| terça-feira, 29 de dezembro de 2009
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–¿De dónde? –preguntó K.
–De la posada –dijo ella.
Eso le convenía a K. Le pidió que no trajera cerveza pero que le
acompañara hasta la posada, pues aún tenía importantes trabajos que
concluir. Sin embargo, resultó que no quería ir tan lejos, a su posada,
sino a otra más cercana, a la señorial. A pesar de ello, K le pidió que le
dejara acompañarla; tal vez, pensó, podría encontrar allí una
posibilidad para pernoctar; en todo caso lo habría preferido a la mejor
cama en esa casa. Olga no respondió en seguida, se limitó a mirar
hacia la mesa. El hermano se había levantado, asintió con la cabeza y
dijo:
–Si el señor así lo desea.
Con ese consentimiento, K casi estuvo a punto de retirar su petición,
pues sólo podía consentir algo carente de valor. Pero cuando a
continuación se habló sobre la posibilidad de que la posada admitiese a
K y todos dudaron, insistió en ir sin ni siquiera hacer el esfuerzo de
fundamentar razonablemente su petición; esa familia tenía que
aceptarle tal como era: en cierto modo no sentía ninguna vergüenza
ante ellos. Sólo le desconcertaba un poco Amalia con su mirada seria,
directa e impávida, quizá también algo abúlica.
Durante el corto camino a la posada –K se asió del brazo de Olga y ella
le arrastró, no podía ayudarse de otra manera, como lo había hecho su
hermano–, supo que esa posada sólo estaba destinada a los señores del
castillo, que allí podían comer o incluso pernoctar cuando tenían algo
que hacer en el pueblo. Olga habló con K en voz baja y confidencial:
era agradable ir con ella, casi como con su hermano; K se resistió a esa
sensación de bienestar, pero terminó plegándose a ella.
La posada era exteriormente muy similar a la posada en que K vivía; en
el pueblo no había grandes diferencias externas, pero sí que podían
advertirse en seguida pequeñas: la escalera de entrada, por ejemplo,
tenía una barandilla, habían fijado un pequeño farol sobre la puerta,
cuando entraron ondeó un paño sobre sus cabezas, era una bandera
con los colores condales. En el pasillo les salió al encuentro el posadero,
que al parecer se encontraba realizando una ronda de inspección; con
los ojos pequeños, examinadores o somnolientos, no se sabía muy bien,
miró fugazmente a K y dijo:
–El señor agrimensor sólo puede llegar hasta el despacho de venta de
consumiciones.
–Claro –dijo Olga, intercediendo en seguida–, sólo me acompaña.
K, sin embargo, desagradecido, se desprendió de Olga y se apartó con
el posadero. Olga, mientras tanto, esperó pacientemente al final del
pasillo.
–Desearía pernoctar aquí –dijo K.
–Por desgracia, eso es imposible –dijo el posadero–. Parece desconocer
que la casa está exclusivamente destinada a los señores del castillo.
–Eso lo puede decir el reglamento –dijo–, pero tiene que ser posible
dejarme dormir en algún rincón.
–Me encantaría poder satisfacer su deseo –dijo el posadero–, pero
aparte de la severidad del reglamento, del que usted habla como un
forastero, su deseo resulta imposible de cumplir porque los señores son
extremadamente sensibles; estoy convencido de que son incapaces, al
menos tomándolos desprevenidos, de soportar la mirada de un extraño;
si yo le dejase dormir aquí y por una casualidad –y las casualidades
siempre se producen del lado de los señores– le descubrieran, no sólo
estaría yo perdido, también usted lo estaría.
Sonaba ridículo, pero era cierto. Ese señorón, abotonado hasta el
cuello, que, con una mano apoyada en la pared y la otra en la cadera,
con las piernas cruzadas y un poco inclinado hacia K, le hablaba en
confianza, parecía no pertenecer al pueblo, por más que su oscuro traje
tuviese un aspecto solemne y pueblerino.
–Le creo perfectamente –dijo K– y tampoco menosprecio la
importancia del reglamento: he debido de expresarme con imprecisión.
Sólo quiero llamarle la atención sobre algo, en el castillo tengo valiosas
conexiones y las tendré aún más valiosas, las cuales le aseguran contra
todo peligro que pudiese ocasionar mi estancia aquí y le garantizo que
estoy en condiciones de agradecerle con creces un pequeño favor.
–Lo sé –dijo el posadero, y repitió una vez más–: Eso lo sé.
Ahora K tendría que haber expresado su deseo con más intensidad,
pero precisamente esa respuesta del posadero le confundió, por eso se
limitó a preguntar:
–¿Pernoctan hoy aquí muchos señores del castillo?
–En ese aspecto ésta es una noche ventajosa –dijo el posadero
tentador en cierta manera–, sólo se queda un señor.
K no podía seguir insistiendo, pero tenía la esperanza de que lo
admitiesen, así que preguntó por el nombre del huésped.
–Klamm –dijo el posadero de pasada, mientras se volvía hacia su
esposa que apareció en ese momento con un vestido extrañamente
envejecido y usado, lleno de arrugas y pliegues, pero de un estilo fino,
de la ciudad. Quería llevarse al posadero, pues el señor director
deseaba algo. Pero antes de irse, el posadero se volvió hacia K, como si
no fuese él sino K quien tuviese que decidir sobre la posibilidad de
pernoctar allí. K, sin embargo, no pudo decir nada; precisamente la
circunstancia de que se hallase allí su superior lo había desconcertado;
sin poder aclarárselo a él mismo, no se sentía tan libre ante Klamm
como frente al castillo; ser descubierto por él no habría supuesto un
susto en el sentido del posadero, pero sí una situación desagradable,
algo así como si le ocasionase algún dolor a alguien a quien le debía
agradecimiento; al mismo tiempo le oprimió severamente advertir que
en esa irresolución se mostraban las temidas consecuencias de ser un
subordinado, un trabajador, y que no era capaz, ni siquiera allí, donde
surgían, de luchar con ellas hasta eliminarlas. Permaneció de pie, se
mordió los labios y no dijo nada. Una vez más, antes de que el
posadero desapareciese por una puerta, éste le miró y K le devolvió la
mirada, pero no se movió de su sitio hasta que Olga vino y se lo llevó.
–¿Qué querías del posadero? –preguntó Olga.
–Quería pasar aquí la noche –dijo K.
–Pero si vas a pernoctar en nuestra casa –dijo Olga maravillada.
–Sí, claro –dijo K, y le confió la interpretación de esas palabras.
CAPÍTULO III
Donde se servían las bebidas, en una habitación grande, vacía en el
centro, se sentaban cerca de la pared, al lado de barriles y sobre ellos,
algunos campesinos, que, sin embargo, presentaban un aspecto
diferente a los de la posada de K. Eran más limpios y uniformes,
vestidos con un paño basto de color amarillo grisáceo, las chaquetas
eran holgadas, los pantalones ceñidos. Eran hombres pequeños, a
primera vista muy parecidos, con rostros angulosos y planos, pero al
mismo tiempo de mejillas redondeadas. Todos parecían tranquilos y
apenas se movían, sólo con la mirada perseguían a los que habían
entrado, pero lentamente y con actitud indiferente. Sin embargo, como
eran tantos y reinaba tanto silencio, ejercieron en K cierto efecto.
Volvió a tomar el brazo de Olga para así aclarar a aquellos hombres su
presencia. En una esquina se levantó un hombre, un conocido de Olga,
y quiso aproximarse a ella, pero K la obligó a volverse en otra dirección
con el brazo con el que se apoyaba. Nadie salvo Olga lo pudo notar; ella
lo toleró con una sonriente mirada de soslayo.
Una jovencita de nombre Frieda les sirvió la cerveza. Una pequeña,
rubia e insignificante muchacha, con rasgos tristes y mejillas hundidas,
que, sin embargo, sorprendía por su mirada, una mirada de especial
superioridad. Cuando esa mirada recayó en K, le pareció como si esos
ojos hubiesen solucionado ya asuntos que le concernían y cuya
existencia ni siquiera conocía, pero de cuya existencia esa mirada le
convenció. K no dejó de mirar de reojo a Frieda, tampoco cuando habló
con Olga. No parecían ser amigas, sólo intercambiaron algunas palabras
indiferentes. K quiso contribuir algo a la conversación y preguntó
cuando menos se esperaba:
–¿Conoce al señor Klamm?
Olga se rió.
–¿Por qué te ríes? –preguntó K enojado.
–Pero si no me río –dijo, y siguió riéndose.
–Olga es aún una joven muy infantil –dijo K, y se inclinó sobre el
mostrador para atraer una vez más la mirada fija de Frieda.
Sin embargo, ella la mantuvo baja y dijo en voz baja:
–¿Quiere ver al señor Klamm?
K se lo pidió. Ella señaló hacia una puerta situada a la izquierda, cerca
de donde se encontraban.
Allí hay un pequeño agujero, puede mirar a través de él.
–¿Y esta gente? –preguntó K.
Ella levantó el labio inferior y se llevó a K hacia la puerta con una mano
increíblemente suave. A través del agujero, que se había realizado
ostensiblemente con objeto de observar, pudo abarcar casi toda la
habitación. A un escritorio en el centro de la habitación, en un redondo
y cómodo sillón, estaba sentado el señor Klamm iluminado
intensamente por una bombilla que colgaba ante él. Era un hombre de
mediana estatura, gordo y torpe. El rostro aún estaba terso, pero las
mejillas caían un poco por efecto de la edad. Lucía un largo bigote.
Unos quevedos torcidos que reflejaban la luz ocultaban sus ojos. Si el
señor Klamm hubiese estado sentado completamente frente a la mesa,
K sólo habría podido ver su perfil, pero como había adoptado una
posición oblicua, le podía ver toda la cara. Klamm apoyaba el codo
izquierdo en la mesa; la mano derecha, que sostenía un cigarro,
descansaba sobre la rodilla. Sobre la mesa había una jarra de cerveza;
como el borde de la mesa estaba elevado, K no pudo ver bien si allí
había documentos, a él le parecía que estaba vacía. Para mayor
seguridad le pidió a Frieda que mirase por el agujero y que le
informase. Como ella había estado hacía poco en la habitación, pudo
confirmarle sin más que no había ningún escrito. K le preguntó a Frieda
si ya tenía que irse, pero ella le dijo que podía seguir mirando todo el
tiempo que quisiese. K se había quedado solo con Frieda. Olga, como
comprobó fugazmente, había encontrado el camino hacia su conocido,
estaba sentada sobre un barril y pataleaba.
–Frieda –dijo K con un susurro–, ¿conoce bien al señor Klamm?
–Ah, sí, muy bien –dijo.
Se inclinó hacia K y arregló con actitud juguetona su blusa color crema
que, como ahora comprobaba K, era ligeramente escotada y colgaba de
su pobre cuerpo como algo ajeno. Entonces ella dijo:
–¿No se acuerda de la risa de Olga?
–Sí, la muy malcriada –dijo K.
–Bien –dijo ella reconciliadora–, había motivos para reírse, usted
preguntó si yo conocía a Klamm, y soy... –aquí se enderezó
involuntariamente y volvió a dirigir su mirada victoriosa hacia K,
aunque no guardase ninguna relación con lo que se estaba hablando–,
soy su amante.
–La amante de Klamm –dijo K.
Ella asintió con la cabeza.
–Entonces usted es para mí –dijo K sonriendo para que no hubiese
demasiada seriedad entre ellos– una persona muy respetable.
–No sólo para usted –dijo Frieda amigablemente, pero sin imitar su
sonrisa.
K tenía un remedio contra su altanería y lo empleó, al preguntarle:
–¿Ha estado alguna vez en el castillo?
Pero no resultó, porque ella respondió:
–No, pero ¿acaso no es suficiente con estar aquí en el despacho de
bebidas?
Era evidente que su orgullo se había desbordado y precisamente quería
cebarse en K.
–Cierto –dijo K–, aquí, en la taberna, usted desempeña las funciones
del posadero.
–Así es –dijo ella–, y comencé como criada en la posada del puente.
–Con esas manos tan suaves –dijo K con un tono medio interrogativo y
no supo si se limitaba a lisonjear o realmente había sido obligado por
ella a hacerlo. Sus manos, sin embargo, eran realmente pequeñas y
suaves, aunque también podría haberse dicho que eran delgadas e
indiferentes.
–Nadie se ha fijado nunca en ellas –dijo ella–, ni siquiera ahora...
K la miró con actitud interrogadora, ella sacudió la cabeza y no quiso
seguir hablando.
–Usted tiene, naturalmente –dijo K–, sus secretos y no hablará de ellos
con alguien a quien sólo conoce desde hace una hora y que aún no ha
tenido la oportunidad de contarle cuál es su situación.
Ésa fue, como se demostró en seguida, una indicación inadecuada, era
como si hubiese despertado a Frieda de una agradable ensoñación, ella
sacó de su cartera de piel, que colgaba de su cinturón, un trozo de
madera y tapó con él el agujero en la pared, a continuación, y para
ocultar su cambio de humor, le dijo visiblemente forzada:
–En lo que a usted concierne, lo sé todo, usted es el agrimensor.
Después de una pausa añadió:
Ahora tengo que trabajar.
Y ocupó su puesto detrás del mostrador, mientras entre la gente se
levantaba de vez en cuando alguno para que ella le llenase la jarra
vacía. K quería volver a hablar con ella de forma discreta, así que tomó
una jarra vacía de un estante y se aproximó a ella.
–Sólo una cosa más, señorita Frieda –dijo–. Resulta extraordinario, y
se necesita una gran energía para ascender de criada a camarera, pero
¿se puede decir que una persona así ha alcanzado ya su meta? Ésta es
una pregunta absurda. En sus ojos, y no se ría de mí, señorita Frieda,
no habla tanto la lucha pasada como la futura. Pero las resistencias del
mundo son grandes, se tornan más grandes cuanto más grandes son
los objetivos, y no supone ninguna vergüenza asegurarse la ayuda de
un hombre sin influencia pero igual de combativo. Tal vez podamos
hablar con tranquilidad, no aquí, donde se fijan en nosotros tantas
miradas.
–No sé qué pretende usted –dijo, y en el tono esta vez, contra su
voluntad, no parecían reflejarse las victorias de su vida, sino las
infinitas decepciones–. ¿Acaso desea separarme de Klamm?
–¡Cielo santo! Me ha leído el pensamiento –dijo K cansado de tanto
recelo–. Precisamente ésa era mi intención secreta. Usted debería
abandonar a Klamm y ser mi amante. Y ahora ya me puedo ir. ¡Olga! –
exclamó K–. Nos vamos a casa.
Obediente, Olga descendió del barril, pero no pudo desembarazarse en
seguida de los amigos que la rodeaban. Entonces dijo Frieda en voz
baja, mirando a K con un aire amenazador:
–¿Cuándo puedo hablar con usted?
–¿Puedo pernoctar aquí? –preguntó K.
–Sí –dijo Frieda.
–¿Puedo permanecer aquí?
–Salga con Olga para que me deshaga de la gente. Después de un rato
puede volver.
–Bien –dijo K, y esperó impaciente a Olga.
Pero los campesinos no la dejaban, habían inventado un baile cuya
protagonista era Olga; danzaban a su alrededor en corro y al lanzar un
grito común salía uno del corro, aferraba la cadera de Olga con una
mano y la remolineaba; el corro giraba cada vez más deprisa, los
gritos, como resuellos hambrientos, se tornaron paulatinamente en uno
solo; Olga, que al principio había querido romper el corro sonriente, se
tambaleaba de mano en mano con el pelo suelto.
–Ésa es la gentuza que me envían –dijo Frieda, y se mordió con ira sus
finos labios.
–¿Quiénes son? –preguntó K.
–Los criados de Klamm –dijo Frieda–; una y otra vez los trae consigo y
su presencia me trastorna. Apenas sé de qué he hablado hoy con usted,
señor agrimensor, si fue de algo malo, perdóneme, la presencia de esa
gente es la culpable: es lo más despreciable y repugnante que conozco
y a ellos les tengo que servir cerveza. Cuántas veces le he tenido que
pedir a Klamm que los envíe a casa; si tengo que soportar a los criados
de otros señores, al menos podría tener consideración conmigo, pero
todo ha sido en vano, una hora antes de su llegada se abalanzan como
el ganado en el establo. Pero ahora deben irse realmente al establo,
que es el sitio al que pertenecen. Si usted no estuviese aquí, abriría
violentamente la puerta y el mismo Klamm tendría que sacarlos de esta
habitación.
–Pero, ¿no los oye? –preguntó K.
–No –dijo Frieda–, duerme.
–¿Cómo? –exclamó K–. ¿Duerme? Cuando miré en la habitación aún
estaba despierto y sentado a la mesa.
–Así se sienta siempre –dijo Frieda–, también cuando usted le vio
estaba durmiendo. ¿Le hubiera dejado mirar en otro caso? Ésa era su
posición para dormir, los señores duermen mucho, apenas se puede
comprender. Por lo demás, si no durmiese tanto, ¿cómo podría soportar
a esa gente? Pero ahora tendré que expulsarlos de aquí yo misma.
Cogió un látigo de una esquina y se acercó con un único salto, elevado
y algo inseguro, a los danzantes. Primero se volvieron hacia ella como
si fuese una nueva danzarina y, efectivamente, en un primer instante
pareció como si Frieda quisiese dejar caer el látigo, pero lo volvió a
alzar.
–¡En el nombre de Klamm –gritó–, al establo, todos al establo!
Entonces comprobaron que iba en serio; con un miedo incomprensible
para K comenzaron a aglomerarse en la parte trasera, con el golpe del
primero se abrió una puerta, el aire nocturno penetró en la habitación,
y todos desaparecieron con Frieda, que al parecer los llevó por el patio
hasta el establo. Pero en el silencio repentino que invadió la sala, K oyó
pasos en el pasillo. Para protegerse saltó detrás del mostrador, era el
único lugar donde podía esconderse; aunque no le estaba prohibido
permanecer en esa zona, quería pernoctar allí, así que debía evitar que
le vieran. Cuando la puerta se abrió, se deslizó en el interior. Que le
descubriesen allí no dejaba de ser peligroso, en todo caso la excusa de
que se había escondido allí de la furia de los campesinos no era
inverosímil. Era el posadero.
–¡Frieda! –gritó, y se paseó varias veces por la habitación.
Afortunadamente, Frieda regresó pronto y no mencionó a K, sólo se
quejó de los campesinos y se dirigió al mostrador con la intención de
encontrar a K, allí pudo K rozar su pie y a partir de ese momento se
sintió seguro. Como Frieda no mencionó a K, al cabo tuvo que hacerlo
el posadero.
–Y ¿dónde está el agrimensor? –preguntó.
Era un hombre cortés y bien educado por el trato duradero y
relativamente libre con personas muy superiores a él, pero con Frieda
hablaba empleando un tono especialmente respetuoso, que llamaba la
atención porque, a pesar de ello, en la conversación no dejaba de ser el
empleador frente a su empleada, además frente a una empleada
bastante audaz.
–He olvidado por completo al agrimensor –dijo Frieda, y puso su
pequeño pie en el pecho de K–. Se ha debido de ir hace tiempo.
–Pero yo no le he visto –dijo el posadero– y he estado casi todo el
tiempo en el pasillo.
Aquí no está –dijo Frieda con indiferencia.
–A lo mejor se ha escondido –dijo el posadero–, después de la
impresión que me ha dejado, le considero capaz de eso y de otras
cosas.
–No creo que tenga esa osadía –dijo Frieda, y presionó aún más su pie
contra K.
Había algo alegre y libre en su ser que K no había advertido antes y ese
rasgo se apoderó increíblemente de ella cuando de repente, y riéndose,
dijo:
–A lo mejor está escondido aquí debajo –se agachó hacia K y lo besó
fugazmente para levantarse al instante y decir con un tono triste:
–No, no está aquí.
Pero también el posadero dio motivo de sorpresa cuando dijo:
–Para mí es muy desagradable no poder decir con seguridad que se ha
ido. No sólo se trata del señor Klamm, sino del reglamento. Pero el
reglamento, señorita Frieda, me afecta a mí tanto como a usted. Usted
se hace responsable de esta sala, yo mismo registraré el resto de la
casa. ¡Buenas noches! ¡Que duerma bien!
Aún no había salido de la habitación, cuando Frieda apagó la luz y ya
estaba al lado de K debajo del mostrador.
–¡Amado mío! ¡Mi dulce amado! –susurró, pero ni siquiera rozó a K,
como inconsciente de amor yacía sobre la espalda con los brazos
extendidos; el tiempo era infinito para su amor afortunado y suspiró,
más que cantó, una canción. Luego se sobresaltó, pues K estaba
sumido en sus pensamientos, y comenzó a arrastrarse hacia él como si
fuera una niña:
–Ven, aquí se asfixia uno.
Se abrazaron, el pequeño cuerpo ardía en las manos de K, rodaron
sumidos en una inconsciencia de la que K intentó en vano liberarse;
unos metros más allá chocaron con la puerta de Klamm provocan do un
ruido sordo y allí yacieron sobre un charco de cerveza y rodeados de
otra basura de la que el suelo estaba cubierto. Allí transcurrieron horas,
horas de un aliento común, de latidos comunes, horas en las que K tuvo
la sensación de perderse o de que estaba tan lejos en alguna tierra
extraña como ningún otro hombre antes que él, una tierra en la que el
aire no tenía nada del aire natal, en la que uno podía asfixiarse de
nostalgia y ante cuyas disparatadas tentaciones no se podía hacer otra
cosa que continuar, seguir perdiéndose. Y para él, al menos en un
principio, no supuso ningún susto, sino un consolador amanecer,
cuando alguien llamó a Frieda desde la habitación de Klamm con una
voz profunda, entre indiferente y autoritaria.
–Frieda –dijo K en el oído de Frieda y transmitió la llamada.
Con una obediencia innata Frieda quiso levantarse de un salto, pero
entonces se acordó de dónde estaba, se estiró, rió en silencio y dijo:
–No, no iré, nunca más iré con él.
K quiso contradecirla, quiso impulsarla a que fuese con Klamm,
comenzó a buscar con ella los restos de su blusa, pero no pudo decir
nada, estaba demasiado feliz de tener a Frieda en sus brazos,
demasiado feliz y a un mismo tiempo asustado, pues le parecía que si
Frieda le abandonaba, le abandonaba todo lo que tenía. Y como si
Frieda se hubiese fortalecido con la aquiescencia de K, golpeó con su
puño en la puerta y gritó:
–¡Estoy con el agrimensor! ¡Estoy con el agrimensor!
Entonces Klamm se calló. Pero K se levantó, se arrodilló junto a Frieda
y miró a su alrededor en la penumbra del amanecer.
¿Qué había ocurrido? ¿Dónde estaban sus esperanzas? ¿Qué podía
esperar de Frieda que había traicionado todo? En vez de avanzar con la
mayor precaución como correspondía a la magnitud del enemigo y del
objetivo, se había solazado allí durante toda la noche sobre restos de
cerveza, cuyo olor llegaba a aturdir.
–¿Qué has hecho? –dijo ante sí–. Estamos perdidos.
–No –dijo Frieda–, sólo yo estoy perdida, pero te he ganado a ti.
Tranquilízate, pero escucha cómo se ríen los dos.
–¿Quién? –preguntó K, y se volvió.
En el mostrador estaban sentados sus dos ayudantes, un poco
somnolientos, pero alegres: era la alegría que da el fiel cumplimiento
del deber.
–¿Qué queréis aquí? –gritó K como si fuesen culpables de todo, y buscó
a su alrededor el látigo que Frieda había tenido por la noche.
–Teníamos que buscarte –dijeron los ayudantes–, como no regresaste
con nosotros a la posada, te buscamos en casa de Barnabás y
finalmente te encontramos aquí: hemos estado aquí sentados toda la
noche. El trabajo no es fácil.
–Os necesito durante el día, no por la noche –dijo K–. ¡Largaos de
aquí!
–Ya es de día –dijeron, y no se movieron.
Realmente era de día, las puertas del patio se abrieron, los campesinos
inundaron la sala con Olga, a la que K había olvidado por completo.
Olga estaba animada como por la noche, por más que su pelo y su
vestido estuviesen desordenados; sus ojos buscaron a K desde que
apareció en la puerta.
–¿Por que no viniste a casa conmigo? –dijo ella casi llorando–. ¡Por una
criada como ésa! –y repitió esa exclamación varias veces.
Frieda, que había desaparecido por un instante, regresó con un hatillo.
Olga se apartó con tristeza.
Ahora ya nos podemos ir –dijo Frieda.
Era evidente que se refería a la posada del puente, ése era el lugar al
que quería ir. K iba acompañado de Frieda y, a continuación, los
ayudantes: ésa era la comitiva. Los campesinos mostraron desprecio
por Frieda, era comprensible porque ella hasta ese momento los había
dominado con severidad: uno de ellos incluso tomó un bastón e hizo
como si no quisiese dejarla irse hasta que no hubiese saltado sobre él,
pero su mirada bastó para ahuyentarlo. Afuera, en la nieve, K pudo
respirar algo: la alegría de estar al aire libre era tan grande que esta
vez le pareció soportable la dificultad del camino, aunque si K hubiese
estado solo, habría ido mejor. Al llegar a la posada, se dirigió
directamente a su habitación y se echó en la cama; Frieda preparó un
lecho en el suelo y los ayudantes entraron en la habitación, fueron
expulsados, volvieron a entrar por la ventana y K se mostró demasiado
cansado para expulsarlos de nuevo. La posadera vino en persona para
saludar a Frieda y fue llamada «madrecita» por ésta, se produjo un
saludo efusivo incomprensible con besos y largos abrazos. En la
habitación no había apenas tranquilidad, con frecuencia entraron
también las criadas alborotando con sus botas masculinas ya fuese para
traer o para recoger algo. Si necesitaban cualquier cosa de la cama,
llena de los objetos más dispares, no dudaban en sacarlas sin
consideración a K. A Frieda la saludaron como si fuese una de ellas. A
pesar de todas esas molestias, K permaneció en cama durante todo el
día y la noche. De vez en cuando Frieda le tendía la mano. Cuando
finalmente se levantó al día siguiente, recuperado por el descanso, ya
era su cuarto día en el pueblo.
CAPÍTULO IV
Le habría gustado hablar confidencialmente con Frieda, pero los
ayudantes, con quienes, por lo demás, Frieda reía y bromeaba de vez
en cuando, se lo impedían con su impertinente presencia. Desde luego
no se podía decir que fuesen exigentes, se habían instalado en el suelo,
sobre dos faldas viejas; su ambición, como le repitieron a Frieda,
consistía en no molestar a K y en ocupar el mínimo espacio posible; a
este respecto, si bien es cierto que sin dejar de susurrar y soltar risitas
medio ahogadas, doblaban brazos y piernas, se acurrucaban el uno
junto al otro y en la penumbra sólo se veía un gran ovillo. Sin embargo,
se apreciaba muy bien que con la luz del día se convertían en
observadores atentos, siempre mirando fijamente a K, ya fuese
empleando sus manos como telescopios al igual que los niños en sus
juegos y realizando otras cosas absurdas, o sólo parpadeando mientras
parecían ocupados en el cuidado de sus barbas, a las que atribuían una
gran importancia, comparándolas innumerables veces en su longitud y
densidad y dejando que Frieda las juzgase. K miraba frecuentemente
desde su cama con completa indiferencia los manejos de los tres.
Cuando se sintió lo suficientemente fuerte para abandonar la cama, los
tres se apresuraron a servirle. No obstante, aún no estaba tan fuerte
como para poderse defender de su celo, notó que por ello se veía
sometido a cierta dependencia que podía tener consecuencias
perjudiciales, pero no tenía más remedio que dejarlo estar. Tampoco
fue muy desagradable tomarse en una mesa bien puesta el buen café
que Frieda había traído, calentarse al lado de la calefacción que Frieda
había encendido, hacer que los ayudantes impulsados por su celo e
ineptitud bajasen y subiesen las escaleras diez veces para traer agua,
jabón, un peine y un espejo, y, una última vez, porque K había
expresado el deseo en voz baja de querer un vasito de ron.
En medio de todo ese ordenar y servir, K, más como resultado de su
bienestar que de la esperanza de éxito, dijo:
–Salid ahora los dos, por el momento no necesito nada y quiero hablar
a solas con la señorita Frieda.
Y cuando no vio en sus rostros ninguna señal de resistencia, aún les
dijo para resarcirlos:
–Luego nos iremos los tres a ver al alcalde, me podéis esperar abajo en
la taberna.
Por extraño que parezca le obedecieron, sólo que antes de salir dijeron:
–También podríamos esperar aquí.
K respondió:
–Lo sé, pero no quiero.
A K le pareció enojoso, aunque también, en cierto sentido, favorable,
que Frieda (quien, una vez que habían salido los ayudantes, se había
sentado sobre las rodillas de K), le dijese:
–¿Qué tienes, cariño, contra los ayudantes? Ante ellos no debemos
tener ningún secreto. Son fieles.
–¡Ah!, conque fieles –dijo K–, me espían continuamente, su conducta
es absurda y repugnante.
–Creo entenderte –dijo ella, se colgó de su cuello y quiso decir algo
más pero no pudo seguir hablando y, como el sillón estaba cerca de la
cama, oscilaron sobre ella y cayeron. Allí yacieron, pero no tan
entregados como la noche anterior. Ella buscaba algo y él buscaba algo,
furiosos, dibujándose extrañas muecas en sus rostros; buscaban
horadando el pecho del otro con la cabeza, y sus abrazos y sus cuerpos
violentamente entrelazados no les hacían olvidar, sino que les
recordaban el deber de buscar; como perros desesperados que
escarban en el suelo, así escarbaban en sus cuerpos e,
irremediablemente decepcionados, para sacar algún resto más de
felicidad, deslizaron sus lenguas por el rostro ajeno. Sólo el cansancio
logró calmarlos y que se mostrasen mutuamente agradecidos. Entonces
llegaron las criadas.
–Mira cómo están echados ahí –dijo una de ellas, y arrojó un trapo
sobre ellos por compasión.
Cuando más tarde K se liberó del trapo y miró a su alrededor,
comprobó –no le asombró nada– que sus ayudantes volvían a estar en
su esquina, amonestándose mutuamente con seriedad mientras
señalaban a K con el dedo y le saludaban, pero, además, la posadera
estaba sentada al lado de la cama y remendaba un calcetín, una
pequeña labor que no se compaginaba con su figura enorme que casi
oscurecía la habitación.
–Estoy esperando desde hace tiempo –y alzó su rostro ancho y surcado
de arrugas, aunque en general daba la extraña sensación de ser liso y
quizá, en otro tiempo, hermoso. Las palabras sonaron como un
reproche, un reproche inconveniente, pues K no había solicitado que
acudiese. Se limitó a constatar con la cabeza sus palabras y se
incorporó. También Frieda se levantó, pero abandonó a K y se apoyó en
el sillón donde estaba sentada la posadera.
–Señora posadera –dijo K distraído–, ¿no puede esperar eso que me
quiere decir hasta que regrese de ver al alcalde? Tengo una importante
entrevista con él.
–Esto es más importante, créame señor agrimensor –dijo la posadera–
, allí se trata probablemente sólo de un trabajo, aquí de un ser humano,
de Frieda, mi querida sirvienta.
–¡Ah, ya! –dijo K–, entonces no entiendo por qué no nos deja ese
asunto a nosotros dos.
–Por amor e inquietud –dijo la posadera, y atrajo hacia sí la cabeza de
Frieda, quien, de pie, sólo llegaba al hombro de la posadera sentada.
–Como Frieda tiene tanta confianza en usted –dijo K–, no puedo hacer
otra cosa. Y como Frieda ha llamado hace poco fieles a mis ayudantes,
estamos entre amigos. Así que le puedo decir, señora posadera, que
considero lo mejor que Frieda y yo nos casemos y, además, lo más
pronto posible. Por desgracia no podré compensar a Frieda de lo que ha
perdido: el puesto en la posada de los señores y la amistad de Klamm.
Frieda levantó su rostro, sus ojos estaban llenos de lágrimas, en ellos
no había nada de un sentimiento de victoria.
–¿Por qué yo? ¿Por qué he sido yo la elegida?
–¿Cómo? –preguntaron K y la posadera a un mismo tiempo.
–Está confusa, pobre hija –dijo la posadera–, confusa por la
coincidencia de tanta felicidad y desgracia.
Y como confirmación de esas palabras Frieda se precipitó sobre K, le
besó con pasión, como si no hubiese nadie más en la habitación y cayó
después de rodillas, llorando y abrazándole. Mientras acariciaba el
cabello de Frieda, K preguntó a la posadera:
–¿Me da usted la razón?
–Usted es un hombre de honor –dijo la posadera, también a ella se le
notaba la emoción en la voz, parecía algo decaída y respiraba con
dificultad; no obstante, aún encontró la fuerza para decir:
–Ahora habrá que pensar en algunas garantías que usted debe dar a
Frieda, pues por muy grande que sea el respeto que le tengo, usted
sigue siendo un forastero, no puede remitirse a nadie, su situación
doméstica es aquí desconocida, así que las garantías son necesarias,
eso lo comprenderá, señor agrimensor, usted mismo ha destacado lo
que Frieda perderá al unirse a usted.
–Por supuesto, garantías, naturalmente –dijo K–, lo mejor es que todo
se haga ante un notario, pero quizá otros organismos administrativos
del condado también se inmiscuyan. Por lo demás, antes de la boda
tengo un asunto que resolver. Tengo que hablar con Klamm.
–Eso es imposible –dijo Frieda, levantándose un poco y apretándose
contra K–. ¡Qué ocurrencia!
–Tiene que ser –dijo K–, si me resulta imposible a mí, tendrás tú que
conseguirlo.
–No puedo, K, no puedo –dijo Frieda–, Klamm no hablará nunca
contigo. ¿Cómo puedes creer que Klamm hablará contigo?
–¿Hablaría contigo? –preguntó K.
–Tampoco –dijo Frieda–, ni contigo ni conmigo, eso es imposible.
Se volvió hacia la posadera con los brazos extendidos.
–Vea, señora posadera, lo que reclama.
–Usted es una persona peculiar, señor agrimensor –dijo la posadera, y
K quedó horrorizado al ver cómo estaba sentada, recta, con las piernas
abiertas, las poderosas rodillas marcándose en la fina falda–. Usted
pide algo imposible.
–¿Por qué es imposible? –preguntó K.
–Se lo explicaré –dijo la posadera en un tono como si esa aclaración no
fuese un último favor sino ya la primera pena que imponía–, estaré
encantada de explicárselo. Cierto, yo no pertenezco al castillo, y soy
sólo una mujer, y sólo una posadera, aquí, en una posada de última
categoría –bueno, no es de última categoría, pero casi–, y así es posible
que no atribuya mucha importancia a mi aclaración, pero durante toda
mi vida he mantenido los ojos bien abiertos y he conocido a mucha
gente y yo sola he llevado todo el peso de la economía, pues mi esposo
es un buen hombre, pero no un posadero, y jamás comprenderá lo que
significa asumir la responsabilidad. Usted, por ejemplo, debe a su
negligencia –en aquella noche yo estaba completamente agotada que
siga en el pueblo, que esté aquí sentado tan cómoda y pacíficamente en
la cama.
–¿Cómo? –dijo K, despertando de su distracción, más excitado por la
curiosidad que por el enojo.
–Sólo lo debe a su negligencia –exclamó una vez más la posadera
señalando a K con el dedo índice.
Frieda intentó apaciguarla.
–¿Qué quieres tú? –dijo la posadera con un rápido giro de todo su
cuerpo–, el señor agrimensor me ha preguntado y debo responderle. No
hay otra forma de que comprenda lo que a nosotros nos resulta
evidente: que el señor Klamm jamás hablará con él, pero qué digo, que
jamás podrá hablar con él. Escúcheme, señor agrimensor, el señor
Klamm es un señor del castillo, eso ya significa por sí mismo, al margen
de su otra posición, un rango muy elevado. Pero, ¿qué es usted, cuyo
consentimiento para la boda buscamos tan humildemente? Usted no
pertenece al castillo, no es del pueblo, usted es un don nadie. Por
desgracia, sin embargo, usted es algo: un forastero, uno que siempre
resulta superfluo y siempre está en camino, uno por quien siempre se
producen trastornos, por cuya causa hay que esconder a las criadas,
cuyas intenciones son desconocidas, uno que ha seducido a nuestra
pequeña y querida Frieda y al que hay que dársela, por desgracia, como
esposa. A causa de todo esto no le hago en el fondo ningún reproche.
Usted es lo que es; ya he visto mucho en mi vida como para no
soportar ahora esta situación. Sin embargo, imagínese lo que está
pidiendo. Un hombre como Klamm debe hablar con usted. Con dolor he
oído que Frieda le ha dejado mirar por el agujero de la pared, ya
cuando lo hizo había sido seducida por usted. Dígame, ¿cómo ha podido
soportar la mirada de Klamm? No tiene por qué responder, lo sé, la ha
soportado muy bien. Usted no es capaz de ver realmente a Klamm,
esto no es envanecimiento por mi parte, pues yo tampoco soy capaz.
Klamm debería hablar con usted, pero él ni siquiera habla con la gente
del pueblo, nunca ha hablado con alguien del pueblo. La gran distinción
de Frieda, que será mi orgullo hasta la muerte, consistía en que al
menos solía pronunciar su nombre, en que ella podía dirigirle la palabra
cuando quería y recibía el permiso para mirar por el agujero de la
pared, pero él tampoco ha hablado con ella. Y que llamase a Frieda de
vez en cuando, no debe tener el significado que a uno le gustaría
atribuirle, él se limitaba a pronunciar el nombre de Frieda. Pero ¿quién
conoce sus intenciones? Que Frieda, naturalmente, acudiese deprisa,
era asunto suyo, y que la dejasen presentarse ante él sin oponerse, se
debía a la bondad de Klamm, pero no se puede afirmar que la hubiese
llamado. Ahora es cierto que todo eso se ha acabado para siempre. Tal
vez Klamm vuelva a pronunciar el nombre de Frieda, es posible, pero
ya no la dejarán entrar, a ella, a una muchacha que es su prometida. Y
hay una cosa, una sola cosa que no comprendo con mi pobre cabeza,
que una joven, de la que se decía era la amante de Klamm –dicho sea
de paso, considero esta expresión algo exagerada– se dejase rozar por
usted.
–Cierto, eso es extraño –dijo K, y colocó a Frieda, que se sometió con
la cabeza inclinada, sobre sus rodillas–, eso demuestra, según creo,
que no toda la situación es como usted la describe. Así, por ejemplo,
usted tiene razón cuando dice que yo ante Klamm soy un don nadie, y
si ahora exijo hablar con Klamm y no me dejo influir por sus
explicaciones, con eso aún no se ha dicho que sea capaz de soportar la
mirada de Klamm sin la puerta interpuesta y que no correré en cuanto
esté en su presencia. Pero ese temor, aunque fundado, para mí no
supone un motivo para no aventurarme a afrontarlo. Si me resulta
posible soportarlo, entonces es necesario que hable conmigo, me basta
si puedo comprobar la impresión que le hacen mis palabras y si no le
hacen ninguna o ni siquiera las escucha, habré sacado el beneficio de
haber hablado libremente ante un poderoso. Usted, sin embargo,
señora posadera, con todos sus conocimientos humanos y de la vida, y
Frieda, que aún ayer era la amante de Klamm –no veo ningún motivo
para cambiar de término–, me podrían facilitar la entrevista con
Klamm, si no es posible de otra manera, entonces en la posada de los
señores, quizá aún siga hoy allí.
–Es imposible –dijo la posadera–, y ya veo que le falta la capacidad de
comprenderlo. Pero díganos, ¿de qué quiere hablar con Klamm?
–Sobre Frieda naturalmente –dijo K.
–¿Sobre Frieda? –dijo la posadera con incomprensión y se volvió hacia
Frieda–. ¿Has oído, Frieda? Sobre ti quiere hablar con Klamm, ¡con
Klamm!
–¡Ay! –dijo K–, usted es, señora posadera, una mujer tan lista y
respetable y, sin embargo, la asusta cualquier pequeñez. Así es, quiero
hablar con él de Frieda, eso no es tan terrible, sino más bien evidente.
Pues se equivoca con toda seguridad si cree que Frieda, desde el
instante en el que yo aparecí, se ha convertido en algo insignificante
para Klamm. Le menosprecia si es eso lo que cree. Pienso que resulta
presuntuoso por mi parte querer instruirla a este respecto, pero lo
tengo que hacer. Por mi causa no ha podido alterarse nada en la
relación de Klamm con Frieda. O no existía ninguna relación esencial –
eso es lo que dicen aquellos que no le quieren dar el nombre honorífico
de amante a Frieda–, por lo que hoy tampoco existiría, o sí existía,
entonces ¿cómo podría perturbarla una persona como yo, quien, como
ha dicho certeramente, es un don nadie a los ojos de Klamm? Esas
cosas se creen en el primer instante del susto, pero la más pequeña
reflexión debe ponerlas en su sitio. Por lo demás, dejemos que Frieda
exprese su opinión sobre el asunto.
Con una mirada perdida en la lejanía, la mejilla apoyada en el pecho de
K, Frieda dijo:
–Es como madre dice: Klamm no quiere saber nada más de mí. Pero,
ciertamente, no porque llegaras tú, querido, nada parecido podría
haberle conmocionado. Creo que fue obra suya que nos encontrásemos
bajo el mostrador, esa hora fue bendecida y no maldita.
–Si es así –dijo K lentamente, pues las palabras de Frieda habían sido
dulces y él había cerrado los ojos unos segundos para dejarse invadir
por esas palabras–, si es así, aún hay menos motivos para temer una
entrevista con Klamm.
–Verdaderamente –dijo la posadera mirándolo desde arriba–, me
recuerda a veces a mi esposo, usted es tan obstinado e ingenuo como
él. Lleva dos días en el pueblo y ya cree saberlo todo mejor que sus
habitantes, mejor que yo, una mujer ya mayor, y que Frieda, que tanto
ha visto y oído en la posada de los señores. No niego que alguna vez
sea posible lograr algo contra los reglamentos o contra la costumbre,
por mi parte no he visto algo parecido, pero según dicen hay ejemplos
de ello, puede ser, pero entonces con toda certeza no ocurre de la
manera en que usted pretende hacerlo: diciendo continuamente que
no, guiándose sólo por su propia tozudez y pasando por alto los
consejos bienintencionados. ¿Acaso cree que usted es el objeto de mi
inquietud? ¿Me he ocupado de usted mientras estaba solo? ¿A pesar de
que hubiese sido conveniente y se hubiese podido evitar algo? Lo único
que le dije entonces a mi esposo fue: «Mantente alejado de él». Estas
palabras deberían haber mantenido su validez también para mí en el
día de hoy, si el destino de Frieda no estuviese involucrado. A ella le
debe –le guste o no– mi atención, sí, incluso mi consideración. Y no
puede simplemente rechazarme ya que usted es responsable ante mí,
la única que cuida a la pequeña Frieda con atención maternal. Es
posible que Frieda tenga razón y que todo lo que ha ocurrido haya sido
la voluntad de Klamm, pero de Klamm no sé nada, jamás hablaré con
él, para mí es completamente inalcanzable. Usted, sin embargo, se
sienta aquí, tiene en sus manos a mi Frieda y –por qué debería callarlo–
también está en mis manos. Sí, en mis manos, pues intente si no,
joven, si le echo de casa, buscar un alojamiento en el pueblo, aunque
sea en una caseta de perro.
–Gracias –dijo K–, ésas son palabras sinceras y las creo. Tan insegura
es entonces mi posición y, por tanto, la de Frieda.
–¡No! –gritó la posadera furiosa–. La posición de Frieda no tiene a ese
respecto nada que ver con la suya. Frieda pertenece a mi casa y nadie
tiene el derecho de llamar insegura su posición aquí.
–Bueno, bueno –dijo K–, también le doy la razón en eso,
especialmente porque Frieda, por motivos desconocidos, parece tenerle
demasiado miedo para injerirse. Sigamos tratando provisionalmente
sólo mi caso. Mi posición es extremadamente insegura, eso no lo niega,
sino que más bien se esfuerza en demostrarlo. Como ocurre con todo lo
que dice, esto es en su mayor parte cierto, pero no del todo. Así, sé de
un buen alojamiento que estaría dispuesto para mí.
–¿Dónde? ¿Dónde? –exclamaron Frieda y la posadera tan
simultáneamente y con tanta codicia como si tuviesen los mismos
motivos para sus preguntas.
–En casa de Barnabás –dijo K.
–¡Esas granujas! –exclamó la posadera–. ¡Esas taimadas granujas! ¡En
casa de Barnabás! ¿Lo habéis oído? –y se volvió hacia la esquina donde
se encontraban los ayudantes, pero éstos ya hacía tiempo que se
habían levantado y estaban detrás de la posadera cogidos del brazo;
ella, ahora, como si necesitase un apoyo, cogió la mano de uno de
ellos–. ¿Habéis oído dónde las corre el señor? ¡En la familia de
Barnabás! Es cierto, ahí recibirá un alojamiento, ¡ay!, habría sido mejor
que lo hubiese conseguido allí y no en la posada de los señores. Y
¿dónde pasasteis vosotros la noche?
–Señora posadera –dijo K antes de que respondiesen los ayudantes–,
se trata de mis ayudantes, pero así los trata como si fueran sus
ayudantes y mis vigilantes. En cualquier otra cosa estoy dispuesto, al
menos, a discutir cortésmente sobre sus opiniones, pero no respecto a
mis ayudantes, pues aquí el asunto está claro. Por esto le pido que no
hable con mis ayudantes, y si mi solicitud no bastase les prohíbo a mis
ayudantes que la contesten.
–Así que no puedo hablar con vosotros –dijo la posadera, y los tres se
rieron, la posadera, sin embargo, de forma burlona y con más suavidad
de la que K había esperado; los ayudantes en su forma acostumbrada,
significándolo todo y nada, rechazando cualquier responsabilidad.
–No te enojes –dijo Frieda–, tienes que comprender correctamente
nuestra excitación. Si se quiere, en realidad debemos nuestro
encuentro a Barnabás. Cuando te vi por primera vez en el mostrador –
entraste del brazo de Olga– ya sabía algo sobre ti, pero en general me
eras por completo indiferente. Pero no sólo tú me eras indiferente, casi
todo, casi todo me era indiferente. Estaba insatisfecha con muchas
cosas y algo me producía enojo, pero ¿qué clase de insatisfacción y de
enojo? Por ejemplo, uno de los huéspedes me molestó en el mostrador
siempre estaban detrás de mí, ya viste a aquellos tipos, pero venían
más enojosos, el servicio de Klamm no era de lo peor–, así pues, uno
de ellos me molestó, ¿qué significaba eso para mí? Para mí era como si
hubiese ocurrido hace muchos años o como si no me hubiese ocurrido a
mí o como si hubiese escuchado cómo lo contaban o como si ya lo
hubiese olvidado. Pero no lo puedo describir, ni siquiera me lo puedo
imaginar más, tanto han cambiado las cosas desde que he abandonado
a Klamm.
Y Frieda interrumpió su relato, inclinó con tristeza la cabeza y mantuvo
las manos dobladas sobre el regazo.
–Ve usted –exclamó la posadera, y lo hizo como si no hablase ella
misma sino que prestase su voz a Frieda, luego se acercó más y se
sentó al lado de ella–, se da cuenta ahora, señor agrimensor, de cuáles
han sido las consecuencias de su comportamiento; y también sus
ayudantes, con los que no puedo hablar, pueden aprender de esta
situación. Usted ha arrancado a Frieda del estado de máxima felicidad
que se le podía dar y le ha sido posible porque Frieda, con su
exagerada e infantil compasión, no pudo soportar que entrase colgado
del brazo de Olga y que pareciese entregado a la familia de Barnabás.
Le ha salvado y al hacerlo se ha sacrificado. Y ahora que ya ha ocurrido
y que Frieda ha cambiado todo lo que tenía por la felicidad de sentarse
sobre sus rodillas, ahora viene usted y presenta como su gran triunfo
que una vez tuvo la posibilidad de poder pernoctar en la casa de
Barnabás. Con eso quiere demostrar que usted es independiente de mí.
Cierto, si realmente hubiese pernoctado en casa de Barnabás, sería tan
independiente de mí que tendría que abandonar mi casa al instante y
de la forma más rápida.
–No conozco los pecados de la familia de Barnabás –dijo K mientras
Frieda, que estaba como inánime, se incorporaba cuidadosamente, se
sentaba en la cama y terminaba por levantarse–. Quizá tenga usted
razón en lo que dice, pero con certeza tenía yo razón cuando le pedí
que nos dejase a Frieda y a mí resolver nuestros propios asuntos. Usted
mencionó algo de amor y preocupación, de ello no he vuelto a notar
nada, sí, sin embargo, de odio, escarnio y expulsión de la casa. Si se le
había ocurrido apartar a Frieda de mí o a mí de Frieda, lo ha intentado
con gran habilidad, pero me parece que no lo logrará y, si lo lograse –
permítame por una vez pronunciar una oscura amenaza–, lo lamentará
amargamente. En lo que se refiere al alojamiento que me ha brindado –
con esas palabras parece referirse a este repugnante agujero– no
resulta del todo seguro que lo haya puesto a mi disposición por propia
voluntad, más bien me parece que existe una instrucción al respecto de
la administración condal. Comunicaré allí que me han desahuciado de la
posada y si me conceden otro alojamiento entonces podrá ya respirar
con libertad, y yo con mayor profundidad. Y ahora me voy a ver al
alcalde con motivo de éste y de otros asuntos. Ocúpese al menos, por
favor, de Frieda, a quien ya ha maltratado lo suficiente con sus
sermones maternales.
A continuación, se volvió hacia sus ayudantes.
–Venid –dijo, quitó la carta del clavo y se dispuso a salir.
La posadera había permanecido en silencio, pero en cuanto K Puso la
mano en el picaporte, dijo:
–Señor agrimensor, aún me queda algo por decirle antes de que se
ponga en camino, pues diga lo que quiera y me insulte como me
insulte, a mí, a una mujer ya anciana, sigue siendo el futuro esposo de
Frieda. Sólo por eso le digo que ignora por completo la situación que se
le presenta aquí; a una le zumba la cabeza cuando le oye y cuando
compara lo que dice y piensa con la realidad. No se puede arreglar esa
ignorancia de una vez y quizá no se pueda nunca, pero hay muchas
cosas que pueden mejorar si me cree aunque sólo sea un poco y
mantiene presente el hecho de esa ignorancia. Entonces, por ejemplo,
se volverá en seguida más justo conmigo y comenzará a sospechar la
magnitud del susto que he sufrido –cuyos efectos aún padezco– cuando
me he dado cuenta de que mi querida pequeña ha abandonado, en
cierta manera, al águila, para unirse a la culebra ciega, aunque la
relación real sea mucho peor y tenga que intentar olvidarla
continuamente, sino no podría hablar con usted una palabra con
tranquilidad. Pero ahora se ha enfadado otra vez. No, no se vaya
todavía, escuche aún esto, por favor: adonde quiera que vaya sepa que
sigue siendo el más ignorante y tenga cuidado, aquí en nuestra casa,
donde la presencia de Frieda le protege de daños, puede decir lo que
quiera, aquí nos puede mostrar, por ejemplo, cómo pretende hablar con
Klamm, pero, por favor, por favor se lo pido, no se atreva a decir esas
cosas en la realidad.
Se levantó algo tambaleante por la excitación, se acercó a K, tomó su
mano y le miró con gesto suplicante.
–Señora posadera –dijo K–, no comprendo por qué se humilla para
suplicarme una cosa así. Si, como usted dice, resulta imposible hablar
con Klamm, entonces no lo podré lograr, me lo supliquen o no. Pero si
fuese posible, ¿por qué tendría que renunciar a hacerlo, especialmente
cuando con la refutación de su principal reproche el resto de sus
temores resultan cuestionables? Es cierto, soy ignorante; sin embargo,
la verdad prevalece, y eso es muy triste para mí, pero también tiene la
ventaja de que el ignorante osa más, así que prefiero portar conmigo
aún un poco más la ignorancia y sus malas consecuencias, al menos
mientras alcancen mis fuerzas. Esas consecuencias, en lo esencial, sólo
me afectan a mí, y por eso ante todo no comprendo por qué me
suplica. Usted siempre cuidará de Frieda y, si desaparezco
completamente de su círculo, eso significará, según su opinión, una
suerte para ella. ¿Qué teme entonces? ¿Acaso teme que al ignorante le
parece todo posible? –aquí K abrió la puerta–. ¿No temerá acaso por
Klamm?
La posadera miró en silencio cómo salía y bajaba deprisa las escaleras
con sus ayudantes detrás.
CAPÍTULO V
A K, casi para su sorpresa, la entrevista con el alcalde le causaba pocas
preocupaciones. Intentó explicárselo con el hecho de que, según sus
experiencias hasta ese momento, el trato oficial con las autoridades
condales había sido muy fácil para él. Por una parte eso se debía a que,
respecto al tratamiento de sus asuntos, era evidente que se había
emitido de una vez por todas un determinado principio de actuación,
supuestamente muy favorable para él, y por otra, se debía a la unidad
digna de admiración del servicio, que precisamente allí donde no existía
en apariencia se presentía perfecta. K, cuando alguna vez pensaba en
estas cosas, no estaba muy lejos de encontrar su situación
satisfactoria, a pesar de que, después de los ataques de bienestar que
le aquejaban, se dijera que cabalmente ahí radicaba el peligro. El trato
directo con organismos administrativos no era demasiado difícil, pues
éstos, por muy organizados que estuvieran, siempre tenían que
defender cosas invisibles y distantes en nombre de señores invisibles y
distantes, mientras que K luchaba por algo viviente y cercano, por él
mismo, sobre todo, al menos últimamente, por su propia voluntad,
pues él era el atacante, y no sólo él luchaba por él mismo, sino con
toda seguridad por otras fuerzas que no conocía, pero en las que podía
creer según las medidas de los organismos administrativos. Pero como
los organismos desde un principio le habían manifestado su buena
voluntad en cosas inesenciales –hasta ese momento tampoco se había
tratado de más–, le habían impedido la posibilidad de pequeñas y
ligeras victorias y con esa posibilidad también la correspondiente
satisfacción, así como la fundada seguridad resultante de ella para otras
luchas más grandes. En vez de eso le dejaban deslizarse por todas
partes, eso sí, sin abandonar el pueblo, y, mediante esa táctica, le
mimaban y debilitaban, evitando toda lucha y situándolo en una vida
extraña, extraoficial, completamente opaca y turbia. De esa manera
bien podía ocurrir, si no estaba alerta, que él algún día, pese a toda la
deferencia del organismo y pese al cumplimiento completo de todas las
obligaciones oficiales tan exageradamente fáciles, fuese embaucado por
el favor supuestamente concedido y condujese su vida con tan poca
precaución que se desmoronase, y el organismo competente, aún suave
y amistoso, por decirlo así, contra su voluntad pero en nombre de
cualquier orden público desconocido para él, viniese para deshacerse de
él. Y ¿qué era su vida extraoficial allí? K no había visto nunca una
mayor fusión entre vida y función pública que allí, tan fundidas estaban
que a veces podía parecer que la vida y la función pública habían
intercambiado sus puestos. ¿Qué significaba, por ejemplo, el poder
formal que Klamm había ejercido hasta ahora sobre la posición oficial
de K, si se comparaba con el poder real que tenía Klamm sobre su
alcoba? Así concluyó que sólo había lugar para un comportamiento
relajado frente a la administración, mientras que en lo restante siempre
sería necesaria una gran precaución, un mirar hacia todos los lados
antes de dar un paso.
K encontró por lo pronto confirmada su idea de la administración local
con el alcalde. Éste, un hombre amable, obeso y afeitado pulcramente,
estaba enfermo, padecía un ataque de gota y recibió a K en la cama.
Así que aquí está nuestro agrimensor –dijo; quiso levantarse para
saludarle, pero no pudo y se arrojó, disculpándose y señalando hacia la
pierna, de nuevo sobre el cojín. Una mujer silenciosa, casi como una
sombra en la habitación oscurecida por las pequeñas ventanas y las
cortinas corridas, trajo una silla a K y la colocó al lado de la cama.
–Siéntese, siéntese, señor agrimensor –dijo el alcalde–, y dígame sus
deseos.
K le leyó la carta de Klamm y añadió algunos comentarios. Una vez más
sintió la extraordinaria ligereza del trato con la administración. Asumían
literalmente toda la carga, se les podía cargar con todo y uno quedaba
intacto y libre. Como si el alcalde hubiese sentido lo mismo a su
manera, se volvió incómodo en la cama. Finalmente, dijo:
–Como habrá notado, señor agrimensor, ya conocía el asunto. El que no
haya emprendido nada tiene dos motivos, primero mi enfermedad, y
segundo que, como usted no venía, pensé que había renunciado al
trabajo. Ahora que ha sido tan amable de venir a verme, debo decirle la
desagradable verdad. Ha sido aceptado como agrimensor, como usted
dice, pero, por desgracia, no necesitamos a ningún agrimensor. No hay
ningún trabajo para usted. Los límites de nuestras pequeñas
propiedades han sido trazados, todo ha sido registrado
convenientemente, apenas hay transmisiones de la propiedad y las
pequeñas disputas de límites las arreglamos entre nosotros. ¿Para qué
necesitamos, pues, a un agrimensor?
K, sin que hubiera pensado antes en ello, estaba convencido en su
interior de haber esperado una comunicación similar. Por eso mismo
pudo responder inmediatamente:
–Eso me sorprende mucho y arroja todos mis cálculos por la borda.
Sólo espero que se trate de un malentendido.
–Por desgracia, no –dijo el alcalde–, es como le digo.
–Pero ¿cómo es posible? –exclamó K–, no he emprendido un viaje
larguísimo para ahora ser mandado de vuelta.
–Ésa es otra cuestión –dijo el alcalde– sobre la que yo no tengo que
decidir, pero le puedo explicar cómo se ha producido ese malentendido.
En una administración tan grande como la del condado puede ocurrir
alguna vez que un departamento disponga algo y que otro disponga
otra cosa diferente, ninguno sabe del otro, el control superior, es cierto,
actúa con gran precisión, pero, por su naturaleza, demasiado tarde, y
así pueden originarse pequeñas confusiones. Siempre se trata de
pequeñeces, como, por ejemplo, su caso; en asuntos importantes aún
no he conocido un error, aunque las pequeñeces son con frecuencia lo
suficientemente desagradables. En lo que concierne a su caso, le
contaré abiertamente los pormenores sin secretos oficiales: para esto
no llego a la categoría de funcionario, soy un campesino y nada más.
Hace mucho tiempo, cuando llevaba pocos meses de alcalde, llegó un
edicto, no sé de qué departamento, en el que se comunicaba de la
forma categórica tan peculiar a los señores que se debía contratar a un
agrimensor y en el que se encargaba a la comunidad que preparase
todos los planos y registros necesarios para su trabajo. Ese edicto,
naturalmente, no podía afectarle a usted, pues eso fue hace muchos
años y no me habría acordado si ahora no estuviese enfermo y tuviese
tiempo suficiente para reflexionar en la cama sobre las cosas más
ridículas. Mizzi –dijo de repente, interrumpiendo su informe,
dirigiéndose a la mujer que aún correteaba por la habitación realizando
una actividad incomprensible–, por favor, mira en el armario, a lo mejor
encuentras el edicto. Data –se explicó ante K– de mi primera época: en
aquel tiempo aún lo guardaba todo.
La mujer abrió en seguida el armario, K y el alcalde miraban. El armario
estaba lleno a rebosar de papeles, al abrirlo rodaron dos gruesos rollos
de expedientes, enrollados como si fuesen troncos. La mujer saltó
asustada hacia un lado.
–Abajo, tiene que estar abajo –dijo el alcalde, dirigiendo sus
movimientos desde la cama. Con actitud obediente, la mujer,
abarcando los expedientes con sus dos brazos, arrojó hacia abajo todo
el contenido del armario para llegar a los papeles situados en la parte
inferior. Los papeles ya cubrían la mitad de la habitación.
–Se ha trabajado mucho –dijo el alcalde asintiendo con la cabeza–, y
eso sólo es una pequeña parte. La masa principal la he conservado en
el granero, aunque la mayor parte se ha perdido. ¿Quién puede guardar
todo eso? En el granero, sin embargo, aún queda mucho.
–¿Vas a encontrar de una vez el edicto? –se volvió de nuevo hacia la
mujer–. Tienes que buscar un expediente en el que está la palabra
«agrimensor» subrayada con color azul.
–Esto está demasiado oscuro –dijo la mujer–, traeré una vela.
Y salió de la habitación pasando por encima de los papeles.
–Mi esposa es una gran ayuda para mí –dijo el alcalde– en este trabajo
pesado que, sin embargo, se debe realizar en los ratos libres. Cierto,
para los escritos dispongo de un ayudante, el maestro, pero pese a ello
resulta imposible terminarlo todo, siempre queda mucho sin concluir,
todo eso se encuentra guardado en esas cajas –y señaló hacia otro
armario–. Y sobre todo ahora que estoy enfermo, se acumula –dijo, y
se recostó cansado pero con orgullo.
–¿No podría ayudar a su esposa a buscar? –dijo K cuando la mujer ya
había regresado con la vela y buscaba el edicto arrodillada ante las
cajas.
El alcalde sacudió sonriente la cabeza:
–Como ya le dije, no tengo secretos oficiales para usted, pero no puedo
llegar tan lejos como para dejarle que busque en los expedientes. El
silencio invadió la habitación, sólo se podía oír el roce de los papeles, el
alcalde quizá dormitaba un poco. Un ligero golpeteo en la puerta hizo
que K se diese la vuelta. Eran, naturalmente, los ayudantes. Al menos
se mostraron algo educados, no irrumpieron en la habitación, sino que
primero susurraron a través de la ranura de la puerta.
–Tenemos mucho frío fuera.
–¿Quién es? –preguntó el alcalde asustándose.
–Sólo se trata de mis ayudantes –dijo K–, no sé dónde me pueden
esperar, en el exterior hace mucho frío y aquí molestan.
–A mí no me molestan –dijo amablemente el alcalde–, déjelos entrar.
Además, les conozco. Viejos conocidos.
–Pero a mí sí que me molestan –dijo K con franqueza y dejó vagar su
mirada de los ayudantes al alcalde y de éste a los ayudantes,
encontrando las tres sonrisas iguales–. Pero ya que estáis aquí –dijo a
modo de prueba–, entonces quedaos y ayudad a la señora a buscar un
expediente en el que aparece la palabra «agrimensor» subrayada con
color azul.
El alcalde no puso ninguna objeción; lo que no podía hacer K, lo podían
hacer los ayudantes. Se arrojaron inmediatamente sobre los papeles,
pero revolvían los montones más que buscaban, y mientras uno
deletreaba un escrito, el otro se lo arrebataba continuamente de las
manos. La mujer, por el contrario, estaba arrodillada ante las cajas
vacías, parecía haber dejado de buscar, en todo caso la vela estaba
muy lejos de ella.
–Así que los ayudantes –dijo el alcalde con una sonrisa de satisfacción,
como si todo ocurriese según sus propias disposiciones, aunque nadie
pudiese suponerlo–, le resultan molestos. Pero son sus propios
ayudantes.
–No –dijo fríamente K–, se han unido a mí aquí.
–¿Cómo que unido? –dijo el alcalde–. Querrá decir que le han sido
asignados.
–Bueno, pues asignados –dijo K–, igual podrían haber caído del cielo,
tan irreflexiva fue esa asignación.
–Aquí no ocurre nada de forma irreflexiva –dijo el alcalde, olvidó
incluso el dolor del pie y se sentó en la cama.
–¿Nada? –dijo K–; y ¿qué ocurre con mi contratación?
–También su contratación fue fruto de la reflexión –dijo el alcalde–,
sólo que hay algunas circunstancias accesorias que han creado
confusión, se lo demostraré con los expedientes.
–Esos expedientes no se van a encontrar –dijo K.
–¿No? –exclamó el alcalde–. Mizzi, por favor, busca más rápido. Pero en
un principio también le puedo contar la historia sin expedientes. Aquel
edicto del que ya le he hablado lo contestamos agradecidos diciendo
que no necesitábamos ningún agrimensor. Esta respuesta al parecer no
llegó al departamento originario, lo denominaré A, sino, erróneamente,
a otro departamento B. Así pues, el departamento A se quedó sin
respuesta, pero por desgracia el departamento B tampoco recibió toda
nuestra respuesta, ya fuese porque el contenido del expediente se
hubiese quedado aquí o porque se hubiese perdido por el camino –en el
departamento desde luego no, se lo puedo garantizar–, el caso es que
al departamento B sólo llegó una carpeta del expediente en la que no
había nada indicado salvo que se trataba del expediente incluido, pero
en realidad desgraciadamente perdido, de la contratación de un
agrimensor. Mientras, el departamento A esperó nuestra respuesta; es
cierto que tenía notas sobre el asunto, pero como suele ocurrir
comprensiblemente y puede ocurrir debido a la precisión con que se
llevan todos los casos, el encargado confió en que responderíamos y
que él luego o contrataría al agrimensor o seguiría manteniendo
correspondencia con nosotros según las necesidades. Por consiguiente,
descuidó las notas y se olvidó de todo. Al departamento B, sin
embargo, llegó la carpeta, en concreto a un funcionario famoso por su
escrupulosidad, se llama Sordini, un italiano, incluso para mí, un
iniciado, resulta incomprensible por qué un hombre de sus capacidades
ocupa uno de los puestos más subordinados. Este Sordini,
naturalmente, nos envió la carpeta vacía para que incluyésemos el
expediente. Ahora bien, desde el primer escrito del departamento A
habían pasado muchos meses, cuando no años, y esto es comprensible,
pues, cuando, como es la regla, un expediente recorre el camino
correcto, llega a su departamento a más tardar en un día y se soluciona
en ese mismo día, pero cuando yerra el camino, y debe buscar con celo
en la excelencia de la organización el camino correcto, si no lo
encuentra, entonces dura mucho tiempo. Cuando recibimos la nota de
Sordini, sólo nos podíamos acordar difusamente del asunto, en aquel
tiempo sólo éramos dos en el trabajo, Mizzi y yo, aún no me habían
asignado al maestro, y sólo conservábamos copias de los asuntos más
importantes. En suma, sólo pudimos responder de forma vaga que no
sabíamos nada de esa contratación y que no necesitábamos a ningún
agrimensor.
–Pero –se interrumpió a sí mismo el alcalde como si hubiese llegado
demasiado lejos en su celo narrativo o como si al menos existiese esa
posibilidad de haber llegado demasiado lejos– ¿no le aburre la historia?
–No, nada de eso –dijo K–, me divierte.
A eso contestó el alcalde:
–No se la cuento para su diversión.
–Sólo me divierte –dijo K– porque me deja entrever la ridícula
confusión que, bajo determinadas circunstancias, puede decidir sobre la
existencia de un hombre.
–Aún no ha podido entrever nada –dijo el alcalde con seriedad–, y
puedo seguir contándole la historia. Con nuestra respuesta,
evidentemente, un Sordini no podía quedar satisfecho. Admiro a ese
hombre, aunque para mí resulta un tormento. No se fía de nadie; aun
cuando, por ejemplo, ha conocido a alguien en innumerables ocasiones
como el hombre más digno de confianza, siempre desconfía de él en la
siguiente ocasión y, además, como si no lo conociese de nada o, mejor,
como si le conociera como un granuja. Considero que su forma de
actuación es correcta: un funcionario debe proceder así, por desgracia
no puedo seguir ese principio debido a mi carácter. Ya ve como le
muestro todo abiertamente, a un extraño; no puedo actuar de otro
modo. Sordini, sin embargo, consideró inmediatamente con
desconfianza nuestra respuesta. Entonces se desarrolló una numerosa
correspondencia. Sordini preguntó por qué se me había ocurrido de
repente que no había que contratar a ningún agrimensor. Yo respondí
con ayuda de la excelente memoria de Mizzi que la iniciativa había
partido de la administración (ya hacía mucho tiempo que nos habíamos
olvidado de que se trataba de otro departamento); Sordini, por el
contrario: ¿por qué menciona ahora este escrito oficial?; yo otra vez:
porque me acabo de acordar de él; Sordini: eso es muy extraño; yo:
eso no es extraño en un asunto que se arrastra ya desde hace tanto
tiempo; Sordini: sí que es extraño, pues el escrito del que yo me había
acordado, no existe; yo: naturalmente que no existe, porque se ha
perdido el expediente; Sordini: pero debe de haber una nota respecto a
ese primer escrito. Yo: pues no la hay. Aquí me detuve, pues no osé
afirmar ni creer que en el departamento de Sordini se había deslizado
un error. Quizá usted, señor agrimensor, reproche en su mente a
Sordini que la consideración a mi afirmación al menos tendría que
haberle impulsado a investigar el asunto en otros departamentos. Pero
precisamente eso no hubiese sido correcto; no quiero que en sus
pensamientos quede una mácula sobre ese hombre; es un principio
laboral fundamental de la administración que no se cuente con la
posibilidad de errores. Ese principio está autorizado por la exquisita
organización del Todo y es necesario cuando se quiere alcanzar una
gran velocidad en la conclusión de los asuntos. Así pues, Sordini no
pudo investigar en otros departamentos; además, esos departamentos
no le habrían respondido, pues habrían advertido en seguida que se
trataba de la investigación de un posible error.
–Permítame, señor alcalde, que le interrumpa con una pregunta –dijo
K–, ¿no mencionó antes un organismo de control? El funcionamiento de
la administración es tal, según lo que me cuenta, que me produce
vértigo la sola idea de que ese control no se llegase a aplicar.
–Usted es muy severo –dijo el alcalde–, pero multiplique su severidad
por mil y seguirá siendo una minucia comparada con la severidad que
aplica la administración contra sí misma. Sólo un completo forastero
como usted puede plantear esa pregunta. ¿Que si hay organismos de
control? Sólo hay organismos de control. Cierto, no tienen como misión
descubrir errores en el sentido grosero del término, pues en realidad no
se producen errores y en el caso de que se produzca uno, como el
suyo, ¿quién puede afirmar definitivamente que se trata de un error?
–¡Eso sería algo completamente nuevo! –exclamó K.
–Para mí es algo muy viejo –dijo el alcalde–. No estoy convencido de
una manera muy diferente a la suya de que se ha producido un error;
Sordini, a causa de la desesperación que le ha causado, ha enfermado
gravemente, y los primeros organismos de control, a quienes debemos
el descubrimiento del origen del error, también lo reconocen. Pero
¿quién puede afirmar que los segundos órganos de control juzgarán de
la misma manera, y también los terceros y los restantes?
–Puede ser –dijo K–, prefiero no injerirme en esas especulaciones;
también es la primera vez que oigo de esos órganos de control y,
naturalmente, no los puedo comprender. No obstante, creo que aquí
hay que distinguir dos cosas, la primera es lo que ocurre en el seno de
la administración y lo que se puede entender de una manera u otra
como oficial, y, en segundo lugar, mi persona real, yo mismo, que
permanezco fuera del ámbito administrativo y a quien amenaza un
perjuicio tan absurdo por parte de la administración que aún no puedo
creer en la seriedad del peligro. Para lo primero probablemente posea
validez, señor alcalde, lo que ha contado con tan extraordinario y
asombroso conocimiento de causa, pero quisiera oír aunque sólo sea
una palabra acerca de mi persona.
–Ahora voy a eso –dijo el alcalde–, pero no podría haberlo
comprendido si no hubiera dicho lo anterior. Al mencionar los órganos
de control me he anticipado. Así que regreso a las divergencias con
Sordini. Como le he mencionado, mi defensa fue cediendo lentamente.
Pero cuando Sordini tiene en la mano cualquier ventaja, por mínima
que sea, ya ha vencido, pues entonces se intensifican su atención, su
energía y su presencia de ánimo, siendo una visión horrible para el
atacado y espléndida para el enemigo del atacado. Porque he
experimentado esto último, puedo contárselo, como así hago. Por lo
demás, aún no he logrado verle, él no puede bajar, tiene demasiado
trabajo, me han descrito su despacho como una habitación consistente
en paredes cubiertas con columnas de expedientes, y ésos son sólo los
expedientes en los que está trabajando en ese momento, y como los
expedientes se están sacando y metiendo continuamente, ocurriendo
todo con gran prisa, las columnas se derrumban y precisamente el
ruido y los crujidos que producen se han convertido en el distintivo del
despacho de Sordini. Así es, Sordini es un trabajador y dedica al caso
más pequeño el mismo cuidado que al más grande.
–Usted siempre denomina, señor alcalde, mi caso como uno de los más
pequeños y, sin embargo, ha ocupado ya a muchos funcionarios; si al
principio quizá era muy pequeño, se ha convertido por el celo de
funcionarios como Sordini en un caso grande. Por desgracia, y en
contra de mi voluntad, puesto que mi celo no me lleva a originar
columnas de expedientes referentes a mí y a hacer que se derrumben,
sino a trabajar tranquilamente en mi humilde mesa de diseño como un
humilde agrimensor.
–No –dijo el alcalde–, no es ningún caso grande, en este sentido no
tienen ningún motivo para quejarse, es uno de los casos más pequeños
entre los pequeños. El volumen de trabajo no determina el rango del
caso; sigue estando muy lejos de comprender a la administración, si es
eso lo que cree. Pero incluso si dependiese del volumen de trabajo, su
caso sería uno de los más insignificantes; los casos normales, es decir,
aquellos en los que no se producen los supuestos errores, dan mucho
más trabajo y, por añadidura, más productivo. Por lo demás, usted no
sabe nada del trabajo que causó su caso, de eso quiero hablarle ahora.
Al principio Sordini me dejó de lado, pero sus funcionarios vinieron, se
produjeron diariamente interrogatorios de miembros respetados de la
comunidad en la posada de los señores, de todos esos interrogatorios
se levantó acta. La mayoría me apoyó, sólo unos pocos se quedaron
extrañados, la cuestión de la agrimensura afecta a los campesinos,
sospechaban algún acuerdo secreto, alguna injusticia, además
encontraron un líder, y Sordini debió de llegar a la conclusión de que si
sometía la cuestión al consejo municipal no todos se habrían mostrado
contrarios a la contratación de un agrimensor. Así, algo evidente, esto
es, que no necesitábamos a ningún agrimensor, se convirtió al menos
en algo cuestionable. En especial destacó al respecto un tal Brunswick,
usted no le conoce, quizá no sea un mal tipo, pero sí tonto y fantasioso,
es un cuñado de Lasemann.
–¿Del maestro curtidor? –preguntó K, y describió al hombre con barba
que había visto en la casa de Lasemann.
–Sí, es él –dijo el alcalde.
–También conozco a su esposa –dijo K un poco a la buena de Dios.
–Es posible –dijo el alcalde, y enmudeció.
–Es hermosa –dijo K–, pero un poco pálida y enfermiza. Parece que
procede del castillo –esto último lo pronunció en un tono casi
interrogativo.
El alcalde miró la hora, puso algo de medicina en una cuchara y la tragó
con premura.
–Del castillo usted sólo conoce la zona administrativa, ¿verdad? –
preguntó K con rudeza.
–Sí –dijo el alcalde con una sonrisa irónica y, sin embargo,
agradecida–, es la más importante. Y en lo que concierne a Brunswick:
si pudiéramos excluirlo de la comunidad, casi todos seríamos felices y
Lasemann no menos que los demás. Pero en aquella época Lasemann
ganó algo de influencia; desde luego no es un orador, pero sí un gritón
y eso les basta a algunos. Y así ocurrió que me vi obligado a presentar
el caso ante el consejo municipal, por lo demás el único éxito de
Brunswick, pues, naturalmente, el consejo municipal, en su gran
mayoría, no quería saber nada de un agrimensor. También esto ocurrió
hace mucho tiempo, pero el asunto nunca ha llegado a tranquilizarse
del todo, en parte por la escrupulosidad de Sordini, quien intentó
averiguar los motivos tanto de la mayoría como de la oposición
mediante las comprobaciones más cuidadosas, en parte por la necedad
y el celo de Brunswick, que mantiene diversas relaciones personales
con la administración y que ponía en movimiento con nuevas
invenciones de su fantasía. Sordini, sin embargo, no se dejó embaucar
–¿cómo podría embaucar Brunswick a Sordini?–, pero, incluso para no
dejarse embaucar, era necesario iniciar nuevas averiguaciones y antes
de que se hubiesen concluido, a Brunswick ya se le había ocurrido algo
nuevo, pues es muy dinámico, eso forma parte de su necedad. Y ahora
llego a una característica especial de nuestro aparato administrativo.
Debido a su precisión también es extremadamente sensible. Cuando se
ha ponderado un asunto durante mucho tiempo, puede ocurrir, sin que
las consideraciones se hayan terminado, que surja repentinamente,
como un rayo, una decisión del caso en un lugar impredecible e
ilocalizable, una decisión que termina con él de manera arbitraria
aunque, la mayoría de las veces, de forma correcta. Es como si el
aparato administrativo no hubiese podido soportar más la tensión
causada por la irritación de tantos años debido a la misma insignificante
cuestión, y hubiese tomado por sí misma la decisión, sin la colaboración
de los funcionarios. Naturalmente, no se ha producido ningún milagro y
con toda certeza ha sido algún funcionario quien ha escrito la
conclusión o tomado una decisión ágrafa, pero en todo caso, al menos
por nuestra parte o por la de la administración, no se puede afirmar
qué funcionario ha decidido en esa ocasión y por qué motivos. Son los
órganos de control los que pueden constatarlo mucho después, aunque
nosotros ya no lo sabremos nunca, además tampoco se interesaría
nadie más por eso. Como he dicho, sin embargo, esas decisiones son la
mayoría de las veces excelentes, sólo molesta de ellas que, como
acostumbra a ocurrir, de esas decisiones sólo se sabe mucho después
y, por lo tanto, mientras, se sigue discutiendo apasionadamente sobre
el asunto ya decidido hace tiempo. No sé si en su caso se produjo una
decisión semejante –hay circunstancias que hablan a favor y otras en
contra–, pero si hubiera ocurrido, entonces le habrían enviado a usted
el contrato y habría realizado el largo viaje hasta aquí; mientras, habría
transcurrido mucho tiempo y Sordini habría seguido trabajando en el
mismo asunto hasta la extenuación, Brunswick habría seguido
intrigando y yo habría sido atormentado por los dos. Me limito a indicar
esa posibilidad, con certeza sólo sé lo siguiente: un organismo de
control descubrió entretanto que del departamento A salió hace muchos
años una interpelación a la comunidad referente a un agrimensor sin
que hasta ese momento hubiese llegado una respuesta. Me volvieron a
preguntar y se volvió a aclarar toda la cuestión, el departamento A se
quedó satisfecho con la respuesta de que no se necesitaba ningún
agrimensor, y Sordini tuvo que reconocer que ese caso no había
entrado en su ámbito de competencias y que, ciertamente sin culpa,
había realizado un trabajo inútil y agotador. Si no se hubiera vuelto a
acumular tanto trabajo de todas partes, como siempre, y si su caso no
hubiese sido uno muy pequeño –casi se puede decir el más pequeño
entre los pequeños–, todos habríamos podido respirar, creo que incluso
Sordini, sólo Brunswick se mostró rencoroso, pero era algo ridículo. Y
ahora imagínese, señor agrimensor, mi decepción, cuando, después de
la conclusión feliz de todo el asunto –y también ha pasado mucho
tiempo de eso–, usted aparece repentinamente y parece como si todo
el caso tuviese que comenzar de nuevo. Comprenderá muy bien que
estoy firmemente decidido, en lo que a mí concierne, a no permitirlo.
