LAS PASIONES DEL ALMA | RENÉ DESCARTES

| domingo, 1 de novembro de 2009
De las pasiones depende todo el mal y todo el bien de esta vida.
Por lo demás, el alma puede tener sus placeres aparte; mas los que le son comunes con el
cuerpo dependen enteramente de las pasiones: de suerte que los hombres a los que más
pueden afectar son capaces de sacarle a esta vida los más dulces jugos. Verdad es que
también pueden encontrar en ella la máxima amargura cuando no saben emplearlas bien y
la fortuna les es contraria; mas en este punto es donde tiene su principal utilidad la
cordura, pues enseña a dominar de tal modo las pasiones y a manejarlas con tal destreza,
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que los males que causan son muy soportables, y que incluso de todos ellos puede sacarse
gozo.
FIN











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RENÉ DESCARTES
LAS PASIONES DEL ALMA
INDICE
PRIMERA PARTE
DE LAS PASIONES EN GENERAL
Y ACCIDENTALMENTE DE TODA
LA NATURALEZA DEL HOMBRE
1.- Lo que es pasión respecto a un sujeto es siempre acción en algún otro aspecto.
2.-Para conocer las pasiones del alma es preciso distinguir sus funciones de las del cuerpo
3.-Que regla se debe seguir para este fin
4.-El calor y el movimiento de los miembros proceden del cuerpo; los pensamientos, del
alma
5.- Es erróneo creer que el alma da movimiento y calor al cuerpo
6.- Qué diferencia existe entre un cuerpo vivo y un cuerpo muerto
7.- Breve explicación de las partes del cuerpo y de algunas de sus funciones
8.- Cuál es el principio de todas estas funciones
9.- Cómo se produce el movimiento del corazón
10.- Cómo se producen en el cerebro los espìritus animales
11.- Cómo se producen los movimientos de los músculos
12.- Cómo actúan los objetos exteriores sobre los órganos los sentidos
13.- Esta acción de los objetos exteriores puede conducir de diversa manera los espíritus a
los músculos
14.- La diversidad que existe entre los espíritus puede también diversificar su curso
15.- Cuáles son las causas de su diversidad
16.- Cómo todos los miembros pueden ser movidos por los objetos de los sentidos y por los
espíritus sin ayuda del alma
17.- Cuáles son las funciones del alma
18.- De la voluntad
19.- De las percepciones
20- De las imaginaciones y otros pensamientos que son formados por el alma
21.- De las imaginaciones causadas solamente por el cuerpo
22.- De la diferencia que existe entre las percepciones
23.-De las percepciones que se refieren a los objetos exteriores a nosotros.
24.- De las percepciones que se refieren a nuestro cuerpo
25.- De las percepciones que se refieren a nuestra alma
26.- Las imaginaciones que dependen únicamente del movimiento fortuito de los espíritus
pueden ser tan verdaderas pasiones como las percepciones que dependen de los nervios
27.- Definición de las pasiones del alma
28.- Explicación de la primera parte de esta definición
29.- Explicación de la otra parte
30.- El alma está unida a todas las partes del cuerpo conjuntamente
31.- Hay en el cerebro una pequeña glándula en la que el alma ejerce sus funciones más
particularmente que en las demás partes
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32.- Cómo se conoce que esta glándula es la principal sede del alma
33.- Las pasiones no residen en el corazón
34.- Cómo obran una contra otro el alma y el cuerpo
35.- Ejemplo de la manera como las impresiones de los objetos se unen en la glándula que
está en medio del cerebro.
36.- Ejemplo de cómo se producen las pasiones en el alma
37.- Cómo parece que todas ellas son causadas por algún movimiento del espíritu
38.- Ejemplo de los movimientos del cuerpo que acompañan a las pasiones y no dependen
del alma
39.- Cómo una misma causa puede provocar diversas pasiones en diversos hombres.
40.- Cuál es el principal efecto de las pasiones
41.- Qué poder tiene el alma en relación con el cuerpo
42.- Cómo encontramos en nuestra memoria las cosas que queremos recordar
43.- Cómo el alma puede imaginar, estar atenta y mover el cuerpo
44.- De como cada volición está naturalmente unida a algún movimiento de la glándula;
pero, por industria o por habito, puede unirse a otros
45.- Cuál es el poder del alma respecto a sus pasiones
46.-Cuál es la razón que impide que el alma pueda disponer enteramente de sus pasiones
47.- En qué consisten los combates que acostumbramos imaginar entre la parte inferior y
la superior del alma.-
48.- En que se conoce la fuerza o la debilidad de las almas y cuál es el mal de las más
débiles
49.- La fuerza del alma no basta sin el conocimiento de la verdad
50.- No hay alma tan débil que no pueda, bien conducida, adquirir un poder absoluto
sobre sus pasiones
SEGUNDA PARTE
DEL NÚMERO Y DEL ORDEN
DE LAS PASIONES Y EXPLlCACION
DE LAS SEIS PRlMARlAS
51.- Cuáles son las primeras causas de las pasiones
52.- Cómo se comportan y cómo pueden ser enumeradas.
53.- La admiración
54.- La estimación o el desprecio, la generosidad o el orgullo, y la humildad o la bajeza
55.- La veneración y el desdén
56.- El amor y el odio
57.- El deseo
58.- La esperanza, el temor, los celos, la segundad y la desesperanza
59.- La irresolución, el valor, la intrepidez, la emulación, la cobardía y el terror
60.- El remordimiento
61.- La alegría y la tristeza
62.- La burla, la envidia, la piedad
63.- La satisfacción de sí mismo y el arrepentimiento
64.- La simpatía y el agradecimiento
65.- La indignación y la ira
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66.- La gloria y la vergüenza
67.- El hastío, la añoranza y la alegría
68.- Por que esta enumeración de las pasiones es diferente de la comúnmente aceptada
69.- Hay sólo seis pasiones primarias
70.- De la admiración; su definición y su causa
71.- En esta pasión no se produce ningún cambio en el corazón ni en la sangre
72.- En qué consiste la fuerza de la admiración
73.- Qué es el pasmo
74.- En qué son útiles todas las pasiones, y en qué nocivas
75.- En qué consiste particularmente la admiración
76.- En qué puede ser nociva y cómo se puede remediar su defecto y corregir su exceso.
77.- No son los más estúpidos ni los más inteligentes los más inclinados a la admiración
78.- El exceso de esta pasión puede tornarse en hábito sino se acude a corregirlo
79.- Definiciones del amor y del odio
80.- Que es unirse o separarse de voluntad
81.- De la distinción que acostumbramos hacer entre el amor de concupiscencia y de
benevolencia
82.- Cómo pasiones muy diferentes coinciden en que participan del amor.
83.- De la diferencia que existe entre el simple afecto, la amistad y la devoción
84.- No hay tantas especies de odio como de amor
85.- De la complacencia y del horror
86.- Definición del deseo
87.- Es una pasión que no tiene contraria
88.- Cuáles son sus diversas especies
89.- Cuál es el deseo que nace del horror
90.- Cuál es el que nace de la complacencia
91.- Definición de la alegría
92.- Definición de la tristeza
93.- Cuáles son las causas de ambas pasiones
94.- Cómo estas pasiones son producidas por bienes o males que sólo atañen al cuerpo, y
en qué consisten el sentimiento agradable y el dolor.
95.- Cómo pueden también ser producidas por bienes y por males que por males que el
alma no advierte, como el placer de arriesgarse o de recordar el mal pasado.
96.- Cuáles son los movimientos de la sangre y de los espíritus que producen las cinco
pasiones precedentes
97.- Principales experiencias que sirven para conocer estos movimientos en el amor
98.- En el odio
99.- En la alegría
100.- En la tristeza
101.- En el deseo
102.- El movimiento de la sangre y de los espíritus en el amor
103.- En el odio
104.- En la alegría
105.- En la tristeza
106 -En el deseo
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107.- Cual es la causa de estos movimientos en el amor
108.-En el odio
109.-En la alegría
110.-En la tristeza
111.-En el deseo
112.-Cuáles son los signos exteriores de estas pasiones
113.-De los gestos de los ojos y del rostro
114.-De los cambios de color
115.-Cómo hace enrojecer la alegra
116.-Cómo hace palidecer la tristeza
117.-Cómo a veces se enrojece estando triste
118.-De los temblores
119.-De la languidez
120.-Cómo se produce por el amor y por el deseo
121.-Cómo puede ser producida también por otras pasiones
122.-Del desmayo
123.-Porque la tristeza no produce desmayo
124.-De la risa
125.- Por qué la risa no acompaña a las más grandes alegras
126.- Cuáles son sus principales causas
127.-Cuál es la causa de la indignación
128.-Del origen de las lágrimas
129.-Cómo los vapores se transforman en agua
130.-Como lo que produce dolor al ojo incita a llorar
131.-Cómo se llora de tristeza
132.-De los gemidos que acompañan a las lágrimas
133.- Por qué los niños y los viejos lloran fácilmente
134.- Por qué algunos niños palidecen en vez de llorar
135.- De los suspiros
136.- De dónde provienen los efectos de las pasiones que son particulares de ciertos
hombres
137.- De la función de las cinco pasiones aquí explicadas en cuanto se refieren al cuerpo
138.- De sus defectos y de los medios de corregirlos
139.-De la función de las mismas pasiones en cuanto corresponden al alma, y en primer
lugar al amor
140.- Del odio
141.- Del deseo, de la alegra y de la tristeza
142.- De la alegría y del amor comparados con la tristeza y él odio
143.- De las mismas pasiones, cuando se relacionan con él deseo
144.- De los deseos cuya manifestación depende únicamente de nosotros
145.- De los que dependen únicamente de otras cosas, y de qué es la fortuna.
146.- De los que dependen de nosotros y de otro.
147.- De las emociones interiores del alma.
148.- El ejercicio de la virtud es un soberano remedo contra las pasiones.
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TERCERA PARTE
DE LAS PASIONES PARTICULARES
149.- De la estimación y del desprecio.
150.- Estas pasiones no son sino especies de admiración
151.- Son más visibles cuando las referimos a nosotros mismos.
152.- Por qué causa podemos estimarnos.
153.- En qué consiste la generosidad
154.- Impide despreciar a los demás
155.- En qué consiste la humildad virtuosa
156.- Cuáles son las propiedades de la generosidad y cómo sirve de remedio contra los
desórdenes de las pasiones.
157.- Del orgullo
158.- Estos efectos son contrarios a los de la generosidad
159.- De la humildad viciosa
160.-Cuál es el movimiento de los espíritus en estas pasiones
161.- Cómo puede adquirirse la generosidad
162.- De la veneración
163.- Del desdén
164.- Del uso de estas dos pasiones
165.- De la esperanza y del temor
166.- De la seguridad y de la desesperanza
167.- De los celos
168.- En qué ocasiones puede ser honrada esta pasión.
169.- En qué casos es censurable
170.- De la irresolución
171.- Del valor y de la intrepidez
172.- De la emulación
173.- Cómo la intrepidez depende de la esperanza
174.- De la cobardía y del miedo
175.- Del uso de la cobardía.
176.- Del uso del miedo
177.- Del remordimiento
178.- De a burla
179.- Por qué los imperfectos suelen ser los mas burlones
180.- Del uso de la burla
181.- Del uso de la risa y de la burla.
182.- De la envidia.
183.- Cómo puede ser justa e injusta.
184.- A qué se debe que los envidiosos son propensos a tener la tez plomiza.
185.- De la piedad
186.- Quiénes son los más compasivos.
187.- Cómo los más generosos sienten esta pasión.
188.- Quiénes son los que no sienten piedad.
189.- Por qué esta pasión mueve a llorar.
190.- De la satisfacción de sí mismo.
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191.- Del arrepentimiento.
192.- Del favor.
193.- Del agradecimiento.
194.- De la ingratitud.
195.- De la indignación.
196.- Por qué la indignación va unida a veces a la piedad y a veces a la burla.
197.- A veces la acompaña la admiración y no es incompatible con la alegría-.
198.- De su uso.
199. de la ira.
200. Por qué las personas que enrojecen de indignación, son menos temibles que las que
palidecen.
201.- Hay dos clases de ira, y las personas más buenas son las más propensas a la primera.
202.- Las que más se dejan llevar a la obra son las almas débiles y bajas.
203.- La generosidad sirve como remedio contra sus excesos.
204.- De la gloria.
205.- De la vergüenza
206.- Del uso de estas dos pasiones.
207.- De la impudencia.
208.- De la saciedad.
209.- De la añoranza.
210.- Del contento.
211.- Un remedio general contra las pasiones.
212. De las pasiones depende todo el bien y todo el mal de esta vida.
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PRIMERA PARTE
DE LAS PASIONES EN GENERAL
Y ACCIDENTALMENTE DE TODA
LA NATURALEZA DEL HOMBRE
Art. 1. Lo que es la pasión respecto a un sujeto es siempre acción en algún otro aspecto.
Nada pone tan bien de manifiesto cuán defectuosas son las ciencias que recibimos de los
antiguos como lo que éstos han escrito de las pasiones; pues, por más que se trate de una
materia que siempre se puso gran empeño en conocer y que no parece ser de las más
difíciles, ya que, sintiéndolas cada cual en sí mismo, no es menester recurrir a ninguna
observación ajena para descubrir su naturaleza, lo que los antiguos han enseñado de ellas
es tan poco, y tan poco creíble en general, que sólo alejándome de los caminos seguidos
por ellos puedo abrigar alguna esperanza de aproximarme a la verdad. Por esta razón me
veré obligado a escribir aquí como si se tratara de una materia que nadie, antes que yo,
hubiera tocado; y para comenzar, considero que todo lo que se hace u ocurre de nuevo es
generalmente llamado por los filósofos una pasión respecto al sujeto a quien ello ocurre, y
una acción respecto a aquel que hace que ocurra; de suerte que, aunque el agente y el
paciente sean con frecuencia muy diferentes, la acción y la pasión no dejan de ser siempre
una misma cosa que tiene estos dos nombres, por causa de los dos diversos sujetos a los
cuales puede referirse.
Art. 2. Para conocer las pasiones del alma es preciso distinguir sus funciones de las del
cuerpo.
Considero, además, que no reparamos en que ningún sujeto obra más inmediatamente
contra nuestra alma que el cuerpo al que está unida, y que por consiguiente debemos
censar que lo que en ella es una pasión es generalmente en él una acción; de suerte que no
hay mejor camino para llegar al conocimiento de nuestras pasiones que examinar la
diferencia existente entre el alma y el cuerpo, a fin de conocer a cuál de los dos se debe
atribuir cada una de las funciones que hay en nosotros.
Art. 3. Qué regla se debe seguir para este fin.
Lo cual no resulta muy difícil si se tiene en cuenta que todo aquello cuya existencia
experimentamos en nosotros y que vemos que puede también existir en cuerpos
completamente inanimados, no debe ser atribuido más que a nuestro cuerpo; y, por el
contrario, todo lo que hay en nosotros y que no concebimos en modo alguno pueda
pertenecer a un cuerpo, debe ser atribuido a nuestra alma.
Art. 4. El calor y el movimiento de los miembros proceden del cuerpo; los pensamientos,
del alma.
Así pues, como no concebimos que el cuerpo piense de ninguna manera, debemos creer
que toda suerte de pensamientos que existen en nosotros pertenecen al alma; y como no
dudamos que hay cuerpos inanimados que pueden moverse de tantas o más diversas
maneras que los nuestros, y que tienen tanto o más calor (lo que la experiencia muestra en
la llama, que tiene en sí misma mucho más calor y movimiento que ninguno de nuestros
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miembros), debemos creer que todo el calor y todos los movimientos que hay en nosotros,
en tanto no dependen del pensamiento, no pertenecen sino al cuerpo.
Art. 5. Es erróneo creer que el alma da movimiento y calor al cuerpo.
Con lo cual evitaremos un error muy considerable en el que han caído algunos, de suerte
que, a mi juicio, es ésta la primera causa de que no se hayan podido hasta ahora explicar
bien las pasiones y las demás cosas pertenecientes al alma. Ello consiste en que, viendo que
todos los cuerpos muertos quedan privados de calor y luego de movimientos, se ha
imaginado que era la ausencia del alma lo que hacía cesar esos movimientos y ese calor; y,
en consecuencia, se ha creído sin razón que nuestro calor natural y todos los movimientos
de nuestros cuerpos dependen del alma, mientras que se debía pensar, al contrario, que el
alma se ausenta, cuando el individuo muere, a causa de que cesa ese calor y de que se
corrompen los órganos que sirven para mover el cuerpo.
Art. 6. Que diferencia existe entre un cuerpo vivo y un cuerpo muerto.
Consideremos, pues, para evitar este error, que la muerte no ocurre nunca por ausencia del
alma, sino porque alguna de las principales partes del cuerpo se corrompe; y pensemos que
el cuerpo de un hombre vivo difiere del de un hombre muerto como difiere un reloj u otro
autómata (es decir, otra máquina que se mueve por sí misma), cuando está montado y
tiene en sí el principio corporal de los movimientos para los cuales fue creado, con todo lo
necesario para su funcionamiento, del mismo reloj, u otra máquina, cuando se ha roto y
deja de actuar el principio de su movimiento.
Art. 7. Breve explicación de las partes del cuerpo y de alguna de sus funciones.
Para hacer esto más inteligible, explicaré aquí en pocas palabras la manera como está
compuesta la máquina de nuestro cuerpo. No hay nadie ya que no sepa que hay en
nosotros un corazón, un cerebro, un estómago, músculos, nervios, arterias, venas y cosas
semejantes; se sabe también que los alimentos que comemos descienden al estómago y a las
tripas, donde su jugo, yendo al hígado y a todas las venas, se mezcla con la sangre que éstas
contienen, aumentando así la cantidad de la misma. Los que han oído hablar de medicina,
por poco que sea, saben además cómo está constituido el corazón y cómo toda la sangre de
las venas puede fácilmente circular de la vena cava al lado derecho del corazón, y de aquí
pasar al pulmón por el vaso que se llama vena arterial, tomar luego del pulmón al lado
izquierdo del corazón por el vaso llamado arteria venosa, y pasar finalmente de aquí a la
gran arteria, cuyas ramificaciones se extienden por todo el cuerpo. Y todos los que no
están enteramente ciegos por la autoridad de los antiguos y que han querido abrir los ojos
para examinar la opinión de Hervaeus sobre la circulación de la sangre, están convencidos
de que todas las venas y las arterias del cuerpo son como arroyos por donde corre la sangre
continua y rápidamente, saliendo de la cavidad derecha del corazón por la vena arterial,
cuyas ramificaciones se distribuyen por todo el pulmón y se unen a las de la arteria venosa,
por la cual pasa del pulmón al lado izquierdo del corazón; de aquí va luego a la gran
arteria, cuyas ramificaciones, esparcidas por todo el resto del cuerpo, se unen a las
ramificaciones de la vena que llevan la misma sangre a la cavidad derecha del corazón; de
suerte que estas dos cavidades son como esclusas por cada una de las cuales pasa toda la
sangre a cada vuelta que ésta da en el cuerpo. Se sabe también que todos los movimientos
de los miembros dependen de los músculos, y que éstos músculos están opuestos unos a
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otros, de tal suerte que cuando uno de ellos se contrae, tira hacia sí la parte del cuerpo a
que va unido, lo cual hace distenderse al mismo tiempo el músculo opuesto; luego, si este
último se contrae, hace que el otro se distienda y atraiga hacia sí la parte a que ambos están
unidos. Se sabe, asimismo, que todos estos movimientos de los músculos, lo mismo que
todos los sentidos, dependen de los nervios, que son como unas cuerdecitas o como unos
tubitos que salen, todos, del cerebro, y contienen, como éste, cierto aire o viento muy sutil
que se llama los espíritus animales.
Art. 8. Cuál es el principio de todas estas funciones
Pero no es corriente saber de qué manera contribuyen estos espíritus animales y estos
nervios a los movimientos y a los sentidos; por eso, aunque ya me he referido un poco a
esta cuestión en otros escritos he de decir aquí sucintamente que, mientras vivimos, hay
un calor continuo en nuestro corazón, que es una especie de fuego mantenido en él por la
sangre de las venas, y que este fuego es el principio corporal de todos los movimientos de
nuestros miembros.
Art. 9. Cómo se produce el movimiento del corazón.
Su primer efecto es que dilata la sangre de que están llenas las cavidades del corazón, y
esto determina que, impelida por la necesidad de buscar mayor espacio, pase con
impetuosidad de la cavidad derecha a la vena arterial, y de la izquierda a la gran arteria;
luego, al cesar esa dilatación, entra inmediatamente nueva sangre de la vena cava, a la
cavidad derecha del corazón, y de la arteria venosa a la izquierda; pues hay a la entrada de
estos cuatro vasos unas membranitas dispuestas de tal modo que la sangre no puede entrar
en el corazón sino por las dos últimas, ni salir más que por las otras dos. La sangre nueva
entra en el corazón y se rarifica inmediatamente, de la misma manera que la precedente; y
sólo en esto consiste el pulso o latido del corazón y de las arterias; de suerte que este latido
se reitera tantas veces como entra sangre nueva en el corazón. Ésta es también la única
causa que da a la sangre su movimiento y hace que circule sin cesar muy rápidamente por
todas las arterias y las venas, llevando así el calor que adquiere en el corazón a todas las
demás partes del cuerpo, y les sirve de alimento.
Art. 10. Cómo se producen en el cerebro los espíritus animales.
Pero lo más considerable que hay en esto es que todas las partes más vivas y más sutiles de
la sangre que el calor ha rarificado en el corazón entran continuamente en gran cantidad
en las cavidades del cerebro. Y la razón por la cual van a parar a él antes que a ningún otro
lugar es que toda la sangre que sale del corazón por la gran arteria se dirige en línea recta
hacia el cerebro, y que, no pudiendo entrar toda en él, debido a que no hay más que unos
pasos muy estrechos, entran sólo las partes más agitadas y más sutiles, mientras que el
resto va a todos los demás lugares del cuerpo. Ahora bien, estas partes muy sutiles de la
sangre componen los espíritus animales, y para ello no necesitan recibir ningún otro
cambio en el cerebro, sino que en él quedan separadas de las demás partes de la sangre
menos sutiles; pues lo que aquí llamo espíritu no son sino cuerpos, y no tienen otra
propiedad que la de ser cuerpos muy pequeños y que se mueven muy rápidamente, como
las partes de la llama que sale de una antorcha; de suerte que no se detienen en ningún
sitio y, a medida que algunos de ellos entran en la cavidad del cerebro, salen también
algunos otros por los poros que hay en su sustancia, los cuales los conducen a los nervios, y
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de aquí a los músculos, lo que les permite mover el cuerpo de todas las diversas maneras
como puede ser movido.
Art. 11. Cómo se producen los movimientos de los músculos
Pues la única causa de todos los movimientos de los miembros es que algunos músculos se
contraen y que sus opuestos se dilatan, como hemos dicho ya; y la única causa que hace
que un músculo se contraiga antes que su opuesto es que van hacia el primero más
espíritus del cerebro que hacia el otro. No es que los espíritus que proceden
inmediatamente del cerebro basten para mover ellos solos estos músculos, sino que
determinan a los otros espíritus que están ya en los músculos a salir con gran rapidez de
uno de ellos y a pasar al otro, con lo cual aquel de donde salen se estira y se afloja, y aquel
otro en el que entran, rápidamente inflado por ellos, se contrae y tira del miembro al que
va unido. Lo cual es fácil de concebir, con tal de saber que hay muy pocos espíritus
animales que vayan continuamente del cerebro a cada músculo, pero que hay siempre
otros muchos encerrados en el mismo músculo que se mueven en él muy rápidamente, a
veces girando sólo en el lugar donde están, a saber, cuando no encuentran pasos abiertos
para salir, y a veces pasando al músculo opuesto, pues en cada uno de estos músculos hay
pequeños orificios por donde los espíritus pueden pasar de uno a otro, y están dispuestos
de tal modo que, cuando los espíritus que van del cerebro hacia uno de esos músculos
tienen más fuerza que los que van al otro, por pequeña que sea la diferencia, abren todas
las entradas por donde los espíritus del otro músculo pueden pasar a éste, y cierran al
mismo tiempo todas aquellas por donde los espíritus de éste pueden pasar al otro;
mediante lo cual, todos los espíritus antes contenidos en estos dos músculos se juntan en
uno de ellos muy rápidamente, y de este modo lo inflan y lo contraen mientras que el otro
se estira y se afloja.
Art. 12. Cómo actúan los objetos exteriores sobre los órganos de los sentidos.
