Antropología estructural (PARTE 2) | Claude Lévi-Strauss

| terça-feira, 3 de novembro de 2009
Como este libro aparece, en 1958, año del centenario
de Émile Durkheim, se le permitirá a un discípulo
inconstante ofrecerlo en homenaje, a la memoria
del fundador de L'Année sociologique: prestigioso
taller donde la etnología contemporánea recibía
una parte de sus armas y que hemos entregado al
silencio y al abandono, menos por ingratitud que
por el triste convencimiento de que la empresa
excedería hoy nuestras fuerzas.












ORGANIZACIÓN SOCIAL
CAPÍTULO 6
LA NOCIÓN DE ARCAÍSMO EN ETNOLOGÍA1
No obstante todas sus imperfecciones y pese a merecidas criticas,
parece evidente que el término «primitivo», a falta de otro mejor, pasado a ocupar un lugar definitivo en el vocabulario etnológico sociológico contemporáneo. Estudiemos, pues, sociedades «primitivas», ¿Pero
qué entendemos por esto? A grandes rasgos, la expresión es bastante clara.
Sabemos que « primitivo» designa un vas to conjunto de poblaciones que
han permanecido ignorantes de la escritura y sustraídas, en consecuencia, los métodos de investigación del historiador puro; sociedades a las que expansión de la civilización mecánica ha llegado sólo en época reciente:
extrañas, pues, por su estructura social y su concepción del mundo, nociones que la economía y la filosofía políticas consideran fundamentales
cuando se trata de nuestra propia sociedad, ¿Pero por dónde pasa l a línea
de demarcación? El antiguo México satisface el segundo criterio, y primero solamente de una manera muy incompleta. El Egipto y la China
arcaicos se abren a la investigación etnológica no por cierto debido a que
ignoren la escritura, sino porque la masa de documentos preservados insufic iente y hace necesario el empleo de otros métodos, y ni uno ni otra son exteriores al área de la civilización mecánica: la han precedido
únicamente en el tiempo. En sentido inverso, el hecho de que el folklorista
trabaje en el pre sente y dentro del área de la civilización mecánica no aisla del etnólogo. En los Estados Unidos se asiste desde hace diez años a una
evolución sensacional que es, sin duda y ante todo, reveladora de crisis espiritual que experimenta la sociedad norteamericana contemporánea
(que comienza a dudar de sí misma y no logra ya aprehenderse, si no es por
medio de esta incidencia de lo extraño que ella adquiere cada día más
ante sus propios ojos), pero que, al abrir a los etnólogos la puerta de fábricas, los servicios públicos nacionales y municipales y a veces inclusive
los estados mayores, proclama
1, Publicado con igual titulo en Cahiers Internationaux de Sociologie, vol. XII, 1952,
págs. 32-35.
138 ORGANIZACIÓN SOCIAL
implícitamente que entre la etnología y las otras ciencias del hombre
la diferencia está en el método antes que en el objeto.
Sin embargo, aquí queremos considerar exclusivamente el objeto.
Porque es asombroso comprobar que al perder el sentimiento del
objeto que le es propio, la etnología norteamericana deja que el mé -
todo que le habían proporcionado sus fundadores —método dema -
siado estrechamente empírico, pero preciso y escrupuloso— se desintegre
para provecho de una metafísica social a menudo simplista
y de procedimientos de investigación inciertos. El método sólo puede
robustecerse —y con mayor razón ampliarse— con un conocimiento
cada vez más exacto del propio objeto, de sus caracteres específicos
y de sus elementos distintivos. Estamos lejos de ello. Es verdad que
el término «primitivo» parece definitivamente libre de las confusiones
implicadas por su sentido etimológico y mantenidas por un evolucionismo
caduco. Un pueblo primitivo no es un pueblo atrasado;
puede, en tal o cual campo, revelar un espíritu de invención y realización
que deja muy por detrás los logros de los civilizados. Así,
por ejemplo, esta verdadera «sociología planificada» que se revela en
el estudio de la organización familiar de las sociedades australianas,
la integración de la vida afectiva en un complejo sistema de derechos
y obligaciones en Melanesia y, en casi todas partes, la utilización del
sentimiento religioso para fundar una síntesis viable, si no siempre
armoniosa, entre las aspiraciones individuales y el orden social.
Un pueblo primitivo no es tampoco un pueblo sin historia, aunque
el desenvolvimiento de ésta se nos escape muy a menudo. Los
trabajos de Seligman sobre los indígenas de Nueva Guinea2 muestran
cómo una estructura social, en apariencia muy sistemática, se ha
desprendido unas veces, mantenido otras, a través de una sucesión
de acontecimientos contingentes: guerras, migraciones, rivalidades,
conquistas. Stanner ha descrito las discusiones a que da lugar, en
una sociedad contemporánea, la promulgación de una legislación del
parentesco y el matrimonio: los «jóvenes turcos» reformadores, convertidos
a la doctrina de un pueblo vecino, consiguen que un sistema
más sutil triunfe sobre la simplicidad de las antiguas instituciones;
indígenas alejados durante algunos años de su tribu no consiguen ya,
al regresar, adaptarse al nuevo orden.3 En América, el número, dis -
tribución y relaciones recíprocas de los clanes hopi no eran los mis -
mos hace dos siglos y en la actualidad.4 Sabemos todo esto, y sin
embargo, ¿qué conclusión hemos sacado? Una distinción teóricamente
embarazosa y de hecho impracticable, entre pueblos supuestamente
«primitivos», designados así convencionalmente (y que abarcan, por
2. C. G. Seligman, The Melanesians of British New Guinea, Londres, 1910.
3. W. E. H. Stanner, «Murinbata kinship and totemism», Oceania, vol. VII,
n. 2, 1936-1937.
4. R. H. Lowie, «Notes on Hopi clans», Anthropological Papers of the American
Museum of Natural History, vol. XXX, 1929, pág. 6.
LA NOCIÓN DE ARCAÍSMO 139
otra parte, la casi totalidad de las poblaciones estudiadas por el
etnólogo) y algunos raros «verdaderos primitivos» reducidos a los
australianos y los fueguinos, según el resumen del curso de Marcel
Mauss.5 Acabamos de ver lo que debe pensarse de los australianos.
Los fueguinos (y algunas otras tribus sudamericanas que ciertos autores
añaden),6 ¿serían, pues, junto con algunos grupos pigmeos, los
únicos poseedores del exorbitante privilegio de haber durado y no
haber tenido historia? Esta extraña afirmación reposa en un doble
argumento. En primer lugar, la historia de estos pueblos nos es totalmente
desconocida y, en razón de la ausencia o la pobreza de las
tradiciones orales y los vestigios arqueológicos, quedará para siempre
fuera de nuestro alcance. No cabe concluir que ella no existe. En
segundo lugar, por el arcaísmo de sus técnicas y sus instituciones,
estos pueblos evocan lo que hemos podido reconstruir del estado
social de poblaciones muy antiguas que vivieron hace una o dos
docenas de milenios; de donde se extrae la conclusión de que, tal
como se encontraban en esa lejana época, así han permanecido hasta
hoy. Se deja a la filosofía la tarea de explicar por qué en ciertos
casos ha ocurrido algo y por qué en estos casos no ha ocurrido nada.
Una vez aceptado en este plano filosófico, el debate parecería
no tener salida. Concedamos, pues, como una posibilidad teórica,
que ciertos fragmentos étnicos hayan podido permanecer a la zaga
del movimiento —por otra parte desigual —que arrastra la humanidad;
ya sea porque evolucionaron con una lentitud apenas perceptible
que habría preservado hasta el presente lo mejor de su frescura primitiva
o bien, por el contrario, debido a que su ciclo de evolución,
abortado precozmente, los fijó en una inercia definitiva. El verdadero
problema no se plantea de este modo. Cuando se considera, en el
tiempo presente, tal o cual población aparentemente arcaica, ¿es posible
aislar ciertos criterios cuya presencia o ausencia permitiría
decidir, no ciertamente por la afirmativa —hemos visto que la hipótesis
es ideológica y no susceptible de demostración— pero sí negativamente?
Si esta demostración negativa pudiera ser aportada para
cada caso conocido e invocado, la cuestión quedaría resuelta, si no
teóricamente, al menos en la práctica. Pero entonces se plantearía
un nuevo problema: si queda excluida la consideración del pasado,
¿qué caracteres formales, correspondientes a su estructura; distinguen
las sociedades llamadas primitivas de las que denominamos
modernas o civilizadas?
Estos son los problemas que quisiéramos evocar al discutir el
caso de ciertas sociedades sudamericanas, a propósito de las cuales
se ha reactualizado recientemente la hipótesis de un arcaísmo original.
* * *
5. Marcel Mauss, Manuel d'ethnographie, París, 1947, n. 1, pág, I.
6. J. M. Cooper, «The South American Marginal Cultures», Proceedings of the
8th. American Scientific Congress, Washington, 1940, vol. II, págs, 147, 160.
140 ORGANIZACIÓN SOCIAL
A partir de Martius,7 los etnólogos tienen por costumbre repartir
las culturas indígenas de la América tropical en dos grandes categorías.
Las culturas de la costa y del sistema Orinoco-Amazonas se
caracterizan por un habitat selvático o bien ribereño próximo a la
selva; una agricultura de técnica rudimentaria, pero con roturación
extensa de la tierra y numerosas especies cultivadas; una organiza -
ción social diferenciada, en la que se esboza o afirma una neta jerarquía
social, y vastas habitaciones colectivas que testimonian a la vez
el nivel de la industria indígena y el grado de integración de la sociedad.
Arawak, tupíes y caribes comparten en distinto grado y con
variaciones regionales estos rasgos característicos. El Brasil central,
por el contrario, está ocupado por poblaciones de cultura más rudimentaria;
a veces son nómadas e ignoran la construcción de habitaciones
permanentes y la alfarería; viven de la recolección y el almacenamiento
o bien, cuando son sedentarios, recurren a la caza
individual o colectiva antes que al cultivo, que es entre ellos una
ocupación complementaria. Martius creyó posible agrupar en una
sola familia cultural y lingüistica, bajo el nombre de ge, poblaciones
en realidad diferentes por el lenguaje y por otros aspectos de sus
respectivas culturas; veía en ellas a los descendientes de los salvajes
tapuya descritos por los viajeros del siglo XVI como los enemigos
tradicionales de los tupíes de la costa: estos últimos los habrían
desplazado hacia el interior, durante el transcurso de migraciones
que les habrían asegurado la posesión del litoral y el valle del Ama -
zonas. Es sabido que estas migraciones sólo tuvieron fin en el siglo
XVII, e inclusive se conocen ejemplos más recientes.
Esta seductora construcción ha sido trastornada durante los últimos
veinte años, como resultado de las investigaciones del desaparecido
Curt Nimuendaju en varias tribus de la pretendida familia ge,
que habitan la sabana comprendida entre la cadena litoral y el valle
de Araguaya, en el este y el nordeste brasileños. Entre los ramkokamekran,
los cayapó, los sherente y los apinayé, Nimuendaju descubrió
ante todo una agricultura más original de lo que había supuesto:
algunas de estas tribus cultivan especies (Cissus sp.) desconocidas
en otras partes. Pero sobre todo en el campo de la organización
social, estos presuntos primitivos revelaron sistemas de una complejidad
asombrosa: mitades exogámicas que se entrecruzan con mitades
deportivas o ceremoniales, sociedades secretas, asociaciones masculinas
y clases de edad. Estas estructuras acompañan habitualmente
niveles culturales mucho más elevados. Se puede concluir o b ien
que estas estructuras no son el patrimonio de tales niveles, o bien que
el arcaísmo de los supuestos ge no es tan indudable como parece.
Los intérpretes de los hallazgos de Nimuendaju, sobre todo Lowie
y Cooper, se han inclinado más bien por la primera explicación.
7. C. F. Ph. von Martius, Beiträge zur Ethnographie..., Leipzig, 1867.
LA NOCIÓN DE ARCAÍSMO 1 4 1
Lowie escribe que «la aparición de las mitades matrilineales en culturas
tales como la de los canella y los bororo prueba que esta
institución puede surgir localmente entre recolectores y cazadores,
o mejor, en pueblos que han permanecido en la primera etapa del
cultivo».8 Pero los ge y las tribus correspondientes en la meseta
occidental, los bororo y los nambikwara, ¿merecen sin reserva tal
definición? ¿No es igualmente plausible ver en ellos pueblos regresivos
que, partidos de un nivel de vida material y de organización
social más elevada, habrían conservado tal o cual rasgo como vestigio
de condiciones anteriores? A esta hipótesis, sugerida en correspondencia
privada, Lowie respondió que la alternativa era concebible, pero
que sus términos permanecerían siendo dudosos mientras no se pudiera
obtener «un modelo preciso con respecto al cual pudiera demostrarse
que la organización social de los canella y los bororo constituye
la réplica atenuada».9
Hay varias maneras de responder a esta exigencia, y la primera
de ellas es, sin duda, engañosa en su simplicidad. Y sin embargo, las
altas culturas precolombinas del Perú y Bolivia han conocido algo
que se asemejaba a la organización dualista: los habitantes de la
capital de los Incas estaban repartidos en dos grupos, Alto Cuzco
y Bajo Cuzco, cuya significación no era solamente geográfica, puesto
que, durante las ceremonias, las momias de los antepasados eran
colocadas solemnemente en dos hileras, como ocurría en la China
de los Chou.10 Y es el mismo Lowie quien, comentando nuestra descripción
de una aldea bororo cuyo plano refleja la compleja estructura
social, evoca el plano de Tiahuanaco tal como Bandelier la ha
reconstruido.11 El mismo dualismo, o en todo caso sus temas fundamentales,
se prolongan hasta la América Central, en el antagonismo
ritual de las órdenes aztecas del Águila y el Jaguar. Ambos
animales desempeñan sus papeles en la mitología de los tupíes y
otras tribus sudamericanas, como lo prueban el motivo del «Jaguar
Celeste» y el enjaulamiento ritual de un águila-harpía en las aldeas
indígenas del Xingu y el Machado. Estas semejanzas entre las sociedades
tupí y azteca se extienden a otros aspectos de la vida religiosa.
El modelo concreto, cuya réplica atenuada ofrecen las culturas primitivas
de la sabana tropical, ¿no se hallaría en las altas mesetas
andinas?
8. R. H. Lowie. «A Note on the Northern Ge of Brazil», American Anthropologist,
n.s., vol, XLIII, 1941, pág. 195.
9. R. H. Lowie, loc. c i t ,
10. Garcilaso de la Vega, Comentarios Reales de los Incas. Buenos Aires, Ed.
Emecé., 1943, 2 vols, H, Maspero, La Chine antique, París, 1927, págs, 251-252,
11. C. Nimuendaju y R. H. Lowie, «The Dual Organization of the Ramkokamekran
(Canella) of Southern Brazil», American Anthropotogist, n.s,, vol. XXIX,
1927, pág. 578.
142 ORGANIZACIÓN SOCIAL
La respuesta es demasiado simple. Sin duda se han producido
contactos entre las grandes civilizaciones de la meseta y los bárbaros
de la llanura y la selva: intercambios comerciales, reconocimientos
militares, escaramuzas en puestos avanzados. Los indígenas del Chaco
conocían la existencia del Inca y describían de oídas su prestigioso
reino a los primeros via jeros. Orellana encontró objetos de oro en
el Amazonas medio, y hasta en el litoral de San Pablo han sido
exhumadas hachas de metal de procedencia peruana. Sin embargo,
el ritmo tan precipitado de expansión y decadencia de las civiliza -
ciones andinas no ha podido permitir otra cosa que intercambios
esporádicos y de corta duración. Por otro lado, a través de la des -
cripción de los conquistadores apasionados con sus descubrimientos,
la organización social de los aztecas o de los incas nos ha llegado
con un carácter sistemático que sin duda no poseía. En ambos casos,
se asiste a la coalición efímera de culturas muy diversas, a menudo
muy antiguas y heterogéneas entre sí. Del lugar preeminente que temporalmente
ocupó una tribu entre tantas otras, no podría concluirse
que sus costumbres particulares fueron observadas en toda la extensión
del territorio sobre el cual ejerció su influencia, aun cuando
sus dignatarios tuvieran interés en propagar esta ficción, sobre todo
ante los europeos recién llegados. Ni en el Perú ni en México se trató
jamás realmente de un imperio cuyo modelo trataran de reproducir,
con medios modestos, los pueblos colonizados, los clientes, o simple -
mente los asombrados testigos. Las analogías entre culturas altas y
bajas obedece a razones más profundas.
En efecto, la organización dualista es sólo uno entre otros rasgos
comunes a los dos tipos. Estos rasgos se distribuyen de la manera
más confusa. Desaparecen y reaparecen con independencia de la
distancia geográfica y del nivel de cultura considerado. Se diría que
han sido diseminados al azar en toda la extensión del continente.
Se los encuentra ya presentes, ya ausentes; ya agrupados, ya aislados;
desarrollados lujosamente en una gran civilización o preservados parsimoniosamente
en la más baja. ¿Cómo se podría dar cuenta de cada
uno de estos hechos por fenómenos de difusión? Sería necesario
establecer para cada caso un contacto histórico, fijar una fecha, trazar
un itinerario de migración. No solamente sería irrealizable la tarea;
además, no correspondería a la realidad, que nos presenta una coyuntura
global que es preciso comprender en cuanto tal. Se trata
de un vasto fenómeno de sincretismo, cuyas causas históricas y
locales son muy anteriores al comienzo de lo que llamamos historia
precolombina de América, y que un sano método nos obliga a aceptar
como situación inicial, a partir de la cual han nacido y se han des -
arrollado las altas culturas de México y Perú.
¿Cabe reencontrar en el estado actual de las culturas bajas de
la llanura la imagen de esta situación inicial? Imposible; no hay
transición concebible, ni etapas que puedan ser reconstruidas, entre
LA NOCIÓN DE ARCAÍSMO 143
el nivel cultural de los ge y los comienzos de la cultura maya o los
niveles arcaicos del valle de México. Unos y otros derivan entonces
de una base sin duda común, pero que es necesario buscar en un
plano intermedio entre las culturas actuales de la sabana y las civilizaciones
antiguas de las mesetas.
Numerosas indicaciones confirman esta hipótesis. La arqueología,
en primer lugar, encuentra hasta un pasado reciente centros
de civilización relativamente evolucionada a través de toda la América
tropical: Antillas, Marajo, Cunani, Bajo Amazonas, desembocadura
del Tocantins, llanura de los Mojos, Santiago del Estero; también
los grandes petroglifos del valle del Orinoco y de otras regiones,
que suponen un trabajo en equipo del cual se encuentran aún hoy
sorprendentes aplicaciones entre los tapirapé, para la roturación y
el cuidado de las tierras de cultivo.12 A comienzos del periodo histórico,
Orellana admiraba las diversas culturas a lo largo del Amazonas,
numerosas y desarrolladas, ¿Se puede suponer que en la época
de su apogeo, las tribus inferiores no participaban, al menos en cierta
medida, de esta vitalidad cuyos índices acabamos de recordar?
La organización dualista misma no constituye un rasgo diferencial
de las poblaciones de la sabana: se la ha señalado, en la selva,
entre los parintintin y los mundurukú; su existencia es bastante probable
entre los tembé y los tukuna, y segura en ambas extremidades
del Brasil, entre arawak de tan alta calidad como los palikur y los
tereno. Nosotros mismos hemos encontrado sus vestigios en los tupíkawahib
del Alto Machado, de forma que, bajo modalidad ya matrilineal,
ya patrilineal, puede definirse un área de organización dualista
que se extiende desde la ribera derecha del Tocantins hasta el río
Madeira. Es imposible definir la organización dualista en América
del Sur como un rasgo típico de los niveles más primitivos, cuando
éstos lo comparten con sus vecinos de la selva, expertos agricultores
y cazadores de cabezas, que gozan de una cultura mucho más elevada.
No se debe disociar la organización social de los pueblos de la
llanura y la de sus vecinos de los valles boscosos y de las riberas
fluviales. Inversamente, a veces se ubica en niveles pretendidamente
arcaicos a tribus de muy distinta cultura. El ejemplo de los bororo
proporciona una demostración particularmente notable de estas falsas
analogías. Para hacer de ellos «verdaderos primitivos» o aproximarlos
a éstos, se invoca un texto de von den Steinen: «Las mujeres, habituadas
a arrancar raíces salvajes en la maleza, se pusieron a abatir
las plantas jóvenes (de mandioca) removiendo cuidadosamente la
tierra con la esperanza de encontrar raíces comestibles. Esta tribu
de cazadores ignoraba toda verdadera agricultura y, sobre todo, carecía
de paciencia como para esperar que los tubérculos se desarro -
12. H. Baldus, «Os Tapirapé», Revista do Arquivo Municipal, Sao Paulo, 1944-
1946.
144 ORGANIZACIÓN SOCIAL
llaran.»13 Se sacó la conclusión de que, antes de su contacto con el
cuerpo expedicionario que había de someterlos, los bororo vivían
exclusivamente de la caza y la recolección. Se olvida que el comentario
se refiere a las huertas de los soldados brasileños, no de los
indígenas, y que según el mismo autor, «los bororo no se preocupaban
por los dones de la civilización».14 Basta colocar estas observaciones
en su contexto —que proporciona un cuadro tan vivo de la desintegración
de la sociedad bororo bajo la influencia de sus supuestos
pacificadores— para comprender su carácter anecdótico. ¿Qué nos
dicen estas observaciones? ¿Que en aquella época los bororo no cultivaban
la tierra? Pero los colonizadores los perseguían y exterminaban
sin piedad desde hacía cincuenta años. ¿O más bien que los
indígenas hallaban más ventajoso saquear las huertas de los puestos
militares que roturar la tierra por su cuenta?
Algunos años más tarde, en 1901, Cook señalaba «campos de
pequeño maíz amarillo» entre los bororo del río Ponte de Pedra
(afluente entonces mal conocido del rio São Lourenço).15 A propósito
de las aldeas del río Vermelho, que habían conservado su independencia,
Radin escribía en 1905: «Los bororo no plantan casi nada
en la colonia Theresa Christina, y tal vez por esta razón el profesor
von den Steinen, que los vio cultivar la tierra únicamente cuando se
les obligaba a ello, concluyó que nunca habían sido una tribu agrícola.
Pero Fric descubrió, en aquellos grupos que vivían todavía
en estado salvaje, plantaciones cuidadosamente mantenidas...»16 Más
aún, el mismo autor describe un ritual agrario, «ceremonia de bendición
de las primicias cuyo consumo provocaría la muerte de no
mediar dicha consagración», consistente en el lavado de la espiga
de maíz apenas madura, colocada luego ante el aroetorrari (o Chamán),
quien danza y canta durante varias horas sin interrupción, fuma
continuamente y entra así en una especie de éxtasis hipnótico. Temblando
en todos sus músculos, «muerde entonces la espiga mientras
emite gritos intermitentes. La misma ceremonia se desenvuelve cuando
se ha dado caza... o se ha pescado... un gran ejemplar. Los bororo
están convencidos de que cualquiera que tocara la carne o el maíz no
consagrado... perecería junto con todos los suyos».17 Cuando se piensa
que, con excepción de las aldeas del río Vermelho, la sociedad bororo
se desintegró completamente entre 1880 y 1910, resulta difícil aceptar
que en un intervalo tan trágico y tan breve los
13. K. von den Steinen, Unter den Naturvölkern Zentral-Brasiliens, 2.° ed.,
Berlín, 1897; pág. 581 de la traducción portuguesa, São Paulo, 1940.
14. Loc. cit., pág. 580.
15. W. A. Cook, «The Bororo Indians of Matto Grosso, Brazil», Smithsonian
Miscellaneous Collection, vol. L, Washington, 1908.
16. V. Fric y P. Radin, «Contributions to the Study of the Bororo Indians»,
Journal of the Royal Anthropologica1 Institute, vol, XXXVI, 1906, págs. 391-392.
17. Ídem.
LA NOCIÓN DE ARCAÍSMO 145
indígenas hayan tenido el tiempo suficiente —y se hayan tomado el
trabajo— de coronar una agricultura nueva con un ritual agrario complicado.
Quizá poseyeran ya este último, lo cual implicaría a la vez
el carácter tradicional de la primera.
La cuestión consiste entonces en saber si en América del S ur
es posible, en algún caso, hablar de auténticos cazadores y recolectores.*
Algunas tribus parecen en la actualidad muy primitivas: los
guayakí del Paraguay, los sirionó de Bolivia, los nambikwara de las
fuentes del Tapajoz y los recolectores del valle del Orinoco. Y sin
embargo, son raras las que ignoran completamente el cultivo, y éstas
se encuentran siempre aisladas en medio de grupos de nivel más
elevado. Si conociéramos la historia de cada una, ella daría cuenta
de sus condiciones particulares mejor que la hipótesis de un nivel
arcaico del cual serían los vestigios. En la mayoría de los casos,
practican un cultivo elemental que no llega a reemplazar la caza, ni la
pesca, ni la recolección. Esto es insuficiente para probar que se trata
de cultivadores debutantes, y no de cultivadores regresivos en razón
de las nuevas condiciones de existencia a las que debieron hacer
frente.
El desaparecido Padre J. M. Cooper sugirió una distribución de
las tribus de la América tropical en dos grupos principales, que denominó
respectivamente «silval» y «marginal», el grupo marginal se subdividiría
a su vez en un grupo «sabanal» y un grupo «intrasilval».18
Retendremos solamente la distinción principal, que ofrece tal vez una
utilidad práctica, aunque sería erróneo buscar en ella una representación
de los hechos. Nada prueba —ni siquiera sugiere— que la
sabana haya estado habitada en un período arcaico; por el contrario,
parece que inclusive en su habitat actual, las tribus «sabanales» buscan
preservar los restos de u n género de vida selvático,
Ninguna distinción geográfica es más clara para el indígena sudamericano
ni está más presente en su espíritu que aquella entre
la sabana y la selva. La sabana es inapropiada no solamente para el
cultivo, sino también para la recolección de productos silvestres:
la vegetación y la vida animal son pobres. La selva brasileña, en
cambio, es pródiga en frutos y caza, y en la medida en que uno
se limita a arañarla, su tierra se mantiene rica y fértil. El contraste
entre cultivadores de la selva y cazadores de la llanura puede tener
una significación cultural, pero carece de fundamento natural. En
el Brasil tropical, la selva y las riberas fluviales constituyen el medio
más favorable para el cultivo, la caza, la pesca y también la recolección
y el almacenamiento. Y si la sabana está desheredada, lo está
* Lévi-Strauss se refiere indudablemente al área de la floresta tropical al interrogarse
sobre la posible existencia de auténticos cazadores y recolectores en
América del Sur, ya que su presencia está perfectamente documentada en otras
áreas sudamericanas. [N. del rev.].
18. J. M. Cooper, loc cit.
146 ORGANIZACIÓN SOCIAL
en todos estos aspectos a la vez. No se puede distinguir entre una
cultura prehortícola, conservada por los pueblo s de la sabana, y
una cultura superior a base de cultivo en los rastrojos de la selva,
porque los pueblos de la selva son, no sólo los mejores agricultores
(entre otros), sino también los mejores recolectores (entre otros,
igualmente). La razón es muy simp le: hay muchas más cosas para
recolectar en la selva que fuera de ella. El cultivo y la recolección
de productos silvestres coexisten en ambos medios, pero estos dos
géneros de vida están mejor desarrollados en uno que en otro.
El mayor dominio que las sociedades de la selva ejercen sobre
el medio natural se afirma tanto en lo que respecta a las especies
silvestres cuanto en lo referente a las especies cultivadas. El medio
vegetal varía del este al oeste de la selva tropical, pero el género de
vida cambia menos que las especies empleadas: idéntica cestería,
hecha ya con un tipo de palma, ya con otro; estupefacientes que
desempeñan el mismo papel ritual, si bien son elaborados con diferentes
plantas. Los productos cambian, los usos se mantienen. Por
otra parte, el determinismo de la sabana ejerce únicamente una influencia
negativa. No abre posibilidades nuevas, no hace otra cosa
que restringir las posibilidades de la selva. No hay «cultura de la
sabana». Lo que se intenta designar con esa denominación es una
réplica atenuada, un eco debilitado, una imitación impotente de la
cultura selvática. El habitat selvático hubiera sido elegido por pueblos
recolectores al igual que por pueblos agricultores o, más exactamente,
aquéllos hubieran permanecido en la selva, de haber podido.
Si no lo hicieron, no fue a causa de una supuesta «cultura de la
sabana», que les sería propia; sino porque fueron echados de allí;
como por ejemplo los tapuya, que fueron rechazados hacia el interior
por las grandes migraciones de los tupíes.
Aclarado esto se podrá admitir que, en tal o cual caso particular,
el nuevo habitat haya podido ejercer una influencia positiva. La habilidad
de los bororo para la caza ha sido sin duda despertada o favorecida
por su frecuentación de los pantanos del curso medio del
Paraguay, abundante en caza, y el lugar ocupado por la pesca en la
economía de los xingú es mayor de lo que podría serlo en las regiones
septentrionales de las que provienen los aueto y los kamayurá. No
obstante, cada vez que les es posible, las tribus de la llanura se apegan
a la selva y a las condiciones de la vida selvática. Todo el cultivo
se hace en la estrecha franja de galería selvática que, inclusive en la
sabana, bordea los principales cursos de agua. En realidad no se podría
cultivar en otra parte, y los bakairi se mofan del gamo de la leyenda,
que era lo bastante estúpido para ir a plantar su mandioca
en la maleza.19 Los indígenas emprenden largos viajes para
llegar a la selva, donde pueden hallar determinados productos
necesarios
19. K. von den Steinen, loc. cit., pág. 488.
LA NOCIÓN DE ARCAÍSMO 147
para sus industrias: gruesos bambúes, conchas y granos. Más sorprendentes
todavía son las características de la preparación de los
productos elaborados con plantas salvajes. Las tribus de la selva consagran
a ello un tesoro de conocimientos y procedimientos; así por
ejemplo, la extracción del almidón de la médula de ciertas palmeras,
la fermentación alcohólica de los granos ensilados y el empleo alimentario
de las plantas venenosas. Todo lo cual se reduce, entre
los pueblos de la sabana, a una recolección desordenada seguida de
consumo inmediato, como si hubiera sido necesario, inesperadamente,
suplir la desaparición de un régimen alimentario equilibrado de otra
manera. Incluso la recolección y el almacenamiento tienen entre ellos
el aspecto de técnicas empobrecidas y disminuidas.20
* * *
Las consideraciones precedentes se aplican solamente a la América
tropical. Sin embargo, si son exactas, permiten extraer criterios
de validez más general, utilizables en cada caso en que se quiera
sustentar la hipótesis de un arcaísmo auténtico. No dudamos de que
se llegaría a la misma conclusión, a saber, que el verdadero arcaísmo
es asunto del arqueólogo y del prehistoriador, pero que el etnólogo
dedicado al estudio de sociedades vivas y actuales, no debe olvidar
que, para ser tales, dichas sociedades han debido vivir, durar y por
lo tanto cambiar. Ahora bien, si un cambio suscita condiciones de
vida y de organización tan elementales como para evocar solamente
un estado arcaico, sólo puede tratarse de una regresión, ¿Es posible,
mediante un criterio interno, distinguir este pseudoarcaísmo del
auténtico?
El problema del primitivismo de una sociedad se plantea generalmente
por el contraste que ella ofrece en comparación con sus
vecinos próximos o lejanos. Se comprueba una diferencia de nivel
cultural entre dicha sociedad y aquellas con las cuales puede ser
más fácilmente comparada. Su cultura es más pobre debido a la
ausencia o la insuficiencia de técnicas cuyo empleo corriente —ya que
no siempre su invención— se hace remontar al período neolítico:
20. C. Lévi-Strauss, «On Dual Organization in South America», América Indígena,
vol. 4, México, 1944; The Tupi-Kawahib, en Handbook of South American Indians,
Smithsonian Institución, vol. V, Washington, 1948.
Esta reconstrucción ha sido ingeniosamente criticada por la señorita de Queiroz.
Ella invoca varios rasgos importantes de la mitología y el ritual de los sherente,
que sugieren que estos indígenas han vivido en la sabana durante un periodo
prolongado. Reconozco de buena gana que hay allí un problema, aunque es arriesgado
interpretar —como lo hacen los mismos sherente— ciertos temas míticos,
esparcidos en el Nuevo Mundo desde el Canadá hasta el Perú, en función de la
historia económica de una tribu en particular. Véase María Laura Pereira de
Queiroz, «A noção de arcaismo em etnologia e a organização social dos xerente»,
Revista de Antropología, vol. I, n. 2, São Paulo, 1953, págs. 99-108.
148 ORGANIZACIÓN SOCIAL
habitaciones permanentes, cultivo de la tierra, crianza, pulimento de
la piedra, tejido, alfarería. Estos rasgos son generalmente asociados
—aunque en este caso la inducción sea más incierta— a una organización
social diferenciada. No cabe duda de que en ciertas regiones
del mundo existen estos contrastes, y que los mismos persisten aún
en la época contemporánea. Y sin embargo, en los casos de pseudoarcaísmo
que hemos considerado aquí, no se trata de contrastes exclusivos:
queremos decir que las sociedades en cuestión no difieren
de sus vecinos más evolucionados en todos los aspectos, sino solamente
en algunos; se encuentran en cambio, en otros dominios, numerosas
analogías.
El ejemplo más notable, que ya hemos comentado, es el de la
organización dualista. En América del Sur, esta institución (o más
exactamente, este esquema de organización) representa un elemento
común a varias sociedades, que comprenden las más primitivas así
como también las más avanzadas, con toda una serie de sociedades
intermedias. La lengua de los bororo y la de los nambikwara ofrecen
también afinidades indudables con dialectos exteriores al área geográfica
de estas tribus, y que son característicos de civilizaciones
más elevadas; el tipo físico, tan diferente entre ambos grupos, sugiere
un origen meridional en un caso y septentrional en el otro. Lo mismo
ocurre con la organización social, con determinadas instituciones
familiares, con las instituciones políticas y con la mitología, aspectos
todos que recuerdan tal o cual rasgo cuya expresión más desarrollada
debe buscarse fuera. Si el problema del arcaísmo se plantea
entonces a partir de la comprobación de diferencias entre ciertas
sociedades, se observará al punto que, en el caso de las sociedades
pseudoarcaicas, estas diferencias no se extienden jamás al conjunto:
subsisten semejanzas que equilibran las oposiciones.
Consideremos ahora la sociedad supuestamente «arcaica» no ya
en relación con otras, sino en su estructura interna. Nos espera un
espectáculo singular: esta estructura abunda en discordancias y contradicciones.
El ejemplo de los nambikwara es a este respecto particularmente
demostrativo, porque esta familia lingüística, dispersa
en un territorio grande como la mitad de Francia, ofrece uno de los
niveles de cultura más primitivos que puedan encontrarse actualmente
en el mundo. Algunas de sus bandas, al menos, ignoran completamente
la construcción de habitaciones permanentes y la alfarería;
el tejido y el cultivo están reducidos a su expresión más simple, y la
vida nómada, en grupos de cinco o seis familias unidas temporalmente
bajo la conducción de un jefe sin verdadera autoridad, parece
enteramente dominada por las exigencias de la recolección de
productos silvestres y la preocupación de no morir de hambre. Ahora
bien, en lugar de la bella simplicidad que podría esperarse de
técnicas tan rudimentarias y de una organización tan pobre, la
cultura nambikwara multiplica los enigmas.
LA NOCIÓN DE ARCAÍSMO 149
Se recordará el contraste, en la sociedad bororo, entre un ritual
agrario desarrollado y una agricultura al parecer ausente, pero cuya
realidad es atestiguada por una investigación más cuidadosa. Los
nambikwara ofrecen, en un campo vecino (en América tropical, zona
consumidora de mandioca, el alimento y el veneno no constituyen
categorías excluyentes), una situación análoga pero inversa. Los nambikwara
son muy expertos envenenadores. Entre sus productos tóxicos
se encuentra el curare, y ésta es la zona más meridional en que
dicho veneno aparece. Entre los nambikwara, la fabricación del curare
no está acompañada de ningún ritual, operación mágica o procedimiento
secreto, a diferencia de lo que ocurre en todos los demás
lugares. La receta del curare se reduce al producto de base, y el
método de fabricación constituye una actividad profana. Y sin embargo,
los nambikwara poseen una teoría de los venenos que hace
intervenir todo género de consideraciones místicas y que se funda
en una metafísica de la naturaleza. Pero por un curioso contraste,
esta teoría no desempeña papel alguno en la fabricación de los verdaderos
venenos: no hace más que justificar su eficacia. Se la encuentra
en cambio, en primer plano, en la confección, manipulación y
utilización de otros productos, designados con igual nombre y a los
que los indígenas atribuyen igual poder, pero que son sustancias
inofensivas y de carácter puramente mágico.
Este ejemplo merece que nos detengamos en él, porque contiene
muy ricas enseñanzas. En primer lugar, reúne los dos criterios que
hemos propuesto para detectar el pseudoarcaísmo. La presencia del
curare a una distancia tan grande de su área actual de difusión
y en un pueblo de cultura tan inferior a aquella donde se lo encuentra
habitualmente constituye una coincidencia externa; pero el carácter
positivo de su fabricación —en una sociedad que al mismo tiempo
utiliza venenos mágicos, que confunde todos los venenos bajo un
mismo término y que además interpreta su acción de acuerdo con
puntos de vista metafísicos —es una discordancia interna, cuyo valor
es aún más significativo: la presencia entre los nambikwara de un
curare reducido al producto básico y cuya preparación excluye todo
ritual, plantea de un modo impresionante la cuestión de saber si los
caracteres en apariencia arcaicos de su cultura son auténticos o si
constituyen los residuos de una cultura empobrecida. Interpretar
la contradicción entre la teoría y la práctica en materia de venenos
por la pérdida de los complejos rituales asociados más al norte con
la fabricación del curare resulta mucho más verosímil que explicar
cómo una teoría de inspiración sobrenatural ha podido edificarse
sobre la base de un tratamiento, reducido a lo puramente experimental,
de la raíz del strychnos,
No es ésta la única discordancia. Los nambikwara poseen siempre
hachas de piedra pulida, de un bello trabajo. Capaces todavía
de ponerles mango, no saben ya cómo hacerlas; las herramientas de
150 ORGANIZACIÓN SOCIAL
piedra que ocasionalmente fabrican se reducen a astillas, apenas retocadas.
Como alimento, dependen de la recolección durante la mayor
parte del año, pero en la utilización que hacen de los productos
silvestres ignoran las refinadas técnicas que pueden encontrarse en
los pueblos de la selva o bien, cuando las conocen, es sólo en forma
rudimentaria. Todos los grupos nambikwara cultivan un poco durante
la estación lluviosa, todos practican la cestería y algunos realizan
una alfarería informe pero sólida. Y sin embargo, no obstante
la aterradora penuria que reina durante la estación seca, para conservar
la mandioca recogida no aciertan más que a enterrar en el
suelo panes de pulpa, que se han echado a perder en sus tres cuartas
partes cuando los exhuman algunas semanas o meses más tarde. Las
exigencias de la vida nómada y la ausencia de habitación permanente
les impiden emplear para este fin sus tarros y cestos. Por un lado, la
economía prehortícola no está acompañada de ninguna de las técnicas
propias de este género de vida; por el otro, el conocimiento de diversos
tipos de recipientes no alcanza a convertir la agricultura en
una ocupación estable. Podrían tomarse otros ejemplos del campo
de la organización social: la de los apinayé se asemeja solamente en
apariencia a las instituciones australianas,21 pero su extrema complicación
superficial oculta diferenciaciones muy elementales y el
valor funcional del sistema es, en realidad, de una gran pobreza.
Encontramos, pues, el criterio para reconocer el pseudoarcaísmo, en
la presencia simultánea de lo que hemos llamado coincidencias
externas y discordancias internas. Pero se puede ir aún más lejos,
porque en las culturas pseudoarcaicas, concordancias y discordancias
se oponen en cuanto a un carácter suplementario que es, esta vez,
propio de cada forma cuando se la considera aisladamente.
Retomemos el ejemplo de los nambikwara y examinemos rápidamente
el cuadro de sus coincidencias externas. Estas no se establecen
con una sola cultura vecina, en cuyo caso podría admitirse
que, en razón de la proximidad geográfica o de una superioridad
técnica, política o espiritual aplastante, ella ha ejercido su influencia
sobre un islote arcaico, milagrosamente preservado. Los puntos de
correspondencia asocian a los nambikwara a toda una serie de pueblos,
algunos vecinos y otros alejados, próximos unos por el nivel de
cultura, muy avanzados otros. El tipo físico es el del antiguo México
y sobre todo el de su costa atlántica; la lengua presenta afinidades
con dialectos del istmo y del norte de América del Sur; la organización
familiar y los grandes temas religiosos, e inclusive el vocabulario
asociado a estos aspectos, recuerdan a los tupíes meridionales;
21. C. Nimuendaju, «The Apinayé», The Catholic University of America. Anthropological
Series, n, 8, Washington. 1939. C, Lévi-Strauss, «Les structures sociales dans
le Brésil central et oriental», Proceedings of the 29th, Congress of Americanists,
Nueva York, 1949, cap. 7 del presente volumen.
LA NOCIÓN DE ARCAÍSMO 151
la confección de venenos y las costumbres guerreras (independientes,
sin embargo, puesto que el curare únicamente se emplea para la
caza) los asocian a la región de las Guayanas; las costumbres matrimoniales,
finalmente, despiertan ecos andinos. Lo mismo ocurre con los
bororo, en los cuales el tipo físico es meridional, la organización
política occidental, y el género de vida oriental, en relación con el
área en que habitan actualmente.
Las coincidencias tienen lugar, pues, en un orden disperso. Por
el contrario, las discordancias se concentran en el corazón mismo
de la cultura; tienen que ver con su más íntima estructura y afectan
su particular esencia. Se diría que son ellas las que le otorgan su
individualidad. Todos los elementos del complejo neolítico están presentes
entre los nambikwara, o casi todos. Cultivan huertas, hilan
el algodón, tejen con él cintillas, trenzan las fibras y modelan la arcilla;
pero estos elementos no logran organizarse: es la síntesis lo
que falta. Y en forma simétrica, la obsesión predatoria de la recolección
no consigue expandirse en técnicas especializadas. Los indígenas,
además, permanecen paralizados ante una elección imposible; el dualismo
de su género de vida impregna la vida cotidiana y se extiende
a todas las actitudes psicológicas, a la organización social, al pensamiento
metafísico. La oposición entre la actividad masculina —definida
por la caza y el cultivo, igualmente remuneradores e igualmente
intermitentes— y la actividad femenina basada en la recolección y el
almacenamiento —de resultados constantes en su mediocridad— se
convierte en una oposición entre los sexos que hace de las mujeres
seres efectivamente queridos y ostensiblemente despreciados; una
oposición entre las estaciones, la de la vida errante y la del habitat
fijo; una oposición entre dos estilos de existencia, el definido por lo
que cabría muy bien llamar el abrigo temporal y la cesta permanente,
y el de la melancólica repetición de las operaciones agrícolas;
uno, pleno de pruebas y aventuras; el otro, base de una monótona
seguridad. El conjunto se traduce, finalmente, en el plano metafísico,
en la desigualdad del destino que espera a las almas masculinas,
reencarnadas eternamente —tal como los rastrojos de sus poseedores
serán nuevamente cultivados tras los largos barbechos— y las almas
femeninas, disipadas en el viento, la lluvia y la tormenta, después de
la muerte, y condenadas a la misma inconsistencia que la recolección
y el almacenamiento que hacen las mujeres.22
La hipótesis de una supervivencia de las sociedades arcaicas, fundada
en el descubrimiento de discordancias externas entre su cultura
y la de las sociedades vecinas tropieza, entonces, en el caso del pseudoarcaísmo,
con dos grandes obstáculos. Ante todo, las discordancias
externas no son nunca lo bastante numerosas para eliminar com-
22. C. Lévi-Strauss, La vie familia ire et sociale des Indiens Nambikwara, París,
1948. Tristes trópicos, Barcelona, Paidós, próx. apar.
152 ORGANIZACIÓN SOCIAL
pletamente las coincidencias, también ellas externas; y estas coin -
cidencias externas son atípicas, es decir que en lugar de establecerse
con un grupo o un conjunto de grupos bien definido por la
cultura y geográficamente localizado, apuntan en todas direcciones y
evocan grupos heterogéneos entre sí. En segundo lugar, el análisis
de la cultura pseudoarcaica, considerada como un sistema autónomo,
pone de manifiesto discordancias internas, que son, en este caso,
típicas, es decir, que afectan a la estructura misma de la sociedad y
comprometen irremediablemente su equilibrio específico. Porque las
sociedades pseudoarcaicas son sociedades condenadas, y es
necesario darse cuenta de ello por su posición precaria en el medio
donde intentan mantenerse, y con respecto a vecinos que las
presionan.
Se concibe fácilmente que estos caracteres íntimos pueden es -
capar al historiador y al sociólogo que trabajan sobre documentos.
Pero un buen etnógrafo sobre el terreno no podría desconocerlos. Nuestras
conclusiones teóricas se fundan en hechos sudamericanos directamente
observados. Corresponde a los especialistas sobre Malasia
y África decir si sus experiencias las confirman allí donde se plantean
iguales problemas. Si este acuerdo es posible, se habría cumplido
un gran progreso en la delimitación del objeto propio de las inves -
tigaciones etnológicas. Porque éstas consisten en un conjunto de
procedimientos de investigación que son necesarios no tanto por exi -
gencias derivadas de la condición peculiar de ciertas sociedades,
cuanto por la particular condición en que nosotros nos encontramos,
enfrentados a sociedades sobre las cuales no pesa ninguna fa talidad
especial. En este sentido, la etnología podría definirse como una
técnica del desarraigo.
Por el momento, lo esencial es ayudar a la etnología a liberarse
del residuo filosófico que el término «primitivo» arrastra todavía tras
de sí. Una verdadera sociedad primitiva debiera ser una sociedad armoniosa,
puesto que sería, en cierto modo, una sociedad a solas
consigo misma. Hemos visto, por el contrario, que en una vasta región
del mundo —privilegiada por una buena cantidad de razones para
nuestro estudio—, aquellas sociedades que podrían parecer las más
auténticamente arcaicas están todas deformadas por discordancias
en las que se descubre la marca, imposible de desconocer, del acontecimiento.
Innumerables ecos, únicos sobrevivientes de la destrucción operada
por el tiempo, no darán nunca la ilusión de un timbre original
allí donde, en el pasado, resonaron armonías perdidas.
CAPITULO 7
LAS ESTRUCTURAS SOCIALES EN EL BRASIL
CENTRAL Y ORIENTAL1
En el curso de los últimos años han llamado la atención las
instituciones de ciertas tribus del Brasil central y oriental, cuyo bajo
nivel de cultura material había llevado a clasificarlas como muy primitivas.
Estas tribus se caracterizan por una estructura social muy
complicada, que incluye diversos sistemas de mitades superpuestos
unos a otros y dotados de funciones específicas, clanes, clases de
edad, asociaciones deportivas o ceremoniales y otras formas de agrupamientos.
Los ejemplos más notables, que han sido descritos por
Colbacchini, Nimuendaju y por nosotros mismos —después de otros
observadores más antiguos— son los ofrecidos por los sherente, que
tienen mitades patrilineales exogámicas subdivididas en clanes; los
canella y los bororo, con mitades matrilineales exogámicas y otros
tipos de agrupamientos, y finalmente los apinayé, con mitades matrilineales
no exogámicas. Los tipos más complejos —a saber, un
doble sistema de mitades subdivididas en clanes y un triple sistema
de mitades no subdivididas— corresponden respectivamente a los
bororo y los canella.
La tendencia general de los observadores y los teóricos ha consistido
en interpretar estas estructuras complejas a partir de la organización
dualista, que parecía representar la forma más simple.2 Esto
respondía a la invitación de los informantes indígenas, que en su
descripción destacaban especialmente estas formas dualistas. A este
respecto, el autor de la presente comunicación no se distingue de sus
colegas. No obstante, la duda que alimentaba desde largo tiempo
atrás lo había incitado a postular el carácter residual de las estructuras
dualistas en el área considerada. Como se verá más adelante,
esta hipótesis iba a resultar insuficiente.
1. Publicado con igual título, Proceedings of the 29th. Congress of Americanists.
University of Chicago Press, 1952, en Sol Tax, ed. Indian Tribes of Aboriginal
America, págs. 302-310.
2. Desde 1940, sin embargo, Lowie prevenía contra las falsas analogías con los
sistemas australianos.
154 ORGANIZACIÓN SOCIAL
En efecto, nos proponemos mostrar aquí que la descripción que
los observadores sobre el terreno (entre ellos, nosotros mismos) han
ofrecido de las instituciones indígenas, coincide sin duda con la ima -
gen que los indígenas se forman de su propia sociedad, pero que
esta imagen se reduce a una teoría, o mejor, a una transfiguración
de la realidad, la cual es de naturaleza completamente distinta. De
esta comprobación, que hasta hoy sólo había sido entrevista con
relación a los apinayé, derivan dos importantes consecuencias: la organización
dualista de las poblaciones del Brasil central y oriental
no solamente es adventicia, sino también a menudo ilusoria; y, sobre
todo, nos vemos llevados a concebir las estructuras sociales como
objetos independientes de la conciencia que de ellos tienen los hombres
(cuya existencia, sin embargo, regulan) y capaces de ser tan
diferentes de la imagen que los hombres se forman de las mismas
como la realidad física difiere de la representación sensible que
tenemos de ella y de las hipótesis que formulamos a su respecto.
Comenzaremos por el ejemplo de los sherente, descritos por Nimuendaju.
Esta población, que pertenece al grupo central de la familia
lingüística ge, está distribuida en aldeas, compuestas cada una por
dos mitades patrilineales exogámicas subdívididas en cuatro clanes,
de los cuales tres son considerados origínales por los indígenas y
un cuarto suplementario, que la leyenda atribuye a una tribu extranjera
«capturada». Estos ocho clanes —cuatro por mitad— se distin -
guen por funciones ceremoniales y privilegios, pero ni los clanes, ni
los dos equipos deportivos, ni las cuatro asociaciones masculinas y
la asociación femenina que les está asociada, ni las seis clases de edad,
intervienen en la reglamentación del matrimonio, que depende exclu -
sivamente del sistema de las mitades. Cabría esperar entonces los
corolarios habituales de la organización dualista; distinción de los
primos en cruzados y paralelos; confusión de los primos cruzados patrilaterales
y matrilaterales, y matrimonio preferencial entre primos
cruzados bilaterales. Ahora bien, este caso se da en forma muy imperfecta.
En otro trabajo3 cuyas conclusiones recordaremos muy rápidamente,
hemos distinguido tres modalidades fundamentales del intercambio
matrimonial, que se expresa respectivamente en el matrimonio
preferencial entre primos cruzados bilaterales; el matrimonio entre
hijo de hermana e hija de hermano, y el matrimonio entre hijo de
hermano e hija de hermana. Hemos dado a la primera forma el nombre
de intercambio restringido, significando con ello que dicha forma
implica la división del grupo en dos secciones o en un múltiplo de
dos; mientras que el término intercambio generalizado, que abarca
las otras dos formas, se refiere al hecho de que ellas pueden establecerse
entre un número cualquiera de grupos participantes. La dife-
3. Les structures élémentaires de la parenté, 1949,
LAS ESTRUCTURAS SOCIALES EN EL BRASIL 155
rencia entre el matrimonio matrilateral y el matrimonio patrilateral
proviene entonces de que el primero representa la forma más completa
y más rica de intercambio matrimonial, hallándose los participantes,
de una vez por todas, orientados en una estructura global
e indefinidamente abierta. Por el contrario, el matrimonio patrilateral
forma «límite» de la reciprocidad, sólo liga los grupos de dos en dos
e implica, en cada generación, una inversión total de todos los ciclos.
De esto resulta que el matrimonio matrilateral está normalmente
acompañado de una terminología de parentesco que hemos llamado
«consecutiva»; como la situación de las líneas de descendencia, unas
con respecto a otras, no está expuesta a ningún cambio, sus ocupantes
sucesivos tienden a ser confundidos bajo un mismo término, y las
diferencias de generación son descuidadas. El matrimonio patrilateral
entraña, por su parte, una terminología «alternativa» que, mediante
la oposición de las generaciones consecutivas y la identificación de
las generaciones alternadas, expresa el hecho de que un hijo se
casa en la dirección opuesta a la del casamiento de su padre (pero
en la mis ma dirección que la hermana de su padre) y en la misma
dirección en que se casó el padre de su padre (pero en la dirección
opuesta a la de la hermana del padre del padre). Para las hijas vale
la situación simétrica e inversa. Se sigue una segunda consecuencia:
en el matrimonio matrilateral encontramos dos términos diferentes
para calificar dos tipos de aliados: los «maridos de las hermanas»
y los «hermanos de las esposas», que no se confunden jamás. Con
el matrimonio patrilateral, esta dicotomía es trasladada, en el seno
mismo de la línea, para distinguir los colaterales del primer grado,
de acuerdo con el sexo; el hermano y la hermana, que siguen siempre
un destino matrimonial opuesto, se diferencian por el fenómeno
que muy bien ha descrito F. E. Williams en Melanesia bajo el nombre
de sex affiliation; cada uno recibe, como privilegio, una fracción del
status del ascendiente cuyo destino matrimonial sigue él (o ella)
o cuyo destino complementario representa. Es decir, el hijo, el de la
madre y la hija, el d el padre, o inversamente, según los casos.
Cuando estas definiciones se aplican a los sherente, inmediatamente
se descubren anomalías. Ni la terminología de parentesco
ni las reglas matrimoniales coinciden con las exigencias de un sistema
dualista o de intercambio restringido, y se oponen entre sí, asociándose
cada forma a una de las dos modalidades fundamentales
del intercambio generalizado. Así, por ejemplo, el vocabulario de
parentesco ofrece varios ejemplos de apelaciones consecutivas:
hijo de la hermana del padre = hijo de la hermana; hijo del
hermano de la esposa = hermano de la esposa; marido de
la hermana del padre = marido de la hermana = = marido
de la hija.
156 ORGANIZACIÓN SOCIAL
Se diferencian igualmente los dos tipos de primos cruzados. Y sin
embargo, el matrimonio es permitido únicamente con la prima patrilateral
y excluido con la prima matrilateral, lo cual debería implicar
una terminología alternativa, y no consecutiva como precisamente
ocurre. Al mismo tiempo, varías identificaciones terminológicas de
individuos pertenecientes a mitades diferentes (madre, hija de la
hermana de la madre; hermano y hermana, hijos del hermano de
la madre; hijos de la hermana del padre, hijos del hermano, etcétera)
sugieren que la división en mitades no representa el aspecto más
esencial de la estructura social. Así, pues, inclusive un examen superficial
del vocabulario de parentesco y de las reglas matrimoniales
inspira las comprobaciones siguientes: ni el vocabulario ni las reglas
de matrimonio coinciden con una organización dualista exogámica.
Y el vocabulario por una parte y las reglas matrimoniales por la
otra remiten a dos formas mutuamente excluyentes, incompatibles
ambas con la organización dualista.
Se pueden hallar, por el contrario, índices que sugieren un matrimonio
matrilateral, en contradicción con la única forma atestiguada,
la forma patrilateral. Ellos son: 1) el matrimonio plural con una
mujer y su hija de otro lecho, forma de poliginia asociada habitualmente
al matrimonio matrilateral con filiación matrilineal
(aunque la filiación es en realidad patrilineal); 2) la presencia de
dos términos recíprocos entre aliados, aimapli e izakmu, lo cual
permite pensar que los aliados mantienen entre sí una relación
siempre univoca («maridos de hermanas » o «hermanos de esposas»,
pero no ambas cosas simultáneamente y a un mismo tiempo); 3)
finalmente y sobre todo, existe el papel del tío materno de la novia,
anormal en un sistema de mitades.
La organización dualista se caracteriza por una reciprocidad de
servicios entre las mitades, que están asociadas y a la vez se oponen.
Esta reciprocidad se expresa en un conjunto de relaciones particulares
entre el sobrino y su tío materno, quienes, sea cual fuere el
modo de filiación, pertenecen a dos mitades diferentes. Ahora bien,
entre los sherente, estas relaciones —limitadas en su forma clásica
a la relación especial de los narkwa— parecen trasladadas a la relación
entre el marido o la novia, por un lado, y el tío materno de la
novia, por otro. Detengámonos un instante en este punto.
El tío materno de la novia tiene las siguientes funciones; organiza
y lleva a cabo la abducción de la novia como preliminar del
matrimonio; recupera a su sobrina en caso de divorcio y la protege
contra su marido; obliga al cuñado a casarse con ella en caso de
muerte del marido; en solidaridad con el marido, venga a su sobrina
violada, etcétera. En otros términos él es, junto con el marido de su
sobrina —y si es necesario en su contra— el protector de ésta. Ahora
bien, si el sistema de las mitades tuviera verdaderamente un valor
funcional, el tío materno de la novia sería un «padre» clasificatorio
LAS ESTRUCTURAS SOCIALES EN EL BRASIL 157
del novio, lo cual haría absolutamente ininteligible su papel de abductor
(y de protector, hostil al marido, de la mujer de uno de sus
«hijos»). Es necesario, pues, que haya siempre tres líneas distintas
por lo menos: la de Ego, la de la mujer de Ego y la de la madre
de la mujer de Ego, lo cual es incompatible con un sistema puro de
mitades.
Los servicios recíprocos tienen lugar con frecuencia, en cambio,
entre miembros de la misma mitad: en ocasión de la imposición de
los nombres femeninos, los intercambios ceremoniales ocurren entre
la mitad alterna de la de las hijas, y sus tíos maternos, que pertenecen
a la mitad de los oficiantes; son los tíos paternos quienes
tienen a su cargo la iniciación de los muchachos, a cuya mitad pertenecen;
cuando se impone el nombre wakedi a dos muchachos, único
privilegio de la asociación de mujeres, los tíos maternos de los muchachos
acumulan piezas de caza, y se apoderan de ellas las mujeres
de la mitad alterna, que es, pues, la misma mitad de los tíos en
cuestión. En resumen, como si existiera una organización dualista,
pero al revés. O más exactamente, el papel de las mitades se anula:
en lugar de rendirse mutuamente servicio, los servicios se ofrecen en
el seno de la misma mitad, a propósito de una actividad particular
de la otra. Hay, pues, siempre tres participantes, y no dos.
En estas condiciones es significativo encontrar, en el plano de
las asociaciones, una estructura formal que corresponde exactamente
a una ley de intercambio generalizado. Las cuatro asociaciones masculinas
están organizadas en circuito. Cuando un hombre cambia de
asociación, debe hacerlo en un orden prescrito e inmutable. Este
orden es el mismo que preside la transferencia de los nombres femeninos,
privilegio de las asociaciones masculinas. Este orden, en fin,
es el mismo —pero invertido— de la génesis
mítica de las asociaciones y de la transferencia,
de una asociación a otra, de la tarea de celebrar
el ceremonial Padi.
Cuando pasamos al mito, se nos tiene reservada
una nueva sorpresa. El mito, en efecto,
presenta las asociaciones como clases de edad
engendradas en un orden sucesivo (de la más
joven a la más vieja). Ahora bien, para la
manufactura de las máscaras, las cuatro asociaciones
se agrupan por pares unidos entre sí por
una reciprocidad de servicios, como si formaran
mitades, y estos pares no asocian clases consecutivas,
sino alternadas, corno si estas mitades consistieran
cada una en dos clases matrimoniales con
Figura 4.
158 ORGANIZACIÓN SOCIAL
intercambio generalizado (véase la fig. 4). Volvemos a encontrar este
mismo orden en las reglas de celebración de la fiesta de los muertos
ilustres o aikmâ.
De esta argumentación —cuyas articulaciones esenciales es lo único
que hemos podido poner de relieve aquí— convendrá retener los
siguientes puntos:
1. Las mitades exogámicas, las asociaciones y las clases de edad
no son compartimientos estancos. Las asociaciones funcionan como
si fueran clases matrimoniales y satisfacen, mejor que las mitades,
las exigencias de las reglas de matrimonio y de la terminología de
parentesco; en el plano del mito, aparecen como clases de edad
y en la vida ceremonial se agrupan en un sistema teórico de mita -
des. Tan sólo los clanes parecen extraños y como indiferentes a este
conjunto orgánico. Es como si las mitades, las asociaciones y las cla -
ses de edad fueran traducciones torpes y fragmentarias de una realidad
subyacente.
2. La única evolución histórica que permitiría dar cuenta de estos
caracteres contradictorios sería la siguiente:
a) originalmente, tres líneas patrilineales y patrilocales con in -
tercambio generalizado (matrimonio con la hija del hermano de la
madre);
b) introducción de mitades matrilineales, que imponen:
c) la constitución de una cuarta línea patrilocal (el cuarto clan
de cada mitad actual o «tribu capturada», el mito de origen de las
asociaciones afirma igualmente que éstas eran primitivamente tres);
d) el surgimiento de un conflicto entre la regla (matrilineal) de
filiación y la regla (patrilocal) de residencia, que tiene como consecuencia:
e) la conversión de las mitades a la filiación patrilineal, junto
con:
f) la pérdida concomitante del papel funcional de las líneas, que
se transforman en asociaciones por obra del fenómeno de la «resis -
tencia masculina» aparecido con la introducción de las mitades bajo
su forma matrilineal primitiva.
Consideraremos más rápidamente los otros ejemplos, entre los
cuales se destaca, en primer lugar, el de los bororo. Antes que nada
conviene señalar la simetría notable que existe entre las instituciones
sherente y las bororo. Ambas tribus tienen aldeas circulares divididas
en mitades exogámicas, cada una de las cuales cuenta cuatro cla -
nes y una casa de los hombres en el centro. Este paralelismo se pro -
longa, no obstante la oposición de los términos, debido a que una
sociedad es patrilineal y la otra matrilineal: la casa de los hombres
bororo está abierta a los hombres casados, mientras que la de los
sherente está reservada a los solteros; es un lugar de promiscuidad
LAS ESTRUCTURAS SOCIALES EN EL BRASIL 1 5 9
sexual entre los bororo, y en cambio la castidad es allí imperativa
entre los sherente; los solteros bororo arrastran hasta ella por la violencia
a muchachas o mujeres, con las cuales tienen relaciones extraconyugales,
mientras que las muchachas sherente entran allí con el
solo objeto de capturar a los mandos. La comparación está, pues,
justificada.
Trabajos recientes han aportado nuevas informaciones sobre el
sistema de parentesco y la organización social. En cuanto al primero,
los ricos documentos publicados por el P. Albisetti muestran que, si
bien se produce la dicotomía entre parientes «cruzados» y «paralelos
» (como cabe esperar en un sistema de mitades exogámicas), ella
no reproduce, sin embargo, la división en mitades, sino que se cruza
con ésta: se encuentran términos idénticos en ambas mitades. Para
limitarnos a algunos ejemplos notables, Ego identifica a los hijos de
su hermano y los de su hermana, que pertenecen, sin embargo, a mitades
diferentes, y si bien en la generación de los nietos encontramos
la dicotomía fácilmente previsible entre «hijos e hijas» (términos
reservados teóricamente a los nietos de la mitad a la que no
pertenece Ego), por una parte, y «yernos y nueras» (términos reservados
teóricamente a los nietos de la mitad de Ego), por otra, la distribución
efectiva de los términos no corresponde a la división en
mitades. Es sabido que en otras tribus, por ejemplo entre los mikow
de California, semejantes anomalías son precisamente el índice de
la presencia de agrupamientos diferentes de las mitades y más importantes
que éstas. Por otro lado, se observan en el sistema bororo
identificaciones dignas de atención tales como:
hijo del hijo del hermano de la madre, llamado: marido de la hija,
nieto; hija de la hija de la hermana del padre, llamada: madre de
la esposa, abuela;
y sobre todo:
hijo del hermano de la madre de la madre, hijo del hijo del hermano
de la madre de la madre de la madre, llamados: hijos;
identificaciones que evocan inmediatamente estructuras de parentesco
del tipo Bank-Ambrym-Pentecostés, comparación confirmada por
la posibilidad del casamiento con la hija de la hija del hermano de la
madre, existente en ambos casos.4
En el campo de la organización social, el P. Albisetti precisa que
cada mitad matrilineal comprende siempre cuatro clanes, y que el
matrimonio n o solamente es preferencial entre ciertos clanes, sino
4. No obstante, entre los bororo el matrimonio sigue siendo posible con la
hija del hermano de la madre, lo que indica que la comparación no se debe llevar
demasiado lejos.
160 ORGANIZACIÓN SOCIAL
que además debe unir entre ellos a ciertas secciones privilegiadas de
cada clan. En efecto, cada clan estaría dividido en tres secciones, ma -
trilineales como el clan: superior, media e inferior. Dados dos clanes
ligados por una preferencia matrimonial, el matrimonio puede realizarse
exclusivamente entre Superiores y Superiores, Medios y Medios,
Inferiores e Inferiores. Si esta descripción fuera exacta (y las
informaciones de los padres salesianos se han revelado siempre dignas
de confianza), el esquema clásico de las instituciones bororo,
evidentemente, se desintegraría. Sean cuales fueren las preferencias
matrimoniales que puedan unir entre sí a ciertos clanes, los clanes
propiamente dichos perderían todo valor funcional (hemos hecho ya
una comprobación análoga entre los sherente) y la sociedad bororo
quedaría reducida a tres grupos endógamos; superior, medio e inferior,
dividido cada uno en dos secciones exogámicas, sin que exista
entre los tres grupos principales —que constituirían verdaderamente
tres subsociedades— ningún vínculo de parentesco (fig. 5).
Como la terminología de parentesco solamente puede ser sistema -
tizada, al parecer, en función de tres líneas teóricas ulteriormente
desdobladas en seis —padre de la esposa, madre, marido de la hija—,
ligadas por un sistema de intercambio generalizado, nos vemos llevados
a postular, como con los sherente, un sistema primitivo tripartito
trastocado por la imposición de un dualismo sobreagregado.
Tratar a la sociedad bororo como una sociedad endógama resulta
tan sorprendente, que cabría dudar de la sola posibilidad de consi-
LAS ESTRUCTURAS SOCIALES EN EL BRASIL 161
derar ese criterio si no fuera porque tres autores diferentes han
extraído de los documentos de Nimuendaju, en forma independiente
y a propósito de los apinayé, una conclusión análoga. Se sabe que
las mitades apinayé no son exogámicas, y que el matrimonio es regulado
por la división del grupo en cuatro kiyé, de acuerdo con la
fórmula siguiente: un hombre A se casa con una mujer B, un hombre
B con una mujer C, un hombre C con una mujer D, etcétera. Como
los hijos varones pertenecen a la kiyé del padre y las hijas a la de la
madre, la división aparente en cuatro grupos exogámicos recubre
una división real en cuatro grupos endógamos: hombres A y
mujeres B, parientes entre sí; hombres B y mujeres C, parientes entre
sí; hombres C y mujeres D, parientes entre sí y hombres D y mujeres
A, parientes entre sí. No existe en cambio, ninguna relación de
parentesco entre los hombres y las mujeres agrupados en cada kiyé.5
Esta es exactamente la situación que hemos descrito para los bororo
sobre la base de las informaciones disponibles en la actualidad, con la
única diferencia de que los grupos endógamos serían tres para los
bororo en lugar de cuatro. Hay indicios que sugieren una situación del
mismo tipo entre los tapirapé. En estas condiciones, cabe preguntarse si
la regla del matrimonio apinayé, que prohibe las uniones entre primos,
y los privilegios endógamos de ciertos clanes bororo (que pueden
contraer matrimonio a pesar de pertenecer a la misma mitad), no
intentan por igual impedir, con medios opuestos, la escisión del grupo:
ya sea con excepciones incestuosas, ya mediante matrimonios contrarios
a la regla, pero que la distancia del grado hace más difícil descubrir.
Es lamentable que las lagunas y oscuridades de la obra de Nimuendaju
sobre los timbirá orientales no permitan llevar tan lejos
el análisis. De cualquier manera, no puede dudarse de que, aquí
también, nos encontramos ante los mismos elementos de un complejo
común a toda el área cultural. Los timbirá poseen una terminología
sistemáticamente consecutiva, en la cual:
hijo de la hermana del padre = padre; hija de la
hermana del padre = hermana del padre; hijo del
hermano de la madre = hijo del hermano; hija de la
hija = hija de la hermana.
Y la prohibición del matrimonio entre primos cruzados (como
ocurre entre los apinayé), no obstante la existencia de las mitades
exogámicas; el papel del tío materno de la novia, protector de su
5. Un trabajo reciente de Roberto da Matta («Uma Breve Reconsideração da
morphologia social apinayé», Verhandlungen des XXXXVIII Internationalen Amerikanistenkongresses,
vol, III, Munich, 1971), contesta, en base a un trabajo
sobre el terreno, el análisis propuesto por Nimuendaju acerca del mecanismo de
los kiyé e incluso su realidad. La cuestión deberá, pues, ser retomada cuando
todos los materiales recogidos por Da Matta hayan sido publicados (1974).
162 ORGANIZACIÓN SOCIAL
sobrina contra su marido, situación ya encontrada entre los sherente;
el ciclo rotativo de las clases de edad, análogo al de las asociaciones
sherente y al de las clases matrimoniales apinayé; en fin, el
reagrupamiento por pares de los grupos alternos en las competencias
deportivas, como las asociaciones sherente en sus funciones ceremo -
niales; todo esto permite afirmar que los problemas planteados no
pueden ser muy diferentes.
De esta exposición se desprenden tres conclusiones, cuyo carácter
esquemático el lector sabrá disculpar:
1. El estudio de la organización social de las poblaciones del
Brasil central y oriental debe ser corregido enteramente sobre el terreno.
Ante todo porque el funcionamiento real de estas sociedades es
muy diferente de su apariencia superficial, la única percibida hasta
el presente; en segundo lugar y sobre todo, porque este estudio debe
ser realizado sobre una base comparativa. No cabe duda de que los
bororo, los canella, los apinayé y los sherente han sistematizado, cada
grupo a su manera, instituciones reales que son a la vez muy seme -
jantes y más simples que su formulación explícita. Es más: los diversos
tipos de agrupamientos que se encuentran en estas sociedades
—tres formas de organización dualista, clanes, subclanes, clases de
edad, asociaciones, etcétera— no representan, como en Australia, otras
tantas formaciones dotadas de un valor funcional, sino más bien una
serie de traducciones, cada una parcial e incompleta, de una misma
estructura subyacente, que reproducen en varios ejemplares sin conseguir
nunca expresar ni agotar su realidad.
2. Los etnógrafos deben habituarse en el campo a concebir sus
investigaciones bajo dos aspectos diferentes. Están siempre expues -
tos a confundir las teorías de los indígenas sobre su organización social
(y la forma superficial dada a estas instituciones para encuadrarlas
en la teoría) con el funcionamiento real de la sociedad. Entre
aquéllas y éste puede haber una diferencia tan grande como la exis -
tente entre la física de Epicuro o de Descartes, por ejemplo, y los
conocimientos extraídos del desarrollo de la física contemporánea.
Las representaciones sociológicas de los indígenas no son sólo una
parte o un reflejo de su organización social; pueden contradecirla
completamente o ignorar ciertos elementos, como ocurre en las sociedades
más avanzadas.
3. Se ha visto que, a este respecto, las representaciones indígenas
del Brasil central y el oriental y el lenguaje institucional en el que se
expresan, constituyen un esfuerzo desesperado por colocar en primer
plano un tipo de estructura —mitades o clases exogámicos— cuyo
papel real es muy secundario, cuando no enteramente ilusorio. Tras
el dualismo y la simetría aparente de la estructura social, se adivina
una organización más fundamental que es tripartita y asimétrica. 6
6. Esta organización tripartita había sido ya señalada por A. Metraux entre
LAS ESTRUCTURAS SOCIALES EN EL BRASIL 163
La exigencia de una formulación dualista impone al funcionamiento
armonioso de dicha organización dificultades que son tal vez insuperables.
¿Por qué sociedades que poseen un fuerte coeficiente de endogamia
tienen una necesidad tan imperiosa de mistificarse a sí mismas
y de concebirse como reguladas por instituciones exogámicas de una
forma clásica, forma de la cual no tienen ningún conocimiento directo?
Este problema, cuya solución hemos buscado en otra parte, pertenece
a la antropología general. Que se plantee a propósito de una
discusión tan técnica como la presente y de un área geográfica tan
limitada como la considerada aquí, es una buena demostración, en
todo caso, de la tendencia actual de los estudios etnológicos, y señala
que en adelante, en el dominio de las ciencias sociales, la teoría y la
experiencia están ligadas indisolublemente.
los aweikoma, pero discutida debido a que sería «única en el Brasil». Para la
bibliografía utilizada en este capítulo, el lector consultará el volumen del cual
ha sido extraído o bien la lista incluida al fin del presente libro.
CAPITULO 8
¿EXISTEN LAS ORGANIZACIONES DUALISTAS?1
El sabio al que rendimos homenaje ha repartido su atención entre
América e Indonesia. Tal vez este acercamiento ha favorecido la
audacia y la fecundidad de los puntos de vista teóricos del profesor
J. P. B. de Josselin de Jong; porque el camino que él de ese modo ha
trazado me parece rico en promesas para la teoría etnológica. Esta
encuentra una dificultad para establecer y circunscribir su fundamento
comparativo: o bien los datos que el estudioso se propone
cotejar son tan vecinos —geográfica e históricamente— que jamás se
tiene la certeza de hallarse ante varios fenómenos y no ante uno
solo, superficialmente diversificado, o bien los datos son demasiado
heterogéneos y la confrontación resulta ilegítima, debido a que se
realiza entre cosas que no son comparables entre sí.
América e Indonesia ofrecen el medio de escapar a este dilema;
el etnólogo que se interesa en las creencias e instituciones de estas
regiones del mundo se siente invadido por la convicción intuitiva de
que los hechos son en este caso de la misma naturaleza. Algunos han
querido buscar un sustrato común, con el fin de dar cuenta de este
parentesco. No voy a discutir aquí sus hipótesis, tentadoras pero
arriesgadas. Desde el punto de vista en que me coloco, podría igualmente
tratarse de una semejanza estructural entre sociedades que
habrían hecho elecciones muy próximas dentro de la serie de posibilidades
institucionales, cuya gama indudablemente no es ilimitada.
Que la analogía se explique por una comunidad de origen o bien que
resulte de una semejanza accidental entre los principios estcucturales
que regulan, en una y otra región, la organización social y las
creencias religiosas, el hecho es que la afinidad subsiste. Y pienso
que no hay mejor modo de honrar al profesor J. P. B. de Josselin
de Jong que seguir la sugerencia implicada en su obra, y mostrar
cómo un análisis comparativo de ciertas formas institucionales puede
aclarar un problema fundamental de la vida de las sociedades.
1. Publicado con igual título en Bijdragen tot de Taal-, Land- en Voikenkunde,
Deel 112, 2.° ed., 1956, págs, 99-128 (volumen de homenaje al profesor J. P. B. de
Josselin de Jong).
Es conocida, en efecto, la extraordinaria dispersión de la organización
conocida generalmente con el nombre de sistema dualista. Me
propongo aquí consagrar a ella algunas
reflexiones, con ayuda de
ejemplos americanos e indonesios.
Una observación de Paul Ra din,
en su clásica monografía consagrada a
una tribu de los grandes lagos
americanos, los winnébago, me
servirá como punto de partida.2
Es sabido que los winnébago
estaban antiguamente divididos en
dos mitades, llamadas respectivamente
wangereg o «los de arriba»
y manegi o «los que están sobre la
tierra » (de aquí en adelante diremos,
para mayor comodidad, «los de
abajo»). Estas mitades eran
exogámicas y definían también
deberes y derechos recíprocos,
debiendo cada una celebrar los funerales de un miembro de la mitad
opuesta.
Cuando examina la influencia de la división en mitades sobre la
estructura de la aldea, Radin observa un curioso desacuerdo entre
los ancianos, que le sirven de informantes. En su mayoría, describen
una aldea de plano circular, cuyas dos mitades están separadas por
un diámetro teórico N-O / S-E (fig. 6). Algunos, sin embargo, niegan
enérgicamente esta distribución de la aldea y reproducen otra, donde
las chozas de los jefes de las mitades se encuentran en el centro y
no ya en la periferia (fig. 7). Parece, finalmente, según nuestro autor,
que la primera disposición ha sido siempre descrita por informantes
de la mitad de arriba, y la segunda por informantes de la mitad de
abajo (loc. cit., pág. 188).
Así, pues, para algunos indígenas, la aldea tenía forma circular
y las chozas estaban distribuidas en toda la extensión del círculo
dividido en dos mitades. Para los otros, se trataba igualmente de una
aldea circular dividida en dos partes, pero con dos diferencias capitales:
en lugar de un diámetro que determina dos semicírculos, un
círculo pequeño inscripto en uno mayor, y en lugar de una división
propia de la aldea aglomerada, el círculo inscripto opone el conjunto
de las chozas al terreno roturado, el cual a su vez se opone a la selva
que rodea el conjunto.
2. Paul Radin, The Winnebago Tribe, 37 th. Annual Report, Bureau of American Ethnology
(1915-1916), Washington, 1923.
Radin no insiste sobre este
desacuerdo, se limita a lamentar la
insuficiencia de sus informaciones,
que no permiten decidir en favor
de una u otra disposición. Quisiera
mostrar aquí que no se trata
necesariamente de una alternativa:
las formas descritas no se refieren
obligatoriamente a dos
disposiciones distintas. Pueden
corresponder también a dos modos
de describir una organiza ción
demasiado compleja para
formalizarla mediante un único
modelo, de tal manera que, de
acuerdo con su posición en la estructura
social, los miembros de
cada mitad tenderían a conceptualizarla
ya de un modo, ya de otro. Porque aun en un tipo de estructura
social simétrica (al menos en apariencia) como la organización
dualista, la relación entre las mitades no es nunca estática, ni
tan recíproca como podríamos inclinarnos a representarla.
El desacuerdo entre los informantes winnébago ofrece la particularidad
de que ambas formas descritas corresponden a distribuciones
reales. Conocemos aldeas que están efectivamente distribuidas (o que
conciben su distribución ideal) conforme a uno u otro modelo. Para
simplificar la exposición, llamaré en adelante estructura diametral a
la disposición de la figura 6, y estructura concéntrica, a la de la figura
7.
No faltan ejemplos de estructura diametral. Se los encuentra ante
todo en América del Norte donde, además de los winnébago, casi
todos los sioux levantaban sus campamentos de esta manera. Para
América del Sur, los trabajos de Curt Nimuendaju han establecido
su frecuencia entre los ge, a los cuales hay que agregar sin duda, por
razones geográficas, culturales y lingüísticas, a los bororo del Mato
Grosso central, estudiados por los PP. Colbacchini y Albisetti y por
el autor del presente artículo. Tal vez existía también en Tiahuanaco
y en el Cuzco. Diversas regiones de la Melanesia ofrecen otros ejemplos.
En cuanto a la estructura concéntrica, el plano de la aldea de
Omarakana en las islas Trobriand, publicado por Malinowski, presenta
un caso particularmente notable. Detengámonos en él un instante
(fig. 8); ciertamente no habrá mejor ocasión para deplorar la
indiferencia de este autor por los problemas de morfología. Malinowski
evoca con demasiada rapidez una estructura altamente significativa,
cuyo análisis detenido habría resultado rico en enseñanzas. La
168 ORGANIZACIÓN SOCIAL
aldea de Omarakana está dispuesta en dos anillos concéntricos. En el
centro, la plaza, «scene of the public and festive life» (loc, cit., pág. 10)*
y en torno de ella se distribuyen los graneros de ñame, de carácter
sagrado y rodeados de toda clase de tabúes. Un camino circular
rodea los graneros, bordeado por las chozas de las parejas casadas.
Esta es, dice Malinowski, la parte profana de la aldea. Pero la oposición
no es solamente entre central y periférico y entre sagrado y profano; se
prolonga también en otros planos. En los graneros del círculo interior se
conserva el alimento crudo; allí está prohibido cocinar: «The main
distinction between the two rings is the taboo of cooking» (loc. cit., pág.
71),** debido a que «cooking is inimical to yams»,*** solamente en los
alrededores de las casas de familia del círculo exterior, el alimento puede
ser cocido y consumido. Los graneros están mejor construidos y poseen
más ornamentaciones que las viviendas. Sólo los solteros pueden
establecerse en el círculo interior, mientras que las parejas casadas deben
alojarse en la periferia. Observación dicho sea de paso que evoca
inmediatamente un punto oscuro señalado por Radin a propósito de los
winnébago: «It was customary for a young couple to set up their home at
some distance from their village,3 **** punto tanto más inquietante
cuanto que en Omarakana,
* «Escenario de la vida pública y las celebraciones.» [T.]
** «La principal distinción entre los dos anillos es el tabú de cocinar» [T.]
*** «El cocinar es enemigo del ñame,» [T.]
3. Paul Radin, «The Culture of the Winnebago: as Described by Themselves», Special
Publications of Bollingen Foundation, n. 1, 1949. pág. 38, n. 13.
**** «Era habitual que una joven pareja estableciera su hogar a cierta distancia de la
aldea.» [T.]
¿EXISTEN LAS ORGANIZACIONES DUALISTAS? 169
por otra parte, solamente el jefe puede establecer su residencia en el
círculo interior, y los informantes winnébago partidarios de la estructura
concéntrica describen una aldea reducida prácticamente a las
chozas de los principales jefes; ¿dónde habitan, pues, los demás? Los
dos anillos concéntricos de Omarakana, en fin, se oponen en cuanto
al sexo: «Without over-labouring the point, the central place might be
called the male portion of the village and the street that of the women.
»4* Ahora bien, Malinowski subraya en repetidas oportunidades
que los graneros y las casas de los solteros pueden ser considerados
como partes o extensiones de la plaza sagrada, mientras que las
chozas familiares mantienen una relación análoga con el camino circular.
Tenemos, pues, en las islas Trobriand, un sistema complejo de oposiciones
entre sagrado y profano, crudo y cocido, celibato y matrimonio,
macho y hembra, central y periférico. El papel adjudicado
entre los regalos de matrimonio al alimento crudo y al alimento cocido
—diferenciados a su turno en macho y hembra a través de todo el Pacífico—
confirmaría, si fuera aún necesario, la importancia social y la
difusión geográfica de las concepciones subyacentes.
