O SEMINÁRIO: livro 9 - identificação | LACAN, Jacques (parte 2)

| terça-feira, 29 de dezembro de 2009









21 de Marzo de 1962
Los he dejado la última vez a nivel de este abrazo simbólico de dos toros en el que se
encarna imaginariamente la relación de intervención, si se puede decir, vivida por el
neurótico en la medida sensible, clínica, donde vemos que al menos aparentemente es en
una dependencia de la demanda del Otro que él intenta fundar, instituir su deseo.
Seguramente hay ahí algo fundado en esta estructura que denominamos la estructura del
sujeto en tanto que habla, que es aquélla por la cual fomentamos para ustedes esta
topología del toro que creemos fundamental. Tiene la función de lo que se denomina por
otra parte en topología el grupo fundamental. Y después de todo, ésa será la cuestión a la
que deberemos indicar una respuesta. Espero que esta respuesta, en el momento en el
que habrá que darla, esté verdaderamente, superabundantemente delineada.
Es por lo que si está allí la estructura fundamental, ella ha sido desde siempre tan
profundamente desconocida por el pensamiento filosófico. Es decirles por qué es así la
otra topología, la de la esfera, la que tradicionalmente parece dominar toda la elaboración
del pensamiento en lo que concierne su relación a la cosa.
Retomemos las cosas donde las hemos dejado la última vez y donde les indicaba lo que
está implicado en nuestra experiencia misma hay en ese nudo con el Otro, en la medida
en que nos es ofrecido como una primera aproximación sensible, tal vez demasiado fácilveremos
que lo es seguramente- hay en ese nudo con el Otro, tal como está aquí
ilustrado, una relación de señuelo. Retornemos a lo actual, a lo articulado de esa relación
al Otro. lo conocemos. Cómo no lo reconoceríamos cuando somos cada día el soporte
mismo de su presión en el análisis y el sujeto neurótico con el que tenemos que vérnosla
fundamentalmente se presenta ante nosotros exigiéndonos la respuesta, incluso si le
enseñamos el precio que tiene esta respuesta al suspenderla.
¿La respuesta a qué? Es eso lo que justifica nuestro esquema, en tanto nos muestra
sustituyéndose uno al otro: deseo y demanda; la respuesta es juntamente sobre su deseo
y sobre su satisfacción. Sin duda, hoy estaré aproximadamente limitado ciertamente por el
tiempo que se me es dado a articular a qué coordenadas se suspende esta demanda
hecha al Otro, esta demanda de respuesta, la cual especifica en su verdadera razón su
razón última, después de lo cual toda aproximación es insuficiente, lo que en Freud se
alfiletea Versagen, la Versagung: el desdecirse o aún la palabra engañosa, la ruptura de
promesa en el límite la Vánitas, en el límite de la mala palabra -y, les recuerdo la
ambigüedad que une el término blasfema (blasphème) a lo que ha dado a través de todo
tipo de transformaciones, por otra parte agradables de seguir: el reproche (blâme). No
avanzaré más en esta dirección.
La relación esencial de la frustración con la que tenemos que vernos a la palabra es el
punto a sostener, a mantener siempre radical, falto de lo que nuestro concepto de
frustración se degrada: degenera hasta reducirse al defecto de gratificación que concierne
a lo que en último término no puede ser concebido más que como necesidad. Sin
embargo, es imposible no recordar lo que el genio de Freud nos revela originalmente en
cuanto a la función del deseo, aquello de lo que partió en sus primeros pasos —dejemos
de lado las cartas a Fliess, comencemos por la "Interpretación de los sueños", y no
olvidemos que "Totem y Tabú" era su libro preferido- que el deseo está profunda y
radicalmente estructurado por ese nudo que se llama Edipo, y por lo que es imposible
eliminar ese nudo interno que es lo que intento sostener ante ustedes por esas figuras,
ese nudo interno que se llana el Edipo, en tanto es esencialemente lo siguiente: una
relación entre una demanda que toma un valor tan privilegiado que deviene mandato
absoluto, la ley y un deseo que es el deseo del Otro, del Otro del que se trata en el
Edipo. Esta demanda se articula así: no desearás a aquélla que ha sido mi deseo. No
obstante es esto lo que funda en su estructura lo esencial, el inicio de la verdad freudiana.
Es a partir de allí que todo deseo posible esta de alguna manera obligado a esta suerte de
rodeo irreductible, algo semejante a la imposibilidad en el toro de la reducción del lazo
sobre ciertos círculos que hace que el deseo deba incluir en él ese vacío, ese agujero
interno especificado en esa relación a la ley original. No olvidemos que para fundar esta
relación primera alrededor de lo que —lo olvidamos demasiado— son para Freud
articulables —y sólo por allí- todas las Liebes Bedigungen, todas las determinaciones del
amor, no olvidemos los pasos que en la dialéctica freudiana esto exige: es en esta
relación al Otro, el padre muerto, más allá de este tránsito del crimen original que se
constituye esta forma suprema del amor. Es la paradoja no del todo disimulada, incluso si
está elidida por ese velo ante los ojos que parece siempre acompañar la lectura de Freud
—ese tiempo es ineliminable—, que después de la muerte del padre surge para él —aún
si esto no nos es suficientemente explicado, es suficiente para que retengamos este
tiempo como esencial en lo que se puede denominar la estructura mítica del edipo- este
amor supremo por el padre, el que hace justamente de ese tránsito del crimen original la
condición de su presencia de allí en más absoluta, la muerte en suma jugando ese rol, se
manifestaba como la única que puede fijarlo en esta suerte de realidad, sin duda la única
absolutamente perdurable, de ser como ausente. No hay ninguna otra fuente de lo
absoluto del mandato original.
He aquí donde se constituye el campo común en el que se instituye el objeto del deseo en
la posición sin duda que le conocemos ya como necesario al nivel imaginario, a saber, una
posición tercera: la única dialéctica de la relación al otro en tanto transitivo en la relación
imaginaria del estadio del espejo les ha permitido ya aprehender que él constituía el objeto
de interés humano en tanto ligado a su semejante, el objeto a aquí en relación a esta
imagen que él incluye, que es la imagen del otro en el nivel del estadio del espejo. i de a,
i(a). Pero este interés no es de algún modo más que una forma, es el objeto de este
interés neutro alrededor de lo que incluso toda la dialéctica del cuestionario del señor
Piaget puede ordenarse, poniendo en primer plano esa relación que él llana de
reciprocidad que el cree poder conjugar en una fórmula radical de relación lógica. Es de
esta equivalencia, de esta identificación al otro cono imaginario que la terciaridad del
surgimiento del objeto se instituye. No es más que una estructura insuficiente, parcial, y
debemos entonces reencontrarla al final como deductiva de la institución del objeto del
deseo en el nivel en que aquí y hoy, lo articulo para ustedes. La relación al Otro no es esta
relación imaginaria fundada en la especificidad de la forma genérica, ya que esta relación
al Otro está especificada por la demanda en tanto hace surgir de este Otro, que es el Otro
con O mayúscula, su esencialidad, si puedo decir, en la constitución del sujeto, para
retomar la forma que se da siempre al verbo interesar su interesencialidad al sujeto. El
campo del que se trata no podría ser entonces de ningún modo reducido al campo de la
necesidad y del objeto que por la rivalidad de sus semejantes puede en el límite imponerse
—pues estará allí la pendiente en la que encontraremos nuestro socorro por la rivalidad
última como objeto de subsistencia para el organismo. Este otro campo que definimos y
por el cual se ha realizado nuestra imagen del toro, es un otro campo, un campo de
significante, campo de connotación de la presencia y de la ausencia y donde el objeto no
es más objeto de subsistencia sino de ex-sistencia del sujeto. Para demostrarlo, se trata
en último término de un cierto lugar de ex-sistencia del sujeto necesario y está allí la
función a la cual es elevado, conducido el pequeño a de la primera rivalidad.
Tenemos ante nosotros el camino que nos queda por recorrer a partir de esa cima a la que
los he conducido la vez pasada, de la dominancia del otro en la institución de la relación
frustrante; la segunda parte del camino debe conducirnos de la frustración a esa relación a
definir que constituye como tal el sujeto en el deseo, y ustedes saben que es allí
solamente que podremos articular convenientemente la castración. No sabremos entonces
en último término lo que quiere decir este lugar de ex-sistencia más que cuando ese
camino sea completado. Podemos desde ahora incluso debemos recordar, pero recordar
aquí al filósofo menos introducido en nuestra experiencia, ese punto singular al verlo
sustraerse tan a menudo a su propio discurso, es que hay una pregunta, a saber porqué
es necesario que el sujeto sea representado —entiendo en sentido freudiano representado
por un representante representativo— como excluido del campo mismo donde debe actuar
en sus relaciones digamos lewinianas con los otros como individuos, es necesario en el
nivel de la estructura que lleguenos a dar cuenta de porqué es necesario que él esté
representado en alguna parte como excluido de ese campo para intervenir en ese campo
mismo. Pues después de todo, todos los razonamientos a los que los lleva el
psico-sociólogo en su definición de lo que llamé hace un momento un campo lewiniano, no
se presentan nunca más que con una perfecta elisión de esta necesidad de que el sujeto
esté digamos, en dos lugares topológicamente definidos, a saber en ese campo pero
también esencialmente excluido de ese campo, y que llegue a articular algo, y algo que se
sostenga. Todo lo que en un pensamiento de la conducta del hombre como observable,
llega a definirse como aprendizaje y en el límite objetivación del aprendizaje, es decir
montaje, forme un discurso que se sostiene y que hasta un cierto punto da cuenta de un
montón de cosas, —salvo de que efectivamente el sujeto funciona, no con este simple
uso, si puedo decir, sino con un doble uso, lo que merece de todos modos que nos
detengamos y que por evanescente que se nos presente ante nosotros, es sensible de
tantas maneras, que basta, si puedo decir, inclinarse para recoger las pruebas. No es otra
cosa lo que intento hacerles sentir cada vez que por ejemplo incidentalmente saco las
trampas de la doble negación y que el "yo no sepa que yo quiera" no es oído de la misma
manera, pienso, que el "sé que no quiero".
Reflexionen sobre estos problemitas inagotables —pues los lógicos de la lengua se
ejercitan allí y sus balbuceos son más que instructivos- que tan a menudo como haya
palabras que corren e incluso escritores que dejan fluir las cosas al cabo de su pluma
como ellas se hablan, se dirá a alguien -ya he insistido pero uno no se cansa de volver
sobre esto- "usted no deja de ignorar" para decirle: "usted sabe de todos modos". El doble
plano en que esto juega es que esto va de suyo. Que alguien escriba así, y que haya
ocurrido, me ha sido recordado recientemente en uno de esos textos de Prévert de lo que
Gide se asombraba: "¿Quiere burlarse o sabe bien lo que escribe?". No quiso burlarse:
eso se ha desprendido de su pluma y toda la crítica de los lógicos no hará que nos
advenga, por poco que estemos comprometidos en un verdadero diálogo con alguien, a
saber que se trate de una manera cualquiera, de una cierta condición esencial a nuestras
relaciones con él —que es aquélla a la que pienso llegar enseguida- que es esencial que
algo se instituya entre nosotros como ignorancia, yo me deslizaré a decirle, por sabio y
purista que sea "Usted no deja de ignorar" ("Vous n'êtes pas sansignorer").
El mismo día en que les hablaba de esto aquí, me olvidé de citar lo que acababa de leer
en el "Canard Enchaîné" al final de uno de esos trozos de bravura que se prosiguen bajo
la firma de André Ribaud bajo el título de "la Cour": "No hay que descombatirse (un estilo
pseudo-San- simoniano así como Balzac escribía una lengua del siglo XVI enteramente
inventada por él) de cierto recelo ante los reyes".
Ustedes comprenden pertectamente lo que esto quiere decir. Traten de analizarlo
lógicamente y verán que dice exactamente lo contrario de lo que ustedes comprenden; y
ustedes tienen naturalmente todo el derecho de comprender lo que comprenden porque
eso está en la estructura del sujeto: el hecho de que las dos negaciones que aquí se
superponen no sólo no se anulan sino que efectivamente se sostienen, se debe al hecho
de una duplicidad topológica que hace que "no hay que descombatirse no se dice en el
mismo plano, si puedo decir, en el que se instituye el " cierto recelo ante los reyes": la
enunciación y el enunciado, como siempre, son perfectamente separables, pero aquí su
apertura estalla.
Si el toro cono tal puede servirnos de puente, como verán, se revela ya insuficiente para
mostrarnos en qué consiste una vez que ha pasado al mundo ese desdoblamiento, esta
ambigüedad del sujeto, no seria bueno, también en este lugar, detenernos sobre lo que
comporta de evidencia esta topología, y en primer lugar en nuestra más simple
experiencia, quiero decir, la del sujeto. Cuando ha del compromiso, son necesarios
grandes rodeos, de aquéllos que les he hecho aquí transitar por las necesidades de
nuestra causa, son necesarios grandes rodeos al menos iniciados para evocar eso que
comprometerse implica ya en si de imagen de corredor, la imagen de la entrada y de la
salida, y hasta un cierto punto la imagen de la salida cerrada tras de si, y es en esta
relación a ese "cerrar la salida" que el último término de la imagen del compromiso se
revela.
Nos hace falta mucho más, y toda una literatura que culmina en la obra de Kafka puede
hacernos percibir que basta dar vuelta lo que parece no he suficientemente ilustrado la vez
pasada al mostrarles esta forma particular del toro , bajo la forma de un puño desprendido
de un plano, no representando el plano aquí más que el caso particular de una esfera
infinita que amplía un lado del toro. Basta hacer bascular esta imagen, presentarla vientre
arriba y como el campo terrestre en el que retozamos, para mostrarnos la razón misma en
la que el hombre se nos presenta como lo que fue y tal vez lo que queda: un animal de
madriguera, un animal de toro. Todas esas arquitecturas no dejan de tener relación con
algo que debe retenernos por sus afinidades con algo que debe ir mucho más allá que la
simple satisfacción de una necesidad, por una analogía de la que salta a la vista es
irreductible, imposible de excluir de todo lo que se denomina interior y exterior, y que uno y
otro desembocan uno sobre otro y comandan lo que he llamado hace un rato el pasillo, la
galería, el subterráneo "Memorias escritas del sub-terráneo" titula Dostoyevski ese punto
extremo donde escande la palpitación de su pregunta última. ¿Es acaso algo que se
agota en la noción de instrumento socialmente utilizable? Por supuesto cono nuestros dos
toros, la función del aglomerado social y su relación con las vías en tanto que su
anastomósis simula algo que existe en lo más íntimo del organismo es para nosotros un
objeto prefigurado de interrogación, y no es nuestro privilegio: la hormiga y la termita lo
conocen, pero el hurón del que nos habla Kafka en su madriguera no es precisamente un
animal sociable.
Qué quiere decir este señalamiento para nosotros, en el punto en que tenemos que
avanzar, sino que esa relación de estructura es tan natural que a condición de pensar en
ella encontráramos en todas partes y muy profundamente hundidas sus raíces en la
estructura de las cosas, el hecho de que cuando se trata de que el pensamiento se
organiza, la relación del sujeto al mundo lo desconozca en el transcurso de los tiempos,
tan abundantemente, plantea la cuestión justamente de saber porqué se ha llevado tan
lejos la represión, digamos al menos el desconocimiento.
Esto nos devuelve nuestro punto de partida que es aquél de la relación al Otro, en tanto lo
he llamado, fundado, sobre algún engaño que se trata ahora de articular muy en otro lado
que en esa relación natural, ya que vemos también cuanto se sustrae al pensamiento,
cuánto el pensamiento lo rechaza. Nos es necesario partir de otro lado, de la posición de la
pregunta al Otro, de la pregunta sobre su deseo y su satisfacción. Si hay engaño debe
deberse en alguna parte a lo que he denominado hace un rato la duplicidad radical de la
posición del sujeto; y es: lo que querría hacerles sentir en el nivel propio del significante
en tanto él se espécifica por la duplicidad de la posición subjetiva, y querría pedirles
seguirme por un instante en algo que se denomina en último término la diferencia por la
cual el grafo al que los he tenido suspendidos durante un buen tiempo de mi discurso, ha
sido hablando con propiedad forjado: esta diferencia se denomina diferencia entre el
mensaje y la pregunta. Este grafo se inscribiría así:
(62) gráfico(63)
en la apertura misma por donde el sujeto se enlaza doblemente al plano del discurso
universal, voy a inscribir hoy los cuatro puntos de concurrencia que ustedes conocen: A;
s (A), la significación del mensaje en tanto reside en el retorno del significante que viene
del Otro; aquí $ (D, la relación del sujeto a la demanda en tanto allí se especifica la
pulsión; aquí el S (A/) [A mayúscula barrada] el significante del Otro en tanto el Otro en
último término no puede formalizarse, "significantizarse" más que como marcado él mismo
por el significante , dicho de otro nodo, en tanto nos impone la renuncia a todo
metalenguaje. La apertura que se trata de articular aquí se suspende en la forma en la que
enteramente en último término esta demanda de responder al Otro alterna, se balancea en
una serie de retornos entre el "nada quizás" y el "quizás nada". Es aquí un mensaje. Se
abre sobre lo que se nos apareció como la abertura constituida por la
(64) gráfico(65)
entrada de un sujeto en lo real. Estamos aquí en relación con la elaboración más segura
del término de posibilidad: Möglichkeit. No es del lado de la cosa que esta lo posible, sino
del lado del sujeto. El mensaje se abre sobre el término de la eventualidad constituida por
una espera en la situación constituyendo del deseo tal como nosotros intentamos aquí
ceñirla. "Quizás": la posibilidad es anterior a este nominativa "nada" que toma en el
extremo valor de sustituto de la positividad. Es un punto, y un punto es todo. El lugar del
rasgo unario está allí reservado en el vacío que puede responder a la espera del deseo. Es
otra cosa que la
(66) gráfico(67)
pregunta en tanto ésta se articula: "¿nada quizá?", que el "quizás" a nivel de la demanda
"¿qué es lo que quiero?" hablando al Otro, que el "quizás" que viene aquí en posición
homóloga a lo que en el nivel del mensaje confitura la respuesta eventual, "quizás nada",
es la primer formulación del mensaje "quizás nada" puede ser una respuesta, pero es
acaso la respuesta a la pregunta: "¿nada quizás? ". Justamente no. Aquí el enunciativo
"nada", cono planteando la posibilidad del no lugar de concluir de entrada como anterior a
la cuota de existencia, a la potencia de ser, este enunciativo a nivel de la pregunta, toma
su valor de una substantivación de la nada (néant) de la pregunta misma. La frase "nada
quizás" se abre sobre la probabilidad de que nada la determine como pregunta, de que
nada sea determinado del todo, que permanezca posible que nada sea seguro, que sea
posible que no se pueda concluir, sino es por el recurso a la anterioridad infinita del
Proceso kafkiano, que haya pura subsistencia de la pregunta con imposibilidad de concluir.
Sólo la eventualidad de lo real permite determinar algo, y la nominación de la nada (néant)
de la pura subsistencia de la pregunta, he aquí a lo que, a nivel de la pregunta misma, nos
referimos. "Quizás nada" podría ser a nivel del mensa je una respuesta, pero el mensaje
no era justamente una pregunta. "Nada quizás", a nivel de la pregunta, no da más que una
metáfora, a saber, la potencia de ser es el más allá, toda eventualidad ha desaparecido ya,
y también toda subjetividad. No hay más que efecto de sentido, reenvío del sentido al
sentido al infinito, con la salvedad de que, para nosotros, analistas, estamos habituados
por experiencia a estructurar ese reenvío sobre dos planos y es esto lo que cambia todo, a
saber que la metáfora es para nosotros condensación, lo que quiere decir dos cadenas, y
que la metáfora hace su aparición de manera inesperada en medio del mensaje, deviene
también mensaje en el medio de la pregunta, que la pregunta "familia" comienza a
articularse y que surge en el necio el millón del millonario, la irrupción de la pregunta en el
mensaje se produce en esto que nos es revelado, que el mensaje se manifiesta en el
medio de la pregunta, que se abre camino dónde somos llamados a la verdad, que es a
través de nuestra pregunta de verdad - entiendo en la pregunta misma y no en la
respuesta a la pregunta, que el mensaje surge.
Es entonces en ese punto preciso, precioso para la articulación de la diferencia de la
enunciación y el enunciado, dónde debemos detenernos un instante: esta posibilidad de la
nada, si no es preservada, es lo que nos impide ver a pesar de esta omnipresencia que
esta al principio de toda articulación posible propiamente subjetiva, esta apertura que es
igualmente muy precisamente encarnada en el pasaje del signo al significante, donde
vemos aparecer lo que distingue al sujeto en esta diferencia: ¿es signo, al fin de cuentas,
o significante?
Signo ¿signo de qué ? Es justamente el signo de nada. Si el significante se define como
representando al sujeto ante otro significante —reenvío indefinido de sentidos— y si esto
significa algo, es porque el significante significa ante el otro significante esta cosa
privilegiada que es el sujeto en tanto nada. Es aquí que nuestra experiencia nos permite
poner en relieve la necesidad de la vía por donde se soporte ninguna realidad en la
estructura identificable en tanto ella es la que nos permite proseguir nuestra experiencia.
El Otro no responde entonces nada si no es que nada es seguro, pero esto no tiene sino
un sentido que es que hay algo de lo que no quiere saber nada y muy precisamente de
esta pregunta. A ese nivel la impotencia del Otro se enraíza en un imposible que es el
mismo sobre cuya vía nos había conducido ya la pregunta del sujeto. No posible era ese
vacío donde venía a surgir en su valor divisorio el rasgo unario. Aquí vemos a este
imposible tomar cuerpo y conjugar lo que hace un rato hemos visto estar definido por
Freud acerca de la constitución del deseo en la interdicción original. La impotencia del Otro
para responder se debe a un impasse, y este impasse -lo conocemos- se llama la
limitación de su saber: "El no sabía que estaba muerto". Que él no haya llegado a este
absoluto del Otro sino por la muerte no aceptada sino padecida, y padecida por el deseo
del sujeto, eso el sujeto lo sabe, si puedo decir; que el Otro no deba saberlo, que el Otro
demande no haber, está allí la parte privilegiada en esas dos demandas no confundidas la
del sujeto y la del Otro. El deseo se define justamente como la intersección de lo que en
las dos demandas no se puede decir.: Sólo a partir de allí se liberan las demandas
formulables en cualquier otro lado que en el campo del deseo.
El deseo entonces se constituye en primer lugar por su natura como lo que está oculto al
Otro por estructura; es lo imposible al Otro lo que deviene justamente el deseo del sujeto.
El deseo se constituye cono la parte de la demanda que está oculta al Otro, este Otro que
no garantiza nada justamente como Otro, en tanto lugar de la palabra, es allí que reside su
incidencia edificante. El se convierte en el velo, el manto, el principio de ocultaniento del
lugar mismo del deseo, y es allí que el objeto va a ponerse a cubierto, si hay una
existencia que se constituye en primer lugar es ésa, y ella se sustituye a la existencia del
sujeto mismo ya que el sujeto en tanto suspendido al Otro permanece igualmente
suspendido al hecho de que del lado del Otro nada es seguro salvo justamente que él
oculta, que él cubre algo que es este objeto, este objeto que no es aún quizás nada en
tanto va a devenir el objeto del deseo.
El objeto del deseo existe como esa nada misma de la que el Otro no puede saber que es
todo en lo que consiste; esa nada en tanto oculta al Otro toma consistencia, se convierte
en el envoltorio de todo objeto ante el que la pregunta misma del sujeto se detiene en la
medida en que el sujeto no es entonces más que imaginario. La demanda es liberada de la
demanda del Otro en la medida en que el sujeto excluye ese no-saber del Otro. Pero hay
dos formas posibles de exclusión. "me lavo las manos de lo que usted sepa o no sepa , y
actúo"; "usted no deja de ignorar (no..sin) "quiere decir hasta qué punto no me importa
que usted sepa o no sepa. Pero hay también otra manera: lo que es absolutamente
necesario es que usted sepa, y es la vía que elige el neurótico, y es por eso que está, si
puedo decir, designado por anticipado como víctima. La buena manera de resolver el
problema para el neurótico de ese campo del deseo en tanto constituido por ese campo
central de las demandas que se recortan justamente y deben por eso ser excluidas, es que
él cree que la buena manera consiste en que ustedes sepan si no fuese así no se
psicoanalizaría.
¿Qué hace el hombre de las ratas levantándose durante la noche como Teodoro? Se
arrastra en pantuflas por el pasillo para abrirle la puerta al fantasma de su padre muerto,
¿para mostrarle qué? Que se está excitando. ¿No es ésa acaso la revelación de una
conducta fundamental? El neurótico quiere que, falto de poder ya que se mostró que el
Otro no puede nada, que al menos sepa. Hace un momento les he hablado de
compromiso: contrariamente a lo que se cree el neurótico es alguien que se compromete
como sujeto; se cierra a la doble salida del mensaje y de la pregunta ; se pone a sí mismo
en la balanza para decidir entre el "nada quizás" y el "quizás nada", se plantea como real
frente al Otro, es decir como imposible. Sin duda esto les parecerá más claro al saber
cómo se produce. No por nada hice surgir hoy esta imagen del Teodoro freudiano de su
exhibición nocturna y fantasmática, hay algún medium, y para decirlo mejor, algún
instrumento de esta increíble transmutación del objeto del deseo a la existencia del sujeto
y que en justamente el falo. Pero esto está reservado para nuestra última charla. Hoy
constato simplemente que falo o no, el neurótico: llega al campo como lo que de lo real se
especifica como imposible. Esto no es exhaustivo; pues esta definición no podemos
aplicarla a la fobia. No podremos hacerlo sino la próxima vez pero podemos aplicarla muy
bien al obsesivo. Ustedes no comprenderán nada del obsesivo si no recuerdan esta
dimensión que él encarna en esto de que él está de más —es su forma de imposible
cuando intenta salir de su posición emboscada de objeto oculto es necesario que sea el
objeto de ningún lugar: de dónde esta especie de avidez casi feroz en el obsesivo por ser
aquél que está en todas partes para no estar justamente en ninguna.
El gusto de ubicuidad del obsesivo es bien conocido, y a falta de situarlo ustedes no
comprenderán nada de la mayor parte de sus comportamiento. La menos de las cosas, ya
que no puede estar en todas partes, es en todos los casos por estar en muchos lugares a
la vez, es decir que en todo caso no se lo puede aprehender en ninguna parte.
La histérica tiene otro modo que es por supuesto el mismo, tiene su misma raíz, aunque
menos fácil, menos inmediata de comprender. La histérica puede también plantearse como
real en tanto imposible. Entonces su trampita es que este imposible subsistirá si el Otro lo
admite como signo. La histérica se plantea como signo de algo en, lo que el Otro podría
creer; pero para constituir ese signo ella es bien real, y es necesario a toda costa que ese
signo se imponga y marque al Otro.
He allí entonces dónde conduce esta estructura, esta dialéctica fundamental que reposa
enteramente sobre el desfallecimiento último del Otro en tanto garantía de lo seguro. La
realidad del deseo se instituye allí y toma allí su lugar por intermediación de algo de lo cual
no señalaremos nunca suficientemente la paradoja, la dimensión de lo oculto, es decir la
dimensión más contradictoria que el espíritu puede construir desde que se trata de la
verdad. ¿Qué hay de más natural que la introducción de ese campo de la verdad sino es la
posición de un Otro omnisciente, al punto que el filósofo más agudo, el más acerado, no
puede hacer sostener la dimensión misma de la verdad más que por suponer que es esta
ciencia de aquél que sabe todo lo que le permite sostenerse?.
Y sin embargo nada de la realidad del hombre, nada de lo que busca ni de lo que sigue se
sostiene de otra cosa que de esta dimensión de lo oculto, en tanto es ella la que infiere la
garantía de que hay un objeto existente y que da por reflexión esta dimensión de lo oculto;
finalmente en ella la que da su única consistencia a esta otra problemática. La fuente de
toda fe y de la fe en Dios eminentemente consiste en que nos desplazamos en la
dimensión misma de que, a pesar del milagro de que debe saber todo le de en suma su
subsistencia, actuamos como si no supiera nada de las nueve décimas de nuestras
intenciones. "Ni una palabra a la Reina madre", tal es el principio sobre el cual toda
constitución subjetiva se despliega y se desplaza.
¿No es acaso posible concebir una conducta a la medida de ese verdadero estatuto del
deseo y es incluso posible que no nos percatemos de que nada, ni un paso de nuestra
conducta ética puede a pesar de la apariencia, a pesar de las habladurías seculares del
moralista, sostenerse sin un situamiento exacto de la función del deseo? Es posible
contentarnos con ejemplos tan irrisorios cono el de Kant cuando, para revelarnos la
dimensión irreductible de la razón práctica, nos da como ejemplo que el hombre honesto,
aún en la cima de la felicidad, no dejaría al menos un instante de poner en la balanza el
renunciamiento a esa felicidad por no atentar contra la inocencia con un falso testimonio
en beneficio del tirano. Ejemplo absurdo, pues en la época en que vivimos, pero también
en la de Kant, ¿no está acaso la cuestión completamente en otra parte? Pues el justo va a
sopesar efectivamente, a saber si para preservar a su familia debe hacer o no un falso
testimonio. ¿Pero qué quiere decir esto? Quiere acaso decir que, si por allí da apoyo al
odio del tirano contra el inocente, podría dar un testimonio verídico, denunciar a su
amiguito como judío cuando lo es verdaderamente. No empieza allí acaso la dimensión
moral que no consiste en saber qué deber debemos cumplir o no frente a la verdad ni si
nuestra conducta cae o no bajo el golpe de la regla universal, sino si debemos o no
satisfacer el deseo del tirano.
Hablando con propiedad está allí la balanza ética; y es en ese nivel que sin hacer
intervenir ningún extremo dramatismo —no tenemos necesidad de eso— tenemos que
vérnosla con lo que, al término del análisis, permanece suspendido al Otro. Es en la
medida en que la medida del deseo inconsciente al término del análisis queda aún
implicado en ese lugar del Otro que encarnamos cono analistas, que Freud al término de
su obra puede marcar como irreductible el complejo de castración como inasumible por el
sujeto.
Articularé esto la próxima vez, comprometiéndome en dejarles al menos entrever que una
justa definición de la función del fantasma y de su asunción por el sujeto nos permite tal
vez ir más lejos en lo que ha aparecido hasta aquí en la experiencia como una frustración
última.
28 de Marzo de 1962
(68) gráfico(69)
Para qué nos sirve la topología de esta superficie llamada toro en tanto su inflexión
constituyente, lo que necesita sus vueltas y retornos es lo que puede sugerirnos mejor la
ley a la que el sujeto está sometido en el proceso de identificación?
Esto no podrá finalmente evidenciársenos más que cuando efectivamente hayamos
realizado el rodeo de todo lo que representa y hasta qué punto conviene a la dialéctica
propia del sujeto en tanto dialéctica de la identificación.
A título de referencia entonces, y para que cuando ponga en valor tal o cual punto,
acentúe tal relieve, ustedes registren, si puedo decir, a cada instante el grado de
orientación, el grado de pertinencia por relación a un cierto objetivo a alcanzar de lo que
en este instante avanzaré les diré que en el límite lo que puede inscribirse en ese toro, en
la medida en que esto puede servirnos va a simbolizarse aproximadamente así, esta
forma, esos círculos dibujados, esas letras contiguas a cada uno de esos círculos van a
designárnoslo enseguida. El toro parece tener sin duda un valor privilegiado. No crean que
es la única forma de superficie no esférica capaz de interesarnos; no sabría recomendarles
suficientemente a aquéllos que tienen por esto alguna inclinacion, alguna facilidad,
referirse a lo que se llama topología algebraica y a las formas que ella nos propone en eso
que si ustedes quieren, en relación a la geometría clásica, la que ustedes guardan
inscripta en el fondo de vuestros calzoncillos por haber pasado por la enseñanza
secundaria, se presenta exactamente en la analogía de lo que intento hacer sobre el
plano simbólico, lo que he llamado una lógica souple. Esto es aún más manifiesto para la
geometría de la que se trata. Pues la geometría que está en juego en la topologia
algebraica se presenta en sí misma como la geometría de las figuras de goma. Es posible
que los autores hagan intervenir esa goma, ese "rubber " como se dice en inglés para
ubicar en el espíritu del auditor aquello de lo que se trata; se trata de figuras deformables y
que a través de todas las deformaciones permanecen en relación constante. Este toro no
está obligado de ser presentado aquí en su forma plena. No crean que las superficies que
se definen, que se deben definir, las que nos interesan esencialmente, las superficies
cerradas, en la medida en que en todo caso el sujeto se presenta él mismo como algo
cerrado, las superficiales cerradas cualquiera sea vuestro ingenio, ustedes ven que el
campo está abierto a las invenciones más exhorbitantes. No crean por otra parte que la
imaginación se presta de tan buen grado al forjamiento de esas formas flexibles,
complejas, que se enrollan, se anudan a sí mismas. No tienen más que tratar de
abandonarse ala teoría de los nudos para percibir cuán difícil es ya representarse lee
combinaciones más simples; aún esto no los llevará lejos. Pues se demuestra que sobre
toda superficie cerrada, por complicada que sea, ustedes llegarán siempre a reducirlas por
medio de procedimientos apropiados a algo que no puede ir más lejos que una esfera
provista de algunos apéndices entre los cuales justamente están aquellos que se
representan del toro como asa anexada, un asa agregada a una esfera tal como se las
dibujé recientemente en el pizarrón, un asa que es suficiente para transformar la esfera y
el asa en un toro desde el punto de vista de su valor topológico.
Todo puede entonces reducirse a la adjunción, a la forma de una esfera con un cierto
número de asas más un cierto número de otras formas eventuales.
Ojalá que en la reunión anterior a las vacaciones pueda iniciarlos en esta forma que es
muy divertida —pero cuando pienso que la mayor parte de ustedes no sospechan siquiera
su existencia— y que se denomina en inglés un "cross-cap" o lo que se puede designar
por la palabra francesa mitre (mitra). Supongan un toro que tuviera por propiedad en
alguna parte de su contorno el invertir su superficie, quiero decir que en un lugar que se
ubica aquí entre dos puntos A y B, la superficie exterior atraviesa, la superficie que esta
detrás, las superficies se entrecruzan una a otra. No puedo más que indicárselos aquí.
Esto tiene propiedades muy curiosas y puede incluso para nosotros ser ejemplar, en la
medida en que en todo caso es una superficie que tiene la propiedad de que la superficie
externa, si ustedes quieren , se encuentra en continuidad con la cara interna al pasar al
interior del objeto y puede entonces volver en una sola vuelta del otro lado de la superficie
de donde partió. Es una cosa muy fácil de hacer de la manera más simple cuando, con
una banda de papel, realizan lo que consiste en tomarla y torcerla de manera tal que su
borde se pegue al borde extremo de manera invertida. Ustedes perciben que es una
superficie que no tiene efectivamente más que una sola cara, en el sentido de que algo
que se pasee allí no encuentra nunca, en cierto sentido, un límite que pase de un lado al
otro sin que puedan aprehender en ningún momento dónde el pase se realizó.
Está ahí entonces la posibilidad en la superficie de una esfera cualquiera como viniendo a
realizar, a simplificar una superficie por complicada que sea, la posibilidad de esa forma.
Agreguemos la posibilidad de agujeros; ustedes no pueden ir más allá, es decir que por
complicada que sea la superficie que ustedes se imaginen, quiero decir por ejemplo que
por complicada que sea la superficie que tienen que realizar, no podrán encontrar nunca
algo más complicado que esto. De manera que hay cierta naturalidad en la referencia al
toro como la forma más simple intuitivamente, la más accesible.
Esto puede enseñarnos algo. Yo les he señalado la significación que podíamos dar por
convención, artificio, a dos tipos de eje circular en la medida en que ellos están ahí
privilegiados. El que realiza la vuelta de lo que se puede denominar el círculo generador
del toro, si es un toro de revolución en tanto susceptible de repetirse indefinidamente; de
algún modo el mismo y siempre distinto, está realizado para representarnos la insistencia
significante y especialmente la existencia de la demanda repetitiva, por otra parte lo que
está implicado en esta sucesión de vueltas, a saber una circularidad consumada y al
mismo tiempo desapercibida por el sujeto que se encuentra ofrecer para nosotros una
simbolización pasiva evidente y de algún modo máxima en cuanto a la sensibilidad
intuitiva de lo que está implicado en los términos mismos del deseo inconsciente en la
medida en que el sujeto sigue sus vías y sus caminos sin saberlo. A través de todas esas
demandas este deseo inconsciente es de algún modo por sí sólo la metonimia de todas
esas demandas y ustedes ven allí la encarnación viviente de esas referencias a las que los
he acomodado, habituado, a lo largo de mi discurso: particularmente metáforas y
metonimias
Aquí la metonimia encuentra de algún modo su aplicación más sensible como
manifestada por el deseo en tanto el deseo es lo que articulamos como supuesto en la
sucesión de todas las demandas en tanto son repetitivas. Nos encontramos ante algo en lo
que ustedes ven que el círculo aquí descripto merece que lo afectemos por el símbolo D
en tanto símbolo de la Demanda. Ese algo que concierne al círculo interior debe tener que
ver con lo que denominaré el deseo metonímico. Y bien, hay entre esos círculos, el intento
que podemos hacer, un círculo privilegiado que es fácil de describir: es el círculo que
partiendo del exterior del toro encuentra el modo de abrocharse no simplemente al insertar
el toro en su espesor de asa, no simplemente por pasar a través del agujero central, sino
de envolver el agujero central sin por eso pasar por el agujero central. Ese círculo tiene el
privilegio de hacer los dos a la vez. Pasa a través y lo envuelve. Está hecho entonces de la
adición de esos dos círculos es decir representa D + d, la adición de la demanda y el
deseo, de alguna manera nos permite simbolizar la demanda con su subyacencia de
deseo.
¿Cuál es el interés de esto? El interés de esto consiste en que llegamos a una dialéctica
elemental, a saber la de la oposición de dos demandas, si en el interior de este mismo toro
simbolizo por otro círculo análogo la demanda del Otro con lo que va a comportar para
nosotros de " o. . . o. . . " , "o lo que demando", ''o lo que demandas"; vemos esto todos
los días en la vida cotidiana, esto para recordarles que en las condiciones privilegiadas en
el nivel que vamos a buscarla, interrogarla en el análisis, es necesario que recordemos
esto, a saber la ambigüedad que hay siempre en el uso mismo del término "o", "o bien",
ese término de la disyunción simbolizado en lógica así: a V b.
Hay dos usos de "o..., o...". No es por nada que la lógica marca todos sus esfuerzos y si
puedo decir se esfuerza por conservarle siempre los valores de la ambigüedad, a saber
para mostrar la conexión de un "o..., o..." inclusivo; con un "o...,o..." exclusivo.
Que el "o..., o..." que concierne por ejemplo a esos dos círculos puede querer decir dos
cosas: la elección entre uno de los dos círculos. ¿Pero acaso esto quiere decir que
simplemente en cuanto a la posición del "o..., o..." hay exclusión? No, lo que ustedes ven
es que el círculo en el cual voy a introducir ese "o...,o..." comporta lo que se llama la
intersección simbolizada en lógica por el A. La relación del deseo con una cierta
intersección que comporta ciertas leyes no es apelada simplemente para poner en el
terreno, matter of fact, lo que se puede denominar el contrato, el acuerdo de las
demandas; dada la heterogeneidad profunda que hay entre ese campo y éste, está
suficientemente simbolizado por lo siguiente: aquí estamos frente al cierre de la superficie
y allí, hablando con propiedad, a su vacío interno. Es lo que nos propone un modelo que
nos muestra que se trata de otra cosa que de aprehender la parte común de las
demandas. En otros términos, se tratará para nosotros de saber en qué medida esta forma
puede permitirnos simbolizar los constituyentes del deseo como tales, en la medida en que
para el sujeto el deseo es ese algo que debe constituir en el camino de la demanda.
Desde ahora les indico que hay dos puntos, dos dimensiones que podemos privilegiar en
ese círculo particularmente significativo en la topología del toro: es por una parte la
distancia que separa el centro del vacío central con ese punto que es, que puede definirse
como una especie de tangencia, con lo que un plano que recorte al toro va a permitirnos
separar de la manera más simple ese círculo privilegiado. Es esto lo que nos dará la
definición, la medida del pequeño a en tanto objeto del deseo.
Por otra parte, en la medida en que esto no es en sí mismo situable, definible, sino en
relación al diámetro mismo de ese círculo excepcional, es en el radio, en la mitad de ese
diámetro, si ustedes quieren, dónde veremos lo que constituye el resorte, la medida última
de la relación del sujeto al deseo, a saber el pequeño en tanto símbolo del falo. Es eso
hacia lo cual tendemos y lo que tomará sentido, aplicabilidad y alcance en el camino que
hemos recorrido antes, para permitirnos llegar a hacer manejable para ustedes, sensible y
hasta un cierto punto sugestivo por una verdadera intensidad estructural, esta imagen
misma.
Dicho esto queda claro que el sujeto, en lo que tenemos que vérnosla con nuestro
partenaire que nos llama en eso que tenemos ante nosotros bajo la forma de este llamado;
y lo que viene a hablar ante nosotros, lo que se puede definir y escandir como el sujeto,
sólo eso se identifica. Vale la pena recordarlo ya que después de todo el pensamiento se
desliza fácilmente. ¿Por qué si no se ponen los puntos sobre las íes, no se diría que la
pulsión se identifica y que una imagen se identifica? No puede decirse con justicia
identificarse, no se introduce en el pensamiento de Freud el término de identificación sino
a partir del momento en el que se puede en un grado cualquiera, incluso si esto no está
articulado en Freud, considerar como la dimensión del sujeto —lo que no quiere decir que
esto no nos lleve mucho más allá del sujeto— esta identificación.
La prueba está —les recuerdo lo que no se puede saber si está en los antecedentes
primeros o en el futuro de mi discurso donde lo señalo- en que la primer forma de
identificación y aquélla a la cual uno se refiere con cierta ligereza, cierta musiquita
repetida, es la identificación que, se nos dice, incorpora, o aún - agregando una confusión
a la imprecisión de la primera fórmula, introyecta. Contentémonos con incorpora, que es la
mejor. ¿Cómo comenzar por esta primera forma de identificación si no les es dada la
menor indicación, la menor referencia, sino vagamente metafórica, en una fórmula
semejante, sobre lo que eso puede querer decir? O bien, si se habla de incorporación, es
porque debe producirse algo a nivel del cuerpo. No se si este año podré llevar las cosas lo
suficientemente lejos, lo espero de todos modos, tenemos tiempo ante nosotros para
llegar, volviendo de dónde partimos, a dar su verdadero y pleno sentido a esa
incorporación de la primera identificación.
Lo verán, no hay ningún otro medio de hacerla intervenir sino al retomarla por una temática
que ha sido ya elaborada, desde las tradiciones más antiguas, míticas, e incluso religiosas,
bajo el término de "cuerpo místico". Es imposible no tomar las cosas en la medida que va
de la concepción semítica primitiva: hay padre desde siempre para todos aquellos que
descienden de él, identidad de cuerpo, pero en el otro extremo ustedes saben que está la
noción que acabo de llamar por su nombre, la del cuerpo místico, en la medida en que es
a partir de un cuerpo que se constituye una iglesia; y no es por nada que Freud para
definirnos la identidad del yo en sus relaciones con lo que él denomina en la ocasión la
"Massenpsychologie" se refiere a la corporeidad de la Iglesia.
Pero cómo hacerlos partir de allí sin prestarse a todas las confusiones y creer que, como el
término de místico lo indica suficientemente, es sobre caminos distintos que aquéllos en
los que nuestra experiencia querría arrastrarnos, no es sino retroactivame nte, de algún
modo, volviendo sobre las condiciones necesarias de nuestra experiencia, que podremos
introducirnos en lo que nos sugiere en sesión, todo intento de abordar en su plenitud la
realidad de la identificación. El abordaje entonces que he elegido por la segunda forma de
la identificación, no es casual; es que esta identificación es aprehensible bajo el modo del
abordaje por el significante puro, por el hecho de que podemos aprehender de una
manera clara y racional un sesgo para entrar en lo que quiere decir la identificación del
sujeto en la medida en que que el sujeto pone al mundo el rasgo unario, el rasgo unario
una vez desprendido hace aparecer al sujeto como a cuenta, en el doble sentido del
término.
La amplitud de la ambigüedad que ustedes pueden dar a esta fórmula -el que cuenta
activamente sin duda, y también el que cuenta simplemente en la realidad, el que cuenta
verdaderamente, evidentemente va a costarle tiempo encontrarse en su cuenta,
exactamente el tiempo que pondremos en recorrer todo lo que acabo aquí de designarlestendrá
para ustedes su pleno sentido: Chatterton y sus camaradas en el Antártico, a varias
centenas de kilómetros de la costa, exploradores víctimas de la mayor frustración, la que
no se debe solamente a las carencias más o menos elucidadas en ese momento es un
texto que tiene ya una cincuentena de años a las carencias más o menos elucidadas de
una alimentación especial que está aún a prueba en ese momento, pero que se puede
decir desorientados en un paisaje, si puedo decir, aún vírgen, aún no habitado por la
imaginación humana, nos cuentan en notas bien singulares que se contaban siempre con
uno en más de los que eran, que no se reencontraban: "Uno se preguntaba siempre a
dónde había pasado el faltante" el faltante que no faltaba sino de esto que todo esfuerzo
de conteo les sugería siempre que había uno de más, luego uno de menos.
Palpan allí la aparición en estado desnudo del sujeto que no es nada más que eso, que la
posibilidad de un significante en más de un 1 gracias al cual constata que hay uno que
falta.
Si les recuerdo esto es simplemente para más en una dialéctica que comporta los términos
más extremos en los que situamos nuestro camino y en la que ustedes podrán creer y
preguntarse algunas veces incluso si no olvidamos ciertas referencias. Pueden
preguntarse por ejemplo que relación hay entre el camino que les he hecho recorrer y
esos dos términos con los que tuvimos que vérnosla, con los que tenemos que vérnosla
constantemente pero en momentos distintos, el Otro y la cosa.
Por supuesto el sujeto en sí mismo está en último término destinado a la cosa, pero su ley,
su fatum más exactamente, es ese camino que él no puede describir más que por el paso
por el Otro en tanto que el Otro está marcado por el significante, y es en el más acá de ese
pasaje necesario por el significante que se constituyen como tales el deseo y su objeto, la
aparición de esa dimensión del Otro y la emergencia del sujeto. No sabría recordarles
suficientemente para darles el sentido de lo que se trata y cuya paradoja, pienso, debe
estar para ustedes suficientemente articulada en que el deseo, entiéndanlo en el sentido
más natural, debe y no puede constituirse más que en la tensión creada por esta relación
al Otro, la que se origina en esto del advenimiento del rasgo unario en tanto que en primer
lugar y para comenzar borra de la casa siempre ese algo totalmente distinto que ese uno
que ha sido para siempre irremplazable; encontramos allí desde el primer paso- se los
hago observar al pasar la fórmula, allí se termina la fórmula de Freud: allí donde la cosa
estaba, yo (je) debo advenir. Habría que reemplazar el orígen "Wo es war da durch den
Eins" más bien por "durch den Eins" ahí por el uno en tanto que uno, el rasgo unario,
"werde Ich", advendrá el "Je": todo el camino está trazado en cada punto del camino.
He intentado suspenderlos allí la última vez mostrándoles el progreso necesario en ese
instante, en tanto no puede instituirse sino por la dialéctica efectiva que se realiza en la
relación con el Otro.
Estoy asombrado de la especie de vaguedad en la que me parece cayó mi articulación, sin
embargo cuidadosa, del "Nada quizás" y del " Quizás nada". ¿Qué es necesario entonces,
para volverlos sensible a ella? Tal vez mi texto a este respecto y la especificación de su
distinción como mensaje en pregunta, como respuesta pero no al nivel de la pregunta,
como suspensión de la pregunta en el nivel de la pregunta, sido demasiado complejo para
ser oído por aquéllos que no lo han registrado en sus rodeos para volver a él. Por
decepcionado que pueda estar, soy yo el equivocado forzosamente es por lo que vuelvo a
esto y para hacerme entender. No les sugeriré acaso la necesidad de volver a esto hoy
por ejemplo, simplemente preguntándoles: ¿piensan acaso que "nada seguro" como
enunciación pueda parecerles servir al menor deslizamiento, a la menor ambigüedad con
"seguramente nada"? No es lo mismo. Entre "nada quizás" y "quizás nada" hay la misma
diferencia. Diré incluso que hay en el primero, el "nada seguro", la misma virtud de socavar
la pregunta en el origen que hay en el "nada quizás". E incluso en el "seguramente nada",
hay la misma virtud de respuesta, eventual sin duda, pero siempre anticipada en relación a
la pregunta, como es fácil de palpar, me parece, si les recuerdo que es siempre antes de
toda pregunta y por razones de seguridad, si puedo decir, que uno aprende a decir en la
vida, cuando es pequeño, "seguramente nada" Esto quiere decir: seguramente nada
distinto que lo que ha sido ya esperado, es decir lo que se puede considerar por
anticipado como reducible a cero. La virtud desangustiante de la Erwartung, he aquí lo que
Freud sabe articular en la ocasión, nada de lo que ya sabemos: cuando se está así se esta
tranquilo, pero no se lo está siempre.
Vemos así que el sujeto para encontrar la cosa se compromete de entrada en la dirección
opuesta, no hay medio de articular esos primeros pasos del sujeto, sino por una nada que
es importante hacerles sentir en esta dimensión a la vez metafórica y metonímica del
primer juego significante, porque cada vez que tenemos que vérnosla con esta relación del
sujeto a la nada, nosotros analistas, resbalamos regularmente entre dos pendientes: la
pendiente que tiende hacia una nada de destrucción: en la enojosa interpretación de la
agresividad considerada como puramente reducible al poder biológico de agresión, que no
es de ningún modo significante, sino por degradación al soportar la tendencia a la nada
tal como surge en un cierto estadio necesario del pensamiento freudiano y justo antes de
que hubiera introducido la identificación (el instinto de muerte). La otra es una nadificación
que se asimilaría a la negatividad hegeliana. La nada que trato de sostener en ese
momento inicial para ustedes en la institución del sujeto es otra cosa. El sujeto introduce la
nada como tal y esa nada debe distinguirse de cualquier ser de razón que es el de la
negatividad clásica, de cualquier ser imaginario que es el del ser imposible en cuanto a su
existencia, el famoso Centauro que detiene a los lógicos, todos los lógicos, incluso los
metafísicos, a la entrada de su camino hacia la ciencia, que tampoco es el ens privativum,
que es, para hablar con propiedad, lo que Kant denomina admirablemente en la definición
de sus cuatro nadas, de las que saca tan poco provecho, el nihil negativum, a saber para
emplear sus propios términos: "leere Gegenstand ohne Begriff", un objeto vacío, pero
agreguemos, sin concepto, sin aprehensión posible con la mano. Es por eso, para
introducirlo, que he tenido que poner ante ustedes la red de todo el grafo, a saber, la red
constitutiva de la relación al Otro, con todos sus reenvíos.
Querría, para conducirlos por este camino, pavimentarles la vía con flores. Voy a
aventurarme hoy, quiero decir, marcar mis intenciones cuando les digo que es a partir de la
problemática del más allá de la demanda que el objeto se constituye como objeto del
deseo; quiero decir que es porque el Otro no responde, sino que "nada quizás", que lo
peor no es siempre seguro, que el sujeto va a encontrar en un objeto las virtudes mismas
de su demanda inicial. Entiendan que es para pavimentarles el camino con flores que les
recuerdo esas verdades: de experiencia común, de las que no se reconoce
suficientemente la significación, y tratar de hacerles percibir que no es azar, analogía,
comparación, ni sólo flores, sino afinidades profundas que me harán indicarles la af inidad
con el término de objeto de ente Otro —con O mayúscula— en tanto por ejemplo esta se
manifiesta por ejemplo en el amor, que el famoso trozo de Eliante en el Misántropo
retoma del "De natura rerum" de Lucrecio :
La blanca es en blancura a los jazmines comparable ...
la negra por dar miedo una morena adorable;
la delgada tiene altura y libertad,
la gruesa está en su porte plena de majestad,
la desaliñada, cargada en si de pocos atractivos
es puesta bajo el nombre de belleza descuidada
..................... etc."
Esto no es más que el signo imposible de borrar de ese hecho de que el objeto del deseo
no se constituye sino en la relación al Otro en tanto que él mismo se origina en el valor del
rasgo unario. Ningún privilegio en el objeto sino en ese valor absurdo dado a cada rasgo
por ser un privilegio.
Qué otra cosa es necesaria para convencerlos de la dependencia estructural de esta
constitución del objeto (objeto del deseo) en relación a la dialéctica inicial del significante,
en tanto ella viene a encallar en la no respuesta del Otro, más que el camino ya recorrido
por nosotros de la búsqueda sadiana que les he mostrado con amplitud —y si se perdió
sepan al menos que me he comprometido a volver sobre todo esto en un prefacio que
prometí a una edición de Sade— que no podemos desconocer con lo que denomino aquí
la afinidad estructurante de ese encaminamiento hacia el Otro en tanto determina toda
constitución del objeto del deseo, que vemos en Sade mezclar a cada rato, una con otra,
la invectiva, digo, la invectiva contra el Ser Supremo, no siendo su negación más que una
forma de la invectiva misma, aún siendo la negación más auténtica, absolutamente tejida
con lo que denominaré, para aproximarme, abordarle un poco, no o la destrucción del
objeto, como lo que podríamos tomar de entrada por su simulacro porque ustedes saben
la excepcional resistencia de las víctimas del mito sadiano a todas las desgracias que
deben experimentar a través del texto novelesco. Y además ¿qué quiere decir esta
especie de a la madre encarnada en la naturaleza de una cierta y fundamental
abominación de todos sus actos ? Acaso debe esto disimularnos aquello de lo que se trata
y que no obstante se nos dice de que se trata al imitarlo en sus actos de destrucción e
impulsándolos hasta su última consecuencia por una voluntad aplicada a forzarla, a
recrear otra cosa, es decir, ¿qué ?, volver a darle su lugar al creador.
Al fin de cuentas, en último término, Sade lo ha dicho sin saberlo, articula esto por su
enunciación: te doy tu realidad abominable, a ti el padre, sùbstituyéndome a ti en esta
acción violenta contra la madre. Seguramente la restitución mítica del objeto a la nada, no
apunta solamente a la víctima privilegiada, al fin de cuentas adorada como objeto de
deseo, sino la multitud misma por millones de todo lo que es. Recuerden los complots
antisociales de los héroes de Sade. Esta restitución del objeto a la nada simula
esencialmente el aniquilamiento de la potencia significante. Es ése el otro término
contradictorio de esa profunda relación al Otro tal como se instituye en el deseo sadiano, y
está suficientemente indicado en el último voto testamentario de Sade en tanto apunta
precisamente a ese término que he especificado para ustedes de la segunda muerte, la
muerte del ser mismo en tanto Sade especifica en su testamento que a pesar de ser
escritor, de su tumba y de su memoria no deben quedar huellas literalmente, y la maleza
debe ser reconstituida en el lugar donde él fuera inhumado, que como sujeto
esencialmente sea la no huella (pas de traces) que indique eso donde él quiere afirmarse:
precisamente: como lo que he denominado el aniquilamiento de la potencia significante.
Si hay otra cosa que deba recordarles aquí para escandir suficientemente la legitimidad de
la inclusión necesaria del objeto del deseo en esa relación aI Otro en tanto implica la
marca del significante como tal, se las designaría menos en Sade que en uno de sus
comentarios recientes, contemporáneos, más sensibles, e incluso más ilustres. Ese texto
aparecido enseguida después de la guerra en un número de Tiempos modernos, reeditado
recientemente por los oficios de nuestro amigo Jean Jacques Pauvert en la nueva edición
de la primera versión de Justine, es el prefacio de Paulhan. Un texto como ese no puede
sernos indiferente, en la medida en que ustedes siguen aquí los rodeos de mi discurso;
pues es sorprendente que sea sólo por las vías de un rigor retórico - verán que no hay otra
guía en el discurso de Paulhan, el autor de "Fleurs de Tarbes"-que el desprendimiento tan
sutil, quiero decir por esas vías de todo lo que ha sido articulado hasta ahora sobre el tema
de la significación del sadismo, a saber lo que él denomina complicidad de la imaginación
sadiana con su objeto, es decir, el flujo del exterior, quiero decir por la aproximación que
puede hacer de esto un análisis literal, el flujo más seguro, el más estricto que se pueda
dar de la esencia del masoquismo, de lo que justamente, del que justamente no dice nada
si no es que noto, hace muy bien sentir que es en esta vía que está allí la última palabra
del recorrido de Sade, no para juzgarlo clínicamente y de algún modo desde afuera donde
el resultado es sin embargo manifiesto. Es difícil ofrecerse mejor a los malos tratos de la
sociedad que como Sade lo ha hecho a cada instante, pero no esta allí lo esencial, lo
esencial queda suspendido en ese texto de Paulhan que les ruego lean, que no procede
más que por las vías de un análisis retórico del texto sadiano para hacernos sentir
solamente de un velo el punto de convergencia en tanto se sitúan en esa reinversión
fundada aparentemente sobre la más profunda complicidad con lo que la víctima no es al
fín de cuentas más que el símbolo marcado por una especie de substancia ausente del
ideal de las victimas sadianas. Es en tanto objeto que el sujeto sadiano se anula en lo que
efectivamente reencuentra lo que fenomenológicamente nos aparece entonces en los
textos de Masoch, a saber que el término, el colmo del goce masoquista no reside tanto en
el hecho de que se ofrece para a oportar o no tal o cual dolor corporal, sino en ese
extremo singular que ustedes encontrarán siempre en los grandes o pequeños textos de la
fantasmagoría masoquista, esta anulación del sujeto, hablando con propiedad, en tanto
se hace puro objeto. No hay a eso último término más allá del momento en el que la
novela masoquista, cuaIquiera sea, llega a ese punto que puede parecer desde afuera tan
superfluo, firuletes, lujo, ¿que és? hablando con propiedad, que se forja el mismo, ese
sujeto masoquista, como siendo el objeto de una negociación o más exactamente de una
venta entre los otros dos que se lo pesan como un bien, bien venal —observen el mismo
paso fetiche— pues el último término se indica en el hecho de que es un bien que no
habrá siquiera que preservar como el esclavo antiguo que se constituía al menos, se
imponía respeto por su valor de mercancía.