Falta saber aquí las causas por las cuales los espíritus no siempre van del cerebro a los
músculos de la misma manera y van a veces más hacia unos que hacia otros. Pues, además
de la acción del alma, que es verdaderamente en nosotros una de esas causas, como
explicaré luego, hay además otras dos que dependen sólo del cuerpo, causas que es
necesario señalar. La primera consiste en la diversidad de los movimientos que son
provocados en los órganos de los sentidos por sus objetos, causa que ya he explicado con
bastante amplitud en la Dióptrica; más para que los que lean este escrito no tengan
necesidad de haber leído otros, repetiré aquí que en los nervios hay que considerar tres
cosas, a saber: su médula, o sustancia interior, que se extiende en forma de hilitos desde el
cerebro, donde nace, hasta los extremos
de los otros miembros a que están unidos esos hilos; luego las membranas que los rodean y
que, siendo contiguas a las que envuelven el cerebro, forman unos tubitos dentro de los
cuales están esos hilitos; por último, los espíritus animales, que, conducidos por esos
mismos tubos desde el cerebro hasta los músculos, hacen que esos hilos permanezcan en
ellos enteramente libres y extendidos de tal suerte que la menor cosa que mueva la parte
del cuerpo a la que va unido el extremo de alguno de ellos hace mover por el mismo medio
la parte del cerebro de donde procede, de igual manera que cuando se tira de uno de los
cabos de una cuerda se mueve el otro.
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Art. 13. Esta acción de los objetos exteriores puede conducir de diversa manera los
espíritus a los músculos.
Ya he explicado en la Dióptrica cómo todos los objetos de la vista no se comunican a
nosotros de otro modo que moviendo localmente, por medio de los cuerpos transparentes
que hay entre ellos y nuestros ojos, y luego los lugares del cerebro donde nacen esos
nervios; que los mueven, digo, de tantas maneras diferentes como diversidades en las cosas
nos hacen ver, y que no son los movimientos que se producen en el ojo, sino los que se
producen en el cerebro los que representan al alma esos objetos. Por este ejemplo es fácil
concebir que los sonidos, los olores, los sabores, el calor, el dolor, el hambre, la sed y en
general todos los objetos, tanto de nuestros otros sentidos exteriores como de nuestros
apetitos interiores, provocan también en nuestros nervios algún movimiento, que pasa por
este medio al cerebro; y estos diversos movimientos del cerebro, además de hacer ver a
nuestra alma diversos sentimientos, pueden también hacer sin ella que los espíritus se
dirijan a ciertos músculos más bien que a otros, y que muevan así nuestros miembros, lo
que probaré aquí solamente con un ejemplo. Si alguien dispara rápidamente su mano
contra nuestros ojos, como para pegarnos, aunque sepamos que es nuestro amigo, que sólo
hace eso en broma y que se guardará muy bien de causarnos mal alguno, nos es sin
embargo muy difícil no cerrarlos; lo que demuestra que no se cierran por intervención de
nuestra alma, puesto que ello ocurre contra nuestra voluntad, la cual es su única o al
menos su principal acción; sino que se cierran porque la máquina de nuestro cuerpo está
constituida de tal modo que el movimiento de esa mano hacia nuestros ojos provoca otro
movimiento en nuestro cerebro, que conduce los espíritus animales a los músculos que
hacen bajar los párpados.
Art. 14. La diversidad que existe entre los espíritus puede también diversificar su curso.
La otra causa por la que los espíritus animales siguen diferente curso en los músculos es la
desigual agitación de estos espíritus y la diversidad de sus partes. Pues cuando algunas de
sus partes son más grandes y más movibles que las otras, pasan antes en línea recta a las
cavidades y a los poros del cerebro, y por este medio son conducidas a otros músculos
adonde no lo serían si tuvieran menos fuerza.
Art. 15. Cuáles son las causas de su diversidad
Y esta desigualdad puede proceder de las diversas materias de que están constituidas, como
se ve en los que han bebido mucho vino, que los vapores de este vino, entrando
rápidamente en la sangre, suben del corazón al cerebro, donde se convierten en espíritus,
los cuales, más fuertes y más abundantes que los que en él se encuentran de ordinario, son
capaces de mover el cuerpo de varias extrañas maneras. Esta desigualdad de los espíritus
puede también proceder de las diversas posiciones del corazón, del hígado, del estómago,
del bazo y de todas las demás partes que contribuyen a su producción; pues hay que tener
en cuenta principalmente aquí ciertos pequeños nervios insertos en la base del corazón
que sirven para dilatar y contraer los orificios de estas concavidades, mediante lo cual la
sangre, dilatándose en ellas más o menos, produce espíritus diversamente dispuestos.
Hay que observar también que, aunque la sangre que entra en el corazón proviene de
todos los demás lugares del cuerpo, ocurre sin embargo muchas veces que es impulsada
hacia él con más fuerza de unas partes que de otras, porque los nervios y los músculos que
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responden a las primeras la presionan o la agitan más, y porque, según la diversidad de las
partes de las que acude más sangre, se dilata de diferente modo en el corazón, y luego
produce espíritus que tienen cualidades diferentes. Así, por ejemplo, la sangre que
proviene de la parte inferior del hígado, donde está la bilis, se dilata en el corazón de modo
diferente que la que procede del bazo, y ésta de manera distinta que la que proviene de las
venas del brazo o de las piernas, y, por
último, ésta muy diferentemente que el jugo de los alimentos cuando, al salir nuevamente
del estómago y de los intestinos, pasa rápidamente por el hígado hasta el corazón.
Art. 16. Cómo todos los miembros pueden ser movidos por los objetos de los sentidos y por
los espíritus sin ayuda del alma.
Por último, es preciso observar que la máquina de nuestro cuerpo está compuesta de tal
modo que todos los cambios que ocurren en el movimiento de los espíritus pueden
determinar que abran algunos poros del cerebro más que los otros, y recíprocamente que,
cuando alguno de estos poros está más o menos abierto que de costumbre, aunque sea
poco, por la acción de los nervios que sirven a los sentidos, esto cambia algo el movimiento
de los espíritus, y hace que sean conducidos a los músculos que sirven para mover el
cuerpo como se mueve ordinariamente en circunstancia tal; de suerte que todos los
movimientos que realizamos sin que nuestra voluntad intervenga en ello (como ocurre a
menudo cuando respiramos, cuando andamos, cuando comemos y, en fin, cuando
ejecutamos todos los actos que nos son comunes con los animales) no dependen más que
de la conformación de nuestros miembros y del curso que los espíritus, excitados por el
calor del cuerpo, siguen naturalmente en el cerebro, en los nervios y en los músculos, de la
misma manera que el movimiento de un reloj es producido únicamente por la fuerza de su
resorte y la forma de sus ruedas.
Art. 17. Cuáles son las funciones del alma.
Una vez consideradas todas las funciones que pertenecen únicamente al cuerpo al cuerpo,
fácil es conocer que no queda en nosotros nada que debamos atribuir a nuestra alma,
aparte nuestros pensamientos, los cuales son principalmente de dos géneros, a saber: unos
son las acciones del alma, otros son sus pasiones. Las que llamo sus acciones son todas
nuestras voluntades, porque experimentamos que provienen directamente de nuestra
alma, y parecen no depender sino de ella; como, por el contrario, se puede generalmente
llamar sus pasiones a todas las clases de percepciones o conocimientos que se encuentran
en nosotros, porque muchas veces no es nuestra alma la que las hace tales como son, y
porque siempre las recibe de las cosas que son representadas por ellas.
Art. 18. De la voluntad.
Nuestras voluntades son también de dos clases; pues unas son acciones del alma que
terminan en el alma misma, como cuando queremos amar a Dios o generalmente aplicar
nuestro pensamiento a algún objeto que no es material otras son acciones que terminan en
nuestro cuerpo, como, por el simple hecho de que tenemos la voluntad de pasearnos,
nuestras piernas se mueven y andamos.
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Art. 19. De las percepciones.
Nuestras percepciones son también de dos clases, y unas tienen por causa el alma, otras el
cuerpo. Las que tienen por causa el alma son las percepciones de nuestras voluntades y de
todas las imaginaciones u otros pensamientos que de ella dependen; pues es indudable que
no podríamos querer ninguna cosa que no percibiéramos por el mismo medio que la
queremos; y aunque, con respecto a nuestra alma, querer algo sea una acción, puede
decirse que, en ella, percibir que quiere es también una pasión; no obstante, como esta
percepción y esta voluntad no son en realidad más que una misma cosa, la denominación
se hace siempre por lo que es más noble, y por eso no se acostumbra llamarla una pasión,
sino sólo una acción.
Art. 20. De las imaginaciones y otros pensamientos que son formados por el alma.
Cuando nuestra alma se pone a imaginar algo que no existe, como al figurarse un palacio
encantado o una quimera, y también cuando se pone a considerar algo que es solamente
inteligible y no imaginable, por ejemplo, a considerar su propia naturaleza, las
percepciones que tiene de estas cosas dependen principalmente de la voluntad que hace
que las perciba; por eso se acostumbra considerarlas como acciones más bien que como
pasiones.
Art. 21. De las imaginaciones causadas solamente por el cuerpo.
Entre las percepciones causadas por el cuerpo, la mayor parte dependen de los nervios;
pero hay también algunas que no dependen de ellos, y que se llaman imaginaciones, como
aquellas de que acabo de hablar, de las cuales difieren, sin embargo, en que nuestra
voluntad no interviene en su formación, por lo cual no pueden ser incluidas entre las
acciones del alma, y proceden únicamente de que, diversamente agitados los espíritus y
encontrando las huellas de diversas impresiones que han precedido en el cerebro, toman
curso fortuitamente por ciertos poros más bien que por otros. Tales son las ilusiones de
nuestros sueños y también las divagaciones que solemos tener estando despiertos, cuando
nuestro pensamiento deambula despreocupado sin fijarse determinadamente en nada.
Ahora bien, aunque algunas de estas imaginaciones sean pasiones del alma, tomando esta
palabra en su más propio y más perfecto significado, y aunque todas puedan ser así
llamadas si se toman en un sentido más general, no obstante, como no tienen una causa
tan notable y tan determinada como las percepciones que el alma recibe por medio de los
nervios, y parecen no ser sino la sombra y la pintura de aquellas, para poder distinguirlas
bien hay que considerar la diferencia que existe entre estas otras.
Art. 22. De la diferencia que existe entre las percepciones.
Todas las percepciones que no he explicado aún van al alma por medio de los nervios, y
entre ellas hay la diferencia de que unas las referimos a objetos exteriores, que
impresionan nuestros sentidos, y otras a nuestra alma.
Art. 23. De las percepciones que se refieren a los objetos exteriores a nosotros.
Las que se refieren a cosas que están fuera de nosotros, o sea a los objetos de nuestros
sentidos, son producidas, al menos cuando nuestra opinión no es falsa, por esos objetos
que, provocando algunos movimientos en los órganos de los sentidos exteriores, los
provocan también por medio de los nervios en el cerebro, los cuales hacen que el alma los
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sienta. Así, cuando vemos la luz de una antorcha y oímos el sonido de una campana, este
sonido y esta luz son dos diferentes acciones que, por el simple hecho de suscitar dos
diferentes movimientos en algunos de nuestros nervios, y por este medio en el cerebro,
dan al alma dos sentimientos distintos, sentimientos que referimos de tal modo a los
sujetos que suponemos son sus causas, que creemos ver la antorcha misma y oír la
campana, no solamente sentir unos movimientos que provienen de ellas.
Art. 24. De las percepciones que se refieren a nuestro cuerpo.
Las percepciones que se refieren a nuestro cuerpo o a algunas de sus partes son las que
tenemos del hambre, de la sed y de nuestros demás apetitos naturales, a las cuales se puede
añadir el dolor, el calor y las otras afecciones que sentimos como en nuestros miembros, y
no como en los objetos exteriores a nosotros: así podemos sentir al mismo tiempo, y por
medio de nuestros nervios, la frialdad de nuestra mano y el calor de la llama a que se
acerca, o bien al contrario, el calor de la mano y el frío del aire a que está expuesta, sin que
haya ninguna diferencia entre las acciones que nos hacen sentir el calor o el frío de
nuestra mano y las que nos hacen sentir el exterior a nosotros, sino que, como una de estas
acciones sobreviene a la otra, nos parece que la primera está ya en nosotros, y que la que
sobreviene no lo está aún, sino en el objeto que la causa.
Art. 25. De las percepciones que se refieren a nuestra alma.
Las percepciones que se refieren solamente al alma son aquellas cuyos efectos se sienten
como en el alma misma, y de las cuales no se suele conocer ninguna causa primera a la que
se puedan atribuir; tales son los sentimientos de alegría, de cólera y otros semejantes, que
son a veces provocados en nosotros por los objetos que mueven nuestros nervios, y a veces
también por otras causas. Ahora bien, aunque todas nuestras percepciones, tanto las que se
refieren a los objetos exteriores a nosotros como las que se refieren a las diferentes
afecciones de nuestro cuerpo, sean verdaderamente pasiones con respecto a nuestra alma
tomando esta palabra en su significado más general, se acostumbra no obstante limitarlas a
las que se refieren al alma misma, Y son solamente estas últimas las que yo me he
propuesto explicar con el nombre de pasiones del alma.
Art. 26. Las imaginaciones que dependen únicamente del movimiento fortuito de los
espíritus pueden ser tan verdaderas pasiones como las percepciones que dependen de los
nervios.
Hay que señalar aquí que las mismas cosas que el alma percibe por medio de los nervios
pueden, todas ellas, ser también representadas por el curso fortuito de los espíritus, sin más
diferencia que las impresiones que van del cerebro por los nervios son generalmente más
vivas y más expresas que las que en él provocan los espíritus: lo que me ha hecho decir en
el artículo 21 que estas son como la sombra y la pintura de las otras. Hay que observar
también que, a veces, esta pintura es tan parecida a la cosa que representa, que nos
podemos engañar en cuanto a las percepciones que se refieren a los objetos exteriores a
nosotros o a las que se refieren a algunas partes de nuestro cuerpo, pero no nos podemos
engañar en cuanto a las pasiones, sobre todo porque están tan próximas y tan dentro de
nuestra alma que es imposible que ésta las sienta sin que sean verdaderamente tales como
las siente. Así, a menudo cuando dormimos, y hasta a veces estando despiertos,
imaginamos tan fuertemente ciertas cosas que nos parece que las estamos viendo ante
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nosotros o sintiéndolas en nuestro cuerpo, aunque no están en él en modo alguno; pero,
aun dormidos y soñando, no podríamos sentirnos tristes o emocionados por alguna otra
pasión sin que sea muy cierto que el alma tiene en sí esta pasión.
Art. 27. Definición de las pasiones del alma.
Después de haber considerado en qué difieren las pasiones del alma de todos los demás
pensamientos de la misma, creo que se puede en general definirlas como percepciones, o
los sentimientos, o las emociones del alma, que se refieren particularmente a ella, y que
son causadas, sostenidas y fortificadas por algún movimiento de los espíritus.
Art. 28. Explicación de la primera parte de esta definición
Podemos llamarlas percepciones cuando empleamos en general esta palabra para designar
todos los pensamientos que no son acciones del alma o voluntades, pero no cuando la
usamos solamente para designar conocimientos evidentes; pues la experiencia demuestra
que no son los más agitados por sus pasiones los que mejor las conocen, y que estas figuran
entre las percepciones que la estrecha alianza que existe entre el alma y el cuerpo hace
confusas y oscuras. Podemos también llamarlas sentimientos, porque son recibidas en el
alma de la misma manera que los objetos de los sentidos exteriores, y el alma no las conoce
de otro modo; pero podemos mejor aún llamarlas emociones del alma, no sólo porque este
nombre puede ser dado a todos los cambios que ocurren en ella, o sea a todos los diversos
pensamientos que le llegan, sino particularmente porque, de todas las clases de
pensamientos que el alma puede tener, ninguna la agita y la conmueve tan fuertemente
como estas pasiones.
Art. 29. Explicación de la otra parte.
Añado que se refieren particularmente al alma, para distinguirlas de los otros sentimientos
que se refieren, unos a los objetos exteriores, como los olores, los sonidos, los colores; otros
a nuestro cuerpo, como el hambre, la sed, el dolor. Añado también que son causadas,
sostenidas y reforzadas por algún movimiento de los espíritus, a fin de distinguirlas de
nuestras voluntades, que podemos llamar emociones del alma que se refieren a ella, pero
que son causadas por ella misma, y también a fin de explicar su ultima y más próxima
causa, que las distingue también de los otros sentimientos.
Art. 30. El alma esta unida a todas las partes del cuerpo conjuntamente.
Pero para entender más perfectamente todas estas cosas, hay que saber que el alma está
verdaderamente unida a todo el cuerpo, y que no se puede decir que esté en alguna de sus
partes con exclusión de las demás, porque es uno y en cierto modo indivisible, en razón de
la disposición de todos sus órganos, de tal modo relacionados entre sí que, cuando uno de
ellos es suprimido, ello hace defectuoso todo el cuerpo, porque el alma es de una
naturaleza que no tiene relación alguna con la extensión ni con las dimensiones o con las
propiedades de la materia de que el cuerpo se compone, sino solamente con todo el
conjunto de sus órganos, como resulta del hecho de que no se podría en modo alguno
concebir la mitad, ó la tercera parte de un alma ni que extensión ocupa, y de que no
deviene más pequeña si se mutila alguna parte del cuerpo, sino que se separa enteramente
de él, cuando se disuelve el conjunto de sus órganos.
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Art. 31. Hay en el cerebro una pequeña glándula en la que el alma ejerce sus funciones
más particularmente que en las demás partes.
Es preciso saber también que, aunque el alma está unida a todo él cuerpo, hay sin embargo
en él alguna parte en la cual ejerce sus funciones más particularmente que en todas las
demás; y se cree generalmente que esta parte es el cerebro, o acaso el corazón: el cerebro,
porque con él se relacionan los órganos de los sentidos, y el corazón porque parece como si
en él se sintieran las pasiones. Mas, examinando la cosa con cuidado, paréceme haber
reconocido evidentemente que la parte del cuerpo en la que el alma ejerce
inmediatamente sus funciones no es en modo alguno el corazón, ni tampoco todo el
cerebro, sino solamente la más interior de sus partes, que es cierta glándula muy pequeña,
situada en el centro de su sustancia y de tal modo suspendida sobre el conducto por el cual
se comunican los espíritus de sus cavidades anteriores con los de la posterior, que los
menores movimientos que se producen en esta tienen un gran poder para cambiar el curso
de estos espíritus, y recíprocamente, los menores cambios que se producen en el curso de
los espíritus lo tienen igualmente para variar los movimientos de esta glándula.
Art. 32. Cómo se conoce que esta glándula es la principal sede del alma.
La razón que me convence de que el alma no puede tener en todo el cuerpo ningún otro
lugar que esta glándula donde ejerce inmediatamente sus funciones, es que considero que
las otras partes de nuestro cerebro son todas dobles, de la misma manera que tenemos dos
ojos, dos manos, dos oídos, y todos los órganos de nuestros sentidos son dobles; y que,
puesto que no tenemos más que un único y simple pensamiento de una misma cosa al
mismo tiempo, por fuerza ha de haber algún lugar donde las dos imágenes que vienen por
los dos ojos, o las otras dos impresiones que vienen de un solo objeto por los dobles
órganos de los otros sentidos se puedan juntar en una antes de llegar al alma, a fin de que
no le representen dos objetos en lugar de uno; y se puede concebir fácilmente que estas
imágenes u otras impresiones se juntan en esta glándula por medio de los espíritus que
llenan las cavidades del cerebro, pero no hay en el cuerpo ningún otro lugar donde puedan
unirse así, sino después de haberse unido en esta glándula.
Art. 33. Las pasiones no residen en el corazón.
En cuanto a la opinión de los que piensan que el alma recibe sus pasiones en el corazón, no
es nada consistente, pues se funda sólo en que las pasiones hacen sentir en él alguna
alteración; y es fácil observar que esta alteración únicamente se siente como en el corazón
por medio de un pequeño nervio que baja del cerebro a él, así como el dolor se siente
como en el pie por medio de los nervios del pie, y los astros los percibimos como en el
cielo por medio de su luz y de los nervios ópticos: de suerte que no es necesario que
nuestra alma ejerza inmediatamente sus funciones en el corazón para sentir en él sus
pasiones, como no lo es que el alma está en el cielo para ver en él los astros.
Art. 34. Cómo obran una contra el otro el alma y el cuerpo.
Concebimos, pues, que el alma tiene su sede principal en la pequeña glándula que está en
medio del cerebro, de donde irradia a todo el resto del cuerpo por medio de los espíritus de
los nervios y hasta de la sangre, que, participando de las impresiones de los espíritus, las
puede llevar por las arterias a todos los miembros; y recordando lo dicho antes sobre la
máquina de nuestro cuerpo, es decir, que los hilillos de nuestros nervios están de tal modo
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distribuidos en todas sus partes que, en los diversos movimientos que en ellos provocan los
objetos sensibles, abren diversamente los poros del cerebro, y esto hace que los espíritus
animales contenidos en esas cavidades entren diversamente en los músculos, mediante lo
cual pueden mover los miembros de todas las diferentes maneras como estos pueden ser
movidos, y también que todas las demás causas que pueden de diversas maneras mover los
espíritus bastan para conducirlos a diversos músculos, añadamos aquí que la pequeña
glándula que es la sede principal del alma está de tal modo suspendida entre las cavidades
que contienen estos espíritus que puede ser movida por ellos de tantas maneras diferentes
como diferencias sensibles hay en los objetos; pero que puede también ser diversamente
movida por el alma, la cual es de tal naturaleza que recibe tantas diferentes percepciones
como diversos movimientos se producen en esta glándula; y recíprocamente, la máquina
del cuerpo está constituida de tal modo que, por el simple hecho de que esta glándula es
diversamente movida por el alma o por cualquier otra causa que pueda serlo, impulsa los
espíritus que la rodean hacia los poros del cerebro, que los conducen por los nervios a los
músculos, mediante lo cual les hace mover los miembros.
Art. 35. Ejemplo de la manera cómo las impresiones de los objetos se unen en la glándula
que está en medio del cerebro.
Así, por ejemplo, si vemos un animal venir hacia nosotros, la luz refleja de su cuerpo pinta
dos imágenes del mismo, una en cada uno de nuestros ojos, y estas dos imágenes forman
otras dos, por medio de los nervios ópticos, en la superficie interior del cerebro
correspondiente a esas cavidades; luego, de aquí, por medio de los espíritus que llenan esas
cavidades, las imágenes irradian de tal suerte hacia la pequeña glándula rodeada por esos
espíritus, que el movimiento que compone cada punto de una de las imágenes tiende hacia
el mismo punto de la glándula hacia el cual tiende el movimiento que forma el punto de la
otra imagen, la cual representa la misma parte del animal, y así, las dos imágenes que están
en el cerebro componen una sola en la glándula, que, actuando inmediatamente contra el
alma, le hace ver la figura del animal.
Art. 36. Ejemplo de cómo se producen las pasiones en el alma.
Y, además de esto, si esta figura es muy extraña y muy espantosa, es decir si tiene mucha
relación con las cosas que han sido antes nocivas al cuerpo, ello provoca en el alma la
pasión del temor, y luego la del valor, o bien la del miedo y del terror, según los diferentes
temperamentos del cuerpo o la fuerza del alma, y según que antes nos hayamos preservado
mediante la huida o mediante la defensa contra las cosas nocivas con las que tiene relación
la impresión presente; pues esto dispone de tal modo el cerebro en algunos hombres, que
los espíritus reflejos de la imagen así formada en la glándula van de esta a manifestarse,
parte en los nervios que sirven para volver la espalda o mover las piernas para huir, y parte
en los que dilatan o contraen de tal modo los orificios del corazón, o bien que agitan de tal
suerte las otras partes de donde le llega la sangre, que, rarificada esta sangre de modo
inhabitual, envía al cerebro espíritus propios para mantener e intensificar la pasión del
miedo, es decir, propios para mantener abiertos o abrir de nuevo los poros del cerebro que
los conducen a los mismos nervios; pues estos espíritus, sólo con entrar en dichos poros,
provocan un movimiento particular en esa glándula, la cual está creada por la naturaleza
para hacer sentir al alma tal pasión; y como estos poros se relacionan principalmente con
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los pequeños nervios que sirven para achicar o agrandar los orificios del corazón, esto hace
que el alma la sienta principalmente como en el corazón.
Art. 37. Cómo parece que todas ellas son causadas por algún movimiento del espíritu.
Y como lo mismo ocurre en todas las demás pasiones, es decir, que son principalmente
producidas por los espíritus contenidos en las cavidades del cerebro cuando aquellos van a
los nervios que sirven para dilatar o contraer los orificios del corazón, o para impulsar
diversamente hacia él la sangre que está en las demás partes, o, de cualquier modo, para
mantener la misma pasión, se puede comprender claramente por qué he escrito arriba, en
su definición, que son causadas por algún movimiento particular de los espíritus.
Art. 38. Ejemplo de los movimientos del cuerpo que acompañan a las pasiones y no
dependen del alma.
Por otra parte, de la misma manera que el paso de estos espíritus a los nervios del corazón
basta para dar movimiento a la glándula que pone el miedo en el alma, así también, por el
simple hecho de que algunos espíritus van al mismo tiempo a los nervios que sirven para
mover las piernas para huir, causan otro movimiento en la misma glándula por medio del
cual el alma siente y percibe esta huida, la cual puede de este modo ser provocada en el
cuerpo por la simple disposición de los órganos y sin que el alma contribuya a ello.