Sin emprender una comparación tan vasta, nos limitaremos a observar
las analogías entre la estructura de la aldea trobriandesa y ciertos
fenóme nos indonesios. La oposición entre central y periférico —interno
y externo— trae inmediatamente a la memoria la organización de los
baduj de la zona occidental de Java, distribuidos en baduj internos,
considerados como superiores y sagrados, y baduj externos, inferiores
y profanos.5 Tal vez, como lo ha sugerido J. M. van der Kroef,6
debamos comparar esta oposición con aquella entre «dadores» y
«tomadores» de mujeres, en los sistemas de matrimonio asimétrico del
sudeste de Asia, donde los primeros son superiores a los segundos desde
el doble punto de vista del prestigio social y del poder mágico, lo cual
nos llevaría, tal vez aún más lejos, hasta la distinción china entre las
parentelas t'ang y piao. El considerar que los baduj constituyen un caso
de transición entre sistema ternario y sistema binario podría también
remitimos nuevamente a Omarakana, donde tenemos simultáneamente
una distinción entre dos círculos de la aldea segmentados en tres
sectores, atribuidos respectivamente al clan matrilineal del jefe, a las
esposas del jefe (es decir, a los representantes de los clanes aliados)
y, por último, a la gente común, subdivididas
4. B. Malinowski, The Sexual Life of Savages in North-Western Melanesia,
Nueva York-Londres, 1929, vol. I, pág. 10; véase también Coral Gardens and their
Magic, Londres, 1935, vol. I, pág, 32,
* «Sin exagerar la cuestión, el lugar central podría ser llamado la zona masculina
de la aldea, y la calle la zona de las mujeres.» [T.]
5. N. J. C. Geise, Badujs en Moslims, Leiden, 1952.
6. Justus N. van der Kroef, «Dualism and Symbolic Antithesis in Indonesian
Society», American Anthropologist, n.s., vol. LVI, n. 5, pág. 1, 1954.
170 ORGANIZACIÓN SOCIAL
a su turno en propietarios secundarios de la aldea y extranjeros
no propietarios. Sea como fuere, no se debe olvidar que la estructura
dualista de los baduj no funciona actualmente en el nivel de
la aldea, sino que define las relaciones entre territorios que comprenden
cada uno numerosas aldeas, lo cual puede inspirar una
gran reserva. Co n todo, P. B. de Josselin de Jong ha podido legítimamente
generalizar, en otro nivel, las observaciones relativas a
los baduj. Subraya que la oposición característica de los baduj evoca
otras, en Java y Sumatra: la oposición entre «parientes del postor»
y «parientes del contrapostor» (esta última típicamente «china»),
que él compara a la oposición entre aglomeración y distancias, es
decir, entre kampung, «built-up village area» y bukit, «outlying hilldistrict
», de los minangkabau:7 estructura concéntrica en consecuencia,
pero que es el tema —en el nivel de la aldea— de un conflicto
simulado entre los representantes de ambos grupos: «marinos» por
un lado, «soldados» por el otro, dispuestos para la ocasión según
una estructura diametral (este y oeste, respectivamente). El mismo
autor plantea indirectamente la cuestión del vínculo entre ambos
tipos de estructura, cuando observa: «It would be of even more
interest to know whether the contrast of kampung and bukit coincided
with that of Koto-Piliangand Bodi-Ejaniago» (loc. cit., págs. 80-81); *
dicho de otra manera, con la antigua división de los minangkabau en
dos mitades, por él postulada.
Desde el punto de vista en que nos colocarnos en este capítulo, la
distinción es aún más importante; está claro que la oposición entre
aldea central y periferia corresponde aproximadamente a la estructura
melanesia antes descrita; pero la analogía con la estructura concéntrica
de la aldea winnébago es sorprendente, porque los informantes
introducen espontáneamente en su descripción caracteres ecológicos
que les sirven, como en Indonesia, para conceptualizar la oposición:
aquí, entre el anillo periférico tcioxucara, terreno roturado (al
que se opone la aldea construida, la cual a su vez se opone a la selva,
que engloba el conjunto) (véase fig. 7). Se observará entonces con
muy especial interés que P. E. de Josselin de Jong encuentra el mismo
tipo de estructura entre los negri-sembilan de la península malaya,
donde rige la oposición entre la Costa (superior) y el Interior (infe -
rior), reforzada por una oposición —muy generalizada en el continente
y las islas— entre los arrozales y palmares (es decir, los cultivos), por
una parte, y las montañas y valles (es decir, las tierras vírgenes y no
cultivadas).8 El conjunto indochino conoce, por lo demás, divisiones
del mismo tipo.
* * *
7. P. E. de Josselin de Jong, Minangkabau. and Negri-Sembilan Socio-Political
Structure in Indonesia, Leiden, 1951, págs. 79-80 y 83 -84.
* Sería aún más interesante saber si el contraste entre kampung y bukit
coincidía con aquel entre Koto-Piliang y Bodi-Tjaniago.» [T.]
¿EXISTEN LAS ORGANIZACIONES DUALISTAS? 171
Todos los autores holandeses se han dedicado a subrayar los extraños
contrastes que ponen en evidencia estos tipos tan complejos de
organización social, para cuyo estudio Indonesia ofrece sin duda un
campo privilegiado. De acuerdo con ellos, tratemos de esquematizarlos.
Tenemos ante todo formas de dualismo en las cuales se ha querido
a veces adivinar vestigios de una antigua organización en mitades.
Es inútil entrar en este debate; el punto importante para nosotros es
que este dualismo sea a su vez doble: ya se concibe, al parecer, como
resultante de una dicotomía simétrica y equilibrada entre grupos sociales,
aspectos del mundo físico y atributos morales o metafísicos —es
decir (generalizando un tanto la noción propuesta más arriba), una
estructura de tipo diametral— o bien, por el contrario, en una perspectiva
concéntrica, con la diferencia, en este caso, de que los dos
términos de la oposición son necesariamente desiguales, desde el punto
de vista del prestigio social o religioso, o bien desde ambos puntos de
vista al mismo tiempo.
Entiéndase bien que no se nos escapa que los elementos de una
estructura diametral pueden también ser desiguales. Este es inclusive
el caso más frecuente, puesto que encontramos, para denominarlos,
expresiones tales como superior e inferior, primogénito y segundón,
noble y plebeyo, fuerte y débil, etcétera. Pero para las estructuras
diametrales estas desigualdades no siempre existen, y de todas maneras
no derivan de su naturaleza, que está impregnada de reciprocidad.
Como lo he señalado en otro lugar,9 constituyen una especie de
misterio, cuya interpretación es uno de los propósitos del presente
estudio.
¿Cómo es posible que mitades sometidas a obligaciones recíprocas
y con derechos simétricos, se encuentren al mismo tiempo jerarquizadas?
En el caso de las estructuras concéntricas, la desigualdad
se explica por sí misma, puesto que los dos elementos están ordenados,
si cabe decirlo así, en relación a un misino término de referencia:
el centro. Uno de los círculos está próximo a él, puesto que lo
contiene, mientras que el otro está separado de él. Desde este primer
punto de vista, se plantean entonces tres problemas: naturaleza de las
estructuras diametrales; naturaleza de las estructuras concéntricas;
y razón por la cual la mayoría de las primeras presenta un carácter
de asimetría que aparentemente contradice su naturaleza y que las
coloca, en consecuencia, a mitad de camino entre las pocas formas
diametrales absolutamente simétricas y las estructuras concéntricas
que son, ellas si, siempre asimétricas.
En segundo lugar, las estructuras dualistas indonesias —y sea cual
fuere el aspecto, diametral o simétrico, que revistan— parecen coexis -
8. P. E. de Josselin de Jong, loc. cit., págs. 139, 165, 167.
9. C. Lévi-Strauss, «Reciprocity and hierarchy», American Anthropologist, n.s., vol,
XLVI, n. 2, 1944,
172 ORGANIZACIÓN SOCIAL
tir con estructura s formadas por un número impar de elementos: 3 el
más frecuente, pero también 5, 7 y 9. ¿Qué relaciones unen a estos
tipos, en apariencia irreductibles? El problema se plantea sobre todo
a propósito de las reglas matrimoniales, porque existe incompatibilidad
entre el matrimonio bilateral, que acompaña normalmente a los
sistemas de mitades exogámicas, y el matrimonio unilateral, cuya
frecuencia en Indonesia se ha visto confirmada reiteradamente a partir
de los trabajos de van Wouden. En efecto, la distinción entre dos primos
cruzados —hija de la hermana del padre e hija del hermano de
la madre— implica un mínimo de tres grupos diferenciados, y es radicalmente
imposible con dos grupos. En Amboine, sin embargo, pare -
cen haber existido mitades conjugadas con un sistema de intercambios
asimétricos; en Java, en Bali y en otras partes, se hallan vestigios
de oposiciones de tipo dualista asociadas a otras que ponen en juego
5, 7 o 9 categorías. Ahora bien, si resulta imposible remitir las segundas
a las primeras concebidas en términos de estructura diame -
tral, el problema comporta una solución teórica a condición de pensar
el dualismo bajo una forma concéntrica, puesto que el término suple -
mentario se encuentra entonces ubicado en el centro, mientras que
los otros se hallan dispuestos simétricamente en la periferia. Como
lo ha notado muy bien el profesor J. P. B. de Josselin de Jong, todo
sistema impar puede ser reducido a un sistema par si se lo trata bajo
la forma de «una oposición del centro con los costados adyacentes».
Existe, pues, un vínculo, al menos formal, entre el primer grupo de
problemas y el segundo.
* * *
En los parágrafos precedentes he planteado, a partir de un ejemplo
norteamericano, el problema de la tipología de las estructuras dualis -
tas y de la dialéctica que las une. Esta primera etapa de la discusión
se ha alimentado, por decirlo asi, con ejemplos melanesios e indonesios.
Al iniciar la segunda etapa, quisiera mostrar que el problema
puede al menos ser orientado hacia su solución, si se considera un
nuevo ejemplo, tomado esta vez de una población sudamericana: los
bororo.
Recordemos rápidamente la estructura de la aldea bororo (fig. 9).
En el centro la casa de los hombres, morada de los solteros, lugar de
reunión de los hombres casados y estrictamente prohibida a las mu -
jeres. En torno, un vasto terreno circular no cultivado; en el medio,
la plaza de la danza, adyacente a la casa de los hombres. Es un área
de tierra apisonada, libre de vegetación y delimitada por estacas. Atra -
vesando la maleza que cubre el resto, pequeños senderos conducen
a las chozas familiares del contorno, distribuidas en círculo hasta el
límite de la selva. Estas chozas son habitadas por parejas casadas y
sus niños. La filiación es matrilineal, la residencia matrilocal. La opo-
¿EX1STES LAS ORGANIZACIONES DUALISTAS? 173
sición entre centro y periferia es también, entonces, una oposición entre
hombres (propietarios de la casa colectiva) y mujeres, propietarias de las
chozas familiares del contorno.
Estamos en presencia de una estructura concéntrica, plenamente
consciente en el pensamiento indígena, donde la relación entre centro y
periferia expresa dos oposiciones, la oposición entre macho y hembra,
como lo acabamos de ver, y otra entre sagrado y profano: el conjunto
central, formado por la casa de los hombres y la plaza de danza, sirve de
teatro a la vida ceremonial,
mientras que la periferia
está reservada para las actividades
domésticas de las
mujeres, excluidas por naturaleza
de los misterios de la
religión (así ocurre, por ejemplo,
con la fa bricación y manipulación
de los rombos, que
se realizan en la casa de los
hombres y están prohibidas,
bajo pena de muerte, a las
miradas femeninas).
Y sin embargo, esta es tructura
concéntrica coexiste con
otras varias, de tipo diame -
tral. Ante todo la aldea bororo
está dividida en dos mitades
por un eje este-oeste, que
reparte los ocho clanes de dos grupos de cuatro, ostensiblemente
exogámicos. Este eje es cortado por otro, perpendicular en dirección
norte-sur, que redistribuye los ocho clanes en otros dos grupos de cuatro,
llamados respectivamente «de arriba» y «de abajo» o bien —cuando la
aldea se encuentra a orillas de un río— «de aguas arriba» y «de aguas
abajo».
Esta disposición compleja es impuesta no solamente a las aldeas
permanentes, sino también a los campamentos improvisados para pasar la
noche: en estos últimos, las mujeres y los niños se instalan en círculo en la
periferia y siguiendo el orden de ubicación de los clanes, mientras los
hombres jóvenes limpian de maleza un terreno central que hace las veces
de casa de los hombres y de plaza de danza.10
Los indígenas del río Vermelho, por su parte, me explicaron, en 1936,
que en la época en que las aldeas estaban más densamente pobladas que hoy,
las chozas se hallaban dispuestas de la misma manera, pero en varios
círculos concéntricos en lugar de uno solo.
10. P. A. Colbacchini y P. C. Albisetti, Os bororos orientais, São Paulo, 1942, pág.
35.
174 ORGANIZACIÓN SOCIAL
En el momento en que escribo estas líneas, tomo conocimiento de
los descubrimientos arqueológicos de Poverty Point, en Luisiana, en el
valle bajo del Mississippi.11 Se me permitirá abrir un paréntesis con
este motivo, porque la aldea hopewelliana descubierta, que data de los
comienzos del primer milenio antes de nuestra era, presenta una curiosa
semejanza con la aldea bororo tal como ésta pudo existir en el
pasado. El plano es octogonal (piénsese en los 8 clanes bororo) y las
viviendas están dispuestas en 6 rangos, de manera que el conjunto
ofrecía la forma de 6 octógonos concéntricos. Dos ejes perpendiculares
cortan la aldea, orientado uno en sentido E-0 y el otro N-S, y sus
extremos están marcados por túmulos en forma de pájaro.12 Dos de
ellos han sido hallados en el norte y el oeste respectivamente, y los
otros dos han sido sin duda destruidos por la erosión provocada por
el rio Arkansas cuando desplazó su lecho. Si se observa que han sido
localizados vestigios de incineración en los alrededores de uno de los
túmulos (el del oeste), no se podrá dejar de evocar las dos «aldeas
da los muertos» de los bororo, situadas respectivamente en los extremos
este y oeste del eje de las mitades.
Nos hallamos, pues, en presencia de un tipo de estructura que en
América se remonta a una gran antigüedad, hallándose estructuras
análogas, en un pasado más reciente, en Bolivia y Perú y, más cerca
aún de nosotros, en la estructura social de los sioux de América del
Norte y de los ge o grupos emparentados, en América del Sur. Son
éstas otra s tantas razones para que ella atraiga nuestra atención.
* * *
La aldea bororo encierra, en fin, una tercera forma de dualismo, en
este caso implícita y que hasta el presente ha pasado inadvertida. Para
exponerla, debemos considerar ante todo un nuevo aspecto de la estructura
social.
Hemos distinguido ya en la aldea una estructura concéntrica y dos
estructuras diametrales. Estas diversas manifestaciones de dualismo
dejan también lugar a una estructura triádica: en efecto, cada uno de
los 8 clanes está dividido en tres clases, que yo llamaría: superior,
media e inferior (s, m e i, en el esquema incluido más abajo). He
mostrado en otro trabajo,13 sobre la base de las observaciones del P.
Albisetii,14 que la regla según la cual un superior de una mitad se
11. James A. Ford, «The puzzle of Poverty point», Natural History, vol. LXIV,
n. 9, Nueva York, noviembre 1955, pags, 466-472.
12. Los bororo creen en un ciclo de transmigraciones que concluye bajo la
forma de un pájaro.
13. C. Lévi-Strauss, «Las estructuras sociales en el Brasil central y oriental»
(cap. 7 de este libro).
14. P. C. Albisetti, «Contribuçoes missionarias», Public, da Sociedade brasileira.
de Antropología e Etnologia, Río de Janeiro, 1948, n. 2, pág. 8.
¿EXISTEN LAS ORGANIZACIONES DUALISTAS? 175
casa obligatoriamente con un superior de la otra, un medio con un
medio y un inferior con un inferior, hacía que la sociedad bororo,
aparentemente un sistema de exogamia dualista, fuera en realidad un
sistema de endogamia triádica, puesto que nos hallamos en presencia
de tres subsociedades, formada cada una por individuos sin relación de
parentesco con los miembros de las otras dos: los superiores, los me -
dios y los inferiores. En el mismo trabajo, finalmente, una compara -
ción rápida de la sociedad bororo con la de los ge centrales y orientales
(apinayé, sherente, timbirá) nos permitía postular para el conjunto
una organización social del mismo tipo.
Si la exogamia bororo reviste el carácter de epifenómeno, no es
sorprendente que, según los salesianos, opere una excepción a la regla
de la exogamia de las mitades en favor de dos pares de clanes de
una de ellas, que tendrían el privilegio de casarse entre si. Pero esto
hace posible, al mismo tiempo, extraer una tercera forma de dualismo.
Sean 1, 2, 3 y 4 los clanes de una mitad, y 5, 6, 7 y 8 los clanes de la
otra mitad, tomados en el orden en que están espacialmente dispues -
tos en el círculo de la aldea. La regla de exogamia no se aplica, en
provecho de 1 y 2 por una parte, y de 3 y 4 por la otra. Debemos dis -
tinguir, pues, 8 relaciones de vecindad, tales que 4 implican el matrimonio
y 4 lo excluyen, y esta nueva formulación dualista de la ley de
exogamia expresa la realidad y también la división aparente de las
mitades:
Planteado esto, se observará que la estructura de la aldea bororo
presenta dos anomalías notables. La primera atañe a la disposición
de los s, m, i, en las dos mitades pseudoexogámicas. Esta disposición es
regular en el seno de cada mitad solamente, donde tenemos (según
los salesianos) una sucesión de cabañas a razón de 3 por clan, en el
orden: s, m, i; s, m, i..., etcétera. Pero el orden de sucesión de los s,
m, i, en una mitad, está invertido en relación con el orden de sucesión
en la otra mitad: en otros términos, la simetría de las clases
respecto de las mitades es especular, y ambos semicírculos se unen
176 ORGANIZACIÓN SOCIAL
por dos s en un extremo y por dos i en el otro. Si no tomamos en
cuenta la forma circular de la aldea, tenemos entonces:
En el esquema, las cifras de 1 a 8 repre sentan los clanes; las letras
s, m, i, las clases que componen cada clan; la horizontal este-oeste, el
eje de las mitades pseudoexogámicas y la vertical norte-sur, el eje de
las mitades de arriba y de abajo.
De esta notable disposición pareciera resultar que los indígenas
no piensan su aldea corno un solo objeto analizable en dos partes —no
obstante su forma circular—, sino más bien como dos objetos distintos
y unidos.
Pasaremos ahora a la segunda anomalía. En cada mitad —1 a
4 y 5 a 8—, dos clanes ocupan una situación privilegiada en cuanto
representan, en el plano social, a los dos grandes héroes culturales
divinizados del panteón bororo: Bakororo e Itubore, guardianes del
oeste y del este. En el esquema anterior, los clanes 1 y 7 personifican
a Bakororo, y los clanes 4 y 6 a Itubore. Con 1 y 4, situados respectivamente
al oeste y al este, no hay dificultad. ¿Pero por qué 7 y no 8?
¿Y por qué 6 y no 5? La primera respuesta que se nos ocurre es que
los clanes que desempeñan dichas funciones deben estar también en
contigüidad con uno de los dos ejes, este-oeste y norte-sur; 1 y 4 son
contiguos al eje este-oeste, colocados en ambos extremos y del mismo
lado; mientras que 6 y 7 son contiguos al eje norte-sur, colocados en
el mismo extremo pero en ambos lados. Puesto que 1 y 7 son oeste
y 4 y 6 este (por definición), no hay otro modo de satisfacer la condición
de contigüidad.
Pero se nos permitirá señalar —con toda la prudencia que se impone
en un análisis tan teórico de un problema empírico— que una
sola hipótesis da cuenta de ambas anomalías. Bastaría admitir que,
como los winnébago, los bororo piensan simultáneamente su estructura
social en perspectiva diametral y en perspectiva concéntrica. Si
una mitad o ambas se concibieran —habitual u ocasionalmente— como
central una y periférica la otra, entonces la operación mental necesaria
para pasar de dicha disposición ideal a la disposición concreta
de la aldea, implicaría: 1) la apertura del círculo interior por el sur,
¿EXISTEN LAS ORGANIZACIONES DUALISTAS? 177
y su desplazamiento hacia el norte; 2) la apertura del círculo exterior
por el norte y su desplazamiento hacia el sur (fig. 10) Invirtiendo las
direcciones, cada mitad podría pensarse a sí misma y pensar a la otra
como central o periférica a voluntad; libertad que no es en modo algu-
Figura 10. Pasaje de una estructura concéntrica a una estructura diametral.
no indiferente, puesto que la mitad cera es actualmente superior a la
inversa. Por otra parte, tal vez no sería exacto decir que los cera son
más sagrados que los tugare, pero cada mitad parece por lo menos
mantener relaciones privilegiadas con un cierto tipo de sacralidad
que podría denominarse, para simplificar, religiosa para los cera y
mágica para los tugare.
* * *
Recapitulemos los principales rasgos de la sociedad bororo. Hemos
delimitado tres, que consisten: 1) en varias formas de dualismo de
tipo diametral, a) eje pseudoexogámico este-oeste; b) eje aparentemente
no-funcional norte-sur; c) dicotomía exogámica de las relaciones de
contigüidad entre clanes; 2) en varias formas de dualismo de tipo concéntrico
(oposiciones entre macho-hembra; celibato-matrimonio; sagrado-
profano; por último las estructuras diametrales pueden ser pensadas
bajo forma concéntrica y a la inversa, fenómeno que aquí ha sido
solamente inferido, pero cuya realización empírica verificaremos más
adelante entre los timbirá orientales); 3) en una estructura triádica,
que opera una redistribución de todos los clanes en tres clases endógamas
(dividida cada una en dos mitades exogámicas, es decir, seis
clases en total, así como se encontrarán, entre los timbirá, seis clases
masculinas).
Una observación suplementaria permitirá destacar bien claramente
178 ORGANIZACIÓN SOCIAL
que nos hallamos en presencia de una complejidad inherente a las
organizaciones dualistas, como lo hemos mostrado más arriba mediante
ejemplos tomados cíe América del Norte, de Indonesia y de la Melanesia.
Entre los bororo, el centro sagrado de la aldea se compone
de tres partes: la casa de los hombres, una de cuyas mitades pertenece
a los cera y la otra a los tugare, puesto que está cortada por el
eje este-oeste (como lo atestiguan los nombres respectivos de las dos
puertas opuestas), y el bororo o plaza de danza, en el costado oriental
de la casa de los hombres, donde la unidad de la aldea se reconstituye.
Ahora bien, ésta es, casi palabra por palabra, la descripción del
templo balinés con sus dos patios internos y su patio externo, que
simbolizan, los dos primeros una dicotomía general del universo y
el tercero la mediación entre estos términos antagónicos.15
* * *
La organización social de los timbirá orientales comprende las formas
siguientes: 1) dos mitades exogámicas y matrilineales, llamadas
respectivamente del este y del oeste, sin que una tenga precedencia
sobre la otra. Sin embargo, las reglas del matrimonio van más allá
de una simple exogamia de mitades, porque todos los primos de primer
grado son cónyuges prohibidos. 2) Clases patronímicas en número
de 2 para las mujeres y de 3 X 2 = 6 para los hombres. Para los dos
sexos, el llevar un determinado nombre entraña una distribución en
dos grupos llamados kamakra, «los de la plaza (central) de la aldea»
y atukmakra, «los del exterior». 3) Para los hombres, las clases patronímicas
poseen una función suplementaria, que consiste en su distribución
en 6 grupos «de la plaza», asociados de a 3 en dos mitades
denominadas Este y Oeste, no exogámicas y diferentes por su composición
de las mencionadas en 1). 4) Finalmente, 4 clases de edad,
que se suceden de diez en diez años formando 4 secciones repartidas
por pares de clases consecutivas en otro sistema de mitades (el cuarto),
diferentes de las anteriores y llamadas también Este y Oeste.
Esta compleja organización exige algunas observaciones. Existen
dos reglas de filiación. Hay una filiación matrilineal para las mitades
exogámicas, al menos en principio, puesto que la regla subsidiaría
(que prohibe el matrimonio entre primos del primer grado) puede ser
interpretada, desde el punto de vista del análisis formal (porque nada
garantiza que las cosas ocurran efectivamente así), como el resultado
de la superposición de la filiación matrilineal explícita y una filiación
patrilineal implícita; es decir, como un doble sistema de mitades. La
segunda regla de filiación vale para las clases patronímicas. Los nombres
se transmiten de hermana del padre a hija del hermano para
15. J. M, van der Kroef, l o c . c i t . , pág. 856, citando a Swellengrebel, Kerk en
Tempel op Bali, La Haya, 1948.
¿EXISTEN LAS ORGANIZACIONES DUALISTAS? 179
las mujeres, y de hermano de la madre a hijo de la hermana, para los
hombres.
De los cuatro sistemas de mitades que han sido enumerados, tres
son del tipo diametral (este y oeste) y uno del tipo concéntrico (plaza
central y exterior). Este último sirve de modelo a una dicotomía más
general:
kamakra atukmakra
Este Oeste
sol luna
día noche
estación seca estación de las lluvias
fuego leña
tierra agua
rojo negro
Desde un punto de vista funcional, el sistema 3) sólo desempeña un papel
en las ceremonias de iniciación. El sistema 1) regula la exo gamia
entendida en sentido amplio; los sistemas 2) y 4) definen dos equipos
deportivos y de trabajo que operan, respectivamente, el primero durante
la estación de las lluvias y
el segundo durante la estación
seca.
Para que la
exposición sea completa
deberíamos añadir un
último grupo de mitades
masculinas, que poseen
una función puramente
ceremonial limitada a
ciertos festivales.
Si bien las lagunas de la
obra de Nimuendaju, de la
cual han sido extraídas todas
las indicaciones precedentes,
16 impiden una
formalización completa del
sis tema, resulta claro que
en este laberinto de
instituciones hallamos los
rasgos esenciales sobre los
cuales este estudio quiere
llamar la atención, a
saber: en primer lugar, la
yuxtaposición de
estructuras diametrales
16, C. Nimuendaju, The Easíern Timbira, University oí California Publications in
American Archaeology and Ethnology, vol. XLI, 1946.
180 ORGANIZACIÓN SOCIAL
y de una estructura concéntrica, acompañada inclusive de una tentativa
de traducción de un tipo a otro. En efecto, el Este es, a la vez.
Este y Centro; el Oeste, a la vez, Oeste y Contorno. Por otra parte,
si bien es verdad que la distribución entre centro y contorno vale tanto
para las mujeres como para los hombres, estos últimos son los únicos
capacitados para formar los seis grupos de la plaza. Los hogares
de estos grupos de la plaza —en notable analogía con la Melanesia—
no pueden servir para cocinar el alimento, mientras que las
cocinas deben ser instaladas detrás de las chozas del contorno (en
ciertas ceremonias, delante), y estas chozas son sin duda femeninas
(fig. 11).17
Nuestro autor indica también que, durante la estación seca, la actividad
ceremonial se desenvuelve en el bulevar (es decir, en el camino
circular que bordea la fachada de las chozas del contorno), mientras
que se la limita estrictamente a la plaza central durante la estación de
las lluvias.18
En segundo lugar, todas estas formas binarias están combinadas,
de dos maneras diferentes, con formas ternarias. Las mitades desempeñan
una trinidad de funciones: el sistema 1) regula los matrimonios,
los sistemas 2) y 4), los trabajos y recreaciones colectivos,
según el ritmo de las estaciones:
Por otra parte, la tríada reaparece en el número de los grupos masculinos
de la plaza, que son 6, 3 del Este y 3 del Oeste.
Llegamos entonces al corazón del problema: ¿qué vínculo existe
entre estos tres tipos de representaciones: dualismo diametral, dualis -
mo concéntrico, tríada? ¿Y cómo se explica que lo que se conoce generalmente
como organización dualista se presente, en un gran número
de casos (inclusive tal vez en todos los casos) como una mezcla
inextricable de las tres fórmulas? Parece conveniente dividir el problema:
relación entre dualismo y triadismo; relación entre las dos formas
de dualismo propiamente dicho.
No tengo la intención de tratar aquí el primer problema, que nos
llevaría muy lejos. Me bastará indicar en qué dirección deberá
buscarse la solución. El principio fundamental de mi libro Les
structures élémentaires de la parenté19 consistía en una distinción
entre dos ti-
17. C. Nimuendaju, loc. cit., págs. 42-43.
18. Loc. cit., pág. 92.
19. París, 1949.
¿EXISTEN LAS ORGANIZACIONES DUALISTAS? 181
pos de reciprocidad a los que di los nombres de intercambio restringido
e intercambio generalizado, siendo el primero posible solamente entre
grupos en número de dos o múltiplo de dos, y el segundo compatible con
un número cualquiera de grupos. Esta distinción actualmente me parece
ingenua, por hallarse todavía demasiado próxima a las clasificaciones
indígenas. Desde un punto de vista lógico, es más razonable y a la vez
más económico considerar el intercambio restringido como un caso
particular del intercambio generalizado. Si las observaciones presentadas
en este estudio llegan a ser confirmadas por otros casos, tal vez debamos
llegar a la conclusión de que también este caso particular no se realiza
jamás empíricamente en forma completa, sino únicamente como
racionalización imperfecta de sistemas que permanecen siendo
irreductibles a un dualismo, y bajo cuyas apariencias intentan vanamente
representarse a sí mismos.
Si se nos concede este punto, aunque sólo sea a título de hipótesis
de trabajo, resultará que el triadismo y el dualismo son indisociables,
puesto que el segundo jamás es concebido como tal, sino solamente
como límite del primero. Podremos entonces abordar el otro
aspecto del problema, concerniente a la coexistencia de dos formas
de dualismo, diametral y concéntrico. La respuesta se nos presenta al
punto: el dualismo concéntrico es un mediador entre el dualismo diametral
y el triadismo, y por su intermedio se realiza el paso de una a
otra forma.
Tratemos de formular la representación geométrica más simple
que pueda concebirse del dualismo diametral, tal como éste se halla
realizado empíricamente en estructuras aldeanas como las que hemos
ejemplificado. Bastará representar un plano de aldea sobre una recta.
El dualismo diametral será representado por dos segmentos de recta
situados uno en la prolongación del otro con una extremidad común.
Pero las cosas cambian cuando queremos hacer lo mis mo con el
dualismo concéntrico: si bien es posible situar el círculo periférico
sobre una recta (ahora continua y no ya formada por dos
segmentos), el centro será extenor a esta recta, en la forma de un
punto. En lugar de dos segmentos de recta, tendremos, pues, una
recta y un punto, y como los elementos significativos de esta recta
son los dos puntos de origen, la representación podrá ser analizada en
tres polos (fig. 12).
Existe, pues, una profunda diferencia entre el dualismo diametral y
el dualismo concéntrico: el primero es estático, es un dualismo que
182 ORGANIZACIÓN SOCIAL
no puede sobrepasarse a sí mismo; sus transformaciones no generan
otra cosa que un dualismo semejante a aquel del cual se ha partido.
Pero el dualismo concéntrico es dinámico, lleva en sí un triadismo implícito
o, para decirlo con mayor exactitud, todo esfuerzo por pasar
de la tríada asimétrica a la diada simétrica supone el dualismo concéntrico
que es diádico como ésta, pero asimétrico como aquélla.
Otra observación revela con igual claridad la naturaleza ternaria
del dualismo concéntrico: es un sistema que no se basta a sí mismo
y que siempre debe hacer referencia a su medio ambiente. La oposición
entre terreno trabajado (círculo central) y terreno sin cultivar
(círculo periférico) exige un tercer término, maleza o selva —es decir,
tierra virgen— que circunscribe el conjunto binario pero también lo
prolonga, porque el terreno trabajado es al terreno no cultivado como
éste es al terreno virgen. En un sistema diametral, por el contrario, el
terreno virgen representa un elemento no pertinente; las mitades se
definen una por oposición a otra, y la aparente simetría de su estructura
crea la ilusión de un sistema cerrado.
En apoyo de esta demostración, que algunos considerarán sin duda
excesivamente teórica, cabe aportar varias series de observaciones.
En primer término, entre los bororo ocurre como si, con relación
al eje norte-sur, cada mitad empleara, inconscientemente, un tipo diferente
de proyección. Los dos clanes cera, que representan a los dioses
del Oeste y del Este, se encuentran efectivamente ubicados al oeste
y al este de la aldea. Pero si los tugare, a su vez, pensaran en términos
de estructura concéntrica, la proyección del círculo de la aldea sobre
una recta, operada a partir del eje norte-sur, engendraría una recta
paralela al eje este-oeste, y el origen de ambas debería corresponder,
en consecuencia, al emplazamiento de los clanes 7 y 6, guardianes,
respectivamente, del oeste y del este (puntos a y b de la fig. 12, a la
derecha).
En segundo lugar, la representación de un sistema concéntrico en
la forma de una oposición entre un punto y una recta20 ilustra admirablemente
bien una peculiaridad del dualismo (concéntrico y diametral)
que se repite en un gran número de casos. Me refiero a la naturaleza
heterogénea de ciertos símbolos que sirven para expresar la antítesis
de las mitades. Dichos símbolos, sin duda, pueden ser heterogéneos:
así, por ejemplo, la oposición entre verano e invierno, tierra
y agua, tierra y cielo, alto y bajo, izquierda y derecha, rojo y negro (u
otros colores), noble y plebeyo, fuerte y débil, primogénito y segundón,
20. Se me ha objetado que las estructuras de tipo «concéntrico» son representables
por dos rectas y no por una recta y un punto. He creído poder adoptar
decididamente la segunda representación, que es una simplificación de la primera,
puesto que ya he mostrado cómo la disposición en círculos concéntricos es la
realización empírica de una oposición más profunda entre centro y contorno.
Aun cuando nos atuviésemos a la forma compleja, por lo demás, el carácter
binario o ternario de cada sistema se revelaría inmediatamente.
¿EXISTEN LAS ORGANIZACIONES DUALISTAS? 183
etcétera. Pero se observa a veces una simbolización diferente, donde la
oposición se realiza entre términos lógicamente heterogéneos: estabilidad
y cambio, estado (o acto) y proceso; ser y devenir, sincronía y
diacronía, simple y ambiguo, unívoco y equívoco; formas de oposición
que, al parecer, pueden ser agrupadas bajo una sola, la oposición entre
lo continuo y lo discontinuo.
Un ejemplo demasiado simple (lo es hasta el punto de no ajustarse
a la definición precedente) servirá como primera aproximación: el de
los winnébago, ya citados, donde el dualismo diametral aparente «de
arriba» y «de abajo» recubre imperfectamente un sistema de tres polos;
lo alto puede ser representado por un polo —el cielo—, mientras
que lo bajo exige dos: la tierra y el agua.
También a menudo la oposición entre las mitades expresa una dia -
léctica más sutil. Entre los mismos winnébago, por ejemplo, los papeles
otorgados a las dos mitades: guerra y policía, para los de abajo;
paz y mediación, para los de arriba. Es decir, a la intención constante
que define a los segundos corresponde, para los primeros, una función
ambivalente que es en cierto sentido de protección, pero en otro sentido
de coerción.21 En otros casos, ambas mitades se reparten: una, la
creación del mundo; la otra, su conservación, operaciones que no son
del mismo tipo, puesto que una se sitúa en un momento determinado
de la duración, mientras que la otra es coextensiva a la duración. La
oposición —que hemos señalado en Melanesia y en América del Sur—
entre alimento cocido y alimento crudo (como también, por lo demás,
aquella otra, siempre paralela, entre matrimonio y celibato) implica
una asimetría del mismo tipo entre estado y proceso, estabilidad y
cambio, identidad y transformación. Vemos, pues, que las antitesis que
sirven para expresar el dualismo pertenecen a dos categorías diferentes:
unas son verdaderamente simétricas, las otras son falsamente simétricas;
estas últimas no son otra cosa que tríadas disimuladas bajo
forma de diadas, gracias al subterfugio lógico que consiste en tratar
21. Esta oposición entre dos términos, unívoco uno y equívoco otro, se encuentra
a cada paso en el ritual pawnee. Véase nuestro estudio: «Le symbolisme
cosmique dans la structure sociale et l´organisation cérémonielle de plusieurs populations
nort et sud-américaines», en Le symbolisme cosmique des monuments
religieux, Serie Oriéntale, Roma, 1957.
184 ORGANIZACIÓN SOCIAL
como dos términos homólogos un conjunto formado en realidad por
un polo y un eje, que no son objetos de la misma naturaleza.
* * *
Tenemos aún que recorrer la última etapa de la demostración. Una
vez que el investigador se decide a tratar como sistemas ternarios esas
formas de organización social habitualmente descritas como binarias,
sus anomalías se desvanecen y es posible referirlas todas a un mismo
tipo de formalización. De los diversos ejemplos discutidos en este capítulo,
retendremos solamente tres. Nuestras informaciones sobre las
reglas matrimoniales de los timbirá y sobre la manera en que ellas se
integran en una estructura social particularmente compleja, son demasiado
fragmentarias y equívocas para permitir una formalización. Los
casos de los wínnébago y los bororo son más claros; agregaremos a
éstos un modelo indonesio. Falta todavía precisar que, a menudo, las
estructuras sociales indonesias no han sido observadas sino más bien
reconstruidas, debido al estado de descomposición en que se encontraban
cuando fue posible estudiarlas. La asociación entre un sistema
matrimonial asimétrico (de tipo preferencial, con la hija del hermano
de la madre) y una organización dualista, parece haber sido muy frecuente
en Indonesia; la representaremos aquí en forma de un modelo
simplificado que comprende dos mitades y tres clases matrimoniales,
entendiendo que la cifra 3 no corresponde necesariamente a un dato
empírico, sino que representa una cifra cualquiera distinta de 2: en
este último caso, en efecto, el matrimonio sería simétrico, y escaparía
de las condiciones enunciadas en la hipótesis.
Admitido esto, nuestros tres modelos —winnébago, indonesio y bororo—
son formalizables en los tres diagramas incluidos más abajo,
que pertenecen a la misma familia; cada uno ilustra todas las propiedades
del sistema correspondiente. Los tres diagramas tienen una estructura
idéntica, a saber: 1) un grupo de tres círculos menores; 2) un
triscele; 3) un círculo mayor. Pero la función de estos tres elementos
no es la misma en cada uno. Lo examinaremos, pues, sucesivamente.
La aldea winnébago comprende 12 clanes repartidos en 3 grupos,
a razón de 2 grupos de 4 (respectivamente «tierra» y «agua») para la
mitad de abajo, y de un grupo de 4 («cielo») para la mitad de arriba.
El triscele representa las posibilidades de matrimonio de acuerdo con
la regla de exogamia de las mitades. El círculo grande, que coincide
con el perímetro de la aldea, engloba el conjunto y determina una unidad
residencial (fig. 13).
El modelo indonesio es más complejo. No se trata ya de clanes agrupados,
sino de clases matrimoniales no-residenciales, es decir, de grupos
cuyos miembros pueden hallarse dispersos en varias aldeas. La
regla matrimonial entre estas clases es del tipo siguiente: un hombre
A se casa con una mujer B; un hombre B con una mujer C; un
¿EXISTEN LAS ORGANIZACIONES DUALISTAS? 185
Figura 13. Esquema de la estructura social winnébago.
hombre C con una mujer A, lo cual implica: 1) una dicotomía de los
sexos dentro de cada clase (el hermano y la hermana tienen distinto
destino matrimonial); en el diagrama, el triscele que divide cada clase
en dos grupos —hombres de un lado, mujeres del otro—, señala esta
función dicotómica; 2) en un sistema de estas características, la residencia
no es significativa y el círculo grande desempeña, pues, otra
función, que consiste en traducir las posibilidades de matrimonio entre
hombres de una clase y mujeres de otra, como se puede advertir fá -
cilmente con una simple observación del d iagrama (fig. 14).
Detengámonos un instante en este punto. Nuestra formalización
del modelo indonesio evidencia una notable propiedad del matrimonio
asimétrico. No bien se realizan sus condiciones —es decir, con un mínimo
de tres clases—, aparece el principio de una dicotomía dualista,
fundada en la oposición entre macho y hembra. En nuestra opinión,
el hecho de que las mitades indonesias sean siempre concebidas como
respectivamente macho y hembra revela que esta oposición, inherente
al sistema, ha proporcionado a la Indonesia el modelo a partir del cual
ha construido sus organizaciones dualistas. El pensamiento indonesio
no parece haber hallado dificultad en el hecho de que en su realización
186 ORGANIZACIÓN SOCIAL
Figura 14. Esquema de una estructura social de tipo indonesio.
empírica, las mitades pueden ser respectivamente macho y hembra y
agrupar, sin embargo, una cantidad aproximadamente igual de miembros
masculinos y femeninos. Sin embargo, en una sociedad del mismo
tipo, como la de los miwok de California (matrimonio asimétrico asociado
a una organización dualista), los indígenas se han enfrentado a
este problema y han tenido, sin duda alguna, dificultades para resolverlo.
Las mitadas miwok, como las indonesias, expresan una bipartición
general de las cosas y los seres. Las mitades se denominan respectivamente
kikua. (del agua) y tunuka (de la tierra), y si bien todos los animales,
plantas, aspectos fisiográficos y fenómenos meteorológicos o
astronómicos se reparten entre ambas mitades, los principios masculino
y femenino constituyen una excepción a esta dicotomía universal,
como si la dialéctica indígena no hubiera podido vencer la comprobación
objetiva de que hay hombres y mujeres en cada mitad. Esta situación,
sin embargo —hecho significativo—, no es considerada como evidente
por sí misma; se necesita un mito bastante tortuoso para explicarla:
«Coyote-girl and her husband told each other they would
have four children, two girls and two boys... Coyote named one of the
¿EXISTEN LAS ORGANIZACIONES DUALISTAS? 187
male children Tunuka and one of the female children Kikua. The
other male child he named Kikua and the other female Tunuka. Coyote
thus made the moieties and gave people their first names.» 22* La pareja
original no basta; mediante un verdadero pase de prestidigitación mítica,
es necesario postular cuatro clases originales (es decir, una división
implícita de cada mitad en macho y hembra) para evitar que las
mitades expresen, entre otras cosas, una dicotomía sexual como ha
admitido la indonesia, pero en contradicción con la situación empírica.
Pasemos ahora al tercer diagrama (fig. 15), donde hemos formalizado
la estructura social bororo sobre la base del mismo modelo de los
otros dos diagramas. Los círculos menores no corresponden a grupos
de clanes (como era el caso de los winnébago) ni a clases (como en
Indonesia), sino a grupos de clases; a la inversa de los dos casos
precitados, estas unidades son endógamas. Se recordará, efectiva-
Figura 15. Esquema de la estructura social bororo.
22. E. W. Gifford, «Miwok Moieties», University of California Publications in
American Archeology and Ethnology, vol. XII, n. 4, págs. 143 -144,
* «La muchacha coyote y su marido se dijeron que tendrían cuatro hijos, dos
mujeres y dos varones... Coyote llamó a uno de los hijos varones Tunuka, y a
una de las hijas mujeres Kikua. Al otro varón lo llamó Kikua y a la otra mujer
Tunuka. Coyote hizo entonces las mitades y dio a la gente sus primeros nombres.
» [T.]
188 ORGANIZACIÓN SOCIAL
mente, que cada una de las mitades pseudoexogámicas de los bororo
comprende 4 clanes divididos en 3 clases. En el diagrama hemos reagrupado
todos los superiores, todas las mitades, todas las inferiores.
La división exogámica se vuelve así interna a cada grupo de clases, de
acuerdo con el principio según el cual los superiores de una mitad se
casan con los superiores de la otra, los medios con los medios, etcétera.
El triscele tiene entonces por función expresar las imposibilidades
de matrimonio correspondientes a cada clase.
¿Cuál es aquí la función del círculo mayor? Su relación con los tres
círculos menores (los grupos de clases) y con el tríscele (imposibilidades
de matrimonio) no deja lugar a dudas: corresponde al eje no exogámico
norte-sur que, en toda aldea bororo, divide los clanes —perpendicularmente
al eje de las mitades pseudoexogámicas— en dos grupos
llamados respectivamente «de arriba» y «de abajo», o bien «de
aguas arriba» y «de aguas abajo». He señalado a menudo que el papel
de esta segunda división es oscuro.23 Y con razón, porque si el pre -
sente análisis es exacto, se desprenderá la conclusión —sorprendente
en primera instancia— de que el eje norte-sur no tiene ninguna función,
sino la de permitir a la sociedad bororo existir. Consideremos el
diagrama: los tres círculos menores representan grupos endógamos,
subsociedades que se perpetúan unas junto a otras, sin que se establezca
nunca entre sus miembros una relación de parentesco. El triscele
no corresponde a ningún principio unificador, puesto que, al
traducir las imposibilidades de matrimonio, expresa al mismo tiempo
un valor negativo del sistema. El único elemento unificador disponible
lo proporciona, pues, el eje norte-sur, y ello todavía con algunas reservas:
si posee una significación residencial, ésta es, sin embargo, ambigua;
tiene vinculación con la aldea, pero con la escisión de la misma
en dos regiones distintas como resultado.
Ciertamente, esta hipótesis deberá ser comprobada sobre el
terreno. Pero no es la primera vez que la investigación nos pone en
presencia de formas institucionales que podríamos llamar de tipo cero.24
Estas instituciones carecerían de toda propiedad intrínseca, salvo la de
introducir las condiciones previas para la existencia del sistema social
al que pertenecen, que gracias a su presencia —desprovista en sí misma
de significación— puede ser afirmado como totalidad. La sociología
s e encontraría, así, ante un problema esencial, que le es común con la
lingüística y del cual no parece haber tomado conciencia en su propio
terreno. Este problema consiste en la existencia de instituciones desprovistas
de sentido, salvo el de proporcionar un sentido a las sociedades
que las poseen.
23. C. Lévi-Strauss, Tristes trópicos, Barcelona, Paidós (próx. apar.).
24, Hace algunos años, nos hemos visto llevados a definir de esa
manera el mana. Véase C. Léví-Strauss, «Introduction a l'oeuvre de Marcel Mauss,
en Marcel Mauss, Sociolagie et Anthropologie, París, PUF, 1950, págs. XLI-LII.
¿EXISTEN LAS ORGANIZACIONES DUALISTAS? 189
Sin extendernos más sobre este tema, que sobrepasa los límites del
presente estudio, volveremos a nuestros tres sistemas, cuyas propie -
dades pueden ser resumidas bajo la forma de cinco oposiciones binarias.
Tenemos clases o clanes; estos elementos se dan en grupo (grupos
de clanes, grupos de clases) o aislados (clases); las reglas de alianza
son expresadas de manera positiva o negativa; los sexos son diferenciados
(en matrimonio asimétrico) o confundidos (en matrimonio simétrico,
donde hermano y hermana tienen igual destino matrimonial);
finalmente, la residencia es un aspecto significativo o no significativo,
según el sistema considerado. Llegamos así al siguiente cuadro, donde
el signo ( + ) ha sido arbitrariamente adjudicado al primer término de
cada oposición, y el signo ( — ) al segundo término:
Winnébago Indonesia Bororo
Clase /clan — + +
grupo/ unidad + — +
alianza prescripta/
alianza prohibida + ± —
sexos distinguidos/
sexos confundidos — + —
1
2
3
4
5 residencia significativa/
residencia no-significativa + — ±
La oposición n. 3 (alianza) es ambivalente en Indonesia a causa
del carácter asimétrico del matrimonio: para dos clases cualesquiera,
la regla de matrimonio entre hombre de x y mujeres de y es simétrica
e inversa de aquella entre hombres de y y mujeres de x. La oposición
n. 5 (residencia) es ambivalente entre los bororo, por la razón indicada
más arriba: el eje norte-sur implica la residencia común, disociándola
al mismo tiempo con respecto de él.
Un examen de los diagramas basta para mostrar que el modelo
adoptado integra los caracteres binario y ternario de las estructuras
sociales consideradas. Se observará también que parece existir una
relación entre el aspecto diametral o concéntrico de las oposiciones
binarias, según la naturaleza de los símbolos a las que dichas oposiciones
se adjudican. En Indonesia, el aspecto diametral traduce una
oposición macho/hembra y el aspecto concéntrico es entonces consagrado
a la oposición complementaria entre alto y bajo (que proporciona
una tríada: alto/medió/bajo). Por el contrario, entre los bororo
190 ORGANIZACIÓN SOCIAL
(y sin duda también entre los winnébago) una tríada —alto/medio/
bajo o bien: cielo/agua/tierra— deja al aspecto concéntrico la tarea
de expresar la oposición macho/hembra. Seria interesante investigar
con ayuda de otros ejemplos si esta correlación se verifica, es
decir, si cuando el dualismo concéntrico está adjudicado a la
oposición entre lo alto y lo bajo, se sigue siempre que el dualismo
diametral está adjudicado a la oposición entre macho y hembra, e
inversamente.
Ha quedado ya claro, por todo lo anterior, que la oposición más
general (entre estructura binaria y estructura ternaria) recibe aplicaciones
simétricas e inversas en América del Sur y en Indonesia. En
el caso indonesio, tenemos un sistema de mitades asociado al intercambio
generalizado, es decir, una forma asimétrica de exogamia. La
estructura ternaria define, pues, los grupos de aliados, y la estructura
binaria los dos sentidos de la circulación de los hombres y las mujeres
respectivamente. Dicho de otra manera, la primera se refiere a las clases
y la segunda a las relaciones entre estas clases. En América del Sur,
en cambio (y al parecer en todos los grupos ge), la estructura binaria
es utilizada para definir los grupos y la estructura ternaria para definir
los dos sentidos de la circulación, no ya de los hombres y las mujeres,
sino los sentidos permitido o prohibido indistintamente a los dos sexos
(puesto que el intercambio es restringido, según una fórmula simétrica
de endogamia). Aquí entonces la estructura binaria es la que
corresponde a las clases y la estructura ternaria a las relaciones.
Una última observación para terminar. Hemos tratado de mostrar
en este artículo que el estudio de las organizaciones llamadas dualistas
revela tantas anomalías y contradicciones con respecto a la teoría en
vigor, que resultaría útil renunciar a esta última y considerar las formas
aparentes de dualismo como distorsiones superficiales de estructuras
cuya naturaleza real es diferente y mucho más complicada. Sin
embargo, estas anomalías de ningún modo habían escapado a la atención
de los inventores de la teoría dualista, quiero decir, a Rivers y su
escuela. Estas no les preocupaban, porque concebían las organizaciones
dualistas (sobre la base de tales anomalías) como otros tantos productos
históricos de la unión entre dos poblaciones diferentes por la
raza, la cultura o simplemente el poder. Para tal concepción, las estructuras
sociales consideradas podían ser a la vez dualistas y asimétricas,
e inclusive debían serlo.
Marcel Mauss, luego Radcliffe-Brown y Malinowskí
revolucionaron el pensamiento etnológico reemplazando esta
interpretación histórica por otra, de naturaleza psicosociológica,
fundada en la noción de re ciprocidad.25 Pero en la medida en que
estos maestros han hecho es-
25. En verdad, Rivers, cuyo genio es hoy ignorado, hacía intervenir simultáneamente
dos tipos de interpretación y, después de Rivers, nadie ha dicho nada
que no haya sido anunciado ya por este gran teórico. Lo que aquí se sugiere
es con todo exacto, en la medida en que los contemporáneos y sucesores de
Rivers le han reconocido sobre todo la paternidad de sus interpretaciones histó-
¿ EXISTEN LAS ORGANIZACIONES DUALISTAS? 191
cuela, los fenómenos de asimetría han sido arrojados a un segundo
plano, porque no se integraban adecuadamente a la nueva perspectiva.
La desigualdad de las mitades fue tratada progresivamente como una
irregularidad del sistema. Y, lo que es mucho más grave, las anomalías
flagrantes reveladas más tarde fueron descuidadas por completo. Tal
como ha ocurrido a menudo en la historia de la ciencia, una propiedad
esencial del objeto se ha manifestado primero a la atención de los in -
vestigadores en la forma de un caso particular; luego, temiendo comprometer
el resultado obtenido, se ha evitado someter dicho caso particular
a una prueba más rigurosa.
La teoría de la reciprocidad no está en tela de juicio. En la actualidad,
para el pensamiento etnológico, se mantiene sobre una base tan
firme como la teoría de la gravitación en astronomía. Pero la comparación
comporta una enseñanza: en Rivers, la etnología ha hallado a
su Galileo; en Mauss tuvo a su Newton. Limitémonos a desear que,
en un mundo más insensible que esos espacios infinitos cuyo silencio
aterraba a Pascal, las pocas organizaciones llamadas dualistas que aún
se mantienen en actividad puedan esperar a su Einstein, antes de que
suene para ellas —no tan bien protegidas como los planetas— la hora
próxima de la desintegración.
ricas y geográficas, mientras que el aspecto psicológico y lógico de su doctrina
era asimilado en silencio por Mauss, Radcliffe-Brown y Malinowski, para ser luego
desarrollado por ellos con la resonancia por todos conocida.
MAGIA Y
RELIGIÓN
Capítulo 9
EL HECHICEROY SUMAGIA1
Después de los trabajos de Cannon, se comprende más claramente
cuáles son los mecanismos psicofisiológicos sobre los que se basan los
casos de muerte por conjuración o sortilegio, atestiguados en nume rosas
regiones:2 un individuo consciente de ser objeto de un maleficio, está
íntimamente persuadido, por las más solemnes tradiciones de su grupo,
de que se encuentra condenado; parientes y amigos comparten esta
actitud. A partir de ese momento, la comunidad se retrae: se aleja
del maldito, se conduce ante él como si se tratase, no solo ya de un
muerto sino también de una fuente de peligro para todo el entorno; en
cada ocasión y en todas sus conductas, el cuerpo social sugiere la
muerte a la desdichada víctima, que no pretende ya escapar a lo que
considera su destino ineluctable. Bien pronto, por otra parte, se celebran
en su honor los ritos sagrados que la conducirán al reino de las
sombras. Brutalmente separado primero de todos sus lazos familiares
y sociales y excluido de todas las funciones y actividades por medio
de las cuales tomaba conciencia de sí mismo, el individuo vuelve a
encontrar esas mismas fuerzas imperiosas nuevamente conjuradas,
pero sólo para borrarlo del mundo de los vivos. El hechizado cede a
la acción combinada del intenso terror que experimenta, del retraimiento
súbito y total de los múltiples sistemas de referencia proporcionados
por la convivencia del grupo y finalmente de la inversión decisiva
de estos sistemas que, de individuo vivo, sujeto de derechos y
obligaciones, lo proclaman muerto, objeto de temores, ritos y prohibiciones.
La integridad física no resiste a la disolución de la personalidad
social.3
1. Publicado con igual título en Les Temps Modernes, año 4.°, n. 41, 1949,
páginas 3-24.
2. W. B. Cannon, «"Voodoo" Death», American Anthropologist, n,s, vol. XLIV,
1942.
3. Un indígena australiano, víctima de un encantamiento de este género en
abril de 1956, fue transportado en agonía al hospital de Darwin. Colocado en un
pulmón de acero y alimentado por medio de sonda, se restableció progresivamente,
convencido de que «la magia del hombre blanco es la más poderosa», Véase
Arthur Morley, en London Sunday Times, 22/4/1956, pág, 11.
196 MAGIA Y RELIGIÓN
¿Cómo se expresan estos complejos fenómenos en el plano fisiológico?
Cannon ha mostrado que el miedo, como la rabia, se acompaña de una
actividad particularmente intensa del sistema nervioso simpático. Esta
actividad es normalmente útil y entraña modificaciones orgánicas que
ponen al individuo en condiciones de adaptarse a una situación nueva;
pero si el individuo no dispone de ninguna respuesta instintiva o
adquirida a una situación extraordinaria, o que él se represente como tal,
la actividad del simpático se amplifica y desorganiza y puede, a veces
en pocas horas, determinar una disminución del volumen sanguíneo y una
correspondiente caída de tensión, que da por resultado daños irreparables
en los órganos de la circulación. El rechazo de bebidas y de alimentos,
frecuente en los enfermos invadidos de angustia intensa, precipita esta
evolución. La deshidratación actúa como estimulante del simpático y la
disminución del volumen de la sangre se acentúa debido a la
permeabilidad creciente de los vasos capilares. Estas hipótesis han sido
confirmadas por el estudio de varios de estos traumatismos
consecutivos a bombardeos, encuentros en el campó de batalla e
inclusive a operaciones quirúrgicas: se produce la muerte sin que la
autopsia pueda descubrir lesió n alguna, No hay razones, pues, para dudar
de la eficiencia de ciertas prácticas mágicas. Pero al mismo tiempo se
observa que la eficacia de la magia implica la creencia en la magia, y
que ésta se presenta en tres aspectos complementarios: en primer lugar,
la creencia de hechicero en la eficacia de sus técnicas; luego, la del
enfermo que aquél cuida o de la víctima que persigue, en el poder del
hechicero mismo; finalmente la confianza y las exigencias de la opinión
colectiva, que forman a cada instante una especie de campo de gravitación
en cuyo seno se definen y se sitúan las relaciones entre el brujo y
aquellos que él hechiza.4 Ninguna de las tres partes en juego está
evidentemente en condiciones de alcanzar una representación clara de la
actividad del simpático ni de los trastornos que Cannon ha llamado
homeostáticos. Cuando el hechicero pretende extraer por succión, del
cuerpo de su enfermo, un objeto patológico cuya presencia explicaría el
estado mórbido, y presenta un guijarro que había disimulado en su
boca, ¿cómo se justifica este procedimiento ante sus ojos? ¿Cómo logra
dis culparse un inocente acusado de brujería si la imputación es unánime,
puesto que la situación mágica es un fenómeno de consenso? En fin, ¿cuál
es la parte de credulidad y cuál la de crítica en la actitud del grupo,
respecto de aquellos en los que reconoce poderes excepcionales, a los
que otorga privilegios correspondientes, pero de los cuales exige
asimismo satisfacciones adecuadas? Comencemos por examinar esta
último punto.
* * *
4. En este estudio, cuyo objeto es antes psicológico que sociológico, creemos
poder dejar a un lado, cuando no son absolutamente indispensables, las distin -
ciones mágicas y los diferentes tipos de hechiceros.
EL HECHICERO Y SU MAGIA 197
Era en el mes de setiembre de 1938. Hacía algunas semanas que
acampábamos con una pequeña banda de indios nambikwara no lejos
de las fuentes del Tapajoz, en esas sabanas desoladas del Brasil central
donde durante la mayor parte del año los indígenas vagan en busca
de granos y frutos salvajes, de pequeños mamiferos, de insectos y de
reptiles y, en general, de todo aquello que puede ayudarles a no morir
de hambre. Se encontraba allí reunida una treintena, al azar de la vida
nómada, agrupados por familias bajo los frágiles abrigos de ramas, que
aportan una protección irrisoria contra el sol aplastante del día, el frío
nocturno, la lluvia y el viento. Como la mayoría de las bandas, tenía
ésta un jefe civil y un hechicero cuya actividad cotidiana en nada se
distinguía de la de los demás hombres del grupo: caza, pesca, trabajos
artesanales. Era un hombre robusto, de unos cuarenta y cinco
años, muy alegre.
Una noche, sin embargo, no regresó al campamento a la hora habitual.
Cayó la oscuridad y se encendieron los fuegos; los indígenas no
disimulaban su inquietud. Los peligros de la selva son numerosos:
ríos torrentosos; riesgo, sin duda improbable, de encontrar un gran
animal salvaje —jaguar u oso hormiguero— o el peligro, presente para el
espíritu del nambikwara de manera más inmediata, de que una bestia en
apariencia inofensiva sea en realidad la encarnación de un espíritu
maligno de las aguas o los bosques. Sobre todo, desde hacía una
semana, percibíamos todas las noches misteriosos fuegos de campamento
que ora se alejaban o se acercaban a los nuestros. Ahora
bien, toda banda desconocida es potencialmente hostil. Tras dos horas
de espera, la convicción de que el compañero había sucumbido en una
emboscada se generalizó, y mientras sus dos jóvenes mujeres y su
hijo loraban ruidosamente la muerte del esposo y padre, los otros
indígenas evocaban las consecuencias trágicas que sin duda anunciaba
la desaparición de su dignatario.
Alrededor de las diez de la noche, esta espera ansiosa de una catástrofe
inminente, los gemidos a los que comenzaban a sumarse otras
mujeres y la agitación masculina, habían conseguido crear un ambiente
intolerable, y decidimos partir en reconocimiento con algunos
indígenas que conservaban una relativa calma. No habíamos hecho
doscientos metros cuando tropezamos con una forma inmóvil: era
nuestro hombre que, acurrucado y en silencio, tiritaba en el frío nocturno,
desgreñado y privado (los nambikwara no llevan otra vestimenta)
de su cinturón, collares y brazaletes. Se dejó conducir sin dificultad
al campamento, pero fueron necesarias largas exhortaciones de
todos y las súplicas de los suyos para que abandonara su mutismo.
Por fin se le pudieron arrancar, pedazo a pedazo, los detalles de su
historia. Una tormenta — la primera de la estación— había estallado
por la tarde y el trueno lo había llevado a varios kilómetros de distancia,
hasta un lugar que él indicó, y luego lo había traído nuevamente
al lugar donde lo habíamos encontrado, tras haberlo despojado com198
MAGIA V RELIGIÓN
pletamente. Todo el mundo se fue a dormir comentando el acontecimiento.
Al día siguiente, la víctima del trueno había recobrado
su habitual jovialidad y también, por otra parte, todos sus ornamentos,
lo cual no pareció sorprender a nadie. La vida habitual retomó
su cauce.
Pocos días más tarde, sin embargo, algunos indígenas comenzaron
a hacer circular otra versión de estos prodigiosos acontecimientos. Es
necesario saber que la pandilla que fue escenario de los hechos estaba
compuesta por individuos de distintos orígenes, fusionados en una nueva
unidad social como resultado de circunstancias oscuras. Algunos años
antes, una epidemia había diezmado uno de los grupos, y éste no era
ya lo bastante numeroso para llevar una vida autónoma; el otro se
había separado de su tribu de origen y hacía frente a las mismas
dificultades. No pudimos saber cuándo y en qué condiciones ambos
grupos se habían encontrado y decidido unir sus fuerzas, dando uno
su jefe civil a la nueva formación, y el otro, su jefe religioso; pero el
hecho era ciertamente reciente, porque en el momento en que los encontramos
no se había producido aún ningún matrimonio entre ambos,
si bien los niños de uno estaban prometidos a los niños del otro.
No obstante la comunidad de existencia, cada grupo había conservado
su dialecto, y los grupos sólo se podían comunicar entre sí por intermedio
de dos o tres indígenas bilingües.
Tras estas explicaciones indispensables, veamos lo que pasaba de
boca en boca: había buenas razones para suponer que las bandas des -
conocidas que cruzaban la sabana provenían de la tribu de la cual se
había separado uno de los grupos, al que pertenecía el hechicero. Este,
usurpándo las atribuciones de su colega el jefe político, había querido
sin duda tomar contacto con sus antiguos compatriotas para solicitar
una vuelta al redil, para incitarlos a atacar a sus nuevos asociados o
también para darles seguridades acerca de las intenciones de éstos;
sea como fuere, necesitaba un pretexto para ausentarse y el secuestro
por el trueno junto con la escena subsiguiente habían sido inventados
con este fin. Eran los indígenas del otro grupo, naturalmente, quienes
propalaban esta interpretación, en la que secretamente creían y que
los llenaba de inquietud. Pero la versión oficial del hecho nunca fue
discutida públicamente, y hasta el momento de nuestrá partida, que
tuvo lugar poco después, era ostensiblemente admitida por todos.5
Los escépticos, sin embargo, hubieran causado mucho asombro de
haber invocado, para poner en duda la buena fe y la eficacia de su
hechicero, una superchería tan verosímil y cuyos móviles ellos mismos
analizaban con mucha agudeza psicológica y sentido político. Sin duda,
todo era un aparato teatral y el hechicero no había volado en alas
del trueno hasta el río Ananaz. Pero estas cosas hubieran podido producirse,
se habían efectivamente producido en otras circunstancias,
5. C. Lévi-Strauss, Tristes trópicos, Barcelona, Paidós (próx. apar.).
EL HECHICERO Y SU MAGIA 199
pertenecían al dominio de la experiencia. Que un hechicero mantenga
relaciones íntimas con las fuerzas sobrenaturales, es una certidumbre;
que, en tal caso particular, haya pretextado su poder para disimular
una actividad profana, es algo que pertenece al dominio de la conjetura
y ofrece la ocasión de aplicar la crítica histórica. El punto importante
consiste en que ambas eventualidades no se excluyen mutuamente, así
como para nosotros no se excluyen las interpretaciones de la guerra
como el último sobresalto de la independencia nacional o como el
resultado de las maquinaciones de los fabricantes de cañones. Ambas
explicaciones son lógicamente incompatibles, pero nosotros admitimos
que una u otra puede ser cierta, según los casos; como son igualmente
plausibles, pasamos de una a otra según la ocasión y el momento, y
ambas pueden coexistir oscuramente en la conciencia de muchos. Sea
cual fuere su origen docto, la conciencia individual no evoca estas
interpretaciones divergentes al término de un análisis objetivo, sino
más bien como datos complementarios, reclamados por actitudes muy
imprecisas y no elaboradas que, para cada uno de nosotros, poseen el
carácter de experiencias. Estas experiencias, sin embargo, siguen siendo
intelectualmente informes y afectivamente intolerables, a menos
que se incorpore a ellas tal o cual esquema flotante en la cultura del
grupo, cuya asimilación es lo único que permite objetivar estados subjetivos,
formular impresiones informulables e integrar en un sistema
experiencias inarticuladas.
* * *
Las ya viejas observaciones hechas entre los zuñi de Nuevo México
por la admirable etnógrafa M. C. Stevenson6 permitirán aclarar mejor
estos mecanismos. Una muchacha de doce años había sido presa de una
crisis nerviosa inmediatamente después de que un adolescente le había
tomado las manos; este último fue acusado de brujería y llevado ante
el tribunal de los sacerdotes del Arco. Durante una hora negó vanamente
poseer conocimientos ocultos. Habiéndose mostrado ineficaz este
sistema de defensa, y como el crimen de brujería entre los zuñi
estaba todavía, en aquella época, penado con la muerte, el acusado
cambió de táctica e improvisó un largo relato en el cual explicaba en qué
circunstancias había sido iniciado en la brujeria y recibido de sus
maestros dos productos, uno que volvía locas a las muchachas, y el otro
que las curaba. Este punto constituía una ingeniosa precaución contra
los desarrollos posteriores. Intimado a presentar sus drogas, el
muchacho fue hasta su casa, bajo custodia, y regresó con dos raíces
que utilizó en seguida en un complicado ritual, en cuyo transcurso
simuló un trance consecutivo a la absorción de una de las drogas, y luego
un retorno al estado normal gracias a la otra. Después de lo cual
6. M. C. Stevenson, «The Zuní Indians», 23rd Annual Report of the Bureau
of American Ethnology. Smithsonian Institution, Washington, 1905.
200 MAGIA Y RELIGIÓN
administró el remedio a la enferma y la declaró curada. La sesión fue
levantada hasta el día siguiente, pero durante la noche el presunto
brujo se evadió. Fue capturado en seguida, y la familia de la víctima
se constituyó en tribunal improvisado para continuar el proceso. Ante
la resistencia de sus nuevos jueces a aceptar su versión precedente, el
muchacho inventa otra: todos sus parientes, sus antecesores, eran hechiceros
y de ellos ha recibido poderes admirables, tales como el de
transformarse en gato, llenar su boca con espinas de cacto y matar a
sus víctimas —dos bebés, tres muchachas, dos muchachos— proyectando
sobre ellas las espinas; todo esto gracias a unas plumas mágicas
que le permiten, a él y a los suyos, abandonar la forma humana. Este
último detalle constituía un error táctico, porque ahora los jueces exigían
la presentación de las plumas, como prueba de la veracidad del
nuevo relato. Tras diferentes excusas, rechazadas una tras otra, fue
preciso trasladarse a la casa familiar del acusado. Este comenzó por
afirmar que las plumas estaban disimuladas detrás del revestimiento
de una pared que no podía destruir. Se le obligó a hacerlo. Tras haber
derribado una parte del muro, cuyos restos examinó cuidadosamente,
el muchacho trató de excusarse aduciendo un olvido; las plumas habían
sido ocultadas hacía más de dos años y ya no recordaba dónde.
Obligado a nuevas exploraciones, terminó por acometer otra pared, en
la cual, tras una hora de trabajo, apareció en el adobe una vieja pluma.
Se apoderó de ella ávidamente, y la presentó a sus perseguidores como
el instrumento mágico del que había hablado. Tuvo que explicar detalladamente
el mecanismo de su empleo. Finalmente, arrastrado a la
plaza pública, debió repetir toda su historia, que enriqueció con un
gran numero de nuevos detalles, y concluyó con una peroración patética
en la que lloraba la pérdida de su poder sobrenatural. Tranquilizados
de esta manera, sus oyentes accedieron a ponerlo en libertad.
Este relato que por desgracia hemos debido resumir y despojar de
todos sus matices psicológicos, es instructivo desde varios puntos
de vista. Puede advertirse ante todo que, perseguido por hechicería y
amenazado así con la pena capital, el acusado no gana la absolución
discupándose, sino reivindicando su supuesto crímen; más aún: re -
fuerza su causa presentando versiones sucesivas cada una de las cuales
es más rica, más llena de detalles (y en principio, entonces, más culpable)
que la precedente. El debate no procede por acusaciones y denegaciones
como nuestros procesos, sino por alegatos y especificaciones.
Los jueces no esperan que el acusado impugne una tesis, y menos
aún que refute hechos; le solicitan que corrobore un sistema del cual
solamente poseen un fragmento, y cuya totalidad quieren que el acusado
reconstruya de una manera apropiada. Como lo observa la etnógrafa
a propósito de una frase del proceso: «Los guerreros se habían
dejado absorber hasta tal punto por el relato del muchacho que parecían
haber olvidado la razón primera de su comparecencia ante
ellos.» Y cuando la pluma mágica es exhumada finalmente, la autora
EL HECHICERO Y SU MAGIA 201
subraya con mucha profundidad: «La consternación se difundió entre
los guerreros, que exclamaron a una voz: ¡¿Qué significa ésto?! Ahora
tenían la certeza de que el muchacho había dicho la verdad.» Consternación
y no triunfo, al ver aparecer la prueba tangible del delito; porque
antes que reprimir un crimen, los jueces buscan (convalidando su
fundamento objetivo por medio de una expresión emocional apropiada)
atestiguar la realidad del sistema que lo ha hecho posible. La confesión,
reforzada por la participación de los jueces e inclusive su complicidad,
transforma al acusado de culpable, en colaborador de la
acusación. Gracias a él, la hechicería y las ideas a ella asociadas escapan
a su penoso modo de existencia en la conciencia, como conjunto
difuso de sentimientos y representaciones mal formulados, para encarnarse
en ser de experiencia. El acusado, preservado como testigo,
aporta al grupo una satisfacción en la verdad, infinitamente más densa
y más rica que la satisfacción en la justicia que hubiera procurado su
ejecución. Y finalmente, gracias a su ingeniosa defensa, que volvía al
auditorio progresivamente consciente del carácter vital ofrecido por
la verificación de su sistema (porque la elección no se hace entre éste
y otro sistema, sino entre el sistema mágico y la falta de todo sistema
o sea el desorden), el adolescente consiguió transformarse de amenaza
para la seguridad física de s u grupo, en garante de su coherencia mental.
Pero, ¿verdaderamente la defensa es sólo ingeniosa? Todo permite
creer que, luego de haber tanteado una posible escapatoria, el acusado
participa con sinceridad y fervor —el término no es demasiado exagerado—
en el juego dramático que se organiza entre él y sus jueces. Se
lo proclama hechicero; puesto que hay hechiceros, él podría serlo.
¿Y cómo él conocería por anticipado los signos que le rebelarían su
vocación? Tal vez estos signos están presentes, en esta prueba y en
las convulsiones de la muchacha transportada al tribunal. También
para él, la coherencia del sistema y el papel que se le ha asignado para
establecerlo, tienen un valor no menos esencial que la seguridad personal
que arriesga en la aventura. Se lo ve entonces construir progresivamente
el personaje que se le impone, con una mezcla de astucia y
buena fe: aduciendo largamente sus conocimientos y sus recuerdos;
improvisando también, pero sobre todo viviendo su personaje y
buscando, en las manipulaciones que esboza y en el ritual que construye,
pedazo a pedazo, la experiencia de una misión cuya eventualidad,
al menos, está al alcance de todos, Al término de la aventura,
¿qué queda de las astucias del comienzo: hasta qué punto el héroe no
ha caído en la trampa de su propio personaje, o mejor aún: en qué
medida no se ha convertido, efectivamente, en hechicero? «Cuanto
más hablaba —se nos dice de su confesión final—, tanto más profundamente
el muchacho se absorbía en el tema. Por momentos su semblante
se iluminaba con la satisfacción resultante del dominio que ejercía
sobre su auditorio.» Que la muchacha cure tras la administración del
202 MAGIA Y RELIGIÓN
remedio, y que las experiencias vividas en el transcurso de una prueba
tan excepcional se elaboren y organicen, constituyen circunstancias
suficientes para que los poderes sobrenaturales, ya reconocidos por el
grupo, sean definitivamente confesados por su inocente poseedor.
* * *
Debemos otorgar importancia aún mayor a otro documento, de valor
excepcional, pero que al parecer hasta el momento sólo ha merecido un
interés lingüístico: se trata de un fragmento de autobiografía indígena
recogido en lengua kwakiutl (de la región de Vancouver, Canadá) por
Franz Boas, quien nos ha dado una traducción yuxtalineal,7
El llamado Quesalid (éste es al menos el nombre que recibió cuando
se convirtió en hechicero) no creía en el poder de los brujos o, más
exactamente, de los shamanes, porque este término conviene mejor para
denotar el tipo de actividad específica que realizan en ciertas regiones
del mundo. Aguijoneado por la curiosidad de descubrir sus supercherías
y el deseo de desenmascararlos, comenzó a frecuentarlos hasta que uno
de ellos se ofreció a introducirlo en el grupo, donde sería iniciado para
convertirse rápidamente en uno de ellos. Quesalid no se hizo rogar, y su
relato describe detalladamente cuáles fueron sus primeras lecciones:
extraña mezcla de pantomima, prestidigitación y conocimientos
empíricos, donde se hallan mezclados el arte de fingir desmayo, la
simulación de crisis nerviosas, el aprendizaje de cantos mágicos, la
técnica de producir el vómito, nociones bastante precisas de
auscultación y de obstetricia, el empleo de «soñadores», es decir, de
espías encargados de escuchar las conversaciones privadas y de hacer
llegar secretamente al shamán elementos de información sobre el origen
y los síntomas de los males sufridos por tal o cual, y sobre todo el ars
magna de cierta escuela shamanística de la costa noroeste del Pacífico:
el empleo de un pequeño mechón de plumón que el practicante disimula
en un costado de la boca, para expectorarlo tódo ensangrentado en el
momento oportuno —después de haberse mordido la lengua o haber
hecho manar la sangre de las encías— y presentarlo solemnemente al
enfermo y a los asistentes como el cuerpo patológico expulsado tras las
succiones y manipulaciones.
Habiendo confirmado sus peores sospechas, Quesalid quiso continuar
la avenguación, pero ya no era libre, su estancia entre los shamanes
comenzaba a ser conocida. Cierto día fue convocado por la familia
de un enfermo que había soñado que él era su salvador. Este
primer tratamiento (por el cual, observa Quesalid en otro lugar, no se
hizo pagar así como tampoco por los subsiguientes, puesto que no había
terminado los cuatro años de ejercicios reglamentarios) fue un
7. Franz Boas, «The religion of the Kwakiutl», Columbia University Contributions to
Anthropology, vol. X, Nueva York, 1930, 2,° parte, págs. 1-41.
EL HECHICERO Y SU MAGIA 203
éxito brillante. No obstante ser considerado, a partir de ese momento,
como «un gran shamán», Quesalid no pierde su espíritu crítico; interpreta
su triunfo con razones psicológicas, «porque el enfermo creía
firmemente en lo que había soñado sobre mí». Lo que debía, según sus
propias palabras, dejarlo «indeciso y pensativo», fue una aventura más
compleja, que lo puso en presencia de varias modalidades de lo «falsosobrenatural
» y lo llevó entonces a pensar que unas eran menos falsas
que otras: naturalmente, aquellas en las cuales su interés personal estaba
comprometido, al mismo tiempo que el sistema que comenzaba a
construirse subrepticiamente en su espíritu.
Hallándose de visitar en la tribu vecina de los koshimo, Quesalid
asiste a una cura hecha por sus ilustres colegas extranjeros, y con gran
sorpresa comprueba una diferencia de técnica: en lugar de escupir la
enfermedad bajo la forma de un gusano sanguinolento constituido por el
plumón disimulado en la boca, los shamanes koshimo se conforman con
expectorar en sus manos un poco de saliva, y se atreven a pretender que
ésa es «la enfermedad», ¿Qué valor tiene este método? ¿A qué teoría
corresponde? A fin de descubrir «cuál es la fuerza de esos shamanes, si
es real o bien si solamente pretenden ser shamanes» como sus
compatriotas, Quesalid solicita y obtiene autorización para ensayar su
método; el tratamiento anterior había resultado, por otra parte, ineficaz.
La enferma se declara curada.
Y he aquí que, por primera vez, nuestro héroe vacila. Por pocas que
fueran las ilusiones alimentadas hasta el presente sobre su técnica, ha
encontrado ahora una todavía más falsa, todavía más mistificadora,
todavía más deshonesta que la suya. Porque él al menos ofrece algo a su
clientela: le presenta la enfermedad bajo forma visible y tangible,
mientras que sus colegas extranjeros no muestran absolutamente nada,
y sólo pretenden haber capturado el mal. Y su método obtiene
resultados, mientras que el otro es inútil. Así, nuestro héroe se encuentra
preso de un problema que tal vez no carece de equivalente en el
desarrollo de la ciencia moderna: dos sistemas, de los cuales se sabe
que son ambos igualmente inadecuados, ofrecen sin embargo, uno con
respecto al otro, un valor diferencial y esto a la vez desde un punto de
vista lógico y desde un punto de vista experirnental. ¿Con respecto a
qué sistema de referencias se los juzgará entonces? ¿El de los hechos,
donde ambos se confunden, o el que les es propio, donde adquieren
valores desiguales, teórica y prácticamente?
Entretanto, los shamanes koshimo, «cubiertos de vergüenza» por el
descrédito en que han caído ante sus compatriotas, están también
sumidos en la duda: bajo la forma de un objeto material, su colega ha
presentado la enfermedad, a la que ellos habían atribuido siempre una
naturaleza espiritual y que nunca se habían propuesto por lo tanto,
volver visible. Le envían un emisario, para invitarlo a participar con
ellos en una conferencia secreta en una gruta, Quesalid acude, y sus
colegas extranjeros exponen su sistema: «Cada enfermedad es un
204 MAGIA Y RELIGIÓN
hombre: forúnculos e hinchazones, comezones y costras, granos y tos, y
consunción y escrófula; y también esto: constricción de la vesícula y
dolores de estomago... Tan pronto como hemos conseguido capturar el
alma de la enfermedad, que es un hombre, muere entonces la enfermedad,
que es un hombre; su cuerpo desaparece en nuestro interior.» Si esta
teoría es exacta, ¿qué tiene él que mostrar? ¿Y por qué razón, cuando
Quesalid opera, «la enfermedad se adhiere a su mano»? Pero Quesalid se
refugia tras los reglamentos profesionales que le impiden enseñar antes
de haber cumplido cuatro años de ejercicio, y se niega a hablar. Persiste
en esta actitud cuando los shamanes koshimo le envían sus hijas
supuestamente vírgenes, para intentar seducirlo y arrancarle su secreto.
Mientras tanto, Quesalid regresa a su aldea de Fort Rupert y se entera
de que el más ilustre shamán de un clan vecino, inquieto por su creciente
reputación, ha lanzado un desafío a todos sus colegas y los invita a
medirse con él en torno a varios enfermos. Quesalid acude a la cita y
asiste a algunas curas del maestro, pero éste, como los koshimo, tampoco
muestra la enfermedad; se limita a incorporar un objeto invisible, «que
según pretende es la enfermedad», ya sea a su adorno de corteza, ya a su
sonajero ritual esculpido en forma de pájaro, y «por la fuerza de la
enfermedad que muerde» los pilares de la casa o la mano del practicante,
estos objetos son entonces capaces de permanecer suspendidos en el
vacío. Se desarrolla la escena habitual. Cuando se le pide que intervenga
en casos que su predecesor considera desesperados, Quesalid triunfa con
la técnica del gusano ensangrentado.
Se ubica aquí la parte verdaderamente patética de nuestro relato.
Avergonzado y desesperado, a la vez, por el descrédito en que ha caído y
por el derrumbe de su sistema terapéutico, el viejo shamán envía a su hija
como emisario ante Quesalid, para rogarle que le conceda una entrevista.
Lo encuentra sentado al pie de un árbol, y el anciano se expresa en estos
términos: «No son malas las cosas que vamos a decirnos, amigo; yo
quisiera solamente que intentes y que salves mi vida, para que yo no
muera de vergüenza, porque me he convertido en la burla de nuestro
pueblo a causa de lo que tú hiciste anoche. Te ruego que tengas piedad y
que me digas qué era lo que estaba adherido a la palma de tu mano esa
noche, ¿Era la verdadera enfermedad o bien sólo se trataba de algo
fabricado? Porque te suplico que tengas piedad y que me digas cómo has
hecho, para que pueda imitarte. Amigo, ten piedad de mí.» Silencioso al
principio, Quesalid empieza luego a exigir explicaciones acerca de las
proezas del tocado de corteza y del sonajero, y su colega le muestra la
punta disimulada en el tocado, que permite clavarlo en ángulo recto
contra un poste y la forma en que aprieta la cabeza del sonajero entre las
falanges, para hacer creer que el pájaro se mantiene suspendido de su
mano por el pico. Sin duda, agrega, Quesalid por su parte sólo miente y
hace trucos; simula
EL HECHICERO Y SU MAGIA 205
el shamanismo en razón del provecho material que le procura y de «su
apetencia por las riquezas de los enfermos»; seguramente él sabe bien
que las almas no pueden capturarse, «porque todos poseemos nuestra
alma»; sin duda emplea él también el sebo, y pretende «que es el alma
esta cosa blanca puesta en su mano». La hija une entonces sus súplicas a
las del padre: «Ten piedad de él, para que pueda seguir viviendo.» Pero
Quesalid permanece silencioso. Tras esta trágica entrevista, el viejo
shamán desapareció, esa misma noche, con todos los suyos, «el corazón
enfermo» y temido por toda la comunidad en razón de las v enganzas que
tal vez pudiera intentar. Inútil temor: se lo vio regresar un año más tarde.