Todo esto todos estos rodeos, este camino pavimentado con flores de Tarbes
precisamente de flores literarias, para señalarles lo que quiero decir cuando hablo de lo
que he acentuado para ustedes: a saber la perturbación profunda del goce en tanto el
goce se define en relación a la cosa por la dimensión del Otro como tal en tanto esta
dimensión del Otro se define por la introducción del significante.
Voy a dar aún tres pequeños pasos y después postergaré para la próxima vez la
continuación de este discurso en el temor de que recientan demasiado la fatiga gripal que
me habita hoy.
Jones es un curioso personaje en la historia del análisis en relación a la historia del análisis
lo que él impone a mi entender, se los diré enseguida para continuar este camino de
flores de hoy, es que diabólica voluntad de disimulo podía haber en Freud para haber
confiado a ese astuto galés, como tal corto de vista, para que no vaya demasiado lejos en
el trabajo que le era confiado, el cuidado de su propia biografía. Es en el artículo sobre el
simbolismo que he consagrado a la obra de Jones, lo que no significa simplemente el
deseo de cerrar mi artículo con un buena referencia, lo que significa aquello sobre lo que
concluí, a saber la comparación de la actividad del astuto galés con el trabajo del
deshollinador. En efecto, él ha bien deshollinado todos los tubos, y se me podrá hacer
justicia sobre el hecho de que en dicho artículo lo he seguido en todos los rodeos de la
jornada hasta salir con él todo negro por la puerta que desemboca en el salón, como tal
vez ustedes lo recuerdan. Lo que me ha valido de la parte de otro eminente miembro de la
sociedad analítica, uno de aquéllos que yo más aprecio y amo, galés también, la seguridad
de que él no comprendía verdaderamente absolutamente nada de la utilidad que yo creía
aparentemente hallar en este minucioso recorrido. Jones no ha hecho nunca nada más en
su biografía para señalar de todos modos un poco sus distancias, que aportar una lucecita
exterior, a saber los puntos en los que la construcción freudiana se encuentra en
desacuerdo, en contradicción con el evangelio darwiniano, lo qué es simplemente de su
parte una manifestación propiamente grotesca de superioridad chauvinista.
Jones, entonces, en el curso de una obra cuyo recorrido es apasionante en razón misma
de sus desconocimientos, especialmente a propósito del estadio fálico y de su experiencia
excepcionalmente abundante con homosexuales femeninas, Jones encuentra la paradoja
del complejo de castración que constituye seguramente lo mejor de todo aquello a lo cual
él ha adherido -y bien hecho de adherir- para articular su experiencia y donde literalmente
nunca ha penetrado. la prueba la constituye la introducción de ese término, ciertamente
manejable a condición de que se sepa qué hacer con él, a saber, que se sepa situar allí lo
que no es necesario hacer para comprender la castración: el término de afanisis Para
definir el sentido de lo que puedo denominar sin forzar nada el efecto de Edipo, Jones nos
dice algo que no puede situarse mejor en nuestro discurso: aquí resulta que, lo quiera o
no, el otro como se los he articulado la vez pasada, prohibe el objeto o el deseo. Mi o y o
aparenta ser excluyente. No del todo: o tu deseas que yo deseara, yo el Dios muerto, y no
hay ninguna otra prueba —pero ella basta- de mi existencia que ese mandamiento que
prohibe el objeto; exactamente lo constituye en la dimensión de perdidos: "hagas lo que
hagas, no puedes más que reencontrar un otro, jamás ése". Es la interpretación más
inteligente que puedo dar a ese paso que franquea alegremente dones —y se los aseguro
a tambor batiente cuando se trata de marcar la entrada de esas homosexuales en el
terreno sulfuroso que será de allí en más su habitat: o el objeto o el deseo, les aseguro
que esto no tiene vueltas.
Si me detengo aquí es para dar a esa elección: vel, vel, la mejor interpretación, decir que
la agrego, hago hablar bien a mi interlocutor. "O renuncias al deseo", nos dice Jones.
Cuando se lo dice rápido esto puede dar la impresión de ir de suyo, tanto que antes se nos
ha dado la ocasión de reposar el alma y al mismo tiempo comprenderla traduciéndonos la
castración como afanisis. Pero qué quiere decir renunciar al deseo? Es sostenible esta
afanisis del deseo si le damos esta función como en Jones, de sujeto de temor. ¿Es
concebible acaso en él hecho de experiencia, en el punto en que Freud lo hace entrar en
juego en una de las salidas posibles -y se los acuerdo- ejemplares del conflicto freudiano,
el de la homosexualidad femenina? Miremos de cerca. Este deseo que desaparece, al
cual, sujeto, renuncias, ¿no nos enseña acaso nuestra experiencia que eso quiere decir
que desde entontes tu deseo va a estar tan bien oculto que puede por un tiempo parecer
ausente? Digamos incluso a la manera de nuestra superficie del cross-cap o de la mitra: se
invierte en la demanda. Demanda aquí, una vez más, recibe su propio mensaje en forma
invertida. Pero al fin de cuentas, ¿qué quiere decir ese deseo oculto sino lo que
denominamos y descubrimos en la experiencia como deseo reprimido? No hay en todo
caso más que una cosa que sabemos que no encontraremos nunca en el sujeto: es el
temor a la represión en tanto tal en el momento mismo en que se opera, en su instante. Si
se trata en la afanisis de algo que concierne al deseo es arbitrario dada la manera en la
que nuestra experiencia nos ensera a verlo sustraerse..
Es impensable que un analista articule que en la conciencia pueda formarse algo que sería
el temor a la desaparición del deseo. Allí dónde el deseo desaparece, es decir en la
represión, el sujeto está completamente incluído, no desligado de esta desaparición. Y lo
sabemos: la angustia, si se produce, no es nunca ante la desaparición del deseo, sino del
objeto que disimula, de la verdad del deseo, o aún si ustedes quieren de lo que no
sabemos del deseo del Otro. Toda interrogación de la conciencia concerniente al deseo
como pudiendo desfallecer no puede ser más que complicidad. Concius quiere decir
cómplice, por otra parte, algo en lo que la etimología retoma su frescura en la experiencia
y es por esto que les he recordado hace un rato en mi camino pavimentado con flores, la
relación de la ética, sadiana con su objeto. Es lo que denominamos la ambivalencia, la
ambigüedad, la reversibilidad de ciertas cuplas pulsionales pero no vemos, al decir
simplemente esta equivalencia, que esto se invierta que el sujeto se haga objeto y él
objeto sujeto. No comprendemos el verdadero resorte que implica siempre esta referencia
al gran Otro donde todo esto toma su sentido.
La afanisis explicada como fuente de la angustia en el complejo de castración, es
hablando con propiedad, una exclusión del problema; pues la única pregunta que debe
plantearse aquí un teórico analista —se comprende que haya en efecto una pregunta que
plantearse, pues el complejo de castración sigue siendo hasta ahora una realidad no
completamente elucidada— la única cuestión que hay que plantear es la que parte de ese
hecho feliz de que gracias a Freud que le ha dejado su descubrimiento a un estadio mucho
más avanzado que el punto donde él puede, teórico del análisis, arribar, la cuestión es
saber porqué el instrumento del deseo, el falo, toma ese valor tan decisivo, porqué es él y
no el deseo lo que está implicado en una angustia, en un temor del que no es de todos
modos vano a propósito del término de afanisis, que hayamos prestado testimonio para no
olvidar que toda angustia es angustia de nada, en tanto es del "nada quizás" que el sujeto
debe (se rembarder), lo que quiere decir que por un tiempo se trata para él de la mejor
hipótesis: nada quizás a temer. ¿Por que viene allí a surgir la función del faIo, allí donde
en efecto todo sería sin él tan fácil de comprender, lamentablemente de una manera
enteramente exterior a la experiencia? ¿Por qué la cosa del falo, por qué el falo viene
como medida en el momento en que se trata de qué? Del vacío incluído en el corazón de
la demanda, es decir del más allá del principio del placer, de lo que hace de la demanda su
repetición eterna es decir de lo que constituye la pulsión. Una vez más hénos aquí vueltos
a ese punto que no superaré hoy de que el deseo se construye en el camino de una
pregunta que lo amenaza y que es del dominio del "n' être(70)", que ustedes me
permitirán introducir aquí con ese juego de palabras. Una reflexión final me ha sido
sugerida en estos días con la presentificación siempre cotidiana de la manera con la que
conviene articular decentemente, y no sólo en burla, los principios eternos de la iglesia o
los rodeos vacilantes de las diversas leyes nacionales sobre el Birth Control, a saber que la
primera razón de ser, de la que ningún legislador hasta el presente ha hecho constatar
para el nacimiento de un niño, es que se lo desee y que nosotros que conocemos bien el
rol de esto, —haya o no sido deseado— sobre todo el desarrollo del sujeto ulterior, no
parece que hayamos sentido la necesidad de recordar para introducirlo, hacerlo sentir a
través de esta ebria discusión que oscila entre la necesidad utilitaria evidente de una
política demográfica y el temor angustiante —no lo olviden— de las abominaciones que
eventualmente la eugenesia nos prometería .
Es un primer paso, un pequeño paso, pero un paso esencial —y a poner a prueba,
ustedes lo verán— para desempatar, hacer observar la relación constituyente efectiva en
todo destino futuro, supuestamente a respetar como el misterio esencial del ser a venir,
que haya sido deseado y por qué.
Recuerden que ocurre a menudo que el fondo del deseo de un niño es simplemente esto
que nadie dice: que sea como no uno, que sea mi maldición sobre el mundo.
4 de Abril de 1962
Los que por diversas razones personales o no, se destacaron por su ausencia en la
reunión de la Sociedad que se denomina provincial, van a sentirse víctimas de un pequeño
aparte; ya que por el momento voy a dirigirme a los demás, dado que estoy con ellos en
deuda, en una deuda gentil. Tal vez les haya venido la sospecha, pues dice algo en ese
pequeño congreso. Ha sido para defender el partido que tomaron, lo que no dejaba de
disimular en mí, debo decirlo, cierta insatisfacción a su respecto.
Es necesario de todos modos filosofar un poco sobre la naturaleza de lo que se denomina
un congreso. Es en principio uno de esos modos de encuentro donde se habla, pero
donde cada cual sabe que algo de lo que dice participa de alguna indecencia, de modo
que es natural que no diga allí más que nulidades pomposas, permaneciendo de ordinario
cada cual clavado al rol a conservar.
No es exactamente lo que ocurre en lo que nosotros llamamos más modestamente
nuestras jornadas. Pero desde hace algún tiempo todo el mundo es muy modesto. Se lo
denomina coloquio, encuentro. Lo que no cambia en nada el fondo del asunto; se trata
siempre de congresos.
Está la cuestión de los "rapports(71)". Me parece que ese término merece que nos
detengamos en él, porque al fin de cuentas es bastante raro si lo miramos de cerca:
¿rapport a qué?, ¿de qué?, ¿rapport entre qué?, incluso, ¿rapport contra qué?, como se
dice, el pequeño rapporteur (informante-soplón) ¿Es eso verdaderamente lo que se quiere
decir? Habría que ver. En todo caso si el término es claro cuando se dice: "el informe de
fulano sobre la situación financiera", no se puede decir que uno esté totalmente cómodo al
darle un sentido que debe ser análogo a un término como "rapport sobre sobre la
angustia", por ejemplo. Confiesen que es bastante curioso que se haga un informe sobre
la angustia, o sobre la poesía por ejemplo, o sobre un cierto número de términos de ese
tipo. Ojalá vean la extrañeza de la cuestión específica no sólo de los congresos de
psicoanalistas, sino de cierta cantidad de otros congresos, digamos, de filósofos en
general.
El término de de rapport, debo decir, hace dudar; tanto que en un tiempo yo mismo no
dudaba en llamar discurso lo que pudiera tener que decir con términos análogos "Discurso
sobre la causalidad psíquica" por ejemplo. Lo que suena preciosista, Volví a "rapport"
como todo el mundo.
Asimismo este término y su empleo están hechos para hacerles plantear justamente la
cuestión del grado de conveniencia con el que se miden esas relaciones extrañas con sus
extraños objetos. Es seguro que hay cierta proporción de: dichos rapports con un cierto
tipo constituyente de la cuestión a la que se reitere (rapporte): el vacío del centro de mi
toro por ejemplo cuando se trata de la angustia o el deseo, es muy perceptible. Lo que nos
permitiría creer, comprender, que el mejor eco del significante que podríamos tener del
termino informe (rapport) científico en este caso debería ser tomado con lo que se llama
también la relación (rapport) cuando se trata de la relación sexual; uno y otro no son sin
relación con la cuestión en juego, pero apenas (tout juste).
Es allí que reencontramos esta dimensión del "no sin" como fundadora del punto mismo en
que nos introducimos en el deseo y en la medida en que el acceso al deseo exige que el
sujeto no sea sin tenerlo, ¿tener qué? Está allí toda la cuestión. Dicho de otro modo, el
acceso al deseo reside en un hecho, en ese hecho de que la codicia del ser llamado
humano tenga que deprimirse inauguralmente para restaurarse sobre escalas de una
potencia de la que se pregunta qué es. Y sobre todo, esta potencia hacia qué se esfuerza.
Ahora, eso hacia lo cual se esfuerza visiblemente, sensiblemente, a través de todas las
metamorfosis del deseo humano, parece que es hacia algo cada vez más sensible, más
preciso, que es aprehendido por nosotros como ese agujero central, esa cosa de la que
hay que dar cada vez más la vuelta para que se trate del deseo que conocemos, ese
deseo humano en tanto está cada vez más informado; es eso lo que hace entonces hasta
cierto punto legitimo que su rapport, en particular el del otro día, informe (rapport) sobre la
angustia, no pueda acceder a la cuestión sino por no estar sin relación (rapport) con la
cuestión.
Lo que no quiere decir sin embargo que el sin , si puedo decir, deba seguirse demasiado
paso a paso, dicho de otro modo, que se crea un poco demasiado fácilmente responder al
vacio constitutivo del centro de un sujeto por exceso de carencia en los medios de su
abordaje; y aquí me permitirán evocar el mito de la virgen loca que en la tradición
judeocristiana, responde tan bellamente al de la (escritura en giego) de la miseria en el
Banquete de Platón. La (escritura en giego) logra su cometido porque de hecho es de
Venus; pero no es forzoso: la imprevisión que simboliza dicha virgen loca puede
perfectamente hacer fracasar su embarazo.
Entonces, donde está el límite imperdonable en este asunto, -porque al fin es de eso de lo
que se trata: es del estilo de lo que puede comunicarse en un cierto modo de
comunicación que tratamos de definir, el que me obliga a volver aquí sobre la angustia; no
es cuestión de retomar ni de darles la lección a aquellos que hablaron de eso, no sin
flaquezas -límite evidentemente buscado, a partir del cual se pueden reprochar a los
congresos sus resultados, ¿dónde debe ser buscado?
Ya que hablamos de algo que nos permite aprehender el vacío cuando de trata por
ejemplo de hablar del deseo, vamos acaso a buscarlo en esta especie de pecado en el
deseo contra no sé qué fuego de la pasión, de la pasión de la verdad, por ejemplo, ¿que
es el modo bajo el cual podríamos alfiletear perfectamente por ejemplo una cierta
apariencia, un cierto estilo: la apariencia universitaria por ejemplo? Eso sería demasiado
cómodo, demasiado fácil.
Por supuesto no voy a parodiar aquí el famoso rugido del vómito del Eterno ante una
tibieza cualquiera, cierto calor conduce también -como es sabido- a la esterilidad Y, en
verdad, nuestra moral, una moralidad que se sostiene ya muy bien, la moral cristiana, dice
que no hay más que un sólo pecado, el pecado contra el espíritu. Y bien, nosotros diremos
que no hay pecado contra el deseo, como tampoco hay temor de la aphanisis, en el
sentido en que la entiende Jones.
No podemos decirnos en ningún caso que podamos reprocharnos no desear lo suficiente.
No hay más que una cosa -y no hay nada que podamos hacerle- no hay más que una
cosa a temer: es esa torpeza para reconocer la curva propia del recorrido de ese ser
infinitamente chato cuya propulsión les muestro necesaria en este objeto cerrado que
denomino aquí el toro, que no es, a decir verdad, más que la forma más inocente que
dicha curvatura puede tomar ya que en tal forma que no es menos posible ni menos
extendida, ocurre en la estructura misma de esas formas a las que los he introducido la
última vez, que el sujeto al desplazarse se encuentra con su izquierda ubicada a la
derecha y esto, sin saber cómo ha podido ocurrir, cómo se produjo Todos los que aquí me
escuchan no tienen a este respecto ningún privilegio; hasta cierto punto diría que yo
tampoco esto puede ocurrirme como a los otros.
La única diferencia entre ellos y yo hasta el momento, me parece, no reside más que en el
esfuerzo que pongo, en la medida en que rinde un poquito más que ellos.
Puedo decir que en un cierto numero de cosas que han sido adelantadas sobre un tema
que sin duda no he abordado: la angustia -no es esto lo que me decide a anunciarles que
ése será el tema de mi seminario del año próximo, si el siglo que nos permite que haya
uno- sobre ese asunto de la angustia he oído muchas cosas extrañas, cosas aventuradas,
no todas equivocadas y que no voy a retomar, dirigiéndome en especial a tal o cual, una
por una. Me parece no obstante que lo que ha revelado allí cierta flaqueza, era aquella de
un sin y en absoluto de naturaleza tal que recubra lo que denomino el vacío del centro. De
todos modos, algunas reflexiones de mi último seminario hubieran debido prevenirlos
sobre los puntos más vivos; y es por eso que me parece también legít imo abordar hoy la
cuestión por este sesgo, ya que se encadena perfectamente con el discurso de hace una
semana.
Asimismo no por nada he acentuado, recordado, la distancia que separa en nuestras
coordenadas fundamentales, -aquellas donde deben insertar este año nuestros teoremas
sobre la identificación-, la distancia que separa al otro de la cosa, ni tampoco lo que en
propios términos he creído deber señalarles, la relación de la angustia al deseo del Otro.
A falta verdaderamente de partir de allí, de agarrarse de eso como una especie de puño
cerrado; y por no haber hecho más que girar alrededor por no sé qué pudor -pues
verdaderamente en ciertos momentos, diría casi todo el tiempo- y hasta en sus relaciones
de las que he hablado por no sé qué que se sostiene de esta especie de falta que no es la
buena, hasta en esas relaciones pueden de todos modos connotar al márgen ese no sé
qué que era siempre la convergencia que se impone con una especie de orientación de
aguja, de brújula, que el único término que podía dar unidad a esa especie de movimiento
de oscilación alrededor de lo que la cuestión temblaba, era este término: la relación de la
angustia al deseo del Otro y es esto lo que yo querría, porque seria falso, vano, y no sin
riesgo no marcar aquí algo al pasar, que pueda ser como un gérmen para recoger todo lo
que se dijo sin duda interesante en el transcurso de las horas o esa pequeña reunión en la
que las cosas cada vez más acentuadas llegaba a enunciarse, para que eso no se disipe,
para que se enlace a nuestro trabajo, permítanme intentar aquí muy masivamente, como al
margen y casi por anticipado, pero no sin también una pertinencia de puntos exactos, en el
punto al que hablamos llegado, puntuar un cierto número de referencias primeras que no
deberían faltarles en ningún momento.
Si el hecho de que el goce, en tanto goce de la cosa, está prohibido en su acceso
fundamental, si es eso lo que les dije durante todo el año del seminario sobre la Etica, si
es en esa suspensión, en el hecho de que este goce está suspendido, aufgehoben, que
yace propiamente el plano de apoyo que va a constituirse como tal y sostener se el deseo
-es verdaderamente la aproximación más lejana de todo lo que la gente puede decirustedes
no ven que podemos formular que el Otro, ese Otro en tantos se plantea a ser y a
la vez no es, en tanto el es a ser el Otro aquí cuando nos adelantamos hacia el deseo
vemos que en tanto su soporte es el significante puro, el significante de la ley que el Otro
se presenta aquí como metáfora de esta interdicción.
Decir que el Otro es la ley o que en el goce en tanto que prohibido es lo mismo. Entonces,
alerta con aquel -no está por otra parte aquí hoy- que ha hecho de la angustia el soporte y
el signo y el espasmo del goce de un sí identificado, identificado exactamente como si no
fuera mi alumno con ese fondo inefable de la pulsión como corazón, centro del ser donde
justamente no hay nada. Sin embargo, todo lo que les enseño sobre la pulsión es
justamente que no se confunde con ese sí mítico, que no tiene nada que ver con lo que se
hace de él en una perspectiva jungiana. Evidentemente no es corriente decir que la
angustia es el goce de lo que se podría llamar el último fondo de su propio inconsciente.
Es hacia allí que se dirigía ese discurso. No es corriente y no por no corriente es
verdadero.
Es un punto extremo al que uno puede ser llevado cuando se está en un cierto error que
repone enteramente en la elisión de esa relación del otro a la cosa, en tanto antinómica; el
Otro es a ser, entonces no lo es tiene de todas maneras cierta realidad, sin ella yo no
podría siquiera definirlo como el lugar donde se despliega la cadena significante, el único
Otro real, ya que no hay ningún otro del otro, nada que garantice la verdad de la ley,
siendo el único Otro real aquel del que se podría gozar sin la ley. Esta virtualidad define al
Otro como lugar; la cosa en suma elidida, reducida a su lugar, he allí al Otro con O
mayúscula.
Y vamos enseguida y rápidamente a lo que tengo que decir a propósito de la angustia:
pasa, les anuncié, por el deseo del Otro. Es allí que estamos con nuestro toro, es allí que
tenemos que definirlo paso a paso. Es allí que haré un primer recorrido un poco rápido: lo
que nunca es malo porque se puede volver hacia atrás.
Primer abordaje: vamos a decir que esa relación que articulo diciendo que el deseo del
hombre es el deseo del Otro, lo que por supuesto quiere decir algo, pero ahora lo que está
en juego, lo que eso introduce ya, es que evidentemente digo algo totalmente distinto.
Digo que el deseo x del sujeto ego es la relación al deseo del Otro, estaría en una relación
al deseo del Otro, en una relación beschrankung, de limitación, vendría a configurarse en
un simple campo de espacio vital o no, concebido como homogéneo, vendría a limitarse
por sus choques. Imagen fundamental de todo tipo de pensamientos cuando se especula
sobre los efectos de una conjunción psico-sociológica. La relación del deseo del sujeto, del
sujeto al deseo del Otro no tiene nada que ver con cualquier cosa que sea intuitivamente
soportable en ese registro.
Un primer paso sería elide avanzar que si medida quiere decir medida de tamaño, no hay
entre ellos medida común, y con sólo decir eso reencontramos la experiencia. ¿Quién ha
encontrado alguna vez una medida común entre su deseo y cualquiera con el que tenga
relación como deseo? Si no se antepone eso en toda ciencia de la experiencia, cuando se
tiene el título de Hegel, el verdadero título de la "Fenomenología del espíritu", uno puede
permitirse todo, incluso las prédicas delirantes sobre la bienaventuranza de la genitalidad.
Es justamente eso lo que quiere decir mi introducción del símbolo [raíz cuadra de] -1 ; es
algo destinado a sugerirles que [raíz cuadra de] -1 multiplicado por [raíz cuadra de] -1, el
producto de mi deseo por el deseo del Otro[raíz cuadra de] -1 x [raíz cuadra de] -1 = -1 no
da ni puede dar sino una falta: -1, la falta del sujeto en ese punto preciso.
Resultado: el producto de un deseo por el otro no puede ser más que esa falta, y hay que
partir de allí para sostener algo. Lo que quiere decir que no puede haber allí ningún
acuerdo, ningún contrato, en el plano del deseo, que aquello de lo que se trata en esta
identificación del deseo del hombre al deseo del Otro, es esto que les mostraré en un
juego manifiesto haciendo mover ante ustedes las marionetas del fantasma en tanto son el
soporte, el único soporte posible de lo que puede constituír en sentido apropiado una
realización del deseo.
Y bien, cuando hayamos llegado allí, -pueden de todas maneras verlo indicado en mil
referencias las referencias a Sade para tomar las más cercanas, el fantasma: "pegan a un
niño", para retomar uno de esos primeros bordes con los que comencé a introducir ese
juego -lo que mostraré es que la realización del deseo significa, en el acto mismo de esta
realización, no puede significar más que ser el instrumento, servir el deseo del Otro que no
es el objeto que tiene enfrente en el acto sino un otro que está detrás.
Se trata del término posible en la realización del fantasma, no es más que un término
posible y antes de hacerse ustedes mismos el instrumento de ese otro en un hiperespecio
tienen que vérselas con deseos, deseos reales. El deseo existe, está constituido, se pasea
a través del mundo y ejerce sus estragos ante toda tentativa de vuestras imaginaciones
eróticas o no para realizarlo; e incluso no queda excluido que ustedes lo reencuentren
como tal, el deseo del Otro, del Otro real tal como lo he definido hace un momento.
Es en ese punto que nace la angustia; la angustia es más tonta que un repollo. Es
increíble que en ningún momento yo haya podido ver ni siquiera el esbozo de esto que
parecía en ciertos momentos, como se dice, un juego de chache-tampon, tan simple. Se
ha ido a buscar la angustia y más exactamente lo que es más original que la angustia: la
preangustia, la angustia traumática. Nadie habló de esto: la angustia es la sensación del
deseo del Otro. Sólo que, como cada vez que alguien adelanta una fórmula, no sé lo que
ocurre, las precedentes caen en el fondo de los bolsillos, de donde no salen más. Tengo
que ilustrar esto -me disculpo- y aún groseramente para hacer sentir lo que quiero decir,
presto a que traten de servirse de ello, lo que puede servir en todos los lugares donde hay
angustia.
Pequeño apólogo que no es tal vez el mejor. La verdad, lo he forjado esta mañana,
diciéndome que era necesario que trate de hacerme comprender. Habitualmente me hago
comprender de costado, lo que no está mal; eso les evita engañarse en el lugar correcto.
Voy a intentar hacerme entender en el lugar correcto y evitarles cometer errores:
supónganme en un lugar cerrado, sólo con una mantis religiosa de tres metros de alto -es
la proporción justa para que yo tenga la altura del macho y estoy vestido con una piel del
tamaño de dicho macho que mide 1,75 m., aproximadamente mi altura. Me observo,
observo mi ridícula imagen en el ojo facetado de la mantis religiosa. ¿Es eso la angustia?
Está muy cerca. No obstante al decirles que es la sensación del deseo del Otro, esta
definición se manifiesta en lo que ella es, a saber puramente introductiva. Deben
necesariamente que referirse a mi estructura del sujeto, es decir, conocer todo el discurso
antecedente para comprender que si se trata del Otro con mayúscula, no puedo
contentarme sin ir más allá de esta representación de mi pequeña imagen como mantis
macho en el ojo facetado del otro. Se trata, hablando con propiedad, de la aprehensión
pura del deseo del Otro como tal, ¿si desconozco justamente qué? Mis insignias: a saber
que estoy disfrazado con los despojos del macho. No sé lo que soy como objeto para el
Otro. La angustia, se dice, es un afecto sin objeto, pero esa falta de objeto hay que saber
dónde está, está de mi lado. El afecto de angustia está en efecto connotado por una falta
de objeto, pero no por una falta de realidad. Si no me sé más objeto eventual de ese
deseo del Otro, ese otro que está frente a mí, su figura me es enteramente misteriosa
sobre todo en la medida en que esa forma que tengo delante mío no puede en efecto
tampoco estar constituida para mí en objeto, pero donde puedo sentir un modo de
sensaciones que constituyen toda la sustancia de lo que se denomina la angustia, de esa
opresión indecible por la que llegamos a la dimensión misma del lugar del otro en tanto
puede aparecer el deseo.
Eso es la angustia. No es sino a partir de allí que ustedes pueden comprender los diversos
caminos que toma el neurótico para arreglársela en esa relación con el deseo del otro.
Entonces, en el punto en más encontramos, ese deseo, se los he mostrado la vez pasada
como incluido primero necesariamente en la demanda del Otro(72).
Por otra parte, ¿qué es lo que encuentran ustedes aquí como verdad primera si no es lo
corriente de la experiencia cotidiana? Lo que es angustiante casi para cualquiera, no sólo
para los niños que todos somos, es "( ... )" en alguna demanda lo que puede ocultarse
de esa x impenetrable y angustiante por excelencia del "¿qué puede querer en ese lugar?"
Allí configuración, aquí demanda. Ustedes lo ven, es un medium entre demanda y deseo,
Este medium tiene nombre, se llama falo.
La función fálica no tiene otro sentido que el de ser lo que da la medida de ese campo a
definir en el interior de la demanda como el campo del deseo, y también, si se quiere, que
todo lo que nos cuenta la teoría analítica, la doctrina freudiana, sobre esta materia,
consiste justamente en decirnos que es per allí que al fin de cuentas todo se arregla.
No conozco el deseo del Otro: la angustia; pero conozco su instrumento el falo; y sea
quien sea, me veo obligado a pasar allí, y no haber historias: lo que en el lenguaje
corriente se llama seguir los principios de papá, y como todas saben que desde hace un
tiempo papá no tiene más principios es con eso que comienzan las desgracias; pero
mientras papa esté allí, en la medida en que es el centro alrededor del que se organiza la
transferencia de lo que en esta materia es la unidad de intercambio, es decir 1/? , es decir
la unidad que se instaura, que se convierte 1/??en la base y principio de todo apoyo, de
todo fundamento, de toda articulación del deseo, y bueno, las cosas pueden marchar,
estarán exactamente tendidas entre el "me funaï "puede no haberme nunca engendrado"
en el limite y lo que se denomina la baraka en la tradición semita e incluso bíblica hablando
con propiedad, a saber, al contrario, lo que me constituye prolongación viva, activa de la
ley del padre, del padre como origen de lo que va a transmitirse como deseo.
Entonces ustedes van a ver que la angustia de castración tiene -dos sentidos y dos
niveles; ya que si el falo es ese elemento de mediación que da su soporte al deseo, y
bueno, la mujer no es la más perjudicada en este asunto porque después de todo es para
ella muy- simple ya que no lo tiene no tiene más que desearlo; y les juro que en los casos
más afortunados es una situación a la que en efecto ella se acomoda perfectamente bien.
La dialéctica del complejo de castración en tanto introduce para ella el Edipo, nos dice
Freud, no quiere decir otra cosa. Gracias a la estructura misma del deseo humano para
ella el camino necesita menos desvíos -el camino normal- que para el hombre. Puesto que
para el hombre, para que su falo pueda servir a ese fundamento del campo del deseo, va
a ser necesario que lo pida para tenerlo. Es de algo así de lo que se trata a nivel del
complejo de castración, es un pasaje transicional de lo que en él es el soporte natural
vuelto medio extraño, vacilante, del deseo a través de esa habilitación por la ley, en la que
ese trozo, esa libra de carne, va a convertirse en la prenda, algo por donde va a
designarse en el lugar donde va a manifestarse como deseo en el interior del círculo de la
demanda..
Esta preservación necesaria del campo de la demanda que "humaniza" por la ley el modo
de relación del deseo a su objeto, he allí de lo que se trata en este punto y lo qué hace
que el peligro para el sud eto es no sin, como se lo dice en todas esas desviaciones que
hacemos desde hace años por tratar de contrariar el análisis, que el peligro para el suj eto
no consiste en ningún abandono por parte del Otro sino en su abandono como sujeto a la
demanda. Pues en la medida en que vive que desarrolla la constitución de su relación al
falo estrechamente en el campo de la demanda, es allí que esta demanda no tiene
término, hablando con propiedad; pues ese falo -aún cuando sea necesario para introducir,
para instaurar ese campo del deseo, que sea demandado- como ustedes saben no está
propiamente en poder del Otro hacer de él un don en el plano de la demanda.
Es en la medida en que la terapéutica no llega a resolver mejor de lo que la hace la
terminación del análisis, no llega a hacerlo salir del circulo propio de la demanda, que
tropieza, que termina al final sobre esta forma reivindicatoria, en esta forma insaciable,
endliche que Freud en su último artículo, "Análisis terminable e interminable" señala como
angustia de castración no resuelta en el hombre, como penis-neid en la mujer.
Pero una posición justa, una posición correcta de la función de la demanda en la eficiencia
analítica y de la manera de dirigirla podría tal vez permitirnos, si no tuviéramos a su
respecto tal retraso, retraso ya señalado suficientemente por el hecho de que
manifiestamente no es sino en los casos más raros que tropezamos con ese término
señalado por Freud como punto de detención de su propia experiencia. Quiera el cielo que
lleguemos allí aún si se trata de un impasse! Probaría al menos hasta dónde podemos
llegar cuando se trata efectivamente de saber si llegar hasta allí nos conduce a un impasse
o si se puede pasar más allá.
Antes de dejarlos tengo que indicarles algunos de esos puntitos que les darán satisfacción
por mostrarles que nos encontramos en el lugar correcto al referirnos a algo de la
experiencia del neurótico. ¿Que hace la histérica o el neurótico obsesivo en el registro que
acabamos de tratar de construir, qué es lo que hacen tanto uno como otro en el lugar del
deseo del Otro como tal?
Antes de caer en la trampa de incitarlos a jugar todo el juego en el plano de la demanda,
de imaginarnos -lo que no es por otra parte una imaginación absurda- que llegaremos en
el límite a definir el campo fálico como la intersección de frustración qué es lo que hacen
espontáneamente?
La histérica, es sencillo, el obsesivo también, pero menos evidente. La histérica no
necesita haber asistido a nuestro seminario para saber que el deseo del hombre es el
deseo del Otro, y que en consecuencia el Otro puede perfectamente suplantarla, a ella, la
histérica, en esta función del deseo. La histérica vive su relación al objeto fomentando el
deseo del Otro, con o mayúscula, por este objeto. Recuerden el caso Dora. Pienso haber
articulado esto suficientemente a lo largo y a lo ancho como para tener que evocarlo aquí.
Hago implemente recurso a la experiencia de cada uno y a las llamadas operaciones de
intriga refinada que ustedes pueden ver desarrollarse en todo comportamiento de histérica
consistente en sustentar en su entorno inmediato el amor de tal por tal otro que es su
amigo y verdadero objeto último de su deseo, permaneciendo por supuesto siempre la
profunda ambigüedad de saber si la situación no debe comprenderse en el sentido
inverso.
¿Por qué? Es lo que por supuesto ustedes podrán ver como perfectamente calculable en
lo que sigue por el hecho de la función del falo que puede siempre pasar de uno al otro de
los dos "partenaires" de la histérica.
Sobre esto volveremos en detalle. ¿Qué es lo que hace verdaderamente el obsesivo en lo
que concierne, hablo directamente, a su asunto con el deseo del Otro? Es más astuto, ya
que ese campo del deseo está constituido por la demanda paterna en tanto es ella la que
preserva, la que define el campo del deseo como tal, al prohibirlo. Y bueno, que se lea
arregle entonces por sí mismo el que está encargado de sostener el deseo en el lugar del
objeto en la neurosis obsesiva: el muerto. El sujeto tiene el falo, puede incluso exhibirlo en
la oportunidad, pero es el muerto a quien se le ruega servirse de él. No es por nada que he
señalado en la historia del Hombre de las Ratas la hora nocturna en que luego de haberse
largamente contemplado en erecclón en el espejo, va a la puerta de entrada, abre al
fantasma de su padre, le ruega constatar que todo esta listo para el supremo acto
narcicístico que es para el obsesivo ese deseo.
Fuera de esto no se sorprendan que con tales medios la angustia no aflore más que de
tiempo en tiempo, que no este ahí todo el tiempo, que está sin embargo mucho más y
mucho mejor apartada en la histérica que en el obsesivo, siendo la complacencia del Otro
mucho más grande que aquella de un muerto que es siempre difícil sin embargo de
mantener presente, si puedo decir. Es por lo cual el obsesivo de tiempo en tiempo, cada
vez que no puede ser repetido hasta la saciedad todo el arreglo que le permite arreglarse
con el deseo del Otro, ve resurgir, de una manera más o menos desbordante el afecto de
angustia.
De ahí solamente al volver hacia atrás les hace comprender que la historia fóbica marca un
primer paso en esta tentativa que es propiamente el modo neurótico de resolver el
problema del deseo del Otro, un primer paso digo de la manera en que esto puede
revolverse. Es un paso como ustedes saben, éste, que está lejos de alcanzar esta solución
relativa de la relación de angustia.
Bien por el contrario, no es sino de una manera absolutamente precaria que esta angustia
es dominada, ustedes lo saben, por el intermediario de este objeto cuya ambigüedad
respecto de el nos ha sido ya bastante subrayada entre la función pequeño a y la función
pequeña ??El factor común que constituye el pequeño ??en todo deseo a del deseo está
ahí de alguna manera extraída y revelada. Es sobre lo cual pondría el acento la próxima
vez para precisar a partir de la fobia en que consiste esta función del falo.
Hoy groseramente, ¿qué ven? Es que al fin de cuentas la solución que percibimos del
problema de la relación del sujeto al deseo en su fondo radical se propone así: ya que se
trata de demanda y que se trata de definir el deseo, y bien, digámoslo groseramente: el
sujeto demanda el falo y el falo el deseo. Es tan tonto como eso. Es de ahí al menos que
hay que partir como fórmula radical para ver efectivamente lo que se ha hecho de esto en
la experiencia.
Este modelo se modula en torno a esa relación del sujeto al falo en tanto que, lo ven, es
esencialmente de naturaleza ( ... ) puede provocar ese surgimiento de angustia ligado al
temor de una pérdida, es el falo. ¿Porqué no el deseo? No hay temor de la aphanisis, hay
temor de perder el falo porque sólo el falo puede dar su campo propio al deseo.
Pero que no se nos hable tampoco ahora de defensa contra la angustia. Uno no se
defiende contra la angustia como tampoco hay temor de la afanisis. La angustia está en el
inicio de la detensa, pero uno no se defiende de la angustia. Por supuesto que si les digo
que voy a consagrar todo un año al tema de la angustia es porque no pretendo haber hoy
realizado este recorrido, que esto no plantee problemas. Si la angustia -es siempre a este
nivel que les he definido casi caricaturalmente mi apólogo, que sitúa la angustia- si la
angustia puede convertirse en signo, es que por supuesto transformada en signo ella no
es tal vez totalmente lo mismo que eso con lo que intenté planteárselas al comienzo en su
punto esencial.
Hay también un simulacro de angustia. En ese nivel se puede estar tentado de minimizar
su alcance, en la medida en que es verdaderamente sensible que el sujeto se envíe a sí
mismo signos de angustia, y manifiestamente o para que sea más divertido. Pero no es
tampoco de allí que podemos partir para definir la función de la angustia; y finalmente para
decir, como pretendí únicamente hacerlo hoy, cosas masivas, que se abran a este
pensamiento de que si Freud nos dijo que la angustia es una señal que se desarrolla a
nivel del yo es necesario de todos modos saber que, ¿es una señal para quien? No para el
yo, ya que es a nivel del yo que se produce. Y también lamente mucho que en nuestro
último encuentro nadie haya siquiera pensado en hacer esta simple observación.
11 de Abril de 1962
He anunciado que continuaría hoy hablando sobre el falo. Y bien, no lo haré sino bajo
esta forma de ocho invertido que no es en absoluto tranquilizante.
No es de un nuevo significante que se trata. Ustedes lo verán. Es siempre del mismo que
hablo desde el comienzo de este año; sólo que lo promuevo como esencial para renovarlo
con la base topológica de que se trata: a saber, lo que quiere decir la introducción hecha
este año del toro.
No es del todo seguro que lo dicho sobre la angustia haya sido bien entendido. Alguien
muy simpático y que lee -porque es alguien de un medio donde se trabaja- me ha
señalado muy oportunamente -debo decir que elegí este ejemplo porque es reconfortanteque
lo que dije sobre la angustia como deseo del Otro recubría lo que se encuentra en
Kierkegaard. En una primera lectura -pues es absolutamente cierto- ustedes saben que he
recordado que Kierkegaard para hablar de la angustia evoca a la jovencita en el momento
en que percibe por primera vez que se la desea. Sólo que si Kierkegaard lo ha dicho, la
diferencia con lo que yo digo es, si puedo decir, para emplear un término kierkegardiano,
que yo lo repito.
Si hay alguien que ha señalado que no es nunca por nada que se dice "lo digo y lo repito"
es justamente Kierkegaard. Si se prueba la necesidad de subrayar que se lo repite
después de haberlo dicho, es porque probablemente no es lo mismo repetirlo que decirlo;
y es absolutamente cierto que, si lo que he dicho la última vez tiene un sentido, es que
justamente en el caso subrayado por Kierkegaard es algo absolutamente particular y como
tal oscurece lejos de aclarar el verdadero sentido de la fórmula de que la angustia es el
deseo del Otro con O mayúscula.
Puede que ese Otro se encarne para la jovencita en un momento de su existencia en
cierto vagabundo. Lo que no tiene nada que ver con la cuestión que he formulado la última
vez y con la introducción del deseo del Otro como tal para decir qué es la angustia, más
exactamente que la angustia es la sensación de ese deseo.
Hoy voy a retomar mi camino de este año, y más rigurosamente de lo que podido hacer en
la excursión de la última vez. Es por lo que, más rigurosamente que nunca, vamos a hacer
topología, y esto es necesario porque ustedes no pueden dejar de hacerlo en todo
momento, quiero decir sean ustedes lógicos o no, conozcan incluso el sentido del término
topología o no, Ustedes se sirven por ejemplo de la conjunción o. Ahora, es bastante
remarcable pero seguramente cierto que el uso de esta conjunción no ha sido en el campo
de la lógica técnica, de la lógica de los lógicos, bien articulada,. bien precisada, bien
puesta en evidencia sino en una época bastante reciente,. demasiado reciente como para
que en suma sus efectos los hayan verdaderamente alcanzado; y es por esto que basta
leer el menor texto analítico corriente, por ejemplo, para ver que cada instante el
pensamiento tropieza desde que se trata del término de identificación, sino incluso de la
simple práctica de identificar lo que sea del campo de nuestra experiencia.
Hay que repartir los esquemas a pesar de todo, digámoslo, firmes en vuestro pensamiento,
por dos razones: en primer lugar porque resultan de lo que llamaré una cierta incapacidad
propia del pensamiento intuitivo o más simplemente de la intuición, lo que quiere decir algo
que esta en las bases mismas de una experiencia marcada por la organización de lo que
se llama el sentido visual. Percibirán muy fácilmente esta impotencia intuitiva, si tengo la
dicha de que luego de esta pequeña charla se pongan a plantearse simples problemas de
representación sobre lo que voy a mostrarles puede pasar en la superficie de un toro.
Verán que vale la pena no embarullarse. Es bien simple un toro: un anillo. Ustedes se
embrollarán, yo me embrollo como ustedes: he necesitado taco del ejercicio para hallarme
un poco e incluso percibir lo que eso sugería y permitía fundar prácticamente.
El otro término está ligado a lo que se llama instrucción, a saber que a esta suerte de
impotencia intuitiva, se hace todo para fomentarla, para establecerla, para darle un
carácter de absoluto, esto Seguramente con las mejores intenciones. Es lo que sucede por
ejemplo cuando en 1741 Euler, un gran nombre en la historia de las matemáticas,
introduce sus famosos círculos que, lo sepan o no, ha hecho mucho para fomentar la
enseñanza de la lógica clásica en un cierto sentido que, lejos de abrirla, no podía sino
volver peligrosamente evidente la idea que podían hacerse de ésta los simples escolares.
La cosa se produce porque a Euler se le había metido en la cabeza, Dios sabe porqué,
enseñar a una princesa, la princesa de Anhalt Dessau. Durante todo un período se han
ocupado mucho de las princesas, se ocupan todavía, y es irritante. Ustedes saben que
Descartes tenía la suya: la famosa Cristina. Es una figura histórica de distinto relieve,
acabó con esto. Eso no es absolutamente subjetivo, hay una especie de hediondez muy
particular que se desprende de todo lo que rodea la entidad princesa o Prinzessin. Hemos
tenido durante un período de aproximadamente tres siglos algo que está dominado por las
cartas dirigidas a princesas, memorias de princesas, y esto tiene un lugar determinado en
la cultura. Es una suerte de reemplazo de esta Dama cuya función, tan difícil de
comprender, tan difícil de aproximar, he intentado explicar en la estructura de la
sublimación cortés, de la que no estoy seguro después de todo, de haberles hecho percibir
cual es su verdadero alcance. No he podido Verdaderamente darles sino especies de
proyecciónes de cómo se intenta figurar en otro espacio figuras de cuatro dimensiones que
no se pueden obtener.
Me enteré con placer de que algo de esto ha llegado a orejas vecinas y que se empiezan a
interesar, en otras partes que aquí, en lo que podría ser el amor cortés. Es ya un resultado.
Dejemos a la princesa y los trastornos que haya podido ocasionar a Euler. El le escribió
254 cartas, no sólo para hacerle comprender sus círculos. Publicadas en 1775 en Londres,
constituyen una suerte de corpus del pensamiento científico en esta fecha. El no ha
sobrevivido efectivamente sino a esos pequeños círculos, esos círculos de Euler que son
círculos como todos los círculos; se trata simplemente de ver el uso que hace de ellos.
Eran para explicar las reglas del silogismo y finalmente la inclusión, la exclusión, y lo que
puede llamarse, ¿el recorte de dos qué? de dos campos aplicables ¿a qué? a muchas
cosas, por ejemplo el campo donde una cierta proposición es verdadera, aplicable al
campo donde una cierta relación existe, aplicables muy simplemente al campo donde un
objeto existe.
Ven que el uso del círculo de Euler, si están habituados a la multiplicidad de las lógicas tal
como han sido elaboradas en un inmenso esfuerzo cuya mayor parte se sostiene en la
lógica proposicional, relaciónal, y la lógica de clases, ha sido distinguido de la manera más
útil. No puedo siquiera pensar en entrar seguramente en los detalles que requerirla dar a la
distinción de estas elaboraciones. Lo que quiero simplemente hacer aquí reconocer es que
ustedes han recordado seguramente de tal o cual momento de vuestra existencia al que
han llegado bajo esta especie de soporte, una demostración lógica cual quiera de cierto
objeto como objeto lógico, se trate de proposición relación, clase, o aún simplemente
objeto de existencia.
Tomemos un ejemplo a nivel de la lógica de clases y representemos por ejemplo con un
pequeño circulo en el interior de uno mayor a los mamíferos en relación a la clase de los
vertebrados; esto va de suyo, y tanto más simplemente como que la lógica de clases es
ciertamente la que al comienzo ha facilitado el camino de la manera más cómoda a esta
elaboración formal, y que se refiere ahí a algo ya encarnado en una elaboración
significante, aquella de la clasificación zoológica, que muy simple y verdaderamente da de
esto el modelo. Pero el universo del discurso, como se expresa a justo titulo, no es un
universo zoológico; y de querer extender las propiedades del universo de la clasificación
zoológica a todo el universo del discurso, uno se desliza fácilmente en un cierto número de
trampas que les evitan las faltas y dejan demasiado pronto escuchar la señal de alarma del
impasse significativo.
Uno de estos inconvenientes es por ejemplo un uso inconsiderado de la negación. Es
justamente en una época reciente que este uso se he encontrado abierto como posible, a
saber hasta en la época en que se observó que en el uso de la negación ese círculo de
Euler exterior de la inclusión debía jugar un rol esencial, a saber que no es absolutamente
la misma cosa hablar sin ninguna precisión por ejemplo de lo que es no-hombre o de lo
que es no-hombre en el interior de los animales. En otros términos, que para que la
negación tenga un sentido aproximadamente seguro, utilizable en lógica, es necesario
saber por relación a qué conjunto algo es negado. En otros términos si A' es no A, es
necesario saber en qué es no A, a saber aquí en B.
(73) gráfico(74)
La negación, si abren para esto Aristóteles, arrastra toda clase de dificultades. No es sin
embargo cuestionable que no se haya atendido de ninguna manera a estas
observaciones, ni se haya hecho el menor uso de este soporte formal. Quiero decir que no
es normal hacer uso de esto para servirse de la negación, a saber que el sujeto en su
discurso hace frecuentemente uso de la negación en casos donde no hay la menor
posibilidad de asegurarlo sobre esta base formal; de donde la utilidad de las
observaciones que les hago sobre la negación distinguiendo la negación a nivel de la
enunciación o como constitutiva de la negación a nivel del enunciado.
Esto quiere decir que las leyes de la negación, justamente en el punto en que ellas no
están aseguradas por esta introducción absoluta mente decisiva y que data de la distinción
reciente de la lógica de relaciones con la lógica de clases, están en suma para nosotros
absolutamente en otra parte que ahí donde ha encontrado su asiento, -que vamos a definir
el estatuto de la negación.
Es un llamado destinado a aclararles respectivamente la importancia de lo que a partir del
comienzo del discurso de este año les he sugerido en lo concerniente a la originalidad
primordial en relación a esta distinción de la función de la negación.
Ven entonces que esos círculos de Euler, no es Euler quien se ha servido de ellos a este
fin; fue necesario que se introdujera la obra de Boole, luego la de De Morgan, para que
esto fuera plenamente articulado.
Si vuelvo a estos círculos de Euler, no es que él mismo haya hecho un buen uso de esto,
pero es con su material, con el uso de esos círculos que han podido ser hechos los
progresos que siguieron y de los que les doy a la vez uno de aquéllos que no es el menor
ni el menos notorio, en todo caso particularmente sorprendente, inmediato de ser sentido.
Entre Euler y De Morgan el uso de esos círculos ha permitido una simbolización que es
también útil que les parezca por añadidura implícitamente fundamental, que se apoya
sobre la posición de esos círculos que se estructuran así: es lo que llamaremos dos
círculos que se recortan, que son especialmente importantes por su aspecto intuitivo que
parecerá a todos inobjetable si les hago observar que es en torno de esos círculos que
pueden articularse en primer lugar dos relaciones que conviene acentuar, la de la reunión:
que se trate de lo que se trate su reunión, el hecho es que después de la operación de
reunión, lo que esta unificado son esos dos campos.
(75) gráfico(76)
La operación llamada de reunión que se simboliza ordinariamente así ? es precisamente
la que ha introducido ese símbolo, es, ustedes lo ven, algo no enteramente parecido a la
adición, y esos círculos tienen la ventaja de hacerlo sentir. No es lo mismo adicionar por
ejemplo dos círculos separados que reunirlos en esta posición.
Hay otra relación ilustrada por esos círculos que se recortan la de la intersección,
simbolizada por este signo cuya significación es completamente diferente ? ??El campo de
intersección está comprendido en el campo de reunión.
reunión ?
intersección ?
En lo que se llama el álgebra de Boole se muestra que, hasta un cierto punto al menos,
esta operación de reunión es bastante análoga la adición como para que la podamos
simbolizar por el signo de la adición (+). Se muestra igualmente que la intersección es
estructuralmente bastante análoga a la multiplicación como para que se la pueda
simbolizar por el signo de la multiplicación.
Les aseguro que hago un resumen ultra rápido destinado a llevarlo ah! donde debo
llevarlos, y me excuso ante aquéllos para quienes las cosas se presentan en toda su
complejidad respecto de las elisiones que esto comporta. Pues es necesario que vayamos
más lejos y sobre el punto preciso que debo introducir, -lo que nos interesa es algo que
hasta De Morgan -y uno puede sorprenderse de semejante omisión- no había sido,
hablando con propiedad, puesto en evidencia como justamente una de esas funciones que
derivan, que debieran deducirse de un uso absolutamente riguroso de la lógica,
precisamente ese campo constituido por la extracción, en relación de esos dos círculos, de
la zona de intersección.
(77) gráfico(78)
Y considerar lo que es el producto, cuando dos círculos se recortan a nivel del campo así
definido; es decir la reunión menos la intersección, es lo que se llama la diferencia
simétrica.
Esta diferencia simétrica es lo que va a retenernos, lo que para nosotros -ustedes verán
porqué- es del mayor interés. El término diferencia simétrica es aquí una apelación que les
ruego simplemente tomar por su uso adicional. Es así como se la ha denominado. No
intenten dar un sentido analizable gramaticalmente a ésta, digamos, simetría. La diferencia
simétrica, es esto lo que ésta quiere decir: esos campos en los dos círculos de Euler, en
tanto que definen como tal un "o" de exclusión. En lo concerniente a dos campos
diferentes, la diferencia simétrica marca el campo tal como está construido si ustedes dan
al ''o" no el sentido alternativo, sino que implica la posibilidad de una identidad local entre
los dos términos; y el uso corriente del término "o" hac e que de hecho el termino "o" se
aplique aquí muy bien al campo de la reunión. Si una cosa es A o Bes así que el campo
de su extensión puede dibujarse, a saber bajo la forma primera en que esos dos campos
son descubiertos.
(79) gráfico(80)
Si por el contrario es exclusivo A o B, a saber que el campo de intersección está excluido.
(81) gráfico(82)
Esto debe llevarnos a volver a una reflexión concerniente a lo que supone intuitivamente el
uso del circulo como base, como soporte de algo que se formaliza en función de un límite.
Esto se define muy suficientemente en el hecho de que sobre un plano de uso corriente,
-lo que no quiere decir un plano natural-, un plano fabricable, un plano que ha entrado
absolutamente en nuestro universo de lo útil, a saber una hoja de papel, -vivimos mucho
más en compañía de hojas de papel que en compañía de toros, debe haber razones para
esto, pero en fin, razones que no son evidentes, ¿porqué el hombre no fabricaría más
toros? Por otro lado durante siglos, lo que tenemos actualmente bajo la forma de hojas
eran rollos que debían ser más familiares a la noción de volumen en otras épocas que la
nuestra. Finalmente, hay ciertamente una razón pera que esta superficie plana sea algo
que nos basta y más exactamente de la que nos bastamos. Esas razones deben estar en
alguna parte. Y lo he indicado hace un rato -no se podría sino acordar importancia al
hecho de que contrariamente a todos los esfuerzos de los físicos como de los filósofos
para persuadirnos de lo contrario, el campo visual, se diga lo que se diga, es
esencialmente de dos dimensiones: sobre una hoja de papel, sobre una superficie
prácticamente simple, un circulo dibujado delimita de la manera más clara un interior y un
exterior. He aquí todo el secreto, todo el misterio, el resorte simple del uso que se hace de
esto en la ilustración euleriana de la lógica.
Les planteo la siguiente preguntas qué sucedería si Euler, en lugar de dibujar ese circulo,
dibujara mi ocho invertido, éste con el que hoy voy a entretenerlos?
En apariencia no es sino un caso particular de circulo con el campo exterior que él define y
la posibilidad de tener otro circulo en el interior. Simplemente, el círculo interior toca -es
esto lo que en una primera impresión algunos podrían decirme- el limite constituido por el
círculo exterior. Sólo que sin embargo no es exactamente eso, en el sentido de que está
bien claro, en la manera con que lo dibujo, que la línea del circulo exterior se continúa en
la línea del círculo interior para volver a encontrarse ahí.
(83) gráfico(84)
Y entonces, para marcar simplemente enseguida el interés, el alcance de esta forma muy
simple, les sugeriría que las observaciones que introduje en un cierto punto de mi
seminario cuando introduje la función del significante, consistian en esto: en recordarles la
paradoja o pretendida paradoja introducida por la clasificación de los conjuntos que se no
comprenden a sí mismos. Les recuerdo las dificultades que introducen: ¿debemos
incluirlos o no, a estos conjuntos que no se comprenden a sí mismos, dentro del conjunto
de los conjuntos que no se comprenden a sí mismos? Ven ahí la dificultad. Si los
incluimos, entonces, se comprenden a sí mismos en este conjunto de los conjuntos que no
se comprenden a sí mismos. Si no, nos encontramos ante un impasse análogo.
E
E : conjuntos que se comprenden a sí mismos
E
E : conjuntos que no se comprenden a sí mismos
(85) gráfico(86)
Esto está fácilmente resuelto con la simple condición de que se perciba al menos esto -es
la solución que han dado por otra parte los formalistas, los lógicos-, que no se puede
hablar de la misma manera, digamos, de conjuntos que se comprenden a sí mismos, y de
conjuntos que no se comprenden a sí mismos. Dicho de otro modo, se loe excluye como
tales de la definición simple de los conjuntos, se plantea finalmente que los conjuntos que
se comprenden a sí mismos no pueden ser planteados como conjuntos.
Quiero decir, que lejos de que esta zona interior de objetos tan considerables en la
construcción de la lógica moderna como los conjuntos, lejos de que una zona interior
definida por esta imagen del ocho invertido por el recubrimiento o el redoblamiento en ese
recubrimiento de una clase, de una relación, de una proposición cualquiera por si misma,
su alcance a la segunda potencia, lejos de que esto cede en un caso notorio la clase, la
proposición, la relación de un modo general, la categoría en el interior de sí misma de una
manera en cierta forma más pesada, más acentuada, esto tiene por efecto reducirla a la
homogeneidad con lo que está en el exterior.
¿Cómo es esto concebible? Pues finalmente debemos sin embargo decir que, si es así
como la cuestión se presenta, a saber entre todos los con juntos un conjunto que se
recubre él mismo, no hay ninguna razón a priori para no hacer de esto un conjunto como
los otros. Ustedes definen como conjunto por ejemplo todas las obras que conciernen a lo
que se refiere a las humanidades, es decir atlas artes, a las ciencias, a la etnografía.
Hacen una lista: las obras hechas sobre la cuestión de lo que se debe clasificar como
humanidades formarán parte del mismo catálogo, es decir que a que vengo incluso de
definir ahora articulando el titulo: las obras concernientes a las humanidades' forma parte
de lo que hay que catalogar.
¿Cómo podemos concebir que algo que se plantea así como redoblándose a sí mismo en
la dignidad de una oferta categoría pueda encontrarse llevándonos prácticamente a una
antinomias, a un impasse lógico tal que nos veamos obligados a rechazarla? Tienen aquí
algo que no carece de importancia en tanto hemos visto prácticamente a los mejores
lógicos ver ahí una suerte de fracaso, de punto limite, de punto de vacilación de todo el
edificio formalista, y no sin razón. Tenemos aquí por tanto lo que hace a la intuición una
suerte de objeción mayor, enteramente inscrita, visible, sensible en la forma misma de
esos dos círculos que se presentan, en la perspectiva euleriana, como incluido uno en
relación al otro.