Art. 39. Cómo una misma causa puede provocar diversas pasiones en diversos hombres.
La misma impresión que produce sobre la glándula la presencia de un objeto espantable, y
que causa el miedo en algunos hombres, puede provocar en otros el valor y el
atrevimiento, y ello se debe a que no todos los cerebros están dispuestos de la misma
manera, y el mismo movimiento de la glándula, que en algunos provoca el miedo hace que
en otros espíritus entren en los poros del cerebro que los conducen, parte a los nervios que
sirven para mover las manos a fin de defenderse, parte a los que mueven e impulsan la
sangre hacia el corazón, para producir espíritus que continúen esta defensa y mantengan la
voluntad misma.
Art. 40. Cuál es el principal efecto de las pasiones.
Pues es preciso observar que el principal efecto de todas las pasiones en los hombres es que
incitan y disponen su alma a querer las cosas para las cuales preparan sus cuerpos; de
suerte que el sentimiento del miedo incita a huir, el del valor a luchar, y así en otros casos.
Art. 41. Qué poder tiene el alma en relación con el cuerpo.
Pero la voluntad es tan libre por naturaleza, que no puede jamás ser constreñida; y de las
dos clases de pensamientos que he distinguido en el alma, por una parte sus acciones, o sea
sus voluntades, por otra sus pasiones, tomando esta palabra en su más amplio significado,
que comprende toda clase de percepciones, las primeras le pertenecen absolutamente, y
sólo indirectamente pueden ser modificadas por el cuerpo, mientras que las últimas
dependen absolutamente de las acciones que las conducen, y sólo indirectamente pueden
ser modificadas por el alma, excepto cuando esta misma es su causa. Y toda la acción del
alma consiste en que, sólo con querer algo, hace que la pequeña glándula a la que el alma
va estrechamente unida se mueva de la manera necesaria para producir el efecto que esa
voluntad quiere.
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Art. 42. Cómo encontramos en nuestra memoria las cosas que queremos recordar.
Así, cuando el alma quiere recordar algo, esta voluntad hace que la glándula, inclinándose
sucesivamente hacia diversos lados, impulse los espíritus hacia diversos lugares del
cerebro, hasta que encuentran aquel donde están las huellas que ha dejado el objeto que se
quiere recordar; pues estas huellas no son otra cosa sino que los poros del cerebro por
donde los espíritus salieron antes a causa de la presencia de dicho objeto adquirieron por
esto más facilidad que los otros para que los espíritus que llegan a ellos los abran
nuevamente de la misma manera; de suerte que, al llegar los espíritus a estos poros, entran
en ellos más fácilmente que en los otros, suscitando así un movimiento que representa al
alma el mismo objeto y hace a esta conocer que es aquel que quería recordar.
Art. 43. Cómo el alma puede imaginar, estar atenta y mover el cuerpo.
Cuando el alma quiere imaginar alguna cosa no vista antes, esta volición tiene la fuerza de
hacer que la glándula se mueva de la manera requerida para empujar los espíritus hacia los
poros del cerebro, por cuya abertura puede ser representada esa cosa; cuando fija su
atención para considerar algún tiempo un mismo objeto, esta volición mantiene a la
glándula inclinada, durante ese tiempo, hacia un mismo lado; por último, cuando se quiere
andar, o mover el cuerpo de algún modo, esta volición hace que la glándula impulse los
espíritus hacia los músculos que sirven para este efecto.
Art. 44. De cómo cada volición esta naturalmente unida a algún movimiento de la
glándula pero, por industria o por hábito, se la puede unir a otros.
Sin embargo, no siempre la voluntad de ejercer en nosotros algún movimiento o algún
otro efecto es la que puede hacer que lo excitemos; pero esto cambia según la naturaleza o
el hábito han unido de diverso modo cada movimiento de la glándula a cada pensamiento.
Así, por ejemplo: si queremos que nuestros ojos se dispongan a mirar un objeto muy
alejado, esta volición hace que se dilaten las pupilas; y si queremos disponerlos para mirar
un objeto muy próximo, esta volición hace que se contraigan; pero si sólo se piensa en
dilatarlas, por más que se tenga voluntad en hacerlo, no se dilatan por eso, pues la
naturaleza no ha unido el movimiento de la glándula, el cual sirve para impulsar los
espíritus hacia el nervio óptico en la manera requerida para dilatarla o contraerla, sino más
bien con la de mirar objetos distantes o próximos. Y, como cuando se habla, no pensamos
más que en el sentido de lo que queremos decir, esto hace que movamos la lengua y los
labios mucho más rápidamente y mejor que si pensamos en moverlos de todas las maneras
que se requieren para proferir las mismas palabras, porque el hábito que hemos adquirido
al aprender a hablar ha hecho que juntemos la acción del alma, que, por mediación de la
glándula, puede mover la lengua y los labios, con la significación de las palabras que siguen
a estos movimientos, mejor que con los movimientos mismos.
Art. 45. Cual es el poder del alma respecto a sus pasiones.
Nuestras pasiones no pueden tampoco ser excitadas directamente ni suprimidas por la
acción de nuestra voluntad, pero pueden serlo indirectamente mediante la representación
de las cosas que tienen costumbre de ser unidas a las pasiones que queremos tener, y que
son contrarias a las que queremos rechazar. De manera que, para excitar en sí mismo el
atrevimiento y desterrar el miedo, no basta tener voluntad de ello, sino que hay que
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dedicarse a examinar las razones, los objetos o los ejemplos que persuaden de que el
peligro no es grande; de que hay siempre más seguridad en la defensa que en la huida; de
que se tendrá la gloria y la alegría de haber vencido, mientras que no se puede esperar más
que pesar y vergüenza de haber huido, y cosas semejantes.
Art. 46. Cuál es la razón que impide que el alma pueda disponer enteramente de sus
pasiones.
Existe una razón particular por la que el alma no puede rápidamente cambiar o detener sus
pasiones, razón que me ha permitido escribir antes, en la definición de las pasiones, que
son no solamente causadas, sino también sostenidas y fortalecidas por algún movimiento
particular de los espíritus Esta razón es que casi todas las pasiones van acompañadas de
alguna emoción que se produce en el corazón, y por consiguiente, también en toda la
sangre y los espíritus de suerte que, hasta que ha cesado esta emoción, permanecen
presentes en nuestro pensamiento del mismo modo que persisten en él los objetos
sensibles mientras actúan sobre los órganos de nuestros sentidos. Y así como el alma, al
atender intensamente a alguna cosa, puede dejar de oír un pequeño ruido o de sentir un
pequeño dolor, más no puede dejar igualmente de oír el trueno o de sentir el fuego que
quema la mano, de la misma manera puede fácilmente superar las pequeñas pasiones, pero
no puede dominar las más violentas y más fuertes mientras no se calma la emoción de la
sangre y de los espíritus. Lo más que puede hacer la voluntad mientras esta emoción esté
en vigor, es no consentir en sus efectos y contener varios de los movimientos a que el
cuerpo está dispuesto. Por ejemplo, si la cólera hace levantar la mano para pegar, la
voluntad puede generalmente contenerla; si el miedo incita a las gentes a huir, la voluntad
puede detenerlas, y así en otros casos.
Art. 47. En que consisten los combates que acostumbramos imaginar entre la parte inferior
y la superior del alma.
Y sólo en la repugnancia que existe entre los movimientos que el cuerpo mediante sus
espíritus y el alma mediante su voluntad tiendan al mismo tiempo a excitar en la glándula,
consisten todos los combates que acostumbramos imaginar entre la parte inferior del alma
que llamamos sensitiva y la superior, que es la razonable, o bien entre los apetitos
naturales y la voluntad; pues no hay en nosotros nada más que un alma, y esta alma no
tiene en sí ninguna diversidad de partes: la misma que es a la vez sensitiva y razonable, y
todos sus apetitos son voluntades. El error que se ha cometido haciéndole representar
diversos personajes generalmente contrarios unos a otros procede únicamente de que no
han sido bien diferenciadas sus funciones de las del cuerpo, únicamente al cual debe ser
atribuido todo lo que puede observarse en nosotros que repugne a nuestra razón; de suerte
que el combate consiste únicamente en que, pudiendo la pequeña glándula situada en
medio del cerebro ser presionada de un lado por el alma y del otro por los espíritus
animales, que no son sino cuerpos, como he dicho antes, suele ocurrir que ambas presiones
sean contrarias, y la más fuerte impida el efecto de la otra. Ahora bien, se pueden
distinguir dos clases de movimientos suscitados por los espíritus en la glándula: unos
representan al alma los objetos que mueven los sentidos, o las impresiones que se
encuentran en el cerebro y no ejercen ninguna presión sobre su voluntad; otros ejercen
alguna, y son los que causan las pasiones y los movimientos del cuerpo que las acompañan;
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y, en cuanto a los primeros, aunque suelen impedir las acciones del alma o bien son
impedidos por estas, no obstante, como no son directamente contrarios no se observan
combates entre ellos. Sólo se han observado entre los últimos y las voluntades que los
rechazan: por ejemplo, entre el esfuerzo con que los espíritus impulsan a la glándula para
producir en el alma el deseo de algo, y el esfuerzo con que el alma la rechaza por la
voluntad que tiene de evitar la misma cosa; y la causa principal de esta lucha es que, como
la voluntad no puede provocar directamente las pasiones, como hemos dicho ya, se ve
obligada a acudir a la industria y a ponerse a considerar sucesivamente diversas cosas, y si
ocurre que una puede cambiar por un momento el curso de los espíritus, puede ocurrir que
la que sigue no tenga ese poder y que los espíritus reanuden su curso después, debido a que
la disposición que ha precedido en los nervios, en el corazón y en la sangre no ha
cambiado, por lo cual el alma se siente impulsada casi simultáneamente a desear y no
desear una misma cosa; y por esto se han imaginado en ella dos potencias que se combaten.
No obstante, se puede concebir también alguna lucha por el hecho de que, muchas veces,
la misma causa que suscita en el alma alguna pasión suscita también ciertos movimientos
en el cuerpo a los que el alma no contribuye y que detiene o procura detener tan pronto
como los advierte, como se ve cuando lo que provoca el miedo hace también que los
espíritus entren en los músculos que sirven para mover las piernas para huir, y la voluntad
de ser valiente los detiene.
Art. 48. En qué se conoce la fuerza o la debilidad de las almas y cuál es el mal de las más
débiles.
Por el éxito de estos combates puede cada cual conocer la fuerza o la debilidad de su alma;
pues aquellos en quienes la voluntad puede por propio impulso vencer más fácilmente las
pasiones y detener los movimientos del cuerpo que las acompañan tienen sin duda las
almas más fuertes; pero algunos no pueden probar su fuerza, porque no hacen nunca
combatir su voluntad con las propias armas de esta, sino solamente con las que le
proporcionan algunas pasiones para combatir a otras. Lo que yo llamo sus propias armas
son juicios firmes y determinados referentes al conocimiento del bien y del mal con
arreglo a los cuales la voluntad ha decidido conducir las acciones de su vida; y las almas
más débiles de todas son aquellas cuya voluntad no se determina as a seguir ciertos juicios,
sino que se deja siempre llevar a las pasiones presentes, que, como son con frecuencia
contrarias unas a otras, la arrastran sucesivamente a su partido y, empleándola en combatir
contra ella misma, ponen el alma en el estado más deplorable que darse pueda. Así, cuando
el miedo presenta la muerte como un mal máximo y que sólo mediante la huida puede ser
evitado, la ambición, por otra parte, presenta la infamia de esta huida como un mal peor
que la muerte; estas dos pasiones agitan de manera dispar la voluntad, la cual, obedeciendo
ya a una, ya a otra, se opone continuamente a sí misma, y de este modo hace al alma
esclava y desventurada.
Art. 49. La fuerza del alma no basta sin el conocimiento de la verdad.
Verdad es que hay muy pocos hombres tan débiles e irresolutos que no quieran nada más
que lo que su pasión les dicta. La mayor parte tienen juicios determinados, por los cuales
regulan una parte de sus actos; y aunque a veces estos juicios sean falsos, y hasta fundados
en algunas pasiones por las que la voluntad se ha dejado antes vencer o seducir, sin
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embargo, como persiste en seguirlos cuando la pasión que los produjo esté ausente, pueden
ser considerados como sus propias armas, y pensar que las almas son más fuertes o más
débiles según puedan más o menos seguir esos juicios y resistir a las pasiones presentes que
les son contrarias. Pero hay, sin embargo, una gran diferencia entre las resoluciones que
proceden de alguna falsa opinión y las que se apoyan únicamente en el conocimiento de la
verdad; si seguimos estas últimas estamos seguros de no sentir nunca pesar ni
arrepentimiento, mientras que siempre lo sentimos de haber seguido las primeras cuando
descubrimos el error.
Art. 50. No hay alma tan débil que no pueda, bien conducida, adquirir un poder absoluto
sobre sus pasiones.
Y conviene aquí saber que, como queda dicho antes, aunque cada movimiento de la
glándula parece haber sido unido por la naturaleza de cada uno de nuestros pensamientos
desde el comienzo de nuestra vida, se pueden, sin embargo, unir a otros por hábito, como
lo prueba la experiencia en las palabras que suscitan movimientos en la glándula, las
cuales, según lo establecido por la naturaleza, no presentan al alma más que su sonido
cuando son proferidas por la voz, o la figura de sus letras cuando están escritas, y que, sin
embargo, por el hábito adquirido al pensar en lo que significan cuando se ha oído su
sonido o visto sus letras, hacen concebir este significado más bien que la figura de sus
letras o el sonido de sus sílabas. Conviene saber también que, aunque los movimientos,
tanto de la glándula como de los espíritus del cerebro, que presentan al alma ciertos
objetos, vayan naturalmente unidos a los que suscitan en ella ciertas pasiones, pueden no
obstante, por hábito, separarse de estos y unirse a otros muy diferentes, e incluso este
hábito puede adquirirse por una sola acción y no requiere un largo uso. Así, cuando se
encuentra inesperadamente algo muy sucio en un manjar que se come con apetito, la
sorpresa de este encuentro puede cambiar de tal modo la disposición del cerebro que, en lo
sucesivo, la vista de este manjar nos cause siempre horror, aunque antes lo comiéramos
con sumo gusto. Y lo mismo se puede observar en los animales; pues aunque carezcan de
razón y acaso de todo pensamiento, hay en ellos todos los movimientos de los espíritus y
de la glándula que suscitan en nosotros las pasiones, y en ellos sirven para mantener y
fortalecer, o no, como en nosotros, las pasiones, sino los movimientos de los nervios y de
los músculos que habitualmente las acompañan. Así, cuando un perro quiere una perdiz,
tiende naturalmente a correr hacia ella; y cuando oye disparar una escopeta, este ruido le
incita naturalmente a huir; sin embargo, se adiestra a los perros de caza de tal suerte que el
ver una perdiz les hace detenerse, mientras que el ruido que oyen después, cuando se
dispara a la perdiz, les hace correr a buscarla. Ahora bien, es conveniente saber estas cosas
para que cada cual adquiera el valor de estudiar y vigilar sus pasiones; pues, si se puede,
con un poco de industria, cambiar los movimientos del cerebro en los animales
desprovistos de razón, es evidente que mejor se puede conseguirlo en los hombres y que
incluso los que tienen las almas más débiles podrían adquirir un dominio muy absoluto
sobre todas sus pasiones sabiendo adiestrarlas y conducirlas.
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SEGUNDA PARTE
DEL NÚMERO Y DEL ORDEN DE LAS PASIONES
Y EXPLICACIÓN DE LAS SEIS PRIMARIAS
Art. 51. Cuáles son las primeras causas de las pasiones.
De lo dicho hasta aquí, se deduce que la última y más próxima causa de las pasiones del
alma no es otra que la agitación con que los espíritus mueven la pequeña glándula que hay
en medio del cerebro. Pero no basta esto para poder distinguirlas unas de otras; hay que
buscar sus fuentes, y examinar sus primeras causas; ahora bien, aunque puedan a veces ser
producidas por la acción del alma, que se determina a concebir tales o cuales objetos, y
también solamente por el temperamento de los cuerpos o por las impresiones que se
encuentran fortuitamente en el cerebro, como ocurre cuando nos sentimos tristes o alegres
sin saber por qué, no obstante, por lo que queda dicho, parece que todas pueden también
ser suscitadas por los objetos que mueven los sentidos, y que estos objetos son sus causas
más corrientes y principales; de donde resulta que, para encontrarlas todas, basta
considerar todos los efectos de los objetos.
Art. 52. Cómo se comportan y cómo pueden ser enumeradas.
Observo, además, que los objetos que mueven los sentidos no excitan en nosotros diversas
pasiones en razón de todas las diversidades que hay en ellos, sino sólo en razón de las
diversas maneras como pueden dañarnos o beneficiarnos, o bien en general ser
importantes; y que el comportamiento de todas las pasiones consiste únicamente en que
disponen el alma a querer las cosas que la naturaleza nos prescribe como útiles, y a
persistir en esta voluntad, y esta misma agitación de los espíritus que las causa dispone el
cuerpo a los movimientos que sirven para la ejecución de estas cosas; por eso, para
enumerarlas, basta con examinar por orden de cuántas diferentes maneras que nos
importan pueden nuestros sentidos ser movidos por sus objetos; y haré aquí la
enumeración de todas las principales pasiones según el orden en que pueden así ser
descubiertas.
ORDEN Y ENUMERACIÓN DE LAS PASIONES
Art. 53. La admiración.
Cuando nos sorprende el primer encuentro de un objeto, y lo juzgamos nuevo o muy
diferente de lo que conocíamos antes o bien de lo que suponemos que deba ser, lo
admiramos y nos impresiona fuertemente; y como esto puede ocurrir antes que sepamos
de ninguna manera si este objeto nos es conveniente o no, paréceme que la admiración es
la primera de todas las pasiones; y no tiene pasión contraria porque, si el objeto que se
presenta no tiene nada en sí que nos sorprenda, no nos conmueve en modo alguno y le
consideramos sin pasión.
Art. 54. La estimación o el desprecio, la generosidad o el orgullo, y la humildad o la bajeza.
A la admiración va unida la estimación o el desprecio, según que lo que admiramos sea la
grandeza de un objeto o su pequeñez. Y podemos así estimamos o menospreciamos a
nosotros mismos; de donde resultan las pasiones, y luego los hábitos de magnanimidad o
de orgullo y de humildad o de bajeza.
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Art. 55. La veneración rt. el desdén.
Pero cuando estimamos o despreciamos otros objetos que consideramos como causas libres
capaces de hacer bien o mal, de la estimación nace la admiración, y del simple desprecio el
desdén.
Art. 56. El amor y el odio
Ahora bien: todas las precedentes pasiones pueden producirse en nosotros sin que
advirtamos en modo alguno si el objeto que las causa es bueno o malo. Pero cuando se nos
presenta una cosa como buena para nosotros, es decir, como conveniente, esto nos hace
sentir amor por ella; y cuando se nos presenta como mala y nociva, esto nos mueve al odio.
Art. 57. El deseo.
De la misma consideración del bien y del mal nacen todas las demás pasiones; más, para
ponerlas por orden, distingo los tiempos, y conceptuando que nos llevan a considerar el
futuro mucho más que el presente o el pasado, comienzo por el deseo.
más no sólo cuando se desea adquirir un bien que no se tiene aún, o bien evitar un mal que
se cree puede ocurrir, sino también cuando se desea simplemente la conservación de un
bien o la ausencia de un mal, que es a lo único que puede alcanzar esta pasión, es evidente
que esta se refiere siempre al futuro.
Art. 58. La esperanza, el temor, los celos, la seguridad y la desesperanza.
Basta pensar que es posible la adquisición de un bien o la evitación de un mal para sentirse
movido a desearlo. Pero cuando se considera además, si hay pocas o muchas apariencias de
conseguir lo que se desea, lo que nos hace ver que hay muchas provoca en nosotros la
esperanza, y lo que nos hace ver que hay pocas suscita temor, una especie del cual son los
celos. Cuando la esperanza es suma, cambia de naturaleza y se llama seguridad o
certidumbre, y al contrario, el temor extremado se torna en desesperación.
Art. 59. La irresolución, el valor, la intrepidez, la emulación, la cobardía y el terror.
Y podemos, pues, esperar y temer, aunque el acontecimiento de lo que va a ocurrir no
depende en modo alguno de nosotros; pero cuando se nos presenta como dependiente de
nosotros, puede haber dificultad en la elección de los medios o en la ejecución. De la
primera resulta la irresolución, que nos dispone a deliberar y tomar consejo. A la segunda
se opone el valor, o la intrepidez, una especie del cual es la emulación. Y la cobardía es
opuesta al valor, como el miedo o el terror a la intrepidez.
Art. 60. El remordimiento.
Y si nos determinamos a una acción antes de disiparse la irresolución, esto produce el
remordimiento de conciencia, que no se refiere a tiempo futuro, como las pasiones
precedentes, sino al pasado.
Art. 61. La alegría y la tristeza
Y la consideración del bien presente suscita en nosotros la alegra; la del mal, la tristeza,
cuando se trata de un bien o un mal que se nos aparece como propio.
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Art. 62. La burla, la envidia, la piedad.
Más cuando se nos presenta como perteneciente a otros hombres, podemos juzgarlos
dignos o indignos de él; y cuando los juzgamos dignos, ello no produce en nosotros otra
pasión que la alegra, porque significa para nosotros algún bien el ver que las cosas ocurren
como deben. Hay sólo la diferencia de que la alegría que procede del bien es seria,
mientras que la que procede del mal va acompañada de risas y de burla. Pero si los
juzgamos indignos, el bien mueve a la envidia, y el mal a la piedad, que son dos especies de
tristeza. Y es de observar que las mismas pasiones que se refieren a los bienes o a los males
presentes pueden con frecuencia referirse también a los futuros, pues el pensar que van a
ocurrir los representa como presentes.
Art. 63. La satisfacción de sí mismo y el arrepentimiento.
Podemos también considerar la causa del bien o del mal, tanto presente como pasado. Y el
bien que nosotros mismos hemos hecho nos produce una satisfacción interior que es la
más dulce de todas las pasiones mientras que el mal produce el arrepentimiento, que es la
más amarga.
Art. 64. La simpatía y el agradecimiento.
Mas el bien que han hecho otros da lugar a que sintamos simpatía hacia ellos, aunque no
nos lo hayan hecho a nosotros; y si es a nosotros, a la simpatía se une el agradecimiento.
Art. 65. La indignación y la ira.
De la misma manera, el mal hecho por otros, no siendo contra nosotros mismos, nos
produce sólo indignación; y cuando es contra nosotros, nos mueve también a la ira.
Art. 66. La gloria y la vergüenza.
Por otra parte, el bien que está o que ha estado en nosotros, en cuanto afecta a la opinión
que los demás pueden tener de nosotros, nos produce vanagloria, y el mal, y la vergüenza.
Art. 67. El hastío, la añoranza la alegría.
Y a veces la duración del bien causa el hastío o la saciedad, mientras que la del mal
disminuye la tristeza. Por último, del bien pasado proviene la añoranza, que es una especie
de tristeza, y del mal pasado proviene la alegría que es una especie de gozo.
Art. 68. Por qué esta enumeración de las pasiones es diferente de la comúnmente
aceptada.
He aquí el orden que me parece el mejor para enumerar las pasiones. Sé que en ella me
alejo de la opinión de cuantos han escrito sobre esto, pero mi discrepancia está muy
justificada. Pues ellos deducen su enumeración de que distinguen en la parte sensitiva del
alma dos apetitos, que llaman respectivamente concupiscible e irascible. Y como yo no
encuentro en el alma ninguna distinción de partes, como ya he dicho, esa diferencia me
parece que sólo significa que hay en ella dos facultades, una de desear y otra de rechazar; y
puesto que el alma tiene de la misma manera las facultades de admirar, de amar, de
esperar, de temer y de recibir en si cada una de las demás pasiones, o de realizar las
acciones a que la impulsan esas pasiones, no veo por qué han querido adscribirlas todas a la
concupiscencia o a la ira. Aparte de su enumeración no comprende todas las principales
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pasiones, como creo que las comprende ésta. Hablo sólo de las principales, pues se podría
distinguir otras varias más particulares, y su número es indefinido.
Art. 69. Hay sólo seis pasiones primarias.
Mas el número de las simples y primarias no es muy grande. Pues, examinando todas las
que he enumerado, es fácil observar que sólo hay seis que lo sean, a saber: la admiración, el
amor, el odio, el deseo, la alegría y la tristeza; y que todas las demás son compuestas de
algunas de estas seis, o son especies de las mismas. Por eso, para evitar que el gran número
embarace a los lectores, trataré aquí separadamente de las seis primarias, y después
indicaré de qué manera se originanen estas todas las demás.
Art. 70. De la admiración; su definición y su causa.
La admiración es una súbita sorpresa del alma que hace a esta considerar con atención los
objetos que le parecen raros y extraordinarios. Es producida, pues, primeramente por la
impresión que se tiene en el cerebro, que representa el objeto como raro y, por
consiguiente, digno de ser atentamente considerado; luego, por el movimiento de los
espíritus, dispuestos por esta impresión a dirigirse con gran fuerza al lugar del cerebro
donde se encuentra para reforzarla y conservarla en él; como también esa impresión los
dispone a pasar del cerebro a los músculos que sirven para mantener los órganos de los
sentidos en la misma situación en que están, a fin de que estos la sostengan, si por ellos se
ha producido.
