano con la que sujetaba el paraguas.
–Así que este es el novio que viaja en pos de la novia.
–Pareces muy enamorado –dijo Lement, riendo con la boca cerrada.
–Sí, tienes que perdonarme que me vaya hoy –dijo Raban. Te he
escrito al mediodía. Naturalmente que me hubiera gustado mucho ir
mañana contigo, pero es sábado y todo estará muy lleno, el viaje es
largo.
–No importa. Me lo habías prometido, pero cuando se está
enamorado... Tendré que viajar solo. –Lement tenía un pie en el
adoquinado y otro en la acera y apoyaba el cuerpo ora en una pierna,
ora en la otra.
–Querías coger el eléctrico; en este momento se marcha.
"Ven, vamos andando, te acompaño. Hay tiempo de sobra.
–Por favor, ¿no es tarde?
–No es ningún milagro que estés asustado, pero de verdad, aún tienes
tiempo. Yo no estoy tan asustado, por eso no he encontrado a
Gillemann.
–¿Gillemann? ¿No se va también a vivir en las afueras?
–Sí, él y su mujer quieren irse la próxima semana, por lo que le había
prometido encontrarme con él cuando saliera de su despacho. Quería
darme algunas indicaciones con respecto a la organización de su casa,
por esto tenía que verle. Pero de alguna manera me he retrasado, tenía
algunas cosas que hacer. Y justo cuando estaba pensando si debía ir a
su casa te vi a ti; primero me sorprendió la maleta y te hablé. Pero ya
es demasiado tarde para hacer visitas; es imposible ir a ver a
Gillemann.
–Naturalmente. Así que voy a tener conocidos fuera. Por cierto, nunca
he visto a la señora Gillemann.
–Ella es muy guapa. Es rubia y ahora, tras su enfermedad, está algo
pálida. Tiene los ojos más bonitos que nunca he visto.
–Por favor, ¿cómo son los ojos bonitos? ¿Es la mirada? Nunca he
considerado bonitos los ojos.
–Está bien, tal vez haya exagerado un poco. Pero es una hermosa
mujer.
A través de la ventana de un café cercano se veía a tres señores
comiendo y leyendo en una mesa triangular, cerca de la ventana; uno
había puesto el periódico en la mesa, mantenía una taza en alto, y con
el rabillo del ojo miraba hacia el callejón. Detrás de estas mesas todos
los sitios estaban ocupados en la gran sala por clientes sentados en
pequeños grupos... (faltan dos hojas)...
–Pero casualmente no es un negocio desagradable, ¿no es cierto? Opino
que muchos aceptarían esa carga.
Entraron en una plaza bastante oscura, que había empezado en la
acera que ellos iban, pues la de enfrente continuaba. En el lado por el
que ellos iban había una hilera ininterrumpida de casas, de cuyas
esquinas arrancaban dos filas muy separadas que se perdían en la
lejanía, en la que parecían juntarse. La acera era estrecha ya que las
casas eran generalmente pequeñas. No se veían comercios, no pasaba
ningún coche. Un pilar de hierro, casi al final del callejón del que
venían, tenía algunas lámparas sujetas a dos anillas que colgaban
superpuestas horizontalmente. La llama con forma trapezoidal estaba
encerrada en unas placas de cristal ensambladas en forma de pequeña
habitación y que permitía mantener la oscuridad a unos cuantos pasos.
–Ahora seguro que es demasiado tarde; me lo has ocultado y voy a
perder el tren. ¡Por qué lo has hecho?
... (faltan cuatro hojas)...
–... Si, con mucho a Pirkersbrofer, aquí y allá.
–Creo que ese hombre aparece en las cartas de Betty; es aspirante a
trabajar en el tren, ¿no?
–Sí, aspirante y persona desagradable. Me darás la razón en cuanto
hayas visto esa pequeña y gorda nariz. Te digo que cuando se va con
ése por aquellos campos de Dios... Por cierto, ya ha sido trasladado y
se va de ahí, creo y espero, la próxima semana.
–Espero, antes dijiste que me aconsejas quedarme todavía hoy por la
noche. Lo he pensado, no saldría bien. He escrito que voy esta noche;
me esperarán.
–Eso es fácil. Pon un telegrama.
–Sí, se podría hacer, pero no sería bonito si luego no voy, también yo
estoy cansado, así que voy a ir. Si llegase un telegrama se asustarían.
Además, a ¿qué conduce esto? ¿adónde iríamos nosotros?
–Es realmente mejor que vayas. Sólo estaba pensando.
Además no podría ir hoy contigo, porque estoy adormilado; había
olvidado decirlo. Me voy a despedir de ti ahora, pues no te voy a
acompañar por el húmedo parque, ya de todas maneras voy a pasar a
ver a Gillemann. Son las siete menos cuarto; a esta hora todavía se
pueden hacer visitas a buenos amigos. Adiós. ¡Feliz viaje y saluda a
todos de mi parte!
Lement se volvió y tendió la mano derecha para despedirse, de manera
que por unos momentos su brazo estuvo estirado:
–Adiós –dijo Raban.
Desde alguna distancia Lement le gritó:
–Eduard, ¿me oyes? Cierra tu paraguas, hace rato que no llueve. Me
olvidé de decírtelo.
Raban no contestó, cerró el paraguas y el cielo se oscureció por encima
de él.
"Si por lo menos cogiera un tren equivocado –pensaba Raban. Entonces
me parecería como si la empresa hubiese comenzado y cuando más
tarde volviera a esta estación, tras haber aclarado la equivocación, me
sentiría mucho mejor.
Pero si aquella comarca es aburrida, como dice Lement, eso no será en
ninguna forma una desventaja, ya que se estará más en las
habitaciones y en el fondo nunca se sabrá con certeza dónde están
todos los demás; si hay ruinas en las cercanías se hará un paseo en
común, tal y como con seguridad ya se ha planeado con anterioridad.
Pero entonces hay que alegrarse; por ello es imposible no hacer el
paseo. Pero si no hay una atracción semejante, entonces no se planea
de antemano nada, pues se espera la coincidencia de todos; de
repente, les atrae, contra toda la costumbre, la idea de una excursión
grande, pues basta con enviar la niña a las casas de los otros, ubicados
ante un libro o una carta y encantados con la noticia. Bueno, no es
difícil protegerse contra semejantes invitaciones. Pero no sé si lo voy a
poder hacer, pues no es tan fácil como yo me lo imagino; pues todavía
estoy solo, aún puedo hacerlo, puedo regresar cuando quiera, pues no
voy a tener allí a nadie que pueda visitar cuando quiera, y nadie con el
que pueda hacer fastidiosas excursiones, a enseñarme el estado de sus
cereales o una cantera en explotación. Incluso no se está seguro con
los viejos conocidos. Lenient ha sido hoy simpático conmigo, me ha
explicado ciertas cosas y me ha pintado las cosas tal como las voy a
sentir. Me ha hablado y acompañado, a pesar de no quererse enterar
de nada de lo mío y de que tenía otras cosas que hacer. Pero se ha ido
de repente y, sin embargo, no creo haberlo ofendido con palabra
alguna. Si bien era lógico, me he negado a pasar la noche en la ciudad;
no lo puedo haber molestado: es un hombre sensato.
El reloj de la estación dio las siete menos cuarto; Raban se paró porque
sentía palpitaciones en el corazón, entonces caminó rápidamente a lo
largo del estanque del parque, entró en un estrecho y mal iluminado
camino entre arbustos, luego en una plaza en la que había muchos
bancos apoyados contra los árboles, corrió entonces más despacio a
través de una apertura en la reja hacia la calle, la cruzó, saltó la puerta
de la estación, encontró la taquilla después de un momento de
búsqueda y hubo de golpear en la puerta metálica. Miró entonces al
empleado, éste dijo que ya era la hora, cogió el billete pedido y lo
arrojó ruidosamente sobre la repisa, junto con el cambio. Raban quería
reparar el vuelto, pues pensaba que faltaba dinero, pero un empleado
que pasaba cerca lo empujó por una puerta de cristal hacia el andén.
Raban miró a su alrededor, mientras le gritaba al empleado "gracias,
gracias" y, como no encontraba ningún mozo, trepó solo a un vagón
por la escalera más cercana, colocando la maleta en el escalón superior
y subiendo luego a él, apoyándose con una mano en el paraguas y con
la otra sujetando la maleta.
El vagón en el que entró estaba iluminado por la luz del hall de la
estación en el que se encontraba; excepto algunas ventanas, todas
estaban subidas, cerca colgaba una pila eléctrica que zumbaba, y las
muchas gotas blancas de lluvia se deslizaban sobre el cristal de la
ventana. Raban oía el ruido del andén, incluso cuando hubo cerrado la
puerta del vagón y se sentó en el último espacio libre de un banco de
madera marrón claro. Veía muchas espaldas y nucas, y entre éstas, las
caras reclinadas en el banco opuesto. En algunos lugares había humo
de pipas y puros, que a veces pasaba blandamente por delante de la
cara de una niña. A menudo cambiaban los pasajeros de asiento y
comentaban entre ellos este cambio; o cambiaban su equipaje, que
estaba sobre un banco en una estrecha red de color azul, a otra red; Si
asomaba algún palo, o alguna golpeada esquina de maleta, se le hacía
notar al propietario. Este iba y volvía a poner todo en orden. También
Raban volvió en sí y empujó su maleta debajo de su asiento.
A su izquierda, en la ventana, dos hombres estaban sentados uno
frente al otro y hablaban sobre precios de mercancías. "Estos son
viajantes de comercio. A veces van en coche de pueblo en pueblo. En
ningún sitio tienen que permanecer mucho tiempo, pues todo debe
suceder rápido y siempre han de hablar únicamente de mercancías.
¡Con qué alegría puede esforzarse uno en una profesión tan agradable!
El más joven había sacado de pronto una agenda del bolsillo trasero del
pantalón, y con el índice humedecido pasaba con rapidez las hojas y
leía en una página, mientras que seguía la línea con su dedo. Al
levantar la vista vio a Raban, y al hablar ahora de precios no desvió la
mirada de él, como cuando se mira fijamente a un sitio como para no
olvidar nada de lo que se quiere decir. Mientras tanto fruncía los ojos,
mantenía la agenda medio cerrada en la mano izquierda, y el pulgar
sobre la hoja leída, para poder mirar con facilidad cuando lo necesitase.
La agenda temblaba. pues no apoyaba este brazo en ningún sitio y el
coche en marcha golpeaba como un martillo sobre las vías.
El otro viajante, que se había recostado, escuchaba y asentía con la
cabeza a intervalos regulares. Se podía ver que de ninguna manera
coincidía con todo y que más tarde daría su opinión.
Raban puso las ahuecadas palmas de las manos sobre las rodillas e
inclinándose hacia adelante vio, entre las cabezas de los viajeros, la
ventana, y por la ventana, luces que pasaban y otras que se alejaban
hacia la lejanía. No comprendía nada de la conversación de los
viajantes, tampoco iba a comprender la respuesta del otro. Era
necesaria una gran preparación, pues eran personas que desde su
juventud se han ocupado de mercancías. Pero si se ha tenido muchas
veces un carrete de hilo en las manos y, sí se sabe el precio, se puede
hablar de ello, mientras los pueblos se nos acercan y pasan a toda
prisa, girando al mismo tiempo en la profundidad del campo, donde no
tardan en desaparecer para nosotros. Y, sin embargo, esos pueblos
están habitados y tal vez vayan allí viajantes, de comercio en comercio.
Un hombre alto se levantó en la esquina del vagón, en la otra punta.
Tenía unos naipes en la mano y gritó:
–Tú, María, ¿has metido también las camisas de algodón?
–Pues claro –dijo la mujer, sentada frente a Raban. había dormido un
poco, y al despertarla ahora contestó como si se lo dijera a Raban.
–¿Usted va al mercado de Jungbunzlan, no? –le preguntó el vivaz
viajante.
–Si, a Jungbunzlan.
–Ese sí que es un mercado grande, ¿no es cierto?
–Sí, un mercado grande.
Estaba somnolienta, colocó el codo izquierdo sobre un envoltorio azul y
apoyó su cabeza pesadamente sobre la mano, que presionó a través de
la carne de la mejilla hasta el hueso.
–Qué joven es –dijo el viajero.
Raban sacó el dinero que había recibido del taquillero y lo contó.
Sujetaba cada moneda largo tiempo entre el pulgar y el índice, y con la
punta de éste lo hacía girar en la parte interior del pulgar: Contempló
largo tiempo la efigie del emperador; le llamó la atención la corona de
laurel y cómo estaba sujeta a la nuca con nudos y lazos. Por fin consideró
que la suma era correcta y metió el dinero en un negro y grande
portamonedas. Pero cuando iba a decirle al viajante:
–Es un matrimonio, ¿no cree usted así? el tren se detuvo. El ruido de la
marcha cesó; los cobradores gritaron el nombre de la localidad y Raban
no dijo nada.
El tren reanudó la marcha tan lentamente que uno se podía imaginar
las vueltas de las ruedas; pero de inmediato se precipitó en una bajada
y de repente parecía que a través de la ventana los largos barrotes de
la barandilla de un puente eran arrancados y aplastados unos contra
otros.
A Raban le molestaba que el tren fuera tan rápido, pues hubiera
deseado haberse quedado en el último pueblo.
"Cuando es de noche allí, cuando no se conoce a nadie, tan lejos de
casa… De día allí tiene que ser horroroso. ¿Pero es distinto en la
próxima estación, o en la anterior, o en la siguiente, o en el pueblo al
que voy?" El viajante habló repentinamente más alto. "Todavía falta
mucho", pensó Raban.
–Señor, usted lo sabe tan bien como yo, esos fabricantes no viajan en
los peores trastos, se arrastran hacia el mas rudo tendero y ¿cree usted
que le hacen precios distintos que a nosotros, los buenos comerciantes?
Señor, déjeme que se lo diga, exactamente los mismos precios, ayer lo
vi con claridad. Yo llamo a eso canallada. Se nos oprime, ya que en las
circunstancias actuales nos es prácticamente imposible hacer negocio,
se nos oprime.
De nuevo volvió a mirar a Raban; no se avergonzó de las lágrimas en
sus ojos, presionó los nudillos sobre su boca, porque le temblaban los
labios. Raban se recostó suavemente y tiró de su bigote con la mano
izquierda.
La mujer de enfrente se despertó y sonriendo, se pasó la mano por la
frente. El viajante habló más bajo. De nuevo la mujer se acomodó
como si fuera a dormir, se apoyó medio tumbada sobre su envoltorio y
suspiró. Sobre su cadera derecha se tensó la falda.
Un señor estaba sentado detrás suyo. Llevaba un gorro de viaje y leía
el periódico. La niña de enfrente de él, que seguro que era un familiar,
le rogó –inclinando, al decirlo, la cabeza contra el hombro derecho– si
podía abrir la ventana, pues hacía mucho calor. Este, sin mirarla, dijo
que lo haría enseguida, pero que antes tenía que terminar de leer un
párrafo del periódico, y enseñó a la niña el párrafo de referencia.
La mujer no conseguía conciliar el sueño de nuevo; se sentó erguida y
miró por la ventana; luego observó largo tiempo la lámpara de petróleo
que lucía amarilla en una esquina del vagón. Raban cerró los ojos por
un rato.
En el instante en que los volvió a abrir la mujer mordía un trozo de
tarta recubierto con mermelada marrón. El envoltorio que había junto a
ella estaba abierto. El viajante fumaba callado y hacía como si
sacudiese continuamente la ceniza. El otro escarbaba con la punta de
un cuchillo en la maquinaria del un reloj de bolsillo de una manera
audible.
Con los ojos casi cerrados Raban vio vagamente cómo el señor con el
gorro de viaje tiraba del marco de la ventana. Penetró un aire fresco;
un sombrero de paja cayó de un gancho. Raban pensó que se
despertaba y por eso estaban sus mejillas tan frías, o que se abría la
puerta y le empujaban a la habitación o que se equivocaba de alguna
manera, y pronto se durmió con una profunda inspiración.
II
Aún temblaba un poco la escalerilla del coche cuando Raban bajó por
ella. La lluvia le golpeó el rostro, que venía del calor del vagón, y cerró
los ojos. Llovía ruidosamente sobre el techo de zinc del edificio de la
estación, pero en el ancho campo la lluvia caía de tal manera que se
creía oír soplar el viento. Un niño descalzo se acercó corriendo; Raban
no vio de dónde venía y le rogó, sin aliento, que le dejara llevar la
maleta, pues estaba lloviendo, pero Raban le dijo que a pesar de todo
iba a ir en el autobús. No lo necesitaba. El chico hizo un gesto como si
considerara más distinguido caminar bajo la lluvia y dejar que le lleven
la maleta que ir en el autobús; inmediatamente se volvió y se fue
corriendo. Ya era demasiado tarde cuando Raban lo quiso llamar.
Había dos faroles encendidos, y un funcionario de la estación salió de
una puerta. Se dirigió sin dudarlo a través de la lluvia hacia la
locomotora; estuvo allí con los brazos cruzados y esperó hasta que el
maquinista se inclinó sobre la barandilla y le habló. Se llamó a un
mozo, vino y luego se fue. En algunas ventanas del tren había
pasajeros, y como tenían que ver un edificio de estación muy vulgar,
pues su vista era triste, tenían los ojos casi cerrados, como durante el
viaje. Una niña, que venía de prisa por la carretera hacia el andén con
una sombrilla adornada con flores, dejó ésta en el suelo y pasó la punta
de los dedos sobre su falda tensa. La luz de los dos faroles era
mortecina. El mozo que pasaba se quejó de que se formaran charcos
bajo la sombrilla, puso los brazos en círculo para enseñar el tamaño de
estos charcos y los movió por el aire como si fuesen peces que se hunden
en agua profunda, para aclarar que el trance se veía también
interrumpido por la sombrilla.
El tren reanudó la marcha, desapareció como una larga puerta
corrediza, y detrás de los álamos, al otro lado de las vías, quedó un
paisaje sobrecogedor. ¿Era una perspectiva oscura o un bosque; un
estanque o una casa en la que ya dormía la gente; la torre de una
iglesia o una garganta entre dos valles? Nadie tendría que atreverse a ir
hasta allí, pero ¿quién podría resistirse?
Y cuando Raban vio al empleado –ya estaba en el escalón camino a su
despacho– corrió hacia el y lo paró;
–Por favor, ¿está lejos el pueblo? Necesito ir allí.
–No, a un cuarto de hora, pero con el autobús –está lloviendo– estará
usted allí en cinco minutos.
–Está lloviendo. No es una primavera bonita –contestó Raban.
El empleado había apoyado su mano derecha en la cadera, y a través
del triángulo que se formaba entre brazo y cuerpo Raban vio a la niña
en su banco, que ya había cerrado la sombrilla.
–Si uno va durante el frescor del verano y hay que permanecer allí, es
de lamentarse. En el fondo pensaba que alguien vendría a esperarme.
Miró alrededor de sí, para que fuera más creíble.
–Me temo que va a perder el autobús. No espere tanto tiempo. No me
dé las gracias. El camino está allí, entre los setos.
La calle frente a la estación no estaba alumbrada; sólo había un
mortecino resplandor de tres ventanas de la estación que estaban al
nivel del suelo, pero no llegaba muy lejos. Raban fue de puntillas por el
fango y gritó " ¡cochero!" y "¡hola!" y "¡ómnibus!" y "¡aquí estoy!"
muchas veces. Pero cuando entró en los charcos casi continuos al lado
oscuro de la calle tuvo que seguir andando con todo el pie hasta que de
repente una húmeda boca de caballo le tocó la frente. Ahí estaba el
ómnibus; rápidamente se subió al coche vacío, se sentó al lado del
cristal que había detrás del pescante y se recostó en el ángulo, pues
había hecho todo lo necesario. Si el cochero duerme se despertará
hacia el amanecer; si está muerto vendrá un nuevo cochero o el
posadero, pero si tampoco ocurre esto vendrán pasajeros con el primer
tren; gente con prisa que hace ruido. En todo caso se puede
permanecer en silencio, puedo correr yo mismo las cortinas ante las
ventanas y esperar al sacudón con que arrancará el coche. "Sí, es
seguro que después de todo lo que he emprendido llevaré mañana a
mamá y Betty; eso no lo puede impedir nadie. Lo único que está bien, y
que era también de prever, es que mi carta llegará mañana, así que
podría haberme quedado tranquilamente en la ciudad y haber pasado
una noche agradable junto a Elvy, sin tener que temer al trabajo del día
siguiente, que siempre me estropea todo placer. Pero mira, tengo los
pies mojados."
Encendió un cabo de vela que había sacado del bolsillo de su chaleco y
lo colocó en el banco de enfrente. Había suficiente claridad; la
oscuridad de afuera hacía que se vieran los lados del ómnibus pintados
de negro, sin cristales. No había que pensar entonces en que bajo el
suelo había ruedas y que delante estaba enganchado un caballo. Raban
frotó a conciencia los pies sobre el banco, se puso los calcetines limpios
y se irguió. Entonces oyó preguntar a gritos a alguien desde la estación
si había algún pasajero.
–Sí, y ya tiene ganas de arrancar –contestó Raban, inclinándose por la
puerta abierta, aferrando el poste con la mano derecha; la izquierda,
abierta, cerca de la boca.
La lluvia le entraba con fuerza por el cuello de la camisa.
Envuelto con la lona de dos sacos cortados se acercaba el cochero; el
resplandor de su farol metálico oscilaba entre los charcos que había
delante de él. Malhumorado inició una explicación; había estado
jugando a las cartas con Lebeda y estaban justo en el momento más
animado cuando llegó el tren. Le hubiera sido imposible mirar si había
alguien, pero que a pesar de todo no iba a reñir a quién no lo pudiera
comprender. Además esto es una porquería de sitio indescriptible, y no
se puede comprender qué tiene que hacer aquí semejante señor, y
pronto se metería lo suficientemente dentro como para no poderse
quejar en ningún sitio. Ahora mismo había entrado el señor Pirkershofer
–perdón, es el Señor adjunto y dijo que un hombrecillo rubio quería
viajar con el ómnibus. Y bueno, ¿había preguntado si había alguien en
el ómnibus o no?
Se sujetó el farol a la punta de la barra; el caballo, arreado con una voz
sorda, comenzó a tirar y el agua que se había depositado en el techo
del ómnibus, al ser agitada, goteó dentro del coche.
El camino debía ser montañoso, seguro que el barro saltaba en los ejes;
detrás de las ruedas que giraban se formaban rápidamente abanicos de
agua de los charcos; el cochero sujetaba al chorreante caballo con las
riendas bastante sueltas, ¿No se podía utilizar todo esto como un
reproche a Raban? Inesperadamente, el farol colgado de la barra
iluminaba muchos charcos, que se dividían, formando olas, bajo las
ruedas. Esto ocurría sólo porque Raban iba hacia su novia, hacia Betty,
una bonita chica ya mayorcita. ¿Y quién iba a estimar, en caso de que
se quisiera hablar de ello, los merecimientos que tenía Raban aquí, y
aunque fuera sólo el soportar aquellos reproches que, por cierto, nadie
le podía hacer abiertamente? Por supuesto, él lo hacía a gusto; Betty
era su novia, él la quería. Sería asqueroso que también ella le diera las
gracias por ello, pero de todas maneras…
Se golpeaba a menudo la cabeza sin querer contra la pared en la que
estaba recostado; entonces miró un rato hacia el techo. Una vez su
mano derecha se escurrió del muslo donde la había apoyado. Pero el
codo permaneció en el ángulo entre el vientre y la pierna.
El ómnibus ya iba entre las casas; aquí y allá y en el interior del coche
recibía la luz de una habitación, una escalera –para poder ver sus
primeros escalones Raban tendría que haberse levantado– que llevaba
a una iglesia; delante de la puerta de un parque había una lámpara con
una gran llama, pero una estatua de un santo resaltaba negra, tan sólo
iluminada por la luz de un negocio; ahora Raban veía una vela, cuya
cera derretida colgaba inamoviblemente del banco.
Cuando el coche se detuvo ante la posada, se oía caer la lluvia con
fuerza –posiblemente había alguna ventana abierta– y también las
voces de los huéspedes, Raban se preguntó que sería mejor, si apearse
ahora mismo o esperar hasta que viniera el posadero al coche. No sabía
cómo era la costumbre en la ciudad, pero seguro que Betty ya había
hablado de su novio, y según su aparición más o menos majestuosa, su
prestigio iba a aumentar o disminuir y con ello el suyo propio. Pero
ahora ni sabía qué prestigio tenía ella ni qué había contado de él; así,
aún más desagradable y más difícil. ¡Bonita ciudad y bonito camino de
regreso a casa! Si llueve allí se va con el tranvía, sobre piedras
mojadas, a casa; aquí con un carro por el lodo, a la posada. "La ciudad
está lejos de aquí y si hoy amenazara morir de nostalgia, nadie me
podría llevar. Bueno, tampoco me voy a morir; allí se me sirve en la
mesa la comida esperada para hoy; detrás del plato, a la derecha, el
periódico; a la izquierda, la lámpara; aquí me darán una comida
extraordinariamente grasienta, no saben que tengo el estómago
delicado, y, además si lo supieran... un periódico extraño, muchas
personas, a las que ya oigo, estarán allí y una sola lámpara lucirá para
todos, ¿Qué luz puede ser suficiente para jugar a las cartas, pero no
para leer el periódico?
El posadero no viene, a él no le importan los huéspedes, es
seguramente un hombre desatento. ¿O sabe que soy el novio de Betty
y esto le da el motivo para no venir por mí? Esto coincidiría con el
hecho de que el cochero me dejara esperar tanto tiempo. Betty ha
contado a menudo cuanto tenía que soportar de los hombres libidinosos
y cómo tenía que rechazar sus pretensiones; tal vez sea igual también
aquí..."
(Se interrumpe el manuscrito)
SEGUNDO MANUSCRITO
Cuando Eduard Raban atravesó el pasillo y llegó al portal, pudo ver la
lluvia. Llovía muy poco.
En la acera, justo delante de él, ni más alto ni más bajo, caminaban
muchos peatones bajo la lluvia. A veces se adelantaba uno y cruzaba la
carretera.
Una niña pequeña sostenía un perro gris en los brazos estirados. Dos
señores se hacían mutuas confidencias acerca de un asunto cualquiera;
a veces se inclinaban el uno hacia el otro y se volvían a erguir
lentamente; hablaban con las puertas abiertas al viento. Uno tenía las
manos con las palmas hacia arriba y las movía regularmente de arriba
abajo, como si mantuviera una carga en vilo para comprobar su peso.
Entonces se vio a una esbelta dama, cuya cara titilaba como la luz de
las estrellas y cuyo sombrero plano estaba cargado de cosas
irreconocibles hasta los bordes; a todos los que pasaba les parecía, sin
duda, tan extraña como es una ley. Y un joven de fino bastón pasaba
deprisa; la mano izquierda, como si estuviera impedida, yacía plana
contra el pecho. Muchos iban camino al negocio; a pesar de que iban
rápido, se los veía más tiempo que a los demás, ora en la acera, ora
abajo; los gabanes les caían mal, no les importaba el comportamiento,
se dejaban empujar por la gente y también ellos empujaban. Tres
señores –dos sujetaban ligeros gabanes en el antebrazo– caminaban
desde las paredes de las casas hasta el borde de la acera, para ver lo
que acontecía en la carretera y en la acera de enfrente.
A través de los claros entre los peatones se veían, mal al principio,
luego cómodamente, las piedras regularmente ensambladas de la
carretera, sobre las que los carros, tambaleándose sobre sus ruedas,
eran tirados velozmente por caballos con los cuellos estirados. Las
personas que estaban recostadas sobre los acolchados asientos
contemplaban en silencio a los peatones, las tiendas, los balcones y el
cielo. Si un coche adelantaba a otro los caballos se pegaban unos a
otros y los arneses colgaban balanceándose. Los animales tiraban de la
lanzadera, el coche rodaba tambaleándose deprisa, hasta que el arco
alrededor del coche de delante había sido completado y los caballos se
despegaban de nuevo, con las frías cabezas vueltas unas a otras.
Un señor mayor llegó rápido hacia el portal de la casa, se quedó de pie
sobre el seco mosaico y dio la vuelta. Contempló la lluvia que, forzada
en este callejón, caía a ráfagas.
Raban dejó en el suelo su maletín cosido con paño negro y dobló un
poco la rodilla derecha al hacerlo. Ya corría el agua hacia los bordes de
la carretera en riachuelos que casi se estiraban hacia los canales
colocados más profundamente.
El señor mayor se encontraba cerca de Raban, que se recostaba un
poco contra la hoja de madera de la puerta, y miraba de vez en cuando
hacia él, si bien para ello tenía que girar mucho el cuello. Pero sólo
hacía esto por necesidad natural, ya que se hallaba desocupado, de
observar atentamente todo aquello que se encontraba a su alrededor.
El resultado de mirar aquí y allá sin sentido fue no advertir muchas
cosas. Así no vio que los labios de Raban estaban pálidos y no iban muy
a la zaga del descolorido rojo de su corbata, que ostentaba un dibujo
moro algo chocante. Pero si hubiera notado esto habría despertado en
su interior un griterío que no hubiera sido correcto, pues Raban siempre
estaba pálido, a pesar de que últimamente se lo habría podido causar
algo especial.
–Vaya un tiempo –dijo en voz baja el señor, y sacudió, sabiéndolo, un
poco senilmente la cabeza.
–Sí, sí, y si además hay que viajar –dijo Raban y se irguió
rápidamente.
–Y éste no es un tiempo que vaya a mejorar –dijo el señor y miró, para
comprobar todo en el Último instante, inclinándose hacia adelante,
callejón arriba, abajo, luego al cielo. Esto puede durar días, incluso
semanas. Si no me acuerdo mal, las predicciones no son mejores para
junio y principios de julio. Bueno, eso no agrada a nadie; yo, por
ejemplo. voy a tener que renunciar a mis paseos, extraordinariamente
importante para mi salud.
Al decirlo bostezó y pareció relajarse, pues sólo había oído la voz de
Raban, y ocupado con esta conversación, no tenía interés en nada más,
ni siquiera en la conversación. Todo provocó una cierta impresión en
Raban, pues el señor se le había dirigido primero, por lo que intentó
jactarse un poco, a pesar de que ni siquiera lo iba a advertir.
–Exacto –dijo él; en la ciudad se puede renunciar perfectamente a
aquello que no le es saludable a uno. Si no se renuncia, uno sólo se
puede hacer reproches por las malas consecuencias. Se sentirá pena y
entonces se verá claramente, a causa de esto, cómo hay que
comportarse la próxima vez. Y si esto separadamente... (faltan dos
hojas).
–No insinuó nada de ello. No insinuó absolutamente nada –se apresuró
a decir a Raban, presto, si fuera posible, a perdonar la abstracción del
señor, puesto que quería jactarse aún un poco más. Todo pertenece a
los libros que antes le nombré, que acabo de leer por la noche igual que
otros en los últimos tiempos.
Casi siempre estaba solo. Las relaciones familiares eran así. Pero
prescindiendo de todo luego de la cena prefiero un buen libro. Desde
siempre. El otro día leí en un prospecto una cita de no sé qué escritor:
"Un buen libro es el mejor amigo." Y es realmente así, un buen libro es
el mejor amigo.
–Sí, así es cuando uno es joven –dijo el señor sin opinar nada especial,
tan sólo quería expresar cómo llovía, que la lluvia había arreciado de
nuevo y que ya ni siquiera iba a parar, pero a Raban le sonó como si el
señor se considerara, con setenta años, fresco y joven, y que en
cambio no valoraba para nada sus treinta años, y que quería decir,
tanto como le fuera permitido, que a los treinta años había sido más razonable
que Raban. Y que pensaba que a pesar de no tener nada que
hacer, para un hombre mayor como él, por ejemplo, era una pérdida de
tiempo permanecer en el corredor, delante de la lluvia; y si además se
desperdiciaba el tiempo con la charla, éste se desperdiciaba
doblemente.
Raban pensaba desde hacía algún tiempo que ya no lo podía afectar
nada de lo que sobre sus opiniones y habilidades dijeran otros; al
revés, había abandonado aquel lugar, donde con languidez había
escuchado todo, de manera que la gente ahora sólo hablaba en el
vacío, en contra o en favor suyo. Por eso dijo:
–Hablamos de cosas diferentes, pues usted no ha entendido lo que yo
quería decir.
–¡Por favor, por favor! –dijo el señor.
–Da igual, no es tan importante –dijo Raban, sólo opinaba que los
libros son útiles en todo sentido y sobre todo donde no se lo espera.
Cuando se emprende algo, son precisamente los libros cuyo contenido
no tiene nada que ver con la empresa, los más útiles. Pues el lector,
que sin embargo se propone dicha tarea, en cierta forma está apasionado
(y a pesar de que el libro sólo puede alcanzar formalmente este
apasionamiento) y se ve forzado a efectuar algunos pensamientos
relacionados con su empresa. Pero como el contenido del libro es
completamente indiferente, el lector no se ve perturbado en esos
pensamientos y cruza con ellos por medio del libro, como una vez los
judíos por el Mar Rojo, diría yo.
La personalidad del señor mayor adquirió ahora una expresión
desagradable para Raban. Le parecía como si se le hubiera acercado
especialmente, pero era solo apenas... (faltan dos hojas).
–También el periódico. Pero quisiera decirle que viajo por el campo sólo
por catorce días; me he tomado vacaciones por primera vez desde hace
tiempo; eran necesarias a pesar de todo; por ejemplo, he leído
recientemente sobre mi pequeño viaje más de lo que usted se puede
imaginar.
–Le oigo –dijo el señor. Raban estaba callado y tenía las manos, tan
erguido como estaba, metidas en los bolsillos de su gabán, que le
quedaban algo altos.
El señor mayor no dijo, sino hasta después de un rato:
–Este viaje parece tener una excepcional importancia para usted.
–Así es, así es –dijo Raban, y se volvió a apoyar contra la puerta. Fue
entonces cuando vio de qué manera se había llenado el pasillo de
gente. Estaban incluso delante de la escalera de la casa, y un
funcionario, que también había alquilado una habitación a la misma
señora que Raban, tuvo que pedir, al bajar la escalera, que le hicieran
sitio. Gritó a Raban –el cual sólo señalaba con una mano la lluvia por
encima de más cabezas, que se volvieron todas hacia él:
–¡Feliz viaje –y repitió una promesa aparentemente ya hecha antes, de
visitar a Raban el próximo domingo.