Es justamente ahí que vamos a ver que el uso de la intuición de representación del toro es
enteramente utilizable. Y, otorgándoles que ustedes perciben bien, imagino, esto de lo que
se trata, a saber, de una cierta relación del significante a sí mismo, se los he dicho, es en
la medida en que la definición de un conjunto se ha aproximado de más en más a una
articulación puramente signficante que ha llevado a este impasse, -ésta es toda la
cuestión, por el hecho de que se trata para nosotros de poner en prime r plano que un
significante no podría significarse a sí mismo. De hecho es algo excesivamente tonto y
simple ese punto tan esencial de que el significante en tanto puede servir para significarse
a sí mismo debe plantearse como diferente de el mismo. Es esto lo que se trata de
simbolizar en primer lugar, en tanto es también esto lo que vamos a encontrar, hasta un
cierto punto de extensión que se trata de determinar, en toda la estructura subjetiva hasta
y comprendido el deseo.
Cuando uno de mis obsesivos, muy recientemente todavía después de haber desarrollado
todo el refinamiento de la ciencia en sus ejercicios respecto de los objetos femeninos a los
cuales, como es común en los otros obsesivos, si puedo decir, permanece ligado por lo
que se puede llamar una infidelidad constante: a la vez imposibilidad de abandonar
ninguno de sus objetos y extrema dificultad de mantenerlos todos juntos y que agrega que
es evidente qué en esta relación, en esa relación tan complicada que requiere tan alto
refinamiento técnico, si puedo decir, en el mantenimiento de relaciones que en principio
deben permanecer exteriores las unas a las otras, impermeables las unas a las otras, y por
lo tanto ligadas, que, si todo esto, me dice, no tiene otro fin que dejarlo intacto para una
satisfacción con la que él mismo tropieza, ella debe entonces encontrarse en otra parte, no
sólo en un futuro siempre distante, sino manifiestamente en otro espacio, en tanto de esta
intactitud y de su fin él es finalmente incapaz de decir en qué, como satisfacción esto
puede desembocar.
Tenemos sin embargo ahí sensible, algo que plantea para nosotros la cuestión de la
estructura del deseo de la manera más cotidiana.
Volvamos a nuestro toro, y escribamos ahí nuestros círculos de Euler. Esto va a requerir
hacer -me excuso- un pequeño rodeo que no es, a pesar de lo que pudiera parecerle a
cualquiera que entrara actualmente por primera vez en mi seminario, un rodeo geométrico
-lo será quizás hacia el fin pero muy incidentalmente- que es, hablando con propiedad,
topológico. No ninguna necesidad de que ese toro sea un toro regular ni un toro sobre el
cual podamos tomar medidas, es una superficie constituida según ciertas relaciones
fundamentales que voy a ser llevado a recordarles, pero como no quiero parecer ir
demasiado lejos de lo que es el campo de nuestro interés, voy a limitarme a las cosas que
ya he esbozado, y que son muy simples.
(87) gráfico(88)
Se los he hecho observar: sobre tal superficie podemos describir ese tipo de círculo que es
el que les he ya connotado como reductible, el que está representado por una pequeña
cuerda que pasa finalmente por un bucle, -puedo, tirando la cuerda, reducirla a un punto,
dicho de otro modo, a cero. Les he hecho observar que hay otras dos especies de círculos
o lazos cualquiera sea su extensión, pues podría también, por ejemplo, tener esta forma.
(89) gráfico(90)
Esto quiere decir un círculo que atraviesa el agujero cualquiera sea su forma más o menos
cerrada, más o menos laxa. Es eso lo que lo define: atraviesa el agujero, pasa del otro
lado del agujero. Está aquí representado en trazo pleno, en tanto que ahí está
representado en puntillado. Es esto lo que simboliza ese circulo no es reductible, lo quiere
decir que si ustedes lo suponen realizado por una cuerda que pasa siempre por ese
pequeño arco que nos servirá para cerrarlo, no podemos reducirlo a algo puntiforme,
permanecerá siempre, sea cual fuere su circunferencia, en el centro la circunferencia de lo
que podemos llamar ahí el espesor del toro.
Ese círculo irreductible desde el punto de vista que nos interesaba hace un rato, a saber la
definición de un interior y un exterior, si muestra por un lado una resistencia particular, algo
que en relación a los otros círculos le confiere una dignidad eminente, sobre este otro
punto he aquí de repente que va a aparecer singularmente desprovisto (déchu) de las
propiedades del precedente; pues si, ese circulo del que les hablo, ustedes lo materializan
por ejemplo por un corte con unas tijeras, ¿qué obtendrán? En absoluto como en el otro
caso un pequeño pedazo que se va y luego el resto del toro. El toro quedará intacto bajo la
forma de un tubo o de una manga si ustedes quieren.
Si ustedes toman otro tipo de circulo, aquel del que les he ya hablado, que no es el que
atraviesa el agujero sino el que lo rodea,. éste se encuentra en la misma situación que el
precedente en cuanto a su irreductibilidad. Se encuentra igualmente en la misma situación
que el precedente en lo concerniente al hecho de que no basta definir un interior ni un
exterior.
Dicho de otro modo, que si ustedes lo siguen, a ese círculo, y abren el toro con la ayuda
de tijeras, obtendrán finalmente ¿qué? Y bien, lo mismo que en el caso precedente: eso
tiene la forma de un toro pero es una forma que no presenta una diferencia más que
intuitiva, que es entera y esencialmente lo mismo desde el punto de vista de la estructura.
Ustedes obtienen siempre luego de esta operación, Como en el primer caso una manga,
simplemente es una manga muy corta y muy ancha, ustedes obtienen un cinturón si
quieren, pero no hay diferencia esencial entre un cinturón y una manga desde el punto de
vista topológico llamen a eso una banda también si quieren.
Estamos entonces en presencia de dos tipos de círculos que desde ese punto de vista por
otra parte no hacen sino uno que no definen un interior y un exterior. Les hago observar
incidentalmente que, si ustedes cortan el toro sucesivamente siguiendo el uno y el otro, no
llegan aún sin embargo a hacer aquello de lo que se trata y que obtienen por lo tanto
enseguida con el otro tipo de círculo. El primero que les he dibujado, a saber, dos
pedazos.
Por el contrario el toro, no sólo queda entero pero era, la primer vez que les hablé de esto,
una puesta en plano lo que resulta y que les, permite simbolizar eventualmente de una
manera particularmente cómoda al toro como un rectángulo que ustedes pueden
estirándolo un poco, exhibir como un cuero (peau) estacado en los cuatro extremos, definir
las propiedades de correspondencia de esos bordes uno al otro, de correspondencia
también de sus vértices, reuniéndose los cuatro vértices en un punto y tener así, de una
manera mucho más accesible a las facultades de intuición ordinarias, un medio de estudiar
lo que ocurre geométricamente sobre el toro, es decir habrá uno de esos tipos de círculo
que se representara por una línea como ésta:
(91) gráfico(92)
otro tipo de círculo por líneas como aquella representando dos puntos planteados,
definidos de manera previa como equivalentes en lo que se llama los bordes de la
superficie extendida puesta en plano, si se puede decir, en tanto seguramente no se trata
de una verdadera puesta puede decir, siendo la puesta en plano como tal imposible en
tanto no se trata de una superficie geométricamente identificable a una superficie plana, lo
repito, puramente métricamente, no topológicamente. ¿A dónde nos conduce esto?
El hecho de que dos secciónes de esta especie sean posibles con, por otra parte,
necesidad de reagruparse la una a la otra sin fragmentar de ningún modo la superficie,
dejándola entera, dejándola de una sólo pieza (lambeau), si puedo decir,. basta para
definir un cierto género de superficie. Todas las superficies están lejos de tener un género;
si ustedes en particular hacen una tal sección sobre la esfera, no obtendrán nunca sino
dos pedazos, sea cual fuere el círculo. ¿Esto para ir dónde?
No hagamos una sola sección sino dos secciónes sobre la base del toro. ¿Qué vemos
aparecer? Vemos aparecer algo que seguramente va a sorprendernos enseguida, a saber,
que si los dos círculos se reagrupan, el campo llamado de la diferencia simétrica existe
muy bien. ¿Podemos decir por tanto que existe el campo de la intersección? Pienso que
esta figura, tal como está construida, es suficientemente accesible a vuestra intuición como
para que comprendan bien enseguida e inmediatamente que no hay nada de esto:
(93) gráfico(94)
A saber que lo que sería intersección pero que no lo es y que, digo para el ojo -pues por
supuesto ni por un instante es cuestión de que esta intersección exista- pero para el ojo es
tal como se los he presentado así sobre está figura tal como esta dibujada, -se encontraría
tal vez en alguna parte ahí (ver esquema) de ese campo perfectamente continuo de un
sólo bloque, de una sola pieza (lambeau) con ese campo que podría analógicamente, de
la manera más grosera, por una intuición justamente habituada a fundarse en las cosas
que ocurren solamente sobre el plano, corresponder a ese campo externo donde
podríamos definir, en relación a dos círculos de Euler recortándose, el campo de su
negación, a saber, si ahí tenemos el círculo A y ahí el círculo B, aquí tenemos A' negación
de A y tenemos ahí B' negación de B y hay que formular algo que concierne a su
intersección a esos campos exteriores eventuales.
(95) gráfico(96)
Ahí vemos ilustrado de la manera más simple por la estructura del toro que algo es posible,
algo que puede articularse así: dos campos recortándose, pudiendo como tales definir su
diferencia como diferencia simétrica pero que no son menos dos campos de los que se
puede decir que no pueden reunirse y que no pueden tampoco recubrirse en otros
términos que no pueden ni servir a una función de "o...o...", de reunión, ni servir a una
función de multiplicación (intersección) por sí mismo. No pueden literalmente retomarse a
la segunda potencia, no pueden reflejar el uno por el otro y el uno en el otro; no tienen
intersección, su intersección es exclusión de sí mismos. El campo donde se alcanzarla la.
intersección es el campo donde se sale de lo que les concierne, donde se está el
no-campo. Esto es tanto interesan como que a la representación esos dos círculos
nosotros podemos sustituirle nuestro ocho interior, nuestro ocho invertido.
(97) gráfico(98)
Nos encontramos así ante una forma que para nosotros es aún más sugestiva. Intentemos
recordar eso a lo cual pienso comparar enseguida esos círculos que dan la vuelta del
agujero del toro: a algo les dije, que tiene relación con el objeto metonímico, con el objeto
de deseo en tanto tal.
¿Qué es lo que ese ocho invertido?, ¿ese círculo que se retoma a sí mismo en el interior
de sí mismo?, ¿qué es si no un círculo qué limita se redobla y se retoma?, que permite
simbolizar -en tanto se trate de evidencia intuitiva y de que los círculos de Euler nos
parecen particularmente convenientes para una cierta simbolización del limite que permite
simbolizar este límite en tanto se retoma a sí mismo, se identifican a sí mismos. Reduzcan
cada vez más la distancia que separa el primer bucle, digamos, del segundo, y tendrán el
círculo en tanto se aprehende a sí mismo. ¿Hay acaso para nosotros objetos de esta
naturaleza saber, que subsistan únicamente en esta aprehensión de su autodiferencia?
Pues de dos cosas una: o la aprehenden o no la aprehenden. Pero hay algo en todo caso,
que todo lo que ocurre en ese nivel de la toma (saisie-aprehensión) implica y necesita, es
que algo excluye toda reflexión de este objeto sobre sí mismo. Quiero decir que supongan
que sea el a de lo que se trata, - como se los he ya indicado era eso para lo cual esos
círculos iban a servirnos- y esto quiere decir que a² , el campo así definido es el mismo
campo que ese que está ahí, es decir no-a o -a.
(99) gráfico(100)
Supongan por el momento, no he dicho que estuviera demostrado, les digo que les proveo
hoy un modelo, un soporte intuitivo de algo que es precisamente aquello de lo que
tenemos necesidad en lo concerniente a la constitución del deseo. Quizás les parecerá
más accesible, más inmediatamente a vuestro alcance hacer de esto el símbolo de la
autodiferencia del deseo a sí mismo y el hecho de que es precisamente en su
reconocimiento sobre sí mismo que vemos aparecer que lo que él encierra se sustrae y
huye hacia lo que lo rodea. Ustedes dirán: deténgase, suspenda aquí, pues no es
realmente el deseo lo que intento simbolizar por el doble bucle de ese ocho interior sino
algo que conviene mucho mejor a la conjunción del a, del objeto de deseo como tal
consigo mismo
Para que el deseo sea efectivamente inteligentemente soportado en esta referencia
intuitiva a la superficie del toro, conviene hacer entrar ahí la dimensión de la demanda.
Esta dimensión de la demanda, les he dicho por otra parte que los círculos que encierran
el espesor del toro como tal podían servir muy inteligiblemente para representarla y que
algo, por otra parte que es en parte contingente quiero decir ligado a una apercepción
exterior, visual, ella misma demasiado marcada por la intuición común como para no ser
refutable, lo verán, pero en fin tal como ustedes están forzados a representar el toro, a
saber, algo como este anillo, ven fácilmente cuan cómodamente lo que ocurre en la
sucesión de esos círculos capaces de seguir de alguna manera en hélice y según una
repetición que es la del hilo alrededor de la bobina, cuán fácilmente la demanda en su
repetición, su identidad y su distinción necesarias, su desarrollo y su retorno sobre si
misma, es algo que se encuentra fácilmente soportado por la estructura del toro.
No está ahí lo que espero hoy repetir una vez más. Por otra parte si no hiciera más que
repetirlo ah! sería absolutamente insuficiente; es por el contrario algo sobre lo cual quiero
atraer vuestra atención, a saber, ese círculo privilegiado que está constituido por esto que
es no solamente un círculo que da la vuelta (rodea) el agujero central, sino que es también
un círculo que lo atraviesa. En otros términos, que está constituído por una propiedad
topológica que confunde, adiciona, el bucle constituido en torno del espesor del toro con el
que se haría de una vuelta hecha por ejemplo al rededor del agujero interior.
Esta suerte de bucle es para nosotros de un interés absolutamente privilegiado; pues es el
que nos permitirá soportar, imaginar como estructurales las relaciones de la demanda y el
deseo. Veamos en efecto que puede producirse respecto de tales bucles: obs erven que
puede haber ahí as! constituidos, que otro que les es vecino se complete, vuelva sobre sí
mismo, sin cortar del todo el primero (ver esquema II). Ustedes lo ven, dado lo que ahí he
intentado articular, dibujar, a saber la manera con la que eso pasa del otro lado de este
objeto que suponemos masivo porque es como eso que ustedes lo intuicionan tan
fácilmente y que evidentemente no lo es, la línea del círculo 1 pasa ahí, la otra (3) pasa un
poco más lejos. No hay ninguna especie de intersección de esos dos círculos.
(101) gráfico(102)
He ahí dos demandas que implicando el círculo central con lo que él simboliza -en la
ocasión el objeto, y en qué medida es efectivamente integrado a la demanda es lo que
nuestros desarrollos ulteriores nos permitirán articular- esas dos demandas no comportan
ninguna especie de recorte, ninguna especie de intersección e incluso ninguna especie de
diferencia articulable entre ellas, aún cuando tengan el mismo objeto incluido en su
perímetro.
Por el contrario hay otro tipo de circuito, éste que ahí pasa efectivamente del otro lado del
toro, pero que lejos de reunirse consigo mismo en el punto de donde ha partido inicia aquí
otra curva para venir una segunda vez a pasar ahí y volver a su punto de partida.
(103) gráfico(104)
Pienso que ustedes han aprehendido de lo que se trata; se trata de nada menos que de
algo absolutamente equivalente a la famosa curva del ocho invertido del que les hablaba
hace un rato. Aquí los dos bucles representan la reiteración, la reduplicación de la
demanda y comportan entonces ese campo de diferencia a sí mismo, de autodiferencia
que es aquél sobre el cual hemos puesto el acento, es decir que aquí encontramos el
medio de simbolizar de una manera sensible, a nivel mismo de la demanda, una condición
para que ella sugiera, en toda su ambigüedad, y de una manera estrictamente análoga a la
manera con que ella es sugerida rica en la reduplicación misma del objeto del deseo sobre
sí mismo, la dimensión central constituida por el vacío del deseo.
Todo esto no se los aporto sino como una suerte de proposición de ejercicios, de ejercicios
mentales, de ejercicios con los cuales ustedes deben familiarizarse si quieren encontrar a
continuación en el toro el valor metafórico que le daré cuando vaya en cada caso, se trate
del obsesivo, del histérico, del perverso, hasta incluso del esquizofrénico a articular la
relación del deseo y la demanda. Es por lo que es bajo otros términos, bajo la forma del
toro desplegado puesto en plano que voy a intentar señalarles a qué corresponden los
diversos casos que he evocado hasta aquí a saber los dos primeros círculos por ejemplo
que eran círculos que hacían el agujero central y que se recortaban constituyendo para
hablar con propiedad, la misma figura de diferencia simétrica de los círculos de Euler.
(105) gráfico(106)
Vean lo que eso da sobre el toro extendido, ciertamente de esta manera figurada más
satisfactoria que lo que ustedes veían hace un momento dado que ustedes pueden palpar
el hecho de que no hay simetría digamos entre los cuatro campos, dos por dos, tal como
están definidos por el recorte (recoupement) de los dos círculos.
Ustedes hubieran podido decirse, y ciertamente no de una manera que fuera signo de
poca atención, que de dibujar las cosas así
(107) gráfico(108)
y al dar un valor privilegiado a lo que llamo aquí diferencia simétrica, no hago ahí sino algo
bastante arbitrario en tanto los otros dos campos de los que les he hecho observar se
confunden, ocupaban quizás en relación a esos dos un lugar simétrico. Ustedes ven aquí
que no hay nada de eso a saber que los campos definidos por esos dos sectores, de
cualquier manera que ustedes los conecten -y podrían hacerlo no son de ninguna manera
identificables al primer campo.
La otra figura a saber la del ocho invertido se presenta así:
(109) gráfico(110)
La no simetría de los dos campos es aún más evidente. Los dos círculos que he dibujado
sucesivamente sobre el recorrido del toro como definiendo dos círculos de la demanda en
tanto no se recortan ténganlos así simbólizados. Hay uno que podemos identificar
puramente -hablo de los dos círculos de la demanda tal como acabo de definirlos en tanto
incluían además el agujero central- uno puede fácilmente definirse, situarse, sobre el toro
extendido como una oblicua uniendo en diagonal un vértice al mismo punto que está
realmente en el borde opuesto; al vértice opuesto de su posición AB. El segundo bucle
que había dibujado se simbolizaría así: comenzando en un punto aquí cualquiera tenemos
ahí A', ahíC,un punto C que es el mismo que ese punto -C' y terminando en B: A ' C 'C B
(111) gráfico(112)
No hay ninguna posibilidad de distinguir el campo que está en A A' . No tiene ningún
privilegio en relación a este campo que está en AC'B'B. No es lo mismo si es por el
contrario el ocho interior el que simbolizamos, pues entonces se presenta así:
(113) gráfico(114)
Aquí tienen uno de esos campos: está definido por las partes sombreadas. No es
manifiestamente simétrica con lo que queda del otro campo, de cualquier modo con que se
esfuercen en recomponerlo. Es evidente que pueden recomponerlo de la manera
siguiente, que este elemento -pongamos x- viniendo aquí éste viniendo aquí y esa ahí,
ustedes tienen la forma definida por la autodiferencia dibujada por el ocho interior.
Esto cuya utilización veremos a continuación puede parecer un poco fastidioso, aún
superfluo, en el momento mismo en que intento articularlo para ustedes. Sin embargo
quisiera señalarles para qué sirve todo el acento que pongo en la definición de esos
campos está destinado a marcarles en qué son utilizables esos campos de la diferencia
simétrica y de lo que llamo la autodiferencia, en qué son utilizables para un cierto fin y en
qué se sostienen como existiendo en relación a otro campo que ellos excluyen.
En otros términos establecer su función disimétrica, si me tomo el trabajo es que hay una
razón la razón es ésta es que el toro, tal como está estructurado pura y simplemente como
superficie, es muy difícil de simbolizar lo que llamaré su disimetría de una manera válida.
En otros términos, cuando ustedes lo ven extendido bajo la forma de este rectángulo se
tratará, para reconstruir el toro de que ustedes conciban primero que lo doble y haga un
tubo cerrado, segundo que lleve un extremo del tubo sobre el otro y haga un tubo cerrado,
no es menos cierto que lo que hago en un sentido hubiera podido hacerlo en el otro.
Como se trata de topología y no de propiedades métricas, la cuestión de la significación de
la mayor largura de un lado en relación al otro no tiene ninguna significación. No es esto lo
que nos interesa ya que es la función recíproca de esos círculos lo que trato de utilizar.
Ahora, justamente en esta reciprocidad aparecen poder tener funciones estrictamente
equivalentes. También esta posibilidad está en la base de lo que de entrada había dejado
indicar, aparecer, desde el comienzo para ustedes en la utilización de esta función del toro
como de una posibilidad de imagen sensible a su respecto, es que en algunos sujetos,
ninguno neuróticos por ejemplo, vemos de alguna manera de un modo sensible la
proyección, si me puedo expresar así, de los círculos mismos del deseo en toda la medida
en que se trata para ellos, si puedo decir, de salir en las demandas exigidas del Otro. Y es
lo que he simbolizado mostrando es esto: es que, si dibuja un toro, pueden simplemente
imaginar otro que encierra, si puedo decir, de esta manera al primero; hay que ver que
cada uno de esos círculos que son círculos al rededor del agujero, por simple enrulamiento
pueden tener; su correspondencia en círculos que pasan a través del agujero del otro toro,
que un toro es de alguna manera siempre transformable en todos sus puntos en un toro
opuesto.
(115) gráfico(116)
Lo que se trata entonces de ver es lo que originaliza una de las funciones circulares, la de
los círculos plenos por ejemplo en relación a lo que hemos llamado en Otro momento los
círculos vacíos. Esta diferencia existe muy evidentemente, se podría simbolizarla por
ejemplo, formalizarla indicando con un pequeño signo sobre la superficie del toro
extendida en rectángulo, si ustedes quieren, la anterioridad según la cual se harta el
repliegue, y si llamamos a ese lado a minúscula, y a éste b minúscula anotar por ejemplo a
inferior a b, o inversamente. Sería esa una notación con la cual nadie ha soñado jamás en
topología y que tendría algo de absolutamente artificial, pues no se ve porque un toro sería
de ninguna manera un objeto que tuviera una dimensión temp oral.
A partir de ese momento, es absolutamente difícil de simbolizar de otro modo, aunque se
vea bien que hay ahí algo irreductible y que constituye hablando con propiedad toda la
virtud ejemplar del objeto teórico
Habría otra manera de intentar abordarlo. Es evidente que es en la medida en que no
consideramos al toro sino como una superficie y no tomando sus coordenadas sino de su
propia estructura que nos encontramos ante este impasse, pleno para nosotros de
consecuencias ya que si evidentemente los círculos de los cuales ustedes ven voy a
hacerles servir para fijar la demanda en sus relaciones con otros círculos que tienen
relación con el deseo, si son estrictamente reversibles, ¿es que hay allí algo que
deseemos tener como modelo? Seguramente no. Se trata por el contrario del privilegio
esencial del agujero central y en consecuencia el, estatuto topológico que buscamos como
utilizable en nuestro modelo va a encontrarse huyendo y escapándosenos. Es justamente
porque nos huye y nos escapa que va a revelarse fecundo para nosotros.
(117) gráfico(118)
Intentemos otro método para marcar esto de que los matemáticos, los topologistas
prescinden perfectamente en la definición, el uso que hacen de esta estructura del toro en
topología: ellos mismos en la teoría general de las superficies han puesto en valor la
función del toro como elemento irreductible de toda reducción de las superficies a lo que
se llama una forma normal. Cuando digo que es un elemento irreductible quiero decir que
no se puede reducir el toro a otra cosa. Se pueden imagimar formas de superficies tan
complejas como quieran, pero habrá siempre que tener en cuenta la del toro en toda
planificación, si puedo expresarme así, en toda triangulación en la teoría de las superficies.
El toro no basta, se requieren otros términos, es necesario especialmente la esfera, es
necesario eso a lo cual yo no he podido hoy todavía a hacer alusión, introducir la
posibilidad de lo que se llama el cross-cap y la posibilidad de agujeros.
Cuando ustedes tienen la esfera, el toro, el cros-cap y el agujero, pueden representar
cualquier superficie denominada compacta, dicho de otra manera una superficie se la
puede descomponer en trozos (lambeaux ). Hay otras superficies que no se las puede
descomponer en trozos (lambeaux ) pero las dejamos de lado.
Vayamos a nuestro toro y a la posibilidad de su orientación. ¿Podemos hacerlo por
relación a la esfera ideal sobre la cual se engancha? Nosotros podemos, siempre,
introducir esta esfera, a saber que con una potencia suficiente de aire cualquier toro
puede venir a presentarse como un simple puño en la superficie de una esfera que es una
parte de sí mismo suficientemente inflada. Es que por intermedio de la esfera vamos a
poder, si puedo decir, volver a sumergir el toro en eso que, ustedes lo sienten bien
-buscamos por ahora, a saber ese tercer término que nos permite introducir la disimetría de
la cual tenemos necesidad entre los dos tipos de círculos.
Esta disimetría por tanto tan evidente, tan intuitivamente sensible, tan irreductible incluso y
que es con todo tal que se manifiesta al respecto como siendo algo que observamos
siempre en todo desarrollo matemático: la necesidad que eso desamarre, de olvidar algo
de entrada, esto cuando ustedes lo encuentran en toda especie de progreso formal, ese
algo olvidado y que literalmente se sustrae a nosotros, nos huye en el formalismo, ¿acaso
podamos aprehenderlo por ejemplo en la referencia de algo que se llama tubo (tuyau) a la
esfera?.
En efecto observen con cuidado lo que ocurre y se nos dice, que toda superficie
formalizable puede darnos en la reducción la forma normal. Se nos dice esto conducirá
siempre a una esfera, ¿con qué? con toros insertados sobre ésta y que podemos
legítimamente simbolizar así. Les paso la teoría, la experiencia prueba que es
estrictamente exacto. Además tenemos lo que se llama el cross-cap. Esos cross-cap,
renuncio hoy a hablarles de esto hoy, aunque será necesario que les hable de él en tanto
nos prestará el mayor servicio. Contémonos de considerar el toro
Podría venirles la idea de que un puño (poignée) como ése, que sería no exterior a la
esfera sino interior con un agujero para entrar, es algo irreductible, ineliminable, y que
sería de alguna manera necesario distinguir los toros exteriores y los toros interiores.
(119) gráfico(120)
¿En qué nos interesa esto? Muy precisamente a propósito de una forma mental que es
necesaria a toda nuestra intuición del objeto, de nuestro objeto. En efecto, en la
perspectiva platónica, aristotélica euleriana de un Unwelt y de un Innenwelt, de una
domi nancia puesta de entrada sobre la división del exterior y el interior, no ubicaremos
acaso todo lo que experimentamos, y en particular en análisis, en la dimensión de lo que
llamé el otro día el subterráneo (sous-terrain) a saber el corredor (couloir) que se hunde en
la profundidad, dicho de otra manera, al máximo, quiero decir en su forma más
desarrollada según esta forma.
(121) gráfico(122)
Es extremadamente ejemplar hacer sentir a este respecto la no independiencia absoluta
de esta forma; pues - se los repito- en tanto uno llega a formas reducidas que son las
formas inscriptas vagamente bosquejada en el pizarrón en el dibujo para dar un soporte a
lo que digo, es absolutamente imposible de sostener, aún por un instante, en la diferencia,
la originalidad eventual del puño (poignée) interior en relación al puño exterior, para
emplear los términos técnicos.
Les basta, pienso, tener un poco de imaginación para ver que se trata de algo que
materializamos en caucho, basta introducir el dedo aquí (ver esquema) y enganchar
(accrocher) del interior el anillo central de este puño tal como está constituido de extraerlo
al exterior según exactamente una forma que será ésta, es decir un toro exactamente el
mismo, sin ninguna especie de rasgadura ni incluso de inversión, hablando propiamente.
No hay ninguna inversión; lo que era interior, a saber el encaminamiento así del interior del
corredor, deviene exterior porque lo ha sido siempre. Si esto les sorprende, puedo aún
ilustrarlo de una manera más simple que es exactamente la misma porque no hay ninguna
diferencia entre esto y lo que voy a mostrarles ahora y que les he mostrado desde el
primer día esperando hacerles sentir de qué se trataba. Supongan que esté en medio de
su recorrido, lo que es exactamente la misma cosa desde el punto de vista topológico que
el toro sea tomado en la esfera; tienen ahí un pequeño corredor que camina de un agujero
a otro agujero. Ahí pienso que les es suficientemente sensible que no es difícil,
simplemente haciendo combar un poco lo que pueden tomar por el corredor con el dedo,
de hacer aparecer una figura que será aproximadamente ésta: de algo que es ahí un puño
y del que los dos agujeros comunican con el interior están aquí en puntillado.
(123) gráfico(124)
Llegamos entonces a un fracaso más, quiero decir a la imposibilidad, por una referencia a
una tercera dimensión aquí representada por la esfera, de simbolizar ese algo que pone el
toro, si se puede decir, en su disposición (assiette) respecto de su propia disimetría. Lo
que vemos una vez más manifestarse es algo que es introducido por ese simple
significante que les he aportado de entrada, del ocho interior, a saber la posibilidad de un
campo interior siempre homogéneo al campo exterior.
Esta es una categoría tan esencial, a tal punto esencial de marcar, de imprimir en vuestro
espíritu, que he creído deber hoy a riesgo de dejarlos, aún de fatigarlos, insistir durante
una sola de nuestras lecciónes. Verán, lo espero, su utilización a continuación.
2 de Mayo de 1962
No es forzosamente en la idea de halagar, ni a usted ni a nadie que he pensado hoy
para esta sesión de repaso en un momento de esta carrera de dos meses que tenemos
ante nosotros para terminar de tratar este tema difícil, hacer una especie de recreo. Quiero
decir que desde hace tiempo deseo no sólo dar la palabra a alguno de ustedes, sino
incluso precisamente a la señora Aulagnier. Hace mucho tiempo que lo pienso, desde el
día siguiente de una comunicación que ella hizo en una de nuestras reuniones científ icas.
Esta comunicación, no se porqué algunos de entre ustedes que no están ahí
lamentablemente en razón de una especie de miopía carácterística de algunas posiciones
que llamo por otra parte mandarinales, ya que este término ha hecho fortuna, han creído
ver no sé qué retorno a la Letra de Freud, en tanto que a mi oreja había parecido que la
Sra. Aulagnier, con una peculiar pertinencia y agudeza, manejaba la distinción largamente
madurada ya en ese momento de demanda y deseo.
Hay de todos modos alguna posibilidad de que uno mismo reconozca mejor su propia
posteridad que lo que lo hacen los otros. Había también una persona que estaba de
acuerdo conmigo: era la Sra. Aulagnier misma. Yo lamento haber puesto tanto tiempo en
darle la palabra -quizás el sentimiento excesivo por otra parte de algo que siempre nos
apura y hostiga para avanzar. Justamente hoy vamos por un instante a hacer esta suerte
de bucle que consiste en pasar por lo que en el espíritu de alguno de ustedes puede
responder fructificar en lo concerniente al camino que hemos recorrido juntos. Es largo ya
desde ese momento que evoco, y es muy especialmente en ese entrecruzamiento en ese
cruce constituido en el espíritu de la Sra. Aulagnier que he evocado recientemente sobre la
angustia que resulta que ella me ofreció hace algunas reuniones intervenir aquí.
Es entonces en razón de una oportunidad que vale lo que habría válido otra, el sentimiento
de tener algo que comunicarles y a propósito de la angustia, y esto en la relación más
estrecha con lo que ella ha escuchado como ustedes de lo que profeso este año acerca de
la identificación, que va a aportarnos algo que ha preparado bastante cuidadosamente
para con ello colmar el texto.
Ella ha tenido la bondad de hacerme partícipe de ese texto, quiero decir que lo he mirado
con ella ayer y que no he creído, debo decir, sino deber, animarla a presentarlo. Estoy
seguro de que representa un excelente médium, y entiendo por esto algo que no es una
media de lo que creo las orejas más sensibles, las mejores de entre ustedes, hayan podido
escuchar de la manera en que las cosas pueden ser retomadas.
En razón de esta escucha diría entonces luego de que ella haya concebido este texto, qué
uso pretendo darle a esta etapa que debe constituir lo que ella nos aporta, qué uso
pretendo darle a continuación.
(texto de la Sra. Aulagnier)
Sra. AULAGNIER
ANGUSTIA E IDENTIFICACION
Durante las últimas jornadas provinciales, un cierto número de intervenciones llevaron
sobre la cuestión de saber si es posible definir diferentes tipos de angustia. Se llegó así a
preguntar si se debía dar por ejemplo un estatuto particular a la angustia psicótica. Diré
que soy de distinto parecer: la angustia, ya sea que aparezca en el sujeto llamado normal,
en el neurótico, o en el psicótico, me parece responder a una situación específica e
idéntica del yo, y está incluso ahí lo que parece ser uno de sus rasgos carácterísticos.
En cuanto a lo que se podría llamar la posición del sujeto frente a la angustia, en la
psicosis por ejemplo, hemos podido observar que si no se intentan definir mejor las
relaciones existentes entre afecto y verbalización se puede llegar a una suerte de paradoja
que se expresaría del siguiente modo: que por una parte el psicótico sería alguien
particularmente sujeto a la angustia, -es incluso en la respuesta en espejo que suscitarla
en el analista donde habría que buscar una de las dificultades mayores de la cura-, y por
otra parte, se nos dice, que seria incapaz de reconocer su angustia, que la mantendría a
distancia, se alienaría en ella.
Se enuncia así una posición insostenible si no se intenta ir un poco más lejos: en efecto,
¿que podría significar reconocer la angustia? Ella no espera y no tiene necesidad de ser
nombrada para sumergir al yo y no comprendo lo que se podría querer decir diciendo que
el sujeto está angustiado sin saberlo. Podemos preguntarnos si no es justamente propio
de la angustia no poder nombrarse el diagnóstico, la apelación, no pueden venir sino del
lugar del Otro, de aquél frente al cual ella aparece. El, el sujeto, es el afecto angustia, él la
vive totalmente y es esta impregnación, esta captura de su yo que se disuelve lo que le
impide la mediación de la palabra.
Se puede, a ese nivel, hacer un primer paralelo entre dos estados que por diferentes que
sean me parecen representar dos posiciones extremas del yo, tan opuestas como
complementarias, -voy a hablar del orgasmo. Hay en este segundo caso la misma
incompatibilidad profunda entre la posibilidad de vivirlo y el tomar la distancia necesaria
para reconocerlo y definirlo en el hic et nunc de la situación de desencadenamiento.
Decir que se está angustiado indica en sí mismo ya haber podido tomar una cierta
distancia en relación a la vivencia afectiva, muestra de que el yo ha adquirido ya un cierto
dominio y objetividad frente a un afecto del que podemos dudar que a partir de ese
momento merezca aún el nombre de angustia. No tengo necesidad aquí de recordar el
papel metafórico, mediador, de la palabra, ni la distancia existente entre ella y su
traducción verbal.
A partir del momento en que el hombre pone en palabras sus afectos hace justamente otra
cosa, hace de esto por la palabra un medio de comunicación, los hace entrar en el dominio
de la relación y de la intencionalidad transforma en comunicable lo que ha sido vivido a
nivel del cuerpo y que como tal en último análisis permanece como algo del orden de lo no
verbal.
Todos sabemos que decir que se ama a alguien no tiene sino muy lejanos vínculos con lo
que es sentido en función de ese mismo amor a nivel corporal: decir a alguien que se lo
desea, nos recordaba Lacan, es incluirlo en nuestro fantasma fundamental, es también sin
duda, hacer de esto el testimonio de nuestro propio significante. Sea lo que fuera que
pudiéramos decir a ese sujeto, todo está hecho para mostrarnos la distancia existente
entre el afecto en tanto que emoción corporal, interiorizada, en tanto algo que extrae su
fuente más profunda de lo que por definición no puede expresarse en palabras ,voy a
hablar del fantasma, y la palabra que nos aparece así en toda su función de metáfora.
Si la palabra es la llave mágica e indispensable que sola puede permitirnos entrar en el
mundo de la simbolización, y bien, pienso justamente que la angustia responde a ese
momento entre (...) donde esta llave no abre más ninguna puerta, dónde el yo al afrontar lo
que está antes o detrás de toda simbolización, donde lo que aparece es lo que no tiene
nombre, "esta figura misteriosa", ese "lugar de donde surge un deseo que uno no puede
más aprehender", donde se produce para el sujeto un pasaje, un telescopiage entre
fantasma y realidad: lo simbólico se desvanece para dejar lugar al fantasma en tanto tal, el
yo se disuelve y es a esta disolución que llamamos angustia.
Es cierto que el psicótico no espera al analista para conocer la angustia, es cierto también
que para todo sujeto la relación analítica es en ese dominio un terreno privilegiado. Esto no
es para sorprendernos si se admite que la angustia tiene las relaciones más estrechas con
la identificación. Ahora, si en la identificación se trata de algo que sucede a nivel del
deseo, deseo del sujeto en relación al deseo del Otro, resulta evidente que la fuente mayor
de angustia en el análisis va a encontrarse en lo que es su esencia misma: el hecho de
que el Otro en este caso es alguien cuyo deseo más profundo es no desear, alguien que
por eso mismo, si permite todas las proyecciónes posibles, las devela también en su
subjetividad fantasmática y obliga al sujeto a plantearse periódicamente la cuestión de lo
que es el deseo del analista , deseo siempre presumido, jamás definido, y pudiendo por
ahí mismo en todo instante devenir ese lugar del Otro de donde surge para el analizante la
angustia.
Pero antes de intentar definir los parámetros de la situación ansiógena, parámetros que no
pueden dibujarse sino a partir de problemas propios de la identificación, se puede plantear
una primera cuestión de orden más descriptivo y que es ésta: ¿qué entendemos cuando
hablamos de angustia oral, de castración, de muerte?
Intentar diferenciar esos diferentes términos a nivel de una suerte de escalonamiento
cuantitativo es imposible: no hay angustiómetro, no se está poco o muy angustiado, se lo
está o no se lo está. La única vía que permite una respuesta a ese nivel es la de situarnos
en el lugar en que nos toca (revient): aquél de quien sólo puede definir la angustia del
sujeto a partir de lo que esta angustia le señala. Si es verdad, como lo señala Lacan, que
es muy difícil hablar de la angustia en tanto que señal a nivel del sujeto, me parece seguro
que su aparición designa, señala al Otro en tanto que fuente, en tanto lugar de donde ella
surge, y no puede ser inútil a este respecto recordar que no hay afecto que soportemos
peor en el otro que la angustia, que no hay afecto al cual no arriesguemos responder de
manera paralela.
El sadismo, la agresividad, puede por ejemplo suscitar en el partenaire una reacción
inversa, masoquista o pasiva, la angustia no puede provocar sino la huida o la angustia.
Hay aquí una reciprocidad de respuesta que no deja de plantear una pregunta.
Lacan se ha rebelado contra esa tentativa hecha por muchos que sería la búsqueda de un
"contenido de la angustia"; esto me recuerda lo que ha dicho a propósito de otra cosa, que
para sacar un conejo de la galera es preciso haberlo puesto previamente ahí: y bien, yo
me pregunto si la angustia no aparece justamente no sólo cuando el conejo ha salido sino
cuando él se ha ido a pacer la hierba.
Cuando la galera no representa sino algo que recuerda al toro, pero que rodea un lugar
negro del que todo contenido nombrable se ha evaporado, frente al cual el yo no tiene más
ningún punto de referencia pues la primer cosa que se puede decir de la angustia es que
su aparición es signo del hundimiento momentáneo de toda referencia identificatoria
posible. Es solamente partiendo de ahí que se puede responder tal vez a la cuestión que
yo planteaba en cuanto a las diferentes denominaciones que podemos dar a la angustia, y
no a nivel de la definición de un contenido, ya que lo propio del sujeto angustiado, se
puede decir, es haber perdido su contenido.
En otros términos, no me parece que se pueda tratar de la angustia, en tanto tal, por tomar
un ejemplo, diría que hacer eso me parecería tan falso como querer definir un síntoma
obsesivo quedándonos a nivel del movimiento automático que puede representarlo. La
angustia no puede aprehender algo sobre ella misma más que si la consideramos como la
consecuencia el resultado de un impasse en el que se encuentra el yo, signo para
nosotros de un obstáculo surgido entre esas dos lineas paralelas y fundamentales cuyas
relaciones forman la llave de bóveda de toda la estructura humana, la identificación y la
castración. En las relaciones entre esos dos pivotes estructurales en los diferentes sujetos
que voy a intentar delinear para intentar una definición de lo que es la angustia, de eso de
lo que, según los casos, nos da testimonio.
Lacan, en el seminario del 4 de Abril al cual me refiero a lo largo de esta exposición, nos
ha dicho que la castración podía concebirse como "un pasaje transicional entre lo que está
en el sujeto en tanto que soporte natural del deseo y esta habilitación por la ley gracias a
la cual va a devenir la prenda por donde va a designarse en el lugar donde tiene que
manifestarse como deseo".
Este pasaje transicional es lo que debe permitir alcanzar la equivalencia pene-falo, es decir
que lo que era en tanto soporte natural el lugar donde se manifiesta el deseo en tanto
afecto, en tanto emoción (emoi) corporal, debe devenir, ceder lugar a un significante, pues
no es sino a partir del sujeto y jamás a partir de un objeto parcial, pene u otro, que puede
tomar un sentido cualquiera el término deseo. El sujeto demanda y el falo desea, decía
Lacan, el falo pero jamás el pene. El pene no es sino un instrumento al servicio del
significante falo y si puede ser un instrumento muy indócil es justamente porque en tanto
falo es el sujeto al que designa, y para que eso marche es necesario que el otro
justamente lo reconozca, no lo elija en función de ese soporte natural sino en la medida
que él es en tanto sujeto el significante que el Otro reconoce de su propio lugar de
significante.
Lo que diferencia en el plano del goce, el acto masturbatorio del coito, diferencia evidente
pero imposible de explicar fisiológicamente es que el coito, en tanto los dos partenaires
hayan podido en su historia asumir su castración, hace que en el momento del orgasmo el
sujeto vuelva a encontrar, no como algunos lo han dicho, una suerte de fusión primitiva
-pues después de todo no sé porqué el goce más profundo que el hombre puede
experimentar debiera estar ligado a una regresión tan total- sino por el contrario ese
momento privilegiado en el que por un instante él alcanza esta identificación siempre
buscada y siempre fugitiva donde él, el sujeto, es reconocido por el otro como el objeto de
su deseo más profundo pero donde al mismo tiempo, gracias al goce del otro él puede
reconocerlo como aquél que lo constituye en tanto significante fálico; en este instante
único, demanda y deseo pueden por un instante fugitivo coincidir, y es esto lo que da al yo
esa expansión (épanouissement) identificatoria de donde extrae su fuente el goce.
Lo que no hay que olvidar es que si en ese instante demanda y deseo coinciden el goce
lleva no obstante en él la fuente de le insatisfacción más profunda pues si el deseo es
antes que nada deseo de continuidad, el goce por definición es algo instantáneo: es esto
lo que hace que enseguida se restablezca la separación entre deseo y demanda, y la
insatisfacción que es también prenda de la perennidad de la demanda.
Pero si hay simulacros de la angustia, hay muchos más simulacros del goce, pues para
que esta situación identificatoria, fuente del verdadero goce, sea posible, falta aún que los
dos partenaires hayan evitado el obstáculo mayor que les espera y que es que para cada
uno de los dos, o para los dos, la apuesta haya quedado fijada sobre el objeto parcial, en
fin, de una relación dual en la que ellos en tanto sujetos no tienen lugar; pues lo que nos
muestra todo lo que está ligado a la castración es que lejos de expresar el temor de que se
lo corten, aún cuando es así que el sujeto puede verbalizarlo, de lo que se trata es del
temor de que se lo deje y se le corte todo el resto, es decir que se quiera a su pene o a su
objeto parcial, soporte y fuente del placer, y que se lo niegue, se lo desconozca como
sujeto. Es por esto que la angustia tiene no sólo relaciones muy estrechas con el goce,
sino que una de las situaciones más facilmente ansiógenas es aquella dónde el sujeto y el
Otro tienen que afrontarse a su nivel.
Vamos entonces a intentar ver cuáles son los obstáculos que el sujeto puede encontrar en
ese plano. No representan otra cosa que las fuentes mismas de toda angustia. Para lo
cual tendremos que referirnos a lo que llamamos las relaciones de objeto pregenitales, en
esta época entre todas determinante para el destino del sujeto donde la mediación entre el
sujeto y el Otro, entre demanda y deseo, se hace en torno a este objeto cuya ubicación y
definición queda ambigüa, y que es llamado el objeto parcial.
La relación entre el sujeto y este objeto parcial no es otra que la relación del sujeto a su
propio cuerpo, y es a partir de esta relación que queda como fundamental para todo
humano que toma su punto de partida y se modela toda la gama de lo que es incluido en
el término de relación de objeto.
Que uno se detenga en la fase oral, anal, fálica, son las mismas coordenadas las que se
vuelven a encontrar. Si he elegido la fase oral es simplemente porque para el psicótico, del
que hablaremos, me parece ser el momento fecundo de lo que en otra parte he llamado la
apertura de la psicosis.
¿Porqué podemos definirla? Por una demanda que desde el comienzo, se nos dice, es
demanda de otra cosa. Por una respuesta también que es no sólo y de una manera
evidente una respuesta a otra cosa, sino que es -y es un punto que me parece muy
importante- lo que constituye lo que es un grito, un llamado tal vez, como demanda y como
deseo. Cuando la madre responde a los gritos del niño, ella los reconoce constituyéndolos
como demanda pero lo que es más grave es que los interprete sobre el plano del deseo
del niño de estar cerca de ella, deseo de tomarle algo, deseo de agredirla, poco importa.
Lo que es cierto es que por su respuesta el Otro a dar la dimensión deseo al grito de la
necesidad y que el niño es investido siempre es al comienzo el resultado de una
interpretación subjetiva, función del sólo deseo materno, de su propio fantasma.
Es por el sesgo del inconsciente del Otro que el sujeto hace su entrada en el mundo del
deseo, tendrá ante todo que constituir su propio deseo en tanto respuesta, en tanto
aceptación o rechazo (refus) de tomar el lugar que el inconsciente del Otro le designa.
Me parece que el primer tiempo del mecanismo -clave de la relación oral, que es la
identificación proyectiva, parte de la madre hay una primera-proyección sobre el plano del
deseo que proviene de ella, el niño habrá de identificarse o combatir, negar una
identificación que podrá sentir como determinante.
Y en ese primer estadio, de la evolución humana es también la respuesta que podrá hacer
al sujeto el descubrimiento de lo que oculta su demanda. Desde ese momento el goce que
no espera la organización fálica para entrar en juego tomará ese lado revelación que
conservará siempre; pues si la frustración es lo que significa al sujeto la diferencia
existente entre necesidad y deseo, el goce, por el camino inverso, le devela, respondiendo
a lo que no estaba formulado, lo que está más allá de la demanda, es decir el deseo.
¿Qué vemos en lo que es la relación oral? Antes que nada que demanda y respuesta se
significan para los dos partenaires en torno a la relación parcial boca-seno. Ese nivel
podemos llamarlo el del significado: la respuesta va a provocar a nivel de la cavidad oral
una actividad de absorción, fuente de placer; un objeto externo, la leche va a devenir
sustancia propia, corporal: la absorción, es de ahí que extrae su importancia y
significación.
A partir de esa primera respuesta, es la búsqueda de esta actividad de absorción, fuente
de placer, que va a devenir el fin de la demanda. En cuanto al deseo, habrá que buscarlo
en otro lado, aunque es a partir de esa misma respuesta, de esa misma experiencia de
saciedad de la necesidad que va a consituirse.
En efecto, si la relación boca-seno y la actividad absorción- alimento son el numerador de
la ecuación que representa la relación oral, hay también un denominador, el que pone en
causa la relación niño-madre , y es ahí que puede situarse el deseo. Si, como yo pienso, la
actividad de amamantamiento en función del investimento de que es objeto de una parte y
de otra, a causa del contacto y de experiencia corporales a nivel del cuerpo entendido en
sentido amplio que permite al niño representado por su escanción repetitiva incluso la fase
fundamental esencial del estadio oral, hay que recordar que nunca como aquí parece
iluminarse el proverbio que dice: "La manera de dar vale más que lo que se da". Gracias, o
a causa de esta manera de dar, en función de lo que esto le revelará del deseo materno,
el niño va a aprehender la diferencia entre el don del alimento y el don de amor.
Paralelamente a la absorción-alimento veremos entonces desprenderse en el denominador
de nuestra ecuación la absorción o mejor la introyección de un significante relaciónal, es
decir que paralelamente a la absorción alimento habrá introyección una relación
fantasmática donde él y el otro estarán representados por sus deseos inconscientes.
Ahora, si el numerador puede fácilmente ser investido con el signo +, el denominador
puede ser fácilmente investido con el signo -, y es ésta diferencia de signo que da al seno
su lugar de significante, pues es de esta separación entre demanda y deseo, a partir de
ese lugar de donde surge la frustración, que encuentra su génesis, que se desprende
(dégage) todo significante.
A partir de esa ecuación que mutatis mutandi podría reconstituír para las diferentes fases
de la evolución del sujeto, tenemos cuatro eventualidades posibles: ellas conducen a lo
que se llama la normalidad, la neurosis, la perversión, la psicosis.
Intentará esquematizarlas simplificándolas de una manera tal vez un poco caricaturezca y
ver en cada caso las relaciones existentes entre identificación y angustia.
La primera de esas vías es sin duda la más utópica, aquélla en la que vamos a imaginar
que el niño puede encontrar en el don del alimento el don de amor deseado. El seno y la
respuesta materna podrán entonces devenir símbolos de otra cosa, y el niño entrará en el
mundo simbólico, podrá aceptar el desfile de la cadena significante. La relación oral en
tanto que actividad de absorción podrá ser abandonada y el sujeto evolucionará hacia lo
que puede ser una solución normativa.
Pero para que el niño pueda asumir esta castración, pueda renunciar al placer que le
ofrece el seno en función de ese pequeño vale, letra de cambio aleatorio sobre el futuro,
es necesario que la madre haya podido ella misma asumir su propia castración, es
necesario que desde ese momento, desde esa relación dual, el tercer término, el padre,
esté presente en tanto referencia materna. Sólo en este caso lo que ella buscará en el
niño no será una satisfacción al nivel de una erogeneidad corporal, equivalente fálico, sino
una relación que, constituyéndola como madre la reconozca a la vez como mujer de un
padre.
El don de alimento será entonces para ella el puro símbolo de un don de amor y porque
ese don de amor no será justamente el don fálico que el sujeto desea, el niño podrá
mantener una relación a la demanda; el falo tendrá que buscarlo en otra parte, entrará en
el complejo de castración el único que puede permitirle identificarse a otra cosa que a un
($)
La segunda eventualidad es que para la madre misma la castración haya quedado como
algo mal asumido: entonces todo objeto capaz de ser para el otro la fuente de un placer y
el objetivo de una demanda corre el riesgo de devenir para ella el equivalente fálico que
desea. Pero en tanto el seno no tiene una existencia privilegiada sino en función de aquél
a quién es indispensable, el niño, vemos producirse esta equivalencia niño=falo que está
en el centro de la génesis de la mayor parte de las estructuras neuróticas.
El sujeto entonces en el curso de su evolución tendrá siempre que afrontar el dilema de
serlo o de tenerlo, cualquiera sea el objeto corporal, seno, pene, falo, que devenga soporte
fálico. O bien tendrá que identificarse a aquél que lo tiene, pero a falta de haber podido
superar el estadio del soporte natural, falto de haber podido acceder a lo simbólico, tenerlo
significará siempre para él un haber castrado al Otro, o bien renunciará a tenerlo, se
identificará entonces al falo en tanto objeto de deseo del otro, pero deberá entonces
renunciar a ser él, el sujeto del deseo.
Este conflicto itentificatorio entre ser el agente de la castración o el sujeto que la sufre es
lo que define esta alternancia continua, esta cuestión siempre presente en el nivel de la
identificación que clínicamente se llama una neurosis.
La tercera eventualidad es aquélla que encontramos en la perversión. Si esta última ha
sido definida el negativo de la neurosis, esta oposición estructural la volvemos a encontrar
a nivel de la identificación. El perverso es aquél que ha eliminado el conflicto identificatorio
sobre el plano que hemos elegido, el oral, diremos que en la perversión el sujeto se
constituye como si la actividad de absorción no tuviera otro fin que hacer de él el objeto
que permite al Otro un goce fálico. El perverso no tiene y no es el falo es este objeto
ambigüo que sirve a un deseo que no es el suyo; no puede extraer su goce sino en esta
situación extraña donde la única identificación que le es posible es aquélla que lo hace
identificarse no al Otro ni al falo sino a este objeto cuya actividad procura goce a un falo
del que en definitiva ignora su pertenencia. Se podría decir que el deseo perverso es
responder a la demanda fálica. Para tomar un ejemplo banal, diré que el goce del sádico
para aparecer tiene necesidad de un Otro para que, haciéndose látigo surja el placer.
Si he hablado de demanda fálica, lo que es un juego de palabras, es que para el perverso
el otro no tiene existencia sino en tanto soporte casi anónimo de un falo para el cual el
perverso cumple sus ritos sacrificiales.
La respuesta perversa lleva siempre en ella una negación del otro en tanto sujeto, la
identificación perversa se hace siempre en función de un objeto fuente de goce para un
falo tan potente como fantasmático.
Hay aún una palabra que quisiera decir sobre la perversión en general. No pienso sea
posible definirla si uno se queda sobre el plano que podríamos llamar "sexual" entre
comillas, aún cuando es a eso a lo que parece llevarnos las perspectivas clásicas en la
materia. La perversión es -y en esto me parece estar muy próxima a las perspectivas
freudianas- perversión a nivel del goce, poco importa la parte corporal puesta en juego
para obtenerlo. Si comparto la desconfianza de Lacan sobre lo que se llama la genitalidad
es que es muy peligroso hacer el análisis anatómico.
El coito más anatómicamente normal puede ser tan neurótico o tan perverso como lo que
se llama una pulsión pregenital: lo que signa a la normalidad, la neurosis o la perversión no
está sino a nivel de la relación entre el yo y su identificación, permitiendo o no el goce que
ustedes pueden ver.
Si quieren reservar el diagnóstico de perversión sólo a las perversiones sexuales, no sólo
esto no conducirá a nada, pues un diagnóstico puramente sintomático nunca quizo decir
nada, sino que aún estaríamos obligados a reconocer que hay pocos neuróticos que
escapen a esto. Y no es tampoco a nivel de una culpabilidad de la que el perverso estaría
exceptuado donde hallarán la solución: no hay, por lo menos en mi conocimiento, un ser
humano lo bastante feliz como para ignorar lo que es la culpabilidad.
La única manera de aproximar la perversión es intentar definirla ahí donde está, o sea a
nivel de un comportamiento relaciónal. El sadismo está lejos de ser desconocido o tenido
siempre en menoscabo en el obsesivo; lo que significa en él la persistencia de lo que se
llama una relación anal, una relación donde se trata de poseer o ser poseído, una relación
donde el amor que se experimenta o del que se es objeto no puede ser significado al
sujeto sino en función de esta posesión que puede llegar hasta la destrucción del objeto.
El obsesivo se podría decir es verdaderamente aquél que castiga bien porque ama bien:
es aquél para quién la paliza (fesée) del padre ha quedado como la marca privilegiada de
amor, y busca siempre alguno a quién darla o de quién recibirla. Pero habiéndola dado o
recibido, habiéndose asegurado de que se lo ama, el goce lo buscará en otro tipo de
relación al mismo objeto, y que esta relación se haga oralmente, analmente o
vaginalmente, no será perverso en el sentido en que yo lo entiendo y me parece lo único
que puede evitar poner la etiqueta perversa sobre un gran número de neuróticos o sobre
un gran número de nuestros semejantes.
El sadismo deviene perversión cuando la paliza no es más buscada o dada como signo de
amor sino cuando es en tanto tal asimilada por el sujeto a la única posibilidad existente de
hacer gozar a un falo; y la mira de este goce deviene la única vía ofrecida al perverso para
su propio goce.
Se ha hablado mucho de la agresividad de donde el exhibicionista extraería su fuente: se
lo muestra para agredir al otro sin duda, pero lo que no hay que olvidar es que el
exhibicionista está convencido de que esta agresión es fuente de goce para el Otro.
El obsesivo, en tanto vive una tendencia exhibicionista, intenta, se podría decir, engañar al
otro: muestra lo que piensa que el otro no tiene y codicia, muestra lo que tiene para él en
efecto las relaciones más estrechas con la agresividad. Piensen en lo que pasa en el
Hombre de las Ratas; el goce del padre muerto es la última de sus preocupaciones,
mostrar al padre muerto lo que éste, el Hombre de las Ratas, piensa que el padre muerto
habría deseado arrancarle fantasmáticamente he aquí algo que se llama agresividad, y de
esta agresividad el obsesivo obtiene su goce.
El perverso, no es sino a través de un goce extraño que busca el suyo. La perversión es
justamente eso: ese encaminamiento en zig-zag, ese rodeo que hace que su yo esté
siempre, haga lo que haga, al servicio de una potencia fálica anónima; poco le importa
quién es el objeto le bastará que sea capaz de gozar, que pueda hacerse el soporte de
ese falo frente al que se identificará y sólo al objeto presumido capaz de procurarle a éste
el goce. Es por esto que contrariamente a lo que se ve en la neurosis, la identificación
perversa como su tipo de relación de objeto es algo donde lo que sorprende es la
estabilidad, la unidad.
Y llegamos ahora a la cuarta eventualidad, la más difícil de aprehender: la psicosis.