–Claro –dijo K–, pero aún comprendo mejor que aquí se ha cometido
un terrible abuso conmigo y quizá, incluso, con las leyes. Sabré
defenderme, por mi parte, contra todo esto.
–¿Qué pretende hacer? –preguntó el alcalde.
–Eso no se lo puedo decir –dijo K.
–No quiero meterme donde no me llaman –dijo el alcalde–, pero quiero
recordarle que usted, en mí, tiene, no quiero decir un amigo, pues
somos completamente extraños, pero sí, en cierto modo, un compañero
de negocios. Lo único que no concedo es que se le haya contratado
como agrimensor, pero por lo demás siempre se puede dirigir a mí con
confianza, aunque, ciertamente, dentro de los límites de mi poder, que
no es muy grande.
–Usted repite una y otra vez –dijo K– que debo ser contratado como
agrimensor, pero ya he sido contratado, aquí tiene la carta de Klamm.
–La carta de Klamm –dijo el alcalde– es valiosa y honrosa con la firma
de Klamm, que parece verdadera, pero..., no, aquí no me atrevo a decir
nada. ¡Mizzi! –exclamó entonces–. ¿Qué estáis haciendo?
Era evidente que ni los ayudantes, a quienes habían dejado de observar
hacía tiempo, ni Mizzi, habían encontrado el expediente, pero luego lo
habían querido guardar todo en el armario y no les había sido posible
debido al gran desorden causado. Entonces a los ayudantes se les había
ocurrido algo y era lo que estaban ejecutando. Habían volcado el
armario en el suelo, lo habían llenado de expedientes, se habían
sentado luego con Mizzi sobre la puerta del armario e intentaban ahora
presionarla para que se cerrase.
–Así que no han encontrado el expediente –dijo el alcalde–, es una
lástima, pero ya conoce la historia, en realidad ya no necesitamos el
expediente, aunque tendremos que encontrarlo, probablemente se halle
en casa del maestro, en la que aún se encuentran muchos expedientes.
Pero ven con la vela, Mizzi, y léeme esta carta.
Mizzi se acercó y pareció aún más gris e insignificante que cuando
estaba sentada al borde de la cama y se apretaba contra el voluminoso
hombre que la tenía rodeada con el brazo. Su pequeño rostro llamó la
atención ahora a la luz de la vela, con sus arrugas severas sólo
suavizadas por el decaimiento causado por la edad. No hizo nada más
que mirar la carta y dobló las manos.
–De Klamm –dijo.
Luego leyeron conjuntamente la carta, murmuraron un poco entre ellos
y, finalmente, mientras los ayudantes gritaban hurras por haber
logrado cerrar el armario y Mizzi los miraba agradecida, el alcalde dijo:
–Mizzi comparte mi opinión y ahora lo puedo decir. Esta carta no es
ningún escrito oficial, se trata de una carta privada. Eso se puede
reconocer claramente en el encabezamiento «Muy Sr. Mío». Además, en
ella no se dice una palabra de que usted haya sido contratado como
agrimensor, en realidad sólo se habla en general de servicios señoriales
y ni siquiera eso se ha expresado de modo vinculante, sino que se dice
que usted ha sido contratado «como usted sabe», esto es, la carga de
la prueba de que ha sido contratado recae sobre usted. Al final, por lo
demás, se le remite en asuntos oficiales exclusivamente a mí, como su
superior más próximo, quien le comunicará los detalles, como en gran
parte ha ocurrido ya. Para alguien que sepa leer los escritos oficiales y
que, en consecuencia, lee mejor las cartas no oficiales, todo esto queda
muy claro. Que usted, un forastero, no lo pueda percibir, no me
extraña. En general, la carta significa otra cosa: que Klamm se propone
ocuparse personalmente de usted para el caso en que se le contrate
para servicios señoriales.
–Señor alcalde –dijo K–, interpreta tan bien la carta que al final no
queda otra cosa más que un papel en blanco con una firma. ¿Acaso no
nota que así denigra el nombre de Klamm al que pretende respetar?
–Eso es un malentendido –dijo el alcalde–, no desconozco la
importancia de la carta, ni tampoco la denigro con mi interpretación,
todo lo contrario. Una carta privada de Klamm tiene, naturalmente,
mucha más importancia que un escrito oficial, pero precisamente no
tiene la importancia que usted le otorga.
–¿Conoce a Schwarzer? –preguntó K.
–No –dijo el alcalde–. ¿Lo conoces tú, Mizzi? Tampoco. No, no le
conocemos.
–Eso es extraño –dijo K–, es el hijo de un subalcaide.
–Querido señor agrimensor –dijo el alcalde–, ¿cómo podría conocer a
todos los hijos de los subalcaides?
–Bien –dijo K–, entonces tendrá que creerme que lo es. Con ese
Schwarzer tuve el día de mi llegada una disputa enojosa. Él mismo se
puso en contacto telefónico con un subalcaide apellidado Fritz y recibió
la información de que yo había sido contratado como agrimensor.
¿Cómo se explica eso, señor alcalde?
–Muy fácil –dijo el alcalde–, en realidad aún no ha entrado en contacto
con nuestra administración. Todos sus contactos hasta ahora han sido
aparentes. Usted, sin embargo, como consecuencia de su ignorancia de
las circunstancias, los tuvo por reales. Y en lo que respecta al teléfono,
mire, en mi casa, y yo verdaderamente tengo suficientes contactos con
la administración, no hay ningún teléfono. En posadas, etc., es posible
que pueda prestar buenos servicios, como un tocadiscos, pero nada
más. Ha telefoneado aquí alguna vez, ¿verdad? Entonces es posible que
me comprenda. En el castillo el teléfono funciona perfectamente, me
han contado que allí se telefonea ininterrumpidamente, lo que, es
natural, acelera mucho el trabajo. Ese ininterrumpido telefonear es oído
en nuestros teléfonos como un rumor o un canto, seguro que usted
también lo ha oído. Sin embargo, ese rumor y esos cantos son lo único
correcto y digno de confianza que nos transmiten los teléfonos del
pueblo, todo lo demás es engañoso. No hay ninguna conexión telefónica
específica con el castillo, ninguna centralita que comunique nuestra
llamada; si se llama desde aquí al castillo, allí suena en todos los
aparatos de los departamentos más inferiores o, mejor, sonaría en
todos, como sé con certeza, si los teléfonos no estuvieran
desconectados en casi todos ellos. De vez en cuando, sin embargo, hay
algún funcionario que siente la necesidad de distraerse un poco –
especialmente por la tarde o por la noche–, entonces conecta los
teléfonos y nosotros recibimos alguna respuesta, aunque una respuesta
que no es más que una broma. Por lo demás, es muy comprensible.
¿Quién puede creerse legitimado para alborotar a causa de sus
pequeños problemas personales en medio de los trabajos más
importantes de los que se ocupan a una velocidad vertiginosa?
Tampoco comprendo cómo un forastero puede creer que si él, por
ejemplo, llama por teléfono a Sordini, el que contesta es Sordini. Más
bien se tratará probablemente de un insignificante secretario de otro
departamento. Por el contrario, en alguna hora especial, puede ocurrir
que, si se llama al insignificante secretario, sea Sordini quien responda.
Entonces, ciertamente, será mucho mejor salir corriendo y dejar el
teléfono antes de oír la primera sílaba.
–No lo había considerado así –dijo K–, no podía conocer esas
particularidades, tampoco tenía mucha confianza en esas
conversaciones telefónicas y siempre fui consciente de que sólo tiene
una importancia real lo que se conoce o se alcanza en el mismo castillo.
–No –dijo el alcalde, acentuando la negación–, esas respuestas
telefónicas poseen una importancia real, ¿cómo podría ser de otro
modo? ¿Cómo es posible que una información dada por un funcionario
del castillo carezca de importancia? Ya se lo dije con ocasión de la carta
de Klamm. Todas esas manifestaciones carecen de importancia oficial;
si les atribuye una importancia oficial, se equivoca; sin embargo, su
importancia privada, en un sentido amistoso u hostil, es muy grande, la
mayoría de las veces más grande de lo que podría llegar a ser nunca
una importancia oficial.
–Bien –dijo K–, aceptando que todo sea como usted lo ha expuesto,
entonces yo tendría una buena cantidad de amigos en el castillo; bien
considerado, ya antaño, hace muchos años, la ocurrencia de aquel
departamento de hacer venir a un agrimensor fue un acto de amistad
respecto a mi persona, y en el periodo que siguió se fueron
encadenando esos actos hasta que, con un mal final, me atrajeron
hasta aquí y ahora me amenazan con expulsarme.
–Hay algo de verdad en su forma de ver las cosas –dijo el alcalde–,
tiene razón en que no se pueden tomar literalmente las declaraciones
del castillo. Pero siempre es necesaria la precaución, y no sólo aquí,
será más necesaria cuanto más importante sea la declaración de que se
trata. En lo que se refiere a lo que ha dicho de haber sido atraído, me
resulta incomprensible. Si hubiera seguido mejor mis informaciones,
debería saber que la cuestión de su contratación aquí es demasiado
difícil como para poder responderla a lo largo de una pequeña
conversación.
–Así que como resultado –dijo K– sólo queda que todo es muy confuso
e insoluble, salvo mi expulsión.
–¿Quién osaría expulsarle, señor agrimensor? –dijo el alcalde–. La
misma opacidad de las cuestiones que le incumben le garantizan el
tratamiento más cortés, sólo que, según parece, usted es muy sensible.
Nadie le retiene aquí, pero eso aún no es una expulsión.
–Oh, señor alcalde –dijo K–, ahora es usted otra vez el que ve algo con
demasiada claridad. Le enumeraré algunas cosas que me retienen aquí:
los sacrificios que hice para salir de mi casa; el largo y penoso viaje; las
esperanzas fundadas que me hice a causa de la contratación; mi
completa falta de capital; la imposibilidad de encontrar un trabajo en
casa y, finalmente, y no la menor, mi novia, que es de aquí.
–¡Ah, Frieda! –dijo el alcalde sin sorpresa alguna–. Ya sé. Pero Frieda
le seguiría a cualquier parte. En lo que respecta al resto, aquí son
necesarias algunas consideraciones e informaré sobre ello en el castillo.
Si se emitiese una decisión o fuese necesario otro interrogatorio, iré a
recogerle. ¿Está de acuerdo?
–No, en absoluto –dijo K–, no quiero ningún regalo compasivo del
castillo, sino mi derecho.
–Mizzi –dijo el alcalde a su esposa, que aún permanecía sentada en la
cama y apretada contra él y que jugueteaba soñadora con la carta, de
la que había hecho un barquito. K se la quitó asustado–. Mizzi, la pierna
comienza de nuevo a dolerme mucho, tendremos que renovar la
compresa.
K se irguió.
–Entonces ha llegado el momento de despedirme –dijo.
–Sí –dijo Mizzi, quien había comenzado a aplicar una pomada–, la
corriente de aire es muy fuerte.
K se volvió, los ayudantes, en su celo servicial e improcedente, habían
abierto las puertas de par en par en cuanto K había hecho la indicación
de retirarse. K sólo pudo inclinarse ligeramente ante el alcalde para
preservar la habitación del enfermo del intenso frío que penetraba.
Luego salió de la habitación, llevándose detrás a los ayudantes, y cerró
rápidamente la puerta.
CAPÍTULO VI
El posadero le esperaba ante la posada. Sin ser preguntado no habría
osado hablar, por eso fue K quien le preguntó qué quería.
–¿Tienes ya una nueva vivienda? –preguntó el posadero, mirando al
suelo.
–¿Preguntas por encargo de tu esposa? –dijo K–. Dependes mucho de
ella, ¿no?
–No –dijo el posadero–, no pregunto por encargo de ella. Pero está
muy excitada y se siente muy desgraciada por tu culpa, no puede
trabajar, tampoco sale de la cama y no cesa de suspirar y de quejarse.
–¿Crees que debo visitarla? –preguntó K.
–Te lo pido –dijo el posadero–, quería recogerte en casa del alcalde, oí
allí a través de la puerta, pero estabais en plena conversación, no
quería molestar, además me preocupaba mi esposa, así que regresé
corriendo, pero ella no me dejó entrar en la habitación, por lo que no
me quedó otro remedio que esperarte.
–Entonces vamos deprisa –dijo K–, la tranquilizaré pronto.
–Ojalá sea posible –dijo el posadero.
Atravesaron la luminosa cocina, donde trabajaban tres o cuatro criadas,
separadas las unas de las otras, en ocupaciones casuales, y que se
quedaron estáticas al ver a K. Ya en la cocina se podían oír los suspiros
de la posadera. Se encontraba en una pequeña dependencia sin
ventanas, separada de la cocina sólo por un tabique de madera. Había
únicamente espacio para una gran cama de matrimonio y un armario.
La cama estaba situada de tal modo que desde ella se podía ver toda la
cocina y se podía vigilar todo el trabajo que se realizaba en ella. Por el
contrario, desde la cocina apenas se podía ver algo de esa
dependencia: en su interior reinaba una gran oscuridad, sólo el cobertor
rojo brillaba un poco. Cuando ya se había entrado y la vista se había
acostumbrado a la oscuridad, se podían distinguir algunos detalles.
–Por fin viene usted –dijo la posadera con voz débil. Yacía sobre la
espalda con los miembros extendidos, era evidente que la respiración le
causaba molestias, pues había arrojado el edredón. En la cama
presentaba un aspecto más juvenil que vestida, pero el gorro de dormir
de fino encaje que llevaba, a pesar de que era muy pequeño y no se
ajustaba debido a su peinado, despertaba la compasión al destacar el
decaimiento de su rostro.
–¿Cómo iba a venir? –dijo K con suavidad–.
No me ha llamado. –No tendría que haberme dejado esperar tanto –
dijo la posadera con la obstinación del enfermo–. Siéntese –dijo, y
señaló el borde de la cama–. Los demás podéis iros.
Junto a los ayudantes también habían entrado las criadas.
–¿También yo debo irme, Gardena? dijo el posadero.
K era la primera vez que oía el nombre de la esposa.
–Naturalmente –dijo ella con lentitud, y como si estuviese entre tenida
con otros pensamientos, añadió–: ¿Por qué ibas a quedarte
precisamente tú?
Pero cuando todos se habían retirado a la cocina, incluidos los
ayudantes, que esta vez obedecieron en seguida, quizá porque les
interesaba una de las criadas, Gardena demostró estar lo
suficientemente atenta como para comprobar que desde la cocina se
podía oír todo lo que allí se hablara, pues esa estancia carecía de
puerta, así que ordenó que todos desalojasen la cocina. Esto ocurrió en
seguida.
–Por favor, señor agrimensor –dijo entonces Gardena–, en la parte
delantera del armario cuelga un chal, alcáncemelo. Quiero taparme con
él, no soporto el edredón, tengo dificultades para respirar.
Y cuando K le hubo entregado el chal, ella dijo:
–Ve usted, éste es un bonito chal, ¿verdad?
A K le pareció un chal de lana común y corriente, lo palpó una vez más
por cortesía, pero no dijo nada.
–Sí, es un bonito chal –dijo Gardena, y se tapó con él. Ahora yacía
pacíficamente, todas las penas parecían haberla abandonado, incluso
recordó su cabello alborotado por su posición en la cama, así que se
sentó un rato y arregló su peinado alrededor del gorro de dormir. Tenía
un cabello abundante.
K se tornó impaciente y dijo:
–Encargó que me preguntasen, señora posadera, si ya había
encontrado otro alojamiento.
–¿Encargué que le preguntasen? –dijo la posadera–. No, eso es un
error.
–Su esposo me acaba de hacer esa pregunta.
–No me sorprende –dijo la posadera–, estoy reñida con él. Cuando yo
no quería tenerle aquí, dejó que se quedara, ahora que estoy feliz de
que viva aquí, continúa su juego. Siempre hace cosas parecidas.
–Entonces –dijo K–, ¿ha cambiado tanto su opinión sobre mí? ¿En tan
sólo una o dos horas?
–No he cambiado mi opinión –dijo débilmente la posadera–. Deme su
mano, así. Y ahora prométame que será completamente sincero, yo
también quiero serlo con usted.
–Bien –dijo K–, pero ¿quién va a comenzar?
–Yo –dijo la posadera; no daba la sensación de que con eso hubiese
querido hacer una concesión a K, sino que parecía ansiosa por ser la
primera en hablar.
Sacó una fotografía de debajo del colchón y se la dio a K.
–Fíjese en esa foto –le pidió.
Para verla mejor, K se adentró un poco en la cocina pero ni siquiera allí
era fácil reconocer algo en la fotografía, pues, debido a su antigüedad,
los tonos habían palidecido y presentaba numerosas arrugas y
manchas.
–No está en muy buenas condiciones –dijo K.
–Por desgracia, no –dijo la posadera–, cuando se llevan siempre
encima durante años, les ocurre eso. Pero si se fija bien, lo podrá
reconocer todo, seguro. Por lo demás, yo misma puedo ayudarle,
dígame lo que ve, me alegra mucho oír algo de la fotografía. ¿Qué ve?
–A un hombre joven –dijo K.
–Correcto –dijo la posadera–. Y ¿qué hace?
–Parece descansar sobre una tabla, se estira y bosteza.
La posadera se rió.
–No, eso es completamente falso –dijo ella.
–Pero si aquí se ve la tabla y a él encima –insistió K.
–Fíjese mejor –dijo la posadera enojada–, ¿se le ve realmente tendido?
–No –dijo entonces K–, no está tendido, flota, y ahora lo veo, no es
ninguna tabla, sino probablemente un cordón y el joven da un salto.
–Así es –dijo la posadera alegrándose–, salta, así se ejercitan los
mensajeros oficiales, ya sabía que lo reconocería. ¿Puede ver también
su rostro?
–Del rostro veo muy poco –dijo K–, parece esforzarse mucho, la boca
está abierta, los ojos entornados y el pelo ondea.
–Muy bien –dijo la posadera con un tono elogioso–, nadie que no le
haya visto antes puede apreciar más. Pero era un joven hermoso, sólo
lo vi fugazmente una vez y nunca le olvidaré.
–¿Quién era? –preguntó K.
–Era el mensajero –dijo la posadera–, a través del cual Klamm me
llamó por primera vez.
–K no pudo oír muy bien, fue distraído por el ruido de un cristal.
Encontró en seguida el origen de la perturbación. Los ayudantes
permanecían en el patio exterior, saltando alternativamente sobre un
pie y sobre el otro en la nieve. Simularon que se alegraban de ver a K,
de la alegría le señalaron y repiquetearon con los dedos en la ventana
de la cocina. Ante un gesto amenazador de K dejaron inmediatamente
de hacerlo, intentaron apartarse mutuamente de allí, pero uno
desplazaba al otro y al poco tiempo volvieron a estar los dos en el
mismo sitio. K se apresuró a llegar al dormitorio, donde los ayudantes
no podían verle desde el exterior y él también podía dejar de verlos.
Pero el ruido suave y suplicante en la ventana aún le persiguió durante
un buen rato.
–Otra vez los ayudantes –dijo a la posadera como disculpa, y señaló
hacia afuera. Ella, sin embargo, no le prestó atención, le había quitado
la foto, la había visto, alisado y vuelto a guardar debajo del colchón.
Sus movimientos se habían tornado más lentos, pero no por cansancio,
sino bajo la carga del recuerdo. Había querido contarle la historia a K,
pero ésta le había hecho olvidar a K. Jugaba con el borde del chal. Sólo
transcurrido un rato miró hacia arriba, se pasó la mano sobre los ojos y
dijo:
–También este chal es de Klamm, y el gorro de dormir. La fotografía, el
chal y el gorro: ésos son los tres recuerdos que me quedan de él. No
soy joven como Frieda, ni tan ambiciosa, ni tampoco tan delicada, ella
es muy delicada; en suma, sé resignarme con la vida que me ha
tocado, pero tengo que reconocer que sin estas tres cosas no habría
soportado tanto tiempo aquí, sí, probablemente no habría soportado ni
un día. Estos tres recuerdos quizá le parezcan pobres, pero ya ve,
Frieda, que ya lleva tratando con Klamm tanto tiempo, no posee ningún
recuerdo, se lo he preguntado, ella es demasiado entusiasta y también
demasiado difícil de contentar, yo, por el contrario, que sólo estuve tres
veces con Klamm –después no me volvió a llamar, no sé por qué–,
presintiendo la brevedad de mi trato con él, me traje estos recuerdos.
Cierto, hay que ocuparse personalmente de ello, Klamm, por sí mismo,
no da nada, pero cuando se ve algo adecuado, se puede pedir.
K se sentía incómodo con esas historias, por más que le afectaran.
–¿Cuánto tiempo ha pasado de todo eso? –preguntó suspirando.
–Más de veinte años –dijo la posadera–, mucho más de veinte años.
–Así que tanto tiempo se mantiene fidelidad a Klamm –dijo K–. ¿Es
consciente, señora posadera, de que con esas confesiones me causa
hondas preocupaciones cuando pienso en mi futuro matrimonio?
La posadera encontró una impertinencia que K se inmiscuyera en sus
asuntos y le miró sesgada e iracunda.
–No se enoje, señora posadera –dijo K–, no digo una palabra contra
Klamm, pero por el poder de los acontecimientos mantengo ciertas
relaciones con Klamm, eso no lo puede negar ni el más grande
admirador de Klamm. En consecuencia, cuando se le nombra siempre
pienso en mí, es algo que no puedo evitar. Por lo demás, señora
posadera –aquí K tomó su mano vacilante–, recuerde lo mal que
terminó nuestra última conversación y que ahora queremos separarnos
en paz.
–Tiene razón –dijo la posadera, e inclinó la cabeza–, pero respéteme.
No soy más sensible que otros, todo lo contrario, todos tienen zonas
sensibles, yo sólo tengo ésta.
–Por desgracia, también es la mía –dijo K–, pero podré dominarme.
Ahora acláreme, señora posadera, cómo puedo soportar en el
matrimonio esa horrible fidelidad a Klamm, presuponiendo que Frieda
también la comparta.
–¿Horrible fidelidad? –repitió la posadera enojada–. ¿Se trata de
fidelidad? Yo soy fiel a mi esposo, ¿pero a Klamm? Klamm me hizo una
vez su amante, ¿puedo perder alguna vez ese rango? ¿Y que cómo lo
puede soportar con Frieda? Ay, señor agrimensor, ¿quién es usted para
atreverse a realizar semejante pregunta?
–¡Señora posadera! –dijo K con tono admonitorio.
–Ya sé –dijo la posadera aplacándose–, pero mi esposo no ha
planteado esas preguntas. No sé a quién se puede llamar más
desgraciada, si a mí en aquel tiempo o a Frieda ahora. Frieda, que
abandona a Klamm por petulancia o yo, a quien no volvió a llamar.
Quizá sea Frieda, aunque no parezca saberlo aún en toda su
trascendencia. Pero en aquellos tiempos mi desgracia dominaba
exclusivamente mis pensamientos, pues una y otra vez tenía que
preguntarme y hoy tampoco dejo de preguntarme: ¿por qué ocurrió?
¡Tres veces te llamó Klamm, pero no hubo nunca una cuarta vez! ¿Qué
es lo que me ocupaba más entonces? ¿De qué otra cosa iba a hablar
con mi esposo, con el que me casé poco después? Durante el día no
teníamos tiempo, habíamos adquirido esta posada en un estado
lamentable y teníamos que intentar levantarla. ¿Y en la noche? Durante
muchos años nuestros pensamientos nocturnos giraban en torno a
Klamm y a los motivos de su cambio de opinión. Y cuando mi esposo se
quedaba dormido en esas conversaciones, le despertaba y seguíamos
hablando.
–Ahora, si me lo permite –dijo K–, le plantearé una pregunta algo
brusca.
La posadera permaneció en silencio.
–Así que no puedo preguntar –dijo K–, también eso me basta.
–Cierto –dijo la posadera–, también eso le basta, especialmente eso.
Usted lo interpreta todo mal, también el silencio. Pero no puede hacer
otra cosa. Le permito que pregunte.
–Si todo lo interpreto mal –dijo K–, quizá también interprete mal mi
pregunta, quizá no sea tan brusca. Sólo quería saber cómo conoció a su
esposo y cómo llegó esta posada a su posesión.
La posadera arrugó la frente, pero dijo con indiferencia:
–Esa es una historia muy simple. Mi padre era herrero y Hans, mi
actual esposo, que era mozo de caballerías de un terrateniente, venía
con frecuencia a ver a mi padre. Fue después de mi último encuentro
con Klamm, yo era muy desgraciada y en realidad no debería haberlo
sido, pues todo se había producido con corrección y que no pudiese
volver a ver a Klamm, era la decisión de Klamm, es decir, era correcta,
sólo los motivos seguían siendo oscuros; podría haberlos investigado,
pero no debería haber sido desgraciada; sin embargo lo era y no podía
trabajar, pasaba el día sentada en nuestro jardín. Allí me vio Hans, se
sentó a mi lado, no me quejé, pero él sabía de qué se trataba, y como
es un buen chico se puso a llorar conmigo. Y cuando el posadero de
entonces, a quien se le había muerto la esposa, renunciando al negocio,
pues ya era un hombre viejo, pasó un día por delante de nuestro jardín
y nos vio allí sentados, se detuvo y nos ofreció sin dudarlo el
arrendamiento de la posada. Como nos tenía confianza, no quiso recibir
ningún anticipo y fijó un arrendamiento muy barato. No quería
representar una carga para mi padre, todo lo demás me resultaba
indiferente y así, pensando en la posada y en el trabajo que quizá
podría procurarme algo de olvido, le di mi mano a Hans. Ésa es la
historia.
Durante un momento reinó el silencio, luego dijo K:
–La manera de actuar del posadero fue espléndida pero imprudente, ¿o
tenía algún motivo para tener confianza en los dos?
–Conocía muy bien a Hans –dijo la posadera–, era su tío.
–Entonces resulta evidente –dijo K– que la familia de Hans tenía
interés en establecer vínculos con usted.
–Tal vez –dijo la posadera–, no lo sé, no me preocupó.
–Pero tuvo que ser así –dijo K–, cuando la familia estuvo dispuesta a
realizar semejante sacrificio y poner en sus manos la posada sin
garantía alguna.
–No supuso ninguna imprudencia como luego se mostró –dijo la
posadera–. Me puse manos a la obra, como era fuerte, la hija del
herrero, no necesitaba criada ni mozo, estaba en todas partes, en la
sala, en la cocina, en el establo, en el patio, cocinaba tan bien que
incluso le quité clientes a la posada de los señores. Aún no ha estado al
mediodía en el comedor, no conoce a nuestros huéspedes de esas
horas, antaño aún eran más, desde entonces he perdido a muchos. Y el
resultado fue que no sólo pudimos pagar sin problemas el
arrendamiento, sino que transcurridos algunos años pudimos comprar
la posada y hoy casi no tenemos deudas. El siguiente resultado, sin
embargo, fue que me destrocé, me puse enferma del corazón y ahora
soy una mujer mayor. Quizá crea que soy mucho mayor que Hans, pero
en realidad sólo es dos o tres años más joven y, además, no envejecerá
nunca, pues con su trabajo –fumar en pipa, escuchar a los huéspedes,
vaciar la pipa y de vez en cuando coger una cerveza–, con ese trabajo
no se envejece.
–Su capacidad de trabajo resulta digna de admiración –dijo K–, de ello
no cabe la menor duda, pero hablábamos de los tiempos anteriores a su
matrimonio y entonces debió de ser extraño que la familia de Hans,
sacrificando su dinero o, al menos, con la asunción de un riesgo tan
grande como la entrega de la posada, hubiesen fomentado la boda y sin
otra esperanza que la basada en su capacidad de trabajo, desconocida
para ellos, y en la de Hans, cuya debilidad ya tendría que haber salido a
la luz.
–Bueno, sí –dijo la posadera cansada–, ya sé adónde quiere ir a parar
y el error en que se encuentra. De Klamm no había ninguna huella en
todo eso. ¿Por qué habría tenido que cuidarse de mí o, mejor, cómo
habría podido cuidarse de mí? Él ya no sabía nada de mí. Que no me
hubiese vuelto a llamar era un signo de que me había olvidado. Cuando
ya no llama, olvida por completo. No quería hablar de esto delante de
Frieda. Tampoco es olvido, es más que eso, pues a quien se ha
olvidado, se le puede volver a conocer. En el caso de Klamm eso no es
posible. Cuando no manda llamar a alguien, no sólo le ha olvidado en lo
que respecta al pasado, sino también en lo que respecta al futuro.
Cuando me esfuerzo mucho, puedo ponerme en su lugar y leer sus
pensamientos, unos pensamientos que aquí carecen de sentido y que
quizá en el lugar de donde viene posean alguna validez. Posiblemente
llegue a la osadía de pensar la extravagancia de que Klamm me había
procurado a un Hans como esposo para que yo no tuviera ningún
impedimento para verle cuando me llamase en el futuro. Bien, más allá
no puede ir una extravagancia. ¿Dónde está el hombre que podría
impedirme ir a ver a Klamm, cuando él me hiciese una señal? Absurdo,
completamente absurdo, una misma se confunde cuando juega con
esos absurdos.
–No –dijo K–, no queremos confundirnos, no había llegado tan lejos
con mis pensamientos como usted supone, aunque, para decir la
verdad, me encontraba en ese camino. Al principio me asombró que los
parientes esperasen tanto de la boda y que esas esperanzas,
efectivamente, se hiciesen realidad, si bien es cierto con el empeño de
su corazón, de su salud. El pensamiento en una conexión entre esos
hechos y Klamm se abrió paso en mi mente, pero no del modo tan
grosero en que usted lo ha representado, sólo con la finalidad de volver
a increparme, porque eso le causa placer. ¡Pues que lo disfrute! Mi
pensamiento, sin embargo, era otro: al principio es Klamm la causa del
matrimonio. Sin Klamm no habría sido usted infeliz, no habría
permanecido pasiva en su jardín; sin Klamm no la hubiese visto Hans;
sin su tristeza, el tímido de Hans jamás se habría atrevido a dirigirle la
palabra; sin Klamm no habrían llorado juntos; sin Klamm, el buen tío
posadero jamás les hubiera visto allí, pacíficamente sentados; sin
Klamm usted no se habría mostrado indiferente frente a la vida, esto
es, no se habría casado con Hans. Bueno, en todo esto ya hay
suficiente Klamm, podríamos pensar, pero aún sigue. Si no hubiese
buscado el olvido, no habría trabajado contra usted misma con tanta
desconsideración, y tampoco habría mejorado tanto la posada. Así que
también aquí aparece Klamm. Pero Klamm, aparte de eso, también fue
la causa de su enfermedad, pues su corazón ya estaba agotado antes
de su matrimonio por la desgraciada pasión que la consumió. Sólo
queda la pregunta de qué fue lo que tanto tentó a los parientes de Hans
para querer la boda. Usted misma mencionó una vez que ser la amante
de Klamm significa una elevación en el rango que ya no se puede
perder, así pues, bien pudo ser eso lo que les atrajo. Pero además creo
que también fue la esperanza de que la buena estrella que la había
conducido hasta Klamm –presuponiendo que se tratase de una buena
estrella, pero usted así lo afirma– le seguiría perteneciendo, esto es,
que permanecería con usted y no la abandonaría de forma tan
repentina, como Klamm había hecho.
–¿Cree todo eso en serio? –preguntó la posadera.
–En serio –contestó rápidamente K– sólo creo que las esperanzas de los
parientes de Hans no eran ni fundadas ni infundadas y también creo
descubrir el error que usted ha cometido. Aparentemente todo parece
haber acabado con éxito. Hans está bien situado, tiene una esposa
espléndida, es respetado, la posada está libre de deudas. Pero en
realidad no todo ha concluido con éxito, él habría sido mucho más feliz
con una simple muchacha, de la que él hubiese sido su primer amor; si
él, como le reprochan, a veces se queda en la taberna como perdido, es
porque realmente se siente perdido –sin por ello ser desgraciado, desde
luego, ya le conozco bastante para decirlo–, pero también es seguro
que ese joven guapo y comprensivo habría sido más feliz con otra
mujer, con lo que también digo, más independiente, más trabajador y
masculino. Y usted, con toda certeza, no es feliz y, como dijo, sin los
tres recuerdos no habría podido seguir viviendo y también está enferma
del corazón. Así que, ¿fueron infundadas las esperanzas de sus
parientes? No lo creo. La bendición recaía sobre usted, pero no supieron
emplearla.
–¿Qué se ha omitido? –preguntó la posadera. Yacía boca arriba con los
miembros extendidos mirando al techo.
–Preguntarle a Klamm –dijo K.
–Entonces volveríamos a ocuparnos de su caso.
–O del suyo –dijo K–, nuestros asuntos parecen tocarse
–¿Qué quiere usted de Klamm? –preguntó la posadera. Se había
sentado erguida y sacudido la almohada para poder apoyarse y miraba
directamente a los ojos de K–. Le he contado sinceramente mi caso, del
que podría aprender algo. Dígame ahora usted con toda sinceridad lo
que le quiere preguntar a Klamm. Sólo con esfuerzo he convencido a
Frieda de que se vaya a su habitación y permanezca allí, temía que en
su presencia no hablaría con la suficiente sinceridad.
–No tengo nada que ocultar –dijo K–. Para comenzar, sin embargo,
tengo que llamarle la atención sobre algo. Klamm olvida en seguida,
dijo. Eso, en primer lugar, me parece muy improbable y, en segundo
lugar, no se puede demostrar; es evidente que sólo se trata de una
leyenda, inventada por la fantasía de las jovencitas que en ese
momento gozaban del favor de Klamm. Me asombra que crea una
invención tan trivial.
–No es ninguna leyenda –dijo la posadera–, es más el producto de la
experiencia.
–Entonces también se puede refutar con una nueva experiencia –dijo
K–. Y también hay una diferencia entre su caso y el de Frieda. Aún no
se ha producido el hecho de que Klamm no llame a Frieda, más bien sí
que la ha llamado, pero ella no ha obedecido la llamada. Es incluso
posible que aún la esté esperando.
La posadera calló y paseó por K una mirada escrutadora. Luego dijo:
–Escucharé tranquilamente todo lo que tenga que decir. Hable con toda
sinceridad y no tenga miramientos conmigo. Sólo le pido una cosa, no
emplee el nombre de Klamm. Llámele «él» o de cualquier otra forma,
pero no con su nombre.
–Encantado –dijo K–, pero lo que quiero de él es difícil de decir. En
principio quiero verle de cerca, luego quiero oír su voz y, a
continuación, quiero saber qué opina de nuestra boda; el resto depende
del curso de la conversación. Pueden surgir muchas cosas mientras
hablamos, pero lo más importante para mí es estar frente a él. Aún no
he hablado directamente con ningún funcionario de verdad. Parece ser
más difícil de lograr de lo que había creído. Ahora, sin embargo, tengo
el deber de hablar con él como una persona particular, y eso es, según
mi opinión, mucho más fácil de lograr; como funcionario tal vez sólo
pudiera hablar con él en su despacho inaccesible, en el castillo o, lo que
resulta cuestionable, en la posada de los señores; como persona
particular, sin embargo, en cualquier parte de la casa, en la calle,
donde consiga encontrarme con él. El hecho de que cuando lo logre,
también tendré ante mí al funcionario, lo aceptaré encantado, pero no
es mi primer objetivo.
–Bien –dijo la posadera, y presionó su rostro contra la almohada, como
si dijera algo vergonzoso–, si logro con mis conexiones que se
transmita su solicitud de una entrevista con Klamm, prométame que no
emprenderá nada por su cuenta hasta que llegue la respuesta.
–Eso no lo puedo prometer –dijo K–, aunque me gustaría complacer
sus deseos. El asunto corre prisa, sobre todo después del resultado
desfavorable de mi entrevista con el alcalde.
–Esa objeción es baladí –dijo la posadera–, el alcalde es una persona
insignificante. ¿Acaso no lo ha notado? No podría permanecer un día en
el puesto, si su esposa, que lo lleva todo, no estuviera allí.
–¿Mizzi? –preguntó K.
La posadera asintió.
–Estuvo presente –dijo K.
–¿Dijo algo? –preguntó la posadera.
–No –dijo K–, pero tampoco me dio la impresión de que pudiera.
–Bueno –dijo la posadera–, todo lo contempla erróneamente aquí. En
todo caso, lo que el alcalde ha dispuesto sobre usted no tiene ninguna
importancia y con la esposa hablaré en su momento. Y si ahora le
prometo que la respuesta de Klamm llegará como mucho en una
semana, ya no tiene ningún motivo para no transigir con mi petición.
–Todo eso no es decisivo –dijo K–, mi resolución está tomada e
intentaría ejecutarla aunque llegase una respuesta negativa. Pero si
tengo esa intención desde el principio, no puedo solicitar con
anterioridad una entrevista. Lo que sin la solicitud permanece un
intento quizá osado, pero de buena fe, después de una respuesta
negativa se convertiría en una insubordinación manifiesta. Eso sería
mucho peor.
–¿Peor? –dijo la posadera–. En todo caso se tratará de
insubordinación. Y ahora haga lo que quiera. Acérqueme la falda.
Se puso la falda sin ninguna consideración a K y se apresuró a entrar
en la cocina. Ya desde hacía tiempo se oían ruidos en el comedor.
Habían llamado en la ventana. Los ayudantes la habían abierto y
gritado que tenían hambre. También habían aparecido otros rostros.
Incluso se oía un canto bajo entonado por varias voces.
La conversación de K con la posadera había retrasado la comida: aún
no estaba preparada y los huéspedes se habían reunido, si bien ninguno
de ellos había osado infringir la prohibición de la posadera de pisar la
cocina. Ahora, sin embargo, que los observadores anunciaron que la
posadera ya llegaba, las criadas entraron en la cocina, y cuando K entró
en el comedor, los numerosos comensales, más de veinte, hombres y
mujeres, vestidos con provincialismo pero no como campesinos, se
abalanzaron desde la ventana hacia las mesas para asegurarse su
plaza. Sólo en una pequeña mesa, situada en un rincón, permanecía ya
sentado un matrimonio con algunos niños; el hombre, un señor amable
de ojos azules con cabello gris desgreñado y barba, estaba inclinado
hacia los niños marcándoles el compás para su canción, que se
esforzaba en mantener en un tono bajo. Quizá quería que se olvidaran
del hambre con la canción. La posadera se disculpó ante los comensales
con unas palabras pronunciadas con indiferencia, nadie le reprochó
nada. Miró buscando al posadero, que ya había huido hace tiempo ante
la dificultad de la situación. Entonces se fue lentamente hacia la cocina;
para K, que se apresuró a buscar a Frieda en su habitación, ya no tuvo
ni una mirada.
CAPÍTULO VII
K se encontró arriba con el maestro. La habitación, para su alegría,
apenas se podía reconocer, tan diligente había sido Frieda. Había
aireado, había puesto la calefacción, fregado el suelo, hecho la cama;
las cosas de las criadas, esa odiosa basura, habían desaparecido,
incluidas las fotografías; la mesa, que había atraído las miradas por la
costra de mugre formada en la tabla, había sido cubierta con un mantel
blanco. Ahora ya se podía recibir a huéspedes; la poca ropa de K que
Frieda había lavado con anterioridad y que colgaba ahora ante la
calefacción para secarse, molestaba poco. El maestro y Frieda estaban
sentados a la mesa, se levantaron cuando entró K, Frieda le saludó con
un beso, el maestro se inclinó un poco. K, distraído y aún con la
intranquilidad provocada por la conversación con la posadera, comenzó
a disculparse por no haber podido visitar aún al maestro: parecía como
si indicase que el maestro, impaciente por la espera de K, se hubiese
decidido por hacer él mismo la visita. El maestro, sin embargo, con su
actitud moderada, sólo pareció recordar lentamente que entre K y él se
había convenido una suerte de visita.
–Usted es, entonces, señor agrimensor –dijo lentamente–, el forastero
con el que hablé hace tiempo en la plaza de la iglesia.
–Sí –dijo brevemente K; lo que había tolerado entonces en su
abandono, no lo iba a permitir en su habitación. Se volvió hacia Frieda
y habló con ella sobre una visita importante que tenía que hacer
inmediatamente y en la que tenía que aparecer lo mejor vestido
posible. Frieda, sin preguntar más a K, llamó en seguida a los
ayudantes, que estaban entretenidos en inspeccionar el nuevo mantel,
ordenándoles que limpiaran el traje y los zapatos de K, que había
comenzado a quitarse, y que los limpiaran concienzudamente en el
patio. Ella misma tomó una camisa del cordel y corrió hacia la cocina
para plancharla.
Ahora se encontraba K a solas con el maestro, que permanecía sentado
y en silencio, dejó que esperase aún un poco más, se quitó la camisa y
comenzó a lavarse ante la jofaina. Ahora, de espaldas al maestro, le
preguntó sobre el motivo de su visita.
–Vengo por encargo del alcalde –dijo él.
K se mostró dispuesto a recibir el mensaje. Pero como las palabras de K
apenas se podían oír por el chapoteo del agua, el maestro tuvo que
acercarse y se apoyó en la pared junto a K. Éste se disculpó por su
ocupación y por su intranquilidad con la excusa de la urgencia de la
visita proyectada. El maestro no reparó en sus palabras y dijo:
–Fue descortés con el señor alcalde, un hombre mayor, honorable y con
amplia experiencia.
–No sé si fui descortés –dijo K mientras se secaba–, pero que pensaba
en otra cosa que en un comportamiento cortés, es cierto, pues se
trataba de mi existencia que se ve amenazada por el ignominioso
funcionamiento de una administración cuyas particularidades no tengo
que expresar, pues usted mismo es un miembro activo de sus
organismos. ¿Se ha quejado sobre mí el alcalde?
–¿De quién otro se podría quejar? –dijo el maestro–. Y si lo hubiera,
¿se quejaría de él alguna vez? Me he limitado a levantar un acta, según
su dictado, sobre su conversación y, a través de ella, he tenido
suficiente noticia sobre la bondad del señor alcalde y sobre su tipo de
respuestas.
Mientras K buscaba el peine, que Frieda tenía que haber guardado en
alguna parte, dijo:
–¿Cómo? ¿Un acta? ¿Redactada en mi ausencia por alguien que ni
siquiera estuvo en la entrevista? No está mal. Y ¿por qué un acta?
¿Acaso fue un acto administrativo?
–No –dijo el maestro–, fue semioficial, también el acta es sólo
semioficial, se hizo porque en nuestros asuntos tiene que reinar un
orden severo. En todo caso ya está redactada y no resulta muy honrosa
para usted.
K, que ya había encontrado el peine sobre la cama, dijo más tranquilo:
–Pues muy bien, ¿ha venido sólo a anunciármelo?
–No –dijo el maestro–, pero no soy ningún autómata y tenía que
expresarle mi opinión. Mi encargo, sin embargo, es una prueba más de
la bondad del señor alcalde. Hago hincapié en que para mí esa bondad
resulta inexplicable y que cumplo su encargo sólo como una obligación
de mi puesto y por veneración al señor alcalde.
K, lavado y peinado, estaba ahora sentado a la mesa esperando la
camisa y el traje, sentía poca curiosidad por lo que el maestro le iba a
comunicar, también había influido en él la baja opinión que la posadera
tenía del alcalde.
–¿Son más de las doce? –dijo pensando en el camino que aún tenía
que recorrer, luego recapacitó–: Quería cumplir un encargo del alcalde,
¿no?
–Bueno –dijo el maestro encogiéndose de hombros como si quisiera
desprenderse de cualquier responsabilidad–. El señor alcalde teme que
usted, si la decisión sobre su asunto se prolonga durante mucho
tiempo, emprenda algo irreflexivo por su propia cuenta. Yo, por mi
parte, no sé por qué teme eso, mi opinión es que usted puede hacer lo
que quiera. No somos sus ángeles protectores y tampoco tenemos
ninguna obligación de seguirle en todos los caminos que elija. Pero en
fin, el señor alcalde es de otra opinión. Cierto es que no puede acelerar
la decisión sobre la competencia de la administración; sin embargo,
desea tomar una decisión, provisional aunque generosa, en su radio de
acción que dependerá de usted aceptarla o no: le ofrece
provisionalmente el puesto de bedel de la escuela.
K, al principio, apenas prestó atención a lo que se le ofrecía, pero el
hecho de que se le ofreciera algo no le parecía insignificante. Indicaba
que, según la opinión del alcalde, era capaz de poner en práctica
medidas para su defensa, y para defenderse de ellas quedaban
justificados algunos sacrificios de la comunidad. Y qué importancia se le
daba al asunto. El maestro, que ya había esperado allí un buen rato y
que antes había redactado el acta, debía de haber sido enviado a toda
prisa por el alcalde.
Cuando el maestro comprobó que con su mensaje sólo había
conseguido que K se tornase meditabundo, continuó:
–Yo puse mis objeciones. Le dije que hasta ahora no había sido
necesario ningún bedel en la escuela: la esposa del sacristán limpia de
vez en cuando y la señorita Gisa, la maestra, lo inspecciona; yo tengo
ya preocupaciones suficientes con los niños como para enojarme ahora
con un bedel. El señor alcalde opuso que, sin embargo, la escuela está
muy sucia. Yo le contesté, como era verdad, que no está tan mal y
añadí: ¿será mejor si tomamos a ese hombre como bedel? Seguro que
no, aparte de que él no entiende de esos trabajos, la escuela consta
exclusivamente de dos grandes clases sin ninguna otra estancia, el
bedel tiene, por tanto, que vivir con su familia en una de las clases,
dormir, incluso es posible que cocinar, eso no puede aumentar,
naturalmente, la limpieza. Pero el señor alcalde insistió y dijo que ese
puesto podía significar la salvación para usted y que, por consiguiente,
se esforzaría todo lo posible para cumplirlo a la perfección; además, el
señor alcalde opinó que con usted ganábamos también las fuerzas de
su esposa y de sus ayudantes, de tal forma que no sólo la escuela, sino
también el jardín podrían mantenerse con una limpieza y orden
ejemplares. Todo eso lo pude refutar con facilidad. Finalmente, el señor
alcalde no pudo aducir más en su favor, se rió y dijo que usted es el
agrimensor y que, por tanto, trazaría muy bien los macizos de flores en
el jardín de la escuela. Bueno, contra las bromas no hay objeciones, así
que vine aquí para transmitirle esa proposición.
–Se preocupa inútilmente, señor maestro –dijo K–, jamás se me
ocurriría aceptar ese puesto.
–Estupendo –dijo el maestro–, lo rechaza sin reservas.
Tomó el sombrero y se marchó.
Poco después llegó Frieda con el rostro turbado: traía la camisa sin
planchar, y no respondió ninguna pregunta. Para distraerla, K le contó
lo del maestro y la oferta; apenas lo hubo escuchado, arrojó la camisa
sobre la cama y volvió a irse. Regresó al poco tiempo, pero con el
maestro, que presentaba un aspecto mohíno y ni siquiera saludó. Frieda
le pidió un poco de paciencia –era evidente que se lo había pedido ya
varias veces en el camino hasta allí–, se llevó a K por una puerta
lateral, de la que él no sabía nada, hacia una habitación contigua y
finalmente le contó, excitada y sin aliento, lo que le había ocurrido. La
posadera, furiosa porque se había humillado ante K con confesiones y,
lo que era más enojoso, con condescendencia referente a una
entrevista de K con Klamm, y sin conseguir otra cosa que, como ella
dijo, un rechazo frío y, además, poco sincero, había decidido no tolerar
por más tiempo a K en su casa; si tiene conexiones con el castillo, que
las utilice rápidamente, pues hoy mismo, ahora, tiene que abandonar la
casa y sólo por una orden directa de la administración y obligada por la
fuerza le volvería a acoger, pero ella tiene la esperanza de que no se
llegue a eso, pues también ella tiene conexiones con el castillo y sabrá
hacerlas valer. A fin de cuentas, él sólo ha sido admitido en la posada
por el descuido del posadero y ni siquiera en una situación de
necesidad, pues esta misma mañana se ha preciado de tener otro
alojamiento dispuesto. Frieda, naturalmente, se puede quedar, pero si
quiere mudarse con K, la posadera será muy desgraciada, sólo por ese
pensamiento se había desplomado, llorando, ante el horno de la cocina,
la pobre mujer que padece del corazón, pero cómo puede actuar de
otro modo, si se trata, al menos en su imaginación, del honor del
recuerdo de Klamm. Así piensa la posadera. Frieda, ciertamente,
seguirá a K a donde él quiera, por la nieve o el hielo, sobre eso no cabía
ninguna duda, pero en todo caso su situación era muy mala, por eso ha
saludado con gran alegría la oferta del maestro; por más que no sea un
puesto muy adecuado para K, era temporal, se podía ganar tiempo y se
podrían encontrar fácilmente otras posibilidades, aunque la decisión
final fuese desfavorable.
–¡En caso de necesidad emigramos! –exclamó finalmente Frieda
colgada del cuello de K–. ¿Qué nos mantiene aquí en el pueblo?
Temporalmente, ¿verdad, cariño?, aceptamos la oferta, he vuelto a
traer al maestro, tú le dices «trato hecho», nada más, y nos
trasladamos a la escuela.
–Malo –dijo K sin tomarlo muy en serio, pues el alojamiento le
importaba poco, también tenía mucho frío en ropa interior allí, en la
buhardilla, que, expuesta, era atravesada por una corriente de aire hela
do–. ¿Ahora que has arreglado tan bien la habitación tenemos que
mudarnos? Sólo aceptaría ese puesto de mala gana, muy a disgusto, ya
la humillación ante ese maestrillo me resulta desagradable y ahora se
convierte en mi superior. Si pudiera permanecer un poco más aquí,
quizá esta misma tarde cambiase mi situación. Si al menos tú
permanecieras aquí, podríamos esperar y darle al maestro una
respuesta incierta. Para mí siempre encontraré un alojamiento, aunque
sea en casa de Bar...
Frieda le tapó la boca con la mano.
–Eso no –dijo angustiada–, por favor no vuelvas a decirlo. En lo
demás, te seguiré en todo. Si quieres, permaneceré aquí sola, por muy
triste que sea para mí y si quieres rechazaremos la oferta, por muy
errónea que me parezca esa decisión. Pues mira, si encontrases otra
posibilidad, incluso esta misma tarde, bueno, entonces es evidente que
renunciaríamos inmediatamente a la escuela, nadie podrá impedírnoslo.
Y en lo que respecta a la humillación ante el maestro, déjame que yo
me preocupe de eso y verás como no lo es, yo misma hablaré con él.
Tú permanecerás en silencio, no tendrás nunca que hablar con él, si no
quieres; yo seré en realidad su subordinada y ni siquiera yo lo seré,
pues conozco sus debilidades. Así que no se perderá nada si aceptamos
el puesto, mucho, sin embargo, si lo rechazamos, ante todo no
encontrarías un alojamiento, ni siquiera para ti mismo, si hoy no logras
alcanzar el castillo, al menos uno por el que yo, tu futura esposa, no
tuviera que avergonzarme. Y si no encuentras ningún alojamiento,
reclamarás de mí que duerma aquí en una habitación cálida mientras sé
que tú estás vagando allá afuera, en plena noche y helado de frío.
K, que durante todo el tiempo había permanecido con los brazos
cruzados sobre el pecho y con las manos golpeándose la espalda para
así calentarse un poco, dijo:
–Entonces no nos queda otra solución que aceptar, ¡vamos!
En la habitación se apresuró a acercarse a la calefacción, del maestro
no se preocupó; éste estaba sentado a la mesa, sacó el reloj y dijo:
–Ya se ha hecho tarde.
–Pero ya nos hemos puesto completamente de acuerdo, señor maestro
–dijo Frieda–, aceptamos el puesto.
–Bien –dijo el maestro–, pero el puesto se ha ofrecido sólo al señor
agrimensor, él es quien debe manifestarse al respecto.
Frieda acudió en ayuda de K.
–Cierto –dijo ella–, él acepta el puesto, ¿verdad, K?
Así K pudo limitar su declaración a un simple «sí», que ni siquiera fue
dirigido al maestro, sino a Frieda.
–Entonces –dijo el maestro–, sólo me queda enumerarle sus deberes
laborales, para que coincidamos en ello de una vez por todas. Señor
agrimensor, tiene que limpiar y calentar diariamente las dos clases, así
como efectuar pequeñas reparaciones en el edificio, en el mobiliario y
en los aparatos gimnásticos, debe mantener el camino a través del
jardín despejado de nieve, realizar servicios de mensajero para mí y
para la maestra y en la temporada cálida se encargará de los trabajos
del jardín. Entre sus derechos se encuentran los siguientes: podrá vivir
en una de las clases, según su elección; sin embargo, cuando no se den
clases simultáneas en las dos habitaciones, y usted viva precisamente
en la habitación donde se da clase, tendrá que trasladarse
naturalmente a la otra habitación. En la escuela no puede cocinar, por
eso tanto usted como los suyos recibirán la comida aquí, en la posada,
a costa de la comunidad. Menciono sólo de pasada, pues usted, como
un hombre instruido, ya debe de saberlo, que tendrá que comportarse
de un modo digno para una escuela y que, especialmente durante las
horas de clase, los niños jamás serán testigos de escenas domésticas
desagradables. En este ámbito aprovecho para recordarle que debe
legitimar lo más rápidamente posible sus relaciones con la señorita
Frieda. Sobre todo esto y otros detalles se redactará un contrato laboral
que deberá firmar en cuanto se traslade a la escuela.
A K le parecía todo eso carente de importancia, como si no le afectase o
no le vinculase a nada, sólo la jactancia del maestro le irritaba, por lo
que dijo sin reflexionar:
–Bueno, se trata de las obligaciones usuales.
Para difuminar un poco esa observación, Frieda preguntó por el sueldo.
–Si se paga un sueldo –dijo el maestro– se considerará después de que
transcurra un mes de prueba.
–Pero eso es muy duro para nosotros –dijo Frieda–, deberíamos
casarnos prácticamente sin dinero, crear nuestro hogar de la nada. ¿No
podríamos, señor maestro, mediante una solicitud a la comunidad,
pedir un pequeño sueldo inmediato? ¿Lo aconsejaría usted?
–No –dijo el maestro, que dirigía sus palabras a K–, una solicitud así
tendría que ser acompañada de mi recomendación para que pudiera
tener éxito y yo no la recomendaré. La concesión de la plaza no es más
que una deferencia frente a usted y las deferencias, cuando se es
consciente de la propia responsabilidad pública, no se deben llevar
demasiado lejos.
Entonces se inmiscuyó K, casi en contra de su voluntad.
–En lo que concierne a la deferencia, señor maestro –dijo–, creo que
se equivoca. La deferencia, más bien, parte de mí.
–No –dijo el maestro sonriendo, ya había logrado que K hablase–,
sobre eso estoy muy bien informado. Necesitamos un bedel en la
escuela con tanta urgencia como un agrimensor. Bedeles y
agrimensores no son más que una carga. Me costará muchos dolores de
cabeza cómo voy a justificar esos costes ante la comunidad, lo mejor y
lo más sincero sería arrojar el nombramiento sobre la mesa y no
molestarse en justificarlo.
–A eso es a lo que me refiero –dijo K–, me tiene que contratar en
contra de su voluntad; a pesar de que le va a causar dolores de cabeza,
me tiene que contratar. Cuando alguien se ve obligado a contratar a
otro y este otro se deja contratar, el último es quien hace el favor.
–Extraño –dijo el maestro–, ¿qué nos puede obligar a contratarle? La
bondad del señor alcalde, su gran corazón, eso es lo que nos obliga.
Usted deberá renunciar, señor agrimensor, de eso me doy buena
cuenta, a algunas fantasías, antes de convertirse en un buen bedel. Y
para la percepción de un sueldo, esas indicaciones, naturalmente, no
crean la atmósfera adecuada. Por desgracia también noto que su
comportamiento aún me dará mucho que hacer: durante todo el tiempo
ha estado negociando conmigo, lo sigue haciendo y no lo puedo creer,
en camisa y calzoncillos.
–¡Así es! –exclamó K sonriendo y dando una palmada–. ¿Dónde están
esos terribles ayudantes?
Frieda corrió hacia la puerta. El maestro, que comprobó que K ya no
estaba dispuesto a seguir hablando con él, le preguntó a Frieda cuándo
querían trasladarse a la escuela.
–Hoy mismo –dijo Frieda.
–Entonces mañana por la mañana haré mi visita de inspección –dijo el
maestro, saludó con la mano, quiso salir por la puerta, que Frieda
mantenía abierta para él, pero chocó con las criadas que ya venían con
sus pertenencias para acomodarse otra vez en la habitación. Así que el
maestro tuvo que deslizarse entre ellas y Frieda le siguió.
–Tenéis mucha prisa –dijo K, que esta vez se mostró muy satisfecho
con ellas–, aún estamos aquí y ya queréis volver.
Ellas no contestaron y retorcieron confusas sus hatillos de ropa, de los
que sobresalían los conocidos trapos sucios.
–Ni siquiera habéis lavado vuestras cosas –dijo K, no lo dijo con
maldad, sino con cierta simpatía. Ellas lo notaron, abrieron al mismo
tiempo sus rudas bocas, mostraron sus hermosos y fuertes dientes,
como los de un animal, y lanzaron una sonora carcajada.
–Venid –dijo K–, instalaos, es vuestra habitación.
Como aún dudaban –su habitación les parecía demasiado cambiada–, K
tomó a una del brazo para conducirla hacia el interior. Pero la dejó
inmediatamente, tanta sorpresa leyó en la mirada de las dos, después
de haberse intercambiado un signo de inteligencia, mirada que no
apartaron de él.
–Ya me habéis mirado suficiente tiempo –dijo K, defendiéndose de una
sensación desagradable; tomó los zapatos y el traje, que Frieda,
seguida de los ayudantes, acababa de traer, y se vistió. Una vez más le
resultó incomprensible la paciencia que mostraba Frieda con los
ayudantes. Los había encontrado, tras una larga búsqueda, en vez de
limpiando los trajes en el patio como debían, en el comedor,
pacíficamente sentados y comiendo, con el traje sucio y arrugado sobre
las rodillas; ella misma tuvo que limpiarlo después y, sin embargo, ella,
que sabía dominar a la gente de baja condición, ni siquiera se enojó con
ellos, en su presencia habló de su burda negligencia como si contase
una broma e incluso acarició a uno de ellos en la mejilla. K quería
exponerle sus quejas al respecto más adelante. Ahora, sin embargo, ya
era hora de irse.
–Los ayudantes se quedan aquí para ayudarte en el traslado –dijo K.
Ellos no se mostraron de acuerdo, alegres y satisfechos con la comida,
preferían algo de movimiento. Sólo cuando Frieda dijo: «claro, os
quedáis aquí», se sometieron.
–¿Sabes adónde voy? –preguntó K.
–Sí –dijo Frieda.
–¿Y no quieres detenerme? –preguntó K.
–Encontrarás tantos impedimentos –dijo ella–, ¡qué significarían para ti
mis palabras!
Se despidió de K con un beso, le dio, como no había podido comer, un
paquete con pan y salchichas, que había subido de la cocina, le recordó
que ya no debía regresar allí, sino a la escuela, y le acompañó, con la
mano en su hombro, hasta la puerta.
CAPÍTULO VII
Al principio, K estaba contento de haber escapado del barullo de las
criadas y de los ayudantes en la habitación caldeada. Fuera helaba un
poco, la nieve era más dura, se podía caminar con más facilidad. Pero
comenzaba a oscurecer, así que aceleró sus pasos.
El castillo, cuyos perfiles comenzaban a difuminarse, permanecía, como
siempre, en calma, jamás había percibido K en él un signo de vida,
quizá era imposible reconocer algo desde esa distancia y, sin embargo,
los ojos reclamaban algo y no querían tolerar esa quietud. Cuando K
contemplaba el castillo, a veces le parecía como si observase a alguien
que estaba sentado allí tranquilo, mirando ante sí, no sumido en sus
pensamientos y cerrado a todo su entorno, sino libre y despreocupado,
como si estuviese solo y nadie le observase. Y, sin embargo, tenía que
percibir que alguien le observaba, pero eso no afectaba en nada a su
tranquilidad y, en realidad –no se sabía si como motivo o como
consecuencia– las miradas del observador no podían mantenerse fijas y
resbalaban. Ese día, esa sensación se fortaleció por la temprana
oscuridad: cuanto más tiempo lo contemplaba, con más profundidad se
hundía todo en la penumbra.
Precisamente cuando K llegó a la posada de los señores, aún sin
iluminar, se abrió una ventana en el primer piso, un hombre joven,
gordo y pulcramente afeitado, con una pelliza, se asomó por ella y
permaneció allí; no pareció responder al saludo de K ni con la más
ligera inclinación de cabeza. K no encontró a nadie ni en el pasillo ni en
la taberna, el olor a cerveza rancia era peor que la última vez, algo
parecido no ocurría en la posada del puente. Se acercó de inmediato a
la puerta por la cual había observado a Klamm, presionó
cuidadosamente el picaporte hacia abajo, pero la puerta estaba
cerrada; a continuación, palpó para encontrar el lugar donde se hallaba
el agujero, pero le habían debido de poner un tapón tan bien ajustado
que no podía encontrarlo de esa manera, así que encendió una cerilla.
Entonces un grito le asustó. En el rincón, entre la puerta y la barra,
cerca de la calefacción, estaba sentada, formando un ovillo, una
muchacha que le observaba con fijeza en el resplandor de la cerilla con
unos ojos apenas abiertos por la somnolencia. Era evidente que se
trataba de la sucesora de Frieda. Se recuperó pronto de la sorpresa,
encendió la luz, la expresión de su rostro aún era enojada, entonces
reconoció a K.
Ah, el señor agrimensor –dijo sonriendo, le dio la mano y se presentó:
–Me llamo Pepi.
Era pequeña, colorada, sana, el cabello abundante y rojizo estaba
recogido en una trenza, algunos mechones ondulados colgaban
alrededor del rostro; llevaba un vestido liso que caía verticalmente y
que no le quedaba bien: estaba hecho de una tela gris brillante, en la
parte inferior había sido estrechado en el bajo de un modo tosco e
infantil con ayuda de una cinta de seda. Se interesó por Frieda y
preguntó si no regresaría pronto. Ésa era una pregunta que casi rayaba
en la maldad.
–Me llamaron a toda prisa –dijo entonces–, después de la partida de
Frieda, pues aquí no se puede emplear a una cualquiera, hasta ahora
era criada, pero no ha sido un cambio muy bueno el que he hecho. Aquí
hay mucho trabajo nocturno, es agotador, apenas podré soportarlo, no
me sorprende que Frieda haya renunciado.
–Frieda estaba aquí muy satisfecha –dijo K para, finalmente, llamar la
atención de Pepi sobre la diferencia existente entre Frieda y ella y que
ella no consideraba.
–No la crea –dijo Pepi–, Frieda puede dominarse como nadie. Lo que no
quiere reconocer, no lo reconoce, y ninguno nota que ella tuviese algo
que reconocer. Ya hace unos años que trabajo con ella aquí, siempre
hemos dormido juntas en la misma cama, pero no nos tomamos
confianza, seguro que ya no piensa en mí. Su única amiga es quizá la
vieja posadera de la posada del puente y eso también resulta
significativo.
–Frieda es mi novia –dijo K, y siguió buscando al mismo tiempo el
agujero.
–Lo sé –dijo Pepi–, por eso se lo cuento, si no para usted no tendría
ninguna importancia.
–Comprendo –dijo K–, se refiere a que puedo estar orgulloso de haber
ganado para mí a una mujer tan reservada.
–Sí –dijo ella, y rió satisfecha, como si hubiese conseguido de K un
secreto acuerdo referente a Frieda.
Pero no eran realmente sus palabras las que ocupaban a K y las que le
distraían algo de su búsqueda, sino su aparición y su presencia en ese
lugar. Cierto, era mucho más joven que Frieda, casi una niña, y su
vestido era ridículo, parecía evidente que se había vestido así para
corresponder a las ideas exageradas que tenía de una muchacha de
servicio en la barra. Y ni siquiera podía corresponder con pleno derecho
a esas ideas, pues la ocupación de ese puesto, que no le iba nada,
había sido inesperada e inmerecida, además se lo habían dado
temporalmente, ni siquiera le habían confiado la cartera de piel que
Frieda siempre había llevado en el cinturón. Y su supuesta
insatisfacción con la plaza no era más que arrogancia. Sin embargo, a
pesar de su irreflexión infantil, era probable que tuviera relaciones con
el castillo, pues, si no mentía, había sido criada; sin saber de sus
posesiones, pasaba el tiempo allí dormitando, pero un abrazo a ese
pequeño y redondo cuerpecillo quizá no sirviera para arrebatarle sus
posesiones, pero sí podría animarle para el penoso camino que tenía
ante él. Entonces, ¿quizá no era diferente a Frieda? Oh, sí, era
diferente. Bastaba con pensar en la mirada de Frieda para
comprenderlo. K jamás habría rozado a Pepi, pero ahora tuvo que
taparse un rato los ojos, con tanta codicia la estaba mirando.
–No tiene por qué estar encendida –dijo Pepi, y apagó la luz–, sólo he
encendido porque me ha asustado. ¿Qué busca aquí? ¿Ha olvidado algo
Frieda?
–Sí –dijo K, y señaló hacia la puerta–, ahí, en la habitación contigua,
un mantel, uno blanco y bordado.
–Sí, su mantel –dijo Pepi–, lo recuerdo, un trabajo muy bonito,
también yo la ayudé a hacerlo. Pero en esa habitación no creo que esté.
–Frieda así lo cree. ¿Quién vive aquí? –preguntó K.
–Nadie –dijo Pepi–, es la habitación de los señores, aquí comen y
beben los señores, esto es, está destinada para eso, pero la mayoría de
ellos permanecen arriba, en sus habitaciones.
–Si supiera –dijo K– que en la habitación no hay nadie, me encantaría
entrar y buscar el mantel. Pero es muy inseguro; Klamm, por ejemplo,
suele sentarse allí.
–Klamm no está ahora allí, con toda seguridad –dijo Pepi–, está a punto
de partir, en el patio le está esperando el trineo.
En seguida, sin una palabra de explicación, K abandonó la taberna,
torció en el pasillo en vez de hacia la salida hacia el interior de la casa y
ya había alcanzado en pocas zancadas el patio. ¡Qué bello y silencioso
estaba aquel lugar! Un patio cuadrado, limitado en tres de sus lados por
la casa y separado de la calle, una calle lateral que K desconocía, por
un elevado muro blanco con una enorme y pesada puerta que en ese
momento permanecía abierta. En la parte del patio la casa parecía más
alta que vista desde la parte frontal, al menos el primer piso estaba
terminado de construir y presentaba un gran aspecto, pues se hallaba
rodeado de una galería de madera cerrada hasta dejar sólo una rendija
a la altura de la vista. Aún en el tramo central, pero ya en el ángulo, en
la intersección de las dos alas del edificio, había una entrada a la casa,
abierta, sin puerta. Ante ella se encontraba un trineo cerrado tirado por
dos caballos. Salvo al cochero, a quien K, desde esa distancia y en la
penumbra, más adivinaba que veía, no se podía ver a nadie más.
Con las manos en los bolsillos, mirando cuidadosamente a su alrededor,
K rodeó dos muros del patio hasta llegar al trineo. El cochero, uno de
esos campesinos que habían estado en la taberna, le había visto venir
hundido en su abrigo de piel e indiferente, del mismo modo en que
alguien sigue el camino de un gato. Pese a que K llegó a donde se
encontraba, saludó, e incluso los caballos se volvieron un poco
intranquilos ante la presencia de un hombre surgido de la oscuridad,
permaneció despreocupado. Eso le venía bien a K. Apoyado en el muro
sacó su comida, pensó agradecido en Frieda que tan bien le alimentaba,
y atisbó en el interior de la casa. Una escalera rectangular descendía
desde allí y se veía atravesada por un pasadizo aparentemente
profundo; todo estaba limpio, pintado de blanco y bien, delimitado.
K esperó más de lo que había pensado. Ya hacía mucho tiempo que
había terminado la comida, el frío era considerable, de la penumbra se
había pasado a las más oscuras tinieblas y Klamm aún no aparecía.
–Aún puede tardar bastante –dijo repentinamente una voz ruda tan
cerca de K que éste se estremeció. Era el cochero que, como si se
hubiese despertado, se estiraba y bostezaba en voz alta.
–¿Que puede tardar bastante? –preguntó K, en cierto modo agradecido
por sus palabras, pues el continuo silencio y la tensión comenzaban a
ser desagradables.
–Hasta que usted se vaya –dijo el cochero.
K no le comprendió, pero no siguió preguntando, creía que así podía
hacer hablar a ese tipo altanero. No responder en esa oscuridad era
casi una provocación. Y, efectivamente, el cochero preguntó al poco
rato:
–¿Quiere coñac?
–Sí –dijo K sin reflexionar, demasiado tentado por la oferta, pues
estaba tiritando de frío.
–Entonces abra el trineo –dijo el cochero–, en la cartera lateral hay
algunas botellas, tome una, beba y démela a mí. Me resulta muy
problemático bajar a causa del abrigo de piel.
A K le fastidió eso de tener que darle la botella, pero como ya había
comenzado una conversación con el cochero, obedeció, aun con el
peligro de ser sorprendido por Klamm en el interior del trineo. Abrió la
amplia puerta y hubiera podido sacar en seguida la botella de la cartera
situada en la parte lateral, pero se vio tan atraído por el interior, ahora
que la puerta estaba abierta, que no pudo resistirse; sólo quería
sentarse un instante. Se introdujo rápidamente. Era extraordinaria la
calidez en el interior del trineo y así permaneció aunque la puerta, que
K no se atrevía a cerrar, estaba abierta. No sabía si estaba sentado en
un banco, tantas pieles, edredones y cojines había por doquier; uno
podía estirarse y girar hacia todos los lados, siempre se hundía con
suavidad y calor. Con los brazos extendidos y la cabeza apoyada en los
cojines, que siempre estaban a mano, K miró desde el interior del
trineo hacia la oscura casa. ¿Por qué Klamm tardaba tanto en bajar?
Como ebrio por el calor después de la larga espera en la nieve, K deseó
que Klamm llegase por fin. El pensamiento de que no debería ser visto
por Klamm en esa situación sólo se hizo consciente de un modo difuso,
como una silenciosa perturbación. En ese olvido se vio apoyado por la
conducta del cochero, quien debía de saber que estaba en el interior del
trineo y le dejaba allí sin ni siquiera reclamarle la botella de coñac. Eso
era considerado, pero K quería hacerle el favor; torpemente, sin
cambiar de postura, alcanzó la cartera lateral, pero no la de la puerta
abierta, que estaba muy lejos, sino la que se encontraba detrás de él,
en la cerrada, aunque daba igual, también en ésa había botellas. Sacó
una, la abrió y olió el contenido, tuvo que reírse involuntariamente, el
olor era tan dulce, tan acariciador, como si se oyera de alguien, a quien
se ama mucho, alabanzas y buenas palabras, y sin saber con certeza de
qué se trata, sin ni siquiera querer saberlo, sintiéndose sólo feliz con la
conciencia de que esa persona amada es la que habla. «¿Será esto
coñac?» –se preguntó K dubitativo y lo probó por curiosidad. Pues sí,
era coñac, por extraño que pareciese, quemaba y daba calor. ¿Cómo
era posible que al beberlo, algo que era portador de un dulce aroma se
convirtiese en una bebida digna de un cochero? «¿Es posible?» –se
preguntó K como haciéndose un reproche a sí mismo y volvió a beber.
En ese momento –K estaba precisamente dando un largo trago a la
botella–, se hizo la claridad, se encendió la luz eléctrica en el interior de
la escalera, en el corredor, en el pasillo y sobre la entrada. Se oyeron
pasos en la escalera, la botella se cayó de las manos de K y se derramó
sobre una de las pieles. K saltó fuera del trineo; acababa de cerrar la
puerta, lo que produjo un ruido estruendoso, cuando un señor salió
lentamente de la casa. Lo único consolador es que no se trataba de
Klamm, o ¿había que lamentarse de que no lo fuera? Era el señor que K
ya había visto en la ventana del primer piso. Un señor aún joven, muy
apuesto, rosado y blanco, pero muy serio. También K le miró con aire
sombrío, pero con esa mirada aludía a sí mismo. Hubiera preferido
arreglárselas para que los ayudantes se hubiesen comportado como él
había hecho, entonces habrían comprendido. El hombre aún callaba,
como si no tuviera el aliento suficiente para hablar en su ancho pecho.
–Esto es terrible –dijo entonces, y alzó algo el sombrero sobre la
frente.
¿Cómo? ¿El señor no sabía probablemente nada de la estancia de K en
el interior del trineo y ya encontraba algo terrible? ¿Acaso encontraba
terrible que K pudiese haber penetrado hasta el patio?
–¿Cómo ha llegado hasta aquí? –preguntó el señor en voz más baja,
pero logrando ya respirar, entregándose a lo irrevocable.
¡Qué pregunta! ¿Qué podía responder? ¿Debía confirmar expresamente
K que el camino comenzado con tantas esperanzas había sido en vano?
En vez de responder, K se volvió hacia el trineo, lo abrió y recogió su
gorro que había olvidado en el interior. Con desagrado notó cómo el
coñac goteaba sobre el estribo.
Luego se dirigió de nuevo hacia el señor; ya no tenía ningún reparo en
mostrarle que había estado en el trineo, tampoco era lo peor; si le
preguntaba, aunque sólo en ese caso, no silenciaría que el mismo
cochero le había inducido al menos a abrir la puerta. Lo realmente malo
era en realidad que el señor le había sorprendido, que no había tenido
el tiempo suficiente para esconderse de él para luego esperar a Klamm
sin molestias o que no había tenido la suficiente presencia de ánimo
para permanecer en el interior del trineo, cerrar la puerta, y allí esperar
a Klamm entre las pieles, o al menos permanecer allí mientras ese
señor se encontrase en las cercanías. Cierto, él no podía haber sabido si
era realmente Klamm el que venía, en cuyo caso hubiese sido
naturalmente mucho mejor haberle recibido fuera del trineo. Sí, había
mucha materia para reflexionar, pero ya no, pues todo había acabado.
–Venga conmigo –dijo el señor, sin ordenar en un sentido estricto,
aunque la orden no residía en las palabras, sino en un corto
movimiento de la mano, intencionadamente indiferente, que las
acompañaba.
–Estoy esperando a alguien –dijo K, ya sin esperanzas de éxito, sólo
por principio.
–Venga –dijo una vez más el señor impertérrito, como si quisiese
mostrar que nunca había dudado que K esperase a alguien.
–Pero entonces no encontraré a quien estoy esperando –dijo K con un
estremecimiento del cuerpo. Pese a todo lo ocurrido tenía la sensación
de que lo que había conseguido hasta ese momento era una especie de
posesión que, ciertamente, sólo mantenía de forma aparente pero que
no debía renunciar a ella por una orden cualquiera.
–No le va a encontrar en ningún caso, tanto si se queda como si se va –
dijo el señor, brusco al manifestar su opinión, pero llamativamente
deferente respecto al proceso mental de K.
–Entonces prefiero no encontrarle esperándole –dijo K con obstinación;
con toda seguridad no iba a dejarse expulsar de allí sólo por las
palabras de ese joven. A continuación, el señor cerró un instante los
ojos con una expresión de superioridad en el rostro, inclinado hacia
arriba con arrogancia, como si quisiese que K entrase en razón; pasó la
lengua por sus labios semiabiertos y le dijo al cochero:
–¡Desenganche los caballos!
El cochero, obediente, pero lanzando una enojada mirada de soslayo a
K, tuvo que descender y quitarse la piel, comenzando con lentitud,
como si no esperase una contraorden del señor, pero sí un cambio de
opinión de K, a empujar a los caballos hacia atrás, aproximándose a un
ala lateral del edificio en la que, detrás de una gran puerta, debía de
estar el establo y la cochera. K vio cómo se quedaba solo, por una parte
se alejaba el trineo, por la otra, por el camino por donde K había
venido, se alejaba el joven señor, aunque los dos lo hacían con gran
lentitud, como si quisieran mostrar a K que aún estaba en su poder
impulsarlos a regresar.
Quizá tuviese ese poder, pero no le habría servido de nada; hacer
regresar al trineo habría significado tener que alejarse. Así que
permaneció en silencio, siendo el único que mantenía su puesto, pero
era una victoria que no proporcionaba ninguna alegría. Miró
alternativamente al trineo y al señor. Este último ya había alcanzado la
puerta por la que K había entrado al patio, una vez más miró hacia
atrás, K creyó ver cómo sacudía la cabeza sobre tanta obstinación,
luego se volvió con un movimiento corto y decidido y entró al pasillo en
el que desapareció. El cochero permaneció más tiempo en el patio,
tenía mucho trabajo con el trineo, tenía que abrir la gran puerta del
establo, retroceder y colocar el trineo en su lugar, desenganchar los
caballos, llevarlos a la cuadra, todo lo hacía con gran seriedad, sumido
en sus pensamientos, ya sin ninguna esperanza de realizar un viaje;
ese continuo trabajo en silencio, sin ninguna mirada de soslayo a K, le
pareció a éste un reproche más duro que el comportamiento del señor.
