ECONOMÍA DE LA EDAD DE PIEDRA | MARSHALL SAHLINS

| terça-feira, 10 de novembro de 2009
Maqueta RAG
2" Edición
© Marshall Sahlins/Aldine Publishing Company (Chicago), 1974
Traducción al castellano de Emilio Muñiz y Erna Rosa Fondevila
©Akal editor, 1977,1983
Ramón Akal González
Lorenza Correa, 13. Madrid-20
Teléfonos: 450 0217 - 450 02 87
I.S.B.N.: 84-7339-280-9
Depósito legal: M-27.113-1983
Impreso en Técnicas Gráficas, S.L.
Las Matas, 5 - Madrid-29










Maqueta RAG
2" Edición
© Marshall Sahlins/Aldine Publishing Company (Chicago), 1974
Traducción al castellano de Emilio Muñiz y Erna Rosa Fondevila
©Akal editor, 1977,1983
Ramón Akal González
Lorenza Correa, 13. Madrid-20
Teléfonos: 450 0217 - 450 02 87
I.S.B.N.: 84-7339-280-9
Depósito legal: M-27.113-1983
Impreso en Técnicas Gráficas, S.L.
Las Matas, 5 - Madrid-29


RECONOCIMIENTOS
Agradezco en especial a dos instituciones y al excelente
equipo de profesionales que congregan, la ayuda y las facili-
dades que me han proporcionado en las etapas más críticas
de mi investigación y en la redacción de este libro. Durante
el período 1963-64 se me asignó una beca en el Center for
Advanced Study in the Behavioral Sciences (Palo Alto). En
el período 1967-69 obtuve un despacho y el libre acceso al
Laboratoire d'Anthropologie Sociale du Collége de Trance
(París). Aunque mi cargo en el Laboratoire no era oficial,
el Sr. Claude Lévi-Strauss, su director, me recibió con defe-
rencia y generosidad tales que su retribución me parecería
siempre insuficiente si alguna vez él visitara mi ciudad.
Una beca John Simón Guggenheim durante mi primer
año en París (1967-68) y otra del Social Science Research
Council Faculty Research (1958-61) significaron también una
importante ayuda durante el período de gestación de estos
ensayos.
Fue ésa una época tan plena y tan rica en encuentros in-
telectuales valiosos, que me resultaría imposible mencionar
a todos los colegas y estudiantas que, de uno u otro modo,
influyeron en el desarrollo de este trabajo. Sin embargo, de
esos tres años de amistad y discusión, haré una excepción
con tres nombres: Remo Guidieri, Elman Service y Eric
Wolf, cuyas ideas y críticas siempre alentadoras han sido de
un valor inestimable tanto para mí como para mi trabajo.
Algunos de estos ensayos han sido publicados total o
parcialmente en sus versiones originales o en traducciones
durante los últimos años. «La sociedad opulenta primitiva»
apareció en versión abreviada bajo el título «La premiere
société d'abondance», en Les Temps Modernes (núm. 268,
octubre 1968, 641-80). La primera parte del capítulo 4 se
publicó originariamente como «El espíritu del don» en
Echanges et Communications (Jean Pouillon y P. Maranda,
compiladores, La Haya, Mouton, 1969). La segunda parte
de ese mismo capítulo apareció como «Filosofía política del
Essai sur le don» en L'Homme (Vol. 8(4], 1968, 5-17).
«Acerca de la Sociología del intercambio primitivo» se pu-
blicó por primera vez en «The Relevance of Models for
Social Anthropology» (M. Banton, comp., Londres: Tavis-
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tock [ASA Monographs, 1], 1965). Agradezco a los edito-
res de todos los artículos mencionados por permitir la repro-
ducción de los mismos.
«La diplomacia del comercio primitivo», publicado por
primera vez en Essays in Economic Anthropology (June
Helm, comp., Seattle: American Ethnological Society, 1965),
ha sido corregido en su totalidad para el presente libro.









INTRODUCCIÓN

Muchos de los ensayos contenidos en este volumen los
escribí en distintas oportunidades durante los últimos diez
años. Otros fueron escritos especialmente para esta publi-
cación. Todos ellos fueron concebidos y reunidos aquí en la
esperanza de constituir una antropología económica, es de-
cir, algo distinto de las interpretaciones prácticas de las eco-
nomías y las sociedades primitivas. Es inevitable que este
libro se inscriba en la controversia antropológica actual entre
las corrientes «formalistas» y «sustantivista» de la teoría
económica.
El debate formalista-sustantivista, endémico en Economía
durante más de un siglo, parece, sin embargo, carecer de
historia, ya que aparentemente nada ha cambiado desde
que Karl Marx definió los puntos fundamentales en contra-
posición a Adam Smith (cf. Althusser y otros, 1966, Vol. 2).
Con todo, su nueva encarnación bajo la forma de la Antro-
pología ha destacado otros aspectos de la discusión. Si en
un principio el problema fue la «antropología ingenua» de
la economía, se trata hoy de la «economía ingenua» de la
antropología. «Formalismo frente a sustantivismo» se reduce
a la siguiente opción teórica: entre los modelos prefabrica-
dos de la Economía ortodoxa, en especial la «microecono-
mía», aceptados como umversalmente válidos y aplicables
grosso modo a las sociedades primitivas y la necesidad —su-
poniendo que la posición formalista sea infundada— de
desarrollar un nuevo análisis más apropiado para las socie-
dades históricas en cuestión y para la historia intelectual
de la Antropología. En términos generales, se trata de una
opción entre la perspectiva del Comercio, ya que el método
formalista se inclina a considerar a las economías primitivas
como versiones subdesarrolladas de la nuestra, y un estudio
culturalista que por cuestiones de principios valora a las
diferentes sociedades por lo que son.
La solución no está a la vista, nada permite aplicar la
feliz solución académica de que «la respuesta debe encon-
trarse en algún lugar intermedio». Este libro es sustantivista.
Se apoya así en una estructura familiar: la que proporcionan
las categorías sustantivistas tradicionales. Los primeros en-
sayos tienen que ver con la producción: «La sociedad opu-
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lenta primitiva» y «La modalidad doméstica de la produc-
ción». (Este último fue dividido en dos secciones por ra-
zones prácticas, esas secciones son los capítulos 2 y 3, pero
ambos desarrollan un mismo tema). Los capítulos siguientes
se ocupan de la distribución y del intercambio: «El espíritu
del don», «Acerca de la sociología del intercambio primi-
tivo». Pero, dado que la exposición es al mismo tiempo una
oposición, esta secuencia alberga también una estrategia de
debate más oculta. El primero de esos capítulos acepta la
polémica en términos formalistas. «La sociedad opulenta pri-
mitiva» no opone reparos a la concepción común de la «eco-
nomía» como una relación entre medios y fines; se limita a
negar que los cazadores encuentren una disparidad impor-
tante entre ambos. Los ensayos que se presentan a conti-
nuación, sin embargo, abandonan definitivamente esta con-
cepción capitalista e individualista del objeto económico. La
«economía» se convierte en una categoría de la cultura más
que de la conducta, más cercana a la política y a la religión
que a la racionalidad o a la prudencia. Ya no se trata de
actividades que sirvan a las necesidades individuales, sino
del proceso vital esencial de la sociedad. Luego, el capítulo
final vuelve a la ortodoxia económica, pero a sus problemas
y no a su problemática. Al final, la intención es hacer que
la perspectiva antropológica lleve al campo de acción de la
microeconomía, la explicación del valor de intercambio.
A lo largo de todos los capítulos, el libro tiene un solo
objetivo muy modesto: simplemente perpetuar la posibilidad
de una economía antropológica mediante algunos ejemplos
concretos. En una entrega reciente de Current Anthropology,
un portavoz de la posición contraria anunció, aparentemente
sin cargos de conciencia, la muerte prematura de la econo-
mía sustantivista.
La palabrería malgastada en este debate no le confiere peso
intelectual. Desde los comienzos, los sustantivistas (repre-
sentados por los merecidamente famosos trabajos de Polanyi
y otros) se mantuvieron heroicamente en el desorden y el error.
El hecho de que hayamos podido descubrir en tan sólo seis
años en qué consistía el error es un tributo a la madurez de la
antropología económica. El trabajo..., escrito por Cook (1966)
al licenciarse, termina limpiamente con la controversia... Sin
embargo, siendo la ciencia social el tipo de empresa que es [! ],
resulta virtualmente imposible enunciar una hipótesis estéril,
inservible u ofuscante, y es de esperar que la próxima genera-
ción de creadores, con un alto grado de confusión, resuciten de
algún modo la concepción sustantivista de la economía.
(Nash, 1967, pág. 250.)
¿Cómo describir entonces el presente trabajo que no per-
tenece a ese segundo advenimiento ni conserva el menor
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vestigio de inmortalidad? Sólo nos queda esperar que haya
habido algún error. Tal vez como sucedió con Mark Twain
en una circunstancia similar, los informes sobre la muerte
del sustantivismo fueron de una exasperación atroz.
De todos modos me guardaré muy bien de resucitarlo
embarcándome en una discusión metodológica. Lo que últi-
mamente se ha escrito sobre «antropología económica» ya
está saturado de consideraciones al respecto, y aunque mu-
chos de los argumentos parecen un modelo de buen sentido,
el efecto final de todos ellos ha sido confirmar a cada uno
en su prejuicio original. («Quien haya sido convencido con-
tra su voluntad / en su primera opinión se mantendrá.»). La
razón ha demostrado ser un arbitro ineficaz. Mientras tanto,
el aburrimiento hace que cada vez sea menor el número de
espectadores de este debate, y los que quedan incitan a algu-
nos de los participantes principales a que se declaren dis-
puestos a ponerse al trabajo. Ese es también el espíritu de
este libro. Oficialmente, como participante de una discipli-
na que se considera a sí misma como una ciencia, prefiero
dejar que sean los ensayos mismos quienes zanjen esta cues-
tión, en la creencia de que ellos explicarán mejor las cosas
que cualquier forma de competición teórica. Este es el pro-
cedimiento tradicional y saludable: dejemos que salgan todas
las flores y veremos cuáles son las que dan fruto.
Debo confesar, sin embargo, que la posición oficial no es
la que más me convence. Me parece que esta trama de me-
táforas tomadas de las ciencias naturales y disfrazadas de
«ciencia social», esta antropología, ha demostrado tan poca
capacidad para llegar a un acuerdo tanto acerca de la ade-
cuación empírica de una teoría como de su suficiencia lógica,
ya que a diferencia de la matemática donde, como ya lo dijo
Hobbes hace tiempo, «la verdad y los intereses del hombre
no se oponen», en la ciencia social no hay nada que no se
preste a la controversia puesto que ella «compara a los hom-
bres y entra en la consideración de sus derechos y sus be-
neficios», por eso «siempre que la razón se oponga al hom-
bre, el hombre se opondrá a la razón». Las diferencias deci-
sivas entre el formalismo y el sustantivismo, siempre que
sea su aceptación lo que se ponga en tela de juicio, sin llegar
a cuestionar su verdad, son de naturaleza ideológica. Como
encarnación de la sabiduría de las categorías burguesas origi-
nales, la economía formal se desarrolla puertas adentro como
una ideología y puertas afuera como un etnocentrismo. Como
antagonista del sustantivismo, extrae su potencia de su pro-
funda compatibilidad con la sociedad burguesa, lo cual no
significa de ningún modo negar que el conflicto entre for-
malismo y sustantivismo pueda convertirse en un enfrenta-
miento de (dos) ideologías.
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Cuando los primeros físicos y astrónomos, trabajando a la
sombra de los dogmas eclesiásticos establecidos, se enco-
mendaban a Dios y a su Soberano, sabían muy bien lo que
hacían. El presente trabajo se desenvuelve dentro de la mis-
ma contradicción: no es la ilusión de que los dogmas sean
flexibles, sino de que los dioses sean justos. Las diferencias
político-ideológicas entre el pensamiento formal y el antro-
pológico pueden muy bien ignorarse al escribir, pero eso no
hace que graviten menos sobre los resultados. Nos dicen
que el sustantivismo ha muerto. Puede que políticamente,
al menos para cierta parte del mundo, sea cierto; la flor
fue cortada cuando era todavía un capullo. También es vá-
lido suponer que la economía burguesa está destinada, por
designios de la historia, a correr la misma suerte de la so-
ciedad que la nutrió. De todos modos no es la antropología
actual quien debe decidirlo. Nuestra categoría de ciencia bas-
ta al menos para saber que esa es una prerrogativa de la
sociedad, y también de los hijos académicos del cielo que
ejercen su mandato. Mientras tanto, cultivamos nuestros jar-
dines esperando que los dioses nos envíen la lluvia o que,
como los de ciertas tribus de la Nueva Guinea, orinen sobre
nosotros.
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1. LA SOCIEDAD OPULENTA PRIMITIVA
Si la economía es la ciencia de las épocas sombrías, el
estudio de las economías de la caza y la recolección debe ser
su rama más importante. Nuestros manuales de economía,
casi en su totalidad partidarios declarados de la idea de que
la vida fue dura y difícil durante el paleolítico, coinciden
en transmitir una sensación de fatalismo, dejando a la ima-
ginación del lector que adivine no sólo cómo lograban sub-
sistir los cazadores, sino también si aquello era vida, después
de todo. El fantasma del hambre acecha al cazador a lo largo
de estas páginas. Se dice que su incompetencia técnica le im-
pone una labor continua que apenas le permite sobrevivir,
y que por lo tanto no le proporciona excedentes ni le deja
descansar, y mucho menos arribar al «ocio» para «crear
cultura». Sin embargo, para todos sus esfuerzos, el cazador
emplea los niveles termodinámicos más bajos: menos ener-
gía per cápita y por año que cualquier otro modo de pro-
ducción. Y en los tratados sobre desarrollo económico está
condenado a desempeñar el papel de mal ejemplo: la llamada
«economía de subsistencia».
El saber tradicional es siempre refractario. Se ve uno
obligado a oponérsele de una manera polémica, a expresar
las revisiones necesarias dialécticamente. En efecto, cuando
se encara el análisis de la situación se desemboca en la cer-
teza de que esa fue la sociedad opulenta primitiva. De
manera paradójica, esta aseveración conduce a otra conclu-
sión útil e inesperada. Para la opinión general, una sociedad
opulenta es aquella en la que se satisfacen con facilidad todas
las necesidades materiales de sus componentes. Asegurar que
los cazadores eran opulentos significa negar entonces que
la condición humana es una tragedia decretada donde el hom-
bre está prisionero de la ardua labor que significa la per-
petua disparidad entre sus carencias ilimitadas y la insufi-
ciencia de sus medios.
Es que a la opulencia se puede llegar por dos caminos
diferentes. Las necesidades pueden ser «fácilmente satisfe-
chas» o bien produciendo mucho, o bien deseando poco. La
concepción más difundida, al modo de Galbraith, se basa en
supuestos particularmente apropiados a la economía de mer-
cado: que las necesidades del hombre son grandes, por no
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decir infinitas, mientras que sus medios son limitados, aun-
que pueden aumentar. Es así que la brecha que se produce
entre medios y fines puede reducirse mediante la producti-
vidad industrial, al menos hasta hacer que los «productos de
primera necesidad» se vuelvan abundantes. Pero existe tam-
bién un camino Zen hacia la opulencia por parte de premi-
sas algo diferentes de las nuestras: que las necesidades
materiales humanas son finitas y escasas y los medios técni-
cos, inalterables pero por regla general adecuados. Adop-
tando la estrategia Zen, un pueblo puede gozar de una abun-
dancia material incomparable... con un bajo nivel de vida.
Esta es, a mi parecer, la mejor manera de describir a los
cazadores y la que ayuda a explicar algunas de sus conductas
económicas más curiosas: por ejemplo, su «prodigalidad»,
es decir, la inclinación a consumir rápidamente todas las
reservas de que disponen como si no dudaran ni un mo-
mento de poder conseguir más. Libres de las obsesiones
de escasez características del mercado, es posible hablar
mucho más de abundancia respecto de las inclinaciones eco-
nómicas de los cazadores que de las nuestras. Destutt de
Tracy, con todo lo «burgués doctrinario de sangre de horcha-
ta» que haya podido ser, por lo menos obtuvo el acuerdo
de Marx respecto de su observación acerca de que «en las
naciones pobres las personas se sienten cómodas», mientras
que en las naciones ricas «son pobres en su mayor parte».
Esto no significa negar que una economía anterior a la
agricultura opere bajo graves compulsiones, sino solamente
insistir, basándonos en la evidencia que nos proporcionan
los cazadores y recolectores modernos, que por lo general
se logra una buena adecuación. Una vez reunida la eviden-
cia volveré a las dificultades reales de una economía de caza
y recolección, las cuales no se encuentran correctamente de-
talladas en las concepciones corrientes de la pobreza paleo-
lítica.
ORIGEN DEL ERROR
«Una mera economía de subsistencia», «tiempo libre li-
mitado salvo en circunstancias excepcionales», «demanda
incesante de alimentos», recursos naturales «magros y en los
que sólo se puede tener una confianza relativa», «ausencia
de excedente económico», «máximo de energía por parte del
mayor número de personas»: así reza, en general, la opinión
antropológica respecto de la caza y la recolección.
Los aborígenes australianos constituyen un ejemplo clásico
de pueblo cuyos recursos económicos figuran entre los más
escasos. En muchos lugares su habitat es incluso más inhós-
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pito que el de los bosquimanos, aunque puede resultar falso
respecto de la parte norte... Una tabla de los alimentos que
los aborígenes del noroeste de Queensland central obtienen
en el lugar que habitan resultará ejemplificadora... La variedad
de esta lista puede impresionar, pero no debemos dejarnos
engañar pensando que la variedad indica abundancia, ya que
las cantidades disponibles de cada elemento son tan escasas
que únicamente una dedicación intensísima hace posible la
supervivencia (Herskovits, 1958, págs. 68-69).
O también, con referencia a los cazadores de Sudamérica:
Los cazadores nómadas y los recolectores, a duras penas
cubren las necesidades mínimas de subsistencia y a menudo
están muy por debajo del mínimo necesario. Un reflejo de
ello es la escasa densidad de población que arroja la cifra de
una persona por 250 o 500 kilómetros cuadrados. La constante
movilización en busca de alimentos los privó, a todas luces,
de horas de ocio para dedicarlas a actividades no relacionadas
con la subsistencia que revistan cierta importancia, además,
podían llevar consigo una cantidad exigua de lo que manufac-
turasen en los momentos de esparcimiento. La adecuación de
la producción significaba para ellos la supervivencia física y
rara vez tenían productos o tiempo de más (Steward and Faron,
1959, pág. 60; cf. Clark, 1953, págs. 27 y sigs.; Haury, 1962,
página 113; Hoebel, 1958, pág. 188; Redfiel, 1953, pág. 5;
White, 1959).
Pero la sombría visión tradicional de la situación de los
cazadores es también preantropológica y extraantropológica,
es a la vez histórica y referible al más amplio contexto eco-
nómico en el que opera la antropología. Se remonta a la
época en la que escribió y teorizó Adam Smith, y probable-
mente a una época en la que todavía nadie escribía1. Es po-
sible que sea uno de los prejuicios más claros del Neolítico,
una apreciación ideológica acerca de la capacidad del cazador
para explotar los recursos de la tierra lo cual está muy de
acuerdo con el empeño histórico de privarlo de la misma.
Nosotros heredamos sin duda este prejuicio de la descenden-
cia de Jacob la cual «se dispersó hacia el oeste, hacía el este
y hacia el norte», en desmedro de Esaú que era el primo-
génito y un ingenioso cazador, pero a quien, en una famosa
escena, se priva de su primogenitura.
Sin embargo, las pobres opiniones en boga que merece
la economía de los cazadores y de los recolectores no es
necesario atribuírselas al etnocentrismo neolítico. El ego-
centrismo burgués tuvo también su parte. La actual econo-
mía de mercado, en todo momento una trampa ideológica de
la cual debe escapar la economía antropológica, alentó idén-
1 Al menos en la época en que escribía Lucrecio (Harris, 1968,
páginas 26-27).
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ticas opiniones desfavorables con respecto a la vida de los
cazadores.
¿Acaso es tan paradójico afirmar que los cazadores tenían
economías opulentas a pesar de su extrema pobreza? Las
modernas sociedades capitalistas, no obstante estar abundan-
temente provistas, se preocupan por la perspectiva de la es-
casez. La inadecuación de los recursos económicos es el prin-
cipio fundamental de los pueblos más ricos del mundo. La
aparente situación material de la economía no parece ser un
indicador válido a la hora de los hechos; es necesario decir
algo acerca del modo de organización económica (cf. Polanyi,
1947, 1957, 1959; Dalton 1961).
El sistema industrial y de mercado instituye la pobreza
de una manera que no tiene parangón alguno y en un grado
que hasta nuestros días no se había alcanzado ni aproximada-
mente. Donde la producción y la distribución se rigen por
el comportamiento de los precios, y toda la subsistencia de-
pende de la ganancia y del gasto, la insuficiencia de recursos
naturales se convierte en el claro y calculable punto de par-
tida de toda la actividad económica 2. El capitalista se ve
enfrentado a posibles inversiones de un capital finito, el
trabajador (es de esperar) a opciones alternativas de empleo
remunerado, y el consumidor... el consumo es una tragedia
doble: lo que comienza en la inadecuación terminará en la
privación. Reuniendo la producción de la división interna-
cional del trabajo, el mercado pone a disposición de los con-
sumidores un deslumbrante conjunto de productos: todas
las cosas deseables al alcance del hombre, pero nunca entera-
mente al alcance de su mano. Lo que es peor, en este juego
de libre elección del consumidor, cada adquisición es al mis-
mo tiempo una privación, porque cada vez que se compra
algo se deja de lado otra cosa, en general poco menos desea-
ble, e incluso más deseable en otros aspectos, que podríamos
haber tenido en lugar de la otra. (El hecho es que si com-
pramos un automóvil, un Plymonuth por ejemplo, no pode-
mos tener también un Ford, y a juzgar por las propagandas
que aparecen en la televisión, las privaciones que ello traería
aparejadas no serían sólo de índole material3.
Aquella expresión, «la vida a costa de grandes sacrifi-
cios», nos fue transferida a nosotros con carácter de exclu-
sividad. La escasez es el juicio dictado por nuestra economía
y, por lo tanto, también el axioma que rige nuestra Econo-
mía: la aplicación de medios insuficientes frente a fines
2 Sobre los requisitos históricamente particulares de este cálculo,
véase Codere, 1968 (especialmente págs. 574-575).
3 Para la institucionalización complementaria de la «escasez», en
las condiciones de la producción capitalista, véase Gorz, 1967, pági-
nas 37-38.
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alternativos para obtener la mayor satisfacción posible en
determinadas circunstancias. Y es precisamente desde esta
ansiosa perspectiva que volvemos la mirada hacia los caza-
dores Si el hombre moderno, con todas sus ventajas tecno-
lógicas, carece todavía de recursos, ¿qué posibilidad tiene
entonces este salvaje desnudo con su arco insignificante y
sus flechas? Habiéndole atribuido al cazador impulsos bur-
gueses y herramientas paleolíticas juzgamos su situación des-
esperada por adelantado4.
Sin embargo, la escasez no es una propiedad intrínseca de
los medios técnicos. Es una relación entre medios y fines.
Deberíamos considerar la posibilidad empírica de que los
cazadores trabajan para sobrevivir, un objetivo finito, y que
el arco y la flecha son adecuados a ese fin 5.
Pero aún hay otras ideas, endémicas para la teoría antro-
pológica y la práctica etnográfica, que han conspirado para
impedir una comprensión en este sentido.
La predisposición antropológica a exagerar la ineficiencia
económica de los cazadores aparece también de manera no-
toria bajo la forma de odiosas comparaciones con las eco-
nomías neolíticas. Los cazadores, como Lowie afirma clara-
mente, «deben trabajar mucho más para subsistir que los
labradores y los pastores» (1946, pág. 13). Sobre este aspec-
to, la antropología evolucionista en particular encontró que
le resultaba agradable, e incluso necesario desde el punto de
vista teórico, adoptar el tono habitual de reproche. Los etnó-
logos y arqueólogos se habían vuelto revolucionarios neolí-
ticos, y en su entusiasmo por la Revolución no dejaron de
lado nada que pudiera servirles para denunciar al Viejo Ré-
gimen (de la Edad de Piedra), ni siquiera algún antiguo es-
cándalo. No era la primera vez que los filósofos relegaban
la etapa más antigua de la humanidad atribuyéndola más a
la naturaleza que a la cultura. («Un hombre que pasa toda
su vida persiguiendo a los animales con el solo objeto de
matarlos para comerlos, o recolectando frutos por el bos-
que, vive en realidad como si él mismo fuera un animal»
[Braidwood, 1957, pág. 122].)
Así degradados los cazadores, la antropología se sintió
4 Es digno de mención el hecho de que la teoría contemporánea
europea-marxista está a menudo de acuerdo con las economías burgue-
sas en lo que respecta a la pobreza de los primitivos. Cf. Boukharine,
1967; Mandel, 1962, vol. 1; y el manual de historia económica uti-
lizado en la Universidad Lumumba, de Moscú (incluido en la biblio-
grafía como «Anónimo, n. d.»).
5 Elman Service fue durante mucho tiempo casi el único entre los
etnólogos que se opuso firmemente al tradicional punto de vista de la
penuria de los cazadores. Este capítulo se inspiró en gran medida
en sus puntualizaciones sobre el ocio de los Arunta (1963, pág. 9), así
como también en las personales conversaciones mantenidas con él.
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libre para ensalzar el gran salto hacia adelante del Neolítico:
un adelanto tecnológico importantísimo que trajo aparejada
una «posibilidad general de ocio al dejar de lado la
consecución de comida como único fin» (Braidwood, 1952,
página 5; cf. Boas, 1940, pág. 285).
En un prestigioso ensayo sobre «La energía y la evolu-
ción de la cultura», Leslie White explica que el neolítico pro-
dujo un «gran adelanto en el desarrollo de la cultura... como
consecuencia de un gran incremento en la cantidad de
energía aprovechada y controlada per capita y por año
como consecuencia de las artes de la agricultura y el pas-
toreo» (1949, pág. 372). White realzó aún más el contraste
evolutivo señalando al esfuerzo humano como la fuente
principal de energía de la cultura paleolítica, y oponiéndola
a los recursos de plantas y animales domesticados de la
cultura neolítica. Esta determinación de las fuentes de ener-
gía hizo inmediatamente posible una baja estimación del
potencial termodinámico de los cazadores (desarrollado por
el cuerpo humano: «recursos potenciales promedio» de 1/20
caballo de fuerza per capita [1949, pág. 369]) y, además,
al eliminar el esfuerzo humano de la empresa cultural del
neolítico, daba la impresión de que las personas habían sido
liberadas por algún dispositivo ideado para ahorrar trabajo
(las plantas y los animales domesticados). Pero la problemá-
tica de White está evidentemente fundada en concepciones
falsas. La principal energía mecánica de que se disponía,
tanto en la cultura paleolítica como en la neolítica, era
proporcionada por los seres humanos, obtenida, en ambos
casos, a partir de recursos vegetales y animales; es así que,
salvo excepciones que ni vale la pena considerar (el empleo
ocasional directo del potencial no humano), la cantidad de
energía aprovechada per capita y por año es igual en las
economías paleolítica y neolítica, y se mantiene bastante
constante en la historia humana hasta el advenimiento de
la revolución industrial6.
6 El error evidente de las leyes evolutivas de White es el uso de
las mediciones «per capita». Las sociedades neolíticas, en su mayoría,
aprovechan una cantidad total de energía mayor que las comunidades
preagricultoras, debido al mayor número de seres humanos mantenidos
por la domesticación que proporcionan su energía. Este aumento ge-
neral del producto social, sin embargo, no es necesariamente el resul-
tado de un aumento de la productividad del trabajo (que, según White,
también acompañó a la revolución neolítica). Los datos etnológicos
que ahora poseemos (véase lo que continúa en el texto) hacen surgir
la posibilidad de que los simples regímenes de la agricultura no sean
más eficaces desde el punto de vista termodinámico que la caza y la
recolección; en otras palabras, me refiero a la energía producida por
unidad de trabajo humano. Siguiendo los mismos lineamientos, una
parte de la arqueología de los últimos años ha preferido valorar más
la estabilidad de la vivienda que la productividad del trabajo para
explicar el progreso neolítico (cf. Braidwood y Wiley, 1962).
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Otra fuente específicamente antropológica de descon-
tento respecto del paleolítico proviene del campo mismo,
del contexto de la observación europea de los cazadores y
recolectores que aún existen, tales como los nativos de
Australia, los Bosquímanos, los Ona y los Yahgan. Este
contexto etnográfico tiende a distorsionar de dos maneras
nuestra comprensión de la economía de caza y recolección.
En primer lugar ofrece oportunidades singulares a la
ingenuidad. El ambiente remoto y exótico que ha llegado
a ser el teatro cultural de los modernos cazadores produce
en los europeos un efecto altamente desfavorable para que
puedan evaluar la condición de aquéllos. Estando como
están el desierto australiano o el de Kalahari marginados
en lo que respecta a la agricultura y a todo lo que cons-
tituye la experiencia cotidiana de un europeo, el observador
poco informado no puede dejar de asombrarse y preguntarse
«cómo puede alguien vivir en un lugar como ése». La con-
clusión de que los nativos sólo se las ingenian para suplir
las deficiencias de una vida de carencias puede verse re-
forzada por sus dietas de una variedad asombrosa (cf. Hers-
kovits, 1958, anteriormente citado). Por lo general, incluyen
elementos considerados repulsivos e incomibles por los
europeos: la cocina local se presta a la suposición de que
la gente se muere de hambre. Por supuesto, resulta más
fácil encontrar conclusiones de este tipo en los informes
más tempranos, y mucho más en los diarios de exploradores
y misioneros que en las monografías de los antropólogos;
pero precisamente por ser más antiguos y estar más cerca
de la condición aborigen nos merecen un cierto respeto.
No cabe duda de que ese respeto debe ser otorgado
con discreción. Mayor atención merece un hombre como
sir George Grey (1841), cuyas expediciones de la década
de 1830 abarcaron algunos de los distritos más pobres de
Australia occidental y cuya minuciosa observación de los
habitantes locales lo llevó a desmentir las informaciones
de sus colegas sobre este tema de la desesperación econó-
mica. Grey escribió que se trata de un error muy común el
creer que los australianos nativos «tienen escasos medios de
subsistencia o que se encuentran en ocasiones muy urgidos
por la necesidad de alimento». Muchos y «casi ridículos»
son los errores en que han incurrido los viajeros a este
respecto: «Lamentan en sus diarios que los infortunados
aborígenes se vean reducidos por el hambre a la miserable
necesidad de alimentarse de ciertos tipos de alimentos que
han encontrado cerca de sus chozas, siendo que en muchos
casos esos artículos citados por ellos son los que los nativos
aprecian más y en realidad no son deficientes ni en sabor
ni en cualidades nutritivas.» Para poner en evidencia «la
19











ignorancia que ha prevalecido con respecto a los hábitos
y costumbres de este pueblo que se encuentra en estado
salvaje», Grey menciona un ejemplo notable, una cita de
otro explorador, el capitán Sturt, quien, al encontrarse con
un grupo de aborígenes ocupados en recolectar grandes
cantidades de resina de mimosa, llegó a la conclusión de que
esas «infortunadas criaturas se veían reducidas al extremo
de recolectar ese mucílago por carecer de otro tipo de ali-
mento». Sir George observa, sin embargo, que esa resina
es uno de los artículos alimenticios preferidos en esa zona,
y que cuando llega la época de su recolección brinda la
oportunidad para que grandes grupos se reúnan y acampen
juntos, cosa que no pueden hacer en otras oportunidades.
Para finalizar dice:
En términos generales los nativos viven bien; en algunas
regiones puede haber insuficiencia de alimentos durante esta-
ciones especiales, pero si eso sucede, esas zonas quedan desier-
tas durante ese tiempo. Sin embargo, resulta imposible de
todo punto para un viajero o aun para un nativo forastero
juzgar si una región proporciona o no alimentos en abundan-
cia... Pero en su propia región un nativo se encuentra en
situación totalmente distinta: sabe con exactitud lo que pro-
duce, conoce la época de recolección de los distintos artículos
y el modo más eficaz para proporcionárselos. De acuerdo con
estas circunstancias regula sus visitas a las diferentes regiones
de su terreno de caza; y sólo puedo decir que siempre he
encontrado la mayor abundancia en sus chozas (Grey, 1841,
volumen 2, págs. 259-262, la cursiva fue colocada por mí;
confróntese Eyre, 1845, vol. 2, pág. 244f)7.
Al hacer esta feliz evaluación, sir George tiene especial
cuidado en excluir al lupenproletariado aborigen que vive
dentro y en las cercanías de las ciudades europeas (cf. Eyre,
1845, vol. 2, págs. 250, 254-55). La excepción es alec-
cionadora. Denuncia una segunda fuente de errores etno-
gráficos; la antropología de los cazadores es en su mayor
parte un estudio anacrónico de ex salvajes, una indagación
en el cadáver de una sociedad, según lo dijo Grey en una
oportunidad, dirigida por miembros de otra.
Los recolectores de alimentos que sobreviven son, en
cuanto clase, personas desplazadas. Representan el paleolí-
tico privado de todos los derechos civiles y ocupan hábitats
marginales con características que no corresponden a las
modalidades de la producción: santuarios de una era, luga-
res tan alejados de la esfera de influencia de los principales
centros del progreso cultural como para que se les permita
7 Para un comentario similar referido a una interpretación equivo-
cada por parte de un misionero de las curas por ingestión de sangre
en Australia oriental, véase Hocgkinson, 1845, pág. 227.
20










un cierto respiro en la marcha planetaria de la evolución
cultural, porque la pobreza ha sido su característica, más
allá del interés y de la competencia de las economías más
avanzadas. Excepción hecha de los recolectores de alimen-
tos favorablemente situados, como es el caso de los indios
de la costa noroeste de los Estados Unidos, acerca de cuyo
bienestar (comparativamente) no se suscitan dudas, los
demás cazadores, expulsados de las mejores tierras, primero
por la agricultura y más tarde por las economías industriales,
disfrutan de las ventajas ecológicas un poco menos todavía
que los del paleolítico inferior, hablando en términos me-
dios 8. Por otra parte, la desorganización que se produjo
durante los dos últimos siglos de imperialismo europeo ha
sido especialmente grave, hasta el punto de que muchos
de los datos etnográficos que constituyen el fondo común
del que echan mano los antropólogos son bienes de cultura
adulterados. Incluso los relatos de exploradores y misione-
ros, además de sus tergiversaciones etnocéntricas, pueden
reflejar la existencia de economías castigadas (cf. Service,
1962). Los cazadores del Este del Canadá, acerca de los
cuales encontramos información en las Jesuit Relations,
fueron obligados a dedicarse al comercio de las pieles a
comienzos del siglo xvII. El medio natural de otros fue
alterado selectivamente por los europeos antes de que
pudiera hacerse un informe confiable de la producción indí-
gena: los Esquimales que nosotros conocemos ya no cazan
ballenas, los Bosquimanos han sido privados de la caza, los
bosques de pinos de los Shoshoni han sido talados y sus
campos de caza invadidos por el ganado9. Si estos pueblos
se describen ahora en una situación de pobreza agobiante,
con recursos «escasos e inseguros», ¿debe ello considerarse
un indicador de su condición aborigen o de la compulsión
colonial?
Las enormes implicaciones (y problemas) que se susci-
tan para la interpretación evolutiva a causa de esta retirada
global sólo recientemente han empezado a despertar interés
(Lee y Devore, 1968). Lo que ahora tiene importancia es
8 Tal como señala Cari Sauer, no deben juzgarse las condiciones
de los primitivos pueblos cazadores «basándose en los que han sobre-
vivido hasta nuestros días y que están ahora restringidos a las regiones
menos propicias de la tierra, tales como el interior de Australia, la
Gran Cuenca Americana o la tundra y la taiga árticas. Las zonas que
ellos ocupaban producían alimentación abundante» (citado en Clark y
Haswell, 1964, pág. 23).
9 Detrás de las rejas de la aculturación uno puede imaginarse
vagamente lo que deben haber sido la caza y la recolección en un
apropiado medio por el relato que Alexander Henry hace de su mag-
nífica permanencia como un Chippewa en el norte de Michigan: véase
Qimby, 1962.
21









esto: la situación actual de los cazadores plantea, más que
un examen justo de su capacidad productiva, una especie
de prueba suprema. Los siguientes informes de su desempe-
ño son, entonces, de características extraordinarias.
«UNA ESPECIE DE ABUNDANCIA MATERIAL»
Teniendo en cuenta la pobreza en la que viven, en
teoría, los cazadores y recolectores, resulta sorprendente
que los Bosquimanos que habitan en el Kalahari disfruten
de «una especie de abundancia material», al menos en el
dominio de las cosas de uso diario, aparte de la comida y
del agua:
A medida que los 'Kung vayan aumentando los contactos
con los europeos —y esto ha ocurrido ya— echarán de menos
vivamente nuestras cosas y necesitarán y desearán más. El hecho
de no tener ropas puestas cuando están entre extranjeros ves-
tidos los hace sentirse inferiores. Pero en su propia vida y
con los artefactos que les son propios estaban relativamente
libres de las urgencias materiales. Salvo en lo que se refiere a
la comida y al agua (¡excepciones importantes!) de los cuales
los 'Kung Nyae Nyae disponen en cantidad suficiente —pero
no en exceso, a juzgar por el hecho de que todos ellos son
delgados, aunque no escuálidos— todos ellos tenían lo que
necesitaban o podían hacerlo, pues todos los hombres pueden
hacer, y hacen, las cosas que son propias del hombre y todas
las mujeres las cosas que son propias de la mujer... Vivían en
una especie de abundancia material a causa de que adaptaban
sus utensilios para la transformación de los materiales que,
en gran abundancia, los rodeaban y que se encontraban a
disposición del que libremente quisiera tomarlos (árboles,
cañas, huesos para fabricar armas, fibras para tejer cuerdas,
altos pastizales para refugiarse), o para la transformación de los
materiales que alcanzaban para cubrir las necesidades de la
población... Los 'Kung podían siempre utilizar más huevos de
avestruz vacíos, ensartados en collares, o comerciar con ellos,
pero, de hecho, cuando se habían encontrado suficientes como
para que cada mujer tuviese una docena o más de ellos para
almacenar agua —en realidad, todos los que pudiese trans-
portar— y un buen número de colgantes para adornarse, se
conformaban. En su vida nómada de caza y recolección, viajan-
do de una fuente de alimentos a otra, en las diferentes esta-
ciones, siempre adelantando o retrocediendo entre el agua y la
comida, llevan consigo a sus pequeños hijos y también sus perte-
nencias. Disponiendo en abundancia de la mayor parte de los
materiales que tienen a su alcance para reemplazar sus enseres
en el momento necesario, los 'Kung no han desarrollado medios
para procurarse un almacenaje permanente y no han sentido la
necesidad ni el deseo de cargarse con excedentes o útiles que
pasear por duplicado. Ni siquiera les interesa llevar un objeto
de cada clase. Piden prestado lo que no poseen. Contando con
22


esta facilidad no acaparan, y la acumulación de objetos no se
asocia así con el estatus (Marshall, 1961, págs. 243-244, la cur-
siva me pertenece).
Tal como lo ha hecho la señora Marshall, el análisis de
la producción de caza y recolección se divide por razones
prácticas en dos esferas. La comida y el agua son, por cierto,
«excepciones importantes», y es mejor reservarlas para un
tratamiento especial y detenido. En cuanto al resto, el sector
de productos no esenciales para la subsistencia, lo dicho aquí
sobre los Bosquimanos puede aplicarse en general y en
detalle a los cazadores desde el Kalahari hasta el Labrador,
o hasta Tierra del Fuego, de donde informa Gusinde que
la poca inclinación mostrada por los Yahgan a poseer más
de una pieza de cada uno de los utensilios de uso más fre-
cuente es «un indicador de confianza en sí mismos». «Nues-
tros fueguinos —escribe— consiguen y fabrican sus imple-
mentos con muy poco esfuerzo» (1961, pág. 213)l0 .
En la esfera de los productos no esenciales para la sub-
sistencia, las necesidades de las gentes se satisfacen con
facilidad. Esa «abundancia material» depende en parte de
las facilidades de producción, y ésta de la simplicidad de
la tecnología y la democracia de la propiedad. Los produc-
tos son de fabricación casera: hechos de piedra, hueso, ma-
dera, piel, todos materiales que «se encuentran en abundan-
cia a su alrededor». Por regla general, ni la extracción del
material bruto ni su elaboración implican un esfuerzo ex-
tenuante. El acceso a los recursos naturales es directo por
naturaleza —«todos son libres de tomarlos»—, así como la
posesión de las herramientas necesarias es general y el co-
nocimiento de las técnicas requeridas común. La división
del trabajo es igualmente simple, predomina la división por
sexo. Agregad a esto las costumbres liberales de compartirlo
todo, por las cuales los cazadores tienen una merecida fama,
y tendréis que toda la gente puede participar en general de
la prosperidad existente, tal como sucede en realidad.
Pero, por supuesto, «tal como es», esta «prosperidad»
depende también de un nivel de vida objetivamente bajo.
Es importante tener en cuenta que la cuota acostumbrada
de productos consumibles (así como el número de consumi-
dores) se establece culturalmente en un nivel modesto. Al-
gunas personas se complacen en considerar que unos pocos
10 Algo similar señala Turnbull respecto de los pigmeos del Con-
go: «Los materiales para la construcción de sus refugios, su ropa
y todos los demás objetos que conforman la cultura material, los
tienen a su alcance cuando les hacen falta.» Tampoco muestra reserva
alguna en lo que se refiere a la subsistencia: «Durante todo el año,
sin excepciones, cuentan con caza y alimentos vegetales en gran abun-
dancia» (1965, pág. 18).
23









objetos de manufactura muy simple son una buena fortuna:
escasas vestiduras y viviendas bastante efímeras en la ma-
yoría de los climas11; unos cuantos adornos, sin contar el
pedernal y otros elementos, tales como «los trozos de cuar-
zo que algunos médicos nativos han extraído a sus pacien-
tes» (Grey, 1841, vol. 2, pág. 266); y, por último, las
bolsas de piel en las cuales la fiel esposa lleva todas esas
cosas, «la fortuna del salvaje australiano» (pág. 266).
Para la mayoría de los cazadores esa opulencia sin abun-
dancia en la esfera de los productos no esenciales para la
subsistencia es algo que queda fuera de toda discusión.
Mucho más interesante es preguntarse por qué están tan
contentos con pertenencias tan escasas: para ellos se trata
de una política, de una «cuestión de principios», como dice
Gusinde (1961, pág. 2), y no de una desgracia.
No desear es no carecer. Pero, ¿no será que los caza-
dores requieren tan escasos bienes materiales porque estan-
do esclavizados por la consecución de alimentos, «lo cual
exige un máximo de energía del mayor número de perso-
nas», no les quedan ni tiempo ni fuerzas para proporcio-
narse otros bienes? Algunos etnógrafos aseguran lo contra-
rio, es decir, que la consecución de alimentos es tan satis-
factoria que la gente parece no saber qué hacer con la mitad
de su tiempo. Por otra parte, el movimiento es una de las
condiciones de ese éxito, en algunos casos más movimiento
que en otros, pero siempre con rapidez suficiente como
para despreciar las satisfacciones que surgen de las perte-
nencias. Del cazador se suele decir con propiedad que su
fortuna es una carga. Dadas sus condiciones de vida, los
bienes pueden volverse «una carga agobiante», como lo
señala Gusinde, tanto más cuanto más se los transporte de
un lado para otro. Algunos recolectores de alimentos tienen
canoas, y algunos, trineos tirados por perros, pero la mayor
parte deben transportar por sí mismos todas sus pertenen-
cias; es por eso que sólo poseen lo que ellos mismos pue-
den transportar con comodidad. Incluso tal vez sólo lo que
las mujeres pueden llevar; con frecuencia los hombres
quedan libres para poder reaccionar ante una oportunidad
de cazar o ante una súbita necesidad de defensa. Tal como
escribió Owen Lattimore refiriéndose a un contexto no muy
distinto, «el nómada auténtico es el nómada pobre». La
movilidad y la propiedad son incompatibles.
Que la fortuna pronto se convierte más en una molestia
que en algo apreciable, es evidente incluso para un extraño.
11 Ciertos recolectores de alimentos que no han pasado a la histo-
ria por sus creaciones arquitectónicas parecen haber construido vivien-
das más sólidas antes de que los europeos los pusieran en fuga.
Véase Smythe, vol. 1, págs. 125-128.
24










Laurens van der Post reparó en la contradicción mientras se
preparaba para despedirse de sus amigos los Bosquimanos
salvajes:
Este asunto de los regalos nos costó a muchos de nosotros
un momento de ansiedad. Nos sentíamos humillados por la
comprobación de lo poco que podíamos darles a los Bosqui-
manos. Según todas las apariencias, era probable que casi todos
nuestros presentes les hicieran la vida más difícil, aumentando
el desorden y la carga de su vida cotidiana. Ellos mismos
no tenían prácticamente pertenencias: una correa a la espalda,
una manta de piel y una bolsa de cuero. No había nada que
no pudieran reunir en un minuto, envolverlo en sus mantas y
llevarlo sobre los hombros durante toda una jornada en la
que recorrieran cientos de millas. No tenían sentido de la
posesión (1958, pág. 276).
Una necesidad tan obvia para el visitante casual debe
ser secundaria para las gentes de que se trata. La modestia
de los requerimientos materiales queda institucionalizada:
se convierte en un hecho cultural positivo que se expresa
en una variedad de disposiciones económicas. Lloy Warner
informa con respecto a los Murngin, por ejemplo, que el
ser transportable es un valor decisivo dentro del esquema
local de las cosas. Las cosas pequeñas son, en general, me-
jores que las grandes. En última instancia prevalecerá «la
relativa facilidad de transporte del artículo» sobre su rela-
tiva escasez o la dificultad de su fabricación, siempre que
sea necesario establecer un orden. Porque el «más alto va-
lor —escribe Warner— es la libertad de movimiento».
Y a este «deseo de estar libres de cargas y responsabilidades
de objetos que interferirían con la existencia itinerante del
grupo» atribuye Warner el «subdesarrollado sentido de la
propiedad» de los Murngin y su «falta de interés por des-
arrollar su equipo tecnológico» (1964, págs. 136-137).
Aquí tenemos, entonces, otra «peculiaridad» económi-
ca; no digo yo que sea general, y quizá sea explicable tanto
por su escasa preocupación por su atavío como por un ejer-
citado desinterés por la acumulación material: algunos ca-
zadores, por lo menos, muestran una notable tendencia
al descuido en lo que se refiere a sus pertenencias.
Hacen gala de un aplomo que parecería propio de un
pueblo que ha dominado los problemas de la producción
que tanto trastornan a los europeos:
No saben cuidar de sus pertenencias. Nadie se preocupa por
ponerlas en orden, envolverlas, secarlas o limpiarlas, colgarlas o
apilarlas prolijamente. Cuando llega el momento de Buscar algo
en especial lo revuelven todo sin poner el menor cuidado,
desordenando todas las pequeneces contenidas en las canas-
tillas. Los objetos más grandes apilados dentro de la choza
son arrastrados de un lado para otro sin preocupación por el
25

daño que puedan sufrir. El observador europeo tiene la impre-
sión de que estos indios (Yahgan) no dan el menor valor a sus
utensilios y que han olvidado por completo el esfuerzo que les
demandó su fabricación 12. En realidad, nadie se aferra a sus
escasos bienes y enseres, ya que, si bien se pierden con fre-
cuencia y fácilmente, no resulta nada difícil reemplazarlos... El
indio no ejercita el cuidado ni siquiera cuando podría hacerlo
de un modo conveniente. Un europeo sacudiría la cabeza ante
la ilimitada indiferencia de estas gentes que arrastran por el fan- go objetos recién fabricados, preciosas vestimentas, alimentos
frescos y otros productos valiosos, o dejan que los niños o los
perros los destrocen con prontitud... Los objetos valiosos que
se les entregan son atesorados durante unas pocas horas, mien-
tras dura su curiosidad; después de ese lapso dejan que todo se
deteriore dentro del barro y la humedad. Cuantas menos cosas
posean, con tanta mayor comodidad pueden viajar, y lo que
se estropea lo reemplazan cuando es necesario. Es por eso que
las posesiones materiales los tienen sin cuidado (Gusinde, 1961,
páginas 86-87).
Uno siente la tentación de decir que el cazador es un
«hombre antieconómico». Por lo menos en lo que respecta
a los artículos no esenciales para la subsistencia, es lo
opuesto a la clásica caricatura inmortalizada en la primera
página de cualquier tratado sobre Principios generales de
la Economía. Sus apetencias son escasas y sus medios abun-
dantes (en relación). Como consecuencia, se encuentra «re-
lativamente libre de urgencias materiales», carece de «sen-
tido de posesión», da muestras de «no haber desarrollado
el sentido de propiedad», es «totalmente indiferente a las
presiones materiales de cualquier clase», manifiesta una
«ausencia de interés» por mejorar sus dotes tecnológicas.
En esta relación del cazador con los bienes terrenales
hay un aspecto muy claro e importante. Desde la perspec-
tiva interna de la economía, es erróneo afirmar que las
necesidades están «restringidas», los deseos «reprimidos» e
incluso que la noción de fortuna es «limitada». Dichas
afirmaciones implican de antemano la noción de Hombre
Económico y una lucha del cazador con su propia naturaleza
inferior dominada finalmente por un voto cultural de po-
breza. Esas palabras implican el renunciamiento a una po-
sibilidad de adquisición que en realidad nunca llegó a
desarrollarse, una supresión de deseos en los que nunca
se pensó. El Hombre Económico es una invención burgue-
sa: como lo dijo Marcel Mauss, «que no se sigue de nos-
otros, sino que nos antecede, como el hombre moral». No
se trata de que los cazadores y recolectores hayan domi-
12 Recordar al respecto el comentario de Gusinde: «Nuestros fue-
guinos consiguen y hacen sus implementos con poco esfuerzo» (1961,
página 213).
26










nado sus «impulsos» materialistas, sino simplemente de que
nunca hicieron de ellos una institución. «Además, si el
hecho de liberarse de un gran mal constituye una bendi-
ción, nuestros salvajes (Montaignais) son felices, ya que
los dos tiranos que constituyen el infierno y la tortura de
tantos europeos —me refiero a la ambición y la avaricia—
no reinan en sus inmensos bosques... Ellos se contentan
con el simple hecho de vivir, ninguno de ellos se vende al
Demonio para conseguir fortuna» (Lejeune, 1897, pág. 231).
Nos sentimos inclinados a pensar que los cazadores y
recolectores son pobres porque no tienen nada; tal vez sea
mejor pensar que por ese mismo motivo son libres. «Sus
posesiones materiales limitadas al extremo los liberan de
todo ciudado respecto de sus necesidades cotidianas y les
permiten disfrutar de la vida» (Gusinde, 1961, pág. 1).
LA SUBSISTENCIA
Cuando Herskovits escribía su Antropología Económi-
ca (1958), era común en la práctica antropológica tomar a
los Bosquimanos o a los nativos australianos como «ejemplo
clásico de un pueblo cuyos recursos económicos son de lo
más escasos», en una situación tan precaria que «sólo un
trabajo muy intenso hace posible la supervivencia». En la
actualidad, la interpretación «clásica» puede ser justamente
anulada por abundantes evidencias obtenidas de estos dos
grupos. Un argumento muy convincente puede ser el hecho
de que los cazadores y recolectores trabajen menos que nos-
otros, y que, más que un trabajo continuo, la consecución
de alimentos es intermitente, dejando mucho tiempo para el
ocio, lo cual redunda en una proporción de sueño durante el
día per capita y por año mayor que en cualquier otra con-
dición social.
Parte de la evidencia más importante en lo que a Aus-
tralia se refiere aparece ya en fuentes tempranas, pero po-
demos considerarnos afortunados en especial por poseer los
abundantes datos reunidos por la American-Australian Scien-
tific Expedition de 1948 a Arnhem Land. Publicados
en 1960, estos datos sorprendentes deben llevar a una re-
visión de los informes sobre Australia durante más de un
siglo, e incluso tal vez de un período aún mayor del pensa-
miento antropológico. La investigación clave fue un estudio
temporal de la caza y la recolección llevado a cabo por
McCarthy y McArthur (1960), unido a un análisis de
McArthur sobre el producto alimenticio.
27







Los gráficos 1.1 y 1.2 sintetizan los estudios principales
sobre producción. Se basaron en observaciones breves rea-
lizadas durante períodos no ceremoniales. El informe sobre
Fish Creek (catorce días) es más extenso y detallado que el
de Hemple Bay (siete días). Sólo se ha tenido en cuenta el
trabajo de los adultos, según tengo entendido. Los diagramas
incluyen información sobre caza, recolección de plantas, pre-
paración de comidas y reparación de armas tal como fueron
tabulados por los etnógrafos. Los habitantes de los dos po-
blados eran australianos nativos de condición libre que vi-
vieron fuera de la misión o de cualquier otro establecimiento
durante el período de estudio, aunque ésa no fuera nece-
sariamente su situación permanente o aun ordinaria13.
13 Fish Creek era un poblado tierra adentro en la occidental
Arnhem Land que se componía de seis varones adultos y tres muje-
res también adultas. Hemple Bay era un enclave costero en Groóte
Eylandt; vivían allí cuatro adultos varones, cuatro hembras adultas y
cinco jóvenes y niños. Fish Creek fue investigada al finalizar la
estación seca, cuando el aprovisionamiento de alimentos vegetales era
bajo; la caza del canguro era provechosa, si bien los animales se
volvían cada vez más cautelosos ante el insistente acecho. En Hemple
Bay abundaban los alimentos vegetales; la pesca era variable, pero en
conjunto resultaba buena en comparación con la de otras aldeas cos-
teras que visitó la expedición. Los recursos básicos de Hemple Bay
28

29









Debemos tener serias reservas respecto de sacar conclu-
siones generales o históricas de los datos provenientes de
Arnhem Land si los tomamos en forma aislada. No sólo
porque el contexto distaba mucho de ser puro y porque el
período de estudio fue demasiado breve, sino también por-
que ciertos elementos de la situación moderna pueden haber
elevado la productividad por encima de los niveles aborí-
genes: por ejemplo, las herramientas de metal o la reducción
de las presiones locales en lo referente a la consecución de
alimentos efectuada por la despoblación. Existen todavía
otras dos circunstancias actuales que, por el contrario, re-
ducirían la eficiencia económica, que en vez de neutralizar
nuestras dudas no hacen más que redoblarlas. Por ejemplo,
es probable que estos cazadores semi-independientes no sean
tan hábiles como sus ancestros. Por el momento, considere-
mos las conclusiones a que se arribó sobre Arnhem Land
como experimentales, potencialmente dignas de crédito en
la medida en que estén abonadas por otros relatos etnográ-
ficos o históricos.
La conclusión más obvia e inmediata es que la pobla-
ción no trabaja mucho. El promedio de tiempo que cada
persona dedica diariamente a la recolección y preparación
de alimentos es de cuatro o cinco horas. Además, no traba-
jan de manera continuada. La búsqueda de medios de sus-
tento era muy intermitente. Se detenía en el momento en
que la gente había reunido lo suficiente para subvenir las
necesidades del momento, circunstancia que les permitía
disponer de una gran cantidad de tiempo libre. Está claro
que en la subsistencia al igual que en otros sectores de la
producción tenemos que vérnoslas con una economía de
objetivos específicos y limitados. La caza y la recolección
son actividades propensas a que estos objetivos se cumplan
de manera irregular, de tal modo que las pautas de trabajo
se hacen consecuentemente erráticas.
Más adelante, afloró una tercera característica de los
cazadores y recolecores que no podía imaginarse partiendo
de los conocimientos recibidos: mas bien que esforzarse
hasta los límites que permite la labor disponible o los re-
eran superiores a los de Fish Creek. La mayor cantidad de tiempo
dedicada a la recolección de comida en Hemple Bay podía deberse
entonces a los requerimientos de la manutención de cinco niños. Por
otra parte, el grupo de Fish Creek sostenía a un especialista virtual-
mente en régimen de jornada completa de trabajo y parte de la
diferencia en horas trabajadas puede representar una variación nor-
mal del interior a la costa. En la caza de tierra adentro, los produc-
tos apreciados se presentan en elevado número, por eso un día de
trabajo puede producir sustento para dos días. Un régimen pescador-
recolector quizá arroja resultados inferiores, aunque estables, recom-
pensando esfuerzos un poco mayores y más constantes.
30

cursos a mano, estos australianos utilizan, al parecer, sus
posibilidades objetivas, desde el punto de vista económico,
en un grado inferior a como podrían hacerlo.
La cantidad de alimento recolectada en un día por cualquiera
de estos grupos podría, en todo momento, haber sido superior.
Aunque la búsqueda de alimentos era, para las mujeres, una
tarea que tenían que realizar día tras día sin excepción (ver
si no nuestras figuras 1.1 y 1.2), con mucha frecuencia hacían
un alto para descansar y no ocupaban todas las horas diurnas
en recolectar y preparar alimentos. La recolección de alimentos
que realizaban los hombres tenía un carácter más esporádico,
y si un día lograban reunir una buena cantidad, por lo regular
descansaban al siguiente... Quizá inconscientemente contras-
taran el beneficio de disponer de mayores reservas de comida
con el esfuerzo que implicaba el recolectarla, quizá tengan su
propia medida de lo que es suficiente y cuando la recolección
ha llegado a ese punto se detienen (McArthur, 1960, pág. 92).
De aquí se desprende, en cuarto lugar, que la economía
no era una exigencia física. Las anotaciones del diario de
los investigadores dan cuenta de que la gente determinaba
su propio ritmo; sólo en una ocasión se describe a un caza-
dor como «totalmente exhausto» (McCarthy y McArthur,
1960, págs. 150 y sigs.). Ni los mismos pobladores de Arn-
hem consideran una carga la tarea de la subsistencia. «Por
cierto, no la toman como un trabajo desagradable que haya
que completar cuanto antes sea posible, ni tampoco como
un mal necesario que deba posponerse tanto como se pueda»
(McArthur, 1960, pág. 92)14. A propósito de éste, y también
en relación con el uso por debajo de sus posibilidades que
hacen de los recursos económicos, es notable que los caza-
dores de Arnhem Land parecen haber estado descontentos
con su «desnuda existencia». Al igual que otros australianos
(confróntese Worsley, 1961, pág. 173), se convierten en
personas insatisfechas por una dieta invariable; una parte
de su tiempo parece haberse gastado en el aprovisionamiento
de artículos alimenticios variados más que en el mero abas-
tecimiento (McCarthy y McArthur, 1960, pág. 192).
De cualquier modo, la ingesta dietética de los cazadores
de Arnhem Land era la adecuada según los patrones del
National Research Council of America. El promedio de
consumo diario per cápita en Hemple Bay era de 2.160 calo-
rías (período de observación de sólo cuatro días) y en Fish
Creek, de 2.130 calorías (once días). La tabla 1.1 muestra
el promedio de consumo diario de distintos alimentos, calcu-
14 Por lo menos algunos australianos, los Yir-Yiront, por ejemplo,
no diferencian lingüísticamente trabajo y juego (Sharp, 1958, pág. 6).
31









lada por McArthur según los porcentajes de raciones dieté-
ticas aconsejadas por el National Research Council of Ame-
rica.
TABLA 1.1. Promedio de consumo diario como porcentaje
de raciones recomendadas (de McArthur, 1960)

Calorías Proteínas Hierro Calcio Acido
ascórbico
Fish Creek ...
Hemple Bay... 104
116 544
444 33
80 355
128 47
394
Para finalizar: ¿qué es lo que dice el estudio de Arnhem
Land sobre la famosa cuestión del ocio? Según parece,
la caza y la recolección pueden proporcionar un alivio extra-
ordinario a las preocupaciones económicas. El grupo de Fish
Creek mantenía a un artesano ocupado toda la jornada; un
hombre de unos 35 ó 40 años cuya verdadera especialidad
parecía, sin embargo, ser la holgazanería:
No salía nunca de caza con los hombres, pero un día se
dedicaba con ardor a pescar con la red. En ocasiones, se dirigía
al monte en busca de nidos de abejas salvajes. Wilira era un
experto artesano que reparaba las lanzas y los arpones, hacía
pipas y flautas y tenía una gran habilidad para poner mangos
a un hacha de piedra cuando alguien se lo pedía; aparte de
estas ocupaciones pasaba la mayor parte de su tiempo hablando,
comiendo y durmiendo (McCarthy y McArthur, 1960, pág. 148).
La situación de Wilira no era del todo excepcional.
Gran parte del tiempo de los cazadores de Arnhem Land
era tiempo libre, empleado en descansar y dormir (véanse
las tablas 1.2 y 1.3). La otra ocupación más importante que
alternaba con el trabajo de una manera complementaria era
el sueño.
Aparte del tiempo (principalmente entre actividades bien
definidas y durante las horas de cocinar) dedicado al inter-
cambio social en general, a conversar, chismorrear y otras acti-
vidades semejantes, algunas horas del día se dedicaban a descan-
sar y dormir. Por lo general, si los hombres estaban en el
campamento, dormían después del almuerzo entre una hora o
una hora y media e incluso más en algunas ocasiones. También
al volver de la caza o la pesca acostumbraban echar una peque-
ña siesta, o bien inmediatamente después de llegar, o bien
mientras se cocinaba lo que habían cazado. En Hemple Bay los
hombres dormían si regresaban al campamento antes de las
cuatro de la tarde, pero no después de esa hora. Cuando se
quedaban en el campamento todo el tlía dormían a las horas
más extrañas y siempre después del almuerzo. Las mujeres,
32









cuando salían al bosque para la recolección, parecían descansar
con más frecuencia que los hombres. Si se quedaban en el
campamento todo el día también dormían a horas insólitas, a
veces durante bastante tiempo (McCarthy y McArthur, 1960,
página 193).
TABLA 1.2. Horas diarias dedicadas al sueño y al descanso,
grupo de Fish Creek (datos de McCarthy y McArthur, 1960)

Día ♂ Promedio ♀ Promedio
1 2'15" 2'45"
2 1'30" l'0"
3 La mayor parte del día
4 Intermitente
5 Intermitente y la mayor parte
de las últimas horas de la
tarde
6 La mayor parte del día
7 Varias horas
8 2'0" 2'0"
9 50" 50"
10 Tarde
11 Tarde
12 Intermitente, tarde
13 — —
14 3'15" 3'15"
TABLA 1.3. Horas diarias dedicadas al sueño y al descanso,
grupo de Hemple Bay (datos de McCarthy
y McArthur, 1960)

Día ♂ Promedio ♀ Promedio
1 ___ 45"
2 La mayor parte del día 2'45"
3 l'0" —
4 Intermitente Intermitente
5 — 1'30"
6 Intermitente Intermitente
7 Intermitente Intermitente
El hecho de que los habitantes de Arnhem Land no
«produzcan cultura no se debe estrictamente a falta de tiem-
po, sino a que las manos permanecen ociosas.
Esto en lo que se refiere a la condición de los cazadores
y recolectores de Arnhem Land. En cuanto a los Bosqui-
manos, comparados en el aspecto económico con los caza-
33










dores australianos por Herskovits, dos excelentes informes
recientes de Richard Lee demuestran que su condición es la
misma en realidad (Lee, 1968; 1969). La investigación
realizada por Lee merece una atención especial no sólo por
referirse a los Bosquimanos, sino porque específicamente
habla de la rama Dobe de los Bosquimanos 'Kung, vecinos
de los Nyae Nyae acerca de cuya subsistencia —en un
contexto de «abundancia material»— la señora Marshall
expresó importantes reservas. Los Dobe ocupan una zona
de Botswana donde los Bosquimanos 'Kung han vivido por
lo menos durante cien años, pero hace poco tiempo han
empezado a sufrir presiones de desalojo. (Los Dobe, sin
embargo, han dispuesto de metales desde 1880-1890). Se
realizó un estudio intensivo de la producción de alimentos
en un campamento de estación seca con una población
(41 personas) que representaba el promedio de tales esta-
blecimientos. Las observaciones abarcaron cuatro semanas
durante julio y agosto de 1964, un período de transición
de una estación del año más favorable a otra menos favo-
rable y, por tanto, bastante representativo, al parecer, de las
dificultades de subsistencia más comunes.
A pesar de la baja precipitación pluvial (de 98 a 160 cmJ),
Lee descubrió en la zona de los Dobe una «sorprendente
abundancia de vegetación». Los alimentos eran «a la vez
variados y abundantes», en particular, el fruto del mango,
tan rico en cualidades alimenticias, «tan abundante que
millones de estos frutos se pudrían sobre el suelo cada año
por falta de recolección» (todas las referencias al respecto
están en Lee, 1969, pág. 59) '5. Sus informaciones respecto
al tiempo empleado en la recolección de los alimentos son
extraordinariamente similares a las observaciones hechas
en Arnhem Land. La tabla 1.4 sintetiza los datos reunidos
por Lee.
Las cifras correspondientes a los Bosquimanos demues-
tran que la labor de caza y recolección realizada por un
hombre bastará para sostenter a cuatro o cinco personas. Si
nos basamos en el valor aparente, la recolección de alimentos
realizada por los Bosquimanos es más eficiente que la pro-
ducción de las granjas francesas en el período anterior a la
Segunda Guerra Mundial, cuando más del 20 por 100 de la
población se encargaba de alimentar al resto. Debemos reco-
nocer que la comparación es equívoca, pero es aún más
sorprendente. En el total de la población de Bosquimanos
15 Esta apreciación de los recursos locales es de la mayor impor-
tancia en su totalidad si se considera que el trabajo etnográfico de Lee
se llevó a cabo en el segundo y tercer años de «una de las sequías
más prolongadas de la historia de África del Sur» (1968, pág. 39;
1969, pág. 73 n.).
34






















de condición libre, con quienes Lee tomó contacto, sólo
un 61,3 por 100 (152 de 248) producían realmente alimen-
tos; los restantes eran, o demasiado jóvenes, o demasiado
viejos, como para que su contribución pudiera considerarse
importante. En el campamento particular que se investigó,
el 65 por 100 eran «efectivos». Por consiguiente, la propor-
ción de productores de alimentos respecto del total de la
población es, en realidad, de 3 a 5 o de 2 a 3. Pero este 65
por 100 de las personas «trabajaba sólo durante un 36 por
ciento de su tiempo, y el 35 por 100 restante no trabajaba en
absoluto» (Lee, 1969, pág. 67).
Esto representa, para cada trabajador adulto, alrededor
de dos días y medio de trabajo por semana. («En otras pala-
bras, cada individuo productivo se mantenía a sí mismo y
a los que de él o ella dependían y todavía tenía de tres
días y medio a cinco días y medio libres para otras activi-
dades.») Un «día de trabajo» tenía alrededor de seis horas;
de aquí que una semana de trabajo de los Dobe represente
alrededor de 15 horas, o un promedio de dos horas y nueve
minutos por día. Incluso más baja que lo que es norma en
Arnhem Land, esta cifra excluye, sin embargo, las tareas
de la cocina y la preparación de los implementos de trabajo.
Teniendo en cuenta todo esto, las tareas de subsistencia de
los Bosquimanos guardan una estrecha similitud con las de
los nativos australianos.
También al igual que los australianos, los Bosquima-
nos dedican -al ocio o a actividades recreativas el tiempo
que no ocupan en tareas de subsistencia. Nuevamente se
detecta aquel ritmo característico del paleolítico de un día
o dos en actividad y un día o dos inactivo, estos últimos
pasados de manera intermitente en la aldea. Si bien la reco-
lección de alimentos es la actividad productiva primaria, Lee
escribe: «la mayoría del tiempo de que disponen estas
gentes (cuatro a cinco días por semana) se emplea en otras
actividades, tales como descansar dentro del poblado o
visitar otras aldeas» (1969, pág. 74):
Una mujer recolecta en un día comida suficiente para alimen-
tar a su familia durante tres días, y el resto de su tiempo lo
pasa en el poblado confeccionando adornos, visitando otros
poblados o atendiendo a las visitas de otras aldeas. Cuando per-
manece en casa, los trabajos rutinarios de la cocina, tales como
cocinar, descascarar frutos, juntar leña para hacer fuego, e ir a
buscar agua, le insumen de una a tres horas de su tiempo. Este
ritmo de trabajo ininterrumpido y descanso también ininterrum-
pido se mantiene a lo largo de todo el año. Los cazadores tien-
den a trabajar más frecuentemente que las mujeres, pero su
plan de trabajo es desigual. No es raro que un hombre cace con
avidez durante una semana y deje luego de cazar durante dos
o tres. Como quiera que la caza es algo impredecible y está
36

sujeta a un control mágico, los cazadores experimentan algunas
veces una temporada de mala suerte y dejan de cazar durante
un mes o más. Durante estos períodos, las visitas, los pasa-
tiempos y-, en especial, la práctica de las danzas, son las acti-
vidades primordiales de los hombres (1968, pág. 37).
El rendimiento diario per capita en orden a la subsis-
tencia de los Bosquimanos Dobe era de 2.140 calorías. Sin
embargo, teniendo en cuenta el peso corporal, las actividades
normales y la composición de la población Dobe, según el
sexo y la edad, Lee estima que cada habitante necesita
sólo 1.975 calorías per capita. El excedente de comida segu-
ramente iba a alimentar a los perros que comían las sobras
de la gente. «Puede sacarse la conclusión de que los Bosqui-
manos no llevan una existencia infradotada al borde de la
inanición como se ha supuesto comúnmente» (1969, pág. 73).
Tomados aisladamente, los informes sobre Arnhem Land
y los Bosquimanos lanzan un desconcertante si no decisivo
ataque sobre las atrincheradas posiciones teoréticas. Arti-
ficial en cuanto a su construcción, el estudio sobre los Bos-
quimanos, en particular, se considera con razón equívoco.
Pero el testimonio de la expedición a Arnhem Land coincide
en muchos aspectos con las observaciones realizadas en otras
partes de Australia, al igual que en otras zonas habitadas
por cazadores y recolectores. La mayoría de los datos pro-
cedentes de Australia se remonta al siglo xix y algunos
fueron proporcionados por agudos observadores que tuvie-
ron buen cuidado de hacer a un lado a los aborígenes que
habían entrado en relación con europeos, porque «su abaste-
cimiento de comida está restringido, y en muchos casos...
se los desaloja de los pozos de agua que son los centros de
sus mejores zonas de caza» (Spencer y Gillen, 1899, pág. 50).
El caso está del todo claro en lo que se refiere a las
zonas ricas en agua del sudoeste de Australia. Los aborígenes
de esas partes se vieron favorecidos con una provisión de
peces tan importante y fácil de obtener que un colono de
la época victoriana de la década de 1840 tuvo que pregun-
tarse «cómo pasaba el tiempo aquel sabio pueblo antes de
que llegara mi expedición y les enseñara a fumar» (Curr,
1965, pág. 109). El fumar, al menos, resolvió el problema
económico —es un decir—: «Una vez adquirido el hábito...
las cosas se deslizaron fluidamente y sus horas de ocio se
dividieron entre darle a la pipa el uso apropiado y pedirme
tabaco.» Con mayor seriedad, el viejo colonizador intentó
hacer una estimación de la cantidad de tiempo que dedicaba
a la caza y a la recolección la gente del entonces distrito
de Port Phillip. Las mujeres se alejaban del poblado en expe-
diciones de recolección alrededor de seis horas por día,
«la mitad de ese tiempo lo pasaban entretenidas afuera, a la
17









sombra, o junto al fuego»; los hombres salían a cazar poco
después de que las mujeres habían abandonado la aldea
y retornaban casi a la misma hora (pág. 118). Curr encontró
la comida obtenida de ese modo de «regular calidad», si
bien «conseguida con facilidad», para lo cual «eran suficien-
tes» las seis horas por día; «no hay duda de que la región
hubiera podido alimentar al doble de los negros que viven
en ella» (pág. 120). Comentarios muy similares escribió otro
veterano, Clement Hodgkinson, refiriéndose a un medio aná-
logo del noreste: New South Wales. Algunos minutos dedi-
cados a la pesca proporcionaban alimento suficiente para
dar de comer a «toda la tribu» (Hodgkinson, 1845, pági-
na 223; cf. Hiatt, 1965, págs. 103-104). «En realidad, a
todo lo largo y ancho de la zona que se extiende sobre la
costa oriental, los negros nunca han sufrido escasez de
alimentos en la medida en que muchos conmiserativos escri-
tores han supuesto» (Hodgkinson, 1845, pág. 227).
Pero las gentes que ocupaban estas regiones más fér-
tiles de Australia, especialmente en el sudeste, no han sido
incorporadas al estereotipo actual de aborigen. Fueron tem-
pranamente aniquilados16. La relación de los europeos con
estos negros fue conflictiva y tuvo como objetivo la posesión
de las riquezas del continente; se sustrajeron muy poco al
proceso de destrucción, o les faltó inclinación para dedicarse
al lujo de la contemplación. De los acontecimientos, la con-
ciencia etnográfica heredaría solamente un magro producto:
en su mayor parte se trataba de grupos interiores, habitan-
tes del desierto, principalmente los Arunta. No es que los
Arunta lo pasen tan mal, por lo general «su vida no tiene
mucho de miserable o de dura» (Spencer y Gillen, 1899,
página 7)17. Pero las tribus centrales no deben considerarse,
en cuanto a cifras o a adaptación ecológica, representativas
de los australianos nativos (cf. Meggit, 1964). El siguiente
cuadro de la economía indígena trazado por John Edward
Eyre, que recorrió la costa sur, penetró en territorio de los
Flinders y pasó una temporada en la zona de los Murray,
16 Como lo fueron los de Tasmania, de los cuales escribió Bon-
wick: «Los aborígenes no carecían nunca de comida; aunque la se-
ñora Somerville se ha arriesgado a decir en su "Physical Geography"
que eran 'realmente miserables en un país en donde los medios de
subsistencia resultaban insuficientes'. El doctor Jeannent, protector
en una época, escribe: 'Deben haber estado provistos con extraordi-
naria abundancia y con poco esfuerzo de su parte'.» (Bonwick, 1870,
página 14.)
17 Esto a modo de contraste con otras tribus más internadas en el
desierto central australiano y específicamente en «circunstancias or-
dinarias», no en los períodos de largas sequías en los que «pasan pri-
vaciones» (Spencer y Guillen, 1899, pág. 7).
38









más rica que la anterior, tiene por lo menos derecho a ser
considerado representativo:
En la mayor parte de Nueva Holanda, donde no se han esta-
blecido los europeos y donde, sin excepciones, es posible pro-
curarse permanentemente agua fresca, el nativo no experimenta
dificultad alguna para conseguir comida en abundancia durante
todo el año. Es verdad que las características de su dieta varían
con el cambio de estaciones y con las condiciones del terreno
que habita; pero es muy raro que alguna época del año o algún
tipo de suelo no le proporcione, tanto alimentos vegetales, como
animales... De estos artículos (fundamentales para la alimen-
tación), muchos no sólo se encuentran en abundancia, sino en
cantidades tan vastas en las estaciones propicias como para
abastecer durante un tiempo considerable de abundantes medios
de subsistencia a muchos cientos de nativos congregados en
un lugar... En muchos puntos de la costa y en los ríos inte-
riores más caudalosos, se obtienen peces muy sabrosos y en
gran abundancia. En el lago Victoria... he visto a seiscientos
nativos acampar juntos, todos ellos vivían en ese momento de
los peces que sacaban del lago y tal vez de las hojas del
mesembryantemo. Mientras estuve entre ellos nunca observé
escasez de ningún tipo en sus poblados... En Moorande, en la
época del año en que el Murray inunda vastas extensiones de
terreno, el agua brota de la tierra y los cangrejos suben a la
superficie... en cantidades tales que he visto a cuatrocientos
nativos alimentarse de ellos durante semanas enteras, mientras
que el número que se perdía o se desechaba hubiera podido
sustentar a cuatrocientos más... También en el Murray se puede
obtener una provisión ilimitada de pescado hacia principios de
diciembre.
... la cantidad de pescado reunida... en unas pocas horas
es increíble... Otro de los alimentos favoritos e igualmente
abundante durante una época determinada del año en la porción
oriental del continente, es una especie de mariposa nocturna
que los nativos buscan en las cavidades y huecos de las mon-
tañas de ciertas zonas... Las puntas, las hojas y los tallos de
una especie de berro, recolectados en la estación del año ade-
cuada... constituyen la fuente de alimentación muy apreciada
e inagotable de una enorme cantidad de nativos... Hay muchos
otros artículos de alimentación entre los nativos igualmente
abundantes y valiosos que los enumerados (Eyre, 1845, vol. 2,
páginas 250-254).
Tanto Eyre, como Sir George Grey, cuya viva percepción
de la economía indígena ya hemos observado («Siempre
he encontrado la mayor abundancia en sus chozas») dejaron
evaluaciones específicas, en horas por día, de los trabajos
que los australianos realizan para su subsistencia. (En el caso
de Grey, el estudio abarcó a los habitantes de zonas bastante
inhóspitas del oeste de Australia.) El testimonio de estos
caballeros y exploradores coincide, en muchos aspectos, con
los promedios de Arnhem Land obtenidos por McCarthy y
39










McArthur. «En todas las estaciones normales —dice Grey
(es decir, cuando los nativos no se ven confinados a sus
chozas a causa del mal tiempo)— pueden obtener en dos o
tres horas una cantidad suficiente de comida para el día,
pero su costumbre es ir indolentemente de un sitio a otro,
recolectando con aire perezoso mientras caminan» (1841,
volumen 2, pág. 263; la cursiva me pertenece). De un modo
semejante, afirma Eyre: «Casi en todas las partes del conti-
nente que he visitado, donde la presencia de los europeos o
su aprovisionamiento no ha limitado o destruido sus medios
originales de subsistencia, he observado que los nativos
podían, por lo general, procurarse en tres o cuatro horas toda
la comida que necesitaban para el día, y eso sin fatigarse o
afanarse» (1845, págs. 254-255; la cursiva me pertenece).
La misma discontinuidad del trabajo observada por
McArthur y McCarthy, la costumbre de alternar la búsqueda
con el sueño, se repite, además, en observaciones tempranas
y recientes reunidas a lo largo de todo el continente (Eyre,
1845, vol. 2, págs. 253-254; Bulmer, en Smyth, 1878, vo-
lumen 1, pág. 142; Mathew, 1910, pág. 84; Spencer y
Gillen, 1899, pág. 32; Hiatt, 1965, págs. 103-104). Base-
dow lo interpretó como una costumbre general de los
aborígenes: «Cuando sus asuntos marchan de una manera
armoniosa, cuando tienen la caza asegurada y agua a su
disposición, aborígenes hacen su vida tan fácil como les
es posible, incluso pueden llegar a parecer haraganes a los
forasteros» (1925, pág. 116)18.
En cuanto al África, los Hadza hace mucho tiempo que
disfrutan de una tranquilidad semejante, siendo el peso de
sus labores de subsistencia no más extenuante en horas por
día que el de los Bosquimanos o los aborígenes australianos
(Woodburn, 1968). Habitantes de una zona de «excepcional
abundancia» en cuanto a animales y a aprovisionamiento
regular de vegetales (viven en los alrededores del lago Eyasi),
los Hadza parecen mucho más preocupados por los juegos
de azar que por los azares de la caza. En especial durante
la larga estación seca pasan la mayor parte de los días en el
juego, tal vez sólo para perder las flechas con punta de metal
que en otras oportunidades necesitan para la caza mayor. De
todos modos, muchos hombres están «bastante mal prepa-
rados para la caza mayor, aunque posean las flechas nece-
sarias». Sólo hay una pequeña minoría, según dice Wood-
18 Basedow disculpa más adelante la holgazanería de la gente
sobre la base de que comen en demasía, para seguir disculpando el
exceso de comida a la luz de las épocas de hambre que sufren los
nativos, situación que explica más adelante como causada por las se-
quías que asolan a Australia y cuyos efectos ha exacerbado todavía
más la explotación del país por los blancos.
40











burn, de cazadores activos de animales grandes, y aunque
las mujeres realizan un trabajo más constante de recolec-
ción de vegetales, lo hacen a un ritmo tranquilo y en períodos
de trabajo no muy prolongados (cf. pág. 51; Woodburn,
1966). A pesar de esta parsimonia y de una cooperación
económica limitada, los Hazda «obtienen, sin embargo, comi-
da suficiente sin esfuerzos excesivos». Woodburn hace la
siguiente «estimación aproximada» de las exigencias del
trabajo de subsistencia: «A lo largo de todo el año, tal vez
se emplee un promedio de dos horas diarias en la conse-
cución de los alimentos» (Woodburn, 1968, pág. 54).
Resulta interesante que los Hadzá, instruidos por la
vida, y no por la antropología, rechacen la revolución neolí-
tica para preservar su ocio. Aunque están rodeados por
agricultores, hasta hace poco se negaron a dedicarse a la
agricultura «alegando, principalmente, que eso implicaría un
duro trabajo»19. En esto se parecen a los Bosquimanos, que
responden a la cuestión neolítica con otra pregunta: «¿Para
qué plantar cuando hay tantos frutos de mongomongo en el
mundo?» (Lee, 1968, pág. 33). Woodburn, además, tuvo
la impresión, aunque todavía no confirmada, de que los
Hadza emplean, en realidad, menor energía, y, tal vez, menos
tiempo, que sus vecinos, los agricultores del África Oriental
(1968, pág. 54)20. El principio de cambiar los continentes,
pero no los contenidos, el caprichoso cometido económico
del cazador de América del Sur, podría ser tomado también
por un observador europeo como una incurable «disposición
natural»:
... Los Yamana no son capaces de mantener un trabajo duro
y constante, hecho que provoca la consternación de los gran-
jeros y patrones europeos para quienes suelen trabajar. Su tra-
bajo depende más bien de arranques, y en esos esfuerzos oca-
sionales pueden desarrollar una energía considerable durante
un cierto tiempo. Después de esto, sin embargo, muestran
deseos de un período de descanso cuya duración no es posible
calcular y que consiste en quedarse tirados por allí sin hacer
nada y sin mostrar grandes signos de fatiga... No cabe duda
19 Esta frase aparece en un trabajo de Woodburn distribuido en el
simposio celebrado en Wenner-Gren sobre «El hombre cazador», aun-
que se la repite sólo elípticamente en la memoria publicada del mis-
mo (1962, pág. 55). Espero no cometer una indiscreción o una inco-
rreción al citarla aquí.
20 «La agricultura es en efecto el primer ejemplo de trabajo servil
en la historia del hombre. De acuerdo con la tradición bíblica, el pri-
mer criminal, Caín, es agricultor» (Lafargue, 1911 (1883), pág. 11 n.).
Es notable también que los agricultores vecinos tanto de los Bos-
quimanos como de los Hadza estén listos para volver a modos
de vida más dependientes de la caza y la recolección cuando viene la
sequía y el hambre amenaza (Woodburn, 1958, pág. 54; Lee, 1968,
páginas 39-40).
41

de que repetidas irregularidades de este tipo desesperan al
patrón europeo, pero el indio no puede evitarlo. Se trata de
una disposición natural (Gusinde, 1961, pág. 27)21.
La actitud del cazador, respecto de la agricultura, nos
lleva, finalmente, a una serie de consideraciones sobre su
relación con la consecución de alimentos. Una vez más nos
internamos en el campo de la economía, campo a veces
subjetivo y siempre difícil de entender; donde, además, los
cazadores parecen deliberadamente inclinados a desbordar
nuestra comprehensión con costumbres tan extrañas que
invitan a interpretaciones extremas de que o bien estas gen-
tes son tontas, o bien no tienen realmente nada de qué
preocuparse. Esta sería una deducción verdaderamente lógica
sobre la parsimonia del cazador, si fuera cierta la premisa
de que su condición económica es realmente apremiante. Por
el contrario, si es fácil procurarse medios de vida, si uno
puede, por lo general, esperar que todo salga bien, entonces
la aparente imprudencia de estas gentes no puede ya consi-
derarse como tal. Dirigiéndose a los singulares adelantos
de la economía de mercado, a su institucionalización de la
escasez, Karl Polanyi dijo que «nuestra dependencia animal
con respecto a la comida ha sido puesta al descubierto y se
ha permitido que nuestro miedo a morirnos de hambre saliera
a la luz. Nuestra humillante esclavización a lo material que
toda cultura humana está destinada a mitigar, ha sido trans-
formada deliberadamente en algo más riguroso» (1947, pági-
na 115). Pero nuestros problemas no son los de los caza-
dores y recolectores. Más bien es una prístina opulencia lo
que caracteriza su organización económica, una confianza en
la abundancia de los recursos naturales y no la desespera-
ción por lo inadecuado de los medios humanos. Mi opinión
es que los mecanismos salvajes, por otra parte curiosos, se
vuelven comprensibles por la confianza de la gente, una
21 Este disgusto común por el trabajo prolongado manifestado por
los actuales pueblos primitivos que trabajan para los europeos, disgusto
que además no se restringe a los ex cazadores, podría haber alertado
a la antropología acerca del hecho de que la economía tradicional había
conocido sólo modestos objetivos, tan fácilmente alcanzables como para
que permitiesen una gran libertad, un considerable «aligeramiento del
mero problema de ganarse la vida».
La economía de los cazadores puede también presentar común-
mente bajos porcentajes a causa de su presunta incapacidad para man-
tener una producción especializada. Cf. Sharp, 1934-35, pág. 37;
Radcliffe-Brown, 1948, pág. 43; Spencer, 1959, págs. 155, 196, 251;
Lothrup, 1928, pág. 71; Steward, 1938, pág. 44. Si no existe especia-
lización, es a todas luces por falta de un «mercado», no por falta de
tiempo.
42










confianza que es el razonable atributo humano de una eco-
nomía por lo general próspera n.
Consideremos el traslado constante de los cazadores de
una a otra zona. Este nomadismo, tomado a menudo por
nosotros como un signo de cierto hostigamiento, es empren-
dido por ellos con no poca despreocupación. Los aborígenes
de Victoria, según los relatos de Smyth, son, por naturaleza,
«viajeros perezosos. No hay ningún motivo que los induzca
a ir de prisa. Ya está avanzada la mañana cuando ellos co-
mienzan el viaje y durante el camino se producen numerosas
detenciones» (1878, vol. 1, pág. 125; la cursiva es mía). El
buen padre Biard en su Relation de 1616, después de una
brillante descripción de los alimentos que podían encontrarse
cuando permaneció en tierra de la tribu Micmac («Nunca
tuvo Salomón su palacio mejor arreglado y provisto de
alimentos») sigue adelante con el mismo tono:
Para disfrutar esto a fondo, su parte, nuestros hombres de
los bosques parten para sus diferentes destinos con tanta satis-
facción como si se dirigieran a dar un paseo o a hacer una
excursión; les resulta fácil gracias a la destreza con que manejan
sus muy apropiadas canoas... se deslizan con tanta rapidez que,
sin esfuerzo alguno, y siempre que haga buen tiempo, pueden
hacer treinta o cuarenta leguas por día; sin embargo, nosotros
raras veces vemos a estos salvajes navegar a esa velocidad,
ya que para ellos los días no son más que un pasatiempo.
Nunca tienen prisa. Muy al contrario de nosotros que nunca
podemos hacer nada sin apuro y sin inquietud... (Biard, 1897,
páginas 84-85).
Sin lugar a dudas, los cazadores abandonan un poblado
porque los recursos alimenticios de la zona se han agotado.
Pero ver en este nomadismo una simple huida del hambre
22 Al mismo tiempo que se dio rienda suelta a la ideología bur-
guesa de la escasez —con el efecto inevitable de la degradación de
una cultura anterior-, se buscó y encontró en la Naturaleza el mo-
delo ideal a seguir si el hombre (o al menos el trabajador) quería
mejorar su infeliz destino: la hormiga, la industriosa hormiga. En esto
la ideología puede haber sido tan errónea como en su concepción de
los cazadores. Lo que sigue apareció en la publicación Ann Arbor
News, enero 27, 1971, bajo el título «Dos científicos afirman que las
hormigas son un poco perezosas». Palm Springs, Calif. (AP): Las
hormigas no son todo lo que se ha dicho de ellas», dijeron los doctores
George y Jeanette Wheeler. Este matrimonio de investigadores ha de-
dicado años al estudio de estos animalitos, héroes de cuentos y fábulas
por su industriosidad. «Donde quiera que vemos un hormiguero te-
nemos la impresión de una enorme cantidad de trabajo, pero no hay
tal cosa, sino que el número de hormigas es elevado y todas se
parecen entre sí», concluyeron los Wheeler.
«Cada hormiga en particular pasa una gran cantidad de tiem-
po haraganeando únicamente. Y, lo que es peor, las hormigas
laboriosas, que son todas hembras, pasan una gran cantidad de
tiempo acicalándose.»
43









significa percibir sólo la mitad de lo que ocurre; se deja a un
lado la posibilidad de que las expectativas de la gente en
cuanto a encontrar pastos más verdes en otra parte no suelen
verse defraudadas. En consecuencia, sus errabundeos, más
que ansiosos, revisten todas las características de una excur-
sión al Támesis para los ingleses.
Representa un problema más serio la frecuente y exas-
perada observación de una cierta «falta de previsión» entre
los cazadores y los recolectores. Orientados siempre al pre-
sente, sin «el más ligero pensamiento o cuidado acerca de
lo que puede depararles el mañana» (Spencer y Gillen, 1899,
página 53), no parecen inclinados a economizar provisiones,
y se muestran incapaces de dar una respuesta planificada
al destino que los espera sin lugar a dudas. En seguida
adoptan una estudiada despreocupación que se expresa en
dos inclinaciones económicas complementarias.
La primera es la prodigalidad: la propensión a comer
de una vez toda la comida con que cuentan en el poblado,
incluso en épocas objetivamente difíciles, «como si», dice
Lejeune de los Montagnais, «las piezas que fueron a cazar
hubieran estado encerradas en un corral». Basedow escribió
acerca de los nativos australianos que su divisa «podría ex-
presarse en palabras diciendo que "mientras haya abundancia
hoy, no hay porqué preocuparse de mañana". De acuerdo con
esto los aborígenes se sienten inclinados a hacer un ban-
quete, con sus vituallas, antes que una modesta comida ahora
y otra más adelante» (1925, pág. 116). Lejeune incluso vio
a sus Montagnais llevar esta extravagancia a extremos desas-
trosos:
Y si los otros habían capturado algo, también hacían una
fiesta al mismo tiempo; de ese modo, al salir de una fiesta
se metía uno en otra y algunas veces, incluso, en una tercera
y una cuarta. Yo les insistía en que no hacían bien de aquel
modo, y que mejor sería que reservaran lo que derrochaban
en fiestas para días venideros, lo cual les permitiría hacer
frente al hambre en mejores condiciones. Se reían de mi.
«Mañana (decían) haremos otra fiesta con lo que capturemos.»
Sí, pero con gran frecuencia sólo cazaban frío y viento (Lejeune,
1887, págs. 281-283).
Los escritores compasivos han tratado de racionalizar la
aparente falta de practicidad. Quizá debido al hambre estas
gentes hayan traspasado los límites de la razón: son capaces
de alimentarse de un animal muerto porque pasaron mucho
tiempo sin comida y saben que pueden verse de nuevo muy
pronto en las mismas condiciones. 0 quizá al hacer un
banquete con sus provisiones, un hombre están respondiendo
a obligaciones sociales ineludibles, a imperativos importantes
de distribución. La experiencia de Lejeune podría confirmar
44









cualquiera de estas dos interpretaciones, pero también da
lugar a una tercera. O más bien es que los Montagnais
tienen su propia explicación. No se preocupan por lo que
el mañana les pueda deparar, porque, por lo que a ellos
les concierne, les traerá otra vez lo mismo: «otro festín».
No importa cuál sea el valor de las otras interpretaciones,
esa confianza en sí mismos debe tomarse como un dato
importante para la consideración de la supuesta prodigalidad
de los cazadores. Lo que es más, debe tener alguna base
objetiva, porque si los cazadores y los recolectores hubieran
antepuesto la glotonería al buen sentido económico, no hubie-
ran vivido para convertirse en los profetas de esta nueva
religión.
Hay una segunda inclinación complementaria que no es
ni más ni menos que el lado negativo de la prodigalidad: el
hecho de no guardar los excedentes de comida, de no formar
una reserva. Al parecer, no puede decirse que para muchos
cazadores y recolectores el almacenaje resulte imposible, ni
puede afirmarse tampoco que estas gentes no tengan concien-
cia de la posibilidad (cf. Woodburn, 1968, pág. 53). Es nece-
sario investigar qué características de la situación son las
que hacen imposible el intento. Gusinde ya se hizo esta
pregunta, y, en lo que a los Yahgan se refiere, encontró la
respuesta en ese mismo optimismo justificado. El almacenaje
sería algo «superfluo»,
porque a lo largo de todo el año y con una generosidad casi
ilimitada, el mar pone toda clase de animales a disposición del
hombre que caza y de la mujer que recolecta. Cualquier tor-
menta o accidente no podría privar a una familia de estas
cosas más que por unos cuantos días. En general, nadie nece-
sita contar con el peligro del hambre, y todos encuentran en
abundancia y casi por todos lados lo que necesitan. ¡Para qué
preocuparse entonces de la comida de mañana!... Nuestros
Fueginos tienen muy firmemente arraigado el conocimiento de
que no necesitan temer por el futuro y, por tanto, no acumulan
provisiones. Año tras año pueden esperar el mañana libres de
preocupaciones... (Gusinde, 1961, págs. 336-339).
Puede que la explicación de Gusinde sea correcta, pero
incompleta. Tal vez entre en juego un cálculo económico
más complejo y sutil, aunque realizado por una aritmética
social sumamente simple. Debe considerarse que las ventajas
del almacenamiento de alimentos significarían también la
reducción a un local cerrado de las excursiones de recolec-
ción. Su tendencia incontrolable a disminuir la cantidad de
cosas transportables, es primordial para los cazadores: cons-
tituye una condición básica de su producción y la causa prin-
cipal de su movimiento. Es posible que la causa de que el
almacenamiento no prospere sea esa contradicción entre for-
45









tuna y movilidad que trae aparejada. Pronto reduciría el
campo de acción a una zona rebosante de provisiones
comestibles naturales. Así, inmovilizado por los productos
acumulados, el pueblo podría resultar perjudicado, ya que
con un mínimo de trabajo de caza y recolección podrían en-
contrar en otro lugar donde la naturaleza haya realizado su
propio almacenamiento alimentos en abundancia y mucho
más variados que los que los hombres pueden llegar a re-
unir. Pero este cálculo tan sutil —de todas maneras tal vez
resultaría imposible desde el punto de vista simbólico (con-
fróntese Codere, 1968)— podría reducirse a una operación
binaria mucho más simple expresada en términos sociales
tales como «amor» y «odio». Como lo señala Richard Lee
(1969, pág. 75), la actividad técnicamente neutral de acumu-
lar o almacenar alimentos, desde el punto de vista moral,
no es más que «acaparamiento». El cazador eficiente que
acumula provisiones lo logra al costo de su propia estima,
a menos que las regale a costa de su esfuerzo (superfluo).
Por lo que podemos colegir, cualquier intento de almacenar
comida redundará solamente en una reducción de la produc-
tividad general de un grupo de cazadores, ya que los no
previsores se contentarán con permanecer en el campamento
alimentándose de lo que allí haya reunido otro más pru-
dente. Es por eso que el almacenamiento de comestibles
puede resultar factible desde el punto de vista técnico, pero
es económicamente indeseable y socialmente imposible.
Si la acumulación de comida sigue manteniendo sus
límites entre los cazadores, su confianza económica, nacida
de las circunstancias habituales en que todas las necesidades
de la gente se ven fácilmente satisfechas, se transforma en
una condición permanente y los mantiene alegres y risueños
durante épocas que pondrían a prueba incluso a un jesuíta
preocupándolo de tal manera que —tal como lo advierten
los indios— podría llegar a enfermarse.
... Los he visto, en medio de dificultades y penurias, sufrir
con alegría. ... Yo mismo me encontré entre ellos amenazado
por grandes sufrimientos. Solían decirme: «A veces estamos
dos días, tal vez tres, sin comer, por falta de alimentos; ten
confianza, Chiliné, ten fortaleza de espíritu para soportar el
sufrimiento y las dificultades; no te pongas triste porque si no
te enfermarás; míranos a nosotros que no dejamos de reír
aunque tengamos muy poco que comer» (Lejeune, 1897, pági-
na 283; cf. Needham, 1954, pág. 230).
46