Como su hija, se había vuelto loco. Tres años más tarde murió.
Y Quesalid prosiguió su carrera, rica en secretos, desenmascarando a
los impostores y lleno de desprecio por la profesión: «Tan sólo una vez
he visto a un shamán que trataba a los enfermos mediante succión, y
nunca pude descubrir si era un verdadero shamán o un simu lador. Por
esta única razón, creo que era un shamán; no permitía que aquellos a
quienes curaba le pagaran, Y a decir verdad, no lo he visto reír ni una
sola vez.» La actitud del comienzo, entonces, se ha modificado
sensiblemente: el negativismo radical del librepensador ha dado lugar a
sentimientos más matizados. Existen verdaderos shamanes. ¿Y él mismo?
Al término del relato, es imposible saberlo; resulta claro, en cambio, que
ejerce su profesión a conciencia, que está orgulloso de sus éxitos, y que
defiende calurosamente contra todas las escuelas rivales la técnica del
plumón ensangrentado, cuyo carácter falaz, del que tanto se había
burlado en un comienzo, parece ahora haber olvidado completamente.
* * *
Como puede advertirse, la psicología del shamán no es simple. Para
intentar su análisis, nos ocuparemos ante todo del caso del viejo shamán
que suplica a su joven rival que le diga la verdad, que le revele si la
enfermedad adherida al hueco de su mano como un gusano rojo y
pegajoso es real o fabricada, y que se hundirá en la locura al no obtener
respuesta. Antes del drama, el viejo shamán se hallaba en posesión de un
par de datos: por un lado, la convicción de que los estados patológicos
tienen una causa y que ésta puede ser alcanzada; porotro lado, un sistema
de interpretación dentro del cual la invención personal desempeña un
papel importante, y que ordena las diferentes etapas del mal desde el
diagnóstico hasta la cura. Esta fabulación de una realidad en sí misma
desconocida, hecha de procedimientos y representaciones, depende de
una triple experiencia: la del shamán mismo que, si su vocación es real (e
inclusive si no lo es, como resultado del solo ejercicio), experimenta
ciertos estados específicos, de naturaleza psicosomática; la del enfermo,
que logra o no una mejoría; la del público, en
206 MAGIA Y RELIGIÓN
fin, que también participa de la curación, y para quien el entusiasmo que
experimenta, la satisfacción intelectual y afectiva que obtiene determinan
una adhesión colectiva que inaugura a su vez un nuevo ciclo. Estos tres
elementos de lo que podría llamarse el complejo shamanistico son
indisociables. Pero como puede verse, se organizan en torno de dos
polos, uno formado por la experiencia íntima del shamán, y el otro por el
consenso colectivo. No existen razones para dudar, en efecto, de que los
hechiceros —al menos los más sinceros —creen en su misión, y que esta
creencia está fundada en la experiencia de estados específicos. Las
pruebas y privaciones a las que se someten bastarían a menudo para
provocar dichos estados, aun cuando no se los acepte como prueba de
una vocación seria y ferviente. Pero hay también argumentos lingüísticos,
que son más convincentes porque son indirectos; en el dialecto wintu de
California existen cinco modos verbales que corresponden a un
conocimiento adquirido por la vista, por impresión corporal, por
inferencia, por razonamiento y de oídas. Estos cinco modos constituyen
la categoría del conocimiento, por oposición a la conjetura, que se
anuncia de otra manera. Curiosamente, las relaciones con el mundo
sobrenatural se expresan por medio de los modos del conocimiento, y
entre éstos, los de la impresión corporal (es decir, de la experiencia más
intuitiva), la inferencia y el razonamiento. El indígena que se convierte
en shamán tras una crisis espiritual, recibe gramaticalmente su estado
como una consecuencia que debe inferior del hecho —formulado como
una experiencia inmediata— de que ha recibido mandato de un Espíritu,
lo cual entraña la conclusión deductiva de que ha debido de realizar un
viaje al más allá, a cuyo término —experiencia inmediata— se ha
reencontrado con los suyos.8
Las experiencias del enfermo representan el aspecto menos importante
del sistema, con excepción del caso de un enfermo al que un
shamán ha curado, y que se encuentra luego particularmente bien
colocado para convertirse a su turno en shamán, tal como ocurre aún hoy
en el psicoanálisis. Sea como fuere, no debe olvidarse que el shamán no
carece enteramente de conocimientos positivos y de técnicas
experimentales que pueden explicar en parte su éxito; por lo demás,
trastornos del tipo que hoy se llaman psicosomáticos, y que representan
una gran parte de las enfermedades corrientes en sociedades con un bajo
coeficiente de seguridad, han de ceder a menucio ante una terapia
psicológica. En conjunto, es verosímil que los médicos primitivos, como
sus colegas civilizados, curen al menos una parte de los casos que tratan,
ya que, de no ser por esta eficacia relativa, los usos mágicos no hubieran
podido lograr la vasta difusión que los caracteriza en el tiempo y en el
espacio. Pero éste aspecto no es esencial, porque
8. D, Demetracopoulou Lee, «Some Indian Texts Dealing with the Supernatural», The
Review of Religión, mayo 1941.
EL HECHICERO Y SU MAGIA 207
está subordinado a los otros dos: Quesalid no se convirtió en un gran
hechicero porque curara a sus enfermos; sino que sanaba a sus enfermos
porque se había convertido en un gran hechicero. Esto nos lleva
directamente, entonces, al otro extremo del sistema, es decir, a su polo
colectivo.
En efecto, es en la actitud del grupo antes que en el ritmo de los
fracasos y los éxitos, donde debe buscarse la verdadera razón del
derrumbe de los rivales de Quesalid. Ellos mismos lo subrayan, cuando
se quejan de haberse convertido en objetos de la burla de todos, cuando
destacan su vergüenza, sentimiento social por excelencia. El fracaso es
secundario y se percibe, en todos sus comentarios, que lo conciben
como función de otro fenómeno: la desaparición del consenso social,
reconstituido a costa de ellos en torno de otro practicante y de otro
sistema. El problema fundamental es, pues, el de la relación existente
entre un individuo y el grupo, o para ser más exactos, entre un cierto
tipo de individuos y determinadas exigencias del grupo.
Al tratar a su enfermo, el shamán ofrece al auditorio un espectáculo,
¿Qué espectáculo? A riesgo de generalizar de manera imprudente
ciertas observaciones, diremos que se trata siempre de una repetición
que el shamán hace de la «llamada», es decir, de la crisis inicial que le
valió la revelación de su estado. Pero el término «espectáculo» no debe
engañarnos: el shamán no se contenta con reproducir o mimar ciertos
acontecimientos; los revive efectivamente en toda su vivacidad,
originalidad y violencia. Y puesto que al concluir la sesión recobra su
estado normal podemos decir, tomando un término esencial del psicoanálisis,
que abreacciona. Es sabido que el psicoanálisis llama abreacción
a ese momento decisivo de la cura en que el enfermo revive
intensamente la situación inicial que originó su trastorno, antes de
superarlo definitivamente. En este sentido, el shamán es un abreactor
profesional.
Hemos explorado en otro lugar las hipótesis teóricas que sería necesario
formular para admitir que el modo de abreacción propio de cada
shamán, o al menos de cada escuela, puede inducir simbólicamente en
el enfermo una abreacción de su propio trastorno.9 Si, no obstante, la
relación esencial es la existente entre el shamán y el grupo, es preciso
plantear también la cuestión desde otro punto de vista, que es el de la
relación entre pensamiento normal y pensamiento patológico. Ahora
bien, en toda perspectiva no científica (y ninguna sociedad puede
jactarse de no participar de ella), pensamiento patológico y pensamiento
normal no se oponen,sino que se completan. En presencia de un mundo
que ávidamente quiere comprender, pero cuyos mecanismos no alcanza
a dominar, el pensamiento normal exige a las cosas que le entreguen su
sentido, y éstas rehusan: el pensamiento llamado patológico, por el
contrario, desborda de interpretaciones y
9. «La eficacia simbólica» (capítulo 10 de este volumen).
208 MAGIA Y RELIGIÓN
resonancias afectivas, con las que está siempre dispuesto a sobrecargar
una realidad que de otro modo resulta deficitaria. Para el uno, existe lo
no verificable experimentalmente, es decir, lo exigible; para el otro,
existen experiencias sin objeto, es decir, lo disponible. Empleando la
terminología de los lingüistas, diremos que el pensamiento normal sufre
siempre de un déficit de significado, mientras que el pensamiento
llamado patológico (al menos en algunas de sus manifestaciones) dispone
de una sobreabundancia de significante. La colaboración colectiva
en la cura shamanística establece un arbitraje entre estas dos situaciones
complementarias. En el problema de la enfermedad, que el pensamiento
normal no comprende, el psicópata es invitado por el grupo a invertir
una riqueza afectiva privada por sí misma de punto de aplicación. Un
equilibrio aparece entre lo que realmente constituye, en el plano
psíquico, una oferta y una demanda, pero bajo dos condiciones: es
preciso que, por una colaboración entre la tradición colectiva y la
invención individual, se elabore y se modifique continuamente una
estructura, es decir, un sistema de oposiciones y correla ciones que
integra todos los elementos de una situación total donde hechicero,
enfermo y público, representaciones y procedimientos, hallan cada uno
su lugar. Y es preciso que, como el enfermo y como el hechicero, el
público participe, al menos en cierta medida, en la abreacción, esta
experiencia vivida de un universo de efusiones simbólicas cuyas
«iluminaciones» pueden dejarle entrever el enfermo por ser enfermo y el
hechicero por ser psicópata, es decir, porque disponen uno y otro, de
experiencias que no pueden ser integradas de otra manera. En ausencia
de todo control experimental —que no es necesario, ni siquiera
exigido—, esta sola experiencia y su relativa riqueza en cada caso es lo
que puede permitir la elección entre varios sistemas posibles y provocar
la adhesión a tal o cual escuela o practicante.10
* * *
A diferencia de la explicación científica, no se trata, pues, de referir
ciertos estados confusos y no organizados, emociones o representaciones,
a una causa objetiva, sino de, articularlos bajo forma de totalidad o
de sistema; y el sistema es válido precisamente en la medida en que
permite la precipitación o la coalescencia de estos estados difusos (y
también penosos, en razón de su discontinuidad). La conciencia confirma
este último fenómeno por una experiencia original, que no puede
ser aprendida desde fuera. Gracias a sus trastornos complementarios, la
pareja hechicero-enfermo encarna para el grupo, de manera viva y
concreta, un antagonismo que es propio a todo pensamiento, pero cuya
10. Las oportunas criticas de Michel Leiris me han llevado a precisar mi
pensamiento sobre la aproximación, hecha aquí de manera demasiado simplista,
entre hechicero y psicópata. Véase «Introduction a l'oeuvre de Marcel Mauss», en
Marcel Mauss, Sociologie et Anthropologie. París, 1950, págs. XVIII a XXIII.
EL HECHICERO Y SU MAGIA 209
expresión normal sigue siendo vaga e imprecisa: el enfermo es pasividad,
alienación de sí mismo, como lo informulable es la enfermedad
del pensamiento; el hechicero es actividad, desborde de sí mismo, como
la efectividad es la nodriza de los símbolos. La cura pone en relación
estos polos opuestos, asegura el pasaje de uno a otro y manifiesta, en
una experiencia total, la coherencia del universo, psíquico, proyección a
su vez del universo social.
Se puede ver, así, la necesidad de ampliar la noción de abreacción,
examinando los sentidos que ella adquiere en terapias psicológicas
diferentes del psicoanálisis, que tuvo el inmenso mérito de redescubrirla
y de insistir sobre su valor esencial. ¿Se dirá que, en psicoanálisis, sólo
hay una abreacción —la del enfermo —y no tres? Esto no es tan seguro.
Es verdad que, en la cura shamanística, el hechicero habla y realiza la
abreacción «para» el enfermo, el cual guarda silencio, mientras que en
psicoanálisis es el enfermo el que habla y abreacciona «contra» el
médico que lo escucha. Pero la abreacción del médico, si bien no es
concomitante con la del enfermo, no por ello es menos necesaria, puesto
que es preciso haber sido analizado para convertirse en analista. El
papel más difícil de definir es el que ambas técnicas reservan al grupo,
porque la magia readapta el grupo, por medio del enfermo, a problemas
predefinidos, mientras que el psicoanálisis readapta al enfermo al grupo,
mediante soluciones introducidas. Pero se corre el riesgo de que este
paralelismo se restablezca rápidamente, debido a la inquietante
evolución que, desde hace varios años, tiende a transformar el sistema
psicoanalítico, de cuerpo de hipótesis científicas verificables
experimentalmente en ciertos casos precisos y limitados, en una especie
de mitología difusa que compenetra la conciencia del grupo (fenómeno
objetivo que se traduce, en el psicólogo, por una tendencia subjetiva a
extender al pensamiento normal un sis tema de interpretaciones
concebido en función del pensamiento patológico, y a aplicar a hechos
de psicología colectiva un método adaptado sólo al estudio del
pensamiento individual). Entonces —tal vez ya ahora, en ciertos
países— el valor del sistema dejará de fundarse en curas reales, que
benefician a individuos aislados, para apoyarse en el sentimiento de
seguridad aportado al grupo por el mito fundador de la cura y en el
sistema popular conforme al cual, sobre esta base, resultará reconstruido
su universo.
Desde ahora, la comparación con terapias psicológicas más antiguas
y más difundidas puede estimular en el psicoanálisis reflexiones útiles
acerca de su método y sus principios. Al permitir que se amplíe sin
cesar el reclutamiento de sus pacientes, que de anormales caracterizados
pasan a ser, poco a poco, muestras representativas del grupo, el
psicoanálisis transforma sus tratamientos en conversiones; porque
únicamente el enfermo puede ser curado; el inadaptado o el inestable
sólo puede ser persuadido. Aparece así un peligro considerable: que el
tratamiento (sin que el médico, entiéndase bien, lo advierta), lejos de
210 MAGIA Y RELIGIÓN
culminar en la resolución, respetuosa siempre del contexto, de un trastorno
preciso, se reduzca a la reorganización del universo del paciente en función de
las interpretaciones psicoanaliticas. O sea que se llegaría, como término, a la
situación que proporciona su punto de partida y su posibilidad teórica al
sistema mágico-social que hemos analizado.
Si es te análisis es exacto, es necesario ver en las conductas mágicas la
respuesta a una situación que se revela a la conciencia por medio de
manifestaciones afectivas, pero cuya naturaleza profunda es intelectual.
Porque solamente la historia de la función simbólica permitiría dar cuenta de
esta condición intelectual del hombre: que el universo no significa jamás lo
bastante, y que el pensamiento dispone siempre de un exceso de
significaciones para la .cantidad de objetos a los que pueden adherirlas.
Desgarra do entre estos dos sistemas de referencias, el del significante y el del
significado, el hombre solicita del pensamiento mágico un nuevo sistema de
referencia, en cuyo seno pueden integrarse datos hasta entonces
contradictorios. Pero es sabido que este sis tema se edifica en perjuicio del
progreso del conocimiento, el cual hubiera exigido que, de los dos sistemas
anteriores, uno solo fuera cuidadosamente retenido y profundizado hasta el
punto (que estamos todavía lejos de entrever) en que permitiese la reabsorción
del otro. Sería preciso evitarle al individuo, psicópata o normal, la repetición
de ésta desventura colectiva. Aun cuando el estudio del enfermo nos ha
enseñado que todo individuo se refiere, en mayor o menor medida, a sistemas
contradictorios y que sufre este conflicto, no basta que cierta forma de
integración sea posible y prácticamente eficaz para que sea verdadera, ni para
estar seguros de que la adaptación así realizada no constituye una regresión
absoluta con respecto a la situación conflictual anterior.
Reabsorber una síntesis aberrante local mediante su integración, con las
síntesis normales, en el seno de una síntesis general pero arbitraria —fuera de
los casos críticos donde la acción se impone—, representaría una pérdida en
todos los frentes. Un cuerpo de hipótesis elementales puede presentar un valor
instrumental seguro para el practicante, sin que el análisis teórico deba
sentirse obligado a reconocer en él la imagen última de la realidad, y sin que
sea necesario tampoco unir a través suyo a médico y enfermo en una suerte de
comunión mística que no tiene el mismo sentido para uno y para otro, y que
solamente logra disolver el tratamiento en una fabulación.
En el límite extremo, sólo se solicitaría de esta fabulación un lenguaje apto
para la traducción, socialmente autorizada, de fenómenos cuya naturaleza
profunda se habría vuelto igualmente impenetrable para el grupo, para el
enfermo y para el mago.
CAPÍTULO 10
LA EFICACIA SIMBÓLICA1
El primer gran texto mágico-religioso conocido en el área de las culturas
sudamericanas, publicado por Wassen y Holmer, arroja nueva luz sobre
ciertos aspectos de la cura shamanística, y plantea proble mas de interpretación
teórica que el excelente comentario de los editores está lejos de agotar.
Quisiéramos retomar aquí este examen, no en la perspectiva lingüística o
americanista en que el texto ha sido preferentemente estudiado,2 sino con el
objeto de extraer consecuencias más generales.
Se trata de un largo encantamiento, cuya versión indígena ocupa dieciocho
páginas divididas en quinientos treinta y cinco versículos, recogida de un viejo
informante de su tribu por el indio cuna Guillermo Haya. Es sabido que los
cuna habitan el territorio de la República de Panamá, y que el recordado
Erland Nordenskiöld les consagró particular atención; había llegado inclusive
a formar colaboradores entre los indígenas. En el caso que nos interesa,
después de la muerte de Nordenskiöld, Haya hizo llegar a su sucesor, el doctor
Wassen, un texto redactado en la lengua original y acompañado de una
traducción española. Holmer dedicó todos sus cuidados a la revisión de la
misma.
El objeto del canto es ayudar en un parto difícil. Es de un empleo
relativamente excepcional, porque las mujeres indígenas de la América
Central y del Sur dan a luz más fácilmente que las de las sociedades
occidentales. La intervención del shamán es, pues, rara y se produce en caso
de dificultades, a requerimiento de la partera. El canto se inicia con una
descripción de la confusión de esta última, describe su visita al shamán, la
partida de éste hacia la choza de la parturienta, su llegada, sus preparativos,
consistentes en fumigaciones de granos dé cacao quemados, invocaciones y la
confección de imágenes sagradas o nuchu. Estás imágenes, esculpidas en
materiales prescritos que les otorgan eficacia, representan los espíritus
protectores que el
1. Este artículo, dedicado a Raymond de Saussure, ha sido publicado con
igual título en Revue de 1'Histoire des Religions. t. 135, n. 1, 1949, págs, 5-27.
2, Nils M. Holmer y Henry Wassen, Mu-lgala or the Way of Muu, a medicine
song from the Cunas of Panama, Göteborg, 1947,
212 MAGIA Y RELIGIÓN
shamán convierte en sus asistentes y cuyo grupo encabeza conduciéndolos
hasta la mansión de Muu, la potencia responsable de la formación
del feto. El parto difícil se explica, en efecto, como debido a que
Muu ha sobrepasado sus atribuciones y se ha apoderado del purba o
«alma» de la futura madre. El canto consiste entonces enteramente en
una búsqueda: búsqueda del purba perdido, que será restituido tras
grandes peripecias, tales como demolición de obstáculos, victoria sobre
animales feroces y finalmente un gran torneo librado entre el shamán
y sus espíritus protectores por un lado, y Muu y sus hijas por otro,
con ayuda de sombreros mágicos cuyo peso estos últimos son incapaces
de soportar. Vencida, Muu deja que se descubra y libere el purba
de la enferma; el parto tiene lugar, y el canto concluye enunciando las
precauciones tomadas para que Muu no escape en persecución de los
visitantes. El combate no ha sido librado contra la misma Muu, indispensable
para la procreación, sino tan sólo contra sus abusos; una
vez corregidos éstos, las relaciones se vuelven amistosas, y el adiós de
Muu al shamán equivale casi a una invitación: «Amigo nele, ¿cuándo
volverás a verme?» (412).
Hemos vertido aquí el término nele como shamán, lo cual podría
considerarse incorrecto, puesto que la cura no parece exigir, por parte
del oficiante, un éxtasis o el paso a un estado secundario. El humo del
cacao, sin embargo, tiene por principal finalidad «fortificar sus vestimentas
» y «fortificarlo» también a él, «infundirle bravura para afrontar
a Muu» (65-66). La clasificación cuna, que distingue entre varios tipos
de médicos, pone claramente de manifiesto que el poder del nele se
alimenta en fuentes sobrenaturales. Los médicos indígenas se dividen
en nele, inatuledi y absogedi. Estas últimas funciones se refieren a un
conocimiento de los cantos y remedios, adquirido por el estudio y
verificado en los exámenes; mientras que el talento del nele es considerado
innato y consiste en una clarividencia que descubre inmedia -
tamente la causa de la enfermedad, es decir, el lugar cuyas fuerzas
vitales, especiales o generales, han sido secuestradas por los malos
espíritus. Porque el nele puede movilizar a estos malos espíritus y hacerlos
sus protectores o sus asistentes.3 Se trata, entonces, de un shamán,
aun cuando su intervención en el parto no ofrezca todos los
caracteres que acompañan habitualmente a esta función. Y los nuchu,
espíritus protectores que ante el llamado del shamán acuden a encarnarse
en las estatuillas que éste ha esculpido, reciben de él, junto con
la invisibilidad y la clarividencia, los niga, «vitalidad», «resistencia»4
que los convierte en nelegan (plural de nele), es decir, «para el servicio
de los hombres», «seres a imagen de los hombres» (235-237), pero dotados
de poderes excepcionales.
3. E. Nordenskiöld, Art Historical and Ethnological Survey of the Cuna Indians,
editado ... por Henry Wassen (Comparative Ethnographical Studies, 10).
Göteborg, 1938, págs. 80 y sigs.
4. Idem, págs. 360 y sigs.; Holmer y Wassen, loc. cit., págs. 78-79.
LA EFICACIA SIMBÓLICA 213
Tal como lo hemos resumido brevemente, el canto parece ofrecer
un modelo bastante trivial: el enfermo sufre porque ha perdido su
doble espiritual o, para ser más exactos, uno de los dobles particula -
res cuyo conjunto constituye su fuerza vital (volveremos sobre este
punto); el shamán, asistido por sus espíritus protectores, emprende
un viaje al mundo sobrenatural para arrebatar al espíritu maligno el
doble que ha sido capturado y, restituyéndolo a su propietario, asegura
la curación. El interés excepcional de nuestro texto no reside en este
cuadro formal, sino en el descubrimiento —que se desprende de la
lectura, pero por el cual de todos modos Holmer y Wassen merecen
homenaje— de que Mu-Igala, es decir, la «ruta de Muu» y la mansión
de Muu, no son para el pensamiento indígena un itinerario y una
morada míticos, sino que representan literalmente la vagina y el útero
de la mujer embarazada, que el shamán y los nuchu exploran y en
cuyas profundidades libran su combate victorioso.
Esta interpretación se funda en primer lugar en un análisis de la
noción de purba. El purba es un principio espiritual diferente del niga
que hemos definido más arriba. A la inversa del primero, el segundo
no puede ser arrebatado a su poseedor, y sólo los seres humanos y los
animales tienen niga. Una planta, una piedra, tienen un purba pero
no tienen niga: lo mismo vale para el cadáver, y en el niño el niga se
desarrolla únicamente con la edad. Parece posible entonces, sin demasiada
inexactitud, verter niga como «fuerza vital» y purba como
«doble» o «alma», entendiendo que estas palabras no implican una
distinción entre lo animado y lo inanimado (para los cuna todo es
animado), sino que corresponden más bien a la noción platónica de
«idea» o «arquetipo», cuya realización sensible es cada ser u objeto
particular.
Ahora bien, la enferma de nuestro canto ha perdido algo más que
su purba; el texto indígena describe su fiebre, «cálidas ropas de la
enfermedad» (I y passim), y una pérdida o debilitamiento de la vista,
«extraviada... adormecida en el sendero de Muu Puklip» (97); y sobre
todo, ella dice al shamán que la interroga: «Muu Puklip ha venido
hacia mí, y quiere guardar mi nigapurbalele para siempre» (98), Holmer
propone traducir niga por fuerza física y purba (lele) por alma
o esencia, de donde: «el alma de su vida».5 Tal vez sería arriesgar
demasiado sugerir que el niga, atributo del ser vivo, resulta de la existencia,
en éste, no de uno sino de varios purba funcionalmente unidos.
Sin embargo, cada parte del cuerpo tiene su purba particular, y el
niga parece ser, en el plano espiritual, el equivalente de la noción de
organismo: del mismo modo que la vida resulta del acuerdo de los
órganos, la «fuerza vital» no sería otra cosa que el concurso armonioso
de todos los purba, cada uno de los cuales preside el funcionamiento
de un órgano en particular.
5. Loc. cit., pág. 38, n. 44.
214 MAGIA Y RELIGIÓN
El shamán, en efecto, no recupera solamente el niga purbalele: este
descubrimiento es seguido inmediatamente por el descubrimiento, situado
en el mismo plano, de otros purba, los correspondientes al corazón,
los huesos, los dientes, los cabellos, las uñas, los pies (401-408
y 435-442). Puede sorprender que el purba que gobierna los órganos
más afectados, los de la generación, no aparezca en esta lista. Es que
el purba del útero, como lo han subrayado los editores, no es considerado
una víctima, sino el responsable del trastorno patológico. Muu
y sus hijas, las muugan, son, como lo había ya indicado Nordenskiöld,
las fuerzas que presiden el desenvolvimiento del feto y le confieren
sus kurngin o capacidades.6 Ahora bien, el texto no hace ninguna referencia
a esas atribuciones positivas. Muu aparece allí como autora de
perturbación, como un «alma» especial que ha capturado y paralizado
a las otras «almas» especiales y destruido así el concurso que garantizaba
la integridad del «cuerpo principal» (cuerpo jefe en español,
430, 435), del cual extraía su niga. Pero, al mismo tiempo, Muu debe
permanecer en su lugar: porque la expedición liberadora de los purba
amenaza provocar la evasión de Muu por el camino que permanece
abierto provisionalmente. De ahí las precauciones cuya detallada descripción
ocupa la última parte del canto. El shamán moviliza a los
Señores de los animales feroces para vigilar el camino, se borran las
huellas, se tienden hilos de oro y de plata, y durante cuatro días los
nelegan velan y golpean con sus bastones (505-535). Muu no es entonces
una fuerza fundamentalmente mala, sino una fuerza descarriada.
El parto difícil se explica porque el «alma» del útero ha apartado
todas las otras «almas» de las diferentes partes del cuerpo. Una vez
liberadas éstas, aquélla puede y debe reanudar su colaboración. Subrayemos
desde ahora la precisión con que la ideología indígena conforma
el contenido afectivo de la perturbación fisiológica, tal como ésta puede
aparecer, de manera informulada, en la conciencia de la enferma.
Para llegar hasta Muu, el shamán y sus asistentes deben seguir
una ruta, «el camino de Muu», que las múltiples alusiones del texto
permiten identificar de igual manera. Cuando el shamán, en cuclillas
bajo la hamaca de la enferma, ha terminado de esculpir los nuchu,
éstos se incorporan «a la entrada del camino» (72, 83) y el shamán los
exhorta en estos términos:
La enferma yace en su hamaca, ante vosotros;
su blanco tejido está extendido, su blanco tejido se mueve dulcemente.
El débil cuerpo de la enferma está extendido;
cuando ellos despejan el camino de Muu, éste chorrea algo como
sangre;
el chorro se derrama bajo la hamaca, como la sangre, todo rojo;
el blanco tejido interno desciende hasta el fondo de la tierra;
6. E. Nordenskiöld, loc. cit., págs. 364 y sigs.
LA EFICACIA SIMBÓLICA 215
en medio del blanco tejido de la mujer, un ser humano desciende
(84-90).
Los traductores dan el sentido de las dos últimas frases corno
dudoso; pero remiten al mismo tiempo a otro texto indígena publicado
por Nordenskiöld, que no deja subsistir ningún equívoco acerca
de la identificación del «blanco tejido interno» con la vulva:
sibugua molul arkaali
blanca tela abriendo
sibugua molul akinnali
blanca tela extendiendo
sibugua molul abalase tulapurua ekuanali
blanca tela centro feto caer haciendo7
El oscuro «camino de Muu», ensangrentado por el parto difícil,
y que los nuchu deben reconocer al resplandor de sus vestimentas y
sombreros mágicos es, pues, incontestablemente, la vagina de la enferma.
Y la «morada de Muu», la «fuente turbia» donde ella tiene
su mansión, corresponde sin duda al útero, porque el informador indígena
comenta el nombre de esta morada, Amukkapiryawila, por omegan
purba amurrequedi, «la turbia menstruación de las mujeres», llamada
también «la profunda, sombría fuente» (250-251) y «el sombrío
lugar interior» (32).8
Nuestro texto ofrece, pues, una característica original, que le otorga
merecidamente un lugar especial entre las curas shamanísticas descritas
habitualmente. Estas corresponden a tres tipos, que por otra
parte no se excluyen mutuamente: o bien el órgano o el miembro
enfermo es sometido a una manipulación física o a una succión, que
tiene por objeto extraer la causa de la enfermedad, generalmente
una espina, un cristal, una pluma, que se hace aparecer en el momento
oportuno (América tropical, Australia, Alaska); o bien, como entre los
araucanos, la cura se concentra en un combate simulado, librado
primero en la choza y luego a cielo abierto, contra los espíritus perjudiciales;
o bien —como por ejemplo entre los navajos—-, el oficiante
pronuncia encantamientos y prescribe operaciones (colocación del enfermo
sobre distintas partes de una pintura t razada sobre el suelo
con arenas y pólenes coloreados), que no tienen relación directa perceptible
con la perturbación especial que se trata de curar. Ahora
bien, en todos los casos el método terapéutico (que, como se sabe,
resulta a menudo eficaz) es difícil de interpretar: cuando está dirigido
7. Nordenskiöld, loc. cit., págs. 607-608; Holmer y Wassen, loc. cit., pág. 38,
n. 35-39. [En castellano en el original. (T.)]
8. La traducción de ti ipya como «torbellino» [tourbillon] parece forzada. Para
ciertos indígenas sudamericanos, como por lo demás para las lenguas ibéricas (véase
el portugués olho d'agua), un «ojo de agua» es una fuente.
216 MAGIA Y RELIGIÓN
directamente a la parte enferma, es bastante superficial (y en general,
pura superchería) como para reconocerle un valor intrínseco;
y cuando consiste en la repetición de un ritual a menudo muy
abstracto, no se alcanza a comprender su influencia sobre la enfermedad.
Resulta cómodo desembarazarse de estas dificultades decla -
rando que se trata de curas psicológicas. Pero este término carecerá
de sentido en tanto no se defina la manera cómo determinadas representaciones
psicológicas son invocadas para combatir perturbaciones
fisiológicas, igualmente bien definidas. Ahora bien, el texto que hemos
analizado aporta una contribución excepcional a la solución del problema.
Constituye una medicación puramente psicológica, puesto que
el shamán no toca el cuerpo de la enferma y no le administra remedio;
pero, al mismo tiempo, pone en discusión en forma directa y explícita
el estado patológico y su localización: diríamos gustosos que el canto
constituye una manipulación psicológica del órgano enfermo, y que de
esta manipulación se espera la cura.
* * *
Comencemos por establecer la realidad y los caracteres de esta
manipulación; buscaremos después cuáles pueden ser su objetivo y
su eficacia. Sorprende, en primer lugar, que el canto, cuyo tema es
una lucha dramática entre espíritus benefactores y espíritus malignos
por la reconquista de un «alma», consagre un espacio tan reducido a
la acción propiamente dicha: sobre dieciocho páginas de texto, el
torneo ocupa menos de una y la entrevista con Muu Puklip no más de
dos. Por el contrario, los preliminares están muy desarrollados y la
descripción de los preparativos, del equipamiento de los nuchu, del
itinerario y de los lugares, se tratan con una gran riqueza de detalles.
Tal es el caso, al comienzo, de la visita de la partera al shamán: la
conversación de la enferma con la primera, luego de ésta con el
segundo, es reproducida dos veces, porque cada interlocutor repite
exactamente la frase del otro antes de responderle:
La enferma dice a la partera: «En verdad, estoy vestida con las cálidas
ropas de la enfermedad»;
La partera responde a la enferma: «Estás, en verdad, vestida con las
cálidas ropas de la enfermedad, así te he escuchado yo también
» (1-2).
Se puede argüir9 que este procedimiento estilístico es corriente
entre los cuna y que se explica por la necesidad, que tienen los pueblos
limitados a la tradición oral, de fijar exactamente en la memoria
lo que ha sido dicho. Y sin embargo, el procedimiento no se aplica
sólo a las palabras, sino también a las acciones:
9. Holmer y Wassen, loc. cit,, págs. 65-66.
LA EFICACIA SIMBÓLICA 217
La partera da una vuelta en la choza;
la partera busca perlas;
la partera da una vuelta;
la partera coloca un pie delante del otro;
la partera toca el suelo con el pie;
la partera pone delante el otro pie;
la partera abre la puerta de su choza; la puerta de su choza cruje;
la partera sale... (7-14).
Esta descripción minuciosa de una salida se repite en la llegada
a casa del shamán, en el retorno a casa de la enferma, en la partida
del shamán y en la llegada de este último; a veces, la misma descripción
es repetida dos veces en iguales términos (37-39 y 45-47 reproducen
33-35). La cura comienza, pues, por una historia de los acontecimientos
que la han precedido, y ciertos aspectos que podrían pa -
recer secundarios («entradas» y «salidas») son tratados con gran lujo
de detalles, como si estuvieran, por decirlo así, filmados con cámara
lenta. Esta técnica puede encontrarse en el conjunto del texto, pero
en ninguna otra parte se la aplica en forma tan sistemática como al
comienzo y para describir detalles de interés retrospectivo.
Todo pasa como si el oficiante tratara de conseguir que una enferma
cuya atención a lo real se encuentra sin duda disminuida —y
exacerbada su sensibilidad— debido al sufrimiento, reviva de una
manera muy precisa y muy intensa una situación inicial y perciba
mentalmente los menores detalles. En efecto, esta situación introduce
una serie de acontecimientos, cuyo teatro supuesto estará constituido
por el cuerpo y los órganos internos de la enferma. Se va a pasar,
pues, de la realidad más trivial al mito, del universo físico al universo
fisiológico, del mundo exterior al cuerpo interior. Y el mito que se
desarrolle en el cuerpo interior deberá conservar la misma vivacidad,
el mismo carácter de experiencia vivida, cuyas condiciones habrá im -
puesto el shamán con ayuda del estado patológico y mediante una
técnica obsesionante apropiada.
Las diez páginas que siguen ofrecen, a un ritmo jadeante, una oscilación
cada vez más rápida entre los temas míticos y los temas fisiológicos,
como si se tratara de abolir en el espíritu de la enferma la
distinción que los separa y volver imposible la diferenciación de sus
atributos respectivos. A las imágenes de la mujer yacente en su ha -
maca o en la posición obstétrica indígena —rodillas separadas y cara
vuelta hacia el este—, gimiente, perdiendo sangre, la vulva dilatada y
agitada (84-92, 123-124, 134-135, 152, 158, 173, 177-178, 202-204), siguen
las invocaciones nominales a los espíritus: los de las bebidas alcohólicas,
los del viento, las aguas y los bosques e inclusive —precioso
testimonio de la plasticidad del mito— el del «paquebote plateado del
hombre blanco» (187). Los temas convergen: como la enferma, los
nuchu gotean, chorrean sangre, y los dolores de la enferma adquieren
proporciones cósmicas: «Su blanco tejido interno se extiende hasta
218 MAGIA Y RELIGIÓN
el seno de la tierra... hasta el seno de la tierra, sus exudaciones forman
un charco, todo como de sangre, todo rojo» (89, 92). Al mismo tiempo,
cada espíritu, cuando aparece, es objeto de una atenta descripción, y
el equipo mágico que recibe del shamán es detallado largamente:
perlas negras, perlas color de fuego, perlas sombrías, perlas redondas,
huesos de jaguar, huesos redondeados, huesos de la garganta y muchos
otros huesos, collares de plata, huesos de tatú, huesos del pájaro kerkettoli,
huesos de pico-verde, huesos para hacer flautas, perlas de plata
(104-118); luego se reanuda la movilización general, como si estas garantías
fueran todavía insuficientes y como si todas las fuerzas conocidas
o desconocidas de la enferma debieran ser reunidas para la
invasión (119-229).
Pero estamos tan poco abandonados en el mundo del mito que
la penetración de la vagina, por mítica que ella sea, es propuesta
a la enferma en términos concretos y conocidos. En dos oportunidades,
por otra parte, muu designa directamente el útero y no el principio
espiritual que gobierna su actividad («el muu de la enferma»,
204, 453 ).10 Aquí son los nelegan quienes, para introducirse en el camino
de Muu, asumen la apariencia y las maniobras del pene en
erección:
Los sombreros de los nelegan brillan, los sombreros de los nelegan
se vuelven blancos; los nelegan se vuelven lisos y bajos (?),
como si fueran puntas, derechos;
los nelegan comienzan a ser aterradores (?), los nelegan se vuelven
todos aterradores (?);
para salvar el nigapurbalele de la enferma (230-233);
y más abajo:
Los nelegan se dirigen hacia lo alto de la hamaca, balanceándose,
van hacia lo alto, como nusupane (239).11
La técnica del relato busca, pues, restituir una experiencia real;
el mito se limita a sustituir a los protagonistas. Estos penetran en el
orificio natural, y puede imaginarse que, tras toda esta preparación
psicológica, la enferma los siente efectivamente penetrar. No sólo ésta
los siente; ellos «despejan» —para sí mismos, sin duda, y para encontrar
el camino que buscan, pero también para ella, para hacerle
«clara» y accesible al pensamiento consciente la sede de sensaciones
inefables y dolorosas— el camino que se disponen a recorrer:
10. Holmer y Wassen, pág. 45, n. 219; pág. 57, n. 539.
11. Los signos de interrogación son del traductor; nusupane, de nusu «ver», comúnmente
empleado por «pene» (véase Holmer y Wassen, pág. 47, n. 280; pág. 57,
n. 540 y pág. 82).
LA EFICACIA SIMBÓLICA 219
Los nelegan colocan una buena visión en la enferma, los nelegan
abren ojos luminosos en la enferma... (238).
Y esta «visión iluminante», para parafrasear una fórmula del texto,
les permite detallar un itinerario complicado, verdadera anatomía
mítica que corresponde menos a la estructura real de los órganos
genitales que a una suerte de geografía afectiva, que identifica cada
punto de resistencia y cada dolor:
Los nelegan se ponen en camino, los nelegan marchan en fila a lo
largo del sendero de Muu, tan lejos como la Baja Montaña;
los n., etcétera, tan lejos como la Corta Montaña;
los n., etcétera, tan lejos como la Larga Montaña;
los n., etcétera, tan lejos como Yala Pokuna Yala (no traducido);
los n., etcétera, tan lejos como Yda Akkawatallekun Yala (ídem);
los n., etcétera, tan lejos como Yala Ilamisuikun Yala (ídem);
los n., etcétera, hasta el centro de la Lisa Montaña;
los nelegan se ponen en camino, los nelegan marchan en fila a lo
largo del sendero de Muu (241-248).
El cuadro del mundo uterino, poblado de monstruos fantásticos
y animales feroces, puede ser interpretado de la misma manera, confirmada
directamente, además, por el informante indígena: son, dice
éste, «los animales que acrecientan los males de la mujer parturienta»,
es decir, los dolores mismos personificados. Y aquí también el canto
parece tener por objeto principal el de describirlos a la enferma y
nombrárselos, de presentárselos bajo una forma que pueda ser aprehendida
por el pensamiento consciente o inconsciente: Tío Yacaré,
que se mueve hacia aquí y hacia allá, con sus ojos protuberantes, su
cuerpo sinuoso y manchado, agachándose y agitando la cola; Tío Yacaré
Tiikwalele, de cuerpo lustroso, que agita sus aletas brillantes,
aletas que invaden el lugar, lo rechazan todo, lo arrastran todo; Nele
Ki(k)kirpanalele, el Pulpo, cuyos tentáculos viscosos salen y entran
alternativamente, y todavía muchos otros: Aquel-cuyo-sombrero-eshúmedo,
Aquel-cuyo-sombrero-es-rojo, Aquel-cuyo-sombrero-es-multicolor,
etcétera; y los animales guardianes: el Tigre-negro; el Anima l-rojo;
el Animal-bicolor, el Animal-color-de-polvo; atado cada uno con una
cadena de hierro, la lengua pendiente, la lengua saliente, babeante,
espumosa, la cola flameante, los dientes amenazantes y despedazándolo
todo, «todo como la sangre, todo rojo» (253-298).
Para penetrar en este infierno a lo Jerónimo Bosch y encontrar
a su propietario, los nelegan tienen todavía otros obstáculos que vencer,
esta vez materiales: fibras, cuerdas flotantes, hilos tendidos, cortinas
sucesivas: color de arco iris, doradas, plateadas, rojas, negras,
castañas, azules, blancas, vermiformes, «como corbatas», amarillas,
retorcidas, espesas (305-330), y con este fin el shamán pide refuerzos:
los Señores-de-los-animales-taladradores-de-bosques, que deberán «cor220
MAGIA Y RELIGIÓN
tar, juntar, enrollar, reducir» los hilos, en los que Holmer y Wassen reconocen
las paredes mucosas del útero. 12
La invasión sigue a la caída de estos últimos obstáculos, y es aquí
donde tiene lugar el torneo de los sombreros, cuyo análisis nos llevaría
demasiado lejos del propósito inmediato de este estudio. Tras la liberación
del nigapurbalele viene el descenso, tan peligroso como el ascenso:
porque el objetivo de toda la empresa es provocar el parto,
es decir, precisamente un descenso difíc il. El shamán recuenta sus
fuerzas y anima a su tropa, pero necesita todavía pedir ayuda: los
«abridores de ruta», Señores-de-los-animales-cavadores, tales como el
tatú. Se exhorta al niga a dirigirse hacia el orificio:
Tu cuerpo yace ante ti, en la hamaca;
su blanco tejido está extendido;
su blanco tejido interno se mueve dulcemente;
tu enferma yace ante ti, creyendo que ha perdido la vista.
En su cuerpo, ellos colocan nuevamente su nigapurbalele (430-435).
El episodio que sigue es oscuro: se diría que la enferma no está
aún curada. El shamán parte a la montaña con las gentes de la aldea
para recoger plantas medicinales, y repite su ofensiva en una nueva
forma: es él esta vez quien, imitando el pene, penetra en la «abertura
de Muu» y se agita allí «como nusupane..., limpiando y secando completamente
el lugar interior» (453-454). El empleo de astringentes, sin
embargo, sugiere que el parto ha tenido lugar. En fin, antes del relato
de las precauciones tomadas para prevenir la evasión de Muu, que ya
hemos descrito, se encuentra una llamada a un pueblo de arqueros.
Como éstos tienen por misión levantar una nube de polvo «para oscurecer
el camino de Muu» (464) y montar guardia en todos los caminos
de Muu, desvíos y atajos (468), su intervención corresponde también,
sin duda, a la conclusión.
Tal vez el episodio anterior se refiere a una segunda técnica de
cura, mediante manipulación de los órganos y administración de remedios;
tal vez, por el contrarío, es un paralelo, en forma igualmente
metafórica, del primer viaje, desarrollado de manera más completa
en nuestra versión. Habría, así, dos ofensivas lanzadas en auxilio de la
enferma, apoyada una en una mitología psicofisiológica, la otra en una
mitología psicosocial indicada por la llamada a los habitantes de la
aldea, que habría quedado en estado de esbozo. Sea como fuere, es
preciso señalar que el canto concluye después del parto, así corno
había comenzado antes de la cura: los acontecimientos anteriores y
posteriores son cuidadosamente relatados. Se trata, en efecto, de construir
un conjunto sistemático. La cura debe ser «cerrada con cerrojo»
mediante procedimientos minuciosos y no sólo contra las veleidades
elusivas de Muu: su eficacia estaría comprometida si antes de que
12. Loc, cit., pág. 85.
LA EFICACIA SIMBÓLICA 221
pudieran esperarse sus resultados no presentara a la enferma un desenlace,
es decir, una situación en la que todos los protagonistas han
recobrado su lugar y se han reincorporado a un orden sobre el cual
no pesa ya ninguna amenaza.
* * *
La cura consistiría, pues, en volver pensable una situación dada
al comienzo en términos afectivos, y hacer aceptables para el espíritu
los dolores que el cuerpo se rehusa a tolerar. Que la mitología del
shamán no corresponde a una realidad objetiva carece de importancia:
la enferma cree en esa realidad, y es miembro de una sociedad que
también cree en ella. Los espíritus protectores y los espíritus malignos,
los monstruos sobrenaturales y los animales mágicos forman
parte de un sistema coherente que funda la concepción indígena del
universo. La enferma los acepta o, mejor, ella jamás los ha puesto
en duda. Lo que no acepta son dolores incoherentes y arbitrarios
que, ellos sí, constituyen un elemento extraño a su sistema, pero que
gracias al mito el shamán va a colocar de nuevo en un conjunto donde
todo tiene sustentación.
Pero la enferma, al comprender, hace algo más que resignarse:
se cura. Y sin embargo nada semejante se produce en nuestros enfermos,
cuando se les ha explicado la causa de sus desórdenes invocando
secreciones, microbios o virus. Se nos acusará de emplear una
paradoja, si respondemos que la razón estriba en que los microbios
existen y que los monstruos no existen. Pero la relación entre microbio
y enfermedad es exterior al espíritu del paciente, es de causa a
efecto, mientras que la relación entre monstruo y enfermedad es
interior a su espíritu, consciente o inconsciente: es una relación de
símbolo a cosa simbolizada o, para emplear el vocabulario de los lingüistas,
de significante a significado. El shamán proporciona a la
enferma un lenguaje en el cual se pueden expresar inmediatamente
estados informulados e informulables de otro modo. Y es el paso a
esta expresión verbal (que permite, al mismo tiempo, vivir bajo una
forma ordenada e inteligible una experiencia actual que, sin ello, sería
anárquica e inefable) lo que provoca el desbloqueo del proceso fisiológico,
es decir la reorganización, en un sentido favorable, de la secuencia
cuyo desarrollo sufre la enferma.
A este respecto, la cura shamanística está a medio camino entre
nuestra medicina orgánica y las terapéuticas psicológicas como el psicoanálisis.
Su originalidad proviene de que aplica a una perturbación
orgánica un método muy semejante al de estas últimas. ¿Cómo es
posible este resultado? Una comparación más estrecha entre shama -
nismo y psicoanálisis (comparación que no comporta, en nuestra intención,
ninguna descortesía para con este último) permitirá precisar
este punto.
222 MAGIA Y RELIGIÓN
En ambos casos, el propósito es llevar a la conciencia conflictos
y resistencias que han permanecido hasta ese momento inconscientes,
ya sea en razón de su represión por obra de otras fuerzas psicológicas,
ya sea —como en el caso del parto— a causa de su naturaleza
propia, que no es psíquica sino orgánica, o inclusive simplemente
mecánica. También en ambos casos, los conflictos y resistencias se
disuelven, no debido al conocimiento, real o supuesto, que la enferma
adquiere progresivamente, sino porque este conocimiento hace posible
una experiencia específica en cuyo transcurso los conflictos se
reactualizan en un orden y en un plano que permiten su libre desenvolvimiento
y conducen a su desenlace. Esta experiencia vivida recibe,
en psicoanálisis, el nombre de abreacción. Es sabido que tiene por
condición la intervención no provocada del analista, quien surge en
los conflictos del enfermo, por el doble mecanismo de la transferencia,
como un protagonista de carne y hueso, con referencia al cual el
enfermo puede restablecer y explicitar una situación inicial que había
permanecido informulada.
Todos estos caracteres se encuentran en la cura shamanística. En
ella se trata también de suscitar una experiencia y, en la medida en
que esta experiencia se organiza, ciertos mecanismos colocados fuera
del control del sujeto se regulan espontáneamente para llegar a un
funcionamiento ordenado. El shamán tiene el mismo doble papel que
desempeña el psicoanalista: un primer papel —de oyente para el psicoanalista,
de orador para el shamán—- establece una relación inmediata
con la conciencia (y mediata con el inconsciente) del enfermo.
Es el papel del encantamiento propiamente dicho. Pero el shamán
no se limita a proferir el encantamiento: es su héroe, porque es él
mismo quien penetra en los órganos amenazados a la cabeza del batallón
sobrenatural de los espíritus y quien libera el alma cautiva. En
este sentido el shamán se encarna, como el psicoanalista objeto de la
transferencia, para convertirse, gracias a las representaciones inducidas
en el espíritu del enfermo, en el protagonista real del conflicto
que este último experimenta a medio camino entre el mundo orgánico
y el mundo psíquico. El enfermo neurótico acaba con un mito
individual al oponerse a un psicoanalista real; la parturienta indígena
vence un desorden orgánico verdadero, identificándose con un shamán
míticamente transpuesto.
El paralelismo, pues, no excluye diferencias. Esto no debe sorprender
si se toma en cuenta el carácter del trastorno que se trata
de curar: psíquico en un caso, orgánico en el otro. En realidad, la
cura shamanística parece ser un equivalente exacto de la cura psicoanalítica,
pero con una inversión de todos los términos. Ambas buscan
provocar una experiencia, y ambas lo consiguen reconstruyendo
un mito que el enfermo debe vivir o revivir. Pero, en un caso, se
trata de un mito individual que el enfermo elabora con ayuda de ele -
mentos extraídos de su pasado; en el otro, de un mito social, que el
LA EFICACIA SIMBÓLICA 223
enfermo recibe del exterior y que no corresponde a un estado personal
antiguo. Para preparar la abreacción, que se convierte entonces en
una «adreacción», el psicoanalista escucha, mientras que el shamán
habla. Mejor aún: cuando las transferencias se organizan, el enfermo
hace hablar al psicoanalista atribuyéndole supuestos sentimientos e
intenciones; por el contrario, en el encantamiento, el shamán habla
por su enferma. La interroga y pone en su boca réplicas correspondientes
a la interpretación de su estado con la cual ella debe compenetrarse:
Mi vista se ha extraviado, se ha dormido en el camino de Muu Puklip;
es Muu Puklip quien ha venido hacia mí. Ella puede tomar mi nigapurbalele;
Muu Nauryaiti ha venido hacia mí. Ella quiere apoderarse de mi nigapurbalele
para siempre; etcétera (97-101).
Y sin embargo, la semejanza se vuelve aún más sorprendente
cuando se compara el método del shamán con ciertas terapéuticas
de aparición reciente, derivadas del psicoanálisis. Desoille había ya
señalado, en sus trabajos sobre las ensoñaciones diurnas, que la perturbación
psicopatológica solamente es accesible al lenguaje de los
símbolos. El habla, pues, a sus enfermos mediante símbolos, pero
éstos son todavía metáforas verbales. En un trabajo más reciente,
que nosotros no conocíamos en el momento en que comenzábamos
este estudio, la señora Sechehaye va mucho más lejos 13 y, en nuestra
opinión, los resultados que ella ha obtenido en el tratamiento de un
caso de esquizofrenia considerado incurable, confirman plenamente los
puntos de vista expuestos acerca de las relaciones entre el psicoanálisis
y el shamanismo. Porque la señora Sechehaye ha comprendido
que el discurso, por simbólico que pueda ser, chocaba todavía con la
barrera de lo consciente, y que sólo por medio de actos podía ella
llegar a los complejos demasiado profundos. Para resolver un complejo
de destete, la psicoanalista debe entonces asumir una posición
materna realizada, no por una reproducción literal de la conducta
correspondiente, sino a fuerza de actos discontinuos, si cabe decirlo
así, cada uno de los cuales simboliza un elemento fundamental de esta
situación: por ejemplo, el contacto de la mejilla de la enferma con
el seno de la psicoanalista. La carga simbólica de tales actos les permite
constituir un lenguaje: en realidad, el médico dialoga con su
paciente no mediante la palabra, sino mediante operaciones concretas,
verdaderos ritos que atraviesan la pantalla de la conciencia sin
encontrar obstáculo, para aportar directamente su mensaje al inconsciente.
13. M. A, Sechehaye, La réalisation symbolique (suplemento n. 12 de la Revue
Suisse de Psychologie et de Psychologie Appliquée), Berna, 1947.
224 MAGIA Y RELIGIÓN
Encontramos nuevamente entonces la noción de manipulación, que
nos había parecido esencial para comprender la cura shamanística,
pero cuya definición tradicional, como vemos, debe ser considerable -
mente ampliada: porque se traía ya de una manipulación de las ideas,
ya de una manipulación de los órganos. La condición común es que
se efectúe por medio de símbolos, es decir, de equivalentes significativos
del significado, correspondientes a un orden de realidad distinto
del de este último. Los gestos de la señora Sechehaye resuenan en el
espíritu inconsciente de su esquizofrénica como las representaciones
evocadas por el shamán determinan una modificación de las funciones
orgánicas de la parturienta. Las labores se encuentran bloqueadas
al comienzo del canto, el alumbramiento se produce al final, y los
progresos del parto se reflejan en las etapas sucesivas del mito: la
primera penetración de la vagina por los nelegan se hace en fila
india (241) y, como se trata de una ascensión, con ayuda de los prestigiosos
sombreros que abren e iluminan el paso. Cuando llega el
momento del regreso (que corresponde a la segunda etapa del mito,
pero a la primera etapa del proceso fisiológico, puesto que se trata
de hacer descender a la criatura), la atención se desplaza a los píes:
se señala que los nelegan llevan zapatos (494-496). En el momento en
que invaden la morada de Muu, ya no marchan en fila, sino «cuatro
en fondo» (388); y para salir de nuevo al aire libre, marchan «todos
en un frente» (248). Sin duda esta transformación de los detalles del
mito tiene por objeto despertar una reacción orgánica correspondiente;
pero la enferma no podría hacerla suya como experiencia si no se
acompaña de un progreso real de la dilatación. Es la eficacia simbólica
la que garantiza la armonía del paralelismo entre mito y operaciones.
Y mito y operaciones forman un par en el cual volvemos a
encontrar otra vez el dualismo del enfermo y el médico. En la cura
de la esquizofrenia, el médico cumple las operaciones y el enfermo
produce su mito; en la cura shamanística, el médico proporciona el
mito y el enfermo cumple las operaciones.
* * *
La analogía entre ambos métodos sería aún más completa si pudiera
admitirse, como Freud parece haberlo sugerido en dos oportunidades,
14 que la descripción en términos psicológicos de la estructura
de las psicosis y las neurosis debe desaparecer un día ante una
concepción fisiológica e inclusive bioquímica. Esta eventualidad podría
hallarse más próxima de lo que parece, puesto que recientes investigaciones
suecas 15 han puesto en evidencia diferencias químicas —refe-
14. En Más allá del principio del placer y en Nuevas aportaciones, págs. 79 y
198, respectivamente, de las ediciones inglesas. Citado por E. Kris, «The Nature of
Psychoanalytic Propositions and their Validation», en Freedom and experience, Essays
presented to H. M. Kallen, Cornell University Press, 1947, pág 244.
15. De Caspersson y Hyden, en el Instituto Karolinska de Estocolmo.
LA EFICACIA SIMBÓLICA 225
rentes a la riqueza respectiva en polinucleótidos— entre las células
nerviosas del individuo normal y las del alienado. De acuerdo con
esta hipótesis o con cualquiera otra del mismo tipo la cura shamanística
y la cura psicoanalítica se tornarían rigurosamente semejantes;
se trataría en cada caso de inducir una transformación orgánica, consistente,
en esencia, en una reorganización estructural, haciendo que
el enfermo viva intensamente un mito —ya recibido, ya producido— y
cuya estructura sería, en el plano del psiquismo inconsciente, aná -
loga a aquella cuya formación se quiere obtener en el nivel del cuerpo.
La eficacia simbólica consistiría precisamente en esta «propiedad inductora
» que poseerían, unas con respecto a otras, ciertas estructuras
formalmente homologas capaces de constituirse, con materiales diferentes
en diferentes niveles del ser vivo: procesos orgánicos, psiquismo
inconsciente, pensamiento reflexivo. La metáfora poética proporciona
un ejemplo familiar de este procedimiento inductor: pero su empleo
corriente no le permite sobrepasar el psiquismo. Comprobamos, así,
el valor de la intuición de Rimbaud cuando decía que la metáfora
puede también servir para cambiar el mundo.
La comparación con el psicoanálisis nos ha permitido aclarar algunos
aspectos de la cura shamanística. No puede asegurarse que, inversamente,
el estudio del sharnanismo sea incapaz de aclarar un día
ciertos puntos oscuros de la teoría de Freud. Pensamos particularmente
en la noción de mito y en la noción de inconsciente.
Hemos visto que la única diferencia entre ambos métodos, que
seguiría en pie una vez descubierto un sustrato fisiológico de las neurosis,
estaría referida al origen del mito, reencontrado en un caso
como un tesoro individual, y recibido, en el otro, de la tradición
colectiva. En realidad, muchos psicoanalistas se negarán a aceptar
que las constelaciones psíquicas que reaparecen en la conciencia del
enfermo puedan constituir un mito: son, dirán ellos, acontecimientos
reales, cuya fecha a veces es posible determinar y cuya autenticidad
es verificable por entrevistas hechas a los padres o los criados.16 Por
nuestra parte, no ponemos en duda los hechos. Pero conviene preguntarse
si el valor terapéutico de la cura depende del carácter real de
las situaciones rememoradas o si el poder traumatizante de estas situaciones
no deriva más bien del hecho de que, en el momento en
que se presentan, el sujeto las experimenta inmediatamente bajo
forma de mito vivido. Entendemos por esto que el poder traumatizante
de una situación cualquiera no puede resultar de sus caracteres
intrínsecos, sino de la capacidad que poseen ciertos acontecimientos
que surgen en un contexto psicológico, histórico y social apropiado,
de inducir una cristalización afectiva que tiene lugar en el molde de
una estructura preexistente. En relación con el acontecimiento o la
16. Marie Bonaparte, «Notes on the Analytical Discovery of a Primal Scene»,
en The Psychoanalytic Study of the Child, vol. I, Nueva York, 1945.
226 MAGIA Y RELIGIÓN
anécdota, estas estructuras —o para ser más exactos, estas leyes de
estructura— son verdaderamente intemporales. En el psicópata, toda
la vida psíquica y todas las experiencias ulteriores se organizan en
función de una estructura exclusiva o predominante, bajo la acción
catalizadora del mito inicial; pero esta estructura y las otras que, en
él, quedan relegadas a un papel subordinado, se encuentran también
en el hombre normal, primitivo o civilizado. El conjunto de estas
estructuras formaría lo que llamamos el inconsciente. Veríamos de
esta manera cómo se desvanece la última diferencia entre la teoría del
shamanísmo y la del psicoanálisis. El inconsciente deja de ser el
refugio inefable de particularidades individuales, el depositario de una
historia singular que hace de cada uno de nosotros un ser irreempla -
zable. El inconsciente se reduce a un término por el cual designamos
una función: la función simbólica, especíñcamente humana, sin duda,
pero que en todos los hombres se ejerce según las mismas leyes;
que se reduce, de hecho, al conjunto de estas leyes.
Si esta concepción es exacta, probablemente sea necesario
restablecer entre inconsciente y subconsciente una distinción más
marcada que la habitual en la psicología contemporánea. Porque el
subconsciente, receptáculo de recuerdos y de imágenes
coleccionados en el transcurso de cada vida17 se convierte, así, en
un simple aspecto de la memoria; afirma su perennidad y a la vez
implica sus limitaciones, porque el término de subconsciente se
refiere al hecho de que los recuerdos, si bien se conservan, no
siempre están disponibles. El inconsciente, por el contrario, es
siempre vacío o, más exactamente, es tan extraño a las imágenes
como lo es el estómago a los alimentos que lo atraviesan. Órgano de
una función específica, se limita a imponer leyes estructurales a
elementos inarticulados que vienen de otra parte —y esto agota su
realidad—: pulsiones, emociones, representaciones, recuerdos. Se
podría decir, entonces, que el subconsciente es el léxico individual en
el que cada uno de nosotros acumula el vocabulario de su historia
personal, pero este vocabulario solamente adquiere significación —
para nosotros mismos y para los demás— si el inconsciente lo organiza
según sus leyes y constituye así un discurso. Como estas leyes son
las mismas en todas las ocasiones en que el inconsciente ejerce su
actividad y para todos los individuos, el problema planteado en el
párrafo precedente puede resolverse en forma sencilla. El
vocabulario importa menos que la estructura. Ya sea el mito
recreado por el sujeto o sacado de la tradición, de estas fuentes,
individual o colectiva (entre las cuales se producen constantemente
interpretaciones e intercambios), el inconsciente solamente extrae el
material de imágenes sobre el cual opera, pero la estructura es siempre
la misma, y por ella se cumple la función simbólica.
17. Esta definición, tan criticada, adquiere un nuevo sentido por efecto de la
distinción radical entre subconsciente e inconsciente.
LA EFICACIA SIMBÓLICA 227
Agreguemos que estas estructuras no sólo son las mismas para
todos y para todas las materias a las cuales se aplica la función; ellas
son además poc o numerosas, lo cual nos permite comprender por qué
el mundo del simbolismo es infinitamente diverso en su contenido,
pero siempre limitado en sus leyes. Hay muchas lenguas, pero muy
pocas leyes fonológicas, válidas para todas las lenguas. Una compilación
de los cuentos y mitos conocidos ocuparía una masa imponente
de volúmenes. Pero se pueden reducir a un pequeño número de tipos
simples en los que operan, tras la diversidad de los personajes, unas
pocas funciones elementales; y los complejos, esos mitos individuales,
se reducen también a unos pocos tipos simples, moldes en los que se
acomoda la fluida multiplicidad de los casos.
Del hecho de que el shamán no psicoanaliza a su enfermo puede
concluirse que la búsqueda del tiempo perdido, considerado por algunos
como la clave de la terapéutica psicoanalítica, es sólo una modalidad
(cuyo valor y resultados no son despreciables) de un método
más fundamental, que debe definirse sin tomar en cuenta el origen
individual o colectivo del mito. Porque la forma mítica prevalece
sobre el contenido del relato. Esto es al menos lo que hemos creído
aprender del análisis de un texto indígena. Pero, en otro sentido, es
bien sabido que todo mito es una búsqueda del tiempo perdido.
Esta forma moderna de la técnica shamanístic a que es el psicoaná -
lisis extrae, pues, sus caracteres particulares del hecho de que, en la
civilización mecánica, únicamente hay lugar para el tiempo mítico
en el hombre mismo. De esta comprobación el psicoanálisis puede
recoger una confirmación de su va lidez, a la vez que la esperanza
de profundizar sus bases teóricas y de comprender mejor el mecanismo
de su eficacia, por una confrontación de sus métodos y sus
objetivos con los de sus grandes predecesores: los shamanes y los
hechiceros.
CAPÍTULO 11
LA ESTRUCTURA DE LOS MITOS 1
«Se diría que los universos mitológicos están destinados a
ser pulverizados apenas formados, para que de sus restos
nazcan nuevos universos.»
Franz Boas, introducción a James Teit, «Tra -
ditions of the Thompson River Indians of
British Columbia», Memoirs of the American
Folklore Society, VI (1898), pág. 18.
Desde hace unos veinte años y no obstante ciertas tentativas dispersas,
la antropología parece haberse alejado progresivamente del
estudio de los hechos religiosos. Aficionados de distintas procedencias
han aprovechado la oportunidad para invadir el dominio de la etnolo -
gía religiosa. Sus juegos ingenuos se desenvuelven sobre el terreno
que nosotros hemos abandonado sin cultivar, y sus excesos se
suman a nuestra carencia, comprometiendo el futuro de nuestros
trabajos,
¿Cuál es el origen de esta situación? Los fundadores de la etnología
religiosa, Tylor, Frazer y Durkheim, prestaron constante atención
a los problemas psicológicos; no siendo, sin embargo, psicólogos
de oficio, no podían estar al corriente de la rápida evolución de las
ideas en esa materia y menos aún presentirla. Sus interpretaciones
han pasado de moda tan velozmente como los postulados psicoló -
gicos que ellas implicaban. Reconozcámosles, con todo, el mérito de
haber comprendido que los problemas de etnología religiosa corresponden
a una psicología intelectualista. Siguiendo a Hocart —que
hacía ya esta observación al principio de su obra postuma, reciente -
mente publicada—, habrá que lamentar que la psicología moderna se
haya desinteresado demasiado a menudo de los fenómenos intelectuales
y haya preferido el estudio de la vida afectiva: «a los defectos
1. Según el articulo original «The Structural Study of Myth», en Myth, A
Symposium, Journal American Folklore, vol. 78, n, 270, octubre-diciembre 1955,
págs. 428-444. Traducido con algunos complementos y modificaciones.
230 MAGIA Y RELIGIÓN
inherentes a la escuela psicológica... se agregaba, así, el error de
creer que de las ideas claras pueden nacer emociones confusas».2
Hubiera sido necesario ampliar los cuadros de nuestra lógica para
incluir en ella operaciones mentales en apariencia diferentes de las
nuestras, pero que son intelectuales con igual derecho. Se ha ensayado,
en cambio, reducirlas a sentimientos informes e inefables. Este
método, conocido bajo el nombre de fenomenología religiosa, se ha
mostrado con excesiva frecuencia estéril y fastidioso.
* * *
De todos los capítulos de la etnología religiosa, la mitología es
aquel que sufre sobre todo con esta situación. Cabe sin duda citar
los considerables trabajos de Dumézil y los de M. H. Grégoire. Pero
no pertenecen propiamente a la etnología. Como hace cincuenta años,
ésta sigue complaciéndose en el caos. Se rejuvenecen las viejas interpretaciones:
ensoñaciones de la conciencia colectiva, divinización
de personajes históricos, o a la inversa. Cualquiera sea el modo en
que se consideran los mitos, parecen todos reducirse a un juego
gratuito o a una forma superficial de especulación filosófica.
¿Para comprender lo que es un mito debemos pues elegir entre
la simpleza y el sofisma? Algunos pretenden que cada sociedad expresa
en sus mitos sentimientos fundamentales tales como el amor,
el odio o la venganza, comunes a la humanidad entera. Para otros, los
mitos constituyen tentativas de explicación de fenómenos difícilmente
comprensibles: astronómicos, meteorológicos, etcétera. Pero las socie -
dades no son refractarias a las interpretaciones positivas, inclusive
cuando adoptan interpretaciones falsas; ¿por qué habrían de preferir
súbitamente maneras de pensar tan oscuras y complicadas? Los
psicoanalistas, por otra parte, así como también ciertos etnólogos,
quieren reemplazar las interpretaciones cosmológicas y naturalistas
por otras tomadas de la sociología y la psicología. Pero entonces las
cosas se vuelven demasiado fáciles. Si un sistema mitológico otorga
un lugar importante a cierto personaje, digamos una abuela malé -
vola, se nos dirá que en tal sociedad las abuelas tienen una actitud
hostil hacia sus nietos; la mitología será considerada un reflejo de la
estructura social y de las relaciones sociales. Y si la observación contradice
la hipótesis, se insinuará al punto que el objeto propio de los
mitos es el de ofrecer una derivación a sentimientos reales pero reprimidos.
Sea cual fuere la situación real, una dialéctica que gana a todo
trance encontrará el medio de alcanzar la significación.
Reconozcamos más bien que el estudio de los mitos nos conduce
a comprobaciones contradictorias. En un mito todo puede suceder;
parecería que la sucesión de los acontecimientos no está subordinada
2. A. M. Hocart, Social origins, Londres, 1954, pág. 7.
LA ESTRUCTURA DE LOS MITOS 231
a ninguna regla de lógica o de continuidad. Todo sujeto puede tener
cualquier predicado; toda relación concebible es posible. Y sin embargo,
estos mitos, en apariencia arbitrarios, se reproducen con los
mismos caracteres y a menudo con los mismos detalles en diversas
regiones del mundo. De donde surge el problema: si el contenido del
mito es enteramente contingente, ¿cómo comprender que, de un extremo
al otro de la Tierra, los mitos se parezcan tanto? Sólo si se
toma conciencia de esta antinomia fundamental, que pertenece a la
naturaleza del mito, se puede esperar resolverla. En efecto, esta contradicción
se asemeja a aquella que descubrieron los primeros filósofos
que se interesaron en el lenguaje, y para que la lingüística
pudiera constituirse como ciencia fue preciso levantar esta hipoteca.
Los antiguos filósofos razonaban sobre el lenguaje como nosotros seguimos
razonando sobre la mitología. Comprobaban que, en cada
lengua, ciertos grupos de sonidos correspondían a determinados sentidos,
y buscaban desesperadamente comprender qué necesidad interna
unía esos sentidos y esos sonidos. La empresa era vana, porque los
mismos sonidos se encuentran en otras lenguas, pero ligados a sentidos
diferentes. La contradicción no fue resuelta hasta el día en que
se percibió que la función significativa de la lengua no está ligada
directamente a los sonidos mismos, sino a la manera en que los sonidos
se encuentran combinados entre sí.
Muchas teorías recientes sobre la mitología proceden de una confusión
análoga. Según Jung, habría significaciones precisas ligadas a
ciertos temas mitológicos, que él llama arquetipos. Esto es razonar al
estilo de los filósofos del lenguaje, que estuvieron convencidos durante
largo tiempo 3 de que los diversos sonidos poseían una afinidad natural con
tal o cual sentido: así, las semivocales «líquidas» tendrían por misión
evocar el estado correspondiente de la materia, las vocales abiertas
serían elegidas preferentemente para formar los nombres de objetos
grandes, voluminosos, pesados o sonoros, etcétera. El principio
saussuriano del carácter arbitrario de los signos lingüísticos necesita
por cierto ser revisado y corregido;4 no obstante, todos los lingüistas
estarán de acuerdo en reconocer que, desde un punto de vista
histórico, ha marcado una etapa indispensable de la reflexión lingüística.
No basta invitar al mitólogo a que compare la situación incierta en
que se encuentra, con la del lingüista de la época precientífica. Porque
siguiendo por ese camino nos arriesgaríamos a caer de una dificultad en
otra. Aproximar el mito al lenguaje no resuelve nada: el mito integra
la lengua; por el habla se le conoce; pertenece al discurso.
3. Esta hipótesis cuenta aún con defensores. Asi, por ejemplo, Sir R. A. Paget,
«The origin of language . , . » , Journal of World History, I, n. 2, UNESCO, 1953.
4. Véase E. Benveniste, «Nature du signe linguistique», Acta lingüistica, I, 1,
1939, y el cap, V de la presente obra.
232 MAGIA Y RELIGIÓN
Si queremos dar cuenta de los caracteres específicos del pensamiento
mítico, tendremos que establecer entonces que el mito está en
el lenguaje y al mismo tiempo más allá del lenguaje. Esta nueva dificultad
tampoco es ajena al lingüista: ¿acaso el lenguaje mismo no engloba
diferentes niveles? Al distinguir entre la lengua y el habla, Saussure ha
mostrado que el lenguaje ofrecía dos aspectos comple mentarios: uno
estructural, el otro estadístico; la lengua pertenece al dominio de un
tiempo reversible, y el habla al de un tiempo irreversible. Si es ya
posible aislar estos dos niveles en el lenguaje, nada excluye la
posibilidad de definir un tercero.
Acabamos de distinguir la lengua y el habla de acuerdo con los
sistemas temporales a los cuales una y otro se refieren. Ahora bien,
el mito se define también por un sistema temporal, que combina las
propiedades de los otros dos. Un mito se refiere siempre a acontecimientos
pasados: «antes de la creación del mundo» o «durante las
primeras edades» o en todo caso «hace mucho tiempo». Pero el valor
intrínseco atribuido al mito proviene de que estos acontecimientos,
que se suponen ocurridos en un momento del tiempo, forman también
una estructura permanente. Ella se refiere simultáneamente al
pasado, al presente y al futuro. Una comparación ayudará a precisar
esta ambigüedad fundamental. Nada se asemeja más al pensamiento
mítico que la ideología política. Tal vez ésta no ha hecho más que
reemplazar a aquél en nuestras sociedades contemporáneas. Ahora
bien, ¿que hace el historiador cuando evoca la Revolución Francesa?
Se refiere a una sucesión de acontecimientos pasados, cuyas lejanas
consecuencias se hacen sentir sin duda todavía a través de una serie,
no reversible, de acontecimientos intermediarios. Pero para el hombre
político y para quienes lo escuchan, la Revolución Francesa es una
realidad de otro orden; secuencia de acontecimientos pasados, pero
también esquema dotado de una eficacia permanente, que permite
interpretar la estructura social de la Francia actual y los antagonismos
que allí se manifiestan y entrever los lineamientos de la evolución
futura. Michelet, pensador político a la vez que historiador, se expresa
así: «Ese día todo era posible... El futuro fue presente... es decir,
no ya tiempo, sino un relámpago de eternidad.»5 Esta doble estructura, a
la vez histórica y ahistórica. explica que el mito pueda pertenecer
simultáneamente al dominio del habla (y ser analizado en cuanto
tal) y al de la lengua (en la cual se lo formula), ofreciendo al mismo
tiempo, en un tercer nivel, el mismo carácter de objeto absoluto. Este
tercer nivel posee también una naturaleza lingüística, pero es, sin embargo,
distinto de los otros dos.
Se me permitirá abrir aquí un paréntesis para ilustrar, mediante
una observación, la originalidad que ofrece el mito en relación con
5. Michelet, Histoire de la Révolution Francaise. IV, I. He tomado esta cita de
Maurice Merleau-Ponty. Les aventures de la dialectique. París. 1955, pág. 273.
LA ESTRUCTURA DE LOS MITOS 233
todos los demás hechos lingüísticos. Se podría definir el mito como
ese modo del discurso en el que el valor de la fórmula traduttore,
traditore tiende prácticamente a cero. En este sentido, el lugar que
el mito ocupa en la escala de los modos de expresión lingüística es el
opuesto al de la poesía, pese a lo que haya podido decirse para aproximar
uno a la otra. La poesía es una forma de lenguaje extremadamente
difícil de traducir en una lengua extranjera, y toda traducción
entraña múltiples deformaciones. El valor del mito como mito, por
el contrario, persiste a despecho de la peor traducción. Sea cual fuere
nuestra ignorancia de la lengua y la cultura de la población donde
se lo ha recogido, un mito es percibido como mito por cualquier
lector, en el mundo entero. La sustancia del mito no se encuentra
en el estilo, ni en el modo de la narración, ni en la sintaxis, sino en la
historia relatada. El mito es lenguaje, pero lenguaje que opera en un
nivel muy elevado y cuyo sentido logra despegar si cabe usar una
imagen aeronáutica, del fundamento lingüístico sobre el cual había
comenzado a deslizarse.
Resumamos ahora las conclusiones provisionales alcanzadas. Son
tres: 1) Si los mitos tienen un sentido, éste no puede depender de
los elementos aislados que entran en su composición, sino de la manera
en que estos elementos se encuentran combinados. 2) El mito
pertenece al orden del lenguaje, del cual forma parte integrante;
con todo, el lenguaje, tal como se lo utiliza en el mito, manifiesta
propiedades específicas. 3) Estas propiedades sólo pueden ser buscadas
por encima del nivel habitual de la expresión lingüística; dicho
de otra manera, son de naturaleza más compleja que aquellas que se
encuentran en una expresión lingüística cualquiera.
Si se admiten estos tres puntos, aunque sólo sea a título de
hipótesis de trabajo, se siguen dos consecuencias muy importantes:
1) como toda entidad lingüística, el mito está formado por unidades
constitutivas; 2) estas unidades constitutivas implican la presencia
de aquellas que normalmente intervienen en la estructura de la lengua,
a saber, los fonemas, morfemas y semantemas. Pero ellas tienen
con estos últimos la relación que los semantemas guardan con los
morfemas y que éstos guardan con los fonemas. Cada forma difiere
de la precedente por un grado más alto de complejidad. Por esta
razón, a los elementos propios del mito (que son los más complejos
de todos) los llamaremos: unidades constitutivas mayores.
¿Cómo se procederá para reconocer y aislar estas grandes unidades
constitutivas o mitemas? Sabemos que no son asimilables ni
a los fonemas ni a los morfemas ni a los semantemas, sino que se ubican
en un nivel más elevado: de lo contrario, el mito no podría distinguirse
de otra forma cualquiera del discurso. Será necesario, entonces,
buscarlas en el plano de la frase. En una etapa preliminar de
la investigación, procederemos por aproximaciones, por ensayo y error,
guiándonos por los principios que sirven de base al análisis estruc234
MAGIA Y RELIGIÓN
tural en todas sus formas: economía de explicación, unidad de solu ción,
posibilidad de reconstruir el conjunto a partir de un fragmento y de prever
los desarrollos ulteriores a partir de los datos actuales.
Hasta el momento, hemos utilizado la técnica siguiente: cada mito es
analizado en forma independiente, buscando traducir la sucesión de los
acontecimientos por medio de las frases más cortas posibles. Cada frase se
inscribe en una ficha que tiene un número correspondiente a su lugar en el
relato. Se observa, entonces, que cada ficha consiste en la asignación de un
predicado a un sujeto. Dicho de otra manera, cada gran unidad constitutiva
posee la naturaleza de una relación.
La definición precedente no es todavía satisfactoria, y esto por dos razones.
En primer lugar, los lingüistas estructuralistas saben bien que todas las
unidades constitutivas, sea cual fuere el nivel en el que se las aisla, consisten
en relaciones. ¿Cuál es, pues, la diferencia entre las unidades mayores y las
demás? En segundo lugar, el método que se acaba de exponer está ubicado
siempre en el seno de un tiempo no-reversible, puesto que las fichas están
numeradas en el orden del relato. El carácter específico que hemos
reconocido al tiempo mítico —su doble naturaleza, a la vez reversible e
irreversible, sincrónica y diacrónica— sigue, pues, sin explicar.
Estas observaciones conducen a una nueva hipótesis, que nos coloca en
el centro del problema. Postulamos, en efecto, que las verdaderas unidades
constitutivas del mito no son las relaciones aisladas, sino haces de
relaciones, y que sólo en forma de combinaciones de estos haces las
unidades constitutivas adquieren una función significante. Desde un punto de
vista diacrónico, las relaciones provenientes del mismo haz pueden aparecer
separadas por largos intervalos, pero si conseguirnos restablecerlas en su
agrupamiento «natural», logra mos, al mismo tiempo, organizar el mito en
función de un sistema de referencia temporal de un nuevo tipo, que
satisface las exigencias de la hipótesis inicial. Este sistema es, en
efecto, un sistema de dos dimensiones, a la vez diacrónico y sincrónico,
con lo cual reúne las propiedades caracterís ticas de la «lengua» y del «habla».
Dos comparaciones ayudarán a comprender lo que queremos decir. Imaginemos
arqueólogos del futuro, llegados de otro planeta cuando ya toda
vida humana ha desaparecido de la superficie de la Tierra, que excavan en el
lugar donde estaba emplazada una de nuestras bibliotecas. Estos arqueólogos
ignoran todo lo referente a nuestra escritura, pero tratan de descifrarla, lo
cual supone el descubrimiento previo de que el alfabeto, tal como nosotros
lo imprimimos, se lee de izquierda a derecha y de arriba hacia abajo. Sin
embargo, una categoría de volúmenes permanecerá indescifrable de esta
manera. Serán las partituras de orquesta, conservadas en el departamento de
musicología. Nuestros sabios tratarán sin duda, encarnizadamente, de leer
los pentagramas uno tras otro, comenzando en la parte superior de la
LA ESTRUCTURA DE LOS MITOS 235
página y tomándolos en sucesión; luego, advertirán que ciertos grupos de
notas se repiten con ciertos intervalos, de manera idéntica o parcial, y que
ciertos contornos melódicos, alejados en apariencia unos de otros,
presentan entre sí analogías. Tal vez entonces se preguntarán si estos
contornos no deben ser tratados como elementos de un todo, que es
necesario aprehender globalmente en lugar de abordarlos en orden
sucesivo. Habrán descubierto entonces el principio de lo que llamamos
armonía; una partitura orquestal únicamente tiene sentido leída
diacrónicamente según un eje (página tras página, de izquierda a derecha),
pero, al mismo tiempo, sincrónicamente según el otro eje, de arriba
abajo. Dicho de otra manera, todas las notas colocadas sobre la misma
línea vertical forman una unidad constitutiva mayor, un haz de relaciones.
La otra comparación es menos diferente de lo que parece. Supongamos
un observador que ignora todo lo concerniente a nuestras cartas de juego,
y escucha a una cartomántica durante un período prolongado. Este
observador ve y clasifica a los clientes, adivina su edad aproximada, sexo,
apariencia, situación social, etcétera, un poco a la manera del etnógrafo
que sabe algo de las sociedades cuyos mitos estudia. Nuestro observador
escuchará las consultas, las regis trará inclusive en un grabador para poder
estudiarlas y compararlas a voluntad, tal como lo hacemos con nuestros
informantes indígenas. Si el observador posee la inteligencia suficiente y si
recoge una documentación bastante abundante podrá, al parecer, reconstruir
la estructura y la composición del juego empleado, es decir, el número de
naipes (32 o 52) repartidos en cuatro series homologas formadas por las
mismas unidades constitutivas (los naipes) con un solo rasgo diferencial (el
color).
Ha llegado el momento de ilustrar el método de un modo más directo.
Tomaremos como ejemplo el mito de Edipo, que ofrece la ventaja de ser
conocido por todos, lo cual evita relatarlo. Sin duda este ejemplo no es el
más adecuado para una demostración. El mito de Edipo nos ha llegado en
redacciones fragmentarias, más inspira das en una preocupación estética o
moral que en la tradición religiosa o el uso ritual, suponiendo que tales
preocupaciones hayan existido alguna vez a su respecto. Pero para nosotros
no se trata de interpretar el mito de Edipo de una manera verosímil, y
menos aún de ofrecer una explicación aceptable para el especialista.
Simplemente querernos ilustrar por ese medio —y sin extraer ninguna
conclusión en lo que atañe al mito de Edipo mismo— una cierta técnica,
cuyo empleo probablemente no es legítimo en este caso particular, en razón
de las incertidumbres que acaban d e ser indicadas.
