Vida y obra de Sigmund Freud - Tomo III | ERNEST JONES

| quarta-feira, 21 de outubro de 2009
Los años que siguieron a la guerra fueron extremadamente
duros. Todas las cosas habían quedado
como paralizadas en Viena, y la vida se hacía allí
apenas soportable. La monótona dieta de sopa de
legumbres estaba muy lejos de





Vida y obra
de Sigmund Freud
EDICIÓN ABREVIADA A CARGO DE
LIONEL TRILLING Y STEVEN MARCUS
TOMO III
f^
EDITORIAL ANAGRAMA
BARCELONA
Tittdo de la edición original:
The Life and Work of Sigmund Freud
Edited and abridged by Lionel TriUing and Steven Marcus
© Basic Books Publishing Co., Inc.
Nueva York, 1961
Traducción:
Dr. Mario Carlisky y José Cano Tembleque
(Excepto en los fragmentos debidos a Lionel Trilling y Steve Marcus,
se ha utilizado la traducción del Dr. Mario Carlisky de la edición
íntegra de esta obra publicada por la Biblioteca de psicoanálisis de
la Asociación Psicoanalítica Argentina, Editorial Nova, Buenos Aires.)
Cubierta:
Toni Miserachs
© ERNEST JONES, 1953, 1955, 1957
© EDITORIAL ANAGRAMA
Calle de la Cruz, 44
Barcelona -17
Depósito Legal: B. 37473-1970 (III)
GRÁFICAS DIAMANTE - Zamora, 83 - Barcelona, 5
I
EL REENCUENTRO
(1919-1920)
Los años que siguieron a la guerra fueron extremadamente
duros. Todas las cosas habían quedado
como paralizadas en Viena, y la vida se hacía allí
apenas soportable. La monótona dieta de sopa de
legumbres estaba muy lejos de ser un alimento adecuado
y los tormentos del hambre eran continuos.
Los inviernos de 1918-19 y 1919-20, con las habitaciones
completamente sin calefacción y débilmente
iluminadas, fueron los peores. Se necesitaba una
gran fortaleza de ánimo para mantenerse inmóvil
durante hora y horas, con los pacientes, con ese
frío mortal, por más que se hallara equipado con
un abrigo y gruesos guantes. Luego venía la noche,
y Freud tenía que atender a su correspondencia,
corregir numerosas pruebas de imprenta de las
nuevas ediciones de sus libros y de las revistas cuya
responsabilidad pesaba sobre él. Todo esto con los
dedos agarrotados de frío. Y aún le quedaba la energía
necesaria para ocuparse de nuevas ideas y escribir
nuevos trabajos.
A todas estas inevitables dificultades se agregaban
numerosos motivos de ansiedad. Pasaron meses
hasta que pudo recibir noticias de su hijo mayor,
prisionero de guerra en Italia. Por un par de años
tuvo la preocupación de que sus hijos hallaran trabajo
—uno de ellos todavía estudiante— y tenía
que ocuparse no solamente de ellos sino también
de su yerno de Hamburgo, amén de otros miembros
de su familia y diversos amigos. La situación económica
en Austria no podía ser más sombría y no
eran más promisorias tampoco las perspectivas del
futuro. La situación financiera muy seria y más precario
aún su futuro. Sus ingresos no podían seguir
el ritmo del constante aumento de los precios, y se
vio forzado a acudir a sus ahorros. En octubre de
1919 calculaba que éstos habrían de alcanzar todavía
para unos dieciocho meses, pero esto partiendo de
la hipótesis optimista de que la inflación no seguiría
progresando. Terminó por consumir sus ahorros, que
llegaban a unas 150.000 coronas (cuyo valor entonces
era de £ 6.000), de manera que no le quedaba
nada para la vejez. Pero lo que más ansiedad le producía
era el futuro de su mujer, ante la idea de que
ella habría de sobrevivirle, cosa que realmente ocurrió.
Había asegurado su vida a nombre de ella, por
100.000 coronas (£ 4.000). Se sintió muy satisfecho
a este respecto, pero por obra de la inflación esta
svima llegó pronto a ser insuficiente para pagar un
viaje en automóvil.
Pronto se hizo evidente que la única esperanza
de mantenerse a flote estaba en la posibilidad de
conseguir pacientes norteamericanos o ingleses, que
pagarían con sus divisas, relativamente fuertes. A
principios de octubre de 1919 llegó un médico londinense,
el doctor Forsyth, con el propósito de permanacer
en Viena siete semanas, para aprender algo de
psicoanálisis. Freud lo recibió con mucho agrado,
no sólo por que su llegada representaba un buen
comienzo, sino también por la distinguida personalidad
del visitante, que le produjo considerable impresión.
Al mes siguiente induje a un dentista norteamericano,
que había solicitado mis servicios, a
desafiar los rigores de la vida en Viena. Iba a abonar
honorarios bajos, cinco dólares, pero Freud hizo
la observación de que era justo que pagara solamente
la mitad de la tarifa, ya que era sólo americano
a medias; su otra mitad era de judío húngaro. En
marzo del año siguiente pude enviarle un inglés que
le pagaba una guinea por sesión. Freud me refirió
que sin estos dos pacientes no habría podido arreglarse.
Y le hizo esta pregunta a Ferenczi: «¿Qué
sería de mí si Jones no hubiera podido mandarme
más pacientes?» A fines de año, sin embargo, este
aflujo se hizo constante. Analistas principiantes, primeramente
de Inglaterra y luego de Estados Unidos,
comenzaron a venir para aprender su técnica, y con
esto ya tenía tarea más que suficiente. Esto condujo,
empero, a otra dificultad. Freud encontraba
difícil el seguir los diferentes acentos de sus discípulos
y se quejaba amargamente de que el inglés
no era hablado con la clara pronunciación a que lo
había acostumbrado la gente del Continente. Al cabo
de seis horas de esfuerzo con estos pacientes, quedaba
completamente exhausto.
A pesar de varias ofertas que le fueron hechas,
Freud no llegó a pensar seriamente, en ningún momento,
en emigrar. Al instarle yo que viniera a Inglaterra
me dio la misma respuesta que más tarde
daría, en 1938: «Permaneceré en mi puesto todo el
tiempo que razonablemente me sea posible». Un
poco antes de esto, sin embargo, había estado fantaseando
con la idea de disponer de Inglaterra como
último recurso, ya que escribió a Eitingon lo siguiente
: «Hoy he tomado un profesor para pulir un poco
mi inglés. La situación es aquí de desesperanza y
seguramente continuará así. Confío en que Inglaterra
estará dispuesta a permitir la entrada de ex
enemigos para el día que yo haya gastado mis últimos
ahorros, dentro de unos dieciocho meses. Mis
dos hermanos descansan ya en tierra inglesa; quizá
pueda yo también hallar un lugar allí». Finalmente lo
consiguió.
Los catastróficos acontecimientos ocurridos en
Europa, y sobre todo en Austria, en el curso de estos
dos años, provocaron en Freud un estado de
ánimo de desesperada pero alegre resignación. Los
párrafos que vienen a continuación pertenecen a
cartas escritas con un intervalo de dos semanas.
En una de las primeras cartas que recibí de él después
de la guerra, escribía: «Usted no va a escuchar
quejas. Todavía estoy en pie y no me siento responsable
de porción alguna de la tontería del mundo».
A Ferenczi, que estaba esperando cierto reconocimiento
oficial en Budapest, le escribía en esa misma
época: «Mantenga una actitud reservada. A nosotros
no puede venimos bien ninguna clase de existencia
oficial y necesitamos ser independientes en
todo sentido. Tal vez tengamos razón de decir: Dios
no proteja de nuestros amigos. Hasta ahora nos hemos
librado con éxito de nuestros enemigos. Hay,
además algo que se llama el futuro, en el que nuevamente
encontraremos algún lugar. Estamos, y debemos
mantenernos alejados de toda actitud tendenciosa,
excepto la de investigar y ayudar.
Aproximadamente en la misma época, me escribió:
«No recuerdo época alguna de mi vida en que
ími horizonte se mostrara tan negro, o en todo caso
si lo hubo yo era más joven y no me sentía oprimido
por los achaques del comienzo de la vejez. Yo sé
-que también ustedes lo pasaron mal y tuvieron amargas
experiencias, y siento mucho no tener nada mejor
que informarle ni nada que ofrecer como consuelo.
Cuando nos encontremos, cosa que confío que
será en este año, usted verá que me siento inconmovible
aún y listo para cualquier emergencia, pero
esto sólo en el plano del sentimiento, porque mi razonamiento
se inclina más bien al pesimismo... Estamos
pasando por ima mala época, pero la ciencia
tiene el ingente poder de enderezamos la nuca. Reciba
mis mejores expresiones de cariño y envíe las mejores
noticias que pueda a su viejo amigo Freud».
Edward Bemays, el hijo de Eli, hizo todo lo que
pudo durante esos años en pro de los intereses de
Freud en Estados Unidos. Hallándose en París a comienzos
de 1919, encontró la manera de hacer llegar
a Viena una caja de cigarros habanos, por intermedio
de una misión que se hallaba investigando, sobre
el terreno, las condiciones de vida. Sabía bien que
ningún otro presente habría de ser mejor recibido
que éste por su tío, que no había fumado un buen
cigarro habano durante años. En retribución de esto
Freud le envió un ejemplar de su Introducción al
Psicoanálisis, y Edward no tardó en ofrecerse para
hallar un editor y hacer traducir el libro, cosa que
Freud aceptó sin vacilar. Cuando yo me encontré
con él en el mes de octubre le hablé de nuestro
propio plan de hacer aparecer una versión inglesa
de la obra y de la dificultad que tendríamos para
hallar un editor inglés en caso de que ya hubieran
sido concedidos los derechos de traducción. Hechos
como éste significaron repetidos motivos de malentendido
entre nosotros dos. Inmediatamente Freud
telegrafió a Nueva York pidiendo que se detuviera
la traducción, pero ya era tarde. Edward Bemays,
sin pérdida de tiempo, había reunido un grupo de
graduados en la Universidad de Columbia, a quienes
encargó una traducción conjunta, a la vez que convino
con Boni and Liverigh la publicación del libro,
que apareció en la primavera siguiente, bajo el título
de A General Introduction to Psychoanalysis. Freud
se sintió disgustado al comprobar los numerosos
errores y otras deficencias de la traducción, y más
tarde no dejó de expresar su arrepentimiento por
haberla autorizado, a pesar de los derechos de autor
que percibió, de tanta importancia en esa época de
estrechez.
Joan Riviere, entretanto, hizo una cuidadosa traducción
de la obra en 1922, la que apareció con el
título, más correcto, de Introductory Lectures on
Psycho-Anaiysis.
La estrechez económica no fue motivo suficiente
para impedir a Freud que saliera de Viena en la
época de verano, toda vez que había un motivo aparente
para ello. El 15 de julio de 1919 partió de
Bad Gastein (Villa Wassing) en compañía de Mina
Bemays, los dos tenían necesidad de buscar alivio
en la «cura» que allí se ofrecía. Su mujer no estaba
en condiciones de acompañarlo, dado que se estaba
restableciendo, en un sanatorio cercano a Salzburgo,
de las secuelas de la neumonía que había contraído
dos meses antes. Freud esperaba que Ferenczi y yo
nos encontráramos con él allí, pero ninguno de los
dos pudo conseguir el permiso necesario para penetrar
en territorio de Austria. El 12 de julio partió
para Badersee, un hermoso lugar en los Alpes bábaix)
s, a pocas millas de Partenkirchen. Aquí recibió
lá visita de Eitingon. El 9 de septiembre inició el
incómodo viaje a Hamburgo, vía Munich, para ver a
su hija Sophie. Esta resultó ser la última visita que
le hacía, ya que ella falleció apenas cuatro meses
más tarde. En su viaje de regreso, Freud y su espQsa
se encontraron con Abraham y Eitingon en
Berlín, donde pasaron seis horas en la residencia
temporal de Abraham. Regresó a Viena el 24 de
septiembre, y pronto recibió mi visita. Fue nuestro
primer encuentro después de casi cinco años.
Los sucesos que trajo consigo el final de la guerra
volvieron los pensamientos de Freud hacía el
mundo exterior, del cual había estado casi completamente
aislado durante años. La desdichada situación
reinante en Viena, junto con la falta de contacto
con Hungría —donde bien poco antes había
creído ver el centro más prometedor del psicoanálisis—
y la extrema dificultad que encontraba incluso
en comunicarse con Ferenczi, despertaron en él el
ansia de recibir noticias fidedignas acerca del progreso
que había alcanzado su obra en países más
distantes. Su avidez de noticias no hizo más que
acrecentarse con los favorables informes que le enviaba
yo desde el extranjero.
Freud estaba necesitado, ciertamente, de cosas
que levantaran su ánimo, ya que la actitud de la profesión
hacia su obra seguía siendo tan adversa como
antes, tanto en Austria como en Alemania. En las
reuniones celebradas por los neurólogos y alienistas
de Alemania Suroccidental en 1919, 1920 y 1921,
Hoche se ocupó de difamar constantemente a Freud
y sus teorías. Se trataba de «inadmisibles esfuerzos
místicos, ocultos bajo un velo científico». El lenguaje
empleado por Kretschmer era similar a éste.
En los años que siguieron inmediatamente a la
guerra mundial se habló mucho de Freud y de sus
teorías en los círculos intelectuales ingleses. Podría
notarse, en efecto, un verdadero auge y hasta una
especie de culto de sus doctrinas, cosa que de ningún
modo podía satisfacer a los verdaderos estudiosos
de las mismas. Hicimos entonces todo lo que
pudimos para limitamos a nuestra labor científica,
aun a costa de vemos motejados de sectarios o ermitaños.
La Sociedad Psicoanalítica Británica fue organizada
en febrero de 1919, con veinte miembros.
El cambio de la palabra Londres por «Británica»
siguió a una proposición que yo hice para todas las
Sociedades Psicoanáliticas, de modo que la de Berlín
se llamó «Alemana», la de Budapest se convirtió
en «Húngara» y así sucesivamente. La Sociedad Psicológica
Británica estaba sufriendo al mismo tiempo
una amplia transformación. Flugel era Secretario
del Consejo que la estaba llevando a cabo, y yo el
Presidente, una de las consecuencias fue la creación
de una Sección Médica especial, que se convirtió en
un centro invalorable de discusión de nuestras ideas
con otros psicólogos médicos. Con objeto de acrecentar
su prestigio, logramos que W. H. R. Rivers,
el distinguido antropólogo, fuera su primer Presidente.
Los otros siete miembros del Consejo seguían
siendo psicoanalistas, tal como ocurrió más tarde
con muchos otros dirigentes de la entidad.
Por más que tanto Freud como yo estábamos ansiosos
por restablecer contacto personal, las dificultades
que se oponían a ello eran poco menos que
insuperables. Las autoridades procedían como si el
peligro de una nueva guerra iniciada por Alemania
fpera inminente —^habrían de transcurrir para ello
veinte años— y se mostraban extremadamente suspicaces
en cuanto a los motivos que pudiera tener
cualquier ciudadano para hacer un viaje al exterior.
Las autoridades francesas eran aún más difíciles de
persuadir. Llegué, con todo, a Berna el 15 de marzo
de 1919 y allí me encontré con Otto Rank. Hans
Sachs llegó dos días más tarde.
• Un mes antes, Sachs había escrito a Freud desde
Davos, anunciándole su decisión de cambiar su profesión
de abogado por la de psicoanalista, que estaba
dispuesto a ejercer. Toda perspectiva de reiniciar
con éxito su anterior profesión en Viena, en medio
del colapso general, era más que sombría.
El notable cambio que los años de la guerra habían
provocado en Rank, me produjo un extraordinario
asombro. La última vez que lo vi era un
joven endeble, tímido y reverente, muy afecto al
clásico saludo de juntar los talones e inclinarse profundamente.
Ahora tenía ante mí a un hombre de
rígida apostura, de gesto rudo y aire señorial, y cuyo
primer ademán fue el de colocar sobre la mesa tm
enorme revólver. Cuando le pregunté qué se proponía
con eso, me contestó con aire de negligencia:
«Für alie Falle» (para cualquier eventualidad). ¿Cómo
había logrado pasarlo por la frontera, a pesar
'de la revisación aduanera? Cuando el oficial le señaló
el enorme bulto que llevaba en el bolsillo. Rank
contestó con toda calma: «pan». La transformación
había coincidido con el hecho de reanudar su trabajo
en Viena después de los años pasados en Cracovia.
En ese momento sus amigos de Viena consideraban
que su actitud podía ser consecuencia de
su reciente casamiento, pero más tarde se hizo evidente
que no podía ser otra cosa que una reacción
15
hipomaníaca a los tres graves ataques de melancolía
que había sufrido durante su permanencia en Cracovia.
Ignotus, de Budapest, amigo de Ferenczi y de
Freud, presidía una delegación húngara en Berna
que en vano estaba procurando lograr contacto con
las autoridades de la Entente, y no había manera
de convencerle de que los primeros civiles británicos
que abandonaron el país después de la guerra no
podían tener una gran influencia en el sentido de
obtener mejores condiciones de paz para Hungría.
Sus esperanzas fracasaron rotundamente, y un día
antes de separarme de él recibimos noticias de la
Revolución bolchevique de Bela Kun en Hungría,
que inmediatamente disolvió la delegación. Este
cambio político afectó a Freud en dos sentidos. Durante
cinco meses resultó apenas posible recibir
una palabra de Ferenczi, cosa que no dejaba de ser
una fuente de considerable ansiedad. Por otra parte,
los bolcheviques —que no habían descubierto todavía
que el psicoanálisis era ima desviación burguesa
para inventar la cual Freud había sido sobornado
por los capitalistas, en su lucha contra Marx— favorecieron
hasta cierto punto el movimiento y pusieron
a Ferenczi como primer profesor de psicoanálisis
en la Universidad. Rado tenía cierta influencia
con los nuevos dueños de la situación y fue él
quien lo había conseguido. Róheim había sido designado
profesor de antropología un par de semanas
antes. Ferenczi habría de pagar bien cara esta incauta
aceptación de tal honor. Luego que los rumanos
penetraron en Budapest, en el mes de agosto, el régimen
reaccionario que se implantó fue violentamente
antisemita y por largo tiempo Ferenczi tuvo
temor de mostrarse en las calles de la ciudad. Para
1 / :
gran pesar suyo fue expulsado incluso de la Sociedad
Médica de Budapest, y el hecho de que él era la
única persona que podía negociar con las autoridades
todo lo referente a la donación de von Freund
resultó un obstáculo fatal. Para Freud esto constituyó
una profunda decepción.
El 22 de marzo después de pasar un par de días
en Lucerna, partimos los tres a Zurich y el 24 de
marzo de 1919 tuvimos ocasión de hablar ante la
recién constituida Sociedad Psicoanalítica Suiza, que
sustituía a la que antes de la guerra era dirigida por
Jung. Pasamos un par de días en Neuchatel y yo me
separé de mis amigos el 28 de marzo. El Consejo de
la nueva Sociedad Suiza estaba compuesto por Binswanger.
Morel, Oberholzer, Pfister y Rorschach.
Me las arreglé para volver de nuevo a Suiza en el
mes de agosto, acompañado por mi asistente Bric
Hille. Nos encontramos con Sachs en Basilea, el
25 de agosto. No se podía pensar en obtener un permiso
para viajar a Garmisch, en Alemania, localidad
cercana al lugar en que estaba pasando sus vacaciones
Freud, pero tuve más suerte con el embajador
austríaco en Berna. En esa su disciplente manera
aristocrática nos expresó su sorpresa de que hubiera
alguien capaz de querer ir a vm lugar tan desdichado
y maltrecho como Viena, pero, luego de agregar
«es cuestión de gustos», ya no hizo ninguna objeción,
como no la hicieron tampoco las autoridades
suizas. De este modo pudimos partir Hiller y yo.
No nos llevó mucho tiempo el confirmar la exactitud
de los indicios consignados por Freud en sus cartas
acerca de la desoladora situación de su país. Bastaba
para ello ver el aspecto demacrado y hambriento
de los funcionarios, y no puedo dejar de recordar
tampoco los vanos esfuerzos de los demacrados pe-
17
rros para arrastrarse hasta el alimento que yo les
arrojaba. Fuimos los primeros civiles extranjeros
llegados a Viena y se nos recibió con gran alegría
en el Hotel Regina, donde paraban siempre los analistas
que visitaban la ciudad. Encontré a Freud un
poco más canoso y bastante más delgado que antes
de la guerra. Ya nunca más recuperó su antiguo aspecto.