Art. 71. En esta pasión no se produce ningún cambio en el corazón ni en la sangre.
Y esta pasión tiene la particularidad de que no se observa que vaya acompañada de ningún
cambio en el corazón ni en la sangre, como ocurre en las demás pasiones. La razón es que,
no teniendo por objeto el bien ni el mal, sino solamente el conocimiento de la cosa que se
admire, no tiene relación con el corazón y la sangre, de los que depende todo el bien del
cuerpo, sino solamente con el cerebro, donde están los órganos de los sentidos que sirven
para este conocimiento.
Art. 72. En qué consiste la fuerza de la admiración.
Lo cual no impide que la admiración tenga mucha fuerza por causa de la sorpresa, es decir,
de la producción súbita e inopinada que cambia el movimiento de los espíritus, sorpresa
que es propia y particular de esta pasión; de suerte que cuando se encuentra en otras, como
suele encontrarse en casi todas y aumentarlas, es que la admiración va unida a ellas. Y la
fuerza depende de dos cosas: de la novedad y de que el movimiento que produce tiene
desde el comienzo toda su fuerza. Pues es indudable que tal movimiento produce más
efecto que los que, débiles al principio y aumentando sólo poco a poco, pueden ser
desviados fácilmente. También es cierto que los objetos de los sentidos que son nuevos
impresionan al cerebro en ciertas partes en las cuales no suele ser impresionado; y que
como estas partes son más tiernas y menos firmes que las endurecidas por la agitación
frecuente, esto aumenta el efecto de los movimientos que los objetos provocan en ellas. Lo
cual no resultar increíble si se considera que una razón análoga hace que estando las
plantas de nuestros pies acostumbradas a un roce bastante rudo, por el peso del cuerpo que
soportan, sentimos muy poco este roce cuando andamos; mientras que otro mucho menor
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y más suave haciéndoles cosquillas nos resulta casi insoportable, debido a que no nos es
habitual.
Art. 73. Qué es el pasmo.
Y esta sorpresa tiene tanto poder para hacer que los espíritus que se encuentran en las
cavidades del cerebro se dirijan hacia el lugar donde está la impresión del objeto admirado,
que a veces los impulsa todos hacia ese lugar, y tan ocupados están en conservar esta
impresión que ninguna parte de ellos pasan de aquí a los músculos ni se desvían en manera
alguna de las primeras huellas que han seguido en el cerebro: lo cual hace que todo el
cuerpo permanezca inmóvil como una estatua y que no se pueda apreciar del objeto más
que la primera fase que de él se presentó, ni por consiguiente adquirir un conocimiento de
él más particular. Esto es lo que se llama generalmente estar pasmado; y el pasmo es un
exceso de admiración siempre malo.
Art. 74. En qué son útiles todas las pasiones, y en que nocivas.
Ahora bien, fácil es deducir, de todo lo dicho hasta aquí que la utilidad de todas las
pasiones no consiste sino en que fortalecen y conservan en el alma pensamientos que
conviene que conserve y que, sin ellas, podrán borrarse fácilmente. Y todo el mal que
pueden causar consiste en que fortalezcan y conserven estos pensamientos más de lo
necesario, o bien fortalezcan y conserven otros en los que no conviene detenerse.
Art. 75. En qué consiste particularmente la admiración.
Y puede decirse en particular que la admiración que es útil en que hace que aprendamos y
retengamos en la memoria las cosas que antes ignorábamos; pues admiramos lo que nos
parece raro y extraordinario; y nada puede parecernos tal si no es porque lo hemos
ignorado, o también porque es diferente de las cosas que hemos sabido; pues precisamente
por esta diferencia se llama extraordinario. Ahora bien, aunque una cosa que nos era
desconocida se presente de nuevo a nuestro entendimiento o a nuestros sentidos, no por
eso la retenemos en nuestra memoria, a no ser que la idea que de ella tenemos sea
reforzada en nuestro cerebro por alguna pasión, o también por el esfuerzo de nuestro
entendimiento, que nuestra voluntad determina a una atención y reflexión especiales. Y
las demás pasiones pueden servir para hacer que se adviertan las cosas que parecen buenas
o malas, mas por las que parecen solamente raras no sentimos sino admiración. Por eso
vemos que los que no tienen ninguna inclinación natural a esta pasión son generalmente
muy ignorantes.
Art. 76. En qué puede ser nociva y cómo se puede remediar su defecto y corregir su
exceso.
Pero mucho más a menudo acontece admirar demasiado y pasmarse al ver cosas que no
merecen sino muy poco o nada que se repare en ellas, cuanto más admirarlas poco ni
mucho. Por eso, aunque es bueno haber nacido con alguna tendencia a esta pasión, porque
ello nos dispone al conocimiento de las ciencias, debemos sin embargo procurar luego
liberamos de ella lo más posible. Pues es fácil remediar su falta mediante una reflexión y
atención particulares, a la que nuestra voluntad puede siempre obligar a nuestro
entendimiento cuando juzgamos que la cosa que se presenta lo merece; mas para evitar la
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excesiva admiración, no hay otro remedio que adquirir el conocimiento de varias cosas y
ejercitarse en el examen de todas las que pueden parecer más raras y más extrañas.
Art. 77. No son los más estúpidos ni los más inteligentes los más inclinados a la
admiración.
Por lo demás, aunque los únicos naturalmente incapaces de admiración son los necios y
estúpidos, no quiere decir esto que los más inteligentes sean siempre los más inclinados a
admirar; los más inteligentes son los que, aunque posean un sentido común bastante
bueno, no tienen, sin embargo, gran opinión de su propia suficiencia.
Art. 78. El exceso de esta pasión puede tornarse en hábito si no se acude a corregirlo.
Y aunque esta pasión parece disminuir con el uso, porque cuantas más cosas raras nos
causan admiración, más nos acostumbramos a dejar de admirarlas y a pensar que todas las
que pueden presentarse después son vulgares, no obstante, cuando esta pasión es excesiva
y hace que se detenga la atención sólo en la primera imagen de los objetos que se han
presentado, sin adquirir otro conocimiento de los mismos, deja tras si un hábito que
dispone al alma a detenerse de la misma manera en todos los demás objetos que se
presenta, a poco nuevos que le parezcan. Y esto es lo que prolonga la enfermedad de los
que son ciegamente curiosos, es decir, de los que buscan la rareza sólo por admirarla y no
por conocerla: pues, poco a poco, se van tornando tan admirativos, que lo mismo se paran
en cosas de ninguna importancia que en aquellas cuya imagen es más útil.
Art. 79. Definiciones del amor y del odio.
El amor es una emoción del alma causada por el movimiento de los espíritus que la incita a
unirse de voluntad a los objetos que parecen serle convenientes. Y el odio es una emoción
causada por los espíritus que incita al alma a querer separarse de los objetos que se le
presentan como nocivos. Digo que estas emociones son causadas por los espíritus para
distinguir el amor y el odio, que son pasiones y dependen del cuerpo, tanto de los juicios
que mueven también al alma a unirse de voluntad con las cosas que estima buenas y a
separarse de las que estima malas, como de las emociones que estos provocan por sí solos
en el alma.
Art. 80. Qué es unirse o separarse de voluntad.
Por lo demás, no empleo aquí la palabra voluntad en el sentido de deseo, que es una pasión
aparte y se refiere al futuro; si no que me refiero al consentimiento por el que una persona
se considera desde un momento dado unida al ser amado, de tal suerte que imagina un
todo del cual piensa que ella es sólo una parte, y otra la cosa amada. Y al contrario, el que
siente odio se considera como un todo enteramente separado de la cosa por la cual siente
aversión.
Art. 81. De la distinción que acostumbramos hacer entre el amor de concupiscencia y el de
benevolencia.
Ahora bien, se distinguen generalmente dos clases de amor, una de las cuales se llama
amor de benevolencia, o sea que incita a querer el bien para el ser amado; la otra se llama
amor de concupiscencia, o sea que incita a desear el objeto que amamos. Pero yo creo que
esta distinción se refiere sólo a los efectos del amor, y no a su esencia; pues desde el
momento en que nos sentimos unidos de voluntad a algún objeto, cualquiera que sea su
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naturaleza, sentimos hacia él inclinación generosa, es decir, que unimos también a él de
voluntad las cosas que creemos le son convenientes, lo cual es uno de los principales
efectos del amor. Y sojuzgamos que es un bien poseerlo o unirse a él de otro modo que de
voluntad, lo deseamos: lo cual es asimismo uno de los cuál es así mismo uno de los más
ordinarios efectos del amor.
Art. 82. Cómo pasiones muy diferentes coinciden en que participan del amor.
No es necesario distinguir tantas especies de amor como objetos diversos se puede amar;
pues, por ejemplo, aunque sean muy diferentes entre sí las pasiones de un ambicioso por su
gloria, de un borracho por el vino, de un bruto por una mujer a la que quiere violar, de un
hombre de honor por su amigo o por su amante y de un buen padre por sus hijos, no
obstante, en cuanto participan del amor son parecidas. Pero en los cuatro primeros no hay
amor sino por la posesión de los objetos a los que se refiere su pasión, y no por los objetos
mismos, por los cuales sienten solamente deseo mezclado con otras pasiones particulares,
mientras que el amor que un buen padre siente por sus hijos es tan puro que no desea
obtener nada de ellos y no quiere poseerlos de otro modo que como lo hace, ni unirse a
ellos más estrechamente de lo que lo está ya; si no que, considerándolos como otros él
mismo, procura el bien de ellos como el suyo propio, o incluso con más celo, porque,
pareciéndole que el y ellos constituyen un todo del cual no es él la mejor parte, prefiere a
menudo los intereses de ellos antes que los suyos y no teme perderse por salvarlos. El
afecto que las personas de honor sienten por sus amigos es de esta naturaleza, aunque rara
vez sea tan perfecto; y el que sienten por su amada participa mucho de aquella, pero un
poco también de la otra.
Art. 83. De la diferencia que existe entre el simple afecto, la amistad y la devoción.
Paréceme que con mejor razón se puede distinguir el amor por el grado de estimación de
lo que amamos en comparación con nosotros mismos, pues cuando estimamos el objeto de
nuestro amor menos que a nosotros mismos sólo sentimos por él un simple afecto; cuando
lo estimamos igual, se llama amistad, y cuando lo estimamos mas, la pasión que sentimos
puede ser llamada devoción. Así se puede sentir afecto por una flor, por un pájaro, por un
caballo; pero, a menos de tener trastornado el entendimiento, solo por los hombres se
puede sentir amistad. Y de tal modo son ellos el objeto de esta pasión, que no hay hombre
tan imperfecto que no se pueda sentir por el una amistad muy perfecta cuando se es amado
por él y se tiene el alma verdaderamente noble y generosa, según explicaremos luego en él
articulo 144 y en el 146. En cuanto a la devoción, su principal objeto es sin duda la
soberana Divinidad, a la cual no se puede por menos de ser devoto cuando se la conoce
como es debido; pero se puede también tener devoción por su príncipe, por su país, por su
ciudad, y hasta por un hombre determinado, cuando se le estima mucho mas que a uno
mismo. Ahora bien, la diferencia que hay entre estas tres clases de amor se manifiesta
principalmente por sus efectos; pues, considerándonos en todas unidos a la cosa amada,
estamos siempre dispuestos a abandonar la parte menor del todo que formamos con ella
para conservar la otra; lo cual hace que, en el simple afecto, nos preferimos siempre a lo
que amamos, y en cambio, en la devoción, preferimos de tal modo la cosa amada a
nosotros mismos que no tememos la muerte por conservarla. De lo cual se han dado a
menudo ejemplos en personas que se han expuesto a una muerte segura por la defensa de
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su príncipe o de su ciudad, y también a veces por personas particulares a las que se habían
consagrado.
Art. 84. No hay tantas especies de odio como de amor.
Por otra parte, aunque el odio sea directamente opuesto al amor, no se distinguen en aquél
tantas especies, porque la diferencia que hay entre los males de los que la voluntad nos
separa no se nota tanto como advertimos la que existe entre los bienes a los que estamos
unidos.
Art. 85. De la complacencia y del horror.
Y sólo encuentro una distinción considerable que sea análoga en uno y otro. Consiste en
que los objetos tanto del amor como del odio puede conocerlos el alma por los sentidos
exteriores, o bien por los interiores y por su propia razón; pues llamamos generalmente
bien o mal a lo que nuestros sentidos anteriores o nuestra razón nos hacen juzgar
conveniente o contrario a nuestra naturaleza; pero llamamos bello o feo a lo que as nos
presentan nuestros sentidos exteriores principalmente el de la vista, que es considerado él
solo más importante que todos los demás; de donde nacen dos especies de amor: la que
sentimos por las cosas buenas y la que sentimos por las bellas, a la cual se puede dar el
nombre de complacencia, para no confundirla con la otra, ni tampoco con el deseo, al cual
se le suele dar el nombre de amor; y de aquí nacen de la misma manera dos especies de
odio, una de las cuales se refiere a las cosas malas, la otra a las feas; y a esta última podemos
llamarla horror o aversión, para distinguirla. Pero lo más interesante aquí es que estas
pasiones de complacencia y de horror suelen ser violentas que las otras especies de amor o
de odio, porque lo que llega al alma por los sentidos la impresiona más fuertemente que lo
que presenta la razón, y que todas ellas son generalmente menos verdaderas; de suerte que,
de todas las pasiones, son estas las que más engañan y de las que con más cuidado debemos
guardamos.
Art. 86. Definición del deseo.
La pasión del deseo es una agitación del alma causada por los espíritus que la disponen a
querer para el futuro la cosa que le parece conveniente. Así, no se desea sólo la presencia
del bien ausente, sino también la conservación del presente, y además la ausencia del mal,
tanto del que se padece ya como del que creemos que podemos recibir en el futuro.
Art. 87. Es una pasión que no tiene contraria.
Ya sé que, generalmente, en la escuela se opone la pasión que tiende a buscar el bien, a la
cual únicamente se llama deseo, a la que tiende a evitar el mal, que se llama aversión.
Pero, como no hay ningún bien cuya privación no sea un mal, ni ningún mal considerado
como una cosa positiva cuya privación no sea un bien, y como buscando por ejemplo, las
riquezas, se huye necesariamente de la pobreza, huyendo de las enfermedades se busca la
salud, y así sucesivamente, paréceme que es siempre un mismo movimiento que lleva a
buscar el bien y al mismo tiempo a huir del mal que le es contrario. Observo solamente en
él la diferencia de que el deseo que se tiene cuando se tiende hacia algún bien va
acompañado de odio, de temor y de tristeza, y esto hace que se le juzgue contrario a sí
mismo. Más si lo consideramos cuando se refiere al mismo tiempo a algún bien para
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buscarlo y al mal opuesto para evitarlo, podemos ver muy evidentemente que es una sola y
misma pasión la que hace uno y otro.
Art. 88. Cuáles son sus diversas especies.
Más razonable será distinguir el deseo en tantas especies diversas como objetos diversos
deseados existen; pues, por ejemplo, la curiosidad, que no es otra cosa que un deseo de
conocer, difiere mucho del deseo de gloria, y este del deseo de venganza, y así
sucesivamente. Pero basta aquí saber que hay tantos como especies de amor o de odio, y
que los más considerables y los más fuertes son los que nacen de la complacencia y del
horror.
Art. 89. Cuál es el deseo que nace del horror.
Ahora bien, aunque no sea sino uno mismo el deseo que tiende a buscar el bien y a huir
del mal que le es contrario, el deseo que nace de la complacencia no deja de ser muy
diferente del que nace del horror; pues esta complacencia y este horror, que
verdaderamente son opuestos, no son el bien y el mal los que sirven de objetos a estos
deseos, sino solamente dos emociones del alma que la disponen a buscar dos cosas muy
diferentes, a saber: el horror lo ha instituido la naturaleza para representar al alma una
muerte súbita e inopinada, de suerte que, aunque sólo sea a veces el contacto de un
gusano, o el nido de una hoja que tiembla, o su sombra, lo que produce horror, se siente
por lo pronto tanta emoción como si ofreciera a los sentidos un peligro de muerte muy
evidente, lo cual provoca de súbito la agitación que lleva al alma a emplear todas sus
fuerzas para evitar un mal tan presente; y esta especie de deseo es lo que se llama
comúnmente la huida y la aversión.
Art. 90. Cuál es el que nace de la complacencia.
Por el contrario, la complacencia ya ha instituido particularmente la naturaleza para
representar el goce de lo que agrada como el más grande de todos los bienes que
pertenecen al hombre, lo que hace que se desee muy ardientemente este goce. Verdad es
que hay diversas especies de complacencias y que los deseos que de ellas nacen no son
todos igualmente poderosos; pues, por ejemplo, la belleza de las flores nos incita solamente
a mirarlas, y la de las frutas a comerlas. Pero la principal es la que proviene de las
perfecciones que imaginamos en una persona que pensamos puede llegar a ser nosotros
mismos; pues, con la diferencia del sexo, que la naturaleza ha puesto en los hombres así
como en los animales irracionales, ha puesto también ciertas impresiones en el cerebro que
hacen que, a cierta edad y en cierto tiempo, cada persona se considere como defectuosa y
como si no fuera más que la mitad de un todo cuya otra mitad debe ser una persona del
otro sexo, de suerte que la naturaleza presenta confusamente la adquisición de esta mitad
como el más grande de todos los bienes imaginables. Y aunque se vean vanas personas de
este otro sexo no por eso se desean vanas al mismo tiempo, porque la naturaleza no hace
imaginar que se tiene necesidad de más de una mitad. Mas cuando se observa algo en una
que complace más que lo que se observa al mismo tiempo en las otras, ello determina al
alma a sentir por esa sola toda la inclinación que la naturaleza le da a buscar el bien que le
presente como el más grande que pueda poseerse; y a esta inclinación o a este deseo que
nace así de la complacencia se le da el nombre de amor más generalmente que a la pasión
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de amor que hemos descrito antes. También tiene efectos más extraños, y es el que sirve de
principal materia a los autores de novelas y a los poetas.
Art. 91. Definición de la alegría.
La alegría es una emoción agradable del alma, en la que consiste el goce que esta siente del
bien que las impresiones del cerebro le representan como suyo. Digo que en esta emoción
consiste el goce del bien; pues, en efecto, el alma no recibe ningún otro fruto de todos los
bienes que posee; y mientras no siente ninguna alegra de poseerlos, puede decirse que no
goza de ellos más que si no los poseyera. Añado que de este bien que las impresiones del
cerebro le representan como suyo, a fin de no confundir este gozo, que es una pasión, con
el gozo puramente intelectual, que se produce en el alma por la única emoción agradable
producida en ella misma, en la cual consiste el goce que el alma siente del bien que su
entendimiento le presenta como suyo. Verdad es que, mientras el alma está unida al
cuerpo, este gozo intelectual no puede casi nunca dejar de ir acompañado del que es una
pasión; pues tan pronto como nuestro entendimiento advierte que poseemos algún bien,
aunque este bien pueda ser tan diferente de todo lo que pertenece al cuerpo que no sea en
absoluto imaginable, no deja la imaginación de producir inmediatamente alguna impresión
en el cerebro, de la cual resulta el movimiento de los espíritus que suscita la pasión de la
alegría.
Art. 92. Definición de la tristeza.
La tristeza es una languidez desagradable, en la cual consiste la incomodidad que el alma
recibe del mal o de la falta de algo que las impresiones del cerebro le presentan como cosa
que le pertenece. Y hay también una tristeza intelectual que no es la pasión, pero que casi
siempre va acompañada por ella.
Art. 93. Cuáles son las causas de ambas pasiones.
Ahora bien, cuando la alegría o la tristeza intelectual suscita así la que es una pasión, su
causa es bastante evidente; y se ve por sus definiciones que la alegría proviene de pensar
que se posee algún bien, y la tristeza, de pensar que se tiene algún mal o se carece de algo.
Mas ocurre a menudo que nos sentimos tristes o alegres sin que podamos señalar
claramente el bien o el mal que son la causa, y esto acontece cuando este bien o este mal
producen sus impresiones en el cerebro sin intervención del alma, a veces porque
pertenecen sólo al cuerpo, y a veces también, aunque pertenezcan al alma, porque esta no
las considera como bien o mal, sino bajo alguna otra forma cuya impresión va unida con la
del bien o del mal en el cerebro.
Art. 94. Cómo estas pasiones son producidas por bienes o males que sólo atañen al cuerpo
y en qué consisten el sentimiento agradable y el dolor.
Así cuando se goza de plena salud y el tiempo está más sereno que de costumbre, sentimos
en nosotros una alegría que no proviene de ninguna función del entendimiento, sino sólo
de las impresiones que produce en el cerebro el movimiento de los espíritus; y de la misma
manera nos sentimos tristes cuando el cuerpo está indispuesto, aunque no sepamos que lo
está. Así, la satisfacción de los sentidos va seguida tan de cerca por la alegría, y el dolor por
la tristeza, que la mayor parte de los hombres no los distinguen. Sin embargo, difieren
tanto que se puede a veces sufrir dolores con alegra y recibir halagos de los sentidos que
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desagradan. Mas lo que hace que, por lo general, del halago de los sentidos resulte la alegra
es que todo lo que se llama halago de los sentidos o sentimiento agradable consiste en que
los objetos de los sentidos producen algún movimiento en los nervios que podrá darles si
no tuvieran bastante fuerza para resistirlo o si el cuerpo no estuviera bien dispuesto; esto
produce una impresión en el cerebro que, instituida por la naturaleza para testimoniar esa
buena disposición y esa fuerza, la presenta al alma como un bien que le pertenece en tanto
está unida al cuerpo, y por eso suscita en ella la alegría. Casi la misma razón es la que hace
que nos agrade sentirnos emocionados o por toda clase de pasiones, incluso la tristeza y el
odio, cuando estas pasiones son producidas por las aventuras extrañas que vemos
representar en un teatro, o por otras cosas parecidas que, no pudiendo dañarnos de
ninguna manera, parecen acariciamos el alma conmoviéndola. Y la causa de que el dolor
produzca generalmente la tristeza consiste en que el sentimiento que se llama dolor
proviene siempre de alguna acción tan violenta que hiere los nervios; de suerte que,
instituida por la naturaleza para mostrar al alma el daño que recibe el cuerpo por esta
acción, y su debilidad al no poder resistirlo, le muestra lo uno y lo otro como males que le
son siempre agradables, excepto cuando causan algunos bienes que el alma estima más.
Art. 95. Cómo pueden también ser producidas por bienes y por males que el alma no
advierte aunque le pertenezcan, como el placer de arriesgarse o de recordar el mal pasado.
Así, el placer que suelen sentir los jóvenes en emprender cosas difíciles y en exponerse a
grandes peligros, aún cuando no esperen de ello ningún provecho ni ninguna gloria,
proviene en ellos de que el pensar que lo que emprenden es difícil les produce en el
cerebro una impresión que, unida a la que podrán tener si pensaran que es un bien sentirse
bastante valiente, bastante afortunado, bastante diestro o bastante fuerte para osar
arriesgarse hasta tal punto, determina el que se complazcan en ello, y la satisfacción que
sienten los viejos cuando se acuerdan de los males que han sufrido proviene de que
imaginan que es un bien haber podido subsistir a pesar de ellos.
Art. 96. Cuáles son los movimientos de la sangre y de los espíritus que producen las cinco
pasiones precedentes.
Las cinco pasiones que he comenzado a explicar están de tal modo unidas u opuestas unas
a otras, que es más fácil considerarlas todas juntas que tratar separadamente de cada una,
como lo hemos hecho de la admiración; y su causa no esta, como la de esta, solamente en
el cerebro, sino también en el corazón, en el bazo, en el hígado y en todas las demos partes
del cuerpo, en tanto sirven para la producción de la sangre y luego de los espíritus: pues,
aunque todas las venas conducen al corazón la sangre que contienen, ocurre a veces, sin
embargo, que la de algunas es impulsada con más fuerza que la de otras; ocurre también
que los orificios por donde entra en el corazón, o por donde sale, se dilatan o contraen más
unas veces que otras.
Art. 97. Principales experiencias que sirven para conocer estos movimientos en el amor.
Ahora bien, considerando las diversas alteraciones de nuestro cuerpo que la experiencia
muestra cuando el alma está agitada por diversas pasiones, observo en el amor, cuando el
alma está sola, es decir, cuando no la acompaña ninguna intensa más fuerte que de
costumbre; que se siente un dulce calor en el pecho y que, en el estómago, se hace la
digestión más rápidamente, de modo que esta pasión es útil para la salud.
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Art. 98. En el odio.
En el odio observo, por el contrario, que el pulso es desigual y más débil, y a veces más
rápido; que se sienten fríos entreverados de no sé qué calor áspero y agudo en el pecho;
que el estómago deja de cumplir su función y tiende a vomitar y rechazar los alimentos
ingeridos, o al menos a corromperlos y transformarlos en malos humores.