... (Faltan dos hojas)... tiene un cargo agradable, con el que está
contento y que desde siempre estaba esperando de él. Es tan
perseverante e interiormente tan divertido, que no necesita a nadie
para su entretenimiento, pero todos lo necesitan a él. Siempre estuvo
sano. ¡Ah!, no hable usted.
–No voy a reñir –dijo el señor.
–Usted no reñirá, pero tampoco reconoce su error. ¿Por qué se empeña
en mantenerlo? Y si usted aún se acuerda de eso tan perfectamente,
apuesto que se olvidaría de todo si hablara con él. Me reprocharía que
ahora no lo haya refutado mejor. Cuando habla de un libro. Está igual
de entusiasmado para todo lo bello...
LOS AEROPLANOS DE BRESCIA
(1909)
"La Sentinella Bresciana del 9 de septiembre de 1909 anuncia
complacida lo siguiente: Tenemos en Brescia una multitud nunca vista,
ni siquiera en tiempos de las grandes carreras de automóviles; los
huéspedes de Venecia, Liguria, Piamonte, Toscana, Roma y hasta de
Nápoles, las grandes personalidades de Francia, Inglaterra y América se
agolpan en nuestras plazas, en nuestros hoteles, en todos los rincones
de las viviendas particulares; todos los precios aumentan
excelentemente; los medios de transporte no alcanzan para llevar a la
multitud al circuito aéreo; las instalaciones del aeródromo no alcanzan
para más de dos mil personas; muchos miles deben renunciar a
obtenerlas; sería necesaria la fuerza militar para proteger los bufetes;
en los lugares baratos se instalan durante todo el día cincuenta mil
personas."
Cuando mis dos amigos y yo leemos esta noticia sentimos valor y
miedo a la vez. Valor: pues con semejante multitud todo suele ocurrir
de manera graciosamente democrática, y donde no hay lugar, no hay
necesidad de buscarlo. Miedo: miedo por la organización italiana de
tales empresas, miedo de las comisiones que nos atenderán, miedo de
los ferrocarriles a los que la Sentinella acostumbran atribuir retrasos de
cuatro horas. Todas las expectativas son falsas, todos los recuerdos de
Italia se mezclan de alguna manera, se confunden, no se puede confiar
en ellos.
Mientras vamos entrando en el negro agujero de la estación ferroviaria
de Brescia, donde los hombres gritan como si ardiera el suelo bajo sus
pies, nos conminamos uno al otro seriamente a permanecer unidos
suceda lo que suceda. ¿No entramos acaso con cierta predisposición
hostil?
Bajamos; un coche que apenas se sostiene sobre sus cuatro ruedas nos
acoge; el cochero está de muy buen humor; cruzamos las calles casi
desiertas hasta el Palazzio de la Comisión, en el que se pasa por alto
nuestra malignidad, como si no existiera; nos enteramos de todo lo
necesario. El hostal que se nos aconseja nos parece a primera vista el
más sucio que jamás hayamos contemplado, pero bien pronto deja de
ser tan desagradable. Una suciedad que, en fin, está allí y de la que no
se vuelve a hablar; una suciedad que ya no se transforma, que se ha
vuelto vernácula, que en cierto sentido hace más sólida y terrestre la
vida humana; Una suciedad de la que el posadero nos sale presuroso al
encuentro, orgulloso de si mismo, piadoso, moviendo los codos y
arrojando con sus manos (donde cada uno de los dedos es un
cumplido) nuevas y renovadas sombras sobre su rostro, entre
continuas reverencias, que reconocemos de nuevo en el aeródromo, por
ejemplo, en Gabriele D’Annunzio; a decir verdad, ¿quién podría tener
aún algo contra esta suciedad?
El aeródromo está en Montechiari; se llega con el tren local que va a
Mantua; apenas una hora de viaje. Las vías de este ferrocarril van por
la carretera general; los trenes ruedan modestamente, ni más altos ni
más bajos que el resto del tránsito, entre los ciclistas que penetran con
los ojos casi cerrados en la polvareda, entre los coches completamente
inútiles que llenan toda la provincia, que, llevan pasajeros, tantos como
se quiera, y que así y todo son inconcebiblemente rápidos, y entre los
automóviles a menudo enormes que con sus múltiples señales
simplificadas por la velocidad quieren saltar, desatados, unos sobre
otros.
A veces, se pierde toda esperanza de llegar al circuito con este tren
lamentable. Todo ríe alrededor de uno, a derecha e izquierda las risas,
invaden el tren. Yo estoy en una plataforma, apretado contra un
gigante de pie con las piernas abiertas sobre los topes de dos vagones,
en medio de una lluvia de hollín y polvo que cae de los techos endebles
de los vagones sacudidos. Dos veces nos detenemos para esperar que
pase el tren en sentido contrario, con tanta paciencia y tanto tiempo
que parecería estar esperando un encuentro casual. Pasamos de largo
con lentitud por algunas aldeas; cartelones estridentes aparecen aquí y
allá con anuncios de la última carrera automovilística; las plantas del
borde de la carretera son irreconocibles bajo la blanca polvareda.
El tren acaba por detenerse del todo, tal vez porque ya no puede más.
Un grupo de automóviles frena al mismo tiempo; a través del polvo
divisamos no lejos de allí una agitación de banderas múltiples que,
fuera de quicio y tropezando contra el suelo accidentado, corre
literalmente hacia los automóviles.
Hemos llegado. Delante del aeródromo hay una gran plaza con dudosas
casitas de madera, frente a las cuales hubiéramos esperado otros
carteles y no los de: Garage, Grand Buffet International, etcétera.
Mendigos atroces, engordados en sus carritos, tienen sus brazos hacia
el camino; debido a la prisa uno siente tentaciones de saltar por encima
de ellos. Miramos arriba, pues para eso hemos venido. ¡Gracias a Dios
no vuela nadie todavía! No nos apartamos de la carretera y, sin
embargo, no se nos atropella. En medio y detrás de los mil carricoches
brinca la caballería italiana a su encuentro. Orden y accidente parecen
imposibles por igual.
Una vez en Brescia, quisimos llegar con rapidez a una determinada calle
que creíamos bastante alejada de donde estábamos. Un cochero nos
pide tres liras, le ofrecemos dos, El cochero renuncia al viaje y sólo por
amistad nos da una idea de la terrible distancia a que se encuentra la
calle. Empezamos a avergonzarnos de nuestra oferta. Bien, tres liras..
Subimos, tres vueltas del coche por breves callejuelas y ya estamos.
Otto, más enérgico que nosotros dos, explica que, desde luego, nada
más lejos de su ánimo que pagar tres liras por un viaje de un minuto.
Una lira es más que suficiente. Ahí tiene una lira.
Ya es de noche, la calleja está desierta, el cochero es robusto. Monta en
tal cólera que parecería una estafa. Qué se han creído. Tres liras son el
trato y tres liras debe pagarse; vengan tres liras o, de lo contrario, ya
verán.
Otto: –¡La tarifa o la policía!
–¿Tarifa? Aquí no hay tarifas. ¿Dónde había tarifas para esto?
Había sido un trato para un trayecto nocturno, pero, en fin, si le
dábamos dos liras, nos dejaba ir.
Otto, terrorífico: –¡La tarifa o la policía!
Un poco de gritería y búsqueda, y luego sale a luz una tarifa ilegible por
la suciedad. Nos ponemos de acuerdo y le pagamos una lira y media; el
cochero sigue su camino por la callejuela estrecha por donde le es
imposible doblar; no sólo está enfurecido, sino también triste, me
parece. Pues, desgraciadamente, nuestra conducta no ha sido la
debida; ésa no es forma de entrar en Italia; en algún otro país podrá
estar bien, pero allí no. ¡Pero quién se acuerda con la prisa! No hay
nada que reprocharse, es imposible convertirse en italiano a la semana
escasa de llegar.
Pero el arrepentimiento no debe echarnos a perder la alegría de entrar
en el campo de aviación; un arrepentimiento traería otro y saltamos
más que andamos por el aeródromo, poseídos de un entusiasmo que,
bajo este sol, invade de pronto una a una todas las articulaciones.
Pasamos de largo frente a los hangares que, con sus cortinas bajas,
parecen escenarios clausurados de comediantes nómadas. Sobre los
galpones aparecen los nombres de los aviadores cuyos aparatos
albergan y, más arriba, el tricolor patrio. Leemos los nombres:
Cobianchi, Cagno, Rougier, Curtiss, Moucher (un triestino que lleva
colores italianos, pues confía más en ellos que en los nuestros), Anzani,
Club de los Aviadores Romanos. ¿Y Blériot?, preguntamos. Blériot, en
quien habíamos estado pensando todo el tiempo, ¿dónde está Blériot?
Dentro de la parcela cercada que rodea su hangar, Rougier corre en
mangas de camisa; es un hombre pequeño, de nariz llamativa. Está
ocupado en una actividad extrema y un poco confusa: agita los brazos
y mueve animadamente las manos mientras camina, se palpa por todos
lados, envía a sus ayudantes al interior del hangar, los llama de vuelta,
va él mismo apartando a todos, entra, mientras su mujer, ataviada con
un vestido ajustado y blanco y un pequeño sombrero negro muy
encasquetado, levemente separadas sus piernas bajo el corto abrigo,
mira al vacío caluroso; una mujer de negocios, con todas las
preocupaciones en su cabecita.
Frente al hangar vecino se sienta Curtiss. Está completamente solo.
Detrás de las cortinas que el viento levanta un poco se alcanza a divisar
su aparato; es de los más grandes, según dicen. Cuando pasamos
delante de él. Curtiss sostiene en alto el New York Herald y lee unas
líneas de unos de los costados superiores; al cabo de media hora
volvemos a pasar delante de él; ya está en el centro de la página; otra
media hora después la ha terminado y empieza otra. Al parecer no ha
de volar hoy.
Nos volvemos y contemplamos el vasto campo. Es tan grande que todo
lo que está en él parece abandonado: el asta de llegada cerca de
nosotros, el mástil de señales a lo lejos, la catapulta de lanzamiento en
algún lugar a la derecha, un automóvil de la Comisión, que agita al
viento su banderín amarillo, una curva por el campo, se detiene
envuelto en su propia polvareda y sigue su camino.
En esta tierra casi del trópico se ha instalado un desierto artificial, están
reunidas aquí la alta nobleza de Italia, brillantes damas de París y miles
de otras personas, para contemplar durante muchas horas, con ojos
entrecerrados, este soleado desierto. En el campo no hay nada de lo
que comúnmente da cierta variedad a los campos deportivos. Faltan las
bellas caballerizas de los hipódromos, las rayas blancas de las canchas
de tenis, el fresco césped de los campos de fútbol, los pétreos
desniveles de los autódromos y velódromos. Sólo en dos o tres
oportunidades durante la tarde atraviesa la llanura alguna cabalgata
policroma. Las patas de los caballos son invisibles bajo la polvareda; la
uniforme luz del sol no se altera hasta pasadas las cinco de la tarde. Y
para que nada perturbe la visión de la muchedumbre que llena las
localidades baratas trata de satisfacer las necesidades del oído y de la
impaciencia. El público de las tribunas más costosas, situadas detrás de
nosotros, está tan silencioso que puede confundirse tranquilamente con
la mudez de la llanura desierta.
A un lado de la valla de madera que limita el campo se encuentra un
grupo de gente.
–¡Qué pequeño! –exclama en francés un coro de voces suspirantes.
¿Qué pasa? Nos abrimos paso. En el campo hay un pequeño aeroplano
amarillento muy cerca de nosotros: lo están preparando para volar.
Ahora vemos también el hangar de Blériot y, al lado, el de su discípulo
Leblanc; ambos se hallan emplazados dentro del mismo campo.
Apoyado en una de las alas del aparato aparece, inmediatamente,
reconocible, Blériot, y mira, la cabeza firme sobre el cuello, el
movimiento de los dedos de sus mecánicos, que manipulan en el motor.
¿Con esta insignificancia de aparato piensa remontarse por los aires?
Realmente, es más fácil andar por el agua. Al principio, se puede uno
ejercitar en los charcos, luego en los estanques, después en los ríos y
sólo mucho más tarde en la mar; para los aviadores, en cambio, no
existe más que la etapa del mar. Ya está Blériot en su puesto,
empuñando con la mano alguna palanca, pero deja todavía que los
mecánicos examinen el aparato como si fueran niños muy aplicados.
Mira lentamente hacia donde estamos nosotros, mira a un lado y a otro,
pero su mirada no ve, sino que se concentra en sí misma. Ahora va a
volar, nada más natural. Ese sentimiento de lo natural mezclado con el
sentimiento universal de lo extraordinario, que no se aparta de él, le da
esa apostura.
Uno de los ayudantes coge una de las aspas de la hélice, tira de ella,
hay una sacudida, se oye algo parecido a la respiración de un hombre
vigoroso mientras duerme; pero la hélice vuelve a detenerse. Se la
prueba otra vez, se la prueba diez veces; a veces, la hélice se para en
seguida; a veces da girando un par de vueltas. Debe de ser el motor.
Otra vez a trabajar en él; los espectadores se cansan más, que los
participantes. Todos los rincones del motor son aceitados: son aflojadas
y ajustadas tuercas ocultas; un hombre corre hacia el hangar y vuelve
trayendo una pieza de repuesto; pero tampoco sirve; corre de vuelta y,
en cuclillas, la martilla sobre el suelo del hangar, sosteniéndola entre
sus piernas. Blériot toma el puesto del mecánico, el mecánico toma el
puesto de Blériot, tercia Leblanc.
Prueba un hombre la hélice, luego otro hombre. Pero el motor es
despiadado, como un alumno al que se ayuda repetidas veces: la clase
dice que no, no, mas él no sabe, vuelve a interrumpirse, vuelve a
hacerlo siempre en el mismo sitio y acaba por renunciar. Blériot se
queda sentado un rato en su asiento; está silencioso; sus seis
ayudantes le rodean sin moverse; todos parecen ensimismados.
Los espectadores pueden tomar aliento y mirar a su alrededor. La joven
esposa de Blériot se acerca a él, seguida de dos niños. Cuando su
marido no puede volar, ella se disgusta, y cuando vuela, tiene miedo;
por lo demás, su vestido es un poco abrigado para la temperatura
reinante.
Se hace girar otra vez la hélice, tal vez mejor que antes, tal vez peor;
el motor empieza a funcionar ruidosamente, como si no fuese el mismo
de hace un instante; cuatro hombres sostienen la cola del aparato, y los
golpes silenciosos del viento lanzado por la hélice atraviesan sus ropas
de trabajo. No se oye una palabra; el ruido de la hélice parece gobernarlo
todo; ocho manos sueltan el aparato, que corre sobre la tierra
como una persona torpe sobre un piso de parqué.
Se hacen muchas otras tentativas de vuelo y todas terminan de
imprevisto. Cada una impulsa al público hacia lo alto; los sillones de
paja, en los que se puede mantener uno en equilibrio y estirar al mismo
tiempo los brazos, y mostrar, también al mismo tiempo, esperanza,
miedo y alegría, se doblan hacia atrás. Durante las pausas, la nobleza
italiana recorre las tribunas. Saludos recíprocos, reverencias, reconocimientos;
hay abrazos, se sube y baja las gradas. Uno señala a otro a
la principesca Laetitia Savoia Bonaparte; a la principesca Borghese, una
señora de cierta edad cuyo rostro parece comprensivo; pero desde
cerca, sus mejillas se pliegan extrañamente sobre las comisuras de los
labios. Gabriele D’Annunzio, pequeño y débil, parece bailar tímidamente
delante del cante Oldofredi, uno de los hombres más importantes de la
Comisión. De la tribuna y por encima del cerco emerge el rostro severo
de Puccini detrás de una nariz que bien podría considerarse propia de
un bebedor.
Pero a estas personas sólo se las divisa si se las busca; en general, no
se ve más que altas damas a la moda, que lo desvalorizan todo.
Prefieren caminar a permanecer sentadas; sus vestidos no les permiten
sentarse bien. Todos los rostros, velados a la usanza asiática, pasan
envueltos en una leve penumbra. El vestido, suelto en el busto, hace
que desde atrás la figura toda parezca un poco recatada. Cuando estas
damas aparecen tímidamente producen una impresión indecisa de
desasosiego. El corpiño bajo, casi imperceptible; el talle más ancho que
de costumbre, porque todo lo demás es ceñido; mujeres que quieren
ser abrazadas más abajo.
El aparato que había sido expuesto hasta ahora era sólo el de Leblanc.
Pero ya llegado el aparato con el que Blériot cruzó el canal; nadie lo ha
dicho, todos los saben: éste es su aparato. Una larga pausa, y Blériot
está en el aire. Se divisa su torso rígido, emergiendo sobre las alas; sus
piernas se hunden profundamente, corno si fueran parte de la
maquinaria. El sol se ha inclinado y, bajo el techo de las tribunas,
atraviesa el espacio e ilumina las alas en vuelo. Todos miran hacia
arriba, hacia Blériot; en ningún corazón hay sitio para otro. Vuela
trazando un pequeño círculo y luego aparece casi verticalmente sobre
nosotros. Todo el mundo estira el cuello y mira cómo el aeroplano oscila
y es estabilizado por Blériot y remontado aún a mayor altura. ¿Qué
pasa? Allí arriba, a veinte metros de la tierra, hay un hombre
aprisionado en una armazón de madera defendiéndose de un peligro
invisible, asumido en forma voluntaria. Nosotros, en cambio, estamos
abajo, apretujados e insubstanciales, y contemplamos a aquel hombre.
Todo sale bien. El mástil de señales indica que el viento se ha vuelto
más favorable y que Curtiss volará por el Gran Premio de Brescia. ¿Así
que es cierto? No bien se da uno cuenta de ello, ruge el motor de
Curtiss; apenas se eleva, ya se aleja volando, ya vuela sobre la llanura
que se extiende ante él, en dirección a los bosques lejanos que parecen
subir, ellos también, cada vez más. Vuela largo rato sobre los bosques,
desaparece; miramos hacia los bosques; no hacia él. Detrás de unas
casas, Dios sabe dónde, vuelve a aparecer a la misma altura que antes
y se precipita en nuestra dirección; sube, se alcanza a ver cómo se
inclinan oscuros los planos inferiores del biplano; baja, brillan al sol los
planos superiores. Vuela en torno del mástil de señales y gira indiferente
en dirección contraria de la ruidosa salutación, y luego en línea
recta, hacia el sitio de donde apareció; vuelve a empequeñecerse y a
quedar solo. Da cinco vueltas iguales, vuela 50 kilómetros en 49’24" y
obtiene el Gran Premio de Brescia, consistente en 30.000 liras. Es una
obra perfecta, pero las obras perfectas no pueden ser apreciadas, de
obras perfectas se considera, al fin, capaz todo el mundo; para realizar
obras perfectas no parece necesaria ninguna clase de valor. Y mientras
Curtiss trabaja solo allá sobre los bosques, mientras su mujer, tan
conocida por todos, se preocupa por él, la multitud casi lo ha olvidado.
Sólo se oye la queja unánime porque no vuela Calderara (su aparato
está roto), o porque Rougier hace ya dos días que manipula en su
Voisin, o porque Zodíaco, el dirigible italiano, todavía no ha llegado.
Sobre el accidente de Calderara corren rumores tan honrosos que se
creería que el cariño de la nación lo podría elevar más seguramente por
los aires que su avión Wright.
Aún no ha terminado Curtiss su vuelo, y en tres hangares ya comienzan
a rugir los motores como impulsados por una explosión de entusiasmo.
El viento y el polvo golpean desde direcciones opuestas. No bastan dos
ojos. Uno se revuelve en su asiento, vacila, empuja a cualquiera, pide
disculpas; otro vacila, arrastra a uno consigo, y uno recibe las gracias.
Comienza a caer la temprana noche del otoño italiano; ya no es posible
ver el campo con nitidez.
¡En el mismo momento en que Curtiss pasa de largo después de su
vuelo triunfal y, sin mirar, sonríe un poco y se quita la gorra, inicia
Blériot un pequeño vuelo circular, del que todos lo creen de antemano
capaz! No se sabe si aplauden a Curtiss o a Blériot o a Rougier, cuyo
gran aparato se lanza ahora por los aires. Rougier está sentado frente a
sus palancas como un señor delante de su mesa de despacho, a la cual
se llega por una escalerilla situada a sus espaldas. Sube en pequeños
círculos, sobrevuela a Blériot, lo convierte en espectador y no deja de
ascender.
Si queremos conseguir un coche, tenemos que irnos en seguida. Mucha
gente se apretuja ya junto a nosotros. Se sabe que este vuelo es sólo
un experimento; como son cerca de las siete, no se lo registra
oficialmente. En la explanada del aeródromo están los chóferes y los
sirvientes; señalan el sitio donde vuela Rougier; delante del aeródromo
están los cocheros, con sus coches estacionados; señalan el sitio donde
vuela Rougier: dos trenes repletos de gente no se mueven a causa de
Rougier. Por suerte conseguimos un coche; el cochero se acuclilla
delante de nosotros (no hay pescante) y, convertidos de nuevo en
existencias independientes, partimos. Mas comenta con mucha razón
que se podría y debería organizar algo parecido en Praga. No
necesitaba ser una carrera aérea, opinaba él, aunque también esto
valdría la pena; de todos modos, sería fácil invitar a un aviador, y
ninguno de los interesados se arrepentiría. El asunto sería tan sencillo;
Wright está volando actualmente en Berlín. Habría que persuadir, pues,
a la gente a hacer el pequeño rodeo que significa pasar por Praga.
Nosotros dos no respondemos nada; primera, porque estamos
fatigados, y segundo, porque no tenemos nada que agregar. El camino
dobla y Rougier aparece tan alto que se creería que pronto ha de fijar
su residencia en las estrellas próximas a mostrarse en el cielo que se
tiñe de oscuridad. No cesamos de dar vueltas y mirar hacia arriba; en
ese momento, Rougier se eleva cada vez más, mientras nosotros nos
hundimos cada vez más en la campagna.
MUCHO RUIDO
(1911)
Me encuentro sentado en mi habitación, en el cuartel general del ruido
de toda la casa. Escucho golpetear todas las puertas; su ruido no me
evita los pasos de los que corren entre ellas; hasta escucho el cerrar de
la puerta del horno de la cocina. El padre irrumpe a través de las
puertas de mi habitación y pasa de largo, arrastrando su bata de
dormir; en el cuarto contiguo se raspa la ceniza de la estufa; Valei pregunta,
gritando palabra por palabra a través de la antesala, si ya se ha
limpiado el sombrero del padre; un murmullo que me quiere resultar
conocido, eleva aún más el griterío de una voz que contesta. El
picaporte de la puerta de la casa es girado y hace un ruido como una
garganta afónica; entonces la puerta se abre más, con el cantar de una
voz femenina y se cierra por fin, con un sordo y masculino tirón que
resuena con descuido. El padre se ha ido; ahora comienza el más débil,
dispar y desesperado ruido, encabezado por las voces de los dos
canarios. En aquel momento pensé que los canarios me lo recuerdan, si
no debiera abrir la puerta y dejar una pequeña rendija, reptar como
una serpiente al cuarto contiguo y así, sobre el suelo, rogar silencio a
mis hermanos y a su señorita.
DISCURSO SOBRE LA LENGUA YIDDISCH
("1912)
Distinguidas señoras y señores, antes. de que comiencen a recitarse los
primeros versos de los poetas judío-orientales, quisiera decirles que
ustedes entienden mucho más jargon de lo que creen.
Estoy seguro de que la velada de hoy les causará una bellísima
impresión, pero deseo que se manifieste en cuanto lo haya merecido.
Sin embargo, mientras algunos de ustedes temen tanto el jargon, tanto
que casi se les lee en los rostros, esa magnífica impresión no podrá
suceder: No quiero molestarme en hablar de los que tienen tantos
prejuicios contra el jargon; pero ese recelo, aún con una cierta
resistencia; es, si se quiere, comprensible.
Las circunstancias de nuestra vida europea occidental están, si las
observamos furtivamente, ordenadas de esta manera; todo sigue una
serena marcha. Vivimos en verdadera y feliz concordia; cuando es
necesario, nos entendemos mutuamente; nos arreglamos sin el otro
cuando nos conviene, e incluso entonces nos entendemos; ¿quién
podría, –proviniendo de un tal ordenamiento de la vida–, entender el
intrincado jargon; o quién tendría aún ganas de hacerlo?
El jargon es el idioma europeo más nuevo, sólo tiene cuatrocientos,
años de vida y, en realidad, es mucho más moderno todavía. Aún no
ha moldeado formas idiomáticas de la claridad que nosotros
necesitamos. Su expresión es breve y rápida.
Carece de reglas gramaticales. Los aficionados intentan construir una
gramática, pero el jargon se habla constantemente; no descansa. El
pueblo no lo abandona a los gramáticos.
Sólo está constituido por vocablos extranjeros. Pero éstos no descansan
en él, sino que conservan la celeridad y vivacidad con que se han
adoptado. Las emigraciones recorren el jargon de uno a otro extremo.
Todo ese alemán, hebreo, francés, inglés, eslavo, holandés, rumano y
aun latín, está incluido en el jargon, por curiosidad y despreocupación;
requiere bastante poder el retener juntos estos idiomas en ese estado.
Por lo mismo, ninguna persona sensata pretende hacer del jargon una
lengua universal, por más cerca que lo esté. Sólo saca la jerga con
gusto, pues necesita menos relaciones idiomáticas que palabras
aisladas. Además, porque el jargon ha sido despreciado durante mucho
tiempo.
Sin embargo, partes de reglas sintácticas conocidas imperan en este
ejercicio de la lengua. Por ejemplo, el jargon se origina en la época de
transición del alto alemán de la Edad Media al alto alemán moderno.
Hubo entonces formas optativas; el alto alemán tomó una, el jargon, la
otra. O el jargon derivaba formas del alto alemán de la Edad Media de
manera más lógica que el mismo alto alemán moderno; así, por
ejemplo, el jargon mir seien (alemán moderno wir sind) está tornado
del alto alemán de la Edad Media, sin lo que es más natural que el wir
sind del alto alemán moderno. O el jargon se quedó con las formas del
alto alemán de la Edad Media, a pesar de la evolución de éste hacia el
moderno. Lo que entraba en el guetto, no salía tan fácilmente de allí.
De esta manera perduraron formas como Kerzlach, Ulümlath, Liedlach.
En estas creaciones libres y reguladas del idioma, todavía fluyen los
dialectos del jargon. Hasta se puede afirmar que todo él se compone de
dialectos, incluso la parte escrita, a pesar de haberse llegado a un
acuerdo respecto de la escritura.
Con todo esto creo haber convencido a la mayoría de ustedes,
distinguidas señoras y señores, que no entenderán ni una palabra del
jargon.
No esperen una ayuda en la explicación de las obras. Si ni siquiera son
capaces de entender el jargon, no puede serles de utilidad cualquier
explicación circunstancial. En el mejor de los casos comprenderán la
explicación, y notarán que se aproxima algo difícil. Eso será todo.
Puedo decirles, por ejemplo:
El señor Lowy representará ahora tres obras. Primero, Die Grine, de
Rosenfeld. Grine son los "verdes", los recién llegados a América. En
este poema, emigrantes judíos de esta clase van formando un grupito,
con sus maletas de viaje sucias por una calle de Nueva York. El público,
como es de suponer, se amontona, los mira con asombro, los sigue y se
ríe. El poeta, fuera de sí en su excitación por este espectáculo, pasa de
estas escenas callejeras al judaísmo y a la humanidad. Se tiene la
impresión, mientras el poeta habla, de que el grupo de emigrantes se
detiene, a pesar de estar lejos y no poder escucharle.
La segunda obra es de Frug y se llama Arena y estrellas.
Es una amarga interpretación de una promesa bíblica. Dice: seremos
como las arenas del pilar y las estrellas del cielo. Y bien, ya estamos
pisoteados como la arena, ¿cuándo se hará realidad lo referente a las
estrellas?
La tercera obra es de Frischmann y se llama La noche está quieta.
Una pareja de enamorados se encuentra de noche con un sabio
piadoso, que va a rezar. Se asustan, temen que los delaten, luego se
calman recíprocamente.
Como ven, estas explicaciones no aportan demasiado.
En la representación buscarán aquello que relacionado con las
explicaciones, ya saben, y lo que realmente está no lo verán. Por
fortuna, todo el que conozca el idioma alemán, comprenderá el jargon.
Pues, cuando se lo contempla a distancia, la comprensibilidad exterior
de éste está formada por la lengua alemana; es esta una ventaja sobre
las demás lenguas del mundo. Corno es equitativo, también tiene una
desventaja con respecto a ellas. Consiste en que no se puede traducir el
argonal idioma alemán. Las conexiones entre ambos son tan tenues y
significativas. que no pueden sino desgarrarse cuando se vuelca el
jargon al alemán; es decir, ya no se vierte jargon, sino algo
insustancial. Traduciéndolo al francés, por ejemplo, el jargon puede
transmitirse a los franceses; con la traducción al alemán, se lo aniquila,
Toit, por ejemplo, no es tot (muerto), y Blüt de alguna manera es blut
(sangre).
Pero no sólo desde esa distancia del idioma alemán, distinguidas damas
y caballeros, pueden entender el jargon; pueden acercarse un paso
más. Hace muy poco tiempo apareció el habla que constituye la
comunicación coloquial de los judíos alemanes, distinta según viviesen
en la ciudad o en el campo, más hacia el este o el oeste, como
antecedentes más lejanos o cercanos del jargon, y han quedado aún
muchos matices. Por lo tanto, la evolución histórica del jargon podría
estudiarse en la superficie del presente, casi tan bien como en la
profundidad de la historia.
Muy cerca de él llegarán si consideran que, aparte de los
conocimientos, hay en ustedes fuerzas en actividad y encadenamiento
de fuerzas que les hace posible comprender el jargon con los
sentimientos. Sólo ahora puede ayudarles el expositor, que les
tranquiliza a fin de que no se sientan excluidos de antemano y
reconozcan, al mismo tiempo, que no deben quejarse ya de no
entender el jargon. Esto es lo fundamental, pues con cada queja se
aleja la comprensión. Pero si permanecen quietos, se encontrarán
repentinamente en medio del jargon. Y cuando éste se ha apoderado de
ustedes (y jargon es todo; palabra, melodía causídica y el espíritu
mismo de este actor judío oriental) no recuperarán ya la calma anterior.
Sentirán entonces la unidad real del jargon, tan fuerte, que tendrán
temor, pero ya no de él sino de ustedes mismos. No se sentirán
capaces de soportar solos ese temor, si no les infundiese
simultáneamente una confianza en sí mismos, que se opone a ese
temor y es aún más fuerte. ¡Gástenlo cuanto puedan! Cuando luego se
pierda, mañana y más tarde (¡como podría también quedar grabado en
la memoria como una única representación!), les deseo que hayan
olvidado también el temor. Porque no deseábamos castigarles.
LA CONDENA
(1912)
Era la espléndida mañana primaveral de un domingo. Georg
Bendemann, joven comerciante, estaba sentado en su cuarto, en el
primer piso de una de esas casas bajas y mal construidas que se
levantaban a lo largo de la rivera, muy poco diferentes unas de otras en
altura y color.
Acababa de escribir una carta a un amigo de la infancia, que estaba en
el extranjero; mientras cerraba el sobre sin atención, y apoyando los
codos sobre el escritorio, su mirada se perdió en el río a través de la
ventana, contemplando el puente y la pálida vegetación de las colinas
de la otra orilla.
Pensaba en su amigo, que hacía años se había ido a Rusia inconforme
con el futuro que su país le ofrecía. Ahora tenía un negocio en San
Petersburgo que al principio había prosperado bastante; pero que desde
hacia tiempo parecía decaer, según se deducía de las quejas que su
amigo, en sus visitas cada vez menos frecuentes, formulaba con
insistencia. Por tanto, sus esfuerzos en el extranjero eran vanos; la
barba larga y exótica no había logrado cambiar completamente su cara
tan familiar desde la niñez, cuya coloración amarillenta parecía revelar
alguna enfermedad latente.
Según él contaba, no mantenía grandes relaciones con la colonia de su
país en aquella ciudad, ni tampoco amistades entre las familias del
lugar, de tal forma que su destino parecía ser una soltería definitiva.
¿Es que se podía escribir Primera edición: Arcadia. Leipzig, 1913, a una
persona así, que evidentemente se había equivocado de camino, y a
quien se podía compadecer, aunque no ayudar? ¿Aconsejarle tal vez
que regresara a su país, que se transplantara nuevamente, que
reanudara sus antiguas amistades –nada se lo impediría y se confiara
en que recibiría ayuda total?
Pero lo que hubiera significado decirle eso, cuanto más amable más
ofensivamente, era que todos sus esfuerzos habían sido vanos, que ya
era hora de rendirse, que debía regresar a su país y dejar que lo
miraran eternamente y con ojos de asombro, como un repatriado; que
únicamente sus amigos eran sensatos, que él era solamente un niño
adulto y que le convenía atenerse a las recomendaciones de sus amigos
que por fortuna no habían salido del país. ¿Tendría algún sentido
torturarlo con todas esas recomendaciones? Tal vez ni siquiera lo harían
desear volver –él mismo decía no estar al canto de la situación de los
negocios de su país, y de esa manera se quedaría en el extranjero, a
pesar de todo, amargado por los consejos, y cada vez más alejado de
sus amigos.
En cambio, si seguía estos consejos, y al llegar aquí se encontraba peor
que antes –naturalmente no por malicia, sino por la fuerza de las
circunstancias, si no se sentía cómodo, con o sin sus amigos, y en
cambio sí humillado, descubriría de repente que no tenía patria ni
amigos. ¿No sería mejor después de toda permanecer en el extranjero,
como ahora? Considerando todas esas condiciones, ¿se podía afirmar
realmente que eran las mejores para volver al país?