Y cuando una vez terminada la labor, el cochero, con su paso lento y
oscilante, atravesó el patio, cerró la puerta y regresó al establo, todo
pausadamente, siguiendo literalmente su propio rastro en la nieve,
encerrándose en el establo, y cuando entonces se apagó la luz –¿a
quién tendría que haber iluminado?–, y arriba, en la galería de madera,
aún se veía claridad a través de la ranura, atrayendo su mirada
errática, a K le pareció como si hubiesen roto todos los vínculos con él y
como si fuese más libre que nadie y pudiera esperar en ese lugar
prohibido todo lo que quisiera, como si se hubiese ganado en duro
combate, como ningún otro, esa libertad, y como si nadie pudiera
tocarle o expulsarle, ni siquiera hablarle, pero –este convencimiento era
como mínimo igual de fuerte– como si, al mismo tiempo, no hubiese
nada más absurdo, más desesperado que esa libertad, esa espera, esa
invulnerabilidad.
CAPÍTULO IX
Y se alejó de allí regresando a la casa, esta vez no a lo largo del muro,
sino a través de la nieve; en el pasillo se encontró al posadero, quien le
saludó sin decir una palabra y le señaló la puerta de la taberna. K siguió
el gesto del posadero porque estaba helado y quería ver personas,
aunque se quedó muy decepcionado al encontrar una vista opresiva
para él, a una mesita, que en realidad había sido dispuesta a propósito,
pues allí se contentaban con los barriles, se sentaba el joven señor y
ante él, de pie, estaba la posadera de la posada del puente. Pepi,
orgullosa, con la cabeza inclinada hacia atrás, con la misma sonrisa
eterna, consciente de su irrefutable dignidad, oscilando la trenza con
cada uno de sus movimientos, corrió de un lado a otro llevando
cerveza, tinta y una pluma, pues el señor había extendido papeles ante
sí, comparaba cifras que encontraba en un papel y luego en otro al final
de la mesa, y quería escribir. La posadera contemplaba muda y
tranquila al señor y los papeles como si ya hubiese dicho todo lo
necesario y hubiese sido bien recibido.
–El señor agrimensor, por fin –dijo el señor cuando K entró, lanzándole
una mirada fugaz y concentrándose de nuevo en los papeles. También
la posadera dirigió a K una mirada, ésta indiferente y carente de
sorpresa. Pepi pareció haber reparado en K sólo cuando él se acercó a
la barra y pidió un coñac.
K se apoyó allí, presionó los ojos con su mano y no prestó atención a
nada. Luego dio unos sorbitos al coñac y lo rechazó porque era
imbebible.
–Todos los señores lo beben –dijo brevemente Pepi, vació el resto, lavó
la copa y la colocó en su sitio.
–Los señores también lo tienen mejor –dijo K.
–Es posible –dijo Pepi–, pero yo no.
Con eso había terminado con K y ya estaba otra vez al servicio del
señor, quien, sin embargo, no necesitaba nada, así que pasó una y otra
vez por detrás de él con el intento respetuoso de arrojar una mirada a
los papeles; pero no era más que burda curiosidad y fanfarronería, que
también la posadera desaprobó frunciendo las cejas.
De repente, sin embargo, la posadera oyó algo y se quedó inmóvil,
concentrándose en la escucha, mirando al vacío. K se volvió, no oyó
nada especial, tampoco los otros parecían oír nada, pero la posadera
anduvo de puntillas con pasos cortos hacia la puerta detrás de ella que
conducía al patio, miró por el ojo de la cerradura, se volvió hacia los
demás con los ojos muy abiertos y el rostro sofocado, hizo un gesto con
la mano hacia donde estaban y entonces miraron alternativamente, la
posadera la mayor parte del tiempo, también Pepi tuvo su turno, y el
señor se mostró en comparación el más indiferente. Pepi y el señor
regresaron pronto, sólo la posadera seguía mirando con esfuerzo, muy
inclinada, casi de rodillas, parecía como si quisiese conjurar al ojo de la
cerradura para que la dejase pasar a través de él, pues ya hacía tiempo
que no se podía ver nada. Cuando finalmente se irguió, se pasó las
manos por el rostro, se arregló el cabello despeinado, tomó aire y su
vista aparentemente se habituó a la habitación y a los presentes,–
aunque lo hizo en contra de su voluntad. K, no para que le confirmasen
algo que ya sabía, sino para anticiparse a un ataque, que ya temía, tan
vulnerable era ahora, dijo:
–¿Entonces ya se ha ido Klamm?
La posadera pasó por su lado sin decir una palabra, pero el señor dijo
desde la mesita:
–Sí, claro. Como usted ha abandonado su puesto de vigilancia, Klamm
ya ha podido partir. Resulta maravilloso lo sensible que es el señor. ¿No
notó, señora posadera, lo intranquilo que miraba Klamm a su
alrededor?
La posadera no pareció haberlo observado, pero el señor continuó:
–Bueno, afortunadamente, ya no se podía ver nada más, el cochero
borró las huellas en la nieve.
–La señora posadera no ha advertido nada –dijo K–, pero no dijo eso a
causa de alguna esperanza, sino sólo irritado por la afirmación del
señor que había querido sonar tan conclusiva e inapelable.
–Quizá no estaba en ese preciso instante en el ojo de la cerradura –
dijo la posadera al principio para proteger al señor, pero después
también quiso otorgarle su derecho a Klamm y añadió:
–Por lo demás, no creo que Klamm sea tan sensible. Es cierto que
tememos por él e intentamos protegerle y por eso partimos de una
extremada sensibilidad de Klamm. Eso está bien así y con seguridad
también es la voluntad de Klamm. Pero cómo sea en realidad, no lo
sabemos. Está claro que Klamm jamás hablará con alguien con quien
no quiera hablar, por mucho que se esfuerce ese alguien y por muy
insoportable que sea su intromisión, pero sólo ese hecho, que Klamm
jamás hablará con él, que jamás dejará que aparezca en su presencia,
basta, ¿por qué no podría soportar en realidad la mirada de cualquiera?
El señor asintió con insistencia.
–Esa es también, naturalmente, mi opinión –dijo–, si me he expresado
de un modo algo diferente ha sido para que el señor agrimensor me
comprendiese. Cierto es, sin embargo, que Klamm, en cuanto salió,
miró varias veces a su alrededor.
–Quizá me ha buscado –dijo K.
–Es posible –dijo el señor–, en eso no había caído.
Todos se rieron, Pepi, que apenas entendía de qué hablaban, con más
fuerza que los demás.
–Ahora que estamos todos reunidos y tan alegres –dijo entonces el
señor–, le pediría al señor agrimensor que me ayudase a completar mis
actas con algunos datos.
–Aquí se escribe mucho –dijo K, y miró desde la lejanía hacia el acta.
–Sí, una mala costumbre –dijo el señor, y volvió a reírse–, pero quizá
aún no sepa quién soy yo. Soy Momus , el secretario municipal de
Klamm.
Después de estas palabras la seriedad volvió a la habitación; aunque la
posadera y Pepi, naturalmente, conocían bien al señor, quedaron
afectadas por la mención del nombre y de su cargo. E incluso el señor
mismo, como si hubiese dicho demasiado para su capacidad receptiva,
y como si quisiera al menos huir de toda solemnidad adicional implícita
en sus palabras, se concentró en sus expedientes y comenzó a escribir
de tal modo que en la habitación sólo se oía la pluma.
–¿Qué es eso de secretario municipal? –preguntó K después de un rato.
En vez de Momus, que ahora, después de haberse presentado, ya no
consideraba adecuado proporcionar ese tipo de explicaciones, fue la
posadera quien contestó:
–El señor Momus es el secretario de Klamm como cualquier otro de los
secretarios de Klamm, pero su residencia oficial y, si no me equivoco,
sus competencias...
Momus sacudió vivamente la cabeza mientras escribía y la posadera
mejoró sus palabras.
–Bueno, su residencia oficial, no sus competencias, queda limitada al
pueblo. El señor Momus se encarga de los escritos de Klamm referentes
al pueblo y es el primero que recibe todas las peticiones a Klamm
procedentes del pueblo.
Cuando K, aún poco afectado por esas cosas, contempló a la posadera
con la mirada vacía, añadió ella casi confusa:
Así está dispuesto, todos los señores del castillo tienen sus secretarios
municipales.
Momus, que había escuchado con más atención que K, completó lo
dicho por la posadera:
–La mayoría de los secretarios municipales sólo trabajan para un señor;
yo, sin embargo, para dos, para Klamm y para Vallabene.
–Sí –dijo la posadera, recordándolo en ese momento, y se dirigió a K:
–El señor Momus trabaja para dos señores, para Klamm y para
Vallabene, por tanto es doble secretario municipal.
–Incluso doble –dijo K asintiendo con la cabeza hacia Momus, como se
asiente ante un niño del que se acaban de oír elogios. Mientras, el
secretario municipal, inclinado hacia adelante, le miraba directamente.
Si en esas palabras había cierto desprecio, o no se notó o, por el
contrario, se supuso. Precisamente ante K, que ni siquiera era lo
suficientemente digno para ser visto por Klamm, aunque sólo fuera
casualmente, se detallaban los méritos de un hombre perteneciente al
estrecho círculo de Klamm con la intención sin disimulo de obligarle a
mostrar reconocimiento y alabanzas. Y, sin embargo, K no se daba
cuenta; él, que se esforzaba con todas sus energías por conseguir una
mirada de Klamm, no valoraba lo suficiente el puesto de un Momus,
que podía vivir ante Klamm; lejos estaban de él la admiración o incluso
la envidia, pues no consideraba su proximidad lo más deseable, él, sólo
él, con sus deseos y con los de nadie más, era quien tenía que
acercarse a Klamm, y acercarse, no para descansar a su lado, sino para
adelantarle en su camino hacia el castillo.
Y después de mirar la hora en su reloj, dijo:
–Ahora debo irme a casa.
En ese momento cambió de inmediato la situación a favor de Momus.
–Sí, es cierto –dijo éste–, los deberes del bedel de la escuela le llaman.
Pero antes me tendrá que dedicar un minuto. Se trata de unas
preguntas cortas.
–No tengo ganas –dijo K, y quiso irse hacia la puerta.
Momus golpeó una de las actas contra la mesa y se levantó:
–En nombre de Klamm le conmino a responder mis preguntas.
–¿En nombre de Klamm? –repitió K–, ¿acaso le preocupan mis asuntos?
–Sobre eso –dijo Momus– no puedo juzgar y usted mucho menos,
dejémoslo a su discreción. Pero le exijo en el ejercicio del cargo que
ocupo, concedido por Klamm, que permanezca y responda.
–Señor agrimensor –se injirió la posadera–, me guardaré mucho de
seguir aconsejándole; con mis anteriores consejos, los más
benevolentes que puede haber, he sido rechazada por usted con la
mayor grosería y he venido ha hablar con el secretario –no tengo nada
que ocultar para informar a la administración de su conducta y de sus
intenciones, así como para impedir en el futuro que usted sea alojado
de nuevo en mi posada; así están las cosas entre nosotros y ya no se
puede cambiar nada, y si ahora digo mi opinión, no lo hago para
ayudarle a usted, sino para facilitar en algo la difícil tarea del señor
secretario consistente en tratar con un hombre como usted. No
obstante, y debido a mi completa sinceridad –con usted no puedo
hablar sino con sinceridad y aun así ocurre en contra de mi voluntad–,
también usted puede sacar provecho de mis palabras, siempre que
quiera. En este caso le advierto de que el único camino que conduce a
Klamm pasa por las actas del señor secretario. Pero no quiero exagerar,
quizá el camino no conduzca a Klamm, quizá se interrumpa antes de
llegar a él, sobre eso decide el secretario según su arbitrio. En todo
caso es el único camino que, al menos para usted, va en la dirección de
Klamm. ¿Y usted quiere renunciar a este único camino por ningún otro
motivo que por obstinación?
–Ay, señora posadera –dijo K–, no es ni el único camino hacia Klamm
ni posee más valor que los demás. Y usted, señor secretario, es quien
decide sobre si lo que diré aquí llegará hasta Klamm o no.
–Cierto –dijo Momus, y miró orgulloso, con los ojos hundidos, hacia la
derecha y la izquierda, donde no había nada que mirar–. ¿Para qué
sería en otro caso secretario?
–Ahora puede ver, señora posadera –dijo K–, que no necesito un
camino para llegar a Klamm, sino uno para llegar al señor secretario.
–Ese camino se lo pretendía abrir yo –dijo la posadera–, ¿no le pedí
esta mañana que me dejase canalizar su petición a Klamm? Eso habría
ocurrido a través del señor secretario. Usted, sin embargo, lo rechazó y
ahora no le va a quedar otro remedio que este camino. Ciertamente,
después de su actuación de hoy, de su intento de asaltar a Klamm, con
menos perspectivas de éxito. Pero esta última y diminuta esperanza
que desaparece, casi inexistente, es lo único que tiene.
–¿Cómo es posible, señora posadera –dijo K–, que en un principio haya
intentado impedirme que llegase hasta Klamm y que ahora torne tan en
serio mi solicitud y, en cierto modo, me considere perdido después del
fracaso de mis planes? Si al principio se me desaconsejó con toda
sinceridad que intentase llegar a Klamm, ¿cómo es posible que ahora se
me impulse hacia adelante, al parecer con la misma sinceridad, en el
camino hacia Klamm, por más que no conduzca hasta él?
–¿Le impulso hacia adelante? –preguntó la posadera–. ¿Acaso significa
impulsarle hacia adelante decirle que sus intentos carecen de esperanza
de éxito? Sería, verdaderamente, lo máximo en osadía, si así quisiese
descargar sobre mí una responsabilidad que le concierne a usted. ¿Es
quizá la presencia del señor secretario lo que le motiva a ello? No,
señor agrimensor, yo no le impulso a nada. Sólo puedo reconocer una
cosa, que yo, cuando le vi por primera vez, quizá le estimé demasiado.
Su rápida victoria sobre Frieda me asustó, no sabía de lo que aún
podría ser capaz, yo quería impedir males mayores y creí poder
conseguirlo si le conmocionaba con amenazas y súplicas. Mientras tanto
he aprendido a pensar con más tranquilidad sobre todo. Puede hacer lo
que quiera, sus actos podrán dejar, a lo mejor, afuera, en la nieve del
patio, profundas huellas, pero nada más.
–Me parece que aún no ha logrado aclarar la contradicción –dijo K–,
pero me doy por satisfecho habiéndole llamado la atención sobre ella.
Ahora le pido, señor secretario, que me diga si la opinión de la señora
posadera es acertada, me refiero a si el acta que quiere completar
conmigo podría conducir como consecuencia a que pudiese aparecer
ante Klamm. Si es así, estoy dispuesto a responder a todas las
preguntas. A ese respecto, estoy dispuesto a todo.
–No –dijo Momus–, no existe esa vinculación. Aquí se trata sólo de
redactar una correcta descripción de lo acontecido esta tarde para el
registro municipal de Klamm. Esa descripción ya está terminada, sólo
tiene que rellenar dos o tres espacios en blanco por cuestión de orden,
no existe ninguna otra finalidad y tampoco se puede alcanzar.
K miró en silencio a la posadera.
–¿Por qué me mira? –preguntó la posadera–. ¿Acaso he dicho algo
diferente? Así ocurre siempre, señor secretario, así ocurre siempre.
Falsea las informaciones que se le dan y luego afirma que ha recibido
informaciones falsas. Le vengo diciendo desde el principio, hoy y
siempre, que no tiene ninguna posibilidad de ser recibido por Klamm, si
no hay ninguna posibilidad, tampoco la recibirá por esta acta. ¿Puede
haber algo más claro? Además, le digo que esta acta es la única
conexión oficial que puede tener con Klamm, también eso es lo
suficientemente claro y no da lugar a dudas. Como no me cree, sigue
con la esperanza –no sé por qué ni para qué– de poder llegar hasta
Klamm, entonces sólo se le puede ayudar, si se logra insertar en su
proceso mental que la única conexión oficial que tiene con Klamm es
esta acta. Eso es lo que me he limitado a decir, y quien afirme otra
cosa diferente tergiversa maliciosamente mis palabras.
–Si es como dice, señora posadera, entonces le pido disculpas,
entonces la he interpretado mal; yo creía, erróneamente, como ha
resultado ahora, que de sus palabras se podía deducir una ínfima
esperanza para mí.
–Cierto –dijo la posadera–, ésa es mi opinión, usted vuelve a
tergiversar mis palabras, aunque ahora en el sentido contrario. Para
usted, según mi opinión, existe una esperanza así y, además, se basa
únicamente en esta acta, pero puede ser que asalte al señor secretario
con la pregunta «¿podré ver a Klamm si respondo a las preguntas?»
Cuando un niño pregunta así, uno se ríe, cuando lo hace un adulto
resulta una ofensa contra la administración, lo que el señor secretario
ha ocultado indulgentemente con la elegancia de su respuesta. La
esperanza, sin embargo, a la que me refiero, consiste en que a través
del acta posee una suerte de conexión, quizá una suerte de conexión
con Klamm. ¿No es esa una esperanza suficiente? ¿Si le preguntaran
sobre los méritos que le hacen digno de esa esperanza, podría
mencionar algo? Cierto, no se puede decir nada más concreto acerca de
esa esperanza, y especialmente el señor secretario, en el ejercicio de
sus funciones, jamás podrá darle la mínima indicación al respecto. Para
él se trata, como ya le dijo, de una descripción de la tarde de hoy, por
cuestión de orden, más no le dirá, ni siquiera si ahora mismo le
pregunta respecto a mis palabras.
–¿Entonces, señor secretario –preguntó K–, leerá Klamm esa acta?
–No –dijo Momus–, ¿para qué? Klamm no puede leer todas las actas,
en realidad no lee ninguna. «¡Dejadme en paz con vuestras actas!»,
suele gritarnos.
–Señor agrimensor –se quejó la posadera–, me agota con esas
preguntas. ¿Acaso es necesario o siquiera deseable que Klamm lea esa
acta y tome conciencia literal de las naderías de su vida? ¿No preferiría
pedir humildemente que ocultasen ese expediente a Klamm, una
petición, por lo demás, tan irrazonable como la primera –quién puede
ocultar algo a Klamm– algo que, sin embargo, revelaría en usted un
carácter más simpático? ¿Y es necesario para eso que usted denomina
su esperanza? ¿No ha declarado que quedaría satisfecho, si sólo tuviese
la oportunidad de hablar delante de Klamm, aun en el caso de que él no
le viera y ni siquiera le escuchara? ¿Y no alcanza mediante este
expediente al menos eso, aunque quizá mucho más?
–¿Mucho más? –preguntó K–. ¿De qué manera?
–Si no quisiera tenerlo siempre todo en forma comestible –dijo la
posadera–, como si fuera un niño. ¿Quién puede dar respuesta a esas
preguntas? El acta se guarda en el registro municipal de Klamm, eso ya
lo ha escuchado, mas no se puede decir con seguridad. ¿Conoce ya
toda la importancia de lo que redacta el señor secretario para el
registro municipal? ¿Sabe lo que significa cuando el señor secretario le
interroga? Tal vez, o es muy probable, ni siquiera lo sepa él mismo.
Está aquí tranquilamente sentado y cumple con su deber, por cuestión
de orden, como dijo. Pero piense que Klamm le ha nombrado, que
trabaja en nombre de Klamm, que lo que hace, aunque nunca llegue
hasta Klamm, cuenta desde un principio con la aprobación de Klamm. Y
¿cómo puede tener algo la aprobación de Klamm si no está inspirado
por su espíritu? Muy lejos está de mí la intención de adular toscamente
al señor secretario, él mismo tampoco lo toleraría, pero no hablo de su
personalidad independiente, sino de lo que él es cuando cuenta con la
aprobación de Klamm, como ahora mismo. Entonces es un instrumento
en el cual se posa la mano de Klamm, y ay de aquel que no se someta
a él.
K no temía las amenazas de la posadera, ya estaba cansado de las
esperanzas con las que intentaba hacerle caer en la trampa. Klamm
estaba lejos, una vez la posadera había comparado a Klamm con un
águila y eso le había parecido a K ridículo; ahora ya no, pensaba en su
lejanía, en su inexpugnable morada, en su silencio continuo, quizá sólo
interrumpido por gritos que K jamás había oído, en su mirada
penetrante que nunca se dejaba contrariar ni poner en evidencia, en
sus círculos, indestructibles por la profundidad de K, que trazaba arriba
según leyes incomprensibles, sólo visibles en algún instante, todo eso
tenían en común Klamm y el águila. El acta no tenía nada que ver con
todo eso, esa acta sobre la cual Momus despedazaba en ese momento
una rosquilla con la que iba a acompañar la cerveza y con la que cubrió
todos los papeles de sal y comino.
–Buenas noches –dijo K–, siento aversión contra todos los
interrogatorios.
Y realmente se fue hacia la puerta.
–Pues se va –dijo Momus casi atemorizado a la posadera.
–No se atreverá –dijo ella.
Pero K no pudo oír nada más, ya se encontraba en el pasillo. Hacía frío
y soplaba un fuerte viento. De la puerta de enfrente salió el posadero,
parecía como si detrás de ella, por un agujero, hubiese vigila do el
pasillo. Se sujetaba los faldones de la chaqueta, tan fuerte soplaba el
viento en el pasillo.
–¿Ya se va, señor agrimensor? –dijo.
–¿Se asombra de ello? –preguntó K.
–Sí –dijo el posadero–. Entonces, ¿no le han interrogado?
–No –dijo K–, no me dejo interrogar.
–¿Por qué? –preguntó el posadero.
–No sé por qué razón me debería dejar interrogar, por qué me tengo
que someter a una broma o a un capricho administrativo. Tal vez lo
hubiese hecho en otra ocasión para matar el tiempo, pero hoy no.
–Sí, claro –dijo el posadero, pero era una anuencia cortés, carente de
convicción–. Tengo que dejar entrar al servicio en la taberna –dijo
después–, ya hace tiempo que ha pasado su hora. No quería
importunar el interrogatorio.
–¿Lo consideraba tan importante? –preguntó K.
–Oh, sí –dijo el posadero.
–Entonces, ¿no tendría que haberme negado? –preguntó K.
–No –dijo el posadero–, no lo debería haber hecho.
Como K callaba, ya fuese para consolarle o para salir del paso con más
rapidez, añadió:
–Bueno, bueno, no por eso se va a caer el cielo.
–No –dijo K–, por el tiempo que hace, no creo.
Y se separaron sonriendo.
CAPÍTULO X
K salió a la escalera exterior azotada por el fuerte viento y miró hacia la
oscuridad. Un tiempo malo, malísimo. De alguna manera, en
consonancia con él se acordó de cómo la posadera se había esforzado
en que se plegase al interrogatorio y cómo había logrado resistirse. No
había sido ningún esfuerzo externo, en secreto le había alejado del
acta, al final no sabía si había resistido o se había resignado. Una
naturaleza intrigante, aparentemente trabajando sin sentido como el
viento, según encargos lejanos y extraños de los que nunca se tenía
noticia.
Apenas había caminado unos pasos por la carretera cuando vio en la
lejanía dos luces oscilantes. Ese signo de vida le alegró y se apresuró a
llegar hasta ellas, que también venían a su encuentro. No supo por qué
se sintió tan decepcionado al reconocer a los dos ayudantes que
marchaban hacia él, probablemente los había enviado Frieda, y los
faroles que le liberaban de las tinieblas haciendo ruido a su alrededor
eran de su propiedad; no obstante, estaba decepcionado, había
esperado encontrarse con algún extraño, no con esos viejos conocidos
que le resultaban una carga. Pero no sólo venían los ayudantes, de la
oscuridad, entre ellos, surgió Barnabás.
–¡Barnabás! –exclamó K, y le ofreció su mano–. ¿Me buscabas?
La sorpresa del encuentro le hizo olvidar al principio el enojo que le
causó una vez.
–Sí –dijo Barnabás con el mismo tono amable de siempre–, y con una
carta de Klamm.
––¡Una carta de Klamm! –dijo K alzando la cabeza y tomando deprisa
la carta de la mano de Barnabás–. ¡Iluminad! –le dijo a los ayudantes
que se apretaban contra él a derecha e izquierda y levantaban los
faroles.
K tuvo que doblar repetidas veces el gran pliego de la carta para
protegerlo del viento. A continuación leyó: «¡Al agrimensor en la
posada del puente! Los trabajos de agrimensura que ha realizado hasta
el presente son dignos de mi reconocimiento. También los trabajos de
los ayudantes son dignos de alabanza. Sabe estimularlos muy bien a
trabajar. ¡No desmaye en su celo profesional! ¡Conduzca sus trabajos a
un buen fin! Una interrupción me enojaría. Por lo demás, esté confiado,
la cuestión salarial se decidirá en breve. No le pierdo de vista».
K dejó de mirar la carta cuando los ayudantes, lectores más lentos,
gritaron tres hurras para celebrar las buenas noticias e hicieron oscilar
los faroles.
–Calma –dijo, y dirigiéndose a Barnabás–: Es un malentendido.
Barnabás no le comprendió.
–Es un malentendido –repitió K.
Y el cansancio de la tarde volvió a apoderarse de él, el camino hasta la
escuela le parecía aún más largo y detrás de Barnabás se encontraba
toda su familia y los ayudantes se apretaban contra él, así que tuvo que
distanciarlos con los codos; cómo había podido Frieda enviárselos; si él
había ordenado que permanecieran con ella. El camino a casa lo habría
encontrado él solo y lo habría recorrido con más facilidad que en esa
compañía. Por añadidura, uno de ellos se había puesto alrededor del
cuello un pañuelo, cuyos extremos ondeaban con el viento y golpeaban
el rostro de K, mientras que el otro los retiraba de su rostro con sus
dedos puntiagudos y juguetones sin, ciertamente, mejorar la situación.
Los dos, incluso, parecían haberle tomado el gusto a esa actividad, del
mismo modo en que les entusiasmaba el viento y la inestabilidad de la
noche.
–¡Vamos! –gritó K–. Si habéis venido a mi encuentro, ¿por qué no
habéis traído mi bastón? ¿Con qué si no os voy a llevar hasta casa?
Se escondieron detrás de Barnabás, pero tampoco estaban tan
asustados, pues en otro caso no habrían mantenido los faroles a
derecha e izquierda de su protector. Él, sin embargo, se desprendió de
ellos.
–Barnabás –dijo K, y le afectó profundamente que Barnabás no
comprendiese que en tiempos tranquilos su chaqueta brillase, pero que
cuando había problemas, no supusiese ninguna ayuda; en él sólo se
podía encontrar una resistencia muda, resistencia contra la que no se
podía luchar, pues él mismo estaba indefenso, sólo brillaba su sonrisa,
pero era de tan poca ayuda como las estrellas arriba contra la tormenta
allí abajo.
–Mira lo que me escribe el señor –dijo K, y mantuvo la carta ante su
rostro–. El señor está mal informado, no hago ningún trabajo de
agrimensura y lo valiosos que son los ayudantes, bueno, eso ya lo
sabes tú mismo. Y el trabajo que no hago no lo puedo interrumpir, ¡si ni
siquiera puedo despertar el enojo del señor, cómo voy a ganarme su
reconocimiento! Y confiado, desde luego, no lo estaré nunca.
–Yo lo intentaré arreglar –dijo Barnabás, que todo el tiempo había
pasado la vista por la carta, pero no la había podido leer, ya que la
tenía pegada al rostro.
–¡Ay! –dijo K–, me prometes que lo vas a arreglar, pero ¿puedo
creerte realmente? ¡Necesito tanto a un mensajero digno de confianza,
ahora más que nunca!
K se mordió los labios de impaciencia.
–Señor –dijo Barnabás con una ligera inclinación del cuello. K estuvo a
punto de dejarse seducir y creer a Barnabás–, yo lo arreglaré, también
lo último que me pediste.
–¡Cómo! –gritó K–. ¿Aún no lo has arreglado? ¿No estuviste al día
siguiente en el castillo?
–No –dijo Barnabás–, mi buen padre es viejo, ya lo has visto, y había
mucho trabajo, tuve que ayudarle, pero ahora podré ir pronto al
castillo.
–Pero ¿qué haces, ser descabellado? –exclamó K, y se dio una palmada
en la frente–, ¿acaso no tienen prioridad ante todo los asuntos de
Klamm? ¿Tienes el cargo superior de un mensajero y lo ejerces con tal
desvergüenza? ¿A quién le preocupa el trabajo de tu padre? Klamm
espera noticias y tú, en vez de precipitarte a llevárselas, prefieres sacar
la porquería del establo.
–Mi padre es zapatero –dijo Barnabás impertérrito–, tenía encargos de
Brunswick y yo soy el ayudante de mi padre.
–¡Encargos–zapatos–Brunswick! –gritó K amargado, como si hiciese
inservibles para siempre cada una de las palabras–. ¿Y quién necesita
aquí zapatos en los caminos siempre vacíos, y qué me importan a mí
todos los zapatos del mundo? Te he confiado un mensaje, no para que
lo olvides en un banco de zapatero, sino para que lo lleves de inmediato
al señor.
K se tranquilizó un poco al ocurrírsele que probablemente Klamm no
había permanecido todo el tiempo en el castillo, sino en la posada de
los señores, pero Barnabás volvió a irritarle cuando comenzó a recitar el
primer mensaje para demostrarle que no lo había olvidado.
–Basta, no quiero saber más –dijo K.
–No te enfades conmigo, señor –dijo Barnabás y, como si quisiera
castigarle inconscientemente, apartó su mirada y bajó los ojos, pero no
era más que consternación por los gritos de K.
–No me he enfadado contigo –dijo K, y su intranquilidad se volvió
contra él mismo–, no contigo, pero resulta muy perjudicial para mí sólo
tener un mensajero así para las cosas importantes.
–Mira –dijo Barnabás, y pareció como si para defender su honor de
mensajero dijera más de lo que podía–, Klamm no espera tus noticias,
incluso se enoja cuando llego, «otra vez noticias», dijo él una vez, y la
mayoría de las veces se levanta cuando me ve llegar desde lejos, se va
a la habitación contigua y no me recibe. Tampoco está acordado que
tenga que presentarme cada vez que tenga un mensaje; si fuese así, es
obvio que me presentaría inmediatamente, pero no se ha acordado
nada al respecto, y si no me presentase nunca, tampoco me
reclamarían que lo hiciese. Cuando llevo un mensaje lo hago
voluntariamente.
–Bien –dijo K observando a Barnabás y apartando premeditadamente
la vista de los ayudantes que, alternándose detrás de los hombros de
Barnabás, surgían lentamente de su hundimiento y rápidamente, con
un silbido que imitaba al viento, como si se asustasen ante la mirada de
K, volvían a desaparecer, así se divirtieron un buen rato–, no sé cómo
son las cosas con Klamm, que tú sepas reconocer cómo son allí, lo dudo
e incluso si pudieras, tampoco podrías mejorarlas. Pero sí puedes
transmitir un mensaje, y eso es lo que te pido. Un mensaje muy corto.
¿Podrás llevarlo mañana mismo y decirme la respuesta también
mañana o al menos informarme de cómo ha sido recibido? ¿Puedes y
quieres hacerlo? Para mí sería muy importante. Y tal vez tenga la
oportunidad de agradecértelo o tal vez tienes ahora un deseo que yo
pueda cumplir.
–Claro que cumpliré tu encargo –dijo Barnabás.
–¿Y quieres esforzarte, cumplirlo lo mejor posible, transmitírselo
personalmente a Klamm, recibir la respuesta del mismo Klamm y en
seguida, mañana, aún por la mañana, quieres hacerlo?
–Lo haré lo mejor que pueda –dijo Barnabás–, pero eso es lo que hago
siempre.
–No vamos a seguir discutiendo sobre eso –dijo K–. Éste es el
mensaje: «El agrimensor solicita al señor director que le permita
presentarse personalmente ante él, acepta por antelación toda
condición que esté vinculada a esa autorización. Se ha visto obligado a
realizar esta petición, porque hasta ahora todos los intermediarios han
fracasado, como prueba aduce que hasta el momento no ha realizado
ningún trabajo de agrimensura; con desesperada vergüenza ha leído,
por tanto, la última carta del señor director, sólo una entrevista
personal podría ayudar a solucionar la situación. El agrimensor conoce
las molestias que puede causar, así que se esforzará por reducirlas todo
lo que pueda, sometiéndose a cualquier limitación de tiempo, incluso a
una fijación del número de palabras, si se considera necesaria, que
pueda emplear durante la entrevista, incluso cree poder contentarse
con sólo diez palabras. Con gran respeto y extremada impaciencia,
espera la decisión».
K había hablado concentrado en las palabras y olvidándose de sí
mismo, como si estuviese ante la puerta de Klamm y hablase con el
vigilante de la puerta.
–Es más largo de lo que había pensado –dijo al cabo–, pero tienes que
transmitirlo oralmente, no quiero escribir una carta, seguiría el infinito
camino de los expedientes.
Así, K garabateó en un papel sobre la espalda de uno de los ayudantes,
mientras el otro iluminaba, pero K pudo escribirlo según el dictado de
Barnabás que lo había memorizado todo y lo repetía como un escolar,
sin preocuparse del texto erróneo que los ayudantes le intentaban
soplar.
–Tu memoria es extraordinaria –dijo K, y le dio el papel–, ahora, por
favor, muéstrate extraordinario en el resto. ¿Y los deseos? ¿No tienes
ninguno? Te digo sinceramente que me tranquilizaría, respecto al
destino de mi mensaje, si tuvieras alguno.
Al principio Barnabás permaneció callado, luego dijo:
–Mis hermanas te envían saludos.
–Tus hermanas –dijo K–, sí, esas jóvenes fuertes y altas.
–Las dos te envían un saludo, pero especialmente Amalia –dijo
Barnabás–, hoy me ha traído esta carta del castillo para ti.
Interesado en esta información, K preguntó:
–¿No podría llevar ella también mi mensaje al castillo? ¿O no podríais ir
los dos juntos y buscar suerte cada uno por su lado?
–Amalia no puede entrar en las oficinas –dijo Barnabás–, si no lo haría
encantada.
–Mañana es probable que vaya a visitaros –dijo K–, pero ven tú antes
a buscarme con la respuesta. Te espero en la escuela. Saluda de mi
parte a tus hermanas.
La promesa de K pareció hacer muy feliz a Barnabás y, después de
estrecharse las manos como despedida, llegó incluso a rozar
fugazmente el hombro de K. Éste sintió sonriente ese roce como si
fuera un distintivo, como si ahora todo fuese como al principio, cuando
Barnabás entró por primera vez en la posada con todo su esplendor en
la presencia de los campesinos. Ya más calmado, durante el camino de
regreso dejó que los ayudantes hicieran lo que quisiesen.
CAPÍTULO XI
Llegó congelado a casa, todo estaba oscuro, las velas en los faroles se
habían consumido; conducido por los ayudantes, que conocían el lugar,
logró entrar en una de las clases palpando las paredes:
–Vuestra primera acción digna de elogio –dijo recordando la carta de
Klamm.
Aún medio dormida, Frieda exclamó desde una esquina:
–¡Dejad dormir a K! ¡No le molestéis!
Así seguía ocupando K sus pensamientos, aun cuando rendida por el
sueño no había podido esperarlo despierta. Entonces se encendió la luz,
aunque la lámpara, dado que tenía poco petróleo, apenas iluminaba. El
lugar mostraba varias carencias, si bien se había caldeado; la gran
habitación, que también se empleaba para hacer gimnasia –los
aparatos estaban por todos lados y también colgaban del techo–, había
consumido ya toda la leña disponible. Como se le aseguró a K, la
temperatura había sido muy agradable, pero ahora, por desgracia, se
había enfriado. En un depósito había reservas de leña, pero estaba
cerrado y el maestro era quien tenía la llave, además, sólo permitía que
se sacase leña para calentar durante las horas de clase. Hubiera sido
soportable, si hubiesen dispuesto de camas para poder huir del frío en
ellas, pero no había nada excepto un jergón de paja, cubierto, lo que
era digno de aprecio, por un mantón de lana perteneciente a Frieda,
pero sin colchón de plumas y sólo con dos cobertores rígidos y bastos
que apenas calentaban. E incluso los ayudantes miraban con codicia ese
jergón de paja, pero, naturalmente, no tenían la esperanza de poder
acostarse en él. Frieda miró a K con miedo; que podía hacer habitable
incluso la habitación más miserable, era algo que había demostrado en
la posada del puente, pero aquí no había podido lograr nada más, sin
ningún medio, como en realidad había sido.
–Nuestro único mobiliario son los aparatos de gimnasia –dijo entre
lágrimas esforzándose por sonreír. Pero en lo que se refería a las
graves carencias, la insuficiencia de camas y la calefacción, se prometía
ayuda para el día siguiente y le pidió a K que tuviera paciencia hasta
entonces. Ninguna palabra, ningún signo, ningún gesto podía indicar
que albergaba en su corazón la mínima amargura por más que él, como
tenía que reconocer, la había sacado de la posada de los señores y
luego de la del puente. Por esta razón K se esforzó por encontrarlo todo
soportable, lo que tampoco le resultaba tan difícil, pues él caminaba en
pensamientos con Barnabás y repetía literalmente todo su mensaje,
pero no como se lo había transmitido a Barnabás, sino como él creía
que sonaría en los oídos de Klamm. Además, se alegró sinceramente
por el café que Frieda le preparaba en un hornillo y siguió desde la
calefacción, ya fría, sus movimientos experimentados y ligeros con los
cuales extendía sobre la mesa del maestro el inevitable mantel blanco,
colocaba una taza de café con motivos florales y, junto a ella, pan y
tocino e, incluso, una lata de sardinas. Ahora ya estaba todo listo,
tampoco Frieda había comido, sólo había esperado a K. Había dos sillas:
en ellas Frieda y K se sentaron a la mesa, los ayudantes a sus pies, en
la tarima, pero no permanecieron tranquilos, también molestaron
durante la comida; a pesar de que recibieron con abundancia de todo y
ni siquiera habían terminado lo suyo, no cesaban de levantarse para
comprobar si aún quedaba algo en la mesa y si podían esperar algo
más. K no les prestó atención, sólo por la risa de Frieda se fijó en ellos.
Él puso su mano acariciadora sobre la de ella y le preguntó en voz baja
por qué les toleraba tanto, incluso aceptaba amablemente su mala
educación. De esa manera jamás podrían desprenderse de ellos,
mientras que tratándolos con dureza como correspondía a su
comportamiento podrían lograr o dominarlos o, lo que era más probable
y mejor, quitarles el gusto de seguir en ese puesto y finalmente que se
fuesen. No parecía que la estancia en la escuela tuviese perspectivas de
ser muy buena, aunque tampoco fuera a durar mucho, pero apenas se
notarían las carencias si los ayudantes se hubiesen ido y sólo los dos
permaneciesen en esa casa tan tranquila. ¿Acaso no notaba que los
ayudantes se ponían más descarados cada día que pasaba, como si la
presencia de Frieda y la esperanza de que K no intervendría con fuerza
en su presencia, como haría en otro caso, les animara a ello? Además,
quizá podría haber algún medio simple para desembarazarse de ellos,
tal vez hasta lo conociese Frieda, que tanto sabía de su situación actual.
Y a los ayudantes probablemente sólo se les hiciese un favor al
expulsarlos, pues tampoco se daban allí la gran vida y la haraganería
de la que habían disfrutado hasta ese momento terminaría en parte, ya
que tendrían que ponerse a trabajar, mientras que Frieda, después de
las agitaciones de los últimos días, tenía que descansar y él, K, estaría
ocupado en buscar una salida a la situación de emergencia en que se
encontraban. Sin embargo, si los ayudantes se fueran, se encontraría
tan aligerado que podría cumplir fácilmente con las obligaciones en la
escuela y con todo lo demás.
Frieda, que había escuchado con atención, acarició lentamente su brazo
y dijo que era de la misma opinión, pero que él, sin embargo, quizá
valoraba demasiado la mala educación de los ayudantes, eran chicos
jóvenes, alegres y algo simples, por primera vez al servicio de un
forastero, liberados de la severa disciplina del castillo, por eso mismo
un poco excitados y asombrados, y que en ese estado a veces cometían
tonterías, sobre las que, naturalmente, uno se tenía que enojar, aunque
lo más razonable sería reírse. Ella, a veces, no podía dejar de reírse.
Sin embargo, estaba de acuerdo con K en que lo mejor sería
desembarazarse de ellos y quedarse los dos solos. Se aproximó a K y
ocultó su rostro en su hombro, y allí dijo, de forma tan incomprensible
que K se tuvo que inclinar, que no conocía ningún medio contra los
ayudantes y temía que fracasase todo lo propuesto por K. Por lo que
ella sabía, había sido el mismo K quien los había reclamado y ahora los
tenía y los mantendría. Lo mejor sería aceptarlo como un mal menor,
como lo que en realidad eran, y así los soportaría mejor.
K no quedó satisfecho con esa respuesta: medio en broma medio en
serio dijo que le parecía que ella tenía confianza en ellos o que, al
menos, sentía por ellos una gran inclinación, a fin de cuentas eran unos
chicos atractivos aunque no había nadie del que alguien, con buena
voluntad, no pudiese deshacerse, y eso lo demostraría con los
ayudantes.
Frieda le dijo que ella le estaría muy agradecida si lo lograba. Además,
a partir de ese momento ya no se reiría de ellos ni hablaría con ellos
una palabra que no fuese necesaria. Ya no encontraba en ellos nada
que le hiciera gracia; por añadidura no era nada agradable ser
observada continuamente por dos personas, ella había aprendido a
contemplar a los dos con sus ojos. Y, realmente, se sobresaltó un poco
cuando los dos ayudantes volvieron a levantarse, en parte para
comprobar los restos de comida en parte para enterarse de a qué se
debían los continuos murmullos.
K aprovechó la ocasión para quitarle las ganas a Frieda de seguir con
los ayudantes, la atrajo hacia sí y terminaron juntos la comida.
Entonces deberían haberse acostado, todos estaban muy cansados, uno
de los ayudantes se había quedado dormido, incluso, mientras comía,
eso divirtió mucho al otro y quiso convencer a K y a Frieda para que
mirasen el necio rostro del durmiente, pero no lo logró, los dos se
mantuvieron arriba con actitud de rechazo. Con el insoportable frío que
hacía dudaban si irse a dormir, finalmente K declaró que se tenía que
volver a caldear la habitación, en otro caso sería imposible dormir.
Buscó un hacha o alguna herramienta parecida, los ayudantes sabían
de un hacha y la trajeron; a continuación se fue al depósito de leña. En
poco tiempo había logrado romper la puerta; encantados, como si no
hubiesen experimentado en su vida nada mejor, persiguiéndose y
empujándose mutuamente, los ayudantes comenzaron a llevar leña a la
habitación; en poco tiempo ya habían acumulado un buen montón, así
que encendieron la calefacción, se sentaron alrededor, a los ayudantes
les dieron un cobertor, para arroparse con él, y eso bastó, porque
acordaron que uno de ellos siempre vigilaría el fuego para mantenerlo,
pero poco después hacía tanto calor que ya no necesitaron los
cobertores, se apagó la lámpara y, felices por el calor y la calma, Frieda
y K se echaron a dormir.
Cuando K se despertó por la noche a causa de un ruido y tocó
somnoliento en el lugar donde debía estar Frieda, comprobó que en vez
de ella a su lado estaba uno de los ayudantes. Fue, probablemente
debido a la irritación que ya trajo consigo el ser despertado de repente,
el mayor susto que había tenido desde que había llegado al pueblo. Se
levantó dando un grito y sin pensarlo le dio al ayudante tal puñetazo
que comenzó a llorar. El malentendido, sin embargo, se aclaró en
seguida. Frieda se había despertado porque –al menos eso se había
figurado– un animal grande, probablemente un gato, le había saltado al
pecho y luego se había escapado. Ella se había levantado y buscado al
animal por toda la habitación. Eso lo había aprovechado uno de los
ayudantes para disfrutar un poco del placer del jergón de paja, lo que
ahora pagaba amargamente. Frieda, sin embargo, no pudo encontrar
nada, quizá sólo fuera pura imaginación, regresó con K y en el camino,
como si hubiese olvidado la conversación nocturna, acarició el pelo del
ayudante lloroso para confortarle. K no dijo nada, se limitó a ordenar al
ayudante que dejase ya de vigilar el fuego, pues con el consumo de
casi toda la leña reunida ya hacía demasiado calor.
Por la mañana se despertaron cuando los primeros niños de la escuela
ya estaban allí y rodeaban con curiosidad a los durmientes. Fue algo
desagradable porque a causa del calor, que ahora, sin embargo, por la
mañana, había dado lugar a un frío respetable, se habían quitado todos
hasta la camisa y precisamente cuando comenzaban a vestirse apareció
en la puerta Gisa, la maestra, una mujer joven, alta, rubia y hermosa,
aunque algo rígida. Había sido visiblemente preparada para tratar al
nuevo bedel y había recibido instrucciones del maestro, pues ya en el
umbral dijo:
–Esto no lo puedo tolerar. Pues sí, bonita situación. Tienen simplemente
el permiso de dormir en la clase, pero yo no tengo la obligación de dar
clase en su dormitorio. Una familia que duerme hasta casi el mediodía,
¡era lo que nos faltaba!
Bueno, contra eso se podría decir bastante, especialmente en lo que se
refería a la familia y a las camas, pensó K, mientras él y Frieda –los
ayudantes no podían ayudar, se limitaban a mirar perplejos, desde el
suelo, a la maestra y a los niños– empujaron a toda prisa el potro y las
barras, los cubrieron con el cobertor y así crearon un espacio en el cual,
asegurados contra las miradas de los niños, al menos pudieron vestirse.
Pero no lograron gozar de un minuto de tranquilidad. Al principio la
maestra les riñó porque no había agua fresca en la jofaina.
Precisamente K acababa de pensar en recoger la jofaina para él y para
Frieda, pero en principio renunció a ello para no irritar demasiado a la
maestra, aunque esa renuncia no ayudó en nada, pues poco después se
produjo una gran disputa, puesto que, desgraciadamente, se habían
olvidado de quitar los restos de la cena de la mesa del maestro, así que
la maestra lo apartó todo con una regla y lo tiró al suelo; a la maestra
no le preocupó en absoluto que se derramase el aceite de las sardinas y
los restos del café, el bedel ya pondría orden en todo. Aún sin estar
completamente vestidos, apoyados en las barras, Frieda y K
contemplaban la destrucción de su pequeña posesión, los ayudantes,
que no pensaban en vestirse, espiaban, para el disfrute de los niños,
por debajo del cobertor. A Frieda lo que más le dolía era la pérdida de
la cafetera, sólo cuando K, para consolarla, le aseguró que iría
inmediatamente a ver al alcalde y reclamaría una reposición, se calmó
lo suficiente como para, en ropa interior como estaba, salir del recinto y
recuperar al menos la tapa para impedir que se ensuciara más. Lo logró
a pesar de que la maestra, para asustarla, martillaba la mesa de un
modo irritante. Una vez que K y Frieda terminaron de vestirse,
tuvieron, no sólo que obligar a los ayudantes, que yacían como
embargados por los acontecimientos, con órdenes y empujones, para
que se vistieran, sino que en parte tuvieron que vestirlos ellos mismos.
Cuando terminaron, K repartió el trabajo. Los ayudantes tenían que
recoger madera y calentar la habitación, pero primero en la otra clase,
en la cual aún amenazaban grandes peligros, pues allí se encontraba ya
probablemente el maestro. Frieda tenía que fregar el suelo y K traería
agua y ordenaría un poco, por ahora no se podía pensar en desayunar.
Pero para informarse del estado de ánimo de la maestra, K quería salir
el primero, los demás le deberían seguir cuando él los llamara, tomó
esa medida porque no quería que las tonterías de los ayudantes
volviesen a empeorar la situación y, por otra parte, porque quería
procurar no herir a Frieda, pues ella tenía ambición, él no; ella era
sensible, él no; ella pensaba en los pequeños horrores del presente, él,
sin embargo, en Barnabás y en el futuro. Frieda siguió correctamente
todas sus indicaciones, apenas apartaba los ojos de él. En cuanto salió,
la maestra, acompañada de las risas de los niños, que ya no cesaron,
exclamó:
–¡Qué! ¿Se han quedado dormidos?
Y cuando K no se dignó responder, pues no había sido una pregunta de
verdad, y se dirigió directamente al lavabo, la maestra preguntó:
–¿Qué han hecho con mi gato?
Un gato gordo y viejo yacía sobre la mesa y la maestra inspeccionaba
una pata que parecía ligeramente herida. Así que Frieda había tenido
razón, ese gato no había saltado sobre ella, pues parecía incapaz de
saltar, pero había pasado por encima de ella, se habría asustado por la
presencia de personas en la casa, se querría esconder y al realizar
algún movimiento inusual causado por la prisa, se había herido. K
intentó explicárselo tranquilamente a la maestra, pero ésta sólo se fijó
en el resultado y dijo:
–Ya veo, le habéis herido, así os habéis presentado aquí. Mire –y llamó
a K para que acudiese a la mesa, le enseñó la pata y antes de que
pudiese darse cuenta, ella le hizo un arañazo en la palma de la mano.
Aunque las uñas del gato estaban ocultas, la maestra, esta vez sin
consideración con el gato, las presionó con tanta fuerza que produjeron
unas estrías sangrientas.
–Y ahora vaya al trabajo –dijo ella con impaciencia y volvió a inclinarse
sobre el gato.
Frieda, que había mirado detrás de las barras con los ayudantes, gritó
al ver la sangre. K mostró la mano a los niños y dijo:
–Mirad lo que me ha hecho un gato malo y astuto.
No lo dijo por los niños, cuyos gritos y risas se habían vuelto tan
ingobernables que ya no necesitaban ninguna causa o estímulo, no
había ninguna palabra que pudiese penetrarlos o influir en ellos. Pero
como la maestra sólo respondió con una breve mirada de soslayo y
continuó ocupada con el gato, quedando su furia inicial satisfecha con el
castigo sangriento, K llamó a Frieda y a los ayudantes para comenzar el
trabajo.
Después de que K se hubo llevado la jofaina con agua sucia y hubo
traído agua fresca y cuando se disponía a fregar la clase, un niño de
doce años se levantó de su asiento, tocó la mano de K y dijo algo
incomprensible por el barullo. Entonces se produjo un gran silencio. K
se volvió. Había ocurrido lo temido durante toda la mañana. En la
puerta estaba el maestro, el hombrecillo sostenía con cada una de sus
manos a un ayudante cogido por el cuello. Los había atrapado cuando
recogían leña; con poderosa voz, haciendo una pausa entre cada
palabra, gritó:
–¿Quién se ha atrevido a romper la puerta del depósito de leña? ¿Quién
es el culpable para que lo aplaste?
Entonces se levantó Frieda del suelo, pues se esforzaba en limpiar a los
pies de la maestra, miró hacia K, como si quisiese reunir fuerzas, y, no
sin algo de su antigua superioridad en la voz y el gesto, dijo:
–He sido yo, señor maestro. No se me ocurrió otra cosa. Si las clases
tenían que estar caldeadas por la mañana temprano, había que abrir el
depósito de leña. No me atreví a recoger la llave en su casa, pues ya
era de noche, mi novio estaba en la posada de los señores, era posible
que pasara la noche allí, así que tuve que tomar una decisión. Si hice
mal, perdóneme mi inexperiencia, ya me ha reñido lo suficiente mi
novio cuando vio lo ocurrido. Sí, incluso me prohibió que caldease la
clase temprano, pues creía que al mantener cerrado el depósito de
leña, usted no quería que se calentase por la mañana, al menos hasta
que usted llegase. Que no se haya encendido la calefacción es culpa
suya, pero de la rotura de la puerta yo soy la culpable.
–¿Quién ha roto la puerta? –preguntó el maestro a los ayudantes,
quienes aún intentaban liberarse de su cautividad.
–El señor –dijeron los dos al unísono y, para que no hubiese ninguna
duda, señalaron a K.
Frieda se rió, y esa risa pareció más convincente que sus palabras. A
continuación, comenzó a escurrir el trapo con el que estaba fregando el
suelo en el cubo, como si con su explicación el caso se hubiese
concluido y el testimonio de los ayudantes no hubiese sido nada más
que una broma. Cuando se agachó para continuar su labor, dijo:
–Nuestros ayudantes son niños que, a pesar de su edad, deberían estar
aquí en la escuela. Yo misma abrí la puerta del depósito de madera
ayer por la noche con un hacha, fue muy fácil, no necesité a los
ayudantes, sólo habrían importunado. Pero cuando mi novio vino por la
noche y salió para inspeccionar los daños y para repararlos en lo que
fuese posible, los ayudantes le siguieron después, probablemente
porque tenían miedo de permanecer aquí solos, y vieron a mi novio
trabajando delante de la puerta destrozada, por eso dicen eso ahora;
ya ve, son como niños.
Mientras hablaba Frieda, los ayudantes no paraban de mover
negativamente la cabeza, seguían señalando a K y se esforzaban por
cambiar la opinión de Frieda con sus gestos, pero como no lo
consiguieron, finalmente se sometieron, tomaron las palabras de Frieda
como una orden y al repetirles la pregunta el maestro, ya no
respondieron.
–Bueno, bueno, así que me habéis mentido, o al menos habéis acusado
injustamente al bedel.
Ellos se mantuvieron en silencio, pero su temblor y sus miradas
angustiadas parecían indicar una conciencia culpable.
–Entonces os daré ahora mismo una paliza –dijo el maestro, y envió a
uno de los niños a la otra habitación para que le trajera una palmeta.
Cuando el maestro levantó la palmeta, Frieda gritó:
–¡Los ayudantes han dicho la verdad!
Entonces arrojó desesperada el trapo en el cubo, salpicando con el
agua, y corrió hasta detrás de las barras para esconderse.
–Un grupo de mentirosos –dijo la maestra, que acababa de ponerle la
venda al gato y lo mantenía en el regazo, para el cual era demasiado
ancho.
–Así que nos queda el señor bedel –dijo el maestro, empujó a los
ayudantes dejándolos libres y se volvió a K, que, durante todo el
tiempo, había estado escuchando apoyándose en el palo de la escoba.
–Este bedel, que por cobardía reconoce con toda tranquilidad que se
inculpe a otros falsamente de sus propias bellaquerías.
–Bueno –dijo K, que había notado que la intervención de Frieda había
calmado la desenfrenada furia inicial del maestro–, si los ayudantes
hubiesen recibido un castigo, no me habría apenado, pues ya se han
salido con la suya en más de diez casos en que lo merecían, así que
bien podrían recibir un castigo aunque sea inmerecido. Pero también
me hubiera convenido si se hubiera evitado un enfrentamiento directo
entre usted, señor maestro, y yo, quizá también le habría convenido a
usted. Pero como ahora Frieda me ha sacrificado a los ayudantes –aquí
K realizó una pausa, se podían oír en el silencio los sollozos de Frieda
detrás del cobertor–, se tienen que aclarar las cosas.
–Esto es inaudito –dijo la maestra.
–Comparto completamente su opinión, señorita Gisa –dijo el maestro–.
Usted, bedel, está naturalmente despedido de inmediato por este
comportamiento vergonzoso en el ejercicio de sus funciones, por ahora
me reservo la sanción que seguirá, pero márchese al instante con todas
sus cosas de esta casa. Para nosotros será una liberación y por fin
podremos comenzar las clases. Así que dese prisa.
–Yo no me muevo de aquí –dijo K–. Usted es mi superior pero no la
persona que me ha concedido este empleo, esa persona es el señor
alcalde, sólo acepto su despido. Pero él no me ha dado el puesto para
que me congele aquí con los míos, sino –como usted mismo dijo– para
impedir actos desesperados e imprudentes por mi parte. Despedirme de
repente estaría en contra de sus intenciones; mientras no oiga lo
contrario de su propia boca, no lo creeré. Por lo demás, es probable que
el rechazo de su imprudente despido le sea ventajoso también a usted.
–¿Así que no obedece? –preguntó el maestro.
K negó con la cabeza.
–Piénselo bien –dijo el maestro–, no se puede decir que sus decisiones
siempre sean las mejores, piense por ejemplo en la tarde de ayer,
cuando rechazó que le interrogasen.
–Por qué menciona eso ahora? –preguntó K.
–Porque me da la gana –dijo el maestro–, y ahora repito por última
vez: ¡fuera de aquí!
Pero como esas palabras tampoco tuvieron ningún efecto, el maestro se
fue hacia la mesa y habló en voz baja con la maestra; ésta dijo algo
referente a la policía, pero el maestro lo rechazó; finalmente, los dos
llegaron a un acuerdo, el maestro dijo a los niños que le siguieran a la
otra habitación, allí tendrían clase con los otros niños, todos juntos, ese
cambio les alegró; en un instante, entre gritos y risas, la habitación se
quedó vacía, el maestro y la maestra fueron los últimos en salir. La
maestra llevaba el diario de clase y encima al gato, que se mantenía
impertérrito. Al maestro le hubiese gustado dejar allí al gato, pero una
indicación que lo sugería fue rechazada categóricamente por la
maestra, haciendo una referencia a la crueldad de K, así que para
colmo K le cargó el gato al maestro. Esto último influyó,
evidentemente, en las últimas palabras que el maestro dirigió a K desde
la puerta:
–La señorita abandona esta clase obligada por la necesidad, porque
usted se niega de manera recalcitrante a aceptar mi despido y porque
nadie puede reclamar de ella, una mujer joven, que imparta su clase en
medio de sus sucias relaciones domésticas. Así que se queda solo y
puede ponerse todo lo cómodo que quiera, sin sentirse molesto por la
aversión de observadores decentes. Pero no durará mucho, se lo
garantizo.
Y con esto cerró la puerta.
CAPÍTULO XII
Cuando todos abandonaron la habitación, K dijo a los ayudantes:
–¡Fuera de aquí!
Asombrados por esa orden repentina, obedecieron, pero en cuanto K
cerró con llave la puerta detrás de ellos, gimotearon y llamaron a la
puerta:
–¡Estáis despedidos! –gritó K–, jamás os volveré a tomar a mi servicio.
Pero no quisieron aceptar esa decisión y golpearon con las manos y los
puños en la puerta.
–¡Queremos regresar contigo, señor! –gritaron, como si K fuese la
tierra prometida y ellos no pudiesen llegar hasta ella. Pero K no tenía
ninguna compasión, esperó impaciente hasta que el ruido insoportable
obligó a intervenir al maestro. Ocurrió pronto.
–¡Deje entrar a sus malditos ayudantes! –gritó.
–¡Los he despedido! –respondió K, y tuvo el desagradable efecto
colateral de mostrar lo que ocurría cuando alguien era lo
suficientemente fuerte no sólo para despedir a otro, sino para ejecutar
el despido. El maestro intentó aplacar bondadosamente a los
ayudantes, sólo tenían que esperar allí con calma, al final K los volvería
a admitir. Después de decir estas palabras, se fue. Y quizá se hubiesen
calmado si K no les hubiera vuelto a gritar que estaban definitivamente
despedidos y que no tenían ninguna esperanza de ser readmitidos. A
continuación, volvieron a hacer ruido como al principio. De nuevo vino
el maestro, pero esta vez no habló con ellos, se limitó a alejarlos de allí
con la temida palmeta.
Al poco rato aparecieron ante la ventana de la clase de gimnasia,
golpearon en los cristales y gritaron, pero sus palabras eran
incomprensibles. No permanecieron allí mucho tiempo, en la profunda
capa de nieve no podían saltar como lo requería su intranquilidad. Así
que corrieron hacia la verja del jardín y se subieron sobre su parte
inferior, desde donde, aunque sólo desde la lejanía, disfrutaban de una
mejor vista sobre la habitación; allí, encaramados a las verjas, se
balanceaban a un lado y a otro, pero de repente se quedaban quietos y
doblaban las manos en actitud de súplica hacia K. Eso lo hicieron
durante mucho tiempo, sin considerar la inutilidad de sus esfuerzos;
estaban como cegados, ni siquiera oyeron cómo K corrió las cortinas
para liberarse de su visión.
En la penumbra de la habitación K fue hacia las barras para ver a
Frieda. Ante su mirada ella se levantó, se arregló el pelo, se secó el
rostro y se puso en silencio a hacer el café. Aunque ella lo sabía todo, K
le informó formalmente de que había despedido a los ayudantes. Ella se
limitó a asentir con la cabeza. K se sentó en un pupitre y observó sus
cansados movimientos. Siempre había sido la frescura y la tenacidad lo
que había embellecido la futilidad de su cuerpo, ahora esa belleza había
desaparecido. Unos días viviendo con K lo habían logrado. El trabajo en
la taberna no había sido fácil, pero más conveniente para ella. ¿O había
sido el distanciamiento de K la causa real de su decadencia? La cercanía
de Klamm la había hecho tan irresistiblemente seductora; seducido por
ella, K la había tomado para sí y ahora se marchitaba entre sus brazos.
–Frieda –dijo K.
Ella dejó en seguida el molinillo de café y se acercó a K en el pupitre.
–¿Estás enfadado conmigo? –preguntó ella.
–No –dijo K–, creo que no puedes hacer otra cosa. Has vivido
satisfecha en la posada de los señores, debí dejarte allí.
–Sí –dijo Frieda, y miró ante sí con tristeza–, tendrías que haberme
dejado allí. No valgo lo suficiente para vivir contigo. Liberado de mí,
quizá podrías conseguir todo lo que quieres. En consideración a mí te
sometes a ese maestro tiránico, asumes este puesto miserable, solicitas
fatigosamente una entrevista con Klamm. Todo lo haces por mí, pero yo
te lo pago mal.
–No –dijo K, y la rodeó consolador con su brazo–, todo eso no son más
que pequeñeces que a mí no me dañan y en realidad a Klamm sólo le
quiero ver por ti. ¡Y todo lo que tú has hecho por mí! Antes de
conocerte, aquí estaba completamente extraviado, nadie me aceptaba,
y cuando los obligaba me despedían a toda prisa. Y si pudiese haber
encontrado tranquilidad con alguien, eran personas de las que tenía que
huir, como por ejemplo Barnabás.
–Huiste de ellos, ¿verdad, querido? –exclamó Frieda con viveza y
después de oír el dubitativo «sí» de K volvió a caer en su apatía. Pero K
tampoco poseía la tenacidad para explicar qué es lo que gracias a
Frieda había tomado un camino favorable. Soltó lentamente el brazo
que la rodeaba y se quedaron un rato sentados y en silencio, hasta que
Frieda, como si el brazo de K le hubiese transmitido calor, dijo:
–No soportaré esta vida. Si quieres que siga contigo, tenemos que
emigrar, a cualquier lado, al sur de Francia o a España.
–No puedo emigrar –dijo K–, he venido para permanecer aquí.
Permaneceré aquí –e incurriendo en una contradicción que no hizo el
esfuerzo de aclarar, añadió como si hablase consigo mismo–: ¿Qué
podría haberme tentado a venir a este páramo a no ser el deseo de
quedarme?
A continuación, dijo:
–Pero tú también quieres quedarte aquí, es tu tierra. Sólo que echas de
menos a Klamm y eso hace que te desesperes.
–¿Que echo de menos a Klamm? –dijo Frieda–, aquí hay Klamm en
exceso, demasiado Klamm; para escapar de él quiero salir de aquí. No
echo de menos a Klamm, sino a ti. Por ti quiero irme, porque no puedo
tener suficiente de ti, aquí, donde todos tiran de mí. Cómo me gustaría
quitarme esta bonita máscara y con el cuerpo miserable poder vivir
contigo en paz.
K sólo prestó atención a una cosa.
–¿Klamm está aún en contacto contigo? –preguntó en seguida–. ¿Te
llama?
–No sé nada de Klamm –dijo Frieda–, hablo de otros, por ejemplo de
los ayudantes.
–¡Ah!, los ayudantes –dijo K sorprendido–. ¿Te acosan?
–¿Acaso no lo has notado? –preguntó Frieda.
–No –dijo K, e intentó recordar en vano algún detalle–. Son jóvenes
impertinentes y ávidos, pero que te hayan importunado, eso no lo he
advertido.
–¿No? –dijo Frieda–. ¿No notaste que no había manera de sacarlos de
nuestra habitación en la posada del puente, ni cómo vigilaban celosos
nuestra relación, o cómo uno de ellos, finalmente, se echó a mi lado en
el jergón de paja, o cómo han testimoniado contra ti para expulsarte,
perderte y así poder estar a solas conmigo? ¿No has notado nada de
eso?
K miró a Frieda sin responder. Esas acusaciones contra los ayudantes
eran verdaderas, pero también podían interpretarse de forma inocente,
como fruto del carácter ridículo, infantil, inquieto y falto de dominio de
los dos. Y ¿no hablaba contra la acusación de Frieda que hubiesen
intentado siempre ir a todas partes con K en vez de quedarse con
Frieda? K mencionó algo parecido.
–¡Pura hipocresía! –dijo Frieda–. Pero ¿no has podido darte cuenta?
Entonces ¿por qué los has despedido si no es por estos motivos?
Y se fue hacia la ventana, apartó un poco las cortinas, miró hacia
afuera y llamó a K. Aún se encontraban los ayudantes en la verja.
Aunque estaban visiblemente cansados, de vez en cuando, haciendo
acopio de todas sus fuerzas, seguían extendiendo los brazos con actitud
suplicante hacia la escuela. Uno de ellos, para no tener que aferrarse
continuamente había ensartado la chaqueta en una de las barras de la
verja. –¡Pobres! ¡Pobres! –exclamó Frieda.
–¿Que por qué los he expulsado? –preguntó K–. La causa directa has
sido tú.
–¿Yo? –preguntó Frieda sin apartar la vista de los ayudantes.
–Sí, porque has tratado con demasiada amabilidad a los ayudantes –
dijo K–, por perdonarles su comportamiento maleducado, reírte de sus
necedades, acariciar su pelo, tener continuamente compasión de ellos, J
os pobres, los pobres», vuelves a decir, y, finalmente, el último
incidente, como para ti mi precio no era muy alto, me quisiste sacrificar
para rescatar del castigo a los ayudantes.
–Eso es –dijo Frieda–, de eso es precisamente de lo que hablo, eso es
lo que me hace infeliz, lo que me separa de ti, aunque no conozco
mayor felicidad para mí que estar contigo, continuamente, sin
interrupción, sin fin; sueño que en la tierra no hay ningún lugar
tranquilo para nuestro amor, ni en el pueblo ni en ningún otro sitio, y
por eso me imagino una tumba, profunda y estrecha, en la que nos
mantenemos abrazados como oprimidos por unas tenazas, yo oculto mi
rostro en ti, tú el tuyo en mí y nadie nos ve más. Pero aquí... ¡mira a
los ayudantes! Sus manos suplicantes no se dirigen a ti, sino a mí.
–Y no soy yo quien los observa –dijo K–, sino tú.
–Claro, yo –dijo Frieda casi enojada–, de eso es de lo que estoy
hablando todo el rato, ¿a qué se debería si no que los ayudantes me
persiguieran, por más que puedan ser emisarios de Klamm?
–¿Emisarios de Klamm? –dijo K, a quien sorprendió mucho esa
designación, por muy natural que le pareciese al principio. –Emisarios
de Klamm, claro –dijo Frieda–, aunque lo sean, al mismo tiempo son
jóvenes pueriles que necesitan probar la palmeta para su educación.
Qué jóvenes más feos y gamberros son y qué repugnante es el
contraste entre sus rostros de adultos, casi de estudiantes, y su
comportamiento necio e infantil. ¿Acaso crees que no me doy cuenta?
Me avergüenzo de ellos. Pero aquí radica el asunto, ellos no me
repudian, sino que me avergüenzo de ellos. Siempre tengo que
mirarlos. Cuando debiera enojarme con ellos, me tengo que reír.
Cuando debiera golpearlos, tengo que acariciar su pelo. Y cuando yazco
a tu lado por la noche, no puedo dormir y tengo que ver cómo uno de
ellos duerme enrollado en una manta y el otro permanece arrodillado
ante la calefacción, vigilando que no se apague, y tengo que inclinarme
hasta casi despertarte. Y no es el gato lo que me asusta, ¡ay!, conozco
gatos y también conozco esos sueños agitados y constantemente
turbados en la taberna, no es el gato lo que me asusta, sino yo misma.
Y no necesito a ese gato monstruoso, me estremezco con el menor
ruido. Temí que te despertaras y todo llegase a su fin y entonces me
levanté y encendí una vela para que te despertases deprisa y me
pudieses proteger.
–No sabía nada de todo eso –dijo K–, sólo por un presentimiento de lo
que me cuentas los he expulsado, ahora ya se han ido, ahora todo está
bien.
–Sí, al fin se han ido –dijo Frieda, pero su rostro estaba atormentado,
triste–, pero no sabemos quiénes son. Emisarios de Klamm, así los
llamo yo jugando con mi imaginación, aunque tal vez lo sean. Sus ojos,
esos ojos simples pero centelleantes, me recuerdan en cierto modo a
los ojos de Klamm, sí, ésa es la mirada de Klamm, que a veces me
contempla a través de sus ojos. Y, por tanto, fue incorrecto cuando dije
que me avergonzaba de ellos. Sólo quería que fuese así. Pero sé que en
otro lugar y con otras personas el mismo comportamiento sería necio y
repugnante, pero con ellos no es así, contemplo sus necedades con
respeto y admiración. Pero si son los emisarios de Klamm, ¿quién nos
liberará de ellos? Y ¿sería bueno que nos liberasen de ellos? ¿No
tendrías que correr a recogerlos y alegrarte de que quisieran volver?
–¿Quieres que los vuelva a dejar entrar? –preguntó K.
–No, no –dijo Frieda–, no hay nada que quiera menos. Su mirada
cuando entrasen, su alegría por volverme a ver, sus saltos de niños y
sus abrazos de hombres, todo eso no podría soportarlo. Pero en cuanto
pienso que, si permaneces duro con ellos, quizá cierres el camino de
Klamm hacia ti, deseo preservarte de las consecuencias que eso
tendría. Entonces sí quiero que los dejes entrar. Entonces que entren lo
más rápido posible. No tengas ninguna consideración conmigo, yo no
importo. Me defenderé todo el tiempo que pueda y, si tuviera que
perder, bueno, perderé, pero con la conciencia de que también ha
ocurrido por ti.
–Con esas palabras no haces más que reforzar mi sentencia respecto a
los ayudantes –dijo K–, jamás entrarán si puedo impedirlo. Que los he
expulsado, demuestra que, bajo determinadas circunstancias, se los
puede dominar y que, por tanto, no guardan ninguna relación esencial
con Klamm. Ayer por la noche recibí una carta de Klamm de la que se
puede deducir que está mal informado acerca de los ayudantes, de lo
que también se puede deducir que le son completamente indiferentes,
pues si no lo fueran habría podido recabar noticias cabales sobre ellos.
Y que veas en ellos a Klamm no demuestra nada, pues aún, por
desgracia, estás influida por la posadera y ves a Klamm por todas
partes. Todavía eres la amante de Klamm y todavía no eres mi esposa.
A veces eso me entristece profundamente, me parece como si lo
hubiese perdido todo, tengo la sensación de haber venido al pueblo,
pero no lleno de esperanza, como estaba en realidad cuando llegué,
sino con la conciencia de que sólo me esperan decepciones y que
tendré que probarlas todas hasta la raíz. Aunque esto sólo ocurre a
veces –añadió K sonriendo al ver cómo Frieda se venía abajo con sus
palabras–, y en el fondo demuestra algo bueno: lo que significas para
mí. Y si ahora reclamas que decida entre tú y los ayudantes, los
ayudantes ya han perdido. Vaya pensamiento, elegir entre los
ayudantes y tú. Ahora quiero librarme definitivamente de ellos. Quién
sabe, por lo demás, si la debilidad que se ha apoderado de nosotros dos
no proviene de que no hemos desayunado.
–Es posible –dijo Frieda sonriendo con cansancio y se puso a trabajar.
También K volvió a coger la escoba.
CAPÍTULO XIII
Después de un rato, llamaron débilmente a la puerta.
–¡Barnabás! –gritó K, arrojó la escoba y en pocas zancadas ya estaba
ante la puerta.
Horrorizada más por el nombre que por otra cosa, Frieda le contempló.
Con las manos inseguras K no podía abrir el viejo cerrojo.
–Ya abro –repetía en vez de preguntar quién era el que llamaba. A
continuación tuvo que ver cómo el que entraba por la puerta abierta no
era Barnabás, sino un niño que ya con anterioridad había querido
hablar con K. Pero K no tenía ganas de acordarse de él.
–¿Qué buscas aquí? –dijo–. La clase es ahí al lado.
–Vengo de allí –dijo el niño, y miró tranquilamente a K con sus grandes
ojos castaños, muy recto y con los brazos pegados al cuerpo.
–¿Qué quieres? Dímelo rápido –dijo K, y se inclinó un poco hacia abajo,
pues el niño hablaba en voz baja.
–¿Puedo ayudarte? –preguntó el niño.
–Nos quiere ayudar –dijo K a Frieda, y luego al niño–: ¿Cómo te
llamas?
–Hans Brunswick –dijo el niño–, alumno de cuarto curso, hijo de Otto
Brunswick, maestro zapatero en la calle Madelein.
–Así que te llamas Brunswick –dijo K, y se dirigió a él en un tono más
amable. Resultó que Hans, por los arañazos sangrientos con que la
maestra había castigado a K, se había irritado tanto que había decidido
apoyarle. Por su propia cuenta se había escabullido de la clase contigua
como un desertor, exponiéndose a un gran castigo. Podía deberse a las
ideas infantiles que le dominaban. A ellas también correspondía la
seriedad que se desprendía de todos sus actos. Su timidez sólo le había
molestado al principio, luego se habituó a K y a Frieda y cuando le
dieron un café se animó y tomó confianza, siendo sus preguntas
vehementes y penetrantes, como si quisiera enterarse rápidamente de
lo más importante para luego poder tomar decisiones por su propia
cuenta en favor de K y Frieda. También había algo imperioso en su
carácter, pero estaba tan mezclado con la inocencia infantil, que, medio
en broma medio en serio, se dejaba someter. En todo caso acaparó
toda la atención, habían dejado el trabajo y el desayuno se prolongaba.
A pesar de que estaba sentado ante un pupitre, K en la mesa del
maestro y Frieda en una silla a su lado, parecía que Hans era el
maestro, como si examinase y juzgase las respuestas; una ligera
sonrisa en su rostro parecía indicar que sabía muy bien que sólo se
trataba de un juego, no obstante, más seria era su actitud ante el
asunto, aunque quizá no era una sonrisa lo que se reflejaba en sus
labios, sino la felicidad de la niñez. Sorprendentemente tarde reconoció
que ya conocía a K, desde que éste estuvo en la casa de Lasemann. K
se alegró de ello.
–¿Tú jugabas entonces a los pies de la mujer? –preguntó K.
–Sí –dijo Hans–, es mi madre.
Y entonces tuvo que hablar sobre su madre, pero lo hizo con dudas y
sólo cuando le reiteraron la petición. Resultó que era un niño a través
del cual a veces parecía hablar, especialmente en las preguntas, en un
presentimiento del futuro, quizá también como consecuencia de la
ilusión de los sentidos que afectaba a los intranquilos y tensos oyentes,
casi un hombre enérgico, astuto y perspicaz, pero que poco después se
manifestaba sin transición como un escolar que no comprendía algunas
preguntas, otras las interpretaba mal, que con una desconsideración
infantil hablaba en voz demasiado baja, aunque se le había llamado
frecuentemente la atención sobre esa falta y que, finalmente, como
consuelo frente a algunas preguntas urgentes, se limitaba a callar y,
además, sin mostrar confusión alguna, como jamás podría hacerlo un
adulto. Era como si, según su opinión, sólo a él le estuviese permitido
preguntar y que las preguntas de los otros infringieran algún
reglamento o fuesen una pérdida de tiempo. También podía
mantenerse mucho tiempo sentado con el cuerpo recto, la cabeza
inclinada hacia abajo y el labio inferior ligeramente desprendido. A
Frieda le gustó tanto esa actitud, que le planteó con frecuencia
preguntas de las que esperaba que le hiciesen callar de esa manera. A
veces lo consiguió, pero a K le enojaba. En general pudieron saber
poco, la madre estaba algo enferma, pero no pudieron averiguar de qué
enfermedad se trataba; el niño que la señora Brunswick mantenía en el
regazo era la hermana de Hans y se llamaba Frieda (la coincidencia de
nombres con la mujer que le preguntaba la tomó con mal humor),
todos vivían en el pueblo, pero no en casa de Lasemann, allí sólo
estaban de visita para que los bañasen, porque Lasemann tenía una
gran bañera, en la cual bañarse y jugar procuraba un gran placer a los
niños pequeños, entre los que Hans no se contaba; de su padre Hans
habló con respeto o con miedo, pero sólo cuando no hablaba al mismo
tiempo de la madre; en comparación con la madre el valor del padre
parecía pequeño, por lo demás, todas las preguntas sobre la vida
familiar, fuera cual fuese el método en plantearlas, quedaron sin
respuesta; del oficio del padre se supo que era el zapatero más
importante del lugar, nadie se le podía igualar, como repitió con
frecuencia y en respuesta a preguntas que no tenían nada que ver con
eso, incluso le daba trabajo a otros zapateros, por ejemplo, al padre de
Barnabás; en este último caso Brunswick lo hacía por compasión, al
menos eso indicaba el gesto orgulloso de Hans, lo que impulsó a Frieda
a acercarse a él de un salto y darle un beso. A la pregunta de si ya
había estado en el castillo, respondió, después de habérsela repetido
muchas veces, que «no», y la misma pregunta, pero referida a la
madre, no se dignó responderla. Al final K se cansó. Seguir
preguntando le pareció inútil, en eso el niño tenía razón, y además
había algo vergonzoso en querer enterarse de secretos familiares a
través de un niño inocente, y doblemente vergonzoso era que ni
siquiera se enteraran de algo al respecto. Y cuando K para terminar le
preguntó en qué se ofrecía para ayudar, no se maravilló al oír que sólo
quería ayudarles en el trabajo para que el maestro y la maestra no se
enojasen, con K. Éste le aclaró que no era necesaria su ayuda, que
enojarse era un rasgo del carácter del maestro y que no podrían
impedirlo ni con el trabajo mejor realizado. Pero el trabajo en sí no era
difícil, esa vez simplemente se había retrasado por unas circunstancias
casuales, además esos enojos no hacían el mismo efecto en K que en
un escolar, se los sacudía de encima, le eran indiferentes, y tenía la
esperanza de librarse del maestro muy pronto. Agradecía mucho que
hubiese ofrecido su ayuda con el maestro y Hans podía regresar,
esperaba que no lo castigasen por lo que había hecho. A pesar de que K
no subrayó y se limitó a indicar fugazmente que se trataba de ayuda
con el maestro la que él no necesitaba, dejaba abierta la pregunta
sobre otro tipo de ayuda, Hans así lo dedujo y preguntó si quizá K
necesitaba otra ayuda, le encantaría ayudarle y si él mismo no pudiera,
se lo pediría a su madre y entonces seguro que podía resultar. También
cuando el padre tenía preocupaciones, le preguntaba a la madre. Y la
madre ya había preguntado una vez por K, ella apenas salía de casa,
sólo excepcionalmente estuvo aquel día en casa de Lasemann; él, sin
embargo, Hans, iba con frecuencia para jugar con sus hijos y una vez le
preguntó la madre si tal vez el agrimensor se había encontrado allí.