NUEVAS CONSIDERACIONES
SOBRE LOS CAZADORES Y RECOLECTORES
Están constantemente apremiados por la necesidad y, sin
embargo, viajando de un lado para otro pueden satisfacerla con
facilidad y proporcionar a sus vidas excitación y placer (Smyth,
1878, vol. 1, pág. 123).
Es evidente que es necesario hacer una nueva evaluación
de la economía de la caza y la recolección teniendo en cuenta
sus verdaderos logros y limitaciones. El error metodológico
de la sabiduría recibida consistía en considerar desde las
circunstancias materiales hasta la estructura económica dedu-
ciendo la absoluta dificultad de esa vida de su absoluta
pobreza. Pero siempre el proyecto cultural improvisa una
dialéctica sobre su relación con la naturaleza. Sin escapar
a los constreñimientos ecológicos la cultura suele negarlos,
de modo tal que el sistema muestra en seguida la huella de
las condiciones naturales y la originalidad de una respuesta
social: en su pobreza, la abundancia.
¿Cuáles son las verdaderas desventajas de la praxis de
la caza y la recolección? Si los ejemplos con que contamos
tienen algún significado, no podemos decir que «la baja
productividad del trabajo» sea una de ellas. Pero sí podemos
afirmar que la economía se ve seriamente amenazada por
la inminencia de una disminución de los ingresos. Comen-
zando por el campo de la subsistencia y extendiéndose luego
a todos los sectores, parece ser que un éxito inicial sólo
engendra la probabilidad de que los posteriores esfuerzos no
proporcionen más que beneficios menores. Esto es lo que
señala la curva de la obtención de alimentos en un lugar
particular. Un número no muy importante de personas ter-
mina, tarde o temprano, por hacer disminuir los recursos
alimenticios que se encuentran a una distancia conveniente
del lugar que habitan. Después de eso, sólo pueden perma-
necer allí si absorben un aumento de los costos reales o una
disminución en los ingresos reales: aumento de los costos
si eligen alejarse cada vez más en busca de alimentos, dismi-
nución de los ingresos si se satisfacen con vivir con una
cantidad menor de alimentos o con productos de inferior
calidad que se encuentran a su alcance. La solución es, por
supuesto, dirigirse a otro sitio. De ahí la primera y funda-
mental contingencia de la caza y la recolección: exige movi-
miento para mantener una producción ventajosa.
Pero este movimiento, más o menos frecuente en las dis-
tintas circunstancias, más o menos amplio, no hace más que
trasladar a otras esferas de la producción la misma dismi-
nución de ingresos en la cual tiene su origen. La manufactura
de herramientas, ropas, utensilios u ornamentos, por muy
47









simple que resulte, deja de tener sentido cuando esos
artículos se convierten más en una carga que en una como-
didad. La utilidad pronto resulta marginada por la posi-
bilidad del transporte. También se vuelve absurda la fabri-
cación de casas de apariencia sólida si pronto deberán ser
abandonadas. De ahí las muy ascéticas concepciones del
cazador respecto del bienestar material: sólo le interesa un
equipo mínimo, y a veces ni siquiera eso; valoriza más las
cosas pequeñas que las grandes; no trata de reunir dos o
más ejemplares de una misma cosa. Estos son sólo algunos
ejemplos. La presión ecológica se vuelve extrañamente con-
creta cuando hay que llevarla sobre los hombros. Si el pro-
ducto bruto resulta desequilibrado en comparación con otras
economías, no se debe culpar a la productividad del cazador,
sino a su movilidad.
Algo muy semejante puede decirse de los constreñimien-
tos demográficos de la caza y la recolección. La misma polí-
tica de débarassment es la que juega a nivel de las personas,
y puede ser descrita en términos similases y adscrita a las
mismas causas. Los términos son, para decirlo sin ambages:
disminución de los ingresos en beneficio de la posibilidad
de transporte, un mínimo de equipo necesario, eliminación
de los objetos duplicados, además de otros, tales como infan-
ticidio, senilicidio, continencia sexual durante el período
de lactancia, etc., costumbres por las cuales tienen fama
muchos grupos de recolectores. La suposición de que tales
recursos se deben a la incapacidad de esas personas —niños
y ancianos— para mantenerse, tal vez sea cierta si, por «man-
tenerse», se entiende mantenerse en pie y caminar, no
alimentarse. Las personas eliminadas, como suelen decir los
cazadores con tristeza, son precisamente los que no pueden
transportarse a sí mismos y que, por tanto, estorbarían el
desplazamiento de la familia y del campamento. Los caza-
dores pueden verse obligados a tratar a las personas del
mismo modo que tratan a sus bienes, siendo la rigurosa
política respecto de la población y el ascetismo económico,
expresiones de la misma ecología. Además, estas tácticas de
restricción demográfica forman también parte de una polí-
tica más amplia para contrarrestar la disminución de ingre-
sos para la subsistencia. Un grupo localizado se vuelve más
vulnerable a la disminución de ingresos —por eso hay que
elegir entre un desplazamiento más rápido a la escisión—
cuanto mayor sea su tamaño (lo mismo sucede con las
otras cosas). En la medida en que los pobladores pueden se-
guir obteniendo ventajas de la producción local y mantener
una cierta estabilidad física y social, sus prácticas maltusianas
son cruelmente lógicas. Los modernos cazadores y recolec-
tores, trabajando en un medio notablemente inferior, pasan
48









la mayor parte del año en grupos muy pequeños y separados
unos de otros. Pero más que una señal de baja productividad,
esta pauta demográfica debe entenderse como el coste de
vivir bien.
La caza y la recolección tienen toda la fuerza que les
dan sus debilidades. El desplazamiento periódico y las res-
tricciones en cuanto a fortuna y a población son, al mismo
tiempo, imperativos de la práctica económica y adaptacio-
nes creativas, del mismo modo que esas necesidades de las
que se hacen virtudes. Es precisamente en ese marco donde
se hace posible la opulencia. La movilidad y la moderación
ponen los fines de los cazadores al alcance de sus recursos
técnicos. Es así que una modalidad de producción no evo-
lucionada puede resultar muy eficaz. La vida del cazador
no es tan difícil, como parece, vista desde fuera. En cierto
modo, la economía refleja una ecología calamitosa, pero
también puede darse completamente a la inversa.
Los informes sobre cazadores y recolectores del presente
etnológico —específicamente de los que viven en medios
marginales— sugieren un promedio de tres a cinco horas
de trabajo por día de un adulto empleadas en la produc-
ción de alimentos. Los cazadores trabajan las mismas horas
que un empleado bancario y muchas menos que los modernos
trabajadores industriales (agremiados) cuyo promedio sería
seguramente de 21 a 35 horas semanales. Los recientes
estudios sobre costes laborales realizados entre agricultores
del tipo neolítico proponen también una interesante compa-
ración. Por ejemplo, el adulto Hanunoo medio, hombre o
mujer, trabaja 1.200 horas anuales en sus cultivos (Conklin,
1957, pág. 151), es decir, un promedio de tres horas y veinte
minutos por día. Sin embargo, esta cifra no engloba la reco-
lección de alimentos, la crianza de animales, la cocina y
otros trabajos que les demanda la subsistencia a estas tri-
bus filipinas. Los informes sobre otros agricultores primitivos
de distintas partes del mundo arrojan datos similares. Cuan-
do las conclusiones son negativas es porque están expresadas
con una modalidad conservadora: los cazadores y recolec-
tores no trabajan más que los agricultores primitivos para
obtener alimentos. Haciendo una extrapolación de la etno-
grafía a la prehistoria, se podría afirmar respecto de los
neolíticos lo mismo que John Stuart Mill dijo de todos los
recursos para ahorrar trabajo, que nunca inventó nadie algo
que ahorrara un minuto de trabajo. El neolítico no representó
ningún progreso sobre el paleolítico en cuanto a la cantidad
de tiempo per capita requerido para la producción de la
subsistencia; aun es probable que con el advenimiento de
la agricultura el hombre haya tenido que trabajar más.
Tampoco hay mucho que decir sobre la convicción de
49









que los cazadores y recolectores disfrutan de muy poco
tiempo libre de las tareas que les demanda la supervivencia.
Generalmente se recurre a este argumento para explicar la
evolución inadecuada del paleolítico, mientras que se saluda
con salvas al neolítico por porporcionar el ocio. Pero las
fórmulas tradicionales serían más veraces si se las invir-
tiera: la cantidad de trabajo (per capita) aumenta con la
evolución de la cultura, y la cantidad de tiempo libre dismi-
nuye. Los trabajos de subsistencia de los cazadores son inter-
mitentes, esa es su característica, un día de trabajo y un
día libre, y los modernos cazadores tienden por lo menos a
emplear ese tiempo libre en dormir durante el día. En los
hábitats tropicales ocupados por muchos de estos cazadores
actuales, se puede confiar más en la recolección de vege-
tales que en la misma caza. Es por eso que las mujeres,
que son las encargadas de la recolección, trabajan con mayor
regularidad que los hombres y son las que proveen la
mayor parte de los alimentos. A menudo hacen el trabajo
de los hombres. Por otra parte, existe la posibilidad de
frecuentes desplazamientos imprevistos; si los hombres no
disponen de ocio será más en el sentido iluminista del
término que en el literal. Cuando Condorcet dijo que la
condición postergada del cazador no le otorga «el ocio
que le permita pensar y enriquecer su entendimiento con
nuevas combinaciones de ideas», reconoció también que la
economía era un «ciclo necesario de actividad extrema y de
inactividad total». En apariencia, lo que el cazador necesi-
taba era el ocio seguro de un filósofo aristocrático.
Los cazadores y recolectores mantienen un punto de
vista optimista acerca de su situación económica a pesar de
las penalidades que pasan de cuando en cuando. Puede ser
que las penalidades las sufran a veces a causa del punto
de vista optimista que mantienen acerca de su situación
económica. Quizá su confianza no hace sino alentar su prodi-
galidad hasta el extremo de que el poblado decaiga en una
circunstancia desfavorable. Al sostener que ésta es una
economía opulenta, por tanto, yo no niego que ciertos caza-
dores pasan por período de dificultad. Hay algunos a los
que parece «casi inconcebible» el hecho de que un hombre
se muera de hambre, o incluso que no pueda satisfacer su
hambre por más tiempo que un día o dos (Woodburn, 1968,
página 52). Pero otro, especialmente ciertos cazadores muy
periféricos y dispersados en pequeños grupos a lo largo de
un medio natural de extrema pobreza, están expuestos perió-
dicamente al tipo de inclemencias que impiden viajar o acce-
der a la caza. Estos sufren —si bien quizá sólo de manera
fragmentaria— la escasez que afecta a determinadas familias
50










inmovilizadas, más bien que a la sociedad como un todo
(confróntese Gusinde, 1961, págs. 306-307).
Sin embargo, aun concediendo esta vulnerabilidad y acep-
tando como punto de referencia a los cazadores actuales más
desvalidos económicamente, sería difícil probar que la priva-
ción es la característica sobresaliente de los cazadores y reco-
lectores. La escasez de alimentos no es la característica
indicativa de este modo de producción por oposición a los
otros; no señala a los cazadores y recolectores como una
clase o como un estadio evolutivo general. Lowie pregunta:
¿Qué decir de los pastores que habitan las planicies y cuyo
sustento se ve periódicamente amenazado por las plagas y que
al igual que algunas tribus laponas del siglo diecinueve se
vieron obligados a recurrir a la pesca? ¿Qué de los campesinos
primitivos que preparan y labran la tierra sin obtener compen-
sación del suelo y que agotan una cosecha tras otra amenazados
por el hambre en cada sequía? ¿Tienen todos ellos más control
sobre la desgracia causada por las condiciones naturales que el
cazador-recolector? (1938, pág. 286).
Pero, sobre todo, ¿Qué decir del mundo de hoy día?
Se dice que de un tercio a la mitad de la humanidad se
acuesta todos los días con hambre. En la antigua Edad de
Piedra la proporción debe haber sido mucho menor. Esta
en la que vivimos es la era de un hambre sin precedentes.
Ahora, en la época del más grande poder tecnológico, el
hambre es una institución. Dándole la vuelta a otra venerable
sentencia: el hambre aumenta relativa y absolutamente con
la evolución de la cultura.
Esta paradoja responde, por completo, a mi punto de
vista. Los cazadores y los recolectores tienen un bajo nivel
de vida por fuerza de las circunstancias. Pero tomado como
su objetivo, y dados los adecuados medios de producción,
pueden, por lo regular, satisfacerse fácilmente todas sus
necesidades materiales. La evolución de la economía ha cono-
cido, entonces, dos movimientos contradictorios: el enrique-
cimiento, pero simultáneamente el empobrecimiento, la
apropiación con respecto a la naturaleza, pero la expro-
piación con relación al hombre. El aspecto progresivo es,
desde luego, tecnológico. Este se ha manifestado de muchas
maneras: como un aumento de la oferta y la demanda de
bienes y servicios, de la cantidad de energía puesta al servi-
cio de la cultura, de la productividad, de la división del
trabajo y de la libertad con respecto a los condicionamientos
del medio. Tomado en cierto sentido, esto último es espe-
cialmente útil para comprender las primeras etapas del avan-
ce tecnológico. La agricultura no sólo elevó a la sociedad
por encima de la distribución de las fuentes de recursos ali-
menticios, también permitió a las comunidades neolíticas
51










mantener elevados índices de orden social donde los reque-
rimientos de la subsistencia humana se sustraían al orden
natural. En algunas estaciones del año era posible economizar
suficiente comida para sostener a la población en las épocas
en las cuales no podían cosecharse alimentos en absoluto;
la consecuente estabilidad de la vida social era imprescindible
para su desarrollo material. La cultura fue entonces de
triunfo en triunfo, en una especie de contravención progre-
siva de la ley biológica del mínimo, hasta probar que la
vida humana podía alentar incluso en el espacio exterior
a pesar de la falta natural de oxígeno y gravedad.
Otros hombres estaban muriendo de hambre en los mer-
cados y plazas de toda Asia. Se ha producido una evolución
de las estructuras, así como también de las tecnologías, y
a este respecto sucede igual que en la senda mítica, donde
el viajero por cada paso que avanza hacia su lugar de destino
retrocede dos. Las estructuras son políticas tanto como eco-
nómicas; de poder tanto como de propiedad. Se desarrolla-
ron primero dentro de las sociedades, y cada vez más lo ha-
cen ahora entre las sociedades. No cabe ninguna duda de
que estas estructuras han sido funcionales, son ordenamien-
tos necesarios del desarrollo tecnológico, pero dentro de las
comunidades que ayudaron a enriquecer actuaron como dis-
criminadoras en la distribución de la riqueza y como dife-
renciadoras en el estilo de vida. La población más primitiva
del mundo tenía escasas posesiones, pero no era pobre. La
pobreza no es una determinada y pequeña cantidad de cosas,
ni es sólo una relación entre medios y fines; es sobre todo
una relación entre personas. La pobreza es un estado social.
Y como tal es un invento de la civilización. Ha crecido con
la civilización, a la vez como una envidiosa distinción entre
clases y fundamentalmente como una relación de dependen-
cia que puede hacer a los agricultores más susceptibles a las
catástrofes naturales que cualquier campamento o poblado
de invierno de los esquimales de Alaska.
Toda la disquisición precedente se toma la libertad de
interpretar a los modernos cazadores históricamente, sobre
la base de una línea evolutiva. Esta libertad no debe otor-
garse a la ligera. ¿Son los cazadores marginales tales como
los Bosquimanos del Kalahari más representativos del modo
de vida del Paleolítico que los indios de California o de la
costa noroeste? Quiza no. Quizá los Bosquimanos del Ka-
lahari no son tampoco representativos de los cazadores mar-
ginales. La gran mayoría de los cazadores-recolectores sobre-
vivientes lleva una vida curiosamente recortada y en extremo
perezosa en comparación con la de los otros grupos, que son
muy diferentes. Los Murngin, por ejemplo: «La primera
impresión que cualquier extranjero suele recibir en una tribu
52









de funcionamiento pleno en Eastern Arnhem Land es de
industriosidad...
Y suele quedar muy impresionado por el hecho de que
con excepción de los niños muy pequeños... «no se observa
gente ociosa» (Thomson, 1949a, págs. 33-34). No es ne-
cesario decir que los problemas de sobrevivencia son más
difíciles para estos pueblos que para otros cazadores (con-
fróntese Thomson, 1949b). Los incentivos de su inusual in-
dustriosidad están en otro lugar: en «una elaborada y es-
tricta vida ceremonial», específicamente en un elaborado
ciclo de intercambio ceremonial que confiere prestigio a la
artesanía y al comercio (Thomson, 1949a, págs. 26, 28, 34f,
87 passim). La mayoría de los otros cazadores no tienen ta-
les preocupaciones. En comparación su vida es chata, espe-
cialmente centrada en comer con gusto y digerir tranqui-
lamente. La orientación cultural no es ni dionisíaca ni apo-
línea, sino «gástrica», tal como denominó Julián Steward
a la de los Shoshoni. Según otras opiniones, sí puede ser
dionisíaca, es decir, báquica: «Comer es para los salvajes
lo que beber para los borrachos europeos. Esas almas dese-
cadas y siempre sedientas terminarían con gusto sus vidas en
una cuba de licor, y los salvajes en una olla repleta de co-
mida; aquéllos hablan siempre de beber, y éstos solamente
de comer» (Lejeune, 1897, pág. 249).
Es como si las superestructuras de estas sociedades hu-
biesen sido corroídas quedando sólo la roca desnuda de la
subsistencia y, puesto que la producción misma se realiza
con facilidad, la gente dispone de mucho tiempo para sen-
tarse sobre la roca y hablar de ella. Debo destacar la posi-
bilidad de que la etnografía de los cazadores y recolectores
sea en gran medida un registro de culturas fragmentarias.
Frágiles ciclos de ritual y de intercambio pueden haber des-
aparecido sin dejar rastro en los primeros estadios del co-
lonialismo, cuando las relaciones intergrupales de las que
eran mediadores fueron atacadas y confundidas. De ser así,
la sociedad opulenta «primitiva» habrá de ser repensada te-
niendo en cuenta su originalidad, y los esquemas evolutivos
habrán de ser revisados una vez más. Con todo, esta es la
poca historia que podemos reconstruir basándonos en la
observación de los cazadores sobrevivientes: el «problema
económico» puede resolverse fácilmente empleando las téc-
nicas del Paleolítico. De esto se desprende que sólo cuando
la cultura se aproximó a la cima de sus logros materiales
erigió un altar a lo Inalcanzable: Las Necesidades Infinitas.
53










2. EL MODO DE PRODUCCIÓN DOMESTICO
LA ESTRUCTURA DE LA SUBPRODUCCIÓN
Este capítulo gira en torno de una observación que está
aparentemente en contradicción con la prístina «opulencia»,
en cuya defensa acabo de poner todo mi empeño: las pri-
mitivas economías eran subproductivas. La mayor parte de
ellas, tanto de las agrícolas como de las preagrícolas, no
parece aprovechar todas sus potencialidades económicas. La
capacidad de trabajo está insuficientemente utilizada, no se
usan los medios tecnológicos plenamente y los recursos na-
turales se dejan sin explotar.
No se trata simplemente de que el producto de las so-
ciedades primitivas sea bajo, sino más bien de un problema
más complejo: la producción es baja en relación con las po-
sibilidades existentes. Así entendida, la «subproducción» no
es necesariamente incompatible con una primitiva «opulen-
cia». Todas las necesidades materiales de la gente pueden
verse satisfechas con facilidad, aun cuando la economía se
desarrolle por debajo de su capacidad. En realidad lo pri-
mero es más bien una condición de lo segundo: dado lo
modesto de las ideas de «satisfacción» que prevalecen local-
mente, el trabajo y los recursos no necesitan ser explotados
al máximo.
De cualquier manera, hay signos de subproducción pro-
venientes de muchos sectores del mundo primitivo, y la pri-
mera tarea que se propone este trabajo es dar algún sentido
a esas evidencias. Más que cualquier intento inicial de ex-
plicación, es el descubrimiento de esta tendencia —con más
precisión, de varias tendencias relacionadas entre sí, pro-
pias de la acción económica primitiva— lo que a mi pare-
cer tiene más importancia. Sugiero la posibilidad de que la
subproducción forme parte de la naturaleza de las econo-
mías en cuestión, es decir, las economías organizadas por
grupos domésticos y relaciones de parentesco.
DIMENSIONES DE LA SUBPRODUCCIÓN
Subaprovechamiento de los recursos
La evidencia más importante en cuanto a la subexplota-
ción de los recursos productivos nos llega de las sociedades
55









de agricultores, en especial de aquéllas que emplean el sis-
tema de rozas. Tal vez sea ésta una consecuencia de los
métodos de investigación más que un dudoso privilegio es-
pecial de este tipo de subsistencia. Similares observaciones
se han hecho respecto de las economías de caza y pastoreo,
pero resultan anecdóticas en su mayor parte y no nos bene-
fician tampoco con la mención de ninguna medida aplicable.
Por otra parte, la agricultura basada en el sistema de rozas
sólo se presta a evaluaciones cuantitativas de la capacidad
económica. En casi todos los casos que se han investigado
hasta ahora, no muy numerosos todavía, pero sí de muchos
lugares diferentes del planeta, en especial de los lugares don-
de las gentes no han sido confinadas a las «reservas nati-
vas», la producción real es sustancialmente inferior a las
posibilidades del suelo.
La agricultaura basada en el sistema de rozas, de origen
neolítico, es una práctica muy difundida actualmente en las
selvas tropicales. Es una técnica que consiste en abrir un
claro en la selva y cultivarlo. En primer lugar se elimina la
maleza medíante el uso del hacha y el machete y después de
un período en el que se deja secar la vegetación cortada se
le prende fuego, de ahí la denominación de cultivo por el
sistema de rozas. Cada uno de estos claros es cultivado du-
rante una o dos estaciones, raramente por más tiempo, y
queda después abandonado por años, en general con la
idea de restituirle la fertilidad, permitiendo que la maleza
vuelva a crecer en él. Luego la zona puede ser abierta nue-
vamente a otro ciclo de cultivo y descanso. Usualmente, el
período de descanso es varias veces mayor que el de cultivo,
por eso es que la comunidad de agricultores, si quiere per-
manecer en el mismo lugar, debe tener siempre en reserva
una zona varias veces superior a la que está cultivando en
un momento dado. Las evaluaciones de la capacidad de pro-
ducción deben tener siempre en cuenta esta necesidad, ade-
más del período de cultivo, el de descanso, la cantidad de
tierra per capita necesaria para la subsistencia, la cantidad
de tierra arable con que cuenta la comunidad y otros facto-
res similares. En la medida en que estas evaluaciones se
preocupen por respetar las prácticas normales y usuales de
los pueblos considerados, la estimación final de la capacidad
no resultará utópica, es decir, que no considerará lo que
podría hacerse si se eligieran libremente las técnicas, sino
sólo lo que podría hacer ese régimen de agricultura en el
estado en que se encuentra.
De todos modos, hay incertidumbres que no pueden
evitarse. Cualquier «capacidad productiva» estimada como
tal resulta parcial y derivada: parcial, porque la investiga-
ción se ve restringida desde un principio al cultivo de pro-
56











ductos alimenticios, dejando de lado otras dimensiones de
la producción; derivada, porque la «capacidad» toma la for-
ma de un máximo de población. El resultado de la investi-
gación nos dirá cuál es el número óptimo de personas que
pueden ser mantenidas por los medios de producción exis-
tentes. La «capacidad» aparece como una determinada me-
dida o densidad de población, una cantidad crítica que no
puede sobrepasarse sin algún cambio en la práctica de la
agricultura o en la concepción de la supervivencia. Más allá
de eso se extiende un peligroso terreno de especulaciones
en el que los osados ecólogos, identificando la población
óptima como la «capacidad crítica de contención» o «la
densidad crítica de población», no vacilan en penetrar de
todos modos. La «capacidad crítica de contención» es el
límite teórico al que puede llegar la población sin degradar
la tierra y sin comprometer el futuro de la agricultura. Pero
siempre resulta difícil proyectarse desde el «óptimo» exis-
tente hacia el «crítico» que persiste. Cuestiones tales como
la adaptación a largo plazo no pueden decidirse por los
datos relativos a un breve período. Debemos contentarnos
con una comprensión limitada, aunque quizá resulte insu-
ficiente: lo que el sistema de agricultura, tal como está
constituido, puede hacer.
W. Alian (1949, 1965) fue el primero en crear y aplicar
un índice general de capacidad de población para la agri-
cultura por el sistema de rozas. Desde entonces han apa-
recido algunas versiones y variantes de la fórmula de Alian1,
siendo dignas de mención las de Conklin (1959), Carnei-
ro (1960) y una complicada adaptación creada por Brown y
Brookfield para las altiplanicies de Nueva Guinea (1963).
Estas fórmulas han sido aplicadas a localizaciones etnográ-
ficas específicas y, con menor precisión, a vastas provincias
culturales donde predomina la producción por el sistema de
rozas. Fuera de las reservas, en los sistemas de agricultura
tradicionales, los resultados, aunque muy variables, mues-
tran una gran congruencia en un aspecto: la población exis-
tente es generalmente inferior —en algunos casos incluso
1 Siguiendo la reformulación hecha por Brown y Brookfield (1963),
la fórmula de Alian es: «capacidad de contención» = 100 CL/P, donde
P es el porcentaje de tierra cultivable a disposición de la comunidad,
L es el promedio per capita de hectáreas cultivadas y C un factor que
representa el número de unidades de cultivo necesarias para un ciclo
completo, calculado como período de barbecho+período de cultivo/
período de barbecho. El resultado de 100 CL/P es la cantidad de
tierra necesaria para mantener a una persona a perpetuidad. Esto
se convierte entonces a densidad por kilómetro cuadrado.
57










muy inferior— al máximo calculable . La tabla 2.1 sinte-
tiza algunos estudios etnográficos sobre capacidad de po-
blación en distintas regiones del mundo donde se practica
la agricultura por el sistema de rozas. Dos de esos estudios,
pertenecientes a los Chimbu y a los Kuikuru, merecen un
comentario aparte.
El de los Chimbu es un ejemplo privilegiado desde el
punto de vista teórico no sólo por las inusuales y sofisti-
cadas teécnicas desarrolladas por los investigadores, sino a
causa de que éstas se probaron en un sistema de alta den-
sidad, en una de las zonas más densamente pobladas del
mundo primitivo. La región Naregu de Chimbu estudiada
por Brown y Brookfield sostuvo, por cierto, la reputación
de las altiplanicies de Nueva Guinea: una densidad prome-
dio de 288 personas por cada 2,58 kilómetros cuadrados.
Pero esta densidad representa sólo el 64 por 100 de la capa-
cidad agrícola general. (El resultado del 64 por 100 es un
promedio de los territorios ocupados por los 12 clanes y
subclanes de Naregu; la distribución fue del 22 al 97 por 100
de la capacidad agrícola; la tabla 2.2 proporciona un aná-
lisis por territorio.) Brown y Brookfield hicieron también
estimaciones más amplias, pero menos precisas, para las
26 regiones tribales y subtribales de Chimbu consideradas
en su totalidad, que arrojaron conclusiones del mismo or-
den: el promedio de la población está en el 60 por 100 de la
capacidad 3.
Los Kuikuru, por otra parte, ilustran otro tipo de ex-
tremo: la escala de disparidad que puede existir entre po-
tencial y realidad. Una aldea kuikuru con 145 personas re-
presenta sólo el 7 por 100 del máximo de población calcu-
lable (Carneiro, 1960). Dadas las prácticas agrícolas de los
Kuikuru, la población actual de 145 personas con que cuen-
ta el poblado obtiene su sustento del cultivo de 500 hectá-
reas. De hecho, la comunidad tiene 6.000 hectáreas (cultiva-
bles), suficientes para 2.041 personas.
2 Esta conclusión está formulada para la población, globalmente
considerada, que practica un determinado tipo de agricultura; no
excluye a los subgrupos localizados (familias, linajes, aldeas) sometidos
a determinadas reglas de reclutamiento y tenencia de la tierra, siem-
pre que no experimente «presión poblacional». Este es desde luego
un problema estructural, no impuesto por la tecnología o los recursos
per se.
3 Cuatro de los 26 grupos sobrepasaban la capacidad. Todos ellos,
sin embargo, quedan dentro de las dos categorías más bajas de las
cuatro categorías de datos confiables desarrolladas por Brown y Brook-
field. Sólo Naregu recibió la clasificación más alta de confiabilidad.
Los grupos con la segunda clasificación más alta tenían los siguientes
índices de real a potencial población: 0,8 (dos casos), 0,6, 0,5, 0,4
y 0,3.
58
















































TABLA 2.2. Capacidad real y máxima de población de los
grupos Naregu Chimbu (de Brown y Brookfield, 1963,
páginas 117, 119)*

Grupo

Densidad de Proporción
Población total población por milla de la
cuadrada densidad
actual con
Real Máxima Real Máxima respecto a la
la máxima



Kingun-Sumbai ...
Bindegu
Togl-Konda
Kamaníambugo ...
Mondu-Ninga
Sunggwakani
Domkani
Buruk-Maima, Da-
magu
Komu-Konda
Bau-Aundugu
Yonggomakaní ...
Wugukani


219 561 300 603 0,49
262 289 524 578 0,91
250 304 373 454 0,82
205 211 427 439 0,97
148 191 361 466 0,77
211 320 271 410 0,66
130 223 220 378 0,58
345 433 371 466 0,80
111 140 347 438 0,79
346 618 262 468 0,56
73 183 166 416 0,40
83 370 77 343 0,22

2 2.443 2 3.843 X=288 X=453 X=0,64
* Las capacidades registradas por Brown y Brookfield incluyen
un pequeño margen (0,03 acres/cápita) para un cultivo de fácil salida,
el café, así como un pequeño margen para un cultivo de árboles
(0,02 acres/cápita) del tipo pandanus. Las necesidades de los cul-
tivos alimenticios, que suman 0,25 acres/cápita, incluye también la
comida para los cerdos y algunos alimentos destinados a la venta. El
margen calculado para los cerdos, sin embargo, no se ajusta al ta-
maño máximo de las piaras.
Si bien son pocos los estudios de este tipo, los resultados
que ellos presentan no parecen ser excepcionales ni limitar-
se a los ejemplos en cuestión. Por el contrario, reputadas
autoridades en la materia, dignas de todo crédito, sucum-
bieron a la tentación de generalizar al respecto en referencia
a extensas regiones geográficas que les son familiares. Car-
neiro, por ejemplo (proyectando la situación de Kuikuru,
pero en una forma que presupone a sus habitantes en una
posición holgada), considera que la agricultura tradicional
de la zona selvática tropical sudamericana era capaz de sus-
tentar poblaciones tribeñas del orden de las 450 personas,
en tanto que la comunidad tipo a todo lo largo y ancho de
esta extensa zona era sólo de 51 a 150 personas (1960). La
selva congoleña del África, según Alian, estaba en apariencia
subpoblada en amplias extensiones, «muy por debajo de la
aparente capacidad de sustentación de la tierra, según los
61











tradicionales sistemas para su utilización» (1965, pág. 223).
También de África Occidental, en particular Ghana antes
del auge del cacao, informa Alian que «la densidad de po-
blación en la selva central estaba muy por debajo de los
niveles críticos» (pág. 228; cf. págs. 229, 230, 240).
J. E. Spencer vierte opiniones similares respecto de los
cultivos por el sistema de rozas en el Sudeste de Asia. Im-
presionado por la densidad desusadamente alta de las alti-
planicies de Nueva Guinea, Spencer se inclina a suponer
que «la mayor parte de las sociedades que emplean siste-
mas de cultivos de rozas operan por debajo de su potencial
máximo en lo que concierne a su sistema de agricultura»
(1966, pág. 16). Su interpretación resulta interesante:
La baja densidad de población por zona está naturalmente
asociada a muchos grupos que practican cultivos por el sistema
de rozas a causa de su sistema social intrínseco... Esta tradición
cultural no puede interpretarse en función de la capacidad de
contención del terreno, ya que más que esa capacidad es el
fenómeno social el que ha asumido el rol dinámico de controlar
la densidad de la población (Spencer, 1966, págs. 15-16).
Tomemos buena nota de este aspecto, al que dedicare-
mos más adelante una explicación más extensa. Spencer
dice que la organización socio-cultural no toma en cuenta
los límites técnicos de la producción para obtener un pro-
ducto máximo, sino que más bien impide el desarrollo de
los medios de producción. Aunque esta posición se opone a
cierta corriente del pensamiento ecológico, sin embargo en-
cuentra eco en varios etnógrafos de la subproducción. Se-
gún Turner (1957), en el caso de los Ndembu son las con-
tradicciones de los modos habituales de residencia y descen-
dencia, unidos a una ausencia de centralización política,
los que provocan la escisión de los poblados y la dispersión
de la población, que siempre se encuentra en un nivel in-
ferior a la capacidad agrícola. También Izikowitz (1951),
refiriéndose a los Lamet, y Carneiro (1968), hablando de los
indios amazónicos, responsabilizan a la debilidad de la po-
blación por la indebida segmentación centrífuga. Entre las
tribus de cultivadores parece que en general la intensidad
del aprovechamiento del suelo es una resultante de la or-
ganización político-social.
Volviendo a los factores técnicos y a su distribución:
la agricultura por el sistema de rozas es una de las formas
más importantes de producción entre las sociedades primiti-
vas existentes, tal vez la forma predominante4. Las inves-
4 De acuerdo con un reciente informe de la F. A. O., alrededor de
14 millones de millas cuadradas (35 millones de kilómetros cuadrados),
62










tigaciones realizadas en distintas comunidades pertenecien-
tes a diferentes zonas del mundo confirman que (fuera de
las reservas nativas) el sistema de agricultura no aprovecha
al máximo su capacidad técnica. En términos generales, ex-
tensas zonas de África, el Sudeste de Asia y la parte de
América del Sur ocupada por agricultores que realizan cul-
tivos por el sistema de rozas se encuentran subexplotadas,
según opiniones autorizadas. ¿Es lícito deducir de esto que
la forma predominante de la producción primitiva es la sub-
producción? 5.
Mucho menos es lo que puede decirse sobre la aplica-
ción de otros tipos comunes de producción. Hay quienes
piensan que la caza y la recolección pueden no ser más
intensivas que la agricultura por el sistema de rozas. Pero
habitadas por 200 millones de personas, se explotan todavía por el
sistema de rozas (citado en Conklin, 1961, pág. 27). Por supuesto que
no todas ellas pertenecen a los pueblos primitivos.
5 La consecuente discrepancia entre la densidad de población y la
capacidad agrícola, incluso donde la primera alcanza un exceso de
200 personas por cada dos kilómetros y medio cuadrados, suscita más
de un apasionado interrogante teórico. ¿Qué interpretación dar a la
inclinación popular a recurrir a la presión demográfica ejercida sobre
los recursos para explicar la diversidad de desarrollos políticos y eco-
nómicos que van desde la intensificación de la producción hasta la
elaboración de la estructura patrilineal o la formación del estado? En
primer lugar, no es evidente que las economías arcaicas conozcan una
tendencia a alcanzar, ya no a exceder, la capacidad de población que
sus medios económicos le permiten. Por otra parte, es evidente que
las explicaciones corrientes de tipo mecanicista acerca de las causas
demográficas —o, inversamente, la inferencia de una «presión de po-
blación» a partir de un «efecto» observado económico o político—
son a menudo una sobresimplificación. En cualquier formación cul-
tural determinada la «presión sobre el suelo» no es en primera instan-
cia una función de la tecnología y de los recursos, sino más bien del
acceso de los productores a los medios de supervivencia que les re-
sulten suficientes. Esto último es claramente la especificación de un
sistema cultural: relaciones de producción y propiedad, normas de
la tenencia de tierras, relaciones entre los grupos locales y otras muchas
circunstancias. Excepto en el caso teórico e improbable de que las
normas tradicionales de acceso y trabajo concordaran con una explo-
tación óptima de la tierra, una sociedad podría experimentar «presión
de población» de varios tipos y en grados diferentes en densidades
globales por debajo de su capacidad técnica de producción. Así el
umbral de la presión demográfica no es una determinación absoluta
de los medios de producción, sino que es relativo a la sociedad en cues-
tión. Además, dependen también de las instituciones locales el modo
como se experimenta a nivel organizativo esta presión, el nivel del
orden social al cual se le comunica, así como también el carácter de
la respuesta. (Este punto está bien tratado en el estudio de Kelly
acerca del problema, realizado en las altiplanicies de Nueva Guinea,
1968.) De aquí que tanto la definición de presión social como sus
efectos sociales pasan por el camino de la estructura existente. En con-
secuencia, cualquier explicación de los acontecimientos o desarrollos
históricas, tales como la guerra o el origen del estado, que ignore
dicha estructura es teóricamente sospechosa.
63










la interpretacion de un subaprovechamiento de los recursos
entre los cazadores reviste dificultades especiales, incluso
dejando de lado la falta de evaluaciones viables. Por lo ge-
neral, resulta imposible determinar si la aparente subpro-
duccion de un momento no representa una adaptación a
largo plazo a los recurrentes períodos de escasez, años malos
en los que solo resultaría posible mantener a una parte de la
población actual en buenas condiciones. Resulta, pues, muy
oportuna la siguiente afirmación de Richard Lee acerca de
la subsistencia de los Bosquimanos de 'Kung, ya que el
periodo de la observación de campo abarcó el tercer año de
una prolongada sequía, de las que no son muy frecuentes ni
siquiera en el desierto de Kalahari:
Es imposible definir de una manera absoluta la «abundan- cia». Sin embargo, un índice de abundancia relativa es el hecho
de que una población acabe o no con todos los alimentos dispo-
nibles en una zona determinada. Según este criterio, el habitat
de la zona Dobe de los Bosquimanos abunda en elementos natu-
rales. El alimento más importante es, sin duda, el fruto del
Mongomongo (mango)... Aunque son muchas las decenas de
miles de kilogramos de estos frutos que se cosechan y se con-
sumen cada año, muchos miles más se pudren en el suelo por
falta de recolección (Lee, 1968, pág. 33; véase también pági-
nas 33.35) Los comentarios de Woodburn sobre la actividad
de caza de los Hadza tienen las mismas implicaciones:
Ya he mencionado la excepcional abundancia de caza en esta
zona, aunque los Hadza, tal vez del mismo modo que todas las
demas sociedades humanas, no comen todas las especies ani-
males que tienen a su disposición —rechazan el gato de Algalia,
el lagarto, la serpiente y la tortuga de agua dulce, entre otros—
consumen una gama desusadamente amplia de animales... A pe-
sar de la gran cantidad de especies que pueden cazar y que son
consideradas comestibles, los Hadza no matan un número exa-
gerado de animales y es probable que incluso en la zona radi-
calmente reducida que ocupaban en 1960 no hubieran puesto
en peligro la supervivencia de las especies en cuestión, aunque
hubieran cazado más (Woodburn, 1968, pág. 52).
En un trabajo dedicado primordialmente a la agricultura
de subsistencia, Clark y Haswell (1964, pág. 31) hacen un
atrevido comentario sobre el empleo de los recursos preagrí-
colas que por lo menos invita a la reflexión. Basando sus
apreciaciones en ciertos datos reunidos por Pirie (1962)6
6 Estos datos los seleccionó el mismo Pirie de entre los del sim-
posio de Arusha sobre Conservación de la Naturaleza y de los recur-
sos naturales en los modernos estados africanos (1961). Esta publica-
ción no se encontraba mi disposición cuando escribí este ensayo.
El articulo de Pirie planrea además la necesidad de revisar los estu-
dios anteriores (pág. 411), cuya significación no está del todo clara,
pero que pueden tener algo que ver con las cifras relacionadas con
los animales salvajes.
64












sobre el Este de África, y postulando ciertos supuestos cau-
telosos acerca de las tasas de reproducción animal en las
tierras vírgenes, Clark y Haswell estiman que la producción
natural de carne por año es cuarenta veces mayor que la
necesaria para sustentar a una población de cazadores de
una densidad de una persona por cada 20 kilómetros cua-
drados y que se alimente exclusivamente de productos ani-
males. Esto equivale a decir que, de aprovecharse plena-
mente, la reproducción animal bastaría para el manteni-
miento de cinco personas por cada 2,50 kilómetros cuadra-
dos, y esto sin disminuir las reservas naturales. Si los
cazadores necesitan o no de tal margen de seguridad es
una pregunta que permanece sin responder, aunque Clark y
Haswell se inclinan a creer que sí.
Otra implicación que se desprende de los cálculos rea-
lizados por Pirie respecto del África oriental es que la pro-
ducción animal por área de pastoreo natural es mayor que
la del pastoreo nómada en regiones colindantes (cf. Wor-
thington, 1961). Otra vez Clark y Haswell extraen una
conclusión general muy interesante acerca del uso de la
tierra para pastoreo:
Debemos tener presente que las primitivas comunidades pas-
toriles, encontradas en regiones desforestadas... viven en una
densidad de alrededor de dos personas por kilómetro cuadrado.
Si bien no están tan sobrados de tierra y de los productos de
ésta como los primitivos pueblos cazadores, sin embargo, están
muy lejos de explotar por completo el potencial promedio de
producción de la tierra, el cual Price estima que debe andar
alrededor de 50 kilos de productos en vivo por hectárea y por
año (cinco toneladas por kilómetro cuadrado). Incluso si divi-
dimos por la mitad esta cifra, como harían algunos, parece claro
que los primitivos pueblos pastoriles... son incapaces de explo-
tar en su totalidad la producción de hierba en las estaciones
propicias del año (1964).
Carentes de los medios técnicos que les permitan acu-
mular heno, tal como lo reconocen los investigadores, los
pastores quedan restringidos a los almacenes naturales que
representan las praderas que se mantienen verdes tanto en
las estaciones desfavorables como en las favorables. Las
conclusiones de Clark y Haswell encuentran, incluso, algún
soporte en las afirmaciones de Alian. Alian supone, como
conjetura de carácter general, que los pastores del Este de
África viven en una «densidad de población crítica» del
orden de las siete personas por cada dos kilómetros y. medio
cuadrados. Pero a partir de la observación de varias series
de casos reales «parecería que la población pastoril sobre-
viviente suele estar muy por debajo de la cifra indicada en
65









lo que respecta a su densidad, incluso en las regiones más
favorables que ocupan todavía» (Alian, 1965, pág. 309)7.
Estamos, al parecer, muy próximos a esa falla caracte-
rística de los estudios interdisciplinarios: la empresa que a
menudo merece que se la defina como un proceso mediante
el cual las carencias propias resultan multiplicadas por las
incertidumbres de alguna otra ciencia. Pero ya no es poca
cosa haber provocado dudas acerca de la eficacia en la ex-
plotación de los recursos que se lleva a cabo en las primi-
tivas economías.
Subaprovechamiento de la capacidad de trabajo
Es fácil documentar gracias a una mayor dedicación
etnográfica que las fuerzas productivas están subaprovecha-
das en las comunidades primitivas. (Además, esta dimen-
sión de la subproducción primitiva está muy relacionada
con los prejuicios europeos, por eso mucha más gente tomó
nota de ello al mismo tiempo que los antropólogos, aunque
la deducción más apropiada a partir de las diferencias cul-
turales podría haber sido que los europeos están sobrecar-
gados de trabajo.) Sólo es necesario tener presente que la
modalidad por la cual la capacidad de trabajo se sustrae a
la producción no es en todas partes la misma. Las modali-
dades institucionales varían considerablemente: desde las
marcadas reducciones culturales en cuanto a la duración de
la vida útil del individuo para el trabajo, a los desmesurados
porcentajes de relajamiento, o, lo que es lo mismo, y para
que se entienda mejor esto último, los porcentajes dema-
siado moderados de «trabajo suficiente».
Una de las principales conclusiones del brillante tra-
bajo de comparación de las economías de los Lele y los
Bushong, llevado a cabo por Mary Douglas, es que en al-
gunas sociedades la gente trabaja durante mayor cantidad
de su tiempo vital que en otras. «Todo lo que los Lele tie-
nen o hacen —escribe Douglas— está superado por lo que
hacen o tienen los Bushong. Estos producen más, viven
mejor y pueblan sus tierras con una densidad mayor que los
Lele» (1962, pág. 211). Producen en mayor abundancia
a causa de que trabajan más, como queda demostrado en el
notable diagrama de Douglas, que esquematiza la duración
de la vida útil para el trabajo que tienen los hombres en
ambas sociedades (figura 2.1). Teniendo en cuenta que un
7 Alian, por el contrario, descubre entre algunos pastores, cierta
tendencia a acumular ganado, sobrecargando la capacidad de pastoreo,
y habla de por lo menos dos personas, Masai y Mukogodo, que po-
seen «reservas que exceden los requerimientos económicos del mero
pastoreo» (1965, pág. 311).
66



Figura 2.1. Alcance laboral masculino: Lele y Bushong
(según Douglas, 1962, pág. 231)
hombre Bushong comienza a trabajar antes de los veinte
años y deja de hacerlo después de los sesenta, su etapa pro-
ductiva dura casi el doble que la de un hombre Lele, que
además se retira comparativamente muy temprano del tra-
bajo después de una etapa productiva que comenzó mucho
después de haber alcanzado la madurez física. Sin intentar
repetir los detallados análisis de Douglas, pueden destacar-
se brevemente algunos de sus argumentos a causa de su re-
lación con el presente trabajo. Uno es la práctica de la poli-
gamia entre los Lele, que en la medida en que significa un
privilegio para los más mayores implica para los jóvenes un
considerable retraso del casamiento y, por lo tanto, de las
responsabilidades adultas8. Moviéndose dentro del terreno
político, las explicaciones de mayor generalidad respecto de
los contrastes entre los Lele y los Bushong que proporciona
Douglas pulsan una nota que ya resulta familiar. Pero la
investigadora lleva el análisis a nuevas dimensiones. No son
sólo las diferencia a escala política o morfológica las que
hacen que un sistema u otro sean más eficaces desde el
punto de vista económico, sino también las distintas rela-
ciones que ellos suponen entre los poderes establecidos y
el proceso de producción9.
5 No se trata de una práctica exclusiva de los Lele. En una socie-
dad donde la proporción entre los sexos sea más o menos equilibrada,
la poligamia suele significar un retraso de los primeros matrimonios en
el caso de los varones. Aunque no es necesario también un interés
puramente casual por la producción, es al menos consecuente y bas-
tante usual.
9 Una vez más me limito a suscitar la cuestión reservándola para
una exposición más completa (capítulo 3).
67

















La escasa utilización del trabajo de los jóvenes adultos,
sin embargo, no es una característica sólo de los Lele. No es
ni siquiera privilegio exclusivo de las sociedades agricul-
turas. La caza y recolección no requieren de los Bosquima-
nos 'Kung el famoso «máximo esfuerzo de la mayor can-
tidad de personas». Se arreglan bastante bien sin la co-
laboración plena de los jóvenes, que algunas veces resultan
bastante perezosos a la edad de veinticinco:
Otro rasgo significativo de la composición de la fuerza de
trabajo (de los Bosquimanos 'Kung) es la tardía asunción de las
responsabilidades adultas por parte de los adolescentes. Los
jóvenes no entran dentro de la obligación de proveer comida
con regularidad hasta que están casados. Las mujeres suelen
casarse entre los 15 y los 20 años, y los muchachos de cinco
años más, por eso no deja de ser común encontrarse con salu-
dables adolescentes menores de 20 años, muy activos, haciendo
visitas de una a otra aldea mientras sus parientes más mayores
les proporcionan alimentos (Lee, 1968, pág. 36).
Este contraste entre la indolencia de los jóvenes y la
industriosidad de los mayores puede darse también en un
marco político más desarrollado, como ocurre en los caci-
cazgos africanos centralizados, tales como los Bemba. Ahora
bien, los Bemba no son muy proclives a la poligamia. Audrey
Richards propone otra explicación que trae a la memoria
antropológica todavía otros ejemplos:
En épocas previas a la llegada de los europeos se produjo
un cambio en lo que respecta a las ambiciones de jóvenes y
viejos. Los jóvenes sometidos al sistema de casamiento matri-
local (que implica la prestación de servicios a la familia de la
esposa), no tenían responsabilidades individuales en cuanto a
la agricultura. Se esperaba que cortaran árboles (para hacer
sembrados en los claros), pero su principal medio de progresar
en la vida era ponerse al servicio de un jefe o de un hombre de
categoría y no plantar grandes huertas o rectolectar bienes ma-
teriales. Muy a menudo, el joven participaba en incursiones
fronterizas o en expediciones exploratorias. No esperaba traba-
jar en serio hasta su mediana edad, cuando sus hijos estuvieran
«gritando de hambre» y él se hubiese establecido. En la actua-
lidad hemos podido comprobar, en casos concretos, la inmensa
diferencia que hay entre la regularidad del trabajo que realizan
los viejos y los jóvenes10 . Esto se debe, en parte, a la actual
10 El caso concreto descrito hasta en los menores detalles corres-
ponde a la aldea de Kasaka donde Richards registró un calendario
general de actividades, que abarca principalmente el mes de septiem-
bre de 1933, y las agendas de trabajo de 38 adultos durante veintitrés
días (Richards, 1961, págs. 162-164 y tabla E). Sólo los hombres de
más edad trabajaban con regularidad: «aquéllos que el Gobierno
consideraba demasiado débiles como para pagar impuestos». Richards
observa: «Cinco viejos trabajaron catorce días de un total de veinte;
cinco jóvenes, sólo siete...; resulta evidente que cualquier comu-
68

rebeldía de los jóvenes, pero, en parte, también a la perpetua-
ción de una antigua tradición. En nuestra sociedad, los jóvenes
y los adolescentes tienen, a grandes rasgos, las mismas ambicio-
nes económicas a lo largo de la juventud y durante la madurez...
Entre los Bemba, esto no era así, y lo mismo ocurría entre
pueblos guerreros como los Masai, del este de África, con su
división establecida de las edades a las que correspondía cada
responsabilidad. Se esperaba de cada individuo que fuera pri-
mero guerrero y más tarde agricultor y padre de familia (Ri-
chards, 1961, pág. 402).
En suma, por diferentes razones culturales, la duración
de la vida útil de trabajo puede acortarse sobremanera.
Además, las obligaciones económicas pueden estar total-
mente desequilibradas en relación con la capacidad física,
recayendo la carga del trabajo social sobre los más viejos
y débiles en tanto que los más jóvenes y fuertes quedan
completamente al margen de la producción.
Un desequilibrio con los mismos efectos puede compro-
barse en la división del trabajo por sexos. La mitad de la
fuerza de trabajo disponible puede estar proveyendo una
fracción desproporcionadamente pequeña del producto social.
Las diferencias de este tipo son muy comunes, al menos en
el sector de la subsistencia, y justifican haber dado crédito
durante tanto tiempo a las crudas explicaciones materialistas
sobre la tradicional ley de descendencia, matrilineal o patri-
lineal, explicaciones que argumentan el peso específico eco-
nómico de la mujer versus el trabajo del hombre.
Yo mismo he tenido ocasión etnográfica de observar
un notable desequilibrio en la división sexual del trabajo.
Excluidas de la agricultura, las mujeres de la isla Moala,
de Fiji, muestran mucho menos interés que sus hombres en
las actividades productivas principales. Es cierto que las
mujeres, en especial las jóvenes, cuidan los hogares, cocinan,
pescan periódicamente y tienen a su cargo ciertas manuali-
dades. Incluso las comodidades con las que cuentan en com-
paración con sus hermanas de cualquier isla del Archipiélago
Fiji, donde las mujeres se dedican a cultivar, justifican el
dicho local: «en esta tierra, las mujeres descansan». Un
amigo de Moala me confió que lo que en realidad hacían
todos ellos era sentarse a la sombra y catar los vientos. (Esto
nidad en la que los varones jóvenes y activos trabajen exactamente
la mitad que los viejos debe sufrir en lo que concierne a la producción
alimenticia» (pág. 164 n). Los informes se refieren a una estación de
intensidad agrícola por debajo de los niveles habituales, pero no al
famoso período de hambre de los Bemba.
11 El pastoreo del ganado no absorbe las energías de la totalidad
de la población [Masai], y los hombres jóvenes entre dieciséis y trein-
ta años viven separados de sus familias y clanes como guerreros»
(Forde, 1963 [1934], pág. 29 f).
69










era mentira: la principal ocupación es el chismorreo.) El
énfasis contrario, sobre la labor femenina, está probable-
mente más difundido en las comunidades primitivas (a ex-
cepción de los pastores, entre quienes las mujeres —pero
a veces también muchos hombres— no se ocupan a menudo
de la labranza)12.
Merece la pena repetir un ejemplo que ya hemos re-
marcado por cuanto nos ocupamos con anterioridad de los
cazadores, de quienes menos que de nadie podría pensarse
que fueran capaces de aportar la extravagancia de un sexo
femenino totalmente perezoso, además de los dos ejemplos
de que se dispone. Pero así ocurre con los Hadza, entre los
cuales los varones pasan seis meses por año (la estación seca)
jugando; quedando inhibidos de dedicarse a la caza mayor
durante el resto del año aquéllos que han perdido sus fle-
chas con punta de metal (Woodburn, 1968, pág. 54).
Es imposible inferir de estos pocos ejemplos una ge-
neralidad, y mucho menos atribuir universalidad al hecho
de que existan diferentes compromisos económicos de acuer-
do con el sexo y con la edad.
Una vez más pretendo sólo plantear un problema, que
es también arrojar una duda sobre un presupuesto común.
El problema se refiere a la composición de la fuerza de tra-
bajo. Esta composición responde a una especificación clara-
mente cultural y no simplemente natural (física). También
está claro que las especificaciones culturales y naturales no
es necesario que se correspondan. Por tradición, la vida útil
de trabajo se abrevia o se alivia de diversos modos, y gene-
raciones enteras de capacitados para el trabajo, quizá los
más capacitados, están exentos de toda responsabilidad eco-
nómica. De hecho, la fuerza de trabajo disponible es algo
menor que la capacidad laboral existente y el remanente de
esta última se ocupa en otras actividades o se desperdicia.
Que esta desviación de la mano de obra es necesaria mu-
chas veces es algo que no está en discusión. Bien puede
ser que resulte funcional, e incluso inevitable, para la socie-
dad y la economía en cuanto a su organización. Pero ese es
el problema: tenemos que vérnoslas con la sustracción or-
ganizada del proceso económico de importantes energías
sociales. Pero no es el único problema: El otro reside en
cuánto trabajan los otros realmente, los trabajadores efec-
tivos.
12 Cf. Clark, 1938, pág. 9; Rivers, 1906, págs. 566-67. Sin em-
bargo, tal como sucede con los árabes de Medio Oriente, «el varón
árabe gusta de pasar el día fumando, conversando y bebiendo café. Su
única ocupación es el pastoreo de los camellos. El trabajo de levantar
tiendas, cuidar las ovejas y las cabras y acarrear el agua lo deja todo
a sus mujeres» (Awad, 1962, pág. 335).
70










En tanto que ningún antropólogo de nuestros días res-
paldaría la verdad de la ideología imperialista de que los
nativos son congénitamente perezosos, y muchos atestigua-
rían más bien que esos pueblos son capaces de realizar una
labor sostenida, es muy probable que la mayoría hayan
observado que la motivación no es constante, por eso el
trabajo es efectivamente irregular en un plazo más largo
o más corto. El proceso laboral es sensible a varios tipos de
interferencias, vulnerable a ser suspendido en favor de otras
actividades tan serias como el ritual, tan frivolas como el
reposo. El día laborable acostumbrado suele ser corto; si
se lo alarga, suele ser interrumpido con frecuencia; si es
a la vez largo y sin descanso, acostumbra a ser sólo esta-
cional. Además, dentro de una comunidad, algunos miem-
bros trabajan más que otros. A causa de las normas de la
sociedad, excepción hecha de los stakhanovitas (*), queda a
medio utilizar una considerable fuerza laboral. Como escri-
be Maurice Godelier, el trabajo no es un recurso que escasee
en las sociedades más primitivas (1969, pág. 32)13.
En el sector de la subsistencia, el trabajo diario normal
de un hombre (durante la estación propicia) puede reducirse
a cuatro horas, como sucede entre los Bemba (Richards,
1961, págs. 398-399), los Hawaianos (Stewart, 1828, pá-
gina 111) o entre los Kuikuru (Carneiro, 1968, pág. 134),
o puede durar quizá seis horas, como entre los Bosquimanos
'Kung (Lee, 1968, pág. 137) o los Kapauku (Pospisil, 1963,
páginas 144-145). Además, puede durar desde temprano
hasta tarde:
Pero sigamos a una partida de trabajo (tikopiana) que aban-
dona sus viviendas en una hermosa mañana dirigiéndose a sus
cultivos. Van a cosechar la cúrcuma, ya que estamos en agosto,
época propicia para la preparación de ese tinte sagrado. El
grupo parte de la aldea de Matautu, siguiendo la playa llega a
Rofaea y luego, internándose tierra adentro, comienza a ascen-
der por el sendero que conduce a la cresta de las colinas. La
planta de cúrcuma... crece en las laderas de las montañas y para
llegar a ella es necesario subir un buen rato por un camino em-
pinado... La partida está compuesta por Pa Nukunefu y su
esposa, su hija pequeña y las tres muchachas de más edad selec-
cionadas de entre las familias de amigos y vecinos... A poco de
llegar se les une Vaitere, un joven cuya familia posee la
huerta lindera... El trabajo es de naturaleza muy simple... Pa
Nukunefu y la mujeres se reparten el trabajo: él extrae la
* El stakhanovismo es un sistema empleado en la Unión Soviética
por medio del cual equipos de trabajadores tratan de aumentar su
producción incrementando su eficiencia, recibiendo como recompensa
bonos y privilegios. (N. de los traductores.)
13 Entre los Tiv «'el trabajo' es el factor de la producción más
fácil de conseguir» (Bohannan y Bohannan, 1968, pág. 76).
71










mayor parte de la vegetación y remueve el terreno, ellas tam-
bién remueven parte del terreno y reponen las plantas haciendo
además buena parte de la selección y limpieza... el ritmo de
trabajo es tranquilo. Cada tanto los miembros de la partida se
detienen para descansar y mascar betel. A esta altura, Vaitere,
que no toma parte muy activa en el trabajo, se trepa a un árbol
cercano para reunir algunas hojas de pita, la planta que produce
el betel... Cerca de media mañana toman un refrigerio consis-
tente en algunos cocos verdes de cuya recolección vuelve a
encargarse Vaitere... La atmósfera de trabajo se matiza a volun-
tad con diversiones... A medida que la mañana avanza, Vaitere
se pone a trabajar en la confección de un sombrero hecho de
hoja de plátano que él mismo ha inventado y que no tiene utili-
dad ninguna... Y así, entre el trabajo y el ocio va pasando el
tiempo hasta que, cuando el sol declina perceptiblemente, el
trabajo de la partida se da por terminado y todos regresan a sus
hogares llevando su canastos llenos de raíces de cúrcuma que
han recolectado (Firth, 1936, págs. 92-93).
Las labores cotidianas de los Kapauku parecen ser, por
el contrario, más sostenidas. Su jornada de trabajo comien-
za alrededor de las siete y media de la mañana y se pro-
longa casi ininterrumpidamente hasta bien avanzada la ma-
ñana, momento en que se hace un alto para almorzar. Los
hombres vuelven a la aldea en las primeras horas de la tarde,
pero las mujeres continúan hasta las cuatro o las cinco. Sin
embargo, los Kapauku «tienen una concepción de vida equi-
librada»: si trabajan intensamente un día, descansan al si-
guiente.
Puesto que los Kapauku tienen una concepción de vida equi-
librada, sólo pueden trabajar día por medio. Un día de trabajo
va seguido de otro de descanso para «reponer la fuerza y la
salud perdidas». Esta monótona alternación de ocio y trabajo
se vuelve más atractiva para los Kapauku por la inserción en el
programa de períodos más prolongados de vacaciones (dedicados
a la danza, las visitas, la pesca o la caza...). En consecuencia,
por lo general, sólo encontramos a algunos de ellos que se diri-
gen a las huertas por la mañana, los demás se toman su «día
libre». Sin embargo, hay muchos individuos que no se someten
rígidamente a este patrón. Los agricultores más conscientes
suelen trabajar intensamente durante algunos días hasta com-
pletar la limpieza de un terreno, la construcción de un cerco
o la excavación de una zanja. Una vez cumplida esta tarea
descansan durante unos cuantos días para compensar los días
de descanso «perdidos». (Prospisil, 1963, pág. 145).
Siguiendo este orden de moderación en todas las cosas,
a la larga los Kapauku no dedican una cantidad extraordina-
ria de tiempo a la agricultura. En las anotaciones que reali-
zó durante un período de ocho meses (los cultivos de los
Kapauku no son estacionales), y partiendo del supuesto de
una jornada potencial de ocho horas, Pospísil calcula que
12










los hombres Kapuku dedican aproximadamente una cuarta
parte de su «tiempo de trabajo» a las labores de huerta, y
las mujeres, una quinta parte. Para ser más precisos, los
hombres, un promedio de dos horas dieciocho minutos por
día, y las mujeres, una hora cuarenta y dos minutos. Pos-
pisil señala que «estas proporciones relativamente escasas
de tiempo total de trabajo parecen inspirar serias dudas
acerca de la tan difundida creencia de que los métodos na-
tivos de cultivo presentan un derroche, requieren mucho
tiempo y resultan económicamente inadecuados» (1963, pá-
gina 164). En cuanto a lo demás, aparte del descanso y de
las «vacaciones prolongadas», los hombres Kapauku se
preocupan más por las actividades políticas y el intercam-
bio que por las otras áreas de la producción (artesanía, caza,
construcción de viviendas)14.
Volviendo a ese hábito de los Kapauku de trabajar un
día y descansar otro, debemos decir que este pueblo tal vez
sea original en lo que se refiere a la regularidad de su ritmo
económico 15, pero no por lo que respecta a su intermiten-
cia. En el capítulo 1 hablamos de una pauta similar entre
los cazadores: los Australianos, los Bosquimanos y otros
pueblos cuyas labores están constantemente delimitadas por
días de descanso, eso sin mencionar el sueño. También es
notorio entre muchos pueblos de agricultores de régimen
estacional, que repiten el mismo ritmo aunque en una escala
temporal diferente. Los agricultores de régimen no esta-
cional dedican tanto tiempo al descanso y a la diversión,
a las ceremonias y a las visitas como a las demás tareas.
Apropiándonos de una expresión muy usada, todos estos
modos de vida son, en consecuencia, no intensivos: sólo
plantean exigencias fraccionarias a la capacidad laboral dis-
ponible.
El empleo fraccionario de la capacidad laboral se pone
también en evidencia en las agendas individuales de trabajo
confeccionadas a veces por los etnógrafos. Aunque por lo
general estas agendas sólo dan cuenta de unas cuantas per-
sonas y durante un tiempo muy limitado, suelen ser lo su-
ficientemente extensas como para mostrar diferencias do-
14 He aquí otra sociedad en la que la obligación de trabajar pa-
rece estar desigualmente dividida por sexos y también por edades.
Además de los trabajos de huerta, las mujeres Kapauku se encargan
de buena parte de la pesca, del cuidado de los cerdos y de las tareas
domésticas cuando sus hombres se encuentran ausentes en expedicio-
nes de comercio o de guerra, que pueden durar tres o cuatro meses,
y los hombres solteros se mantienen todo el tiempo al margen de
las tareas de cultivo (Pospisil, 1963, pág. 189).
15 Aunque los Tiv también «prefieren trabajar duro y a un ritmo
muy intenso para luego descansar durante uno o dos días» (Bohannan
y Bohannan, 1968, pág. 72).
73









mésticas importantes en el esfuerzo económico. Por lo me-
nos una de cada seis o siete de las personas observadas re-
sulta ser el típico haragán de la aldea (cf. Provinse, 1937;
Titiev, 1944, pág. 196). Estas agendas parecen sugerir,
pues, un empeño productivo desigual, es decir, un bajo
rendimiento relativo por parte de algunos incluso dentro
del marco de la poco espectacular consciencia de los demás.
La tabla 2.3, reproducción del diario de F. Nadel acerca de
tres familias Nupe (1942, págs. 222-224), puede dar una
idea, aunque no una evaluación precisa, de esta pauta ló.
TABLA 2.). Diario de tres familias granjeras de los Nupe
(según Nadel, 1942, págs. 222-224)
N. M. K.
Grupo laboral: padre Grupo laboral: padre Grupo laboral:
y tres hijos y un hijo un hombre

31-5-1936
Salen a trabajar alre-
dedor de las ocho
de la mañana. Co-
men el almuerzo
en la granja y vuel-
ven alrededor de
las cuatro de la
tarde.
1-6-1936
Igual que el día an-
terior.
2-6-1936
Se quedan en casa el
padre y los hijos.

El padre va a traba-
jar con N., cuya
granja está junto a
la suya. También
vuelve con él.
Igual que el día an-
terior.
Se queda en casa y
visita a N. por la
noche.

Se encuentra ausente
de Kutigi; fue a
una aldea vecina
al funeral de su
hermano.
Regresa por la noche.
Va a la granja alre-
dedor de las diez
de la mañana y re-
gresa a las cuatro
de la tarde.



3-6-1936
El padre se queda en
casa. Los hijos van
a la granja por la
mañana, pero re-
gresan a las dos de
la tarde, a tiempo
para ir al mercado,
que se celebra ese
día.

Se queda en casa, tra-
baja en el jardín
que rodea su pro-
piedad. El hijo va
a trabajar a la
granja..

Se queda en casa;
aduce que está can-
sado del viaje.

16 Por supuesto que aunque está por verse si un registro tan breve
puede ser representativo de la condición económica de los Nupe, tam-
bién puede cuestionarse el hecho de que los Nupe sean realmente re-
presentativos de una economía primitiva.
74






TABLA 2.3. (Continuación)

N.
Grupo laboral: padre
y tres hijos

M.
Grupo laboral: padre
y un hijo

K.
Grupo laboral:
un hombre



4-6-1936
El padre va a la
granja a las ocho
de la mañana, re-
gresa para el al-
muerzo; los hijos
se quedan más
tiempo.
5-6-1936 (viernes)
El padre y los hijos
se quedan en casa.
El padre va a la
mezquita por la
tarde.
6-6-1936
El padre se queda en
casa aduciendo que
está cansado. Tra-
baja en el jardín,
pero irá a la gran-
ja mañana. Los hi-
jos van a la granja.
22-6-1936
El padre va a la
granja a las ocho
de la mañana, re-
gresa a las cuatro
de la tarde. Uno
de los hijos va a
Sakpe a asistir a
la boda de un
amigo.
23-6-1936
El padre va a la gran-
ja a las ocho de la
mañana y regresa a
almorzar. Se lasti-
mó una mano y
no puede trabajar
bien. Uno de los
hijos sigue traba-
jando, el otro está
todavía en Sakpe.

Va a la granja a las
ocho de la mañana
y regresa después
del almuerzo.
Se queda en casa y
y visita a N. por
la noche.
Va a la granja a las
ocho de la mañana,
vuelve para al-
morzar.
Va a la granja a las
siete de la maña-
ña, vuelve después
de las cuatro de la
tarde.
Va a la granja a las
ocho de la mañana,
vuelve a la hora de
almorzar.

Va a la granja a las
ocho de la mañana,
regresa después del
almuerzo.
Permanece en casa.
Su hermano, que
vive en una al-
dehuela, viene de
visita.
Va a la granja a las
ocho de la mañana,
regresa para el al-
muerzo.
Va a la granja a las
ocho de la mañana,
regresa después de
las cuatro de la
tarde.
Va a la granja a las
ocho de la mañana,
regresa después de
las cuatro de la
tarde.

75





TABLA 2.3. (Continuación)

N.
Grupo laboral: padre
y tres hijos

M.
Grupo laboral: padre
y un hijo

K.
Grupo laboral:
un hombre



24-6-1936
El padre va a la gran-
ja a las ocho de la
mañana, pero re-
gresa temprano
porque la mano le
molesta. El hijo
que había ido a
Sakpe regresa por
la noche.
25-6-1936
El padre se queda en
casa, su mano aún
no está bien. Los
hijos van a tra-
bajar.
26-6-1936 (viernes)
Se queda en casa.

Va a la granja a las
siete de la mañana,
vuelve después de
las cuatro de la
tarde.
Va a la granja a las
siete de la mañana,
vuelve después de
las cuatro de la
tarde.
Se queda en casa.

Permanece en casa
porque está cansa-
do y tiene malestar
estomacal.
Va a la granja a las
siete de la mañana,
regresa después de
las cinco de la
tarde.
Va a la granja a las
ocho de la mañana,
regresa después de
las cuatro de la
tarde.



27-6-1936
El padre va a la gran-
ja a las ocho de la
mañana y vuelve a
las cinco de la
tarde.
28-6-1936
El padre se queda en
casa porque un en-
viado del jefe ha
convocado a todos
los mayores. Los
hijos van a la
granja.

Va a la granja a las
ocho de la mañana,
vuelve después de
las cuatro de la
tarde.
Se queda en casa por
el mismo motivo
que N. El hijo va
a trabajar a la
granja.

Va a la granja a las
siete de la mañana,
regresa para el al-
muerzo.
Va a la granja a las
siete de la mañana,
pero regresa para
la reunión.

Las dos semanas de observación corresponden a perío-
dos diferentes del ciclo anual. La segunda semana es un
período de intensidad máxima.
Las dos agendas confeccionadas por Audrey Richard
con datos obtenidos de dos aldeas Bemba se prestan a una
evaluación cuantitativa. La primera, también la más exten-
76









sa, correspondiente a la aldea Kasaka, aparece en la ta-
bla 2.4. Incluye las tareas de 38 adultos a lo largo de vein-
titrés días (13 de septiembre-5 de octubre, 1934). Se trata
de una estación de labor agrícola escasa, aunque no es el
período de hambre de los Bemba. Durante el 45 por 100
de su tiempo los hombres trabajaban muy poco, casi nada.
Sólo la mitad de sus días podrían considerarse días de
labor o productivos, con una duración promedio de cuatro
TABLA 2.4. Distribución de actividades: Aldea Kasaka,
Bemba (según Richards, 1962, Apéndice E) *

Hombres (N = 19)

Mujeres (N = 19)



1 Días destina-
dos en su ma-
yor parte al
trabajo †
Duración media
de los días de
jornada com
pleta

Trabajos de horticultu-
ra, caza, pesca, arte-
sanía, construcción
de casas, trabajo pa-
ra los europeos: 220
(50%)
4 h. 72' por día

Horticultura, pesca, tra-
bajo para los eu-
ropeos, etcétera: 132
(30,3 %)
4 h. 42' por día



2 Días de media
jornada **
3 Días no labo-
rables en su
mayor parte
4. Enfermedad

«En la aldea», «fuera»,
«en casa»: 22 (5 %)
«Entretenimientos», vi-
sitas a los parientes, § bebiendo cerveza:
196 (44,5 %)
Atención de enfermos:
2 (0,5%)

«Entretenimientos», vi-
sitas parientes, be-
biendo cerveza: 138
(31,7%)
Reclusión: 13 (3 %)

* N = 38; días tabulados = 23.
† Las categorías 1-4 y la clasificación de datos que en ellas apa-
recen me pertenecen.
** Richards aclara que, aun cuando permanecen en la aldea, las
mujeres trabajan bastante en los quehaceres domésticos; por lo tanto,
pocas veces se emplea la categoría «entretenimiento» para referirse
a sus jornadas, prefiriendo la expresión «ausencia de trabajo en el
huerto». «Entretenimiento» significa, por el contrario, «día empleado
en el descanso, la conversación, la bebida o las labores manuales». Por
lo tanto, he incluido la «ausencia de trabajo en el huerto» (así como
«en la aldea», «en casa» y, por falta de otra información, «fuera») en
una categoría de «días de media jornada», mientras que los «entrete-
nimientos» están clasificados dentro de la categoría «días no labora-
bles en su mayor parte». En «entretenimientos» están incluidos los
domingos cristianos.
§ Richards señala que el término «paseos» significa en su tabla
«visitas a los parientes», a menos que se especifique lo contrario; yo
incluyo aquí esos «paseos».
77








horas setenta v dos minutos de trabajo (pero véase más
adelante, donde la cifra de dos horas setenta y cinco minu-
tos por día de trabajo está calculada en apariencia sobre la
base de todos los días disponibles). El tiempo de las muje-
res estaba dividido de una manera más pareja entre días de
trabajo (30,3 por 100), días de jornada incompleta (35,1
por 100) y días de poco trabajo o de descanso (31,7 por 100).
Tanto en el caso de los hombres como en el de las mujeres,
este programa extenuante se modificaba durante la época
del año en que había más trabajo en los cultivos17. La ta-
bla 2.5, que representa el trabajo de 33 adultos de la aldea
TABLA 2.5. Distribución de actividades: Aldea Kampana,
Bemba (según Richards, 1962, Apéndice E) *
♂ (n-16, ludías) ♀(n = 17, 7 días)
1. Días destinados en su ma-
yor parte al trabajo 114 (70,8%) 66 (62,9%)
2. Días de media jornada ... 9 (5,6%) 21 (20%)
3. Días no laborables en su
mayor parte 29(18%) 17(16,2%)
4. Enfermedad 9(5,6%) 1(1%)
* Para la explicación de las categorías adoptadas, véase tabla 2.4.
de Kampamba durante un período de siete a diez días en
enero de 1934, confirma esa intensificación periódica del
tiempo productivo 18.
17 Teóricamente desde noviembre a marzo, pero véase Richards,
1962, pág. 390.
18 En los comentarios de Richads sobre la duración de la jornada
de trabajo también se encuentran informaciones pertinentes: «los
Bemba se levantan a las cinco de la mañana cuando hace calor, pero
salen de mala gana de sus viviendas a las ocho o incluso más tarde
en la estación fría, y su jornada de labor sufre las variaciones corres-
pondientes... Los Bemba, en su sociedad no especializada, cumplen
diariamente diferentes tareas y realizan distintas cantidades de tra-
bajo cada día. La agenda con las actividades de hombres y mujeres...
demuestra que en Kampamba los hombres estuvieron ocupados en
cinco tareas bastante diferentes... en el curso de diez días, y en Kasa-
ka... distintas observancias rituales y las visitas de amigos o de eu-
ropeos interrumpían constantemente la rutina cotidiana. Las necesi-
dades domésticas sujetan a las mujeres a ciertas tareas diarias..., pero
incluso en ese caso sus cultivos varían considerablemente de día a
día. Las horas de trabajo también varían según lo que parece ser
una modalidad bastante caprichosa. En realidad no creo que la gente
relacione nunca momentos determinados del día, de la semana o del
mes con ningún trabajo regular... El ritmo corporal de los Bemba
78









Si estas tablas sobre los Bemba pudieran abarcar todo
un año, tal vez arrojarían resultados similares a los obtenidos
por Guillard (1958) respecto de los Toupouri de North
Cameroon y que aparecen registrados en la tabla 2.6 19.
Además, si sistemas tales como los Bemba y los Tou-
pouri fueran representados gráficamente a lo largo del año,
tal vez se parecerían a los diagramas de Schlippe, confeccio-
nados en base a datos de los Azande, uno de los cuales está
representado en el diagrama 2.2.
TABLA 2.6. Distribución de actividades a lo largo del
año, Toupouri (según Guillard, 1958) *
Hombres (n=ll) Mujeres (n=18)
Promedio de Promedio de
hombre/días hombre/días
por año por año
Núm. % Alcance Núm. % Alcance
Agricultura ... 105,5 28,7 66,5-155,5 82,1 22,5 42-116,5
Otros trabajos. 87,5 23,5 47-149 106,6 29,0 83-134,5
Descanso y ta-
reas no pro-
ductivas† • 161,5 44,4 103,5-239 164,4 45,2 151-192
Enfermedad .. 9,5 2,6 0-30 3,0 0-40
* N=29 trabajadores.
†Esta categoría incluye el mercado y las visitas (a menudo no es
posible distinguir entre uno y otras), festines, rituales y descanso. No
queda muy claro el porqué de que no se incluyera aquí el tiempo que
los hombres destinan a la caza y a la pesca. El día de las mujeres en
la aldea fue calculado por Guillard como «otro trabajo», medio día,
descanso, medio día.
difiere en su totalidad del de un campesino de Europa occidental, y
mucho más del de un obrero industrial. Por ejemplo, en Kasaka, du-
rante un período de poca actividad los viejos trabajaban sólo catorce
de veinte días y los jóvenes nada más que siete, mientras que
en Kampamba, en la estación de más trabajo, los hombres de todas
las edades trabajaban un promedio de ocho de cada nueve días de
trabajo [sin considerar el domingo]. En el primer caso, el día pro-
medio de trabajo era de dos horas cuarenta y cinco minutos para
los hombres y de dos horas en tareas de huerta y cuatro de ac-
tividades domésticas para las mujeres, pero las cifras varían de cero
a seis horas por día. En el segundo caso el promedio era de cuatro
horas para los hombres y seis para las mujeres, y las cifras mostraban
la misma variación diaria» (1962, págs. 393-394).
19 Cf. el informe similar de Cameroons citado por Clark y Has-
well (1964, pág. 117).






























Pero las agendas de trabajo de este tipo, con sus ge-
nerosas reservas para festejos y reposo, no deben interpre-
tarse desde la ansiosa perspectiva de las compulsiones eu-
ropeas 20. Es necesario despojarse de prejuicios para consi-
derar los abandonos periódicos del «trabajo» por el «ritual»
que realizan gentes como los Tikopoianos o los Fijianos,
ya que sus categorías lingüísticas no conocen esa distinción,
y conciben a las dos actividades como algo lo suficiente-
mente serio para merecer una denominación común (el
«Trabajo de los Dioses»). ¿Y qué pensaremos de esos abo-
rígenes australianos —los Yir Yiront— que no discriminan
entre «trabajo» y «juego»? (Sharp, 1958, pág. 6). Tal vez
sean igualmente arbitrarias muchas definiciones culturales
del tiempo inclemente que, al parecer, sirven como pretexto
para suspender la producción bajo condiciones que no llegan
a colmar la capacidad humana de incomodidad. Sin embargo,
resultaría simplemente insuficiente suponer que la produc-
ción se ve así sujeta a interferencias arbitrarias, es decir, a la
interrupción por otras obligaciones que no por ser «antieco-
nómicas» dejan de ser merecedoras del respeto del pueblo.
Estas otras exigencias —ceremonias, diversiones, sociabili-
dad y reposo— no son más que el complemento o, si se lo
prefiere, el equivalente superestructural de una dinámica
propia de la economía. No es que simplemente le sean im-
puestos a la economía desde fuera, ya que en su interior
mismo, en el modo en que está organizada la producción,
existe una discontinuidad intrínseca. La economía tiene su
propio territorio limitado: es una economía de objetivos
concretos y de recortado alcance.
Veamos ahora el caso de los Siuai de Bougainville. Dou-
glas Oliver describe en términos que ya nos resultan fami-
liares de qué modo las tareas agrícolas se ven interrumpidas
por obstáculos naturales, lo que hace que el producto sea
evidentemente inferior a las posibilidades:
No existe, por supuesto, ningún motivo físico para que el
producto del trabajo no aumente. No hay una grave escasez
de tierras, y podría emprenderse, como muchas veces se hace,
una intensificación del trabajo. Las mujeres Siuai trabajan mu-
cho en sus huertas, pero no tanto como algunas mujeres Papua-
nas; es perfectamente concebible que pudieran trabajar mucho
20 «Una extraña ilusión se posesiona de las clases trabajadoras de
los países donde impera la civilización capitalista. Esa ilusión arrastra
tras de sí las aflicciones individuales y sociales que durante dos siglos
han torturado a esta triste humanidad. Esa ilusión es el amor al tra-
bajo, la pasión furiosa por el trabajo llevada al agotamiento de las
fuerzas vitales de los individuos y de su progenie. En vez de oponerse
a esta aberración mental, los sacerdotes, los economistas y los mora-
listas han rodeado al trabajo de una aureola sagrada» (Lafargue, 1909,
página 9).
82











más tiempo y con más intensidad sin que eso les produjera
daño físico. Es decir, es concebible de acuerdo con otras pautas
de trabajo. Son más bien los factores culturales que los físicos
los que determinan las pautas del «máximo de horas de traba-
jo» entre los Siuai. El trabajo en las huertas es considerado tabú
durante largos períodos después de la muerte de un pariente
o de un amigo. Las madres que amamantan a sus hijos sólo
pueden apartarse de ellos durante algunas horas diarias, ya que
sus bebés, según las restricciones rituales, con frecuencia no
pueden ser llevados a los huertos. Además de estas restricciones
rituales impuestas al trabajo continuo en los huertos, hay otras
limitaciones menos espectaculares. Una de las convenciones con-
siste en dejar de trabajar cuando hay chaparrones, por ligeros
que sean; la costumbre establece que sólo se debe partir hacia
los cultivos cuando el sol está alto y regresar a casa a media
tarde. Cada tanto, una pareja casada permanece en su huerto
toda la noche durmiendo bajo un cobertizo, pero sólo los más
ambiciosos y emprendedores se tomarán esa molestia (Oliver,
1949, [3], pág. 16).
Pero en otro relato Oliver explica con más fundamentos
que la razón por la cual los promedios de trabajo de los Siuai
son tan bajos, se debe a que, excepto para la gente con am-
biciones políticas, resultan suficientes.
En realidad, los nativos se sentían orgullosos de considerar
sus necesidades personales inmediatas de consumo y de produ-
cir sólo la cantidad de taro necesaria para satisfacerlas. Digo
deliberadamente «necesidades personales de consumo» ya que
el consumo comercial o ritual del taro es muy escaso. Sin
embargo, las necesidades personales de consumo varían de ma-
nera considerable: hay una gran diferencia entre la cantidad
de taro que consume un hombre común que tenga uno o dos
cerdos, y la que consume un trepador social que tenga diez o
veinte. Este último debe cultivar más y más tierra para poder
alimentar al número cada vez mayor de cerdos que posee y
para proveerse de alimentos vegetales para distribuir entre los
invitados a sus banquetes (Oliver, 1949 [4], pág. 89).
La producción tiene sus propias reservas. Si algunas
veces se manifiestan como la organización del trabajo para
otros fines, no debe esto ocultarse al análisis. A veces ni
siquiera se presentan disfrazadas a la observación, como en
el caso de ciertos cazadores, que nuevamente se vuelve re-
velador, ya que ellos parecen no necesitar excusa alguna
para dejar de trabajar una vez que tienen suficiente para
comer21. Todo esto puede decirse de otro modo: desde el
21 Véase la referencia al estudio de McCarthy y MacArthur sobre
los cazadores australianos en el capítulo 1. «La cantidad de alimentos
reunidos un día cualquiera por cualquiera de estos grupos podría ser
siempre mayor..,» Woodburn escribe algo similar respecto de los
Hadza: «Cuando un hombre se dirige a la espesura con su arco y sus
flechas, su interés principal es satisfacer su hambre. Una vez satis-
83









punto de vista de la modalidad de producción existente,
una considerable proporción de la capacidad laboral dispo-
nible constituye un exceso. Y una vez así definida la sufi-
ciencia, el sistema no produce el excedente que es perfecta-
mente capaz de producir:
No cabe duda alguna de que los Kuikuru podrían producir
un excedente de alimentos a lo largo de todo el ciclo produc-
tivo. En el presente, un hombre solo emplea 3,30 horas en labo-
res de subsistencia: 2 horas dedicadas a la horticultura y
1,30 a la pesca. De las 10 ó 12 horas restantes de vigilia
diarias, los hombres Kuikuru emplean una gran parte en danzar,
en luchar, en alguna manera informal de recreación y en hara-
ganear. Mucho de este tiempo podría muy bien dedicarse a las
labores del huerto. Incluso media hora más de trabajo por día
permitiría a un hombre producir un considerable excedente de
mandioca. Sin embargo, en las actuales condiciones no hay
ningún motivo para que los Kuikuru produzcan dicho exce-
dente, tampoco hay nada que permita suponer que lo harán
(Carneiro, 1968, pág. 134).
En resumidas cuentas, se trata de una economía de pro-
ducción para el consumo, para la supervivencia de los pro-
ductores. Habiendo llegado a esta conclusión, nuestra expo-
sición se vincula con la teoría establecida en la historia
económica. También se relaciona con concepciones de larga
data en el campo de la economía antropológica. Firth lo
dejó bien establecido en 1929 cuando se refirió a la dis-
continuidad de trabajo de los Maoríes en comparación con
el ritmo y los incentivos europeos (1959a, pág. 192, f).
En la década del 40 Gluckman vertió opiniones similares
acerca de los Bantúes en general y de los Lozi en particular
(1943, pág. 36; cf. Leacock, 1954, pág. 7).
Teóricamente habría mucho que agregar acerca de la
producción doméstica para el consumo. Por ahora me que-
do en el comentario descriptivo de que en las comunidades
primitivas una parte importante de los recursos laborales
existentes puede tornarse excesiva por el modo de produc-
ción.
La insuficiencia de la unidad doméstica
Hay una tercera dimensión de la subproducción primiti-
va, la última que consideraremos aquí y tal vez la más dra-
mática o, por lo menos, la más seria para las personas a
fecha esta necesidad por la ingestión de bayas o mediante la caza de
algún pequeño animal, es difícil que realice grandes esfuerzos por
dar caza a un animal mayor... A menudo los hombres regresan con
las manos vacías, pero con el hambre satisfecha» (1968, pág. 53; cf. pá-
gina 51). Mientras tanto, las mujeres hacen lo mismo.
84













quienes concierne. Un porcentaje regular de grupos domés-
ticos no alcanza a producir lo necesario para su propia sub-
sistencia aunque estén organizados para hacerlo. Represen-
tan el extremo más bajo de una larga cadena de variaciones
en cuanto a la producción de la unidad doméstica, variacio-
nes incontroladas en apariencia, pero observadas de manera
constante en sociedades primitivas correspondientes a cir-
cunstancias, tradiciones y localizaciones diferentes. Una vez
más, la evidencia no es definitiva, pero unida a la lógica
del caso parece suficiente para justificar la siguiente su-
gerencia teórica: que esta variación, que, cosa notable, in-
cluye un grado importante de fracaso económico doméstico,
es una condición constitutiva de la economía primitiva22.
Yo mismo quedé sorprendido por la magnitud de las
diferencias de producción de la unidad doméstica mientras
estaba en Fiji trabajando en la evaluación de los cultivos
alimenticios de las principales viviendas en una cantidad
de aldeas de Moala. Se trataba simplemente de apreciacio-
nes, por eso sólo cito los resultados como ejemplo de los
comentarios anecdóticos, que son tan frecuentes en los tra-
bajos monográficos:
Las diferencias de producción dentro de los límites de cual-
quier aldea considerada son aún más críticas que las diferencias
entre distintas aldeas. Al menos no parece que ninguna aldea
Moala se esté muriendo de hambre, mientras que sí parece que
algunos hombres no producen alimentos suficientes para abas-
tecer sus necesidades familiares. Al mismo tiempo, ninguna
aldea (tal vez a excepción de una) parece gozar de una gran
superabundancia, mientras que algunas familias producen una
cantidad considerablemente mayor de alimentos que la que
pueden consumir... diferencias familiares de la misma magni-
tud, en cuanto a la producción..., parecen ocurrir en todas las
aldeas y con respecto a casi todos los cultivos, ya sean primor-
diales, secundarios o de importancia menor (Sahlins, 1962, pá-
gina 59).
Más preciso, y por cierto más ilustrativo, resulta el es-
tudio de C. Daryll Forde sobre el cultivo del ñame entre
97 familias de la aldea Yakó, de Umor, reseñado en el grá-
fico 2.3. Forde señala que una familia Yakó representa-
tiva, compuesta del padre, una o dos esposas y tres o
cuatro niños, tiene media hectárea de ñame para cultivar
22 Una vez más aclaro que esto no es necesariamente una contra-
dicción respecto de la «sociedad opulenta primitiva» de la que ha-
blamos en el capítulo 1 y a la cual definimos a nivel colectivo y en
función del consumo, no de la producción. Las deficiencias aquí se-
ñaladas acerca de la producción doméstica no van en desmedro de
su mejoramiento por medio de la distribución familiar. Por el con-
trario, contribuyen a la comprensión de la intensidad de dicha dis-
tribución.
85




cada año. Diez de las 97 familias consideradas estaban cul-
tivando menos de la tercera parte y 40 trabajaban la ter-
cera parte o la mitad del terreno disponible. Un déficit de
la misma naturaleza aparece en la curva de producción: la
producción media por casa era de 2.400 a 2.500 ñames
(unidades de tamaño mediano), pero la modal era de sólo
1.900. Una gran proporción de familias se acercaba al ex-
tremo más bajo de la escala y algunas de las que estaban
cerca de ese extremo se encontraban por debajo de las exi-
gencias usuales de la subsistencia:
Podría ser incorrecto suponer que no existen diferencias
sustanciales de una a otra unidad doméstica en cuanto al con-
sumo del ñame. Aunque el abastecimiento de esta farinácea no
sea del todo insuficiente, encontramos en los extremos opuestos
de la escala algunas unidades domésticas que, por ineficiencia,
enfermedad o desgracia obtienen mucho menos de lo que se
considera normal en el lugar, y otras que siempre tienen el
cuenco fufú lleno hasta el borde (Forde, 1946, pág. 59; cf. pá-
gina 64).
La situación detectada en el clásico estudio realizado por
Derek Freeman sobre la producción de arroz entre los Iban
resulta aún más grave (Freeman, 1955). Pero este ejemplo,
tomado de las 25 familias de la aldea Rumah Nyala debe
86

considerarse con dos importante reservas. En primer lugar,
los Iban mantienen un considerable comercio de harina de
arroz con los centros mercantiles de Sarawak, aunque en
realidad muchas familias Iban no siempre producen lo su-
ficiente para su subsistencia y mucho menos un excedente
para la exportación23. En segundo lugar, el período de ob-
servación, 1949-50, fue un año excepcionalmente malo. Se-
gún las estimaciones de Freeman —aproximadas, ya que el
autor es cauteloso—, sólo ocho de las veinticinco unidades
domésticas lograron cosechar una cuota de consumo normal
(incluyendo grano para semilla, para forraje de los animales,
para empleo en los rituales y para cerveza). La tabla 2.7 sin-
tetiza la producción en relación con las exigencias de con-
sumo durante 1949-50. En años normales tal vez esta dis-
tribución tomaría un cariz distinto, arrojando una tasa nor-
mal de insuficiencia de la unidad doméstica del orden del
20 o el 30 por 100.
TABLA 2.7. Producción de arroz en relación con las exi-
gencias normales del consumo, 25 familias de Rumah Nyala
(1949-50) (según Freeman, 1955, pág. 104)
Producción de arroz Nº de , Porcentaje de familias
como porcentaje de familias en el total de la
requerimientos normales comunidad
Más de 100% 8 32
76-100% 6 24
51- 75% 6 24
26- 50% 4 16
Menos de 25% 1 4
A primera vista, el hecho de que sólo una tercera parte apro-
ximada de familias bilek lograra abastecer sus exigencia norma-
les, parece sorprendente, pero debemos recordar que la esta-
ción de 1949-50 fue excepcionalmente mala... Sin embargo,
parece probable que incluso en años normales no sea poco
frecuente que un porcentaje menor de familias esté por debajo
del nivel ordinario de subsistencia tal como lo hemos definido.
A falta de datos confiables, no podemos hacer otra cosa que
arriesgar una cifra que fue transmitida por informes. Según mis
conversaciones con los Iban podría esperarse que en años
normales de un 70 a un 80 por 100 de las familias bilek alcan-
23 En contraste con esto, en un estudio paralelo de la producción
de seis familias pertenecientes a los Lamet de Laos, Izikowitz (1951)
encontró una considerable variación, pero toda ella en el aspecto
del excedente de la subsistencia. (Los Lamet en apariencia dependen
más de las ventas de arroz que los Iban y esto parece haber sido así
durante mucho tiempo). Cf. Geddes, 1954, sobre la tierra de Dayak.
87












zara las exigencias ordinarias, y que en estaciones favorables
virtualmente todas lo lograran... Tal vez sean pocas, suponiendo
que haya alguna, las familias Iban que no se hayan encontrado
en uno u otro momento en circunstancias apremiantes sin padi
suficiente para sus necesidades más elementales (Freeman, 1955,
página 104).
Otro ejemplo etnográfico que de alguna manera com-
pensa con su precisión la modestia de sus alcances es el estu-
dio de Thayer Scudder (1962) de los cultivos de cereales en-
tre las 25 familias de la aldea de Mazulu, en Gwembe Ton-
ga (Rhodesia del Norte). La región se encuentra asolada por
el hambre, pero la producción de las granjas Mazulu no es
un problema del momento actual; la primera pregunta que
se plantea es si las distintas unidades domésticas habían
plantado la cantidad de terreno suficiente como para ase-
gurar su subsistencia. Scudder sugiere como normal un
promedio de media hectárea por persona 24. Pero tal como
lo señala la tabla 2.8, que presenta los resultados del es-
tudio de campo realizado por Scudder, cuatro de las unida-
des domésticas Mazulu quedan muy por debajo de este ni-
vel y además 10 de las 20 restantes no llegan a alcanzarlo.
Las diferencias domésticas parecen distribuirse en una curva
normal en torno al problema de la subsistencia per capita.
¿Es suficiente con lo dicho? Nada resulta más cansador
que un libro de antropolía que abunde en los «entre los»:
entre los Arunta, esto; entre los Kariera, esto otro. Tampo-
co se llega a ninguna comprobación científica por una mul-
tiplicación interminable de ejemplos, a lo que se llega es
a convencer a los lectores de que la antropogía puede ser
aburrida. Pero la última proposición no requiere una de-
mostración muy complicada, como tampoco la necesita la
que estamos discutiendo. En lo que se refiere a ciertas for-
mas de producción, en especial en la caza y la pesca, la
probabilidad de distintos niveles de éxito es algo conocido
por vías del sentido común y de la experiencia. Aparte de
esto, y de una manera más general, siempre y cuando la pro-
ducción esté organizada por grupos domésticos, se establece
sobre una base frágil y vulnerable. La fuerza laboral de la
24 Sin embargo, puede ser que la cifra de media hectárea por ca-
beza estuviera determinada en parte por la tendencia real de las huer-
tas a tener esa medida aproximada, unido esto a la evidencia de que
esa proporción sería suficiente obtenida en una aldea inmediata. Ade-
más, la proporción de media hectárea por cabeza no deja lugar a las
diferentes necesidades de alimentos por parte de hombres, mujeres
y niños, detalle importante cuando se trata de evaluar el éxito eco-
nómico dé algunas unidades domésticas en particular. En una sección
más adelante, donde se discute la intensidad laboral de las unidades
domésticas (capítulo 3), se hacen los ajustes necesarios respecto de
datos obtenidos acerca de los Mazulu.
88

TABLA 2.8. Variaciones por familias de producto/cápita,
aldea Mazulu *, Valley Tonga, 1956-57 (según Scudeer,
1962, páginas 258, 261)
Relación con la
Acres cultivados/
Casa cápita subsistencia normal
estimativa per cápita
A 1,52 +0,52
B 0,86 -0,14
C 1,20 +0,20
D 1,13 +0,13
E 0,98 -0,02
F 1,01 +0,01
G 1,01 +0,01
H 0,98 -0,02
I 0,87 -0,13
J 0,59 -0,41
K 0,56 -0,44
L 0,78 -0,22
M 1,05 +0,05
N 0,91 +0,09
0 1,71 +0,71
P 0,96 -0,04
Q 1,21 +0,21
R : 1,05 +0,05
S 2,06 +1,06
T 0,69 -0,31
* Para una exposición más detallada de la producción Mazulu rela-
tiva a la subsistencia, incluyendo un intento de análisis más detallado,
véase capítulo 4.
familia es pequeña en general y a menudo se ve gravemente
resentida. En cualquier «comunidad lo suficientemente gran-
de» las distintas unidades domésticas mostrarán una con-
siderable variedad en cuanto a tamaño y composición, va-
riedad que muy bien puede hacer a algunas de ellas sus-
ceptibles de sufrir los embates de la mala suerte, ya que
algunas deben estar compuestas desfavorablemente en lo
que se refiere a la relación entre trabajadores efectivos y de-
pendientes no productivos (en su mayoría niños y ancianos).
Por supuesto, hay otras que están mucho más equilibradas
en este aspecto, incluso las hay con una mayoría de pro-
ductores capaces. Sin embargo, cualquier familia está su-
jeta a este tipo de variación con el correr del tiempo y
considerando el ciclo de crecimiento familiar, del mismo
modo que en un momento dado ciertas familias se encon-
trarán frente a dificultades económicas. Se presenta así lo
que parece ser una tercera dimensión de la subproducción
primitiva: un porcentaje interesante de unidades domésticas
fracasan crónicamente en la producción de los medios ha-
bituales necesarios para su supervivencia.