Pero su inteligencia no había perdido nada de
su acostumbrada agudeza. Se mostraba tan cálidamente
amistoso y alegre como siempre, tanto que
costaba pensar que no nos habíamos visto durante
casi seis años. No alcanzamos a estar reunidos mucho
tiempo cuando irrumpió Ferenczi en la habitación
y, para gran asombro mío, nos besó efusivamente
a ambos en la mejilla. No había visto a Freud
por espacio de más de un año. Mantuvimos desde
ese momento numerosas conversaciones para informamos
mutuamente de todo lo que nos había ocurrido
durante esos años. Hubo, naturalmente, comentarios
sobre los amplios cambios operados en la
situación de Europa, y Freud me sorprendió no poco
al decir que había mantenido recientemente una
entrevista con un fogoso comunista, quien lo había
convertido «a medias» al bolchevismo, como entonces
se decía. Le habían dicho que el advenimiento
del bolchevismo daría por resultado algunos años
de miseria y caos, que serían seguidos luego por una
era de paz universal, prosperidad y felicidad. Y agregaba
Freud: «Le dije que creía en la primera mitad
de la predicción».
Tenía cosas muy duras que decir acerca del Presidente
Wilson, cuya visión de una Europa amistosa,
basada en la justicia, se estaba convirtiendo rápidamente
en una simple ilusión. Cuando yo señalé
la complejidad de las fuerzas que intervienen en la
18
concertación de un tratado de paz y que éste no poáía
ser dictado por un solo hombre, replicó: «No
debían haber hecho, entonces, tales promesas».
, Inmediatamente se le hizo evidente a Freud que
lo que él denominaba «el centro de gravedad del
psicoanálisis» habría de ser trasladado al oeste. Propuso
entonces a Ferenczi que me transfiriera la Presidencia
provisoria de la Asociación Internacional
que el Congreso de Budapest le había conferido durante
la guerra. Ferenczi se avino a ello de buen
grado, pero años después llegó a lamentar profundamente
el hecho de que nunca hubiera sido llamado
nuevamente a ejercer esa función, y por mi parte
tuve buenas razones, más tarde, para pensar que me
guardaba un resentimiento irracional por haber tenido
que ocupar su lugar. Freud observó en esta ocasión
: «Cabe esperar que esta vez hemos dado con el
hombre más indicado», confiando evidentemente en
que mi gestión en ese cargo habría de ser duradera.
Desgraciadamente para mí hubo ocasiones, más tarde,
en que Freud ya no fue de esa opinión.
Fue durante esa reunión en Viena que Freud nos
sugirió invitar a Eitingon a formar parte del «Comité
». Consentimos en ello inmediatamente, y Abraham
fue comisionado para conseguir la conformidad
de Eitingon. El anillo, la necesaria insignia, le fue
impuesto unos meses más tarde. En mayo de 1920
FVeud le entregó a su hija Ana otro anillo igual. Las
únicas mujeres que, aparte de Ana, fueron objeto de
la misma distinción, fueron Lou Salomé, Marie Bonaparte
y mi esposa.
En octubre de 1919, recibió Freud el título de
Profesor de la Universidad. Dijo que se trataba de
un «título hueco», ya que no implicaba participación
alguna en el Consejo de la Facultad. Pero tampoco
significó, por suerte, ninguna responsabilidad docente.
La fatalidad reserva a Freud, en el primer mes de
1920, dos serios golpes; uno para el que estaba preparado,
aunque no resignado; el otro absolutamente
inesperado. El primero la muerte de Toni (Anton)
von Freund. A continuación de una operación de
sarcoma que sufrió a la edad de treinta y nueve años
von Freund contrajo una grave neurosis que fue
tratado con éxito por Freud en los años 1918-19.
Pero en marzo de este último año comenzaron a
aparecer signos sospechosos de una reaparición
del sarcoma en el abdomen, y durante meses sus
amigos fluctuaron entre la esperanza y el temor.
Pero una exploración posterior dio por resultado el
desvanecimiento de toda duda acerca del siniestro
diagnóstico, y el estado del paciente comenzó a empeorar
rápidamente. En diciembre Abraham, que
había conocido a von Freund en la época del Congreso
de Budapest, preguntó a Freud si aquél estaba
enterado del rápido desenlace que se esperaba, a
objeto de saber en qué términos debería escribirle.
Freud le contestó que el enfermo lo sabía todo y que
incluso había dado orden de que el anillo que Freud
le había entregado fuera devuelto después de su
muerte, con objeto de ser pasado a Eitingon. Como
su mujer, llegado el momento, reclamó el anillo,
Freud entregó a Eitingon el que él mismo había llevado
hasta entonces. Freud había estado visitando al
enfermo diariamente e hizo todo lo que pudo para
aliviarle la situación. El fallecimiento se produjo el
20 de enero de 1920, y Freud destacó que von Freund
había muerto heroicamente, sin avergonzar al psicoanálisis.
Freud le había tenido un especial cariño.
y su fallecimiento fue para él un serio golpe. Decía
que era uno de los motivos de su envejecimiento.
Apenas tres días más tarde, la noche misma del
día en que fue enterrado von Freund, llegó la noticia
de la grave enfermedad de Sophie, la hermosa hija
de Freud, a quien llamaban «la criatura primorosa»,
en Hamburgo, donde residía. Se trataba de la neumonía
gripal que ese año constituía una verdadera
ppidemia. No había trenes de Viena a Alemania, de
modo que no había posibilidad de dirigirse allá. Dos
de sus hermanos, Oliver y Ernst, que se hallaban en
Berlín, hicieron el viaje a Hamburgo, acompañados
de Eitingon, pero llegaron después de su fallecimiento.
Dos días después, el 25 de enero, un telegrsima
anunciaba la desgracia. No había pasado los 26 años,
había estado gozando de perfecta salud y felicidad
y dejó dos chicos, uno de ellos apenas de trece meses.
La noticia cayó como un rayo en un día sin
nubes. Al día siguiente me escribía Freud: «El pobre
—o afortunado— Toni Freund fue enterrado el jueves
pasado, el 22 de este mes. Lamento oír que ahora
le toque al padre de usted', pero a todos nos llegará
el turno y ahora me pregunto cuándo será el mío.
Ayer he pasado por algo que me hace desear que
ese día no tarde en llegar». Un día después escribía
a Pfister: «Fue barrida de este mundo como si nunca
hubiera existido». Al informar a Ferenczi lo ocurrido,
agregaba: «¿Y nosotros? Mi mujer está completamente
anonadada. Por mi parte, pienso: La
séance continue. Pero ha sido un poco demasiado
para una sola semana». Debajo de este estoicismo,
Freud era capaz de alimentar una emoción profunda,
si bien controlada. Escribiendo poco después a
1. Le acababa de comunicar que mi padre se estaba muriendo.
Eitingon, quien, como de costumbre, se mostró tan
servicial como le fue posible, describía su propia
reacción: «No sé qué más se puede decir. Es un hecho
de efecto tan paralizante, que no puede inspirar
reflexión alguna a quien no es un creyente, cosa
que le evitaría a imo todos los conflictos consiguientes.
Cruda fatalidad, muda sumisión».
Ferenczi se sintió muy preocupado de las consecuencias
que podría tener en el ánimo de Freud este
terrible golpe. Freud lo tranquilizó con estas patéticas
líneas:
No se intranquilice por mí. Sigo siendo el mismo
de siempre, aunque con im poco más de cansancio, con
todo lo doloroso que fue el fatal acontecimiento, no ha
sido capaz de trastocar mi actitud frente a la vida.
Durante años he vivido preparado a sufrir la pérdida
de mis hijos varones '^. Ahora viene la de mi hija. Siendo
como soy profundamente antirreligioso no tengo a quien
acusar y sé que no hay tampoco a quien recurrir en
queja. «Des Dienstes ewig gleichgesíellte Uhr»" y «Des
Daseins süsse Gewohnheit»' ya se encargarán de que
las cosas continúen como antes. Muy adentro, muy en
lo profundo, advierto el impacto de una honda herida
narcisística, que ya no podrá ser curada. Mi mujer y
Anita han sufrido una conmoción terrible, en un sentido
que diríamos más humano.
Cuando un par de semanas más tarde yo informaba
a Freud sobre el fallecimiento de mi padre, me
replicó: «De modo que su padre ya no tendrá que
seguir sufriendo, a la espera de ser devorado paulatinamente
por el cáncer, como el pobre Freund.
1. En la guerra.
2. "El círculo invariable de los deberes del soldado", de Die Piccolomini,
de Schiller, Acto I, Esc. 4.
3. "El dulce hábito de vivir", de Egmont, de Goethe, Acto V, Esc. 3.
jQué suerte para él! Pero pronto podrá darse cuenta
usted de lo que esto significa para usted mismo. Yo
tenía más o menos la misma edad que usted cuando
falleció mi padre (43) y el hecho revolucionó mi
alma».
Pero la vida tenía que proseguir su curso. La
cosa que inmediatamente monopolizó el interés de
Freud fue la inauguración, el 14 de febrero de 1920,
del Póliclínico de Berlín. Este hecho convirtió a Berlín,
en su opinión, en el más importante de los cen-
„tros psicoanalíticos. Lo que hizo posible tal fundación
fue la generosidad.de Eitingon. Ernst Freud,
por su parte, dispuso de tal modo la distribución
de las diferentes dependencias del edificio que mereció
el elogio de todos. Había allí, por supuesto, ima
biblioteca para la investigación y se estaban trazando
planes para la creación de un Instituto Didáctico.
Fue el primero, y por mucho tiempo el más famoso
de los establecimientos de ésta índole. En verano
vino Hanns Sachs de Suiza a Berlín para colaborar
en la enseñanza, y poco después se le unió, para ayudarle,
Th. Reik, de Viena.
Los miembros de la sociedad de Viena, naturalmente,
no querían quedar atrás, y surgió el proyecto
de establecer una clínica similar con carácter de Departamento
dependiente del Hospital General. Freud
se opuso mucho a esta idea. Las razones que para
ello dio a Abraham eran de que por su parte no podría
dedicarle tiempo y que en este caso no se sabría
a quién, entre los miembros de la Sociedad, podría
confiar la dirección del Instituto. Pero a Ferenczi le
confesó que no creía que Viena fuera vm centro adecuado
para el psicoanálisis, de modo que no correspondía
que se creara tampoco una Clínica. «Un cuervo
no puede vestir camisa blanca». Pero la necesidad
23
de un establecimiento de esa índole era innegable,
y con el nombre de Ambulatorium éste fue inaugurado
el 22 de mayo de 1922.
Freud intercambiaba correspondencia, de vez en
cuando, con Havelock Ellis, a quien a menudo enviaba
algunos de sus libros. Pero le causó desagrado
un artículo que Ellis había escrito durante la guerra
y que acababa de llegar a su conocimiento. Ellis
sostenía en el mismo que Freud era un artista, no
un hombre de ciencia. Para Freud esto constituía
«una forma muy sublimada de resistencia». En la
carta que me escribió calificaba el ensayo de Ellis
como «la forma más refinada y amistosa de resistencia,
y al considerarme un gran artista lo hacía para
restar validez a nuestras pretensiones científicas».
Al finalizar la guerra se oyeron numerosas y amargas
quejas acerca de la forma ruda, e incluso cruel,
con que los médicos militares austríacos habían tratado
a los afectados por neurosis de guerra, especialmente
en la Sección de psiquiatría del Hospital
General de Viena, que dirigía el profesor Wagner-
Jauregg. A comienzos de 1920 las autoridades militares
austríacas designaron una Comisión especial encargada
de investigar la cuestión, y Freud y Raimann
(el ayudante de Jauregg) fueron invitados a preparar
sendos informes al respecto. Esto prueba, de
paso, la jerarquía científica que a los ojos de las
autoridades de Viena había alcanzado Freud. El memorándum
llevaba como título «Memorándum sobre
el tratamiento eléctrico de los neuróticos de guerra».
Freud comenzaba señalando las dos opiniones vigentes
en el seno de la profesión médica acerca de
la naturaleza de las neurosis traumáticas causadas
por accidentes ferroviarios, o de otra índole. Algunos
sostenían, en efecto, que eran debidas a diminutas
24
lesiones del sistema nervioso, aunque la existencia
de las mismas no pudiera ser demostrada, mientras
que para otros no serían más que perturbaciones
funcionales: el sistema nervioso seguía intacto. La
experiencia de la guerra, especialmente la de las
neurosis de guerra producidas lejos del frente y sin
que mediara un trauma tal como la explosión de
bombas, decidieron la cuestión en favor de esta última
opinión.
El psicoanálisis había señalado como origen de
todas las neurosis los conflictos emocionales y era
fácil considerar como causa inmediata, por lo menos,
de las neurosis de guerra, el conflicto entre el
instinto de conservación, con la necesidad consiguiente
de rehuir los peligros del servicio militar,
y los diversos motivos que impedían al individuo
confesar enteramente esto: el sentimiento del deber,
la educación anterior para la obediencia, etc. La terapia
que se había creado para resolver estas situaciones,
antes que en ninguna parte en el ejército alemán,
consistía en la aplicación de un tratamiento
eléctrico, en dosis tales que lo hacían aún más desagradable
que la idea de volver al frente. «En cuanto
a su utilización en las Clínicas de Viena, estoy personalmente
convencido que el progresor Wagner-
Jauregg nunca habría permitido que llegara a
extremarse de modo tal que se convirtiera en un
tratamiento cruel. No puedo asegurar lo mismo en
cuanto a otros médicos a quienes no conozco. La
educación psicológica de los médicos es, en general,
bástante deficiente y muchos de ellos bien pueden
haber olvidado que el paciente que intentaban tratar
como a un simulador en realidad no lo era»...
«Los brillantes éxitos iniciales del tratamiento
con cargas eléctricas poderosas no tuvieron carácter
duradero. Pacientes que se habían logrado restablecer
y enviar de nuevo al frente repetían nuevamente
el cuadro y sufrían una recaída, con lo cual
ganaban por lo menos algún tiempo y evitaban los
peligros inmediatos. Cuando el paciente se hallaba
de nuevamente bajo el fuego, su temor a la carga
eléctrica disminuía, del mismo modo que durante
el tratamiento se había desvanecido su temor al servicio
activo. Por otra parte, el colapso del entusiasmo
popular —en rápido aumento— y el desagrado
cada vez mayor frente a la idea de continuar la guerra,
se hacían sentir cada vez más, de manera que
el tratamiento comenzó a fallar. En tales circunstancias
no faltó quien diera rienda suelta a la característica
predisposición de los alemanes a dar cima
a sus objetivos de una manera absolutamente implacable.
Sucedió algo que nunca debió haber ocurrido
: la intensidad de las cargas eléctricas, así como
la severidad en los otros aspectos del tratamiento,
fueron intensificados a un punto tan insoportable
como para despojar a los neuróticos de guerra de
toda ventaja que pudiera procurarles su enfermedad.
Nadie desmintió jamás que en los hospitales alemanes
hubo casos de fallecimiento en el curso de los
tratamientos y suicidios a continuación de los mismos.
No tengo idea alguna, en cambio, acerca de si
las Clínicas de Viena pasaron por esta fase de la
terapia.»
Debe señalarse que, en opinión de Freud, los casos
de verdadera simulación eran una pequeña minoría.
Este juicio ha sido ampliamente confirmado
por la experiencia ulterior. No pensaban así, por
cierto, la mayoría de los médicos militares. El mismo
Wagner-Jauregg, que aplicaba cargas eléctricas relativamente
suaves cuando el neurótico de guerra
presentaba síntomas de orden físico, tales como temblores,
admitía en su Autobiografía: «Si todos los
simuladores a quien yo he curado en la Clínica, a
menudo con procedimientos bastante duros, se presentaran
para acusarme, seguramente nos encontraríamos
ante un proceso impresionante». Por fortuna
para él, como él mismo decía, la mayor parte de
ellos se hallaba dispersa por lo que había sido antes
el Imperio austro-húngaro y no se podría dar con
ellos, de modo tal que la Comisión se pronunció finalmente
en favor del Director de la Clínica.
A su regreso a Viena, procedente del Congreso
realizado en La Haya en septiembre, Freud se encontró
ante la desagradable tarea de tener que atestiguar
ante la Comisión que estaba investigando
estas quejas acerca del tratamiento de las neurosis
de guerra. Las acusaciones se centraban en el profesor
Wagner-Jauregg, el hombre a quien correspondía
la máxima responsabilidad en el caso. Freud manifestó
que se proponía una conducta tan amistosa
como le fuera posible con Wagner-Jaxiregg, ya que
éste último no era responsable de ningvma de las
cosas que habían ocurrido. En la sesión del 15 de
octubre, presidía la Comisión el profesor Alexander
Loffler, Presidente también de la Comisión Investigadora.
Se hallaban presentes todos los neurólogos
y psiquiatras de Viena, y había sido invitada también
la prensa. Freud leyó primeramente, en voz alta, el
memorándum que había enviado ocho meses antes y
expuso a continuación, en forma tranquila y objetiva,
sus ptmtos de vista, Wagner-Jauregg sostenía que
todos los pacientes con neurosis de guerra eran simples
simuladores y que su experiencia había sido
mucho más amplia que la de Freud, a quien no recurrían
nunca tales enfermos. Freud adujo que admi-
27
tía esa opinión en la medida en que todos los neuróticos,
en cierto sentido, son simuladores, pero sólo
de un modo inconsciente. En esto residía la diferencia
esencial entre los dos puntos de vista. Admitió
también que era difícil la aplicación del psicoanálisis
en tales casos, en tiempo de guerra, para lo cual
ya era un obstáculo los múltiples idiomas hablados
en el ejército austro-húngaro, pero sostenían a la vez
que un conocimiento, de parte de los médicos, de los
principios psicoanalíticos habría resultado más útil
que la terapéutica eléctrica que se adoptó. Señaló
además el conflicto entre el deber del médico que
debe poner por encima de todo el interés de su paciente
y la exigencia, de parte de las autoridades
militares, de preocuparse, ante todo, de reintegrar
a los pacientes al servicio militar, A esto siguió un
agudo debate, durante el cual toda la Comisión se
puso violentamente contra Freud. En el curso del
mismo se dijeron cosas muy duras contra el psicoanálisis,
de modo que, una vez más, se comprobó
que Freud no era profeta en su propia tierra. Más
tarde dijo que la reunión no hizo más que confirmar
su opinión sobre lo insinceros y odiosos que eran
los psiquiatras vieneses.
Hacia esa época llegó a oídos de Freud un rumor,
que había circulado en Estado Unidos durante la
guerra, según el cual las difíciles condiciones de vida
imperantes en Viena lo habían inducido al suicidio.
Hizo el comentario de que esta idea no le parecía
nada amable.
En julio de 1920 hizo Eitingon que un escultor
vienes, Paul Kónigsberger, ejecutara un busto de
Freud. Éste se hallaba demasiado recargado de trabajo,
pero no podía negarle nada a Eintingon. Tal
como ocurre con mucha gente ocupada, le desagra-
28
daban mucho estas largas «poses». Aunque le pareció
que se sentiría fastidiado con el escultor, le
tomó cierto cariño y se formó una alta opinión de
su habilidad. «Me he de sacrificar, pues, en obsequio
de la posteridad». No podía prever, por cierto, cuan
profético habría de resultar este chiste, ya que fue
una réplica de este busto lo que más tarde doné a
la Universidad de Viena, para ser descubierto en
ésta, el 4 de febrero de 1955. Tanto Freud como su
familia se mostraban muy complacidos con el trabajo
logrado: «Da la impresión de una cabeza de Bruto
y produce un efecto muy impresionante». Los
miembros del Comité hicieron una suscripción para
adquirir el original y ofrecérselo a Freud como regalo
en su 65° aniversario, y Eitingon descubrió la
obra, ya terminada, en el aniversario del año siguiente.
Había que buscar entonces un lugar en la casa
de Freud «para el fantasmal y amenazante doble de
él mismo en bronce». Pero, según confesaba, había
caído en la trampa. «Yo creí realmente que Eitingon
lo quería para él. Si no fuera así, yo no hubiera posado
para el busto el año pasado».
Tan pronto como terminó la guerra habíamos comenzado
a hacer cálculos acerca de la posibilidad
de realizar un nuevo Congreso Internacional. El lugar
más adecuado parecía ser un país neutral, y
Holanda era preferible a Suiza a causa de las complicadas
restricciones de los viajes a través de Francia.
En la primavera de 1939 tuve la esperanza de
que podríamos realizar uno en el otoño de ese mismo
año, pero una pequeña investigación de las condiciones
imperantes nos demostró la imposibilidad
de hacerlo así.
El sexto Congreso Psicoanalítico Internacional se
inauguró el 8 de septiembre de 1920 y duró cuatro
días. De los sesenta y dos miembros asistentes había
dos de Estados Unidos (Feigenbaum y Stern) siete
de Austria, quince de Inglaterra, once de Alemania
(entre ellos Groddeck), dieciséis de Holanda (entre
Jelgersma y van Renterghem), tres de Hungría (entre
ellos Melanie Klein), uno ^Polonia y siete de
Suiza. Entre los cincuenta y siete invitados que también
asistieron al Congreso se hallaban Ana Freud,
James Glover y John Rickmen. Freud presentó un
trabajo titulado Complementos a la teoría oníríca.