La «demostración» cabe, pues, entenderse no en el sentido que el
científico da a ese término, sino, en el mejor de los casos, en el que le
otorga el vendedor ambulante: no se trata de obtener un resultado
236 MAGIA Y RELIGIÓN
sino de explicar, lo más rápidamente posible, el funcionamiento de la
pequeña máquina que busca vender a los mirones.
Vamos a manipular el mito como si fuese una partitura orquestal
que un aficionado perverso hubiera transcripto, pentagrama tras pentagrama,
en forma de una serie melódica continua, y cuyo ordenamiento
inicial hay que reconstruir. Como si se nos presentara una
sucesión de números enteros, del tipo: 1, 2, 4, 7, 8, 2, 3, 4, 6, 8, 1, 4,
5, 7, 8, 1, 2, 5, 7, 3, 4, 5, 6, 8, y se nos propusiese como tarea reagrupar
todos los 1, todos los 2, todos los 3, etcétera, en forma de tabla:
Se procederá del mismo modo con el mito de Edipo ensayando
sucesivamente diversas disposiciones de los mitemas, hasta que se
encuentre una que satisfaga las condiciones enumeradas en la página
233. Supongamos arbitrariamente que tal disposición sea la representada
por el siguiente cuadro (entendiendo —insistimos otra
vez— que no se trata de imponerla, ni siquiera de sugerirla a los especialistas
de la mitología clásica, quienes querrán por cierto modificarla
e inclusive rechazarla):
Cadmo busca a
su hermana Europa,
raptada
por Zeus
Cadmo mata al
dragón
Los espartanos se
exterminan mutuamente
Lábdaco (padre
de Layo) = «cojo
» (?)
Edipo mata a su
padre Layo
Layo (padre de
Edipo) = «torcido
» (?)
Edipo inmola a
la Esfinge
Edipo = «piehinchado
» (?)
Edipo se casa
con Yocasta, su
madre
LA ESTRUCTURA DE LOS MITOS 237
Etíocles mata a
su hermano Polinices
Antígona entie -
rra a Polinices,
su hermano, violando
la prohibición
Nos encontramos así ante cuatro columnas verticales, cada una
de las cuales agrupa varias relaciones pertenecientes a un mismo
«haz». Si tuviéramos que relatar el mito, no tendríamos en cuenta
esta disposición en columnas y le eríamos las líneas de izquierda a
derecha y de arriba abajo. Pero cuando se trata de comprender
el mito, una mitad del orden diacrónico (de arriba abajo) pierde su
valor funcional y la lectura se hace de izquierda a derecha, una columna
tras otra, tratando a cada columna como un todo.
Todas las relaciones agrupadas en la misma columna presentan,
por hipótesis, un rasgo común que se trata de descubrir. Así, todos
los incidentes reunidos en la primera columna de la izquierda conciernen
a parientes consanguíneos, cuyas relaciones son, podríamos
decir, exageradas: estos parientes son objeto de un tratamiento más
íntimo que el autorizado por las reglas sociales. Admitamos, pues,
que el rasgo común de la primera columna consiste en relaciones
de parentesco sobreestimadas. Al punto se observa que la segunda
columna traduce la misma relación, pero afectada del signo inverso:
relaciones de parentesco subestimadas o desvalorizadas. La tercera
columna se refiere a monstruos y su destrucción. La cuarta columna
exige algunas precisiones. Se ha señalado a menudo el sentido hipotético
de los nombres propios en la línea paterna de Edipo. Pero los
lingüistas no le atribuyen mayor importancia, porque en buena regla
el sentido de un término sólo puede ser definido situándolo en todos
los contextos en los cuales aparece. Ahora bien, por definición
los nombres propios carecen de contexto. Con nuestro método esta
dificultad puede parecer menos grave, porque el mito se organiza
de tal manera que se constituye por sí mismo como contexto. Ya no
es el sentido eventual de cada nombre tomado aisladamente el que
ofrece un valor significativo, sino el hecho de que los tres nombres
tengan un carácter común: a saber, el comportar significaciones hipotéticas
y el que todas ellas evoquen una dificultad para caminar
erguido.
Antes de seguir adelante, preguntémonos acerca de la relación
entre las dos columnas de la derecha. La tercera se refiere a monstruos:
el dragón ante todo, monstruo ctónico que es preciso destruir
para que los hombres puedan nacer de la Tierra; luego la Esfinge
que se esfuerza, mediante enigmas que se refieren también a la naturaleza
del hombre, por arrebatar la existencia a sus víctimas humanas.
238 MAGIA Y RELIGIÓN
El segundo término reproduce, pues, el primero, que se refiere a la
autoctonía del hombre. Puesto que los dos monstruos son, en definitiva,
vencidos por hombres, puede decirse que el rasgo común de la
tercera columna consiste en la negación de la autoctonía del hombre.6
Estas hipótesis ayudan a comprender el sentido de la cuarta columna.
En mitología es frecuente que los hombres nacidos en la Tierra sean
representados, en el momento de la emergencia, como incapaces
todavía de caminar, o caminando con torpeza. Así, por ejemplo, entre
los pueblo, los seres ctónicos como Shumaikoli o inclusive Muyingwû,
7 que participa en la emergencia, son cojos («Pie -Ensangrentado
», «Pie -Herido», «Pie -Húmedo», se los llama en los textos). La
misma observación vale para los koskimo de la mitología kwakiutl:
después que el monstruo ctónico Tsiakísh los ha tragado, vuelven a
subir a la superficie terrestre «dando traspiés hacia adelante o de
costado». El rasgo común de la cuarta columna podría ser, pues,
la persistencia de la autoctonía humana. Resultaría entonces que la
6. Sin pretender iniciar con los especialistas una discusión que sería, de
parte nuestra, presuntuosa e inclusive sin objeto, porque el mito de Edipo ha sido
tomado aquí como un ejemplo tratado de manera arbitraria, señalemos que el
carácter ctónico atribuido a la Esfinge podría sorprender. Invocaremos el testimonio
de la señora Marie Delcourt: «En las leyendas arcaicas, nacen por cierto
de la Tierra misma» (Edipe ou la légende du conquérant, Lieja, 1944, pág. 108).
Por alejado que esté nuestro método del de la señora Delcourt (también lo estarían
sin duda nuestras conclusiones, si tuviéramos la competencia suficiente para
encarar a fondo el problema), la autora ha establecido, a nuestro juicio de manera
convincente, el carácter de la Esfinge en la tradición arcaica: monstruo
hembra, que ataca y viola a los jóvenes; dicho de otra manera, una personificación
de un ser femenino con inversión del signo, lo cual explica que, en la hermosa
iconografía reunida por la señora Delcourt al término de su libro, el hombre y la
mujer se encuentran siempre en posición «cielo/tierra» invertida.
Según se índica más adelante, hemos elegido el mito de Edipo como primer ejemplo,
en razón de las analogías notables que parecen existir entre ciertos aspectos del
pensamiento griego arcaico y el de los indios pueblo, de quienes hemos tomado los
ejemplos siguientes. Se observará a este respecto que el personaje de la Esfinge, tal
como ha sido restituido por la señora Delcourt, coincide con dos personajes de la
mitología norteamericana (que forman sin duda uno solo). Se trata, por una parte, de la
old hag, vieja hechicera de aspecto repulsivo que por su apariencia física plantea un
enigma al joven héroe: si éste lo descifra —es decir, si responde a las proposiciones de
la abyecta criatura— encontrará en su lecho, al despertar, una mujer joven y radiante
que le hará obtener la realeza (bajo esta forma, es también un tema céltico). La Esfinge
evoca aún mejor la child -protruding woman de los indios hopi, madre fálica por
excelencia: esta joven, abandonada por los suyos en el transcurso de una difícil
migración y en el momento mismo en que daba a luz, vaga a partir de entonces por el
desierto, y es Madre de los Animales, que rehusa entregarlos a los cazadores. Quien la
encuentra, con sus vestimentas ensangrentadas, «se siente tan aterrorizado que experimenta
una erección», cosa que ella aprovecha para violarlo, recompensándolo luego con un
éxito infalible en la caza, (Véase H. R. Voth, «The Oraibi Summer Snake Ceremony», Field
Columbian Museum, publ, n. 83, Anthropological Series, vol. III, n. 4, Chicago, 1903,
págs, 352-353 y 353, nota 1.)
7. Y no Masauwû, cuyo nombre aparece aquí en la versión inglesa de este
trabajo, por error de dactilografía.
LA ESTRUCTURA DE LOS MITOS 239
cuarta columna mantiene con la tercera la misma relación que la columna
uno tiene con la columna dos. La imposibilidad de conectar
grupos de relaciones es superada (o más exactamente reemplazada)
por la afirmación de que dos relaciones contradictorias entre si son
idénticas, en la medida en que cada una es, como la otra, contradic -
toria consigo misma. Esta manera de formular la estructura del pensamiento
mítico tiene sólo un valor de aproximación, pero basta por
el momento.
¿Qué significará, pues, el mito de Edipo interpretado asi, «a la
americana»? Expresaría la imposibilidad en que se encuentra una
sociedad que profesa creer en la autoctonía del hombre (así Pausanias,
VIII, XXIX, 4: el vegetal es el modelo del hombre) de pasar de
esta teoría al reconocimiento del hecho de que cada uno de nosotros
ha nacido realmente de un hombre y una mujer. La dificultad es insuperable.
Pero el mito de Edipo ofrece una suerte de instrumento
lógico que permite tender un puente entre el problema inicial —¿se
nace de uno solo, o bien de dos?— y el problema derivado que se puede
formular aproximadamente así: ¿lo mismo nace de lo mismo,
o de lo otro? De esta manera se desprende una correlación: la sobrevaloración
del parentesco de sangre es la subvaloración del mismo
como el esfuerzo por escapar a la autoctonía es a la imposibilidad
de alcanzarlo. La experiencia puede desmentir la teoría, pero la vida
social verifica la cosmología en la medida en que una y otra revelan
la misma estructura contradictoria. Entonces, la cosmología es verdadera.
Abramos aquí un paréntesis para introducir dos observaciones.
En la tentativa de interpretación que antecede hemos podido descuidar
una cuestión que en el pasado ha preocupado mucho a los
especialistas: la ausencia de ciertos motivos en las versiones más
antiguas (homéricas) del mito de Edipo, tales como el suicidio de
Yocasta y el enceguecimiento voluntario de Edipo. Pero estos motivos
no alteran la estructura del mito y pueden fácilmente ubicarse en
ella, el primero como un nuevo ejemplo de autodestrucción (columna
3) y el segundo como otro caso de defecto físico (columna 4).
Estos agregados contribuyen solamente a explicitar el mito, porque
el paso del pie a la cabeza aparece en correlación significativa con
otro paso: el de la autoctonía negada a la destrucción de sí.
El método nos evita, pues, una dificultad que ha constituido
hasta el presente uno de los principales obstáculos para el progreso
de los estudios mitológicos, a saber, la búsqueda de la versión auténtica
o primitiva. Nosotros proponemos, por el contrario, definir cada
mito por el conjunto de todas sus versiones. Dicho de otra manera:
el mito sigue siendo mito mientras se lo perciba como tal. Nuestra
interpretación del mito de Edipo, que se puede apoyar en la formulación
freudiana y ciertamente le es aplicable, ilustra bien este principio.
El problema planteado por Freud en términos «edípicos» no
es ya, sin duda, el de la alternativa entre autoctonía y reproducción
240 MAGIA Y RELIGIÓN
bisexuada. Pero se trata siempre de comprender cómo «uno» puede nacer
de «dos»: ¿cómo es posible que no tengamos un solo progenitor sino una
madre y además un padre? No dudaremos, pues, en colocar a Freud,
después de Sófocles, entre nuestras fuentes del mito de Edipo. Sus
versiones merecen el mismo crédito que otras más antiguas y en
apariencia «más auténticas».
De lo que precede resulta una importante consecuencia. Puesto que
un mito se compone del conjunto de sus variantes, el análisis estructural
deberá considerarlas a todas por igual. Después de haber estudiado las
variantes conocidas de la versión tebana, se examinarán entonces también
las otras: relatos concernientes a la línea colateral de Lábdaco, que
comprende a Agave, Pentea y a la misma Yocasta; las variantes tebanas
sobre Lico, donde Anfión y Zeto desempeñan el papel de fundadores de la
ciudad; otras, más alejadas, relativas a Dioniso (primo matrilateral de
Edipo) y las leyendas atenienses donde el papel correspondiente en Tebas
a Cadmo es desempeñado aquí por Cécrops, etcétera. Se establecerá, para
cada una de estas variantes, un cuadro donde cada elemento será
dispuesto de tal manera que permita la comparación con el elemento
correspondiente de los otros cuadros: la destrucción de la serpiente por
Cécrops con el episodio paralelo de la historia de Cadmo; el abandono de
Dioniso y el de Edipo, «pie-hinchado», y Dioniso loxias, es decir, que
marcha de costado; la búsqueda de Europa y la de Antíope; la fundación
de Tebas, ya por los espartanos, ya por Dio scuros, Anfión y Zeto; Zeus
que rapta a Europa o a Antíope, y el episodio similar en el cual es Sémele
la victima; el Edipo tebano y el Perseo argivo, etcétera. Se obtendrán, así,
varios cuadros de dos dimensiones, consagrado cada
uno a una variante, que podrán
ser yuxtapuestos como otros tantos
planos paralelos, para llegar a un
conjunto tridimensional, que puede
ser «leído» de tres maneras diferen
tes: de izquierda a derecha, de arriba
abajo y de delante hacia atrás (o
a la inversa). Estos cuadros no serán
nunca exactamente idénticos. Pero
la experiencia prueba que las variaciones
diferenciales, que no han de
pasar inadvertidas, ofrecen entre sí
correlaciones significativas que permiten
someter el conjunto a operaciones
lógicas, por simplificaciones
sucesivas, para arribar finalmente a
la ley estructural del mito considerado.
Figura 16. Se objetará tal vez que una em-
LA ESTRUCTURA DE LOS MITOS 241
presa semejante no podría ser llevada a término, porque las únicas versiones
de que se dispone son las actualmente conocidas. ¿Qué ocurriría si una nueva
versión trastornara los resultados adquiridos? La dificultad es real cuando se
cuenta con muy pocas versiones, pero se vuelve rápidamente teórica a
medida que su número aumenta. La experiencia enseñará el orden de
magnitud aproximado del número requerido de versiones, que no podrá ser
muy elevado. Si conociéra mos el mobiliario de una habitación y su
distribución por el solo medio de las imágenes reflejadas por dos espejos
fijados sobre muros opuestos, podrían producirse dos casos. Con espejos
rigurosamente paralelos, el número de imágenes sería teóricamente
infinito. Si por el contrario uno de los espejos estuviera colocado en
posición oblicua con respecto al otro, este número disminuiría rápidamente
en proporción al ángulo. Pero aun en este último caso bastarían cuatro o
cinco imágenes, si bien no para procurarnos una información total, al menos
para asegurarnos que ningún mueble importante ha pasado inadvertido.
En cambio, jamás se insistirá bastante sobre la necesidad absoluta de
no omitir ninguna de las variantes que han sido recogidas. Si los
comentarios de Freud sobre el complejo de Edipo forman parte integrante —
como nosotros creemos— del mito de Edipo, ya no tiene sentido ninguno la
cuestión de saber si la transcripción del mito de origen de los zuñi hecha
por Cushing es lo bastante fiel como para ser retenida. No existe versión
«verdadera» de la cual las otras serían solamente copias o ecos deformados.
Todas las versiones pertenecen al mito.
Estamos ahora en condiciones de comprender por qué muchos estudios
de mitología general han dado resultados desalentadores. En primer lugar,
los comparatistas han querido seleccionar versiones privilegiadas, en lugar de
examinarlas todas. Se ha vis to, además, que el análisis estructural de una
variante de un mito, recogida en una tribu (a veces inclusive en una aldea)
permite obtener un esquema de dos dimensiones. Desde el momento en que
entra en juego un cierto número de variantes del mismo mito, para la
misma aldea o la misma tribu, el esquema se vuelve tridimensional, y si la
comparación quiere extenderse, el número de dimensiones requeridas crece
tan rápidamente que resulta ya imposible aprehenderlas mediante
procedimientos intuitivos. Las confusiones y las trivialidades en que cae
demasiado a menudo la mitología general derivan, pues, del desconocimiento
de los sistemas de referencia multidimensionales que efectivamente se
requieren, y que ingenuamente se cree poder reemplazar por sis temas de
dos o tres dimensiones. A decir verdad, caben pocas esperanzas de que la
mitología comparada pueda desarrollarse sin acudir a un simbolismo de
inspiración matemática, aplicable a estos sistemas pluridimensionales,
demasiado complejos para nuestros métodos empíricos tradicionales.
242 MAGIA Y RELIGIÓN
En 1952-1954,8 hemos intentado verificar la teoría expuesta suma -
riamente en las páginas que anteceden, por medio de un análisis
exhaustivo de todas las versiones conocidas de los mitos zuñi de origen
emergencia: Cushing, 1883 y 1896; Stevenson, 1904; Parsons, 1923;
Bunzel, 1932; Benedict, 1934. Este análisis ha sido completado por una
comparación de los resultados obtenidos con los mitos similares de
los otros grupos pueblo, tanto occidentales como orientales; se ha
realizado, finalmente, un sondeo preliminar en la mitología de los
indios de la llanura. En cada caso, los resultados han convalidado
las hipótesis. No sólo la mitología norteamericana ha salido de la
experiencia iluminada con una nueva luz; se ha llegado a entrever,
a veces a definir, operaciones lógicas de un tipo muy a menudo
descuidado o que habían sido observadas en dominios muy alejados
del nuestro. No siendo posible entrar aquí en detalles, nos limitaremos
a presentar algunos resultados.
Un cuadro —sin duda simplificado en exceso— del mito zuñi de
emergencia, ofrecería el aspecto indicado (véase pág. 243).
Un rápido examen de este cuadro basta para comprender su
naturaleza. Se trata de una especie de instrumento lógico destinado
operar una mediación entre la vida y la muerte. El pasaje es, para
pensamiento pueblo, difícil, porque éste concibe la vida humana
según el modelo del reino vegetal (emergencia fuera de la tierra).
Esta interpretación le es común con la Grecia antigua, y no hemos
tomado el mito de Edipo como primer ejemplo de manera totalmente
arbitraria. En el caso americano aquí considerado, la vida vegetal es
analizada sucesivamente bajo varios aspectos, ordenados del más
simple al más complejo. La agricultura ocupa el lugar supremo y
ofrece, sin embargo, un carácter periódico, es decir, consiste en una
alternación de vida y muerte, en contradicción con el postulado
inicial.
Si se descuida esta contradicción, ella reaparece en el cuadro más
abajo: la agricultura es fuente de alimentos, por lo tanto de vida;
ahora bien, la caza procura también alimento y se asemeja sin embargo
a la guerra, que es muerte. Hay, pues, diferentes modos de
tratar el problema. La versión Cushing está centrada en una oposición
entre las actividades alimentarias cuyo resultado es inmediato (recolección
de plantas silvestres) y aquellas cuyo resultado solamente
puede ser aprovechado a plazos. Dicho de otra manera, la muerte
debe ser integrada a la vida para que la agricultura sea posible.
En la versión Parsons, se pasa de la caza a la agricultura, mientras
que la versión Stevenson procede en orden inverso. Todas las
demás diferencias entre las tres versiones pueden ser puestas en correlación
con estas estructuras fundamentales. Las tres versiones des-
8. Véase Annuaire de l'École Pratique des Hautes Études, Sección de Ciencias
Religiosas, 1952-1953, págs. 19-21 y 1953-1954, págs. 27-29.
LA ESTRUCTURA . DE LOS MITOS 243
CAMBIO
empleo mecánico
de los vegetales
(escalas para salir
de los mundos
inferiores)
emergencia, conducida
por los
Gemelos Bienamados
incesto del hermano
y la hermana
(origen del
agua)
MUERTE
exterminación de
los hijos de los
hombres por los
dioses (ahogándolos)
empleo alimenticio
de las plantas
silvestres
migración, conducida
por los
dos Newekwe
(bufones ceremo -
niales)
torneo mágico librado
con el
Pueblo del Rocío
(recolectores contra
cultivadores)
sacrificio de un
hermano y una
hermana (para
obtener la victoria)
empleo alimenticio
de las plantas
cultivadas
adopción de un
hermano y una
hermana ( e n
cambio por el
maíz)
carácter periódico
de las actividades
agrícolas
guerra contra los
kyanakwe (cultivadores
contra
cazadores)
empleo alimenticio
de la caza
guerra, conducida
por los dos
dioses de la guerra
inevitabilidad de
la guerra
salvación de la
tribu (descubrimiento
del centro
del Mundo)
sacrificio de un
hermano y una
hermana ( p a r a
vencer al Diluvio)
MUERTE PERMANENCIA
244 MAGIA Y RELIGIÓN
criben la gran guerra librada por los antepasados de los zuñi contra
un pueblo mítico, los kyanakwe, introduciendo en el relato variaciones
significativas que consisten: 1) en la alianza o la hostilidad de los
dioses; 2) en que se concede la victoria final a uno u otro campo; 3)
en la función simbólica atribuida a los kyanakwe, descritos ya como
cazadores (tienen entonces arcos con cuerda hecha de tendones
animales), ya como agricultores (sus arcos están entonces armados
con fibras vegetales):
Como la fibra vegetal (agricultura) es siempre superior a la cuerda
de tendones (caza), y como (en menor medida) la alianza de los
dioses es preferible a su hostilidad, resulta que, en la versión Cushing,
el hombre está en una situación doblemente desventajosa (dioses
hostiles, cuerdas de tendones); en una situación doblemente ventajosa
aparece en la versión Stevenson (dioses propicios, cuerdas de fibras),
mientras que la versión Parsons ilustra una situación intermediaria
dioses propicios, pero cuerdas de tendones, porque la humanidad
primitiva vive de la caza).
La versión de Bunzel ofrece la misma estructura que la de Cushing,
pero difiere de ésta (así como de la versión Stevenson) en cuanto
a que estas dos versiones presentan la emergencia como el resultado
de los esfuerzos de los hombres para escapar a su condición mise-
LA ESTRUCTURA DE LOS MITOS 245
rable en las entrañas de la tierra, mientras que la versión Bunzel
trata la emergencia como consecuencia de una llamada, lanzada a los
hombres por las potencias de las regiones superiores. Asimismo, entre
Bunzel por una parte y Stevenson y Cushing por otra, los procedimientos
empleados para la emergencia se suceden en orden simétrico
e inverso. En Stevenson y Cushing, desde las plantas hasta los animales;
en Bunzel, de los mamíferos a los insectos, y de los insectos
a las plantas.
En todos los mitos de los pueblos occidentales, el planteamiento
lógico del problema es el mismo: el punto de partida y el punto de
llegada del razonamiento son inequívocos, y la ambigüedad aparece
en la etapa intermedia:
La aparición de un término contradictorio en pleno centro del
proceso dialéctico está relacionada con la emergencia de una doble
serie de pares dioscúricos, cuya función consiste en operar una mediación
entre ambos polos:
1. 2 mensajeros 2 bufones cere- 2 dioses de la
divinos moniales guerra
2, par homogé- hermanos pareja par
neo: dioscu- (hermano (marido heterogéneo
ros (2 herma- y y (abuela -
nos) hermana) mujer) nieto)
o sea una serie de variantes combinatorias que cumplen la misma
función en contextos diferentes. Se comprende así por qué los bufo246
MAGIA Y RELIGIÓN
nes pueden, en el ritual pueblo, tener atribuidas funciones guerreras.
Este problema, que se había considerado a menudo como insoluble,
desaparece cuando se reconoce que los bufones ocupan, en relación
con la producción alimentaria (son glotones, que pueden impunemente
abusar de los productos agrícolas), la misma función que los dioses de
la guerra (la cual aparece, en el proceso dialéctico, como un abuso de
la caza: caza del hombre, en lugar de la caza de los animales, propios
para el consumo humano).
Algunos mitos de los pueblo centrales y orientales proceden de
otra manera. Comienzan por afirmar la identidad fundamental entre
caza y agricultura. Esta identificación se desprende, por ejemplo, del
mito del origen del maíz, obtenido por el Padre de los Animales al
sembrar, a manera de granos, espolones de patas de ciervo. Se intenta,
entonces, deducir simultáneamente la vida y la muerte a partir
de un término global. En lugar de términos extremos simples y términos
intermedios desdoblados (como entre los pueblo occidentales),
son aqui los extremos los que se desdoblan (así, por ejemplo, las
dos hermanas de los pueblo orientales), mientras que un término
mediador simple aparece en primer plano (el Poshaiyanne de los zia),
pero dotado a su vez de atributos equívocos. Gracias a este esquema,
se puede inclusive deducir cuáles serán los atributos que poseerá
este «mesías» en las distintas versiones, según el momento en que
hace su aparición en el transcurso del mito: benefactor cuando se
manifiesta al comienzo (zuñi, Cushing), equívoco en el medio (pueblo
centrales), malévolo al fin (zia), salvo en la versión Bunzel del mito
zuñi, donde la secuencia se halla invertida, como ya se indicó.
Si este método de análisis estructural se aplica sistemáticamente,
conseguimos ordenar todas las variantes conocidas de un mito en una
serie, que forma una especie de grupo de permutaciones y donde las
variantes colocadas en ambas extremidades de la serie ofrecen, una
con respecto de la otra, una estructura simétrica pero invertida. Se
introduce, entonces, un principio de orden allí donde sólo existía el
caos, y se gana la ventaja suplementaria de extraer ciertas operaciones
lógicas, que están en la base del pensamiento mítico.9 Actualmente,
ya pueden ser aislados tres tipos de operaciones.
El personaje llamado generalmente trickster* en mitología americana
ha constituido un enigma durante largo tiempo. ¿Cómo explicar
que en la casi totalidad de América del Norte este papel corresponda
al coyote o al cuervo? La razón de esta elección aparece si se
reconoce que el pensamiento mítico procede de la toma de conciencia
de ciertas oposiciones y tiende a su mediación progresiva. Suponga-
9. Para otra aplicación de este método, véase nuestro estudio «On Four Winnebago
Myths», en Stanley Diamond (ed.), Culture and History. Essays in Honor
of Paul Radin, Columbia University Press, 1960.
* «El trampero». [T.]
LA ESTRUCTURA DE LOS MITOS 247
mos, pues, que dos términos, entre los cuales el pasaje parece imposible,
son primero reemplazados por dos términos equivalentes que
admiten un tercero como intermediario. Después de ello, uno de los
términos polares y el término intermediario son, a su vez, reempla -
zados por una nueva tríada y así en adelante. Se obtiene, entonces,
una estructura de mediación del tipo siguiente:
Esta estructura deriva del siguiente razonamiento implícito: los
consumidores de carroña son como los depredadores (consumen alimento
animal), pero también como los productores de alimento vegetal
(no matan lo que comen). Los pueblo, para quienes la vida agrícola
es más «significante» que la caza, formulan el mismo razonamiento
de un modo algo distinto: los cuervos son a los jardines corno
los depredadores son a los herbívoros. Pero ya era posible tratar a los
herbívoros como mediadores; ellos son, en efecto, como los recolectores
(vegetarianos) y proporcionan un alimento animal, sin ser por
su parte cazadores. Se obtienen, así, mediadores de primero, segundo,
tercer grado, etcétera, y de cada término nace el siguiente por oposición
y correlación.
Esta sucesión de operaciones es muy clara en la mitología de los
indios de la llanura, la cual puede ser ordenada en una serie:
mientras que entre los pueblo (zuñi), la serie correspondiente es
del tipo:
248 MAGIA Y RELIGIÓN
Correlaciones del mismo tipo pueden aparecer también en un eje
horizontal (esto es verdad inclusive en el plano lingüístico: así, según
Parsons, las múltiples connotaciones de la raíz pose en Tewa: coyote,
niebla, escalpo, etcétera. El coyote (que es un consumidor de carroña)
es intermediario entre herbívoros y carnívoros como la niebla entre
Cielo y Tierra; como el escalpo entre la guerra y la agricultura (el
escalpo es una «cosecha» guerrera); como el tizón entre plantas salvajes
y plantas cultivadas (se desarrolla sobre estas últimas, a la marera
de las primeras); como las ropas entre «naturaleza» y «cultura»;
como los desperdicios entre la aldea habitada y la maleza; como las
cenizas (el hollín) entre el hogar (sobre el suelo) y la techumbre
(imagen de la bóveda celeste). Esta cadena de mediadores —si cabe
decirlo así— ofrece una serie de articulaciones lógicas que permiten
resolver diversos problemas de mitología americana: por qué el dios
del rocío es también un señor de los animales; por qué el dios detentador
de ricos ropajes es a menudo una Cenicienta varón (Ash-boy);
por qué los escalpos producen el rocío; por qué la Madre de los Animales
está asociada a la niebla, etcétera.
Pero cabe también preguntarse si, de esta manera, no alcanzamos
un modo universal de organizar los datos de la experiencia sensible.
Compárese con los ejemplos precedentes el francés nielle* lat. nebula,
y el papel de amuleto que trae buena suerte atribuido en Europa a
los desperdicios (zapatos viejos), a las cenizas y al hollín (véase el
rito del beso al deshollinador); compárese tambié n el ciclo americano
de Ash-boy y aquel indoeuropeo de Cenicienta. Ambos personajes
son figuras fálicas (mediadores entre los sexos); señores del rocío y
de los animales salvajes; poseedores de suntuosos ropajes y mediadores
sociológicos (alianza matrimonial entre nobles y patanes, entre
ricos y pobres). Ahora bien, es imposible dar cuenta de este parale -
lismo por una transmisión, como se ha pretendido a veces, porque
los relatos referidos a Ash-boy y a Cenicienta son simétricos e inversos
hasta en los menores detalles, mientras que el relato de Cenicienta,
tal como ha sido efectivamente adaptado por América (véase
el cuento zuñi de La cuidadora de pavos), sigue siendo paralelo al
prototipo. Así obtenemos el siguiente cuadro:
* «Niebla». [T.]
LA ESTRUCTURA DE LOS MITOS 249
Al igual que Ash-boy y Cenicienta, el trickster es, pues, un mediador,
y esta función explica que conserve en parte la dualidad que
por función tiene que superar. De ahí su carácter ambiguo y equívoco.
Pero el trickster no ofrece la única fórmula posible de media -
ción. Algunos mitos parecen enteramente consagrados a agotar las
modalidades posibles del pasaje de la dualidad a la unidad. Cuando
se comparan todas las variantes del mito zuñi de emergencia, se
obtiene una serie ordenable de funciones mediadoras, resultante cada
una de la precedente, por oposición y correlación:
mesías> dioscuros> trickster> ser bisexuado> par de primos>
>pareja casada> abuela/nieto> grupo de 4 términos> tríada
En la versión Cushing, el paso de un medio espacial (mediación
entre Cielo y Tierra) a un medio temporal (mediación entre verano
e invierno, es decir, entre nacimiento y muerte) acompaña a esta
dialéctica. De todos modos, y a pesar de que el paso se opera del
espacio al tiempo, la última fórmula (tríada) reintroduce el espacio,
porque una tríada consiste aquí en un par dioscúrico presente simultáneamente
con un mesías; en forma inversa, si bien la fórmula inicial
estaba expresada en términos de espacio (Cielo y Tierra), la
noción de tiempo se encontraba no obstante implícita: el mesías
implora, después de lo cual los dioscuros descienden del cielo. Vemos
entonces que la construcción lógica del mito presupone una doble
permutación de funciones. Volveremos sobre esto una vez hayamos
considerado otro tipo de operaciones.
Además de la condición ambigua del trickster, hay otra característica
de los seres mitológicos que se vuelve explicable. Nos referimos
aquí a la dualidad de naturaleza que pertenece en sentido propio a
una misma divinidad: ya bienhechora, ya maligna, según los casos.
Cuando se comparan las variantes del mito hopi que funda el ritual
Europa América
sexo
familia
femenino doble familia
(padre vuelto a casar)
masculino no tiene
familia (huérfano)
aspecto
actitud
bella joven
nadie la ama
muchacho repugnante
ama sin ser correspondido
transformación cubierta de vestidos suntuosos,
gracias a una
ayuda sobrenatural
despojado de su apa -
riencia horrible, gracias
a una ayuda sobrenatural
250 MAGIA Y RELIGIÓN
del Shalako, se encuentra que es posible ordenarlas en función de la
siguiente estructura:
(Masauwû : x) = (Muyingwû : Masauwû) = (Shalako :
Muyingwû) = (y : Masauwû)
donde x e y representan valores arbitrarios que es, sin embargo, necesario
postular para las dos versiones «extremas». En estas versiones,
en efecto, el dios Masauwû, que aparece solo y no en r elación con
otro dios (versión 2) ni tampoco ausente (versión 3), recibe funcio -
nes que son de todos modos relativas. En la primera versión, Masauwû
(solo) es caritativo para con los hombres, pero sin serlo de manera
absoluta; en la versión 4 es hostil, pero podría serlo más aún.
Su papel es definido, en consecuencia —al menos implícitamente—,
por comparación con otro papel posible y no especificado, representado
aquí por los valores x e y. Por el contrario, en la versión 2,
Muyingwû es relativamente más caritativo que Masauw û, del mismo
modo que, en la versión 3, Shalako lo es más, relativamente, que
Muyingwû.
Es posible reconstruir una serie formalmente análoga con ver -
siones keresanas de un mito vecino:
(Poshaiyanki : x) = (Lea : Poshaiyanki) = (Poshaiyanki :
Tiamoni) = (y : Poshaiyanki)
Este tipo de estructura merece especial atención, porque los sociólogos
lo han encontrado ya en otros dos dominios: el de las relaciones
de subordinación entre las gallináceas y otros animales (pecking-order)
y el de los sistemas de parentesco, donde nosotros le dimos el nombre
de intercambio generalizado. Al aislarla ahora en un tercer plano,
el del pensamiento mítico, tal vez nos hallemos en mejores condiciones
para discernir su verdadero papel en los fenómenos sociales y proporcionar
una interpretación teórica de mayor alcance.
En fin, si se consigue ordenar una serie completa de variantes
bajo la forma de un grupo de permutaciones, cabe esperar descubrir
la ley del grupo. En el estado actual de las investigaciones, debemos
contentarnos aquí con indicaciones solamente aproximativas. Sean
cuales fueren las precisiones y modificaciones que deban introducirse
en la fórmula indicada a continuación, parece posible afirmar desde
luego que todo mito (considerado como el conjunto de sus variantes)
es reducible a una relación canónica del tipo:
Fx (a) : Fy (b) = Fx (b) : Fa-1 (y)
en la cual, dados simultáneamente dos términos a y b y dos funciones
x e y de esos términos, se postula que existe una relación de equi-
LA ESTRUCTURA DE LOS MITOS 251
valencia entre dos situaciones, definidas respectivamente por una
inversión de los términos y de las relaciones, bajo dos condiciones:
1) que uno de los términos sea reemplazado por su contrario (en la
expresión indicada arriba: a y a-1); 2) que se produzca una inversión
correlativa entre el valor de función y el valor de término de los
dos elementos (arriba: y y a),
La fórmula anterior cobrará todo su sentido si se recuerda que,
para Freud, se requieren dos traumatismos (y no uno solo, como se
tiende a creer con mucha frecuencia) para que nazca ese mito individual
en que consiste una neurosis. Si se intentara aplicar la fórmula
al análisis de estos traumatismos (de los cuales se postularía que satisfacen
respectivamente las condiciones 1 y 2 antes anunciadas), se
conseguiría sin duda obtener una expresión más precisa y más rigurosa
de la ley genética del mito. Se estaría en condiciones, sobre
todo, de desarrollar paralelamente el estudio sociológico y el psicológico
del pensamiento mítico, e inclusive tal vez tratar a éste corno
en el laboratorio, sometiendo las hipótesis de trabajo al control experimental.
Las condiciones precarias de la investigación científica en Fran cia
no permiten por el momento, desgraciadamente, llevar más adelante el
trabajo. Los textos míticos son extremadamente voluminosos. Su
análisis en unidades constitutivas exige un trabajo de equipo y un
personal técnico. Una variante de dimensiones medias proporciona
varios cientos de tarjetas. Para descubrir la mejor distribución de
esas tarjetas en columnas e hileras, sería preciso contar con clasificadores
verticales de 2 metros por 1,50 aproximadamente, con casilleros
que permitan repartir y desplazar las tarjetas a voluntad. Y a
partir del momento en que se intenta elaborar modelos de tres dimensiones,
para comparar un cierto número de variantes son necesarios
tantos clasificadores como variantes haya, así como también un espacio
suficiente para moverlos y distribuirlos libremente. En fin, si el
sistema de r eferencia exige más de tres dimensiones (lo cual tiende
a producirse rápidamente, como lo hemos indicado en la página 241),
será necesario recurrir a las tarjetas perforadas y la mecanografía.
Sin esperanza de contar, por el momento, ni siquiera con los locales
indispensables para la constitución de un solo equipo, nos contentaremos
con presentar tres observaciones, a modo de conclusión.
En primer lugar, se ha preguntado con frecuencia por qué los
mitos, y en general la literatura oral, hacen un uso tan frecuente
de la duplicación, la triplicación o la cuadruplicación de una misma
secuencia. Si se aceptan nuestras hipótesis, la respuesta es sencilla.
La repetición cumple una función propia, que es la de poner de manifiesto
la estructura del mito. Hemos mostrado, en efecto, que la
estructura síncrónico-diacrónica que caracteriza al mito, permite ordenar
sus elementos en secuencias diacrónicas (las hileras de nuestros
cuadros) que deben ser leídas sincrónicamente (las columnas). Todo
252 MAGIA Y RELIGIÓN
mito posee, pues, una estructura como de múltiples hojas, que en el
procedimiento de repetición y gracias a él transparenta en la superficie,
si cabe decirlo así.
Sin embargo (y es éste el segundo punto), las hojas no son nunca
rigurosamente idénticas. Si es verdad que el objeto del mito es proporcionar
un modelo lógico para resolver una contradicción (tarea
irrealizable, cuando la contradicción es real), será engendrado un
número teóricamente infinito de hojas, cada una ligeramente distinta de
la precedente. El mito se desarrollará como en espiral, hasta que se
agote el impulso intelectual que le ha dado origen. El crecimiento del
mito es, pues, continuo, por oposición a su estructura, que es
discontinua. Si se nos permite una imagen arriesgada, el mito es un
ente verbal que ocupa, en el dominio del habla, un lugar comparable al
del cristal en el mundo de la materia física. Respecto de la lengua por
una parte, y del habla por otra, su posición sería efectivamente análoga
a la del cristal: objeto intermedio entre un agregado esta dístico de
moléculas y la estructura molecular misma.
Los sociólogos, en fin, que se han planteado el interrogante acerca
de las relaciones entre la mentalidad llamada «primitiva» y el pensamiento
científico, lo han resuelto por lo general invocando diferencias
cualitativas en la manera en que el espíritu humano trabaja en un
caso y en otro. Pero no han puesto en duda que, en ambos casos, el
espíritu se aplica a los mismos objetos.
Las páginas precedentes conducen a otra concepción. La lógica del
pensamiento mítico nos ha parecido tan exigente como aquella sobre la
cual reposa el pensamiento positivo y, en el fondo, poco diferente. Porque
la diferencia no consiste tanto en la cualidad de las operaciones
intelectuales, cuanto en la naturaleza de las cosas sobre las que
dichas operaciones recaen. Los tecnólogos, en su dominio, se han dado
cuenta de esto hace mucho tiempo: un hacha de hierro no es superior a
un hacha de piedra porque una esté «mejor hecha» que la otra.
Ambas están igualmente bien hechas, pero el hierro no es la misma cosa
que la piedra.
Tal vez un día descubramos que en el pensamiento mítico y en el
pensamiento científico opera la misma lógica, y que el hombre ha pensado
siempre igualmente bien. El progreso —si es que el término pudiera
aplicarse entonces— no habría tenido como escenario la conciencia sino
el mundo, un mundo donde una humanidad dotada de facultades
constantes se habría encontrado, en el transcurso de su larga historia,
en continua lucha con nuevos objetos.
CAPÍTULO 12
ESTRUCTURA Y DIALÉCTICA1
Desde Lang hasta Malinowski, pasando por Durkheim, Lévi-Bruhl
y van der Leeuw, los sociólogos o etnólogos que se han interesado
por las relaciones entre el mito y el ritual las han pensado como
una redundancia. Algunos ven en cada mito la proyección ideológica
de un rito, destinado a proporcionar a éste un fundamento; otros
invierten la relación y tratan el rito como una suerte de ilustración
del mito, bajo la forma de cuadros en acción. En ambos casos se
postula una correspondencia ordenada entre mito y rito; dicho de
otra manera, una homología: sea cual fuere aquel al que se atribuye
el papel de original o de reflejo, el mito y el rito se reproducen el uno
al otro, uno en el plano de la acción, el otro en el plano de las
nociones. No se explica por qué no todos los mitos corresponden a
ritos e inversamente; por qué esta homología solamente es demostrable
en un pequeño número de casos; y, sobre todo, cuál es la razón
de esta extraña duplicación.
Me propongo mostrar, sobre la base de un ejemplo preciso, que
esta homología no siempre existe, o más exactamente, que ella podría
ser —cuando existe— un caso particular de una relación más general
entre mito y rito y entre los ritos mismos. Esta relación implica sin
duda una correspondencia término a término entre los elementos de
ritos en apariencia diferentes o entre los elementos de tal o cual rito
y de tal o cual mito, pero sin que esta correspondencia pueda ser
tratada como una homología. En el ejemplo que será discutido aquí
dicha correspondencia exige, para ser restituida, una serie de operaciones
previas: permutaciones o transformaciones en las cuales se
encuentra, tal vez, la razón de la reduplicación. Si esta hipótesis es
exacta, se deberá renunciar a buscar la relación entre el mito y el
ritual en una especie de causalidad mecánica, para concebir más bien
su relación en un nivel dialéctico, nivel accesible sólo a condición de
haber reducido previamente uno y otro a sus elementros estructurales.
1. Publicado con igual título en For Roman Jakobson, Essays on the Occasion
of his sixtieth birthday, La Haya, 1956, págs, 289-294.
254 MAGIA Y RELIGIÓN
El bosquejo de tal demostración me parece un apropiado homenaje
a la obra y el método de Román Jakobson. El mismo se ha interesado,
en repetidas oportunidades, por la mitología y el folklore;
bastará que recuerde su artículo sobre la mitología eslava en el Standard
Dictionary of Folklore de Funk y Wagnall, vol. I (Nueva York,
1950) y sus valiosos comentarios a los Russien Fairy Tales (Nueva
York, 1945). En segundo lugar, resulta claro que el método que sigo
se reduce a ser una extensión, a otro dominio, del método de la
lingüística estructural, a la cual está asociado el nombre de Jakobson.
El se ha mostrado, en fin, particularmente atento al íntimo lazo existente
entre el análisis estructural y el método dialéctico; concluía
sus célebres Principes de phonologie historique diciendo: «El vínculo
entre la estática y la dinámica es una de las antinomias dialécticas
fundamentales que determinan la idea de la lengua,» Buscando profundizar
en las implicaciones recíprocas entre la noción de estructura y
el pensamiento dialéctico no hago otra cosa, pues, que seguir uno de
los caminos que el mismo Jakobson ha trazado.
En la obra de G. A. Dorsey consagrada a la mitología de los indios
pawnee de las llanuras de América del Norte (The Pawnee: Mythology,
parte I, Washington, 1906) se encuentra, en los números 77 al
116, una serie de mitos que explica el origen de los poderes shamanísticos.
Hay un tema que reaparece en varias oportunidades (véase
los números 77, 86, 89 y passim) que llamaré, para simplificar, el
muchacho embarazado. Recorramos, por ejemplo, el mito número 77.
Un joven ignorante comprueba que posee poderes mágicos que le
permiten curar a los enfermos. Envidiando la creciente reputación del
joven, un viejo hechicero que trabaja en forma oficial lo visita
repetidas veces acompañado por su esposa. Furioso al no obtener
ningún secreto a cambio de sus propias enseñanzas —y había razones
para ello— ofrece al muchacho su pipa, cargada con hierbas mágicas.
Hechizado así, el muchacho descubre que está embarazado. Lleno de
vergüenza, abandona su aldea y va en busca de la muerte en medio
de las bestia s salvajes. Estas se conmueven ante la desgracia del
joven y deciden curarlo. Extraen de su cuerpo el feto y le inculcan
los poderes mágicos que ellas poseen, gracias a lo cual el muchacho,
de regreso entre los suyos, mata al brujo perverso y se convierte a su
vez en un médico célebre y respetado.
Cuando se analiza atentamente el texto de este mito —una sola de
cuyas versiones ocupa trece páginas de la obra de Dorsey—, se observa
que está construido en torno de una larga serie de oposiciones: 1)
shamán iniciado / shamán no-iniciado, es decir, oposición entre poder
adquirido y poder innato; 2) niño / anciano, porque el mito insiste en
la juventud o la vejez de cada protagonista; 3) confusión de los sexos
/ distinción de los sexos; todo el pensamiento metafísico de los
pawnee descansa, efectivamente, en la idea de que en el
ESTRUCTURA Y DIALÉCTICA 255
origen del universo los elementos antagonistas se encuentran mezcla -
dos, y que la obra de los dioses ha consistido ante todo en diferenciarlos.
El niño es asexuado o, más exactamente, en él los principios masculino
y femenino se hallan confundidos. Inversamente, en el anciano
la distinción es irrevocable, idea que el mito expresa claramente por
medio del par siempre presente del hechicero y su mujer, en oposición
al muchacho solo que encierra en sí la masculinidad y la feminidad
(hombre embarazado); 4) fecundidad del joven (no obstante su virginidad)
/ esterilidad del anciano (a pesar de su matrimonio constantemente
recordado); 5) la relación irreversible de la fecundación
del «hijo» por el «padre» está dada en oposición a otra relación igualmente
irreversible: es la venganza del «padre» porque el «hijo» no le
transmite ningún secreto (no posee ninguno) a cambio de los propios;
6) oposición triple entre magia vegetal (y real: una droga gracias
a la cual el anciano fecunda al joven; pero esta magia es curable) y la
magia de origen animal (y simbólica: manipulación de un cráneo),
por la cual el joven mata al anciano, sin posibilidad de resurrecció,
una de las dos magias procede por introducción, la otra por
extracción.
Esta construcción mediante oposiciones se comprueba en los detalles.
Los animales se apiadan del muchacho por dos razones que
el texto señala con precisión: acumula las características del hombre
y de la mujer, unión que se traduce en él por una oposición entre la
flacura de su propio cuerpo (ayuna desde días atrás) y el abultamiento
del vientre (en razón de su estado). Para hacerlo abortar, los animales
herbívoros vomitan los huesos mientras que los carnívoros extraen
las carnes (triple oposición); finalmente, si el muchacho corre el riesgo
de morir a causa del gran vientre (en el n. 89, el feto es reemplazado
por una bola de arcilla que aumentará de tamaño hasta hacer estallar
a su portador), el hechicero muere efectivamente de una constricción
abdominal.
La versión ofrecida bajo el número 86 conserva y reduplica a la
vez algunas de estas oposiciones: el asesino desciende a su víctima
en el extremo de una cuerda al mundo subterráneo (morada de los
animales mágicos, que son mamíferos) para hacerle recoger plumas
de águila y de picoverde, es decir, de pájaros, habitantes del cielo
y en particular asociados uno con el cielo empíreo, el otro con la
tempestad. Esta inversión del sistema del mundo está acompañada
por una rectificación correlativa de la oposición (hallada en el sistema
«recto» del mito 77) entre carnívoros y herbívoros, los cuales esta vez
se ocupan, como es «normal», los primeros de los huesos del feto, los
segundos de su sangre. Puede verse así todo lo que se puede obtener
con el solo análisis estructural del contenido del mito: reglas de transformación
que permiten pasar de una variante a otra, mediante operaciones
semejantes a las del álgebra.
De cualquier manera, quiero aquí llamar la atención sobre otro
256 MAGIA Y RELIGIÓN
aspecto del problema. ¿A qué rito pawnee corresponde el mito del
muchacho embarazado? A primera vista, a ninguno. Los pawnee carecen
de sociedades shamanísticas, basadas en clases de edad, mientras
que el mito subraya la oposición entre generaciones. El acceso a estas
sociedades no está sometido a pruebas ni a pagos. Entre ellos, según
el testimonio de Murie, «the usual way to become a medicine-man
was to succeed one's teacher at his death».2 * Todo nuestro mito
reposa, por el contrario, en la doble noción de un poder innato que
el maestro cuestiona por esta razón, no habiéndoselo transmitido al
que rehusa reconocer como sucesor.
¿Diremos, entonces, que el mito pownee refleja un sistema correlativo
opuesto al que prevalece en el ritual pawnee? Esto sólo en parte
sería exacto, porque la oposición no es pertinente: para decirlo de
manera más precisa, aquí la noción de oposición no es heurística;
da cuenta de ciertas diferencias entre el mito y el rito, y deja otras
sin explicación; descuida, sobre todo, el tema del muchacho embarazado,
al que sin embargo le hemos reconocido un lugar central en el
grupo de mitos considerado.
Todos los elementos del mito se ordenan, por el contrario, cuando
lo comparamos no con el ritual correspondiente de los pawnee, sino
con el ritual simétrico y opuesto que prevalece en esas tribus de las
llanuras de los Estados Unidos, que conciben sus sociedades shamanísticas
y las reglas de acceso a éstas de una manera inversa a la de
los pawnee. De acuerdo con Lowie,3 «the Pawnee have the distinction
of having developed the most elaborate system of societies outside
the age-series».4 Se oponen, desde este punto de vista, a los blackfoot
y a las tribus aldeanas mandan y hida tsa, que ofrecen los ejemplos
más extremos del otro tipo, y a los cuales los pawnee se encuentran
ligados no sólo culturalmente, sino también geográfica e históricamente,
por intermedio de los arikara, cuya separación de los skidi
pawnee (precisamente aquellos cuyos mitos ha recogido Dorsey) no
se remonta más allá de la primera mitad del siglo XVIII.
En estas tribus, las sociedades constituyen clases de edad; el paso
de una a otra se hace por compra; la relación entre vendedor y comprador
está concebida c omo una relación entre «padre» e «hijo»;
el candidato, en fin, se presenta siempre acompañado de su mujer,
y el motivo central de la transacción es una entrega de la mujer del
2. J. R. Murie, «Pawnee Societies», Anthropological Papers of the American
Museum of Natural History, vol. XI, parte VII, pág. 603.
* «La manera usual de convertirse en shamán era suceder al propio maestro
después de su muerte.» [N. del rev.]
3. R. H. Lowie, Plains-Indian age-societies: historical and comparative summary,
Anthropological Papers of the American Museum of Natural History,
vol. XI, 1916, parte XIII. pág, 890.
4. « Los pawnee se distinguen por haber desarrollado el sistema más elabo -
rado de sociedades fuera de las series de edad.» [T.]
ESTRUCTURA Y DIALÉCTICA 257
«hijo» al «padre», quien realiza con ella un coito real o simbólico,
pero que es representado siempre como un acto de fecundación. Encontramos,
pues, todas las oposiciones ya analizadas en el plano del
mito, con inversión de los valores atribuidos a cada par: iniciado y noiniciado;
juventud y vejez; confusión y distinción de los sexos, etcétera.
Es el rito mandan, hidatsa o blackfoot, en efecto, el «hijo» es
acompañado por su mujer, al igual que, en el mito pawnee, la mujer
acompañaba al «padre»; pero mientras en este último caso era una
simple figurante, ella desempeña ahora el papel principal: fecundada
por el padre y engendrando al hijo, resume pues en sí esta bisexualidad
que el mito atribuía al hijo. Dicho de otra manera, los valores
semánticos son los mismos: han sido solamente permutados en un
rango con respecto a los símbolos que les sirven de soporte. Desde
este punto de vista, resulta interesante comparar los términos a los
cuales se atribuye el papel de agente fecundante en los dos sistemas:
pipa, en el mito pawnee, transferida por el padre y su mujer al hijo;
nabo salvaje en el rito blackfoot, transferido primero por el padre a
la mujer del hijo, y luego por ella a este último. Ahora bien, la pipa,
tubo hueco, es un intermediario entre el cielo y el mundo medio,
simétrico e inverso por lo tanto del papel atribuido al nabo salvaje
en la mitología de los indios de la llanura, como se desprende claramente
de las innumerables variantes del ciclo llamado del star husband,
donde el nabo es un tapón pleno, que sirve de interruptor entre
ambos mundos. Los elementos cambian de signo cuando se invierte
su orden.
El extraordinario rito hidatsa (cuyos paralelos chinos arcaicos, que
yo sepa, no han sido jamás señalados), consistente en la prestación de
las mujeres dentro de un enramado recubierto de carne desecada a
manera de techumbre, responde igualmente al mito pawnee; pago
mediante carne, ya a los padres fecundadores que poseen la magia,
ya a los animales mágicos que desempeñan el papel de no-padres
(= agentes del aborto). En un caso, la carne es presentada como continente
(cabaña cubierta de carne), mientras que en el otro caso se
especifica que debe ser ofrecida como contenido (bolsas repletas de
carne). Podríamos prolongar estos paralelos, que nos conducirían todos
a la misma conclusión: el mito pawnee expone un sistema ritual
invertido, no el que prevalece en esta tribu, sino un sistema que ella
no aplica, y que es el de ciertas tribus emparentadas cuya organización
ritual es exactamente la opuesta a la de aquélla. Además, la
relación entre ambos sistemas ofrece un carácter contrapuntístico: si
uno es considerado como una progresión, el otro aparece como una
retrogresión.
Hemos situado de esta manera un mito pawnee en una relación
de correlación y oposición con un ritual de otra cultura. Resulta notable
que sea posible descubrir una relación del mismo tipo, aunque
258 MAGIA Y RELIGIÓN
de un orden aún más complejo, entre el mismo mito y un ritual
que, sin ser exclusivo de los pawnee, ha merecido entre éstos un estu -
dio particularmente profundo: el Hako.5
El Hako es un rito de alianza entre dos grupos; a diferencia de
las sociedades de los pawnee, cuya ubicación en la estructura social
es fija, los grupos en cuestión pueden ser libremente elegidos. Al pro -
ceder de este modo, sin embargo, se colocan en relación padre/hijo,
es decir, en la misma relación que define el vínculo estable entre las
clases de edad consecutivas en las tribus aldeanas, Como lo demostró
Hocart hace mucho de forma penetrante, la relación padre/hijo, sobre
la cual reposa el Hako, puede ser considerada como una permutación
de una relación de alianza entre línea paterna y línea materna. 6 En
otros términos, el mito del muchacho embarazado, el ritual mandan
e hidatsa de acceso al grado superior de una serie de clases de edad, y
el Hako, representan otros tantos grupos de permutaciones cuya ley es
una equivalencia entre la oposición padre/hijo y la oposición hombre/
mujer. En lo que a mí respecta, estoy dispuesto a sugerir que esta
ecuación se funda a su vez en los caracteres propios del sistema de
parentesco llamado Crow-Omaha, donde las relaciones entre grupos
aliados son formalizadas, precisamente, en términos de relaciones
entre ascendientes y descendientes. El espacio no nos permite, sin embargo,
desarrollar este aspecto de la cuestión.
Me limitaré, pues, a examinar rápidamente las etapas finales del
ritual (16 a 19, de acuerdo con la división de Fletcher); se trata de
aquellas que están revestidas del mayor carácter sagrado y que ofre -
cen una serie de analogías notables con el mito del muchacho emba -
razado. El grupo del padre ha llegado a la aldea del hijo; captura
simbólicamente a un niño (varón o mujer indiferentemente, es decir,
asexuado o más exactamente de sexo no marcado; véase loc. cit., pág.
201). El joven es sacralizado mediante una serie de unciones que
tienen por objeto identificarlo con Tirawa, divinidad suprema del
mundo celeste. Luego, el niño es levantado dentro de una cobertura,
con las piernas sobresaliendo hacia adelante, y manejado a la manera
de un falo en coito simbólico con el mundo, representado por un
círculo trazado sobre el suelo, en el cual supuestamente deja caer,
como un huevo, un nido de oropéndola (oriole): «the putting of the
child's feet in the cercle means the giving of new life», comenta inequívocamente
el informante indígena (loc. cit., pág, 245), Finalmente el
círculo se borra, se limpia al niño de las unciones y se lo envía a jugar
con sus compañeros.
Todas estas operaciones pueden ser consideradas, sin duda, como
una permutación de los elementos del mito del muchacho embaraza -
do. En ambos casos, tenemos tres protagonistas:
5. A. C. Fletcher y J. R. Murie, The Hako: a Pawnee ceremony, 22nd. Annual
Report, Bureau of American Ethnology, 2.° parte, Washington, 1900-1901 (1904).
6. A. M. Hocart, «Convenants», en The Life Giving Myth, Londres, 1952.
ESTRUCTURA Y DIALÉCTICA 259
serie mito: hijo padre (o marido) mujer del padre
hijo padre niño
serie rito: (permutación (permutación (permutación
de mujer) de marido) de hijo)
De igual modo, en ambas series, dos protagonistas son de sexo
marcado y uno de sexo no marcado (hijo o niño).
En la serie mito, la ausencia de marca en el hijo le permite ser
a medias hombre y a medias mujer; en la serie rito, se convierte ple -
namente en hombre (agente del coito) y plenamente mujer (da a luz
efectivamente un nido —que simboliza un huevo— en un círculo —que
simboliza un nido—).
Toda la simbología del Hako implica que el padre fecunda al hijo
por intermedio de la función ambivalente del niño, como en el mito
la función ambivalente de la pareja hechicero -mujer fecunda al niño
y, en el ritual de las tribus aldeanas, el padre fecunda al hijo por
intermedio de la función ambivalente de la mujer de este últ imo.
El contexto subraya en forma constante esta ambigüedad sexual de
uno de los protagonistas: compárese, a este respecto, el saco del cual
emergen las piernas del niño (Hako), el niño varón de vientre protu -
berante (mito pawnee), la mujer que tiene en su boca un gran nabo
(mito que funda el acceso a la sociedad de los kit-foxes, por prestación
de esposas, entre los blackfoot).
En otro estudio 7 he tratado de mostrar que el modelo genético del
mito (es decir, aquel que lo engendra y le proporciona simultán eamente
su estructura) consiste en la aplicación de cuatro funciones a
tres símbolos. Aquí, las cuatro funciones están determinadas por la
doble oposición primogénito/segundón y macho/hembra, de donde
resultan las funciones de padre, madre, hijo e hija. En el mito del
muchacho embarazado, el padre y la madre disponen cada uno de un
símbolo distinto, y las funciones hijo, hija se hallan confundidas
bajo el tercer símbolo disponible; el niño. En el ritual mandan -hidatsa,
el padre y el hijo son distintos, y la mujer del hijo sirve de soporte
a las funciones madre, hija. La situación es más compleja
en el Hako, donde los símbolos, siempre en número de tres, hacen
intervenir, además del padre y el hijo, a un nuevo personaje: el niño
(varón o mujer) del hijo. Lo que ocurre es que la aplicación de las
funciones a los símbolos exige aquí una dicotomización ideal de estos
últimos: como se ha visto, el padre es a la vez padre y madre, el
hijo a la vez hijo e hija, y el personaje del niño toma de los otros dos
símbolos una de sus semifunciones: agente fecundador (padre) y suje to
fecundado (hija). Es notable que esta distribución equitativa y más
compleja de las funciones entre los símbolos caracterice al único de los
tres sistemas que recurre a la reciprocidad, puesto que, si bien se
7. Cap. 11 de este libro.
260 MAGIA Y RELIGIÓN
trata siempre de concluir una alianza, esta es rechazada en el primer
caso, solicitada en el segundo y sólo negociada en el tercero.
La relación dialéctica entre el mito y el ritual exige consideraciones
de estructura que no podemos tomar en cuenta aquí; nos limitamos
a remitir al lector al estudio citado. Esperamos, sin embargo,
haber mostrado que, para comprender dicha relación, es indispensable
comparar el mito y el rito no solamente en el seno de una misma
sociedad, sino también con las creencias y prácticas de las sociedades
vecinas. Si un cierto grupo de mitos pawnee representa una permutación
no únicamente de ciertos rituales de la misma tribu, sino
también de rituales de otras poblaciones, es imposible conformarse
con un análisis puramente formal: este análisis constituye una etapa
preliminar de la investigación, fecunda en la medida en que permite
formular, en términos más rigurosos que los habituales, problemas
de geografía y de historia. La dialéctica estructural no contradice,
pues, al determinismo histórico: solicita su concurso y le proporciona
un nuevo instrumento. Con Meillet y Trubetzkoy, por otra parte,
Jakobson ha probado en varias oportunidades que los fenómenos
de influencias recíprocas entre áreas lingüísticas geográficamente
vecinas no pueden permanecer ajenos al análisis estructural; es la
célebre teoría de las afinidades lingüísticas. He tratado aquí de aportar
a esta teoría una modesta contribución, aplicada a otro dominio,
subrayando que la afinidad no consiste solamente en la difusión, más
allá de su área de origen, de ciertas propiedades estructurales o en
la repulsión que se opone a su propagación: la afinidad puede también
proceder por antítesis y engendrar estructuras que ofrecen el
carácter de respuesta, de remedios, de excusas e inclusive de remordimientos.
En mitología como en lingüística, el análisis formal plantea
inmediatamente una cuestión: el sentido.
ARTE
CAPÍTULO 13
EL DESDOBLAMIENTO DE LA REPRESENTACIÓN EN
EL ARTE DE ASIA Y AMERICA1
Los etnólogos contemporáneos manifiestan cierto rechazo por los
estudios de arte primitivo comparado. Es fácil comprender sus razones:
hasta el presente, ese tipo de trabajos ha tendido casi exclusivamente
a verificar contactos culturales, fenómenos de difusión de adopción. Bastaba que un detalle decorativo o una forma particular
se presentaran en dos partes del mundo, para que los entusiastas
proclamasen inmediatamente —sea cual fuere el alejamiento geográfico
y la distancia histórica, a veces considerable, entre ambas manifestaciones—
la unidad de su origen y la existencia indudable de
relaciones prehistóricas entre culturas incomparables desde otros
puntos de vista. Es sabido cuántos abusos —junto a fecundos descubrimientos—
ha engendrado este tipo de investigaciones, presuroso
por hallar analogías a toda costa. Pero los especialistas de la cultura
material, para protegernos de estos abusos, no han definido
todavía la diferencia específica que separa un rasgo, un complejo de
rasgos o un estilo, susceptible de recurrencias independientes y múltiples,
de aquel otro cuya naturaleza excluye la posibilidad de una
repetición sin contacto.
Así, pues, no sin vacilación me propongo añadir algunas piezas
nuevas a un expediente ardorosa y legítimamente debatido. Este voluminoso
expediente pone en juego, al mismo tiempo, la costa noroeste
de América del Norte, China, Siberia, Nueva Zelanda, tal vez hasta
la India y Persia. Es más, los documentos invocados corresponden
a los más diversos períodos: siglos XVIII y XIX de nuestra era para
Alaska, el primero y segundo milenio a.C. para China; el arte prehistórico
de la región del Amur, y un período que va del siglo XIV XVII para Nueva Zelanda. Sería difícil concebir causa menos defendible:
he recordado en otro lugar2 las dificultades casi insuperables
1. Publicado con igual título en Renaissance, revista trimestral publicada por
la Escuela Libre de Altos Estudios de Nueva York, vol. 2 y 3, 1944-1945, págs. 168-
186.
2. «The Art of the North-West Coast», Gazette des Beaux-Arts, 1943.
264 ARTE
que enfrenta la hipótesis de un contacto precolombino entre Alaska
y Nueva Zelanda; el problema es, sin duda, más sencillo cuando se
comparan Siberia y China con el norte de América: las distancias
son en este caso razonables y sólo es necesario superar el obstáculo
de uno o dos milenios. Pero aun en este caso, y sean cuales fueren
las certidumbres intuitivas que se nos puedan imponer irresistiblemente,
¡cuántos hechos es necesario evocar para construir un edificio
de apariencia sólida! En una obra ingeniosa y brillante, C. Hentze
se ve obligado a convertirse en el ropavejero del americanismo,
amasando sus pruebas con mendrugos recogidos en las culturas más
diversas y montando en alfileres detalles a veces insignificantes.3 En
lugar de justificar la primera impresión, su análisis la desintegra, y
no queda nada, en estos membra disiesta poetae, que parezca legitimar
el profundo sentimiento de parentesco que tan vigorosamente
suscitó el contacto global con las dos artes.
Y sin embargo es imposible resistir la impresión que provocan
las analogías que presentan las artes de la costa noroeste de América
y de la China arcaica. Estas analogías no residen tanto en el aspecto
externo de las piezas, como en los principios fundamentales que el
análisis de ambas artes permite extraer. Leonhard Adam ha llevado
a cabo esta tarea, y resumo aquí sus conclusiones.4 Ambas artes proceden
por a) estilización intensa; b) esquematismo o simbolismo,
que se expresan en la acentuación de los rasgos característicos o en
la adición de atributos significativos (así, por ejemplo, en el arte
de la costa noroeste, el castor es señalado por el bastoncillo que sostiene
entre las patas); c) representación del cuerpo mediante una
«imagen desdoblada» (split representation); d) dislocamiento de los
detalles, que son aislados del conjunto en forma arbitraria; e) representación
de un individuo visto de frente, mediante dos perfiles; f) simetría
muy elaborada , que pone en juego a veces asimetrías en el
detalle; g) transformación ilógica de los detalles en nuevos elementos
(por ejemplo, una pata se convierte en un pico, un motivo de ojo
se utiliza para marcar una articulación o a la inversa); h) representación
más intelectual que intuitiva, predominando el esqueleto y los
órganos internos sobre la representación del cuerpo (un procedimiento
igualmente notable en el norte de Australia).5 Ahora bien,
estos procedimientos no son propios del arte americano de la costa
noroeste; como lo señala Leonhard Adam, «the various technologi-
3, Carl Hentze, Objets rituels, Croyances et Dieux de la Chine antique et de
l'Amérique, Amberes, 1936.
4, Leonhard Adam, «Das Problem der asiatisch-altamerikanischen Kulturbeziehungen
mit besonderer Berücksichtigung der Kunts», Wiener Beiträge zur
Kunst und Kulturgeschichte Asiens, vol. 5, 1931, «Northwest American Indian Art
and its Early Chinese Parallels», Man, vol. XXXVI, n. 3, 1936.
5, Véase, por ejemplo, F. D. McCarthy, Australian aboriginal Decorative Art,
Sydney, 1938, fig. 21, pág. 38.
Pintura representando un tiburón; la cabeza se ve de frente para poder apreciar los rasgos
característicos del tiburón, pero el cuerpo está hendido en toda su longitud y las dos mitades
están ajustadas al plano a derecha e izquierda de la cabeza. Según Tenth Annual Report, Bureau
Dos mujeres caduveo con el rostro pintado, fotografiadas por el autor en 1935.
EL DESDOBLAMIENTO DE LA REPRESENTACIÓN 269
cal and artistic principies displayed in both ancient China and North-
West America are almost entirely identical»6 *
Cuando estas semejanzas han sido comprobadas, resulta curioso
observar que, por razones por completo distintas, el arte chino
arcaico y el de la costa noroeste han sido comparados,
independientemente, con el de los maoríes de Nueva Zelanda.7 Este
hecho es tanto más notable cuanto que el arte neolítico del Amur —
algunos de cuyos temas (tales como el del pájaro con las alas
desplegadas y el vientre formado por un rostro solar) son
prácticamente idénticos a los de la costa noroeste— ofrece, como lo
dicen ciertos autores, «an unexpec-tedly rich, curvilinear
ornamentation related to that of the Ainu and Maori on one side and
to the Neolithic cultures of China (Yangshao) and Japan (Jomon)
on the other; consisting particularly of that type of ribbon
ornamentation characterized by complex motifs such as the
weave, spiral and meander in contradistinction to the regular
geometric decoration of the Baikalian culture». 8 ** Entonces, artes que
corresponden a muy distintas regiones y épocas y que presentan entre
sí evidentes analogías sugieren, cada una por su lado y por razones
independientes, comparaciones que son, sin embargo, incompa -
tibles con las exigencias de la geografía y de la historia.
¿Estamos encerrados en un dilema que nos condena o bien a
renunciar a la historia o bien a permanecer ciegos ante estas semejanzas
verificadas tantas veces? Los antropólogos de la escuela difusionista,
por su parte, no han dudado en forzar la mano de la crítica
histórica. No tengo la más mínima intención de defender sus hipótesis
aventuradas, pero debe decirse que la actitud de sus prudentes
adversarios es, en el orden negativo, tan poco satisfactoria como las
pretensiones fabulosas de las que ellos sólo representan la contrapartida.
Sin duda, los estudios del arte primitivo se han visto comprometidos
por el celo de los buscadores de contactos culturales y
de adopciones. Digamos con toda claridad que los fariseos intelectuales
que prefieren negar conexiones evidentes porque su ciencia no
dispone todavía de ningún método de interpretación satisfactoria
que
6. Reseña de Carl Hentze, Frühchinesische Bronzen und Kultdarstellungen,
Amberes, 1937, en Man, vol. XXXIX, n. 60.
* «Los diferentes principios técnicos y artísticos manifestados tanto en la
antigua China como en el noroeste de América son casi absolutamente idénticos.
» [T.]
7. Para China y Nueva Zelanda, véase H. Heine Geldern, en Zeitschrift
fürRassenkunde, vol. 2, Stuttgart, 1935.
8. Henry Field y Eugene Prostov, «Results of Soviet Investigation in
Siberia, 1940-1941», American Anthropologist, vol. 44, 1942, pág. 396.
** «Una ornamentación curvilínea de insospechada riqueza, relacionada
con la ornamentación de los chinos y los maoríes, por una parte, y con las
culturas neolíticas, China (Yangshao) y Japón (Jomon), por otra, y consiste, en
especial, en ese tipo de ornamentación en forma de cintas que se caracteriza por
motivos complejos tales como la trama, la espiral y el laberinto, a diferencia de
Arriba: Mujer caduveo. Dibujo de Boggiani, pintor italiano que visitó a los caduveo en 1892. la decoración rectangular geométrica de la cultura baikaliana.» [T.]
270 ARTE
se les pueda aplicar, ponen aún más en peligro dichos estudios. Negar
los hechos porque se los cree incomprensibles es ciertamente
más estéril, desde el punto de vista del progreso del conocimiento,
que elaborar hipótesis; aun cuando éstas sean inadmisibles, suscitan,
debido precisamente a su insuficiencia, la crítica y la investigación
que permitirán alguna vez superarlas.9
Conservamos, pues, el derecho de comparar el arte americano
con el de China o el de Nueva Zelanda, aun cuando se nos haya
probado mil veces que los maoríes no pudieron llevar sus armas y
ornamentos a la costa del Pacífico. La hipótesis del contacto cultural
es, sin duda, la que más fácilmente permite dar cuenta de las semejanzas
complejas que el azar no puede explicar. Pero si los historiadores
afirman que el contacto es imposible, ello no prueba que las
semejanzas sean ilusorias, sino tan sólo que es necesario buscar la
explicación en otra parte. La fecundidad del esfuerzo hecho por los
difusionistas proviene, precisamente, de haber hecho una exploración
sistemática de las posibilidades históricas. Si la historia, invocada
sin descanso (y que se debe invocar de entrada) responde que
no, volvámonos hacia la psicología o el análisis estructural de las
formas, y preguntemenos si conexiones internas, de naturaleza psicológica
o lógica, no permiten acaso comprender recurrencias simultáneas
que tienen lugar con una frecuencia y cohesión que no pueden
resultar del simple juego de las probabilidades. De acuerdo con esta
perspectiva formularé ahora mi contribución al debate.
El desdoblamiento de la representación ha sido descrito, para el
arte americano de la costa noroeste del Pacífico, por Franz Boas:
«The animal is imagined cut in two from head to tail... there is a
deep depression between the eyes, extending down the nose. This
shows that the head itself must not have been considered a front
view, but as consisting of two profiles which adjoin at mouth and
nose, while they are not in contact with each other on a level with
the eyes and forehead... either the animals are represented as split
in two so that the profiles are joined in the middle, or a front view
of the head is shown with two adjoining profiles of the body.»10*
9. En su libro Medieval American Art, Nueva York, 1943, el doctor Pal Kelemen,
quien estima que las semejanzas entre las artes americanas y algunas de
las artes de las más elevadas civilizaciones del hemisferio oriental no son otra
cosa que «ilusiones ópticas» (vol. I, pág. 377), justifica esta opinión escribiendo:
«Pre-Columbian art was created and developed by a mentality totally alien to
ours» [«El arte precolombino fue creado y desarrollado por una mentalidad to -
talmente extraña a la nuestra» (T.)] (ídem, pág. 378). Dudo que en toda la obra
de la escuela difusionista pueda hallarse una sola afirmación que sea tan com -
pletamente gratuita, superficial y desprovista de sentido.
10. Franz Boas, «Primitive Art», Instituttet for sammenlignende kulturforskning,
serie B, vol. VIII, Oslo, 1927, págs. 223-224 [Trad. cast.: El arte primitivo,
México, F. C. E., 1947 (N, del rev.)].
* «Se imagina al animal cortado en dos, desde la cabeza hasta la cola...;
Este mismo autor analiza de la siguiente manera
las dos pinturas que reproducimos aquí
(figs. 17 y 18, que corresponden respectivamente
a las figs. 222 y 223 del texto citado):
«fig. 222 (A Haida painting) shows a design
which has been obtained in this manner. It
represents a bear. The enormous breadth of
mouth observed in these cases is brought
about by the junction of the two profiles of
which the head consists. This cutting of the
head is brought out most clearly in the painting
fig. 223, which also represents the bear.
It is the painting on the front of a Tsimshian
house, the circular hole in the middle
of the design being the door of the house.
The animal is cut from back to front, so that
only the front part of the head coheres. The two halves of the lower
jaw do not touch each other. The back is represented by the black
outlines on which the hair is indicated by fine lines. The Tsimshian
call such a design "bears meeting", as though two bears had been
represented.»11 *
Compárese este análisis con el que ofrece Creel del procedimiento
análogo en el arte de la China arcaica: «One of the most distinctive
characteristics of Shang decorative art is a peculiar method by which
animals were represented in flat or in rounded surfaces. It is as if
one took the animal and split it lengthwise, starting at the tip of
the tail and carryng the operation almost, not quite, to the tip of the
nose, then the two halves are pulled apart and the bisected animal is
laid out flat on the surface, the two halves joined only
hay una depresión profunda entre los ojos, que se extiende hacia abajo a lo
largo de la nariz. Esto muestra que la cabeza misma no debe haber sido considerada
como vista de frente, sino como consistente en dos perfiles que se unen en la
boca y la nariz y que no tienen contacto entre sí en el plano de los ojos y l a
frente...; o bien los animales son representados como divididos en dos de tal
modo que los perfiles se juntan en el medio, o bien la cabeza se ve de frente, con
dos perfiles adyacentes que corresponden al cuerpo.» [T.]
11. Franz Boas, loc. cit., págs, 224-225.
* «La figura 222 (una pintura haida) muestra un diseño que ha sido obtenido
de esta manera. Representa un oso. El enorme espacio de la boca que se observa
en estos casos resulta de la unión de los dos perfiles en que consiste la cabeza.
Este corte de la cabeza aparece más cl aramente en la pintura de la figura 223,
que representa a un oso. Es la pintura del frente de una casa tsimshian y el
hueco circular en el centro del diseño es la puerta de la casa. El animal está cortado
desde atrás hacia adelante, de tal modo que sólo está unida la parte de
delante de la cabeza. Las dos mitades del maxilar inferior no se tocan. El lomo
está representado por el contorno negro, sobre el cual se halla indicado el pelo
con líneas delgadas. Los tshimshian llaman a este diseño "el encuentro de los
osos", como si hubieran sido representados dos osos.» [T.]
EL DESDOBLAMIENTO DE LA REPRESENTACIÓN 271
272 ARTE
at the tip of the nose.»1 2 * Y el mismo autor, que al parecer no
conoce el trabajo de Boas, tras haber empleado casi exactamente
los mismos términos que este último, añade: «ín studyng Shang design
I have constanly been aware if the feeling that this art has great resemblace,
certainly in spirit and possibly in detail, to that of... the
Northwest coast Indians.» l3 **
Esta técnica tan característica, que hallamos en el arte de la
China arcaica, entre los primitivos de Siberia y en Nueva Zelanda,
Fisura 18. A la izquierda: Tsimshian — Pintura sobre una fachada de casa que
representa un oso. A la derecha: Haida — Sombrero de madera pintado con un
motivo que representa a un pez (caliónimo) (según Franz Boas).
aparece también en el otro extremo del continente americano, entre
los indios caduveo. Reproducimos aquí un diseño que representa
un rostro pintado según la costumbre tradicional de las mujeres de
esta pequeña tribu del sur del Brasil, uno de los últimos vestigios
12. H. G. Creel, «On the origins of the Manufacture and Decoration of Bron -
ze in the Shang period», Monumenta Serica, vol. I, fasc. I, pág. 64, 1935.
* «Una de las características más típicas del arte decorativo Shang es el
peculiar método por el cual los animales eran representados sobre superficies
chatas o redondeadas. Es como si se tomara al animal y se lo dividiera longitu -
dinalmente, comenzando por la punta de la nariz, sin llegar a ella, y luego se
separaran las dos mitades y se extendiera al animal biseccionado sobre la su -
perficie chata, quedando unidas las dos mitades únicamente por la punta de la
nariz.» [T.]
13. Idem, ibidem.
**AI estudiar el diseño Shang he tenido conciencia, en todo momento, del
sentimiento de que este arte tiene una gran semejanza, en espíritu y posiblemen te
en los detalles, con el... de los indios de la costa noroeste.» [T.]
EL DESDOBLAMIENTO DE LA REPRESENTACIÓN 273
de lo que antaño fue la floreciente nación de los guaicurú. He descrito
en otro lugar el modo en que se ejecutan estas pinturas, y la
función que poseen en la cultura indígena.14 Bastará, pues, recordar
que estas pinturas se conocen desde los primeros contactos con los
guaicurú, en el siglo XVII, y que desde entonces no parecen haber
evolucionado. No se trata de tatuajes, sino de pinturas que deben ser
renovadas a los pocos días, y que se hacen con una espátula de madera
humedecida en jugos de frutos y hojas salvajes. Las mujeres,
que se pintan mutuamente el rostro (y que en otra época pintaban
también a los hombres), no trabajan siguiendo un modelo, sino que
improvisan dentro de los límites de una compleja temática tradicional.
Entre los cuatrocientos diseños originales recogidos en el lugar
en 1935, no hallé dos que fueran iguales. Las diferencias, sin embargo,
no se deben tanto a una renovación de los elementos, cuanto a la
disposición, siempre nueva, de elementos fundamentales: espirales
Figura 19. Bronce descubierto cerca de
An-Yang (China). En la figura del
medio se ve una imagen desdoblada de
t'ao t'ieh, sin mandíbula inferior. Las
orejas forman una segunda imagen
encima de la primera; cada ojo de la
segunda imagen puede ser interpretado
también como pertene ciente a un
pequeño dragón configurado por cada
oreja de la imagen principal. Los dos
pequeños dragones están vistos de
perfil y enfrentados como los de la figura
principal. Estos dos pueden, a su vez, representar
una imagen de carnero visto de
frente y cuyos cuernos están
representados por el cuerpo del dr agón.
La decoración de la tapa puede ser
interpretada en forma análoga. Según W.
Perceval Yetts, An-Yang: A Retrospect.
simples y dobles, plumeados, volutas, grecas, zarcillos, cruces y pavesas.
Debe excluirse toda influencia española dada la antigüedad de
la fecha en que este arte sutil ha sido descrito por primera vez. En la
actualidad, algunas ancianas son las únicas que poseen el antiguo
274 ARTE
virtuosismo y no es difícil prever el momento en que habrá desaparecido
para siempre.
La figura VIII presenta un buen ejemplo de estas pinturas. El
decorado está construido simétricamente con respecto a dos ejes
lineales: uno vertical, que sigue el plano medio del rostro, el otro
horizontal, que corta el rostro a la altura de los ojos; éstos se hallan
representados en forma esquemática y en escala reducida. Sirven de
punto de partida a las dos espirales invertidas que ocupan, una, la
mejilla derecha, y la otra, la parte izquierda de la frente. El motivo
en forma de arco compuesto ornamentado con zarcillos, que se encuentra
en la parte inferior de la pintura, representa el labio inferior
y se aplica sobre éste. Se encuentra en todas las pinturas faciales,
en forma más o menos rica y más o menos transformada, y parece
constituir el elemento constante. No es fácil analizar el decorado a
causa de su aparente asimetría, pero ésta disimula una simetría real
aunque compleja: los dos ejes se cortan en la base de la nariz y dividen
el rostro en cuatro sectores triangulares: mitad izquierda de la
frente; mitad derecha de la frente; ala derecha de la nariz y mejilla
derecha; ala izquierda de la nariz y mejilla izquierda. Los triángulos
opuestos tienen una decoració n simétrica. Pero el decorado de cada
triángulo es, a su vez, un decorado doble, que se repite en el triángulo
opuesto bajo forma invertida. Así la frente (mitad derecha) y la
mejilla izquierda contienen, primero, un triángulo de grecas y luego,
separadas de éste por una banda oblicua vacía, dos espirales dobles,
una a continuación de la otra, ornamentadas con zarcillos. La frente
mitad izquierda) y la mejilla derecha están decoradas con una gran
espiral simple ornamentada con zarcillos, y luego otro motivo, en
forma de pájaro o llama, que contiene una evocación de la banda
oblicua vacía del otro conjunto. Tenemos entonces dos pares de
temas que se repiten dos veces cada uno, de manera simétrica. Pero
esta simetría se afirma, ya en relación con uno u otro de los dos ejes
horizontal y vertical, ya con respecto a los triángulos delimitados por
la bisección de estos ejes. Esta fórmula recuerda, con una comple -
jidad mucho mayor, la fórmula de los naipes. Las figuras IV, V y VI
ofrecen otros ejemplos y muestran variaciones en torno de un procedimiento
fundamentalmente idéntico.