Pero a la madre, como estaba tan débil y cansada, no se le podía hablar
mucho y él se limitó a decir que no había visto al agrimensor y ya no se
habló más del asunto. Pero al encontrarle ahora en la escuela, le había
tenido que hablar para poder informar luego a la madre. Pues eso es lo
que más le gusta a la madre: cuando se obedecen sus deseos sin una
orden expresa. A eso respondió K, después de una breve reflexión, que
no necesitaba ninguna ayuda, tenía todo lo que necesitaba, pero era
muy amable por parte de Hans que quisiera ayudarle y le agradecía sus
buenas intenciones, era posible que más tarde pudiese necesitar algo,
entonces se dirigiría a él, ya conocía su dirección. Por el contrario, quizá
K pudiese ayudarle un poco, sentía mucho que la madre de Hans
estuviese enferma y que nadie comprendiese allí su sufrimiento; en un
caso tan descuidado puede darse un grave empeoramiento de una
ligera dolencia. Pero él, K, tenía conocimientos médicos y lo que aún
era más valioso, experiencia en el tratamiento de los enfermos.
Consiguió triunfar cuando los médicos fracasaron. En casa siempre le
habían llamado por sus poderes curativos «hierba amarga». En todo
caso querría ver a la madre de Hans y hablar con ella. Quizá pudiese
darle un buen consejo, sólo por él, por Hans, estaría encantado de
poder hacerlo. Al principio los ojos de Hans brillaron con esa oferta,
sedujeron a K para mostrarse más perentorio, pero el resultado fue
insatisfactorio, pues Hans contestó a las preguntas, y ni siquiera se
mostró triste al hacerlo, que su madre no podía recibir visitas de
extraños, pues necesitaba reposo absoluto; a pesar de que K apenas
habló con ella, tuvo que pasar después varios días en cama, lo que,
ciertamente, ocurría con frecuencia. En aquella ocasión el padre se
enojó mucho con K y jamás permitiría que K visitase a su madre,
incluso aquella vez él quiso buscar a K para castigarle por su
comportamiento, pero la madre le convenció de lo contrario. Ante todo
era su misma madre la que no quería hablar con nadie y su interés por
K no significaba una excepción de la regla, todo lo contrario, a su
mención ocasional de que tendría el deseo de verle, no le siguieron los
hechos, con eso había manifestado claramente su voluntad. Sólo quería
oír de K, pero no hablar con él. Por lo demás tampoco padecía de una
enfermedad en el pleno sentido de la palabra, ella sabía muy bien el
origen de su estado y a veces lo dejaba entrever, probablemente se
debía al aire de allí, que ella no soportaba, pero tampoco quería
abandonar el lugar a causa del padre y de los niños, también estaba
mejor que antes. Eso fue de lo que K se enteró; la capacidad mental de
Hans aumentaba visiblemente, ya que protegía a su madre de K, de K,
a quien supuestamente quería ayudar; incluso con la finalidad de
proteger a la madre de K contradijo algunas de sus manifestaciones
anteriores, por ejemplo respecto a la enfermedad. No obstante, K notó
también que le seguía cayendo bien a Hans, sólo que sobre la madre
olvidaba todo lo demás. Cualquiera que se colocase frente a la madre,
se ponía en una posición injusta, ahora había sido K, pero también
podía ser, por ejemplo, el padre. K quiso intentar esto último y dijo que
era muy razonable por parte de su padre que protegiese así a su madre
de toda molestia y si K hubiese sospechado algo en aquella ocasión, no
habría osado dirigirse a ella y ahora pedía perdón por ello. Por el
contrario, no podía entender del todo por qué el padre, si el origen del
padecimiento estaba tan claro como Hans decía, impedía que la madre
se recuperase cambiando de aires; se tenía que afirmar que se lo
impedía, pues ella no quería irse por el padre y por los niños, pero se
podría llevar a los niños, tampoco tendría que estar ausente mucho
tiempo ni tampoco muy lejos, ya arriba, en la montaña del castillo, el
aire era mucho mejor. Los costes de esa excursión no deberían
atemorizar al padre, a fin de cuentas era el mejor zapatero del lugar y
con toda seguridad la madre tenía parientes o conocidos en el castillo
que la acogerían encantados. ¿Por qué no dejaba que se fuera? No
debería menospreciar ese padecimiento; K sólo había visto fugazmente
a la madre, pero su llamativa palidez y debilidad le impulsaron a
dirigirle la palabra, ya en aquella ocasión le sorprendió que el padre
dejase a la esposa enferma en la atmósfera perjudicial de la habitación
de los baños y que ni siquiera se moderase en sus conversaciones en
voz alta. El padre no sabía de qué se trataba, por más que haya
mejorado de la enfermedad en los últimos tiempos, ese tipo de
padecimientos tienen humores, pero si no se los combate con todas las
fuerzas, se llega a un momento en que ya no puede ayudar nada. Si K
no podía hablar con la madre, sería quizá ventajoso si al menos pudiese
hablar con el padre y llamarle la atención sobre todo eso.
Hans había escuchado con gran atención, había entendido la mayoría y
había sentido con fuerza la amenaza implícita en el resto. A pesar de
ello dijo que K no podía hablar con el padre, pues éste tenía una gran
aversión hacia él y probablemente le trataría igual que el maestro. Dijo
esto sonriendo y con timidez al hablar de K y triste y con saña cuando
habló del padre. Sin embargo, añadió que K quizá pudiese hablar con la
madre, pero sin que lo supiera el padre. Entonces Hans reflexionó con
la mirada fija en un punto, como una mujer que quiere hacer algo
prohibido y busca una posibilidad de realizarlo con impunidad. Poco
después dijo que en un par de días quizá sería posible, pues el padre
iba por la tarde a la pensión de los señores, ya que allí tenía algunas
entrevistas, entonces él, Hans, vendría por la tarde y conduciría a K
hasta su madre, presuponiendo que ella estuviese de acuerdo, lo que
sería muy improbable. Ella no hacía nada contra la voluntad del padre,
se sometía en todo a él, incluso en cosas cuya irracionalidad hasta él
mismo, Hans, veía claramente. Ahora buscaba Hans ayuda contra el
padre, era como si se hubiese engañado a sí mismo, pues había creído
que quería ayudar a K, mientras que en realidad había querido
averiguar si tal vez, como nadie del lugar había podido ayudar, ese
forastero aparecido repentinamente y mencionado incluso por la madre
era capaz de hacerlo. Qué inconscientemente reservado, sí, casi
solapado, era el niño, no había sido fácil de deducir de su presencia y
de sus palabras, sólo se pudo notar después por la casualidad y la
intención dulas confesiones que habían asomado. Y entonces reflexionó
con K en largas conversaciones qué dificultades habría que superar;
eran, pese a la mejor voluntad de Hans, dificultades casi insuperables;
sumido en sus pensamientos y, sin embargo, buscando ayuda, miraba
continuamente a K con ojos inquietos y parpadeantes. No podía decirle
nada a la madre antes de la partida del padre, si no éste se enteraría
de todo y ya sería imposible, así que sólo más tarde podría
mencionarlo, pero por consideración a la madre tampoco de repente y
deprisa, sino lentamente y en el momento oportuno, entonces podría
pedir permiso a la madre, luego vendría a recoger a K, pero ¿no sería
ya demasiado tarde?, ¿no amenazaría la llegada inminente del padre?
Sí, en realidad era imposible. K, por el contrario, demostró que no era
imposible. No tenían que temer que no hubiese suficiente tiempo,
bastaría una corta entrevista, un breve encuentro, y no hacía falta que
Hans viniese a buscar a K, éste esperaría escondido en algún lugar
cerca de la casa y, con un signo de Hans, acudiría en seguida. No, dijo
Hans, K no podía esperar cerca de la casa –una vez más le dominaba la
sensibilidad por causa de su madre–, sin conocimiento de la madre K no
podía ponerse en camino, Hans no podía aceptar un acuerdo secreto
con K que fuese secreto para la madre, él tenía que recoger a K de la
escuela y no antes de que la madre lo supiese y diese su
consentimiento. Bueno, dijo K, entonces era realmente peligroso, era
posible que el padre le descubriese en la casa y aunque no ocurriese, la
madre, por miedo, no dejaría que K la visitase y todo fracasaría por
culpa del padre. Contra eso volvió a defenderse Hans y así siguió la
disputa. Ya hacía tiempo que K había llamado a Hans para que viniese a
la mesa y le había colocado entre sus rodillas, acariciándolo de vez en
cuando para tranquilizarlo. Esa cercanía influyó en que Hans, a pesar de
su resistencia temporal, consintiese en llegar a un acuerdo. Convinieron
lo siguiente: Hans le diría al principio a su madre toda la verdad, sin
embargo, para facilitarle el consentimiento, añadiendo que K también
quería hablar con Brunswick, aunque no a causa de la madre, sino por
sus asuntos. Eso también era verdad, a lo largo de la conversación a K
se le había ocurrido que Brunswick, aunque fuese un hombre malo y
peligroso, no podía ser realmente su enemigo, a fin de cuentas había
sido, al menos según el informe del alcalde, el líder de aquellos que,
fuese también por motivos políticos, habían reclamado la contratación
de un agrimensor. Así pues, la llegada de K al pueblo tenía que haber
sido favorable para él, pero entonces el enojoso encuentro el primer día
y la aversión de la que Hans había hablado resultaban incomprensibles,
quizá Brunswick se había enojado porque K no se había dirigido a él
primero para solicitar ayuda, quizá había otro malentendido que podía
ser aclarado con unas palabras. Una vez que ocurriera eso, K podría
encontrar en Brunswick un respaldo contra el maestro, sí, incluso
contra el alcalde, poniendo al descubierto todo el fraude administrativo,
pues ¿qué otra cosa podía ser todo? El alcalde y el maestro le
mantenían alejado de los órganos administrativos del castillo y le
obligaban a aceptar el puesto de bedel. Si se producía una nueva lucha
por K entre Brunswick y el alcalde, Brunswick tendría que poner a K de
su parte, K sería huésped en la casa de Brunswick y sus instrumentos
de poder se pondrían a su disposición, todo a despecho del alcalde,
quien sabía muy bien hasta dónde podría llegar y, en todo caso, estaría
frecuentemente cerca de la mujer. Así jugaba con sus sueños y ellos
con él, mientras Hans, pensando exclusivamente en su madre,
observaba preocupado el silencio de K, al igual que se hace con un
médico sumido en sus pensamientos para encontrar un remedio en un
caso grave. Con esa propuesta de K, que él quería hablar con
Brunswick por la contratación como agrimensor, Hans se mostró
conforme, aunque sólo porque gracias a eso su madre quedaba
protegida del padre y, además, se trataba de un recurso excepcional
que esperaba no se produjese. Sólo preguntó cómo K aclararía al padre
una visita tan tardía, y se conformó finalmente, aunque con un rostro
algo sombrío, con que K diría que el insoportable puesto como bedel en
la escuela y el tratamiento deshonroso del maestro le habían sumido en
una repentina desesperación y había olvidado cualquier consideración.
Cuando lograron preparar todo, en lo que se podía prever, y la
posibilidad de éxito ya no quedaba al menos excluida, Hans, liberado de
la carga de la reflexión, se tornó más alegre y charló aún un rato de
manera infantil, primero con K y luego con Frieda, que desde hacía
tiempo estaba abstraída y ahora comenzó de nuevo a participar en la
conversación. Entre otras cosas ella le preguntó qué quería ser de
mayor, él no reflexionó mucho y dijo que quería ser un hombre como K.
Cuando le preguntó los motivos, no supo qué responder y a la pregunta
de si quería ser bedel en una escuela, contestó negativamente. Sólo al
seguir preguntándole reconocieron a través de qué caminos había
llegado a expresar ese deseo. La situación presente de K no era en
modo alguno digna de envidia, sino triste y despreciable, él mismo
habría preferido preservar a su madre de la mirada y de las palabras de
K. Sin embargo, él había llegado hasta K y le había pedido ayuda y
había sido feliz de que K consintiese, también creía reconocer lo mismo
en otras personas, y ante todo la madre había mencionado a K. De esa
contradicción surgió en él la creencia de que en ese momento K era aún
un ser humillado y espantoso, pero que en un futuro, si bien casi
inimaginable y lejano, él los superaría a todos. Y precisamente esa
disparatada lejanía y el orgulloso desarrollo que debería conducir a ella
tentaron a Hans. Incluso a ese precio quería tomar al K del presente. Lo
especialmente infantil y al mismo tiempo astuto de ese deseo consistía
en que Hans contemplaba desde lo alto a K como si fuera un joven cuyo
futuro se expandiera más que el suyo propio, el de un niño. Y era con
una seriedad sombría con la que él, obligado una y otra vez por las
preguntas de Frieda, hablaba de esas cosas. Pero K le volvió a animar
cuando dijo que él sabía lo que Hans le envidiaba, se trataba de su
espléndido bastón de nudos que se encontraba sobre la mesa y con el
que Hans había jugado distraído durante la conversación. Bueno, K
sabía fabricar esos bastones y, si el plan resultaba exitoso, le haría a
Hans uno más bonito. No quedó muy claro si Hans sólo había tenido en
mente el bastón, tal fue su alegría sobre la promesa de K, y se despidió
alegremente no sin antes estrechar con fuerza la mano de K y decir:
–Entonces hasta pasado mañana.
CAPÍTULO XIV
Ya era hora de que Hans se marchase, pues poco después el maestro
abrió violentamente la puerta y, al ver a K y a Frieda tranquilamente
sentados sobre la mesa, gritó:
–¡Perdonad la molestia! Pero decidme cuándo vais a terminar por fin de
arreglar la habitación. En la otra habitación se sientan todos apretados,
así no se puede dar clase, mientras vosotros os estiráis aquí a vuestras
anchas en la habitación grande y encima, para tener aún más sitio,
habéis echado a los ayudantes. ¡Y ahora haced el favor de moveros!
Y dirigiéndose a K:
–¡Tú ahora me traes un tentempié de la posada del puente!
Todo eso lo gritó furioso, pero las palabras eran proporcionalmente
suaves, incluso el grosero tuteo. K se mostró dispuesto a obedecer en
seguida; sólo para sondear al maestro dijo:
–Me ha despedido.
–Despedido o no, tráeme mi tentempié –dijo el maestro.
–Despedido o no, eso es precisamente lo que quiero saber –dijo K.
–¿De qué hablas? No has aceptado el despido.
–¿Eso basta para anularlo? –preguntó K.
–Para mí no –dijo el maestro–, de eso puedes estar seguro, pero sí
para el alcalde, incomprensiblemente. Ahora corre, si no sales de aquí
volando y esta vez de verdad.
K estaba satisfecho, el maestro había hablado mientras tanto con el
alcalde o tal vez no había hablado, sino adoptado la previsible opinión
del alcalde y ésta era favorable a K. Ahora quería K darse prisa en traer
el tentempié, pero cuando aún se encontraba en el pasillo, el maestro le
hizo regresar, ya fuese porque quisiese probar con esa orden especial
su disposición servicial para orientarse luego según el resultado, ya
fuese porque había recobrado las ganas de ordenar y le causaba placer
que K, siguiendo sus órdenes, saliese corriendo como un camarero y le
pudiese obligar a regresar con la misma rapidez. K, por su parte, sabía
que él, mediante un comportamiento demasiado obediente, se
convertiría en el esclavo y en cabeza de turco del maestro, pero hasta
cierto límite quería ahora aceptar pacientemente los caprichos del
maestro, pues si, como se había mostrado, no podía despedirle
legalmente, podía atormentarle en el puesto hasta hacerle la vida
imposible. Pero precisamente ahora K necesitaba ese puesto más que
antes. La conversación con Hans le había dado nuevas esperanzas,
manifiestamente improbables, sin ningún fundamento, pero
inolvidables, incluso hacían olvidar a Barnabás. Si quería ir detrás de
ellas, y no le quedaba otro remedio, tenía que hacer acopio de todas
sus fuerzas, no preocuparse de ninguna otra cosa, ni de la comida, ni
de la vivienda, ni de la administración del pueblo, ni siquiera de Frieda,
y en el fondo se trataba sólo de Frieda, pues todo lo demás únicamente
le afligía con relación a Frieda. Por eso tenía que intentar mantener ese
puesto que daba alguna seguridad a Frieda y no debía arrepentirse de
tolerar algo más al maestro en aras de ese objetivo, aunque fuese más
de lo que le hubiese tolerado en otras circunstancias. Todo eso no era
demasiado doloroso, pertenecía a esa cadena continua de pequeñas
aflicciones de que constaba la vida, no era nada en comparación con
aquello a lo que aspiraba K, además, no había venido para llevar una
vida pacífica y rodeada de honores.
Y así ocurrió que, al igual que se había puesto en camino hacia la
posada, al recibir la contraorden se mostró dispuesto en seguida a
ordenar antes la habitación para que la maestra pudiese trasladarse a
ella con su clase. Pero tenía que trabajar deprisa, pues después tenía
que traer el tentempié y el maestro ya estaba hambriento y sediento. K
aseguró que lo haría todo según sus deseos; el maestro miró un rato
cómo K se apresuraba a cumplir sus órdenes, cómo quitaba el jergón
de paja, ponía los aparatos de gimnasia en su lugar y barría, mientras
Frieda lavaba y frotaba la tarima. Ese celo pareció satisfacer al
maestro, aún llamó la atención de que ante la puerta había preparado
un montón de leña para la calefacción –no quería dejar que K abriese el
depósito de leña– y se fue a ver a los niños con la amenaza de regresar
e inspeccionar la tarea.
Después de un rato de trabajo silencioso, Frieda preguntó por qué se
sometía ahora tanto al maestro. Era una pregunta compasiva e
inquieta, pero K, que pensaba lo poco que Frieda había conseguido
cumplir su promesa de protegerle de las órdenes y de la violencia del
maestro, dijo brevemente que ahora que era bedel de la escuela tenía
que ejercer el puesto. Entonces volvió el silencio hasta que K,
recordando con la breve conversación que Frieda había estado mucho
tiempo sumida en sus propios pensamientos, ante todo durante la
conversación con Hans, le preguntó abiertamente, mientras llevaba la
leña, en qué estaba pensando. Ella respondió, mirando hacia él
lentamente, que en nada determinado, sólo pensaba en la posadera y
en la verdad de algunas de sus palabras. Sólo cuando K insistió en que
siguiese, contestó con más detalles después de varias negativas, pero
sin dejar su trabajo, lo que no hacía por diligencia, pues apenas
avanzaba en él, sino sólo para no verse obligada a mirar a K. Y
entonces contó cómo al principio había escuchado tranquilamente la
conversación de K con Hans, cómo después se asustó con algunas
palabras de K y comenzó a comprender con más precisión el sentido de
esas palabras y cómo desde entonces no había podido dejar de
encontrar en las palabras de K confirmaciones de una advertencia que
agradecía a la posadera y en cuyo fundamento no había querido creer.
K, enojado sobre los modismos generales con que hablaba y más
irritado que conmovido por su voz triste y llorosa –pero ante todo
porque la posadera volvía a injerirse en su vida, al menos en recuerdos,
ya que en persona hasta ese momento había tenido poco éxito–, arrojó
la leña al suelo, se sentó encima y reclamó con palabras serias que
hablase con completa claridad.
A menudo –comenzó Frieda–, ya desde el principio, la posadera se
esforzó en que dudara de ti, no afirmaba que mentías, todo lo
contrario, dijo que eras sincero como un niño, pero que tu manera de
ser era tan diferente a la nuestra que nosotros, incluso cuando
hablabas sinceramente, nos teníamos que esforzar mucho para creerte
y, si no nos salvaba antes una buena amiga, nos teníamos que habituar
a creerte a través de una amarga experiencia. Incluso a ella, que posee
un gran conocimiento de los hombres, no le ocurre de manera muy
diferente. Pero después de la última conversación contigo en la posada
del puente, ella –me limito a repetir sus malas palabras– ha descubierto
tus manejos, ahora ya no puedes embaucarla, incluso si te esforzaras
en ocultar tus intenciones. «Pero él no oculta nada», repitió una y otra
vez, añadiendo: «esfuérzate en escucharle realmente en cualquier
oportunidad, no sólo superficial, sino realmente». Ninguna otra cosa ha
hecho ella, y respecto a mí habría averiguado lo siguiente: tú me has
abordado –empleó esta expresión afrentosa– sólo porque casualmente
me crucé en tu camino, no te desagradé y porque tú tomaste a una
chica de barra, de manera errónea, por la víctima propicia de todo
huésped que alargaba su mano. Además, querías, por algún motivo,
dormir aquella noche en la posada de los señores, como la posadera ha
sabido del posadero, y eso sólo lo podías conseguir gracias a mí. Todo
eso habría bastado para convertirme en tu amante aquella noche, pero
para que llegase a más, se necesitaba más, y ese «más» era Klamm. La
posadera no afirma saber lo que quieres de Klamm, sólo afirma que tú,
antes de conocerme a mí, te esforzabas en llegar hasta Klamm tanto
como después. La diferencia residía en que antes carecías de
esperanzas, después, sin embargo, creíste encontrar en mí un
instrumento de confianza para llegar pronto e incluso con superioridad
hasta Klamm. Cómo me asusté –pero sólo fue fugazmente, sin un
motivo profundo cuando dijiste hoy que antes de conocerme te sentías
extraviado aquí. Son las mismas palabras que empleó la posadera,
también ella dice que desde que me conociste te has vuelto mucho más
resuelto. Eso se debe a que creíste haber conquistado en mí a una
amante de Klamm y, por eso, poseer una prenda que sólo se podía
desempeñar al precio más alto. Negociar con Klamm sobre ese precio
es tu único anhelo. Como no tienes ningún interés en mí, sino sólo en
mi precio, estás dispuesto respecto a mí a toda concesión, pero
respecto al precio te muestras testarudo. Por eso te resulta indiferente
que pierda mi puesto en la posada de los señores, te es indiferente que
también tenga que abandonar la posada del puente, que tenga que
realizar el trabajo pesado de la escuela, no tienes ninguna dulzura
conmigo, ni siquiera tienes tiempo para mí, me dejas a los ayudantes,
no conoces los celos, el único valor que poseo para ti es que una vez fui
la amante de Klamm, en tu ignorancia te esfuerzas en impedirme
olvidar a Klamm para que al final no me resista mucho cuando el
momento decisivo haya llegado; por añadidura luchas también contra la
posadera, a quien crees capaz de poder arrebatarme de tu lado, por
eso extremaste tu disputa con ella para poder abandonar conmigo la
posada del puente; de que yo, en lo que a mí concierne, sea tu
posesión bajo todas las circunstancias, de eso no dudas. Te imaginas la
entrevista con Klamm como un negocio: dinero efectivo a cambio de
dinero efectivo. Cuentas con todas las posibilidades; para conseguir el
premio, estás dispuesto a todo; si Klamm me quiere, me darás a él; si
quiere que te quedes conmigo, te quedarás conmigo; si quiere que me
abandones, me abandonarás, pero también estarás dispuesto a hacer
comedia en caso de que sea ventajoso; en ese caso simularás que me
quieres, intentarás combatir su indiferencia resaltando tu insignificancia
y avergonzándole con el hecho de tu sucesión en mi persona o le
informarás de mis confesiones amorosas respecto a él, que realmente
he hecho, y le pedirás que me vuelva a acoger, por supuesto bajo
condición del pago del precio; y si no hay otra manera, simplemente
suplicarás en nombre del matrimonio K. Pero si tú entonces, dedujo la
posadera, te das cuenta de que te has equivocado en todo, en tus
suposiciones y en tus esperanzas, en tu idea de Klamm y de sus
relaciones conmigo, en ese momento comenzará para mí el infierno,
pues seré tu única posesión de la que, además, dependerás por
completo, pero al mismo tiempo será una posesión que ha resultado sin
valor y a la que tratarás en consecuencia, ya que el único sentimiento
que tienes hacia mí es el del poseedor.
K había escuchado tenso y con la boca cerrada, la leña debajo de él
había rodado, casi había resbalado hasta el suelo, no se había dado
cuenta, sólo ahora lo percibió; se levantó y se sentó en la tarima, allí
tomó la mano de Frieda, que intentó eludirlo débilmente, y dijo:
–En el informe no he podido distinguir la opinión de la posadera de la
tuya.
–Sólo era la opinión de la posadera –dijo Frieda–, lo he escuchado todo
porque venero a la posadera, pero fue la primera vez en mi vida que
rechacé del todo su opinión. Tan lamentable me pareció todo lo que
dijo, tan lejana su comprensión de nuestra situación real. Más bien me
pareció verdad todo lo contrario de lo que ella dijo. Pensé en la mañana
sombría después de nuestra primera noche. Cómo te arrodillaste a mi
lado con una mirada como si todo estuviese perdido. Y cómo sucedió
después que a pesar de mis esfuerzos, no sólo no pude ayudarte, sino
que te obstaculicé. Por mí se convirtió la posadera en tu enemiga, a
quien aún continuas sin apreciar en lo que vale; por mí, por quien te
preocupabas, tuviste que luchar por este empleo; estabas en
desventaja frente al alcalde, tuviste que someterte al maestro y a los
caprichos de los ayudantes, pero lo peor ha sido que quizá por mi culpa
has cometido una falta contra Klamm. Que sigas queriendo llegar hasta
Klamm no es más que el esfuerzo impotente de reconciliarle contigo. Y
me dije que la posadera, que sabe todo esto mucho mejor que yo, me
quería guardar con sus consejos de los reproches mucho más amargos
que me podría hacer yo a mí misma. Un esfuerzo bienintencionado,
pero superfluo. Mi amor a ti me habría ayudado a superarlo todo,
finalmente te habría ayudado a ti, si bien no aquí, en el pueblo, en
cualquier otro lado, ya ha habido una prueba de su fuerza, te ha
salvado de la familia de Barnabás.
Así que ésa era tu opinión –dijo K–. Y ¿qué ha cambiado desde
entonces?
–No lo sé –dijo Frieda, y miró la mano de K que mantenía la suya–,
quizá no ha cambiado nada; si estás tan cerca de mí y me preguntas
con tanta tranquilidad, entonces creo que no ha cambiado nada. En
realidad, sin embargo –y retiró su mano, se sentó erguida ante él y
lloró sin cubrirse la cara, mostrándole el rostro bañado en lágrimas
como si no llorara por ella y, por lo tanto, no tuviera nada que ocultar,
sino como si llorara por la traición de K y éste mereciese la desolación
de esa visión–, en realidad todo ha cambiado desde que te he oído
hablar con el niño. Con qué inocencia comenzaste, preguntando por su
situación doméstica, por esto y aquello, me pareció como si acabases
de llegar a la taberna, solícito, sincero, buscando mi rostro con celo
infantil. No había ninguna diferencia con aquella vez y me hubiera
gustado que la posadera estuviera aquí, te hubiese escuchado e
intentase mantenerse en su opinión. Pero de repente, no sé cómo
ocurrió, noté con qué intención hablabas con el niño. Con tus palabras
compasivas ganaste fácilmente una confianza difícil de ganar para luego
perseguir sin obstáculos tu objetivo, que yo iba identificando más y
más. Ese objetivo era la mujer. A través de tus palabras aparentemente
preocupadas se reflejaba sin ambages el interés exclusivo en tus
asuntos. Has engañado a la mujer antes de ganártela. No sólo
escuchaba en tus palabras mi pasado, también mi futuro, me parecía
como si la posadera se sentara a mi lado y me aclarase todo y yo
intentase apartarla con todas mis fuerzas, pero dándome cuenta de la
imposibilidad de semejante esfuerzo y en ello en realidad ya no era yo
la engañada, ni siquiera era yo ya la engañada, sino esa extraña. Y
cuando hice un último esfuerzo y le pregunté qué quería ser y él dijo
que quería ser como tú, esto es, que ya te pertenecía del todo, ¿qué
diferencia podía haber entre él, el niño inocente del que se ha abusado
aquí, y yo, de quien se abusó aquella vez en la taberna?
–Todo –dijo K; al ir acostumbrándose a los reproches se había
serenado–, todo lo que tú dices es, en cierto sentido, correcto, no se
puede decir que no sea verdad, sólo que es hostil. Son pensamientos
de la posadera, mi enemiga, incluso si crees que son tuyos, eso me
consuela. Pero también son instructivos, aún se puede aprender algo de
la posadera. A mí no me los ha comunicado, aunque tampoco ha sido
indulgente conmigo, es evidente que te ha confiado esa arma con la
esperanza de que la emplearías contra mí en un momento
especialmente malo o decisivo; si abuso de ti, ella también lo hace.
Pero ahora, Frieda, piensa, aun cuando todo fuese exactamente tal y
como lo cuenta la posadera, sólo sería muy grave en un caso, si tú no
me amaras. Entonces, sólo entonces habría ocurrido así, que yo te
habría ganado con cálculo y astucia para beneficiarme de esa posesión.
Quizá forme parte también de mi plan que aquella vez, para despertar
tu compasión, apareciese ante ti con Olga del brazo, y la posadera ha
olvidado añadir eso en mi cuenta. Pero si no se da ese caso, si no fue
un astuto animal de rapiña el que se apoderó de ti entonces, sino que
tú viniste hacia mí, del mismo modo en que yo fui hacia ti, y nos
encontramos olvidándonos de nosotros mismos, dime, Frieda, ¿qué
sería? Desde aquella vez llevo adelante tanto tus asuntos como los
míos, no hay ninguna diferencia y sólo una enemiga puede hacer
distinciones. Eso vale en todas partes, también respecto a Hans. Por lo
demás, en tu delicadeza de sentimientos, exageras la conversación con
Hans, pues si las opiniones de Hans y las mías no coinciden
plenamente, tampoco llegan tan lejos como para que exista una
contradicción, además, a Hans no se le han escapado nuestras
diferencias, si creyeras eso, valorarías en muy poco a ese cauteloso
joven y aun en el caso de que le hubieran quedado ocultas, nadie
recibirá un daño por ello, al menos eso espero.
–Es tan difícil orientarse, K –dijo Frieda, y sollozó–, no he tenido
ningún recelo contra ti, me lo ha contagiado la posadera, y sería feliz de
poder deshacerme de él y pedirte perdón de rodillas, como en realidad
hago todo el rato, incluso cuando digo cosas tan malas. Pero cierto es
que mantienes muchos secretos; vienes y vas, no sé adónde ni de
dónde. Antes, cuando Hans llamó a la puerta, pronunciaste incluso el
nombre de Barnabás. Si alguna vez me hubieras llamado a mí con tanto
amor como por un motivo incomprensible gritaste ese nombre odiado.
Si no tienes ninguna confianza en mí, cómo puedo impedir que no se
origine desconfianza en mí, entonces estoy entregada a la posadera a
quien pareces confirmar con tu comportamiento. No en todo, no quiero
afirmar que la confirmas en todo, ¿acaso no has expulsado por mí a los
ayudantes? ¡Ay, si supieras con cuánto anhelo busco algo positivo para
mí en todo lo que haces y dices, aun cuando me atormente!
Ante todo, Frieda –dijo K–, no te oculto nada: cómo me odia la
posadera y cómo se esfuerza por apartarte de mí y con qué medios
despreciables lo hace y cómo tú cedes ante ella, Frieda, cómo cedes
ante ella. Dime en qué te oculto algo. Que quiero llegar hasta Klamm,
ya lo sabes, que no puedes ayudar a lograrlo y que lo tengo que
conseguir por mi propia cuenta, también lo sabes, que hasta ahora no
lo he conseguido, ya lo ves. ¿Tengo que humillarme doblemente al
contarte los intentos fallidos que ya en la realidad me humillan lo
suficiente? ¿Tengo acaso que preciarme de haber esperado en vano,
congelándome, al lado del trineo de Klamm durante toda una tarde?
Feliz de no tener que pensar más en esas cosas, me apresuro a volver
contigo y entonces encuentro que de ti emana esa actitud
amenazadora. ¿Y Barnabás? Cierto, le espero. Es el mensajero de
Klamm, no he sido yo el que le ha nombrado.
–¡Otra vez Barnabás! –exclamó Frieda–. No creo que sea un buen
mensajero.
–Quizá tengas razón –dijo K–, pero es el único mensajero que me han
enviado.
Aún peor –dijo Frieda–, entonces más deberías guardarte de él.
–Por desgracia, hasta ahora no me ha dado motivo para ello –dijo K
sonriendo–, viene raramente y lo que trae carece de importancia, sólo
el hecho de proceder de Klamm es lo que le confiere valor.
–Pero mira ahora –dijo Frieda–, ya ni siquiera Klamm es tu objetivo,
quizá eso sea lo que más me intranquiliza; que quisieras llegar a
Klamm por encima de mí, era malo, pero que ahora parezcas querer
alejarte de Klamm es mucho peor, es algo que ni siquiera la posadera
ha previsto. Según la posadera, mi suerte terminó, una suerte muy
cuestionable pero real, con el día en que tú viste definitivamente que tu
esperanza en Klamm era vana. Ahora ni siquiera esperas ese día, de
repente entra un niño y comienzas a luchar con él por su madre, como
si lucharas por oxígeno para respirar.
–Has comprendido correctamente mi conversación con Hans –dijo K–,
así fue realmente. Pero ¿se ha hundido tanto en tu recuerdo tu vida
anterior –excepto, naturalmente, la posadera, que no se deja apartar–
que ya no sabes cómo se debe luchar por avanzar, especialmente
cuando se viene de abajo? ¿Te has olvidado de que hay que utilizar
todo aquello que de alguna manera dé esperanza? Y esa mujer viene
del castillo, ella misma me lo dijo cuando me perdí el primer día y
acabé en la casa de Lasemann. ¿Qué otra cosa se me podía ocurrir que
no fuese pedirle consejo e, incluso, ayuda? Si la posadera conoce con
exactitud todos los impedimentos que me separan de Klamm, esa
mujer conoce probablemente el camino, pues ella ha bajado por él.
–¿El camino hacia Klamm? –preguntó Frieda.
–Claro, hacia Klamm, ¿hacia dónde si no? –dijo K, que entonces se
levantó de un salto.
–Pero ahora ya ha llegado el momento de que vaya a recoger el
tentempié.
Frieda insistió en que permaneciera con una urgencia injustificada,
como si sólo su permanencia confirmase todas sus palabras
confortadoras. K, sin embargo, le recordó al maestro, señaló hacia la
puerta, que en cualquier momento se podía abrir violentamente,
prometió volver en seguida, ni siquiera tenía que encender la
calefacción, él mismo lo haría. Finalmente, Frieda se sometió en
silencio. Cuando K caminaba por la nieve –ya hacía tiempo que tenía
que haberla retirado del camino, extraño lo lento que avanzaba el
trabajo–, vio cómo uno de los ayudantes aún se aferraba a la verja
muerto de cansancio. Sólo había uno, ¿dónde estaba el otro? ¿Había
logrado romper K la resistencia de al menos uno de ellos? El que había
quedado aún tuvo las energías suficientes, ya que, al ver a K, se animó
de nuevo, extendió los brazos y comenzó a hacer girar sus globos
oculares con anhelo.
–Su tenacidad es modélica –se dijo K, y se vio obligado a añadir–: Uno
se congela con él en la verja.
Por lo demás, K sólo tuvo para el ayudante un gesto amenazador con el
puño que excluyó cualquier acercamiento, sí, incluso el ayudante
retrocedió asustado un buen trecho. En ese momento abrió Frieda la
ventana, para, como había convenido con K, airear antes de encender
la calefacción. El ayudante dejó inmediatamente de mirar a K y se
deslizó, atraído irresistiblemente, hasta la ventana. Con el rostro
desfigurado por la amabilidad frente al ayudante y de impotencia frente
a K, ella agitó un poco la mano por la parte de arriba de la ventana, ni
siquiera era claro si se trataba de un gesto de defensa o de un saludo.
El ayudante, al acercarse, tampoco se dejó desconcertar. Entonces
Frieda cerró deprisa la ventana exterior y permaneció detrás con la
mano en el picaporte, con la cabeza inclinada hacia un lado, grandes
ojos y una sonrisa rígida. ¿Sabía que así atraía al ayudante más que lo
espantaba? Pero K ya no miró hacia atrás, prefería darse prisa y
regresar pronto.
CAPÍTULO XV
Por fin –ya era de noche– había terminado K de despejar el camino del
jardín, había acumulado la nieve a ambos lados del camino y la había
aplanado, terminando el trabajo del día. Estaba en la puerta del jardín,
sin nadie a su alrededor en un amplio círculo. Hacía horas que había
expulsado al ayudante, le había perseguido durante un buen trecho y se
había escondido en algún lugar entre el jardín y las casas. Ya no le
pudo encontrar, pero tampoco apareció más. Frieda estaba en casa y o
lavaba la ropa o seguía bañando al gato de Gisa; era un signo de
confianza por parte de Gisa que dejase a Frieda ese trabajo, por lo
demás, un trabajo desagradable e inadecuado, que K habría rechazado,
si no fuese aconsejable, después de todas las negligencias laborales,
aprovechar cualquier oportunidad para satisfacer a Gisa. Ésta había
visto satisfecha cómo K bajaba la bañera para niños, había calentado el
agua y cómo, finalmente, introducía al gato en la bañera. Entonces Gisa
incluso le había dejado al exclusivo cuidado de Frieda, pues Schwarzer,
un conocido de K de la primera noche, había venido y, después de
saludar a K con una mezcla de timidez, cuyo motivo se encontraba en
aquella noche, y un desprecio inmoderado, como correspondía a un
bedel de escuela, se había ido con Gisa a la otra clase. Allí seguían los
dos. Como le habían contado a K en la posada del puente, Schwarzer,
que era hijo de un alcaide del castillo, hacía tiempo que vivía en el
pueblo por amor a Gisa; había conseguido que, gracias a sus
conexiones, le nombraran maestro auxiliar, pero ejercía ese cargo de
tal manera que casi nunca se perdía una clase de Gisa, ya fuese en los
bancos entre los niños o, mejor, en la tarima a los pies de Gisa. Ya no
molestaba, los niños hacía tiempo que se habían acostumbrado y con
gran facilidad, pues Schwarzer no sentía ni inclinación ni comprensión
por los niños, apenas hablaba con ellos, sólo había asumido de Gisa la
clase de gimnasia y en lo demás se mostraba satisfecho de vivir cerca,
en la misma atmósfera, en la calidez de Gisa. Su mayor placer consistía
en sentarse junto a ella y corregir los cuadernos escolares. Hoy también
se ocupaban en eso: Schwarzer había traído un buen montón de
cuadernos, el maestro también le daba los suyos, y mientras hubo
claridad, K había podido verlos a los dos sentados a una mesita al lado
de la ventana y trabajando, cabeza con cabeza, inmóviles, ahora, sin
embargo, sólo se podían ver dos velas con llamas vacilantes. Era un
amor serio y silencioso el que los unía, el tono lo daba Gisa, cuya
manera de ser algo lenta a veces explotaba y rompía todos los límites,
pero que jamás habría tolerado algo similar en otros, así que el más
vivaracho, Schwarzer, tenía que someterse, andar lento, hablar lento,
callar mucho, pero, eso se veía muy bien, era ricamente recompensado
por la presencia sencilla y silenciosa de Gisa. Y a lo mejor Gisa ni
siquiera le amaba, en todo caso sus ojos redondos y grises, que jamás
pestañeaban, que aparentemente giraban en las pupilas, no daban
respuesta a esa pregunta, sólo se veía que toleraba a Schwarzer sin
réplica, pero estaba claro que no sabía apreciar el honor de ser amada
por el hijo de un alcaide y su cuerpo exuberante seguía contribuyendo
como siempre a si Schwarzer la seguía con la mirada o no. Schwarzer,
por el contrario, le ofrecía el continuo sacrificio de vivir en el pueblo; a
los mensajeros del padre, que venían con frecuencia a recogerle, los
despachaba con gran enojo, como si el breve recuerdo del castillo y de
sus obligaciones filiales despertado en él supusiese una considerable
perturbación de su felicidad. Y, sin embargo, en realidad tenía mucho
tiempo libre, pues Gisa sólo se mostraba ante él durante las horas de
clase y durante la corrección de cuadernos; esto, es cierto, no por
interés, sino porque amaba más que nada la comodidad y, por tanto, la
soledad, y tal vez cuando se sentía más feliz era cuando, en su casa, se
podía estirar con toda libertad en su sofá, con el gato a su lado, que no
molestaba porque ya apenas se podía mover. Así pasaba la mayor parte
del día Schwarzer sin ocupación alguna, pero también eso le gustaba,
pues siempre tenía la posibilidad, que aprovechaba a menudo, de ir a la
calle Löwen donde vivía Gisa, subir a su pequeña habitación en la
buhardilla, escuchar ante la puerta siempre cerrada y luego volver a
irse después de haber constatado inevitablemente en la habitación el
más perfecto e incomprensible silencio. No obstante, a veces se
mostraban en él las consecuencias de esa forma de vida, aunque nunca
en la presencia de Gisa, mediante erupciones ridículas e instantáneas
de un resurgido orgullo oficial, que, si bien es cierto, no se adaptaba
mucho a su situación presente; cuando eso ocurría no era muy
agradable, como K había tenido la ocasión de experimentar.
Resultaba asombroso que al menos en la posada del puente se hablase
de Schwarzer con cierto respeto, incluso cuando se trataba de cosas
más ridículas que serias, y también se incluía a Gisa en ese respeto.
Pero no correspondía a la realidad cuando Schwarzer se creía superior a
K 'por el hecho de ser maestro auxiliar, esa superioridad no existía, un
bedel es para los maestros, e incluso para un maestro de la categoría
de Schwarzer, una persona muy importante a la que no se puede
despreciar impunemente y a la que, cuando no se pueda evitar
despreciarla por intereses de clase, al menos se le tiene que hacer
soportable con la correspondiente contraprestación. K quería pensar en
ello cuando llegara la ocasión, además, Schwarzer ya le debía algo por
la primera noche, una deuda que no se había reducido porque los días
siguientes hubiesen dado razón al recibimiento de Schwarzer. Pues no
se podía tampoco olvidar que ese recibimiento quizá había dado el tono
a todos los restantes. A través de Schwarzer y de un modo absurdo se
había concentrado en las primeras horas toda la atención de la
administración en K, cuando, completamente extraño en el pueblo, sin
conocidos, sin un refugio, yaciendo en un jergón de paja, agotado por
la caminata e indefenso, se encontraba abandonado a cualquier
intervención administrativa. Sólo una noche más y todo podría haber
transcurrido de otra manera, con tranquilidad, semioculto. En todo caso
nadie habría sabido nada de él, no habrían tenido ninguna sospecha, al
menos no habrían dudado en dejarle permanecer allí un día como un
joven excursionista, se habrían dado cuenta de su utilidad y fiabilidad,
se habría difundido por el vecindario, quizá habría encontrado pronto
como criado un alojamiento en algún lugar. Naturalmente, no habría
podido zafarse de la administración. Pero era una diferencia notable que
en plena noche, por su culpa, se hubiese puesto al teléfono la
administración central o quien fuese, se la hubiese despertado, se le
hubiese exigido, si bien con humildad, pero con importuna inflexibilidad,
además por Schwarzer, probablemente considerado arriba con
reprobación, en vez de, al día siguiente, haberse presentado K durante
las horas de servicio en la casa del alcalde, como se debía hacer,
haberse anunciado como un excursionista forastero que ya había
encontrado un alojamiento en casa de un miembro de la comunidad y
que al día siguiente probablemente partiría, a no ser que se produjese
el caso improbable de que encontrase allí trabajo, sólo por unos días,
naturalmente, pues en ningún caso quería permanecer más tiempo allí.
Así, o de una forma parecida, habría ocurrido sin Schwarzer. La
administración habría continuado ocupándose del asunto, pero con
tranquilidad, siguiendo la vía oficial, sin ser molestada por la
impaciencia, probablemente odiada, de las partes. K era inocente de
todo, la culpa recaía en Schwarzer, pero Schwarzer era el hijo de un
alcaide y externamente se había comportado con corrección, así que
sólo se podía indemnizar a K. ¿Y la causa ridícula de todo eso? Quizá el
mal humor de Gisa en aquel día, por lo cual Schwarzer decidió vagar
por la noche sin poder dormir y hacer pagar a K sus penas. Por otra
parte también se podía decir que K debía mucho a esa conducta de
Schwarzer. Sólo gracias a ella había sido posible lo que K en solitario
jamás habría logrado, ni jamás habría osado lograr y lo que por su
parte la administración nunca habría reconocido, que él, desde el
principio, sin rodeos, abiertamente y de tú a tú, se había enfrentado a
la administración, en la medida en que eso era posible con ella. Pero
era un regalo envenenado, le había ahorrado a K muchas mentiras y
secretos, pero también le dejaba prácticamente indefenso, en todo caso
le perjudicaba en su lucha y le podría haber desesperado, si no se
hubiese dicho que la diferencia de poder entre la administración y él era
tan terrible que todas las mentiras y la astucia de las que él hubiese
sido capaz no habrían podido inclinar esencialmente esa diferencia a su
favor, sino que cualquier cambio siempre habría tenido que resultar
imperceptible. Pero ése sólo era un pensamiento con el que K se
consolaba; Schwarzer, sin embargo, seguía siendo su deudor. Si
aquella vez había dañado a K, quizá la próxima vez pudiese ayudarle, K
seguiría necesitando ayuda, por mínima que fuese, por ejemplo,
Barnabás parecía haber fracasado una vez más. A causa de Frieda, K
había dudado durante todo el día si debía ir a preguntar a la casa de
Barnabás; para no recibirle cuando Frieda estuviese delante, K había
trabajado fuera y después del trabajo también se había quedado en el
exterior para esperar a Barnabás, pero Barnabás no había venido.
Entonces no quedaba otro remedio que ir a casa de las hermanas, sólo
un rato, sólo quería preguntar desde el umbral, al poco tiempo estaría
de regreso. Golpeó la nieve con la pala y salió corriendo. Llegó sin
aliento a la casa de Barnabás, abrió después de llamar en ella y
preguntó sin ni siquiera fijarse en el aspecto que presentaba la
habitación:
–¿Aún no ha llegado Barnabás?
En ese momento comprobó que Olga no estaba, que los dos ancianos
estaban otra vez sentados a una mesa lejana en la penumbra, todavía
no se habían percatado de lo que había ocurrido en la puerta y
lentamente giraban sus rostros hacia él, y, finalmente, vio a Amalia
debajo de un cobertor echada en un banco al lado de la calefacción,
asustada por la aparición de K y manteniendo la mano en la frente para
tranquilizarse. Si hubiera estado Olga, habría contestado en seguida y K
podría haberse ido, pero ahora al menos tuvo que dar los pasos
necesarios para acercarse a Amalia, extenderle la mano, que ella
estrechó en silencio, y pedirle que impidiese a los intimidados padres
que se molestasen en venir por él, lo que ella hizo con unas palabras. K
se enteró de que Olga cortaba leña en el patio, que Amalia, agotada –
no mencionó ningún motivo–, se había tenido que echar hacía poco y
que Barnabás aún no había llegado, pero que tenía que llegar pronto,
pues nunca pernoctaba en el castillo. K le agradeció la información, ya
se podía ir, pero Amalia le preguntó si no quería esperar a Olga, pero él
ya no tenía tiempo, luego preguntó Amalia, si ya había hablado ese día
con Olga, él lo negó asombrado y le preguntó si Olga tenía algo especial
que comunicarle. Amalia hizo un gesto de enojo con la boca y asintió en
silencio, se trataba claramente de una despedida y se echó de nuevo.
Desde esa posición le observó fijamente como si se sorprendiera de que
aún estuviera allí. Su mirada era fría, inmóvil como siempre, no estaba
dirigida hacia lo que observaba, sino que iba algo más lejos –causando
cierto malestar–, lo que la originaba no parecía una debilidad, ni
confusión, ni falta de sinceridad, sino un continuo anhelo de soledad,
que superaba a cualquier otro, y que quizá en ella misma sólo se hacía
consciente de esa manera. K creyó recordar que esa mirada ya le había
ocupado la primera noche, sí, que probablemente la impresión negativa
que esa familia le había dado obedecía a esa mirada que no era fea en
sí misma, sino orgullosa y sincera en su carácter reservado.
–Estás siempre tan triste, Amalia –dijo K–. ¿Te atormenta algo? ¿Acaso
no puedes decirlo? Nunca he visto una campesina como tú. Hoy mismo,
ahora me ha llamado la atención. ¿Eres del pueblo? ¿Has nacido aquí?
Amalia lo afirmó como si K sólo hubiese realizado la última pregunta,
luego dijo:
–¿Entonces vas a esperar a Olga?
–No sé por qué preguntas continuamente lo mismo –dijo K–; no puedo
permanecer aquí más tiempo porque mi novia me está esperando en
casa.
Amalia se apoyó en un codo, no sabía nada de una novia. K mencionó
su nombre, pero Amalia no la conocía. Preguntó si Olga sabía algo de
ese noviazgo, K así lo creía, Olga le había visto ya con Frieda, también
se difunden rápidamente esas noticias por el pueblo. Amalia, sin
embargo, le aseguró que no sabía nada y que eso la haría muy
desgraciada, pues Olga parecía amar a K. No había hablado
abiertamente de ello, porque era muy reservada, pero traicionaba
involuntariamente
su amor. K estaba convencido de que Amalia se equivocaba. Amalia
sonrió y esa sonrisa, aunque era triste, iluminó su rostro sombrío y
concentrado, hizo que hablara su silencio, hizo confiada la extrañeza,
era la revelación de un secreto hasta ahora bien guardado del que, si
bien podía retractarse otra vez, ya nunca podría hacerlo del todo.
Amalia dijo que estaba segura de no equivocarse, sí, incluso sabía más,
también sabía que K sentía cierta inclinación por Olga y que sus visitas,
que tenían como pretexto los mensajes de Barnabás, en realidad tenían
como finalidad ver a Olga. Pero ahora que Amalia lo sabía todo, no
tenía ya por qué tomárselo con tanta severidad y podía venir con más
frecuencia. Sólo eso había querido decirle. K sacudió la cabeza y
recordó su noviazgo. Amalia no pareció desperdiciar muchos
pensamientos con ese noviazgo, la impresión directa de K, ahora, solo
ante ella, era lo decisivo; se limitó a preguntar cuándo había conocido a
esa joven, pues hacía pocos días que estaba en el pueblo. K le contó la
noche en la posada de los señores, por lo que Amalia dijo brevemente
que ella había estado en contra de que le condujesen a la posada de los
señores. Llamó a Olga como testigo quien precisamente entraba en ese
momento con un montón de leña en un brazo, con la tez fresca curtida
por el frío, vivaz y fuerte, como transformada por el trabajo en
contraste con su presencia en la habitación el día anterior, más
apagada. Dejó la leña, saludó despreocupada a K y preguntó en
seguida por Frieda. K se comunicó con Amalia mediante una mirada
pero ella no se consideró rebatida. Un poco irritado por ello, K habló
más detalladamente de Frieda de lo que en otro caso habría hecho,
entre otras cosas describió en qué condiciones tan difíciles tenía que
conducir una especie de hogar en la escuela y, con la premura por
contarlo, se olvidó de sí mismo de tal manera –quería irse en seguida a
casa– que como despedida invitó a las hermanas a visitarle. Pero
entonces se asustó y dejó de hablar, mientras Amalia en seguida, sin
darle tiempo para decir una palabra, aceptó su invitación, y Olga se
sumó. K, sin embargo, aún presionado por el pensamiento de la
necesidad de una despedida urgente y sintiéndose inquieto bajo la
mirada de Amalia, no dudó en reconocer, sin ambages, que la invitación
había sido precipitada y sólo obedecía a sus sentimientos personales,
pero que por desgracia no la podía mantener, ya que entre Frieda y la
familia de Barnabás existía una incomprensible enemistad.
–No es ninguna enemistad –dijo Amalia, se levantó y arrojó el cobertor
detrás de sí–, no llega a tanto, no es más que un rumor de la opinión
general. Y ahora vete, ve con tu novia, ya veo que tienes prisa.
Tampoco temas que vayamos a visitarte, al principio sólo lo dije de
broma, por maldad. Pero tú puedes venir con más frecuencia a vernos,
para ello no hay ningún impedimento, puedes poner como pretexto los
mensajes de Barnabás. Te lo facilito aún más al decir que Barnabás,
aun cuando traiga un mensaje para ti del castillo, no tendrá que irse
otra vez hasta la escuela para comunicártelo. No puede caminar tanto,
el pobre, con ese servicio se agota, tú mismo tendrás que venir a
recoger tus noticias.
K no había oído hablar tanto a Amalia en ese sentido, además sonaba
distinto a lo anteriormente dicho, en ello había una especie de
soberanía, que no sólo sentía K, sino también Olga, quien debía de
estar acostumbrada a su hermana, y que permanecía un poco apartada,
con las manos en el regazo, con su postura habitual, con las piernas
algo abiertas e inclinada ligeramente hacia adelante, con los ojos fijos
en Amalia, mientras ésta sólo miraba a K.
–Es un error –dijo K–, un gran error si crees que no espero a Barnabás
con seriedad, mi más grande, mi único deseo es arreglar mis asuntos
con la administración. Y Barnabás tiene que ayudarme, casi toda mi
esperanza recae en él. Es cierto que ya me ha decepcionado una vez,
pero fue más culpa mía que suya, ocurrió en la confusión de las
primeras horas, creí entonces que podría lograrlo todo con un paseo
nocturno y después le atribuí a él que lo imposible se mostrase
imposible. Incluso me ha influido en mi juicio sobre vuestra familia y
sobre vosotras. Pero eso ha pasado, creo que os comprendo mucho
mejor, sois incluso... –buscó la palabra adecuada, no la encontró en
seguida y se contentó con una ocasional–, sois tal vez los más
bondadosos de todos los del pueblo, tal como los he podido conocer
hasta ahora. Pero tú, Amalia, vuelves a confundirme, porque, si bien no
desacreditas el servicio de tu hermano, sí que disminuyes la
importancia que tiene para mí. Tal vez no estés enterada de los asuntos
de Barnabás, entonces lo comprenderé y ya no mencionaré el asunto,
pero es posible que sí estés enterada –y tengo esta sensación–,
entonces resulta enojoso, porque eso significa que tu hermano me
engaña.
–Tranquilízate –dijo Amalia–, no estoy enterada, nada podría
impulsarme a enterarme de esos asuntos, nada, ni siquiera en
consideración a ti, por quien, sin embargo, estaría dispuesta a hacer
algo, pues como dijiste somos bondadosos. Pero los asuntos de mi
hermano son sólo de su incumbencia, no sé nada de ellos, excepto lo
que oigo casualmente aquí y allá. De todo eso, por el contrario, te
puede informar Olga, ella está al tanto.
Y Amalia se fue, primero con sus padres, con quienes habló en voz
baja, luego a la cocina; se había ido sin despedirse de K, como si
supiera que iba a permanecer mucho más tiempo y no fuese necesaria
ninguna despedida.
CAPÍTULO XVI
K se quedó atrás con un rostro de sorpresa, Olga se rió de él y lo llevó
hasta el banco al lado de la calefacción; parecía feliz de poder sentarse
con él a solas, pero era una felicidad pacífica, no turbada por los celos.
Y precisamente esa ausencia de celos y, por tanto, también de toda
severidad, sentó bien a K; encantado miró en esos ojos azules, ni
tentadores ni imperiosos, sino tímidamente tranquilos y tímidamente
fijos. Era como si no le hubiesen hecho más receptivo, pero sí más
sagaz para las advertencias de Frieda y de la posadera. Y él rió con
Olga cuando ella se sorprendió de que hubiese llamado bondadosa
precisamente a Amalia; Amalia podía ser muchas cosas, pero
bondadosa, no, desde luego. K se vio obligado a aclarar que esa
alabanza iba dirigida en realidad a ella, a Olga, pero que Amalia era tan
dominante que no sólo se apoderaba de todo lo que se mencionaba en
su presencia, sino que uno se lo asignaba voluntariamente.
–Eso es cierto –dijo Olga poniéndose más seria–, más cierto de lo que
supones. Amalia es más joven que yo, también más joven que
Barnabás, pero ella es la que decide en la familia, para bien y para mal;
aunque también es cierto que ella soporta más que los demás, tanto lo
bueno como lo malo.
K lo consideró exagerado, Amalia acababa de decir que, por ejemplo,
no se ocupaba de los asuntos del hermano y que Olga, por el contrario,
estaba enterada de todo.
–¿Cómo podría explicarlo? –dijo Olga–. Amalia no se preocupa ni de
Barnabás ni de mí; en realidad no se preocupa de nadie salvo de
nuestros padres, los cuida noche y día, ahora les ha preguntado si
deseaban algo y se ha ido a la cocina para prepararles la comida, por
ellos ha superado su cansancio y se ha levantado, pues desde el
mediodía se siente mal y está aquí echada en el banco. Pero, a pesar de
que no se preocupa por nosotros, dependemos de ella como si fuese la
mayor, y si nos aconsejara en nuestras cosas, seguiríamos con toda
seguridad sus consejos, pero no lo hace, le somos extraños. Tú tienes
mucha experiencia con los hombres, vienes de fuera, ¿no te parece
especialmente inteligente?
–Me parece especialmente triste –dijo K–, pero ¿cómo puede ser
compatible con vuestro respeto por ella que, por ejemplo, Barnabás
cumpla un servicio de mensajero que Amalia desaprueba o tal vez,
incluso, desprecia?
–Si supiera que otra cosa podría hacer, abandonaría inmediatamente el
servicio de mensajero que no le satisface nada.
–¿No es zapatero? –preguntó K.
–Sí, claro –dijo Olga–, él trabaja de vez en cuando para Brunswick y si
quisiera tendría trabajo noche y día y ganaría bastante.
–Bueno –dijo K–, entonces tendría algo que podría sustituir el servicio
de mensajero.
–¿El servicio de mensajero? –preguntó Olga asombrada–. ¿Acaso lo ha
asumido por las ganancias?
–Puede ser –dijo K–, pero mencionaste que no le satisface.
–No le satisface y por muchos motivos –dijo Olga–, pero se trata de un
servicio del castillo, así y todo una especie de servicio del castillo, al
menos eso se podría creer.
–¿Cómo? –dijo K–. ¿Incluso de eso dudáis?
–Bueno –dijo Olga–, en realidad, no, Barnabás va a las oficinas, trata a
los criados de igual a igual, ve desde lejos a algunos funcionarios,
recibe cartas relativamente importantes, incluso le confían mensajes
orales, eso ya es mucho y podemos estar orgullosos de todo lo que ha
alcanzado siendo tan joven.
K asintió, ya no pensaba en volver a casa. –¿También tiene una librea
propia? –preguntó. –¿Te refieres a la chaqueta? No, ésa se la hizo
Amalia antes de que le nombrasen mensajero. Pero te acercas a un
punto delicado. Hace tiempo que tendría que haber recibido, no una
librea, que no hay en el castillo, pero sí un traje de la administración,
eso se le ha asegurado, pero a este respecto en el castillo son muy
lentos y lo peor es que nadie sabe qué significa esa lentitud; puede
significar que el asunto está en trámite, pero también puede significar
que el trámite administrativo aún no ha comenzado, esto es, que aún
está en una fase preliminar y, finalmente, también puede significar que
el trámite ya ha terminado, pero que por algún motivo se ha retirado
esa promesa y que Barnabás jamás recibirá el traje. Sobre ello no se
puede saber nada con más exactitud o quizá sólo cuando transcurra
mucho tiempo. Tal vez conozcas el dicho de aquí: «Las decisiones
administrativas son más tímidas que una jovencita».
–Ésa es una buena observación –dijo K, quien la tomó con más
seriedad que Olga–, una buena observación, es posible que las
decisiones compartan otras características con jovencitas.
–Tal vez –dijo Olga–, aunque no sé muy bien a qué te refieres. Quizá
lo hayas dicho como una alabanza. Pero en lo que respecta al traje
oficial, es una de las preocupaciones de Barnabás y como compartimos
las preocupaciones, también lo es mía. ¿Por qué no recibe un traje
oficial? Nos preguntamos en vano. Ahora bien, no se trata de un asunto
fácil. Los funcionarios, por ejemplo, parecen no tener ningún traje
oficial; por lo que sabemos aquí y por lo que cuenta Barnabás, los
funcionarios llevan trajes normales pero bonitos. Por lo demás, ya has
visto a Klamm. Bueno, Barnabás no es un funcionario, ni siquiera,
naturalmente, uno de la categoría más baja, tampoco tiene la audacia
de querer serlo. Pero tampoco criados superiores, que no aparecen
nunca por el pueblo, según el informe de Barnabás, tienen trajes
oficiales. Eso es un consuelo, se podría pensar, pero resulta engañoso,
pues ¿acaso es Barnabás un criado superior? No, por más afecto que se
le tenga, eso no se puede decir, no es un criado superior, el mero
hecho de que venga al pueblo, incluso de que viva aquí, es una prueba
en contra, los criados superiores son más reservados que los
funcionarios, quizá con razón, quizá son incluso superiores a algunos
funcionarios, hay algunos indicios de ello, trabajan menos y, según
Barnabás, resulta un espectáculo maravilloso ver a ese grupo de
hombres fuertes y seleccionados andar lentamente por los pasillos,
Barnabás siempre ronda a su alrededor. En suma, no se puede afirmar
que Barnabás sea un criado superior. Así que podría ser uno de los
inferiores, pero éstos tienen trajes oficiales, al menos cuando bajan al
pueblo, no es una librea en el propio sentido del término, también
presentan muchas diferencias, pero de todas formas siempre se
reconoce en seguida por el traje a los criados del castillo, tú ya has
visto a esa gente en la posada de los señores. Lo más llamativo en los
trajes es que la mayoría de las veces son muy ajustados, un campesino
o un artesano no los podría utilizar. Bueno, pues Barnabás no tiene ese
traje, eso no sólo es vergonzoso, sino indigno, se podría soportar, pero
–sobre todo en las horas sombrías y, a veces, no es raro, Barnabás y
yo las tenemos– nos hacen dudar de todo. ¿Es un servicio del castillo el
que presta Barnabás? Nos preguntamos entonces; cierto, va a las
oficinas, pero ¿son las oficinas el castillo? Y aun cuando las oficinas
pertenezcan al castillo, ¿son las oficinas el lugar donde Barnabás puede
entrar? Él entra en oficinas, pero sólo son una parte de todas ellas,
después hay barreras y detrás hay más oficinas. No se le prohíbe seguir
avanzando, pero no puede seguir avanzando cuando ya ha encontrado
a sus superiores, le han despachado y despedido. Además, allí siempre
te observan, al menos así se cree. E incluso si siguiese avanzando, ¿de
qué serviría si allí no tiene ningún trabajo administrativo y sería un
intruso? Esas barreras no te las tienes que imaginar como una
determinada frontera, sobre ello Barnabás siempre me llama la
atención. En las oficinas también hay barreras, por las que él pasa, por
lo tanto también hay barreras que atraviesa y que no se distinguen de
aquellas por las que no ha pasado, y no puede afirmarse de antemano
que detrás de esas últimas barreras no haya otras oficinas en esencia
iguales a aquellas en las que Barnabás ya ha estado. Sólo en esas
horas sombrías lo cree así. Y luego la duda se extiende, no se puede
evitar. Barnabás habla con funcionarios y recibe mensajes, pero ¿qué
tipo de funcionarios y qué tipo de mensajes? Ahora, como él dice, ha
sido asignado a Klamm y recibe personalmente de él los encargos.
Bueno, eso ya sería mucho, incluso hay criados superiores que no han
llegado tan lejos, casi es demasiado, eso es lo angustioso. Piensa, ser
asignado directamente a Klamm, hablar con él de tú a t. Pero ¿es así?
Bien, así es, pero ¿por qué duda entonces Barnabás de que el
funcionario al que se designa con el nombre de Klamm sea realmente
Klamm?
–Olga –dijo K–, ¿no pretenderás bromear? ¿Cómo pueden existir dudas
del aspecto de Klamm? Se conoce su aspecto, yo mismo le he visto.
–Claro que no –dijo Olga–, y no bromeo, expreso mis preocupaciones
más serias. Pero tampoco te las cuento para aligerar mi corazón y para
cargar el tuyo con ellas, sino porque preguntaste por Barnabás, porque
Amalia me encargó que te las contara y porque creo que te puede ser
útil conocer las cosas con más exactitud. También lo hago por
Barnabás, para que no pongas tantas esperanzas en él, no te
decepcione y luego tenga que sufrir por tu decepción. Es muy sensible;
por ejemplo, esta noche no ha dormido porque ayer te mostraste
insatisfecho con él, al parecer dijiste que era malo para ti tener sólo un
mensajero como Barnabás. Esas palabras le han quitado el sueño, tú
mismo no habrás notado mucho de su excitación, los mensajeros del
castillo tienen que saber dominarse. Pero él no lo tiene fácil, ni siquiera
contigo. Según tu opinión, no le exiges mucho, pero te has traído
contigo ciertas ideas propias de lo que es el servicio de un mensajero y
te guías en la valoración de sus servicios por esas exigencias. Pero en el
castillo tienen otras ideas de ese servicio y no coinciden con las tuyas,
aun cuando Barnabás se sacrificara del todo por el servicio, a lo que a
veces, por desgracia, parece dispuesto. Habría que someterse, no se
podría decir nada, si la cuestión sólo fuese si es realmente el servicio de
un mensajero lo que él hace. Frente a ti, naturalmente, no puede dejar
traslucir ninguna duda, para él hacer eso supondría enterrar su propia
existencia, infringir groseramente las leyes a las que él cree estar
sometido, e incluso conmigo tampoco habla libremente, le tengo que
arrancar sus dudas con besos y caricias e incluso en ese caso se resiste
a reconocer que las dudas son dudas. Tiene algo de Amalia en la
sangre. Y es seguro que no me dice todo, a pesar de que soy su única
persona de confianza. Pero a veces hablamos sobre Klamm, yo aún no
he visto a Klamm, ya sabes, Frieda no me aprecia y no me habría
permitido que le mirase, no obstante su aspecto es bien conocido en el
pueblo, algunos le han visto, todos han oído de él y de esos testimonios
visuales, de rumores y de algunas opiniones falsas se ha formado una
imagen de Klamm que coincide en los rasgos básicos. Pero sólo en los
rasgos básicos. En lo demás es mudable y quizá ni siquiera tan mudable
como el aspecto real de Klamm. Su aspecto es distinto cuando viene al
pueblo y cuando lo abandona; diferente antes de beber una cerveza y
diferente después; diferente despierto, diferente dormido, diferente
solo, diferente en conversación y, lo que resulta comprensible tras todo
esto, casi completamente diferente en el castillo. Y se han constatado
varias diferencias en el mismo pueblo, diferencias en la altura, la
actitud, la corpulencia, el bigote, sólo respecto a los trajes coinciden los
informes, siempre lleva el mismo traje, un traje negro con largos
faldones. Ahora bien, todas esas diferencias no obedecen a ningún
juego de magia, sino que son muy comprensibles, surgen del estado de
ánimo en ese instante, del grado de excitación, de las innumerables
estratificaciones de la esperanza o de la desesperación, en las que se
encuentra el espectador, quien, por lo demás, la mayoría de las veces
sólo puede verle fugazmente. Te cuento todo esto como con frecuencia
me lo ha contado Barnabás y, en general, uno puede tranquilizarse al
oírlo cuando no se está interesado personalmente en el asunto.
Nosotros no podemos tranquilizarnos, para Barnabás es una cuestión
vital si habla con Klamm o no.
–No lo es menos para mí –dijo K, y se acercaron más el uno al otro.
K quedó afectado por las desfavorables novedades de Olga, pero
encontró una compensación en que allí había personas a las que, al
menos aparentemente, les iba casi como a él mismo, a las que se podía
unir, con las que se podía entender, y no sólo en un poco como era el
caso de Frieda. Si bien es cierto que fue perdiendo paulatinamente la
esperanza en un éxito del mensaje de Barnabás, cuanto peor le iba a
Barnabás allá arriba, en el castillo, más próximo se sentía K a él; jamás
hubiera pensado que del pueblo pudiera partir un empeño tan
desgraciado como era el de Barnabás y el de su hermana. Aún no
estaba aclarado, ni mucho menos, y, finalmente, podía dar un vuelco,
no había que dejarse seducir por el carácter inocente de Olga para
creer en la sinceridad de Barnabás.
–Barnabás conoce muy bien los informes sobre el aspecto de Klamm –
siguió Olga–, ha reunido muchos y los ha comparado, quizá
demasiados. Una vez vio o creyó ver a Klamm en el pueblo por la
ventanilla de un coche, así que se consideró capacitado para
reconocerle y, sin embargo –¿cómo puedo aclararlo?–, cuando fue a
una de las oficinas del castillo y entre varios funcionarios le señalaron a
uno diciendo que ése era Klamm, no le reconoció y aún después tuvo
que acostumbrarse a que debía de ser Klamm. Pero si le preguntas a
Barnabás en qué se diferenciaba ese hombre de las nociones usuales
que circulan de Klamm, no puede responder, aún más, responde y
describe al funcionario en el castillo, pero esa descripción coincide
exactamente con la descripción de Klamm que nosotros conocemos.
«Entonces, Barnabás», le digo, «¿por qué dudas?, ¿por qué te
atormentas de esa manera? A lo que él contesta, en un visible apuro,
enumerando las particularidades del funcionario en el castillo, las cuales
parecen más fruto de la invención que de la observación, y que,
además, son tan minúsculas –afectan, por ejemplo, a una determinada
forma de asentir con la cabeza o de abotonarse el chaleco– que es
imposible tomarlas en serio. Todavía más importante me parece la
manera en que Klamm trata con Barnabás. Mi hermano me lo ha
descrito con frecuencia, incluso me lo ha dibujado. Normalmente,
Barnabás es conducido a un gran despacho de las oficinas, pero no es
el despacho de Klamm, ni siquiera pertenece a una sola persona. Esa
habitación está dividida en toda su longitud por un pupitre para escribir
de pie, que se prolonga de un extremo al otro; el espacio estrecho, por
donde apenas pueden pasar dos personas al mismo tiempo, es el de los
funcionarios, y luego hay uno amplio para los interesados, los
espectadores, los criados y los mensajeros. Sobre el pupitre hay
grandes libros abiertos, uno junto al otro, y ante la mayoría de ellos
hay funcionarios leyendo. Pero no permanecen siempre ante el mismo
libro; aunque no los intercambian, cambian de puesto, lo que más
sorprende a Barnabás es cómo en esos cambios de puesto tienen que
apretarse para pasar a causa de la estrechez del espacio. En la parte
delantera, junto al pupitre, hay mesas muy bajas a las que se sientan
los escribientes, quienes, cuando lo desean los funcionarios, escriben
según el dictado de estos últimos. Una y otra vez se asombra Barnabás
de cómo ocurre. No obedece a una orden expresa del funcionario,
tampoco se dicta en voz alta, apenas se nota que se está dictando, más
bien parece como si el funcionario siguiese leyendo como antes, sólo
que al mismo tiempo murmura y el escribiente lo escucha. Con
frecuencia dicta el funcionario en voz tan baja, que el escribiente,
sentado, no puede oír nada, entonces tiene que levantarse, captar lo
dictado, y volverse a sentar rápidamente para escribirlo, volverse a
levantar, etc. ¡Qué extraño es todo eso! Casi incomprensible. Barnabás
tiene tiempo suficiente para observarlo todo, pues tiene que esperar en
el espacio para los espectadores horas y, a veces, durante todo el día,
hasta que la mirada de Klamm recae en él. Y aun cuando Klamm le ha
visto y Barnabás ha adoptado la posición de atención, no se ha decidido
nada, pues Klamm puede volver a dirigir su mirada al libro y olvidarle,
así ocurre frecuentemente. ¿Qué tipo de servicio de mensajero es ése
tan carente de importancia? Me pongo triste cada vez que Barnabás
dice por la mañana temprano que se va al castillo. Ese camino,
probablemente inútil, ese día, probablemente perdido, esa esperanza,
probablemente vana. ¿Para qué todo eso? Y aquí se acumula el trabajo
de zapatero que nadie hace y que Brunswick urge que se haga.
–Bien –dijo K–, Barnabás tiene que esperar mucho tiempo antes de
recibir un encargo, eso es comprensible, aquí parece haber un exceso
de empleados, no todos pueden recibir un encargo cada día, de eso no
os podéis quejar, eso afecta a todos. Al cabo, Barnabás también recibe
encargos, a mí ya me ha traído dos cartas.
–Es posible –dijo Olga– que no tengamos derecho a quejarnos, en
especial yo, que conozco todo de oídas y que, al ser una mujer joven,
no puedo comprenderlo muy bien, como Barnabás, que se calla algunas
cosas. Pero ahora escucha lo referente a las cartas, con las cartas para
ti, por ejemplo. Esas cartas no las recibe directamente de Klamm, sino
del escribiente. Un día cualquiera, a una hora cualquiera –por eso el
servicio es tan agotador, aunque parezca fácil, pues Barnabás siempre
tiene que estar alerta–, el escribiente se acuerda de él y le hace una
señal. Klamm no parece ser el causante, él sigue leyendo
tranquilamente en su libro; algunas veces, sin embargo, aunque eso
también lo hace con frecuencia, limpia su binóculo en el momento en
que Barnabás se acerca y quizá le mira, suponiendo que pueda ver sin
binóculo, Barnabás lo duda, pues Klamm tiene los ojos semicerrados,
parece dormir y limpiar el binóculo en sueños. Mientras, el escribiente,
entre los numerosos expedientes y cartas que tiene debajo de la mesa,
busca una para ti: por el aspecto del sobre parece muy vieja, como si
hubiera estado allí largo tiempo. Pero, si es una carta tan vieja ¿por qué
han hecho esperar tanto tiempo a Barnabás, y a ti también? Y,
finalmente, a la carta, pues ya está anticuada. Y entonces Barnabás
gana la fama de ser un mensajero lento y malo. El escribiente, sin
embargo, se lo pone fácil, dice «de Klamm para K» y con eso despide a
Barnabás. Entonces Barnabás regresa a casa, sin aliento, con la carta
bajo su camisa, pegada al cuerpo, y nos sentamos aquí, en este banco,
como ahora, y nos cuenta lo ocurrido y analizamos todos los
pormenores y valoramos lo que ha conseguido, para, al final, concluir
que ha logrado muy poco y aun esto resulta cuestionable, entonces
Barnabás deja la carta, no tiene ganas de llevarla, pero tampoco tiene
ganas de irse a dormir, se pone a trabajar con los zapatos y se pasa
toda la noche sentado en el taburete. Así ocurre, K, y ésos son mis
secretos y ya no te sorprenderás de que Amalia renuncie a ellos.
–¿Y la carta? –preguntó K.
–¿La carta? –dijo Olga–. Bueno, después de un tiempo, cuando he
insistido lo suficiente a Barnabás, pueden haber pasado días o
semanas, toma la carta y la va a entregar. En esas nimiedades es muy
dependiente de mí. Cuando he superado la primera impresión de su
relato de los hechos, me puedo calmar, algo de lo que él,
probablemente porque sabe más, no es capaz. Y así le puedo repetir:
«¿Qué quieres realmente, Barnabás? ¿Con qué carrera, con qué
objetivos sueñas? ¿Acaso quieres llegar tan lejos que nos tengas, que
me tengas que abandonar? Mira a tu alrededor si alguno de nuestros
vecinos ha llegado tan lejos. Cierto, su situación es diferente a la
nuestra y no tienen ningún motivo para querer mejorar su situación,
pero incluso sin comparar hay que comprender que contigo todo está
en el buen camino. Te enfrentas a impedimentos, a decepciones y
dudas, pero eso sólo significa lo que ya sabíamos de antemano, que no
te van a regalar nada, que te vas a tener que ganar en dura lucha cada
minucia, y ése es un motivo más para estar orgulloso y no deprimirte.
Y, además, Barnabás, también luchas por nosotros. ¿No significa eso
algo para ti? ¿No te da nuevas fuerzas? ¿No te alegras de que yo esté
feliz y orgullosa de tener un hermano como tú? ¿No te ofrece ninguna
seguridad? En realidad, no me decepcionas en lo que has logrado en el
castillo, sino en lo que yo he logrado contigo. Puedes ir al castillo, eres
un continuo visitante de las oficinas, pasas días enteros en la misma
estancia que Klamm, eres un mensajero reconocido oficialmente,
puedes reclamar un traje oficial, recibes muchas misivas para entregar,
todo eso eres, todo eso puedes y, sin embargo, bajas del castillo y en
vez de abrazarnos llorando de felicidad, parece abandonarte todo tu
valor en cuanto me ves, entonces dudas de todo, sólo te tientan los
zapatos; la carta, en cambio, esa garantía de nuestro futuro, la dejas
tirada». Así hablo con él y después de habérselo repetido día tras día,
coge suspirando la carta y se va. Pero es probable que no se deba al
efecto de mis palabras, sino que se ve impulsado a volver al castillo y
sin cumplir el encargo jamás osaría regresar.