Por estas razones, si deseaba mantener mi relación epistolar con él, no
podía darle noticias tan veraces. Ni siquiera las que es partible
comunicar, sin temor, a las personas más lejanas. Ya hacia tres años
que el amigo no venía a su país, y se disculpaba con gran dificultad,
alegando la inseguridad de la situación política en Rusia, que no
toleraba ni la más corta ausencia; mientras tanto, cientos de miles de
rusos andaban de turistas por el mundo tranquilamente. Sin embargo,
muchas cosas habían cambiado para Georg durante el transcurso de
estos tres años. Hacía más o menos dos años –desde la muerte de su
madre que trabajaba con su padre; por supuesto, el amigo se enteró de
la noticia, y expresó mediante una carta sus condolencias,, en forma
tan escueta, que uno deducía de su lectura que la tristeza de una
pérdida semejante era totalmente incomprensible en el extranjero. Pero
a partir de entonces, Georg se había dedicado con mayor interés a su
negocio. Mientras su madre vivió, su padre solo permitía que se
hicieran las cosas a su modo. Tal vez esta circunstancia le había
impedido una actividad eficaz y verdadera. Poco después de dicha
muerte, aunque todavía se ocupaba algo de los negocios, su padre se
había vuelto menos tiránico. O quizá –y eso era lo más probable una
continua racha de fortuna lo había ayudado; pero era evidente que los
negocios habían mejorado inesperadamente durante esos dos años; el
personal se tuvo que duplicar, las ganancias se quintuplicaron y era
indudable que aún se esperaban nuevos éxitos.
Pero su amigo no se había enterado de estas transformaciones. En otro
tiempo, quizá por última vez en su carta de condolencia, había tratado
de persuadirle para que fuera a Rusia y le detallaba las ventajas
comerciales que le ofrecía San Petersburgo. Las cifras eran ínfimas al
lado de los progresos que Georg lograba actualmente en el negocio. No
había querido comentar entonces sus éxitos a su amigo, y hacerlo
ahora podía resultar verdaderamente extraño.
Por eso, Georg se limitaba en todos los casos a poner a su amigo al
tanto de sucesos sin importancia, aquellos que uno puede recordar en
una tranquila mañana de domingo en que el azar los trae a la memoria.
Sólo quería que la imagen que durante ese largo intervalo su amigo se
había formado de su ciudad natal, y con la cual vivía conforme, no se
modificara. Y así fue que Georg le anunció, en tres ocasiones bastante
separadas entre sí, el compromiso de un hombre sin importancia con
una joven igualmente sin importancia, hasta que el amigo, contra codas
las intenciones de Georg, comenzó a interesarse por ese extraño
acontecimiento.
Georg prefería contarle por escrito estas cosas antes que confesarle que
él mismo estaba comprometido, desde hacia algunos meses con la
señorita Frieda Brandenfeld, hija de una familia acomodada. A menudo
hablaba de su amigo con su novia, y de la poco común relación
epistolar que los unía.
–¿Entonces, no vendrá a nuestro casamiento? –decía ella y sin
embargo, yo tengo derecho de conocer a todos tus amigos.
–No quiero molestarlo –respondió Georg. No quiero que me mal
entiendas; probablemente vendría, por lo menos eso creo, pero se
sentiría obligado. Me envidiaría y eso lo desconsolaría, le haría sentir,
realmente, que es incapaz de aliviar su desconsuelo, y luego tendría
que retornar solo a Rusia. Solo. ¿Entiendes lo que quiere decir eso?
–Sí, pero... ¿Y si se entera por otros medios de nuestro casamiento?
–No hay forma de impedido; pero con la vida que lleva eso es muy
difícil.
–Debiste pensar en tus amigos, Georg, antes de comprometerte.
–Bueno, la culpa es tuya tanto como mía. Sin embargo ahora por nada
querría cambiar mi decisión. Y –cuando, con la respiración agitada por
sus besos-, ella agregó:
–De todos modos, me preocupa –él pensó que realmente no perdería
nada con confesarle todo a su amigo.
"Así soy, y así me acepta –pensó; no puedo crearme para su amistad
una imagen más apropiada que la mía."
Y en efecto, aquella mañana primaveral informó a su amigo, mediante
la carta que acababa de escribir, de su próximo casamiento.
"He dejado para el final la mejor noticia. Me he comprometido con la
señorita Frieda Brandefeld, una joven de familia acomodada, a quien no
conoces, pues llegó a la ciudad mucho después de tu partida. Ya podré
hablarte más ampliamente de ella en otra ocasión; hoy basta que te
diga que estoy muy contento, y que lo único que ha cambiado en
nuestra relación, es que si hasta ahora has tenido un amigo como
todos, ahora tienes un amigo feliz. Además encontrarás en mi novia,
que te saluda afectuosamente y que pronto te escribirá personalmente,
una amiga de verdad; Lo que siempre es importante para un soltero.
Sé que muchos motivos te impiden visitarnos, pero ¿No crees que mi
casamiento es la mejor ocasión para hacer a un lado estos
impedimentos? De todas maneras, sea lo que fuere, no dudes en hacer
lo que sea más conveniente para ti."
Sentado ante su escritorio, Georg permaneció largo rato mirando hacia
la ventana, con esta carta en la mano. Apenas había contestado, con
una sonrisa ausente, el saludo de un conocido que pasaba por la calle.
Guardó finalmente la carta en el bolsillo y salió de su habitación;
atravesó un pequeño corredor hasta llegar a la de su padre. Hacía
meses que no estaba allí. En realidad no era necesario, ya que lo veía
diariamente en el negocio, y además almorzaban juntos en el
restaurante; por la noche cada cual hacía lo suyo, pero generalmente
se quedaban en la sala común, enfrascados en sus respectivos diarios,
mientras Georg, como a menudo ocurría, no saliera con sus amigos, o
sobre todo últimamente. fuera a ver a su novia.
Georg se asombró del contraste que ofrecía, con aquella mañana tan
luminosa, la oscuridad del cuarto de su padre: tanta sombra proyectaba
el alto muro que limitaba el pequeño patio. El padre estaba sentado en
un rincón adornado con distintos recuerdos de la difunta madre y leía el
diario junto a la ventana, sosteniéndolo en forma inclinada ante sus
ojos, para compensar así cieno defecto visual. Sobre la mesa se
encontraban aún los restos del desayuno, que apenas había probado.
–Ah, Georg –dijo el padre y se acercó a recibirle. Su pesada bata se
abrió al caminar y onduló susurrante en torno del anciano. "Mi padre es
todavía un gigante" –pensó Georg.
–Aquí la oscuridad está insoportable –dijo luego.
–Sí, está muy oscuro –contestó el padre.
–Además, tienes cerrada la ventana.
–Prefiero que esté así.
–Afuera hace bastante calor –dijo Georg, como meditando su
observación anterior mientras se sentaba.
El padre recogió los platos del desayuno y los colocó sobre una cómoda.
–Sólo quería decirte –continuó Georg, que seguía absorto en los
movimientos de su padre, que he decidido enviar a San Petersburgo el
anuncio de mi casamiento.
Hizo el ademán de sacar de su bolsillo un extremo de la carta, pero la
dejó ahí.
–¿A San Petersburgo? –preguntó el padre.
–Si, le escribí a mi amigo –dijo Georg, buscando los ojos de su padre.
"Qué distinto es en el negocio –pensó que imponente se ve aquí,
sentado con los brazos cruzados." –Sí, a tu amigo –enfatizó el padre.
–Has de recordar, padre, que en principio quise ocultarle mi
compromiso. Por consideración; solamente por eso. Ya sabes lo
quisquilloso que es. Pensé que podría enterarse por otros medios de mi
casamiento, aunque con la vida que lleva, tan solitaria, eso es poco
probable; yo no tenía forma de impedirlo, pero nunca lo habría sabido
por mí directamente.
–¿Y sin embargo ahora has cambiado de opinión otra vez –preguntó el
padre, colocando el periódico sobre el alféizar, apoyando sobre él las
gafas, que cubrió con la mano.
ahora cambié de opinión. Si realmente es mi amigo, me dije, entonces
la alegría de mi casamiento ha de ser una alegría también para él. Y
por lo tanto no me he demorado más en escribirle. Pero antes de enviar
la carta quise comentarlo contigo.
–Georg –dijo el padre, mostrando las encías desdentadas, escúchame.
Acudes a mí para comentar este asunto. Ese gesto te honra. Pero es
inútil, desgraciadamente no sirve de nada, si además no me dices toda
la verdad. Desde la muerte de tu madre, tan querida por nosotros, han
ocurrido ciertas cosas muy desagradables. Quizá se presente la oportunidad
de mencionarlas, tal vez mucho antes de lo que imaginamos. En
el negocio hay asuntos que se me escapan, aunque no quiero insinuar
ahora que alguien me los oculta; ya no soy tan fuerte como antes, la
memoria me falla, y ya no puedo estar al tanto de todo. En primer
lugar, esto se debe al ineludible proceso natural del paso del tiempo, y
en segundo lugar, la muerte de nuestra querida madrecita, me ha
afectado mucho más a mí que a ti. Pero mejor no nos desviemos del
asunto de esta carta, y por eso te ruego Georg, que no me engañes. Se
trata de algo sin importancia, que no vale la pena ni mencionar; por
eso mismo no tiene objeto que me ocultes algo. ¿Existe en realidad ese
amigo tuyo de San Petersburgo?
Georg se levantó repentinamente. Estaba perplejo.
–Dejemos lo de mi amigo. Mil amigos no podrían sustituir a mi padre.
¿Sabes que pienso? No te cuidas lo suficiente. La ancianidad exige
ciertos cuidados. Sabes perfectamente que me eres indispensable en el
negocio, pero si eso perjudica tu salud, mañana mismo lo cierro para
siempre. Y eso no nos conviene. Es preciso que cambies totalmente de
costumbres. No puedes seguir viviendo como vives. En la sala hay tanta
luz, y tú aquí, leyendo en la penumbra. Apenas pruebas el desayuno,
en vez de alimentarte debidamente. Te quedas con la ventana cerrada
cuando el aire fresco te haría tanto bien. ¡No, padre! esto no puede
seguir así. Llamaré al médico y haremos lo que prescriba. Cambiaremos
de habitaciones, pasarás al cuarto de adelante y yo me trasladaré a
éste. No sentirás molestia alguna por el cambio, porque también
mudaré todas tus cosas. Todo eso a su tiempo; por ahora, recuéstate a
descansar un poco en la cama, seguramente necesitas reposo. Ven yo
te ayudaré a desvestirte, ya verás que es fácil. O tal vez prefieras
pasarte de una vez a mi habitación, si quieres puedes recostarte sobre
mi cama. Esto sería lo más conveniente.
Georg se había parado junto a su padre, que había dejado caer hacia
adelante la cabeza de blanca y desordenada cabellera.
–Georg –dijo el padre en un susurro, permaneciendo inmóvil Georg se
arrodilló de inmediato a su lado; miró su fatigado rostro y comprobó
que de reojo se fijaban sobre él sus pupilas dilatadas.
–No tienes ningún amigo en San Petersburgo. Siempre has sido un
bromista, y también conmigo has querido bromear. ¿Cómo podrías
realmente tener allá un amigo? Eso es increíble.
–Haz un esfuerzo para recordar –dijo Georg, mientras levantaba al
padre de la silla y le quitaba la bata, ya que el anciano apenas podía
sostenerse en pie, nos visitó hace casi tres años. Todavía recuerdo que
no le tenías mucha simpatía. Por lo menos dos veces te oculté su
presencia, aunque en realidad se encontraba en mi cuarto, conmigo. Me
era muy comprensible tu rechazo hacia él, ya que mi amigo es bastante
peculiar. Pero luego, te llevaste bastante bien con él. Me sentía tan
orgulloso de que lo escucharas, que asintieras o le hicieras preguntas.
Si lo piensas un poco podrás recordarlo. El nos contaba las historias
más increíbles de la revolución rusa. había visto, por ejemplo, durante
un viaje de negocios a Kiev, a un sacerdote en un balcón que a te la
muchedumbre se hizo una cruz con un cuchillo en la palma de la mano,
y luego habló a la multitud con la mano ensangrentada en alto. Tu
mismo has repetido varias veces esa historia.
Mientras tanto, Georg había logrado sentar de nuevo a su padre y
sacarle con delizadez los pantalones de lana que llevaba encima de los
calzoncillos; le quitó los calcetines, y al contemplar que la limpieza de la
ropa dejaba mucho que desear, se reprochó su descuido. Era sin duda
uno de sus deberes el velar porque su padre no careciera de mudas de
ropa. interior. Aún no había decidido con la que sería su esposa que
hartan con su padre; de este modo quedaba por supuesto que viviría
solo en su antiguo departamento. Pero en ese momento, tomó la
determinación de que su padre viviría con ellos en su nueva casa.
Analizándolo más atentamente, hasta parecía posible que los cuidados
que Georg pensaba prodigar a su padre llegaran demasiado tarde.
Llevó en sus brazos al padre hasta la cama. Mientras hacía el breve
trayecto, tuvo la terrible sensación de que su padre jugueteaba con la
cadena de su reloj, que le cruzaba el pecho. Apenas pudo acostarlo, con
tanta fuerza se había aferrado a la cadena.
Pero cuando al fin el anciano quedó acostado, todo pareció arreglarse.
El mismo se cubrió, subiendo las mantas mucho más arriba de los
hombros, lo que en el era ya insólito. Después lanzó una mirada
amistosa a Georg.
–¿No es cierto que ahora, comienzas a recordarlo? –preguntó Georg,
animándole con un movimiento en la cabeza.
–Estoy bien tapado? –preguntó el padre, como si él mismo no pudiera
comprobar si tenía los pies bien cubiertos.
–¿Te sientes más a gusto, en la cama –dijo Georg, y lo arropó.
–¿Estoy bien tapado? –preguntó otra vez el padre mostrando especial
interés en la respuesta.
–No te intranquilices, estás bien tapado.
–¡No! –gritó el padre, interrumpiéndole.
Arrojó las mantas con tanta vehemencia que en un segundo se
desparramaron totalmente, y se levantó sobre la cama. Apoyó
ligeramente la mano en el cielo raso.
–Tú quisieras taparme, lo sé, mi hijito. Pero todavía no estoy tapado. Y
aunque sean mis últimas fuerzas, son suficientes, casi demasiadas para
mí. A ese amigo tuyo lo conozco muy bien. Es el hijo que yo habría
querido. Por eso mismo lo has engañado, año tras año. ¡Por qué si no!
¿Crees que no he llorado por él? Por eso te encierras en tu escritorio,
nadie puede pasar, el Jefe está ocupado... sólo para escribir falsas
cartas a Rusia. Pero por suerte nadie tiene que enseñarle a un padre a
adivinar lo que piensa su hijo. ¡Creíste que me habías engañado, que
estaba tan hundido que podías sentar tu trasero sobre mí. ¡Y como yo
no puedo ya moverme, el gran hijo decide casarse!
George se aterrorizó ante la espantosa imagen evocada por su padre. El
recuerdo del amigo de San Petersburgo, a quien su padre parecía
conocer tan bien de repente, se posesionó de su imaginación como
nunca. Lo veía perdido en la vasta Rusia. Lo veta ante la puerta de su
negocio vacío y saqueado; entre las ruinas de los mostradores, en
medio de la mercadería consumida por el fuego, lo veía claramente.
¡Por qué tenla que haberse ido tan lejos!
–Pero atiéndeme –gritó imperativamente el padre. Georg, a punto de
desvanecerse, se dirigió hacia la cama para enterarse definitivamente
de todo, pero se detuvo a la mitad de camino.
–Porque ella se levantó las faldas –dijo aflautadamente el padre,
porque esa perra asquerosa se levantó las faldas así y como
ejemplificando se alzó la camisola por encima de los muslos, dejando
ver en uno de ellos la cicatriz de la guerra, porque se levantó las faldas
así y así, te entregaste completamente; y para gozar hasta saciarte con
ella mancillaste la memoria de nuestra madre, defraudaste a tu amigo y
has querido enterrar en la cama a tu padre, para que no pueda
moverse. Pero... ¿puede o no puede moverse?
Y se irguió firmemente sobre sus piernas, sin apoyarse en nada.
Resplandecía de orgullo.
Georg permanecía en el rincón, lo más alejado que podía de su padre.
En otro momento se había dispuesto a observar todo con detenimiento,
para que nada le cayera por sorpresa, desde atrás o desde arriba.
Recordó esa olvidada decisión y la olvidó nuevamente, como cuando se
pasa un hilillo por el ojo de una aguja.
–¡Pero tu amigo no ha sido defraudado! –exclamó el padre, agitando en
el aire su índice de un lado a otro, enfáticamente. Yo era su
representante aquí!
–¡Farsante! No pudo dejar de gritar Georg; de inmediato comprendió su
error, y se mordió la lengua, con los ojos desorbitados de dolor, hasta
sentir que le flaqueaban las piernas pero ya era demasiado tarde.
–¡Sí! representé una farsa. !Farsa.! Me gusta la palabra. ¿Qué otro
consuelo le quedaba al amargado padre viudo? Contéstame, y trata de
ser, aunque sea por un instante, un hijo digno de mí, como el que
fuiste. ¿Qué otra cosa podía hacer, metido en mi cuarto, perseguido por
empleados desleales, viejo hasta los huesos? Mientras mi hijo se
paseaba jubilosamente por el mundo, cerrando operaciones comerciales
que yo había preparado previamente, pleno de satisfacción y jugando
ante su padre al pretendiente formal. ¿Crees que no te quise nunca, yo,
tu padre, al que quisiste abandonar?
"Ahora hará una reverencia –pensó Georg y se caerá y se romperá los
huesos." Estos pensamientos le produjeron un estremecimiento.
El padre se inclinó un tanto hacia adelante, pero no se cayó. Al ver que
Georg no se acercaba, como él esperaba, volvió a erguirse.
–Quédate donde estás, no te necesito; no te necesito. Crees que
todavía tienes fuerza suficiente para acercarte y que no lo haces sólo
porque no se te da la gana. ¿No te equivocarás? Sigo siendo el más
fuerte, Tal vez yo solo hubiera tenido que ceder; pero tu madre me
transmitió hasta tal punto su energía, que con tu amigo me entiendo a
las mil maravillas, y tengo a todos sus clientes metidos en el bolsillo.
"Hasta en el camisón tiene bolsillos", pensó Georg, y creyó que esta
simple observación bastaba para ridiculizarle ante el mundo entero. Lo
pensó apenas un instante, luego lo olvidó como siempre.
–Puedes refugiarte en las faldas de tu novia para enfrentarme. ¡La
arrancaré de tu lado, no te imaginas cómo!
Georg hacía muecas de incredulidad. El padre se limitó a asentir con la
cabeza, hacia el rincón donde Georg se encontraba, para confirmar que
su sentencia era verdad.
–¡No sabes la gracia que me causaste hoy, cuando viniste a
preguntarme si debías anunciar a tu amigo que estás comprometido!...
¡El ya sabe todo! ¡Estúpido infantil! ¡Ya sabe todo! ¿Cómo te olvidaste
de quitarme papel y pluma? Yo le escribí y le conté hasta el más
mínimo detalle, por eso no viene desde hace tantos años, porque sabe
todo lo que pasa mil veces mejor que tú; mientras con la diestra abre
mis cartas, con la siniestra rompe las tuyas sin leerlas.
Excitado, mientras levantaba una mano sobre su cabeza, gritó:
–¡Sabe todo mil veces mejor!
–¡Diez mil veces –dijo Georg para burlarse de su padre, pero antes de
salir de su boca, las palabras se convirtieron en una nefasta certeza.
–Hace años esperaba ya esta consulta. ¿O crees que me importa alguna
otra cosa en el mundo? ¿Crees acaso que leo los periódicos? ¡Mira? –y
le arrojó un periódico que inexplicablemente había traído consigo a la
cama.
Era un diario tan viejo, que Georg ni siquiera conocía el nombre.
–¡Cuánto tiempo has tardado en ver cómo son las cosas! Tu madre
murió antes de presenciar este día tan jubiloso; tu amigo se pudre en
Rusia, ya hace tres años estaba amarillo como un cadáver; y yo, ¿no
tienes ojos para ver como estoy?
–Entonces. me acechabas constantemente –gritó Georg.
Compasivo, sin hacerle mucho caso, dijo el padre:
–Estoy seguro que hace mucho querías decirme eso. Pero ya no
importa.
Elevó el tono de voz:
–Y ahora sabes que hay otras cosas además de ti, hasta ahora sólo te
han interesado tus asuntos. Y aunque es cierto que eras un niño
inocente, también es cierto y más, que eras un ser diabólico. Y por lo
mismo, escúchame: ¡Te condeno a morir ahogado!
Georg se sintió arrojado de la habitación. Llevaba aún en los oídos el
sonido del golpe con el que su padre se dejó caer sobre la cama. Bajó la
escalera, como si se tratara de un terreno inclinado, y tropezó con la
criada que se disponía a subir para hacer la limpieza matutina de la
casa.
–¡Jesús! –gritó ella, y se cubrió la cara con le delantal, pero Georg se
había esfumado. Cruzó corriendo la carretera, en dirección del agua. Se
aferró a la baranda, como un hambriento a su comida. La saltó, como
debía hacerlo el distinguido atleta que para orgullo de sus padres fue en
sus años juveniles. Se sostuvo colgado todavía un instante, con manos
cada vez más débiles; espió entre la baranda a un autobús que se
acercaba, y que ensordecería el ruido de su caída, y exclamó en voz
baja: "Queridos padres, a pesar de todo, os he querido siempre", y se
dejó caer.
En ese momento una interminable fila de automóviles transitaba por el
puente.
AMERICA
(1912–1913)
EL FOGONERO
Cuando Karl Rossmann –muchacho de dieciséis años de edad a quien
sus pobres padres enviaban a América porque lo había seducido una
sirvienta que luego tuvo de él un hijo– entraba en el puerto de Nueva
York a bordo de ese vapor que ya había aminorado su marcha, vio de
pronto la estatua de la diosa de la Libertad, que desde hacía rato venía
observando, como si ahora estuviese iluminada por un rayo de sol más
intenso. Su brazo con la espada se irguió como con un renovado
movimiento, y en torno a su figura soplaron los aires libres.
«¡Qué alta!», se dijo, y como ni siquiera se le ocurría retirarse, la
creciente multitud de los mozos de cuerda que junto a él desfilaba fue
desplazándolo, poco a poco, hasta la borda.
Un joven con el cual había trabado fugaz relación durante la travesía le
dijo al pasar:
–Pero, ¿no tiene usted ganas de bajar?
–Claro que sí; ya estoy pronto –dijo Karl, riéndose al mirarlo; y lleno
de alegría, alzó su baúl y lo cargó sobre un hombro, pues era un
muchacho fuerte. Pero al seguir con la vista a ese desconocido suyo
que agitando ligeramente su bastón ya se alejaba con los demás, notó
consternado que había olvidado su propio paraguas abajo, en el interior
del barco. Sin demora, rogó a su conocido –quien no pareció alegrarse
mucho– que aguardara un instante junto a su baúl; recorrió con una
mirada el lugar para poder encontrarlo a su regreso, y se alejó
presuroso.
Abajo, se sorprendió desagradablemente al ver que el pasillo que
hubiera acortado en forma considerable su camino estaba condenado –
cosa que probablemente se relacionaba con el desembarco de la
totalidad de los pasajeros–, y así tuvo que buscar penosamente, a
través de corredores que doblaban sin cesar y de un cuarto vacío donde
había un escritorio abandonado, escaleras que se sucedían sin fin unas
a otras, hasta que terminó por extraviarse completamente, pues sólo
en una o dos oportunidades había tomado por ese camino, y siempre
acompañado de otras personas. En su desconcierto, y además porque
no topaba con ningún ser humano, y porque sólo oía incesantemente el
arrastrarse de los mil pies humanos por encima de su cabeza, y
percibía, a lo lejos, como un apagado jadeo, las últimas operaciones de
las máquinas ya paradas, se puso a golpear, sin pensarlo, en una
puertecilla cualquiera, junto a la cual se había detenido de pronto,
interrumpiendo su andar errátil.
–Pero si está abierto –oyóse una voz desde adentro; y Karl, con
verdadero alivio, abrió la puerta.
–¿Por qué golpea la puerta como un loco? –preguntó un hombre
gigantesco, dirigiéndole a Karl apenas una mirada. Por una claraboya,
una luz turbia que llegaba ya muy gastada desde arriba, caía en el
mísero camarote, donde muy apretujados, como estibados, había una
cama, un ropero, una silla y el hombre.
–Me he extraviado –dijo Karl–; durante el viaje no me di cuenta, pero
es el caso que éste es un barco tremendamente grande.
–Sí, en eso tiene usted razón –dijo con cierto orgullo el hombre, sin
cesar de manipular con la cerradura de un pequeño baúl, a la que
apretaba con ambas manos, una y otra vez, tratando de escuchar el
ruido del pestillo al cerrarse.
–¡Pero entre usted de una vez! –siguió diciendo el hombre–, ¡no querrá
usted quedarse afuera!
–¿No molesto? –preguntó Karl.
–¡Oh, cómo va a molestar usted!
–¿Es usted alemán? –intentó todavía asegurarse Karl, pues había oído
muchas cosas acerca de los peligros que en América amenazan a los
recién llegados, sobre todo de parte de los irlandeses.
–Lo soy, sí; lo soy –dijo el hombre.
Karl vacilaba todavía. Pero entonces, de improviso cogió el hombre el
picaporte, y cerrando rápidamente la puerta, dejó a Karl en el interior
del camarote.
–No soporto que me estén mirando desde el pasillo –dijo el hombre,
volviendo a afanarse con su baúl–; todos los que pasan por ahí miran
adentro, ¡cualquiera lo soporta!
–Pero el pasillo está completamente desierto –dijo Karl,
incómodamente apretado contra un barrote de la cama.
–Sí, ahora –dijo el hombre.
«Es que de ahora se trata –pensó Karl–, con este hombre es difícil
entenderse.»
–¿Por qué no se echa usted en la cama?; ahí tendrá más lugar –dijo el
hombre.
Karl, como pudo, se arrastró hacia adentro y se echó a reír
ruidosamente, después de su primer intento vano de ganar la cama de
un salto. Pero apenas estuvo en ella exclamó:
–¡Por Dios, me he olvidado completamente de mi baúl!
–¡Ah!, ¿y dónde está?
–Arriba, en la cubierta, un conocido mío lo cuida; pero... ¿cómo se
llamaba? –Y de un bolsillo secreto que su madre le había confeccionado
para el viaje en el forro de la chaqueta, extrajo una tarjeta de visita–.
Butterbaum, Franz Butterbaum.
–¿Le hace a usted mucha falta ese baúl?
–Claro.
–¿Por qué, entonces, se lo confió usted a una persona extraña?
–Había olvidado abajo mi paraguas y vine corriendo a buscarlo, pero no
quise arrastrar conmigo el baúl. Y luego, para colmo, me extravié.
–¿Viene usted solo? ¿Nadie lo acompaña?
–Sí, solo.
«Quién sabe si no debería yo quedarme cerca de este hombre –tal idea
cruzó de pronto por la cabeza de Karl–; ¿dónde hallaría yo en estos
momentos un amigo mejor?»
–Y ahora, como si fuera poco, perdió usted el baúl; del paraguas, ya ni
qué hablar. –Y el hombre se sentó en la silla, como si ahora el asunto
de Karl hubiera cobrado cierto interés para él.
–Creo, sin embargo, que el baúl no está perdido todavía.
–Bienaventurados los que creen –dijo el hombre rascándose
vigorosamente sus cabellos oscuros, cortos, tupidos–; en un barco, con
los puertos cambian también las costumbres. En Hamburgo, su
Butterbaum tal vez hubiera vigilado el baúl, pero aquí es muy probable
que ya no haya rastros ni de uno ni de otro.
–Si es así, debo ir en seguida a ver qué pasa allá arriba –dijo Karl
mirando en derredor para buscar una salida.
–¿Qué es eso? ¡Quédese usted! –dijo el hombre poniéndole una mano
en el pecho y empujándolo otra vez a la cama, casi con rudeza.
–Pero, ¿por qué? –preguntó Karl disgustado.
–Porque la cosa no tiene sentido –dijo el hombre–, dentro de unos
momentos me iré yo también, y entonces iremos juntos. O bien el baúl
ha sido robado, y ya nada cabe hacer; o bien el hombre lo ha dejado
allí, y entonces lo encontraremos mucho más fácilmente, lo mismo que
su paraguas, una vez que el barco esté desocupado del todo.
–Verdaderamente, ¿sabe usted orientarse en este barco? –preguntó
Karl receloso, y le pareció que había gato encerrado en aquella
sugestión, convincente por otra parte, de que la mejor manera de hallar
esas cosas sería buscándolas en el barco ya desocupado.
–¡Si soy fogonero del barco! –dijo el hombre.
–¡Es usted fogonero del barco! –exclamó Karl con alegría, como si esto
superara todas sus esperanzas; y apoyándose sobre un codo se puso a
contemplar más detenidamente a aquel hombre–. Precisamente delante
del camarote donde yo dormía con el eslovaco había una escotilla por la
cual podía uno contemplar la sala de máquinas.
–Sí, allí trabajaba yo –dijo el fogonero.
–Siempre tuve muchísimo interés por la mecánica –dijo Karl
conservando una ilación de pensamiento fija–, y seguramente más
adelante habría llegado a ser ingeniero, si no hubiera tenido que
embarcarme para América.
–¿Y por qué tuvo que irse usted?
–¡Bah, nada! –dijo Karl arrojando toda esa historia con un ademán. Y
miró al mismo tiempo al fogonero sonriéndole como si implorara su
indulgencia por no haberle respondido claramente.
–Por alguna causa será –dijo el fogonero, y no se sabía bien si con ello
quería él exigir o bien rechazar la explicación de esa causa.
–Ahora yo también podría hacerme fogonero –dijo Karl–; a mis padres
ya les es indiferente lo que vaya a ser.
–El puesto mío queda vacante –dijo el fogonero metiéndose las manos
en los bolsillos de los pantalones con plena y orgullosa conciencia de lo
que acababa de decir; y a fin de estirarlas echó sobre la cama las
piernas metidas en unos pantalones abolsados, como si fueran de
cuero, de un color gris ferrugiento. Karl debió retroceder más hacia la
pared.
–¿Abandona usted el barco?
–Sí, señor; hoy nos largamos.
–¿Y por qué? ¿No le gusta a usted?
–Pues son las circunstancias; el hecho de que a uno le guste o no una
cosa no siempre es lo decisivo. Por otra parte, tiene usted razón,
tampoco me gusta. Usted seguramente no piensa en serio hacerse
fogonero, pero es precisamente así como se llega a serlo con mayor
facilidad. Yo, decididamente, no se lo aconsejo. Si deseaba usted
estudiar en Europa, ¿por qué no quiere hacerlo aquí? Puesto que, por
otra parte, las universidades norteamericanas son incomparablemente
mejores que las europeas.
–Es muy posible –dijo Karl–, pero ya no tengo casi dinero para los
estudios. Es cierto que he leído de alguno que durante el día trabajaba
en un comercio y por la noche estudiaba, hasta que llegó a ser doctor y
creo que aun alcalde; pero esto exige, naturalmente, gran
perseverancia, ¿no es cierto? Me temo que yo no la tenga. Además no
era yo alumno excepcionalmente bueno, y en verdad no me ha costado
nada dejar el colegio. Además los colegios de aquí son posiblemente
más severos todavía. Apenas conozco el inglés. Y en general hay mucha
prevención aquí contra los extranjeros, según creo.
–¿Ya está usted enterado también de eso? Pues no está mal. Es usted
mi hombre, entonces. Vea usted, estamos por cierto en un barco
alemán: pertenece a la Hamburk–AmerikaLinie. ¿Por qué no somos aquí
alemanes todos? ¿Por qué es rumano el jefe de maquinistas? Se llama
Schubal. Parece mentira ¿no es cierto? Y ese canalla nos maltrata a
nosotros, los alemanes, ¡a bordo de un barco alemán! No crea usted
(perdía el aliento y su mano llameaba por el aire), no crea usted que
me estoy quejando sólo por quejarme. Sé que usted no tiene ninguna
influencia, que usted mismo es un pobre muchachito. ¡Pero esto es
demasiado! ¡Demasiado! –Golpeó varias veces con el puño sobre la
mesa, sin quitar los ojos de él mientras golpeaba–. He servido ya en
muchos barcos –y citó veinte nombres uno tras otro como si fuese una
sola palabra; Karl quedó completamente confundido–, y me distinguía y
me elogiaban; trabajaba a gusto de mis capitanes, hasta que quedé
varios años en un mismo velero mercante –se levantó como si aquello
constituyese el punto culminante de su vida–, y aquí, en esta carraca,
donde todo marcha como sobre ruedas, donde no se necesita ningún
ingenio especial, aquí yo no sirvo para nada, y continuamente estoy
molestando a ese Schubal, y soy un haragán, y me merezco que me
echen, y me hacen un favor dándome mi sueldo. ¿Lo entiende usted?
¿Entiende usted eso? Pues yo no lo entiendo.
–No debe usted tolerarlo –dijo Karl excitado. Casi había perdido la
noción de que pisaba el suelo inseguro de un barco, en la costa de un
continente desconocido, tan a gusto y como en su casa se encontraba
allí, sobre aquel lecho del fogonero–. ¿Ya vio usted al capitán? ¿Ya trató
usted de que le hiciera justicia?
–¡Oh, váyase!, será mejor que se vaya usted. No quiero que esté aquí.
Usted no escucha lo que digo y me da consejos. ¿Cómo quiere que vaya
a ver al capitán? –Y cansado, el fogonero volvió a sentarse y hundió el
rostro entre sus dos manos.
«Mejor consejo no puedo darle», díjose Karl. Y en general le pareció
que mejor hubiera hecho en irse a buscar su baúl, en lugar de estar
dando allí consejos que, después de todo, sólo se consideraban
estúpidos.
Cuando el padre le entregó el baúl para siempre, le preguntó
bromeando: «¿Cuánto tiempo lo conservarás?», y ahora, tal vez, ya
estaba realmente perdido ese fiel baúl. El único consuelo era, de todos
modos, que el padre apenas podría enterarse de su situación actual,
aunque tratara de averiguarla. La última noticia que la compañía podría
dar era que lo habían llevado hasta Nueva York.
Pero lo que verdaderamente lamentaba Karl era haber usado apenas,
hasta entonces, las cosas que contenía el baúl, a pesar de que hacía
mucho ya que le hubiera hecho falta mudarse de camisa, por ejemplo.