Planteaba en él tres pvmtos. Uno era la ampliación
de su teoría de la realización de deseos para incluir
en ella aquellos casos en que el deseo no procedía de
la parte del inconsciente que procura el placer sino
de las tendencias autopunitivas de la conciencia. Una
segunda observación, más intranquilizadora, se refería
a incluir en su teoría el hecho de vma repetición
lisa y llana en un sueño, de xma experiencia
traumática. Ésta y otras consideraciones fueron las
que estaban induciéndolo en esa época a sostener
la existencia de una «compulsión a la repetición»,
además del bien conocido principio de placer. El tercer
punto era el rechazo de diversos intentos recientes
de reconocer vaia «tendencia prospectiva» en los
sueños, intentos que a su juicio denotaban ima confusión
entre el contenido manifiesto y el latente de
los sueños.
Otros trabajos que se destacaron fueron: el de
Abraham, El complejo de castración femenino y el
de Ferenczi, Progresos en la técnica activa en psicoanálisis.
Róheim produjo gran impresión al improvisar
una comunicación en inglés sobre el totemismo
en Australia.
En todos sentidos fue éste un Congreso muy positivo
que sirvió de motivo de reunióo a gente labo-
30
riosa que durante años había estado privada de mutuo
contacto. Más tarde escribió Freud que «se sentía
orgulloso del Congreso» y era motivo de congratulación
general el hecho de que fue ésta la
primera oportunidad en que gente de trabajo de países
enemigos se reunían para fines de colaboración
científica.
En oportunidad del Congreso de La Haya tomamos
medidas para consolidar aún más la estructura
interna del «Comité» privado, que ahora pudo reunirse
en pleno por primera vez. Decidimos reemplazar,
por lo menos en parte, la forma irregular de
correspondencia que íbamos manteniendo entre todos
los miembros por una Rundorief (carta circtilar)
que cada imo de los miembros habría de recibir
y que nos mantendría al corriente de los cambiantes
acontecimientos y planes. La primera serie de estas
cartas circulares se inició el 7 de octubre de 1920.
'Al comienzo fue semanal, pero en diferentes épocas
los intervalos fueron de diez días y hasta de una
quincena. Sin embargo, este procedimiento, tendiente
a ahorrar tiempo, no tenía el propósito de suprimir
la correspondencia de carácter más personal, especialmente
con Freud, que en cada caso pudiera
resultar deseable.
En octubre de 1920 Freud, contento por los derechos
de autor que le enviaba su sobrino de Estados
Unidos, le escribió a éste ofreciendo enviar cuatro
artículos para una buena revista de Nueva York.
Serían de carácter popular y Freud proponía que el
primero de ellos llevara el título de No use el psicoanálisis
en polémicas. Bernays recogió inmediata-
-mente la sugestión y entró en tratos con el Cosmopfolitan
Magazine. Ésta ofreció a Freud mil dólares
por el primer artículo, y en caso de obtenerse éxito
le pediría otros mas. En lugar del tema que había
sugerido Freud, proponían varios títulos, tales como
La ubicación psíquica de la mujer en el hogar, La
ubicación psíquica del marido en el hogar, etc. Freud
se sintió ultrajado. El hecho de que la aceptación de
artículos de «un autor bien conceptuado tuviera que
depender de los gustos del gran público y que los
temas a encarar no fueran los que él mismo proponía
», hería su orgullo y dignidad. «De haber tomado
en cuenta desde el comienzo de mi carrera la clase
de consideraciones que mueven a su editor, seguramente
no habría llegado a ser conocido de ningún
modo ni en Estados Unidos ni en Europa». Escribió
a Edward Bemays una carta punzante de rechazo,
pero no puedo dejar de pensar que parte de su indignación
provenía de un ligero sentimiento de vergüenza
por haberse apartado él mismo de sus principios
habituales y haber concebido el propósito de
ganar dinero escribiendo artículos de carácter popular.
Fue la única vez en su vida que llegó a pensar
en un plan como éste.
Un mes más tarde recibía un cable de Bemays
anunciándole que un grupo de personas de Nueva
York le aseguraban la suma de diez mil dólares si
se decidía a permanecer allí seis meses tratando pacientes
por la mañana y dando conferencias por la
tarde. Su respuesta cablegráfica fue simplemente
«No conviene», a la que siguió una extensa carta
que constituía una obra maestra de sagacidad comercial.
Freud calculaba detalladamente los gastos,
que correrían por su cuenta, sin excluir el incremento
en los réditos, etc., y llegaba a la conclusión de
que volvería a Viena agotado y más pobre que antes.
Otro motivo decisivo era el hecho de tener que dar
conferencias en inglés,
32
Más avanzado el ano 1920 la situación económica
de Freud comenzó a dar signos de rehabilitación.
En el mes de noviembre estaba ganando las dos terceras
partes de lo que había ganado antes de la guerra.
Comenzó incluso a acumular una pequeña cantidad
de divisas extranjeras. A este objeto hizo que
yo abriera, en ese verano, una cuenta a mi nombre
en un Banco holandés, a la que él pudiera remitir
parte de los honorarios que recibía de pacientes extranjeros
La editorial que tan importante papel habría de
desempeñar en la vida de Freud de ahí en adelante,
la Internationaler Psychoanalytischer Verlag, fue
fundada en Viena a mediados de enero de 1919.
Constituyó en muchos sentidos una empresa muy
positiva por más que significó para nosotros, durante
años, un motivo de preocupación económica y
llegó a motivar incluso ciertas dificultades personales.
Sus directores eran Freud, Ferenczi, von
Freund y Rank. En septiembre ocupé el lugar de von
Freund, que estaba muriendo lentamente, y en 1921
se agregó al directorio Eitingon. Fue la única oportunidad
en que vi a von Freund, y no olvidaré nunca
la luctuosa expresión con que el hombre condenado
a morir contempló a su sucesor. Rank fue designado
Director-Gerente y pronto ocupó el lugar de ayudante
Th. Reik. El primer libro publicado por la nueva
empresa era de Abraham, Ferenczi, Simmel y yo,
sobre Neurosis de guerra, y apareció en mayo de
1919.
El interés que Freud ponía en el futuro de la Verlag
era, sobre todo, expresión de su poderoso deseo
de independencia. La idea de sentirse completamente
liberado de las condiciones impuestas por los editores,
que siempre lo habían fastidiado, y de poder
publicar los libros que quería y cuando se le ocurriera
hacerlo, ejercía una poderosa atracción sobre
este aspecto de su carácter. La existencia de una Editorial
propia daría, además, una mayor seguridad
a la publicación ininterrumpida de las revistas psicoanaííticas,
cuya existencia había sido gravemente
amenazada durante la guerra. Por último los autores
que no contaban con bienes de fortuna podrían tener
la seguridad de poder publicar una buena obra
que eventualmente podría ser rechazada por los editores
comerciales. Desde el punto de vista de el público
en general habría cierta garantía de que los
libros publicados por una Editorial como ésta, por
mucho que variara su calidad, pertenecían al acervo
de la literatura psicoanalítica, que era necesario distinguir
de muchas otras publicaciones que se disfrazaban
con ese nombre.
La mayor parte de estos propósitos fueron logrados,
si bien a costa de un considerable esfuerzo
económico y de muchas energías restadas de ese
modo a la labor científica. En los veinte años de
su existencia la Verlag publicó 150 volúmenes, incluyendo
cinco colecciones, además de las Obras
completas de Freud y aparte de mantener en publicación
cinco revistas psicoanalíticas. Lo que se inició
en Inglaterra como rama de la editorial vienesa publicó
también más de 50 volúmenes, muchos de los
cuales eran traducción de los libros más valiosos de
la Verlag. La dificultad más grande con que tropezó
a lo largo de estos esfuerzos era de índole económica.
La Verlag se costeaba por sí misma tan sólo en
algunos raros períodos y los llamados a la contribución
de los mismos psicoanalistas se repitieron
constantemente. Freud, por su parte, no aceptó en
ningún momento cobrar derechos de autor e incluso
ínterró buena parte de su propio dinero en la empresa.
La estrechez financiera tuvo, además, el efecto
de impedir la realización de uno de los objetivos que
nos habíamos propuesto, el de ayudar a los autores
pobres. Nos vimos obligados más bien a pedirles que
contribuyeran al pago de la impresión de sus libros,
de modo que se vieron incluso menos favorecidos
que si se hubieran dirigido a una firma comercial.
Con todo, contemplados todos los aspectos, la Verlag
debe ser considerada como una empresa loable.
Para Freud fue una fuente considerable de ansiedad,
dé enorme trabajo personal, pero también de profunda
satisfacción.
De lo que no cabe duda es que la Verlag no hubiera
llegado a existir ni vivido un solo día si la capacidad
y la energía verdaderamente asombrosa, tanto
desde el punto de vista de la labor editorial como
la gestión administrativa, con que Rank se lanzó a
la tarea. Durante cuatro años no se apartó de Viena
para tomarse descanso alguno y aún al cabo de ese
tiempo se llevó consigo un enorme material de trabajo.
Los cinco años durante los cuales continúa
Rank con ese furioso ritmo de trabajo deben haber
constituido un factor importante de su posterior
derrumbe mental.
Von Freund había dejado una suma considerable
para financiar la Verlag y otras cosas que Freud
estaba proyectando. Representaba el equivalente de
£• 100.000. Pero este fondo tuvo una vida muy accidentada.
Sólo fue posible transferir a Viena una
cuarta parte del mismo, medio millón de coronas.
Se decidió retener la mitad de esta suma en Viena
y transferir la otra mitad a Londres. Con respecto
a la primera mitad, Rank cometió el único error
de, cálculo financiero en que le he visto incurrir
jamás. En esa época, cuando la monarquía austrohúngara
se hallaba en plena disolución, se podía
optar entre conservar la moneda austríaca o convertirla
en coronas de la recién creada República
Checoslovaca. Rank pensó como mucha otra gente,
que el nuevo estado no resultaría viable y decidió
conservar los billetes austríacos. Al cabo de un par
de años la inflación quitó a éstos todo valor, en
tanto que los billetes checos se valorizaban más.
Esto era una doble desdicha, ya que el trabajo de
impresión que empleábamos se hacía en Checoslovaquia
y tenía que ser pagado con esa moneda. Yo
me encontraba en Viena en septiembre de ese año
(1919), junto con Erik Hiller, un joven que habría
de colaborar en los noveles planes en que nos estábamos
embarcando y dimos comienzo a la tarea de
pasar de contrabando, de Austria a Inglaterra, el
otro cuarto de millón de coronas. Al cruzar la frontera
austríaca fuimos completamente desnudados
por los funcionarios aduaneros de modo que la
operación requirió de nuestra parte cierta finura. Mi
valija fue la primera en ser revisada, de modo que
con toda tranquilidad yo pasé el fajo dé biUetes de
la maleta de Hiller a la mía, que ya había pasado
por la Aduana. Pero las dos tenían que ser revisadas
nuevamente al día siguiente, cuando el tren partía
para Suiza, de modo que alquilé un automóvil a la
mañana siguiente y recorrimos el puente sobre el
Rhin que separa los dos países. Al llegar al linde pudimos
sostener que nuestro equipaje ya había sido
revisado y rotulado. Pero esta hazaña no halló recompensa
alguna, dado que al cabo de uno o dos
años los billetes alcanzaban a valer escasamente el
papel en que estaban impresos. Rank no nos había
permitido cambiarlos por las pocas libras inglesas
«iplé al comienzo nos habrían dado por ellos. Nadie
íjfodía creer en esa época que la moneda de un país
jodierá desvalorizarse y desaparecer de tal ma-
Bera.
A causa del régimen bolchevique implantado en
Hungría y la ocupación rumana que siguió a aquél
eá agosto de 1919, resultaron vanos todos los esfuerzos
de transferir a Viena parte alguna del núcleo
principal del fondo. Al terror rojo siguió el tela^
or blanco, con una intensa ola antisemitismo, que
afectó seriamente la situación de Ferenczi. Rank, sin
embargo, y con él von Freund, no cejaron en la
-lucha, y a fines de 1919 se tuvo la impresión de que
podría salvarse de la confiscación siquiera una parte
del dinero. Las autoridades municipales sostenían
que, tratándose de una donación caritativa,
ésta debía ser dedicada a fines filantrópico locales
y que el dinero, en todo caso, no debía salir del
pais.
Ferenczi llevó a cabo multitud de negociaciones,
pero la oposición de las fuerzas antisemitas y antipsicológicas
era demasiado poderosa y tan sólo al
cabo de tres años pudo rescatarse apenas una pequeña
parte del fondo. Esto colocó a Freud y a la
Verlag en una situación desastrosa, ya que entre
tanto habían contraído compromisos financieros
bastante considerables. Pero a esto Eitingon, el puntal
que en ningún momento falló, salvó la situación
unos meses más tarde, induciendo a un simpático
cuñado suyo de Nueva York a hacer a la Verlag una
donación de cinco mil dólares.
Desde muy al principio resultó evidente la conveniencia
de extender nuestras actividades editoriales
más allá de la esfera germanoparlante. Una
semana después de la fundación de la Verlag, una firma
comercial de Berna se ofreció a participar en
las obras que se editaran en Viena.
A las firmas pertenecientes a países ex enemigos
les estaba prohibido en esa época tener filiales en
Inglaterra, y en el caso de que las tuvieran debían
someterse a restricciones prohibitivas. Tuve que convertirme,
pues, en editor independiente, creando lo
que se llamó International Psycho-Analytical Press.
Se inició con un negocio de librería en Weymouth
Street, donde se vendían principalmente libros en
alemán, difíciles de conseguir en otra parte. Erik
Hiller, el joven ayudante de quien hemos hablado
antes, se encargó de esta actividad. Esta empresa
duró apenas un año, al cabo del cual vendimos las
existencias de la librería por £ 100 y clausuramos
el establecimiento. Luego vino la International Psycho-
Analytical Library Series (Biblioteca Psicoanalítica
Internacional), cuyo quincuagésimo volumen
acabo de preparar para la publicación. Los primeros
dos volúmenes aparecieron en 1921. Después de esto,
en 1924, el Instituto de Londres hizo un arreglo satisfactorio
con la Hogarth Press. Las publicaciones
de esta empresa mixta han continuado hasta la fecha.
De la enorme labor que significa la traducción de
los libros de Freud, lo que aquí más nos interesa es
su constante y minuciosa colaboración personal. Le
enviábamos pregunta tras pregunta acerca de ambigüedades
en la exposición y le hacíamos diversas
sugerencias acerca de ciertas contradicciones internas
y cosas por el estilo. Desde aquella época, esto
ha continuado todo el tiempo bajo la eficiente dirección
de James Strachey, con el resultado notable
de que las traducciones inglesas de los libros de
Freud, bajo el nombre de Standard Edition, podrán
ser consideradas, desde el punto de vista de la co-
38
rrección, más valederas que cualquier versión alemana.
Para procurarme ayuda en la preparación y corrección
del International Journal of Psycho-Analysis,
la tercera y más importante de nuestras empresas,
pude lograr la colaboración de Bryan y Flugel,
ambos de Inglaterra. La delicada cuestión de designar
a los norteamericanos que habrían de ocuparse
de igual labor resultó más complicada.
Al cabo de una serie de movimientos tácticos, la
la elección recayó finalmente en los nombres de
Brill, Frink y Oberndorf.
Desde el comienzo informé, por supuesto, de
nuestros planes a Brill, que inmediatamente me prometió
su cordial apoyo. Al mismo tiempo me hizo
la curiosa sugerencia de que creáramos una Asociación
Psicoanalítica Angloamericana en lugar de la
Asociación Internacional, que en esa época era esencialmente
alemana o por lo menos germano-parlante.
Brill se había mostrado fuertemente proalemán en
la primera parte de la guerra, pero los acontecimientos
posteriores parecen haberlo norteamericanizado
en exceso. Siendo yo, entre otras cosas, un buen
europeo y de mentalidad invariablemente intemacionalista,
me mostré reacio a la sugerencia de la que
no volvía a oír nunca más.
Con excepción de la amistosa carta citada, el silencio
de Brill fue absoluto por mucho tiempo. Yo
hubiera deseado inaugurar el Journal con un artículo
suyo, pero repetidos requerimientos míos,
incluyendo tres telegramas, resultaron inútiles. No
obtuve respuesta alguna. Freud no había tenido noticias
de él desde el comienzo de la guerra, y a medida
que transcurría el tiempo después de la misma,
su preocupación al respecto fue cada vez mayor.
39
Finalmente dio muestras de existencia. «De Brill
recibí la traducción del Leonardo, El chiste y el Tótem,
ningima carta. Perdóneme que le diga que es
un judío alocado (meschugge) (sic)». En el Ínterin,
sin embargo, con noble gesto. Brill reunió mil dólares
para ayudar a la Vertag; y así se lo comunicó a
Rank. Yo no tenía noticias de él cuando, de pronto,
Freud me escribió diciendo que «Brill está realmente
bien».
Brill no había asistido al Congreso de La Haya
de septiembre de 1920, pero luego llegó la explicación
de su prolongado silencio. «He recibido de Brill
una extensa, tierna, alocada carta en la que no menciona
una palabra del dinero que reunió, pero me explica
el misterio de su conducta. Se trataba simplemente
de celos, de sensibilidad herida y de cosas
por el estilo. Haré todo lo que pueda por aplacarlo».
Brill había pasado evidentemente por una época
muy difícil, pero ésta fue la única de esta índole en
su vida. Desde ese momento fue nuevamente, y para
siempre, el viejo y leal amigo. La cosa se debió a
que Bríll había creído, sin fundamento por cierto,
que Freud se sentía resentido con él a raíz de las
severas críticas que habían merecido sus traducciones.
Freud nunca había tomado la cosa a mal, pero.
Brill, decidió sabiamente dejar esta tarea de ahí en
adelante a otras personas.
En 1916, hacia la mitad de la Gran Guerra, Freud
debe haber tenido la sensación de haber dado ya
al mundo todo lo que era capaz de darle, en forma
tal que poco le quedaba más allá de vivir los años
de vida que le quedaban... nada más que dos, en realidad
según sus cálculos. En la asombrosa, casi increíble,
eclosión de energía que trajo consigo la
40
primavera de 1915 había volcado sus pensamientos
más profundos y sus ideas de más vasto alcance en
la serie teórica de ensayos sobre metapsicología, y
al año siguiente puso fin a su ciclo periódico de conferencias
en la universidad, escribiendo y publicando,
a cambio de eso, la Introducción al Psicoanálisis.
En los dos años que siguieron nada cabía esperar,
al parecer, ni en cuanto a desarrollo ni a difusión
de sus doctrinas. Pero el estímulo que trajeron consigo,
a fines de 1918, el Congreso de Budapest, la
fundación de la Verlag y las buenas noticias que
llegaron de allende los mares, tuvieron por efecto
reanimar el espíritu de Freud. A comienzos del nuevo
año manifestó a Ferenczi que se mantenía aún
completamente atascado en cuanto a ideas científicas,
pero apenas un par de semanas más tarde tenemos
noticias de algunas nuevas ideas sobre el
tema del masoquismo, de cuya corrección se sentía
seguro.
En marzo llegó una revelación más extensa de
las ideas que evidentemente estaban germinando
durante esa primavera. «Acabo de dar fin a un trabajo
de veintiséis páginas sobre la génesis del masoquismo,
que llevará por título "Pegan a un niño".
Estoy comenzando otro con el misterioso encabezamiento
de "Más allá del principio del placer". No sé
si es esta fría primavera o la dieta vegetariana lo
que repentinamente me han hecho tan productivo».
Quince días más tarde escribía: «Estoy escribiendo
el nuevo ensayo titulado: "Más allá del principio
de placer" y cuento que lo entenderá ustsd, cuya
comprensión no me ha faltado nunca. Mucho de lo
que allí digo es bastante oscuro y el lector se verá
obligado a arreglarse como pueda. Algunas veces
no puedo hacer otra cosa que eso. Así y todo confío
41
en que usted encontrará en él muchas cosas de interés
».
Al cabo de dos meses estaba listo un primer borrador,
pero se proponía volver a escribirlo durante
el tratamiento a realizar en Bad Gastein. Entre
tanto se ocupó, durante las escasas horas libres que
le quedaban antes de partir, en volver a escribir un
viejo artículo suyo que había descubierto en un
cajón. Era un trabajo interesante sobre Lo siniestro,
que publicó en Imago hacía fines de ese año
Poco fue lo que adelantó durante sus vacaciones,
y tal como me manifestó a mí, el trabajo no progresaba
porque se sentía demasiado bien. Evidentemente
no se sentía satisfecho de su esfuerzo, y al
parecer lo abandonó postergándolo hasta el verano
siguiente. Escribió en el intervalo uno de sus grandres
historiales clínicos, el que se refiere a la homosexualidad
femenina.
En mayo manifestó a Eitingon: «Estoy corrigiendo
y completando, ahora el Más allá del principio de
placer y me encuentro en una etapa productiva». El
16 de junio expuso un resumen del mismo en la
Sociedad de Viena. En ese mismo mes escribió a Ferenczi
que se habían producido en ese trabajo «curiosas
derivaciones», con lo que presumiblemente se
refería a la inmortalidad virtual de los protozoarios.