El psicótico es un sujeto cuya demanda no ha sido jamás simbolizada por el otro, para
quién lo real y simbólico, fantasma y realidad no han podido jamás ser delimitados a falta
de haber podido acceder a esta tercera dimensión que es la única permite esta ésta
diferenciación indispensable entre esos dos niveles, lo imaginario. Pero aquí, aún
intentando simplificar al máximo las cosas, estamos obligados a situarnos en el comienzo
mismo de la historia del sujeto, antes de la relación oral, es decir en el momento de la
concepción.
La primera amputación que sufre el psicótico ocurre antes de su nacimiento, él es para su
madre el objeto de su propio metabolismo; la participación paterna es por ella negada,
inaceptable: él es, desde ese momento y durante todo el embarazo, el objeto parcial que
viene a colmar una falta -fantasmática a nivel de su cuerpo. Y desde su nacimiento, el rol
que le será por ella asignado será el de ser testigo de la negación de su castración. El
niño, contrariamente a lo que a menudo se dice, no es el falo de la madre, es el testigo de
que el seno es el falo, lo que no es la misma cosa. Y para que el seno sea el falo y un falo
omnipotense (tout puissant), es necesario que la respuesta que él aporta sea total y
perfecta. La demanda del niño no podrá ser reconocida por ninguna otra cosa que no sea
demanda de alimento, la dimensión deseo a nivel del sujeto debe ser negada; y lo que
carácteriza a la madre del psicótico es la interdicción total hecha al niño de ser sujeto de
algún deseo.
Se ve entonces cómo desde ese momento va a contituirse para el psicótico una relación
particular a la palabra, cómo desde el comienzo le será imposible mantener su relación a la
demanda; en efecto, si la respuesta no se dirige jamás a él sino en tanto boca a alimentar,
sino en tanto objeto parcial, se comprende que para él toda demanda en el momento
mismo de su formulación lleva en ella la muerte del deseo. A falta de haber sido
simbolizado por el Otro, será llevado a hacer coincidir en la respuesta simbólico y real.
Puesto que sea lo que sea que demande es alimento lo que se le da, será el alimento en
tanto tal que devendrá para él el significante clave. Lo simbólico a partir de ese momento
hará irrupción en lo real en lugar de que el don del alimento encuentre su equivalente
simbolizado en el don de amor, para él todo don de amor no podrá significarse sino por
una absorción oral. Amar al otro o ser amado se traducirá para él en términos de oralidad:
absorverlo o ser absorbido.
Habrá para él siempre una contradicción fundamental entre demanda y deseo: pues, o
bien mantiene su demanda y su demanda lo destruye en tanto que sujeto de un deseo,
debe alienarse en tanto que sujeto para hacerse boca, objeto a alimentar, o bien buscará
constituirse en tanto que sujeto bien o mal y estará entonces obligado a alienar la parte
corporal de sí mismo fuente de placer y lugar de una respuesta incompatible para él con
toda intención de autonomía.
El psicótico está siempre obligado a alienar su cuerpo en tanto soporte de su yo, o de
alienar una parte corporal en tanto soporte de una posibilidad de goce. Si no empleo aquí
el término de identificación es porque creo justamente que en la psicosis no es aplicable: la
identificación en mi óptica implica la posibilidad de una relación de objeto donde el deseo
del sujeto y el deseo del Otro están en situación conflictiva pero existen en tanto dos polos
constitutivos de la relación.
En la psicosis, el Otro y su deseo, es a nivel de la relación fantasmática del sujeto a su
propio cuerpo que habría que definirla. No lo haré aquí, esto nos alejaría de nuestro tema
que es la angustia. Contrariamente a lo que se podría creer es de ella que he hablado a lo
largo de esta exposición. Como dije al comienzo, no es sino a partir de los parámetros de
la identificación que me parece posible alcanzarla.
Ahora, ¿qué hemos visto? Que ya sea en el sujeto llamado normal, en el neurótico o en el
perverso, toda tentativa de identificación no puede hacerse sino a partir de lo que él
imagina, verdadero o falso poco importa, del deseo del Otro. Tomen ustedes al sujeto
llamado normal, al neurótico o al perverso, ustedes han visto que se trata siempre de
identificarse en función o contra lo que él piensa ser el deseo del Otro. En tanto ese deseo
puede ser imaginado, fantaseado el sujeto va a encontrar las referencias necesarias para
definirlo, o él, en tanto que objeto del deseo del Otro o en tanto que objeto rechazante del
ser. En los dos casos él es alguien que puede definirse, encontrarse.
Pero a partir del momento en que el deseo del Otro deviene algo misterioso, indefinible, lo
que se devela ahí al sujeto es que era justamente ese deseo del Otro lo que lo constituiría
en tanto sujeto; lo que encontrará, lo que se desenmascarará en ese momento frente a
esa nada es su fantasma fundamental: es que ser el objeto del deseo del Otro no es una
situación sostenible sino en la medida en que a ese deseo podamos nombrarlo, modelarlo
en función de nuestro propio deseo.
Pero devenir el objeto de un deseo al cual no podemos más dar un nombre es devenir
nosotros mismos un objeto sin nombre habiendo perdido toda identidad posible, es devenir
un objeto cuyas insignias no tienen más sentido en tanto son para el Otro indescifrables,
ese momento preciso en que el yo se refleja en un espejo que le reenvía una imagen que
no tiene más significación identificable, esto es la angustia. Llamándola oral, anal o fálica
no hacemos sino intentar definir cuáles eran las insignias con las que el yo se presenta
para hacerse reconocer; somos nosotros en tanto lo que aparece en el espejo los únicos
en poder ver de qué tipo son las insignias que se nos acusa de no reconocer mas. Pues si,
como decía al comienzo, la angustia es el afecto que más fácilmente arriesga provocar
una respuesta recíproca, es que a partir de ese momento devenimos para el Otro aquél
cuyas insignias son de tal modo misteriosas, inhumanas. En la angustia no es sólo el yo
que es disuelto, es también el Otro en tanto que soporte identificatorio.
En ese mismo sentido, me ubicaré diciendo que el goce y la angustia son las dos
posiciones extremas en que puede situarse el yo: en la primera, el yo y el Otro por un
instante intercambian sus insignias, se reconocen como dos significantes cuyo goce
repartido asegura durante un instante la identidad de los deseos; en la angustia el yo y el
Otro se disuelven, son anulados en una situación en que el deseo se pierde, falto de poder
ser nombrado.
Si ahora, para concluir, pasamos a la psicosis, veremos que las cosas son un poco
diferentes. Seguramente aquí también la angustia no es otra cosa que el signo de la
pérdida para el yo de toda referencia posible. Pero la fuente de donde nace la angustia es
aquí endógena: es el lugar de donde puede surgir el deseo del sujeto, es su deseo para el
psicótico la fuente privilegiada de toda angustia.
Si es cierto que es el Otro el que nos constituye reconociéndonos como objeto de deseo,
que su respuesta es lo que nos hace tomar consciencia de la separación existente entre
demanda y deseo, y que es por esta brecha que entramos en el mundo de los
significantes, y bien, para el psicótico este Otro es aquél que no le ha significado nunca
otra cosa un agujero, que un vacío en el centro mismo de su ser.
La interdicción que le ha sido hecha en cuanto al deseo hace que la respuesta le haga
aprehender no una separación sino una antinomia fundamental entre demanda y deseo, y
de esta separación que no es una brecha sino un abismo lo que arriba no es el significante
sino el fantasma, o sea lo que provoca el telescopiage entre simbólico y real que llamamos
psicosis.
Para el psicótico, y me excuso de atenerme a simples fórmulas el Otro está introyectado a
nivel de su propio cuerpo, a nivel de lo que rodea esta béance, abertura primitiva que es la
única que lo designa en tanto sujeto.
La angustia está ligada para él a esos momentos específicos donde a partir de esta
abertura aparece algo que podría nombrarse deseo; pues para que pudiera asumirlo sería
necesario que el sujeto aceptara situarse en el único lugar desde donde podría decir "je"
(yo) Sea que se identifique a esta abertura que, en función de la interdicción del Otro, es el
único lugar donde él es reconocido como sujeto. Todo deseo no puede reenviarlo sino a
una negación de él mismo o a una negación del Otro.
Pero en la medida en que el Otro es introyectado a nivel de su propio cuerpo esta
introyección es lo único que le permite vivir.
Por otra parte he dicho que para el psicótico la única posibilidad de identificarse a un
cuerpo imaginario unificado seria la de identificarse a la sombra que proyectaría ante él un
cuerpo que no sería el suyo. Toda negación del Otro sería a para él equivalente de una
automutilación que no harta sino reenviarlo a su propio drama fundamental.
Si en el neurótico es a partir de nuestro silencio que podemos encontrar las fuentes
desencadenantes de su angustia, en el psicótico es a partir de nuestra palabra, de nuestra
presencia. Todo lo que puede hacerle perder consciencia de que existimos en tanto
diferentes de él, en tanto sujetos autónomos y que por eso mismo podemos reconocerlo,
a él como sujeto, deviene lo que puede desencadenar su angustia En tanto él habla, no
hace sino repetir un monólogo que nos sitúa a nivel de este Otro introyectado que lo
constituye, pero si viene adevenir hablarnos entonces en la medida en que podemos en
tanto objeto devenir al lugar donde tiene que reconocer su deseo, veremos
desencadenarse su angustia; pues desear es tener que constituirse como sujeto, y para él
el único lugar donde puede hacerlo es el que lo reenvía a su abismo.
Pero ahí aún, en conclusión, ustedes lo ven, se puede decir que la angustia aparece en el
momento en que el deseo hace del sujeto algo que es una falta de ser, una falta a
nombrarse.
Hay un punto que no he tratado y que dejaría de lado, pues es para mi fundamental y
habría querido poder hacerlo, mente hubiera sido necesario, para poder incluirlo, que
tuviera más dominio respecto del tema que intento tratar: quiero hablar del fantasma. El
también está intimamente ligado a la identificación y a la angustia, a tal punto que hubiera
podido decir que la angustia aparece en el momento en que el objeto real no puede más
ser aprehendido sino en su significación fantasmática, que es desde ese mo mento en
tanto toda identificación posible del yo se disuelve que aparece la angustia.
Pero si es la misma historia no es el mismo discurso y por hoy me detendré aquí. Pero
antes de concluir quisiera aportarles un ejemplo clínico muy breve sobre las fuentes de la
angustia en el psicótico.
No les diré de la historia sino que se trata de un esquizofrénico, delirante, con distintas
internaciones. Las primeras sesiones son una exposición de su delirio, delirio bastante
clásico, lo que él llama el problema del hombre-robot.
Y luego, en una sesión en la que como por azar es cuestión del problema del contacto y
de la palabra, donde él me explica que lo que no puede soportar es la "forma de la
demanda" que el apretón de manos es un progreso sobre las civilizaciones salutantes,
verbales donde la palabra, eso falsea las cosas, eso impide comprender, donde la palabra
es como una rueda que da vueltas donde cada uno vería una parte de la rueda en
momentos diferentes, y entonces cuando uno intenta comunicar es forzosamente falso:
"hay siempre un diálogo".
En esta misma sesión, en el momento en que aborda el problema de la palabra de la
mujer, me dice de golpe "lo que me inquieta es lo que se me ha dicho sobre los
amputados, que sentirían cosas por el miembro que no tienen más". Y en ese momento
este hombre cuyo discurso conserva en su forma delirante una dimensión de una
precesión, de una exactitud matemática, comienza a buscar sus palabras, a embarullarse,
me dice no poder seguir sus pensamientos y finalmente pronuncia esta frase que
encuentro verdaderamente fuerte en cuanto a lo que es para el psicótico su imagen del
cuerpo, "un fantasma sería un hombre sin miembros y sin su inteligencia solamente
percibiría sensaciones falsas de un cuerpo que no tiene.. Eso, eso me inquieta
enormemente".
"Percibiría sensaciones falsas de un cuerpo que no tiene", esta frase va a encontrar su
sentido en la sesión siguiente cuándo vendrá a verme para decirme que quiere interrumpir
las sesiones que no es más soportable; que es malsano y peligroso y lo que es malsano y
peligroso, lo que suscita una angustia que durante toda esta sesión me hará sentir
pesadamente, es "que me he dado cuenta que usted quiere seducirme y que podría
hacerlo". Aquello de lo que se ha dado cuenta es que a partir de esas "sensaciones falsas"
de un cuerpo que él "no tiene", podría surgir su deseo y entonces tendría que mirar lo que,
a falta de haber podido ser simbolizado no es soportable para el hombre: la castración en
tanto tal.
Siempre en esta misma sesión dirá él mismo, mejor de lo que yo podría hacerlo, donde
está para él la fuente de su angustia: "Usted tiene temor de mirarse en un espejo, pues el
espejo, eso cambia según los ojos que lo miran, no se sabe demasiado lo que se va a ver,
si usted compra un espejo dorado es mejor,,,'' Uno tiene la impresión que de lo que quiera
asegurarse es de que los cambios son del espejo. . . .Lo ven: la angustia aparece en el
momento donde él teme que yo pueda devenir un objeto de deseo; pues, a partir de ese
momento, el surgimiento de su deseo implicaría para él la necesidad de asumir lo que he
llamado la falta fundamental que lo constituye. A partir de ese momento la angustia surge
pues su posición de fantasma, de robot, no es más sostenible: él arriesga no poder negar
más sus sensaciones falsas de un cuerpo que no puede reconocer. Lo que provoca su
angustia es el momento preciso en que frente a la irrupción de su deseo se pregunta qué
imagen de mí mismo va a reenviarle el espejo y esta imagen el sabe que arriesga ser
aquella de la falta, del vacío, de lo que no tiene nombre, de lo que vuelve imposible todo
reconocimiento recíproco y que nosotros espectadores y autores voluntarios del drama
llamamos angustia.
LACAN: —Antes de intentar puntualizar el lugar de este discurso me gustaría que algunas
personas que he visto con diversas mímicas interrogativas , de espera, mímicas que se
han precisado en tal o cual giro del discurso de la Sra. Aulagnier indiquen simplemente las
sugestiones los pensamientos producidos en ellos en tal o cual momento de ese discurso,
como signo de que ese discurso ha sido oído. No lamento más que una cosa: ha sido
leído. Lo que me proveerá a mí mismo los apoyos sobre los que acentuaré más
precisamente los comentarios.
AUDOUARD: —Lo que me ha impresionado, asociativamente es verdaderamente el
ejemplo clínico que usted aportó al final de la exposición, esa frase del enfermo acerca de
la palabra a la que compara a una rueda de la que las distintas personas no ven nunca la
misma parte lo que me pareció esclareció todo lo que usted dijo y abrir, -no se porqué, por
otra parte- toda una ampliacidn de los temas presentados. Creo haber comprendido
aproximadamente el sentido de la exposición no estoy acostumbrado a los esquizofrénicos
pero en lo que me refiero a los neuróticos y a los perversos la angustia como tal no puede
ser objeto de simbolización porque es justamente la marca de que la simbolización no ha
podido hacerse y simbolizarse es verdaderamente desaparecer en una especie de
no-simbolización de, donde parte a cada rato el llamado de la angustia es algo
evidentemente, extremadamente rico pero que tal vez en un cierto plano lógico exigiría
ciertos esclarecimientos. En efecto ¿como es posible que esta experiencia fundamental
que constituye de alguna manera el negativismo de la palabra se simbolice y que es lo que
ocurre entonces para que de ese agujero central, emane algo que nosotros tenemos que
comprender?. Finalmente ¿cómo nace la palabra? ¿Cual es el origen del significante en
ese caso preciso de la angustia en tanto no puede decirse, en la angustia en tanto se
dice?. Hay allí tal vez un movimiento que no deja de tener relaciones con esa rueda que
gira que necesitaría quizás ser aclarada y precisada un poco.
VERGOTTE:—Yo me pregunto si no habrá dos tipos de angustia; la Sra. Aulagnier dijo la
angustia-castración. el sujeto tiene miedo de que se le haga desaparecer y se lo olvide
como sujeto, se trata allí de la deseparición del sujeto como tal; pero me pregunto si no
hay una angustia en la que el sujeto rechace ser sujeto, si por ejemplo en ciertos
fantasmas quiere al contrario esconder el agujero o la falta. En el ejemplo clínico de la
Sra, Aulagnier, el sujeto rechaza su cuerpo porque el cuerpo le recuerda su deseo y su
falta; en el ejemplo de la angustia-castración usted más bien dijo: el sujeto teme que se lo
desconozca como sujeto.
Una angustia tiene entonces los dos sentidos posibles: o bien él rechaza de ser sujeto o
bien está también la otra angustia en la que, por ejemplo en la claustrofobia, tiene la
impresión de que allí no es más sujeto, donde por el contrario está encerrado, está en un
mundo cerrado en el que el deseo no existe; puede estar tanto angustiado ante su deseo
como ante la ausencia de deseo.
AULAGNIER:—No crean que cuando se rechaza ser sujeto sea justamente porque se
tiene la impresión de que para el Otro no se puede ser sujeto más que pagándole con su
castración, no creo que el rechazo de ser sujeto sea por ser verdaderamente un sujeto.
LACAN:—Nos encontramos en el corazón del problema. Ustedes ven inmediatamente el
punto en el cual uno se embrolla. Considero que este discurso es excelente en tanto el
manejo de ciertas nociones que encontramos aquí ha permitido a la Sra, Aulagnier poner
en relevancia , de una manera que de otro modo no le hubiera sido posible, varias
dimensiones de su experiencia.
Voy a retomar lo que me pareció notable en lo que ella produjo. Les diré enseguida que
este discurso me parece quedarse a mitad de camino. Es una especie de conversión, no lo
duden, es lo que trato de obtener de ustedes con mi enseñanza, lo que no es, Dios mío,
después de todo, una pretensión única en la historia como para que haya podido ser
considerada exhorbitante. Pero es cierto que toda una parte del discurso de la Sra.
Aulagnier y precisamente el pasaje en el que por una preocupación de inteligibilidad, tanto
la suya como la de aquéllos a los que se dirige, a los que cree dirigirse, vuelve a fórmulas
que son las mismas contra las que les advierto, los educo, los pongo en guardia, y no sólo
porque sea para mi una forma de tic o de aversión sino porque su coherencia con algo que
se trata de abandonar radicalmente se muestra cada vez que se las emplea, aunque sea a
sabiendas.
La idea de una antinomia cualquiera, por ejemplo de la palabra y el afecto, aunque esté
por experiencia empíricamente verificada, no es sin embargo algo alrededor de lo que
podamos articular una dialéctica, si es cierto que lo que trato de hacer ante ustedes tiene
un valor, es decir el de permitirles desarrollar tan lejos como sea posible todas las
consecuencias del efecto de que el hombre es un animal condenado a habitar el lenguaje.
Por medio de lo que no podríamos de ninguna manera considerar el afecto como lo que
fuera sin caer en una primariedad cualquiera.
Ningún afecto significativo, ninguno de aquéllos con los que tenemos que vérmosla, de la
angustia a la cólera y todos los otros, no puede siquiera comenzar a ser comprendido si no
es en una referencia en la que la relación de x al significante esté primero. Antes de
señalar lo distorsiones, quiero decir que en relación a ciertos pasados que constituirían la
etapa ulterior, quiero por supuesto destacar el positismo de lo que le ha permitido sólo el
uso de esos términos de los cueles en primer término están aquellos que ella ha usado
con precisión y habillidad el deseo y la demanda.
No basta haber oído hablar de eso, si se los usa de una determinada manera, pero no son
de todos modos términos tan esotéricos como para que cada cual no pueda creerse con
derecho a utilizarlos, no basta con emplear esos términos, deseo y demanda , para hacer
de ellos una aplicación correcta, exacta. Algunos se han arriesgado recientemente y que
yo sepa el resultado no ha sido de ninguna manera brillante, lo que después de todo no
tendría más que una importancia secundaria ni siquiera que tenga la menor relación con la
función que nosotros damos a estos términos.
No es el caso de la Sra. Aulagnier, pero es lo que le permitió alcanzar en ciertos momentos
una tonalidad que manifiesta qué tipo de conquista, aunque no fuera más que bajo la
forma de una pregunta planteada, el manejo de esos términos nos permite para designar
la primera y muy impresionante apertura que nos ha dado, les señalaré lo que ella ha
dicho del orgasmo o más exactamente del goce amoroso. Si se me permite dirigirme a ella
como Sócrates podía dirigirse a algún (...) (falta palabra en el original) le diría que ha dado
pruebas allí de que sabe de qué habla. Que lo haga siendo mujer, parece tradicionalmente
ir de suyo; yo estoy menos seguro: las mujeres, diría, son escasas, si no que sepan, al
menos que pueden hablar sabiendo que dicen cosas del amor. Sócrates decía que con
seguridad él podía testimoniar de eso por sí mismo, que él sabía. Las mujeres son
entonces escasas, pero entiendan claramente lo que quiero decir con esto: los hombres lo
son aún más.
Como nos lo ha dicho la Sra. Aulagnier a propósito de lo que es el goce del amor,
rechazando de una vez por todas esa famosa referencia a la fusión, justamente nosotros
que le hemos dado un sentido completamente arcaico a este término de fusión, esto
debería mantener nos despiertos. No se puede exigir a la vez que esté al cabo de un
proceso al en un momento calificado y único y al mismo proceso al que se llega en un
momento calificado y único tiempo suponer que se trata de un retorno a no sé qué
diferenciación primitiva.
Brevemente no releeré su texto porque el tiempo escasea, pero en conjunto no me
parecería inútil que este texto al que ciertamente no calificaría con 20 sobre 20, quiero
decir, considerarlo como un discurso perfecto, sea considerado más bien como un discurso
que define un escalón a partir del cual podremos situar los progresos con lo que podremos
referirnos a algo que ha sido tocado o en todo caso perfectamente aprehendido, atrapado,
ceñido, comprendido por la Sra. Aulagnier.
Por supuesto no estoy diciendo que ella nos dé la última palabra, incluso diría más: en
varias oportunidades indica los puntos en los que le parecería necesario avanzar para
completar lo que ella ha dicho y sin duda una gran parte de mi satisfacción proviene de los
puntos que ella señala. Son justamente esos los que podrían ser examinados si se puede
decir.
Esos dos puntos, ella los señaló a propósito de la relación del psicótico a su propio cuerpo,
por un lado -ella decía que tenía muchas cosas para decir, y nos las ha indicado un
poquito- y por otra parte a propósito sito del fantasma del que la oscuridad en que ella lo
ha dejado me parece suficientemente indicativa por el hecho de que esta sombra está en
los grupos un poco generalizada. Es un punto. El segundo punto que considero muy
notable en lo que ella nos aportó, es lo que nos dijo cuando hablaba de la relación
perversa No es que yo suscriba en todos los puntos lo que dijo sobre este tema, que es de
una audacia increíble. Sino para felicitarla altamente por haber estado en condiciones, aún
si es un paso que hay que rectificar, de haberlo dado de todos modos; para no calificar de
otro modo a ese paso, diré que es la primera vez, no sólo en mi entorno -y me felicito de
haber sido precedido aquí en eso- que se adelanta algo, una cierta manera, un cierto tono
para hablar de la relación perversa que nos sugiere la idea que es la que propiamente me
ha impedido hablar de ella hasta ahora porque no quiero pasar por ser el que dice: todo lo
que se ha hecho hasta ahora no vale un comino.
Pero la Sra. Aulagnier, que no tiene las mismas razones de pudor que nosotros, y que por
otro lado lo dice con toda inocencia, quiero decir que ha visto perversos y que se ha
interesado en ellos de una manera verdaderamente analítica, comienza a articular algo
que, por el sólo hecho de poder presentar de esa forma general, lo repito, increíblemente
audaz de que el perverso es aquel que se hace objeto para el goce de un falo del que no
supone la pertenencia es el instrumento del goce de un dios. Lo que quiere decir al fin de
cuentas que eso merece cierta puntuación, alguna rectificación de maniobra directiva, y,
para decirlo todo , que eso plantea la cuestión de reintegrar lo que denominamos el falo, la
urgencia de la definición del falo, lo que no es dudoso, ya que esto tiene seguramente
como efecto decirnos que si eso debe tener un sentido para nosotros analistas, es el de un
diagnóstico de estructura perversa lo que quiere decir que comencemos a arrojar por la
ventana todo lo que se escribió desde Kraft Ebing a Havelock Ellis y todo lo que se
escribió como pretendido catálogo clínico de las perversiones.
En resumen, hay en el plano de las perversiones que superar esta especie de distancia
considerada bajo el término de clínica que no es en realidad más que una manera de
desconocer lo que hay en esta estructura de absolutamente radical, de absolutamente
abierto a cualquiera que sepa dar ese paso que es precisamente el que exijo de ustedes,
ese paso de conversión que nos permita estar en el punto de vista de la percepción en el
que sepamos lo que estructura perversa quiere decir de absolutamente universal.
No es por nada que evocaba a los dioses, puesto que también hubiera podido evocar el
tema de la metamorfosis y toda la relación mística cierto vínculo pagano al mundo que es
aquél en el que la dimensión perversa encuentra su valor diría clásico.
Es la primera vez que escucho hablar en un cierto tono que es verdaderamente decisivo,
que es justamente la apertura de la que tenemos necesidad en este campo en el momento
en que voy a explicarles lo que es el falo.
La tercera cuestión es lo que nos ha dicho acerca de su experiencia con psicóticos. No
tengo necesidad de subrayar el efecto que esto puede tener, quiero decir que Audouard
ha seguramente testimoniado de ello, Nuevamente aquí lo que me parece eminente es
precisamente esto por lo que nos abre también la estructura psicótica como algo en lo que
tenemos que sentimos como en casa. Si no somos capaces de percibir que hay un cierto
grado no arcaico para ponerlo en alguna parte del lado del nacimiento, sino estructural en
el nivel en el cual los deseos son, hablando con propiedad, lobos, si el sujeto no incluye en
su definición, en su articulación primera, la posibilidad de la estructura psicótica, nunca
seremos más que alienistas. Pero cómo no sentir vivamente, como les ocurre todo el
tiempo a aquéllos que vienen a escuchar lo que se dice aquí en este seminario cómo no
percibir que todo lo que comencé a articular este año a propósito de la estructura de
superficie del sistema y del enigma referido a la manera en la que el sujeto puede acceder
a su propio cuerpo, que no va de suyo, lo que todo el mundo ha advertido siempre ya que
esta famosa y eterna distinción de unión o desunión del alma y el cuerpo constituye
siempre después de todo el punto de aporta en el que se hacen añicos todas las
articulaciones filosóficas. ¿Y porqué no nos sería posible precisamente a nosotros
analistas, encontrar el pasaje? Sólo que esto necesita una cierta disciplina y en primer
lugar saber cómo hacer para hablar del sujeto.
Lo que constituye la dificultad para hablar del sujeto reside en esto que ustedes no se
meterán nunca suficientemente en la cabeza en la forma brutal que lo voy a enunciar, de
que el sujeto no es otra cosa que la consecuencia de que hay significante, y de que el
nacimiento del sujeto se sostiene en que no puede pensarse más que como excluido del
significante que lo determina.
Reside en esto el valor del pequeño círculo que les he introducido la vez pasada y del que
no hemos terminado de oír hablar, pues en verdad será necesario que lo despliegue más
de una vez ante ustedes antes de que puedan ver exactamente a dónde nos conduce. Si
el sujeto no es más que eso esa parte excluida de un campo enteramente definido por el
significante, si no es más que a partir de eso que todo puede nacer, es necesario saber en
qué nivel se hace intervenir el término sujeto.
Y a pesar suyo, porque nos habla a nosotros y a ella, y porque hay aún algo que no ha
sido comprendido enteramente, asumido, a pesar de todo cuento ella habla por ejemplo de
la elección que hay entre ser sujeto u objeto a propósito de la relación al deseo, y bien, a
pesar suyo, la Sra. Aulagnier se deja deslizar hasta reintroducir en el sujeto la persona con
toda la dignidad subsecuente que ustedes saben le damos en nuestros tiempos
esclarecidos: personología, personalismo, personalidad, y todo lo que ya con eso, aspecto
que conviene, de lo cual cada cual sabe que vivimos en el medio de eso. Nunca se ha
hablado tanto de la persona.
Pero como al fin de cuentas nuestro trabajo no es un trabajo que deba interesarse mucho
en lo que ocurre en los lugares públicos, tenemos que interesarnos de otra manera en el
sujeto. Entonces la Sra. Aulagnier llama en su auxilio el término de parámetro de la
angustia. Y bien, sobre eso, a propósito de persona y personología, vean un trabajo
bastante considerable y que me ha tomado algunos meses, un trabajo de observaciones
sobre el discurso de nuestro amigo Daniel Lagache. Les ruego que se remitan a él para
ver la importancia que habría tenido en la articulación que ella nos dio sobre la función de
la angustia y esta especie de silbido cortado que constituiría a nivel de la palabra, la
importancia que debería tomar normalmente en su exposición la función i(a) , o de otro
modo la imagen especular que no está ciertamente ausente del todo en su exposición, ya
que al fin de cuentas ella acabó por arrastrar su psicótico ante el espejo, y es porque ese
psicótico habla venido allí solo, es allí entonces que ella le había dado cita a justo título. Y
para poner un poco de sonrisas, inscribiré al margen de lo que ella citó observaciones que
han producido su admiración, estos cuatro versitos inscriptos en un plato que tengo en
casa:
"A Mina su espejo fiel
muestra, ay!, rasgos alargados
Cielos!, oh Dios, se lamenta
Cómo han cambiado los espejos ".
Es efectivamente lo que le dice su psicótico, mostrando la importancia de la función, no del
ideal del yo, sino del yo ideal como lugar en el que vienen a formarse las identificaciones
propiamente yoicas, esto como lugar donde la angustia se produce, la angustia que es he
calificado de sensación del deseo del Otro. Conducir esta sensación del deseo del Otro, a
la dialéctica del deseo propio del sujeto frente al deseo del Otro, he allí toda la distancia
que hay entre lo que yo había esbozado y el nivel ya muy eficaz en el que se ha sostenido
todo el desarrollo de la Sra Aulagnier.
Pero ese nivel, como ella lo dijo, de algún modo conflictual que es de referencia de dos
deseos en el sujeto ya constituido, no está allí lo que de ninguna manera puede bastarnos
para situar la diferencia, la distinción que hay en las relaciones del deseo por ejemplo en el
nivel de las cuatro especies o géneros que ella definió para nosotros con los términos de:
normal, perverso, neurótico, psicótico.
Que la palabra falte en efecto, es algo a propósito de la angustia, es aquí que no podemos
desconocer como uno de los parámetros ab esencial es ella no puede designar quién
habla, que no puede referir a ese punto i(a), el je (yo) del discurso mismo, el je que en el
discurso se designa como aquel que actualmente habla y se asocia a esta imagen de
dominio que se encuentra en ese momento vacilante. Y esto ha podido serles recordado
por lo que yo señalé en lo que ella ha concedido tomar como punto de partida a propósito
del seminario del 4 de Abril, recuerden la imagen vacilante que intenté erigir ante ustedes
de mi confrontación oscura con la mantis religiosa, y si en un comienzo hablé de la imagen
que se reflejaba en su ojo, era para decir que la angustia comi enza a partir de ese
momento esencial en que esa imagen falta.
Sin duda el a que soy para el fantasma del Otro es esencial, pero donde falta -la Sra.
Aulagnier no lo desconoce pues lo ha restablecido en otros pasajes de su discurso, la
mediación de lo imaginario, es lo que ella quiere decir pero no está aún suficientemente
articulado -es el i de a que falta y que está allí en función.
No quiero ahondar más porque ustedes se dan muy bien cuenta que se trata de nada
menos que de retomar el discurso del seminario, pero es allí que ustedes deben sentir la
importancia de lo que introducimos. Se trata de lo que va a producir la ligazón en la
economía significante de la constitución del sujeto en el lugar de su deseo. Y ustedes
deben aquí entrever, soportar, resignarse a lo que exige de nosotros algo que parece tan
lejos de vuestras preocupaciones ordinarias, algo que se puede demandar a honorables
especialistas como ustedes que no vienen de todos modos tampoco aquí a hacer
geometría elemental.
Tranquilísense, no es geometría, porque no es métrica, es algo de lo que los geómetras no
han tenido hasta el presente ninguna especie de idea: las dimensiones del espacio. Iría
incluso hasta a decirles que Descartes no tenía ninguna especie de idea de las
dimensiones del espacio.
Las dimensiones del espacio es algo que por otra parte ha sido decidido, valorizado por un
cierto número de bromas hechas alrededor de este término como la cuarta o quinta
dimensión y otras cosas que tienen un sentido totalmente preciso en matemática, y de lo
que es siempre bastante divertido escuchar hablar por los incompetentes, de manera que
cuando se habla de eso se tiene siempre la sensación de que se hace lo que se llama
ciencia-ficción, lo que tiene a pesar de todo bastante mala reputación.
Pero después de todo ustedes verán que tenemos algo que decir sobre esto. Lo comencé
a articular en el sentido de que les dije que psiquicamente no tenemos acceso más que a
dos disensiones; para lo demás no hay más que un esbozo, un más allá. En cuanto a lo
que es de la experiencia, en todo caso para una hipótesis de investigación que puede
servirnos para algo, aceptar admitir que no hay nada bien establecido más allá -y ya es
suficientemente rico y complicado- de la experiencia de la superficie. Pero eso no quiere
decir que no podemos encontrar en la experiencia de la superficie por sí sola el testimonio
de que ella, la superficie, está sumergida en un espacio que no es en absoluto el que
ustedes imaginan con vuestra experiencia visual de la imagen especular.
Para decirlo todo, este pequeño objeto que no es más que el nudo más elemental, no el
que no hice por no haberme podido hacer trenzar una cuerda que se cerrara sobre sí
misma, sino simplemente éste (esquema) el nudo más elemental, el que se dibuja así,
basta para llevar en él un cierto número de preguntas que introduzco diciéndoles que la
tercera dimensión no basta absolutamente para dar cuenta de la posibilidad de eso. Sin
embargo un nudo es algo que está al alcance de todo el mundo, no esta al alcance de
todo el mundo saber lo que hacia al hacer un nudo pero finalmente esto ha tomado un
valor metafórico: los nudos del matrimonio. Los nudos sagrados o no, ¿porqué se habla de
eso?
Son modos absolutamente simples, elementales, de poner a vuestro alcance el carácter
usual si ustedes aceptan dedicarse, devenido una vez usual, soporte posible de una
conversión, que, si se realiza, mostrará asimismo àpres- coup que tal vez esos términos
tengan algo que ver con esas referencias de estructura que necesitamos para distinguir lo
que ocurre por ejemplo en esos escalones que la Sra. Aulagnier ha dividido y que van de
lo normal a lo psicótico.
Acaso en ese punto de conjunción dónde para el sujeto se constituye la imagen nudo, la
imagen fundamental, la imagen que permite la mediación entre el sujeto y su deseo, acaso
no podemos introducir distinciones bien simples, y ustedes lo verán, totalmente utilizables
en la práctica, que nos permiten representarnos de una manera más simple y menos
fuente de antinomia, de aporía de embrollo, finalmente de laberinto, a saber esta noción
sumaria de por ejemplo un interior y un exterior que tiene en efecto la apariencia de ir de
suyo a partir de la imagen especular y que no es en absoluto forzosamente la que nos es
dada en la experiencia.
9 de Mayo de 1962
La última vez hemos escuchado a la Sra. Aulagnier hablarnos de la angustia. He
rendido todo el homenaje que merecía su discurso, fruto de un trabajo y una reflexión
absolutamente bien orientada. He señalado al mismo tiempo cómo cierto obstáculo, que
he situado a nivel de la comunicación es siempre el mismo: el que aparece cada vez que
tenemos que hablar del lenguaje.
Seguramente los puntos, sensibles, los puntos que, dentro de lo que nos ha dicho,
merecen ser rectificados son precisamente aquéllos en los que poniendo el acento, sobre
lo que existe: lo indecible, hacía de esto el índice de una, heterogeneidad que justamente
indicaba como el ''no pudiendo ser dicho" (ne pouvant être dit) , en tanto que de lo que se
trata en la materia cuando se produce la angustia debe justamente ser aprehendido en su
lazo con el hecho de que hay decir y pudiendo ser dicho. Es así que no ha podido dar todo
su pleno valor la fórmula, el deseo del hombre es el deseo del Otro.
No es por referencia a un tercero, renacido, el sujeto más central, el sujeto idéntico a sí
mismo, la conciencia de si hegeliana que habría de operar la mediación entre dos deseos
que ella tendría de alguna manera frente suyo: el suyo propio como objeto y el deseo del
Otro, e incluso de dar a ese deseo del Otro la primacía, tendría que situar, que definir su
propio deseo en una suerte de referencia, de relación o no de dependencia a ese deseo
del Otro.
Seguramente en un cierto nivel en el que podemos siempre permanecer, hay algo de este
orden, pero es precisamente algo gracias a lo cual evitamos lo que está en el corazón de
nuestra experiencia y lo que se trata de aprehender. Lo que se trata de aprehender es que
el sujeto que nos interesa es el deseo.
Seguramente esto no toma su sentido sino a partir del momento en que comenzamos a
articular, a situar, a que distancia, a través de qué medios (truchement) que no es pantalla
intermediaria, sino de constitución, de determinación, podemos situar el deseo.
No es que la demanda nos separe del deseo. Si no hubiera más que .descartarla, a la
demanda, para encontrarlo, su articulación significante me determina, me condiciona
como deseo. Está ahí el largo camino que les he hecho recorrer. Si se los he hecho tan
largo es porque era necesario para que la dimensión que esto supone les hiciera hacer de
alguna manera la experiencia mental de aprehenderla. Pero este deseo así llevado,
transportado en una distancia, articulado no más allá del lenguaje como por el hecho de
una impotencia de ese lenguaje, sino estructurado como deseo por esa potencia misma,
es el que se trata ahora de alcanzar, de hacerles concebir, aprehender, y hay en la toma,
en el Begriff, algo sensible, algo de una estética trascendental que no debe ser aquélla
hasta aquí recibida ya que es justamente en ésta que el lugar del deseo se ha sustraído
hasta el presente.
Pero esto es lo que les explica mi tentativa, que espero tenga éxito, de llevarlos por
caminos que son también de la estética en tanto intentan atrapar algo que no ha sido visto
en todo su relieve, en toda su fecundidad, a nivel de las intuiciones no tanto espaciales
como topológicas, pues es necesario que nuestra intuición del espacio no agote todo lo
que es de un cierto orden ya que también aquéllos que se ocupan de esto con la mayor
calificación, los matemáticos, intentan por todas partes, y llegan, a desbordar la intuición.
Los conduzco por este camino finalmente para decir las cosas con palabras que son
palabras de orden (consignas) se trata de escapar a la preeminencia de la intuición de la
esfera en tanto que de alguna manera ella comanda muy íntimamente , aún cuando no
pensemos en ello, nuestra lógica. Pues seguramente si hay una estética, llamada
trascendental, que nos interesa, es en la medida en que domina la lógica. Es por esto que
a aquéllos que me dicen: "¿Acaso no podría decirnos verdaderamente las cosas, hacernos
comprender lo que ocurre en un neurótico y en un perverso, en qué es diferente, sin pasar
por sus pequeños toros y otros desvíos? ". Les responderé diciendo que es sin embargo
indispensable absolutamente , y por la misma razón, ya que es lo mismo que hacer lógica,
pues la lógica de que se trata no es cosa vacía.
Los lógicos como los gramáticos disputan, y seguramente no podemos, de entrar en su
campo, más que evocar esas disputas con discreción para no perdernos ahí -toda la
confianza que ustedes me otorgan se apoya en esto, en que ustedes me dan el crédito de
haber hecho algún esfuerzo para no tomar el primer camino; que aparezca, y por haber
eliminado un cierto número de ellos.
Pero sin embargo, para tranquilizarlos, se me ocurre la idea de hacerles notar que no es
indiferente poner en primer plano en la lógica la función de la hipótesis por ejemplo, o la
función de la aserción. En teatro, se le hace decir, en lo que se llama una adaptación, a
Ivan Karamazof:
"Si Dios no existe, entonces todo está permitido".
Remitanse al texto, lean, y por otra parte, si recuerdo bien, es Aliocha quien dice como por
azar:
"Puesto que Dios no existe, entonces está todo permitido".
Entre estos dos términos está la diferencia del "si" al "puesto que", es de oír la diferencia
de una lógica hipotética a una lógica asertórica, y ustedes me dirán: distinción de los
lógicos, ¿en qué nos interesa? Ella nos interesa a tal punto que es por presentar las cosas
de la primer forma que en último término, término kantiano, se mantiene la existencia de
Dios. En suma todo está ahí como es evidente que todo no está permitido, en la fórmula
hipotética se impone como necesario que Dios existe, y en el corazón de la articulación de
todo pensamiento válido, en la articulación enseñante del libre pensamiento, se mantiene
la existencia de Dios como un término sin el cual no habría incluso medio de adelantar algo
donde se aprehendiera la sombra de una certeza, y ustedes saben, he creído deber
recordarles un poco esto, que el recorrido de Descartes no puede pasar por otros caminos
No es forzosamente por carácterizarlo con el término de ateísmo que se definirá mejor
nuestro proyecto, que es quizá intentar hacer pasar por otra cosa las consecuencias que
comporta el hecho, para nosotros de experiencia, de que haya permiso. Hay permiso
porque hay prohibido (interdit) me dirán ustedes contentos de encontrar ahí la oposición
del a y del no -a, del blanco y del negro. Si, pero esto no basta, pues lejos de agotar el
campo, el permiso y el interdicto, lo que se trata de organizar, de estructurar, es cómo uno
y otro se determinan, y muy estrechamente, dejando un campo abierto que no sólo no es
excluido por ellos, sino que los hace reunirse, y en ese movimiento de torsión, si se puede
decir, da su forma a lo que sostiene el todo, es decir la forma del deseo.
Para decirlo todo, que el deseo se instituye en transgresión, cada uno siente, percibe bien,
todos tienen la experiencia de esto, lo que no quiere, no puede incluso querer decir que no
se trate ahí más que de una cuestión de fronteras, de límite trazado. Es más allá de la
frontera franqueada que comienza el deseo.
Seguramente ésta es la vía más corta pero es una vía desesperada. Es por otro lado que
se hace el camino de pasaje. Aún la frontera, la del interdicto, esto no significa tampoco
hacerla descender del cielo y de la existencia del significante. Cuando les hablo de la ley,
les hablo de esto como Freud, a saber que si un día ella ha surgido sin duda ha sido
necesario que el significante pusiera de entrada allí su marca, su forma, pero sin embargo
es de un deseo original que el nudo ha podido formarse para que se funden
conjuntamente la ley como límite y el deseo en su forma.
Es esto lo que intento figurar para entrar hasta en el detalle, para volver a recorrer ese
camino que es siempre el mismo, pero que cernimos en torno a un nudo cada vez más
central cuya figura umbilical intento mostrarles. Retomemos el camino y no olvidemos que
lo menos situado para nosotros en términos de referencia, ya sean legalistas, formalistas o
naturalistas, es la noción del a minúscula, en tanto no es al otro imaginario que designa en
la medida en que a él nos identificamos en el desconocimiento yoico. Esta i de a - i(a)-,
también ahí encontramos ese mismo nudo interno que hace que lo que tiene el aspecto
de ser muy simple: (. . . ) que el Otro nos es dado bajo una forma imaginaria, no lo es en
esto, este Otro es justamente del que se trata cuando hablamos del objeto.
De este objeto no es decirlo todo que sea simplemente él objeto real, que es precisamente
el objeto del deseo en tanto tal sin duda original, pero nosotros no podemos decirlo sino a
partir del momento en que hayamos aprehendido, comprendido, lo que quiere decir que el
sujeto en tanto se constituye como dependencia del significante, como más allá de la
demanda, es el deseo.
Ahora bien, es ese punto del bucle que no está en absoluto todavía asegurado, y es por
ahí que avanzamos y por esto que recordamos el uso hecho hasta aquí del a. ¿Dónde lo
hemos visto?, ¿donde iremos a designarlo? En el fantasma donde evidentemente hay una
función que tiene cierta relación con lo imaginario llamémoslo el valor imaginario en el
fantasma. Es otra cosa que simplemente proyectable de una manera intuitiva en la función
del señuelo tal como nos es dado en la experiencia biológica, por ejemplo. Es otra cosa, y
esto es lo que les recuerda la formalización del fantasma como constituido en su relación
por el conjunto $ deseo de a y la ubicación de esta fórmula en el grafo que muestra
homológicamente, por su posición, en el piso superior que la hace homóloga del i(a) del
piso inferior en tanto soporte del yo (moi), m minúscula aquí, así como $ deseo de a es el
soporte del deseo.
(125) gráfico(126)
¿Qué quiere decir esto? Que el fantasma está ahí donde el sujeto se aprehende en lo que
les he puntuado por estar en pregunta en el segundo piso del grafo bajo la forma retomada
a nivel del Otro, en el campo del Otro, en ese punto aquí del grafo, de la pregunta: ¿Qué
es lo que eso quiere?, que sea también la que tomará la forma "¿Qué quiere? " si alguno
ha sabido tomar el lugar (place) proyectado por la estructura del lugar del otro, a saber de
ese lugar de quien es el amo y garante.
Esto quiere decir que sobre el campo y el recorrido de esta pregunta el fantasma tiene
una función homóloga a aquélla de i(a), del yo ideal, del yo imaginario sobre el cual me
apoyo, que esta función tiene una dimensión, sin duda alguna vez puntuada e incluso más
de una vez, que me es necesario recordarles anticipa la función del yo ideal como se los
marca el grafo , el hecho de que es por una suerte de retorno que permite de todos modos
un cortocircuito en relación a la vía intencional del discurso considerado como
constituyente en ese primer piso del sujeto que ahí, antes de que significante y significado
se recorten, haya constituido su frase, el sujeto imaginariamente anticipa a aquél que
designa como yo (moi). Es el mismo sin duda que el yo (je) del discurso soporta en su
función de shifter. El je literal en el discurso no es ninguna otra cosa que el sujeto mismo
que habla, pero aquél que el sujeto designa aquí como su soporte ideal es anticipado, en
un futuro anterior, aquél que imagina que habrá hablado: "él habrá hablado", en el fondo
mismo del fantasma hay también un "él lo habrá querido".
No iré más lejos. Como esta abertura y esta observación no se observan sino en el punto
de partida de nuestro camino en el grafo, he mantenido implicada una dimensión de
temporalidad. El grafo está hecho para mostrar ya ese tipo de nudo que estamos por
ahora buscando a nivel de la identificación. Las dos curvas se entrecruzan en sentido
contrario, mostrando que sincronismo y simultaneidad no son lo mismo, indicando ya en el
orden temporal lo que estamos por intentar anudar en el campo topológico. Brevemente, el
movimiento de sucesión, la cinética significante, he aquí lo que soporta el grato. Lo
recuerdo para mostrarles el alcance del hecho de que no he hecho en absoluto estado
doctrinal de esta dimensión temporal, de la que la fenomenología contemporánea obtiene
provecho.
Porque en verdad creo que no hay nada más mistificante que hablar del tiempo a tontas y
a locas. Pero sin embargo aquí tomo acto para indicarles, ahí donde nos será necesario
volver para reconstituir no más una cinética, sino una dinámica temporal, lo que no
podremos hacer sino después de haber franqueado lo que se trata de hacer por ahora, a
saber el situamiento topológico espacializante de la función identificatoria. Esto quiere
decir que, ustedes se engañarían de detenerse en lo que sea que ya he formulado, que he
creído deber formular de manera anticipante sobre el tema de la angustia, con el
complemento que ha querido agregar la Sra, Aulagnier el otro día, en tanto no será
efectivamente restituido, referido, vuelto a llevar en el campo de esta función lo que ya he
indicado desde siempre, puedo decir desde el artículo sobre el estadio del espejo que
distingue la relación de la angustia de la relación de la agresividad, a saber la tensión
temporal.
Volvamos a nuestro fantasma y al a minúscula, para aprehender de lo que se trata en esta
imaginificación propia a su lugar en el fantasma. Es seguro que no podemos aislarlo sin su
correlativo del $ por el hecho de que la emergencia de la función del objeto del deseo
como a minúscula en el fantasma es correlativo a esta suerte de fading, de
desvanecimiento de lo simbólico que es lo que he articulado la última vez, creo,
respondiendo a la Sra. Aulagnier, si recuerdo bien, como la exclusión determinada por la
dependencia misma del sujeto del uso del significante.
Es por lo cual en tanto el significante tiene que redoblar su efecto al querer designarse a sí
mismo, el sujeto surge como exclusión del campo mismo que determina, no siendo
entonces ni aquél que es designado ni aquel que designa, sino que es el punto esencial,
esto no se produce sino en relación con el juego de un objeto como alternancia de una
presencia y de una ausencia. Lo que quiere decir de entrada formalmente la conjunción $
y a minúscula es que en el fantasma, bajo su aspecto puramente formal y radicalmente, el
sujeto se hace (-a), ausencia de a y nada más que esto ante el a minúscula en el nivel, si
ustedes quieren, de lo que he llamado la identificación al rasgo unario, la identificación no
es introducida, no opera pura y simplemente sino en ese producto del a por el a y que no
es difícil de ver en qué, no simplemente como por un juego mental sino porque somos
llevados ahí por algo que es para nosotros nuestro modo, por algo que recibe ahí
legitimamente su fórmula, el
(-a) ² =1 que nos introduce en lo que hay de carnal, de implicado en ese símbolo
matemático de raíz de -1: -1. No nos detendríamos en un juego tal si no fuéramos
llevados ahí por más de un sesgo de manera convergente.
(127) gráfico(128)
Retomemos nuestra marcha para intentar designar lo que comanda para nosotros el dibujo
de la estructura, la necesidad de dar cuenta de la forma a la cual el deseo nos conduce.
No lo olvidemos, el deseo inconsciente tal como tenemos que dar cuenta de él, se
encuentra en la repetición de la demanda: y después de todo a partir del origen que Freud
nos ha modulado, es él que la motiva. Veo a alguno decirme: "Y bien, sí, no se habla más
que de eso", por poco que para nosotros el deseo no se justifique sólo por ser tendencia,
es otra cosa. Si ustedes escuchan, si siguen lo que pretendo significar por el deseo, es
que no nos contentamos, con la referencia opaca a un automatismo de repetición, en la
medida en que este automatismo de repetición lo hemos identificado perfectamente, se
trata de la búsqueda, a la vez necesaria y condenada, por única vez calificada,
carácterizada como tal por el rasgo unario, aquél que no puede repetirse sino por ser
siempre un otro.
(129) gráfico(130)
Y desde entonces, en ese movimiento, nos aparece esta dimensión por la cual el deseo es
lo que soporta el movimiento sin duda circular, de la demanda siempre repetida, pero de la
que un cierto número de repeticiones pueden ser concebidas -es ese el uso de la
topología del toro- como acabando algo. El movimiento de bobina de la repetición de la
demanda se anilla (bucle) en alguna parte incluso virtualmente definiendo otro bucle que
resulta de esta repetición misma, ¿y que dibuja qué? El objeto del deseo, lo que para
nosotros es necesario formular así, en la medida en que igualmente al comienzo lo que
instituimos como base misma de toda nuestra aprehensión de la slgnificación analítica es
esencialmente esto de que sin duda hablamos de un objeto oral, anal, etc.. pero que este
objeto nos importa: este objeto estructura lo que para nosotros es fundamental de la
relación del sujeto al mundo en esto que olvidamos siempre: es que este objeto no
permanece como objeto de la necesidad; es por el hecho de ser tomado en el movimiento
de la demanda, en el automatismo de repetición, que deviene objeto de deseo.
Lo que he querido mostrarles el día en que por ejemplo tomando el seno como significante
de la demanda oral les mostraba que es justamente a causa de esto que eventualmente,
era lo más simple que tenía para hacerles percibir esto, es justamente en ese momento
que el seno deviene, no objeto de alimento, sino objeto erótico, mostrando una vez más
que la función del significante excluye que el objeto devenga reconocible como significante
de una demanda latente que toma valor de un deseo que es de otro registro.
La dimensión libidinal, sobre la cual comenzó a entrar en el análisis como marcando todo
deseo humano, no quiere decir, no puede querer decir sino esto, lo que no quiere decir
que no sea necesario recordarlo. Es el factor de esta transmutación que se trata de
aprehender, el factor de esta transmutación es la función del falo, y no hay medio de
definirlo de otra manera. La función del falo, fi minúscula, es aquello a lo cual
intentaremos dar su soporte topológico.
El falo, su verdadera forma, que no es forzosamente la de la pija aún cuando se le parece
mucho, es lo que no desespero de dibujarles en el pizarrón; si fueran capaces sin
sucumbir al vértigo de contemplarla con cierta continuidad podrían percibir que con su
prepucio está verdaderamente graciosamente hecha. Esto los ayudará quizá a percibir que
la topología no es el papel arrugado que ustedes imaginan, como tendrán ciertamente
ocasión de darse cuenta.
Dicho esto, no es por nada sin duda que a través de los siglos de historia del arte no haya
sino representaciones verdaderamente tan lamentablemente groseras de lo que llamo la
pija (queue).
Bien, comencemos por recordar esto sin embargo porque no hay que ir demasiado rápido:
no está nunca tan ahí, ese falo -es de ahí que debemos partir- como cuando está ausente,
lo que es ya un buen signo para presumir que es él el pivote, el punto de giro de la
constitución de todo objeto como objeto de deseo.
Que no esté nunca tan ahí como cuando está ausente, sería molesto que tuviera que
darles más de una indicación para recordárselos que no me bastará evocar la equivalencia
girl-falo, para decirlo todo, que la silueta omnipresente de Lolita puede hacerles sentir. No
tengo en verdad necesidad de Lolita; hay personas que saben muy bien percibir lo que es
simplemente la aparición de un brote sobre una pequeña rama de árbol. No es
evidentemente el falo, pues el falo es el falo, es el falo cuando su presencia está ahí
donde no está. Esto va más lejos. La Sra. Simone de Beauvoir ha hecho todo un libro para
reconocer a Lolita en Brigitte Bardot. La distancia que hay entre la expansión acabada del
encanto femenino y lo que es propiamente el resorte, la actividad erótica de Lolita me
parece constituir una escisión (béance) total, la cosa en el mundo más fácil de distingir.
¿Cuándo hemos comenzado a ocuparnos del falo de una manera estructurante y
fecunda? Evidentemente a propósito de los problemas de la sexualidad femenina, y la
primer introducción de la diferencia de estructura entre demanda y deseo, no lo olvidemos,
es a propósito de los hechos descubiertos en todo su relieve original por Freud cuando
abordó este tema, es decir que se articula de la manera más cernible en esta fórmula, que
es porque debe ser demandado ahí donde no está, el falo, a saber en la madre, a la
ma dre, por la madre, para la madre, que por ahí pasa el camino normal por donde puede
venir a ser deseado por la mujer.
Si es así que esto aparece, que puede ser constituido como objeto de deseo, la
experiencia analítica pone el acento sobre el hecho de que es necesario que el proceso
pase por una primitiva demanda, con todo lo que ella comporta en la ocasión de
absolutamente fantasmática irreal, contraria a la naturaleza, una demanda estructurada
como tal y una demanda que continúa vehiculizando sus marcas en ese punto en que ella
aparece inagotable y que todo el acento de lo que dice Freud no quiere decir que esto
baste para que Joyce mismo lo entienda. Esto quiere decir que es en la medida en que el
falo puede continuar permaneciendo indefinidamente objeto de demanda a aquél que no
puede darlo sobre ese plano, que justamente aparece toda la dificultad en lo que incluso él
alcanza a lo que parecería -si verdaderamente Dios los hizo hombre y mujer, como dice el
ateo Jones: para que sean el uno para el otro como el hilo a la aguja- por lo tanto natural:
que el falo fuera de entrada objeto de deseo.
Es por la puerta de entrada, y la puerta de entrada difícil, y la puerta de entrada que
distorsiona toda la relación con él que ese falo entra inclusive ahí donde parece ser el
objeto más natural, en la función del objeto.
El esquema topológico que voy a formar para ustedes y que consiste en relación a lo que
de entrada fue presentado para ustedes bajo esta forma del ocho invertido, está destinado
a advertirles de la problemática de todo uso limitativo del significante, en tanto que para él
un campo limitado no puede ser identificado al puro y simple de un círculo. El campo
marcado en el interior no es tan simple como eso que marcaba un cierto significante
afuera. Hay en alguna parte necesariamente, por el hecho de que el significante se
redobla, es llamado a la función de significarse a sí mismo, un campo producido que es de
exclusión y por el cual el sujeto es rechazado en el campo exterior.
(131) gráfico(132)
Anticipo y profiero que el falo en su función radical es sólo significante, pero aunque pueda
significarse a sí mismo es innombrable como tal. Si está en el orden del significante -pues
es un significante y ninguna otra cosa- puede ser planteado sin diferir él mismo. ¿Cómo
concebirlo intuitivamente?. Digamos que es el sólo nombre que abole todas las otras
nominaciones, y es por esto que es indecible. No es indecible porque lo llamamos el falo,
pero no se puede a la vez decir el falo y continuar otras cosas.
Ultimo señalamiento: en nuestros apuntes, al comienzo de uno de nuestros años
científicos, alguien intentó articular de una cierta manera la función transferencial más
radical ocupada por el analista en tanto tal. Es ciertamente una aproximación que no es en
absoluto de descuidar que haya llegado a articular crudamente, y a mi fe, que pueda tener
el sentimiento de que es algo de caradurismo que el analista en función tenga el lugar del
falo; ¿qué es lo que esto puede querer decir?
Es que el falo al Otro es muy precisamente lo que encarna, no al (escritura en giego),
aunque su satisfacción sea aquella del factor por el cual el objeto que sea es introducido a
la función de objeto de deseo, sino aquella del deseante, del (escritura en giego). Es en
tanto el analista es la presencia soporte de un deseo enteramente velado que es ese
"¿Che Vuoi? " encarnado.
Recordaba hace un momento que se puede decir que el factor ??tiene valor fálico
constituitvo del objeto mismo del deseo, lo soporta y lo encarna. Pero es una función de
subjetividad a tal punto temible, problemática, proyectada en una alteridad tan radical, y es
por esto que los he llevado y vuelto a llevar a esta encrucijada el último año como siendo
el resorte esencial de toda la cuestión de la transferencia: ¿qué debe ser ese deseo del
analista?