Art. 99 En la alegría.
En la alegría, el pulso es igual y más rápido que de ordinario, pero no tan fuerte o tan
grande como en el amor; y se siente un calor agradable que no está sólo en el pecho, sino
que se extiende también a todas las partes exteriores del cuerpo con la sangre que se ve
acudir a ellas en abundancia; y sin embargo se pierde a veces el apetito, porque la digestión
se hace peor que de costumbre.
Art. 100. En la tristeza.
En la tristeza, el pulso es débil y lento, y se sienten en torno del corazón como ataduras
que le aprietan y témpanos que le hielan y comunican su frialdad al resto del cuerpo; y, sin
embargo, no se deja de tener algunas veces buen apetito y de sentir que el estómago
cumple su deber, con tal de que a la tristeza no se mezcle el odio.
Art. 101 En el deseo.
Observo, en fin, en el deseo la particularidad de que agita el corazón más que ninguna otra
pasión, y da al cerebro más espíritus, los cuales, pasando del cerebro a los músculos, avivan
más todos los sentidos y hacen más móviles todas las partes del cuerpo.
Art. 102. El movimiento de la sangre y de los espíritus en el amor.
Estas observaciones, y otras varias que serán demasiado largas de escribir, me han dado
motivo para juzgar que, cuando el entendimiento se figura algún objeto de amor, la
impresión que este pensamiento causa en el cerebro conduce los espíritus animales, a
través de los nervios del sexto par, hacia los músculos que hay en torno de los intestinos y
del estomago, de la manera necesaria para que el jugo de los alimentos, que se convierte en
sangre nueva, pase rápidamente
al corazón sin detenerse en el hígado, y que, impulsada con mas fuerza que la que está en
las demás partes del cuerpo, entre más abundante en el corazón y produzca en él un calor
más intenso, debido a que esta sangre es más fuerte que la que se ha rarificado varias veces
al pasar y tornar a pasar por el corazón; lo cual hace que este envíe también espíritus al
cerebro, cuyas partes son mas gruesas y más movidas que de costumbre; y estos espíritus,
fortaleciendo la impresión producida por el primer pensamiento del objeto amable,
obligan al alma a detenerse en este pensamiento; y en esto consiste la pasión del amor.
Art. 103. En el odio.
Por el contrario, en el odio, el primer pensamiento del objeto que causa aversión conduce
de tal modo los espíritus que están en el cerebro a los músculos del estómago y de los
intestinos, que impide que El jugo de los alimentos se mezcle con la sangre contrayendo
todos los orificios por donde acostumbra pasar a ella; y los conduce también de tal modo
hacia los pequeños nervios del bazo y de la parte inferior del hígado, donde se encuentra el
receptáculo de la bilis, que las partes de la sangre que normalmente van a parar a estos
lugares salen de ellos y circulan hacia el corazón con la que está en las ramificaciones de la
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vena cava; lo cual da lugar a muchas desigualdades en su calor, pues la sangre que proviene
del bazo apenas se calienta y rarifica, mientras que la que procede de la parte inferior del
hígado, donde está siempre la hiel se calienta y se dilata muy rápidamente; después de lo
cual los espíritus que van al cerebro tienen también partes muy desiguales y movimientos
muy extraordinarios; de donde resulta que fortalecen las ideas de odio que se encuentran
ya impresas en él disponen el alma a pensamientos llenos de acritud y amargura.
Art. 104. En la alegría.
En la alegría, más que los nervios del bazo, del hígado, del estómago o de los intestinos, los
que actúan son los que se encuentran en todo el resto del cuerpo y particularmente el que
está en torno de los orificios del corazón, el cual, abriendo y dilatando estos orificios,
permite que la sangre que los otros nervios expulsan de las venas hacia el corazón entre en
él y salga en mayor cantidad que de costumbre; y como la sangre que entra entonces en el
corazón ha pasado ya y vuelto a pasar varias veces por él, habiendo ido de las arterias a las
venas, se dilata muy fácilmente y produce espíritus cuyas partes, muy iguales y sutiles, son
propias para formar e intensificar las impresiones del cerebro que dan al alma
pensamientos alegres y tranquilos.
Art. l05. En la tristeza.
Contrariamente, en la tristeza los orificios del corazón están muy contraídos por el
pequeño nervio que los rodea, y la sangre de las venas no está nada agitada, por lo cual
acude muy poca al corazón; y no obstante, los pasos por donde el jugo de los alimentos va
del estómago y de los intestinos al hígado permanecen abiertos, y ello hace que el apetito
no disminuya, excepto cuando los cierra el odio, que suele ir unido a la tristeza.
Art. 106. En el deseo.
Finalmente, la pasión del deseo tiene la particularidad de que la voluntad que se tiene de
lograr algún bien o de evitar algún mal envía rápidamente los espíritus del cerebro hacia
todas las partes del cuerpo que pueden servir para los actos necesarios al efecto, y
particularmente hacia el corazón y hacia las partes que proporcionan más sangre, a fin de
que, recibiéndola en mayor abundancia que de costumbre, envíe al cerebro mayor
cantidad de espíritus, tanto para mantener y afianzar en él la idea de esta voluntad como
para pasar de él a todos los órganos de los sentidos y a todos los músculos que pueden
coadyuvar a conseguir lo que se desea.
Art. 107. Cuál es la causa de estos movimientos en el amor.
Y las razones de todo esto las deduzco de lo que ha quedado dicho antes: que hay tal
relación entre nuestra alma y nuestro cuerpo, que cuando una vez hemos unido alguna
acción corporal con algún pensamiento, ya nunca más se nos presentan separados: como se
ve en los que han tomado con gran aversión algún brebaje estando enfermos, que luego no
pueden beber o comer nada de parecido gusto sin sentir de nuevo la misma aversión; y de
la misma manera, no pueden pensar en la aversión que sienten por las medicinas sin que
les venga al pensamiento el mismo gusto. Pues creo que las primeras pasiones que nuestra
alma ha tenido cuando comenzó a estar unida a nuestro cuerpo han debido ser que a veces
la sangre, u otro jugo que entrara en el corazón, era un alimento más conveniente para
mantener en él el calor, que es el principio de la vida; y esto era causa de que el alma
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uniera a sí de voluntad este alimento, es decir, que lo amara, y al mismo tiempo los
espíritus iban del cerebro a los músculos, que podían presionar o agitar las partes de donde
la sangre haba venido al corazón, para que le enviasen más; y estas partes eran el estómago
y los intestinos, cuyo movimiento aumenta el apetito, o bien asimismo el hígado y el
pulmón, que los músculos del diafragma pueden mover: por eso este mismo movimiento
de los espíritus ha acompañando siempre desde entonces la pasión de amor.
Art. 108. En el odio.
A veces, por el contrario, llegaba al corazón algún jugo extraño incapaz de mantener el
calor y que podía incluso extinguirlo, y por esto, los espíritus que subían del corazón al
cerebro despertaban en el alma la pasión del odio; y al mismo tiempo estos espíritus iban
del cerebro a los nervios que podían impulsar sangre del bazo y de las pequeñas venas del
hígado al corazón, para impedir que entrara en él ese jugo nocivo, y también a los que
podían rechazar este mismo jugo hacia los intestinos y el estómago, o también a veces
obligar al estómago a vomitarlo: a esto se debe que estos mismos movimientos acompañen
habitualmente a la pasión del odio. Y puede observarse a simple vista que hay en el hígado
muchas venas o conductos bastante anchos por donde el jugo de los alimentos puede pasar
de la vena porta a la vena cava, y de aquí al corazón, sin detenerse nada en el hígado; pero
hay también una infinidad de otros conductos más pequeños en los que puede detenerse, y
que contienen siempre sangre de reserva, y lo mismo ocurre en el bazo; y esta sangre, más
gruesa que la de otras partes del cuerpo, puede servir mejor de alimento al fuego que hay
en el corazón cuando el estómago y los intestinos dejan de suministrárselo.
Art. 109. En la alegría.
También ha ocurrido a veces al comienzo de nuestra vida que la sangre contenida en las
venas era un alimento bastante conveniente para mantener el calor del corazón, y que la
contengan en cantidad tal que no necesitaban sacar alimento alguno de otro sitio; lo cual
ha despertado en el alma la pasión de la alegría y ha hecho al mismo tiempo que los
orificios del corazón se abrieran más que de costumbre, y que los espíritus, acudiendo
abundantemente del cerebro, no sólo a los nervios que sirven para abrir estos orificios,
sino también a todos los demás que impulsan hacia el corazón la sangre de las venas,
impidan que venga nuevamente a este sangre del hígado, del bazo, de los intestinos y del
estómago: por eso estos mismos movimientos van unidos a la alegría.
Art. 110. En la tristeza.
A veces, por el contrario, ha ocurrido que el cuerpo ha carecido de alimento, y esto es lo
que debe hacer sentir al alma su primera tristeza, a menos que haya ido unida al odio. Esto
ha hecho también que los orificios del corazón se contrajeran, al no recibir sino poca
sangre, y que haya acudido del bazo una parte bastante considerable de la misma, porque
el bazo es como el último depósito que sirve para proveer al corazón cuando no recibe
bastante de otro sitio: por eso acompañan siempre a la tristeza los movimientos de los
espíritus y de los nervios que sirven para contraer los orificios del corazón y para conducir
sangre del bazo.
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Art. 111. En el deseo.
En fin, todos los primeros deseos que el alma puede haber tenido cuando estaba recién
unida al cuerpo han sido recibir las cosas que le eran convenientes y rechazar las que le
eran nocivas; y para estos efectos han comenzado los espíritus, desde entonces, a mover los
músculos y todos los órganos de los sentidos de todas las maneras que pueden moverlos; lo
cual es causa de que ahora, cuando el alma desea algo, todo el cuerpo deviene más ágil y
más dispuesto a moverse que de costumbre. Y cuando esta buena disposición del cuerpo
tiene otro origen, los deseos del alma son, a su vez, más fuertes y más ardientes.
Art. 112. Cuáles son los signos exteriores de estas pasiones.
Lo que he dicho explica bastante bien la causa de las diferencias del pulso y de todas las
demás propiedades que he atribuido a estas pasiones, y no es necesario que me detenga a
explicarlas más. Pero, como sólo he señalado en cada una lo que en ella puede observarse
cuando está sola, y que sirve para conocer los movimientos de la sangre y de los espíritus
que los producen, me queda por tratar aún de las varias señales exteriores que
habitualmente las acompañan, y que se observan mucho mejor cuando se encuentran
varias juntas, como es corriente, que cuando están separadas. Las principales de estas
señales son los gestos de los ojos y del rostro, los cambios de color, los temblores, la
languidez, el desmayo, las risas, las lágrimas, los gemidos y los suspiros.
Art. 113. De los gestos de los ojos y del rostro.
No hay pasión alguna que no sea revelada por algún gesto de los ojos, y en algunas se
manifiesta esto de tal modo que hasta los criados más estúpidos pueden ver en los ojos de
su amo si está enfadado con ellos o no lo está. Pero, aunque estos gestos de los ojos se
adviertan fácilmente y se sepa lo que significan, no por eso es fácil describirlos, porque
cada uno se compone de vanos cambios que se producen en el movimiento y en la forma
de los ojos, y son tan particulares y tan pequeños que no puede percibirse cada uno de ellos
separadamente, aunque sea fácil de notar lo que resulta de su conjunto. Casi lo mismo
puede decirse de los gestos del rostro que acompañan también a las pasiones; pues, aunque
son más grandes que los de los ojos, es asimismo difícil distinguirlos, y son tan poco
diferentes que hay hombres que ponen casi la misma cara cuando lloran que cuando ríen.
Cierto es que algunos signos del rostro son bastante evidentes, como las arrugas de la
frente en la cólera y ciertos movimientos de la nariz y de los labios en la indignación y en
la burla; pero parecen ser más voluntarios que naturales. Y generalmente el alma puede
cambiar todos los gestos, sean del rostro o de los ojos, cuando, queriendo ocultar su pasión,
imagina intensamente una contraria; de suerte que lo mismo podemos servirnos de los
gestos para disimular nuestras pasiones que para expresarlas.
Art. 114. De los cambios de color.
No es fácil dejar de enrojecer o de palidecer cuando alguna pasión nos dispone a ello,
porque estos cambios no dependen de los nervios y de los músculos, como los precedentes,
y provienen más inmediatamente del corazón, al que podemos llamar la fuente de las
pasiones, ya que prepara la sangre y los espíritus para producirlas. Ahora bien, el color del
rostro no tiene otra causa que la sangre, la cual, yendo continuamente del corazón por las
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arterias a todas las venas, y de todas las venas al corazón, colorea más o menos el rostro,
según llene más o menos las venillas que van a su superficie.
Art. 115. Cómo hace enrojecer la alegría.
Así la alegría hace el color más vivo y más bermejo, porque, abriendo las esclusas del
corazón, hace que la sangre acuda más aprisa a todas las venas, y porque esta, tornándose
más caliente y más sutil, infla ligeramente todas las partes del rostro, lo cual le da un
aspecto más alegre y animado.
Art. 116. Cómo hace palidecer la tristeza.
La tristeza, en cambio, contrayendo los orificios del corazón, hace que la sangre vaya más
lentamente a las venas y que, tornándose más fina y más espesa, ocupe menos sitio; de
suerte que, retirándose a las más anchas, que son las más próximas al corazón, abandona
las más lejanas, las más visibles de las cuales son las del rostro, y esto le muestra más pálido
y descarnado, principalmente cuando la tristeza es grande o sobreviene súbitamente, como
se ve en el susto, cuya sorpresa aumenta el movimiento que encoge el corazón.
Art. 117. Cómo a veces se enrojece estando triste.
Pero a veces ocurre que no se palidece estando triste y que, por el contrario se enrojece;
esto debe atribuirse a las otras pasiones que se unen a la tristeza, como el deseo y algunas
veces también el odio. Estas pasiones, calentando o agitando la sangre procedente del
hígado, de los intestinos y de las otras partes interiores, la empujan hacia el corazón, y de
aquí, por la arteria grande, hacia las venas del rostro, sin que la tristeza que contrae por
una y otra parte los orificios del corazón pueda impedirlo, salvo cuando es muy grande.
Pero, aun siendo mediana, impide fácilmente que la sangre así llegada a las venas del
rostro descienda al corazón, mientras el amor, el deseo o el odio impulsan hacia él la
procedente de otras partes interiores, Y por eso esta sangre, detenida en torno de la cara, la
enrojece, e incluso más que en la alegría, porque el color de la sangre resalta más debido a
que circula menos deprisa, y también porque así puede acumularse en las venas del rostro
más que cuando los orificios del corazón están más abiertos. Esto se ve principalmente en
la vergüenza, que se compone del amor a s mismo y de un urgente deseo de evitar la
infamia presente, lo cual hace acudir la sangre de las partes interiores al corazón, luego, de
aquí por las arterias, a la cara, y además de una ligera tristeza que impide a esta sangre
tornar al corazón. Lo mismo ocurre generalmente cuando se llora; pues, como diré luego,
lo que produce la mayorparte de las lágrimas es el amor unido a la tristeza; y lo mismo
acontece en la ira, en la que, con frecuencia, va unido al amor, al odio y a la tristeza un
súbito deseo de venganza.
Art. 118. De los temblores.
Los temblores tienen dos diferentes causas: una es que, a veces, acuden demasiado pocos
espíritus del cerebro a los nervios, y otra que a veces acuden demasiados para poder cerrar
perfectamente los pequeños conductos de los músculos que, como he dicho en el artículo
11, deben cerrarse para determinar los movimientos de los miembros. La primera causa se
muestra en la tristeza y en el miedo, y también cuando se tiembla de frío, pues estas
pasiones, lo mismo que la frialdad del aire, pueden atenuar de tal modo la actividad de la
sangre que no suministre al cerebro bastantes espíritus para enviarlos a los nervios. La otra
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causa suele manifestarse en los que desean ardientemente una cosa y en los que sufren un
fuerte acceso de ira, como también en los que están borrachos; porque aquellas dos
pasiones, lo mismo que el vino, hacen a veces acudir al cerebro tantos espíritus que no
pueden pasar normalmente del cerebro a los músculos.
Art. 119. De la languidez.
La languidez es una disposición que sienten todos los miembros a la laxitud y la
inactividad; se debe, lo mismo que el temblor, a que no acuden a los nervios bastantes
espíritus, pero de modo diferente: pues la causa del temblor es que no hay bastantes en el
cerebro para obedecer a las determinaciones de la glándula cuando esta los impulsa hacia
algún músculo, mientras que la languidez proviene de que la glándula no los determina a
ir a unos músculos con preferencia a otros.
Art. 120. Cómo se produce por el amor y por el deseo.
Y la pasión que causa más frecuentemente este efecto es el amor, unido al deseo de una
cosa cuya adquisición no se cree posible por el momento; pues el amor ocupa de tal modo
el alma en considerar el objeto amado, que emplea todos los espíritus que hay en el
cerebro en presentarle la imagen de ese objeto, y paraliza todos los movimientos de la
glándula que no sirven para este efecto. Y en cuanto al deseo, hay que advertir que la
propiedad que le he atribuido de dar movilidad al cuerpo sólo es efectiva cuando se
imagina que puede hacerse inmediatamente algo que sirva para adquirir el objeto deseado;
pues si, por el contrario, se cree que es imposible hacer nada que sea útil a tal fin, toda la
agitación del deseo permanece en el cerebro, sin pasar en modo alguno por los nervios, y,
enteramente dedicada a afianzar en él la idea del objeto deseado, deja languideciendo el
resto del cuerpo.
Art. 121. Cómo puede ser producida también por otras pasiones.
Verdad es que el odio, la tristeza y hasta la alegría pueden producir languidez cuando son
muy violentos, porque ocupan enteramente el alma en considerar su objeto,
principalmente cuando va unido a ello el deseo de una cosa a cuya adquisición no se puede
contribuir en el presente. Pero, como nos detenemos en considerar los objetos a los que
nos une la voluntad más que aquellos de los que nos separa y que otros cualesquiera, y
como la languidez no depende de una sorpresa, sino que requiere algún tiempo para
producirse, se da mucho más en el amor que en todas las demás pasiones.
Art. 122. Del desmayo.
El desmayo no anda lejos de la muerte, pues se muere cuando el fuego del corazón se apaga
por completo, y se cae solamente en desmayo cuando ese fuego decae de tal suerte que
todavía quedan algunos restos de calor que pueden volver a reanimarlo. Hay varias
disposiciones del cuerpo que pueden determinar tal desfallecimiento; pero, entre las
pasiones, sólo la extremada alegría se observa que tiene ese poder; y la manera como yo
creo que produce este efecto es que, abriendo extraordinariamente los orificios del
corazón, la sangre de las venas entra en él tan de repente y en tan gran cantidad, que no
puede ser rarificada por el calor del mismo lo bastante rápidamente para levantar las
pequeñas membranas que cierran las entradas de estas venas, por lo cual apaga el fuego
que normalmente mantiene cuando entra en el corazón al ritmo debido.
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Art. 123. Porqué la tristeza no produce desmayo.
Parece que una gran tristeza que sobreviene inopinadamente debiera contraer los orificios
del corazón de tal modo que pudiera también apagar su fuego; pero no se observa que
ocurra así, o, si ocurre, es muy raramente; yo creo que esto se debe a que difícilmente
puede haber en el corazón tan poca sangre que no baste para mantener el calor en él
cuando sus orificios están casi cerrados.
Art. 124. De la risa.
La risa consiste en que la sangre que sale de la cavidad derecha del corazón por la vena
arterial, inflando los pulmones súbita y reiteradamente, obliga al aire que contiene a salir
con ímpetu por la garganta, donde produce una voz inarticulada y sonora; y los pulmones,
lo mismo al inflarse que al expulsar el aire, presionan todos los músculos del diafragma, del
pecho y de la garganta, y estos músculos hacen moverse los del rostro que tienen alguna
conexión con ellos; y este movimiento del rostro, con esa voz inarticulada y sonora, es lo
que se llama risa.
Art. 125. Por que la risa no acompaña a las más grandes alegrías.
Ahora bien, aunque la risa se manifieste como una de las principales señales de la alegría,
esta sólo puede, sin embargo, producirla cuando es nada más que mediana y se mezcla a
ella alguna admiración o algún odio; pues la experiencia demuestra que cuando estamos
extraordinariamente contentos, nunca el motivo de esta alegría nos hace romper a reír, e
incluso no es fácil que nos induzca a ello ninguna otra causa si no es estando tristes; la
razón de esto es que, en las grandes alegrías, el pulmón está siempre tan lleno de sangre
que no puede llenarse más a sacudidas.
Art. 126. Cuáles son sus principales causas.
Y sólo puedo señalar dos causas por las cuales se infla el pulmón así, súbitamente. La
primera es la sorpresa de la admiración, la cual, unida a la alegría, puede abrir tan
rápidamente los orificios del corazón que, entrando de pronto en su lado derecho por la
vena cava una gran abundancia de sangre, se rarifica allí, y saliendo por la vena arterial,
infla el pulmón. La otra es la mezcla de algún licor que aumenta la rarificación de la
sangre; y para esto creo que sólo sirve la parte más activa de la que procede del bazo: esta
parte de la sangre, impulsada hacia el corazón por alguna ligera emoción de odio, ayudada
por la sorpresa de la admiración, y mezclándose en aquél con la sangre procedente de otros
lugares del cuerpo, que acude en abundancia cuando interviene la alegría, puede hacer que
esta sangre se dilate en el corazón más que de costumbre; de la misma manera que se
inflan de pronto otros muchos licores puestos sobre el fuego cuando se echa en el
recipiente donde están un poco de vinagre. La experiencia nos muestra también que en
todas las coincidencias que pueden producir esa risa sonora que viene del pulmón, hay
siempre algún pequeño motivo de odio, o al menos de admiración. Y los individuos que no
tienen sano el bazo son propensos a estar no sólo más tristes, sino también, a intervalos,
más alegres y más dispuestos a reír que los otros, porque el bazo envía al corazón dos clases
de sangre, una muy espesa y basta, que produce la tristeza, y otra muy fluida y sutil, que
produce la alegría Y es frecuente sentirse inclinado a la tristeza después de haber reído
mucho, porque, agotándose la parte más fluida de la sangre del bazo, la otra, más espesa, la
sigue hacia el corazón.
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Art. 127. Cual es la causa de la indignación.
En cuanto a la risa que acompaña a veces a la indignación, es generalmente artificial y
fingida; mas cuando es natural, parece provenir de la alegría que sentimos de ver que el
mal que nos indigna no puede alcanzarnos, y, además, de que nos sorprende la novedad o
el encuentro inopinado de ese mal; de modo que a la risa contribuyen en este caso la
alegría, el odio y la admiración. No obstante, quiero creer que puede también ser
producida, sin ninguna alegría, sólo por el sentimiento de aversión, que envía la sangre del
bazo al corazón, donde queda rarificada y desde donde es impulsada hacia el pulmón, que
infla fácilmente cuando lo encuentra casi vacío, y generalmente todo lo que puede inflar
súbitamente el pulmón de esta manera produce la manifestación exterior de la risa,
excepto cuando la tristeza la sustituye por la de los gemidos y los gritos que acompañan a
las lágrimas. A propósito de esto, escribe Vives de sí mismo que, cuando había estado
mucho tiempo sin comer, los primeros bocados que tomaba le obligaban a reír; lo cual
podía provenir de que su pulmón, vacío de sangre por falta de alimento, se inflaba
rápidamente con la primera sangre que pasaba del estomago al corazón, y sólo de pensar
en comer podía producir tal efecto, incluso antes de que lo produjeran los alimentos que
ingería.
Art. 128. Del origen de las lágrimas
Así como la risa no es nunca producida por las más grandes alegrías, tampoco las Lágrimas
provienen de una extremada tristeza, sino sólo de la que, siendo mediana, va acompañada
o seguida de algún sentimiento de amor, o también de alegría. Y, para entender bien su
origen, conviene observar que, aunque continuamente salen de todas las partes de nuestro
cuerpo muchos vapores, de ninguna salen tantos como de los ojos, debido a lo grandes que
son los nervios ópticos y a la gran cantidad de arterias por las que esos vapores acuden a los
ojos; y así como el sudor se compone únicamente de los vapores que, saliendo de otras
partes, se convierten en agua en la superficie, de la misma manera las lágrimas las forman
los vapores que salen de los ojos.
Art. 129. Cómo los vapores se transforman en agua.
Ahora bien, como he escrito en los Meteoros al explicar cómo los vapores del aire se
convierten en lluvia, debido a que están menos agitados o son menos abundantes que de
costumbre, creo asimismo que, cuando los que salen del cuerpo están mucho menos
agitados que de ordinario, aunque no sean tan abundantes, no dejan de transformarse en
agua y esto da lugar a los sudores fríos que causa a veces la debilidad cuando se está
enfermo; y creo que, cuando son mucho más abundantes, con tal de que no estén además
muy agitados, se convierten también en agua, y esto es causa del sudor que se produce
cuando se hace algún ejercicio. Pero entonces los ojos no sudan, porque, durante los
ejercicios del cuerpo, como la mayor parte de los espíritus van a los músculos que sirven
para moverlo, van menos a los ojos por él nervio óptico. Y no es sino una misma materia la
que compone la sangre mientras está en las venas o en las arterias, y los espíritus cuando
está en el cerebro, en los nervios o en los músculos, y los vapores cuando sale en forma de
aire, y por último el sudor o las lágrimas cuando se condensa en agua sobre la superficie
del cuerpo o de los ojos.