Ahí, pues, había hecho economías fuera de lugar; precisamente ahora,
cuando en los comienzos de su carrera tendría necesidad de
presentarse pulcramente vestido, no le quedaría más remedio que
aparecer con la camisa sucia. Si no fuera por eso, la pérdida del baúl no
hubiera sido tan grave, ya que el traje que llevaba puesto era mejor
aún que el que tenía en el baúl, el cual era en realidad sólo un traje de
repuesto, que la madre había tenido que remendar hasta momentos
antes de su partida. Y entonces recordó también que en el baúl había
además un trozo de salchichón veronés, que la madre le había
empaquetado como regalo extraordinario, y del que él sólo había
podido comerse una parte mínima, ya que durante el viaje le faltó el
apetito por completo y le bastó sobradamente con aquella sopa que se
repartía en el entrepuente. Ahora, en cambio, le hubiera gustado
mucho tener a mano el salchichón para obsequiar con él al fogonero.
Pues esa clase de gente es fácil de ganar si, subrepticiamente, se les
desliza cualquier insignificancia: Karl lo sabía bien por su padre que,
mediante repartos de cigarros, se ganaba los favores de todos los
empleados inferiores con los cuales trataba comercialmente. De las
cosas que podía regalar ahora sólo le quedaba a Karl su dinero y, por lo
pronto, no quería tocarlo, ya que bien podía ser que hubiese perdido su
baúl.
De nuevo tornó a pensar en el baúl y, realmente, no podía entender por
qué había vigilado ese baúl con tanta atención durante el viaje,
entregado a una vigilancia que casi le quitaba el sueño, si ahora había
permitido que se lo quitaran con semejante facilidad. Se acordó de las
cinco noches cargadas de esa sospecha constante contra un pequeño
eslovaco que dormía en el segundo echadero hacia la izquierda;
pensaba que aquél tenía puestas sus miras en el baúl y que sólo
esperaba acechando que Karl, acosado y vencido por la debilidad, se
quedase adormilado un instante para poder atraer hacia sí el baúl con
un palo largo con el que jugaba y practicaba durante el día.
De día ese eslovaco tenía aspecto bastante inofensivo, pero apenas
llegaba la noche, se incorporaba en su lecho, de rato en rato, y echaba
unas miradas afligidas al baúl de Karl. Todo esto podía distinguirlo Karl
muy claramente, pues siempre había quien, con la inquietud del
emigrante, tenía una lucecita encendida, acá o allá, a pesar de que esto
estaba prohibido por el reglamento del barco; así intentaban descifrar
folletos ininteligibles de las agencias de emigración. Si alguna de estas
bujías se hallaba cerca, podía Karl dormitar un poco; pero si estaba
lejos, o si todo se hallaba a oscuras, era necesario que velara con los
ojos abiertos. Este esfuerzo lo había agotado bastante y ahora tal vez
resultaba absolutamente inútil. ¡Ese Butterbaum! ¡Que alguna vez se
topara con él en cualquier parte!
En ese instante oyéronse afuera, muy lejos, unos golpecitos breves,
como de pies infantiles, que rompían la quietud absoluta que hasta
entonces había reinado, venían acercándose, el sonido se hacía cada
vez más distinto, y ahora ya era una tranquila marcha de hombres.
Aparentemente marchaban en fila, cosa natural en aquel pasillo
estrecho; se oyó un fragor como de armas. Karl, que ya estaba a punto
de estirarse en la cama, dispuesto a dormir, a entregarse a un sueño
libre de todas las preocupaciones causadas por el baúl y el eslovaco, se
sobresaltó y empujó al fogonero, para prevenirlo por fin, pues ya
parecía que la tropa alcanzaba, con su vanguardia, la misma puerta.
–Es la banda del barco –explicó el fogonero–; estuvieron tocando
arriba, y van a guardar sus cosas y a hacer sus equipajes. Ahora sí,
todo está listo y podemos irnos. ¡Venga usted! –Cogió a Karl de la
mano; en el último instante quitó de la pared una imagen de la Virgen,
con su marco, suspendida sobre la cama, se la metió en el bolsillo
interior, recogió su baúl y, apresuradamente, abandonó con Karl el
camarote.
–Ahora me voy a la oficina a cantarles cuatro verdades a los señores.
Ya no queda ningún pasajero y uno puede proceder sin miramientos. –
Repetía de diversas maneras esto el fogonero y, mientras pasaban, con
un golpe lateral de uno de los pies, quiso aplastar una rata que cruzaba
el camino, pero sólo la ayudó a ganar más pronto el interior del agujero
que había alcanzado a tiempo. Era más bien lerdo de movimientos;
pues aunque tenía piernas largas, éstas, con todo, le resultaban
demasiado pesadas.
Pasaron por una sección de la cocina donde algunas muchachas de
delantales sucios –se los manchaban adrede salpicándoselos ellas
mismas– se hallaban limpiando la vajilla en grandes bateas. El fogonero
llamó a su lado a cierta Line, rodeó su talle y la llevó un trecho con él; y
ella, coqueta, no cesaba de apretarse contra su brazo.
–Hay paga hoy, ¿quieres venir? –preguntó.
–¿Para qué voy a molestarme? Será mejor que tú me traigas el dinero
–contestó ella y, deslizándose bajo su brazo, se escurrió–. ¿Dónde has
pescado a ese mocito tan apuesto? –alcanzó a exclamar todavía, pero
ya ni quiso esperar la respuesta. Oyóse la risa de todas las muchachas,
que habían interrumpido su labor.
Pero ellos siguieron de largo y llegaron a una puerta que tenía un
pequeño frontón encima, sostenido por pequeñas cariátides doradas.
Esto representaba una suntuosidad excesiva, tratándose, como era el
caso, de una decoración de barco. Karl se percató de que nunca había
llegado a este sitio, reservado probablemente, durante la travesía, a los
pasajeros de primera y segunda clase; mientras que ahora, en vísperas
de la limpieza general del barco, se habían quitado las puertas de
separación. En efecto, ya se habían encontrado con algunos hombres
que llevaban escobas al hombro y que habían saludado al fogonero.
Karl se asombraba de ese gran movimiento, del que naturalmente
había llegado a saber bien poco en su entrepuente. A lo largo de los
pasillos corrían asimismo cables de instalaciones eléctricas y se oía en
forma constante sonar una campanita.
El fogonero golpeó respetuosamente la puerta, y cuando dijeron:
«¡entre!», le indicó con un ademán a Karl que entrara sin temor. Éste
entró por cierto, aun cuando se detuvo cerca de la puerta. Vio por las
tres ventanas del cuarto las olas del mar y, al contemplar su alegre
movimiento, agitóse su corazón como si no hubiese visto el mar
ininterrumpidamente durante cinco largos días. Grandes buques
entrecruzaban mutuamente su derrotero y cedían al oleaje sólo en
cuanto lo permitía su propia gravitación. Estos buques, si entornaba
uno los ojos, parecían vacilar de pura gravitación. Llevaban sobre sus
mástiles banderas angostas, si bien largas, que aunque tirantes por el
desplazamiento del barco, ondeaban sin embargo, ya para un lado, ya
para otro. Se oía un eco de salvas, procedente probablemente de
buques de guerra. Los cañones de uno de esos barcos que desfilaba no
muy lejos de allí, relucientes por el brillo de su manto de acero,
parecían como acariciados y mecidos por ese viaje seguro, liso, que con
todo no era horizontal. Las pequeñas lanchas y los botes sólo podían
ser observados a lo lejos, al menos desde la puerta; velase cómo
entraban en gran número por los espacios que quedaban libres entre
los barcos grandes. Pero detrás de todo eso levantábase Nueva York,
mirando a Karl con las cien mil ventanas de sus rascacielos. Sí, en ese
cuarto sabía uno bien dónde se hallaba.
Frente a una mesa redonda había tres señores sentados, uno de ellos
era un oficial de la marina, con el uniforme azul de los navales, y los
dos restantes, empleados de la autoridad portuaria, vestidos con negros
uniformes norteamericanos. Sobre la mesa había diversos documentos
dispuestos en altas pilas, a los cuales el oficial, pluma en mano, echaba
un vistazo primero, para entregárselos luego a los otros dos, quienes o
bien los leían, o bien los extractaban, o bien ponían alguna hoja en sus
cartapacios, cuando no era el caso de que uno de ellos, que producía
casi ininterrumpidamente un ruidito con los dientes, dictaba a su colega
algo que éste anotaba en un protocolo.
Cerca de la ventana, frente a un escritorio y dando la espalda a la
puerta, hallábase sentado un señor más bien bajo, que manejaba
grandes infolios alineados delante de él a la altura de su cabeza, sobre
un fuerte estante para libros. Junto a él había una caja de caudales
abierta que, al menos a primera vista, parecía vacía.
Nada había frente a la segunda ventana, que ofrecía la mejor vista; y
cerca de la tercera se veía a dos señores de pie que conversaban a
media voz. Uno de ellos se apoyaba en la pared, junto a la ventana;
llevaba también el uniforme naval y jugaba con la empuñadura de su
sable. El otro, con el cual conversaba, daba la cara a la ventana y
descubría de vez en cuando, con un movimiento, parte de la hilera de
condecoraciones que ostentaba el primero sobre su pecho. Vestía de
civil y tenía un delgado bastoncillo de bambú, que se separaba de su
cuerpo como si también fuese una espada, pues con los brazos en
jarras apretaba ambas manos contra sus flancos.
Karl no dispuso de mucho tiempo para contemplarlo todo, pues pronto
se les acercó un ordenanza y, dirigiéndole al fogonero una mirada como
diciendo que él nada tenía que buscar allí, le preguntó qué era lo que
deseaba. El fogonero respondió, tal como había sido preguntado, en voz
muy baja, que deseaba hablar con el cajero mayor. El ordenanza, por
su parte, recusó ese ruego con un ademán; mas se encaminó, de
puntillas y evitando con un gran rodeo la mesa redonda, hacia el señor
de los infolios. Dicho señor –esto se vio con toda claridad– quedó
literalmente petrificado al escuchar las palabras del ordenanza; pero
finalmente se volvió hacia el hombre que deseaba hablarle, y luego, con
severa negativa, agitó las manos en dirección al fogonero y, para
mayor seguridad, también hacia el ordenanza. Después de lo cual el
ordenanza regresó a donde estaba el fogonero y, en un tono como si le
confiara algo, dijo:
–¡Retírese usted inmediatamente de este cuarto!
Al recibir tal respuesta, bajó el fogonero la mirada hacia Karl, como si
éste fuese su corazón, al que sin decir palabra contara sus cuitas. Sin
pensarlo dos veces, dejó Karl su sitio y atravesó corriendo el cuarto, de
manera que hasta llegó a rozar, ligeramente, la silla del oficial; el
ordenanza echó a correr también, agachado, con los brazos listos para
apresarlo, como si estuviera cazando algún bicho; pero Karl fue el
primero en llegar a la mesa del cajero mayor, y se aferró a ella, por si
el ordenanza intentaba arrastrarlo de allí.
Como era natural, el cuarto se animó en el acto. El oficial de marina, el
de la mesa, se levantó de un salto; los señores de la autoridad
portuaria se quedaron mirando con calma, pero atentamente; los dos
señores de la ventana se colocaron uno al lado del otro, y el ordenanza
retrocedió, creyendo que donde ya demostraban interés tan altos
señores sobraba él. El fogonero se quedó esperando junto a la puerta,
dando muestras de la más viva atención y aprestándose para el
momento en que se hiciera necesaria su ayuda. Y por último el cajero
mayor hizo girar su sillón hacia la derecha. Karl hurgó en su bolsillo
secreto, que no tuvo inconveniente en mostrar a las miradas de aquella
gente, extrajo su pasaporte y, abriéndolo, lo depositó sobre la mesa por
toda presentación. El cajero mayor pareció considerar secundario ese
pasaporte, pues lo apartó tomándolo desdeñosamente con la punta de
los dedos, ante lo cual Karl volvió a guardarse su pasaporte, como si
esta formalidad hubiese sido cumplida satisfactoriamente.
–Me permito decir –comentó luego– que a mi manera de ver se ha
cometido una injusticia con el señor fogonero. Hay aquí un cierto
Schubal que lo acecha constantemente. Él mismo, en cambio, ya ha
servido en muchos barcos a plena satisfacción, puede nombrarlos
todos, es aplicado, su trabajo le gusta y en realidad no puede
comprenderse por qué no habría de cumplir precisamente en este
barco, en el cual el servicio no es, de ninguna manera, tan excesivo y
pesado como por ejemplo en los veleros mercantes. Por eso sólo puede
tratarse de calumnias, destinadas a crearle obstáculos en su carrera y a
privarlo del reconocimiento que de otra manera no le faltaría, con toda
seguridad. Sólo he dicho las cosas generales acerca de este asunto; las
quejas especiales se las presentará él mismo.
Karl había dirigido ese discurso a todos los señores, ya que en efecto
estaban escuchándolo todos, y porque parecía mucho más probable que
se hallara algún justo entre todos ellos juntos, y no que ese justo fuese
precisamente el cajero mayor. Por lo demás, Karl no había dicho, por
astucia, que sólo desde hacía tan poco tiempo conocía al fogonero. Por
otra parte hubiera hablado mucho mejor aún si no lo hubiera irritado la
cara roja del señor del bastoncillo de bambú, cara que desde el lugar
donde se hallaba veía por primera vez.
–Todo esto es cierto, palabra por palabra –dijo el fogonero aun antes
de que nadie se lo hubiese preguntado, y lo que es más, antes de que
nadie lo mirara siquiera.
Esa precipitación del fogonero habría sido una falta grave si el señor de
las condecoraciones, que –y así lo comprendió Karl en seguida, porque
saltaba a la vista– era sin duda el capitán, no hubiera decidido ya para
sus adentros, evidentemente, escuchar al fogonero.
–¡Acérquese usted! –exclamó, con una voz tan firme que parecía hecha
para descargar sobre ella un martillo.
Ahora dependía todo de la conducta del fogonero, pues Karl no dudaba
de que la causa de su amigo fuera la justa. Por suerte quedó
demostrado, en esa oportunidad, que el fogonero ya había corrido
bastante mundo. Con calma ejemplar sacó de su baúl, al primer
movimiento de la mano, un paquetito de papeles, como asimismo una
libreta de notas. Se encaminó con estas cosas hacia el capitán,
descuidando por completo al cajero mayor como si ello fuese lo más
natural del mundo, y extendió sus pruebas sobre el antepecho de la
ventana. El cajero mayor no tuvo más remedio que molestarse en ir él
mismo hasta allí.
–Este hombre es un querellador conocido –dijo a modo de explicación–
, se le ve en la caja con mayor frecuencia que en la sala de máquinas.
A Schubal, ese hombre tan tranquilo, lo ha llevado hasta la
desesperación más completa. ¡Oiga usted! –dijo dirigiéndose al
fogonero–, realmente ya va usted demasiado lejos en su impertinencia.
¡Cuántas veces se le ha echado a usted de las oficinas de pago, tal
como usted lo merece, con sus exigencias por completo injustificadas,
injustificadas enteramente y sin excepción! ¡Cuántas veces se ha
venido usted corriendo de allí a la caja principal! ¡Cuántas veces se le
ha dicho a usted, por las buenas, que Schubal es su superior inmediato
con el cual únicamente debe usted entenderse, y en calidad de
subordinado! Y ahora, para colmo, aparece usted aquí estando presente
el señor capitán, y no tiene vergüenza de molestarlo; ¡a él en persona!,
¡y no le da vergüenza tampoco traer como portavoz enseñado de sus
disparatadas acusaciones a este chico, al que, por otra parte, veo por
primera vez a bordo!
Karl tuvo que dominarse para no enfrentársele de un salto, pero ya
intervenía el capitán diciendo:
–Bien, escuchemos por una vez a este hombre. Ese Schubal, de todas
maneras, se está haciendo, a la larga, demasiado independiente, con lo
cual, sin embargo, no he querido decir nada en favor de usted. –Lo
último iba destinado al fogonero; era natural que no quisiese tomar su
partido inmediatamente, pero todo parecía muy bien encaminado.
El fogonero comenzó su declaración, y ya al comienzo refrenó sus
pasiones dándole a Schubal el trato de «señor». ¡Cómo se alegraba
Karl, que estaba de pie junto al escritorio abandonado del cajero mayor
y donde por gusto oprimía, haciéndolo bajar una y otra vez, el platillo
de pesacartas!
«¡El señor Schubal es injusto! ¡El señor Schubal prefiere a los
extranjeros! ¡El señor Schubal expulsaba al fogonero de la sala de
máquinas y le hacía limpiar retretes, cosa que por cierto no era tarea
del fogonero!»
Una vez hasta fue puesta en duda la capacidad del señor Schubal, que
más bien sería aparente que real. En este punto, Karl miró fijamente y
con toda insistencia al capitán, en forma insinuante, solícita, como si
fuese su colega, sólo para que éste no se dejase influir contra el
fogonero, movido por su manera de expresarse un poco inhábil. De
todas maneras nada esencial surgió de la mucha oratoria, y aunque el
capitán continuase todavía con la mirada fija, y en los ojos la decisión
de escuchar por esta vez al fogonero hasta el fin, los otros señores al
contrario se impacientaban, y la voz del fogonero bien pronto dejó de
reinar con autoridad en el ámbito, lo cual hacía temer muchas cosas.
Primero, el señor de civil puso en actividad su bastoncito de bambú
golpeando, aunque suavemente, sin ruido, el piso de entablado. Los
demás señores miraban, naturalmente, de cuando en cuando; pero los
señores de la autoridad portuaria, que evidentemente tenían prisa,
volvieron a sus expedientes y comenzaron a revisarlos, aunque todavía
permanecían algo ausentes; el oficial de marina se arrimó de nuevo a
su mesa, y el cajero mayor, creyendo que ya tenía la partida ganada,
lanzó un hondo suspiro irónico.
Únicamente el ordenanza pareció preservado de la general distracción
que comenzaba a apoderarse de todos, pues él compartía, en su
sentimiento, las penas de aquel pobre hombre colocado entre los
grandes, y miraba a Karl meneando gravemente la cabeza, como si con
ello quisiera explicar algo.
Entretanto la vida portuaria proseguía ante las ventanas; pasó un barco
de carga, chato, con una montaña de barriles que debían de estar
amontonados milagrosamente, puesto que no comenzaba a rodar, y su
paso casi sumió el cuarto en plena oscuridad. Pequeñas lanchas de
motor, que Karl hubiera querido mirar detenidamente si hubiese tenido
tiempo, se deslizaban fragosas y en líneas rigurosamente rectas,
obedeciendo a contracciones de las manos de un hombre erguido frente
al timón. Curiosos flotadores emergían de cuando en cuando,
independientes, del agua inquieta, e inmediatamente después volvían a
ser cubiertos de nuevo por las olas y se hundían ante el ojo asombrado.
Botes de los vapores transatlánticos avanzaban al remo, con sus
marineros dedicados a esa ardua tarea, repletos de pasajeros, sentados
tales como se les había metido allí, sin hablar y llenos de expectación,
aunque algunos no podían dejar de girar sus cabezas para contemplar
el panorama cambiante. ¡Agitación sin término, inquietud que el
elemento inquieto transfería a los desamparados seres humanos y a sus
obras!
Pero todo exhortaba a la premura, a la claridad, a una exposición
sumamente exacta; ¿y qué hacía, en cambio, el fogonero? Cierto era
que hablaba hasta entrar en sudor, y hacía ya mucho tiempo que era
incapaz de sujetar con sus manos temblorosas los papeles sobre la
ventana; desde todos los puntos cardinales le afluían quejas sobre
Schubal, de las cuales, en su opinión, cada una por sí sola hubiese
bastado para hundir a ese Schubal definitivamente; pero lo que pudo
presentarle al capitán no era sino un triste amasijo de todas ellas
juntas. Hacía rato ya que el señor del bastoncillo de bambú silbaba
suavemente hacia el techo; los señores de la autoridad marítima ya
retenían al oficial en su mesa y no daban señales de volver a soltarlo; el
cajero mayor se mantenía reservado, evidentemente sólo debido a la
calma del capitán; y el ordenanza esperaba a cada instante, en actitud
militar, una orden de su capitán referente al fogonero.
Y entonces Karl no pudo quedar inactivo por más tiempo. Se dirigió por
tanto hacia el grupo, y mientras avanzaba lentamente, con tanta mayor
rapidez reflexionó cómo podría enfocar aquel asunto con la máxima
habilidad posible. Ya era hora realmente; unos momentos más apenas,
y bien podían salir volando ambos de la oficina. Quizás el capitán fuese
un buen hombre y además tuviera, precisamente ahora, algún motivo
especial para demostrar que era un jefe justo; pero al fin y al cabo no
era un hombre al que se pudiese vencer por cansancio, y precisamente
como tal lo trataba el fogonero, si bien ese tratamiento brotaba de su
corazón infinitamente indignado.
Por ello, pues, dijo Karl al fogonero:
–Usted debe contar esto con mayor sencillez, con mayor claridad; el
señor capitán no puede apreciarlo tal como usted se lo cuenta. ¿Acaso
conoce él por su apellido y hasta por su nombre de pila a todos los
maquinistas y pinches para saber, cuando usted no hace más que
pronunciar tal nombre, de quién se trata? Exponga usted, entonces, sus
quejas en orden, luego ordenadamente lo demás; quizás entonces ni
siquiera haga falta mencionar la mayor parte de ellas. ¡A mí me lo
expuso usted siempre con tanta claridad!
«Si en América pueden robarse baúles, también puede uno mentir de
vez en cuando», pensó para disculparse.
¡Con tal que sirviera de algo! Por otra parte, ¿no sería ya demasiado
tarde? En verdad el fogonero se interrumpió en seguida al oír la voz
conocida, pero con los ojos invadidos por las lágrimas brotadas del
ofendido amor varonil, de los recuerdos terribles, de los extremos
apuros presentes, ya ni siquiera podía reconocer a Karl en forma clara.
¡Y cómo –ante el que ahora se callaba Karl lo comprendía tácitamente–
iba a cambiar ahora de pronto su manera de expresarse, su lenguaje;
puesto que le parecía que todo lo que debía decirse ya lo había él
alegado, sin la menor aprobación, y le parecía, por otra parte, que no
había dicho nada todavía, y que no podía exigirles honradamente a los
señores que siguieran escuchando todo aquello! Y en un momento
semejante, para colmo, aparece Karl, su único partidario, queriendo
enseñarle y darle buenos consejos, demostrándole en cambio con ello
que todo estaba perdido, absolutamente todo.
«Si yo hubiese acudido antes, en lugar de estar mirando por la
ventana», díjose Karl; luego bajó la vista ante el fogonero y dejó caer
sus manos a lo largo de los pantalones, para dar a entender así que ya
no había más esperanzas.
Pero el fogonero interpretó mal su gesto, y barruntando que Karl
abrigaba quién sabe qué secretas recriminaciones contra él, y con la
buena intención de quitárselas de la cabeza, comenzó, para coronación
de sus hazañas, a disputar con Karl. ¡Entonces!, cuando hacía rato ya
que los señores de la mesa redonda estaban escandalizados por el
alboroto inútil que venía a importunar sus importantes trabajos, ahora
que al cajero mayor ya le iba pareciendo incomprensible la paciencia
del capitán, y mostrándose él mismo inclinado a un inmediato arranque
de ira; que el ordenanza, absorbido de nuevo por la esfera de sus
amos, devoraba al fogonero con ojos salvajes, y que finalmente el
señor del bastoncillo de bambú, al que el mismo capitán dirigía de vez
en cuando una mirada amable, manifestaba ya una indiferencia total, si
no repulsión por el fogonero. Este señor terminó por sacar una pequeña
libreta y, ostensiblemente ocupado en cosas muy distintas, paseaba su
mirada entre la libreta y Karl.
–Bien conozco –dijo Karl en un esfuerzo penoso por defenderse contra
el torrente de palabras que el fogonero vertía ahora sobre él, y con una
sonrisa amistosa que aún le reservaba, a pesar de todo y a través del
altercado– que tiene usted razón; sí, usted tiene razón, yo nunca he
dudado de ello.
Le hubiera gustado, por temor a los golpes, sujetarle aquellas manos
tan agitadas; más aún, claro está, le hubiera gustado empujarlo hasta
un rincón para susurrarle algunas palabras en voz baja, palabras
tranquilizadoras que nadie más hubiera debido oír. Pero el fogonero
estaba fuera de quicio. Ya ahora, dábale a Karl una especie de consuelo
el pensar que, en caso de necesidad, el fogonero, con la fuerza de la
desesperación, podría someter a todos, a los siete hombres presentes.
Ciertamente había sobre el escritorio, según podía apreciarse de una
sola mirada, un tablero con una cantidad excesiva de botones de una
instalación eléctrica; y una simple presión de una sola mano sobre ellos
era capaz de agitar el barco entero, con todos sus pasillos llenos de
gente hostil.
Entonces el señor que tan poco interés demostraba, el del bastoncillo
de bambú, se acercó a Karl y le preguntó sin levantar mucho la voz,
pero con nitidez suficiente para ser escuchado por encima de la
vociferación del fogonero:
–¿Cómo se llama usted?
En el mismo instante, como si alguien hubiese esperado tras la puerta
esa manifestación del señor, golpearon. El ordenanza dirigió una mirada
al capitán; éste asintió con la cabeza. Así, pues, el ordenanza fue hasta
la puerta y la abrió. Afuera estaba un hombre de medianas
proporciones que vestía una vieja levita cruzada; por su aspecto no
parecía expresamente apto para el trabajo de máquinas, y era, sin
embargo, Schubal. Si Karl no lo hubiese reconocido en los ojos de todo
el mundo, que expresaban cierta satisfacción de la que ni siquiera el
capitán quedaba exento, hubiera tenido que verlo en el fogonero que,
horrorizado, cerraba con fuerza los puños en los extremos de los brazos
tensos, hasta parecer que ese cerrar de los puños fuese para él lo más
importante, algo a lo cual estaba dispuesto a sacrificarlo todo, todo lo
que tenía de vida. Allí residían ahora todas sus fuerzas, también aquella
que lo mantenía de pie.
Y allí estaba, pues, el enemigo, desenvuelto y vivaz en su traje
dominguero, bajo el brazo un libro comercial, probablemente las listas
de salarios con la hoja de servicios del fogonero; y sin temor de que se
le notase que ante todo deseaba cerciorarse de la disposición de ánimo
de cada uno, miró a los ojos de todos, uno por uno. Y por otra parte los
siete ya eran todos amigos suyos, pues aunque antes el capitán hubiera
tenido o aparentado solamente ciertos reparos contra él, después del
disgusto que el fogonero le había causado, seguramente ya nada tenía
que objetar a Schubal. Jamás podía ser excesiva la severidad empleada
con un hombre como el fogonero, y si algo podía reprochársele a
Schubal era la circunstancia de no haber podido quebrantar con el
tiempo la porfía y contumacia del fogonero, de tal modo que ya no se
atreviese a aparecer, como hoy, ante el capitán.
Ahora bien; acaso podía suponerse todavía que la confrontación del
fogonero con Schubal no dejaría de causar a los hombres idéntica
impresión a la que les causaría el comparecer ante un foro superior,
pues aunque Schubal conociese a fondo el arte del disimulo, no debía
poder, en verdad, mantenerse firme hasta el final. Un breve destello de
su malicia podría bastar para ponerla en evidencia ante los señores, y
de ello ya se ocuparía Karl; porque ya conocía sobre poco más o menos
la agudeza, las debilidades, los caprichos de cada uno de los hombres;
en ese sentido no estaba perdido el tiempo que hasta ese momento
había pasado él allí. ¡Con tal que el fogonero estuviese más a tono!
Pero parecía ya fuera de combate, completamente inepto para la lucha.
Si alguien le hubiese acercado a ese Schubal, seguramente hubiera
podido abrirle, a puñetazos, el odiado cráneo. Pero probablemente ya
no estaba en condiciones de dar siquiera los pocos pasos que de aquél
lo separaban. ¿Por qué no había previsto Karl lo que era tan fácil de
prever: que Schubal finalmente tendría que venir, o bien por su propia
decisión o, si no, llamado por el capitán? ¿Por qué, al venir, no había
discutido con el fogonero un plan de guerra preciso, en vez de entrar tal
como lo habían hecho en realidad, con una funesta falta de preparación,
allí donde había una puerta? En resumen, ¿estaba todavía en
condiciones de hablar el fogonero, de decir sí o no, tal como sería
necesario en un careo, que por cierto sólo podía esperarse en el caso
más favorable? Allí estaba de pie, esparrancado, inseguras las rodillas,
la cabeza ligeramente levantada, y el aire entraba y salía por su boca
abierta como si en su interior ya no hubiese pulmones que lo
asimilaran.
Karl por su parte, eso sí, se sentía tan vigoroso y tan en sus cabales
como quizá nunca lo había estado en su casa. ¡Si pudieran ver sus
padres cómo él, en tierra extraña y ante personalidades de prestigio,
luchaba por la buena causa y, aunque aún no hubiese obtenido la
victoria, se aprestaba de todos modos, plenamente, para la última
conquista! ¿Volverían a considerar la opinión que sobre él tenían? ¿Lo
sentarían entre ellos, lo elogiarían? ¿Lo mirarían una vez, una vez
siquiera, a sus ojos que seguían siéndoles tan leales? ¡Preguntas de
difícil respuesta, y momento tan impropio de formularlas!
–Vengo porque creo que el fogonero me acusa de no sé qué cosas
ímprobas. Una muchacha de la cocina vino a decirme que lo había visto
camino de este lugar. Señor capitán, y todos ustedes, señores míos,
estoy dispuesto a refutar toda inculpación alegando mis comprobantes
escritos; y en caso contrario, mediante declaraciones de testigos
imparciales, a quienes nadie ha aleccionado, y que esperan delante de
la puerta. –Así hablaba Schubal. Esto era por cierto el discurso claro de
un hombre, y a juzgar por el cambio que se manifestaba en el
semblante de los oyentes, hubiera podido creerse que por primera vez
desde hacía mucho tiempo volvían a oír ellos voces humanas. Claro que
no notaban ellos que ese hermoso discurso también tenía sus huecos.
¿Por qué la primera palabra que se le ocurría era «cosas ímprobas»?
¿Acaso hubiera sido necesario que la acusación partiese de ahí, y no de
sus prejuicios nacionales? Una muchacha de la cocina había visto al
fogonero camino de la oficina, y ya, acto seguido, ¿había comprendido
Schubal? ¿No era la conciencia de su culpabilidad lo que le aguzaba el
entendimiento? ¿Y ya había traído testigos y hasta los llamaba
imparciales y no aleccionados? ¡Pillería, pura pillería! ¿Y los señores
toleraban esto? ¿Y hasta lo reconocían como conducta procedente? ¿Y
por qué, por qué había dejado transcurrir tanto tiempo –cosa decidida
sin la menor vacilación– entre el aviso de la ayudanta de cocina y su
llegada? Por lo visto con el único fin de que el fogonero cansara tanto a
los señores que éstos perdieran poco a poco su juicio claro, ese juicio
que Schubal tenía motivos de temer ante todo. ¿No había golpeado sólo
después de hallarse detrás de la puerta un buen rato ya, sin duda sólo
en el instante en que podía esperar, debido a esa pregunta de poca
importancia de aquel señor, que el fogonero ya estaba despachado?
Todo estaba a la vista y el mismo Schubal lo presentaba así contra su
propia voluntad, pero a los señores había que mostrárselo de otra
manera y en forma más palmaria aún. A ellos había que sacudirlos.
«¡Bien, Karl, hazlo pronto, aprovecha al menos ahora el tiempo antes
de que aparezcan los testigos inundándolo todo!»
Pero en ese preciso instante el capitán interrumpió a Schubal con un
ademán, ante lo cual éste se puso inmediatamente a un lado –pues su
asunto parecía postergado por unos momentos–, y comenzó en voz
baja una conversación con el ordenanza que pronto se le había
adherido, y en esta conversación no faltaron las miradas de reojo
dirigidas al fogonero y a Karl, ni tampoco ademanes que expresaban
sus firmes convicciones sobre el asunto. Schubal parecía ejercitarse de
esta manera para su próximo discurso.
–¿No quería usted preguntar algo a este joven, señor Jakob? –dijo el
capitán en medio de un silencio general al señor del bastoncillo de
bambú.
–Ciertamente –dijo el nombrado agradeciendo la gentileza con una
leve reverencia y luego preguntó otra vez a Karl–: ¿Cómo se llama
usted?
Karl, creyendo que en interés de la gran causa principal convenía
despachar pronto ese punto con el que, obstinado, le preguntaba,
respondió brevemente, sin presentarse, como era su costumbre,
mostrando el pasaporte que antes había tenido que buscar:
–Karl Rossmann.
–¡Cómo! –dijo el que había sido llamado Jakob y retrocedió con una
sonrisa casi incrédula.
Asimismo el capitán, el cajero mayor, el oficial de la marina, hasta el
propio ordenanza, todos demostraron a las claras su desmesurado
asombro, causado por el apellido de Karl. Permanecían indiferentes
solamente los señores de la autoridad portuaria y Schubal.
–¡Cómo! –repitió Jakob acercándose a Karl con paso un tanto rígido–, si
es así, yo soy tu tío Jakob y tú eres mi querido sobrino. ¡Ya lo presentía
yo durante todo este tiempo! –dijo dirigiéndose al capitán antes de
abrazar y de besar a Karl, quien lo dejaba hacer calladamente.
–¿Cómo se llama usted? –preguntó Karl con mucha cortesía por cierto,
pero sin la menor emoción, cuando sintió que el otro lo había soltado; y
se esforzó por prever las consecuencias que este nuevo suceso
acarrearía al fogonero. Por el momento nada indicaba que Schubal
pudiera sacar provecho del asunto.
–Dése usted cuenta, joven, dése cuenta de su suerte –dijo el capitán
creyendo que la pregunta de Karl había herido en su dignidad a la
persona de Jakob; éste se había acercado a la ventana, evidentemente
con el fin de no verse obligado a mostrar ante los demás su rostro
emocionado, al que estaba dando ligeros toques con un pañuelo–. Es el
senador Edward Jakob quien se le ha dado a conocer como tío suyo. Y
ahora le espera sin duda, al contrario de todas sus esperanzas
anteriores, una carrera brillante. Trate usted de comprender esto lo
mejor que pueda en este primer instante, y ¡cálmese!