Pero en la figura VIII, el decorado pintado no es lo único que
llama la atención. El artista (una mujer de unos treinta años) ha
querido representar también el rostro y hasta la cabellera. Ahora
bien, es evidente que lo ha hecho mediante el desdoblamiento de
la representación: el rostro no es visto en realidad de frente; está
constituido por dos perfiles unidos. Así se explican su ancho excepcional
y su contorno en forma de corazón: la depresión que separa
la frente en dos mitades pertenece también a la representación de los
perfiles, y éstos sólo se confunden desde la base de la nariz hasta
el mentón. La comparación de las figuras 17, 18 y VIII destaca la
EL DESDOBLAMIENTO DE LA REPRESENTACIÓN 275
identidad de este procedimiento con el de los artistas de la costa
noroeste.
Hay otros caracteres esenciales, igualmente comunes a ambas artes,
norte y sudamericana. Hemos subrayado ya la dislocación del
tema en elementos, a su vez recompuestos según reglas convencionales
sin relación con la naturaleza. Esta dislocación no es menos
sorprendente en el arte caduveo, donde aparece, con todo, de forma
indirecta. Boas ha descrito minuciosamente la dislocación de los
cuerpos y los rostros en el arte de la costa noroeste: son los órganos
y los miembros mismos los que se hallan recortados, y con ellos
se reconstruye un individuo arbitrario. Así por ejemplo, en un mástil
totémico haida «the figure must be... explained in such a way that
the animal is twisted twice, the tail being turned up over the back,
and the head being first turned down under the stomach, then split
and extended outward». 15 * En una pintura kwakiutl que representa
una marsopa (orca sp.), «the animal
has been split along its whole back
towards the front. The two profiles
of the head have been joined... The
dorsal fin, which according to the
methods described heterofore
(split representation) would
appear on both sides of the body,
has been cut off from the back
before the animal was split, and
appears now placed over the
junction of the two profiles of the
head. The flippers are laid along
the two sides of the body, with
which they cohere only at one
point each. The two halves of the
tail have been twisted outward so
that the lower part of the figure
forms a straight line» (fig. 20).16 **
Es fácil multiplicar los ejemplos.
El arte caduveo lleva la dislocación
más y menos lejos a la vez.
15. Franz Boas, loc. cit., pág. 238.
* «De la explicación de la figura resulta que el animal ha sido doblado dos
veces, la cola ha sido doblada sobre el lomo y la cabeza primero hacia abajo,
bajo el estómago, y luego dividida y extendida hacia afuera.» [T.]
16, Idem, ibidem, pág. 239 y figura 247.
** «El animal ha sido dividido íntegramente a lo largo del lomo, hacia el
frente. Los dos perfiles de la cabeza han sido unidos... La aleta dorsal, que de
acuerdo con los métodos descritos hasta ahora (representación desdoblada) debiera
aparecer a ambos lados del cuerpo, ha sido cortada del lomo antes de dividir
276 ARTE
Menos, porque el rostro o el cuerpo sobre el cual se opera son un rostro y un
cuerpo de carne y hueso, que no podrían ser descompuestos y recompuestos
sin procedimientos quirúrgicos difíciles de concebir. La integridad del rostro
real se respeta, entonces, pero no por eso éste resulta menos dislocado, por
obra de la asimetría sistemática gracias a la cual su armonía natural es
desmentida, en pro vecho de la armonía artificial de la pintura. Pero
precisamente debido a que esta pintura, en lugar de representar la imagen de
un rostro deformado, deforma efectivamente un rostro verdadero, la
dislocación va más lejos que la que hemos descrito antes. Se mezcla aquí, al
valor decorativo, un elemento sutil de sadismo que explica, al menos en
parte, por qué la atracción
erótica de las mujeres
caduveo (que las pinturas
expresan y traducen)
impulsaba en otra época hacia
las riberas del Paraguay a los
que estaban al margen de la
ley y a los buscadores
de aventuras.
Varios
de el los, ahora envejecidos e
instalados maritalmente entre
los indígenas, me han descrito
estremeciéndose esos cuerpos
adolescentes desnudos, comple -
tamente cubiertos por redeci -
llas y arabescos de una perver sa
sutileza. Los tatuajes y pin turas
corporales de la costa
noroeste, que carecían proba -
blemente de este elemento se -
xual y cuyo simbolismo a me -
nudo abstracto posee un carác ter
menos decorativo, desdeña ban
igualmente la simetría del rostro
humano.17
Se observará también que la
composición de las pinturas
caduveo
en torno de un doble
_______ eje, horizontal y vertical, anael
animal y aparece ahora colocada sobre la unión de ambos perfiles de la cabeza.
Las aletas descansan a ambos lados del cuerpo, con el cual están en
contacto en un solo punto cada una. Las dos mitades de la cola han sido dobladas
hacia afuera, de tal modo que la parte inferior de la figura forma una
línea recta» [T.]
EL DESDOBLAMIENTO DE LA REPRESENTACIÓN 277
liza el rostro según un procedimiento de doble desdoblamiento,
si cabe decirlo así: la pintura no recompone el rostro con dos perfiles,
sino con cuatro cuartos (fig. 21). La asimetría posee entonces
una función formal, que consiste en asegurar la distinción de los cuartos:
éstos se confundirían en dos perfiles, si los campos se repitieran
simétricamente a derecha e izquierda en lugar de oponerse por una
punta. La dislocación y el desdoblamiento se encuentran funcionalmente
ligados.
Siguiendo adelante con este paralelo entre el arte de la costa
noroeste y el de los indios caduveo, vale la pena señalar otros puntos.
En ambos casos, la escultura y el diseño proporcionan los dos medios
fundamentales de expresión; en ambos casos la escultura presenta
un carácter realista, mientras que el diseño es más bien simbólico y
decorativo. La escultura de los caduveo (al menos en el período
histórico) se reduce, sin duda, a fetiches y representaciones de dioses
siempre de pequeñas dimensiones, a diferencia del arte monumental
de Canadá y Alaska, pero el carácter realista y la doble tendencia
al retrato y la estilización son iguales, así como también el valor esencialmente
simbólico de los motivos diseñados o pintados. En ambos
casos, el arte masculino —centrado en la escultura— afirma su voluntad
representativa, mientras que el arte femenino —limitado al
tejido y el trenzado en la costa noroeste, y que entre los indígenas
del sur del Brasil y del Paraguay comprende también el diseño— es
un arte no representativo. Esto vale, en ambos casos, para los motivos
tejidos, pero el carácter primitivo de las pinturas faciales de los
guaicurú nos es desconocido; tal vez sus temas, cuya significación
hoy se ha perdido, hayan tenido antiguamente un sentido realista o
por lo menos simbólico. Ambas artes practican la decoración por
medio de láminas caladas, creando combinaciones siempre nuevas
gracias a la disposición variable de motivos elementales. En ambos
casos, en fin, el arte está íntimamente ligado a la organización social:
motivos y temas sirven para expresar diferencias de rango, privile -
gios de noble za y grados de prestigio. Ambas sociedades estaban
igualmente jerarquizadas, y su arte decorativo servía para traducir
y afirmar los grados de la jerarquía.18
Quisiera sugerir ahora una rápida comparación entre el arte caduveo
y otro arte que ha practicado igualmente el desdoblamiento
de la representación: el de los maoríes de Nueva Zelanda. Recordemos
ante todo que el arte de la costa noroeste ha sido a menudo comparado,
por otras razones, con el de Nueva Zelanda. Algunas de estas
razones han resultado infundadas, como la pretendida identidad entre
las mantas tejidas que se usan en ambas regiones; otras se han
18. Este análisis ha sido retomado y desarrollado en Tristes trópicos, Barcelona,
Paidós (próx. apar.).
278 ARTE
mostrado más firmes: por ejemplo, las que derivan de la semejanza
entre las mazas de Alaska y los patu mere de los maoríes. He evocado
ya este enigma.19
El paralelo con el arte guaicurú se establece sobre otras bases:
en ninguna parte —excepto en estas dos regiones— la decoración
facial y corporal ha alcanzado semejante desarrollo ni un refinamiento
comparable. Los tatuajes maorí son bien conocidos. Reproduzco
aquí cuatro (figs. VII y XII), que es útil cotejar con las fotografías
de los rostros caduveo.
Las analogías son notables: complejidad del decorado, que emplea
plumeados, laberintos y espirales (estas últimas, en el arte caduveo,
son reemplazadas a menudo por grecas que manifiestan influencias
andinas); igual tendencia a llenar completamente el campo
facial: igual localización del decorado en torno de los labios, en los
tipos más simples. Es preciso notar también las diferencias. Podemos
dejar a un lado el hecho de que el decorado maorí es tatuado,
mientras que el decorado caduveo es pintado, porque es casi indudable
que, también en América del Sur, el tatuaje fue la técnica
primitiva. Todavía en el siglo XVIII era debido al tatuaje que las mujeres
abiponas del Paraguay tenían ««their face, breast, and arms covered
with black figures of various shapes, so that they present the
appearance of a Turkish carpet»;20* lo cual las hacía, según las pala -
bras del viejo misionero, «more beautiful than beauty itself».21 ** Es
notable, en cambio, la simetría rigurosa de los tatuajes maorí, en
oposición a la asimetría casi desvergonzada de ciertas pinturas caduveo.
Pero esa asimetría no siempre existe, y he mostrado que resulta
de un desarrollo lógico del principio del desdoblamiento. Es, pues,
más aparente que real. Con todo, está claro que desde el punto de
vista de la clasificación de los tipos, las decoraciones faciales de los
caduveo ocupan un lugar intermedio entre las de los maoríes y las
de la costa noroeste; como estas últimas poseen una apariencia asimétrica,
pero tienen al mismo tiempo el carácter esencialmente decorativo
de las primeras.
La continuidad se afirma también cuando consideramos las implicaciones
psicológicas y sociales. Entre los maoríes, al igual que entre
los indígenas de la frontera paraguaya, la elaboración del decorado
facial y corporal tiene lugar en una atmósfera semirreligiosa. Los
tatuajes no son sólo ornamentos ni tampoco se reducen —como ya lo
hemos observado a propósito de la costa noroeste, y lo mismo cabe
19. «The Art of the North West Coast», loc. cit.
20. M. Dobrizhoffer. An Account of the Abipones, trad. del 1atin, 3 vols., Londres,
1822, vol. II, pág. 20.
* «Sus rostros, pechos y brazos cubiertos con figuras negras de distinto tamaño,
de modo que ofrecían el aspecto de una alfombra turca.» [T.]
21. Idem, pág. 21.
** «Más bellas que la belleza misma.» [ T . ]
EL DESDOBLAMIENTO DE LA REPRESENTACIÓN 279
decir en lo concerniente a Nueva Zelanda— a emblemas, marcas de
nobleza y de grados en la jerarquía social; son también mensajes
que llevan el sello de una finalidad espiritual y transmiten lecciones.
Él tatuaje maorí no sólo está destinado a grabar un diseño en la carne,
sino también a imprimir en el espíritu todas las tradiciones y la
filosofía de la raza. Lo mismo vale para los antiguos caduveo; el misionero
jesuita Sánchez Labrador ha descrito la apasionada gravedad
con que los indígenas consagraban días enteros a hacerse pintar; el
que no está pintado —decían— es «estúpido».22 Y, como los caduveo,
los maoríes practican el desdoblamiento de la representación. En
las figuras VII, IX, X, XIII, hallamos la misma división de la frente
en dos lóbulos; la misma composición de la boca a partir de la adjunción
de las dos mitades; igual representación del cuerpo como
si se lo hubiera partido por detrás de arriba abajo doblando ambas
mitades hacia adelante hasta un mismo plano; en una palabra, todos
los procedimientos que ahora nos son ya familiares.
¿Cómo explicar esta recurrencia de un método de representación
tan poco natural, en culturas separadas unas de otras en el tiempo
y el espacio? La hipótesis más simple es la del contacto histórico o
desarrollos independientes a partir de una civilización común. Pero
aun cuando esta hipótesis sea refutada por los hechos o bien —como
parece ser el caso— si no disponemos de un aparato suficiente de
pruebas, no por ello queda excluido el esfuerzo de interpretación.
Es más: aun cuando las más ambiciosas reconstrucciones de la escuela
difusionista fueran verificadas, quedaría un problema esencial
por resolver, problema que no pertenece a la historia. ¿Por qué un
rasgo cultural, adoptado o difundido a través de un largo período
histórico, se ha mantenido intacto? Porque la estabilidad no es menos
misteriosa que el cambio. El descubrimiento de un origen común
del desdoblamiento de la representación dejaría abierto el problema
de saber cómo es posible que este medio de expresión haya
sido conservado en el seno de culturas que desde otros puntos de
vista, han evolucionado en sentidos muy diferentes. Las conexiones
externas pueden explicar la transmisión, pero sólo las conexiones internas
pueden dar cuenta de la persistencia. Hay aquí dos órdenes
completamente distintos de problemas; y, cuando nos dedicamos a
uno de ellos, no prejuzgamos nada sobre la solución que se debe dar
al otro.
22. Compárese con H, G. Creel: «El cuidado con que son ejecutadas las finas
piezas Shang, que se extiende a los más mínimos detalles, es verdaderamente religioso.
Y sabemos, gracias al estudio de las inscripciones oraculares de los hue sos, que casi todos los motivos hallados en l os bronces Shang pueden ser vinculados
a la vida y la religión del pueblo Shang. Estos motivos poseían significación,
y la producción de los bronces era probablemente, hasta cierto punto, una tarea
sagrada.» «Notes on Shang Bronzes in the Burlington House Exhibition», Revue des
Arts Asiatiques, t. X, pág. 21, 1936.
280 ARTE
Ahora bien, del paralelo entre las artes maorí y guaicurú resulta
inmediatamente una comprobación: en ambos casos, el desdobla -
miento de la representación aparece como una consecuencia de la
importancia que estas culturas otorgan al tatuaje. Consideremos nuevamente
la figura VIII y preguntémonos por qué el contorno del rostro
está representado por dos perfiles adheridos. Está claro que la
artista no se ha propuesto dibujar un rostro, sino diseñar una pintura
facial; ha reservado a ésta todos sus cuidados. Los ojos mismos,
que se hallan indicados sumariamente, están allí solamente como
puntos de referencia para el nacimiento de las dos grandes espirales
invertidas con cuya arquitectura se confunden. La artista ha diseñado
el decorado facial de una manera realista, es decir, respetando
sus verdaderas proporciones, como si lo hubiera pintado sobre un
rostro y no sobre una superficie plana. Para ser exactos, ha pintado
la hoja como estaba acostumbrada a pintar una cara. Debido a que
el papel es para ella una cara, le resulta imposible representar una
cara sobre el papel, al menos sin deformación. Era necesario, o bien
dibujar exactamente una cara y deformar el decorado según las leyes
de la perspectiva o bien respetar la individualidad del decorado y,
para ello, representar la cara desdoblada. Ni siquiera cabe decir que
la artista ha elegido la segunda solución, porque la alternativa misma
jamás se presentó a su espíritu. En el pensamiento indígena,
como hemos visto, el decorado es el rostro o, mejor dicho, crea el
rostro. El decorado le confiere su ser social, su dignidad humana, su
significación espiritual. La doble representación del rostro, considerada
como procedimiento gráfico, expresa pues un desdoblamiento
más profundo y más esencial; entre el individuo biológico «estúpido»
y el personaje social que aquél tiene por misión encarnar. Podemos
ya presentir que el desdoblamiento de la representación es función
de una teoría sociológica del desdoblamiento de la personalidad.
En el arte maorí se observa el mismo vinculo entre imagen desdoblada
y tatuaje. Basta comparar las figuras VII, IX, X y XIII para ver
que el desdoblamiento de la frente en dos lóbulos no es otra cosa que
la proyección, en el plano plástico, del decorado simétrico tatuado
sobre la piel.
A la luz de estas observaciones, la interpretación del desdobla -
miento propuesta por Franz Boas en su estudio sobre el arte de la
costa noroeste debe ser precisada y completada. Según él, la split
representation en la pintura o el dibujo resultaría solamente de
extender a las superficies planas la aplicación de un procedimiento
que se impone naturalmente en el caso de los objetos tridimensionales.
Cuando se quiere representar un animal sobre una caja rectangular,
por ejemplo, es preciso, necesariamente, dislocar las formas
del animal de tal modo que se adapten al contorno anguloso de la
caja: «In the decoration of silver bracelets a similmar principie is
followed but the problem differs somewhat from that offered in the
EL DESDOBLAMIENTO DE LA REPRESENTACIÓN 281
decoration of square boxes. While in the latter case the four edges
make a natural división between the four views of the animal —front
and right profile, back and left profile—, there is no such sharp line of
división in the round bracelet, and there would be great difficulty in
joining the four aspects artistically, twowhile profiles offer no such
difficulty... The animal is imagined cut in two read to tail, so that the
two halves cohere only at the tip of the nose and at the tip of the
tail. The hand is put through this hole and the animal now surrounds
the wrist. In this position it is represented on the bracelet... The
transition from the bracelet to the painting or carving of animals on a
flat surface is not a difficult one. The same principle is adhered
to...»23* El principio de la split representation se desprendería entonces
progresivamente, al pasar de los objetos angulosos a los objetos
redondeados y de éstos a las superficies planas. En el primer caso hay
dislocación y splitting ocasional; en el segundo, el splitting se aplica
sistemáticamente, pero el animal permanece todavía intacto a la altura
de la cabeza y de la cola; en el tercero, en fin, la división se completa
con el corte del lazo caudal, y las dos mitades del cuerpo, ahora libres,
son extendidas a derecha e izquierda, en el mismo plano que el rostro.
Este tratamiento del problema por parte del gran maestro de la
antropología moderna es notable por su ele gancia y simplicidad. Pero
esta elegancia y esta simplicidad son sobre todo teóricas. Al considerar
la decoración de las superficies planas y de las superficies
curvas como casos particulares del decorado de las superficies angulosas,
no se ofrece una de mostración válida para estas últimas. Y sobre
todo, no existe a priori un vínculo necesario que implique que el
artista deba permanecer fiel al mismo principio cuando pasa de las
primeras a las segundas y de las segundas a las últimas. Numerosas
culturas han decorado cajas con figuras humanas y animales sin
dislocarlas ni cortarlas. Un brazalete puede ser ornamentado con
frisos o de cien otras formas. Debe haber, pues, algún elemento fundamental
propio del arte de la costa noroeste (y también del arte
23. Franz Boas, loc, cit., págs. 222-224.
* «En la decoración de pulseras de plata se sigue un principio parecido, pero
el problema es algo distinto del que presenta la decoración de cajas rectangulares.
Mientras que en este último caso los cuatro lados producen una división natural
entre las cuatro perspectivas que se pueden tener del animal —de frente, de perfil
derecho, de atrás y de perfil izquierdo—, la pulsera redonda no posee tal linea
divisoria neta, y resultará más difícil vincular artísticamente los cua tro aspectos,
en tanto que los dos perfiles no ofrecen tal dificultad... Se imagina al animal
cortado en dos desde la cabeza hasta la cola, de tal modo que las dos mitades
están unidas sólo por la punta del hocico y por la punta de la cola. Se mete la
mano por ese agujero y el animal queda así alrededor de la muñe ca. En esta
posición se le representa en el brazalete... La transición de la pulsera a la pintura o
tallado de animales sobre una superficie plana no es difícil. Se sigue el mismo
principio...» [T.]
282 ARTE
guaicurú, maorí, chino arcaico) que dé cuenta de la continuidad y
la rigidez con que aplican el procedimiento del desdoblamiento de la
representación.
Nos inclinamos a ver esta base fundamental en la relación peculiar
que une el elemento plástico y el elemento gráfico en las cuatro
artes consideradas. Estos dos elementos no son independientes; se
encuentran vinculados por una relación ambivalente, que es a la vez
una relación de oposición y una relación funcional. De oposición,
porque las exigencias del decorado se imponen a la estructura y la
alteran, de donde resulta el desdoblamiento y la dislocación. Pero
también relación funcional, porque el objeto es siempre concebido
en sus dos aspectos, plástico y gráfico: el vaso, la caja, el muro, no
son objetos independientes y preexistentes que se trata de decorar
a posteriori. Solamente adquieren su existencia definitiva mediante la
integración del decorado y la función utilitaria. Los cofres de la costa
noroeste, por ejemplo, no son sólo recipientes adornados con una
imagen animal pintada o esculpida. Son el animal mismo, que guarda
activamente los ornamentos ceremoniales que se le confían. La estructura
modifica el decorado, pero éste es la causa final de aquélla,
y la estructura debe igua lmente adaptarse a sus exigencias. El resultado
definitivo es uno: utensilio-ornamento, objeto-animal, caja -quehabla.
Los barcos vivientes de la costa noroeste tienen su equivalente
exacto en las correspondencias neozelandesas entre barco y
mujer, mujer y cuchara, utensilios y órganos.24
Hemos seguido, pues, hasta su término más abstracto, un dualismo
que se nos ha impuesto con creciente insistencia. En el transcurso
de nuestro análisis, hemos visto que el dualismo del arte representativo
y del arte no representativo se transformaba en otros
dualismos: escultura y dibujo, rostro y decorado, persona y personaje,
existencia individual y función social, comunidad y jerarquía.
Todo esto lleva a la comprobación de una dualidad —que es al mismo
tiempo una correlación— entre la expresión plástica y la expresión
gráfica, y que nos proporciona el verdadero «común denominador»
de las diversas manifestaciones del principio del desdoblamiento de
la representación.
A fin de cuentas, nuestro problema se puede formular de la siguiente
manera: ¿en qué condiciones el elemento plástico y el ele -
mento gráfico se plantean necesariamente en correlación? ¿En qué
condiciones se encuentran inevitablemente ligados por una relación
funcional, de tal manera que las modalidades de expresión de uno
de ellos transforman siempre las del otro, y recíprocamente? La comparación
del arte maorí con el arte guaicurú nos ha dado ya la res-
24, John R. Swanton, « Tlingit Myths and Texts», Bulletin 59, Bureau of American
Ethnology, 1909, texto n. 89, págs. 254-255; E. A. Rout, Maorí Symbolism,
Londres, 1926, pág. 280.
Arriba: Tiki de jade donde se aprecia la misma representación trilobulada
de la cara. Nueva Zelanda. Colección Le Curneur-Roudillon. Abajo:
Dibujo hecho por una mujer caduveo representando un personaje con el
rostro pintado, 1935. Colección del autor.
Arriba: Estatua maori de madera, Nueva Zelanda, siglo XVIII (?). Extraído de Augustus Hamilton,
Maori Art. Abajo: Adorno de peinado (madera), costa noroeste del Pacífico, siglo XIX.
Obsérvenle las dos pequeñas cabezas humanas que adornan el plexo solar y el abdomen y la
doble extremidad del esternón. Perteneció a la colección del autor.
Modelos indígenas de tatuaje, escultura en madera, finales del siglo XIX. Arriba: Dos rostros de
hombre. Abajo: Rostro de mujer. Extraído de A. Hamilton, op. cit.
puesta: hemos visto, en efecto, que tal cosa ocurría cuando el elemento
plástico está constituido por el rostro o el cuerpo humano, y elemento gráfico por el decorado facial o corporal (pintura o tatuaje)
que se aplica sobre él. El decorado está hecho para el rostro, pero
en otro sentido el rostro está predestinado a ser decorado, porque
sólo por el decorado y mediante él el rostro recibe su dignidad y su significación mística. El decorado se concibe para el rostro,
pero el rostro mismo no existe sino por el decorado. Esta es, definitiva, la dualidad del actor y su papel, y la noción de máscara
nos proporciona la clave.
En efecto, todas las culturas aquí consideradas son culturas máscaras, ya sea que ello se exprese predominantemente por el tuaje (como es el caso de los guaicurú y los maoríes) o bien que acento recaiga en la máscara propiamente dicha, como ha ocurrido
en la costa noroeste hasta un grado inigualado por otras culturas.
En cuanto a la China arcaica, no faltan indicaciones acerca del antiguo
papel de las máscaras, que evoca el caso de las sociedades Alaska. Así, por ejemplo, el «Personaje del Oso» descrito en el Chou
Li, con sus «cuatro ojos de metal amarillo»,25 que recuerda las máscaras
plurales de los esquimales y los kwakiutl.
Estas máscaras con postigos, que presentan en forma alternativa
distintos aspectos del antepasado totémico, pacífico o irritado, o animal, manifiestan de una manera notable el lazo existente
entre el desdoblamiento de la representación y la mascarada. misión de esas máscaras es ofrecer una serie de formas intermedia rias, que aseguran el pasaje del símbolo a la significación, de lo mágico
a lo normal, de lo sobrenatural a lo social. Tienen, pues, por
función, a un mismo tiempo, enmascarar y desenmascarar. Pero cuando
se trata de desenmascarar, es entonces la máscara —por una de desdoblamiento a la inversa— la que se abre en dos mitades.
En cambio es el actor mismo el que se desdobla en la split representation,
y ésta, como hemos visto, tiene por fin exhibir la máscara
—en sentido propio y figurado— a expensas de su portador.
Volvemos entonces al anális is de Boas, pero tras haber alcanzado
su fundamento. Es cierto que el desdoblamiento de la representación
en un plano es un caso particular de su aparición sobre una
superficie curva, del mismo modo que ésta es, a su vez, un caso particular
de su aparición sobre superficies tridimensionales. Pero sobre cualquier superficie tridimensional, sino solamente sobre superficie tridimensional por excelencia, donde la forma y el decorado
no pueden ser disociados, ni física ni socialmente: quiero decir
el rostro humano. Se aclaran igualmente al mismo tiempo otras ana-
25. Florence Waterbury, Early Chinese Symbols and Líterature: Vestiges Speculations, Nueva York, 1942.
Esculturas maoríes de madera, de los siglos XVIII o XIX. Extraído de A. Hamihon, op. c it.
ARTE
logías bastante singulares entre las diferentes formas artísticas que
hemos considerado.
En las cuatro artes no encontramos un estilo decorativo, sino dos.
Uno de estos estilos tiende hacia una expresión representativa o por
lo menos simbólica, con un predominio del motivo como caracterís -
tica general más común. Es el caso, para la China arcaica, del esti lo
A de Karlgren;26 para la costa noroeste y para Nueva Zelanda, de la
pintura y el bajo relieve; para los guaicurú, de las pinturas faciales.
Pero paralelamente hay otro estilo, de carácter más estrictamente
formal y decorativo, con tendencias geométricas: estilo B de Karlgren;
decorado de cabrioles en Nueva Zelanda; decorados tejidos o
trenzados en Nueva Zelanda y en la costa noroeste; y, entre los guaicurú,
un estilo fácilmente identificable, que habitualmente se encuen -
tra en la cerámica ornamentada, en las pinturas corporales (diferen tes
de las pinturas faciales) y en los cueros pintados, ¿Cómo se explica este
dualismo y, sobre todo, su recurrencia? Lo que sucede es que el
primer estilo es decorativo solamente en apariencia: en ninguna de
las cuatro artes está destinado, como hemos visto, a cumplir una
función plástica. Su función es, por el contrario, social, mágica y
religiosa. El decorado es la proyección gráfica o plástica de una rea -
lidad de otro orden, así como el desdoblamiento de la representa -
ción resulta de la proyección de una máscara tridimensional sobre
una superficie de dos dimensiones (o bien de tres dimensiones, pero
infiel al arquetipo humano), y así como el individuo, en fin, es igual -
mente proyectado sobre la escena social por medio de su vestimenta.
Queda, pues, libre el campo para el nacimiento y desarrollo de un
auténtico arte decorativo, aunque, a decir verdad, cabe espe rar que
el simbolismo que impregna toda la vida social lo contamine.
Otro rasgo, común por lo menos a Nueva Zelanda y a la costa
noroeste, se manifiesta en el tratamiento de los troncos de árbol es -
culpidos con figuras superpuestas, cada una de las cuales ocupa una
sección completa del tronco. Los últimos vestigios de la escultura
de los caduveo apenas permiten formular hipótesis sobre sus formas
primitivas, y contarnos todavía con muy poca información acerca del
modo en que los escultores Shang trataban la madera; algunos ejemplos
han sido revelados gracias a las excavaciones de An -Yang.27 Con
todo, llamaré la atención sobre un bronce de la colección Loo, repro -
ducido por Hentze: 28 pareciera tratarse de la reducción de un poste
esculpido, comparable a las reducciones en arcilla de los mástiles
totémicos de Alaska y de la Columbia británica. En todo caso, la sec -
ción cilíndrica del tronco desempeña el mismo papel de arquetipo,
26. Bernhard Karlgren. «New Studies on Chinese Bronzes», The Museum of
Far Eastern Antiquities, Boletín 9, Estocolmo, 1937.
27. H. G. Creel, Monumenta Sérica, vol. I, pág. 40, 1935.
28. Frühchinesische Bronzen, loc. cit., lámina 5.
EL DESDOBLAMIENTO DE LA REPRESENTACIÓN 289
de límite absoluto, que le hemos reconocido al rostro y al cuerpo
humanos; pero lo hace en tanto el tronco es interpretado como un
ser, como un «poste parlante». También en este caso, la expresión
plástica y estilística no es otra cosa que la traducción concreta del reino
de los personajes.
Nuestro análisis, sin embargo, sería insuficiente si sólo nos permitiera
definir el desdoblamiento de la representación como un rasgo
común a las culturas de máscaras. Desde un punto de vista pura -
mente formal, jamás se ha dudado en considerar el í'ao t'ieh de los
bronces chinos arcaicos como una máscara. Boas, por su parte, ha
interpretado la representación desdoblada del tiburón, en el arte de
la costa noroeste, como una consecuencia del hecho de que los sím -
bolos característicos de este animal se perciben mejor de frente 29
(véase fig. III). Nosotros hemos hecho más que esto: hemos encon -
trado en el procedimiento del desdoblamiento no solamente la repre -
sentación gráfica de la máscara, sino la expresión funcional de un
tipo preciso de civilización. No todas las culturas de máscaras practican
el desdoblamiento. No lo hallamos (al menos en esta forma com -
pleta) ni en el arte de las sociedades pueblo del sudoeste norteameri -
cano, ni en el de Nueva Guinea.30 En ambos casos, sin embargo, las
29. Loc. cit., pág. 229. Conviene distinguir, no obstante, dos formas de desdo -
blamiento: el desdoblamiento propiamente dicho, donde un rostro o a veces un
individuo entero es representado por dos perfiles adyacentes, y el desdoblamiento
tal como se lo puede observar en la figura III: en este caso, tenemos una cara
flanqueada por dos cuerpos. No es nada seguro que las dos formas procedan
del mismo principio, y en el pasaje que hemos resumido al comienzo de este artículo,
Leonhard Adam las distingue muy sabiamente. El desdoblamiento del cual
es un bello ejemplo la figura III evoca, efectivamente, un procedimiento similar
bien conocido por la arqueología europea y oriental: la bestia con dos cuerpos;
E. Pottier se ha esforzado por reconstruir su historia («Histoire d'une bête», en
Recueil E. Pottier, Bibliotheque des Écoles d'Athénes et de Rome, fasc. 142). Pottier
deriva la bestia con dos cuerpos de la representación caldea de un animal
representado con la cabeza de frente y el cuerpo de perfil. Ulteriormente, se habría
añadido a la cabeza un segundo cuerpo, igualmente visto de perfil. Si esta
hipótesis es correcta, sería necesario considerar la representación del tiburón
analizada por Boas como una invención independiente, o bien como el testimonio
más oriental de la difus ión de un tema asiático. Esta última interpretación hallaría
una confirmación no desdeñable en la recurrencia de otro tema, los «torbellinos
de bestias» (véase Anna Roes, «Tierwirbel», Ipek, 1936-1937) en el arte
de las Estepas y en el de algunas regiones de América (especialmente en Moundville).
Es igualmente posible que la bestia con dos cuerpos derive en Asia y
América, en forma independiente, de una técnica de desdoblamiento de la representación
de la que no hay vestigios en los yacimientos arqueológicos del Cercano
Oriente, pero cuya huella se ha conservado en China y que puede observarse todavía
en ciertas regiones del Pacífico y de América.
30. El arte de Melanesia ofrece formas borrosas de desdoblamiento y de dislocación.
Véanse por ejemplo los recipientes de madera de las Islas del Almirantazgo,
reproducidos por Gladys A. Reichard («Melanesian Design: A Study of
Style in Wood and Tortoise Shell Carving», Columbia University Contributions to
Anthropology, n. 18, 2 vols., 1933. vol. II), y esta observación de la misma autora:
«Entre los tami, las articulaciones son representadas por medio del motivo de
290 ARTE
máscaras desempeñan un papel considerable. Las máscaras representan
también a los antepasados, y al colocarse la máscara, el actor
encarna al antepasado. ¿Cuál es, entonces, la diferencia? Consiste
en que, a la inversa de lo que ocurre en las civilizaciones que hemos
considerado en este trabajo, no hay allí esa cadena de privilegios,
emblemas y prestigio que, por intermedio de las máscaras, justifica
una jerarquía social por la presencia de las genealogías. Lo sobrenatural
no está destinado, en forma primordial, a fundar un orden de
castas y de clases. El mundo de las máscaras es un panteón más bien
que un mundo ancestral. El actor, además, sólo encarna al dios en
las ocasiones intermitentes que corresponden a las fiestas y los ceremoniales.
No recibe de él, por medio de una creación continua en
cada instante de la vida social, ni sus títulos, ni su rango, ni su ubicación
en la escala de status. Estos ejemplos no desmienten, pues, el
paralelismo que hemos establecido; antes bien, lo confirman. La independencia
recíproca del elemento plástico y el elemento gráfico corresponde
a un juego más flexible entre el orden social y el orden
sobrenatural, así como el desdoblamiento de la representación expresa
la estricta adhesión del actor a su papel, y del rango social a los
mitos, el culto y los pedigrees. Esta adherencia es tan rigurosa, que
para disociar al individuo de su personaje es preciso reducirlo a
pedazos.
Aun cuando no supiéramos nada de la sociedad china arcaica, la
sola inspección de su arte permitiría entonces reconocer la lucha de
los prestigios, la rivalidad entre las jerarquías, la competencia entre
los privilegios sociales y económicos, fundados todos en el testimonio
de las máscaras y en la veneración de los linajes. Pero afortunadamente
estamos mejor informados. Perceval Yetts, al analizar el transfondo
psicológico del arte del bronce, escribe: «The impulse seems almost
invariably to have been self-glorification, even when show is made of
solacing ancestors or of enhancing the family prestige»;31 * y en otro
lugar señala; «There is the familiar history of certain ting being
treasured as emblems of sovereignty down to the end of the feudal
period in the third century B.C.»32** En las tumbas
un ojo. Ante el hecho de que el tatuaje es muy importante para los maoríes y que
se lo representa en las tallas, me parece más que probable que la espiral que se
emplea a menudo en las figuras humanas tenga por fin enfatizar las articulaciones
» (loc, cit., vol. II, pág. 151).
31. W. Perceval Yetts, The Cult Chinese Bronzes, Londres, 1939, pág, 75.
* «El impulso parece haber sido, casi invariablemente, la autoglorificación,
aun cuando se tratara de mostrar antepasados consoladores o de acrecentar el
prestigio de la familia.» [T.]
32. W. Perceval Yetts, The George Eumorfopoulos Collection Catalogue, 3 vols.
Londres, 1929, I, pág. 43.
** «Existe la conocida historia de ciertos ting que fueron atesorados como
emblemas de soberanía hasta el fin del periodo feudal en la tercera centuria
a.C.. [T.]
EL DESDOBLAMIENTO DE LA REPRESENTACIÓN 291
de An-Yang se han hallado bronces que conmemoran a los sucesivos
miembros de un mismo linaje de antepasados.3 3 Y las diferencias
de calidad entre los especímenes exhumados se explican, según Creel,
por el hecho de que «the exquisite and the crude were produced side
by side at Anyang, for people of various economic status of prestige
».34 * El análisis etnológico converge, pues, con las conclusiones
de los sinólogos, y confirma también las teorías de Karlgren quien
—contrariamente a Leroi-Gourhan 35 y a otros autores— afirma, sobre
la base del estudio estadístico y cronológico de los temas, que la
máscara representativa ha precedido a su disolución en elementos
decorativos, y nunca ha resultado de un juego del artista que descubre
semejanzas en el ordenamiento fortuito de temas abstractos.36
En otro trabajo, Karlgren ha mostrado cómo las decoraciones animales
de las piezas arcaicas han cobrado la forma de llameantes
arabescos en los bronces tardíos, y ha relacionado los fenómenos de
la evolución estilística con el derrumbamiento de la sociedad feudal.37
Sentimos la tentación de adiv inar, en los arabescos del arte guaicurú,
que sugieren tan intensamente pájaros y llamas, el término de
una transformación análoga. El barroco y el preciosismo en el estilo
serían entonces la supervivencia, formal y amanerada, de un orden
social decadente y acabado. Serían su eco moribundo en el plano
estético.
Las conclusiones de este trabajo no prejuzgan nada acerca del
descubrimiento, siempre posible, de conexiones históricas insospechadas.
38 Se plantea todavía el problema de saber si estas sociedades
jerarquizadas y fundadas en el prestigio han aparecido independientemente,
en diferentes puntos del mundo, o bien si algunas de ellas
poseen un origen común en alguna parte. Creo, de acuerdo con
Creel,39 que las semejanzas entre el arte de la China arcaic a y el de
33. W. Perceval Yetts, «An-Yang: A Retrospect», China Society Occasional Papers,
Nueva serie, n. 2, Londres, 1942.
34. Loc, cit., pág. 46.
* «Lo exquisito y lo tosco eran producidos conjuntamente en Anyang, para
gente de distinto status económico de prestigio.» [T.]
35. A. Leroi-Gourhan, «L'art animalier dans les bronzes chinois», Revue des
Arts asiatiques, París, 1935.
36. Karlgren, New Studies..., loc. cit., págs, 76-78.
37. Bernhard Karlgren, «Huai and Han», The Museum of Far Eastern Antiquities,
Boletín 13, Estocolmo, 1941.
38. En efecto, el problema de las antiguas relaciones a través del océano
Pacífico acaba de plantearse nuevamente, debido al sorprendente descubrimiento,
en un museo provincial del sudeste de Formosa, de un bajorrelieve en madera
que podría ser de origen local. Representa tres personajes de pie. Los que
están colocados en las extremidades son del más puro estilo maori, mientras
que el del centro ofrece una especie de transición entre el arte maorí y el de la
costa noroeste de América. Véase Ling-Shun-Sheng, «Human Figures with Protruding
Tongue, etc.», Bulletin of the instilute of Ethnology, Academia Sinica, n. 2,
septiembre, 1956, Nankang, Taipci, Taiwan.
39. Monumenta Serica, vol. I, págs. 65-66.
292 ARTE
la costa noroeste —y tal vez entre aquél y el arte de otras regiones
americanas— son demasiado marcadas como para no conservar siempre
presente esta posibilidad. Pero, aun cuando fuera posible invocar la
difusión, ésta no podría ser una difusión de los detalles, de rasgos
independientes que hubieran viajado cada uno por su cuenta, desprendiéndose
a voluntad de una cultura para incorporarse a otra, sino
de una difusión de conjuntos orgánicos, donde el estilo, las convenciones
estéticas, la organización social y la vida espiritual se hallan
ligados estructuralmente. Creel, al evocar una analogía particularmente
notable entre el arte de la China arcaica y el de la costa noroeste,
escribe; «The many isolated eyes used by the Northwest Coast designers
recall most forcibly their similar use in Shang art and cause
me to wonder if there was some magical reason for this which was
possessed by both peoples.»40* Tal vez; pero las conexiones mágicas,
corno las ilusiones ópticas, solamente existen en la conciencia
de los hombres, y nosotros exigimos de la investigación científica que
nos haga conocer las razones.
40. Loc. cit., pág. 65.
* «Los numerosos ojos aislados usados por los diseñadores de la costa noroeste
recuerdan irresistiblemente el uso semejante que hace de ellos el arte Shang
y me llevan a preguntarme si no habrá habido una razón mágica que justifique
ese uso y que haya estado en posesión de ambos pueblos,» [T.]
CAPÍTULO 14
LA SERPIENTE CON EL CUERPO LLENO DE PECES 1
En una reciente publicación, consagrada a las tradiciones orales
de los toba y los pilagá,2 Alfred Métraux señala ciertos paralelos entre
los grandes temas mitológicos que pueden todavía recogerse en el
Chaco contemporáneo y los de las regiones andinas, atestiguados por
los antiguos autores. Así, por ejemplo, los toba, los vilela y los ma -
taco conocen el mito de la «larga noche», recogido ya en la provincia
de Huarochiri por Avila, y los chiriguano relatan la historia de la rebelión
de los utensilios contra sus dueños, que encontrarnos también
en el Popol-Vuh y entre los montesinos. El autor del que extraemos
estas observaciones agrega que este último episodio «se halla también
representado en un vaso chimu».
Otro mito recogido por Métraux aclara de manera particularmente
notable un motivo singular del cual conocemos por lo menos
dos ejemplos precolombinos. Sin duda, un estudio atento de las colecciones
peruanas de los principales museos permitiría hallar otros
ejemplos. Se trata de la leyenda de la serpiente Lik, «grande como
una mesa»; un indígena bondadoso, aterrado en un primer momento
por la apariencia de la serpiente, la transporta hasta el río, del cual
ella se había imprudentemente alejado: «La serpiente preguntó: —¿No
quieres llevarme? —¿Cómo podría hacerlo? jEres tan pesada! —No,
soy liviana. —¡Pero si eres tan grande!, replicó el hombre. —Sí, soy
grande, pero liviana. —Pero estás llena de peces. (Es verdad, Lik
está llena de peces. Los peces se encuentran bajo su cola, y cuando
ella se desplaza los transporta consigo.) La serpiente prosiguió: —Si
me llevas, te daré todos los peces que tengo dentro.» Más tarde, el
hombre relata su aventura y describe el animal fabuloso: «Está llena
de peces, que se hallan en su cola.»3
En el excelente comentario que sigue a este cuento, Métraux añade:
1. Publicado con igual titulo en Actes du XXVIIIe.. Congrés des Américanistes,
París, 1947 (Sociéte des Américanistes, 1948), págs. 633-636.
2. A. Métraux, Myths of the Toba and Pilagá Indians of Ihe Gran Chaco, Memoirs
of the American Folklore Society, vol. XL, Filadelfia, 1946.
3. Loc. cit., pág. 57.
294 ARTE
«He obtenido, sobre la mítica serpiente Lik, las siguientes informaciones:
Lik es un animal sobrenatural, una enorme serpiente que lleva
peces dentro de la cola. Las personas a las que la suerte favorece
especialmente, pueden encontrarse con Lik, varada en tierra firme,
en invierno, cuando la mayoría de las lagunas y cañadas se secan. Lik
les ruega que la lleven a una laguna con agua. Aquellos que no se
espantan a la sola vista de la serpiente, responden generalmente que
Figura 22. Figura de una decoración de un vaso de Nazca (Colección
de Jacques Lacan).
ella es demasiado pesada para ser transportada, pero, en cada oportunidad
y gracias a su magia, Lik se hace liviana. Cuando se encuentra
nuevamente nadando en agua profunda, promete a quienes la han
ayudado darles todos los peces que deseen cada vez que lo soliciten,
con una sola condición: no revelar nunca cómo los han obtenido...»4
Resulta tentador evocar este mito a propósito de los dos vasos que
aquí ilustramos. El primero (fig. 22) es un vaso de Nazca de fondo
redondeado; el cuerpo, casi cilindrico, presenta un estrechamiento
progresivo hacia la abertura, cuyo diámetro mide 9 centímetros. La
altura total es de 17 centímetros. El decorado comprende cinco
colores, sobre engobe blanco: negro, berenjena, ocre oscuro, ocre
claro y gris agarbanzado. Representa a un animal fabuloso con
cuerpo humao, cuya cabeza, provista de tentáculos y de una
mandíbula con temibles dientes, se continúa, hacia atrás, en un apéndice
caudal recto primero y luego curvo, que termina, en la extremidad
posterior, en una segunda cabeza más pequeña. Esta cola sinuosa
está erizada de espinas, entre las cuales circulan peces, y toda la
parte serpentina, representada como en un corte longitudinal, está
igualmente llena de peces. El monstruo está ocupado en devorar a un
hombre, cuyo cuerpo retorcido mantiene entre los dientes, mientras
un miembro protuberante en forma de brazo y mano se apresta a
atravesar a la víctima con una lanza. Contemplan el drama dos pe-
4. Loc. cit., pág. 59.
LA SERPIENTE CON PECES 295
queños peces que parecen esperar su parte en el festín. Se diría que
toda la escena ilustra un episodio recogido por Métraux de sus informantes;
«Algunas veces, Lik engulle a personas. Si éstas conservan
sus cuchillos cuando llegan al interior de la serpiente, pueden abrirle
el corazón y perforar una salida; al mismo tiempo se apoderan de
todos los peces que se encuentran en la cola.»5 Con todo, en el documento
antiguo es más bien la serpiente la que parece llevar la ventaja
en cuanto a las armas.
El segundo vaso (fig. 23), cuyo dibujo hemos extraído de Bassler,
proviene de Pacasmayo. Reconocemos allí al mismo monstruo —mitad
serpiente, mitad hombre— con el cuerpo curvado igualmente repleto
de peces. Una franja ornamentada con olas estilizadas sugiere que el
animal se encuentra en un río, por cuya superficie navega un hombre
en una barca. También en este caso, el documento arqueológico
aporta una glosa, notablemente fiel, del relato contemporáneo: «El
tío de Kidos'k me dice que una vez vio realmente a Lik. Un día que
pescaba en barca, escuchó de pronto un gran estruendo y se dio
cuenta de que era Lik quien lo producía. Al punto enfiló a fuerza
de remos hacia la orilla.»6
Estas correspondencias, conservadas en regiones alejadas unas de
otras, y a varios siglos de
distancia, nos hacen desear la
contraprueba: la posibilidad de
comparar el modo en que los
indígenas contemporáneos ilustran
sus leyendas, con las pie zas
aquí reproducidas. No parece
imposible, puesto que Métraux
indica que un artista toba le
hizo un dibujo de Lik con su
cuerpo lleno de peces. Lo que
sobre todo resulta evidente es que,
en estas regiones de América del
Sur donde las altas y bajas
culturas han mantenido contactos
regulares o intermitentes entre sí
durante un prolongado período, el
etnólogo y el arqueólogo pueden
ayudarse mutuamente con el fin
de dilucidar problemas comunes.
La «serpiente con el cuerpo
repleto de peces» es
5. Loc, cit,, pág. 59.
6. Loc . c i t . , pág. 69.
296 ARTE
sólo un tema entre los centenares de temas que la cerámica peruana,
en el norte y en el sur, ilustra casi al infinito. ¿Cómo dudar de que la
clave de la interpretación de tantos motivos todavía herméticos se encuentra
a nuestra disposición, e inmediatamente accesible, en mitos y
cuentos que se mantienen con vida? Sería un error descuidar estos métodos,
mediante los cuales el presente permite acceder al pasado. Ellos
pueden guiarnos en un laberinto de monstruos y dioses cuando, por
falta de escritura, el documento plástico es incapaz de ir mas allá de
sí mismo. Al restablecer los lazos entre regiones separadas, entre diferentes
períodos históricos y entre culturas de desarrollo desigual, estos
métodos atestiguan, clarifican —y tal vez un día expliquen— ese vasto
estado de sincretismo con el cual el americanista parece condenado a
enfrentarse, para su desgracia, siempre que busca los antecedentes
históricos de tal o cual fenómeno particular.7
7. En un artículo titulado «La deidad primitiva de los nasca», publicado en
1932 en la Revista del Museo Nacional, t. II, n. 2, Yacovleff ha tratado ya el mis -
mo problema y formulado la hipótesis de que el animal representado sería un
terrible cazador de los mares, pez de cuatro a nueve metros de largo, el Orca
gladiator. Si la sugerencia es exacta debemos ver en la leyenda pilagá recogida
por Métraux el eco de un tema marítimo. De todos modos, la relación entre el
documento moderno y las piezas arqueológicas seguiría siendo apasionante. (Véase
en especial la fig, 9, h. m, pág. 132, del artículo de Yacovleff.)
No se debe perder de vista, con todo, que el mito, con su leitmotiv caracterís -
tico: «Eres pesada —¡No, soy liviana!» se vuelve a encontrar inclusive en América
del Norte, particularmente entre los sioux, donde el monstruo no es, entre estos
cazadores, una Madre de los Peces, sino una Madre de los Bisontes. De manera
muy curiosa, la Madre de los Peces reaparece entre los iroqueses (que, sin embargo,
no son pescadores), con un detalle suplementario: «Mi melena está llena de
peces», lo cual inevitablemente nos recuerda los frescos mayas de Bonampak,
donde hay personajes que llevan un peinado (o una cabellera) cargada de peces,
y ciertos mitos —sobre todo del sudeste de los Estados Unidos— en los que el
héroe multiplica los peces lavando su cabellera en el río.
PROBLEMAS DE MÉTODO Y ENSEÑANZA
CAPÍTULO 15
LA NOCIÓN DE ESTRUCTURA EN ETNOLOGÍA 1
Es preciso no tomar por verdades históricas las investigaciones
que pueden hacerse sobre este tema, sino
considerarlas solamente como razonamientos hipotéticos
y condicionales, destinados a esclarecer la naturaleza
de las cosas antes que a mostrar su verdadero
origen y como semejantes a los razonamientos que
diariamente hacen nuestros físicos acerca de la formación
del mundo.
J. J. Rousseau, Discours sur l'origine de l´inégalité parmi
les hommes.
La noción de estructura social evoca problemas demasiado vastos
y vagos para ser tratados dentro de los límites de un artículo. El
programa de este simposio lo admite implícitamente: han sido asignados
a otros participantes temas muy próximos al nuestro. Así, por
ejemplo, estudios tales como los consagrados al estilo, a las categorías
universales de la cultura, a la lingüística estructural, se vinculan
muy estrechamente con nuestro tema y el lector deberá también acudir
a ellos.
Por otra parte, cuando se habla de estructura social, se hace sobre
todo referencia a los aspectos formales de los fenómenos sociales;
se abandona, pues, el campo de la descripción y se consideran nociones
y categorías que no pertenecen en sentido propio a la etnología,
pero que ésta querría emplear a la manera de otras disciplinas
que, desde hace mucho, tratan algunos de sus problemas como nosotros
desearíamos poder tratar los nuestros. Estos difieren, sin duda,
en cuanto al contenido, pero —equivocados o no— tenemos el sentimiento
de que nuestros propios problemas podrían ser estudiados de
modo parecido, con la condición de adoptar el mismo tipo de formalización.
El interés de las investigaciones estructurales es, precisa-
1. Este trabajo fue traducido al francés y adaptado de la versión original en
inglés: Social Structure, Wenner-Gren Foundation International Symposium on
Anthropology, Nueva York, 1952. Se publicó ulteriormente en A. L. Kroeber (ed.),
Anthropology To-Day, Illinois, University of Chicago Press, 1953, págs. 524-553.
300 PROBLEMAS DE MÉTODO Y ENSEÑANZA
mente, el de darnos la esperanza de que las ciencias más avanzadas
desde este punto de vista pueden proporcio narnos modelos y métodos
para solucionar nuestros problemas.
¿Qué debe entenderse, entonces, por estructura social? ¿En qué
difieren los estudios sobre estructura social de todas las descripciones,
análisis y teorías referentes a las relaciones sociales en sentido amplio,
y que se confunden con el objeto mismo de la antropología? Los
autores no están de acuerdo acerca del contenido de esta noción, y
entre aquellos que han contribuido a introducirla, hay inclusive al -
gunos que en la actualidad parecen habers e arrepentido de ello.
Así, por ejemplo, Kroeber, quien escribe en la segunda edición de su
Anthropology:
«La noción de "estructura" tal vez no sea otra cosa que una con -
cesión a la moda: un término con sentido bien preciso ejerce de
pronto una atracción singular durante una decena de años —como
la palabra "aerodinámico"—; se la emplea porque suena agradable al
oído. Una personalidad típica puede, sin duda, ser considerada desde
el punto de vista de su estructura. Pero lo mismo vale para un orde -
namiento fisiológico, un organismo, una sociedad cualquiera o una
cultura, un cristal o una máquina. Cualquier cosa —a condición de
que no sea algo completamente amorfo— posee una estructura. En -
tonces, el termino "estructura" no parece agregar absolutamente nada
a aquello en que pensamos al emplearla, como no sea un sabor agra -
dable.» (Kroeber, 1948, pág. 325.)2
Este texto apunta directamente a la pretendida «estructura de la
personalidad básica», pero implica también una crítica más radical que
pone en duda el uso m ismo de la noción de estructura en antropología.
La incertidumbre actual no es la única razón que hace indispen -
sable una definición. Desde un punto de vista estructuralista —que
sin duda es preciso adoptar aquí, aunque sólo sea para dar existencia
al problema—, la noción de estructura no depende de una definición
inductiva, fundada en la comparación y la abstracción de los elemen tos
comunes a todas las acepciones del término tal como se lo emplea
habitualmente. O bien el término estructura social no tiene sentido, o
bien este sentido mismo posee ya una estructura. Esta estructura de
la noción es lo que primero hay que captar, so pena de dejarse
llevar por un fastidioso inventario de todos los libros y artículos que
se ocupan de las relaciones sociales: la sola lista excedería los límites
2, Compárese el texto citado con esta otra fórmula del mismo autor: « . . E l
término "estructura social", que tiende a reemplazar al de "organización social"
sin agregar nada, al parecer, en cuanto al contenido o la significación» (1943,
pág. 105).
A lo largo de este capítulo, recargado de referencias bibliográficas, hemos evitado
reproducir en nota los títulos completos de las obras citadas. El lector
las encontrará fácilmente, por el nombre del autor y la fecha de publicación, en la
bibliografía general incluida al final de volumen.
LA NOCIÓN DE ESTRUCTURA 301
de este capítulo. Una segunda etapa permitirá comparar nuestra de -
finición provisional con las que otros autores parecen admitir, explí -
cita o implícitamente. Procederemos a dicho examen en la sección
consagrada al parentesco, puesto que éste es el principal contexto en
que aparece la noción de estructura. En realidad, los etnólogos se han
ocupado de la estructura casi exclusivamente en relación con los pro -
blemas del parentesco.
I. DEFINICIÓN Y PROBLEMAS DE MÉTODO
El principio fundamental afirma que la noción de estructura social
no se refiere a la realidad empírica, sino a los modelos construidos
de acuerdo con ésta. Aparece, así, la diferencia entre dos nociones
tan próximas que a menudo se las ha confundido; quiero decir, las de
estructura social y de relaciones sociales. Las relaciones sociales son la
materia prima empleada para la construcción de los modelos que
ponen de manifiesto la estructura social misma. Esta no puede ser
reducida, en ningún caso, al conjunto de las relaciones sociales
observables en una sociedad determinada. Las investigaciones de es -
tructura no reivindican para sí un campo propio entre los hechos
sociales; constituyen más bien un método susceptible de ser aplicado
a diversos problemas etnológicos, y se asemejan a las formas de análi -
sis estructural empleadas en diferentes dominios.
Se trata, entonces, de saber en qué consisten estos modelos que
son el objeto propio de los análisis estruct urales. El problema no
corresponde a la etnología sino a la epistemología, porque las defini -
ciones que daremos a continuación no dependen para nada de la
materia prima de nuestros trabajos. En efecto, pensamos que para
merecer el nombre de estructura los modelos deben satisfacer exclusivamente
cuatro condiciones.
En primer lugar, una estructura presenta un carácter de sistema.
Consiste en elementos tales que una modificación cualquiera en uno
de ellos entraña una modificación en todos los demás.
En segund o lugar, todo modelo pertenece a un grupo de trans -
formaciones, cada una de las cuales corresponde a un modelo de la
misma familia, de manera que el conjunto de estas transformaciones
constituye un grupo de modelos.
En tercer lugar, las propiedades antes indicadas permiten predecir
de qué manera reaccionará el modelo, en caso de que uno de sus
elementos se modifique.
Finalmente, el modelo debe ser construido de tal manera que su
funcionamiento pueda dar cuenta de todos los hechos observados.3
3. Compárese con von Neumann: «Los modelos (tales como los juegos) son
construcciones teóricas que suponen una definición precisa, exhaustiva y no de302
PROBLEMAS DE MÉTODO Y ENSEÑANZA
a) Observación y experimentación
Se distinguirán siempre estos dos niveles. La observación de los
hechos y la elaboración de los métodos que permiten emplearlos para
construir modelos no se confunden nunca con la experimentación
por medio de los modelos mismos. Por «experimentación sobre los
modelos» entiendo el conjunto de procedimientos que permiten saber
cómo reacciona un modelo sometido a modificaciones o comparar
dos modelos del mismo tipo o de tipos diferentes entre sí. Esta distinción
es indispensable para evitar ciertos malentendidos, ¿No hay,
acaso, contradicción entre la observación etnográfica, siempre concreta
e individualizada, y las investigaciones estructurales, a las que
se atribuye a menudo un carácter abstracto y formal, con el propósito
de negar que pueda pasarse de la primera a las segundas? La contradicción
se desvanece cuando se ha comprendido que estos caracteres
antitéticos corresponden a dos niveles diferentes o, para ser más
exactos, corresponden a dos etapas de la investigación. En el plano
de la observación, la regla principal —casi podría decirse la única—
es que los hechos deben ser observados y descritos con exactitud, sin
permitir que los prejuicios teóricos alteren su naturaleza y su importancia.
Esta regla implica otra, por vía de consecuencia: los hechos
deben ser estudiados en sí mismos (¿qué procesos concretos los han
producido?) y también en relación con el conjunto (es decir, que todo
cambio observado en un punto será vinculado a las circunstancias
globales de su aparición).
Esta regla y sus corolarios han sido claramente formulados por
K. Goldstein (1951, págs. 18-25) a propósito de investigaciones psicofisiológicas;
son aplicables también a otras formas de análisis estructural.
Desde nuestro punto de vista, permiten comprender que no
existe contradicción, sino íntima correlación, entre el cuidado por
el detalle concreto, propio de la descripción etnográfica, y la validez y
generalidad que reivindicamos para el modelo construido a partir
de ella. Se pueden concebir, en efecto, muchos modelos diferentes
pero cómodos, por distintas razones, para describir y explicar un
grupo de fenómenos. Con todo, el mejor será siempre el modelo
masiado complicada: deben ser también parecidos a la realidad en todos aquellos
aspectos que tienen importancia para la investigación en curso. Recapitulando:
la definición debe ser precisa y exhaustiva, para hacer posible un tratamiento
matemático. La construcción no se debe complicar inútilmente, de modo
que el tratamiento matemático pueda ser llevado más allá de la etapa de formalización
y proporcione resultados numéricos completos. Se requiere la semejanza
con la realidad para que el funcionamiento del modelo sea significativo. Pero
este parecido se puede restringir, habitualmente, a ciertos aspectos considerados
esenciales pro tempore, de lo contrario, las condiciones enumeradas más arriba
resultarían incompatibles» (Neumann y Morgenstern, 1944).
LA NOCIÓN DE ESTRUCTURA 303
verdadero, es decir, aquel que, siendo el más simple, responderá a
la doble condición de no utilizar otros hechos fuera de los considerados,
y de dar cuenta de todos. La primera tarea es, pues, saber
cuáles son estos hechos.
b) Conciencia e inconsciente
Los modelos pueden ser conscientes o inconscientes, según el
nivel en el que funcionan. Boas, a quien corresponde el mérito de
esta distinción, ha mostrado que un grupo de fenómenos se presta
mucho mejor al análisis estructural cuando la sociedad no dispone
de un modelo consciente para interpretarlo o justificarlo (1911, página
67). Sorprenderá tal vez encontrar citado aquí a Boas corno uno
de los maestros del pensamiento estructuralista; algunos estarían dispuestos
a atribuirle el papel opuesto. En otro trabajo4 he tratado de
mostrar que el fracaso de Boas, desde el punto de vista estructuralista,
no se explica por la incomprensión ni la hostilidad. En la historia del
estructuralismo. Boas ha sido más bien un precursor. Pero ha pretendido
imponer a las investigaciones estructurales condiciones demasiado
rigurosas. Algunas de ellas han podido ser asimiladas por sus
sucesores, pero otras eran tan severas y tan difíciles de cumplir
que hubieran esterilizado el progreso científico en cualquier campo.
Un modelo cualquiera puede ser consciente o inconsciente sin
que esta condición afecte su naturaleza. Sólo es posible decir que
una estructura sumergida en forma superficial en el inconsciente
hace más probable la existencia de un modelo que la oculta, como
una pantalla, a la conciencia colectiva. Los modelos conscientes, en
efecto —que se llaman comúnmente «normas»— se cuentan entre los
más pobres, debido a que su función no consiste en exponer los resortes
de las creencias y los usos, sino en perpetuarlos. El análisis
estructural se enfrenta, así, a una situación paradójica, bien conocida
por el lingüista: cuanto más nítida es la estructura manifiesta, tanto
más difícil se vuelve aprehender la estructura profunda, a causa de
los modelos conscientes y deformados que se interponen como obstáculos
entre el observador y su objeto.
El etnólogo deberá, pues, distinguir siempre entre las dos situaciones
en que corre el riesgo de encontrarse. Puede tener que construir
un modelo correspondiente a fenómenos cuyo carácter sistemático
no ha sido percibido por la sociedad estudiada. Esta es la situación
más simple, y Boas ha señalado que ofrece al mismo tie mpo el terreno
más favorable para la investigación etnológica. En otros casos, sin
embargo, el etnólogo tiene que vérselas no solamente con materiales
brutos, sino también con modelos ya construidos por la cultura en
4. «Historia y etnología», capítulo 1 de este libro.
304 PROBLEMAS DE MÉTODO Y ENSEÑANZA
cuestión, bajo forma de interpretaciones. He señalado ya que semejantes
modelos pueden ser muy imperfectos, pero ello no siempre
ocurre. Muchas culturas llamadas primitivas han elaborado modelos
—de sus reglas matrimoniales, por ejemplo— mejores que los modelos
de los etnólogos profesionales.5 Hay, pues, dos razones para respetar
estos modelos «caseros». Primero, pueden ser buenos o, al
menos, ofrecer un camino de acceso a la estructura; cada cultura
tiene sus teorizadores, cuya obra merece tanta atención corno la que
el etnólogo presta a sus colegas. Luego, inclusive cuando los modelos
son tendenciosos o inexactos, la tendencia y el tipo de errores que
encierran forman parte de los hechos por estudiar y tal vez se cuentan
entre los más significativos. Pero cuando el etnólogo dedica toda su
atención a estos modelos, productos de la cultura indígena, no debe
olvidar que las normas culturales no son automáticamente estructuras.
Son más bien importantes piezas que ayudan a descubrir estas
últimas: ya se trate de documentos en bruto, ya de contribuciones
teóricas comparables a las que aporta el propio etnólogo.
Durkheim y Mauss han comprendido bien que las representaciones
conscientes de los indígenas merecen siempre más atención que
las teorías derivadas —como representaciones igualmente conscientes—
de la sociedad del observador. Aun cuando sean inadecuadas,
las primeras ofrecen una mejor vía de acceso a las categorías (inconscientes)
del pensamiento indígena, en la medida en que se encuentran
ligadas estructuralmente con ellas. Sin subestimar la importancia y
el carácter innovador de esta posición, debemos reconocer, con todo,
que Durkheim y Mauss no la han llevado tan lejos como hubiese sido
de desear. Porque las representaciones conscientes de los indígenas,
por interesantes que puedan ser en virtud de las razones que acabamos
de indicar, son susceptibles de permanecer objetivamente tan
alejadas de la realidad inconsciente como las otras.6
c) Estructura y medida
Se dice a veces que la noción de estructura permite introducir
la medida en etnología. Esta idea ha podido formarse como resultado
del empleo de fórmulas matemáticas —o que aparentan serlo—
en obras etnológicas recientes. Es exacto sin duda que, en algún
caso, se ha conseguido asignar valores numéricos a constantes. Así,
por ejemplo, las investigaciones de Kroeber sobre la evolución de la
moda femenina, que marcan una fecha importante en la historia de
los estudios estructuralistas (Richardson y Kroeber, 1940), y también
algunas otras de las que hablaremos más adelante.
5. Se hallarán ejemplos y un análisis detallado en Lévi-Strauss (1949b, págs. 558
y sigs).
6. Sobre este tema, véanse los capítulos 7 y 8 de este volumen.
LA NOCIÓN DE ESTRUCTURA 305
No existe, sin embargo, ninguna conexión necesaria entre las nociones
de medida y las de estructura. Las investigaciones estructurales
han aparecido en las ciencias sociales como una consecuencia
indirecta de ciertos desarrollos de la matemática mode rna, que han
otorgado creciente importancia al punto de vista cualitativo, alejándose
así de la perspectiva cuantitativa de la matemática tradicional.
En distintos campos: lógica matemática, teoría de los conjuntos,
teoría de los grupos y topología, se ha comprendido cómo problemas
que no comportaban solución métrica podían igualmente ser sometidos
a un tratamiento riguroso. Recordemos aquí los títulos de las
obras de mayor importancia para las ciencias sociales: Theory of
Games and Economic Behavior, de J. von Neumann y O. Morgenstern
(1940); Cybernetics, etc., de N. Wiener (1948); The Mathematical
Theory of Communication, de C. Shannon y W. Weaver (1950).
d) Modelos mecánicos y modelos estadísticos
Una última distinción se refiere a la escala del modelo, en comparación
con la escala de los fenómenos. Un modelo cuyos elementos
constitutivos se encuentran a la misma escala que los fenómenos
será llamado «modelo mecánico», y «modelo estadístico» aquel cuyos
elementos se encuentran en una escala diferente. Tomemos, por
ejemplo, las leyes matrimoniales. En las sociedades primitivas, estas
leyes pueden ser representadas en forma de modelos donde figuran
los individuos, efectivamente distribuidos en clases de parentesco o
en clanes; dichos modelos son mecánicos. En nuestra sociedad es
imposible recurrir a este tipo de modelo, porque los diversos tipos de
matrimonio dependen de factores más generales: tamaño de los grupos
primarios y secundarios a que pertenecen los cónyuges posibles,
fluidez social, cantidad de información, etcétera. Para llegar a determinar
las constantes de nuestro sistema matrimonial (lo cual no ha
sido intentado hasta ahora), se deberían definir entonces medias y
umbrales: el modelo apropiado sería de naturaleza estadística.
Entre estas dos formas existen, sin duda, formas intermedias.
Así, por ejemplo, algunas sociedades (entre ellas la nuestra) utilizan
un modelo mecánico para definir los grados matrimoniales prohibidos
y recurren a un modelo estadístico en lo concerniente a los
matrimonios posibles. Por otra parte, los mismos fenómenos pueden
depender de los dos tipos de modelos, según la manera en que se los
agrupe entre sí o con otros fenómenos. Un sistema que favorece el
matrimonio entre primos cruzados, pero donde esta fórmula ideal
corresponde sólo a una determinada proporción de las uniones registradas,
exige, para ser explicado de manera satisfactoria, a la vez un
modelo mecánico y un modelo estadístico.
Las investigaciones estructurales carecerían de interés si las es306
PROBLEMAS DE MÉTODO Y ENSEÑANZA
tructuras no fueran traducibles a modelos cuyas propiedades formales
son comparables, con independencia de los elementos que las componen.
El estructuralista tiene por tarea identificar y aislar los niveles
de realidad que pos een un valor estratégico desde el punto de vista
en que él se coloca; dicho de otra manera, que pueden ser representados
en forma de modelos, sea cual fuere la naturaleza de estos
últimos.
A veces es posible también considerar simultáneamente los mismos
datos colocándose en puntos de vista diferentes, que poseen por
igual un valor estratégico, aunque los modelos correspondientes sean
ya mecánicos, ya estadísticos. Los ciencias exactas y naturales conocen
situaciones de este tipo; así, por ejemplo, la teoría de los cuerpos
en movimiento pertenece a la mecánica, si los cuerpos considerados
son poco numerosos. Pero cuando este número aumenta más allá
de un cierto orden de magnitud, es preciso recurrir a la termodinámica,
vale decir, reemplazar el anterior modelo mecánico por un
modelo estadístico, aunque la naturaleza de los fenómenos perma -
nezca la misma en ambos casos.
En las ciencias humanas y sociales se presentan a menudo situaciones
del mismo género. Tómese, por ejemplo, el suicidio: se lo
puede considerar desde dos perspectivas diferentes. El análisis de
los casos individuales permite construir lo que se podría llamar
modelos mecánicos de suicidio, cuyos elementos están constituidos
por el tipo de personalidad de la víctima, su historia individual, las
propiedades de los grupos primario y secundario a los cuales perteneció,
y así sucesivamente; pero se pueden también construir modelos
estadísticos, fundados en la frecuencia de suicidos durante cierto
período, en una o varias sociedades, o también en grupos primarios
y secundarios de tipos diferentes, etcétera. Sea cual fuere la perspectiva
elegida, de este modo habremos aislado niveles donde el estudio
estructural del suicidio es significativo; en otros términos, niveles
que autorizan la construcción de modelos que puedan ser comparables
en cuanto a 1) distintas formas de suicidio; 2) sociedades
diferentes; 3) distintos tipos de fenómenos sociales. El progreso científico
no consiste solamente en el descubrimiento de constantes características
de cada nivel, sino también en delimitar niveles no localizados
todavía, en los cuales conserva su valor estratégico el estudio
de determinados fenómenos. Es lo que ha ocurrido con el advenimiento
del psicoanálisis, que descubrió el modo de establecer modelos correspondientes
a un nuevo campo de investigación: la vida psíquica
del paciente tomada en su totalidad.
Estas consideraciones ayudarán a comprender mejor la dualidad
(sentimos la tentación de decir: la contradicción) que caracteriza a
los estudios estructurales. Nos proponemos, primero, aislar niveles
significativos, lo cual implica segmentar los fenómenos. Desde este
punto de vista, cada tipo de estudios estructurales pretende ser autó-
LA NOCIÓN DE ESTRUCTURA 307
nomo, independiente con respecto a todos los demás y también con
respecto a la investigación de los mismos hechos pero sobre la base
de otros métodos. Y, sin embargo, nuestras investigaciones no se
interesan en otra cosa que en construir modelos cuyas propiedades
formales, considerando la comparación y la explicación, sean reducibles
a las propiedades de otros modelos pertenecientes a niveles
estratégicos distintos. Podemos, así, esperar que los muros que separan
las disciplinas vecinas serán abatidos, y que entre ellas se promoverá
una verdadera colaboración.
He aquí un caso que permitirá ilustrar este punto. El problema
de las relaciones entre la historia y la etnología ha sido motivo recientemente
de numerosas discusiones. No obstante las críticas que
se me han hecho,7 insisto en que la noción de tiempo no constituye
el centro del debate. Ahora bien, si lo que distingue a estas dos disciplinas
no es una perspectiva temporal propia de la historia, ¿en
qué consiste su diferencia? Para responder, necesitamos referirnos
a las observaciones presentadas en el parágrafo anterior y situar la
historia y la etnología en el seno de las otras ciencias sociales.
La etnografía y la historia difieren, ante todo, de la etnología y
la sociología, en la medida en que las dos primeras se fundan en la
reunión y organización de documentos, mientras que las dos últimas
estudian más bien los modelos construidos a partir de esos documentos
y por medio de ellos.
En segundo lugar, la etnografía y la etnología corresponden respectivamente
a dos etapas de una misma investigación, que desemboca
finalmente en modelos mecánicos, mientras que la historia (y
las restantes disciplinas clasificadas por lo general como ciencias
«auxiliares» de la historia) culmina en modelos estadísticos. Las rela -
ciones entre nuestras cuatro disciplinas pueden entonces ser reducidas
a dos oposiciones, una entre observación empírica y construcción de
modelos (que caracteriza la etapa inicial) y la otra entre el carácter
estadístico o mecánico de los modelos, considerados como punto de
llegada. Si aplicamos arbitrariamente el signo + al primer término
y el signo – al segundo término de cada oposición, obtenemos lo
siguiente:
7, Acerca de estas discusiones, véase C. Lévi-Strauss, "Historia y etnología»
(cap. 1 de este volumen); Race et histoire, París, 1952; dichos trabajos han suscitados
críticas y comentarios por parte de: C. Lefort, «L'échange et la lutte des
hommes», Les Temps Modernes, febrero 1951; «Societés sans histoire et historicite»Cahiers Internationaux de Sociologie, vol. 12, año 7, 1952; Jean Pouillon, «L'oeuvre
de Claude Lévi-Strauss», Les Temps Modernes, julio 1956; Roger Bastide, «Lévi-
Strauss ou l'ethnographe a la recherche du temps perdu», Présence Africaine,
abril-mayo 1956; G. Balandier, «Grandeur et servitude de l'ethnologue» Cahiers du
Sud, año 43, n. 337, 1956.
308 PROBLEMAS DE MÉTODO Y ENSEÑANZA
Se comprende entonces cómo es posible que las ciencias sociales,
que deben necesariamente adoptar una perspectiva temporal, se distingan
por el empleo de dos categorías de tiempo.
La etnología recurre a un tiempo «mecánico», es decir, reversible
y no acumulativo: el modelo de un sistema de parentesco patrilineal
no contiene nada que indique si ha sido siempre patrilineal o
bien si ha sido precedido por un sistema matrilineal, o inclusive
por toda una serie de oscilaciones entre ambas formas. Por el contrario,
el tiempo de la historia es «estadístico»: no es reversible y
comporta una orientación determinada. Una evolución que retrotrajera
la sociedad italiana contemporánea a la República romana, seria
tan inconcebible como la reversibilidad de los procesos que dependen
de la segunda ley de termodinámica.
El análisis precedente aclara la distinción, propuesta por Firth,
entre la noción de estructura social —donde el tiempo no desempeña
ningún papel— y la organización social, donde se recurre al tiempo
1951, pág. 40). Lo mismo vale para el prolongado debate entre los
partidarios del antievolucionismo boasiano y Leslie White (1949).
Boas y su escuela se han ocupado sobre todo de modelos mecánicos,
donde la noción de evolución carece de valor heurístico. Esta noción
adquiere un sentido pleno en el terreno de la historia y la sociología,
pero a condición de que los elementos a los cuales se refiere no sean
formulados en términos de una tipología «culturalista», que utiliza
exclusivamente modelos mecánicos. Sería necesario, en cambio, aprehender
estos elementos en un nivel lo bastante profundo para estar
seguros de que permanecerán idénticos, sea cual fuere el contexto
cultural en el que se encuentren (como los genes, que son elementos
idénticos susceptibles de aparecer en combinaciones diferentes de
las que resultan los tipos raciales, es decir, modelos estadísticos). Es
preciso, en fin, que se puedan componer largas series estadísticas.
Boas y su escuela tienen, pues, razón en rechazar la noción de
evolución: no es significativa en el plano de los modelos mecánicos
que ellos utilizan de manera exclusiva, y White se equivoca cuando
pretende reintroducir la noción de evolución, porque insiste en emplear
modelos del mismo tipo que sus adversarios. Los evolucionistas
reafirmarían mejor su posición si consintiesen en reemplazar los
LA NOCIÓN DE ESTRUCTURA 309
modelos mecánicos por modelos estadísticos, es decir, por modelos
cuyos elementos sean independientes de sus combinaciones y permanezcan
idénticos a través de un período de tiempo suficientemente
largo.8
La distinción entre modelo mecánico y modelo estadístico ofrece
otro interés: permite aclarar el papel del método comparativo en
las investigaciones estructurales, Radcliffe-Brown y Lowie han tendido,
ambos, a sobreestimar dicho papel. El primero escribe (1952,
pág. 14):
«Se considera generalmente que la sociología teórica es una ciencia
inductiva. La inducción es, ef ectivamente, el procedimiento lógico
que permite inferir proposiciones generales de la consideración de
ejemplos especiales. El profesor Evans -Pritchard... parece pensar a
veces que el método lógico de inducción, que emplea la comparación,
la clasificación y la generalización, no puede ser aplicado a los fenómenos
humanos y a la vida social... En lo que a mí respecta, sostengo
que la etnología se funda en el estudio comparativo y sistemático de
un gran número de sociedades.»
En un estudio anterior, Radcliffe-Brown decía, a propósito de la
religión (1945, pág. 1):
«El método experimental aplicado a la sociología religiosa... nos
enseña que debemos poner a prueba nuestras hipótesis en un número
suficiente de religiones diferentes o cultos religiosos particulares,
confrontados cada uno con la sociedad particular en que se manifiestan.
Una empresa semejante sobrepasa las capacidades de un solo
investigador y supone la colaboración entre varios.»
En la misma perspectiva, Lowie comienza por señalar (1948a. página
38) que «la literatura etnológica está llena de pretendidas correlaciones
que carecen de toda base experimental»; e insiste en la necesidad
de «ampliar el fundamento inductivo» de nuestras generalizaciones
(1948a, pág. 68). Estos dos autores están, pues, de acuerdo en
proporcionar un fundamento inductivo a la etnología, con lo cual
se separan no solamente de Durkheim: «Cuando una ley ha sido probada
por una experiencia bien hecha, esta prueba es universalmente
válida» (1912, pág. 593), sino también de Goldstein. Como ya ha sido
señalado, este último ha formulado de la manera más lúcida lo que
cabría llamar «las reglas del método estructuralista», colocándose en
un punto de vista lo bastante general para hacerlas válidas más allá
del dominio limitado para el cual las concibió originariamente. Goldstein
observa que la necesidad de proceder a un estudio detallado
de cada caso entraña como consecuencia una restricción en el número
de ejemplos que es posible considerar de esta manera. ¿No se
corre entonces el riesgo de limitarse a casos que son demasiado espe-
8. Asi es, por lo demás, como se desarrolla el evolucionismo biológico contemporáneo,
en los trabajos de J. B. S. Haldane, G. C. Simpson, etc.
310 PROBLEMAS DE MÉTODO Y ENSEÑANZA
ciales para poder formular, sobre una base tan estrecha, conclusiones
válidas para los restantes? Goldstein responde (1951, pág. 25): «Esta
objeción olvida completamente la situación real: ante todo, la acumulación
de hechos —inclusive muy numerosos— no sirve de nada si
han sido establecidos de un modo imperfecto, y no conduce nunca
conocimiento de las cosas tal como ocurren en realidad... Es preciso
elegir casos que permitan formular juicios decisivos. Pero entonces
lo que se ha establecido en un caso valdrá para los otros.»
Pocos etnólogos aceptarían suscribir esta conclusión. Por tanto, la
investigación estructuralista es vana si no se tiene plena conciencia del
dilema de Goldstein: o bien estudiar muchos casos, de una manera
siempre superficial y sin grandes resultados, o bien limitarse
resueltamente al análisis en profundidad de un pequeño número de
ellos y probar así que, a fin de cuentas, una experiencia bien hecha
vale una demostración.
¿Cómo explicar esta adhesión de tantos antropólogos al método
comparativo? ¿No ocurre —aquí también— que confunden las técnicas
para construir y estudiar los modelos mecánicos y aquellas
para los modelos estadísticos? La posición de Durkheim y Goldstein,
en lo que concierne a los primeros, es inexpugnable. En cambio, es
evidente que no se puede fabricar un modelo estadístico sin estadística,
es decir, sin acumular numerosos hechos. Pero, aun en este
caso, el método no puede ser llamado comparativo: los hechos recogidos
solamente tendrán valor si todos corresponden a un mismo
tipo. Volvemos siempre a la misma opción, que consiste en estudiar a
fondo un caso, con una sola diferencia, que se refiere al modo de
desglosar el «caso»: según el patrón adoptado, los elementos constitutivos
del mismo pertenecerán a la misma escala del modelo proyectado
o a una escala diferente.
II. MORFOLOGÍA SOCIAL O ESTRUCTURAS DE GRUPO
En esta segunda sección, el término «grupo» no designa el
grupo social sino, en un sentido más general, la manera como los
fenómenos se agrupan entre sí. Por otra parte, de la primera
sección de este trabajo resulta que las investigaciones estructurales
tienen por fin estudiar las relaciones sociales medíante el uso de
modelos.
Ahora bien, es imposible concebir las relaciones sociales fuera
de un ambiente común que les sirva de sistema de referencia. El
espacio y el tiempo son los dos sistemas de referencia que permiten
pensar las relaciones sociales, tomadas en conjunto o en forma aislada.
Estas dimensiones de espacio y tiempo no se confunden con las que
utilizan las demás ciencias. Consisten en un espacio «social» y un
tiempo «social», lo cual significa que no tienen otras propiedades
que las propias de los fenómenos sociales que las pueblan. Las socie -
LA NOCIÓN DE ESTRUCTURA 311
dades, según su estructura particular, han concebido de muy distintas
maneras estas dimensiones. El etnólogo no debe, pues, inquie tarse, si se ve obligado a utilizar tipos que no le resultan habituales,
o inclusive a inventar tipos según las necesidades del momento.
Se ha remarcado ya que el continuo temporal aparece como reversible
o como orientado, según el nivel que ofrece el mayor valor estratégico
desde el punto de vista de la investigación en curso. Otras
eventualidades pueden presentarse también: tiempo ilimitado e independiente
del tiempo del observador; tiempo que sea función del
tiempo propio (biológico) del observador y limitado; tiempo analizable
o no en partes, las cuales a su vez son o bien homologas entre sí bien específicas, etcétera. Evans -Pritchard ha mostrado que la heterogeneidad
cualitativa, superficialmente percibida por el observador,
entre su propio tiempo y otros tiempos que dependen de otras categorías
—historia, leyenda o mito—, puede ser reducida a propiedades
formales del tipo indicado (1939, 1940). Este análisis, inspirado en el
estudio de una sociedad africana, puede ser extendido a nuestra
propia sociedad (Bernot y Blancard, 1953).
En lo concerniente al espacio, Durkheim y Mauss han sido los
primeros en describir las propiedades variables que es preciso reconocerle
para poder interpretar la estructura de un gran número de
sociedades llamadas primitivas (1901-1902). Pero ellos se inspiraron
sobre todo en Cushing, al que hoy se ha hecho moda despreciar. La
obra de Frank Hamilton Cushing atestigua, en efecto, una penetración
y una invención sociológicas que deberían valerle a su autor un lugar
a la derecha de Morgan, entre los grandes precursores de las investigaciones
estructurales. Las lagunas, las inexactitudes descubiertas en
sus descripciones, inclusive el reproche que se le ha podido hacer
de haber «sobreinterpretado» sus observaciones, todo esto se reduce
a proporciones más justas cuando comprendemos que Cushing no
trataba de describir concretamente la sociedad zuñi, sino más bien
de elaborar un modelo (la célebre división en siete partes) que permitiese
explicar su estructura y el mecanismo de su funcionamiento.