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1. Vives (Juan Luis), sabio español nacido en Valencia en 1492, muerto en Brujas en 1540;
uno de los autores de la reacción contra Aristóteles y la Escolástica Formaba, con Erasmo y
Bude, lo que se llamaba el Triunvirato en la República de las letras.
Art. 130. Cómo lo que produce dolor al ojo incita a llorar.
Y sólo puedo advertir dos causas que hagan transformarse en lágrimas los vapores que
salen de los ojos. La primera es cuando cualquier accidente modifica la forma de los poros
por donde salen; pues esto, retardando el movimiento de esos vapores y variando su orden,
puede hacer que se conviertan en agua. Basta, pues, una mota que caiga en el ojo para que
este vierta algunas lágrimas, pues, produciendo en él dolor, cambia la disposición de sus
poros; de suerte que, contrayéndose algunos de ellos, las pequeñas partes de los vapores
pasan más despacio, y en lugar de salir como antes igualmente distantes unos de otros,
permaneciendo así separados, ahora se tropiezan, porque el orden de esos poros se ha roto,
y así se juntan y se convierten en lágrimas.
Art. 131. Cómo se llora de tristeza.
La otra causa es la tristeza seguida de amor, o de alegría, o generalmente de alguna causa
que hace que el corazón envíe mucha sangre por las arterias. La tristeza es para ello
necesaria porque, enfriando toda la sangre, contrae los poros de los ojos; pero, como a
medida que los contrae, disminuye también la cantidad de vapores a que esos poros deben
dar paso, esto no basta para producir lágrimas si no aumenta al mismo tiempo por alguna
otra causa la cantidad de estos vapores; y no hay nada que la aumente mas que la sangre
que es enviada al corazón en la pasión del amor. Así vemos que los que están tristes no
vierten lágrimas continuamente, sino sólo a intervalos, cuando reflexionan de nuevo sobre
lo que les contrista.
Art. 132. De los gemidos que acompañan a las lágrimas.
Y entonces los pulmones se inflan a veces de pronto por la abundancia de sangre que entra
en ellos y expulsa el aire que contenían, el cual, saliendo por la garganta, produce los
sollozos y los gritos que suelen acompañar a las lágrimas; y estos gritos son generalmente
más agudos que los que acompañan a la risa, aunque se produzcan casi de la misma
manera; esto se debe a que los órganos que sirven para dilatar o contraer los órganos de la
voz, para hacerla más gruesa o más aguda, están unidos a los que abren los orificios del
corazón durante la alegra y los contraen durante la tristeza, y por tanto estos se dilatan o
contraen al mismo tiempo que aquellos.
Art. 133. Por qué los niños y los viejos lloran fácilmente.
Los niños y los viejos son más propensos a llorar que los de mediana edad, pero por
diversas razones. Los viejos lloran a menudo de afecto y de alegría, pues estas dos pasiones
unidas hacen que les afluya mucha sangre al corazón, y de aquí muchos vapores a los ojos;
y la agitación de estos vapores es tan retardada por la natural frialdad de su naturaleza, que
se convierten fácilmente en lágrimas, aunque no haya existido tristeza alguna. Y si tantos
ancianos lloran también muy fácilmente por enojo, lo que les dispone a ello es, más que el
temperamento de su cuerpo, el de su espíritu; y esto ocurre únicamente a los que son tan
débiles que se dejan dominar enteramente por pequeños motivos de dolor, de temor o de
piedad. Lo mismo ocurre en los niños, los cuales no lloran apenas de alegría, sino más bien
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de tristeza, incluso cuando va acompañada de amor; pues tienen siempre bastante sangre
para producir muchos vapores, que se convierten en lágrimas cuando la tristeza retarda su
movimiento.
Art. 134. Por qué algunos niños palidecen en vez de llorar.
Pero hay algunos que palidecen en vez de llorar cuando están contrariados, lo cual puede
revelar en ellos un juicio y una valentía extraordinarios, por ejemplo, cuando ello proviene
de que consideran la magnitud del mal y se disponen a una fuerte resistencia, de la misma
manera que los de más edad; pero, con más frecuencia, es señal de mala índole; por
ejemplo, cuando palidecen en vez de llorar porque son propensos al odio o al miedo; pues
estas son pasiones que disminuyen la materia de las lágrimas, y se ve, en cambio, que los
que lloran más fácilmente son propensos al amor y a la piedad.
Art. 135. De los suspiros.
La causa de los suspiros es muy diferente de la de las lágrimas, aunque presuponen, como
ellas, la tristeza; pues, mientras nos sentimos inclinados a llorar cuando los pulmones están
llenos de sangre, nos sentimos dispuestos a suspirar cuando están casi vacíos y alguna
imaginación de esperanza o de alegría abre el orificio de la arteria venosa que la tristeza
había contraído; porque entonces, cayendo de pronto en el lado izquierdo del corazón por
la arteria venosa la poca sangre que queda en los pulmones, e impulsada por el deseo de
llegar a esa alegría, deseo que agita al mismo tiempo todos los músculos del diafragma y del
pecho, el aire es rápidamente impulsado por la boca a los pulmones, para ocupar el sitio
que en ellos deja la sangre; y esto es lo que se llama suspirar.
Art. 136. De dónde provienen los efectos de las pasiones que son particulares de ciertos
hombres.
Por otra parte, para suplir aquí en pocas palabras todo lo que pudiera añadirse sobre los
diversos efectos o las diversas causas de las pasiones, me limitaré a repetir el principio en el
que se apoya todo lo que he escrito sobre ellas; es decir, que hay tal relación entre nuestra
alma y nuestro cuerpo que cuando hemos unido una vez algún acto corporal con algún
pensamiento, ya nunca se nos presenta uno sin el otro, y no siempre se unen los mismos
actos a los mismos pensamientos pues esto basta para explicar todo lo que cada cual puede
observar de particular en sí mismo o en otros, respecto a esta materia, que no ha sido
explicada aquí. Y, por ejemplo, es fácil pensar que esas extrañas aversiones de algunos, que
les impiden soportar el olor de las rosas o la presencia de un gato, o cosas por el estilo, se
deben únicamente a que, al comienzo de su vida, sufrieron algún grave daño de esos
objetos, o bien a que han compartido el sentimiento de su madre que lo sufrió estando
encinta; pues es indudable que existe relación entre todos los movimientos de la madre y
los del niño que está en su vientre, de modo que lo que es contrario al uno perjudica a la
otra. Y el olor de las rosas puede haber causado un gran dolor de cabeza a un niño cuando
están en la cuna, o puede haberle asustado mucho un gato, sin que nadie lo haya notado ni
él lo recuerde luego en absoluto, aunque la aversión que sintiera entonces por aquellas
rosas o por aquel gato permanezca impresa en su cerebro hasta el fin de su vida.
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Art. 137. De la función de las cinco pasiones aquí explicadas en tanto se refieren al cuerpo.
Después de haber dado las definiciones del amor, del odio, del deseo, de la alegra, de la
tristeza, y tratado de todos los movimientos corporales que las causan o acompañan, sólo
nos queda considerar aquí su función. Respecto a esto, es de observar que, según la
naturaleza, todas se refieren al cuerpo, y sólo afectan al alma cuando esta se une a aquel;
de suerte que su función natural es incitar al alma a consentir y contribuir a los actos que
pueden servir para conservar el cuerpo o hacerle de alguna manera más perfecto; y en este
sentido, la tristeza y la alegría son las dos que primero se emplean. Pues sólo el
sentimiento del dolor que experimenta el alma advierte a esta inmediatamente de las cosas
que dañan al cuerpo, dolor que produce en ella primero la pasión de la tristeza, luego el
odio a lo que causa este dolor, y en tercer lugar el deseo de liberarse de él; de la misma
manera, el alma sólo advierte las cosas útiles al cuerpo por alguna clase de satisfacción que
provoca en ella la alegría, luego el amor o lo que cree que la produce y por último el deseo
de adquirir lo que puede prolongar esa alegría o gozar después de una semejante. Esto
demuestra que las cinco son muy útiles para el cuerpo, e incluso que la tristeza es en cierto
modo primordial y más necesaria que la alegría, y el odio que el amor, porque importa más
rechazar las cosas que perjudican y pueden destruir que adquirir las que añaden alguna
perfección sin la cual se puede subsistir.
Art. 138. De sus defectos y de los medios de corregirlos.
Pero, aunque esta función de las pasiones sea la más natural que puedan tener, y aunque la
vida de todos los animales sin razón se rija por movimientos corporales análogos a los que
en nosotros siguen a esas pasiones, y en los cuales incitan a nuestra alma a consentir, no
siempre es buena, sin embargo, porque hay varias cosas nocivas al cuerpo que no producen
al principio ninguna tristeza e incluso que producen alegría, y otras que le son útiles
aunque comiencen por ser incómodas. Y además, tanto los bienes como los males que
representan, los representan como mucho más grandes y más importantes de lo que son,
de modo que nos incitan a buscar los unos y a evitar los otros con más ardor y más celo de
lo conveniente, como vemos también que los animales son engañados por cebos y que, por
evitar pequeños males, se precipitan en otros mayores; por eso debemos servirnos de la
experiencia y de la razón para distinguir el bien del mal y conocer su justo valor, a fin de
no tomar uno por otro y no dejamos llevar a nada con exceso.
Art. 139. De la función de las mismas pasiones en cuanto corresponden al alma, y en
primer lugar al amor.
Esto bastaría si sólo tuviéramos cuerpo o si el cuerpo fuese nuestra mejor parte; pero, como
no es sino la menor, debemos principalmente considerar las pasiones en cuanto
corresponden al alma, con relación a la cual el amor y el odio provienen del conocimiento
y preceden a la alegría y a la tristeza, excepto cuando estas dos últimas suplen al
conocimiento, del cual son especies. Y cuando este conocimiento es verdadero, es decir,
que las cosas que nos hace amar son verdaderamente buenas y las que nos hace odiar son
verdaderamente malas, el amor es incomparablemente mejor que el odio; nunca podría ser
demasiado grande y no deja nunca de producir alegría. Digo que este amor es sumamente
bueno porque, uniendo a nosotros verdaderos bienes, nos perfecciona en la misma medida.
Digo también que no podría ser demasiado grande, pues todo lo que el más excesivo puede
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hacer es unirnos tan perfectamente a esos bienes que el amor que sentimos
particularmente por nosotros mismos no haga en ellos ninguna distinción, lo que no creo
que pueda ser nunca malo; y le sigue inmediatamente la alegría porque nos presenta lo que
amamos como un bien que nos pertenece.
Art. 140. Del odio.
El odio, en cambio, por pequeño que sea, daña siempre, y nunca deja de acompañarle la
tristeza. Digo que el odio no será nunca demasiado pequeño porque el odio al mal no
puede incitarnos a ninguna acción a la que no nos incite mejor aún el amor al bien, al que
el mal es opuesto, al menos cuando este bien y este mal son bastante conocidos; pues
reconozco que el odio al mal que se manifiesta únicamente por el dolor es necesario en
cuanto al cuerpo; pero aquí sólo hablo del odio que viene de un conocimiento más claro, y
sólo lo refiero al alma. Digo también que le acompaña siempre la tristeza porque, no
siendo el mal sino una privación, no puede concebirse sin alguna cosa real en la cual esté;
y no hay nada real que no tenga en si alguna bondad, de modo que el odio que nos aleja de
algún mal nos aleja al mismo tiempo del bien a que ese mal va unido, y la privación de este
bien, viéndola nuestra alma como una falta de lo que le pertenece, le causa tristeza; por
ejemplo, el odio que nos aleja de las malas costumbres de alguien nos aleja al mismo
tiempo de su conversación, en la que podríamos encontrar algún bien cuya privación nos
enoja. Y en todos los demás odios se puede señalar así algún motivo de tristeza.
Art. 141. Del deseo, de la alegría y de la tristeza.
En cuanto al deseo, es evidente que cuando procede de un verdadero conocimiento no
puede ser malo, con tal de que no sea excesivo y de que el conocimiento lo regule. Es
evidente también que la alegría no puede dejar de ser buena, ni la tristeza de ser mala, para
el alma, porque es en la última en la que consiste toda la incomodidad que el alma recibe
del mal, y en la primera en lo que consiste todo el goce del bien que le pertenece; de modo
que, si no tuviéramos cuerpo, me atrevería a decir que nunca nos entregaríamos demasiado
al amor y a la alegría, ni evitáramos nunca en exceso el odio y la tristeza; pero todos los
movimientos corporales que los acompañan pueden ser nocivos a la salud cuando son muy
violentos, y, por el contrario, útiles cuando son moderados.
Art. 142. De la alegría y del amor comparados con la tristeza y el odio.
Por otra parte, si el odio y la tristeza deben ser rechazados por el alma aunque procedan de
un verdadero conocimiento, con más motivo deben serlo cuando provienen de alguna falsa
opinión. Mas sé puede dudar si el amor y la alegría son buenos o no cuando a su vez están
mal fundados; y parece que si no los consideramos sino precisamente como lo que son en
sí mismos, con respecto al alma, puede decirse que, aunque la alegría sea menos sólida y el
amor menos conveniente que cuando tienen mejor fundamento, no dejan de ser
preferibles a la tristeza y al odio igualmente mal fundados: de suerte que, en las
circunstancias de la vida en que no podemos evitar el riesgo de engañarnos, hacemos
siempre mucho mejor en inclinarnos hacia las pasiones que tienden al bien que hacia las
que se inclinan al mal, aunque sólo sea para evitarlo; y aun, a menudo, vale más una falsa
alegría que una tristeza cuya causa es verdadera. Más no me atrevo a decir lo mismo del
amor con relación al odio, pues, cuando el odio es justo, no hace sino alejarnos de la cosa
que contiene el mal del que conviene separarse, mientras que el amor injusto nos une a
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cosas que pueden dañar, o al menos que no merecen ser tan consideradas por nosotros
como lo son, lo que nos envilece y nos rebaja.
Art. 143. De las mismas pasiones, cuando se relacionan con el deseo.
Y hay que observar exactamente que lo que acabo de decir de estas cuatro pasiones no es
válido más que cuando son consideradas precisamente en sí mismas, y no nos llevan a
ninguna acción; pues, cuando excitan en nosotros el deseo, por medio del cual regulan
nuestras costumbres, todas aquellas cuya causa es falsa pueden dañar, y, por el contrario,
todas aquellas cuya causa es justa pueden beneficiar, y también, cuando son igualmente
mal fundadas, la alegría es generalmente más nociva que la tristeza, porque esta, dando
moderación y miedo, dispone de algún modo a la prudencia, mientras que la otra hace
inconsiderados y temerarios a los que se entregan a ella.
Art. 144. De los deseos cuya manifestación depende únicamente de nosotros.
Pero, como estas pasiones no nos pueden llevar a ninguna acción sino por medio del deseo
que suscitan, es particularmente este deseo lo que debemos cuidamos de regular; y en esto
consiste la principal utilidad de la moral; ahora bien, así como acabo de decir que el deseo
es siempre bueno cuando le precede un verdadero conocimiento, no puede menos de ser
malo cuando se funda en algún error. Y me parece que, en lo que se refiere a los deseos, el
error que más generalmente se comete es que no distinguimos bastante las cosas que
dependen enteramente de nosotros de las que no dependen en absoluto; pues, en cuanto a
las que no dependen más que de nosotros, es decir, de nuestro libre arbitrio, basta saber
que son buenas para que nunca fuera excesivo nuestro deseo de ellas, porque hacer las
cosas buenas que dependen de nosotros es seguir la virtud, y es indudable que nunca
puede ser excesivo el deseo de la virtud, además de que lo que deseamos de este modo no
podemos menos de lograrlo, puesto que sólo de nosotros depende, y recibiremos de ello
toda la satisfacción que hemos esperado. Pero la falta que en esto solemos cometer no es
nunca desear demasiado, sino desear demasiado poco; y el remedio soberano contra esto es
liberarse el espíritu cuanto nos sea posible de todos los demás deseos menos útiles, y luego
procurar conocer bien claramente y considerar con atención la bondad de lo que es de
desear.
Art. 145. De los que dependen únicamente de otras cosas, y de qué es la fortuna.
En cuanto a las cosas que no dependen en modo alguno de nosotros, por buenas que
puedan ser, no debemos jamás desearlas con pasión, no sólo porque podemos no lograrlas,
y afligirnos así tanto ,más cuanto más las hayamos deseado, sino principalmente porque,
ocupando nuestro pensamiento, nos apartan de poner nuestro afecto en otras cosas cuya
adquisición depende de nosotros. Y hay dos remedios generales contra estos vanos deseos:
el primero es la generosidad, de la cual hablar luego: el segundo es que debemos
reflexionar a menudo en la Providencia divina y considerar que es imposible que ocurra
nada de otro modo que el determinado por ella desde toda la eternidad; de suerte que la
Providencia. es como una fatalidad o una necesidad inmutable que hay que oponer a la
fortuna, para destruirla como una quimera que proviene únicamente del error de nuestro
entendimiento. Pues sólo podemos desear lo que estimamos posible en algún modo, y no
podemos estimar posibles las cosas que no dependen de nosotros sino en cuanto pensamos
que dependen de la fortuna, es decir, que creemos que pueden producirse, y que otras
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veces se han producido algunas semejantes. Pero esta opinión se funda únicamente en que
no conocemos todas las cosas que contribuyen a cada efecto; pues, cuando una cosa que
hemos creído que dependía de la fortuna no se produce, esto prueba que ha faltado alguna
de las cosas necesarias para producirla, y por consiguiente que era absolutamente
imposible, y que no se ha producido jamás otra parecida, es decir, otra para cuya
producción haya faltado también una causa semejante; de suerte que, si no hubiéramos
ignorado esto antes, nunca la hubiéramos estimado posible, ni, por consiguiente, la
hubiéramos deseado.
Art. 146. De los que dependen de nosotros y de otro.
Es necesario, pues, rechazar enteramente la opinión vulgar de que existe fuera de nosotros
una fortuna que hace que las cosas ocurran o no ocurran, según su capricho, y saber que
todo lo rige la divina Providencia, cuyo decreto eterno es tan infalible e inmutable que,
salvo las cosas que este mismo decreto ha querido dejar a nuestro libre arbitrio, debemos
pensar que nada nos ocurre que no sea necesario y como fatal, de suerte que no podemos
sin error desear que ocurra de otra manera. Pero como la mayor parte de nuestros deseos
se extienden a cosas que no dependen todas de nosotros ni todas de otro, debemos
distinguir exactamente en ellas lo que depende sólo de nosotros, a fin de limitar nuestro
deseo a esto únicamente, y en cuanto a lo demás, aunque debemos estimar el logro
enteramente fatal e inmutable, para que nuestro deseo no se oponga a él no debemos dejar
de considerar las razones que hacen esperarlo más o menos, a fin de que ellas sirvan para
regir nuestros actos; pues, por ejemplo, si tenemos que hacer algo en algún sitio al que
podríamos ir por diferentes caminos, uno de los cuales es, ordinariamente, mucho más
seguro que el otro, aunque es posible que la Providencia haya dispuesto que, si vamos por
el camino que se cree el más seguro, nos saldrán ladrones, y que en cambio podremos pasar
por el otro sin ningún peligro, no por eso debemos ser indiferentes a la elección de uno u
otro ni entregarnos a la fatalidad inmutable de ese decreto de la Providencia, sino que la
razón quiere que elijamos el camino habitualmente más seguro; y nuestro deseo debe ser
cumplido referente a esto cuando lo hemos seguido, aunque por ello nos ocurra cualquier
mal, pues como este mal no hemos podido nosotros evitarlo, no hemos tenido ocasión para
desear vemos libres de él, sino para proceder todo lo mejor que nuestro entendimiento nos
ha dictado, como supongo que lo hemos hecho. Y es indudable que, cuando nos
ejercitamos en distinguir así la fatalidad de la fortuna, nos acostumbramos fácilmente a
regir nuestros deseos de tal modo que, dependiendo sólo de nosotros su cumplimiento,
pueden siempre damos una entera satisfacción.
Art. 147. De las emociones interiores del alma.
Sólo he de añadir aquí otra consideración que me parece muy útil para evitarnos toda
incomodidad de las pasiones, y es que nuestro bien y nuestro mal dependen
principalmente de las emociones interiores que sólo se suscitan en el alma por el alma
misma, en lo cual difieren de sus pasiones, que dependen siempre de algún movimiento de
los espíritus; y aunque estas emociones del alma suelen ir unidas a las pasiones semejantes
a ellas, pueden también con frecuencia coincidir con otras, y hasta nacer de las que son
contrarias a ellas. Por ejemplo, cuando un marido llora a su mujer muerta, que (como
ocurre a veces) no le gustaría ver resucitada, es posible que su corazón esté afectado por la
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tristeza que le producen el aparato de los funerales y la ausencia de una persona a cuya
conversación estaba acostumbrado; y es posible que algunos restos de amor y de piedad
que aparezcan en su imaginación le arranquen de los ojos verdaderas lágrimas, aunque
sienta al mismo tiempo en el fondo de su alma una alegría secreta, cuya emoción tiene
tanto poder que nada pueden disminuir de su fuerza la tristeza y las lagrimas que la
acompañan. Y cuando leemos en un libro aventuras extrañas, o las vemos representar en
un teatro, esto nos produce a veces tristeza, a veces alegra, o amor, u odio, y en general
todas las pasiones, según la diversidad de las cosas que se presentan a nuestra imaginación;
pero al mismo tiempo encontramos el placer de sentirlas en nosotros, y este placer es un
goce intelectual que puede nacer lo mismo de la tristeza que de todas las demás pasiones.
Art. 148. El ejercicio de la virtud es un soberano remedio contra las pasiones.
Ahora bien, como estas emociones interiores nos afectan de más cerca y tienen, por
consiguiente, mucho más poder sobre nosotros que las pasiones que se encuentran con
ellas y de las que difieren, es indudable que, con tal que nuestra alma tenga en sí misma
algo que la contente, ninguna contrariedad que le venga de fuera tiene poder alguno para
darla; más bien sirve para aumentar su alegría, porque el ver que no pueden dañarla esas
contrariedades exteriores le hace conocer su perfección. Y nuestra alma, para tener tales
motivos de contento, sólo necesita seguir exactamente la virtud. Pues todo el que haya
vivido de tal modo que su conciencia no pueda reprocharle que haya dejado nunca de
hacer todo lo que ha juzgado lo mejor (que es lo que llamamos aquí seguir la virtud),
recibe una satisfacción tan poderosa para hacerle feliz que ni los más violentos esfuerzos
de las pasiones tienen jamás bastante poder para turbar la tranquilidad de su alma.
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TERCERA PARTE
DE LAS PASIONES PARTICULARES
Art. 149. De la estimación y del desprecio.
Una vez explicadas las seis pasiones primarias, que son como los géneros de los que todas
las demos son especies, señalar aquí sucintamente lo que hay de particular en cada una de
estas otras, y seguir el mismo orden en que las he enumerado antes. Las dos primeras son
la estimación y el desprecio; pues, aunque estos nombres no significan generalmente sino
las opiniones que, sin pasión, tenemos del valor de cada cosa, no obstante, como de estas
opiniones suelen nacer pasiones a las que no se han dado nombres particulares, creo que
podemos darles éstos. Y la estimación, considerada como pasión, es una inclinación del
alma a representarse el valor de la cosa estimada, inclinación producida por un
movimiento particular de los espíritus de tal modo conducidos al cerebro que refuerzan las
impresiones que sirven a este objeto; por el contrario, la pasión del desprecio es una
inclinación del alma a considerar la bajeza o pequeñez de lo que despreciamos, inclinación
producida por el movimiento de los espíritus que refuerzan la idea de esta pequeñez.
Art. 150. Estas pasiones no son sino especies de admiración.
De modo que estas dos pasiones no son sino especies de admiración; pues cuando no
admiramos la grandeza ni la pequeñez de un objeto, no le prestamos más atención que la
que la razón nos dicta que debemos prestarle, de modo que lo estimamos o lo despreciamos
sin pasión; y aunque muchas veces la estiman la suscite en nosotros el amor, y el desprecio
el odio, esto no es universal y sólo proviene de que estamos más o menos inclinados a
considerar la grandeza o la pequeñez de un objeto, según que sintamos más o menos afecto
por él.
Art. 151. Son más visibles cuando las referimos a nosotros mismos.
Estas dos pasiones pueden referirse en general a toda clase de objetos; pero son visibles
cuando se refieren a nosotros mismos, es decir cuando lo que estimamos o despreciamos es
nuestro propio mérito; el movimiento de los espíritus que produce esas pasiones es
entonces tan manifiesto que cambia hasta la cara, los gestos, la actitud y generalmente
todos los actos de quienes conciben una opinión de sí mismo mejor o peor que de
costumbre.