–Es cierto que tengo en América un tío Jakob –dijo Karl dirigiéndose al
capitán–, pero si he oído bien Jakob es sólo el apellido del señor
senador.
–Así es –dijo el capitán, lleno de expectación.
–Bien, mi tío Jakob, que es hermano de mi madre se llama, en cambio
Jakob por su nombre de pila mientras que su apellido debería ser,
naturalmente, igual al de mi madre, cuyo apellido de soltera es
Bendelmayer.
–Señores –exclamó el senador regresando ya más sereno de su lugar
junto a la ventana, donde se había calmado, y refiriéndose a la
declaración de Karl. Todos, excepto los empleados portuarios,
prorrumpieron en carcajadas, algunos como si estuviesen conmovidos,
otros con un aspecto impenetrable.
«Pero lo que yo acabo de decir no fue, de ninguna manera, tan
ridículo», pensó Karl.
–Señores –repitió el senador–, en contra de mi voluntad y sin que lo
hayan querido ustedes, asisten a una pequeña escena familiar, y por lo
tanto no puedo menos que darles una explicación, ya que sólo el señor
capitán está plenamente enterado (esta mención originó una reverencia
mutua), según creo.
«Ahora es cuando debo prestar atención a cada palabra», díjose Karl, y
se alegró, al notarlo con una mirada de soslayo, que la vida comenzaba
a animar de nuevo la figura del fogonero.
–En todos estos largos años de mi permanencia en América (claro está
que el término permanencia no le cuadra muy bien en este caso al
ciudadano norteamericano que soy con toda el alma), en todos estos
largos años he vivido totalmente alejado de mis parientes europeos, por
motivos que en primer lugar no vienen al caso, y que en segundo lugar
me resultaría realmente penosísimo referir. Hasta temo el instante en el
cual, quizá, me vea obligado a contárselos a mi querido sobrino; pues
en tal oportunidad, lamentablemente, no podrá evitarse una palabra
franca acerca de sus padres y de su respectiva parentela.
«Es mi tío, no cabe duda (se dijo Karl escuchando con atención),
probablemente ha cambiado de apellido.»
–Mi querido sobrino ha sido (pronunciemos sin temor la palabra que
define realmente este asunto), ha sido eliminado por sus padres, tal
como se echa por la puerta a un gato molesto. De ninguna manera
quiero yo cohonestar lo que mi sobrino ha hecho para ser así castigado,
pero su falta es tal, que el sólo nombrarlo ya contiene excusa
suficiente.
«Esto no está nada mal –pensó Karl–, pero no quisiera que lo contase
todo. Por otra parte, ni puede saberlo. ¿Cómo habría de saberlo?»
–Es el caso –continuó el tío apoyándose con ligeras inclinaciones de
vaivén sobre el bastoncillo de bambú que usaba como una estaca
delante de sí, con lo cual lograba realmente quitar al asunto toda
innecesaria solemnidad que de otra manera, indefectiblemente, hubiese
tenido–; es el caso que fue seducido por una sirvienta, Johanna
Brummer, mujer de unos treinta y cinco años. Con el término
«seducido», no quiero mortificar a mi sobrino, de ninguna manera; pero
es difícil hallar otra palabra igualmente adecuada.
Karl, quien ya se había aproximado bastante a su tío, se volvió a fin de
apreciar en los rostros de los presentes la impresión que les causaba
ese relato. Ninguno se reía, todos escuchaban con paciencia y seriedad.
Al fin y al cabo nadie se ríe en la primera oportunidad que se presenta
del sobrino de un senador. Más bien hubiera podido decirse, en cambio,
que el fogonero estaba sonriéndole a Karl, aunque muy levemente; lo
que en primer lugar resultaba grato, sin embargo, como nueva señal de
vida en aquél, y por otra parte era bien disculpable, ya que Karl había
querido hacer un secreto extraordinario de ese asunto que se tornaba
ya tan notorio.
–Ahora bien, esta Brummer –prosiguió el tío– tuvo un hijo de mi
sobrino, un niño sano y fuerte que en el bautismo recibió el nombre de
Jakob, sin duda en recuerdo de mi poco importante persona que aun a
través de las menciones, seguramente harto accidentales de mi
sobrino, debe de haber hecho gran impresión en la muchacha. Por
suerte, digo yo. Los padres, con el fin de evitar la prestación de
alimentos o algún otro escándalo que pudiera llegar a tocarles de cerca
–debo destacar que no conozco ni las leyes allí vigentes ni las demás
condiciones de los padres–; digo, pues, que para evitar la prestación de
alimentos y el escándalo, despacharon a su hijo, mi querido sobrino, a
América, equipado en forma irresponsablemente insuficiente como bien
puede apreciarse. El muchacho, abandonado a sus propios medios, sin
que mediaran las señales y milagros que aún sobreviven en América,
seguramente hubiera sucumbido en seguida en alguna calleja del
puerto de Nueva York si aquella sirvienta no me hubiera comunicado en
una carta, que luego de una larga odisea llegó anteayer a mi poder,
toda esta historia, incluso señas personales de mi sobrino; me indicaba
también, sensatamente, el nombre del barco. Si fuese mi intención
divertir a ustedes señores míos, bien podría leerles aquí mismo algunos
pasajes –extrajo de su bolsillo dos enormes pliegos de carta,
tupidamente cubiertos de escritura– de esta carta. Esto seguramente
surtiría efecto, pues está redactada con cierta astucia un tanto simple,
aunque siempre bien intencionada, y con mucho amor hacia el padre de
su hijo. Mas ni quiero divertir a ustedes más de lo que es necesario
para la presente aclaración ni zaherir quizá, ya en esta recepción,
sentimientos de mi sobrino, que posiblemente aún subsistan. Él, si
quiere, podrá leer en el silencio de su cuarto, que ya lo está
aguardando, esta carta para tomar consejo.
Karl, sin embargo, no abrigaba afecto hacia aquella muchacha. En el
hacinamiento de los hechos de su pasado, que iba alejándose más y
más con el correr de los días, permanecía ella sentada en su cocina,
junto al aparador sobre cuya tabla apoyaba los codos. Lo miraba
cuando, de tiempo en tiempo, iba él a la cocina con el objeto de
buscarle a su padre un vaso para beber agua, o a fin de llevar un
recado de la madre. A veces, en esa actitud complicada, a un costado
del aparador, escribía ella una carta, y buscaba sus inspiraciones en el
rostro de Karl. A veces tenía los ojos cubiertos con una mano; ninguna
palabra que le dirigiera llegaba entonces hasta ella. Otras veces
permanecía arrodillada en su estrecho cuartito pegado a la cocina y
dirigía sus rezos a un crucifijo de madera; Karl la observaba entonces
con timidez, sólo al pasar, por la rendija de su puerta un poco
entreabierta. A veces corría y saltaba por la cocina y, con risa de bruja,
retrocedía de pronto sobresaltada si Karl le interceptaba el paso. A
veces cerraba la puerta de la cocina después de haber entrado Karl y
retenía el picaporte en la mano hasta que él pedía salir. A veces iba y
traía cosas que él ni siquiera deseaba, y sin decir palabra se las ponía
en las manos. Y cierta vez dijo: «Karl», y lo condujo, entre muecas y
suspirando, en medio de su asombro por tan inesperada manera de
apostrofarlo, a su cuartito, que cerró con llave. Estrangulándolo, se
colgó de su cuello en un abrazo, y mientras le rogaba que la
desnudase, en realidad lo desnudó a él y lo acostó en su cama, como si
a partir de ese momento ya no quisiera dejárselo a nadie y sólo
anhelase acariciarlo y cuidarlo hasta el fin del mundo.
–¡Karl, oh Karl mío! –exclamó como si lo viese y se confirmase a sí
misma su posesión, mientras que él no veía absolutamente nada,
sintiéndose incómodo entre tantas sábanas y almohadas calientes que
ella parecía haber amontonado expresamente para él.
Luego se acostó también ella a su lado; quería saber de él quién sabe
qué secretos, pero él no tenía ninguno que contarle y ella se
disgustaba, en broma o en serio; lo sacudía, auscultaba el latido de su
corazón, y ofrecía su pecho para una auscultación similar, pero no
consiguió inducir a Karl a que lo hiciera; apretó su vientre desnudo
contra el cuerpo del muchacho y buscó tan asquerosamente con la
mano entre sus piernas que Karl, agitándose, trataba de sacar la
cabeza y el cuello fuera de las almohadas; empujó luego el vientre
algunas veces contra él, que se sintió invadido por la sensación de que
ella formaba parte de su propio ser, y quizá fue ése el motivo del
tremendo desamparo que entonces le embargó. Llorando se llegó
finalmente a su propia cama, después de haber escuchado los repetidos
deseos que ella manifestó de que volvieran a verse.
Esto había sido todo y, no obstante, el tío se las arreglaba para hacer
de ello una gran historia. Y por lo visto la cocinera había pensado
realmente en él y le había comunicado al tío su llegada. Esto era una
bella acción de su parte y seguramente algún día él se la
recompensaría.
–Y ahora –exclamó el senador– quiero que me digas tú francamente si
soy o no tu tío.
–Eres mi tío –dijo Karl besándole la mano y recibiendo en cambio un
beso en la frente–. Estoy muy contento de haberte encontrado, pero te
equivocas si crees que mis padres sólo dicen cosas malas de ti. Pero
aun aparte de eso, algunos errores se deslizaron en tu discurso, es
decir, no todo ha sucedido así en la realidad. Pero, verdaderamente, no
es posible que desde aquí juzgues las cosas a la perfección, y creo
además que no traerá grandes perjuicios el que los señores hayan sido
informados un tanto inexactamente acerca de los pormenores de un
asunto que, en verdad, no puede importarles gran cosa.
–Bien dicho –repuso el senador; llevó a Karl ante el capitán, el cual
asistía a esta escena con visible interés, y preguntó–: ¿No tengo acaso
un magnífico sobrino?
–Me siento dichoso –dijo el capitán con una de esas reverencias que
sólo logran las personas educadas en la disciplina militar– de haber
conocido a su sobrino, señor senador. Es un honor especial para mi
barco el haber podido ser escenario de un encuentro semejante. Pero el
viaje en el entrepuente ha sido seguramente muy duro. Sí, sí, ¡si
pudiera uno saber a quién lleva ahí! Bien, nosotros hacemos todo lo
posible por aliviar el viaje, en cuanto podemos, a la gente del
entrepuente; mucho más, por ejemplo, que las empresas americanas;
pero conseguir que un viaje en tales condiciones sea un placer, por
cierto, aún no lo hemos logrado.
–Pues no me ha perjudicado –dijo Karl.
–¡No lo ha perjudicado! –repitió el senador riéndose estrepitosamente.
–Sólo me temo que mi baúl lo haya perdi... –y al decir esto se acordó
de todo lo que había sucedido y de lo que aún quedaba por hacer. Echó
una mirada en su derredor y vio a todos los presentes, mudos de
atención y asombro, en sus lugares de antes, fijas en él sus miradas.
Sólo a los empleados portuarios se les notaba, por cuanto dejaban
traslucir sus rostros severos, satisfechos, que lamentaban haber llegado
en tiempo tan inoportuno, y el reloj de bolsillo que ahora tenían
delante, sobre la mesa, les importaba seguramente más que todo lo
que ocurría en el cuarto y, tal vez, aun de lo que estaba por suceder.
El primero en expresar sus sentimientos, después del capitán, fue,
hecho curioso, el fogonero.
–Le felicito a usted de todo corazón –dijo dándole a Karl un fuerte
apretón de manos, con lo cual quería expresar también algo así como
un reconocimiento. Cuando luego quiso dirigirse, con las mismas
palabras, al senador, éste retrocedió como si el fogonero se propasara
en sus derechos; y en efecto, el fogonero desistió en seguida.
Pero ya los demás se habían dado cuenta de lo que había que hacer y
acto seguido rodearon desordenadamente a Karl y al senador. Así
sucedió que Karl hasta fue felicitado por Schubal y recibió y agradeció
esta felicitación. Los últimos en acercarse, ya restablecida la
tranquilidad, fueron los empleados portuarios, quienes dijeron dos
palabras en inglés, cosa que causó una impresión ridícula.
El senador se mostró de muy buen humor y saboreó plenamente ese
placer, acordándose de momentos menos importantes y evocándolos
ante los demás, lo que naturalmente no sólo fue tolerado, sino hasta
celebrado con interés por todos. Así hizo notar el que hubiera apuntado
en su libreta, por si eventualmente las necesitara en el momento dado,
las señas personales más destacadas de Karl, mencionadas en la carta
de la cocinera. Ahora bien, durante la charla insoportable del fogonero
él había sacado su libreta con el único fin de distraerse, y había tratado
de relacionar, en una especie de juego, las observaciones de la
cocinera, cuya exactitud no era precisamente como para uso policiaco
con el aspecto de Karl.
–¡Y de esta manera encuentra uno a su sobrino! –concluyó en un tono
especial como si de nuevo quisiera recibir felicitaciones.
–¿Qué le sucederá ahora al fogonero? –preguntó Karl al margen del
último relato de su tío. Él creía que, en su nueva posición, podía decir
abiertamente todo lo que pensaba.
–Al fogonero le sucederá lo que se merece –dijo el senador– y lo que el
señor capitán considere justo. Yo creo que ya estamos hartos y más
que hartos de ese fogonero, y en esto seguramente estarán de acuerdo
conmigo todos los señores aquí presentes.
–Es que no es eso lo que importa, tratándose de una cuestión de
justicia –dijo Karl. Hallábase de pie entre el tío y el capitán y, quizás
influido por tal situación, creyó que ya tenía la decisión en sus manos.
Y, sin embargo, el fogonero ya no parecía abrigar ninguna esperanza.
Tenía metidas las manos, a medias, en el cinturón de los pantalones
que, junto con una raya de su camisa de fantasía, se había salido a
causa de sus ademanes agitados. Esto no le preocupaba en absoluto; él
había contado todas sus penas, ¡que vieran, pues, ahora también esos
pocos harapos que llevaba sobre su cuerpo, y luego que lo echaran
afuera! A él se le ocurría que el ordenanza y Schubal, los dos de
categoría inferior entre todos los presentes, tenían que hacerle este
último favor. Schubal se quedaría tranquilo entonces y ya no se
desesperaría, según había expresado el cajero mayor. El capitán podría
contratar sólo a rumanos, en todas partes se hablaría el rumano y tal
vez todo marcharía realmente mejor. Ya ningún fogonero iría con su
charla a la caja principal, sólo esta última charla suya quedaría en el
recuerdo, en un recuerdo bastante grato, ya que, tal como el senador lo
había destacado expresamente, había sido el motivo indirecto para
reconocer a su sobrino. Por otra parte, ya antes ese sobrino repetidas
veces había tratado de serle útil, demostrándole así por anticipado su
gratitud, más que suficiente, por el servicio que le prestó con motivo
del reconocimiento; no se le ocurría al fogonero pedirle ahora cosa
alguna. Por lo demás, aun siendo sobrino del senador, distaba mucho
todavía de ser un capitán, y de boca del capitán caería finalmente la
sentencia aciaga. Según su modo de ver las cosas, el fogonero
procuraba por lo tanto no dirigirle la mirada a Karl, pero por desgracia
no quedaba en aquel cuarto, lleno de enemigos, otro sitio donde
pudieran reposar sus ojos.
–No entiendas mal la situación –dijo el senador a Karl–, tal vez se trate
de una cuestión de justicia; pero al mismo tiempo es una cuestión de
disciplina. Ambas cosas, y especialmente esta última, quedan
sometidas en este caso al criterio del señor capitán.
–Así es –murmuró el fogonero. Los que lo notaron y lo conocían
sonrieron extrañados.
–Y por otra parte, de seguro ya hemos molestado tanto al señor capitán
en sus negocios, los cuales precisamente con la llegada a Nueva York
se acumulan sin duda de manera increíble, que ya es hora, y más que
hora, de que abandonemos el barco, a fin de no convertir, para colmo,
con nuestra intromisión del todo innecesaria, esta riña insignificante
entre dos maquinistas en un acontecimiento. Por lo demás, entiendo
plenamente tu manera de obrar, querido sobrino; pero precisamente
esta comprensión me confiere el derecho de apartarte con premura de
este lugar.
–En seguida pondré a su disposición una lancha –dijo el capitán, sin
hacer la menor objeción (cosa que desconcertó a Karl) a las palabras
del tío que, sin duda, podían interpretarse como un menoscabo de sí
mismo.
El cajero mayor se precipitó presuroso sobre el escritorio donde estaba
el teléfono y transmitió la orden del capitán al contramaestre.
«El tiempo apremia –díjose Karl–, pero no puedo hacer nada sin
ofender a todo el mundo. No puedo abandonar ahora a mi tío, cuando
éste apenas ha vuelto a encontrarme. El capitán es cortés, es cierto;
pero eso es todo. Tratándose de la disciplina, su cortesía se acaba, y
seguramente mi tío ha hablado a gusto del capitán. A Schubal no quiero
hablarle; hasta siento haberle dado la mano. Y todos los demás que
aquí se encuentran no son sino cáscaras vacías.»
Y lentamente, sumido en tales pensamientos, fue hacia el fogonero, le
sacó la mano derecha del cinturón y la mantuvo, jugando, con la suya.
–¿Por qué no dices nada? –preguntó–. ¿Por qué toleras esto?
El fogonero sólo frunció el ceño, como si buscara la expresión adecuada
para lo que tenía que decir. Por toda respuesta, bajó la mirada hacia la
mano de Karl y la suya.
–Has sido víctima de una injusticia como ningún otro del barco; de esto
no me cabe la menor duda.
Y Karl hacía pasar sus dedos, una y otra vez, por entre los del
fogonero, y éste miraba en torno suyo con los ojos brillantes, como si
experimentase un gozo que a pesar de todo, nadie tenía el derecho de
tomarlo a mal.
–Pero debes defenderte, decir sí o no; pues de otra manera la gente no
tendrá ninguna idea de la verdad. Tienes que prometerme que me
obedecerás, pues yo mismo (sobrados motivos tengo para temerlo) ya
no podré ayudarte en nada. –Y entonces Karl lloró, besando la mano
del fogonero, y cogió esa mano agrietada, casi sin vida, y la apretó
contra su mejilla como si fuese un tesoro al que era necesario
renunciar. Pero ya se hallaba junto a él su tío el senador y, si bien
forzándolo sólo muy suavemente, lo quitó de allí.
–El fogonero parece haberte hechizado –dijo mirando por encima de la
cabeza de Karl, lleno de comprensión, hacia el capitán–. Te sentías
abandonado, encontraste al fogonero y ahora sientes gratitud para con
él: esto es muy loable. Pero, aunque sólo sea por mí, no extremes
estas cosas y aprende a comprender tu posición.
Delante de la puerta prodújose un tumulto, oyéronse exclamaciones y
hasta parecía que alguien fuera brutalmente empujado contra la puerta.
Entró un marinero de aspecto un tanto salvaje que tenía puesto un
delantal de muchacha.
–Hay gente afuera –exclamó dando un empujón con el codo, como si
todavía se hallara en medio del gentío. Finalmente se recobró y quiso
hacer el saludo militar ante el capitán; reparó entonces en el delantal
de muchacha, se lo arrancó de un tirón, lo arrojó al suelo y exclamó–:
Pero esto es asqueroso, me han atado un delantal de muchacha.
Luego, no obstante, juntó los talones e hizo el saludo militar. Alguien
intentó reírse, pero el capitán dijo severamente:
–Esto sí que se llama buen humor. ¿Y quién está afuera?
–Son mis testigos –dijo Schubal adelantándose–; le ruego con toda
humildad perdone usted su conducta indebida. Éstos, en cuanto tienen
la travesía del mar a sus espaldas, se comportan a veces como locos.
–¡Llámelos usted inmediatamente! –ordenó el capitán y, volviéndose
acto seguido hacia el senador, dijo en tono amable aunque rápido–:
Ahora tenga usted la bondad, estimado señor senador, de seguir con su
señor sobrino a este marinero, quien los conducirá hasta la lancha. Sin
duda no es necesario que exprese yo verbalmente qué grande ha sido
el placer y el honor de conocerle personalmente a usted, señor senador.
Sólo deseo tener bien pronto la oportunidad de reanudar con usted,
señor senador, nuestra conversación interrumpida acerca de las
condiciones de la escuadra norteamericana, y que entonces, ¡ojalá!,
seamos interrumpidos una vez más de manera tan agradable como
hoy.
–Por el momento me basta con este sobrino– dijo el tío riendo. Y ahora
quiero expresarle a usted mi sincero agradecimiento por su amabilidad;
y que lo pase usted bien. Y ciertamente no sería imposible que nosotros
–y atrajo a Karl cordialmente contra sí–, con motivo de nuestro próximo
viaje a Europa, nos encontráramos por más tiempo con usted.
–Pues me alegraría muchísimo –dijo el capitán.
Ambos señores se estrecharon las manos; Karl apenas tuvo tiempo de
estrechar la del capitán, fugaz y mudamente, pues éste ya se ocupaba
de la gente (serían unos quince) que conducida por Schubal entraba en
el salón con bastante alboroto, aunque embargada por cierta turbación.
Parecía que esa gente, de carácter por otra parte más bien manso,
viera una broma en la riña de Schubal con el fogonero, una broma cuya
ridiculez no cesaba siquiera ante el mismo capitán. Karl vio entre ellos
también a la ayudanta de cocina Line, la cual, guiñándole un ojo
alegremente, se ataba el delantal arrojado por el marinero, pues era el
suyo.
Siguiendo siempre al marinero abandonaron la oficina y doblaron hacia
un pequeño pasillo que a los pocos pasos los llevó hasta una puertecilla,
desde la cual una escalera corta conducía a la lancha preparada para
ellos. Su conductor bajó inmediatamente, y de un salto, a la lancha; y
los marineros que había en ella se levantaron e hicieron el saludo
militar. Precisamente estaba el senador indicando a Karl que bajara con
cuidado cuando éste hallándose todavía en el más alto de los escalones,
prorrumpió en violento llanto. El senador puso su mano derecha bajo el
mentón de Karl, y estrechándolo contra sí, lo acarició con la mano
izquierda. Así descendieron con lentitud escalón por escalón y entraron
estrechamente enlazados en la lancha, donde el senador eligió un buen
sitio para Karl, justo frente al suyo.
A una señal del senador, los marineros se apartaron del barco, con un
empujón, y entraron inmediatamente en plena labor. Apenas se
hubieron alejado del barco unos metros, descubrió Karl, en forma
inesperada, que se hallaban precisamente de aquel costado del barco al
que daban las ventanas de la caja principal. Esas tres ventanas estaban
por completo ocupadas por los testigos de Schubal, que saludaban y
hacían señas muy amablemente; el propio tío agradeció su saludo, y
uno de los marineros dio muestras de gran habilidad arrojando con la
punta de los dedos un beso hacia arriba, sin interrumpir realmente el
ritmo uniforme de los golpes de remo. Era, en verdad, como si ya no
existiese fogonero alguno. Karl se puso a contemplar más
detenidamente a su tío con cuyas rodillas casi se rozaban las suyas, y le
acometieron dudas sobre si este hombre podría alguna vez llegar a
reemplazar, para él, al fogonero. Pero el tío esquivó su mirada y se
quedó mirando las olas que se mecían en torno a la lancha.
EL TÍO
Bien pronto se acostumbró Karl, en casa del tío, a las nuevas
condiciones. Mas era cierto también que el tío, aun en las cosas más
insignificantes, acudía siempre amablemente en su ayuda, y jamás tuvo
Karl que pasar por el escarmiento de las malas experiencias, cosa que
amarga tanto, en la mayor parte de los casos, el comienzo de la vida en
el extranjero.
El cuarto de Karl estaba situado en el piso sexto de una casa cuyos
cinco pisos inferiores, a los cuales aún se añadían en la profundidad
tres pisos subterráneos, ocupaba la empresa comercial del tío. La luz
que penetraba en su cuarto por dos ventanas y una puerta de balcón,
no dejaba nunca de asombrar a Karl cuando, por la mañana, entraba él
allí desde su pequeño cuarto dormitorio. ¿Dónde, sí, dónde viviría él
ahora si hubiese pisado esta tierra como inmigrante pobre e
insignificante? Hasta era posible –y el tío de acuerdo con su
reconocimiento de las leyes de inmigración lo creía muy probable– que
acaso ni siquiera le hubieran permitido entrar en los Estados Unidos; lo
habrían mandado de vuelta a su casa, sin preocuparse ni mucho ni poco
de que él ya no tuviera patria. Pues allí no podía esperarse compasión
alguna, y era absolutamente cierto lo que Karl había leído sobre
América en tal sentido; allí, entre los rostros indiferentes de quienes los
rodeaban, sólo los venturosos parecían disfrutar realmente de su dicha.
Un balcón estrecho extendíase a todo lo largo del cuarto. Pero aquello
que en la ciudad natal de Karl hubiese sido el más alto de los
miradores, aquí permitía tan sólo una visión que abarcaba apenas una
calle –una calle que corría rectilínea y por eso como en una especie de
fuga, entre dos hileras de casas verdaderamente cortadas a plomo–
perdiéndose en la lejanía, donde entre espesa bruma se elevaban
gigantescas las formas de una catedral. Y por la mañana y por la noche
y en los sueños nocturnos se agitaba esta calle con un tráfago siempre
apresurado que, visto desde arriba, aparecía como una confusa mezcla
en la que se hubieran esparcido comienzos siempre nuevos de figuras
humanas desdibujadas y de techos de vehículos de toda clase; y desde
allí elevábase otra capa más de la confusa mezcla, nueva, multiplicada,
más salvaje, formada de ruido, polvo y olores, y todo esto era recogido
y penetrado por una luz poderosa dispersada continuamente por la
cantidad de los objetos, llevada lejos por ellos y otra vez celosamente
aportada, y que para el ojo embelesado cobraba una corporeidad
intensa, como si a cada instante, en repeticiones sin fin, estrellase
alguien con toda fuerza, sobre esta calle, una plancha de vidrio que
cubriera las cosas todas.
El tío, como era cauteloso en todo, aconsejó a Karl que no se
preocupara seriamente y por el momento ni por lo más insignificante.
Ciertamente debía él examinarlo y mirarlo todo, mas sin dejarse
apresar. Que los primeros días de un europeo en América bien podían
compararse a un nacimiento, y aunque uno se acostumbraba –Karl no
tenía por qué abrigar temores inútiles– más pronto que cuando del más
allá se entra en el mundo humano, era necesario, no obstante, tener
presente que los primeros juicios que uno se forma se sostienen
siempre sobre pies demasiado débiles, y no debía uno permitir que
quizá todos los juicios venideros, con cuya ayuda quería uno continuar
viviendo allí de todas maneras, se le desordenasen por causa
semejante. Que él mismo había conocido a recién llegados que, por
ejemplo, en lugar de proceder de acuerdo con tales principios, habían
permanecido días enteros en sus balcones, mirando la calle como si
fuesen corderos extraviados. ¡Tal actitud no podía menos que confundir
indefectiblemente! Semejante inactividad solitaria, que se quedaba allí
fascinada por un laborioso día neoyorquino, bien podía permitírsele a
alguien que se hallara viajando por placer, y quizá, aunque no sin
reservas, hasta era recomendable en tal caso; mas para el que iba a
quedarse era la perdición; esta palabra convenía para el caso y podía
empleársela con toda tranquilidad, aunque fuese una exageración. Y en
efecto, el tío torcía la boca en una mueca de disgusto cuando en alguna
de sus visitas, que hacía siempre una sola vez por día, aunque a las
horas más diversas, encontraba a Karl en el balcón. Pero éste lo notó
bien pronto y renunció por consiguiente, en lo posible, al placer de
asomarse al balcón.
Es que esto no era, ni remotamente, el único placer que tenía. En su
cuarto había una mesa escritorio americana de la mejor clase, tal como
su padre la había deseado desde hacía años, tratando de comprarla en
las más diversas subastas por un precio que le resultara accesible, y sin
que, con sus exiguos recursos, lo consiguiera jamás. Naturalmente no
era posible comparar esta mesa con aquellos escritorios
presuntivamente americanos que se ofrecían en las subastas europeas.
Éste, por ejemplo, tenía en su construcción superior cien divisiones del
más diverso tamaño, y el mismo Presidente de la Unión hubiera
encontrado un sitio adecuado para cada uno de sus expedientes; pero
además había, al costado, un regulador, y haciendo girar un manubrio
podían conseguirse los más diversos cambios y disposiciones de las
divisiones y gavetas, según lo desease o necesitara uno. Pequeños y
delgados tabiques laterales descendían lentamente formando el piso de
divisiones que acababan de levantarse, o las cubiertas de otras
divisiones nuevas; ya con una sola vuelta toda la construcción superior
cobraba un aspecto totalmente distinto, y todo esto sucedía lentamente
o a una velocidad absurda, según como se diera vuelta al manubrio. Era
un invento novísimo, pero le recordaba a Karl muy vivamente aquellos
retablos que en su tierra se muestran, en la feria de Navidad, a los
niños asombrados; muchas veces también Karl, empaquetado en su
vestimenta invernal, se había parado ante ellos, y había cotejado
incesantemente las vueltas de manubrio que allí ejecutaba un viejo con
los efectos que tenían lugar dentro del retablo: cómo avanzaban a
empellones los tres Reyes Magos y relucía la estrella y se desarrollaba
esa vida cohibida en el establo sagrado. Y le había parecido siempre
que la madre, de pie tras él, no seguía los acontecimientos con
suficiente atención; la traía a sí hasta sentirla a sus espaldas, y tanto le
hacía notar, con ruidosas exclamaciones, algunas apariciones más
ocultas –por ejemplo un conejito que allí adelante, entre la hierba, se
alzaba en dos patitas, alternando luego ese movimiento con otro como
si se dispusiera a echar a correr– que la madre, por último, le tapaba la
boca y recaía, probablemente, en su anterior desatención.
Claro que el escritorio no estaba sólo hecho a propósito para recordar
tales cosas, pero de seguro existía en la historia de los inventos alguna
conexión tan poco clara como la que aparecía en los recuerdos de Karl.
A diferencia de Karl, el tío no aprobaba en manera alguna esa mesa
escritorio; sólo que él había querido comprar a Karl un escritorio en
regla, y tales escritorios estaban provistos todos, en ese momento, de
esta innovación, cuya excelencia residía también en que podía ser
aplicada, sin grandes gastos, a escritorios más antiguos. De todas
maneras el tío no dejó de aconsejar a Karl que no usara el regulador,
en lo posible; y a fin de dar a su consejo mayor fuerza afirmaba que el
mecanismo era muy delicado, fácil de estropear y muy costosa su
reparación. No resultaba difícil comprender que tales observaciones no
eran sino pretextos; aunque, por otra parte, había que admitir que el
regulador podía fijarse muy fácilmente, cosa que el tío, sin embargo, no
hizo.
En los primeros días cuando, como era natural, se efectuaron
entrevistas más frecuentes entre Karl y el tío, contó Karl entre otras
cosas que en su casa le gustaba tocar el piano, aunque por cierto no
era mucho lo que sabía, pues sólo pudo entonces valerse de los
conocimientos elementales que le había enseñado su madre. Karl tenía
plena conciencia de que semejante relato implicaba la petición de un
piano, pero ya se había orientado lo bastante como para saber que el
tío no tenía necesidad de hacer economías en absoluto. Con todo, el tío
no accedió en seguida a ese ruego; pero unos ocho días después, casi
en el tono de una confesión contraria a su voluntad, dijo que el piano
acababa de llegar y que Karl, si así lo deseaba, podía vigilar el
transporte. Esto era, por cierto, una tarea fácil, y con todo ni siquiera
mas fácil que el propio transporte, pues en la casa había un ascensor
especial para los muebles en el cual podía encontrar sitio,
holgadamente, todo un carro de mudanza, y de ese ascensor,
efectivamente, asomó el piano hacia el cuarto de Karl. Karl mismo bien
hubiera podido subir en ese ascensor, junto con el piano y los obreros
del transporte; pero como al lado mismo había un ascensor común,
libre para el uso, subió en este último, manteniéndose constantemente,
mediante una palanca, a una misma altura con el otro ascensor y
contemplando fijamente, a través de las paredes de vidrio, aquel
hermoso instrumento que en adelante sería de su propiedad.
Cuando ya lo tenía en su cuarto e hizo sonar las primeras notas,
apoderóse de él una alegría tan loca que en lugar de seguir tocando se
levantó de un salto, pues prefería admirar el piano desde cierta
distancia, asombrado, con los brazos en jarras. Además era excelente
la acústica del cuarto, y esto contribuyó a que el pequeño malestar
primitivo que él sentía por tener que morar en una casa de hierro se
desvaneciera por completo. De hecho, dentro del cuarto no se notaba la
menor cosa de las partes férreas de la construcción, por más
ferrugiento que el edificio se presentase visto desde afuera, y nadie
hubiera podido señalar la menor cosa, en el mobiliario o las
instalaciones, que de alguna manera perturbase el más completo
bienestar. Mucho esperaba Karl de sus ejercicios de piano en la primera
época y no se avergonzaba de imaginar, por lo menos antes de dormir,
la posibilidad de una influencia inmediata que sobre las condiciones
americanas podría ejercer esa práctica, ese su tocar el piano. Era
ciertamente extraño cómo sonaba esta música cuando ante las
ventanas, abiertas al aire alborotado por tantos ruidos, tocaba él una
vieja canción militar de su tierra –una canción que los soldados suelen
entonar allá, dirigiéndosela mutuamente, de ventana a ventana, cuando
por la noche, mirando hacia la plaza en tinieblas se recuestan en las
ventanas del cuartel–; pero si luego miraba Karl a la calle, la notaba
inalterada y no era más que una pequeña parte de una gran rotación,
una parte a la que no se podía detener en sí misma, aisladamente, sin
conocer a fondo todas esas fuerzas que obraban en derredor.
El tío toleraba esa práctica del piano, no tenía nada que objetar; más
aún porque Karl sólo rara vez se permitía el placer de tocar y esto aun
después de su expresa exhortación. Hizo más, hasta le llevó a Karl
cuadernos de música con marchas norteamericanas y, naturalmente,
también con el Himno Nacional; pero de seguro no podría explicarse por
el solo placer que le causaba la música el hecho de que un día, lejos de
toda broma, le preguntara a Karl si no deseaba aprender a tocar
también el violín o la corneta.