El tiempo y el espacio sociales deben ser también distinguidos
según la escala. El etnólogo utiliza un «macrotiempo» y un «microtiempo
», un «macroespacio» y un «microespacio». Con toda legitimidad,
los estudios estructurales extraen sus categorías tanto de la prehistoria,
la arqueología y la teoría difusionista, como de la topología
psicológica fundada por Lewin o la sociometría de Moreno. Estructuras
del mismo tipo pueden ser recurrentes en niveles muy distintos
del tiempo y el espacio, y nada excluye la posibilidad de que un modelo
estadístico (por ejemplo, de los elaborados en sociometría) no
se muestre más útil para construir un modelo análogo aplicable a
la historia general de las civilizaciones, que otro inspirado directamente
en los hechos correspondientes a ese solo campo.
En consecuencia, estamos lejos de pensar que las consideraciones
312 PROBLEMAS DE MÉTODO Y ENSEÑANZA
históricas y geográficas carecen de valor para los estudios estructurales,
como todavía lo creen quienes se llaman «funcionalistas». Un
funcionalista puede ser todo lo contrario de un estructuralista, y
ahí está el ejemplo de Malinowski para convencernos de ello. Por el
contrario, la obra de G. Dumézil 9 y el ejemplo personal de A. L.
Kroeber (de espíritu claramente estructuralista, aunque se haya consagrado
durante tanto tiempo a estudios de distribución espacial)
prueban que el método histórico de ninguna manera es incompatible
con una actitud estructural.
Los fenómenos sincrónicos ofrecen con todo una relativa homogeneidad,
lo cual los hace más fáciles de estudiar que los fenómenos
diacrónicos. No es, pues, sorprendente que las investigaciones más
accesibles, en lo que toca a la morfología, sean aquellas que corresponden
al estudio de las propiedades cualitativas, no medibles, del
espacio social, es decir, del modo como los fenómenos sociales se distribuyen
en el mapa y las constantes que en esta distribución se ponen
de manifiesto, A este respecto, la escuela llamada «de Chicago» y
sus trabajos de ecología urbana habían suscitado grandes esperanzas,
que se vieron defraudadas con demasiada rapidez. Los proble mas de
ecología se discuten en otro capítulo de este simposio,10 y aquí me
limitaré a precisar —de paso— las relaciones que existen entre las
nociones de ecología y estructura social. En ambos casos, nos ocupamos
de la distribución de los fenómenos sociales en el espacio, pero
las investigaciones estructuralistas se refieren exclusivamente a los
cuadros espaciales que poseen caracteres sociológicos, es decir, que
no dependen de factores naturales tales como la geología, la clima -
tología, la fisiografía, etcétera. Las investigaciones conocidas como
ecología urbana ofrecen, pues, un interés excepcional para el etnólogo:
el espacio urbano es lo bastante restringido y homogéneo (desde
todo punto de vista excepto el social) para que sus propiedades
cualitativas se puedan atribuir directamente a factores internos, de
origen a la vez formal y social.
En lugar de ocuparnos de comunidades complejas, donde resulta
difícil discriminar el papel respectivo de las influencias externas e
internas, hubiera sido tal vez más prudente limitarse —como lo había
hecho Marcel Mauss (1924-1925)— a esas comunidades pequeñas y relativamente
aisladas que son las que con mayor frecuencia encuentra
el etnólogo en su experiencia. Se conocen algunos estudios de este
tipo, pero rara vez van más allá del nivel descriptivo o, cuando lo
hacen, es con una singular timidez. Nadie ha buscado seriamente las
correlaciones que pueden existir entre la configuración espacial de
9. Resumida por el autor en Dumézil, 1949.
10. Se trata del capitulo de Marston Bates, «Human Ecology», en Anthropotogy
To-Day, loc. cit., págs. 700-713.
LA NOCIÓN DE ESTRUCTURA 313
los grupos y las propiedades formales que dependen de otros aspectos
de su vida social.
Y, sin embargo, numerosos documentos atestiguan la realidad y
la importancia de esas correlaciones, principalmente en lo que concierne
por una parte a la estructura social, y por otra a la configuración
espacial de los establecimientos humanos; aldeas o campamentos.
Para limitarme aquí a América, recordaré que la forma de los
campamentos de los indios de las llanuras varía con la organización
social de cada tribu. Ocurre lo mismo con la distribución circular
de las chozas, en las aldeas ge del Brasil central y oriental. En ambos
casos, se trata de regiones bastante homogéneas desde el punto de
vista lingüístico y cultural, y se dispone de una buena serie de variaciones
concomitantes. Cuando comparamos regiones o tipos de establecimientos
diferentes, que acompañan a estructuras sociales diferentes,
se pla ntean otros problemas; así, por ejemplo, la configuración
circular de las aldeas ge, por una parte, y la configuración en
calles paralelas de las ciudades de los pueblo. En este último caso,
cabe también proceder a un estudio diacrónico, gracias a los documentos
arqueológicos que atestiguan la existencia de interesantes
variaciones. ¿Hay una relación entre el tránsito de las antiguas estructuras
semicirculares a las estructuras paralelas actuales, por una
parte, y el traslado de las aldeas del fondo de los valles a las mesetas,
por otra? ¿Y cómo se ha producido el cambio en la distribución de las
habitaciones entre los diferentes clanes, que los mitos describen como
muy sistemática, mientras que en la actualidad parece ser resultado
del azar?
No pretendo que la configuración espacial de las aldeas refleje
siempre la organización social a la manera de un espejo, ni tampoco
que la refleje en forma completa. Se trataría de una afirmación
gratuita para un gran número de sociedades. ¿Pero no hay algo en
común entre todas aquellas sociedades —por otra parte, tan diferentes
entre sí— donde se comprueba una relación (aunque oscura)
entre configuración espacial y estructura social? ¿Y, sobre todo, entre
aquellas donde la configuración espacial «representa» la estructura
social como lo haría un diagrama trazado sobre la pizarra? En realidad,
rara vez las cosas son tan simples como parecen. En otro lugar
11 he tratado de mostrar que el plano de la aldea bororo no expresa
la verdadera estructura social, sino un modelo presente en la conciencia
indígena, aunque de naturaleza ilusoria y que contradice los
hechos.
Contamos, así, con un medio para estudiar los fenómenos sociales
y mentales a partir de sus manifestaciones objetivas, en una forma
exteriorizada y —podríamos decir— cristalizada. Ahora bien, las con-
11. «Las estructuras sociales en el Brasil central y oriental». «¿Existen las
organizaciones dualistas?», capítulos 7 y 8 del presente libro, respectivamente.
314 PROBLEMAS DE MÉTODO Y ENSEÑANZA
figuraciones espaciales estables, como los planos de las aldeas, no
son las únicas que nos ofrecen esta oportunidad. Configuraciones inestables,
pero recurrentes, pueden ser analizadas y criticadas de la
misma manera. Así, por ejemplo, las que se observan en la danza, el
ritual,12 etcétera.
Nos acercamos a la expresión matemática cuando consideramos
las propiedades numéricas de los grupos, que forman el dominio tradicional
de la demografía. Desde hace algunos años, sin embargo, investigadores
venidos de horizontes diferentes —demógrafos, sociólogos,
etnólogos— tienden a asociarse entre sí para sentar las bases
de una nueva demografía, que se podría llamar cualitativa: no ya
preocupada por las variaciones continuas en el seno de grupos humanos
aislados arbitrariamente por razones empíricas, sino por las discontinuidades
significativas entre grupos, considerados como totalidades
y delimitados en razón de esas discontinuidades. Esta «sociodemografía
» —como dice de Lestrange l3— está ya en un pie de igualdad
con la antropología social. Podría ocurrir que un día llegara a convertirse
en el punto de partida obligatorio de todas nuestras investigaciones.
Los etnólogos deben, pues, interesarse más de lo que lo han hecho
hasta ahora en las investigaciones demográficas de inspiración estructuralista:
las de Livi sobre las propiedades formales del aislado mínimo
capaz de perpetuarse,14 o las investigaciones, muy semejantes, de
Dahlberg. La cantidad de las poblaciones con las que nosotros trabajamos
puede estar muy próxima al mínimo de Livi y tal vez sea
inferior en algunos casos. Además, existe una relación indudable entre
el modo de funcionamiento y la durabilidad de una estructura social
y el número de la población. ¿No habrá propiedades formales de los
grupos que sean función, en forma directa e inmediata, de la cifra
absoluta de la población, con independencia de toda otra consideración?
En caso afirmativo, sería preciso comenzar por determinar esas
propiedades y tomarlas en cuenta, antes de buscar otras interpretaciones.
Se tomarán en cuenta luego las propiedades numéricas que no
pertenecen al grupo considerado como un todo, sino a los subconjuntos
del grupo y a sus relaciones, en la medida en que unos y otras
manifiesten discontinuidades significativas. A este respecto, hay dos
líneas de investigación que ofrecen gran interés para el etnólogo.
I. Las que se conectan con la famosa ley de sociología urbana
12. Véanse, por ejemplo, las «figuras» de un ritual en las diversas etapas de
su desarrollo, tal como han sido cartogr afiadas en A. C. Fletcher, «The Hako:
a Pawnee Ceremony», 22nd Annual Report, Bureau of American Ethnology, II,
1904.
13. 1951.
14. 1940-1941 y 1949.
LA NOCIÓN DE ESTRUCTURA 315
llamada rank -size., que permite establecer, para un conjunto determinado,
una correlación entre el tamaño absoluto de las ciudades (calculado
según la cifra de población) y la posición de cada una en un
conjunto ordenado, e inclusive —según parece— deducir uno de los
elementos a partir del otro.15
II. Los trabajos de ciertos demógrafos franceses, fundados sobre
la demostración de Dahlberg, según la cual las dimensiones absolutas
de un aislado se pueden calcular sobre la frecuencia de los matrimonios
consanguíneos (Dahlberg, 1948). Sutter y Tabah (1951) han conseguido
calcular así el tamaño medio de los aislados para todos nuestros
departamentos, haciendo accesible al etnólogo, al mismo tiempo,
el sistema matrimonial complejo de una sociedad moderna. El «tamaño
medio» del aislado francés variaría entre menos de 1.000 y un
poco más de 2.800 personas. Como se ve, la red de individuos definida
por las relaciones intermatrimoniales es —aun en una sociedad
moderna— de dimensiones muy inferiores a lo que se podía suponer:
apenas diez veces más grande que la red de las más pequeñas sociedades
llamadas primitivas, o sea del mismo orden de magnitud.
¿Debe concluirse que las redes intermatrimoniales se mantienen aproximadamente
constantes, en tamaño absoluto, en todas las sociedades
humanas? En caso afirmativo, la naturaleza compleja de una sociedad
sería el resultado, no tanto de una dilatación del aislado primitivo,
cuanto de la integración de aislados relativamente estables en
conjuntos cada vez más vastos, pero caracterizados por otros tipos
de lazos sociales (económicos, políticos, intelectuales).
Sutter y Tabah han mostrado también que los aislados más pequeños
no se encuentran solamente en las regiones atrasadas tales
como las zonas montañosas, sino también (e inclusive más aún) en
los grandes centros urbanos o en sus proximidades: los departamentos
del Ródano (con Lyon), de la Gironda (con Burdeos), del Sena
(con París) figuran entre los últimos de la lista, con aislados de 740,
910 y 930 personas, respectivamente. En el Departamento del Sena,
15. Un especialista de teatro me ha relatado que Louis Jouvet gustaba sorprenderse
de que cada sala recibiera, cada noche, aproximadamente todo el público
que podia contener: que una sala de 500 espectadores tuviera alrededor de
500 clientes y una de 2.000, este número, sin que jamás se rechazara a mucha
gente en la más pequeña, ni que tampoco la más grande estuviera vacía en sus
tres cuartas partes. Esta armonía preestablecida sería efectivamente inexplicable
si, en cada sala, todos los lugares fueran equivalentes. Pero como los menos
buenos se vuelven rápidamente detestables, tiene lugar un efecto regulador y los
aficionados prefieren volver otro día o ir a otra sala, cuando sólo quedan los
malos lugares. Sería interesante investigar si este fenómeno no es del mismo
tipo que el de la rank-size law. En un sentido general, el estudio del fenómeno
teatral, considerado desde el punto de vista cuantitativo —relación del número de
salas y sus respectivas dimensiones, con el tamaño de las ciudades y las curvas
de recaudación—, ofrecería un medio cómodo y hasta el momento descuidado de
dilucidar, casi como en el laboratorio, en forma diacrónica y sincrónica, ciertos
problemas fundamentales de morfología social.
316 PROBLEMAS DE MÉTODO Y ENSEÑANZA
que prácticamente se confunde con la aglomeración paris iense, la
proporción de matrimonios consanguíneos es más elevada que en
cualquiera de los 15 departamentos rurales que lo rodean.
Todo esto es esencial, porque el etnólogo, gracias a estos trabajos,
puede tener la esperanza de hallar en una sociedad moderna y
compleja unidades más pequeñas, de igual naturaleza que las que él
habitualmente estudia. Con todo, el método demográfico debe ser
completado desde un punto de vista etnológico. El tamaño absoluto
de los aislados no agota el problema; deberá determinarse también
la longitud de los ciclos matrimoniales. Teniendo en cuenta las proporciones,
un pequeño aislado puede consistir en una red de ciclos
extensos (del mismo orden de magnitud que el aislado mismo), y un
gran aislado puede estar compuesto (un poco a la manera de una
cota de mallas) de ciclos cortos.16 Pero entonces se hace necesario
trazar genealogías, o sea que el demógrafo —aunque sea estructuralista—
no podría privarse de la colaboración del etnólogo.
Esta colaboración puede ayudar a aclarar otro problema, esta vez
teórico. Se trata del alcance y la validez de la noción de cultura, que
ha dado lugar a vivas discusiones entre etnólogos ingleses y norteamericanos
en el curso de los últimos años. ¿Es cierto que estos últimos,
dedicados sobre todo al estudio de la cultura, no han hecho
otra cosa —como ha dicho Radcliffe-Brown— que «cosificar una abstracción
»? Para el maestro inglés, «la idea de cultura europea es una
abstracción, a igual título que la de cultura propia de tal o cual
tribu africana». Sólo existen seres humanos, ligados unos a otros
por una serie ilimitada de relaciones sociales (Radcliffe-Brown, 1940b).
«Falsa polémica», responde Lowie (1942, págs. 520-521). No es tan
falsa, sin embargo, puesto que el debate se reabre periódicamente.
A este respecto, sería muy interesante colocar la noción de cultura
en el mismo plano que la noción genética y demográfica de aislado.
Llamamos cultura a todo conjunto etnográfico que desde el punto
de vista de la prospección presenta, con relación a otros conjuntos,
variaciones significativas. Si se busca determinar variaciones significativas
entre América del Norte y Europa, se las tratará como culturas
diferentes; pero en el supuesto de que el interés se centre en varia -
ciones significativas entre —digamos— París y Marsella, estos dos
conjuntos urbanos podrán ser considerados provisionalmente como
dos unidades culturales. El objeto último de las investigaciones estructurales
son las constantes ligadas a estas variaciones, y entonces es
posible advertir que la noción de cultura puede corresponder a una
realidad objetiva, sin que eso impida que sea a la vez función del
16. Estas dos situaciones corresponden, respectivamente, a matrimonios de
tipo matrilateral (ciclos largos) o patrilateral (ciclos cortos). Véase a este respecto
Les structures élémentaires de la parenté, cap. XXVII. Con este ejemplo se ve
claramente que las consideraciones puramente cuantitativas no bastan. Es preciso
añadir el estudio de las estructuras, que son cualitativamente distintas.
LA NOCIÓN DE ESTRUCTURA 317
tipo de investigación que se tenga en vista. Una misma colección de
individuos, siempre que cumpla con la condición de hallarse objetivamente
localizada en el tiempo y el espacio, depende simultáneamente
de varios sistemas de cultura: universal, continental, nacional, provincial,
local, etcétera; y familiar, profesional, confesional, político, etcétera.
En la práctica, con todo, este nominalismo no podría ser llevado
a sus últimas consecuencias. De hecho, el término cultura se emplea
para reagrupar un conjunto de variaciones significativas cuyos límites,
según prueba la experiencia, coinciden aproximadamente. El que
esta coincidencia no sea nunca absoluta ni se produzca jamás en
todos los niveles al mismo tiempo no debe impedirnos el empleo de
la noción de cultura; ella es fundamental en antropología y posee el
mismo valor heurístico que la noción de aislado en demografía. Desde
el punto de vista lógico, ambas nociones son del mismo tipo. Por otra
parte, los físicos mismos nos incitan a conservar la noción de cultura,
puesto que es N. Bohr quien escribe: «Las diferencias tradicionales
[entre las culturas humanas] se asemejan, en muchos sentidos, a las
maneras diferentes —pero equivalentes— según las cuales puede ser
descrita la experiencia física» (1939, pág. 9).
III. ESTATICA SOCIAL O ESTRUCTURAS DE COMUNICACIÓN
Una sociedad está compuesta de individuos y grupos que se comunican
entre sí. Sin embargo, la presencia o ausencia de comunicación
no podría ser definida de manera absoluta. Ella no cesa en
las fronteras de la sociedad. Antes que de fronteras rígidas, se trata
más bien de umbrales, caracterizados por un debilitamiento o una
deformación de la comunicación y en los cuales, sin desaparecer, ésta
pasa por un nivel mínimo. La situación es lo bastante significativa
para que la población (tanto dentro como fuera) tenga conciencia
de ella. La delimitación de una sociedad no implica, con todo, que
esta conciencia sea clara, condición que solamente se realiza en casos
donde hay suficiente precisión y estabilidad.
En toda sociedad, la comunicación opera en tres niveles diferentes
por lo menos: comunicación de mujeres; comunicación de bienes
y servicios; comunicación de mensajes. En consecuencia, el estudio
del sistema de parentesco, del sistema económico y del sistema lingüístico
ofrece ciertas analogías. Los tres dependen del mismo método;
difieren solamente por el nivel estratégico en que cada uno se
coloca, en el seno de un universo común. Se podría inclusive agregar
que las reglas de parentesco y de matrimonio definen un cuarto tipo
de comunicación: la de los genes y los fenotipos. La cultura no consiste
solamente, entonces, en formas de comunicación que le son
propias (como el lenguaje), sino también —y tal vez sobre todo— en
318 PROBLEMAS DE MÉTODO Y ENSEÑANZA
«reglas» aplicables a toda clase de «juegos de comunicación», ya se
desarrollen éstos en el plano de la naturaleza o de la cultura.
La analogía que acabamos de plantear entre sociología del parentesco,
ciencia económica y lingüística deja en pie una diferencia entre
los tres modos de comunicación correspondientes; no pertenecen a
la misma escala. Considerados desde el punto de vista de las tasas
de comunicación para una sociedad dada, los intermatrimonios y el
intercambio de mensajes difieren entre sí en cuanto al orden de magnitud,
un poco a la manera de los movimientos de las grandes moléculas
de dos líquidos viscosos, que atraviesan por osmosis la pared
difícilmente permeable que los separa, o de los ele ctrones emitidos
por tubos catódicos. Cuando se pasa del matrimonio al lenguaje, se
va de una comunicación de ritmo lento a otra de ritmo muy rápido.
Esta diferencia es fácilmente explicable: en el matrimonio, objeto y
sujeto de la comunicación son casi de la misma naturaleza (mujeres
y hombres, respectivamente), mientras que en el lenguaje, el que
habla nunca se confunde con sus palabras. Nos hallamos, pues, en
presencia de una doble oposición: persona y símbolo; valor y signo.
Así se comprende mejor la posición intermedia que toca a los intercambios
económicos en relación con las otras dos formas: los bienes
y los servicios no son personas (como las mujeres), pero, a diferencia
de los fonemas, son todavía valores. Y sin embargo, aunque no son
íntegramente ni símbolos ni signos, necesitamos símbolos y signos
para intercambiarlos, cuando el sistema económico alcanza cierto grado
de complejidad.
De nuestra manera de concebir la comunicación social se desprenden
tres órdenes de consideraciones.
1) Las relaciones entre ciencia económica y estudios de estructura
social pueden ser mejor definidos. Hasta ahora, los etnólogos
han manifestado una gran desconfianza hacia la ciencia económica.
Y esto a despecho de las relaciones estrechas que han aparecido entre
ambas disciplinas cada vez que ha habido un acercamiento. Desde
los trabajos innovadores de Mauss (1904-1905, 1923-1924) hasta el libro
de Malinowski consagrado al kula (1922) —su obra maestra—, todas
las investigaciones han mostrado que la teoría etnológica descubre,
gracias al análisis de los hechos económicos, algunas de las más bellas
regularidades con que puede contar.
Pero la atmósfera misma dentro de la cual se ha desarrollado la
ciencia económica ha sido desagradable para el etnólogo: llena de
ásperos conflictos entre doctrinas, despreciativa y esotérica. De ahí el
sentimiento de que la ciencia económica se satisfacía con abstracciones.
¿Qué relación podía haber entre la existencia concreta de los
agrupamientos humanos realmente observables y nociones tales como
el valor, la utilidad o la ganancia?
La nueva formulación que von Neumann y Morgenstern (1944)
han propuesto para los problemas económicos debería, en cambio,
LA NOCIÓN DE ESTRUCTURA 319
incitar a economistas y etnólogos a la colaboración. Ante todo, el objeto
de la ciencia económica —aunque ella aspire, según estos autores,
a una expresión rigurosa— no consiste ya en nociones abstractas, sino
en individuos o grupos concretos, que se manifiestan en vínculos empíricos
de cooperación o competencia. Por insólita que pueda parecer
la comparación, este formalismo se aproxima entonces a ciertos aspectos
del pensamiento marxista.17
En segundo lugar y por la misma razón, encontramos allí por primera
vez modelos mecánicos del tipo utilizado —sin duda en campos
muy diferentes— por la etnología y la lógica, y apropiados para servir
de puente entre ambos campos. Los modelos de von Neumann provienen
de la teoría de los juegos, pero se asemejan a los que los etnólogos
emplean en materia de parentesco. Kroeber ya había compa -
rado ciertas instituciones sociales a «juegos de niños aplicados» (1942,
pág. 215).
A decir verdad, existe una gran diferencia entre los juegos de
salón y las reglas matrimoniales: los primeros están destinados a permitir
que cada jugador obtenga, para su beneficio, variaciones diferenciales
tan grandes como sea posible a partir de una regularidad
estadística inicialmente dada. Las reglas matrimoniales obran en sentido
inverso: restablecer una regularidad estadística a pesar de los
valores diferenciales que se manifiestan entre los individuos y las ge -
neraciones. Se podría decir que las segundas constituyen «juegos
al revés», lo cual no impide que se les pueda aplicar provechosamente
los mismos métodos.
Por otra parte, en ambos casos , una vez fijadas las reglas, cada
individuo o grupo trata de jugar el juego de la misma manera, es
decir, con el fin de acrecentar sus propias ventajas en perjuicio de
otro. En el plano del matrimonio, ello consistirá en obtener más
mujeres o una esposa más envidiable en función de criterios estéticos,
sociales o económicos. Porque la sociología formal no se detiene a
las puertas de lo novelesco; la atraviesa, sin temor a perderse en el
dédalo de los sentimientos y las conductas. ¿Acaso von Neumann no
ha p ropuesto una teoría matemática para una conducta tan sutil y
—podría creerse— tan subjetiva como el «farol» en el póquer? (von
Neumann y Morgenstern, 1944, págs. 186-219).
2) Si cabe esperar que la antropología social, la ciencia económica
y la lingüística se asocien un día para fundar una disciplina
común que será la ciencia de la comunicación, reconozcamos desde
ahora que ésta consistirá sobre todo en reglas. Estas reglas son independientes
de la naturaleza de los participantes (individuos o grupos)
17. Esta comparación no figuraba en el texto original de la presente comunicación,
pero fue propuesta en el curso de la discusión que la siguió. La retomamos
luego en un artículo: «Les mathématiques de l'homme», introducción al
numero especial del Bulletin international des sciences sociales: «Les mathématiques
et les sciences sociales». París, UNESCO, vol. VI, n. 4, 1955.
320 PROBLEMAS DE MÉTODO Y ENSEÑANZA
cuyo juego regulan. Como dice von Neumann (op. cit., pág. 49): «El
juego consiste en el conjunto de las reglas que lo describen.» Se
podrá también introducir otras nociones: partida, golpe, elección y
estrategia.18 Desde este punto de vista, la naturaleza de los jugadores
es indiferente, y sólo cuenta saber cuándo un jugador puede elegir y
cuándo no.
3) Se llega así a introducir, en los estudios relativos al parentesco
y el matrimonio, concepciones derivadas de la teoría de la comunicación.
La «información» de un sistema de matrimonio es función del
número de alternativas de que dispone el observador pa ra definir
el status matrimonial (es decir, el de cónyuge posible, prohibido o
asignado) de un individuo cualquiera, con respecto a un pretendiente
determinado. En un sistema de mitades exogámicas, esta información
es igual a la unidad. En una tipología australiana, aumenta con
el logaritmo del número de clases matrimoniales. Un sistema de panmixia
(donde cada uno podría casarse con cualquiera) no presentaría
ninguna «redundancia», puesto que cada elección matrimonial sería
independiente de todas las demás. Las reglas matrimoniales constituyen,
inversamente, la «redundancia» del sistema considerado. Se
podrá calcular así el porcentaje de elecciones «libres» (no absolutamente,
sino con respecto a ciertas condiciones postuladas por hipótesis)
que se producen en una población matrimonial dada, y asignar
un valor numérico a su «entropía» relativa y absoluta.
Se abrirá entonces otra posibilidad: la conversión de modelos estadísticos
en modelos mecánicos y a la inversa. Lo cual quiere decir
que se llenará el vacío entre demografía y etnología, y se contará con
un fundamento teórico para la previsión y la acción. Tómese, por
ejemplo, nuestra propia sociedad; la libre elección de un cónyuge
está limitada en ella por tres factores: a) grados prohibidos; b) dimensión
del aislado; c) reglas de conducta admitidas, que restringen
la frecuencia de ciertas elecciones dentro del aislado. Con estos datos
se puede calcular la información del sistema, es decir, se puede convertir
un sistema matrimonial débilmente organizado y fundado en
esencia sobre medías, en un modelo mecánico, comparable a toda
la serie de modelos mecánicos de las reglas matrimoniales en las
sociedades más simples que la nuestra.
De igual modo, haciendo especial referencia a estas últimas, el
estudio estadístico de las elecciones matrimoniales de un número
suficientemente grande de individuos permitiría resolver problemas
controvertidos, tales como el del número de las clases matrimoniales
en la tribu australiana llamada Murngin, evaluado según los autores
en 32, 7, menos 7, 4 y 3, antes que investigaciones recientes
hayan permitido decidir la cuestión en favor de esta última cifra.19
18. Hemos intentado hacerlo en otro lugar. Véase Race et histoire, París,
UNESCO, 1952.
19. Véase más adelante, págs, 325 y sigs.
LA NOCIÓN DE ESTRUCTURA 321
Hasta aquí he tratado de evaluar el posible aporte que ciertos
tipos de investigaciones matemáticas pueden hacer a la etnología.
El principal beneficio que podemos esperar consiste —como hemos
visto— en que se nos ofrece un concepto unificador —la noción de
comunicación—, gracias al cual se podrán consolidar en una sola
disciplina investigaciones consideradas muy diferentes, y adquirir
ciertas herramientas teóricas y metodológicas indispensables para el
progreso en es ta dirección. Estudiaré ahora otro problema: ¿está
la antropología en condiciones de emplear estos instrumentos y de
qué manera?
En el curso de los últimos años, la antropología social se ha interesado
sobre todo en los hechos del parentesco. Ha reconocido
así el genio de Lewis Morgan, cuyo libro Systems of Consanguinity
and Affinity of the Human Family (1871) fundó simultáneamente la
antropología social y los estudios de parentesco, explicando al propio
tiempo por qué la primera debe otorgar tanta importancia a los
segundos. De todos los hechos sociales, los que tocan al parentesco
y el matrimonio manifiestan en máximo grado esos caracteres durables,
sistemáticos y continuos hasta en el cambio, que proporcionan
bases firmes al análisis científico. A estas consideraciones de Morgan
añadamos que el dominio del parentesco es el que corresponde con
propiedad al etnólogo, en el seno del gran reino de la comunicación.
No obstante el desarrollo de los estudios del parentesco, no se
debe disimular que nuestra documentación es muy pobre. Si deja -
mos a un lado la historia, para considerar exclusivamente el tiempo
presente, el universo humano contaba, sin duda, hace todavía poco
tiempo, con 3 a 4 mil sociedades distintas, pero Murdock estima
que solamente nos es posible razonar sobre 250, cifra que a mi entender
es aún demasiado optimista. ¿No hemos trabajado, pues, lo
suficiente? ¿O más bien se trata, por el contrario, de una consecuencia
de esta ilusión inductiva que hemos denunciado antes? Nos hemos
dispersado sobre un número demasiado grande de culturas, hemos
tratado de acumular informaciones numerosas y superficiales, y finalmente
hemos caído en la cuenta de que muchas son inutilizables.
Ante esta situación no es sorprendente que cada uno de los especia -
listas reaccione según su temperamento. Algunos prefieren considerar
regiones poco numerosas, donde la información es lo bastante densa.
Otros amplían el abanico; hay otros, en fin, que buscan una solución
intermedia.
El caso de los pueblo es impresionante: para pocas regiones del
mundo se encontrará una abundancia tan grande de documentos, y
de tan dudosa calidad. Resulta a veces desesperante hallarse ante
los enormes materiales acumulados por Voth, Fewkes, Dorsey, Parsons
y —hasta cierto punto— Stevenson: a tal extremo estos autores
se han dedicado febrilmente a amontonar informaciones sin preguntarse
qué significaban, y sobre todo, negándose a formular las hipó322
PROBLEMAS DE MÉTODO Y ENSEÑANZA
tesis que les hubieran permitido controlarlas, que ese materia l apenas
puede utilizarse. La situación ha cambiado, afortunadamente, con Lowie
y Kroeber; pero algunas lagunas son irremediables. Así, por ejemplo,
la ausencia de estadísticas sobre los matrimonios, que hubieran
podido recogerse desde hace medio siglo. Con todo, una obra reciente
de Fred Eggan (1950) muestra a las claras lo que puede esperarse de
estudios intensivos y exhaustivos consagrados a un campo limitado.
Este autor analiza formas vecinas, cada una de las cuales preserva
una regularidad estructural no obstante presentar, unas con respecto
a otras, discontinuidades que se vuelven significativas cuando se las
compara con discontinuidades homologas pero que dependen de otros
campos, tales como la organización clánica, las reglas del matrimonio,
el ritual, las creencias religiosas, etcétera.
Este método verdaderamente «galileano»20 permite esperar que un
día alcanzaremos un nivel de análisis en el que la estructura social
podrá ser comparada, en un pie de igualdad, con estructuras de otro
tipo: mental y, sobre todo, lingüístico. Para limitarnos a un ejemplo:
el sistema de parentesco hopi recurre a tres modelos diferentes de
tiempo: 1) una dimensión «vacía», estática y reversible, ilustrada por
las líneas de la madre del padre y del padre de la madre, donde
términos idénticos se repiten mecánicamente a lo largo de las generaciones;
2) un tiempo progresivo, no reversible, en la línea de Ego
(mujer), con secuencias del tipo: abuela madre hermana
—> hija nieta; 3) un tiempo ondulatorio, cíclico, reversible, en
la línea de Ego (varón), definida por una alternancia continua
entre dos términos: «hermana» e «hijo* de la hermana»,
respectivamente.
Estas tres dimensiones son rectilíneas. En conjunto, se oponen
a la estructura circular de la línea de Ego (mujer) entre los zuñi,
donde se encuentran dispuestos en anillo cerrado tres términos: madre
de la madre (o hija de la hija), madre, hija. A este «cierre» del sistema
corresponde para las otras líneas, entre los zuñi, una gran pobreza
de la terminología, tanto en lo que concierne al círculo de familia
como a las distinciones operadas en su seno. Como el estudio de los
aspectos temporales corresponde también a la lingüística, la cuestión
de la relación entre la forma lingüística y la genealógica del tiempo
queda planteada inmediatamente.21
La antropología hubiera avanzado más de haberse puesto de acuerdo
sus partidarios acerca del sentido de la noción de estructura, acerca
20. Es decir, que busca determin ar la ley de las variaciones concomitantes,
en lugar de concentrarse, a la manera aristotélica, en las simples correlaciones in -
ductivas.
* En sentido genérico, incluyendo ambos sexos. [T.]
21. Véase, en este volumen, los capítulos 3 y 4, donde este problema es tratado
más ampliamente.
LA NOCIÓN DE ESTRUCTURA
del uso que puede hacerse de ella y del método que implica. Por
desgracia no es éste el caso, aunque cabe hallar un consuelo y un
aliento para el futuro, cuando se comprueba que al menos resulta
posible comprender las divergencias y precisar sus límites. Tratemos,
pues, de bosquejar rápidamente las concepciones más difundidas,
comparándolas con la que ha sido propuesta al comienzo de este
capítulo.
La expresión «estructura social» evoca de inmediato el nombre
de A. R, Radcliffe-Brown.22 Su obra no se limita, ciertamente, al
estudio de los sistemas de parentesco, pero él eligió este terreno para
formular sus concepciones metodológicas en términos tales que todo
etnólogo podría suscribirlos. Cuando estudiamos los sistemas de pa -
rentesco, anota Radcliffe-Brown, nos fijamos los objetivos siguientes:
1) elaborar una clasificación sistemática; 2) comprender los rasgos
propios de cada sistema, ya sea a) vinculando cada rasgo a un conjunto
organizado; b) reconociendo un ejemplo particular de una clase
de fenómenos ya identificada; 3) finalmente, alcanzar generalizaciones
válidas sobre la naturaleza de las sociedades humanas. Y he aquí
su conclusión: «El análisis busca reducir la diversidad [de 2 o de
300 sistemas de parentesco] a un orden, sea cual fuere. Por detrás
de la diversidad puede discernirse, en efecto, un número limitado de
principios generales que se aplican y combinan de distintas maneras.»
(1941, pág. 17.)
Nada cabe añadir a este lúcido programa, como no sea subrayar
que Radcliffe-Brown lo ha seguido exactamente en su estudio de los
sistemas australianos, reuniendo una cantidad prodigiosa de informa -
ciones, introduciendo un orden donde antes sólo había caos, definiendo
nociones esenciales como las de ciclo, par y pareja. Su descubrimiento
del sistema kariera, en la región precisa y con todas las características
por él postuladas, antes inclusive de haberse trasladado a
Australia, permanecerá en la historia del pensamiento estructuralista
como un memorable logro deductivo (1930-1931). La introducción de
Radcliffe-Brown a su libro African Systems of Kinship and Marriage
posee otros méritos: este verdadero «tratado del parentesco» abreviado
busca integrar los sistemas occidentales (considerados en sus
formas más antiguas) en una teoría general. Más adelante evocaremos
otras ideas de Radcliffe-Brown (en particular las relativas a la homología
entre terminología y actitudes).
Tras haber recordado los títulos de gloria de Radcliffe-Brown,
debo subrayar que él ha sostenido una concepción de las estructuras
sociales muy diferente de la que propongo en este trabajo. Radcliffe-
Brown considera que la noción de estructura es un concepto que
cumple una función de mediación entre los conceptos de la antropología
social y los de la biología. «Existe una analogía verdadera y
22. Fallecido en 1955.
324 PROBLEMAS DE MÉTODO Y ENSEÑANZA
significativa entre estructura orgánica y estructura social» (1940 b,
pág. 6). Lejos de llevar el nivel de los estudios de parentesco hasta
el plano de la teoría de la comunicación —como lo he propuesto—,
Radcliffe-Brown lo reduce al plano de la morfologia y a la fisiología
descriptivas (1940 b, pág. 10). Se mantiene fiel, de esta manera, a la
inspiración naturalista de la escuela inglesa. En el momento en que
Kroeber y Lowie subrayaban ya el carácter artificial de las reglas del
parentesco y el matrimonio, Radcliffe-Brown seguía convencido (al
igual que Malinowski) de que los lazos biológicos son, a la vez, el
origen y el modelo de todos los tipos de lazos familiares generalmente
admitidos.
De esta actitud de principio derivan dos consecuencias. La posición
empirista de Radcliffe-Brown explica su resistencia a distinguir
con claridad estructura social de relaciones sociales. De hecho, toda
su obra reduce la estructura social al conjunto de las relaciones
sociales existentes en una sociedad dada. Sin duda algunas veces
ha bosquejado una distinción entre estructura y forma estructural.
Pero el papel que otorga a esta última noción es puramente diacrónico.
El rendimiento que tiene en el pensamiento teórico de Radcliffe-
Brown es muy débil (1940 b, pág. 4). La distinción misma ha sido
objeto de una critica por parte de Fortes, quien ha contribuido mucho
a introducir en nuestras investigaciones otra oposición, ajena al pensamiento
de Radcliffe-Brown, y a la cual por mi parte atribuyo, como
se ha visto, gran importancia; la oposición entre modelo y realidad.
«La estructura no se puede aprehender directamente en la realidad
concreta.. .» «Cuando querernos definir una estructura nos colocamos,
por decirlo así, en el nivel de la gramática y la sintaxis y no en el
de la lengua hablada.» (Fortes, 1949, pág. 56.)
En segundo lugar, la asimilación de la estructura social a las
relaciones socia les, propuesta por Radcliffe-Brown, lo lleva a disociar
la primera en elementos calcados sobre la forma más simple de rela -
ción que se pueda concebir, es decir, aquella entre dos personas:
«La estructura de parentesco de una sociedad cualquiera consiste
en un número indeterminado de relaciones diádicas... En una tribu
australiana toda la estructura social se reduce a una red de relaciones
de este tipo, cada una de las cuales vincula una persona con
otra» (1940 b, pág. 3). Estas relaciones diádicas, ¿constituyen verdaderamente
la materia prima de la estructura social? ¿No son más
bien el residuo —obtenido por análisis ideal— de una estructura preexistente,
de naturaleza más compleja?
Podríamos aprender mucho, sobre este problema metodológico, de
la lingüística estructural. Bateson y Mead han trabajado en la dirección
indicada por Radcliffe-Brown. Sin embargo, ya en Naven (1936),
Bateson sobrepasaba el nivel de las relaciones diádicas puras, puesto
que se preocupaba por clasificarlas en categorías, admitiendo de
este modo que en la estructura social hay algo más que las relaciones
LA NOCIÓN DE ESTRUCTURA 325
mismas y distinto de ellas: ¿qué otra cosa, pues, si no la estructura
planteada antes que las relaciones?
Las relaciones diádicas, en fin, tal como las concibe Radcliffe-
Brown, forman una cadena que se puede alargar indefinidamente
añadiendo nuevas relaciones. De ahí la resistencia de nuestro autor
a tratar la estructura social como un sistema. En este importante
punto se separa, pues, de Malinowski. Su filosofía se funda en la
noción de lo continuo; la idea de la discontinuidad le ha resultado
siempre extraña. Así se comprende mejor su hostilidad hacia la noción
de cultura —ya señalada— y su indiferencia ante las enseñanzas de la
lingüística,
Radcliffe-Brown, observador, analista y clasificador incomparable,
defrauda a menudo como teórico. Lo satisfacen fórmulas vagas,
que recubren sin éxito peticiones de principio. ¿Se han explicado
realmente las prohibiciones matrimoniales, mostrando que ayudan
a los sistemas de parentesco correspondientes a perpetuarse sin alte -
raciones? (Radcliffe-Brown, 1949 b). Los notables rasgos de los sistemas
llamados crown-omaha, ¿pueden ser enteramente interpretados
en función de la noción de linaje? (ídem, 1941). Tendré luego oportunidad
de expresar otras dudas. Pero estos interrogantes explican ya
por qué la obra de Radcliffe-Brown ha podido ser tan ásperamente
criticada, no obstante su importancia intrínseca.
Para Murdock, las interpretaciones de Radcliffe-Brown se reducirían
a «abstracciones verbales, erigidas en causas primeras» (1949,
pág. 121), Lowie se expresa más o menos de la misma manera (1937,
págs. 224-225). La controversia reciente entre Radcliffe-Brown (1951)
por una parte, y Lawrence y Murdock (1949) por otra, apenas ofrece
un interés histórico, pero clarifica las posiciones metodológicas de
estos autores. Hacia 1949 se disponía de una buena descripción, hecha
por Lloyd Warner (1930-31, 1937 a), del sistema de parentesco australiano
llamado todavía murngin;23 subsistían algunos puntos inciertos,
sin embargo, sobre todo en lo concerniente al «cierre» del sistema,
postulado por hipótesis (en la medida en que el sistema era descrito
como intransitivo), pero imposible de verificar en la práctica.
Es notable comprobar que, para Radcliffe-Brown, el problema no
existe. Si toda organización social se reduce a un conglomerado de
relaciones de persona a persona, el sistema puede extenderse indefinidamente:
para todo individuo masculino hay, al menos teóricamente,
una mujer que tendrá con él la relación de hija del hermano de la
madre (tipo de cónyuge prescrito en la sociedad en cuestión). Y sin
embargo, el problema aparece en otro plano, porque los indígenas han
23. Para informarse del estado final de esta cuestión, con posterioridad a la
primera publicación del presente artículo, véase R. M. Berndt, «"Murngin" (Wulamba)
Social Organization», American Anthropologist, vol. LVII, n. 1, 1.° parte,
1955.
326 PROBLEMAS DE MÉTODO Y ENSEÑANZA
decidido expresar las relaciones interpersonales mediante un sistema
de clases, y la descripción de Warner (como él mismo lo ha reconocido)
no permite comprender cómo, por lo menos en ciertos casos,
un individuo dado puede satisfacer a la vez las exigencias del sistema
de las clases y las exigencias del sistema de las relaciones. Dicho de
otra manera, si tiene el grado de parentesco requerido, no caerá en
la clase correspondiente, y a la inversa.
Para superar esta dificultad, Lawrence y Murdock han inventado
un sistema que coincide a la vez con la regla preferencial de matrimonio
y —gracias a ciertas transformaciones— con el sistema de
clases descrito por Warner. Pero se trata aquí de un juego gratuito,
y rápidamente se comprueba que provoca más dificultades nuevas de
las que resuelve. El sistema restituido por Warner chocaba ya con un
gran obstáculo: implicaba que los indígenas debían percibir claramente
relaciones de parentesco tan alejadas, que la sola hipótesis
resultaba psicológicamente inverosimil. La solución de Lawrence y
Murdock exigiría aún más. En estas condiciones, cabe preguntarse
si el sistema oculto o desconocido —capaz de dar cuenta del modelo
consciente, pero defectuoso, que los murngin han tomado recientemente
de vecinos que poseen reglas muy distintas— no será más simple
que el modelo consciente, en lugar de ser más complicado. 24
La actitud sistemática y formalista de Murdock se opone a aquella
otra, empirista y naturalista, de Radcliffe-Brown. Y con todo, Murdock
permanece imbuido —casi tanto como su adversario— de una orientación
psicológica e inclusive biológica, que lo lleva a disciplinas
periféricas, como el psicoanálisis y la psicología de comportamiento.
¿Logra liberarse así del empirismo, que tan pesadamente influye en
las interpretaciones de Radcliffe-Brown? Es dudoso, puesto que este
recurso exterior lo obliga a dejar incompletas sus propias hipótesis
o a rehacerlas mediante elementos tomados de prestado, que les otorgan
un carácter híbrido y que a veces inclusive contradicen el obje -
tivo inicial formulado en términos etnológicos. En lugar de considerar
24. Warner postulaba un sistema de 7 líneas equivalentes a 7 clases; Lawrence
y Murdock proponían en cambio un sistema de 8 líneas y 32 clases; en la misma
época (Les strutctures élémentaires de la párenté), yo proponía reducir el esquema
de Warner a 4 líneas, una de ellas ambigua. En 1951, E. R. Leach, un etnólogo
inglés, retomaba mi concepción y trataba de defenderla contra mí mismo,
atribuyéndome otra, improvisada por él a los fines de su argumentación.
Véase E. R. Leach, «The Structural Implications of Matrilateral Cross-Cousin
Marriage», Journal of the Royal Anthropology Instítute, vol. LXXXI, 1951. En el
artículo citado en la nota precedente, Berndt se decide por el número de 3 líneas.
Engañado por Leach en momentos en que preparaba su articulo, Berndt
tuvo luego la gentileza de reconocer, en conversación y por correspondencia, que
sobre una base puramente deductiva yo había alcanzado la solución más próxima
—entre todas las que habían sido propuestas hasta entonces— a la que Berndt
debía verificar por sí mismo en el terreno. Mi interpretación del sistema Murngin
ha sido objeto de un análisis admirablemente lúcido y penetrante del profesor
J. P. B. de Josselin de Jong. Lévi-Strauss Theory of Kinship and Marriage, 1952.
LA NOCIÓN DE ESTRUCTURA 327
los sistemas de parentesco como medios sociales destinados a cumplir
una función social, Murdock termina tratándolos como consecuencias
sociales de premisas expresadas en términos de biología y de
psicología.
El aporte de Murdock a los estudios estructurales puede ser considerado
desde dos puntos de vista. En primer lugar, se ha propuesto
rejuvenecer el método estadístico. Tylor ya había empleado este mé -
todo para verificar correlaciones supuestas y para descubrir otras
nuevas. El empleo de técnicas modernas ha permitido a Murdock
lograr progresos indudables en esta dirección.
Los obstáculos que enfrenta el método estadístico en etnología
han sido subrayados a menudo (Lowie, 1948 a, cap. III). Dado que
Murdock sabe esto tan bien como cualquiera, me limitaré a recordar
el peligro del círculo vicioso: la validez de una correlación, aun
cuando esté basada en una impresionante frecuencia estadística, de -
pende, a fin de cuentas, de la validez del recorte que hemos hecho
para definir los fenómenos puestos en correlación. El método es
siempre eficaz, en cambio, para denunciar correlaciones aceptadas
erróneamente. Desde este punto de vista negativo y crítico, ciertas
conclusiones de Murdock pueden ser consideradas como definitivas.
Murdock se ha consagrado, al mismo tiempo, a reconstruir la
evolución histórica de los sistemas de parentesco o, al menos, a definir
ciertas líneas posibles o probables de evolución, con exclusión de
algunas otras. Llega así a un resultado sorprendente: más a menudo
de lo que se supone (desde que Lowie —1920, cap. III— se ocupó de
una hipótesis parecida de Lewis Morgan), el sistema de parentesco
de tipo «hawaiano» representaría una forma primitiva. Téngase cuidado
en notar, sin embargo, que Murdock no razona sobre sociedades
reales, observadas en su contexto histórico y geográfico y conside -
radas como conjuntos organizados, sino sobre abstracciones e inclusive
—si cabe decirlo así— sobre abstracciones de segundo grado:
comienza por aislar la organización social de los demás aspectos de
la cultura, tras lo cual recorta arbitrariamente la organización social
(o el sistema de parentesco) en piezas y trozos, según los principios
inspirados en las categorías tradicionales de la teoría etnológica, antes
que como resultado de un análisis real de cada grupo. En estas condiciones,
su reconstrucción histórica no pasa de ser una ideología:
consiste en abstraer los elementos comunes a cada estadio para definir
el estadio inmediatamente anterior, y así sucesivamente. Claro está
que un método semejante sólo puede llegar a un resultado: las formas
menos diferenciadas aparecerán como las más antiguas, y las formas
complejas serán ubicadas en posiciones cada vez más recientes,
en proporción a su complejidad. Algo así como si se hiciera remontar
el caballo moderno al orden de los vertebrados, y no a la especie
Hipparion.
Las reservas que acabamos de hacer no buscan disminuir los
328 PROBLEMAS DE MÉTODO Y ENSEÑANZA
méritos de Murdock: ha reunido abundante documentación, con frecuencia
antes descuidada; ha planteado problemas. Pero, precisamente,
su técnica parece más apropiada para descubrir e identificar los
problemas que para resolverlos. Su método sigue imbuido de un espíritu
aristotélico; tal vez toda ciencia deba pasar por esa etapa. En
todo caso, obra como buen aristotélico al afirmar que «las formas
culturales testimonian, en el plano de la organización social, un grado
de regularidad y de conformidad a las exigencias del pensamiento
científico que no difiere significativamente del grado al que nos han
acostumbrado las llamadas ciencias naturales» (1949, pág. 259).
Si el lector recuerda las distinciones propuestas al comienzo de
este artículo, observará que Radcliffe-Brown tiende a confundir observación
y experimentación, mientras que Murdock no distingue
con suficiente claridad entre modelos estadísticos y modelos mecánicos:
trata de construir modelos mecánicos por medio de un método
estadístico, tarea imposible, al menos de la manera directa con que
él la encara.
Simétricamente, la obra de Lowie 25 podría caracterizarse como
el esfuerzo encarnizado por responder a una sola pregunta: ¿cuáles
son los hechos? Hemos dicho que esta pregunta, inclusive para el
estructuralista, es la primera a la que se debe responder y que ella
preside todas las demás. Las investigaciones sobre el terreno y la
reflexión teórica de Lowie comienzan en una época en que la etnología
se encuentra como atestada de prejuicios filosóficos, aureolada de
misticismo sociológico. Se le ha reprochado a veces el haber reaccionado
ante esta situación de una manera puramente negativa (Kroeber,
1920): era preciso hacerlo. En ese momento, la primera tarea
consistía en demostrar lo que los hechos no eran. Lowie se dedicó,
pues, valientemente, a desintegrar los sistemas arbitrarios y las pretendidas
correlaciones. Puso así en libertad —si cabe la expresión—
una energía intelectual que no hemos agotado todavía. Tal vez resulte
menos sencillo descubrir sus contribuciones positivas, en razón de la
discreción extrema con que formuló su pensamiento y de su resistencia
a elaborar construcciones teóricas. ¿No se definió acaso a sí
mismo, en alguna parte, como un «escéptico activo»? Sin embargo,
él fue quien, ya en 1915, justificaba del modo más moderno los estudios
del parentesco: «La sustancia misma de la vida social puede ser
analizada a veces en forma rigurosa, en función del modo de clasificación
de parientes y aliados.» (1915, 1929, c.) En el mismo artículo,
trastrocaba la perspectiva estrechamente histórica que limitaba el
horizonte etnológico e impedía percibir el funcionamiento de los factores
estructurales universales; definía allí ya la exogamia en términos
genéticos, como un esquema institucional que engendra los mismos
efectos toda vez que se halla presente, sin que sea necesario invocar
25. Fallecido en 1957.
LA NOCIÓN DE ESTRUCTURA 329
consideraciones histórico-geográficas para comprender las analogías
entre sociedades alejadas unas de otras.
Algunos años más tarde, Lowie pulveriza el «complejo matrilineal»
(1919), empleando un método que debía conducirlo a dos resultados
esenciales para el estructuralista. Al negar que todo rasgo de apariencia
matrilineal deba ser interpretado como una supervivencia o un
vestigio del «complejo», hacía posible su descomposición en variables.
En segundo lugar, los elementos así liberados podían entonces ser
utilizados para trazar cuadros de permutaciones entre los caracteres
diferenciales de los sistemas de parentesco (Lowie, 1929 a). De dos
maneras igualmente originales, Lowie abría, así, la puerta de los estudios
estructurales: en cuanto al sistema de las denominaciones, y en
cuanto a la relación entre éste y el sistema de las actitudes. Otros
habrían de seguir esta última orientación (Radcliffe-Brown, 1924; Lévi-
Strauss, 1945).26
Hay todavía otros descubrimientos que debemos a Lowie. El fue,
sin duda, el primero que estableció el carácter bilineal de varios sistemas
pretendidamente unilineales (1920, 1929 b); demostró la influencia
ejercida por el modo de residencia sobre el tipo de filiación (1920);
disoció las conductas familiares de reserva o respeto, y la prohibición
del incesto (1920, págs. 104-105). Siempre cuidadoso de considerar las
organizaciones sociales desde un doble punto de vista —reglas institucionales,
por una parte, pero también expresiones medias de reacciones
psicológicas individuales (en un sentido que a veces contradice
las reglas, y que siempre las tuerce)— fue el mismo Lowie, tan criticado
por su demasiado famosa definición de la cultura, hecha de
«trozos y fragmentos», quien nos ha dado monografías que se cuentan
entre las más penetrantes y mejor equilibradas de toda la literatura
etnológica (1935, 1948 a, caps. XV, XVI, XVII). Es conocido, en fin,
el papel desempeñado por Lowie en el desarrollo de los estudios suda -
mericanos. Directa o indirectamente, por sus consejos o estímulos,
ha contribuido a abrir el camino a la etnología en un campo difícil y
demasiado descuidado.
IV. DINÁMICA SOCIAL: ESTRUCTURAS DE SUBORDINACIÓN
a) Orden de los elementos (individuos y grupos) en
la estructura social
No necesitamos exponer aquí nuestra posición personal sobre los
problemas precedentes. No obstante nuestros esfuerzos por ser obje -
tivos, ésta se manifiesta con bastante claridad a lo largo de este capítulo.
Para el autor de estas líneas, los sistemas de parentesco, las
26. Véase el capítulo 2 del presente volumen.
330 PROBLEMAS DE MÉTODO Y ENSEÑANZA
reglas matrimoniales y de filiación, forman un conjunto coordenado
cuya función consiste en asegurar la permanencia del grupo social
entrecruzando, a modo de un tejido, las relaciones consanguíneas y
las relaciones fundadas en la alianza. Esperamos haber ayudado asi
a dilucidar el funcionamiento de la máquina social, que extrae perpetuamente
a las mujeres de sus familias consanguíneas para redistribuirlas
en otros tantos grupos domésticos, los cuales se transforman
a su vez en familias consanguíneas, y así sucesivamente.27
En ausencia de influencias externas, esta máquina funcionaría
indefinidamente, y la estructura social conservaría su carácter estático.
Esto no ocurre, sin embargo. Debemos, pues, introducir nuevos
elementos en el modelo teórico, cuya intervención pueda explicar
las transformaciones diacrónicas de la estructura y dé cuenta a la vez
de las razones por las que una estructura social jamás se reduce a un
sistema de parentesco. Hay tres modos diferentes de contestar a esta
doble interrogación.
Nos preguntaremos ante todo, como corresponde, cuáles son los
hechos. Han transcurrido años desde que Lowie deploró la carencia
de trabajos antropológicos en materia de organización política. A este
respecto se pueden anotar algunos progresos, que debemos al mismo
Lowie en sus trabajos más recientes —al menos en lo que concierne
a América del Norte (1917, 1948 a, cap. VII, XII, XIV, 1948 b)—,
y a un gran libro sobre África dirigido por Fortes y Evans-Pritchard
(1940). Son útiles las categorías fundamentales delimitadas por Lowie:
clases sociales, «cofradías», Estado.
El segundo método consistiría en correlacionar los fenómenos que
dependen del nivel ya aislado —es decir, los fenómenos de parentesco—
con los del nivel inmediatamente superior, en la medida en
que se los pueda vincular entre sí. Se plantean entonces dos problemas:
1) ¿Pueden las estructuras fundadas en el parentesco, por sí
mismas, manifestar propiedades dinámicas? 2) ¿De qué manera las
estructuras de comunicación y las estructuras de subordinación reaccionan
unas sobre otras? El primer problema es el de la educación: en
un momento determinado, cada generación se encuentra, en efecto,
en una relación de subordinación o de dominio con la que la precede
o la que le sigue. Margaret Mead y otros han planteado el problema
de esta manera.
Existe también una manera más teórica de proceder, que consiste
en buscar las correlaciones entre ciertas posiciones (estáticas)
en la estructura de parentesco (reducida a su terminología) y las
27. Véase sobre este punto C. Lévi-Strauss, «The Family», en H. L. Shapiro
(ed.), Man, Culture and Society, Oxford, Oxford University Press, 1956, cap. XII.
(No ha sido reproducido en este volumen.)
LA NOCIÓN DE ESTRUCTURA 331
conductas (dinámicas) correspondientes, tal como se expresan en
los derechos, deberes y obligaciones, por una parte, y en los privilegios,
prohibiciones, etcétera, por la otra.
Para Radcliffe-Brown se puede verificar una correspondencia término
a término entre lo que se podría llamar el sistema de las actitudes
y el sistema de las denominaciones. Cada término de parentesco
correspondería a una conducta prescrita, positiva o negativa; cada
conducta diferencial estaría connotada por un término. Otros han
sostenido que en la práctica era imposible verificar una correspondencia
semejante, o bien que la misma no iría más allá de un nivel
de aproximación bastante tosco.
Por mi parte, he propuesto una interpretación diferente, basada
en una relación dialéctica entre actitudes y denominaciones. Las conductas
diferenciales entre parientes tienden a organizarse sobre la
base del mismo modelo que la terminología, pero constituyen tambien
un medio de resolver las dificultades y superar las contradic -
ciones inherentes a esta misma terminología. En consecuencia, las
reglas de conducta entre parientes, en una sociedad cualquiera, traducirían
un esfuerzo por resolver las contradicciones que derivan del
sistema terminológico y de las reglas de alianza. En la medida en
que las primeras tienden a constituirse en sistema, aparecen nuevas
contradicciones que provocan una reorganización de la terminología,
la cual vuelve a afectar las actitudes, y así sucesivamente, salvo
durante raros períodos de equilibrio, que se ven amenazados muy
rápidamente.28
28. En un pequeño libro consagrado a refutar Les structures élémentaires de
la parenté, Homans y Schneider tratan de reducir las reglas del matrimonio preferencial
al sistema de las actitudes. Se oponen al principio, planteado en Les
structures, según el cual no existe conexión necesaria entre matrimonio matrilateral
o patrilateral por un lado, y el modo de filiación —patrilineal o matrilineal—
por otro. En apoyo de su propia tesis, que afirma que el matrimonio matrilateral
sería función de la filiación patrilineal, estos autores invocan correlaciones estadísticas
que prueban muy poca cosa. En efecto, las sociedades con filiación patrilíneal
son mucho más numerosas que aquellas con filiación matrilineal; además,
el matrimonio matrilateral es, a su vez, más frecuente que el matrimonio
patrilateral. Si la distribución tuviera lugar al azar, cabría, pues, esperar que el
número de sociedades caracterizadas por la asociación: filiación patrilineal y
matrimonio matrilateral, fuera más elevada que las otras, y la correlación invocada
por mis críticos carecería de significación. Murdock, al retornar el estudio
de esta pretendida correlación, sobre la base de una muestra más importante
(564 sociedades), concluye: «La distribución mundial de estas correlaciones es tan
débil que lleva a poner en duda la interpretación teórica propuesta» (G. P.
Murdock, «World Ethnographic Sample», American Anthropologist, n.s., vol. LIX,
n. 4, 1957, pág. 687).
Sigo pensando, de acuerdo con los términos que he empleado desde un comienzo,
que no existe conexión necesaria entre el matrimonio con la prima cruzada
unilateral y el modo de filiación, es decir, que ninguna de las combinaciones concebibles
implica contradicción. Con todo es posible —e inclusive verosímil— que,
en el plano empírico, los dos tipos de matrimonio se encuentren asociados, más
frecuentemente, con uno u otro modo de filiación. Si tal fuera el caso, esta corre332
PROBLEMAS DE MÉTODO Y ENSEÑANZA
Otro problema se plantea cuando consideramos sociedades en las
cuales el sistema de parentesco no rige alianzas matrimoniales entre
iguales. En efecto, ¿qué ocurre si los participantes en los intercambios
matrimoniales son grupos jerarquizados, de hecho o de derecho,
desde el punto de vista político o económico? Por este camino nos
vemos llevados a examinar diversas instituciones. Ante todo la poligamia;
he mostrado que ella reposa en la integración de dos formas
de garantías: una colectiva y política, otra individual y económica; 29
luego la hipergamia (o la hipogamia). Este último problema, hasta
hoy muy descuidado, merecería un estudio atento, del cual depende
una teoría coherente del sistema de castas y también —indirectamente—
de todas las estructuras sociales basadas en distinciones de
status.
El tercero y último método posee un carácter más formal que
los precedentes. Consistiría en un estudio a priori de todos los tipos
concebibles de estructuras, que resultaran de relaciones de dependencia
y dominación establecidas al azar. El tratamiento matemático
hecho por Rapaport (1949) de los fenómenos cíclicos de dominación
en las gallinas, abre a este respecto interesantes perspectivas. Sin
duda, estas cadenas cíclicas e intransitivas parecen tener poca rela -
ción con las estructuras sociales con las que se podría buscar compararlas.
Estas últimas (por ejemplo el «círculo de kava» en la Polinesia)
son siempre transitivas y no-cíclicas: el que se encuentra en el extremo
inferior está, por definición, excluido del extremo superior.30
lación estadística (que no debe confundirse con una conexión lógica), exigiría
una explicación. Yo tendería a buscarla por el lado de la inestabilidad inherente
a las sociedades matrilineales (tema ya desarrollado en Les structures), que les
haría más difícil la adopción de ciclos largos de reciprocidad, mientras que los
ciclos extremadamente cortos del matrimonio patrilateral se adaptarían mejor a
los conflictos que siempre tienen por escenario las sociedades matrilineales. La
interpretación teórica de Homans y Schneider me parece totalmente inaceptable:
explican la preferencia de las sociedades patrilineales por el matrimonio matrilateral
mediante consideraciones psicológicas, tales como la de que los lazos
sentimentales de un adolescente son transferidos hacia la línea del tío materno.
Si tal fuera el caso, el matrimonio matrilateral sería, en efecto, más frecuente,
pero no se necesitaría entonces prescribirlo. A propósito de un caso particular,
Homans y Schneider retornan, pura y simplemente, a la teoría psicológica propuesta
por Westermarck para dar cuenta de la prohibición del incesto. Hubiéramos
deseado creer que la etnología estaba definitivamente a salvo de estos viejos
errores. (Véase G. C. Homans y D. M. Schneider, Marriage, Authority and Final
Causes. A Study of Unilateral Cross-Cousin Marriage, Glencoe, Illinois, The Free
Press, 1955.)
29. C. Lévi- Strauss, Tristes trópicos, donde retomo los temas de un estudio
anterior: «The Social and Psychological Aspects of Chieftainship in a Primitive
Tribe». Transactions of the New York Academy of Science, s e r i e I I , v o l , V I I ,
n. 1, 1944.
30. Esta reserva me resulta hoy (1957) superflua. Existen sociedades donde
se observan ciclos jerárquicos e intransitivos, por completo comparables al peck-
LA NOCIÓN DE ESTRUCTURA 333
En cambio, el estudio de los sistemas de parentesco muestra
que puede concebirse, en ciertas condiciones, la transformación de un
orden transitivo y no-cíclico en otro orden, intransitivo y cíclico.
Cabe observarla en una sociedad hipergámica con matrimonio preferencial
de un hombre con la hija del hermano de la madre. Un sistema
de este tipo consiste en una cadena, uno de cuyos extremos
corresponde a una hija del rango más alto, incapaz por lo tanto de
encontrar un marido que no sea inferior, y el otro a un muchacho
privado para siempre de esposa (porque todas las hijas del grupo,
con excepción de su hermana, tienen un rango superior al suyo propio).
En consecuencia, o bien la sociedad en cuestión sucumbe a
sus contradicciones o bien su sistema transitivo y no-cíclico debe trans -
formarse en sistema intransitivo y cíclico, temporaria o localmente.31
De esta manera se introducen en nuestros estudios nociones tales
como transitividad, orden y ciclo, que se prestan a un tratamiento
formal y permiten analizar tipos generalizados de estructuras socia -
les, donde los niveles de comunicación y de subordinación pueden ser
integrados. ¿Se podrá llegar aún más lejos, hasta alcanzar la integración
de los órdenes, reales o virtuales? En la mayoría de las socie -
dades humanas, lo que se llama «orden social» pertenece a un tipo
transitivo y no-cíclico: si A es superior a B, y B superior a C, A debe
ser superior a C, y C no puede ser superior a A. Sin embargo, las
mismas sociedades que obedecen en la práctica a estas reglas, conciben
otros tipos de órdenes que se podrían llamar virtuales o ideales,
ya sea en el plano de la política, el mito o la religión, y estos
órdenes son a veces intransitivos y cíclicos. Así se advierte, por ejemplo,
en los cuentos sobre reyes que desposan pastoras, o en la crítica
que hizo Stendhal de la democracia norteamericana, como un sistema
donde un gentleman está a las órdenes de su tendero.
ing-order. Por ejemplo, en las islas Fidji, cuya población estaba organizada,
hasta principios del siglo xx, en señorías unidas entre sí por relaciones de vasallaje
tales que, en cier tos casos, una señoría A era vasalla de otra señoría B,
B de C, C de D y D de A. Hocart ha descrito y explicado esta estructura a primera
vista incomprensible, señalando que existen en Fidji dos formas de vasallaje:
por costumbre y por conquista. La señoría A puede ser tradicionalmente vasalla de
B, B de C, y C de D, mientras que la señoría D puede haber caído recientemen te,
como resultado de una guerra desafortunada, bajo el vasallaje de A. No sólo la
estructura así realizada es la misma que corresponde a l pecking-order; además
—sin que nos hayamos dado cuenta— la teoría etnológica se adelantó por varios
años a la interpretación matemática, puesto que esta última se funda en la
distinción entre dos variables que operan, una con respecto a otra, con cierto
grado de desplazamiento. Esto corresponde exactamente a la descripción (póstuma)
de Hocart. (Véase A. M. Hocart, « The Northern States of Fidji», Occasional
Publ. n. 11, Royal Antropológical Institute., Londres, 1952.)
31. Para un notable ejemplo de la t ransformación local de un tipo en otro,
véase K. Gough, «Female Initiation Rites on the Malabar Coast», Journal of the Royal
Anthropological Institute, vol. LXXXV, 1955, págs. 47-48.
334 PROBLEMAS DE MÉTODO Y ENSEÑANZA
b) Orden de los órdenes
Para el etnólogo, la sociedad comprende un conjunto de estructuras
que corresponden a diversos tipos de órdenes. El sistema de
parentesco ofrece un medio de ordenar a los individuos según ciertas
reglas; la organización social proporciona otro; las estratificaciones
sociales o económicas, un tercero. Todas estas estructuras de orden
pueden ser a su vez ordenadas, a condición de descubrir qué rela -
ciones las unen y de qué manera reaccionan unas sobre otras desde
el punto de vista sincrónico. Mayer Fortes ha intentado con éxito
1949) construir modelos generales que integran las propiedades de
diversos modelos especiales (parentesco, organización social, relaciones
económicas, etcétera).
Estas tentativas de formular un modelo total de una sociedad
determinada ponen al etnólogo ante una dificultad ya vista al comienzo
de este capítulo: ¿hasta qué punto el modo en que una socie -
dad concibe sus diversas estructuras de orden y las relaciones que
las unen corresponde a la realidad? He indicado ya que eran posibles
varias respuestas, en función de los documentos que se tomen en
cuenta. Pero hasta ahora solamente nos hemos ocupado de los órde -
nes «vividos», es decir, de los órdenes que son a su vez función de una
realidad objetiva y que cabe abordar desde fuera, con independencia
de la representación que los hombres tengan de ella. Se observará
ahora que tales órdenes «vividos» suponen siempre otros, que
es indispensable tomar en cuenta para comprender no sólo los anteriores,
sino también la manera en que cada sociedad trata de integrarlos
a todos en una totalidad ordenada. Estas estructuras de orden
concebidas», y no ya «vividas», no corresponden directamente a ninguna
realidad objetiva. A diferencia de las primeras, no son susceptibles
de una comprobación experimental, porque están asociadas a
una experiencia específica con la cual, por otra parte, a veces se confunden.
El único control a que las podemos someter para analizarlas
es, pues, el de los órdenes del primer tipo, los órdenes «vividos». Los
órdenes «concebidos» corresponden al campo del mito y la religión.
Se puede preguntar si la ideología política de las sociedades contemporáneas
no pertenece también a esta categoría.32
Radcliffe-Brown ha mostrado claramente, siguiendo a Durkheim,
32. El lector observará que este parágrafo trata de formular, en un lenguaje
más familiar a los antropólogos anglosajones, la distinción marxista entre infraestructura
y superestructura, lo cual muestra —dicho sea de paso— la falta de fundamento
de las críticas que me dirige Gurvitch (Cahiers internationaux de Sociologie,
vol. 19, n.s., 2.° año, 1955) cuando me acusa, a propósito de este pasaje, de
querer reintroducir en la sociología una concepción autoritaria del orden social.
este respecto, véase mi respuesta a Gurvitch en el capítulo 16 del presente
volumen.
LA NOCIÓN DE ESTRUCTURA 335
que los hechos religiosos debían ser estudiados como parte integrante
de la estructura social. Para este autor, el papel del etnólogo consiste
en establecer correlaciones entre diversos tipos de religiones y diversos
tipos de organizaciones sociales (1945). Si su sociología religiosa acaba
con un fracaso, se debe, al parecer, a dos razones. En primer lugar,
Radcliffe-Brown ha vinculado directamente las creencias y el ritual a
estados afectivos. En segundo lugar, ha querido obtener, para
comenzar, una expresión general de la relación entre la sociedad y la
religión, cuando lo que sobre todo necesitamos son estudios concretos,
que permitan construir series regulares de variaciones concomitantes.
De todo ello ha resultado una especie de descrédito que
recae sobre la etnología religiosa. Los mitos, el ritual y las creencias
religiosas forman con todo un campo pleno de promesas para los
estudios estructurales, y por poco frecuentes que sean, las investigaciones
recientes parecen particularmente fecundas.
Varios autores han emprendido recientemente la tarea de estudiar
sistemas religiosos como conjuntos estructurados. Trabajos monográficos
como The Road of Life and Death de P. Radin (1945) y
Kunapipi de R. M. Berndt (1951) se inspiran en esta concepción.
Queda abierto, así, el camino para investigaciones sistemáticas, de
las que Navaho Religion de G. Reichard es un buen ejemplo. Pero
no por esto se descuidarán los análisis de detalle que se refieren a
elementos permanentes y no permanentes de las representaciones
religiosas de una población dada, durante un lapso relativamente
corto, tal como los concibiera Lowie.
Tal vez entonces logremos construir, en etnología religiosa, esos
«modelos en pequeña escala, destinados al análisis comparativo...
de las variaciones concomitantes... que se imponen en toda investigación
que se proponga explicar los hechos sociales» (Nadel, 1952).
Este método sólo permitirá un progreso lento, pero proporcionará conclusiones
que podrán contarse entre las mejores establecidas y más
convincentes a que podamos aspirar en materia de organización social.
Nadel ha demostrado ya que existe una correlación entre la institución
del shamanismo y ciertas actitudes psic ológicas características
de las sociedades correspondientes (1946). Mediante la comparación de
documentos indoeuropeos provenientes de Islandia, Irlanda y el Cáucaso,
Dumézil ha conseguido interpretar un personaje mitológico
hasta entonces enigmático y correlacionar su papel y manifestaciones
con ciertos rasgos específicos de la organización social de las pobla ciones estudiadas (1948); Wittfogel y Goldfrank han aislado variaciones
significativas de ciertos temas mitológicos entre los indios pueblo,
vinculándolas a la infraestructura socioeconómica de cada grupo
(1943). Mónica Hunter ha probado que las creencias mágicas eran
función directa de la estructura del grupo social (Hunter-Wilson, 1951).
Todos estos resultados —junto con otros que no podemos comentar
aquí por falta de espacio— permiten esperar que un día estaremos
336 PROBLEMAS DE MÉTODO Y ENSEÑANZA
en condiciones de comprender, no la función de las creencias religiosas
en la vida social (cosa resuelta desde tiempos de Lucrecio),
sino los mecanismos que les permiten cumplir dicha función.
Unas pocas palabras para terminar. Nuestro estudio comenzó por
un análisis de la noción de modelo, y esta misma noción reaparece
al concluir. La antropología social es una ciencia joven; es natural
que busque construir sus modelos imitando los modelos más simples
entre aquellos que le ofrecen ciencias más avanzadas. Se explica, así,
la atracción que ha ejercido la mecánica clásica, ¿Pero no hemos sido,
a este respecto, víctimas de una ilusión? Como lo ha señalado von
Neumann (von Neumann y Morgenstern, 1944, pág. 14): «Es infinitamente
más sencillo elaborar la teoría casi exacta de un gas que contiene
alrededor de 1025 partículas libres, que la teoría del sistema
solar que solamente comprende 9 grandes cuerpos.» Ahora bien, el
antropólogo que está a la busca de modelos, se encuentra ante un
caso intermedio: los objetos de los cuales nos ocupamos —papeles
sociales e individuos integrados en una sociedad determinada— son
mucho más numerosos que los de la mecánica newtoniana, pero no
lo son lo bastante para pertenecer al campo de la estadística y el
cálculo de probabilidades. Nos hallamos, pues, en un terreno híbrido
y equívoco; nuestros hechos son demasiado complicados para ser
encarados de un modo, y no lo son lo suficiente como para encararlos
del otro.
Las nuevas perspectivas abiertas por la teoría de la comunicación
son, precisamente, el resultado de los métodos originales que
ha sido necesario elaborar para tratar objetos —los signos— que, de
ahora en adelante, pueden ser sometidos a un análisis riguroso, aunque
su número sea demasiado elevado para la mecánica clásica y
todavía demasiado restringido para aplicarles los principios de la termodinámica.
La lengua está hecha de morfemas —del orden de varios
miles—, y cálculos limitados bastan para extraer regularidades significativas
en la frecuencia de los fonemas. En este campo, el umbral
de aplicación de las leyes estadísticas decrece, a la vez que se eleva
el límite a partir del cual resulta posible aplicar modelos mecánicos.
Y simultáneamente, el orden de magnitud de los fenómenos se acerca
a aquel al que está habituado el antropólogo.
El estado actual de las investigaciones estructurales en antropología
es, pues, el siguiente: se ha conseguido aislar fenómenos que
son del mismo tipo que los fenómenos que ya pueden ser tratados
rigurosamente mediante las teorías de la estrategia y la comunicación.
Los hechos antropológicos pertenecen a una escala lo bastante próxima
a la de otros fenómenos para ofrecer la esperanza de un tratamiento
análogo. ¿No es sorprendente que, en el instante mismo en
que la antropología se siente más cerca que nunca de convertirse en
una verdadera ciencia, falte el terreno allí donde se creía firme? Los
LA NOCIÓN DE ESTRUCTURA 337
hechos mismos se escabullen: demasiado poco numerosos o
reunidos en condiciones que no permiten compararlos con la
seguridad suficiente. Sin ser culpables de ello, descubrimos que
nos hemos conducido como botánicos-aficionados, recogiendo al
azar muestras heterogéneas, y maltratándolas y mutilándolas
para conservarlas en nuestros herbarios. Y henos aquí llamados
a poner en orden series completas, a definir los matices
originales, a medir partes minúsculas que encontramos
deterioradas, cuando no destruidas.
El antropólogo se siente invadido por el desaliento cuando
evoca las tareas que le esperan y todo lo que debería estar en
condiciones de realizar: ¿cómo lograrlo con los documentos de
que dispone? Es como si hubiera que construir la física cósmica
con las observaciones de astrónomos babilonios. Y sin embargo,
los cuerpos celestes están siempre allí, mientras que las culturas
indígenas que nos proporcionan nuestros documentos
desaparecen rápidamente o se transforman en objetos de un
nuevo género, de los cuales no cabe esperar que podamos
recoger informaciones del mismo tipo. Ajustar las técnicas de
observación a un marco teórico que es mucho más avanzado:
ésta es una situación paradójica que rara vez se plantea en la
historia de las ciencias. A la antropología moderna le
corresponde aceptar este desafío.
CAPÍTULO 16
APÉNDICE DEL CAPITULO 15 1
El señor Gurvitch —a quien, debo confesar, entiendo cada vez
menos en las ocasiones en que lo leo—2 se dedica a atacar mi aná -
lisis de la noción de estructura social,3 pero en su mayoría los argumentos
se reducen a signos de admiración acompañando algunas
citas tendenciosas de mi texto. Intentemos, sin embargo, llegar al
fondo del debate
Gurvitch ofrece el primor de algo que él cree un
descubrimiento: «Hay... entre el guestalismo en psicología y el
estructuralismo en sociología una afinidad sorprendente que, hasta
el momento, por lo que sabemos, no ha sido nunca subrayada»
(loc. cit., pág. 11). Gurvitch se engaña. Todos los etnólogos,
sociólogos y lingüistas que se consideran estructuralistas tienen
conciencia de los lazos que los unen a la psicología de la Gestalt.
Ya en 1934, Ruth Benedict señalaba el acercamiento citando a
Köhler y Koffka.4
1. Inédito (1956).
2. Antes he tratado, sin embargo, de entenderlo, y no me faltó buena
volunt ad. Véase C. Lévi-Strauss, «French Sociology>, en Twentieth Century
Sociology, ed. por G. Gurvitch y W. E. Moore, Nueva York, 1945, cap. XVII,
Trad. franc.: La sociologie au XXe. siécle, 2 vols.. París, 1947.
3. G. Gurvitch, «Le concept de structure sociale», Cahiers internationaux de
Sociologie, vol. XIX, n.s., 2.° año, 1955. Según parece, Gurvitch vuelve a publicar
este estudio, con alguna modificación, en la segunda edición de La vocation
actuelle de la sociologie. El presente capítulo —escrito en 1956— se funda en
el texto inicial.
4. Ruth Benedict, Patterns of Culture Cambridge, Mass., 1934, págs, 51-
52 y 279.
Hace muy poco, Gurvitch ha hecho otro «descubrimiento», que se dice «impaciente
de comunicar a los lectores de los Cahiers, a modo de epilogo a nuestro
estudio [el suyo] sobre El concepto de estructura social»: Spencer sería
«una fuente olvidada de los conceptos de "estructura social", "función social" e
"institución"» (Cahiers Internationaux de Sociologie, vol. XXIII, cuaderno doble,
1957, págs. 111-121). Pero, con la excepción de Gurvitch, no se ve quién ha «olvidado
» a Spencer y la paternidad, que le corresponde, de estas nociones; en todo
caso, no lo han olvidado los que actualmente emplean la noción de estructura, a
quienes nunca les ha fallado la memoria en este punto. Véase D. Bidney Theoretical
Anthropology, Nueva York, 1953, cap. II y IV, y para Inglaterra, E. E. Evans
Pritchard, Social Anthropology, Glencoe, 1951, pág. 17, y sobre todo la
Introduc -
Yo mismo he cuidado tanto el poner en claro esta afinidad, que
el prefacio de Les structures élémentaires de la parenté se cierra
con un homenaje a la psicología de la Gestalt: «Después de haber
citado a Eddington: "La física se convierte en el estudio de las organizaciones".
Köhler escribía —muy pronto se cumplirán veinte años
de esto—: "Por este camino... se encontrará con la biología y la psicología."
Este trabajo habrá cumplido su finalidad si el lector, una vez
terminada la lectura, se siente inclinado a agregar: y la sociología.»5
Igualmente Kroeber, en su Anthropology: «Un sistema o configuración
es siempre, por naturaleza, otra cosa y más que la suma de
sus partes; incluye también las relaciones entre las partes: su red
de interconexiones, que añade un elemento significativo suplementario.
Esto es bien conocido de la psicología de la Gestalt o psicología
de la forma. La "forma" de una cultura puede ser definida
entonces como el sistema (pattern) de las relaciones entre sus partes
constitutivas.»6
En fin, más profundamente, Sverre Holm, un sociólogo noruego,
tras haber señalado también que «la ciencia de la cultura se ha ins -
pirado, desde hace tiempo, en el mensaje de la psicología de la
Gestalt», trata de vincular directamente el estructuralismo con una
de las fuentes lejanas del pensamiento guestalista, la filosofía natural
de Goethe.7
En cuanto a los lingüistas estructuralistas, Trubetzkoy y Jakobson
han reconocido con frecuencia su deuda con la Gestalt, en particular
con los trabajos de K. Bühler.
Por más alejados que se encuentren uno de otro, el pensamiento
de Gurvitch y el mío, ocurre que a veces se cruzan. Valga como prueba
el siguiente pasaje del artículo de Gurvitch: «Cuando uno se propone
estudiar los tipos de sociedades globales (que deben distinguirse de
los tipos microsociológicos o formas de sociabilidad y de los tipos
de agrupamientos particulares), el establecimiento de esta tipología
sólo es posible partiendo de sus estructuras. En efecto, a dif erencia
de los grupos particulares (sin hablar de las formas de sociabilidad,
ción de A. R. Radcliffe-Brown a su compilación Structure and Function in Primitive
Society, Glencoe, 1952, donde concluye, tras haberse referido a Spencer varias
veces: «The theory [de R.-B.] can be stated by means of the three fundamental
and connected concepts of "process", "structure" and "function". It is derived from
such earlier writers as Montesquieu, Comte, Spencer, Durkheim and thus belongs
to a cultural tradition of two hundred years» (pág. 14), («La teoría puede ser
enunciada mediante los tres conceptos, fundamentales e interconectados, de
"proceso", "estructura" y "función". Ella deriva ya de autores como Montesquieu,
Comte, Spencer, Durkhein) y pertenece, por lo tanto, a una tradición cultural
que cuenta doscientos años.» (T,)]
5. Loc, cit., pág. XIV.
6. A. L. Kroeber, Anthropology, n. ed., Nueva York, 1948, pág. 293.
7. Sverre Holm, «Studies towards a Theory of Sociological Transformartions»,
Studia Norvegica, n. 7, Oslo, 1951, pág, 40 y passim.
que son aestructurales), toda sociedad global sin excepción [el subrayado
es del autor] posee una estructura, y el estudio de ésta es el
único medio de construir y reconstruir los tipos de fenómenos sociales
globales. Hemos llegado a decir en Déterminismes saciaux et
liberté humaine, que las sociedades globales y las estructuras sociales
globales se identifican. Esto es verdad cuando se habla de los tipos
de sociedades globales, pero exige las más serias reservas cuando se
trata de una sociedad global concreta, la cual, evidentemente, es in -
comparablemente más rica que su estructura por compleja que ésta
sea, dado que la estructura es siempre sólo un aspecto, un sector y
una expresión muy parcial del fenómeno social total. Pero para captar
este último cuando es global, en toda su plenitud, no hemos hallado
otra solución que partir de un tipo construido, el cual, en este caso,
no puede ser otra cosa que un tipo particular de la estructura social
global...»8
Si se tiene en cuenta que Gurvitch entiende por sociedades glo -
bales aquellas que son objeto del estudio etnológico, y que su «tipo
construido» se parece notablemente a lo que yo entiendo por modelo,
es difícil ver qué me puede reprochar. Porque aquí soy yo quien
adopta una posición menos avanzada, puesto que estoy muy lejos
de creer —como él afirma— que «las sociedades globales y las estruc -
turas sociales se identifican». Pienso solamente que éstas pueden
ayudar a conocer y clasificar aquéllas.