Art. 152. Por qué causa podemos estimarnos.
Y como una de las principales partes de la cordura es saber de qué manera y por qué causa
debe cada cual estimarse o despreciarse, procurar aquí exponer mi opinión sobre el
particular. Sólo observo en nosotros una cosa que puede autorizarnos a estimamos: el uso
de nuestro libre arbitrio y el dominio que tenemos sobre nuestras voluntades; pues sólo
por las acciones que dependen de este libre arbitrio Podemos ser con razón alabados o
censurados; y nos hace en cierto modo semejante a Dios haciéndonos dueños de nosotros
mismos, con tal de que no perdamos por cobardía los derechos que nos da.
Art. 153. En qué consiste la generosidad.
Así, creo que la verdadera generosidad, que hace que un hombre se estime en él más alto
grado que puede legítimamente estimarse, consiste, en parte, en que conoce que esta libre
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disposición de sus voluntades es lo único que le pertenece y que solamente por el uso
bueno o malo que haga de esa libre disposición puede ser alabado o censurado, y en parte
en que siente en s mismo una firme y constante resolución de hacerlo bueno, es decir, de
no carecer nunca de voluntad para emprender y ejecutar todas las cosas que juzgue
mejores; lo cual es seguir perfectamente la virtud.
Art. 154. Impide despreciar a los demás.
Los que tienen este conocimiento y sentimiento de sí mismos creen fácilmente que cada
uno de los demás hombres puede tenerlos también de sí mismo, porque en esto no hay
nada que dependa de otro. Por eso no desprecian nunca a nadie; y aunque vean a menudo
que los demás cometen faltas que ponen de manifiesto su flaqueza, son mas inclinados a
disculparlos que a censurarlos, y a creer que las cometen más por falta de conocimiento
que por falta de buena voluntad; y así como no pueden ser muy inferiores a los que tienen
más bienes o más honores, o incluso más entendimiento, más saber, más bondad, o en
general que los superan en algunas otras perfecciones, así tampoco se estiman muy por
encima de aquellos a quienes superan, porque todas estas cosas les parecen muy poco
considerables en comparación de la buena voluntad, única cualidad por la que se estiman,
y que suponen existe también o al menos puede existir en cada uno de los demás hombres.
Art. 155. En que consiste la humildad virtuosa.
Por eso los más generosos suelen ser los más humildes; y la humildad viciosa no consiste
sino en que, reflexionando sobre la imperfección de nuestra naturaleza y sobre las faltas
que podemos haber cometido en otro tiempo o somos capaces de cometer, no menores que
las que pueden cometer otros, no nos preferimos a nadie, y en que pensamos que, teniendo
los demás su libre arbitrio lo mismo que nosotros, pueden usar de él tan bien como
nosotros.
Art. 156. Cuáles son las propiedades de la generosidad y cómo sirve de remedio contra
todos los desórdenes de las pasiones.
Los que son generosos de este modo son naturalmente inclinados a hacer grandes cosas, y
al mismo tiempo a no emprender nada de que no se sientan capaces; y como no estiman
nada más grande que hacer el bien a los demás hombres y despreciar el propio interés, es
siempre Perfectamente corteses, afables y serviciales con todo el mundo. Y además son
enteramente dueños de sus pasiones, especialmente de los deseos, de los celos y de la
envidia, porque no hay nada cuya adquisición no dependa de ellos que juzguen tan valioso
como para merecer ser muy deseada; y del odio a los hombres, porque los estiman a todos;
y del miedo, porque les preserva de él la confianza que tienen en su virtud; y de la cólera,
en fin, porque, no estimando sino muy poco todas las cosas que dependen de los demás,
jamás otorgan tanta ventaja a sus enemigos como para reconocer que éstos les hayan
ofendido.
Art. 157. Del orgullo.
Todos los que tienen buena opinión de sí mismos por cualquier otra causa, sea la que sea,
no tienen una verdadera generosidad, sino sólo un orgullo que es siempre muy vicioso,
pero tanto más cuanto más injusta es la causa por la que se estiman; y la más injusta de
todas es cuando se es orgulloso sin ningún motivo; es decir, sin pensar que se posee algún
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mérito digno de estimación, sino sólo porque no se hace caso del mérito, sino que,
imaginando que la gloria no es otra cosa que una usurpación, se cree que tienen más
quienes más se atribuyen. Este vicio es tan irrazonable y tan absurdo que me costara
trabajo creer que haya hombres que caigan en él, si nadie fuera nunca alabado
injustamente; pero la adulación es tan común por doquier que no hay hambre tan
defectuoso que no se vea estimar por cosas que no merecen ninguna alabanza, o incluso
que merecen censura; lo cual da ocasión a los más ignorantes y a los más estúpidos para
caer en esta clase de orgullo.
Art. 158. Estos efectos son contrarios a los de la generosidad.
Mas, cualquiera que pueda ser la causa por la cual nos estimamos, si no es la voluntad que
sentimos en nosotros mismos de hacer siempre buen uso de nuestro libre arbitrio, de la
cual ya he dicho que proviene la generosidad, produce siempre un orgullo muy censurable
y tan diferente de esa verdadera generosidad que tiene efectos enteramente contrarios;
pues todos los demás bienes, como la inteligencia, la belleza, las riquezas, los honores, etc.,
como son tanta más estimados cuanto se encuentran en menor número de personas, y
como además la mayor parte de ellos son de tal naturaleza que no pueden comunicarse a
varios, los orgullosos procuran rebajar a todos los demás hombres, y, esclavos de sus
deseos, tienen el alma continuamente agitada por el odio, la envidia, los celos o la cólera.
Art. 159. De la humildad viciosa.
En cuanto a la bajeza o humildad viciosa, consiste principalmente en sentirse débil o poco
resuelto, y, como si no se tuviera el pleno uso del libre arbitrio, no poder menos de hacer
cosas sabiendo que luego pesarán; consiste también en creer que no se puede subsistir por
si mismo ni pasar sin algunas cosas cuya adquisición depende de otros. Es, pues,
directamente opuesta a la generosidad; y ocurre a menudo que los que tienen el espíritu
más bajo son los más arrogantes y soberbios, de la misma manera que los más generosos
son los más modestos y más humildes. Pero, mientras los que tienen el espíritu fuerte y
generoso no cambian de humor por las prosperidades o adversidades que les ocurren, los
que lo tienen débil y abyecto están a merced de la fortuna, y tanto los ufana la prosperidad
como humildes les torna la adversidad. Hasta se ve a menudo que se rebajan
vergonzosamente ante aquellos de quienes esperan algún provecho o temen algún daño, y
que al mismo tiempo se encaraman insolentemente sobre aquellos de quienes no esperan
ni temen nada.
Art. 160. Cuál es el movimiento de los espíritus en estas pasiones.
Por otra parte, fácilmente se advierte que el orgullo y la bajeza no son solamente viejos,
sino también pasiones, porque su emoción se muestra muy patente en los que se ufanan o
se abaten súbitamente en cada nueva ocasión; mas no cabe dudar sí la generosidad o la
humildad, que son virtudes, pueden también ser pasiones, porque sus movimientos se
manifiestan menos y porque parece que la virtud no simpatía tanto como el vicio con la
pasión. No obstante, yo no veo razón alguna para que el mismo movimiento de los
espíritus que sirve para reforzar un pensamiento cuando esta mal fundado no pueda
también reforzarlo cuando está bien fundado; y como el orgullo y la generosidad no
consisten sino en la buena opinión que se tiene de sí mismo, y no difieren sino en que esta
opinión es injusta en uno y justa en otro, creo que pueden referirse a una misma pasión, la
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cual es suscitada por un movimiento compuesto de los de la admiración, la alegra y el
amor, tanto el que se siente por sí mismo cómo el que se siente por la cosa que determina
la propia estimación; y al contrario, el movimiento que suscita la humildad, sea virtuosa,
sea viciosa, se compone de los de la admiración, la tristeza y el amor a sí mismo, unidos al
odio a los propios defectos, que hacen despreciarse a sí mismo; y la única diferencia que
observo en estos movimientos es que el de la admiración tiene dos propiedades: la primera
que la sorpresa le hace fuerte desde el principio; y la otra que es igual en su continuación,
es decir, que los espíritus continúan moviéndose de la misma manera en el cerebro; de
estas propiedades, la primera se encuentra mucho más en el orgullo y en la bajeza que en
la generosidad y en la humildad virtuosa, y al contrario, la última se observa mejor en éstas
que en las otras dos; la razón de ello es que el vicio nace ordinariamente de la ignorancia, y
que los más propensos a enorgullecerse y humillarse más de lo debido son los que peor se
conocen, porque todo lo nuevo que les ocurre los sorprende y hace que, atribuyéndoselo a
sí mismos, se admiren, y se estimen o se desprecien según que crean que lo que les ocurre
es, o no, ventajoso para ellos. Pero, como es frecuente que, después de una cosa que los
enorgullece, sobrevenga otra que los humilla, el movimiento de sus pasiones es variable; y
al contrario, nada hay en la generosidad que no sea compatible con la humildad viciosa, ni
nada que las pueda cambiar, por lo cual sus movimientos son firmes, constantes y siempre
muy semejantes a sí mismos. Pero no se producen tanto por sorpresa, porque los que se
estiman de este modo conocen bastante cuáles son las causas por las que se estiman; no
obstante, puede decirse que estas causas son tan maravillosas (por ejemplo, el poder de
hacer uso del libre albedrío, que nos hace apreciemos a nosotros mismos, y las
imperfecciones del sujeto en que radica este poder, que nos hacen no estimamos
demasiado) que cada vez que las contemplamos de nuevo nos dan siempre una nueva
satisfacción.
Art. 161. Cómo puede adquirirse la generosidad.
Y hay que observar que lo que se llaman generalmente virtudes son hábitos del alma que
la disponen a ciertos pensamientos, de suerte que son diferentes de estos pensamientos,
pero que pueden producirlos, y recíprocamente ser producidos por ellos. Hay que observar
también que estos pensamientos pueden ser producidos por el alma, pero que, a veces, los
refuerza algún movimiento de los espíritus, y entonces son actos de virtud y a la vez
pasiones del alma: así aunque no haya virtud a la que tanto contribuya al parecer la buena
estirpe como la que hace estimarse únicamente en su justo valor, y aunque sea fácil creer
que todas las almas que Dios pone en nuestros cuerpos son igualmente nobles y fuertes
(por lo que he llamado a esta virtud generosidad, como se acostumbra en nuestra lengua,
en vez de magnanimidad, según es costumbre de la escuela, en la que no es muy conocida),
es indudable, sin embargo, que la buena educación sirve mucho para corregir los defectos
de nacimiento, y que, sí nos preocupamos a menudo de considerar qué es el libre albedrío
y cuan grandes son las ventajas de tener una firme resolución de hacer buen uso de él así
como, por otra parte, cuan vanos e inútiles son todos los cuidados que importunan a los
ambiciosos, podemos suscitar en nosotros la pasión y luego adquirir la virtud de la
generosidad, y como esta es la clave de todas las demás virtudes y un remedio general
contra los desórdenes de las pasiones, paréceme que esta consideración bien merece ser
tenida en cuenta.
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Art. 162. De la veneración.
La veneración o el respeto es una inclinación del alma no sólo a estimar el objeto que
venera, sino también a someterse a él con algún temor, para procurar hacérselo favorable;
de modo que sólo tenemos veneración por las causas libres que juzgamos capaces de
hacemos bien o mal, sin que sepamos cual de los dos nos harán; pues por aquellos de
quienes esperamos sólo bien sentimos, mes que una simple veneración, amor y devoción, y
por aquellos de quienes esperamos sólo mal sentimos odio; y si no creemos que la causa de
este bien o de este mal sea libre, no nos sometemos a ella para procurar tenerla favorable.
Así, cuando los paganos veneraban los bosques, las fuentes o las montañas, lo que
veneraban no era propiamente estas cosas muertas, sino las divinidades que ellos creían
que imperaban en ellas. Y el movimiento de los espíritus que suscita la veneración se
compone del que suscita la admiración y del que suscita el temor, del que hablar luego.
Art. 163. Del desdén.
Lo que llamo desdén es la inclinación que tiene el alma a menospreciar una causa libre
juzgando que, aunque por su naturaleza sea capaz de hacer bien o mal está, sin embargo,
tan por encima de nosotros, que no puede hacer ni lo uno ni lo otro. Y el movimiento de
los espíritus que lo suscita se componen de los que suscitan la admiración y la seguridad o
el atrevimiento.
Art. 164. Del uso de estas dos pasiones.
Y es la generosidad y la flaqueza del espíritu o la bajeza lo que determina el bueno y el mal
uso de estas dos pasiones: pues cuanto más noble y generosa se tiene el alma, mayor es la
inclinación a dar a cada cual lo que le corresponde; y as no solamente se tiene una
profunda humildad ante Dios, sino que también se rinde sin repugnancia todo el honor y
el respeto que es debido a los hombres, a cada cual según el rango y la autoridad que tiene
en el mundo, y no se desprecia nada mas que los vicios. En cambio, los que tienen el
espíritu bajo y débil son dados a pecar por exceso, a veces en que veneran y temen cosas
que no son dignas sino de menosprecio, y a veces en que desean insolentemente las que
más merecen ser veneradas; y suelen pasar muy bruscamente de la extremada impiedad a
la superstición, y luego de la superstición a la impiedad, de suerte que no hay vicio ni
desorden del espíritu de que no sean capaces.
Art. 165. De la esperanza y del temor.
La esperanza es una disposición del alma a creer que lo que desea ocurrir, disposición
producida por un movimiento particular de los espíritus, a saber, el de la alegría y el del
deseo mezclados; y el temor es otra disposición del alma que la hace creer que no ocurrirá;
y es de observar que aunque estas dos pasiones son opuestas, se puede, sin embargo, sentir
las dos juntas, a saber, cuando consideramos al mismo tiempo diversas razones, unas que
hacen pensar que el cumplimiento del deseo es fácil, y otras que hacen creer que es difícil.
Art. 166. De la seguridad y de la desesperanza.
Y nunca una de estas pasiones acompaña al deseo sin dejar algún lugar a la otra: pues,
cuando la esperanza es tan fuerte que excluye enteramente al temor, cambia de naturaleza
y se llama certidumbre o seguridad; y cuando se está seguro de que lo que se desea ocurra,
aunque se siga queriendo que ocurra, se deja no obstante de estar agitado por la pasión del
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deseo, que hace buscar con inquietud el acontecimiento; mas cuando el temor es tan
extremado que no deja lugar alguno a la esperanza, se convierte en desesperanza, y esta
desesperanza, haciendo ver la cosa como imposible, mata por completo el deseo, el cual se
dirige únicamente a las cosas posibles.
Art. 167. De los celos.
Los celos son una especie de temor relacionado con el deseo que se tiene de conservar la
posesión de algún bien; y más que de la fuerza de las razones que hacen pensar que se
puede perder, provienen de lo mucho que estimamos ese objeto, lo cual nos hace
considerar hasta los menores motivos de sospecha y tomarlos por razones muy
considerables.
Art. 168. En qué ocasiones puede ser honrada esta pasión.
Y, como se debe poner más celo en conservar los bienes muy grandes que los menores, esta
pasión puede ser justa y honrada en algunas ocasiones. Así, por ejemplo, un capitán que
guarda una plaza de gran importancia tiene derecho a estar celoso de ella, es decir, a
desconfiar de todos los medios por los cuales podría ser sorprendida; y a una mujer
honrada no se la censura el ser celosa de su honor, es decir, el guardarse no sólo de
comportarse mal, sino también evitar hasta los menores motivos de maledicencia.
Art. 169. En qué casos es censurable.
Pero la gente se burla de un avaro cuando es celoso de su tesoro, es decir, cuando lo
protege con los ojos y no quiere alejarse nunca de él por miedo de que se lo roben; pues el
dinero no vale la pena de ser guardado con tanto celo. Y se desprecia a un hombre celoso
de su mujer, porque esto demuestra que no la ama de buena ley y que tiene mala opinión
de sí mismo o de ella: digo que no ama de buena ley, porque si le tuviera un verdadero
amor, no se sentirá inclinado a desconfiar de ella; pero no es propiamente a ella a quien
ama, sino sólo al bien que cree hallar en ser su dueño único, y no temerá perder este bien
si no se juzgara indigno del mismo o no creyera infiel a su mujer. Por lo demás, esta pasión
sólo se refiere a las sospechas y a las desconfianzas, pues tratar de evitar algún mal cuando
se tiene justo motivo para temerlo no es propiamente ser celoso.
Art. 170. De la irresolución.
La irresolución es también una especie de temor que, teniendo el alma como un péndulo
entre vanas acciones que puede realizar, es causa de que no realice ninguna y así tiene
tiempo para elegir antes de decidirse, en lo cual tiene la irresolución algo bueno; mas
cuando dura más de lo necesario y hace emplear en deliberar el tiempo requerido para
obrar, es muy mala. Y digo que es una especie de temor, aunque, cuando cabe elegir entre
vanas cosas cuya bondad parece muy igual, puede ocurrir que permanezcamos inciertos e
irresolutos sin que tengamos por eso ningún temor; pues esta clase de irresolución se debe
sólo al motivo que se presenta, y no a ninguna emoción de los espíritus; por eso no es una
pasión, a no ser que el temor de errar en la elección aumente la incertidumbre. Pero este
temor es tan habitual y tan fuerte en algunos, que muchas veces, aunque no tengan que
elegir y no vean sino una cosa que tomar o dejar, los retiene y se paran inútilmente a
buscar otras; y entonces es un exceso de irresolución que proviene de un excesivo deseo de
proceder bien y de una debilidad del entendimiento, el cual, sin ninguna noción clara y
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distinta, tiene muchas confusas: por eso el remedio contra estos excesos esta en
acostumbrarse a formar juicios ciertos y determinados sobre las cosas que se presentan, y
en creer que cumplimos siempre nuestro deber cuando hacemos lo que a nuestro juicio es
lo mejor, aunque es posible que juzguemos muy mal.
Art. 171. Del valor y de la intrepidez.
El valor, cuando es una pasión y no un hábito o inclinación natural, es cierto calor o
agitación que dispone el alma a lanzarse poderosamente a la ejecución de las cosas que
quiere hacer, cualquiera que sea su naturaleza; y la intrepidez es una especie de valor que
dispone él alma a realizar las cosas más peligrosas.
Art. 172. De la emulación.
Y la emulación es también una especie de valor, pero en otro sentido; pues se puede
considerar el valor como un género que se divide en tantas especies como objetos
diferentes hay, y en tantas otras como causas. En la primera divisan, la intrepidez es una
especie, y en la otra lo es la emulación; y esta última no es un calor que dispone el alma a
emprender cosas que espera poder conseguir porque ve que otros las consiguen; es, pues,
una especie de valor cuya causa externa es el ejemplo. Digo la causa externa porque debe
haber además una interna, que consiste en tener el cuerpo dispuesto de tal modo que el
deseo y la esperanza tienen mas fuerza para hacer afluir al corazón buena cantidad de
sangre que el temor o la desesperanza para impedirlo.
Art. 173. Cómo la intrepidez depende de la esperanza.
Pues es de observar que, aunque el objeto de la intrepidez sea la dificultad, de la cual nace
generalmente el temor y hasta la desesperación, de suerte que es en los asuntos más
peligrosos y más desesperados donde se emplea más intrepidez y valor, es preciso, sin
embargo, para oponerse con vigor a las dificultades que surjan, tener la esperanza e incluso
la seguridad de lograr el fin perseguido. Mas este fin es diferente del objeto, pues no es
posible tener al mismo tiempo la seguridad y la desesperanza de una misma cosa. Así
cuando los dacios se lanzaban entre los enemigos y corrían a una muerte segura, el objeto
de su intrepidez era la dificultad de conservar la vida en esta acción, y por esa dificultad no
tenían sino desesperación, pues estaban seguros de morir; pero su finalidad era animar a
sus soldados con el ejemplo y hacerles conseguir la victoria, en la que tenían esperanza; o
bien se proponían ganar la gloria después de su muerte, de la que estaban seguros.
Art. 174. De la cobardía y del miedo.
La cobardía es directamente opuesta al valor, y es una languidez o frialdad que impide al
alma lanzarse a la ejecución de las cosas que haría si estuviera exenta de esta pasión; y el
miedo o el terror, que es contrario a la intrepidez, no es sólo una frialdad, sino también
una turbación y un pasmo del alma que le quita la fuerza de resistir a los males que cree
próximos.
Art. 175. Del uso de la cobardía
Yo no puedo creer que la naturaleza haya dado a los hombres alguna pasión que sea
siempre viciosa y no tenga ninguna función buena y loable, pero me cuesta, sin embargo,
mucho trabajo adivinar para que pueden servir estas dos. Paréceme únicamente que la
cobardía tiene alguna utilidad cuando evita las penalidades que ciertas razones verosímiles
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podrían incitar a arrostrar si otras razones más ciertas que hacen juzgar inútiles esas
penalidades no suscitaran la pasión de la cobardía; pues, además de eximir al alma de esas
penalidades, es útil entonces para el cuerpo también, porque retardando el movimiento de
los espíritus, le impide disipar las fuerzas. Mas generalmente la cobardía es muy perjudicial
porque aparta la voluntad de las acciones útiles; y como nace únicamente de que no se
tiene bastante esperanza o bastante deseo, es suficiente, para corregirla, aumentar en
nosotros estas dos pasiones.
Art. 176. Del uso del miedo.
En cuanto al miedo o el terror, no veo que pueda nunca ser loable o útil; por eso no es una
pasión especial sino sólo un exceso de cobardía, de pasmo y de temor, exceso siempre
vicioso, como la intrepidez es un exceso de valor que es siempre bueno, con tal de que lo
sea el fin perseguido; y como la principal causa del miedo es la sorpresa, nada mejor para
librarse de él que obrar con premeditación y prepararse para todos los acontecimientos
cuyo temor puede causar el miedo.
Art. 177. Del remordimiento.
El remordimiento de conciencia es una especie de tristeza que nace cuando se sospecha
que una cosa que se hace o se ha hecho no es buena, y presupone necesariamente la duda:
pues si estuviéramos enteramente seguros de que lo que se hace es malo, nos
abstendríamos de hacerlo, porque la voluntad no se inclina sino a las cosas que tienen
alguna apariencia de buenas; y si estuviéramos ciertos de que lo que hemos hecho ya es
malo, sentiríamos arrepentimiento, no sólo remordimiento. Ahora bien, la finalidad de
esta pasión es hacernos considerar si la cosa de que dudamos es buena o no, o impedirnos
hacerla otra vez mientras no estemos seguros de que es buena. Mas, como presupone el
mal, lo mejor sería no tener nunca ocasión de sentirla; y podemos prevenirla por los
mismos medios que sirven para verse libres de la irresolución.
Art. 178. De la burla.
La irrisión o burla es una especie de alegra mezclada con odio, que se produce al ver algún
pequeño mal en una persona a la que se cree digna de sufrirlo: se siente odio por ese mal,
se siente alegra de verlo en quien lo merece; y cuando esto ocurre inopinadamente, la
sorpresa de la admiración origina la risa, como dije al explicar la naturaleza de la risa. Pero
ese mal debe ser pequeño; pues si es grande, no se puede creer que el que lo padece lo
merece, a no ser que se tenga una mala índole o que se odie mucho a la persona en
cuestión.
Art. 179. Por qué los más imperfectos suelen ser los más burlones.
Y se observa que los que tienen defectos más visibles, por ejemplo los cojos, tuertos,
jorobados, o los que han recibido alguna afrenta pública, son especialmente inclinados a la
burla; pues, deseando ver a todos los demás tan desgraciados como ellos, les placen mucho
los males que les ocurren, y los juzgan merecedores de ellos.
Art. 180. Del uso de la burla.
En cuanto a la burla modesta, que reprende útilmente los vicios mostrándolos ridículos,
sin por eso reírse uno mismo de ellos ni manifestar ningún odio contra las personas, no es
una pasión, sino una cualidad de hombre honrado que pone de manifiesto su humor alegre
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y la tranquilidad de su alma, señales de virtud, y a veces también de la habilidad de su
ingenio para saber dar una apariencia agradable a las cosas de que se burla.
Art. 181. Del uso de la risa y de la burla.
Y no está mal reír cuando se oyen las burlas de otro; e incluso pueden ser tales que fuera
ser taciturno no reír; pero cuando es uno mismo quien se burla, mejor es abstenerse de
reír, no vaya a parecer sorprendido por las cosas que dice, ni admirar el ingenio de
inventarlas; y esto hace que sorprendan más a quienes las oyen.
Art. 182. De la envidia.
Lo que se llama generalmente envidia es un vicio que consiste en una perversidad de la
naturaleza por la cual a algunas personas les enoja el bien que les ocurre a otros hombres;
pero yo empleo aquí esta palabra para designar una pasión que no siempre es viciosa. La
envidia, en tanto que pasión, es una especie de tristeza, acompañada de odio, que proviene
de ver el bien que les ocurre a quienes se juzga indignos de él; y esto solo puede pensarse
con razón de los bienes de fortuna, pues los del alma, e incluso los del cuerpo, si se tienen
de nacimiento, haberlos recibido de Dios antes de ser capaz de cometer ningún mal es ser
dignos de ellos.