Por ahora lo que se nos propone es encontrar un modelo topológico, un modelo de
estética trascendental que nos permita dar cuenta a la vez de todas esas funciones del
falo. Hay algo que parece a esto que como esto sea lo que se llama en topología una
superficie cerrada, noción que toma su función, a la cual tenemos el derecho de dar un
valor homólogo, un valor equivalente de la función de la significancia porque podemos
definirla por la función del corte. He hecho ya más de una referencia sobre esto.
El corte, entiendan, con un par de tijeras, un balón de caucho, de modo de inhibir por
hábitos que pueden calificarse de seculares que un montón de problemas que se
plantean no salten a los ojos en muchos casos. Cuando creí decirles cosas muy simples a
propósito del ocho interior sobre la superficie de un toro, y que enseguida desenrollé mi
toro creyendo que esto iba de sayo, que hacia mucho tiempo que les había explicado que
habla una manera de abrir el toro de un tijeretazo y cuando abren el toro a través obtienen
una cinta abierta, el toro es reducido a esto (ver esquema) y basta en ese momento
intentar proyectar sobre esta superficie el rectángulo que haríamos mejor en llamar
cuadrilátero, aplicar lo que habíamos designado anteriormente bajo esta forma: del ocho
interior para ver lo que ocurre y en qué algo está efectivamente limitado, algo puede ser
elegido, distinguido entre un campo limitado por este corte y, si quieren, lo que está afuera,
lo que no va de suyo, no salta a los ojos.
Sin embargo esta pequeña imagen que les he representado parece tener para algunos, a
primera vista, parece presentar problemas. Es que no es tan fácil.
La próxima vez habré no sólo de volver sobre esto, sino de mostrarles algo que no quiero
hacer misterioso antes, pero después de todo si algunos quieren prepararse les indico que
hablaré de otro modo de superficie definida como tal y puramente en términos de
superficie, de la que ya he pronunciado el nombre y que nos será muy útil. Se llama en
inglés, donde las obras son muy numerosas, cross-cap, lo que quiere decir algo así como
gorro-cruzado Se lo ha traducido al francés en algunas ocasiones con el término de mitra,
con el que efectivamente puede tener una semejanza grosera.
Esta forma de superficie topologicemente definida comporta en sí ciertamente una
atracción puramente especulativa y mental que espero no dejará de interesarles. Tendré el
cuidado de darles representaciones figuradas, que he hecho numerosas y sobre todo bajo
los ángulos que seguramente no son aquéllos bajo los cuales se interesan los
matemáticos o bajo los cuales ustedes lo encontrarán representados en algunas obras de
topologia. Mis figuras conservarán toda su función original dado que no les doy el mismo
uso ni son las mismas cosas las que yo busco en ellas.
Sepan por tanto que lo que se trata de formar de una manera prudente, de una manera
sensible, está destinado a comportar como soporte un cierto número de reflexiones y otras
que vendrán a continuación, las vuestras para la ocasión, a comportar un valor si puedo
decir mutativo que les permitirá pensar lee cosas de la lógica por las cuales he
comenzado, de otra manera que la que los mantenía arrimados a los famosos círculos de
Euler.
Lejos de que ese campo interior del ocho sea obligatoriamente y por todo un campo
excluido al menos en una forma topológica, hecho más sensible y de los más
representable y divertidos del cross-cap en cuestión, por tanto lejos de que ese campo sea
un campo a excluir, es por el contrario perfectamente a conservar.
Seguramente no nos rompamos (montons) la cabeza. Habría una manera que sería
absolutamente simple de imaginar de un modo a conservar. No es muy difícil. No tienen
más que tomar algo que tenga una forma un poco apropiada: un círculo blando y
torciéndolo de una cierta manera y empleándolo, de tener delante una lengüeta donde la
parte de abajo estaría en continuidad con el resto de los bordes. Sólo que: esto no es más
que un artificio, a saber que ese borde es siempre el mismo borde.
Es de esto de lo que se trata: se trata de saber muy diferentemente si esta superficie
constituye un problema para nosotros que se encuentre simbolizada. esteticamente,
intuitivamente. Otro alcance posible del límite significante del campo marcado es realizable
de una manera diferente y de alguna manera inmediata de obtener, por simple aplicación
de las propiedades de una superficie de la que ustedes no tienen hasta el presente el
hábito. Es lo que veremos la próxima vez.
16 de Mayo de 1962
Justifico la necesidad de esta elucubración de la superficie, es evidente que lo que les
doy es resultado de una reflexión. No han olvidado que la noción de superficie en
topología no va de suyo y no está dada como una intuición.
¿Cómo abordar esta noción? A partir de lo que, en lo real la introduce, es decir lo que
mostrarla que el espacio no es esta extensión abierta y despreciable como pensaba
Bergson. El espacio no es tan vacío como él creía, encierra muchos misterios,
Plantéemos de entrada algunos términos.
Es cierto que una primer cosa esencial en la noción de superficie es la de cara (face) si
habría dos caras o dos lados. Esto va de suyo si, esta superficie, la sumergimos en el
espacio. Pero para apropiarnos lo que puede para nosotros tomar la noción de superficie,
es necesario que sepamos lo que nos entrega por sus solas dimensiones. Ver lo que ella
puede librarnos en tanto superficie que divide el espacio por sus únicas dimensiones nos
sugiere reconstruir el espacio de otro modo que el que creíamos tener por la intuición. En
otros términos, les propongo considerar como más evidente (captura imaginaria), más
simple, más seguro (ligado a la acción), más estructural partir de la superficie para definir
el espacio -del que sostengo estamos muy poco asegurados digamos más bien definir el
lugar, que partir del lugar para definir la superficie.
Cf. el lugar en filosofía.
El lugar del Otro tiene ya su lugar en nuestro seminario.
Para definir la cara de una superficie no basta decir que está de un lado y del otro, tanto
más cuanto que eso no tiene nada de satisfactorio, y si algo nos da el vértigo pascaliano,
es esas dos regiones en las que el plano infinito dividiría todo el espacio.
¿Cómo definir esta noción de lado? Es el campo donde puede extenderse una linea, un
camino, sin tener que encontrar un borde. Pero hay superficies sin borde: el plano al
infinito, la esfera, el toro y muchos otros que se reducen prácticamente a uno solo: el
cross-cap o mitra o gorro dibujado al lado. El cross-cap en los libros eruditos es esto:
cortado para poder insertarse sobre otra superficie
(133) gráfico(134)
Esas tres superficies cerradas elementales a la composición de las cuales todas las otras
superficies cerradas pueden reducirse.
Llamaré sin embargo cross-cap a la figura. Su verdadero nombre es el plano proyectivo de
la teoría de las superficies de Riemann cuyo plano está en la base. Hace intervenir al
menos la cuarta dimensión.
Ya la tercera dimensión, para nosotros, psicólogos de la profundidades, hace bastante
problema para que la consideremos como poco asegurada. Sin embargo en esta simple
figura, el cross-cap,. la cuarta está implicada necesariamente.
El nudo elemental hecho el otro día con una cuerda, presentifica ya la cuarta dimensión..
No hay teoría topológica válida sin que hagamos intervenir algo que nos lleva a la cuarta
dimensión.
(135) gráfico(136)
Si ustedes quieren intentar reproducir ese nudo usando el toro, siguiendo las vueltas y
rodeos que pueden hacer en la superficie de un toro, podrían después de muchas vueltas
volver sobre una linea que se anilla como el nudo de arriba. No pueden hacerlo sin que la
línea se corte a sí misma; como sobre la superficie del toro ustedes no podrán marcar que
la línea pasa por encima o por debajo, no hay medio de hacer ese nudo sobre toro. Es por
el contrario, perfectamente factible sobre el cross-cap.
Si esta superficie implica la presencia de la cuarta dimensión, es un comienzo de pruebas
que el más simple nudo implique la cuarta dimensión. Esta superficie, el cross-cap, voy a
decirles como lo pueden imaginar. Esto no impondrá su necesidad por ahí mismo, para
nosotros, conducida. Ella no está sin relación con el toro, tiene incluso con el toro la
relación más profunda. El modo más simple de darles esta relación es recordarles como
está construido un toro cuando se lo descompone bajo una forma poliédrica, es decir
llevándolo a su polígono fundamental. Este polígono fundamental es un cuadrilátero. Si a
ese cuadrilátero lo pliegan sobre sí mismo, tendrán un tubo uniendo los bordes.
(137) gráfico(138)
Si se vectorizan esos bordes conviniendo que no puedan ser pegados uno al otro sino los
vectores que van en el mismo sentido, aplicándose el comienzo de un vector al punto
donde termina el otro vector, -desde entonces se tienen todas las coordenadas para definir
la estructura del toro.
Si hacen una superficie cuyo polígono fundamental está así definido por vectores todos en
el mismo sentido sobre el cuadrilátero de base, si parten de un polígono así definido, eso
haría dos bordes o incluso uno sólo, obtienen lo que les materializo, como mitra.
(139) gráfico(140)
Volveré sobre su función de simbolización de algo y eso será más claro cuando ese
nombre sirva de soporte.
El corte con su pinta de mandíbula, eso no es lo que ustedes creen. Esto es una línea de
penetración gracias a la cual lo que está antes...
Por debajo es una semiesfera, arriba la pared de adelante pasa por penetración en el
tabique opuesto y vuelve por delante.
¿Porqué ésta forma y no otra? Su polígono fundamental es distinto que el del toro. Un
polígono cuyos bordes está marcados por vectores de la misma dirección, y distinto que el
del toro, que parte de un punto para ir al punto opuesto, ¿qué se obtiene como superficie?
Desde ahora se desprenden puntos problemáticos de esas superficies. Los he introducido
en las superficies sin borde a propósito de la cara. Si no hay borde, ¿cómo definir la cara?
Y si nos prohibimos tanto como sea posible sumergir demasiado pronto nuestro modelo en
la tercera dimensión, ahí donde no hay borde estaremos asegurados de que hay un
interior y un exterior. Es lo que sugiere esta superficie sin borde por excelencia que es la
esfera. Quiero alejarlos de esta intuición indecisa: está lo que está dentro y lo que está
afuera.
Por tanto para las otras superficies, esta noción de interior y exterior se sustrae. Para el
plano infinito no basta, Para el toro, la intuición se sostiene en apariencia suficientemente
porque está el interior de una cámara de aire y el exterior. Sin embargo lo que ocurre en el
campo por donde este espacio exterior atraviesa el toro, es decir el agujero central, está
ahí el nervio topológico de lo que ha constituido el interés del toro, y donde la relación del
interior y el exterior se ilustra con algo que puede tocarnos.
Observen que hasta Freud la anatomía tradicional, un tanto sea poco Wissenschaft con
Paracelso y Aristóteles, ha siempre tomado cuenta, entre los orificios del cuerpo los
órganos de los sentidos como verdaderos orificios.
La teoría psicoanalítica en tanto estructurada por la función de la libido ha hecho una
elección bien estrecha entre los orificios y no nos habla de los orificios sensoriales como
orificios sino por llevarlos al significante de los orificios de entrada elegidos. Cuando se
hace de la escoptofilia una escoptofagia se dice que la identificación escoptofílica es una
identiticación oral, como lo hace Fenichel.
El privilegio de los orificios oral, anal y genital, nos retiene en esto, que no son
verdaderamente los orificios que dan sobre el interior del cuerpo: el tubo digestivo no es
más que una travesía, está abierto sobre el exterior. El verdadero interior es el interior
mesodérmico y los orificios que ahí introducen existen bajo la forma de los ojos o las
orejas, de la que jamás la teoría psicoanalítica hace mención como tal, excepto sobre la
portada de la revista "La Psychanalyse". Es el verdadero alcance dado al agujero central
del toro; aún cuando no sea un verdadero interior eso nos sugiere algo del orden del
pasaje del interior al exterior.
Esto nos da la idea que viene a la inspección de esta superficie cerrada, el cross-cap.
Supongan algo infinitamente plano que se desplace sobre esta superficie pasando del
exterior 1 de la superficie cerrada al interior 2 para seguir más lejos en el interior 3 de la
línea de penetración donde resurgirá al exterior 4 (de espalda). Esto muestra la dificultad
de la definición de la distinción exterior-interior aún cuando se trata de una superficie
cerrada, de una superficie sin bordes. No he hecho sino abrir la cuestión para mostrarles
que lo importante en esta figura es que esta línea de penetración debe ser considerada
por ustedes como nula e inexistente (non avenue). No se la puede materializar en el
pizarrón sin hacer intervenir esta línea de penetración, pues la intuición espacial ordinaria
exige que se la muestre, pero la especulación no la tiene en cuenta. Se puede hacer
deslizar esta línea de penetración indefinidamente. No hay nada del orden de una costura.
No hay pasaje posible. A causa de esto el problema del interior y el exterior es planteado
en toda su confusión.
Hay dos órdenes de consideración en cuento a la superficie: métrica y topológica. Hay que
renunciar a toda consideración métrica: en efecto a partir de ese cuadrado podría dar toda
la superficie. Desde un punto de vista topológico, ésta no tiene ningún sentido.
Topológicamente la naturaleza de las relaciones estructurales que constituyen la superficie
está presente en cada puntos la cara interna se confunde con la cara exterior para cada
uno de sus puntos y de sus propiedades.
Para marcar el interés de esto vamos a evocar una cuestión aún nunca planteada que se
refiere al significante: un significante, ¿no tiene siempre por lugar una superficie? Puede
parecer una cuestión extraña. Pero tiene al menos el interés, si es planteada, de sugerir
una dimensión. En en primer abordaje el gráfico como tal exige una superficie, si es verdad
que puede plantearse la objeción de que una piedra levantada, una columna griega, es un
significante, y que tiene un volumen, no estén tan seguros de poder introducir la noción de
volumen antes de tener bien asegurada la noción de superficie. Sobre todo si, poniendo
las cosas a prueba, la noción de volumen no es aprehensible de otra manera que a partir
de la envoltura. Ninguna piedra levantada nos ha interesado por otra cosa, no diría que por
su envoltura -sería ir a un sofisma- sino por lo que ella envuelve.
Antes de ser volúmenes, la arquitectura se ha hecho de movilizar, componer superficies en
torno a un vacío. Las piedras levantadas sirven pera hacer alineamientos o mesas, hacer
algo que sirve por el agujero que tienen alrededor.
Pues éste es el resto con el que tenemos que vérnoslas. Si, atrapando la naturaleza de la
cara, partí de la superficie con bordes para hacerles notar que el criterio desfallece en las
superficies sin borde, si es posible mostrar una superficie sin borde fundamental, donde la
definición de la cara no es forzada, en tanto la superficie sin borde no está hecha para
permitir resolver el problema del interior y el exterior, debemos tener en cuenta la distinción
de una superficie sin con una superficie con: esto tiene la relación más estrecha con lo que
nos interesa, a saber el agujero que debemos hacer entrar positivamente como tal en la
teoría de las superficies.
No es un artificio verbal. En la teoría combinatoria de la topología general toda superficie
triangulable, es decir componible de pequeños trozos triangulares que ustedes pegan unos
con otros, toro o cross-cap, puede reducirse por medio de un polígono fundamental a una
composición de la esfera a la cual estarían adjuntos más o menos elementos tóricos,
elementos de cross-cap y elementos puros agujeros indispensables representados por
este vector anillado (bouclé) sobre sí mismo.
(141) gráfico(142)
Un significante en su esencia más radical no puede ser encarado sino como un corte> < en una superficie, esos dos signos "más grande": > y "más pequeño": < no imponiéndose sino por su estructura de corte inscrita sobre algo donde siempre está marcado, no sólo la continuidad de un plano sobre el cual la serie se inscribirá, sino también la dirección vectorial donde esto se reencontrará siempre? Porqué el significante en su encarnación corporal; es decir vocal, se nos ha presentado siempre como por esencia discontinua? No teníamos pues necesidad de la superficie: la discontinuidad lo constituye. La interrupción en lo sucesivo forma parte de su estructura. Esta dimensión temporal del funcionamiento de la cadena significante que he articulado de entrada como sucesión, tiene por consecuencia que la escansión introduce un elemento de más que la división de la interrupción modulatorias: introduce la precipitación que ya he insertado en tanto que precipitación en lógica. Es un viejo trabajo: "El Tiempo lógico". El paso que intento hacerles franquear ha comenzado ya a ser trazado, es aquel donde se anuda la discontinuidad con lo que es la esencia del significante, a saber la diferencia. Eso sobre lo cual hemos hecho pivotear, hemos llevado sin pausa esta función del significante, es para atraer vuestra atención sobre esto que, incluso al repetir lo mismo, lo mismo por ser repetido se inscribe como distinto. ¿Dónde está la interpolación de una diferencia? ¿Reside solamente en el corte? -es aquí que la introducción de la dimensión topológica más allá de la escansión temporal nos interesa- ¿o en algo distinto que llamaremos la simple posibilidad de ser diferente, la existencia de una batería diferencial que constituye el significante y por la cual no podemos confundir sincronía con simultaneidad en la raíz del fenómeno, sincronía que hace que reaparezca lo mismo? Es como distinto de lo que repite que el significante reaparece, y lo que puede ser considerado como distinguible es la interpolación de la diferencia en la medida en que podemos plantear como fundamento de la función significante la identidad del "a y a", a saber que la diferencia reside en el corte, o en la posibilidad sincrónica que constituye la diferencia significante. En todo caso lo que repetimos no es diferente sino por poder ser inscrito. No queda menos que la función del corte nos importa en primer lugar en lo que puede ser escrito. Y es aquí que la noción de superficie topológica debe ser introducida en nuestro funcionamiento mental por que es sólo ahí que toma su interés la función del corte. La inscripción llevándonos a la memoria es una objeción a refutar. La memoria que a nosotros, analistas, nos interesa, debe ser distinguida de una memoria orgánica, aquella que en la misma succión (de lo real) respondería por el mismo modo para el organismo de defenderse que la que mantiene la homeostásis, pues el organismo no reconoce lo mismo que se renueva en tanto diferente. La memoria orgánica memori-za (meme-orise). Nuestra memoria es otra cosa: interviene en función del rasgo unario marcando la vez única y tiene por soporte la inscripción. Entre el estimulo y la respuesta, la inscripción, la impresión, debe ser concebida en términos de imprenta gutembergiana. El esbozo de la teoría psicofísica contra la cual nos rebelamos es siempre atomístico; es siempre en la impresión en esquemas de superficie que esta psicofísica toma su primer base. No basta decir que es insuficiente antes de haber encontrado otra cosa. Pues si es de gran interés ver que la primer teoría de la vida relaciónal se inscribe en términos interesantes que traducen solamente sin saberlo la estructura misma del significante bajo las formas ocultas de los efectos distintos de contigüidad y continuidad (asociacionismo), es bueno mostrar que lo que estaba reconocido y desconocido como dimensión significante eran los efectos del significante en la estructura del mundo idealista de la que esta psicofísica no se ha desprendido jamás. Inversamente lo que se ha introducido por la Gestalt es insuficiente para dar cuenta de lo que ocurre a nivel de los fenómenos vitales, en razón de una ignorancia fundamental que se traduce por la rapidez con la cosa tienen por ciertas coordenadas que todo contradice. La pretendida buena forma de la circunferencia que el organismo se obstinarla sobre todos los planos -subjetivos u objetivos- en buscar reproducir, es contraria a toda observación de las formas orgánicas. Diría a los gestaltistas que una oreja de burro se asemeja a una corneta (cornet), a un aro, a una superficie de Moebius. Una superficie de Moebius es la ilustración más simple del cross-cap; se fabrica con una banda de papel pegando las dos extremidades después de haberla torsionado, de suerte que el ser infinitamente plano que ahí se pasea puede seguirla sin franquear jamás ningún borde. Esto muestra la ambigüedad de la noción de cara. Pues no basta decir que es una superficie uni látera, de una sola cara, como algunos matemáticos formulan. Otra cosa es la definición formal, no es menos cierto que hay coalescencia para cada punto de dos caras y es eso lo que nos interesa. Para nosotros que nos contentemos con decirla unilátera bajo pretexto de que esas dos caras están por todos lados presentes, no es menos cierto que podemos manifestar en cada punto el escándalo para nuestra intuición de esa relación de las dos caras. En efecto, en un plano, si trazamos un círculo que gire en el sentido de las agujas del reloj, del otro lado, por transparencia, la misma flecha gira en sentido contrario. El ser infinitamente plano, el pequeño personaje sobre la superficie de Moebius, si vehiculiza con él un círculo girando en torno de él en el sentido de las agujas del reloj, ese círculo girará siempre en el mismo sentido, si bien del otro lado de su punto de partida lo que se inscribirá girará en sentido horario, es decir en sentido opuesto a lo que ocurriría en una banda normal, sobre el planos eso no está invertido. Es por lo que se define a esas superficies como no orientables, y por lo tanto no está menos orientada. El deseo por no ser articulable, no podemos decir sin embargó que no esté articulado. Pues sus pequeñas orejas en la banda de Moebius, por no orientables que sean están más orientadas que en una banda normal. Hagan un cinturón cónico. Denlo vuelta: lo que estaba abierto abajo lo está arriba. Pero den vuelta la banda de Moebius: tendrá siempre la misma forma. Pero cuando ustedes dan vuelta el objeto tendrá siempre la joroba metida en la izquierda, hinchada sobre la derecha; una superficie no orientable está entonces mucho más orientada que una superficie orientable. Algo va aún más lejos y sorprende a los matemáticos que reenvían con una sonrisa al lector a la experiencia, y es que, si en esta banda de Moebius con la ayuda de tijeras ustedes trazan un corte a igual distancia de los puntos más accesibles de los bordes (no tiene más que un sólo borde), si ustedes hacen un círculo el corte se cierra, ustedes realizan un circulo, un lazo, una curva cerrada de Jordán. Ahora, este corte, no sólo deja la superficie entera, sino que transforma la superficie no orientable en superficie orientable, es decir en una banda en la que, si colorean uno de los lados, todo un lado quedará blanco, contrariamente a lo que habría ocurrido sobre la superficie de Moebius entera: todo habría sido coloreado sin que el pincel cambie de cara. La simple intervención del corte ha cambiado la estructura omnipresente de todos los puntos de la superficie. Y si les pido me digan la diferencia entre el objeto anterior al corte y éste, no hay medio de hacerlo, esto para introducir el interés de la func ión del corte. El polígono cuadrilátero es originario del toro y del gorro. Si no he introducido nunca la verdadera verbalización de esta forma ( rombo, deseo, uniendo el $ al a en $ ( a, ese pequeño cuadrilátero debe leerse: el sujeto en tanto marcado por el significante es propiamente, en el fantasma, corte de a . La próxima vez verán cómo esto nos dará un soporte funcionante para articular la cuestión: cómo lo que podemos definir, aislar a partir de la Demanda como campo del deseo, en su lado inaprehensible, puede por cierta torsión anudarse con lo que, tomado desde otro lado se define como el campo del objeto a, cómo el deseo puede igualarse a a. Es lo que he introducido y lo que les dará un modelo útil hasta en nuestra práctica. 23 de Mayo de 1962 Por qué un significante es aprehendido por la más mínima cosa, puede aprehender la más mínima: cosa? He ahí la cuestión, una cuestión de la que no es tal vez excesivo decir que no se la ha planteado aún en razón de la forma que ha tomado clásicamente la lógica. En efecto, el principio de predicación que constituye la proposición universal, no implica más que una cosas lo que se aprehende son seres reducibles a nada: dictum de omni et nullo. Para los que no están familiarizados con estos términos y que en consecuencia no comprenden bien, les recuerdo lo que les vengo explicando desde hace varios encuentros, a saber, tomar el círculo de Euler como soporte, lo que es tanto más legítimo cuanto que lo que se trata de subsumir es otra cosa, el círculo de Euler, como todo círculo ingenuo, si puedo decir, círculo a propósito del cual no se plantea la cuestión de saber si circunda un trozo, un fragmento. Lo propio del círculo, aún cuando destaque un fragmento de la superficie hipotéticamente implicada, es que puede reducirse progresivamente a nada. La posibilidad de la universal es la nulidad. Todos los profesores -les dije una vez porque elegí este ejemplo para no recaer siempre en los mismos problemas- todos los profesores son letrados; y bien, si por casualidad en algún lado ningún profesor merece ser calificado como letrado, poco importa: tendremos profesores nulos. Observen que esto no es equivalente de decir que no hay profesores. La prueba es que tenemos profesores nulos. Cuando digo "tener", tomen este "tener" en sentido fuerte, en el sentido de que se trata. No es un término resbaladizo destinado a dejar escapar el jabón. Cuando digo "tenemos", quiero decir que estamos habituados a tenerlos. Del mismo modo, tenemos montones de cosas así: tenemos la república, como decía un campesino con el que conversaba hace no mucho tiempo: este año hemos tenido la helada, y después los boys-scouts. Sea cual fuera la precariedad definicional de sus meteoros para el campesino, el verbo tener tiene aquí su sentido. Tenemos también, por ejemplo, los psicoanalistas; y es evidentemente mucho más complicado: porque los psicoanalistas comienzan a hacernos entrar en el órden de la definición existencial. Entra allí por la vía de la condición. Se dice por ejemplo: no hay, nadie podrá decirse psicoanalista si no ha sido psicoanalizado. Y bien, se corre un gran peligro de creer que esa relación es homogénea con lo que hemos evocado precedentemente, en el sentido en que, para servirnos de los círculos de Euler, estaría el círculo de los psicoanalizados; pero como cada cual sabe, como todos los psicoanalistas deben haberse psicoanalizado, el círculo de los psicoanalistas podría entonces trazarse incluído dentro del círculo de los psicoanalizados. (143) gráfico(144) No tengo necesidad de decir que si nuestra experiencia con los psicoanalistas no ha podido ser analizada, es probablemente porque las cosas no son simples, a saber que después de todo si no es evidente en el nivel del profesor que el hecho mismo de funcionar como profesor pueda aspirar al seno del profesor, a la manera de un sifón, algo que lo vacía de todo contacto con los efectos de la letra, es por el contrario completamente evidente que para el psicoanalista está todo allí. No basta con reenviar la cuestión al: ¿qué es estar psicoanalizado? Pues por supuesto lo que se cree hacer así, y supuesto naturalmente, no sería más que desviar a la persona, poner en primer plano la cuestión de qué es ser psicoanalizado. Pero en la relación al psicoanalista, no es esto lo que se trata de aprehender -si queremos atrapar la concepción del psicoanalista se trata de saber qué es lo que hace al psicoanalista el hecho de estar psicoanalizado, y en tanto psicoanalista y no parte de los psicoanalizados. No sé si me hago entender, pero voy a conducirlos una vez más al a b c, a lo elemental. Si de todos modos entienden el más viejo ejemplo de lógica, el primer paso que se ha hecho para empujar a Sócrates al agujero, a saber: todos los hombres son mortales, después del tiempo que les rompen los oídos con esta fórmula, sé perfectamente que han tenido tiempo para endurecerse, pero para refrescarlo, el mismo hecho de la promoción de este ejemplo en el corazón de la lógica no puede no ser la fuente de cierto malestar, de cierto sentimiento de estafa. ¿Pues en qué nos interesa una fórmula semejante, si se trata de aprehender al hombre? A menos que de lo que se trate -y es justamente lo que los círculos concéntricos de la inclusión euleriana escamotean -, no es saber que hay un círculo de los mortales y en el interior el círculo del hombre, lo que no tiene estrictamente ningún interés, sino saber qué es lo que le produce al hombre el ser mortal, atrapar el torbellino que se produce en alguna parte en el centro de la noción de hombre por el hecho de su conjunción con el predicado mortal, y es por eso que corremos detrás de algo; cuando hablamos del hombre, tocamos justamente ese torbellino, ese agujero que se produce allí en alguna parte en el centro de la noción de hombre por el hecho de su conjunción con el predicado mortal, y es por eso qué corremos detrás de algo; cuando hablamos de hombre, tocamos justamente ese torbellino, ese agujero que se produce allí en alguna parte en el medio. Recientemente abrí un excelente libro de un autor americano del que se puede decir que su obra engrandece el patrimonio del pensamiento y de la elucidación de la lógica. No les voy a decir el nombre porque sino ustedes van a buscar quién es. ¿Por qué no lo hago? Porque tuve la sorpresa de encontrar en las páginas que él trataba tan bien, un sentido vivo de la actualidad del progreso de la lógica, donde justamente interviene mi ocho interior. No hace de él en absoluto el mismo uso que yo. No obstante me conduce a la idea de que algunos mandarines de mi auditorio vendrían un día a decirme que lo he ido a pescar allí. Sobre la originalidad del pasaje de Jakobson tengo en efecto, la referencia más fuerte. Creo necesario decir que en este caso, creo haber comenzado a llevar adelante la metáfora y la metonimia en nuestra teoría en alguna parte del lado del discurso de Roma donde apareció, hablando con Jakobson me dijo: "Claro, esta historia de la metáfora y la metonimia, recuerdese, hemos retorcido eso juntos el 14 de Julio de 1950". Para el lógico en cuestión hace mucho tiempo que está muerto, y su pequeño otro interior precede incontestablemente su promoción aquí. Pero cuando entra con paso decidido en su exámen de lo universal afirmativo, hace uso de un ejemplo que tiene el mérito de no encontrarse en todas partes. Dice: "Todos los santos son hombres, todos los hombres son apasionados, entonces todos los santos son apasionados". El recoge esto por lo que ustedes deben sentir en un ejemplo semejante, el problema es saber dónde esta pasión predicativa es la más exterior, de este silogismo universal, caber qué especie de pasión reaparece en el corazón para constituir la santidad. He pensado en esto esta semana, quiero decírselos así para hacerles sentir lo que está en juego en lo que concierne a lo que denominé un cierto movimiento de torbellino. ¿Qué es lo que tratamos de perseguir con nuestro aparato en lo que se refiere a las superficies, superficies en el sentido que entendemos dar uso aquí, para tranquilizar a mis inquietos auditores, que es quizás poco clásica entre mis excursiones, pero que de todos modos es algo que consiste en ninguna otra cosa más que en renovar, reinterrogar la función kantiana del esquema? Pienso que el radical ilogismo de la experiencia de la inclusión, la relación de la extensión a la comprensión, al círculo de Euler -toda esa dirección se enganchó con el tiempo lógico- no es acaso aún en el extravío el recuerdo de lo que fue en su inicio olvidado, lo que fue en su inicio el objeto del que se trate -aunque fuera el más puro: es o será, hágase lo que se haga, el objeto del deseo- y si se trata de ceñirlo para atraparlo lógicamente, es decir con el lenguaje, es que se trata primero de aprehenderlo como objeto de nuestro deseo, guardarlo una vez aprehendido, lo que quiere decir cercarlo, y ese retorno de la inclusión al primer plano de la formalización lógica encuentra su raíz en esa necesidad de poseer en la que se funda nuestra relación al objeto del deseo como tal. El Begriff evoca la aprehensión porque es por correr detrás de la aprehensión de un objeto de nuestro deseo que hemos forjado el Begriff. Y cada cual sabe que todo lo que queremos poseer para el deseo, y no para la satisfacción de una necesidad, nos escapa y se sustrae. ¡Quién no lo evoca en la prédica moralista! Finalmente no poseemos nada. Hay que abandonarlo todo, dice el famoso cardenal, ¡qué tristeza! No poseemos nada, dice la prédica moralista porque la muerte existe. Lo que nos promueve al nivel del hecho de la muerte real no es lo que está en cuestión, no por nada durante un año largo los hice pasearse en este espacio que mis auditores calificaron de entre dos muertes. La supresión de la muerte real no arreglaría nada el asunto de la sustracción del objeto del deseo porque se trataba de la otra muerte, la que hace que aún si no fuéramos mortales, si tuviéramos la promesa de una vida eterna, la cuestión permanecerla abierta de saber si esta "vida eterna", es decir aquélla de la que habría alejado toda como promesa de fin, no es concebible como una forma de morir eternamente. Lo es seguramente ya que nuestra condición cotidiana, y debemos tenerlo en cuenta en nuestra lógica de analistas porque es así, si el psicoanálisis tiene algún sentido, si. Freud no estaba loco. Pues es eso lo que designa ese punto llamado instinto de muerte. Se puede decir que ya el fisiólogo más genial entre todos aquellos que tienen el sentido del sesgo de la aproximación biológica, Bichat, dice: "La vida es el conjunto de fuerzas que resisten a la muerte". Si algo de nuestra experiencia puede reflejarse, puede un día tomar un sentido anclado en ese plano tan difícil, es esa precesión producida por Freud de esa forma de torbellino de la muerte sobre cuyas llamas la vida se aferra, para no pasar. Porque lo único que hay que agregar para volver esta función completamente clara para cualquiera, es que basta con no confundir la muerte con lo inanimado, cuando en la naturaleza inanimada basta con que recojamos al agacharnos la huella de lo que es una forma de muerte, el fósil, para que comprendamos que la presencia de lo muerto en la naturaleza es otra cosa que lo inanimado. Es claro que hay allí; conchillas y restos, ¿una función de la vida? Es resolver un poco cómodamente el problema cuando se trata de saber por qué la vida se retuerce así. En el momento de retomar la cuestión del significante ya abordado por la vía de la huella, me vino la idea irónica, repentinamente salida de los diálogos platónicos, de pescar que esa impronta un poco escandalosa que Platón constata pensando en la marca dejada en la arena del estadio por los culos desnudos de los bien amados, expresiones hacia las que se precipitaba la adoración de los amantes y cuyos buenos modales consistían en borrar, hubieran hecho mejor en dejarlas en su lugar. Si los amantes hubieran estado menos obnubilados por el objeto de su deseo, hubieran sido capaces de sacar partido y ver allí el esbozo de esta curiosa línea que les propongo hoy, como es la imagen de la ceguera que lleva con él demasiado viva todo deseo. Volvamos a partir de nuestra línea a la que hay que tomar bajo la forma en la que nos es dada: cerrada y anulable, la línea del cero original de la historia efectiva de la lógica. Si aprendemos volviendo allí de aquí en más que nadie es la raíz de todos, al menos la experiencia no habrá sido realizada en vano. Nosotros denominamos esta línea el corte, una línea es nuestro punto de partida, que debemos considerar a priori como cerrada. Está allí la esencia de su naturaleza significante. Nada podrá nunca probarnos, porque está en la naturaleza de cada una de esas vueltas el fundarse como diferentes, nada en la experiencia puede permitirnos fundarse como siendo la misma línea. Es esto justamente lo que nos permite aprehender lo real. Es por esto que siendo su retorno estructuralmente diferente, siempre otra vez, si se parece, hay entonces sugestión, probabilidad de que el parecido provenga de lo real. Ningún otro medio de introducir de una manera correosa la función del semejante. Pero no es ésa más que una indicación que les doy. Para ir más lejos, me parece que lo he repetido numerosas veces, si no fuera para no tener que volver, que de todos modos al recordarlo los remito a esa obra de un genio precoz y como todos los genios precoces, demasiado precozmente desaparecido, Jean Nicaud, "La Geometría del Mundo sensible", en la que el pasaje referido a la línea axiomática -tal vez algunos de ustedes que se interesan auténticamente en nuestro progreso pueden remitirse a él- muestra cómo el escamoteo de la función del círculo significante en este análisis de la experiencia sensible es quimérico, lleva al autor, a pesar del incontestable interés que promueve, al paralogismo que no dejarán de encontrar allí. Tomamos al comienzo esta línea de la que la existencia de la función de las superficies topológicamente definidas ha servido en un comienzo para revertirles la evidencia engañosa de que el interior de la línea es algo unívoco, ya que basta que la línea sea dibujada en una superficie definida de cierta manera, el toro, por ejemplo, para que sea aparente que aún permaneciendo en su función de corte, no podría de ningún modo cumplir allí la misma función que la superficie que me permitirán sin más denominar aquí fundamental, la de la esfera, a saber definir un fragmento anulable. Para los que asisten por primera vez, esto quiere decir una línea cerrada dibujada aquí, o aún esta otra que no podría de ningún modo reducirse a cero, es decir que la función de corte que ellas introducen en la superficie es algo que cada vez constituye un problema. Pienso que aquello de lo que se trata en lo que se refiere al significante, es de la ligazón recíproca que produce que si por una parte, como se los he mostrado la vez pasada a propósito de la superficie de Moebius, esta linda orejita contorneada de la que les he dado algunos ejemplares, el corte mediano en relación a su campo la transforma en una superficie distinta que no es más esa superficie de Moebius. Si es cierto que la superficie de Moebius -sobre esto tengo mis reservas- es quizás considerada como no teniendo más que un lado, seguramente aquélla que resulta del corte, tiene dos. De lo que se trata para nosotros, al tomar el sesgo de interrogar los efectos del deseo por el abordaje del significante es percibir como el campo del corte, la apertura del corte, organizandose como superficie hace surgir para nosotros las diferentes formas en las que se pueden ordenar los tiempos de nuestra experiencia del deseo. Cuando les digo que es a partir del corte que se organizan las formas de la superficie de las que se trata, para nosotros, en nuestra experiencia, de ser capaces de hacer venir al mundo el efecto del significante lo ilustro -no lo ilustro por primera vez-: he aquí la esfera, he aquí nuestro corte central tomado por el sesgo invertido del círculo de Euler. Lo que nos interesa, no es al pedazo desprendido necesariamente por la línea cerrada sobre la esfera, es el corta así producido, y, si ustedes quieren, de aquí en más, el agujero. Está claro que todo lo que encontraremos al final debe hebrea sido dado, en otros términos, que un agujero tiene allí ya todo su sentido, sentido hecho particularmente evidente por el hecho de nuestro recurso a la esfera. Un agujero hace aquí comunicar uno con otro el interior con el exterior No hay más que una pequeña desgracia: desde el momento en que el agujero está hecho, no hay más ni interior, ni exterior, como esto es demasiado evidente, esta esfera agujereada se da vuelta lo más fácilmente del mundo. Se trata de la criatura universal, primordial la del alfarero universal. No hay nada más fácil de dar vuelta que un bol, es decir, un cacharro. El agujero no tendría entonces mucho sentido para nosotros si no hubiera otra cosa que soporte esta intuición fundamental -pienso que esto les es hoy en día familiar a saber que un agujero, un corte, sufre avatares y el primero posible es que dos puntos del borde se peguen: una de las primeras posibilidades que conciernen el agujero es la de convertirse en dos agujeros. (145) gráfico(146) Algunos me preguntaron: ¿no refiere usted sus imagenes a la embriología? Créanme que no están nunca muy lejos. Es esto lo que explico ante ustedes, pero no sería más que una coartada porque referir aquí a la embriología es remitirme al poder misterioso de la vida de la que no se sabe con seguridad por qué cree deber introducirse en el mundo por el sesgo, el intermediario de este glóbulo, de esta esfera que se multiplica, se deprime, se invagina, se traga a si misma, singularmente al menos hasta el nivel del batracio, el blatósforo, a saber ese algo que no es un agujero en la esfera, sino un trozo de la esfera que entró dentro de otro. Hay aquí bastantes médicos que han estudiado un poquito de embriología elemental paga recordar esa cosa que se pone a dividirse en dos para poner en marcha ese curioso órgano que se denomina canal neurentérico completamente injustificable por alguna función, esta comunicación del interior del tubo neural con el tubo digestivo debe más bien considerarse como una singularidad barroca de la evolución, por otra parte prontamente reabsorbida: en la evolución posterior no se habla más de ella. Pero quizás las cosas tomarían un giro distinto si fueran tomadas como un metabolismo, una metamorfosis guiada por elementos de estructura cuya presencia u homogeneidad con el plano en el que nos desplazamos en la presencia del significante son el término de un aislamiento de alguna manera prevital de la huella de algo que podría tal vez conducirnos a formalizaciones que aún en el plano de la organización de la experiencia biológica podrían demostrarse fecundas; como fuera, esos dos agujeros aislados en la superficie de la esfera, son los que reunidos uno con otro y muy prolongados luego íntimamente unidos, nos han dado el toro. Esto no es nuevo. Simplemente yo querría articular el resultado para ustedes; el resultado inicial es que si hay algo que para nosotros soporta la intuición del toro, es esto: un macarrón que se une, que se muerde la cosa; es lo que hay de más ejemplar en la función del agujero. Hay uno en el medio del macarrón y hay una corriente de aire, lo que hace que al pasar a través del aro que forma hay un agujeto que tesos comunicar el interior con el interior, y después hay otro más formidable aún que pone un agujero en el corazón de la superficie que es allí agujero y está al mismo tiempo en pleno exterior. Se introduce la imagen de la perforación, puesto que lo que llamamos agujero es ese pasillo que se hundiría en un espesor, imagen fundamental que no ha sido nunca suficientemente distinguida en cuanto a la geometría del mundo sensible. Y además el otro agujero es el agujero central de la superficie, a saber el agujero que llamaría el agujero corriente de aire; lo que pretendo adelantar para avanzar nuestros problemas es que allí en ese agujero corriente de aire irreductible, si lo circundamos con un corte, propiamente, que se sostiene en los efectos de la función significante, a, el objeto en tanto tal. Esto quiere decir que el objeto se pierde, ya que en ningún caso podría beber allí más que el contorno del objeto, en todos los sentidos que ustedes puedan darle al término contorno. Se abre aún otra posibilidad que vivifica para nosotros da su interés a la comparación estructurante y estructural de esas superficies, y es que el corte puede articularse en superficie de otro modo. El agujero dibujado aquí en la superficie de la esfera, podemos enunciar, formular anhelar que cada punta reúna su punto antipódico, que sin ninguna división de la béance (apertura), ésta se organice en superficie de esta manera que la esboza completamente sin el medium de esta división intermediaria. Se los he mostrado la vez pasada y se los volveré a mostrar: esto nos da la superficie calificada de gorro o cross-cap, a saber algo de lo que no conviene olvidar que la imagen que les he dado no es más que una imagen propiamente hablando distorsionada ya que parece que a todas los que deben reflexionar en ella por primera vez, lo que constituye el obstáculo, es la cuestión de esa famosa línea de aparente penetración de la superficie a través de ella misma que es neces aria para representara en nuestro espacio. Esto lo dibujo aquí de (147) gráfico(148) manera sinuosa para indicar que hay que considerarla como vacilante, no fija. En otros términos no tenemos nunca que tener en cuenta todo lo que se pasea aquí de un lado al exterior de la superficie, que no podría pasar al exterior de la superficie, al exterior de lo que constituye el otro lado ya que no hay encuentro real de las caras, sino que al contrario no podría pasar entonces más que del otro lado en el interior de la otra cara, digo la otra en relación al observador ubicado aquí (flecha). Representar entonces las cosas así en lo que se refiere a esta forma de superficie se debe a una cierta incapacidad de las formas intuitivas del espacio de tres dimensiones para permitir el soporte de una imagen que da realmente cuenta de la continuidad obtenida bajo el nombre de esta nueva superficie denominada cross-cap, el gorro en cuestión. En otros términos, qué sostiene esta superficie? Lo llamaremos, ya que son estas tesis que avanzo al inicio, y nos permitimos después dar su sentido al uso que les propondré hacer de esas diversas formas, denominar esta superficie, no el agujero -pues como ustedes ven, hay al menos uno que ella escamotea, que desaparece completamente en su forma- sino el lugar del agujero. Esta superficie así estructurada es particularmente propicia para hacer funcionar ante nosotros este elemento más inasible que se denomina el deseo en tanto tal, dicho de otro modo, la falta. Es cierto sin embargo que para esta superficie que colma la apertura (béance) (149) gráfico(150) a pesar de la apariencia que hace de todos esos puntos que denominaremos si ustedes aceptan, antipódicos puntos equivalentes, no puedan no obstante funcionar en esta equivalencia antipódica más que si hay dos puntos privilegiados. Estos están representados aquí por esa redondelito sobre el cual me ha ya interrogado la perspicacia de uno de mis auditores: "¿Qué quiere en efecto representar usted con ese redondelito?". Por supuesto no es de ninguna manera algo equivalente al agujero central del toro ya que todo lo que a cualquier nivel que ustedes se ubiquen en este punto privilegiado, todo lo que se intercambia de un lado al otro de la figura, pasará aquí por esa famosa decusación o cruzamiento que constituye su estructura. (151) gráfico(152) Sin embargo lo que queda así indicado por esta forma encirculada no es otra cosa que la posibilidad por debajo, si uno puede expresarse de este modo, de este punto para pasar de una superficie exterior a la otra. Es también la necesidad de indicar que un círculo no privilegiado en esta superficie, un círculo reductible si lo hacen deslizar, si lo extraen de su apariencia de semi-ocultamiento más allá del límite aparente aquí de entrecruzamiento y penetración para llevarlo a extenderse, a desarrollarse así hacia la mitad inferior de la figura, al aislarse así en una forma en el exterior de la figura, deberá siempre contornear algo que no le permita de ninguna manera transformarse en lo que seria su otra forma, la forma privilegiada da un circulo en tanto realiza el giro del punto privilegiado y debe figurarse sobre la superficie en cuestión: ésta no podría de ningún modo serle equivalente, porque esta forma es algo que pasa alrededor del punto privilegiado, el punto estructural alrededor del cual está soportada toda la estructura de la superficie así definida. Este punteo doble y simple a la vez alrededor del cual se soporta la posibilidad misma de la estructura entrecruzada del gorro o del cross cap, es por ese punto que simbolizamos lo que puede introducir un objeto a cualquiera en el lugar del agujero. De ese punto privilegiado conocemos sus funciones y su naturaleza: es el falo, el falo en la medida en que es a través de él como operador que un objeto a puede ser puesto en el lugar mismo dónde no aprehendemos en otra estructura (toro) más que su contorno. (153) gráfico(154) Reside allí el valor ejemplar de la estructura del cross cap que trato de articular ante ustedes: el lugar del agujero, es al principio ese punto de una estructura especial en tanto se trata de distinguirlo de las otras formas de puntos, ejemplo éste, definido por el recorte de un corte sobre sí mismo, primera forma posible a darle a nuestro ocho interior. Por ejemplo, si cortamos algo un papel, un punto será definido por el hecho de que el corte vuelve a pasar por el lugar ya cortado. Sabemos que esto no es en absoluto necesario para que el corte tenga sobre la superficie una acción completamente definible y se introduzca ese cambio del que tenemos que tomar el soporte para ilustrar ciertos efectos del significante. Si tomamos un toro y lo cortamos así tenemos esta forma (ver dibujo) que hemos dibujado aquí: ustedes ven que aún pasando del otro lado del toro, en ningún momento este corte se reúne consigo mismo. Hagan la prueba con cualquier vieja cámara de aire y vean lo que ocurre: obtendrán una superficie continua, organizada de tal manera que se dobla dos veces sobre sí misma antes de reunirse. Si no se hubiera doblado más de una vez, sería una superficie de Moebius. Como se dobla dos veces, constituye una superficie de dos caras que no es idéntica a la que les he mostrado el otro día después de una sección -superficie de Moebius- ya que ésa se dobla dos veces y una vez más de manera diferente, anillo de Jordán. El interés consiste en ver qué es exactamente este punto privilegiado en tanto que como tal interviene, especifica el fragmento en el que permanece irreductiblemente, dándole el acento particular que le permite para nosotros a la vez designar la función según la cual un objeto desde siempre es allí, aún antes de la introducción de los reflejos, de las apariencias que tenemos bajo la forma de imagenes, el objeto del deseo. Este efecto, no lo toma más que a partir de los efectos de la función del significante y no se hace más que reencontrar en él su destino de siempre como objeto, es el único objeto absolutamente autónomo, primordial en relación al sujeto, decisivo en relación a él, al punto que mi relación a este objeto debe de alguna manera invertirse. Si en el fantasma el sujeto, por una ilusión en todos puntos paralela a la de le. imaginacion del estadio del espejo, aunque de otro orden, se imagina por el efecto de lo que lo constituye como sujeto, es decir, el efecto del significante, soportar el objeto que viene a colmarle la falta, el agujero del Otro -es esto el fantasma- inversamente se puede decir que todo el corte del sujeto, lo que en el mundo lo constituye como separado, como rechazado, le es impuesto por una determinación, ya no subjetiva, que iría del sujeto hacia el objeto, sino objetiva, del objeto hacia el sujeto, le es impuesta por el objeto "a", en tanto en el centro de este objeto a hay un punto central, este punto torbellino por donde el objeto sale de un más allá del nudo imaginario e idealista, sujeto-objeto que ha constituido hasta aquí desde siempre el impasse del pensamiento, este punto central que desde ese más allá promueve al objeto como objeto de deseo. Es lo que proseguiremos la próxima vez. 30 de Mayo de 1962 La enseñanza por la que los conduzco está dirigida por los caminos de nuestra experiencia. Puede parecer excesivo, incluso enojoso que estos caminos susciten en mi enseñanza una forma de desvíos inusitados que a ese titulo pueden, hablando con propiedad, parecer exhorbitantes. Se los ahorro en la medica en que puedo. Quiero decir que a través de ejemplos anudados lo más próximamente posible de nuestra experiencia, dibujo una especie de reducción, si se puede decir, de esos caminos necesarios. No deben sin embargo asombrarse de que estén implicados en nuestra explicación de los campos, dominios tales como por ejemplo este año el de la topología, si de hecho los caminos que tenemos que recorrer son los que al poner en cuestión un orden tan fundamental como la constitución más radical del sujeto como tal afectan por ese hecho todo lo que se podría denominar una especie de revisión de la ciencia. Por ejemplo esta suposición radical que es la nuestra, que coloca al sujeto en su constitución en la dependencia, en una posición :segunda en relación al significante, que hace del sujeto como tal un efecto de: significante, lo que no puede dejar de resurgir de nuestra experiencia por encarnada que esté en los dominios más abstractos del pensamiento. Y creo no forzar nada si digo que lo que elaboramos aquí podría interesar en el más alto grado al matemático. Como se constataba recientemente por ejemplo al mirar suficientemente cerca, creo, en una teoría que para el matemático, al menos durante un tiempo, cons tituyó un gran problema, una teoría como la del transfinito cuyos impasses anteceden seguramente en mucho nuestra puesta en valor de la función del rasgo unario, en la medida en que esa teoría del transfinito, lo que la funda, es un retorno, una comprensión del origen del acto de contar antes del número, es decir, de aquello que antecede a toda cuenta, la comprende y la soporta, a saber la correspondencia biunívoca, trazo por trazo. Por supuesto, estos desvíos pueden ser para mí una manera de confirmar la amplitud, el infinito y la fecundidad de lo que nos es absolutamente necesario construir, en cuanto a nosotros, a partir de nuestra experiencia. Se los ahorro. Si es verdad que las cosas son así, que la experiencia analítica es la que nos conduce a través de los efectos encarnados de lo que es, por supuesto, desde siempre -pero cuya novedad reside solamente en el hecho de que lo percibamos- los efectos encarnados de ese hecho de la primacía del significante sobre el sujeto, no puede ser que todo tipo de tentativa de reducción de las dimensiones de nuestra experiencia al punto de vista ya constituido de lo que se denomina la ciencia psicológica, en el sentido que nadie puede negar, no puede reconocer que ella se ha constituidos obre premisas que descuidaban y con motivo, porque era eludida, esta articulación fundamental en la que ponemos el acento, de una manera más explícita este año, más precisa, más anudada, no puede ser, digo, que toda reducción desde el punto de vista de la ciencia psicológica tal como se ha constituido conservando como hipótesis un cierto número de puntos de opacidad, de puntos eludidos, de puntos de irrealidad mayor, conduzca forzosamente a formulaciones objetivamente mentirosas -no digo engañosas, digo mentirosas- falsedades que determinan algo que se manifiesta siempre en la comunicación de lo que se puede denominar una mentira encarnada. El significante determina al sujeto, les digo, en la medida en que necesariamente es eso lo que quiere decir la experiencia analítica. Pero sigamos las consecuencias de esas premisas necesarias. Ese significante determina al sujeto. El sujeto toma una estructura; es la que intenté demostrarles este año a propósito de la identificación, es decir de algo que focaliza nuestra experiencia sobre la estructura misma del sujeto. Trato de hacerles seguir más íntimamente este vínculo del significante y la estructura subjetiva. A lo que los conduzco bajo éstas fórmulas topológicas de las que ustedes ya han sentido que no son pura y simplemente esta referencias intuitiva a la que los ha habituado la práctica de la geometría, es a considerar que esas superficies son estructuras, y he debido decirles que esta todas estructuralmente presentes en cada uno de sus puntos, si es que debemos emplear este término punto sin reservar lo que voy a aportarles hoy. Los he conducido por mis enunciaciones precedentes al hecho que se trata de erigir en su unidad de que el significante es corte, y ese sujeto y su estructura, se trata de hacerlo depender de esto, eso es posible en lo que les pido que admitan -y me sigan al menos por un tiempo- que el sujeto tiene la estructura de la superficie al menos definida topológicamente. Se trata entonces de comprender, y no es difícil, cómo el corte engendra la superficie. Es esto lo que he empezado a ejemplificar para ustedes el día en que, enviándoles como otros tantos volantes en no sé que juego mis superficies de Moebius, les he mostrado que esas superficies, si las cortan de una determinada manera, se convierten en otras superficies, quiero decir topológicamente definidas y materialmente comprensibles como cambiadas ya que son más superficies de Moebius por el sólo hecho de este corte mediano que han practicado, una banda un poco retorcida sobre si misma, pero de todos modos una banda, lo que se denomina una banda, como este cinturón que tengo alrededor de mi cintura. Esto para darles la idea de la posibilidad de la concepción de este engendramiento de algún modo invertido en relación a una primera evidencia. Es la superficie, pensaran ustedes, que permite el corte; y yo les digo: es el corte que nosotros podemos concebir, al tomar la perspectiva topológica, como engendrando la superficie. Y es muy importante, Pues al fin de cuentas es allí tal vez que vamos a poder alcanzar el punto de entrada, de inserción del significante en lo real, constatar en la praxis humana que es porque lo real nos presenta, si puedo decir, superficies naturales que el significante puede entrar allí. Por supuesto uno puede advertirse haciendo esta génesis con acciones concretas como se las denomina, a fin de recordar que el hombre corta y Dios sabe que nuestra experiencia es aquélla que ha puesto en valor la importancia de esta posibilidad de cortar con un par de tijeras. Una de las imagenes fundamentales de las primeras metáforas analíticas -los dos pedacitos que saltan ante el corte de las tijeras- sirve para incitarnos a no descuidar lo que hay de concreto, de prácticos el hecho de que el hombro es un animal que se prolonga con instrumentos, y el par de tijeras está en primer plano. Uno podría entretenerse rehaciendo una historia natural: ¿qué ocurre con los pocos animales que tienen el par de tijeras en estado natural? No es ahí que los llevo, y con razón. Adonde los llevo, "el hombre corta", es más bien en sus ecos semánticos que él se corta, como se dice, que trata de cortar. De otro modo, todo esto debe reunirse alrededor de la fórmula fundamental: "¡te la cortan!". . Efecto de significante, el corte ha sido en un comienzo, para nosotros, en el análisis fonemático del lenguaje, esta línea temporal, más precisamente sucesiva de los significantes que les be habituado a denominar hasta el presente la cadena significante. ¿Pero qué va a ocurrir si los incito a considerar ahora la línea misma como corte original? Estas interrupciones esas invidualizaciones, esos segmentos de la línea que se denominan si ustedes quieren, fonemas en la ocasión, que por lo tanto se suponen separados del que lee antecede y del que les sigue, hacer una cadena al menos puntualmente interrumpida, esa "Geometría del mundo sensible" a la que, la última vez, los he incitado a referirse con la lectura de Jean Nicaud y la obra titulada así, ustedes verán en un capítulo central la importancia que tiene este análisis de la línea en tanto ella puede ser definida, si puedo decir, por sus propiedades intrínsecas y qué facilidad le habría dado la puesta en primer plano radical de la función del corte por la elaboración teórica que debe construir con la mayor dificultada y con contradicciónes que no son otras más que la negligencia de esta función radical. Si la línea misma es corte, cada uno de sus elementos será entornes sección de corte, y es eso en suma lo que introduce este elemento vivo, si puedo decir, del significante que he denominado el ocho interior, a saber precisamente el bucle. La línea se corta: ¿cuál es el interés de esta observación? El corte llevado a lo real manifiesta allí, en lo real, lo que es su carácterística y su función, y lo que es su carácterística y su función, y lo que él introduce en nuestra dialéctica, contrariamente al uso que se hace de que lo real es lo diverso; lo real, desde siempre, yo me he servido de esta función original para decirles que lo real es el que introduce lo mismo, o más exactamente lo real es lo que aparece siempre en el mismo lugar. ¿Qué quiere decir esto sino que la sección de corte, dicho de otro modo, el significante es lo que nosotros hemos dicho?: siempre radicalmente distinto a sí mismo A A ; A no es idéntico a A -; ninguna manera de hacer aparecer lo mismo, sino del lado de lo real. Dicho de otro modo, el corte, si puedo expresarme así, a nivel de un puro sujeto de corte, el corto no puede saber que es cerrado, que no vuelve a pasar por sí mismo, sino porque lo real, en tanteo distinto del significante, es lo mismo. En otros términos, sólo lo real lo forma. Una curva cerrada, es lo real revelado; pero como ustedes lo ven, es radicalmente necesario que el corte se recorte: si nada ya lo interrumpe inmediatamente después el trazo, el significante toma esta forma que es hablando con propiedad el corte; el corte es un trazo que se recorta, lo que no ocurre sino después de que él se forme sobre el fundamento de que, al cortarse, he reencontrado o real, lo cual es lo único que permite connotar como lo mismo, respectivamente, lo que se encuentra en el primero, y después en el segundo bucle. Encontramos allí el nudo que nos da un recurso en el lugar de lo que constituiría la incertidumbre, el flotamiento de toda la construcción identificatoria. Lo comprenderán bien en la articulación de Jean Nicaud; consiste en