Pero —objeta Gurvitch en el pasaje citado— lo que es cierto de
los tipos deja de serle cuando se trata de una sociedad concreta.
¿Con qué derecho, con qué títulos, se constituye Gurvitch en nuestro
censor? ¿Y qué sabe de las sociedades concretas Gurvitch, cuya filosofía
se reduce a un culto idólatra de lo concreto (glorificando su
riqueza, su complejidad, su fluidez, su carácter por siempre inefable
y su espontaneidad creadora), pero que permanece empapada de un
sentimiento tal de reverencia sagrada que su autor no se ha atrevido
nunca a emprender la descripción o el análisis de una sociedad concreta
cualquiera?
Los etnólogos, que han pasado años de sus vidas mezclados con
la existencia concreta de sociedades particulares, pueden esperar serenamente
que Gurvitch descubra en ellos una indiferencia ante lo
concreto comparable a aquella de que él ha dado pruebas al reducir
la diversidad y especificidad de miles de sociedades a cuatro (sic)
tipos, donde todas las tribus sudamericanas están confundidas con
el conjunto de las sociedades australianas, la Melanesia con la Polinesia,
y donde América del Norte por un lado y África por otro, cons -
tituyen bloques homogéneos.9
Como Gurvitch es un teórico puro, se interesa únicamente en la
8. Loc, cit., págs, 11-12.
9. Déterminismes sociaux et liberté humaine, cap. II, págs. 200-222.
342 PROBLEMAS DE MÉTODO Y ENSEÑANZA
parte teórica de nuestros trabajos. Y como nuestras teorías no le agradan
—porque refutan las suyas—, nos sugiere que nos consagremos a
la etnografía descriptiva. De esta distribución de papeles, él sacaría
una doble ventaja: reinar solo sobre la teoría, y permitirse impunemente
el lujo de invocar desordenadamente, en apoyo de sus propias
especulaciones, una gran cantidad de trabajos descriptivos, cuyo uso
arbitrario por parte de Gurvitch demuestra que muchas veces no
se toma la molestia de leerlos.
Sin esperar el consejo de Gurvitch, los etnólogos que él critica
han consagrado la mayor parte de su vida científica a observar, des -
cribir y analizar, con una minuciosidad en ocasiones desalentadora,
las «formas de sociabilidad», los «grupos» y los más tenues matices de
la vida colectiva, que forman, con las estructuras, el ser individual
de las sociedades en las que han vivido, imposible de confundir con
otros. Ninguno de nosotros ha tenido nunca la intención de sustituir
esta realidad trémula por un tipo o una estructura rígida. La inves -
tigación de las estructuras interviene en una segunda etapa cuando,
tras haber observado lo que existe, tratamos de extraer los únicos
elementos estables —y siempre parciales— que permitirán comparar
y clasificar. A diferencia de Gurvitch, sin embargo, no partimos de
una definición a priori de lo que es estructurable y de lo que no lo es.
Tenemos demasiada conciencia de la imposibilidad de saber por anticipado
dónde, y en qué nivel de observación, podrá dar resultado el
análisis estructural. Nuestra experiencia de lo concreto nos ha ensenado
que muy a menudo son los aspectos más fluidos, más fugitivos
de la cultura aquellos que dan acceso a una estructura; de ahí la
atención apasionada y casi maniática que prestamos a los detalles.
Tenemos presente el ejemplo de las ciencias naturales, cuyo pro -
greso de una estructura a otra (ésta más inclusiva y más apta para
la explicación) ha consistido siempre en descubrir una mejor estructuración
por medio de hechos menudos que las hipótesis anteriores
habían descuidado considerándolos «aestructurales». Así, por ejemplo,
las anomalías del perihelio de Mercurio, «aestructurales» en el
sistema de Newton y que habían de servir de base para el descubrimiento
de una estructura mejor, por la teoría de la relatividad. La
etnología, ciencia residual por excelencia, puesto que tiene por campo
este «residuo» de sociedades cuyo estudio había sido desdeñado por
las ciencias humanas tradicionales (precisamente por considerarlas
«aestructurales»), no podría —por vocación propia— utilizar otro
método que no fuera el de los residuos.
Pero sabemos que una sociedad concreta jamás se reduce a su
estructura o, mejor dicho, a sus estructuras (porque tiene muchas,
en diferentes niveles, y estas diversas estructuras se encuentran a su
vez, al menos parcialmente, «en estructura»). Lo escribía a este res -
pecto en 1949, para criticar esta forma primaria del estructuralismo
que llaman funcionalismo: «Decir que una sociedad funciona, es una
APÉNDICE DEL CAPÍTULO 15 343
trivialidad; pero decir que en una sociedad todo funciona, es un absurdo.
»10
El error de Gurvitch, tanto como de la mayoría de los adversarios
de la etnología —y los hay—,11 procede de que ellos imaginan
que el fin de nuestra disciplina es adquirir un conocimiento completo
de las sociedades que estudiamos.12 Entre una pretensión semejante
y los medios que usamos hay tal desproporción, que se nos podría
tratar, con todo derecho, de charlatanes. ¿Cómo penetrar en los
resortes de una sociedad que nos es extraña, al cabo de una perma -
nencia de algunos meses, ignorando su historia y con un conocimiento
en la mayoría de los casos rudimentarios de la lengua? La inquietud
va en aumento cuando se nos ve tan impacientes por reemplazar por
esquemas esta realidad que se nos escapa. Pero en verdad nuestro
objetivo último no es tanto saber lo que son, cada una por sí misma,
las sociedades que estudiamos, sino más bien descubrir la manera
en que difieren unas de otras. Como en lingüística, el objeto propio
de la etnología lo constituyen estas variaciones diferenciales. A quienes
nieguen que se pueda determinar las relaciones entre seres cuya
naturaleza nos es conocida de manera incompleta, les contestaría
con esta observación de un gran naturalista; «Ocurre a menudo, en
morfología, que la tarea esencial consiste en comparar formas vecinas,
antes que en definir con precisión cada una de ellas; y las deformaciones
de una figura complicada pueden ser un fenómeno fácil de
comprender, aunque la figura misma permanezca sin ser analizada
ni definida.»13
Pero el autor añade en seguida —proporcionándonos así una res -
puesta a las quejas de Gurvitch—: «Este trabajo de comparación
consistente en reconocer, en una forma dada, una permutación definida
o deformación de otra forma, independientemente de todo conocimiento
preciso y adecuado del "tipo" inicial o patrón de compara -
ción, corresponde directamente al dominio de las matemáticas y
recibe una solución mediante el empleo elemental de cierto método
matemático. Este método es el de las coordenadas, que funda la
teoría de las transformaciones», la cual es, a su vez, una parte de
la teoría de los grupos.14
Llego, así, al detalle de las críticas de Gurvitch; en ellas, la más
importante concierne al papel que atribuyo a ciertos métodos matemáticos
en la teoría etnológica.
10, Página 60 del presente libro.
11, Véase Brice Parain. «Les sorciers», Le Monde Nouveau, mayo de 1956.
12, En el lenguaje de Gurvitch —quien por otra parte cae en contradicción
con el pensamiento de Mauss, a quien debernos el término—, «aprehender el fenómeno
social total».
13, D'Arcy Wentworth Thompson, On Growth and Form, Cambridge Univ.
Press, n. ed., vol. II, pág. 1032.
14, Loc. cit., ídem y nota.
344 PROBLEMAS DE MÉTODO Y ENSEÑANZA
Según nuestro autor, en el artículo que toma por blanco yo habría
intentado «hacer la síntesis de todas las interpretaciones que rela -
cionan la estructura social y las matemáticas»,15 llegando así a presentar
«un verdadero breviario de la mayor parte de los errores
cometidos, e inclusive de los errores posibles, acerca del concepto en
discusión», tomando elementos «de cada una de las cuatro fuentes de
desviación y abuso» que Gurvitch acaba de denunciar. Y continúa,
siempre refiriéndose a mí: «No sólo los hace suyos; además, por
decirlo así, los sublima y hace la apología, integrándolos en su propia
teoría de las estructuras.»16
Para sostener que el estudio en cuestión es una tentativa de síntesis,
es preciso no haberlo leído o no comprenderlo. El lector puede
verificar fácilmente que en él pongo el más particular cuidado en
disociar mi concepción de las de Radcliffe-Brown y Murdock.17 Además,
no me siendo tocado en modo alguno por las criticas que Gurvitch
dirige a estos últimos, sobre todo a propósito del método estadistico
—que jamás he utilizado y cuyos peligros he subrayado expresamente—,
al menos del modo en que Murdock cree a veces poder
emplearlo.
Por otra parte, y sin presentarme como padre de la antropología
estructural, recordaré que mi concepción de las estructuras sociales ha
sido desarrollada ya en mi libro sobre el parentesco, concluido a
comienzos de 1947, es decir, antes —o al mismo tiempo— que la
concepción de Fortes, Murdock y otros, de los que Gurvitch quiere
convertirme en mero comentador y apologista. Más bien considero
notable que varios etnólogos se hayan orientado independientemente
hacia la noción de estructura durante esos años de la guerra, cuando
las circunstancias nos condenaban a un cierto aislamiento. Esta convergencia
demuestra hasta qué punto dicha noción era indispensable
para resolver problemas con los que habían tropezado nuestros predecesores.
Aporta a nuestra común orientación una presunción de
validez, sean cuales fueren, por otra parte, las diferencias que nos
separan.
¿En qué consisten las desviaciones y abusos cuyos efectos, según
Gurvitch, yo habría acumulado?
La primera fuente de estos errores sería el vínculo artificial que
yo querría establecer «entre la aplicación de medidas y el problema
de la estructura social»;18 dicho de otra manera, mí tendencia «a ligar
el concepto de estructura social con la medición matemática».19 ¿Lee
Gurvitch demasiado bien o demasiado mal, hallando siempre en los
textos lo que desea encontrar para contradecirlos? Lejos de haber
15. G. Gurvitch, «Le concept de structure sociale», loc. cit., págs. 14-15.
16. Id., pág. 19.
17. Pags. 309, 323-329 y 335 del presente libro.
18. Loc. cit., pág. 14.
19. Id., pág. 17, repetido en los mismos términos en la pág. 19.
APÉNDICE DEL CAPÍTULO 15 345
expresado así las cosas, he dicho muchas veces lo contrario. Véase
la sección titulada «Estructura y medida», en el estudio ya citado:
«Se dice a veces que la noción de estructura permite introducir la
medida en etnología... No existe, sin embargo, ninguna conexión
necesaria entre las nociones de medida y de estructura...; problemas
que no comportan solución métrica pueden ser igualmente sometidos
a un tratamiento riguroso.»20 Y en otro artículo, que Gurvitch no
titubea en citar en apoyo de sus argumentos: «Hay sin duda en nues -
tras disciplinas muchas cosas que se pueden medir... pero de ninguna
manera es seguro que se trate de las más importantes ...Se ha comprendido
que la cuantificación de los fenómenos [sociale s] no llevaba
necesariamente al descubrimiento de su significación...» Excesivamente
ocupados en medir, habríamos descuidado el hecho de que
«las nuevas matemáticas... introducen la independencia entre la noción
de rigor y la noción de medida... Con estas matemáticas nuevas...
aprendemos que el reino de la necesidad no se confunde inevitablemente
con el de la cantidad».21
Al observar el uso que hace Gurvitch de los términos medidas,
mediciones y cuantificación (que por otra parte emplea como si
fuesen equivalentes), cabe preguntarse si tiene alguna idea de los
problemas sobre los cuales trabajamos. Después de todo, el empleo
de ciertos métodos matemáticos en etnología no es un tema de discusión
académica. Con ayuda de un matemático he aplicado estos métodos
a un problema preciso.22 Continúo con otros. La única cuestión
que se plantea es saber si, de esta manera, nos acercamos o no a la
solución de los problemas.
Más respetuoso de la lingüística estructural que de la etnología
estructural, Gurvitch se esfuerza, con todo, por restringir su alcance
teórico. Pero, contrariamente a lo que él cree, la estadística matemática
(cuyo papel es aquí perfectamente legitimo), no se limita solamente
al estudio de los fonemas; se aplica al habla y al discurso,
como lo demuestra la teoría —en curso de elaboración— de las máquinas
de traducir, y ha probado ya su importancia en el campo de
la estilística y la critica de textos. En cuanto al argumento de que
el estructuralismo solamente tiene cabida en la fonología y pierde
todo su sentido en el plano del lenguaje, el mismo supone ignorar
la obra estructuralista en materia de gramática, de sintaxis e inclusive
de vocabulario, en las distintas y fecundas formas que le han
impreso maestros como Benveniste, Hjelmslev y Jakobs on; éste, en
su última obra, encara un problema tan alejado de la fonología como
20. Pág. 304 de este volumen.
21. «Les mathématiques de I'homme», Bulletin International des Sciences Sociales
(de la UNESCO), vol. VI, n. 4, republicano por Esprit, n. 10, 1956, e n las
págs, 529-532 del texto de Esprit.
22. Les structures élémentaires—, capitulo XIV.
346 PROBLEMAS DE MÉTODO Y ENSEÑANZA
es el de los tropos.23 Además, los teóricos de las máquinas de traducir
están formulando las bases de un análisis gramatical y lexicológico
que depende a la vez de la matemática y del estructuralismo.2 4
Gurvitch me reprocha la «lamentable confusión... entre lo que
se designa como estructura y la superficie exteriormente perceptible
y palpable de la realidad social, ubicada en extensiones conceptualizadas
como espacios morfológicos».25 Tal vez el lector no haya comprendido
al punto (¿cómo no disculparlo?) que Gurvitch se refiere a
los fenómenos de distribución espacial y a la representación cualitativa
que los hombres se hacen del espacio. Ahora bien, esta «lamentable
confusión», lejos de ser obra —como lo insinúa el autor— de
la escuela americana es uno de los principales descubrimientos de la
escuela sociológica francesa, a la que le debemos mucho más que
«alusiones... rápidamente superadas».26 Es el punto central de los
estudios memorables de Durkheim y Mauss: De quelques formes
primitives de classification, y de Mauss: Les variations saisonniéres
dans les societes eskimo.27 Basta leer —en Francia misma— la obra
de Jacques Soustelle: La pensée cosmologique des anciens Mexicains28
para convencerse de que, medio siglo más tarde, este método no ha
perdido nada de su fecundidad.
Pero nadie, ni en Francia ni en los Estados Unidos, ha pensado jamás
—como nos lo hace decir Gurvitch— que este nivel deba ser aislado
de los otros, y que haya que identificar estructura espacial y estructura
social. Nosotros partimos solamente de dos observaciones:
1) Un gran número de sociedades indígenas ha elegido, conscientemente,
proyectar en el espacio un esquema de sus instituciones; así,
por ejemplo, la distribución circular de los campamentos sioux y de
las aldeas de los ge en el Brasil central, o el plano de las ciudades,
trazado de rutas y emplazamiento de los templos y altares en el antiguo
Perú. El estudio de estos hechos de distribución permite acceder
a la idea que los indígenas tienen de su estructura social y, mediante
el examen de las lagunas y contradicciones, llegar a la estructura real,
ésta a menudo muy distinta de aquélla. El capítulo «¿Existen las organizaciones
dualistas?», incluido en el presente volumen, ofrece un
ejemplo de dicho método.
2) Aun cuando la sociedad se muestre indiferente al espacio, o a
cierto tipo de espacio (así, por ejemplo, el espacio urbano, cuando
23. R. Jakobson y M. Halle, Fundamentals of Language, S'Gravenhage, 1956,
24. V. H. Yngve, «Syntax and the Problem of Múltiple Meaning», en Machine
Translation of Languages, ed. por W. N. Locke y A. D. Booth, Nueva York, John
Wiley and Sons, 1955, «Sentence for Sentence Translation», Mechanical Translation,
Cambridge, Mass., vol. II, n. 2, 1955. «The Translation of Languages by
Machine, Information Theory, Third London Symposium, s.d.
25. Loc. cit., pág. 17.
26. Loc. cit., pág. 17.
27. Année Sociologique, VI, 1901-1902 y IX, 1904-1905, respectivamente.
28. París, Hermarnn, 1940.
APÉNDICE DEL CAPÍTULO 15 347
no ha sido planificado), ocurre como si las estructuras
inconscientes aprovecharan esta indiferencia, por decirlo así,
para invadir el dominio vacante y afirmarse en forma simbólica
o real, un poco a la ma nera en que las preocupaciones
inconscientes utilizan la «vacación» del dormir para expresarse
bajo forma de sueño, como nos ha enseña do Freud. Esta
segunda comprobación vale tanto para las sociedades que son
aparentemente indiferentes al espacio, entre las que se llaman
primitivas, como para las sociedades más complejas que profesan
igual actitud: las ciudades contemporáneas, por ejemplo, que en
su mayoría corresponden a estructuras espaciales que cabe
reducir a unos pocos tipos, los cuales proporcionan ciertos
índices sobre la estructura social subyacente.
¿Será necesario responder ahora a esa queja de Gurvitch
según la cual en mi obra «no quedaría nada de una realidad sui
generis, nada de los "fenómenos sociales totale s", de las
unidades colectivas macro -sociológicas»?29 Yo he pasado los
años más hermosos de mi vida estudiando algunas «unidades
colectivas macrosociológicas». Pero, para evocarlas, no tengo
necesidad de un término bárbaro, que ofende los oídos y la
humanidad, porque mis recuerdos las designan por sus
nombres, que son caduveo, bororo, nambikwara, munde, tupí -
kawahib, mogh y kuki y cada uno me recuerda un punto de la
Tierra, un momento de mi historia y de la historia del mundo.
Todos juntos, estos nombres me acercan a hombres y mujeres
que he amado o temi do, y cuyos rostros invaden mi memoria:
me recuerdan fatigas, ale grías, sufrimientos, a veces también
peligros. Estos son mis testigos; bastan para manifestar el
vínculo que une mis puntos de vista teórico s con la realidad, y
para recusar al señor Gurvitch.
En fin, en cuanto al reproche de que vuelvo «de una manera
apenas velada y después de tantos esfuerzos, a la concepción
tradicional del orden social»,30 no me detendría en él si no fuera
porque otros autores se han sentido inquietos por la noción de
«orden de los órdenes» introducida al final de mi articulo sobre
la estructura en etno logía.31
29. Loc, cit., pág. 19.
30. Loc, cit., pág. 21.
31. Véase pág. 334 de este volumen. Pienso sobre todo en Rodinson, en sus
dos artículos: «Racisme et civilisation», La Nouvelle Critique, n. 66, junio 1955,
y «Ethnographie et relativisme, ídem, n. 69, noviembre 1955. Al tiempo que publicaba
el segundo de estos artículos, la redacción de La Nouvelle Critique me aseguraba,
en varias cartas, «que las páginas de la revista estaban a mi disposición
» . Yo respondí entonces con la carta siguiente:
25 de noviembre de 1955
Señor Jefe de Redacción:
Por segunda vez en pocos meses, el señor Maxime Rodinson publica en La
Nouvelle Critique un artículo que se ocupa en gran parte de mí. Como el autor
parece más preocupado por abrir entre nosotros un abismo que por subrayar
los puntos que nos acercan, sin duda habré de desilusionarlo si le digo que sus
348 PROBLEMAS DE MÉTODO Y ENSEÑANZA
Mis críticos creen, en efecto, que el orden de los órdenes, tal corno
yo lo concibo consiste, o bien en una restitución total de la sociedad
concreta que antes me había esforzado por analizar en estructuras (lo
cual haría inútil esta tarea), o bien en la afirmación de que, para una
sociedad dada, todas las estructuras son homologas, lo que se reduciría
a afirmar que cada sociedad constituye una especie de mónada,
a la vez perfectamente coherente y completamente cerrada sobre sí
misma. Ninguna de las dos hipótesis podría estar más alejada de mis
puntos de vista.
El orden de los órdenes no es una recapitulación de los fenómenos
artículos me han parecido vigorosos y bien construidos y que, en conjunto, me siento
de acuerdo con él. A lo sumo quisiera manifestar esta queja: puesto que se me otorga
tanta atención, hubiera sido más fecundo buscar cómo trato de integrar, en la corriente
marxista, las adquisiciones etnológicas de los últimos 50 años. Rodinson parece decidido a
rechazarlas en bloque. ¿No sería más conveniente distinguir entre los resultados científicos
propiamente dichos, y el uso político e ideológico que con demasiada frecuencia se hace de
ellos, en los Estados Unidos y en otros lugares? La actitud de Rodinson corresponde, ciertamente,
a la de una ortodoxia que se había afirmado con estruendo a propósito de la
lingüística, la física, la biología y la cibernética. Desde hace poco tiempo todo eso ha
cambiado, y el señor Rodinson se enterará próximamente que se encuentra retrasado.
Quiero observar, por otra parte, que sobre un problema semejante, en ciertos aspectos, al
problema del que se ocupa Rodinson —me refiero a las tendencias actuales de la
mecánica cuántica— La Nouvelle Critique da pruebas, en su último número, de una actitud
infinitamente más prudente y matizada, actitud que con provecho se podría extender a los
problemas teóricos de la etnología.
Rodinson me reprocha un desconocimiento de la noción de estructura; yo creía
haberla tomado de Marx y Engels —entre otros— otorgándole un papel esencial: esto
último es lo que con mayor frecuencia se me censura. En cuanto a su crítica de la
noción de cultura —o más bien de algunas de sus acepciones—, estoy de acuerdo con
él. Los méritos de Kroeber, que tuve el agrado de reconocer, se deben más a otras obras
(en particular, al admirable libro Handbook of the índíans of California) que a esa
desafortunada tentativa de estadística cultural que Rodinson critica. Esta critica es
acertada en cuanto al fondo, pero se aparta de la verdadera cuestión. Esa empresa,
absurda en apariencia, contenía no obstante cierto interés, en el cuadro geográfico tan particular
y en muchos sentidos privilegiado que ofrece California. La diversidad y la
densidad etnográficas fueron allí tales que, a pesar de que el inventario de los rasgos
culturales se hizo de una manera sistemáticamente mecánica y decididamente ininteligible,
uno podía sentirse tentado de verificar si los elementos significativos no se ordenarían
espontáneamente. Esta tentativa fue retomada luego —no sin éxito— por L. Guttman en el
campo de la psicología,
Rodinson me aconseja, en fin, que abandone la noción de cultura en favor de la
noción de sociedad. Sin renunciar a la primera, no he esperado los consejos de Rodinson
para tratar de colocar ambas nociones en una perspectiva compatible con los principios
del marxismo. Si hubiera leído mi libro en lugar de contentarse con ios fragmentos
publicados hace algunos meses, Rodinson habría hallado en él —además de una hipótesis
marxista sobre el origen de la escritura— dos estudios consagrados a tribus brasileñas
(caduveo y bororo) que son una tentativa de interpretación de las superestructuras indígenas,
fundada en el materialismo dialéctico. La novedad de este intento en la literatura
etnográfica occidental merecía, tal vez, más cuidado y simpatía.
APÉNDICE DEL CAPÍTULO 15 349
analizados. Es la expresión más abstracta de las relaciones que mantienen
entre sí aquellos niveles donde puede ejercitarse el análisis estructural,
hasta tal punto que las fórmulas deben a veces ser las mis -
mas para sociedades histórica y geográficamente alejadas, un poco a
la manera de moléculas de composición química diferente —si se me
permite la comparación— que pueden ser unas simples, las otras complicadas,
pero tener con todo, a igual título, una estructura «derecha»
o una estructura «izquierda». Entiendo, pues, por orden de los órdenes
las propiedades formales del conjunto compuesto por los subconjuntos
que corresponden, cada uno, a un nivel estructural dado.
Como lo ha dicho Jean Pouillon —que en este punto traduce mi
pensamiento en términos que suscribo enteramente—, se trata de saber
si se puede elaborar «un sistema de diferencias que no conduzca
ni a la simple yuxtaposición de las mismas, ni a su confusión artificial
».32
No postulo una suerte de armonía preestablecida entre los diversos
niveles de estructura. Pueden muy bien hallarse —y ello ocurre a menudo—
en contradicción unos con otros, pero las modalidades según
las cuales se contradicen pertenecen todas al mismo grupo. Esto es
precisamente, además, lo que enseña el materialismo histórico cuando
afirma que siempre se puede pasar, por transformación, de la estructura
económica o de la estructura de las relaciones sociales a la estructura
del derecho, el arte o la religión. Pero nunca Marx ha pretendido
que estas transformaciones fueran de un solo tipo; por ejemplo,
que la ideología sólo pueda reflejar las relaciones sociales, a la
manera de un espejo. Marx pensaba que estas transformaciones son
dialéctic as, y en ciertos casos dedicó grandes esfuerzos a la tarea de
encontrar la transformación indispensable que, en un primer mo -
mento, parecía rebelde al análisis.33
Si se admite, en la misma línea del pensamiento de Marx, que las
infraestructuras y las superestructuras comportan múltiples niveles, y
que existen diversos tipos de transformaciones para pasar de un nivel
a otro, se podrá también concebir —en último análisis y haciendo
Entre los críticos contemporáneos, Rodinson no es ciertamente el único que
encuentra normal refutar a un autor a partir de unos pocos fragmentos. Otras
libertades son, en cambio, menos frecuentes; en particular, la que consiste en
utilizar citas falsas. Esto es, sin embargo, lo que hace Rodinson en su último
articulo (pág. 61), donde coloca en itálica y entre comillas tres lineas que me
atribuye y cuya referencia añade en nota (Race et histoire, pág. 40). Verifíquese
la referencia: tales líneas no están allí, y no recuerdo haberlas escrito nunca.
Saludo a usted, etcétera.
La Nouvelle Critique rectificó la cita errónea en su número siguiente. En
cuanto a la carta, jamás fue publicada.
32. J. Pouillon, loc. cit., pág. 155.
33. Por ejemplo, en el célebre pasaje sobre el arte griego incluido en el prefacio,
llamado inédito, de la Crítica de la economía política. También, desde otro
punto de vista, en E1 18 Brumario de Luis Bonaparte.
350 PROBLEMAS DE MÉTODO Y ENSEÑANZA
abstracción de los contenidos— la posibilidad de caracterizar diversos
tipos de sociedades por leyes de transformación: fórmulas que indican
el número, la potencia, el sentido y el orden de las torsiones que
—por decirlo así— será necesario anular para encontrar una relación
de homología ideal (en sentido lógico y no moral) entre los diferentes
niveles estructurados.
Porque esta reducción es, al mismo tiempo, una crítica. Al reemplazar
un modelo complejo por un modelo simple dotado de un rendimiento
lógico superior, el antropólogo pone en descubierto las desviaciones
y artificios —conscientes e inconscientes— a los que recurre
cada sociedad para intentar resolver las contradicciones que le son
inherentes y, en último caso, para disimularlas.
Estas aclaraciones, proporcionadas ya por mis trabajos anteriores
y que Gurvitch debiera haber tenido en cuenta,34 ¿no me exponen a
otra critica? Si cada sociedad sufre una misma tara que se manifiesta
bajo el doble aspecto de una desarmonía lógica y una injusticia social,
¿para qué se esforzarán penosamente sus miembros más lúcidos
en cambiarla? El cambio tendría por resultado reemplazar una forma
social por otra, y si todas son equivalentes, ¿con qué objeto intentarlo?
En apoyo de este argumento, Rodinson35 cita un pasaje de Tristes
tropiques: «Ninguna sociedad es radicalmente buena, pero ninguna es
tampoco absolutamente mala; todas ofrecen ciertas ventajas a sus
miembros, más allá de un residuo de injusticia cuya importancia
parece aproximadamente constante.»36 Pero esto es aislar tendenciosamente
una etapa del razonamiento por el cual me esforzaba en resolver
la antinomia aparente entre el pensamiento y la acción. En
efecto:
1) En el pasaje criticado por Rodinson, el argumento relativista
se opone solamente a la pretensión de clasificar, unas en relación con
otras, sociedades muy alejadas de la sociedad del observador; por
ejemplo, desde nuestro punto de vista, una población melanesia y una
tribu norteamericana. Sostengo que no disponemos de ningún sistema
de referencia legítimamente aplicable a sociedades situadas en los confines
de nuestro universo sociológico y consideradas en sus relaciones
recíprocas.
2) Por el contrario, yo diferenciaba cuidadosamente este caso de
aquel otro consistente, no ya en clasificar entre sí sociedades lejanas,
sino dos estadios, históricamente próximos, del desarrollo de nuestra
propia sociedad (o en general, de la sociedad del observador). Cuando
el sistema de referencia se «interioriza» de esta manera, todo cambia.
Esta segunda etapa permite, en efecto, sin retener nada de ninguna
34. Véanse los capítulos 1 y 7 de este libro.
35. H. Rodinson, loc. cit., págs. 50-52 y passim.
36. Tristes trópicos, Barcelona, Paidos (prox., apar.).
APÉNDICE DEL CAPÍTULO 15 351
sociedad, «utilizarlas a todas para extraer principios de la vida social
que podremos aplicar a la reforma de nuestras propias costumbres, y
no de las de sociedades extrañas; en razón de un privilegio inverso al
precedente, la única sociedad que estamos en condiciones de transformar
sin peligro de destruirla es aquella a la que pertenecemos, porque
esos cambios que introducimos provienen también de ella»37
Lejos, pues, de satisfacerme con un relativismo estático, como lo
hacen algunos antropólogos norteamericanos que Rodinson critica con
mucha razón, pero con los cuales me confunde equivocadamente, yo
denuncio el peligro allí contenido, «abismo» en el que corre el riesgo
de caer el antropólogo. Mi solución es constructiva, porque funda sobre
los mismos principios dos actitudes en apariencia contradictorias:
el respeto hacia sociedades muy diferentes de la nuestra, y la participación
activa en los esfuerzos de transformación de nuestra propia
sociedad,
¿Hay en todo esto, como lo pretende Rodinson, motivos para «desesperar
a Billancourt»? Billancourt merecería poco interés si, caníbal
a su manera, y más gravemente que los antropófagos, porque sería
caníbal en espíritu, fuera indispensable para su seguridad intelectual
y moral que los papúa sirvieran únicamente para proletarios. Afortunadamente,
la teoría etnológica no desempeña un papel tan importante
en las reivindicaciones sindicales. En cambio me sorprende hallar,
en la pluma de un científico de ideas avanzadas, un argumento ya
familiar en otros pensadores de muy distinta orientación.
Ni en Race et histoire ni en Tristes tropiques he tratado de destruir
la idea de progreso, sino más bien de hacerla pasar, del rango
de categoría universal del desarrollo humano, al rango de un modo
particular de existencia propio de nuestra sociedad (y tal vez de algunas
otras) cuando ella intenta pensarse a sí misma.
Pretender que una concepción semejante del progreso, interiorizado
en cada sociedad y despojado de su trascendencia, amenaza sumir
a los hombres en el desaliento, me parece la trasposición —al lenguaje
de la historia y en el plano de la vida colectiva— del argumento metafísico
según el cual toda moral se vería comprometida si el individuo
dejara de creer que posee un alma inmortal. El ateísmo ha hecho frente
durante siglos al argumento de Rodinson; también el ateísmo «desesperaba
» a los hombres y muy particularmente a las clases obreras,
porque se temía que perdieran el gusto al trabajo, faltos de sanciones
y recompensas en el más allá.
Muchos son los hombres, sin embargo (sobre todo en Billancourt),
que aceptan la idea de una duración personal limitada a su vida terrestre;
no han perdido por ello su sentido moral y su voluntad de obrar
en pro del mejoramiento de su condición y de la de sus descendientes.
¿No sería verdadero para los grupos lo que es verdad de los indi-
37. Loc. cit.. pág. 424.
352 PROBLEMAS DE MÉTODO Y ENSEÑANZA
viduos? Una sociedad puede vivir, obrar, transformarse, sin necesidad
de dejarse embriagar por la convicción de que las sociedades que la han
precedido en algunas decenas de miles de años no han hecho otra cosa
que prepararle el camino; que todos sus contemporáneos —aún sus
antípodas— se esfuerzan trabajosamente por alcanzarla, y que las
sociedades que la sucederán hasta el fin de los siglos no tienen otra
preocupación que mantenerse en la dirección que ella ha trazado. Esto
sería dar pruebas de un antropocentrismo tan ingenuo como el que
colocaba la Tierra en el centro del Universo y al hombre en la cúspide
de la creación. Pero este antropocentrismo, practicado a beneficio de
nuestra sola sociedad, sería hoy en día odioso.
Hay más todavía. Porque Rodinson me ataca en nombre del marxismo,
cuando mi concepción se encuentra infinitamente más próxima
que la suya al pensamiento de Marx. Recordaré ante todo que la dis -
tinción —desarrollada en Race et histoire,— entre historia estacionaria,
historia fluctuante e historia acumulativa, puede ser referida a ciertos
textos de Marx: «La simplicidad del organismo productivo de estas
comunidades que se bastan a sí mismas, se reproducen constantemente
bajo la misma forma y, una vez destruidas accidentalmente, se
reconstruyen en el mismo lugar y con el mismo nombre, nos proporciona
la clave de la inmutabilidad de las sociedades asiáticas, inmu tabilidad
que contrasta, de una manera tan extraña, con la disolución y
reconstrucción incesantes de los Estados asiáticos, con los cambios
violentos de sus dinastías.»38 En efecto, hallamos con frecuencia en
Marx y en Engels la idea de que las sociedades primitivas o consideradas
tales se rigen por lazos de consanguinidad (que llamamos hoy estructuras
de parentesco) y no por relaciones de producción. Si estas sociedades no
resultaran destruidas desde fuera, podrían perpetuarse indefinidamente.
La categoría de tiempo que puede aplicárseles no tiene nada que ver
con la que utilizarnos para comprender nuestro propio desarrollo.39
Esta concepción no está en modo alguno en contradicción con la
célebre fórmula del Manifiesto comunista: «La historia de toda sociedad
conocida hasta ahora es la historia de las luchas de clases.» En la
línea de la filosofía del Estado, de Hegel, esta fórmula no significa que
la lucha de clases es coextensiva a la humanidad, sino que las nociones
de historia y de sociedad solamente pueden ser aplicadas, con el
sentido pleno que Marx les da, a partir del momento en que la lucha
de clases hace su aparición. La carta a Weydemeyer lo establece claramente:
«Lo que yo he hecho de nuevo —escribe Marx— es demos-
38. K. Marx, El Capital.
39. En El Capital se retoman constantemente estos temas, a propósito de
la India y de las antiguas sociedades germánicas, que eran las sociedades más
«primitivas» que Marx pudo conocer. Engels los generalizó en el Anti-Dühring y en El
origen de la familia, de la propiedad y del Estado.
APÉNDICE DEL CAPÍTULO 15 3 5 3
trar... que la existencia de las clases sólo está ligada a etapas históricas
determinadas del desenvolvimiento de la producción.»40
Rodinson puede meditar entonces sobre esta reflexión de Marx contenida
en el prefacio, llamado inédito, de la Critica de la economía
política: «La pretendida evolución histórica reposa en general en el
hecho de que la última formación social considera las formaciones
pasadas como otras tantas etapas que llevan a ella, etapas que ésta
concibe siempre desde un punto de vista parcial, siendo rara vez
capaz —y esto sólo en condiciones bien determinadas— de criticarse
a sí misma.» 41
Este capítulo estaba concluido cuando apareció el panfleto, a menudo
injusto pero lleno de verbo y talento, de Jean-François Revel.42
Como el capítulo VIII me está en parte consagrado, voy a contestar
brevemente.
Revel me ataca, pero no sin dificultades. Porque si me reconociera
por lo que soy —un etnólogo que ha trabajado en el terreno y que,
tras haber expuesto el resultado de sus observaciones, ha emprendido
la tarea de remontarse hasta los principios de su ciencia a partir de sus
propias observaciones y de las de sus colegas— debiera abstenerse de
discutirme. Comienza entonces por metamorfosearme en sociólogo,
tras lo cual insinúa que, en razón de mi formación filosófica, mi sociología
es una filosofía disimulada. A partir de este momento estamos
entre colegas, y Revel puede alegremente entrometerse en campo ajeno
sin darse cuenta siquiera que está procediendo, con respecto a la etnología,
exactamente de la misma manera que él, a lo largo de todo su
libro, le reprocha a la filosofía con respecto a los otros conocimientos
positivos.
Pero yo no soy sociólogo, y sólo me intereso en forma subsidiaria
por nuestra sociedad. Trato, sobre todo, de comprender esas sociedades
llamadas primitivas de las cuales se ocupan los etnólogos. Cuando,
para gran fastidio de Revel, interpreto el intercambio de vino en los
restaurantes del Mediodía de Francia en términos de prestaciones sociales,
mi principal objetivo no es explicar costumbres contemporáneas
mediante instituciones arcaicas, sino ayudar al lector, miembro
de una sociedad contemporánea, a reencontrar en su propia experiencia
y a partir de usos que son, en efecto, vestigios o usos embrionarios,
instituciones que de otra manera podrían resultarle incomprensibles.
La cuestión no es, pues, saber si el intercambio de vino es una
supervivencia del potlach, sino si es posible, gracias a esta comparación,
llegar a captar con más exactitud los sentimientos, intenciones
40, Citado según M. Rubel, Karl Marx, essai de biographie intellectuelle.
París, 1957, pág. 257.
41, Citado según K. Marx, Pages choisies, etc., editados por Rubel, París, 1948,
pág. 67.
42, J. F, Revel, Porquoi des philosophes?, París, 1957.
3 5 4 PROBLEMAS DE MÉTODO Y ENSEÑANZA
y actitudes del indígena comprometido en un ciclo de prestaciones. El
etnógrafo que ha vivido con los indígenas y se ha visto asociado a tales
ceremonias como espectador o como participante, puede tener una
opinión sobre este asunto, pero no Revel.
Además y por una curiosa contradicción, Revel —que rehusa admitir
que las categorías de las sociedades primitivas puedan ser aplicadas
a nuestra propia sociedad— se dedica fundamentalmente a aplicar las
categorías de nuestra sociedad a las sociedades primitivas: «Es absolutamente
seguro», dice, que las prestaciones «en las cuales se abis -
man en definitiva todas las riquezas de una sociedad... responden a
condiciones determinadas de un modo de producción y de una estructura
social.» Y prosigue; «Es inclusive probable —a menos que se trate
de una excepción única en la his toria, en cuyo caso habría que
explicarla— que ellas recubran una explotación económica de una
parte de los miembros de cada sociedad de este tipo, por otra parte
de sus miembros.»43
¿Cómo puede estar Revel «absolutamente seguro»? ¿Y cómo sabe
que la excepción sería «única en la historia»? ¿Ha estudiado sobre el
terreno las instituciones melanesias y americanas? ¿Ha examinado
siquiera las numerosas obras dedicadas al kula y a su evolución desde
1910 a 1950, sobre el potlach desde comienzos del siglo XIX
hasta el siglo xx? Sí lo hubiera hecho, sabría ante todo que es absurdo
creer que todas las riquezas de una sociedad son abarcadas por el
intercambio: tendría además —para ciertos casos y ciertos
períodos— ideas más precisas acerca de la proporción y el género de
las riquezas implicadas; por último y sobre todo, se daría cuenta de
que, desde el punto de vista que precisamente le interesa —la
explotación económica del hombre por el hombre— las dos culturas en
las cuales piensa son incomparables. En una de ellas, esta explotación se
manifiesta con caracteres que, en rigor, cabría llamar precapitalistas.
Sin embargo, aun en Alaska y en la Columbia Británica, esta
explotación opera como un factor externo: proporciona solamente
mayor amplitud a instituciones que pueden existir sin ella, y cuya
naturaleza general debe ser definida en otros términos.
Revel no debe apresurarse a protestar: no hago aquí otra cosa que
parafrasear a Engels, quien, incidentalmente, se ha pronunciado sobre
este problema y precisamente a propósito de las sociedades en que
piensa Revel. Engels escribe, en efecto: «Para aclarar el paralelo entre
los germanos de Tácito y los pieles rojas americanos, he hecho mo -
destos resúmenes del primer volumen de tu Bancroft [Natives Races,
etcétera]. En realidad, la semejanza es tanto más sorprendente, cuanto
que el modo de producción es tan radicalmente distinto: aquí pescadores
y cazadores sin cría de ganado ni agricultura, allí cría nómada que
pasa al cultivo de los campos. Esto prueba precisamente h asta qué
43. Loc. cit., pág. 138.
APÉNDICE DEL CAPÍTULO 15 355
punto, en esta etapa, el modo de producción es menos decisivo que el
grado de descomposición de los viejos lazos de consanguinidad y de
la antigua comunidad recíproca de los sexos en la tribu. Sin lo cual
los tlingit, en la América antiguamente rusa, no podrían ser el equivalente
puro de los germanos...»44
A Marcel Mauss le estaba reservada la tarea, en el Essai sur le Don
—que Revel critica en forma más bien inoportuna— de justificar y
desarrollar esta intuición de Engels, según la cual existe un paralelismo
sorprendente entre ciertas instituciones germánicas y célticas,
y las instituciones de las sociedades con potlach. Y esto sin preocuparse
por hallar tras ellas «condiciones determinadas de un modo de
producción» cuya búsqueda Engels había ya comprendido que era ilusoria.
Pero Marx y Engels, hace cerca de un siglo, conocían incomparablemente
más etnología que lo que Revel conoce actualmente.
Estoy, pues, completamente de acuerdo con Revel cuando escribe:
«La tara más grave que la filosofía ha transmitido a la sociología es
tal vez... la obsesión por querer elaborar desde el comienzo explicaciones
integrales»45 porque al decir esto está haciendo su propio proceso.
Es él quien me reprocha, en efecto, el no aportar explicación;
quien me acusa de hacer como si creyera «que no hay en el fondo
ninguna razón para que tal sociedad adopte tales instituciones y otra
sociedad otras instituciones». Es él quien exige de los etnólogos, respuestas
a preguntas tales como; «¿Por qué las sociedades se estructuran
en forma diferente unas de otras? ¿Por qué evoluciona cada
estructura? ¿Por qué hay diferencias entre las instituciones y entre
las sociedades, y qué respuestas a qué condicionamiento suponen estas
diferencias...?»46 Estas preguntas son muy pertinentes, y quisiéramos
poder responderlas. En el estado actual de nuestros conocimientos,
estimamos que no nos hallamos en condiciones de hacerlo, salvo en
casos muy precisos y limitados, y aun así nuestras interpretaciones
son fragmentarias y aisladas. Revel es libre de creer que la tarea es
sencilla, puesto que a su juicio «es absolutamente seguro» que, desde
hace quinientos mil años, desde que ha comenzado aproximadamente
la evolución social del hombre, la explotación económica lo explica
todo.
No era ésa —como hemos visto— la opinión de Marx y de Engels.
Ellos pensaban que, en las sociedades extra o precapitalistas, los lazos
de consanguinidad desempeñaban un papel mayor que las relaciones
entre las clases. No creo, pues, haber sido infiel a sus enseñanzas intentando,
setenta años después de Lewis H. Morgan al que ellos tanto
admiraban, retomar la tentativa de este último, es decir, elaborar una
nueva tipología de los sistemas de parentesco a la luz de los conoci-
44. Carta a Marx, 8 de diciembre de 1882.
45. Loc. cit., pág. 147.
46. Loc. cit., pág. 141
356 PROBLEMAS DE MÉTODO Y ENSEÑANZA
mientos adquiridos desde entonces en el trabajo de campo, realizado
por mí mismo y por otros.47
Pero por esta tipología exijo yo que se me juzgue, y no por las
hipótesis psicológicas o sociológicas de las que se apodera Revel, como
si fueran algo más que andamiajes útiles momentáneamente al etnólogo
para ordenar sus observaciones, disponer sus clasificaciones, organizar
sus tipos. Si uno de mis colegas viene a decirme que mi análisis
teórico de los sistemas de parentesco murngin o gilyak está en contradicción
con sus observaciones, o que yo he interpretado mal, cuando
me encontraba entre ellos, la jefatura de los indios nambikwara, el
lugar del arte en la sociedad de los caduveo, la estructura social de los
bororo o la naturaleza de los clanes de los tupí-kawahib, lo escucho
con deferencia y atención. Pero Revel —que no se preocupa por la
filiación patrilineal, el matrimonio bilateral, la organización dualista
ni los regímenes inarmónicos—, sin comprender siquiera que yo busco
tan sólo describir y analizar ciertos aspectos del mundo objetivo, me
reprocha «empobrecer la realidad social» porque, para él, resulta pobre
todo aquello que no se traduzca instantáneamente a un lenguaje
que tal vez tenga razón en emplear para hablar de la civilización occidental,
pero al cual sus mismos creadores le han negado toda otra aplicación.
Cuando Revel me hace este reproche, me toca a mí entonces,
exclamar, pero esta vez a propósito de Revel: sí, realmente, ¿para
qué sirven los filósofos?
Razonar como lo hacen Revel y Rodinson sería abandonar las ciencias
humanas en manos del oscurantismo. ¿Que podría pensarse de
contratistas y arquitectos que condenaran la física cósmica en nombre
de las leyes de la gravedad, pretextando que una geometría fundada
en la consideración de espacios diversamente curvados vuelve inútiles
las técnicas tradicionales para abatir y construir casas? El contratis ta
y el arquitecto tienen razón en creer sólo en la geometría euclidiana,
pero no pretenden imponerla al astrónomo. Y si para transformar la
casa que el astrónomo habita se requiere la geometría euclidiana, las
47. La desviación de Revel —que es la misma de Rodinson— no es nueva
en la historia del marxismo. Remonta a Kautsky, y ya en 1883 Engels se vio obligado
a denunciarla. Como Revel y Rodinson, Kautsky quería, en efecto, interpretar
las sociedades primitivas según el materialismo histórico, utilizando exclusivamente
nociones económicas tales como la de barbarie definida por Engels,
quien la tomó de Morgan: período de la crianza del ganado, de la agricultura y
del aprendizaje de los métodos que permiten un aumento en la producción de
los productos naturales (véase Engels, El origen de la familia). A esto Engels
responde: «No es la barbarie lo que prueba el carácter primitivo, sino el grado
de integridad de los viejos lazos de consanguinidad de la tribu. Son éstos, pues,
los que se precisa establecer en cada caso particular, antes de poder extraer conclusiones
para tal o cual tribu, a partir de fenómenos aislados» (carta a Kautsky
del 10 de febrero de 1883, loc, cit., págs. 301-302). Al escribir Les structures, ¿qué
otra cosa he hecho sino establecer, «en cada caso particular», en qué consisten
«para tal o cual tribu» los «viejos lazos de consanguinidad»?
APÉNDICE DEL CAPÍTULO 15 357
categorías que el astrónomo emplea cuando quiere comprender el universo
no lo vuelven automáticamente inepto para manejar el azadón
y la plomada.
CAPÍTULO 17
LUGAR DE LA ANTROPOLOGÍA ENTRE LAS CIENCIAS SOCIALES
Y PROBLEMAS PLANTEADOS POR SU ENSEÑANZA l
OBJETO DE ESTE ESTUDIO
La organización actual de los estudios antropológicos constituye
por sí sola una especie de desafío lanzado contra los autores de este
volumen. Estos debían prever, lógicamente, un informe general sobre
la enseñanza de la antropología social, puesto que el título de la disciplina
la coloca entre las ciencias sociales y puesto que parece tener un
contenido específico. Pero las dificultades comienzan en seguida: ¿dónde
es posible encontrar —con excepción de Gran Bretaña— una enseñanza
de la antropología social en forma diferenciada y orgánica e impartida
en un departamento autónomo? En todos los demás países (incluso en
varios establecimientos de Gran Bretaña) se habla simplemente de
antropología, o bien de antropología cultural y hasta de etnología, de
etnografía, de tradiciones populares. Ahora bien, estas denominaciones
cubren, sin duda, la antropología social (o las materias agrupadas
bajo este último título en otros lugares), pero también abarcan, a vez, otras muchas cosas: porque la tecnología, la prehistoria, arqueología, algunos aspectos de la lingüística, la antropología física,
¿pueden ser consideradas como ciencias sociales? Parece que salimos
del problema en el momento mismo de abordarlo.
Pero la situación es aún más compleja: si la antropología social
tiende a confundirse dentro de un vasto conjunto de investigaciones
cuya pertenencia a las ciencias sociales está lejos de ser evidente, sin
embargo, por una singular paradoja, estas investigaciones reaparecen,
en otro plano, asociadas a las ciencias sociales: muchos departamentos
universitarios, sobre todo en los Estados Unidos, se denominan «de
antropología y sociología», de «antropología y ciencias sociales» y otros
títulos equivalentes. En el momento en que creemos establecer la rela-
1. Publicado con igual título en Les sciences sociales dans l'enseignement
superieur, obra editada por la UNESCO, París, 1954. Reproducido en este libro
con autorización de la UNESCO y con ligeras modificaciones.
360 PROBLEMAS DE MÉTODO Y ENSEÑANZA
ción entre antropología y ciencia social, la perdemos, y apenas perdida,
dicha relación reaparece en un nuevo plano.
Ocurre como si la antropología social y cultural, lejos de aparecer
en el escenario del desarrollo científico como un cuerpo autónomo
que reivindica su lugar entre otras disciplinas, cobrara forma un poco a
la manera de una nebulosa, incorporando progresivamente una ma teria
hasta entonces difusa o repartida de otro modo, y determinando, por
efecto de esta misma concentración, una redistribución general de
los temas de investigación entre todas las ciencias humanas y
sociales.
Importa, en efecto, convencerse desde un principio de esta verdad;
la antropología no se distingue de las otras ciencias humanas y sociales
por un tema de estudio propio. La historia ha querido que
comenzara interesándose en las sociedades llamadas «salvajes» o «primitivas
», y más adelante deberemos investigar las razones. Pero este
interés es compartido en forma creciente por otras disciplinas, en particular
la demografía, la psicología social, la ciencia política y el derecho.
Por otro lado, se asiste a un curioso fenómeno: la antropología se
desarrolla al mismo tiempo que estas sociedades tienden a desaparecer o
por lo menos a perder sus caracteres distintivos. De donde resulta que
la antropología no es solidaria, en forma absoluta, de las hachas de
piedra, el totemismo y la poligamia. Lo ha demostrado inequívocamente
en el curso de estos últimos años, en que hemos visto cómo algunos
antropólogos se acercaban al estudio de las sociedades llamadas
«civilizadas», ¿Qué es entonces la antropología? Por el mo mento,
limitémonos a decir que deriva de una cierta concepción del mundo o
de una manera original de plantear los problemas, cosas ambas
descubiertas con ocasión del estudio de fenómenos sociales que no
necesariamente son más simples (como tan a menudo se tiende a
suponer) que aquellos que tienen por teatro la sociedad del observador,
pero que —en razón de las grandes diferencias que presentan en
comparación con estos últimos— ponen de manifiesto ciertas propiedades
generales de la vida social que el antropólogo toma como objeto de
estudio.
Se ha llegado a esta comprobación por muy diferentes caminos.
En algunos casos, ha resultado de la encuesta etnográfica; en otros, de
un análisis lingüístico o bien de los intentos de interpretar los resultados
de una excavación arqueológica. La antropología es una ciencia
demasiado joven, y su enseñanza necesariamente refleja las circunstancias
locales e históricas que se encuentran en el origen de cada
desarrollo particular. Así, por ejemplo, una universidad reúne la antropología
cultural y la lingüística en un mismo departamento, porque los
estudios lingüísticos han adquirido allí muy pronto un carácter
antropológico, mientras que otra universidad procederá a establecer un
agrupamiento diferente, pero por razones del mismo tipo.
En tales condiciones, los autores de este volumen podían legítima-
LUGAR DE LA ANTROPOLOGÍA 3 6 1
mente preguntarse si era posible —e inclusive, si era deseable— imponer
un carácter falsamente sistemático a situaciones diferentes, cada una
de las cuales exige una explicación particular. Un informe general sobre
la enseñanza de la antropología estaría condenado o bien a deformar
los hechos ordenándolos en esquemas arbitrarios, o bien a disolverse
en exposiciones históricas diferentes para cada país, a veces hasta para
cada universidad. Dado que la antropología es una ciencia en proceso
de cambio, cuya autonomía no ha sido aún reconocida universalmente,
ha parecido necesario proceder de otra manera. La exposición de los
hechos debe partir de la situación real. Puesto que, en la inmensa
mayoría de los casos, la antropología social se encuentra asociada a
otras disciplinas y que, entre las ciencias sociales, se la encuentra
sobre todo en compañía de la sociología, nos hemos resignado a
incluir a ambas en el mismo informe general. Pero, por otro lado, es
ésta una situación provisional, que resulta del azar y la improvisación y
no de un plan consciente. No basta entonces con definir el conjunto
dentro del cual está surgiendo la enseñanza de la antropología; es
necesario asimismo tratar de captar su orientación actual y las grandes
líneas de una evolución que se esboza en diversas partes. El informe
general sobre la enseñanza de la sociología y la antropología responde a
la primera preocupación, y el presente trabajo a la segunda.
PANORAMA DE LA SITUACIÓN ACTUAL
Del estudio de los datos reunidos en el informe general se desprenden
algunas comprobaciones.
Sean cuales fueren las diferencias y las particularidades locales, se
pueden distinguir tres grandes modalidades de la enseñanza antropológica.
Esta es ofrecida o bien por cátedras dispersas (ya sea que exista
una sola en la universidad considerada o que haya varias, pero dependientes
de facultades o establecimientos diferentes) o bien por departamentos
(que pueden ser puramente antropológicos o asociar la antropología
a otras disciplinas) o bien por institutos o escuelas de carácter
inter o extrafacultativo, es decir, que reagrupen la enseñanza
impartida en las diversas facultades o que organicen su propia enseñanza;
estas dos últimas pueden, por otra parte, combinarse.
Las cátedras dispersas
Esta modalidad se halla muy extendida, pero al parecer nunca ha
sido adoptada deliberadamente. Un país o universidad que decide organizar
la enseñanza antropológica comienza generalmente por crear
una cátedra, y se limita a ella si el desarrollo de los estudios se resiente
por falta de estudiantes o falta de mercados (ésta explica por lo
362 PROBLEMAS DE MÉTODO Y ENSEÑANZA
general aquélla). Si la situación es más favorable, se añaden otras
cátedras a la primera y tienden a organizarse en instituto o departamento.
Esta evolución es muy perceptible en los Estados Unidos, donde,
si se considera la gama de establecimientos de enseñanza, de los
más pequeños a los más grandes, es posible hallar todas las etapas que
conducen desde el simple curso de antropología solicitado al profesor
de una disciplina vecina, hasta el departamento de antropología, con
un equipo de profesores y el otorgamiento del Ph. O., pasando por la
cátedra única agregada a otro departamento, por el departamento
mixto y, finalmente, por el departamento de antropología que únicamente
prepara al estudiante para el B. A. o el M. A. Pero siempre el
objetivo sigue siendo la creación de un departamento completo.
La dispersion en cátedras puede resultar de una evolución de otro
tipo: es el caso de las cátedras cuyos caracteres originales se hallaban
muy alejados de la antropología, y que se acercan a ésta por una
evolución científica imprevisible en la época de su fundación. Francia
ofrece dos ejemplos notables: la Ecole Nationale des Langes Orientales
Vivantes se organizó en una época en la cual se podía creer que
el estudio de todas las lenguas del mundo se desarrollaría a lo largo
de líneas conformes a las de la filología clásica; ahora bien, la experiencia
ha probado que el conocimiento de ciertas lenguas no escritas
dependía del empleo de métodos heterodoxos, que deben mucho más
a la antropología que a la lingüística tradicional. Lo mismo ha ocurrido
en la Ecole Pratique des Hautes Etudes, donde las cátedras consagradas
a las religiones de las poblaciones sin tradición escrita o con
una tradición escrita insuficiente tienden a adquirir una orientación
diferente de las otras y a asumir un carácter cada vez más antropológico.
En casos de este género, la antropología esporádicamente contamina,
por decirlo así, disciplinas extrañas, y coloca al administrador
y al educador ante problemas imprevistos, que resulta difícil resolver
con soluciones que respeten los agrupamientos tradicionales.
Debemos citar, finalmente, un caso mixto, muy bien ejemplificado
en Gran Bretaña: en la misma época en que los estudios orientales se
teñían progresivamente de antropología, el rápido desarrollo de los
estudios africanos permitía entrever la necesidad de introducir en ese
dominio preocupaciones filológicas, históricas y arqueológicas. De ahí
deriva la posibilidad de un reagrupamiento, sancionado hace algunos
años con la transformación de la School of Oriental Studies en School
of Oriental African Studies, en la que la antropología se encuentra
íntimamente asociada a la vez a las ciencias sociales y a las ciencias
humanas, lo que no hubiera sido posible —dentro de los límites de
las regiones del mundo consideradas— en ninguna estructura académica
regular.
LUGAR DE LA ANTROPOLOGÍA 3 6 3
Los departamentos
Teóricamente, la fórmula del departamento podría parecer ideal.
Como acabamos de ver, a ella tienden las universidades norteamericanas;
en otros países donde los estudios antropológicos se encuentran
en pleno desarrollo, como Gran Bretaña, Australia y la India, los departamentos
de antropología se crean y multiplican. El departamento
de antropología, en efecto, responde a dos necesidades de los estudios:
por una parte, cursos bien articulados y en correspondencia con
los diferentes capítulos o aspectos de la investigación; por otra, la preparación
gradual para los diplomas, desde las pruebas elementales
hasta el doctorado. Debemos subrayar, sin embargo las dificultades:
en los países con estructura académica rígida y tradicional, donde se
distinguen estrictamente las «ciencias» de las «letras» o «humanidades
», el departamento de antropología implica una opción entre los
dos tipos de facultades: se tiende entonces a considerar la posibilidad
de dos departamentos, uno para la antropología social o cultural, el
otro para la antropología física. Sin duda alguna, estas dos ramas tienen
interés en especializarse; con todo, un antropólogo —sea cual
fuere su orientación— no podría prescindir de los conocimientos básicos
en antropología física; en cuanto a esta última, se extravía si no
mantiene una permanente conciencia del origen sociológico de los
determinismos cuyos efectos somáticos estudia; sobre este punto volveremos
luego.
Podemos citar a Francia como ejemplo de la situación anormal
que resulta, para los estudios antropológicos, de la separación rígida
entre facultades de ciencias y facultades de letras; la Universidad de
París ofrece tres certificados antropológicos; el certificado de etnología
(opción letras), que corresponde a la facultad de letras; el mismo
certificado (con opción ciencias), que depende de las dos facultades;
el certificado de antropología (física), que depende únicamente de la
facultad de ciencias. Los estudiantes, ciertamente, no son lo bastante
numerosos ni están tan especializados (puesto que estos certificados
solamente requieren un año de estudios) para justificar semejante
complejidad.
Por otro lado, los inconvenientes de la fórmula del departamento
se hacen sentir hasta en los países que adhieren con mayor fuerza a
ella. En la misma Inglaterra, la Universidad de Oxford ha optado por
la fórmula del instituto (con el Institute of Social Anthropology), y en
los Estados Unidos las vacilaciones van en aumento, porque la fórmula
del departamento entraña a menudo una especialización prematura
y de ello resulta, como corolario, una cultura general insuficiente.
A este respecto es muy típico el ejemplo de la Universidad de
Chicago. Para remediar los defectos que acabamos de citar, el departamento
de antropología inicialmente se vio integrado en una División
364 PROBLEMAS DE MÉTODO Y ENSEÑANZA
of the Social Sciencies, pero apenas realizada esta reforma, excelentes
espíritus han comenzado a sentir la necesidad de establecer contactos
del mismo tipo con las ciencias humanas. Se explica así el desarrollo de
una tercera fórmula: la de las escuelas o institutos.
Las escuelas o institutos
Los ejemplos más conocidos son la Escuela Nacional de Antropología
de México y el Institute d'Ethnologie de la Universidad de París;
la primera ofrece una formación profesional y sintética que corona y
especializa los estudios universitarios anteriores; la segunda se dedica
más bien a reagrupar y completar la enseñanza universitaria existente.
En efecto, el Instituto de Etnología depende de tres facultades: derecho,
letras y ciencias; para preparar una prueba universitaria —el certificado
de etnología de la licencia en letras o en ciencias—, asigna a
los estudiantes determinados cursos en las tres facultades y añade
otros que el Institute organiza bajo su responsabilidad, pero a los
cuales la Universidad otorga su reconocimiento. El mismo espíritu
«interfacultativo» se encuentra en el programa de la licencia de estudios
de las poblaciones de ultramar, que comprende certificados que
dependen de las facultades de derecho y de letras y, eventualmente, de
la facultad de ciencias.
Más adelante diremos por qué esta fórmula nos parece la más satisfactoria.
Señalemos aquí solamente que también presenta sus problemas:
la autonomía del instituto debe pagarse a menudo, con un descenso
de status en comparación con la enseñanza concebida sobre la
base de un tipo más tradicional. En cierto modo es una fórmula de
contrabando: de ahí la dificultad para introducir una duración de los
estudios suficientemente larga, que permita la obtención de diplomas
homologables con los de las facultades. En París, la duración de los
estudios se ha conseguido prolongar hasta dos años para los mejores
estudiantes, gracias a la creación de otro establecimiento, el Centre
de Formation aux Etudes Ethnologiques, consagrado a cursos especializados
y a trabajos prácticos. Pero también aquí se trata de una
solución equívoca, que aparta la enseñanza antropológica de la tramitación
tradicional en lugar de acercarla, y que mejora el nivel de los
estudios sin beneficiarlos en igual medida con las sanciones tradicionales
del grado más elevado.
En estos ejemplos pueden verse las dificultades inherentes a la
solució n de los problemas planteados por la enseñanza de la antropología
sobre la base de las experiencias adquiridas. Este calificativo
no conviene, en realidad, a ninguna de dichas experiencias: se trata
de experiencias en curso, cuyo sentido y resultado no pueden todavía
ponerse de manifiesto. ¿No conviene entonces formular el problema
de otro modo? Ante la carencia de hechos inductivamente analiza-
LUGAR DE LA ANTROPOLOGÍA 365
dos, de los cuales puedan extraerse constantes, interroguemos a la
antropología misma. Tratemos de entrever no solamente dónde se encuentra,
sino también el objetivo hacia el que tiende. Esta perspectiva
dinámica nos permitirá tal vez extraer los principios que deben presidir
su enseñanza, con mejores resultados que la consideración estática
de una situación confusa, en la cual sería erróneo ver otra cosa
que el índice de una vida inquieta y de ambiciones altas y ardientes.
EL CASO DE LA ANTROPOLOGÍA FÍSICA
Ante todo se plantea una cuestión de competencia. La antropología,
cuya aparición ha trastornado tan profundamente las ciencias
sociales, ¿es, en sí misma, una ciencia social? Indudablemente sí, puesto
que se ocupa de los agrupamientos humanos. Pero siendo —por
definición— una «ciencia del hombre», ¿no se confunde con las lla -
madas ciencias humanas? Y en lo que respecta a esa rama conocida
en casi todas partes bajo el nombre de antropología física (aunque se
la denomina en algunos países europeos simplemente antropología),
¿no pertenece a las ciencias naturales? Nadie podrá negar que la antropología
ofrece estos tres aspectos. Y en los Estados Unidos, donde
la organización tripartita de las ciencias se ha desarrollado con par -
ticular intensidad, las sociedades de antropología se han visto llevadas
a reconocer el derecho de afiliación a esos tres grandes consejos científicos,
cada uno de los cuales preside uno de los tres dominios que
acabamos de distinguir. Parece posible, con todo, precisar la naturaleza
de esta triple relación.
Consideremos ante todo la antropología física: se ocupa.de proble -
mas tales como la evolución del hombre a partir de las formas animales;
su distribución actual en grupos raciales, diferenciados por carac -
teres anatómicos o fisiológicos. ¿Se la puede definir, en consecuencia,
como un estudio natural del hombre? Sería olvidar que las últimas
etapas, al menos, de la evolución humana —aquellas que han diferenciado
las razas de homo sapiens y tal vez inclusive las etapas que han
conducido a éste— se han desenvuelto en condiciones muy diferentes
de las que presidieron el desarrollo de las otras especies vivientes:
desde que el hombre adquirió el lenguaje (y las técnicas muy comple -
jas que caracterizan las industrias prehistóricas, así como también la
regularidad de sus formas, implican que el lenguaje estaba ya asocia -
do a ellas, para permitir su enseñanza y transmisión), el hombre mis -
mo ha determinado las modalidades de su evolución biológica, sin
tener necesariamente conciencia de ello. Toda sociedad humana, en
efecto, modifica las condiciones de su perpetuación física mediante
un conjunto complejo de reglas tales como la prohibición del incesto,
la endogamia, la exogamia, el matrimonio preferencial entre ciertos
tipos de parientes, la poligamia o la monogamia, o simplemente por
366 PROBLEMAS DE MÉTODO Y ENSEÑANZA
medio de la aplicación más o menos sistemática de normas morales,
sociales, económicas y estéticas. Al conformarse a reglas, una sociedad
favorece ciertos tipos de uniones y excluye otros. El antropólogo que
intentase interpretar la evolución de las razas o subrazas humanas
como si fuera solamente el resultado de condiciones naturales, se
vería encerrado en el mismo callejón sin salida que un zoólogo que
quisiera explicar la diferenciación actual de los perros mediante consideraciones
puramente biológicas o ecológicas, sin tomar en cuenta la
intervención humana: llegaría sin duda a hipótesis absolutamente fantásticas,
o más probablemente al caos. Ahora bien, los hombres no se
han hecho menos a sí mismos que a las razas de sus animales domésticos,
con la sola diferencia de que el proceso ha sido, en el primer
caso, menos consciente y voluntario que en el segundo. En consecuencia,
la misma antropología física —aunque recurra a conocimientos
y métodos derivados de las ciencias naturales— mantiene relaciones
particularmente estrechas con las ciencias sociales. En gran medida
se reduce al estudio de las transformaciones anatómicas y fisiológicas
que han resultado, para cierta especie viviente, de la aparición de la
vida social, del lenguaje, de un sistema de valores o, para hablar en
sentido más general, de la cultura.
ETNOGRAFÍA, ETNOLOGÍA, ANTROPOLOGÍA
Nos hallamos, pues, muy lejos de la época en que los diferentes
aspectos de las culturas humanas (utensilios, vestimentas, instituciones,
creencias) eran tratados como especies de prolongamientos o derivaciones
de los caracteres somáticos que caracterizan a los diversos
grupos humanos. La relación inversa estaría más próxima a la verdad.
El término «etnología» sobrevive en algunas regiones con este sentido
arcaico, particularmente en la India, donde el sistema de castas, a la
vez endógamas y técnicamente especializadas, ha proporcionado una
consistencia tardía y superficial a esta conexión, y en Francia, donde
una estructura académica muy rígida tiende a perpetuar una terminología
tradicional (así, por ejemplo, la cátedra de «etnología de los
hombres actuales y de los hombres fósiles» en el Muséum National
d'Histoire Naturelle: como si existiera una relación significativa entre la
estructura anatómica de los hombres fósiles y sus utensilios, y como si
la etnología de los hombres actuales planteara el problema de su
estructura anatómica). Pero, una vez eliminadas estas confusiones, la
lectura del informe general produce un sentimiento de confusión debido
a la inquietante diversidad de términos, que es conveniente definir
y delimitar. ¿Qué relaciones y qué diferencias existen entre etnografía,
etnología y antropología? ¿Qué se entiende por la distinción (tan incómoda,
al parecer, para los informantes nacionales) entre antropología
social y antropología cultural? Por último, ¿qué relaciones man-
LUGAR DE LA ANTROPOLOGÍA 367
tiene la antropología con las disciplinas que a menudo la acompañan
en un mismo departamento: sociología, ciencia social, geografía, a veces
también arqueología y lingüística?
La respuesta a la primera pregunta es relativamente simple. Al parecer,
todos los países conciben la etnografía de la misma manera.
Ella corresponde a las primeras etapas de la investigación: observación
y descripción, trabajo de campo (field-work). Una monografía
dedicada a un grupo lo bastante restringido para que el autor haya
podido recoger la mayor parte de su información gracias a la experiencia
personal, constituye el prototipo del estudio etnográfico. Agregaremos
únicamente que la etnografía abarca también los métodos y las
técnicas referentes al trabajo de campo, a la clasificación, descripción
y análisis de fenómenos culturales particulares (ya se trate de armas,
útiles, creencias o instituciones). En el caso de los objetos materiales,
estas operaciones se prosiguen generalmente en el museo, que desde
esta perspectiva puede ser considerado como una prolongación del
terreno (punto importante sobre el cual volveremos).
Con relación a la etnografía, la etnología representa un primer paso
hacia la síntesis. Sin excluir la observación directa, busca conclusio -
nes lo bastante amplias para que resulte difícil fundarlas exclusivamente
en un conocimiento de primera mano. Esta síntesis se puede
operar en tres direcciones: geográfica, si se desea integrar conocimientos
relativos a grupos vecinos; histórica, si se intenta reconstruir el
pasado de una o varias poblaciones; sistemática, en fin, si se aisla,
para dedicarle una atención particular, tal o cual tipo de técnica, cos -
tumbre o institución. En este sentido el término etnología se aplica,
por ejemplo, en el Bureau of American Ethnology de la Smithsonian
Institution, en la Zeitschrift für Ethnologie o en el Institut d'Ethnologie
de la Universidad de París. En todos estos casos, la etnología
incluye la etnografía como su etapa preliminar y constituye su prolongación.
Durante bastante tiempo y por lo menos en varios países, se ha
considerado que esta dualidad era suficiente. Ocurrió asi, especialmente,
en todos los lugares donde predominaban las preocupaciones his -
tórico-geográficas y no se creía que la síntesis pudiera ir más allá de
la determinación de los orígenes y los centros de difusión. Otros países
—como por ejemplo Francia— se atuvieron también a dicha distin -
ción, pero por otras razones: el estadio ulterior de la síntesis era
dejado en manos de otras disciplinas; la sociología (en el sentido francés
del término), la geografía humana, la historia, a veces incluso la
filosofía. Estas son al parecer las razones por las cuales, en la mayoría
de los países europeos, el término antropología ha permanecido
disponible y se ha limitado, entonces, a la antropología física.
En todos los lugares donde encontramos los términos de «antropología
social» o «cultural», en cambio, éstos están ligados a una segunda
y última etapa de la síntesis, que toma como base las conclu368
PROBLEMAS DE MÉTODO Y ENSEÑANZA
siones de la etnografía y la etnología. En los países anglosajones, la
antropología apunta a un conocimiento global del hombre y abarca el
objeto en toda su extensión geográfica e histórica; aspira a un conocimiento
aplicable al conjunto del desenvolvimiento del hombre desde
los homínidos, digamos, hasta las razas modernas, y tiende a conclusiones
—positivas o negativas—, pero válidas para todas las sociedades
humanas, desde la gran ciudad moderna hasta la más pequeña
tribu melanesia. En este sentido, pues, cabe afirmar que entre la antropología
y la etnología existe la misma relación que más arriba hemos
definido entre esta última y la etnografía. Etnografía, etnología y antropología
no constituyen tres disciplinas diferentes o tres concepciones
diferentes de los mismos estudios. Son, en realidad, tres etapas
o momentos de una misma investigación, y la pref erencia por uno u
otro de estos términos sólo expresa que la atención está dirigida en
forma predominante hacia un tipo de investigación, que nunca puede
excluir los otros dos.
ANTROPOLOGÍA SOCIAL Y ANTROPOLOGÍA CULTURAL
Si los términos de «antropología social» y «cultural» tuvieran por
objeto distinguir determinados campos de estudio de los de la antropología
física, no plantearían ningún problema. Pero la predilección
respectiva de Gran Bretaña por el primero y de los Estados Unidos
por el segundo, y el esclarecimiento de esta divergencia en el trans -
curso de una polémica reciente entre el norteamericano G. P. Murdock
y el inglés R. Firth,2 muestran que la adopción de uno u otro término
responde a preocupaciones teóricas bien definidas. En muchos casos,
sin duda, la adopción de uno de los términos (sobre todo para designar
una cátedra universitaria) ha sido resultado del azar. Al parecer,
inclusive la implantación del término social anthropology en Inglaterra
obedeció a la necesidad de inventar un título para distinguir una
nueva cátedra de las ya existentes, que habían agotado la terminología
tradicional. Si el estudioso quiere atenerse al sentido mismo de las
palabras «cultural» y «social», la diferencia tampoco es muy grande.
La noción de «cultura» es de origen inglés, puesto que debemos a Tylor
la primera definición de la cultura como «esa totalidad compleja que
incluye conocimiento, creencia, arte, moral, ley, costumbre y todas las
demás capacidades y hábitos adquiridos por el hombre como miembro
de la sociedad».3 La noción se refiere, pues, a las diferencias características
que existen entre el hombre y el animal, lo cual dio
origen a la oposición —clásica desde entonces— entre naturaleza y
cultura. En esta perspectiva, el hombre aparece esencialmente como
2. American Anthropologist, vol. LIII (4), parte I, 1951, págs. 465-489.
3. E. B. Tylor, Primitive Culture, Londres, 1871, vol. I, pág, 1.
LUGAR DE LA ANTROPOLOGÍA 3 6 9
homo faber, o como dicen los anglosajones, tool-maker. Costumbres,
creencias e instituciones son vistas entonces como técnicas entre otras
técnicas, sin duda de naturaleza más específicamente intelectual, téc -
nicas que se hallan al servicio de la vida social y la hacen posible, del
mismo modo que las técnicas agrícolas hacen posible la satisfacción
de las necesidades de nutrición o las técnicas textiles protegen contra
la intemperie. La antropología social se reduce al estudio de la organización
social, capítulo esencial pero sólo un capítulo entre todos los
que forman la antropología cultural. Esta manera de plantear el problema
parece típica de la ciencia norteamericana, al menos en las
primeras etapas de su desarrollo.
Sin duda no es casualidad que el término mismo de «antropología
social» haya aparecido en Inglaterra para designar la primera cátedra
ocupada por sir J. G. Frazer, quien se interesaba muy poco en las téc -
nicas y mucho en las creencias, costumbres e instituciones. Sin embargo,
fue A. R. Radcliffe-Brown quien destacó la significación profunda
del término, cuando definió el objeto de sus propias investigaciones
como las relaciones sociales y la estructura social. No es ya el homo
faber quien ocupa el primer plano, sino el grupo, el grupo considerado
como grupo, es decir, el conjunto de formas de comunicación que
fundan la vida social. Señalemos que no hay ninguna contradicción —
ni siquiera oposición— entre ambas perspectivas. La mejor prueba de
ello es la evolución del pensamiento sociológico francés, donde, pocos
años después que Durkheim hubo mostrado que era preciso estudiar los
hechos sociales como cosas (que es, en otro lenguaje, el punto de vista
de la antropología cultural), su sobrino y discípulo Mauss aportaba, al
mismo tiempo que Malinowski, la perspectiva complementaria según la
cual las cosas (objetos manufacturados, armas, útiles, objetos rituales)
son a su vez hechos sociales (lo cual corresponde al punto de vista de
la antropología social). Se podría decir entonces que antropología
cultural y antropología social cubren exactamente el mismo programa,
partiendo una de las técnicas y los objetos para culminar en esta
«supertécnica» que es la actividad social y política, y la otra, de la vida
social, para descender hasta las cosas sobre las que ésta imprime su
sello y las actividades a través de las cuales se manifiesta. Ambas
comprenden los mismos capítulos, dispuestos tal vez en orden
diferente y con un número variable de páginas dedicadas a cada uno.
Con todo, y aun si se sostiene este paralelo, se destacan ciertas
diferencias más sutiles. La antropología social ha nacido del descubrimiento
de que todos los aspectos de la vida social —económico,
técnico, político, jurídico, estético, religioso— constituyen un conjunto
significativo, siendo imposible comprender uno cualquiera de estos
aspectos si no se lo coloca en medio de los demás. La antropología
social tiende, pues, a ir del todo a las partes, o por lo menos a otorgar
prioridad lógica al primero sobre las segundas. Una técnica no tiene
3 7 0 PROBLEMAS DE MÉTODO Y ENSEÑANZA
solamente un valor utilitario; cumple también una función, y ésta,
para ser comprendida, supone consideraciones sociológicas y no sólo
históricas, geográficas, mecánicas o fisioquímicas. El conjunto de las
funciones exige a su vez una nueva noción, la de estructura, y es conocida
la importancia que ha adquirido la idea de estructura social en
los estudios antropológicos contemporáneos.
Lo cierto es que la antropología cultural, por su parte y casi simultáneamente,
llegaba a una concepción análoga, si bien por caminos
distintos. En lugar de la perspectiva estática que presenta al conjunto
del grupo social como una especie de sistema o constelación, fue en
este caso una preocupación dinámica —¿cómo se transmite la cultura
a través de las generaciones?— la que llevó a la antropolo gía cultural a
una conclusión idéntica, a saber, que el sistema de las relaciones que
unen entre sí a todos los aspectos de la vida social desempeña, en la
transmisión de la cultura, un papel más importante que cada uno de
dichos aspectos tornado aisladamente. Los estudios llamados de «cultura
y personalidad» (cuyo origen puede rastrearse, en la tradición de
la antropología cultural, hasta las enseñanzas de Franz Boas) iban así
a encontrarse, de esta manera imprevista, con los estudios de «estruc -
tura social» derivados de Radcliffe-Brown y, a través de éste, con los
estudios de Durkheim. Ya se proclame «social» o «cultural», la antropología
aspira siempre a conocer al hombre total, considerado en un
caso a partir de sus producciones y en el otro a partir de sus representaciones.
Se comprende de este modo que una orientación «culturalista
» aproxime la antropología a la geografía, la tecnología y la prehistoria,
mientras que la orientación «sociológica» le cree afinidades
más directas con la arqueología, la historia y la psicología. En ambos
casos existe un vínculo particularmente estrecho con la lingüística,
puesto que el lenguaje es a la vez el hecho cultural por excelencia (que
distingue al hombre del animal) y el fenómeno por cuyo intermedio
se establecen y perpetúan todas las formas de la vida social. Resulta
lógico, pues, que las estructuras académicas analizadas en el informe
general se resistan con frecuencia a aislar la antropología, y tiendan
más bien a colocarla «en constelación», si puede así dec irse, con una
o varias de las siguientes disciplinas:
En este esquema, las relaciones «horizontales» corresponden sobre
todo a la perspectiva de la antropología cultural, las «verticales».a la
de la antropología social, y las «oblicuas» a ambas. Pero aparte del
LUGAR DE LA ANTROPOLOGÍA 371
hecho de que, para los investigadores modernos, estas perspectivas
tienden a confundirse, no se olvidará que aun en los casos extremos
solamente se trata de una diferencia de punto de vista y no de objeto.
En estas condiciones, el problema de la unificación de los términos
pierde mucho de su importancia. En la actualidad, parece haber en el
mundo entero un acuerdo casi unánime en cuanto a emplear el término
«antropología» en lugar de etnografía y etnología, como el que
caracteriza más adecuadamente el conjunto de los tres momentos de
la investigación. Una reciente encuesta internacional lo prueba.4 Se
puede entonces, sin vacilaciones, recomendar la adopción del término
«antropología» en los títulos de los departamentos, institutos o escuelas
consagrados a las investigaciones y la enseñanza correspondientes.
Pero no se debe ir más lejos: las diferencias siempre fecundas de
temperamento y preocupaciones en los maestros encargados de la
enseñanza y de la dirección de los trabajos hallarán, en los calificativos
de social y de cultural, el medio de expresar sus matices par -
ticulares.
ANTROPOLOGÍA Y FOLKLORE
Digamos todavía unas palabras sobre el folklore. Sin emprender
aquí la historia de ese término —sumamente compleja— es sabido
que, a grandes rasgos, designa las investigaciones que —aun cuando
corresponden a la sociedad del observador— emplean métodos de
investigación y técnicas de observación que son del mismo tipo que los
utilizados para sociedades muy alejadas de la propia. No es necesario
tomar aquí en cuenta las razones de este estado de cosas. Pero ya sea
que se lo explique por la naturaleza arcaica de los hechos estudiados
(por lo tanto, muy alejados en el tiempo, ya que no en el espacio),5 o
bien por el carácter colectivo e inconsciente de ciertas formas de
actividad social y mental que tienen lugar en toda sociedad, incluida la
nuestra,6 lo cierto es que los estudios folklóricos pertenecen, bien por
su objeto o bien por su método (y sin duda por ambas cosas a la
vez), a la antropología. Si en ciertos países —sobre todo en los países
escandinavos— estos estudios parecen preferir un aislamiento parcial,
ello se debe a que estos países han planteado los problemas
antropológicos en forma relativamente tardía, mientras que desde
muy temprano comenzaron a interrogarse acerca de los problemas
vinculados a sus tradiciones particulares: han evo-
4. Sergi, «Terminología e divisione delle Scienze dell'Uomo; i resultati di
un'inchiesta internazionale», Rivista di Antropologia, t. XXXV, 1944-1947.
5. Así plantea el problema el Institut International d'Archécivilisation, dirigido
por Varagnac.
6. Tal como la toman en cuenta el Laboratoire d'Ethnographie Fracaise y el
Musée National Francais des Arts et Traditions Populaires.
3 7 2 PROBLEMAS DE MÉTODO Y ENSEÑANZA
lucionado así de lo particular a lo general, mientras que en Francia,
por ejemplo, ha prevalecido la situación inversa: se ha comenzado por
preocupaciones teóricas sobre la naturaleza humana, y sólo en forma
progresiva se ha acudido a los hechos para fundar o poner límites
a la especulación. La situación más favorable es ciertamente aquella
donde ambos puntos de vista han aparecido y se han desarrollado
simultáneamente, como en Alemania y en los países anglosajones
(y en cada caso por diferentes razones); esta situación es la que explica,
al mismo tiempo, el avance histórico con que los estudios antropológicos
se han visto favorecidos en dichos países.