–Pero tú tienes razón en todo lo que le has dicho –dijo K–, lo has
resumido todo con una exactitud digna de admiración. ¡Con qué
asombrosa claridad piensas!
–No –dijo Olga–, te dejas engañar, quizá también le engañe así a él.
¿Qué ha logrado? Puede entrar en una oficina, pero ni siquiera parece
una oficina, más bien una antesala de las oficinas, quizá ni siquiera eso,
quizá se trate de una habitación donde se tiene que mantener a todos
aquellos que no pueden entrar en las oficinas. Habla con Klamm, pero
¿se trata realmente de Klamm? ¿No será acaso alguien que se parece a
Klamm, tal vez un secretario que presenta alguna similitud con Klamm
y que se esfuerza por parecérsele más y que se hace el importante
imitando la actitud soñadora de Klamm? Esa parte de su carácter es la
más fácil de imitar, algunos intentan imitarla, pero con el resto no se
atreven. Y un hombre tan anhelado y tan difícilmente accesible como lo
es Klamm, adopta en la fantasía de la gente numerosas figuras. Klamm,
por ejemplo, tiene aquí un secretario municipal llamado Momus. Ah, ¿lo
conoces? También él se mantiene reservado, pero le he visto varias
veces. Un joven fuerte, ¿verdad? Y es probable que no se parezca en
nada a Klamm. Y, sin embargo, podrás encontrar a gente en el pueblo
que juraría que Momus es Klamm y ningún otro. Así trabaja la gente en
su propia confusión. Y ¿tiene que ser diferente en el castillo? Alguien ha
dicho a Barnabás que aquel funcionario era Klamm y, ciertamente, hay
una similitud entre los dos, pero una similitud puesta en duda una y
otra vez por Barnabás. Y todo habla en favor de sus dudas. ¿Acaso
Klamm tendría que apretarse en una estancia pública con otros
funcionarios con el lápiz detrás de la oreja? Eso resulta muy
improbable. Barnabás, con algo de ingenuidad –eso es un rasgo que
crea confianza–, suele decir: «El funcionario se parece mucho a Klamm;
si se sentara en su propio despacho, ante su propia mesa y si en la
puerta estuviera su nombre, ya no tendría ninguna duda». Eso es
infantil y, sin embargo, sensato. Aún más sensato sería, sin embargo,
que Barnabás, cuando se encuentre arriba, se informe por distintas
personas de cómo funcionan allí las cosas, a fin de cuentas a su
alrededor hay suficientes personas. Y si sus datos no fuesen más fiables
que los de aquel, que, sin ser preguntado, le señaló a Klamm, de su
diversidad podría deducir algunos puntos de apoyo o comparativos.
Esto no se me ha ocurrido a mí, sino a Barnabás, pero no se atreve a
llevarlo a la práctica; por miedo a perder su puesto al infringir
involuntariamente algún reglamento desconocido, no se atreve a hablar
con nadie; así de inseguro se siente; esa desgraciada inseguridad me
aclara su posición con más eficacia que todas las descripciones. Qué
incierto y amenazador le tiene que parecer todo, cuando ni siquiera osa
abrir la boca para formular una pregunta inocente. Cuando pienso en
ello, me acuso de dejarle solo en esas estancias desconocidas, donde
reina una atmósfera en la que incluso él, que antes de pecar de cobarde
lo haría de temerario, tiembla de miedo.
Aquí me parece que llegas a lo decisivo –dijo K–. Eso es. Por lo que me
has contado, creo verlo claro. Barnabás es demasiado joven para ese
trabajo. Nada de lo que él cuenta se puede tomar en serio. Como arriba
se muere de miedo, no puede observar nada y cuando se le obliga aquí
a que informe, sólo se oyen cuentos confusos. El respeto a la
administración es aquí innato, se os sigue insuflando durante toda
vuestra vida de las maneras más distintas y desde todas partes, y
vosotros mismos ayudáis en ello en lo que podéis. En principio no digo
nada en contra; cuando una administración es buena, ¿por qué no se le
debería tener respeto? Pero no se puede enviar de repente al castillo a
un joven poco instruido como Barnabás, que no ha salido del pueblo, y
reclamar de él informes fidedignos e investigar sus palabras como si
fuesen una Revelación y hacer depender de su interpretación la propia
felicidad. Nada puede ser más erróneo. Cierto, yo también me he
dejado confundir como tú y no sólo he puesto esperanzas en él, sino
que también he sufrido decepciones, y siempre basándome en sus
palabras, que ni siquiera estaban fundadas.
Olga callaba.
–No me resulta fácil –dijo K– conmover la confianza que tienes en tu
hermano, pues ya veo cómo le quieres y lo que esperas de él. Pero
debo hacerlo, incluso en interés de tu amor y de tus esperanzas. Pues
mira, una y otra vez te impide algo –no sé lo que es– que reconozcas lo
que Barnabás no ha logrado pero que se le ha regalado. Puede ir a las
oficinas o, si tú lo quieres, puede entrar en una antesala, bueno, pues
sí, en una antesala, pero allí hay puertas que conducen a otras
estancias, así como barreras que se pueden atravesar cuando se tiene
la habilidad para ello. Para mí, por ejemplo, esa antesala permanece
inaccesible, al menos provisionalmente. No sé con quién habla
Barnabás allí, tal vez ese escribiente sea el más bajo de los sirvientes,
pero aun cuando sea el más bajo, puede conducir a su inmediato
superior y si no puede conducir hasta él, al menos le puede mencionar
y, si no le puede mencionar, podrá indicar a alguien que lo pueda
mencionar. El supuesto Klamm puede que no tenga nada en común con
el real, la similitud sólo puede existir en los ojos ciegos por la excitación
de Barnabás, puede que él sea el más ínfimo de los funcionarios, puede
que ni siquiera sea funcionario, pero algún cometido tiene que tener en
ese pupitre, algo lee en su libraco, algo murmura al oído del
escribiente, en algo piensa cuando dirige su mirada tras largo tiempo a
Barnabás, y aun cuando nada de eso sea verdad y sus actos no
signifiquen nada, alguien le habrá puesto allí y lo habrá hecho con
alguna intención. Con todo esto quiero decir que en ello hay algo, algo
que se ofrece a Barnabás, al menos algo, y que sólo es culpa de
Barnabás si no puede alcanzar nada salvo miedo, dudas y
desesperación. Y en todo esto he partido del caso más desfavorable,
que es incluso el más improbable. Pues tenemos las cartas en la mano,
en las que no confío mucho, pero más que en las palabras de Barnabás.
_Puede también que sean cartas anticuadas y sin valor, que se han
sacado de un montón de cartas igual de anticuadas y sin valor,
seleccionando a la buena de Dios y reflexionando tan poco como un
canario en una feria empleado para que pique una papeleta de tómbola,
puede que sea así, pero esas cartas tienen al menos una relación con
mi trabajo, están dirigidas visiblemente a mí, aunque no estén
destinadas a serme útiles; como testimoniaron el alcalde y su esposa,
eran de puño y letra de Klamm y poseen, una vez más según el alcalde,
una gran importancia, si bien sólo privada y poco transparente.
–¿Dijo eso el alcalde? –preguntó Olga.
–Sí, eso dijo –respondió K.
–Se lo contaré a Barnabás –dijo rápidamente Olga–, eso le animará
mucho.
–Pero él no necesita que le animen –dijo K–, animarle significa decirle
que tiene razón, que tiene que continuar como hasta ahora, pero si
sigue actuando precisamente como hasta ahora no logrará nada. No
puedes animar a alguien a que vea cuando tiene tapados los ojos por
un pañuelo, no podrá ver nunca; sólo cuando se le quite el pañuelo
podrá ver. Barnabás necesita ayuda, no que le animen. Piensa que allí
arriba la administración se muestra en su inextricable grandeza; yo
creía tener una idea aproximada de ella antes de venir aquí –qué
ingenuo era todo–, pero allí está la administración y Barnabás se
enfrenta a ella, nadie más, sólo él, tan sólo que es digno de lástima, y
representaría demasiado honor para él si no permaneciese encogido
toda su vida en una oscura esquina.
–No creas, K –dijo Olga–, que no valoramos en lo que vale la tarea que
Barnabás ha asumido. No nos falta respeto por la administración, ya lo
has dicho tú.
–Pero se trata de un respeto descaminado –dijo K–, un respeto en el
lugar inadecuado, ese respeto degrada su objeto. ¿Acaso se puede
llamar respeto cuando Barnabás abusa del regalo de poder entrar en
esa estancia para pasar allí los días o cuando él baja y empequeñece o
calumnia a alguien ante quien ha temblado, o cuando por
desesperación o cansancio no lleva las cartas en seguida o no transmite
inmediatamente los mensajes que le han sido confiados? Eso ya no es
respeto. Pero el reproche va más lejos, también se extiende a ti, Olga,
no te lo puedo ahorrar; has enviado a Barnabás al castillo, pese a que
crees tener respeto por la administración, en plena juventud, con su
debilidad y abandono o, al menos, no se lo has impedido.
–El reproche que me haces –dijo Olga– también me lo hago yo y desde
hace tiempo. Aunque no se me puede reprochar que haya enviado a
Barnabás al castillo, no le he enviado, él fue por su cuenta, pero tendría
que haberle retenido con todos los medios, con persuasión, astucia, con
violencia si hubiese sido necesario. Tendría que haberle retenido, pero
si hoy fuese aquel día, aquel día decisivo, y sintiese la miseria de
Barnabás y de mi familia como la sentí entonces y la siento ahora, y
Barnabás, claramente consciente de toda la responsabilidad y del
peligro, volviese a desprenderse de mí sonriente y con dulzura para
irse, tampoco le retendría hoy, pese a todas las experiencias de este
tiempo, tú mismo en mi lugar no podrías hacer otra cosa. No conoces
nuestra miseria, por eso cometes una injusticia con nosotros, pero ante
todo con Barnabás. Antaño teníamos más esperanza que hoy, pero
tampoco era nuestra esperanza muy grande, grande sólo era nuestra
miseria y así ha permanecido. ¿No te ha contado Frieda nada de
nosotros?
–Sólo alusiones –dijo K–, nada en concreto, pero sólo vuestro nombre
la irrita.
–¿Tampoco la posadera te ha contado nada?
–No, nada.
–Y ¿ninguna otra persona?
–Nadie.
–¡Naturalmente! ¿Cómo podrían contarte algo? Todos saben algo sobre
nosotros, o la verdad, en lo que les resulta accesible, o al menos algún
rumor tomado de la calle o inventado por ellos mismos, y todos piensan
en nosotros más de lo necesario, pero nadie lo contará, sienten
aversión a tocar ese tema. Y tienen razón. Resulta difícil articularlo,
incluso frente a ti, K, y ¿acaso no es posible que tú, si lo escuchas, te
vayas y no quieras saber más de nosotros, aunque a ti aparentemente
no te afecte en nada? Entonces te habríamos perdido, a ti, que para mí
significas, lo reconozco, más que el servicio que hasta ahora ha
prestado Barnabás en el castillo. Y, sin embargo, esa contradicción me
atormenta toda la tarde, lo tienes que saber, en otro caso no puedes
hacerte una idea de nuestra situación, pero entonces serías injusto con
Barnabás, lo que me dolería especialmente, y nos faltaría la necesaria
unidad, ya no podrías ayudarnos ni aceptar nuestra ayuda extraoficial.
Pero aún queda una pregunta: ¿realmente quieres saberlo?
–¿Por qué preguntas eso? –dijo K–. Si es necesario, quiero saberlo,
pero ¿por qué preguntas así?
–Por superstición –dijo Olga–, te verás inmiscuido en nuestros asuntos,
inocente como eres, al menos no más culpable que Barnabás.
–Cuenta rápido –dijo K–, no tengo miedo. Por pura pusilanimidad
femenina lo haces peor de lo que es.
CAPÍTULO XVII
Juzga por ti mismo –dijo Olga–, además, suena muy simple, no se
comprende cómo puede tener tanta importancia. Hay un funcionario en
el castillo que se llama Sortini.
–Ya he oído hablar de él –dijo K–; participó en mi contratación.
–Eso no me lo creo –dijo Olga–, Sortini apenas aparece públicamente.
¿No te equivocarás con Sordini, escrito con «d»?
–Tienes razón –dijo K–, era Sordini.
–Sí –dijo Olga–, Sordini es muy conocido, uno de los funcionarios más
diligentes y del que se habla mucho, Sortini, por el contrario, es muy
reservado y desconocido para la mayoría. Hace más de tres años que le
vi por primera y última vez. Fue el 3 de julio en una fiesta de la
compañía de bomberos, el castillo también había participado y había
donado una nueva bomba de incendios. Sortini, que al parecer se ocupa
en parte de asuntos relativos a los bomberos y a la protección contra
incendios, aunque quizá sólo había venido en representación –los
funcionarios se representan mutuamente con frecuencia y por eso
resulta difícil distinguir las competencias de unos y otros–, participó en
la ceremonia de entrega de la bomba de incendios; naturalmente,
también habían venido otros del castillo, funcionarios y sirvientes, y
Sortini estaba, como corresponde a su carácter, siempre en un segundo
plano. Es un hombre pequeño, débil y pensativo; algo que llamaba la
atención a todo el que se fijaba en él era la forma en que se arrugaba
su frente, todas las arrugas –y eran una gran cantidad, aunque no
supera los cuarenta– se plegaban como un abanico desde la parte
superior de la frente hasta la raíz de la nariz, no he visto nunca nada
parecido. Bueno, entonces se celebraba aquella fiesta. Nosotras, Amalia
y yo, habíamos esperado ese día con gran alegría, habíamos arreglado
los vestidos de domingo, especialmente el vestido de Amalia era muy
bonito, con su blusa blanca que se ahuecaba en la pechera adornada de
encajes, una fila sobre la otra; nuestra madre había empleado para ello
todos sus encajes, yo tenía envidia y lloré casi toda la noche anterior a
la fiesta. Sólo cuando al día siguiente vino a visitarnos la posadera de la
posada del puente...
–¿La posadera de la posada del puente? –preguntó K.
–Sí –dijo Olga–, era muy amiga nuestra, así que llegó, tuvo que
reconocer que Amalia estaba en ventaja y me prestó, para calmarme,
su propio collar de granates de Bohemia. Pero cuando ya estábamos
listas, Amalia delante de mí, y nuestro padre dijo: «Hoy, recordad lo
que os digo, Amalia encuentra novio», entonces, no sé por qué, me
quité el collar, que era todo mi orgullo, y se lo puse a Amalia, sin sentir
ya nada de envidia. Me incliné ante su victoria y creí que todos tendrían
que inclinarse ante ella; quizá nos sorprendió entonces que su aspecto
fuese diferente al usual, pues en realidad no era hermosa, pero su
mirada sombría, que ha mantenido desde aquella vez, se elevaba por
encima de nosotros y nos sentíamos inclinados literal e
involuntariamente ante ella. Todos lo notaron, también Lasemann y su
esposa cuando vinieron a recogernos.
–¿Lasemann? –preguntó K.
–Sí, Lasemann –dijo Olga–, éramos una familia muy apreciada y la
fiesta, por ejemplo, no habría empezado de verdad hasta que no
hubiésemos llegado nosotros, pues mi padre era el tercer director de
ejercicios de la compañía de bomberos.
–¿Tan robusto era aún tu padre? –preguntó K.
–¿Mi padre? –preguntó Olga como si no comprendiese del todo–, hace
tres años era en cierto modo un hombre joven, en un incendio en la
posada de los señores, por ejemplo, corrió con un funcionario a
cuestas, con el pesado Galater. Yo misma estuve allí, en realidad no
había peligro de incendio, sólo un poco de leña seca junto a una
chimenea comenzó a humear, pero Galater tuvo miedo, gritó auxilio por
la ventana, vinieron los bomberos y mi padre tuvo que cargarlo aunque
el fuego ya estaba extinguido. Bueno, Galater es un hombre difícil de
mover y en esos casos hay que tener precaución. Lo cuento sólo por mi
padre, no han pasado ni tres años desde entonces y mira ahora cómo
está ahí sentado.
K se dio cuenta ahora de que Amalia estaba de nuevo en la habitación,
pero se encontraba alejada, en la mesa de los padres, allí alimentaba a
la madre, que no podía mover sus brazos reumáticos y al mismo tiempo
dirigía la palabra al padre para que tuviese un poco de paciencia con la
comida, que iría con él en seguida para darle de comer. Pero no tuvo
éxito con su advertencia, pues el padre, ansioso por tomarse la sopa,
superó su debilidad física e intentó ya sorberla de la cuchara, ya
beberla del plato, y gruñía enojado al no conseguir ni lo uno ni lo otro,
la cuchara quedaba vacía mucho antes de llegar a la boca, mientras que
la barba colgante se sumergía en la sopa, goteando y salpicando hacia
todas partes menos hacia la dirección adecuada.
–¿Eso han hecho tres años de él? –preguntó K, pero aún no sentía
ninguna compasión por los ancianos ni para la esquina de la mesa
familiar, sólo aversión.
–Tres años –dijo lentamente Olga–, o, con más exactitud, unas horas
en una fiesta. La fiesta se celebró en una pradera ante el pueblo, al
lado del arroyo, ya había una gran aglomeración de personas cuando
llegamos, también habían venido de los pueblos vecinos, el ruido
causaba una gran confusión. Primero nuestro padre nos condujo,
naturalmente, a la bomba de incendios, rió de alegría al verla, una
nueva bomba le hacía feliz; comenzó a tocarla y a explicarnos cómo
funcionaba, no toleraba ninguna contradicción ni tampoco ninguna
reserva, si había algo que ver debajo de la bomba, todos nos teníamos
que agachar y casi arrastrarnos por debajo de ella; Barnabás, que
intentó resistirse, recibió un pescozón. Sólo a Amalia no le importaba la
bomba, permanecía muy recta delante de ella con su bonito vestido y
nadie osaba decirle nada, yo fui hacia ella alguna vez y la tomé del
brazo, pero ella callaba. Aún hoy no puedo aclararme cómo ocurrió que,
mientras estábamos en la bomba de incendios, cuando nuestro padre
se apartó de ella, nos dimos cuenta de que allí permanecía Sortini,
quien parecía haber estado todo el tiempo detrás de la bomba, apoyado
en una palanca. Había un ruido terrible, no usual en todas las fiestas; el
castillo había regalado a los bomberos unas trompetas, unos
instrumentos especiales de los que con un mínimo esfuerzo, del que
hasta un niño podría ser capaz, se emitían los más estruendosos
sonidos; al oírlo se podía creer que los turcos ya habían llegado y era
imposible acostumbrarse, a cada nuevo soplido seguía un
estremecimiento. Y como eran trompetas nuevas, todos querían
tocarlas, y como era una fiesta popular, se consentía. Precisamente a
nuestro alrededor, tal vez los había atraído Amalia, había algunos
trompetistas, era difícil mantener los sentidos en esas circunstancias y
si además, según las órdenes de nuestro padre, había que prestar
atención a la bomba de incendios, eso era lo máximo que se podía
rendir, así que no nos dimos cuenta durante mucho tiempo de la
presencia de Sortini, a quien tampoco conocíamos de antes.
–Ahí está Sortini –murmuró Lasemann a mi padre, yo estaba a su lado.
Mi padre inclinó la cabeza y nos hizo un gesto excitado para que
nosotros también nos inclinásemos ante él. Sin conocerle personal
mente, nuestro padre siempre había venerado a Sortini como un
especialista en servicios contra incendios, y había hablado con
frecuencia de él en casa, así que para nosotros fue sorprendente y un
acontecimiento muy importante verle en la realidad. Pero Sortini no se
interesaba por nosotros, eso no era ninguna peculiaridad de Sortini, la
mayoría de los funcionarios aparecen públicamente con actitud de
indiferencia, también estaba cansado, sólo su deber le mantenía allí
abajo; no son los peores funcionarios los que encuentran especialmente
pesados esos deberes representativos; otros funcionarios y sirvientes,
ya que estaban allí, se mezclaron con el pueblo, pero él permaneció al
lado de la bomba de incendios y a todo el que se intentaba aproximar
con cualquier solicitud o lisonja lo rechazaba con su silencio. Así ocurrió
que él se percató más tarde de nosotros que nosotros de él. Sólo
cuando nos inclinamos llenos de respeto y nuestro padre nos intentó
disculpar miró hacia nosotros y nos contempló a uno detrás del otro con
mirada cansada: era como si suspirase porque al lado de uno
apareciese otro, hasta que se detuvo en Amalia, a la que tuvo que
mirar hacia arriba, pues era mucho más alta que él. Entonces se
desconcertó, saltó sobre el pértigo para estar más cerca de ella,
nosotros lo interpretamos mal al principio y quisimos acercarnos todos
a él encabezados por mi padre, pero él nos detuvo y nos hizo una señal
para que nos fuéramos. Eso fue todo. Bromeamos mucho con Amalia
diciéndole que realmente ya había encontrado un novio, en nuestra
inconsciencia estuvimos alegres toda la tarde, pero Amalia estaba más
silenciosa que de costumbre. «Se ha enamorado locamente de Sortini»,
dijo Brunswick, que siempre es algo grosero y no tiene comprensión
para naturalezas como la de Amalia, pero esa vez su comentario nos
pareció cierto, ese día nos divertimos mucho y cuando llegamos a casa
a medianoche estábamos embriagados, incluso Amalia lo estaba, con el
dulce vino del castillo.
–¿Y Sortini? –preguntó K.
–Sí, Sortini –dijo Olga–, a Sortini le vi con frecuencia durante la fiesta,
sentado en un pértigo, tenía los brazos cruzados sobre el pecho y así
permaneció hasta que vino a recogerle el coche del castillo. Ni siquiera
fue a las maniobras de los bomberos, donde mi padre se distinguió
entre todos los hombres de su edad, precisamente con la esperanza de
que Sortini se fijase en él.
–¿Y no habéis oído más de él? –dijo K–, pareces tener una gran
veneración por Sortini.
–Sí, veneración –dijo Olga–, sí, y también oímos de él. A la mañana
siguiente nos despertó de nuestro sueño festivo un grito de Amalia, los
demás volvieron a dormirse, pero yo estaba completamente despierta y
corrí hacia ella, estaba al lado de la ventana y sostenía una carta en la
mano que un hombre le acababa de entregar a través de la ventana, el
hombre esperaba una respuesta. Amalia ya la había leído –era corta– y
la mantenía en una de sus manos, bajada y lánguida; cómo la amaba
siempre que estaba tan cansada. Me agaché a su lado y leí la carta.
Apenas había terminado de leerla, Amalia, después de dirigirme una
rápida mirada, la cogió, pero no la quiso leer otra vez, sino que la
rompió y arrojó los trozos al rostro del hombre que esperaba fuera y
cerró la ventana. Ésa fue aquella decisiva mañana. La llamo decisiva,
pero todo instante de la tarde anterior fue igual de decisivo.
–Y ¿qué decía la carta? –preguntó K.
–¡Ah!, sí, aún no lo he contado –dijo Olga–; la carta era de Sortini, e
iba dirigida a la joven con el collar de granates. No puedo reproducir el
contenido. Era un requerimiento para que fuese a su habitación en la
posada de los señores y, además, Amalia tenía que ir en seguida, pues
Sortini tenía que partir en una media hora. La carta estaba escrita con
las expresiones más vulgares que he oído y sólo pude deducir la
intención del conjunto. Quien no conociera a Amalia y sólo hubiese leído
esa carta, consideraría deshonrada a la muchacha a la que alguien
había tenido la osadía de escribir así, por más que a ella ni siquiera la
hubiesen rozado. Y no era ninguna carta de amor, en ella no había
ninguna palabra lisonjera, más bien Sortini estaba enojado por el hecho
de que le hubiese afectado tanto la visión de Amalia y de que le hubiese
distraído de sus asuntos. Más tarde nos lo explicamos de la siguiente
manera: era probable que Sortini hubiese querido llegar al castillo, pero
sólo a causa de Amalia se quedó en el pueblo, y por la mañana, furioso
porque durante la noche no había logrado olvidarse de Amalia, había
escrito la carta. Al principio uno tenía que escandalizarse con la carta,
incluso quien tuviese la sangre más fría, pero después, en otra persona
que no fuese Amalia, habría prevalecido el miedo por el tono
amenazador, en Amalia, en cambio, prevaleció el enojo. Ella no conoce
el miedo, ni para ella ni para los demás. Y mientras yo me refugiaba en
la cama y me repetía la frase final interrumpida: «o vienes ahora
mismo o...», Amalia permaneció en el banco al lado de la ventana y
miró hacia afuera como si esperara a otros mensajeros y estuviese
dispuesta a tratarlos como al primero.
Así que ésos son los funcionarios –dijo K algo vacilante–, esos
ejemplares sólo se pueden encontrar entre ellos. ¿Qué hizo tu padre?
Espero que se quejase de Sortini con todo vigor en el lugar competen
te, si no escogió el camino más corto y seguro hasta la posada de los
señores. Lo más repugnante de la historia no es la vejación a Amalia,
eso se podía enmendar, no sé por qué le concedes tanta importancia;
¿por qué iba Sortini con semejante carta a comprometer para siempre a
Amalia? Según lo que has contado, se podría creer eso, pero
precisamente eso resulta imposible, era fácil conseguir una satisfacción
para Amalia y en unos días se habría olvidado el caso; Sortini no
comprometió a Amalia, sino que él mismo fue quien se comprometió.
Me espanta la posibilidad de que pueda producirse tal abuso de poder.
Lo que en este caso no resultó, porque, para decirlo con claridad, era
completamente transparente y encontró en Amalia a un enemigo más
fuerte, en miles de otros casos con unas circunstancias algo más
desfavorables podría resultar perfectamente y, además, sin que lo
supiese nadie, ni siquiera la afectada.
–Silencio –dijo Olga–, Amalia nos está mirando.
Amalia había terminado de dar de comer a sus padres y ahora
desvestía a la madre, acababa de soltarle la falda, puso los brazos de la
madre alrededor de su cuello, la levantó un poco y le quitó la falda
volviendo a sentarla con cuidado. El padre, siempre insatisfecho con
que la madre fuese atendida en primer lugar, lo que sólo ocurría porque
ella estaba más desvalida que él, intentaba desvestirse él mismo, tal
vez para castigar a la hija por su supuesta lentitud, pero a pesar de que
comenzó con lo más accesorio y ligero, las desproporcionadas zapatillas
para sus pies, no lo conseguía de ningún modo y entre fuertes
resoplidos tuvo que renunciar y recostarse otra vez con rigidez en la
silla.
–No te das cuenta de lo esencial –dijo Olga–, puedes tener razón en
todo, pero lo esencial fue que Amalia no se dirigió a la posada de los
señores; la manera en que trató al mensajero, eso podía pasarse por
alto, ya se encubriría de alguna manera, pero que no fuese significó
que sobre la familia cayese una maldición y entonces el tratamiento del
mensajero también fue imperdonable, sí, incluso para la opinión pública
ocupó el primer plano.
–¡Cómo! –exclamó K, y bajó en seguida la voz, ya que Olga levantó la
mano suplicante–. ¿No dirás tú, su hermana, que Amalia tuvo que
obedecer a Sortini e ir a la posada?
–No –dijo Olga–, Dios me libre de esa sospecha, ¿cómo puedes creer
eso? No conozco a nadie que obrase con tanta justicia congo Amalia. Si
bien es cierto que, en el caso de que hubiese ido a la posa da, también
le hubiese dado la razón; pero, que no fuese, fue un acto heroico. En lo
que a mí respecta, reconozco sinceramente que si hubiese recibido una
carta como ésa habría ido. No habría podido soportar el miedo ante las
consecuencias, sólo Amalia podía soportarlo. También había algunas
salidas, otra, por ejemplo, se habría maquillado y habría dejado pasar
un buen rato, luego habría llegado a la posada de los señores y se
habría enterado de que Sortini había partido, quizá que había salido
inmediatamente después de enviar al mensajero, algo que incluso
habría sido muy probable, pues los caprichos de los señores son
fugaces. Pero a Amalia no se le ocurrió hacer eso ni nada parecido, se
sintió demasiado ofendida y respondió sin reservas. Si sólo hubiese
obedecido en apariencia, si sólo hubiese traspasado el umbral de la
posada a tiempo, se habría podido evitar la fatalidad, aquí tenemos
abogados muy listos que saben hacer todo lo que uno quiere de nada,
pero en este caso ni siquiera había la necesaria nada, todo lo contrario,
sólo había la humillación de la carta de Sortini y la ofensa al mensajero.
–Pero ¿qué fatalidad? –dijo K–, ¿qué abogados? No se podía acusar ni
castigar a Amalia por la actuación delictiva de Sortini.
–Claro que sí –dijo Olga–, sí que se podía, aunque no mediante un
proceso propiamente dicho ni directamente, pero se la castigaba de
otra manera, a ella y a toda su familia, y ahora empiezas a saber lo
grave que es esa pena. A ti te parece injusto y monstruoso, ésa es una
opinión completamente aislada en el pueblo, para nosotros es muy
favorable y nos debería consolar, y así sería si no se basase
visiblemente en errores. Te lo puedo demostrar muy fácilmente,
perdona si hablo al hacerlo de Frieda, pero entre Frieda y Klamm, sin
tener en cuenta en qué ha derivado finalmente su relación, ha ocurrido
algo muy similar a lo ocurrido entre Amalia y Sortini y, sin embargo, tú
lo encuentras ahora muy correcto, aunque al principio te pareciera
terrible. Y eso no es por efecto de la costumbre, nadie puede quedar
tan embotado por la costumbre cuando se trata simplemente de
enjuiciar, aquí se trata de una acumulación de errores.
–No, Olga –dijo K–, no sé por qué metes a Frieda en este asunto, el
caso era completamente distinto, no confundas tantas cosas
esencialmente diferentes y sigue contando.
–Por favor –dijo Olga–, no me tomes a mal si insisto en la
comparación, incurres en un error respecto a Frieda cuando crees
defenderla contra una comparación. No es necesario defenderla, sino
sólo alabarla. Cuando comparo los casos no estoy diciendo que sean
iguales, en realidad se relacionan entre sí como el blanco y el negro, y
el blanco es Frieda. En el peor de los casos uno se puede reír de Frieda
como yo lo he hecho en la taberna de manera tan descortés –después
me he arrepentido mucho–, pero aunque quien ríe aquí es perverso o
envidioso, al menos puede reírse, pero a Amalia, cuando no se
mantiene un parentesco sanguíneo con ella, sólo se la puede
despreciar. Por eso son dos casos esencialmente distintos, como dices,
pero también similares.
–Tampoco son similares –dijo K, y sacudió enojado la cabeza–, deja a
Frieda a un lado. Frieda no recibió ninguna carta de ese jaez como
Amalia de Sortini, y Frieda ha amado realmente a Klamm, y quien lo
dude, puede preguntarle, le sigue amando hoy.
–¿Son esas grandes diferencias? –preguntó Olga–. ¿Acaso no crees que
Klamm pudo escribirle una carta similar a Frieda? Cuando los señores
se levantan del escritorio son así, no saben orientarse en el mundo; en
su despreocupación dicen las cosas más groseras, no todos, pero
muchos. La carta a Amalia pudo haber sido plasmada en el papel de
forma irreflexiva y en completa despreocupación por lo escrito. ¡Qué
sabemos nosotros de los pensamientos de los señores! ¿Acaso no has
escuchado tú mismo o has oído contar el tono que Klamm empleaba
con Frieda? De Klamm se sabe que es muy grosero, al parecer no habla
nada durante horas y de repente dice tal grosería que uno se
estremece. De Sortini, sin embargo, no se sabe nada parecido, quizá
porque es un completo desconocido. En realidad de él sólo se sabe que
su nombre es muy similar al de Sordini; si no existiese esa similitud de
nombres, probablemente no se le conocería. También como especialista
en servicios contra incendios se le confunde probablemente con Sordini,
quien es el verdadero especialista y que se aprovecha de la similitud de
los nombres para cargar sobre Sortini los deberes de representación y
así no ser molestado en su trabajo. Pero si un hombre tan torpe en los
asuntos mundanos como Sortini se enamora repentinamente de una
joven del pueblo, la manifestación de ese sentimiento adopta otras
formas que si se enamora el aprendiz de carpintero de la esquina.
También hay que tener en cuenta que entre un funcionario y la hija de
un zapatero existe una gran distancia que debe superarse de alguna
manera; Sortini lo intentó de esa manera, otros podrán hacerlo de otra.
Cierto es que se dice que todos pertenecemos al castillo y que no existe
ninguna distancia y por lo tanto que no hay nada que superar y eso
quizá sea verdad por regla general, pero por desgracia hemos tenido la
oportunidad de ver que, cuando realmente llega la hora de la verdad,
no es así. En todo caso, después de lo expuesto la actuación de Sortini
te resultará más comprensible y menos terrible y, en realidad, si se
compara con la de Klamm, mucho más comprensible aún e incluso
cuando se ha estado involucrado, más soportable. Cuando Klamm
escribe una carta de amor es más desagradable que la carta más
grosera de Sortini. Compréndeme bien, aquí no me aventuro a enjuiciar
a Klamm, me limito a comparar, ya que tú rechazas la comparación.
Klamm es como un comandante con las mujeres, ordena a una o a otra
que vayan, no tolera ningún retraso y así como ordena que vengan,
ordena que se vayan. ¡Ay!, Klamm ni siquiera haría el esfuerzo de
escribir una carta. Y en comparación con esto sigue siendo horrible que
Sortini, que vive completamente retirado y cuyas relaciones con las
mujeres son al menos desconocidas, se siente una vez y escriba con su
bella caligrafía de funcionario una carta repugnante. Y si de esta
circunstancia no resulta ninguna diferencia a favor de Klamm, sino todo
lo contrario, ¿acaso debería hacerlo el amor de Frieda? La relación de
las mujeres con los funcionarios es, créeme, muy difícil o, más bien,
muy fácil de enjuiciar. Aquí nunca falta amor. No hay un amor
funcionarial desgraciado. A este respecto no supone ninguna alabanza
cuando se dice de una muchacha –aquí no hablo, ni mucho menos, sólo
de Frieda– que ella se entregó al funcionario porque le amaba. Ella le
amaba y se ha entregado a él, así ha sido, pero en ello no hay nada
que alabar. Amalia, sin embargo, no ha amado a Sortini, objetas.
Bueno, no le ha amado, pero a lo mejor sí que le ha amado, ¿quién
puede decidir? Ni siquiera ella misma. ¿Cómo puede creer haberle
amado cuando le ha rechazado con tanta fuerza, como probablemente
no ha sido rechazado ningún funcionario? Barnabás dice que aún
tiembla por el movimiento con que hace tres años cerró la ventana. Eso
también es verdad y por eso no se le puede preguntar acerca de ello;
ha terminado con Sortini, y sólo sabe eso; si le ama o no, eso no lo
sabe. Nosotros, sin embargo, sabemos que las mujeres no pueden
hacer otra cosa que amar a los funcionarios cuando ellos las miran, sí,
incluso aman a los funcionarios ya desde antes, por mucho que quieran
negarlo, y Sortini no sólo miró a Amalia, sino que saltó el pértigo
cuando la vio, y lo saltó con sus articulaciones rígidas debido a su
trabajo sedentario. Pero tú dirás que Amalia es una excepción. Sí, eso
es lo que es, eso lo demostró cuando se negó a ir con Sortini, ésa es
suficiente excepción; pero que además no amase a Sortini, eso ya es
casi demasiada excepción, eso sería ya inimaginable. Aquella tarde nos
quedamos completamente cegados, pero que a través de toda la niebla
creyésemos percibir algo del enamoramiento de Amalia muestra un
poco de sentido. Ahora bien, cuando se confrontan todos estos datos,
¿qué diferencia queda entre Frieda y Amalia? Sólo que Frieda hizo lo
que Amalia se negó a hacer.
–Puede ser –dijo K–; para mí, sin embargo, la diferencia principal es
que Frieda es mi novia, y Amalia sólo me incumbe por ser la hermana
de Barnabás, del mensajero del castillo, y que su destino quizá se
entrelaza con su servicio. Si un funcionario hubiese cometido con ella
una injusticia que clamase al cielo, como me pareció después de tu
relato de los acontecimientos, me hubiera preocupado, pero esto más
como un asunto público que como un sufrimiento personal de Amalia.
Ahora, sin embargo, después de tu relato, cambia algo la imagen en
una forma no del todo comprensible para mí, pero como eres tú quien
lo narra, de una forma lo suficientemente digna de crédito y por eso
quiero despreocuparme completamente del asunto, no soy ningún
especialista en servicios contra incendios y qué me importa a mí Sortini.
No obstante, me preocupa Frieda y me resulta extraño que tú, en quien
confío plenamente y en quien siempre estaré dispuesto a confiar,
intentes atacar a Frieda a través de Amalia y despertar en mí la
sospecha. No supongo que lo hagas con intención, mucho menos con
mala intención, si no ya hace tiempo que me habría ido. No lo haces
intencionadamente, las circunstancias te llevan a ello, por amor a
Amalia la quieres elevar sobre todas las mujeres y como tú misma no
encuentras en Amalia algo elogiable, te ayudas empequeñeciendo a
otras mujeres. El gesto de Amalia es extraño, pero conforme más
cuentas de ese gesto, menos se puede decidir si ella ha sido grande o
pequeña, lista o necia, heroica o cobarde; Amalia mantiene sus motivos
encerrados en su corazón, nadie se los va a arrebatar. Frieda, por el
contrario, no ha hecho nada extraño, sólo ha seguido los impulsos de
su corazón, para todo aquel que se ocupe de ello con buena voluntad,
queda claro, cualquiera lo puede comprobar, no hay ningún espacio
para rumores. Pero yo ni quiero denigrar a Amalia ni defender a Frieda,
sino sólo aclararte cómo pienso de Frieda y cómo todo ataque contra
Frieda supone al mismo tiempo un ataque contra mi existencia. He
venido aquí por propia voluntad y por propia voluntad me he quedado,
pero todo lo que ha ocurrido hasta ahora y ante todo mis perspectivas
de futuro –por muy sombrías que sean, en todo caso aún existen–, todo
eso se lo agradezco a Frieda, eso no se puede discutir. Aquí fui acogido
como agrimensor, pero eso sólo fue en apariencia, han jugado conmigo,
me han expulsado de todas las casas, incluso hoy juegan conmigo, pero
por muy complicado que sea todo esto, en cierto modo he ganado
terreno y eso ya significa algo, ya tengo, por muy insignificante que
sea, un hogar, un empleo real, tengo una novia que, cuando estoy
ocupado en otros asuntos, me quita trabajo, me casaré con ella y seré
miembro de la comunidad, además de la oficial, aún tengo una relación
personal con Klamm, aunque todavía no la he empleado. ¿Acaso eso es
poco? Y cuando llego a vuestra casa, ¿a quién saludáis? ¿A quién
confías la historia de vuestra familia? ¿De quién tienes la esperanza,
aunque sea la más improbable, de obtener ayuda? No de mí, del
agrimensor, a quien, por ejemplo, hace una semana Lasemann y
Brunswick expulsaron de su casa con violencia, sino que la esperas del
hombre que ya posee algún instrumento de poder, pero ese
instrumento de poder se lo agradezco a Frieda, a Frieda, que es tan
modesta que si intentas preguntarle por algo similar no querrá saber
nada de ello. Y, sin embargo, después de todo, parece que Frieda con
su inocencia ha logrado más que Amalia con todo su orgullo, pues mira,
tengo la impresión de que buscas ayuda para Amalia, y ¿de quién? De
ninguna otra que de Frieda.
–¿He hablado tan mal de Frieda? –dijo Olga–, no lo pretendía y
tampoco creo haberlo hecho, aunque es posible, nuestra situación es tal
que nos enemistamos con todo el mundo, y si comenzamos a
lamentarnos, esos lamentos nos arrastran y no sabemos adónde nos
llevan. También tienes razón ahora, hay una gran diferencia entre
nosotros y Frieda y es bueno acentuarla por un momento. Hace tres
años éramos jóvenes pequeñoburguesas y Frieda era la huérfana,
criada en la posada del puente; pasábamos a su lado sin dedicarle una
mirada, seguramente éramos demasiado orgullosas, pero así nos
habían educado. Pero en la noche que estuviste en la posada de los
señores pudiste darte cuenta del actual estado de las cosas: Frieda con
el látigo en la mano y yo con los criados. Pero es aún peor. Frieda
puede despreciarnos, eso corresponde a su posición, las circunstancias
reales obligan a ello. ¡Pero quién no nos desprecia! Quien se decide a
despreciarnos, no hace más que sumarse a la gran mayoría. ¿Conoces
a la sucesora de Frieda? Se llama Pepi. La conocí hace dos días, hasta
entonces era una criada. Ella supera con certeza a Frieda en desprecio
hacia mí. Me vio desde la ventana cómo venía a recoger la cerveza,
corrió hacia la puerta y la cerró, tuve que suplicarle largo tiempo y
prometerle el lazo que llevaba en el pelo antes de que me abriera. Pero
cuando se lo di, lo arrojó a un rincón. Bueno, puede despreciarme, en
parte dependo de su benevolencia y ella es la dependienta en la
taberna de la posada de los señores, aunque también es cierto que sólo
lo es provisionalmente y no tiene las cualidades necesarias para ser
contratada allí por tiempo indefinido. Sólo hay que oír cómo el posadero
habla con Pepi y comparar cómo hablaba con Frieda. Pero eso tampoco
impide a Pepi despreciara Amalia, a Amalia, cuya mirada bastaría para
sacar tan rápidamente de la habitación a la pequeña Pepi con todas sus
trenzas y borlas como nunca podría conseguirlo con sus piernas cortas
y gordas. Qué cotilleo más indignante tuve que oír ayer sobre Amalia,
hasta que los clientes se ocuparon de mí de la forma que tú ya viste.
–Qué temerosa eres –dijo K– sólo he puesto a Frieda en el lugar que le
corresponde, pero no he querido denigraros como tú lo entiendes
ahora. También para mí tenía vuestra familia algo especial, eso no lo he
silenciado; pero no comprendo cómo ese «algo especial» puede dar
motivos para el desprecio.
–¡Ay!, K –dijo Olga–, me temo que tú también llegarás a
comprenderlo; ¿no puedes comprender de ninguna manera que la
conducta de Amalia frente a Sortini fue la primera causa de ese
desprecio?
–Eso sería demasiado extraño –dijo K–, por eso se puede admirar o
condenar a Amalia, pero ¿despreciarla? Y si alguien por un sentimiento
incomprensible para mí despreciase realmente a Amalia, ¿por qué
extiende entonces el desprecio hacia vosotros, hacia la familia
inocente? Que, por ejemplo, Pepi te desprecie, es imperdonable, y
cuando regrese de nuevo a la posada de los señores se lo haré pagar
con creces.
–Si quisieras hacer cambiar de opinión –dijo Olga– a todos los que nos
desprecian, sería un trabajo muy duro, pues todo parte del castillo.
Recuerdo muy bien las horas que siguieron a aquella mañana.
Brunswick, que en aquella época era nuestro ayudante, había venido
como todos los días, mi padre le había dado trabajo y le había enviado
a casa, nosotros estábamos sentados desayunando, todos menos
Amalia y yo estaban muy animados, nuestro padre seguía hablando de
la fiesta, tenía varios planes respecto al cuerpo de bomberos; en el
castillo tienen un servicio de incendios propio, que envió una delegación
a la fiesta y con cuyos miembros se habló de varios aspectos; los
señores del castillo habían visto el rendimiento de nuestro cuerpo de
bomberos y habían hablado muy favorablemente de él, lo habían
comparado con el del castillo y el resultado nos beneficiaba, se había
hablado de la necesidad de una reorganización del servicio de incendios
y para ello eran necesarios instructores del pueblo, se hablaba ya de
algunos de ellos pero mi padre tenía la esperanza de que le eligieran a
él. De todo eso hablaba y, como era su costumbre, abrazaba casi
literalmente la mesa y cómo miraba por la ventana hacia el cielo, su
rostro era tan joven y esperanzado, nunca después volví a verle así.
Entonces, Amalia, con una superioridad que no conocíamos en ella, dijo
que no había que confiar en esos discursos de los señores, ellos, con
motivo de esos acontecimientos, solían decir algo amable, pero con
poco o ningún significado, una vez dicho ya estaba olvidado para
siempre, aunque, si bien es cierto, en la próxima oportunidad se volvía
a caer en la trampa. Nuestra madre le reprendió esas palabras, nuestro
padre se rió de sus ínfulas de experiencia, luego, sin embargo, se
agachó, pareció buscar algo de cuya falta pareció percatarse en ese
momento, pero no faltaba nada y dijo que Brunswick le había contado
algo de un mensajero y de una carta rota y preguntó si sabíamos algo
de ello, a quién le afectaba y qué había ocurrido. Nosotras nos
mantuvimos en silencio, Barnabás, entonces joven como un corderillo,
dijo algo tonto o impertinente, se habló de otra cosa y se olvidó el
asunto.
CAPÍTULO XVIII
Pero poco después fuimos acribillados desde todas partes con
preguntas sobre la historia de la carta, vinieron amigos y enemigos,
conocidos y extraños, pero no permanecían mucho tiempo, los mejores
amigos fueron los que se despidieron más deprisa; Lasemann, en otras
ocasiones lento y digno, entró como si quisiera examinar las
dimensiones de la habitación, echó un vistazo a su alrededor y se
acabó; pareció un horrible juego infantil ver cómo Lasemann huía y
nuestro padre, separándose del resto de la gente, salía detrás de él
hasta el umbral donde renunció a seguirlo más. Brunswick vino y le dijo
a mi padre, con toda sinceridad, que se quería hacer independiente; un
tipo listo, ese Brunswick, supo aprovechar la ocasión; vinieron clientes
y buscaron sus zapatos en el taller de mi padre, los que habían dejado
allí para reparar, al principio mi padre intentó que cambiaran de
opinión, y todos le apoyamos con todas nuestras fuerzas, pero más
tarde renunció y ayudó a buscar en silencio, en el libro de encargos se
fue tachando línea tras línea, se entregaron las reservas de piel que los
clientes tenían en el taller, todo ocurrió sin la menor disputa, se
quedaban satisfechos cuando conseguían romper rápida y
completamente el vínculo con nosotros, aunque al hacerlo se sufrieran
pérdidas, eso no importaba. Y, finalmente, como era de prever,
apareció Seemann, el jefe de bomberos, aún puedo ver la escena,
Seemann, alto y fuerte, aunque un poco inclinado y enfermo del
pulmón, siempre serio, no podía reír, estaba ante mi padre, a quien
había admirado, a quien le había prometido en confianza el puesto de
representante del jefe, y le anunció que quedaba expulsado del cuerpo,
pidiéndole que le devolviera el diploma. Las personas que se
encontraban a nuestro alrededor dejaron sus asuntos y rodearon a los
dos hombres. Seemann no podía decir nada, se limitaba a dar unas
palmadas en el hombro de mi padre como si quisiera sacarle las
palabras que él mismo quisiera decir y no podía encontrar. Al hacerlo
sonreía, con lo que quería tranquilizarse y tranquilizar a los demás,
pero como no podía sonreír y nadie le había oído reír, a nadie se le
ocurrió que aquello pudiera ser una sonrisa. Nuestro padre, sin
embargo, ya estaba demasiado cansado y desesperado para poder
ayudar a Seemann, sí, incluso parecía demasiado cansado como para
poder reflexionar de qué se trataba. Todos estábamos desesperados en
la misma medida, pero como éramos jóvenes no podíamos creer en
semejante catástrofe, siempre pensábamos que entre los visitantes
finalmente habría uno que ordenaría «alto» y obligaría a que todo
retrocediese a su estado original. Seemann nos parecía, en nuestra
irreflexión, la persona más indicada para eso. Con tensión esperábamos
a que de esa sonrisa sempiterna saliese finalmente una palabra clara.
¿De qué se podía uno reír si no era de la necia injusticia que nos estaba
ocurriendo? «Señor jefe, señor jefe, dígaselo a la gente», pensábamos
y nos apretábamos contra él, lo que sólo le obligaba a realizar los giros
más extraños. Al cabo comenzó a hablar, pero no para cumplir nuestros
deseos ocultos, sino para responder a las exclamaciones de ánimo o
enojadas de la gente. Aún teníamos esperanza. Comenzó realizando
una gran alabanza de nuestro padre. Le llamó un ornato del cuerpo, un
modelo inalcanzable para las nuevas generaciones, un miembro
imprescindible, cuya salida del cuerpo casi lo destruiría. Todo eso fue
muy bonito, si hubiese terminado allí. Pero siguió hablando. Si a pesar
de eso el cuerpo había decidido solicitarle la renuncia, aunque sólo
provisional, había que reconocer la seriedad de los motivos que
obligaban al cuerpo a tomar esa medida. Tal vez, sin los espléndidos
logros de nuestro padre en la fiesta del día anterior, no se habría
llegado tan lejos, pero precisamente esos logros habían despertado
especialmente la atención oficial, el cuerpo se encontraba en un primer
plano y, por tanto, tenía que cuidarse más que antes de su pureza.
Entonces había ocurrido la ofensa al mensajero y el cuerpo no había
podido encontrar otra salida, él, Seemann, había asumido el gravoso
deber de anunciarlo. Nuestro padre no debía hacérselo más difícil. Qué
contento estaba Seemann de sus palabras, por la satisfacción que
sentía por ello, dejó de ser excesivamente considerado, señaló el
diploma que colgaba de la pared e hizo una señal con el dedo. Nuestro
padre asintió y fue a recogerlo, pero no logró descolgarlo del clavo
debido a sus manos temblorosas, yo me subí a una silla y le ayudé. Y
desde ese instante todo se había acabado, ni siquiera sacó el diploma
del marco, sino que se lo dio todo a Seemann, como estaba. A
continuación, se sentó en un rincón, no se movió ni habló con nadie
más, nosotros tuvimos que tratar con la gente de la mejor manera que
supimos.
–Y ¿dónde ves aquí la influencia del castillo? –preguntó K–. Por ahora
no parece haber intervenido. Lo que has contado sólo ha sido el miedo
irreflexivo de la gente. La alegría por la desgracia ajena, la falsa
amistad, cosas que se encuentran en todas partes, y también, por parte
de tu padre, al menos así me lo parece, encuentro cierta pobreza de
espíritu, pues ¿de qué era aquel diploma? La confirmación de sus
aptitudes, y esas aptitudes las mantenía, haciéndole imprescindible,
además podría haberle puesto las cosas realmente difíciles al jefe si en
cuanto comenzó a hablar le hubiese arrojado a los pies el diploma. Pero
me parece especialmente significativo que no hayas mencionado a
Amalia; Amalia, a la que se debía todo, estaba probablemente tranquila
en un segundo plano y contemplaba la catástrofe.
–No, no –dijo Olga–, no se le pueden hacer reproches a nadie, nadie
pudo actuar de otra manera, todo eso ya era la influencia del castillo.
–Influencia del castillo –repitió Amalia que acababa de entrar del patio,
los padres hacía ya tiempo que se habían acostado–. ¿Contáis historias
del castillo? ¿Aún estáis ahí sentados? Y tú, K, querías haberte
despedido en seguida, y ya son casi las diez. ¿Te importan algo esas
historias? Aquí hay personas que se alimentan de esas historias, se
sientan juntas, como vosotros, y se estimulan recíprocamente a hablar,
pero no me parece que tú seas una de esas personas.
–Sí lo soy –dijo K–, precisamente soy una de ellas, pero al contrario
que otras que no se preocupan de esas historias y dejan inquietarse a
los demás, a mí no me impresionan demasiado.
–Bueno –dijo Amalia–, pero el interés de la gente es muy diferente;
una vez oí de un joven que estaba obsesionado con el castillo, pensaba
en él día y noche, todo lo demás lo descuidaba, se temía por su
capacidad para realizar las cosas de la vida ordinaria, pues su mente
siempre estaba en el castillo, pero al cabo resultó que en realidad sus
pensamientos no tenían por objeto el castillo, sino la hija de una criada
de las oficinas, la consiguió y todo volvió a la normalidad.
–Ese hombre me caería bien, creo –dijo K.
–Dudo mucho que ese hombre te cayera bien –dijo Amalia–, quizá su
esposa. Pero no os quiero importunar más, me voy a dormir y voy a
tener que apagar la luz, por los padres; aunque se duermen en
seguida, después de una hora ya se les ha acabado el sueño real y
entonces les molesta cualquier resplandor. Buenas noches.
Y, en efecto, al poco rato todo se quedó a oscuras y Amalia puso un
colchón en el suelo al lado de sus padres y allí se hizo la cama.
–¿Quién es ese joven del que ha hablado? –preguntó K.
–No lo sé –dijo Olga–, tal vez Brunswick, aunque no le va nada, pero
quizá otro. No es fácil entenderla de forma adecuada porque no se sabe
si habla irónicamente o en serio.
–¡Deja las interpretaciones! –dijo K–. ¿Cómo te has vuelto tan
dependiente de ella? ¿Era así antes de la desgracia u ocurrió después?
¿Nunca has tenido el deseo de independizarte de ella? ¿Y está fundada
racionalmente esa dependencia? Ella es la más joven y como tal tendría
que obedecer. Inocente o culpable ha traído la desgracia a la familia. En
vez de pediros perdón cada día, lleva la cabeza más alta que todos, no
se preocupa de nada salvo de los padres y por condescendencia, no
quiere ponerse al corriente de nada, como ella se expresa, y cuando
habla con vosotros, entonces es la mayoría de las veces en serio, pero
suena irónico. O domina por su belleza, que tú mencionas a veces. Pero
los tres sois muy similares, y lo que la diferencia a ella de vosotros dos
resulta favorable para ella; ya la primera vez que la vi me horrorizó su
mirada hosca y dura. Y, sin embargo, es la más joven, aunque nada en
su exterior lo muestre; tiene el aspecto sin edad de las mujeres que
apenas envejecen y que apenas han sido realmente jóvenes. Tú la ves
todos los días y no notas la dureza de su rostro. Por eso, si lo pienso,
tampoco puedo tomar en serio la inclinación de Sortini, quizá sólo
quería castigarla con la carta, no llamarla.
–No quiero hablar de Sortini –dijo Olga–, con los señores del castillo
todo es posible, ya se trate de la muchacha más bella o más fea. Por lo
demás, te equivocas completamente respecto a Amalia. No tengo
ningún motivo especial para congraciarte con Amalia y si lo intento sólo
lo hago por ti. Amalia fue, en cierto modo, el origen de nuestra
desgracia, eso es seguro, pero ni siquiera nuestro padre, que ha sido el
más afectado por la desgracia y que nunca se ha mordido la lengua, ni
siquiera él ha dicho a Amalia una palabra de reproche, ni en los peores
tiempos. Y no precisamente porque hubiese aprobado el
comportamiento de Amalia; ¿cómo habría podido él, un admirador de
Sortini, aprobarlo? No podía comprenderlo, lo habría sacrificado todo en
aras de Sortini, pero no como realmente ocurrió, con un Sortini
probablemente dominado por la ira, y digo «probablemente» porque ya
no supimos más de Sortini; si con anterioridad había sido reservado,
desde aquel momento fue como si no existiese. Y tendrías que haber
visto a Amalia en aquel tiempo. Sabíamos que no se nos impondría
ningún castigo expreso. Simplemente se apartaron de nosotros, tanto la
gente de aquí como la del castillo. Pero mientras notábamos cómo la
gente del pueblo nos evitaba, respecto a la del castillo no notábamos
nada. Tampoco antes habíamos notado ninguna asistencia del castillo,
¿cómo podíamos entonces notar un cambio? Esa tranquilidad fue lo
peor, y no la conducta evasiva de la gente, pues los habitantes del
pueblo no lo habían hecho por convicción, tal vez ni siquiera tenían algo
serio contra nosotros, el actual desprecio aún no existía, sólo lo habían
hecho por miedo y se limitaban a esperar para ver cómo se
desarrollaban los acontecimientos. Tampoco teníamos que temer
ninguna necesidad, nos habían pagado todos los deudores, los negocios
que cerramos nos resultaron ventajosos, lo que nos faltaba en
alimentos nos lo proporcionaron nuestros parientes, fue fácil,
estábamos en tiempo de cosecha, si bien es cierto que no teníamos
campos y nadie nos dejó trabajar en ningún lado: por primera vez en
nuestra vida quedamos condenados al ocio. Y entonces nos sentamos
juntos con las ventanas cerradas en el calor de julio y agosto. No
ocurrió nada. Ninguna citación, ninguna noticia, ninguna visita, nada.
–Bueno –dijo K–, como no ocurría nada y tampoco se esperaba ningún
castigo expreso, ¿de qué teníais miedo? ¿Qué clase de personas sois
vosotros ?
¿Cómo puedo explicártelo? –dijo Olga–. No temíamos lo venidero, ya
padecíamos bajo nuestra situación, nos hallábamos en medio del
castigo. La gente del pueblo se limitaba a esperar a que nos
acercásemos a ellos, a que nuestro padre volviese a abrir su taller, que
Amalia, que sabía confeccionar bonitos vestidos, volviese a aceptar
pedidos, si bien sólo para los más ricos, a la gente le daba pena lo que
habían hecho. Cuando en el pueblo se aísla repentinamente a una
familia de buena reputación, todos padecen alguna desventaja por ello;
cuando se apartaron de nosotros, creyeron estar cumpliendo con su
deber, tampoco nosotros hubiésemos hecho otra cosa en su lugar. No
habían sabido con exactitud qué había ocurrido, sólo que el mensajero
había regresado a la posada de los señores con la mano llena de trozos
de papel; Frieda le había visto salir y regresar, había hablado unas
palabras con él y había difundido rápidamente lo poco de lo que se
había enterado, pero tampoco por hostilidad hacia nosotros, sino sólo
por cumplir con su deber, como habría sido el deber de cualquier otro
en el mismo caso. Y entonces la gente habría preferido más que nada
una feliz solución de todo el problema. Si hubiésemos llegado
repentinamente con la noticia de que todo estaba arreglado, de que,
por ejemplo, sólo se había tratado de un malentendido ya
completamente aclarado, o que había sido una falta ya reparada o –
incluso esto habría satisfecho a la gente– que mediante nuestras
conexiones en el castillo habíamos conseguido que se olvidara el
asunto, nos habrían recibido con los brazos abiertos, nos habrían
besado y abrazado, se habrían organizado fiestas, ya he conocido algo
parecido con otros. Pero ni siquiera habría sido necesaria una noticia
como ésa, si hubiésemos venido por propia voluntad y les hubiésemos
ofrecido reanudar nuestras antiguas relaciones, sin perder ninguna
palabra sobre el asunto de la carta, eso habría bastado; con alegría
habrían renunciado a mencionar la carta, junto al miedo había sido ante
todo lo delicado del asunto el motivo de que se apartasen de nosotros,
simplemente no querían oír nada sobre el asunto, ni hablar, ni pensar,
ni quedar afectados de ningún modo por él. Cuando Frieda traicionó lo
ocurrido, no lo hizo para regocijarse con ello, sino para resguardarse
ella misma y resguardar a los demás de sus efectos, quiso llamar la
atención de la comunidad de que había ocurrido algo de lo que había
que apartarse con el mayor cuidado posible. No nos tomaban en
consideración a nosotros, como familia, sino sólo a causa del asunto en
el que habíamos quedado involucrados. Así que si hubiésemos vuelto a
salir, si hubiésemos dejado descansar el pasado, si hubiésemos
mostrado con nuestro comportamiento que habíamos superado el
asunto, fuera de la manera que fuese, la opinión pública habría llegado
a la convicción de que el asunto, cualquiera que hubiese sido, no
volvería a ser objeto de conversación; entonces todo también habría
acabado bien, habríamos encontrado en todas partes la antigua
complacencia; aun cuando nosotros sólo hubiésemos olvidado
parcialmente el asunto, lo habrían comprendido y nos habrían ayudado
a olvidarlo por completo. En vez de eso nos sentábamos en casa; no sé
a qué esperábamos, bien podía ser a la decisión de Amalia, en aquella
mañana había arrebatado para sí el liderazgo de la familia y lo mantuvo
con fuerza, y todo sin ninguna ceremonia especial, sin órdenes, sin
súplicas, prácticamente por medio de su silencio. Los demás teníamos,
es cierto, mucho que consultar, era un continuo murmullo de la mañana
hasta la noche y a veces me llamaba mi padre repentinamente
angustiado y yo pasaba casi toda la noche en el borde de su cama. O a
veces nos acurrucábamos juntos Barnabás y yo, mi hermano
comprendía poco de todo el asunto y no cesaba de reclamar
ardientemente explicaciones, siempre las mismas, sabía de sobra que
los años de despreocupación que a otros esperaban a su edad habían
desaparecido, así que nos sentábamos juntos, de forma muy parecida a
como estamos sentados tú y yo, y olvidábamos que era de noche y que
volvía a hacerse de día. Nuestra madre era la más débil de todos
nosotros, y esto porque no sólo había padecido el dolor general sino
también el dolor de cada uno de los demás, y pudimos percibir con
horror las alteraciones que se producían en ella y que, como
sospechábamos, esperaban a toda la familia. Su lugar favorito era la
esquina de un canapé, hace tiempo que ya no lo tenemos, se encuentra
en el gran salón de Brunswick, allí se sentaba y –no se sabía muy bien
qué ocurría– dormitaba o mantenía consigo misma, como los labios
parecían indicar, largas conversaciones. Era tan natural que hablásemos
continuamente del asunto de la carta, que profundizásemos en él, en
todos los detalles seguros y en todas las inseguras posibilidades, y que
continuamente nos superásemos mutuamente en la búsqueda de
medios para conseguir una buena solución, era tan natural e inevitable,
pero no era bueno, caímos más y más profundamente en el foso del
que queríamos escapar. ¿Y de qué servían esas espléndidas
ocurrencias? Ninguna de ellas se podía realizar sin Amalia, todo eran
meros preparativos, auténticos absurdos, ya que sus resultados no
llegaban hasta Amalia y, si hubiesen llegado hasta ella, sólo habrían
encontrado su silencio. Bueno, afortunadamente, hoy conozco mejor
que entonces a Amalia. Ella soportó más que los demás, resulta
incomprensible cómo lo ha podido soportar y que aún viva entre
nosotros. Tal vez nuestra madre soportó toda nuestra pena, la soportó
porque penetró violentamente en ella y no la tuvo que soportar mucho
tiempo; si aún la soporta hoy, no se puede decir, ya entonces su mente
estaba nublada. Pero Amalia no sólo soportó la pena, sino que además
poseía el entendimiento de penetrarla con la mirada, nosotros sólo
veíamos las consecuencias, ella veía el motivo, nosotros teníamos
esperanza en encontrar algún medio, por pequeño que fuese, ella sabía
que todo estaba decidido, nosotros teníamos que murmurar, ella tenía
que callar. Ella estaba cara a cara con la verdad y vivió y soportó esa
vida como lo sigue haciendo hoy. Qué bien nos iba a nosotros en
nuestra necesidad en comparación con ella. Cierto, tuvimos que
abandonar nuestra casa, Brunswick la ocupó, nos asignaron esta
chabola y con un carro de mano trajimos nuestras posesiones en varios
viajes, Barnabás y yo tirábamos, nuestro padre y Amalia ayudaban en
la parte trasera, nuestra madre, a la que habíamos traído con
anterioridad, nos recibió, sentada en una caja, sin dejar de gemir en
voz baja. Pero recuerdo que Barnabás y yo, durante los fatigosos viajes
–que también fueron humillantes, pues con frecuencia nos
encontrábamos con carros que venían de cosechar y cuyos tripulantes
callaban ante nosotros y desviaban la mirada–, ni siquiera podíamos
dejar de hablar de nuestras preocupaciones y de nuestros planes, a
veces quedábamos tan sumidos en nuestra conversación que nos
deteníamos y mi padre se veía obligado a llamarnos la atención para
recordarnos nuestro deber. Pero todas esas conversaciones no lograron
cambiar nuestra vida después de la mudanza, sólo que comenzamos
paulatinamente a notar nuestra pobreza. Las provisiones de los
parientes se acabaron, nuestras existencias casi habían llegado a su fin,
en aquel tiempo comenzó a desarrollarse el desprecio contra nosotros,
como tú lo conoces. Se notó que no disponíamos de la fuerza necesaria
para salir del asunto de la carta y eso se nos tomó muy a mal; no
menospreciaban la pesada carga de nuestro destino, pese a que no la
conocían con exactitud; si la hubiésemos superado, nos habrían
honrado, pero como no lo habíamos conseguido, hicieron
definitivamente lo que hasta ese momento sólo habían hecho
provisionalmente, nos excluyeron de todos los círculos; sabían que
probablemente nadie habría pasado la prueba mejor que nosotros, pero
aún más necesario, por esa razón, era separarse completamente de
nosotros. A partir de entonces ya no se hablaba de nosotros como si
fuésemos seres humanos, ya no se volvió a pronunciar nuestro apellido,
se nos llamaba por Barnabás, el más inocente de nosotros; incluso
nuestra chabola cobró mala fama y si tú reflexionas, también
reconocerás que al entrar en ella por primera vez creíste percibir la
justificación de ese desprecio; más tarde, cuando volvieron a visitarnos
algunas personas, arrugaron la nariz por las cosas más insignificantes,
por ejemplo porque la lámpara de aceite cuelga sobre la mesa, a ellos
eso les parecía insoportable. Pero si colgábamos la lámpara en otro
sitio, su aversión no cambiaba en nada. El mismo desprecio afectaba a
todo lo que éramos y teníamos.
CAPÍTULO XIX
¿Y qué hicimos nosotros mientras tanto? Lo peor que podíamos hacer,
algo por lo que podríamos haber sido despreciados con más razón de lo
que fuimos: traicionamos a Amalia, desobedecimos su orden silenciosa;
no podíamos seguir viviendo así, sin ninguna esperanza, por lo que
comenzamos a suplicar y a asediar el castillo, cada uno a su manera,
ojalá pueda perdonarnos. No obstante, sabíamos que no estábamos en
disposición de subsanar nada, también sabíamos que la única conexión
esperanzada que teníamos con el castillo, la de Sortini, la del
funcionario que sentía inclinación por nuestro padre, se había vuelto
inaccesible debido a los acontecimientos; sin embargo, nos pusimos
manos a la obra. Nuestro padre fue quien comenzó, comenzaron los
absurdos peregrinajes hacia el director, los secretarios, los abogados,
los escribientes, la mayoría de las veces no le recibieron y cuando él,
por astucia o casualidad, logró que le recibieran –cómo nos llenábamos
de júbilo con esa noticia y nos frotábamos las manos– fue rechazado lo
más rápidamente posible y no fue recibido otra vez. También era
demasiado fácil responderle, el castillo lo tiene siempre tan fácil. ¿Qué
quería? ¿Qué le había ocurrido? ¿Para qué pedía una disculpa? ¿Cuándo
y por quién se había movido un dedo contra él en el castillo? Cierto, se
había empobrecido, había perdido su clientela, etc., pero ésos eran
sucesos de la vida cotidiana, asuntos profesionales y de mercado,
¿tenía que ocuparse el castillo de todo? En realidad ya se ocupaba de
todo, pero no podía intervenir groseramente en el desarrollo de los
acontecimientos, simple y llanamente para servir los intereses de un
particular. ¿Debía enviar a sus funcionarios para que corriesen detrás
de los clientes e intentar traerlos por la fuerza? Pero, objetaba entonces
nuestro padre –nosotros tratábamos estas cosas con toda exactitud en
casa, tanto antes como después, en un rincón, como ocultándonos de
Amalia, que si bien se daba cuenta de todo, no intervenía–, pero, como
decía, entonces objetaba nuestro padre que él no se quejaba de su
empobrecimiento, todo lo que había perdido lo recuperaría con
facilidad, todo eso era accesorio si se le perdonaba. Pero ¿qué se le
tenía que perdonar? Se le respondía, a ellos no les había llegado
ninguna demanda, al menos aún no constaba en las actas, cuando
menos no en las actas accesibles a los abogados, en consecuencia, en
lo que podía confirmarse, ni se había emprendido algo contra él, ni
había nada en curso. ¿Podía mencionar alguna disposición emitida
contra él? Nuestro padre no podía. ¿O se había producido la
intervención de un órgano oficial? De eso nuestro padre no sabía nada.
Bueno, si no sabía nada y si no había ocurrido nada, ¿qué quería
entonces? ¿Qué se le podía perdonar? Como mucho que molestara a la
administración sin ningún motivo, pero precisamente eso era
imperdonable. Nuestro padre no cejó, en aquel entonces aún era muy
fuerte y el ocio obligado le proporcionaba todo el tiempo que quería.
«Recobraré el honor de Amalia, no durará mucho», nos decía a
Barnabás y a mí varias veces al día, pero en voz muy baja, pues Amalia
no podía oírlo; sin embargo sólo lo decía por Amalia, ya que en realidad
no pensaba en recobrar su honor, sino sólo en el perdón. Pero antes de
recibir el perdón tenía que establecer la culpa y ésta se la negaron una
y otra vez en la administración. Se le ocurrió –y esto mostró que ya
estaba perturbado mentalmente– que le ocultaban la culpa porque no
pagaba lo suficiente; hasta ese momento había pagado siempre las
tasas establecidas que, al menos para nuestra situación, eran lo
suficientemente elevadas. Pero ahora creyó que tenía que pagar más,
lo que no era cierto, pues nuestra administración acepta sobornos,
aunque sólo para simplificar las cosas y evitar conversaciones
innecesarias, pero con ellos no se puede lograr nada. Como era la
esperanza de mi padre, no le quisimos molestar. Vendimos lo que nos
quedaba –era casi lo imprescindible– para suministrarle a nuestro padre
los medios para seguir investigando y durante mucho tiempo tuvimos la
satisfacción todos los días de que nuestro padre, cuando se despedía
por la mañana, pudiese al menos contar con algunas monedas en el
bolsillo. Nosotros, sin embargo, padecíamos hambre durante todo el
día, mientras que lo único que conseguimos con el dinero fue que
nuestro padre se mantuviese en un estado de esperanzada alegría.
Esto, sin embargo, no se podía decir que fuese una ventaja. Él se
atormentaba con sus peregrinajes y lo que sin dinero habría encontrado
un merecido fin, se prolongó en el tiempo. Como a cambio de su dinero
no podía recibir ningún rendimiento extraordinario, algún escribiente
intentaba de vez en cuando, al menos en apariencia, rendir algo,
entonces prometía investigaciones, indicaba que ya se habían
encontrado ciertas pistas que no se seguirían para cumplir el deber,
sino sólo por afecto a nuestro padre, quien en vez de tornarse escéptico
era cada vez más crédulo. Regresaba con una de esas absurdas
promesas como si trajera una bendición a la casa y resultaba patético
ver cómo siempre a espaldas de Amalia, haciendo señas hacia ella con
una sonrisa desfigurada y los ojos muy abiertos, nos quería dar a
entender cómo la salvación de Amalia, que no sorprendería a nadie más
que a ella, estaba muy cerca gracias a sus esfuerzos, pero que todo era
aún un secreto y nosotros teníamos que guardarlo muy bien. Todo esto
habría durado mucho tiempo si, finalmente, no nos hubiese sido
imposible proporcionarle más dinero. Aunque mientras tanto Barnabás,
después de muchas súplicas, había sido admitido por Brunswick como
ayudante –si bien de tal manera que tenía que recoger los encargos en
la oscuridad de la noche y devolverlos de la misma forma, no obstante,
hay que reconocer que Brunswick asumió un riesgo para su negocio por
nuestra causa, pero por ello pagaba muy poco a Barnabás y el trabajo
de Barnabás no tiene mácula–, pero ese salario apenas bastaba para
sacarnos del hambre. Con muchas preparaciones y con gran delicadeza
le anunciamos a nuestro padre la interrupción de nuestras ayudas
monetarias, pero lo tomó con gran tranquilidad. En el estado en que se
encontraba su mente ya no era capaz de comprender lo vano de sus
intervenciones, pero estaba cansado de las continuas decepciones.
Aunque dijo –ya no hablaba con tanta claridad como antes, había
hablado casi con demasiada claridad– que sólo habría necesitado muy
poco dinero más, que al día siguiente o incluso ese mismo día lo podría
saber todo y que entonces su esfuerzo habría sido inútil, que sólo
habría fracasado por culpa del dinero etc., el tono con que lo decía
mostraba que no se creía lo que estaba diciendo. Además, en seguida
forjó nuevos planes. Como no había sido capaz de demostrar la culpa y,
en consecuencia, no pudo conseguir nada por la vía oficial, quiso
abordar personalmente a los funcionarios. Entre ellos había algunos que
tenían un corazón bueno y compasivo, que si bien no lo podían mostrar
en su cargo, sí cuando no lo ejercían, cuando se les sorprendía en el
momento adecuado.
Aquí, K, que había estado escuchando absorto a Olga, interrumpió su
relato con la pregunta:
–¿Y tú no lo consideras correcto?
Aunque el posterior relato le tenía que dar la respuesta a su pregunta,
lo quería saber en seguida.
–No –dijo Olga–, no se puede hablar de compasión o de nada parecido.
Tan jóvenes e inexpertos como éramos, eso lo sabíamos muy bien y
también nuestro padre lo sabía, naturalmente, pero lo había olvidado,
esto como casi todo lo demás. Había concebido el plan de situarse en la
carretera principal, cerca del castillo, por donde pasaban los coches de
los funcionarios, y siempre que pudiera presentar su solicitud de
perdón. Dicho con sinceridad, un plan demencial, incluso si hubiese
ocurrido lo imposible y su solicitud hubiese llegado realmente hasta el
oído de un funcionario. ¿Acaso puede perdonar un solo funcionario? Eso
tendría que ser competencia de la administración en conjunto, pero
incluso ésta probablemente no puede perdonar, sólo juzgar. Ahora bien,
¿puede hacerse una idea del asunto un funcionario, incluso en el caso
de que se bajase y se ocupase de él, en virtud de lo que nuestro pobre,
cansado y viejo padre le murmura? Los funcionarios son muy
instruidos, pero también parciales, en su especialidad un funcionario
deduce de una palabra cadenas enteras de pensamientos, pero se
puede intentar aclararles cosas que no son de su departamento durante
horas, quizá asientan amablemente con la cabeza, pero no
comprenderán nada. Todo esto es evidente, intenta comprender los
pequeños asuntos oficiales que le incumben a un funcionario,
problemas minúsculos que él soluciona con un encogerse de hombros,
intenta comprenderlos a fondo y para ello necesitarás toda la vida y
aun así no llegarás al final. Pero si nuestro padre hubiese dado con un
funcionario competente, éste no podría solucionar nada sin las actas
previas y, por supuesto, tampoco en medio de la carretera principal; un
funcionario competente no puede perdonar, sino archivar oficialmente
el caso y para eso indicar de nuevo la vía oficial, pero conseguir algo en
esta vía le habría sido completamente imposible a nuestro padre. Hasta
qué punto había llegado nuestro padre para querer poner en práctica
semejante plan. Si hubiese una oportunidad, por muy lejana que fuese,
la carretera principal estaría llena de pedigüeños, pero como aquí se
trata de una imposibilidad, de la que para darse cuenta sólo se necesita
una educación básica, está completamente vacía. Quizá eso fortaleciese
la esperanza de nuestro padre, él la alimentaba de todo lo que
encontraba. Aquí resultaba muy necesario, el sentido común no tenía
por qué perderse en grandes reflexiones, tenía que reconocer
claramente la imposibilidad en lo más superficial. Cuando los
funcionarios se trasladan al pueblo o regresan al castillo, esos viajes no
son de ocio, en el pueblo y en el castillo les espera el trabajo, por eso
viajan a la mayor velocidad. Ni siquiera se les ocurre mirar por la
ventanilla y buscar allí peticionarios, sino que los coches están llenos de
actas y expedientes que los funcionarios estudian ininterrumpidamente.
–Pero yo –dijo K– he visto el interior de un trineo de funcionarios en el
que no había expedientes.
En el relato de Olga se le abría la perspectiva de un mundo tan grande
e inverosímil que no podía evitar confrontarlo con su pequeña
experiencia para, de ese modo, convencerse más claramente de la
existencia de ese mundo, así como de la existencia del suyo propio.