lo siguiente: hay que esperar lo mismo para que el significante consista, como se lo ha creído siempre sin detenerse lo suficiente en el hecho fundamental de que el significante, para engendrar la diferencia que significa originalmente, a saber verla esta vez que les aseguro no podría repetirse, pero que obliga siempre al sujeto a reencontrarla, esta vez exige entonces, para completar su forma significante, que al menos una vez el significante se repita y esta repetición no sea ninguna otra cosa más que la forma más radical de la experiencia de la demanda. Lo que es encarnado por el significante son todas las veces que la demanda se repite. Y si no es precisamente en vano que la demanda se repite, no habría significante, porque no hay demanda. Si ustedes tuvieran lo que la demanda encierra en su bucle, ninguna necesidad de demanda. Ninguna necesidad de demanda si la necesidad está satisfecha. Un humorista exclamaba una vez: "Viva Polonia, señores, porque si no hubiera Polonia no habría polacos". La demanda es la Polonia del significante. Es por lo que hoy me veré llevado, parodiando este accidente de la teoría de los espacios abstractos que hace que uno de estos espacios -y hay cada vez más numerosos ten los que no me creo obligado a interesarlos- se denomino el espacio polaco, llamemos hay al significante, un significante polaco; lo que les evitará llamarlo el lazo, lo que me parecerla un peligroso alentamiento del uso que uno de mis fervientes ha creído recientemente tener que hacer del término de ¡lacanismo! Espero que al menos por el tiempo que viva, este término, manifiestamente apetecible después de mi segunda muerte, me será ahorrado. Entonces, lo que mi significante polaco está destinado a ilustrar, es la relación del significante a sí mismo, es decir, conducirnos a la relación del significante al sujeto, si es que el sujeto puede ser concebido como su efecto. Ya he observado que aparentemente no hay más que significante, suponiéndole toda superficie donde él se inscribe. Pero este hecho está de algún modo ilustrado por todo el sistema de las Bellas Artes que esclarece algo que los introduce a interrogar la arquitectura, por ejemplo, es esta esquela que hace aparecer aquello por lo que es tan irreductiblemente engañosa al ojo, la perspectiva. Y no es por nada que he puesto también el acento, en un año en el que las preocupaciones me parecen ele jadas de preocupac iones propiamente estéticas, sobre la anamorfosis, es decir -para aquellos que no estuvieron antes- el uso de la fuga de una superficie para hacer aparece una imagen que desplegada es seguramente irreconocible, pero que desde un cierto punto de vista se unifica y se impone. Esta singular ambigüedad de un arte sobre lo que aparece por su naturaleza poder vincularse a los plenos y a los volúmenes, a no se que completud que de hecho se revela siempre esencialmente sometida al juego de los planos y de las superficies, es algo tan importante, interesante como ver también lo que está ausente, es decir todo tipo de cosas que el uso concreto de la extensión nos ofrece; por ejemplo los nudos - totalmente concretamente imaginables de realizar en una arquitectura de subterráneos como tal vez la evolución del tiempo nos haga conocer. Pero queda claro que nunca una arquitectura ha pescado en componerse alrededor de un ordenamiento de los elementos, de las piezas y las comunicaciones, Incluso loa pasillos, como algo que, en el interior de sí mismo, produciría nudos. ¿Y por qué no, sin embargo? Es por lo que nuestra observación de que no hay significante más que suponiéndole. una superficie, se invierte en nuestra síntesis que va a buscar su nudo más radical en el hecho de que el corte dirige, engendra la superficie, es él el que da, con sus variedades su razón constituyente. Es así que nosotros podemos aprehender, homologar esa primera relación de la demanda a la constitución del sujeto en tanto que esas repeticiones, esos retornos en la forma del toro, esos bucles que se renuevan haciendo lo que para nosotros, en el espacio ilustrado del toro, se presenta como su contorno, ese retorno a su origen nos permite estructurar, ejemplificar de una manera mayor un cierto tipo de relaciones del significante al sujeto que nos permite situar en su oposición la función D de la demanda y la función a de objeto a, el objeto del deseo; D, la escanción de la demanda. (155) gráfico(156) Ustedes han podido observar que, en el grafo, tienen los símbolos siguientes: s(A) ; en el piso superior S(A/) [A mayúscula barrada], $ corte de D; en los pisos intermediarlos: i(a), m, y del otro lado, $ corte de a, el fantasma ... En ninguna parte ven conjugados D y a. ¿Que traduce eso? ¿Qué refleja eso? ¿Qué soporta eso? primer lugar, soporta lo siguiente: lo que ustedes encuentran por el contrario es $ corte de D, y que esos elementos del tesoro significante en el piso de la enunciación les enseñó a reconocerlo, lo que denomina Trieb , la pulsión. Es así, que se los formaliza la primera modificación de lo real en sujeto bajo el efecto de la demanda, es la pulsión. Y si , en la pulsión, no hubiera ya ese efecto de la demanda, ese efecto de significante, ésta no podría articularse en un esquema tan manifiestamente gramatical -hago expresamente alusión al hecho de que supongo a todo el mundo canchero en mis análisis anteriores; en cuanto a los otros, los remito al artículo "Trieb Und Trebschicksale", lo que se traduce extrañamente aquí por avatares de las pulsiones sin duda por una especie de referencia confusa a los efectos que la lectura de un texto semejante produce sobre la primera obtusión de la referencia psicológica. La aplicación del significante -que denominamos hoy para divertirnos, el significante polaco- a la superficie del toro, la ven aquí: es la forma más simple de lo que puede producirse de una manera infinitamente enriquecida por una serie de contornos embobinados, la bobina, hablando con propiedad, la del dinamo, en la medida su que en el curso de esta repetición la vuelta se hace alrededor del agujero central. Pero en la forma en la que ustedes la ven dibujada aquí, la más simple, esta vuelta es hecha igualmente -lo subrayo-, este corte es el corte simple -de tal modo que eso no se recorta. Para ilustrar las cosas: en el espacio real, el que ustedes pueden visualizar, ustedes la ven hasta aquí, asta superficie representada hacia ustedes, esta cara del toro hacia ustedes, desaparece enseguida sobre la otra cara -por eso está en línea de puntos- para volver de este otro lado. Un corte semejante, no aprehende, si puedo decir, absolutamente nada. Practíquenla en una cámara de aire, verán finalmente la cámara abierta de una cierta manera, transformada en una superficie retorcida dos veces sobre si misma, pero no cortada en dos. Hace aprehensible, si puedo decir, una manera significante y preconceptual, pero que no deja de carácterizar una especie de aprehensión a su manera, de lo radical de la fuga, si se puede decir, la ausencia de algún acceso de aprehensión en el lugar de su objeto en el nivel de la demanda. Puesto que si hemos definido la demanda por el hecho de que se: repite y de que no se repite sino en función del vacío interior que ella ciñe, ese vacío que la sostiene y la constituye, ese vacío que no comporta -se los señalo al pasar- ningún juego de algún modo ético ni complacientemente pesimista, como si hubiera un pero que supere lo ordinario del sujeto, es simplemente una necesidad de lógica abecedaria, si puedo decir, toda satisfacción asequible, que se la sitúe del lado del sujeto o del lado del objeto, hace falta en demanda. Simplemente, para que la demanda sea demanda, a saber que se repite como significante, es necesario que sea defraudada; Si no lo fuera, no habría soporte de la demanda. Pero este vacío es distinto de lo que está en juego en lo que concierne el a, el objeto del deseo. El advenimiento constituído por la repetición, el advenimiento metonímico, lo que desliza, es evocado por el deslizamiento mismo de la repetición de la demanda; a, el objeto del! deseo, no podría de ningún modo ser evocado en ese vacío ceñido aquí por el bucle de la demanda. Debe ser situado en ese agujero que denominaremos la nada fundamental para distinguirlo del vacío de la demanda, la nada dónde es llamado el advenimiento del objeto del deseo. Lo que se trata de formalizar para nosotros, con loe elementos que les aporto, es lo que permite situar en el fantasma la relación del sujeto como $, sujeto informado por la demanda, con ese a. Mientras que en el nivel de la estructura significante que les demuestro en el toro, en la medida en que el corte la crea en esta forma, esa relación es una relación opuesta. El vacío que sostiene la demanda no es la nada del objeto que ciñe como objeto del deseo, es esto, que está destinado a ilustrar para ustedes esta referencia al toro. Si no fuera más que eso lo que pueden extraer, serían demasiados esfuerzos para un resultado magro. Pero como pueden verlo, hay muchas más cosas que obtener. En efecto, para ir rápido y por supuesto sin hacerles atravesar los diferentes marchas de la deducción topológica que les muestran la necesidad interna que dirige la construcción que voy a darles ahora, voy a mostrarles que el toro permite algo que seguramente ustedes podrán ver que el cross-cap no permite. Pienso que las personas menos inclinadas a la, imaginación ven de qué se trata a través de los rollos topológicos. Al menos metafóricamente, el término de cadena que implica concatenación ya ha entrado suficientemente en el lenguaje para que no nos detengamos. El toro, por su estructura topológica, implica lo que podremos denominar un complementario, un otro toro que puede venir a concatenarse con él. Supongámoslos como absolutamente conformes con lo que les ruego conceptualicen en el uso de esas superficies, a saber que no son métricas, que no son rígidas, digamos que no están en cápsula. Si toman uno de esos anillos con los que se juega al juego de ese nombre, pueden constatar que si los empuñan de una manera firme y fija por su contorno y si hacen girar sobre sí mismo el cuerpo de lo que ha permanecido libre, obtendrán muy fácilmente y de la misma manera que si se sirvieran de un junco curvado, torciéndolo así sobre sí mismo, lo harán regresar a su posición primera sin que la torsión sea de alguna manera inscripta en su substancia. Simplemente volverá a su punto primitivo. Pueden imaginar que, por una torsión que sería ésta entonces, uno de los toros sobre el otro, procediéramos a lo que se puede denominar un calco de cualquier cosa que estuviera ya inscripta en el primero al que denominaremos 1, y pongamos que se trata de lo que les ruego traten simplemente de referir al primer toro: esta curva, en tanto que no sólo engloba el espesor del toro y que, no solamente engloba el espacio del agujero, sino que lo atraviesa, lo que es la condición que puede permitirle englobar a la vez los dos vacíos, las nadas, lo que está aquí en el espesor del toro y lo que está aquí en el centro del nudo. Se demuestra -los dispenso de la demostración que sería larga y demandaría esfuerzoque procediendo de ese modo lo que aparecerá en el segundo toro será una curva superponible a la primera si se superponen los dos toros. ¿Que quiere decir eso? En primer lugar que ellas podrían no ser superponibles. He aquí dos curvas: Aparentan estar hechas del mismo modo: son sin embargo irreductiblemente no superponibles. Lo que implica que el toro a pesar do su apariencia simétrica, comporta posibilidades de poner en evidencia por el corte, uno de esos efectos de torsión que permite lo que llamaría la disimetría radical, aquélla de la que ustedes saben que la presencia en la naturaleza es un problema para toda formalización, la que hace que los caracoles tengan en principio un sentido de rotación que hace de aquéllos que tienen el sentido contrario una gran excepción. Un montón de fenómenos son de este orden, hasta incluso los fenómenos químicos que se traducen en los efectos llamados de polarización. Hay entonces estructuralmente superficies -cuya disimetría es electiva y que comportan la importancia del sentido de rotación dextrógiro o levógiro. Verán más tarde la importancia que esto tiene. Sepan solamente que el fenómeno, si se puede decir, do traslado por calco de lo que se produce de componente, de englobante del bucle de la demanda con el bucle del objeto central, esa relación en la superficie del otro toro, de la que ustedes siente que va a permitirnos simbolizar la relación del sujeto al Otro, dará dos líneas que, en relación a la estructura del toro, son superponibles. Les pido excusas por hacerles seguir un camino que puede parecerles árido, es necesario que les haga sentir los pasos para mostrarles lo que podemos obtener. ¿Cuál es la razón de todo esto? Se lo ve muy bien a nivel de los polígonos llamados fundamentales. Ese polígono descripto así, supongan su calco enfrente, el que se inscribe así. La línea de la que se trata en el polígono se proyecta aquí, como una oblícua y se prolongará del otro lado, sobre el calco, invertida. Pero deben percibir que al hacer bascular 90° este polígono fundamental reproducirán exactamente, incluida la dirección de las flechas, la figura de éste, y que la línea oblicua estará en el mismo sentido, representando esta báscula exactamente la composición complementarla de uno de los toros con el otro. Hagan ahora sobre el toro, ya no esta línea simple, sino la curva repetida cuya función les enseñé hace un rato. ¿Ocurre lo mismo? Les ahorro las dudas. Después de calcarlo, lo que obtendrán se simboliza como sigue: (157) gráfico(158) ¿Qué quiere decir eso? Quiere decir, en nuestra transposición significada, en nuestra experiencia, que la demanda del sujeto en tanto se repite dos veces aquí, invierte sus relaciones :D y a, demanda y objeto en el nivel del Otro, que la demanda del sujeto corresponde al objeto a del Otro, que el objeto a del sujeto deviene la demanda del Otro. Esa relación de inversión es esencialmente la forma más radical que podamos dar a lo que ocurre en el neurótico: lo que el neurótico pretende como objeto, a la demanda del Otro: lo que el neurótico pide cuando demanda de aprehender a, el inasible objeto de su deseo es a, el objeto del Otro. El acento está puesto diferentemente según las dos verticales de la neurosis. Para el obsesivo, el acento está puesto sobre la demanda del Otro, tomado como objeto de su deseos para el histérico el acento está puesto sobre el objeto del Otro, tomado como soporte de su demanda. Tendremos que entrar en el detalle de lo que esto implica, en la medida en que lo que está en juego para nosotros no es aquí ninguna otra cosa que el acceso a la naturaleza de ese a. La naturaleza de a, no la comprenderemos más que cuando hayamos elucidado estructuralmente por la misma vía la relación de $ a a, es decir el soporte topológico que podemos dar al fantasma. Digamos para comenzar a esclarecer este camino, que a, el objeto del fantasma, a, el objeto del deseo, no tiene imagen y que el impasse del fantasma del neurótico es que, en su búsqueda de a, el objeto del deseo, encuentra i de a. Tal es el origen de donde parte toda la dialéctica a la cual, desde el comienzo de mi enseñanza, les introduzco, a saber que la imagen especular, la comprensión de la imagen especular, se sostiene de esto de lo que me asombro que nadie haya pensado en glosar la función que le doy; la imagen especular es un error, no es simplemente una ilusión, un señuelo de la Gestalt cautivante cuya agresividad ha marcado el acento, es profundamente un error en tanto el sujeto se desconoce allí si me permiten la expresión, en tanto que origen del yo y su desconocimiento fundamental están aquí reunidas en l'ortographe (equivocación - ortografía); y en la medida en que el sujeto se engaña, cree que tiene frente a sí a su imagen; si supiera verse, si supiera, lo que es la simple verdad, que no hay más que las relaciones más deformes de ningún modo identificables, entre su lado derecho y su lado izquierdo, no soñaría en identificarse a su imagen en el espejo. Cuando gracias a los efectos de la bomba atómica tengamos sujetos con una oreja derecha grande como una oreja de elefante, y en el lugar de la oreja izquierda usa oreja de asno, quizás las relaciones a la imagen especular estarán mejor autentificados. De hecho, muchas otras condiciones más accesibles y también más interesantes estarla a nuestro alcance. Supongamos otro animal, la grulla, con un ojo de cada lado del cráneo. Parece una montaña el saber cómo pueden componerse los planos de visión de los dos ojos en un animal que tiene los ojos dispuestos así. No se ve por que eso plantee más dificultades que para nosotros simplemente, para que la grulla tenga un atisbo de sus imagenes, habrá que ponerle dos espejos, y no correrá el riesgo de confundir su imagen izquierda con su imagen derecha . Esta función de la imagen especular en tanto se refiere al desconocimiento de lo que hace un rato denominé la disimetría más radical, es ella misma la que explica la función del yo en el neurótico. No es porque tenga un yo más o menos retorcido que el neurótico este. subjetivamente en la posición critica que es la suya, está en esa posición critica en razón de una posibilidad estructurante radical de identificar su demanda con el objeto del deseo del Otro o de identiticar su objeto con la demanda del Otro; forma propiamente engañosa del efecto del significante sobre el sujeto, aún cuando la salida sea posible, precisamente cuando, la próxima vez, les mostraré cómo en otra referencia al corte, el sujeto en tanto estructurado por el significante puede devenir el corte a mismo. Pero es justamente aquello a lo que el fantasma del neurótico no accede porque busca las vías y los caminos por un pasaje erróneo. No que el neurótico no sepa distinguir bien, como todo sujeto digno de ese nombre i(a) de a, ya que no tienen en absoluto el mismo valor, lo que el neurótico busca, y no sin fundamentos es llegar a a por i(a) . La vía en la que se empecina el neurótico y esto es sensible al análisis de su fantasma, es la de llegar a a, destruyendo i(a) o fijándolo. Dije en primer lugar destruyéndolo, porque es lo más ejemplar. Es el fantasma del obsesivo en tanto toma la forma del fantasma sádico y no lo es. El fantasea sádico, como loa comentadores fenomenologistas dejan un instante de apoyarlo con todo el exceso de desbordes que les permite fijarse para siempre en el ridículo, el fantasma sádico es supuestamente la destrucción del Otro. Y como los fenomenologistas no son -¡que se embromen!- auténticos sádicos sino simplemente tienen el acceso más común a las perspectivas de la neurosis, encuentran en efecto todas las apariencias para sostener semejante explicación. Basta con tomar un texto sadista, o sádico, para que eso sea refutado, no sólo el objeto del fantasma sádico no es destruido, sino que es literalmente resistente a toda prueba, como lo he subrayado varias veces. Sobre el sentido del fantasma propiamente sádico, entiendan que no pretendo ni siquiera entrar aún, como probablemente podría hacerlo la próxima vez. Lo que quiero solamente puntualizar aquí es que lo que se podría denominar la impotencia del fantasma sádico en el neurótico reposa enteramente sobre lo siguiente: es que en efecto hay propósito destructivo en el fantasma del obsesivo, pero este fin destructivo, como acabo de analizarlo, sierre el sentido no de la destrucción del Otro, objeto del deseo, sino de la destrucción de la imagen del Otro en el sentido en que se las sitúo aquí, a saber que justamente, no es la imagen del otro porque el otro, a, objeto del deseo, como se los mostré la última vez, no tiene imagen especular. Es eso una proposición, estoy de acuerdo, un poco abusiva. La considero no sólo enteramente demostrable sino esencial para comprender lo que ocurre en lo que denominaré el extravío de la función del fantasma en el neurótico. Pues, que la destruya o no de una manera simbólica o imaginaria, esta imagen i(a), no es sin embargo eso lo que nunca le hará autenticar al neurótico por ningún corte subjetivo el objeto de su deseo, por la simple razón de que lo que él se propone destruir o soportar -i(a)- no tiene-relación por la única razón de la disimetría fundamental de i, el soporte, con a, que no la tolera. A lo que lleva por otra parte el neurótico efectivamente es a la destrucción del deseo del otro. Y es por eso que está irremediablemente extraviado en la realización del suyo. Pero lo que lo explica es lo siguiente, a saber que lo que hace al neurótico simbolizar algo en esta vía que es la suya, apuntar en el fantasma a la imagen especular, es explicado por lo que aquí les materializo: la disimetría aparecida en la relación de l a demanda y del objeto en el sujeto en relación a la demanda y al objeto a nivel del Otro, disimetría que no aparece más que a partir del momento en el que hay, hablando con propiedad, demanda, es decir, dos vueltas, si puedo expresarme así, del significante y parece expresar una disimetría de la misma naturaleza que la que as soportada por la imagen especular; tienen una naturaleza que como lo ven, está suficientemente ilustrada topológicamente ya que aquí la disimetría que denominaríamos especular seria ésta con ésta: (159) gráfico(160) Es por esta confusión por la que dos disimetrías diferentes encuentran, para el sujeto, servir de soporte a lo que es el propósito esencial del sujeto en su ser, a saber el corte de a, el verdadero objeto del deseo dónde se realiza el sujeto mismo; ea es este propósito extraviado, captado por un elemento estructural que se debe al efecto del significante mismo cobre el sujeto que reside no sólo el secreto de los efectos de la neurosis, es decir que la relación del narcisismo, la relación inscripta en la función del yo no es el verdadero soporte de la neurosis ; pero para que el sujeto lleva a cabo la falsa analogía, lo importante -aún cuando ya el ajuste, el descubrimiento de ese nudo interno sea capital para orientarnos en los efectos neuróticos- es que es también la única referencia que nos permite diferenciar radicalmente la estructura del neurótico de las estructuras vecinas, particularmente de aquellas que se denominan perversas y de aquéllas que se denominan psicóticas. 6 de Junio de 1962 Vamos a continuar hoy elaborando la función de lo que se puede llamar el significante del corte, o aún el 8 interior, o aún el lazo (lac), o aún lo que llamé la última vez el significante polaco. Quisiera poder darle un nombre aún menos significativo para intentar cernir lo que tiene de puramente significante. Hemos avanzado sobre este terreno tal como se presenta, es decir en una notoria ambigüedad, ya que, pura línea, nada indica que se recorte como la forma en que la he dibujado ahí -ustedes lo recuerdan- pero al mismo tiempo dejo abierta la posibilidad de ese recorte. En suma, este significante no prejuzga nada del espacio donde se sitúa. Sin embargo, para hacer de esto algo, planteamos que es en torno a este significante del corte que se organiza lo que llamamos la superficie en el sentido en que la entendemos aquí. La última vez les recordaba -pues no es la primera vez que lo mostré ente ustedes- cómo puede construirse la superficie del toro en torno, y en torno solamente, de un corte, de un corte ordenado, manipulado de esta manera cuadrilátera que la fórmula expresada por la sucesión de un A, de un B, luego de un A' y de un B´, respectivamente nuestros testigos en la medida en que pueden ser referidos, pegados a los dos precedentes en una disposición que podemos calificar en general por dos términos: orientada por una parte, atravesada por otra. Les he mostrado la relación, la relación si se puede decir ejemplar en un primer aspecto, metafórica cuya cuestión justamente es la de saber si esta metáfora supera, si se puede decir, el puro plano de la metáfora, la relación metafórica, digo, que puede tomar de la relación del sujeto al Otro, a condición de que explorando la estructura del toro percibamos que podemos poner dos toros encadenados uno al otro en un modo de correspondencia tal que a tal círculo privilegiado sobre uno de los dos que hemos hecho corresponder por razones analógicas a la función de la demanda, a saber esta suerte de círculo giratorio (tournant) en la forma familiar de la bobina que nos parece particularmente propicia para simbolizar la repetición de la demanda, en la medida en que acarrea esta suerte de necesidad de anillarse (se boucler), si se excluye que se recorte después de numerosas repeticiones tan multiplicadas como podamos suponerlo ad libitum, por haber hecho este anillado (bouclage), haber dibujado la vuelta, el contorno de otro vacío que aquel que ella cierne, el que hemos distinguido primero, definiéndole este lugar de la nada cuyo circuito dibujado por sí mismo nos sirve para simbolizar bajo la forma del otro circulo topológicamente definido en la estructura del toro, el objeto del deseo. Para aquellos entonces que no estaban acá voy a ilustrar lo que vengo de decir por esta forma simple, repitiendo que este bucle del ambobinamiento de la demanda que se encuentra en torno al vacío constitutivo del toro-se encuentra dibujado lo que nos sirve para simbolizar zar el circulo del objeto del deseo; a saber todos los círculos que dan la vuelta al agujero central del anillo. (161) gráfico(162) Hay entonces dos clases de círculos privilegiados sobre un toro: -aquellos que se dibujan en torno del agujero central -aquellos que lo atraviesan. Un círculo puede acumular las dos propiedades. Es precisamente lo que sucede con ese círculo dibujado así: (163) gráfico(164) Lo pongo puntillado cuando pasa del otro lado. (165) gráfico(166) Sobre la superficie cuadrilátera del polígono fundamental que sirve para mostrar de una manera clara y unívoca la estructura del toro, simbolizo aquí para emplear los mismos colores, de aquí hasta aquí un circulo llamado círculo de la demanda, de ahí hasta acá, un círculo llamado círculo a, simbolizando el objeto del deseo. Y es ese círculo que ustedes ven sobre la primer figura, que está aquí dibujado en amarillo, representando el círculo oblicuo, que podría en rigor servirnos para simbolizar como corte del sujeto al deseo mismo. El valor expresivo, simbólico, del toro, es precisamente el de hacernos ver la dificultad, en la medida en que se trata de la superficie del toro y no de otra, de ordenar ese círculo, aquí amarillo del deseo, con el circulo, aquí azul, del objeto del deseo. Su relación es tanto menos unívoca cuanto que el objeto no es aquí fijo, determinado por ninguna otra cosa que por el lugar de una nada que, si se puede decir, prefigura su lugar eventual,. pero de ninguna manera permite situarlo. Tal el valor ejemplar del toro. Ustedes han entendido la última vez que este valor ejemplar se completa con esto de que al suponerlo encadenado, concatenado con otro toro que simbolizarla al Otro, vemos que seguramente esto -se los he dicho- se demuestra -les he dejado la tarea de encontrar ustedes mismos esta demostración, para no retrasarnos-, vemos que seguramente al calcar así el circulo del deseo proyectado sobre el primer toro -sobre el toro que se encaja (emboite) a él simbolizando el lugar del Otro -encontramos un círculo orientado de la misma manera. Recuerden, ustedes tienen representado frente a esta figura que retomaré si la cosa no les parece demasiado fastidiosa, el calco que es una imagen simétrica. Tenemos entonces una línea oblicua, orientada de sur a norte que podemos decir invertida, especular hablando con propiedad. Pero la báscula de 90 grados que corresponde al encaje (emboitement) a 90° de los dos toros restituirá la misma oblicuidad. Dicho de otro modo, después de haber tomado efectivamente -son experiencias muy fáciles de realizar, que tienen todo el valor de una experiencia esos dos toros y haber hecho efectivamente por el método de rotación de un toro en el interior del otro que les he designado la última vez ese calco, habiendo relevado, si se puede decir, la traza de esos dos círculos arbitrariamente dibujados sobre uno y determinado desde entonces sobre el otro, podrán ver al compararlos a continuación que son exactamente, en el círculo que los seccióna, superponibles uno al otro. ¿En qué se revela entonces esta imagen apropiada para representar la fórmula de que el deseo del sujeto es el deseo del Otro?. Sin embargo, les he dicho, si suponemos no ese simple círculo dibujado en esta propiedad, en esta definición topológica particular de rodear a la vez y atravesar el agujero, sino de hacerle dos veces atravesar el agujero, y de una sola vez su entorno, es decir sobre el polígono no fundamental de presentarse así (croquis),. siendo esos dos puntos aquí equivalentes, tenemos entonces algo que sobre el calco, a nivel del Otro. se presenta según la fórmula siguiente: (167) gráfico(168) Si ustedes quieren, digamos, que la realización de dos veces la vuelta, que corresponde a la función del objeto y a la transferencia sobre el calco sobre el otro toro, en dos veces, de la demanda según la fórmula de equivalencia que es para nosotros preciosa en esta ocasión, es simbolizar el hecho de que en una cierta forma de estructura subjetiva, la demanda del sujeto consiste en el objeto del Otro, el objeto del sujeto consiste en la demanda del Otro. Recorte: entonces la superposición de dos términos, después de la báscula, no es más posible. Después de la báscula de 90° (croquis) el corte es éste, el cual no se superpone a la forma precedente. Hemos reconocido ahí la correspondencia que nos es familiar desde siempre, en la medida en que lo que podemos expresar de la relación del neurótico al Otro en tanto condiciona en último término su estructura es precisamente esta equivalencia cruzada (croisée) de la demanda del sujeto al objeto del Otro, del objeto del sujeto a la demanda del Otro. Se percibe ahí en una suerte de impasse o al menos de ambigüedad la realización de la identidad de dos deseos. Esto está evidentemente tan abreviado como es posible como fórmula y supone seguramente una familiaridad ya adquirida con esas referencias las que suponen todo nuestro discurso anterior. La cuestión entonces queda abierta, siendo aquella que vamos a dar hoy de una estructura que nos permite formalizar de una manera ejemplar, rica en recursos, en sugestiones, que nos da un soporte que es hacia el cual se encamina precisamente nuestra búsqueda, a saber la función del fantasma, es a este fin que puede servirnos la estructura particular llamada cross-cap o plano proyectivo, en la medida en que también ya les he dado una indicación suficiente sobre él como para que este objeto les sea si no absolutamente familiar al menos que ya los haya tentado de profundizar lo que presenta como propiedades ejemplares. Me excuso entonces de entrar, a partir de ahora, en una explicación que, por el momento, va a quedar estrechamente ligada a este objeto de una geometría particular llamada topológica , geometría no métrica sino topológica, de la que les he hecho observar tanto como he podido al pasar la idea que debe hacerse de ella, presto a lo cual, luego de haber hecho el esfuerzo de seguirme, en lo que sigue, en lo que voy ahora a explicarles serán recompensados por lo que nos permitirá soportar como fórmula que concierne a la organización subjetiva, que es la que nos interesa, por lo que nos permitirá ejemplificar la estructura auténtica del deseo en lo que se podría llamar su función central organizadora. No dejo de tener, por supuesto, cierta reluctancia en el momento, una vez más, de llevarlos sobre terrenos que pueden fatigarlos. Es porque me referiré un momento a dos términos que se encuentran próximos en mi experiencia y que van a darme la oportunidad -de entrada primera referencia- de anunciarles la aparición eminente de la traducción hecha por alguien eminente que nos hace hoy el honor de su visita, a saber M. de Wahlens, que viene de hacer la traducción -de la que uno no estarla nunca demasiado sorprendido de que no haya sido realizada antes de "Ser y Tiempo", "Sein und Zeit", al menos de llevar hasta su punto de acabamiento la primer parte del volúmen aparecido del que ustedes saben no es sino la primer parte de un proyecto cuya segunda parte no ha aparecido nunca. Entonces en esta primera parte hay dos secciónes, y la primera sección es ahora traducida por M. de Wahlens que me ha hecho el gran honor, el favor, de comunicármelo lo que me ha permitido tomar conocimiento yo mismo de esta parte -la mitad aún solamente- y debo decir con infinito placer, un placer que va a permitirme un segundo el de decir finalmente, a este respecto, lo que tengo en el corazón desde hace mucho y me he dispensado siempre de profesar en público, porque en verdad, vista la reputación de esta obra de la que no creo muchos de acá la hayan leído habría tenido la apariencia de una provocación. Es esto: es que hay pocos textos más claros, finalmente de una claridad y una simplicidad concreta y en fin directa -no sé cuales son las calificaciones que es necesario invente para agregar una dimensión suplementaria a la evidencia que los textos de Heidegger. No es porque lo que haya hecho de él Sartre sea efectivamente bastante difícil de leer que esto quite nada al hecho de que este texto -de Heidegger- no digo: todos los otros -es un texto que lleva en sí mismo esta Suerte de superabundancia de claridad que lo vuelve verdaderamente accesible sin ninguna dificultad a toda inteligencia no intoxicada por una enseñanza filosófica previa. Puedo decirlo ahora porque ustedes tendrán pronto la ocasión de percibirlo gracias a la traducción de M. de Wahlens: verán hasta qué punto es así. La segunda observación es ésta: que ustedes podrán constatar al mismo tiempo: son vehiculizadas aserciones en folículos extraños por una habladora de profesión de que mi enseñanza es neo-heideggeriana. Esto fue dicho con una intención nociva. La persona probablemente ha puesto neo en razón de una cierta prudencia; como no sabía ni lo que quería decir heideggeriana ni tampoco lo que quería decir mi enseñanza, eso la ponla a cubierto de un cierto número de refutaciones de que esta enseñanza que es la mía no tiene verdaderamente nada de neo, ni de heideggeriana, a pesar de la excesiva reverencia que tengo por la enseñanza de Heidegger. La tercera observación está ligada a una segunda referencia, a saber que algo va a aparecer -ustedes serán obsequiados pronto- que es al menos tan importante -finalmente la importancia no se mide en dominios diferentes con un centímetro- que es muy importante también: es el volumen -que no esta aún en librerías, según me han dicho- de Claude Lévy-Strauss que se llama "El pensamiento salvaje". Ha aparecido me dice usted. Espero que ya haya comenzado a divertirse gracias a las preocupaciones que me impone nuestro seminario, no he avanzado muy lejos, pero he leído las páginas inaugurales magistrales por donde Claude Lévy-Strauss entra en la interpretación de lo que se llama Le Pensamiento salvaje, que hay que entender como en su entrevista en el Figaro, pienso, se los ha ya enseñado- no como el pensamiento de los salvajes, sino como lo que se puede decir el estado salvaje del pensamiento, digamos el pensamiento en tanto que funciona bien, eficazmente, con todos los carácteres del pensamiento, antes de toda forma de pensamiento científico, del pensamiento científico moderno con su estatuto. Y Claude Lévy-Strauss nos muestra que es absolutamente imposible poner ahí un corte tan radical en tanto el pensamiento que todavía no ha conquistado su estatuto científico es ya absolutamente apropiado para portar algunos efectos científicos. Tal es por lo menos su propósito aparente en la partida, y toma singularmente como ejemplo para ilustrar lo que quiere decir del pensamiento salvaje algo donde sin duda entiende reunir eso de común que tendría con el pensamiento, digamos tal que, él lo subraya, tal como ha dado frutos fundamentales a partir del momento mismo que no se puede calificar absolutamente de ahístórico en tanto lo precisa: el pensamiento a partir de la era neolítica que da, nos dice, aún todos sus fundamentos a nuestro asiento en el mundo. Para ilustrarlo, si puedo de oír, aún funcionando a nuestro alcance, no encuentro otra cosa ni nada mejor que ejemplificarlo bajo una forma sin duda no única pero privilegiada por su demostración bajo la forma que se llama el bricolaje. Este pasaje tiene todo el brillo que le conocemos, la originalidad propia de esta suerte de abrupto, de novedad, de cosa que báscula y reinvierte las perspectivas banalmente recibidas, y es un fragmento seguramente fuertemente sugestivo. Otro me ha parecido particularmente sugestivo luego de la relectura que acababa de hacer de Heidegger gracias a M. de Wahlens, precisamente en tanto él toma como ejemplo de su búsqueda del estatuto, si se puede decir, del conocimiento, en tanto que puede establecerse de una aproximación (aproche) que para establecerlo pretende encaminar a partir de la interrogación concerniente a lo que se llama el ser-ahí , es decir la forma más velada a la vez y la más inmediata de un cierto tipo de ente (étant), el hecho de ser que es aquél particular al ser humano, uno no puede dejar de ser sorprendido, aún cuando probablemente la observación indignarla tanto a uno como a otro de estos autores, de la sorprendente identidad sobre la cual uno y otro avanzan. Quiero decir que lo encuentra de entrada Heidegger en esta búsqueda, una cierta relación del ser ahí a un ente (étant) que es definido como utensilio, herramienta, como útil, como algo que se tiene en la mano del que se sirve, como Zuhandenheit para lo que esta en la mano. Tal es la primer forma de lazo, no al mundo sino al ente (étant) que Heidegger nos designa. Y es solamente a partir de ahí, a saber, si se puede decir, en las implicaciones, la posibilidad de semejante relación, que él va, dice, a dar su estatuto propio a lo que constituye el primer gran pivote de su análisis la función del ser en su relación con el tiempo, a saber la Welltlicheit que M. de Wahlens ha traducido por las "mundanidades", a saber la constitución del mundo de alguna manera previa, previa a ese nivel del ser-ahí que no se ha destacado aún en el interior del ente (étant), esas suertes de ente que podemos considerar como pura y simplemente subsistiendo por sí mismos. El mundo es otra cosa que el conjunto, el englobamiento de todos esos seres que existen, subsisten por sí mismos, con los cuales tenemos que vérnoslas a nivel de esta concepción del mundo que nos parece tan inmediatamente natural -y con motivo- porque es aquélla que llamamos naturaleza. la anterioridad la constitución de esta modernidad en relación al momento en que podemos considerarla como naturaleza, tal es el intervalo que preserva, por su análisis, Heidegger. Esta relación primitiva de instrumentalidad (ustensilité) prefigurando el Umwelt anterior aún al entorno que no se constituye, por relación a él sino secundariamente, está ahí la búsqueda de Heidegger, y es exactamente la misma -no creo decir nada por ahí que pueda ser retenido como critica que ciertamente después de todo lo que conozco del pensamiento y los decires de Levy-Strauss, nos parecería la búsqueda más opuesta a la suya en la medida en que lo que él da como estauto a la investigación etnográfica no se produciría sino en una posición de aversión en relación a la búsqueda metafísica o incluso ultrametafísica de Heidegger. por tanto, es la misma que encontramos en ese primer paso por el cual Claude Lévy-Strauss cree introducirnos al pensamiento salvaje bajo la forma de ese bricolage que no es otra cosa que el mismo análisis, simplemente te en términos diferentes, un esclarecimiento apenas modificado. Una mira sin duda distinta de esa misma relación a la instrumentalidad (ustensilité) como siendo lo que uno y otro consideran como anterior, como primordial en relación a esta suerte de acceso de estructura, de acceso estructurado que es el nuestro en relación al campo de la investigación científica, en tanto permite distinguirlo como fundado sobre una articulación de la "objetividad" que es de alguna manera autónoma, independiente de lo que es propiamente hablando nuestra existencia, y que no conservamos con él más que esa relación llamada "sujeto-objeto" que es ese punto donde se resume todo lo que podemos articular de la epistemología hoy día. Y bien , digamos para fijarlo de una vez, lo que nuestra empresa aquí en tanto que fundada sobre la experiencia analítica tiene de distinto en relación a una y a la otra de esas investigaciones cuya carácter paralelo vengo de mostrarles. Es que nosotros también aquí buscamos el estatuto, si se puede decir, anterior al acceso clásico del estatuto del objeto, enteramente concentrado en la oposición sujeto-objeto ¿Y lo buscamos en qué? En algo que, sea cual fuere el carácter evidente de aproximación, de atracción en el pensamiento, tanto de Heidegger como en Levy-Strauss, éste es distinto, pues ni uno ni otro nombra como tal a este objeto como objeto de deseo. El estatuto primordial del objeto para digamos en todo caso un pensamiento analítico no puede ser y no podría ser otro que el objeto del deseo. Todas las confusiones con que se tropieza hasta aquí en la teoría analítica son consecuencia de esto: de una tentativa, de más de una tentativa, de todos los modos posibles de tentativa por reducir lo que se nos impone, a saber esta búsqueda del estatuto del objeto del deseo, para reducirlo a referencias ya conocidas de las que la más simple y común es la del objeto de la ciencia en tanto que una epistemología filosofante la organiza en la oposición última y radical sujeto-objeto en tanto que una interpretación más o menos influenciada por los matices de la búsqueda fenomenológica puede en rigor hablar como del objeto del deseo. Ese estatuto del objeto del deseo como tal queda siempre eludido en todas sus formas hasta aquí articuladas de la teoría analítica; y lo que buscamos aquí es precisamente darle su estatuto propio. Es en esta línea que se sitúa la mira que pondré ante ustedes, por el momento. Tenemos en las figuras en que hoy voy a intentar hacerles observar lo que nos interesa en esta estructura de superficie cuyas propiedades privilegiadas están hechas para retenernos como soporte estructurante de esa relación del sujeto al objeto del deseo, en tanto que se sitúa como soportando todo lo que podemos articular al nivel que sea en la experiencia analítica, dicho de otro modo como ente estructura que llamamos del fantasma fundamental. (169) gráfico(170) Para aquellos que no estuvieron en el seminario precedente, recuerdo esta forma aquí (croquis) dibujado en blanco: es la que llamamos cross-cap o para ser precisos -pues se los he dicho, una cierta ambigüedad queda sobre el uso de ese término cross-cap: el plano proyectivo. Como su dibujo aquí en tiza basta, para aquellos que no lo han aprehendido aún, para hacerles representar lo que es, voy a intentar hacérselos imaginar describiéndoselos como si esta superficie estuviera ahí constituida en goma. Para ser aún más claro, voy a partir de la base. Supongan que tienen dos arcos como los de una trampa para lobos (croquis). Esto va a servirnos para representar el corte. Si orientamos los dos círculos de la trampa para lobos en el mismo sentido, esto quiere decir que vamos simplemente a cerrarlos uno sobre el otro. Si tienen una película, precisamente si ustedes soplan dentro y si cierran la trampa para lobos, está enteramente al alcance de las imaginaciones más elementales, ven que van a hacer una esfera. Si el soplo no les parece suficiente llenen de agua hasta que obtengan esta forma, cierren los dos semi-círculos de la trampa para lobos, y tienen una esfera semiplena o semi-vacía. Les he ya explicado cómo en lugar de esto se puede hacer un toro. Un toro es esto: ponen las dos puntas de ese pañuelo juntas en el aire así y los dos otros por debajo así, y esto basta para hacer, un toro. Lo esencial del toro está ahí, pues: ustedes tienen ahí el agujero central y aquí el vacío circular en torno al cual gira el circuito de la demanda. Es esto lo que el polígono fundamental del toro les ha ya ilustrado. Un toro no es del todo como una esfera. Naturalmente un cross-cap no es en absoluto una esfera tampoco. El cross-cap, lo tienen aquí (croquis). Deben imaginarlo por esta mitad inferior, realizado como la mitad de lo que han hecho hace un rato con la película (baudruche) cuando la llenaron de aire o de agua; en la parte superior, lo que es aquí anterior vendrá a atravesar lo que es contínuo, lo que es aquí posterior. Las dos caras se cruzan una a la otra, dan la apariencia de penetrarse; en tanto las convenciones concernientes a las superficies son libres- pues no olviden que no las consideramos más, que como superficies, que podemos decir que sin duda las propiedades del espacio tal como las imaginamos nos fuerzan, en la representación, a representarlas como penetrándose pero basta que no tengamos en absoluto en cuenta esta línea de intersección en ninguno de los momentos de nuestro tratamiento de esta superficie para que todo ocurra como si la tomáramos por nada. No es sino algo que estamos obligados a representarnos porque queremos representar aquí esta superficie, como una línea de penetración, Pero esta línea, si se puede decir, en la constitución de la superficie no tiene ningún privilegio. Me dirán: ¿qué significa lo que está por decir? X en la sala: —¿acaso esto quiere decir que usted admite, con la estética trascendental de Kant, la constitución fundamental del espacio en 3 dimensiones, en tanto nos dice que--para representar así las cosas usted está obligado a pasar por algo que en la representación es de alguna manera incómodo? Seguramentede una cierta manera si. Todos aquellos que articulan lo que concierne a la topología de las superficies como tal parten, es el abc de la cuestión, de esta distinción de lo que se puede llamar las propiedades intrínsecas de la superficie y las propiedades extrínsecas. Nos dirán que todo lo que van a articular, determinar, concerniente al funcionamiento de las superficies así definidas, debe distinguirse de lo que ocurre -como se expresan literalmente, cuando se sumerge dicha superficie en el espacio, particularmente en el caso presente, de tres dimensiones. Es esta distinción fundamental, que es también la que les he sin cesar recordado para decirles que no debemos considerar el anillo, el toro como un sólido y que, cuando hablo del vacío central, del contorno del anillo, como del agujero que es, si se puede decir, axial, son términos que conviene tomar en el interior de esto que no tenemos que hacerlos funcionar en la medida en que apunta» e pura y simplemente a la superficie. No queda menos que es en la idea de que, como se expresan los topólogos, nos sumergimos en un espacio que podemos dejar en el estado de x -en cuanto al número de dimensiones que lo estructuran, no estamos forzados a prejuzgar- que podemos poner en valor tal o cual de las propiedades intrínsecas de las que se trata en una superficie. Y la prueba es justamente ésta: es que no tendremos ninguna dificultad en representarnos el toro en el espacio de tres dimensiones que nos es intuitivamente familiar en tanto que para éste tendremos sin embargo una cierta dificultad pues nos será necesario agregar la pequeña nota de toda suerte de reservas concernientes a lo que tenemos que leer cuando intentamos representar en este espacio esta superficie. Es lo que nos permitiré plantear justamente la cuestión de la estructura de un espacio en tanto que él admite o no admite superficies tales como las que hemos constituido anteriormente. Hechas estas reservas, les ruego ahora proseguir y considerar lo que les he de enseñar sobre esta superficie precisamente en tanto que es a propósito de su representación en el espacio que voy a intentar poner en valor algunos de sus carácteres que no son por esto menos intrínsecos. Pues si de aquí en más he eliminado el valor que podemos dar a esta línea de penetración cuyo detalle ven aquí ilustrado es así como podemos representarlas (ver croquis)-que no hay nada sino la manera con que la he dibujado en el pizarrón, que nos plantea un problema. ¿El valor de este punto es un valor que podamos de alguna manera borrar como el valor de esta línea? ¿Acaso este punto es también algo que no se debe sino a la necesidad de la representación en el espacio de tres dimensiones? Se los diré enseguida para esclarecer un poco por adelantado mi propósito: ese punto en cuanto a su función no es eliminable, al menos en un cierto nivel de la especulación sobre la superficie, un nivel que no esta sólo definido por la existencia del espacio de tres dimensiones. En efecto, ¿qué significa radicalmente la construcción de esta superticie llamada cross-cap, en tanto se organiza a partir del corte que les he hecho representado como una trampa para lobos que se cierra? Nada más simple que ver que es necesario que esa trampa para lobos sea bipartita, cuando se trata de la esfera, pues es necesario que se repliegue en alguna parte, que sus dos mitades estén orientadas en el mismo sentido: el terminus a quo se distinguirá entonces del terminus ad quus en tanto que deben recubrirse por su longitud. (171) gráfico(172) Podemos decir que aquí (croquis) tenemos la manera con que funciona una en relación a la otra las dos mitades del borde que se trata de reunir para constituir un plano proyectivos. Aquí (croquis) están orientadas en sentido contrario, lo que quiere decir que un punto situado en este lugar, punto a por ejemplo, corresponderá, será idéntico, equivalente a un punto situado en este lugar en a' diametralmente opuesto, que otro punto b situado aquí por ejemplo se remitirá a otro punto b' situado diametralmente. No nos incita esto a pensar que dada esta relación antipódica de los puntos sobre ese circuito orientado de una manera continua siempre en el mismo sentido, ningún punto tendrá privilegio y que, sea cual fuere nuestra dificultad de intuir de lo que se trata, tenemos simplemente que pensar esa relación circular antipódica como una suerte de entrecruzamiento radiado (rayonné) si se puede decir, que concentra el intercambio de un punto al punto opuesto del borde único de ese agujero, y que lo concentra, si se puede decir, en torno a un vasto entrecruzamiento central que escapa a nuestro pensamiento y que no nos permite de ninguna manera entonces dar una representación satisfactoria de esto. Sin embargo lo que justifica que las cosas estén así representadas es que hay algo que conviene no olvidar: es que no se trata de figuras métricas, a saber que no es la distancia de a a A, y de a' a A la que regla la correspondencia punto por punto que nos permite construir la superficie organizando de esta manera el corte, sino únicamente la posición relativa de los puntos, dicho de otra manera en un conjunto de tres puntos que se sitúa sobre la mitad - admitan el uso del termino mitad del que me sirvo en esta ocasión, que está ya representado por la referencia analógica que he hecho aquí de dos mitades del borde- es en tanto sobre ese borde, sobre esta línea, como sobre toda línea, un punto puede ser definido como estando entre otros dos, que un punto c por ejemplo va a poder encontrar su correspondiente en el punto c' del otro lado... Pero si no tenemos punto de origen, de punto Ultimo señalamiento: en nuestros apuntes, al comienzo de uno de nuestros años científicos, alguien intentó articular de una cierta manera la función transferencial más radical ocupada por el analista en tanto tal. Es ciertamente una aproximación que no es en absoluto de descuidar que haya llegado a articular crudamente, y a mi fe, que pueda tener el sentimiento de que es algo de caradurismo que el analista en función tenga el lugar del falo; ¿qué es lo que esto puede querer decir? Que el falo al Otro es muy precisamente lo que encarna, no al (escritura en giego), aunque su satisfacción sea aquella del factor por el cual el objeto que sea es introducido a la función de objeto de deseo, sino aquella del deseante, del (escritura en giego). San Juan VIII-25 como se dice en el Evangelio lo que ha prestado a tales dificultades de traducción que un pensador de Franche-Conté ha creído deber decirme: "Es ahí que se le reconoce: el único pasaje del Evangelio sobre el cual nadie puede acordar es el que usted ha puesto en el epígrafe para una parte de vuestro Informe de Roma" (escritura en griego) el comienzo, si no hay esos puntos de comienzo en alguna parte, es imposible definir un punto como estando entre otros dos, pues c y c' están también entre esos dos otros a y B si no hay A A' para ubicar de una manera unívoca lo que ocurre en cada segmento. Es entonces por otras razones que la posibilidad de representarlos en el espacio que tenemos que definir un punto de origen en este intercambio entrecruzado que constituye la superficie del plano proyectivo entre un borde que es necesario, a pesar de que giro siempre en el mismo sentido, que dividamos en dos. Esto puede parecerles muy fastidioso, pero verán que va a tomar un interés cada vez mayor. Les anuncio enseguida lo que quiero decir. Quiero decir que ese punto (escritura en griego) origen, tiene una estructura absolutamente privilegiada, que es él, su presencia, la que asegura el bucle interior de nuestro significante polaco, un estatuto que le es absolutamente especial. En efecto, para no hacerlos esperar mucho tiempo, aplico este significante, llamado ocho interior, sobre la superficie del cross-cap. Veremos luego qué quiere decir que esta línea que dibuja nuestro significante ocho interior se encuentra aquí dando dos veces la vuelta a ese punto privilegiado (croquis). Ahí, hagan un esfuerzo de imaginación. Quiero ilustrárselos por algo; vean lo que esto puede dar (croquis). Tienen ahí, si quieren, el inflamiento de la mitad inferior, el inflamiento de la pinza izquierda de la pata de langosta, el inflamiento (hinchazón) de la pinza derecha. Ahí ésta entra en el otro, pasa del otro lado. ¿Que quiere decir? Que ustedes tienen en suma un plano que se enrula como éste sobre él, luego que en un momento se atraviesa a sí mismo. De suerte que esto hace como dos especies de postigos o de alas batientes aquí superpuestas que se encuentran en suma aisladas por el corte del inflamiento (hinchazón) inferior, y a nivel superior esas dos alas se cruzan la una a la otra. No es demasiado inconcebible. Si se interesan tanto tiempo como yo en este objeto, evidentemente les parecerá poco sorprendente. Pues en verdad el privilegio de este doble corte es muy interesante es muy interesante en el sentido que en lo concerniente al toro, se los he mostrado, si hacen un corte transforma en una banda; si hacen un segundo que atraviese el primero- éste no lo fragmenta sin embargo, es lo que les permite extenderlo como un lindo cuadrado. Si hacen hacen cortes que no efe se crucen, sobre un toro -intenten imaginarlo- ahí forzosamente lo ponen en dos pedazos. (173) gráfico(174) Aquí sobre el cross-cap, con un corte que es un corte simple, como el que puede dibujarse así (croquis) ustedes abren esta superficie. Diviértanse haciendo el dibujo, será un buen ejercicio intelectual saber lo que ocurre en ese momento. Ustedes abren la superficie, no la cortan en dos, no hacen dos pedazos. (175) gráfico(176) Si hacen cualquier otro corte que se cruce o que no se cruce la dividen. Lo que es paradojal e interesante es en suma que no se trata aquí de un sólo corte siempre y que sin embargo, simplemente haciéndole dar dos veces la vuelta del punto privilegiado, dividen la superficie. No es en absoluto lo mismo en el toro. Sobre un toro, si dan tantas veces como quieran la vuelta del agujero central no obtendrán nunca sino el alargamiento de alguna manera de la banda, pero sin embargo no la dividirán. Esto para hacerles notar que tocamos aquí, sin duda, algo interesante en lo concerniente a la función de esta superficie. Hay por otra parte algo que no es menos interesante: es que esa doble vuelta con su resultado, es algo que no pueden repetir una sola vez si dan una triple vuelta, serán llevados a dibujar sobre la superficie algo que se repetirá indefinidamente a la manera de bucles que ustedes operan sobre el toro, cuando se entregan a la operación de bobinaje de la que les hablé al principio, con la salvedad de que aquí la línea no se reunirá jamás, no se morderá jamás la cola. El valor privilegiado de esa doble vuelta está entonces suficiente mente asegurado por esas dos propiedades. Consideremos ahora la superficie que aísla esa doble vuelta sobre un plano proyectivo. Les haré observar algunas propiedades. De entrada es lo que podemos llamar una superficie -llamémosla como ésta, por la rapidez, entre nosotros, si se puede decir, -es una superficie izquierda, como un cuerpo izquierdo, como cualquier cosa que podamos definir así en el espacio. No lo empleo para oponerlo a derecha, lo empleo para definir esto que ustedes deben conocer bien: es que si quieren definir el enrulamiento de un caracol que como ustedes saben, es privilegiado -dextrógiro o levógiro, poco importa, esto depende de cómo ustedes definan uno u otroeste enrulamiento, ustedes encuentran el mismo miren el caracol del lado de su punta o lo den vuelta para mirarlo del lado del lugar donde él esboza una cavidad. En otros términos, es que al dar vuelta aquí el cross-cap para verle del otro lado, si definimos aquí la rotación de la izquierda hacia la derecha alejándonos del punto central, ven que él gira siempre en el mismo sentido del otro lado. Esta es la propiedad de todos los cuerpos que son disimétricos. Es entonces de una disimetría que se trata, fundamental en la forma de esta superficie. La prueba es que ustedes tienen debato algo que es la imagen de esta superficie así definida sobre nuestro doble bucle, en el espejo. Hela ahí. Debemos esperar que, como en todo cuerpo disimétrico, la imagen en el espejo no le sea superponible, lo mismo que nuestra imagen en el espejo a nosotros que no somos simétricos a pesar de lo que creemos, no se superpone del todo a nuestro propio soporte. Si tenemos un lunar sobre la mejilla derecha, ese lunar estará sobre la mejilla izquierda de la imagen en el espejo. No obstante, la propiedad de esta superficie es tal que como ven basta hacer subir un poquito este bucle -y es legítimo hacerlo pasar por encima del otro, ya que los dos planos no se atraviesan realmente para obtener una imagen (3) absolutamente idéntica y entonces superponible a la primera, a aquella de la que hemos partido (1) Ven lo que ocurre: remonten esto suave y progresivamente hasta aquí y vean lo que va a ocurrir, a saber que la ocultación de esta partecita en puntillado situada aquí es la realización idéntica de lo que está en la imagen primitiva. Esto nos sirve para ilustrar esta propiedad que les he dicho es la a en tanto que objeto de deseo, de ser algo que es a la vez orientatable y seguramente muy orientado, pero que no es, si me puedo expresar así especularizable. En ese nivel radical que constituye el sujeto en su dependencia por relación al objeto del deseo, la función i de a, función especular, pierde su àpresamiento si se puede decir. Y todo esto comandado, ¿porqué? Por algo que es justamente ese punto (punto central) en tanto pertenece a esta superficie. Para aclarar enseguida lo que quiero decir, les diré que es articulando la función de ese punto que podemos encontrar toda suerte de fórmulas felices que nos permiten concebir la función del falo en el centro de la constitución del objeto del deseo. (177) gráfico(178) Es por esto que vale la pena que continuemos interesándonos en la estructura de ese punto. Ese punto en tanto él es la clave de la estructura, de esta superficie así definida, recortada por nuestro corte en el plano proyectivo, ese punto, es necesario que me detenga un instante para mostrarles cual es su verdadera función. Es lo que les demandará seguramente todavía un poco de paciencia. ¿Cuál es la función de ese punto? Lo que ahí es manifiesto en ese momento en el que nos detenemos, es que está en una de las dos partes en las que está dividido por el doble corte el plano proyectivo. Pertenece a esta parte que se separa, no pertenece a la parte que queda (figura D). En tanto parece han sido capaces hace un rato -debo al menos inferirlo del hecho de que no se ha elevado ningún murmullo de protesta- de concebir como esta figura puede pasar a aquélla por simple desplazamiento legitimo del nivel del corte, serán, pienso, también capaces de hacer el esfuerzo mental de ver lo que, sucede si por una parte, hacemos franquear el horizonte del callejón sin salida interior (fondo de la bolsa inferior) de la superficie en este corte haciéndola pasar entonces del otro lado, como lo indica mi flecha amarilla. y si hacemos franquear en la parte superior del bucle igualmente el horizonte de lo que está arriba del cross-cap. Esto nos conduce sin dificultad a la figura siguiente. El pasaje de la última es un poco más difícil de concebir, no por el bucle inferior como ven, sino por el bucle superior en la medida en que ustedes pueden quizás tener un instante de vacilación concerniente a lo que ocurre en el momento de franqueamiento de lo que aquí se presenta como la extremidad de la línea de penetración. Si reflexionan un poco verán que si es del otro lado que el corte es llevado a franquear esta línea de penetración, evidentemente ella se presentara así, es decir como esta del otro lado estará en línea de puntos de este lados Y será plena ya que de acuerdo a nuestra convención lo que está en punteado es visto por transparencia. Nada en la estructura de la superficie nos permite distinguir el valor de esos cortes 1 y 2, es decir aquellos a los cuales llegamos aquí. Para el ojo se presentan como entrando los dos del mismo lado de la línea de penetración. ¿Es muy simple para el ojo? Seguramente no. Pues esta diferencia que hay entre, por el corte de entrar desde dos lados diferentes o entrar por el mismo lado 3, es algo que debe asimismo señalarse en el resultado, sobre la figura. Y por otra parte, esto es absolutamente sensible. Si ustedes reflexionan en lo que es, lo que de aquí en más está recortado sobre esta superficie, lo reconocerán fácilmente: de entrada, es lo mismo que nuestro significante; además de la manera en que esto recorta una superficie, recorta una superficie que ustedes perciben bien -no tienen más que mirar la figura- que es una banda, una banda que no tiene más que un borde. Les he ya mostrado lo que es una banda de Moebius. Ahora, las propiedades de una superficie de Moebius son propiedades completamente diferentes de aquellas de esta pequeña superficie giratoria de la que les he mostrado hace un rato las propiedades al darla vuelta, mirándola, transformándola y diciéndoles finalmente que es ésta la que nos interesa. Esa pequeña vuelta de passe-passe tiene evidentemente una razón que no es difícil de encontrar. Su interés es simplemente mostrarles que este corte divide la superficie Siempre en dos partes, de las que una conserva el punto de que se trata en su interior, y de la que el otro no lo tiene más. Esta otra parte que está tan presente en 1 como en la figura terminal 3, es una Superficie de Moebius. El doble corte divide siempre la superficie llamada cross-cap en dos: ese algo en lo que nos interesamos y de lo que voy a hacer para ustedes el soporte de la explicación de $ con a en el fantasma, y del otro lado una superficie de Moebius. ¿Cual es la primer cosa que les he hecho palpar cuando les obsequié estas cinco o seis superficies de Moebius que he lanzado a través de la asamblea? Es que la superficie de Moebius, en el sentido en que la entiendo, es irreductiblemente izquierda. Cualquier modificación que le hagan sufrir, no podrán superponer su imagen en el espejo. Ven la función de este corte y lo que él muestra de ejemplar, El es tal que dividiendo una cierta superficie de una manera privilegiada, superficie cuya naturaleza y función nos son completamente enigmáticas, puesto que ni bien la podemos situar en el espacio hace aparecer funciones privilegiadas de un lado, las que he llamado especularizable es decir de comportar su irreductibilidad a la imagen especular, y del otro lado, una, superficie que, aunque presentando todos los privilegios de una superficie orientada; no es especularizada, Pues, observen que esta superficie no se: puede decir, como sobre la superficie de Moebius, que un ser infinitamente plano, paseándose se encontrará de golpe sobre esta superficie en su propio revés: cada cara está separada de la otra en esto. Esta propiedad seguramente es algo que deja abierto un enigma; pues no es tan simple, es por tanto menos simple que la superficie total -es bien evidente- no es reconstituible, y reconstituible inmediatamente sino a partir de esto: Es necesario entonces que las propiedades más fundamentales de la superficie sea en alguna parte conservadas a pesar de su apariencia más racional que la del otro, en esta superficie. Es absolutamente claro que están conservadas a nivel del punto. Si el pasaje que en la figura total vuelve siempre posible a un viajero infinitamente chato reencontrarse por un camino excesivamente breve en un punto que es su propio revés, digo: sobre la superficie total, -si no es más posible a nivel de la superficie central, fragmentada, dividida por el significante, del doble bucle, es que muy precisamente algo de esto está conservado a nivel del punto. Con la salvedad de que justamente para que este punto funcione.. como ese punto, él tiene ese privilegio de ser justamente infranqueable, salvo haciendo desaparecer, si se puede decir, toda la estructura de la superficie. Lo ven, no he incluso podido dar todavía su pleno desarrollo a lo que vengo de decir de ese punto. Si reflexionan podrán de aquí a la próxima vez encontrarlo ustedes mismos. La hora es avanzada, y es aquí que estoy obligado a dejarlos. Me excuso de la aridez de lo que he sido llevado hoy a producir ante ustedes, por el hecho de la complejidad mismas aún cuando no sea sino una complejidad extraordinariamente puntiforme, es el caso de decirlo. Es desde aquí que retomaré la próxima vez. Vuelvo entonces sobre lo que dije al comienzo el hecho de que no haya podido llegar sino hasta ese punto de mi exposición hará que mi seminario del miércoles próximo sea mantenido en el propósito de no dejar demasiado espacio, demasiado intervalo entre esos dos seminarios, pues ese espacio podría ser nocivo a la continuidad de nuestra explicación. 