ELEMENTOS DE LA MODALIDAD DOMÉSTICA DE LA PRODUCCIÓN
LO anterior constituye una primera experiencia empí-
rica de las tendencias profundas y difundidas de la subpro-
ducción en las economías primitivas. Lo que sigue es un
primer intento de explicar esas tendencias desde un punto
de vista teórico refiriéndonos a una profunda y difundida
estructura de las economías en cuestión, la modalidad do-
méstica de producción. Necesariamente el análisis será tan
generalizado como los fenómenos ampliamente distribuidos
y variablemente expresados. Este procedimiento exige como
tarea inicial cierta defensa de los métodos.
Defensa de las generalizaciones
Confrontada con un caso etnográfico particular de sub-
producción, ninguna explicación abstracta puede ser tan sa-
tisfactoria como una enumeración de las fuerzas específicas
en juego: las relaciones políticas y sociales existentes, los
derechos de propiedad, los impedimentos rituales al des-
arrollo del trabajo y otras por el estilo25. Pero en la medida
en que las diferentes formas de subproducción apuntadas
más arriba se descubren generalmente en las economías pri-
mitivas, tampoco puede ser satisfactorio análisis alguno de
ellas. Porque entonces éstas pertenecen a la naturaleza de
las economías en cuestión, y en ese caso deben interpretar-
se a partir de condiciones igualmente generales de organi-
zación económica. Tal es el análisis que aquí se intenta.
Por lo general sólo existe en las formas particulares.
Por eso sigue siendo pertinente la bien conocida reserva
metodológica de un notable antropólogo social: «¿Cuál es el
sentido —se pregunta— de someter a comparación una
sociedad a la que primero no se haya comprendido hasta en
sus detalles más mínimos?» A esto repuso, en una ocasión,
un colega mío, mientras caminábamos por un estrecho pa-
sillo de la Universidad: «¿Cómo puedes comprender una
sociedad a la que primero no hayas comparado?» Esta des-
graciada coyuntura de verdades parece dejar a la antropolo-
gía en la posición de un ingeniero de ferrocarriles del Estado
de Conneticut, donde (según me dijeron) existe una ley
escrita que determina que dos trenes cuyo desplazamiento
se verifique en direcciones contrarias y por vías paralelas
deben detenerse por completo cuando llegan uno a la altura
del otro y ninguno de los dos puede reanudar la marcha
hasta que el otro se haya perdido de vista. Los impertérritos
25 De los Lele, por ejemplo, nada de lo que se diga aquí será tan
satisfactorio como el excelente análisis de Mary Douglas (1960).
90











antropólogos adoptan ingeniosos artilugios para superar el
callejón sin salida; por ejemplo, la generalización mediante
el «tipo ideal». El «tipo ideal» es una construcción lógica
fundada a la vez en un pretendido conocimiento y en una
pretendida ignorancia de la diversidad real del mundo, que
tiene el misterioso poder de hacer inteligible cualquier caso
particular. La solución tiene una dignidad igual a la del
problema. Quizá, entonces, ello excuse a este capítulo que
está escrito según esa modalidad.
¿Pero cómo justificar algunas otras tácticas menos res-
petables incluso? De tiempo en tiempo la discusión abando-
nará claramente la «realidad», ignorando los hechos apa-
rentes, por lo que se complace en considerar «el hecho
permanente». Penetrando más allá del parentesco, del ritual,
del cacicazgo —en suma, las principales instituciones de la
sociedad primitiva— se pretende ver en el sistema familiar
los primeros principios del comportamiento económico. Pero
la economía doméstica no puede ser «vista» aisladamente,
descomprometida de las instituciones más complejas que ella
a las cuales está siempre subordinada. Aunque esta discu-
sión puede convertirse en un resultado inevitable de esa
arrogancia analítica, lo más vituperable sería que ocasional-
mente apareciera como un escandaloso devaneo con el es-
tado natural, lo cual no representaría exactamente el enfoque
antropológico más actualizado. Todos los filósofos que han
examinado los fundamentos de la sociedad, a decir de Rous-
seau, han encontrado que era necesario volver al estado de
naturaleza, pero ninguno de ellos se decidió a dar el paso.
Acto seguido, el maestro volvió a caer en el mismo fallo,
pero esta vez con tanta magnificencia que quedó la convic-
ción de que era realmente útil hablar de cosas «que no exis-
tían ya, que quizá no hayan existido nunca, que probable-
mente no existirán jamás y de las cuales, sin embargo, es
necesario tener ideas correctas en orden a mejor juzgar
nuestra condición actual».
Pero, entonces, incluso hablar de «la economía» de una
sociedad primitiva es un ejercicio de irrealidad. Estructural-
meiite, «la economía» no existe. Más que una organización
delimitada y especializada, la «economía» es algo que genera-
liza la función de los grupos sociales y de las relaciones,
especialmente los grupos y las relaciones de parentesco. La
economía es más bien una función de la sociedad que una
estructura, porque el armazón del proceso económico, la
proporcionan los grupos concebidos clásicamente como «no
económicos». En particular, la producción está instituida
por grupos domésticos que, por lo general, se ordenan
como familias de uno u otro tipo. La unidad doméstica es
para la economía tribal lo que el feudo fue para la economía
91











medieval o lo que es la corporación para el moderno capita-
lismo: cada una de ellas es en su momento la institución
productiva dominante. Cada una representa, además, un
determinado modo de producción 26, con una tecnología y
una división del trabajo apropiadas, un objetivo económico
o finalidad característicos, formas específicas de propiedad,
relaciones sociales y de intercambio definidas entre las uni-
dades productivas y contradicciones que le son del todo
propias. En resumen, para explicar la disposición observada
que tienen las primitivas economías para la subproducción,
yo reconstruiría la «economía doméstica independiente» de
Karl Bücher y de los escritores anteriores a él, pero ahora
un tanto reacomodada a Marx, y redecorada con una etno-
grafía más a la moda.
Puesto que los grupos domésticos de la sociedad primi-
tiva no han sufrido todavía una degradación a un mero
estatus de consumo, su capacidad laboral desligada del círcu-
lo familiar y empleada en un dominio exterior, los hizo some-
terse a una organización y propósitos ajenos. La unidad
doméstica, como tal, recibe el peso de la producción junto
con la organización y la aplicación de la capacidad laboral
y junto con la determinación del objetivo económico. Sus
propias relaciones internas, tal como ocurre entre esposo y
esposa, entre padres e hijos, son las relaciones principales
de la producción dentro de la sociedad. El rótulo incorpo-
rado de los estatus de parentesco, el dominio y la subordina-
ción de la vida doméstica, la reciprocidad y cooperación, ha-
cen aquí de lo «económico» una modalidad de lo íntimo.
La organización del trabajo y los términos y productos de su
actividad, son principalmente decisiones domésticas. Y son
decisiones que se toman teniendo en cuenta primordialmente
la satisfacción doméstica. La producción se encauza según
las exigencias habituales de la familia. La producción es
para beneficio de los productores.
Me apresuro a agregar dos reservas que son también
dos argumentos en defensa de la generalización.
26 «Modo de producción» se emplea aquí de modo diferente a
como lo hizo Terray (siguiendo a Althusser y Balibar) en su impor-
tante trabajo Le Marxisme devant les sociétés primitives (1969).
Aparte de la diferencia obvia en lo que se refiere a las «instancias»
superestructurales, el principal contraste tiene que ver con la impor-
tancia teórica que se ha dado a diversas formas de cooperación, es
decir, en cuanto constituyen estructuras colectivas en el control de
las fuerzas productivas que se superponen y se enfrentan a las unida-
des domésticas. Una importancia semejante se desecha aquí y a par-
tir de esta divergencia surgen muchas otras. Sin embargo, a pesar
de estas diferencias significativas, es obvio que la presente perspec-
tiva hace propios muchos puntos de vista de Terray y está de acuerdo
también, en gran parte, con Meillassoux (1960, 1964), en quien se
fundamenta el trabajo de Terray.
92











En primer lugar, la ventajosa identificación de «grupo
doméstico» con «familia», que me he permitido, es dema-
siado amplia e imprecisa. En las sociedades primitivas el
grupo doméstico es, en general, un sistema familiar, pero
no siempre es así, y donde sí lo es, el término «familia»
debe abarcar una variedad de formas específicas. Las unida-
des domésticas de una comunidad son a veces morfológica-
mente heterogéneas: además de las familias, incluyen otras
clases de unidades domésticas compuestas, por ejemplo, de
personas que, por su edad, pertenecen a una clase deter-
minada. Además, aunque no es muy frecuente, las familias
pueden estar totalmente sumergidas dentro de grupos do-
mésticos con dimensiones y estructuras de linaje. Cuando
la unidad doméstica es un sistema familiar, las formas pue-
den variar desde nucleares a extendidas, y dentro de esta
última categoría puede haberlas poligámícas, matrilocales,
patrilocales y una gran variedad de otros tipos. Finalmente,
el grupo doméstico está integrado en su interior de diferen-
tes maneras y en distintos grados, tal como puede juzgarse
por las pautas de cohabitación cotidiana, de reunión para
las comidas y de cooperación. Aunque las cualidades esen-
ciales de la producción que debemos considerar —predo-
minio de la división del trabajo por sexos, producción
segmentaria para el consumo, acceso autónomo a los medios
de producción, relaciones centrífugas entre las unidades
productoras— parecen atravesar estas variaciones formales,
la proposición de una modalidad doméstica de producción es,
sin lugar a dudas, una especie altamente ideal. Y si, a pesar
de todo, uno se permite hablar de una modalidad doméstica
de producción, es siempre y únicamente resumiendo las mu-
chas modalidades de producción doméstica.
En segundo lugar, no intento sugerir que la unidad
doméstica sea en todos los casos un grupo exclusivo de
trabajo, ni que la producción sea una actividad solamente
familiar. Las técnicas locales exigen un mayor o menor grado
de cooperación, de ahí que la producción pueda estar orga-
nizada de formas sociales diversas y a veces en niveles
más altos que la unidad doméstica. Los miembros de una
familia pueden colaborar de una manera regular y sobre una
base individual con parientes y amigos de otras casas; ciertos
proyectos se encaran colectivamente por parte de grupos,
tales como los linajes o las comunidades de vecinos. Pero
de lo que se trata no es de la composición social del trabajo.
Las partidas de trabajo más numerosas no son, en su mayor
parte, más que uno de los muchos modos que la producción
doméstica tiene de realizarse. A menudo, la organización
colectiva del trabajo no hace más que dismular tras su
masividad su simplicidad social básica. Un conjunto de per-
93









sonas o de pequeños grupos actúan hombro con hombro en
tareas paralelas e idénticas, o trabajan juntas para favorecer
por turno a cada participante. Es así que el esfuerzo colectivo
comprime a la estructura segmentaria de la producción sin
efectuar en ella ningún cambio permanente o fundamental.
Lo que es más, la cooperación no instituye una estructura
de producción sui generis y con finalidades propias que di-
fiera en forma o en alcance de la supervivencia de los dis-
tintos grupos domésticos y que predomine en el proceso de
producción de la sociedad. La cooperación sigue siendo, en
su mayor parte, un hecho de naturaleza técnica, sin reali-
zación social independiente en el nivel del control económico.
No compromete en absoluto la autonomía de la unidad
doméstica o su objetivo económico, la organización domés-
tica de la capacidad laboral o el predominio de los objetivos
domésticos a través de las actividades sociales del trabajo.
Realizados estos planteamientos, paso a la descripción de
los aspectos principales de la modalidad doméstica de la pro-
ducción (MDP), con la vista puesta en las implicaciones que
ésta tiene para el carácter del desempeño económico.
División del trabajo
Por su composición, la unidad doméstica lleva a cabo
una especie de pequeña economía. En respuesta a la escala
técnica y a la diversidad de la producción, todavía es
ampliable hasta un cierto punto: la combinación de ele-
mentos nucleares en algunas formas de familia extendida
parece presentarse como la organización social de una com-
plejidad económica. Pero el control familiar de la produc-
ción descansa en otro aspecto de su composición más impor-
tante que su tamaño. La familia contiene en su interior la
división del trabajo que predomina en la sociedad como un
todo. Una familia es, para comenzar y como mínimo, una
unión de esposo y esposa, de un hombre y una mujer adultos.
Por tanto, desde sus comienzos, una familia combina los dos
elementos sociales primordiales de la producción. La división
del trabajo por sexo no es la única especialización económica
que conocen las sociedades primitivas, pero es la forma pre-
dominante, la que trasciende toda otra especialización en el
sentido de que las actividades normales de cualquier hombre
adulto, unidas a las actividades normales de cualquier mujer
adulta agotan prácticamente los trabajos habituales de la
sociedad. Por tanto, el matrimonio, entre otras cosas, es el
establecimiento de un grupo económico generalizado consti-
tuido para producir lo que en un lugar determinado se en-
tiende como subsistencia.
94










Relación primitiva entre el hombre y las herramientas
He aquí una segunda correlación, igualmente elemental,
que se produce entre la modalidad doméstica, atomizada y
en pequeña escala, y una tecnología de dimensiones simi-
lares. El aparato básico puede, por lo general, ser manejado
por los grupos familiares; una gran parte del mismo
puede estar a cargo de individuos. Otras limitaciones tec-
nológicas resultan igualmente congruentes con la supremacía
de la economía doméstica: los implementos son de confec-
ción casera, es decir, que —al igual que la mayor parte de las
técnicas— son lo suficientemente simples como para que
estén a disposición de la mayoría; los procesos productivos
son unitarios en su mayor parte y no descompuestos por
una complicada división del trabajo, es así que el mismo
grupo interesado puede encargarse de todo el proceso, desde
la extracción de la materia prima hasta la fabricación del
bien ya terminado.
Pero no es posible comprender una tecnología sólo por
sus propiedades físicas. En el uso, las herramientas entran
en relaciones específicas con quienes las usan. En una pers-
pectiva más amplia, es esta relación, y no la herramienta de
por sí, lo que determina la cualidad histórica de una tecno-
logía. Ninguna diferencia de orden puramente físico entre
las trampas de ciertas serpientes y las de ciertos cazadores
(humanos) o entre la colmena de las abejas y las febriles
aldeas de los Bantúes, es tan significativa desde el punto
de vista histórico como la diferencia en la relación entre un
instrumento y el que lo emplea. Las herramientas mismas no
son diferentes en principio, ni siquiera en lo que a eficacia
se refiere. A los antropólogos sólo les satisface la observa-
ción extratecnológica de que, en cuanto a invención y uso,
el instrumento humano expresa «una habilidad consciente»
(simbolización), y el instrumento del insecto, una fisiología
heredada («instinto»): «lo que distingue al peor de los ar-
quitectos de la más hábil de las abejas es que el arquitecto
levanta su estructura mentalmente antes de hacerlo en la
realidad» (Marx, 1967a, vol. 1, pág. 178). Las herramientas,
incluso las buenas herramientas, son anteriores al hombre.
La gran divisoria evolutiva está en la relación herramienta-
organismo.
Una vez adquiridas las capacidades humanas, la habi-
lidad empieza a perder su poder diferenciador. Los habi-
tantes más primitivos de la tierra —considerados así en el
plano de la complejidad cultural como totalidad— suelen
crear piezas técnicas sin parangón. Desmanteladas y enviadas
hacia Nueva York o Londres, las trampas de los Bosquimanos
permanecen ahora juntando polvo en los sótanos de un
95











centenar de museos, sin poder siquiera ser mostradas, ya
que nadie sabe cómo volver a armarlas. En un examen muy
por encima de la evolución cultural podría decirse que los
adelantos técnicos no han producido un progreso en cuanto
a habilidad, sino en cuanto a otro de los ejes de la relación
hombre-herramienta. Es una cuestión de la distribución de la
energía, de la habilidad y de la inteligencia entre los dos.
En la relación primitiva del hombre con la herramienta, el
balance favorece al hombre; con el comienzo de una «era del
maquinismo» la balanza se inclina definitivamente a favor
de la máquina 27.
La relación primitiva hombre-herramienta es una condi-
ción de la modalidad doméstica de producción. De una ma-
nera característica, el instrumento es una extensión artificial
de la persona, que no está diseñada especial y simplemente
para el uso individual, sino como un accesorio que aumenta
la capacidad mecánica del cuerpo (por ejemplo, un arco o
una ballesta), o realiza operaciones finales (por ejemplo, cor-
tar, cavar) para las cuales el cuerpo no está naturalmente
bien equipado. De este modo, la herramienta libera energía
humana y habilidad también humana, más que energía y
habilidad propias. Pero la tecnología más reciente habría
invertido esta relación entre el hombre y la herramienta.
Con ello se hace obligado discutir qué es la herramienta:
La ocupación de un operario en una industria mecanizada es
(característicamente) la de un ayudante o un asistente, cuyo
deber es seguir puntualmente el proceso de la máquina y hacer-
se cargo de la manipulación humana en los puntos en que el
proceso que ocupa a ésta es incompleto. Su trabajo comple-
menta el proceso de la máquina en vez de hacer uso de ella.
Por el contrario, el proceso de la máquina hace uso del ope-
rario (Veblen, 1914, págs. 306-307)28.
27 No cabe duda de que se necesita una gran cantidad de cono-
cimientos para el mantenimiento y desarrollo de la moderna ma-
quinaria; la sentencia de más arriba se reduce a la relación de hombre
y herramienta en el proceso de producción.
28 La apreciación de Marx acerca de la revolución de la máquina,
anterior por supuesto a la de Veblen, se halla muy cerca de la
de éste al decir: «Junto con la herramienta, pasa a la máquina la
habilidad del trabajador para manipularla... En las artesanías y manu-
facturas, el obrero hace uso de una herramienta; en la factoría, la
máquina lo utiliza a él. Allí los movimientos del instrumento de tra-
bajo proceden de él, aquí son los movimientos de la máquina los que
debe seguir. En la manufactura (preindustrial) los obreros son partes
de un mecanismo viviente. En la fábrica tenemos un mecanismo sin
vida independiente del obrero, el cual se convierte en un mero apén-
dice viviente de dicho mecanismo... Todo tipo de producción capita-
lista, en la medida en que no es sólo un proceso laboral, sino también
un proceso de creación de plusvalía, tiene eso en común, que no
es el obrero el que emplea los instrumentos de trabajo, sino los ele-
mentos de trabajo los que emplean al obrero» (1967a, vol. 1, pági-
96

El valor teórico adjudicado por la moderna antropología
evolucionista a la tecnología como tal, es históricamente con-
tingente. Ahora el hombre depende de la máquina y el futuro
evolutivo de la cultura parece depender del progreso de
esta ferretería. Al mismo tiempo, la prehistoria es, con mu-
cho, un registro de instrumentos; como es fama que dijo
un bien conocido arqueólogo: «la gente está muerta». Creo
que estas verdades banales ayudan a explicar el privilegio
analítico concedido a menudo a la tecnología primitiva, tal
vez igualmente equivocado, ya que se funda en la exage-
ración de la importancia de la herramienta por sobre la
habilidad, y correlativamente percibe el progreso del hom-
bre desde el mono hasta el antiguo imperio, como una serie
de pequeñas revoluciones industriales iniciadas por el des-
arrollo de nuevas herramientas y nuevas fuentes de ener-
gía. En lo que respecta a la mayor parte de la historia
humana, el trabajo ha sido más importante que las herra-
mientas, los esfuerzos inteligentes del productor, más de-
cisivos que su sencillo equipo. Toda la historia del trabajo,
hasta hace muy poco tiempo, ha sido la historia del tra-
bajo ingenioso. Sólo un sistema industrial es capaz de so-
brevivir con una proporción de trabajadores no calificados
como la que existe hoy; en un caso semejante, el paleolí-
tico hubiera sucumbido. Y las principales «revoluciones»
primitivas, en especial la domesticación producida en el
neolítico de los recursos alimenticios, fueron puros triunfos
de la técnica humana: nuevas formas de relacionarse con
las fuentes de energía existentes (plantas y animales), más
que nuevas herramientas o nuevas fuentes (véase el Cap. 1).
El aparataje de producción de la subsistencia puede muy
bien haber declinado en el pasaje del paleolítico al neolí-
tico, aunque la producción haya aumentado. ¿Qué signi-
fica la estaca usada por los melanesios para excavar, frente
a la herramienta que los esquimales de Alaska emplean para
el mismo fin? Hasta el momento en que se produjo la ver-
dadera revolución industrial, el producto del trabajo hu-
mano tal vez haya aumentado mucho más gracias a la habi-
lidad del trabajador que a la perfección de sus herramientas.
La discusión de la importancia de las técnicas huma-
nas no es tan aleatoria como podría parecer a este análisis
ñas 420-423). Para Marx, es preciso destacarlo, el punto decisivo en
la relación hombre-herramienta no era la sustitución de la fuerza no
humana, sino la unión de las herramientas a un mecanismo motorizado
de transmisión; esto último podría considerarse todavía humano, pero
el obrero había sido efectivamente alienado de los instrumentos de
trabajo y su habilidad en el manejo de los mismos había pasado
ahora a la máquina. Este es el criterio indicativo de la máquina y el
verdadero comienzo de la revolución industrial.
97










de la MDP. Por el contrario, sirve de respaldo a una su-
gerencia teórica más importante: que en las sociedades
arcaicas, la presión socio-política debe presentarse a me-
nudo como la estrategia más factible del desarrollo econó-
mico. Las personas son el lado más maleable y al mismo
tiempo el más importante de la relación primitiva hombre-
herramienta. Tomemos en cuenta, además, el testimonio
etnográfico de la subexplotación: que los recursos no siem-
pre son aprovechados plenamente, pero entre la produc-
ción real y la posibilidad queda siempre espacio suficiente
para maniobrar. El gran desafío está en la intensificación
del trabajo: hacer que la gente trabaje más o que más gente
trabaje. Esto quiere decir que el destino económico de la
sociedad depende de sus relaciones de producción, en es-
pecial, de las presiones políticas que pueden acumularse
sobre la economía de la unidad doméstica.
Pero una intensificación del trabajo deberá adoptar un
camino dialéctico, ya que muchas propiedades de la MDP
la hacen refractaria al ejercicio del poder político y, al mis-
mo tiempo, al aumento de la producción. De primordial
importancia resulta la satisfacción de la economía familiar
con su propio objetivo que ella misma se ha señalado: la
supervivencia. La MDP es básicamente un sistema anti-ex-
cedente.
Producción para la supervivencia
La distinción clásica entre «producción para el uso»
(es decir, para los productores) y «producción para el in-
tercambio» estaba, desde el comienzo de una economía
antropológica, al menos en los países anglosajones, enterra-
da en el cementerio de los conceptos prehistóricos. Es ver-
dad que Thurnwald había adoptado estos conceptos para
distinguir las economías primitivas de las modernas eco-
nomías monetarias (1932). Y nada pudo evitar su reen-
carnación en diversos contextos etnográficos (véase «Sub-
aprovechamiento de la capacidad laboral» más arriba). Pero
cuando Malinowski (1921) definió la «Economía tribal»
en oposición (en parte) a la «Economía doméstica indepen-
diente» de Bücher (1911), la noción de producción para
el uso fue efectivamente dejada de lado antes de que se
hubiera agotado su utilidad teórica.
Quizás el problema estaba en que «producción para el
uso» o «economía doméstica independiente» podían in-
terpretarse como dos modalidades diferentes, una de las
cuales resultaba insostenible y la otra generalmente se ig-
noraba. Estas definiciones sugieren una condición de autar-
quía doméstica, lo cual es falso para las unidades produc-
98











tivas de cualquier sociedad real. Las unidades domésticas
de las comunidades primitivas no suelen ser autosuficien-
tes, producen todo lo que necesitan y necesitan todo lo
que producen. Indudablemente hay intercambio. Incluso al
margen de los regalos ofrecidos y recibidos a causa de inevi-
tables obligaciones sociales, la gente puede trabajar para
un comercio francamente utilitario, obteniendo indirecta-
mente, de este modo, lo que necesita.
Sin embargo, es «lo que necesitan»: el intercambio y
la producción que lo hacen posible, están orientados hacia
la supervivencia y no hacia la obtención de ganancias. Es
ésta una segunda versión de la distinción clásica, y la más
importante; más importante que un determinado intercam-
bio es la relación del productor con el proceso de produc-
ción. No se trata simplemente de «producción para el con-
sumo», sino de producción por el valor del consumo, in-
cluso en los actos de intercambio y oponiéndose a la bús-
queda del valor de intercambio. Según esta lectura, la MDP
encuentra realmente un lugar en las categorías heredadas
de la historia económica. Incluso con el intercambio, la
modalidad doméstica es prima hermana de lo que Marx
denominara «simple circulación de bienes» y, por consi-
guiente,de la celebrada fórmula B—>D—>B´’: la manufactura
de bienes (B) para su venta en el mercado con el objeto
de obtener medios (D, dinero) para la adquisición de otros
bienes específicos (B'). «Simple circulación» es, sin duda,
más aplicable al campesino que a las economías primiti-
vas. Pero al igual que los campesinos, las gentes primi-
tivas eran constantes en la persecución de valores de con-
sumo, relacionados siempre con el intercambio por el
interés en el consumo y, por consiguiente, a la producción
por un interés de aprovisionamiento. En este aspecto, el
antagonista histórico de ambos es el capitalista burgués
interesado en el valor de cambio.
El proceso capitalista parte de un punto diferente y
de otro cálculo. La «fórmula general para el capital» es la
transformación de una suma dada de dinero en otra suma
mayor por medio del bien: D—»B—»D', el empleo de la
capacidad laboral y los medios físicos para la fabricación
de un bien cuya venta signifique la mayor cantidad posible
de ingresos en base a un capital original. Es así que, super-
vivencia y ganancia, «producción para el consumo» y «pro-
ducción para el intercambio» plantean finalidades de pro-
ducción encontradas y, en consecuencia, intensidades opues-
tas de producción.
El hecho es que mientras uno es un sistema económico
de objetivos determinados y finitos, el otro proclama la
meta indefinida de «todo lo posible». Se trata de una di-
99










ferencia cualitativa y al mismo tiempo cuantitativa, pero
primordialmente cualitativa. La producción para la super-
vivencia no sólo se propone un número moderado de cosas
deseables, sino que éstas posean un «carácter de utilidad
específico», de acuerdo con las exigencias habituales de los
productores. Allí donde la economía doméstica busca tan
sólo reproducirse, la producción para el intercambio (valor)
querría excederse constantemente, marchando hacia la acu-
mulación de una «fortuna» generalizada. No se trata de
la producción de bienes en particular, sino de una «fortuna»
abstracta, y «el límite es el cielo». Por definición, D'≤D
es una desviación de la práctica D—>B—>D'; mediando la
competencia, D'—»∞ es la fórmula del éxito. Tal como lo
dijo Marx, qué sublime parece la antigua concepción que
hacía del hombre el objetivo de la producción en compa-
ración con un mundo moderno donde la producción es
el objetivo del hombre, y la fortuna el objetivo de la pro-
ducción (1967b, vol. I, p. 450).
De todas las implicaciones que esto podría tener, con-
sideremos una sola de la cual ya tenemos testimonios et-
nográficos: el trabajo en un sistema de producción para el
consumo tiene posibilidades únicas de fijar un límite. La
producción no se encuentra compulsada a llegar al limite
de las capacidades físicas o a sobrepasarlo, sino que más
bien se inclina a hacer un alto una vez que se haya ase-
gurado la subsistencia en el presente. La producción para
el consumo es discontinua e irregular y sobre todo pre-
servadora de la capacidad laboral. Mientras que en la pro-
ducción organizada por y para el valor de cambio:
Le but de travail n'est plus, des lors, tel produit spécifique
ayant des rapports particuliers avec tel ou tel besoin de l'indivi-
du, c'est l'argent, ríchesse ayant une forme universelle, si bien
que le zéle au travail de l'individu ne connait plus de limites:
indifférent á ses propres particularités, le travail revét toutes les
formes qui servent ce but. Le zéle se fait inventif et cree des
objets nouveaux pour le besoin sociale... (Marx, 1967b, vol. 1,
página 165).
Es lamentable que la Antropología Económica haya pre-
ferido durante tanto tiempo ignorar esta distinción entre
producción para el consumo y producción para el intercam-
bio. El reconocimiento de la diferencia que hay entre ellos
en cuanto a la productividad hubiera servido para estudiar
la historia económica de una manera correcta y honorable.
En un caso famoso, Henri Pirenne explicaba del siguiente
modo la declinación de la agricultura en Europa durante la
alta Edad Media, cuando la economía quedó sin mercado
a causa de la invasión árabe al Mediterráneo y debió pasar
100









enseguida del intercambio comercial al autoabastecimiento
local y disminuir el nivel de productividad:
... la regresión de los sistemas de agricultura resulta obvia.
No tenía sentido hacer que el suelo produjera más de lo que se
necesitaba para satisfacer las necesidades de quienes lo cultiva-
ban, ya que si el excedente no podía exportarse no mejoraría
en nada la condición del agricultor ni aumentaría el valor de
renta de la tierra. De ese modo, el granjero se satisfacía con
un mínimo de cuidado y de esfuerzo, y la agronomía cayó en el
olvido hasta que la posibilidad de vender las cosechas volvió
a hacer necesaria la adopción por parte de los propietarios de
métodos más avanzados y lucrativos. Pero entonces, la tierra
comenzaría a ser considerada como un valor y no como un
medio de subsistencia (Pirenne, 1955, pág. 99).
Y ahora la oposición clásica reaparece bajo la forma
de la «economía dual» de los países «subdesarrollados».
Boeke, autor de este principio, describe el contraste entre
los comportamientos del siguiente modo:
Otro aspecto en el que la sociedad oriental difiere de la occi-
dental es el hecho de que las necesidades son muy limitadas.
Esto se relaciona con el limitado desarrollo del intercambio, con
el hecho de que la mayor parte de la gente tiene que abaste-
cerse a sí misma, que las familias deben contentarse con lo que
son capaces de producir, de modo que las necesidades deben
ser modestas en cuanto a cantidad y a calidad. Otra consecuen-
cia de esto es que las motivaciones económicas no actúan de
una manera continua. Por tanto, la actividad económica es tam-
bién intermitente. La economía occidental tiene tendencias dia-
metralmente opuestas... (Boeke, 1953, pág. 39).
Pero como testigos del enfrentamiento colonial de las
dos economías, los antropólogos tuvieron la oportunidad
de experimentar la diferencia histórica como un hecho et-
nográfico. En las obstinadas pautas del trabajo indígena y
en las respuestas «irracionales» a los precios, descubrieron
la producción para el consumo, y lo que se hace evidente
en las crisis es siempre la esencia. La economía tradicional
de objetivos finitos insiste en reafirmarse aun cuando se
la quebrante y se la sujete al mercado. Tal vez eso ayude
a explicar cómo es posible que el Occidente racional pu-
diera vivir durante tanto tiempo albergando dos prejuicios
contradictorios respecto de la capacidad de los «nativos»
para el trabajo. Por un lado, la antropología vulgar sos-
tenía que estos pueblos, debido a su incapacidad técnica,
tenían que trabajar constantemente sólo para sobrevivir;
por otro lado, era demasiado evidente que «los nativos
tienen una haraganería congénita». Si la primera era una ra-
cionalización colonialista, la segunda pone en evidencia una
cierta deficiencia de la ideología: por algún motivo se ha-










cía necesario golpear a la gente para que llevara la carga
de un hombre blanco. Reclutados para trabajar en las
plantaciones, con frecuencia se mostraban reacios a reali-
zar un trabajo constante. Inducidos a plantar un cultivo de
fácil salida no reaccionaban «adecuadamente» a los cambios
del mercado. Como su interés primordial era la adquisición
de productos específicos para el consumo, producían menos
cuando los precios de las cosechas eran más altos, y más
cuando los precios decaían. La introducción de nuevas he-
rramientas o plantas que podían aumentar la productividad
del trabajo indígena acortaba el período de trabajo nece-
sario, y las ganancias eran absorbidas más bien por la
ampliación de los períodos de descanso que por un aumento
de la producción (cfr. Sharp, 1952; Sahlins, 1962a). Todas
estas respuestas y otras similares expresan una cualidad
persistente de la producción doméstica tradicional: que se
trata de una producción de valores de consumo, definitiva
en cuanto a su propósito y, por lo tanto, discontinua en
cuanto a su actividad.
En síntesis, por esta característica de la MDP —que es
una producción de valores de consumo— volvemos a la
subproducción, cuya observación empírica fuera el comienzo
de toda esta indagación. El sistema doméstico sólo da lugar
a objetivos económicos limitados, definidos más bien cua-
litativamente en función de una forma de vivir que cuanti-
tativamente como una fortuna abstracta. Por consiguiente,
el trabajo no es intensivo: es intermitente y susceptible a
todas las formas de interrupción que ofrecen las alternativas
culturales y los impedimentos, desde un importante ritual
hasta un ligero aguacero. La economía es sólo una actividad
parcial de las sociedades primitivas, o al menos es una ac-
tividad de una sola parte de la sociedad.
Dicho de otro modo, la MDP alberga un principio de
anti-excedente. Movida por la producción para la super-
vivencia, está dotada de esa tendencia a detenerse una vez
satisfecho su objetivo. Por lo tanto, si el «excedente» se
define como el producto que sobrepasa las exigencias de
los productores, el sistema familiar no está organizado para
ello. No hay nada dentro de la estructura de la producción
para el consumo que la impulse a trascenderse. La socie-
dad toda está construida sobre una obstinada base econó-
mica y, por consiguiente, sobre una contradición, porque
a menos que la economía doméstica sea forzada más allá de
sí misma, la sociedad no sobreviviría. Económicamente, la
sociedad primitiva está fundada sobre una antisociedad.
102









La regla de Chayanov
Hay un modo más exacto de apreciar este empleo no
intensivo de las fuerzas productivas. Presento una serie
mixta de reflexiones teóricas y estadísticas que nos llevan
a la conclusión de que el sistema doméstico establece nor-
mas de supervivencia que no sólo están limitadas de una
manera absoluta, sino también en relación con el potencial
de la sociedad; de que en realidad, en la comunidad de
grupos domésticos productores cuanto mayor es la capaci-
dad relativa de trabajo de la unidad doméstica, menos tra-
bajan sus miembros. Este último es, un descubrimiento
fundamental de A. V. Chayanov, por lo que aquí, en reco-
nocimiento, lo llamamos «regla de Chayanov».
Es necesario partir de la base de que los tres elementos
de la MDP que hasta ahora hemos indentificado —escasa
capacidad laboral esencialmente diferenciada por sexo, tec-
nología simple y objetivos finitos de la producción—, se re-
lacionan sistemáticamente. No sólo está cada uno de los
elementos relacionado con los otros por un vínculo recí-
proco, sino que cada uno por la propia modestia de su
escala se adapta a la naturaleza de los demás. Supongamos
que cualquiera de estos elementos demostrara una ten-
dencia desusada a evolucionar, entonces se encontraría con
la resistencia de una incompatibilidad cada vez mayor por
parte de los otros. La resolución sistemática normal de es-
ta tensión es la vuelta al status quo («realimentación nega-
tiva»). Sólo en el caso de una conjunción histórica de con-
tradicciones adicionales y externas («sobredeterminación»)
la crisis podría convertirse en destrucción y transformación.
Específicamente la norma de supervivencia doméstica, tien-
de a permanecer inerte. No puede sobrepasar un cierto ni-
vel sin poner a prueba la capacida de la fuerza de trabajo
doméstica, ya sea de una manera directa o a través del
cambio tecnológico requerido por una producción más ele-
vada. El nivel de supervivencia no aumenta sustancialmente
sin cuestionar la organización familiar existente. Y aún hay
un último límite establecido por la posibilidad de cualquier
orden de unidad doméstica de proporcionar fuerzas y rela-
ciones de producción adecuadas. Por tanto, mientras la
modalidad doméstica prevalezca, la idea habitual de super-
vivencia se verá adecuadamente restringida.
Lo que es más, si las contradicciones internas estableci-
das por niveles más altos definen de esta manera un límite
absoluto, las contradicciones externas determinarán un equi-
librio relativamente bajo en relación con la capacidad econó-
mica de la sociedad.
Porque, cualquiera sea la naturaleza de las relaciones
103

sociales entre las unidades domésticas, que pueden ir desde
la anarquía del estado natural a la amistad familiar, la norma
usual de bienestar tiene que fijarse a un nivel que esté al
alcance de la mayoría, dejando subaprovechadas las poten-
cialidades de la minoría más eficiente. Potencialmente, las
distintas unidades domésticas de una comunidad acusan
grandes diferencias entre sí en lo referente a la producción
per cápita, sólo porque se encuentran en diferentes etapas
del ciclo de desarrollo familiar, por ello deben descontar
de su porcentaje de trabajadores efectivos a los niños de-
pendientes y a los ancianos. Pero en el supuesto caso de
que las convenciones de bienestar doméstico se adecuaran a
las unidades domésticas de mayor capacidad de trabajo.
La sociedad se enfrenta entonces con una de dos intolera-
bles condiciones, dependientes de la proximidad de las re-
laciones entre las unidades domésticas existentes respecto
de los polos de anarquía y solidaridad. Si no prevalecen
las buenas relaciones (o las relaciones hostiles), el éxito de
unos pocos y el inevitable fracaso de los más es una invita-
ción económica a la violencia. O, dada una amplia relación,
la distribución por parte de los privilegiados en favor de
la mayoría pobre no hace más que crear una discrepancia
general y permanente entre la convención del bienestar do-
méstico y la realidad.
Tomando en conjunto entonces estos razonamientos
abstractos y preliminares, puede decirse que: a riesgo de
engendrar contradicciones internas y externas, revolucio-
nes y guerras, o por lo menos sediciones continuas, deben
mantenerse las acostumbradas metas económicas de la MDP
dentro de ciertos límites que sean inferiores a la capacidad
global de la sociedad, y que utilicen en abundancia la
fuerza laboral de las familias más eficientes.
«En la granja familiar», escribe A. V. Chayanov, «los
porcentajes de trabajo intensivo son considerablemente más
bajos que si se utilizara la capacidad de trabajo al completo.
En todas las zonas investigadas, las familias campesinas po-
seen reservas considerables de tiempo sin utilizar» (1966,
páginas 5-76). Esta observación, sumada a la amplia investi-
gación de la agricultura rusa de la época inmediatamente
anterior a la revolución, nos permite continuar la discu-
sión en un tono totalmente diferente sin perder el ritmo
esencial. Es cierto que Chayanov y sus colaboradores des-
arrollaron sus teorías de la economía doméstica precapita-
lista en el contexto especial de una simple circulación de
bienes29, pero, paradójicamente, una fragmentada eco-
29 Desconocido durante mucho tiempo en el mundo anglosajón,
el trabajo de Chayanov (1966) reúne una impresionante cantidad de
información estadística y una ponderación intelectual de enorme
104











nomía campensina puede presentar con mayor claridad que
cualquier comunidad primitiva, en el nivel empírico, ciertas
tendencias profundas de la MDP. En el caso de los primiti-
vos, estas tendencias están encubiertas y transfiguradas por
las relaciones sociales generales de solidaridad y autoridad.
Pero la economía doméstica compesina, vinculada más bien
al mercado por el intercambio que a las otras unidades do-
mésticas por relación colectiva, descubre a la inspección,
sin disimulos, la estructura profunda de la MDP, manifes-
tando en particular una subutilización de la capacidad de
trabajo como atestiguan muchas de las gráficas de Chayanov.
La tabla 2.9 es típica al respecto.
Chayanov fue más allá de la mera observación de un
subaprovechamiento general de la mano de obra. Investi-
gó detalladamente la variación de la intensidad por unidad
doméstica. Empezando a realizar un estudio por su cuenta
entre 25 familias campesinas de Volokolamsk, pudo demos-
trar, primero, "que estas diferencias son muy notables: una
triple amplitud de variación que va desde los 78,8 días/tra-
bajador/año en los menos industriosos núcleos familiares
hasta los 216 días/trabajador/año, en las familias más ac-
tivas30. Acto seguido, y esto es lo más revelador, Cha-
yanov trazó las diferencias de intensidad/unidad doméstica,
como función de las variaciones en la composición domés-
tica expresada en términos de número de consumidores.
Como razón del tamaño de la unidad doméstica con la
mano de obra efectiva (razón de depedencia), esto último
es esencialmente un exponente del poder económico de
la unidad doméstica en relación con las señaladas tareas de
surpervivencia que realiza. La capacidad relativa de trabajo
del grupo doméstico puede entenderse que se incrementa
a medida que el exponente desciende hacia la unidad;
Chayanov demuestra (Tabla 2.10) que la intensidad de
trabajo en el grupo doméstico decrece de acuerdo con esto.
La demostración de Chayanov podría parecer un refina-
miento superfluo de lo que es obvio, especialmente si se da
por sentada la economía doméstica de objetivos finitos.
Todo lo que se dice estadísticamente es lo que se podría,
entonces, esperar por lógica; a saber, cuanto menor es la
proporción relativa de trabajadores, mayor es la cantidad
interés para el estudiante de las economías precapitalistas. (Este
elogio no sufre mengua a causa del obvio desacuerdo entre la perspec-
tiva teórica del presente trabajo y la que se desprende de la inter-
pretación que al final hace Chayanov de sus más importantes refle-
xiones.)
30 Chayanov presenta la tabla completa para 25 familias (1966,
página 77). La cantidad promedio de días de trabajo por trabajador y
por año era 131,8; la media, 125,8.
105

TABLA 2.9. Distribución del trabajo de los campesinos por sector en tres zonas de la Rusia zarista *
(según Chayanov, 1966, pág. 74) **
Porcentaje de tiempo de trabajo en:

Distrito

Agricultura

Artesanía
y comercio

«Trabajo
productivo»
total

Tareas Tiempo des- Festivaless ***
domesticas aprovechado



Vologda Uezd (Vologda
Guberniya)
Volokolams Uezd (Mos
cow Guberniya)
Starobel'sk Uezd (Khar'-
kov Guberniya) ... .


24,7 18,1 42,8
28,6 8,2 56,8
23,6 4,4 28,0

* N. no especificado.
** Es de lamentar que muchas de las tablas estadísticas de Chayanov, confeccionadas en su mayor parte en base
a los informes de los inspectores zaristas de agricultura, carezcan del tipo de precisión que los estudios modernos con-
sideran indispensable, en especial en lo que se refiere al carácter del muestreo, a las definiciones operacionales de las
categorías empleadas y otras cosas por el estilo.
*** Las cifras de esta columna nos recuerdan la crítica de la revolución burguesa hecha por Lafargüe: «Bajo el
Viejo Régimen, las leyes de la Iglesia garantizaban al trabajador noventa días de descanso, 52 domingos y 38 feriados,
durante los cuales se le prohibía estrictamente trabajar. Este fue el gran crimen del catolicismo, la causa principal de
la irreligión de la burguesía industrial y comercial: bajo la revolución, una vez afianzada, se abolieron todos los fe-
riados y se reemplazó la semana de siete días por la de diez, para que la gente no pudiera ya tener más que un día
de descanso de cada diez. Emancipó a los trabajadores del yugo de la Iglesia para sojuzgarlos mejor bajo el yugo del
trabajo» (1909, pág. 32n).









TABLA 2.10. Intensidad del trabajo en relación con la
composición familiar: 25 familias Volokolamsk
(según Chayanov, 1966, pág. 78)
Índicedeconsumidores/tra-
bajadores 1,01-1,20 1,21-1,40 1,41-1,60 1,61 +
Díasdetrabajo/trabajador/
año(promedioporfami-
lia) 98,8 102,3 157,2 161,3
* La misma relación entre intensidad de producción y eficacia del
grupo doméstico aparece en otra tabla que cubre varias regiones cam-
pesinas y emplea la relación producto/trabajadof medida en rublos
en vez de la intensidad medida en días de trabajo (pág. 78). Incluyo
aquí parte de esa tabla:

Ratio consumidor/
trabajador
1,00-1,15
1,16-1,30
1,31-1,45
1,46-1,60
1,61+ ...

Producto (rublos) por trabajador

Starobel'sk Vologda Vel'sk
Uezd Uezd Uezd
68,1 63,9 59,2
99,0 106,95 61,2
118,3 122,64 76,1
128,9 91,7 79,5
156,4 117,9 95,5

de trabajo que deben desarrollar para asegurarse un deter-
minado nivel de bienestar doméstico, y cuanto mayor es
la proporción, menos trabajan ellos. Expresado de un modo
más general, sin embargo, y de una manera que no dice
nada acerca de la finalidad de la MDP, excepto por la invi-
tación a hacer comparaciones con otras economías, la regla
de Chayanov parece magnificar subidamente diversas capa-
cidades teóricas: La intensidad del trabajo en un sistema
de producción doméstica para el consumo varía inversamen-
te a la capacidad de trabajo de la unidad de producción.
La intensidad productiva está inversamente relacionada
con la capacidad productiva. La regla de Chayanov resume
felizmente y respalda muchas afirmaciones que nosotros
hemos venido haciendo. Confirma la deducción de que la
norma de supervivencia no ajusta al máximo la eficacia de
la unidad doméstica, sino que la coloca al alcance de la
mayoría, derrochando así un cierto potencial entre los más
eficientes. Al mismo tiempo, esto significa que no se des-
arrolla ninguna compulsión a una producción de exceden-
tes dentro de la MDP. Pero entonces, la situación de los
grupos domésticos menos eficientes parece ser muy seria,
107









especialmente la del importante porcentaje que no cubre
sus propias necesidades, porque las unidades domésticas
de mayor capacidad de trabajo no alcanzan automáticamente
a cubrir las necesidades de los más pobres. No hay nada
en la organización de la producción que en sí mismo propor-
cione una compensación sistemática para sus propias ca-
rencias sistemáticas.
La propiedad
Más que lo producido por otros, es una cierta autono-
mía en el domino de la propiedad lo que fortalece la dedi-
cación de cada familia a sus propios intereses.
No es necesario que nos entusiasmemos tanto con el
«derecho» a la propiedad como con el otorgamiento del
mismo, ni tampoco con las pretensiones abstractas de «pose-
sión» como con los privilegios reales de su uso y dispo-
sición.
Un accionista de A. T. & T. se creyó cualificado a causa
de sus cinco acciones para cortar un palo telefónico situa-
do frente a su ventana con tanta impropiedad que le es-
tropeaba el panorama. Los antropólogos han aprendido
del mismo modo por experiencia a separar los distintos
derechos de propiedad —ingreso, uso, control—, en la
medida en que éstos pueden dividirse entre diferentes tene-
dores de la misma cosa. También nosotros hemos mostrado
bastante tolerancia al reconocer derechos separados que
no son exclusivos por naturaleza sino que difieren principal-
mente en el poder de un tenedor para imponerse a las deci-
siones del otro; derechos por rango, como ocurren entre
un linaje corporativo y las unidades domésticas que lo cons-
tituyen. El camino del progreso antropológico está sembra-
do de cadáveres terminológicos, la mayoría de cuyos espí-
ritus es mejor evitar. El tema que nos ocupa es la posición
privilegiada de los grupos domésticos cualesquiera sean sus
propiedades coexístentes.
Porque estas propiedades coexistentes están típicamen-
te superpuestas a la familia más que interpuestas entre
ésta y sus medios de producción. En este caso, los mayores
«poseedores» en las sociedades primitivas —jefes, linajes,
clanes— se mantienen en una relación de segundo grado
con la producción, medida por los atrincherados grupos do-
mésticos. La propiedad del jefe —«de la tierra, del mar y
del pueblo», como dicen los habitantes de Fiji—, es un
caso particularmente revelador. Es una «propiedad» más
inclusiva que exclusiva, y más política que económica: un
derecho derivado sobre el producto y sobre los medios de
producción en virtud de una superioridad inscripta sobre
108









los productores. En esto difiere de la propiedad bruguesa
que confiere el control sobre los productores a causa de
un derecho sobre los medios de producción. Cualquiera sea
la semejanza en la ideología de la «propiedad», los dos
sistemas de propiedad operan de manera diferente, el uno
(el cacicazco) es un derecho a las cosas que se efectiviza a
partir del sometimiento de las personas, el otro (el burgués),
es un sometimiento de las personas que se efectiviza a
partir del derecho a las cosas: 3I.
«propiedad» jerárquica propiedad burguesa
↓ ↓
productores medios de producción
y producto
↓ ↓
medios de producción y producto productores
En las sociedades tribales, la unidad doméstica no es
por lo general propietaria exclusiva de sus recursos: tierras
de cultivo, territorio de pesca o de caza. Pero más alla de
la pertenencia a grupos mayores o a autoridades superiores,
incluso por medio de esa propiedad, la unidad doméstica
retiene la relación primaria con los recursos productivos.
Donde estos recursos se encuentran indivisos, el grupo do-
méstico tiene libre acceso; donde la tierra está parcelada,
tiene derecho a una parte proporcionada. La familia disfruta
el usufructo, se dice, el derecho de uso, pero todos los pri-
vilegios que esto trae aparejados no son todo lo que el tér-
mino da a entender. Los productores fijan día por día cómo
debe utilizarse la tierra. Y sobre ellos recae la prioridad
de la apropiación y disposición del producto; no existe de-
recho alguno ni de grupo ni de autoridad que pueda llegar
legítimamente a privar a la unidad doméstica de su subsis-
tencia. Todo esto es innegable e irreductible: el derecho de
la familia, como miembro del grupo o de la comunidad pro-
pietaria, a explotar de manera directa e independiente para
su propia subsistencia, una porción adecuada de los recur-
sos sociales.
Por norma económica, no existe en la sociedad primitiva
ninguna clase de pobres sin tierra. Si se produce la expro-
piación ello es ajeno al modo de producción en sí mismo,
31 «En primer lugar, la riqueza de las viejas comunidades tribales
y urbanas no era de ningún modo el resultado de una dominación so-
bre los hombres. Y en segundo lugar, aun en las sociedades que se
mueven en antagonismos de clase, en la medida en que la riqueza
incluye dominación sobre las personas, es principalmente y casi de
manera exclusiva una dominación sobre los hombres en virtud de, y
por intermedio de, el dominio sobre las cosas» (Engels, 1966, pág. 205).
109









se debe a la mala suerte de una guerra, por ejemplo, y no
a una condición sistemática de la organización económica.
Los pueblos primitivos han inventado muchos modos de
elevar a un hombre por encima de sus pares. Pero la tenen-
cia por parte de los productores de sus propiois medios eco-
nómicos excluye lo más compulsivo que ha conocido la
historia: el control exclusivo de tales medios por unos
pocos, que vuelve dependientes a muchos otros. El juego
político tiene que jugarse en niveles por encima de la pro-
ducción, con símbolos tales como alimentos y otros produc-
tos acabados; entonces, por lo general, la mejor jugada,
así como también el derecho de propiedad más codiciado,
es regalar cosas.
La comunidad
La segregación doméstica constituida en producción y
propiedad se completa con una circulación de la producción
de la unidad doméstica, que está acorde con las metas in-
ternas. Consecuencia inevitable de una producción de hecho
especializada por sexo y orientada al uso colectivo, este
movimiento centrípeto de los bienes, diferencia la econo-
mía de la unidad doméstica al mismo tiempo que reitera
la solidaridad interna del grupo. El efecto se magnifica
donde la distribución toma la forma de comidas en común,
en ritual diario de los comensales que se consagran al grupo
como grupo. Por lo regular la unidad doméstica es una
unidad de consumo en este sentido. Pero al final de cuentas,
la familiaridad requiere cierta comunidad de bienes y ser-
vicios, que pongan a disposición de sus miembros lo que
les resulta indispensable. Por un lado, entonces, la distri-
bución trasciende la reciprocidad de funciones, como entre
un hombre y una mujer, sobre la cual está establecida la
familia. La comunidad suprime la diferenciación de las
partes en favor de la coherencia del todo; es la actividad
constitutiva de un grupo. Por el otro lado, la unidad do-
méstica se distingue de ese modo y para siempre de otras
de su clase. Con esas otras casas, un grupo determinado
podría mantener relaciones de reciprocidad. Pero la recipro-
cidad es siempre una relación «entre»: no obstante ser
solidaria, sólo puede perpetuar las identidades económicas
separadas de aquéllos que establecen el intercambio en esas
condiciones.
Lewis Henry Morgan llamó al programa de la economía
doméstica «comunismo de vida». La denominación parece
oportuna, pues, el sistema de unidades domésticas es la
forma más elevada de la sociabilidad económica: «de cada
uno de acuerdo con sus posibilidades y a cada uno de
110










acuerdo con sus necesidades», de los adultos aquello de lo
cual están a cargo según la división del trabajo; a ellos,
pero también a los ancianos, los niños, los incapacitados,
al margen de sus contribuciones, aquello que necesitan. El
precipitado sociológico es un grupo con un interés y un
destino distintos de los que son exteriores al grupo y un
llamado prioritario a los sentimientos y recursos de los que
se encuentran dentro de él. La comunidad cierra el círculo
doméstico; la circunferencia se convierte en una línea de
demarcación social y económica. Los sociólogos lo llaman
«grupo primario»; la gente lo llama «hogar».
Anarquía y dispersión
Considerada en su propia naturaleza, como una estruc-
tura de producción, la MDP es una especie de anarquía.
La modalidad doméstica no presupone relaciones mate-
riales o sociales entre las unidades domésticas, excepto que
sean parecidas. Ofrece a la sociedad sólo una desorganiza-
ción establecida, una solidaridad mecánica establecida por
encima de una descomposición segmentaria. La economía
social está fragmentada en un millar de pequeñas existen-
cias, organizadas cada una para desempeñarse independien-
temente de las demás y dedicada al principio hogareño de
cuidarse por sí mismas. ¿La división del trabajo? Fuera de
la unidad doméstica deja de tener fuerza orgánica. En vez
de unificar a la sociedad sacrificando la autonomía de sus
grupos de producción, la división del trabajo aquí, puesto
que se trata principalmente de la división por sexos, sacri-
fica la unidad de la sociedad a la autonomía de sus grupos
de producción. Ni el acceso de la unidad doméstica a los
recursos productivos, ni las prioridades económicas codifi-
cadas en la comunidad doméstica, implican la persecución
de otra causa más elevada. Desde el punto de vista político,
la MDP es una especie de estado natural. No hay nada
dentro de esta infraestructura de producción que obligue
a los distintos grupos familiares a integrarse cediendo cada
uno parte de su autonomía. Puesto que la economía domés-
tica es en efecto la economía tribal en miniatura, política-
mente garantiza la condición de la sociedad primitiva, es
decir, sociedad sin Soberano. En principio, cada casa con-
serva al mismo tiempo que sus propios intereses, todos los
poderes necesarios para satisfacerlos. Así, dividida en tan-
tas unidades preocupadas de sí mismas, la producción de
modalidad doméstica tiene tanta organización como la te-
nían las patatas dentro de cierto saco famoso.
Esa es, en esencia, la estructura primitiva de la produc-
ción, pero por supuesto, no en apariencia. En apariencia, la
111









sociedad primitiva es una pobre imagen de incoherencia
primordial. En todas partes, a la pequeña anarquía de la
producción doméstica se oponen fuerzas más poderosas y
organizaciones mayores, instituciones de orden socio-eco-
nómico que ordenan la unión de las familias y las someten
a todas al interés general. Sin embargo, estas grandes fuer-
zas de integración no se dan en las relaciones predominan-
tes e inmediatas de la producción. Por el contrario, siendo
como son negaciones de la anarquía doméstica, deben gran
parte de su significado y existencia al mismo desorden que
quieren suprimir. Y si al final la anarquía es eliminada de
la superficie de las cosas, no se la exilia definitivamente.
Continúa, como un desorden que acecha desde el fondo
mientras la familia sigue estando a cargo de la producción.
Recurro aquí, pues, a los hechos aparentes para explicar
el hecho permanente. «En el fondo» existe una discontinui-
dad de poder y de interés que propicia además la dispersión
de la gente. «En el fondo» existe un estado de naturaleza.
Es interesante que todos los filósofos que sintieron la
necesidad de volver a él —aunque por supuesto ninguno
lo hizo— haya visto en esa condición una distribución es-
pecífica de la población. Casi todos ellos sintieron una ten-
dencia centrífuga. Hobbes escribió en su informe etnográ-
fico que la vida del hombre era solitaria, pobre, dura, pri-
mitiva y breve. Subrayemos (por una vez) el adjetivo
«solitaria». Era una vida aislada. La misma noción de aisla-
miento original aparece una y otra vez, desde Herodoto
hasta K. Bücher, en los esquemas de aquéllos que se atre-
vieron a especular sobre la naturaleza del hombre. Rous-
seau tomó varias posiciones, la más pertinente para nuestro
propósito es la del Essai sur l’origine des langues32. En
los tiempos más antiguos, la única sociedad era la familia,
las únicas leyes, las de la naturaleza, y el único mediador
entre los hombres, la fuerza, en otras palabras, algo parecido
a la modalidad doméstica de producción. Y esta época
«bárbara» era, para Rousseau, la edad dorada:
* El esquema del Discurso sobre el origen de la desigualdad entre
los hombres es más complicado. Es verdad que los hombres estaban
aislados al principio, pero por carencia de cualidades de sociabilidad.
Para la época en que Rousseau se refirió por primera vez al conflicto
potencial que en los análisis de otros autores (como Hobbes) estaba
ligado funcionalmente a la dispersión, ya existía algo parecido a la
sociedad y la tierra estaba totalmente ocupada. Sin embargo, es evi-
dente que Rousseau tenía la misma concepción de la relación entre
la fuerza privada y la dispersión, ya que él mismo se sintió compe-
lido a explicar en una nota a pie de página la razón de que en esa
época más avanzada la gente no estuviera ya centrífugamente dispersa,
y esta razón era que la tierra ya había sido colmada (1964, vol. 3,
páginas 221-222).
112









No porque los hombres estuvieran unidos, sino porque esta-
ban separados. Se dice que cada uno se consideraba dueño de
todo; eso es posible, pero ninguno conocía ni codiciaba más
que lo que tenía en sus manos; sus necesidades, más que acer-
carlo a sus semejantes, lo apartaban de ellos. Puede decirse
que los hombres se atacaban unos a otros cuando se encontra-
ban, pero se encontraban muy pocas veces. En todos lados
reinaba el estado de guerra, y toda la tierra estaba en paz.
El modelo de establecimiento del estado de naturaleza
es la absoluta dispersión. Para comprender cuál es el signi-
ficado que todo esto puede tener para el presente análisis
—suponiendo que el lector no se haya resignado a consi-
derarlo una locura— es necesario preguntar por qué los
filósofos políticos representaban al nombre natural aislado
y solo en la mayoría de los casos. La respuesta más obvia
es que los sabios definían la naturaleza como una simple
oposición a la cultura, despojada de todo lo artificial, es
decir, de todo lo que es la sociedad. No podía quedar otra
cosa, entonces, que el hombre en estado de aislamiento —o
tal vez el hombre en familia, esa armonía de la tenacidad
natural, la llamaba Hobbes— aun cuando el hombre en
cuestión fuera realmente ese individuo embravecido que se
ha vuelto ahora tan común en nuestra sociedad y que clama
por una vida natural. («El estado de naturaleza, equivale
al burgués sin sociedad».) Pero dejando de lado lo evidente,
esta concepción de una distribución diseminada era tam-
bién una deducción lógica y funcional, una reflexión sobre
cuál debía ser la organización necesaria de los hombres en
caso de reinar el estado natural, no el político. En un lugar
donde el derecho a actuar por la fuerza es común a todos
en vez de estar políticamente monopolizado, la discreción
se convierte en la parte más importante del valor, y el
espacio en el principio más firme de la seguridad. Redu-
ciendo al mínimo el conflicto originado por los recursos,
los bienes y las mujeres, la dispersión es el mejor protector
de las personas y de las posesiones. En otras palabras, esta
división de la fuerza que los filósofos imaginaron, los llevó
a imaginar también una humanidad dividida, poniendo entre
uno y otro hombre la mayor distancia a modo de precau-
ción funcional.
He llegado al punto más abstracto, más hipotético, en
suma, al punto más escabroso de la especulación: la estruc-
tura más profunda de la economía, la modalidad doméstica
de producción, es como el estado de naturaleza y la movili-
dad característica de éste es también la suya. Librada a
sus propior medios, la MDP propone a una dispersión
absoluta de los núcleos habitacionales porque la disper-
sión absoluta es la ausencia de interdependencia y de auto-
113










ridad común, y éstas constituyen el modo de organización
de la producción. Si dentro del círculo doméstico los movi-
mientos decisivos son centrípetos, entre las unidades do-
mésticas son centrífugos, diseminándose en la distribución
más reducida posible, efecto que prosigue en la realidad
en un alcance que escapa al control de las grandes institu-
ciones del orden y el equilibrio.
Estas afirmaciones resultan tan radicales que me veo en
la obligación de citar algunas de las posibilidades de su
relevancia etnográfica, aun a riesgo de recapitular hechos
conocidos y de adelantar otros argumentos. Carneiro, tal
como hemos visto ya, tuvo cuidado de señalar que las
aldeas de la selva amazónica tropical tienen una población
inferior en el orden de los 1.000 a los 2.000 habitantes,
a la que podrían mantener sus prácticas de agricultura. Re-
chaza, por consiguiente, la explicación habitual sobre el
exiguo tamaño de las aldeas, es decir, la que afirma que
se debe al sistema de rozas:
Me gustaría dejar sentado que un factor de gran importancia
ha sido la facilidad y frecuencia con que se produce la escisión
de las aldeas por causas ajenas a la subsistencia, es decir, a las
técnicas de subsistencia... La facilidad con que ocurre este
fenómeno sugiere que las aldeas tienen pocas oportunidades
de aumentar su población hasta un punto tal que empiecen a
ejercer presión sobre la capacidad de contención de la tierra.
Las fuerzas centrífugas que causan la escisión de las aldeas
parecen llegar a su punto crítico mucho antes de que eso ocurra.
Cuáles son las fuerzas que llevan a la escisión de las aldeas es
algo que escapa a la presente exposición. Creo que, por ahora,
es suficiente afirmar que son muchas las cosas que pueden dar
origen a una disputa de facciones dentro de una sociedad, y que
cuanto mayor sea la comunidad, tanto más frecuentes pueden
ser esas disputas. Cuando una aldea de la selva tropical llega
a tener una población de 500 ó 600 habitantes, las presiones y
tensiones que se producen son tal vez las que provocan un
cisma que lleva al distanciamiento de un grupo disidente. Si
los controles internos fueran poderosos, podría constituirse una
gran comunidad que permaneciera intacta a pesar de las fac-
ciones. Pero el cacicazgo se caracterizaba por su debilidad en
las tribus amazónicas, de modo que los mecanismos políticos
que mantienen la cohesión de una comunidad en crecimiento
ante la amenaza de poderosas fuerzas disolventes faltaban total-
mente (Carneiro, 1968, pág. 136).
Lo que yo sostengo es que la sociedad primitiva se
funda sobre una disconformidad económica, una fragilidad
segmentaria que no sólo se presta a las causas de disputa
características de cada lugar, sino que las multiplica, y en
ausencia de los «mecanismos políticos que mantienen la
cohesión de una comunidad en crecimiento» realiza y resuel-
114










ve la crisis por medio de la escisión. Ya hemos observado
que la modalidad doméstica de producción es discontinua
en cuanto al tiempo; vemos ahora que también lo es en
cuanto al espacio. Y del mismo modo que la primera dis-
continuidad explica el subaprovechamiento del trabajo, la
segunda implica una persistente subexplotación de los re-
cursos. Es así como nuestras aproximaciones teóricas a la
modalidad doméstica de producción vuelven a su punto
de partida. Constituida sobre una insegura base familiar,
que de todos modos es restringida en cuanto a objetivos
materiales, limitada en lo que se refiere a su empleo de la
capacidad laboral y cerrada en relación con otros grupos,
la modalidad doméstica de producción no tiene una organi-
zación que le permita un desempeño brillante.
115











3. LA MODALIDAD DOMESTICA DE LA PRODUCCIÓN:
INTENSIFICACIÓN DE LA PRODUCCIÓN
Es evidente que la modalidad doméstica de producción
sólo puede ser «un desorden que acecha desde la clandes-
tinidad», que siempre está presente, pero nunca se produce.
En realidad nunca sucede que la unidad doméstica por sí
misma maneje la economía, porque si el dominio completo
de la producción estuviera en sus manos, eso conduciría
a la extinción de la sociedad. Tarde o temprano, todas las
familias que viven en aislamiento acaban por descubrir
que carecen de medios para subsistir. Puesto que la unidad
doméstica fracasa periódicamente en lo que a su aprovisio-
namiento se refiere, tampoco hace acopio (excedente) para
la economía pública, es decir, para el sustento de las ins-
tituciones sociales que sobrepasan a la familia o de activi-
dades colectivas, tales como la guerra, las ceremonias o la
construcción de grandes aparatos técnicos, tal vez tan impor-
tantes para la supervivencia como el aprovisionamiento dia-
rio de alimentos. Además, la subproducción y subpoblación
inherentes a la MDP, pueden condenar con facilidad a la
comunidad al rol de víctima en la escena política. A menos
que los defectos económicos del sistema doméstico sean
vencidos, será la sociedad quien resulte vencida.
Es así que el proceso empírico de producción en su tota-
lidad está organizado como una serie jerárquica de contradic-
ciones. En la base, y dentro del sistema doméstico, se en-
cuentra la primitiva oposición entre «las relaciones» y «las
fuerzas»: el control doméstico se convierte en un impedi-
mento del desarrollo de los medios de producción. Pero
esta contradicción se ve reducida por la presencia de otra
que se establece entre la economía de la unidad doméstica
y la sociedad en general, entre el sistema doméstico y las
instituciones más importantes dentro de las cuales se ins-
cribe. El parentesco, el cacicazgo, incluso el orden ritual y
todas las demás instituciones que pueden existir aparecen
en las sociedades primitivas como fuerzas económicas. La
gran estrategia de la intensificación económica cuenta en
sus filas con las estructuras sociales que trascienden a la
familia y con las superestructuras culturales que van más
allá de la práctica productiva. En realidad, el producto final
117










de esta serie jerárquica de contradicciones, aunque por de-
bajo de la capacidad tecnológica, está por encima de la
propensión perspectiva doméstica 1.
Lo dicho es un adelanto de la línea teórica general de
nuestra investigación, las perspectivas abiertas por el aná-
lisis de la MDP. Al mismo tiempo, señala cuál va a ser
el curso de las posteriores exposiciones: el papel del paren-
tesco y la política en la producción. Pero para evitar un
largo discurso sobre generalidades, para dar ciertas garantías
de aplicabilidad y verificación es necesario intentar primero
la evaluación del impacto de los sistemas sociales concretos
sobre la producción doméstica.
ACERCA DE UN MÉTODO PARA LA INVESTIGACIÓN DE LA
INFLEXIÓN SOCIAL DE LA PRODUCCIÓN DOMÉSTICA
Dado un sistema de producción de unidad doméstica
para el consumo, la teoría afirma que la intensidad laboral
por trabajador aumentará en relación directa con la propor-
ción doméstica de consumidores por trabajador (regla de
Chayanov)2. Cuanto mayor sea el número de consumido-
res, tanto más deberá trabajar cada productor (en general)
para proporcionar un producto per cápita aceptable para
la totalidad de la unidad doméstica. Los hechos, sin em-
bargo, han señalado ya algunas violaciones de esta regla,
aunque no más sea por el hecho de que los grupos domés-
ticos con una proporción baja de trabajadores tienen una
marcada tendencia a desfallecer. En esas unidades domésti-
cas, la intensidad del trabajo queda muy por debajo de
las expectativas teóricas. Pero todavía más importante
—por lo que aporta a la compensación de una parte de
esa falla doméstica, o por lo menos a su aceptabilidad— es
que la estructura social real y general de la comunidad no
1 La determinación de la organización fundamental de la produc-
ción en un nivel infraestructural de parentesco es una de las formas
de encarar el dilema que las sociedades primitivas presentan a un aná-
lisis marxista, dilema entre el rol decisivo que la teoría adjudica a
la base económica y el hecho de que las relaciones económicas pre-
dominantes son superestructurales en cuanto a sus características; por
ejemplo, las relaciones de parentesco (véase Godelier, 1966; Terray,
1969). El esquema de los párrafos precedentes puede interpretarse
como una trasposición de la distinción infraestructura-superestructura
de las diferentes clases de orden institucional (economía, parentesco)
a los distintos órdenes del parentesco (familia frente a linaje, clan).
Sin embargo, la problemática que presenta no fue directamente estruc-
turada para la discusión de este tema.
2 Lo mismo puede expresarse, también, con una relación inversa
entre la intensidad y la proporción por trabajador, formulación que ya
hemos empleado y a la cual volvemos ahora.
118











concibe por su parte la curva de intensidad de Chayanov,
aunque no más sea porque las relaciones políticas y de
parentesco entre las unidades domésticas, y el interés por
el bienestar de los demás que implican estas relaciones,
deben promover la producción más alla de lo normal en
ciertas casas que se encuentran en condiciones de hacerlo.
Esto significa que un sistema social tiene una estructura
específica y una inflexión de intensidad laboral familiar
que muestran una desviación característica en cuanto a
forma y extensión con respecto a la línea de intensidad
normal de Chayanov.
Presentaré dos extensos ejemplos tomados de dos
sociedades bastantes diferentes para demostrar que la des-
viación con respecto a Chayanov puede detectarse en una
representación gráfica y calcularse numéricamente. En prin-
cipio, con unos pocos datos estadísticos, cuya recolección
en campo no es nada difícil, debería ser posible construir
un esquema de intensidad de la comunidad de familias,
un esquema que señale con claridad la cantidad y distribu-
ción del trabajo excedente. En otras palabras, mediante la
variación en la producción doméstica, deberíamos estar en
condiciones de determinar el coeficiente económico de un
sistema social dado.
El primer ejemplo recurre una vez más al estudio rea-
lizado por Thayer Scudder sobre la producción cerealera
en la aldea de Valley Tonga, de los Mazulu. A este estudio
nos hemos referido ya en relación con las diferencias domés-
ticas en cuanto a la producción para la subsistencia (Ca-
pítulo 2). La Tabla 3.1, presenta una versión más completa
del material reunido entre los Mazulu y en una disposición
diferente que incluye el número de consumidores y de agri-
cultores por familia y los índices domésticos de composi-
ción laboral (consumidores/agricultores) y de intensidad
laboral (acres/agricultores). Los datos sobre los Mazulu
no ofrecen una evaluación directa de la intensidad laboral en
términos de horas de trabajo reales por persona; la inten-
sidad debe inferirse de la superficie cultivada por cada traba-
jador. De inmediato se introduce un error cuya incidencia
no es desconocida, ya que el esfuerzo de cada trabajador por
superficie cultivada puede no ser el mismo en todos los
casos. Además, en el intento de explicar las necesidades par-
ciales diarias y las contribuciones laborales de personas
de sexos y edades diferentes, fue necesario hacer algunas
estimaciones, ya que no poseemos un censo al respecto y
la crisis de la población no entra como item específico
dentro de las tablas de producción de Scudder (1962, Apén-
dice B). En la medida de lo posible, aplico la siguiente fór-
mula rudimentaria y de apariencia razonable para la evalua-
119



TABLA 31. Variaciones familiares en cuanto a intensidad de trabajo: aldea Mazulu, Valley Tonga, 1956-57
(según Scudder, 1962, págs. 258-261)
Número de Número de Número de Total de acres Ratio de consumí- Acres cultivados/
miembros consumidores horticultores cultivados dores/trabajador horticultor

O 1 1,0 1,0 1,71 1,00 1,71
Q 5 4,3 4,0 6,06 1,08 1,52
B 3 2,3 2,0 2,58 1,15 1,29
S 3 2,3 2,0 6,18 1,15 3,09
A 8 6,6 5,5 12,17 1,20 2,21
D* 2 1,3 1,0 2,26 1,30 2,26
C 6 4,1 3,0 7,21 1,37 2,40
M 6 4,1 3,0 6,30 1,37 2,10
H 6 4,3 3,0 5,87 1,43 1,96
R 7 5,1 3,5 7,33 1,46 2,09
G 10 7,6 5,0 10,11 1,52 2,02
Kt 14 9,4 6,0 7,88 1,57 1,31

Familia

Número de Número de Número de Total de acres Ralio de consumí- Acres cultivados/
miembros consumidores horticultores cultivados dores / trabajador



I... 5
N 5
P 5
E .8
F .9
T .9
L* 7
J- 4


3,3 2,0 4,33 1,65 2,17
3,3 2,0 4,55 1,65 2,28
3,3 2,0 4,81 1,65 2,41
5,8 3.5 7,80 1,66 2,23
5,6 3,0 9,11 1,87 3,04
6,1 3,0 6,19 2,03 2,06
4,1 2,0 5,46 2,05 2,73
2,3 1,0 2,36 2,30 2,36





* En las familias D y L, el cabeza de familia se encontraba ausente trabajando en un empleo europeo durante este pe-
ríodo. No se lo calcula dentro de las cifras familiares, aunque el dinero que trae a la aldea es posible que contribuya a la
subsistencia familiar.
t El cabeza de familia, K, trabajó parte del tiempo en un empleo europeo. También trabajaba en los cultivos y figura en
los cómputos de su familia.









ción de las necesidades de consumo: tomando al varón
adulto como medida tipo (1,00), computo a los niños preado-
lescentes como 0,50 de consumidor y a la mujer adulta
como 0,803. (A esto se debe que las columnas corres-
pondientes a los consumidores tengan una cifra menor
que el tamaño total de la unidad doméstica, y por lo general
no contengan números enteros.) Finalmente, han sido nece-
sarios algunos ajustes para el cálculo de la fuerza de trabajo
doméstica. Algunos cuadros muy pequeños que aparecen
en la tabla de Scudder, representaban evidentemente el tra-
bajo de personas muy jóvenes; tal vez fueran cuadros de
entrenamiento a cargo de adolescentes. Es por eso que los
agricultores, que según Scudder, cultivan menos de medio
acre y que pertenecen a la generación más joven de la
familia son considerados aquí como 0,50 de trabajador.
Debo insistir sobre el carácter ilustrativo del ejemplo de
los Mazulu. Además de los numerosos errores que puedan
haber introducido nuestras propias manipulaciones, las ci-
fras muy pequeñas contenidas en la tabla —sólo hay 20
unidades domésticas en la comunidad— no pueden inspirar
una gran confianza estadística. Pero como el propósito es
meramente sugerir una viabilidad y no probar algo, estas
numerosas deficiencias, aunque muy lamentables, no resul-
tan fatales4.
3 Todas las personas incluidas en la tabla de Scuder como «perso-
nas solteras para quienes la esposa debe cocinar», y que no fueron
considerados como agricultores, entran en el número de niños preado-
lescentes. Es probable, pues, que algunos ancianos dependientes apa-
rezcan incluidos involuntariamente entre los consumidores de 0,50.
4 Además de lo inseguro de los datos, existen complicaciones exter-
nas, algunas de las cuales aparecen señaladas en las notas a pie de
página de la tabla 3.1. Una de ellas, sin embargo, debe ser considerada
más detenidamente. Hay una cantidad no muy importante de cultivos
de fácil salida en Mazulu, principalmente el del tabaco, y los ingresos
obtenidos de ellos se invierten casi en su totalidad en ganado. Los
efectos que esto produce sobre el cultivo doméstico de cereales no
están todavía muy claros, pero es probable que las cifras con que
contamos no hayan sido seriamente deformadas. El volumen total de
la venta de productos es bastante limitado, y en lo que se refiere a
los cultivos de subsistencia, es insignificante. En el momento en que
realizó su trabajo, escribe Scudder, «la mayor parte del valle de
Tonga estaba ocupada esencialmente por cultivos de subsistencia, de
los que pocas veces se vendía el equivalente a una guinea por año»
(1962, pág. 89). Los cultivos de fácil salida no aparecían alternados
con los de subsistencia, es decir, que no se los consideraba como un
medio para la compra de alimentos, cosa que hubiera producido una
interferencia directa en el cultivo de cereales. Finalmente, en casos
tales como los de simple producción para la venta, debe considerarse
si el comercio llega a eliminar realmente el excedente intercambiable de
alimentos de la circulación interna de la comunidad. Sucede que los
granjeros de Tonga que convierten los ingresos en cabezas de ganado
son precisamente los que están más expuestos a las imperiosas exi-
122









¿Qué ilustran entonces los datos acerca de los Mazulu?
A mi entender, lo mismo que sostiene la regla de Chayanov,
en términos generales, aunque no en detalle, y que resulta
evidente cuando se examinan las columnas finales de la
Tabla 3.1. El número de hectáreas cultivadas por cada agri-
cultor se eleva en una relación desigual al índice doméstico
de consumidores por cada agricultor. Un procedimiento co-
mo el que le pertenece a Chayanov mostraría lo mismo, con
un poco más de exactitud. Siguiendo los métodos de Cha-
yanov, la Tabla 3.2 agrupa la variación en el número de
acres por trabajador a intervalos regulares del índice de
consumidores por trabajador:
TABLA 3.2. Variaciones por familia en términos
de acres / horticultor: Mazulu *
Consumidores/ 1,00-1,24 1,25-1,49 1,50-1,74 1,75-1,99 2,00+
trabajador
Promediofami-
liaracres/hor-
ticultor 1,96 2,16 2,07 3,04 3,28
N.° de casos ... (5) (5) (6) (1) (3)
* Una complicación más acerca de los datos de los Mazulu: en
las familias más ricas, capaces de proveer de cerveza a los trabajado-
res foráneos, una parte del trabajo empleado no proviene inmediata-
mente del grupo doméstico en cuestión. Por una parte, entonces,
las cifras correspondientes a acres cultivados/trabajador no hace
justicia a la importancia actual del principio de Chayanov, ya que
las casas más ricas trabajan menos que lo indicado, y las más pobres,
más. Por otra parte, una porción de la cerveza así proporcionada
puede representar el trabajo congelado de la familia proveedora, de
modo tal que a la larga la curva de intensidad/trabajador se acerca
otra vez a los datos registrados. Es evidente que son necesarias al-
gunas sutiles correcciones, o si no estimaciones directas de las horas
trabajadas por cada horticultor, cosas que van más allá de las pro-
porcionadas por los presentes datos.
Los resultados son ampliamente comparables con los
que obtuvieron Chayanov y sus colaboradores en los es-
tudios de los campesinos rusos. Pero la tabla de los Ma-
zulu también escapa a la regla. Se ve con claridad que la
relación entre la intensidad de trabajo y la ratio familiar
de los trabajadores no es ni consistente ni proporcionada de acuerdo con la totalidad del grupo. Las casas individua-
i
gencias de sus parientes en épocas de escasez, ya que los animales
constituyen una reserva que puede ser convertida nuevamente en
grano (págs. 89 f, 179-180; Colson, 1960, pág. 38f).
123









les se apartan más o menos radicalmente, pero no del todo
al azar, de la tendencia general. Y la tendencia misma no
se desarrolla de modo uniforme: adopta una curvatura
irregular, una línea de elevaciones y caídas.
La tendencia y la variación pueden, juntamente, tra-
zarse en un sólo gráfico. La dispersión de puntos de la Fi-
gura 3.1, representa la distribución de las diferencias den-
tro de la unidad doméstica, en cuanto a la intensidad del
trabajo. Cada casa está situada con relación al eje horizon-
tal (X), de acuerdo con su ratio de consumidores/agricul-
tor, y con respecto al eje vertical (Y), por el número de
acres cultivados/agricultor (cf. Tabla 3.1). Un punto medio
de esta variación, es decir, una especie de unidad doméstica
promedio, puede determinarse en X = 1,52 (c/t), Y =
2,16 (a/t). La tendencia media total de las diferencias
de la unidad doméstica en cuanto a la intensidad, es calcula-
ble entonces mediante desviaciones de esta media, esto es,
como una regresión lineal computada, de acuerdo a la fór-
mula estándar5. El resultado para los Mazulu, la curva
real de la intensidad comunitaria, asciende con un aumento
de 0,52 acres/trabajador (Y), por cada adicional 1,00 en
la ratio de consumidores por trabajadores (X). Pero tam-
bién artificialmente. La línea quebrada (D), de la Figura 3.1,
busca la dirección más exacta de la variación, la importan-
te propensión a desviarse de una relación lineal entre in-
tensidad y composición. Esta línea, la curva real de intensi-
dad, se construye a partir de las intensidades medias (pro-
medios encolumnados) de 0,20 intervalos en la ratio de
consumidores/trabajador. Nótese que la curva habría to-
mado una dirección diferente si se la hubiera dibujado te-
niendo en cuenta los valores de la Tabla 3.2. Pero con tan
pocos casos a mano, 20 familias, es difícil decir qué versión
es más válida. La institución estadística podría argumentar
que con más ejemplos a mano la curva de los Mazulu sería
sigmoidal (una curva ~), o quizás cóncava, ascendente
hacia la derecha a la manera exponencial. Estas dos pautas,
además de otras, se dan en las propias tablas de Chayanov.
La que parece más importante, sin embargo, y congruente
con los acuerdos consumados, es que la variación en la in-
tensidad de trabajo aumenta hacia ambos extremos de la
escala de los consumidores/trabajador, alterando e incluso
5 6xy = ∑(xy)/∑(x2), donde x = la desviación de cada unidad res-
pecto del promedio x (promedio c/t), y, la desviación respecto del pro-
medio y (a/t). Dado lo limitada y diseminada que es la distribución
de las diferencias por unidad doméstica, debe destacarse que en el
caso Mazulu (y en los otros casos atrasados) la regresión tiene escaso
valor predictivo o inductivo. Simplemente ha sido adoptada como
descripción de los cambios más importantes dentro de las variaciones.
124


















revirtiendo la pediente más regular de la sección medial.
Porque a los extremos de a composición de la unidad
doméstica, la regla de Chayaiov se vuelve vulnerable a la
contradicción. De un lado están las unidades domésticas,
con escasa mano de obra, y sometidas a cualquier infortunio
paralizante. (La unidad doméstica J. en la progresión Ma-
zulu, representada por el pinto más a la derecha, es un
ejemplo de lo manifestado: una mujer enviudó al comienzo
de un período de cultivo y quedó a cargo del sustento de
tres niños preadolescentes.) Por otra parte, el descenso de
la curva de intensidad hacia la izquierda se detiene en cierto
momento a causa de que algunos grupos domésticos bien
dotados de trabajadores están funcionando por encima de
sus propias necesidades. Desde ese punto de vista (es decir,
el de sus propios requerimientos cotidianos), estos grupos
trabajan con una excesiva intensidad.
Pero el excedente de producción no se indica con exac-
titud mediante el procedimeno descrito. Para ello es nece-
sario construir una curva de intensidad normal, trazada
sobre bases teóricas y reales: una curva que describa la
variación laboral que sería recesaría para proveer a cada
unidad doméstica de lo que habitualmente requiere para
su mantenimiento, suponiendo que cada una se encargara
de su propio aprovisionamtnto. En otras palabras, es
necesario proyectar la modalidad doméstica de producción
como si no se encontrara obstaculizada por las estructuras
más amplias de la sociedad. Teniendo en cuenta el com-
portamiento de la MDP como tal, esta línea de intensidad
normal podría tomarse por la verdadera curva de Chayanov,
ya que representa la más firne constatación de esta regla.
En la medida en que se la aplique a la producción con un
objetivo definitivo y habitual, la regla de Chayanov no
admite ninguna relación proporcionada entre la intensidad
y la capacidad relativa de trabajo. En principio, estipula
estrictamente cuál ha de ser la curva de esta relación: la
intensidad doméstica de trabajo debe aumentar según un
factor de la necesidad de consumo habitual por cada aumen-
to de 1,00 en la ratio consumidores/trabajador. Sólo en
ese caso cada unidad doméstica alcanzará la misma produc-
ción (normal) per capita, independientemente de la compo-
sición de cada una. Esta es, entonces, la función de inten-
sidad que corresponde a la teoría de la producción domés-
tica, ya que la desviación con respecto a ella en la práctica
real corresponde a las características de una sociedad mayor.
¿Cómo determinar la verdadera curva de Chayanov
para los Mazulu? Según Scudder debería bastar con el
cultivo de un acre per capita oara obtener una subsistencia
aceptable. Pero aquí, per capta se refiere indiscriminada-
126









mente a hombres, mujeres y niños. Como de acuerdo
con nuestros cómputos anteriores la población de la aldea,
de 123 habitantes, se reduce, en realidad, a 86,20 consu-
midores totales (patrón varón adulto), por consiguiente,
cada consumidor necesitará 1,43 acres para una subsistencia
normal. La verdadera curva de Chayanov es, por tanto,
una línea recta que parte del origen de ambas dimensiones
y se eleva 1,43 acres por agricultor por cada aumento
de 1,00 en la ratio doméstica consumidores/trabajador.
Antes de proceder a la medición de las desviaciones
reales respecto de esta curva es necesario tomar una deci-
sión entre las formulaciones alternativas de la regla de
Chayanov ya que ésta tiene una incidencia práctica en la
representación de la intensidad normal. Gran parte de la
exposición precedente se ha conformado con referirse a un
aumento de la intensidad en relación con el número rela-
tivo de consumidores. Sin embargo, la regla de Chayanov
no expresa ni más ni menos que una relación inversa entre
la intensidad doméstica y el número relativo de producto-
res; es decir, cuanto menos productores haya por consu-
midores, tanto más tendrá que trabajar cada uno. Desde
el punto de vista lógico, las dos proposiciones son simé-
tricas, pero tal vez no lo sean desde el punto de vista
sociológico. La primera parece expresar mejor las fuerzas
operativas, las cargas impuestas a los productores física-
mente capaces por las personas a su cargo que deber man-
tener. Tal vez sea ésa la razón por la cual Chayanov pre-
firió la formulación directa, y yo seguiré el mismo ca-
mino 6.
En la figura 3.2, pues, la línea de Chayanov (C) se
eleva a la derecha, aumentando la intensidad con el número
relativo de consumidores según el factor calculado de
1,43 a/t por 1,00 c/t. La línea traza su camino por entre
puntos dispersos. Una vez más éstos representan las dife-
rencias de hecho entre las familias, respecto de la inten-
sidad laboral. Pero yuxtapuestas a la verdadera curva de
Chayanov, su significado se transforma: nos señalan ahora
la modificación provocada a la producción doméstica por
una mayor organización de la sociedad. Esta modificación
también está representada en la desviación de la curva real
de intensidad (I) con respecto a la de Chayanov, ya que la
primera —0,52 a/t por cada 1,00 c/t respecto a los
promedios de intensidad y composición— representa una
6 Para una indicación en forma de diagrama de la regla de Chaya-
nov formulada como una relación inversa véase el interesante análisis
realizado por Clark y Haswell, 1964, pág. 116, sobre la covariación
entre la fuerza doméstica de trabajo y las intensidades preferenciales
de trabajo entre las familias de granjeros de la India.
127


















reducción de las diferencias de producción por unidad
doméstica a su significado primordial. La posición de estas
líneas, su manera de intersecarse dentro de la gama de
variaciones domésticas conocidas, trazan un esquema espe-
cífico para esa comunidad de las transformaciones socie-
tarias de la producción doméstica (Fig. 3.2).
La descripción de los Mazulu puede precisarse más
y también es posible evaluar algunas de sus configuracio-
nes. La curva empírica de producción (I) se eleva hacia
la izquierda bastante por encima de la intensidad de Cha-
yanov (C), porque ciertas unidades domésticas, entre ellas
muchas con favorable recursos de mano de obra, cultivan
más de lo que necesitan. Trabajan con intensidad excesiva,
no sólo para su consumo particular, ya que se encuentran
incluidas en un sistema social de producción, no en un
simple sistema doméstico. Contribuyen al sistema más am-
plio llamado excedente del trabajo doméstico.
Ocho de los veinte grupos productores Mazulu realizan
esfuerzos extraordinarios, tal como lo demuestra la ta-
bla 3.3. Su propia estructura media de mano de obra es de
1,36 consumidores/trabajador, y su intensidad promedio
es de 2,40 acres/agricultor. Señalemos este punto de exce-
dente medio de trabajo, punto S en el esquema de los
Mazulu (Fig. 3.2). Sus coordenadas expresan la estrategia
Mazulu de intensificación económica. La distancia vertical
de S por encima de la curva de intensidad normal (seg-
mento ES) constituye el impulso medio de excedente de
trabajo entre las casas productivas: 0,46 acres/trabajador
o 23,60 por 100 (mientras que la intensidad normal en
1,36 c/t es de 1,94 a/t). En estas casas hay 20,50 produc-
tores efectivos, o 35,60 de la fuerza laboral de la aldea.
Es así que el 40 por 100 de los grupos productores domés-
ticos, que comprenden el 35,60 por 100 de la fuerza de
trabajo, está funcionando a un promedio de 23,60 por 100
por encima de la intensidad normal de trabajo. Eso en
cuanto al valor Y de S.
La coordenada X del impulso de excedente (S) propor-
cionará, por su relación con la composición media de la
unidad doméstica (M), evidencias acerca de la forma en
que la tendencia de intensificación se distribuye en la
comunidad (Fig. 3.2). Cuanto más a la izquierda quede S
con respecto a la composición media (X = 1,52 c/t), tanto
más el trabajo excedente será una función de mayores
proporciones entre los trabajadores del grupo doméstico.
Sin embargo, una posición de S cercana al término medio,
indica una participación más general en el excedente de
trabajo: si aún estuviera más a la derecha, S implicaría
una actividad económica desusada en las familias de menor
129









capacidad laboral. En lo que a los Mazulu se refiere, el
impulso excedente medio (S) queda perfectamente a la
izquierda del término medio de la aldea. Seis de las ocho
casas que funcionaban a intensidades excesivas están por
debajo del término medio en cuanto a la ratio consumi-
dores/trabajador. En el caso de las ocho casas, la compo-
sición media es más baja que el término medio de la
comunidad en una proporción de 0,16 c/t o del 10,50 por
ciento.
TABLA 3.3. Variaciones normales y empíricas en cuanto
a la intensidad de trabajo doméstico: Mazulu

Desviación
Consumido- Acres/
horticultor
(Y) Intensidad de la
Casa res/horti-
cultor
Chayanov
Acres/horticultor verdadera
curva de
(X)
(Cy) Chayanov
(Y-Cy)
O 1,00 1,71 1,43 + 0,28
Q 1,08 1,52 1,54 -0,02
B 1,15 1,29 1,65 -0,36
S 1,15 3,09 1,65 + 1,44
A 1,20 2,21 1,72 +0,49
D 1,30 2,26 1,86 +0,40
C 1,37 2,40 1,96 +0,44
M 1,37 2,10 1,96 +0,14
H 1,43 1,96 2,04 -0,08
R 1,46 2,09 2,09 0
G 1,52 2,02 2,17 -0,15
K 1,57 1,31 2,25 -0,94
I 1,65 2,17 2,36 -0,19
N 1,65 2,28 2,35 -0,08
P 1,65 2,41 2,36 +0,05
E 1,66 2,23 2,37 -0,14
F 1,87 3,04 2,67 +0,37
T 2,03 2,06 2,90 -0,84
L 2,05 2,73 2,93 -0,20
J 2,30 2,36 3,29 -0,93
Finalmente, a partir de los materiales de que dispo-
nemos (tablas 3.1 y 3.3), es posible computar la contribu-
ción de excedente de trabajo (doméstico) al producto total
de la aldea. Esto se hace calculando primero la suma de
terreno excedente de las distintas casas que producen
por encima de su intensidad normal (número de traba-
jadores multiplicado por la tasa de excedente de trabajo
para los ocho casos relevantes). El producto atribuible
de este modo al excedente de trabajo es 9,21 acres. El
cultivo total de los Mazulu es de 120,24 acres. Según esto,
130










el 7,67 por 100 del producto total de la aldea corresponde
a excedente de trabajo.
Queremos dejar bien claro que «trabajo excedente» se
aplica estrictamente a los grupos domésticos, y que es
«excedente» en relación con su cuota normal de consumo.
La aldea Mazulu, como un todo, no muestra una excedente
dedicación al trabajo. El hecho de que el total de acres
cultivados sea ligeramente inferior a las necesidades de
la aldea, testimonia más bien el carácter y la relativa inefi-
cacia de la estrategia social de este momento. (Por eso, en
el punto de la composición de la unidad doméstica media
[1,52 c/t], la inflexión empírica de la producción [I]
pasa por debajo de la verdadera curva de Chayanov [C].)
Una clase improductiva no podría vivir con el producto
de los aldeanos Mazulu, al menos no podría, sin sustan-
ciales contradicciones, y sin un conflicto potencial.
La razón matemática de la subproducción de la aldea
es evidente. Si bien algunos grupos domésticos están fun-
cionando a una intensidad superior a la normal, otros tra-
bajan a una intensidad menor, hasta tal punto que la
producción de la aldea se encuentra en un equilibrio lige-
ramente negativo. Pero esta distribución no es accidental,
por el contrario, este esquema de producción en su tota-
lidad debe considerarse como un sistema social integrado,
tanto en lo que se refiere a su proyección de la intensidad
doméstica normal, como a su curva de trabajo empírico,
tanto en su dimensión de subproducción doméstica, como
en el excedente de trabajo por parte de otras familias. La
baja producción de algunas casas no es independiente del
exceso de trabajo de otras. Es verdad (en lo que concierne
a la información que poseemos) que los fracasos económi-
cos de la unidad doméstica parecen atribuibles a circuns-
tancias externas a la organización de la producción: enfer-
medad, muerte, influencia europea. Sin embargo, la con-
templación de estos fracasos aisladamente de los éxitos
podría conducir a un error, como si ciertas unidades domés-
ticas simplemente se mostraran incapaces por razones que
sólo a ellas les conciernen. Es posible que algunas no
hayan trabajado lo suficiente porque de antemano era
evidente que podían depender de las demás. E incluso la
subproducción debida a circunstancias imprevistas resulta
aceptable a la sociedad, con tolerancia hacia esas unidades
domésticas vulnerables, en virtud de un excedente de inten-
sidad en otro sector que, en cierto sentido, había anticipado
en su propia dinámica cierta incidencia social de tragedias
domésticas. En un esquema de itensidad, tal como la figu-
ra 3.3, tenemos que manejarnos con una distribución
interrelacionada de variaciones económicas de la unidad
131



KILOS/TRABAJADOR
2000-
1800-
1600-
1400-
1200
1000
800-
600
400-1
200
CONSUMIDORES/TRABAJADOR
i—
1.20 1.25 1.30 1.35 1.40 1.45 1.50 1.55 1.60 1.65 1.70. 1.75 180 1.85 1.90 1.95 2.00
Figura 3.3. Aldea Botukebo, Kapauku: Variaciones domésticas en
cuanto a intensidad laboral (195?)









doméstica, es decir, con un sistema social de producción
doméstica.
Los Kapauku del oeste de Nueva Guinea tienen otro
sistema, muy diferente en sus lineamientos, mucho más
pronunciado en cuanto a su estrategia de intensificación.
El Kapauku es, entonces, otro sistema político capaz de
orientar los esfuerzos económicos domésticos hacia la acu-
mulación de productos intercambiables, en especial cerdos
y batatas, cuya venta y distribución son las tácticas princi-
pales de una competencia franca por el estatus (Pospisil,
1963).
El cultivo de la batata es el sector clave de la produc-
ción. Los Kapauku viven en gran medida de este producto,
y también sus cerdos, aunque en proporción menor. Abarca
casi el 90 por 100 de las tierras destinadas a la agricultura
y siete octavas partes de la labor agrícola. Sin embargo, las
diferencias domésticas en cuanto a la producción de batata
son extraordinarias: un índice de variación diez veces
mayor en cuanto a producción por unidad doméstica que
el registrado por Pospisil con respecto a las 16 casas de la
aldea de Botukebo durante un período de ocho meses
(tabla 3.4).
También en el caso de los Kapauku debemos limitarnos
a la observación de su producción para conocer la inten-
sidad de su trabajo. La columna de la tabla 3.4 correspon-
diente a la intensidad está representada en términos de
kilogramos de batatas por trabajador. Tal vez introduzca
un error semejante a las cifras correspondientes sobre los
Mazulu, ya que diferentes trabajadores realizan esfuerzos
desiguales por cada unidad de peso de producto. Me he
tomado la libertad, además, de revisar los cálculos de
consumo por familia realizados por el etnógrafo acercán-
dolos más a los índices de otras sociedades melanesias al
considerar a la mujer adulta como un 0,80 de las necesi-
dades del varón adulto, en vez de un 0,60 como había
computado Pospisil basándose en un breve estudio de las
dietas. (En cuanto a los demás miembros de la familia, los
niños fueron considerados como 0,50 de consumidor, los
adolescentes como 1,00 y los ancianos de ambos sexos
como 0,80). Siguiendo la costumbre del etnógrafo, los
adolescentes fueron considerados como el 0,50 de un
trabajador.
Las diferencias domésticas en cuanto a intensidad de
trabajo componen un cuadro muy característico. La dirección
de la línea de Chayanov no aparece clara al observar la
tabla 3.4, pero la aparente irregularidad polariza, o más
bien se resuelve, en dos regularidades al representar gráfica-
mente las variaciones de la unidad doméstica (Fig. 3.3). Todo
133

TABLA 3.4. Variación familiar en cuanto al cultivo de batatas: Aldea Botukebo, Kapauku (Nueva Guinea, 1935)
(según Pospisil, 1963)

Pospisil
Familia
(Código del
etnógrafo)

Número de
miembros

Número corregido
de consumidores *
Revisado

Número de
trabajadores t

Kg. / familia

Ratio de
consumidores/
trabajador
(revisado)

Intensidad
(Kg. / trabajador)

IV 13 8,5 9,5 8,0 16.000 1,19 2.000
VII 16 10,2 11,6 9,5 20.462 1,22 2.154
XIV 9 7,3 7,9 6,5 7.654 1,22 1.177
XV 7 4,8 5,6 4,5 2.124 1,25 472
VI 16 10,1 11,3 9,0 6.920 1,26 769
XIII 12 8,9 9,5 7,5 2.069 1,27 276
VIII 6 5,1 5,1 4,0 2.607 1,28 652
I 17 12,2 13,8 10,5 9.976 1,31 950
XVI 5 3,2 4,0 3,0 1.557 1,33 519
III 7 4,8 5,4 4,0 8.000 1,35 2.000
V 9 6,4 7,4 5,5 9.482 1,35 1.724
II 18 12,4 14,6 10,5 20.049 1,39 1.909
XII 15 9,5 10,7 7,5 7.267 1,44 969
IX 12 8,9 9,5 6,5 5.878 1,46 904
X 5 3,6 3,8 2,5 4.224 1,52 1.690
XI 14 8,7 9,1 4,5 8.898 2,02 1.978
* Para una exposición de las estimaciones por consumidor «revisadas», véase el texto.
t Calculadas como: Adultos (hombres y mujeres) = un trabajador; adolescentes y ancianos de ambos sexos, 0,50 trabajador.









parecería indicar que la aldea Kapauku estuviera dividida
en dos poblaciones, cada una de ellas singularmente aferrada
a su propia inclinación económica, aumentando la inten-
sidad, en uno de los casos, de acuerdo con el número de
consumidores (una especie de línea de Chayanov), y dismi-
nuyendo en el caso de la otra «población». Y, sin embargo,
las casas de esta última serie no sólo son industriosas en
proporción a su capacidad de trabajo, sino que el grupo
en general se mantiene en un nivel claramente más elevado
que el de las unidades domésticas de la primera serie. Claro
es que los Kapauku tienen un sistema de hombre importante
perteneciente al tipo clásico de los Melanesios (véase, más
adelante, «La intensidad económica del orden social») una
organización política que polariza las relaciones de las per-
sonas en el proceso productivo: se trata de agrupar, por
un lado, a los hombres importantes o que pueden llegar a
serlo y a sus seguidores, cuya producción aquéllos son
capaces de incentivar, y, por otro, a los que se contentan
con apreciar la ambición de los demás y vivir a costa de ella7.
Esta idea parece merecer una predicción: esta distribución
bifurcada de la intensidad del trabajo doméstico se encon-
trará generalmente en los sistemas Melanesios de hombre
importante.
Aunque no salte a la vista en una primera inspección,
hay una ligera línea de Chayanov que se manifiesta en medio
de esa dispersión de variaciones familiares en cuanto a la
intensidad. Se la detecta matemáticamente (también aquí
como una regresión lineal de las desviaciones respecto del
término medio). En realidad, la curva de intensidad domés-
tica de trabajo asciende hacia la derecha en una proporción
de 1.007 kilogramos de batatas/agricultor por cada incre-
mento (respecto del término medio) de 1,00 en la ratio con-
sumidores/agricultor. Considerada en sus respectivas desvia-
ciones estándar, sin embargo, esta inflexión de los Kapauku
se eleva menos que la curva empírica de los Mazulu. En
unidades z los resultados serían: by'x' — 0,62 para los Mazu-
lu, 0,28 para los Botukebo. Hay algo todavía más intere-
sante, la inflexión real de los Kapauku guarda una relación
totalmente diferente con su curva de intensidad normal
(Figura 3.4).
La curva de intensidad normal (la verdadera curva de
Chayanov) la he trazado en base al breve estudio de Pospisil
sobre las dietas, que abarca a 20 personas durante seis días.
La ración adulta media de un varón era de 2,89 kilogramos
7 Debe tenerse en cuenta la advertencia (realizada en el caso Bo-
tukebo, donde la producción del hombre importante no es extraordi-
naria) acerca de que un líder que ha logrado crear obligaciones y
ganar adeptos puede llegar a reducir su propio esfuerzo particular.