Lógicamente el aprendizaje del inglés constituía la tarea primordial y
más importante de Karl. Un profesor joven, de una escuela de altos
estudios mercantiles, se presentaba cada mañana a las siete en el
cuarto de Karl y ya lo encontraba sentado a su escritorio, frente a los
cuadernos, o paseándose por el cuarto y repasando sus lecciones. Karl
comprendía perfectamente que ninguna prisa podía ser excesiva si le
ayudaba a llegar a dominar más pronto el idioma inglés y que con ello,
si hacía rápidos progresos, se le ofrecía además la mejor oportunidad
de causarle a su tío una alegría extraordinaria; y, en efecto, mientras
que al comienzo el inglés de las conversaciones con el tío se había
limitado sólo a saludos y algunas palabras de despedida, bien pronto
fue posible pasar al inglés, como en un juego, partes cada vez mayores
de las conversaciones, con lo cual al mismo tiempo comenzaban a
presentarse temas un tanto más íntimos.
A propósito del primer poema norteamericano –la representación de un
gran incendio– que Karl pudo recitar cierta noche ante su tío, el
semblante de éste cobró una expresión de profunda seriedad, por lo
contento que estaba. En aquella oportunidad hallábanse ambos de pie
junto a una ventana en el cuarto de Karl; el tío miraba hacia afuera,
donde la última claridad del cielo había pasado ya, y, acompañando los
versos en su sentimiento, golpeaba las manos, lenta y rítmicamente,
mientras Karl permanecía allí erguido, junto a él, arrancando de su
entraña el difícil poema, inmóvil la mirada.
A la par que iba mejorando el inglés de Karl, aumentaba también el
deseo que demostraba el tío de ponerlo en contacto con sus relaciones,
ordenando para cada caso, eso sí, que por lo pronto estuviera siempre
presente en tales reuniones, bien cerca de Karl, el profesor de inglés. El
primero de todos los conocidos a quien se le presentó cierta mañana
fue un hombre delgado, joven, increíblemente flexible, conducido entre
atenciones y cumplidos especiales por el tío hasta el cuarto de Karl. Era
sin duda uno de los tantos hijos de millonarios –malogrados desde el
punto de vista de los padres– cuyas vidas transcurren de tal manera
que un hombre común no podría contemplar sin dolor ni un solo día, un
día cualquiera de ellas. Y como si él lo supiera o lo presintiera y, por
cuanto estaba en su poder, tratara de evitarlo, flotaba en torno a sus
labios y a sus ojos una incesante sonrisa de dicha, como destinada a sí
mismo, a quien tenía enfrente, al mundo entero.
Con ese joven, un tal señor Mack, se convino, previa aprobación
absoluta del tío, salir juntos a caballo, a las cinco y media de la
mañana, ya para cabalgar dentro de la escuela de equitación, ya
afuera. Karl, en el primer momento, vacilaba antes de dar su
consentimiento, puesto que jamás hasta entonces había montado a
caballo, y prefería aprender primero un poco de equitación; pero como
el tío y Mack se esforzaban tanto por persuadirlo y presentaban la
equitación como mero placer y sano ejercicio, y no como un difícil arte,
dijo finalmente que sí. Ahora bien, ciertamente debía levantarse ya a
las cuatro y media desde ese día, y esto a menudo le pesaba mucho;
pues sufría, seguramente a raíz de esa atención constante que durante
el día desarrollaba, de una franca soñera; pero una vez en su cuarto de
baño tales lamentos concluían pronto. Sobre la bañera entera, a lo
largo y a lo ancho, sobre toda su superficie, se extendía el tamiz de la
ducha –¿qué condiscípulo allá en su tierra, por más rico que fuese,
poseía una cosa semejante y hasta para su uso exclusivo?– y ahora
yacía Karl allí estirado; en esa bañera podía extender los brazos
cómodamente, y dejando que descendieran sobre él las corrientes de
agua tibia, caliente, de nuevo tibia y finalmente helada, la distribuía a
su voluntad por regiones o sobre la superficie entera. Yacía allí como
sumido en el gozo del sueño que aún persistía un poco. Especialmente
le gustaba recoger con los párpados cerrados las últimas gotas, que
caían aisladas y luego se abrían desparramándose sobre la cara.
En la escuela de equitación, donde lo dejaba el automóvil del tío cuya
carrocería se elevaba altísima, ya lo esperaba el profesor de inglés,
mientras que Mack, sin excepción, llegaba más tarde. Mas por otra
parte bien podía llegar más tarde sin preocuparse, pues la equitación
verdadera, viva, sólo comenzaba cuando él llegaba. ¿Acaso, al entrar
él, no se encabritaban los caballos saliendo por fin de esa somnolencia
en que hasta aquel momento habían estado amodorrados?; ¿acaso no
sonaba más fuerte por el ámbito el chasquido del látigo y no aparecían,
de pronto, en la galería circundante, personas aisladas, espectadores,
cuidadores de caballos, alumnos de equitación o lo que fuesen?
Karl a su vez aprovechaba el tiempo anterior a la llegada de Mack para
practicar un poco, pese a todo, algunos ejercicios preparatorios de
equitación, aunque fuesen los más incipientes. Había allí un hombre
largo que alcanzaba el lomo del caballo más alto levantando apenas el
brazo y éste impartía a Karl esa enseñanza, que solía durar apenas un
cuarto de hora. Los éxitos que Karl obtenía con ello no eran
extraordinarios, y tenía oportunidad de hacer suyas para siempre
muchas exclamaciones de queja que durante ese aprendizaje lanzaba
en inglés y sin tomar aliento hacia su profesor; éste estaba siempre
presente, apoyado contra una jamba de la puerta, las más veces muy
necesitado de sueño. Pero casi todo el descontento debido a la
equitación cesaba al llegar Mack. Aquel hombre largo era despedido, y
en el recinto, que aún seguía bañado en la media luz, bien pronto no se
oía otra cosa que los cascos de los caballos que galopaban y apenas se
veía algo más que el brazo erguido de Mack, con el cual éste hacía a
Karl alguna señal de mando. Después de media hora de un placer
semejante, que pasaba como si estuviera uno dormido, se detenían;
Mack llevaba muchísima prisa, se despedía de Karl, le golpeaba a veces
la mejilla cuando su equitación le había dejado extraordinariamente
satisfecho, y desaparecía sin siquiera atravesar simultáneamente con
Karl la puerta: tanta prisa tenía.
Luego Karl se llevaba al profesor al automóvil y volvían para la lección
de inglés, dando casi siempre unos rodeos; pues por el camino a través
de la aglomeración de la gran urbe, que en realidad conducía
directamente desde la casa del tío hasta la escuela de equitación, se
hubiera perdido demasiado tiempo. Por otra parte, la compañía del
profesor de inglés cesó al menos pronto, pues Karl se hacía reproches
de incomodar inútilmente a ese hombre cansado, obligándolo a acudir a
la escuela de equitación –más aún cuando el trato en inglés con Mack
era sencillísimo– y rogó al tío librase a su profesor de ese deber.
Después de algunas reflexiones, el tío, por su parte, accedió a sus
ruegos.
Mucho tiempo tardó relativamente el tío antes de decidirse a permitirle
a Karl siquiera una pequeña ojeada al interior de su comercio, a pesar
de que Karl se lo había solicitado muchas veces. Era éste una especie
de establecimiento dedicado a comisiones, a expediciones, de un tipo
que, por lo que Karl podía acordarse, ni siquiera existía en Europa.
Porque ese comercio consistía en negocios de mediación y, no obstante,
no gestionaba el envío de las mercaderías del productor al consumidor
o acaso a los comerciantes, sino que se ocupaba de la mediación en el
abastecimiento de todas las mercaderías y materias primas destinadas
a las grandes plantas industriales y del intercambio entre ellas. Era por
lo tanto un comercio que abarcaba al mismo tiempo compras,
depósitos, transportes y ventas en gigantescas proporciones y que
debía mantener con sus clientes comunicaciones telefónicas y
telegráficas incesantes y sumamente precisas. La sala de los telégrafos
no era más pequeña, sino más bien mayor que la oficina telegráfica de
la ciudad natal, que Karl había atravesado una vez conducido de la
mano por un condiscípulo que tenía ciertas relaciones allí. En la sala de
los teléfonos, dondequiera que uno mirase, se abrían y se cerraban las
casillas telefónicas y el constante campanilleo confundía los sentidos. El
tío abrió la más próxima de esas y allí se vio bajo la centelleante luz
xima de esas puertas indiferente a cualquier ruido de la puerta, ceñida
la cabeza por una ancha cinta de acero que oprimía los auriculares
contra sus oídos. Su brazo derecho yacía sobre una mesita como si
fuera particularmente pesado y sólo los dedos que sostenían un lápiz se
movían con convulsiones inhumanas, regulares y rápidas. Era muy
parco en las palabras que decía ante el cono acústico y a veces hasta se
notaba que quizá tenía que objetar algo frente a su interlocutor o que
deseaba preguntarle algo con mayor exactitud; pero ciertas palabras
que escuchaba lo obligaban a bajar los ojos y a escribir antes de poder
ejecutar tal intención. Además, según el tío le explicaba en voz baja a
Karl, no tenía por qué hablar, pues los mismos informes que registraba
ese hombre eran registrados por dos empleados más,
simultáneamente, y comparados luego, de manera que las
equivocaciones se hacían casi imposibles.
En el mismo instante en que el tío y Karl pasaban por la puerta se
deslizó un ayudante hacia adentro y volvió a salir con un papel que en
el ínterin había sido cubierto con anotaciones. En medio de la sala había
un tránsito constante de gentes que, como si fueran perseguidas,
corrían de un lado para otro. Ninguno saludaba, el saludo había sido
eliminado, cada uno de los que pasaban acomodaba sus pasos a los del
que le precedía y miraba al suelo, sobre el cual deseaba avanzar lo más
rápidamente posible; o bien parecía recoger con las miradas, al vuelo,
palabras o números sueltos, de papeles que llevaba en la mano y que
con su paso acelerado tremolaban por el aire.
–Has llegado lejos realmente –dijo Karl una vez durante una de esas
andanzas a través de la empresa, cuya inspección hubiera exigido
muchos días, aunque sólo se hubiese querido ver apenas cada una de
las acciones.
–Y todo, has de saberlo, lo he instalado yo mismo hace treinta años.
Tenía yo entonces un pequeño comercio en el barrio del puerto, y si allí
se descargaban cinco cajones durante el día, ya era mucho y yo me iba
a casa engreído. Hoy mis depósitos ocupan el tercer lugar en el puerto
y aquel comercio es ahora el comedor y la trastera del grupo número
sesenta y cinco de mis peones.
–Pero esto ya raya en lo milagroso –dijo Karl.
–Todo se desarrolla aquí con igual rapidez –dijo el tío, dando fin a la
conversación.
Cierto día llegó el tío minutos antes de la hora de comer –Karl había
pensado comer solo, como de costumbre– y le pidió que se vistiese
inmediatamente de negro y fuese a comer con él, en compañía de dos
amigos comerciales. Mientras Karl se mudaba en el cuarto contiguo,
sentóse el tío al escritorio y revisó el ejercicio de inglés recién.
concluido; dio con la mano en la mesa y en voz alta exclamó:
–¡En verdad, excelente!
Sin duda el vestirse salía mejor al escuchar Karl este elogio, pero de
sus conocimientos de inglés él ya estaba realmente seguro.
En el comedor del tío, del que aún conservaba recuerdo de la primera
noche de su llegada, se levantaron para saludarlos dos señores
grandes, corpulentos, un tan Green el uno, un tal Pollunder el otro,
según pudo saber luego durante la conversación de sobremesa. Porque
generalmente el tío apenas solía pronunciar alguna palabra fugaz
acerca de una u otra de sus relaciones y en cada caso dejaba que Karl
encontrara lo necesario o lo interesante guiándose por su propia
observación. Después de tratarse durante la comida sólo asuntos
comerciales íntimos, cosa que implicaba para Karl una buena lección en
cuanto a las expresiones comerciales –a Karl lo habían dejado ocuparse
tranquilamente de su comida como si fuese un niño que ante todo
necesitaba hartarse como es debido–, luego, pues, inclinóse el señor
Green hacia Karl y con el deseo inconfundible de expresarse en un
inglés sumamente claro, preguntó en términos generales por las
primeras impresiones de Karl sobre América. Karl respondió, en medio
del silencio mortal que reinaba en torno y entre algunas miradas de
soslayo hacia el tío, en forma bastante circunstanciada, y en señal de
agradecimiento trató de serles grato usando un lenguaje un tanto
teñido por términos neoyorquinos. Cierto giro hasta provocó una
carcajada general de los tres señores y ya temía Karl haber cometido
un grave error; mas no fue así, y según dijo el señor Pollunder hasta
era excelente lo que había dicho. En general a este señor Pollunder,
Karl parecía haberle caído en gracia y mientras el tío y el señor Green
reanudaban las conversaciones comerciales, el señor Pollunder indujo a
Karl a arrimar su silla junto a la suya. Primero le preguntó muchas
cosas acerca de su nombre, su origen y su viaje, hasta que finalmente
y para que Karl pudiera descansar, se puso a contar él mismo,
apresurado, riendo y tosiendo, cosas de sí y de su hija, con la cual vivía
en una pequeña finca rural en las afueras de Nueva York y donde él,
por supuesto, sólo podía pasar las noches, puesto que era banquero y
sus negocios lo retenían en Nueva York durante el día entero. Y luego
invitó cordialmente a Karl a visitar esa finca, ya que un americano tan
flamante como Karl sentiría sin duda la necesidad de reponerse de
Nueva York de cuando en cuando. Karl solicitó en seguida el permiso
del tío para aceptar esa invitación y el tío, al parecer, le dio ese permiso
de buen grado; mas sin fijar o siquiera considerar ninguna fecha
determinada, tal como Karl y el señor Pollunder lo habían esperado.
Pero ya al día siguiente fue llamado Karl a una oficina del tío –el tío
poseía, en esa casa solamente, diez oficinas distintas– y allí encontró al
tío y al señor Pollunder, apoltronados en sendos sillones, taciturnos:
–El señor Pollunder –dijo el tío, y apenas era posible reconocerle en el
crepúsculo del cuarto–, el señor Pollunder ha venido para llevarte hasta
su finca, tal como ayer habíamos convenido.
–Yo no sabía que ya sería hoy –respondió Karl–; de otro modo me
habría preparado.
–Si es que no estás preparado, tal vez sea mejor postergar la visita
para otro día –repuso el tío.
–¡Pero qué preparativos! –exclamó el señor Pollunder–. Un hombre
joven siempre está preparado.
–No es por él –dijo el tío dirigiéndose a su visitante–, pues de todas
maneras tendría que subir todavía hasta su cuarto y a usted se le haría
tarde.
–Aun en este caso hay tiempo de sobra –dijo el señor Pollunder–; he
contado con un atraso y he cerrado mi comercio antes de la hora.
–Ya lo ves –dijo el tío–, cuántas molestias está causando ya tu visita.
–Lo siento mucho –dijo Karl–; pero estaré de vuelta inmediatamente. –
Y ya quiso alejarse de un salto.
–No se precipite usted –dijo el señor Pollunder–, no me causa la menor
molestia y en cambio su visita me produce una alegría muy grande.
–Perderás mañana tu lección de equitación, ¿ya has avisado que no
irás?
–No –dijo Karl; esta visita que con tanto placer había esperado,
comenzaba a ser una carga para él–, pues yo no sabía...
–¿Y sin embargo quieres marcharte? –siguió preguntando el tío.
El señor Pollunder, hombre amable, acudió en su ayuda.
–Durante el viaje pasaremos por la escuela de equitación y
arreglaremos el asunto.
–Eso ya es otra cosa –dijo el tío–. Pero también Mack te estará
esperando.
–No creo que me espere –dijo Karl–; pero, por supuesto, él irá como
todos los días.
–¿Pues entonces? –dijo el tío como si la respuesta de Karl no implicara
la menor justificación.
Nuevamente pronunció el señor Pollunder la palabra decisiva:
–Pero Klara –era la hija del señor Pollunder– también lo espera y ya
esta noche, ¡y sin duda se le dará preferencia a ella, y no a Mack!
–Ciertamente –dijo el tío–. Pues corre a tu cuarto, anda. –Y como sin
quererlo golpeó varias veces contra el brazo de su sillón. Ya se hallaba
Karl cerca de la puerta cuando el tío lo retuvo una vez más con esta
pregunta–: Sin duda, estarás de vuelta mañana a primera hora, para tu
lección de inglés.
–¡Pero! –exclamó el señor Pollunder y, en cuanto se lo permitía su
corpulencia, giró dentro de su sillón, de puro asombro–. ¿No tendrá
permiso para quedarse afuera siquiera el día de mañana? ¿No podría yo
traerlo de vuelta pasado mañana a primera hora?
–De ningún modo –respondió el tío–. No permitiré que sus estudios se
desordenen tanto. Más tarde, cuando haya logrado, por su esfuerzo, un
lugar destacado en la vida profesional, le permitiré con el mayor placer
que acepte una invitación tan amable y que tanto le honra, y por más
tiempo aún.
«¡Cuántas contradicciones!», pensó Karl.
El señor Pollunder se puso triste.
–En verdad, para una sola velada, y una noche nada más, casi no vale
la pena.
–Precisamente es lo que pienso –dijo el tío.
–Debemos aceptar lo que se dé –repuso el señor Pollunder, ya de
nuevo sonriente–. ¡Entonces, espero! –exclamó dirigiéndose a Karl; y
éste, ya que el tío no decía nada más, salió de prisa.
Al volver pocos momentos después, pronto para el viaje, ya sólo
encontró en la oficina al señor Pollunder; el tío se había ido. El señor
Pollunder, muy feliz, estrechó a Karl ambas manos, como si quisiera
cerciorarse en la forma más convincente posible de que Karl, pese a
todo, iría con él. Karl estaba muy acalorado todavía de tanta prisa, y
también él por su parte estrechó las manos del señor Pollunder, pues se
alegraba de poder hacer la excursión.
–¿No se habrá disgustado mi tío porque voy?
–¡Qué va! Él no decía todo esto muy en serio. Lo que sucede es que se
toma muy a pecho su educación.
–¿Se lo dijo él mismo? ¿Le dijo él mismo que no había dicho tan en
serio lo de antes?
–Pero claro –dijo el señor Pollunder estirando las palabras y
demostrando con ello que no sabía mentir.
–Es curioso de qué mala gana me dio el permiso de hacerle esta visita,
a pesar de ser usted su amigo.
Tampoco el señor Pollunder, aunque no lo confesara abiertamente,
podía encontrar la explicación que viniera al caso; y tanto el uno como
el otro, mientras iban atravesando el cálido atardecer en el automóvil
del señor Pollunder, siguieron reflexionando largo rato todavía acerca
de ello, aunque se habían puesto a hablar de otras cosas en seguida.
Iban sentados muy juntos; y el señor Pollunder, mientras contaba,
mantenía la mano de Karl en la suya. Muchas cosas quería saber Karl
sobre la señorita Klara, como si se impacientara con el largo viaje,
como si los relatos pudieran ayudarle a llegar antes de lo que en
realidad llegaría.
A pesar de que nunca hasta entonces había viajado por la noche a
través de las calles de Nueva York y de que el alboroto que inundaba
aceras y calzada venía precipitándose como un torbellino y cambiando
de dirección a cada instante como si no fuese originado por los
hombres, como si fuese más bien un extraño elemento, Karl, mientras
trataba de comprender exactamente las palabras de su acompañante,
no se preocupaba de otra cosa que del chaleco oscuro del señor
Pollunder, sobre el cual colgaba, tranquilamente, una cadena de oro.
Desde las calles por las cuales el público se precipitaba –con evidente
temor de retrasarse, dando alas a su paso y en vehículos lanzados a
toda velocidad– hacia los teatros, llegaron ellos a través de barrios
intermedios a los suburbios, donde su automóvil fue desviado repetidas
veces hacia calles laterales por agentes de policía montada, puesto que
las grandes arterias estaban ocupadas por una manifestación de los
obreros metalúrgicos en huelga, y sólo se podía permitir el tránsito
indispensable de coches en los puntos de cruce. Si luego, saliendo de
calles más oscuras donde el eco resonaba sordamente, atravesaba el
automóvil una de esas grandes arterias que parecen verdaderas plazas,
aparecían –hacia ambos costados y en perspectivas que nadie podía
abarcar con la mirada hasta su fin– repletas las aceras de una
muchedumbre que avanzaba a pasos minúsculos y cuyo canto era más
uniforme que el de una sola voz humana. En cambio, sobre la calzada
que se mantenía libre, veíase de vez en cuando a algún agente de
policía sobre una cabalgadura inmóvil, o a portadores de banderas o de
carteles con leyendas, tendidos a través de la calle, o a algún caudillo
de los obreros rodeado de colaboradores y ordenanzas, o algún coche
de los tranvías eléctricos que no se había refugiado con la rapidez
suficiente y que ahora se hallaba ahí detenido, vacío y oscuro con el
conductor y el cobrador sentados en la plataforma. Pequeños grupos de
curiosos se detenían lejos de los verdaderos manifestantes y no
abandonaban sus sitios, pese a que seguían sin darse cuenta
cabalmente de lo que en realidad acontecía. Y Karl descansaba,
contento, en el brazo con que el señor Pollunder lo había rodeado; la
convicción de que pronto sería huésped bienvenido en una quinta
iluminada, rodeada de muros, vigilada por perros, lo satisfacía
sobremanera y aunque ya no entendiese sin fallas o al menos
ininterrumpidamente todo lo que decía el señor Pollunder, debido a la
somnolencia que iba apoderándose de él, reaccionaba, sin embargo, de
tiempo en tiempo, restregándose los ojos, para volver a cerciorarse,
por otro rato, de si el señor Pollunder notaba o no que tenía sueño,
pues esto quería él evitarlo a toda costa.
UNA QUINTA EN LAS AFUERAS DE NUEVA YORK
–Hemos llegado –dijo el señor Pollunder precisamente en uno de esos
momentos en que Karl era vencido por el sueño.
El automóvil hallábase detenido delante de una quinta que, a la manera
de las quintas de la gente rica de los alrededores de Nueva York, era
más amplia y más alta de lo que generalmente exige una quinta
destinada a una sola familia. Puesto que únicamente la parte inferior de
la casa estaba iluminada, ni siquiera se podía apreciar hasta dónde
llegaba su altura. Delante susurraban unos castaños, por entre los
cuales –el enrejado ya estaba abierto– un camino breve conducía hasta
la escalinata de la casa. A juzgar por el cansancio que sentía al apearse,
Karl creyó comprobar que, a pesar de todo, el viaje había llevado
bastante tiempo. En la oscuridad de la avenida de castaños oyó una voz
de muchacha que decía junto a él:
–Pues aquí está por fin el señor Jakob.
–Me llamo Rossmann –dijo Karl tomando la mano que se le tendía,
mano de una muchacha cuyos contornos distinguía ahora.
–Él es sólo sobrino de Jakob –dijo el señor Pollunder a guisa de
explicación–, y se llama Karl Rossmann.
–Esto no quita nada a nuestra alegría de verlo aquí –dijo la muchacha,
que no daba mucha importancia a los nombres.
Sin embargo, Karl, mientras se encaminaba hacia la casa entre el señor
Pollunder y la muchacha, no dejó de preguntar:
–¿Es usted la señorita Klara?
–Sí –dijo ella, y ya un poco de luz que venía de la casa y ayudaba a
distinguir mejor las cosas, caía sobre su rostro, que se mantenía
inclinado hacia él–, es que no quería presentarme en esta oscuridad.
«¿Pero nos habrá esperado junto a la reja?», pensó Karl despertando
Poco a poco mientras andaba.
–Además tenemos otro huésped esta noche –dijo Klara.
–¡No es Posible! –exclamó Pollunder, disgustado.
–El señor Green –dijo Klara.
–¿Cuándo ha llegado? –preguntó Karl como embargado por un
presentimiento.
–Hace un instante. ¿No habéis oído su automóvil que venía delante del
vuestro?
Karl levantó los ojos hacia Pollunder para cerciorarse de cómo juzgaba
éste el asunto, pero él sólo conservaba las manos en los bolsillos de sus
pantalones y se limitaba a dar mayor ímpetu a sus pasos, mientras
andaba.
–De nada sirve que uno viva apenas en las afueras de Nueva York. Así
no le ahorran a uno las molestias. Tendremos que trasladar nuestra
residencia más lejos aún, sin falta; aunque yo tenga que viajar durante
la mitad de la noche para llegar a casa.
Junto a la escalinata se detuvieron.
–Pero el señor Green no ha estado aquí desde hace muchísimo tiempo
–dijo Klara, que evidentemente estaba en todo de acuerdo con su
padre, pero que deseaba tranquilizar a éste dominándose a sí misma.
–¿Y por qué viene precisamente esta noche? –preguntó Pollunder; y ya
sus palabras rodaban furiosas por encima de su abultado labio inferior
que fácilmente cobraba gran movimiento, por ser carne fláccida y
pesada.
–¡Por cierto! –dijo Klara.
–Quizá se vaya pronto –observó Karl, y le asombraba a él mismo su
acuerdo con aquella gente, que aún ayer había sido totalmente extraña
para él.
–¡Oh, no! –dijo Klara–, tiene algún gran negocio para papá y
seguramente llevarán tiempo las conversaciones al respecto, pues ya
me ha amenazado, en broma, que tendré que quedarme escuchando
hasta la mañana si es que quiero ser una ama de casa cortés.
–Pues esto faltaba todavía. ¡Se quedará entonces a pasar la noche! –
exclamó Pollunder como si con ello se hubiese alcanzado, por fin, el
colmo del mal–. Yo realmente tendría ganas –dijo, y esa idea nueva
volvíalo más amable–, yo realmente tendría ganas de meterlo a usted,
señor Rossmann, nuevamente en el automóvil, para llevárselo de vuelta
a su tío. Nuestra velada de hoy ya está echada a perder de antemano,
y quién sabe cuándo su señor tío nos lo dejará otra vez. En cambio, si
ya hoy mismo lo llevo a usted de vuelta, él no podrá negarnos el placer
de que usted nos visite uno de los próximos días.
Y ya cogía a Karl de la mano a fin de ejecutar su proyecto. Pero Karl no
se movió y Klara rogó que lo dejara quedarse, ya que al menos ella y
Karl no serían molestados en nada por el señor Green; finalmente el
mismo Pollunder se dio cuenta de que su decisión no era de las más
firmes. Por otra parte –y esto quizá haya sido lo decisivo–, oyóse de
pronto la voz del señor Green que llamaba en dirección del jardín desde
el descanso superior de la escalera:
–Pero, ¿dónde se han quedado ustedes?
–Vamos –dijo Pollunder doblando hacia la escalinata. Tras él
marchaban Karl y Klara, que ahora, bajo la luz, se pusieron a
estudiarse mutuamente.
«¡Qué labios tan rojos tiene!», díjose Karl, y pensó en los labios del
señor Pollunder y cuán bellamente éstos se habían transformado en la
hija.
–Después de la cena –así decía ella– iremos inmediatamente, si está
usted de acuerdo, a mis habitaciones, para que por lo menos nos
libremos nosotros de ese señor Green, ya que papá necesariamente
debe ocuparse de él. Y usted tendrá entonces la gentileza de tocar para
mí algo en el piano, pues papá ya me ha contado qué bien lo hace
usted; mientras que yo, por desgracia, soy absolutamente incapaz de
ejecutar una pieza de música y no me acerco a mi piano, por más que
en realidad me guste mucho la música.
Karl estaba plenamente de acuerdo con la propuesta de Klara, si bien le
hubiera gustado que también el señor Pollunder participara de su
compañía. Mas ciertamente, ante la gigantesca figura de Green –a la
talla de Pollunder ya se había acostumbrado Karl por lo visto–, que
entonces surgía ante ellos lentamente a medida que subían los
escalones, abandonaba a Karl toda esperanza de encontrar alguna
manera para arrancar al señor Pollunder, esa noche, de manos de tal
hombre.
El señor Green los recibió apresurado, como si hubiese mucho que
recuperar, cogió rápidamente el brazo del señor Pollunder y empujó a
Karl y a Klara al comedor; éste ofrecía un aspecto muy de fiesta,
especialmente por las flores que había sobre la mesa y que se alzaban
a medias entre grupos de fresco follaje, y esta circunstancia hizo
doblemente lamentable la presencia del molesto señor Green. Karl,
esperando junto a la mesa a que se sentaran los demás, se alegraba
precisamente de que la gran puerta de vidriera que daba al jardín
quedara abierta, pues por ella entraba en grandes oleadas una fuerte
fragancia como si estuviesen en un cenador del jardín, cuando
precisamente el señor Green, resoplando, decidió cerrar aquella puerta
de vidrio, y agachándose hasta los pasadores inferiores y estirándose
para alcanzar los superiores, realizó la operación con una rapidez tan
juvenil que el sirviente, a pesar de haber acudido sin demora, ya nada
pudo hacer.
Las primeras palabras del señor Green, sentado ya a la mesa, fueron
manifestaciones de asombro de que Karl hubiese obtenido el permiso
del tío para esta visita. Una tras otra levantó hasta su boca las
cucharadas llenas de sopa, declarando a diestra dirigiéndose a Klara, y
a siniestra dirigiéndose al señor Pollunder, el porqué de su asombro y
cómo vigilaba el tío a Karl y cómo era excesivo el amor del tío para con
Karl, hasta tal punto excesivo que ya no podía llamársele amor de tío.
«Éste no se contenta con entrometerse innecesariamente aquí, aun
viene a entrometerse entre el tío y yo», pensó Karl y no pudo tragar ni
un sorbo de aquella sopa de color de oro. Pero por otra parte no quería
que se le notase qué molesto se sentía; y mudo, púsose luego a verter
la sopa dentro de su cuerpo.
Esa comida transcurría lenta como una plaga. Únicamente el señor
Green y a lo sumo también Klara mostraban cierta vivacidad y hasta de
cuando en cuando hallaban motivo para una breve risa. Sólo algunas
veces cuando el señor Green comenzaba a hablar de negocios
intervenía el señor Pollunder en la conversación. Mas también de tales
conversaciones retirábase pronto, y el señor Green, pasado un rato,
debía sorprenderlo de nuevo, inopinadamente, con el tema. Por lo
demás recalcaba –y fue entonces cuando Karl, prestando de pronto
atención como si allí se cerniese alguna amenaza, tuvo que ser
advertido por Klara de que el asado se hallaba delante de él, y de que
él estaba en una cena que él en un principio, no había tenido intención
de hacer aquella visita inesperada. Pues si bien el negocio del que aún
había que hablar era de particular urgencia, hubiera podido tratarse
durante el día en la ciudad, en sus aspectos más importantes al menos,
y las cosas secundarias hubieran podido aplazarse para el día siguiente
o para más tarde. Y así, en efecto, había ido a ver al señor Pollunder
mucho antes de la hora del cierre de los comercios; mas no habiéndolo
encontrado, hablase visto obligado a avisar por teléfono a su casa que
esa noche no iría y a emprender ese pequeño viaje.
–Entonces debo pedirle disculpas yo –dijo Karl en alta voz y antes de
que nadie tuviera tiempo de responder–, pues es culpa mía el que el
señor Pollunder haya abandonado hoy su comercio más temprano; lo
siento mucho.
El señor Pollunder cubrió gran parte de su rostro con la servilleta y
Klara ciertamente sonrió a Karl, pero ésta no era una sonrisa de
consentimiento, sino más bien parecía destinada a influir de alguna
manera sobre él.
–No hace falta ninguna excusa –dijo el señor Green partiendo en ese
preciso momento una paloma, con agudas incisiones–, todo lo
contrario; estoy muy contento de pasar la noche en tan agradable
compañía, en lugar de cenar solo, en mi casa, servido por mi vieja ama
de llaves, tan vieja que hasta el camino desde la puerta hasta mi mesa
le cuesta un gran esfuerzo; yo puedo arrellanarme en mi sillón
tranquilamente durante un buen rato si quiero observarla mientras
recorre ese trecho. Sólo hace poco he conseguido que el sirviente lleve
las comidas hasta la puerta del comedor; pero ese trecho desde la
puerta hasta la mesa le corresponde a ella, por lo que alcanzo a
entender.
–¡Dios mío! –exclamó Klara–, ¡qué lealtad!
–Sí, todavía hay lealtad en este mundo –dijo el señor Green llevándose
un bocado a la boca, donde su lengua, según observó casualmente
Karl, recogía el manjar con elástico movimiento. El verlo casi le produjo
náuseas, y se levantó. Y con un movimiento casi simultáneo el señor
Pollunder y Klara cogieron sus manos.
–Quédese usted sentado todavía –dijo Klara. Y cuando de nuevo se
hubo sentado, ella le susurró–: Pronto desapareceremos juntos. Tenga
usted paciencia.
Entretanto el señor Green se entregaba tranquilamente a su comida,
como si fuese el deber natural del señor Pollunder y de Klara
tranquilizar a Karl si él le provocaba náuseas.
La comida se prolongaba, sobre todo por el esmero con que el señor
Green trataba cada plato, si bien se le veía dispuesto siempre y sin
descanso a aceptar cada nuevo plato; parecía realmente que
pretendiera resarcirse a fondo de su vieja ama de llaves. De vez en
cuando elogiaba el arte con que la señorita Klara dirigía la casa, lo cual
a ella le causaba un agrado evidente, mientras que Karl sentía
tentaciones de repelerlo como si la atacase. Pero el señor Green no se
contentaba sólo con ocuparse de ella, sino que lamentaba a menudo y
sin levantar la vista de su plato la notable falta de apetito de Karl. El
señor Pollunder se puso a defender el apetito de Karl, a pesar de que,
en su carácter de huésped, también él hubiera tenido que alentar a
Karl, instándolo a que comiera. Y en efecto, Karl, sufriendo durante
toda la cena semejante opresión, se sintió tan susceptible que, contra
todo lo que su propio entendimiento le decía, interpretó esa
manifestación del señor Pollunder como una descortesía. Y sólo debido
a ese estado peculiar comía de pronto más de la cuenta y a una
velocidad inconveniente, pero abandonaba luego nuevamente tenedor y
cuchillo durante un largo rato, cansado, el más inmóvil de la reunión,
con lo cual el sirviente que traía los platos a menudo no sabía qué
hacer.