13 de Junio de 1962 (179) gráfico(180) Tenemos aquí tres figuras. La figura 1 responde al corte simple en tanto el plano proyectivo no podría tolerar más de uno sin dividirse. Este no divide, abre. Es interesante mostrar esta abertura bajo esta forma porque permite visualizar, materializar, la función del punto. La figura 2 los ayudará a comprender la otra. Se trata de saber lo que ocurre cuando el corte aquí designado ha abierto la superficie. Se trata ahí de una descripción de la superficie ligada a lo que se llama sus relaciones extrínsecas, a saber, la superficie en la medida en que intentamos insertarla en el espacio de tres dimensiones. Pero les he dicho que esta distinción de las propiedades intrínsecas de la superficie y sus propiedades extrínsecas no era tan radical como se insiste a veces en una preocupación de formalismo, pues es justamente a propósito de su hundimiento (plongée) en el espacio, como se dice, que algunas de las propiedades intrínsecas de la superficie aparecen con todas sus consecuencias. No hago más que señalar el problema. Todo lo que voy a decirles en efecto sobre el plano proyectivo, el lugar privilegiado que ocupa ahí el punto, lo que llamaremos el punto que esta ahí figurado en ese cross-cap aquí, punto terminal de la línea, pseudo-penetración de la superficie sobre sí misma, ese punto, ven ustedes su función en esta forma abierta del mismo objeto descrito en la figura 1. Si la abren según el corte, lo que verán aparecer es un fondo que está abajo, el de la semi-esfera. Arriba es el plano de esta pared (paroi) anterior en la medida que se continúa en pared (paroi) posterior, después de haber penetrado el plano que le es, si se puede decir, simétrico, en la composición de este objeto. ¿Porqué lo ven ustedes así al desnudo hasta arriba? Porque una vez practicado el corte, como esos dos planos que se cruzan como éste a nivel de la línea de penetración no se cruzan realmente no se trata de una real penetración, sino de una penetración que no es requerida sino por la proyección en el espacio de la superficie de que se trata. Podemos, a voluntad, remontar una vez que un corte ha disuelto la continuidad de la superficie uno de esos planos a través del otro ya que no sólo no es importante saber a qué nivel ellos se atraviesan, que puntos corresponden en el atravesamiento, sino que por el contrario conviene expresamente no tomar en cuenta esta coincidencia de niveles de los puntos en tanto que la penetración podría volverlos, en algunos momentos del razonamiento, superponibles. Conviene por el contrario marcar que no lo son. El plano anterior de la figura 1 y que pasa del otro lado se encontró bajado hacia el punto que llamamos desde entonces el punto a secas, mientras que arriba vemos producirse esto: una línea que va hasta arriba del objeto y que, de tras, pasa del otro lado. Cuando practicamos, en esta figura, un atravesamiento obtenemos algo que se presenta como un hueco abierto hacia adelante El trazo en puntillado va a pasar detrás de esta muerte de oreja y encuentra una salida del otro lado, a saber, el corte entre ese borde y lo que, del otro lado, es simétrico de esta suerte de canasta, puerta detrás. Hay que considerar que detrás hay una salida. Aquí tenemos la figura 3 que es una figura intermediaria. Aquí ven aún el entrecruzamiento en la parte superior del plano anterior, que d viene posterior, para volver enseguida. Y pueden relevar esto indefinimente, -se los he hecho ya observar, Es lo que se produce a nivel extremo. Es lo mismo que ese borde que ustedes encuentran descrito en la figura 1, vamos a llamarla A. Es esto lo que se mantiene de la figura 2 en este lugar. La continuidad de ese borde se hace con lo que detrás de la superficie de alguna manera oblicua así desprendida, se repliega hacia atrás una vez que han comenzado ustedes a soltar el todo. De manera que si se lo vuelve a pegar, se reunirá como en la figura 3. Es por lo que lo he indicado en azul en mi dibujo. El azul es, en suma, todo lo que perpetúa el corte mismo. ¿Qué resulta de esto? Es que tienen un hueco, un bolsillo en el que pueden introducir algo. Si pasan la mano, ésta pasa detrás de esta oreja que está en continuidad por delante con la superficie; lo que encuentra detrás es una superficie que corresponde al fondo de la canasta pero se parada de lo que resta cobre la derecha, a saber esta superficie que viene adelante ahí, y que se repliega hacia atrás en la figura 2. Siguiendo un camino como ese tienen una flecha plena, luego en punteado porque ella pasa detrás de, la oreja que corresponde a A. Ella aparece aquí porque es la parte del corte que está detrás. Es la parte que puedo designar por B. La oreja que está dibujada aquí por los limites de ese puntillado en la figura 2, podría encontrarse del otro lado. Esta posibilidad de dos orejas, es lo que reencontrarán cuando hayan realizado el doble corte y aíslen en el cross-cap algo que se prepara aquí. Lo que ven en esta pieza central así aislada en la figura 4, es en suma un plano tal que ustedes borran ahora el resto del objeto de suerte que no tendrán que poner en puntillado aquí ni tampoco un atravesamiento: no queda sino la pieza central. ¿Qué tienen entonces? Pueden imaginarlo fácilmente con una suerte de plano que torciéndose va en determinado momento a recortarse a sí mismo según una línea que pasa entonces detrás. Tienen entonces ahí también dos orejas, una laminilla hacia adelante, una laminilla hacia atrás. Y el plano se atraviesa a sí mismo según una línea estrictamente limitada por un punto. Podría ser que ese punto fuera ubicado justo en la extremidad de la oreja posterior, sería, por el plano, una manera de recortarse a sí mismo que, seria también interesante por algunos lados ya que es lo que he realizado en la figura 5 para mostrarles hace un rato la manera con que conviene considerar la estructura de ese punto. Sé personalmente que se han inquietado ya por la función de ese punto ya que me han planteado una vez en privado la cuestión de saber porqué siempre yo mismo y los autores representamos bajo esta forma, indicando en el centro una suerte de pequeño agujero. Es seguro que ese pequeño agujero da para reflexionar. Y es justamente sobre él que vamos a reflexionar, a insistir, pues nos entrega la estructura absolutamente particular de ese punto que no es un punto como los otros. Es sobre lo cual ahora me veo llevado a explicarme. Su forma un poco oblicua, torcida, es divertida, pues la analogía con la hélice, la antihélice y aún el lóbulo es sorprendente por la forma de ese plano proyectivo cortado, si se considera que se puede reencontrar esta forma, es atraída profundamente por la forma de la banda de Moebius. Se la encuentra mucho más simplificada en lo que he llamado un día el arum o aún la oreja de asno. Esto no está hecho más que para atraer vuestra atención sobre ese hecho evidente de que la naturaleza parece de alguna manera aspirada por sus estructuras, y en órganos particularmente significativos, aquellos de esos orificios del cuerpo que son de alguna manera dejados aparte, distintos de la dialéctica analítica. Esos orificios del cuerpo, cuando muestran esta suerte de parecido, podría enlazarse a una suerte de consideración de vinculo a la Naturwissen de ese punto, el cual debe bien reflejarse ahí si tiene algún valor efectivamente. La analogía sorprendente de mucho e de esos dibujos que he hecho con las figuras que se encuentran en cada página de los libros de embriologia merece también retener la atención. Mientras consideran lo que ocurre cuando franqueado el estado de la placa germinativa, en los huevos de serpientes o de peces -en la medida en que es lo que se aproxima más a un exámen que no es absolutamente completo en el estado actual de la ciencia ciencia, del desarrollo del huevo humano - ustedes encuentran algo sorprendente, es la aparición, sobre esta placa germinativa, en un momento dado, de lo que se llama la línea primitiva que está igualmente terminada en un punto, el nudo de Hensen, que es un punto absolutamente germinativo y verdaderamente problemático en su formación en la medida en que está ligado por una especie de correlación con la formación del tubo neural. Viene de alguna manera a su reencuentro por un proceso de repliegue del ectodermos es, como ustedes no lo ignoran, algo que da bien la idea de la formación de un toro, ya que en un cierto estado del tubo neural queda abierto como una trompeta de dos lados. Por el contrario, la formación del canal cordal que se produce a nivel de ese nudo de Hensen, con una manera de propagarse lateralmente, da la idea de que se produce ahí un proceso de entrecruzamiento, cuyo aspecto morfológico no puede dejar de recordar la estructura del plano proyectivo sobre todo si se piensa que el proceso que se realiza por ese punto llamado nudo de Hensen, es de alguna manera un proceso regresivo: a medida que el desarrollo avanza, es en una línea, en un retroceso posterior del nudo de Hensen que se completa esta función de la línea primitiva, y que ahí se produce esta abertura hacia adelante, hacia el entoblasto, por ese canal que en los saurópsides se presenta como el homólogo, sin ser del todo identificable al canal neuro-entérico que se encuentra en los batracios, a saber lo que pone en comunicación la parte terminal del tubo digestivo y la parte terminal del tubo neural, en suma ese punto tan altamente significativo por conjugar el orificio cloacal, este orificio tan importante en la teoría analítica, con algo que se encuentra, adelante de la parte más inferior de la formación caudal, ser lo que especifica al vertebrado y al prevertebrado más fuertemente que cualquier otro carácter, a saber la existencia de la cuerda de la que esta línea primitiva y el nudo de Hensen constituyen el punto de partida. Hay ahí ciertamente toda una serie de direcciónes de búsquedas que creo merecerían retener la atención en todo caso, si no he insistido, es que seguramente no es en ese sentido que deseo comprometerme. Si hablo por ahora de esto es a la vez para despertar en ustedes un poco más de interés por esas estructuras tan cautivantes en si mismas y también para autentificar una observación que me ha sido hecha sobre lo que la embrología tendría aquí para decir, al menos a titulo ilustrativo. Esto va a permitirnos ir más lejos enseguida sobre la función de ese punto. Una discusión muy específica sobre el plano del formalismo de esas construcciónes topológicas no harta más que eternizarse y quizás podría fatigarlos. Si la línea que trazo aquí bajo la forma de una, suerte de entre cruzamiento de fibras es algo cuya función en el cross- cap ya conocen, lo que trato de señalarles es que el punto que lo termina, es por supuesto un punto matemático, un punto abstracto. No podemos entonces darle ninguna dimensión. Sin embargo no podemos pensarlo más que como un corte al cual es necesario que demos propiedades paradojales de entrada por el hecho de que podemos concebirlo como puntiforme Por otra parte es irreductible. En otros términos, por la concepción misma de la superficie no podemos considerarla como colmada. Es un punto-agujero, si se puede decir. Además, si la consideramos como un punto-agujero, es decir, hecho por el pegamiento de dos bordes, seria de alguna manera incortable en el sentido del atravesamiento - y uno puede en efecto ilustrarlo por ese tipo de corte único que se puede hacer en el cross-cap; están los que son hechos normalmente para explicar el funcionamiento de la superficie en los libros técnicos que se consagran a esto, si hay un corte que pasa por ese punto, ¿cómo debemos concebirlo? (181) gráfico(182) ¿Es que de alguna manera es el homólogo y únicamente el homólogo de lo que ocurre cuando hacen pasar una de esas líneas más altas, atravesando la línea estructural de falsa penetración, es decir de alguna manera, si algo existe que podemos llamar punto agujero de tal suerte que el corte, aún cuando se aproxime hasta confundirse con ese punto, haga el rodeo de ese agujero? Es en efecto lo que hay que concebir, pues en tanto trazamos un corte tal, he aquí en qué desembocamos: tomen, si quieren, la figura 1, transfórmenla en figura 3 y consideren de lo que se trata entre las dos orejas que quedan ahí a nivel de A, y de B que estaría detrás. Es algo que puede aún separarse indefinidamente hasta el punto en que el conjunto del aparato tome este aspecto, figura 5, representando esas dos partes de la figura los repliegues anterior y posterior que he dibujado en la figura 4. Aquí en el centro, esta superficie que dibujé en la figura 4 aparece aquí también en la figura 5. Ella esta ahí en efecto, detrás. (183) gráfico(184) De todos modos algo en ese punto debe ser mantenido que es de alguna manera el esbozo de la fabricación mental de la superficie, a saber en relación a este corte que es aquel en torno al cual se construye realmente la superficie. Pues esta superficie que ustedes quieren mostrar, conviene concebirla como una cierta manera de organizar un agujero, ese agujero cuyos bordee están aquí figurados. El esbozo es el punto de donde conviene partir para que puedan hacerse, de una manera que construya efectivamente la superficie de la que se trata, las junturas, borde a borde que están aquí dibujadas, a saber que ese borde ahí, después seguramente de todas las modificaciones necesarias a su descenso a través de la otra superficie y ese borde ahí vienen a juntarse con aquel que hemos llevado en esta parte de la figura 4: a con a'. El otro borde, por el contrario debe venir a conjugarse se el sentido general de la flecha flecha con ese borde ahí: d con d'. Es una conjunción que no es concebible más que a partir de un esbozo que se significa como el recubrimiento, tan puntual como quieran, de esta superficie por ella misma en un punto, es decir de algo que está aquí en un pequeño punto donde ella está hendida y donde viene a recubrirse si misma. Es en torno a esto que se opera el proceso de construcción. Si ustedes no tienen esto, si consideran que el corte B que han hecho aquí atraviesa el punto-agujero no contorneándolo como los otros cortes en un rodete sino por el contrario viniendo a contarlo aquí, a la manera en que, en un toro, podemos considerar que un corte se produzca así: ¿Qué deviene esta figura? Ella toma un aspecto muy diferente. Esto es lo que deviene: Deviene pura y simplemente la forma más simplificada del repliegue hacia delante y hacia atrás de la superficie figura 4, es decir que lo que ustedes han visto figurado 4 organizarse según una forma que viene a entrecruzarse borde a borde según cuatro segmentos, viniendo el segmento a sobre el segmento a': es un segmento que llevaría el N° 1 en relación a otro que llevaría el N°3 en relación a la continuidad del corte así dibujado, luego, un segmento N°2 con el segmento N° 4. Aquí, última figura, no tiene más que dos segmentos. Debemos concebirlos como pegándose uno al otro por una completa inversión de uno en relación al otro. Es muy difícilmente visualizable. Pero el hecho de que lo que está de un lado está en sentido opuesto nos muestra aquí la estructura pura, aunque no visualizable de la banda de Moebius. La diferencia de lo que se produce cuando ustedes practican este corte simple sobre el plano proyectivo con el plano proyectivo mismo es que pierden uno de los elementos de su estructura no hacen sino una simple y pura banda de Moebius, con la salvedad de que no ven aparecer en ninguna parte lo que es esencial en la estructura de la banda de Moebius: un borde. Este borde es absolutamente esencial en la banda de Moebius. En efecto, en la teoría de las superficies -no puedo extenderme aquí de una manera enteramente satisfactoria para determinar propiedades tales como el género, el número de conexiones, la carácterística, todo lo que hace al interés de esta topología, ustedes deben hacer entrar en línea de cuentas que la banda de Moebius tiene un borde y no tiene más que uno, que está construida sobre un agujero. No es por el placer de la paradoja que digo que las superficies son organizadoras del agujero. Aquí entonces, si se trata de una banda de Moebius, esto significa que aunque en ninguna parte haya lugar de representare o es necesario que el agujero permanezca. Para que sea una banda de Moebius pondrán entonces ahí un agujero, por pequeño que sea. Por puntiforme que sea, cumplirá topológicamente exactamente las mismas funciones que aquellas del borde completo en eso que ustedes pueden dibujar cuando dibujan una banda de Moebius, es decir aproximadamente algo como esto: Como se los he hecho observar, una banda de Moebius es tan simple como esto. Una banda de Moebius no tiene sino un borde. Si sigue su borde habrán hecho la vuelta de todo lo que es borde sobre esta banda y de hecho no es sino un agujero, algo que puede aparecer como puramente circular, subrayando los dos lados invirtiendo uno por relación al otro pegándose, quedarla que sería necesario para que se trate de una banda de Moebius que conservemos bajo una forma así tan reducida como posible la existencia de un agujero. Es efectivamente lo que nos indica el carácter irreductible de la función de ese punto. Y si intentamos articularla, mostrar su función, somos llevados, designándolo como punto origen de la organización de la superficie sobre el plano proyectivo, a reencontrar ahí que no completamente las del borde de la superficie de Moebius, pero que son sin embargo algo de tal modo un agujero que si se pretende suprimirlo por esta operación de sección por el corte que pasa por ese punto, es en todo caso un agujero que se hace aparecer, de la manera más indiscutible. ¿Qué quiere decir esto? Para que esta superficie funcione con sus propiedades completas, y particularmente la de ser unilateral como la banda de Moebius, a caber que un sujeto infinitamente chato que se paseara puede, partiendo de un punto cualquiera, exterior, de su superficie, volver por un camino extremadamente corto y sin tener que pasar por ningún borde al punto inverso de la superficie de la que ha partido, para que esto pueda producirse, es necesario que en la construcción del aparato que llamamos plano proyectivo haya en alguna parte, por reducido que lo supongan, esta suerte de fondo que está representado aquí, ese culo del aparato; debe quedar un pequeño fragmento de la parte que no está estructurada por el entrecruzamiento, por pequeño que sea, sin el cual la superficie deviene otra cosa y particularmente no presenta más esta propiedad de funcionar como unilátera. Otra manera de poner en valor la función de este puntos el cross-cap no puede dibujarse pura y simplemente como algo que estarla dividido en dos por una línea donde se entrecruzarían las dos superficies. Debe quedar aquí algo que más allá del punto lo rodee, algo como una circunferencia por reducida que sea, una superficie que permite hacer comunicar los dos lóbulos superiores, si se puede decir, de la superficie así estructurada, Es esto lo que nos muestra la función paradojal y organizadora del punto. Pero lo que esto nos permite articular ahora, es que ese punto esta hecho por el pegamiento de dos bordes de un corte, corte que no podría él mismo de ninguna manera ser reatravesado, ser recortable, corte que ustedes ven aquí de la manera que se los he dibujado como deducida de la estructura de la superficie y que es tal que se puede decir que si definimos arbitrariamente algo como interior y como exterior -poniendo por ejemplo en azul sobre el dibujo lo que es interior y en rojo lo que es exterior- a uno de los bordes de ese punto el otro se presentarla así que está hecho de un corte, por mínimo que puedan suponerlo, de la superficie que viene a superponer se al otro. En este corte privilegiado, lo que se afrontará sin reunirse será un exterior con un interior, un interior con un exterior. Tales son las propiedades que les presento, se podría expresar esto bajo una forma erudita, más formalista, más dialéctica, bajo una forma que me parece no sólo suficiente sino necesaria para poder enseguida imaginar la función que pretendo darle para nues tro uso. Les he hecho observar que el doble corte es la primer forma de corte que introduce en la superficie definida como cross-cap del plano proyectivo, el primer corte, el corte mínimo que obtiene la división de esta superficie.. Les he ya, indicado la última vez a qué conducta, esta división y lo que ella significaba. Se los he mostrado en figuras muy precisas que ustedes tienen, lo espero, tomadas en notas, y que consistían en probarles que esta división tiene justamente por resulta de dividir la superficie en: 1) una superficie de Moebius, es decir una superficie unilátera del tipo de la figura. Falta gráfico en el original Esta conserva, si se puede decir, en ella, una parte solamente de las propiedades de la superficie llamada cross-cap y, justamente esta parte particularmente interesante y expresiva que consiste en la propiedad unilátera; y en la que es desde siempre puesto en valor en tanto he hecho circular entre ustedes pequeñas bandas de Moebius de mi fabricación, a saber que se trata de una superficie izquierda, que es, diremos en nuestro lenguaje, especularizable, que su imagen en el espejo no podría serle superpuesta, que está estructurada por una disimetría profunda. Es todo el interés de esta estructura que les demuestro: es que la parte central por el contrario, lo que llamaremos la pieza central aislada por el doble corte, siendo manifiestamente aquella que comporta con ella la verdadera estructura de todo el aparato llamado cross-cap, basta mirarla, diría, para verlo, para imaginar que, de una manera cualquiera, se reúnen aquí los bordes en los puntos de correspondencia que presentan visualmente para que sea enseguida reconstituída la forma general de ese plano proyectivo o cross-cap. Pero con este corte lo que aparece es una superficie que tiene ese aspecto que pienso ustedes ahora pueden considerar como algo que para ustedes, alcanza una suficiente familiaridad como para que la proyecten en el espacio, esta superficie que se atraviesa a sí misma según una cierta línea que se detiene en un punto. Es esta línea y es sobre todo ese punto los que dan a la forma de doble giro de este corte su significación privilegiada desde el punto de vista esquemático, porque es ésta de la que vamos a fiarnos para darnos un esquema de representación esquemática de lo que es la relación S/ corte de a, lo que no llegamos a aprehender a nivel de la estructura del toro, a saber de algo que nos permite articular esquematicamente la estructura del deseo, la estructura del deseo en tanto que formalmente la hemos ya inscrito en ese algo del que decimos nos permite concebir la estructura del fantasma $ corte de a. $(a. No agotaremos hoy el tema, pero intentaremos introducir para ustedes de esta figura en su función esquemática -es suficiente mente ejemplar para permitirnos encontrar la relación de $ corte de a, la formalización del fantasma en su relación con algo que se inscribe en lo que es el resto de la superficie llamada plano proyectivo cuando la pieza central es de alguna manera enucleada. Se trata de una estructura especularizable, profundamente desimétrica que va a permitirnos localizar el campo de esta disimetría del sujeto en relación al otro, especialmente concerniente a la función esencial que ahí juega la imagen especular. Tenemos aquí en efecto de lo que se trata la verdadera función imaginaria, si se puede decir, en tanto interviene a nivel del deseo, es una relación privilegiada con a, objeto del deseo, término del fantasma, digo término ya que hay dos, $ y a, ligados por la función del corte. La función del objeto del fantasma, en tanto término de la función del deseo, esta función está oculta. Lo que hay de más eficiente, de más eficaz en la relación del objeto tal como la entendemos en el vocabulario actualmente recibido del psicoanálisis, está marcado de un velamiento máximo. Se puede decir que la estructura libidinal, en tanto marcada por la función narcicística, es lo que para nosotros recubre y enmascara la relación al objeto. Es en: santo la relación narcicística narcicismo secundario, la relación a la imagen del cuerpo como tal, está ligada por algo estructural a esta relación al objeto que es la del fantasma fundamental, que toma todo su peso. Pero eso de estructural de lo que hablo es una relación complementaria, es en tanto la relación del sujeto mareado por el rasgo unario encuentra un cierto apoyo que es de engaño, que es de error, en la imagen constitutiva dé la identificación especular que tiene su relación indirecta con lo que se oculta detrás de ella, a saber la relación de objeto, la relación al fantasma fundamental,. Hay entonces dos imaginarios, el verdadero y el falso; y falso se sostiene en esta suerte de subsistencia a la cual quedan adheridos todos los espejismos del "desconocer-me" (mé- connaître) -he ya introducido ese juego de palabras, me-connaisance: el sujeto se "mé-connaît"(desconoce) en la relación del espejo. Esta relación de espejo puede ser comprendida como tal, debe ser situada sobre la base de esta relación al Otro que es fundamento del sujeto, en tanto nuestro sujeto es el sujeto del discurso, el sujeto del lenguaje. Es situando lo que es S/ corte de a en relación a la deficiencia fundamental del otro como lugar de la palabra, en relación a lo que es la única respuesta definitiva a nivel de la enunciación, el significante de A/, del testigo universal en tanto hace defecto que en un momento dado no tiene más que una función de falso testigo, es situando la función de a en ese punto de desfallecimiento mostrando el soporte que encuentra el sujeto en ese a que es lo que apuntamos en el análisis como objeto del idealismo clásico, que no tiene nada en común con el objeto del sujeto hegeliano. Es articulando de la manera más precisa ese a en el punto de carencia del Otro que es también el punto en que el sujeto recibe de este Otro, como lugar de la palabra, su marca mayor, la del rasgo unario, la que distingue nuestro sujeto del sujeto de la transparencia del conocimiento del pensamiento clásico, como un sujeto enteramente ligado al significante en tanto ese significante es el punto de giro(tournant), de su rechazo, de él, sujeto, de toda la realización significante, es mostrando a partir de la fórmula S/ ( a como estructura del fantasma, la relación de este objeto a con la carencia del Otro, que vemos como, en un momento, todo retrocede, todo se borra en la función significante ante la ascensión, la irrupción de este objeto. Es hacia lo cual podemos avanzar aunque sea la zona más velada, la más difícil de articular de nuestra experiencia. Pues justamente tenemos de esto el control en esto que por esas vías que son las de nuestra experiencia, vías que recorremos, lo más habitualmente aquellas del neurótico, tenemos una estructura que no se trata del todo de cargar as! sobre, las espaldas de chivos, emisarios. A ese nivel, el neurótico como el perverso, como el psicótico mismo, no son sino caras de la estructura normal. Se me dice a menudo luego de estas conferencias: cuando usted habla del neurótico y de su objeto que es la demanda del Otra, a menos que su demanda sea el objeto del otro, que nos hable del deseo normal! Pero justamente hablo de esto todo el tiempo., El neurótico es el normal en tanto para él el Otro con una A' tiene toda la importancia el perverso es el normal en tanto que para él el Phallus -el mayúsculo que vamos a identificar a ese punto que da a la pieza central del plano proyectivo toda su consistencia- el Palo tiene toda la importancia. Para el psicótico el cuerpo propio; que debe ser distinguido en su lugar (place), en esta estructuración del deseo, el cuerpo propio tiene toda la importancia. Y no son aquí más que caras en las que algo se manifiesta de este elemento de paradoja que ea aquel que voy a intentar articular ante ustedes a nivel del deseo. Ya, la última vez, les di un anticipo mostrándoles lo que puede haber ahí de distinto en la función en tanto emerge del fantasma, es decir de algo que el sujeto fomenta, intenta producir en el lugar ciego, en el lugar oculto que es aquel cuya pieza central da el esquema. Ya a propósito el neurótico y precisamente del obsesivo les indicaba cómo puede concebirse que la búsqueda del objeto sea la verdadera mira, en el fantasma obsesivo, de esta tentativa siempre renovada y siempre impotente de esta destrucción de la imagen especular en tanto que es ella a lo que el obsesivo apunta, que siente como obstáculo a la realización del fantasma fundamental. Les he mostrado que esto esclarece muy bien lo que ocurre a nivel del fantasma en,: absoluto sádico sino sadeano, es decir aquel que he tenido la ocasión de deletrear ante ustedes, para ustedes, con ustedes en el seminario sobre la ética, en; la medida en que, realización de una experiencia interior que no se puede reducir enteramente alas contingencias del cuadro conocible de un esfuerzo del pensamiento :concerniente a la relación del sujeto a la naturaleza, es en la injuria a la naturaleza que Sade intenta definir la esencia, del deseo humano. Y está ahí aquello con lo que hoy podría introducirlos en la dialéctica de la que se trata. Si, en alguna parte podemos conservar todavía la noción de conocimiento es seguramente fuera del campo humano. Nada hace obstáculo a que pensemos, nosotros positivistas, marxistas, todo lo que quieran, que fa, naturaleza, ella, se conoce. Ella tiene seguramente sus preferencias. Ella no toma, cualquier material. Es lo que nos deja hace algún tiempo: el campo, nosotros, para encontrar montones de otros y divertidos, que ella precisamente había dejado de lado. De la manera que ella se conozca, no vemos ahí ningún obstáculo. Es cierto que todo el desarrollo de la ciencia, en todas sus ramas, se hace para nosotros, de una manera que vuelve cada vez más clara la noción de conocimiento. La connaturalidad con cualquier medio en el campo natural, es lo que hay de más extraño, cada vez más extraño al desarrollo de esta ciencia. ¿Es que no es justamente ésta que vuelve tan actual que nos adelantemos en, la estructura del deseo tal como nuestra experiencia justamente, efectivamente, nos la hace sentir todos los días? El nudo del deseo inconsciente su relación de orientación, de imantación, si se puede decir, es absolutamente central en relación a todas las paradojas del desconocimiento humano. ¿No se sostiene acaso su fundamento en el hecho de que el deseo humano es una función acósmica? Es por lo cual intento para ustedes fomentar esas plásticas, puede parecerles ver una reactualización de antiguas técnicas imaginarias que son las que les he enseñado a leer bajo la forma de la esfera en Platón. Podrán decirse eso. Ese pequeño punto doble,: ese rombo, nos muestra que ahí está el campo donde se cierne el; verdadero resorte de la relación entre lo posible y lo real. Lo que constituye todo el encanto, toda la seducción largamente proseguida por la lógica clásica, el verdadero punto de interés de la lógica formal -entiendo la de Aristóteles es lo que ella supone y lo que ella excluye y que es verdaderamente su punto pivote a saber el punto del imposible en tanto aquel del deseo. Volveré sobre esto. Entonces, ustedes podrán decirse que todo lo que estoy por explicarles es la continuación del discurso precedente . Los -déjenme emplear esta fórmula- asuntos de Théo. Pues al fin de cuentas conviene darle un nombre a ese Dios con el que nos hacemos gárgaras Un poquito demasiado románticamente en la garganta bajo esta suerte de sentencia que habríamos dado feliz golpe diciendo que Dios está muerto. Hay dios y dios. Les he ya dicho que están los que son absolutamente reales. Estaríamos equivocados en desconocer su realidad. El Dios que está en causa y cuyo problema no podemos eludir como un problema que es asunto nuestro, un problema en el cual debemos tomar partido,: éste, por la distinción de términos, haciendo eco a :Beckett que lo ha llamado un día Godot, ¿porqué no haberlo llamado con su verdadero nombre, el Ser supremo? Si recuerdo bien por otra parte, la amiguita de Robespierre tenía ese nombre por nombre propio, creo que se llamaba Catherine Théot. Es cierto que toda una parte de la elucidación analítica, y para decirlo todo, toda la historia del padre en Freud, es nuestra; contribución esencial a la función de Théo en un cierto campo, muy precisamente en ese campo que encuentra sus límites en el borde del doble corte en tanto es el que determina los carácteres estructurantes, el núcleo fundamental del fantasma en la teoría como en la práctica. Si algo puede articularse que pone en balanza los dominios de Théo, que se revelan no ser tan totalmente reducidos, ni reductibles, ya que nos ocupamos tanto que, desde hace algún tiempo, perdemos si puedo decir el alma, el zumo y lo esencial, No se sabe más que decir. Ese padre parece reabsorverse en una nube cada vez más lejana y al mismo tiempo dejar singularmente en suspenso el alcance de nuestra practica. Que haya ahí en efecto algún correlativo histórico no es en absoluto superfluo que lo evoquemos cuando se trata de definir aquello con lo cual tenemos que vérnosla su nuestro dominio. Creo que es tiempo. Es hora, porque ya bajo mil formas concretizadas, articuladas, clínicas y prácticas, un cierto sector se desprende en la evolución de nuestra práctica, que es distinta de la relación al Otro, A, como fundamental, como estructurante de toda la experiencia cuyos fundamentos hemos encontrado en el inconsciente. Pero su otro polo tiene todo el valor que he llama do hace un rato complementario, aquel sin el cual vagamos, quiero decir aquel sin el cual volvemos, como un retroceso, una abdicación, a algo que ha sido la ética de la era teológica, aquella cuyos orígenes les he hecho sentir ciertamente guardando todo su valor, en ene frescura original que le han conservado los diálogos de Platón. Qué vemos después de Platon si no es la promoción de lo que ahora se perpetúa bajo la forma polvorienta de esta distinción de la que es verdaderamente un escándalo que se pueda aún encontrar bajo la pluma de un analista, del yo-sujeto y del yo-objeto. Háblenme de caballero y de caballo, del diálogo del alma y del deseo. Pero justamente se trata de esta alma y este deseo, ese reenvía del deseo al alma en el momento en que precisamente no se trataba sino del deseo, en suma, todo lo que les he mostrado el último año en la Transferencia. Se trata de ver esta claridad más esencial que podemos aportar es que el deseo no está de un lado. Si tiene la apariencia de ser ese no-manejable que Platón describe de una manera tan patética, tan conmovedora y que el alma superior está destinada a dominar, a cautivar, seguramente es que hay una relación, pero la relación es interna, y divisarla la es justamente dejarse llevar a un error que se sostiene en que esta imagen del alma, que no es otra que la imagen central del narcisismo secundario tal como lo he definido hace un rato y sobre el cual volveré, no funciona sino como vía de acceso, aún de acceso engañoso , pero vía de acceso orientado como tal al deseo. Es cierto que Platón no lo ignoraba. Y lo que vuelve a su empresa tanto más extrañamente perversa es que él nos la oculta. Pues les hablaré, del Faloen su doble función, la que nos permite verlo como -el punto, común de eversión si puedo decir, evergencia, si puedo adelantar aquí el término como construido al revés del deconvergencia: si ese falo pienso poder articular de un lado su función a nivel del S/ del fantasma y a nivel del a que por el deseo autentifica, desde hoy les indicaré el parentesco de las paradojas con esta imagen misma que les da ese esquema de la figura ya que nada más que ese punto asegura a esta superficie así recortada su carácter de superficie unilátera, pero le asegura a él enteramente, haciendo verdaderamente de S/ el soporte de a. Pero no vayamos demasiado rápido, a seguramente es el corte de S. La realidad que apuntamos en esta objetalidad o esta objetividad que somos los únicos para definir, es verdaderamente lo que unifica al sujeto para nosotros. ¿Y qué hemos visto en el diálogo de Sócrates con Alcibiades? Es que esta comparación de este hombre llevada al pináculo del homenaje apasionado con una caja: esta caja maravillosa, como siempre ha existido donde el hombre ha sabido construirse objetos, figuras de lo que es para él el objeto central, el del fantasma fundamental, ¿contiene qué, dice Alcibiades a Sócrates?. El agalma. Comencemos a entrever lo que el agalma es: algo que no debe tener poca relación con ese punto central que da su acento, su dignidad al objeto a. Pero las cosas, de hecho, deben invertirse a nivel del objeto. Ese falo, si está tan paradojalmente constituído que es necesario siempre poner mucha atención a lo que es la función envolvente y la función envuelta, creo que es más bien en el corazón del agalma que Alcibiades busca eso a lo cual hace llamado, en ese momento en que el Banquete termina en algo que somos los únicos capaces de leer, aunque sea evidente, ira que lo que él busca, eso ante lo cual se prosternará eso a lo cual hacia ese llamado impúdico, ¿es qué? Sócrates como deseante, cuya confesión quiere. En el corazón del agalma lo que busca en el objeto se manifiesta como siendo el puro (escritura en griego) pues lo que quiere no es decirnos que Sócrates es amable, es decirnos que lo que él desea más en el mundo es ver a Sócrates deseante. Esta implicación subjetiva radical en el corazón del objeto mismo del deseo donde pienso que de todos modos ustedes se hallarán un poco simplemente porque podrán hacerlo entrar en el viejo cajón del deseo del hombre y el deseo del Otro. Es algo que podremos puntuar más precisamente. Vemos que lo que lo organiza es la función puntual, central, del Falo. Y ahí tenemos a nuestro viejo encantador, pudriéndose o no, pero encantador seguramente, aquel que sabe algo sobre el deseo, que envía a nuestro Alcibíades sobre las rosas ¿diciéndole qué? Ocuparse de su alma, de su yo, de devenir lo que él no es: un neurótico para los siglos más tarde, un hijo de Théo. ¿Y porqué? ¿Qué es este reenvío de Sócrates a un ser tan admirable como Alcibíades? En lo que el agalma es manifiestamente él que lo es, como creo haberles manifestado ante ustedes, es pura y manifiestamente que el falo, Alcibíades lo es. Simplemente nadie puede saber de quién él es el falo, Para ser Falo en ese estado ahí, hay que tener una cierta estofa. No carecía de esto seguramente y los encantos de Sócrates permanecen sin poder sobre Alcibíades, sin ninguna duda. Pasa sobre los siglos que han seguido de la ética teológica hacia esta forma enigmática y cerrada pero que sin embargo el Banquete nos indica en el punto de partida y con todos los complementos necesarios, a saber que Alcibíades, manifestando su llamado al deseante en el corazón del objeto privilegiado no hace sino aparecer en una posición de seducción desenfrenada en relación al que he llamado el boludo fundamental, que para colmo de la ironía Platon connota con el nombre propio del Bien mismos Agathon, el Bien Supremo no tiene otro nombre en su dialéctica. ¿Es que no hay acaso allí algo que muestra suficientemente que no hay nada de nuevo en nuestra búsqueda? Ella vuelve al comienzo para, esta vez, comprender todo lo que ha pasado después. 20 de Junio de 1962 Se aproxima el tiempo de fin de año. Mi discurso sobre la identificación no podrá por supuesto agotar su campo. Sin embargo no puedo experimentar al respecto ningún sentimiento de haber fallado. Este campo, en efecto, alguien se inquietaba un poco al comienzo,. no sin fundamento, de que hubiera elegido una temática que le parecía permitiría aún para nosotros ser instrumento del "todo y en todo"; intenté por el contrario mostrarles el rigor estructural que se vincula a él. Lo hice partiendo del segundo modo de identificación distinguido por Freud, el que sin falsa modestia creo haber vuelto de ahí en más impensable para todos ustedes sino bajo el modo de la función del rasgo unario. El campo en el que estoy desde que introduje el significante del ocho interior es el del tercer modo de identificación esa identificación en la que el sujeto se constituye como deseo,. y en la que todo nuestro discurso precedente nos impedía desconocer que el campo del deseo no es concebible para el hombre sino a partir de la función del Otro: el deseo del hombre se sitúa -en el lugar del Otro y se constituye allí precisamente como ese modo de identificación original que Freud nos enseña a: separar empíricamente -lo que no quiere decir que su pensamiento sea empírico en ese puntobajo la forma de lo que nos es dado en nuestra experiencia clínica, especialmente a propósito de esta forma tan manifiesta de constitución del deseo que es el de la histérica. Contentarse con decir: hay identificación ideal y además identificación del deseo al deseo, - eso puede funcionar por supuesto para un primer desbrozamiento del asunto, ustedes deben verlo claramente. El texto de Freud no deja las cosas allí, y no deja las cosas allí en la medida en que ya en el interior de las obras mayores de su tercera tópica, nos muestra la relación del objeto que no puede ser aquí más que el objeto del deseo, con la constitución del ideal mismo. Lo muestra en el plano de la identificación colectiva, de lo que es en suma una especie de punto de concurso de la experiencia por la que la unaridad del rasgo, si puedo decir, mi rasgo unario -es lo que quería decir- se refleja en la unicidad del modelo tomado como el que funciona en la constitución de ese orden de realidad colectiva que es, si se puede decir, la masa con una cabeza, el líder. Este problema, por local que sea, es sin duda el que ofrecía a Freud el mejor terreno para aprehender él mismo, en el punto en que elaboraba las cosas, en el nivel de la tercera tópica, algo que para él, no de una manera estructural, sino ligado de alguna manera a una especie de punto de concurrencia concreto, reúne las tres formas de la identificación. Ya que tanto la primera forma, la que permanecerá en suma en el borde, al término de nuestro desarrollo de este año, la que se ordena como la primera, también la más misteriosa, aunque aparentemente la primera puesta al día por la dialéctica analítica, la identificación al padre, está allí la identificación al líder, a la masa, y está allí de algún modo implicada, sin estar del todo implicada, sin estar del todo incluida en su dimensión total, su dimensión íntegra. La identificación al padre hace entrar en efecto en cuestión algo de lo que se puede decir que, ligado a la tradición de una aventura propiamente histórica al punto de que podemos probablemente identificarla a la historia misma, abre un campo que no hemos siquiera soñado hacer entrar en nuestro interés este año, faltos de poder estar allí enteramente verdaderamente absorbidos. Tomar inicialmente por objeto la primer forma de identificación hubiera sido comprometer enteramente nuestro discurso sobre la identificación en los problemas de Tótem y Tabú, la obra, para Freud, de la que se puede decir era para Freud lo que se puede denominar "die Sache selbst", la cosa misma, y de la que se puede decir también lo seguirá siendo en sentido hegeliano, en la medida en que para Hegel "die Sache selbst", la obra, es en suma todo lo que justifica, todo en lo que merece subsistir ese tema que no fue, que no vivió, que no sufrió, poco importa, sólo esta exteriorización esencial con una vía trazada por él por una obra -es eso, en efecto, lo que se observa y que quiere permanecer sólo fenómeno en movimiento de la conciencia , y bajo este ángulo se puede decir en efecto que tenemos razón, que estaríamos más bien equivocados de no identificar el legado de Freud, si hubiera que limitarse a su obra, a Tótem y Tabú. Pues el discurso sobre la identificación que yo he proseguido este año, por lo que ha constituido como aparato operatorio, -creo que no pueden sino estar a punto de comenzar a ponerlo en uso- pueden aún antes de probarlo, apreciar su importancia que no podría dejar de ser totalmente decisiva, en todo lo que es por el momento llamado a la actualidad de una formulación urgente, de primer orden, el fantasma. Quería marcar que era esa la etapa previa esencial, que exige absolutamente una antecedencia propiamente didáctica para que pueda articularse convenientemente la falle, la falta, la pérdida en la que estamos para poder referirnos con un mínimo de conveniencia a aquello de lo que se trata en lo que concierne a la función paterna. Hago precisamente alusión a esto que podemos calificar como el alma del año 1962, en el que aparecen dos libros de Claude Levy-Strauss "El totemismo" y "El Pensamiento salvaje". No creo que ni un sólo analista no haya tomado conocimiento de eso sin sentirse a la vez -para todos aquellos que siguen esta enseñanza- reafirmados, reasegurados, y sin encontrar allí el complemento, puesto que por supuesto él tiene la holgura de extenderse en campos que no puedo traer aquí más que por alusión, para mostrarles el carácter radical de la constitución significante en todo lo que pertenece, digamos, a la cultura, aún cuando por supuesto -él lo subraya - no es esto marcar un dominio cuya frontera seria absoluta. Pero al mismo tiempo, en el interior de sus tan pertinentes exhausiones del modo clasificatorio del que se puede decir que el pensamiento salvaje es menos el instrumento que de algún modo el efecto mismo, la función del tótem y tabú parece enteramente reducida a esas oposiciones significantes. Sin embargo queda claro que esto no podría resolverse sino de una manera impenetrable si nosotros, analistas, no somos capaces de introducir aquí algo que está al mismo nivel que este discurso, a saber, como este discurso, una lógica. Es esta lógica del deseo, esta lógica del objeto del deseo de la que les he dado este año el instrumento al designar el aparato por el cual podemos aprehender algo que, para ser válido, no puede más que haber sido desde siempre la verdadera animación de la lógica, quiero decir allí donde, en la historia de su progreso, ella se ha hecho sentir como algo que ebria el pensamiento. No es menos cierto que este resorte secreto permanecía tal vez oculto, que la lógica no interesó, no implicó el movimiento de este mundo que no es nada: se lo denomina mundo del pensamiento, en una cierta dirección que, por ser centrífuga no estaba de todos modos menos determinada por algo que se refería a un cierto tipo de objeto que es aquel en el que por el momento nos interesamos. Lo que definí la última vez como el punto, el punto F en una cierta manera nueva de delimitar el circulo de connotación del objeto, es lo que nos lleva al umbral de tener, antes de separarnos este año, que plantear la función de ese punto F ambigüo, se los he dicho, no sólo en la mediación sino en la constitución inherente una a otra, no sólo como el reverso aquí valdría el derecho, sino como un reverso, les he dicho, que sería la misma cosa que el derecho, del $ y del punto a en el fantasma, en el reconocimiento de lo que es el objeto del deseo humano, a partir del deseo en el reconocimiento de aquello por lo que en el deseo del sujeto no es ninguna otra cosa sino el corte de este objeto. Y cómo la historia individual -ese sujeto discurrente, donde este individuo no está más que comprendido- está orientada, pivotando, polarizada por ese punto secreto y tal vez en último término nunca accesible, si es cierto que hay que admitir con Freud, al menos por un tiempo en la irreductibilidad de una Urverdrängung la existencia de este ombligo del deseo en el sueño, del que habla en la Traumdeutung, es esto cuya función no podemos omitir en toda apreciación de los términos en los cuales descomponemos las caras de ese fenómeno nuclear. Es por lo que, antes de reencontrar la clínica, siempre demasiado fácil para colocarnos en las impresiones de verdades a las que nos acomodamos muy bien en estado velado: a saber: ¿qué es el objeto del deseo para el neurótico, o aún para el perverso, o aún para el psicótico? No es esto este muestreo, esta diversidad de colores lo que no nos servirá nunca sin para hacernos perder cartas que non interesantes. "Deviene lo que eres" dice la fórmula de la tradición clásica. Es posible. Voto piadoso. Lo que es seguro es que tú devienes lo que tú desconoces. La manera en que el sujeto desconoce los términos,. los elementos y las funciones entre las cuales se juega la suerte del deseo, en la medida precisamente en que en alguna parte le aparece bajo una forma develada de sus términos, es esto por lo cual cada uno de aquellos que hemos llamado neurótico, perverso, y psicótico, es normal. El psicótico es normal en su psicosis, y por otra parte porque el psicótico en su deseo tiene relación al cuerpo; el perverso es normal en su perversión porque tiene relación en su vare edad al falo y el neurótico, porque tiene relación al Otro, al gran otro como tal. Es en esto que son normales, porque son los tres términos normales de la constitución del deseo. Esos tres términos seguramente están siempre presientes Por el momento,. no se trata de que lo estén en uno cualquiera de esos sujetos, sino aquí, en la teoría. Es por esto que no puedo avanzar en línea recta. Es que a cada paso me viene la necesidad de rehacer con ustedes el punto, no tanto en una inquietud de que me comprendan "¿Se atiene usted a lo que le comprendemos?" se me dice de tiempo en tiempo, son amabilidades que escucho en mis análisis. Evidentemente sí. Pero lo que constituye la dificultad, es la necesidad de hacerles ver que en ese discurso ustedes están comprendidos; es a partir de ahí que puede ser engañador, porque ustedes están ahí comprendidos de todas maneras; y el error puede venir únicamente de la manera en que ustedes conciben que están ahí comprometidos. He sido sorprendido al leer, ayer por la mañana, a la hora en que la huelga de electricidad no habla aún comenzado, el trabajo de uno de mis alumnos sobre el fantasma. Mi Dios, no malo. Seguramente,.. eso, no es todavía la puesta en acción de los aparatos de los que he hablado, pero finalmente la única colación de pasajes de Freud en que él habla del fantasma de un modo absolutamente genial. Cuando uno se pregunta que pertinencia, en ausencia de todo lo que se puede decir, esas aberturas han condicionado después, de dónde la primera formulación puede haber encontrado esta pertinencia para permanecer de alguna manera ahora marcada por el poinçon mismo con el que intento aislar las cosas. Esta pulsión que se hace sentir del interior del cuerpo, esos esquemas enteramente estructurados por esas prevalencias topológicas, no hay sino ahí, que es el acento. ¿Cómo definir lo que funciona proveniente del exterior y proveniente del interior? Qué increíble vocación de chatura ha sido necesaria en lo que se puede llamar la mentalidad de la comunidad analítica para creer que es la referencia a lo que se denomina la "instancia biológica". No que esté diciendo que un cuerpo, un cuerpo vivo -no estoy bromeando- no sea una realidad biológica, sólo hacerlo funcionar en la topología freudiana como topología y ver no sé qué biologismo que seria radical, inaugural, coextensivo de la función de la pulsión, es lo que constituye toda la amplitud, todo él hiato (béance) de lo que se denomina un contrasentido, un contrasentido absolutamente manifiesto en los hechos, a saber, que como no hay necesidad de hacerlo observar, hasta nueva orden, es decir, la revisión que esperamos en la biología, no hay rastro de un descubrimiento biológico, ni siquiera fisiológico, ni estesiológico, que haya sido realizado por la vía del análisis -estesiológico quiere decir un descubrimiento sensorial, algo que se hubiera podido encontrar de novedoso en la manera de sentir las cosas-; el contrasentido es muy fácil de definir: es que la relación de la pulsión al cuerpo está en todas partes marcada en Freud; topológicamente, eso no tiene el mismo valor de remisión, la idea de una dirección, que un descubrimiento de una investigación biológica. Es seguro que el "qué es un cuerpo", ustedes lo saben, no es ni siquiera una idea esbozada en el consensus del mundo filosofante en el momento en que Freud esboza su primera tópica; toda la noción del Dasein posterior, si puedo decir, construida para darnos la idea primitiva que se puede tener de lo que es un cuerpo, como un allí constituyente de ciertas dimensiones de presencia -y no les voy a resumir Heidegger, porque si les hablo de él es que pronto van a tener un texto del que les dije es fácil, y ustedes tomarán la palabra. En todo caso, la facilidad con que lo leemos actualmente prueba que lo que él ha lanzado en la corriente de las cosas está perfectamente en circulación; esas dimensiones de presencia de la manera que se las llame, el Miltsein, In-der-Welt-sein, y todo lo que ustedes quieran, todas las mundanidades tan diferentes y distintas; pues se trata justamente de distinguirlas del espacio: latum, longum y profundum, lo que no tiene dificultad para mostrarnos que no está allí sino la abstracción del objeto, y porque también esto se propone como tal en ese Descartes que puse este año al inicio de mi exposición. la abstracción del objeto como subsistiendo, es decir, ordenado ya en un mundo que no es simplemente un mundo de coherencias de consistencia sino nucleado del objeto del deseo como tal. Todo esto produce en Heidegger admirables irrupciones en nuestro mundo mental. Déjenme decirles que, si hay personas que por deber no estar satisfechas en ningún nivel, son los psicoanalistas, soy yo. Esta referencia sin duda sugestiva a lo que denominaré -no vean ninguna especie de tentativa de rebajar aquello de lo que se trata -una praxis artesanal, fundamento del objeto-utensilio, como descubriendo seguramente en el más alto grado esas primeras dimensiones de la presencia tan sutilmente destacadas que: son la proximidad, el alejamiento, como constituyendo los primeros lineamientos de este mundo, Heidegger debe mucho -me lo ha dicho- al hecho de que su padre fuera tonelero. Todo esto nos descubre algo con lo que eminentemente la presencia tiene que ver, y con lo que nos engancharíamos mucho más apasionadamente al plantear la cuestión de saber lo que tiene de común todo instrumento: la cuchara primitiva. la primera manera de cavar, de retirar algo de la corriente de las cosas, ¿qué tiene que ver esto con el instrumento del significante? Pero, al fin de cuentas, no esta todo para nosotros dencentrado desde el inicio ? Si eso tiene un sentido lo que Freud aporta, a saber que en el corazón de la constitución de todo objeto está la libido, si eso tiene un sentido, quiere decir que la libido no es simplemente el exceso de nuestra presencia práctica en el mundo, esto quiere decir que cuando la preocupación se relaja un poco, se empieza a coger. Es lo que como ustedes saben constituye la enseñanza por ejemplo de alguien que yo elijo, verdaderamente sin ningún escrúpulo, y en un espíritu de polémica, pues es un amigo, Alexander. El señor Alexander tiene por otra parte su lugar muy honorable en este concierto simplemente un poco cacofónico que se puede denominar la discusión teórica en la sociedad psicoanalítica norteamericana, tiene su lugar con pleno derecho, porque es evidente que seria un poco excesivo que se pudieran permitir, en una sociedad tan importante y oficialmente constituida como esta asociación americana, rechazar lo que coincide verdaderamente también con los ideales, con la práctica de un área que se denomina cultural, determinada. Pero finalmente es claro que aún esbozando una teoría del funcionamiento libidinal como constituido con la parte de excedente de una cierta energía, -de cualquier modo que la categoricemos: energía de supervivencia u otra-, es absolutamente negar todo el valor, no simplemente noético, sino la razón de ser de nuestra función de terapeutas, tal como definimos sus términos y propósitos. Aún cuando en el conjunto prácticamente nos acomodemos muy bien, nos encarguemos de conducir a la gente a sus asuntos, lo que es seguro es que aún cuando sujetemos ese resultado bajo la forma de éxitos terapéuticos, sabemos al menos lo siguiente: una de dos: o que lo hemos hecho por afuera de toda especie de vía propiamente analítica, y entonces lo que fallaba en el centro del asunto -pues se trata de eso- sigue fallando, o bien que si hemos llegado allí, es justamente en la medida -que no es allí más que el abc de lo que se nos enseña- en que no hemos buscado de ninguna manera arreglar el asunto, sino que hemos estado en otra parte, hacia lo que campaneaba, lo que vibraba en el centro, el nudo libidinal. Es por eso que todo resultado sancionable en el sentido de la adaptación -me disculpo, hago aquí un pequeño rodeo por banalidades, pero hay banalidades que hay que recordar de todos modos, sobre todo por que después de todo, recordadas de alguna manera, las banalidades, pueden perecer poco banales todo éxito terapéutico, es decir, llevar a la gente al bienestar de su Sorge, de sus "asuntitos" es más o menos siempre para nosotros en el fondo -lo sabemos, es por eso que no tenemos que vanagloriarnos- lo peor, una coartada, una sustracción de fondos, si puedo expresarme así. De hecho, lo que es aún más grave, nos prohibimos hacer más, sabiendo al mismo tiempo que esta acción muestra, de la que podemos vanagloriarnos cada tanto como de un éxito, se realiza por vías que no concierne al resultado. Gracias a esas vías alegamos en un lugar complementario, lo no conciernen más que por repercusión, a retoques; es lo máximo que se puede decir. ¿Cuando nos ocurre que resituemos al sujeto en su deseo?. Es una pregunta que dirijo a los que tienen aquí alguna experiencia como analistas, no a los otros, evidentemente. ¿Es concebible que un análisis tenga por resultado hacer entrar un sujeto en deseo, como se dice entrar en trance, en celo o en religión?. Es por esto que me permito plantear la cuestión en un punto local; el único al fin de cuentas decisivo, porque no somos apóstoles, es si esta cuestión no merece ser preservada cuando se trata de los analistas; pues para los otros, el problema plateado es: que es el deseo para que pueda subsistir, persistir en esta posición paradójicas. Pues es finalmente claro que de ninguna manera emito el anhelo por allí de que el efecto del análisis tenga que reunirse con aquel cumplido desde siempre por los sectores místicos, cuyas operaciones famosas, sin duda engañosas, a menudo dudosas en todos los casos la mayor parte del tiempo, no es aquello en lo que les pido especialmente interesarse, si no es de todos modos para situarlos como ocupando ese lugar global de llevar al sujeto a un campo que no es otra cosa que el campo de su deseo. Y para decir todo, habiendo pasado mi último fin de semana por una serie de rebotes, por tratar de ver el sentido de algunas palabras de la técnica mística musulmana, habla abierto esas cosas que practicaba en un tiempo, como todo el mundo, Quién no ha mirado un poquito esos indigestos y pesados libros de hinduismo, de filosofía, de no se que ascesis, que nos son dados en una terminología polvorienta y en general incomprendida, diría tanto más comprendida cuando el transcriptor es más bruto, es por eso que los trabajos ingleses son los mejores; no lean sobre todo los trabajos alemánes, se los ruego, son tan inteligentes que eso se transforma inmediatamente en Schopenhauer. Y además está René Guénon, del que hablo porque es un curioso lugar geométrico. ¡Veo en la cantidad de sonrisas la proporción de pecadores! ..Les juro que en una época, en el comienzo del siglo del que formo parte -no sé si eso continúa, pero veo que este nombre no es desconocido, y entonces debe continuar- toda la diplomacia francesa encontraba en René Guenón, ese imbécil, su maestro de pensamiento. ¡Ustedes ven el resultado! Es imposible abrir una de sus obras sin encontrar nada. que hacer porque lo que siempre dice es que debe cerrar el pico. Lo que tiene un encanto probablemente inextinguible; pues el resultado es que gracias a eso todo tipo de personas que probablemente no tenían gran cosa que hacer -como decía Briand: "Ustedes saben que nosotros no tenemos politice exterior, pues el diplomático debe estar en una atmósfera un poco irrespirable.."