135







de batatas por día, por consiguiente, el consumo correspon-
diente al período de ocho meses que demandó el estudio
de la producción debió ser de 693,60 kilogramos. Una in-
flexión de 694 kilogramos/trabajador por cada 1,00 c/t pasa
muy por debajo de la curva de intensidad empírica, en
realidad, no corta a esta última por entre la tasa de varia-
ciones reales en la producción doméstica. El esquema es
totalmente diferente del de los Mazulu, y la misma dife-
rencia se pone en evidencia en sus medidas indicativas 8.
De las 16 unidades domésticas Botukebo, nueve están
operando con una intensidad excesiva (tabla 3.5). Estas

nueve casas concentran a 61,50 agricultores, o el 59 por 100
de la fuerza de trabajo total. Su composición media es de
1,40 consumidores/agricultor, su intensidad media de traba-
jo, 1.731 kilogramos/agricultor. Por consiguiente, el punto
de excedente medio de trabajo, S, aparece ligeramente a la
derecha de la composición media de las unidades domésticas,
por una diferencia del 2 por 100 en la ratio c/t. En realidad,
* Puede justificarse teóricamente la inclusión en las cuotas domés-
ticas de consumo, y, por lo tanto, en la curva de intensidad normal,
de una cantidad extra de batata equivalente a la cantidad que sería
necesaria para abastecer una ración normal por cabeza porcina. Sin
embargo, dejando de lado los argumentos que también podrían justi-
ficar lo contrario, los datos publicados no se prestan a un cálculo de
este tipo.
137









seis de las nueve casas están un poco por debajo de la
composición media, pero no en un nivel importante. Vemos
así que el impulso de excedente en el trabajo aparece distri-
buido de una manera más general entre los Kapauku que
entre los Mazulu. Al mismo tiempo, la fuerza de este impulso
es definitivamente superior. Tal como lo expresa Y, coorde-
nada de S, la tendencia media a la intensidad excesiva, de
1.731 kilogramos/trabajador, sobrepasa en 971 kilogramos
a la tendencia normal (segmento SE). En otras palabras, el
69 por 100 de las unidades domésticas de los Kapauku, que
concentra el 59 por 100 de la fuerza laboral, trabaja a un
promedio de 82 por 100 por encima de la intensidad normal.
El excedente colectivo de trabajo de estas unidades
Kapauku representa 47.109 kilogramos de batata. El pro-
ducto total de la aldea Botukebo es de 133.172 kilogramos.
Por tanto, el 35,37 por 100 del producto social es el resul-
tado del excedente de trabajo doméstico. Si lo comparamos
con los Mazulu (7,67 por 100) esta cifra nos llama la aten-
ción sobre algo que hasta aquí había pasado desapercibido:
la estructura familiar habitual forma también parte de la
estrategia de intensificación de la sociedad. La ventaja de los
Botukebo sobre los Mazulu no consiste solamente en una
tasa más alta o en una distribución más general del exce-
dente de trabajo. Las casas de los Botukebo tienen, en gene-
ral, un número más de dos veces mayor de trabajadores,
por tanto, se debe multiplicar su superioridad en cuanto a
tasa de intensidad por esa diferencia.
Finalmente, tal como lo muestra el esquema de intensi-
dad de los Kapauku, el excedente de trabajo surte el efecto
de desplazar en dirección ascendente el producto doméstico
real a causa de un apreciable aumento por encima de lo nor-
mal. En la composición familiar media, la inflexión empí-
rica de la intensidad es 309 kilos/trabajador (29 por 100)
más alta que la curva de Chayanov (segmento M-M' de la
figura 3.4). En orden a las necesidades del propio consumo
de la población (excluidos los cerdos), la aldea Botukebo
vista como un todo tiene un excedente de producción9.
La tabla 3.6 resume las diferencias en la intensidad de
la producción entre los Mazulu y los Botukebo. Estas dife-
rencias son la medida de dos organizaciones sociales de
producción doméstica diferentes.
Pero es claro que la tarea de investigación no termina
en el diseño de un perfil de intensidad; éste queda ahí.
Delante de nosotros se abre una tarea compleja y llena de
9 Incluyendo los cerdos, la producción de la aldea sobrepasaba
todavía el índice normal de subsistencia colectiva (Pospisil, 1963,
pagina 394 f).
138

TABLA 3.6 índices de producción doméstica: Mazulu y Botukebo

Impulso de excedente doméstico*
(Estrategia de intensificación)
Porcentaje de
familias con
excedente de
intensidad

Porcentaje de
fuerza laboral a
intensidad excesiva

Producción promedio
de excedente en
relación con la
intensidad normal

Desviación
doméstica media
respecto de la
Norma de Chayanov

Porcentaje de
producto total
debido al excedente
de trabajo doméstico



Mazulu ...
Botukebo

40
69

35,6
59,4

123,6
182,0

+ 2,2%
+32,9%

7,67
35,37

* Se refiere a las familias que trabajan a una intensidad excesiva.









dificultades igualada sólo por su promesa de una economía
antropológica, y que no consiste sólo en la mera acumulación
de perfiles, sino en su interpretación hecha en términos
sociales. Para los Mazulu y los Botukebo esta interpretación
podría explicar largamente las diferencias políticas, el con-
traste entre el sistema del hombre importante de los Kapauku
y las instituciones políticas tradicionales descritas por el etnó-
grafo de los Tonga como «embrionarias», «ampliamente igua-
litarias» y generalmente al margen de la economía domés-
tica (Colson, 1960, pág. 161f). Quedan por especificar estas
relaciones entre la forma política y la intensificación econó-
mica, y también, el impacto económico no tan dramático
del sistema de parentesco, casi imperceptible por su carácter
prosaico y cotidiano, pero quizá no menos importante en
la determinación de la producción diaria.
PARENTESCO E INTENSIDAD ECONÓMICA
Las relaciones de parentesco que prevalecen entre las
unidades domésticas afectan necesariamente su comporta-
miento económico. Es lógico que los grupos de descendencia
y las alianzas matrimoniales de variada estructura, e incluso
los lazos de parentesco interpersonal de diferentes tipos,
alienten de distintas manera el excedente de trabajo domés-
tico. Y con éxito variable, también, las relaciones de paren-
tesco contrarrestan el movimiento centrífugo de la MDP,
al determinar una explotación más o menos intensiva de los
recursos locales. He aquí, pues, una idea banal en ciertos
aspectos, terrible en otros, pero, con todo, indicativa de la
clase de problema que merece una investigación más pro-
funda: A pesar de ser ambos iguales, el parentesco hawaiano
es un sistema económico más intensivo que el parentesco
esquimal. Simplemente porque el primero de los dos sistemas
tiene un grado de clasificación mucho mayor en sentido
morganiano, es decir, tiene una identificación más extensiva
de los parientes lineales con los colaterales.
Mientras que el parentesco esquimal aisla categórica-
mente a la familia inmediata, situando a los otros en un
espacio social marcadamente exterior, el hawaiano extiende
las relaciones. familiares de manera indefinida a lo largo
de las líneas colaterales. La economía familiar hawaiana se
expone a una integración análoga en la comunidd de unidades
domésticas. Todo depende de la fuerza y de la extensión
de la solidaridad en el sistema de parentesco. El parentesco
hawaiano es en estos aspectos superior al esquimal. Especi-
ficando en este sentido una cooperación más amplia, el
sistema hawaiano desarrolla necesariamente una presión so-
cial mayor sobre las unidades domésticas de más amplios
140









recursos laborales, especialmente aquéllas de ratios c/t más
altas. En igualdad de condiciones, entonces, el parentesco
hawaiano podrá generar una mayor tendencia a los exceden-
tes que el esquimal. Será también capaz de sostener un nivel
de bienestar doméstico para la comunidad en su conjunto.
Finalmente, el mismo argumento implica una mayor varia-
ción en el producto doméstico per capita para los hawaianos,
y una variación general menos importante en intensidad
por trabajador.
Además, el sistema hawaiano tal vez explote un territorio
dado a un nivel superior, más acorde con la capacidad téc-
nica, ya que el parentesco se opone a la subproducción de
la MDP en otro sentido, no sólo a la preocupación doméstica
centrípeta por la supervivencia, es decir, no sólo al subapro-
vechamiento doméstico del trabajo, sino al subaprovecha-
miento colectivo del territorio. Contra la dispersión institui-
da de la MDP, el sistema de parentesco levanta una barrera
pacífica de mayor o menor efecto; por tanto, una concen-
tración correspondiente de familias y de explotación de
recursos. Los Fijianos que, como ya hemos visto, consideran
extraña a toda persona que no sea de su familia y, por con-
siguiente, como enemigo o víctima potencial, entienden por
la expresión «conocerse» (veikilai) también «estar empa-
rentado» (veiweikandi); y su expresión más común para
referirse a la «paz» es «vivir como parientes» (tiko vakavei-
weikani). He aquí una de las varias versiones primitivas de
ese contrato que no existe en la MDP, un modus vivendi
donde la potencialidad de trabajo y los medios de producción
permanecen en estado segmentario y no alienados. Pero,
además, los diferentes sistemas de parentesco, variables en
cuanto a sus poderes de atracción, deben permitir grados dis-
tintos de concentración espacial. Logran vencer la fragmen-
tación de la producción doméstica en distintos grados y, en
esa medida, determinan capacidades de ocupación y explo-
tación territorial.
Con todo, la solidaridad de parentesco de las sociedades
primitivas no puede ser indiferenciada si tenemos en cuenta
las divisiones inherentes a la modalidad doméstica de produc-
ción. Incluso en el parentesco hawaiano la familiaridad uni-
versal es sólo una formalidad; en la práctica reconoce conti-
nuamente distinciones individuales de distancia social. La
unidad doméstica nunca se sumerge enteramente en la comu-
nidad, tampoco los vínculos domésticos están libres de con-
flictos con relaciones de parentesco más lejanas. Es ésta
una contradicción permanente de la sociedad y la economía
primitivas, y no es una contradicción manifiesta. Normal-
mente se encuentra velada, reprimida por los sentimientos
de sociabilidad que abarcan hasta los límites más lejanos del
141









parentesco, mistificadas por una ideología acrítica de la reci-
procidad, disimulada sobre todo por una continuidad de
los principios sociales de la familia hacia la comunidad, una
armonía de organización que hace que el linaje parezca la
autoridad familiar por excelencia, y el jefe, el padre de su
gente. El descubrimiento de la contradicción que existe en
el curso normal de la sociedad primitiva requiere, por tanto,
un acto de voluntad etnográfica. Sólo en ocasiones se desen-
cadena una crisis, una crise révélatrice, que ponga al descu-
bierto la oposición estructural sin posibilidad de error. Si
esa rara oportunidad no se presenta, o si no resulta posible
observar los distintos matices de la «reciprocidad» (véase el
capítulo 5), nos queda, al menos, el recurso de estudiar
ciertas curiosidades etnográficas, proverbios, por ejemplo,
cuya sabiduría elíptica cubre de paradojas lo que de otra
manera parece ser una amplia sociabilidad.
Es así que los mismos Bemba que definen a un pariente
como alguien a quien se le da comida, también definen a
una bruja como alguien «que llega y se sienta en tu casa
y dice: "espero que cocines algo pronto. ¡Qué buena co-
mida tienes hoy" o " espero que la cerveza esté lista esta
tarde" o cualquier otra cosa por el estilo» (Richards, 1939,
pág. 202). Richards habla de las artimañas de que se valen
las amas de casa Bembas para eludir la obligación de compar-
tir algo: el hecho de esconder cerveza en el momento en
que aparece de visita algún pariente de más edad y recibirlo
diciendo: «Ay, señor, somos unos pobres desgraciados. No
tenemos nada que comer» (ibíd.) I0.
En cuanto a los Maoríes, el conflicto entre la unidad
doméstica y los intereses que la transcienden, se manifestaba
muchas veces en el lenguaje: una «abierta oposición» escri-
bió Firth en un temprano artículo sobre los proverbios de
ese pueblo, una «contradicción directa entre los dichos que
inculcan la hospitalidad y lo contrario, la liberalidad y lo
opuesto» (1926, pág. 252). Por una parte, la hospitalidad
«era una de las virtudes más altas de los nativos... a todos
se les inculcaba y ganaba la mayor aprobación. En la prác-
10 Dentro de la misma línea se encuentra esta observación acerca
de los pigmeos Ituri: «Cuando el cazador vuelve al campamento
se produce un revuelo inmediato, ya que los que permanecieron allí se
arremolinan en espera de relatos acerca de todo lo que sucedió, y es-
perando tal vez recibir algo de carne cruda. En la confusión se puede
ver a los hombres y a las mujeres, pero particularmente a las muje-
res, escondiendo furtivamente parte de su botín debajo de las hojas
con que están construidos los techos, o en potes vacíos que encuen-
tran por allí. Ya que, aunque haya algún reparto, siempre hay más en
el campamento y la lealtad de la familia no está tan sujeta a la lealtad
del grupo como para que no haya sustracciones» (Turnbull, 1965, pá-
gina 120; cf. Marshall, 1961, pág. 231).
142









tica, la reputación y el prestigio dependían de ella en gran
medida» (pág. 247). Pero Firth habría de descubrir pronto
una serie completa de decires populares sobre lo contrario.
Entre ellos había proverbios que enaltecían y ensalzaban el
propio interés por encima de la preocupación por los demás,
la retención de comida en vez de su distribución. «La comida
cruda todavía te pertenece» rezaba el adagio «una vez coci-
nada pasa a ser de otro», recomendando que la comida se
comiera semicruda para no verse obligado a compartirla.
O si no: «Asa tu rata (uno de los platos favoritos de los
Maoríes) con la piel, por si alguien llega a importunarte.»
Un proverbio reconoce en el noble acto de compartir un
asomo de descontento:
Haere ana a Manawa Yeka El corazón dejó de estar gozoso.
Noho ana a Manawa Kuwa Sólo quedó la amargura.
Otro dice lo siguiente de los fastidiosos parientes pedi-
güeños:
He huanga ki Matiti Un pariente en invierno,
He tama ki Tokerau un hijo en el otoño.
Es decir, que un hombre que durante la estación invernal
de la siembra es sólo un pariente distante, se convierte
en un hijo durante la cosecha de otoño.
Estas contradicciones de la sabiduría de los proverbios
Maoríes, traducen un conflicto real de la sociedad: «dos
principios diametralmente opuestos de conducta marchando
hombro con hombro...». Sin embargo, Firth no se detuvo
a analizarlos en toda su significación como hechos sociales.
Adoptó, en cambio, esa especie de «antropología ingenua» 11
que es una convención de la ciencia económica. Para él se
basaban en una oposición entre la naturaleza humana y la
cultura, entre el «impulso individual a buscar su propia
conveniencia» y «la moralidad expresa del grupo social».
Tal vez Lévi-Strauss diría que ése es efectivamente el modelo
propio de los Maoríes, ya que el proverbio sostiene que lo
crudo es a lo cocido como la posesión es al compartir, es
decir, que la naturaleza es a la cultura como el negarse a
compartir a la reciprocidad. De cualquier manera, el minu-
cioso análisis posterior que realizó Firth sobre la economía
maorí (1959a) deja bien esclarecido el porqué de que la
oposición de principios girara específicamente en torno al
núcleo pariente distante/hijo. Se trataba de un conflicto
entre el parentesco extendido y el propio interés doméstico
de los whanau, la unidad doméstica, «unidad básica de la
economía maorí»:
11 La frase pertenece a Althusser. Véase su exposición de «L'object du ca- pital» (Althusser, Ransiére y otros, 1966, vol. 2).
143









Los whanau practicaban una pertenencia grupal de ciertos
tipos de propiedad, y también como corporación ejercían los
derechos a la tierra y a sus productos. Las tareas que requerían
un número muy pequeño de trabajadores y una cooperación
no muy compleja eran realizadas por los whanau, y el aprovi-
sionamiento de comida se realizaba en gran medida según este
sistema. Cada grupo familiar constituía una unidad cohesio-
nada y autocontenida que manejaba sus propios asuntos, tanto
los sociales, como los económicos, a menos que éstos afectaran
a la aldea o a la política tribal. Los miembros del whanau
comían y habitaban todos juntos formado un grupo diferenciado
(Firth, 1959, pág. 139)12.
La posición de la unidad doméstica en estas sociedades
primitivas es un dilema y una maniobra constantes, una con-
temporización constante entre el bienestar doméstico y las
obligaciones más amplias hacia los parientes con la espe-
ranza de satisfacer a éstos sin amenazar a aquéllos. Aparte
de las paradojas de la sabiduría proverbial, este tira y afloja
recibe una denominación general: las desnudeces de la «reci-
procidad» tradicional. Porque, a pesar de la connotación
de equivalencia, los intercambios recíprocos ordinarios son a
menudo desequilibrados; en lo que se refiere, claro está,
al estricto plano material. Las retribuciones son sólo más o
menos equivalentes a lo dado inicialmente, y más o menos
12 La interpretación de Firth del conflicto social de interés como
una oposición entre el individuo y la sociedad se presta desgraciada-
mente a la gran mistificación, que prevalece actualmente en la econo-
mía comparativa, y para cuya elaboración los antropólogos se alian con
los economistas con el objeto de probar que los salvajes se mueven
a menudo por una mera preocupación egoísta, aunque los empresarios
persigan fines más elevados. Ese es, según ellos, el motivo de que
en todos lados la gente actúe por motivos «económicos» y «no eco-
nómicos» al mismo tiempo y, ya que la clásica conducta con respecto
al ahorro es en principio la misma en todos lados, se la considera
universalmente válida para el análisis. Por un lado, si el «nativo»
emprende el intercambio recíproco sin perseguir un incremento ma-
terial neto, puede ser que espere una utilidad tangible en la medida
en que lo que ahora da puede serle retribuido más tarde cuando
más lo necesite. Por otro, es bien sabido que la burguesía ha contri-
buido a la caridad obteniendo de otra forma beneficios espirituales de
los beneficios materiales. Es así que los ingresos objetivos obtenidos
por un determinado despliegue de recursos, ya sea con el objeto
de obtener el máximo de ganancia material o alguna otra utilidad, se
confunden con la relación final del propio sujeto económico con el
proceso. Ambos reciben el nombre de «utilidades» o «fines». Confun-
didos así los ingresos reales con las satisfacciones subjetivas y las mo-
tivaciones del sujeto con la naturaleza de su actividad, nos es lícito
ignorar las diferencias reales que existen en cuanto al modo de ma-
nipular los bienes para advertir semejanzas aparentes en las satisfac-
ciones obtenidas. El intento de la escuela formalista para separar de
su contexto burgués el principio de maximización individual y difun-
dirlo por todo el mundo lleva la marca fatal de esta confusión. Cf. Bur-
ling, 1962; Cook, 1966; Robbins, 1935; Sahlins, 1969.
144









inmediatas en el tiempo. La variación está notablemente
correlacionada con la distancia del parentesco. El equilibrio
es la relación material del parentesco lejano; cuanto más
cercano al hogar, el intercambio se vuelve más desinteresado;
existe tolerancia en los retrasos o incluso en los casos de
falta total de retribución. Observar que el parentesco deja
de ser una fuerza social en la medida en que se aleja en
distancia social no es una explicación suficiente o incluso
demasiado lógica si se tiene en cuenta la amplia extensión
de las categorías familiares. Es más adecuada la separación
segmentaria de los intereses económicos. Lo que le da fun-
ción y definición a este exceso de solidaridad de parentesco
y hace que tengan significado distinciones tales como «pa-
riente distante»/«hijo», es la determinación económica del
hogar como el sitio por donde empieza la caridad. La pri-
mera premisa de «la distancia de parentesco» es la MDP.
Por eso, la totalidad del capítulo 5, que trata del juego
táctico de la reciprocidad, se puede tomar como un expo-
nente para el presente punto.
A pesar de la contradicción establecida entre la unidad
doméstica y una parentela más amplia, son pocos los ejem-
plos que se dan en las sociedades primitivas de crisis estruc-
turales que revelen el conflicto. Tanto más valioso, entonces,
el exitoso trabajo de Firth sobre Tikopia, en especial el
estudio (con Spillius) de 1953-54, cuando se encontró por
casualidad con este pueblo, celebrado por su hospitalidad,
durante un período de hambre (Firth, 1959b). La natura-
leza había propinado a Tikopia un doble golpe: dos hura-
canes que se abatieron sobre ella en enero de 1952 y marzo
de 1953, causando un enorme daño en las viviendas, árboles
y cultivos. A esto siguió la escasez de alimentos, que varió
de un distrito a otro y de una a otra época; en general,
la peor situación se vivió entre septiembre y noviembre de
1953, un período que los etnógrafos describen como de
«hambruna». Pero sobrevivió la totalidad de la gente al
igual que el sistema social. Aunque lo primero no se debió
por completo a lo segundo. El parentesco más allá de la
unidad doméstica siguió dentro del código formal, pero el
código estaba siendo sistemáticamente respetado en la bre-
cha, de modo que aun cuando la sociedad tikopiana logró una
especie de continuidad moral mostró que estaba fundada so-
bre una discontinuidad básica. Fue una crisis reveladora.
Firth y Spillius hablan de «atomización», de la fragmenta-
ción de grandes grupos de parientes y de la «integración
más estrecha» de la unidad doméstica. «Lo que hizo la ham-
bruna», escribió Firth, «fue revelar la solidaridad de la fami-
lia elemental» (1959b, pág. 84; la cursiva es mía).
La descomposición económica comienza en varios frentes,
145









de manera especial en la propiedad y en la distribución. In-
cluso en el plan de reconstrucción luego del primer huracán,
se dedicó cada unidad doméstica (exceptuando los jefes)
a sí misma: «la utilización de los recursos tuvo como obje-
tivo en casi todos los casos la salvaguardia de los intereses
familiares... La magnitud del cálculo sobrepasó este límite
en raras ocasiones» (pág. 64). Se hicieron intentos para
suprimir los tradicionales privilegios de parentesco en lo
atinente al acceso a las zonas familiares de cultivo (pág. 70).
La tierra cuya tenencia era común en los casos de paren-
tesco próximo se convirtió en motivo de pleitos por la
propiedad, que enfrentaban algunas veces a unos hermanos
con otros y, otras veces, terminaban en una definitiva divi-
sión que deslindaba con precisión los derechos de las partes
contendientes (Firth, 1959b; Spillius, 1957, pág. 13).
El movimiento en la esfera de la distribución de alimen-
tos era más complicado. El intercambio se manifestaba como
una pulsación predecible de la sociedad y la generosidad
durante el proceso, y como una reversión hacia el aislamiento
doméstico cuando el proceso se convirtió en desastre 13. En
esos tiempos la escasez de alimentos decreció un tanto en
los lugares a los que nos referimos, la economía familiar
logró incluso pasar inadvertida, familias de parentesco muy
cercano dejaron de lado sus existencias independientes para
formar un fondo común de provisiones. Pero a medida que
la crisis se ahondaba comenzó a arraigarse una tendencia
opuesta resultante de la unión de dos impulsos complemen-
tarios: la pérdida paulatina del hábito de compartir y el
aumento del pillaje l4. Firth calculó que el robo alcanzaba
un nivel cinco veces mayor que el observado durante su
visita de cinco años antes, y que mientras antes se circuns-
cribía a artículos casi de lujo ahora se dirigía en gran medida
a productos de primera necesidad; ni siquiera quedaban
exentas las cosechas rituales y entre los ladrones había
incluso miembros de las casas más importantes. «Casi todos
robaban y casi todos eran víctimas de robos» (Spillius, 1957,
página 12). Mientras tanto, tras la ola inicial de sociabilidad,
la costumbre de compartir fue declinando progresivamente
en cuanto a frecuencia y a rango social. En lugar de alimen-
13 En el capítulo V hablamos más largamento de esta estimación.
Está controlado, por un lado, por la regla de que la generosidad tiende
a estar más vastamente extendida cuando se manifiestan en la comu-
nidad las diferencias de fortuna, y por otro, por la incapacidad del
sistema social, dada su solidaridad constituida para mantener esta ge-
nerosidad excepcional, capacidad que disminuye al aumentar las
privaciones.
14 Según los términos adoptados en el capítulo V, el sistema de
comunidad y la reciprocidad generalizada declinaban en la esfera
social a medida que la reciprocidad negativa aumentaba su influencia.
146









tos, los visitantes sólo recibían excusas que con frecuencia
eran muy poco sinceras. Se les escondían los alimentos a
los parientes, se los guardaba incluso en cajas dejando a al-
guien en la casa para vigilarlos. Firth describe una conducta
tan poco Tikopiana como ésta:
En algunos casos el pariente sospechaba que había comida
en la casa de su huésped, se sentaba entonces a conversar y
esperar confiando en que el dueño de casa cediera y usara
sus reservas, pero casi siempre sucedía que éste resistía hasta
que el visitante se marchaba y recién entonces abría la caja
y sacaba los alimentos (Firth, 1959b, pág. 83).
No es que hubiera una guerra entre familias. Los Tiko-
pianos seguían comportándose gentilmente. Firth escribe
que los modales se mantenían aunque degenerara la moral.
Pero la crisis puso a prueba ciertas tolerancias estructurales.
Puso al descubierto la debilidad del famoso «Nosotros, los
Tikopianos» al mostrar la fuerza de la unidad doméstica pri-
vada. La unidad doméstica demostró ser una fortaleza del
propio interés que durante la crisis se aisló levantando sus
puentes sociales o se dirigió resueltamente a las huertas de
parientes y amigos.
Era necesario contrarrestar y trascender la MDP, no sólo
por razones técnicas de cooperación, sino porque la economía
doméstica es tan poco confiable como aparentemente fun-
cional, una molestia en lo privado y una amenaza en el
orden público. El sistema más amplio de parentesco es una
manera importante de contrarrestarla. Sin embargo, la in-
fluencia continua de la economía doméstica deja su marca
en la sociedad toda a modo de una contradicción entre la
infraestructura y la superestructura del parentesco que no
sólo no llega a suprimirse por completo, sino que continúa
influyendo de las formas más sutiles sobre la disposición
diaria de mercaderías y, en momentos de tensión, emerge
nuevamente poniendo a toda la economía en un estado de
colapso fragmentario.
LA INTENSIDAD ECONÓMICA DEL ORDEN POLÍTICO
Dos son las palabras que (entre los Sa'a) se emplean
para designar los festines, ngauhe y houlaa: la primera signi-
fica «comer» y la segunda «fama» (Ivens, 1927, pág. 60).
«Sin festines —decía (un hombre Wogeo)— no podríamos
recolectar todas nuestras nueces ni plantar tantos árboles. Puede
que tuviéramos bastante para comer, pero nunca tendríamos
comidas realmente importantes» (Hogbin, 1938-1939, pág. 324).
En el curso de la evolución social primitiva el control
principal sobre la economía doméstica parece trasladarse de
147









la solidaridad formal de la estructura de parentesco hacia
el aspecto político de ésta. A medida que la estructura se
politiza, en especial a medida que se centraliza en la auto-
ridad de los jefes, la economía familiar se embarca en una
causa social más general. Este impulso transmitido por la
política a la producción suele contar con testimonios etno-
gráficos, ya que, aunque el cacique o jefe primitivo pueda
estar impulsado por la ambición personal, encarna los obje-
tivos colectivos; él personifica un principio de economía
pública opuesto a los fines privados y a las insignificantes
preocupaciones individualistas de la economía familiar. Los
poderes tribales en vigencia y los que van en camino de
serlo invaden el sistema doméstico para minar su autonomía,
doblegar su anarquía y desencadenar su productividad. «El
ritmo de vida en una aldea Manus —observó Margaret
Mead—, la cantidad de bienes en circulación y, por consi-
guiente, la cantidad real de bienes en existencia, dependen
del número de líderes que haya en esa aldea. Varía según su
iniciativa, inteligencia y agresividad, y según el número de
parientes con cuya cooperación puedan contar» (1973a, pá-
ginas 216-217).
Por su parte, refiriéndose a este mismo aspecto, Mary
Douglas presenta su importante monografía sobre los Lele de
Kasai como un estudio sobre la ausencia de autoridad, y
observa inmediatamente la consecuencia económica que ello
desata: «Cualquiera que haya estado en contacto con los
Lele habrá observado la ausencia de individuos que puedan
dar órdenes con una esperanza razonable de que les obedez-
can... La falta de autoridad explica en buena medida su
pobreza» (1963, pág. 1). Este efecto negativo ya lo hemos
visto antes en especial en su relación con el subaprovecha-
miento de los recursos para la subsistencia. Como ya lo dijo
Carneiro respecto de los Kuikuru y de acuerdo con una
observación similar de Irikowitz sobre los Lamet, el conflicto
se establece entre una tendencia crónica a dividir y dispersar
la comunidad y la evolución de controles políticos que pue-
dan controlar esta escisión y llevar a cabo una dinámica
económica más adecuada a la capacidad técnica de la so-
ciedad.
Sólo me referiré de una manera breve y esquemática
a la economía política primitiva.
Todo depende de la negación política de las tendencias
centrífugas a las que la MDP se inclina de una manera
natural. Dicho de otra manera (y siendo iguales los otros
factores), la aproximación a la capacidad productiva des-
arrollada por cualquier sociedad es un vector de dos prin-
cipios políticos antagónicos; por una parte, la dispersión
centrífuga inscrita en la MDP, una especie de mecanismo
148









reflexivo de la paz; por otra, el acuerdo que pueden esta-
blecer las instituciones predominantes de jerarquía y de
alianza, cuyo éxito puede medirse más bien por la concen-
tración de la población. Por supuesto, se trata de algo
más que de las autoridades tribales y su intervención contra
el reflejo primitivo de escisión. La intensidad regional de
ocupación depende también de las relaciones entre las comu-
nidades, relaciones tal vez sustentadas, tanto por los matri-
monios y los linajes, como por las autoridades constituidas.
Sólo me interesa aquí señalar cuál es la problemática: cada
organización política tiene un coeficiente de densidad de
población y, unido esto a las propensiones ecológicas, una
densidad determinada de aprovechamiento de la tierra.
Me ocuparé más detenidamente del segundo aspecto del
problema general, es decir, del efecto de la política sobre
el trabajo doméstico, y esto, en parte, por el hecho de
disponer de mayor abundancia de material etnográfico al
respecto. Incluso resulta posible aislar ciertas cualidades
formales de la estructura de liderazgo que implican grados
diferentes de productividad doméstica, y albergar así la espe-
ranza de realizar un análisis en función de un esquema de
intensidad social. Sin embargo, antes de llegar a la esperada
tipología es necesario que consideremos, en primer lugar,
los medios estructurales e ideológicos a través de los cuales
el poder se transforma en producción en las sociedades
primitivas.
El impacto del sistema político sobre la producción
doméstica es semejante al que produce sobre el sistema de
parentesco. Debemos colegir de esto que la organización de
la autoridad no se diferencia del orden de parentesco y,
por tanto, se entenderá mejor su efecto económico como una
radicalización de la función de parentesco. Además, muchos
de los jefes africanos más importantes, y todos los de Poline-
sia, no estaban libres de los nexos de parentesco y es esto
lo que vuelve comprensible la economía implícita en sus
acciones políticas, así como también la política implícita en
su economía. Es por eso que excluyo de esta discusión a los
verdaderos reyes y dignidades para referirme sólo a las socie-
dades donde el parentesco es el rey y el «rey» es sólo un
pariente superior. Como máximo tendremos que hablar de
los «caciques» propiamente dichos y el cacicazgo es una
diferenciación de parentesco de un orden político (el Estado).
Además, lo que es aplicable a la forma más avanzada, el
cacicazgo, lo es, con mayor razón, a todas las otras clases
de líderes tribales ya que éstos se inscriben en una red de
parentesco. Y del mismo modo que sucede en el aspecto
estructural, en lo ideológico y en la práctica el rol económico
del cacique no es más que una diferenciación de la mora-
149









lidad de parentesco. El liderazgo es aquí una forma más
elevada de parentesco, y por tanto, una forma más elevada
de reciprocidad y liberalidad. Esto se repite en las descrip-
ciones etnográficas de todo el mundo primitivo, incluso
en los dilemas planteados por las obligaciones de genero-
sidad del jefe:
El jefe (Nambikwara) no sólo debe actuar con corrección,
sino que debe tratar, y todo su grupo esperará que lo haga,
de hacerlo mejor que los demás. ¿Cómo cumple el jefe con
estas obligaciones? El instrumento primero y principal de su
poder es su generosidad. Entre la mayoría de los pueblos pri-
mitivos, y sobre todo en América, la generosidad es un atri-
buto esencial del poder. Desempeña un rol incluso en aquellas
culturas rudimentarias donde la noción de propiedad se resuel-
ve en un simple puñado de objetos rudimentarios. Aunque el
jefe no parece estar en una posición privilegiada, desde el
punto de vista material, tiene necesariamente bajo su control
cantidades excedentes de alimentos, herramientas, flechas y
ornamentos, los cuales, a pesar de ser insignificantes en sí
mismos, tienen, sin embargo, importancia en relación con la
pobreza prevaleciente. Cuando un individuo, una familia, o todo
un grupo desean o necesitan algo, es al jefe a quien deben
recurrir con su pedido. La generosidad es, por consiguiente, el
primer atributo que se espera que tenga un nuevo jefe. Es una
nota que se pulsará casi continuamente; y de la naturaleza,
discordante o no, del sonido que resulte puede el jefe juzgar
acerca de su prestigio dentro del grupo. Sus «subditos» toman
muy en cuenta todo esto... Los jefes fueron mis mejores infor-
mantes; y como yo conocía las dificultades de su cargo me
gustaba recompensarlos generosamente. Pero era raro, sin em-
bargo, que alguno de mis regalos durase en sus manos más
de un día o dos. Y cuando me marchaba, después de haber
compartido durante varias semanas la vida de algún grupo en
especial, sus miembros se regocijaban con la adquisición de
hachas, cuchillos, perlas y otros artículos que llevaba con-
migo. El jefe, en contraste, quedaba tan pobre, por lo general,
en términos materiales, como lo estaba a mi llegada. Su manera
de compartir, que era mucho más amplia que el promedio
acostumbrado, se lo había arrebatado todo (Lévi-Strauss, 1961,
página 304).
La misma situación se observa en la queja del gran sacer-
dote Tahitiano Ha'amanimani, a los misioneros Duff:
«Vosotros me dais», dice, «muchas predicaciones y muchas
plegarias al Eatora (Dios), pero muy pocas hachas, cuchillos,
tijeras o ropa». El asunto es que cuanto él recibe lo distribuye
de inmediato entre sus amigos y sus subditos, de tal manera
que de todos los regalos que había recibido en elevado número,
no tenía nada que mostrar, salvo un sombrero brilloso, un par
de calzones y un viejo abrigo negro, que había adornado con
150









plumas rojas. Este comportamiento pródigo lo excusaba dicien-
do que si no hiciera así nunca sería rey (sic), ni tan siquiera
jefe de importancia (Misioneros Duff, 1799, págs. 224-225).
Este benevolente interés del cacique en el proceso de
distribución, y la energía política que se acumula a partir
de aquí, se generan por el dominio del parentesco en el que
se mueve. En cierto sentido es una cuestión de prestigio. En
la medida en que la sociedad está socialmente entregada a
las relaciones de parentesco, está moralmente obligada a la
generosidad; por tanto, todo el que sea liberal concita de in-
mediato la estima general. En la medida en que es genero-
so, el jefe es un ejemplo entre los parientes. Pero profun-
dizando más, su generosidad es una especie de constreñi-
miento. «Los regalos hacen esclavos», dicen los esquimales
«igual que los látigos hacen a los perros». Este constreñi-
miento, que es común a todas las sociedades, gana fuerza
donde dominan las normas del parentesco, a causa de que
el parentesco es una relación social de reciprocidad, de ayuda
mutua; por eso, la generosidad es una imposición manifiesta
de deuda, que pone el percipiente en una relación circuns-
pecta y responsable con el dador durante todo el tiempo que
no se corresponde el regalo. La relación económica dador-
receptor es la relación política líder-seguidor 15. Este es el
principio operativo. Para mayor exactitud, ésta es la ideología
operativa.
«Ideología» que se revela como tal desde el principio
por su condición con el ideal más amplio en el cual está
insertada, es decir, con la reciprocidad. La relación de jerar-
quía es compensatoria, fiel a las características de una
sociedad a la que no quiere renunciar. Se concibe en función
de equilibrio, como una «ayuda mutua», como una «recipro-
cidad continua» 16. Pero en términos estrictamente materiales
la relación no puede ser a la vez «recíproca» y «generosa»,
el intercambio equivalente por completo y muchas otras
15 Veremos brevemente que el principio se organiza de distintas
maneras. Pero en algunos casos la totalidad del esquema de jerarquías
está dejada al libre juego de la generosidad, tal es el caso de Busama,
donde: «la relación entre deudores y acreedores constituye la base
del sistema de liderazgo» (Hogbin, 1951, pág. 122).
16 «Colaboración mutua» (Mead, 1934, pág. 335), «reciprocidad
continua entre el jefe y el pueblo» (Firth, 1959a, pág. 133), «mutua-
mente dependientes» (Evens, 1927, pág. 255). Para más ejemplos
véanse Richard, 1939, págs. 147-150, 214; Oliver, 1955, pág. 342;
Drucker, 1937, pág. 245. Véase también el capítulo V. Hablando de
la «reciprocidad» me refiero aquí a la relación económico-ideológica
entre los caciques y sus subditos, no necesariamente a la forma con-
creta. Esta última puede ser una «redistribución» desde el punto de
vista técnico. Aun así, la redistribución se concibe y se sanciona como
una relación recíproca, y en cuanto a su forma, no es más que una
centralización de reciprocidades.
151










cosas de ese tenor. La «ideología» entonces, a causa de la
«liberalidad del jefe» debe ignorar necesariamente la co-
rriente inversa de bienes desde el pueblo hacia el jefe —quizá
categorizándolo como algo que le es debido— bajo pena
de anular la generosidad; si no, o además, la relación
esconde un desequilibrio material —racionalizado quizá por
otros tipos de compensación— a riesgo de que se niegue
la reciprocidad. Vamos a ver cómo el desequilibrio existe
en realidad; según el sistema, se mantiene por parte de
unos o de otros, por parte del jefe o de la gente. Pero la
conjunción de una norma de reciprocidad con una realidad
de explotación no distinguiría la primitiva economía política
de cualquier otra: en todas partes del mundo la categoría
indígena para explotación es «reciprocidad» 17.
Considerado en un nivel más abstracto, la ambigüedad
ideológica del cargo de jefe, a la vez generoso y recíproco,
expresa perfectamente la contradicción de una nobleza primi-
tiva, contradicción que se da entre el poder y el parentesco
y que significa el establecimiento de la desigualdad en una
sociedad de relaciones amigables. La única reconciliación
reside, por supuesto, en que es una desigualdad beneficiosa
en la mayoría de los casos; la única justificación del poder
es el desinterés. Esto quiere decir que, en el aspecto econó-
mico, hay una distribución de bienes de los jefes hacia el
pueblo que profundiza y al mismo tiempo contrarresta la
dependencia de este último y sólo permite interpretar la
distribución del pueblo hacia los jefes como un momento
dentro de un ciclo de reciprocidad. Esta ambigüedad ideo-
lógica resulta funcional. Por un lado, la ética de la generosi-
dad del jefe legitima la desigualdad; por otro, el ideal de
reciprocidad niega que esto produzca alguna diferencia l8.
Sin embargo, esto sucede, y es algo que la ideología del
cacicazgo no admite, se trata de la introversión económica
de la MDP. La liberalidad del jefe debe estimular la pro-
ducción más allá de los objetivos usuales de la supervi-
vencia doméstica, aunque esto sólo suceda en la propia fami-
lia del jefe; la reciprocidad entre las jerarquías hará otro
17 Una razón (o supuesto básico) que explica el porqué de que la
ciencia social occidental, con su disposición a aceptar o incluso a
dar preponderancia a los modelos nativos, tenga tantas dificultades con
la «explotación». ¿O será acaso que teniendo problemas con la «explo-
tación» esté dispuesta a dar preponderancia al modelo nativo?
18 Si nuevamente esta ideología parece más difundida que la
sociedad primitiva, tal vez se la pueda tomar en este aspecto como
confirmación de lo dicho por Marx acerca de lo que no es visible en
la economía moderna puede verse claramente en la economía primi-
tiva, a lo cual Althusser agrega que lo que puede verse claramente
en la primitiva economía es que «l'économique n'est pas directement
visible en clair» (Althusser y otros, vol. 2, pág. 154).
152









tanto en una escala más o menos general. La economía polí-
tica no puede sobrevivir en base a un aprovechamiento tan
restringido de los recursos como el que representa una
existencia satisfactoria para la economía doméstica.
Volvemos así al punto de partida: la vida política es un
estímulo para la producción. Pero lo es en diferentes grados.
El siguiente párrafo rastrea algunas de las variantes de la
forma política que parecen connotar productividades domés-
ticas diferentes, comenzando con los sistemas melanesios
de hombre importante.
Los sistemas abiertos de competencia por el estatus del
tipo de los que predominan en Melanesia obtienen el im-
pacto económico, en primer lugar, de la ambición de quie-
nes aspiran a ser hombres importantes. La intensificación
se pone de manifiesto en su propio trabajo y en las labores
de su propia familia. Tal como informa Hogbin, el jefe de
la comunidad Busama de Nueva Guinea:
Debe trabajar más que cualquier otra persona para mantener
sus reservas de comida. El que aspira a recibir honores no puede
descansar en los laureles, sino que debe seguir brindando impor-
tantes fiestas y acumulando agradecimientos. Es de público
conocimiento que debe trabajar todo el día: «Sus manos están
siempre en contacto con la tierra y su frente está siempre per-
lada de sudor» (Hogbin. 1951, pág. 131)19.
Para satisfacer los fines de acumulación y generosidad es
muy frecuente que el jefe Melanesio trate de incrementar la
fuerza de trabajo de su casa recurriendo a veces a la poli-
gamia «Una mujer cultiva la huerta, otra recoge la leña,
otra va a pescar, otra cocina para él. Mientras, el marido
canta alegremente porque muchas personas vendrán a kaikai
(comer)» (Landtman, 1927, pág. 168). Es evidente que la
curva de Chayanov emplieza a sufrir una desviación política;
apartándose de la regla, algunos de los grupos más eficientes
19 Para otros pasajes similares cf. Hogbin, 1939, pág. 35; Oliver,
1949, pág. 89; 1955, pág. 446, o más generalmente, Sahlins, 1963. Nos
resultaría fácil reunir observaciones del mismo tipo fuera de Mela-
nesia. Por ejemplo: «Un hombre que puede gastar lo suficiente
como para adquirir todos los objetos costosos que están relacionados
con el culto de los ancestros, y sacrificar tanto a estos ritos, debe ser
una persona muy inteligente y por eso su reputación y su prestigio se
acrecientan con cada fiesta. En esta relación el prestigio social juega
una parte sumamente importante e incluso me atrevería a suponer
que los festines celebrados en honor de los ancestros y todo lo que
con ellos se relaciona constituyen la fuerza impulsora de toda la
economía en la vida social del Lamet. Obliga a los de más aspira-
ciones y a los más ambiciosos a producir más de lo necesario para
las necesidades vitales... Esta lucha por el prestigio juega un papel
particularmente importante en la vida económica del Lamet, e incita
a una producción excesiva (Isicowitz, 1951, págs. 332-341, la cursiva me pertenece).
153









trabajan con toda la intensidad de que son capaces. Pero el
hombre importante pronto remonta la estrecha base de la
autoexplotación organizando sus recursos con cuidado, el
jefe que surge emplea su fortuna para dejar a otros en
obligación con él. Saliéndose de los límites de su casa
constituye un grupo de seguidores cuya producción puede
controlar para satisfacer su ambición. Es así que el proceso
de intensificación en la producción aparece unido a la reci-
procidad en el intercambio. De este modo, el hombre labo-
rioso Yakalai, con el objeto de patrocinar festivales conme-
morativos y de participar exitosamente en el comercio ex-
terior,
no sólo debe demostrar su industriosidad personal, sino que
también debe ser capaz de provocar la industriosidad de los
demás. Debe tener un grupo de seguidores. Si tiene la suerte
de contar con muchos parientes jóvenes, sobre cuyo trabajo
puede ejercer un control real, no se encuentra tan presionado
por la necesidad de constituir ese grupo. Si no tiene esa suerte
debe reunir a sus seguidores asumiendo la responsabilidad por
el bienestar de parientes más lejanos. Desplegando todos los
atributos necesarios de un líder responsable, patrocinando,
como es debido, festivales en beneficio de los niños, mostrán-
dose dispuesto a emplear su fortuna en cumplir sus obliga-
ciones con los parientes políticos, subvencionando magias y
bailes para sus niños, asumiendo todas las cargas que es capaz
de llevar, se hace atractivo, tanto a los parientes de más edad,
como a los más jóvenes... Sus parientes más jóvenes buscan
su protección ofreciéndose como voluntarios para ayudarle en
sus empresas, obedeciendo con alegría cuando los llama a traba-
jar y satisfaciendo sus deseos. Cada vez se muestran más
inclinados a confiarle sus pertenenencias en lugar de hacerlo a
algún pariente de más edad (Chowning y Goodenough, 1965-
1966, pág. 457).
Sacando ventajas de este modo de un grupo local de
seguidores económicamente comprometidos con su causa, el
hombre importante da comienzo a la etapa final de su ambi-
ción y la que socialmente es más expansiva. Patrocina o
contribuye de manera importante en la organización de las
grandes fiestas públicas y en las distribuciones de bienes
saliendo fuera de su propio círculo para dejar establecida
su dignidad, para «hacerse un nombre», como dicen los
Melanesios, en la sociedad. Ya que
el objetivo de poseer cerdos y riqueza porcina no es almacenar-
los ni hacer ostentación, sino utilizarlos. El efecto resultante
es una fluida circulación de cerdos, plumas y conchas. La
motivación de la misma es la reputación que un hombre puede
ganar por su participación ostentosa en esto... los «hombres
importantes» Kuma o «los hombres fuentes»... que manejan
grandes fortunas, son capitalistas en el sentido de que controlan
154












la circulación de objetos de valor entre los clanes haciendo
nuevas presentaciones por su propia cuenta y eligiendo cuándo
contribuir con los demás. El provecho que obtienen de estas
transacciones es una reputación cada vez mayor... el propósito
no es simplemente acumular fortuna, ni siquiera actuar como
sólo los ricos pueden hacerlo, sino llegar a ser conocido como
rico (Reay, 1959, pág. 96).
La carrera personal del hombre importante tiene una
significación política general. El hombre importante y sus
ansias de consumo son los medios por los cuales una
sociedad fragmentaria, «acéfala» y dividida en pequeñas
comunidades autónomas vence estos impedimentos, al me-
nos de una manera provisional, para lograr campos más
amplios de relación y niveles más altos de cooperación. Al
preocuparse por su propia reputación, el hombre importante
de Melanesia se convierte en un punto de articulación de la
estructura tribal.
No debe suponerse que el hombre importante del tipo
melanesio es una condición necesaria de las sociedades frag-
mentarias. Los jefes de las aldeas indígenas de la costa nor-
oeste logran el mismo tipo de articulación, aunque sus festi-
vales de invierno son similares, en cuanto a los festejos
externos, a la búsqueda de prestigio de muchos líderes Mela-
nesios, el jefe mantiene una relación totalmente diferente
con la economía interna. Un cacique de la costa noroeste es
la cabeza de un linaje y por esta prerrogativa se le acuerda
necesariamente cierto derecho sobre los recursos grupales.
No se ve obligado a establecer un derecho personal mediante
la dinámica de una autoexplotación puesta a disposición de
los demás. Lo que ofrece un contraste mucho más notable
es que una sociedad fragmentaria puede pasar por alto todo
menos los vínculos mínimos entre sus partes constituyentes;
o si no, tal como sucede en el famoso caso del sistema de
linaje fragmentario de los Nuer, las relaciones entre los
grupos locales se fijan de manera principal y automática
por descendencia sin recurrir a una diferenciación entre
los hombres.
Los Nuer plantean una alternativa a la política fragmen-
taria del poder y el renombre personal, se trata del gobierno
anónimo y silencioso de la estructura. En los clásicos sis-
temas fragmentarios de linaje los jefes deben conformarse
con una importancia local en el mejor de los casos, lograda
tal vez mediante atributos que no son precisamente la gene-
rosidad. La interesante deducción que se desprende de esto
es que el sistema de linaje fragmentario tiene un coeficiente
de intensidad más bajo que la política de gobierno mela-
nesia.
El sistema melanesio puede ponerse al servicio de otro
155









fin especulativo. Dejando de lado el contraste manifiesto
entre las tribus con o sin autoridades, en sus fases suce-
sivas de autoexplotación generosa y de acumulación conso-
lidada por la reciprocidad, la carrera del hombre laborioso
melanesio marca una transición entre dos formas de autoridad
económica que en otros lugares aparecen por separado y
tienen en apariencia un potencial económico desigual. La
autoexplotación es una especie de economía original y sub-
desarrollada basada en el respeto. Se la encuentra a menudo
en grupos locales autónomos de las sociedades tribales —el
«jefe» Nanbikwara es un ejemplo de este género— y es muy
común en los campamentos de recolectores y cazadores:
Ningún Bosquimano aspira a destacarse, pero Toma fue aún
más lejos en su deseo de evitar la notoriedad; casi no poseía
nada y daba todo lo que caía en sus manos. Era diplomático,
ya que a cambio de este empobrecimiento que se impuso a sí
mismo ganó el respeto y la adhesión de toda la gente del lugar
(Thomas, 1959, pág. 183).
Este tipo de autoridad tiene obviamente sus limitaciones,
tanto económicas, como políticas, y la modestia de cada una
de éstas pone límites a la otra. Sólo el trabajo doméstico que
se encuentra bajo el control inmediato del jefe está com-
prometido políticamente. Aunque la comunidad de trabajo
de su familia puede expandirse hasta un cierto grado, por
ejemplo, por medio de la poligamia, el jefe no adquiere
una capacidad significativa de mando sobre el producto de
otros grupos domésticos ni por la estructura ni por la grati-
tud. Poniéndose el excedente de una casa a beneficio de
otros, esta política se acerca más al ideal de noble libera-
lidad y representa la más débil economía de liderazgo. Su
fuerza principal es más la atracción qué la compulsión, y el
campo de esta fuerza está restringido principalmente a las
personas que tienen contacto personal directo con el líder.
Ya que bajo estas circunstancias técnicas tan simples y a
menudo caprichosas que cuentan con el trabajo de tan pocos
para su aprovisionamiento, el «cúmulo de poder» (adop-
tando la denominación de Malinowski) del jefe es escaso
y se agota rápidamente. Además, necesariamente se diluye
en la eficacia política, referido esto a la influencia que debe
tener su distribución, ya que esta distribución se expande en
el espacio social. Los mayores dividendos de la influencia,
pues, corresponden a los seguidores locales, y reviste la
forma de un respeto debido a una generosidad que trata
de pasar inadvertida. Pero esto no establece la dependencia
de nadie, y este respeto tendrá que competir con todas las
otras clases de deferencia que pueden otorgarse en las rela-
ciones directas. De ahí que lo económico no sea necesaria-
156











mente la base predominante de la autoridad en las socieda-
des más simples, ya que en comparación con el estatus ge-
neracional o con los atributos y habilidades personales que
van desde la mística hasta la oratoria, puede resultar política-
mente despreciable.
En otro extremo se encuentra el cacicazgo propiamente
dicho, del tipo del que se desarrolló, por ejemplo, en la
mayor parte de las islas de Polinesia, entre los pueblos
nómadas del interior de Asia y en muchos pueblos del
centro y sur de África. El contraste de la forma económica
y política parece total. Estas formas van desde la autoex-
plotación —por el esfuerzo personal del jefe— hasta el
tributo, acompañado a veces por la idea de que incluso
transportar un peso o una carga es algo indigno del que
gobierna, razón por la cual la dignidad puede aconsejar
que él sea transportado. Asimismo se da el contraste entre
formas que van desde un respeto personalmente acordado
hasta un poder de mando conferido estructuralmente, o desde
una liberalidad poco menos que recíproca a una reciprocidad
poco menos que liberal. La diferencia es institucional. Reside
en la formación de relaciones jerárquicas dentro de los gru-
pos locales y entre éstos, en un marco político regional
mantenido mediante un sistema de jefes superiores y subor-
dinados con influencia sobre segmentos de mayor o menor
importancia y sometidos todos a la autoridad suprema. La
integración de grupos restringidos apenas esbozada por los
hombres importantes de la Melanesia, inimaginable para los
cazadores de prestigio, se logra en estas sociedades pirami-
dales. Con todo, siguen siendo primitivas, ya que la arma-
zón política la proporcionan los grupos de parentesco, que
hacen de las posiciones de autoridad oficial una condición
de su organización. Los hombres no construyen ya personal-
mente su poder a costa de los otros, llegan al poder. El poder
reside en el oficio, en una aquiescencia organizada de los
privilegios del jefe y de los medios organizados para confir-
marlos. También incluye un control específico sobre los
bienes y los servicios de la población que los sustenta. El
pueblo debe, por adelantado, su trabajo y su producción. Y
con este cúmulo de poder el jefe adopta grandilocuentes
poses de generosidad que van desde la ayuda personal hasta
la subvención masiva de las ceremonias colectivas o de las
empresas económicas. El flujo de bienes entre los jefes y el
pueblo se convierte en algo cíclico y continuo:
El prestigio de un jefe (Maorí) estaba relacionado con el
uso liberal de sus bienes, en particular, de la comida. Esto,
a su vez, le aseguraba una retribución mayor gracias a la cual
podía demostrar su hospitalidad, ya que sus seguidores y pa-
rientes le traían regalos escogidos... Además de proporcionar
157









abundantes entretenimientos a los extranjeros y visitantes, el
jefe disponía también liberalmente de su fortuna, distribuyendo
regalos entre sus seguidores. De este modo se fortalecía su
alianza y les retribuía los regalos y servicios personales que le
prestaban... Había así una reciprocidad constante entre el jefe
y el pueblo... Era precisamente la acumulación y posesión de
su fortuna lo que hacía posible la abundante distribución de la
misma y lo que le daba la posibilidad de dar aliento a impor-
tantes empresas tribales. El era una especie de canal por el cual
corría la fortuna, concentrándose sólo para derramarse, una vez
más, libremente (Firth, 1959a, pág. 133).
En las formas más avanzadas de cacicazgo, de las cuales
la maorí no es precisamente un ejemplo, esta redistribución
no se realiza sin beneficios materiales para el jefe. Si se nos
permite una metáfora histórica diremos que lo que comienza
con una distribución de su producción en beneficio de los
demás, por parte del posible jefe, termina de algún modo
poniendo los demás su producción al servicio del jefe.
Es así que los ideales de reciprocidad y la liberalidad del
jefe terminan sirviendo como mistificación de la dependen-
cia del pueblo. En su liberalidad, el jefe sólo devuelve a la
comunidad lo que ha recibido de ella. ¿Dónde está entonces
la reciprocidad? Tal vez ni siquiera devuelva todo lo reci-
bido. El ciclo tiene tanta reciprocidad como el regalo de
Navidad que el niño entrega a su padre después de haberlo
comprado con el dinero que éste le dio. Sin embargo,
este intercambio familiar tiene eficacia social, y lo mismo su-
cede con este sistema de redistribución. Además, llegado el
momento de considerar la diversidad de productos redistri-
buidos el pueblo puede apreciar beneficios concretos inal-
canzables de otro modo. En cualquier caso, el residuo mate-
rial con que a veces se beneficia el jefe no constituye el
sentido principal de la institución. Este reside en el poder
que la fortuna entregada al pueblo le otorga al jefe. Y desde
un punto de vista más amplio, al contribuir al bienestar
comunal y organizar actividades colectivas, el jefe crea un
bien colectivo que va más allá de la concepción y capacidad
de los grupos domésticos de la sociedad tomados individual-
mente. Instituye así una economía pública mayor que la
suma de las partes de su familia.
Este bien colectivo se obtiene también a expensas de la
familia. De una manera harto frecuente y mecánica, los an-
tropólogos atribuyen la aparición del cacicazgo a la produc-
ción de un excedente (por ejemplo, Sahlins, 1958). En el
proceso histórico, sin embargo, la relación ha sido por lo
menos mutua, y en el funcionamiento de la sociedad primiti-
va resulta más bien todo lo contrario. El liderazgo genera
continuamente un excedente doméstico. La aparición de las
158










jerarquías y del cacicazgo se convierte al mismo tiempo en
el desarrollo de las fuerzas productivas.
En resumen, se trata de la admirable capacidad de cier-
tos órdenes políticos distinguidos por ideas avanzadas de
cacicazgo para aumentar y diversificar la producción. Recu-
rriré una vez más a ejemplos de la Polinesia, en parte por-
que ya en un trabajo anterior he hablado de la excepcional
productividad de esa política comparándola con la de la
Melanesia (Sahlins, 1963); y en parte también porque algu-
nas sociedades polinesias, en particular las hawaianas, con-
ducen esa contradicción primitiva entre la economía domés-
tica y la pública a una crisis final que me parece reveladora
no sólo de esta disconformidad, sino también de los límites
económicos y políticos de la sociedad de parentesco.
La comparación con la Melanesia no serviría por sí mis-
ma para explicar los logros polinesios en cuanto a la produc-
ción general si no fuera por la ocupación y mejoramiento
de zonas que antes eran marginales efectuada bajo el man-
dato de los jefes que se ocupaban del gobierno. A menudo
las luchas crónicas entre tribus vecinas dieron fuerza decisiva
a este proceso. Tal vez sea la competencia la explicación de
una notable tendencia a modificar por medio de la cultura
la ecología de la naturaleza, así fue que muchas de las regio-
nes más pobres de las islas mayores de la Polinesia fueron
las más intensivamente explotadas. El contraste que ofrecen
a este respecto la península del sudeste de Tahití y el fértil
noroeste, llevó en una oportunidad a uno de los oficiales del
capitán Cook, llamado Anderson, a esta reflexión típicamen-
te toynnbiana «Esto demuestra —dijo— que incluso los
defectos de la naturaleza... resultan útiles para promover
la industriosidad y el arte del hombre» (citado en Lewth-
waite, 1964, p. 33). El grupo tahitiano es más famoso toda-
vía por la integración de los atolones costeros a los cacicazgos
de tierra firme. He aquí una combinación política de econo-
mía tan diferentes como para constituir en Melanesia, e
incluso en otras partes de la Polinesia, la base de sistemas
y se trata de un conjunto de trece minúsculos islotes de sis-
temas culturales totalmente diferentes. Tetiaroa es el ejemplo
más conocido. La llaman la «Palm Beach de los Mares del
Sur», coral situados a 26 millas al norte de Tahití y ocupado
por subditos del jefe del distrito Pau, con vistas a la explo-
tación de las riquezas marinas y a la producción del coco,
utilizado como lugar de recreo por la nobleza tahitiana. Al
prohibir todo cultivo que no fuera el coco y el taro en Te-
tiaroa, el jefe Pau, obligó a un intercambio continuo con
Tahití. En una acción punitiva contra el jefe, Cook apresó
una vez 25 canoas que venían desde Tetiaroa con un car-
gamento de pescado seco. «Incluso durante épocas tormen-
159










tosas, los misioneros [del Duff] contaron cien canoas en
la playa [de Tetiaroa], ya que allí iba la aristocracia a
celebrar festines y a engordar, y sus flotillas retornaban
«ricas como una flota de galeones» (Lewthwaite, 1966,
p. 49).
Podríamos considerar también el impresionante desarro-
llo del cultivo del taro en las islas Hawaianas, notable en
cuanto a extensión, diversidad e intensidad: las doscientas
cincuenta o trescientas cincuenta variedades diferentes reco-
nocidas a menudo por su adaptación a diferentes microcli-
mas; los grandes trabajos de irrigación (como en el valle de
Waipio en la isla de Hawai, sede de un único complejo que
ocupa una extensión de tres millas por tres cuartos de milla);
con irrigación admirable gracias a la complejidad de canales
y obras de protección (en Waimea, Kauai, hay un canal que
corre unos cuatrocientos pies bordeando un acantilado y
sube veinte pies por encima del nivel, mientras que en el
valle de Kalalau, un dique de contención construido de canto
rodado, protege una ancha franja de llanura costera), admi-
rable además por la utilización de pequeños pozos excavados
en las rocas de naturaleza volcánica y por la construcción de
terrazas en los pequeños cañones escondidos en las monta-
ñas «donde hasta el menor espacio disponible ha sido apro-
vechado». Esto no es un catálogo de la múltiple especializa-
ción ecológica de las técnicas agrícolas que incluyen los dis-
tintos tipos de forestación así como los cultivos húmedos
de taro, y en los pantanos una especie de chinampa, o cultivo
en barrizales» 20.
Puede decirse que la relación entre el cacicazgo de la
Polinesia y la intensificación de la producción tiene raíz his-
tórica. En Hawai, por lo menos, la transformación política
de las zonas marginales tiene un trasfondo de leyenda donde
se habla de un jefe que hizo uso de su autoridad para extraer
agua de las rocas. En el extremo occidental del valle de
Keanae, en Maui, hay una península que se interna una
milla dentro del mar y que permanece al margen de todas
las razones ecologícas, ya que es fundamentalmente rocosa
y estéril y, careciendo de suelo natural, se encuentra cubierta
20 Para éste y otros detalles sobre la irrigación en Hawai, véase
Handy, 1940. En un informe sobre Kauai dijo W. Bennett: «El rasgo
impresionante de las terrazas de cultivo agrícola es su tremenda exten-
sión. En los valles que han sufrido pocas alteraciones, en particular
la sección de Napali, se utilizó la máxima cantidad de suelo cultiva-
ble. En las partes altas de los valles, las terrazas llegan casi hasta
la base de los grandes precipicios, donde la naturaleza de las laderas
no es demasiado rocosa. Aunque no todas esas terrazas estaban irri-
gadas, una gran parte de ellas lo estaba, y es realmente admirable
el ingenio de las obras de ingeniería (1931. pág. 21).
160









con una famosa plantación de taro. La tradicción adjudica el
milagro a un viejo cuyo nombre ha sido alvidado,
... que estaba constantemente en guerra con el pueblo de
Wailua y decidió que debía contar con más tierras propicias
para el cultivo, con más alimentos y con más gente. Fue así
que puso a toda su gente a trabajar (vivían en aquel entonces
en el valle y sólo iban a la península para pescar), haciéndolos
transportar en canastas la tierra, desde el valle, hasta esa punta
de terreno volcánico. De este modo fue como, en el curso de
muchos años, la tierra de las parcelas y sus cercos se asentaron
en el lugar. Así se originaron las fértiles llanuras de Keanae
(Handy, 1940, pág. 110).
Puede que la tradicción hawaiana no sea del todo veraz
desde el punto de vista histórico, sin embargo, se trata de
la verdadera historia de Polinesia, una especie de paradigma
del cual la secuencia arqueológica de las Marquesas, tal
como la presenta, por ejemplo, Suggs, es sólo otra versión.
Toda la prehistoria de estas islas es una repetición del mismo
relato sobre las competencias entre los distintos valles, el
ejercicio del poder del jefe, y la ocupación y desarrollo de
zonas marginales (Suggs, 1961).
¿Existen evidencias con respecto a Hawai o a Tahití
de crisis política comparable al episodio que Firth y Spillius
cuentan sobre Tikopia? ¿Es posible descubrir aquí crisis re-
veladoras similares que pongan en evidencia la contradic-
ción vertical entre la economía familiar y el cacicazgo,
tal como la crisis tikopiana puso al descubierto la contra-
dicción entre la familia y el parentesco? Claro está, que la
hambruna Tikopiana tampoco deja sin responder totalmente
la primera pregunta, ya que los mismos huracanes de 1953
y 1954, que hicieron tambalear la estructura de parentesco,
estuvieron también a punto de derribar a los jefes, pues a
medida que la provisión de alimentos disminuía, las relacio-
nes económicas entre los jefes y el pueblo se deterioraban.
Se descuidaban las obligaciones habituales del clan hacia los
líderes mientras que, por el contrario, el robo a los cultivos
del jefe «se hizo casi descarado». Con palabras de Pa Nga-
rumea: «Cuando la tierra es firme el pueblo guarda respeto
a las cosas del jefe, pero cuando hay hambruna el pueblo va
y se burla de ellas» (Firth, 1959, p. 92). Además, la reci-
procidad en cuanto a la circulación de bienes no es más que
la forma concreta del diálogo político de los tikopianos; su
quiebra significó que la totalidad del sistema de comunica-
ción política estaba en cuestión. La política tikopiana había
empezado a desquiciarse. Una inesperada brecha se abrió
entre los jefes y la población que los reconocía como tales.
Reaparecieron sombrías tradiciones —Spillius las considera
«mitos»— que hablaban de ciertos jefes de la antigüedad
161









que al volverse insoportable la necesidad local de alimentos
expulsaron en masa al pueblo de la isla. A los jefes de esa
época la idea les pareció fantástica, pero una reunión privada
de las personas notables provocó impensadamente una movi-
lización de la gente del distrito de Fae, que había sido adver-
tida por augur y se preparaba a resistir una conspiración
de los jefes para expulsarla (Firth, 1959, p. 93) (Spi-
llius, 1957, pp. 16 y 17). Sin embargo, el antagonismo no
llegó a concretarse, el pueblo quedó en un estadio de con-
ciencia política no evolucionado y los jefes conservaron su
poder desde el principio hasta el fin. No hubo lucha. En
realidad, ni siquiera pasó por la mente de los tikopianos
un levantamiento popular contra los poderes establecidos,
por el contrario fueron los jefes quienes constituyeron un
peligro para el pueblo. Hasta el último momento todos si-
guieron haciendo concesiones al privilegio tradicional de
supervivencia de los jefes, sin importar que alguien tuviera
que morir y que una cantidad de alimentos les fuera sus-
traída con regularidad. La crisis política tikopiana abortó21.
Veamos ahora el caso de Hawai, donde es posible se-
guir los conflictos del mismo tipo general que concluyeron
en una triunfante rebelión. Digo conflictos «del mismo tipo
general» por cuanto provocaron la oposición entre el caci-
cazgo y los intereses domésticos, pero sin embargo, las
diferencias también son importantes. En Tikopia, la ten-
sión política fue inducida desde fuera. No surgió del desen-
volvimiento normal de la sociedad tikopiana, que usualmente
trabaja, sino en el despertar de una catástrofe natural, y
podría haber sucedido en cualquier momento estructural,
en cualquier fase de la evolución del sistema. El desorden
político de Tikopia fue de origen externo, anormal e his-
tóricamente indeterminado, pero la historia hawaiana llevó
a cabo las rebeliones con las cuales se fascinaba la historia
tradicional de Hawai. Se produjeron en el devenir normal
de la sociedad hawaiana, y más que endógenas fueron recu-
rrentes. Además, estos conflictos parecen siempre imposi-
bles en cualquier momento de la historia y señalan más bien
la madurez del sistema polinesio, el desenlace de sus con-
tradicciones, la revelación de los límites estructurales.
Los jefes supremos del viejo Hawai reinaban cada uno
de manera independiente en una sola isla o en una sección
de una de las islas mayores e incluso a veces en distritos de
islas vecinas. Esta variación ya forma parte del problema,
puesto que la tendencia, sobre la cual hablan largamente las
21 Tal vez esto se deba, en parte, a la intervención del poder
colonial y a los etnógrafos que a veces actuaron con atribuciones cuasi
gubernamentales (Spillius, 1957).
162









tradiciones, es que los dominios de cada jefe se incremen-
ten y se reduzcan, y lo que una vez se incrementa mediante
la conquista, sólo puede volver a separarse por una rebelión.
Este ciclo engrana con otro de manera tal que la rotación
de uno pone al otro en marcha. Los jefes a cargo del gobier-
no mostraban una gran propensión a «sacar demasiado pro-
vecho de sus cargos gubernamentales», es decir, a oprimir
económicamente al pueblo. Los jefes se veían forzados a
hacer esto cuando sus dominios políticos se ampliaban des-
cuidando así sus obligaciones como parientes y como jefes
respecto del bienestar de sus gentes, cosa que de todas ma-
neras encontraban difícil aun cuando sus dominios fuesen
reducidos.
Por la administración de dominios no muy extensos
obtenían suculentos bocados del trabajo y de los bienes de
la gente común. La población estaba diseminada en una ex-
tensa área, y los medios de transporte y comunicación eran
rudimentarios. Además el cacicazgo no disfrutaba del mono-
polio del poder. Debía hacer frente a los diversos problemas
del gobierno de una manera organizada, valiéndose de cier-
tos órganos administrativos que significaban una abultada
maquinaria política cuya función era hacer frente a una
proliferación de tareas mediante una multiplicación de per-
sonal, y economizar al mismo tiempo su escaso poder real
haciendo uso de un asombroso despliegue económico que
al mismo tiempo que intimidaba al pueblo, confería gloria
a los jefes. Pero el peso material de este séquito que acom-
pañaba al jefe y los aires pomposos que se daba, recaía, por
supuesto, sobre la gente común, en especial sobre aquéllos
que se encontraban más próximos a la autoridad suprema,
dentro de un área a la que valía la pena trasladarse y donde
la amenaza de sanciones resultaba eficaz. Conscientes, al pare-
cer, de la necesidad de establecer una estrategia tributaria,
los jefes hawaianos pensaron en distintos medios para ali-
viar la presión, entre ellos, una sucesión de conquistas ten-
dentes a ampliar la base tributaria. Habiendo triunfado
sin embargo, con el reino extendido hacia distantes y tar-
díamente dominadas tierras, los costos burocráticos del go-
bierno al parecer aumentaron más que los ingresos que
redituaban las nuevas posesiones, de modo que el jefe vic-
torioso sólo logró agregar nuevos enemigos a los que ya
tenía y aumentar el desasosiego de su casa. Es en este
momento cuando los ciclos de centralización y exacción
llegan a su punto culminante.
A esta altura, las tradiciones hawaianas hablan de in-
trigas y conspiraciones contra los jefes gobernantes, urdidas
por sus seguidores locales, confabulados tal vez, con sujetos
163









de regiones más lejanas 22. La rebelión la inician siempre los
jefes importantes, que, por supuestos, tienen razones pro-
pias para desafiar al poder supremo, pero cuya fuerza les
viene de encarnar un descontento más general. La revuelta
toma la forma de un magnicidio, de un lucha armada o de
ambos a la vez, y luego, según dijo un poeta étnico, los
hawaianos se sentaron sobre el suelo con las piernas cru-
zadas y contaron tristes historias sobre la muerte de los
reyes:
Muchos reyes fueron asesinados por el pueblo a causa de la
opresión que ejercían sobre los makaainana (plebeyos). Los si-
guientes reyes perdieron sus vidas a causa de crueles exigencias
para con los plebeyos. Koihala fue asesinado en Kau, razón por
la cual el distrito de Kau fue llamado Wier. Koka-i-ka-lani era
un alii (jefe) que fue violentamente asesinado en Kau... Enu-
nui-kai-malino era un alii que fue secretamente eliminado por
los pescadores de Keahuolu de Kona... El rey Hakau fue ase-
sinado por la mano de Umi en Waipio, en el valle de Tamakua,
en Hawai23. Lono-i-ka-makahiki era un rey que fue eliminado
por la gente de Kona... Fue por este motivo que algunos de los
ancianos reyes tenían un terror pánico al pueblo (Malo, 1951,
página 195).
Es importante observar que la muerte de los tiranos es-
tuvo a cargo de hombres con autoridad y de los jefes mis-
22 He aquí un ejemplo de esta geopolítica de rebelión: Kalaniopu'u,
jefe supremo de la gran isla de Hawaii —tío paterno y predecesor de
Kamehameha I— gobernó durante un tiempo en el distrito Kona del
sudoeste. Pero la tradición cuenta que «la escasez de alimentos, des-
pués de un tiempo, obligó a Kalaniopu'u a trasladar su corte al distrito
de Kohala (en el noroeste), cerca de Kapaau donde se encontraba su
sede central» (Fornander, 1878-85, vol. 2, pág. 200). Lo que aparente-
mente había provocado la escasez de comida en Kona se repitió luego
en Kohala: «Allí continuó el mismo extravagante abandono y la
misma vida disipada que había comenzado en Kona, y se suscitaron
las mismas quejas y el mismo descontento entre los jefes locales y los
agricultores, los "makaainana"» (ibíd.). A las quejas locales se suma-
ron otras del distante distrito de Puna, ubicado en el extremo sudeste
de la isla. En apariencia, las dos facciones se unieron y el relato toma
entonces su clásica forma olímpica al relatar una batalla conjunta entre
los grandes jefes. Los rebeldes principales eran Imacakaloa de Puna
y un tal Nu'uan, jefe de los K'u que habían vivido antes en Puna,
pero que pertenecía ahora a la corte de Kalaniopu'u. Estos dos eran,
según Fornander, «los cabecillas en quienes convergía el descontento».
Desde la distante Puna, Imacakaloa «se opuso abiertamente a las
órdenes de Kalaniopu'u y a sus extravagantes exigencias con respecto
a todo tipo de propiedades». N'uano, allegado directo del jefe supre-
mo, «era muy sospechoso de favorecer el creciente descontento» (ibíd.).
Esta vez, sin embargo, los dioses estaban al lado de Kalaniopu'u.
N'uano murió destrozado por un tiburón, y después de una serie de
batallas Imacakaloa fue cercado, capturado y debidamente sacrificado.
23 Hakau aparece también descrito por otro conservador de las
tradiciones como «rapaz, extorsionador, mucho más de lo que la
gente o los jefes podían tolerar» (Fornander, 1878-85, vol. 2, pág. 76).
164









mos. La rebelión no fue entonces una revolución: el caci-
cazgo derribado fue reemplazado por otro cacicazgo. Ha-
biéndose librado de las leyes opresoras, el sistema no logró
librarse de sus contradicciones básicas, trascenderse y trans-
formase, sino que continuó su ciclo dentro de los límites
de las instituciones existentes. Motivada por el deseo de
reemplazar a un jefe malo (exigente), por otro bueno (ge-
neroso), la rebelión tendría una mediana oportunidad de
éxito. En una etapa ulterior, quizás volvieran a disgregarse
los territorios anexados políticamente, recuperando así su
independencia los más recalcitrantes. Descentralizado de
este modo el cacicazgo, su peso económico se vería reducido
y por consiguiente el poder y la opresión volverían por el
momento al punto de partida.
Las características épicas de las tradiciones hawaianas
ocultan una causalidad más mundana. Es evidente que el
ciclo político tenía una base económica. Las grandes luchas
entre los jefes poderosos y sus respectivos distritos, eran
transposiciones de la lucha más esencial por el trabajo do-
méstico, para determinar si se lo debía emplear de una ma-
nera más modesta para la supervivencia de la familia o
intensificarlo en bien de la organización política. Nadie dis-
cutía que los jefes tuvieran derecho a obtener tributos de
la economía doméstica. El problema era, por un lado, el
límite habitual a ese derecho tal como lo establecía la es-
tructura existente, y por otro lado, el abuso regular del
mismo originado en una exigencia estructural. El cacicazgo
hawaiano se había distanciado del pueblo, sin embargo,
nunca había roto definitivamente la relación de parentesco.
Este lazo primitivo entre gobernante y el gobernador se-
guía en vigencia y con él la ética habitual de reciprocidad y
de generosidad del jefe24. Acerca de los grandes depósitos
mantenidos por los jefes gobernantes, dice Malo que eran
«medios para mantener contenta a la gente de modo que
no quisieran abandonar al rey», esto lo dice en un párrafo
notable por su cinismo político y añade «como la rata que
no quiere abandonar la despensa... donde piensa que hay
comida, del mismo modo la gente no abandonará al rey
mientras piense que hay comida en su depósito» (Malo ,1951,
página 195).
En otras palabras, las prerrogativas del jefe respecto de
la economía familiar tenían un límite moral acorde con la
configuración de parentesco de la sociedad. Hasta cierto
punto se trataba del deber del jefe, pero más alla de eso,
de su gran prodigalidad. La organización estableció una
proporción aceptable entre la asignación de trabajo a los
24 Sobre locuciones genealógicas véase Malo, 1951, pág. 52.
165









sectores gubernamentales y domésticos. También estableció
una proporción adecuada entre la retención de los bienes
del pueblo por parte del jefe y su redistribución. Sólo podía
tolerar un determinado desequilibrio en estos aspectos, ade-
más, era necesario actuar con cierta propiedad. La imposi-
ción por la fuerza no es una atribución habitual del jefe,
tampoco es su deber el pillaje. Los jefes tenían sus propias
tierras destinadas exclusivamente a su mantenimiento y re-
gularmente recibían numerosos regalos de su gente. Cuando
los hombres de un jefe gobernante se apoderaban de los cer-
dos de su gente y saqueaban sus huertos, «los makaainana
no aprobaban esta conducta del rey», eso era «tiranía» «abu-
so de autoridad» (Malo, 1959, p. 196). Los jefes se mos-
traban demasiado inclinados a hacer trabajar a los makaai-
nana: «Era un vida agotadora... se los obligaba con frecu-
encia a andar de un lado para otro y a hacer este o aquel
trabajo para el señor de la tierra» (p. 64). Pero entonces
el líder debía tener cuidado ya que «la gente solía guerrear
en los viejos tiempos contra los malos reyes». De esta ma-
nera el sistema definía y mantenía un límite a la intensifica-
ción de la producción doméstica, valiéndose de medios polí-
ticos para fines públicos.
Malo, Kamakau y los demás guardianes de la tradición
hawaina a menudo se refieren a los jefes supremos como
«reyes», pero el problema es precisamente que no eran reyes.
No habían roto estructuralmente con el pueblo y de ese
modo sólo podían deshonrar la moralidad de parentesco a
costa del desapego de la población. Y no contando con el
monopolio de la fuerza, lo más probable era que el descon-
tento general se descargara sobre sus cabezas. Juzgado desde
una perspectiva comparativa, la mayor desventaja de la or-
ganización hawaiana era su carácter primitivo, ya que no se
trataba de un estado. Su progreso ulterior sólo podía haberse
asegurado mediante una evolución en ese serítido. Si bien
la sociedad hawaiana descubrió límites a su capacidad para
aumentar la producción y la política, este umbral que había
alcanzado pero no podía cruzar, era la frontera de la pro-
pia sociedad primitiva.
166









4. EL ESPÍRITU DEL DON
El famoso ensayo sobre el don de Marcel Mauss, se con-
vierte en su propio legado a la posteridad. Aunque al parecer
sea completamente claro, sin secretos aún para los novatos,
continúa siendo una fuente de eterna ponderación para el
antropólogo de oficio, como si éste se viera obligado por
el Hau de la cosa a volver a él una y otra vez, para des-
cubrir quizá algún valor nuevo e insospechado, o para en-
tablar un diálogo que si bien en apariencia parece descubrir
un significado nuevo, no hace sino sacar a la luz un aspecto
contenido en el original. Este capítulo es un intento cuya
idiosincrasia pertenece a este último tipo, esfuerzo que no
justificarían, por otra parte, los estudios especiales sobre
los Maoríes o sobre los filósofos (Hobbes y Rouseau en es-
pecial) de los que se hace mención en su desarrollo. Sin em-
bargo, al recapacitar sobre la tesis particular del Hau de los
Maoríes y sobre el tema general del contrato social reiterado
durante todo el Ensayo, se llegan a apreciar bajo una nueva
luz, ciertas cualidades fundamentales de la economía y de la
política primitivas, cuya mención puede justificar este ex-
tenso comentario.
«EXPLICATION DE TEXTE»
El concepto fundamental del Essai sur le don, es la idea
indígena maorí del Hau, que Mauss presenta como «el espí-
ritu de las cosas y en particular de la selva y de la caza
que contiene...» (1966, p. 158)1. Antes que ninguna otra
sociedad arcaica fue la maorí (y la idea de Hau, por encima de
todas las nociones similares) la que respondió a la pregunta
central del Essai, la única que Mauss se propuso examinar
a fondo: ¿Cuál es el principio de derecho y de interés que
exige que en las sociedades de tipo primitivo o arcaico el
don recibido deba retribuirse? ¿Qué fuerza existe en la cosa
dada que obliga a quien la recibe a una retribución?» (pá-
gina 148).
Esa fuerza es el Hau. No sólo es el espíritu del hogar,
1 Ian Cumnison ha preparado una traducción inglesa de L'essai
sur le don, publicado como The Gift (Londres, Cohén y West, 1954).
167









sino del dador del don; de modo tal que aunque trate de
volver a su origen a menos que se lo reemplace, confiere al
dador un domino místico y peligroso sobre el receptor.
Desde el punto de vista lógico, el Hau sólo explica por
qué se le atribuyen los dones. No se refiere por sí mismo
a los otros imperativos en los cuales Mauss descompuso
el proceso de reciprocidad: la obligación de dar en primer
lugar, y la obligación de recibir. Sin embargo, en compa-
ración con la obligación de reciprocidad, estos aspectos sólo
fueron tratados sumariamente por Mauss, e incluso de una
manera no siempre distante del Hau: «Esta rigurosa com-
binación de derechos y de deberes simétricos y opuestos
deja de ser contradictoria cuando uno se da cuenta de que
consiste, sobre todo, en una mezcla de vínculos espirituales
entre las cosas que en alguna medida son almas, y entre
los individuos y grupos que de alguna forman interactúan
como cosas» (p. 163).
Entretanto, el Hau maorí se eleva al estatus de una expli-
cación general: el principio prototípico de reciprocidad de
Melanesia, Polinesia y la costa Noroeste de América, la
cualidad unificadora de la traditio romana, la clave de las
dádivas de ganado en la India hindú: «Lo que tú eres, eso
soy yo; en este día al volverme de tu esencia, al darte me
doy a mí mismo» (p. 248).
Todo depende entonces del «texte capitale» obtenido por
Elsdon Best (1909), del sabio maorí, Tamati Ranapiri, de la
tribu Ngati-Raucagwa. El gran rol desempeñado por el Hau
en el Ensayo sobre el don —y la reputación de que ha dis-
frutado desde entonces en la economía antropológica—, sur-
ge casi enteramente de este pasaje. En él, Ranapiri explicó
el Hau de taonga, es decir, los bienes de las esferas más
altas del intercambio, las cosas valiosas. Transcribo la tra-
ducción de Best, del texto maorí (que también publicó en
el original), y la traducción de Mauss al francés.

Best, 1909, pág. 439

Mauss, 1966, págs. 158-159.



I will now speak of the hau,
and the ceremony of whangai
hau. That hau is not the hau
(wind) that blowsnot at all. I
will carefully explain to you.
Suppose that you possess a cer-
tain article, and you give that
article to me, without price. We
make no bargain over it. Now,
I give that article to a third
person, who, after some time
has elapsed, decides to make

Je vais vous parler du hau...
Le hau n'est pas le vent qui
souffle. Pas du tout. Supposez
que vous possédez un article
determiné (taonga) et que vous
me le donnez sans prix fixe.
Nous ne faisons pas de marché
á ce propos. Or, je donne cet
article á une troisiéme person-
ne qui, aprés qu'un certain
temps s'est écoulé, decide de_
rendre quelque chose en paie-

168









some return for it, and so he
makes me a present of some
article. Now, that article that he
gives me is the hau oí the arti-
cle I first received from you
and the gave to him. The good
that I received for that item I
must hand over to yo. It would
not be right for me to keep
such goods for myself, whether
they be desirable Ítems or other-
wise. I must hand them over
to yo, because they are a hau oí
the article you gave me. Were I
to keep such an equivalent for
myself, then some serious evil
would befalla me, even death.
Such is the hau, the hau oí
personal property, or the foresl
hau. Enough on these points.









ment (utu), il me fait présent
de quelque chose (taonga). Or,
ce taonga qu'il me donne est
l'esprít (hau) du taonga que
j'ai recu de vous et que je luí
ai donné á luí. Les taonga que
j'ai recus pour ces taonga ve-
nus de vous il faut que je vous
les rende. II ne serait pas juste
(tika) de ma part de garder ces
taonga pour moi, qu'ils soien
désirables (rawe), ou désagrea-
bles (kino). Je dois vous les
donner car ils sont un hau du
taonga que vous m'avez donné.
Si je conserváis ce deuxiéme
taonga pour moi, il pourrait
m'en venir du mal, sérieuse-
ment, méme la mort. Tel est le
hau, le hau de la propriété per-
sonnelle, le hau des taonga, le
hau de la foret. Kati ena. (As-
sez sur ce sujet.)

Mauss, se quejó de la sintetización que hizo Bets de
cierta parte del origial maorí. Para asegurarnos de no dejar
de lado ningua parte de este documento crítico y en la es-
peranza de que puedan surgir de él otros significados, he
pedido al profesor Bruce Biggs, distinguido estudioso del
maorí, que preparara una nueva traducción interlineal, de-
jando no obstante el término hau, donde aparece en el ori-
ginal. A esta petición respondió con suma gentileza y pron-
titud, facilitándome la siguiente versión, hecha sin consultar
la traducción de Best2:
Na, mo te hau o te ngaaherehere. Taua mea te hau, echara i
te mea
Now, concerning the hau of the forest. This hau is not the hau
ko te hau e pupuhi nei. Kaaore. Maaku e aata whaka maarama
ki a koe.
that blows (the wind). No. I will explain it carefully to you.
Na, he taonga toou ka hoomai e koe mooku. Kaaore aa taaua
whakaritenga
Now, you have something valuable which you give to me. We
have no
2 De aquí en adelante, utilizaré la versión de Biggs excepto donde
la discusión sobre la interpretación de Mauss exija citar solamente los
documentos de que él disponía. Aprovecho esta oportunidad para
agradecer al profesor Biggs su generosa ayuda.
169

uto mo too taonga. Na, ka hoatu hoki e ahau mo teetehi atu
tangata, aa,
agreement about payment. Now, I give it to someone else, and,
ka roa peaa te waa, aa, ka mahara taua tangata kei a ia
raa taug taonga
a long time passes, and that man thinks he has the valuable,
kia hoomai he utu ki a au, aa, ka hoomai e ia. Na, ko taua
taonga
he should give some repayment to me, and so he does so. Now,
that
i hoomai nei ki a au, ko te hau teenaa o te taonga i hoomai ra
ki a au
valuable which was given to me, that is the hau oí the valuable
which was
i mua. Ko taua taonga me hoatu e ahau ki a koe. E kore
given to me before. I must give it to you. II would not
ratua e tika kia kaiponutia e ahau mooku; ahakoa taonga pai
rawa, taonga
be correct for me to keep it for myself, whether it be something
very good,
kino raanei, me tae rawa taua taonga i a au ki a koe. No te
mea he hau
or bad, that valuable must be given to you from me. Because
that valuable
no te taonga teenaa taonga na. Ki te mea kai kaiponutia e ahau
taua taonga
is a hau oí the other valuable. If I should hang onto that
valuable
mooku, ka mate ahau. Koina te hau, hau taonga
for myself, I will become mate. So that is the hau—hau of
valuables,
hau ngaaherehere. Kaata eenaa.
hau of the forest. So much for that.
Nota de los traductores: Traducimos únicamente la versión
inglesa del documento maorí encargada por el autor al profesor Bruce
Biggs y no las de Best y Mauss al inglés y al francés, respectivamente,
por considerar que es en las traducciones directas del maorí a esos
idiomas donde deben apreciarse, mediante el cotejo también directo,
las diferencias de traducción antes que en versiones castellanas de
segunda mano que pueden inducir a error. A este respecto queremos
avisar al lector de que hemos traducido la versión inglesa de Bruce
Biggs con un criterio de literalidad que permita acceder con facilidad
al texto inglés y sin atender demasiado a su belleza formal.
Ahora, respecto del hau de la selva. Este hau no es el hau / que
sopla (el viento). No. Te lo explicaré cuidadosamente. / Veamos, tú
tienes algo valioso y me lo das a mí. No / acordamos nada sobre el
pago. Entonces, yo se lo doy a otra persona y / pasa mucho tiempo,
y ese hombre piensa que tiene el objeto valioso, / debe darme a mí
alguna retribución, y así lo hace. Ahora, ese / objeto valioso que
170









En cuanto al texto, tal como lo registró Best, Mauss
comentó que —a pesar de las señales de aquel «esprit théo-
logique et juridique encoré imprécis» característico del
maorí— «sólo presenta una parte oscura: la intervención
de una tercera persona». Pero incluso esta dificultad la
aclaró a continuación mediante una rápida glosa:
Sin embargo, para entender correctamente a este jurista
Maorí es suficiente decir: «Taonga y toda propiedad estricta-
mente personal tienen un hau, un poder espiritual. Si tú me
das un taonga, yo se lo doy a una tercera persona, y esta
última me retribuye con otro, porque está obligada a hacerlo
por el hau de mi regalo; y yo estoy obligado a darte ese
objeto, ya que debo devolverte lo que en realidad es el pro-
ducto del hau de tu taonga» (1966, pág. 159).
Al corporizar a la persona del que da y al hau de su selva,
el don mismo, según la interpretación de Mauss, obliga a una
retribución. El receptor está obligado por el espíritu del
dador; el hau de un taonga siempre trata de volver a su
patria, inexorablemente, incluso después de haber sido
transferido de mano en mano mediante una serie de transac-
ciones. En el momento de la retribución, el receptor original
logra a su vez poder sobre el primer dador; de ahí, «la
circulation obligatoire des richesses, tributs et dons» en
Samoa y Nueva Zelanda. En síntesis:
... es evidente que en la costumbre Maorí el vínculo legal,
vínculo que se establece por medio de las cosas, es un vínculo
de almas, porque la cosa en sí tiene un alma, es alma. De esto
se desprende que el hecho de regalar algo a alguien es rega-
larse algo a uno mismo... Es obvio que en este sistema de
ideas es necesario retribuir a otro lo que en realidad forma
parte de su naturaleza y sustancia; ya que, aceptar algo de
alguien es aceptar algo de su escencia espiritual, de su alma;
la retención de esa cosa sería peligrosa y mortal, no sólo por-
que sería ilícita, sino también porque esta cosa que viene de
una persona —esta esencia, este alimento, estos bienes, mue-
bles o inmuebles, estas mujeres o esta descendencia, estos
ritos o estas comuniones— establecen un dominio mágico y reli-
gioso sobre uno, no solamente en lo moral, sino también en lo
físico y en lo espiritual. Además, la cosa dada no es inerte.
Animada y, a menudo, personificada, trata de volver a lo que
Hertz llamó su foyer d'origine o de producir para el clan y la
tierra de donde proviene algún equivalente que ocupe su lugar
(op. cit., pág. 161).
me fue dado, ése es el hau del objeto valioso que me fue / dado
antes. Debo dártelo a ti. No sería / correcto de mi parte conservarlo
para mí, ya se trate de algo muy bueno, / o malo, ese objeto valioso
debe serte entregado por mí. Porque ese objeto valioso / es el hau del
otro objeto valioso. Si yo retuviera ese objeto valioso / para mí, me
convertiría en mate. Eso es, pues, el hau: hau de los objetos valiosos, /
hau de la selva. Eso es todo.
171











LOS COMENTARIOS DE LÉVI-STRAUSS, FlRTH Y JOHANSEN
La interpretación que Mauss hace del hau ha sido ata-
cada por tres eruditos de gran autoridad, dos de ellos
expertos en maorí y el otro un experto en Mauss. Sus crí-
ticas son sin duda muy doctas, pero creo que ninguna llega
al verdadero significado del texto del Ranapiri o del hau.
Lévi-Strauss discute los fundamentos. No pretende cri-
ticar a Mauss en lo que a etnografía maorí se refiere. Lo
que cuestiona, sin embargo, es la confianza de éste en una
racionalización indígena: «¿No nos enfrentaremos aquí con
uno de esos casos (no demasiados raros) en los cuales el
etnólogo se deja engañar por el nativo?» (Lévi-Strauss, 1966,
página 38). El hau no es la razón para el intercambio, sólo
lo que una persona llega a creer es la razón, el modo en que
cada uno se representa una necesidad inconsciente cuya ra-
zón reside en alguna otra parte. Y detrás del significado que
Mauss estableció para el hau, Lévi-Strauss percibió un error
general de concepto que desgraciadamente privaba a su ilus-
tre predecesor de una comprensión estructuralista completa
del intercambio que el Ensayo sobre el don había prefigurado
tan brillantemente: «como Moisés conduciendo a su pue-
blo a una tierra prometida cuyo esplendor nunca llegaría
a contemplar» (p. 37). Porque Mauss había sido el primero
en la historia de la etnografía en ir más alla de lo empírico,
hasta una realidad más profunda, en abandonar lo sensato
y lo discreto por el sistema de relaciones: de una manera sin-
gular había percibido la operación de reciprocidad en sus
modalidades diversas y múltiples. Pero, desdichadamente,
Mauss no pudo escapar por completo al positivismo. Con-
tinuó entendiendo el intercambio tal como se presenta a la
experiencia, es decir, fragmentado en actos individuales de
dar, recibir y retribuir. Al considerarlo así en partes, en
vez de tomarlo como un principio unificado e integral, no
pudo hacer otra cosa más que tratar de recomponerlo con
su «cemento místico», el hau.
También Firth tiene sus propios puntos de vista sobre
la reciprocidad, y al puntualizarlos, vence repetidas veces
a Mauss en aspectos de la etnografía (1959a, pp. 418-421).
Según Firth, Mauss hizo una interpretación errónea del hau,
que es un concepto difícil y amorfo pero, de todos modos,
un principo espiritual más pasivo de lo que creía Mauss.
El texto de Ranapiri no proporciona en realidad ninguna evi-
dencia de que el hau trate apasionadamente de volver a sus
fuentes. Además los Maories no confiaban generalmente en
que el hau actuara por sí mismo para castigar la delicuen-
cia económica. Por lo general, cuando la reciprocidad no
se producía o en un caso de robo, el procedimiento estable-
172









cido para la retribución o restitución, era la hechicería
(makutu): hechicería iniciada por la persona que había
sido estafada y que generalmente requería los servicios de
un «sacerdote» (tohunga) cuando se realizaba por medio de
los bienes retenidos3. Además, agrega Firth, Mauss con-
fundió algunos tipos de hau que en la concepción maorí son
bastantes distintos —el hau de las personas, el de las tierras
y los bosques, y el del taonga— y basándose en esta funda-
mental confusión formuló un serio error. Mauss simple-
mente carecía de base para considerar al hau del taonga
como el hau de la persona que lo da. Toda esta idea de que
el intercambio de dones es un intercambio de personas es
consecuencia de una falsa interpretación. Ranapiri había
dicho solamente que el bien dado por la tercera persona a
la segunda era el hau de la cosa recibida por el segundo del
primero4. El hau de personas no estaba en discusión. Al su-
poner que sí, Mauss atribuyó su propio refinamiento intelec-
tual al misticismo maorí5. En otras palabras, y a pesar de
Lévi-Strauss, no se trataba después de todo de una racio-
nalización masiva, sino de la de un francés. Pero como dice
el proverbio maorí: «los problemas de otras tierras sólo
a ellas pertenecen» (Best, 1922, p. 30).
3 Según Firth parece que el mismo procedimiento se empleaba con-
tra los ladrones y contra los ingratos. Es a los expertos en las cuestiones
maoríes a quienes les corresponde esclarecer esto. De acuerdo con
mi propia experiencia muy limitada y puramente textual, pienso que
los bienes de las víctimas eran utilizados, en especial, para las prác-
ticas de hechicería contra los ladrones. Aquí, donde generalmente se
desconoce al culpable, una parte de los bienes restantes —o algo perte-
neciente al lugar donde se guardaban— es el vehículo para identificar
o castigar al ladrón (por ejemplo, Best, 1924, vol. I, pág. 311). Pero
las brujerías contra una persona conocida se practican generalmente
por medio de algo asociado con esa persona; es así que, en un caso
de falta de retribución, es más probable que sean los bienes del esta-
fador los que sirvan como vehículo que la dádiva del dueño. Para que
todo sea más interesante y confuso, el vehículo asociado con la víctima
de la hechicería es conocido por los Maoríes como hau. Una de las
acepciones de la palabra «hau» que aparecen en el diccionario de
W. Williams es la siguiente: «algo relacionado con una persona sobre
la cual se intenta practicar un encantamiento; una parte de su cabello,
una gota de su saliva o cualquier cosa que haya estado en contacto
con su persona, etc., lo cual, llevado ante el tohunga (experto en
ritos) puede servir como vínculo de conexión entre sus encantamientos
y el objeto de éstos» (Williams, 1892).
4 La intervención de una tercera parte no ofrece, pues, oscuridad
para Firth. El intercambio entre la segunda y la tercera parte era
necesario para introducir un segundo bien que pudiera representar al
primero, o al hau del primero (cf. Firth, 1959a, pág. 420n).
5 «Cuando Mauss ve en el intercambio de dones un intercambio de
personalidades, "un vínculo de almas", se guía, no por las creencias
nativas, sino por su propia interpretación intelectualizada del hecho»
(Firth, 1959a, pág. 420).
173









Firth, por su parte, prefiere las explicaciones seculares
de la reciprocidad y no las espirituales: Insiste sobre al-
gunas otras sanciones de la retribución, sanciones observadas
por Mauss en el curso del Essai:
El miedo al castigo enviado por intermedio del hau de los
bienes es en realidad una sanción sobrenatural y muy valiosa
para forzar a la devolución de un don. Pero atribuir la escru-
pulosidad en el cumplimiento de las obligaciones individuales
a la creencia en un fragmento activo desprendido de la per-
sonalidad del donante, cargado de nostalgia y de impulsos
vengadores, es algo absolutamente diferente. Es una abstrac-
ción no apoyada por evidencia nativa alguna. El énfasis prin-
cipal del cumplimiento de la obligación reside, tal como el
propio trabajo de Mauss deja entrever, en las sanciones sociales
—el deseo de continuar relaciones económicas útiles, la conser-
vación del prestigio y del poder— para cuya explicación no es
necesario formular ninguna hipótesis de creencias recónditas
(1959a, pág. 421)6.
El último en entrar a la «casa de aprendizaje» maorí,
J. Prytz Johansen (1954), hace progresos evidentes respecto
de sus predecesores en la lectura del texto de Ranapiri. El
es al menos el primero en dudar de que el anciano maorí
tuviera en mente algo particularmente espiritual cuando se
refirió al hau de un don. Desgraciadamente, la exposición
de Johansen es todavía más laberíntica que la de Tamati
Ranapiri, y una vez que ha llegado al punto culminante pa-
rece dejarlo de lado, y busca más bien un explicación mítica
que lógica, del famoso intercambio a trois, y termina dando
una nota de desesperación erudita.
Después de rendir el debido tributo y de apoyar como
se merece la crítica hecha por Firth a Mauss, Johansen se-
ñala que la palabra hau tiene un campo semántico muy am-
plio en el que tal vez estén implicados varios homónimos.
En cuanto a la serie de significados usualmente comprendi-
dos como «principio vital» o algo por el estilo, Johansen
prefiere como definición general «una parte de la vida (por
ejemplo un objeto) que se emplea ritualmente para influir
sobre la totalidad», variando la cosa que sirve como hau de
acuerdo con el contexto ritual. Llama luego la atención sobre
6 En sus últimas palabras sobre el tema, Firth continúa negando la
validez etnográfica de las perspectivas de Mauss sobre el hau maorí,
agregando también que el intercambio de dones de los Tikopianos no
implica ninguna creencia espiritual de ese tipo (1967). Además, expo-
ne ahora ciertas reservas críticas sobre la exposición que hace Mauss
de las obligaciones de dar, recibir y retribuir. Sin embargo, hay un
nivel en el que está de acuerdo con Mauss, no en el sentido de una
entidad espiritual real, sino en el sentido social y psicológico más gene-
ralizado de una extensión del sí mismo, el don participa de su dador
(ibíd., págs. 10-11, 15-16).
174










un punto que hasta entonces había pasado desapercibido para
todos (Best incluido, a mi entender): el discurso de Tamati
Ranapiri sobre los dones era algo así como una introducción
y una explicación a cierta ceremonia, una retribución por
medio de sacrificios hecha a la selva por los pájaros cazados
por los maoríes7. Por lo tanto, el propósito del infor-
mante en este pasaje expositivo era simplemente establecer
el principio de reciprocidad, y «hau» sólo significaba allí
«don retributivo»; «el maorí en cuestión pensaba sin duda
que hau significa don retributivo, simplemente lo que se
denomina también utu» (Johansen, 1954, p. 118).
Veremos por el momento que la noción de «retribución
equivalente» (utu) es inadecuada para el hau; además, los
aspectos planteados por Ranapiri van más allá de la recipro-
cidad como tal. De cualquier manera, Johansen, al retomar
el tema de la transacción tripartita, disipó el adelanto que
había hecho. Inexplicablemente, dio crédito a la interpreta-
ción recibida de que el donante original ejerce cierta magia
sobre la segunda parte mediante los bienes que ésta recibió
de la tercera, bienes que en este contexto se convierten en
hau. Pero puesto que la explicación «no es obvia», Johansen
se sintió obligado a invocar una especial tradición descono-
cida, «al efecto de que cuando tres personas intercambia-
ban dones y la parte intermediaria no cumplía, el don retri-
butivo que estaba retenido en su poder podía ser hau, es de-
cir, que podía emplearse para hechizarlo». Finalizaba luego
con aire sombrío: «sin embargo, en todas estas considera-
ciones queda cierta incertidumbre y parece improbable que
alguna vez podamos estar realmente seguros en lo que se
refiere al significado del hau» (Ibid, p. 118).
El verdadero significado del hau de los objetos valiosos
No soy un lingüista, ni un estudioso de las religiones pri-
mitivas, ni un experto en el maorí y ni siquiera un erudito
en lo que respecta al Talmud. Por lo tanto, la «certidum-
bre» que advierto en el discutido texto de Tamati Ranapiri
la presento con las debidas reservas. Sin embargo, para adop-
tar la actual fórmula estructuralista, «todo se presenta como
si» el maorí estuviera tratando de explicar un concepto reli-
7 En la versión del original maorí publicada por Best, el pasaje
sobre los dones estaba en realidad interlineado como un aparte expli-
catorio entre dos descripciones de la ceremonia. La traducción inglesa
sin interlineados deja, sin embargo, de lado la parte principal de la
primera descripción que Best había citado en una página anterior
(1909, pág. 438). Además, tanto el texto inglés, como el maorí, co-
mienzan con una exposición sobre los conjuros de hechicerías, en
apariencia no relacionados con las ceremonias de intercambio de dones,
sino con lo que viene más adelante.
175









gioso mediante un principio económico, lo que Mauss inme-
diatamente entendió al revés procediendo a desarrollar el
principio económico por medio del concepto religioso. El hau
en cuestión realmente significa algo en el orden de «la retri-
bución» o «el producto de», y el principio expresado en el
texto como taonga es que cualquier proyección de este tipo
sobre un don debe ser devuelta al dador original.
Es necesario volver el discutido texto a su posición de
glosa explicativa de la descripción de un sacrificio ritual8.
Tamati Ranapíri trataba de hacer entender a Best mediante
este ejemplo de intercambio de dones —ejemplo tan común
que cualquier persona (o cualquier maorí) podría captar in-
mediatamente— porque ciertos pájaros cazados se devuelven
por medio de una ceremonia al hau de la selva, a la fuente
de su abundancia. En otras palabras, tomó una transacción
entre los hombres semejante a la transacción ritual que iba
a relatar, de modo tal que la primera sirviera como para-
digma para la segunda. En realidad, esta transacción secular
no parece ser comprehensible para nosotros de una manera
directa, y la mejor manera de entenderla es remontarnos ha-
cia atrás a partir del intercambio lógico de la ceremonia.
Esta lógica, tal como la presenta Tamati Ranapiri, es per-
fectamente directa. Sólo es necesario observar el uso que
hace el sabio del término «mauri» como la corporación física
del hau de la selva, el poder de aumentar, modo de conse-
guir el mauri que no tiene nada de idiosincrático, a juzgar
por otros escritos de Best. El mauri, que alberga al hau es
puesto en la selva por los sacerdotes (tohunga) para hacer
que los pájaros abunden. He aquí el pasaje que sigue al del
intercambio de dones como la noche sigue al día, según la
intención del informante9.
Voy a explicaros algo acerca del hau de la selva. El mauri
fue implantado en la selva por los tohunga (sacerdotes). Es el
mauri el que hace que los pájaros abunden en la selva, que
8 Existe una diferencia muy curiosa entre las versiones de Best,
Mauss y Tamati Ranapiri. Mauss parece suprimir deliberadamente la
referencia que Best hace a la ceremonia en la primera frase. Donde
Best dice: «Les hablaré ahora del hau y de la ceremonia de whangai
hau»; Mauss dice simplemente «Je vais vous (sic) parler du hau...»
(la elipsis es de Mauss). La traducción indudablemente auténtica de
Biggs, mucho más próxima a la de Mauss, plantea un aspecto intere-
sante, ya que en ese lugar tampoco menciona el whangai hau: «Ahora,
respecto al hau de la selva.» Sin embargo, aun de esta manera, el
texto original vinculaba el mensaje sobre el taonga con la ceremonia
de whangai hau, «.hau favorecedor o nutricio», ya que el hau de la
selva no era el tema del pasaje inmediato sobre el don, sino de la
última y consecuente descripción de la ceremonia.
9 Utilizo la traducción de Best, la única de que disponía Mauss.
También tengo a mano la versión interlineada de Biggs que no pre-
senta diferencias significativas respecto de la de Best.
176









puedan ser muertos y tomados por los hombres. Estos pájaros
son propiedad de los mauri, de los thounga y de la selva, a ellos
les pertenecen, es decir, son un equivalente de esa importante
instancia que es el mauri. Por eso se dice que deben hacerse
ofrendas al hau de la selva. Los thounga (sacerdotes, adeptos)
comen las ofrendas porque el mauri es suyo, fueron ellos quie-
nes lo colocaron en la selva, quienes lo hicieron ser. Ese es el
motivo de que algunos de los pájaros asados en el fuego sagrado
sean apartados para que sólo los sacerdotes los coman, para que
el hau de los productos de la selva y el mauri puedan volver
otra vez a la selva, es decir, al mauri. Ya es suficiente a este
respecto (Best, 1909, pág. 439).
En otras palabras y en esencia, el mauri que detenta el
poder de aumentar (hau) es puesto en la selva por los sacer-
dotes (thounga); el mauri hace que los pájaros abunden y
por lo tanto, algunos de los pájaros capturados deben ser
ceremoniosamente devueltos a los sacerdotes que colocaron
el mauri; en efecto, el consumo de estos pájaros por parte
de los sacerdotes restaura la fertilidad (hau) de la selva (de
ahí el nombre de la ceremonia, Whangai hau, «el hau nutri-
cio») 10. De inmediato pues, la transacción ceremonial
ofrece una apariencia familiar: un juego tripartito, en el que
los sacerdotes ocupan la posición de un dador inicial a quien
se le debe retribución por una dádiva original. El ciclo de
intercambio está representado en el esquema 4.1.
Ahora, a la luz de esta transacción, reconsideremos el
texto inmediatamente anterior que se refiere a los dones
entre los hombres. Todo se torna así transparente. El inter-
cambio secular de taonga sólo difiere ligeramente en cuanto
a su forma de la ofrenda ceremonial de pájaros, aunque en
principio es exactamente el mismo, de ahí se desprende el
10 La posición anterior de este ritual que precede al pasaje sobre
el taonga en el texto maorí completo, habla en realidad de dos cere-
monias relacionadas: una sólo descriptiva y la otra ejecutada ante
aquéllos que habían sido enviados a la selva antes de la época de la
caza, para observar el estado de la misma. Cito la parte más impor-
tnte de esta descripción anterior según la versión de Biggs: «El hau
de la selva tiene dos "apariencias". 1. Cuando la selva es inspec-
cionada por los observadores y si se ve que hay pájaros por allí, y si
ellos matan algún pájaro ese día, el primer pájaro que matan lo ofrecen
el mauri. Simplemente se lo arroja entre la maleza y se dice, "ése es
para el mauri". La razón es prevenir que en el futuro puedan no
encontrar nada. 2. Cuando la caza termina (ellos) salen de la maleza
y empiezan a cocinar los pájaros para conservarlos en grasa. Primera-
mente se apartan algunos para alimentar el hau de la selva; éste es el
hau selvático. Los pájaros que fueron apartados se cocinan en el
segundo fuego. Sólo los sacerdotes comen los pájaros del segundo
fuego. Otros pájaros son apartados para el tapairu, del cual comen sólo
las mujeres. La mayor parte de la caza se aparta y se cocina sobre
el fuego puuraakau. Los pájaros cocinados en el fuego puurakau son
para que coman todos...» (cf. Best, 1909, págs, 438, 440-441, 449f;
para otro detalles de las ceremonias, 1942, págs. 13, 184f, 316-317).
177




valor didáctico de su presencia en el discurso de Ranapíri.
A da un don a B quien lo transforma en algo diferente en
un intercambio con c, pero puesto que el taonga entregado
por c a B es el producto (hau) del don original de A, el be-
neficio debe ser ofrecido a A. Este ciclo aparece en el es-
quema 4.2.