–Mañana mismo le contaré al señor senador cómo ha ofendido usted a
la señorita Klara no queriendo comer –dijo el señor Green y se limitó a
expresar la intención burlona de esas palabras por cierta manera de
manejar los cubiertos–. Mire usted a esta chica, qué triste está –
continuó tocando a Klara debajo del mentón. Ella le dejó hacer cerrando
los ojos.
–¡Qué graciosilla eres! –exclamó arrellanándose, y con la fuerza del
saciado y la cara arrebatada, se echó a reír. En vano intentó Karl
explicarse la conducta del señor Pollunder. Éste permanecía sentado
con la vista fija en su plato, contemplándolo como si fuese allí donde
sucedía lo que en verdad importaba. No atrajo hacia sí la silla de Karl; y
si alguna vez hablaba, lo hacía con todos y a Karl no tenía nada
especial que decirle. En cambio toleraba que Green, ese viejo y
escaldado solterón neoyorquino, tocase con intención bien evidente a
Klara, que ofendiese a Karl, invitado de Pollunder; o que, cuando
menos, lo tratase como a un niño y que cobrase ánimo para emprender
luego quién sabe qué hazañas.
Después de levantarse la mesa –al percatarse Green de la disposición
de ánimo general, fue el primero en incorporarse y en hacer levantar a
todos junto con él, por así decirlo– se encaminó Karl, solo, apartándose,
hasta una de las grandes ventanas, divididas por angostos listones
blancos, que daban a la terraza y que en realidad, según pudo
advertirlo al acercarse, eran verdaderas puertas. ¿Qué había quedado
de aquella antipatía que el señor Pollunder y su hija habían mostrado al
comienzo para con Green y que entonces le había parecido a Karl un
tanto incomprensible? Ahora se quedaban allí junto a Green y asentían
a todo lo que éste decía. El humo del cigarro del señor Green –un
obsequio de Pollunder que ostentaba aquel grosor que solía aparecer de
cuando en cuando en los cuentos de su padre, como un hecho que
probablemente él mismo no había visto jamás con sus propios ojos– se
propagaba por la sala y llevaba la influencia de Green también a
rincones y nichos en que, personalmente, no pondría jamás el pie. Por
más alejado que Karl permaneciera, sentía continuamente el cosquilleo
que aquel humo le producía en la nariz; y la conducta del señor Green,
al cual dirigió una sola vez una fugaz mirada desde el sitio donde
estaba, le pareció infame. Ahora ya no creía nada imposible que el tío le
hubiese negado tan obstinadamente el permiso para esta visita tan sólo
porque conocía la debilidad de carácter del señor Pollunder y que, por lo
tanto, aunque no lo previese con exactitud, consideraba, sin embargo,
dentro de las cosas posibles el que Karl pudiese sufrir alguna ofensa
durante la visita. Tampoco le gustaba aquella muchacha
norteamericana, aunque de ninguna manera se la había imaginado
mucho más bonita. Al contrario, desde que el señor Green se ocupaba
de ella, hasta le sorprendía la belleza que su rostro era capaz de
expresar y especialmente el brillo de sus ojos indomablemente vivaces.
Jamás hasta entonces había visto una falda que como la de ella ciñese
un cuerpo con tanta firmeza: pequeños pliegues que se formaban en la
tela amarillenta, delicada y firme, mostraban vigorosamente la tensión.
Y no obstante nada le importaba ella a Karl y de buen grado habría
renunciado a que le condujera a sus habitaciones si en cambio hubiese
podido abrir esa puerta sobre cuyo picaporte había puesto las manos y
subir al automóvil; o bien, si ya dormía el chofer, irse caminando solo
hasta Nueva York. La noche clara, con aquella luna llena que se
inclinaba hacia él, quedaba abierta para todos y a Karl le pareció
absurdo que afuera, a la intemperie, quizá pudiera tenerse miedo. Se
imaginaba –y por primera vez se sentía realmente bien en aquella sala–
cómo, por la mañana –antes seguramente no sería probable que llegase
a su casa a pie–, sorprendería al tío. Por cierto, nunca hasta entonces
había estado en el dormitorio de su tío, ni siquiera sabía dónde estaba,
mas ya lo averiguaría. Y entonces llamaría a la puerta, y al oír un
convencional «¡pase!», entraría corriendo y sorprendería al querido tío
–a quien hasta la fecha sólo conocía vestido y abotonado totalmente–
en camisa de dormir incorporado en la cama, dirigiendo hacia la puerta
los ojos asombrados. Quizás esto aun no fuese mucho por sí solo, pero
había que imaginar qué consecuencias tendría. Quizá se desayunaría
junto con su tío por primera vez, el tío en la cama, él sentado en una
silla, el desayuno sobre una mesita entre los dos, y quizás ese
desayuno en común se convirtiera en costumbre permanente. Quizá por
causa de ese desayuno –cosa que apenas podía evitarse– se reunirían
ellos más a menudo que una sola vez por día como hasta ahora, y
entonces, naturalmente, podrían hablarse con mayor franqueza
también. Porque en el fondo sólo se debía a la ausencia de semejante
cambio de opiniones, que se inspira en la franqueza mutua, el que ese
día se hubiese mostrado un tanto desobediente o, más bien, testarudo
con el tío. Y aunque esa noche tuviese que pasarla allí –
lamentablemente todo parecía indicarlo, a pesar de que le dejaban
estar allí, junto a la ventana, divirtiéndose por su cuenta–, tal vez esta
desdichada visita podría convertirse en el punto crítico a partir del cual
mejoraría todo lo concerniente a sus relaciones con su tío; quizás éste,
ahora en su dormitorio, abrigaba pensamientos parecidos esta noche.
Algo consolado, se volvió. Delante de él estaba Klara, que dijo:
–¿Pues no le gusta a usted nada estar aquí entre nosotros? ¿No quiere
usted sentirse como en su casa? Venga, haré un último esfuerzo.
Lo condujo, atravesando la sala, a la puerta. Junto a una mesa lateral
estaban sentados los dos señores, ante bebidas ligeramente
espumeantes que llenaban unos vasos altos; bebidas desconocidas para
Karl y que le hubiera gustado probar. El señor Green apoyaba uno de
sus codos sobre la mesa, toda su cara se arrimaba lo más posible al
señor Pollunder; si uno no hubiese conocido al señor Pollunder, muy
bien hubiera podido suponer que allí se estaba negociando algo criminal
Y no comercial. Mientras que el señor Pollunder acompañó a Karl con
una mirada amable hasta la puerta, Green a pesar de que cualquiera,
aunque sea involuntariamente, suele seguir la dirección de las miradas
de su interlocutor, no hizo el menor gesto como para volverse hacia
Karl, a cuyos ojos esa conducta parecía expresar una especie de
convicción de Green de que cada uno de ellos, Karl y Green, por sí
mismo, debía intentar bastarse allí con sus propias facultades. Y que el
necesario enlace social entre ellos ya se establecería con el tiempo, Por
la victoria o el aniquilamiento de cualquiera de los dos.
«Si es que se propone esto –decía Karl–, es un necio. Realmente no
quiero nada de él y que él a su vez me deje en paz a mí.»
Cuando apenas pisaba el pasillo ocurriósele que probablemente se
había conducido con descortesía, pues casi había dejado que Klara lo
arrastrara fuera de la sala, mientras que él tenía fijos los ojos en
Green; por ello, tanto más solícito andaba ahora a su lado. Atravesando
aquellos pasillos no quiso dar fe a sus Ojos, primero, a ver a cada
veinte pasos un sirviente de lujosa librea con un candelabro cuyo
grueso mango rodeaban ambas manos.
–La nueva instalación eléctrica está colocada hasta ahora sólo en el
comedor –explicó Klara–. Compramos esta casa no hace mucho y la
hicimos reconstruir totalmente, en la medida en que, en general,
admite reconstrucciones una casa vieja de estructura tan rígida.
–Entonces, también en América hay casas viejas –dijo Karl.
–Naturalmente –dijo Klara y, riendo, siguió arrastrándolo–. Tiene usted
una idea muy curiosa de América.
–No debe usted reírse de mí –dijo él con enfado. Al fin y al cabo, él ya
conocía Europa y América y ella sólo América.
Al pasar, Klara abrió una puerta extendiendo ligeramente la mano y dijo
sin detenerse:
–Aquí dormirá usted.
Karl, claro está, deseaba ver el cuarto en seguida; pero Klara declaró
impaciente, casi a voz en grito, que ya tendría tiempo para ello y que la
siguiese. Anduvieron un rato de aquí para allá, por el pasillo; finalmente
se le antojó a Karl que no tenía por qué obedecer a Klara en todo, se
desasió, pues, con cierta violencia y entró en el cuarto. La sorprendente
oscuridad que había delante de la ventana encontró su explicación en la
copa de un árbol que allí se mecía en todo su grandor. Oyóse un canto
de pájaro. En el cuarto mismo, a cuyo interior no llegaba todavía la luz
de la luna, no podía distinguirse casi nada, por cierto. Karl lamentó no
haber llevado la linterna eléctrica que su tío le había regalado. En
aquella casa una linterna de bolsillo era realmente indispensable; con
unas cuantas de esas linternas se hubiera podido permitir a los
sirvientes que se fueran a dormir. Sentóse en el alféizar y miró y
escuchó hacia afuera. Un pájaro incomodado parecía abrirse paso a
través del follaje del viejo árbol. El silbato de un tren suburbano
neoyorquino sonó en alguna parte, allá en la campiña. Todo lo demás
permanecía en silencio.
Mas no por mucho tiempo, pues Klara entró apresurada. Con manifiesto
enojo y golpeándose la falda exclamó:
–Pero, ¿qué significa esto?
Karl se propuso contestarle sólo cuando se mostrase más cortés. Pero
ella se le acercó a grandes pasos y exclamó:
–Decídase. ¿Quiere usted venir conmigo o no? –Y ya sea
intencionadamente, o ya sólo debido a su excitación, le dio un empujón
tan fuerte contra el pecho que él se habría precipitado de la ventana
afuera si no hubiese alcanzado el piso con los pies, deslizándose, en el
último momento, del alféizar.
–Por poco me caigo afuera –dijo en un tono lleno de reproche.
–Lástima que no haya sucedido. ¡Se conduce usted muy mal! Le voy a
empujar de nuevo.
Y realmente lo abrazó y lo llevó, con sus músculos acerados por el
deporte, casi hasta la ventana; pues él, en la consternación del primer
momento, había olvidado oponerse con todo su peso. Pero allí
reflexionó, se libró con un movimiento de caderas y la abrazó.
–¡Ay, me hace usted daño! –dijo ella al instante.
Pero entonces creyó Karl que ya no debía volver a soltarla. Si bien la
dejaba en libertad de moverse cuanto quería, seguía sus pasos sin
soltarla. ¡Era tan fácil, por otra parte, estrecharla así, con aquel vestido
tan ajustado que llevaba!
–Déjeme usted –susurró, y su cara encendida permanecía muy cerca de
la suya; debía él esforzarse si quería verla, tan cerca la tenía–. Déjeme
usted, le daré algo muy bonito.
«¿Por qué suspira tanto? –pensó Karl–; esto no puede dolerle ya que no
la aprieto», y seguía sin soltarla. Pero de repente, después de un
instante de permanecer callado y sin prestar atención, sintió de pronto
que las fuerzas de la muchacha crecían nuevamente contra su propio
cuerpo; ya se le había escurrido y ella cogiéndolo con un hábil
movimiento desde arriba, se defendió de sus piernas con posiciones de
los pies, empleando una extraña técnica de lucha; mientras respiraba
con gran regularidad, fue empujándolo delante de sí hacia la pared. Allí
había un diván; en aquel diván recostó a Karl y sin inclinarse
demasiado sobre él, dijo:
–Ahora muévete si puedes.
–Gata, gata rabiosa –fueron las únicas palabras que Karl acertó a
exclamar en aquel torbellino de rabia y vergüenza en que se
encontraba–. ¡Si estarás loca, gata rabiosa!
–Ten cuidado con lo que dices –dijo ella, y deslizando una de sus
manos por el cuello de él, comenzó a estrangularlo con tanta fuerza que
Karl se sintió totalmente incapaz de hacer otra cosa que jadear. Con la
otra mano acometía contra su mejilla, palpándola como a manera de
ensayo, retirando esa mano nuevamente al aire una y otra vez y cada
vez más lejos, pudiendo dejarla caer en cualquier instante con una
bofetada.
–¿Qué pasaría –preguntaba al mismo tiempo– si, como castigo por tu
conducta frente a una dama, te mandara yo a tu casa con una bonita
paliza? Puede que eso te sirviera para tu vida futura, aunque no fuese
un motivo de bellos recuerdos. Pero me das lástima; y eres un
muchacho soportablemente hermoso y, si hubieras aprendido el jiu–
jitsu, probablemente me habrías zurrado tú. Y, sin embargo, sin
embargo..., me tienta terriblemente eso de darte una bofetada, tal
como estás ahora acostado. Es probable que luego lo lamente; pero si
lo hiciese, bueno será que lo sepas desde ahora, lo haré casi contra mi
propia voluntad. Y en tal caso, naturalmente, no me contentaré con una
sola bofetada, sino que te las daré a derecha e izquierda, hasta que se
te hinchen las mejillas. Tal vez seas un hombre de honor –casi estoy
por creerlo– y no querrás seguir viviendo con las bofetadas, y te
eliminarás del mundo. ¿Pero por qué, por qué has estado contra mí de
tal manera? ¿Acaso no te gusto? ¿No vale la pena venir a mi cuarto?
¡Atención! Ahora casi te hubiera dado una bofetada sin querer. Pues si
hoy todavía te escapas sin más, la próxima vez pórtate con mejor
educación. Yo no soy tu tío, con el cual puedes ser obstinado. Por otra
parte quiero advertirte, eso sí, que no debes creer, en el caso de que te
suelte sin abofetearte, que tu situación presente y el ser abofeteado de
veras sean cosas equivalentes, desde el punto de vista del honor. Si tal
quisieras creer, preferiría yo con todo abofetearte realmente. ¿Qué dirá
Mack cuando le cuente todo esto?
Al recordar a Mack soltó a Karl, y en los pensamientos poco claros de
éste Mack surgió como un libertador. Sintió todavía durante unos
momentos más la mano de Klara en su cuello, siguió retorciéndose un
poco por lo tanto y luego se quedó quieto.
Ella lo invitó a que se levantara, mas él no respondió, ni se movió.
Encendió ella una vela en alguna parte, la habitación quedó alumbrada
y en el cielo raso apareció un dibujo de fantasía, azul, zigzagueante;
pero Karl, con la cabeza apoyada en el almohadón del sofá, yacía tal
como Klara lo había dejado y permanecía completamente inmóvil. Klara
anduvo por el cuarto, su falda crujía en torno a sus piernas, y luego se
detuvo un largo rato, seguramente junto a la ventana.
Al rato se la oyó preguntar:
–¿Se te pasó ya el enfado?
Resultábale muy penoso a Karl no poder encontrar tranquilidad alguna
en aquella habitación que el señor Pollunder le había destinado para
pasar la noche. Por ella ambulaba esa muchacha, se paraba y hablaba,
¡y él ya estaba tan harto, tan indeciblemente harto de ella! Dormir
pronto y luego irse de allí era su único deseo. Ya ni quería acostarse en
la cama; le bastaba con aquel diván. Sólo acechaba que ella se fuese,
para saltar a la puerta y echarle el cerrojo y arrojarse luego, de nuevo,
sobre el diván. ¡Tenía tal necesidad de estirarse y de bostezar!, pero
delante de Klara no quería hacerlo. Y se quedaba, pues, así acostado,
miraba fijamente hacia arriba, sentía cómo su rostro se tornaba cada
vez mas inmóvil, y una mosca que volaba en su derredor centelleaba
ante sus ojos, sin que él supiera a ciencia cierta qué era.
Klara se le acercó de nuevo, se inclinó buscando la dirección de sus
miradas y si él no se hubiese dormido habría tenido que mirarla.
–Me voy ahora –dijo ella–. Quizá más tarde tengas ganas de ir a
verme. La puerta que conduce a mis habitaciones es la cuarta a contar
de ésta y queda de este mismo lado del pasillo. Pasas, pues, por tres
puertas más y la que luego encuentres será la mía. Ya no bajaré a la
sala, me quedaré ahora en mi cuarto. Me has fatigado. No pienso
precisamente quedarme esperándote; pero si quieres ir puedes hacerlo.
Acuérdate de que has prometido tocar algo en el piano para mí. Pero
quizá yo te haya enervado y extenuado del todo y ya no puedas
moverte. Si es así quédate y duerme a tu gusto. A mi padre por el
momento, no le diré ni una palabra de nuestra riña; dejo constancia de
ello por si esto te preocupa.
Luego, frente a su aparente fatiga, abandonó el cuarto de prisa, en dos
saltos.
Inmediatamente se incorporó Karl y se quedó sentado; ese decúbito ya
se le había hecho insoportable. A fin de moverse un poco fue hasta la
puerta y echó una mirada al pasillo. ¡Qué tinieblas había allí! Bien
contento se sentía cuando después de haber cerrado la puerta
echándole la llave, se hallaba de nuevo ante su mesa, a la luz de la
bujía. Resolvió no quedarse por más tiempo en esa casa; bajaría para
ver al señor Pollunder y le diría francamente de qué manera lo había
tratado Klara –nada le importaba confesar su derrota– y con tal motivo,
seguramente suficiente, pediría permiso para marcharse a su casa, en
un vehículo o a pie.
Si el señor Pollunder tuviese que oponer algún reparo a ese regreso
inmediato, Karl al menos le rogaría que le hiciese acompañar por un
sirviente hasta el próximo hotel. De ese modo, tal como Karl lo
proyectaba, no se procedía generalmente con los amables huéspedes,
por cierto; pero era más raro aún que se procediese tal como Klara lo
había hecho con un visitante. Ella hasta había llegado a considerar que
era gentileza el prometer no decirle nada al señor Pollunder acerca de
la riña, pero esto ya era cosa de poner el grito en el cielo. ¿Acaso él
había sido invitado a una demostración de lucha romana, de manera
que podía resultar vergonzoso para él el haber sido echado por una
muchacha que seguramente se había pasado la mayor parte de su vida
aprendiendo tretas de lucha romana? Para colmo, quizá fuera Mack
quien le había enseñado. Que se lo contara todo, pues; ése
seguramente sería comprensivo, esto Karl lo sabía, aunque jamás había
tenido oportunidad de comprobarlo prácticamente. Mas Karl sabía
también que si Mack le enseñase a él, sus progresos serían mucho
mayores aún que los de Klara; entonces algún día volvería allí, muy
probablemente sin ser invitado, examinaría primero el lugar, claro está,
el lugar cuyo conocimiento exacto había sido una gran ventaja para
Klara, tomaría luego a esa misma Klara y batiendo con ella ese diván,
sobre el cual ella lo había arrojado hoy, sacudiría el polvo.
Entonces sólo se trataba de encontrar el camino de regreso a la sala,
donde por otra parte, seguramente por causa de su primera distracción,
había dejado su sombrero en algún sitio inconveniente. Por cierto que
llevaría con él la vela, pero ni aún así, con luz, sería fácil orientarse. Por
ejemplo, ni siquiera sabía si su cuarto estaba situado en la misma
planta que la sala. Mientras venían, Klara lo había arrastrado
constantemente, tanto que ni había podido volverse. El señor Green y
los sirvientes portadores de candelabros también le habían dado que
pensar; en pocas palabras, ahora, efectivamente, ni siquiera sabía si
habían pasado por una o por dos o por ninguna escalera. A juzgar por
la vista que ofrecía, su aposento estaba situado bastante alto y Karl,
por lo tanto, trataba de imaginar que habían recorrido escaleras, mas
ya para llegar a la puerta principal de la casa había sido necesario subir
escaleras y además, ¿por qué no había de ser más elevado este frente
de la casa?
¡Pero si al menos, en alguna parte del pasillo, se hubiera podido
vislumbrar la menor claridad que saliese de alguna puerta, o si se
hubiera oído, por apagada que fuese, una voz lejana!
Su reloj de bolsillo, un regalo de su tío, señalaba las once; cogió la vela
y salió al pasillo. Dejó abierta la puerta para poder al menos volver a
encontrar su cuarto en el caso de resultar vana su búsqueda y luego,
en caso de extrema necesidad, la puerta del cuarto de Klara. Para
mayor seguridad apoyó una silla contra la puerta, a fin de que no se
cerrase por sí sola.
En el pasillo surgió el inconveniente de que en dirección a Karl –
naturalmente se dirigió hacia la izquierda alejándose de la puerta de
Klara– soplaba una corriente de aire que, aunque muy débil, hubiera
podido apagar la vela fácilmente, de manera que Karl tuvo que proteger
la llama con la mano deteniéndose además a menudo para que se
recobrara la llama sofocada. Avanzaba lentamente, por lo que el
camino le pareció doblemente largo. Karl había pasado ya por largos
trechos de paredes que carecían totalmente de puertas; no podía uno
imaginarse qué había tras ellas. Luego, sucedíanse las puertas unas
tras otras; trató de abrir varias, pero estaban cerradas y por lo visto
deshabitados los cuartos. Aquello era un despilfarro sin par del espacio,
y Karl pensó en los alojamientos del este neoyorquino que el tío
prometió mostrarle, y donde en una pequeña habitación, según se
decía, moraban varias familias y donde el rincón de un cuarto constituía
el hogar de una familia, rincón en el cual los niños se agrupaban en
torno de sus padres. Y aquí había, en cambio, tantos cuartos que
permanecían desocupados y sólo servían para sonar a hueco cuando se
golpeaban sus puertas.
El señor Pollunder le pareció a Karl un hombre desviado, descaminado
por falsos amigos, loco por su hija y echado a perder por ello. Sin duda
el tío lo juzgaba como correspondía, y sólo su principio de no influir
sobre el criterio que Karl se formaba de la gente era culpable de aquella
visita, de aquellas andanzas por los pasillos. Esto Karl se lo diría al día
siguiente a su tío, sin más, pues de acuerdo con sus principios el tío
escucharía también el juicio del sobrino sobre él mismo, gustosa y
tranquilamente. Por otra parte, ese principio era quizá lo único que a
Karl le disgustaba en su tío, y ni aun ese desagrado era absoluto.
Súbitamente terminó una de las paredes del pasillo y vino a ocupar su
lugar una balaustrada de mármol, fría como el hielo. Colocó Karl la vela
a su lado y se asomó cautelosamente. Una ráfaga de oscura vacuidad
sopló a su encuentro. Si aquello era el salón principal de la casa –a la
luz de la bujía apareció un trozo de abovedado cielo raso–, ¿por qué
entonces no habían entrado ellos por este salón o vestíbulo? ¿Para qué,
sí, para qué podía servir aquel recinto grande y profundo? Uno se
encontraba allí arriba como en la galería de una iglesia. Casi lamentaba
Karl no poder quedarse hasta el día siguiente; le hubiera gustado
hacerse conducir a todas partes por el señor Pollunder y que le
ilustraran acerca de todas las cosas.
Por lo demás, no era muy larga la balaustrada y pronto fue acogido Karl
de nuevo por el pasillo cerrado. En un recodo repentino del pasillo dio
Karl con todo su cuerpo contra el muro y sólo el cuidado ininterrumpido
con que la sostenía salvó la vela, felizmente, de caer o de apagarse.
Puesto que el pasillo no acababa nunca, que en ninguna parte se veía
una ventana que permitiese una mirada al exterior, que nada se movía
ni en lo alto ni en lo bajo, llegó a pensar Karl que se hallaba girando
continuamente en un mismo pasillo circular y esperó encontrar, acaso,
la puerta abierta de su cuarto; pero no volvió a encontrar ni ésta ni la
balaustrada. Hasta entonces Karl se había abstenido de llamar en voz
alta, pues no quería provocar un alboroto en casa ajena y a hora tan
avanzada. Pero finalmente comprendió que no sería del todo
injustificado hacerlo, en aquella casa exenta de alumbrado, y
precisamente se disponía a gritar hacia ambos lados del pasillo un
retumbante «¡hola!» cuando al mirar hacia atrás, divisó una lucecilla
que se aproximaba. Sólo entonces pudo estimar la longitud de aquel
pasillo rectilíneo; la mansión era una fortaleza, no una quinta. Tan
grande fue la alegría de Karl con motivo de aquella luz salvadora que,
olvidando toda precaución corrió hacia ella; al dar los primeros saltos
ya se apagó su vela. Pero él no le dio importancia: venía a su encuentro
un viejo sirviente con un farol y éste ya le indicaría el buen camino.
–¿Quién es usted? –preguntó el sirviente acercando el farol a la cara de
Karl e iluminando así al mismo tiempo la suya propia. Su rostro
apareció un poco rígido por estar encuadrado en una barba cerrada,
grande y blanca, que le llegaba en sedosos rizos hasta el pecho.
«Leal sirviente ha de ser éste ya que se le permite gastar semejante
barba», pensó Karl contemplándola fijamente en toda su extensión y
sin sentirse molesto por el hecho de que él mismo fuese observado. Por
lo demás respondió en seguida que él era huésped del señor Pollunder,
que deseaba ir de su cuarto al comedor y que no podía encontrarlo.
–¡Ah, sí! –dijo el sirviente–, todavía no hemos instalado la luz eléctrica.
–Lo sé –dijo Karl.
–¿No quiere usted encender su vela en mi farol? –preguntó el sirviente.
–Por cierto –dijo Karl haciéndolo.
–Hay tantas corrientes de aire aquí en los pasillos –dijo el sirviente–; la
vela se apaga fácilmente, por eso llevo yo un farol.
–Sí, un farol resulta mucho más práctico –dijo Karl.
–Claro, ya está usted completamente salpicado por el sebo de la vela –
dijo el sirviente recorriendo con la luz de la bujía el traje de Karl.
–¡Pues no lo había notado! –exclamó Karl, y lo lamentó mucho, ya que
se trataba de un traje negro del que su tío había dicho que le quedaba
mejor que ninguno. Tampoco –acordóse entonces– le habría
aprovechado al traje aquella riña con Klara.
El sirviente fue bastante amable y se puso a limpiar el traje en cuanto
esto era posible, es decir, a la ligera; Karl giraba delante de él, una y
otra y otra vez, mostrándole, aquí o allá, alguna mancha más que el
sirviente quitaba obedientemente.
–¿Por qué, en realidad, hay aquí tantas corrientes de aire? –preguntó
Karl una vez que siguieron andando.
–Porque todavía queda aquí mucho por edificar –dijo el sirviente–; por
cierto se ha comenzado ya con los trabajos de reconstrucción, pero esto
marcha muy lentamente. Ahora para colmo están en huelga los obreros
de la construcción, como usted tal vez sepa. Muchos disgustos causa
una obra semejante. Ahora se han abierto por ahí algunas brechas
grandes que nadie cierra y la corriente de aire atraviesa toda la casa. Si
yo no tuviera los oídos tapados con algodón, no podría subsistir.
–¿Entonces, seguramente, debo hablar más alto? –preguntó Karl.
–No, tiene usted voz clara –dijo el sirviente–. Pero volviendo a esta
obra de construcción: especialmente aquí, en las proximidades de la
capilla, que más tarde deberá ser separada sin falta del resto de la
casa, la corriente de aire es insoportable.
–La balaustrada por la que se llega a este pasillo da, por lo tanto, a una
capilla.
–Sí.
–Ya me lo imaginaba yo –dijo Karl.
–Es una verdadera singularidad –dijo el sirviente–; si no hubiese sido
por ella, el señor Mack seguramente no habría comprado la casa.
–¿El señor Mack? –preguntó Karl–. Yo creía que la casa pertenecía al
señor Pollunder.
–Ciertamente –dijo el sirviente–, pero el señor Mack ha dicho la
palabra decisiva en esta compra. ¿No conoce usted al señor Mack?
–¡Oh, sí! –dijo Karl–, ¿pero en qué relación está él con el señor
Pollunder?
–Es el novio de la señorita –dijo el sirviente.
–Esto por cierto no lo sabía –dijo Karl, y se detuvo.
–¿Y le asombra tanto? –preguntó el sirviente.
–No; sólo quiero enterarme. Si ignora uno tales relaciones, puede
cometer las mayores faltas –respondió Karl.
–Pues me extraña que no le hayan dicho a usted nada de esto –dijo el
sirviente
–Sí, realmente –dijo Karl; avergonzado.
–Habrán creído sin duda que usted ya lo sabía –dijo el sirviente–,
puesto que no es ninguna novedad. Por lo demás, ya hemos llegado. –
diciendo esto abrió una puerta tras la cual apareció una escalera que
conducía verticalmente hacia la puerta trasera del comedor, tan
espléndidamente iluminado como en el momento de su llegada.
Antes de que Karl entrara en el comedor, desde el cual se oían las
voces de los señores Pollunder y Green exactamente como hacía ya dos
horas, dijo el sirviente:
–Si quiere usted, le esperaré aquí y le llevaré luego hasta su habitación.
De todas maneras no es nada fácil orientarse en esta casa en la
primera noche.
–No he de volver a mi cuarto –dijo Karl; sin saber por qué se ponía
triste al dar esta información.
–Bueno, no será tan grave –dijo el sirviente sonriendo con leve
superioridad y dándole palmadas en el brazo. Seguramente se
explicaba él las palabras de Karl creyendo que éste abrigaba la
intención de quedarse durante la noche entera en el comedor,
conversando con los señores y bebiendo con ellos. Karl no quería hacer
confidencias en aquel momento; además pensó que ese sirviente, que
le gustaba más que los otros de la casa, podría indicarle luego el
camino y el rumbo que debía tomar para Nueva York, y por eso dijo:
–Si quiere usted esperar aquí, será naturalmente muy amable por su
parte y lo acepto con gratitud. De todas maneras volveré a salir dentro
de breves momentos y luego le diré lo que pienso hacer. Creo que
realmente aún me hará falta su ayuda.
–Bien –dijo el sirviente, colocó el farol en el suelo y se sentó sobre un
pedestal bajo que nada tenía encima, cosa que probablemente se
relacionaba también con la reconstrucción de la casa–. Entonces
esperaré aquí. La vela puede usted dejármela, si le parece –agregó
todavía el sirviente al ver que Karl se disponía a entrar en la sala con la
vela encendida.
–Qué distraído soy –dijo Karl alcanzándole la vela al sirviente; éste no
hizo más que asentir con un movimiento de cabeza, sin que se supiera
a las claras si lo hacía intencionadamente o si sólo causaba ese efecto
porque estaba acariciándose la barba con la mano.
Karl abrió la puerta, que chirrió fuertemente, mas no por su culpa, pues
estaba formada de una sola pieza de vidrio que casi se doblaba si
alguien abría la puerta con rapidez sosteniéndola sólo por el picaporte.
Karl soltó la puerta asustado, pues él había querido entrar,
precisamente, en medio del mayor silencio. Ya no quería volverse atrás
y aún tuvo tiempo de advertir cómo tras él, el sirviente, que por lo visto
había descendido de su pedestal, cerraba la puerta cautelosamente y
sin el menor ruido.
–Perdonen ustedes que les moleste –dijo dirigiéndose a los dos
señores, quienes lo miraron con sus rostros grandes, asombrados. Mas
al mismo tiempo abarcó la sala al vuelo de una mirada, para ver si
podía encontrar pronto, en alguna parte, su sombrero. Pero éste no
estaba visible en parte alguna, la mesa del comedor se veía totalmente
desocupada; quién sabe si el sombrero no había sido llevado de alguna
manera –cosa bien desagradable– a la cocina.
–¿Pero dónde ha dejado usted a Klara? –preguntó el señor Pollunder, a
quien por otra parte no parecía desagradar la interrupción, pues en
seguida cambió de posición en su butaca, dando ahora a Karl todo su
frente.
El señor Green se hizo el desentendido, extrajo una cartera de bolsillo
que era un monstruo de su especie en cuanto a tamaño y grosor y
pareció buscar una pieza determinada en sus muchas subdivisiones;
pero mientras buscaba leía también otros papeles que, en ese
momento, caían en sus manos.
–Deseo pedirle un favor y no quisiera que lo interpretase usted mal –
dijo Karl aproximándose presuroso al señor Pollunder y posando la
mano, para estar bien cerca de él, sobre el brazo del sillón.
–¿Y cuál es el favor que quiere usted pedirme? –preguntó el señor
Pollunder dirigiendo a Karl una mirada franca, exenta de recelo–. Claro
que está concedido desde ahora. –Y rodeando a Karl con un brazo lo
atrajo hacia sí, colocándolo entre sus piernas.
Karl lo toleró de buen grado, a pesar de que, en general, se
consideraba excesivamente adulto para semejante tratamiento. Pero así
resultaba naturalmente más difícil pronunciar su ruego.
–Y bien, ¿le gusta a usted estar con nosotros? –preguntó el señor
Pollunder–. ¿No le parece a usted también que se siente uno, por así
decirlo, libertado, aquí, en el campo, al llegar de la ciudad? Por lo
general –y una mirada de reojo imposible de ser interpretada
erróneamente, medio ocultada por el cuerpo de Karl, fue lanzada hacia
el señor Green–, por lo general vuelvo a tener esta sensación
nuevamente cada noche.
«Habla –pensó Karl– como si nada supiera de esta casa grande, de los
pasillos interminables, de la capilla, de los aposentos vacíos, de esas
tinieblas que hay por todas partes.»
–Y bien –dijo el señor Pollunder–, ¡venga esa petición! –Sacudió a Karl
amistosamente; pero éste permanecía mudo.
–Le ruego –dijo Karl y por más que bajara la voz resultaba inevitable
que aquel señor Green, sentado al lado, lo escuchase todo (y a Karl le
hubiera gustado tanto callar ante él aquella petición que, posiblemente,
podía interpretarse como una ofensa a Pollunder)–, le ruego que me
permita usted regresar a mi casa ahora mismo, durante la noche.
Y puesto que lo más grave ya estaba dicho, todo lo demás se agolpaba
por salir cuanto antes; sin recurrir a la menor mentira, dijo cosas en las
cuales realmente ni había pensado antes.
–Me gustaría, por lo que más quiero en el mundo, regresar a mi casa.