Terminó el trabajo antes de partir para sus vacaciones
de verano y más tarde pidió Eitingon que fuera
testigo de que ya había estado terminado a medias
en la época en que su hija Sophie se hallaba todavía
en perfecto estado de salud. Agregaba: «Mucha gente,
frente a esto, sacudirá la cabeza en señal de duda
». Esta petición a Eitingon resulta realmente curiosa
y sería el caso de preguntarse si no era manifestación
de una negación interna de que los nuevos
42
pensamientos acerca de la muerte pudieran haber
sido influidos por la depresión causada por la pérdida
de su hija, de no haberse referido casualmente
en otra carta, escrita apenas dos semanas después
del desdichado acontecimiento, a lo que estaba escribiendo
entonces acerca del «instinto de muerte».
Las asombrosas ideas expuestas por Freud aquí
sobre la relación entre la vida y la muerte, y la introdución
de su concepto de un «instinto de muerte
», no sólo eran profundamente filosóficas sino
también altamente especulativas por su índole. Freud
mismo las ofreció como tales y con carácter indudablemente
de ensayo, si bien más tarde llegó a
aceptarlas enteramente. Hasta entonces no había
escrito nada por el estilo en toda su vida, y esto
mismo ya es un hecho del más grande interés para
todo aquél que se interese por la vida de Freud. Es
verdad que a menudo había admitido la existencia
de cierta tendencia especulativa e incluso inclinada
a la fantasía como parte de su naturaleza, tendencia
que por muchos años había cohibido vigorosamente.
Ahora estaba dejando de lado la violencia
que durante tantos años se había impuesto y permitiendo
que sus pensamientos se elevaran hacia regiones
distantes.
Al tratar de esos problemas trascendentales, cual
el origen de la vida y la naturaleza de la muerte,
Freud desplegaba una audacia especulativa única en
todos sus escritos; nada de lo que escribiera en
cualquier otra parte podía comparársele. Este libro
es aún más digno de notar por ser el único del
que Freud ha recibido escaso reconocimiento por
parte de sus seguidores.
El problema que constituía el punto de partida
43
de los pensamientos de Freud fue el dualismo de la
mente. En toda su obra psicológica se sintió cautivado
por la idea de un profundo conflicto dentro de
la mente, y como era muy natural, interesado en captar
la naturaleza de las fuerzas opuestas. Durante los
primeros veinte años de su obra, aproximademiente,
Freud se contentó con afirmar que el carácter del
conflicto mental derivaba de impulsos eróticos, que
procedían de lo que los biólogos denominan el instinto
de reproducción, por un lado, y de los impulsos
del yo, incluyendo en especial el instinto de
conservación, por el otro. Esta formulación quedó
radicalmente trastornada en 1914, cuando razones
muy atendibles le obligaron a postular el concepto
de narcisismo, y opinó que había que incluir en
este autoenamoramiento el instinto de conservación.
De forma que el único conflicto entonces perceptible
era el existente entre los impulsos narcisistas y aloeróticos,
es decir, entre dos formas de instinto sexual.
Esto resultaba extraordinariamente insatisfactorio,
pues Freud siempre estuvo seguro de que debía
haber algún instinto en la mente, probablemente
en el yo, aparte del instinto sexual, al que denominó
provisionalmente «egoísta». Fue este el origen
de la idea de una parte del yo no libidinal que podía
contraponerse a los instintos sexuales. Por esta época
había observado en diversas ocasiones un juego
de su nieto mayor, quien estuvo realizando una y
otra vez acciones que sólo podían encerrar para él
un significado no placentero: acciones relacionadas
con la ausencia de su madre.
Comenzaba su exposición replanteando su opinión
acerca de la importancia del principio placerdisplacer
que, de acuerdo con Fechner había considerado
como continuador del principio de estabili-
44
dad que este último había sentado. Según éste, la
función principal de la actividad mental consiste en
reducir hasta el grado más bajo posible las tensiones
motivadas por excitaciones instintivas, o exteriores.
Freud empleó un término sugerido por Barbara
Low, el «principio del Nirvana», que habría de
aplicarse tanto si el objetivo consistía en suprimir
la excitación, como en reducirla simplemente. El
principio parecía avenirse bien con la experiencia
de Freud sobre la resistencia, e incluso con toda su
teoría del cumplimiento de los deseos, en donde los
impulsos encuentran satisfacción y luego quedan
acallados. Pero por aquel entonces llegó a descubrir
que la correlación existente entre el aumento de la
excitación y el displacer, y entre el alivio y el placer,
no podía ser tan estrecha como había supuesto hasta
entonces. El placer logrado por el aumento de la
tensión sexual parecía hallarse en flagrante contradicción
con la regla, y ahora la experiencia de los
«sueños de guerra» parecía igualmente curiosa.
A continuación relataba Freud la historia del juego
del niño antes aludido y se refería a la afición
que mostraban los niños por repetir juegos, historias
y demás, independientemente de si eran o no
placenteras. Fue esta observación la que le hizo
preguntarse sobre si existía algún principio independiente
del principio placer-displacer, y sugirió que
existía uno al que él daba el nombre de obsesión de
repetición. Entonces le vino a su mente un cierto
número de fenómenos aparentemente similares que
parecían encajar en esta idea: los sueños periódicos
de los neuróticos de guerra, en los que el trauma
original se revive una y otra vez; el modelo de conducta
autoagresiva que puede trazarse mediante las
vidas de ciertas personas; la tendencia de muchos
45
pacientes a representar una vez tras otra durante el
psicoanálisis experiencias no placenteras de su infancia.
No es difícil descubrir en todos esos casos
algún otro motivo para esas repeticiones, y el mismo
Freud adelantó alguno. De aquí que en el caso
de los sueños de guerra, en donde la conmoción
había traspasado la barrera defensiva, dada la ausencia
de toda preparación, señalaba que la repetición
durante el sueño, acompañada de intensa angustia,
puede representar un intento de servir de «señal
de angustia» como advertencia cuya falta explicaba
el efecto traumático de la conmoción. No obstante,
Freud pensaba que esos sueños parecían ser una excepción
a su teoría general de los sueños, que representaba
el cumplimiento de un deseo. Volvía a la
distinción que él había propuesto juntamente con
Breuer entre energía libre y energía reprimida, sobre
la que erigió una de las bases fundamentales de su
propia psicología, y esto lo correlacionaba ahora
con el intento de «dominar» o «reprimir» experiencias
no placenteras que en su opinión facilitaban
el sentido de las repeticiones de que se trataba.
Freud había encontrado ya el segundo principio
que buscaba. Se trataba de la necesidad de reprimir
o dominar las impresiones primitivas, para
transformarlas desde el «sistema primario» al «sistema
secundario», por decirlo con su terminología
característica. Entonces consideraba Freud a éste
como más fundamental que el principio del placer;
era en verdad un preliminar necesario antes de que
se permitiera operar a este último.
Tres ideas, de igual importancia para el pensamiento
de Freud, vinieron entonces a su mente. Los
procesos primarios que habían de reprimirse antes
de que el principio del placer pudiera operar, ema-
46
naban de estímulos ihtemos y pertenecían, por tanto,
a los instintos. La tendencia a la repetición mostraba
asimismo con todáv evidencia una naturaleza
instintiva. Era más fundamental que el principio
del placer, y contrastaba con él por su carácter «demoníaco
»; el primero quedaba limitado muy a menudo
al «principio de la realidad». La tendencia
hacia la estabilidad, también denominada «el principio
de constancia», era un atributo fundamental de
la mente. De esas tres ideas acabadas de mencionar,
otras dos nuevas comenzaron a surgir en el proceso
mental de Freud, constituyendo su definitiva teoría
de la mente.
En este aspecto fue la tendencia a la repetición
la que ocupó sobre todo la mente de Freud. Percibía
con razón que esta tendencia era un rasgo típico
de la vista instintiva^ que por naturaleza era esencialmente
conservadora. Los instintos humanos, es
cierto, se caracterizan por su extraordinaria plasticidad,
pero cuanto más descendemos en la escala animal,
más estereotipada aparece la conducta instintiva.
Hasta aquí, no obstante, nos hallamos dentro
de un ámbito biológico, pero la imaginación de
Freud comienza a atribuir a la dualidad repeticiónobsesión
un significado más trascendental. Incluso
nos extraña hasta qué punto fue influido a este
respecto por la memoria de la ley de la periodicidad
inevitable de Fliess, que había de explicar todos los
sucesos de la vida, y por la doctrina de Nietzsche
acerca del «eterno retorno», una expresión que
Freud citaba en el libro. En cualquier caso, se presenta
aquí un paso en el razonamiento que no es
fácil seguir y que ha dado origen a muchos recelos.
El paso en cuestión consistía en equiparar la tendencia
a la repetición con la de restaurar un previo
47
estado de cosas, üria equiparación que dista mucho
de ser clara. Sea como fuere, Freud llegó a la conclusión
de que el objetivo fundamental de todo instinto
es volver a un estado primitivo, una regresión.
Y si los instintos miraban al pasado, ¿por qué habían
de detenerse antes de reducir un organismo vivo
a un estado prevital, el de la materia inorgánica?
De forma que el objetivo final de la vida debía ser la
muerte. De esta manera surgió la célebre idea de
Freud sobre el Instinto de Muerte.
Al centrarse en un «instinto» omnipresente, con
un alcance tal, Freud se hallaba en peligro de tener
que reconocer una idea monística de la vida, el peligro
al que escapó por muy poco en 1914, cuando
el concepto de narcisismo amplió el alcance del instinto
sexual a un campo inmenso. En su opinión, el
instinto sexual era el más conservador de todos,
mientras que el instinto de conservación, al que uno
podía haber esperado que hubiera sido opuesto al
instinto de muerte, acabó convirtiéndose en su sirviente;
su única función era asegurar en todo lo posible
que el organismo moría según le correspondía
conforme a su ley interna y en el momento previsto
para ello, y no por un accidente o enfermedad evitables.
Incluso el famoso principio del placer, que
tan valiosos servicios ha prestado, fue entonces planteado
como si se tratara del asistente del instinto
de muerte. Esta vez el callejón sin salida parecía
total, y Freud parecía haber llegado a la misma
posición que Schopenhauer, quien enseñaba que
«la muerte es el objetivo de la vida». Dicho sea de
paso, el propio Goethe había expresado en una de
sus conversaciones una idea muy similar. Pero Freud
se zafó hábilmente una vez más, en esta ocasión señalando
que aunque los instintos sexuales eran con-
48
servadores y obedecíaiv tanto a la obsesión de repetición
como al principio constancia-nirvana, lo hacían
en una forma que íes era muy peculiar. Era
cierto que tendían a reinstaurar primitivas formas
de vida, y por tanto debían formar parte del instinto
de muerte, pero al menos su modo de acción
tenía el mérito de posponer el objetivo final de este
último. Incluso cabía decir que al proceder así, a
través de la creación permanente de nueva vida, burlaban
el objetivo del instinto de muerte, de forma
que podían contraponérsele. De esta manera Freud
tuvo éxito, después de todo, al establecer en la mente
dos fuerzas opuestas: designándolas respectivamente
instintos de vida e instintos de muerte, englobando
a los primeros bajo el nombre de Eros. Ambos
tenían igual validez y posición, y se hallaban en
lucha constante entre sí, aunque al final terminara
ganando inevitablemente el último.
Se planteaba luego un problema más. Esta fuerza
muda que operaba tanto en la mente como en
cada una de las células del cuerpo, cuyo objetivo
final no era otro que la destrucción del ser vivo,
cumplía su tarea silenciosamente. ¿Existía alguna
forma de descubrir los signos de su existencia?
Freud imaginó que podía descubrir dos de esos signos,
o al menos sus indicios, derivables del hipotético
instinto de muerte. Lo que brindaba la clave era
la crueldad en la vida; la gran guerra misma había
ofrecido recientemente un monstruoso espectáculo
de agresión, brutalidad y crueldad. No mucho antes,
Freud había admitido la existencia de un instinto primordialmente
agresivo o destructor, un instinto
que cuando se fundía con los impulsos sexuales se
convertía en la conocida perversión denominada sadismo.
Cuando lo planteó así por primera vez en
49
1915, lo incluyó como una parte de los instintos del
yo, pero con posterioridad le otorgó una posición
más fundamental, independientemente del yo y anterior
a su formación. Freud había considerado siempre
hasta aquí al masoquismo como un sadismo
secundario, un impulso sádico que había sido vuelto
hacia adentro contra el yo. Ahora trocaba el orden
y aducía que podía existir un masoquismo primario,
una tendencia autodestructora que representaría
un indicio del instinto de muerte. Los impulsos destructivos
y sádicos derivarían de éste, dejando de
ser su fuente. La idea de Freud consistía en que los
instintos sexuales o de vida —responsables del «clamor
» de vida— en la lucha contra su contrario intentaba
prolongar algo más la vida, desviando la
tendencia a la autodestrucción hacia otras personas,
de la misma forma en que un gobernante puede torcer
los impulsos rebeldes o revolucionarios contra el
exterior mediante la instigación a la guerra: el motivo
real con el que su país, Austria, provocó la gran
guerra mundial. Era una concepción muy ingeniosa,
y con ella Freud redondeó a su plena satisfacción
sus dinámicas ideas del funcionamiento mental.
Aunque Freud presentó al principio como pura
tentativas las ideas a las que acabamos de referirnos
(un enfoque, digamos, muy personal de la cuestión
que le divertía, pero de cuya validez siempre
distó mucho de estar convencido), a los dos años
terminó por aceptarlas completamente en su libro
El Yo y el ello, y conforme pasaba el tiempo con
una convicción cada vez más absoluta. Como una vez
me dijo, no podía ya andar su camino sin ellas,
pues se le habían hecho indispensables.
Con todo, las nuevas teorías encontraron entre
los analistas una acogida muy diversa, y ello a pe-
50
sar del enorme prestigio de Freud. Unos cuantos,
incluyendo entre ellos a Alexanders Eitingon y Ferenczi,
las aceptaron inmediatamente. Por lo que a
mí me consta, los únicos analistas, que aún emplean
el término «instinto de muerte» —es decir Melanie
Klein, Karl Menninger y Hermann Nunberg— lo
utilizan en un sentido estrictamente clínico que se
halla muy distante de la teoría original de Freud.
Cualesquiera aplicaciones clínicas que él llevó a cabo
teniéndola en cuenta se realizaron después, y no
antes, de su invención. De aquí tenemos las observaciones
puramente psicológicas de las fantasías
agresivas y canibalísticas del niño, seguidas luego
por las fantasías homicidas, pero no cabe inferir
de ellas ninguna voluntad activa por parte de las
células del cuerpo a conducir ese cuerpo a la muerte.
La misma frase «deseos de muerte», es decir,
deseos homicidas, que es inevitable en la labor psicoanalítica,
parece haber sembrado mucha confusión
en este caso con el simple uso de la palabra
«muerte». La circunstancia de que en casos raros
de melancolía tales deseos puedan llevar a un sxiicidio,
por medio complicados mecanismos de identificación,
etc., no constituye sin embargo, una prueba
de que surja de un deseo primario de autodestrucción
por parte del cuerpo; precisamente la experiencia
clínica señala con claridad a la dirección
opuesta.
Es algo completamente esencial distinguir entre
los aspectos hipotéticos de la teoría del instinto de
muerte y las observaciones clínicas a las que se han
asociado secundariamente. Edvi^ard Bibring ha señalado
bien este extremo con la siguiente afirmación.
1. La opinión de Alexander cambió luego.
51
«Los instintos de vida y muerte no son psicológicamente
perceptibles en cuanto tales; son instintos
biológicos cuya existencia sólo la postulan las hipótesis.
Siendo esto así, se deduce que, propiamente
hablando, la teoría de los instintos primarios es un
concepto que sólo debiera aducirse en un contexto
teorético, y no en una discusión de naturaleza clínica
o empírica. En ellos, la idea de instintos de agresión
y destrucción bastará para explicar todos los
hechos que aparecen ante nosotros».
La complicada ideación del libro a que nos hemos
referido convierte el hilo del pensamiento en
algo nada fácil de seguir, y varios analistas, entre
los que yo mismo me incluyo, han tratado de presentarlo
en un lenguaje más llano, pues los puntos
de vista de Freud sobre el tema han sido muy a
menudo falsamente interpretados.
El segundo de los libros de este período, Psicología
de las masas y análisis del yo fue concebido
en el mismo impulso de productividad al que se
debía Más allá del principio del placer. Lo comenzó
el invierno de 1919-20, cuando se hallaba superando
las dificultades inherentes a su libro antetior, y lo
acabó en la primavera de 1921.
Vemos, pues, que en estos dos primeros años que
siguieron a la guerra Freud había reiniciado, lleno
de esperanzas, su vida activa, estaba colmado de
nuevas y fecundas ideas y de planes prácticos para
la difusión de su obra en todo el mundo. Después
de este período las cosas no volverían nunca más
a mostrarse tan favorables. Las decepciones con los
amigos y su terrible enfermedad física habrían de
poner a dura prueba su fortaleza de ánimo.
52
II
DIVERGENCIAS
(1921-26)
En la actitud de Freud hacia el «Comité» había
algo que iba más allá de la cordialidad hacia los
miembros que lo constituían, y será bueno no olvidarlo
a propósito de lo que ahora vamos a relatar.
Más aún que la amistad individual, Freud valoraba
la importancia de sus descubrimientos y de todo
aquello que de los mismos derivaba. Había tenido la
suerte de realizarlos, pero esto sólo no bastaba para
hacer de él un gran hombre. Parecía como si se
le hubiera confiado un acceso sumamente valioso
al conocimiento y que su función fuera la de fomentarlo
y ampliarlo, algo así como la de un concienzudo
heredero con respecto a sus bienes. Por otra
parte Freud no confió nunca en vivir una larga existencia,
de modo que sentía inevitablemente la preocupación
de transmitir esa función de su vida, el
cuidado del psicoanálisis, a quienes —para mantener
el simil— podrían ser considerados sus herederos.
Durante el viaje realizado a Estados Unidos
én 1909, Freud solía relatar sus sueños a sus com-
53
pañeros, Jung y Ferenczi, tal como ellos le relataban
los suyos, y poco después éstos me hicieron saber
que el tema que dominaba los sueños de Freud
era la ansiedad con relación a sus hijos y al psicoanálisis.
Sería erróneo suponer que Freud abrigara algún
sentimiento de dependencia personal con respecto
a algunos de los miembros del Comité, ni aún con
Ferenczi, el más cercano a él. Todo rastro de dependencia
de esa índole se había desvanecido para siempre
después de su ruptura con Fliess. Era cosa natural
que su actitud hacia nosotros fuera más bien
la de un padre que la de un colega de nuestra propia
edad. Se mostraba interesado en lo que se refiere
a nuestro bienestar y a nuestra vida familiar,
especialmente en lo referente a nuestros hijos, pero
no tuvo ocasión alguna de penetrar en nuestra intimidad
con excepción del caso de Ferenczi, quien
constantemente requería ayuda en sus dificultades
íntimas.
La armonía que había prevalecido durante cerca
de una década habría de verse perturbada ahora,
y de una manera bastante grave. Comenzó a mostrar
su cabeza el espíritu maligno de la disensión, y en
1923 el Comité, tan importante para la tranquilidad
del espíritu de Freud, empezó a mostrar signos de desintegración.
Por espacio de varios meses dejó realmente
de funcionar. No es de extrañar que esta calamidad
haya sido para Freud un motivo de honda
desazón, especialmente por cuanto coincidía con los
comienzos de lo que, indudablemente para él, habría
de ser una enfermedad fatal de su organismo.
Su capacidad filosófica de resignación, que ya tantas
otras veces había resistido fuertes golpes de la
fatalidad, no tardó en aparecer en su ayuda y se
54
le vio sobrellevar todo con su habitual fortaleza de
ánimo. Pero sería exigir de él algo más que humano
el esperar que no hiciera responsables de lo ocurrido
a aquéllos de entre nosotros que le parecían los
responsables de la situación creada. Hizo objeto
de sus críticas a Abraham, y en menor grado a mí.
Sólo unos cuantos años más tarde pudo evidenciarse
con toda claridad la verdadera fuente del malentendido
: la inestabilidad mental de Rank y Ferenczi.
El primer indicio de que las cosas no marchaban
bien fue una creciente tensión entre Rank y yo,
a propósito de asuntos editoriales. Las circunstancias
del momento, más cierta incompatibilidad de
temperamento entre los dos, fueron la causa de ello.
Yo siempre había sentido un gran afecto hacia Rank
y ello siguió así hasta el momento mismo de la ruptura
final. Coincidíamos siempre todas las veces que
debíamos tratar asuntos personalmente. Pero operando
a distancia ya era otra cosa, y surgían dificultades
que probablemente habrían sido en gran
parte allanadas de haber vivido los dos en la misma
ciudad. En nuestros planes comunes de crear
en 1919 la Editorial Inglesa, que habría de apuntalar
la Verlag, habíamos cometido fatales errores de
cálculo.