El significado de hau que logramos desentrañar basán-
donos en el intercambio de taonga es tan secular como el
intercambio mismo. Si el don segundo es el hau del primero,
entonces el hau de un bien es su producto, del mismo modo
que el hau de una selva es su productividad. En realidad,
suponer que Tamati Ranapiri quiso decir que el don posee
un espíritu que obliga a la retribución parece ofender la
clara inteligencia del anciano. Para ilustrar un espíritu de
esta naturaleza sólo se necesita un juego de dos personas:
tú me das algo, y tu espíritu (hau) es lo que me obliga a
retribuirte. Muy simple por cierto, la introducción de una
tercera parte sólo lograría complicar y oscurecer indebida-
178









mente este aspecto. Pero si no se trata ni de algo espiritual
ni de la reciprocidad como tal, si más bien es que el don de
un hombre no debe constituir el capital de otro hombre, y
por lo tanto los frutos de un don deben restituirse a su po-
seedor original, entonces sí es necesaria la introducción de
una tercera parte. Es necesario precisamente mostrar una
rotación, el don ha tenido una consecuencia, el receptor la
ha utilizado con provecho. Ranapiri tuvo buen cuidado en
preparar esta noción de provecho por adelantado al estipu-
lar11 la ausencia de equivalencia en el primer caso, como
si A hubiera entregado a B un don gratuito. Vuelve a suge-
rir lo mismo, además, al subrayar la demora entre la recep-
ción del don por parte de la tercera persona y la retribu-
ción: «Pasa un largo tiempo y aquel hombre piensa que
posee el objeto valioso, pero debería retribuirme con algo».
Tal como observa Firth, la demora en las retribuciones es
entre los Maoríes más prolongada que el don inicial (1959 a,
p. 422); en realidad, es una regla general del intercambio
maorí de dones que «el pago debe, si es posible, exceder en
cierta medida lo que exige el principio de equivalencia»
(Ibid, p. 423). Para finalizar, observemos dónde interviene el
término hau en la exposición. No es en la transferencia ini-
cial de la primera a la segunda parte, como sucedería si se
tratara del espíritu del don, sino en el intercambio entre la
segunda y la tercera parte, como sería lógico si se tratara del
producto del don12. El término «beneficio» es econó-
mica e históricamente inadecuado a los Maoríes pero hubiera
resultado una traducción más apropiada que «espíritu» para
el hau.
Best proporciona otro ejemplo de intercambio en el cuál interviene el hau. Resulta significativo que la pequeña es-
cena sea nuevamente una transacción a trois:
Adquirí una capa de lino hecha por una nativa en Rua-
tahuna. Uno de los soldados quería comprarla a la tejedora,
pero ella se negó firmemente por miedo a que los horrores
de hau-whitia descendieran sobre ella. El término hau-whitia
significa «la desviación del hau» (1900-1901, pág. 198).
11 Y aun a riesgo de reiterar en la traducción de Best: «Suponga-
mos que tú posees un artículo y me lo das a mí sin precio. Ño
hacemos ningún trato al respecto.»
12 Firth cita la siguiente exposición sobre este aspecto perteneciente
a Gudgeon: «Si un hombre recibió un presente y lo entregó a una
tercera persona, esta acción no tiene nada de impropio; pero si la
tercera persona le retribuye con un regalo, entonces debe entregarlo
al dador original o si no es hau ngaro (hau consumado)» (Firth, 1959a,
página 418). La falta de consecuencia en la primera de estas condi-
ciones es una nueva evidencia contra el hau nostálgico de Mauss que
siempre trata de volver a su hogar.
179









Aunque ligeramente diferente del modelo elaborado por
Tamati Ranapiri, esta anécdota no presenta ninguna dificul-
tad en especial. Al haber solicitado la capa, Best tenía un
derecho prioritario a ella. En caso de que la tejedora hubiera
aceptado la oferta del soldado, hubiera sacado más ventajas
dejando a Best sin nada. Si ella se hubiera apropiado del pro-
ducto de la capa de Best, se hubiera visto asediada por los
males de una ganancia indebidamente obtenida, por «los ho-
rrores de bau-whit»l3. Dicho de otro modo, hubiera
sido culpable de comerse el hau —kai hau— ya que en la
introducción a este incidente Best había explicado:
En caso de que hubiera dispuesto de algún artículo per-
teneciente a otra persona y no le diera a esa persona cual-
quier pago o retribución que yo hubiera recibido por el
artículo, eso sería hau-whitia y mi acto un ñai hau que sería
castigado con la muerte, ya que los terrores de macutu (he-
chicería) se desataría sobre mí (1900-1901, págs. 197-198)".
Por lo tanto, tal como lo señaló Firth, el hau (aunque
sea un espíritu) no causa daño por iniciativa propia; es ne-
cesario que el proceso específico de la hechicería (macutu)
sea puesto en marcha. Este incidente no implica además que
la hechicería actúe a través del medio pasivo del hau, ya que
Best, que era en potencia la parte engañada, no parecía ha-
ber puesto en circulación nada material. Tomados en con-
junto, los diferentes textos sobre el hau de los dones su-
gieren otra cosa: no es que los bienes retenidos sean peli-
grosos, sino que la retención de bienes es inmoral y por con-,
siguiente peligrosa por cuanto el estafador queda expuesto
a ataques justificados. «No sería correcto que me quedara
con ello —decía Ranapiri— pues me convertiría en un mate
(enfermo o muerto)».
Estamos frente a una sociedad en la cual la libertad para
ganar a costa de otros no forma parte de la concepción de
las relaciones y formas de intercambio. En eso reside la mo-
ralidad de la fábula económica del anciano maorí. El pro-
blema que él planteaba iba más allá de la reciprocidad, no
13 Whitia es el participio pasado de whiti. Según el diccionario de
H. Williams, whiti significa: 1) verbo intransitivo cruzar, alcanzar el
lado opuesto; 2) cambio, vuelta, estar invertido, ser contrario a;
3) verbo transitivo atravesar; 4) dar vuelta, abrir (como con una
palanca); 5) cambio (Williams, 1921, pág. 584).
14 La interpretación más extensa de Best se prestaba a la perspec-
tiva de Mauss: «porque parece que ese artículo que te pertenece
está impregnado con una determinada cantidad de tu hau, que tal vez
pasa al artículo recibido en intercambio, pues si yo paso ese segundo
artículo a otras manos eso es hau whitia» (1900-1901, pág. 198). Así
«parece». Uno tiene la sensación de participar en un juego de etimo-
logía etnográfica y folklórica, ya que nos encontramos ahora, a partir
de la explicación de Best, con un probable juego a quatre.
180









se trata sólo de que los dones deban ser restituidos de una
manera adecuada, sino de que, por derecho, deben retri-
buirse. Es posible sustentar esta interpretación mediante una
juiciosa selección entre los distintos significados de hau con-
tenidos en el diccionario maorí de H. Williams (1921). Hau
es un verbo que significa «exceder o ser en exceso», tal como
lo señala su uso en la expresión kei te hau te whuarika nei
(«este tapete es más largo que lo necesario»); además hau
es el sustantivo «exceso, partes, fracción respecto de cual-
quier medida completa». Hau es también «propiedad, des-
pojos». Tenemos también el término haumi, cuyo signifi-
cado derivado es «agregar», «alargar por adición», «recibir
o apartar»; como sustantivo también señala a «la pieza de
madera mediante la cual se prolonga el cuerpo de una canoa».
El siguiente es el verdadero significado del famoso y
enigmático discurso de Tamati Ranapiri sobre el hau de
taonga:
Voy a explicárselo paso a paso. Ahora tiene usted algo
valioso y me lo da a mí. No hay ningún acuerdo acerca del
pago. Entonces yo se lo doy a otra persona, pasa un largo
tiempo y esa persona piensa que posee el objeto valioso y
que debe darme alguna retribución. Así' lo hace. En ese mo-
mento, me hace entrega de un objeto valioso que es el pro-
ducto de (hau) aquel bien que (usted) me había entregado
antes. Entonces debo dárselo a usted. No sería correcto que
me lo quedara, ya se trate de algo bueno o malo yo debo
darle a usted el objeto valioso. Esto se debe a que ese ob-
jeto es una retribución (hau) por el otro objeto. Si yo me lo
quedara me enfermaría (o moriría).
Digresión sobre el aprendiz de brujo maorí
Sin embargo, esta interpretación del hau de las cosas
puede aún dar lugar a muchas críticas fundadas en su omi-
sión o falta de consideración del contexto total. Los dos
pasajes, el que se refiere a los dones y el del sacrificio, for-
man parte de un texto más largo precedido por otra dis-
quisición sobre el mauri tal como la que obtuvo Best de la-
bios de Ranapiri (1909, pp. 440-441). Es cierto que puede
haber buenas razones para dejar de lado esta introducción.
Su gran oscuridad, su esoterismo, su preocupación por la
naturaleza y enseñanza de los conjuros que tienen que ver
con la muerte, parecen no guardar una gran relación con el
tema del intercambio:
El mauri es un conjuro que se recita sobre cierto objeto,
ya sea de piedra, de madera o de un material aprobado por el
tohunga (sacerdote) como «lugar de adherencia», «lugar de
retención» o «habitáculo» del mauri. Dicho objeto está some-
tido al rito de «causar la ruptura» y se abandona en una parte
181









oculta de la selva para que allí permanezca. El mauri no está
exento de tapu. Tampoco es el caso de que toda la selva sea
tapu en la misma medida en que lo es el sitio donde yace el
mauri. En lo que se refiere a causar la ruptura, se trata de una
destrucción. Si un sacerdote enseña a un hombre determinados
conjuros, conjuros de hechicería, o conjuros para emplazar el
mauri, junto con todos los demás del rito maorí, y el hombre
los aprende, entonces el sacerdote le dice: «Ahora, ¡"provoca
la ruptura" de tus conjuros!» Es decir, que sea conjurada la
piedra de modo tal que se destroce y entonces el hombre, o
cualquier cosa de que se trate, muere. Si la piedra resulta
destrozada o el hombre muerto, los conjuros de ese discípulo
se han vuelto muy mana. Si la piedra no salta en pedazos
(se destroza), o el hombre no muere, habiendo sido conjurados
para su destrucción, entonces sus conjuros no son mana. Se
volverán sobre el discípulo y lo matarán. Si el sacerdote es
muy viejo y se encuentra cercano a su muerte le dirá a su
discípulo que dirija hacia él sus conjuros para provocar la
ruptura. El sacerdote muere y de este modo los conjuros que
él enseñó quedan «rotos» (destruidos) y entonces son mana.
En ese caso el discípulo vive y, a su debido tiempo, querrá
emplazar un mauri. Ahora ya puede emplazarlo en la selva, o
en el agua, o en la estaca de la trampa para anguilas llamada
pou-reinga. No sería bueno para los conjuros de ese discípulo
que permanecieran junto a él, que no fueran rotos, es decir,
destrozados, y es esta destrucción lo mismo que destruir la
piedra. Si la piedra se destroza totalmente, eso es bueno. Eso
es «causar la ruptura» (traducción de Bigg).
No cabe duda de que el anterior examen del don y el
intercambio ceremonial no nos prepara para comprender
las profundidades de este trozo. Sin embargo, el texto habla
una vez más de un intercambio que, incluso sometido a un
estudio muy superficial, se manifiesta formalmente análogo
a las transacciones de taoinga y «hau nutricio». El conjuro
transmitido por el sacerdote al discípulo vuelve al primero
con su valor aumentado y por intermedio de una tercera
parte. Puede muy bien suceder que las tres secciones del
texto de Ranapiri sean variaciones sobre el mismo tema,
unificadas no sólo por el contenido, sino por una triple ré-
plica de la estructura transaccionalI5.
El caso se ve reafirmado por un dato muy importante,
explicado también por Firth (1959a, pp. 272-273), en base,
aparentemente, a materiales proporcionados por Best (1959a,
páginas 1101-1104). Al comparar la costumbre maorí con
la práctica habitual en la Melanesia con respecto a la trans-
misión de la magia, Firth quedó sorprendido por la virtual
15 Hay también, por supuesto, un puente narrativo entre la sección
sobre la transmisión de magia y la ceremonia, ya que la primera
termina con el emplazamiento del mauri, que es el elemento que
conduce a la segunda.
182










ausencia de obligaciones de retribución al maestro entre
los maories. En la concepción de este pueblo, dicha recom-
pensa degradaría el conjuro, incluso lo profanaría y lo anula-
ría. Había una sola excepción a esta regla, el maestro maorí
de la magia negra más tapu era recompensado mediante una
víctima. El aprendiz tendría que matar a un pariente cer-
cano, acto de sacrificio a los dioses que aumentaría el
poder del conjuro retribuyendo al mismo tiempo el don
(Best, 1925a, p. 1063). O tal vez cuando el tohunga enve-
jeciera los conocimentos acerca de la muerte se dirigirían
contra él, lo cual vendría a probar incidentalmente que los
cultos eruditos son iguales en todos los lados. La descripción
que hace Best de estas costumbres tiene exactamente la
misma cadencia transaccional del pasaje sobre los dones,
comenzando con la misma nota de irreversibilidad:
Los ancianos de Mtuhoe y Awa lo explican de esta manera:
no se le pagaban sus servicios al sacerdote que enseñaba. Si así
se hiciere las artes de magia, etc., adquiridas por el discípulo
no causaría efecto. No tendría la posibilidad de matar a una
persona por medio de conjuros mágicos, pero si soy yo el que
te enseño te diré lo que tienes que hacer para que se revelen
tus poderes. Te diré cuál es el precio que debes pagar por tu
iniciación, ya que, «el equivalente de los conocimientos adqui-
ridos, la revelación de tus poderes, debe ser tu propio padre»,
o tu madre, o algún otro pariente cercano. Entonces los poderes
serán eficaces. El maestro menciona el precio que el discípulo
debe pagar. Elige a un pariente cercano del alumno como el
mayor sacrificio con que éste puede pagar los conocimientos
adquiridos. Un pariente cercano, tal vez su propia madre, le es
traído para que lo mate por medio de sus poderes mágicos.
En algunos casos el maestro dirigirá a su alumno para que lo
mate a él. Desde ese momento estaría muerto... «El pago efec-
tuado por el alumno era la pérdida de un pariente cercano.
En cuanto al pago en bienes, ¿para qué serviría? ¡Hai aha!»
(Best, 1925a, pág. 1103).
Contando con estos pormenores, el parecido morfológico
entre las tres partes del texto de Ranapiri ya no deja lugar
a errores. En la transmisión de la magia tapu, del mismo mo-
do que en el intercambio de objetos valiosos o en el sacrifi-
cio de pájaros, no tiene lugar una retribución directa del don
inical. En cada uno de los casos, la reciprocidad se efectúa
por medio de una tercera parte. En todos los casos esta me-
diación aporta provecho al don inicial ya que por la trans-
ferencia de la segunda a la tercera parte, se añade algún
valor o efecto al objeto entregado por la primera parte a
la segunda. Y de uno u otro modo, el primer receptor (el
del medio), se encuetra amenazado por la destrucción (mate)
si el ciclo no se completa. Concretamente, en el texto sobre
la magia: el tohunga entrega el conjuro al aprendiz; el apren-
183

diz lo proyecta sobre la víctima, incrementádolo si lo hace
bien —«los conjuros de ese discípulo se han vuelto muy
mana»— o muriendo si falla; la víctima pertenece al
tohunga como compensación por sus enseñanzas; en algunos
casos, el aprendiz vuelve su conjuro, que ahora es poderoso,
sobre el anciano tohunga, es decir, lo mata. Este ciclo está
representado en el esquema 4.3.



La significación mas amplia del «hau»
Volviendo ahora al hau, es evidente que no podemos
abandonar el término contentádonos simplemente con sus
connotaciones seculares. Aunque el hau de los objetos valio-
sos en circulación signifique el producto acumulado por
éstos, es decir, un producto concreto de un bien concreto,
existen también el hau de la selva y el del hombre, y éstos sí
son de naturaleza espiritual. ¿Qué clase de naturaleza es-
piritual? Muchas de las afirmaciones de Best sobre este tema
sugieren que el hau como espíritu no deja de relacionarse
con el hau como retribuciones materiales. Tomando a los
dos en conjunto es posible llegar a una comprensión más
amplia de ese misterioso hau.
De inmediato se pone en evidencia que el hau no es un
espíritu en el sentido animista corriente. Best es explícito
acerca de esto. El hau de un hombre es algo diferente de su
wairua, o espíritu sensitivo, el «alma» según el uso antro-
184

pológico usual. He aquí una cita de una de las exposiciones
más completas, más comprensivas de Best, sobre el wairua:
En el término wairua (alma) encontramos el equivalente
maorí para lo que los antropólogos suelen llamar alma, es decir,
el espíritu que deja el cuerpo en el momento de la muerte y se
dirige al mundo espiritual o merodea en torno a su habitáculo
anterior aquí en la tierra. La palabra wairua significa sombra,
cualquier imagen inmaterial; en ocasiones también se refiere
a un reflejo y por esto fue adoptada como nombre para el
espíritu animado del hombre... La wairua puede abandonar
el cuerpo que le sirve de refugio durante la vida; esto lo hace
cuando una persona sueña que ve lugares o personas distantes...
La wairua es considerada como un espíritu sensitivo; abandona
el cuerpo durante el sueño advirtiendo a su morada física de los
peligros que la acechan, de los signos ominosos, por medio
de las visiones que llamamos sueños. Los sacerdotes nativos de
alta jerarquía me enseñaron que todas las cosas poseen una
wairua, incluso las que consideramos objetos inanimados, como
los árboles y las piedras (Best, 1924, vol. 1, págs. 299-301)16.
El hau, por otra parte, pertenece más al reino del anima-
tismo que del animismo. Como tal, está vinculado con el
mauri y en realidad en los trabajos de los etnógrafos exper-
tos, resulta virtualmente imposible distinguir el uno del
otro. Firth, desespera de poder separar definitivamente los
dos, basándose en las definiciones superpuestas y a veces
correspondientes de Best: «La borrosa línea trazada para
distinguir entre hau y mauri por las autoridades etnográficas
más eminentes, nos lleva a la conclusión de que estos con-
ceptos en su estado inmaterial son casi sinónimos»
(Firth, 1959a, p. 281). Tal como lo observa Firth, a veces
se manifiestan ciertos contrastes. Con respecto al hombre,
el mauri es el principio más activo, «la actividad que se
mueve dentro de nosotros». En relación con la tierra o la
selva, mauri «se emplea frecuentemente para la represen-
tación tangible de un hau incorpóreo. Sin embargo, es evi-
dente que mauri también puede referirse a una cualidad
puramente espiritual de la tierra, y por otra parte, el hau
de una persona puede tener forma completa, por ejemplo,
recortes de cabellos y uñas y otras cosas similares usadas en
16 Es así que la simple traducción de Mauss del hau como espíritu,
y su concepción del intercambio como lien d'ámes, es por lo menos
imprecisa. Más allá de eso, Best trató repetidas veces de distinguir el
hau (y el mauri) del wairua basándose en que el primero, que deja
de existir con la muerte, no puede abandonar el cuerpo de una per-
sona a riesgo de muerte, cosa que puede hacer el wairua. Pero aquí
Best se encuentra en dificultades debido a la manifestación material
de hau de una persona empleada en hechicerías, de manera tal que se
siente tentado, unas veces, a decir que alguna parte del hau puede des-
prenderse del cuerpo y, otras, que el hau, como hechicería, no es el
«verdadero» hau.
185









hechicerías. No me toca a mi desentrañar estos misterios
lingüísticos y religiosos, tan característicos de este «esprit
théologique et juridique encoré imprécis», de los maoríes.
Preferiría más bien destacar un contraste más evidente e
importante entre el hau y el mauri por un lado, y el wairua
por el otro, contraste que también parece arrojar luz sobre
las eruditas palabras de Tamati Ranapiri.
El hau y el mauri, como cualidades espirituales tienen
asociaciones singulares con la fecundidad. Best se refirió
a menudo a ambos como el «principio vital». De muchas de
sus observaciones se desprende que la fertilidad y la produc-
tividad eran los atributos esenciales de esta «vitalidad». Por
ejemplo (la bastardilla que aparece en las siguientes citas
me pertenece):
El hau de la tierra es su vitalidad, su fertilidad y todas las
ideas similares, y también una cualidad que, a mi entender,
sólo podemos expresar mediante la palabra prestigio (Best, 1900-
1901, pág. 193).
El ahi taitai es un fuego sagrado junto al cual se celebran los
ritos que tienen como objetivo la protección del principio vital
y la fecundidad del hombre, de la tierra, las selvas, los pájaros,
etcétera. Se dice que es el mauri o hau del hogar (pág. 194).
... cuando Hape partió en su expedición al sur, llevó consigo
el hau de la kutnara (batata), o, como dicen algunos, llevó el
mauri de la misma. La forma visible de este mauri era el brote
de una planta de humara que representaba el hau, es decir, la
vitalidad y fertilidad (pág. 196; cf. Best, págs. 106-107).
Ya hemos dedicado nuestra atención al mauri de la selva.
Hemos señalado que su función consistía en proteger la produc-
tividad de la selva (pág. 6).
Los mauri materiales eran utilizados en relación con la agri-
cultura; se los colocaba en el campo donde se plantaban los
cultivos, y existía la firme creencia de que producían un efecto
sumamente beneficioso sobre las cosechas (1922, pág. 38).
Ahora bien, el hau y el mauri no sólo pertenecen al hombre,
sino también a los animales, la tierra, la selva e incluso a los
hogares de aldea. Es así que el hau o vitalidad, o productividad
de una selva, debe ser protegido muy cuidadosamente por medio
de ciertos ritos muy peculiares..., porque la fecundidad no
puede existir sin el hau esencial (1909, pág. 436).
Todo lo animado e inanimado posee este principio vital
(mauri): sin él nada florecería (1924, vol. 1, pág. 306).
Por lo tanto, tal como ya lo sospechábamos, el hau de
la selva es su fecundidad, así como el hau de un don es su
producto material. Del mismo modo que el contexto mun-
dano del intercambio hau, es la ganancia respecto de un bien,
así, como cualidad espiritual, el hau es el principio de fer-
186









tilidad. Tanto en el uno como en el otro, los beneficios ob-
tenidos por el hombre, deben ser devueltos a su fuente para
que pueda ser mantenida como fuente. Esa era toda la
sabiduría de Tamati Ranapiri.
«Todo es como si» los maoríes hubieran conocido un
concepto amplio, un principio general de productividad, el
hau. Se trataba de una categoría que no hacía distinciones,
no perteneciendo ella misma ni al dominio de lo que lla-
mamos «espiritual» ni al de lo «material», pero aplicable
a ambos. Con referencia a los objetos valiosos, los maoríes
concebían al hau como el producto concreto del intercambio.
En lo que se refiere a la selva, el hau era lo que hacía que
abundaran las aves de caza, una fuerza invisible, pero clara-
mente apreciada por los maoríes. ¿Pero acaso los maoríes
necesitarían en algún casi distinguir entre lo «espiritual»
y lo «material«? ¿Acaso esta aparente «imprecisión« del
término hau no concuerda perfectamente con una sociedad
en la cual «lo económico», «lo social», «lo político» y «lo
religioso» se encuentran indiscriminadamente organizados
de acuerdo con las mismas relaciones y mezclados en las
mismas actividades? Y de ser así ¿no nos vemos obligados
una vez más a volver otra vez a la interpretación de Mauss?
En lo que se refiere a lo específicamente espiritual del hau,
es muy probable que estuviera equivocado, pero no lo es-
taba en otro sentido más profundo. «Todo es como si» el
hau fuera un concepto total .Kaati eenaa.
FILOSOFÍA POLÍTICA DEL ENSAYO SOBRE EL DON
Mauss, sustituye la guerra de todos contra todos, por
el intercambio de todo entre todos. El hau, espíritu del da-
dor del don, no constituía una explicación última de la re-
ciprocidad, sino sólo una proposión insertada en el contexto
de una concepción histórica. Se trataba de una nueva versión
del diálogo entre el caos y el pacto, traspuesto de la expli-
cación de la sociedad política a la reconciliación de la socie-
dad fragmentaria. El Essai sur le don es una especie de con-
trato social.
Al igual que los famosos filósofos que lo precedieron,
Mauss se debate en una condición original de desorden, en
cierto sentido ya dada y prístina, pero vencida por fin dia-
lécticamente. Al igual que en el caso de la guerra de todos
contra todos, la solución está en el intercambio. La transfe-
rencia de cosas que son personas en cierto grado, y de per-
sonas que en cierto grado son tratadas como cosas, es el
consenso sobre el que se basa la sociedad organizada. El don
es alianza, solidaridad, comunión, en resumen, paz, la gran
virtud que los filósofos anteriores, en especial Hobbes, ha-
187









bían descubierto en el Estado, pero la originalidad y la ve-
racidad de Mauss consistía exactamente en su rechazo del
discurso en términos políticos. El primer consenso no tiene
que ver con la autoridad, ni siquiera con la unidad. Si en-
contramos su verificación en las nacientes instituciones de
cacicazgo, estaríamos haciendo una interpretación demasiado
literal de la teoría anterior sobre el contrato. El equivalen-
te primitivo del contrato social no es el Estado, sino el don.
El don es el recurso primitivo para lograr la paz que en
la sociedad civil asegura el Estado. Aunque, según la concep-
ción tradicional, el contrato era una forma de intercambio
político, Mauss consideró al intercambio como una forma de
contrato político. La famosa «prestación total» es un «con-
trato total», descrito a este efecto en el Manuel d'etnogra-
phie:
Diferenciaremos entre aquellos contratos de prestación total
y aquellos en los cuales la prestación es sólo parcial. El primero
ya aparecía en Australia y puede encontrarse en una gran parte
del mundo polinesio... y en el norte de América. En el caso
de dos clanes, la prestación total se pone de manifiesto por el
hecho de que para estar en una condición de contrato perpetuo,
cada uno lo debe todo a todos los miembros de su clan y a
todos los del clan opuesto. El carácter permanente y colectivo
de este contrato lo convierte en un verdadero traite, con el
necesario despliegue de riqueza frente a la otra parte. La pres-
tación se extiende a todo, a todos y en todo tiempo... (1967,
página 188).
Pero como intercambio de dones, el contrato tendría
una realización política totalmente nueva, imprevista e ini-
maginada por la filosofía anterior sin que constituyera ni
sociedad ni estado. Para Rosseau, Locke, Spinoza, Hobbes,
el contrato social había sido, en primer lugar, un pacto de
la sociedad. Era un acuerdo de incorporación que consistía en
formar una comunidad de lo que antes habían sido partes
separadas y antagónicas, una persona superpuesta a las per-
sonas individuales, que ejercería el poder obtenido de cada
uno en beneficio de todos. Pero entonces era necesario esti-
pular una cierta formación política. El propósito de la uni-
ficación era poner fin a la lucha nacida de la justicia pri
vada. En consecuencia, aunque el pacto no fuera en sí un
contrato de gobierno entre el gobierno y los gobernadores
como en las versiones medievales anteriores, y cualesquiera
fueran las diferencias entre los sabios acerca del lugar de
la soberanía, todo el contrato de la sociedad tenía que im-
plicar la institución del estado. Es decir, que todo tenía que
insistir en la alienación por medio del acuerdo de un dere-
cho en particular: la fuerza privada. A pesar de que los
filósofos siguieron discutiendo su alcance, ésta era la cláu-
188









sula esencial, el rendimiento de la fuerza privada en favor
del Poder Público.
Sin embargo, el don no organizaría la sociedad en un
sentido corporativo, sino sólo en un sentido fragmentario.
La reciprocidad es una relación «entre». No disuelve las
partes separadas dentro de una unidad mayor, sino que al
contrario, al correlacionar su oposición, llega a perpetuarlas.
Tampoco especifica el don que haya una tercera parte que
permanezca por encima de los intereses separados de aquellos
que suscriben el contrato, y lo que es más importante, no
les retira la fuerza, ya que el don sólo afecta la voluntad
y no el derecho. Es así que la condición de paz tal como la
entendió Mauss —y como en realidad existe en las socieda-
des primitivas —debe diferir políticamente de la concebida
por el contrato clásico que es siempre una estructura de
sometimiento y a veces de terror. A excepción del honor
que otorga a la generosidod, el don no significa un sacrificio
de la igualdad y mucho menos de la libertad. Los grupos
aliados por el intercambio conservan su fuerza individual,
aunque no la inclinación para hacer uso de ella.
Aunque yo empecé refiriéndome a Hobbes (e hice mi
exposición sobre El don, comparándolo especialmente con
el Leviathan 17, es evidente que en cuanto a sentimiento,
Mauss está mucho más próximo a Rousseau. Por su morfo-
logía fragmentaria, la sociedad primitiva de Mauss vuelve
más bien al tercer estadio del Discurso sobre la desigualdad
que al individualismo radical de un estado de naturaleza
al estilo de Hobbes (cf. Cazaneuve, 1968). Y como Mauss
y Rousseau habían visto de una manera similar que las
oposiciones son sociales, del mismo modo sus resoluciones
serían sociables. En cuanto a Mauss, sería un intercambio
que «se extiende a todo, a todos, y en todo tiempo». Lo que
es más, si al dar uno se entrega a sí mismo (hau), entonces
cada uno se convierte espiritualmente en miembro de todos
los demás. En otras palabras, el don se aproxima incluso en
sus enigmas a quel famoso contrato en el cual «Chacun de
nous met en commun sa personne et toute sa puissance sous
la supreme direction de la volonté genérale; et nous recevons
en corps chaqué membre comme partie indivisible du tout».
Pero aunque Mauss es un descendiente espiritual de
Rousseau, como filósofo político está más próximo a Hobbes.
No se trata de establecer una relación histórica de proximi-
dad con el inglés, por supuesto, sino sólo de detectar una
fuerte convergencia en el análisis: un acuerdo básico sobre
17Todas las citas del Leviathan corresponden a la edición de
Evrymans (Nueva York, Dutton, 1950), ya que conserva la escritura
arcaica, cosa que no hace la edición más común de English Works
compilada por Molesworth (1839).
189









el estado político natural como distribución generalizada de
la fuerza, sobre la posibilidad de evadirse de esta condición
mediante la ayuda de la razón, y sobre las ventajas que esto
significa para el progreso cultural. La comparación con Hob-
bes parece la más indicada para poner al descubierto la
estructura más oculta de El don. Sin embargo, el ejercicio
no sería muy interesante a no ser porque su «problemática
llega a un descubrimiento fundamental de la política primi-
tiva en el punto preciso en el que establece el contacto con
Hobbes, y donde difiere de éste realiza un progreso fun-
damental en lo que a la compresión de la evolución social
se refiere.
Aspectos políticos de El don y El Leviathan
En la perspectiva de Mauss, lo mismo que para Hobbes,
la guerra es la infraestructura de la sociedad, tomado esto
en sentido sociológico.
La «guerra de todos contra todos», es una frase espec-
tacular que oculta una ambigüedad, o al menos, en su insis-
tencia sobre la naturaleza del hombre ignora una estruc-
tura de la sociedad igualmente sorprendente. El estado de
naturaleza descrito por Hobbes era también un orden polí-
tico. Es verdad que Hobbes estaba preocupado por la sed
humana de poder y por la inclinación del hombre a la vio-
lencia, pero también escribió sobre una distribución de la
fuerza entre los hombres y de su libertad para hacer uso
de ella. El paso que se da en el Leviathan de la psicología
del hombre a su condición original parece por lo tanto con-
tinuo y disyuntivo al mismo tiempo. El estado de natura-
leza se dedujo de la naturaleza humana, pero también anun-
ció un nuevo nivel de realidad que, como la política, no
podía ser descrito ni aun en función de la psicología. Esta
guerra de cada uno contra todo no es sólo una disposición
para emplear la fuerza sino el derecho de hacerlo, no sólo
ciertas inclinaciones, sino ciertas relaciones de poder, no
sólo el instinto de competencia sino la legitimidad del en-
frentamiento. El estado de naturaleza es ya un tipo de so-
ciedad18.
18 El porqué de que esto parezca ser así, especialmente en el
Leviathan cuando lo comparamos con trabajos anteriores, como Ele-
ments of Law y De cive, se vuelve inteligible a partir del trabajo
reciente de McNeilly cuyo objetivo es que el Leviathan complete la
transformación del argumento de Hobbes en una racionalidad formal
de relaciones interpersonales (a falta de un poder soberano), lo cual
implica abandonar, en cuanto a la lógica del argumento, la insistencia
anterior en la satisfacción de las pasiones humanas. De ahí que, si
en trabajos anteriores «Hobbes intenta deducir conclusiones políticas
de ciertas posiciones (muy dudosas) sobre la naturaleza específica
190









¿De qué clase? De acuerdo con Hobbes se trata de una
sociedad sin soberano, sin «un Poder común para imponer
respeto a todos». Dicho de una manera más clara, una socie-
dad en la cual el derecho a combatir lo sustentan las personas
individualmente. Pero debemos destacar esto: lo que per-
dura es el derecho, no la lucha. Esto lo subraya el mismo
Hobbes en un pasaje muy importante que llevó la guerra
de la naturaleza más alla de la violencia humana hasta el
nivel de la estructura, donde más que una lucha se presenta
como un período durante el cual no hay ningua garantía de
lo contrario y la volutad de lucha es suficientemente cono-
cida:
Porque la guerra no consistía solamente en batallas, o del
acto de combatir; sino en un período en el cual la voluntad de
combatir es suficientemente conocida y, por tanto, la noción
de tiempo debe inferirse de la naturaleza de la guerra, tal
como ocurre en la naturaleza de los estados climáticos. Porque
lo mismo sucede con la naturaleza del mal tiempo que no reside
en uno o dos aguaceros, sino en una inclinación a ellos de
varios días juntos, del mismo modo, la naturaleza de la guerra
no consistía en una verdadera lucha, sino en la disposición
conocida para ello durante todo el tiempo en que no se garan-
tiza lo contrario. El resto del tiempo es Paz (parte 1, cap. 13).
Afortunadamente, Hobbes usaba con frecuencia la es-
critura arcaica de la palabra guerra, «warre», lo que nos da
la oportunidad de suponer que significa algo más, una deter-
minada forma política. Repetimos que la característica esen-
cial de la guerra es la libertad de recurrir a la fuerza: cada
uno se reserva esa opción en pos de su mayor ganancia o
gloria, y en defensa de su persona y de sus posesiones. A
menos y hasta que esta fuerza dividida se le entregara a una
autoridad colectiva, decía Hobbes, nunca habría garantía
de paz; y aunque Mauss descubrió esa garantía en el don,
ambos concuerdan en que el orden primitivo es una ausencia
de la ley, lo cual es lo mismo que decir que cada uno puede
tomar la ley en sus propias manos, y por lo tanto hombre
y sociedad están en un peligro constante de final violento.
Por supuesto que Hobbes nunca consideró al estado de
naturaleza como algo que hubiera sido en algún momento
un hecho empírico general, es decir, un auténtico momento
histórico, aunque hay algunas gentes que «viven hasta
ahora de una manera salvaje» como los pueblos primitivos
de muchos lugares de América, ignorantes de toda forma
de gobierno que no fuera la tenaz armonía de la pequeña
de los individuos humanos... en el Leviathan el argumento depende
de un análisis de la estructura formal de las relaciones entre los indi-
viduos» (McNeilly, 1968, pág. 5).
191










familia. Pero si no tiene un sentido histórico ¿qué sentido
intentó darle Hobbes al estado de naturaleza?
En el estilo de la lógica galileana se suele decir: dejando
de lado los factores distorsionantes que se dan en una apa-
riencia compleja, pensemos en el curso ideal de un cuerpo
moviéndose sin resistencia. La analogía es clara, pero en la
medida en que minimiza la tensión y la estratificación de la
apariencia compleja, tal vez no haga justicia ni a Hobbes ni
a la idea similar que aparece en Mauss. Esta «guerra»
(warre) existe en realidad, aunque no más sea porque la
gente «cierra la puerta tras de sí» y los príncipes sienten
«celos constantes». Con todo, aunque existe, debe ser ima-
ginada, porque todas las apariencias están dispuestas para
reprimirla, para velarla y negarla como una amenaza inso-
portable. Es por eso que se la imagina de un modo que parece
más psicoanalítico que físico, mediante la búsqueda de una
subestructura oculta que en su apariencia exterior está dis-
frazada y transfigurada en su contraria. En ese caso, la de-
ducción del estado original no es una extensión directa de
aproximaciones experimentales, coherente aún con lo empí-
rico, incluso cuando se la proyecta más alla de lo observable.
Lo real está contrapuesto aquí a lo empírico, y nos vemos
obligados a entender la apariencia de las cosas más bien como
la negación que como la expresión de su carácter más ver-
dadero.
Fue de esta manera, a mi entender, que Mauss apoyó
su teoría general, del don en una cierta naturaleza de la
sociedad primitiva, naturaleza no siempre evidente, pero que
él eligió exactamente porque el don la contradice. Se trataba,
además, de una sociedad de la misma naturaleza: guerra
(warre). El orden primitivo es un acuerdo urdido para negar
su fragilidad inherente, su división básica en grupos de dis-
tinto interés y de fuerzas similares, grupos organizados en
clanes «como los pueblos salvajes de muchos lugares de
América» que sólo pueden unirse en momentos de conflicto
y si no deben separarse para evitarlo. Mauss no partió, por
supuesto, de los principios de psicología de Hobbes. Su
concepción de la naturaleza humana es, por cierto, más mati-
zada que aquel «deseo perpetuo e incansable del poder tras
el Poder, que sólo cesaba con la muerte»19. Pero su con-
19 Mauss observó en ciertas transacciones de nuestra época algunos
«motivos fundamentales de la actividad humana: emulación entre
individuos del mismo sexo, ese "enraizado imperialismo" de los
hombres que en su base es parcialmente social, animal y psicológico...»
(1966, págs. 258-259). Por otra parte, si como sostiene McPherson
(1965), la concepción que tiene Hobbes de la naturaleza humana
es la eterna concepción burguesa, entonces Mauss está fundamental-
mente opuesto a ella (1966, págs. 271-272).
192









cepción de la naturaleza social era una anarquía de grupo
contra grupo, con voluntad de combatir en batalla suficien-
temente conocida y una disposición para ello durante todo
el tiempo en que no se garantizaba lo contrario. En el con-
texto de este argumento, el hau no es más que una propo-
sición subordinada. Esa adopción supuesta por el etnólogo
de una racionalización nativa es de por sí, según el esquema
de El don, la racionalización de una necesidad más pro-
funda de reciprocidad cuya razón reside en otra parte: la
amenaza de guerra. La compulsión a la reciprocidad atribui-
da al hau responde a la repulsión de grupos atribuidos a la
sociedad. Es así que la fuerza de atracción presente en las
cosas domina las atracciones de fuerza entre los hombres.
Aunque menos espectaculares y persistentes que la dis-
cusión sobre el hau, el tema de la guerra (warre), reaparece
sin embargo, una y otra vez en El don. Puesto que la guerra
(warre), está contenida entre las premisas construidas por
Mauss en la misma definición de «prestación total», es decir,
aquéllos intercambios «efectuados de una manera voluntaria
en apariencia... pero que en esencia son estrictamente obli-
gatorios, bajo pena de guerra privada o abierta» (1966, pá-
gina 151; el subrayado me pertenece). De un modo similar:
«la negación a dar o el hecho de no invitar es, como la nega-
ción a aceptar, equivalente a una declaración de guerra; sig-
nifica un rechazo de la alianza y la comunión» (pp. 162-163).
Tal vez forzaríamos demasiado las cosas si insistiéramos
en la apreciación que hace Mauss de los festivales de invierno
como una especie de guerra sublimada. Pasemos ahora a los
párrafos finales del Ensayo, donde la posición entre guerra
(warre) e intercambio está desarrollada con amplitud y
claridad progresivas, en primer lugar, en la metáfora del
festival de Pine Mountain, y por último en una afirmación
general que comienza...
Todas las sociedades que hemos descrito hasta ahora, excepto
nuestras propias sociedades europeas, son de tipo fragmentario.
Incluso las indoeuropeas, los romanos, antes de las Doce Tablas.
las sociedades germánicas, hasta la época de su literatura más
importante, todas ellas estaban basadas en clanes, o por lo
menos en grandes familias, más o menos indivisas internamente
y aisladas de las demás externamente. Todas estas sociedades
están o estuvieron muy alejadas de nuestro propio grado de
unificación, así como de aquella unidad con que los estudios
históricos inadecuados las favorecieron (1966. pág. 2771.
Superada esta organización, época de miedo y hostilidad
exagerados, apareció una generosidad igualmente exagerada:
Aunque durante los festines tribales y las ceremonias de clanes rivales y de familias vinculadas por matrimonios entre sus miembros o iniciadas recíprocamente, los grupos se visitaban
193









uno a otro; aun cuando entre sociedades más avanzadas —que
contaban con una ley de «hospitalidad»— la ley de amistad y
los contratos con los dioses se habían establecido para asegurar
la «paz» del «mercado» y las ciudades, a pesar de todo esto,
durante un período bastante largo y en un número bastante
considerable de sociedades, los hombres se enfrentaban unos
a otros dentro de un curioso marco mental, donde el temor y la
hostilidad, así como la generosidad, eran exagerados, lo cual,
sin embargo, resulta descabellado sólo a nuestros ojos (pági-
na 277).
De este modo la gente «llega a un acuerdo» (tratado),
hermosa frase cuyo doble significado de paz y de intercam-
bio resume perfectamente el contrato primitivo:
En todas las sociedades que han precedido inmediatamente
a la nuestra y que todavía nos rodean, e incluso en numerosas
costumbres de nuestra propia moral popular, no existe un cami-
no intermedio: o bien hay confianza absoluta, o bien una
total desconfianza. Se dejan los brazos intertes, se renuncia
a la magia y se entrega todo, desde la hospitalidad casual
hasta las propias hijas y bienes. Fue en condiciones de este tipo
que los hombres dejaron de lado la preocupación por sí mismos
y aprendieron a dar y a retribuir. Pero no les quedaba otra
elección. Dos grupos de hombres que se encuentran, o bien se
apartan —o en caso de desconfianza o desafío, combaten— o si
no, llegan a un acuerdo (pág. 277).
Cerca del final del ensayo, Mauss ya había dejado muy
lejos las místicas selvas de la Polinesia. Ya había olvidado
las oscuras fuerzas del hau, para embarcarse en una explica-
ción distinta de la reciprocidad, consecuente con la teoría
más general, y opuesta a todo misterio y particularidad: la
razón. El don es Razón. Es el triunfo de la racionalidad
humana sobre la locura de la guerra:
Sólo oponiendo la razón a la emoción, consagrando la volun-
tad de paz frente a la furia loca de esta clase, logran los
pueblos reemplazar la guerra, el aislamiento y el hambre por
la alianza, el don y el comercio (pág. 278).
Quiero destacar no sólo esta «razón», sino también el
«aislamiento» y el «hambre». Al componer la sociedad, El
don fue la liberación de la cultura, la sociedad fragmentaria
es a la vez primitiva y estática. Pero el don es progreso, esa
es su ventaja suprema. Mauss termina destacando este as-
pecto:
Las sociedades progresaron en la medida en que ellas mis-
mas, sus subgrupos y finalmente sus individuos fueron capaces
de estabilizar sus relaciones, de dar, de recibir y de retribuir.
Para poder comerciar era necesario primero deponer la espada.
Recién entonces se pudo establecer un intercambio de bienes y
de personas, no sólo entre clanes, sino también entre tribus,
194









entre naciones y, sobre todo, entre individuos. Sólo como con-
secuencia de esto adquieren los pueblos capacidad de crear y
satisfacer mutuamente sus intereses y, además, de defenderlos
sin recurrir a las armas. Fue así que los clanes, las tribus, los
pueblos aprendieron —y es así que en nuestra sociedad civili-
zada del mañana, las clases, naciones y también los individuos
deben aprender— a oponerse, sin masacrarse unos a otros, y
a dar sin sacrificarse el uno al otro (págs. 278-279).
Las «incomodidades» del estado de naturaleza de Hobbes
habían sido también una falta de progreso, y la sociedad
estaba condenada al hambre de una menra similar. Allí Hob-
bes preanunció brillantemente una etnología futura. Sin es-
tado (commonwelth), dice Hobbes, al faltar las institucio-
nes especiales de integración y de control, la cultura seguirá
permaneciendo en el mismo estado de primitivismo y sim-
plicidad, del mismo modo que en el reino biológico, el or-
ganismo permaneció relativamente indiferenciado hasta la
aparición de un sistema nervioso central. En cierto grado,
Hobbes se adelantó incluso a la moderna etnología, la
cual todavía sólo de una manera inconsciente y sin pro-
ponerse seriamente justificar su decisión, se contenta con
ver en la formación del estado la gran división evolutiva
entre «primitivismo» y «civilización», y mientras tanto, si-
gue haciendo objeto de burlas desagradables y groseras al
famoso pasaje de Hobbes, donde este explica las ventajas
de ese criterio. Hobbes, proporcionó por lo menos una
justificación funcional de la distinción evolutiva, y señala
que un cambio cualitativo alteraría la cantidad:
Las incomodidades de esa guerra (warre). Cualesquiera sean
entonces las consecuencias de una época de guerra (warre) en
la que todos son enemigos de todos, iguales consecuencias
corresponden a una época en la que los hombres viven sin otra
seguridad que lo que su propia fuerza y su propia inventiva
es capaz de proporcionarles. En tales condiciones, no queda
lugar para la industria, ya que el fruto de ésta es incierto, y,
en consecuencia, no hay cultura sobre la tierra, ni navegación,
ni aprovechamiento de las comodidades que pueden traerse por
el mar. No hay casas confortables, ni instrumentos para mover
y transportar los objetos que requieren mucha fuerza; ni cono-
cimiento de la superficie de la tierra; ni explicación del tiem-
po, ni artes, ni letras, ni sociedad. Y lo peor de todo es que
perviven el temor constante y el peligro de una muerte violenta
y la vida del hombre es solitaria, pobre, dura, primitiva y breve
(parte I, cap. 13).
Pero, para seguir con los puntos de contacto con Mauss,
de esta inseguridad y pobreza el hombre trata de escapar,
por motivos que son en gran medida emocionales, según
Hobbes, pero estrictamente por medio de la razón. Amena-
195










zados por privaciones materiales y perseguidos por el miedo
a una muerte violenta, los hombres se inclinarían por la
razón la cual «sugirió ciertos convenientes artículos de Paz,
a partir de los cuales los hombres podían fundamentar un
acuerdo». De ahí, las bien conocidas Leyes de la Naturaleza
de Hobbes, que son consejos de la razón en bien de la pre-
servación y de las cuales la primera y fundamental es «Bus-
car la Paz y seguirla».
Y puesto que la condición del hombre (como ya quedó acla-
rado en el capítulo precedente) es una condición de guerra
(warre) de todos contra todos, en cuyo caso cada uno se
gobierna por su propia razón, y no hay nada a qué echar mano
para preservar la vida contra los enemigos que no sea una
ayuda a uno mismo, de esto se desprende que en dicha condi-
ción todo hombre tiene derecho a todo, incluso al cuerpo de
otro. Y, por tanto, mientras dure este derecho natural de
todos a todo, no puede haber seguridad alguna para el hombre
(por fuerte o sabio que sea) de vivir el tiempo que la natura-
leza, por lo general, le otorga al hombre. Y. en consecuencia.
que lodo hombre debe buscar la paz en la medida en que tenga
esperanzas de obtenerla y cuando no pueda hacerlo puede bus
car y utilizar todos los recursos y ventajas de la guerra (warre).
es un precepto general o regla general de la razón. La primera
ramificación de esta regla contiene la ley primera y funda-
mental de la naturaleza, que es buscar la paz y seguirla (par-
te I. cap. 1-f).
Sería demasiado afirmar que Hobbes haya previsto al-
guna vez la paz del don. Pero la primera ley de la naturaleza
va seguida de otras dieciocho, todas destinadas en efecto
a cumplir el mandato de que los hombres deben buscar la
paz, y de la segunda a la quinta están fundadas en particular
en el mismo principio de reconciliación del cual el don no
es más que la expresión más tangible, es decir, fundadas
también en la reciprocidad. Es así que en cuanto estructura,
la exposición guarda un cierto paralelismo con la de Mauss.
Por lo menos hasta aquí Hobbes entiende la supresión de
la guerra (warre), no mediante la victoria de uno ni mediante
la sumisión de todos, sino como una rendición mutua. (La
importancia ética de esto es evidente, y Mauss lo destacaría
como es debido, pero desde el punto de vista teórico, esta
afirmación se opone también al culto del poder y la organi-
zación que sería el signo de un evolucionismo posterior al
cual Hobbes terminaría contribuyendo.)
En una analogía más profunda de la reciprocidad podría-
mos yuxtaponer al intercambio del don, la segunda ley de
la naturaleza de Hobbes: «Que un hombre debe estar dis-
puesto, cuando los demás también lo están, y en la medida
en que lo están, tanto para la paz como para la defensa de
196









sí mismo cuando lo considere necesario, a renunciar a este
derecho sobre todas las cosas;y conformarse con la misma
libertad respecto de los demás, que les permitiría a los de-
más respecto de sí mismo»; y la tercera ley, «que los hom-
bres traten de acomodarse al resto». Pero de todos estos
preceptos oportunos, es la cuarta ley de la naturaleza la que
más se aproxima al don:
La cuarta ley de la naturaleza: la gratitud. Del mismo modo
que la justicia dependía de un convenio anterior, la gratitud
depende de la gracia anterior, es decir, del libre don anterior, y
ésta es la cuarta ley de la naturaleza que puede expresarse de
esta forma: que un hombre que recibió beneficio de otro hom-
bre por pura gracia, se comporte de modo tal que éste no
tenga causa razonable para arrepentirse de su buena disposición.
Porque ningún hombre da sino con intención de hacerse a sí
mismo un bien, ya que el don es voluntario y en todos los
actos voluntarios el objeto que persigue cada hombre es su
propio bien. De esto se desprende que si los hombres advierten
que serán frustrados no había un benevolencia o una confianza
iniciales, ni, por consiguiente, ayuda mutua o reconciliación de
un hombre con otro y, por tanto, seguirán en la condición de
guerra (warre) lo cual es contrario a la ley primera y funda-
mental de la naturaleza que ordena a los hombres buscar la
paz (parte I, cap. 15).
He aquí la íntima correspondencia entre los dos filósofos
que incluyen, aunque no exactamente el don, por lo menos
una apreciación similar de la reciprocidad como modalidad
primitiva de la paz; y también, aunque esto parezca más
marcado en Hobbes que en Mauss, un respeto común por la
racionalidad de la empresa. Además, la convergencia conti-
núa con un paralelismo negativo. Ni Mauss ni Hobbes pu-
dieron confiar en la eficacia de la sola razón. Ambos con-
ceden, Hobbes de una manera más explícita, en que la
razón frente a la fuerza de una rivalidad establecida no es
suficiente para garantizar el contrato. Porque, dice Hobbes,
las leyes de la naturaleza, aunque sean ellas mismas la razón,
son contrarias a nuestras pasiones naturales, y no puede
esperarse que los hombres obedezcan infaliblemente a me-
nos que en general se ejerza sobre ellos una coacción para
que lo hagan. Por otra parte, honrar las leyes de la natura-
leza sin garantías de que los demás también lo hagan, no es
razonable; porque entonces los buenos se convierten en
víctimas y los fuertes se hacen arrogantes. Los hombres, dice
Hobbes, no son abejas. Ellos se sienten constantemente
obligados a competir por el honor y la dignidad de lo cual
nacen el odio, la envidia y finalmente la guerra, y «los con-
venios sin espada, no son más que palabras, y carecen de
fuerza para ofrecer alguna garantía al hombre». De esta









manera Hobbes llega a una paradoja: que las leyes de la
naturaleza no son eficientes fuera del marco de una organi-
zación efectiva, es decir fuera de la comunidad (common-
wealth). La ley natural se establece sólo mediante el po-
der artificial, y la razón se emancipa sólo por medio de la
autoridad.
Vuelvo a insistir sobre el carácter político de la exposi-
ción de Hobbes. La mancomunidad (commowealth) puso fin
al estado de naturaleza pero no a la naturaleza del hombre.
Los hombres acordaron renunciar a su derecho a la fuerza
(a menos que fuera en defensa propia), y poner toda su
fuerza a disposición de un soberano que les daría apoyo
y salvaría sus vidas. En esta concepción de la formación del
estado, Hobbes suena otra vez muy moderno. Pues, ¿qué
sentido más fundamental puede tener, puesto que ha nacido
del estado, que ser una diferenciación del orden primitivo
generalizado: estructuralmente, la separación de una auto-
ridad pública de la sociedad en su conjunto; funcionalmen-
te, la reserva exclusiva a esta autoridad de la fuerza colectiva
(monopolio del control de la fuerza)?
La única manera de erigir un poder común de este tipo que
los defienda de las invasiones extranjeras, de los ataques de los
demás y que les asegure que mediante su propia industria, y
gracias a los frutos de la tierra, podrán alimentarse y vivir
satisfechos, es otorgar todo su poder y fuerza a un hombre o a
una asamblea de hombres que pueda hacer por pluralidad de
voces de todas sus voluntades una sola voluntad. Esto significa
señalar a un hombre o a una samblea de hombres para que de-
fiendan a sus personas y que cada uno sepa que es el autor de
lo que haga aquel que lo defiende, de sus actos, de lo que se
vea obligado a hacer en aquellas cosas que conciernen a la paz
y a la seguridad común; y que, por tanto, cada uno someta
su voluntad a la de él y sus juicios al suyo (parte II, cap. 17).
Pero la solución que Mauss da a la guerra (warre) tiene
también su mérito histórico, ya que corrigió esta progresión
simplificada desde el caos hasta la mancomunidad (commo-
wealth), del salvajismo a la civilización, que había sido la
tarea de la teoría clásica sobre el contrato20.
20 La incapacidad particular de Hobbes para concebir la sociedad
primitiva como tal se manifiesta por la asimilación que hace de ella,
es decir, del cacicazgo patriarcal, a la mancomunidad (commonwealth).
Esto se ve bastante claro en los pasajes del Leviathan sobre las
mancomunidades por adquisición, pero incluso de una manera más defi-
nitiva en las secciones paralelas de Elements of Law y De cive. En el
último de éstos dice: «un padre con sus hijos y sirvientes, convertido
en una persona civil, en virtud de su jurisdicción paterna, constituye
una familia. Esta familia, si por la multiplicación de los hijos y la
adquisición de sirvientes se hace numerosa, en la medida en que no
puede ser sojuzgada sin arrojar el incierto dado de la guerra, llegará
198









Aquí, en el mundo primitivo, Mauss desarrolló todo un
conjunto de formas intermedias, que no sólo gozan de una
cierta estabilidad, sino que además no hacen de la coerción
el precio del orden. Sin embargo, tampoco Mauss confiaba
demasiado en que la única responsable hubiera sido la ra-
zón. O puede que una reflexión posterior, al volver a con-
siderar la paz del don, lo haya llevado a ver en él a los
signos de una sabiduría original. Ya que la racionalidad del
don contradecía todo lo que había dicho antes sobre el tema
del hau. La paradoja de Hobbes consistía en comprobar lo
natural (la razón) en lo artificial; para Mauss, la razón tomó
la forma de lo irracional. El intercambio es el triunfo de la
razón, pero faltando el espíritu corporizado del dador hau,
el don no es recompensado.
Unas últimas palabras sobre el destino del don. Desde
Mauss, y en parte a modo de acercamiento a la moderna
economía, la antropología se ha vuelto más firmemente ra-
cional en su tratamiento del intercambio. La reciprocidad
es contrato puro y esencialmente secular, sancionado tal vez
por una mezcla de consideraciones de las cuales un interés
por sí mismas minuciosamente calculado no es la menos im-
portante (cf. Firth, 1967). En este sentido, Mauss se parece
mucho más a Marx en el primer capítulo del Capital, aunque
más animista, dicho sea esto sin ningún menoscabo. Una
arroba de cereal es intercambiable por X quintales de hierro.
¿Qué es lo que hay en estas cosas, tan obviamente diferen-
tes, que sin embargo, es igual? Precisamente para Marx
la pregunta era: ¿Qué es lo que hay en estas cosas que es-
tablece entre ellas una concordancia? y no ¿qué es lo propio
de los interesados en el intercambio? De una manera simi-
lar, Mauss pregunta: «¿Qué fuerza hay en la cosa dada
que obliga al beneficiario a retribuir?» Y el tipo de respues-
tas es el mismo, partiendo de propiedades intrínsecas: Si
allí era el tiempo de trabajo socialmente necesario, aquí es
el hau. Sin embargo, calificarlo de «animista» no es carac-
terizar adecuadamente el pensamiento que esto implica. Si
Mauss, como Marx, se concentró únicamente en las cuali-
dades antropomórficas de las cosas intercambiadas más que
en las cualidades (¿con apariencia de cosas?) de las perso-
nas, fue porque cada uno vio en las transacciones que le
interesaban una forma de alienación determinada correspon-
a ser considerada como un reino hereditario. Este, aunque difiera de
una monarquía institucional, impuesta por la fuerza, en cuanto al
origen y modalidad de su constitución, al quedar constituido tiene
todas las mismas propiedades y el derecho de autoridad es el mismo
en todas partes; por tanto, no es necesario referirnos a ellos por
separado» [English Works (Molesworrb, compilador), 1839, vol. 2,
páginas 121-122].
199









diente a una época determinada: alienación mística del dador
en la reciprocidad primitiva, alienación del trabajo social
humano en la producción de bienes de consumo (cf. Gode-
lier, 1966, p. 143). Es así que ambos comparten el mérito
supremo, desconocido para la mayor parte de la «antropo-
logía económica», de considerar al intercambio tal como
se presenta históricamente, no como una categoría natural
explicable por una cierta disposición constante de la hu-
manidad.
En las prestaciones totales entre clanes, dice Mauss, las
cosas se relacionan en cierto grado como personas, y las
personas, en cierto grado, como cosas. Más que irracional,
sólo resulta ligeramente exagerado afirmar que este proceso
se acerca a las definiciones clínicas de la neurosis: las per-
sonas son tratadas como objetos; las personas se confunden
con el mundo exterior. Pero a pesar del deseo de afirmar
la racionalidad del intercambio, una gran parte de la antro-
pología angloamericana parece haber sentido un rechazo
instintivo por la comercialización de las personas que apa-
rentemente implica la fórmula de Mauss.
Nada podía estar más alejado que las respuestas iniciales,
tanto anglosajonas, como francesas, a esta idea generalizada
de la prestación. Ahí estaba Mauss desacreditando la des-
humanización de las modernas distinciones abstractas entre
la ley real y la personal, clamando por un retorno a la
relación arcaica entre hombres y cosas, mientras que los
anglosajones no podían hacer otra cosa más que felicitar
a los ancestros por haber liberado por fin al hombre de la
degradante confusión con los objetos materiales, y en espe-
cial por liberar a las mujeres. Ya que cuando Lévi-Strauss
se refirió a la «prestación total» dentro de un gran sisterna
de intercambios matrimoniales, un importante número de
etnólogos americanos y británicos retrocedió ante la idea,
negándose por su parte a «tratar a las mujeres como bienes
de consumo». Sin intentar llegar a una solución del problema,
por lo menos en estos términos, me pregunto si la reacción
anglo-norteamericana de desconfianza no sería etnocéntrica.
Parece presuponer una separación eterna de lo económico,
relacionado con la compra y la venta y, además, siempre
un poco descolorido, de la esfera social de las relaciones
morales. Ya que si se parte del supuesto de que el mundo
en general está diferenciado como el nuestro en particular,
siendo las relaciones económicas una cosa y las sociales
(parentesco) otra, entonces, hablar de grupos que intercam-
bian mujeres parece una extensión inmoral de los negocios
al matrimonio y una difamación de todos aquéllos impli-
cados en el intercambio. Con todo, esta conclusión deja
de lado la gran lección que la «prestación total» ofrece
200









tanto para el estudio de las economías primitivas como del
matrimonio.
El orden primitivo es generalizado, no aparece en él una
diferenciación clara de las esferas en sociales y económicas.
En cuanto al matrimonio, no es que las operaciones comer-
ciales fueran aplicadas a las relaciones sociales, sino que las
dos no estuvieron en los comienzos completamente separa-
das. Debemos pensar al respecto de la misma manera que
lo hacemos sobre las clasificaciones de parentesco: No es
que el término que designa al «padre» se «extienda» al
hermano del padre, expresión que subrepticiamente va ocu-
pando el lugar más importante en la familia nuclear, sino
más bien es que estamos en presencia de una amplia cate-
goría de parentesco que no conoce distinciones genealógicas
de esa naturaleza. Y en cuanto a la economía estamos del
mismo modo en presencia de una organización generalizada
a cuya comprensión no podremos acceder nunca si partimos
de la idea de que el parentesco le es «exógeno».
Mencionaré una última contribución positiva de La Dá-
diva, relacionada con este punto, pero más específica. Al
final del ensayo Mauss recapituló su tesis recurriendo a dos
ejemplos melanesios de relaciones sutiles entre aldeas y
personas, esos ejemplos se refieren a la manera en que, ame-
nazados siempre por un deterioro que lleve a la guerra, los
grupos primitivos se reconcilian, sin embargo, a través de
los festivales y del intercambio. Este tema también sería
ampliado más tarde por Lévi-Strauss, quien escribe: «Hay
un vínculo, una continuidad, entre las relaciones hostiles
y la provisión de prestaciones recíprocas. Los intercambios
son guerras resueltas por medios pacíficos, y las guerras son
el resultado de transacciones infructuosas» (1969, pág. 67;
confróntese 1943, pág. 136). Pero esta implantación del Don
es, a mi entender, aún más amplia que las relaciones y tran-
sacciones externas. Al plantear la fragilidad interna de
las sociedades fragmentarias, su descomposición constituida,
El Don traslada las alternativas clásicas de la guerra y el
comercio desde la periferia al centro mismo de la vida social,
y del episodio ocasional a la presencia continua. Aquí reside
la importancia suprema de la vuelta de Mauss a la naturaleza,
de lo cual se desprende que la sociedad primitiva está en
guerra con la Warre, y que todas sus transacciones son trata-
dos de paz. Es decir, que todos los intercambios deben in-
corporar a su propósito material cierto peso político de recon-
ciliación. O, como dicen los Bosquimanos, «lo peor es no
dar regalos. Si las personas no simpatizan unas con otras,
pero una entrega un don y la otra se ve obligada a aceptarlo,
esto trae la paz entre ellos. Damos lo que tenemos. Esa es
nuestra manera de convivir» (Marshall, 1961, pág. 245).
201









Y es de aquí de donde nacen a su vez todos los prin-
cipios básicos de una economía propiamente antropológica,
incluyendo la que se desarrolla esencialmente en los capí-
tulos siguientes: que todo intercambio, al encarnar cierto
coeficiente de solidaridad, no puede ser comprendido en sus
términos materiales dejando de lado sus términos sociales.
202








5. SOBRE LA SOCIOLOGÍA
DEL INTERCAMBIO PRIMITIVO
En una exposición con pretensiones antropológicas, la
expresión «generalización provisional» resulta, sin duda, una
frase redundante. Sin embargo, la presente empresa requiere
una introducción doblemente cautelosa. Sus generalizaciones
han surgido de un diálogo con los materiales etnográficos
—muchos de ellos se adjuntan como «materiales ilustrati-
vos» al estilo Tyloriano—, pero no se han aplicado pruebas
rigurosas. Tal vez más que como una contribución a la teoría,
las conclusiones puedan presentarse como un alegato de la
etnografía, suponiendo que ambas cosas no sean lo mismo.
De cualquier manera, las que siguen son algunas sugerencias
sobre el interjuego, en las comunidades primitivas, entre
formas, condiciones materiales y relaciones sociales de inter-
cambio.
CORRIENTE MATERIAL Y RELACIONES SOCIALES
Lo que para la sabiduría heredada son condiciones «anti-
económicas» o «exógenas», constituyen, en la realidad primi-
tiva, la organización misma de la economía 1. Dentro de
1 A los efectos del presente trabajo, entendemos por «economía»
el proceso de aprovisionamiento de la sociedad (o del «sistema socio-
cultural»). No hay relación social, institución o conjunto de institu-
ciones que sea en sí misma «económica». Cualquier institución, por
ejemplo, una familia o un linaje, si tiene consecuencias materiales para
el aprovisionamiento de la sociedad puede ubicarse dentro de un
contexto económico y considerarse parte del proceso económico. La
misma institución puede igualmente estar más o menos implicada en
el proceso político, pudiendo entonces ser considerada provechosa-
mente en el contexto político. Esta manera de considerar la economía
o la política —o si vamos al caso, la religión, la educación o cualquier
otro tipo de procesos culturales— surge de la misma naturaleza de la
cultura primitiva. No podemos distinguir aquí, desde un punto de
vista social, la «economía» o el «gobierno», sino simples grupos y
relaciones sociales con funciones múltiples a los que distinguimos
como económicos políticos, etc.
El hecho de que la economía se presente, pues, como un aspecto
de las cosas tal vez sea generalmente aceptable, lo que tal vez no sea
tan aceptable es que se ponga el acento sobre el aprovisionamiento
de la sociedad, ya que lo que nos preocupa no es el modo en que los
individuos llevan a cabo sus transacciones, puesto que no hemos defi-
nido a la economía como la aplicación de medios disponibles escasos
203











una relación social continua, una transacción material es, por
lo general, un episodio momentáneo. La relación social es
la que gobierna: el flujo de bienes se ve constreñido por
una etiqueta de estatus y forma parte de ella. «No podemos
tratar aisladamente las relaciones económicas de los Nuer,
ya que siempre forman parte de relaciones sociales directas
de un tipo general», dice Evans-Pritchard, ... «Siempre hay
entre ellos una relación social general de uno u otro tipo,
y sus relaciones económicas, si es posible darles ese nom-
bre, deben conformarse a esta pauta general de conducta»
(1940, págs. 90-91). Esta observación es aplicable a una
gran generalidad de casos (cfr. White, 1959, págs. 242-245).
Con todo, la conexión entre la corriente material y las
relaciones sociales es recíproca. Una relación social deter-
minada puede dificultar cierto movimiento de bienes, pero
una transacción específica puede —del mismo modo— indu-
cir una relación social particular. Si los amigos hacen regalos,
son los regalos quienes hacen amigos. Esta función instru-
mental es la función decisiva de una gran parte del inter-
cambio primitivo, cosa que no sucede con tanta frecuencia
en nuestro comercio: la corriente material garantiza o inicia
las relaciones sociales. Es así cómo los pueblos primitivos
logran trascender el caos del que habla Hobbes. La condición
indicativa de la sociedad primitiva es la ausencia de un
poder público y soberano: las personas y (especialmente)
los grupos se enfrentan los unos a los otros no sólo con
intereses distintos, sino con la tendencia posible y el
derecho efectivo de materializar estos intereses. La fuerza
está descentralizada y legítimamente ejercida en pluralidad,
la compacidad social está aún por lograrse, el Estado no
frente a fines alternativos (ya sean materiales o de otro tipo). Desde
los medios hasta los fines, la «economía» es concebida como un com-
ponente de la cultura más que como un tipo de acción humana, como
el proceso de la vida material de la sociedad más que como un proceso
de satisfacción de necesidades de comportamiento individual. Nuestro
objeto no es analizar a los capitalistas, sino comparar culturas. Recha-
zamos la perspectiva comercial históricamente bien determinada. En
función de las posiciones polémicas que en estos últimos tiempos han
surgido en el American Anthropologist, el punto de vista adoptado
está mucho más cerca de Dalton (1961, cf. Sahlins, 1962) que de
Burling (1962) o de LeClair (1962). Además, expresamos aquí nuestra
solidaridad con las amas de casa de todo el mundo y con el profesor
Malinowski. El profesor Firth censura la imprecisión de Malinowski
en un aspecto de la antropología económica observando que «Esta
no es la terminología de la economía, es casi el lenguaje de una ama
de casa» (Firth, 1957, pág. 220). La terminología del presente trabajo
se aparta de un modo similar de la ortodoxia económica. Con justicia
puede considerarse que ésta es una necesidad nacida de la ignorancia,
pero también puede decirse algo a favor de la propiedad de la pers-
pectiva de un ama de casa dentro de un estudio sobre la economía
de parentesco.
204









existe. Es así que la pacificación no es un hecho intersocial
esporádico, sino un proceso continuo que se desenvuelve
dentro de la sociedad misma. Los grupos deben «llegar a un
acuerdo», esta frase denota ostensiblemente un intercambio
material satisfactorio para ambas partes2.
Incluso en su aspecto estrictamente práctico, el inter-
cambio en los pueblos primitivos no cumple el mismo rol
que la corriente económica en las modernas comunidades
industriales. El lugar que ocupa la transacción dentro de la
totalidad de la economía es diferente: bajo condiciones pri-
mitivas está más desligado de la producción, de una manera
orgánica depende de ésta con mucha menor firmeza. En
general está menos comprometida que el intercambio moder-
no en la adquisición de medios de producción, y más
comprometida con la redistribución de los bienes elaborados.
Su tendencia es la de una economía en la cual el alimento
ocupa una posición preponderante, y en la cual el producto
diario no depende de un complejo tecnológico masivo ni de
una complicada división del trabajo. También es la ten-
dencia de una modalidad doméstica de producción, es decir,
de unidades de producción familiares, con una división del
trabajo predominantemente por sexo y por edad, con una
producción orientada hacia las necesidades familiares y con
acceso directo por parte de los grupos domésticos a los
productos estratégicos. Es también la tendencia de un orden
social en el cual el derecho a controlar los ingresos corre
parejo con el derecho a utilizar los recursos de producción,
y en el cual los cargos son muy estables y no existen casi
2 Hemos definido la economía como el proceso de aprovisiona-
miento (material) de la sociedad y oponiéndola al acto humano de
satisfacción de necesidades. El importante papel desempeñado por el
intercambio instrumental en las sociedades primitivas subraya la uti-
lidad de la definición dada. A veces el aspecto pacificador es tan
fundamental que cambian de manos tipos y cantidades exactamente
iguales de mercaderías: así queda simbolizada la renuncia a intereses
opuestos. Desde una perspectiva estrictamente formal la transacción
resulta una pérdida de tiempo y de esfuerzo. Podríamos decir que
las personas maximizan el valor social, pero eso significaría situar
erróneamente el determinante de la transacción, no especificar las
circunstancias que producen diferentes productos materiales en circuns-
tancias históricas diferentes, aferrarse a las premisas de. la economía
de mercado asignando falsamente cualidades de tipo pecuniario a las
cualidades sociales, es decir, significaría tomar el camino de la tauto-
logía. El interés de esas transacciones reside precisamente en que no
proporcionan un aprovisionamiento material y en que no se basan
en la satisfacción de las necesidades materiales de los seres humanos.
Lo que sí hacen, sin embargo, es proporcionar una sociedad: mantienen
las relaciones sociales, la estructura de la sociedad, aunque no aumen-
ten en lo más mínimo la reserva de objetos de consumo. No nece-
sitamos recurrir a ninguna otra suposición, son «económicas» en el
sentido sugerido del término (cf. Sahlins. 1969).
205











ingresos privilegiados. Es la tendencia, por último, de socie-
dades organizadas principalmente por parentesco. Estas ca-
racterísticas de la economía primitiva, enunciadas de una
manera tan amplia, están, por supuesto, sujetas a clasifica-
ción en casos particulares. Sólo las ofrecemos como guía
para el detallado análisis de la distribución que viene a
continuación. También es aconsejable repetir que el término
«primitivo» se referirá a culturas que carecen de estado
político, y que sólo es aplicable en la medida en que la
economía y las relaciones sociales no hayan sido modificadas
por la penetración histórica de otros Estados.
De una manera general, el conjunto de transacciones
económicas registradas etnográficamente puede dividirse en
dos tipos 3. En primer lugar, están los movimientos «vice-
versa» entre dos partes conocidos más comúnmente como
reciprocidad Segundo, los movimientos centrali-
zados: recolección por parte de los miembros de un grupo,
a menudo bajo un solo mando y redistribución dentro de
este grupo:

Esto recibe el nombre de «comunidad» o «redistribu-
ción». Desde un punto de vista más general, los dos tipos
se fusionan, ya que la comunidad es una organización de
reciprocidades, un sistema de reciprocidades, un hecho de
orientación central establecido sobre la génesis de una redis-
tribución en gran escala bajo la tutela del jefe. Pero esta
interpretación más general no hace sino insinuar la concen-
tración primordial en la reciprocidad; todavía hace falta un
largo proceso analítico para separar las dos.
Sus organizaciones sociales son muy diferentes. Es ver-
dad que comunidad y reciprocidad pueden darse en los
mismos contextos sociales —por ejemplo, los mismos pa-
rientes cercanos que depositan sus recursos en una comen-
salidad familiar comparten, como individuos, cosas los unos
con los otros—, pero las relaciones sociales precisas de la
comunidad y la reciprocidad no son las mismas. Desde el
1 El lector que conozca las recientes exposiciones acerca de la
distribución primitiva reconocerá mi deuda con Polanyi (1944, 1957,
1959) a este respecto, y, por otra parte, mis disidencias respecto de
su terminología y de su esquema tripartito de los principios de
integración. Es también un placer afirmar, junto con Firth, «que todo
estudiante de economía primitiva se basa, en realidad, gratuitamente
sobre los cimientos edificados por Malinowski» (Firth, 1959, pág. 174).
206









punto de vista social, la comunidad es una relación dentro,
la acción colectiva de un grupo; la reciprocidad es una rela-
ción entre la acción y reacción de dos partes. Por eso la
comunidad es el complemento de la unidad social y de la
«centricidad», para usar el término de Polanyi; la recipro-
cidad, en cambio, es una dualidad y una «simetría» social. La
comunidad establece un centro social donde los bienes se
reúnen y de donde fluyen hacia afuera, y también una
frontera social dentro de la cual las personas (o los subgru-
pos) se relacionan cooperativamente. Pero la reciprocidad
puede establecer relaciones solidarias en la medida en que
la corriente material dé idea de beneficio o asistencia mutuos,
sin embargo, la realidad social de las partes es ineludible.
Si tenemos en cuenta las reconocidas contribuciones de
Malinowsky y Firth, de Gluckman, Richards y Polanyi, no
nos parece demasiado exagerado afirmar que conocemos bas-
tante bien las concomitancias materiales y sociales de la
comunidad. Además, lo que sabemos concuerda con la idea
de que la comunidad es el aspecto material de la «colectivi-
dad» y la «centricidad». La producción de alimentos, las
jerarquías y el cacicazgo propios del cooperativismo, la
acción colectiva política y ceremonial, son algunos de los
contextos usuales de la comunidad en las sociedades primi-
tivas. Hagamos una revisión muy breve:
La comunidad familiar de alimentos es la variedad más
común de la redistribución. El principio que sugiere es que
la producción resultante del trabajo de aprovisionamiento
colectivo es llevada a un pozo común, en especial cuando
la cooperación implica división del trabajo. Así formulada,
la regla es aplicable no sólo a la unidad doméstica, sino
también a la cooperación de más alto nivel, a los grupos
más numerosos que la unidad doméstica que llevan a cabo
alguna tarea de abastecimiento, por ejemplo, el encierro de
búfalos en las grandes planicies del Norte o la pesca con
redes en una laguna de Polinesia. Con ciertas precisiones
—tales como las partes especiales otorgadas en algunas zonas
como contribuciones particulares al esfuerzo del grupo— el
principio sigue, tanto en su mayor, como en su menor expo-
nente, en un nivel de unidad doméstica: los bienes conse-
guidos colectivamente son distribuidos entre la colectividad».
En todas partes los derechos de reclamo sobre el pro-
ducto de la población común, así como las obligaciones
de generosidad, están asociados con el cacicazgo. La redis-
tribución es el ejercicio organizado de estos derechos y obliga-
ciones:
Pienso que en todo el mundo nos encontraremos con que
las relaciones entre la economía y la política son de la misma
clase. En todas partes, el jefe actúa como un banquero tribal,
207









reuniendo los alimentos, almacenándolos, protegiéndolos y uti-
lizándolos luego en beneficio de la comunidad. Sus funciones
son el prototipo del sistema público de finanzas y de la orga-
nización de los tesoros del Estado de nuestros días. En caso
de privarse al jefe de sus privilegios y de sus beneficios finan-
cieros, ¿quién resultaría perjudicado sino la totalidad de la
tribu? (Malinowski, 1937. págs. 232-2331.
Esta utilización «en beneficio de la comunidad» toma
distintas formas: el patrocinio del ceremonial religioso, la
pompa social o la guerra; la protección de la producción
artesanal, el comercio, la construcción de aparatos técnicos
y de edificios públicos y religiosos; la redistribución de di-
versos productos locales; la hospitalidad y el socorro de la
comunidad (de cada miembro o de todos en general) en
épocas de escasez. Hablando en términos más generales, la
redistribución por medio de cualquier poder que sea sirve
a dos propósitos de los cuales cualquiera puede predominar
en una circunstancia dada. La función práctica, matemática
—la redistribución— mantiene a la comunidad, o al esfuer-
zo de la comunidad, en un sentido material. Al mismo tiem-
po, o de manera alternada, tiene una función instrumental:
como ritual de comunión y de subordinación a la autoridad
central, la redistribución mantiene a la misma estructura cor-
porativa, es decir, la mantiene en un sentido social. Los
beneficios prácticos pueden resultar críticos, pero cuales-
quiera que sean, la comunidad bajo la tutela de un jefe hace
surgir el espíritu de unidad y centricidad, codifica la estruc-
tura, estipula la organización centralizada del orden y de la
acción social:
... toda persona que participa en el ana (festín organizado
por un jefe tikopiano) se ve obligada a participar en modali-
dades de cooperación que por el momento van más allá de sus
intereses personales y de los de su familia y alcanzan los límites
de la comunidad total. Un festival de este tipo reúne a jefes
y a los integrantes de sus clanes con otros que en otras opor-
tunidades actúan como rivales siempre dispuestos a criticarse
o a difamarse unos a otros, pero que aquí se reúnen demos-
trando amigabilidad... Además, esta actividad intencionada sir-
ve a ciertos fines sociales más amplios que son comunes en
el sentido de que todas las personas, o casi todas, a sabiendas
o inadvertidamente, los promueven. Por ejemplo, la asistencia
al ana y la participación en las contribuciones económicas ayu-
dan en realidad a mantener el sistema tikopiano de autoridad
(Firth, págs. 230-2311.
Tenemos entonces, por lo menos, los lineamientos gene-
rales de una teoría funcional de la distribución. Es probable
que los temas centrales sean ahora de tipo evolutivo, efec-
tuándose la especificación por comparación o por estudio
208









filogenético de circunstancias selectivas. Sin embargo, la an-
tropología económica de la reciprocidad no se encuentra
en el mismo nivel. Tal vez un motivo sea la tendencia popu-
lar a considerar la reciprocidad como equilibrio, como inter-
cambio inicondicional de uno por uno. Considerada como
una transferencia material, la reciprocidad a menudo nada
tiene que ver con eso. En realidad, es precisamente mediante
el escrutinio de los momentos en que se aparta de un inter-
cambio equilibrado la forma en que podemos entrever la
interacción entre la reciprocidad, las relaciones sociales y
las circunstancias materiales.
La reciprocidad es toda una clase de intercambio, un
continuo de formas. Esto es especialmente cierto en el res-
tringido contexto de las transacciones materiales por oposi-
ción a un principio social mucho más extendido o a la normal
moral de dar y recibir. En un extremo del espectro está
la ayuda dada libremente, la pequeña dádiva del parentesco
cotidiano, de la amistad y de las relaciones con los vecinos,
el «don puro» como la llamó Molinowsky, con respecto a la
cual sería inconcebible e inasociable un acuerdo abierto de
retribución. En el otro extremo, la apropiación egoísta, la
obtención por medio de subterfugios o de la fuerza sólo
correspondida por un esfuerzo igual y opuesto basado en el
principio de la ley del Talión, «reciprocidad negativa» según
la llama Gouldener. Los extremos son claramente negativos
y positivos en un sentido moral. Los intervalos entre ellos
no son tan sólo otras tantas gradaciones de equilibrio mate-
rial en el intercambio, son también intervalos en la socia-
bilidad. La distancia entre los polos de reciprocidad es, entre
otras cosas, distancia social:
A un extraño le puedes prestar a usura; pero a tu hermano
no le prestarán con usura (Deuteronomio XXIII, 21).
Los moralistas (Siuai) nativos afirman que los vecinos deben
ser amistosos y que deben tener confianza unos en otros, mien-
tras que los que vienen de lejos son peligrosos y no merecen
ningún tipo de consideraciones morales. Por ejemplo, los nati-
vos dan gran importancia a la honestidad en el trato con los
vecinos, mientras que mantener ese trato con los extraños pue-
de estar guiado por caveat emptor (Oliver, 1952, pág. 82).
Ganar a costa de otras comunidades, en particular de las
que se encuentran distantes, y más especialmente de las que
se sienten como extrañas, no es condenable para los usos y
costumbres hogareños más comunes (Weblen, 1915, pág. 46).
Un comerciante siempre estafa a la gente. Por este motivo
siempre se desconfía del comercio intrarregional, mientras que
el comercio intertribal otorga a los comerciantes (kapaukul
prestigio y también ganancias (Pospisil, 1958, pág. 127).
209









UN ESQUEMA DE LAS RECIPROCIDADES
Es posible hacer una tipología puramente formal de las
reciprocidades que se base exclusivamente en la inmediatez
de las retribuciones, en su equivalencia y en las dimensiones
materiales y mecánicas semejantes del intercambio. Dispo-
niendo de esta clasificación se podría proceder a correlacio-
nar subtipos de reciprocidad con «variables» diversas, tales
como la distancia de parentesco de las partes que realizan
la transacción. La ventaja de esta manera de exposición es
que es «científica», o al menos aparenta serlo. Entre sus
defectos podríamos mencionar que es una metáfora conven-
cional de la exposición y no una verdadera historia del
experimento. Debe quedar claro desde el principio que la
distinción entre uno y otro tipo de reciprocidad no es mera-
mente formal. Un rasgo tal como la expectativa de una
retribución dice algo acerca del espíritu del intercambio,
sobre su desinterés o interés, sobre la impersonalidad y la
compasión. Cualquier clasificación de apariencia formal con-
lleva estos significados: Es al mismo tiempo un esquema
moral y mecánico. (Es innegable que el reconocimiento de
la cualidad moral prejuzga la relación entre el intercambio
y las «variables» sociales, en el sentido de que éstas últimas
se ven entonces lógicamente conectadas con las variaciones
en el intercambio. Esta es una señal de que la clasificación
es buena.)
Los tipos reales de reciprocidad son muchos en una
sociedad primitiva, aislada en el mundo primitivo tomado
como un todo. Los «movimientos viceversa» pueden incluir
el reparto y el contrarreparto de comida sin preparar, la
hospitalidad informal, los intercambios ceremoniosos afines,
la transferencia que sella un acuerdo de paz, los préstamos
y devoluciones, la compensación por servicios ceremoniales o
especializados, la disputa interpersonal, etc. Contamos con
varios intentos etnográficos de tratamiento tipológico de la
diversidad empírica, entre los cuales es digno de destacar el
esquema de las trasacciones de los Siuai realizado por Dou-
glas Oliver (1955, págs. 229-231; cfr. Price, 1962, pág. 37f;
Spencer, 1959, pág. 194f; Marshall, 1961, y otros). En Cri-
me and Costume Malinowski escribió de una manera amplia
y libre de condicionamientos sobre la reciprocidad; sin
embargo, en los Argonautas llegó a una clasificación del
intercambio en las islas Trobriand partiendo de múltiples
variantes en cuanto a equilibrios y a equivalencias (Mali-
nowski, 1922, págs. 176-194). Fue desde esta perspectiva,
con la mirada fija en la franqueza de las retribuciones, que
se reveló el continuo que es la reciprocidad:
210









A propósito he hablado de formas de intercambio, de dones
y contradones, en vez de hacerlo de trueque o comercio, por-
que, aunque existen formas de trueque puro y simple, hay
tantas transiciones y gradaciones entre ellas y la simple dádiva,
que resulta imposible trazar una línea definitiva entre el co-
mercio por un lado y el intercambio de dádivas por otro...
Para tratar estos hechos con corrección es necesario proporcio-
nar una lista completa de todas las formas de pago o de regalo.
En esta lista figurarán a un extremo los casos límites de puro
don, es decir, un ofrecimiento por el cual no se da nada a
cambio (véase Firth, 1957, págs. 221-222). Entonces, mediante
las muchas formas usuales de don o de pago, retribuidas de
manera parcial o condicional, que se proyectan las unas sobre
las otras, se llega a las formas de intercambio donde se observa
una equivalencia más o menos estricta y, por fin, al trueque
real (Malinowski, 1922, pág. 176).
La perspectiva de Malinowski puede trascender el caso
de las islas Trobriand y ser ampliamente aplicada al inter-
cambio recíproco de las sociedades primitivas. Parece posible
desplegar de manera abstracta un continuo de reciprocidades,
basado en la naturaleza «viceversa» de los intercambios, a lo
largo del cual se pueden ubicar los ejemplos empíricos encon-
trados en el caso etnográfico particular. La estipulación de
retribuciones materiales, o dicho de una manera menos ele-
gante, la «lateralidad» del intercambio, sería el aspecto
crítico. Al respecto existen evidentes criterios objetivos, tales
como la tolerancia del desequilibrio material y el aspecto
protector de la demora: el movimiento inicial de bienes de
mano en mano se ve más o menos recompensado material-
mente y también hay variaciones en cuanto al tiempo permi-
tido para la reciprocidad (véase Firth, 1957, págs. 220-221).
Considerado de otro modo, el espíritu del intercambio va
desde una preocupación desinteresada por la otra parte hasta
el interés por uno mismo pasando por la mutualidad. Así
expresado, la afirmación de «lateralidad» puede complemen-
tarse agregando criterios empíricos a los de inmediatez y
equivalencia material: la transferencia inicial puede ser vo-
luntaria, involuntaria, prescrita o contratada; la retribución
puede ser otorgada libremente, exigida, o apremiada; el in-
tercambio puede ser discutido o no, puede o no ser sujeto
de evaluación, etc.
El espectro de reciprocidades propuesto para uso general
se define por sus extremos y por su punto medio:
Reciprocidad generalizada, el extremo solidario4
4 Desde la publicación original de este ensayo, el término «échange
généralisé» se ha utilizado con mucha más frecuencia que nuestra
«reciprocidad generalizada». Esto es lamentable simplemente porque
las dos expresiones no se refieren al mismo tipo de reciprocidad (y
211









«La reciprocidad generalizada» se refiere a transacciones
que pueden ser consideradas altruistas, transacciones que
están en la línea de la ayuda prestada, y, si es posible y
necesario, de la ayuda retribuida. El tipo ideal es lo que
Malinowski llama «don puro». Otras denominaciones etno-
gráficas son «compartimiento», «hospitalidad», «don libre»,
«ayuda» y «generosidad». Menos sociales, pero cercanas al
mismo polo están los «deberes de parentesco», «los deberes
del jefe» y el «nobleza obliga». Price (1962) se refiere a
esta modalidad última como «reciprocidad leve» a causa
de la vaguedad de la obligación de reciprocidad.
En su manifestación extrema, por ejemplo, el comporta-
miento voluntario de alimentos entre los parientes cercanos
—o por su valor lógico podríamos pensar en el amaman-
tamiento de niños en este contexto-— la expectativa de una
retribución material directa es improbable, en el mejor de
los casos es implícita. El aspecto material de la transacción
está reprimido por el social: el reconocimiento de las deudas
importantes no puede ser expresado abiertamente y, por lo
general, se lo deja de lado. Esto no significa que entregar
cosas de esta manera, incluso a los «seres queridos» no ge-
nere una contraobligación. Pero esa contraobligación no se
estipula por tiempo, cantidad o calidad; la expectativa de
reciprocidad es indefinida. Por lo general, sucede que el
tiempo y el valor de la reciprocidad no sólo dependen de lo
que el dador ha entregado, sino también de lo que éste pueda
necesitar y del momento en que lo necesite, y del mismo
modo de lo que el receptor puede pagar y cuándo puede
hacerlo. El hecho de recibir bienes establece una obligación
difusa de reciprocidad cuando le sea necesario al dador y/o
posible al receptor. Es así que la devolución puede ser muy
rápida, pero también no efectuarse nunca. Hay gentes que
incluso en las épocas mejores son incapaces de ayudarse a sí
mismas o de ayudar a los demás. Un buen indicador prag-
mático de la reciprocidad generalizada es una corriente soste-
nida de una sola dirección. La falta de reciprocidad no hace
que el que da algo deje de hacerlo; los bienes se mueven en
una sola dirección, favoreciendo al que no tiene, durante un
largo período.
Reciprocidad equilibrada, el punto medio
La expresión «reciprocidad equilibrada» se refiere al
intercambio directo. En un equilibrio preciso la reciprocidad
mucho menos al mismo universo). Además, amigos y críticos han
sugerido distintas alternativas para el término «reciprocidad generali-
zada», tales como «reciprocidad indefinida», etc. Puede que se acerque
el momento de hacer una retirada terminológica, pero, por el mo-
mento, sostengo la misma.
212










consiste en la entrega habitual del equivalente de la cosa
recibida sin demoras. La reciprocidad perfectamente equili-
brada, es decir, el intercambio simultáneo de las mismas
clases de bienes en las mismas cantidades, no sólo es conce-
bible, sino que existen testimonios etnográficos de la misma
en ciertas transacciones matrimoniales (por ejemplo, Reay,
1959, pág. 95f), pactos amistosos (Selígman, 1910, pág. 70),
tratados de paz (Hogbin, 1939, pág. 79; Loeb, 1926, pági-
na 204; Williamson, 1912, pág. 183). «La reciprocidad equi-
librada puede aplicarse con más aptitud a las transacciones
que estipulan una retribución de valor o utilidad conmen-
surados dentro de un período finito y no muy largo. Gran
parte del «intercambio de dádivas», muchos «pagos», es
decir, buena parte de lo que en etnografía lleva el título de
«comercio» y de lo que recibe el nombre de «compra-venta»
implicando la existencia de un «dinero primitivo» correspon-
de a este género de reciprocidad equilibrada.
La reciprocidad equilibrada es menos «personal» que la
reciprocidad generalizada. Según nuestro punto de vista es
«más económica». Las partes se enfrentan como intereses
económicos y sociales distintos. El aspecto material de la
transacción es, por lo menos, tan importante como el social;
hay un reconocimiento más o menos preciso, ya que las
cosas dadas deben ser retribuidas dentro de un corto período.
Es así que la prueba pragmática de la reciprocidad equili-
brada es la incapacidad para tolerar la corriente en un solo
sentido; las relaciones entre las personas se ven alteradas
por una falta de reciprocidad dentro de un tiempo limitado
y con sentido de la equivalencia. Es importante tener en
cuenta que en la forma principal de las reciprocidades genera-
lizadas, la corriente material se ve sustentada por las rela-
ciones sociales prevalecientes; mientras que en el caso del
intercambio equilibrado, las relaciones sociales se apoyan
sobre el flujo de objetos materiales.
Reciprocidad negativa, el extremo insociable
La «reciprocidad negativa» es el intento de obtener algo
a cambio de nada gozando de impunidad; entran aquí las dis-
tintas formas de apropiación, las transacciones iniciadas y
dirigidas en vistas a una ventaja utilitaria neta. Los términos
que se emplean en etnografía para señalar esta modalidad
son «regateo», «trueque», «juego», «subterfugio», «robo» y
otras variantes.
La reciprocidad negativa es la forma más impersonal de
intercambio. En modalidades tales como el «trueque» es,
desde nuestro punto de vista, la «más económica». Los par-
ticipantes se enfrentan como intereses opuestos, tratando
cada uno de obtener el máximo de utilidad a expensas
213









del otro. Considerando la transacción con vistas al provecho
propio, la parte que inicia el trato, o ambas partes, se propo-
nen lograr un incremento no ganado. Una de las formas
más sociales, la que más se acerca al equilibrio es el regateo
llevado a cabo con el espíritu de llegar hasta donde se
pueda. Desde aquí, la reciprocidad negativa pasa por todos
los matices que van desde la astucia, la ingeniosidad, las
artimañas y la violencia, hasta el refinamiento de una bien
llevada carrera de caballos. La «reciprocidad» es, por supues-
to, y una vez más, condicional, se trata de la defensa del
propio interés. Es así que la corriente puede producirse
nuevamente en un solo sentido dependiendo la reciprocidad
de una reunión que contrarreste la presión o la astucia.
Hay una gran distancia entre el niño que mama y una
carrera de caballos en las llanuras pobladas por los indios.
Podría argumentarse que la distancia es demasiado grande
y la clasificación demasiado amplia. Sin embargo, los «movi-
mientos viceversa» que registra la etnografía ocupan un
lugar dentro del espectro total. Viene bien recordar, sin
embargo, que los intercambios empíricos a menudo ocupan
un lugar en la línea sin estar directamente en los puntos
extremos o medio aquí señalados. La pregunta se plantea
así: ¿es posible especificar las circunstancias sociales o eco-
nómicas que empujan a la reciprocidad hacia una u otra
de las posiciones estipuladas, es decir, hacia la reciprocidad
generalizada, equilibrada o negativa? Yo creo que sí.
LA RECIPROCIDAD Y LA DISTANCIA DE PARENTESCO
El espacio social que separa a aquellos que intercambian,
condiciona el modo de intercambio. La distancia de paren-
tesco, tal como ya lo hemos sugerido, influye especialmente
sobre la forma de reciprocidad. La reciprocidad se inclina ha-
cia el polo de la generalización por el parentesco cercano, y
hacia el extremo negativo en relación proporcional a la
distancia de parentesco.
El razonamiento es casi silogístico. Las distintas recipro-
cidades que van desde el don otorgado libremente hasta el
regateo, forman un espectro de sociabilidad que va desde el
sacrificio en favor de otro hasta la ganancia en propio
beneficio a expensas de otro. Tomemos como premisa menor
la frase de Taylor que dice que el parentesco marcha junto
con la amabilidad, «dos palabras cuya derivación común
expresa del modo más feliz uno de los principios más im-
portantes de la vida social». De ello se desprende que los
parientes próximos tienden a compartir, a intervenir en
intercambios generalizados, y los parientes distantes o los
que no lo son en absoluto, propenden a la equivalencia
214









o al trueque. La equivalencia se vuelve compulsiva en
proporción a la distancia de parentesco a menos que las
relaciones se rompan por completo, ya que con la distancia
la tolerancia de ganancias y pérdidas puede ser muy redu-
cida y existe muy poca inclinación a brindarse. A los no
parientes —«otra gente», incluso a veces ni siquiera «gen-
te»— no es necesario darles ni un poco de mosto: la incli-
nación manifiesta puede ser «que se lo lleve el diablo».
Todo esto parece perfectamente aplicable a nuestra pro-
pia sociedad, pero resulta más significativo en el caso de
la sociedad primitiva. El parentesco es más importante en
la sociedad primitiva, ya que es el principio organizador o
la expresión organizadora de la mayor parte de los grupos
y de las relaciones sociales. Incluso la categoría «no parien-
te» se define por él, es decir, como su aspecto negativo,
como el extremo lógico de la clase: el no ser como estado
del ser. Hay algo real con respecto a este punto de vista,
no se trata de un sofisma lógico. Entre nosotros, la expre-
sión «no pariente» denota relaciones de estatus especiali-
zadas de una cualidad positiva: doctor-paciente, policía-
ciudadano, empleador-empleado, compañeros de clase, veci-
nos, colegas profesionales. Pero para ellos «no pariente»
lleva implícito la negación de la comunidad (o del triba-
lismo); a menudo es un sinónimo de «enemigo» o «extraño»
De una manera similar, la relación económica tiende a ser
una simple relación de las reciprocidades de parentesco: no
es necesario que entren en juego otras normas institucio-
nales.
Sin embargo, la distancia de parentesco tiene diferentes
aspectos. Puede estar organizada de diferentes modos y lo
que en alguno de ellos se considera «próximo» no tiene por
qué ser así en los otros. El intercambio puede depender de
la distancia genealógica (según las consideraciones del lugar),
es decir, del estatus de parentesco interpersonal. O puede
apoyarse en la distancia segmentaria, en el estatus de grupo
de descendientes. (Sospechamos que donde estas dos formas
no corresponden, es la relación más próxima la que gobierna
la reciprocidad adecuada en los tratos entre partes indivi-
duales, pero esto debe aún ser empíricamente demostrado.)
Con objeto de crear un modelo general debemos también
prestar atención al poder de la comunidad en la estipulación
de la distancia. No es sólo que el parentesco organice las
comunidades, sino que las comunidades organizan el paren-
tesco, de modo tal que un término espacial coexistente afecta
la medida de la distancia de parentesco y, por consiguiente,
la forma de intercambio.
215