ANTROPOLOGÍA Y CIENCIAS SOCIALES
De estas consideraciones —que sería errado considerar puramente
teóricas— se desprende una primera conclusión: la antropología
no podría aceptar, en ningún caso, desprenderse ni de las ciencias
exactas y naturales (a las cuales se vincula por intermedio de la antropología
física), ni de las ciencias humanas (a las que está unida
por todas esas fibras que le tejen la geografía, la arqueología y la
lingüística). Si se viera obligada a hacer un juramento de fidelidad
se proclamaría ciencia social, pero no en la medida en que este término
permita definir un dominio separado, sino más bien, por el
contrario, porque subraya un rasgo que tiende a ser común a todas
las disciplinas, puesto que aun el biólogo y el físico se muestran hoy
cada vez más conscientes de las implicaciones sociales de sus descubrimientos,
o mejor dicho, de su significación antropológica. El hombre
no se conforma ya con conocer; a la vez que aumenta sus conocimientos,
se ve a sí mismo como conocedor, y ese par indisoluble
formado por una humanidad que transforma el mundo y que se transforma
a sí misma en el curso de sus operaciones, se convierte cada vez
más, día tras día, en el verdadero objeto de sus investigaciones.
Además, cuando las ciencias sociales reivindican una ordenación
de las estructuras sociales que les resulte adecuada, la antropología
se une a estos reclamos, pero no sin doble intención: sabe que esta
independencia sería útil para el progreso de la psicología social, de
la ciencia política y de la sociología, y para una modificación de los
puntos de vista predominantes en el derecho y la ciencia económica,
considerados a menudo como demasiado tradicionales. Con todo, en
lo que a ella respecta, la creación de facultades de ciencias sociales
allí donde éstas todavía no existen no resolvería los problemas de la
antropología, porque si la antropología debiera instalarse en dichas
facultades, se sentiría tan incómoda como en las facultades de ciencias
o de letras. En realidad, pertenece a los tres órdenes a la vez; desea
que los tres órdenes posean una representación equilibrada en la
enseñanza, con el fin de no sufrir en sí misma el desequilibrio que
LUGAR DE LA ANTROPOLOGÍA 373
resultaría de la imposibilidad de hacer valer su triple pertenencia.
Para la antropología, la fórmula que proporciona la única solución
satisfactoria es la fórmula del instituto o escuela, que reagrupe en
una síntesis original, en torno de su propia enseñanza, la enseñanza
impartida por las tres facultades.
El destino de las ciencias jóvenes es hallar difícil su inclusión
en los cuadros establecidos; jamás insistiremos demasiado en que la
antropología es la más joven entre esas jóvenes ciencias que son
las ciencias sociales, y que las soluciones de conjunto que convienen
a sus mayores ofrecen ya, para ella, un carácter tradicional. La antropología
tiene sus pies, por decirlo así, en las ciencias naturales; apoya
sus espaldas en las ciencias humanas y mira hacia las ciencias sociales.
Y puesto que en este volumen —enteramente consagrado a
las ciencias sociales— es esta última relación la que interesa ante
todo profundizar para extraer las conclusiones prácticas indispensables,
se nos permitirá considerar dicha relación más atentamente.
El equívoco que domina las relaciones entre antropología y socio -
logía —equívoco al que aluden con frecuencia los documentos reunidos
en este libro—7 resulta, en primer lugar, de la ambigüedad que
caracteriza el estado actual de la sociología misma. Su nombre de
sociología la designa como la ciencia de la sociedad por excelencia,
como aquella ciencia que corona —o en la cual se resumen— todas
las otras ciencias sociales. Pero de hecho, tras el fracaso de las grandes
ambiciones de la escuela durkheimiana, la sociología ya no desempeña
ese papel en ninguna parte. En ciertos países, sobre todo en
Europa continental y a veces también en América Latina, la sociología
se inscribe en la tradición de una filosofía social donde el conocimiento
de las investigaciones concretas realizadas por otros (conocimiento
de segunda o tercera mano) no hace más que apuntalar la especula -
ción. En cambio en los países anglosajones (cuyos puntos de vista se
extienden progresivamente en América Latina y en los países asiáticos),
la sociología se convierte en una disciplina especial que se ubica en
el mismo nivel que las restantes ciencias sociales: estudia las rela -
ciones sociales en los grupos contemporáneos sobre una base predominantemente
experimental, y al parecer no se distingue de la antropología
ni por sus métodos ni por su objeto; salvo, tal vez, por el
hecho de que este último (aglomeraciones urbanas, organizaciones
agrícolas, Estados nacionales y comunidades que los constituyen, y
hasta la sociedad internacional misma) es de un orden de magnitud
distinto y de una complejidad mayor que las sociedades llamadas
primitivas. Ahora bien, corno la antropología tiende a interesarse cada
vez más en estas formas complejas, no se percibe bien cuál es la ver -
dadera diferencia entre ambas disciplinas.
7. Recordemos que no se trata del libro que el lector tiene en sus manos,
sino de aquel en el cual este trabajo figuraba originariamente.
374 PROBLEMAS DE MÉTODO Y ENSEÑANZA
No obstante, en todos los casos sigue siendo cierto que la sociología
es estrechamente solidaria del observador. Esto resulta claro de nuestro
último ejemplo, puesto que la sociología urbana, rural, religiosa,
ocupacional, etcétera, tienen todas por objeto la sociedad a la que
pertenece el observador o una sociedad del mismo tipo. Pero esta actitud
no es menos real en el otro ejemplo, el referente a la sociología de síntesis o
de tendencia filosófica. En este caso, el científico extiende sin duda su
investigación a sectores más vastos de la experiencia humana; puede
inclusive dedicarse a interpretar dicha experiencia en su totalidad. Su
objeto no está ya limitado al observador, pero con todo siempre emprende
esta extensión del objeto desde el punto de vista del observador. En su
esfuerzo por extraer interpretaciones y significaciones, es antes que nada
su propia sociedad la que busca explicar; aplica al conjunto sus propias
categorías lógicas, sus propias perspectivas históricas. Si un sociólogo
francés del siglo xx elabora una teoría general de la vida en sociedad, dicha
teoría aparecerá siempre y del modo más legítimo (porque esta distinción
que intentamos establecer no implica en modo alguno, de parte nuestra, una
crítica) como la obra de un sociólogo francés del siglo XX Mientras que el
antropólogo, colocado ante la misma tarea, se esforzará por formular —
también en forma voluntaria y consciente, aunque no es en modo alguno
seguro que alguna vez lo consiga— un sistema aceptable tanto para el más
lejano indígena, como para sus propios conciudadanos o contemporáneos.
Mientras la sociología trata de hacer la ciencia social del obser vador,
la antropología, por su parte, tiende a elaborar la ciencia social de lo
observado: ya sea cuando busca alcanzar, en su descripción de las
sociedades extrañas y lejanas, el punto de vista del indígena mismo, ya
cuando amplía su objeto hasta incluir la sociedad del observador, pero
esforzándose entonces por extraer un sistema de referencia fundado en la
experiencia etnográfica y que sea independiente, a la vez, del observador
y de su objeto.
De esta manera se comprende por qué la sociología puede ser
considerada (y siempre con todo derecho), unas veces como un caso
particular de la antropología (como se tiende a hacerlo en los Estados
Unidos) y otras como la disciplina colocada en la cúspide de la jerarquía
de las ciencias sociales: porque ciertamente constituye también un caso
privilegiado, por la razón —bien conocida en la historia de la
geometría— de que la adopción del punto de vista del observador
permite extraer propiedades aparentemente más rigurosas y sin duda de
una aplicación más cómoda, lo que no ocurre en el caso de las
propiedades que implican una extensión de la misma perspectiva hasta
incluir a otros observadores posibles. La geometría euclidiana puede ser,
así, considerada como un caso privilegiado de una metageometría, la
cual comprendería también la consideración de los espacios
estructurados de otra manera.
LUGAR DE LA ANTROPOLOGÍA 375
FINES DE LA ANTROPOLOGÍA
Interrumpamos una vez más estas consideraciones para hacer un balance
y preguntarnos, en esta etapa del análisis, cómo se puede concebir el
mensaje propio de la antropología, ese mensaje que la organización de la
enseñanza debe permitirle transmitir en las mejores condiciones posibles.
Objetividad
La primera ambición de la antropología es alcanzar la objetividad,
inculcar el gusto por ella y enseñar los métodos para lograrla. Sin embargo,
esta noción de objetividad debe ser precisada; no se trata solamente de una
objetividad que permita a quien la practica hacer abstracción de sus
creencias, preferencias y prejuicios, porque una objetividad semejante
caracteriza a todas las ciencias sociales; de lo contrario, ellas no podrían
aspirar al título de ciencias. Nuestras indicaciones de los parágrafos
precedentes muestran que el tipo de objetividad a que aspira la
antropología va más lejos: no se trata únicamente de trascender los
valores propios de la sociedad o grupo al que pertenece el observador,
sino más bien de trascender sus métodos de pensamiento, de alcanzar una
formulación válida no sólo para un observador honesto y objetivo, sino
para todos los observadores posibles. El antropólogo, pues, hace algo más
que acallar sus sentimientos: elabora nuevas categorías mentales,
contribuye a introducir nociones de espacio y tiempo, de oposición y
contradicción, tan extrañas al pensamiento tradicional como las que
hallamos hoy en algunas ramas de las ciencias naturales. Esta relación
entre los modos en que se plantean los mismos problemas, en disciplinas en
apariencia tan alejadas entre sí, ha sido admirablemente percibida por el
gran físico Niels Bohr, cuando escribió: «Las diferencias tradicionales entre
[las culturas humanas] ...se asemejan en muchos sentidos a los diferentes
modos equivalentes en que puede ser descrita la experiencia física.»8
Y, sin embargo, esta búsqueda intransigente de una objetividad total
únicamente puede desenvolverse en un nivel en que los fenómenos
conservan una significación humana y siguen siendo comprensibles —
intelectual y sentimentalmente— para una conciencia individual. Este punto
es sumamente importante, porque permite distinguir el tipo de objetividad
al que aspira la antropología del que interesa a las demás ciencias sociales;
de éste puede decirse legítimamente que
8. Bohr, N., «Natural Philosophy and Human Culture», Nature, vol. CXLIII, 1939.
376 PROBLEMAS DE MÉTODO Y ENSEÑANZA
no es menos riguroso que aquél, aunque se sitúa en un plano diferente.
Las realidades que tratan de alcanzar la ciencia económica
y la demografía no son menos objetivas, pero nadie pretende exigir
a estas ciencias que dichas realidades tengan un sentido en el plano
de la experiencia vivida del sujeto, quien nunca encuentra en su devenir
histórico objetos tales como el valor, la rentabilidad, la productividad
marginal o la población máxima. Son estas nociones abstractas;
el uso que de ellas hacen las ciencias sociales les permite aproximarse
a las ciencias exactas y naturales, pero de un modo totalmente
distinto, porque desde este punto de vista la antropología se aproxima
más bien a los ciencias humanas. La antropología quiere ser una
ciencia semiológica, se sitúa resueltamente en el plano de la significación.
Esta es una razón más (entre muchas otras) que lleva a la
antropología a mantener un estrecho contacto con la lingüística, donde
encontramos —ante este hecho social que es el lenguaje— la misma
preocupación por no separar las bases objetivas de la lengua, es decir,
el aspecto sonido, de su función significante, el aspecto sentido.9
Totalidad
La segunda ambición de la antropología es la totalidad. En la vida
social, la antropología ve un sistema cuyas partes se hallan todas
orgánicamente ligadas entre sí; reconoce de buen grado que, para
profundizar el conocimiento de ciertos tipos de fenómenos, es indispensable
descomponer un conjunto, tal como lo hacen el psicólogo
social, el jurista, el economista, el especialista en ciencia política. Y se
interesa demasiado en el método de los modelos (que ella misma
practica en ciertos campos como el del parentesco), para no admitir
la legitimidad de estos modelos particulares.
Sin embargo, cuando el antropólogo busca construir modelos, siempre
tiene a la vista la posibilidad de descubrir —y ésa es su intención—
una forma común a las diversas manifestaciones de la vida
social. Esta tendencia se halla tanto tras la noción de hecho social
total, introducida por Marcel Mauss, como tras la noción de pattern *
que, como es sabido, ha cobrado mucha importancia en la antropología
anglosajona en los últimos años.
9, Cuando acabábamos de escribir estas líneas, hemos encontrado puntos de
vista muy semejantes bajo la pluma de un filósofo contemporáneo. Tras criticar
una sociología anticuada, Jean-Paul Sartre agrega; «...La sociología de los primitivos
no ha merecido nunca estos reproches. Se estudian allí verdaderos
conjuntos significantes.» (Les Temps Modernes, año 8, n, 84-85, octubre-noviembre,
1952, pág. 729, nota 1.)
* Configuración, modelo, patrón, norma. Habitualmente se traduce como
pauta, [T.]
LUGAR DE LA ANTROPOLOGÍA 377
Significación
La tercera originalidad de la investigación antropológica es más
difícil de definir, y sin duda aún más importante que las otras dos.
Se ha desarrollado tanto el hábito de caracterizar los tipos de sociedades
de que se ocupa el etnólogo mediante caracteres negativos,
que cuesta advertir que la predilección del etnólogo reposa en razones
positivas. Se acostumbra decir que el dominio de la antropología (y
lo confirma el título mismo de las cátedras) abarca las sociedades
no civilizadas, sin escritura, pre-mecánicas o no-mecánicas. Pero todos
estos calificativos disimulan una realidad positiva; estas sociedades
están fundadas, en mucho mayor grado que otras, en relaciones per -
sonales, en vínculos concretos entre individuos. Justificar esta afirmación
llevaría mucho tiempo; con todo, sin entrar aquí en los detalles,
bastará señalar que el reducido volumen de las sociedades llamadas
«primitivas» (por aplicación de otro criterio negativo) hace posible,
generalmente, tales vínculos, y que aun en los casos en que estas
sociedades son muy extensas o dispersas, las relaciones entre los
individuos más alejados entre sí se construyen siguiendo el tipo de
las relaciones más directas, cuyo modelo es, por lo común, el parentesco.
Radcliffe-Brown ha ofrecido, para el caso de Australia, ejemplos
de estas extensiones que se han hecho clásicos.
EL CRITERIO DE LA AUTENTICIDAD
A este respecto, son las sociedades del hombre moderno las que
más bien deberían ser definidas por un rasgo negativo. Nuestras
relaciones con los otros, salvo de manera ocasional y fragmentaria,
no se hallan ya fundadas en esta experiencia global, en esta aprehensión
concreta de un sujeto por otro. En gran medida dichas relaciones
resultan de reconstrucciones indirectas, por intermedio de documentos
escritos. Nos hallamos ligados a nuestro pasado no por medio de una
tradición oral que implica un contacto vivido con personas —relatores,
sacerdotes, sabios o ancianos—, sino por medio de libros acumulados
en bibliotecas, y a través de los cuales la crítica se afana
por reconstruir el rostro de sus autores. Y en el plano del tiempo
presente, nos comunicamos con la inmensa mayoría de nuestros contemporáneos
mediante toda suerte de intermediarios —documentos
escritos o mecanismos administrativos— que sin duda amplían enormemente
nuestros contactos, pero les confieren al mismo tiempo un
carácter de inautenticidad. Esta se ha convertido en el sello mismo
de las relaciones entre el ciudadano y los poderes.
No pretendemos caer en la paradoja, definiendo de manera negativa
la inmensa revolución introducida por la invención de la escri378
PROBLEMAS DE MÉTODO Y ENSEÑANZA
tura. Pero es indispensable darse cuenta de que ésta, a la vez que
aportó a la humanidad tantos beneficios, le ha quitado algo esencial.10 Es
asombrosa la carencia, hasta el presente, por parte de los organismos
internacionales y particularmente de la UNESCO, de una justa
apreciación de la pérdida de autonomía que ha resultado de la expansión
de las formas indirectas de comunicación (libro, fotografía,
prensa, radio, etcétera). Dicha carencia se halla en el primer plano de
las preocupaciones de los teóricos de la más moderna de las ciencias
sociales, la ciencia de la comunicación, como se puede ver en este
pasaje de la Cibernética de Wiener; «No es sorprendente que las comunidades
más amplias... contengan mucha menos información disponible
que las comunidades más pequeñas, para no decir nada de
los elementos humanos sobre cuya base se edifican todas las comunidades.
» 11 Si nos colocamos en un terreno más familiar a las ciencias
sociales, observamos que los debates entre partidarios del escrutinio
por lista y partidarios del escrutinio por distrito —debates bien conocidos
por la ciencia política francesa— señalan de una manera
confusa —que la ciencia de las comunicaciones podría ayudar útilmente
a clarificar— esta pérdida de información para el grupo, que
resulta de haber reemplazado el contacto personal entre los electores
y sus representantes por valores abstractos.
Sin duda, las sociedades modernas no son enteramente inauténticas.
Si se consideran atentamente los puntos de inserción de la
investigación antropológica, es dable comprobar que, al interesarse
cada vez más en el estudio de las sociedades modernas, la antropología
se ha dedicado a reconocer y aislar en ellas niveles de autenticidad.
Lo que permite que el etnólogo se sienta en terreno familiar
cuando estudia una aldea, una empresa o un «vecindario» de una
gran ciudad (un neighbourhood, como dicen los anglosajones), es el
hecho de que todo el mundo, poco más o menos, conoce allí a todo
el mundo. De igual modo, cuando los demógrafos reconocen, en la
sociedad moderna, la existencia de aislados del mismo orden de magnitud
que los que caracterizan a las sociedades primitivas,12 tienden
la mano al antropólogo, quien descubre así un nuevo objeto. Las
encuestas sobre comunidades francesas, llevadas a cabo con el apoyo
de la UNESCO, han sido muy reveladoras en este sentido: en la
medida en que los encuestadores (algunos de los cuales tenían formación
antropológica) se encontraban cómodos en una aldea de quinientos
habitantes —cuyo estudio no exigía ninguna modificación
de los métodos clásicos—, en esa misma medida experimentaban el
sentimiento de hallarse ante un objeto irreductible. ¿Por qué? Por-
10. Véase sobre este tema Tristes tropiques, cap. XXVIII.
11. Págs. 188-189. En general las páginas 181-189 merecerían ser reproducidas
por entero en la Carta de la UNESCO.
12. J. Sutter y L. Tabah, «Les notions d'isolat et de population minimum»,
Population, París, vol. 6, n, 3, 1951,
LUGAR DE LA ANTROPOLOGÍA 379
que treinta mil personas no pueden constituir una sociedad de la
misma manera que quinientas. En el primer caso, la comunicación
no se establece sobre todo entre personas, ni basándose en la comunicación
interpersonal; la realidad social de los «emisores» y «receptores
» (para emplear el lenguaje de la teoría de la comunicación)
desaparece tras la complejidad de los «códigos» y los «conmutadores
».13
El futuro dirá, sin duda, que la contribución más importante
de la antropología a las ciencias sociales consiste en haber introducido
(por lo demás inconscientemente) esta distinción capital entre
dos modalidades de existencia social: un género de vida percibido
inicialmente como tradicional y arcaico, que es ante todo el de las
soc iedades auténticas, y otras formas de aparición más reciente, de
las cuales no está por cierto ausente el primer tipo, pero donde ciertos
grupos de autenticidad imperfecta y parcial se hallan organizados
dentro de un sistema más vasto que, a su vez, es inauténtico.
Esta distinción explica y fundamenta el interés creciente de la
antropología por los modos de relaciones auténticas que subsisten
o aparecen en las sociedades modernas, y al mismo tiempo muestra
los límites de ese tipo de análisis. Porque si bien es cierto que una
tribu melanesia y una aldea francesa son —grosso modo— entidades
sociales del mismo tipo, esto deja de ser verdad cuando pasamos al
nivel de las unidades más vastas. De ahí el error de los promotores
de los estudios de carácter nacional, en la medida en que quieran
trabajar exclusivamente como antropólogos; porque al asimilar inconscientemente
formas de vida social que son irreductibles, sólo pueden
llegar a dos resultados: o bien justifican los peores prejuicios, o bien
cosifican las más vacías abstracciones.
LA ORGANIZACIÓN DE LOS ESTUDIOS ANTROPOLÓGICOS
Se puede, así, entrever la curiosa encrucijada de disciplinas en
que se encuentra colocada actualmente la antropología. Para resolver
el problema de la objetividad, impuesta por la necesidad de un
lenguaje común para traducir experiencias sociales heterogéneas, la
antropología comienza a dirigir su atención hacia la matemática y
la lógica simbólica. Nuestro vocabulario corriente, que es el producto
de nuestras propias categorías sociales, resulta insuficiente, en
efecto, para formular experiencias sociales muy distintas. Es preciso
recurrir a los símbolos, como lo hace el físico cuando quiere extraer
lo que hay de común entre la teoría corpuscular de la luz, por ejemplo,
y la teoría ondulatoria: en el lenguaje del hombre de la calle, estas
13. Véase sobre este punto N. Wiener, The Human Use of Human Beings,
Boston, 1950.
380 PROBLEMAS DE MÉTODO Y ENSEÑANZA
concepciones son contradictorias; pero como para la ciencia ambas
son igualmente «reales», es necesario recurrir a sistemas de signos
de un nuevo tipo para poder pasar de una a otra.14
Ciencia «semiológica» en segundo lugar, se dirige hacia la lin -
güística por dos razones: ante todo, porque sólo el conocimiento
de la lengua permite pene trar en un sistema de categorías lógicas
y de valores morales diferente del sistema del observador; en se -
gundo lugar, porque la lingüística —mejor que cualquier otra ciencia—
es capaz de enseñarnos el modo de pasar de la consideración de
elementos, caren tes en sí mismos de significación, a la consideración
de un sistema semántico, mostrándonos cómo el segundo puede edificarse,
mediante los primeros: éste es tal vez, antes que nada, el
problema del lenguaje, pero después del lenguaje y a través de él, es
el problema de la cultura en su conjunto.
En tercer lugar, sensible a las interrelaciones de los diversos tipos
de fenómenos sociales, la antropología considera simultáneamente
sus aspectos económico, jurídico, político, moral, estético, religioso;
atiende, pues, a los desarrollos de las otras ciencias sociales, y
sobre todo de aquellas que comparten con la antropología esta pers -
pectiva total, es decir, la geografía humana, la historia social y eco -
nómica, la sociología.
En fin, al dedicarse esencialmente a formas de vida social (de
las cuales las sociedades primitivas solamente constituyen los ejemplos
más fáciles de aislar y las realizaciones más extremas) definidas
por una autenticidad que se mide de acuerdo con la extensión y la
riqueza de las relaciones concretas entre los individuos, la antro -
pología mantiene los más estrechos contactos, desde este punto de
vista, con la psicología (general y social).
No es cuestión de aplastar a los estudiantes bajo la enorme masa
de conocimientos que la satisfacción integral de todas estas condiciones
exigiría. Con todo, de la conciencia de esta complejidad re -
sulta al menos un cierto número de consecuencias prácticas.
1) La antropología se ha convertido en una disciplina demasiado
ramificada y demasiado técnica para que se puedan recomendar es -
tudios limitados a un año, titulados generalmente «introducción a
la antropología (u otra expresión del mismo género), y que por lo
común consisten en vagos comentarios sobre la organización clánica,
la poligamia y el totemismo. Sería sumamente peligroso imaginar
que con semejantes nociones superficiales se les da alguna preparación
para las funciones que habrán de desempeñar —misioneros, adminis -
tradores, diplomáticos, militares, etcétera— a los jóvenes que tendrán
que vivir en contacto con poblaciones muy diferentes de la propia.
14. El lector que desee profundizar estas analogías inesperadas entre las ciencias
sociales y las ciencias exactas y naturales, puede acudir al hermoso libro de
Pierre Auger, L'homme microscopique., París, 1952.
LUGAR DE LA ANTROPOLOGÍA 381
De una introducción a la antropología no resulta un antropólogo, ni
siquiera aficionado, así como de una introducción a la física no resulta
un físico, ni siquiera un ayudante de física.
En este sentido, recaen sobre los antropólogos pesadas responsabilidades.
Se los ignoró y desdeñó durante tanto tiempo, que ahora
se sienten a menudo halagados cuando se les solicita un barniz de
antropología para perfeccionar una formación técnica. Deben resis tir
a esta seducción de la manera más enérgica. Sin duda no se trata —
especialmente después de todo lo que hemos dicho— de transformar
a todo el mundo en antropólogo. Pero si un médico, un jurista, un
misionero, deben poseer algunas nociones de antropología, ello debe
hacerse en la forma de una preparación muy técnica y muy avanzada
en aquellos capítulos de la investigación antropológica que se
refieren directamente al ejercicio de sus profesiones y a la región del
mundo en la que habrán de trabajar.
2) Sea cual fuere el número de cursos considerados, no se puede
formar antropólogos en un año. Para una enseñanza integral que
absorba el tiempo completo del estudiante, el mínimo es, al parecer,
de tres años, y este mínimo deberá ser prolongado, para determi -
nadas capacitaciones profesionales, hasta cuatro y cinco años. Resul -
ta, pues, indispensable que, en todas las universidades, la antropolo -
gía deje de hallarse relegada —como ocurre a menudo especialmente
en Francia— a la categoría de enseñanza complementaria. Hasta los
más altos grados universitarios debe haber diplomas de antropología
que sancionen estudios exclusiva e integralmente antropológicos.
3) Aun cuando se lo entienda de esta manera el conjunto de
materias comprendidas bajo el rótulo de antropología es demasiado
complejo para no exigir una especialización. Hay, naturalmente, una
formación común que todos los antropólogos podrían adquirir durante
el primer año de estudios, y que les permitiría elegir su posterior
especialización con conocimiento de causa. Aunque no pretendemos
proponer aquí un programa rígido, es bastante fácil ver cuáles serían
esas materias: elementos de antropología física, social y cultural;
prehistoria, historia de las teorías etnológicas, lingüística general.
Desde el segundo año debería comenzar una especialización por
materias: a) antropología física, acompañada de anatomía compara -
da, biología y fisiología; 6) antropología social con historia económica
y social, psicología social, lingüística; c) antropología cultu ral con tecnología,
geografía, prehistoria.
En el tercer año (y tal vez desde el segundo), esta especialización
sistemática debería acompañarse de una especialización regional, que
además de la prehistoria, la arqueología y la geografía, comprendería
el aprendizaje avanzado de una o varias lenguas de la parte del mundo
elegida por el investigador,
4) El estudio de la antropología, general o regional, implica siempre
extensas lecturas. No pensamos tanto en los manuales (que pueden
382 PROBLEMAS DE MÉTODO Y ENSEÑANZA
completar la enseñanza oral, pero nunca reemplazarla), ni tampoco
en las obras teóricas (que no es indispensable encarar antes de los
últimos años de formación), sino más bien en las monografías, es
decir, en los libros a través de los cuales el estudiante es llevado a
revivir una experiencia vivida en el terreno y gracias a los cuales
consigue acumular la suma considerable de conocimientos que le es
indispensable para proporcionarle el bagaje intelectual requerido, preservándolo
de las generalizaciones y las simplificaciones apresuradas.
Durante toda la duración de los estudios, en consecuencia, los
cursos y trabajos prácticos deberán ser completados con lecturas obligatorias,
a razón de varios miles de páginas por año, controladas
mediante distintos procedimientos pedagógicos (resúmenes escritos,
exposiciones orales, etcétera), en cuyo detalle no podemos entrar aquí.
De donde resulta: a) que todo instituto o escuela de antropología debe
tener una importante biblioteca donde se contarán dos o tres ejemplares
de muchas obras; b) que en la actualidad, el estudiante debe
poseer, desde el principio, un conocimiento suficiente de una lengua
extranjera por lo menos, elegida entre aquellas que con mayor frecuencia
se utilizan en la producción antropológica de estos últimos
años.
Dudamos, en efecto, en recomendar en este campo una política
de traducciones sistemáticas; el vocabulario técnico de la antropología
se halla actualmente en un estado de total anarquía. Cada autor
tiende a emplear su propia terminología, y el sentido de los principales
términos no ha sido fijado. Hay, pues, muchas razones para suponer
que un país que carezca de una producción antropológica importante
en su lengua nacional tampoco poseerá traductores especializados,
capaces de preservar el sentido exacto de los términos y
los matices de pensamiento de un autor extranjero. En este sentido,
difícilmente se podrá exagerar la importancia de inducir a la UNESCO
a poner en ejecución su proyecto de vocabularios científicos internacionales,
cuya realización nos permitirá, tal vez, mostrarnos menos
intransigentes.
Es, finalmente, muy deseable que los establecimientos de enseñanza
utilicen medios de difusión tales como las proyecciones fijas, las películas
documentales, las grabaciones lingüísticas o musicales. Algunas
recientes creaciones, en particular la de un Centro internacional
del film documental etnográfico, decidida por el penúltimo congreso
de la Unión Internacional de Ciencias Antropológicas y Etnológicas
(Viena, 1952), permiten formular buen pronóstico para el futuro.
5) Sería útil que estos tres años de formación teórica se prolonguen
en uno y hasta dos años de práctica, al menos para aquellos
que piensan dedicarse a una profesión antropológica (enseñanza o
investigación). Pero aquí, a decir verdad, se plantean problemas de
una complejidad extrema.
LUGAR DE LA ANTROPOLOGÍA 383
ENSEÑANZA E INVESTIGACIÓN
Formación de maestros
Veamos, ante todo, el caso de los futuros profesores de antropología.
Sean cuales fueren las condiciones relativas a los títulos universitarios
requeridos para la enseñanza (en general, doctorado o
trabajos de un nivel equivalente), nadie debería poder aspirar a la
enseñanza de la antropología sin haber realizado por lo menos una
investigación de campo importante. Más adelante daremos la justificación
teórica de esta exigencia, que equivocadamente podría parecer
exorbitante. Es conveniente terminar, de una vez por todas, con la
ilusión de que se puede enseñar la antropología en gabinetes, con
ayuda de una edición completa (y más a menudo abreviada) de la
Rama dorada y de otras compilaciones, cualesquiera sean sus méritos
intrínsecos. Quienes invoquen, contra este principio, el caso de los
sabios ilustres que jamás realizaron trabajo de campo (sir James
Frazer respondía a quienes le planteaban la pregunta: «¡ Dios me
libre de ello!»), deberán recordar que Lévy-Bruhl, por ejemplo, no
ocupó nunca una cátedra de antropología ni ninguna otra cátedra
con un título equivalente (no existían, en su tiempo, en las universidades
francesas), sino una cátedra filosófica. Nada impedirá, en el
futuro, que los teóricos puros reciban cátedras dependientes de disciplinas
vecinas de la antropología: historia de las religiones, sociología
comparada y otras semejantes. Pero la enseñanza de la antropología
debe quedar reservada a los testigos. Esta actitud no tiene
nada de audaz, y todos los países donde la antropología ha alcanzado
cierto desarrollo se ajustan a ella, de hecho si no siempre de derecho.
Formación de investigadores
El problema se vuelve más delicado cuando se trata de los futuros
miembros de la profesión antropológica, vale decir, de los investigadores.
15 ¿No constituye un círculo vicioso el exigirles haber cumplido
tareas de investigación, antes inclusive de hallarse universitariamente
calificados para emprenderlas? En este punto resultará
provechoso remitirnos a las consideraciones de las páginas que anteceden,
para tratar de aclarar la situación muy especial en que se
encuentra la antropología.
15. En lo que respecta a estos temas, es muy conveniente que el lector consulte
el número especial de American Anthropologist consagrado a un simposio:
«The Training of the Professional Anthropologist» (vol. LIV, n. 3, 1952). Se discuten
allí desde el punto de vista de la situación norteamericana los problemas que
estamos aquí considerando.
384 PROBLEMAS DE MÉTODO Y ENSEÑANZA
Hemos descrito antes, como el rasgo particular y el principal mérito
de la antropología, el hecho de que ella busca aislar, en todas
las formas de la vida social, lo que hemos llamado niveles de autenticidad,
es decir, o bien sociedades completas (que se encuentran, con
mayor frecuencia, entre aquellas llamadas «primitivas») o bien modos
de actividad social (aislables aun en el seno de las sociedades modernas
o «civilizadas»), pero que se definen, en todos los casos, por
una densidad psicológica particular y donde las relaciones interpersonales
y el sistema de los vínculos sociales se integran formando una
totalidad. De estos rasgos distintivos resulta inmediatamente una consecuencia:
semejantes formas de vida social pueden conocerse sólo
desde fuera. Para aprehenderlas, es preciso que el investigador consiga
reconstruir por su propia cuenta la síntesis que las caracteriza,
es decir, que no se conforme con analizarlas en elementos, sino que
las asimile en su totalidad, en forma de una experiencia personal:
la suya.
Como puede verse, es por una razón muy profunda y que deriva
de la naturaleza misma de la disciplina y del carácter distintivo de su
objeto, que el antropólogo necesita la experiencia del trabajo de campo.
Para él, dicha experiencia no es ni un objetivo de su profesión,
ni una culminación de su cultura, ni un aprendizaje técnico.
Representa un momento crucial de su educación: antes, podrá poseer
conocimientos discontinuos, que jamás formarán una totalidad por
sí mismos; sólo después, estos conocimientos «arraigarán» en un
conjunto orgánico y adquirirán de pronto un sentido que hasta entonces
les faltaba. Esta situación presenta grandes analogías con la
que prevalece en psicoanálisis: es hoy un principio umversalmente admitido
que la práctica de la profesión analítica requiere una experiencia
específica e irremplazable, que es la del análisis mismo; por ello
todos los reglamentos determinan que el futuro analista se haya a
su vez analizado. Para el antropólogo, la práctica del trabajo de campo
constituye el equivalente de esta experiencia única; como en el
caso del psicoanálisis, la experiencia puede triunfar o fracasar, y ningún
examen o concurso permite decidir en un sentido o en otro. Sólo
el juicio de los miembros experimentados de la profesión, cuya obra
atestigua que ellos a su vez han pasado con éxito la prueba, puede
decidir si —y cuándo— el candidato a la profesión antropológica ha
realizado en el terreno esta revolución interior que hará de él, verdaderamente,
un hombre nuevo.
De estas consideraciones derivan varias consecuencias.
LUGAR DE LA ANTROPOLOGÍA 3 8 5
EL PAPEL DE LOS MUSEOS DE ANTROPOLOGÍA
En primer lugar , la práctica de la profesión antropológica, que
está llena de peligros, puesto que implica la puesta en contacto de
un cuerpo extraño —el investigador— con un medio cuya constitución
interna y cuya situación en el mundo lo hacen particularmente
inestable y frágil, exige una capacitación preliminar, y ésta solamente
puede ser obtenida en el terreno.
En segundo lugar, esta situación —teóricamente contradictoria—
corresponde muy estrechamente a dos modelos existentes: el del psicoanálisis,
como acabamos de comprobarlo, y el de los estudios médicos
en general, donde la práctica externa y la del internado introducen
precisamente este aprendizaje del diagnóstico por la práctica del
diagnóstico mismo.
En tercer lugar, los dos modelos que acaban de ser invocados
muestran que el éxito no puede ser obtenido si no media un contacto
personal con un maestro; contacto lo bastante íntimo y prolongado
para introducir en el desarrollo de los estudios un elemento
inevitable de arbitrariedad: el «patrón» en los estudios médicos, el
analista «de control» en los estudios psicoanalíticos. Este elemento
de arbitrariedad puede ser limitado mediante diversos procedimientos
que es imposible examinar aquí, pero no vemos cómo se lo podría
eliminar por completo en la antropología. Aquí también, un miembro
experimentado debe asumir una responsabilidad personal en la
formación del joven investigador. El contacto estrecho con una persona
que ha sufrido ya, por su parte, una transmutación psicológica es, para
el estudiante, un medio de alcanzarla más rápidamente, y para el
maestro, un medio de verificar si el discípulo la ha alcanzado y en
qué momento.
Nos preguntaremos ahora cuáles son los medios prácticos que
pueden asegurar que el futuro investigador tendrá una experiencia
«controlada» en el terreno. Al parecer son tres:
Los trabajos prácticos
Pensamos en los trabajos prácticos bajo la dirección de los profesores
que tienen a su cargo los últimos años de enseñanza o bajo
la dirección de asistentes. Esta solución tiene sólo un valor relativo.
Es preciso subrayar su carácter provisional, aunque eso no signifique
desaconsejarla a las instituciones jóvenes o a los países que no disponen
de estructuras apropiadas. Existe siempre la tendencia a que
los trabajos prácticos, cuando cumplen una función accesoria en la
enseñanza, aparezcan corno prestación de servicios o como pretextos.
Tres desafortunadas semanas pasadas en una aldea o una empresa, no
386 PROBLEMAS DE MÉTODO Y ENSEÑANZA
pueden producir esta revolución psicológica que señala la etapa decisiva
en la formación del antropólogo, ni siquiera ofrecer al estudiante una
débil imagen de esa revolución. Estos períodos de práctica prematuros
son a veces nefastos, en la medida en que únicamente permiten la
aplicación de los procedimien tos de relevamiento más sumarios y
superficiales. Se convierten así, a menudo, en una antiformación. Por útil
que pueda ser el scoutismo para la educación de la infancia media, no
es posible confundir la formación profesional, en el plano de la
enseñanza superior, con las formas —aunque sean superiores— del juego
dirigido.
Los periodos exteriores de práctica
Se podrían planificar entonces períodos de práctica más largos en
institutos, instituciones o establecimientos que, sin ofrecer un carácter
específicamente antropológico, funcionan en el plano de esas relaciones
interpersonales y esas situaciones globales en las que hemos reconocido el
campo privilegiado de la antropología: por ejemplo, administraciones
municipales, servicios sociales, centros de orientación profesional,
etcétera. Esta solución presentaría, con respecto a la anterior, la
inmensa ventaja de no hacer uso de experiencias simuladas. Tiene, en
cambio, el inconveniente de colocar a los estudiantes bajo el control y
la responsabilidad de jefes de servicio que carecen de formación
antropológica, es decir, incapaces de extraer de las experiencias
cotidianas su alcance teórico. Se trata entonces, más bien, de una
solución para el futuro, que sólo adquirirá todo su valor cuando la
forma ción antropológica haya sido reconocida en su alcance general, y
en consecuencia cuando una proporción sustancial de antropólogos se
encuentre incorporada a ese tipo de establecimientos o servicios.
Los museos de antropología.
Hemos aludido, al comenza r este estudio, al papel del museo de
antropología como prolongación del campo de trabajo. En efecto, el
contacto con los objetos, la humildad que le inculcan al museógrafo
todos los quehaceres menudos que se encuentran en la base de su
profesión: desembalaje, limpieza, mantenimiento; el sentido agudo de lo
concreto que este trabajo de clasificación, identificación y análisis de las
piezas de colección desarrolla; la comunicación con el medio ambiente
indígena, que se establece indirectamente por intermedio de instrumentos
que es, preciso saber manejar para conocerlos y que poseen, además, una
textura, una forma, a veces inclusive un olor, cuya aprehensión sensible,
repetida una y mil veces, crea una
LUGAR DE LA ANTROPOLOGÍA 387
familiaridad inconsciente con géneros de vida y de actividad lejanos;
el respeto, en fin, por la diversidad de las manifestaciones del genio
humano que no puede dejar de creerse como resultado de las pruebas
a las que los objetos en apariencia más insignificantes sometan
el gusto, la inteligencia y el saber del museógrafo día tras día; todo
esto constituye una experiencia de tal riqueza e intensidad que sería
un error subestimarla.
Estas consideraciones explican por qué el Institute d'Etnología de
la Universidad de París considera tan preciada la hospitalidad que
le brinda el Museé de l'Homme, y explica también por qué el informe
norteamericano sugiere —como una situación normal que tiende a
generalizarse cada vez más en los Estados Unidos— que todo departamento
de antropología esté acompañado, en el seno mismo de la
universidad, por un museo de dimensiones medias. Pero en este sentido
creemos que pueden hacerse todavía más y mejores cosas.
Durante mucho tiempo, los museos de antropología han sido concebidos
a imagen y semejanza de los demás establecimientos del
mismo tipo, es decir, como un conjunto de galerías donde se conservan
objetos: cosas, documentos inertes y de algún modo fosilizados
detrás de las vitrinas, completamente desvinculados de las sociedades
que los han producido. El único vínculo entre éstas y aquéllos
ha estado constituido por las misiones intermitentes enviadas a realizar
trabajo en el terreno, para reunir colecciones que son testimonios
mudos de géneros de vida que resultan a la vez extraños e inaccesibles
para el visitante.
Ahora bien, la evolución de la antropología como ciencia y las
transformaciones del mundo moderno, ejercen una doble presión que
impulsa a modificar esta concepción. Como se ha mostrado más arriba,
la antropología toma conciencia pro gresivamente de su verdadera
objeto, constituido por ciertas modalidades de la existencia social
del hombre, que tal vez son más fácilmente reconocibles y más rápidamente
aislables en sociedades muy diferentes de la sociedad del
observador, pero que no existen menos en ésta. A medida que la
antropología profundiza la reflexión sobre su objeto y a medida que
afina sus métodos, se siente progresivamente going back home, como
dirían los anglosajones. Si bien esta «vuelta al hogar» presenta formas
muy distintas y difíciles de identificar, sería un error ver en esa tendencia
un rasgo peculiar de la antropología norteamericana. En Francia
y en la India, los estudios de comunidades realizados con el apoyo
de la UNESCO han sido dirigidos, respectivamente, por el Musée de
l'Homme de París y el Anthropological Museum de Calcuta. El Musée
des Arts et Traditions Populaires se halla flanqueado por un laboratorio
de etnografía francesa, y es en el Musée de l'Homme donde funciona
el Laboratoire d'Etnographie Social, consagrado —pese a su título
y su domicilio— no a la sociología melanesia o africana, sino a
la sociología de la región parisiense. Ahora bien, en todos estos casos
388 PROBLEMAS DE MÉTODO Y ENSEÑANZA
no puede tratarse solamente de recoger objetos, sino también y sobre
todo de comprender hombres; mucho menos se trata de archivar
vestigios disecados como en los herbarios, que de describir y analizar
formas de existencia en las que el observador participa de la manera
más íntima.
Se manifiesta la misma tendencia en la antropología física, la cual
ya no se contenta —como en el pasado— con reunir medidas y piezas
óseas, y estudia en cambio los fenómenos raciales en el individuo
viviente, considerando las partes blandas tan importantes como el
esqueleto y la actividad fisiológica tanto o más importante que la
simple estructura anatómica. Se preocupa, pues, sobre todo, de los
procesos actuales de diferenciación en todos los representantes de
la especie humana, en lugar de limitarse a recoger sus resultados
dosificados —en el sentido literal así como también en el metafórico—
en el seno de los tipos que más fácilmente se distinguen del tipo del
observador.
Por otro lado, la expansión de la civilización occidental, el desarrollo
de los medios de comunicación y la frecuencia de los desplazamientos
que caracterizan al mundo moderno, han puesto la especie
humana en movimiento. En la actualidad ya no existen prácticamente
culturas aisladas; para estudiar una cualquiera de ellas
(dejando a un lado algunas raras excepcio nes) o por lo menos algunas
de sus producciones, no es ya necesario recorrer la mitad del
globo y jugar a los exploradores. Una gran ciudad como Nueva York,
Londres, París, Calcuta o Melbourne cuenta, en su población, con
representantes de las más variadas culturas; esto lo saben bien los
lingüistas, que descubren con asombro que han tenido al alcance de la
mano personas capacitadas para servir de informadores sobre lenguas
lejanas, raras y que a veces se consideran, desaparecidas.
Antes, los museos de antropología enviaban hombres, que viajaban
en un solo sentido, a buscar objetos, que viajaban en el sentido inverso.
Pero hoy en día los hombres viajan en todos los sentidos, y como esta
multiplicación de los contactos produce una homogeneización de la
cultura material (homogeneización que, en la mayor parte de los
casos, significa la extinción para las sociedades primitivas), cabe
decir que, en ciertos aspectos, los hombres tienden a reemplazar a los
objetos. Los museos de antropología deben prestar atención a esta
inmensa transformación. Su misión de conservatorios de objetos puede
prolongarse, pero no desarrollarse y menos aún renovarse. Y si resulta
cada vez más difícil recoger arcos y flechas, tambores y collares, cestos
y estatuas de divinidades, es en cambio cada vez más fácil estudiar, de
manera sistemática, lenguas, creencias, actitudes y personalidades.
¿Cuántas comunidades del sudeste de Asia, del África negra y blanca,
del cercano Oriente, etcétera, se hallan representadas en París por
individuos en tránsito o por residentes, familias e incluso pequeñas
colectividades?
LUGAR DE LA ANTROPOLOGÍA 389
ANTROPOLOGÍA TEÓRICA Y ANTROPOLOGÍA APLICADA
Desde este punto de vista, se abren a los museos de antropología no
solamente nuevas posibilidades de estudio (que además los transformarían,
en gran medida, en laboratorios),16 sino también nuevos
objetivos de alcance práctico. Porque estos representantes de culturas
periféricas, no integrados o mal integrados, tienen mucho para darle al
etnógrafo: lenguaje, tradiciones orales, creencias, concepción del
mundo, actitudes ante los seres y las cosas. Pero, al mismo tiempo, lo
más frecuente es que se hallen luchando con problemas reales y
angustiosos: aislamiento, desarraigo, desocupación, incomprensión por
parte del medio al cual se han incorporado en forma provisional o
permanente, y en la mayoría de los casos contra su voluntad o por lo
menos ignorando lo que les esperaba. ¿Quién puede hallarse en
mejores condiciones que el etnólogo para asistirlos en sus dificultades? Y
ello por dos razones, en las que se cumple la síntesis de los puntos de
vista que hemos expuesto antes. Ante todo, porque el etnógrafo
conoce el medio de donde han venido; ha estudiado en el terreno su
lengua y su cultura y simpatiza con ellos; en segundo lugar, porque el
método propio de la antropología se define por este «distanciamiento»
que caracteriza el contacto entre representantes de culturas muy
diferentes. El antropólogo es el astrónomo de las ciencias sociales:
tiene a su cargo la tarea de descubrir un sentido en configuraciones
muy diferentes, por su orden de magnitud y su alejamiento, de aquellas
que se encuentran en las inmediaciones del observador. No hay
motivo, entonces, para limitar la intervención del antropólogo al análisis
y reducción de estas distancias externas; se le podrá solicitar su
contribución (junto a especialistas de otras disciplinas) al estudio de
fenómenos que esta vez son interiores a su propia sociedad, pero que
se manifiestan por el mismo carácter de «distanciamiento», ya sea
porque interesan solamente a un sector del grupo y no a la totalidad,
ya sea porque, no obstante ofrecer un carácter de conjunto, hunden
sus raíces en lo más profundo de la vida inconsciente. Asi, por ejemplo,
la prostitución o la delincuencia juvenil en un caso; la resis tencia a los
cambios alimentarios o higiénicos, en el otro.
Si se reconociera de un modo más justo, en esta forma, el lugar de
la antropología entre las ciencias sociales, y si se pusiera de manifiesto
su función práctica de una manera más completa que hasta
16. Se observará, en este sentido, que desde 1937 los edificios que encierran
el Musée de l'Homme en París, han sido consagrados en sus dos terceras partes
al trabajo de laboratorio y sólo en un tercio a las galerías de exposición. Esta
concepción —que en su momento fue revolucionaria— es la que ha hecho posible
el estrecho contacto entre las actividades museográficas y las de la enseñanza,
manifestado en el hecho de que un mismo techo agrupa el Musée de l'Homme y el
Institute d'Ethnologie, circunstancia ya mencionada más arriba.
390 PROBLEMAS DE MÉTODO Y ENSEÑANZA
el presente, sería posible ver cómo ciertos problemas fundamentales
pueden hallarse en vías de solución:
1) Desde un punto de vista práctico, se encontraría asegurado el
cumplimiento de una función social que en la actualidad se realiza
de una manera muy imperfecta; basta recordar a este respecto, los
problemas planteados por la inmigración portorriqueña en Nueva
York o la inmigración norteafricana en París, problemas que no han
sido encarados por ninguna política de conjunto, y que las adminis -
traciones (por lo demás, generalmente no capacitadas) se remiten
unas a otras inútilmente.
2) Sé abrirán mercados para la profesión antropológica. No hemos
considerado aún este problema, cuya solución está evidentemente
sobreentendida en todos los análisis anteriores. Para dar una res
puesta adecuada, no basta recordar estas evidencias; que toda persona
llamada a vivir en contacto con una soci edad muy distinta de la
propia —administrador, militar, misionero, diplomático, etcétera—
debe poseer una formación antropológica, si no siempre general, por
lo menos especializada. Es necesario también darse cuenta de que
ciertas funciones básicas de las sociedades modernas, que derivan
de la creciente movilidad de la población mundial, actualmente no
se cumplen o se cumplen mal; que de esto resultan dificultades que
adquieren a veces un carácter grave y que generan incomprensión y
prejuicios; que la antropología es hoy en día la única disciplina del
«distanciamiento» social; que dispone de un enorme aparato teórico
y práctico que le permite formar científicos aplicados, y, sobre todo,
que se encuentra disponible, que está en condicio nes de intervenir
en tareas que por lo demás se imponen a la atención de los hombres.17
17. A menudo se critica este tipo de sugerencias, en la medida en que amenazan
con convertir al antropólogo en un auxiliar del orden social. Aun cuando este riesgo
exista resulta, a mi juicio, preferible a la abstención, porque la participación del
antropólogo permite al menos conocer cuales son los hechos, y la verdad posee una
fuerza que le es propia. No quisiera que las páginas que preceden induzcan a error:
personalmente no tengo ninguna inclinación hacia la antropología aplicada, y tengo
mis dudas sobre su valor científico. Pero quienes la critican en sus fundamentos
debieran recordar que el libro primero de El Capital ha sido escrito en parte de
acuerdo con los informes de los inspectores de las fábricas inglesas, a los que
Marx rinde un brillante homenaje en el prefacio: «Si nuestros gobiernos y
parlamentos instituyesen periódicamente, como se hace en Inglaterra, comisiones de
investigación para estudiar las condiciones económicas; si estas comisiones se
lanzasen a la búsqueda de la verdad pertrechadas con la misma plenitud de
poderes de que gozan en Inglaterra, y si el desempeño de esta tarea corriese a cargo
de hombres tan expertos, imparciales e intransigentes como los inspectores de
fábricas de aquel país, los inspectores médicos que tienen a su cargo la redacción de
los informes sobre salud pública, los comisarios ingleses encargados de investigar la
explotación de la mujer y del niño, el estado de la vivienda y la alimentación, etcétera,
nos aterraríamos ante nuestra propia realidad. Perseo se envolvía en un manto de niebla
para perseguir a los monstruos. Nosotros nos tapamos con nuestro embozo de
niebla los oídos y
LUGAR DE LA ANTROPOLOGÍA 391
3) En fin, y en el plano más limitado que corresponde a este es -
tudio, se comprende por qué la expansión que transforme los museos
de antropología en laboratorios consagrados al estudio de los fenó -
menos sociales más difícilmente reductibles —o, si cabe hablar a la
manera de los matemáticos, de las formas «límites» de las relaciones
sociales— proporcionaría la solución más apropiada al problema de
la formación profesional de los antropólogos. Los nuevos laboratorios
permitirían que los últimos años de estudios se cumplieran en régimen
de un verdadero externado e internado, bajo la dirección de
profesores que serían al mismo tiempo jefes de clínica como se acos -
tumbra en los estudios de medicina. El doble aspecto de los estudios,
teórico y práctico, hallaría de este modo su justificación en los nuevos
objetivos de la profesión. Porque, por desgracia, la antropología recla -
maría en vano ese reconocimiento que merece por sus solas conquis tas
teóricas, si no se esforzase, en el mundo enfermo y angustiado en que
vivimos, por demostrar además para qué sirve
los ojos para no ver ni oír las monstruosidades y poder negarlas» (loc, cit., trad.
esp. de W. Roces, México, F.C.E., vol. I, pág. XV).
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* La presente bibliografía reproduce la incluida en la edición francesa, con
excepción de los trabajos de Claude Lévi-Strauss que ella contenía. Dichos trabajos
han sido incorporados a la Bibliografía General de los libros y artículos del
autor, que no figuraba en la edición francesa y que el lector encontrará a partir
de la página 359. [T.]
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vol. I, págs. 133-141.
c) «La condition humaine à la lumiere des connaissances anthropologiques
», Culture et communication, n. 24, págs. 28- 37.
d) «Ce que je suis». Le Nouvel Observateur, 28 junio- 5 julio.
1981 a ) «Trois souvenirs de Wilson Duff», The Word is a Sharp as a
Knife, Victoria, British Columbia Provincial Museum, págs. 257 -
258.
b) «La biologie, science exemplaire». Le Nouvel Observateur, 19 diciembre.
c) «Devolver el pensamiento a la vida. Conversaciones con Georges
Kukudjian», Revista Homenage, 1981.
1982 a) «De la possibilité mythique à l'existence social». Le Débat, 19,
febrero, págs. 96- 117 (trad, cast. en La mirada...).
b) «Chanson madécasse», Orients, París-Toulouse, Sudestasie-Privat.
c) «L'Adieu à la cuisine croisée», Les Fantasies du Voyageur. XXXII
variations Schaeffner, París, Société Française de Musicologie.
d) «The Work of Edward Westermarck», Acta Philosophica Fennica,
n. 34, págs. 181-194.
1983 a) «Mito e societá», Prometeo, año 1, n. 1, págs. 6-1 7 .
b) «Histoire et sciences sociales», Annales, economies, sociétés, civilisations,
n. 6, págs. 1.217-1.231.
c) Entretiens avec C. Lévi- Strauss (por Didier Eribon), Libération,
2 junio, págs, 28-30.
d) Entretiens avec C. Lévi-Strauss (por Pierre Boncenne), Lire,
mayo, págs. 28-30.
e) Comptes rendus, L'Homme, vol. XXIII, n. 1, págs. 159-1 6 1 .
f) Idem, vol. XXIII, n. 2, págs, 124-125.
g) Idem, vol. XXIII, n. 4, págs. 84 -8 5 .
h) « Du mariage dans un degré rapproché», Mélanges offerts á Louis
Dumont, París, Ecole Pratique des Hautes Etudes en Sciences So -
ciales (trad. cast. en La mirada...).
1984 a) «Claude Lévi-Strauss, êtes vous surrealiste?» (entrevista por Didier
Eribon), Le Nouvel Observateur, 4 de mayo.
1985 a ) «Roman, mon ami» (entrevista por Didier Eribon), Le Nouvel
Observateur, 1 febrero.
420 ANTROPOLOGÍA ESTRUCTURAL
b) Réponse à un questionaire (por D.-A. Grisoni), Les Lettres Françaises,
noviembre (trad. cast.: «Pequeño diccionario Lévi-Strauss»,
Los Cuadernos del Norte, 35, enero-febrero).
1986 a) «Ya no existen hombres primitivos» (entrevista con Claude Lévi-
Strauss), El País, 2 de octubre.
b) «Mito y psicoanálisis», Luego..., 5 (capítulo extraído de La alfarera
celosa.).
ÍNDICE ANALÍTICO Y DE NOMBRES
A — de la costa noroeste de América, 264,
269 270, 275-292
— de la China arcaica, 264-272, 282-292
abipones, 238 — de la Melanesia, 289
abreacción. 207-210, 222-224 — de las estepas siberianas, 272, 289
acoma, 115, 116 — de los indios pueblo, 289
actitudes, sistema de las, 81-95, 113, 114, — de Nueva Guinea, 289
323, 329, 330-333 — del Canadá y Alaska, 277
Adam, Leonhard, 264, 289 — guaicurú, 278, 280, 282, 287, 291
afinidades lingüísticas, Teoría de las, 260 — maorí. 269-272, 277-289, 291
África, 85, Í05, 152, 323, 330 — neolítico del Amur, 269
agricultura, recolección y caza, relacio - Asia, sur de, 76
nes entre, (desde el punt o de vista Assam, 69
económico), 139-152, 354, 356 astronomía, 133, 356, 389
— recolección, caza, relaciones entre, aueto, 146
(desde el punto de vista mitológico),Auger, Pierre, 380
242-248 Australia, 94, 133, 139, 150, 154, 162, 320,
aislado, 314, 317, 320, 378 323, 325, 341
Alaska, 55, 287 autenticidad, 377-379, 384
Albisetti. P. C., 159, 167, 173, 174 autoctonía, 238
álgebra, 255 Avila, F. de, 293
alma, 212-227, 351 avunculado: véase tío materno
Ambrym, 159 aweikoma, 163
América, 52, 67, 106, 137 azteca, 141
— Central y del Sur, 211
— Tropical, 145
antropología aplicada, 389-391 B
— física, 359, 365, 366. 368, 372, 381, 388
— social y cultural, 50, 120, 134, 314, 359, baduj, 169, 170
366-371, 381 bakairi, 146
apinayé. 140, 150, 153, 154, 160-162, 175Bakororo, 176
arapesh, 63 Balandier, G., 307
araucanos, 285 Baldus, H., 143
arawak, 140, 143 Bancroft. H. H.. 354
arcaísmo, 137-152 Bandelier, A., 141
Arcy Wentworth Thompson, d', 343 Bank, 159
arikara, 256 barbarie, 356
arqueología, 52, 56, 139, 141, 143, 147-152,Bassler, A., 295
174, 236, 263-272 288-291, 293-296, 311,Bastide, Roger, 307
313, 362, 370, 372, 381 Bates, Marston, 312
arquetipo, 231 Bateson, G., 324
arte, 107, 123, 263-296, 349, 356 Benedict, Jaul K., 76, 242
— caduveo, 275-279, 288 Benedict, Ruth, 56, 339
422 ANTROPOLOGÍA ESTRUCTURAL
Benveniste, Emile, 127, 129, 231, 345 conciencia colectiva, 107
Berndt, R. M., 325, 326, 335 concreto, 302, 303, 311, 318, 335, 340-349,
Bernot, L., 311 377, 384, 386
Berr, H., 64 consumidores de carroña, 247-248
Bidney, D., 339 Cook, W, A., 144
biología, 308. 323, 327, 368, 381 Cooper, J. M., 139, 140, 145
blackfoot, 256, 257, 259 coyote, 246-248
Blancard, R., 311 Creel, H. G., 271, 272, 279, 288, 291, 292
Boas, Franz, 54 -61, 62, 63, 67, 68, 202, 229, cristal, 252, 300
270-272, 275-276, 280, 281, 287, 289, 303, crow, 105, 106, 114, 258, 325
308, 370 crudo y cocido, 168, 180, 183
Bohr, Niels, 317, 375 ctónico, 237-239
Bonaparte, Marie, 225 cuervo, 246, 247
Bonfante, Julien, 76 cultura, 109-111, 112, 124, 127, 299, 308,
Bororo, 141, 143-145, 146, 148 149, 151, 153, 316-337, 348, 366, 368-371, 380
158-162, 172-178, 182, 184, 187-190, 313, cuna, 211, 212, 213, 216
347, 348, 356 Cushing, Frank-Hamilton, 241, 242, 244-
Brasil, 153, 162, 272, 277 246, 249, 311
bratsvo (familia extensa), 104 Cuzco, 141, 167
Brice Parain, 343
bronce, 273, 279, 288-291
Brunchsvigg, L., 76 CH
bufón, 245
Buhler, K., 340 Chaco, 142
Bunzel, R. L., 242, 244, 245, 246
Chicago, Escuela de, 312
C chiriguanos, 293
Chou, 141
caduveo, 264, 272, 275 -279, 281, 288, 347, D
343, 356
canella, 141, 153, 162 Dahlberg, G., 314, 315
Cannon, W. B., 195 -196 Davis, K., 79
carácter nacional, 379 Delcourt, Marie, 238
caribes, 140 demografía, 314-317, 320, 376
carnívoros, 247-248, 255 desdoblamiento, 263-292
Caspersson, 224 Desoille, R., 223
castas, 290, 332, 366 determinismo histórico, 260
cayapó 140 diacronía y sincronía, 57, 60, 78, 79, 89,
Cenicienta 248 249 91, 127-129, 183, 232-252, 311, 312, 324,
cera, 177, 178, 182 329, 330
cibernética, 97 -99, 305, 348, 378, 379 diádico, 324, 325
ciencias sociales, 306, 307, 319, 359 -361, dialéctica, 125, 174, 183, 230, 245, 253-260,
362, 366, 367, 372-380, 389 331-347
circasianos 86-89 difusionismo, 51-53,58, 165, 260, 263, 269,
clan, 55, 57, 69, 118 -119, 138, 153. 162, 173 - 270, 279, 292, 311
191, 305, 322, 356 Dioscuros, 240-250
clases, 290, 351, 352-356 Dobrizhoffer, M., 278
— de edad, 255, 256 dobu, 88
cocina, 125 , 126, 168, 180 dogones, 62
Colbacchini, P. A., 153, 167, 173 Dorsey, G. A., 254, 256, 321
colores, 13, 132, 133, 134, 179, 182 dualista, organización, 57, 58, 69, 70, 101,
Columbia británica, 55, 238, 354 140-143, 148, 153-163, 165-191, 356
comparativo, método, 54, 58 -60, 67, 68, Dumezil, G., 230, 312, 335
165, 241, 242, 263-292, 300, 308-310, 321, Durkheim, E., 50, 53, 59, 229, 253, 304,
322, 335, 337 309-311, 334, 346, 369, 370, 373
comunicación, 102, 103, 109-112; 121-124,
305, 317-321, 324, 336, 369, 377-379
ÍNDICE ANALÍTICOY DE NOMBRES 423
E funcionalismo, 59-63, 81-83, 312, 342, 370
Fürer-Haimendorf, Ch. Von, 69
ecología, 170, 182, 312, 366
económicos, hechos, 123, 134, 317-319, 334,
335, 351-356, 369, 375, 380 G
Edad Media, 60, 89, 93
Eddington, A. S., 340 Gautier, León, 89
Eggan, Fred, 322 ge, 140, 141, 143, 154, 167, 174, 175, 190,
endogamia y exogamia, 160-163, 165-191, 313, 346
328, 365 Geise, N. J. C., 169
Engels, F., 348, 352, 354-356 genes, 308, 317
entropía, 320 geografía, 348, 367, 370, 372, 380, 381
escalpo, 248 . geometría, 181, 182, 356, 374
escritura, 71, 72, 137, 234, 348,362,377, Gestalt, psicología de la, 339-341
378 Gifford, E. W., 87, 187
Esfinge, 236-239 gilyak, 356
eslavos 118 Goethe, J. W., 340
espacio, 99, 165-191, 249, 279, 310-317, 345- Goldfrank, E., 335
347, 358, 371, 374, 375 Goldstein, K., 302, 310
esquimales, 51, 60, 287, 346 Goodenough, W. H., 80
esquizofrenia, 223 Gough, E. K., 333
estadística, 305, 307-310, 311, 3!9, 320, 322, Granai, G., 121-130
327-328, 331, 344, 345, 348 Gregoire, H., 230
estructura, 64, 70, 78-81, 90, 92, 99, 101-107, Griaule, M., 62
113, 117-120, 125, 127, 128, 138, 139, 153- Grimm, Jacob, 134
163, 166-191, 208, 225-227, 253-260, 263- grupo de permutaciones, 125, 246, 250,
292, 299-337, 339-357, 369, 370 251, 253-260, 301, 329, 343, 348-350
etnografía y etnología, 49-51, 64, 65, 152, guaicurú, 273, 277, 278, 280, 281, 282, 287-
307-309, 341, 342, 352-356, 359-361, 366- 288, 291
374, 381 guayakí, 145
Evans-Pritchard, E. E., 309, 311, 330, 339 Gummere, F. B., 90
evolucionismo, 51-55, 58, 138, 308, 349-357 Gurvitch, G., 121-125, 334, 339-347, 350
Guttman, L., 348
F
H
fálica, madre, 238, 248
familia, 62, 63, 86-90, 92-95 Haas, Mary, 112
Farnsworth, W. O., 90 habla, 231-235, 252
Febvre, Lucien, 64, 71 Haida, 271, 272, 275
fenomenología, 229 Haldane, J. B. S., 309
feudal, 290 Halpern, A. M., 82
Fewkes, J. W., 321 Halle, M., 122, 346
Fidji, 93, 332-333 Hartland, Sidney, 83
Field, Henry, 269 Haudricourt, A, G., 121-130
Firth, R ., 308, 368 Hauser, H., 49, 64
Fletcher, A. C., 258, 314 hawaiano, sistema de parentesco de
fonética, 130-132 tipo, 327
fonología, 67, 68, 77-80, 98-100, 122, 127, Haya, Guillermo, 211
128, 227, 231-233, 318, 345 hechicero, 195-227, 254-257
Ford, James A., 174 Hegel, G. W. F., 352
Fortes, Meyer, 324, 330, 334, 344 Heine Geldern, H., 269
Fortune, Reo F., 63, 89 Hentze, Carl, 264, 269, 288
Frazer, Sir James G., 229, 369, 383 herbívoros, 247-248, 255
Freud, Sigmund, 224, 225, 239, 241, 251, Heusch, Luc de, 90
347 hidatsa, 256-258, 259
Fric, V., 144 hipergamia e hipogamia, 332, 333
fueguinos, 139 historia, 49-72, 78, 127-129, 138-139, 152,
424 ANTROPOLOGÍA ESTRUCTURAL
190, 232-235, 251, 263-292, 296, 307-309, Karlgren, Bernhard, 288, 291
311, 327, 328, 343, 347, 352-356, 380 Kautsky, K., 356
Hjelmslev, L., 345 Kelemen, Paul, 270
Hocart, A. M., 76, 229, 253, 333 keresan, 115, 250
Hogbin, H. Ian, 61 kipsigi, 87
Holm, Sverre, 340 Koffka, K., 339
Holmer, Nils M., 211, 212, 213, 215, 216, Kohler, W., 339, 340
218, 220 koita, 69
hollín, 248 koskimo, 203-204, 238
Homans, G. C., 331, 332 Kovalevski, M., 86
homeostáticas, perturbaciones, 195-196 Kris, E., 224
hopi, 114-116, 138, 238, 249, 322 Kroeber, A. L., 53, 57, 80, 100, 101,
horticultura, 60, 62, 139-152 119, 299, 300, 304, 312, 319, 322,
Howard, G, E., 89 324, 328, 340, 348
Hunter-Wilson, Monica, 335 Kroef, Justus M. van der, 169, 178
Hyden, 224 kuki, 347
kula, 318, 354
Kutubu, Lago, 87, 88
I kwakiutl, 54, 202, 238, 275, 287
kyanakwe, 242-244
Incas, 141, 142
incesto, prohibición del, 90-95, 102, 103,
113, 235-240, 305, 329, 331, 365 L
inconsciente, 53, 66-72, 104, 107, 127, 222-
227, 303-304, 346, 347, 350, 387, 389 Labrador, Sánchez, 279
India, 93, 118 laguna, 115
indios de la llanura, 91, 242, 247, 256, Lang, A., 253
257, 313 - Lawrence, W. E, 325, 326
indoeuropeo, 67, 95, 104, 117-119 Lea, 250
indogermánico, 134 Leach. E. R., 326
Indonesia, 165, 170-172, 178, 184-187, 189, Lee, D. Demetracopoulou, 206
190 Leeuw, G. Van der, 253
inducción, 309 Lefort, C., 307
información, 305, 320, 321, 378 Leiris, Michel, 132, 133, 208
intercambio (restringido y generaliza- lenguaje, 68, 91, 102, 103, 109, 124,
do), 58, 101-106, 117-119, 154, 155, 171 - 127, 210, 221, 226, 230-252, 317,
191, 250 318, 365, 370, 380
iroqueses, 113, 296 lenguas africanas, 105
Ituboré, 176 — americanas, 67, 106
— indoeuropeas, 117, 118, 119
—indogermánicas, 134
J — sinotibetanas, 117
— tonales, 105
Jakobson, Román, 68, 69, 78, 79, 84, 99, Leroi-Gourhan, A., 291
119, 122, 127-131, 253, 254, 260, 340, 345, Lestrange, M. de, 314
346 Levy-Bruhl, L., 253, 383
Joos, Martin, 131 Lewin, K., 311
Josselin de Jong, J. P. B., 165, 172, 326 Ling-Shun-Sheng, 291
Josselin de Jong, P. E. de, 170 lingüística, 67-68, 75-134, 208, 230-
Jouvet, Louis, 315 252, 254, 260, 299, 303, 304, 317-322,
Juegos, Teoría de los, 319 325, 336, 339-340, 345, 348, 360, 362,
Jung, C. G., 231 370, 372, 375, 376, 380, 381, 388
—americana, 67
—ge, 140, 154
K — indoeuropea, 67, 99
—keresan, 115, 250
kamayurá, 146 — semítica, 99
kariera, 323 — sinotibetana, 99
ÍNDICE ANALÍTICO Y DE NOMBRES 425
Livi, L., 314 Meillet, Antoine, 77, 260
lógica, 70, 122-124, 230, 252, 270, 305, 309, mekeo, 69
317, 319, 331, 350, 379, 380 Melanesia, 62, 63, 138, 155, 167, 169, 172,
Lounsbury, F. G., 80, 112, 113 178, 183, 289, 341, 354, 368
Lowie, R. H., 53, 58, 83, 84, 85, 138, 140, Mendeleiev, D. I., 99
141, 153, 256, 309, 316, 322, 324, 325, 327- Merleau-Ponty, Maurice, 232
329, 330, 335 mesías, 246, 249
metáfora, 225
metalingüística, 114, 124
M Metraux, Alfred, 162, 293-296
Michelet, J., 64, 232
MacCarthy, F. D., 264 Minangkabau, 170
MacDermott. M., 132 mitades: véase dualista, organización
Madre de los Animales, 238, 248, 293, 296 mitemas, 233-237 .
magia, 62, 149, 177, 195-260, 287-292, 335 mito de Edipo, 235-242
maleficio, 195-196 — de la larga noche, 293
Malinowski, B., 57, 58-64, 67, 86, 167-169, — de la serpiente Lik, 293-296
190, 191, 253, 312, 318, 324, 325, 369 — del muchacho embarazado, 254-256
Mallarmé, S., 132 mitos, 116, 122, 123, 147, 148, 157, 186, 209,
mana, 188 212-227, 290, 293-296, 311, 313, 335-336
mandan, 256-258, 259 — blackfoot, 259
maorí, 269-270, 277-288, 291 — de los indios de la llanura, 242, 247,
máquinas de traducir, 346 257
marajo, 143 — de los indios pueblo,245, 246
Martius, C. F. Ph. von, 140 — del sudoeste de los Estados Unidos,
Marx, Karl, 70, 134, 348, 349, 352, 353, 296
355, 390 — eslavos, 254
marxismo, 319, 343, 347, 351-357 —hopi, 249
masai, 61 — Kwakiutl, 238
Masauwû, 238, 252 — norteamericanos, 238, 242, 246, 248
máscara, 273, 287-292 — pawnee, 254, 256-258, 259, 260
Mason, David I., 131 — winnébago, 246
Maspero, H., 141 —zuñi, 241, 242, 246, 249
mataco, 293 miwok, 105, 106, 186
matemáticas, 97-101, 241, 301, 304, 314, moda, 100, 101, 304
319-320, 332, 343-345, 379, 391 modelo, 123, 251, 252, 300-310, 311, 313,
materialismo histórico, 349, 353-356 319, 320, 323-328, 329-337, 341, 350, 376,
matrilineal, filiación, 55, 75, 83, 85-92, 113, 377
143, 153-163, 172, 178, 308, 329, 331 mogh, 347
matrimonio, 60-63, 117-119, 138, 154, 155, Mojos, llanura de los, 143
159-161, 168, 169, 172, 174-191, 198, 304, mono, 70
305, 315, 316, 317, 319-329 Monpereux, Dubois d e, 86
— asimétrico, 169, 184-187, 189 montesinos, 293
— bilateral, 172 Moreno, J., 311
— matrilateral, 154-156, 331 morfología, 167, 310-317, 324, 346-347
— patrilateral, 154-156, 331 Morgan, Lewis H., 81, 311, 321, 327, 355,
— plural, 156 356
— preferencial, 105, 118, 154, 184, 331, 333 Morgenstern, O., 302, 305, 318, 319, 336
— simétrico, 189 motu, 69
— unilateral, 172 munde, 347
Mauss, Marcel, 53, 59, 75, 77, 139, 188, mundugomor, 85
190, 191, 208, 304, 311, 312, 318, 343, mundurukú. 143
346, 355, 369, 376 Murdock, G. P., 321, 325-328, 331, 344, 368
mayas, 143, 296 Murie, J. R., 256, 258
Mead, Margaret, 63, 85, 324, 330 Murngin, 320, 325-327, 356
mecánica, 305-309, 310, 319, 320, 328, 336 museos, 385-388
mediador, 181, 242-249 Muyingwû 238, 250
medida, 304, 305, 344, 345
426 ANTROPOLOGÍA ESTRUCTURAL
N poligamia, 332
Polinesia, 65, 86, 92, 105, 341
nabo, 257, 259 política, 125, 232, 330, 332, 334, 369, 372,
Nadel, F. F., 335 377, 380
nambikwara, 141, 145, 148-151, 197, 367 Poshaiyanki, Poshaiyanne, 246, 247, 250
narkwa, relación, 156 potlatch, 353-355
naturaleza, 92-95, 123, 133, 145, 146, 317, Pottier, E., 289
318, 324, 326, 328, 340, 368 Pouillon, Jean, 307, 349
navajos, 285 Poverty Point, 174
Negri-Sembilan, 170 prestaciones, 354-355
Neumann, J. von, 301, 302, 305, 318, 319, primitivo, 68, 127, 137-152, 252, 263, 269,
320, 336 305, 347, 352, 354, 360, 373, 377, 384,
Newekwe, 243 387, 388
Nimuendaju, Curt, 140, 150, 153, 154, 161, progreso, 252, 306, 349 -357
167, 179 Prostov, Eugène, 269
Nordenskiüld, Erland, 211, 212, 214, 215 pshav, 86
norma, 303, 304 psicoanálisis, 206-210, 221, 227, 230, 306,
Nueva Guinea, 63, 69, 87, 138, 289 326, 384, 385
psicología, 107, 112, 120, 131, 190, 195 -227,
270, 312, 329, 349, 356, 372, 380, 381, 384
O psicopatía, 208, 226
psicosomáticas, perturbaciones, 205, 206
Oliver, Douglas L., 88 pueblo, indios, 54, 115, 238, 242, 245, 246,
omaha, 105, 106, 114, 258, 325 247, 289, 313, 321, 335
oneida, 113
Opler, M. E., 82
orden, 333-337, 347, 390 Q
Orellana, F. de, 142, 143
organización social, 119, 137-191, 277, 291, Queiroz, María Isaura Pereira de, 147
300, 308, 327, 333-336, 369 Quesalid, 202-207
Osgood, C. E., 112
R
P
Radcliffe-Brown, A. R., 82, 83, 84-86, 93-
Paget, Sir R. A., 231 94, 190, 191, 309, 316, 323 -325, 326, 328
pájaros, 141, 246, 247, 255, 258, 269 329, 331, 334, 335, 340, 344, 369, 370, 377
palikur, 143 Radin, Paul, 144, 166, 167, 168, 246, 335
papúa, 351 ramkokamekran, 140, 141
Paraguay, 277-278 rank-size law, 315
parentesco, sistemas de, 77-120, 122, 138, Rapoport, A., 332
169, 257, 300, 315, 317, 337, 352, 354-356, Ratzel, F., 55
377 redundancia, 253, 320
parintintin, 143 reglas, 70, 317-321
Parsons, E. C., 242, 244, 248, 321 Reichard, Gladys A., 131, 289, 335
parto, 211-227, 254-257 relaciones sociales, 300-301, 310, 316, 323,
patología, 195-227 324, 369, 390
patrilineal, filiación, 55, 75, 84, 85-92, 143, relativismo, 349-357
153-163, 178, 308, 331 religión, 168, 169, 173, 177, 195-260, 287-
pawnee, 183, 254-258, 259, 260 . 292, 309, 322, 335, 336, 349, 351, 362,
peces, 272, 275, 293-296 383
pecking order, 250, 332-333 repetición, 251-252
Pentescostés, 159 Revel, Jean-Francois, 353-357
pigmeos, 139 Richardson, J., 100, 304
pilagá, 293, 296 Rimbaud, A., 225
pipa, 254, 257 rito y ritual, 195, 211-227, 246, 253-260
Pirenne, H., 64 314, 322
poesía, 132, 233 — blacfoot, 257
ÍNDICE ANALÍTICO Y DE NOMBRES 427
— hako, 250-260 Sófocles, 240
— hidatsa, 257, 258, 259 Soustelle, Jacques, 346
— mandan, 257, 258, 259 Spencer, H., 339, 340
— pawnee, 183, 256 Spier, L., 53
— pueblo, 245, 246 split representation, 280, 281, 287
— Shalako, 249, 250 Stanner, W. E. H., 138
Rivers, W. H. R., 56, 78, 83, 92, 190, 191 Star-husband, 247, 257
Rivet, Paul, 56 Steinen, K. Von Den, 143, 144, 146
rocío, 248 Stevenson, M. C., 199, 242, 244, 321
Robinson, Maxime, 347-353, 356 suicidio, 306
Roes, Anna, 289 Sutter, J., 315, 378
Rose, H. J., 75 Swanton, John R., 276, 282
Rousseau, Jean-Jacques, 299 . Swellenbrebel, J. L., 178
Rout, E. A., 282
Rubel, M., 353
T
S Tabah, L., 315, 378
tapirapé, 143, 161
Sapir, E., 124 tapuya, 140, 146
Sartre, Jean-Paul, 376 tatuaje, 278-280
Saussure, Ferdinand de, 67, 77, 231 Tax, Sol, 79, 153
Saussure, Raymond de, 211 . Teissier, G., 101
Schneider, D. M., 331, 332 Teit, James, 229
Schrader, O., 75 tembé, 143
Sechehaye, M. A., 223 tereno, 143
Seligman, C. G., 69, 138 termodinámica, 306, 308, 336
selva-sabana, oposición, 140-152, 197 Tewa, 248
semántica, 129-134, 208, 257, 377, 380 Thompson, D, F., 82
Sergi, S., 371 Thompson, G., 75
shamán, 202-227, 254, 335 Tiahuanaco, 141, 167
Shang, 263, 272, 279, 288, 292 Tiamoni, 250
Shannon C., 305 tiempo, 64, 114-117, 227, 232-235, 249, 251,
sherente, 140, 147, 153, 154, 155, 156, 159- 252, 279, 307-309, 310-317, 322, 323, 335,
162, 175 352, 353, 371, 375
Shumaikoli, 238 timbirá, 161, 175, 177, 179, 185
significado y significante, 129-134. 208-210, tío materno, 76, 83-95, 156, 157, 331
224, 231-252, 260, 287, 376, 377, 384 tipo, 340, 341
simbolismo, 68, 94, 129, 133, 134, 178, 182, Tirawa, 258
183, 189, 207, 208-210, 211-227, 230-252, Tizón, 268
257-260, 263-292, 318, 379 tlingit, 355
Simiand, F., 49, 50 toba, 293
simpático, sistema nervioso, 195-196 tonga, 86, 88
Simpson, G. G., 309 topología, 131, 305, 311
sincretismo, 142, 296 totemismo, 53, 275, 287, 288
sinestesia, 130, 131 traumatismo, 251
sinotibetano, 99, 105, 117, 118, 119 trickster, 246-249
sioux, 167, 174, 296, 346 tripartita, organización, 156, 157, 162, 165-
sirionó, 145 191
sistema, noción de, 301, 324, 325 Trobriand, 62, 86, 8 8, 89, 93, 167, 169
— de denominaciones, 81-84, 154,155, 158- Trubetzkoy, N., 67, 76-78, 127, 260, 340
161, 323, 330-334 Tsiakish, 238
siuai, 87, 88 Tsimshian, 271, 272
skidi pawnee, 256 tugare, 177, 178, 182
sociedad global, 125, 340-347 tukuna, 143
sociología, 49-51, 307-309, 353, 354, 355, 356, tupí-rawahib, 143, 347, 356
359-361, 369, 372-374, 380, 383 tupíes, 140, 141, 146, 150
sociometría 311 Tylor, E. B., 51, 52, 66, 110, 229, 327, 368
428 ANTROPOLOGÍA ESTRUCTURAL
U Wiener, N., 97-99, 305, 378, 379
Wik Monkan, 82
ufuapie, relación de, 69 Williams, F. E., 87, 155
Wilson: véase Hunter-Wilson
winnébago, 149-170, 176, 183-185, 187-190,
V 246
wintu, 206
Varagnac, A., 371 Wittfogel, K. A., 335
Vega, Garcilaso de la, 141 Wouden, F. A. E. Van, 172
vilela, 293
Voth, H. R., 238, 321
Y
W Yacovleff, 296
Yetts, W. Perceval, 273, 290, 291
Warner, W. Lloyd, 79, 81, 325, 326 Yngve, V. H., 346
Wassen, Henry, 211, 212, 213, 215, yokut, 70
216, 218, 220
Waterbury, Florence, 287
Weaver, V., 305 Z
Werth, Elizabeth, 131
Westermarck, E., 332 zia, 246
Weydemeyer, J., 352 zulúes, 72
White, Leslie A., 51, 308 zuñi, 116, 199, 241, 242, 244, 246 -249, 311,
Whorf, Benjamin L., 114, 124 322
También publicado por Paidós
TRISTES TRÓPICOS
CLAUDE LÉVI-STRAUSS
Más que un libro de viajes, el presente texto es un libro sobre los
viajes, sobre cómo y por qué puede llegar alguien a hacerse
etnólogo, y sobre el modo en que se integran las aven turas del
explorador y las investigaciones del científico hasta llegar a formar
la experiencia propia del etnólogo. El autor —etnólogo, sí, pero
también filósofo y moralista— trata de analizar estas cuestiones
cotejando sus recuerdos, a veces lejanos, y proponiendo un
recorrido entre Asia y América, que no renuncie a los pintorescos
detalles que ofrecen —por ejemplo— las sociedades indígenas del
Brasil, pero que a la vez los sitúe en una perspectiva más amplía: en
el marco de una autobiografía, intelectual que examine las
relaciones entre el viejo y el nuevo mundo, que defina el lugar del
hombre en la naturaleza y que clarifique el significado de la
civilización y del progreso. Lévi-Strauss —de quien el lector podrá
encontrar otros títulos en Paidós, como Las estructuras elementales
del parentesco o La alfarera celosa— quiere entroncar de este modo
con la tradición del viaje filosófico ilustrado por la literatura desde el
siglo XVI hasta mediados del XIX, es decir, antes de que una
austeridad mal entendida, por una parte, y el gusto impúdico del
sensacionalismo, por otra parte, hicieran olvidar que la gente recorre
el mundo, ante todo, en busca de sí misma. Claude Lévi-Strauss
fue nombrado en 1950 director de la Escuela de Altos Estudios de
La Sorbona, y en 1959 obtuvo la cátedra de Antropología Social del
Colegio de Francia.









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