Además toda la maquinaria de la vida, en Austria,
había descendido tanto después de la guerra
que las dificultades para realizar cualquier trabajo
eran realmente indescriptibles. El papel y los tipos
de imprenta debían ser conseguidos de cualquier
modo, hurgando en viejos rincones, los conflictos
laborales eran frecuentes y las comunicaciones desesperadamente
lentas. Rank enfrentaba heroicamente
infinitos problemas y realizaba hazañas sobrehumanas
para resolverlos, casi sin ninguna ayuda.
55
A título de simple ejemplo ilustrativo, para hacerse
los paquetes libros tenía que procurarse él
mismo la cuerda, hacer empaquetar y despachar los
bultos transportándolos él mismo a la oficina de
correos. Este esfuerzo no dejó de tener su efecto
sobre su sensible naturaleza.
Desde el punto de vista personal nuestras relaciones
se veían perjudicadas por una tendencia mía
que con toda frecuencia me ha creado dificultades
en la vida: una forma bastante obsesiva de realizar
las cosas en la forma que a mí me parecía mejor,
con cierta impaciencia con respecto a la torpeza y
el riesgo consiguiente de despertar la suceptibilidad
ajena. Rank, por su parte, trabajaba con una furia
casi maníaca, de manera tal que mis ocasionales
protestas lo irritaban más allá de toda medida.
Reaccionaba —¿o acaso era él el que iniciaba todo?—
usando conmigo un tono prepotente y fanfarrón
que me resultaba sumamente extemporáneo, viniendo,
como venía, de un viejo amigo. Esta actitud
se fue transformando gradualmente en la ignorancia
o la contravención de decisiones que me correspondía
a mí tomar en cuanto al manejo de la editorial.
Esto hacía que toda colaboración, por no decir
más que eso, resultara difícil. No era fácil sospechar
qué era lo que había hecho surgir en Rank esta manera
tajante y dictatorial, que hasta ese momento
no le conocíamos. Debieron pasar dos años hasta
que se hizo evidente que se trataba de una fase maníaca
de su ciclotimia, que gradualmente se iba desarrollando
e intensificando.
Yo sabía que Rank había sufrido mucho, en su
infancia, de una hostilidad fuertemente reprimida
contra su hermano, y que tras de ésta se escondía
habitualmente una actitud similar con el padre. En
56
ese momento esa hostilidad se estaba descargando
sobre mí y mi preocupación dominante era la de
proteger a Freud de las consecuencias de este hecho.
Yo sentía, con toda razón, lo mucho que para Freud
significaba la conservación de la armonía en el Comité,
de modo que me empeñé en ocultarle las dificultades
entre Rank y yo. Mi compañero, en cambio,
no ahorraba esfuerzos en sacar su buena causa
y no tenía los mismos escrúpulos que yo. Constantemente
se empeñaba en hacer llegar a los oídos de
Freud historias a cerca de lo insoportable que yo
era como compañero, y el innato escepticismo de
Freud solía no ampararlo mucho en situaciones personales
como ésta. Yo no dejaba de asegurarle constantemente
que no tenía por qué preocuparse en
cuanto a nosotros dos, que seguramente sabríamos
arreglar solos nuestras dificultades, pero a medida
que su opinión con respecto a mí iba empeorando,
esta actitud mía dejó de tener efecto alguno.
Durante tres años viví con el temor de que «la
hostilidad fraterna» de Rank regresara hasta transformarse
en una «hostilidad hacia el padre», y con
toda esperanza confiaba de que esto último habría
de ocurrir en vida de Freud. Mi temor era, por desgracia,
justificado, ya que al final de esa época Rank
manifestó abiertamente una irrefrenable hostilidad
contra Freud.
El hecho que servía de base a esto era la intensa
oposición que el psicoanálisis despertaba en Inglaterra.
Después de la Primera Guerra Mundial, nuestros
oponentes explotaron al máximo los sentimientos
antíalemanes de los ingleses, y el psicoanálisis,
que tenía que subrayar especialmente los aspectos
menos verosímiles de la naturaleza humana, fue vilipendiado
como un típico producto de una deca-
57
dencia y una total brutalidad alemana'. Mis protestas
en el sentido de que Freud era más judío que
alemán surtían poco efecto —^bastaba para ello que
escribiera en alemán— pero era comprensible mi
ansiedad en el sentido de no destacar de ningún modo
lo que hubiera de alemán en su obra. Ya era bastante
desdichado el hecho de que el International
Journal tuviera que imprimirse inevitablemente con
caracteres visiblemente extranjeros, ya que en Austria
no había manera de conseguir tipos ingleses.
Los impresores extranjeros, además, sin conocimiento
del inglés, plagaban el texto de germanismos, que
a mí me daba un poco de trabajo expurgar. Por otra
parte Rank, que en esa época sabía muy poco inglés,
se puso a corregir las pruebas por su cuenta, sin
informarme de ello. Tuvimos que dejar por lo tanto
1. Los prejuicios antigermanos eran, por supuesto, nada más que un
aspecto de la oposición general al psicoanálisis, y los años 1921-22, que
aquí nos ocupan, fueron particularmente difíciles para nosotros en Londres.
Aparecieron montones de "analistas silvestres" y todas sus fechorías
fueron adscriptas a las iniquidades del psicoanálisis. (Una "Compañía Editora
Psicoanalítica" publicó el siguiente anuncio: "¿Desearía Vd. ganar
£ 1.000 por año como psicoanalista? Nosotros le enseñaremos cómo lograrlo.
Reciba nuestras ocho clases por correspondencia al precio de
¡cuatro guineas por curso!" L., Febr., 11 de 1921.) La prensa desbordaba
de relatos acerca de pacientes violadas, que luego eran vendidas al mejor
postor, y otras cosas por el estilo. Cuando un maestro estadounidense fue
enviado a la prisión, y luego deportado por su comportamiento indecente
con "pacientes", esto era, una vez más, un ejemplo de nuestra perfidia,
y The Times se negó a publicar una carta que le enviamos negando
toda conexión nuestra con ese individuo. Los periódicos pregonaban estas
noticias, con grandes titulares, denunciando a gritos los supuestos peligros
del psicoanálisis, y el Daily Graphic designó una comisión de abogados
y médicos encargada de investigar nuestra actividad profesional. Esta
comisión publicaba informes diarios de su labor. El arzobispo de Canterbury
designó una comisión encargada de estudiar la ética de la masturbación
con motivo de un librito sobre el tema escrito por un clérigo,
ex paciente mío, cosa que me procuró bastante trabajo pues tuve que
aparecer como testigo ante la misma.
Se clamaba por una resolución en virtud de la cual algún organismo
oficial, preferentemente el Consejo Médico General investigara de nuestra
labor profesional. Invitado a ello el Royal College of Physians, se
negó a intervenir, pero im poco más tarde lo hizo la Britsh Medical Association,
con un resultado que nos fue enteramente favorable.
58
una persona en Viena, encargada de corregir las
pruebas allí mismo y ahorrar de este modo el tiempo
que tomaba su envío a Londres. Eric Hiller, fue
enviado a Viena en diciembre de 1920, con lo cual
las cosas mejoraron bastante. Otra adquisición invalorable,
aunque en esa época pareciera accidental
fue la colaboración de Ana Freud en la sección
inglesa, en Viena, labor ésta que la acercó al psicoanálisis
mucho más que antes y resultó ser el anticipo
de su futura carrera.
Aún cuando el asunto no le concernía. Rank seguía
enviándome incisivas críticas sobre la forma en
que yo conducía el Journal. Llegó incluso al extremo
de rechazar los artículos que yo le en-viaba para
imprimir cuando no eran de su gusto. Lo que merecía
especialmente su crítica era lo que él denominaba
«la basura allende el Atlántico», y esto fue el
primer indicio del conflicto entre Viena y Nueva
York, al que yo tendría que dedicar mis próximos
veinte años. Yo quería que el Journal no fuera simplemente
un duplicado del Zeitschrift alemán, sino
que sirviera también para que los analistas recién
iniciados de Inglaterra y Estados Unidos pudieran
publicar en él sus trabajos, aun cuando sus primeros
esfuerzos no llegaban a ser, por cierto, de carácter
clásico. También Freud se mostró insatisfecho
con el material de los dos primeros años del Journal.
Pero las dificultades creadas por el Journal eran
poca cosa en comparación con las que surgieron en
J«lación con la traducción de las obras de Freud,
í^unto éste, que, por supuesto, le concernía más dilectamente.
Durante mucho tiempo, cosa curiosa, se
Inostró indiferente al respecto y se oponía a que yo
^perdiera el tiempo» incluso en revisar las traduc-
59
cienes que se hicieran en Inglaterra. Pero, luego,
cuando vio los ambiciosos planes que yo estaba concibiendo
al respecto, cambió de actitud, comenzó
a mostrarse ansioso de ver aparecer, mientra vivía,
algunos de los volúmenes prometidos, y empezó a
expresar crecientes censuras con motivo de cualquier
demora. Freud aceptó plenamente la opinión
de Rank de que yo era el tínico culpable de la tardanza,
así como de las demoras en la aparición del
Journal. Todo se debía a mi omnímoda intromisión.
En los catorce años transcurridos desde que yo
había conocido a Freud, nuestras relaciones personales
habían sido excelentes y nunca se vieron enturbiadas
por rastro alguno de desacuerdo. Una y
otra vez me había hecho objeto de los más finos
cumplidos, tanto desde el punto de vista personal
como en lo que se refería a mis trabajos. A principios
de 1922, con asombro y, por supuesto, con verdadera
pena, recibí de él la siguiente carta:
Querido Jones:
Me apena saber que usted sigue enfermo, y como yo
mismo tampoco estuve bien estas últimas dos semanas,
siento una gran compasión por usted.
Este año último ha traído una decepción difícil de
sobrellevar. He tenido que convencerme de que usted
no controla sus estados de ánimo y pasiones ni es tamipoco
bastante constante, sincero y responsable, como
yo tenía que esperar de usted y tal cual correspondía a
la copiscua posición que ocupa. Y a pesar de haber
sido usted mismo quien tuvo la iniciativa de crear el
Comité, veo que no se ha abstenido de poner en peligro
la armonía entre los miembros del mismo con sus injustas
susceptibilidades. Usted sabe que no está en mi
hábito el coartar mis verdaderos juicios en lo que se
refiere a las relaciones de amistad y que estoy siempre
60
dispuesto a correr el riesgo que tal actitud comporta.
Usted tiene razón cuando pide que los amigos se traten
entre sí con la misma implacabilidad con que lo
hace el destino, pero piense usted cuánto más satisfactorio
resulta para un amigo el reconocer o apreciar o
admirar al otro, que a perdonarlo...
Con deseos de un completo restablecimiento de la
lealtad y la amistad en 1923 (sic).
Afectuosamente suyo,
Freud
Debo dejar a otros que juzguen si lo que Freud
exponía aquí era objetivo y justo o bien una prueba
más de la facilidad con que se dejaba sugestionar.
Me intrigaban especialmente las alusiones a mis
«pasiones», que difícilmente podían tener su origen
en Rank, y más aiin porque a ellas siguieron, en
cartas posteriores, misteriosas alusiones a «aventuras
» (que no podían ser sino amorosas) y a lo qué
significaban como peligro de distraerle a uno de su
labor. La explicación llegó unos meses después. Entre
los numerosos pacientes que yo enviaba a Freud
en esos años, se hallaba una mujer a quien yo había
analizado ya parcialmente, de modo que le envié a
Freud un informe del caso. La paciente había tomado
algunas atenciones que yo le mostrara como signos
de afecto personal de mi parte y, como lo declaraba
yo en mi carta a Freud, «esto condujo a una
declaración de amor» de su parte. Freud entendió
mal este párrafo, entendiendo que se trataba de una
declaración mía, e incluso llegó a suponer que mantuve
relaciones sexuales con ella. Cuando se puso
en análisis con él, Freud tuvo la satisfacción de comprobar
su error.
Bien pronto llegó a hacerme Freud objeto de crí-
61
ticas más concretas con respecto a mi conducta, que
resultaron mucho más fáciles de desvirtuar. El problema
esencial implicado en esto era el origen de
la indebida demora que sufría la publicación de sus
libros en inglés. Cada vez se mostraba más impaciente
y surgían dudas en su ánimo acerca de si
viviría lo suficiente como para llegar a ver alguno
de los tomos.
Otra rueda de la maquinaria parece estar fallando
y me imagino que en medio de todo esto está usted,
y está el «ritual» que prescribe su intromisión personal
en cada paso del proceso. Es así que se me informa
que cada una de las Korrekturen^ ha de pasar por sus
manos y, como son cinco seis las personas que intervienen
en la corrección, se me hace fácil comprender cómo
yo recibo apenas una hoja de los manuscritos de Psicología
de las masas en dos semanas. Es así como no
parece haber posibilidad alguna de que yo llegue a
ver terminados en vida los dos tristes folletos, Jenseits
y Mass ^ para no hablar ya de cosas mayores, tales como
el Sammlung. No puedo comprender por qué se empeña
usted en hacerlo todo por sí mismo y verse aplastado
por el fárrago de las labores rutinarias... Bastaría
con que usted echara un vistazo a la última prueba, la
diera por definitiva y dejara las fases inmediatas en
manos de otros... Se podrían ahorrar muchos meses
si se le pudiera inducir a desprenderse de partes de
esta pesada tarea...
Perdóneme que me entrometa en sus asuntos, pero
éstos son de todos nosotros y Rank, por su parte es bastante
débil para oponerse a usted en esas cosas. Mis
anchas espaldas son, como usted dice, más apropiadas
para soportar esa carga...
1. Prueba de imprenta.
2. Más allá del principio del placer y Psicología de las masas y análisis
del yo.
62
La inocente alusión a Rank, que provocó lo que
los novelistas denominan una carcajada homérica,
me demostraba que Freud no había visto nunca las
prepotentes cartas que constantemente recibía de
aquél. En mi respuesta le decía: «...Tenemos que
ver también, como usted dice, qué es lo que puede
hacerse para apresurar las cosas en este extremo
londinense, y en este aspecto le agradecería mucho
si me hiciera sugerencias bien definidas. La única
que me ha hecho usted, la que se refiere a dejar
todas las correcciones, menos la final, en manos de
la gente de Viena, es algo que he estado poniendo
en práctica hace cosa de dieciocho meses.
»No siento apego alguno a los trabajos minuciosos
de esta índole, sino todo lo contrario, y había
abrigado el temor de haberme quejado demasiado
al expresar mi intenso deseo de verme aliviado de
las tareas rutinarias en todos los casos posibles...
Las dificultades en que me veo mezclado se deben
jnás bien al hecho de delegar en exceso las tareas
(me refiero a las traducciones para el Journal)...
Como usted ve, mi propia inquietud coincidió con
su consejo de liberarme del peso de tanta tarea y no
se trata de ningún modo, como lo cree erróneamente
Rank, del deseo de controlar todos los detalles.
Más me hubiera valido dirigirme a él, describiéndole
ampliamente el proceso, tal cual se desarrolla desde
la recepción del trabajo hasta su aparición, y
pedirle que me sugiriera algunas modificaciones, que
yo recibiría con el mayor agrado... usted sabe cuánto
me aflige el ver que sus traducciones no estén
más avanzadas, pero éste es otro asunto que vale
la pena considerar. Usted se queja con toda razón
por los dos folletos, el Jenseits y el Massenpsycholop.
e. Bien, juzgue usted por ellos. He revisado la tra-
63
ducción del primero hace un año, enviándola a Viena,
para su impresión, en mayo. Desde entonces no
he tenido nada que ver con su existencia, salvo el
hecho de recibir en diciembre último los dos primeros
Bogen^ y de haber preguntado repetidas veces
acerca dé la suerte que corrían. Hasta aquí lo que
se refiere a mi intromisión en todos los detalles. Lo
mismo puedo decir con respecto el Massenpsychalógie.
He dado fin a la revisación en agosto último,
y Stranchey lo llevó consigo a Viena. Esta semana
he recibido las primeras pruebas.
»Lamento molestar a usted con un informe tan
largo, pero el asunto nos interesa a todos y he querido
exponerle la verdadera situación, ya que usted
ha tenido a bien interesarse tan profundamente por
ella. Usted sabe que, esencialmente, es por usted que
todos trabajamos y que por ello su inspiración y su
aprobación significan tanto para nosotros. Si logro
publicar antes de mi muerte una edición completa
de sus obras y dejar organizado el Journal sobre una
base sólida sentiré que mi vida ha valido la pena
ser vivida por más que espero poder hacer aún algo
más que esto en pro del psicoanálisis».
Esta objetiva carta trajo como respuesta una
postal: «Le agradezco mucho su amable carta. Temo
estar envejeciendo y hacerme gruñón. Se ha abstenido
de todas las críticas que yo merecía.» En la
carta siguiente me escribió «Podía haberle escrito
esta carta hace algunas semanas, pero... He aliviado
mi conciencia, además, con aquella postal en que
le confesaba mi error con respecto a usted... Tengo
que retirar mi sospecha primitiva de que la culpa
era suya y pedirle disculpas. Me he sentido profun-
1. Folios.
64
damente conmovido ante la afirmación suya de qué
consideraba la publicación de mis libros en inglés
como uno de los objetivos principales de su propia
labor, y confío que usted consentirá en juzgar esto
como una cariñosa exageración, fruto de impulso
súbito, ya que la parte capital de su obra tiene que
tender forzosamente a objetivos más elevados y al
margen de mis intereses personales. Aprecio de todos
modos sus palabras como expresión de una invariable
amabilidad hacia mí, que yo trato siempre
como usted sabe, de retribuir».
Después de esto las críticas de Freud, aunque se
repitieron de tiempo en tiempo, se hicieron más suaves,
al mismo tiempo que mis relaciones con Rank
seguían de mal en peor. En esa época comenzó a censurar
mi conducción de los asuntos de la Asociación
Internacional, con críticas que habitualmente no
era nada difícil desbaratar. Poco después cuando
Abraham se hizo Secretario de la Asociación Internacional,
Rank, sin informar de ello a ninguno dé
nosotros dos, se dirigió en carta circular a las di-
.versas Sociedades, ocupándose de asuntos que correspondían
exclusivamente al Ejecutivo Central. La
reacción de Abraham a la actitud de Rank fue mucho
más violenta de lo que había sido la mía en
cualquier momento y Freud dirigió una carta personal
a nosotros dos, en la que defendía a Rank de
Jtuestras supuestas suceptibilidades neuróticas. Los
dos nos opusimos, naturalmente a este planteo de
ÍPreud.
Los asuntos de la editorial inglesa y de la Vetiag
Empeoraban continuamente. Hiller se había negado
a seguir trabajando con Rank y había renunciado a
jto puesto. Finalmente dejó Viena en marzo de 1923.
Sin contar con un representante de habla inglesa
65
-3. — Vida y obra de Sigmund Freud, n i.
en Viena, estaba fuera de cuestión toda posible continuación
de las publicaciones en inglés según los
planes anteriores, y luego de intentar diversos compromisos
se convino finalmente en que la editorial
inglesa con la ayuda del Instituto de Psicoanálisis
que acababa de ser creado en Londres, habría de
tener existencia independiente.
Yo había abrigado la esperanza de que la separación
en nuestras relaciones comerciales conduciría
a un alivio en el aspecto personal, pero con verdadera
sorpresa me encontré con que la hostilidad
de Rank hacia mí se hacía cada vez más patente. Esto
llegó a su culminación en la última de todas las reuniones
de nuestro Comité, hacia fines de agosto de
1923. Ferenczi y Rank habían pasado el mes anterior
en Klobenstein y el Tirol, donde trabajaron
juntos para dar fin a un libro. El desarrollo del
psicoanálisis, en el que estuvieron ocupados durante
un par de años.
Nos reunimos todos en San Cristoforo, junto al
lago Caldonazzo, en los Dolomitas, para poder estar
cerca de Freud, quien entonces estaba pasando sus
vacaciones en Lavarone, a seiscientos metros más
arriba que nosotros.
Freud nos había propuesto que hiciéramos la experiencia
de reunimos para tratar de restablecer la
armonía sin su intervención. En caso de acompañarnos
el éxito, él se uniría a nosotros más tarde. Parece
ser que yo había hecho alguna crítica de Rank
—no puedo recordar a quién— y éste no tardó en
destacar mi falta de espíritu amistoso. Le pedí disculpas
por haber herido su susceptibilidad, pero él
se negó a aceptarlas y pidió mi expulsión del Comité.
Esto, por supuesto, no fue admitido por los otros
miembros y mi defensa fue hecha particularmente
66
jpor Abraham, pero tuvo lugar una escena muy petiosa,
durante la cual yo no hice más que asistir,
intrigado y en silencio, a un arranque incontrolable
ide ira de parte de Rank.
A pesar de no haberse logrado el restablecimiento
de la armonía esperada Freud consintió en unirse
a nosotros y yo no olvidaré nunca la insistente
amabilidad con que él se esforzó hasta donde le
fue posible por lograr algún grado de reconciliación
entre nosotros.
Después de esto más bien desaparecí de la escena
y mi lugar «como perturbador de la tranquilidad»
fue ocupado por Abraham. A fines de ese año, 1923,
Ferenczi y Rank publicaron en colaboración, im
libro titulado Los Objetivos del Desarrollo del Psicoanálisis.