Los hermanos que viven juntos, o un tío paterno y sus
sobrinos que viven en la misma casa están, por lo que pude
observar, en una relación mucho más íntima entre ellos que
los parientes de grados similares que viven separados. Esto
se evidenciaba cada vez que se presentaba la ocasión de
pedir cosas prestadas, de obtener ayuda, de aceptar una obli-
gación o de asumir responsabilidades los unos por los otros
(Malinowski, 1915, pág. 532; la referencia es a los Mailu).
(Para los Siuai) el género humano sólo está constituido
por los parientes y los extraños. Los parientes están, por
lo general, vinculados entre sí por lazos de sangre y de
matrimonio; la mayor parte de ellos viven cerca, y las per-
sonas que viven cerca son todos parientes... Entre ellos las
transacciones deben realizarse con un espíritu desprovisto de
comercialidad, preferentemente en términos de comporta-
miento («comunidad» según se entiende en la presente expo-
sición), dar sin esperar retribución, herencia entre los pa-
rientes más inmediatos, o préstamos entre los más lejanos...
A excepción de algunos descendientes de un tronco común,
las personas que viven lejos no son parientes y, por tanto,
sólo pueden ser enemigos. La mayor parte de sus costumbres
es inadecuada para los Siuai, pero algunas de sus técnicas
y parte de sus bienes les parecen deseables. Sólo se inter-
actúa con ellos para comprar y vender, utilizando el regateo
y la estafa para obtener de las transacciones todo el beneficio
posible (Oliver, 1955, págs. 454-455).
He aquí un modelo posible para analizar la reciprocidad:
el plano tribal puede considerarse como una serie de sectores
residenciales de parentesco más o menos inclusivos, y enton-
ces puede observarse que la reciprocidad varía su carácter
de acuerdo con la posición sectorial. Los parientes cercanos
que prestan ayuda son particularmente cercanos en un sen-
tido espacial. Es con referencia a la gente de la familia, el
campamento, el poblado o la aldea que debe establecerse
la comparación, en la medida en que la interacción sea inten-
sa y la solidaridad pacífica esencial. Pero el buen trato en el
intercambio se ve dificultado en los sectores periféricos por
la distancia de parentesco y, por tanto, es menos frecuente
en los intercambios con los integrantes de la misma tribu
que viven en otra aldea, que con los habitantes de la propia,
y aun menos frecuente en el sector intertribal.
Según esta perspectiva, los grupos residenciales de pa-
rentesco comprenden las esferas de coparticipación social
en continuo crecimiento: la unidad doméstica, el linaje local,
tal vez la aldea, la subtribu, la tribu, las otras tribus, por
supuesto el plan particular varía según las circunstancias. La
estructura es una jerarquía de niveles de integración, pero
desde adentro y sobre el terreno es una serie de círculos
216









concéntricos. Las relaciones sociales de cada círculo tienen
una cualidad específica —relaciones familiares, relaciones de
linaje, etc.— y a menos que las divisiones sectoriales sean
intersectadas por otras organizaciones de solidaridad de
parentescos personales— las relaciones dentro de cada esfera
son más solidarias que las relaciones del sector próximo
más inclusivo. Por tanto, la reciprocidad se inclina hacia
el equilibrio o el subterfugio en proporción con la distancia
sectorial. En cada sector predominan ciertos modos de
reciprocidad que son característicos. Las modalidades gene-
ralizadas predominan en las esferas más estrechas y actúan
en esferas más amplias, la reciprocidad equilibrada es carac-
terística de los sectores intermedios y el subterfugio de las
esferas más periféricas. En resumen, es posible desarrollar
un modelo general de la intervención de la reciprocidad
superponiendo al continuo de reciprocidad el plan sectorial
de la sociedad. Este es el modelo representado en la figu-
ra 5.1.
figura 5.1. Sectores residenciales de reciprocidad y parentesco
217
El plano no sólo descansa sobre los dos términos de la
división sectorial y las variantes de reciprocidad. Todavía
queda algo por decir sobre un tercer término subyacente, la












moralidad. «Mucho más de lo que suponemos generalmente»
escribió Firth «sucede que las relaciones económicas des-
cansan sobre fundamentos morales» (1951, pág. 114). Ese
debe ser, por cierto, el modo en que lo percibe la gente:
«Aunque los Siuai tienen términos distintos para «genero-
sidad», «cooperación», «moralidad» (obrar de acuerdo con
las reglas) y «afabilidad», creo que consideran a todos éstos
como aspectos íntimamente relacionados del mismo atributo
de bondad...» (Oliver, 1955b, pág. 78). Otro contraste con
nuestra sociedad lo sugiere el hecho de que una tendencia
a la moralidad como es la reciprocidad esté organizada por
sectores en las sociedades primitivas. Las normas son de por
sí relativas y situacionales, y no absolutas y universales.
Un acto determinado no es ni bueno ni malo por sí mismo,
depende de quien sea «el otro». La apropiación de los
bienes o de la mujer de otro hombre, considerada como un
pecado («robo», «adulterio») en el seno de nuestra comu-
nidad, puede no sólo recibir la aprobación de los seme-
jantes, sino también verse premiado con su admiración,
sí se perpetra en un extraño. El contraste con las pautas
absolutas de la tradición judeo-cristiana está quizá exagerado,
ya que ningún sistema moral es exclusivamente absoluto
(en especial en tiempos de guerra) y tal vez ninguno sea
totalmente relativo y contextual. Pero las pautas situacio-
nales, definidas a menudo en términos sectoriales, sí parecen
prevalecer en las comunidades primitivas y esto ya es con-
traste suficiente con nuestro propio sistema, como para
haber provocado repetidos comentarios por parte de los et-
nólogos. Por ejemplo:
La moralidad de los Navahos es ... más contextual que ab-
soluta..., la mentira no se considera un mal en todas partes
y en todas las situaciones. Las reglas varían según las circuns-
tancias. El engaño en el trato con tribus extrañas es una prác-
tica moralmente aceptada. Los actos no son de por sí buenos
o malos. El incesto (pecado contextual por su naturaleza) es
quizá la única conducta que se condena sin excepción. Es bas-
tante correcto apelar a las técnicas de hechicería en el comer-
cio con otras tribus... Hay una ausencia casi total de ideales
abstractos. En las circunstancias de la vida primitiva, los
Navahos no necesitaron orientarse en función de una moralidad
abstracta...
En una sociedad enorme y compleja como la moderna Norte-
américa, donde la gente viene y va y hace negocios y otros
tratos con personas a las que nunca ve, resulta funcionalmente
necesario tener pautas abstractas que trasciendan una situación
inmediata y concreta en la cual interactúan dos o más perso-
nas (Kluckhohn, 1959, pág. 434).
El esquema con el que estamos tratando es por lo me-
nos tripartito, es decir, social, moral y económico. La reci-
218









procidad y la moralidad están estructuradas por sectores,
siendo la estructura la de los agrupamientos tribales de
parentesco.
Pero el esquema es todo él un estado de cosas hipoté-
tico. Es posible concebir circunstancias que alterarían las
relaciones sociales y morales y recíprocas que postula. Las
proposiciones acerca de los sectores externos son particular-
mente vulnerables. (Por «sector externo» podemos entender
en general «sector intertribal», la periferia étnica de las
comunidades primitivas; en la práctica puede fijarse en los
puntos donde la moralidad positiva se desvanece y donde
la hostilidad intergrupal resulta normal dentro de la espec-
tativa interna del grupo.) En esta esfera las transacciones
pueden realizarse por vías de la fuerza y de la astucia, eso
es verdad, si nos guiamos por wabuwabu, término casi ono-
matopéyico utilizado por los Dobuan para designar esta
práctica poco honrada. Sin embargo, parece que la apro-
piación violenta es un recurso nacido de las exigencias urgen-
tes que sólo, o con más facilidad, pueden satisfacerse me-
diante tácticas agresivas. La simbiosis pacífica es, por lo
menos, una alternativa común.
En estos enfrentamientos no violentos, la propensión
a wabuwabu, sin duda, persiste. Está inserta en el plan
sectorial. De modo que si puede ser socialmente tolerado
—es decir, si las condiciones que fuerzan a una paz compen-
sadora son lo suficientemente fuertes— el comercio agresivo
es la relación externa institucionalizada. Encontramos tam-
bién el término gimwali, la mentalidad del mercado, el inter-
cambio interzonal (sin asociación) del pueblo de las diferentes
aldeas de las islas Tribriand, o de éstos con otros pueblos.
Pero, sin embargo, gimwali supone en realidad condiciones
especiales, cierto tipo de aislamiento social que evite la fric-
ción económica para que ésta no pueda encender una con-
flagración peligrosa. En la generalidad de los casos el regateo
está realmente reprimido, en particular, según parece, si el
intercambio de frontera es crítico para ambas partes, y en
los lugares donde especialidades estratégicas diferentes ac-
túan unas contra otras. A pesar de la distancia sectorial,
el interesado es equitativo, utu, equilibrado: El juego de
wabuwabu y de gimwali se encuentra controlado en interés
de la simbiosis.
El control se realiza por medios institucionales especiales
y delicados de intercambio fronterizo. A veces estos medios
parecen tan absurdos que los etnólogos llegan a conside-
rarlos como una especie de «juego» que juegan los nativos,
pero su propósito inmuniza, indudablemente, a una impor-
tante interdependencia económica contra una escisión social
fundamental. (Compárese con la exposición de White sobre
219










el Kula, 1959, y la de Fortune, 1932.) El comercio silen-
cioso constituye un caso famoso en el cual las buenas rela-
ciones se preservan evitando cualquier relación. Más comu-
nes son «las sociedades comerciales» y las «amistades comer-
ciales».
Lo importante en todas las variedades es la supresión
social de una reciprocidad negativa. La paz está institucio-
nalizada, el regateo prohibido y el intercambio, llevado a
cabo como una transferencia de utilidades equivalentes,
apuntaba a su vez la paz. (Las sociedades comerciales,
surgidas a menudo según líneas de parentesco clasificatorias
o afines, protegen particularmente las transacciones económi-
cas internas por medio de relaciones solidarias en el orden
social. Las relaciones de estatus son esencialmente internas
y se proyectan a través de la comunidad y de los límites
tribales. La reciprocidad puede entonces inclinarse hacia
atrás, en dirección no del wabuwabu, sino del aspecto gene-
ralizado en cierta medida. Denominada como entrega de
dones, la presentación admite una demora en la reciprocidad,
ya que una devolución directa parece improbable. La hospi-
talidad, pagada en especie en otras ocasiones, acompaña al
intercambio formal de mercancías comerciales. No es raro
que un huésped pague un precio que exceda el valor de
las cosas traídas por su socio, ya que conviene a la relación
dar un trato semejante a un socio mientras se encuentra
viajando y puede obligar a un trato semejante en el futuro.
Desde una perspectiva más amplia, esta medida de desequi-
librio sustenta la asociación comercial obligando, en realidad,
a otro encuentro.)
La simbiosis intertribal, en resumen, altera los términos
del modelo hipotético. El sector periférico se ve escindido
por relaciones de sociabilidad más importantes de lo que es
normal en esta zona. El contexto del intercambio es ahora
una esfera de coparticipación mas estrecha, el intercambio
es pacífico y equitativo. La reciprocidad se sitúa cerca
del punto de equilibrio.
Tal como lo he afirmado antes, las aseveraciones de este
ensayo surgieron de un diálogo con el material etnográfico.
Parece oportuno adjuntar algunos de estos datos a las sec-
ciones pertinentes de la exposición. Por consiguiente, el
apéndice A contiene datos relevantes para esta sección, ya
que se refiere a la «Reciprocidad y distancia de parentesco».
Esto no intenta constituir una prueba, por supuesto —aun-
que hay ciertas excepciones, o aparentes excepciones entre
estos datos—, sino un ejemplo o ilustración. Además, puesto
que las ideas sólo se me ocurrían gradualmente y los artícu-
los y monografías habían sido consultados en muchos
casos con otros fines, es cierto que algunos datos pertinentes
220










a la reciprocidad se me pueden haber escapado. (Espero que
esto sea disculpa suficiente y que las notas etnográficas del
apéndice A resulten interesantes para alguien además de
serlo para mí.)
Cualquiera sea el valor de estas notas como exposición
de la relación observada entre la reciprocidad y la distancia
de parentesco, también deben sugerir al lector ciertas limi-
taciones de la perspectiva ofrecida. La simple demostración
de que el carácter de la reciprocidad depende de la distancia
social —aunque pudiera ser demostrado de una manera in-
contestable— no significa llegar a una explicación última, ni
siquiera especificar cuándo ocurrirán realmente los inter-
cambios. Una relación sistemática entre la reciprocidad y la
sociabilidad no dice por sí misma cuándo o en qué medida
se producirá la relación. Lo que suponemos aquí es que
las fuerzas que constriñen permanecen fuera de la relación
misma. Los términos de un análisis final son la estructura
cultural en su aspecto más amplio y la respuesta de adap-
tación a su medio. Desde esta perspectiva más abarcadora
se pueden determinar las líneas sectoriales significativas y
las categorías de parentesco de un caso dado, y también la
incidencia de la reciprocidad en los diferentes sectores.
Suponiendo que sea verdad que los parientes cercanos están
dispuestos a compartir los alimentos, por ejemplo, esto
no significa necesariamente que concurran las transacciones.
El contexto (cultural y de adaptación) total puede hacer
que el compartimiento intensivo resulte disfuncional y
aconseje por medios sutiles la eliminación de una sociedad
que se permita ese lujo. Permítaseme citar un extenso párrafo
del brillante estudio ecológico sobre los nómadas del sur de
Persia realizado por Frederik Barth. Es necesario incorpo-
rarlo a la explicación porque demuestra muy bien las consi-
deraciones que son necesarias en este caso; en detalle ejem-
plifica una situación que deja de lado el comportamiento
intensivo:
La estabilidad de una población pastoril depende del man-
tenimiento de un equilibrio entre los pastos, la población ani-
mal y la población humana. Los pastos de que disponen esta-
blecen un límite máximo a la población animal total que puede
mantener una zona, esto debido a sus técnicas de pastoreo;
mientras tanto las pautas de producción nómada y de consumo
definen un límite mínimo de ganado para mantener a una
familia humana. En este doble conjunto de equilibrios se resu-
me la dificultad especial para mantener un equilibrio de po-
blación en una economía pastoril: la población humana es sen-
sible a los desequilibrios entre el ganado y los pastos. Entre
los pueblos agricultores, o los que se dedican a la caza y la
recolección es suficiente un tipo de control de población mal-
thusiano. Al crecer la población, aumentan el hambre y la tasa
221









de mortalidad, hasta que se logra un equilibrio que estabiliza
la población. En los lugares donde el nomadismo pastoril es
la pauta predominante o exclusiva, la población nómada, en
caso de estar sujeta a un control de población de esta natura-
leza, no podría establecer un equilibrio de población, sino
que sentiría conmoverse toda su base de subsistencia. Esto
es bastante simple, se debe a que el capital productivo sobre
el que se basa su subsistencia, no es simplemente la tierra,
sino que son los animales, en otras palabras, el alimento. Una
economía pastoril sólo puede mantenerse mientras no existan
presiones entre aquellos que la practican para invadir esta gran
reserva de alimentos. Por tanto, una población pastoril sólo
puede alcanzar un nivel estable si otros controles eficaces de
la población intervienen frente al hambre y a la tasa de mor-
talidad. Una primera exigencia de esta adaptación es la pre-
sencia de pautas de propiedad privada del ganado, y la res-
ponsabilidad económica individual de cada familia. Según estas
pautas, la población se fragmenta con respecto a las actividades
económicas, y los factores económicos pueden influir de ma-
neras diferentes eliminando algunos miembros de la población
(mediante el asentamiento sedentario) sin afectar a otros miem-
bros de la misma población. Esto no sería posible si la orga-
nización corporativa relacionada con la vida política y los de-
rechos de pastura se volviera también importante para la res-
ponsabilidad económica y la supervivencia (Barth, 1961, pági-
na 124).
En cuanto a la incidencia de la reciprocidad en este caso
específico hay algo más que considerar: la gente puede ser
tacaña. No hemos dicho nada sobre las sanciones de las
relaciones de intercambio ni, lo que es más importante, sobre
las fuerzas compensatorias. En las economías primitivas hay
contradicciones: se desecadenan inclinaciones egoístas in-
compatibles con los niveles de sociabilidad que se requieren
usualmente. Malínowski observó esto hace tiempo y Firth
(1926) puso en descubierto esta incoherencia en un tem-
prano trabajo sobre los proverbios maoríes, allí habla de la
interacción sutil entre las indicaciones morales respecto del
compartir y la estrechez de los intereses económicos. Tam-
bién vale la pena destacar que la difundida modalidad de
producción familiar para el consumo actúa frenando la
producción en niveles comparativamente bajos mientras
orienta hacia adentro su preocupación económica, dentro
de la unidad doméstica. Por consiguiente, la modalidad de
producción no se presta fácilmente a la solidaridad econó-
mica general. Supongamos que el comportamiento es moral-
mente requerido, por ejemplo, por el estado de indigencia
en que se haya un pariente cercano, todas las cosas que hacen
del compartir algo bueno y adecuado pueden no evocar en
un hombre pudiente la inclinación a ponerlo en práctica.
E incluso del mismo modo que se puede ganar muy poco
222









ayudando a los demás, no hay nada que garantice firme-
mente pactos sociales, tales como el parentesco. Las obliga-
ciones sociales y morales heredadas prescriben un curso de
acción económica, y la publicidad de la vida primitiva,
aumentando el riesgo de provocar celos, hostilidad y futuras
sanciones económicas tiende a mantener a la gente dentro
de ese curso. Pero, como bien se sabe, observar que una
sociedad tiene un sistema de moralidad y de obligaciones
no significa decir que todos lo obedezcan. Puede haber mo-
mentos bisa-bisa, «en especial durante el último invierno,
cuando la familia solía esconder sus alimentos, incluso a
los parientes» (Price, 1962, pág. 47).
Que bisa-basa es la condición omnipresente de algunos
pueblos no es algo que obstaculice la presente tesis. Los
Siriono, como todos sabemos, hicieron de la hostilidad y de
la tacañería encubierta, un modo de vida. Es interesante
observar que los Siriono articulan las normas usuales de las
relaciones de la economía primitiva. Por norma, por ejem-
plo, el cazador no debería comer el animal que ha matado,
pero el sector real del compartimiento no sólo es muy res-
tringido, sino que, además, «raramente ocurre sin una dosis
de desconfianza mutua y de malos entendidos; una persona
siente siempre que se están aprovechando de ella» de modo
que «cuanto mayor es la caza, más triste está el cazador»
(Holmberg, 1950, págs. 60, 62; cfr. págs. 36, 38-39). Por
consiguiente, los Siriono no son muy diferentes del común
de las sociedades primitivas. Ellos simplemente llevan al
extremo la potencialidad que en otros sitios se consuma
con mucha menos frecuencia, la posibilidad de que las
compulsiones estructurales de generosidad no sean iguales
ante una prueba de escasez. Pero también debe tenerse
en cuenta que los Siriono son una banda de personas despla-
zadas y deculturadas. Toda la caparazón cultural, desde las
reglas del compartimiento pasando por las instituciones de
cacicazgo y la terminología de parentesco de Crow, es una
burla a su estado presente de miseria.
LA RECIPROCIDAD Y LA JERARQUÍA DE PARENTESCO
A esta altura ya es evidente —lo es gracias al material
ejemplificador del apéndice A— que en cualquier inter-
cambio real, las distintas circunstancias pueden influir simul-
táneamente sobre el flujo de objetos materiales. La distancia
de parentesco, aunque tal vez simplificativa, no es necesa-
riamente decisiva. Todavía puede decirse algo acerca de la
jerarquía, la fortuna y la necesidad relativas, el tipo de
bienes, ya sean alimentos o bienes no perecederos, e incluso
otros «factores». Como táctica de presentación e interpre-
223









tación resulta útil aislar estos factores y considerarlos por
separado. De acuerdo con esto, nos ocuparemos ahora de
la relación entre la reciprocidad y las jerarquías de paren-
tesco. Pero tengamos esto bien presente: Las proposiciones
acerca de la covariación de la distancia de parentesco o de
las jerarquías de parentesco y la reciprocidad, pueden ser
discutidos por separado, incluso validados por separado en
la medida en que sea posible seleccionar ejemplos en los
cuales sólo entre en juego el factor a discutir —mantenién-
dose los demás constantes—, pero las proposiciones no se
presentan separadas en la realidad. El camino evidente de
posteriores investigaciones es averiguar el poder de las
distintas «variables» en actuaciones combinadas. En el
mejor de los casos sólo conseguiremos sugerir aquí los co-
mienzos de ese camino.
Las diferencias jerárquicas, del mismo modo que la
distancia de parentesco, suponen una relación económica.
El eje de jerarquías del intercambio, eje vertical —o la im-
plicación de la jerarquía— puede afectar la forma de
transacción del mismo modo que el eje horizontal corres-
pondiente a la distancia de parentesco. La jerarquía es,
en cierta medida, privilegio, derecho de señores, y tiene
sus responsabilidades, nobleza obliga. Las deudas y los
deberes están de ambos lados, tanto los que se encuentran
en lo alto, como los que están en lo bajo, tienen sus exigen-
cias y los términos feudales no conllevan en realidad la
equidad económica de las jerarquías de parentesco. En su
verdadero marco histórico, el nobleza obliga apenas logró
eliminar los derechos de los señores. En la sociedad primi-
tiva la desigualdad social es más bien la organización de la
igualdad económica. A menudo, en realidad, una alta jerar-
quía sólo se ve asegurada o sostenida por una generosidad
siempre en aumento; la ventaja material está del lado del
subordinado. Tal vez sea demasiado sugerir la relación de
padre e hijo como la forma elemental de la jerarquía de
parentesco y de su ética económica. Sin embargo, es cierto
que el paternalismo es una metáfora común para referirse
al cacicazgo primitivo. El cacicazgo es de ordinario una
relación de descendencia más alta. De modo que resulta
singularmente adecuado decir que el jefe es su «padre», que
ellos son sus «hijos» y que las transacciones económicas
entre ellos no pueden ayudar, sino resultar afectadas.
Las demandas económicas de la jerarquía y de la sub-
ordinación son interdependientes. El ejercicio de la jefatura
abre el camino a los pedidos de los que se encuentran por
debajo de él y viceversa; no es raro que una exposición
moderada al «mundo exterior» sea suficiente para evocar
la referencia nativa a las deudas habituales del jefe como
224









procedimiento bancario local (cfr. Ivens, 1927, pág. 32). La
palabra para designar la relación económica entre las jerar-
quías de parentesco es, pues, «reciprocidad». La recipro-
cidad, además, se clasifica más bien como «generalizada».
Aunque no es tan sociable como la corriente de ayuda que
existe entre los parientes cercanos, se inclina hacia ese lado
del continuo de reciprocidad. Los bienes son entregados
en verdad a los poderes existentes, tal vez por solicitud o
exigencia, y del mismo modo es a ellos a quien deben soli-
citar humildemente los bienes. Con todo, el supuesto básico
es con frecuencia la ayuda y la necesidad, y la suposición de
retribuciones queda consecuentemente indefinida. La reci-
procidad puede dejarse de lado hasta que una necesidad la
haga precisa, no implica una equivalencia necesaria con
respecto al don inicial, y el flujo de objetos materiales puede
encontrarse desequilibrado en favor de uno u otro lado
durante mucho tiempo.
La reciprocidad se encuentra ligada a distintos principios
de la jerarquía de parentesco. Las jerarquías generacionales,
donde los mayores son las partes privilegiadas, puede tener
significación entre los cazadores y recolectores no sólo en
la vida de la familia, sino en la vida del campamento en su
totalidad, y la reciprocidad generalizada entre los jóvenes
y los mayores puede ser una regla amplia de intercambio
social que se desprende de lo anterior (cfr. Radcliffe-Brown,
1948, págs. 42-43). Los habitantes de las islas Trobriand
tienen un nombre para la ética económica adecuada entre
partes de diferentes jerarquías dentro de grupos de descen-
dencia común: pokala. La regla especifica que: «Los miem-
bros más jóvenes de un subclan deben entregar dádivas y
ofrecer servicios a sus mayores, quienes, a su vez, deben
brindarles ayuda y beneficios materiales» (Powell, 1960,
página 126). Incluso donde las Jerarquías están ligadas a la
edad dentro de la misma línea genealógica y se consuman
en el poder oficial —el cacicazgo propiamente dicho— la
ética es la misma. Tomemos el caso de los jefes polinesios
que ejercen el poder en grandes extensiones fragmentadas;
por un lado, están apoyados por las distintas deudas inhe-
rentes al cargo de jefe, y llevan sobre sí, como muchos han
observado, tal vez obligaciones mayores todavía con res-
pecto a la población que gobiernan. Tal vez la «base eco-
nómica» de las políticas primitivas sea siempre la genero-
sidad del jefe que es, al mismo tiempo, un acto de moralidad
positiva y una liberación de deudas para los subditos. O,
tomando una perspectiva más amplia, la totalidad del orden
político se ve sustentada por un flujo de bienes materiales
fundamental que realiza un movimiento ascendente y des-
cendente respecto de la jerarquía social, y donde cada don
225









no sólo denota una relación de estatus, sino que, como don
generalizado que no exige una recompensa directa, obliga
a la lealtad.
En las comunidades con órdenes jerárquicos establecidos,
la reciprocidad generalizada se ve reforzada por la estructura
recibida, y una vez puesto en movimiento el intercambio
produce efectos redundantes sobre el sistema de jerarquía.
Existe, sin embargo, una amplia gama de sociedades en
las cuales las jerarquías y el liderazgo están realizados en
sus aspectos principales; aquí la reciprocidad está más o
menos comprometida en la formación de las mismas jerar-
quías como un «mecanismo de arranque». La conexión entre
reciprocidad y jerarquía se expresa en el primer caso por
la fórmula «ser noble es ser generoso» y, en segundo, por
«ser generoso es ser noble». La estructura jerárquica preva-
leciente influye sobre las relaciones económicas en el primer
caso; en el segundo la reciprocidad influye sobre las rela-
ciones jerárquicas. (Una realimentación análoga ocurre en el
contexto de la distancia de parentesco. A menudo se emplea
la hospitalidad para sugerir sociabilidad, ya hablaremos de
esto más adelante. John Tanner, uno de esos «blancos sal-
vajes» que crecieron entre los indios, cuenta una anécdota
muy esclarecedora al respecto: recordando que su familia
Ojibway fue una vez salvada del hambre por una familia
Muskogeana, observó que si alguna vez alguien de su familia
volvía a encontrarse con un miembro de la otra «lo llamaría
"hermano" y lo trataría como tal» [Tanner, 1956, pág. 24].)
La expresión «mecanismo de arranque» corresponde a
Gouldner. Valiéndose de este término explica cómo la reci-
procidad puede ser un mecanismo de arranque:
... ayuda a iniciar la interacción social y resulta funcional
en las fases tempranas de ciertos grupos antes de que hayan
logrado un conjunto habitual y diferenciado de deberes de
estatus... Teniendo en cuenta que la cuestión de los orígenes
puede quedar fácilmente atascada en un pantano metafísico, el
hecho es que muchos sistemas sociales concretos (tal vez «re-
laciones y grupos» sea más adecuado) tienen comienzos deter-
minados. Los matrimonios no se hacen en el cielo... De un
modo similar, las corporaciones, los partidos políticos y toda
clase de grupos tienen sus comienzos... Las personas se ven
reunidas continuamente mediante nuevas yuxtaposiciones y
combinaciones que llevan en sí la posibilidad de nuevos sis-
temas sociales. ¿Cómo se realizan estas posibilidades?... Aun-
que esta perspectiva pueda resultar en principio ajena a un
funcionalista, una vez que se le presenta, puede llegar a sos-
pechar que ciertos tipos de mecanismos que conducen a la
cristalización de sistemas sociales a partir de contactos efíme-
ros, llegarán en cierta medida a institucionalizarse o a ser
asimilados como pautas en cualquier sociedad. En este mo-
226











mentó ya estaría considerando «mecanismos de arranque». De
esta manera sugiero que la norma de reciprocidad proporciona
uno de entre los muchos mecanismos de arranque (Gould-
ner, 1960, págs. 176-177).
El desequilibrio económico es la clave del despliegue de
generosidad, de la reciprocidad generalizada, como un meca-
nismo de arranque de la jerarquía y el liderazgo. Un don
que todavía no ha sido retribuido «crea algo entre la gente»:
engendra una continuidad en la relación, una solidaridad, por
lo menos hasta que la obligación de reciprocidad se cumple.
En segundo lugar, al caer bajo «la sombra del agradeci-
miento», el receptor se ve obligado en sus relaciones hacia
el dador cosas. El que ha resultado beneficiado se mantiene
en una posición pacífica, circunspecta y responsable en rela-
ción con su benefactor. La «norma de reciprocidad», aclara
Gouldner, «establece dos exigencias mínimas interrelaciona-
das: 1) las personas deben ayudar a quienes las han ayu-
dado, y 2) las personas no deben ayudar a quienes las han
ayudado» (1960, pág. 171). Estas exigencias son tan fuertes
en las altiplanicies de Nueva Guinea como en las praderas
de Peoría «los dones (entre los Gahuka-Gama) deben ser
retribuidos. Constituyen una deuda, y hasta que se cumple
con ella la relación de los individuos involucrados se encuen-
tra en un estado de desequilibrio. El deudor debe actuar
con circunspección hacia aquellos que tienen esa ventaja
sobre él, de otro modo, haría el ridículo» (Read, 1959,
página 429). La estima que se acumula del lado del hombre
generoso, hace de la generosidad un mecanismo de arranque
del liderazgo porque crea seguidores. «En este caso la for-
tuna le vale amigos» dice Denig de un ambicioso de la tribu
de los Assiniboine, «tal como sucede en otras ocasiones en
cualquier sitio» (Denig, 1928-29, pág. 525).
Aparte de los cacicazgos con un alto grado de organiza-
ción y de los simples cazadores y recolectores, hay muchas
otras poblaciones tribales intermedias entre quienes los lí-
deres locales más importantes llegan a ser personajes notables
aun antes de haber alcanzado el cargo y el título, correspon-
diente a privilegios y a influencia sobre grupos políticos
colectivos. Son hombres que «se hacen un nombre» según la
expresión corriente, se los puede considerar «hombres nota-
bles» u «hombres importantes», «toros» que se elevan por
encima del común del rebaño, que reúnen seguidores y, de
este modo, logran autoridad. El «hombre importante» de la
Melanesia es uno de estos casos. También lo es el «jefe» de
las llanuras indias. El proceso de reunir un grupo de segui-
dores y de elevarse a las cumbres del renombre está signado
por una generosidad calculada, aunque no por una verdadera
227









compasión. La reciprocidad generalizada puede considerarse
aproximadamente como un mecanismo de arranque.
En muchos aspectos, entonces, la reciprocidad generali-
zada tiene que ver con el orden jerárquico de la comunidad.
Ya hemos caracterizado, sin embargo, al cacicazgo como
sistema económico en otros términos transaccionales, como
redistribución (o comunidad en gran escala). Es aquí donde
surge la pregunta evolucionista: «¿Cuándo deja entonces la
una lugar a la otra, es decir, la reciprocidad a la redistri-
bución?» Esta pregunta, sin embargo, puede conducir a
conclusiones erróneas. La redistribución por parte del jefe
no es diferente, en principio, de la reciprocidad de carácter
familiar. Está basada más bien en el principio de la recipro-
cidad, en una forma muy organizada de ese principio. La
redistribución por parte del jefe es una organización centra-
lizada, formal, de las reciprocidades correspondientes a las
jerarquías de parentesco, una gran integración social de las
deudas y obligaciones del liderazgo. El mundo etnográfico
verdadero no nos ofrece la abrupta «aparición» de la distri-
bución. Presenta aproximaciones y tipos de centralismo.
Aparentemente el curso del saber pretende hacer girar
nuestras caracterizaciones —de las reciprocidades jerárquicas
frente a un sistema de redistribución— sobre las diferencias
formales del proceso de centralización, y resolver de este
modo el tema del evolucionismo.
Un sistema de hombre importante caracterizado por las
reciprocidades puede estar bastante centralizado, mientras
que un sistema de cacicazgo puede ser bastante descentra-
lizado. Sólo una línea casi imperceptible los separa, pero tal
vez sea significativa. Entre el centralismo de una economía
de hombre importante de Melanesia, tal como la Siuai (Oli-
ver, 1955) y la que existe en un cacicazgo de la Costa Nor-
oeste, como el Nootka (Drucker, 1951), hay muy poco que
elegir. En cada uno de estos casos el líder integra la actividad
económica de unos seguidores (más o menos) localizados, es
decir, que actúa como un centro de maniobra para el flujo
de mercaderías entre su grupo y otros semejantes de la
sociedad. Su relación económica con los seguidores es tam-
bién la misma, el líder es el receptor central y el otorgador
de favores. La línea de diferenciación casi imperceptible es
la siguiente: el líder Nootka es el detentador de poder de
un linaje (grupo familiar), sus seguidores constituyen ese
grupo colectivo, y su posición económica central le es adju-
dicada por derecho de los deberes y obligaciones del jefe. El
cntralismo está, pues, inserto en la estructura. En Siuai, se
trata de un logro personal. El grupo de seguidores consti-
tuye así un logro —resultado de la generosidad otorgada—
el liderazgo también es un logro, y la totalidad de la
228









estructura se disolvería como tal al desaparecer el hombre
importante que le sirve de base. Creo que la mayoría de
los que nos preocupamos por las «economías redistributivas»
hemos dado en incluir a los pueblos de la Costa Noroeste,
bajo este título, cuando el hecho de asignar ese estatus a los
Siuai provocaría, por lo menos, desacuerdos. Esto sugiere
que la organización política de las reciprocidades está reco-
nocida implícitamente como un paso decisivo. En los luga-
res donde la reciprocidad de jerarquías de parentesco la
establecen los grupos oficiales y políticos convirtiéndose en
un tipo sui generis en virtud de los deberes habituales, asume
un carácter distintivo que puede designarse por fines prác-
ticos como redistribución del jefe.
Vale la pena señalar otra diferencia con respecto a las
economías de redistribución del jefe, en cuanto al cen-
tralismo. El flujo de bienes materiales, tanto hacia, co-
mo desde las manos del poder, cualquiera que sea, está
desintegrado, en su mayor parte, en ciertas instancias et-
nográficas. En distntas ocasiones los subordinados ofre-
cen individualmente mercaderías al jefe y, a menudo,
reciben individualmente beneficios de él. Aunque siem-
pre hay cierta acumulación masiva y distribución en gran
escala —por ejemplo, durante los ritos del cacicazgo— el
flujo prevaleciente entre el jefe y el pueblo está fragmentado
en transacciones independientes y pequeñas: un don al jefe
en un momento, una ayuda recibida en otro. Es así que, salvo
en las ocasiones especiales, el jefe sólo reparte pequeñas
cantidades. Esta es la situación habitual en los cacicazgos
más pequeños de las islas del Pacífico —por ejemplo, Moala
(Sahlins, 1962) y aparentemente en Tikopia— y puede apli-
carse, en general, a los cacicazgos pastoriles. Por otra parte,
los jefes pueden regodearse con acumulaciones masivas y
repartos más o menos masivos y, a veces, también con
grandes reservas que se encuentran disponibles congeladas
por presiones ejercidas sobre el pueblo. Aquí el acto inde-
pendiente de homenaje o el nobleza obliga tiene menos signi-
ficación. Y si, además, la escala social de la redistribución
por parte del jefe es extensiva —siendo la política amplia,
dispersa y fragmentada— nos encontramos ante una medida
de centralismo que se aproxima a las clásicas economías de
almacenaje de la antigüedad.
El apéndice B presenta datos etnográficos ilustrativos de
la relación entre la jerarquía y la reciprocidad. (Véase la
cita de Malo en el apartado B.4.2 y la de Bartram bajo el
número B.5.2 sobre las economías de almacenaje en distintas
escalas.)
229









RECIPROCIDAD Y FORTUNA
De acuerdo con su modo de pensar (el de los Yukaghir)
«un hombre que posee provisiones debe compartirlas con
aquéllos que no las poseen» (Hochelson, 1926, pág. 43).
Este hábito de compartir una y otra vez es fácilmente com-
prensible en una comunidad donde todos pueden encontrarse
en dificultades en algún momento, ya que es la escasez y no
la abundancia lo que hace a la gente generosa, pues por medio
de él se asegura contra el hambre. El que hoy está necesitado
recibe ayuda de aquél que puede tener mañana la misma
necesidad (Evans-Prítchard, 1940, pág. 85).
Uno de los sentidos de las observaciones anteriores sobre
la jerarquía y la reciprocidad es que las relaciones jerárquicas
o los intentos de promoverlas tienden a hacer llegar el inter-
cambio generalizado más allá de los límites habituales del
compartimiento. El mismo resultado puede ser consecuencia
de las diferencias en cuanto a fortuna de las distintas partes
que, a menudo, están asociadas de uno u otro modo con las
diferencias jerárquicas.
Si uno es pobre y su camarada es rico, el poder adqui-
sitivo se encontrará bastante limitado en nuestros tratos, eso
si queremos seguir siendo compañeros o incluso conocidos,
por mucho tiempo. Sobre todo, el más rico es el que se
encuentra más limitado, aunque no más sea por un cierto
riqueza obliga.
Es decir, que cuando existe algún vínculo social entre
las partes que intercambian, las diferencias en cuanto a for-
tuna que existen entre ellos obligan a una transacción (gene-
ralizada) más altruista que la que resulta apropiada en otras
ocasiones. Una diferencia en cuanto a la opulencia —o en la
capacidad para renovar la fortuna— disminuiría la satisfac-
ción de la sociabilidad implicada en un trato equilibrado.
En la medida en que el intercambio se equilibre, el lado
menos solvente habrá resultado sacrificado en favor de aquel
que no lo necesitaba. Por tanto, cuanto mayor sea la dife-
rencia de fortuna, mayor deberá ser la demostración de
ayuda del rico al pobre, necesaria para mantener un cierto
grado de sociabilidad. Siguiendo estos razonamientos, llega-
mos a la conclusión de que la inclinación a un intercambio
generalizado se profundiza en los lugares donde la diferencia
económica alcanza niveles de exceso y defecto en el aprovi-
sionamiento de las necesidades habituales y especialmente de
los productos de primera necesidad. Lo que debemos obser-
var es la forma en que se comparten los alimentos entre los
que tienen y los que no tienen. Una cosa es exigir retribu-
ción por un pájaro que se ha cazado, y no obstante estar
230










dispuesto a gastar unas monedas — ¡hermano! — para dar
de comer a un extraño hambriento.
Lo de «hermano» es importante. Es la escasez y no la
abundancia lo que hace generosa a la gente, eso es com-
prensible y funcional «donde todos pueden encontrarse en
dificultades alguna vez». Sin embargo, es aún más compren-
sible y más probable en los lugares donde persisten la comu-
nidad y la moral de parentesco. Todas las economías están
organizadas por la acción combinada de la escasez y de la
acumulación diferencial, esto no es un secreto para la
ciencia económica. Pero, sin embargo, las sociedades en que
esto sucede no llevan una vida tan limitada e incierta como
la de los Nuer ni encuentran tantas dificultades como las
comunidades de parentesco. Son precisamente esas circuns-
tancias las que vuelven intolerable y disfuncional la acumu-
lación envidiosa. Y si los ricos no aceptan las reglas del
juego, por lo general, puede obligárseles a ser generosos
de uno u otro modo:
Un Bosquimano puede llegar a cualquier cosa para evitar
que los otros Bosquimanos tengan celos de él, y es éste el
motivo de que las pocas posesiones de estas gentes circulen
constantemente entre los miembros de sus grupos. Nadie se
preocupa por conservar durante mucho tiempo un cuchillo par-
ticularmente bueno, aun cuando pueda llegar a necesitarlo
con desesperación, porque se convertiría en objeto de envi-
dias; mientras está sentado sacándole buen filo a la hoja oirá
voces sofocadas de los otros hombres que dicen por detrás:
«míralo allí admirando su cuchillo mientras nosotros no tene-
mos nada». Pronto alguien se lo pedirá, ya que todos desearán
tenerlo, y él terminará regalándolo. Su cultura insiste en que
todo lo compartan, y nunca ha sucedido que un Bosquimano
dejara de compartir objetos, comida o agua con otros miembros
de su banda, ya que si no fuera por esa cooperación tan rígida
los Bosquimanos no sobrevivirían a las hambrunas y sequías
que el Kalaharí les depara (Thomas, 1959, pág. 22).
En los casos de posibilidad de una pobreza extrema,
como sucede con recolectores de alimentos como los Bosqui-
manos, es conveniente que la inclinación a compartir la
propia abundancia se convierta en ley. Una condición téc-
nica de estos lugares es que algunas familias sólo abastezcan
sus necesidades un día sí y un día no. La vulnerabilidad
respecto de la escasez de alimentos puede ser contrarrestada
por la institución de un compartimiento continuo dentro
de la comunidad local. Considero que ésta es la mejor ma-
nera de interpretar los tabúes que prohiben a los cazadores
comerse la caza que obtienen, o el imperativo menos drástico
y más común de que ciertos animales mayores sean com-
partidos por todo el campamento —«lo que el cazador ob-
231









tiene es de todos, dicen los Yukaghir» (Holchelson, 1926,
página 124)—. Otra forma de convertir en regla, en caso
de que no lo fuera, el compartimiento de la comida consiste
en conferirle un alto valor moral. Si éste es el caso, sucederá
que, a veces, el compartimiento se manifestará no sólo en
los malos tiempos, sino también en los buenos. El nivel de
reciprocidad generalizada llegará a su punto culminante en
ocasiones de ganancias inesperadas; en esos momentos, to-
dos pueden sacar provecho de la generosidad:
Juntaron casi trescientas libras (de nueces)... Cuando la
gente hubo recogido todas las que pudo encontrar, cuando to-
das las cestas disponibles estuvieron llenas, dijeron que esta-
ban listos para ir a Ñama, pero cuando nos acercamos al jeep
y empezamos a cargarlo, ya estaban atareados en el cumpli-
miento de su eterna preocupación de dar y recibir y habían
empezado a hacerse unos a otros regalos de nueces. Los Bos-
quimanos sienten una gran necesidad de dar y recibir alimen-
tos, tal vez para consolidar las relaciones entre ellos, tal vez
para probar y fortalecer su mutua dependencia, ya que la opor-
tunidad de hacerlo no se presenta a menos que dispongan
de grandes cantidades de comida. Los Bosquimanos siempre
intercambian presentes alimenticios que obtienen en grandes
cantidades, consistentes en carne de antílope, nueces y frutos
de mango que en ciertas estaciones aparecen caídos en pro-
fusión al pie de los árboles. Mientras esperábamos junto al
jeep, Kikai entregó a su madre un gran saco de nueces. Su
madre entregó otro a la primera esposa de Gao Feet, y Gao
Feet dio un saco a Kíkai. Más tarde, durante los días siguien-
tes, se hizo otra distribución de nueces, esta vez en cantida-
des menores, pequeñas pilas o cestos, después por puñados y,
finalmente, en cantidades muy pequeñas de nueces cocidas que
la gente compartía mientras comía... (Thomas, 1959, pági-
nas 214-215).
La influencia que ejercen las diferencias de fortuna so-
bre la reciprocidad no es, por supuesto, independiente del
papel que desempeñan la jerarquía y la distancia de paren-
tesco. Las situaciones reales son complicadas. Por ejemplo,
las distinciones en cuanto a fortuna tal vez obliguen a
prestar ayuda en una proporción inversa a la distancia de
parentesco existente entre las partes del intercambio. Lo que
más provoca compasión es la pobreza en el interior del
grupo. (A la inversa, la ayuda prestada a la gente que se
encuentra necesitada crea una solidaridad muy intensa basada
en el principio de «un amigo necesitado...») Por otra parte,
las distinciones materiales entre los parientes distantes o los
extraños pueden no inclinar adecuadamente, o tal vez ni
siquiera un poco, al rico a ser caritativo. Si los intereses han
sido opuestos desde un principio, en ese momento pesará
más el comercio desesperado.
232










Con frecuencia suele observarse que cualquier acumula-
ción de fortuna —entre determinados pueblos— trae apare-
jado muy pronto su desembolso. El objetivo de reunir for-
tuna es, en realidad, con frecuencia, el de regalarla. Veamos,
por ejemplo, lo que escribe Burnett acerca de los indios
de la Costa Noroeste de los EE. UU.: «La acumulación en
cualquier cantidad realizada gracias a préstamos o por otros
recursos es inconcebible a menos que se piense en su inme-
diata redistribución» (1938, pág. 353). Podríamos permitir-
nos la proposición general de que el intercambio material en
las sociedades primitivas tiende, en conjunto, a apartarse de
la acumulación y a acercarse a la insuficiencia. Es así que:
«Puede decirse que, en general, nadie se muere de hambre
en una aldea Nuer a menos que todos se estén muriendo
de hambre».(Evans-Pritchard, 1951, pág. 132). Pero te-
niendo en cuenta las observaciones anteriores es necesario
hacer una aclaración. La inclinación hacia los que no tienen
es más marcada en lo que se refiere a las mercaderías de
urgencia más inmediata que a aquellas que no son tan nece-
sarias, y también más marcada dentro de las comunidades
locales que entre ellas. Si suponemos la existencia de ciertas
tendencias a compartir en favor de los necesitados, aunque
esto lo determine la comunidad es posible llegar a otras
inferencias acerca de la conducta económica durante épocas
de escasez general. Durante estaciones poco abundantes en
alimentos, la incidencia del intercambio generalizado debería
elevarse por encima del promedio, en particular en los secto-
res sociales más apremiados. La supervivencia depende ahora
de una aceleración duplicada de la solidaridad social y la
cooperación económica (véase apéndice C, por ejemplo,
C.1.3). Esta consolidación social y económica es concebible
suponer que podría progresar al máximo: las relaciones
recíprocas normales entre las unidades domésticas se sus-
penden en favor de una comunidad de recursos mientras
dura la emergencia. Tal vez la estructura jerárquica se ve
movilizada y comprometida, o bien, en lo que se refiere
a la administración de los bienes comunes o bien en poner
en circulación las reservas alimenticias del jefe.
Sin embargo, la reacción ante la depresión depende de
muchas cosas: depende de la estructura social puesta a
prueba y de la duración e intensidad de la escasez, ya que las
fuerzas que contrarrestan se ven fortalecidas en estos tiempos
bisa-basa, la tendencia a cuidar los intereses familiares y
también la tendencia a que la compasión esté más propor-
cionalmente inclinada hacia el lado de los parientes próximos
que hacia el de los más lejanos que se encuentren en las
mismas condiciones. Tal vez toda organización primitiva
tenga su punto de ruptura, o por lo menos su punto de
233









cambio. Todos podríamos advertir la ocasión en que la coo-
peración se ve abrumada por la escala de desastre y la pille-
ría se convierte en el orden del día. El nivel de ayuda se
contrae progresivamente hasta quedar limitado al nivel
familiar; tal vez incluso estos vínculos se disuelvan y se
desvanezcan revelando un interés egoísta inhumano, pero
al mismo tiempo más humano. Además, en la misma medida
en que el círculo de caridad se ve comprimido, se expande
potencialmente el de la reciprocidad negativa. Las personas
que solían ayudarse unas a otras en las épocas normales y a
lo largo de los primeros estadios del desastre se muestran
ahora indiferentes a las súplicas de los demás cuándo no
aumentan mutuamente su ruina mediante las artimañas, el
regateo y el robo. Dicho de otro modo, todo el esquema
sectorial de reciprocidades se ve alterado, comprimido; el
compartimiento queda confinado a la esfera más íntima de
la solidaridad y todo el resto es como si se lo llevara el
diablo.
En estas observaciones está implícito un plan de análisis
del sistema sectorial normal de reciprocidades existente en
ese caso determinado. El esquema de reciprocidad que pre-
valece es un cierto vector de la cualidad de relaciones comu-
nales de parentesco y de las tensiones ordinarias que surgen
de los desequilibrios de la producción. Pero lo que nos pre-
ocupa ahora es la condición de emergencia. Diseminados en-
tre los datos ilustrativos de esta sección podemos encontrar
dos de las reacciones que hemos predícho en caso de un
abastecimiento deficiente de alimentos, me refiero al aumen-
to y a la disminución del compartimiento. Presumiblemente,
las condiciones imperantes son la estructura de la comuni-
dad por un lado, y la gravedad de la escasez por otro.
Haremos ahora una última observación referente a este
tema de la reciprocidad y la fortuna. La voluntad de una
comunidad, si está convenientemente organizada, se hará
más firme no sólo bajo amenazas de tipo económico, sino
al presentarse cualquier otro peligro, por ejemplo, presiones
político-militares externas. Relacionadas con esto incluimos
dos notas sobre la economía de las partidas de guerra nativas
entre el material ilustrativo adjunto a la presente sección
(apéndice C: C.1.10 y C.2.5). Ellos muestran una intensidad
extraordinaria del compartimiento (reciprocidad generali-
zada) entre los que tienen y los que no tienen durante los
preparativos para el ataque. (De una manera similar, la
experiencia de guerras recientes podría demostrar que las
transacciones están muy distantes de lo que ayer era un juego
de dados en las barracas, consistiendo hoy en el comparti-
miento de raciones o cigarrillos en el frente). El repentino
brote de la compasión concuerda con lo que ya se ha dicho
234









sobre la sociabilidad, el compartimiento y las diferencias en
cuanto a fortuna. La reciprocidad generalizada no es sólo
el único intercambio congruente con esta interdepedencia
formal, sino que, además, fortalece la interdependencia y,
por tanto, las oportunidades de cada uno y de todos para
sobrevivir en un peligro antieconómico.
En el apéndice C figuran datos etnográficos importantes
para las proposiciones contenidas en esta sección.
RECIPROCIDAD Y ALIMENTOS
Al parecer el carácter de los bienes intercambiados tiene
un efecto independiente sobre el carácter del intercambio.
Las reservas alimenticias no pueden manipularse como las
demás cosas, socialmente no son iguales a las otras cosas.
El alimento es dador de la vida, es urgente, de ordinario
simboliza a la tierra y al hogar cuando no a la madre. En
comparación con otros productos, la comida es lo que más
fácil o más necesariaftiente se comparte; las piezas de cor-
teza de árbol y las habas son lo que mejor se presta a una
entrega equilibrada de dones. No es probable que, en la
mayoría de los asentamientos sociales, existan retribuciones
equivalentes para los alimentos, ya que ellas impugnan los
motivos tanto del dador como del receptor. De estas distin-
tas cualidades características parecen depender las transfe-
rencias de alimentos.
El comercio de los alimentos es un delicado barómetro,
algo así como una afirmación ritual, de las relaciones socia-
les, y por eso el alimento se utiliza instrumentalmente como
un mecanismo de arranque, de mantenimiento o de destruc-
ción de la sociabilidad:
La comida es algo sobre lo cual los parientes tienen dere-
cho, y a la inversa, los parientes son personas que proporcio-
nan alimentos o que producen mermas en los propios (Ri-
chards, 1939, pág. 200).
El compartimiento de alimentos (entre los Kuma) simboliza
una identidad de intereses... La comida nunca se comparte
con un enemigo... La comida no se comparte con extraños,
ya que éstos son enemigos potenciales. Un hombre puede co-
mer con sus parientes afínes y también, según dice la gente,
con los miembros de su propio clan. Sin embargo, normal-
mente, sólo los miembros del mismo subclan tienen derechos
inequívocos a compartir los alimentos... Si dos hombres o los
miembros de dos subclanes tienen una disputa seria y prolon-
gada, ni ellos ni sus descendientes pueden usar los fuegos de
los otros... Cuando los parientes afines se reúnen en un ma-
trimonio, la presentación formal de la novia, del cerdo y de
los objetos de valor, subraya la identidad separada de los dos
clanes, pero las personas que realmente participan en la cere-
235









monia comparten los alimentos vegetales de una manera in-
formal, sin que se los importune, como podrían hacerlo con
los compañeros íntimos de su propio subclan. Esta es una
manera de expresar su interéés común en la vinculación de
los dos grupos. De una manera simbólica, ellos pertenecen ahora
a un único grupo y, por tanto, son «hermanos», como deben
serlo los parientes afines (Reay, 1959, págs. 90-92).
La comida ofrecida de una manera generalizada, obvia-
mente como hospitalidad, significa buenas relaciones. Tal
como lo dice Hochelson refiriéndose a los Yukaghir, en
términos casi confucianos: «La hospitalidad a menudo vuel-
ve amigos a los enemigos, y fortalece las relaciones amis-
tosas entre grupos ajenos unos a otros» (1926, pág. 125).
Pero entonces está implícito un principio negativo comple-
mentario, que el alimento no ofrecido en la ocasión propicia
o no aceptado significa malas relaciones. Es así que el sín-
drome de la sospecha de los Dobuan, con respecto a todos,
excepto a los parientes más cercanos, encuentra su expresión
más clara en el alcance social del compartimiento de ali-
mentos y la comensalidad: «Los alimentos y el tabaco no
son aceptados a menos que sea dentro de un pequeño círcu-
lo» (Fortune, 1932, pág. 170; sobre las reglas que pros-
criben la comensalidad, cfr. págs. 74-75; Malinowski, 1915,
página 545). Finalmente hay un principio que establece que
no se cambien objetos por comida, no directamente, es
decir, entre amigos y parientes. (Observemos cómo un nove-
lista sugiere de una manera muy simple que uno de sus
personajes es un verdadero bastardo. «Trajo sus mantas a la
casa casi desnuda de muebles, cenó silenciosamente junto
a la familia Boss, insistió en pagarles, no podía entender
por qué se hacían de rogar cuando se ofrecía a pagarles; la
comida cuesta dinero, eso es innegable» [MacKynlay Kan-
tor].)
En cuanto a estos principios de intercambio instrumental
de los alimentos, parece haber pocas variaciones entre los
pueblos. Por supuesto que la extensión en la cual se aplican,
y la elección de los principios aplicados, varían con cada
caso. Los Dobuan prohiben las visitas y la hospitalidad en-
tre las distintas aldeas y no cabe duda de que deben de
tener razones buenas y suficientes para ello. Además, cir-
cunstancias que van desde la interdependencia económica
hasta la estrategia política, prohiben tanto las visitas como
el alternar con los visitantes. Una atenta observación de las
circunstancias nos podría llevar un poco más allá: Se trata
de que en los lugares donde es deseable llegar a términos
amistosos con los visitantes, la hospitalidad es una manera
común de lograrlo. El síndrome de los Dobuan no es nada
236









común. Por lo general, «los salvajes se sienten orgullosos de
agasajar a los extraños» (Harmon, 1957, pág. 43).
En consecuencia, la esfera del intercambio generalizado
es, en cuanto a los alimentos, algo más amplia que en rela-
ción con otras cosas. Esta tendencia a trascender el plan
sectorial está representada más claramente en la hospitalidad
ofrecida a los socios comerciales o a cualquier pariente que
viene de lejos para intercambiar presentes (véanse los ejem-
plos en el apéndice A). Hay pueblos cuyos tratos con res-
pecto a las mercaderías no perecederas están conscientemente
desequilibrados —o incluso potencialmente en un continuo
caveat emptor— a causa de cierta milagrosa caridad en el
intercambio de alimentos y de hospitalidad. Pero es que la
hospitalidad contrarresta el wabuwabu que acecha de mane-
ra oculta, y proporciona una atmósfera en la cual el inter-
cambio directo de regalos y de mercaderías puede consumar-
se de una manera equitativa.
Sin duda hay lógica en una tendencia desmesurada a
hacer circular los alimentos en una reciprocidad generalizada.
Tal como sucede en el intercambio entre ricos y pobres,
o entre los grandes personajes y el común del pueblo, en lo
que se refiere a los alimentos parece requerirse una mayor
inclinación al sacrificio para mantener el grado existente de
sociabilidad. Es necesario extender el compartimiento a los
parientes más distantese, y ampliar la reciprocidad generali-
zada más allá de los límites sectoriales ordinarios. (Podemos
recordar que en los apéndices a las secciones anteriores
existen ejemplos donde la generosidad está evidentemente
asociada con el comercio de los alimentos.)
Casi lo único sociable que se puede hacer con los ali-
mentos es darlos y la retribución social correspondiente, des-
pués de un intervalo apropiado, es la retribución de la hospi-
talidad o de la ayuda. Esto no sólo implica un equilibrio
más bien precario o imperfecto en cuanto al comercio de
alimentos, sino también y específicamente una restricción del
intercambio de alimentos por otras mercaderías. Observamos
con interés las normas prohibitivas de la venta de alimentos
entre pueblos que poseen moneda rudimentaria, por ejemplo,
entre ciertas tribus de la Melanesia y de California. Aquí el
intercambio equilibrado es lo común. Los objetos usados
como moneda sirven como equivalentes más o menos gene-
rales y pueden cambiarse por distintas mercaderías, pero
no por alimentos. Dentro de un amplio sector social en el
que el dinero reemplaza a otras cosas, los alimentos de uso
común quedan fuera de las transacciones pecuniarias y la
comida quizá sea compartida, pero casi nunca se vende.
237









Los alimentos tienen demasiado valor social —en última ins-
tancia porque su valor de uso es inmenso— como para tener
valor de cambio.
La comida no se vendía. Podía darse, pero por tratarse de
«mercaderías libres» no debía venderse según las normas de
los Pomo. Los artículos manufacturados tales como canastos,
arcos y flechas eran lo único que podía venderse (Gifford, 1926,
página 329; cf. Kroever, 1925, pág. 40, acerca de los Yurok,
un caso muy similar).
Para los Tolowa-Tututni los alimentos sólo eran comestibles,
no comerciables (Durcker, 1937, página 241; cf. DuBois, 1936,
páginas 50-51).
Los artículos más comunes de alimentación como el taro, las
bananas, los cocos, nunca se venden (entre los Lesu), y se
entregan a los familiares, amigos y extraños que pasan por
la aldea, como acto de cortesía (Powdermaker, 1933, pág. 195).
De una manera similar, los alimentos más comunes esta-
ban excluidos del comercio equilibrado entre los esquimales
de Alaska —«se tenía el presentimiento de que comerciar
con los alimentos era algo reprochable— e incluso los
alimentos considerados de lujo que se intercambiaban entre
los socios comerciales se transferían como presente y al
margen del comercio regular» (Spenser, 1959, págs. 204-
205).
Parecería que los alimentos comunes sólo pueden entrar
en un «circuito de intercambio aislado, separado de las mer-
caderías no perecederas, en particular de la fortuna» (véase
Firth, Bohannan, 1955; Bohannan y Dalton, 1962, todo
referido a «esferas de intercambio»). Esto debería ser así,
tanto en lo social, como en lo moral, ya que una amplia
gama de relaciones sociales, transacciones (conversiones)
equilibradas y directas entre alimentos y mercaderías, derri-
barían los vínculos solidarios. Las categorizaciones distinti-
vas de los alimentos frente a otras mercaderías, por ejemplo,
«la riqueza», expresan la disparidad sociológica y protegen
a los alimentos de comparaciones disfuncionales de su
valor, tal como sucede entre los Salish:
La comida no se clasificaba como «fortuna» (es decir, man-
tas, adornos de conchas, canoas, etc.). Tampoco se le daba
tratamiento de tal... «alimento sagrado» la llamaba un infor-
mante Semiahmoo. Según él debía darse libremente y no po-
día nunca negarse. Era evidente que la fortuna no podía inter-
cambiarse libremente con los alimentos. Una persona necesi-
tada de comida podía pedir que le vendieran algo otras fami-
lias de su comunidad, ofreciendo fortuna por ella, pero la
comida no estaba en venta por lo general (Suttles, 1960, pá-
gina 301; Vayda, 1961).
238









Pero es importante que hagamos pronto una conside-
ración de gran importancia. Estas esferas de lo comestible
y lo no comestible tienen una base y unas fronteras socioló-
gicas. La inmoralidad de las coversiones comida-dinero tiene
una dimensión sectorial: en un cierto punto socialmente
periférico estos circuitos se funden y, por tanto, se disuel-
ven. (En este aspecto, el intercambio de alimentos por bienes
es una «transferencia» según la nomenclatura de Bohannan
y Dalton.) Los alimentos no se movilizan ni por dinero ni
por otras especies, dentro de una comunidad o tribu, sin
embargo, pueden ser intercambiados valiéndose de estos me-
dios fuera de esos contextos sociales y no solamente bajo
condiciones apremiantes, sino a los fines del uso y por cos-
tumbre. Con frecuencia los Salish llevaban alimentos, «ali-
mentos sagrados», a parientes afines de otras aldeas salish y
recibían bienes a cambio (Suttles, 1960). De una manera
similar los Pomo «compraban» —al menos entregaban habas
a cambio— bellotas, pescado y otros artículos de necesidad
a otras comunidades (Croever, 1925, pág. 260; Loeb, 1926,
págs. 192-193). La separación de los ciclos de alimentos y
fortuna es contextual. Dentro de las comunidades consti-
tuyen circuitos aislados por las mismas relaciones de la
comunidad; se los mantiene separados en los sitios donde
una exigencia de retribución basada en las necesidades con-
tradiría las relaciones de parentesco prevalecientes. Más allá
de esto, en la intercomunidad o sector intertribal, el aisla-
miento del circuito de alimentación puede desgastarse por
las fricciones de la distancia social.
(En algunos casos, los productos alimenticios suelen no
estar divorciados del circuito de ayuda laboral. Por el con-
trario, una comida es, en el conjunto de las sociedades primi-
tivas, la retribución acostumbrada por trabajos de horticultu-
ra, construcción de edificios y otras tareas domésticas que
hayan sido solicitadas. «Los sueldos» en el sentido habitual
no se toman en consideración. La alimentación alcanza en
una gran extensión a otros parientes y amigos de la eco-
nomía familiar. Más que como un movimiento hacia el
capitalismo, tal vez sea mejor entenderlo como un principio
opuesto en cierta medida: aquellos que participan en un
esfuerzo productivo, tienen cierto derecho sobre el pro-
ducto.)
ACERCA DE LA RECIPROCIDAD EQUILIBRADA
Ya hemos visto que la reciprocidad generalizada desem-
peña un papel en ciertas modalidades instrumentales, singu-
larmente como mecanismo de arranque de la distinción jerár-
quica y también, bajo el aspecto de la hospitalidad, como
239









mediadora de las relaciones entre personas de distintas
comunidades. De una manera parecida la reciprocidad equili-
brada puede emplearse instrumentalmente, pero, en especial,
como un convenio social formal. La reciprocidad equilibrada
es el vehículo clásico de la paz y de los pactos de alianza,
es, al mismo tiempo, materia y símbolo de la transformación
de intereses separados en otros armónicos. Las prestaciones
grupales son su representación y tal vez su forma caracte-
rística, pero también hay casos de pactos interpersonales
sellados por el intercambio.
Aquí resulta útil recordar lo dicho por Mauss: «en estas
sociedades primitivas y arcaicas no hay un camino inter-
medio... Cuando dos grupos de hombres se encuentran,
puede que se aparten o que, en caso de desconfianza o
desafío, recurran a las armas; también es posible que lleguen
a un acuerdo». Y los acuerdos deben ser equilibrados te-
niendo en cuenta que los grupos son de «hombres diferen-
tes». Las relaciones son demasiado débiles como para
permitir durante mucho tiempo una falta de reciprocidad:
«los indios tienen en cuenta esas cosas» (Goldschmidt, 1951,
página 338). Tienen en cuenta una gran cantidad de cosas.
En efecto los indios Nomlaki de los que habla Goldschmidt
tienen todo un conjunto de glosas y de paráfrasis que nos
recuerdan el principio maussiano, entre ellas:
Cuando los enemigos se encuentran, se llaman uno a otro.
Si el ambiente es amistoso se aproximan y despliegan sus
bienes. Un hombre suele arrojar algo a la zona central, otro
arroja otra cosa desde el otro lado a cambio de ésa y se queda
con lo negociado. Continúan así hasta que una de las partes
se queda sin nada. Los que todavía tienen bienes se burlan
de los que han quedado sin ellos, jactándose de lo que tie-
nen... Este comercio se realiza en la línea fronteriza (Gold-
schmidt, 1951, pág. 338).
La reciprocidad equilibrada es, en realidad, una dispo-
sición a dar por lo que se ha recibido, en eso parece residir
su eficacia como pacto social. Lo sorprendente de la equi-
valencia, o por lo menos de cierta aproximación al equilibrio,
es un precedente manifiesto de interés egoísta en cada una
de las partes, cierta renunciación a los intentos hostiles o
a la indiferencia en favor de la cooperación. Proyectado con-
tra el contexto preexistente de desunión, el equilibrio mate-
rial significa un nuevo estado de cosas. Esto no quiere decir
que neguemos que la transacción sea importante en un
sentido utilitario, ya que bien puede serlo y tal vez el
efecto social esté compuesto por un intercambio equitativo
de necesidades diferentes. Pero cualquiera sea el valor utili-
tario, y no tiene por qué haberlo, siempre hay un propósito
«moral» como lo señaló Radcliffe-Brown al hablar de
240











ciertas transacciones de los Andaman: «Proporcionar un
sentimiento amistoso... a menos que se haga esto, el propó-
sito no se cumple.»
En los muchos tipos de contratos realizados al parecer
por intercambio equilibrado, los siguientes parecen ser los
más comunes:
Amistad o parentesco formales
Existen pactos interpersonales de solidaridad, compro-
misos de hermandad en algunos casos, amistad en otros.
La alianza puede sellarse mediante el intercambio de bienes
idénticos, equivalente material de algunos intercambios de
identidades, pero de cualquier forma la transacción puede
ser equilibrada y el intercambio se produce de una relación
distante a otra más próxima (ejemplo, Pospisil, 1958, pági-
nas 86-87; Seligman, 1910, págs. 69-70). Una asociación así
formada puede muy bien volverse más sociable con el correr
del tiempo y las futuras transacciones pueden seguir sendas
paralelas o compuestas al hacerse más generalizadas.
Afirmación de las alianzas colectivas
Podríamos colocar dentro de esta categoría los distintos
festivales y entretenimientos ofrecidos recíprocamente entre
grupos locales amistosos o entre comunidades, como algunas
entregas ceremoniosas de vegetales dentro de un clan en las
altiplanicies de Nueva Guinea, o como los festivales que se
realizan en Samoa y Nueva Zelanda y en los que intervienen
distintas aldeas.
Tratados de paz
Se trata de intercambios para sellar un convenio, ya sea
de cesación de hostilidades, de enemistad o de guerra. Tanto
las hostilidades interpersonales, como las colectivas, pueden
aquietarse por medio del intercambio. «"Cuando se llega a
un acuerdo de equivalencia" las partes que intervienen en
una discusión de los Abelam quedan satisfechas: "se deja
de lado la conversación"» (Kaberry, 1941-42, pág. 341). Ese
es el principio general.
.Podríamos sentirnos tentados a incluir los pagos por
indemnización, las compensaciones por adulterio y otras
formas similares de reparar las injurias, así como los con-
venios de intercambio que ponen fin a una guerra. Todos
ellos se basan en el mismo principio general de libre comer-
cio. (Spencer proporciona un interesante ejemplo referido
a los esquimales: cuando un hombre ha recibido compen-
241









sación por parte del secuestrador de su mujer, los dos hom-
bres «inevitablemente» se hacen amigos, escribe Spencer,
«porque conceptualmente han efectuado una transacción»
(1959, pág. 81). Véase también Denig, 1928-29, pág. 404;
Powdermaker, 1933, pág. 197; "Willianson, 1912, pág. 183;
Deacon, 1934, pág. 226; Kroeber, 1925, pág. 252; Loeb,
1926, págs. 204-205; Hokbin, 1939, págs. 79, 91, 92, etc.).
Alianzas matrimoniales
Los acuerdos matrimoniales son, por supuesto, la forma
clásica del intercambio como pacto social. Poco tengo que
agregar a lo ya dicho por los antropólogos en este terreno,
como no sea una ligera puntualización acerca del carácter
de reciprocidad que hay en estas transacciones, aunque
incluso esto podría resultar superfluo.
Se cae a veces en una interpretación errónea, sin embar-
go, al considerar al intercambio matrimonial como un acuer-
do perfectamente equilibrado. A menudo las transacciones
mantrimoniales y, tal vez, el intercambio posterior que esto
traerá aparejado, resultan no ser exactamente iguales. La
asimetría de calidad es algo común: las mujeres se cambian
por azadones o por ganado, toga por oloa, el pescado por
cerdos. A falta de alguna pauta secular de conversión, o de
un estándar mutuo de valor la transferencia parece realizarse
en cierta medida entre objetos incomparables; ni equiva-
lente ni total, la transacción puede efectuarse entre objetos
cuya evaluación es imposible. En cualquier circunstancia, e
incluso cuando se intercambian cosas de la misma clase, una
u otra de las partes puede resultar indebidamente benefi-
ciada, por lo menos en ese momento. Esta falta de equilibrio
preciso pertenece a la esencia social.
Beneficios desiguales prestan al matrimonio un apoyo
tal como no podría hacerlo un equilibrio perfecto. En rea-
lidad, las personas que intervienen en los acuerdos —y/o
el etnógrafo— podrían alegar que con el correr del tiempo
los asuntos que existen entre los parientes afines, se nivelan.
O que las pérdidas y ganancias pueden cancelarse mediante
pautas de alianza circulares o estadísticas. O tal vez que
pueda obtenerse cierto equilibrio en las mercaderías dentro
de la economía política total, donde el flujo ascendente de
pagos (frente a un flujo descendente de mujeres) mediante
una serie de linajes jerarquizados se ve revertido por la
redistribución hecha desde arriba (cfr. Leach, 1951). Sin
embargo, resulta socialmente peligroso que, transcurrido
cierto tiempo, o tal vez nunca, el intercambio entre dos
grupos unidos por un matrimonio no se haya equilibrado.
En la medida en que las cosas transferidas son de diferente
242












calidad puede resultar incluso difícil calcular cuándo las
partes están «a mano». Se trata de un bien social. El inter-
cambio que resulta simétrica o inequívocamente igual acarrea
cierta desventaja desde el punto de vista del matrimonio:
cancela las deudas y abre así la posibilidad de dejarlo sin
efecto. Si ninguna de las partes se encuentra en «deuda»
entonces el vínculo entre ellos resulta comparativamente
frágil. Pero si las diferencias no están zanjadas, entonces la
relación se mantiene gracias a «la sombra de la deuda» y
se presentarán otras oportunidades de asociación, tal vez
como ocasión de nuevos pagos.
Además, resulta bastante obvio que un intercambio asi-
métrico de objetos diferentes se presta a una alianza comple-
mentaria. El vínculo matrimonial entre grupos distintos no
es siempre, incluso tal vez no es usual, un tipo de sociedad
por partes iguales entre contratantes homólogos. Un grupo
entrega a una mujer, el otro la recibe; en un contexto
patrilineal, los que han recibido la esposa se aseguran la
continuidad, esto a expensas de los que la entregan, por lo
menos en esta ocasión. Se ha producido una transferencia
diferencial: los grupos se relacionan socialmente de una
manera complementaria y asimétrica. De un modo similar
en un sistema de linajes jerarquizados la entrega de una
mujer puede resultar una especificación del conjunto de
relaciones de subordinado a superior. En estos casos, los
distintos deberes y derechos del matrimonio están simboli-
zados por el carácter diferencial de las trasferencias y rela-
cionados con símbolos complementarios. Las prestaciones asi-
métricas garantizan la alianza complementaria una vez más,
mientras que si fueran equilibradas, simétricas y definitivas
no lo harían.
La concepción de reciprocidad que hemos heredado
supone un intercambio bastante directo de partes iguales,
una reciprocidad equilibrada o bastante próxima al equili-
brio. Podría entonces resultar conveniente acotar una obje-
ción de todo lo dicho: que en las sociedades primitivas, en
general, considerando, tanto las transacciones de utilidad
directa, como las instrumentales, la reciprocidad equilibrada
no es la forma prevaleciente de intercambio. Esto sugeriría
un nuevo problema referente a la estabilidad de la recipro-
cidad equilibrada, que el intercambio equilibrado puede ten-
der a una autoeliminación. Por una parte, una serie de tratos
honorablemente equilibrados entre partes algo distantes
contribuye a crear confianza, en efecto, reduce la distancia
social y, por tanto, multiplica las oportunidades para futuros
tratos más generalizados —tal como la transacción inicial
entre hermanos de sangre crea, por así decirlo, un «porcen-
taje de desconfianza»—. Por otra parte, quien rompe un
243










contrato rompe las relaciones —del mismo modo que la
falta de retribución rompe una sociedad comercial— cuando
no provoca, en realidad, acciones subrepticias. ¿Nos lleva
esto a la conclusión de que la reciprocidad equilibrada es
inestable por naturaleza? ¿O tal vez sea que requiere ciertas
condiciones especiales para su continuidad?
El cuadro social de la reciprocidad, de cualquier modo,
se inclina con más frecuencia hacia las modalidades más gene-
ralizadas. En los grupos más elementales de cazadores la
ayuda generalizada de los parientes próximos parece predo-
minar; en los cacicazgos neolíticos está complementada por
las obligaciones inherentes a las jerarquías de parentesco.
Existen, sin embargo, sociedades de cierto tipo en las cuales
el intercambio equilibrado, aunque no exactamente predo-
minante, adquiere una prominencia desacostumbrada. Estas
sociedades resultan interesantes no sólo por su inclinación
a la reciprocidad equilibrada, sino también por lo que esto
trae aparejado.
Esto en seguida nos trae a la memoria el bien conocido
«intercambio laboral» que se efectúa en ciertas comunidades
de las tierras interiores del sudeste asiático. Vive allí un
conjunto de pueblos que, oponiéndose al curso común de
todas las sociedades primitivas presentan ciertos rumbos
económicos y una estructura social que indudablemente nos
lleva a hacer comparaciones. Pertenecen a esta clase los
bien estudiados Iban (Freeman, 1955, 1960), los Land Dayak
(Weddes, 1954, 1957; cfr.: Provinse, 1937) y los Lamet
(Izikowitz, 1951), también podrían incluirse algunos pueblos
filipinos, pero no estoy seguro de que el análisis que ya
hemos sugerido, diera resultado con estos pueblos.
Ahora bien, estas sociedades se distinguen no sólo por
las poco comunes características internas de su economía,
sino por lo desusado de sus relaciones externas, desusado
por tratarse de un medio estrictamente primitivo. Se trata
de llanuras internas que realizan pequeñas operaciones mer-
cantiles —que se caracterizan también, quizá, por la domina-
ción política (por ejemplo, los Lamet)— con centros cultu-
rales más sofisticados. Según la perspectiva de los centros
más desarrollados, se trata de pueblos atrasados que sirven
como fuentes secundarias de suministro de arroz y otros
productos (cfr. VanLeur, 955, en especial, pág. 10lf, para
algunos datos acerca del significado económico del aprovisio-
namiento de los pueblos interiores del sudeste de Asia). Se-
gún la concepción de estos pueblos interiores, el punto
crítico de la relación intercultural es que el producto prin-
cipal para su supervivencia, el arroz, se exporta obteniendo
a cambio dinero, herramientas de hierro y bienes que otor-
gan prestigio, siendo muchos de estos últimos bastante caros.
244










Sugiero —con todas las reservas que debe tener alguien
que carece de experiencia en la investigación de esa zona—
que el peculiar carácter socio-económico de estas tribus del
sudeste de Asia es coherente con el despliegue desusado de
excedentes en cuanto a productos necesarios para la subsis-
tencia. Las operaciones mercantiles que se realizan en base
al arroz no implican solamente una prohibición interna del
compartimiento de este producto, ni una exigencia correla-
tiva de tratos intracomuntarios quid pro quo, sino un aleja-
miento de las características usuales de la distribución primi-
tiva en casi todos los aspectos. Sus compromisos con el
mercado imponen una exigencia mínima que es, en realidad,
el punto clave; las relaciones comunitarias internas permiten
a la familia una acumulación de arroz, de otra manera nunca
conseguirían las cantidades necesarias para el infercambio
extemo. Estas normas internas deben prevalecer aún frente
a modalidades limitadas e inciertas de producción de arroz.
Las familias afortunadas no pueden ser responsables por
las infortunadas; si se tratara de elevar el nivel interno, las
relaciones comerciales con el exterior no podrían mante-
nerse.
El conjunto de consecuencias que esto implica para la
economía y la política de estas comunidades tribales parece
comprender: 1) que las diferentes familias, en virtud de las
variaciones en cuanto a proporción y número de produc-
tores eficientes, acumulan cantidades diferentes de pro-
ductos de subsistencia para la exportación. Las diferencias
de producción van desde un superávit hasta un déficit res-
pecto de las exigencias del consumo familiar. Estas dife-
rencias, sin embargo, no se nivelan por un compartimiento
en favor de los necesitados. En lugar de eso, 2) la intensidad
del comportamiento dentro de la tribu o de la aldea, es
baja, y 3) la relación de reciprocidad principal entre las uni-
dades domésticas es un intercambio equilibrado calculado
de servicios laborales. Según lo observa Geddes, acerca de
los Land Dayak: «... la cooperación interfamiliar, excepto
en lo referente a los negocios donde cada servicio debe
recibir una retribución igual, alcanza un nivel muy bajo»
(1954, pág. 34). El intercambio laboral equilibrado man-
tiene, por supuesto, la ventaja productiva (capacidad de
acumulación) de la familia que cuenta con más trabajadores
adultos. Los únicos productos que por costumbre son objeto
de una reciprocidad generalizada son los animales de caza y
tal vez algunos animales domésticos de tamaño grande sacri-
ficados en ceremonias familiares. Esos productos se distri-
buyen ampliamente en la comunidad (cfr. Izikowitz, 1951),
en la medida en que los cazadores estén dispuestos a com-
partirlos, pero el reparto de carne no es tan decisivo para
245










la estructura de las relaciones familiares como lo es la falta
de compartimiento establecida por la exportación de pro-
ductos de subsistencia. 4) Aun la comensalidad familiar pue-
de ser objeto de una supervisión bastante rígida en la que
se da cuenta de la ración de arroz que consume cada persona
con el fin de formar una reserva de intercambio, a esto se
debe que su comensalidad sea menos sociable que en el
resto de los pueblos primitivos (comparar, por ejemplo,
Izíkowitz, 1951, págs. 301-302, con Firth, 1936, págs. 112-
116). 5) Este compartimiento restringido de los productos
alimenticios exigido por la articulación con un mercado de
absorción, encuentra su complemento social en una atomi-
zación y fragmentación de la estructura comunitaria. Los
linajes, u otros sistemas similares de relaciones solidarias
extensivas y colectivas, son incompatibles con el drenaje
externo al que se ven sometidos los productos familiares
y la correspondiente proporción de interés egoísta que se
requiere frente a otras unidades domésticas. Debido a esto
los grandes grupos locales de descendencia no existen o
tienen muy poca importancia. En cambio, las relaciones
solidarias quedan en el marco de la pequeña familia siendo
los vínculos de parentesco interpersonales, variados y cam-
biantes, los que constituyen el único nexo entre las familias.
En lo económico, estos extensos vínculos de parentesco son
de carácter débil:
Una unidad doméstica no es sólo una unidad distinta, sino
que también se interesa sólo por sus propios asuntos. Es
forzoso que así sea porque no mantiene con las otras unidades
domésticas ningún tipo de relación formal sancionada por la
costumbre que le pueda brindar cierto apoyo. En realidad, la
ausencia de relaciones estructuradas es una condición de la
sociedad tal como se halla organizada en el presente. En lo
que se refiere a los principales asuntos económicos, la coope-
ración con los demás se basa en un contrato y no primor-
dialmente en el parentesco... Como resultado de esta situa-
ción, los vínculos entre las personas dentro de la comunidad
tienden a ser muy amplios, pero limitados al sentimiento y
a la sociabilidad, cosa que a menudo resulta lamentable (Ged-
des, 1954, pág. 42).
6) El prestigio gira, aparentemente, en torno a la obten-
ción de objetos exóticos, por ejemplo, vasijas chinas, gongs
de bronce, etc., obtenidos fuera a cambio de arroz o de
trabajo. Es evidente que el prestigio no puede basarse en la
ayuda generosa a las gentes del lugar, tal como sucede en
la institución del hombre importante. Los bienes exóticos se
utilizan internamente en los despliegues ceremoniales o
en las prestaciones de matrimonio, es así que el estatus está
ligado a ellos principalmente como posesión y capacidad de
246









pago y no como posibilidad de entrega de los mismos. («La
fortuna no ayuda a un hombre a convertirse en jefe porque
le dé poder para hacer generosos regalos. La riqueza pocas
veces inclina a un Dayak a la caridad, aunque es posible
que lo incline a la usura» [Geddes, 1954, pág. 50].) Por
tanto, nadie se siente demasiado obligado hacia los demás.
Nadie crea un grupo de seguidores. A éstos se debe que no
haya líderes poderosos, hecho que tal vez contribuya a la
atomización de la comunidad y tenga repercusiones sobre la
intensidad del aprovechamiento de la tierra (cfr. Izikowitz,
1951).
En estas comunidades del sudeste asiático la preponde-
rancia de la reciprocidad equilibrada no parece conectarse
con circunstancias especiales. Sin embargo, las circunstancias
sugieren que no es legítimo incluir a estos pueblos en el
contexto presente en las economías tribales. Por el mismo
motivo, su utilidad en el debate de aspectos de la economía
primitiva, tal como Geddes utiliza el ejemplo de los Land
Dayak para rebatir el argumento del «consumismo primi-
tivo», no parece muy pertinente. Tal vez sea más adecuado
clasificarlos junto con los campesinos en tanto no se nos
ocurra sugerir, como desgraciadamente se suele hacer, den-
tro de la «antropología económica», que los «campesinos»
y los «primitivos» corresponden ambos al mismo tipo de
economía indiferenciada definida negativamente como todo
lo que queda fuera de la provincia del análisis económico
ortodoxo.
Existen, sin embargo, ejemplos irrefutables de inclina-
ción social a una reciprocidad equilibrada dentro del marco
primitivo. El hecho de que la moneda primitiva sirva como
medio de intercambio con valores más o menos fijos pone
esto en tela de juicio. Estas monedas equivalen a los meca-
nismos especiales para mantener el equilibrio de los que ya
hemos hablado. Vale la pena investigar cuál es su incidencia
y cuáles son sus concomitantes económicos y sociales.
Sin embargo, esto no debe hacerse sin partir de alguna
definición formal del «dinero primitivo», problema que es
ya casi un dilema clásico dentro de las economías compa-
radas. Por una parte, cualquier cosa que tenga «uso como
dinero» —tal como nosotros conocemos los usos del dinero:
pagos, intercambios, valor patrón, etc.— puede ser consi-
derada como «dinero». De ser así, tal vez toda sociedad
goce de los dudosos beneficios del dinero siempre que tenga
alguna categoría de bienes habitualmente reservados para
ciertos pagos. La alternativa es menos relativa y, por tanto,
parece más útil para establecer generalizaciones compara-
tivas que permitan llegar a cierto empleo y calidad mínimos
de la mercadería. La estrategia, como sugiere Firth, no
247










consiste en preguntarse, «qué es el dinero primitivo?», sino,
¿qué cosas nos resulta útil incluir en la categoría de dinero
primitivo?» (1959, pág. 39). Esta sugerencia específica que,
tal como yo la entiendo, implica que el medio de intercambio
es la función central, nos parece realmente útil. («Según
mi opinión creo que, para clasificar a un objeto como dinero,
debe pertenecer a un tipo generalmente aceptable, que sirva
para facilitar la conversión de un objeto o de un servicio
en función de otro y sea útil como patrón de valor» (Firth,
1959, págs. 38-39).
Aceptemos que el «dinero» como término se refiere a
aquéllos objetos existentes en las sociedades primitivas que
tienen más bien un valor simbólico que un valor de uso y
que sirven como medio de intercambio. El uso de intercam-
bio se limita a ciertas categorías de cosas —la tierra y el
trabajo están generalmente excluidos— y sólo ejerce influen-
cia entre las partes de cierta relación social. Por lo común
sirve como puente indirecto entre las cosas (B-D-B') más que
como mediador de propósitos comerciales (D-B-B'). Estas
limitaciones bastarían para justificar la expresión «dinero
primitivo». Si bien todo esto parece concordar, resulta ade-
más que las primeras evoluciones del dinero primitvo no
están ampliamente difundidas dentro del escenario etnográ-
fico, sino que se encuentran restringidas a ciertas zonas en
especial Melanesia Occidental y Central, las zonas aborígenes
de California y ciertas partes de la selva tropical de Sudamé-
rica. (Puede que también se haya llegado a algunas formas
de dinero en los primitivos contextos africanos, pero carezco
de conocimientos suficientes como para distinguir su distri-
bución de las civilizaciones arcaicas y del antiguo comercio
«internacional».)
Esto quiere decir también que el dinero primitivo está
asociado con un tipo históricamente específico de economía
primitiva, una economía con una marcada incidencia de in-
tercambio equilibrado en los sectores sociales periféricos.
No se trata de un fenómeno de las simples culturas cazadoras
que, si se me permite, son en realidad culturas de pandilla.
El dinero primitivo tampoco es característico de los cacicazgos
más avanzados, donde los símbolos de fortuna, que por cier-
to se han encontrado algunos, parecen tener poco uso en
el intercambio. Las regiones que hemos mencionado —Mela-
nesia, California, la selva tropical sudamericana— están (o
estuvieron) ocupadas por sociedades de un tipo intermedio
de las que se ha dado en llamar «tribales» (Shalíns, 1961;
Service, 1962) u «homogéneas» y «tribus segmentadas»
(Oberg, 1955). Se distinguen de los sistemas de pandilla
no sólo por unas condiciones de vida más estables —aso-
ciadas a menudo con una producción neolítica frente a una
248










paleolítica— sino también y principalmente por una orga-
nización tribal más amplia y más compleja de grupos locales
constituidos. Los distintos asentamientos locales de las so-
ciedades tribales están relacionados por un nexo de relacio-
nes de parentesco y por instituciones sociales que se entre-
cruzan con éstas, tales como un conjunto de clanes. Sin em-
bargo, los asentamientos relativamente pequeños son autóno-
mos y se gobiernan así mismos, rasgo que sirve también para
distinguir los planes tribales de los del cacicazgo. Los seg-
mentos locales de este último están integrados en formas
más amplias de gobierno, a modo de divisiones y subdivi-
siones en virtud de los principios de jeraquía y de una estruc-
tura de cacicazgo y subcacicazgos. El plan tribal es pura-
mente segmentario el cacicazgo es piramidal.
Admitimos que esta clasificación evolutiva de los tipos
socioculturales peca de amplia. Espero no suscitar una polé-
mica en torno a esto ya que sólo ha sido presentado para
llamar la atención sobre los rasgos estructurales contrastantes
de las zonas primitivas con alguna forma de dinero. Son pre-
cisamente éstos los rasgos que, dada una argumentación pre-
via, sugieren una incidencia desusada de la reciprocidad
equilibrada. Tal vez la mayor proporción de mercaderías
manufacturadas y de servicios presente en el producto eco-
nómico social sugiera una incidencia mayor del intercambio
balanceado en las tribus que en las sociedades de pandilla.
Las productos alimenticios, aunque siguen siendo el com-
partimiento decisivo del producto económico tribal, declinan
relativamente. Hay un aumento en las transacciones de pro-
ductos no perecederos que tienen más posibilidades de ser
equilibradas que las transacciones con alimentos. Pero lo
que es más importante, la proporción de intercambio en el
sector periférico, la incidencia del intercambio entre gentes
de relaciones más distantes, puede ser considerada mayor
en las tribus que en las sociedades de pandilla. Esto es com-
prensible si lo referimos al plan segmentario más definido
de las tribus, que es como decir las grietas sectoriales más
definidas en la estructura social.
Los distintos segmentos residenciales de las tribus son
comparativamente estables y formalmente constituidos. La
solidaridad política colectiva que caracteriza a los segmentos
tribales está ausente de los flexibles planes de campamento
y pandilla propios de los cazadores. La estructura segmenta-
ria tribal es también más extensa, incluyendo tal vez grupos
internos de linaje dentro de los segmentos políticos, el asien-
to (y a veces también asientos segmentarios secundarios) de
segmentos políticos y la división entre lo tribal y lo extran-
jero. Ahora bien, el aumento que sobrepasa la organización
por pandillas se da particularmente en la estructura perifé-
249










rica, en el desarrollo de los sectores intratribales e inter-
tribales. Es allí donde el intercambio sufre un incremento
ya se trate de intercambio instrumental, de tratados de paz
o de transacciones puramente materiales. El acrecentamien-
to del intercambio se da entonces en las áreas sociales de
reciprocidad equilibrada.
Para que el contraste sea más marcado, un cacicazgo eli-
mina y amplia los sectores periféricos al transformar las
relaciones externas en relaciones internas, incluyendo a gru-
pos locales adyacentes dentro de uniones políticas donde ad-
quiren la categoría de enclaves. Al mismo tiempo, disminuye
la incidencia de la reciprocidad aquilibrada en virtud tanto
de la «internalización» de relaciones de intercambio como
de su centralización. Los intercambios equilibrados deben
pues disminuir en favor de otras formas más generalizadas
al alcanzar el nivel del cacicazgo. La implicación que esto
tiene para el dinero primitivo puede tal vez verse con más
claridad en el caso de las islas Trobriand, allí no hay nada
que pueda llamarse dinero a pesar de que esta isla de caci-
cazgo está enclavada en un mar poblado de tribus que em-
plean el dinero; también puede resultar ilustrativa la pro-
gresiva disminución del uso de sartas de conchas para el
intercambio que va progresando hacia el norte desde las
tribus de California hasta los proto-cacicazgos de la Columbia
británica.
Nuestra hipótesis acerca del dinero primitivo —presen-
tada con la debida cautela y respeto— es la siguiente:
se presenta en conjunción con una incidencia desusada de la
reciprocidad equilibrada en los sectores sociales periféricos.
Presumiblemente facilita un comercio muy equílibrado. Las
condiciones que alientan la aparición del dinero primitivo
se dan con más facilidad entre las sociedades primitivas lla-
madas «tribales», y es muy raro que aparezcan en las so-
ciedades de pandilla o en los cacicazgos. Pero es necesario
que hagamos pronto una salvedad. No todas las tribus pro-
porcionan las circunstancias necesarias para el desarrollo
monetario y por cierto no todas disponen del dinero primitivo
en el sentido que aquí le damos al término. Sólo ciertas
tribus aprovechan al máximo la potencialidad del intercambio
periférico, otras se mantienen relativamente centradas en sí
mismas.
En primer lugar los sectores periféricos se convierten
en la escena de un intercambio intensivo en conjución con
una simbiosis regional e intertribal. Tal vez un régimen ecoló-
gico zonal de tribus especializadas cuyas respectivas familias
y comunidades estén en relación comercial, sea la condición
necesaria para la aparición del dinero primitivo. Tales regí-
menes son característicos de California y de Melanesia —acer-
250









ca de Sudamérica no estoy preparado para hacer ninguna afir-
mación— pero en otros asentamientos tribales la simbiosis
no se da como carcterística y el sector de intercambio inter-
tribal (o interregional) se halla comparativamente poco evo-
lucionado. Tal vez igualmente importantes resulten las cir-
cunstancias que determinan recargos para el intercambio
demorado y lo hacen sobre los símbolos que acumulan valor
en el ínterin. Los productos de las comunidades interdepen-
dientes pueden, por ejemplo, resultar inevitablemente des-
equilibrados con el correr del tiempo —tal como sucede en-
tre las gentes de la costa y las del interior ya que una captura
de peces posible de ser intercambiada no siempre encuentra
un producto equivalente en el interior—. Es evidente que en
esos casos una moneda aceptable facilita con mucho la inter-
dependencia de modo tal que, por ejemplo, las sartas de
conchas recibidas por el pescado en un momento pueden
convertirse en cereales en otra oportunidad (cfr. Vayda,
1954; Loeb, 1926). Los sistemas de liderazgo de hombre
importante, según puede colegirse de los ejemplos de Melane-
sia, pueden hacer de una manera similar que el intercambio
equilibrado demorado resulte funcional. El hombre laborioso
tribal opera con un fondo consistente en alimentos, cerdos
y otros artículos similares sobre los cuales se basa su poder
y que tienen la característica común de que no se los puede
conservar en grandes cantidades durante períodos prolon-
gados. Pero, al mismo tiempo, los mecanismos de extrac-
ción por los que se acumulan estos fondos políticos están
subdesarrollados y así la recolección de bienes para una apro-
piación máxima sería gradual y difícil desde el punto de vista
técnico. El problema puede resolverse mediante manipula-
ciones monetarias: convirtiendo los bienes en valores mone-
tarios y mediante la inversión calculada del dinero en prés-
tamos e intercambios de modo que llagado el momento se
pueden reclamar masivamente los bienes para que los fondos
circulantes se conviertan en estatus.
UNA ÚLTIMA REFLEXIÓN
Es difícil terminar con una culminación dramática, ya
que el ensayo no tiene una estrucura dramática, sino que
su curso principal parece ser descendente. Además, un resu-
men resultaría innecesariamente repetitivo. Pero hay sin
embargo, una curiosidad que vale la pena destacar: ¡Hemos
presentado aquí un discurso sobre economía en el cual «lo
económico» aparece principalmente como factor exógeno!
Los principios organizadores de la economía han sido bus-
251









cados en otra parte. En la medida en que se los ha encon-
trado fuera de la presunta propensión hedonista del hombre,
se sugiere una estrategia para el estudio de la economía pri-
mitiva que es en cierto modo el reverso de la ortodoxia eco-
nómica. Tal vez valga la pena observar hasta dónde nos
llevará esta herejía.
252










APÉNDICE A
NOTAS ACERCA DE LA RECIPROCIDAD y DE LA DISTANCIA
A.1.0. Cazadores y recolectores. Generalmente, dis-
continuidades sectoriales en cuanto a la reciprocidad no
siempre tan definidas como en el caso de los pueblos neo-
líticos, pero variantes a propósito de aquélla producidas por
la distancia de parentesco interpresonal aparente. La recipro-
cidad generalizada consiste a menudo en obligaciones espe-
cíficas de entregar bienes a ciertos parientes (deberes de
parentesco) más que en una ayuda altruista. Diferencias no-
tables entre el manejo de los alimentos y el de los productos
no perecederos.
A. 1.1. Bosquimanos. El término Kung para expresar
la falta de generosidad o de reciprocidad es «corazón distan-
te», feliz elección de palabras a nuestros entender.
Tres puntos de ruptura social y material en cuanto a la
reciprocidad aparecen en el trabajo de Marshall (1961) so-
bre el intercambio de los Kung: 1) Una categoría de parien-
tes cercanos dentro del campamento con quienes se com-
parten los alimentos a menudo como obligación habitual.
2) Parientes más distantes dentro del campamento y otros
Bosquimanos con quienes las relaciones económicas manteni-
das se caracterizan por la entrega de productos no perecede-
ros como «don» de una manera más equilibrada y transac-
ciones de carne que se parecen a los «dones». 3) «Comercio»
con los Bantúes. El trabajo de Marshall es muy rico y señala
el papel de distintas consideraciones y sanciones sociales en
la determinación de transacciones específicas. La caza mayor
es objeto de sucesivas distribuciones dentro del campamento.
En un principio el autor de la captura la deposita en un pozo
común junto con el resto de la caza, asignándole también una
parte a la flecha. «En la segunda distribucción (entramos
aquí en el plano de la reciprocidad propiamente dicha) el
parentesco cercano es el factor que establece la pauta de
distribución. Hay ciertas obligaciones que son compulsivas.
Según se nos informó la primera obligación de un hombre
en este aspecto es dar a los padres de su esposa. Debe darles
lo mejor en porciones tan generosas como pueda, cumpliendo
253











al mismo tiempo otras obligaciones primarias con respecto
a sus propios padres, a su cónyuge y a sus descendientes
(obsérvese que éstos cocinan y comen la carne aparte de
los demás). De esto se reserva una porción para sí y de ella
debe dar a sus hermanos, a los hermanos de su esposa, si
están presentes, y a otros parientes, afines y amigos que
estén en el lugar, tal vez ya sólo en pequeñas cantidades.
Todo el que recibe carne debe dar a su vez en otra ronda
de distribución a sus padres, a sus suegros, a sus esposas, a
sus descendientes, hermanos y otras personas. La carne puede
estar ya cocida y las cantidades pueden ser pequeñas. Los
visitantes, aunque no sean parientes cercanos ni afines, reci-
ben carne de las personas a quienes visitan» (Marshall, 1961,
página 238). Sobrepasado el límite del parentesco cercano, la
entrega de carne es ya una cuestión de inclinación individual
en la cual entran en consideración la amistad, la obligación
de retribuir favores anteriores y otros aspectos. Pero esta
entrega es definitivamente más equilibrada: «En las últimas
rondas de distribución, cuando ya la primaria y las obliga-
ciones de parentesco primarias se han cumplido, la entrega
de carne que se toma de la porción propia tiene la caracte-
rística de un don. A esta altura lo único que exige la socie-
dad kung es que una persona reparta con una generosidad
razonable y proporcional a lo que ha recibido y que sólo
guarde para sí mismo una cantidad equitativa, y además, que
aquél que recibe un don de carne se vea obligado en el fu-
turo a un don de reciprocidad» (pág. 239). Marshall reserva
la expresión «entrega de dones» para el intercambio de pro-
ductos no perecederos; esto ocurre también, y de una mane-
ra muy importante, entre los Kung de grupos diferentes.
Una persona no debe ni rechazar dones ni dejar de retri-
buirlos. Una gran parte de la entrega de dones es instrumen-
tal y sus efectos son esencialmente sociales. Incluso el hecho
de pedir una cosa, según decía un hombre, «forma amor»
entre las personas. Esto significa «todavía me ama, por eso
me lo pide». Y Marshall agrega lacónicamente: «a mi en-
tender, por lo menos formaba un algo entre las personas»
(página 245). «La entrega de dones» se distingue del «comer-
cio» tanto por la forma de la reciprocidad como por el sec-
tor social que abarca. «Al retribuir (un don) no se entrega
el mismo objeto, sino algo de valor comparable. El inter-
valo que va entre la recepción y la retribución puede ser de
unas pocas semanas o de algunos años. No es propio que
haya un aparente apuro en la retribución. La entrega no debe
parecer un comercio» (pág. 244). No se especifica cuáles
son los mecanismos del comercio. Aunque se menciona la
palabra «negociación», ésta implica más bien un regateo. La
esfera social está bien clara: «los Kung no comercian entre
254










ellos. Consideran que este procedimiento es indigno y lo
rechazan por la posibilidad de que despierte malos sentimien-
tos. Sin embargo, comercian con los Bantúes a lo largo de
las líneas fronterizas... Los Bantúes son los que llevan las de
ganar en el comercio. Corpulentos, agresivos y decididos a
conseguir lo que quieren, con frecuencia intimidan a los Bos-
quimanos. Varios informantes Kung dijeron que trataban en
lo posible de no negociar con los Herero porque, aunque los
Tswana eran muy regateadores, los Herero eran aún peores»
(página 242).
También Thomas habla de una reciprocidad intensa ge-
neralizada dentro de los campamentos y grupos de Bosqui-
manos, en especial en lo que se refiere a la distribución de
alimentos (1959, págs. 22, 50, 214-215) y comentarios si-
milares pueden encontrarse en Schapera (1930, págs. 98,
101, 148). Sin embargo, este último autor caracteriza al
intercambio que se produce entre los grupos como «trueque»
(Schapera, 1930, pág. 146); véase la entretenida anécdota
relatada por Thomas, acerca del problema que surgió entre
un hombre y una mujer pertenecientes a grupos distintos
por un don que no había sido retribuido al padre del pri-
mero por el padre de la mujer (1959, págs. 240-242).
Al parecer el robo era desconocido para ellos (Mar-
shall, 1961, págs. 245-246; Thomas, 1959, pág. 206); sin
embargo, Schapera, da a entender que existía (1930, pági-
na 148).
A. 1.2. Los pigmeos del Congo. En general el esque-
ma de reciprocidad existente en estos pueblos es muy simi-
lar al de los bosquimanos e incluye un intercambio casi im-
personal con los negros (Putnamx, 1953, pág. 322; Scheve-
ta, 1933, pág. 42; Turnbull, 1962). Los botines de caza,
en especial los de la caza mayor, son compartidos en el cam-
pamento basándose al parecer en una distancia de parentes-
co: Puntnamx señala que primero comparte la familia, luego
el «grupo familiar» recibe sus partes (1953, pág. 332; con-
fróntese Schevesta, 1933, págs. 68, 124, 244).
A. 1.3. Los Washo. «El compartimiento existía en
todos los niveles de la organización social de los Washo,
pero también decrecía a medida que aumentaban las distan-
cias de parentesco y de residencia» (Price, 1962, pág. 37).
Es difícil determinar dónde termina el «comercio» y aparece
la «entrega de dones», pero «en el comercio había una ten-
dencia de reciprocidad inmediata mientras que el inter-
cambio de dones implicaba a menudo un tiempo de demora.
Además, el comercio tendía a ser competitivo y a aumentar
a medida que los vínculos sociales se hacían menos intensos.
255










El comercio implicaba una negociación explícita y el estatus
social, era un factor secundario en la transacción» (pág. 49).
A. 1.4. Los Semang. Una aguda diferenciación secto-
rial en cuanto a reciprocidad en el límite del «grupo familar»
(pandilla): «cada familia contribuye con las demás con sus
propios alimentos ya cocidos y preparados. Si una famila se
encuentra desusadamente bien provista un día, da generosa-
mente a todas las demás familias parientes aún a riesgo de
quedarse ella con muy poco. Si en el campamento hay otras
familias que no pertenecen al grupo, no lo comparten con
ellas o sólo lo hacen en muy pequeña proporción» (Schevesta,
sin fecha, pág. 84).
A. 1.5. Los Andamans. Radcliffe-Brown (1948), sugie-
re en su informe un alto nivel de reciprocidad generalizada
dentro del grupo local, en particular en lo que se refiere al
intercambio de alimentos y a las transacciones entre las ge-
neraciones más jóvenes y las más viejas (cfr. págs. 42-43),
y formas más equlibradas de reciprocidad entre personas de
grupos diferentes, en particular en lo que a mercaderías no
perecederas se refiere. El intercambio de regalos es carac-
terístico de las reuniones intergrupales (entre las diferentes
pandillas) intercambio que puede alcanzar a las especialida-
des locales. En este sector, «se requiere un gran tacto para
evitar la desagradable situación que puede surgir si un hom-
bre cree no haber recibido cosas tan valiosas como las que
entregó» (pág. 43; cfr. págs. 83-84; Man, s/f., pág. 120).
A. 1.6. Aborígenes australianos. En estos pueblos hay
una cantidad de deberes de parentesco formales y compul-
sivos y también un orden de precedencia formal para com-
partir los alimentos y otros productos con los parientes del
mismo campamento (véase Elkin, 1954, págs. 110-111;
Meggitt, 1962, págs. 118, 120, 131, 139, etc.; Warner, 1937,
páginas 63, 70, 92-95; Spencer y Gillen, pág. 490).
Hay una fuerte obligación de compartir los alimentos
dentro de la multitud (Radliffe-Brown, 1930-31, pág. 438;
Spencer y Gillen, 1927, págs. 37-39).
El intercamibo entre los Yir-Yiron, parece semejante al
de los Bosquimanos (véase lo dicho sobre este pueblo).
Sharp observa que la reciprocidad varía en ambos aspectos
del conjunto de deberes de parentesco habituales tendiendo
hacia un equilibiro y una reciprocidad generalizada en la es-
fera más estrecha del parentesco cercano. Dar a las personas
que se encuentran fuera del rango de los titulados deudores
«equivale a un intercambio compulsivo... Pero hay también
una forma irregular de dar, aunque dentro de una esfera so-
256












cial relativamente estrecha, cuyos incentivos parecen ser
predominantes sentimentales y que pueden considerarse al-
truistas; esto puede llevar a un deseo de adquirir propiedades
para darlas a su vez» (Sharp, 1934-35, págs. 37-38). Acerca
de la relación entre ayuda y parentesco cercano, observa
Meggitt, acerca de los Walbiri, que «... un hombre que tiene
muchos arpones los comparte voluntariamente, pero en caso
de que tenga solamente uno ni su hijo ni su padre deben
pedírselo. En caso de que se lo pidan, el hombre suele dar
ese único artículo a un padre o hijo real o muy próximo, pero
se lo niega a los «padres» e «hijos distantes» (Meggitt, 1962,
página 120).
La reciprocidad equilibrada en sus varias maneras espe-
cíficas es característica del bien conocido intercambio comer-
cial entre grupos o entre tribus efectuado a menudo por
socios comerciales que son parientes (véase, por ejemplo,
Sharp, 1952, págs. 76-77; Warner, 1937, págs. 95-145).
A. 1.7. Los esquimales. Birket-Smith relaciona el alto
nivel de reciprocidad generalizada que reina en el campa-
mento con «la buena vecindad dentro de los poblados». Esto
se refiere principalmente a los alimentos, en especial a los
animales de mayor tamaño y sobre todo durante la estación
invernal (Birket-Smith, 1959, pág. 146; Spencer, 1959, pá-
ginas 150, 153, 170; Boas, 1884-85, pág. 162; Rink, 1875,
página 27).
Considerado en su totalidad, el estudio de Spencer so-
bre los Esquimales del norte de Alaska, sugiere diferencias
importantes entre la reciprocidad adecuadad con los parien-
tes, con los socios comerciales y con los no parientes que
tampoco son socios comerciales. Estas variaciones compren-
den los productos no perecederos, en especial los nego-
ciables. Es posible que dentro del campamento se den ali-
mentos a los no parientes que tengan necesidad de ellos, pero
en cuanto a los productos comerciales se intercambian con
ellos del mismo modo que con los extraños (que no son so-
cios comerciales) por medio de transacciones a modo de
«ofertas» impersonales (que recuerdan al «juego comercial»
de los indios del Brasil). Las asociaciones comerciales se for-
man —según las líneas de cuasi parentesco o de amistad ins-
titucional— entre los hombres de la costa y los del interior;
el intercambio se basa en especialidades locales. Los socios
hacen sus tratos sin regateos, tratando más bien de exceder
sus límites, aunque sin equilibrio (o sin aproximación a él)
en el intercambio, la sociedad comercial se disolvería. Spen-
cer, distingue específicamente las relaciones comerciales de
la reciprocidad generalizada de parentesco. Según él, los pa-
rientes no necesitan formar asociaciones comerciales, ya que
257