–Es posible –dijo Olga–, pero entonces es peor, pues el funcionario está
ocupado en asuntos tan importantes que los expedientes son
demasiado valiosos o demasiado voluminosos para poder llevarlos
consigo, esos funcionarios avanzan al galope. En todo caso, para
nuestro padre, ninguno de ellos tuvo tiempo. Y, además, hay varias
carreteras que llevan al castillo. De repente una se pone de moda,
entonces la mayoría utiliza ésa, luego se pone otra, y todos quieren
circular por ella. Aún no se sabe mediante qué reglas se produce ese
cambio. A las ocho de la mañana todos van por una carretera, una
media hora después, todos por otra, diez minutos más tarde, por una
tercera, una media hora después quizá otra vez por la primera y por
ella se sigue circulando durante todo el día, pero en cualquier instante
existe la posibilidad de un cambio. Aunque en las proximidades del
pueblo convergen todas las carreteras en una, por ella los coches pasan
a toda velocidad, mientras que en las cercanías del castillo la velocidad
es moderada. Pero así como el tráfico respecto a las carreteras no
obedece a ninguna regla y resulta impredecible, lo mismo ocurre con el
número de los coches. Con frecuencia hay días en los que no pasa un
solo coche, pero luego sigue un día en el que circula un gran número de
ellos. Y ahora imagínate a nuestro padre en la carretera. Todas las
mañanas, con su mejor traje, que es lo único que le quedaba, salía de
la casa acompañado de nuestras bendiciones. Se llevaba un pequeño
distintivo del cuerpo de bomberos que ha conservado injustamente y se
lo ponía en cuanto salía del pueblo, en él tiene miedo de mostrarlo a
pesar de que es muy pequeño y de que apenas se puede distinguir a
dos pasos de distancia, pero según la opinión de nuestro padre debería
servir para llamar la atención de los funcionarios sobre él. No muy lejos
de la entrada al castillo hay un establecimiento de horticultura,
pertenece a un tal Bertuch, que suministra hortalizas al castillo, allí, en
el delgado borde de la base que sustentaba la verja del huerto, escogió
nuestro padre su sitio. Bertuch lo toleró porque había tenido amistad
con mi padre y también había pertenecido a sus clientes más fieles; por
lo demás, él tiene un pie deforme y creía que sólo nuestro padre era
capaz de hacerle un zapato que se adaptara perfectamente a su
defecto. Así que allí permanecía nuestro padre sentado, día tras día; fue
un otoño lluvioso, pero el tiempo le era completamente indiferente, por
la mañana, a una hora determinada, tenía la mano en el picaporte de la
puerta y nos hacía señal de despedida, por la noche regresaba
empapado, parecía como si se fuese encorvando cada vez más, y se
arrojaba en el rincón. Al principio nos contaba sus pequeños
acontecimientos, por ejemplo que Bertuch por compasión y en recuerdo
de su antigua amistad le había arrojado una manta sobre la verja, o
que en los coches que pasaban había creído reconocer a tal o cual
funcionario o que de vez en cuando algún cochero le reconocía y le
rozaba con el látigo de broma. Más tarde dejó de contar esas cosas, era
evidente que ya no tenía esperanzas de lograr nada, simplemente
consideraba su deber, su aburrida profesión, irse hasta allí y pasar el
día. Entonces comenzaron sus dolores reumáticos, el invierno se
acercaba, cayó nieve antes de lo esperado, aquí el invierno comienza
muy pronto, y se tuvo que sentar sobre la piedra mojada o sobre la
nieve. Por la noche gemía por los dolores, por las mañanas a veces se
sentía inseguro de si debía salir, pero lograba superarse y partía.
Nuestra madre se aferraba a él y no quería dejarle marchar, él, tal vez
angustiado por sus desobedientes miembros, le permitía acompañarle,
así que también nuestra madre comenzó a sufrir dolores. Con
frecuencia estábamos con ellos, les llevábamos comida o simplemente
les hacíamos una visita, otras veces intentábamos convencerles para
que regresasen; cuántas veces les encontramos allí acurrucados,
abrazándose en la estrechez de su asiento, tapados con una delgada
manta que apenas los cubría, rodeados sólo de nieve y niebla y días
enteros sin ningún ser humano ni ningún coche hasta donde alcanzaba
la vista. ¡Qué visión!, K, ¡qué visión! Hasta que una mañana las piernas
rígidas de nuestro padre ya no le pudieron sacar de la cama; estaba
desconsolado, en su delirio creía ver cómo. paraba un coche al lado del
establecimiento de Bertuch, bajaba un funcionario, buscaba en la verja
a nuestro padre y sacudiendo la cabeza y enojado regresaba al coche.
Nuestro padre emitía tales gritos como si quisiera llamar la atención del
funcionario desde allí abajo y explicarle que se había ausentado sin
culpa. Y fue una larga ausencia, ya no regresó más, tuvo que
permanecer semanas enteras en la cama. Amalia asumió su cuidado, el
tratamiento, todo, y así ha seguido con pausas hasta ahora. Ella conoce
hierbas medicinales que tranquilizan los dolores, apenas necesita
dormir, nada le asusta, no teme a nada, jamás se muestra impaciente,
ella realizó todo el trabajo relativo a nuestros padres; mientras
nosotros, en cambio, sin poder ayudar en nada, rondábamos
intranquilos, ella se mantenía en todo fría y silenciosa. Una vez que
hubo transcurrido lo peor y nuestro padre, cuidadosamente y apoyado a
izquierda y derecha, logró salir de la cama, Amalia volvió a retirarse en
seguida y nos lo dejó a nosotros.
CAPÍTULO XX
Entonces se trataba de encontrar cualquier ocupación a nuestro padre
de la que aún fuera capaz, algo que al menos mantuviese en él la
creencia de que servía para liberar a la familia de la culpa. Encontrar
algo semejante no era difícil, en el fondo todo podía ser tan útil como
sentarse ante el huerto de Bertuch, pero yo encontré algo que incluso a
mí me dio una esperanza. Siempre que en los organismos de la
administración o entre los escribientes se hablaba de nuestra culpa, se
mencionaba la ofensa al mensajero de Sortini, nadie osaba llegar más
lejos. Bueno, me dije, si la opinión pública, aunque sólo sea en
apariencia, únicamente sabe de la ofensa al mensajero, todo se podría
arreglar, al menos en apariencia, si nos pudiésemos reconciliar con el
mensajero. No se había presentado ninguna denuncia, como nos
explicaron, el asunto aún no estaba en manos de la administración, así
que dependía enteramente del mensajero, de su persona, pues sólo se
trataba del hecho de perdonarnos. Todo eso podía no tener ninguna
importancia decisiva, era sólo apariencia y podía ser que no diese
ningún resultado, pero a nuestro padre le alegraría y podría resarcirse
algo con los informadores que tanto le habían atormentado. Primero,
ciertamente, había que encontrar al mensajero. Cuando le conté mi
plan a nuestro padre, al principio se enojó mucho, se había vuelto muy
caprichoso, en parte creía, lo que se desarrolló durante su enfermedad,
que le habíamos impedido lograr el éxito final, primero al interrumpir el
suministro de dinero, luego al mantenerle en la cama, en parte también
porque ya era incapaz de asumir pensamientos ajenos. No había
terminado de contárselo, cuando ya había rechazado mi plan; según su
opinión, tenía que seguir esperando ante el huerto de Bertuch y como
ya no sería capaz de ir diariamente, le tendríamos que llevar en la
carretilla. Pero yo no cejé y poco a poco se fue reconciliando con la
idea, lo único que le molestaba de ella era que en ese asunto dependía
completamente de mí, pues sólo yo había visto al mensajero aquella
mañana, él no le conocía. Cierto, un sirviente se asemeja al otro, y no
estaba muy segura de poder reconocerle otra vez. Comenzamos a
frecuentar la posada de los señores y a buscar entre el servicio que
solía aparecer por allí. Había sido un criado de Sortini y Sortini ya no
volvió a bajar al pueblo, pero los señores cambian con frecuencia de
sirvientes, se le podía encontrar en el grupo de otro señor y si no se le
podía encontrar al menos se podría averiguar algo preguntando a los
otros sirvientes. Para esto, sin embargo, había que pasar todas las
noches en la posada y la gente no se encontraba a gusto en nuestra
presencia, menos en un lugar como ése; como clientes que pagan no
podíamos aparecer. Pero resultó que nos podían necesitar, ya sabes el
tormento que suponía la servidumbre para Frieda, en el fondo se trata
de gente tranquila, mal acostumbrada por un servicio fácil y holgazana,
«¡que te vaya como a un sirviente!», reza una de las bendiciones de los
funcionarios y en efecto, en lo que respecta a la buena vida, los
sirvientes son los auténticos señores en el castillo; ellos también saben
apreciarlo en lo que vale y en el castillo, donde se mueven según sus
propias leyes, son silenciosos y dignos, eso me lo han confirmado con
frecuencia y también aquí, entre los sirvientes, se encuentran restos de
ello, pero sólo restos, en lo demás, como las leyes del castillo no
poseen una validez completa en el pueblo, parecen transformados, se
convierten en un grupo salvaje e insubordinado, sin que sus instintos
insaciables queden dominados por las leyes. Su desvergüenza no
conoce límites, es una suerte para el pueblo que sólo puedan
abandonar la posada obedeciendo órdenes, pero en la posada no cabe
otro remedio que bregar con ellos; a Frieda le resultaba muy difícil, así
que le vino muy bien que me utilizasen a mí para tranquilizar a la
servidumbre; desde hace más de dos años paso como mínimo dos
noches enteras a la semana en el establo con la servidumbre. Antes,
cuando nuestro padre aún podía ir a la posada de los señores, dormía
en cualquier lado en la taberna y así podía esperar las noticias que yo le
traía por la mañana temprano. Eran pocas. Al mensajero no le hemos
encontrado hasta hoy, aún debe de estar al servicio de Sortini, quien le
aprecia mucho, y ha debido de seguirle cuando Sortini se retiró a
oficinas alejadas. Durante todo este tiempo tampoco le han visto los
sirvientes, y si alguno dice que sí, se trata de un error. Así que en
realidad mi plan había fracasado, aunque no completamente: es
indudable que no hemos encontrado al mensajero y que nuestro padre,
al tener que recorrer el camino hasta la posada y pernoctar allí, tal vez
incluso debido a la compasión que sentía por mí, en la medida en que
era capaz de sentirla, empeoró y se halla desde hace dos años en este
estado en que tú le has visto, y quizá le vaya mejor que a nuestra
madre, cuyo fin esperamos cualquier día y que sólo se retrasa gracias a
los esfuerzos sobrehumanos de Amalia. Pero lo que he logrado en la
posada de los señores ha sido cierta conexión con el castillo, no me
desprecies si digo que no me arrepiento de lo que he hecho. ¿De qué
gran conexión con el castillo se puede tratar?, te preguntarás. Y tienes
razón, no es ninguna gran conexión. Cierto, conozco a muchos
sirvientes, casi a todos los sirvientes de los señores, y si alguna vez
entrase en el castillo no sería ninguna extraña. También es cierto que
sólo son sirvientes en el pueblo, en el castillo son muy diferentes y allí
no reconocen a nadie y menos a alguien con quien han tenido tratos en
el pueblo, por mucho que juren mil veces en el establo que se
alegrarían de verte en el castillo. Por lo demás, ya he experimentado lo
poco que significan esas promesas. Pero eso no es lo más importante.
No sólo a través de los sirvientes tengo una conexión con el castillo,
sino también, y ojalá que sea así, por alguien que me observa a mí y lo
que hago desde arriba –siendo la organización de la servidumbre una
parte muy importante y delicada del trabajo administrativo–, y esa
persona que me observa quizá llegue a un juicio más benevolente sobre
mí que otras, quizá reconozca que yo, aunque de una forma lastimosa,
lucho por mi familia y continúo los esfuerzos de mi padre. Si se
contempla así, quizá también se me perdone que acepte dinero de los
sirvientes y lo emplee en mi familia. Y aún he logrado algo más, algo
que tú también me reprochas. He sabido a través de los sirvientes
cómo se puede ingresar en el servicio del castillo por medio de atajos y
sin someterse al procedimiento oficial de selección, tan difícil y que
puede durar años, entonces, aunque no se sea un empleado público,
sino sólo secreto y parcialmente aceptado, no se tienen ni derechos ni
deberes, ni ventajas ni desventajas; lo peor es no tener ventajas,
aunque una sí se tiene, que siempre se está cerca de todo, se pueden
reconocer oportunidades favorables y aprovecharlas, no se es ningún
empleado, pero casualmente se puede encontrar algún trabajo, en ese
momento no hay un empleado a mano, una llamada, uno se apresura,
y lo que no se era un segundo antes, se es ahora: un empleado. Sin
embargo, ¿cuándo se puede encontrar esa oportunidad? A veces en
seguida, apenas se ha llegado, surge la oportunidad, no todos tienen la
capacidad y la presencia de ánimo como para, en la condición de
novato, darse cuenta de ella, pero otras veces dura más años que el
procedimiento de selección público y quien sólo ha sido aceptado
parcialmente ya no puede aspirar a un ingreso conforme a las normas.
Así que aquí hay suficientes inconvenientes. Sin embargo, ellos
silencian que en el procedimiento público se selecciona con extremada
severidad y que el miembro de una familia de mala fama queda
descartado de antemano; si alguien así se somete a ese procedimiento,
tiembla durante años ante el resultado, por todas partes le preguntan
desde el primer día con asombro cómo ha podido osar algo tan inútil;
pero él tiene esperanzas, cómo podría vivir si no, pero después de
muchos años, tal vez ya anciano, se entera del rechazo, se entera de
que todo está perdido y de que su vida fue en vano. No obstante,
también aquí se producen excepciones, por eso se puede caer tan
fácilmente en la tentación. Ocurre que precisamente personas de mala
reputación sean admitidas, hay funcionarios que, contra su voluntad,
aman el olor de esos tipos; en los exámenes de ingreso olfatean el aire,
contraen la boca, ponen los ojos en blanco, un hombre semejante
parece obrar para ellos como un estímulo del apetito y tienen que
aferrarse con fuerza a los códigos para poder resistir la tentación.
Algunas veces eso ayuda a la persona en cuestión no para la admisión,
sino para la prolongación infinita del procedimiento de ingreso, que ya
no termina, sólo se interrumpe con su muerte. Así pues, tanto el
procedimiento legal de admisión como el otro están llenos de
dificultades tanto conocidas como ocultas y antes de embarcarse en esa
aventura es aconsejable pensarlo muy bien. Bueno, Barnabás y yo nos
hemos tomado esto último muy en serio. Siempre que regresaba de la
posada de los señores, nos sentábamos juntos, yo le contaba las
novedades que había conocido, hablábamos durante días enteros y el
trabajo de Barnabás se interrumpía más tiempo del prudencial. Y aquí
puedo tener cierta culpa en tu sentido. Sabía que no podía fiarme
mucho de las informaciones de los sirvientes. Sabía que nunca tenían
ganas de contarme nada del castillo, siempre cambiaban de tema,
había que rogarles para que dejaran escapar una palabra, pero luego,
cuando estaban en ello, se disparaban, soltaban las cosas más
absurdas, fanfarroneaban, se superaban unos a otros en exageraciones
e invenciones, de tal forma que en el griterío infinito en el oscuro
establo apenas había alguna indicación que correspondiese a la verdad.
Yo, sin embargo, se lo volvía a contar todo a Barnabás de la forma en
que lo recordaba, y él, que aún no tenía la capacidad de distinguir entre
lo verdadero y lo falso y que por la situación de nuestra familia se
moría de anhelo por esas cosas, se lo creía todo y ardía en deseos de
saber más. Y, efectivamente, mi nuevo plan se centraba en Barnabás.
De los sirvientes ya no se podía lograr más. No había quien encontrara
al mensajero de Sortini y no se le encontraría jamás, tanto Sortini como
su mensajero parecían ir retrocediendo cada vez más, con frecuencia su
apariencia y sus nombres caían en el olvido y yo tenía que describirlos
largo tiempo para no lograr otra cosa que se acordaran con esfuerzo de
ellos pero sin saber decir nada. Y en lo que respecta a mi vida con los
sirvientes, naturalmente no tenía ninguna influencia en cómo se
juzgaba, sólo podía esperar que se tomara como se tomó y que se
redujera algo la culpa de mi familia, pero no recibí ningún signo externo
de ello. No obstante, seguí, ya que no veía para mí ninguna otra
posibilidad de poder conseguir algo en el castillo. Para Barnabás, sin
embargo, sí vi otra posibilidad. De las informaciones de los sirvientes
pude deducir, cuando tenía ganas y siempre tenía de sobra, que alguien
que ha sido admitido en el servicio del castillo puede lograr mucho para
su familia. Cierto, ¿qué había digno de crédito en esos cuentos? Era
imposible distinguirlo, sólo estaba claro que era muy poco. Pues,
cuando un sirviente, a quien no volvería a ver o a quien, en el caso de
volver a verle, apenas volvería a reconocerle, me aseguraba
solemnemente que ayudaría a mi hermano a conseguir un puesto en el
castillo o, al menos, a apoyarle cuando Barnabás fuese al castillo, esto
es, algo como animarle, pues, según los relatos de los criados, puede
ocurrir que los solicitantes de un empleo se desmayen por la larga
espera o queden confusos, en cuyo caso están perdidos si no hay
amigos que se preocupen de ellos, cuando me contaba todo eso y
mucho más, eran seguramente advertencias justificadas, pero las
promesas de que iban acompañadas estaban vacías. No para Barnabás,
aunque le advertí que no las creyera; el simple hecho de mencionarlas
fue suficiente para también hacer suyo mi plan. Mis objeciones apenas
le hicieron efecto, en él sólo tenían efecto los relatos de los sirvientes. Y
así me quedé dependiendo únicamente de mí misma, pues con mis
padres no se podía entender nadie salvo Amalia; conforme seguía con
más perseverancia los antiguos planes de mi padre, aunque a mi
manera, más se apartó Amalia de mí; ante ti o ante otros habla
conmigo, pero nunca cuando estamos solas, para los sirvientes en la
posada de los señores fui un juguete que se esforzaban enfurecidos por
romper, durante dos años ni siquiera he intercambiado con uno de ellos
una palabra confidencial, sólo mentiras, insidias o desvaríos, así que
sólo me quedaba Barnabás y Barnabás aún era muy joven. Cuando al
transmitirle mis informes veía el brillo de sus ojos, que él ha mantenido
desde entonces, me asustaba, pero no desistía, me parecía que había
demasiado en juego. Cierto, no tenía los grandes y vacíos planes de mi
padre, no tenía esa determinación masculina, permanecí en el
desagravio por la ofensa al mensajero y quería que se me reconociera
como un mérito esa modestia. Pero lo que a mí me había sido imposible
conseguir, lo quería lograr a través de Barnabás y de una forma distinta
y segura. Habíamos ofendido a un mensajero y le habíamos ahuyentado
de las oficinas más externas, ¿qué podía ser más indicado que ofrecer a
un nuevo mensajero en la persona de Barnabás, realizar el trabajo del
mensajero ofendido a través del trabajo de Barnabás y así facilitar al
ofendido la posibilidad de permanecer en la distancia todo el tiempo
que quisiera, todo el tiempo que necesitase para olvidar la ofensa? Me
di perfecta cuenta de que en toda la modestia de este plan había cierta
arrogancia por mi parte, pues podía despertar la sensación de que
quería dictarle algo a la administración, por ejemplo, cómo debía tratar
cuestiones de personal, o podía parecer como si dudásemos de que la
administración fuese capaz de resolver la situación por su cuenta y de
la mejor forma posible, o de que incluso no hubiesen tomado las
medidas necesarias antes de que a nosotros se nos hubiese ocurrido
que ahí se podía hacer algo. Sin embargo, creí de nuevo que era
imposible que la administración me interpretase tan mal o que ella, si
ése fuese el caso, lo hiciera con intención, esto es, que todo lo que yo
hago quedase rechazado de antemano y sin ninguna investigación. Así
que no cejé y el celo de Barnabás hizo el resto. En esa fase preparatoria
Barnabás se volvió tan altanero que, como futuro empleado de las
oficinas, consideró el trabajo de zapatero demasiado sucio, sí, incluso
se atrevió a contradecir a Amalia cuando ésta habló unas palabras con
él, lo que era muy extraño, y además, la contradijo en lo esencial. Le
permití esa corta alegría, pues con el primer día que fue al castillo se
acabó con la alegría y la altanería, como era de prever. Entonces
comenzó a desempeñar ese servicio aparente del que te he hablado.
Resulta sorprendente cómo Barnabás entró en el castillo o, mejor, en la
oficina que se ha convertido, por decirlo así, en su ámbito laboral. Ese
éxito casi me volvió loca al principio, y cuando Barnabás me lo
murmuró al oído por la noche cuando regresó a casa, fui hacia Amalia,
la abracé, la apreté contra una esquina y la besé con los labios y los
dientes hasta que lloró del dolor y del susto. No pude decir nada por la
excitación y, además, ya hacía mucho tiempo que no habíamos
intercambiado una palabra, lo dejé para los días siguientes. Pero en los
días siguientes ya no había nada que decir. Nos quedamos estancados
en lo que habíamos logrado tan rápidamente. Durante dos años llevó
Barnabás esa vida monótona y opresiva. Los sirvientes fracasaron
lastimosamente, yo le di a Barnabás una carta en la que le
recomendaba a los sirvientes y que al mismo tiempo les recordaba sus
promesas; siempre que veía a un sirviente, sacaba la carta y se la
presentaba, por más que a veces se encontrara con sirvientes que no
me conocían, y aunque a los que sí me conocían se limitaba a
mostrarles la carta sin decir palabra, pues arriba no se atreve a hablar,
fue una vergüenza que nadie le ayudara y resultó un alivio, que nos
podíamos haber procurado nosotros mismos y desde hacía mucho
tiempo, cuando un sirviente, a quien probablemente ya le había
mostrado la carta varias veces, formó una bola de papel con ella y la
tiró a la papelera. Se me ocurre que al mismo tiempo podría haber
dicho: «Así soléis tratar también vosotros las cartas». Pero por muy
infructuosa que fuese esa época, en Barnabás ejerció una influencia
beneficiosa, si se puede llamar beneficioso a que madurase
prematuramente, a que se convirtiese precozmente en un adulto,
incluso en cierta manera con una seriedad y perspicacia que superan el
término medio entre los hombres adultos. Con frecuencia me apena
contemplarle y compararle con el joven que aún era hace dos años. Y ni
siquiera he tenido de él el consuelo y el apoyo que quizá podría darme
como hombre. Sin mí no habría llegado al castillo, pero desde que está
allí es independiente de mí. Yo soy su única persona de confianza, pero
él sólo me cuenta una parte de lo que siente. Me cuenta muchas cosas
del castillo, pero de lo que me cuenta, de los pequeños sucesos que me
transmite, no se puede comprender ni mucho menos cómo todo eso le
ha podido transformar tanto. En especial no se puede comprender por
qué ahora que es un hombre ha perdido allá arriba el valor que, cuando
joven, llegaba a desesperarnos. Cierto, esa inútil espera día tras día,
repitiéndose una y otra vez, sin posibilidades de cambio, desmoraliza,
produce indecisión y, finalmente, incapacita para otra cosa que no sea
esa eterna espera. Pero ¿por qué no ofreció ninguna resistencia al
principio? Porque pronto reconoció que yo había tenido razón y que allí
no se podía conseguir nada que retribuyera la ambición, si acaso tal vez
para la mejora de nuestra situación familiar. Pues allí todo funciona, si
exceptuamos los caprichos de los sirvientes, con modestia, el orgullo
busca allí satisfacción en el trabajo y como el asunto mismo es lo que
cobra mayor importancia, el orgullo se pierde por completo y no hay
espacio para deseos infantiles. Sin embargo, Barnabás, como me contó,
creía ver claramente lo grande que era el poder y el saber de esos
funcionarios tan discutibles de la oficina en que podía permanecer. Me
describió cómo dictaban, rápido, con los ojos semicerrados, y breves
ademanes; cómo despachaban, sólo con el dedo índice y sin decir una
palabra, a los quejosos sirvientes, que en esos instantes sonreían
felices mientras respiraban dificultosamente, o cómo encontraban un
pasaje importante en sus libros, llamaban la atención sobre él con una
palmada y los demás acudían presurosos, estorbándose mutuamente
debido a la estrechez del pasillo, y alargaban los cuellos para poder
verlo. Eso y otras cosas similares alimentaban la fantasía de Barnabás
acerca de esa gente y tenía la sensación de que si ellos llegaran a
fijarse en él y pudiera intercambiar con ellos algunas palabras, no como
un extraño, sino como un colega de oficina, aunque subordinado, podría
lograr algo impredecible para nuestra familia. Pero no ha llegado tan
lejos y Barnabás no se atreve a hacer algo que pudiera aproximarlo a
eso, a pesar de que sabe muy bien que pese a su juventud ha ocupado
entre nosotros, a causa de las infelices circunstancias, la posición tan
cargada de responsabilidad del cabeza de familia. Y para colmo hace
una semana llegaste tú. Lo oí mencionar a alguien en la posada de los
señores, pero no me interesé por el asunto. Había llegado un
agrimensor, ni siquiera sabía qué profesión era ésa. Pero a la noche
siguiente llegó Barnabás a casa –yo solía salir a su encuentro a una
hora determinada–, más pronto que de costumbre, miró a Amalia, que
en ese instante se encontraba en la habitación, y por eso me sacó a la
calle, allí presionó su rostro sobre mi hombro y lloró durante varios
minutos. Ha vuelto a ser el joven de antes. Le ha ocurrido algo para lo
que no está preparado. Es como si un nuevo mundo se hubiese abierto
repentinamente ante él y no pudiese soportar las inquietudes que le
produce esa novedad. Y lo único que le ha ocurrido es que ha recibido
una carta para ti, pero ciertamente se trata de la primera carta, del
primer trabajo que le han encargado.
Olga dejó de hablar. Todo se quedó en silencio, sólo se oía la
respiración fatigosa de los padres. K, como para completar el relato de
Olga, dijo sin reflexionar:
–Habéis simulado conmigo. Barnabás me trajo la carta como si fuese un
mensajero con experiencia y muy ocupado y tanto tú como Amalia, que
en esto estaba de acuerdo con vosotros, hicisteis como si el servicio de
mensajero y las cartas no fuesen sino algo secundario.
–Tienes que distinguir entre nosotros –dijo Olga–. Barnabás, gracias a
las dos cartas, se ha convertido de nuevo en un niño feliz, pese a todas
las dudas que tiene en su actividad. Esas dudas sólo las tiene para él y
para mí, frente a ti, sin embargo, busca su honor en presentarse como
un mensajero real, del modo en que, según su idea, tienen que
presentarse los mensajeros de verdad. Por eso, por ejemplo, y aunque
su esperanza de recibir un traje oficial ha aumentado, en dos horas
tuve que cambiarle tanto el pantalón como para que fuese al menos
parecido al pantalón ajustado del traje oficial y así poder darte una
buena impresión, ya que tú a este respecto eres fácil de engañar. Así es
Barnabás. Amalia, en cambio, desprecia realmente el servicio de
mensajero y ahora que Barnabás parece tener algo de éxito, como se
puede reconocer fácilmente tanto en él como en mí misma y se puede
deducir de nuestros encuentros y cuchicheos, ahora le desprecia aún
más que antes. Así pues, ella dice la verdad, no cometas nunca el error
de dudar de ello. Pero si yo, K, he menospreciado alguna vez el servicio
de mensajero, no ocurrió con la intención de engañarte, sino a causa
del miedo. Esas dos cartas que han pasado hasta ahora por las manos
de Barnabás son, desde hace tres años, el primer signo de gracia, por
muy dudoso que sea, que ha recibido nuestra familia. Este cambio, si
realmente se trata de un cambio y no de una ilusión –las ilusiones son
más frecuentes que los cambios–, está en relación con tu llegada;
nuestro destino, en cierto modo, se ha hecho dependiente de ti, quizá
esas dos cartas sean sólo el inicio y la actividad de Barnabás pueda
extenderse más allá del servicio de mensajero que te presta a ti –en
eso pondremos nuestras esperanzas tanto tiempo como podamos–,
pero por ahora todo apunta en tu dirección. Allí arriba tenemos que
contentarnos con lo que se nos da, aquí abajo, en cambio, tal vez
podamos hacer algo, esto es: asegurarnos tu favor o, al menos, evitar
tu rechazo o, lo que es más importante, protegerte hasta donde
alcancen nuestras fuerzas y nuestra experiencia para que contigo no se
pierda la conexión con el castillo, de la que tal vez podríamos vivir.
¿Cómo podemos conseguirlo de la mejor manera? Intentando que no
alimentes sospechas contra nosotros cuando nos aproximemos a ti,
pues aquí eres un extraño y por lo tanto algo sospechoso en todas
partes, algo legítimamente sospechoso. Además, a nosotros nos
desprecian y tú te ves influido por la opinión general, especialmente a
través de tu novia, ¿cómo podemos entonces acercarnos a ti sin, por
ejemplo, y aunque nosotros no tengamos esa intención, enfrentarnos a
tu novia y, por tanto, sin mortificarte? Y los mensajes que yo he leído
detalladamente antes de que tú los recibieras –Barnabás no los ha
leído, al ser mensajero no le está permitido– a primera vista no
parecían muy importantes, todo lo contrario, parecían anticuados, ellos
mismos se quitaban importancia al remitirte al alcalde. ¿Cómo tenemos
que comportarnos contigo a este respecto? Si aumentamos su
importancia, nos hacemos sospechosos de valorar en demasía algo que
es evidente carece de importancia o de ensalzarnos ante ti como los
portadores de las noticias, pero si no persiguiésemos tus objetivos,
podríamos menospreciar las noticias y engañarte contra nuestra
voluntad. Sin embargo, si no atribuimos mucho valor a las cartas,
también nos hacemos sospechosos, pues ¿por qué nos ocuparíamos
entonces de llevar esas cartas sin importancia a su destinatario? Aquí
nuestros actos rebatirían nuestras palabras, pues no sólo no te
engañaríamos a ti, al destinatario, sino también a nuestro mandante,
que, ciertamente, no nos dio las cartas para que rebajásemos su valor
ante el destinatario con nuestras explicaciones. Y encontrar el justo
medio entre las exageraciones, esto es, interpretar correctamente las
cartas, es imposible, cambian continuamente de valor; las reflexiones a
que dan pie son infinitas y el lugar donde uno se detiene viene
determinado por la casualidad, así que las opiniones resultantes
también son casuales. Y si encima a ello se añade el miedo que
tenemos por ti, todo se confunde, no puedes juzgar mis palabras con
mucha severidad. Cuando, por ejemplo, como ya ha ocurrido una vez,
viene Barnabás con la noticia de que estás insatisfecho con su servicio y
él, guiado por el susto, así como, desgraciadamente, por su sensibilidad
de mensajero, considera dimitir de su puesto, entonces estoy
dispuesta, para reparar el error, a engañar, mentir, estafar, a realizar
cualquier perversidad si puede ayudar. Pero eso lo hago, al menos así
lo creo, tanto por ti como por nosotros.
Llamaron. Olga se acercó a la puerta y la abrió. En la oscuridad se vio
un resplandor procedente de una linterna sorda. El visitante tardío
murmuró algunas preguntas y recibió algunos murmullos de respuesta,
pero no quedó satisfecho con ello y quiso entrar en la habitación. Olga
no pudo impedírselo y llamó, por lo tanto, a Amalia, de quien esperaba
que, para proteger el sueño de sus padres, haría todo lo posible para
alejar al visitante. Y, ciertamente, apareció deprisa, echó a Olga hacia
un lado, salió a la calle y cerró la puerta tras de sí. Sólo transcurrió un
instante y volvió a entrar, tan rápidamente había logrado lo que había
sido imposible para Olga.
K se enteró por Olga de que la visita le había concernido a él, había sido
un ayudante que le buscaba por encargo de Frieda. Olga había querido
protegerle del ayudante; si más tarde quería reconocer ante Frieda su
visita, podía hacer lo que quisiera, pero no podía ser descubierto por los
ayudantes; K lo aprobó. No obstante, rechazó la oferta de Olga de
quedarse a dormir allí y esperar a Barnabás; por él quizá habría
aceptado, pues ya era muy tarde y le parecía que, quisiéralo o no,
estaba unido de tal manera a esa familia que un alojamiento allí, por
otros motivos quizá desagradable, sin embargo, respecto a ese vínculo,
sería lo más natural en todo el pueblo, pero rechazó la oferta, la visita
del ayudante le había asustado, le resultaba incomprensible cómo
Frieda, que conocía su voluntad, y los ayudantes, que habían aprendido
a temerle, habían vuelto a unirse de tal manera que Frieda no dudaba
en mandarle a uno de ellos, por lo demás a uno solo, mientras el otro
se quedaba con ella. Preguntó a Olga si tenía un látigo, pero no tenía,
aunque sí una buena vara de mimbre, que K tomó; a continuación,
preguntó si había otra salida de la casa; había otra por el patio, pero
luego había que trepar por la verja del jardín del vecino y atravesar ese
jardín hasta llegar a la calle. Eso es lo que K quiso hacer. Mientras Olga
le acompañaba a través del patio hasta la verja, K intentó tranquilizarla
lo más rápidamente posible, explicándole que no se había enojado con
ella debido a sus ardides en el relato de lo acontecido, sino que lo
comprendía muy bien, le agradeció la confianza que había depositado
en él y que había demostrado con sus palabras y le encargó que
enviase a Barnabás a la escuela en cuanto llegase, aunque fuese por la
noche. Aunque los mensajes de Barnabás no constituían su única
esperanza, en ese caso su futuro se vería negro, tampoco quería
renunciar a ellos, quería atenerse a ellos y no olvidar a Olga, pues para
él Olga era aún más importante que los mensajes: su valor, su
prudencia, su astucia, su sacrificio por la familia. Si tuviese que elegir
entre ella y Amalia, no le costaría reflexionar mucho. Y le estrechó
efusivamente la mano, mientras se disponía a trepar por la verja del
jardín vecino.
Cuando se encontró en la calle vio, en la medida en que se lo permitía
la oscuridad de la noche, cómo el ayudante seguía yendo y viniendo
ante la puerta de la casa de Barnabás, a veces se detenía e intentaba
iluminar el interior a través de la ventana cubierta con una cortina. K le
llamó; sin asustarse visiblemente, dejó de espiar la casa y se dirigió
hacia donde estaba K.
¿A quién buscas? –preguntó K, y probó en su pierna la flexibilidad de la
vara de mimbre.
–A ti –dijo el ayudante mientras se aproximaba.
¿Quién eres tú? –dijo repentinamente K, pues no le parecía que fuese
el ayudante. Parecía más viejo, cansado y arrugado, aunque con un
rostro más lleno, también su paso era muy diferente al paso ágil, como
electrizado en las articulaciones de los ayudantes, era más lento,
cojeante, enfermizo.
–¿No me reconoces? –preguntó el hombre–. Soy Jeremías, tu antiguo
ayudante.
¿Sí? –dijo K, y dejó asomar de nuevo la vara, que había escondido a su
espalda–. Pero tu aspecto es muy diferente.
–Es porque estoy solo –dijo Jeremías–, cuando estoy solo, desaparece
la alegre juventud.
–¿Dónde está Artur? –preguntó K.
–¿Artur? –preguntó Jeremías–. ¿El niño mimado? Ha abandonado el
servicio. Fuiste demasiado duro con nosotros. Su alma delicada no lo ha
soportado. Ha regresado al castillo y va a poner una denuncia contra ti.
¿Y tú? –preguntó K.
–Yo he podido permanecer aquí, Artur también pone la denuncia en mi
nombre.
¿De qué os quejáis? –preguntó K.
–De que no entiendes ninguna broma –dijo Jeremías–. ¿Qué hemos
hecho? Hacer unas cuantas bromas, reírnos un poco, importunar algo a
tu novia. Todo, por lo demás, según lo que nos encargaron. Cuando
Galater nos envió a ti...
¿Galater? –preguntó K.
–Sí, Galater –dijo Jeremías–, entonces representaba a Klamm. Cuando
nos envió a ti, dijo –lo recuerdo muy bien pues a eso apelamos– que
nosotros íbamos como los ayudantes del agrimensor. Nosotros dijimos:
no entendemos nada de ese trabajo. Él respondió: eso no es lo más
importante; si es necesario, él os instruirá al respecto. Pero lo más
importante es que le entretengáis un poco. Me han informado de que
todo se lo toma muy a pecho. Acaba de llegar al pueblo y ya le parece
un gran acontecimiento, pero en realidad no significa nada. Eso es lo
que le tenéis que transmitir.
–Bien –dijo K–, ¿ha tenido razón Galater y habéis cumplido su
encargo?
–No lo sé –dijo Jeremías–, tampoco ha sido posible en un tiempo tan
breve. Sólo sé que tú has sido muy grosero y por eso nos quejamos. No
entiendo cómo tú, que no eres más que un empleado y ni siquiera un
empleado del castillo, no puedes comprender que nuestro servicio es un
trabajo duro y que es muy injusto dificultar a propósito y de forma tan
infantil la labor de los trabajadores como tú has hecho. Te recuerdo la
desconsideración con la que nos dejaste que nos congeláramos en la
verja o cómo golpeaste con el puño a Artur cuando se encontraba en el
jergón, un hombre a quien una palabra negativa le duele durante días,
o cómo me perseguiste a mí por la nieve en plena noche, por lo que
necesité una hora para recuperarme de la persecución. ¡Ya no soy
joven!
–Querido Jeremías –dijo K–, tienes razón, pero deberías exponérselo
todo a Galater. Él ha sido quien os ha enviado por propia voluntad, yo
no se lo he pedido. Y como no os había reclamado, nada me impedía
devolveros, y habría preferido hacerlo en paz y sin violencia, pero al
parecer vosotros no lo queríais de otra forma. ¿Por qué no me hablaste
con la misma sinceridad cuando nos vimos por primera vez?
–Porque estaba de servicio –dijo Jeremías–, eso es evidente.
–Y ahora ¿ya no estás de servicio? –preguntó K.
–Ya no –dijo Jeremías–, Artur ha renunciado al servicio en el castillo o
al menos ha abierto el procedimiento que nos liberará definitivamente
de ti.
–Pero ahora me buscas como si siguieras de servicio –dijo K.
–No –dijo Jeremías–, sólo te busco para tranquilizar a Frieda. Cuando
la abandonaste por la muchacha de los Barnabás, fue muy infeliz, no
tanto por la pérdida como por tu traición, por lo demás lo había visto
venir desde hacía tiempo y por eso había sufrido. Precisamente regresé
a la ventana de la escuela para comprobar si tal vez te habías vuelto
más razonable, pero ya no estabas allí, sólo estaba Frieda, que lloraba
sentada en un banco de la escuela. Entonces me acerqué a ella y
llegamos a un acuerdo. Ya he cumplido mi parte. Soy camarero en la
posada de los señores, al menos mientras en el castillo no se haya
llegado a una solución en mi asunto, y Frieda está de nuevo en la
taberna. Es mejor para Frieda. No había nada razonable en convertirse
en tu esposa. Y tú tampoco has sabido valorar el sacrificio que suponía
para ella. Ahora, sin embargo, la muy bondadosa aún tiene dudas de si
no se ha cometido una injusticia contigo, de si tu tal vez no estuviste
con la muchacha de los Barnabás. Aunque, naturalmente, no había
ninguna duda de dónde estabas, yo he venido para cerciorarme de una
vez por todas, pues, después de tanta agitación, Frieda merece dormir
con tranquilidad, yo, por lo demás, también. Así que he venido hasta
aquí y no sólo te he encontrado, sino que además he podido comprobar
que las jovenzuelas comen de tu mano; especialmente la morena, una
auténtica tigresa, está a tu favor. Bueno, cada uno según sus gustos.
En todo caso, era innecesario que tomases el rodeo por el jardín vecino,
conozco el camino.
CAPÍTULO XXI
Así que había ocurrido lo que era de prever y no se había podido
impedir. Frieda le había abandonado. No tenía por qué ser algo
definitivo, tampoco era tan malo, podía volver a conquistarla, se dejaba
influir fácilmente por extraños, ante todo por esos ayudantes que
consideraban el puesto de Frieda comparable con el suyo y, como
habían abandonado el servicio, también habían inducido a Frieda a
hacerlo, pero K sólo tenía que aparecer ante ella, recordarle todo lo que
hablaba en su favor y sería suya una vez más y llena de
arrepentimiento, sobre todo si fuese capaz de justificar la visita a las
muchachas con un éxito obtenido gracias a ellas. Sin embargo, y pese a
esas reflexiones con las que intentaba tranquilizarse respecto a Frieda,
no lograba calmarse. Hacía poco se había preciado de Frieda ante Olga
y la había llamado su único apoyo, bueno, ese apoyo no había sido de
lo más sólido, ni siquiera había sido necesario el ataque de un poderoso
para robárselo a K, bastó ese desagradable ayudante, ese trozo de
carne que a veces daba la impresión de ni siquiera estar vivo.
Jeremías ya había comenzado a alejarse, K le llamó:
–Jeremías –dijo–, quiero ser sincero contigo: respóndeme
honradamente una pregunta. Entre nosotros ya no existe una relación
entre señor y sirviente, por lo que no sólo te alegras tú, sino también
yo, así que no tenemos ninguna razón para engañarnos. Aquí, ante tus
ojos, rompo la vara que reservaba para ti, pues no he escogido el
camino del jardín por miedo, sino para sorprenderte y dejar caer la vara
más de una vez sobre tus espaldas. Bien, no me lo tomes a mal, todo
eso es historia, si no fueras un sirviente que se me ha impuesto
oficialmente, sino sólo un conocido, nos hubiésemos entendido muy
bien, aunque algunas veces tu aspecto me moleste un poco. Y ahora
podríamos recobrar el tiempo perdido.
–¿Así lo crees? –dijo el ayudante, y se frotó los cansados ojos mientras
bostezaba–. Podría explicarte todo el asunto de una forma más
detallada, pero no tengo tiempo, tengo que ir a ver a Frieda, la niña me
espera, aún no se ha puesto a trabajar, el posadero, convencido por
mis palabras –ella quería concentrarse en seguida en el trabajo,
probablemente para olvidar– le ha dado un periodo para que se
recupere y al menos ese tiempo queremos pasarlo juntos. En lo que
respecta a tu proposición, ciertamente no tengo ningún motivo para
mentirte, pero tampoco para confiarte algo. Mi caso es diferente al
tuyo. Mientras estaba en relación de servicio contigo, para mí eras,
naturalmente, una persona muy importante, no por tus atributos, sino a
causa del encargo oficial, y lo habría hecho todo por ti, lo que hubieses
querido, pero ahora me resultas indiferente. Tampoco el que rompas la
vara me afecta algo, sólo me recuerda al señor tan brutal que he tenido
y que no ha sabido ganarse mi favor.
–Hablas conmigo –dijo K– con la seguridad de que ya no vas a tener
ningún motivo para temerme. Pero en realidad no es así. Es probable
que aún no te hayas liberado por completo de mí, aquí no se resuelven
estos asuntos con tanta celeridad.
–A veces aún más rápido –objetó jeremías.
–A veces –dijo K–, nada indica que eso haya ocurrido esta vez, al
menos ni tú ni yo disponemos por ahora de una cancelación por escrito.
El procedimiento se ha puesto en marcha y yo aún no he intervenido
con mis conexiones, aunque lo haré. Si la solución fuese desfavorable
para ti, aún no habrás hecho lo suficiente para ganarte el favor de tu
señor, quizá me haya precipitado al romper la vara. Y a Frieda, es
cierto, te la has llevado para ti, de lo que puedes presumir todo lo que
quieras, pero con todo el respeto por tu persona, y aunque tú no tengas
ninguno conmigo, unas palabras mías a Frieda bastarían para destruir
las mentiras con que la has embaucado. Y sólo mentiras podrían
apartar a Frieda de mí.
–Tus amenazas no me asustan –dijo Jeremías–. Tú no quieres tenerme
como ayudante, todo lo contrario, me temes como ayudante, temes a
los ayudantes en sí mismos, sólo por miedo golpeaste al bueno de
Artur.
–Tal vez –dijo K–, ¿le ha hecho por ello menos daño? Es posible que te
muestre con más frecuencia mi miedo de esa misma manera. Ya veo
que ä ti eso de ayudar no te procura muchas alegrías, así que obligarte
a cumplir con tu deber me divertirá mucho más, prescindiendo de todo
el miedo. Y además ahora me las arreglaré para sólo tomarte a ti a mi
servicio, sin Artur, así podré prestarte más atención.
¿Acaso crees dijo jeremías– que tengo miedo de todo eso?
–Pues sí, sí lo creo –dijo K–. Un poco de miedo sí que tienes y si eres
listo, mucho miedo. ¿Por qué no te has ido ya con Frieda? Di, ¿la amas?
¿Que si la amo? Es una chica buena y lista, una antigua amante de
Klamm, así que respetable en todo caso. Y si ella me pide
continuamente que la libere de ti, ¿por qué no debería hacerle ese
favor, especialmente cuando al hacerlo no te causo ningún daño a ti,
pues te consuelas con las malditas mujeres de los Barnabás?
–Ahora veo tu miedo –dijo K–, un miedo lamentable, intentas
atraparme con tus mentiras. Frieda sólo ha pedido una cosa, que la
liberen de los perrunos y lascivos ayudantes que se han tornado
incontrolables, por desgracia no he tenido tiempo para cumplir
completamente sus deseos y ahora ya están aquí las secuelas de mi
negligencia.
–¡Señor agrimensor! ¡Señor agrimensor! –gritó alguien en la calle. Era
Barnabás. Venía jadeante, pero no olvidó inclinarse ante K.
–Lo he conseguido –dijo.
¿Qué has conseguido? –preguntó K–. ¿Has llevado mi petición a
Klamm?
–Eso no pude hacerlo –dijo Barnabás–, me he esforzado mucho, pero
fue imposible; me abrí camino, permanecí allí todo el día sin que nadie
me requiriese, tan cerca del pupitre que incluso un escribiente a quien
le quitaba la luz me empujó hacia un lado; me anuncié, lo que está
prohibido, con la mano levantada cuando Klamm miró hacia arriba, fui
el que más tiempo permaneció en la oficina, me quedé allí solo con el
sirviente cuando tuve una vez más la oportunidad de ver a Klamm, pero
no vino por mi causa, sólo quería comprobar rápidamente algo en un
libro y se fue al instante, finalmente el sirviente me expulsó, casi con la
escoba, pues aún no tenía la intención de moverme de allí. Te confieso
todo esto para que no te muestres insatisfecho de mi rendimiento.
¿De qué me sirve toda tu diligencia, Barnabás –dijo K–, si no conduce
a ningún éxito?
–Pero tuve éxito –dijo Barnabás–. Cuando salí de mi oficina –yo la
llamo mi oficina–, vi cómo venía lentamente un señor por el largo
pasillo, todo lo demás ya estaba vacío, era muy tarde, decidí esperarle,
era una buena oportunidad para permanecer allí, en realidad hubiese
preferido permanecer allí para no tener que traerte la mala noticia. Pero
mereció la pena esperar a ese señor, era Erlanger. ¿No le conoces? Es
uno de los primeros secretarios de Klamm, un hombre pequeño y débil
que cojea un poco. Me reconoció en seguida, es famoso por su memoria
y su conocimiento de la naturaleza humana, se limita a contraer las
cejas y eso le basta para reconocer a alguien, con frecuencia a
personas que ni siquiera ha visto, de las que sólo ha oído o leído, a mí,
por ejemplo, no creo que me hubiese visto nunca. Pero a pesar de que
reconoce a cualquier persona, siempre pregunta como si estuviera
inseguro. «¿No eres Barnabás?», me dijo. Y luego preguntó: «Tú
conoces al agrimensor, ¿verdad?» Y, a continuación, dijo: «Es una feliz
coincidencia. Ahora mismo me voy a la posada de los señores. El
agrimensor me tiene que visitar allí. Vivo en la habitación N.° 15. Pero
tendría que venir ahora, en seguida, allí tengo unas entrevistas y
regresaré a las cinco de la mañana. Dile que es importante que hable
con él».
De repente Jeremías salió corriendo. Barnabás, que por su agitación
apenas le había prestado atención, preguntó:
¿Qué quiere Jeremías?
–Anticiparse a mí para ver a Erlanger –dijo K, que salió corriendo
detrás de Jeremías, le alcanzó y le sostuvo por el brazo, diciendo:
¿Es el anhelo de ver a Frieda lo que ha causado esa despedida tan
repentina? Yo no lo siento menos, así que iremos al mismo paso.
Ante la oscura posada de los señores se encontraba un pequeño grupo
de hombres, dos o tres tenían linternas de mano, de tal forma que se
podían reconocer algunos rostros. K sólo encontró a un conocido, a
Gerstäcker, el cochero. Gerstäcker le saludó con la pregunta:
–¿Aún estás en el pueblo?
–Sí –dijo K–, he venido para quedarme.
–A mí me da igual –dijo Gerstäcker, tosió con fuerza y se volvió hacia
los demás.
Resultó que todos esperaban a Erlanger. Este último ya había llegado,
pero aún se entrevistaba con Momus antes de recibir a las partes. La
conversación general se centraba en que no se podía esperar en la
casa, sino fuera, de pie en la nieve. Aunque no hacía mucho frío, era
desconsiderado dejar a aquellas personas quizá durante horas ante el
edificio. Cierto, no era culpa de Erlanger, que más bien era muy
transigente, apenas sabía nada de ello y con toda seguridad se habría
enojado mucho si se lo hubiesen comunicado. Era culpa de la posadera,
que en su enfermiza aspiración por la exquisitez, no soportaba que
entrasen muchas personas al mismo tiempo en la posada de los
señores. «Ya que es inevitable y tienen que venir», solía decir,
«entonces, por amor de Dios, uno detrás de otro». Y finalmente había
logrado que las personas que primero esperaban en el recibidor, más
tarde en la escalera, luego en el pasillo y, por último, en la taberna,
fueran expulsados a la calle. Y ni siquiera eso le bastó. Le parecía
insufrible quedar «sitiada» en su propia casa, como ella se expresaba.
Le resultaba incomprensible por qué había ese trajín de personas.
«Para ensuciar la escalera», le contestó una vez un funcionario a su
pregunta, quizá enojado, pero para ella fue una respuesta muy
esclarecedora y solía citar esas palabras. Aspiraba, y en esto también
se acomodaba a los gustos de los interesados, a que se construyera un
edificio frente a la posada de los señores en el que pudieran esperar.
Pero lo que más deseaba era que las entrevistas con las partes, así
como los interrogatorios, se celebrasen fuera de la posada, pero a eso
se oponían los funcionarios y cuando los funcionarios se oponían
seriamente, la posadera no podía imponerse, por más que en las
cuestiones accesorias, y debido a su celo incansable y femenino,
ejerciese una especie de pequeña tiranía. Pero la posadera tendría que
seguir tolerando previsiblemente las entrevistas y los interrogatorios en
la posada, pues los señores del castillo, cuando estaban en el pueblo,
se negaban a abandonar la posada para asuntos oficiales. Siempre
tenían prisa, sólo estaban en el pueblo contra su voluntad, alargaban su
estancia allí sólo para lo absolutamente necesario, no tenían nada de
ganas y, por eso, no se podía exigir de ellos que, en consideración a la
paz doméstica en la posada, se trasladasen temporalmente con todos
sus escritos a cualquier otro edificio y así perder el tiempo. Los
funcionarios preferían resolver los asuntos oficiales en la taberna o en
su habitación, a ser posible durante la comida o desde la cama, antes
de dormirse o por la mañana, cuando estaban demasiado cansados
para levantarse y querían estirarse un poco en la cama. En cambio, la
cuestión de la construcción de una sala de espera en otro edificio les
parecía una solución ventajosa, aunque, ciertamente, se trataba de un
castigo considerable para la posadera –se reían un poco sobre ello–,
pues precisamente el asunto de la construcción de una sala de espera
haría necesarias numerosas entrevistas y los pasillos de la casa no
podrían quedar vacíos.
Sobre todas estas cosas se conversaba a media voz entre los que
esperaban. A K le llamó la atención que, aunque la insatisfacción era
grande, nadie reprochaba a Erlanger que convocase a los interesados
en plena noche. Preguntó al respecto y recibió la información de que
por esa medida habría que estarle más bien agradecido. A fin de
cuentas, era exclusivamente su buena voluntad y la gran estima que
tenía de su cargo lo que le impulsaba a venir al pueblo, él, si quisiera –
y tal vez correspondiese mejor a los reglamentos–, podría enviar a un
secretario subalterno y dejar que él rellenase las actas. Pero se niega la
mayoría de las veces a hacer esto, quiere verlo y oírlo todo, pero para
eso tiene que sacrificar sus noches, pues en su horario de trabajo no
hay previsto ningún tiempo para viajes al pueblo. K objetó que Klamm
venía al pueblo por el día y que incluso permanecía allí varios días,
¿acaso era Erlanger, que sólo tenía el cargo de secretario, más
indispensable arriba? Algunos rieron bondadosamente, otros callaron
confusos, estos últimos formaban la mayoría y apenas le contestaron
algo a K. Sólo uno dijo algo vacilante que, naturalmente, Klamm era
indispensable, tanto en el castillo como en el pueblo.
En ese momento se abrió la puerta de la posada y apareció Momus
entre dos sirvientes con dos lámparas.
–Los primeros a los que dará audiencia el señor secretario Erlanger –
dijo– son Gerstäcker y K. ¿Están presentes?
Ellos se anunciaron, pero antes que ellos jeremías se deslizó en el
interior con las palabras:
–Soy camarero aquí.
Y fue saludado por un Momus sonriente con una palmada en el hombro.
«Tendré que prestar más atención a Jeremías» –se dijo K, aunque era
consciente de que jeremías probablemente era menos peligroso que
Artur, quien trabajaba contra él en el castillo. Tal vez fuese más astuto
dejarse atormentar por los ayudantes que dejarlos vagar sin control
para que pudiesen intrigar libremente, para lo que, por cierto, parecían
tener un talento especial.
Cuando K pasó al lado de Momus, éste hizo como si reconociese en él
en ese momento al agrimensor.
–¡Ah, el señor agrimensor! –dijo–. El que no le gusta que le
interroguen, se apresura ahora para llegar al interrogatorio. Conmigo
hubiese sido entonces mucho más fácil, aunque, ciertamente, es difícil
escoger los interrogatorios adecuados.
Cuando K quiso detenerse para contestar a esa alusión, Momus
dijo:
–¡Vaya! ¡Vaya! Aquella vez habría necesitado sus respuestas, ahora no.
Sin embargo, K contestó, irritado por la conducta de Momus.
–Sólo pensáis en vosotros. No responderé por el mero hecho de que se
me interrogue de oficio, ni lo hice antes ni lo haré ahora.
Momus dijo:
–¿En quién tenemos que pensar entonces? ¿Quién sigue aquí? ¡Váyase!
En el pasillo le recibió un sirviente que le condujo por el camino ya
conocido por K a través del patio, luego por la puerta y el corredor bajo
y descendente. En los pisos superiores vivían al parecer sólo los
funcionarios superiores, los secretarios, en cambio, vivían en ese
corredor, también Erlanger, aunque era uno de los secretarios
superiores. El sirviente apagó su lámpara, pues allí había luz eléctrica.
Todo en el interior era pequeño pero construido con elegancia. Se había
aprovechado el poco espacio disponible. El corredor tenía la altura justa
para pasar por él sin inclinarse; en los laterales se sucedía una puerta
tras otra; las paredes no llegaban hasta el techo, eso se debía
probablemente a motivos de ventilación, pues las pequeñas
habitaciones en ese corredor profundo y propio de un sótano no tenían
ventanas. La desventaja de esas paredes incompletas era el alboroto en
el corredor y en las habitaciones. Muchas de éstas parecían ocupadas,
en la mayoría de ellas aún había personas despiertas, se oían voces,
golpes de martillo, tintineos de cristal, pero no se tenía la impresión de
que reinase una especial alegría. Las voces parecían sofocadas, apenas
se entendía aquí y allá una voz, tampoco daban la sensación de ser
conversaciones, probablemente alguien dictaba a alguien o le leía algo;
precisamente en la habitación en la que se oía el ruido de copas y
platos no se oía ninguna palabra y los martillazos recordaron a K algo
que le habían contado, que algunos funcionarios, para recuperarse de
los continuos esfuerzos intelectuales, se ocupaban a ratos con
carpintería, mecánica de precisión u otras actividades similares. El
corredor estaba vacío, sólo ante una puerta se sentaba un señor alto,
pálido y delgado con un abrigo de piel, bajo el cual se podía ver el
pijama, era probable que hubiese sentido la escasa ventilación en su
habitación, así que había salido, se había sentado y leía el periódico,
pero sin concentrarse, a veces dejaba de leer con bostezos, se inclinaba
y miraba por el corredor, tal vez esperase a alguna de las partes a la
que había citado y que se había olvidado de venir. Cuando pasaron a su
altura, el sirviente le dijo a Gerstäcker en referencia al señor sentado:
–¡El Pinzgauer!
Gerstäcker asintió.
–Hacía tiempo que no bajaba –dijo.
–Sí, hace mucho tiempo –confirmó el sirviente.
Finalmente llegaron ante una puerta que no era diferente de las demás
y detrás de la cual, como informó el sirviente, vivía Erlanger. El
sirviente se subió a los hombros de K y miró por la parte de arriba en la
habitación.
–Está en la cama –dijo el sirviente bajándose–, aunque vestido, pero
creo que dormita. A veces le asalta un enorme cansancio aquí en el
pueblo, por el cambio de la forma de vida. Tenemos que esperar.
Cuando se despierte, llamará. No obstante, ha llegado a ocurrir que se
ha quedado dormido durante toda su estancia en el pueblo y después
de despertarse se ha ido inmediatamente al castillo. A fin de cuentas se
trata de un trabajo voluntario el que aquí realiza.
–Es preferible que duerma hasta el final –dijo Gerstäcker–, pues si
después de despertarse aún le queda algo de tiempo para trabajar se
muestra muy enojado por haberse quedado dormido e intenta resolver
las cuestiones con prisa y uno no puede decirlo todo.
¿Usted viene por la concesión de los transportes para el nuevo edificio?
–preguntó el sirviente.
Gerstäcker asintió, llevó al sirviente a un lado y habló en voz baja con
él, pero el sirviente apenas le escuchó, miró sobre Gerstäcker, pues le
superaba en más de una cabeza, y se acarició lentamente y con
seriedad el pelo.
CAPÍTULO XXII
Entonces K vio, al mirara su alrededor, en la lejanía, en una de las
esquinas del corredor, a Frieda; ella hizo como si no le reconociera, se
limitaba a mirarle fijamente, en la mano llevaba una taza y varios
platos vacíos. K le dijo al sirviente, quien, sin embargo no le prestó
ninguna atención –cuanto más se hablaba con el sirviente, más ausente
se mostraba–, que volvería en seguida, y corrió hacia Frieda. Al llegar a
donde estaba la cogió por los hombros, como si recuperase su
posesión, le hizo algunas preguntas insignificantes y miró sus ojos con
actitud examinadora. Pero su aspecto tenso no cambió, intentó algo
confusa colocar algunos platos sobre una taza y dijo:
–¿Qué quieres de mí? Vete con ellas..., bueno, ya sabes cómo se
llaman, precisamente vienes de su casa, puedo verlo en tu mirada.
K cambió rápidamente de tema, la entrevista no tenía que producirse
de manera tan repentina y comenzando por lo peor, por lo más
desventajoso para él.
–Pensaba que estarías en la taberna –dijo.
Frieda le miró asombrada y pasó suavemente la mano que le quedaba
libre por su frente y su mejilla. Era como si hubiese olvidado su aspecto
y quisiese volver a tomar conciencia de él, también sus ojos tenían la
expresión velada de un recuerdo ganado con esfuerzo.
–He sido readmitida en la taberna –dijo lentamente, como si careciese
de importancia lo que pudiese decir, pero condujese a una conversación
con K y eso fuese lo más importante–. Este trabajo no es para mí, lo
puede hacer cualquiera; cualquiera que sepa poner una cara amable o
hacer la cama y que no tema las molestias causadas por los huéspedes,
sino que ella misma dé pie a ellas, puede ser una criada. Pero en la
taberna, eso es muy distinto. Acabo de ser readmitida en la taberna,
aunque la abandoné de una forma no muy honrosa; tengo que
reconocer, sin embargo, que he tenido protección. Pero el posadero
está contento de que tenga protección y así le fuese posible
readmitirme. Incluso sucedió que tuvo que animarme para que
aceptara el puesto; si piensas en los recuerdos que me trae la taberna,
lo comprenderás. Finalmente, he aceptado el puesto. Aquí sólo estoy
como ayudante, Pepi ha pedido que no la avergüencen teniendo que
abandonar en seguida la taberna; por esa razón, y porque ha trabajado
con diligencia y ha cumplido con su deber en los límites de su
capacidad, le hemos concedido un plazo de veinticuatro horas.
–Todo eso está muy bien dispuesto –dijo K–, ahora bien, tú
abandonaste una vez la taberna por mi causa, ¿y ahora que estamos a
punto de casarnos regresas a ella?
–No habrá ninguna boda –dijo Frieda.
–¿Porque te he sido infiel? –preguntó K.
Frieda asintió en silencio.
–Mira, Frieda –dijo K–, sobre esa supuesta infidelidad ya hemos
hablado con frecuencia y siempre has tenido que reconocer finalmente
que se trataba de una sospecha injusta. Desde entonces no ha cambia
do nada por mi parte, todo es tan inocente como era y como no puede
ser de otra manera. Así que algo ha tenido que cambiar de tu parte, ya
sea por insinuaciones ajenas o por otros motivos. En todo caso,
conmigo cometes una injusticia, pues, ¿qué ocurre con esas dos
muchachas? Una de ellas, la morena –me avergüenzo por tener que
defenderme, pero tú así lo quieres–, la morena no me resulta menos
desagradable que a ti, si puedo alejarme de ella, lo haré, y ella lo
facilitará, pues no se puede ser más reservada de lo que ella es.
–¡Así es! –exclamó Frieda, sus palabras parecían brotar contra su
voluntad. K se alegró de verla tan desorientada, era diferente a como
quería ser.
–Precisamente te gusta por su aspecto reservado, a la más
desvergonzada de todas la llamas reservada y tú lo crees
sinceramente; por muy inverosímil que parezca, no disimulas, ya lo sé.
La posadera de la posada del puente dice de ti: «No le puedo soportar,
pero tampoco le puedo abandonar, una no puede dominarse ante la
mirada de un niño pequeño, que aún no puede andar bien y se atreve a
alejarse, hay que intervenir».
Acepta por esta vez su consejo –dijo K sonriendo–, pero a esa
muchacha, ya sea reservada o una desvergonzada, la podemos dejar a
un lado, no quiero saber nada de ella.
–Pero, ¿por qué la llamas «reservada»? –preguntó Frieda inflexible.
K tomó ese interés por una señal favorable.
¿Acaso lo has experimentado o quieres rebajar a otras? –dijo ella.
–Ni lo uno ni lo otro –dijo K–, la llamo así por agradecimiento, porque
me facilita hacer caso omiso de ella y porque, aun cuando ella me
hablase con más frecuencia, no lograría que regresase, lo que sería una
gran pérdida para mí, pues tengo que ir a causa de nuestro futuro
común, como ya sabes. Y por esta razón también tengo que hablar con
la otra joven, a quien aprecio por su aptitud, prudencia y desinterés,
pero de quien nadie puede afirmar que sea seductora.
–Los criados son de otra opinión –dijo Frieda.
–Tanto en ese como en otros muchos aspectos –dijo K–. ¿De los
caprichos de los criados quieres deducir mi infidelidad?
Frieda se calló y toleró que K tomase la taza de su mano, la pusiera en
el suelo, la cogiese del brazo y comenzasen a caminar de un lado a otro
en el reducido espacio.
–No sabes lo que es la fidelidad –dijo ella, resistiéndose un poco a su
proximidad–, el modo en que te comportas con esas muchachas no es
lo más importante; el hecho de que vayas a la casa de esa familia, el
olor de la habitación en tu ropa ya suponen una vergüenza insoportable
para mí. Y, por añadidura, te vas de la escuela sin decirme nada, y te
quedas con ellas parte de la noche, y cuando alguien pregunta por ti,
dejas que ellas nieguen que estás allí, que lo nieguen
apasionadamente, sobre todo la reservada, que no tiene rival. Luego
sales furtivamente de la casa por un camino secreto, quizá para
proteger el honor de esas muchachas, ¡el honor de esas muchachas!
¡No, no hablemos más del asunto!
–De éste no –dijo K–, pero sí de otro muy diferente, Frieda. De éste ya
no hay nada más que decir. Tú conoces el motivo de por qué debo ir.
No me resulta fácil, pero tengo que superarlo. No deberías ponérmelo
más difícil de lo que es. Hoy había pensado ir un instante y preguntar si
Barnabás, quien tenía que haberme traído un mensaje importante
desde hacía tiempo, por fin había llegado. No había llegado aún, pero
tenía que venir muy pronto, como se me aseguró y también era creíble.
No quería que viniese a la escuela para que no te molestase con su
presencia. Pero las horas pasaron y, por desgracia, no vino. Sin
embargo, vino otro a quien odio. No tenía ganas de dejarme espiar, así
que salí por el jardín vecino, pero tampoco quería esconderme de él,
sino que salí libremente a la calle y me dirigí hacia él, con una flexible
vara de mimbre, como tengo que confesar. Eso es todo, sobre ello ya
no hay nada más que decir, pero sí sobre otra cosa muy diferente.
¿Qué ocurre con los ayudantes, cuya mención me resulta tan
repugnante como a ti la de esa familia? Compara tu relación con ellos y
mi comportamiento con esa familia. Comprendo tu aversión contra esa
familia y puedo compartirla. Sólo voy a su casa por mi asunto, a veces
casi me parece que cometo una injusticia con ellos, que los utilizo. Lo
contrario ocurre contigo y con los ayudantes. No has negado que te
persiguen y has reconocido que sientes cierta atracción por ellos. No
me enojé contigo por ese motivo, he comprendido que ahí había
fuerzas en juego que te superan, estaba feliz de que al menos te
defendieras y sólo porque te he dejado unas horas, confiando en tu
fidelidad, y también con la esperanza de que la casa estaba
irremisiblemente cerrada y los ayudantes se habían dado
definitivamente a la fuga –me temo que los sigo subestimando–, sólo
porque te dejé unas horas y ese jeremías –por cierto, un tipo
envejecido y enfermizo– ha osado asomarse a la ventana, sólo por eso
tengo que perderte, Frieda, y oír como saludo: «No habrá ninguna
boda». A mí sería a quien le correspondería hacerte reproches y, sin
embargo, no los hago, sigo sin hacerlos.
Y una vez más a K le pareció conveniente desviar un poco a Frieda del
tema y le pidió que trajera algo de comer, pues no había comido nada
desde el mediodía. Frieda, al parecer también aligerada por la petición,
asintió y se fue a buscar algo, no por el corredor donde K suponía la
cocina, sino por otro lateral, bajando dos escalones. Al poco rato
regresó con un surtido de fiambres y una botella de vino, pero eran los
restos de una comida, lo que había quedado había sido ordenado
fugazmente para que no se notara, incluso quedaban trozos de piel y la
botella no estaba llena. Pero K no dijo nada y se puso a comer con
apetito.
¿Has estado en la cocina? –preguntó.
–No, en mi habitación –dijo ella–. Aquí abajo tengo una habitación.
–Tendrías que haberme llevado contigo –dijo K–, bajaré y me sentaré
un poco para comer.
–Te traeré una silla –dijo Frieda, y ya se había puesto en camino.
–Gracias –dijo K impidiendo que se fuese–. Ni voy a bajar ni necesito
una silla.
Frieda soportó la situación con insolencia, inclinó la cabeza y se mordió
los labios.
–Pues sí, está abajo –dijo–. ¿Esperabas otra cosa? Está en mi cama, se
ha constipado, tiembla de frío y apenas ha comido. En el fondo todo es
culpa tuya, si no hubieses espantado a los ayudantes y no hubieras ido
detrás de esa gente, ahora mismo podríamos estar sentados
pacíficamente en la escuela. Pero has destrozado nuestra felicidad.
¿Acaso crees que Jeremías, mientras estaba de servicio, se habría
atrevido a secuestrarme? En ese caso desconoces el orden que rige
aquí. Quería venir conmigo, se ha atormentado, me ha espiado, pero
sólo era un juego, del mismo modo en que juega un perro hambriento y
no se atreve a saltar a la mesa. A mí me ocurrió lo mismo. Me sentí
atraída por él, es mi camarada de juegos de la infancia –jugábamos
juntos en la ladera de la montaña del castillo, fueron tiempos felices, tú
nunca me has preguntado por mi pasado–, pero nada era importante
mientras jeremías estuviese impedido por el servicio, pues él conocía
mi deber como tu futura esposa. Pero entonces expulsaste a los
ayudantes y, por añadidura, te precias de ello, como si hubieses hecho
algo por mí, sólo en cierto sentido es verdad. En el caso de Artur tuviste
éxito, aunque sólo provisionalmente, él es delicado, no tiene la pasión
de Jeremías, que no teme ninguna dificultad, también es verdad que
casi le has destrozado con tu puñetazo nocturno, aquel puñetazo que
también diste contra nuestra felicidad; ha huido al castillo para
quejarse y aunque regresará pronto, ahora ya no está aquí. Jeremías,
sin embargo, se quedó. Cuando está de servicio teme hasta un guiño
del señor, pero cuando no lo está, no teme a nada ni a nadie. Vino y
me tomó; abandonada por ti y dominada por mi viejo amigo, no pude
ofrecer resistencia. No había cerrado la puerta de la escuela, aun así
rompió el cristal de la ventana y me sacó. Huimos hasta aquí, el
posadero le respeta; además, nada le puede resultar más agradable a
los huéspedes que tener semejante camarero, así que fuimos
aceptados, él no vive en mi habitación, sino que tenemos una
habitación común.
–A pesar de todo eso que me cuentas –dijo K– no lamento haber
expulsado a los ayudantes de su trabajo. Si la relación era como tú la
describes, esto es, tu fidelidad sólo se hallaba condicionada por el
vínculo laboral de los ayudantes, entonces está bien que todo haya
finalizado. La felicidad del matrimonio en medio de dos depredadores
que sólo se humillan bajo el látigo no hubiese sido mucha. Entonces le
quedo agradecido a esa familia que ha contribuido su parte en
separarnos.
Se callaron y comenzaron a caminar otra vez uno al lado del otro sin
que fuese posible distinguir quién había dado el primer paso. Frieda,
cercana a K, parecía enojada porque él no la volvió a tomar del brazo.
–Y así todo estaría arreglado –continuó K–, y podríamos despedirnos, tú
podrías irte con tu señor Jeremías, que probablemente aún siente el frío
del jardín de la escuela y a quien tú, en consideración a ello, ya le has
abandonado demasiado tiempo, y yo podré regresar a la escuela o,
como allí sin ti no tengo nada que hacer, a cualquier otro sitio donde
me acojan. Si, no obstante, aún vacilo, es por un buen motivo: aún
dudo un poco de lo que me has contado. De Jeremías tengo la
impresión contraria. Mientras estaba de servicio, estaba detrás de ti y
no creo que el servicio le hubiese impedido por mucho tiempo asaltarte.
Ahora, en cambio, desde que considera que ha sido liberado del
servicio, es diferente. Disculpa si me lo aclaro de esta manera: desde
que tú has dejado de ser la novia de su señor, ya no eres para él tan
seductora como antes. Puedes ser su amiga de los años de infancia,
pero él –realmente sólo le conozco por una conversación que he
mantenido con él esta noche– no creo que dé mucha importancia a esos
sentimientos. No sé por qué te parece un carácter apasionado. Su
forma de pensar me parece más bien fría. Ha recibido, en relación
conmigo, un encargo de Galater, que tal vez no me sea favorable; él se
esfuerza en ejecutarlo, con cierta pasión servicial, como debo reconocer
–aquí no es demasiado rara–, y en su misión queda incluida la ruptura
de nuestra relación; él quizá lo ha intentado de formas diferentes, una
de ellas fue que intentó atraerte con sus lascivas ignominias, otra, y
aquí le ha ayudado la posadera, al fabular acerca de mi infidelidad; su
ataque ha tenido éxito, cualquier recuerdo de Klamm puede haber
ayudado, pero ha perdido el puesto, aunque quizá precisamente en el
momento en que ya no lo necesitaba, ahora recolecta los frutos de su
trabajo y te saca por la ventana de la escuela, con eso su trabajo ha
terminado y, abandonado por el celo servicial, aparece cansado,
hubiese preferido estar en el lugar de Artur, que desde luego no se
queja, sino que se dedica a alabarse y a conseguir nuevos encargos,
pero alguien tiene que quedarse atrás para observar el desarrollo de los
acontecimientos. Para él sustentarte es un deber desagradable y
pesado. En él no hay ni una huella de amor hacia ti, me lo ha confesado
con toda sinceridad, como amante de Klamm, naturalmente, le resultas
respetable e instalarse en tu habitación y sentirse como un pequeño
Klamm, le viene de perlas, pero eso es todo, tú, ahora, no significas
nada para él, haberte conseguido aquí un alojamiento no es más que
una medida complementaria de su encargo principal; él también ha
permanecido para que no te inquietes, pero sólo provisionalmente,
mientras no reciba nuevas del castillo y su constipado no se haya
curado del todo.
–¡Cómo le calumnias! –dijo Frieda golpeando sus pequeños puños uno
contra el otro.
¿Calumniar? –dijo K–. No, no le quiero calumniar. Tal vez cometa con
él una injusticia, eso es posible. Lo que he dicho de él no se basa en
rasgos superficiales, se puede interpretar de otra manera. Pero
¿calumniar? Calumniar sólo podría tener un objetivo: luchar contra el
amor que sientes por él. Si fuese necesario y la calumnia fuese un
medio adecuado, no dudaría en calumniarle. Nadie podría condenarme
por eso, está en tal ventaja respecto a mí por su mandante, que yo,
dependiendo sólo de mí, podría calumniar un poco. Sería un medio de
defensa proporcionalmente inocente y, al fin y al cabo, impotente. Así
que deja tranquilos los puños.
Y K tomó la mano de Frieda en la suya; ella quiso impedirlo, pero
sonriendo y sin aplicar mucha fuerza.
–Pero no tengo que calumniar –dijo K–, pues tú no le amas, sólo le
crees y me quedarás agradecida si te libero de esa ilusión. Si alguien
quisiera apartarte de mí, sin violencia, pero con una cuidadosa
estrategia, entonces lo tendría que hacer por mediación de los dos
ayudantes. Jóvenes aparentemente buenos, cándidos, alegres,
irresponsables, procedentes del castillo, a lo que se añade un poco de
recuerdos infantiles, todo eso es muy agradable, sobre todo porque yo
soy todo lo contrario, siempre detrás de asuntos que no te resultan del
todo comprensibles, que te son enojosos, que me llevan a frecuentar
gente que te parece odiosa y algo de eso lo proyectas en mi persona, a
pesar de mi inocencia. Todo esto no es más que la explotación perversa
y, sin embargo, muy astuta de los defectos en nuestra relación. Toda
relación tiene defectos, incluso la nuestra. A fin de cuentas, los dos
procedemos de mundos distintos y, desde que nos conocemos, la vida
de cada uno de nosotros ha tomado un camino completamente insólito,
aún nos sentimos inseguros, todo es demasiado nuevo. No hablo de mí,
eso no es tan importante, en el fondo yo me he considerado agasajado
desde el principio, desde la primera vez que pusiste tus ojos en mí:
acostumbrarse a ser agasajado no es difícil. Tú, sin embargo, sin
considerar lo restante, fuiste arrancada de las manos de Klamm, no
puedo valorar lo que eso significa, pero paulatinamente me he ido
haciendo una idea, uno vacila, no puede orientarse, y aunque hubiese
estado dispuesto a acogerte otra vez, no me hallaba presente y cuando
lo estaba te retenían tus ensueños o algo más vivo, como la posadera,
en suma, hubo momentos en que, pobre niña, apartaste la mirada de
mí, en que la dirigiste hacia algo indefinido y en esos periodos
intermedios se te tenían que presentar en la misma dirección de tu
mirada las personas adecuadas y ellas te perdieron, sucumbiste a la
ilusión de que, lo que eran instantes, fantasmas, viejos recuerdos, en el
fondo vida pasada y ya transcurrida, eso creíste que aún era tu vida
real del presente. Un error, Frieda, nada más que la última dificultad y,
bien visto, la más despreciable, que impide nuestra unión final. Vuelve
en ti, serénate; si también pensaste que los ayudantes habían sido
enviados por Klamm –no es cierto, vienen de Galater– y si también
pudieron hechizarte con ayuda de ese truco hasta tal punto que creíste
encontrar en su suciedad y lascivia huellas de Klamm, como alguien
cree ver una piedra preciosa perdida hace tiempo en un montón de
estiércol, mientras que en realidad no podría encontrarla aun si
estuviera allí, en realidad no se trata más que de jóvenes del tipo de los
sirvientes del establo, sólo que no tienen su salud, les pone enfermos
un poco de aire fresco y acaban en la cama, la cual, si bien es cierto,
saben buscar con sagacidad servil.
Frieda había apoyado su cabeza en el hombro de K, con los brazos
entrelazados siguieron caminando en silencio de un lado a otro.
–Si hubiéramos emigrado en seguida –dijo Frieda lentamente,
calmada, casi sintiéndose cómoda, como si supiera que sólo le estaba
permitido un corto plazo de tranquilidad en el hombro de K y quisiese
disfrutarlo hasta el último instante–, si hubiéramos emigrado aquella
misma noche, ahora podríamos estar seguros en cualquier lado,
siempre juntos, con tu mano siempre lo suficientemente cerca para
tocarla; cómo necesito tu proximidad, cómo me siento abandonada sin
tu presencia desde que te conozco; tu presencia, créeme, es el único
objeto de mis sueños, ningún otro.
Alguien gritó en el corredor lateral: era jeremías, estaba fuera, en el
escalón inferior, vestido sólo con una camisa, pero se había envuelto
con un chal de Frieda. Como allí estaba, con el pelo desgreñado, la
barba rala, deslucida, los ojos cansados, suplicantes y expresando
reproche, con las mejillas coloradas pero caídas, con las piernas
desnudas temblando de frío, de tal forma que los largos flecos del chal
temblaban con ellas, parecía un enfermo escapado del hospital, frente a
quien no se podía pensar en otra cosa que en llevarlo de nuevo a la
cama. Así lo entendió también Frieda, se soltó de K y en un instante ya
estuvo abajo con él. Su cercanía, el modo cuidadoso con que le
envolvió mejor en el chal, la prisa con que quería llevarle a la
habitación, pareció fortalecerle algo, era como si en ese momento
reconociese a K.
–¡Ah, el agrimensor! –dijo él, acariciando la mejilla de Frieda para
pagarle su atención, pero ella no quería permitir ninguna conversación–
. Perdone la molestia. No me siento bien, eso disculpa. Creo que tengo
fiebre, tengo que tomar té y sudar. La condenada verja del jardín, de
eso me tendré que arrepentir, y luego vagando de noche. Uno sacrifica
su salud, sin notarlo, por cosas que no merecen la pena. Pero usted,
señor agrimensor, no se deje estorbar por mí, venga con nosotros a
nuestra habitación, haga una visita de enfermo y dígale a Frieda lo que
le falte por decir. Cuando dos que están acostumbrados a estar juntos
se separan, tienen, naturalmente, tanto que contarse en el último
momento que un tercero es imposible que pueda comprenderlo, incluso
cuando yace en la cama y espera el té que le han prometido. Pero
entre, yo me mantendré en silencio.