Este libro notable, que habría de desempeñar
un papel decisivo en todo este asunto, apareció
repentinamente, sin que ningún miembro del
Comité, excepto Freud, tuviera noticia alguna al respecto.
Bastó este solo hecho para suscitar la sorpresa
de los demás miembros, que no pudieron menos
que considerarlo como una circunstancia poco
propicia, nada acorde con nuestra manera habitual
de actuar y, por supuesto, con las mutuas promesas
que nos habíamos hecho. Tratábase de un libro
valioso en cuanto ofrecía una exposición brillante
de numerosos aspectos de la técnica psicoanalíti-
Ca, pero había en él párrafos llenos de contradicciones,
y .todo él parecía estar pregonando algo así
como una nueva era del psicoanálisis. Su tema principal
era el de la inclinación de los pacientes a vivir
•sus impulsos inconscientes, llevándolos a la acción.
Freud había dedicado un trabajo especial a este
iema, subrayando el conflicto entre esta inclinación
y la finalidad más analítica de revivir los impulsos
67
infantiles, sihora reprimidos. Este libro señalaba,
muy atinadamente, que el análisis del acting out, por
sí mismo, podría ser de gran valor, y Freud aceptó
esta conclusión como una corrección de su actitud
y su técnica anteriores. En realidad, en los siete años
transcurridos desde que había escrito este trabajo,
Freud había progresado en su técnica y hacía un
uso más activo de las tendencias del living out que
antes.
Pero había en el libro numerosos párrafos que
dejaban traslucir la idea aunque no fuera en ima
forma enteramente explícita, de que el análisis de
dichas tendencias podría ser suficiente y hacer innecesario
el penetrar en las fuentes históricas de las
mismas en la infancia. Esto me hacía recordar el
cargo que yo había hecho a Jung en el Congreso de
Munich de 1913, en el sentido de que estaba reemplazando
el análisis de la infancia por la simple
consideración de asuntos actuales, y que ello podría
ser aprovechado, en este sentido, por analistas ambiciosos
o reaccionarios. También Freud tenía sus
dudas, si bien estaba convencido de que esto no se
aplicaría a los autores de este libro. Los analistas
de Berlín, especialmente Abraham y Rado, no se sentían
tan felices al respecto, y el correr del tiempo no
haría más que justificar sus temores.
Freud había leído el libro antes de su aparición
y había hecho una serie de sugerencias. Manifestó
a Ferenczi, más tarde, que al comienzo se había sentido
cautivado por el libro, especialmente por la forma
en que destacaba los progresos que él mismo
había estado introduciendo en la técnica. Pero a
ésto agregó que, a medida que transcurría el tiempo,
el libro llamaba cada vez menos su atención. No le
parecía «sincero». Se escondían tras de él las ideas
68
ííe Rank acerca del trauma de nacimiento y el mé-
'todo de la técnica «activa», de Ferenczi, tendientes
tanto aquéllas como éste, al acortamiento del análisis,
aun cuando ninguna de las dos cosas era explícitamente
mencionada en el libro.
El 2 de enero de 1924, Ferenczi leyó un ensayo
del libro ante la Sociedad de Viena en presencia de
Freud. Cuando luego le preguntó su opinión, Freud
le contestó por carta que aquél había producido en
el auditorio una curiosa impresión, puesto que Ferenczi
no se refirió al tema principal del libro —^la
tendencia a obrar conforme a los recuerdos, en vez
de recordarlos— y sólo trató de su nueva técnica de
la «terapia activa». Freud también incluyó en esta
carta una moderada observación acerca de que no
¡estaba enteramente de acuerdo con todo el contenido
del libro.
En una carta de diez páginas, decía Ferenczi que
se había sentido «destrozado» por esta observación
y hacía acaloradas protestas en el sentido de que
él no soñaba jamás apartarse en nada de las teorías
de Freud. Freud replicó: «En cuanto a su empeño
de mantenerse completamente de acuerdo conmigo,
lo valoro como una expresión de su amistad,
^i bien considero que tal propósito no es necesario
iú fácil de lograr. Bien sé que no soy fácilmente
^accesible y que, por mi parte, me resulta difícil asimilar
los pensamientos de los demás que no coinciden
con el propio curso de los míos. Se requiere
por ello bastante tiempo hasta que yo pueda formarl
e un juicio acerca de los conceptos ajenos, de modo
tal que entretanto me es forzoso abstenerme de
^odo juicio crítico. Si tuviera ustedes que esperar
•tanto en cada caso, ello significaría el fin de toda
creación para ustedes. Tal conducta sería, pues, ino-
69
perante. La idea de que usted o Rank, en sus elucubraciones
propias, puedan algún día abandonar el
terreno común del psicoanálisis me parece absolutamente
fuera de cuestión. ¿Por qué no habrían de
tener ustedes el derecho, entonces, de hacer sus propios
intentos de probar si las cosas no han de marchar
mejor por un camino diferente del mío propio?
Si en algún momento, al proceder así, se apartaran
demasiado lejos, ya lo comprobarán ustedes
mismos de una manera u otra, o bien yo me tomaré
la libertad de señalárselo tan pronto yo mismo
esté realmente convencido de ello».
Todo esto se complicó enormemente por la aparición,
en esa misma época —diciembre de 1923^,
de un libro de Rrank, mucho más intranquilizador, titulado
El trauma del nacimiento. Ni Freud ni Ferenczi
lo había leído antes de su aparición, si bien
estaban enterados de que Rank lo estaba escribiendo,
y para todos los demás, por supuesto, el hecho
constituyó tin motivo de gran sorpresa. Durante mucho
tiempo ya había estado pensando Freud que la
experiencia del nacimiento, en circunstancias en que
la posibilidad de asfixia coloca al recién nacido, inevitablemente,
en un peligro mortal, era el prototipo
de todos los posteriores accesos de miedo. Ahora
Rank, aplicando a este episodio el nombre de «trauma
», sostenía que el resto de su vida consistía en
complicados esfuerzos tendientes a superarlo o anularlo.
La neurosis no sería otra cosa, de paso, que
el resultado del fracaso de estos esfuerzos. El libró,
mal escrito y confuso, denotaba un estilo hiperbólico,
más apropiado para el anuncio de un nuevo
evangelio. No contenía dato ninguno que pudiera
ponerse a prueba, y la mayor parte del libro se componía
de extravagantes especulaciones en el terreno
70
4el arte, la filosofía y la religión. La consecuencia
clínica de esto sería que todos los conflictos psíquicos
se refieren necesariamente a la relación del niño
con la madre y todo lo que pudiera parecer a primera
vista conflicto con el padre, incluyendo el complejo
de Edipo, no sería más que un enmascaramiento
de los conflictos básicos relacionados con el nacimiento.
El tratamiento psicoanalítico debería consistir,
en consecuencia, en concentrarse exclusivamente,
desde el comienzo, en obligar al paciente a
repetir en la situación transferencial el drama del
nacimiento, y el renacimiento consiguiente representaría
la curación.
Estas ideas de Rank habían germinado lentamente.
Recuerdo muy bien que en marzo de 1919, cuando
me encontré con él y su mujer, entonces embarazada,
en Suiza, provocó mi asombro al afirmar,
en xm tono angustiado, que los hombres no tenían
importancia en la vida: la esencia de la vida era
Ja relación entre madre e hijo. El 16 de mayo de
1921 había leído un curioso trabajo en la Sociedad
de Viena sobre la relación entre cónyuges. Estos,
según él sostenía, repetían siempre, en esencia, las
relaciones entre madre e hijo (por ambas partes y
alternativamente). Este trabajo no llamó la atención
en aquél momento. Freud, en algunas raras ocasiones,
había recurrido al procedimiento de señalar al
paciente un término para el análisis, una fecha antes
de la cual debía terminarse. Rank retomaba ahora
la idea para aplicarla en todos los casos, sin excepción,
con lo que se reduciría mucho la duración del
lanálisis. Esto le daba la idea de que un análisis debería
consistir en una gigantesca experiencia de volver
a vivir hechos del pasado. A poco andar, toda
;¿sta experiencia tomó la forma de un «renacer».
71
Rank informó a Freud acerca de sus ideas teóricas
—no de las clínicas— en el verano de 1922. La
primera observación de Freud fue: «Cualquier otra
persona que no fuera usted habría utilizado un descubrimiento
como éste para independizarse». El comentario
que hizo a Ferenczi fue: «Yo no sé si lo
que en esto hay de cierto es el 66 ó el 33 por ciento,
pero en todo caso estamos ante el progreso más importante
desde el descubrimiento de psicoanálisis».
Las cambiantes reacciones de Freud frente a la
teoría de Rank ilustran en forma interesante la personalidad
de aquél, de modo tal que me propongo exponerlas
con cierta extensión. La primera reacción
fue de desconfianza, y cuatro meses después de la
aparición del libro decía que su primera conmoción
de alarma —ante la perspectiva de que toda
su obra sobre la etiología de las neurosis pudiera
desvanecerse ante la importancia asignada al trauma
del nacimiento— aún no había desaparecido del
todo. Pero bien pronto siguió a esto el placer que le
proporcionaba el ver que Rank había hecho un descubrimiento
de fundamental importancia, su interés
se concentró en el problema de cómo éste podría ensamblarse
con toda la estructura anterior del psicoanálisis.
Con el correr del tiempo, sin embargo, e
influido probablemente por las críticas que llegaban
de Berlín —que expresaban los mismos recelos
que él trataba de sofocar dentro de sí—, comenzó
a dudar cada vez más del valor de la obra. Esta oscilación,
con comentarios contradictorios que no dejaba
de hacer cada tanto acerca de la teoría, hacia
difícil, naturalmente, para los demás, el formarse
una idea de su opinión al respecto.
En la Navidad de 1923, Sachs estaba en Viena y
Freud le expresó las dudas que abrigaba acerca de
72
| a teoría de Rank. Sachs escribió acerca de esto a
perlín, donde su carta fortaleció la actitud crítica
que ya prevalecía allí.
Luego de esto se enteró Freud, por Eitingon, de
lo que él llamaba la «tormenta» de Berlín, que a su
juicio reclamaba su intervención para aplacar un
poco los ánimos. Hizo enviar entonces la siguiente
carta circular a todos los miembros del Comité.
Wien, febrero 15 de 1924
Liebe Freunde,
Por varios conductos he llegado a saber, no sin cierto
Itóombro, que las recientes publicaciones de Ferenczi y
^ n k —me refiero a su libro en colaboración y al trau'-
ipa de nacimiento— han provocado una discusión basitante
desagradable y tormentosa. Uno de nuestros ami-
^ s ^ me ha rogado que tratara de aclarar entre nosotros
íCste asunto aún no zanjado, en el que él percibe un
l^ermen de disensiones. Al acceder a su ruego quiero
sgue usted no piense que estoy tomando ima actitud
de intromisión. Por mi parte preferiría mantenerme en
todo lo posible a la retaguardia y dejar que cada uno
de ustedes siga su propio camino.
Recientemente cuando Sachs se encontraba aquí,
¿cambiamos algunas ideas sobre el trauma del nacimiento.
De ahí proviene la impresión de que yo veo en
la publicación de este libro la aparición de una ten-
:¿encia adversa o de que yo esté absolutamente en desacuerdo
con su contenido. Yo tenía motivos de pensar,
en realidad, que el hecho mismo de haber aceptado la
dedicatoria de la obra tendría que desvirtuar tales sos-
'pechas.
El hecho es éste: ni la armonía que debe reinar entre
nosotros ni el respecto que frecuentemente me han
demostrado ustedes debería impedir de ningún nlodo
1. Eitingon.
73
que cada uno de ustedes haga el uso que mejor le parezca
de su propia capacidad creadora. Lo que yo espero
de ustedes no es que trabajen en un sentido que
pueda complacerme, sino en la forma más acorde con
sus ideas y sus experiencias. Un completo acuerdo sobre
los detalles científicos y sobre todo tema nuevo que
surja es absolutamente imposible entre media docena
de personas de temperamento diferente, y ni siquiera
es deseable. La única cosa que hace posible que trabajemos
juntos con provecho es que ninguno de nosotros
se aparte del terreno común de las premisas del psicoanálisis.
Hay aparte de esto otra consideración que
ustedes ya deberían conocer bien y que hace que yo
resulte especialmente ineficaz en la función de despótico
censor constantemente montando guardia. A mí
me resulta difícil orientarme debidamente frente al
curso de los pensamientos de otros y tengo como norma
esperar, en cada caso, a descubrir alguna conexión
entre estas ideas y mi propia manera de pensar. De este
modo de proponerse ustedes esperar, frente a cada idea
nueva, a que yo pueda darle mi aprobación, correría
el riesgo de envejecer esperando.
Mi actitud frente a los dos libros en cuestión es la
siguiente.
La obra escrita en colaboración representa para mí
una corrección de mi concepto del papel que desempeña
la repetición o el acting out dentro del psicoanálisis.
Yo solía mostrarme receloso frente a tales fenómenos
y solía considerar esos acontecimientos —o «experiencias
» como las llaman ustedes ahora— como accidentes
indeseados. Rank y Ferenczi han llamado la
atención sobre el hecho de que estas «experiencias» no
pueden evitarse y de que su utilización puede ser provechosa.
La descripción que ellos hacen tiene a mi juicio
el inconveniente de no ser completa, es decir, no
dan cuenta de los cambios de técnica que tanto les preocupan,
se conforman con aludirlos simplemente. El hecho
de apartarse de nuestra «técnica clásica», tal como
74
ía denominó Ferenczi en Viena, no deja de encerrar
ciertos peligros, pero esto no significa que los mismos
no pueden ser evitados. En la medida en que se trata
de una cuestión de técnica, de saber si a los fines prácticos
podemos realizar nuestro trabajo en una forma
diferente de la actual, considero que el experimento
de estos autores se justifica plenamente. Ya veremos
con el tiempo cual será el resultado. En todo caso
tenemos que cuidarnos de condenar este intento desde
el comienzo, a título de herético. De todos modos no
tenemos porque silenciar ciertos recelos. La «técnica
activa» de Ferenczi es xma peligrosa tentación para los
novicios excesivamente ambiciosos, y difícilmente podremos
disponer de algún modo de evitar que realicen
tales experimentos. Tampoco quiero ocultarles otra impresión
o prejuicios que yo tengo. Durante mi reciente
iMifermedad aprendí que una barba, en una cara recién
afeitada, tarda semanas en volver a crecer. Han pasado
^ tres meses desde mi última operación y todavía
estoy sufriendo a consecuencia de los cambios que se
liberan en el tejido cicatricial. No me resulta fácil creer,
|»or lo tanto, que en un período apenas mayor, de
cuatro o cinco meses, pueda una penetrar las capas
"más profundas del inconsciente y lograr con ello caminos
duraderos en la psique de una persona. Así y todo,
^ r supuesto, me inclinaré ante la experiencia. Por mi
^ r t e , seguiré realizando análisis «clásicos» dado que,
%n primer lugar, apenas tomo alguno que otro paciente,
Sino que me ocupo de discípulos para quienes es más
Importante pasar por todos los procesos íntimos posibles
—^no se puede manejar los análisis didácticos exac-
^tíunente en la misma forma que los terapéuticos— y
^ segundo lugar soy de opinión que aún tenemos mupho
que investigar y todavía podemos basamos exclu-
^vamente, como es necesariamente el caso en los añad
í s abreviados, en nuestra premisa.
Y ahora vamos al segimdo libro, incomparablemente
pe^s interesante, El trauma del nacimiento de Rank. No
75
dudo en calificar esta obra de altamente signficativa
ni en afirmar que me ha dado mucho que pensar y que
hasta el momento no he llegado a una conclusión definitiva
hacia la misma. Hace mucho tiempo que nos hallamos
familiarizados con fantasías uterinas y reconocíamos
su importancia, pero con la prominencia que les
ha conferido Rank aquellas han adquirido una importancia
mucho mayor y nos revelan, en un repentino
chispazo, el fundamento biológico del complejo de Edipo.
Para repetirlo con mis propios términos: es necesario
asociar al trauma de nacimiento algún instinto
que tiende a restaurar lá forma anterior de existencia.
Podríamos denominarlo el impulso a la felicidad ^ entendiendo
aquí que el concepto de «felicidad» se usa principalmente
en un sentido erótico. Ahora Rank va más
allá de la psicopatología y nos señala que los hombres
modifican el mundo exterior para ponerlo al servicio
de este instinto, en tanto que los neuróticos se ahorran
este trabajo, tomando el atajo de las fantasías de retorno
al vientre materno. Si a la concepción de Rank se
le agrega la de Ferenczi, de que el hombre puede ser
representado por sus genitales, tendremos por primera
vez una derivación del instinto normal que encaja en
nuestra concepción del mundo.
Y aquí llegamos al punto en que a mi juicio comienzan
las dificultades. Obstáculos que son causa de ansiedad
y que constituyen otras tantas barreras contra el
incesto se oponen a la fantasía de retorno al vientre
materno: ahora bien, ¿de dónde provienen? Representan
evidentemente al padre, la realidad, la autoridad
que prohibe el incesto. ¿Por qué han erigido estas instancias
la barrera contra el incesto? Mi explicación era
de carácter histórico y social, filogenética. Yo hacía
derivar la barrera contra el incesto de la historia primitiva
de la familia humana, viendo así en el padre el
obstáculo real que erige cada vez, nuevamente, la ba-
I. Glückstrieb.
76
jrera contra el incesto. Aquí Rank se aparta de mí.
Se niega a considerar la filogenia y la ansiedad que se
opone al incesto es simplemente para él, una repetición
de la angustia del nacimiento, de modo que la regresión
neurótica se ve esencialmente contrarrestada por la naturaleza
misma del proceso del nacimiento. Esta angustia,
es cierto, es transferida al padre, pero según
Rank éste constituye simplemente un pretexto para
ello. La actitud frente al vientre o al genital materno es
considerada básicamente como ambivalente desde el
comienzo. Aquí está la contradicción. Me parece muy
difícil decidirlo aquí, ni veo tampoco en qué podrá
ayudamos para ello la experiencia, ya que en el análisis
nos topamos siempre con el padre como representante
de la prohibición. Pero esto no es, por supuesto, un
argumento. Me es forzoso, por el momento, dejar pendiente
la cuestión. Como argumento en contra yo podría
señalar también que no corresponde a la naturaleza
del instinto el ser sociativamente inhibido, tal como
ocurre aquí con el instinto de regreso_a ja^jaadre pop^-
asQciacióa-eeiT el terror provocado durantg_gljiarimipt^
to. Todo instinto en su tendencia a restaurar una situación
anterior, presupone en realidad im trauma como
causante del cambio ocurrido y por ello no puede haber
instintos ambivalentes, es decir, acompañados de angustia.
Naturalmente podría decirse mucho más, y en
detalle, acerca de esto, y es mi esperanza que los pensamientos
suscitados por Rank se convertirán en el tema
de muchas y fructíferas discusiones. Nos vemos aquí no
frente a una revuelta, una revolución, un rechazo de
aquellos conocimientos que consideramos firmes sino
frente a un interesante aporte nuevo, cuyo valor tendríamos
que reconocer tanto nosotros como los demás
analistas.
Si a esto añado que no me resulta claro comprender
cómo la interpretación prematura de la transferencia
como una fijación con la madre puede contribmr al
acortamiento del análisis, les habré dado una impres'ión
77
leal de mi actitud frente a los dos libros en cuestión.
Los valoro altamente, los acepto ya en parte, tengo mis
dudas y recelos acerca de ciertas partes de los mismos,
espero que la reflexión y la experiencia nos permitan
una mayor clarificación en el futuro y recomendaría
a todos los analistas que no se formasen un juicio demasiado
apresurado, y menos aún si es reprobatorio,
acerca de las cuestiones que aquí han surgido.
Perdóneme la longitud de la carta. Quizá con ello
pueda conseguir que ustedes se abstengan de pedir mi
opinión sobre asuntos que ustedes mismos pueden
juzgar tan bien como yo.
Freud.
Esta carta, tal vez demasiado tolerante, no logró
disipar los recelos de Abraham. Éste no quiso replicar
en una carta circular, para no irritar a las dos
personas implicadas, de modo que envió una carta
privada a Freud, diciéndole que advertía signos de
tm proceso fatal que interesaba a cuestiones vitales
del psicoanálisis.
Freud le escribió pidiéndole que especificara de
qué peligro se trataba, ya que él mismo no lo podía
advertir. Abraham estimulado por el hecho de ver
que Freud estaba dispuesto a escuchar criticar, aun
cuando éstas se dirigieran a sus amigos más cercanos,
le manifestó francamente que en los dos libros
en cuestión veía los signos de una regresión científica
que se asemejaba mucho a la de Jung doce años
atrás. La única esperanza que cabía era una franca
discusión entre los miembros del Comité, a realizarse
antes del próximo Congreso (en abril).
Sachs sentía más simpatía por la innovación de
Rank que Abraham, pero señaló una debilidad fatal
en la exposición que de su teoría hacía Rank. «El
78
trauma del nacimiento no puede probarse con materiales
etnológicos o tomados de la psicología de la
religión más de lo que se puede comprobar el complejo
de Edipo. La interpretación de los sueños y
la teoría de las neurosis son supuestos previos sin
los cuales el tótem y el tabú no serían concebibles
siquiera».