«un pariente puede siempre resultar una ayuda y los tratos
entre ellos, apuntan, primordialmente, al compartimiento de
los alimentos y al ofrecimiento de hospedaje» (Spencer, 1959,
páginas 65-66). Agrega luego: «Nadie formaría una sociedad
con un hermano, ya que en teoría tiene su ayuda asegurada
y la de todos los parientes cercanos en cualquier circuns-
tancia» (pág. 170).
A. 1.8. Los Shoshoni. Cuando una familia no tenía
mucho que compartir, por ejemplo, cuando sólo se habían re-
colectado algunas hierbas o animales pequeños, eso se re-
servaba para los parientes cercanos y vecinos (Steward, 1938,
páginas 74, 231, 240, 253). Al parecer existía en la aldea
un nivel bastante alto de reciprocidad generalizada que
Steward relaciona con el «alto grado de relaciones (de paren-
tesco) entre los miembros de la aldea» (pág. 239).
A.1.9. Los Tungus norteños, (cazadores montados).
La mayor parte de las cosas se compartían dentro del clan,
pero los alimentos eran compartidos con mayor intensidad
dentro de las pocas familias de un clan que en su nomadismo
acampaban en conjunto (Shirokogoroff, 1929, págs. 195,
200, 307). Según Shirokogoroff, la entrega de dádivas entre
los Tungus no tenía carácter recíproco y éstos lo responsa-
balizaban a él de las expectativas manchúes (pág. 99); sin
embargo, el autor también escribe que se entregaban dádivas
a los huéspedes (sobrepasando los límites de la hospitalidad
habitual) y que por las mismas se esperaba retribuición (pá-
gina 333). Los renos sólo se vendían fuera del clan; dentro
de él sólo circulaban como dádiva y como ayuda (pági
ñas 35-36).
A.2.0. Oceanía. En estos pueblos el sistema sectorial
de reciprocidad es a menudo más claro y definido, especial-
mente en Melanesia. En Polinesia está invalidado por la cen-
tralización de reciprocidad en las manos de un jefe o por
la redistribución.
A.2.1. ´Gawa (Busama). Hogbin, compara el comer-
cio intertribal marítimo realizado por medio de asociaciones
y el comercio interior con gentes sin lazos de parentesco,
diciendo de este último: «Las partes se muestran ligeramente
avergonzadas, sin embargo, y concretan sus tratos fuera de
la aldea. (Obsérvese la exclusión literal del intercambio im-
personal en las aldeas 'Gawa.) Lo que se considera comercio
debe realizarse lejos de los lugares donde habita la gente,
con preferencia a lo largo del camino o de la playa (las re-
servas que poseen los nativos se encuentran en Busama, a
258










unas cincuenta yardas de la vivenda más próxima). Los Busa-
ma, resumen la situación diciendo que los pueblos marítimos
se dan regalos unos a otros pero insisten en una retribución
adecuada por parte de los bosquimanos. La base de la dis-
tinción es que en la costa las actividades se circunscriben a
los parientes, pero son tan pocos los habitantes de la costa,
que tienen parientes en la colina que por necesidad la mayor
parte de las transacciones se realizan entre gentes relativa-
mnte extrañas. (En otro lugar Hogbin, menciona que a me-
nudo el comercio entre los Bosquimanos es bastantes recien-
te.) Se han realizado ciertas migraciones y esto unido a los
matrimonios de las zonas costeras ha hecho que todos los
nativos de esa área tengan parientes en alguna de las aldeas
de la otra orilla, en especial en aquellas más cercanas. Al
comerciar por mar es con éstos y sólo con éstos con quienes
realizan el intercambio. Se considera que los vínculos de
parentesco y el comercio son incompatibles, es por eso que
todas las mercancías se entregan como regalos gratuitos reali-
zados por motivos sentimentales. Se evita la discusión sobre
el valor de lo dado, y el dador hace todo lo posible para
dar la impresión de que no tiene ninguna expectativa de re-
tribución. Sin embargo, en un estadio posterior, llegada la
oportunidad adecuada, se sugiere lo que se espera en re-
tribución, ya se trate de cuencos, esterillas, canastos o ali-
mentos... La mayoría de los visitantes regresan a sus hoga-
res con productos por lo menos de un valor semejante al
de aquéllos con los que partió. En realidad, cuanto mayor es
el vínculo de parentesco, tanto mayor es la generosidad del
huésped y muchos regresan siendo bastante más ricos. Sin
embargo, se llevará bien la cuenta y más adelante se nivelarán
los resultados... (El relato sigue con ejemplos y con obser-
vaciones acerca de que la falta de equilibrios pondrá tér-
mino a la sociedad comercial. Obsérvese ahora el contraste
entre lo anterior y la reciprocidad existente en el trato con
miembros de la misma aldea.) Resulta significativo que
cuando un Busama adquiere una bolsa tejida de un habitante
de su misma aldea, cosa que sucede desde hace poco tiempo,
le da el doble de lo que pagaría a un pariente más distante
(a un socio comercial, por ejemplo) en la costa norte. "Nos
sentiríamos avergonzados" explican ellos, "de tratar a quie-
nes nos resultan familiares como a comerciantes"» (Hog-
bin, 1951, págs. 83-86). También debe tenerse en cuenta
la variación que sufre la reciprocidad de acuerdo con la
distancia de la línea.de parentesco: «El regalo (de un cerdo)
por parte de un pariente cercano, impone la obligación habi-
tual de retribuir con un animal de tamaño semejante en al-
guna ocasión futura, pero en ningún momento hay inter-
cambio de dinero, ni cuando se hace el regalo ni en el mo-
259










mentó de la retribución. Entre los parientes lejanos existe
una obligación semejante, pero en ese caso se debe también
pagar por cada cerdo el precio que el mercado indica. La
transacción sigue la línea de prácticas anteriores salvo por
el hecho de que antes se usaban dientes de perro como forma
de pago. En la actualidad los compradores se sirven de
algunos chelines del mismo modo que antes recurrían a sar-
tas de dientes» (pág. 124).
A.2.2. Los Kuma. La reciprocidad generalizada pre-
valece dentro de grupos menores de descendencia como el
«subsubclan» —«un banco y una fuerza laboral para sus
miembros»— (Reay, 1959, pág. 29) y el subclan (pág. 70).
El sector interclanes se caracteriza por un intercambio equi-
librado, por «el énfasis general puesto en una reciprocidad
exacta entre los grupos» (pág. 47; véase también págs. 55,
86, 89, 126). En el sector externo, el equilibrio es adecuado
entre los socios comerciales, pero donde no existe una socie-
dad la transacción se inclina hacia la reciprocidad negativa.
«Entre los Kuma tiene dos formas distintas: las transac-
ciones institucionalizadas entre los socios comerciales, y los
encuentros casuales a lo largo de las rutas de comercio. En
el primero, un hombre se conforma con ajustarse a la esca-
la establecida de valores..., pero en la otra trata de regatear
y obtener una ventaja material. El término que utilizan para
designar al "socio comercial" es muy significativo, se trata
de una forma verbal que significa "el que come conmigo"...
Es como si se lo incluyera en el grupo de las personas perte-
necientes al mismo clan y de los parientes afines, es decir,
de las personas que no deben ser explotadas con fines pri-
vados» (págs. 106, 107, 110). La hospitalidad sigue el mismo
camino del intercambio equilibrado de mercaderías entre
los socios y se dice que «explotar a un socio para obtener
ganancias materiales significa perderlo» (pág. 109). El inter-
cambio entre quienes no son socios es una creación muy re-
ciente.
A.2.3. Buin Plain, Bougainville. Ya hemos indicado
en citas anteriores las distinciones sectoriales que en cuanto
a reciprocidad existen entre los Siuai. Mencionaremos aquí
algunos aspectos más. En primer lugar nos referiremos a la
reciprocidad generalizada en extremo, que se considera ade-
cuada entre los parientes muy cercanos: «la entrega de dones
entre parientes cercanos sobrepasa las expectativas normales
del compartimiento (tal como Oliver lo define, lo que él
llama «compartimiento», es lo que en este ensayo hemos
denominado «comunidad»), y no puede reducirse totalmente
a una expectativa consciente de reciprocidad. Un padre pue-
260










de racionalizar la entrega de pequeñeces a su hijo explicán-
dole que espera que durante su vejez éste cuide de él, pero
yo estoy convencido de que algunas de las cosas que se dan
entre, por ejemplo, padre e hijo no implican ningún deseo
o expectativa de reciprocidad» (Oliver, 1955, pág 230). Los
préstamos de bienes productivos normalmente rinden ganan-
cias adicionales («interés»), pero no cuando se trata de pa-
rientes próximos (pág. 229). El intercambio entre parientes
distantes y socios comerciales es ootu: se caracteriza por la
equivalencia aproximada, pero se distingue de las «ventas»,
en las que se usan las conchas como forma de dinero (tal
como en las ventas de bienes manufacturados) por la posibi-
lidad de diferir los pagos en ootu (págs. 230-231). En las
transacciones con socios comerciales, también, es estimable
dar sobrepasando los promedios habituales, de modo tal que
el equilibrio sólo puede llegar a lograrse a largo plazo
(véanse páginas 297, 299, 307, 350, 351, 367, 368).
Las variaciones sectoriales presentes en la economía de
los Buin, vecinos de los Siuai (en apariencia, los Terei)
impresionaron tanto a Thurnwald que llegó a sugerir la
existencia de tres «tipos de economía»: 1) manejo de los
asuntos domésticos (comunidad) dentro de los límites de la
familia...; 2) ayuda interpersonal e interfamiliar entre los
parientes cercanos y los miembros de un asentamiento go-
bernado por un jefe; 3) relaciones intercomunales represen-
tadas por el trueque entre individuos pertenecientes a comu-
nidades o estratos de la sociedad diferentes» (Thurnwald,
1934-35, pág. 124).
A.2.4. Los Kapauku. Ya hemos observado en citas
textuales anteriores la diferencia en cuanto a reciprocidad
entre los sectores interregionales e intrarregionales de la
economía kapauku. También debe mencionarse el hecho de
que los vínculos de parentesco y de amistad disminuyen
las tasas usuales de intercambio en los tratos de los Kapauku
realizados por medio de conchas (Pospisil, 1958, pág. 122).
Los datos acerca de los Kapauku se vuelven oscuros debido
a una inadecuada terminología económica. Los llamados
«préstamos», por ejemplo, son, en realidad, transacciones
generalizadas —«puedes tomarlo sin necesidad de retri-
buir en el futuro inmediato» (pág. 78; véase también pá-
gina 130)— pero el contexto social de estos «pastamos» y
su alcance no están claros.
A.2.5. Los Malufu. A excepción del intercambio de
cerdos, considerado por el etnógrafo como un hecho cere-
monial, «el intercambio y el trueque sólo se emprenden
por lo general entre los miembros de diferentes comuni-
261










dades y no entre los que pertenecen a una misma» (Willian-
son, 1912, pág. 232).
A.2.6. Los Manus. Los intercambios afines que habi-
tualmente se dan entre Manus de la misma o de diferentes
aldeas, se caracterizan por un crédito a largo plazo si lo
comparamos con el crédito a corto plazo del comercio
amistoso o del intercambio del mercado (Mead, 1937, pági-
na 218). El intercambio del comercio amistoso, aunque más
o menos equilibrado, debe distinguirse a su vez del más
impersonal intercambio «de mercado» con los Bosquimanos
Usiai. Las amistades comerciales se entablan con gentes de
tribus distantes con las que a veces se tienen vínculos de
parentesco de antigua data. El comercio entre amigos, así
como la hospitalidad, conceden cierto margen de crédito,
pero el intercambio de mercado es directo: se considera
a los Usiai como furtivos y hostiles «sus ojos están siempre
pendientes de obtener una ganga, sus modales comerciales
son desagradables» (Mead, 1930, pág. 118; véase también
Mead, 1934, págs. 307-308).
A.2.7. Los Chimbu. «La ayuda mutua y el comparti-
miento caracterizan las relaciones que se dan entre miem-
bros de un subclan. Un hombre puede recurrir a la ayuda
de un miembro del subclan cuando quiera que lo necesite,
puede pedir a la mujer o a la hija de cualquiera de ellos
que le den alimentos cuando los tienen... Sin embargo, sólo
los hombres más prominentes pueden contar con tales
servicios por parte de personas que no pertenecen a su
mismo subclan» (Brown y Brookfield, 1959-60, pág. 59;
acerca de la excepción de los «hombres prominentes» com-
párese con el apéndice B, «reciprocidad y jerarquías de
parentesco»). El intercambio de cerdos y de otros productos
que se da entre los clanes indica un equilibrio en el sector
externo como el que se da en algunos lugares de las altipla-
nicies de Nueva Guinea (comparar, por ejemplo, con Bull-
mer, 1960, págs. 9-10).
A.2.8. Pasaje sobre los Buka. La reciprocidad interna
en su totalidad está limitada, al parecer, por la comparación
con el comercio externo, pero hay ciertas indicaciones de
intercambio generalizado en los sectores internos que con-
trastan con el intercambio externo equilibrado, aunque no
discutido. En la aldea de Kurtatchi, los pedidos de cocos
de areca realizados por parientes del mismo sexo se cumplen
sin pedir retribución, aunque quienes reciben están dis-
puestos a aceptar pedidos a su vez; por lo demás, nada se
entrega a cambio de nada, a excepción del hecho de que los
262









parientes cercanos pueden apoderarse de los cocos acumu-
lados por un hombre (Blackwood, 1935, págs. 452, 454;
compárese pág. 439f sobre el comercio).
A.2.9. Los Lesu. Los «dones gratuitos» (reciprocidad
generalizada) se dan, sobre todo, a los parientes y amigos, en
especial a ciertos tipos de familiares. Estos dones consisten
en comida y betel. Se realizan transacciones equilibradas de
distintos tipos entre aldeas y entre las subdivisiones tribales
(Powdermaker, 1933, págs. 195-203).
A.2.10. Los Dobu. Como es bien sabido, se trata de
un sector muy reducido de la confianza y generosidad eco-
nómicas, que incluye sólo el susu y la familia. Fuera de esto,
el robo como posibilidad. Los intercambios afines entre las
distintas aldeas son más o menos equilibrados, los miembros
de una misma aldea ayudan al susu patrocinador a cumplir
con sus obligaciones (Fortune, 1932).
A.2.11. Los Trobriandeses. La sociología del continuo
de reciprocidad descrita por Malinowski es sólo parcialmente
sectorial; se interponen notablemente las consideraciones
sobre la jerarquía (véase más abajo) y las obligaciones afines.
Sin embargo, el «don puro» es característico de las rela-
ciones familiares (Malinowski, 1922, págs. 177-178); «los
pagos habituales son retribuidos de una manera irregular y
sin una equivalencia estricta», comprenden el urigubu y las
contribuciones a los fondos mortuorios de un pariente (pá-
gina 180); «las dádivas retribuidas de una forma económi-
camente equivalente» (o casi equivalente) incluyen los rega-
los entre las distintas aldeas durante las visitas, los inter-
cambios entre «amigos» (en apariencia éstos sólo tienen
lugar fuera de la aldea), y, al parecer, el comercio «secun-
dario» entre los socios kula en base a productos estratégicos
(páginas 184-185); «el trueque ceremonioso de pago dife-
rido» (sin regateos) es característico de los socios kula y
de los socios del comercio entre la costa y el interior que
intercambian vegetales por pescado (wuasi) (págs. 187-189;
confróntese pág. 42); «el comercio puro y simple» implica
regateos principalmente en el intercambio entre miembros
de aldeas «industriales» y de otros tipos dentro de los
límites del Kiriwina (págs. 189-190). Este último tipo es el
gimwalli y es característico también del intercambio de
vegetales por pescado a falta de sociedades comerciales y
del intercambio marítimo que acompaña al kula (cfr. pági-
na 361f).
263










A.2.12. Tikopia. Los parientes cercanos y los vecinos
son privilegiados desde el punto de vista económico (por
ejemplo, Firth, 1936, pág. 399; 1950, pág. 203) y se espera
de ellos ayuda económica de distintos tipos (por ejemplo,
Firth, 1936, pág. 116; 1950, pág. 292). La necesidad de
un quid pro quo parece aumentar con la distancia de paren-
tesco, es así que el «intercambio obligatorio» (conocido
también en etnografía como «dádiva coercitiva») es una
transacción perteneciente al sector más distante: «La impor-
tancia de la categoría social se pone de manifiesto... en
casos tales como cuando un hombre necesita un rayador de
cocos. Si sabe de algún pariente cercano a quien le sobre
uno, va y se lo pide recibiéndolo sin ninguna ceremonia.
"Dame un rayador para mí; tú tienes dos." Se dice que el
pariente se "regocija" al darlo a causa del vínculo que hay
entre ellos. Tarde o temprano acudirá a su vez a pedir algo
que le hace falta y se le entregará con la misma liberalidad.
Esa liberalidad sólo se da entre miembros de un pequeño
grupo de parentesco y descansa en el reconocimiento de un
principio de reciprocidad. Si un hombre va a pedir algo a
alguien que no sea de su propio grupo de parentesco, a un
«hombre diferente» como lo llaman los Tikopianos, entonces
prepara comida, llena un cesto grande y lo tapa con un trozo
de esterilla o con una manta. Así provisto se acerca al dueño
del artículo que desea y se lo pide. Generalmente no se le
niega» (Firth, 1950, pág. 316).
A.2.13. Los Maoríes. La mayor parte de la circu-
lación interna, la de la aldea en especial, estaba centralizada
en las manos del jefe —estaba bastante generalizada, pero
era administrada según los principios de obligaciones del
jefe y del nobleza obliga (cfr. Firth, 1959). Los intercambios
externos (entre las distintas aldeas o tribus) suponían una
reciprocidad equivalente más directa, aunque, por supuesto,
con el prestigio aumentaba la liberalidad (cfr. Firth, 1959,
páginas 335-337, 403-409, 422-423). Dice un proverbio
maorí: «un pariente en invierno, es un hijo en otoño»; «lo
cual significa "es sólo un pariente distante en la época de los
cultivos, cuando el trabajo es arduo, pero una vez que ha
terminado la cosecha y que hay mucho para comer, se llama
a sí mismo hijo mío"» (Firth, 1926, pág. 251).
A.3.0. Miscelánea.
A.3.1. Los Pilaga. Citamos aquí con cierta cautela el
bien conocido estudio de Henry (1951) sobre el comparti-
miento de los alimentos en una aldea pilaga. Nos vemos
ante el caso de una población dispersada primero y con-
264










gregada más tarde. Además durante el período en que Henry
realizó sus observaciones una gran parte de los hombres
se encontraba fuera trabajando en las plantaciones de azúcar.
Era, además, el «período de hambre» del año pilaga. «Por
tanto, se trata de un sistema económico del cual se ha
retirado un número considerable de personas productivas
y durante un período de escasez en el que la sociedad fun-
ciona a marcha lenta» (Henry, 1951, pág. 193). (Bajo estas
condiciones miserables el intenso compartimiento de los ali-
mentos es coherente con las proposiciones que desarrolla-
remos más adelante sobre la relación entre reciprocidad y
necesidad.) Supongo que, en su mayor parte, si no en todos
los casos, el compartimiento era del tipo recíproco genera-
lizado, con entregas de las reservas con que se contaba para
prestar ayuda. Esta suposición coincide con los ejemplos
presentados por Henry y con la falta de equilibrio de la
que él habla entre los gastos y los ingresos de los individuos.
El comercio realizado con otros grupos, del cual habla Hen-
ry, no se toma en cuenta en el estudio en cuestión. El valor
principal de ese trabajo para la presente exposición es su
especificación de la incidencia del compartimiento de ali-
mentos por distancia social. La obligación de compartir
alimentos es mayor entre aquellos que se encuentran más
próximos en cuanto a parentesco y a residencia. «La perte-
nencia a la misma familia (grupo multifamiliar y multihabita-
cional que constituye un sector de la aldea) representa un
vínculo muy estrecho; pero la pertenencia a la misma fami-
lia, sumada a un parentesco próximo, es el más fuerte de
los vínculos. Esto se ve objetivado en el compartimiento
de alimentos, ya que aquéllos que tienen vínculos más cer-
canos comparten con más frecuencia» (pág. 188). Esta con-
clusión se basa en el análisis de casos particulares. «En uno
de éstos, la asociación entre el compartimiento y las rela-
ciones estrechas funcionaba en el otro sentido: una mujer
compartía con frecuencia sus alimentos con un hombre con
el que quería casarse y, finalmente, lo hizo.» «Los casos
que hasta ahora hemos visto acerca de la distribución, den-
tro de la familia (sector de la aldea), pueden resumirse del
siguiente modo: la pregunta ¿A qué individuo o familia
daba con más frecuencia cada individuo o familia? Puede
contestarse sólo mediante un análisis cuantitativo de la
conducta de individuos y familia. De este análisis surgen
cuatro aspectos: 1) Los pilaga distribuyen la mayor parte
de su producto entre los miembros de su propia familia.
2) No distribuyen a todos por igual. 3) Hay una variedad
de factores que evita que la distribución sea igual para
todos: a) diferencias en cuanto a vínculos genealógicos;
b) diferentes obligaciones entre las personas de la familia
265









con respecto a sus obligaciones fuera de ella; c) estabilidad
de residencia; d) necesidades de dependencia; e) expecta-
tivas matrimoniales; f) temor al brujo, y g) tabúes especia-
les acerca de la comida. 4) Cuando se combinan la residencia
común y los lazos genealógicos cercanos se produce la mayor
proporción de intercambio de productos entre las familias
así relacionadas» (pág. 207). La incidencia sectorial de
compartimiento de alimentos se demuestra en el siguiente
cuadro (adaptación de la tabla IV de Henry, pág. 210). El
otro sector de la aldea, acerca del cual Henry no proporciona
datos tan abundantes —debido a que un gran número de ellos
se encontraba en la selva— no sigue el mismo curso (véase
también la tabla IV). La segunda columna muestra canti-
dades mayores que la primera en tres o cuatro casos, habien-
do mayor compartimiento en toda la aldea que dentro del
sector «familiar». Pero este sector de la aldea no puede
compararse con el otro (el que antes hemos tabulado) por-
que en el primero las personas estaban «mucho más inte-
gradas (es decir, mucho más relacionadas) que las del otro
extremo, es así que gran parte de lo que en el sector núme-
ro 28 de la aldea (tabulado a continuación) toma la forma
de distribución, es decir, la transferencia de productos del
productor a otra persona, aparece como comensalidad en el
sector número 14 de la aldea. Es por eso que el porcentaje
de productos distribuidos por las personas pertenecientes
al sector número 14 a aquellos que están dentro de la mis-
ma sección... es bajo, mientras que el distribuido a otras
clases (sectores) parece alto» (pág. 211; los subrayados per-
tenecen a Henry). Puesto que Henry no considera la comen-
salidad entre las diferentes familias del mismo «sector», como
compartimiento de alimentos, la aparente excepción puede
pasarse por alto.
Porcentaje de tiempo de compartimiento
de alimentos con parientes
Propia unidad 'Otras unidades Fuera de o-
Familia doméstica del domésticas del tras aldeas
sector
sector de la aldea de la aldea
I 72 18 10
II 43 0 7
III 81 16 3
IV 55 34 11
A.3.2. Los Nuer. En los grupos locales más pequeños
de los Nuer (sectores dentro de la aldea) y en los campos
de pastoreo, el compartimiento de los alimentos y la hos-
pitalidad son muy intensos, existiendo también otras reci-
procidades generalizadas (Evans-Pritchard, 1940, págs. 21,
266











84-85, 91, 183; 1951, págs. 2, 131-132; Howell, 1954,
página 201). No existe mucho intercambio en el sector
intratribal (fuera de la aldea), excepto las transacciones ins-
trumentales entre los que van a contraer matrimonio y los
establecimientos feudales (como compensaciones de su natu-
raleza equilibrada). Los Nuer distinguen específicamente la
reciprocidad interna del comercio con los árabes por la
naturaleza directa (temporaria) de este último intercambio
(Evans-Pritcbard, 1956, pág. 233f). Las relaciones con las
tribus vecinas, en especial con los Dinka, se caracterizan por
la apropiación notoria que llega, en la mayoría de los casos,
al saqueo y a la usurpación de territorios por medio de la
violencia.
A.3.3. Los Bantúes del norte de Kabirondo. Hospita-
lidad informal intensa entre los vecinos. Los intercambios
de tipo equilibrado son principalmente de mercaderías no
perecederas, que se efectúan con los artesanos, pero los
precios favorecen principalmente a los hombres de los clanes
vecinos siendo más elevados para aquellos que no pertenecen
a clanes vecinos, y aún más para los extraños (Wagner, 1956,
páginas 161-162).
A.3.4. Los Chukchee. Dentro de los campamentos de
los Chukchee existen ciertos grados de generosidad y de
ayuda (véanse citas en Sahlins, 1960). Es común el robo de
ganado a otros campamentos (Bogoras, 1904-1909, pág. 49).
El comercio aborigen tiene lugar entre los Chukchee marí-
timos y los que tienen renos, también hay algo de comercio
a través del estrecho de Bering. En apariencia, el comercio
es más o menos equilibrado; una parte de éste se realiza
en silencio y todos se conducen con considerable descon-
fianza (Bogoras, 1904-1909, págs. 53, 95, 96).
A.3.5. Los Tiv. Diferencias bien marcadas por lo me-
nos entre las esferas externa («mercado») e interna. Este
«mercado» se distingue de las distintas variedades de dones;
implica «una relación entre las dos partes interesadas en
tal estabilidad y solidez como no se conoce en un "mercado",
y, por tanto —aunque los dones deben retribuirse mediando
un tiempo considerable—, se considera incorrecta la cos-
tumbre de contar, competir y regatear con respecto a los
dones» (Bohannan, 1955, pág. 60). Un «mercado» es com-
petitivo y especulativo: «en realidad, la presencia de una
relación previa hace que un "mercado bueno" resulte impo-
sible; a las personas no les gusta vender a sus parientes,
ya que consideran que pedir un precio elevado a un pariente,
como podría hacerse con un extraño, no es adecuado» (pá-
gina 60).


267










A.3.6. Los Bemba. Un sistema centralizado de reci-
procidades (principalmente redistribución) constituye, como
en la polinesia, la mayor parte de la economía de amplio
alcance; existe un intercambio muy limitado en el sector
intertribal (Richards, 1939, pág. 221f). Existen distintos
deberes hacia los parientes cercanos según el tipo de paren-
tesco (pág. 188f). Aparte de la hospitalidad y de la visita
a los parientes, a los jefes y, en la actualidad, a los extraños,
el compartimiento de alimentos es característico de un círcu-
lo estrecho de parientes cercanos, pero también lo es, al
parecer, en un círculo más amplio durante las épocas de
escasez (págs. 108-109, 136f, 178-182, 186, 202-203). El
dinero que suele usarse en estos pueblos no se emplea
mucho en el intercambio interno, pero cuando así sucede,
«las personas que compran algo a sus parientes pagan un
precio menor que el normal y generalmente agregan algún
servicio a la transacción» (pág. 220). «... a menudo he
visto a las mujeres tomar una vasija de cerveza y esconderla
en el granero al enterarse de la llegada de un pariente de
más edad. Negar hospitalidad a alguien teniendo en casa una
vasija de cerveza sería un insulto inadmisible, pero una
exclamación del tipo "ay, señor, somos unos pobres desdi-
chados... No tenemos aquí nada que comer" es necesaria
algunas veces. Esto no se haría en el caso de un pariente
cercano, pero sí con un pariente más distante o con uno de
los típicos "vividores" de una familia» (pág. 202).
APÉNDICE B
NOTAS ACERCA DE LA RECIPROCIDAD Y LAS JERARQUÍAS DE
PARENTESCO
B.0.0. Estos materiales tienen que ver con las reciproci-
dades de las jerarquías de parentesco, tanto en su forma
simple, como en el contexto de la redistribución por parte
del jefe.
B.1.0. Pueblos de cazadores y recolectores.
B.l.l. Los Bosquimanos. «Ningún Bosquimano quie-
re destacarse, pero Toma (el jefe de una pandilla) fue aún
más lejos en su deseo de evitar destacarse; casi no tenía
nada y daba todo lo que caía en sus manos. Era diplomático
porque, a cambio de esta pobreza autoimpuesta, se ganó el
respeto y la adhesión de todos los que le rodeaban» (Thomas,
1959, pág. 183). «Oímos decir a la gente... que un jefe
puede sentirse inclinado hacia el aspecto generoso de dar,
ya que su posición lo separa un poco de los otros y él desea
268










que toda la atención que esto pueda suscitar no se convierta
en envidia. Alguien observó que esto haría que un jefe
fuera siempre pobre» (Marshall, 1961, pág. 244).
B.1.2. Los Andaman. «Los isleños Andaman estiman
la generosidad como la más alta de las virtudes y todos ellos
la practican incansablemente» escribe Radcliffe-Brow (1948,
página 43). Este autor observa que la persona que no
trabaja, debiendo hacerlo, debe recibir alimentos y su estima
decrece, mientras que Man señaló que una persona generosa
aumenta su estima (Man, sin fecha, pág. 41). Hay una defi-
nitiva influencia de estatus generacional sobre la recipro-
cidad. Aunque a veces aparecen como dadores de alimentos
—en ocasiones en que se comparte la caza primitiva— los
mayores resultan privilegiados con respecto a los jóvenes:
«Se considera como una falta de cortesía el hecho de recha--
zar el pedido de otro. Es así que si un hombre pide algo
a otro éste se lo dará inmediatamente. Si se trata de dos
hombres iguales será necesaria una retribución de aproxi-
madamente el mismo valor. En el caso de que se trate de
un hombre mayor, casado y de un soltero o de un joven
casado, el más joven no deberá hacer nunca un pedido de
esa naturaleza, en cambio, si el mayor le pidiera algo al joven
éste se lo daría sin esperar retribución» (Radcliffe-Brown,
1948, págs. 42-43).
B.1.3. Los esquimales. Los esquimales del norte de
Alaska que dirigen las embarcaciones balleneras o las par-
tidas de caza de caribú deben, en parte, su influencia y
prestigio a la mercadería que reparten de una manera harto
generosa (Spencer, 1959, págs. 144, 152f, 210f, 335-336,
351). Los grandes hombres se destacan por su gran gene-
rosidad (págs. 154-155, 157). La tacañería, como de cos-
tumbre, se considera deplorable (pág. 164).
B.1.4. Los Canter. Un hombre importante, estafado
por un comerciante en pieles, se jacta de que él es tan buen
jefe como el comerciante: «Cuando es la estación propicia
para la caza del castor, yo mato los animales y, con su carne,
organizo festines para mis relaciones. A menudo invito a
ellos a todos los indios de mi aldea, y a veces invito a
gentes de lugares lejanos para que vengan y compartan el
fruto de mi cacería...» (Harmon, 1957, págs. 143-144;
confróntese págs. 253-254).
B.2.0. Melanesia. En otro lugar he presentado un
estudio general de las economías de liderazgo de hombre
importante, tal como se dan en las sociedades del oeste de
269










Melanesia (Sahlins, 1963). En estos lugares la reciprocidad
generalizada es el «mecanismo de arranque» decisivo para
las jerarquías. El grupo de seguidores se crea mediante la
ayuda privada a los individuos, el nombre tribal (renombre)
se consigue mediante entregas en gran escala, a menudo de
cerdos y de vegetales. Los medios que hacen posible su
generosidad provienen inicialmente de la casa de quien aspira
a ser hombre importante y también de sus parientes más
cercanos: al principio se capitaliza gracias a los deberes de
parentesco y poniendo coto a la reciprocidad generalizada
propia del parentesco cercano. Con frecuencia, en una fase
temprana aumenta su unidad doméstica tomando, a veces,
esposas adicionales. La carrera del líder se encuentra bien
encaminada cuando éste es capaz de sumar a otros hombres
y a sus familias a su facción, de manejar la producción de
éstos para la satisfacción de su ambición, cosa que logra
prestándoles alguna ayuda importante. Sin embargo, no
puede extender demasiado este grupo, es necesario que los
seguidores obtengan algunos beneficios para que no surja
entre ellos el descontento que podría causar su propia caída.
La mayor parte de los ejemplos que siguen pertenecen
a sistemas de hombre importante. Los casos finales son
diferentes: cacicazgos o protocacicazgos en los cuales la
reciprocidad generalizada entre las jerarquías aparece en un
contexto redistributivo.
B.2.1. Los Siuai. La exposición más completa sobre
la economía del sistema de hombre importante melanesio
es el estudio realizado por Oliver (1955). Allí se describe
con gran precisión el surgimiento de la influencia y del
prestigio mediante transacciones generalizadas. Aparecen allí
varios rasgos periféricos del mismo tipo que revisten gran
interés en el presente contexto. Es notable la influencia de
la jerarquía sobre las tasas habituales de equilibrio en las
transacciones efectuadas con conchas como dinero: «una de
las grandes ventajas de ser un líder reside en la capacidad
para comprar cosas más baratas ("cuando un mumi [hombre
importante] envía treinta palmos de mauai para comprar
un cerdo destinado a un festín, el dueño del cerdo se senti-
ría avergonzado de enviar un animal que valiera menos
de cuarenta"). Por otra parte, esta ventaja comercial del
líder está contrabalanceada, por lo general, por el ejercicio
tradicional del nobleza obliga» (pág. 342). Es así que «lo
más aprecíable que puede hacer un hombre es excederse
en las exigencias transaccionales del comercio ordinario y
de las relaciones de parentesco pagando generosamente (en
mercancías) por todos los bienes y servicios que recibe,
otorgando bienes a las personas con quienes no tiene obliga-
270










ciones directas, en suma, haciendo todas estas cosas a la
manera de los grandes jefes del pasado» (pág. 456; cfr. pá-
ginas 378, 407, 429-430).
Escribe Thurnwald, respecto de otro pueblo Buin Plain,
que el matnoco, la recompensa asignada por un hombre
importante a sus seguidores, «se considera un acto de libera-
lidad para el cual no hay obligación. Cualquier don amistoso
se designa con el mismo nombre. También un pago excesivo
que sobrepase el precio acordado se llama mamoco. El toto-
kai es el pago excesivo de un kitere (seguidor) a su mumira
(líder) para asegurarse su buena voluntad y su disposición
a prestarle abuta (conchas con valor de dinero) en otra
ocasión. El término dakai designa un pago para sellar una
reconciliación o una reparación entre hombres de igual posi-
ción» (Thurnwald, 1934-35, pág. 135). La variación de la
reciprocidad por diferencias jerárquicas es evidente.
B.2.2. 'Gawa (Busama). Los líderes de las casas co-
munales y, en especial, los líderes destacados de aldea perte-
necen al típico hombre importante del oeste de Melanesia.
Según Hogbin: «El hombre que se porta generosamente
durante mucho tiempo logra que muchas personas se con-
sideren sus deudores. No hay ningún problema cuando éstos
son de su mismo estatus —los pobres intercambian regalos
insignificantes y los ricos suntuosos presentes—, pero si
sus recursos son mayores que los de aquéllos puede que
encuentren imposible la retribución y entren en mora. La
conciencia aguda de su posición hace que expresen su humil-
dad en términos de deferencia y de respeto... La relación
deudores-acreedores forma la base del sistema de liderazgo»
(Hogbin, 1951, pág. 122). Los líderes «eran hombres que
comían huesos y masticaban frutos de lima —ofrecían a
otros la mejor carne conservando para sí sólo algunos trozos,
y se sentían tan felices con los frutos de la areca y con los
pimientos que no se reservaban potaje de betel. Las leyen-
das populares sobre los jefes legendarios del pasado cuentan
que, aunque estos hombres poseían "más cerdos que los que
podían contarse y huertos mayores que los que se hacen
ahora", todo lo daban» (pág. 123; cfr. pág. 118f). La mayor
parte de los líderes de casas comunales eran puestos en esa
posición en contra de su voluntad. El trabajo era duro
—«sus manos siempre están llenas de tierra, y de su frente
cae continuamente el sudor» (p. 131)— y las recompensas
materiales eran nulas. Sin embargo, el principal hombre im-
portante de la aldea era ambicioso. «Se insiste, con frecuen-
cia, en que los jefes eran tan celosos de su reputación que
llegaban a inventar excusas para dar alimentos» (pág. 139).
El premio para la tacañería era una jerarquía inferior, y
271

aquel que siempre estaba listo para aprovecharse de los
demás «se hundía hasta el fondo de la escala social...»
(página 126).
B.2.3. Los Kaoka (Guadalcanal). Sobresaliente eco-
nomía de hombre importante (Hogbien, 1933-34; 1937-38).
«La reputación se acrecienta, no por la acumulación de
fortuna para uso personal, sino para darla a los demás. Cual-
quier acontecimiento importante en la vida de una persona
—matrimonio, nacimiento, muerte e incluso la construcción
de una nueva choza o canoa— se celebran con un festín
y cuantos más festines dé un hombre y cuanto más generoso
sea en la provisión de comida, tanto mayor será su presti-
gio. Los líderes sociales son los que más dan» (Hogbin, 1937-
1938, pág. 290).
B.2.4. Los Kapauku. Estos pueblos son descritos por
el etnógrafo como una especie de capitalistas de las altipla-
nicies de Nueva Guinea. Sin embargo, el sistema de hombre
importante es una variedad usual dentro de la horticultura
(batata). «Los préstamos y créditos» otorgados por los hom-
bres importantes Kapauku (tonowi, hombre rico generoso)
no son importantes en el sentido habitual (véase la nota
A.2.4); son medios de conseguir estatus por medio de la
generosidad (Pospisíl, 1958, pág. 129). «La sociedad con-
cibe a su hombre ideal como un individuo muy generoso
que, mediante la distribución de su fortuna, satisface las
necesidades de mucha gente. La generosidad es el valor
cultural más elevado y un atributo necesario para conseguir
seguidores, tanto en la vida política, como en la legal» (pá-
gina 57). El estatus del hombre importante desaparece si
es que se pierden los medios para ejercer su generosidad
(página 59); si exige demasiado puede llegar a enfrentarse
con una rebelión igualitaria— «"... tú no deberías ser el
único rico, todos deberíamos serlo, por tanto, tú debes ser
igual a nosotros" ... era la razón que dieron los habitantes
de Paniai para matar a Mote Juwojipa de Madi, un tonowi
no lo suficientemente generoso» (pág. 80; cfr. págs. 108-
110). La fortuna no es suficiente: «... un individuo egoísta
que acumule su dinero y no lo preste, nunca ve el momento
en que su palabra sea tomada seriamente y se sigan sus
consejos y decisiones, no importa lo rico que sea. El pueblo
piensa que la única justificación para hacerse rico es poder
redistribuir la propiedad acumulada entre los semejantes
menos afortunados, procedimiento por el cual se ganan su
apoyo» (págs. 79-80). Los hombres importantes compran a
precios menores que los habituales (pág. 122). Un hombre
importante resumió de una manera acertada, aunque cínica,
272










el poder otorgador de jerarquía que surge de la reciprocidad
generalizada. «Yo soy un jefe —dijo—, no porque la gente
sienta simpatía por mí, sino porque me deben dinero y
tienen miedo» (pág. 95).
B.2.5. Las altiplanicies de Nueva Guinea. El sistema
de hombre importante actuaba aquí en un contexto de linaje
segmentado como es normal en las altiplanicies. «Los "hom-
bres importantes" u "hombres poderosos" de los Kuma,
que pueden manejar grandes fortunas, son capitalistas en
el sentido de que controlan el flujo de objetos valiosos entre
los clanes y hacen nuevos regalos de su propio peculio y
decidiendo cuándo contribuir o no con los demás. Su ganan-
cia en estas transacciones consiste en el acrecentamiento de
su reputación... El propósito, no es solamente tener fortuna,
ni siquiera actuar como sólo pueden hacerlo los ricos, sino
ser conocido como rico. Además, un hombre no concreta
realmente su ambición mientras no se le perciba actuando
como si la fortuna no tuviera para él ninguna importancia»
(Reay, 1959, pág. 96; véanse págs. 110-111, 130). La conse-
cuencia obligada del hombre importante melanesio es el
«hombre miserable». «Un hombre es un "hombre miserable"
sin importancia cuando no tiene comida suficiente como para
agasajar a muchos amigos y parientes y cubrir, al mismo
tiempo, sus necesidades personales» (pág. 23). El empleo de
la reciprocidad generalizada como mecanismo de diferencia-
ción de estatus en otro caso de las altiplanicies (Kyaka) es
expuesto de manera sucinta por Bullmer: «Estos segui-
dores de un líder se encuentran normalmente en un estado
de mutua obligación para con él, por haber sido ayudados
por el líder con dotes matrimoniales u otras cosas simi-
lares, o por esperar de él ayuda de este tipo. Dicha ayuda
los obliga a comercializar por su intermedio los cerdos que
destinan al Moka (intercambio de cerdos entre los distintos
clanes)» (Bullmer, 1960, pág. 9).
B.2.6. Los Lesu. «Un hombre rico puede pagar cin-
co tsera por un cerdo por el cual otro hombre pagaría cuatro.
Cuanto más pague, mayor prestigio tendrá el comprador.
Todos sabrán entonces que es un hombre rico. Por otra parte,
el dueño del cerdo ganará prestigio si lo vende por cuatro
tsera pudiendo haber recibido cinco» (Powdermarker, 1933,
página 201).
B.2.7. Los To'ambaita (N. Malaita). Constituyen és-
tos otro buen ejemplo de un sistema típico de hombre
importante que se conforma en todos los aspectos esenciales
273









a lo que ya hemos expuesto (Hogbin, 1939, págs. 6lf; 1943-
1944, pág. 258f).
B.2.8. Los Manus. Los Manus tienen —o tenían en
la antigüedad— un sistema de hombre importante (Mead,
1934; 1937a). Sus clanes, sin embargo, se dividían en dos
categorías a las cuales estaban adscritos: los lapan (altos)
y los lau (bajos), esta jerarquización no era, según Mead, de
gran significación política, pero su aspecto económico resulta
interesante. «Entre los lapan y lau existe una especie de
ayuda mutua esperada por todos que no se diferencia mucho
de una relación feudal: los lapan se hacen cargo de las nece-
sidades económicas de los lau y los lau trabajan para los
lapan» (Mead, 1934, págs. 335-336).
Para mayores datos sobre otros sistemas de hombre im-
portante véase Sahlins, 1963. Entre los mejor descritos figu-
ran los Arapesh (Mead, 1973a; 1938, 1947), los Abelam
(Kaberry, 1940-41; 1941-42) y los Tangu (Burridge, 1960).
Deacon señaló el rasgo general: A pesar de todo lo que
se ha dicho acerca de los Maleculan, sobre su actitud acapa-
radora y burguesa hacia la fortuna, sin embargo, la genero-
sidad y la consideración hacia los propios deudores son
tenidas como virtudes... La tacañería significa un descenso
en la estima pública; ser generoso significa adquirir fama,
honor e influencia» (Deacon, 1934, pág. 200).
B.2.9. Los Sa'a. Existe aquí un principio de genero-
sidad generalizada dentro del contexto de un sistema redís-
tributivo en pequeña escala. «El buen jefe y los subditos
se consideraban unos a otros mutuamente dependientes, y
la gente amaba al jefe, el que, mediante sus festines, traía
gloria al lugar, y ésa era una de las razones por las que (el
jefe) Wate'ou'ou era llamado... "el que vigila el curso recto
de la canoa", a causa de su bondad en los festines» (Ivens,
1927, pág. 255). «Bien guardada en la casa dentro de
cestas está la posesión en dinero del jefe, que es, en cierta
medida, lo que Doraadi llama el "panga", el "banco", de
la aldea, porque el dinero se emplea con fines comunales,
tales como festines o el pago de indemnizaciones a los
familiares de los muertos. Los jefes Sa'a eran hombres de
fortuna debido a las contribuciones que en ocasiones públi-
cas les hacían sus subditos» (pág. 32). «El jefe y el sacer-
dote estaban exentos de la obligación de retribuir los regalos
recibidos que siempre se respetaba en el caso de los sub-
ditos» (pág. 8). «Se decía que los jefes kuluhie hanu ayuda-
ban a la región, acogían a la gente que acudía a ellos en
busca de protección, y la palabra kulu, acoger o levantar,
aparece en el compuesto ntanikulu'e, glorioso, palabra aso-
274









ciada con los festines y con los jefes» (pág. 129, cfr. pági-
nas 145, 147-148, 160f, 221f).
B.2.10. Los Trobriandeses. La reciprocidad generali-
zada según jerarquías está organizada como redistribución.
La ética básica era la ayuda recíproca entre jefes y pueblo.
Las muchas afirmaciones de Malinowski acerca de las obli-
gaciones económicas del cacicazgo contienen muchos datos
que arrojan luz sobre las implicaciones que la generosidad
tiene para el estatus. Por ejemplo: «... poseer es ser grande
y... la fortuna es el aditamento indispensable de la jerar-
quía social y el atributo de la virtud personal. Pero lo
importante es que, entre ellos, poseer es dar... Un hombre
que posee algo se espera naturalmente que lo comparta, que
lo distribuya, que sea legal y generoso. Y cuanto más alta
es la jerarquía, mayor es la obligación... Es así que el
síntoma principal de ser poderoso es ser rico, y ser rico es
ser generoso. La mezquindad es, por cierto, el vicio más
despreciado, y lo único sobre lo cual los nativos tienen
creencias morales firmes, la generosidad, en cambio, es la
esencia de la bondad» (1922, pág. 97). Además: «No en
todos los casos, pero sí en muchos, la entrega de bienes es la
expresión de la superioridad del dador sobre el receptor.
En otros, representa la subordinación a un jefe, o a un pa-
riente o a un pariente político» (pág. 175). «Relación entre
los jefes y los subditos. Los tributos y servicios que los
vasallos dan a un jefe y, por otra parte, las dádivas pequeñas
pero frecuentes que éste les entrega y las contribuciones
importantes que hace a todas las empresas tribales son carac-
terísticas de esta relación» (193). El jefe trobriandés tiene
dificultades para conservar su betel, y las pequeñas estrata-
gemas de que se vale para quedarse con algo constituyen
algunas de las pequeñas anécdotas del curso de introducción
a la Antropología (Malinowski, 1922, pág. 97).
B.3.0. Las llanuras de los EE.UU. Los jefes de estos
pueblos son los equivalentes locales del hombre importante
melanesio. El esquema es el mismo en gran medida; el idio-
ma cultural es distinto. Una vez más la reciprocidad genera-
lizada es aquí un mecanismo de arranque decisivo para el
liderazgo. Los honores militares eran un importante atri-
buto de los líderes, pero tanto como sobre esto, o incluso
más, su influencia descansaba en sus generosas entregas de
caballos, dinero, carne, o ayuda a los pobres y a las viudas
entre otras cosas. La facción del jefe era una pandilla errante
un grupo de personas inferiores y a menudo dependientes
por quienes el jefe se sentía responsable y de quienes podía
extraer recursos económicos. La fortuna en caballos era una
275









necesidad imperiosa para el jefe de la pandilla, ya que la
pérdida de los fondos con los cuales ejercía su generosidad
significaba también la pérdida de su influencia.
B.3.1. Los Assinoboin. «El jefe de una pandilla es
algo más que el padre nominal de todos y se dirije a ellos
como si todos fueran sus hijos» (Denig, 1928-29, pág. 431).
«Un jefe debe darlo todo para preservar su popularidad
y siempre es el más pobre de la pandilla, sin embargo, tiene
buen cuidado de distribuir sus dádivas entre sus propios
parientes o entre los ricos, a quienes puede recurrir siempre
que tiene necesidad» (pág. 499; cfr. págs. 432, 525, 547-
548, 463; sobre el elemento calculador de la generosidad
de los Assiniboin, véanse págs. 475- 514-515).
B.3.2. Los Kansa-Osage. «Los jefes y candidatos para
las elecciones públicas se vuelven populares por su desinterés
y su pobreza. Siempre que un éxito extraordinario les pro-
porciona grandes propiedades, esto es sólo en beneficio de
sus meritorios adherentes, ya que lo distribuyen con profusa
liberalidad y se precian de ser considerados los hombres
más pobres de la comunidad» (Hunter, 1823, pág. 317).
B.3.3, Los Plains Cree. «Ser jefe no es nada fácil.
Observemos ahora a este jefe. Debe mostrarse piadoso con
los pobres. Cuando ve a un hombre en dificultades debe
tratar de ayudarlo en todo lo que pueda. Si una persona le
pide algo en su tipi, se lo debe dar con buena disposición
y libre de malos sentimientos» (Mandelbaum, 1940, pági-
na 222; cfr. págs. 195, 205, 221f, 270-271).
B.3.4. Los Pies Negros. El esquema es, en esencia,
el mismo (Ewers, 1955, págs. 140-141, 161f, 188-189, 192-
193, 240f).
B.3.5. Los Comanches. Lo mismo (Wallace y Hoebel,
1952, págs. 36, 131, 209f, 240).
B.4.0. Polinesia. Ya he presentado en otras partes
los estudios pertinentes a la economía de cacicazgo en Poli-
nesia (Sahlins, 1958; 1963). La redistribución es la forma
transaccional, la reciprocidad generalizada, el principio. Las
pocas notas aquí expuestas arrojan una luz particular sobre
este principio.
B.4.1. Los Maortes. El excelente análisis de Firth so-
bre la economía maorí proporciona la mise en scéne para las
consideraciones de la reciprocidad jerárquica en Polinesia.
276









Citaré dos largos pasajes: «El prestigio de un jefe estaba
vinculado con el libre uso de la fortuna, en particular de
los alimentos. A su vez, esto tendía a asegurarle una retri-
bución mayor de la cual podía disponer para demostrar su
hospitalidad, ya que sus seguidores y parientes le traían
regalos elegidos... Aparte del abundante entretenimiento
ofrecido a los visitantes, el jefe también desembolsaba con
liberalidad su fortuna para hacer regalos a sus seguidores.
Entre los Maoríes todos los pagos se hacían a modo de
dones. Había así una reciprocidad continua entre jefe y
pueblo. El jefe actuaba también como una especie de capi-
talista tomando la iniciativa en la construcción de ciertas
"obras públicas" si es posible usar este término. Era mediante
esa acumulación y posesión de fortuna y la consiguiente
distribución copiosa de la misma, que ese hombre podía
dar aliento a esas importantes empresas tribales. El era una
especie de canal a lo largo del cual circulaba la fortuna
concentrándose sólo para correr luego libremente» (Firth,
1959a, pág. 133). «La cantidad y calidad de... los dones
recibidos tendía a aumentar con la jerarquía y la posición
hereditaria del jefe dentro de la tribu, juntamente con su
prestigio y el grupo de seguidores que lograba reunir a su
alrededor. Pero la relación no era de ningún modo unilateral.
Si bien los ingresos del jefe dependían en gran parte de su
prestigio e influencia y de las consideraciones de su gente,
ésta a su vez dependía de su trato liberal para con ella. Se
recurría constantemente a sus recursos. Debía alimentar a
sus esclavos y a aquellos que dependían directamente de él,
se esperaba que asistiera a las personas de su tribu que
acudían a él en caso de necesidad, una multitud de parien-
tes —y los vínculos de parentesco de los Maoríes son muy
extensos— esperaba de él una generosa retribución por
todos los pequeños servicios sociales que le prestaban, y un
trato amable de vez en cuando como señal de que apreciaba
su lealtad. Cuando las gentes de otras tribus le regalaban
alimentos, el cuidado de su reputación exigía que distribu-
yera una parte considerable de los mismos entre la gente de
su tribu. Por todos los regalos que se le hacían se esperaba
una retribución de valor equivalente o aún mayor... Ade-
más, las exigencias de hospitalidad no tenían fin. Debía pro-
porcionar diversiones en abundancia a los jefes visitantes y
a quienes los acompañaban. Además, en ocasiones de naci-
miento, matrimonio o muerte de cualquier persona de jerar-
quía dentro de la aldea se recurría en gran medida a sus
recursoso personales y la provisión ocasional de algún festín
también mermaba sus provisiones alimenticias. En relación
con esto ejercía al parecer control sobre las reservas comu-
nales de alimentos cuya distribución ordenaba de acuerdo
277









con las necesidades. Sí volvemos a examinar el empleo que
el jefe hace de su fortuna veremos entonces que a las dis-
tintas fuentes que lo proveían de reservas de productos les
correspondía una cantidad de obligaciones inexcusables. Co-
mo resultado se mantenía una especie de equilibrio entre
los ingresos y los gastos. En general, el jefe no poseía en
ningún momento cantidades enormes de objetos valiosos,
aunque el sistema de recepción y redistribución de bienes
hacia que una gran cantidad de ellos pasara por sus manos»
(págs. 297-298; cfr. págs. 130f, 164, 29Ai, 345-346).
B.4.2. Hawai. Los jefes tenían grandes derechos so-
bre el trabajo, los recursos, y los productos de la población
que les obedecía (makaainana) y tenían también control sobre
ciertas especialidades a la par que disfrutaban de ciertas pro-
pinas extraordinarias. El cacicazgo, que a menudo abarcaba
la totalidad de una gran isla, era un elaborado sistema de
recolección y redistribución. «El rey tenía la costumbre (nos
referimos a los jefes supremos de las islas) de construir al-
macenes en los cuales se guardaban los alimentos, el pescado,
las tapas (tejidos vegetales), los males( trajes guerreros mas-
culinos), los pa-us (faldas guerreras de las mujeres) y todo
tipo de mercaderías. Estos almacenes eran utilizados por el
Kalaimoku (jefe ejecutivo) como medio para mantener con-
forme al pueblo de modo tal que no abandonaran al rey.
Se parecían a las canastas utilizadas para pescar los peces
hinalea. El hinalea pensaba que había algo bueno dentro
del canasto y daba vueltas en torno a éste. Del mismo modo
la gente pensaba que había comida en los almacenes y
esto hacía que respetaran al rey. Tal como la rata que no de-
jará la despensa... donde piensa que hay comida, del mismo
modo la gente no abandonará al rey mientras piense que
hay comida en su almacén» (Malo, 1951, pág. 195). Sin
embargo, la tendencia en los niveles de cacicazgo más altos
—y a pesar de los bien intencionados consejos de los ase-
sores— consistía en presionar demasiado a los jefes menores
y al pueblo con los resultados de los que habla Malo: «Mu-
chos reyes fueron asesinados por el pueblo a causa de la
presión que ejercían sobre los makaainana (los subditos)»
(página 195; cfr. págs. 58, 61; Fornarder, 1880; págs. 76,
88, 100-101, 200-202, 227-228, 270-271).
B.4.3. Los Tonga. Contamos con una aguda observa-
ción por parte de un nativo de la ética económica de los
jefes que Mariner atribuye al jefe Finau. Al oír la explica-
ción de Maríner sobre el valor del dinero: «Finau respondió
que la explicación no le satisfacía; todavía le parecía tonto
que la gente asignara un valor al dinero, cuando no lo
278











podían o querían aprovechar para ningún fin útil (físico).
"Si estuviera hecho de hierro", decía, "y pudiera convertirse
en cuchillos, hachas, cinceles, entonces tendría algún sen-
tido adjudicarle valor, pero tal como es yo no le veo ninguno.
Si un hombre" agregó, "tiene más ñame del que necesita,
es mejor que lo cambie por cerdos o por gnatoo (tela hecha
de fibras vegetales). Es cierto que el dinero es mucho más
manejable y conveniente, pero puesto que no se estropeará
si se lo guarda, la gente lo acumulará en vez de compartirlo
como un jefe debe hacerlo, y por consiguiente se volverá
egoísta; mientras que si las provisiones fueran la propiedad
más importante del hombre, y deberían serlo, por ser lo
más útil y lo más necesario, no podría acumularlas porque
se echarían a perder y de ese modo se vería obligado a
cambiarlas por algo más útil o a compartirlas con sus ve-
cinos, con sus jefes inferiores y con quienes de él dependen
a cambio de nada". Terminó diciendo: "Ahora comprendo
muy bien qué es lo que hace tan egoístas a los Papalangis
("europeos"), es el dinero"» (Mariner, 1827Í, págs. 213-214).
Por el contrario, la corriente ascendente: «... la costum-
bre de hacer regalos a los jefes superiores es muy general
y frecuente. La clase más alta de los jefes por lo general
hace un regalo de cerdos y ñame al rey cada quince días.
A su vez estos jefes reciben más o menos en el mismo tiempo
los regalos de quienes están por debajo de ellos, y éstos úl-
timos de otros hasta llegar así, sucesivamente, hasta el
común de la gente» (pág. 210; cfr. Gifford, 1929).
B.4.4. Tahití. Por las acotaciones de los misioneros
Duff, parece como si Ha'amanimani, el jefe-sacerdote tahi-
tiano, era fiel al ideal expresado por Finau: «Manne Manne
tenía gran urgencia de velas, aparejos y un ancla para su
embarcación y no teníamos ninguno de estos artículos por
lo cual, aunque el capitán le dio su propio sombrero y una
variedad de otros artículos, todavía no estaba conforme y
dijo: "Muchas personas me dijeron que ustedes necesitaban
a Manne Manne, y ahora que he venido no me dais nada".
Una vez había hecho una observación similar a los misione-
ros: "Ustedes me dan", dijo, "mucho parotv (conversa-
ción) y muchas oraciones al Eatora, pero muy pocas hachas,
cuchillos, tijeras o paños". El caso es que cualquier cosa
que recibe la distribuye inmediatamente entre sus amigos
y dependientes de modo que de todos los numerosos presen-
tes que había recibido no tenía nada que mostrar excepto
un sombrero astroso, un par de pantalones de montar y una
vieja chaqueta negra que había adornado con plumas rojas.
Su prodigalidad la explica diciendo que si no fuera así no
llegaría nunca a ser rey y ni seguiría siendo un jefe impor-
279









tante» (misioneros Duff, 1799, págs. 224-225). A partir de
los datos obtenidos del diario de los Duff y de otros infor-
mes tempranos (por ejemplo, Rodríguez, 1919) parece ser
que los altos jefes tahitianos podían acumular cantidades
considerables de productos y que en especial tenían bastante
poder para exigir la entrega de alimentos a la población que
gobernaban. El consejo tradicional era el mismo que corría
en Hawai —«tu familia no debe ser acusada de esconder
alimentos. No dejes que tu nombre se asocie con el oculta-
miento de alimentos o de otros productos. Las manos del
Arii deben estar siempre abiertas; de estas dos cosas depen-
de tu prestigio» (Handy, 1930, pág. 41)—, pero en apa-
riencia los jefes tahitianos se sentían inclinados, según se
dice, a «sobrepasarse en los poderes del gobierno». (Puede
verse también: Davies, 1961, pág. 87, nota 1.)
B.4.5. Tikopia. Una corriente de dádivas le llega
desde abajo al jefe tikopiano, pero su obligación de ser gene-
roso iguala por lo menos a su capacidad para acumular co-
sas. En realidad, la generosidad era una prerrogativa que
el jefe guardaba celosamente: «Se reconoce a los jefes como
personas indicadas para controlar grandes cantidades de
alimentos y guardar en sus casas un buen número de objetos
valiosos... Pero se espera que lo que acumulan sea distri-
buido de manera tal que produzca beneficios a su pueblo.
Si una persona del pueblo acumula una gran cantidad de
cosas debe también realizar la correspondiente distribución.
Pero ese hombre sería culpado por las familias del jefe de
fia pasak "deseo de sobresalir" y sería considerado por ellos
como alguien que intenta usurpar alguno de sus privilegios.
De acuerdo con los ejemplos de las historia tikopiana es
probable que aproveharan cualquer oportunidad para apro-
piarse de sus bienes o para matarlo» (Firth, 1950, pág. 243).
En resumen, los jefes tikopianos no tolerarían mecanismos
de arranque. Esto no puede aplicarse en toda la Polinesia.
En las Marquesas, por ejemplo, la movilidad ascendente era
posible mediante «la acumulación y distribución de la for-
tuna» (Linton, 1939, págs. 150, 153, 156-157; Handy, 1923
páginas 36-37, 48, 53). (Sobre otros aspectos de la recipro-
cidad entre los jefes tikopianos y su gente véase Firth, 1936,
páginas 382-383, 401-403; 1950, págs. 34, 58, 109f, 172,
188, 190, 191, 196, 212f, 321).
B.5.0. Miscelánea.
B.5.1. El Noroeste de Norteamérica. La reciprocidad
generalizada alcanzó a la política económica de los indios
de la costa Noroeste, tanto en las distribuciones que se
280










realizan en los festivales de invierno entre los jefes como en
la relación interna de los jefes con sus respectivos segui-
dores. Los Nootka son un claro ejemplo de este aspecto.
Los jefes adquieren una variedad de derechos: sobre las
primeras capturas de salmón, las primeras recolecciones de
frutos y sobre la abundante pesca obtenida por sus subditos,
entre otras cosas (véase, por ejemplo, Druck, 1951, pági-
nas 56-57, 172, 255, 272, et passim). A su vez, «'cada vez
que un jefe recibe una cantidad de comida de cualquier tipo
da un festín para compartirla con su pueblo'» (pág. 370; ver
también Sutiles, 1960, págs. 299-300; Burnett, 1938; Co-
dere, s/f).
La economía política de los Tolowa-Tututni es en prin-
cipio la misma que prevalece en el norte, aunque se trata
de una versión menos rígida. Drucker caracteriza la relación
entre los jefes y sus seguidores como simbiótica» —«la re-
lación entre el hombre rico y sus parientes es esencialmente
de tipo simbiótico. Se dice que algunos de los hombres más
ricos no trabajaron nunca; sus seguidores cazan y pescan por
ellos. Para retribuirles, el hombre rico da fiestas y en épocas
de escasez comparte sus reservas con el pueblo. Suele com-
prar esposas para los más jóvenes, o al menos contribuye
con la mayor parte del pago; pero también es el quien
acepta y recibe los precios pagados por sus hermanas e
hijas. Tal vez lo más importante de todo sea que el hombre
rico se ve obligado a pagar indemnizaciones por los desa-
fueros cometidos por sus seguidores para salvarse y salvar-
los a ellos de las posibles represalias... El recibe también
la parte del león en cualquier indemnzación que se paga por
daños inferidos a uno de ellos» (Drucker, 1937, pág. 245;
para más datos sobre la reciprocidad jerárquica en Cali-
fornia, véase Kroeber, 1925, págs. 3, 40, 42, 55; Golds-
chidt, 1951, págs. 324-325, 365, 413; Loeb, 1926, pági-
nas 238-239).
B.5.2. Los Creek. Una de las descripciones más de-
talladas de la redistribución a cargo del jefe basada también
en el principio de reciprocidad generalizada aparece en la
descripción que en el siglo xviii hizo W. Bartran sobre los
Creek: «Una vez terminado el festín preparatorio, y cuando
todo el grano está maduro, toda la ciudad vuelve a reunirse
y todos los hombres se llevan los frutos de su trabajo de la
parte (del campo correspondientes a la ciudad) que se le
ha asignado, cosecha que depositan en el granero que indivi-
dualmente les pertenece. Pero antes de sacar sus cosechas
del campo, en la plantación, hay un gran cobertizo o granero
llamado cobertizo del rey, al que cada familia lleva una
cierta cantidad de grano y la deposita de acuerdo con sus
281










posibilidades o inclinaciones, o, si lo prefiere, no deposita
nada. Esto que en apariencia es un tributo o retribución al
mico (jefe), tiene en realidad otro propósito, el de formar
un tesoro público mediante algunas contribuciones volun-
tarias, al que todos los ciudadanos tienen acceso libre e igual
una vez que han agotado sus propias reservas, y que sirve
también como excedente al que se puede acudir en caso de
demanda de socorro para ayudar a las poblaciones vecinas
cuyas cosechas se hayan perdido, para dar alojamiento a los
extraños o a los viajeros y proporcionarles provisiones
cuando empiezan las expediciones hostiles. En suma para
cubrir todas las exigencias del estado. Este tesoro se en-
cuentra a disposición del rey o mico y constituye por cierto
un atributo real, un derecho y capacidad exclusivos dentro
de la comunidad para distribuir bienestar y bendiciones a
los necesitados» (Bartran, 1958, pág. 326; cfr. Swan-
ton 1928, págs. 277-278).
B.5.3. Los Kachin. «En teoría las personas que per-
tenecen a la clase superior reciben dádivas, reciben dádivas
por parte de los inferiores, pero esto no les depara ninguna
ventaja económica permanente. Todo el que recibe una dá-
diva queda en deuda (bka) con el dador... Es, pues, para-
dójico, que aunque un individuo de alto estatus social sea
definido como alguien que recibe dádivas... se encuentre
continuamente bajo una compulsión social que lo obliga a
dar más de lo que recibe. De otra manera se le consideraría
mezquino, y un hombre mezquino corre el peligro de per-
der su estatus» (Leach, 1954, pág. 163).
B.5.4. Los Bemba. En estos pueblos se pone de mani-
fiesto una economía redistributiva clásica, una clásica reci-
procidad generalizada entre el jefe y el pueblo. «... La dis-
tribución de alimentos cocinados es un atributo de la autori-
dad y confiere por lo tanto prestigio, y... su recepción co-
loca a un hombre en la obligación de retribuir al dador
con respeto, servicios y hospitalidad recíproca» (Richards,
1939, pág. 135). La autoridad superior es la que se en-
cuentra más comprometida en el proceso distributivo y esto
«es de todo punto necesario para el jefe si quiere cultivar
sus huertos y llevar adelante los asuntos tribales por medio
de sus consejeros. Pero el alcance es aún mayor. La entrega
de alimentos, como en la mayor parte de las tribus africanas,
es un atributo absolutamente esencial del cacicazgo, así co-
mo también de la autoridad de la aldea o de la familia, y
la organización correcta de la mayor parte de los suministros
parece despertar en los Bemba ideas de seguridad y bienes-
tar para toda la tribu... La institución del kamitembo (co-
282









cina y almacén sagrados de la tribu) parece ejemplificar esa
estrecha asociación que existe entre la autoridad y el poder
para distribuir provisiones del cual depende la organización
tribal. Al jefe le pertenecen los alimentos y recibe tributos,
pero al mismo tiempo el jefe vela por sus subditos y distri-
buye entre ellos alimentos cocinados. Estos atributos están
simbolizados en la casa del kamitembo» (págs. 148, 150).
«Nunca oí que un jefe se jactara ante otro del tamaño de
sus graneros pero con frecuencia lo hacen respecto de la
cantidad de alimentos que han recibido y luego distribuido.
En realidad, los jefes valoraban particularmente el hecho de
que parte de sus alimentos les fuera entregada y no hubiera
crecido en sus propios huertos, ya que esto les proporcio-
naba una especie de fuente a la cual recurrir. Los Bemba
dicen: "sacudiremos el árbol hasta que suelte toda su
fruta", eso significa: fastidiaremos al hombre importante
hasta que reparta sus provisiones. Si un jefe tratara de secar
la carne y guardarla para distribuirla más adelante, sus se-
guidores se sentarían por allí y la mirarían y hablarían de
ella hasta que se viera obligado a darles algo, pero las pro-
visiones que irregularmente llegan de otras aldeas les pro-
porcionan nuevos recursos de continuo» (pág. 214). «Sin
embargo, el pueblo sigue prefiriendo que su gobernante
tenga un gran granero. Supongo que le da una especie de
seguridad, una certeza de que no carecerán de alimentos en
lo fundamental y el conocimiento de que trabajan para un
hombre poderoso y afortunado... Además de esto, una
persona hambrienta tiene el derecho teórico de acudir a su
jefe para que la ayude. Muy pocas veces he oído un pedido
de este tipo, pero sin embargo, en cierto sentido el huerto
umulasa (tributo-trabajo) y el granero umulasa se considera
que pertenece al pueblo. Un hombre puede robar del huerto
tributario de un jefe pero no del de sus esposas, y a menudo
he oído a los viejos nativos hablar con orgullo de "nuestro"
granero, agregando "fuimos nosotros quienes lo llenamos
hasta el tope". De esta manera, el subdito obtiene de su
trabajo una sensación de apoyo sobrenatural, una aproxima-
ción personal a su jefe, una retribución de alimentos por
su trabajo, y provisiones en épocas de hambre, así como
la dirección de los asuntos económicos. A su vez, el jefe
obtiene un aprovisionamiento extra de alimentos a distri-
buir, los medios de mantener a su consejo tribal, el trabajo
necesario para las empresas tribales tales como la construc-
ción de caminos, y por último, aunque no lo menos impor-
tante, prestigio» (pág. 261; cfr. págs. 138, 169, 178-180,
194, 215, 221, 244f, 275, 361-362).
283










B.5.5. Los Pilagá. La generosidad no es un mecanis-
mo de arranque, pero sí un mecanismo de sostenimiento
de las jerarquías. Según las tablas de Henry (1951, pági-
nas 194, 197, 214) es el jefe quien da la mayor cantidad de
mercaderías (y a más gentes). A este respecto dice Henry:
«Podrá... observarse que en ningún caso su contribución
(es decir, la del jefe) o la de su familia a cualquier otra es
igualada o superada por cualquier otra familia. En realidad,
el número 28 (el jefe) contribuye él solo con un promedio
del 35 por 100 de los ingresos, es decir, de los alimentos
recibidos de cada familia. Vemos por lo tanto que el rol
del jefe y de su familia en la sociedad pilagá es mantener
a los demás. El jefe y su familia se convierten así en el fac-
tor unificador de la aldea. Es esto lo que da sentido al uso
de la palabra padre para designar al jefe y de la palabra hijo
para cada uno de los miembros de la aldea... La posición del
jefe también conlleva cargas además del "prestigio" que le es
propio. Todas las personas son sus hijos (kokotepi) y por
ellos es responsable. De ahí que la palabra salyaranik para
designar al jefe, significa alguien importante» (págs. 214-
215).
APENDÍCE C
NOTAS SOBRE LA RECIPROCIDAD Y LA FORTUNA
C.0.0. Reciprocidad y fortuna. Las siguientes notas
se relacionan esencialmente con las sociedades ya considera-
das en otros contextos, las citas ilustran en especial la aso-
ciación entre fortunas diferentes y generosidad (reciprocidad
generalizada). Resulta significativo el hecho de que la comida
sea el rubro que se comparte más a menudo. Los ejemplos
que señalan un compartimiento en favor de los necesitados
entre partes socialmente distantes —aquellos que por lo ge-
neral intervendrían en el intercambio equilibrado— no hacen
más que subrayar lo afirmado en esta sección.
C.1.0. Cazadores y recolectores.
C.l.l. Los Andaman. «Ya hemos afirmado antes que
todos los alimentos son de propiedad privada y correspon-
den al hombre o a la mujer que los ha obtenido. Sin em-
bargo, se espera que todo el que tiene alimentos los com-
parta con quienes no los tienen... el resultado de esta cos-
tumbre es que prácticamente toda la comida obtenida es
distribuida de una manera pareja por todo el campamento...»
(Radcliffe-Brown, 1948, pág. 43).
284









C.1.2. Los Bosquimanos. «También el alimento, ya
sea vegetal o animal, y el agua son de propiedad privada y
corresponden a la persona que los ha obtenido. Sin embargo,
se espera que toda persona que tiene alimentos los de a
aquellos que no los tienen... El resultado es que práctica-
mente todos los alimentos obtenidos se distribuyen por
partes iguales en todo el campamento» (Schapera, 1930,
página 148). Comparemos estas dos últimas acotaciones.
Constituye una suerte muy poco frecuente en la antropolo-
gía y que lo llena a uno de humilde asombro entrever la
presencia de una importante ley natural. En realidad, las
partes elididas de estas citas indican ciertas diferencias en
cuanto a la manera de distribución. Un hombre casado de
cierta edad perteneciente a los Andaman sólo compartirá
los alimentos una vez que haya reservado lo suficiente para
su familia; un hombre más joven entregará los cerdos a los
mayores para su distribución (véase, también, Radclíffe-
Brown, 1948, págs. 37-38, 41; Man, s/f, págs. 129, 143
nota 6). Cualquiera que haya obtenido caza o veldkos
entre los Bosquimanos, la comparte según dice Schapera.
Un Andaman perezoso o desamparado recibirá alimentos
a pesar de la probabilidad o certeza de que no los retribuirá
(Radcliffe-Brown, 1948, páf. 50; Man, s/f, 25). Un cazador
perezoso lo pasa bástate mal entre los bosquimanos; un
disminuido físico es abandonado por todos excepto por sus
parientes más cercanos (Thomas, 1959, págs. 157, 246;
véase también Marshall, 1951, acerca del compartimiento
entre los Bosquimanos).
C.1.3. Los esquimales. Con frecuencia se le pide al
cazador de focas de Alaska que entregue carne, en especial
en los duros meses de invierno, pedidos que no suelen ser
rechazados (Spencer, 1959, págs. 59, 148-149). «En tiempos
de escasez de alimentos el cazador afortunado y su familia
podían llegar a tener hambre, aunque en su generosidad
había dado todo lo que tenía a mano» (pág. 164). Son nota-
bles las obligaciones que el afortunado tiene dentro del
campamento hacia los que no son parientes suyos: «La ge-
nerosidad era una virtud primaria y ningún hombre podía
arriesgarse a tener una reputación miserable. Es así que
cualquier miembro de la comunidad, ya fuera de la costa
o del interior, podía pedir ayuda a un hombre de fortuna
y nunca se le negaba. Esto podría significar que el hombre
de fortuna se vería obligado a mantener a todo un grupo
en épocas de estrecheces. También en este caso la ayuda
abarcaba incluso a los no parientes» (pág. 153; presumible-
mente estos no parientes podían en otros momentos inter-
venir en intercambios equilibrados como por ejemplo en el
285










«juego de las ofertas», véase A. 1.7.). Las personas haraganas
se aprovechaban de la liberalidad de un cazador, y no retri-
buyen necesariamente aunque tengan sus propias reservas
(páginas 164-165; véase también, págs. 345-351, 156-157,
para distribuciones en las cuales los pobres salen ganando
materialmente).
En general, entre los esquimales se considera que la
caza mayor es de «propiedad común» aunque no lo son los
animales pequeños; sin embargo, el cazador podría invitar
en cualquier caso a la gente de su campamento a una
comida (Rinkr 1875, pág. 28f; Birket-Smith, 1959, pági-
na 146; véase también Boas, 1884-85, págs. 562, 574, 582;
Weyer, 1932, págs. 184-186).
Las observaciones de Spencer acerca de la relación de
los esquimales de Alaska ante la gran crisis de los años 30,
resulta interesante en el contexto de la conducta económica
durante épocas de escasez general. Al parecer el sentido
comunitario de conciencia de grupo se ha desarrollado más
que en una época de prosperidad. Los que se ocupaban de
la caza estaban obligados por la costumbre a compartir sus
capturas —focas, morsas, caribúes, u otros animales— con
los miembros menos afortunados de la comunidad. Pero
aunque el factor de compartimiento operaba entre los no
parientes, las circunstancias económicas de la época amplia-
ron el sistema familiar aborigen a modo- de una institución
cooperativa. Las familias trabajan juntas y proyectaban sus
esfuerzos conjuntos en beneficio de la comunidad entera.
El regreso a las pautas sociales aborígenes en una época de
estrechez económica parece haber dado al sistema familiar
una fuerza que todavía posee. Sin embargo, como puede ob-
servarse, los acuerdos cooperativos entre no parientes dentro
de la comunidad tienden a rompenser con la adición de
nuevos bienes» (Spencer, 1959, págs. 361-362).
C.1.4. Los aborígenes australianos. Las comunidades
locales de Walbiri o de las tribus amigas podían recurrir a
sus vecinos los Walbiri en caso de necesidad. Siempre eran
bienvenidos, aún cuando las provisiones del huésped fueran
limitadas, y había un cierto grado de equilibrio en la relación
económica. Los pedidos de las comunidades hambrientas «A
menudo tomaban la forma de apelaciones a vínculos reales
de parentesco y, formuladas en estos términos, eran muy
difícil negarse. Los que clamaban por ayuda, tarde o tem-
prano hacían regalos de armas, cintas para el cabello, tin-
turas y otras cosas por el estilo para expresar su gratitud, y
otro aspecto muy importante, para liberarse de los sentimien-
tos de vergüenza o de embarazo» (Meggitt, 1962, pág. 52).
En las estaciones de escasez, todos los Arunta compartían
286











las provisiones, quedando sin efecto las consideraciones
usuales referidas al estatus de generación, sexo y paren-
tesco (Spencery Gillen, 1927, págs. 38-39, 490).
C.1.5. Los Negritos Luzón. Se comparten grandes
cantidades de comida y siempre que se hace un buen
hallazgo se invita a los vecinos a compartirlo hasta que se
termina (Vanoverbergh, 1925, pág. 409).
C.1.6. Los Naskapi. Lo mismo (por. ejemplo Lea-
cock, 1954, pág« 33).
C.1.7. Los pigmeos del Congo. Un cazador no puede
negarse muy fácilmente —en presencia de la opinión pú-
blica— a compartir su caza en el campamento (Putman, 1953,
página 333). Por lo menos los animales mayores son compar-
tidos por lo general por extensos grupos familiares; no
sucedía así con los vegetales que no se distribuían a menos
que alguna familia careciera de ellos y otras acudiesen en su
ayuda» (Schvesta, 1933, págs. 68, 125, 244).
C.1.8. Los Shoshoni occidentales. Esencialmente, el
comportamiento de la caza mayor era el mismo, y también
se compartían los productos menores dentro del campamento
en favor de los necesitados (Steward, 1938, págs. 60, 74,
231; cfr. también págs. 27-28 acerca de la ayuda a familias
cuyas cosechas de piñones no eran suficientes).
C.1.9. Los Tungus norteños (cazadores montados).
Los botines de caza, según la costumbre de nimadif, ingresa-
ban al clan —«en otras palabras, el fruto de la cacería no
pertenece al cazador sino al clan» (Shirokogoroff, 1929, pá-
gina 195)—. Había una gran disposición a ayudar a los
compañeros de clan que se hallaban necesitados (pág. 200).
Se asignaban renos a los pobres después de plagas que diez-
maban el ganado, por este motivo no podían encontrarse
familias que tuviesen más de sesenta renos (pág. 296).
C. 1.10. Indios Chipewayan y Coper del norte. Samuel
Hearne, observa un estallido de «amistad desinteresada»
entre los miembros de su tripulación cuando se preparan
para atacar a algunos esquimales: «Nunca la reciprocidad
de intereses fue apreciada de una manera más general entre
un grupo de personas que en la presente ocasión dentro de
mi tripulación, ya que nadie tenía necesidad de algo que
otro pudiera proporcionarle; y si alguna vez el espíritu de
amistad desinteresada llegó a los corazones de los indios del
norte, en esta ocasión se demostró en el significado de la
287










palabra. La propiedad de cualquier clase que pudiese resul-
tar de utilidad general dejó de ser privada, y todo el que
tuviera algo que cumpliera esa condición parecía orgulloso
de tener la oportunidad de darlo o de prestarlo a los que
no lo tenían o lo necesitaban con mayor urgencia» (Hear-
ne, 1958, pág. 98).
C.2.0. Indios de las llanuras. En muchas tribus nor-
teñas la cantidad de caballos aptos para la caza del búfalo
no era suficiente ya que existía una posesión desigual de los
mismos. Sin embargo, los que no los tenían no carecían de
alimentos ya que la carne circulaba entre los desposeídos
de distintas maneras. Por ejemplo:
C.2.1. Los Assiniboin. Observa Deing, que en un
gran campamento los hombres,que carecían de caballos, así
como los viejos o los que no podían montar, solían seguir
la cacería, apoderándose de la carne que quisieran, pero de-
jando para el cazador las partes más seleccionadas, así
tenían la carne que necesitaban (Dening, 1928-29, pág. 456;
confróntese pág. 532). Cuando escaseaba la comida, la
gente solía espiar las viviendas que estaban mejor provistas
y se caía por allí a las horas de las comidas ya que «ningún
indio come ante los huéspedes sin ofrecerles una parte, aún
cuando sea la última porción que le quede» (pág. 509; con-
fróntese pág. 515). Sucedía a veces que los viejos adulaban
tanto al jinete cuando volvía de su cacería, que al llegar a
su vivienda («con frecuencia») había dado todo lo que
traía (págs. 547-548).
C.2.2. Los Pies Negros. Los que tenían pocos caba-
llos podían pedirlos prestados a los afortunados —sumán-
dose así al número de sus seguidores— y en particular aqué-
llos cuyos ganados habían resultado diezmados por la des-
gracia recibían la ayuda de los más afortunados (Ewers, 1955,
páginas 140-141). Una persona que pedía un caballo para
ir de caza podía retribuir al propietario con la mejor carne
que trajera, pero esto dependía evidentemente de las provi-
siones con que contara el dueño del caballo (págs. 161-162).
Si no era posible pedir prestado, el hombre tenía que de-
pender del rico para abastecerse de carne y por lo general
debía conformarse con las partes peores (págs. 162-163;
véase también págs. 240-241). Se cita el caso de un guerrero
mutilado que a partir del momento de su desgracia recibió
de su pandilla vivienda, caballos y comida (pág. 213). Se
esperaba que aquéllos que capturaban caballos en sus co-
rrerías los compartieren con los menos afortunados, pero a
menudo se suscitaban discusiones al respecto (pág. 188;
288










comparar con los Ojibway de la llanura y su generosidad
antes de cada correría, C.2.5.). Obsérvese como las dife-
rencias en cuanto a riqueza generalizan el intercambio: en
el comercio intratribal, los hombres ricos pagaban las cosas
más caras que los demás, por ejemplo, el hombre medio
daba dos caballos por una camisa y unos pantalones, mien-
tras que el hombre rico pagaba de tres a nueve caballos por
lo mismo (pág. 218). Además, un hombre daba caballos a
los necesitados con frecuencia «para ensalzar su nombre» y
los pobres podían obtener ventajas del rico entregándole
pequeños regalos o simplemente hablando bien de él, de
modo que los oyera en la esperanza de ser retribuidos con
un caballo (pág. 255). Ewers resume de este modo la rela-
ción económica entre ricos y pobres: «Se creía que la gene-
rosidad era una responsabilidad de los ricos. Se esperaba
de ellos que prestaran caballos a los pobres para ir de caza
y para cambiar el campamento de lugar, que les propor-
cionaran alimentos y que de vez en cuando les regalaran
caballos. En el trueque intratribal se suponía que debían
pagar más que los indios cuya situación no era tan buena.
Si el hombre rico tenía ambiciones políticas era particular-
mente importante que fuera liberal en sus dádivas para
ganarse un buen número de seguidores que apoyaran su
candidatura» (pág. 242).
La reacción ante una escasez general era un aumento
del compartimiento. Los períodos invernales de escasez eran
comunes: «En esas ocasiones los ricos, que habían guardado
gran número de provisiones para el invierno durante la
estación anterior, debían compartir sus alimentos con los
pobres» (Ewers, 1955, pág. 167). La estructura jerárquica
de la pandilla también estaba destinada a una ayuda organi-
zada: los cazadores debían entregar las piezas capturadas al
jefe de la pandilla quien las cortaba y distribuía por partes
iguales a cada familia. Cuando la caza se hacía más abun-
dante, ésta «forma primitiva de racionamiento de alimen-
tos» cesaba y el jefe dejaba su rol distributivo central (pá-
ginas 167-168).
C.2.3. Los Cree de la llanura. Se manifestaba la mis-
ma inclinación de aquéllos que se encontraban en una situa-
ción ventajosa a compartir la carne con quienes no poseían
caballos, a regalar caballos en ciertas ocasiones —por lo
cual la única retribución que recibían de los pobres era la
lealtad (Mandelbaum, 1940, pág. 195)— y a otras generosi-
dades frecuentes en las llanuras en relación con las diferen-
cias de fortuna (págs. 204, 221, 222, 270-271; véase tam-
289









bien Wallace y Hoebel, 1952, pág. 75 et passim sobre los
Comanches; Caues sobre los Mandan (indios de aldea), 1897,
página 337).
C.2.4. Los Kattsa. Escribe Hunter, que si una de las
partes que han llegado a un acuerdo de intercambio no cum-
pliera con sus obligaciones por causa de enfermedad o de
mala suerte en la cacería, no se lo apremiaba, ni cesaban
las relaciones amistosas con sus acreedores. Pero uno que
faltara a sus obligaciones por haraganería era considerado
un mal indio y sus amigos lo abandonaban —sin embargo,
esos casos eran raros (Hunter, 1823, pág. 295)—. Además,
«... nadie que ocupara un lugar respetable pasaría necesida-
des o sufrimientos de ningún tipo, mientras estuviera en
poder de los otros miembros de su comunidad evitarlo. En
este aspecto son de una generosidad extravagante; siempre
suplen las necesidades de sus amigos a costa de su propia
superabundancia» (pág. 296).
La reciprocidad generalizada se intensificaba aparente-
mente en épocas de escasez. «En cualquier momento en que
predomine la escasez, se prestan unos a otros, o más bien
comparten unos con otros sus respectivas reservas hasta que
las agotan. Me refiero a aquellos que son previsores y que
tienen buen carácter. Cuando el caso no es éste, las necesi-
dades de los individuos se consideran con relativa indiferen-
cia; aunque la parte que les corresponde a sus familias en
las existencias, tiene un origen común en la exigencia pú-
blica» (pág. 258).
C.2.5. Los Ojibway de la llanura. Tanner y su familia
ojibway desamparados llegan a un campamento de los Oji-
bway y los Ottawa; los jefes del campamento se reúnen
para considerar su pedido y un hombre después de otro se
ofrecen como voluntarios para salir de caza para la gente de
Tanner; FaBrWi del grupo de Tanner es mezquina* con
ellos, pero su marido le pega por eso (Tanner, 1956, pá-
ginas 30-34). En circunstancias similares, un Ojibway que
les dio alojamiento insistió en recibir algunos adornos de
plata y otros objetos de valor como retribución por haber
dado a la familia de Tanner algo de carne durante el in-
vierno. Esta insistencia en el intercambio sorprendió a Tan-
ner, quien la consideró despreciable ya que su gente estaba
hambrienta —«Nunca me había encontrado con un caso así
entre los indios. Por lo general están dispuestos a dividir
sus provisiones con el que acude a ellos por necesidad» (pá-
gina 47; véanse también págs. 49, 60, 72-73, 75, 118,
119)—.
Durante un período de epidemia y de escasez general de
290












alimentos en un campamento Ojibway, Tanner y otro caza-
dor lograron matar un oso. «De la carne de este animal»,
escribió, «no pudimos comer ni un bocado, sino que lo lle-
vamos a casa y lo distribuimos entre todas las familias en
igual proporción» (pág. 95). En otra ocasión similar, un
indio que había matado dos alces trató de convencer a Tan-
ner de que los compartieran secretamente escondiéndole la
carne al resto del campamento. Tanner que era mejor indio
que el otro, se negó, salió a cazar, mató cuatro osos y los
distribuyó entre los hambrientos (pág. 163).
En la conducta económica especial propia de la guerra:
si un hombre de la partida guerrera carecía de mocasines
o de municiones, tomaba una muestra de esos objetos y ca-
minaba por el campamento hasta encontrar a una persona
bien provista; por lo general esta última entregaba el ob-
jeto deseado sin necesidad de que nadie hablase; a veces
también el líder del grupo iba de hombre en hombre apo-
derándose de lo que necesitaba una persona (pág. 129).
C.3.0. Miscelánea.
C.3.1. Los Nuer. Véanse las citas que figuran en el
texto de esta sección: «Los parientes deben ayudarse unos
a otros, y si uno tiene en exceso una cosa debe compartirla
con sus vecinos. En consecuencia ningún Nuer cuenta con
excedente» (Evans-Pritchard, 1940, pág. 183). La recipro-
cidad generalizada característica entre los que tienen y los
que no tienen se manifiesta en especial entre los parientes
cercanos y los vecinos, en los poblados-campamentos de la
estación seca y durante las estaciones en que las provisiones
suelen ser escasas (págs. 21, 25, 84-85, 90-92; 1951. pági-
na 132; Howell, 1954, págs. 16, 185-186).
C.3.2. Los Kuikuru. (Xtngúes superiores). El con-
traste entre el manejo de la cosecha más importante, la de
mandioca, y la disposición del maíz, constituye un ejemplo
instructivo de la relación del compartimiento con las reser-
vas de que se dispone. Las familias Kuikuru se autoabastecen
por lo general; comparten poco entre ellos, en especial en
lo que se refiere a la mandioca que se produce con facilidad
y en gran cantidad. Pero durante la estadía de Carneiro,
sólo cinco hombres de la aldea plantaron maíz y su cosecha
fue distribuida a la comunidad (Carneiro, 1957, pág. 162).
C.3.3. Los Chukchee. A pesar de que su reputación
antropológica parece afirmar lo contrario, la generosidad
de los Chukchee es notoria «hacia cualquiera que esté nece-
sitado» (Bogoras, 1904-09, pág. 47). Entre estos se incluyen
291










los extraños, tales como las pobres familias Lamut, que
fueron mantenidas por sus vecinos ricos, los Chukchee, sin
tener que pagar nada, y también los hambrientos pueblos
rusos en favor de quienes los Chukchee mataron su ganado
sin obtener retribución (pág. 47). Durante el sacrificio de
animales que se celebraba anualmente en otoño, cerca de
una tercera parte de los ciervos son entregados a los invita-
dos de quienes los matan, especialmente si son pobres
no se espera retribución; sin embargo, los campamentos
vecinos podían intercambiar los animales sacrificados en
esa época (pág. 375). En caso de que el ganado sufriera
serios contratiempos, los campamentos vecinos —esto no
es necesario decirlo— podían prestar ayuda (pág. 628). El
tabaco es muy apreciado por los Chukchee, pero no se lo
acapara cuando escasea; «... la última pipa se divide o se
fuma por turnos» (págs. 549, 615f, 624, 636-638).
C.3.4. California-Oregon. El «hombre rico de los
Tolowa-Ttutni era, como ya hemos observado, una fuente
de ayuda para su pueblo (Drucker, 1937). Los más pobres
dependían de la bondad de los más ricos. «Dentro del grupo
de la aldea los previsores compartían su comida con los im-
prudentes» (Dubois, 1936, pág. 51). Acerca de Yurok, es-
cribe Kroever que a veces se vendían los alimentos, «pero
que ningún hombre de bien caía en esa práctica» (1925, pá-
gina 40), lo cual implica que en este caso el intercambio
sería generalizado más que equilibrado (Venta). De una
manera similar Kroever observa que entre los Yurok, las
pequeñas dádivas eran retribuidas por lo general, ya que
«los regalos eran evidentemente el lujo de los hombres ricos»
(página 42; cfr. pág. 44 acerca de la distribución liberal del
pescado por parte de los pescadores afortunados). La carne,
el pescado y otros productos similares obtenidos en gran
cantidad por las familias Patwin eran entregados al jefe para
que este los distribuyera entre las familias más necesitadas;
además, una familia podía exigir comida a los vecinos afor-
tunados (McKern, 1922, pág. 245).
C.3.5. Oceanía. El complejo hombre importante me-
lanesio, donde quiera que se presente, destaca la prevalencia
de la reciprocidad generalizada en el intercambio entre per-
sonas de fortunas diferentes.
La descripción hecha por los misioneros Duff, de la ge-
nerosidad tahitiana, en especial de la riqueza obliga, es tal
vez demasiado buena para ser verdad, y de todas maneras
demasiado buena para ser adecuada desde el punto de vista
analítico: «todos son amistosos y generosos, incluso ante
una falta; pocas veces rehusan algo a alguien que los impor-
292









tune con sus pedidos. Sus regalos son liberales hasta la pro-
fusión. La pobreza nunca hace despreciable a un hombre,
en cambio ser ambicioso y opulento es la mayor vergüenza
y lo más reprochable. Si un hombre dejara entrever síntomas
de una avaricia incorregible y se negara a repartir lo que
tiene en épocas de necesidad, sus vecinos se apresurarían a
destruir toda su propiedad y a colocarlo en pie de igualdad
con los más pobres dejándole apenas una choza donde refu-
giarse. Prefieren dar las ropas con que se cubren antes de
que los llamen superiores o mezquinos» (1799, pág. 334).
La exposición de Firth sobre el comportamiento de los
Maoríes en favor de los necesitados es más mesurada: «En
épocas de escasez de provisiones... las personas por lo ge-
neral no se guardaban el producto de su labor, sino que lo
compartían con los demás habitantes de la aldea» (Firth,
1959, pág. 162). Esto puede aplicarse tanto a las selvas
de Nueva Zelanda como a las sabanas del Sudán: «el ham-
bre o la verdadera necesidad en el seno de una familia no era
posible mientras los otros habitantes de la aldea tuvieran
abundante provisión de comida» (pág. 290).
En relación con las respuestas a la escasez general, re-
sulta interesante la aparición en los atolones polinesios esca-
sos en alimentos, de tierras de reserva administradas segun
los intereses grupales, cuyos productos eran periódicamente
compartidos por las comunidades (por ejemplo, Beagle-Hole,
E. y P., 1938; Hogbin, 1934; McGregor, 1937). El nuevo
estudio de Tikopia realizado por Firth y Spillius, proporciona,
sin embargo, el informe tal vez más comprensivo de la
reacción de una sociedad primitiva ante una escasez de ali-
mentos intensa y prolongada. La reacción fue muy lejos-
aunque el comercio en comestibles no prosperaba, lo hacían
por cierto el robo y la restricción del compartimiento de
comida a la esfera hogareña. Estas respuestas que significan
un aumento de la reciprocidad negativa y una disminución
del sector de intercambio generalizado, eran progresivas al
parecer, aumentando a medida que la crisis se hacía más
profunda. Es imposible aquí hacer justicia a los análisis de
Firth y de Spillius, pero por lo menos resultará útil extraer
algunas de las observaciones del resumen hecho por Firth
sobre la conducta de intercambio durante la hambruna:
«puede decirse en general... que mientras la moral se de-
generaba bajo la presión de la hambruna, se mantenían las
buenas maneras. Hasta en los momentos de mayor escasez
se mantenían las modalidades habituales para servir la co-
mida... Pero mientras en cuestiones de hospitalidad siguie-
ron manteniéndose todas las formalidades de la etiqueta du-
rante todo el período de hambruna, su esencia cambió radi-
calmente. En realidad ya no se compartían los alimentos
293









con los visitantes. Además, una vez cocinados los alimentos
se los... escondía, a veces incluso se los guardaba en una
caja... Ante tales hechos, resultaron afectados los vínculos
de parentesco, aunque no del mismo modo que las reglas
más generales de hospitalidad. Los parientes que llegaban de
visita eran tratados como huéspedes comunes; no se compar-
tía con ellos la comida... En muchos casos, si quedaba co-
mida en una casa, un miembro de la familia permanecía
allí para vigilarla. A esta altura señala Spillius, que los ha-
bitantes no temían tanto los robos realizados por los extraños
como las incursiones de los parientes que en circunstancias
normales hubieran sido bienvenidos permitiéndoseles llevar
lo que les placiera. En la definición de los intereses de pa-
rentesco que se produjo bajo la tensión de la hambruna,
hubo cierta atomización de los mayores grupos de parentesco
en lo que a consumo se refiere, y una integración más es-
trecha del grupo individual. (En circunstancias normales, es-
te grupo incluía a la familia elemental, aunque a veces tam-
bién a otros parientes.) Incluso en el momento culminante
de la hambruna, al parecer se mantuvo dentro de la familia
elemental un pleno compartimiento de los alimentos. La
atomización tendía a ser más fuerte donde la escasez era más
desesperante, y debemos recordar que las provisiones varia-
ban considerablemente en los diferentes grupos, dependiendo
esto del tamaño del mismo y de la cantidad de tierra que
poseía. Pero hubo un aspecto en el que la fortaleza de los
vínculos de parentesco se puso de manifiesto, fue en la cos-
tumbre común de colectivizar las provisiones, en especial
en los lugares donde los alimentos, aunque escasos, no fal-
taban en grado extremo. Las familias estrechamente relacio-
nadas "unieron sus hornos" (tau umu) aportando cada uno
su propia provisión de alimentos y compartiendo luego el
trabajo del horno y el momento de la comida... los Tikopia-
nos evitaron en la medida de lo posible su responsabilidad
de parentesco no bien definida durante la hambruna, pero sin
embargo, no mostraron disposición alguna a rechazar la res-
ponsabilidad que había sido definida específicamente por el
compromiso. Lo que hizo la hambruna fue revelar la solida-
ridad de la familia elemental. Pero también puso de mani-
fiesto la fortaleza de otros vínculos de parentesco asumidos
personalmente...» (Firth, 1959, págs. 83-84).
C.3.6. Los Bemba. En este pueblo es importante la
incidencia de la reciprocidad generalizada unida a las diferen-
cias en cuanto a provisión de alimentos, incluso durante las
estaciones de hambre general. Es así que, «si las cosechas de
un hombre son destruidas por alguna calamidad inesperada,
o si lo que ha plantado no es suficiente para cubrir sus
294










necesidades, los parientes que viven en su propia aldea pue-
den colaborar con él, dándole canastos de grano u ofrecién-
dole que comparta sus comidas. Pero si la comunidad toda
ha sufrido la misma aflicción, por ejemplo, una plaga de
langosta o la incursión de un elefante, el jefe de familia se
trasladará junto con todos los miembros de ella a vivir con
otro pariente en una zona- donde el alimento sea menos
escaso... Este tipo de hospitalidad es común en la estación
del hambre, cuando las familias recorren toda la región "en
busca de potaje"... o "escapando del hambre"... En esos
momentos las obligaciones legales del parentesco dan como
resultado un tipo peculiar de distribución de alimentos,
tanto dentro de la aldea como de los alrededores, que no
se da en esas comunidades modernas en las cuales se prac-
tica una economía doméstica más individual» (Richards, 1939
páginas 108-109). «La condición económica en la que (una
mujer Bemba) vive, hace necesario el compartimiento recí-
proco de los alimentos más que su acumulación, y amplía
la responsabilidad individual más allá de su propia familia.
Es evidente, entonces, que a una mujer Bemba no le vale
la pena acumular mucho más grano que los demás. Si lo
hiciera, sólo tendría que distribuirlo, y durante la última
plaga de langosta, los habitantes cuyos huertos escaparon a
la destrucción, se quejaban de no estar en mejor situación
porque "nuestra gente viene a vivir con nosotros o nos pide
canastos de mijo"» (págs. 201-202).
C.3.7. Los Pilaga. La tabla núm. 1 de Henry (1951,
página 194), indica que todas las personas no productivas
de la aldea estudiada —recordemos que se trataba de un
período de provisiones muy escasas— recibían alimentos
de un número mayor de personas que aquellas a las que
habían cumplimentado con anterioridad. El equilibrio «ne-
gativo» de estos casos —los viejos y los ciegos, las mujeres
ancianas, etc.— varía de 3 a 15, y las ocho personas re-
gistradas como improductivas, suman más de la mitad que
aquéllas que muestran el mencionado equilibrio negativo.
Esto es contrario al comportamiento habitual de los Pilaga:
«Pronto se pondrá de manifiesto por lo que los tablas indican
que los Pilaga en conjunto dan a un número mayor de gen-
te que aquél del cual han recibido algo, pero también que
en el caso de los Pilaga improductivos, la situación se in-
vierte» (págs. 195-197). El equilibrio negativo de la gente
improductiva "se muestra tanto el número de transacciones
como en el número de personas a las que se da, menos el
número de personas de las que se recibe (pág. 196). En la
Tabla III, que representa las razones aproximadas de canti-
dad de alimentos recibidos por cantidad de alimentos dados,
295









figuran diez personas improductivas, y en el caso de ocho
de ellas, los ingresos superan a los egresos; hay seis perso-
nas muy productivas o de productividad excepcional, y en
el caso de cuatro de ellas, los egresos superan a los ingresos,
una tiene ingresos mayores que los egresos y otra iguala in-
gresos y egresos (pág. 201). Interpongo que éstos números
indican que los que tenían alimentos los compartían general-
mente con aquellos que no los tenían.
296