–Basta, basta –dijo Frieda, y tiró violentamente de su brazo–. Tiene
fiebre y no sabe lo que dice. K, no vengas, te lo pido. Es nuestra
habitación, de jeremías y mía, te prohíbo que entres. Me persigues, ay,
K, ¿por qué me persigues? Jamás, jamás regresaré contigo, me dan
escalofríos cuando pienso en esa posibilidad. Ve con tus mujercitas, se
sientan junto a la calefacción con sólo la camisa, a tu lado, como me
han contado, y cuando alguien viene a buscarte, le echan de allí. Allí
estarás como en casa, si tanto te atrae. Siempre he intentado apartarte
de allí, con poco éxito, pero al menos lo he intentado, pero ya es
demasiado tarde, eres libre, ante ti se abre una vida feliz, a causa de la
primera quizá tengas que luchar un poco con los sirvientes, pero en lo
que respecta a la segunda, no hay nadie en el cielo ni en la tierra que
pueda disputártela. La unión ha sido bendecida de antemano. No digas
nada en contra, lo puedes refutar todo, pero al final no has refutado
nada. Date cuenta, Jeremías, ¡lo ha refutado todo!
Se entendieron con gestos de la cabeza y sonrisas.
–Pero –continuó Frieda–, aceptando que lo hubieses refutado todo,
¿qué habrías logrado que me importase a mí? Lo que allí suceda es
asunto vuestro, tuyo y de ellas, no mío. Lo mío es cuidar de jeremías
hasta que vuelva a estar sano como estaba antes, antes de que K le
atormentase por mi culpa.
–Entonces ¿no quiere venir, señor agrimensor? –preguntó Jeremías,
pero fue apartado finalmente por Frieda, quien ni siquiera se volvió más
hacia K. Abajo se veía una puerta pequeña, aún más pequeña que la
del corredor: no sólo Jeremías, también Frieda tenía que inclinarse para
entrar, en el interior parecía haber claridad y una temperatura
agradable, aún se escucharon algunos susurros, probablemente
palabras cariñosas para que Jeremías se acostara, luego cerraron la
puerta.
CAPÍTULO XXIII
K se dio cuenta entonces del silencio que reinaba en el corredor, y no
sólo en la parte en que había estado con Frieda y que parecía
pertenecer a los espacios adyacentes a la taberna,–sino también en el
corredor largo con las habitaciones en las que antes había existido
tanta agitación. Así que los señores se habían quedado finalmente
dormidos. También K estaba muy cansado, tal vez a causa del
cansancio no se había defendido contra jeremías como tendría que
haberlo hecho. Probablemente hubiese sido más astuto cambiar de
estrategia y haberse puesto en el mismo plano que jeremías, quien
exageraba visiblemente su resfriado –su estado deplorable no se debía
al resfriado, sino que era innato y no se dejaba curar por ningún té
medicinal–, haberse puesto en su mismo plano, mostrando su gran
cansancio real, agachándose allí mismo, en el corredor, lo que le
tendría que haber sentado muy bien, dormir un poco y quizá haberse
dejado cuidar. Pero no le habría ido tan bien como a Jeremías, quien
con toda seguridad habría ganado en esa competición por la compasión
ajena y, además, con razón, así como en cualquier otro tipo de lucha. K
estaba tan cansado que pensó si no debería intentar entrar en una de
esas habitaciones, de las que alguna podría estar vacía, y dormir
profundamente sobre una buena cama. Eso habría sido, según su
opinión, una buena indemnización por mucho de lo acaecido. También
tenía consigo una bebida que le facilitaría el sueño. En la bandeja que
Frieda había dejado en el suelo había una pequeña garrafa que contenía
algo de ron. K acometió el esfuerzo de regresar y la vació.
Ahora se sentía al menos lo suficientemente fuerte para ver a Erlanger.
Buscó la puerta de Erlanger, pero como ya no veía al criado ni a
Gerstäcker y todas las puertas eran iguales, no la pudo encontrar. No
obstante, creyó recordar en qué lugar del corredor había estado la
puerta y decidió abrir una puerta que, según su opinión, era la buscada.
El intento no podía ser muy peligroso; si era la habitación de Erlanger,
éste le recibiría, si era la habitación de algún otro, sería posible
disculparse e irse, y si el huésped dormía, lo que era más probable, no
notaría la visita de K, sólo podía empeorar la situación si la habitación
estaba vacía, pues en ese caso no podría resistir la tentación y se
echaría en la cama, durmiendo hasta no se sabe cuándo. Miró una vez
a derecha e izquierda del corredor por si venía alguien que le pudiese
informar e hiciese inútil el riesgo, pero todo el corredor se encontraba
vacío y en silencio. A continuación, K escuchó en la puerta y tampoco
oyó nada. Llamó tan bajo que alguien durmiendo no se habría
despertado y como entonces tampoco sucedió nada, abrió la puerta con
extremada precaución. Pero le recibió un ligero grito. Era una
habitación pequeña, una amplia cama ocupaba casi la mitad de ella, en
la mesita de noche brillaba una lámpara, a su lado había un maletín. En
la cama, aunque oculto por una manta, alguien se movió con
nerviosismo y susurró a través de un resquicio entre la manta y la
almohada:
¿Quién es?
Ahora K no podía marcharse sin más; insatisfecho observó la opulenta
cama, aunque, desgraciadamente, ocupada, entonces se acordó de la
pregunta y dijo su nombre. Eso pareció tener un buen efecto, el
hombre en la cama retiró un poco la manta del rostro, pero con miedo,
dispuesto a volverse a cubrir por completo cuando algo en el exterior le
resultase sospechoso. Pero al instante se quitó toda la manta y se
incorporó. Desde luego no se trataba de Erlanger. Era un hombre
pequeño y bien parecido, cuyo rostro incluía una cierta contradicción:
que las mejillas poseían una redondez infantil, los ojos reflejaban una
alegría también infantil, pero la elevada frente, la nariz puntiaguda, la
boca delgada, cuyos labios no llegaban a cerrarse, y el mentón retraído
no eran en ningún modo infantiles, sino que traicionaban un
pensamiento superior. Era la satisfacción, la satisfacción consigo mismo
la que había mantenido en su rostro un fuerte resto de sana
infantilidad.
–¿Conoce a Friedrich? –preguntó.
Kafka respondió negativamente.
–Pero él le conoce a usted –dijo el señor sonriendo.
K asintió, no le faltaba gente que le conociera, ése era incluso uno de
los impedimentos principales en su camino.
–Soy su secretario –dijo el señor–, me llamo Bürgel".
–disculpe –dijo K, y puso la mano en el picaporte–, me he equivocado
de puerta, en realidad estoy citado en la habitación del secretario
Erlanger.
–¡Qué lástima! –dijo Bürgel–. No que haya sido citado en otra parte,
sino que se haya equivocado de puerta. Una vez despertado, ya no
puedo dormirme. Bueno, eso no tiene por qué preocuparle, es mi
desgracia personal. ¿Por qué no se podrán cerrar aquí las puertas con
llave? Cierto, tiene su motivo: porque, según el dicho, las puertas de
los secretarios siempre deben estar abiertas. Pero tampoco se debería
tomar tan a la letra.
Bürgel miró a K con alegría y un gesto interrogativo; al contrario de lo
que expresaban sus quejas, parecía muy descansado, desde luego no
estaba tan cansado como K en ese momento.
–Son las cuatro, tendrá que despertar a la persona con quien quiere
hablar, no todos están acostumbrados como yo a que perturben su
sueño, no todos lo aceptarán con tanta paciencia, los secretarios
forman un cuerpo muy nervioso. Quédese, por tanto, un rato. A las
cinco comienzan aquí a levantarse, entonces podrá cumplir de la mejor
manera con su citación. Deje entonces de una vez el picaporte y
siéntese donde pueda, el espacio aquí es estrecho, lo mejor será que se
siente aquí, en el borde de la cama. ¿Se asombra de que no tenga ni
mesa ni sillas? Bueno, tuve la elección, o una habitación
completamente amueblada con una estrecha cama de hotel o esta gran
cama con sólo el lavabo. Elegí la cama grande: en un dormitorio la
cama es lo principal. ¡Ay!, para quien pueda estirarse bien y sea un
buen dormilón, esta cama tiene que ser espléndida. Pero también a mí,
que siempre estoy cansado y sin poder dormir, me hace bien, en ella
paso la mayor parte del día, aquí despacho la correspondencia y tomo
declaración a las partes. Me va bien. Aunque las partes no tienen sitio
para sentarse, lo soportan, para ellos resulta más agradable si
permanecen de pie y el secretario se siente a gusto, que permanecer
cómodamente sentados y que les miren con mala cara. Así que sólo
puedo ofrecer este sitio en el borde de la cama; no obstante, éste no es
un sitio oficial y sólo está reservado para las conversaciones nocturnas.
Pero usted está demasiado callado, señor agrimensor.
–Estoy muy cansado –dijo K, quien, después de la invitación, se había
sentado inmediatamente, con grosería y sin respeto alguno, en la cama
y se había apoyado en un poste.
–Naturalmente –dijo Bürgel sonriendo–, todos aquí están cansados. No
ha sido ninguna pequeñez lo que he rendido entre ayer y hoy. Es
prácticamente imposible que me vuelva a dormir ahora, pero si
ocurriera esa extremada improbabilidad y me durmiera mientras usted
está aquí, le ruego que permanezca en silencio y no abra la puerta.
Pero no tema, no me voy a dormir y, en el mejor de los casos, sólo
unos minutos. Ocurre conmigo que, quizá debido a que estoy
acostumbrado al trato con las partes, me duermo más fácilmente
cuando tengo compañía.
–Le ruego que se duerma, señor secretario –dijo K, contento por ese
anuncio–, yo también dormiré un poco, si me lo permite.
–No, no –volvió a reír Bürgel–, no puedo dormirme simplemente porque
me inviten a ello, sólo en el curso de la conversación se puede dar la
ocasión, lo que mejor me duerme es una conversación. Sí, los nervios
padecen con nuestro trabajo. Yo, por ejemplo, soy secretario de enlace
¿No sabe lo que es? Bueno, yo represento el enlace más fuerte –aquí se
frotó las manos con alegría espontánea– entre Friedrich y el pueblo,
formo el enlace entre sus secretarios del castillo y los del pueblo, la
mayor parte del tiempo la paso en el pueblo, pero no siempre, en
cualquier momento tengo que estar preparado para subir al castillo, ahí
ve mi maletín, una vida agitada, no todos están hechos para ella. Por
otra parte, es cierto que ya no puedo prescindir de este tipo de trabajo,
cualquier otro trabajo me parece insípido. ¿Ocurre lo mismo con su
trabajo de agrimensor?
–Ahora mismo no realizo ese trabajo, no me ocupo en labores de
agrimensor –dijo K; no prestaba mucha atención a lo que se estaba
diciendo, en realidad ardía en deseos de que Bürgel se durmiera, pero
también eso lo hacía por un cierto sentido del deber, en el fondo creía
saber que aún transcurriría tiempo antes de quedarse dormido.
–Eso es asombroso –dijo Bürgel con un vivo gesto de la cabeza y sacó
un cuaderno de debajo de la manta para anotar algo–. Usted es
agrimensor y no realiza ningún trabajo de agrimensura.
K asintió mecánicamente, había extendido su brazo izquierdo hacia
arriba en el poste de la cama y descansaba su cabeza en él; ya había
intentado ponerse cómodo de múltiples maneras, pero esa posición era
la más cómoda de todas, ahora podía prestar algo más de atención a lo
que Bürgel decía.
–Estoy dispuesto –continuó Bürgel– a seguir este asunto. Aquí en el
pueblo no estamos en la situación de poder desaprovechar fuerzas
laborales especializadas. Y también para usted tiene que ser
desagradable, ¿no padece por ello?
–Sí que padezco –dijo lentamente K, y sonrió para sí, pues
precisamente en ese momento no padecía lo más mínimo por esa
circunstancia. Tampoco le hizo una gran impresión el ofrecimiento de
Bürgel. Era por completo diletante. Sin saber algo de la situación que
había propiciado el llamamiento de K, de las dificultades que habían
surgido en la comunidad y en el castillo, de las complicaciones que se
habían producido durante la residencia de K en el pueblo, sin saber
nada de eso, sí, incluso sin mostrar, como sería de esperar sin más en
un secretario, que ni siquiera tenía una idea del tema, se ofrecía de
repente a arreglar todo el asunto con ayuda de su pequeño cuaderno de
notas.
–Parece haber sufrido ya algunas decepciones –dijo Bürgel, y demostró
tener una cierta experiencia del mundo, lo que impulsó a K, desde que
había entrado en la habitación, a no subestimar a Bürgel, pero en su
estado era difícil juzgar correctamente algo que no fuese su propio
cansancio.
–No –dijo Bürgel, como si respondiera a un pensamiento de K y le
quisiera privar de forma considerada del esfuerzo de responder–. No
debe dejarse desanimar por las decepciones. Aquí hay algo que
especialmente parece dispuesto para desanimar, y cuando se llega a
este lugar por primera vez, los impedimentos parecen insalvables. No
quiero investigar el fondo del asunto, tal vez la apariencia se
corresponda con la realidad, en mi posición me falta la distancia
necesaria para comprobarlo, pero adviértalo, a veces pueden surgir
nuevas ocasiones que no llegan a coincidir del todo con la situación
general, ocasiones mediante las cuales, a través de una palabra, de una
mirada, de una señal de confianza, se puede conseguir más que con
esfuerzos extenuantes que duran toda la vida. Sí, así es. Ciertamente,
esas ocasiones coinciden de nuevo con la situación general en la
medida en que nunca se aprovechan del todo. Pero, ¿por qué no se
llegan a aprovechar del todo?, me pregunto una y otra vez.
K no lo sabía, sin embargo notaba que el tema de conversación de
Bürgel con toda probabilidad le afectaba a él personalmente, pero tenía
una gran aversión hacia todo aquello que le afectaba de algún modo:
echó la cabeza un poco hacia un lado, como si quisiese dejar vía libre a
las preguntas de Bürgel y no le concerniera ninguna de ellas.
–Los secretarios siempre se han quejado –continuó Bürgel, estirando
los brazos y bostezando, lo que contradecía confusamente la seriedad
de sus palabras– de verse obligados a realizar por la noche la mayoría
de los interrogatorios en el pueblo. Pero ¿por qué se quejan? ¿Porque
les fatiga mucho? ¿Porque preferirían mejor emplear la noche en
dormir? No, de eso no se quejan. Entre los secretarios los hay,
naturalmente, diligentes y menos diligentes, como en todas partes,
pero ninguno de ellos se queja por realizar esfuerzos desmedidos, sobre
todo en público. No es nuestra manera de ser. A este respecto no
conocemos ninguna diferencia entre tiempo de ocio y tiempo laboral.
Esas diferenciaciones nos resultan ajenas. Pero, entonces ¿qué tienen
los secretarios contra los interrogatorios nocturnos? ¿Se trata acaso de
consideración hacia las partes? No, no, tampoco es eso. Frente a las
partes los secretarios son desconsiderados, aunque no lo son menos
que frente a ellos mismos, sino exactamente igual. En realidad, esa
desconsideración, es decir, su férrea prestación y ejecución de su
servicio, representa la mayor consideración que las partes podrían
desearse. En el fondo, esta circunstancia se acepta por todos –un
observador superficial, sin embargo, no lo nota–, aunque, por ejemplo,
en este caso, son precisamente los interrogatorios nocturnos los más
apreciados por las partes, nunca se presentan quejas importantes
contra los interrogatorios nocturnos. ¿Por qué, entonces, esa aversión
de los secretarios?
K tampoco lo sabía, sabía tan poco, ni siquiera distinguía si Bürgel
reclamaba seriamente la respuesta o sólo en apariencia. «Si me dejas
echarme en tu cama –pensó–, te responderé a todas las preguntas
mañana al mediodía o, mejor, por la tarde».
Pero Bürgel no parecía prestarle atención, tanto le ocupaba la pregunta
que él se había formulado a sí mismo.
–Por lo que puedo reconocer y según mi experiencia, los secretarios
tienen, respecto a los interrogatorios nocturnos, las siguientes
dificultades: la noche es poco adecuada para las sesiones con las partes
porque por la noche es difícil o casi imposible mantener el carácter
oficial de las sesiones. Esto no se debe a las formalidades, las formas se
pueden observar, naturalmente, con la misma severidad que durante el
día. Así que eso no es; sin embargo, la apreciación oficial padece por la
noche. Uno tiende involuntariamente a enjuiciar las cosas bajo una
perspectiva más personal, las alegaciones de las partes cobran más
peso de lo que les corresponde, en la apreciación se mezclan
consideraciones ajenas que pertenecen a la situación privada de las
partes, al margen del asunto, así como sus padecimientos y
preocupaciones; la barrera necesaria entre las partes y el funcionario,
por más que exista sin máculas, se disloca, y donde, como debería ser,
sólo se intercambian preguntas y respuestas, parece producirse un
extraño e inadecuado trueque de personas. Al menos eso es lo que
cuentan los secretarios, esto es, gente que, a causa de su profesión,
está dotada de un extraordinario tacto para esas cosas. Pero incluso
ellos –sobre esto ya se ha discutido con frecuencia en nuestro círculo–
notan poco de esos efectos desfavorables durante los interrogatorios
nocturnos, todo lo contrario, se esfuerzan de antemano por oponerse a
ellos y finalmente creen haber alcanzado buenos rendimientos. Pero si
después se leen los expedientes, uno se sorprende por sus ostensibles
debilidades. Y son estos errores, una y otra vez victorias casi
injustificadas de las partes, los que, al menos según nuestros
reglamentos, ya no se pueden arreglar en la acostumbrada vía breve.
Cierto, más tarde serán mejorados por la oficina de control, pero eso
sólo servirá al derecho, pero ya no podrá dañar a la parte beneficiada.
¿No están muy justificadas, bajo esas circunstancias, las quejas de los
secretarios?
K ya se había quedado un rato adormecido, ahora volvía a ser
molestado. ¿A qué venía todo eso? ¿A qué?, se preguntó, y con los
párpados caídos contempló a Bürgel no como a un funcionario, sino
como a algo que le impedía dormir y cuyo sentido no podía averiguar.
Bürgel, sin embargo, sumido en su argumentación, sonreía como si
hubiese conseguido desorientar un poco a K, pero estaba dispuesto a
conducirlo de nuevo al camino correcto.
–Bueno –dijo–, tampoco se puede decir, así, sin más, que esas quejas
sean del todo justificadas. Los interrogatorios nocturnos no han sido
prescritos en ningún sitio, no se incumple ningún reglamento si los
funcionarios intentan evitarlos, pero las circunstancias, el estar
sobrecargados de trabajo, las formas de desempeñar su empleo en el
castillo, su difícil disponibilidad, el reglamento que establece que se
debe interrogar a las partes inmediatamente después de la finalización
de la investigación, todo eso y mucho más ha contribuido a que los
interrogatorios nocturnos se hayan convertido en una necesidad
inevitable. Pero si se han convertido en una necesidad –digo yo–,
también es, al menos indirectamente, un resultado de los reglamentos,
y censurar la esencia de los interrogatorios nocturnos –aquí,
naturalmente, exagero un poco, y precisamente como exageración
puedo decirlo– supone entonces censurar al mismo tiempo los
reglamentos. Por el contrario, los secretarios mantienen la competencia
de asegurarse tan bien como pueden contra los interrogatorios y contra
sus tal vez aparentes desventajas en el marco establecido por los
reglamentos. Y eso es lo que hacen y, además, en gran medida, sólo
permiten causas en las que haya poco que temer en todos los sentidos:
las examinan cuidadosamente antes de las sesiones y, cuando el
resultado del examen así lo requiere, y aunque sea en el último
momento, suspenden todas las declaraciones, se fortalecen al citar a
una de las partes hasta diez veces antes de interrogarla realmente,
prefieren dejarse representar por algún colega que no es competente
en el caso correspondiente (tratándole así con más ligereza) o sitúan
las sesiones al principio o al final de la noche y evitan las horas
intermedias, y éstas no son todas las medidas; los secretarios no se
dejan abordar fácilmente, son casi tan resistentes como vulnerables.
K dormía, en realidad no era un sueño en el sentido propio del término,
oía las palabras de Bürgel quizá mejor que cuando estaba despierto y
muerto de cansancio, cada una de las palabras repercutía en su oído,
pero la molesta conciencia había desaparecido, se sentía libre, ya no
era Bürgel quien le retenía, sino que era él quien tanteaba en el camino
hacia Bürgel; aún no se había quedado profundamente dormido, pero
se había sumido en el sueño, nadie se lo podría ya robar. Y le pareció
como si hubiese logrado una gran victoria y de pronto hubiese alguien
allí para celebrarlo y como si él u otra persona elevase una copa de
champán en honor del vencedor. Y para que todos supieran de qué se
trataba, la lucha y la victoria se repitieron, o quizá no, más bien se
produjeron en ese momento y, en realidad, la victoria se había
celebrado con anticipación, así que tampoco se dejó de celebrar, pues
el éxito, afortunadamente, era seguro. K acosó en la lucha a un
funcionario desnudo, muy parecido a la estatua de un dios griego. Era
muy gracioso y K se rió en sueños de cómo el secretario perdía su
actitud orgullosa ante cada ataque de K y tenía que emplear el brazo
extendido y el puño cerrado para cubrir sus vergüenzas, siendo siempre
demasiado lento. La lucha no duró mucho, K avanzó paso a paso y los
pasos eran muy grandes. ¿Se trataba, en realidad, de una lucha? No
había ninguna resistencia seria, sólo aquí y allá se oía algo parecido al
piar del secretario. Ese dios griego piaba como una jovencita a la que
se le hacen cosquillas. Y, finalmente, desapareció; se quedó solo en una
gran estancia: dispuesto a la lucha giró sobre sí mismo y buscó al
contrario, pero no había nadie, también la compañía había
desaparecido, sólo quedaba la copa de champán rota en el suelo. K la
trituró con el pie. Sin embargo, los trozos de cristal se le clavaron y en
ese momento se despertó sobresaltado. Se sintió mareado, como
cuando despiertan a un niño pequeño, a pesar de ello, al ver el pecho
desnudo de Bürgel, se deslizó en él un pensamiento del sueño: ¡aquí
tienes a tu dios griego! ¡Sácale de la cama!
–Sin embargo –dijo Bürgel, elevando el rostro hacia el techo en actitud
reflexiva, como si buscase ejemplos en la memoria, pero no pudiese
encontrar ninguno–, sin embargo, pese a todas las medidas de
precaución, hay una posibilidad para las partes de aprovecharse de esa
debilidad nocturna de los secretarios, siempre presuponiendo que se
trate de una debilidad. Si bien se trata de una posibilidad muy
esporádica que no surge casi nunca. Consiste en que el interesado
comparezca a medianoche sin haberse anunciado. Tal vez se sorprenda
de que esto, a pesar de que parezca tan evidente, ocurra tan poco.
Bueno, usted no se ha familiarizado aún con nuestras costumbres. Pero
también a usted le ha debido de llamar la atención la falta de lagunas
que caracteriza a la organización administrativa. De esa falta de
lagunas resulta que cualquiera que tenga alguna demanda o que deba
ser interrogado por cualquier otro motivo, en seguida, sin dudar, la
mayoría de las veces antes de haberse hecho cargo del asunto, sí,
incluso antes de que lo sepa, reciba una citación. Esa vez aún no se le
tomará declaración, en la mayoría de los casos aún no, por lo normal el
asunto no ha alcanzado la madurez necesaria, pero ya tiene la citación,
ya no puede venir completamente de sorpresa y sin anunciarse, como
mucho sólo puede llegar a destiempo, entonces se le llama la atención
sobre la fecha y la hora de la citación y cuando regresa en el momento
preciso, por regla general, ya no se le recibe y no hay ninguna dificultad
más; la citación en la mano del interesado y la anotación en el
expediente siempre son para los secretarios fuertes armas defensivas,
aunque no siempre basten. Esto se refiere al secretario que únicamente
es competente del asunto, cualquiera tiene la libertad de presentarse
sorpresivamente ante los otros por la noche. Pero eso apenas hay
alguien que lo haga, no tiene sentido. Al principio con esa medida se
irritaría al funcionario competente; nosotros, los secretarios, no somos
celosos del trabajo de los demás, cada uno soporta su elevada y bien
distribuida carga de trabajo, sin mezquindad alguna, pero frente a las
partes no podemos tolerar perturbaciones en el ámbito competencial.
Alguno ya ha perdido la partida porque, al creer que no lograba avanzar
hasta la instancia competente, intentó escurrirse en una que no era
competente. Esos intentos, por lo demás, también tienen que fracasar
debido a que un secretario que no es competente, incluso cuando es
asaltado por sorpresa en plena noche y quiere ayudar con la mejor
voluntad, precisamente debido a su falta de competencia apenas puede
intervenir más que cualquier abogado o, en el fondo, mucho menos,
pues, incluso si pudiera hacer algo, ya que conoce los caminos secretos
del Derecho mejor que cualquier abogado, le falta el tiempo en las
cosas que no es competente, no puede emplear en ellas ni un minuto.
¿Quién utilizaría entonces sus noches en visitar a secretarios que no
son competentes? También las partes están muy ocupadas, sobre todo
si, además de cumplir con sus profesiones, quieren corresponder a las
citaciones y avisos de las instancias competentes, «ocupadas», es
cierto, en el sentido de las partes, lo que no es ni mucho menos lo
mismo que «ocupado» en el sentido de los secretarios.
K asintió sonriendo, ahora creía comprenderlo todo, y no porque le
preocupase, sino porque ahora estaba convencido de que de un
momento a otro iba a caer dormido profundamente, esta vez sin sueños
ni perturbaciones; entre los secretarios competentes a un lado y los que
no lo eran a otro y, en vista de la masa de partes tan ocupada, se
sumiría en un sueño profundo y de esa manera escaparía a todos. Se
había acostumbrado hasta tal punto a la voz baja y satisfecha de
Bürgel, luchando ella misma en vano por alcanzar el sueño, que más
que impedirla estimulaba su somnolencia.
«Muele, molino, muele –pensaba–, sólo mueles para mí».
–Así pues, ¿dónde está? –dijo Bürgel, jugando con dos dedos en el
labio inferior, con los ojos muy abiertos y el cuello extendido, como si,
después de una esforzada caminata, se aproximara a una vista
espléndida–, ¿dónde está esa mencionada y rara posibilidad que casi
nunca se presenta? El secreto se encuentra en los reglamentos sobre
las distribuciones de competencias. Pero esto no supone, y no puede
suponer, en una gran organización viviente, que haya un determinado
secretario competente para cada asunto. Ocurre que uno tiene la
competencia principal, muchos otros, sin embargo, una competencia
parcial, aunque sea pequeña. ¿Quién podría solo, aunque fuese el
trabajador más esforzado, concentrar en su mesa todas las relaciones y
todos los asuntos por pequeños que fueran? Incluso lo que he dicho
sobre la competencia principal resulta exagerado. ¿Acaso no se
encuentra ya en la competencia más pequeña también la general? ¿No
decide la pasión con que se acomete el asunto? Y esta pasión, ¿no es
siempre la misma y siempre con la misma fuerza? Puede ser que haya
diferencias entre los secretarios, y las hay numerosísimas, pero no en la
pasión, ninguno de ellos puede retenerse cuando le llega el
requerimiento para ocuparse de un caso respecto al cual tenga
competencia, por mínima que ésta sea. Hacia el exterior, sin embargo,
se tiene que crear una posibilidad ordenada para el desarrollo de la
causa, por eso siempre aparece en primer plano ante las partes un
determinado secretario, a quien se tienen que atener oficialmente. Pero
no tiene que ser aquel que posee la competencia principal sobre el
caso, aquí decide la organización y sus necesidades circunstanciales.
Éste es el estado de las cosas. Y ahora considere, señor agrimensor, la
posibilidad de que una de las partes, por cualquier razón, a pesar de los
impedimentos que ya le he descrito, en general completamente
suficientes, sorprenda en plena noche a un secretario que tiene cierta
competencia sobre el caso correspondiente. ¿No ha pensado en esa
posibilidad? Lo creo. Tampoco es necesario pensar en ella, pues no se
presenta casi nunca. Qué extraño, hábil y bien formado granito de
arena debería ser esa persona para poder pasar por ese insuperable
cedazo. ¿Usted cree que no puede pasar? Tiene razón, no puede pasar
de ningún modo. Pero una noche –¿quién puede garantizarlo todo?–
logra pasar. Entre mis conocidos no conozco a ninguno a quien le haya
ocurrido, pero eso demuestra poco: mis conocidos son limitados en
comparación con todos los que aquí tomamos en consideración y,
además, no es seguro que un secretario, a quien le haya ocurrido algo
parecido, lo quiera reconocer, se trata, así y todo, de un asunto muy
personal y que afecta de algún modo al pudor profesional. No obstante,
mi experiencia demuestra que se trata de un asunto muy esporádico,
que sólo parece existir en los rumores y que no ha sido confirmado por
ninguna circunstancia. Incluso si ocurriera realmente, se le podría
quitar su carácter nocivo –al menos eso creo– demostrándole –lo que
resulta muy fácil– que para él no hay ningún lugar en el mundo. En
todo caso, supone una actitud enfermiza cuando, por miedo, se
esconde algo de él bajo la manta y uno no se atreve a mirar. E incluso
cuando la perfecta improbabilidad hubiese tomado repentinamente
cuerpo, ¿acaso está todo perdido? Todo lo contrario. Que esté todo
perdido es más improbable que lo más improbable. Cierto, si la parte se
encuentra en la habitación, ya es lo suficientemente malo. Oprime el
corazón. «¿Cuánto tiempo podrás ofrecer resistencia?», se pregunta
uno. Pero no habrá ninguna resistencia, eso ya se sabe. Debe
imaginarse correctamente la situación. La parte nunca vista, siempre
esperada, esperada con verdadera sed y siempre considerada de forma
razonable como inalcanzable, se sienta ahí. Sólo su muda presencia
invita a penetrar en su pobre vida, a moverse por ella como si fuera de
nuestra propiedad y sufrir con él por sus vanas reclamaciones. Esa
invitación en la noche silenciosa es cautivadora. Se la acepta y se ha
dejado de ser una persona de la administración. Es una situación en la
que muy pronto será imposible rechazar una petición. Bien considerado,
se está desesperado y, mejor considerado aún, se es muy feliz.
Desesperado porque esa indefensión con la que nos sentamos aquí y
esperamos la petición de la parte, sabiendo que una vez formulada hay
que cumplirla, aun cuando, al menos en lo que uno puede apreciar,
haga pedazos la organización administrativa, es lo más enojoso que se
nos puede presentar en la práctica. Ante todo –y prescindiendo de lo
demás– porque se produce una violenta e inaudita elevación jerárquica.
Por nuestra posición no estamos autorizados a cumplir ese tipo de
peticiones, pero por la proximidad de esas partes nocturnas aumentan
en cierto modo nuestras energías administrativas, nos obligamos a
cosas que están fuera de nuestro ámbito, sí, incluso las ejecutamos; las
partes, como los ladrones en el bosque, nos obligan en la noche a
realizar sacrificios de los que no seríamos capaces durante el día; pues
bien, así ocurre cuando la parte está ahí, nos fortalece y nos obliga y
nos instiga y todo está inconscientemente en marcha, pero ¿cómo será
después, cuando la parte nos abandone ya satisfecha y despreocupada
y nosotros nos quedemos solos e indefensos ante nuestro abuso de
autoridad? No me atrevo ni a pensarlo. Y, sin embargo, somos felices.
Qué suicida puede ser la felicidad. Podríamos esforzarnos en mantener
secreta para las partes la verdadera situación. Ellas, por sí mismas,
apenas notan nada. Según su opinión, probablemente han entrado, por
cualquier motivo casual, cansados, decepcionados y desconsiderados e
indiferentes por el cansancio y la decepción, en una habitación
equivocada, se sientan ahí completamente ignorantes y ocupan sus
pensamientos, si se llegan a ocupar en algo, con su error o su
cansancio. ¿No se les podría dejar abandonados a sus pensamientos?
No, no se puede. Hay que explicarles todo con la locuacidad de los
benditos. Hay que mostrarles detalladamente, sin exponerse a ningún
riesgo, lo que ha ocurrido y por qué motivos ha ocurrido, qué
excepcionalmente rara y qué únicamente grande es la oportunidad, hay
que mostrar cómo ha caminado a tientas en ese asunto en plena
impotencia, como sólo las partes pueden hacerlo, y cómo ahora, señor
agrimensor, lo pueden dominar todo y para ello no tienen que hacer
nada más que presentar su petición, cuyo cumplimiento ya está
dispuesto, y para el que ellas ya estiran sus brazos, todo eso hay que
mostrar, es la hora más difícil del funcionario. Pero una vez que se ha
hecho, señor agrimensor, ya ha ocurrido lo más necesario, entonces
hay que moderarse y esperar.
K ya no oyó nada más, dormía, ausente a todo lo que podía ocurrir. Su
cabeza, que al principio había colocado en el brazo izquierdo en la parte
superior del poste de la cama, se había deslizado durante el sueño y
colgaba libremente, hundiéndose cada vez más, sin que el apoyo del
brazo fuese ya suficiente, pero K se apropió de otro apoyo al extender
la mano derecha bajo la manta y coger casualmente el pie de Bürgel.
Éste miró en esa dirección y le dejó el pie, por molesto que le resultara
De repente alguien golpeó repetidamente la pared. K se asustó y miró
hacia la pared.
¿Está ahí el agrimensor? –preguntó alguien.
–Sí –dijo Bürgel, liberó su pie de K y se estiró repentinamente animado
y travieso como un joven.
–Entonces que venga ya de una vez –dijo la voz.
No se tomó en consideración a Bürgel ni a que pudiera necesitar
a K.
–Es Erlanger –musitó Bürgel. No pareció sorprenderle que se
encontrase en la habitación contigua.
–Vaya en seguida, ya está enojado, intente calmarlo. Tiene un buen
sueño, pero hemos conversado en voz demasiado alta, uno no puede
dominarse cuando habla de ciertas cosas. Vaya, vaya, parece como si
no pudiera salir de su somnolencia. Vaya ¿qué quiere aún aquí? No, no
tiene que disculparse por su somnolencia, ¿por qué tendría que
hacerlo? Las energías corporales sólo llegan hasta un límite
determinado, ¿qué culpa tiene de que esos límites tengan gran
importancia en otros aspectos? No, nadie es culpable por eso. Así se
corrige el mundo en su curso y mantiene el equilibrio. Se trata de un
dispositivo admirable, inimaginablemente admirable, aunque
desconsolador en otros sentidos. Pero ahora váyase, no sé por qué me
mira así. Si se sigue demorando, Erlanger caerá sobre mí, y me
gustaría evitarlo. Pero váyase, quién sabe lo que le espera, aquí está
todo lleno de oportunidades. Sólo que hay oportunidades que, en cierta
medida, son demasiado grandes para ser aprovechadas; hay cosas que
no fracasan por otro motivo que por sí mismas. Sí, es maravilloso. Por
lo demás, ahora espero poder dormir un poco. Cierto, ya son las cinco y
pronto comenzará el ruido. ¡Si al menos quisiera irse ya!
Aturdido por el repentino despertar de un profundo sueño, aún
necesitado ilimitadamente de sueño, con el cuerpo dolorido por la
incómoda postura, K no se decidía a levantarse, mantenía la frente con
una mano y miraba hacia su pecho. Ni siquiera las continuas
despedidas de Bürgel habían logrado impulsarle a marcharse, sólo el
sentimiento de la completa inutilidad de prolongar su estancia allí le
indujo lentamente a hacerlo. Aquella habitación le parecía
indescriptiblemente yerma. Si eso había ocurrido entonces o había sido
así desde el principio, no lo sabía. Ni siquiera lograría volver a dormirse
allí. Ese convencimiento fue, incluso, lo decisivo, riéndose un poco de
ello, se levantó, se apoyó donde sólo se podía encontrar un apoyo, en
la cama, en la pared, en la puerta, y salió, como si hiciese mucho
tiempo que se hubiese despedido de Bürgel, sin un saludo.
CAPÍTULO XXIV
Probablemente también le hubiera resultado indiferente haberse pasado
la habitación de Erlanger, si Erlanger no hubiese estado en la puerta
abierta y le hubiese hecho una seña, una única y pequeña seña con el
dedo índice. Erlanger ya estaba dispuesto a irse, llevaba un abrigo de
piel negro abrochado hasta el cuello. Un sirviente le daba en ese mismo
momento los guantes y mantenía en la otra mano un gorro de piel.
–Tendría que haber venido mucho antes –dijo Erlanger.
K quiso disculparse, pero Erlanger mostró al parpadear con cansancio
que renunciaba a sus disculpas.
–Se trata de lo siguiente –dijo–, en la taberna trabajaba antes una tal
Frieda, sólo conozco su nombre, a ella no la conozco, no me interesa.
Esa tal Frieda le sirvió a Klamm alguna vez la cerveza, ahora parece
haber allí otra muchacha. Bien, ese cambio carece, naturalmente, de
importancia, probablemente para todos, con toda seguridad para
Klamm. Pero cuanto más grande es un trabajo, y el trabajo de Klamm
es el más grande, menos fuerza resta para defenderse contra el mundo
exterior, en consecuencia cualquier cambio banal puede perturbar
seriamente las cosas más importantes. El más pequeño cambio en la
mesa, la limpieza de una mancha existente allí desde siempre, todo eso
puede perturbar del mismo modo que una nueva criada. Ahora bien,
todo eso perturba, como perturbaría a cualquier otro con cualquier
trabajo, pero no a Klamm, eso es imposible. Sin embargo, estamos
obligados a velar por el bienestar de Klamm de tal forma que
apartemos de él perturbaciones que para él no son tales –
probablemente para él no haya ninguna–, cuando nos llaman la
atención como un potencial foco de perturbación. Y no por él, no por su
trabajo apartamos esas perturbaciones, sino por nosotros, por nuestra
conciencia y tranquilidad. Por esta razón, Frieda tiene que regresar
inmediatamente a la taberna: quizá por el hecho de regresar, perturbe,
pero entonces la volveremos a echar; provisionalmente, sin embargo,
tiene que regresar. Usted vive con ella, según me han dicho, así que
consiga que regrese de inmediato. Es evidente que aquí no se deben
tomar en consideración sentimientos personales, por eso no pienso
discutir nada sobre este asunto. Ya estoy haciendo más de lo necesario
si menciono que en el caso de que cumpla en esta pequeñez, le podría
ser útil en otro momento. Esto es todo lo que tenía que decirle.
Se despidió de K con una inclinación de cabeza, se puso el gorro de piel
que le ofreció el sirviente y, seguido por éste, bajó rápidamente por el
corredor aunque cojeando algo.
A veces allí se impartían órdenes que eran muy fáciles de cumplir, pero
esa facilidad no alegró a K. No sólo porque la orden afectaba a Frieda
se había emitido como una orden, aunque a K le hubiera sonado como
una burla, sino ante todo porque en ella se reflejaba la inutilidad de
todos sus esfuerzos. Sobre él pasaban las órdenes, las favorables y las
desfavorables, y también las favorables tenían un núcleo desfavorable,
pero en todo caso todas pasaban por encima de él y él se encontraba
en una situación de inferioridad que le impedía acometerlas o
enmudecerlas y tener la posibilidad de hacerse oír. Si Erlanger te hace
señas para que no hables, ¿qué puedes hacer? Y si no hiciera señas,
¿qué podrías decirle? Ciertamente, K era consciente de que su
cansancio le había perjudicado más que lo desfavorable de las
circunstancias, pero ¿por qué una persona, que había creído poder
confiar en su cuerpo y que sin esa convicción jamás se habría puesto en
camino, no había podido pasar una noche sin dormir y otras durmiendo
mal?, ¿por qué sintió allí ese cansancio incontrolable, donde nadie
estaba cansado o, donde, más bien, todos estaban continuamente
cansados sin que eso perjudicase su trabajo, sí, incluso parecía que lo
fomentaba?
De eso se podía deducir que era un cansancio diferente al de K. Allí se
encontraba el cansancio en medio de un trabajo feliz, era algo que daba
la sensación de ser cansancio pero que en realidad era una tranquilidad
indestructible, una paz indestructible. Cuando se está algo cansado al
mediodía, eso pertenece al feliz curso del día. Los señores aquí
disfrutan de un continuo mediodía, se dijo K.
Y con esa idea coincidía que ya a las cinco de la mañana todo se
tornase animado a los lados del corredor. Esa confusión de voces en las
habitaciones tenía algo de extremadamente alegre. Una vez sonaba
como el júbilo de los niños que se preparan para irse de excursión,
otras veces como el amanecer en el gallinero, como la alegría de estar
en consonancia con el día que despierta, incluso en un momento uno de
los señores imitó el canto de un gallo. El corredor, sin embargo, aún
estaba vacío, pero las puertas ya estaban en movimiento, una y otra
vez se abría alguna de ellas y se cerraba en seguida, el corredor
zumbaba por el abrir y cerrar de puertas, K también vio por arriba, en
el resquicio que dejaban las paredes sin llegar al techo, cómo aparecían
las cabezas desgreñadas y volvían a desaparecer. Desde el fondo venía
lentamente un carrito, llevado por un sirviente, que contenía
expedientes. Un segundo sirviente caminaba a su lado, tenía una lista
en la mano y comparaba los números de las puertas con el de los
expedientes. El carrito se detenía ante la mayoría de las puertas; por
regla general se abría entonces la puerta y los expedientes
correspondientes, a veces sólo una hoja –en estos casos se producía
una pequeña conversación entre la habitación y el corredor,
probablemente se le hacían reproches al sirviente–, eran entregados en
la habitación. Si la puerta permanecía cerrada, se colocaban
cuidadosamente ante ella. En esos casos a K le pareció como si no
cesase el movimiento en las puertas contiguas, sino que aumentase.
Tal vez los otros se asomaban para mirar llenos de ansiedad los
expedientes acumulados incomprensiblemente ante la puerta, no
podían comprender que alguien que sólo tenía que abrir la puerta para
apoderarse de sus expedientes no lo hiciese; quizá incluso fuese posible
que más tarde se repartiesen definitivamente los expedientes
abandonados entre los demás señores, quienes en ese momento,
asomándose continuamente, querían convencerse de si los expedientes
seguían ante la puerta y si, por tanto, aún podían albergar esperanzas.
Por lo demás, esos expedientes abandonados en el suelo solían ser
gruesos legajos y K supuso que se habían dejado allí provisionalmente
por cierta fanfarronería o maldad o por un justificado orgullo frente a
los colegas. Algo fortaleció esa suposición: que a veces, y precisamente
cuando él no miraba, el paquete, después de haber estado allí en
exhibición un buen rato, era retirado repentinamente y a toda prisa,
quedando la puerta tan inmóvil como antes. También las puertas
vecinas se tranquilizaban en ese caso, decepcionadas o también
satisfechas de que ese motivo de irritación hubiese desaparecido, pero
poco después volvían a entrar en movimiento.
K contemplaba todo eso no sólo con curiosidad, sino también con
interés. Casi se sentía en medio de esa agitación, miraba aquí y allá y
seguía, aunque a prudente distancia y para observar su labor de
reparto, a los sirvientes, quienes, por cierto, ya con frecuencia se
habían dado la vuelta con mirada severa, cabeza inclinada y gesto
huraño. Esta labor, conforme avanzaba, se producía con mayor
lentitud, o la lista río coincidía, o los expedientes no eran bien
distinguidos por los sirvientes, o los señores ponían objeciones por
otros motivos, en todo caso se llegaron a repetir algunos repartos,
entonces el carrito retrocedía y el sirviente negociaba sobre la
devolución a través del resquicio de la puerta. Esas negociaciones
causaban grandes dificultades, ocurría con frecuencia que, cuando se
trataba de una devolución, puertas que habían estado con anterioridad
muy animadas, ahora permaneciesen inexorablemente cerradas, como
si no quisiesen saber nada del asunto. Entonces comenzaban las
verdaderas dificultades. Aquel que creía tener derecho a los
expedientes, era extremadamente impaciente, hacía mucho ruido en su
habitación, daba palmadas, pataleaba, y gritaba una y otra vez a través
del resquicio de la puerta un número determinado de expediente. En
esas situaciones el carrito quedaba abandonado. Mientras uno de los
sirvientes estaba ocupado en tranquilizar al impaciente, el otro luchaba
ante la puerta cerrada para la devolución. Los dos lo tenían difícil. El
impaciente se volvía más impaciente con los intentos de calmarle, ya no
podía oír las palabras vacías del sirviente, no quería consuelo, quería
expedientes, uno de esos señores llegó a derramar un vaso de agua
sobre el sirviente. El otro sirviente, de superior rango jerárquico, aún lo
tenía más difícil. Si el señor condescendía en negociar, se producían
discusiones complejas en las que el sirviente se remitía a su lista y el
señor a sus notas y precisamente a los expedientes que en teoría tenía
que devolver, pero que mantenía con fuerza en la mano de tal manera
que ni siquiera una esquina de él quedaba expuesta a la ansiosa mirada
del sirviente. El sirviente, para buscar nuevas pruebas, también tenía
que regresar al carrito que siempre había rodado un poco más debido a
la inclinación del corredor, o tenía que ir a la habitación del señor que
reclamaba sus expedientes para intercambiar las objeciones del actual
poseedor con las del otro. Esas negociaciones duraban mucho tiempo, a
veces llegaban a un acuerdo, el señor cedía una parte de los
expedientes o recibía otra como indemnización, ya que sólo se había
producido una confusión, pero también sucedía que alguien tuviera que
renunciar sin más a todos los expedientes requeridos, ya fuese porque
el sirviente le acorralase con sus pruebas, ya porque se cansase de
tanto negociar, pero entonces no le devolvía los expedientes al
sirviente, sino que los arrojaba en una pronta decisión por el corredor,
lo que provocaba que se soltasen las cintas, las hojas volasen y los
sirvientes tuvieran que esforzarse en ordenarlo todo otra vez. Pero el
problema resultaba proporcionalmente más difícil cuando el sirviente no
recibía ninguna respuesta a su petición de devolución; en ese caso
permanecía ante la puerta cerrada, pedía, suplicaba, citaba su lista, se
remitía a reglamentos, todo en vano, ningún sonido salía de la
habitación y, al parecer, el sirviente no tenía ningún derecho a entrar
en la habitación sin permiso. A veces el sirviente llegaba a perder en
esa situación el dominio de sí mismo, se iba hacia su carrito, se
sentaba, sin más recursos, sobre los expedientes, se limpiaba el sudor
de la frente y durante un rato no emprendía nada que no fuese
bambolear los pies. El interés por esos incidentes era grande, por todas
partes se oían cuchicheos en cuanto una puerta se quedaba tranquila y,
curiosamente, seguían los acontecimientos por el resquicio de la pared
con rostros embozados con toallas, que, por lo demás, no podían estar
un rato en calma. En medio de toda esa agitación a K le resultó
llamativo que la puerta de Bürgel permaneciese cerrada durante ese
tiempo y que, aunque los sirvientes habían realizado el reparto de
expedientes en esa parte del corredor, no le hubiesen entregado
ninguno. Quizá seguía durmiendo, lo que, con ese ruido, hubiese
significado un sueño muy sano, pero ¿por qué no había recibido ningún
expediente? Sólo muy pocas habitaciones y, además, probablemente
deshabitadas, habían sido evitadas de esa manera. En cambio, en la
habitación de Erlanger ya había un nuevo e intranquilo huésped,
Erlanger debió de ser prácticamente desalojado por él en plena noche;
eso no se adaptaba mucho al carácter frío y experimentado de
Erlangen, pero el hecho de que hubiese esperado a K en el umbral de la
puerta hablaba en esa dirección.
Después de esas observaciones más personales, se fijó de nuevo en el
sirviente; respecto a ese sirviente no se constataba lo que le habían
contado a K acerca de los sirvientes en general, de su inactividad, su
vida cómoda, su arrogancia, también había excepciones entre los
sirvientes o, lo que era más probable, había diferentes grupos entre
ellos, pues allí había, como notó K, delimitaciones que hasta ese
momento no había percibido. En especial de ese sirviente le gustó
mucho su inflexibilidad. En lucha contra esas habitaciones obstinadas –
a K le parecía una lucha contra las habitaciones, pues sus habitantes
apenas se dejaban ver–, el sirviente no cedía. Se fatigaba, sin duda,
pero ¿quién no se hubiese fatigado? Al poco tiempo, sin embargo, ya se
había recuperado, bajaba del carrito y avanzaba una vez más, con los
dientes apretados, para conquistar la puerta. Y ocurría que fuese
rechazado una y dos veces, y de una forma muy fácil, mediante el
endemoniado silencio, pero aún no se daba por vencido. Como veía que
no podía conseguir nada con un ataque frontal, lo intentaba de otra
manera, por ejemplo, y si K lo comprendió correctamente, con astucia.
Se distanciaba aparentemente de la puerta, dejaba que agotase su
silencio, se dirigía hacia otras puertas, pero después de un rato
regresaba, llamaba al otro sirviente, todo en voz alta y de forma
llamativa, y comenzaba a apilar expedientes ante la puerta, como si
hubiese cambiado de opinión y al señor no se le tuviesen que retirar
legítimamente expedientes, sino en realidad darle más. Entonces
seguía, pero mantenía la puerta vigilada, y cuando el señor, como solía
ocurrir, abría la puerta cuidadosamente para coger los expedientes, el
sirviente estaba allí en dos saltos, introducía el pie entre la puerta y la
pared y obligaba así al señor a negociar con él cara a cara, lo que
conducía por regla general a un acuerdo parcialmente satisfactorio. Y si
no lo conseguía así o no le parecía el método adecuado para una puerta
concreta, lo intentaba de otra forma. Entonces se dedicaba, por
ejemplo, al señor que reclamaba los expedientes. Desplazaba a un lado
al otro sirviente, que sólo trabajaba mecánicamente, y era más bien un
estorbo, y comenzaba a convencer al señor con susurros, en secreto,
introduciendo la cabeza en la habitación, probablemente le hacía
promesas y le aseguraba el correspondiente castigo del otro señor en el
próximo reparto, al menos señalaba con frecuencia hacia la puerta del
oponente y reía, en lo que se lo permitía su cansancio. Pero también se
daban casos, uno o dos, en los que renunciaba a más intentos, pero
aquí también creía K que eso sólo era una renuncia aparente o, al
menos, una renuncia con motivos justificados, pues seguía con toda
tranquilidad, toleraba, sin mirar hacia atrás, el ruido del señor
perjudicado, y mostraba simplemente con un parpadeo más largo que
sufría por el ruido. El señor, sin embargo, se tranquilizaba
paulatinamente, al igual que el ininterrumpido llanto infantil se
convierte poco a poco en sollozos aislados, aunque después de que
hubiese enmudecido aún se oyese de vez en cuando un grito o un fugaz
abrir y cerrar de esa puerta. En todo caso, se mostraba que también en
esa oportunidad el sirviente había actuado correctamente. Finalmente
sólo quedó un señor que no quería tranquilizarse, calló durante un largo
tiempo, pero simplemente para recuperarse, luego comenzó de nuevo,
y no más débil que antes. No estaba muy claro por qué gritaba y se
quejaba, quizá no fuese por el reparto de los expedientes. Mientras
tanto, el sirviente había concluido su trabajo, sólo un expediente, en
realidad, un papel, la página de un cuaderno de notas, había quedado
por culpa del ayudante en el carrito y no se sabía a quién le
correspondía.
«Ése podría ser mi expediente», se le pasó a K por la cabeza. El alcalde
siempre había hablado de ese «caso minúsculo». Y K, por muy ridícula
y absurda que le pareciera esa suposición, intentó acercarse al sirviente
que en ese momento mantenía pensativo la página en su mano. No era
fácil, pues el sirviente no soportaba la proximidad de K, incluso en
medio del trabajo más duro siempre había encontrado tiempo para
mirar hacia K impaciente y enojado, con movimientos bruscos de la
cabeza. Sólo después de haber concluido el reparto parecía haberse
olvidado algo de K, quizá porque se había tornado más indiferente; su
extremado agotamiento lo hacía comprensible, tampoco se esforzaba
mucho con la nota, ni siquiera la leyó entera, sólo lo aparentó, y
aunque probablemente habría procurado una gran alegría a uno de los
señores al repartirle la nota, tomó otra decisión, ya estaba harto de
repartir, así que hizo un gesto de silencio a su acompañante llevándose
el dedo índice a la boca, rompió –K aún no había llegado hasta él– la
nota en trozos pequeños y se los metió en el bolsillo. Se trataba de la
primera irregularidad que K había visto en el trabajo administrativo,
aunque también podía ser posible que lo hubiese entendido
erróneamente. Y aun cuando fuese una irregularidad, se podía
disculpar, y bajo las condiciones en que se realizaba el trabajo, el
sirviente no podía trabajar sin cometer errores, una vez tenía que
liberarse del enojo y la irritación acumulados, y que eso se mostrase
sólo en la acción de romper esa nota, parecía lo suficientemente
inocente. Aún resonaba la voz por el corredor del señor que no había
manera de tranquilizar y los colegas, que en otros aspectos no se
comportaban precisamente con amabilidad entre ellos, parecían
compartir la misma opinión en lo referente al ruido, era como si el
señor hubiese adoptado la tarea de hacer ruido por todos aquellos que
le animaban con gritos y gestos con la cabeza para que siguiera con el
escándalo. Pero el sirviente ya no se preocupaba en absoluto de ello,
había terminado su trabajo, señaló el asidero del carrito para que el
otro sirviente lo agarrase y se fueron como habían venido, sólo que más
satisfechos y con tal rapidez que el carrito brincaba ante ellos. Sólo una
vez se sobresaltaron y miraron hacia atrás, cuando el señor, que
continuaba gritando, y ante cuya puerta permanecía K, porque le
hubiera gustado saber qué quería realmente, al parecer comprobó que
con los gritos no iba a llegar a ninguna parte y encontró el botón de un
timbre, por lo que, entusiasmado con la posibilidad de liberar su enojo,
en vez de gritar comenzó a tocar el timbre. A continuación, comenzó un
gran murmullo en las otras habitaciones, al parecer de aprobación; el
señor parecía estar haciendo algo que a todos les hubiera gustado
hacer desde hacía tiempo y que habían omitido sólo por motivos
desconocidos. ¿Era quizá a la servidumbre, tal vez a Frieda, a quien
llamaba el señor con todo ese ruido? Ya podía tocar todo lo que
quisiera. Frieda estaba ocupada en envolver a jeremías en paños
calientes y aun cuando él estuviese sano, ella tampoco tendría tiempo,
pues entonces estaría en sus brazos. Pero los timbrazos tuvieron un
efecto inmediato. Ya se veía cómo el posadero venía corriendo desde la
lejanía, vestido de negro y abotonado hasta el cuello, como siempre;
pero corría como si se olvidase de su dignidad; había extendido los
brazos, como si le hubiesen llamado por haberse producido una gran
desgracia y llegase para agarrarla y hacerla desaparecer en su pecho; y
con cada irregularidad del timbre parecía dar un saltito y apresurarse
aún más. Su esposa apareció a una gran distancia de él: también ella
corría con los brazos extendidos, pero sus pasos eran cortos y
afectados y K pensó que llegaría demasiado tarde, mientras tanto el
posadero ya habría hecho todo lo necesario. Para dejar espacio al
posadero, K se apretó contra la pared. Pero el posadero se detuvo ante
K como si ésa fuese su meta y la posadera le alcanzó en seguida y los
dos le llenaron de reproches, que él, con las prisas y la sorpresa, no
entendió, sobre todo porque el timbre del señor se injería e incluso
otros timbres comenzaron a sonar, ahora ya no por necesidad, sino sólo
por jugar y por el exceso de alegría. K, porque tenía mucho interés en
comprender su culpabilidad, se mostró conforme con que el posadero le
tomase por el brazo y se lo llevase de aquel ruido que seguía
aumentando, pues detrás de ellos –K no se volvió, ya que el posadero y
sobre todo, en la otra parte, la posadera, no dejaban de hablarle– se
abrían las puertas por completo, el corredor se animaba, pareció
desarrollarse cierto tráfico, como en una animada callejuela, las puertas
ante ellos parecían esperar impacientes a que K pasase de una vez por
todas para poder dejar salir a los señores, y, mientras, no cesaban de
tocar los timbres como si festejasen una victoria. Finalmente –ya se
encontraban en el blanco y silencioso patio–, y con lentitud, K pudo irse
enterando de qué había ocurrido. Ni el posadero ni la posadera podían
entender que K hubiese osado hacer semejante cosa. Pero ¿qué había
hecho? Una y otra vez lo preguntó K, pero durante mucho tiempo no lo
pudo averiguar, pues su culpabilidad era para los dos tan evidente que
no podían pensar en su buena fe. Sólo muy lentamente se dio cuenta K
de todo. No tenía derecho a estar en el corredor, por regla general sólo
le era accesible excepcionalmente la taberna por un acto de gracia y
salvo contraorden. Si había sido citado por un señor, naturalmente
tenía que comparecer en el lugar señalado, pero siempre tenía que
permanecer consciente –al menos tendría el habitual sentido común,
¿no?– de que estaba en un sitio al que no pertenecía, sólo porque un
señor, en la mayoría de los casos contra su voluntad, puesto que así lo
reclamaba y disculpaba un asunto administrativo, le había convocado.
Así pues, tenía que aparecer rápidamente, someterse al interrogatorio,
pero después desaparecer cuanto antes mejor. ¿No había tenido en el
corredor el sentimiento de que aquél no era su sitio? Pero si lo había
tenido, ¿cómo había podido vagar por allí como un tigre enjaulado?
¿Acaso no había sido citado para un interrogatorio nocturno? ¿No sabía
por qué se habían introducido los interrogatorios nocturnos? Los
interrogatorios nocturnos –y aquí recibió K una nueva explicación de su
sentido– tenían como finalidad escuchar rápidamente, en plena noche y
con luz eléctrica, a aquellas partes cuya visión fuese insoportable para
los señores durante el día, con la posibilidad de olvidar toda esa fealdad
mediante el sueño. El comportamiento de K, sin embargo, se había
burlado de todas las medidas de precaución. Incluso los fantasmas
desaparecían cuando amanecía, pero K se había quedado allí, con las
manos en los bolsillos, como si esperase que, ya que él no se apartaba,
todo el corredor con todas las habitaciones y sus ocupantes tenían que
apartarse. Y eso habría ocurrido –de eso podía estar seguro– con toda
certeza, si hubiese sido posible, pues la delicadeza de sentimientos de
los señores no conoce límites. Ninguno de ellos expulsaría a K o ni
siquiera diría lo más evidente, que se tenía que ir, ninguno de ellos lo
haría, a pesar de que mientras durase la presencia de K probablemente
temblasen de excitación y les aguase la mañana, su momento
preferido. En vez de dirigirse a K, preferirían sufrir, en lo que, si bien es
cierto, también jugaría la esperanza de que K, finalmente, tendría que
reconocer lo que saltaba a la vista y tendría que sufrir los mismos
padecimientos de los señores hasta límites insoportables, tan
terriblemente inconveniente era su estancia allí, en el corredor, por la
mañana y visible para todos. Pero se trataba de una vana esperanza.
No sabían, o, en su amabilidad y tolerancia, no querían saber, que hay
corazones insensibles, duros, que no se ablandan con ningún respeto.
¿Acaso no busca la polilla nocturna, el pobre animal, cuando llega el
día, un rincón silencioso y allí se aplana, prefiriendo desaparecer,
siendo infeliz por no poder lograrlo? K, en cambio, se había situado allí
donde era más visible y si pudiera mediante esa acción impedir que
amaneciera, lo haría. No lo podía impedir, pero, desgraciadamente, sí lo
podía retrasar o dificultar. ¿Acaso no había presenciado cómo se
repartían los expedientes? Eso era algo que no podía presenciar nadie
excepto los interesados. Eso era algo que ni el posadero ni la posadera
podían presenciar en su propia casa. Sólo recibían alguna información
como, por ejemplo, ese mismo día, del sirviente. ¿No había notado las
dificultades con que se topaba la distribución de expedientes? Algo
incomprensible, pues cada uno de los señores sólo servía a la causa,
nunca pensaba en su ventaja personal y, por tanto, tenía que trabajar
con todas sus fuerzas para que la distribución de expedientes, esa labor
tan importante y fundamental, se produjera con celeridad, facilidad y
sin errores. Y, ¿ni siquiera había supuesto lejanamente que el motivo
principal de todas las dificultades era que el reparto de los expedientes
se tenía que realizar, por su culpa, con las puertas casi cerradas, sin la
posibilidad de un trato directo entre los señores, quienes, naturalmente,
podían entenderse en un instante, mientras que con la mediación del
sirviente todo tenía que durar horas, nunca podía ocurrir sin quejas, lo
que suponía un tormento duradero para señores y sirviente y que
probablemente tendría efectos perjudiciales para el trabajo posterior? Y
¿por qué no podían tratar directamente los señores entre ellos? Sí, ¿aún
no lo comprendía K? La posadera no había conocido nada similar y el
posadero lo confirmó también de su parte y eso que ya habían tenido
que tratar con gente terca. Cosas que, en otro caso, no se osarían
decir, había que decírselas abiertamente para que comprendiese lo más
necesario. Muy bien, habría que decírselo: por su culpa, exclusivamente
por su culpa, no habían salido los señores de sus habitaciones, pues a
esas horas de la mañana, poco después del sueño, son demasiado
vergonzosos y sensibles como para exponerse a las miradas ajenas; se
sienten demasiado desnudos para mostrarse, por más que ya estén
completamente vestidos. Es difícil decir de qué se avergonzaban, tal
vez lo hacían, esos eternos trabajadores, por el sencillo hecho de haber
dormido. Pero quizá más que de mostrarse, se avergonzaban de ver a
gente extraña; lo que habían superado felizmente con ayuda de los
interrogatorios nocturnos, la visión de las partes tan difícilmente
soportable para ellos, no querían volver a afrontarlo de nuevo por la
mañana , súbitamente, en toda su crudeza. A eso no le podían hacer
frente. ¿Qué tipo de hombre había que ser para no respetar ese hecho?
Bien, había que ser un hombre como K, alguien que, con su obtusa
indiferencia y somnolencia, pasase por alto todo, las leyes, así como la
consideración humana más normal, a quien no le importase nada hacer
casi imposible la distribución de los expedientes y dañar la reputación
de la casa, que lograse lo hasta ahora inaudito de desesperar tanto a
los señores que éstos comenzasen a defenderse, que echasen mano de
los timbres, en una superación de sí mismos impensable para personas
comunes, y pidiesen ayuda para así poder expulsar a K, a quien no
había otra manera de estremecer. ¡Ellos, los señores, pidiendo ayuda!
El posadero y la posadera, con todo el personal, ¿acaso no habrían
acudido a toda prisa, si hubiesen osado aparecer por la mañana ante
los señores, aunque sólo fuese con el fin de traer ayuda, para luego
desaparecer inmediatamente? Temblando de indignación,
desconsolados por la impotencia habían tenido que esperar allí, al inicio
del corredor, y el sonido de los timbres no fue precisamente para ellos
un sonido de salvación. Bueno, ¡lo peor ya había pasado! ¡Si al menos
pudieran echar un vistazo en el alegre alboroto de los señores
finalmente liberados de K! Para K, sin embargo, no había pasado, con
toda certeza tendría que responder de lo allí ocurrido.
Mientras, habían llegado a la taberna, el motivo por el que el posadero,
a pesar de su enojo, había conducido a K hasta allí, no estaba del todo
claro, tal vez se había dado cuenta de que el cansancio de K le haría
imposible abandonar la casa. Sin esperar una invitación a que se
sentara, K se desplomó sobre uno de los barriles. Allí, en la oscuridad,
se sentía bien. En toda la estancia sólo brillaba una débil lámpara
eléctrica colocada sobre los grifos de los barriles. También fuera reinaba
una profunda oscuridad, parecía que nevaba copiosamente. Había que
estar agradecido por permanecer allí, en la habitación templada, y
tomar medidas para no ser expulsado. El posadero y la posadera aún
estaban ante él, como si de su presencia siguiera emanando cierto
peligro, como si con su falta de formalidad no se pudiera excluir que
saliese de repente e intentase volver a penetrar en el corredor.
También ellos estaban cansados del susto nocturno y del temprano
despertar, especialmente la posadera, que llevaba puesto un traje
sedoso de color marrón, de falda amplia, no muy bien abotonado –¿de
dónde lo había sacado con las prisas?–, y que mantenía la cabeza
apoyada en el hombro de su esposo, secándose los ojos con un pañuelo
de tela fina mientras lanzaba miradas enojadas a K. Para tranquilizar al
matrimonio, K dijo que todo lo que le habían contado era nuevo para él,
que, a pesar de su ignorancia, no habría permanecido tanto tiempo en
el corredor, donde realmente no tenía nada que hacer y, con toda
seguridad, no había pretendido atormentar a nadie, sino que todo había
ocurrido por su extremado cansancio. Les agradecía que hubiesen
puesto fin a esa escena tan desagradable. Si tenía que responder por su
conducta, lo haría agradecido, pues así podría impedir una
interpretación errónea de ella. Sólo el cansancio y nada más había sido
el culpable. Ese cansancio, sin embargo, procedía de que aún no estaba
acostumbrado al esfuerzo de los interrogatorios. No hacía mucho
tiempo que había llegado. Con un poco más de experiencia, no volvería
a pasar. Tal vez se tomaba demasiado en serio los interrogatorios, pero
eso no podía representar ninguna desventaja. Había tenido que
soportar dos interrogatorios consecutivos, uno en la habitación de
Bürgel y el segundo en la de Erlanger, especialmente el primero le
había agotado, el segundo, es cierto, no había durado mucho, Erlanger
sólo le había pedido un favor, pero los dos juntos había sido más de lo
que podía soportar, tal vez para otro, como por ejemplo, para el señor
posadero, algo parecido también hubiese sido demasiado. Del segundo
interrogatorio salió tambaleándose. Casi se podría decir que había
quedado sumido en un estado de embriaguez: había visto y oído a
aquellos señores por primera vez y también les había tenido que
responder. Por lo que sabía, todo había salido bien, pero entonces
ocurrió esa desgracia, que, sin embargo, no se le podía atribuir como
un comportamiento culpable en vista de lo precedente. Por desgracia
sólo Erlanger y Bürgel se habían dado cuenta de su estado y, con toda
seguridad, le habrían protegido y evitado todo lo posterior, pero
Erlanger se tuvo que ir inmediatamente después del interrogatorio, al
parecer para dirigirse al castillo, y Bürgel, probablemente cansado por
el interrogatorio –¿cómo habría podido entonces resistirlo K sin salir
perjudicado?– se había dormido e incluso se había saltado toda la
distribución de los expedientes. Si K hubiese tenido otra posibilidad, la
habría puesto en práctica con alegría y habría renunciado a todas las
observaciones prohibidas, y esto le hubiese resultado más fácil puesto
que en realidad no había estado en disposición de ver nada y por eso
los señores más sensibles se habrían podido mostrar ante él sin sentir
vergüenza alguna.
La mención de los dos interrogatorios, sobre todo el de Erlanger, y el
respeto con el que K había hablado de los dos señores, ablandó al
posadero. Pareció querer cumplir la petición de K de poner una tabla
sobre los barriles y dejarle dormir allí hasta la tarde, pero la posadera
estaba claramente en contra; ajustándose inútilmente el vestido, cuyo
desorden parecía haber descubierto en ese momento, sacudía una y
otra vez la cabeza; al parecer estaba a punto de desencadenarse de
nuevo la vieja disputa sobre la pureza de la casa. Para K, debido a su
cansancio, la conversación del matrimonio adoptada una importancia
desmesurada. Ser expulsado de allí le parecía una desgracia que
superaba todo lo experimentado hasta entonces. Eso no podía ocurrir,
ni siquiera si los dos se ponían de acuerdo contra él. Les siguió
acechando acurrucado sobre el barril, hasta que la posadera, con su
hipersensibilidad, que a K le había llamado la atención hacía tiempo, se
echó repentinamente a un lado –probablemente ya había hablado con
el posadero de cosas diferentes– y gritó:
–¿No ves cómo me mira? ¡Haz que salga de aquí de inmediato!
K, sin embargo, aprovechando la oportunidad y completamente
convencido, casi hasta la indiferencia, de que permanecería allí, dijo:
–No te miro a ti, sino tu vestido.
¿Por qué mi vestido? –preguntó la posadera irritada.
K se encogió de hombros.
–Ven –dijo la posadera a su esposo–, está borracho, el muy bruto.
Deja que duerma aquí la borrachera.
Y ordenó a Pepi, que al oír cómo se dirigía a ella salió de la oscuridad,
cansada y desgreñada, sosteniendo con negligencia una escoba, que le
arrojase a K un cojín cualquiera.
CAPÍTULO XXV
Cuando K despertó, creyó al principio que apenas había dormido; la
habitación estaba igual, vacía y templada, todas las paredes ocultas por
la oscuridad, la lámpara sobre los grifos de los barriles, y una ventana
que mostraba la noche. Pero cuando se estiró, cayó el cojín y tanto la
tabla como los barriles crujieron; Pepi acudió en seguida y entonces se
enteró de que ya era de noche y que había dormido más de doce horas.
La posadera había preguntado por él varias veces durante el día,
también Gerstäcker, quien, por la mañana, cuando K hablaba con la
posadera, había esperado allí con una cerveza, pero luego no se atrevió
a molestarle, había regresado para verle, también Frieda había venido y
había permanecido un instante al lado de K, pero no había venido por
él, sino porque tenía cosas que preparar allí, pues por la noche tenía
que reanudar su antigua labor.
–¿Ya no te quiere? –le preguntó Pepi, mientras le traía un café y un
pastel. Pero no lo preguntó con maldad como antes, sino con tristeza,
como si mientras tanto hubiese conocido la maldad del mundo, frente a
la cual fracasa toda maldad propia y se torna absurda. Habló a K como
una compañera de infortunios, y cuando él probó el café y ella creyó
ver que no lo consideraba lo suficientemente dulce, corrió y le trajo el
azucarero. Su tristeza, sin embargo, no le había impedido aderezarse
más que la última vez, se había trenzado cuidadosamente el pelo,
pequeños rizos caían sobre la frente y las sienes y, alrededor del cuello,
llevaba una cadena que colgaba hasta el escote de la blusa. Cuando K,
satisfecho por haber dormido bien y por poder tomar un buen café,
cogió disimuladamente una de las trenzas e intentó soltarla, Pepi le dijo
cansada:
–Déjame –y se sentó frente a él en un barril.
Y K no tuvo que pedirle que le hablara de su dolor, ella misma comenzó
a hablar de él, con la mirada fija en la cafetera, como si necesitase una
distracción incluso durante el relato, como si, aun ocupándose de su
propio dolor, no pudiese entregarse por completo a él, pues eso
superaría sus fuerzas. Para empezar, K se enteró de que en realidad él
tenía la culpa en la desgracia de Pepi, pero que ella no le guardaba
rencor por eso. Y asintió fervientemente para impedir cualquier
contradicción de K. Primero se había llevado a Frieda de la taberna y
posibilitado así el ascenso de Pepi. Nada imaginable, de no ser eso,
habría podido impulsar a Frieda a renunciar a su puesto; ella se sentaba
allí, en el mostrador, como la araña en el centro de su tela, tenía
tendidos sus hilos por todas partes, que sólo ella conocía. Quitarlos sin
su consentimiento habría sido imposible, sólo el amor por un inferior,
esto es, algo que no era compatible con su posición, la podía apartar de
su puesto. ¿Y Pepi? ¿Había pensado alguna vez ganarse ese puesto?
Ella era una simple criada, tenía un empleo insignificante y con pocas
perspectivas. Por supuesto, tenía sueños de un gran futuro, como
cualquier otra muchacha, nadie podía prohibirse soñar, pero no
pensaba seriamente en prosperar, se había conformado con lo logrado.
Y de repente desapareció Frieda de la taberna, ocurrió de forma tan
repentina que el posadero no tenía disponible una sustituta adecuada,
buscó y su mirada recayó en Pepi, quien, ciertamente, se había
adelantado. En aquel tiempo amaba a K como no había amado a nadie
en su vida, se había sentado meses enteros en su cuarto oscuro y
diminuto y estaba preparada a pasar allí años y, en el peor de los
casos, toda su vida, siempre inadvertida y, de repente, apareció K, un
héroe, un liberador de mujeres jóvenes y le había abierto el camino
hacia arriba. Él, por supuesto, no sabía nada de ella, no lo había hecho
por ella, pero eso no disminuyó en nada su gratitud; en la noche
anterior a su ascenso –la contratación aún era insegura, pero muy
probable–, pasó horas hablando con él, susurrándole en el oído su
agradecimiento. Y en sus ojos aún aumentó su acto por el hecho de que
era precisamente Frieda la carga que había puesto sobre sus hombros,
algo incomprensiblemente desprendido residía en esa acción: que para
alzar a Pepi, convirtiese a Frieda en su amante, a Frieda, una muchacha
fea, envejecida y escuálida, con un cabello corto y ralo, además una
muchacha insidiosa, que siempre tenía algún secreto, lo que sin duda
guardaba relación con su aspecto; si su cuerpo y su rostro eran
deplorables, debía de tener algún secreto que nadie podía comprobar,
por ejemplo su supuesta relación con Klamm. E incluso a Pepi le habían
asaltado pensamientos como que era posible que K amase realmente a
Frieda, quizá no se engañase o sólo engañase a Frieda y el único
resultado de ello fuera el ascenso de K, luego él se daría cuenta de su
error o no querría ocultarlo por más tiempo y entonces sólo vería a Pepi
y no a Frieda, lo que no tenía por qué ser pura imaginación de Pepi,
pues ella podía competir muy bien con Frieda, mujer frente a mujer, lo
que nadie podía negar, y ante todo había sido la posición de Frieda y el
brillo que ella le había sabido dar lo que había cegado
momentáneamente a K. Y Pepi, entonces, había soñado que K, cuando
ella tuviera el puesto, vendría a ella y ella tendría la elección entre
prestar oídos a K y perder el puesto o rechazarle y seguir ascendiendo.
Y ella estaba dispuesta a renunciar a todo, a inclinarse hacia él y
mostrarle el verdadero amor que jamás podría encontrar con Frieda y
que era independiente de todos los empleos de honor de este mundo.
Pero luego todo sucedió de un modo distinto. ¿Y quién era el culpable?
Sobre todo K y, luego, también era cierto, la astucia de Frieda. Pero
ante todo K, pues ¿qué quería? ¿Qué tipo de hombre tan extraño era?
¿A qué aspiraba? ¿Qué eran esas cosas tan importantes que le
preocupaban y que le impulsaban a olvidar lo más próximo, lo mejor, lo
más bello? Pepi era la víctima, todo era una necedad y todo estaba
perdido, y quien tuviese la fuerza de incendiar toda la posada de los
señores, pero hasta los cimientos, sin que quedase una huella, ardiendo
como un papel en la chimenea, ése sería hoy el elegido de Pepi. Sí, Pepi
llegó a la taberna hacía cuatro días, poco antes de la comida. No era
ningún trabajo fácil ése, se podía decir que casi era un trabajo asesino,
pero no era poco lo que se podía alcanzar con él. Pepi tampoco había
vivido antes al día y aunque nunca, en sus pensamientos más osados,
había aspirado a ese puesto, sin embargo sí había realizado numerosas
observaciones, conocía las exigencias del puesto, desde luego no lo
había asumido sin estar preparada. Y no se podía asumir sin estar
preparada, porque en otro caso se perdería en las primeras horas,
sobre todo si se intentaba realizar el trabajo como lo haría una criada.
Como criada una se olvidaba de Dios y de los hombres, se trataba de
un trabajo como en una mina, al menos en el corredor de los
secretarios así era. Día tras día no se veía allí, aparte de las pocas
personas convocadas que iban rápidamente de un lado a otro sin
atreverse a mirar, a ningún ser humano, excepto las dos o tres criadas
que estaban igual de amargadas que Pepi. Por las mañanas no se podía
salir de la habitación, a esas horas los secretarios querían estar solos,
entre ellos, la comida se la llevaban los sirvientes de la cocina, por
regla general las criadas no tenían nada que ver con eso, tampoco
durante las horas de la comida nos podíamos mostrar en el corredor.
Sólo cuando los señores trabajaban, las criadas podían limpiar, pero,
naturalmente, no en las habitaciones ocupadas, sino en las vacías, y
ese trabajo se tenía que realizar en silencio para no molestar a los
señores. Pero ¿cómo era posible limpiar en silencio cuando los señores
vivían varios días en las habitaciones? A todo ello se añadían los
sirvientes, esa chusma, que no paraban de trastocarlo todo, así, cuando
las criadas podían entrar en la habitación, ésta se encontraba en un
estado que ni siquiera un diluvio podría limpiarla. Cierto, se trataba de
señores, pero había que superar la repugnancia para limpiar sus
habitaciones. Las criadas no tenían mucho trabajo, pero era duro. Y
nunca una palabra amable, sólo reproches, especialmente éste, el más
frecuente y atormentador: que al limpiar habían desaparecido
expedientes. En realidad no se perdía nada, cualquier papel, por
pequeño que fuese, se entregaba al posadero, pero era cierto que se
perdían expedientes, aunque no por obra de las criadas. Y entonces se
formaban comisiones y las criadas tenían que abandonar sus
habitaciones y la comisión registraba las camas; las criadas no tenían
ninguna propiedad, sus pocos objetos personales cabían en un cesto,
pero la comisión buscaba durante horas. Por supuesto que no
encontraba nada, ¿cómo podrían llegar hasta allí expedientes? Pero el
resultado volvía a ser insultos y amenazas procedentes de la
decepcionada comisión y transmitidos por el posadero. Y nunca se
encontraba la tranquilidad, ni de día ni de noche. Había ruido casi toda
la noche y ruido desde el amanecer. Si al menos no hubiera que vivir
allí, pero era obligatorio, pues había periodos en que era competencia
de las criadas llevar pequeñeces, según los pedidos, de la cocina, sobre
todo por la noche. Siempre de repente el puño golpeando la puerta de
la criada, el dictado del pedido, bajar a la cocina, sacudir al mozo de
cocina que duerme, poner el pedido en el suelo ante la puerta de la
criada, donde lo recogía uno de los sirvientes, qué triste era todo eso.