Freud se había sentido un poco molesto ante la
idea de que, por un momento, Abraham haya dudado
de su disposición a prestar oídos a una crítica
penosa y admitía que las posibilidades entrevistas
por Abraham no se hallaban muy lejos de las que él
mismo podía ver. Pero, decía, estos dos hombres difieren
fundamentalmente de Jung y no los ha movido
nada más que el deseo de encontrar algo nuevo. De
modo que el único peligro a que se exponían era el
de estar equivocados, «cosa que en la labor científica
es difícil evitar». Pongámonos en un caso extremo,
y supongamos que Ferenczi y Rank hayan afirmado
directamente que nosotros habíamos estado en
un error al haber asentado nuestros cuarteles sobre
la idea del complejo de Edipo. El asunto decisivo
estaría en el trauma de nacimiento, y todo aquél
que no lo hubiera superado terminaría naufragando
en la situación edípica. En tal caso, en lugar de
nuestra etiología de las neurosis nos encontraríamos
con otra, condicionada a accidentes fisiológicos, ya
que habrían de hacerse neuróticos o bien los chicos
que hulsieran pasado por un trauma de nacimiento
especialmente grave o los que hubieran llegado al
mundo con una constitución especialmente sensible
al trauma. Más aún: sobre la base de esta teoría
muchos analistas introducirían algunas modificaciones
en su técnica. ¿Qué otro daño podría provenir
de ésto? Podríamos permanecer todos con tranqui-
79
lidad, bajo el mismo techo, y al cabo de unos pocos
años de trabajo se vería claramente si el caso es que
algxmos analistas han sobreestimado un hallazgo valioso
o más bien otros lo han subestimado. Tal me
parece a mí la situación. Por supuesto no puedo
negar fundamento, de antemano, a las razones y argumentos
que usted pueda adoptar en este asunto,
y por ello me siento muy inclinado a la discusión
que usted propone».
Estas dos cartas de Freud —a las que podrían
agregarse muchas otras— representan por sí solas
un decisivo mentís a la leyenda que algunos autores
han inventado acerca de él: que era un hombre
nada dispuesto a permitir a ninguno de sus discípulos
que tuviera ideas propias o distintas de las
suyas.
Evidentemente Freud no había contado con las
relaciones de los dos autores. Dos días después de
escribir a Abraham, y no con mucho tacto, por cierto,
informó a Rank de las sospechas de Abraham y
su semejanza con Jung, y Rank pasó por supuesto
la información a Ferenczi. Se hace difícil decir cuál
de los dos se enojó más. Ferenczi escribió denunciando
la «ilimitada ambición y envidia» que se ocultaba
tras la «máscara de cortesía» de Abraham, declaró
que con su acción había señalado el destino
del Comité, y pretendió que había perdido el derecho
a ser elegido presidente de la Asociación Internacional,
lo que se había dispuesto que tuviera lugar
durante el próximo Congreso. La cosa ya estaba
hecha.
Freud había sido excesivamente optimista al suponer
que los cuatro (Abraham, Ferenczi, Rank y
yo), habríamos de arreglar fácilmente las cosas por
nosotros mismos y evidentemente fue para él tma
80
sorpresa nada agradable el encontrarse con la tempestad
que él mismo, sin quererlo, había provocado.
Se apresuró a asegurar a Ferenczi que tenía la más
absoluta confianza en la lealtad de él y de Rank,
agregando: «Sería cosa triste tener que sentirse desengañado
después de convivir durante quince o diecisiete
años». Pero no podía ocultar lo desolado que
se sentía ante los hechos ocurridos. «Yo no dudo que
los demás miembros de lo que hasta hoy fue el Comité
sienten consideración y buena voluntad hacia
mí, pero así y todo se me va a dejar en la estacada
precisamente ahora cuando yo soy un inválido, con
mi capacidad de trabajo disminuida y en un estado
de ánimo que me hace rehuir todo lo que sea una
carga y no sentirme capaz de sobrellevar una preocupación
grande. No estoy tratando de inducirle con
mis lamentos a dar paso alguno en el sentido de
conservar la vida del ya perdido Comité. Bien lo
sé: lo ido se ha ido y lo perdido perdido \ He sobrevivido
al Comité que tenía que haber sido mi sucesor.
Quizá sobreviviré a la Asociación Internacional.
Es de esperar que el psicoanálisis me sobrevirá. Pero
todo esto contribuye a hacer un sombrío final de mi
vida».
En este estado de ánimo de resignada desesperación,
Freud se volvió incluso contra el leal Abraham,
a quien hacía responsable ahora de todas las
dificultades. Escribió a Abraham una carta en términos
duros y no del todo amistosos, en la que le
decía: «Por mucho que su reacción frente a Ferenczi
y Rank haya sido justificada, su comportamiento
no fue por cierto amistoso. Y es esto lo que ha puesto
realmente en evidencia que el Comité ya no existe.
1. Hin ist hin, verloren ist verloren. Cita de "Lenore", un poema de
Biirger.
81
Porque ya no existen los sentimientos que puedan
convertir a este grupo de personas en un Comité.
Creo que es a usted a quien corresponde ahora detener
toda ulterior desintegración, y confío en que
Eitingon le será útil en ello». En algunas ocasiones
Freud era capaz de ser enteramente injusto, y ésta
era una de ellas. Su condena bastante infundada
de Abraham, continuó tal cual, cosa que solía ocurrir
con Freud. Pero al referirse al supuesto mal
comportamiento de Abraham (y acaso también el
mío), manifestaba: «un poco más o menos de injusticia,
cuando uno es arrastrado por la pasión, no
es razón valedera para condenar a personas a quienes
por otra parte se siente afecto».
Pero Abraham no se dejó arrinconar. En términos
amistosos, pero viriles, rechazó toda acusación,
y tuvo el coraje necesario para atribuir el cambio
de actitud de Freud —con toda razón— al resentimiento
que en este provocaba el hecho de que se le
enfrentara con una verdad dolorosa.
A causa de un ataque de gripe Freud no pudo
asistir al Congreso de Salzburgo, en la Pascua de
1924. Ferenczi y Rank se habían negado terminantemente
a participar en discusión algvma sobre sus
trabajos, de tal modo que la reunión del Comité
que había sido planeada para la víspera del Congreso,
no se realizó. El hecho fue que diez días antes
de esa fecha. Rank envió una carta circular en la que
anunciaba la disolución del Comité, decisión ésta
que Ferenczi aceptó con enojo y Freud con pena.
Pero ni el infatigable Abraham ni yo estábamos
contentos con dejar las cosas como estaban. Juntos
abordamos a Ferenczi en la primera oportunidad
que tuvimos durante el Congreso, y Abraham le
dijo con toda franqueza que se había iniciado en
82
lina senda que habría de alejarlo por completo del
^psicoanálisis. Su lenguaje fue tan absolutamente sincero
y objetivo que Ferenczi sólo pudo responder
icon una sonrisa y protestas tales como ésta: «Usted
no puede pensar realmente lo que dice». A esto siguió
una conversación tranquila y de tono crecientemente
amistoso. Presente Sachs como mediado entre
nosotros, se pudo restablecer un considerable
grado de armonía.
Rank, en cambio, se mostró completamente inaccesible
y abandonó el Congreso en su segundo día,
en viaje a Estados Unidos. Más tarde dijo Freud
que había abandonado tan rápidamente el Congreso,
antes de la reunión de asuntos administrativos, porque
le resultaba imposible presenciar la elección de
Abraham como Presidente. Los temores que abrigaba
a Freud acerca de una áspera ruptura durante
el Congreso resultaron infundados. En el simposio
en el que debió ser mencionado el tema del trauma
de nacimiento los tres analistas de Berlín que
tuvieron que ocuparse de él hablaron con toda mo,
deración y objetividad.
Llegado el momento, fue Ferenczi mismo quien
propuso la designación de Abraham como Presidente.
Al escribirle felicitándolo por su designación, le decía
Freud: «En cuanto al juicio de los hechos yo me
siento muy cerca de su ptmto de vista, o más bien
me estoy aproximando a él cada vez más, pero en
cuanto se refiere a las personas no puedo estar todavía
de su parte. Estoy convencido de la corrección
de su conducta, pero así y todo pienso que usted
debió de haber procedido de otra manera». Su
afecto por Abraham había vuelto a ser plenamente
el de antes. En la carta siguiente lo llamaba su
«roca de bronce» y le daba explicaciones sobre su
83
actitud anterior. «Para no sentirse disgustado conmigo
usted tendría que ponerse (con toda intensidad)
en mi caso. Aun cuando se me considera en
vías de restablecimiento, abrigo en lo hondo una
convicción pesimista de que se acerca el final de
mi vida. Esta convicción se alimenta de los tormentos
que incesantemente me ocasiona mi cicatriz. Padezco
una especie de depresión senil centrada en
un conflicto entre un irracional amor a la vida y un
sentimiento más sensato, de resignación... Si estoy
equivocado y esto resulta ser apenas un período pasajero
seré yo mismo el primero en notarlo y en ese
caso, una vez más, arrimaré el hombro al trabajo».
Su primitivo entusiasmo por el libro de Rank
disminuía rápidamente. En esa misma carta escribía:
«Cada vez me alejo más y más del Trauma del nacimiento.
Confío en que "se desinflará" por sí mismo
si no se lo hace objeto de críticas muy serias y entonces
Rank, a quien valoro por su talento y por
los grandes servicios prestados, habrá sacado de
ello una provechosa lección».
EKirante algimas semanas había tratado de aplicar
la teoría de Rank en su labor diaria, interpretando
las asociaciones, cada vez que le era posible,
en términos de nacimiento, pero sin recibir reacción
alguna de sus pacientes ni advertir en ellos ningún
otro efecto. Ferenczi, en cambio, había obtenido resultados
magníficos aplicando el mismo método y no
podía prescindir de él ni en vuio solo de los casos.
Ames, entonces Presidente de la Sociedad de Nueva
York, había invitado a Rank a hacer una visita
de seis meses. Unos tres meses después comenzaron
a llegar a Europa informaciones sumamente intranquilizadoras.
Sus afirmaciones de que el «viejo» psicoanálisis
había sido completamente dejado atrás
84
con sus nuevos descubrimientos y de que un análisis
podía realizarse ahora en tres o cuatro meses
causaron una considerable impresión. Buena parte
de la gente más joven se sintió cautivada por este
maravilloso progreso mientras que los menos impresionables,
especialmente Brill, se sintieron simplemente
asombrados, y querían saber, naturalmente,
qué es lo que Freud tenía que decir al respecto de
todo esto. Freud confió al comienzo, en que los informes
fueran exagerados, si bien entendía que Rank
procedía mal al difundir ideas que aún no habían
sido puestas debidamente a prueba. Pero unas pocas
semanas después llegó una carta sumamente
desagradable de Rank. A Freud le resultaba difícil
creer lo que estaba leyendo: no parecía de ningún
modo el Rank a quien había conocido hasta entonces.
Se sintió completamente desconcertado. «Realmente
ya no entiendo a Rank. ¿Puede usted hacer
algo para aclararme esto? Durante quince años lo
he conocido como una persona completamente afectuosa,
dispuesta siempre a prestar un servicio, discreto,
absolutamente responsable, tan capaz de recibir
sugerencias nuevas, carente de inhibiciones
para la elaboración de ideas nuevas propias, que en
toda disputa se colocaba siempre de mi parte y esto,
según yo creía, sin ninguna compulsión interna
para hacerlo... ¿Cuál es el Rank verdadero; el que
conocí durante quince años o el que Jones me ha
estado señalando en los últimos años?»
Envió una copia a Eitingon. «Abraham, naturalmente,
no tiene que enterarse para nada del contenido
de la carta de Rank. Los sentimientos en ella
expresados son demasiado feos. Hay en ella un tono
de malicia y hostilidad que no me permite esperar
un buen desenlace». Rank había reprochado a Freud,
85
evidentemente, lo mal que lo había tratado al no
aceptar plenamente las nuevas ideas que se le ofrecían.
En una carta dirigida a Ferenczi, protestaba
Freud: «También yo reclamo el derecho de hacerme
mi propio juicio y no me creo obligado a aceptar
incondicionalmente las innovaciones de un principiante,
ya que por mi parte me he mostrado dispuesto
a permitir que cada uno tenga sus propias opiniones,
dentro de los límites de nuestro trabajo en
común». Rank daba también como explicación de
sus sentimientos de hostilidad el que Freud hubiera
prestado oído a las críticas de Abraham. Freud
comentó atinadamente que con esto estaba incurriendo
en una realmente curiosa venganza contra
Abraham, ya que tomaba precisamente el camino
que aquél sospechó que tomaría. Freud le había escrito
a Rank, no con mucho tacto por cierto, que él
no habría escrito el libro de haber sido analizado,
por el peligro de proyectar los propios complejos
sobre la teoría. (Sin embargo, sólo ocho meses antes
había señalado Freud que en los quince años que
había conocido a Rank, apenas si se le había ocurrido
que éste precisara ningún análisis). Rank replicó
airadamente que por todo lo que él conocía de
los analistas preparados por Freud le parecía una
suerte el no haberse analizado nunca. Freud hizo
el siguiente comentario: «Esto ya sobrepasa toda
medida, lo mismo que el pasaje en que califica a
Abraham como una persona absolutamente ignorante
y un niño que no sabe cuándo debe sujetar la
lengua».
Si bien abrigaba aún alguna esperanza de retorno
del hijo pródigo, Freud ya estaba preparado para
cualquier emergencia. «Rank es arrastrado a apartarse
del psicoanálisis por su descubrimiento, del
86
mismo modo que Adler, pero si se independiza sobre
la base de la solidez de ese descubrimiento, no
tendrá la misma suerte, ya que su teoría contradice
el sentido común de los profanos, que se han visto
halagados, en cambio, por la lucha adleriana por el
poder... Cuando vuelva a recobrar su sensatez habrá
llegado el momento, por supuesto, de volver a
aprovechar sus extraordinarios servicios y su irreemplazable
colaboración y de perdonarle todas sus divagaciones.
No me animo a esperar tanto, sin embargo;
la experiencia nos enseña que una vez que
el diablo se ha puesto en camino no se detiene hasta
llegar al fin. Me siento muy mortificado con la idea
de que finalmente resultaría cierto todo lo que decía
Jones».
La conversación que Abraham y yo mantuvimos
con Ferenczi en el Congreso de Salzburgo tuvo probablemente
cierto efecto sobre él. Había estado al
borde del precipicio y ahora se retiraba de él de
una manera absolutamente indudable. Después de
leer la dura carta de Rank, escribió a Freud que se
apartaba definitivamente de aquél.
A fines de septiembre recibió Freud otra carta
de Rank, escrita esta vez en tono más pausado pero
sin duda más definitiva. Luego de recibirla, Freud
lo consideró definitivamente perdido. Todo este episodio
de la curiosa conducta de Rank en Estados
Unidos recordaba mucho la visita que a este país
había hecho Jung en 1912, y el desenlace final resultó
también el mismo.
A su regreso a Viena, al mes siguiente. Rank
mantuvo con Freud una conversación de tres horas.
Produjo a Freud una impresión confusa y atribuyó
toda su conducta a la provocación que atribuía a
Abraham. Este le había dado la idea de que Freud
87
quería deshacerse de él, de modo que tenía que pensar
en ganarse la vida en alguna otra parte. La entrevista
fue insatisfactoria y no condujo a nada. El
rasgo dominante de la misma fueron sus evasivas
negaciones. Al final de la conversación. Rank anunció
su intención de volver a los Estados Unidos. El
19 de noviembre Rank visitó a Freud para despedirse
de él. Debe haber sido ésta una entrevista penosa
y embarazosa. Freud dijo que lo sentía terriblemente
por Rank, porque advertía que éste tenía un peso
sobre su corazón que le resultaba completamente
imposible expresar. No abrigaba muchas esperanzas
de volverlo a ver nunca más. Ese mismo día recibió
Freud una carta de Brill que le causó una profunda
impresión. En términos aterradores, éste le informaba
de las extraordinarias doctrinas que los discípulos
de Rank habían manifestado, llenos de gozo,
que ya no era necesario analizar los sueños ni hacer
ninguna interpretación, que no sea la del trauma de
nacimiento y se sentían aliviados también de no tener
que ocuparse del molesto tema de la sexualidad.
Freud no sentía hacia él resentimiento alguno,
por mucho que deploraba su pérdida. Tampoco yo.
Freud, que creía entonces que aquél había abandonado
Viena para siempre, me había escrito sobre la
situación: «Como usted ve, se ha evitado una ruptura
categórica. Rank mismo no intentó tal cosa,
y un escándalo no habría favorecido a nadie. Pero
toda relación íntima con él ha terminado... No solamente
a mí mismo sino a las otras dos personas
presentes en la entrevista, nos resultaba muy difícil
considerarlo sincero y dar crédito a sus afirmaciones.
Lamento mucho tener que decir que usted
querido Jones, finalmente tenía toda la razón». En
una carta posterior me escribió:
«El asunto Rank está llegando ahora a su fin...
No crea usted que la cosa me haya turbado mucho
o que haya de tener especiales consecuencias para
mí. Esto no deja de ser bastante curioso en realidad,
si se tiene en cuenta el papel que ha de desempeñado
Rank en mi vida durante una década y media.
Puedo distinguir tries explicaciones de esta frialdad
de mis sentimientos. En primer lugar puede
ser una consecuencia de mi vejez, a causa de la cual
las pérdidas ya no me pesan tanto. En segundo
lugar me digo que la relación se ha visto, por así
decir, amortizada en estos quince años; no es lo
mismo cuando una persona se muestra desleal al
cabo de dos o tres años que si esto ocurre después
de realizar durante años una tarea extraordinariamente
grande. En tercer lugar, y por cierto no en
último orden de importancia, es posible que yo me
sienta tan tranquilo porque no puedo advertir en
mí absolutamente ningún rasgo de responsabilidad
en cuanto a todo este proceso».
Entonces ocurrió un milagro. Rank prosiguió su
viaje solamente hasta París y allí fue presa de un
grave ataque de depresión; el último que había sufrido
se había producido cinco años antes. Volvió a
Viena y vino a ver a Freud en la segunda semana de
diciembre. Otra vez estaba cambiado. Aparte de su
depresión, parecía tener una clara visión de lo que
le afectaba. Para decirlo en las palabras de Freud,
acababa de salir de una afección psiquiátrica. Discutió
todo el asunto con Freud como si estuviera en
un confesionario. Había sido un episodio realmente
trágico, y que estuvo a punto de desembocar en una
tragedia verdadera. Freud se sintió hondamente conmovido
y lleno de júbilo por el reencuentro con su
viejo amigo y partidario. Escribiendo a Eitingon de-
89
cía que Rank había «actuado» su neurosis exactamente
en la forma que él y Ferenczi describían el
caso en su libro escrito en colaboración, y que
el contenido de la misma era sumamente similar al
de las teorías que Rank había expuesto en su libro
sobre el trauma del nacimiento. Rank se sentía ahora
abrumado ante la idea de lo que había ocurrido
y sólo abrigaba un deseo: el de desvirtuar los males
que había causado. Tenía la intención de regresar a
Estados Unidos para ello, cosa que a Freud no le
parecía nada fácil, Freud señalaba que podía entender
bien que nosotros mantuviéramos aún cierta desconfianza,
pero que él, por su parte, con un mayor
conocimiento de la situación, había dejado de lado
toda reserva. A Abraham le manifestó que estaba
completamente seguro que Rank se había curado
de su neurosis mediante la experiencia (Erlebnis) por
que pasó, tal como hubiera ocurrido mediante un
análisis en regla.
El optimismo y el alivio que sentía Freud se hallan
expresados en una carta de esa misma fecha,
dirigida a Joan Riviere: «Usted debe haberse enterado
de que aquí hemos tenido un desagradable
episodio con el doctor Rank, que fue de todos modos
una cosa temporaria. Ha regresado a nosotros
completamente y nos ha explicado su conducta de
una manera que obliga a la tolerancia y el perdón.
Ha pasado por im estado neurótico grave, está recuperado
ahora y ve claramente y comprende todo lo
ocurrido. Aún no ha superado la depresión, resultado
comprensible de esta experiencia.»
Dos rasgos notables pueden señalarse en el optimismo
de Freud, que sólo cabe explicar por el intenso
alivio que significaba el no haber perdido un
amigo que por tantos años había sido de incalcula-
90
ble valor para él. Uno de ellos es el hecho de saber
que Rank sufría de una ciclotimia', hecho que ya
había comentado años atrás. Freud tenía una formación
psiquiátrica y sabía muy bien que la recaída
es casi inevitable en este mal, si bien era capaz de
reprimir esta obvia consideración. La actual fase de
melancolía de Rank, en efecto, fue reemplazada nuevamente
por otra de manía, apenas seis meses más
tarde, con la habitual alternación de estas fases en
los años sucesivos. El otro rasgo realmente curioso,
era la aparente aceptación de la herejía que precisamente
habíamos estado combatiendo en la teoría,
es decir, que el estudio de una experiencia recurrente
podía reemplazar una análisis genético más profundo:
que la terapia de las vivencias (Erlebnis)
podía reemplazar el psicoanálisis.