6. EL VALOR DE INTERCAMBIO
Y LA DIPLOMACIA DEL COMERCIO PRIMITIVO
La economía antropológica puede reclamar respetable-
mente una teoría propia del valor formulada según los des-
cubrimientos empíricos hechos en su propio campo de eco-
nomía primitiva y campesina. En muchas sociedades se han
descubierto «esferas de intercambio» que determinan para
las diferentes categorías de productos posiciones diferentes
dentro de una jeraquía moral de la virtud. Esto es cualquier
cosa menos una teoría del valor de intercambio. Los diversos
valores asignados a las cosas dependen específicamente de
las barreras que se oponen a su intercambio y de la incon-
vertibilidad de los productos pertenecientes a esferas dife-
rentes; y en cuanto a las transacciones («traspasos») den-
tro de cualquier esfera, no se han especificado aún determi-
nantes de los precios (cfr. Firth, 1965; Bohannan y Dal-
ton, 1962; Salisbury, 1962). Por lo tanto, la nuestra es
una teoría del valor en el no intercambio o del no intercam-
bio del valor, lo cual puede resultar tan adecuado para una
economía no basada en sólidos principios comerciales, como
paradójico desde el punto de vista del mercado. Sin embargo,
resulta evidente que la economía antropológica deberá com-
pletar su teoría del valor con una teoría del valor de inter-
cambio, o si no, abandonar el campo en este aspecto a las
fuerzas comerciales de costumbre: oferta, demanda y precios
equilibrados.
Este ensayo constituye una exploración en vistas a de-
fender el terreno como territorio antropológico. Pero se
mantendrá en todo sentido en la «economía de la Edad de
Piedra» y más bien en su primera fase que en la última. Sus
armas intelectuales son las hachas más burdas, capaces sólo
de asestar golpes inoportunos al objetivo, y pasibles de des-
moronarse frente a nuevos materiales empíricos1.
1 No trato de formular aquí una teoría del valor en general. Mi
principal preocupación es el valor de intercambio. Por el «valor de
intercambio» de una mercadería (A), entiendo la cantidad de otras
mercaderías (B, C, etc.) que se reciben en pago por ella, como dice
una famosa copla «una cosa vale tanto como dan por ella». En cuanto
a las economías históricas en cuestión, queda aún por ver si este
«valor de intercambio» se aproxima al «valor» ricardiano-marxista, es
decir, el trabajo social promedio encerrado en el producto. Si no fuera
por la ambigüedad que introducen las esferas del intercambio al
297










En realidad, las circunstancias son difíciles. Es verdad
que a veces resultan desconcertantes desde el punto de
vista ortodoxo de la oferta y la demanda y generalmente
siguen siéndolo aunque, a falta de un mercado que fije los
precios, uno llegue a un significado de «oferta» y «demanda»
más relevante que las definiciones técnicas habituales (es
decir, las cantidades de que se dispondría y lo que se
cobraría por encima de una serie de precios). Sin embargo,
las mismas circunstancias son tan perturbadoras para las
convicciones antropológicas como aquellas que surgen de la
preponderancia de la «reciprocidad» en las economías pri-
mitivas, cualquiera sea su significado. En realidad, las cir-
cunstancias son perturbadoras precisamente porque pocas
veces nos tomamos la molestia de decir qué significan como
equivalencia de intercambio.
Además, pocas veces se encuentra una «reciprocidad»
que abarque datos materiales precisos. El hecho caracterís-
tico del intercambio primitivo es la indeterminación de
los precios. En distintas transacciones, mercaderías similares
se intercambian por otras en proporciones diferentes —esto
sucede especialmente en el conjunto de transacciones ordi-
narias, en la entrega de dones y en la ayuda mutua que se
realizan diariamente, y en la economía interna de los grupos
de parentesco y en las comunidades. Virtualmente, las mer-
caderías pueden ser consideradas equivalentes por las per-
sonas que intervienen en el trato, y la variación en cuanto
a precios ocurre dentro del mismo período, lugar y conjunto
de condiciones económicas. En otras palabras, las estipu-
laciones habituales de imperfección mercantil no son res-
ponsables en apariencia.
Tampoco es posible atribuir la variabilidad de la reci-
procidad a esa suprema imperfección, a ese regateo, ya que
a falta de una interconexión entre diferentes transacciones
la competencia se reduce a su mínima expresión, es decir,
a una confrontación interminable entre comprador y ven-
dedor. Aunque desde el punto de vista teórico serviría para
explicar esa indeterminación, el regateo es una estrategia
demasiado marginal en el mundo primitivo como para
llevar sobre sí el peso de una explicación general. Para la
mayoría de los pueblos primitivos resulta completamente
desconocido y, para el resto, es más que nada una relación
episódica con los extraños.
asignar a las mercaderías una categoría relativa diferente, el término
«valor relativo» podría ser más aceptable desde todo punto de vista
que «valor de intercambio»; donde el contexto lo permita reempla-
zaré el primero de estos términos. «Precio» es una expresión que
reservo para el valor de intercambio expresado en términos mone-
tarios.
298

(Permítaseme aquí un impertinente excursus, de nin-
guna manera justificado por una aparente ignorancia per-
sonal de la economía: la fácil suposición de circunstancias
extremas cuyo alcance teórico es nulo o que constituyen
un caso límite parece ser una característica de los intentos
de aplicar el aparato comercial formal a la economía primi-
tiva. Por ejemplo, la demanda tal como se da en un mer-
cado de alimentos de una ciudad sitiada con sus caracte-
rísticas de elasticidad y de posible sustitución de produc-
tos; la susceptibilidad de la oferta en una feria de pescado
durante las últimas horas de la tarde; eso para no mencio-
nar la cotización como «capital empresario» de la leche de
madre (Goodfellcjw, 1939); y la disculpa reiterativa de no
aprovechar una buena oportunidad invocando la preferen-
cia local por los valores sociales antes que por los materiales.
Es como si los pueblos primitivos se las ingeniaran de
alguna manera para erigir una economía sistemática bajo
esas condicones teóricamente marginales en las que, según
el modelo formal, el sistema fracasa.)
En realidad, las economías primitivas parecen un desafío
a la sistematización. Resulta prácticamente imposible dedu-
cir cuáles son los precios estándar más comunes de cual-
quier corpus de transacciones registradas por los etnógrafos
(cfr. Driverg, 1962, pág. 94; Harding, 1967; Pospisil, 1963;
Price, 1962, pig. 25; Sahlins, 1962). El etnógrafo puede
llegar a la conclusión de que estos pueblos no atribuyen
un valor fijo a sus mercaderías. Y en el caso de que llegue
a confeccionarse una tabla de equivalencias —valiéndose
de medios no muy confiables— los intercambios reales, a
menudo, difieren radicalmente de las pautas establecidas,
mostrando, sin embargo, cierta tendencia a aproximarse a
ellas en los tratos correspondientes a la periferia social, tal
como sucede entre miembros de comunidades o tribus dife-
rentes, mientras que en un amplio sector interno donde las
consideraciones de distancias de parentesco, jerarquías y
opulencia relativa, entran realmente en juego, suben y bajan
de una manera desordenada. Es importante tener en cuenta
esta última precisión: el equilibrio material de la reci-
procidad depende del sector. Nuestro análisis del valor de
intercambio comienza, pues, donde terminó el último capí-
tulo sobre «la sociología del intercambio primitivo».
En el capítulo 5 se expuso largamente la organización
social de los- términos materiales. Recapitularemos breve-
mente: considerando desde una perspectiva, el plan tribal
se presenta como una serie de esferas concéntricas, comen-
zando en los círculos internos estrechamente unidos de
aldehuelas y caseríos, extendiéndose desde allí a las zonas
más amplias y difusas de la solidaridad regional y tribal
299











para perderse en la oscuridad exterior de la escena intertribal.
Esto constituye, a la vez, un bosquejo social y moral del
universo tribal, ya que especifica normas de conducta para
cada esfera, adecuadas al grado de interés común. El inter-
cambio es también una conducta moral y de acuerdo con esto
está regulado. De esto se desprende que la reciprocidad
es generalizada en los sectores más internos: la retribución
de un don sólo está prescrito de manera difusa, quedando
el momento y el valor de la retribución librados a las nece-
sidades futuras del dador original y a las posibilidades del
receptor; es así que el flujo de bienes materiales puede
resultar desequilibrado o incluso unilateral durante un
período bastante prolongado. Pero alejándonos de estas es-
feras internas y de las retribuciones inciertas, descubrimos
un sector de relaciones sociales tan sutiles que sólo pueden
mantenerse por un intercambio que sea a la vez más inme-
diato y equilibrado. En bien de un comercio sostenido y
bajo la protección social de recursos tales como «las socie-
dades comerciales» esta zona puede extenderse incluso hasta
las relaciones Ínter tribales. Más allá de la economía interna
de reciprocidad variable hay una esfera, más o menos expan-
dida, marcada por cierta correlación entre las tasas habitua-
les y las tasas reales de equivalencia. Esta es el área más
promisoria para la investigación de equivalencias de inter-
cambio.
Del mismo modo que el origen del dinero ha sido tradi-
cionalmente rastreado en los mercados externos y, en gran
parte, por las mismas razones, la búsqueda de una teoría
primitiva del valor recurre a las esferas exteriores de la
transacción. Allí no sólo están prohibidas las transacciones
equilibradas, sino que los circuitos de intercambio de la
economía interna tienden a desintegrarse y a combinarse
a medida que la inmoralidad de la «conversión» se vuelve
irrelevante por la distancia social. Los productos que se
mantenían separados dentro de la comunidad se transforman
aquí en equivalentes. Se debe prestar especial atención a
las transacciones que se realizan entre amigos o parientes
comerciales, ya que estas relaciones estipulan una equidad
económica y unas equivalencias corrientes. De acuerdo con
esto, la investigación siguiente se concentrará en las socie-
dades comerciales basándose en la consideración práctica de
unos pocos casos empíricos seleccionados de zonas del Pací-
fico famosas por su comercio indígena.
TRES SISTEMAS DE COMERCIO
Examinaremos tres redes zonales de intercambio que
constituyen además tres formas estructurales y ecológicas
300








diferentes: el estrecho de Vitiaz y los sistemas del golfo
Huon de Nueva Guinea, y la cadena de comercio intertribal
del norte de Queensland, Australia. En cada uno de estos
casos puede detectarse mediante las tasas de intercambio el
juego específico de la oferta y la demanda. Sin embargo,
la existencia de esta influencia de la oferta y la demanda
torna aún menos comprehensible el comercio que si ésta
estuviera absolutamente ausente. Ya que el tipo de mer-
cado competitivo que sólo en la teoría económica propor-
ciona tal poder a la oferta y la demanda sobre el intercam-
bio está completamente ausente del comercio en cuestión.
En la figura 6.1 aparecen los rasgos esenciales de la red
de Queensland (este gráfico fue construido de acuerdo
con la breve descripción proporcionada por Sharp, 1952).
En cuanto a estructura se trata de una simple cadena comer-
cial, cada una de las pandillas que la integran aparece repre-
sentada allí en una línea que recorre aproximadamente
A. Grupos comerciales
A (fuentes de lanzas irritantes)
B YIR-YIRONT
(algunas lanzas) ↑
150 millas
C ↓

«Más al Sur»
D ↓
E (Cantera de donde vienen las hachas de piedra)
B. Equivalencias de intercambio en distintos puntos
en B YIR-YIRONT,12 lanzas = 1 hacha
C 1 lanza = 1 hacha
D 1 lanza = «varias hachas» (tal vez)
Figura 6.1. Cadena comercial de Queensland (según Sharp, 1952)
301









400 millas al sur de la costa del cabo York. Cada grupo se
limita a establecer contactos con sus vecinos inmediatos
y, por tanto, sólo indirectamente se relaciona con las pan-
dillas más alejadas en la línea. El comercio se lleva a cabo
a modo de intercambio de dádivas entre las personas de
edad que se desempeñan como hermanos de clase. Basándose
en la observación de los Yir-Yoront, Sharp pudo propor-
cionar pocos detalles sobre el intercambio de hachas y
lanzas que recorre la cadena en toda su extensión, pero la
información es suficiente para documentar el efecto produ-
cido por la oferta y la demanda sobre los términos de la
transacción. Esto se debe al sencillo principio de que si en
una red zonal, la tasa de intercambio de una mercadería (A)
en función de otra (B) aumenta proporcionalmente a la
distancia de la fuente de A, es razonable suponer que el
valor relativo de A aumenta en forma proporcional a los
costos y escaseces «reales», es decir, al declinar la provi-
sión, y tal vez también al aumentar la demanda. Las dife-
rencias en cuanto a las razones de intercambio de hachas por
lanzas que se producen a lo largo de la cadena de Queens-
land reflejarían, pues, el doble juego de este principio. En
Yir-Yiront, cerca de la fuente de las lanzas situada al norte,
deben darse doce lanzas por un solo hacha; unas 150 millas
al sur, mucho más cerca de la fuente de suministro de
hachas, la tasa desciende a una proporción de una por una;
en el extremo sur, los términos (en apariencia) se con-
vierten en una lanza por «varias» hachas. He aquí entonces
un punto a favor para la oferta y la demanda y, al parecer,
también para la teoría económica ortodoxa.
El sistema comercial del estrecho de Vitiaz llega al mis-
mo efecto, pero por medios organizacionales diferentes (Fi-
gura 6.2). Articulada desde el centro por los viajes de los
habitantes de las islas Siassi, la red de Vitiaz no es sino
uno de los múltiples círculos similares establecidos en Mela-
nesia bajo la égida de mediadores similares a los Fenicios.
En sus propias áreas, los Langalanga, de Malaita, los habi-
tantes de las islas Tami, los Arawe de New Britain, los
Manus de las islas Admiralty, y los Bilibili de Nueva Guinea
llevan a cabo un comercio similar. Esta adaptación mercantil
merece un breve comentario.
Los grupos que efectúan el comercio se encuentran
situados de una manera marginal, aunque también central,
a menudo, habitan precariamente en viviendas lacustres ubi-
cadas en medio de alguna laguna y no disponen, en absoluto,
de tierra arable que puedan llamar suya o de ningún otro
recurso que no sea lo que el mar les proporciona, careciendo
incluso de madera para hacer sus canoas o de fibras para
tejer sus redes de pesca. Sus medios técnicos de producción
302








303









e intercambio son importados y con mucha más razón son
los productos principales con que comercian. Sin embargo,
los comerciantes son típicamente las personas más ricas de su
zona. Los Siassi ocupan aproximadamente el 0,003 por 100
de la tierra del subdistrito de Umboi (que incluye la gran
isla de ese nombre), pero representan cerca de una cuarta
parte de la población (Harding, 1967, pág. 119)2. Esta pros-
peridad es el dividendo de su negocio reunido gracias a las
aldeas e islas circundantes mejor dotadas por la naturaleza,
pero tentadas de comerciar con los Siassi por motivos que
van desde la utilidad material hasta los intereses matrimo-
niales. Los Siassi intercambiaban regularmente pescado por
bulbos con las aldeas adyacentes a la isla Umboi; eran los
únicos abastecedores de vasijas para muchos pueblos de la
región de Vitiaz, mercadería que transportaban desde los
escasos lugares donde se fabrica en el norte de Nueva
Guinea. De la misma manera controlaban la distribución de
obsidiana desde su lugar de origen en New Britain. Pero hay
algo que es igualmente importante, los Siassi constituían
para sus socios comerciales, una fuente rara o exclusiva de
dotes matrimoniales y de bienes prestigiosos —tales como
colmillos de jabalí, dientes de perro y recipientes de ma-
dera—. Ningún hombre de las zonas de Nueva Guinea, New
Britain o Umboi podía conseguir esposa sin haber comer-
ciado antes, directa o indirectamente, con los Siassi. La con-
secuencia de la iniciativa de los Siassi es, pues, un sistema
comercial con forma ecológica específica: un círculo de
comunidades vinculadas por los viajes de un grupo centrilo-
calizado, naturalmente empobrecido, pero que, en compen-
sación, disfruta de una afluencia de bienes proveniente de la
circunferencia de los más ricos.
Esta pauta ecológica depende, y es el precipitado, de
ciertos tratos en el plano del intercambio. Aunque los domi-
nios de los diferentes pueblos de comerciantes suelen super-
ponerse, un grupo del tipo de los Siassi monopoliza casi
el tráfico dentro de su propia esfera. Allí la «competencia»
es muy imperfecta: las numerosas aldeas dispersas de los
alrededores no interactúan directamente unas con otras. (Los
Manus llegaron a evitar que otros pueblos de su órbita
poseyeran o manejaran canoas aptas para el mar [cfr. Mead,
1961, pág. 210]). Capitalizándose con la falta de comunica-
ción entre las comunidades distantes y con la vista puesta
siempre en aumentar los porcentajes del intercambio, durante
mucho tiempo los Siassi se complacieron en propagar fan-
2 «Los Manus..., la tribu más desventajosamente ubicada de
todas las que habitan esa parte del archipiélago, son, sin embargo, los
más ricos y los que tienen el nivel de vida más alto» (Mead, 1937,
página 212).
304









tásticas leyendas sobre los orígenes de las mercancías de
que eran portadores:
... las vasijas para cocinar provienen de tres localidades de
tierra firme (Nueva Guinea) muy apartadas. En el archipiélago
no se fabrican vasijas (es decir, en Umboi, islas vecinas y .el
oeste de New Britain), y las gentes de estos lugares que re-
ciben vasijas por via de los Siassi (y anteriormente de los
Tami) no se daban cuenta en un principio ni siquiera de que
las vasijas de arcilla eran fabricadas por el hombre. Se las
consideraba más bien como productos exóticos del mar. No
se sabe con certeza dónde se originó esta creencia de esos
pueblos que no producen vasijas, sin embargo, los Siassi ela-
boraron dichas creencias y ayudaron a mantenerlas en la ver-
sión que todos aprendieron. Su historia decía que las vasijas
eran las conchas de unos moluscos que viven en las profun-
didades del mar. Según ellos, los Sios (de Nueva Guinea) se
especializan en la búsqueda de esos moluscos y, después de
comer su carne, venden las «conchas» vacías a los Siassi. El
engaño, aunque contribuía a aumentar el valor del producto,
se justificaba por el papel vital que las vasijas desempeñan
en el comercio marítimo (Harding, 1967, págs. 139-140).
Según tengo entendido (por una breve visita), en estos
relatos los Siassi exageraban más directamente el esfuerzo
de producción que la escasez de las vasijas, siguiendo el
principio local que dice, más o menos, así: «Un buen tra-
bajo merece un buen pago.» La astucia mercantil más aguda
queda así imbricada en la más inocente teoría laboral del
valor. Lo único que concuerda es que la asociación habitual
de la red de Vitiaz, una especie de amistad comercial
(pren, N-D) está alejada por varios grados del parentesco
comercial del sistema de Queesland en lo que a sociabilidad
se refiere. Es verdad que los intercambios entre los Siassi
y sus socios se basaban en precios fijados, pero, seguros
en su posición de mediadores y sabiéndose indispensables
para sus «amigos» hacia quienes no se sentían muy inclinados
a ser considerados, dentro del contexto de estos precios
los Siassi recargaban todo lo que el tráfico fuera capaz de
soportar. No se trata sólo de que los valores de intercambio
variaran de un lugar a otro según la oferta y la demanda
—a juzgar por la diferencia en cuanto a términos según
la distancia hasta el origen (Harding, 1967, pág. 42, pas-
sim)—, sino también de que la marcada práctica monopolista
puede haber aportado ganancias discriminatorias. Tal como
lo demuestran las secuencias transaccionales (Fig. 6.2), los
Siassi, viajando de un lugar a otro, podían cambiar, en prin-
cipio, una docena de cocos por un cerdo, o ese mismo cerdo
por otros cinco. Un ejemplo extraordinario de los tejemanejes
305









primitivos y otra victoria aparente para la interpretación
mercantilista del comercio indígena3.
El sistema del golfo Huon no parece aportar la misma
confianza en la sabiduría económica heredada, ya que, en este
lugar, los productos de la manufactura local especializada
circulan á precios uniformes por toda la red (Hogbin, 1951).
Sin embargo, un simple análisis demostrará que, una vez más,
funciona la oferta y la demanda.
La red costera semicircular del golfo une otra vez a
comunidades étnicamente heterogéneas (Fig. 6.3). Sin embar-
go, el comercio se lleva a cabo por medio de viajes recí-
procos: el pueblo de una determinada aldea visita y, a su
vez, es visitado por socios provenientes de otros lugares, a lo
largo de toda la costa, aunque, por lo general, pertenecientes
a las vecindades más próximas. Los socios comerciales son
parientes. Sus familias están vinculadas por anteriores matri-
monios, y su comercio es, por tanto, un intercambio social
de dádivas equilibrado según proporciones tradicionales. Al-
gunas de estas proporciones aparecen en la tabla 6.1.
La especialización local, en cuanto a artesanía y a produc-
ción de alimentos dentro del sistema, la atribuye Hogbin a
las variaciones naturales en lo que a distribución de recursos
se refiere. Una aldea o un pequeño grupo de aldeas adya-
centes tiene su especialidad característica. Puesto que el
alcance de sus viajes es limitado, las comunidades que se
encuentran ubicadas en el centro actúan como mediadoras
en la transmisión de productos especializados procedentes
3 La demanda local está indicada en el sistema comercial de los
Manus por un procedimiento desusado. En las trasacciones de los Ma-
nus con los Balowan, donde el sagú escasea, un paquete de este pro-
ducto ofrecido por los Manus les representará diez huevos de galliná-
cea por parte de los Balowan; pero el equivalente de un paquete de
sagú ofrecido por los Manus a los Balowan, en conchas sólo, repre-
senta tres huevos. (Es evidente que si los Manus pudieran inter-
cambiar estos distintos productos en cualquier sitio, harían un gran
negocio.) De una manera similar, en el comercio cotidiano de los
Manus con los Usiai, la demanda la indican los ratios desiguales que
detallamos a continuación: un pescado de los Manus equivale a diez
o a cuarenta nueces de betel de los Usiai; mientras que un cuenco
de madera de tilo de los Manus equivale a cuatro taros o a ochenta
nueces de betel de los Usiai. Mead comenta: la necesidad de mascar
betel compite con esa misma necesidad, para obligar a los habitantes
del mar (los Manus) a proveer artículos de madera de tilo a los
habitantes del interior (Mead, 1930, pág. 130). Esto significa que
cuando los Usiai quieren artículos de tilo ofrecen nueces de betel, ya
que los Manus pueden cambiar más fácilmente el betel por productos
de madera de tilo que por pescado; si los Usiai quisieran pescado,
traerían taro. Sobre la ventaja laboral de los Manus en su comercio
y las ventajas apreciadas por las variaciones de la oferta y la demanda
en diferentes partes de la red de los Manus, véase Schwartz, 1963,
páginas 75, 78.
306






de los puntos más extremos del golfo. Los Busama, por
ejemplo, pueblo que se tomó como base para estudiar el
comercio, envían hacia el sur esteras, cuencos y otros pro-
ductos manufacturados en la costa norte, y hacia el norte
las vasijas que se hacen en las aldeas del sur.
Como otras redes comerciales de Nueva Guinea, el sis-
tema de los Huon no era enteramente cerrado. Cada aldea
de la costa tenía tratos con los pueblos vecinos del interior.
Además, los habitantes de las islas Tami, viajeros de larga
distancia, conectaban a los Huon del Norte con la esfera
de influencia Siassi; en épocas anteriores, los Tami habían
transportado al golfo obsidiana originada en New Britain.
(Los alfareros de las aldeas del sur exportaban de una
manera similar su producción más hacia el sur, aunque poco
es lo que sabemos sobre este comercio.) Se suscita en este
momento una pregunta: «¿Por qué aislar al golfo Huon
como un «sistema» distinto? Existe para ello una doble justi-
ficación. En primer lugar, en el plano material, las distintas
aldeas forman, en apariencia, una comunidad orgánica, rete-
niendo dentro de su propia esfera la inmensa mayoría de
las mercaderías producidas en la zona. En segundo lugar,
307

TABLA 6.1. Equivalencias habituales en el comercio, red
comercial del Golfo Huon (datos tomados de Hogbin, 1951,
páginas 81-95)

I. Busama
Los Busama dan
1 vasija grande = c. 150 libras de taro o 60 li-
bras de sago
24-30 vasijas grandes = 1 canoa pequeña
1 vasija pequeña = c. 50 libras de taro o 20 li-
bras de sago
1 estera = 1 vasija pequeña
3 esteras = 1 vasija grande (o dos che-
lines)
4 bolsas = 1 vasija pequeña (o un che-
lín por dos)
1 canasta = 2 cuencos grandes (o una
libra)
1 cuenco (tamaño habitual) = 10 a 12 chelines (más por
los cuencos mayores).
II.. Aldeas de la costa norte
Por Las aldeas de la costa norte dan
1 vasija grande = cuatro bolsas tejidas o tres
esteras (o seis-ocho chelines)
1 vasija pequeña = 1 estera (o dos chelines)
4 bolsas = 1 estera (o un chelín por
dos)
1 canasta = 10 esteras (o una libra)
1 cuenco tallado — alimentos, cantidad descono-
cida
III Labu
Por Los Labu dan
2 vasijas grandes = 1 canasta tejida (o seis-ocho
chelines)
1 vasija pequeña = 4 bolsas (o dos chelines)
1 bolsa tejida = 3 bolsas (o dos chelines)
1 cuenco tallado = 10-12 chelines
IV. Aldeas alfareras
Por Las aldeas alfareras dan
150 libras de taro o 60 libras de sago EZ 1 vasija grande
50 libras de taro o 20 libras de sago = 1 vasija pequeña
4 bolsas tejidas = 1 vasija grande
1 estera = 1 vasija pequeña
3 esteras = 1 vasija grande
4 bolsas = 1 vasija pequeña
1 canasta = 2 vasijas grandes
1 cuenco tallado = 8 chelines
1 canoa pequeña = 24-30 vasijas
Excepto en el intercambio de cuencos, el dinero se empleaba
muy raramente en el comercio de la época en que se realizó este
estudio.
308









ya a un nivel organizacional, el comercio de parentesco de
una forma determinada y, por lo visto, también la serie
uniforme de equivalencias, parece circunscribirse al golfo 4.
Para aquellos que se sienten inclinados a menospreciar
la significación práctica (o «económica») del comercio pri-
mitivo, la red del golfo Huon constituye un saludable antí-
doto. Ciertas aldeas no hubieran podido existir tal como
están constituidas si no fuera por el comercio. En las zonas
meridionales del golfo, el cultivo se encuentra con dificul-
tades naturales y el sago y el taro deben conseguirse en los
distritos de Buacap y de Busama (véanse figura 6.3 y ta-
bla 6.1). «Sin el comercio, en realidad, los pueblos del sur
(los alfareros) no podrían sobrevivir mucho tiempo en ese
medio» (Hogbin, 19,51, pág. 94). Algo similar sucede con
los habitantes de las islas Tami del noreste cuyo suelo es
inadecuado: «Gran parte de (sus) alimentos deben ser
importados» (pág. 82). En realidad, los alimentos expor-
tados de zonas fértiles, tales como Busama, componen una
parte importante de la producción local: el taro «en una
proporción mayor de cinco toneladas mensuales» se envía
desde esta comunidad principalmente a cuatro aldeas del
sur, mientras que los propios Busama consumen 28 tonela-
das por mes (subsistencia humana directa). Si tenemos en
cuenta la amplitud de las dietas estándar que prevalecen
entre los Busama (pág. 69), el taro que se exporta podría
alimentar a otra comunidad de 84 personas. (La proporción
promedio de habitantes por aldea a lo largo del golfo es de
200 a 300 personas; Busama, con más de 600 habitantes,
es un caso excepcional.) De una manera global, pues, el
golfo Huon presenta un esquema ecológico inverso al del
estrecho de Vitiaz: las comunidades periféricas son aquí
naturalmente pobres, siendo ricas las del centro, y como fac-
tor de equilibrio se produce un flujo estratégico de bienes
materiales de los últimos a los primeros.
Permitiéndonos ciertas conjeturas, podemos afirmar que
las dimensiones de este flujo pueden interpretarse de acuer-
do con las ratios de intercambio de productos centrales y
periféricos. El taro de Busama, por ejemplo, se cambia por
las vasijas fabricadas en el sur en una proporción de 50 libras
de taro por una vasija pequeña o de 150 libras por una
grande. Basándome en un modesto conocimiento personal de
la zona, considero que esta proporción favorece mucho a las
vasijas en función del tiempo de trabajo necesario. Hogbin
parece sostener la misma opinión (pág. 85). En relación con
4 Sin embargo, no puedo verificar estas afirmaciones; en el caso
de que resulten invalidadas, algunas de las sugerencias contenidas
en los siguientes parágrafos requerirán modificación.
309










esto, Douglas Oliver observó, respecto de los Bougaínville
del sur, donde una vasija de «tamaño mediano» se cotiza
en la misma proporción de 51 libras de taro pagadero en
conchas, que el taro «representa una cantidad bastante
mayor de trabajo» (1949, pág. 94). Consideradas en términos
de esfuerzo, las ecuaciones del comercio de vasijas de los
Busama realizadas entre las aldeas, aparecen como desequili-
bradas. Según las proporciones que prevalecen, las comuni-
dades más pobres se apropian para su propia existencia del
trabajo intensificado de los más ricos.
Sin embargo, esta explotación está velada por una ecua-
ción poco sincera de los valores laborales. Aunque en apa-
riencia no engaña a nadie, el fraude da al intercambio una
apariencia de equidad. Los alfareros exageran el valor (labo-
ral) de su producto, mientras que los Busama se quejan
solamente de su valor de uso:
Aunque la etiqueta evita las discusiones, me interesaba ob-
servar mientras acompañaba a algunos Busama en un viaje
comercial hacia el Sur, la forma en que los Buso (alfareros)
exageraban continuamente el trabajo que demandaba la fabri-
cación de las vasijas. «Trabajamos todo el día desde el amane-
cer hasta que el sol se pone», repetía una y otra vez un hom-
bre. «La extracción de la arcilla es peor que el trabajo en una
mina de oro. ¡Cómo me duele la espalda! Además, siempre
existe la probabilidad de que al final la vasija se quiebre:» Los
miembros de nuestro grupo (Busama) murmuraron un acuerdo
cortés, pero a continuación sacaron la conversación acerca de
la calidad inferior de las vasijas en la actualidad. Se limitaron a nombrar generalidades sin acusar a nadie en particular, pero
existía un intento aparente de tomarse la revancha (Hog-
bin, 1951, pág. 85).
Como ya hemos observado, las equivalencias de inter-
cambio son bastante uniformes en todo el golfo. En cual-
quiera de las aldeas, por ejemplo, donde se acostumbra
intercambiar esteras, «bolsas» y/o vasijas, una estera equi-
vale a cuatro bolsas y a una vasija pequeña. Estas equivalen-
cias se mantienen sin variar por la distancia respecto del
sitio de producción: una vasija pequeña equivale a una estera
tanto en las aldeas del sur, especializadas en alfarería, como
en la costa norte, donde se hacen esteras. Hogbin afirma
que esto implica directamente que los mediadores ubicados
en la zona central no obtienen ganancias en el tráfico de
mercaderías periféricas. Los Busama no obtienen ningún
«provecho» al transferir las vasijas del sur hacia el norte o
las esteras del norte hacía el sur (Hogbin, 1951, pág. 83).
Por tanto, el sencillo principio propuesto para detectar
las influencias de oferta y demanda en los sistemas de Vitiaz
y de Queensland, donde los valores de intercambio variaban
310









en una proporción directa por la distancia del lugar de
producción, no es aplicable al golfo Huon. Esto significa
entonces que la configuración del «mercado» Huon es dife-
rente. Desde el punto de vista técnico es menos imperfecta.
Por lo menos potencialmente, una comunidad determinada
cuenta con más de un proveedor de una mercadería, de
modo que aquellos que se sientan tentados de obtener ganan-
cias especiales corren el riesgo de ser dejados de lado. De
aquí la racionalización que hacen los Busama de su renuncia
a cobrar portazgo como mediadores: «Cada comunidad nece-
sita los productos de las restantes y los nativos admiten
abiertamente su disposición a sacrificar la ganancia econó-
mica para poder permanecer dentro del circuito de inter-
cambio» (pág. 83). Todo esto elimina la posibilidad de que
la oferta y la demanda influyan sobre las equivalencias de
intercambio. La posibilidad se traslada más bien a los niveles
más altos de la red en su conjunto. Se trata de si el valor
relativo de una mercadería en función de otra refleja de
manera global la oferta y demanda respectivas a lo largo
del golfo. Una notable excepción a las equivalencias habi-
tuales que significaría una violación de los principios más
elementales del buen comercio y del sentido común, sugiere
que ése es exactamente el caso. Los Busama pagan de 10
a 12 chelines por los cuencos fabricados en las islas Tami y
los intercambian en las aldeas del sur por vasijas que sólo
valen ocho chelines5. Los Busama explican esto diciendo
que los alfareros del sur: «viven en un país de hambre.
Además, nosotros necesitamos vasijas para nuestro propio
uso y para intercambiarlas por esteras y por otras cosas»
(Hogbin, 1951, pág. 92). Ahora bien, esta explicación en
función de las vasijas contiene una implicación interesante
respecto del taro que los Busama producen. Los Busama
sufren serias penurias en su comercio hacia el sur a causa
de la demanda limitada de taro que existe en el golfo, en
especial en las aldeas del norte, donde se produce una gran
variedad de mercaderías artesanales. El «mercado» de taro
se restringe, en efecto, a los alfareros del sur. (En la tabla
de intercambio de Hogbin [tabla 6.1] el taro sólo figura
en el comercio del sur; las referencias al mismo están ausen-
tes en la descripción del comercio norteño.) Pero, mientras
que el taro es poco intercambiable, las vasijas que sólo se
hacen en el sur tienen demanda en todas partes. Más que un
artículo de consumo, estas vasijas se convierten para los
5 El dinero ha reemplazado, en particular, a los colmillos de jabalí
que tradicionalmente se intercambiaban por los cuencos de los Tami,
correspondiendo esto a un reemplazo de los mencionados colmillos
por el dinero europeo en las dotes matrimoniales del área de Finsch-
hafen.
311










Busama en un artículo importante del comercio sin el cual
su acceso al norte se vería vedado y, por tanto, están dis-
puestos a pagar precios elevados por los costos de trabajo.
Es así que las clásicas fuerzas comerciales juegan un papel
en este sentido: el valor relativo del taro de los Busama
representa, en función de las vasijas del sur, las demandas
respectivas de estas mercaderías en la totalidad del golfo
Huon 6.
Esto puede enunciarse de una manera más abstracta.
Supongamos tres aldeas, la A, la B y la C de las cuales cada
una produce un producto especial, x, y y z, vinculadas en
una cadena comercial tal que A intercambia con B y B, a su
vez, con C. Consideremos entonces el intercambio de x fren-
te a y entre las aldeas A y B:
Aldeas A B C
Productos x y z
Suponiendo que ninguno de estos productos sea superabun-
dante, la cantidad de y ofrecida por B para obtener x depen-
derá, en parte, de la demanda de y comparada con la de x
en la aldea C. Si en la aldea C la demanda de x es mucho
mayor que la de y, entonces B, con miras a una eventual
adquisición de z, estará dispuesta a pagar un precio mayor
por y para obtener x de A. A la inversa, si en C, la demanda
de y supera en mucho a la de x, entonces B preferirá re-
tener y en el intercambio con la aldea A. De esta manera,
la proporción de intercambio de productos locales entre
dos aldeas cualesquiera resumiría la demanda en todas las
aldeas del sistema.
6 Belshaw informa sobre un sistema comercial existente al sur de
Massim que, al parecer, es similar en cuanto a las condiciones del
valor de intercambio al del golfo Huon (1955, págs. 28-29, 81-82). Este
autor observa, sin embargo, que las equivalencias de ciertos productos
—nueces de areca, vasijas, ramas de tabaco— varían localmente según
la demanda. No puedo comprender totalmente su argumentación, expre-
sada en equivalentes de los peniques, pero lo que parece demostrar,
cuando se la considera junto con la tabla de ratios de intercambio
publicada (págs. 82-83), es que los valores de estas mercaderías, en
función de las demás, reflejan la oferta y la demanda respectivas en
el sur de Massim globalmente, y no que sus valores de intercambio
varíen localmente de un lugar a otro (excepto, tal vez, en las modernas
transacciones con chelines). Una mercadería particular exigiría más o
menos de otra, dependiendo de la oferta y la demanda globales, pero
cualquiera que sea la ratio en un lugar, será la misma en otro. Las
tablas publicadas parecen señalar equivalencias de intercambio habi-
tuales bastante uniformes. Por ejemplo, una vasija, un «puñado» o un
«fardo» de nueces de areca en distintas localidades (Tubetube, Bwasi-
lake, Milne Bay), mientras que dos ramas de tabaco se intercambian
por un «puñado» de areca en Sudest, y una vasija por dos ramas de
tabaco en Sumarai (págs. 81-82).
312










Abriré ahora un largo paréntesis. Aunque se justificaría
interrumpir el análisis en este punto habiendo entendido
que los valores de intercambio en el golfo Huon responden
a las fuerzas habituales del mercado, me siento tentado, sin
embargo, de ir más lejos con este tema hasta un dominio
que es más especulativo y más real, en el cual se descubre
no sólo una cierta confirmación de la tesis, sino una penetra-
ción en la ecología, en los límites estructurales y en la
historia de dicho sistema. En el ejemplo clave que puso fin
al análisis anterior, los Busama se conformaban con absor-
ber una pérdida neta sobre los cuencos de los Tami espe-
rando de ese modo promover el flujo de vasijas desde el
sur. Por no constituir más que un intercambio dentro de
una secuencia interdependiente, la transacción se mostraba
ininteligible por sí misma. El modelo de las tres aldeas faci-
litó la comprensión, pero, sin embargo, no pudo representar
adecuadamente todas las compulsiones materializadas final-
mente en la venta del cuenco. Esto se debe a que por detrás
de esta transacción existe toda una serie de intercambios pre-
liminares mediante la cual los cuencos de los Tami se trans-
portaban de uno a otro lugar a lo largo del golfo efectuando
en el proceso una amplia redistribución preliminar de espe-
cialidades locales. Es en la esperanza de precisar esta redis-
tribución y las presiones materales que surgen de ella que
me atrevo a aventurarme en una especulación de mayor
envergadura.
Debemos recurrir ahora a un modelo de cuatro aldeas.
Para facilitar el acceso a la realidad, podemos conservar las
tres originales (A, B, C) identificando B como los Busama
y A como los alfareros y agregando una cuarta aldea, T, para
representar a los Tami con su producto especializado t (cuen-
cos). Supongamos también, aunque no sea exactamente el
caso, que los productos de exportación de cada una de
estas comunidades tienen una amplia demanda por parte de
todas las demás, y que, lo que se acerca más a la realidad,
cada comunidad intercambia solamente con la aldea o aldeas
más próximas. El objetivo del ejercicio consistirá en pasar
cuencos Tami (t) desde un extremo a otro de la secuencia,
determinando así la distribución total de productos especia-
lizados que resultaría.
En la esperanza de explicar mejor la notable venta
de cuencos Tami efectuada por los Busama a los alfare-
ros (A), los intercambios se efectuarán primero a trois
entre las aldeas B (Busama), C, y T (Tami). Según las movi-
das iniciales, T y C intercambian sus productos, respectivos,
t y z, y las aldeas B y C los suyos, y y z. Dejando de lado
313














la cuestión de las cantidades intercambiadas, después de esta
primera ronda, los tipos de mercaderías asumirían la siguien-
te distribución-.


La segunda ronda, destinada a llevar una cantidad de t
(cuencos), a la comunidad B (y de y a T) ya presenta cier-
tas dificultades, no insalvables, pero sí sintomáticas de las
presiones que se acumulan dentro del sistema y de su
destino. Bajo estas condiciones, sin embargo, hay poco en
qué elegir. La aldea C improbablemente aceptará z prove-
niente de B a cambio de t, ya que C produce z; por tanto,
B sólo puede volver a ofrecer y a C para adquirir t, en
aquella parte, probablemente exógena de t que se encuentra
en posesión de C. De un modo similar, T entrega más t a C
para obtener y. Una vez hecho esto, la cadena de tres aldeas
está completa: los productos de uno de los términos (ex-
cluida A) aparece en el otro.

Está completa, pero tal vez también determinada. En
esta coyuntura, B (Busama) se encuentra en una situación
embarazosa con respecto a la distribución global de espe-
cialidades y a las importaciones, quedando sus posibilidades
de ampliación del comercio drásticamente reducidas. B (Bu-
sama) no tiene nada que sumar a la circulación que se pro-
duce entre las aldeas ubicadas a lo largo de la línea, C y T
no lo tienen todavía, y poseen, tal vez, en cantidades propor-
cionales a su proximidad a B. De allí la importancia estra-
tégica de la aldea A, es decir, de los alfareros, para los
Busama. La participación continua de los Busama en la red
de intercambio depende ahora de escapar de ella abriendo
un comercio con A, lo que equivale a decir que la continui
dad del sistema comercial en su totalidad depende de su ex-
pansión, y en esta proposición estratégica, las vasijas de A
deben presentarse a B no sólo como un valor de uso, sino
como el único bien que disfruta de posibilidades de inter-
cambio con los productos de C... T. La transacción entre
314









B y A concentra y hace pesar sobre la alfarería de A
todos los otros productos que ya están en el sistema. A esto
se deben las equivalencias desfavorables de intercambio para
los productos de B (Busama) y las pérdidas sufridas en los
«costos» laborales.
¿Es posible llegar a la interpretación de una historia
desconocida a partir de un modelo abstracto? Compuesto en
sus comienzos por unas pocas comunidades, un sistema co-
mercial del tipo del Huon pronto conocería una fuerte
inclinación a expandirse diversificando la variedad de sus
productos en circulación al extender su alcance en el espacio.
En particular las comunidades periféricas que por su posición
en el comercio se encuentran disminuidas durante las etapas
iniciales, se ven obligadas a encontrar nuevos campos para
los artículos que desean incluir en el comercio. La red se
propaga en sus extremidades por una simple extensión de la
reciprocidad, uniéndose en comunidades nuevas y, según se
arguye con cierta razón, preferentemente exóticas, es decir,
aquellas que pueden proporcionar productos exóticos.
(Esta hipótesis puede resultar atractiva por otros mo-
tivos a los estudiosos de la sociedad melanesia. Enfrentados
con extensas cadenas comerciales del tipo de la kula, los
antropólogos se han sentido inclinados a alabar la comple-
jidad de la «integración zonal» y a preguntarse cómo puede
haber surgido. El mérito de la dinámica delineada es que
produce un acrecentamiento segmental simple del comercio
—del cual son perfectamente capaces las comunidades mela-
nesias— y también una complicación orgánica.)
Pero una expansión así organizada debe determinar even-
tualmente sus propios límites. La incorporación de comuni-
dades externas sólo se logra a un elevado costo para las
aldeas que se encuentran en las fronteras del sistema origi-
nal. Al transmitir la demanda ya ocasionada por la redistri-
bución interna de especialidades locales, estas aldeas esta-
blecen contactos externos en términos que les resultan muy
desventajosos en cuanto a costos laborales. El proceso de
expansión define de este modo un perímetro ecológico.
Puede continuar de manera aceptable a través de regiones
de alta productividad, pero una vez que ha alcanzado una
zona ecológica marginal su avance se vuelve improbable.
Las comunidades de la zona marginal sólo pueden sentirse
satisfechas de ingresar al sistema en los términos favorables
que se les ofrecen, pero ellas mismas no se encuentran en
condiciones de costear una nueva expansión. No es que
ellas, habiéndose convertido en avanzadas periféricas de la
red, no puedan entablar comercio con las regiones que están
fuera de ella, sino sólo que el sistema comercial, tal como
está organizado a modo de un flujo ínterrelacionado de
315










productos gobernado por procedimientos y equivalencias
uniformes, descubre aquí una frontera natural. Los produc-
tos que traspasan el límite deben hacerlo bajo otros tipos
de intercambio y con equivalencias distintas; ingresan así
en otro sistema 7.
La deducción vuelve así a unirse a la realidad. La es-
tructura ecológica del sistema Huon corresponde exactamen-
te a las estipulaciones teóricas formuladas: aldeas relativa-
mente ricas en las posiciones centrales, aldeas relativamente
pobres en los extremos y, según los términos comerciales,
una corriente de mercaderías valiosas y estratégicas movién-
dose desde el centro hacía las regiones marginales. Termina
aquí el paréntesis.
Sintetizando lo que hemos visto hasta ahora, en los tres
sistemas comerciales de Oceanía los valores de intercambio
responden a la oferta y la demanda, por lo menos en la
medida en que la oferta y la demanda pueden inferirse de
la distribución real de los bienes en circulación. El comercio
se desarrolla como de costumbre.
VARIACIONES DE LAS EQUIVALENCIAS CON EL CORRER DEL
TIEMPO
La evidencia hasta aquí considerada, derivada principal-
mente de la observación espacial, puede también comple-
mentarse con observaciones hechas con el correr del tiempo
en las zonas comerciales específicas de Melanesia. Las va-
riaciones temporales del valor de intercambio siguen las
mismas leyes rigurosas —con una excepción: las equivalen-
cias tienden a permanecer estables a corto plazo, sin que
las afecten ni siquiera los cambios importantes en la oferta
y la demanda, aunque se ajustan a ellos a largo plazo.
Las fluctuaciones estacionales de los suministros, por
ejemplo, generalmente no producen cambios en los términos
del comercio. Salisbury dice que el intercambio entre las
costas y el interior de los Tolai (New Britain) no podría
manejarse de otra manera:
El movimiento del tabú (conchas que se utilizan como di-
nero) entre el interior y la costa, y viceversa, es pequeño. Esto
no parece concordar con la impresión que uno recibe en las
diferentes estaciones de que los habitantes de la costa com-
pran taro sin ganar tabú, o de que los habitantes del interior
7 De esta manera, las mercaderías del golfo Huon pueden pasar
fácilmente a través de los Tami al área Siassi —New Britain, aunque
tal vez bajo términos comerciales distintos, ya que los habitantes de las
islas Tami actúan como mediadores en una parte de esta zona, de
una forma muy similar a la de los Siassi y obteniendo, tal vez, alguna
ventaja neta.
316









compran todos el pescado que necesitan para las ceremonias
y venden muy poco taro. Si los precios fueran fijados me-
diante proporciones habituales entre oferta y demanda, po-
drían variar de una manera amplia e impredecible. Es preci-
samente en un contexto de este tipo donde un comercio con
equivalencias fijas resulta muy deseable, siendo los precios
«tradicionales» los que proporcionan un equilibrio igual du-
rante un término prolongado (Salisbury, 1966, pág. 117n).
Sin embargo, en un período bastante prolongado, las
equivalencias «tradicionales» de los Tolai sí varían. Las
equivalencias de intercambio para los alimentos en 1880
representaban sólo del 50 al 70 por 100 de las equivalencias
de 1961. Aparte del incremento general en las reservas de
conchas, la dinámica de este cambio no está todavía muy
clara. Pero en otros lugares de Melanesia, donde se aumentó
el suministro de mercaderías (e incluso de conchas con
valor monetario) inyectadas por los europeos a los sistemas
de comercio locales, se han realizado extensas revisiones del
valor de intercambio. Una observación realizada respecto
de los Kapauku ejemplifica las dos tendencias aquí discuti-
das, la inercia de las equivalencias habitualess en plazos
cortos —aunque los Kapauku no son famosos por su justicia
en el comercio— y los cambios que se producen en períodos
prolongados:
Sin embargo, en general, la fluctuación a causa de un des-
equilibrio temporario del nivel de oferta y demanda es bas-
tante infrecuente... (aunque un aumento firme de los suminis-
tros puede provocar una firme declinación del precio real). La
permanencia de este estado produce sobre los precios habitua-
les un efecto que tiende a identificarse con los pagos reales.
Así, durante 1945, cuando las hachas de hierro debían traerse
desde la costa, el precio habitual era de 10 Km por un hacha.
8 Al hablar de la inercia pasajera a la vista de un desequilibrio de
la oferta y la demanda, es necesario tener presente que nos referimos
a las equivalencias habituales, especialmente si la economía incluye un
sector de regateo. Los negocios surgen de los distintos grados de
desesperación y de ventaja, posiciones personales que no representan
individualmente la oferta y la demanda adicional y que resultan en
marcadas diferencias de una a otra transacción en cuanto a equivalen-
cias de intercambio. En términos de Marshall, los negociantes pueden
llegar a un equilibrio, pero el equilibrio sólo lo lograrán de una
manera fortuita (1961, págs. 791-793). A menos y hasta que otras
gentes intervengan en los negocios, tanto en lo que respecta a la
demanda como a la oferta, ese trueque por parejas no constituye un
«principio mercantil» ni influye sobre los precios de la manera en que
lo supone el modelo competitivo. Ciertas sugerencias etnográficas
acerca de que los precios en una u otra sociedad primitiva son todavía
más sensibles a la oferta y a la demanda que en nuestros mercados,
deben ser tomadas con pinzas, puesto que se basan en observaciones
del sector de trueque. De cualquier manera, estas clases de fluctua-
ciones no entran en la presente exposición sobre la estabilidad pasa-
jera.
317









La llegada del hombre blanco y el consiguiente incremento
de hachas, unido a su provisión directa, redujo el viejo precio
a la mitad. El proceso aún continúa y el precio real en 1956
tendía a ser aún más bajo que el precio habitual de 5 Km
por hacha (Pospisil, 1958, págs. 122-123; cf. Dubbeldam, 1964).
Ya en 1959 podía obtenerse un hacha por sólo dos uni-
dades monetarias nativas (2 Km.) (Pospisil, 1963, p. 310).
Con todo, el ejemplo Kapauku es extraordinario, puesto que
la economía incluye un amplio sector de intercambio por el
sistema de regateo, en el que los precios habituales pueden
variar radicalmente entre una y otra transacción, así como
desarrollar tendencias de largo alcance capaces de establecer
comunicación con el sector de reciprocidad equilibrada
(cf. Pospisil, 1963, pp. 310-311).
El caso es más simple en lo que se refiere a las altipla-
nicies australianas de Nueva Guinea, donde la mayor parte
del comercio se efectúa a precios estandarizados y entre
socios especiales. Aquí los valores monetarios han dismi-
nuido notablemente desde que los europeos pusieron en
circulación grandes cantidades de conchas con valor mo-
netario (Hitlow, 1947, p. 72; Meggitt, 1957-58, p. 189;
Salisbury, 1962, pp. 116-117). El mismo proceso se ha ob-
servado fuera de Melanesia: las variaciones en cuanto a
valor de intercambio de los caballos en el comercio intertri-
bal de las llanuras norteamericanas se debe a cambios en
las condiciones de abastecimiento. (Ewers, 1955, p. 217f).
No cabe duda de que ejemplos de tal sensibilidad á la
oferta y la demanda podrían multiplicarse; sin embargo, la
acumulación de ellos sólo tornaría las cosas más ininteligi-
bles para cualquier teoría importante del valor de inter-
cambio. Este embarazo teórico es muy importante y digno
de tener en cuenta, y aunque yo no pueda resolverlo con-
sidero que este ensayo ha cumplido su cometido con sólo
suscitarlo. En realidad, nada puede explicarse insistiendo
en que el valor de intercambio en el comercio primitivo co-
rresponde a la oferta y la demanda, ya que los mecanismos
competitivos, según los cuales se piensa que la oferta y la
demanda determinan los precios en el mercado, no existen
en el comercio primitivo. Resulta mucho más misterioso
que las proporciones de intercambio respondan a la oferta y
a la demanda que si ésta no los afectara en absoluto.
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL DEL COMERCIO Y DEL MERCADO
PRIMITIVO
La oferta y la demanda operan en el mercado autorre-
gulador llevando los precios hacia el equilibrio en virtud de
una competencia bilateral entre vendedores y compradores
318









y entre éstos y aquéllos. Esta doble competencia, a la vez
simétrica e inversa, constituye la organización social de la
teoría formal de mercado. Sin ella, la oferta y la demanda
no podrían concretarse en un precio, es por eso que está
siempre presente, aunque sólo sea de una manera implícita,
en los libros de texto sobre microeconomía. En el caso per-
fecto desde el punto de vista teórico, todas las transaccio-
nes están interconectadas. Todas las partes en cuestión
tienen acceso a cada una de las otras, así como a un cono-
cimiento pleno del mercado, de modo tal que los comprado-
res se encuentran en posición de competir entre ellos pa-
gando más (cuando es necesario y posible) y los vendedores
pidiendo menos. En el caso de una provisión excesiva en
relación con el monto de la demanda a un precio determi-
nado, los vendedores compiten dentro de este mercado re-
ducido rebajando los precios; algunos vendedores se reti-
ran porque no pueden soportar la reducción, aunque los
compradores encuentren los términos atractivos, hasta que
se llegue a un precio que ordene el mercado. En las circuns-
tancias contrarias, los compradores elevan los precios hasta
que la cantidad disponible alcance a cubrir las necesidades
de la demanda. La «masa de consumidores» carece de una
solidaridad ínter se para enfrentarse a la «multitud de pro-
veedores», o viceversa. Es el caso exactamente opuesto al
del comercio entre comunidades de distintas tribus, donde
las relaciones internas de parentesco y de amistad se opon-
drían a la competencia exigida por el modelo comercial,
en particular dentro del contexto de un enfrentamiento
económico con forasteros. Tal vez se trate de caveat emptor;
pero la sociabilidad tribal y la moralidad transmitida en
el seno del hogar constituyen un campo poco propicio para
la lucha económica, ya que ningún hombre puede tener al
mismo tiempo honor y ganancias en su propio campamento.
Las intersecciones alienadas de las curvas de la oferta
y las de la demanda en los diagramas de los economistas
presuponen una estructura determinada de competencia.
Muy diferentes son los procedimientos del comercio primi-
tivo. Nadie puede embarcarse o alistarse en la lucha contra
su propia gente en busca de las mercaderías exóticas ofre-
cidas por los visitantes extranjeros. Una vez emprendido, y
generalmente de antemano, el comercio es una relación ex-
clusiva con una parte externa específica. El tráfico se ca-
naliza en transacciones paralelas y aisladas entre dos per-
sonas en particular9. Donde el comercio se lleva a cabo
9 O si no, el comercio de sus respectivas comunidades se lleva a
cabo entre los jefes representativos que distribuyen las ganancias den-
tro de los grupos, por ejemplo, el comercio realizado por ciertos grupos
319









entre sociedades, se establece por adelantado y con exacti-
tud quién intercambia con quién: son las relaciones socia-
les y no los precios los que conectan a los «compradores»
con los «vendedores». Donde falta un contacto comercial un
hombre puede estar imposibilitado de obtener lo que ne-
cesita a cualquier precio l0. En ningún lado hay evidencias,
al menos en lo que yo conozco, de ofertas competitivas en-
tre los miembros de una partida comercial por los clientes
de los otros socios; en ocasiones se observa una prohibi-
ción expresa11. De una manera similar, el regateo, en los
lugares donde se practica, es una relación discreta entre los
individuos y no una libertad discrecional. El enfoque docu-
mental más próximo al comercio de mercado abierto pare-
ce ser, por un lado, una especie de licitación, que implica
competencia sólo de parte de la demanda, tal como lo tes-
timonian ciertos datos referentes a los esquimales y a los
australianos (Spencer, 1959, p. 206; Aiston, 1936-37, pá-
ginas 376-377) 12; por otra parte, Pospisil presenta un úni-
de Pomo (Loeb, 1926, págs. 192-193), o en las Marquesas (Linton,
1939, pág. 147). Sobre las sociedades corporativas entre grupos, véase
lo que dice a continuación.
10 Oliver proporciona un ejemplo tomado de los Siuai acerca de
la dificultad del comercio —incluso entre gentes pertenecientes al
mismo grupo étnico— cuando no existe la sociedad: «No se trata
simplemente de comprar un cerdo. Los dueños toman cariño a sus
animales y a menudo son renuentes a venderlos. Un posible com-
prador no puede limitarse a decir que está interesado en la compra
y luego sentarse en casa y esperar... En una ocasión se observó que
un comprador esperanzado visitó a su posible vendedor durante
nueve días seguidos antes de dejar lista la transacción: ¡todo por
un (pequeño) cerdo que valía veinte palmos de mauai! No hay que
extrañarse, entonces de que se haya llegado a acuerdos instituciona-
lizados por medio de los cuales se simplifica la adquisición de un
cerdo. Uno de esos recursos es la relación taovu (sociedad comercial)
que ya hemos descrito» (Oliver, 1955, pág. 350).
11 «... (entre los Sio del noreste de Nueva Guinea) se considera
una ofensa grave robar o tratar de ganarse para sí al amigo comercial
de otra persona. En otras épocas, un hombre podía incluso tratar de
matar a un amigo comercial y también a su nuevo socio» (Harding,
1967, págs. 166-167). El siguiente ejemplo sugiere también la impo-
tencia competitiva que existe en el comercio: «Un hombre Komba
(tribu del interior) a quien se estimaba por su generosidad se quejaba
de que algunos amigos (comerciales) de la tribu de los Sio lo trataban
intencionalmente de manera poco cortés. Estaba muy ofendido: "quie-
ren que yo los visite (es decir, que haga intercambio con ellos), pero
yo soy un solo hombre. ¿Qué quieren que haga, que corte mis
brazos y mis piernas y las distribuya?"» (pág. 168).
12 Los precios acordados, así como los precios de subasta son
indeterminados y es improbable que indiquen el equilibrio. Acerca de
la subasta del pitcheri, un narcótico, en Australia, escribe Aiston:
«el valor intrínseco no tiene nada que ver con las ventas; era muy
probable que una gran bolsa de pitcheri fuera intercambiada por un
solo boomerang, del mismo modo que podía cambiársela por media
docena de ellos y tal vez por un escudo y pirra; esto dependía siempre
320









co ejemplo de un Kapauku que compite con otros vende-
dores rebajando el precio de un cerdo a un posible com-
prador, pero, y esto es lo interesante, el hombre trató de
llegar a este acuerdo en secreto (1958, p. 123). La compe-
tencia doble e interrelacionada propia del modelo comer-
cial, competencia por medio de la cual se supone que las
fuerzas de la oferta y la demanda regulan el precio, no apa-
rece en general en la conducta del intercambio primitivo,
y sólo excepcionalmente aparece una modalidad aproxi-
mada.
Siempre existe la posibilidad de un precio de compe-
tencia implícito entre compradores y vendedores. Sólo pue-
do decir que yo no he sido capaz de encontrarlo en las
descripciones con que contamosl3. Tampoco parecería muy
de lo que quisieran el comprador y el vendedor; a veces, cuando el
vendedor tenía todo lo que podía cargar podía entregar una bolsa a
cambio de la comida para su grupo (1936-37, págs. 376-377).
13 O al menos no he llegado a entrever ninguna equivalencia de
competencia encubierta general. Hay una forma de comercio que tal
vez la admita, algunos de los que se ha dado en llamar «mercados»
o «reuniones de mercado» en Melanesia. Este acuerdo, del cual Black-
wood (1935) proporciona varios ejemplos, podría considerarse razona-
blemente como una sociedad comercial corporativa entre comunidades,
cuyos miembros se reúnen en lugares tradicionales y en ocasiones
predeterminadas y tienen libertad para comerciar con cualquier can-
tidad de opositores que se presenten. El comercio se realiza en base
a productos tradicionales y es regulado por tasas habituales de equiva-
lencia y, por lo común, se lleva a cabo sin regateos y hablando muy
poco. Blackwood vio a una mujer tratando de obtener más que lo
habitual por una parte de sus productos —es decir, tratando de
regatear—, pero su intento no obtuvo éxito (1935, pág. 440). Nos
queda por ver, sin embargo, la elección de socios particulares y la
inspección de las mercaderías ofrecidas; aunque no haya indicios
de que se pregonen las mercancías, es posible que las mujeres de un
sector compitan con las demás variando la cantidad o la calidad de sus
mercaderías «estándar» (cf. Blackwood, 1935, pág. 443, acerca de las
variaciones de ciertas mercancías).
Otra posibilidad de competencia implícita, más general que ésta,
se discute más adelante en el texto.
Además, existen dos condiciones bastante excepcionales del comer-
cio a las cuales ya hemos adjudicado una construcción de competencia
de apariencia bursátil. Una de ellas era la economía mixta (Kapauku),
en la que se combinan sectores de regateo y de reciprocidad equili-
brada cuyas diferencias en cuanto a equivalencia podrían inclinar a las
personas, en la medida en que lo permiten las relaciones sociales, a
retraerse de comerciar con uno de los sectores para obtener retribu-
ciones más ventajosas cuya posibilidad se presenta en el otro sector
o, tal como sucede en el golfo Huon, dos o más aldeas pueden
comerciar con el mismo producto y, de esta manera, otras comuni-
dades tienen acceso a más de uno de estos proveedores. En ambos
casos, el efecto de tipo mercantil sería la igualación de las equiva-
lencias por encima de los diferentes sectores o comunidades. Sin em-
bargo, esta interpretación no resuelve los problemas más importantes.
¿Cómo es posible trasponer la tendencia de las equivalencias indeter-
minadas propias del sector de regateo y llegar a las equivalencias
321









sensato considerar con cinismo la fuerza moral de las pro-
porciones habituales de intercambio, una de las pocas ga-
rantías de equidad y continuidad en un contexto plagado
de hostilidades. Hay algo más importante, y es que donde
prevalecen los precios habituales, y en especial donde el
comercio se realiza por medio de sociedades, existen estra-
tegias alternativas para las rebajas competitivas de precios
que evitan la desventaja material de rebajar los precios de
venta o aumentar las ofertas: Una alternativa consiste en
adquirir más socios para el comercio en los términos acos-
tumbrados; otra, que examinaremos más adelante de ma-
nera más detallada, consiste en pagar excesivamente a un
socio en un momento, para obligarlo así a retribuir dentro
de un período razonable a riesgo de perder la dignidad o
la sociedad, completando así la transacción a precios nor-
males. No cabe duda de que puede haber competencia por
el volumen del comercio externo. Los sistemas internos de
prestigio descansan a menudo sobre ella. Pero no surge
como manejo de precios, como diferenciación de productos
u otros procedimientos similares. La maniobra habitual es
aumentar el número de socios del exterior, o aumentar el
comercio con los ya existentes.
En estas sociedades de Melanesia no existen mercados
propiamente dichos. Es muy probable que no los haya en
ninguna de las sociedades arcaicas. Bohannan y Dalton (1962)
se equivocaron al referirse a un «principio de mercado»,
aunque periférico, en este contexto. Se equivocaron en dos
cálculos a causa de transacciones como el gimwali, el rega-
teo del comercio sin socios que se realiza en las islas Tro-
briand. En primer lugar, interpretaron el mercado a partir
de un tipo de competencia que no le es esencial, un con-
flicto manifiesto entre comprador y vendedor ,4. En segun-
habituales del intercambio de sociedades equilibrado de modo tal
que estas últimas comprueben la influencia de la oferta y la demanda?
De una manera similar en las redes comerciales que siguen un modelo
competitivo en el nivel de la comunidad, sigue siendo difícil compren-
der cómo es que el valor relativo se ajusta a la oferta y la demanda,
ya que el intercambio todavía se efectúa según equivalencias habituales
entre parejas también habituales de socios.
14 Es interesante recordar que Marx también reprochó a Proudhom
el mismo error: «II ne suffit pas, á M. Proudhom, d'avoir eliminé du
rapport de l'offre et de la demande les éléments dont nous venons
de parler. II pousse l'abstraction aux derniéres limites, en fondant
tous les producteurs en un seul producteur, tous les consommateurs
en un seul consommateur, et en etablissant la lutte entre ces deux
personnages chimériques. Mais dans le monde réel les choses se passent
autrement. La concurrence entre ceux que offrent et la concurrence
entre ceux qui demandent, forment un élément nécessaire de la Iufte
entre les acheteurs et les vendeurs, d'óu resulte la valeur venale»
(Marx, 1968 (1847), págs. 53-54).
322










do lugar, interpretaron el mercado basándose en un tipo de
transacción aislada, impersonal y competitiva, sin referirse
a la organización global de estos intercambios. El error
serviría para subrayar la insistencia de Polanyi (1959) de
que las transacciones debían ser entendidas como tipos de
integración y no simplemente como tipos (tout court). La
«reciprocidad» y la «redistribución», y el intercambio de
mercado eran, según el tratamiento de este especialista, no
simples formas de transacción económica, sino modalidades
de organización económica. Las formas determinadas de
transacción encontradas en los mercados, tales como la ven-
ta y (en ocasiones) el regateo, se encuentran también en una
cantidad de ejemplos primitivos. Pero faltando una compe-
tencia simétrica e inversa entre los compradores y entre
los vendedores, estos intercambios no se encuentran inte-
grados como sistemas de mercado. Al menos hasta que no
se integre de este modo (lo cual no es el caso tradicional) el
regateo de las islas Trobiand no podría proporcionar una
indicación de principio de mercado o de mercado perifé-
rico. Los mercados propiamente dichos, competitivos y fi-
jadores de precios, están ausentes de todas las sociedades
primitivas.
Pero entonces, si el comercio no está constituido clá-
sicamente para absorber la presión de la oferta y la demanda
mediante alteraciones en los precios, la sensibilidad que
hemos observado en los valores de intercambio de Mela-
nesia sigue siendo un misterio intrigante.
UNA TEORÍA PRIMITIVA DEL VALOR DE INTERCAMBIO
No propongo una solución definitiva a este misterio.
Una vez que hemos tomado conciencia de lo inadecuado de
la teoría económica formal, y de la total falta de sofistica-
ción de la economía antropológica descubierta por esos me-
dios, es absurdo esperar una explicación que no sea parcial
o deficiente. Pero, sin embargo, cuento con una teoría
primitiva acerca del valor. Tal como sucede en la buena
tradición económica, tiene un aire de «nunca jamás»; sin
embargo, es coherente con la conducta observada de cierto
comercio y sugiere ciertas razones para la influencia de la
oferta y la demanda sobre los valores habituales. La idea
se refiere exclusivamente al comercio por sociedades. Su
esencia consiste en que los precios son establecidos por el
tacto social, en especial por la diplomacia de la evaluación
del bien económico, adecuada para un enfrentamiento entre
personas que son relativamente extrañas. En una serie de
intercambios recíprocos la aparición alternada de esta falta
de equilibrio, primero por parte de un socio y luego del
323









otro, establecería una proporción de equilibrio con un mar-
gen de seguridad apenas menor que el de la competencia
de precios libres. Al mismo tiempo, el principio rector de
la «generosidad» debería proporcionar al precio acordado
cierta apariencia de el equilibrio, es decir, la oferta y de-
manda.
Debe tenerse en cuenta que el comercio entre las co-
munidades o tribus primitivas es una empresa sumamente
delicada y potencialmente muy explosiva.. Los relatos an-
tropológicos documentan los riesgos de las expediciones
comerciales a territorios distantes, la intranquilidad y las
sospechas, la facilidad con que los bienes comerciales se
transforman en causa de peleas comerciales. Como dice
Lévi-Strauss: «Existe una vinculación, una continuidad, en-
tre las relaciones hostiles y la provisión de prestaciones re-
cíprocas. Los intercambios son guerras resueltas por vía
pacífica, y las guerras son el resultado de transacciones in-
fructuosas» (1969, p. 67 )15. Si la sociedad primitiva logra
mediante la dádiva y el clan reducir el estado de guerra
(Warre) a una tregua interna (véase cap. IV), es sólo para
desplazar hacia afuera, hacia las relaciones entre los clanes
y las tribus, la totalidad del peso de ese Estado. En el
sector externo las circunstancias son radicalmente hobbe-
sianas, careciendo no sólo de aquel «poder común para
mantenerlos a todos temerosos», sino incluso de aquel pa-
rentesco común que podría inclinarlos a todos a la paz. En
el comercio, además, el contexto del enfrentamiento es la
adquisición de utilidades; y los bienes, tal como hemos
visto, pueden muy bien resultar urgentes. Cuando se en-
cuentran entre sí gentes que no temen nada unas de otras
y, sin embargo, tienen la esperanza de ganar algo en el
encuentro, la paz en el comercio es algo bastante incierto.
Ante la ausencia de garantías externas, como por ejemplo
de un poder soberano, la paz debe asegurarse de otra ma-
nera: por la extensión de las relaciones sociales a los ex-
traños —la amistad o el parentesco comercial— y, más sig-
nificativamente, por los términos del intercambio mismo.
La ratio económica es una maniobra diplomática. «Se re-
quiere un gran tacto por parte de cada uno de los intere-
sados —según escribió Radcliffe-Brown acerca del inter-
cambio entre las distintas pandillas de Andamanes— para
evitar la intranquilidad que puede surgir sí un hombre pien-
sa que las cosas que ha recibido no valen tanto como las
que ha dado...» (1948, p. 42). Las personas deben llegar
15 «Durante el comercio, los indios no le entregan- nunca a un
extraño el arco y las flechas al mismo tiempo» (Goldschmidt, 1951,
página 336).
324









a un acuerdo. La relación de intercambio asume así fun-
ciones de un tratado de paz.
El intercambio intergrupal no responde simplemente al
«propósito moral» de hacer amigos, pero cualquiera sea la
intención y por utilitaria que sea no hará nunca enemigos.
Toda transacción, como ya sabemos, es necesariamente una
estrategia social: tiene un coeficiente de sociabilidad de-
mostrado en su modalidad y en sus proporciones por la
disposición implícita a vivir y dejar vivir, a retribuir con
todas las de la ley. En realidad, el procedimiento adecuado
no es solamente un intercambio de cosas equivalentes, una
reciprocidad bien equilibrada. La estrategia más diplomá-
tica es la buena medida económica, una generosa retribu-
ción en relación con lo que se ha recibido para que no pueda
haber quejas. En los encuentros intergrupales observamos
una tendencia a retribuir en exceso:
El objeto del intercambio (entre personas de las diferentes
pandillas de Andamanes) era producir un sentimiento amis-
toso entre las dos personas interesadas, y a menos que esto
se lograra el propósito no estaba cumplido. Proporcionaba un
gran campo de acción para el ejercicio de la diplomacia y de
la cortesía. Nadie podía rechazar libremente el regalo que se
le ofrecía. Cada hombre y mujer trataba de superar a los de-
más en cuanto a generosidad. Existía una especie de rivalidad
amistosa en lo que se refiere a ver quién podía entregar la
mayor cantidad de presentes valiosos (Radcliffe-Brown, 1948,
página 84; los subrayados me pertenecen).
La diplomacia económica del comercio consiste en de-
volver algo más. A menudo se trata de «algo para el ca-
mino»: el huésped supera al amigo que lo visita, quien hizo
el regalo inicial, una «dádiva propiciatoria» en señal de
amistad y con la esperanza de una conducta prudente y por
supuesto con expectativas de reciprocidad. A largo plazo,
los asuntos pueden equilibrarse, y un regalo puede traer
aparejado otro, pero por el momento lo importante es que
la retribución queda pendiente. Literalmente existe un mar-
gen de seguridad, la generosidad excesiva evita a cualquier
costo «el malestar que puede surgir si un hombre piensa
que lo que ha recibido no vale tanto como lo que ha dado»,
lo que equivale a decir el malestar que podría ocasionarse
al medir demasiado la retribución. Al mismo tiempo, el be-
neficiario de esta generosidad ha quedado obligado: es un
deudor, de modo que el dador tiene todo el derecho a
esperar un tratamiento igualmente bueno en la próxima
oportunidad, cuando él sea el forastero y el invitado de su
socio comercial. Desde una perspectiva más amplia, tal
como Alvin Gouldner lo ha supuesto, estos ligeros desequi-
325









librios son los que sustentan la relación (Gouldner, 1960,
página 175).
Este procedimiento de desequilibrio transitorio que
desencadena generosas retribuciones por parte del socio lo-
cal a causa de las dádivas propiciatorias no es exclusividad
de los Andaman, sino que es bastante común en Melanesia.
Es la conducta adecuada entre los parientes comerciales del
Golfo Huon:
Se considera que los vínculos de parentesco y el regateo
son incompatibles; es por eso que todos los bienes se entre-
gan como dádivas libres ofrecidas por motivos sentimentales.
Se evita cualquier discusión sobre el valor, y el dador hace
todo lo que puede para dar la impresión de que en ningún
momento le ha pasado por la cabeza la idea de una contra-
dádiva... La mayoría de los visitantes... regresan a sus hoga-
res con productos por lo menos tan valiosos como los que
llevaron. En realidad, cuanto más estrecho es el vínculo de
parentesco, tanto mayor es la generosidad del huésped, y mu-
chos regresan siendo bastante más ricos que antes. Sin embar-
bo, se lleva bien la cuenta y más tarde se igualan los resul-
tados (Hogbin, 1951, pág. 84).
También es el caso del Kula de los Massim:
El ofrecimiento del parí, de los dones de llegada por parte
de los visitantes, retribuidos por el talo'i, o regalos de des-
pedida por parte del huésped, entran en la categoría... de re-
galos más o menos equivalentes... El hombre local, por norma
(Malinowski parece significar «invariablemente»), contribuirá
con un regalo más importante, ya que el talo'i siempre excede
al pari en cuanto a cantidad y valor, además los visitantes
siempre reciben pequeños regalos durante su estadía. Por su-
puesto que si en el parí se incluyeran dones de gran valor,
como, por ejemplo, la hoja de una espada o un cucharón de
madera de tilo, esos dones propiciatorios se retribuyen siempre
de una manera estrictamente equivalente. En el resto se ex-
cederá liberalmente el valor (Malinowski, 1922, pág. 362)".
Supongamos entonces un procedimiento de equivalen-
cias recíprocas tal como el que caracteriza al comercio del
Golfo Huon. Una serie de transacciones en las cuales los
socios manifiestan alternativamente una cierta generosidad
debe estipular por injerencia una ratio de equivalencia entre
los bienes intercambiados. Siguiendo el camino debido, se
llega a un acuerdo bastante preciso sobre valores de in-
tercambio.
16 Cf. Malinowski, 1922, pág. 188, acerca de los desequilibrios en
el intercambio de pescado por ñame entre socios de diferentes aldeas
de las islas Trobriand. Para otros ejemplos de evaluación justa en las
sociedades comerciales con respecto a la reciprocidad, véase también
Oliver, 1955, págs. 229, 546; Spencer, 1959, pág. 169; cf. Goldsch-
midt, 1951, pág. 335.
326









La tabla 6.2 presenta una sencilla demostración: dos
productos, hachas y lanzas, intercambiadas entre dos socios,
X e Y, durante una serie de visitas recíprocas que comien-
zan con la visita y la dádiva inicial de X a Y. Después de la
primera ronda, las dos hachas entregadas por Y se conside-
ran retribución generosa por las tres lanzas aportadas por X.
Al final de la segunda ronda, en la cual Y aumenta la
deuda de X con la entrega de dos hachas y queda él mismo
endeudado al entregarle X seis lanzas, lo que se deduce es
que nueve lanzas valen más que cuatro hachas. De esto
se desprende que de siete a ocho lanzas equivalen a cuatro
hachas o, tomando en cuenta la indivisibilidad, lo que pre-
valece es una proporción de dos a uno. Por supuesto no hay
necesidad de seguir la progresión continua de las dádivas.
Al final de la segunda serie, Y se encuentra en desventaja
más o menos por una lanza. En caso de que X trajera la
próxima vez de una a tres lanzas e Y le retribuyera con
una cantidad de una a tres hachas (o mejor, de dos o tres),
se mantendría un equilibrio promedio. Observemos tam-
bién que la proporción es algo sobre lo cual las partes se
ponen de acuerdo mecánicamente en la medida en que cada
una entiende el equibrio usual de crédito y deuda, y en
caso de que aparezca algún serio malentendido, la sociedad
se disuelve o, en caso contrario, estipula la proporción se-
gún la cual debe llevarse adelante el comercio.
Al considerar las comparaciones (tal vez envidiosas) de
las retribuciones comerciales que es posible efectuar con los











que se encuentran de nuestro lado, estos acuerdos de equi-
valencia constituyen una oportunidad de llegar a acuerdos
comunes. La comparación de las retribuciones comerciales
es, a mi parecer, lo que más se parece a una competencia
interna implícita. Tal vez la información así obtenida pueda
aplicarse la próxima vez frente al socio comercial de la otra
comunidad. Sin embargo, parece existir muy poca evidencia
sobre este aspecto o sobre la precisión de la información
de que disponemos acerca de los tratos entre compatriotas
—en algunos casos las transacciones con los socios de otras
comarcas se llevan a cabo de una manera privada y furtiva
(Harding, 1967).
El ejemplo que tenemos delante es específicamente un
caso de modelo simple, que supone visitas recíprocas y un
procedimiento estándar de intercambio de regalos. Puede
suponerse también que los diferentes tratos comerciales ten-
gan alguna otra forma de calcular el valor de intercambio.
Si, por ejemplo, el X del modelo simple fuera un viajante
comercial que siempre se encontrara en el papel visitante,
y en caso de que se mantuviera la misma diplomacia de ge-
nerosidad, la ratio real tal vez favorecería más a las lanzas
de X en la medida en que Y se encontrara repetidamente
obligado a ser magnánimo. En realidad, si X insistiera en
regalar tres lanzas e Y en retribuir con dos hachas, la
misma ratio podría mantenerse durante cuatro rondas sin
que X se encontrara en relación de inferioridad después de
su dádiva inicial, aun cuando pueda calcularse que una
proporción aproximada de 2 : 1 aparecerá promediando la
segunda ronda (tabla 6.3). En ese caso podría surgir una
proporción habitual de 3 : 2. De cualquier manera las ven-
tajas para el grupo viajero son evidentes, aunque es él
quien debe llevar el peso de todo el transporte, de modo
tal que las ganancias que excedan esa proporción por las
visitas recíprocas igualará a las diferencias de «oferta y de-
manda».
Este segundo ejemplo constituye sólo una de las mu-
chas permutaciones posibles de la determinación de pro-
porción de intercambio. Incluso en los viajes en una sola
dirección, la diplomacia de regalo y retribución puede resul-
tar más complicada de lo que suponemos (por ejemplo,
Barton, 1910). Traigo a colación este ejemplo con el solo
propósito de sugerir la posibilidad de que formalidades dis-
tintas de intercambio generen diferentes proporciones del
mismo.
No importa lo compleja que sea la estrategia de reci-
procidad por medio de la cual se determina finalmente un
equilibrio ni cuan sutil sea nuestro análisis, sólo se sigue
conociendo con exactitud lo que ha sido determinado eco-



328







nómicamente. ¿Cómo puede suceder que una proporción
establecida por generosidad recíproca exprese el promedio
actual de la oferta y la demanda? Todo depende del sig-
nificado y de la práctica de ese principio capital, es decir, de
la «generosidad». Pero el significado es incierto desde el
punto de vista etnográfico, y en esto reside la debilidad
más importante de nuestra teoría. Sólo se conocen los si-
guientes hechos, no caracterizados precisamente por su re-
petición en los documentos: que aquéllos que proporcionan
cierto producto para el intercambio se relacionan con él pri-
mordialmente en su función laboral por medio del esfuerzo
real que demanda su producción, mientras que aquéllos ha-
cia quienes se dirige el producto lo aprecian principalmente
como valor de uso. Esto es todo lo que conocemos por in-
cidentes ocurridos en el comercio del Golfo Huon y de los
Siassi, donde la labor de manufactura era exagerada por los
proveedores mientras que luego el producto era despreciado
por los receptores, confiando así ambas partes en influir
los términos del tratado para su propio provecho (véase lo
dicho anteriormente). A partir de esta devoción firme a la
oportunidad principal, uno debe retroceder hasta llegar,
gracias a una especie de lógica invertida, al posible signi-



329





















ficado de la «generosidad». Suponiendo la necesidad de una
valoración recíproca del producto, eso implicaría que cada
parte debe considerar, además de las virtudes de la merca-
dería que recibe, la utilidad relativa del producto que en-
trega para la otra parte, y además del trabajo que le ha cos-
tado a él mismo, el trabajo del otro. La «generosidad» debe
poner en relación el valor de uso con el valor de uso y el
trabajo con el trabajo.
Si esto es así, la «generosidad» hará operar sobre la pro-
porción del intercambio algunas de las mismas fuerzas, ope-
rando en la misma dirección, que afectan los precios en el
mercado. En principio, los productos de mayor costo real
provocarán retribuciones más altas. En principio también,
si los productos de mayor utilidad obligan al receptor a una
mayor generosidad, eso equivale a decir que el precio se
dispone a aumentar con la demanda 17. Compensando así los
esfuerzos al productor y las utilidades al receptor, las pro-
porciones establecidas por las tácticas diplomáticas expre-
sarán muchas de las condiciones elementales que de otra
manera quedan representadas en las curvas de oferta y de
demanda trazadas por el economista. En ambas interven-
drían, provocando los mismos efectos generales, las dificul-
tades reales de producción, la escasez natural, los empleos
sociales de las mercaderías y las posibilidades de sustitu-
ción. Siendo en muchos aspectos opuesta a la competencia
de mercado, la diplomacia del comercio primitivo puede
conducir a un resultado similar por un camino diferente.
Pero, además, desde el principio existe una similitud bá-
sica: los dos sistemas comparten la premisa de que el co-
merciante debe ser materialmente satisfecho, consistiendo
la diferencia en que mientras que en uno esto se deja li-
brado a su propia inclinación, en el otro se convierte en una
responsabilidad para su socio. Para ser una «proporción»
satisfactoria desde el punto de vista diplomático, el precio
17 Además, se presenta el caso empírico en que una discrepancia
en los valores laborales puede ser sostenida por una equivalencia en
las utilidades (cf. Godelier, 1969). La «necesidad» se iguala con la
«necesidad», tal vez a expensas de una parte, aunque, como ya hemos
visto, la norma de paridad de trabajo puede mantenerse por medio de
tretas y simulaciones ideológicas. Esta especie de discrepancia sería
más probable en los lugares donde las mercaderías comerciadas per-
tenecen a diferentes esferas de intercambio dentro de una de las
comunidades que realizan el comercio, o de ambas; por ejemplo, el
intercambio de productos manufacturados por alimentos, en especial
donde los primeros se emplean también para los pagos de dotes ma-
trimoniales. Además, la alta utilidad social de una pequeña cantidad
de un producto (el producto manufacturado) está compensada por una
gran cantidad de una mercadería de estatus inferior. Este puede ser
uno de los secretos importantes dentro de la «explotación» de las
zonas más ricas por las más pobres (por ejemplo, los Siassi).
330









de la paz, la ratio habitual de intercambio del comercio pri-
mitivo, debe aproximarse al precio normal del mercado.
Puesto que los mecanismos difieren, esta correspondencia
sólo puede ser aproximada, pero la tendencia es la misma.
ESTABILIDAD Y FLUCTUACIÓN DE LAS PROPORCIONES DE
INTERCAMBIO
Al menos de una manera provisional llegamos a la si-
guiente conclusión: Las condiciones materiales que solemos
denominar con los términos «oferta» y «demanda» están
también subsumidas en los acuerdos de buen trato que for-
man parte del procedimiento del comercio melanesio. Pero
entonces ¿cómo es que las ratios de intercambio permane-
cen inmunes a los cambios de corta duración sufridos por
la oferta y la demanda?
Ya hemos mencionado algunas razones de esta estabili-
dad poco duradera. En primer lugar, las proporciones ha-
bituales poseen fuerza moral, comprensible si tenemos en
cuenta su función como pautas de conducta leal en un área
donde las relaciones intergrupales son débiles y amenazan
constantemente la paz del comercio. Y aunque la práctica
moral puede ser en todas partes vulnerable cuando entran
en juego las conveniencias, por lo general no resulta tan
fácil cambiar las reglas. En segundo lugar, en el caso de
un desequilibrio de las cantidades disponibles con respecto
a la demanda (en la proporción preponderante del inter-
cambio), el comercio de sociedades abre alternativas más
atractivas para la rebaja del «precio solicitado» o para el
aumento de la oferta: es mejor encontrar nuevos socios
para el comercio manteniendo las proporciones antiguas o
si no comprometer a un socio ya existente mediante un pago
excesivo, obligándole a retribuir más adelante con prodiga-
lidad y defendiendo también así la proporción habitual. Esta
última no es una táctica hipotética que a mí se me haya
ocurrido. Consideremos esta técnica de los Busama para
alentar el suministro de cerdos.
La diferencia entre el método nativo de comerciar y el nues-
tro se hizo evidente en el intercambio que tuvo lugar a co-
mienzos de 1947. La zona de Salamaua había sufrido más
daños que los asentamientos del Norte, muchos de los cuales
todavía tenían sus cerdos. Al reanudarse los viajes después de
la derrota japonesa, un hombre de Bukawa' tuvo la idea de
traerle a un pariente suyo llamado Boya, y perteneciente a los
Busama, una cerda de corta edad. El animal tenía un valor
aproximado de dos libras (2 £), pero los datos indicaban que
se aceptaría mejor un pago en vasijas que en dinero. Se re-
quería un conjunto de diez como equivalente razonable, y


331









como Boya sólo podía entregar cinco, informó a sus parientes
de que cualquiera que pudiera ayudarlo recibiría una cría
cuando llegara el momento. Su sugerencia fue aceptada y con-
tribuyeron con veintidós vasijas, lo que hizo un total de
veintisiete. Todas le fueron entregadas al visitante, quien que-
dó bastante sorprendido, tal como me lo confesó en privado.
Sin embargo, esa generosidad no era tan absurda como podría
parecer: al dar una retribución tan importante, Boya impuso
a su invitado la obligación de traer otro animal (Hogbin, 1951,
páginas 84-85).
El éxito de la maniobra de Boya fue posible sólo gra-
cias a las cualidades sociales de la relación comercial. La
sociedad no es solamente un privilegio, sino un deber de
reciprocidad. Específicamente comprende la obligación de
recibir así como la de retribuir. Algunas personas pueden
acabar poseyendo más cantidad de un producto determinado
que la que necesitan, esperan o piden, pero el hecho es que
no la piden. Un amigo comercial se ve obligado a aceptar
cosas que no le sirven; de esa manera tendrá que retribuir
sin una buena razón «económica». El padre Ross de Mount
Hagen parece no haber entendido la ética espiritual implí-
cita en el proceso:
El misionero le dijo al autor que los nativos que han co-
merciado con él y que se encuentran necesitados en ese mo-
mento, suelen llegar a la misión con objetos que no poseen
valor material ni utilidad para él. Los nativos tratan de co-
merciar esos productos intercambiándolos por cosas que nece-
sitan. Al negarse el misionero, los nativos le dicen que su
conducta no es adecuada, ya que según su propio punto de
vista él es su amigo y debería aceptar lo que no necesita
para ayudarlos cuando les hace falta. Lo que le dicen es lo
siguiente: «Usted compra nuestra comida, le vendemos nues-
tros cerdos, nuestros muchachos trabajan para usted, por tan-
to, usted debería comprar esto que dice que no necesita y
no es correcto que se niegue a hacerlo (Hitlow, 1947, pági-
na 68)18.
18 El malentendido es tanto cultural como económico y obviamen-
te independiente de la raza y de la religión: «...los Nuer no consi-
deran las compras hechas a un mercader árabe del mismo modo que
nosotros consideramos las compras hechas en un comercio. No se
trata para ellos de una transacción impersonal, y su idea del precio
y del dinero no tiene nada que ver con la nuestra. Su idea acerca de
una compra es que se le da algo a un mercader que por ello se ve
en la obligación de ayudarlo a uno. Al mismo tiempo, si se le pide
algo de su negocio que uno necesita debe darlo, porque al aceptar la
dádiva que se le ha dado ha entrado en una relación de reciprocidad
con uno. Es por eso que el verbo kok tiene al mismo tiempo dos sig-
nificados: «comprar» o «vender». Los dos actos constituyen la ex-
presión de una relación única de reciprocidad. Tal como los mercade-
res árabes consideran la transacción surgen malentendidos bastante
diferentes. Según la concepción de los Nuer, lo que implica un inter-
332









Basándose en el mismo principio los pueblos del inte-
rior situados al norte de Sio (noroeste de Nueva Guinea)
pueden vencer el desgano de sus socios de la costa con res-
pecto al comercio:
También los Sio aceptan con frecuencia productos que no
necesitan en ese momento. Cuando le pregunté a un hombre
Sio por qué tenía cuatro arcos (la mayoría no tiene más que
uno), me contestó: «Si un amigo (comercial) del bosque viene
con un arco, tengo que ayudarlo» (Harding, 1967, pági-
nas 109-110).
Para finalizar, un sorprendente ejemplo de la misma
naturaleza que Malinowski incluye en su descripción del
intercambio de pescado por ñame (wasi) entre las diferentes
comunidades que habitan las islas Trobriand. Hasta ese
momento, según observó Malinowski, los pueblos del inte-
rior que cultivaban ñame seguían insistiendo en la obliga-
ción de sus socios de la costa de recibir, incitándolos así
periódicamente para que les preporcionaran pescado en los
términos establecidos, aunque los pescadores podían ocu-
parse con mucho más provecho en la pesca de perlas. El
dinero seguía siendo así esclavo de la costumbre, y la socie-
dad, el ama de las equivalencias indígenas de intercambio:
En nuestros días, cuando los pescadores pueden ganar diez
o veinte veces más pescando perlas que cumpliendo su parte
en el wasi, el intercambio sigue constituyendo para ellos una
carga. Constituye uno de los ejemplos más notables de la tena-
cidad de la costumbre nativa el hecho de que a pesar de todas
las tentaciones ofrecidas por las perlas, y no obstante la gran
presión que los traficantes blancos ejercen sobre ellos, los pes-
cadores no intenten nunca evadirse del wasi, y que, una vez
recibido el regalo propiciatorio, dediquen el primer día calmo
a la captura de peces y no a la búsqueda de perlas (Mali-
nowski, 1922, pág. 188n).
Al actuar así para mantener la estabilidad de los valores
de intercambio, la sociedad comercial merece una interpre-
tación más general y respetuosa de su significación econó-
mica. La sociedad comercial primitiva es un equivalente
funcional del mecanismo de precios del mercado. Un des-
equilibrio en la oferta y demanda se resuelve por las pre-
siones ejercidas sobre los socios y no sobre las equivalencias
de intercambio. Mientras que en el mercado ese equilibrio
se logra mediante un cambio en el precio, aquí es la parte
social de la transacción, la sociedad, la que absorbe la pre-
sión económica. La equivalencia de intercambio permanece
cambio de este tipo es más bien una relación entre personas que
entre cosas. Lo que se «compra» no son las mercaderías, sino el
mercader...» (Evans-Pritchard, 1956, págs. 223-224).


333









imperturbable, aunque la equivalencia temporal de ciertas
transacciones sea retardada. El equivalente primitivo del
mecanismo bursátil de precios no es la equivalencia habitual
del intercambio, sino su relación habitual.
Así se logra una breve consistencia de los valores de
intercambio. Sin embargo, la misma desviación de la pre-
sión de la equivalencia de intercambio hacia la relación de
sociedad hace que esta última sea la más vulnerable ante
una discrepancia sostenida de la oferta y la demanda. Su-
pongamos una disparidad continua y/o creciente entre la
equivalencia de intercambio tradicional y la cantidad de
bienes de que realmente se dispone —debida, tal vez, a al-
guna nueva facilidad en la adquisición de una de las mer-
caderías de que se trata—. El comercio de sociedades
aumenta entonces la presión material en el curso de repe-
tidas resoluciones. Manteniendo firmes los términos del in-
tercambio, la táctica del pago excesivo sólo resulta equitati-
va y tolerable si el equilibrio de oferta y demanda es re-
versible. De otra manera, una tendencia implícita a acu-
mular volumen la torna intolerable. Ya que, si se ataca lá
obligación de un socio a recibir, teniendo en cuenta su
posible demora en la retribución, el intercambio prosigue
siempre según la cantidad buscada por la parte más inopor-
tuna. En este aspecto, los estímulos para la producción y
el intercambio exceden incluso la dinámica del mercado
competitivo.
Esto equivale a decir que cualquier cambio de la oferta
por encima o por debajo de la demanda en una equivalen-
cia determinada, el volumen de intercambio que implica
el comercio por sociedades es mayor que el equilibrio de
mercado que le corresponde. Tal vez la cantidad disponible
de cerdos sea por el momento inferior a la cantidad deman-
dada por una equivalencia de un cerdo igual a cinco va-
sijas; tanto peor para los criadores de cerdos, ya que ten-
drán que distribuir al mismo precio hasta que todas las
vasijas se agoten. En un mercado abierto, la cantidad total
de transacciones sería más baja y en términos más favora-
bles al comercio de los cerdos.
Es evidente que si persiste la disparidad entre las equi-
valencias en uso y las mercaderías de que se dispone, el
comercio por sociedades debe descubrir sus límites como
mecanismo de equilibrio, poniendo siempre a disposición
de la demanda una oferta según los términos habituales.
Considerado a nivel social, el comercio se vuelve irracional:
un grupo comienza su evolución económica apropiándose
del trabajo de otro grupo. Tampoco podría esperarse que el
grupo de socios acosados contuviera indefinidamente el des-
equilibrio, no más de lo que una sociedad que tolerara ese

334








procedimiento podría continuar indefinidamente. En el ni-
vel individual, la irracionalidad es más probable que se pre-
sente como una inutilidad de la acumulación, más concreta
que el costo de producción no compensado. Debe llegar un
momento, después de que un hombre se encuentre en po-
sesión de cinco arcos, o tal vez de diez, o incluso de veinte,
en que empiece a cuestionarse sobre la conveniencia de acu-
mular todo aquello de lo cual su socio parece querer des-
prenderse. ¿Qué sucederá entonces cuando las personas se
muestren renuentes o incapaces de hacer frente a sus obli-
gaciones comerciales? Si lo supiéramos, desentrañaríamos el
último de los misterios propuestos empíricamente por el
comercio de Melanesia: la tendencia observada de los va-
lores de intercambio a ajustarse a largo plazo, aunque no en
un período corto, a los cambios que se producen en la ofer-
ta y la demanda. La solución aparente consiste en evaluar
las equivalencias, pero ¿cómo hacerlo?
Mediante una reubicación del comercio, una revisión de
las sociedades. Por una parte, sabemos lo que sucede cuando
un socio comercial se muestra renuente a retribuir. En
todas partes la sanción es la disolución de la sociedad. Du-
rante un tiempo un hombre puede andarse con rodeos, pero
si demora demasiado, o si al final no presenta una retribu-
ción adecuada, la relación comercial se quiebra. En tal caso,
además, el volumen del intercambio disminuye y aumenta
la presión soportada por el comercio. Por otra parte, tam-
bién conocemos (o suponemos) que el proceso mediante el
cual se determina en primer lugar el valor de intercambio,
es decir, la valoración recíproca de mercaderías, incorpora
condiciones medias corrientes de oferta y demanda. La so-
lución a una disconformidad persistente entre los valores
de intercambio y el juego de la oferta y la demanda sería
entonces un proceso social mediante el cual se pusiera fin
a las viejas sociedades y se negociaran otras nuevas. Tal
vez incluso la red comercial debería ser modificada, tanto
en lo geográfico como en lo étnico. Pero en cualquier caso,
un nuevo comienzo, manteniendo con los nuevos socios las
maniobras tácticas tradicionales de pagos excesivos recí-
procos, restaura la correspondencia entre el valor de inter-
cambio y la influencia de la oferta y la demanda.
Este modelo, aunque hipotético, corresponde a ciertos
hechos, tales como la organización social de la deflación
experimentada en las redes comerciales de Melanesia du-
rante el período posterior al contacto con los europeos. El
comercio indígena continuó durante cierto tiempo sin el be-
neficio de una competencia mercantil. Pero los mismos eu-
ropeos que aportaron cantidades excesivas de hachas, con-
chas o cerdos impusieron también la paz. En la era colonial,




335















la esfera de la conducta formal melanesia se expandió, am-
pliándose los horizontes sociales de las comunidades tribales.
Se hizo posible una reconstrucción significativa y una exten-
sión de los contactos comerciales, y también una revalua-
ción de las equivalencias en el comercio, como, por ejemplo,
en el intercambio que tiene lugar en el Golfo Huon entre
la costa y el interior, que en épocas recientes se ha hecho
más abierto y en apariencia mucho más sensible a la oferta y
la demanda que el comercio marítimo tradicional (Hogbin,
1951, p. 86; cf. Harding, 1967).
Todo lo dicho conduce a una sugerencia final: Las equi-
valencias de intercambio de sistemas comerciales organiza-
dos de manera diferente tienen tal vez una sensibilidad
distinta a los cambios producidos en la oferta y la demanda,
dependiendo esto de las cualidades sociales de la relación
comercial. Precisamente la naturaleza de la sociedad se vuel-
ve significativa: Puede ser más o menos sociable, admitien-
do así demoras más o menos largas de la reciprocidad; por
ejemplo, más largas en los parentescos comerciales que en
las amistades comerciales. La relación preponderante tiene
un coeficiente de fragilidad económica y, por consiguiente,
la totalidad del sistema, una cierta sensibilidad a las varia-
ciones en la oferta y la demanda. La simple cuestión de la
privacidad o publicidad habituales puede tener consecuen-
cias similares; tal vez sea factible (por lo que sabemos) lle-
gar secretamente a nuevos acuerdos con antiguos socios.
¿Y qué libertad se concede entonces dentro del sistema para
conseguir nuevos socios? Aparte de las dificultades que
reviste el abrirse camino en aldeas o en grupos étnicos que
estaban fuera del sistema, las sociedades pueden ser here-
dadas por costumbre, quedando así cerrado el conjunto de
contactos, o tal vez pueden contraerse con mayor facilidad
y en ese caso el intercambio de valores ser más susceptible
de revisión. En resumen, la flexibilidad económica del sis-
tema depende de la estructura social de la relajón comer-
cial.
Si el proceso, tal como lo hemos delineado, describe
realmente las variaciones a largo plazo producidas en el
valor de intercambio, entonces, en un nivel más alto de
generalización y con muchas imperfecciones, se asemeja a
la competencia mercantil. No cabe duda de que hay dife-
rencias profundas. En el comercio primitivo, el camino que
conduce al equilibrio económico no depende del papel de
individuos o firmas autónomas que fijan un precio mediante
las contestaciones paralelas de compradores y vendedores.
Más bien comenzó con el entredicho de la competencia den-
tro del seno de la comunidad, o si no, atravesó una estruc-
tura de acuerdos institucionales que con distintos grados de
336









facilidad unió a socios con obligaciones mutuas de generosi-
dad, separando a los que no tenían tales inclinaciones, para
negociar al final a un «precio» semejante. La similitud con
el comercio de mercado aparece cuando se hace abstracción
de todo esto y de la escala prolongada de espacio y tiempo,
tal vez en la realidad un cambio que lleva décadas de un
comercio con un grupo étnico a una sociedad dentro de
otro. Entonces el sistema primitivo, considerado global-
mente, hace que estas personas particulares entren en rela-
ciones de comercio, y con equivalencias tales que reflejen
de una manera razonable la disponibilidad y la utilidad de
los productos.
¿Pero cuál es la jerarquía teórica de este parecido re-
sidual? El hecho de haber sido apreciado primero en su
forma burguesa ¿lo convierte acaso en la propiedad analí-
tica privada de la economía convencional? Podríamos casi
decir que no, ya que en su forma burguesa el proceso no
es general, mientras que en su forma general no es burgués.
La conclusión a la que hemos llegado sobre este aspecto
del comercio en Melanesia servirá también para la totalidad:
una teoría primitiva del valor de intercambio es también
necesaria y tal vez posible, lo que no quiere decir que ya
exista.




337

Indice
Reconocimientos 7
Introducción 9
1. La sociedad opulenta primitiva 13
Origen del error 14
«Una especie de abundancia material» 22
_ La subsistencia 27
Nuevas consideraciones sobre los cazadores y re-
colectores 47
2. El modo de producción doméstico: La estructura
de la subproducción 55
Dimensiones de la subproducción 55
Subaprovechamiento de los recursos 55
Subaprovechamiento de la capacidad de trabajo . 66
La insuficiencia de la unidad doméstica 84
Elementos de la modalidad doméstica de la pro-
ducción 89
Defensa de las generalizaciones 90
División del trabajo 94
Relación primitiva entre el hombre y las herra-
mientas 95
Producción para la supervivencia 98
La regla de Chayanov 103
La propiedad 108
La comunidad 110
Anarquía y dispersión 111
3. La modalidad doméstica de la producción: Inten-
sificación de la producción 117
Acerca de un método para la investigación de la
inflexión social de la producción doméstica . 118
Parentesco e intensidad económica 140
La intensidad económica del orden político 147
4. El espíritu del don 167
«Explication de texte» 167
Los comentarios de Lévi-Strauss, Firth y Joban-
sen 172
El verdadero significado del hau de los objetos
valiosos 175

Digresión sobre el aprendiz de brujo maorí 181
La significación más amplia del hau 184
Filosofía política del ensayo sobre el don 187
Aspectos políticos de El don y El Leviathan ... 190
5. Sobre la sociología del intercambio primitivo ... 203
Corriente material y relaciones sociales 203
Un esquema de las reciprocidades 210
La reciprocidad y la distancia de parentesco ... 214
ha reciprocidad y la jerarquía de parentesco ... 223
Reciprocidad y fortuna 230
Reciprocidad y alimentos 235
Acerca de la reciprocidad equilibrada 239
Amistad o parentesco formales 241
Afirmación de las alianzas colectivas 241
Tratados de paz 241
Alianzas matrimoniales 242
Una última reflexión 251
Apéndice A 253
Notas acerca de la reciprocidad y de la distancia . 253
Apéndice B 268
Notas acerca de la reciprocidad y las jerarquías
de parentesco 268
Apéndice C 284
Notas sobre la reciprocidad y la fortuna 284
_ 6. El valor de intercambio y la diplomacia del co-
mercio primitivo 297
Tres sistemas de comercio 300
Variaciones de las equivalencias con el correr del
tiempo 316
La organización social del comercio y del mercado
primitivo 318
Una teoría primitiva del valor de intercambio ... 323
Estabilidad y fluctuación de las proporciones de
intercambio 331










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