Pero no era lo peor. Lo peor era cuando no se producía ningún pedido,
cuando en lo más profundo de la noche, cuando todos tendrían que
estar durmiendo y la mayoría dormía de verdad, alguien comenzaba a
andar de puntillas ante la puerta de las criadas. Entonces las criadas se
levantaban de un salto –las camas eran literas, había poco espacio, la
habitación de las criadas no era más que un gran armario con tres
nichos–, escuchaban atentamente en la puerta, se arrodillaban, se
abrazaban atemorizadas. Y continuamente se oía al furtivo ante la
puerta. Todas habrían sido felices si finalmente hubiese entrado en la
habitación, pero no ocurría nada, nadie entraba. Y había que reconocer
que en ello no se tenía que ver necesariamente un peligro, quizá sólo
era alguien que iba de un lado a otro ante la puerta, reflexionaba si
quería hacer un pedido y luego no se decidía. Tal vez sólo era eso, o tal
vez fuera algo muy diferente. En realidad no conocíamos a los señores,
apenas los habíamos visto. En todo caso las criadas se morían de miedo
y, cuando por fin ya no se oía nada, se apoyaban en la pared y no
tenían más fuerzas para subir hasta sus camas. Ésta era la vida que le
esperaba otra vez a Pepi, esa misma noche ocuparía de nuevo su plaza
en la habitación de las criadas. Y ¿por qué? A causa de K y Frieda. De
vuelta a esa vida de la que acababa de escapar, de la que había
escapado, sí, con ayuda de K, pero también con un gran esfuerzo, pues
en ese servicio las criadas se descuidaban, incluso las más cuidadosas.
¿Para quién se tendrían que acicalar? Nadie las miraba, en el mejor de
los casos el personal de la cocina; a quien eso le bastase, se podía
acicalar. El resto del tiempo lo pasábamos en nuestro cuarto o en las
habitaciones de los señores, y entrar en ellas con vestidos limpios
habría sido absurdo y un derroche. Y siempre bajo la luz eléctrica y con
un aire pesado –siempre se estaba caldeando–, y, en realidad, siempre
cansadas. La mejor forma de pasar la tarde libre era durmiendo
tranquilamente y sin miedo en algún rincón de la cocina. ¿Para qué
acicalarse entonces? Sí, apenas nos vestíamos. Y de repente Pepi fue
destinada a la taberna, donde, presuponiendo que se afirmara en el
puesto, precisamente sería necesario todo lo contrario, siempre se
encontraría expuesta a las miradas de los demás, entre los que se
encontrarían muchos señores muy atentos y exigentes y donde siempre
habría que dar la impresión más agradable posible. Y Pepi podía decir
que no había omitido nada. No se preocupó de lo que vendría después.
Ella sabía muy bien que tenía las capacidades necesarias para ocupar
ese puesto, de eso estaba muy segura, y esa misma convicción la
seguía teniendo ahora y nadie se la podía quitar, ni siquiera ese día, el
día de su derrota. Sólo era difícil el modo en que podría mantenerse al
principio, pues no dejaba de ser una criada pobre, sin vestidos ni joyas,
y porque los señores no tenían la paciencia de esperar para ver cómo
se iba evolucionando, sino que en seguida, sin transición ninguna,
querían tener una camarera como estaba mandado, en otro caso la
rechazaban. Se podría pensar que sus exigencias no eran grandes, pues
Frieda las podía satisfacer, pero eso no era cierto. Pepi había
reflexionado sobre ello, también se había encontrado a menudo con
Frieda y durante un tiempo había dormido con ella. No era fácil seguir
las huellas de Frieda y quien no tenía mucho cuidado ¿y qué señores lo
tenían?– caía en sus engaños. Nadie sabía mejor que Frieda lo
lamentable que era su aspecto; cuando, por ejemplo, se veía por
primera vez cómo se soltaba el pelo, había que juntar las manos de
pena, una muchacha como ella, si las cosas se hiciesen bien, no podría
ser ni criada. Ella también lo sabía y por ello había llorado más de una
noche, se había abrazado a Pepi y se había tapado la cara con su pelo.
Pero cuando estaba de servicio, desaparecían todas sus dudas, se
consideraba la más bella y sabía convencer a cualquiera de la mejor
manera. Y mentía deprisa y estafaba para que la gente no tuviera
tiempo de contemplarla correctamente. Por supuesto que eso no podía
durar mucho, la gente tenía ojos y, al final, terminarían por tener
razón. Pero en el instante en que percibía un peligro semejante, ya
tenía preparado otro artificio, por ejemplo, en los últimos tiempos, su
relación con Klamm. ¡Su relación con Klamm! Si no lo creía, lo podía
confirmar, podía visitar a Klamm y preguntarle. Qué astuta era, qué
astuta. Y si no se atrevía a presentarse ante Klamm con semejante
pregunta y ni siquiera lograba una cita con cuestiones infinitamente
más importantes, o Klamm fuese completamente inaccesible para él –
sólo para él y para los que eran como él, pues Frieda, por ejemplo, se
plantaba ante él de un brinco cuando quería–, si eso era así, a pesar de
ello aún lo podía confirmar, no necesitaba más que esperar. Klamm no
toleraría durante mucho tiempo un rumor tan falso, él estaba
perfectamente informado de todo lo que se contaba de él en la taberna
y en las habitaciones, todo eso poseía para él la mayor importancia y si
era falso, lo rectificaría. Pero si no lo rectificaba, entonces no había
nada que rectificar y todo era verdad. Lo único que se veía es que
Frieda llevaba la cerveza a la habitación de Klamm y regresaba con el
pago, pero lo que no se veía, eso es lo que contaba Frieda y había que
creerla. Pero no contaba nada, no iba a divulgar esos secretos, no, los
mismos secretos se divulgaban por sí mismos y ya que se habían
divulgado, ya no temía hablar de ellos ella misma, pero con modestia,
sin afirmar nada, se remitía a lo conocido por todos. Sin embargo, no lo
contaba todo, por ejemplo que Klamm, desde que ella estaba en la
taberna, bebía menos cerveza que antes, no mucha menos, pero
significativamente menos, de eso no decía nada, podía obedecer a
distintos motivos, podía ser que fuese una temporada en la que a
Klamm le agradase menos la cerveza o, quizá, se olvidaba de la cerveza
por Frieda. En todo caso, y por muy sorprendente que pudiera parecer,
Frieda era la amante de Klamm. Pero lo que satisfacía a Klamm, ¿por
qué no podrían admirarlo los demás? Y así Frieda, en un abrir y cerrar
de ojos, se había convertido en una belleza, en una muchacha hecha a
la medida de la taberna, casi demasiado bella, demasiado poderosa,
quizá incluso fuera demasiado buena para la taberna. Y, en efecto, a
muchos les resultaba extraño que siguiese en la taberna; el empleo de
camarera en la taberna era mucho, desde esa perspectiva parecía muy
creíble la relación con Klamm; ahora bien, si la camarera de la taberna
era la amante de Klamm, ¿por qué la dejaba tanto tiempo en la
taberna? ¿Por qué no la ascendía? Se le podía repetir mil veces a la
gente que aquí no existía ninguna contradicción, que Klamm tenía
distintos motivos para obrar así, o que, tal vez, que el ascenso de
Frieda estaba al caer, todo eso producía poco efecto, la gente tenía
determinadas ideas y no se dejaba desviar de ellas mucho tiempo por
complejo que fuera el artificio que se empleaba. Nadie había dudado
que Frieda fuera la amante de Klamm, incluso aquellos que
posiblemente lo sabían mejor, ya estaban demasiado cansados para
dudar. «¡Por todos los diablos, sé la amante de Klamm!», pensaron,
«pero si ya lo eres, lo queremos confirmar con tu ascenso». Pero nadie
pudo notar ni confirmar nada, y Frieda permaneció en la taberna como
hasta entonces y aún estaba contenta en secreto de que así fuera. Pero
entre la gente perdió en prestigio, eso lo tuvo que notar, ella solía notar
cosas antes de que se manifestasen. Una muchacha realmente bella y
encantadora, una vez que se había adaptado a la taberna, no debía
emplear artimañas; mientras fuera bella, permanecería camarera en la
taberna, siempre y cuando no se produjese alguna desgraciada
casualidad. Una muchacha como Frieda, sin embargo, tenía que estar
continuamente preocupada por su puesto, era evidente que no lo
mostraba, más bien solía quejarse y renegar de su trabajo, pero
observaba permanentemente en secreto el ambiente. Y así comprobó
que la gente se tornaba indiferente, la aparición de Frieda ya no
suponía ningún motivo que mereciera la pena para levantar la mirada,
ni siquiera los sirvientes se fijaban en ella, comprensiblemente se
sentían atraídos por Olga y otras mujeres parecidas, también comprobó
en el comportamiento del posadero que ella cada vez era menos
imprescindible, y tampoco podía inventar más historias de Klamm, todo
tenía límites, y así la buena de Frieda se decidió por algo nuevo. ¡Todos
lo adivinaron! Pepi lo sospechó, pero, por desgracia, no lo adivinó.
Frieda se decidió por provocar un escándalo, ella, la amante de Klamm,
se quiso arrojar en los brazos de un cualquiera; en lo posible, en los del
más ínfimo. Eso causaría sensación, de eso se hablaría largo tiempo y,
finalmente, se acordarían de lo que significaba ser la amante de Klamm
y de lo que significaba rechazar ese honor en la embriaguez de un
nuevo amor. Lo único difícil era encontrar el hombre adecuado con el
que se pudiera jugar una partida tan astuta. No podía ser un conocido
de Frieda, tampoco uno de los sirvientes, probablemente uno de ellos la
habría mirado con los ojos muy abiertos y habría seguido su camino,
ante todo no habría sabido mantener la seriedad, y habría resultado
imposible difundir, ni con toda la elocuencia, que Frieda había sido
asaltada por él, que no había sabido defenderse y que se había rendido
a él en un momento de inconsciencia. Y aunque se tratase de la
persona más ínfima, tendría que ser alguien del que se pudiera hacer
creíble que, a pesar de su carácter obtuso y grosero, sólo anhelaba a
Frieda y que no tenía otro deseo que –¡Cielo Santo!– casarse con ella.
Pero aun siendo el hombre más vulgar, en lo posible inferior a un
criado, muy inferior a un criado, al menos tenía que ser uno que no
fuese objeto de risa de todas las muchachas, alguien en quien otra
mujer con sentido común pudiese encontrar algo atractivo. Pero ¿dónde
se podía encontrar a un hombre semejante? Cualquier otra mujer
probablemente lo habría buscado en vano durante toda la vida, la
suerte de Frieda, sin embargo, condujo tal vez al agrimensor a la
taberna precisamente la noche en que le vino el plan a la cabeza. ¡El
agrimensor! Sí, ¿en qué pensaba K? ¿Qué cosas tan especiales
ocupaban su mente? ¿Quería lograr algo especial? ¿Un buen empleo,
una distinción? ¿Quería algo similar? Bueno, entonces tendría que
haberse conducido de un modo diferente desde el principio. Era un don
nadie, resultaba lamentable contemplar su situación. Era agrimensor,
eso quizá fuese algo, al menos había aprendido una profesión, pero
cuando no se sabe qué emprender con ello, no significa nada. Y encima
presentaba exigencias; sin tener ningún respaldo, presentaba
exigencias, no directamente, pero se notaba que tenía pretensiones,
eso era irritante. ¿Sabría que incluso una criada le hacía una concesión
cuando hablaba con él? Y con todas sus pretensiones la primera noche
cayó en la trampa más burda. ¿Acaso no se avergonzaba? ¿Qué fue lo
que le atrajo tanto de Frieda? Ahora podía reconocerlo. ¿Le había
podido gustar realmente esa cosa amarillenta y escuchimizada? ¡Ah!,
no, ni siquiera la había mirado, ella sólo le dijo que era la amante de
Klamm, en él eso sonó a novedad y ya estaba perdido. Pero entonces
ella se tenía que mudar, ya no había sitio para ella en la posada de los
señores. Pepi la vio la mañana antes de la mudanza, todo el personal se
había reunido allí, había curiosidad por verlo. Y tan grande era aún su
poder que se compadecían de ella, todos, también sus enemigos; tan
exitoso resultó su cálculo al principio; haberse arrojado en los brazos de
un tipo semejante les parecía a todos algo incomprensible, un golpe del
destino; las pequeñas mozas de cocina, que naturalmente admiraban a
todas las camareras de la taberna, estaban inconsolables. Incluso Pepi
estaba afectada, ni siquiera ella se pudo dominar, aunque dirigía su
atención a algo diferente. Le llamó la atención la escasa tristeza que
mostraba Frieda. En el fondo se trataba de una terrible desgracia que le
había afectado, y ella hacía como si fuese muy desgraciada, pero no lo
suficiente, ese juego no podía engañar a Pepi. ¿Qué la mantenía tan
íntegra? ¿Acaso la felicidad del nuevo amor? Bueno, esa consideración
caía por sí misma. Pero ¿qué podía ser entonces? ¿Qué le daba la
fuerza incluso para tratar a Pepi, que ya entonces era considerada su
sucesora, con la fría amabilidad de siempre? Pepi no tenía tiempo para
reflexionar sobre ello, tenía demasiado que hacer con los preparativos
para el nuevo empleo. Probablemente debería ocuparlo en unas horas y
no tenía ningún peinado bonito, ningún vestido elegante y de tela fina,
ningunos zapatos decentes. Todo eso había que conseguirlo en unas
horas, si no podía aparecer con corrección, era mejor renunciar al
trabajo, pues entonces lo perdería en la primera media hora. Bueno, lo
logró en parte. Para peinarse tenía un talento especial, una vez incluso
la llamó la posadera para que la peinara, posee una habilidad especial
en las manos, si bien ella tenía una abundante cabellera que se
amoldaba a todos los deseos. También consiguió ayuda para el vestido.
Sus dos compañeras se mantuvieron fieles, también suponía para ellas
cierto honor cuando una criada de su grupo era nombrada camarera de
la taberna; además Pepi, más tarde, cuando tuviese poder, podría
conseguirles alguna ventaja. Una de ellas tenía desde hacía tiempo una
tela muy cara, era su tesoro, y con frecuencia dejaba que las demás la
admiraran; soñaba con emplearla alguna vez de forma espléndida y –lo
que fue un bonito gesto de su parte–, ahora que la necesitaba Pepi, la
sacrificó. Y las dos la ayudaron gustosas a coser, si hubiesen cosido
para ellas mismas, no habrían invertido tanto celo. Incluso fue un
trabajo muy alegre y dichoso. Estaban sentadas cada una en su cama,
una sobre la otra, cosían y cantaban y se pasaban las partes concluidas
y los accesorios de costura. Cuando Pepi pensaba en ello le llegaba al
corazón que todo hubiese sido en vano y que ahora tuviese que
regresar con sus amigas con las manos vacías. Qué desgracia y cuánta
imprudencia, sobre todo por parte de K. Cómo se alegraron todas del
vestido. Pareció el colmo del éxito, y cuando posteriormente aún se
encontró espacio para un lazo, desapareció la última duda. ¿Y acaso no
era bonito el vestido? Ya estaba un poco arrugado y sucio, Pepi no tenía
un segundo vestido, así que había tenido que llevar ése día y noche,
pero aún se podía comprobar lo bello que había sido, ni siquiera la
condenada de los Barnabás había podido ponerse uno mejor. Y además
se podía ajustar y aflojar, arriba y abajo, según el gusto; que fuese un
solo vestido, pero tan modificable, supuso una gran ventaja y
realmente fue su invención. Cierto, para ellas no era difícil la costura,
Pepi no se vanagloriaba de ello, a las muchachas jóvenes y sanas les
quedaba todo bien. Más difícil fue conseguir la ropa interior y los
zapatos, y aquí comenzó el fracaso. También en esto ayudaron las
amigas, pero no pudieron conseguir mucho, sólo ropa basta que
remendaron y, en vez de zapatos de tacón alto, hubo que conformarse
con unos zapatos de andar por casa, que era preferible esconder antes
que mostrar. Consolaron a Pepi, Frieda tampoco iba muy bien vestida y
a veces se paseaba tan desaliñada que los clientes preferían dejarse
servir por los mozos antes que por ella. Así era en realidad, pero Frieda
podía hacerlo, ella gozaba del favor de los demás; cuando una dama se
muestra vestida con descuido, se vuelve más seductora, pero ¿con una
novata como Pepi? Y, además, Frieda no podía vestirse bien, carecía de
gusto. Si alguien tenía la piel amarillenta no le cabía otro remedio que
aguantarse, pero no tenía, como Frieda, que ponerse una blusa
escotada color crema para dañar los ojos de los demás. Y aun en el
caso de que no hubiese sido así, era demasiado mezquina para vestirse
bien, todo lo que ganaba, lo ahorraba, nadie sabía para qué. Mientras
estaba de servicio no necesitaba dinero, lograba salir de problemas con
mentiras y trucos, Pepi no quería imitar su ejemplo y por eso estaba
justificado que se acicalase tanto para hacerlo patente y desde el
principio. Si hubiese podido emplear más medios, podría haber salido
victoriosa a pesar de la astucia de Frieda y de la necedad de K. Todo
comenzó muy bien. Los conocimientos necesarios ya los había adquirido
antes. Apenas llegada a la taberna, ya se había adaptado. Nadie echaba
de menos a Frieda. Sólo el segundo día hubo algunos huéspedes que
preguntaron por ella. No se cometieron errores, el posadero estaba
satisfecho, todo el primer día permaneció en la taberna por miedo,
luego ya sólo fue de vez en cuando, finalmente lo dejó todo en manos
de Pepi, ya que la caja coincidía, además, los ingresos, por término
medio, incluso habían aumentado respecto al periodo de Frieda. Pepi
introdujo novedades. Frieda había cedido algunos de sus derechos, no
por diligencia, sino por avaricia, ansias de dominio, y por miedo;
también controlaba a los criados, al menos esporádicamente, sobre
todo cuando alguien miraba. Pepi, sin embargo, adjudicó ese trabajo a
los mozos, que para eso servían mejor. Gracias a esa medida, se
disponía de más tiempo para las habitaciones de los señores, los
huéspedes fueron servidos con rapidez y, aun así, pudo conversar algo
con ellos, no como Frieda que, al parecer, sólo se reservaba para
Klamm y consideraba cada palabra, cada aproximación de otro como
una ofensa a Klamm. Esa táctica, sin embargo, también era astuta,
pues cuando dejaba que alguien se aproximara a ella, se tenía que
interpretar como un gran privilegio. Pepi, en cambio, odiaba esos
artificios, además, al principio no eran útiles. Pepi se mostraba
amigable con todos y todos le pagaban con amabilidad. Todos estaban
visiblemente alegres por el cambio; cuando por fin los agotados señores
se podían sentar un rato para tomarse una cerveza se les podía cambiar
con una palabra, una mirada, un encogerse de hombros. Tantas veces
pasaban las manos por los rizos de Pepi, que se tenía que renovar el
peinado diez veces al día; nadie se resistía a la seducción ejercida por
esos rizos y trenzas, ni siquiera K, tan irreflexivo en otras cosas. Tantos
días exitosos, excitantes y llenos de trabajo. ¡Si no hubiesen pasado tan
rápido! ¡Si hubiesen sido más! Cuatro días eran demasiado poco, por
más que se realizase un esfuerzo hasta el agotamiento, quizá habría
bastado el quinto día, pero cuatro habían sido demasiado pocos. Cierto,
Pepi ya había adquirido en cuatro días amigos y bienhechores, si
hubiese podido confiar en todas las miradas; se puede decir que
nadaba, cuando traía las jarras de cerveza, en un mar de amistad; un
escribiente llamado Bratmeier estaba loco por ella, le había regalado
esa cadena y el colgante y en el colgante estaba su retrato, lo que
había sido una osadía; sí, ocurrieron muchas cosas, pero sólo fueron
cuatro días, en cuatro días, si se lo proponía, Pepi casi podía hacer que
se olvidasen de Frieda, aunque no del todo, y se habrían olvidado de
ella aún antes, si no hubiese mantenido precavidamente su nombre en
todos los labios a causa de su gran escándalo, con él era como si fuese
nueva para todos, sólo por curiosidad les hubiera gustado verla; lo que
se había convertido para ellos en algo aburrido hasta la saciedad, había
adquirido un nuevo acicate gracias a los merecimientos del indiferente
K; por ello no habrían renunciado a Pepi, mientras estuviese allí y
destacase por su presencia, pero en su mayoría eran señores mayores,
aferrados a sus costumbres; antes de que se acostumbrasen a una
nueva camarera tenían que pasar unos días, por muy beneficioso que
hubiese sido el cambio; contra la voluntad de los señores siempre
duraba unos días, quizá sólo cinco días, pero cuatro no bastaban; Pepi,
a pesar de todo, seguía siendo considerada como una camarera
provisional. Y luego quizá la desgracia más grande, en esos cuatro días
Klamm, a pesar de que durante los dos primeros días estuvo en el
pueblo, no bajó de su habitación. Si hubiese bajado, habría sido el
ensayo decisivo, un ensayo que ella al menos no temía, todo lo
contrario, por el que se alegraba. No se hubiese convertido –ésas eran
cosas de las que era mejor no hablar– en la amante de Klamm, ni
tampoco habría mentido para tenerse por una, pero hubiese sabido
dejar la jarra de cerveza en la mesa con la misma simpatía que Frieda,
le habría saludado amablemente sin la impertinencia de Frieda y se
habría despedido con la misma amabilidad, y si Klamm hubiese buscado
algo en los ojos de una joven, lo habría encontrado en los ojos de Pepi
hasta la saciedad. Pero ¿por qué no bajó? ¿Por casualidad? Eso fue lo
que creyó Pepi entonces. Durante los dos días le esperó a cada
momento. «Ahora vendrá Klamm» –pensaba continuamente y corría
hacia un lado y a otro sin otro motivo que la intranquilidad de la espera
y el anhelo de ser la primera en verle cuando entrara. Esa continua
decepción la fatigó mucho, quizá por eso rindiera menos de lo que era
capaz. Se deslizaba, cuando tenía un poco de tiempo, hasta el corredor,
cuyo acceso le estaba terminantemente prohibido al personal, allí se
ocultó en un rincón y esperó. «Si ahora viniese Klamm –pensaba–, si
pudiese recoger al señor en su habitación y llevarlo hasta la taberna en
mis brazos. Soportaría esa carga sin derrumbarme, aun cuando fuese
mucho más pesada». Pero no fue. En esos corredores de arriba reinaba
tal silencio, un silencio imposible de imaginar si no se ha estado allí.
Reinaba tal silencio que no se podía soportar mucho tiempo, el silencio
terminaba por ahuyentarte. Diez veces fue Pepi ahuyentada, diez veces
volvió a subir. Era absurdo. Klamm bajaría cuando quisiese bajar, pero
si no quería, Pepi no podría sacarle por mucho que se asfixiara en el
rincón sufriendo fuertes palpitaciones. Era absurdo, pero si no bajaba,
todo era absurdo. Y no bajó. Hoy sabía Pepi por qué Klamm no había
bajado. Frieda se habría divertido mucho si hubiese visto a Pepi arriba,
en el corredor, escondida en un rincón y con las dos manos en el
corazón. Klamm no bajó porque Frieda no lo consintió. No lo logró con
sus súplicas, sus súplicas no llegaban hasta Klamm, pero esa araña
tenía conexiones que nadie conocía. Cuando Pepi le decía algo a un
huésped, lo decía abiertamente, también lo podía oír la mesa vecina;
Frieda, sin embargo, no tenía nada que decir, ponía la cerveza en la
mesa y se iba; sólo susurraban sus enaguas de seda, lo único en lo que
invertía dinero. Pero si alguna vez decía algo, no lo decía abiertamente,
sino que se lo susurraba al cliente, se inclinaba de tal manera que en la
mesa vecina se aguzaban los oídos. Lo que decía era probablemente
insignificante, aunque no siempre; ella tenía conexiones, apoyaba las
unas en las otras y aunque la mayoría de ellas fracasaban –¿quién se
preocuparía largo tiempo de Frieda?–, de vez en cuando había alguna
que persistía. Así que comenzó a aprovecharse de esas conexiones. K le
proporcionó la posibilidad para ello, en vez de sentarse a su lado y
vigilarla, él apenas se quedó en casa, vagó por todas partes, sostuvo
entrevistas aquí y allá, a todo le prestó atención menos a Frieda, y,
para darle aún más libertad, se mudó de la posada del puente a la
escuela. Todo eso había sido un buen inicio para una luna de miel.
Bueno, Pepi era con toda seguridad la última que podía reprochar a K
que no hubiese logrado soportar a Frieda. Con ella no se podía aguantar
mucho tiempo. Pero ¿por qué no la había abandonado, por qué había
regresado con ella una y otra vez, por qué había despertado la
impresión en sus peregrinaciones de que luchaba por ella? Era como si,
a través de su contacto con Frieda, hubiese descubierto su
insignificancia, como si quisiese hacerse digno de Frieda, como si
quisiese trepar y para ello renunciase a la convivencia para luego
poderse resarcir de los sacrificios realizados. Mientras, Frieda no había
perdido el tiempo, había permanecido sentada en la escuela, adonde
ella seguramente había conducido a K, y observaba la posada de los
señores y observaba a K. Tenía a su disposición mensajeros
excepcionales, los ayudantes de K, que –lo que era incomprensible,
incluso conociendo a K resultaba incomprensible– se los dejaba a ella.
Ella se los enviaba a sus viejos amigos, hacía que la recordasen, se
quejaba de que un hombre como K la mantenía encerrada, acosaba a
Pepi, anunciaba su próxima llegada, pedía ayuda, juraba que no había
traicionado a Klamm, hacía como si hubiese que proteger a Klamm y no
se le debiera permitir en ningún caso que bajase a la taberna. Lo que
ella vendía a algunos como la protección de Klamm, ante el posadero lo
interpretaba como su éxito personal, y llamaba la atención acerca de
que Klamm ya no bajaba. ¿Cómo podría bajar, si abajo era Pepi la que
servía? Aunque era cierto que el posadero no tenía culpa alguna, esa
Pepi era, en todo caso, la mejor sustituta que había podido encontrar,
pero no era suficiente, ni siquiera para unos días. K no sabía nada de
toda esa actividad de Frieda; cuando no vagaba por ahí, yacía ignorante
a sus pies, mientras ella contaba las horas que aún la separaban de la
taberna. Pero los ayudantes no sólo le prestaban ese servicio de
mensajería, también colaboraban para poner celoso a K, para
mantenerlo en calor. Frieda conocía a los ayudantes desde su infancia,
no tenían ningún secreto entre ellos, pero en honor a K comenzaron a
anhelarse mutuamente y surgió el peligro de que se convirtiera en un
gran amor. Y K hizo cualquier cosa para satisfacer a Frieda, incluso lo
más contradictorio, dejó de ponerse celoso por los ayudantes y sin
embargo toleraba que los tres permanecieran juntos mientras él
emprendía solo sus peregrinaciones. Era como si fuese el tercer
ayudante de Frieda. Entonces Frieda, basándose en sus observaciones,
se decidió a dar el gran golpe, decidió regresar. Y realmente era el
momento oportuno, resultaba admirable cómo Frieda, la muy astuta, lo
reconoció y aprovechó, esa fuerza en la observación y en la decisión
constituía el inimitable arte de Frieda; si Pepi lo tuviera, qué diferente
habría sido el curso de su vida. Si Frieda hubiese permanecido un día o
dos más en la escuela, ya no podrían haber expulsado a Pepi, sería
definitivamente camarera, amada por todos, habría ganado el dinero
suficiente para completar su ajuar, sólo uno o dos días y Klamm ya no
habría podido ser apartado con ninguna intriga de la taberna, habría
bajado, bebido, se habría sentido cómodo y, si acaso hubiese percibido
la ausencia de Frieda, estaría muy satisfecho con el cambio; sólo uno o
dos días más y todo habría quedado olvidado, Frieda con su escándalo,
con sus conexiones, con los ayudantes, nada de eso habría sido
recordado. ¿Quizá entonces podría aferrarse mejor a K y,
presuponiendo que fuese capaz de ello, aprender a quererle? No,
tampoco eso, pues K no necesitaba más de un día para hartarse de ella,
para reconocer cómo le embaucaba de la manera más miserable, con
todo, con su supuesta belleza, su supuesta fidelidad y, sobre todo, con
el supuesto amor de Klamm, sólo un día, nada más, necesitaba para
expulsar de la casa a esa sucia compañía de ayudantes, ni siquiera K
necesitaba más. Y, sin embargo, entre esos dos peligros, cuando ya
comenzaba a cerrarse la tumba sobre ella, K, en su simpleza, aún le
dejaba abierta la última y estrecha vía, y ella escapaba. De repente –
nadie lo había esperado, iba contra la naturaleza–, era ella la que
ahuyentaba a K, quien la seguía queriendo y persiguiendo, y bajo la útil
presión de los amigos y ayudantes aparecía ante el posadero como una
salvadora, más seductora que antes a causa del escándalo, deseada
notoriamente tanto por los inferiores como por los superiores, aunque
habiendo sucumbido sólo un instante ante el más inferior de todos, a
quien rechazaba como estaba mandado para permanecer inalcanzable
como antes, sólo que antes todo eso se dudaba con razón, pero ahora
reinaba el convencimiento. Así que regresaba, el posadero vacilaba
mientras miraba a Pepi de soslayo –¿debía sacrificarla, a ella, que tan
bien había trabajado?–, pero al poco tiempo ya se había dejado
convencer, había demasiado que hablaba en favor de Frieda y, ante
todo, quería volver a ganar a Klamm para la taberna. Y así se llegaba a
esa misma noche. Pepi no esperaría a que llegase Frieda y a que hiciese
un triunfo de la ocupación del puesto. Ya le había dado al posadero la
caja, se podía ir. La cama en la habitación de las criadas ya estaba
preparada para ella, allí la saludarían sus llorosas amigas, se quitaría el
vestido, las cintas del pelo y lo arrojaría todo en algún lugar donde
quedase bien escondido y no le recordasen innecesariamente tiempos
pasados que deberían olvidarse para siempre. Luego tomaría la fregona
y el cubo e iría a trabajar con los dientes apretados. Pero antes le tenía
que contar todo a K para que él, que sin ayuda no se habría dado
cuenta de nada, viese claramente lo mal que había tratado a Pepi y lo
infeliz que la había hecho. Aunque, ciertamente, también de él se había
abusado.
Pepi había terminado de hablar. Se limpió, suspirando, algunas
lágrimas de los ojos y de las mejillas y miró a K asintiendo con la
cabeza, como si quisiese decir que en el fondo no se trataba de su
desgracia, que ella la soportaría y para ello no necesitaría ni ayuda ni
consuelo de nadie, y menos de K; ella, a pesar de su juventud, conocía
la vida y su desgracia sólo era una confirmación de sus conocimientos,
en realidad se trataba de la desgracia de K: había querido presentarle
su propia imagen; después de la destrucción de todas sus esperanzas,
ella había considerado necesario hacerlo así.
–Qué imaginación más desbocada tienes, Pepi –dijo K–. No es verdad
que hayas descubierto ahora todas esas cosas, no son más que sueños
producto de vuestra oscura y estrecha habitación de criadas, que allí
abajo tienen su razón de ser, pero que aquí, al aire libre de la taberna,
resultan extraños. Con esos pensamientos no podías afirmarte aquí, eso
es evidente. Incluso tu vestido y tu peinado, de los que tanto te
vanaglorias, sólo son producto de la oscuridad y de las camas de
vuestra habitación; allí pueden ser muy bonitos, aquí, sin embargo,
todos se ríen de ellos ya sea en secreto o en público. ¿Y qué cuentas
más? ¿Que han abusado de mí y me han estafado? No, querida Pepi, de
mí han abusado tan poco como de ti y me han estafado tan poco como
a ti. Es cierto que Frieda me ha abandonado o, como tú te expresas, se
ha escapado con los ayudantes; vislumbras un destello de la verdad, y
es realmente muy improbable que se convierta en mi esposa, pero no
es cierto que me haya hartado de ella o que la hubiera expulsado al día
siguiente o que me hubiera engañado como quizá una mujer engaña a
un hombre. Vosotras, las criadas, estáis acostumbradas a espiar a
través del ojo de la cerradura y de esa costumbre deriváis la forma de
pensar consistente en deducir, de forma magistral pero completamente
falsa, el todo de una pequeñez que realmente veis. La consecuencia de
ello es que en este caso, por ejemplo, yo sé menos que tú. Tampoco
puedo explicar tan detalladamente como tú por qué Frieda me ha
abandonado. La explicación más probable me parece la que tú has
insinuado pero sin sacarle el partido necesario: que la he descuidado.
Eso es, por desgracia, cierto. La he descuidado, pero eso tuvo motivos
especiales que no vienen ahora a cuento; sería feliz si regresara a mí,
pero volvería a descuidarla en seguida. Así es. Cuando estaba conmigo,
me encontraba continuamente en mis peregrinajes, tan ridiculizados
por ti, ahora que se ha ido, no tengo casi ninguna ocupación, estoy
cansado, tengo deseos de no ocuparme absolutamente de nada. ¿No
tienes ningún consejo para mí, Pepi?
–Pues sí –dijo de repente, tornándose vivaz y cogiendo los hombros de
K–, nosotros dos somos los estafados, permanezcamos juntos, ven
conmigo abajo, con las demás.
–Mientras te quejes de haber sido estafada –dijo K–, no puedo llegar a
un acuerdo contigo. Tú quieres seguir siendo estafada, porque eso te
adula y te conmueve. Pero la verdad es que tú no eres la adecuada
para este puesto. Cuán clara resulta tu ineptitud, que hasta yo, según
tu opinión, el más ignorante, me doy cuenta de ella. Eres una buena
chica, Pepi, pero no es fácil reconocer lo que te digo; yo, por ejemplo,
al principio te tomé por cruel y arrogante, pero no lo eres, sólo es este
puesto que te confunde, ya que no eres apta para él. No quiero decir
que el puesto sea demasiado elevado para ti, tampoco es un empleo
tan extraordinario; quizá sea, si se mira con más detenimiento, más
honorable que tu empleo anterior, pero en general la diferencia no es
tan grande, los dos se asemejan tanto que se pueden confundir, sí, casi
se podría afirmar que es preferible ser criada antes que camarera, pues
abajo siempre se está entre secretarios, aquí, sin embargo, hay que
tener contacto con el pueblo llano, por ejemplo conmigo, si bien
también se puede servir a los superiores de los secretarios en sus
habitaciones; está decretado que yo no pueda permanecer en ningún
lado salvo aquí, en la taberna, y la posibilidad de tratar conmigo
¿podría ser algo extremadamente honroso? Sólo a ti te lo parece y
quizá tengas motivos para ello. Pero precisamente por eso careces de la
aptitud necesaria. Es un empleo como cualquier otro, para ti, sin
embargo, es el Reino Celestial, en consecuencia todo lo haces con un
celo desmesurado, te acicalas como, según tú, se deben acicalar los
ángeles –ellos, en realidad, son de otra manera–, tiemblas por el
puesto, te sientes continuamente perseguida, buscas ganarte con
desmesurada amabilidad a todos aquellos que te puedan servir de
apoyo, pero con esa actitud los importunas y los repeles, pues ellos
buscan paz en la taberna y no añadir a sus preocupaciones las de la
camarera. Es posible que después de la salida de Frieda ninguno de los
clientes se diese cuenta del suceso, ahora, sin embargo, sí lo saben y
realmente anhelan a Frieda, pues ella lo ha conducido todo de otro
modo. Fuera cual fuese su carácter y el modo en que valorase su
empleo, poseía una gran experiencia en su trabajo, era fría y sabía
dominarse, tú misma lo has destacado, aunque sin haberte
aprovechado del ejemplo. ¿Te has fijado alguna vez en su mirada? Ésa
no era ya la mirada de una camarera, casi era la mirada de una
posadera. Todo lo veía y, al mismo tiempo, captaba a cada una de las
personas, y la mirada que dejaba para ellas era lo suficientemente
fuerte como para someterlas. Qué importaba que quizá fuese un poco
delgada, que estuviese un poco envejecida, que uno se pudiera
imaginar un cabello más denso, ésas son pequeñeces comparadas con
lo que realmente tenía y aquellos a quienes hubiesen molestado esos
defectos sólo habrían demostrado que les faltaba el sentido para captar
lo importante. Esto no se le puede reprochar a Klamm y sólo es el falso
punto de vista de una muchacha joven e inexperta lo que te impide
creer en el amor de Klamm por Frieda. Klamm te parece –y con razón–
inalcanzable y, por eso, crees que tampoco Frieda tendría que haber
llegado hasta Klamm. Te equivocas. Yo confiaría exclusivamente en la
palabra de Frieda, aun en el caso de que careciera de pruebas
irrefutables. Por increíble que te parezca y aunque te resulte
incompatible con tus ideas del mundo y del funcionariado, de la
distinción y efecto de la belleza femenina, es verdad, como que
estamos aquí sentados y tomo tu mano entre las mías, que así se
sentaban, como si fuera la cosa más natural del mundo, Klamm y
Frieda, uno al lado del otro, y él bajaba voluntariamente, incluso se
apresuraba a bajar, nadie espiaba en el corredor, descuidando el
trabajo; el mismo Klamm tenía que hacer el esfuerzo de bajar y los
fallos en el vestido de Frieda, que tanto te horrorizaban, a él no le
molestaban en absoluto. ¡No quieres creerla! Y no sabes cómo te
descubres, cómo muestras tu inexperiencia. Ni siquiera alguien que no
supiese nada de la relación con Klamm, tendría que reconocer en su
carácter que se ha formado algo que es más que tú y yo y que toda la
gente del pueblo y que sus conversaciones iban más allá de las bromas
que son habituales entre clientes y camareras y que parecen ser la
meta de tu vida. Pero te hago una injusticia. Tú reconoces muy bien las
dotes de Frieda, te has dado cuenta de su capacidad de observación, de
su fuerza para decidir, de su influencia sobre las personas, sólo que
todo lo interpretas erróneamente, crees que todo lo emplea de forma
egoísta para obtener ventaja, con maldad, sólo como un arma contra ti.
No, Pepi, aun cuando pudiese disparar esas flechas envenenadas, no
podría dispararlas a una distancia tan corta. ¿Y egoísta? Más bien
podría decirse que, sacrificando lo que tenía y lo que podía esperar, nos
ha dado la posibilidad de mantenernos en un puesto superior, pero los
dos la hemos decepcionado y la hemos obligado a regresar aquí. No sé
si es así, tampoco mi culpa me parece clara, únicamente cuando me
comparo contigo surge en mi mente algo parecido, como si nosotros
nos hubiésemos esforzado de un modo demasiado ruidoso, infantil e
inexperto para ganar algo que se podría obtener fácilmente con la
tranquilidad y la objetividad de Frieda, pero que con lloros, arañazos y
tirones violentos, como un niño tira del mantel, no se puede obtener,
más bien echar por tierra y hacerlo inalcanzable. No sé si esto será así,
pero que hay más posibilidades de que sea así y no cómo tú lo has
contado, eso lo sé con toda certeza.
–Muy bien –dijo Pepi–, estás enamorado de Frieda porque se te ha
escapado, no es difícil estar enamorado de ella cuando ya no está.
Puede que todo sea como dices y puede que tengas razón, también al
ridiculizarme. ¿Qué vas a hacer ahora? Frieda te ha abandonado. Ni con
tu explicación ni con la mía tienes la esperanza de que regrese a ti e
incluso si regresase alguna vez, en algún lugar tendrás que alojarte
durante ese tiempo, hace frío y no tienes ni trabajo ni cama, ven con
nosotras, mis amigas te gustarán, te acomodaremos muy bien. Nos
ayudarás en el trabajo, que en realidad es demasiado duro para unas
jovencitas como nosotras; no dependeríamos exclusivamente de
nosotras mismas y por la noche ya no tendríamos miedo. ¡Ven con
nosotras! También mis amigas conocen a Frieda, te contaremos
historias acerca de ella hasta que te hartes. ¡Pero ven! También
tenemos fotos de Frieda y te las mostraremos. Antaño Frieda era más
modesta que hoy, apenas la reconocerás, como mucho por sus ojos que
ya en aquella época tenían ese aspecto inquisitivo. ¿Vas a querer venir?
–¿Está permitido? Ayer se produjo ese gran escándalo porque fui
descubierto en vuestro corredor.
–Porque fuiste descubierto, pero si estás en nuestra habitación, jamás
te descubrirán. Nadie sabrá nada de ti, sólo nosotras tres. ¡Ah!, será
muy divertido. Ya me parece la vida allí mucho más soportable que
hace un momento. Tal vez no pierda tanto al tener que irme. Tampoco
nos hemos aburrido las tres allí abajo, hay que dulcificar el amargor de
la vida, ya se nos amarga lo suficiente la existencia durante la juventud
para que la lengua no se empalague, pero nosotras tres nos
mantenemos unidas, vivimos lo mejor posible según las circunstancias;
especialmente te gustará Henriette, pero también Emilie, ya les he
hablado de ti, esas historias se escuchan con incredulidad, como si
fuera de la habitación en realidad no pudiese ocurrir nada, allí se está
caliente y es un lugar estrecho: nos apretamos todas juntas, pero
aunque dependemos de nuestra mutua compañía no nos hemos
hartado las unas de las otras, todo lo contrario, cuando pienso en mis
amigas, casi me parece justo que regrese con ellas; ¿por qué tendría
que llegar más lejos que ellas?, precisamente era eso lo que nos
mantenía unidas, que las tres teníamos el futuro cerrado de la misma
manera y ahora yo he perforado el muro y me he separado de ellas;
cierto, no las he olvidado, y mi principal preocupación era cómo podía
hacer algo por ellas; mi propio puesto aún era inseguro –lo inseguro
que era, no lo sabía–, y, sin embargo, ya hablé con el posadero sobre
Henriette y Emilie. Respecto a Henriette el posadero no estuvo del todo
inflexible, pero respecto a Emilie, que es mucho mayor que nosotras,
tiene la edad aproximada de Frieda, no me dio ninguna esperanza. Pero
imagínate, no quieren salir de allí, saben que es una vida miserable la
que llevan, pero ya se han resignado, esas pobres almas; creo que las
lágrimas que derramaron se debieron más a que tenía que abandonar
la habitación, a que tenía que salir al frío –a nosotras nos parece frío
todo lo que está fuera de la habitación– y a que tenía que tratar con
grandes personas extrañas en grandes espacios y con ninguna otra
meta que ganarme la vida, lo que también había logrado en nuestro
hogar común. Probablemente no se asombrarán si ahora regreso, y sólo
para transigir un poco conmigo llorarán y lamentarán mi destino. Pero
entonces te verán a ti y se darán cuenta de que fue una buena cosa
que me fuera. Que ahora tengamos un hombre como ayudante y
protector las hará felices y estarán encantadas de que todo tenga que
permanecer en secreto y que a través de ese secreto estaremos más
unidas que antes. ¡Oh, por favor, ven, ven con nosotras! No tendrás
ninguna obligación, no quedarás vinculado para siempre a nuestra
habitación, como nosotras. Si al llegar la primavera puedes encontrar
un alojamiento en cualquier lado y no te gusta estar con nosotras, te
puedes ir, sólo que tendrás que guardar el secreto y no traicionarnos,
pues entonces sería nuestra última hora en la posada de los señores; y
aun así, cuando estés con nosotras, tendrás que tener cuidado de no
mostrarte en ningún lado que consideremos peligroso y tendrás que
seguir nuestros consejos; eso es lo único que te vinculará y a eso te
tendrás que atener, como es nuestro caso, en lo demás eres
completamente libre; el trabajo que te asignemos no será difícil, no
temas por ello. Así que ¿vienes?
–¿Cuánto queda hasta que llegue la primavera? –preguntó K. –¿La
primavera? –repitió Pepi–. Aquí el invierno es largo y monótono. Pero
de eso no nos quejamos aquí abajo, contra el invierno estamos
aseguradas. Bueno, en su momento llega la primavera y el verano,
pero en el recuerdo, la primavera y el verano parecen tan breves que
casi se diría que son poco más de dos días, e incluso en esos días,
también en el más bello, cae alguna vez algo de nieve.
En ese momento se abrió la puerta, Pepi se estremeció, sus
pensamientos se habían alejado demasiado de la taberna, pero no era
Frieda, sino la posadera. Se quedó asombrada al ver que K seguía allí.
K se disculpó diciendo que la había estado esperando y, al mismo
tiempo, le agradeció que le hubiese permitido pernoctar allí. La
posadera no entendió por qué K la estaba esperando. K dijo que había
tenido la impresión de que la posadera aún quería hablar con él; pedía
disculpas si había sido un error, además, ya se tenía que ir, había
abandonado por mucho tiempo la escuela, de la que era bedel, de todo
tenía la culpa la citación del día anterior, aún tenía poca experiencia en
esas cosas, no volvería a causarle tantas molestias, como el día
anterior. Y se inclinó dispuesto a salir. La posadera le miró como si
soñase. Debido a esa mirada, K se quedó más tiempo del que quería.
Entonces ella sonrió un poco y sólo con el rostro asombrado de K
volvió, en cierta manera, en sí misma; era como si hubiese esperado
una respuesta a su sonrisa y, al no recibirla, se hubiese despertado.
Ayer tuviste la osadía de decir algo sobre mi vestido.
K no podía acordarse.
–¿No lo recuerdas? A la osadía le sigue la cobardía.
K se disculpó con su cansancio del día anterior, era posible que hubiese
dicho algún disparate, en todo caso ya no recordaba nada. ¿Qué habría
podido decir de los vestidos de la posadera? ¿Que eran tan bellos como
no los había visto en su vida? Al menos aún no había visto a ninguna
posadera que trabajase con esos vestidos.
–Déjate de comentarios –dijo rápidamente la posadera–, no quiero oír
más una palabra tuya acerca de mis vestidos, no te incumben en
absoluto, te lo prohíbo de una vez por todas.
K se inclinó una vez más y se dirigió hacia la puerta.
–Pero ¿qué significa eso –exclamó la posadera detrás de él– de que
jamás has visto a una posadera con esos vestidos durante el trabajo?
¿Qué significan esos absurdos comentarios? Son completamente
absurdos, ¿qué quieres decir?
K se dio la vuelta y pidió a la posadera que no se excitase.
Naturalmente que el comentario era absurdo. Además, él no entendía
nada de vestidos. En su situación cualquier vestido sin manchas le
parecía un lujo. Sólo se había quedado asombrado al ver a la señora
posadera, abajo, en el corredor, con un vestido de noche tan bello entre
tantos hombres apenas vestidos, nada más.
–Ah, muy bien –dijo la posadera–, ya pareces comenzar a recordar tu
comentario de ayer. Y lo completas con otro absurdo. Es cierto que no
entiendes nada de vestidos. Así que deja de juzgar –te lo pido
seriamente– cuáles son lujosos o cuáles son inadecuados y otras cosas
por el estilo –aquí pareció como si tuviese un escalofrío–, no vuelvas a
decir nada sobre mis vestidos, ¿lo oyes?
Y cuando K quería darse la vuelta en silencio, ella preguntó:
–¿De dónde sabes tú algo de vestidos?
K se encogió de hombros, no sabía nada.
–No sabes nada –dijo la posadera–, entonces no deberías pretender
que sabes. Ven a la oficina, te mostraré algo, entonces dejarás para
siempre tus insolencias.
La posadera salió por la puerta, Pepi se acercó a K de un salto; con el
pretexto de cobrar la cuenta de K, llegaron rápidamente a un acuerdo;
era muy fácil, pues K conocía el patio, cuya puerta conducía a la calle
lateral, al lado de la puerta había otra mucho más pequeña, detrás de
ella estaría Pepi en una hora y la abriría cuando golpease en ella tres
veces.
La oficina privada estaba situada frente a la taberna, sólo había que
atravesar el pasillo; la posadera ya había entrado en la habitación
iluminada y esperaba a K con impaciencia. Hubo una nueva molestia.
Gerstäcker había esperado en el pasillo y quiso hablar con K. No era
fácil desembarazarse de él, también la posadera ayudó y reprochó a
Gerstäcker su impertinencia.
–¿Adónde entonces? ¿Adónde? –aún se pudo oír a Gerstäcker cuando
se cerró la puerta y las palabras se mezclaron desagradablemente con
sollozos y toses.
Era una habitación pequeña y demasiado caldeada. Un pupitre de pie y
una caja fuerte quedaban adosados a las paredes más cortas, en las
más largas había un armario y una otomana. Casi todo el espacio era
ocupado por el armario, no sólo porque llenaba toda la pared más
larga, sino porque también su anchura estrechaba la habitación: se
necesitaban dos puertas corredizas para abrirlo del todo. La posadera
hizo una señal hacia la otomana, indicando que K se sentara, ella se
sentó en una silla giratoria al lado del pupitre.
–¿Ni siquiera has aprendido el oficio de sastre? –preguntó la posadera.
–No, nunca –dijo K.
–¿Qué eres en realidad?
–Agrimensor.
–¿Qué es eso?
K se lo explicó. La explicación la hizo bostezar.
–No dices la verdad. ¿Por qué no dices la verdad?
–Tampoco tú la dices.
–¿Yo? Ya comienzas otra vez con tus insolencias. Y si no la dijera,
¿acaso tendría que responder de ello ante ti? Y ¿en qué no digo la
verdad?
–No sólo eres posadera, como pretendes.
–¡Hombre! Estás lleno de descubrimientos. Entonces ¿qué soy? Tus
insolencias rompen todos los límites.
–No sé lo que eres además, sólo sé que eres una posadera y que llevas
vestidos que no son propios de una posadera y como, por lo que sé, no
los lleva nadie aquí en el pueblo.
–Bueno, ahora llegamos al meollo del asunto, no lo puedes silenciar, tal
vez no seas insolente, sólo eres como un niño que sabe cualquier
tontería y que es imposible obligarle a que se la calle. Habla entonces.
¿Qué tienen de especial estos vestidos?
–Te enojarás si lo digo.
–No, me reiré, no es más que cháchara infantil. ¿Cómo son los
vestidos?
–Tú eres la que lo quieres saber. Bien, son de un buen material,
lujosos, pero están anticuados, sobrecargados, a veces retocados,
gastados y no le van ni a tu edad, ni a tu figura, ni a tu posición. Me
llamaron la atención la primera vez que te vi, hace una semana, aquí
en el pasillo.
–Aquí lo tenemos. Son anticuados, sobrecargados y ¿qué más? ¿De
dónde pretendes saber todo eso?
–Simplemente lo veo. Para eso no se necesita ninguna instrucción.
–Eso lo ves tú, así, sin más. No tienes que preguntar en ninguna parte
y sabes lo que está de moda. Me vas a ser indispensable, pues tengo
una debilidad por los vestidos bonitos. Y ¿qué opinarías si te digo que
todo este armario está lleno de vestidos?
Corrió una de las puertas y se pudieron ver los vestidos comprimidos
que ocupaban todo el armario, la mayoría eran vestidos oscuros,
azules, marrones y negros, todos cuidadosamente colgados y estirados.
–Éstos son los vestidos para los que no tengo espacio en mi habitación,
allí aún tengo dos armarios llenos, dos armarios, cada uno tan grande
como éste. ¿Te asombras?
–No, había esperado algo similar, ya dije que no sólo eres posadera,
aspiras a algo más.
–Sólo aspiro a vestirme bien y tú eres o un loco o un niño o un hombre
muy malo y muy peligroso. ¡Vete, vete ya!
K ya estaba en el pasillo y Gerstäcker le volvía a coger del brazo,
cuando la posadera gritó:
–¡Mañana recibo un vestido nuevo, quizá te llame!
Gerstäcker, sacudiendo enojado la mano, como si quisiera callar a la
posadera desde lejos, exhortó a K a que lo acompañase. En principio no
quiso dar ninguna explicación. Apenas prestó atención a la objeción de
K de que tenía que regresar a la escuela. Sólo cuando K se resistió a
seguir, Gerstäcker le dijo que no debía preocuparse, que en su casa
tendría todo lo que necesitaba, podía renunciar al puesto de bedel, pero
tenía que ir con él ya, le había estado esperando todo el día, su madre
ni siquiera sabía dónde estaba. K preguntó, lentamente y cediendo, por
qué quería darle alojamiento y comida. Gerstäcker sólo respondió
fugazmente, necesitaba a K como ayudante con los caballos, él tenía
otros negocios, pero ahora no tenía que hacerse arrastrar así y
procurarle dificultades innecesarias. Si quería un sueldo, le daría un
sueldo. Pero K se mantuvo quieto a pesar de todos los esfuerzos de
Gerstäcker. No entendía nada de caballos. Eso tampoco era necesario,
dijo Gerstäcker con impaciencia, y cruzó enojado las manos para
intentar convencer a K de que avanzase.
–Sé por qué me quieres llevar contigo –dijo finalmente K.
A Gerstäcker le era indiferente lo que K supiera.
–Porque crees que puedo conseguir algo para ti con Erlanger.
–Cierto –dijo Gerstäcker–. ¿Qué otra cosa podía querer yo de ti?
K se rió, se colgó del brazo de Gerstäcker y se dejó guiar a través de la
noche.
La sala en la casa de Gerstäcker estaba apenas iluminada por el fuego
de la chimenea y por una vela, a cuya luz leía alguien acurrucado en un
rincón bajo las torcidas y salientes vigas de cubierta. Era la madre de
Gerstäcker. Ofreció a K una mano temblorosa y le indicó que se sentara
junto a ella; hablaba con esfuerzo, apenas se la podía entender, pero lo
que decía...
Nota….
Hasta aquí llega el manuscrito… la obra quedó inconclusa …
CONSIDERACIONES ACERCA DEL PECADO
EL DOLOR, LA ESPERANZA Y EL CAMINO VERDADERO
1. El camino verdadero pasa por una cuerda, que no está extendida
en alto sino sobre el suelo. Parece preparada más para hacer tropezar
que para que se siga su rumbo.
2. Todos los errores humanos son fruto de la impaciencia,
interrupción prematura de un proceso ordenado, obstáculo artificial
levantado al derredor de una realidad artificial.
3. Dos pecados capitales existen en el hombre, de los cuales se
engendran todos los demás: impaciencia e indolencia. Fue a causa de la
impaciencia que lo han expulsado del paraíso, al que no puede volver
por culpa de la indolencia. Aunque quizá no existe más que un sólo
pecado capital: la impaciencia. La impaciencia hizo que lo expulsaran,
es con motivo de la impaciencia que no regresa.
4. Muchos espectros de cadáveres no hacen más que lamer las ondas
del río de los muertos, porque llega de nuestro mundo y retiene el
gusto salobre de nuestros mares. Entonces, el río, detenido por el asco,
se pone a correr hacia atrás y empuja a los muertos de vuelta a la vida.
Más ellos están felices, entonan himnos de gratitud y acarician las
aguas perturbadas.
5. A partir de cierto punto no hay retorno. Ese es el punto que hay
que alcanzar.
6. En transcurso se halla siempre el instante decisivo de la evolución
humana. Por eso no carecen de razón aquellos movimientos espirituales
revolucionarios que denuncian como poco significativo todo lo anterior,
ya que, en efecto, aún no ha ocurrido nada.
7. La incitación a la lucha es uno de los medios de seducción más
eficaces del mal.
8. Es como la disputa con las mujeres, que termina en la cama.
9. A. es harto presumido: se considera muy aventajado en el bien,
porque, siendo evidentemente un sujeto seductor, se siente expuesto a
tentaciones cada vez más numerosas, nacidas de orígenes hasta ahora
desconocidos para él.
10. Pero la interpretación correcta es esta: se ha aposentado en él un
demonio grande, y una infinidad de demonios pequeños son siervos de
ese grande.
11/12. Diferencia de las opiniones que se pueden tener (por
ejemplo) sobre una manzana. La del niño pequeño, que debe extender
el cuello para apenas verla sobre la mesa, y la del dueño de casa, que
coge la manzana y la ofrece libremente a los comensales.
13. El deseo de la muerte es uno de los primeros indicios que
empezamos a discernir. Esta vida nos parece intolerable, la otra
inaccesible. Ya no se siente vergüenza de querer morir; se implora
desde la vieja celda que se odia, ser trasladado a otra nueva, que
tendremos todavía que aprender a odiar. Se da en esto también un
poquitillo de fe, en que durante el traslado, el Señor aparezca por el
pasillo, observe a la cara al prisionero y diga: "A este no debéis
encerrarle más. Que venga a mí."
14. Si tuvieses toda la buena voluntad de avanzar y, no obstante
fueras hacia atrás, tu situación sería desesperada en caso de que
caminaras por una llanura; pero dado que trepas por una pendiente
tortuosa, tan áspera como te muestras tu mismo a quien te observa
desde abajo, tus retrocesos se pueden atribuir a la conformación del
suelo y por lo tanto no debes desesperar.
15. Como un camino de otoño: no se alcanza a barrerlo, que ya está
de nuevo todo cubierto de hojas marchitas.
16. Una jaula fue en busca de un pájaro.
17. Nunca había estado en este lugar: se respira de otra manera, a su
lado una estrella fulgura con más resplandor que el sol.
18. Si hubiera sido posible construir la Torre de Babel sin escalarla, se
lo habría permitido.
19. No consentir que el mal te haga pretender que puedes guardar
secretos ante él.
20. Los leopardos irrumpen en el templo y beben hasta la última gota
de los cálices del sacrificio; esto acontece repetidamente; al cabo se
prevé que acontecerá y se incorpora a la ceremonia del templo.
21. Con vigor, la mano sostiene la piedra. Pero la sostiene con tanto
vigor sólo para poder arrojarla más lejos. Pero el camino conduce aún a
esa lejanía.
22. El deber escolar eres tú. No se ve un alumno por ninguna parte.
23. De tu verdadero adversario te llega un valor sin límites.
24. Entender que fortuna es para ti, que el espacio en el cual estás
erguido no pueda ser más amplio que el suelo abarcado por tus pies.
25. ¿Cómo podemos regocijarnos del mundo salvo cuando nos
refugiamos en él?
26. Los refugios son numerosos, la salvación es una sola, pero las
probabilidades de salvación tornan a ser tantas como los refugios.
Hay un sitio de partida pero ningún camino; aquello que llamamos
camino no es más que nuestra incertidumbre.
27. Realizar los preceptos negativos es aun una carga que se nos ha
impuesto; acatar los positivos es ya una virtud.
28. Una vez escogido el mal, éste no pretende más que creamos en él.
29. Las intenciones con las que en ti adoptas el mal, no son tuyas sino
del mal. El animal arranca el látigo de manos del amo y se castiga a sí
mismo para convertirse en amo de sí mismo y no comprende que no es
más que una ilusión producida por un nuevo nudo de la correa del
látigo del amo.
30. Desalentador es el bien, considerado de alguna forma.
31. El autocontrol no me convence. Autocontrol quiere decir: resolver
actuar en algún momento casual de los infinitos resplandores de mi
existencia espiritual. Pero si es preciso que me estreche en un cerco
así, prefiero hacerlo mansamente, reduciéndome a contemplar, con
admiración, ese enorme conjunto de energías, y quedarme nada más
que con la sensación de fuerza que, de contrario, otorga tal
representación.
32. Los cuervos afirman que un solo cuervo podría destruir los cielos.
Incuestionable es la cosa, pero no prueba nada contra el cielo, porque
cielo significa precisamente la imposibilidad de los cuervos.
33. Los mártires no desdeñan el cuerpo, más bien permiten que se los
eleve en la cruz. En esa cuestión coinciden con sus enemigos.
34. Su desfallecimiento es el del gladiador después de la lucha, su
faena consistía en cubrir de blanco el rincón de la habitación de un
dependiente.
35. El poseer no existe, existe solamente el ser: ese ser que aspira
hasta el último aliento, hasta la asfixia.
36. En un tiempo no podía comprender porque no recibía respuesta a
mi pregunta, hoy no puedo comprender como pude estar engañado
hasta el extremo de preguntar. Pero no es que me engañase,
preguntaba solamente.
37. Sólo temblor y palpitación fue su respuesta a la afirmación de que
tal vez poseía pero no era.
38. La facilidad con la que recorría el camino de la eternidad era una
sorpresa para cierto individuo; en efecto, corría cuesta abajo.
39a. Al mal no se lo puede pagar a plazos, no obstante lo intentamos
permanentemente.
Es lícito pensar que Alejandro Magno, no obstante los triunfos militares
de su juventud, no obstante el óptimo ejército que había adiestrado, no
obstante la energía empleada a transformar el mundo que llevaba
dentro de sí, se haya detenido en el Helesponto con la tentación de no
atravesarlo nunca, y no por temor ni por indecisión ni por debilidad de
la voluntad, sino abrumado por su mismo peso terreno.
39b. El camino es interminable, no es posible quitarle ni agregarle
nada, no obstante, cada uno quiere emplear su propia regla infantil.
"Sí, esta otra medida también debéis recorrerla, os dará prestigio."
40. Lo que nos hace limar con el nombre de juicio final al juicio
universal, es sólo nuestra concepción del tiempo; en realidad se trata
de un juicio sumario.
41. Por fortuna, la incoherencia del mundo parece ser de índole
solamente cuantitativa.
42. Reclinar sobre el pecho la cabeza repleta de odio y repugnancia.
43. Los perros de presa juegan en el patio, pero es seguro que la caza
no se les escapará, por más veloz que huya por el bosque.
44. Te has ataviado de manera ridícula para este mundo.
45. Cuantos más caballos alistes, más presto harás: no ya para sacar
el peñasco de su base, cosa imposible, sino para romper las bridas,
iniciando así un necio peregrinar alegre.
46. El vocablo sein significa en alemán dos cosas: ser y pertenecerle.
47. Se les ofreció escoger entre ser reyes o mensajeros de los reyes.
Como verdaderos niños, todos eligieron ser mensajeros, los que van al
galope por el mundo, y como no hay rey alguno, se pregonan unos a
otros sus mensajes, que ya carecen de sentido. Con alivio pondrían fin
a su vida miserable, pero prefieren no hacerlo debido al juramento
contraído.
48. Creer en el progreso no significa creer que haya habido ya un
progreso. Eso sería una fe.
49. A. es un virtuoso y pone al cielo por testigo.
50. El hombre no podría vivir sin una confianza permanentemente en
algo indestructible en él, cosa que no excluye que esta confianza o ese
elemento indestructible, puedan quedar permanentemente ocultos para
él. Uno de los modos en que puede manifestarse este misterio es la fe
en un Dios personal.
51. Fue necesaria la intercesión de la serpiente: el mal puede dominar
al hombre pero no hacerse hombre.
52. Procura cooperar con el mundo en la lucha entre ti y el mundo.
53. No hay que engañar a nadie, ni siquiera al mundo de su triunfo.
54. No existe más que el dominio espiritual; aquello que denominamos
dominio de los sentidos no es más que el dominio del espíritu, y lo que
calificamos de malo no es otra cosa que la necesidad de un breve
instante en el curso de nuestra eterna evolución.
Se puede desintegrar al mundo con una luz demasiado fuerte. Ante ojos
delicados adquiere consistencia, ante ojos aun más delicados adquiere
puños duros, se hace pudorosa ante ojos delicadísimos y deshace a
quien se atreve a mirarla.
55. Todo es falso: poseer el mínimo de ilusiones, quedarse en el
término medio, procurar el máximo. En el primer caso se engaña al
bien pretendiendo hacer la conquista en forma demasiado fácil, y al
mal, al que se le propone condiciones de lucha demasiado
desfavorables. En el segundo caso se engaña al bien porque se
demuestra no aspirar a él aunque fuera en este mundo. En el tercer
caso se engaña al bien distanciándose lo más posible, y al mal la
esperanza de tornarlo inocuo al exaltarlo demasiado. De manera que
habría que preferir el segundo caso, porque al bien se lo engaña
siempre, y al mal, en este caso, no, por lo menos aparentemente.
56. Hay problemas que no podríamos resolver si de entrada la
naturaleza misma no nos hubiera librado de ellos.
57. Para todo aquello que va más allá del mundo de los sentidos, no
podemos acudir al lenguaje más que en forma puramente alusiva, ni
aun aproximadamente comparativa, dado que, como conviene al
mundo sensible, no trata más que del poseer y de sus analogías.
58. Mentimos lo menos que podemos solamente cuando mentimos lo
menos que podemos, no cuando tenemos poquísimas oportunidades.
59. Un peldaño que no esté profundamente corroído por los pasos no
es más, desde su propia perspectiva, que algo de madera más bien
lamentable.
60. Aquel que renuncia al mundo debe amar a todos los hombres,
porque renuncia también al mundo de ellos. De tal modo que comienza
a vislumbrar la verdadera naturaleza humana, que no se puede sino
amar, a condición de poseer su misma dignidad.
61. El que en el mundo ama a su semejante, comete la misma
injusticia del que en el mundo se ama a sí mismo. Sólo queda por
preguntarse si la primera cosa es factible.
62. La cuestión de que exista solamente el mundo del espíritu nos
niega la esperanza pero nos da la certeza.
63. Nuestro arte es un estar deslumbrado por la verdad: Sólo la luz
proyectada sobre una mueca de espanto que retrocede es verdadera,
nada más.
64/65. La expulsión del Edén es, en lo esencial, un hecho
permanente. Quiero decir que la expulsión del Edén es definitiva, pero
la eternidad del suceso, (o por decirlo en palabras temporales: la eterna
repetición del suceso) hace posible no sólo el poder permanecer para
siempre en el Edén, sino el quedarnos efectivamente y siempre, se
advierta o no se advierta, en esta tierra.
66. Es un libre e indudable habitante de la tierra, porque está unido a
una cadena suficientemente larga como para permitirle alcanzar
cualquier lugar terrestre, pero no tanto como para que algo pueda
arrastrarlo más allá de los límites de la tierra. Pero es, al mismo
tiempo, un libre e indudable habitante del cielo, porque está unido
igualmente a una análoga cadena celestial. Ahora bien, si quiere
descender a la tierra, lo estrangula el collar del cielo, si quiere ascender
al cielo, lo estrangula el collar de la tierra. No obstante tiene a su gusto
todas las posibilidades, y lo percibe; más bien se niega a atribuir la
culpa de todo ello a un error cometido al encadenarlo de tal modo.
67. Como un patinador principiante, que además se ejercita dónde
está prohibido, va tras los acontecimientos.
68. ¡Qué es más alegre que la fe en un Dios familiar!
69. Existe teóricamente una posibilidad de ser felices de manera
absoluta: creer en lo imperecedero de uno y no buscarlo.
70/71. Lo indestructible es único. Cada uno de los hombres lo es y al
mismo tiempo es algo común a todos. He ahí el origen de la
incomparable e indivisible unión que liga a los hombres.
72. En el mismo hombre hay conocimientos que, a pesar de su gran
variedad, tienen no obstante el mismo objeto, de lo que es posible
deducir que en un mismo hombre existen sujetos diversos.
73. Come las sobras de su propia mesa. Es verdad que de esa manera
está, por un tiempo, más satisfecho que los demás, pero, entretanto, se
deshabitúa a comer a la mesa; y así con el correr del tiempo, habrá
hasta menos sobras.
74. Si era destructible aquello que se dice fue destruido en el Edén
terreno, no se trataba por cierto de lo esencial; pero si era
indestructible vivimos en una fe equivocada.
75. En arreglo con la humanidad, examínate. Ella hace dudar al que es
escéptico, hace creer al que es creyente.
76. Este sentimiento: "Aquí no echaré el ancla" ¡Es hallarte de pronto
en medio de la corriente que, fluctuante, te arrastra!
Un desorden. Cómo en acecho, tímida, esperanzada, la respuesta
explora la pregunta, busca desesperada en su rostro inaccesible, la
sigue por los senderos más absurdos, es decir más alejados de la
respuesta misma.
77. El comercio con los hombres nos impulsa a observarnos a nosotros
mismos.
78. El espíritu se libera sólo cuando deja de ser un apoyo.
79. El amor sensual consigue hacernos olvidar el celestial. No podrá
hacerlo sólo pero lo consigue porque tiene el elemento del amor
celestial en sus instintos.
80. Indivisible es la verdad. Por lo que no puede reconocerse por sí
misma; para reconocerla hay que ser mentira.
81. Nadie puede desear aquello que, en última instancia, lo perjudica.
Si las apariencias pudieran inducirnos a pensar lo contrario de alguien
(y las apariencias tal vez justifiquen hacernos pensar), es porque
alguien en el hombre pretende alguna cosa útil, sí, para este alguien,
pero que perjudica gravemente a un segundo alguien, cuyo parecer al
respecto no es requerido más que en parte. Si el hombre se hubiese
puesto de parte de aquel segundo alguien desde el principio y no
únicamente en el momento de las consideraciones, se hubiera
extinguido el primer alguien y con él, el deseo.
82. ¿Por qué nos lamentamos a causa del pecado original? No fue por
su culpa que se nos ha expulsado del paraíso terrenal, sino por causa
del árbol de la vida con el objeto de que no comiésemos sus frutos.
83. No sólo por haber probado del árbol de la ciencia, somos
pecadores. Sino también por no haber probado aún del árbol de la vida.
Independientemente de toda culpa, la condición en que nos hallamos es
pecaminosa.
84. El edén estaba destinado a servirnos, fuimos creados para vivir en
él. Nuestro propósito ha cambiado; pero nadie dijo nunca que haya
cambiado el propósito del edén.
85. En determinados puntos de transición el mal es una irradiación de
la conciencia humana. Las apariencias no son exactamente el mundo
sensible, sino el mal en él comprendido que, no obstante, a nuestros
ojos, lo constituye por entero.
86. Casi todos tenemos la misma facultad de distinguir el bien y el mal
a partir del pecado original en adelante; no obstante es exactamente en
ello que basamos nuestra superioridad. Pero las verdaderas diferencias
se inician más allá de este poder distinguir. Las apariencias opuestas se
hallan compuestas por lo siguiente: que nadie debe complacerse sólo
por el conocimiento sino que debe de obrar de acuerdo con éste. No
obstante, la fuerza para cumplirlo no le ha sido dada, por eso cada uno
debe destruirse a sí mismo, inclusive a riesgo de alcanzar aun así la
fuerza necesaria, pero no le queda más que esta última tentativa.
(Igualmente es este el sentido de la condena a muerte relacionada con
la prohibición de comer del árbol de la ciencia; y es igualmente este,
quizá, el sentido original de la muerte natural). El hombre tiene miedo
de esta tentativa; prefiere más bien suprimir su propio conocimiento del
bien y del mal; (la palabra "caída" referida al pecado original alude a tal
miedo) pero lo acaecido no se puede borrar, se puede, cuando mucho,
perturbar. Es con esta finalidad que nacen los justificativos. El mundo
está repleto de ellos: mejor dicho, todo el mundo perceptible no es
quizá más que un justificativo, un pretexto del hombre que quiere
descansar un instante, una tentativa de falsear la realidad del
conocimiento adquirido, de transformarla en meta todavía por alcanzar.
87. Una leve y pesada como cuchilla de guillotina.
88. La muerte está ante nosotros como en el aula de una escuela el
cuadro de una batalla de Alejandro Magno. Lo fundamental es
desvanecer o borrar ese cuadro, todavía en esta vida, mediante
nuestras acciones.
89. La voluntad del hombre es exactamente de tres clases: En primer
lugar era libre cuando quiso esta vida; ahora ya no puede retractarse,
pues ya no es aquel que entonces la quiso, a no ser que desarrolle su
deseo de entonces mientras que viva.
En segundo lugar es libre en tanto que puede elegir la manera de andar
y el camino de esta vida. En tercer lugar es libre en tanto que él como
aquel que volverá a ser otra vez, tiene el deseo de andar por la vida
bajo cualquier condición y de esta manera ser él, si bien por un camino
elegible, pero en todo caso tan laberíntico que no deja sin torcer ni el
más mínimo aspecto de esta vida.
Estas son las tres clases de libre voluntad, pero también es, pues
simultánea, una uniformidad y es en el fondo tan uniformidad que no
hay sitio para un deseo, ni libre ni esclavo.
90. Dos posibilidades: hacerse infinitamente pequeño o serlo. La
segunda es solución, por lo tanto éxtasis; la primera comenzar por lo
tanto a actuar.
91. Para evitar un error de expresión: lo que se deshace se deshace
pero no se lo puede destruir; aquello que hace falta destruir muy
activamente hay que tenerlo antes muy oprimido.
92. La primera forma de idolatría fue con certeza el miedo ante las
cosas, pero junto con esto, miedo ante la necesidad de las cosas y
miedo ante la responsabilidad por las cosas. Tan enorme parecía esta
responsabilidad que no se osaba cargar con ella a ningún Ente
extrahumano, pues también mediante la intercesión de un solo Ente
todavía no habría sido suficientemente aligerada la responsabilidad
humana; el contacto con un sólo Ente estaría todavía muy
comprometido de responsabilidad, por ello que se atribuyó a cada cosa
la responsabilidad de sí misma; más aún, se atribuyó a esas cosas una
cierta responsabilidad concerniente al hombre mismo.
93. ¡Por última vez psicología!
94. Dos afanes para quien comienza la vida: restringe cada vez más tu
ámbito y controla incesantemente que no te ocultes, por casualidad, en
algún lugar más allá de tus límites.
95. El mal está a veces en tu mano como un instrumento; lo hayas
reconocido o no, si quieres puedes dejarlo a un lado sin que se oponga.
96. No son suyas las alegrías de esta vida, sino nuestro miedo de
elevarnos a una vida superior; no son suyos los tormentos de esta vida,
sino, por causa de aquel miedo, los tormentos que nos infligimos
nosotros mismos.
97. El dolor es dolor solamente en esta tierra. No en el sentido de que
quienes sufren en este mundo deban ser exaltados en otra parte en
premio de sus penas, sino en el sentido de lo que en esta vida se llama
dolor, en otra, aun permaneciendo inmutable y libertado solamente de
su contrario, se transforme en beatitud.
98. Resultado de la combinación llevada a extremos, de creación
agotadora y conciencia de sí es la idea de la grandeza y la fortuna
infinitas del cosmos.
99. Mucho más opresiva que la implacable certeza de nuestra
condición actual de pecadores, es la certeza aun más endeble, de la
rendición de cuentas que un día nos corresponderá hacer de nuestra
existencia terrena. Sólo la fuerza con la que soportamos esta segunda
certeza, que, en su integridad absoluta, contiene plenamente aun la
primera, señala la medida de nuestra fe.
Muchos suponen que junto al gran tema general, hay en cada caso,
creado especialmente para ellos, un pequeño tema particular, por el
cual por ejemplo, la actriz, destinada a su amante, incluye también una
sonrisa particularmente picara para un cierto espectador de la tertulia.
Eso se dice ir demasiado lejos.
100. De diabólico no hay más qué lo que aparece de vez en cuando.
Puede haber un conocimiento pero no una fe en lo diabólico.
101. El pecado se aparece siempre claramente y puede ser
inmediatamente percibido por los sentidos. No hay necesidad de
extirparlo porque crece sobre sus mismas raíces al descubierto.
102. Todos los sufrimientos de los demás debemos padecerlos
también nosotros. No tenemos un mismo cuerpo, pero tenemos un
único desarrollo, y esto nos hace pasar por todos los sufrimientos de
uno u otro modo. Así como el niño se desarrolla a través de todas las
edades de la vida hasta la vejez y la muerte (y cada uno de los
periodos parece inalcanzable para el anterior tanto por el deseo como
por el temor) asimismo nos desarrollamos (ligados a la humanidad no
menos profundamente que a nosotros mismos) a través de todos los
sufrimientos de este mundo. No hay sitio en tal conjunto para la
justicia, pero tampoco para el temor del padecimiento o para una
interpretación que haga de él una virtud.
103. Puedes permanecer alejado de los sufrimientos del mundo, eres
libre de hacerlo y corresponde a tu naturaleza, pero es probable que
esa abstinencia tuya fuese el único sufrimiento que podrías evitar.
105. El medio de seducción de este mundo y, al mismo tiempo, la
señal que nos garantiza que este mundo no es más que tránsito, son
iguales. Y con razón, porque sólo así puede seducirnos este mundo, es
decir, con la verdad. Pero lo peor es que después de obtenida la
seducción nos olvidamos de la garantía, por lo que cabe decir que el
bien nos ha atraído al mal, la mirada de la mujer dentro de su lecho.
106. La humildad otorga a todos, aun al solitario desesperado, un
íntimo contacto con los demás hombres, y lo otorga de inmediato, a
condición por supuesto de que la humildad sea total y consecuente.
Nuestros contactos con el prójimo son los de la plegaria, nuestros
contactos con nosotros mismos son los de la acción; de la plegaria
adquirimos la energía necesaria para la acción.
¿Hay algo que puedas conocer que no sea ilusión? Si una ilusión se
disipara no debes mirar o te convertirías en estatua de sal.
107. Con A. son todos muy cordiales, más o menos como cuando se
trata de impedir que un billar óptimo sea usado aún por jugadores
eximios hasta la llegada del campeón, quien examina atentamente el
paño verde, al principio no tolera el más mínimo defecto, y después
cuando se pone a jugar acomete sin ningún miramiento.
108. Observación convertida en familiar por una cantidad de antiguos
relatos, si bien es probable que no se encuentre en ninguno de ellos:
"Después de lo cual volvió a sus ocupaciones como si no hubiera
pasado nada."
109. "No se nos puede acusar de falta de fe. Un valor de fe inagotable
tiene el simple hecho de que vivimos." "¿Consistirá en eso la prueba de
la fe? Pero no-vivir no se puede." "En ese no se puede está
precisamente la fuerza demencial de la fe; es en esta negación que
adquiere forma."
No es necesario que salgas de casa. Quédate a tu mesa y escucha. Ni
siquiera escuches, espera solamente. Ni siquiera esperes, quédate solo
y en silencio. El mundo llegará a ti para hacerse desenmascarar, no
puede dejar de hacerlo, se prosternará extático a tus pies.
fin









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