Volveré aquí gustosamente, pues allí donde está usted, señor Pollunder,
estoy a gusto también yo. Sólo que hoy no puedo quedarme. Ya lo sabe
usted, mi tío no me dio de buen grado el permiso para esta visita. Sin
duda ha tenido para ello sus buenos motivos como para todo lo que él
hace y yo me he atrevido, oponiéndome a su mejor entendimiento, a
forzarle, de hecho, a que me conceda el permiso. He abusado, ni más
ni menos, de su amor hacia mí. No viene al caso ahora qué reparos
puede haber tenido contra esta visita; yo sólo sé, con certeza absoluta,
que nada había en esos reparos que pudiera ofenderle a usted, señor
Pollunder, a usted que es el mejor amigo de mi tío, el mejor de los
mejores. Ninguno puede compararse con usted, ni remotamente, en lo
relativo a la amistad que le profesa mi tío. Esto es en verdad la única
excusa para mi desobediencia, pero no es excusa suficiente. Puede ser
que usted no tenga conocimiento exacto de la relación que media entre
mi tío y yo; por lo tanto quiero hablar sólo de lo más evidente y
comprensible. En tanto que mis estudios de inglés no hayan concluido y
que yo no haya adquirido conocimientos suficientes del comercio
práctico dependo enteramente de la bondad de mi tío, de la que, por
cierto, puedo disfrutar como pariente consanguíneo. No debe usted
creer que ya ahora podría yo, de alguna manera, ganarme el pan de un
modo decente... y de cualquier otra cosa líbreme Dios. Es lamentable:
mi educación ha sido muy poco práctica en ese sentido. He cursado
como alumno mediocre cuatro años de un colegio secundario europeo;
y esto para ganar dinero, significa mucho menos que nada, pues
nuestros colegios secundarios o gymnasium son muy retrógrados en
cuanto a su plan de enseñanza. Se reiría usted si yo le contara lo que
he estudiado. Si uno sigue estudiando, si termina el gymnasium e
ingresa en la Universidad, seguramente se equilibra todo eso de algún
modo y al cabo tiene uno su cultura ordenada, que sirve para algo y
que confiere el aplomo necesario para ganar dinero. Pero yo he sido
lamentablemente arrancado de la integridad de esos estudios; a veces
creo que no sé nada, y finalmente, por lo demás, todo lo que yo podría
saber sería poco para los norteamericanos. Ahora, desde hace poco, se
instala de vez en cuando en mi país algún gymnasium reformado,
donde se estudian también lenguas modernas y acaso las ciencias
económicas; cuando yo dejé el colegio primario, esto no existía todavía.
Cierto es que mi padre deseaba que yo tomara lecciones de inglés;
pero, en primer término, yo no podía sospechar entonces ni
remotamente la desgracia que caería sobre mí y hasta qué punto
necesitaría yo el inglés; y en segundo lugar tenía mucho que estudiar
para el gymnasium, de manera que no me quedaba mucho tiempo para
otras ocupaciones. Menciono todo esto para demostrarle hasta qué
punto dependo de mi tío y cuánta gratitud le debo, por consiguiente.
Usted admitirá sin duda que en tales circunstancias no debo yo
permitirme hacer absolutamente nada contra su voluntad, aun en el
caso en que sólo presintiera yo que algo lo contrariara. Y por eso, para
enmendar aunque sólo fuese a medias la falta que he cometido con él,
debo marcharme en seguida a mi casa.
Durante ese largo discurso escuchó el señor Pollunder atentamente y a
menudo, en especial cuando era mencionado el tío, estrechó a Karl, si
bien en forma imperceptible, y algunas veces miró con seriedad y como
lleno de expectación hacia Green, el cual seguía ocupándose de su
billetera. Y Karl, con la mayor claridad que cobraba durante su discurso
la conciencia de su posición frente a su tío, se ponía cada vez más
intranquilo e involuntariamente intentaba librarse del brazo de
Pollunder. Todo allí lo aprisionaba; el camino hacia su tío, a través de la
puerta de cristal, por la escalera, por la avenida de árboles, y por las
carreteras a través de los suburbios, hasta la gran arteria que
desembocaba en la casa de su tío, aparecía ante él como algo
rigurosamente unido que estaba preparado para él, vacío y liso, y lo
llamaba con voz potente. Confundíanse vagamente la bondad del señor
Pollunder y la asquerosidad del señor Green, y de ese cuarto lleno de
humo ya no quería para sí sino el permiso de despedirse. Si bien se
sentía acabado frente al señor Pollunder, frente al señor Green estaba
dispuesto a luchar. Lo llenaba, sin embargo, en derredor un miedo
indefinido, cuyos accesos le enturbiaban los ojos.
Retrocedió un paso y quedó a igual distancia del señor Pollunder y del
señor Green.
–¿No quería usted decirle algo? –preguntó el señor Pollunder al señor
Green, y tomó la mano de éste como rogándole.
–No sé qué podría yo decirle –dijo el señor Green, que finalmente
había extraído de su billetera una carta que colocó delante de sí sobre
la mesa.
–Es sumamente loable que quiera volver al lado de su tío y, de acuerdo
con toda previsión humana, habría que creer que le causaría con ello
una gran alegría. A no ser que su tío ya se hubiera enojado con exceso
por su desobediencia, cosa que también es posible. Entonces
ciertamente, sería mejor que se quedara. No es, pues, fácil decir nada
cierto y definido. Aunque los dos somos amigos de su tío y costaría un
gran esfuerzo descubrir diferencias de grado entre la amistad mía y la
del señor Pollunder, nada podemos ver de lo que sucede en el corazón
de su tío, y mucho menos aún a través de los muchos kilómetros que
ahora nos separan de Nueva York.
–Por favor, señor Green –dijo Karl acercándose a él y venciendo así
sus impulsos más íntimos–, según me parece, se desprende de sus
palabras que también usted considera que lo mejor para mí sería volver
inmediatamente.
–No he dicho tal cosa, de ninguna manera –repuso el señor Green
abismándose en la contemplación de la carta cuyos márgenes recorría
con los dedos, de un lado para otro. Parecía querer insinuar así que él
había sido preguntado por el señor Pollunder y que a éste le había
contestado, mientras que nada tenía que ver en realidad con Karl.
Entretanto el señor Pollunder se había aproximado a Karl, y alejándolo
suavemente del señor Green lo llevó hasta una de las grandes
ventanas.
–Querido señor Rossmann –dijo inclinándose al oído de Karl y, como
para apercibirse, enjugóse la cara con el pañuelo y, deteniéndose en la
nariz, se sonó–, no vaya usted a creer que yo quiero retenerlo aquí
contra su voluntad. Ni que pensarlo. Eso sí, no puedo poner a su
disposición el automóvil, pues está guardado en un garaje público ya
que todavía no he tenido tiempo de instalar uno propio aquí, donde
todo está formándose todavía. El chofer por su parte no duerme en esta
casa, sino cerca del garaje, realmente ni yo mismo sé dónde. Por otra
parte ni siquiera es su deber estar ahora en su casa; su deber es sólo
presentarse aquí a tiempo, por la mañana temprano, con el coche; pero
todo esto no sería obstáculo para su regreso inmediato, pues si usted
se empeña en ello, le acompañaré en seguida hasta la próxima estación
del tren suburbano, que por cierto queda tan lejos que usted no ha de
llegar a su casa mucho antes que si mañana temprano –puesto que a
las siete ya partimos– viene usted conmigo en mi automóvil.
–Entonces, señor Pollunder, yo preferiría, sin embargo, irme en el tren
suburbano –dijo Karl–. Ni siquiera se me había ocurrido pensar en el
tren suburbano. Usted mismo afirma que llegaré antes con él que por la
mañana con el automóvil.
–Pero es sólo una diferencia pequeñísima.
–No obstante, no obstante, señor Pollunder –dijo Karl–. En recuerdo de
su amabilidad vendré a visitarlo siempre, con mucho gusto, en el
supuesto caso, naturalmente, de que usted, a pesar de mi conducta de
hoy, aún quiera invitarme; y quizá la próxima vez pueda yo expresarle
mejor por qué es hoy tan importante para mí cada minuto en que
pueda yo adelantar esa entrevista con mi tío. –Y como si ya hubiera
recibido el permiso de partir añadió:– Pero usted no debe
acompañarme, de ninguna manera. Es por lo demás absolutamente
innecesario. Allá afuera espera un sirviente que con gusto me
acompañará hasta la estación. Sólo me falta ahora encontrar mi
sombrero. –Y al decir las últimas palabras ya atravesaba el cuarto,
apresurado, en una última tentativa de encontrar su sombrero a pesar
de todo.
–¿No podría yo facilitarle una gorra? –dijo el señor Green sacando una
del bolsillo–. Tal vez casualmente le quede bien.
Karl se detuvo consternado y dijo:
–No voy a quitarle yo su gorra. Además puedo marcharme
perfectamente con la cabeza descubierta. No necesito nada.
–Esta gorra no es mía. ¡Tómela usted!
–Bueno, pues, se lo agradezco –dijo Karl para no entretenerse y tomó
la gorra.
Se la puso y al pronto se echó a reír, pues era perfectamente de su
medida; la tomó de nuevo entre sus manos y la contempló: buscaba en
ella alguna cosa especial mas no pudo descubrirla; era una gorra
completamente nueva.
–¡Qué bien me va! –dijo.
–Ya lo ve usted, ¡le va bien! –exclamó el señor Green golpeando sobre
la mesa.
Karl ya se dirigía a la puerta en busca del sirviente, cuando se levantó
el señor Green y, estirándose después de la cena abundante y del largo
descanso, se dio unos puñetazos en el pecho y en un tono entre
consejo y orden dijo:
–Antes de marcharse, debe usted despedirse de la señorita Klara.
–Sí, tiene usted que hacerlo –dijo también el señor Pollunder que
asimismo se había levantado. Pero por el tono de sus palabras se
advertía claramente que no le salían del corazón; dejaba caer las
manos y éstas golpeaban levemente contra la costura de su pantalón, y
abotonaba y desabotonaba una y otra vez su chaqueta que, de acuerdo
con la moda del momento, era muy corta y le llegaba apenas hasta las
caderas, cosa que no convenía al vestir de personas tan gruesas como
el señor Pollunder. Por otra parte, cuando se le veía, como en aquel
momento, junto al señor Green, se tenía la clara impresión de que en el
caso del señor Pollunder no se trataba de una corpulencia sana; la
espalda estaba un poco encorvada en toda su mole, el vientre tenía
aspecto blando e inconsistente, era una verdadera carga, y la cara se
presentaba pálida y acongojada. En cambio allí estaba el señor Green,
quizá un poco más grueso todavía que el señor Pollunder, pero ésta ya
era una gordura proporcionada, conexa, que se sostenía en equilibrio;
los pies permanecían juntos, en actitud militar, y llevaba la cabeza
erguida y oscilante; parecía un gran gimnasta, un instructor de
gimnastas.
–Vaya usted, pues, primero –insistió el señor Green– a ver a la señorita
Klara. Esto seguramente le causará a usted placer y además encaja
perfectamente en mi horario. Pues, en efecto, antes de irse usted de
aquí tengo que decirle algo, algo por cierto interesante, algo que
probablemente podrá ser decisivo también en cuanto a su regreso se
refiere. Sólo que, por desgracia, una orden superior me obliga a no
revelarle nada antes de la medianoche. Puede usted imaginarse que yo
mismo lo siento, ya que esto perturba mi descanso nocturno, pero
cumplo así mi encargo. Ahora son las once y cuarto, por lo tanto podré
concluir todavía mis conversaciones comerciales con el señor Pollunder,
para lo cual su presencia sólo complicaría, y usted podrá pasar un buen
ratito todavía junto a la señorita Klara. Luego, a las doce en punto
preséntese usted aquí, y se enterará de lo necesario.
¿Acaso podía Karl rechazar semejante invitación que realmente exigía
de él sólo un mínimo de cortesía y gratitud para con el señor Pollunder
y que, por otra parte, le formulaba un hombre bastante bruto que no
tomaba parte en el asunto, mientras que el señor Pollunder, a quien el
asunto tocaba de cerca, se quedaba lo más reservado posible, tanto de
palabras como de miradas? ¿Y qué sería aquella cosa interesante de la
cual él podía enterarse sólo a medianoche? Si el asunto no iba a
apresurar luego su regreso, al menos en esos tres cuartos de hora en
que ya lo retrasaba, bien poco podía interesarle. Pero su duda mayor
consistía en si podía él ir a ver a Klara, que era en verdad su enemigo.
¡Si al menos llevara consigo aquel puño de hierro que su tío le regaló
como pisapapeles! El cuarto de Klara bien podía resultar una cueva
bastante peligrosa. Pero ya era imposible del todo en aquel lugar decir
la menor cosa contra Klara, puesto que era la hija de Pollunder y para
colmo, según acababa de enterarse, la novia de Mack. Si ella sólo se
hubiera conducido con él de otro modo, aunque la diferencia hubiera
sido pequeñísima, gracias a sus relaciones la habría admirado
francamente. Aún estaba reflexionando sobre todo esto cuando se dio
cuenta de que no se le pedían reflexiones, pues Green abrió la puerta y,
dirigiéndose al sirviente que saltó del pedestal, dijo:
–Conduzca usted a este joven hasta la señorita Klara.
«Esto sí que se llama ejecutar órdenes», pensó Karl al ver cómo lo
arrastraba el sirviente a la habitación de Klara por un camino
singularmente corto, casi corriendo, jadeante en su debilidad senil.
Al pasar por su cuarto, cuya puerta aún se hallaba abierta, quiso entrar
un instante, tal vez para tranquilizarse un poco. Pero el sirviente no lo
consintió.
–No –dijo–, usted debe ir a ver a la señorita Klara. Lo ha oído usted
mismo.
–Me quedaría sólo un momento ahí dentro –dijo Karl, y pensó echarse
un rato en el sofá para lograr mayor variedad de situaciones y a fin de
que el tiempo que faltaba para medianoche transcurriese así más
rápidamente.
–No dificulte usted la ejecución de mi cometido –dijo el sirviente.
«Éste parece considerar que es un castigo el que yo tenga que ir a ver
a la señorita Klara», pensó Karl y dio unos pasos; pero luego se detuvo
nuevamente, por pura terquedad.
–Pero venga usted, señorito –dijo el sirviente–, ya que está usted aquí.
Yo sé que quería usted marcharse esta misma noche, pero no todo
sucede de acuerdo con los deseos de uno; ya decía yo que esto
seguramente no sería posible.
–Sí, señor, quiero marcharme y me marcharé –dijo Karl–; y ahora voy
a despedirme de la señorita Klara, y nada más.
–¡Ah, ¿sí? –dijo el sirviente, y bien podía notar Karl en su semblante
que no creía nada de esto–. ¿Por qué, entonces, vacila usted en
despedirse? Venga, pues.
–¿Quién anda por el pasillo? –resonó la voz de Klara, y se la vio
asomarse por una puerta próxima sosteniendo en la mano una gran
lámpara de mesa, de pantalla roja.
El sirviente se le acercó presuroso y presentó su informe. Karl lo siguió
lentamente.
–Llega usted tarde –dijo Klara.
Sin contestarle por lo pronto, dijo Karl al sirviente en voz baja pero,
ahora que ya conocía su carácter, adoptando el tono de una orden
severa:
–¡Usted me esperará pegado a esta puerta!
–Ya estaba para acostarme –dijo Klara colocando la lámpara sobre la
mesa.
Exactamente como allá abajo en el comedor, también aquí el sirviente
cerró con gran cautela la puerta desde fuera.
–Pues ya son las once y media pasadas.
–¿Las once y media pasadas? –repitió Karl en un tono interrogante,
como asustado por esas cifras–. Pero entonces debo despedirme en
seguida –dijo Karl–, pues a las doce en punto debo encontrarme abajo,
en el salón comedor.
–¡Qué negocios urgentes tiene usted! –dijo Klara arreglándose
distraída los pliegues de su bata de noche, que llevaba muy suelta. Le
ardía la cara y sonreía sin cesar. Karl creyó reconocer que ya no había
peligro alguno de trabarse en lucha nuevamente con Klara–. ¿No podría
usted, con todo, tocar todavía algo en el piano, aunque fuese muy poca
cosa, tal como ayer me lo prometió papá y hoy usted mismo?
–¿Pero no es demasiado tarde ya? –preguntó Karl.
Mucho le hubiese agradado complacerla, pues era muy distinta en ese
momento, como si de alguna manera se hubiese elevado hasta las
esferas de Pollunder y, más allá aún, hasta las de Mack.
–Sí, ciertamente ya es tarde –dijo, y parecía que ya habían
desaparecido sus ganas de escuchar música–. Además aquí cada sonido
resuena en la casa entera; estoy convencida de que si toca usted se
despertará hasta la servidumbre que duerme allá arriba, en el desván.
–Pues entonces no tocaré. Además espero con seguridad volver; y por
otra parte, si no es demasiada molestia, visite usted alguna vez a mi tío
y en tal oportunidad venga por un momento también a mi habitación.
Tengo un piano magnífico. Me lo ha regalado mi tío. Y entonces tocaré,
si usted lo desea, todas las piezas que sé; no son muchas por
desgracia, ni le cuadran a un instrumento tan grande, en el cual sólo
virtuosos deberían de hacerse oír. Pero también este placer podrá usted
tenerlo si me comunica con anticipación su visita, pues mi tío quiere
contratar próximamente para mí a un maestro famoso –ya se imaginará
usted cuánto me alegro por tal motivo–, y la ejecución de éste
ciertamente valdrá la pena y usted podrá escucharla si viene a
visitarme durante la clase. Si debo ser sincero, estoy realmente
contento de que ya sea tarde para tocar, pues todavía no sé nada.
Usted se asombraría de cuán poco sé. Y ahora permítame que me
despida, al fin y al cabo ya es hora de dormir. –Y ya que Klara lo
miraba bondadosamente y no parecía guardarle rencor alguno por la
riña, añadió sonriendo mientras le tendía la mano–: En mi patria suele
decirse: «Duerme bien y sueña dulcemente».
–Espere usted –dijo ella sin tomar su mano–, quizá debería usted
tocar, sin embargo. –Y desapareció a través de una pequeña puerta
lateral junto a la cual estaba el piano.
«Pero, ¿qué pasa aquí? –pensó Karl–. No puedo esperar mucho tiempo
por más amable que ella sea.»
Llamaron a la puerta del pasillo, y el sirviente, sin atreverse a abrir del
todo, susurró a través de una pequeña rendija:
–Perdone usted; acabo de recibir orden de regresar y no puedo seguir
esperando.
–Vaya usted, entonces –dijo Karl, quien ahora se animaba a encontrar
solo el camino hasta el comedor–. Déjeme usted solamente el farol
delante de la puerta. Y, a propósito, ¿qué hora es?
–Faltan pocos minutos para las doce menos cuarto –dijo el sirviente.
–Qué despacio pasa el tiempo –dijo Karl.
El sirviente se disponía ya a cerrar la puerta cuando Karl se acordó de
que aún no le había dado la propina; sacó, pues, una moneda de plata
del bolsillo de su pantalón –ahora llevaba siempre las monedas, según
la costumbre americana, sueltas y sonantes en el bolsillo del pantalón;
en cambio guardaba los billetes en el bolsillo del chaleco– y se la dio
con estas palabras al sirviente:
–Por sus buenos servicios.
Klara ya había vuelto a entrar, con las manos sobre su peinado bien
firme, cuando se le ocurrió a Karl que con todo no debía haber dejado
marchar al sirviente; ¿quién lo conduciría a la estación del tren
suburbano? Pero en este caso el señor Pollunder ya pondría a su
disposición a algún otro sirviente; y quizá, por otra parte, el que lo
acompañó sólo había sido llamado al comedor y luego quedaría
disponible.
–Bueno, a pesar de todo le ruego que toque un poco. Tan rara vez
oímos música aquí que no quiero dejar escapar ninguna oportunidad de
escucharla.
–Pues entonces, ahora mismo –dijo Karl, y sin reflexionar más se sentó
inmediatamente al piano.
–¿Desea usted algún cuaderno de música? –preguntó Klara.
–Gracias; si ni siquiera sé leer las notas correctamente –respondió Karl;
y ya estaba tocando.
Era una cancioncilla que, como bien sabía Karl, debía haberse tocado
con cierta lentitud para que resultara con algún sentido, si los que la
escuchaban eran extraños; pero él la despachó frangollándola en el
peor de los tiempos de marcha. Cuando hubo terminado, el silencio
perturbado de la casa volvió a ocupar su sitio, como presa de un gran
hacinamiento. Y ellos permanecieron sentados, como cohibidos, sin
moverse.
–Muy bonito –dijo Klara, pero no había fórmula de cortesía capaz de
halagar a Karl después de semejante ejecución.
–¿Qué hora es? –preguntó.
–Las doce menos cuarto.
–Entonces todavía me queda un ratito –dijo, y para sus adentros
pensaba: «O una cosa u otra. No es necesario que yo toque las diez
canciones, todas las que sé; pero una de ellas puedo tocarla bien,
dentro de mis posibilidades.»
Dio comienzo a su amada canción soldadesca con tal lentitud que la
ansiedad repentinamente despertada del oyente se estiraba hacia la
nota próxima, que Karl retenía y sólo a duras penas soltaba. Porque, en
efecto, para cada canción tenía que ir primero buscando las teclas
necesarias con los ojos; pero además sentía nacer en sí como una
congoja que, más allá del fin de la canción, buscaba aún otro final, sin
poder hallarlo.
–Si no sé nada –dijo Karl después de concluir la canción, y miró a Klara
con lágrimas en los ojos.
En ese momento se oyó un ruidoso aplauso desde el cuarto contiguo.
–¡Hay alguien más que escucha! –exclamó Karl, del todo agitado.
–Mack –dijo Klara en voz baja.
Entonces se oyó la voz de Mack que llamaba:
–¡Karl Rossmann, Karl Rossmann!
Casi saltó Karl con los dos pies a un tiempo por encima de la banqueta
del piano y abrió la puerta. Vio allí a Mack, sentado y medio acostado
en una gran cama imperial, la colcha suelta echada sobre las piernas. El
baldaquino de seda azul tenía algo de primoroso, algo de muchacha, y
era el único lujo de esa cama, por lo demás sencilla, angulosa, hecha
de madera pesada. En la mesita de noche ardía sólo una vela, pero la
ropa de la cama y la camisa de Mack eran tan blancas que reflejaban la
luz de la vela que caía sobre ellas con un resplandor casi fulgurante;
también el baldaquino resplandecía, por lo menos en los bordes, con su
seda ligeramente ondulada y no muy firmemente tendida. Pero detrás
de Mack, sin transición alguna, hundíase la cama y todo lo demás en
una oscuridad completa. Klara se apoyó en un barrote de la cama y ya
sólo tuvo ojos para Mack.
–Salud –dijo Mack tendiéndole la mano a Karl. Toca usted bastante
bien; hasta ahora yo sólo conocía su habilidad en la equitación.
–Hago una cosa tan mal como la otra –dijo Karl–. Si hubiera sabido
que estaba escuchando usted, seguramente no habría tocado. Pero su
señorita... –Se interrumpió, vaciló en decir «novia», puesto que Mack y
Klara evidentemente ya dormían juntos.
–Ya lo presentía yo –dijo Mack–, por eso Klara tuvo que atraerle a
usted desde Nueva York hasta aquí, pues de otro modo su música
jamás hubiera llegado a mis oídos. Es por cierto una interpretación
propia de un novicio, y aun en esas canciones que usted estudió bien y
cuya composición es muy primitiva ha cometido usted algunas faltas;
pero, de todas maneras, el oírlo fue un gusto para mí; sin considerar,
en absoluto, que no desprecio la ejecución de nadie. ¿Pero no quiere
usted sentarse y quedarse un rato más con nosotros? Klara, ¿por qué
no le acercas una silla?
–Se lo agradezco –dijo Karl atropelladamente–. No puedo quedarme,
aunque me gustaría permanecer aquí. Demasiado tarde llego a
enterarme de que hay en esta casa cuartos tan agradables y cómodos.
–Estoy reconstruyendo toda la casa de esta manera –dijo Mack.
En ese instante resonaron doce campanadas rápidas, una tras otra, con
breves intervalos, cayendo el golpe de una dentro aún de la resonancia
de la anterior. El soplo de esa gran agitación de las campanas llegó
hasta las mejillas de Karl. ¡Qué aldea era ésta que poseía semejantes
campanas!
–Es tardísimo –dijo Karl; tendió a Mack y a Klara sus manos sin coger
las de ellos y salió corriendo al pasillo. Allí no encontró el farol y
lamentó haber dado al sirviente la propina con tanta precipitación.
Se disponía a marchar a tientas, palpando la pared, hasta la puerta
abierta de su cuarto; pero apenas hubo recorrido la mitad de ese
camino vio al señor Green acercarse presuroso, tambaleante. En la
mano, con la cual además sostenía la vela, llevaba una carta.
–Pero, ¿por qué no viene usted, Rossmann? ¿Por qué me hace usted
esperar? ¿Qué anduvo haciendo en el cuarto de la señorita Klara?
«He aquí muchas preguntas –pensó Karl–. Y ahora, para colmo, me
está apretando contra la pared»; pues, en efecto, el otro se le puso
delante, muy junto a él, y Karl se quedó con la espalda pegada a la
pared. El tamaño que cobraba Green en ese pasillo era francamente
grotesco y Karl se planteó, aunque en broma, la cuestión de si acaso
habría devorado al buen señor Pollunder.
–Verdaderamente no es usted hombre de palabra. Promete bajar a las
doce y en vez de hacerlo ronda la puerta de la señorita Klara. Yo en
cambio le he prometido una cosa interesante para medianoche y aquí
estoy ya, y se la traigo. –Y diciendo esto le entregó a Karl la carta.
En el sobre decía: «A Karl Rossmann, para ser entregado
personalmente a medianoche, dondequiera que se le encuentre».
–Al fin y al cabo –dijo el señor Green mientras Karl abría la carta– ya
es, creo yo, bastante digno de reconocimiento el que yo haya venido ex
profeso desde Nueva York por usted, de manera que no está nada bien
que me haga correr detrás de usted por estos pasillos.
–¡De mi tío! –dijo Karl apenas hubo mirado la carta–. Ya me lo
esperaba –dijo dirigiéndose al señor Green.
–Que lo haya esperado usted o no, me resulta tremendamente
indiferente. Pero lea usted de una vez –dijo arrimándole a Karl la vela.
A su resplandor, Karl leyó:
«Querido sobrino: como ya lo habrás advertido durante nuestra
convivencia, por desgracia en exceso breve, soy íntegramente un
hombre de principios. Esto no sólo es muy desagradable y triste para
quienes me rodean, sino también para mí; pero a mis principios debo
todo lo que soy y nadie tiene el derecho de exigir que yo niegue mi
existencia sobre la tierra tal como soy; nadie, tampoco tú, querido
sobrino mío, aunque tú precisamente serías el primero de toda la fila si
alguna vez se me ocurriese tolerar semejante ataque general contra mí.
Entonces serías precisamente tú a quien más me gustaría recoger y
levantar en alto con estas dos manos con las que ahora escribo y
sostengo el papel. Pero, puesto que por el momento nada indica que tal
cosa pudiera suceder alguna vez, resulta indispensable que, después
del suceso de hoy, yo te aparte de mí, y te ruego encarecidamente que
ni vengas a verme tú mismo, ni busques mi relación por carta o por
mediadores. En contra de mi voluntad te has decidido a alejarte de mi
lado esta noche y si es así, conserva esa decisión tuya durante toda tu
vida; sólo entonces habrá sido una decisión varonil. He escogido como
portador de esta nueva al señor Green, mi mejor amigo, que
seguramente encontrará para ti suficientes palabras consoladoras,
palabras de que yo, por cierto, no dispongo en este momento. Es
hombre de influencia y, aunque no fuera sino por amor hacia mí, te
ayudará en tus primeros pasos independientes, moral y materialmente.
Para comprender esta separación nuestra que ahora, al concluir esta
carta, me parece nuevamente inconcebible, es necesario que yo me
repita nuevamente: nada bueno viene de tu familia, Karl. Si el señor
Green se olvidara de entregarte tu baúl y tu paraguas, recuérdaselo.
»Con los mejores deseos para tu bienestar de ahora en adelante, se
despide de ti tu leal tío
»JAKOB.»
–¿Ha terminado ya? –preguntó Green.
–Sí –dijo Karl–. ¿Me trajo usted el baúl y el paraguas? –preguntó.
–Aquí está –dijo Green colocando en el suelo, junto a Karl, el viejo baúl
de viaje que hasta aquel momento había mantenido oculto a sus
espaldas.
–¿Y el paraguas? –siguió preguntando Karl.
–Aquí lo tiene usted todo –dijo Green y sacó también el paraguas que
había colgado de uno de los bolsillos de su pantalón–. Estas cosas las
ha traído un tal Schubal, un capataz de maquinistas de la Hamburg–
Amerika–Linie; decía haberlas encontrado en el barco; oportunamente
puede usted darle las gracias.
–Ahora, por lo menos, vuelvo a tener mis viejas cosas –dijo Karl, y
puso el paraguas sobre el baúl.
–Sí, pero en el futuro debería usted cuidarlas un poco más; se lo manda
decir el señor senador –observó el señor Green, y luego,
aparentemente obedeciendo a su curiosidad particular, preguntó–:
¿Qué clase de baúl tan extraño es éste?
–Es un baúl de los que llevan en mi patria los soldados cuando van a
prestar el servicio militar –respondió Karl–, es el antiguo baúl de
campaña de mi padre. Es, por otra parte, bastante práctico –agregó
sonriendo–, suponiendo que no se le deje abandonado.
–Al fin y al cabo ya está usted bastante escarmentado –dijo el señor
Green– y seguramente no tiene usted en América otro tío. Además aquí
le doy un billete de tercera clase para San Francisco. He decidido este
viaje para usted; porque, en primer término, las posibilidades de ganar
dinero son mucho mayores para usted en el Este; y porque, en segundo
término, aquí, en todas las cosas que podrían convenirle, algo tiene que
ver su tío y cualquier encuentro debe ser evitado. En Frisco puede
usted trabajar perfectamente sin que nadie lo moleste; comience usted
tranquilamente muy abajo y trate de ir levantándose poco a poco.
Karl no podía percibir malicia alguna en esas palabras: la mala noticia
que había estado encerrada en Green durante la noche entera ya
estaba dada, y a partir de ese momento Green parecía un hombre
inofensivo con el cual quizá podría hablarse más abiertamente que con
cualquier otro. El mejor de los hombres, elegido sin culpa propia para
mensajero de una resolución tan secreta y torturadora, parecerá
sospechoso por fuerza mientras la lleve encima.
–En seguida –dijo Karl esperando oír la aprobación de un hombre
experto– abandonaré esta casa, pues sólo fui recibido en ella como
sobrino de mi tío; siendo un extraño, nada tengo que hacer aquí.
¿Tendría usted la amabilidad de mostrarme la salida y de conducirme
luego hasta un camino que me sirva para llegar hasta la próxima
fonda?
–Pero volando –dijo el señor Green–. Ya me causa usted no pocas
molestias.
Al ver la prisa de esos grandes pasos que Green ya iniciaba acto
seguido, Karl se detuvo; ésta sí que era una prisa sospechosa. Cogió a
Green por el borde inferior de la chaqueta y, comprendiendo de pronto
el verdadero estado de las cosas, dijo:
–Hay algo que deberá usted explicarme todavía: en el sobre de la carta
que usted debía entregarme dice solamente que debo recibirla a
medianoche, dondequiera que se me encuentre. ¿Por qué entonces me
ha retenido usted aquí con motivo de esa carta cuando a las once y
cuarto quería yo marcharme? Ahí se propasó usted en el uso de las
facultades que se le habían conferido.
Green inició su respuesta con un ademán que expresaba
exageradamente la futilidad de la observación de Karl y dijo luego:
–¿Acaso dice en el sobre que yo, por su causa, deba matarme
corriendo, y acaso el texto de la carta permite deducir que así deba
comprenderse el rótulo? Si no le hubiera retenido, no habría tenido más
remedio que entregarle la carta a medianoche en la carretera.
–No –dijo Karl imperturbable–; no es del todo así. En el sobre dice:
«para ser entregado después de medianoche». Si estaba usted
demasiado cansado, entonces, tal vez, no hubiera podido seguirme de
ninguna manera; o bien, cosa que ciertamente también negaba el señor
Pollunder, a medianoche ya habría llegado, ya estaría yo junto a mi tío;
o finalmente hubiera sido su deber llevarme de vuelta a casa de mi tío
en su propio automóvil –el cual de pronto ya ni se mencionaba–, puesto
que tanto pedía yo volver. ¿No expresa con máxima claridad el sobre
escrito que la medianoche aún había de ser un último plazo para mí? Y
es usted quien tiene la culpa de que yo no haya aprovechado ese plazo.
Karl miró a Green con ojos penetrantes y reconoció ciertamente cómo
luchaba en él la vergüenza que le provocaba aquel descubrimiento con
la alegría que le deparaba el logro de su intención. Finalmente se
repuso y en un tono como destinado a cortarle la palabra a Karl, quien
hacía rato ya estaba callado, dijo:
–¡Ni una palabra más! –Y así lo empujó afuera (él ya había recogido de
nuevo su baúl y su paraguas) a través de una pequeña puerta situada
delante de él y que abrió de un golpe.
Karl, lleno de asombro, se vio al aire libre. Frente a él, una escalera sin
pasamano agregada a la casa conducía al jardín. Sólo hacía falta que
bajara y que luego se dirigiera ligeramente a la derecha, hacia la
avenida que llevaba a la carretera. No era posible en absoluto
extraviarse con aquel claro de luna tan luminoso. Abajo, en el jardín,
oyó los múltiples ladridos de perros que corrían sueltos a la redonda por
entre las sombras de los árboles. En el silencio general que reinaba
oíase muy exactamente cómo, después de ejecutar grandes saltos,
daban con sus cuerpos contra el césped.
Sin que lo molestaran estos perros salió felizmente Karl del jardín. No
sabía establecer, a ciencia cierta, en qué dirección estaría Nueva York.
Durante el viaje de venida había prestado demasiado poca atención a
los pormenores que ahora habrían podido serle útiles. Al fin díjose que
no era indispensable que fuese a Nueva York, donde nadie lo esperaba,
donde hasta había alguien que, con toda seguridad, no lo esperaba.
Eligió, pues, una dirección cualquiera y emprendió la marcha.










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