Art. 183. Cómo puede ser justa e injusta.
Mas cuando la fortuna manda bienes a alguien que es verdaderamente indigno de ellos y
sentimos envidia únicamente porque, amando naturalmente la justicia, nos enoja que no
sea observada en la distribución de esos bienes, es un celo que puede ser disculpable,
principalmente cuando el bien que se envidia a otros es de tal naturaleza que puede
convertirse en mal entre sus manos; así, por ejemplo, si se trata de algún cargo o profesión
en cuyo ejercicio puedan comportarse mal, incluso cuando se desea para si mismo ese
mismo bien y no se puede tener porque lo poseen otros menos dignos de poseerlo, esto
hace la pasión más violenta, y no deja de ser disculpable, con tal de que el odio que
contiene recaiga solamente en la mala distribución del bien que se envidia, y no en las
personas que lo poseen o lo distribuyen. Pero hay pocos tan justos y generosos como para
no sentir odio por quienes se les adelantan en la adquisición de un bien que no es
comunicable a varios que habían deseado para ellos mismos, aunque quienes lo han
adquirido sean tanto o mas merecedores de él. Y lo más generalmente envidiado es la
gloria, pues aunque la de los demás no impide que nosotros podamos aspirar a ella, hace su
acceso más difícil y encarece su costo.
Art. 184. A que se debe que los envidiosos son propensos a tener la tez plomiza.
Por otra parte, no hay vicio que tanto dañe a la felicidad de los hombres como la envidia;
pues, además de que los tocados por su estigma se afligen a sí mismos, turban también con
todo su poder el placer de los demás, y tienen por lo general la tez plomiza, es decir,
mezcla de amarillo y negro y como de sangre macerada; de donde proviene que la envidia
se llama livor en latín; lo cual va muy de acuerdo con lo que he dicho antes de los
movimientos de la sangre en la tristeza y en el odio; pues este hace que la bilis amarilla,
procedente de la parte inferior del hígado, y la negra, procedente del bazo, pasen del
corazón por las arterias a todas las venas; y esto determina que la sangre de las venas tenga
menos calor y circule más lentamente que de ordinario, lo cual basta para poner lívido el
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color. Mas como la Bilis, tanto la amarilla como la negra, puede también ir a las venas por
otras varias causas, y como la envidia no las impulsa en cantidad bastante grande para
cambiar el color de la tez, a no ser que sea muy grande y de larga duración, no se debe
pensar que todos los que tienen este color son propensos a la envidia.
Art. 185. De la piedad.
La piedad es una especie de tristeza entreverada de amor o de buena voluntad hacia las
personas a quienes vemos sufrir algún mal del que no los creemos merecedores. Es, pues,
contraria a la envidia por razón de su objeto, y a la burla porque los considera de otro
modo.
Art. 186. Quienes son los mas compasivos.
Los que se sienten más débiles y más sujetos a las adversidades de la fortuna parecen ser
mas inclinados a esta pasión que los demás, porque ven el mal ajeno como cosa que puede
ocurrirles a ellos; y así son movidos a piedad más bien por el amor que se tienen a sí
mismos que por el que tienen a los demás.
Art. 187. Cómo los más generosos sienten esta pasión.
Sin embargo, aquellos que son más generosos y tienen el espíritu mas fuerte, sin temer
ningún mal para ellos y estando fuera del poder de la fortuna, no dejan de sentir
compasión cuando ven el mal de los demás hombres y oyen sus quejas; pues es parte de la
generosidad tener buena voluntad para todos. Mas la tristeza de esta piedad no es amarga,
y, como la que nos producen las acciones funestas que vemos representar en un teatro, está
más en el exterior y en el sentido que en el interior del alma, la cual tiene sin embargo la
satisfacción de pensar que cumple su deber compadeciendo a los afligidos. Y hay en esto la
diferencia de que, mientras el vulgo se compadece de los que se quejan, porque piensa que
los males que sufren son muy enojosos, lo que más compadecen los más grandes hombres
es la flaqueza de los que se lamentan, porque estiman que ningún accidente que pueda
ocurrir es un mal tan grande como la cobardía de quienes no pueden soportarlo con
constancia; y aunque odian los vicios, no por eso odian a las personas a quienes ven
sometidas a ellos: les tienen sólo compasión.
Art. 188. Quienes son los que no sienten piedad.
Pero sólo son insensibles a la piedad los espíritus malévolos y envidiosos que odian
naturalmente a todos los hombres, o bien los que son tan brutales, tan cegados por la
buena suerte o desesperados por la mala, que no piensan que pueda ocurrirles ningún mal.
Art. 189. Por qué esta pasión mueve a llorar.
En esta pasión se llora muy fácilmente, debido a que el amor, enviando mucha sangre al
corazón, hace que salgan muchos vapores por los ojos, y la frialdad de la tristeza,
retardando la agitación de estos vapores, hace que se transformen en lágrimas, como he
explicado anteriormente.
Art. 190. De la satisfacción de sí mismo.
La satisfacción que tienen siempre los que practican constantemente la virtud es un hábito
en su alma que se llama sosiego y tranquilidad de conciencia; mas la que se adquiere de
nuevo cuando se ha realizado recientemente alguna acción que se cree buena es una
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pasión, como una especie de alegría, que yo creo la más dulce de todas, porque su causa
depende sólo de nosotros. No obstante, cuando esta causa no es justa, es decir, cuando las
acciones que nos producen mucha satisfacción no son de gran importancia, o incluso son
viciosas, esa satisfacción es ridícula y no sirve más que para producir un orgullo y una
arrogancia impertinente: cosa fácil de observar en quienes, creyéndose devotos, son
solamente beatos y supersticiosos: es decir, que, a la sombra de ir a menudo a la iglesia,
recitar muchas oraciones, llevar el cabello corto, ayunar, dar limosnas, creen ser
enteramente perfectos y se imaginan tan grandes amigos de Dios que no pueden hacer
nada que le desagrade, y que todo lo que les dicta su pasión es un buen celo, aunque a
veces les dicte los mayores crímenes que los hombres puedan cometer, como traicionar
ciudades, matar príncipes, exterminar pueblos enteros por el simple hecho de que no se
plieguen a sus opiniones.
Art. 191. Del arrepentimiento.
El arrepentimiento es directamente opuesto a la satisfacción de si mismo, y es una especie
de tristeza debida a que se cree haber cometido alguna mala acción; y es muy amarga,
porque su causa está en nosotros; lo cual no impide, sin embargo, que sea muy útil cuando
es verdad que la acción de que nos arrepentimos es mala y tenemos la certidumbre de ello,
porque nos incita a obrar mejor otra vez. Pero suele ocurrir que los espíritus débiles se
arrepienten de cosas que han hecho sin saber con seguridad que fueran malas: lo creen
únicamente porque lo temen; y si hubieran hecho lo contrario, se arrepentirían de la
misma manera: lo cual es en ellos una imperfección digna de piedad; y los remedios contra
este defecto son los mismos que sirven para acabar con la irresolución.
Art. 192. Del favor.
El favor es propiamente un deseo de bien para la persona hacia la que se tiene buena
voluntad; pero yo empleo aquí esta palabra para designar esta voluntad cuando la produce
en nosotros alguna buena acción de la persona por quien la sentimos; pues somos
naturalmente inclinados a amar a los que hacen cosas que juzgamos buenas, aunque ello
no nos reporte a nosotros ningún bien. El favor, en este sentido, es una especie de amor,
no de deseo, aunque le acompañe siempre el deseo del bien para la persona a quien
favorecemos; y va generalmente unido a la piedad, porque las desgracias que ocurren a los
desgraciados nos hacen reflexionar más sobre sus méritos.
Art. 193. Del agradecimiento.
El agradecimiento es también una especie de amor provocado en nosotros por alguna
acción de la persona por quien lo sentimos, y con la cual creemos que nos ha hecho algún
bien, o al menos que ha tenido la intención de hacérnoslo. Contiene, pues, los mismos
ingredientes que el favor, y además se funda en una acción que nos conmueve y a la que
deseamos corresponder: por eso tiene mucha más fuerza, principalmente en las almas un
poco nobles y generosas.
Art. 194. De la ingratitud.
En cuanto a la ingratitud, no es una pasión, pues la naturaleza no ha puesto en nosotros
ningún movimiento que la suscite; es solamente un vicio directamente opuesto al
agradecimiento, en tanto que este es siempre virtuoso y uno de los principales vínculos de
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la sociedad humana; por eso este vicio es propio únicamente de los hombres brutales y
sumamente arrogantes que piensan que todo les es debido, o de los estúpidos que no
reflexionan en los beneficios que reciben o de los débiles y abyectos que, sintiendo su
imperfección y su miseria, buscan bajamente la ayuda de los demás y, una vez obtenida,
los odian, porque, no queriendo o no pudiendo pagársela, y figurándose que todo el mundo
es mercenario como ellos y que no se hace ningún bien sino esperando la recompensa,
piensan que les han engañado.
Art. 195. De la indignación.
La indignación es una especie de odio o de aversión que se siente naturalmente contra los
que hacen algún mal, de cualquier naturaleza que sea; y muchas veces va mezclada con la
envidia o con la piedad; pero su objeto es muy diferente, pues sólo se siente indignación
contra los que hacen bien o mal a las personas que no lo merecen, mientras que se envidia
a quienes reciben ese bien, o se siente piedad por quienes reciben ese mal. Claro que, en
cierto modo, es hacer mal poseer un bien no merecido, y tal vez por esto Aristóteles y sus
adeptos, suponiendo que la envidia es siempre un vicio, dieron el nombre de indignación a
la que no es viciosa.
Art. 196. Por qué la indignación va unida a veces a la piedad y a veces a la burla.
También, en cierto modo, hacer mal es recibirlo; por eso algunos sienten, con la
indignación, piedad, y otros tienden a la burla, según consideren de buena o de mala
voluntad a aquellos a quienes ven cometer faltas, y, siendo así, la risa de Demócrito y el
llanto de Heráclito han podido proceder de la misma causa.
Art. 197. A veces la acompaña la admiración, y no es incompatible con la alegría.
La indignación va también a veces acompañada de admiración, pues suponemos
habitualmente que todas las cosas se harán de la manera que nosotros creemos buena. Por
eso, cuando no ocurre así, nos sorprende y lo admiramos. No es tampoco incompatible con
la alegría, aunque por lo general vaya unida a la tristeza: pues cuando el mal que nos
indigna no puede dañarnos, y consideramos que no quisiéramos nosotros hacerlo parecido,
esta consideración nos produce cierto placer; y esto es acaso una de las causas de la risa que
a veces acompaña a esta pasión.
Art. 198. De su uso.
La indignación se observa mucho más en los que quieren parecer virtuosos que en los que
verdaderamente lo son; pues, aunque los que aman la virtud no puedan ver sin alguna
aversión los vicios de los demás, sólo se apasionan contra los mas grandes y
extraordinarios. Sentir gran indignación por cosas de poca monta es ser difícil y
malhumorado; sentirla por las que no son censurables es ser injusto, y es ser impertinente
y absurdo no limitar esta pasión a las acciones de los hombres y llevarla hasta las obras de
Dios o de la naturaleza, como hacen los que, no estando nunca conformes con su
condición o con su fortuna, se atreven a censurar la conducta del mundo y los secretos de
la Providencia.
Art. 199. De la ira.
La ira es una especie de odio o de aversión que sentimos contra los que hacen algún mal, o
han tratado de perjudicar, no indiferentemente a cualquiera, sino particularmente a
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nosotros. Tiene, pues, el mismo contenido que la indignación, con la añadidura de que se
funda en una acción que nos concierne y de la que deseamos vengarnos; pues casi siempre
la acompaña este deseo; y es directamente opuesta a la gratitud, como la indignación al
favor; pero es incomparablemente más violenta que estas otras tres pasiones, porque el
deseo de rechazar las cosas dañinas y de vengarse de ellas es el más apremiante de todos. El
deseo unido al amor hacia uno mismo es lo que da a la ira toda la agitación de la sangre
que pueden producir el valor y la intrepidez; y, en el odio, es principalmente la sangre
biliosa procedente del bazo y de las venillas del hígado la que recibe esta agitación y entra
en el corazón, donde, por su abundancia y por la naturaleza de la bilis mezclada a ella,
produce un calor más áspero y más ardiente que el que puede ser producido por el amor o
por la alegría.
Art. 200. Por qué las personas que enrojecen de indignación son menos temibles que las
que palidecen.
Y las señales exteriores de esta pasión son diferentes, según los diversos temperamentos de
las personas y la diversidad de las demás pasiones que la componen y se unen a ella. Así
vemos personas que palidecen o que tiemblan cuando se ponen iracundos, y otras que
enrojecen y hasta lloran; y es creencia general que la ira de los que palidecen es más de
temer que la de los que enrojecen: la razón de esto es que, cuando una persona no puede
vengarse más que con el gesto y la palabra, emplea todo su calor y toda su fuerza desde el
primer momento en que siente la ira, y por eso enrojece; además, a veces, la compasión
que se tiene a sí mismo por no poder vengarse de otro modo, le hace llorar. En cambio, los
que se reservan y se determinan a mayor venganza se entristecen de pensar que se ven
obligados a ella por la acción que los enfurece; y a veces también sienten temor por los
males que pueden resultar de la decisión que han tomado, lo cual los pone pálidos, fríos y
temblorosos; mas, cuando llega el momento de ejecutar su venganza, se calientan tanto
más cuanto más fríos estuvieron al comienzo, y así se ve que las fiebres que comienzan con
frío suelen ser las más fuertes.
Art. 201. Hay dos clases de ira, y las personas más buenas son las más propensas a la
primera.
Esto nos indica que se pueden distinguir dos clases de ira: una que es muy súbita y se
manifiesta muy al exterior, pero que, sin embargo, tiene poco efecto y puede calmarse
fácilmente; otra que no se exterioriza tanto al principio, pero que roe más el corazón y
tiene efectos más peligrosos. Las personas mas bondadosas y amorosas son las mas
propensas a la primera; pues no proviene de un odio profundo, sino de una súbita aversión
que las sorprende, porque, inclinados a imaginar que todas las cosas deben producirse de la
manera que a ellos les parece la mejor, cuando se producen de manera distinta se
sorprenden y se ofenden, a veces sin que ni siquiera les concierna la cosa en su interés
particular, y ello porque, siendo muy afectivos, se interesan por aquellos a quienes aman
como por sí mismos. Así pues, lo que para otro no será más que un motivo de indignación,
para ellos lo es de ira; y como su inclinación a amar hace que tengan mucho calor y mucha
sangre en el corazón, la aversión que los sorprende no puede menos de hacer afluir a él la
bilis necesaria para que produzca en esa sangre una gran emoción; pero esta emoción es
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muy fugaz, porque la fuerza de la sorpresa no continua, y en cuanto esas personas se dan
cuenta de que el motivo que las ha enojado no deba emocionarlas tanto, se arrepienten.
Art. 202. Las que más se dejan llevar a la otra son las almas débiles y bajas.
La otra clase de ira, en la que predomina el odio y la tristeza, no es tan manifiesta al
principio, a no ser quizá en que empalidece el rostro; pero su fuerza va aumentando poco a
poco por la agitación de un ardiente deseo de vengarse suscitado en la sangre, la cual,
mezclada con la bilis que es impulsada hacia el corazón de la parte inferior del hígado y
del bazo, produce en el corazón un calor áspero y muy agudo. Y así como las almas más
generosas son las más agradecidas, las más orgullosas y más bajas y defectuosas son las más
propensas a esta especie de ira; pues las injurias parecen tanto mayores cuanto más alto nos
hace estimamos el orgullo y cuanto más estimamos los bienes que ellas nos quitan, y los
estimamos más cuanto más débil y baja es nuestra alma, ya que dependen de los demás.
Art. 203. La generosidad sirve de remedio contra sus excesos.
Por otra parte, aunque esta pasión sea útil para damos vigor y rechazar las injurias, no hay
ninguna otra cuyos excesos debamos evitar con más celo, porque, turbando el juicio, nos
hacen a menudo cometer faltas de las que luego hemos de arrepentimos, y aun impiden a
veces rechazar esas injurias tan bien como podríamos rechazarlas con menos emoción.
Pero, como nada la hace más excesiva que el orgullo, creo que la generosidad es el mejor
remedio contra sus excesos, porque, haciéndonos estimar muy poco todos los bienes que
nos pueden quitar, y mucho en cambio la libertad y el dominio absoluto de nosotros
mismos, dominio que perdemos cuando alguien puede ofendernos, la generosidad hace
que no sintamos sino desprecio o a lo sumo indignación por las injurias que a otros
ofenden.
Art. 204. De la gloria.
Lo que llamo aquí gloria es una especie de contento fundado en el amor a sí mismo, y nace
de pensar o de esperar que otros han de alabamos. Es, pues, diferente de la satisfacción
interior que nace de pensar que hemos realizado alguna buena acción; pues a veces nos
alaban por cosas que no creemos buenas, y nos censuran por otras que creemos mejores;
pero una y otra son especies de la propia estimación, al mismo tiempo que especies de
contento; pues motivo es para estimarse el ver que los demás nos estiman.
Art. 205. De la vergüenza.
La vergüenza es, por el contrario, una especie de tristeza fundada también en el amor a
nosotros mismos, y nace de pensar o temer que han de censurarnos; es además una especie
de modestia o de humildad y desconfianza de nosotros mismos: pues, cuando nos
estimamos tanto que no podemos imaginar que nadie nos desprecie, difícilmente podemos
sentirnos avergonzados.
Art. 206. Del uso de estas dos pasiones.
Ahora bien, la gloria y la vergüenza se comportan lo mismo en el sentido de que nos
incitan a la virtud, la una por la esperanza, la otra por el temor; mas hay que adiestrar el
juicio en lo que es verdaderamente digno de censura o de alabanza, a fin de no
avergonzamos de obrar bien y de no envanecernos de nuestros vicios, como les ocurre a
algunos. Mas no es bueno desprenderse por entero de estas pasiones, como hacían
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antiguamente los cínicos; pues, aunque el pueblo juzgue muy mal, como no podemos vivir
sin él, y nos importa su estimación, debemos muchas veces seguir sus opiniones antes que
las nuestras en lo que se refiere al exterior de nuestros actos.
Art. 207. De la impudencia.
La impudencia o el descaro, que es un menosprecio de la vergüenza, y a veces también de
la gloria, no es una pasión, porque no hay en nosotros ningún movimiento particular de
los espíritus que la provoque; pero es un vicio opuesto a la vergüenza, y también a la
gloria, en tanto una y otra son buenas, como la ingratitud es opuesta al agradecimiento y la
crueldad a la piedad. Y la principal causa de la impudencia proviene de haber recibido
varias veces grandes afrentas; pues no hay nadie que, siendo joven, no se imagine que la
alabanza es un bien y la infamia un mal mucho más importantes para la vida de lo que la
experiencia nos enseña que son, cuando, habiendo recibido algunas se tornan unos
desvergonzados que, midiendo el bien y el mal únicamente por las comodidades del
cuerpo, ven que las disfrutan después de tales afrentas tanto cómo antes, y aún a veces,
mucho mejor, porque se ven libres de algunas continencias a las que les obligaba el honor,
y si a su descrédito se une la pérdida de los bienes, no faltan personas caritativas que se los
den.
Art. 208. De la saciedad.
La saciedad es una especie de tristeza que proviene de la misma causa que antes diera lugar
a la satisfacción; pues estamos compuestos de tal modo que la mayor parte de las cosas de
que gozamos nos gustan sólo por un tiempo, y luego nos resultan incómodas: lo cual se ve
principalmente al beber y al comer, que no es útil más que cuando se tienen ganas y es
perjudicial cuando ya no se tienen; y como en este caso ya no es agradable al gusto, esta
pasión se llama disgusto.
Art. 209. De la añoranza.
La añoranza es también una especie de tristeza, y tiene una especial amargura, porque va
siempre unida a cierta desesperanza y al recuerdo del placer gozado; pues no añoramos
nunca sino los bienes de que hemos gozado, y que están tan perdidos que no tenemos
ninguna esperanza de recobrarlos en el tiempo y de la manera en que los añoramos.
Art. 210. Del contento.
Por último, lo que llamo contento es una especie de gozo, con la particularidad de que
aumenta su dulzura el recuerdo de los males que hemos sufrido y de los cuales nos
sentimos liberados como cuando nos quitan de encima un gran peso que hemos llevado
mucho tiempo a las espaldas. Y no veo nada muy notable en estas tres pasiones; sólo las he
puesto aquí por seguir el orden de enumeración que expuse antes; pero creo que esta
enumeración ha sido útil para demostrar que no omitíamos ninguna que fuera digna de
alguna especial consideración.
Art. 211. Un remedio general contra las pasiones.
Y ahora que las conocemos todas, tenemos mucho menos motivo que antes para temerlas;
pues vemos que todas son buenas en su naturaleza y que lo único que tenemos que evitar
es su mal uso o sus excesos, contra los cuales podrían bastar los remedios que he explicado
si todo el mundo se cuidara bien de practicarlos. Pero, como entre esos remedios he puesto
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la premeditación y la industria para corregir nuestros defectos naturales ejercitándonos en
separar en nosotros los movimientos de la sangre y de los espíritus de los pensamientos a
que suelen ir unidos, he de confesar que hay pocas personas bastante preparadas de esta
suerte contra toda clase de situaciones y que estos movimientos suscitados en la sangre por
los objetos de las pasiones se producen tan inmediata y súbitamente como consecuencia de
las impresiones que recibe el cerebro y de la disposición de los órganos, aunque el alma no
contribuya en nada a ello, que no hay cordura humana capaz de oponerles resistencia
cuando no se está bastante preparado. Así, por ejemplo, hay muchos que no pueden
abstenerse de reír cuando les hacen cosquillas, aunque ello no les produzca ningún placer;
pues, despertada en su fantasía la impresión del gozo y de la sorpresa que anteriormente
les hizo reír por el mismo motivo, el pulmón se les infla sin que ellos quieran por la sangre
que el corazón le envía. Así también, los que son por naturaleza muy inclinados a las
emociones de la alegría y de la piedad, o del miedo, o de la ira, no pueden menos de
desfallecer, o de llorar, o de temblar, o de que se les revuelva la sangre como si tuvieran
fiebre, cuando el objeto de alguna de estas pasiones les mueve la fantasía. Mas algo puede
hacerse siempre en tal ocasión, y creo que puedo ponerlo aquí como el remedio más
general y más fácil de practicar contra todos los excesos de las pasiones: cuando sentimos
la sangre de tal modo agitada, debemos estar sobre aviso y recordar que todo lo que se
presenta a la imaginación tiende a engañar al alma y a hacerle considerar las razones que
sirven para persuadir al objeto de su pasión mucho más fuertes de lo que pasión son, y
mucho más débiles las que tienden a disuadirla. Y cuando la persuade únicamente de las
cosas cuya ejecución soporta algún aplazamiento, hay que abstenerse de pronunciar de
momento ningún juicio, y distraerse en otros pensamientos hasta que el tiempo Y el
sosiego hayan calmado por completo la agitación de la sangre. Y por último, cuando incita
a actos sobre los cuales es preciso decidir inmediatamente, la voluntad debe aplicarse
principalmente a examinar y a seguir las razones que sean contrarias a las que la pasión
presenta, aunque aquellas parezcan menos fuertes: como cuando inopinadamente atacados
por algún enemigo, la ocasión no permite que empleemos ningún tiempo en deliberar.
Mas una cosa me lleva a creer que los que están acostumbrados a reflexionar en sus actos
pueden hacerlo siempre, y es que, cuando se sientan sobrecogidos por el miedo, procuran
desviar su pensamiento del peligro considerando las razones por las cuales hay mucha más
seguridad y más honor en la resistencia que en la huida; y al "contrario", cuando sientan
que el deseo de venganza y la ira los incita a correr inconsideradamente hacia quienes los
atacaban, se acordaran de pensar que es impudencia perderse cuando se puede, sin
deshonor, salvarse, y que, si la partida es muy desigual, vale más una retirada honrosa o
tomar cuartel que exponerse brutalmente a una muerte segura.
Art. 212. De las pasiones depende todo el mal y todo el bien de esta vida.
Por lo demás, el alma puede tener sus placeres aparte; mas los que le son comunes con el
cuerpo dependen enteramente de las pasiones: de suerte que los hombres a los que más
pueden afectar son capaces de sacarle a esta vida los más dulces jugos. Verdad es que
también pueden encontrar en ella la máxima amargura cuando no saben emplearlas bien y
la fortuna les es contraria; mas en este punto es donde tiene su principal utilidad la
cordura, pues enseña a dominar de tal modo las pasiones y a manejarlas con tal destreza,
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que los males que causan son muy soportables, y que incluso de todos ellos puede sacarse
gozo.
FIN









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