- y bien, esto les ayudó a permanecer en su pequeño caparazón... En resumen, todo esto no es para dirigirlos al hinduismo, pero de todos modos ya que me encuentro , no puedo decir "releyendo", porque no los he leído nunca, los textos hindúes, y como les digo, es siempre decepcionante desde el comienzo, pero acabo de rever, retranscriptos, aproximados a cosas mucho más accesibles de la técnica mística musulmana, por alguien maravillosamente inteligente, aunque presentando todas las apariencias de la locura, que se llama Louis Massignon -digo "las apariencias"- y refiriéndose al bodhi: a propósito de la elucidación de esos términos, el punto que pone en relieve de la función terminal -quiero decir que es el anteúltimo umbral a traspasar antes de la buscada liberación, ante la ascesis hindú-, la función que da al bodhi como el objeto -pues es eso lo que quiere decir, lo que por supuesto no está escrito en ninguna parte, salvo en este texto de Massignon, que encuentra la equivalencia con el man-sou (?) de la mística shiita -la función del objeto como punto de giro indispensable de esta concentración para alcanzar términos metafóricos de la realización subjetiva de la que se trata, que no es al fin de cuentas más que el acceso a ese campo del deseo que podemos llamar el deseante directamente. ¿Y cuál es el deseante? Está claro que aquellos que no han llegado ahí no saben nada y que es lo que molesta a todos los oficiantes del dominio ya constituido que denominé la última vez el de Théo, naturalmente la sospecha, la exclusión el olor de azufre de que está rodeado en todas las religiones la ascesis mística. Sea como fuere, la relación articulada a ese estadio, al estadio que se puede llamar de acabamiento de la involución, de la asunción del sujeto en un objeto elegido por otra parte por técnicas místicas con un orden muy arbitrario -puede ser una mujer, puede ser un tapón de botella me parecía coincidir perfectamente con la fórmula: ($(a) a corte de $ tal como se las formulo como dada, como la formalización más simple que nos es permitido alcanzar en contacto con las diversas formas de la clínica, es decir porque es necesario presumir que la estructura de este punto central tal como podemos construirlo -el término es de Freud- y tal como debemos construirla necesariamente para dar cuenta de las ambigüedades de sus efecto. El trabajo al que hacia alusión hace un rato, que he lerdo ayer por la mañana, se dedicaba a re tomar -es necesario digerir las cosas- un campo que yo había tratado hace mucho tiempo, a saber la estructura del hombre de los lobos; especialmente a la luz de la estructura del fantasma, la cosa está totalmente bien situada en este trabajo. No obstante, en relación a las primeras formulaciones, las que hice antes de haberles aportado los recientes aparatos, implica poco beneficio, pero me designa en qué punto siguen después de todo lo que puedo mostrarles como lugar a atravesar. Retomemos entonces simplemente para ubicarlo -no es una critica-, este trabajo, habría que hacer muchos otros y sería necesario que conocieran, lo que debe difundirse, cosa que encontraría deseable -la definición lógica del objeto que me permito denominar lacaniano en la ocasión, pues no es lo mismo que hablar de lacanismo execrado - del objeto del deseo; la función lógica de este objeto no se debe -es lo que designe la novedad del circulito que les enseño a cernir diciéndoles que esta esencialmente constituido por la presencia de ese punto que está allí, ya sea en su campo central, o en el límite de ese campo, es decir aquí, pues estos tres casos (2-3-4) son los mismos como reducción última del campo -su función lógica no se debe ni a su extensión ni a su comprensión; pues su extensión, si se puede designar algo con ese término, se sostiene en la función estructurante del punto. Cuanto más puntiforme es ese campo hay más efectos, y esos efectos son, si puedo decir, de inversión. A la luz de este principio no hay problema en lo que concierne a lo que Freud nos ha provisto como reproducción del fantasma del hombre de los lobos. (185) gráfico(186) Ustedes conocen este árbol, este gran árbol y los lobos que no son en absoluto lobos, prendidos de ese árbol en número de cinco, cuando en o tres partes son siete. Si necesitáramos una imagen ejemplar de lo que es a aquí, en el límite de este campo cuando su radicalidad fálica se manifiesta por una especie de singularidad como accesible allí donde solamente puede aparecérsenos, es decir, cuando se acerca o puede aproximarse al campo externo, campo de lo que puede reflejarse, campo de aquello en lo que una simetría puede permitirnos el error especular, lo seremos allí. Pues es claro a la vez que esto no es por supuesto la imagen especular del hombre de los lobos, que esta allí ante él, y que sin embargo -nosotros lo hemos marcado por otra parte hace bastante tiempo como para que esto no sea una novedad- para el autor del trabajo del que hablo, es la imagen misma de ese momento que vive el sujeto como escena primitiva. Quiero decir que es la estructura misma del sujeto ante esta escena. Quiero decir que ante esta escena el sujeto se hace lobo mirando y se hace 5 lobos mirando. Lo que se abre subitamente a él en esta noche, es el retorno de lo que el es, esencialmente en el fantasma fundamental. Sin duda la escena misma de la que se trata está velada. Volveremos sobre este velo. De lo que ve no emerge más que esa V en alas de mariposa de las piernas abiertas de su madre o el V romano de la hora del reloj, las 5 horas del verano caliente, hora en que parece haberse producido el encuentro. Pero lo importante es que lo que ve en su fantasma, es $ mismo en tanto es corte de as los a son los lobos. Y si sigo de largo hoy es porque al lado de un discurso difícil, abstracto y del que no espero poder llevar, en los limites en los que nos encontramos, hasta sus últimos detalles, este objeto del deseo se ilustra aquí de una manera que me permite acceder enseguida a elementos concretos de estructura que tendría maneras más didácticas de exponerles. Pero no tengo tiempo y hago pasar por allí este objeto no especular que es el objeto del deseo, este objeto que puede encontrarse en esta zona fronteriza en función de imagenes del sujeto -digamos para ir rápido aunque haya algunos riesgos de confusión- en el espejo que constituye el Otro, digamos en el espacio desarrollado por el Otro; pues hay que retirar este espejo para hacer entonces esta especie de espejo que se denomina sin duda, no por azar, de hechicera. Quiero decir esos espejos con una cierta concavidad que comporta en su interior un cierto número de otros concéntricos en los que ven nuestra propia imagen reflejada tantas veces como hay espejos en el grande. Está bien allí lo que ocurre. Tienen presente en el fantasma lo que no puede ser definible, accesible más que por las vías de nuestra experiencia o quizás, -no lo sé, poco me preocupa además- por las vías de las experiencias a las que hacia alusión hace poco. Lo que constituye la naturaleza del objeto del deseo -y esto es interesante porque es una referencia lógica al objeto connotado, ceñido por los círculos de Euler - y el objeto de esta función que se denomina la clase. Les mostraré su estrecha relación estructural con la función de privación, quiero decir el primero de esos tres términos que articulé como privación, frustración y castración. Solamente, lo que vela la verdadera función de la privación, aún cuando se pueda abordarla -es de allí que he partido para hacerles el es quema de las proposiciones universales y particulares. Recuerden cuando les dije: "Todo profesor es letrado" lo que no quiere decir que no haya más que un sólo profesor. La cosa es sin embargo Siempre verídica. El resorte de la privación, de la privación como rasgo unario, como constitutivo de la función dé la clase, está allí suficientemente indicado. Pero la función de la razón dialéctica -que disgusta a Levy-Strauss- quien cree que no es más que un caso particular de la razón analítica- es que justamente no permite aprehender sus estadios salvajes sino a partir de sus estadios elaborados Sin embargo no quiere decir que la lógica de clases sea el estado salvaje de la lógica del objeto del deseo. Si se ha podido establecer una lógica de clases -les voy a pedir que consagremos nuestro próximo encuentro a este objeto- es porque estaba el acceso a lo que se rehusaba para una lógica del objeto del deseo; dicho de otro modo, es a la luz de la castración que puede comprenderse la fecundidad del tema privativo. Lo que he querido solamente indicarles hoy, es que esta función que desde hace mucho tiempo había localizado para mostrárselas como ejemplar de las incidencias más decisivas del significante, aún las más crueles en la vida humana a cuando les decía: los celos, los celos sexuales exigen que el sujeto sepa contar. Las leonas de la pequeña tropa leonina que les peinaba en no sé qué zoológico, no estaban manifiestamente celosas una de otra, porque no sabían contar. Ahí palpamos algo: es que es bastante probable que el objeto tal como está constituido a nivel del deseo, es decir el objeto en función no de privación sino de castración, sólo este objeto puede verdaderamente ser numérico. No estoy seguro de que esto baste para afirmar que sea numerable, pero cuando les digo que es numérico, quiero decir que lleva el número con él, como una cualidad. Se puede no estar seguro de cuál: allí son cinco en el esquema y siete en el texto; pero poco importa, no son seguramente 12. Cuando me aventuro en parecidas indicaciones, ¿qué es lo que lo permite? Aquí ando sobre seguro, como en una interpretación arriesgada: espero la respuesta. Quiero decir que indicándoles esta correlación, les propongo que perciban todo lo que podrían dejar pasar sobre su confirmación o debilidad eventual en lo que se presenta, lo que se propone a ustedes. Por supuesto pueden confiar en mí, he llevado un poquito más lejos el estatuto de esta relación de la categoría del objeto, el objeto del deseo, con la numeración, Pero lo que hace que esté aquí sobre terreno firme es que puedo darme tiempo, contentarme con decirles que volveremos a ver esto más adelante sin que por eso sea menos legitimo indicarles allí una referencia cuyo estudio por vuestra parte puede esclarecer ciertos hechos. En todo caso bajo la pluma de Freud lo que vemos en este nivel es una imagen, la libido, nos dice, del sujeto, ha salido de la experiencia estallada, zersplittert, zerstört. Mi querido amigo Leclaire no lee el alemán, no puso entre paréntesis el término alemán y no tuve tiempo para ir a verificarlo. Es lo mismo que el término de splitting, refendu (hendido, dividido); el objeto aquí manifiesto en el fantasma lleva la marca de lo que hemos llamado en varias ocasiones las hendiduras (refentes) del sujeto. Lo que encontramos es seguramente aquí el espacio mismo topológico que define el objeto del deseo, es probable que ese número inherente no sea más que la marca de la temporalidad inaugural que constituye este campo. Lo que carácteriza el doble, es la repetición, si se puede decir, radical; hay en su estructura el hecho de dos veces la vuelta y el nudo aquí constituido en esas dos veces la vuelta, es a la vez ese elemento temporal, porque en suma permanece abierta la cuestión de la manera en que el tiempo desarrollado que forma parte del uso corriente, en el que nuestro discurso se inserta; pero es también este término esencial por el que la lógica constituída aquí se diferencia de una manera totalmente ver cadera de la lógica formal tal como ha subsistido intacta en su prestigio hasta Kant. ¿Y está allí el problema: de donde provenía este prestigio, dado su carácter absolutamente muerto aparentemente para nosotros? El prestigio de esta lógica residía enteramente en lo que nosotros mismos la hemos reducido, a saber, el uso de letras. Las a minúsculas y las b minúsculas del sujeto y del predicado y de su inclusión recíproca: todo está allí. Esto no ha aportado nunca nada a nadie; esto no ha nunca hecho hacer el menor progreso al pensamiento, ha permanecido fascinatorio durante siglos como uno de los raros ejemplos dados de la potencia del pensamiento. ¿Porqué? No sirve para nada, pero podría servir para algo. Bastaría -es lo que nosotros hacemosrestablecer lo hecho que es para ella el desconocimiento constitutivo: a = a, está allí, principio de identidad, he allí su principio. No diremos A el significante sino para decir que no es la misma A, el significante por esencia es diferente de sí mismo, es decir que nada del sujeto podría identificarse allí sin excluirse. Verdad muy simple, casi evidente, que basta por sí sola para abrir la posibilidad lógica de la constitución del objeto en el lugar de esta splitting, el lugar mismo de esta diferencia del significante consigo mismo, en su efecto subjetivo. Cómo este objeto constituyente del mundo humano -puesto que lo que se trata de mostrarles es que lejos de tener la menor aversión por este hecho de evidencia psicológica de que el ser humano es susceptible de tomar como se dice sus deseos por realidades, es allí que debemos seguirlo. Pues como tiene razón al comienzo, no es en ninguna otra parte que en el surco abierto por su deseo que puede constituir una realidad cualquiera que cae o no en el campo de la lógica. La próxima vez retomaré desde aquí. 27 de Junio de 1962 Hoy, en el cuadro de la enseñanza teórica que hemos logrado recorrer juntos, les indico que debo elegir mi e eje, si puedo decir, y que pondré el acento en la fórmula soporte de la tercer especie de identificación que lee he señalado hace mucho tiempo, desde la época del grafo bajo la forma del $ que ustedes saben leer ahora como corte de a ($(a). No en lo que está implícito allí, nodal, a saber el ? , el punto gracias al cual la eversión de uno en el otro puede realizarse, gracias al cual los dos términos se presentan como idénticos, a la manera del derecho y el revés, pero no cualquier derecho ni cualquier revés, Sin esto no habría tenido necesidad de mostrarles en su lugar lo que es, cuando representa el doble e corte sobro esta superficie particular cuya topología trate de mostrarles en el cross-cap. Este punto aquí designado es el punto ? ?gracias al cual el círculo indicado por este corte puede ser para nosotros el esquema mental de una identificación original; este punto -creo haber acentuado bastante en mis ultimas charlas su función estructural- puede hasta cierto punto, encerrar para ustedes demasiadas propiedades satisfactorias: ese falo, helo ahí con esa función mágica que es la que todo nuestro discurso le implica desde hace mucho tiempo. Seria demasiado fácil encontrar allí nuestro punto débil. Es por lo que hoy voy a poner el acento en este punto, es decir sobre la función de "a", a minúscula, en tanto es a la vez, hablando con propiedad, lo que puede permitir concebir la función del objeto en la teoría analítica, a saber este objeto que en la dinámica psíquica es lo que estructura para nosotros todo el proceso progresivo-regresivo, aquel con el que tenemos que vérnosla en nuestras relaciones del sujeto a su realidad psíquica, pero que es también nuestro objeto, el objeto de la ciencia analítica. Y lo que quiero poner de relieve en lo que voy a decirles hoy, es que si queremos calificar este objeto en una perspectiva propiamente lógica, acentúo: logicisante, no tenemos nada mejor que decir sino que es el objeto de la castración. Lo entiendo, lo especifico, en relación a las otras funciones definidas hasta aquí del objeto. Pues si se puede decir que el objeto en el mundo, en la medida en que se discierne allí, es el objeto de una privación, ce puede igualmente decir que el objeto es el objeto de la frustración. Y voy a tratar de mostrarles justamente en qué este objeto que es el nuestro, se distingue. Es claro que si este objeto es un objeto de la lógica, no podría haber estado hasta aquí completamente ausente, indescubrible en todas las tentativas realizadas para articular como tal lo que se denomina la lógica. La lógica no ha existido desde siempre bajo la misma forma. La que nos ha satisfecho perfectamente, nos ha colmado hasta Kant, que se complacía aún, esta lógica formal, nacida alguna vez bajo la pluma de Aristóteles, ha ejercido esa cautivación, esa fascinación, hasta el punto de que en el siglo pasado se hayan apegado a lo que podía retomarse allí en detalle. Se percibió que faltaban por ejemplo, muchas cosas del lado de la cuantificación. No es ciertamente lo que se agregó, lo más interesante, sino aquello por lo cual nos retenía. Y muchas cosas que se creyó había que agregar ahí, no van más que en un sentido singularmente estéril. De hecho, es sobre la reflexión que el análisis nos imponen lo que se refiere a los poderes desde hace mucho tiempo insistentes de la lógica aristotélica, que puede presentarse para nosotros el interés de la lógica. La mirada de aquél que despoja de todos sus detalles fascinantes a la lógica formal aristotélica, debe -se los repito abstraerse de lo que ella aportó de decisivo, de corte en el mundo mental, para comprender aún verdaderamente lo que la ha precedido, por e ejemplo, la posibilidad de toda la dialéctica platónica que se lee siempre como si la lógica formal estuviera ya allí, lo que la falsea completamente para nuestra lectura, pero dejemos. El objeto aristotélico -pues es así que hay que llamarlo justamente como propiedad, si puedo decir, el poder tener propiedades que le pertenecen en propiedad: sus atributos. Y son estos los que definen las clases. Pero ésta es una construcción que no se debe más que a la confusión de lo que denominaré -falto de algo mejor- las categorías del ser y del tener. Esto merecería largos desarrollos, y para hacerles dar ese paso, me veo obligado a recurrir a un ejemplo que me servirá de soporte. Esta función decisiva del atributo se las he ya mostrado en el cuadrante: es la introducción del trazo unario lo que distingue la parte fálica en la que será dicho por ejemplo que todo trazo es vertical, lo que no implica en sí la existencia de ningún trazo, de la parte léxica en la que puede haber trazos verticales, pero en la que puede no haberlos. Decir que todo trazo es vertical debe ser la estructura original, la función de universalidad, de universalización propia de una lógica fundada sobre el trazo de la privación. (escritura en griego) es el todo, evoca no sé que eco del dios Pan; hay allí una de esas coalescencias mentales que les pido hagan por favor el esfuerzo de rayar de sus papeles. El nombre del dios Pan no tiene absolutamente nada que ver con el todo, y los efectos pánicos a los cuales se entrega a la tarde ante espíritus simples del campo, no tienen nada que ver con una efusión, mística o no. El rapto alcohólico llamado por los autores antiguos panofóbico, está bien llamado en el sentido de que a él también sigo lo acosa, lo perturba, y pasa por la ventana. No hay nada más que meter adentro, es un error de los espíritus demasiado helénicos agregar ese retoque sobre el cual uno de mis antiguos maestros , no obstante querido por mi, nos aportaba esa rectificación: "se debe decir rapto pantofóbico". En absoluto, (escritura en griego) es en efecto el todo, y si eso se refiere a algo, es a (escritura en griego), la posesión. Y quizás podría hacerme retomar si aproximo ese 'pas' (no) del pos de possidere y de possum; pero no dudo en hacerlo. La posesión o no del trazo unario, del trazo carácterístico, he ahí alrededor de lo que gira la instauración de una nueva lógica clasificatorio explícita de las fuentes del objeto aristotélico. Este término "clasificatoria", lo empleo intencionalmente ya que es gracias a Claude Levi-Strauss que ustedes tienen de aquí en más el corpus, la articulación dogmática de la función clasificatoria de lo que él mismo denomina -le dejo la responsabilidad humorística- "el estado salvaje", mucho más próxima de la dialéctica platónica que de la aristótelica, la división progresiva del mundo en una serie de mitades, cuplas de términos antipódicos que lo encierran en tipos. Lean entonces sobre -este tema "El pensamiento salvaje", y verán que lo esencial está aquí: lo que no es erizo, sino lo que ustedes quieran: muzaraña o marmota, es otra cosa. Lo que carácteriza la estructura del objeto aristotélico, es que lo que no es erizo es no-erizo. Es por lo que digo que es la lógica del objeto de la privación. Esto puede llevarnos mucho más lejos, hasta esa suerte de efusión por la cual el problema se plantea siempre agudamente en esta lógica de la función verdadera del tercero excluido, que ustedes saben constituye un problema hasta en el corazón de la lógica más elaborada, la lógica matemática. Pero nosotros estamos ante un comienzo, un núcleo más simple quiero ilustrar para ustedes, como se los he dicho, con un ejemplo. Y no iré a buscarlo lejos, sino en un proverbio que presente en la lengua francesa una particularidad que no salta a la vista sin embargo, al menos no para los francófonos. El proverbio es el siguientes "Tout ce qui brille n'est pas or" ("Todo lo que brilla no es oro''). En la coloquialidad alemana, por ejemplo, no crean que pueda contentarse con transcribirlo crudamente "alles was glänzt ist kleine Gold". No sería una buena traducción. Veo a la Srta. Uberfreit asentir al escucharme; aprueba lo siguiente: "nicht alles was glänzt ist Gold". lo que puede dar mayor satisfacción en cuanto al sentido aparente, al poner el acento en "alles", gracias a una anticipación del "nicht'' que no es en absoluto habitual, que fuerza el genio de la lengua y que, si reflexionan, marca el sentido, pues no se trata de esta distinción. Podría emplear los círculos de Euler, los mismos que empleamos el otro día a propósito de la relación del sujeto a un caso cualquiera: todos los hombres son mentirosos. ¿Significa simplemente eso? Para repasarme, es que una parte de lo que brille está en el círculo del oro y otra parte no. ¿Es ese el sentido? No crean que soy el primero entre los lógicos que me he detenido en esta estructura. En verdad más de un autor que se ocupó de la negación se detuvo en efecto en este problema, no tanto desde el punto de vista de la lógica formal, que, ustedes lo ven, no se detiene allí sino para desconocerlo, sino desde el punto de vista de la forma gramatical, insistiendo sobre el hecho de que las vueltas se ordenan de manera tal que nunca cuestionada la "auridad" ni puedo expresarme así, la cualidad de oro de lo que brilla. Lo auténtico del oro va entonces en el sentido de un cuestionamiento radical: el oro es aquí simbólico de lo que produce brillo, y si puedo decir, para hacerme entender, acentúo: lo que al objeto el color fascinatorio del deseo. (187) gráfico(188) Lo que es importante en tal fórmula, si puedo expresarme así, perdónenme el juego de palabras, es el punto de "ORage(189)" alrededor del cual gira la cuestión de saber lo que hacer brillar y para decirlo, la cuestión de lo que hay de verdad en ese brillo. Y a partir de allí, por supuesto, ningún oro será suficientemente verdadero para asegurar este punto alrededor del cual subsiste la función del deseo. Tal es la carácterística radical de esta especie de objeto que llamo a : es el objeto cuestionado, en tanto se puedo decir que es lo que nos interesa, a nosotros analistas, como lo que interesa al auditor de toda enseñanza. No por nada he visto surgir la nostalgia en la boca de tal o cual que quería decir: "¿Por qué no dice -como se expresaba alguienla verdad de la verdad?". Es verdaderamente un gran honor que se le hace a un discurso que se mantiene cada semana en esta posición insensata de estar aquí detrás de una mesa ante ustedes para articular esta especie de exposición de la que de ordinario se contentan con que eluda siempre una cuestión semejante. Si no se tratara del objeto analítico, a saber del objeto del deseo, nunca una cuestión semejante habría siquiera pensado en surgir, salvo de la boca de un hurón que se imaginaría que cuando uno viene a la Universidad es para saber "la verdad de la verdad". Es de eso de lo que se trata en el análisis. Se podría decir que estamos turbados por hacer eso; a menudo a pesar de nosotros: brillar el espejismo en el espíritu de aquéllos a los que nos dirigimos. Nos encontramos -he bien dicho- turbados, tal como el veneno de la proverbial manzana; y sin embargo es ella la que está allí, es con ella que tenemos que vérnosla, es sobre ella en tanto está en el corazón de la estructura, es sobre ella que cae lo que llamamos la castración. (190) gráfico(191) Es justamente en tanto hay una estructura subjetiva que gira alrededor de un tipo de corte -el que les he representado así- que está en el corazón de la identificación fantasmática este objeto organizador, este objeto inductor. Y no podría ser de otro modo de todo el mundo de la angustia que tenemos que afrontar, que es el objeto definido como objeto de la castración. Quiero recordarles aquí de que superficie está tomada esta parte que les he denominado la última vez, enucleada, que da la imagen misma del círculo se la cual este objeto puede definirse. Quiero ilustrarles cuál es la propiedad de este círculo de doble vuelta. Agranden progresivamente los dos lóbulos de este corte de manera que los dos pasen, si puedo decir, detrás de la superficie anterior. Esto no es nada nuevo, es la manera que les he ya mostrado de trasladar este corte. Basta en efecto desplazarla y se hace aparecer muy fácilmente la parte complementaria de le. superficie, en relación a lo que es aislado alrededor de lo que se puede llamar las dos hojas centrales o los dos pétalos, para hacerlos reunir es la metáfora inaugural de la tapa del libro de Claude Lévi-Strauss, con esta imagen misma, lo que queda es una superficie de Moebius aparente. Es la misma figura que encuentran allí. Lo que se encuentra en efecto entre los dos polos así desplazados de los dos bucles del corte, en el momento en que esos dos bordes se aproximan, es una superficie de Moebius. Pero lo que quiero mostrarles aquí, es que para que este doble corte se reúna, se cierre sobre sí mismo, lo que aparece implicado en su estructura misma, ustedes deben extender poco a poco el bucle interno del 8 interior. Es eso lo que ustedes esperan, que se satisfaga de su propio recubrimiento por sí mismo, qué entre en la norma, que se sepa con qué uno tiene que vérselas, lo que está afuera y lo que está adentro, lo que les muestra este estado de la figura, pues ven bien como hay que verla. Este lóbulo se ha prolongado del otro lado, ha avanzado sobre la otra cara 2; nos muestra visiblemente que el bucle externo va, en esta superficie, a reunirse con el bucle interno a condición de pasar por el exterior. La superficie de los planos proyectivos se completa, se cierra, se acaba. El objeto definido como nuestro objeto, el objeto formador del mundo del deseo no reúne su intimidad sino por una vía centrífuga. ¿Qué quiere decir?. ¿Qué encontramos allí? Retomo de más arriba. la función de este objeto está ligada a la relación por donde el sujeto se constituye en su relación al lugar del Otro, con O mayúscula, que es el lugar donde se ordena la realidad del significante. Es en el punto en el que toda significancia falta, se abole, en el punto nodal llamado el deseo del Otro, en el punto llamado fálico, en la medida en que significa la abolición como tal de toda significancia, que el objeto a, objeto de la castración viene a tomar su lugar. Tiene entonces una relación al significante, y es por eso que aún aquí debo recordarles la definición de la que he partido este año, en lo que se refiere al significante: el significante no es el signo; y la ambigüedad del atributo aristotélico, es justamente querer naturalizarlo, o realizar el signo natural: "toda gata tricolor es hembra". El significante, les dije, contrariamente al signo que representa algo para alguien, es lo que representa al sujeto para otro significante. Y no hay mejor ejemplo que el sello. ¿Qué es un sello? El día siguiente a aquél en que les entregué esta fórmula, la casualidad quiso que un anticuario amigo pusiera en mis manos un pequeño sello egipcio que, de una manera no habitual pero tampoco rara, tenía la forma de una lámina, con, en la parte de arriba, los dedos del pie y la espalda dibujados. El sello, como ustedes lo entendieron, lo encontré en los textos, es justamente esos una huella si se puede decir -y es verdad que abundan en la naturaleza-, pero no puede devenir significante más que, si esta huella, la contornean y la cortan con un par de tijeras. Si extraen después la huella, puede devenir un sello. Y pienso que el ejemplo lo esclarece ya suficientemente: Un sello representa al sujeto, el remitente no forzosamente para el destinatario; siempre puede quedar una carta sellada; pero el sello esta allí: para la carta, es un significante. Y bien, el objeto a, el objeto de la castración participa de la naturaleza ejemplificada de ese significante. Es un objeto estructurado así. De hecho, ustedes perciben que al término de todo lo que los siglos han podido soñar sobre la función del conocimiento, no nos queda en mano más que esto. En la naturaleza está la cosa, si puedo expresarme así, que se presenta con un borde. Todo lo que podemos conquistar allí, que simule un conocimiento no es nunca más que despegar ese borde y no utilizarlo, sino olvidarlo para ver el resto que, cosa curiosa, de esta extracción se encuentra completamente transformado, exactamente como el cross-cap se los ilustra, no lo olviden. ¿Qué es un cross-cap? Es una esfera; ya se los he dicho: es necesario, no se puede prescindir del culo de esta esfera. Es una esfera con un agujero, que ustedes organizan de cierto modo, y pueden muy bien imaginar que tirando de uno de sus bordes hacen aparecer, más o menos reteniéndolo, ese algo que a venir a cerrar el agujero a condición de realizar el hecho de que cada uno de puntos se une al punto opuesto, lo que crea dificultades intuitivas naturalmente considerables, y que nos han aún obligado a toda la construcción que he detallado ante ustedes, bajo la forma del cross-cap ilustrado en el espacio. ¿Pero qué? ¿Qué es lo importante? Es que, por esta operación que se produce en el nivel del agujero, el resto de la esfera es transformado en superficie de Moebius por la enucleación del objeto de la castración. El mundo entero se ordena de cierta manera que nos da, si puedo decir, la ilusión de ser un mundo. Y diría incluso que, de cierta manera, de hacer un intermediario entre este objeto aristotélico en el que esta realidad está de algún modo oculta y nuestro objeto que intento promover aquí, para ustedes, introduciré en el medio de este objeto que nos inspira a la vez la mayor desconfianza en razón de prejuicios heredados de una educación epistemológica, pero que constituye por supuesto nuestra gran tentación -nosotros, en el análisis, si no hubiéramos tenido la existencia de Jung para exorcizarlo, tal vez no hubiéramos siquiera percibido hasta qué punto creemos en el objeto de la Naturwissenchaft, el objeto giethico si se puede decir, el objeto que en la naturaleza lee sin cesar como en un libro abierto todas las figuras de una intención que habría que llamar casi divina si el término de Dios no hubiera sido por otro lado tan bien preservado. Esta demónica -digámoslo- más que divina intuición goethica que le hace leer en el cráneo encontrado en el Lido la forma de Werther completamente imaginaria o forjar la teoría de los colores, deja en fin para nosotros las huellas de una actividad de la que lo menos que puede decirse es que es cosmógena engendradora de las más viejas ilusiones de la analogía micromacrocósmica, y sin embargo cautivante aún en un espíritu tan cercano al nuestro. ¿A qué se debe eso? ¿A que debe el drama personal de Goethe la fascinación excepcional que ejerce sobre nosotros, sino al roce, como central del drama, en él, del deseo. "Warum Goethe liess Frederik?" escribió, como ustedes saben, uno de los sobrevivientes de la primera generación en un artículo: Theodor REIK. La especificidad y el carácter fascinante de la personalidad de Goethe, consiste en que en él leemos en toda su presencia, la identificación del objeto del deseo a aquello a lo que hay que renunciar para que nos sea dado el mundo como mundo. He recordado suficientemente la estructura de este caso al mostrarles la analogía con aquélla desarrollada por Freud en la historia del Hombre de las ratas, en "El mito individual del neurótico(192)". O más bien, se lo ha hecho aparecer sin mi consentimiento en alguna parte, ya que este texto no lo he visto ni corregido, lo que lo vuelve casi ilegible; no obstante corre por allí o por allá y se pueden reencontrar sus líneas mayores. En esa relación complementaria de a, el objeto de la castración constitutiva, en la que se sitúa nuestro objeto como tal, con ese resto y dónde no podemos decir todo, y especialmente nuestra figura i(a), es esto que he intentado ilustrar esto año en la punta de mi discurso. En la ilusión especular, en el desconocimiento fundamental con el que tenemos que enfrentarnos, $ (A) toma función de imagen especular bajo la forma de idea, cuando no tiene, si puedo decir, nada de semejante. No podría de ningún modo leer allí su imagen por la buena razón de que, si es algo, ese $, no es el complemente de i factor de a, podría muy bien ser su causa, diremos nosotros -y empleo este término intencionalmente pues desde hace algún tiempo, justamente, desde que las categorías de la lógica hacen trastabillar un poco la causa -buena o mala- no tiene en todo caso buena reputación y se prefiere evitar hablar de ella. Y en efecto somos casi los únicos que podemos reencontrarnos en esta función a la que no se puede aproximar la antigua sombra después del progreso mental recorrido, más que a ver allí de algún modo lo idéntico de todo lo que se manifiesta como efectos, cuando están aún velados. Y por supuesto, esto no tiene nada de satisfactorio, salvo tal vez si justamente no es el estar en el lugar de algo, de cortar todos los efectos, que la causa sostiene su drama. Si hay por otra parte una causa que sea digna de que nos apeguemos a ella, al menos por nuestra atención, no es siempre y por adelantado una causa perdida. Podemos entonces articular que si hay algo sobre lo que tenemos que poner el acento, lejos de eludirlo, es que la función del objeto parcial no podría para nosotros de ninguna manera ser reducida, si lo que denominamos el objeto parcial es lo que designa el punto de represión por el hecho de su pérdida. Y es a partir de allí que se enraíza la ilusión de la cosmicidad del mundo Ese punto acósmico del deseo en tanto es designado por el objeto de la castración, es lo que debemos preservar como el punto pivote, el centro de toda elaboración de lo que tenemos que acumular como hechos referidos a la constitución del mundo objetal. Pero este objeto a que vemos surgir en el punto de desfallecimiento del Otro, en el punto de pérdida del significante porque esta pérdida es la pérdida de este objeto mismo, del numero nunca encontrado de Horus desmembrado, este objeto, cómo no darle lo que denominarla paródicamente, su propiedad reflexiva, si puedo decir, ya que es de el que parte, que es en la medida en que el sujeto es en primer lugar y únicamente esencialmente corte de este objeto que algo puede nacer que es este intervalo entre cuero y carne, entre Wahrnemung y Bewusstsein, entre percepción y conciencia que es la Selbstbewusstsein. Es aquí que es mejor decir lugar en una ontología fundada sobre nuestra experiencia. Verán que reúne aquí una fórmula largamente comentada por Heidegger, en su origen presocrática. La relación de este objeto a la imagen del mundo que la ordena constituye lo que Platón ha denominado hablando con propiedad la díada a condición de: que percibamos que en estaciada el sujeto $ y a están del mismo lado: (escritura en griego). Esta fórmula que ha servido ampliamente para confundir lo que no es sostenible, el ser y el conocimiento, no quiere decir otra cosa. En relación al correlativo a, a lo que queda cuando el objeto constitutivo del fantasma se separó, ser y pensamiento están del mismo lado, del lado de a, a es el ser en tanto falta esencialmente al texto del mundo. Y es por eso que alrededor de a puede deslizarse todo lo que se denomina retorno de lo reprimido, es decir, que se rezuma y traiciona allí la verdadera verdad que nos interesa y que es siempre el objeto del deseo, en tanto toda humanidad, todo humanismo es construido para hacérnosla perder. Sabemos por experiencia que no hay nada que pese en el mundo verdaderamente más que lo que hace alusión a este objeto del que el Otro, con O mayúscula, toma el lugar para darle un sentido. Toda metáfora, incluida la del síntoma, busca hacer salir este objeto en la significación pero toda la pululación de sentidos que puede engendrar no llega a taponar aquello de lo que se trata en ese agujero de una pérdida central. He ahí lo que regula las relaciones del sujeto con el Otro, con O mayúscula, lo que regula secretamente pero de una manera de la que es seguro no es menos eficaz que esa relación del a la reflexión imaginaria que la cubre y la supera. En otros términos, en la ruta, la única que no es ofrecida para reencontrar la incidencia de ese a, encontramos primeramente la marca de la ocultación del Otro, bajo el mismo deseo. Tal es en efecto la vía: a puede ser abordado por esta vía que es lo que el Otro desea en el sujeto desfalleciente, en el fantasma, el $. Es por lo que les he enseñado que el temor del deseo es vivido como equivalente de la angustia, que la angustia es el temor de lo que el Otro desea en sí del sujeto, este "en sí" fundado justamente en la ignorancia de lo que es deseado en el nivel del Otro. Es del lado del Otro que el a aparece, no tanto como falta sino como a ser. Es por lo que llegamos a plantear aquí la cuestión de su relación con la cosa, no sagrada, sino lo que les he denominado das Ding. Ustedes saben que llevándolos hasta este limite no he hecho más que indicarles que aquí al invertir la perspectiva, ese i de a que envuelve ese acceso al objeto de la castración, es aquí la imagen misma que hace obstáculo en el espejo, o que más bien a la manera de lo que ocurre en esos espejos oscuros hay que pescar siempre en esa obscuridad cada vez que en los antiguos autores vean intervenir la referencia del espejo, algo puede aparecer más allá de la imagen que da el espejo claro. La imagen del espejo claro, es a ella que se engancha esta barrera que en su tiempo he denominado la de la belleza. Es que la revelación de a más allá de esta imagen, incluso aparecida en su forma más horrible, guardará siempre su reflejo. Y aquí querría hacerles parte de la dicha que pude obtener al encontrar esos pensamientos bajo la pluma de alguien que considero simplemente como el poeta de nuestras retrae, que ha ido indiscutiblemente más lejos que cualquier otro presente o pasado en la vía de la realización del fantasma, nombro a Maurice Blanchot, cuya condena a muerte era desde hace mucho tiempo para mí, la segura confirmación de lo que dije durante todo el año en el seminario sobre La Etica(193) en lo que se refiere a la segunda muerte. No había leído la segunda versión de su obra primera "Thomas l'Obscur". Pienso que ninguno de ustedes, después de lo que voy a leerles, dejara de experimentar un volumen tan reducido. Se encuentra allí algo que encarna la imagen de esto objeto a, a propósito del cual he hablado de horror; es el termino que emplea Freud cuando se trata del Hombre de las ratas. Aquí es de la rata de lo que se trata. Georges Bataille ha escrito un largo ensayo que gira alrededor del fantasma central bien conocido por Marcel Proust, que concernía también una rata: "Histoire de rat". Pero tengo necesidad de decirles que si Apolo acribilla al ejército griego con flechas de peste, es porque, como lo percibió muy bien M. GREGOIRE, si Esculapio, como se los he señalado hace mucho tiempo, es un topo -no hace mucho reencontraba el plano de la madriguera en un tolos, otro, que visité recientemente- si Esculapio es un topo, Apolo es una rata. Helo aquí. Anticipo, o más exactamente tomo un poco adelantado "Thomas l'Obscur" -no es por casualidad que se llama así-: "Y en su pieza, los que entraban, viendo su libro siempre abierto en la misma página, pensaban que fingía leer. Leía. Leía con una minuciosidad y una atención insuperables. Se hallaba ante cada signo en la situación en que se encuentra el macho cuando la mantis religiosa va a devorarlo. Uno y otro se miraban. Las palabras, salidas de un libro, tomaban una potencia mortal, ejercían en la mirada que las tocaba una atracción suave y afable. Cada uno, como un ojo semicerrado, dejaba entrar la mirada viva en exceso que en otras circunstancias no hubiera padecido. Thomas se deslizaba entonces hacia esos corredores a los que se aproximaba sin defensa hasta el momento en que fue percibido por lo íntimo de la palabra, No era aún horroroso, al contrario, era un momento casi agradable que le hubiera gustado prolongar. El lector consideraba felizmente esa pequeña chispa de vida que no dudaba haber encendido. Se veía con placer en ese ojo que lo vela; su placer mismo se hizo grande, tan grande, tan implacable, que lo padeció con una especie de horror, y, al pararse, momento insoportable; sin recibir de su interlocutor un signo cómplice, percibió la extrañeza que había en ser observado por una palabra como por un ser viviente. Y no sólo por una palabra, sino por todas aquéllas que la acompañaban y que contentan a su vez en sí mismas otras palabras, como una serie de ángeles abriéndose hacia el infinito, hasta el ojo de lo absoluto ... " Paso de largo estos párrafos que van desde ese "mientras que encaramados sobre sus espaldas la palabra él y la palabra yo comenzaban su carnicería..." hasta la confrontación que me proponía al evocarles este pasaje: "... Sus manos buscaron tocar un cuerpo impalpable e irreal. Era un esfuerzo tan horrible que esa cosa que se alejaba de él y que al alejarse trataba de atraerlo, le pareció la misma que indeciblemente se aproximaba. Cayó al piso. Tenía la sensación de estar cubierto de impurezas, cada parte de su cuerpo sufría una agonía, su cabeza estaba forzada a tocar el mal, sus pulmones a respirarlo. El se hallaba allí sobre el parquet, retorciéndose y después entrando en sí mismo, luego saliendo. Trepaba pesadamente, apenas diferentemente de la serpiente que hubiera querido ser por creer en el veneno que sentía en su boca. Fue en ese estado que se sintió mordido golpeado, no podía saberlo, por lo que le pareció era una palabra, pero que se parecía más bien a una rata gigantesca de ojos penetrantes, dientes puros y que era un animal todopoderoso. Al verla a pocos centímetros de su rostro, no pudo escapar al deseo de devorarla, de llevarla a la intimidad más absoluta consigo mismo; se arrojó sobre ella, y hundiéndole las uñas en las entrañas, trato de hacerla suya." "Llegó el fin de la noche. La luz que brillaba a través de los postigos se apagó. Pero la lucha contra el monstruoso animal, que se habla revelado finalmente de una dignidad, de una magnificencia incomparables, duró un tiempo que no se puede medir. Esta lucha era horrible para el ser acostado en el piso que chirriaba los dientes, desgarraba el rostro, se arrancaba los ojos para hacer entrar allí al animal, y que hubiera parecido un demonio si no hubiera parecido un hombre. Era casi bella para esa especie de ángel negro, cubierto de pelos rojos, cuyos ojos brillaban." "Ya uno creía haber triunfado y veía descender en él, con una náusea incoercible, la palabra inocencia que lo deshonraba; ya el otro lo devoraba a su vez, lo arrastraba. por el agujero de dónde había venido, lo soltaba luego como un cuerpo duro y vacío." "Cada vez, Thomas era empujado hasta el fondo de su ser por las palabras mismas que lo habían embrujado y que proseguía como una pesadilla y como la explicación de su pesadilla. Se encontraba cada vez más vacío y más pesado, no se movía más que con una fatiga infinita. Su cuerpo, después de tanta lucha, se puso completamente opaco y a los que lo miraban, daba la impresión reposada del sueño, aún cuando no hubiera cesado de estar despierto...". Lean lo que sigue. Y el camino de lo que Maurice Blanchot nos descubre, no se detiene allí. Si me he tomado el trabajo de indicarles ese pasaje, es que en el momento de dejarlos este año quiero decirles que a menudo tengo conciencia de no hacer aquí ninguna otra cosa más que permitirles transportarse conmigo al punto al que en torno a nosotros, múltiples, ya están llegando los mejores. Otros han podido observar el paralelismo que hay entre tal o cual. investigación que se prosigue actualmente y las que elaboramos juntos. No tendré dificultades para recordarles que en otros caminos, las obras y las reflexiones sobre las obras por el mismo, de un Pierre Klossowski convergen con ese camino de la búsqueda del fantasma tal como lo hemos elaborado este año. i de a y a, sus diferencias, su complementariedad, y la máscara que uno constituye para el otro, he ahí el punto al que los habré llevado este año. i de a, su imagen, no es entonces su imagen; no representa a este objeto de la castración. No es de ninguna manera ese representante de la pulsión sobre el que recae electivamente la represión. Y por una doble razón: es que esta imagen no es ni la Vorstellung, ya que ella misma es un objeto, una imagen real -remítanse a lo que escribí al respecto en mis "Observaciones sobre el informe de Daniel Lagache"- ni un objeto que sea el mismo a, que no es tampoco su representante. El deseo, no lo olviden, ¿dónde se sitúa en el grafo? Apunta hacia $ corte de a ($(a), el fantasma, hado un modo análogo al de m en el que el yo se refiere a la imagen especular. ¿Qué quiere decir sino que hay una relación de ase fantasma al deseante mismo? ¿Pero podemos hacer de ese deseante pura y simplemente el agente del deseo ? No olvidemos que en el segundo piso del grafo, d, el deseo, es un quién, el que responde a la pregunta, que no apunta a un "quién" sino a un: "Che voui ?". Ante la pregunta "Che voui?" , el deseante es la respuesta, la respuesta no designa el quien de "¿quién quiere?", sino la respuesta del objeto. Lo que quiero en el fantasma determina al objeto, de dónde el deseante que contiene debe confesarse como deseante. Búsquenlo siempre, ese deseante, en el seno de cualquier objeto del deseo, no vayan a objetar la perversión necrofílica, ya que justamente está allí el ejemplo que prueba que más acá de la segunda muerte, la muerte física deja aún a desear, y que el cuerpo se deja percibir allí como enteramente tomado en una función de significante, separado de sí mismo y testimonio de lo que abraza el necrofílico: una verdad inaprehensible. Esa relación del objeto al significante, antes de dejarlos, regresemos al punto donde esas reflexiones reposan, es decir a lo que Freud mismo marcó de la identificación del deseo (en la histérica, entre paréntesis) al deseo del Otro. La histérica nos muestra bien, en efecto, cuál es la distancia de este objeto al significante, pero que implica su relación al significante. En efecto, a que se identifica la histérica cuando, nos dice Freud, es el deseo del Otro en el que se orienta y lo que la ha puesto en coto. Y es sobre lo que las afecta, nos dice, las emociones consideradas aquí bajo su pluma como embrolladas, si puedo expresarme así, en el significante, y retomadas como tales. Es a este respecto que nos dice que todas las emociones confirmadas, las formas , si puedo decir, convencionales de la emoción, no son sino inscripciones ontogenéticas de lo que él compara, de lo que revela como expresamente equivalente de los accesos histéricos, lo que es recaer en la relación al significante. Las emociones son de alguna manera caducados del comportamiento, sus partes caídas, retomadas como significantes. Y lo más sensible, todo lo que podemos ver de eso, se encuentra en las formas antiguas de la lucha. Los que hayan visto "Rashomon", recuerden esos extraños intermedios que repentinamente suspenden los combatientes, que separadamente hacen cada uno tres vueltitas, para hacer en no sé qué punto desconocido del espacio, una paradójica reverencia. Eso forma parte de la lucha, del mismo modo que en la parada sexual Freud nos enseña a reconocer esa especie de paradoja interruptiva de incomprensible escansión. Las emociones, si algo de eso nos es mostrado en la histérica, es justamente cuando se encuentra tras la huella del deseo, es ese carácter netamente imitado como se dice, fuera de época, en el uno se engaña y de donde sale esa presunción de falsedad. Qué quiere eso decir, sino que la histérica no puede por supuesto hacer otra cosa que buscar el deseo del Otro allí donde está, donde deja su huella en el Otro, en la utopía, por no decir atopía, el infortunio, incluso la ficción: en suma, es por el camino de la manifestación, como se podría esperar, que se muestran todos los aspectos sintomáticos. Y si esos síntomas encuentran esta vía facilitada, es en ligazón con esa relación que Freud designa el deseo del Otro. Tenía otra cosa para indicarles en referencia a la frustración. Por supuesto, lo que les he aportado este año concerniente a la relación al cuerpo, lo que está sólo esbozado en la manera en la que he entendido en un cuerpo matemático darles el esquema de todo tipo de paradojas concernientes a la idea que podemos hacernos del cuerpo, encuentra sus aplicaciones seguramente bien hechas para modificar profundamente la idea que podemos tener de la frustración como una carencia referida a una gratificación concerniente a lo que sería una supuesta totalidad primitiva tal como se querría verla designada en las relaciones de la madre y el niño. Es extraño que el pensamiento analítico no haya encontrado nunca nada en ese camino, salvo en los rincones como siempre de las observaciones de Freud -y designo aquí el termino Schleier ese velo con el que el niño nace peinado y; que se arrastra en la literatura analítica sin que se haya nunca siquiera imaginado que estaba allí el esbozo de una vía muy fecunda: los estigmas. Si hay algo que permita concebir como implicando una totalidad de no sé qué narcisismo primario -y aquí no puedo menos que lamentar que esté ausente alguien que me hizo la pregunta- es seguramente la referencia del sujeto, no tanto al cuerpo de la madre parasitado, sino a sus envoltorios perdidos, en donde se lee tan bien esa continuidad del interior con el exterior que es aquello a lo que los ha introducido mi modelo de este año, sobre el que tendremos que volver. Simplemente quiero indicarles, porque lo encontraremos a continuación, que si hay algo en lo que deba acentuarse la relación al cuerpo, a la incorporación, a la Einverleibung, es del lado del padre dejado enteramente de lado que hay que mirar. Lo he dejado enteramente de lado porque habría sido necesario que lo introduzca, pero, ¿cuando lo haré?- hay toda una tradición que se puede denominar mística y que seguramente, por su presencia en la tradición semítica, domina toda la aventura personal de Freud. Pero si hay algo que se demanda a la madre,¿ No les parece sorprendente que sea la única cosa que no tiene, a saber el falo? Toda :La dialéctica de estos últimos años, inclusive la dialéctica kleiniana que se aproxima mucho sin embargo, permanece falseada porque el acento no es puesto sobre esta divergencia esencial. Es también imposible corregirla, imposible comprender nada de lo que constituye el impasse de la relación analítica, y especialmente en la transmisión de la verdad analítica tal como se realiza, el análisis didáctico. Es que es imposible introducir la relación al padre, no se es el padre de su analizado. He dicho bastante y realizado bastante para que nadie se atreva, al menos en un entorno vecino al mío, a arriesgarse a aventurar que se puede ser la madre. Sin embargo, se trata justamente de eso. La función del análisis tal como se inserta allí donde Freud nos ha dejado abierta su prosecución, la huella abierta se sitúa allí donde su pluma cayó a propósito del artículo cobre la aplitting del ego en el punto de ambigüedad donde lo conduce lo siguiente: el objeto de la castración es ese término suficientemente ambigüo para que en el momento mismo en el que el sujeto se emplea a reprimirlo lo instaure más firme que nunca en un Otro. Hasta tanto no hayamos reconocido que este objeto de la castración es el objeto mismo por el que nos situamos en el campo de la ciencia, quiero decir que es el objeto de nuestra ciencia como el número o el tamaño pueden ser el objeto de la matemática, la dialéctica del análisis, no sólo su dialéctica, sino su práctica, su relación misma y hasta la estructura de su comunidad permanecerán en suspenso. El año próximo trataré para ustedes, prosiguiendo estrictamente el punto en el que los he dejado hoy, la angustia. Final del Seminario 9 Notas finales 1 (Ventana-emergente - Popup) "J'ai eu beau faire - Je ne pouvais faire du beau", donde aparece redoblada esta alu sión a lo bello (beau) que se pierde en la traducción y permite a Lacan acercarse a la referencia sobre la belleza. 2 (Ventana-emergente - Popup) Se refiere al redoblamiento francés corriente : moi-même, toi-même, lui-mme, elle-même, eux-même, nous-même, v ous même, y, finalmente, soi-même. 3 (Ventana-emergente - Popup) "J'en vois de toutes les couleurs", locución que significa haber pasado por todo tipo de pruebas. 4 (Ventana-emergente - Popup) "ch'sais pas", forma abreviada corriente en francés del ''je ne sais pas". 5 (Ventana-emergente - Popup) "Salade" en argot significa mezcla, confusión, complicaciones."Vendre sa salade" (literalmente, vender su ensalada) : someter un proyecto con la intención de convencer. 6 (Ventana-emergente - Popup) Referencia a la locución francesa "voila pourquoi votre fille est muette" ("hé ahí por qué vuestra hija es muda"), varias veces retomada (cf. S eminario Libro XI), expresión que sirve para carácterizar las explicaciones pretenciosas y oscuras que no explican estrictamente nada. 7 (Ventana-emergente - Popup) El descubrimiento en 1860 de una gruta de huesos prehistóricos en el sitio de Aurignac (capital del cantón de la Haute-Garonne, Francia) dio el nombre de "Aurignacien" a una cultura paleolítica superior que se habría extendido entre - 30.000 y -25.000 años A.C. Esta cultura, marcada por la presencia del homo sapiens está carácterizada por el empleo de herramientas de piedra muy perfecciónadas y la primera aparición en Occidente del arte figurativo (pintura parietal y escultura). 8 (Ventana-emergente - Popup) Georges CUVIER (1769-1832). Naturalista francés creador de la anatomía comparada y de la paleontología, autor entre otras obras de la "Descripción elemental de la historia natural de los animales". 9 (Ventana-emergente - Popup) Miembros de una tribu sudafricana. 10 (Ventana-emergente - Popup) 11 (Ventana-emergente - Popup) 12 (Ventana-emergente - Popup) Psicología de las masas, Capítulo VII, "La identificación". 13 (Ventana-emergente - Popup) unión, colecta, comunidad. 14 (Ventana-emergente - Popup) Begrirff: concepto, noción, idea. 15 (Ventana-emergente - Popup) "Propos sur la causalité psychique", informe pronunciado el 28 de Septiembre de 1946 en las Jornadas psiquiátricas de Bonneval auspiciadas por Henri Ey, s obre el tema de "La psicogénesis". Texto retomado en 1966 en la edición francesa de los Ecrits, ausente en la versión castellana de Nueva Visión. 16 (Ventana-emergente - Popup) Le probleme de la psychogenese des névroses et des psychoses, Paris, Desclée de Brouwer. 17 (Ventana-emergente - Popup) Seminario 1956-1957, Libro IV, La relation d'objet et les structures freudiennes. 18 (Ventana-emergente - Popup) Ver la transcripción resumida de J.B.Pontalis del seminario del Dr. J. Lacan 1956-1957 publicado en el Bulletin de Psychologie, Sorbonne, versión castellana publicada en Imago 6, Buenos Aires, 1978: Las relaciones de objeto y las estructuras freudianas. 19 (Ventana-emergente - Popup) "La instancia de la letra en el Inconsciente o la razón desde Freud", aparecido en el Vol.III de La psychanalyse ("Psychanalyse et sciences de l´homme"), retomado en los Ecrits. 20 (Ventana-emergente - Popup) Ver "Las escrituras jeroglíficas" de James Février en "La interpretación de los sueños", Suplemento de las notas de la Escuela Freudiana de Buenos Aires, Nov.1980, Número 1. 21 (Ventana-emergente - Popup) Cuneiforme: paleog.,se aplica a los antiguos carácteres asirios, medos y persas que parecen cuñas o clavos diversamente combinados y que se usaron antiguamente en la escritura. 22 (Ventana-emergente - Popup) 23 (Ventana-emergente - Popup) 24 (Ventana-emergente - Popup) "mimicry", en inglés en el original: mímica, mímesis. 25 (Ventana-emergente - Popup) El Inconsciente, un estudio psicoanalítico, Jean LAPLANCHE y Serge LECLAIRE, trabajo presentado en las jornadas de Bonneval, jornadas psiquiátricas auspiciadas por Henry Ey sobre El Inconsciente, publicado en Les Temps Modernes N°183, Paris, Julio de 1961. Versión castellana en "El Inconsciente freudiano y el Psicoanálisis francés contempóraneo", selección de Oscar Masotta, Nueva Visión, Bs. As., 1976. 26 (Ventana-emergente - Popup) Traducimos "je pense donc je suis" por "pienso luego soy" y no "pienso luego existo", lo que la continuación del texto justifica. 27 (Ventana-emergente - Popup) Confrontar El deseo y su interpretación, transcripción de J.B. Pontalis, Nueva Vision, Bs.As.,1970, pg. 145 28 (Ventana-emergente - Popup) 29 (Ventana-emergente - Popup) 30 (Ventana-emergente - Popup) 31 (Ventana-emergente - Popup) 32 (Ventana-emergente - Popup) Ver el "Tema de la elección del cofrecillo" en S. FREUD, Psicoanálisis aplicado, apartado VI, O.C.B.N. l 33 (Ventana-emergente - Popup) Juego de palabras entre analyste y annaliste; este último se refiere en historiografía al que escribe los anales (anuales). 34 (Ventana-emergente - Popup) Pataques: confusión al pronunciar la s y la t francesa en los enlaces fonéticos. Falta garrafal. Pifia. Un coq a l´ane: pasar o saltar de una cosa a la otra. 35 (Ventana-emergente - Popup) 36 (Ventana-emergente - Popup) 37 (Ventana-emergente - Popup) 38 (Ventana-emergente - Popup) 39 (Ventana-emergente - Popup) Ver seminario sobre La Etica del Psicoanálisis (1959-1960), proposiciones retomadas posteriormente en Kant con Sade (1963). 40 (Ventana-emergente - Popup) 41 (Ventana-emergente - Popup) 42 (Ventana-emergente - Popup) 43 (Ventana-emergente - Popup) 44 (Ventana-emergente - Popup) 45 (Ventana-emergente - Popup) 46 (Ventana-emergente - Popup) 47 (Ventana-emergente - Popup) 48 (Ventana-emergente - Popup) 49 (Ventana-emergente - Popup) 50 (Ventana-emergente - Popup) 51 (Ventana-emergente - Popup) 52 (Ventana-emergente - Popup) 53 (Ventana-emergente - Popup) 54 (Ventana-emergente - Popup) 55 (Ventana-emergente - Popup) 56 (Ventana-emergente - Popup) 57 (Ventana-emergente - Popup) 58 (Ventana-emergente - Popup) 59 (Ventana-emergente - Popup) Un círculo trazado sobre una esfera o sobre un plano siempre es reductible, es decir que puede estrecharse hasta no ser más que un punto. Un toro, al contrario muestra la posibilidad de dos tipos de círculos irreductibles que no pueden topológicamente transformarse en un punto porque encierran un "vacío". 60 (Ventana-emergente - Popup) 61 (Ventana-emergente - Popup) 62 (Ventana-emergente - Popup) 63 (Ventana-emergente - Popup) 64 (Ventana-emergente - Popup) 65 (Ventana-emergente - Popup) 66 (Ventana-emergente - Popup) 67 (Ventana-emergente - Popup) 68 (Ventana-emergente - Popup) 69 (Ventana-emergente - Popup) 70 (Ventana-emergente - Popup) "n'êtré": homofonía entre n'être, no ser y naìtre, nacer; 71 (Ventana-emergente - Popup) rapport: producto, fruto, rendimiento, producción, provecho, beneficio // relato, informe, información, exposición, manitesta noticia // relación, vinculo, lazo // correspondencia, semejanza // conveniencia, acuerdo // trato, relación, conexi ó revelación, confidencia // chisme, soplo // (for) resumen // testimonio, relato // (gram) concordancia // ( mat) razón, relación, proporción // (quim) afinidad. 72 (Ventana-emergente - 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Pedro Steiger en Cuadernos Sigmund Freud 2/3, Bs. As. 1973. 193 (Ventana-emergente - Popup) Consultar: Seminario VII - La ética del psicoanálisis. 1959-1960. Versión castellana publicada por la Escuela Freudiana de Buenos Aires, traducida por Aramburu-Cosentino, a partir de la desagrabación directa no revisada por el autor.




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