El 20 de diciembre de 1924 Rank envió una carta
circular explicando lo que le había ocurrido y solicitando
nuestro perdón. Se disculpaba humildemente
ante Abraham y ante mí por lo mal que había
procedido con nosotros y expresaba su esperanza de
que podríamos reanudar nuestra relación de amistad.
Su hostilidad hacia Freud, nos decía, era parte
de una neurosis que se había puesto de manifiesto
con motivo de la peligrosa enfermedad de Freud. Todos
nosotros le contestamos, naturalmente, tranquilizándolo
y asegurándole nuestra comprensión y
simpatía.
Pero en cuanto al Comité, no esperamos a ese
feliz desenlace con Rank para volver a estrechar sus
vínculos internos. Freud ya había sugerido, en efecto,
a Ferenczi, que contando nuevamente con un Comité
cuyos miembros podían actuar en armonía (por
1. Es decir, psicosis maníaco-depresiva.
91
la salida de Rank) reanudáramos nuestra anterior
costumbre de enviamos mutuamente, y en períodos
regulares, cartas circulares.
Todos, naturalmente, respondimos gustosos a esta
invitación y aceptamos también la proposición
que ya había hecho Abraham de que Ana Freud, que
había iniciado su labor psicoanalítica unos años antes,
ocupara en el Comité la vacante dejada por
Rank.
Rank partió a Estados Unidos el 7 de enero de
1925 y Freud escribió a Brill exponiéndole ampliamente
la situación y pidiéndole que ayudara a Rank
en la difícil tarea que éste tenía ante sí. Apelaciones
como ésta a la generosidad de Brill nunca fueron
hechas en vano. Nos informó que Rank estaba haciendo
todo lo que podía, pero que se hallaba en
un estado bastante insatisfactorio. Rank permaneció
esta vez apenas unas semanas en Nueva York, y regresó
a Viena a fines de febrero en un estado lamentable
y muy deprimido.
En junio informó Freud que Rank había salido
de su estado de depresión y que los dos mantenían
provechosas conversaciones analíticas. Rank leyó
un trabajo en el Congreso de Homburg de septiembre
de 1925. Era muy confuso y fue leído a una velocidad
tal que el mismo Ferenczi, que conocía muy
bien las ideas de Rank, no lo pudo seguir. Estaba
muy excitado y hablaba de sus amplios planes para
el futuro, pero no manifestaba una actitud amistosa
hacia ninguno de nosotros. Después del Congreso
partió por tercera vez a Estados Unidos. Freud aprobó
la resolución del hacer el viaje y aún estaba seguro
de que no habría de producirse ima repetición
de los anteriores brotes.
Pero a su regreso a Viena se mostró muy abs-
92
traído y el 12 de abril de 1926 —cosa muy significativa,
tres semanas antes de la celebración del septuagésimo
cumpleaños de Freud— se presentó por
última vez, para despedirse. «Rank partió para París,
por ahora, pero probablemente nada más que de
paso para Estados Unidos. Puede haber tenido para
ello varios motivos... pero lo esencial del caso es
que esta vez puso en práctica en un estado de sobriedad,
por decir así, la misma cosa que antes intentó
realizar en un tormentosos ataque patológico:
separarse de mí y de todos nosotros. Dos cosas quedaron
en absoluta evidencia, que no estaba dispuesto
a renunciar a ningún aspecto de la teoría en que
había colocado su neurosis, y que no dio el menor
paso en el sentido de acercarse aquí a la Sociedad.
Yo no pertenezco a la clase de personas que exigen
a los demás mantenerse encadenados o venderse
para siempre por motivos de "gratitud". Se le ha
dado mucho y él, en retribución, ha hecho mucho
también. Estamos en paz. En su visita final no he
visto motivo alguno para expresarle mi especial ternura;
me mostré sincero y duro. Pero ya podemos
"poner la cruz sobre su nombre". Abraham tenía
razón.»
Una de las raras alusiones que Freud hizo a Rank
en los años posteriores fue en 1937. Era sobre el
tema de los análisis breves y la dificultad de lograr
que éstos puedan ser eficaces. Refiriéndose al intento
de Rank de realizar análisis breves, en pocos meses,
concentrándose en el trauma de nacimiento, decía
Freud: «No puede negarse que estas ideas de
Rank eran audaces e ingeniosas, pero no resistieron
la prueba de un examen crítico. Fueron concebidas
bajo la presión del contraste entre la miseria de la
postguerra en Europa y la «prosperity» de Estados
93
Unidos, y fueron concebidas como para acelerar la
velocidad de la terapia analítica y ponerse así a tono
con el precipitado ritmo de la vida en Estados Unidos
».
No nos corresponde ocupamos aquí de la carrera
posterior de Rank, como no lo hemos hecho con respecto
a los disidentes anteriores, Adler, Steckel y
Jung. Lo único que importaba a Freud era la labor
que ellos realizaban quedara bien diferenciada del
psicoanálisis. Hay ciertas analogías entre la defección
de Rank y la de Jung que quizá valga la pena
comentar. Los dos comenzaron en medio de un gran
secreto, siguieron luego con una considerable oscuridad
en la exposición de sus respectivas divergencias.
Los dos se manifestaron por primera vez en
visitas a Estados Unidos, seguidas, en uno y otro
caso, por una carta personal de áspero estilo. Luego
siguió una disculpa muy pronunciada, pero temporal.
Las divergencias, en los dos casos, fueron
percibidas por los demás mucho tiempo antes de que
Freud admitiera la posibilidad de las mismas. Aún
al hacerlo, en ambos casos, Freud realizó toda clase
de esfuerzos en pro de la reconciliación, y al fracasar
estos dio todo al olvido. La diferencia más destacada
entre uno y otro caso es, naturalmente, que
Jung no padecía ninguno de los transtornos mentales
que llevaron a Rank al descalabro, con lo cual
pudo llevar a cabo una vida excepcionalmente fructífera
y provechosa.
94
I ll
PROGRESO Y DESDICHA
(1921-1925)
Contrariamente a sus presagios durante la guerra,
la obra y el nombre de Freud se difundía ahora
con más amplitud que nunca. Sus libros eran ávidamente
buscados y se traducían a diversos idiomas.
Hasta en Francia hubo una solicitud de André
Gide, uno de los directores de la Nouvelle Revue
Frangaise, requiriéndole la autorización para publicar
sus obras. En Alemania se fundaban nuevas sociedades
en Dresde, Leipzig y Munich. La Asociación
Británica para el Progreso de la Ciencia había decidido
crear una rama dedicada a la psicología e invitó
a Freud a inaugurarla con un discurso, cosa que
éste no aceptó.
Desde el punto de vista profesional estaba plenamente
ocupado. Desde entonces en adelante tomó
menos pacientes, ya que había muchos discípulos,
provenientes principalmente de Estados Unidos y
de Inglaterra, deseosos de aprender su técnica. En
el mes de julio manifestó que había prometido analizar
el doble de personas de las que realmente po-
95
dría atender al reiniciar su trabajo en octubre. Llegado
el momento aceptó diez personas.
A comienzos del año la Verlag publicó un libro de
Groddeck titulado Der Seelensucher. Era un libro
picante, con algunos pasajes obscenos. Varios analistas,
especialmente Pf ister, consideraron que no era
el tipo de libro para una editorial reconocidamente
científica, y la Sociedad Suiza realizó una reunión
especial de protesta. A juicio de Freud el libro era
muy entretenido y todo lo que dijo en respuesta a
las indignadas cartas que incesantemente llovían de
Suiza, fue: «Estoy defendiendo enérgicamente a
Groddeck contra la respetabilidad de ustedes: ¿Qué
es lo que ustedes habrían dicho si hubieran sido
contemporáneos de Rabelais?»
El 3 de abril nació otro nieto, Anton Walter, hijo
de Martin Freud, y el 31 de julio otro más, Stephan
Gabriel, el primer hijo de Emst Freud. El abuelo
se quejaba de tener cuatro nietos y ni una sola
nieta.
En este momento las constantes quejas de Freud
acerca de que se sentía envejecer tomaron un repentino
cariz: «El 13 de marzo de este año, en una
forma enteramente repentina, he dado verdaderamente
un paso hacia la vejez. Desde ese momento
no me ha abandonado la idea de la muerte y a veces
tengo la impresión de que siete de mis órganos internos
están luchando por el honor de poner fin a
mi vida. Ningún hecho especial se produjo que pudiera
justificarlo, a no ser que ese día Oliver se despidió
en viaje a Rumania. Así y todo no he sucumbido
a la hipocondría y lo miro todo fríamente,
como si se tratara de mis especulaciones de Más alta
del principio del placery».
El 15 de julio Freud se dirigió a Bad Gastein
96
—a la villa Wassing, como de costumbre—, con su
cuñada Mina, que también necesitaba ponerse en
tratamiento allí. Su esposa y su hija, entretanto,
pasaban unas vacaciones en Aussee, en el Salzkammergut.
El 14 de agosto se reunieron todos en Seefeld,
un poblado de cerca de mil seiscientos metros
sobre el nivel del mar, en el norte del Tirol, cerca
de la frontera bábara. Permanecieron allí en la pensión
Kurheim. Se quejaba todavía de fatiga del corazón,
palpitaciones y otros síntomas cardíacos. Pero
pronto se repuso con el aire de la montaña. Era un
paraje ideal, donde podía caminar durante horas
enteras.
Allí recibió varias visitas. Van Emden, que se
encontraba en Salzburgo, vino a verlo dos veces, y
también Ferenczi pasó un día con él. La visita de
mayor importancia fue la de Brill, a quien no había
visto desde la guerra, pero después de esto resultó
casi imposible lograr que enviara una sola carta.
Freud tomaba siempre a mal el no recibir contestación
a sus cartas, y comenzó a perder la paciencia.
A fines de enero envió a Brill una carta muy enérgica,
que equivalía a un ultimátum. Lo amenazaba
con romper totalmente las relaciones con él y le quitó
todo nuevo derecho de traducción. Pero aún con
esta carta tardó seis meses en contestar. Freud estaba
cada vez más irritado y comenzó a pensar que
el caso no tenía remedio: «Brill se está comportando
de una manera vergonzosa. Hay que deshacerse de
él». Finalmente Brill hizo la cosa más sensata, que
yo estaba reclamando de él desde hacía algún tiempo:
vino a Europa para hablar ampliamente con
Freud. Como era de esperar, el resultado fue enteramente
satisfactorio: «Brill ha estado conmigo los
últimos días. Está muy bien, enteramente dispuesto
97
4. — Vida y obra de Sigmund Freud, III.
a ayudamos, completamente responsable y confiesa
sus deficiencias neuróticas. Es una gran adquisición
para nosotros». Esto significó un gran alivio
para mí ya que, dejando aparte los sentimientos personales,
había muchas cosas de orden práctico que
dependían de poder comunicarme con Brill. Éste
trató de verme en Inglaterra pero yo acababa de partir
para el Continente, de modo que no nos encontramos.
Tuvieron que pasar aún tres años hasta que
nos volvimos a reunir.
Freud salió de Seefeld, en viaje a Berlín, el 14 de
septiembre,' y de allí se dirigió a Hamburgo, para
ver a sus dos nietos. Todos los miembros del Comité
nos encontramos con él en Berlín el 20 de septiembre
y viajamos todos juntos a Hildesheim. Teníamos
propósito de hacer un viaje de diez días por
la región de Harz. Abraham, que la conocía bien,
haría de guía. Permanecieron primeramente en Hildesheim
y luego en la encantadora y vieja ciudad
de Goslar. De ahí subimos a la cima del Brocken,
un paraje de especial interés para mí por su relación
con brujas e incluso pude echar un vistazo al famoso
espectro de Brocken. Todos los días realizábamos
expediciones a pie, y a todos nos impresionaba lo
veloz e incansable que se mostraba Freud en tales
ocasiones.
Fue ésta una de las raras ocasiones en que todo
el Comité pudo reunirse en pleno, y la única en que
los miembros del mismo pasamos unas vacaciones
jtinto a Freud. Esto era en sí mismo un acontecimiento
portentoso. Al final del viaje nos manifestó
Freud: «Hemos pasado juntos por algunas cosas,
y esto siempre une a los hombres». Son pocas las
ocasiones, sin embargo, en que todo transcurre de
un modo perfecto, y la presente experiencia se vio
98
ligeramente turbada por un serio resfriado que nos
acometió a todos. El de Freud fue especialmente malo,
pero nos aseguró que no le afectaba: «Se trata
sólo del hombre exterior».
En el curso de esos días tuvimos, por supuesto,
bastante tiempo para mantener prolongadas conversaciones
acerca de diferentes temas científicos de
interés común. Freud nos leyó dos trabajos que había
escrito especialmente para esa ocasión, que fue
la tínica vez en que ocurrió tal cosa. Uno era sobre
telepatía, y lo había comenzado a escribir a fines
de julio y terminado en tres semanas.
El otro trabajo que nos leyó es más conocido, ya
que fue publicado al año siguiente. Freud había
anunciado en el mes de enero anterior que repentinamente
había alcanzado una profunda comprensión
—«hasta la roca viva»— del mecanismo de los
celos paranoicos. Esto provenía del estudio de un
paciente norteamericano que yo le había enviado, el
primero desde la época de la guerra.
Freud regresó a Viena, después de este viaje, el
29 de septiembre, y no pasó mucho tiempo hasta
que comenzó a «sentir la nostalgia de Hildesheim
y Schiercke como si se tratara de un lejano sueño».
En el mes de diciembre Freud tuvo la satisfacción
de verse designado Miembro Honorario de la
Sociedad Holandesa de Psiquiatras y Neurólogos y
aún más por cuanto su nombre contó con la aprobación
del profesor Winckler, un hombre que a menudo
había combatido el psicoanálisis. La resolución
no fue unánime, pero fue tomada por 50 votos
contra 20. Era la primera vez que Freud recibía honores
de esta clase y ello señaló el comienzo de un
cambio en la estima profesional de su obra. Desde
ese momento era cosa común el reconocer que algu-
99
na parte de la misma, a pesar de sus muchos supuesto
«errores», era de gran importancia y que
Freud mismo era una eminencia científica.
Este año comenzó con la visita a Viena de varios
miembros del Comité. Había en esa época cierto número
de personas procedentes de Estados Unidos
y de Inglaterra estudiando psicoanálisis con Freud,
y éste concibió la idea de ampliar lo que aprendían
en sus propios análisis, haciendo que varios analistas
de Viena pronunciasen conferencias para ellos
sobre aspectos teóricos de la materia. Más tarde, a
requerimiento de los mismos interesados vinieron a
Viena Abraham, Ferenczi, Róheim y Sachs, en la primera
semana de enero, para pronunciar cada uno de
ellos un par de conferencias. La iniciativa resultó
todo un éxito.
El nombre de Freud estaba convirtiéndose en
algo muy habitual en Londres en esa época. En
enero apareció una fotografía suya en The Sphere,
una revista semanal muy en boga. Pero los editores,
en general, tenían que cuidarse de la policía. Kegan
Paul, que había sido procesado por editar una autobiografía
considerada obscena —^y en esa época sexualidad
y psicoanálisis eran conceptos equivalentes—
decidió que la venta de la traducción del Leonardo
de Freud, que estaba a punto de editar, debería
restringirse a los miembros de la profesión médica,
de modo que la gente de arte pudiera mantenerse
libre de la contaminación.
Pero para Freud, su creciente popularidad era
más bien un peso: «Lamento no haber contestado
su penúltima carta. A veces mi pluma se vuelve pesada.
Tengo que atender mucha correspondencia
para disuadir a los pacientes de venir a mí, ya que
100
no dispongo del tiempo necesario para atenderlos, y
para rechazar halagüeñas ofertas de escribir un artículo
para tal o cual publicación. Éstos son los inconvenientes
de la popularidad. Son pocas las ventajas
de la misma que alcanzo a ver».
Comparando su situación con la de la época en
que por primera vez lo visitó Eitingon, escribía: «Mi
situación ha cambiado grandemente en estos quince
años. Me siento aliviado de cuidados materiales
rodeado de la alharaca de una popularidad que
para mí es repulsiva y envuelto en empresas que me
roban tiempo y energía necesarios para una treinquila
labor científica». He aquí cómo describía, por
otra parte, su estado de ánimo a Ferenczi en la misma
semana: «Me complace por supuesto el que usted
me escriba con tanto entusiasmo, como lo hace
en su última carta, acerca de mi juventud y mi
actividad, pero cuando me vuelvo hacia el "principio
de realidad" sé que no es así y no me siento
muy asombrado de que no lo sea. Mi capacidad de
sentir interés se agota rápidamente: es decir, se
aparta muy gustosa del presente en otras direcciones.
Hay algo en mí que se rebela contra la obligación
de seguir ganando un dinero que nunca es suficiente
y echando mano de los mismos recursos psicológicos
que durante treinta años me han mantenido
en pie frente al desprecio que siento por la gente
y frente a nuestro detestable mundo. Siento surgir
en mí extraños y secretos anhelos —quizá sea mi
herencia ancestral— que me señala el Oriente y el
Mediterráneo y me hablan de una vida completamente
diferente: deseos de la niñez avanzada que
nunca se verán realizados y que no concuerdan con
la realidad, como si quisieran sugerirme el aflojamiento
de mi relación con la misma. En lugar de
101
todo esto... vamos a encontrarnos en el sobrio Berlín.
»
La Universidad de Londres, en combinación con
la Sociedad Histórica Judía, dispuso la realización
de una serie de conferencias sobre cinco filósofos
judíos: Filón, Maimónides, Spinoza, Freud y Einstein.
La conferencia sobre Freud fue dada por Israel
Levine (con mi ayuda). Un año más tarde publicó Levine
un libro titulado El inconsciente. Fue el primer
filósofo que demostró una plena comprensión
de las ideas de Freud. Cuando éste leyó el libro me
escribió: «¿Quién es Israel Levine? Nunca me gustó
tanto un libro sobre asuntos psicoanalíticos como
éste sobre el inconsciente. Rara avis si es un filósofo.
Quisiera conocerlo mejor». *>
Desde 1906 en adelante, Freud había mantenido
ocasionalmente correspondencia con el famoso escritor
Arthur Schnitzler. Es cosa muy curiosa que
nunca se hubieran conocido personalmente si bien
se movían en círculos muy allegados y Freud conocía
muy bien al hermano de Schnitzler, el distinguido
cirujano. El mismo Arthur Schnitzler, en sus
tiempos de actividad médica, había comentado la
traducción hecha por Freud, en 1893, de Legons du
Mardi, las conferencias de Charcot, hecho que registró
en su diario. A pesar de su notable intuición psicológica
y también de su admiración por las obras
de Freud, con las que estaba familiarizado desde
temprano, Schnitzler no admitió nunca estar de
acuerdo con las conclusiones principales de aquél.
Mantuvo muchas discusiones acerca de ellas con
Reik, con Winterstein, conmigo y con otros analistas,
pero no pudo superar su objeción a las ideas de
incesto y de sexualidad infantil.
Este año se había producido en Nueva York una
102
gran agitación con motivo de un incidente en que
se vio envuelto Frink, quien siempre habló en términos
muy elogiosos de su inteligencia y de lo mucho
que prometía. Se había enamorado ahora de
una de sus pacientes —que como él llevaba una vida
matrimonial desdichada— y se proponía lograr el
divorcio para casarse con ella. El esposo de la paciente
estaba furioso y amenazaba con provocar un
escándalo que llevaría a Frink a la ruina. Éste no
se había hecho estimar mucho a su regreso de Europa
y muchos analistas— Brill y Jellife entre los
más notables— comenzaron a preocuparse muy seriamente
de la situación. Freud aprobaba en realidad
el paso que iba a dar Frink; enamorarse es un
error, pero ahora no había más remedio que aceptarlo.
En Nueva York se difundían los más increíbles
rumores: uno de ellos era que Freud mismo estaba
dispuesto a casarse con la dama. El resultado final
fue que el esposo en cuestión falleció en el momento
crítico.
Ana Freud, que había leído un trabajo en la Sociedad
de Viena sobre Fantasías de pegar y Sueños
diurnos el 31 de mayo, fue designada miembro de la
Sociedad el 13 de junio de 1922, para gran satisfacción
de su padre.
Freud no había demostrado ningún entusiasmo,
al comienzo, ante la idea de que hubiera una Clínica
Psicoanalítica en Viena. Los otros analistas de Viena,
en cambio —especialmente HitscKmann, Helene
Deutsch y Fedem—, insistieron en la iniciativa
y en junio de 1921 el Ministerio de Educación les
ofreció un local en un Hospital Militar. Finalmente,
luego de superar numerosas dificultades e interferencias,
se inauguró el 22 de mayo de 1922 una Clínica
con el nombre de Ambulatorium en la Peli-
103
kangasse. Su director era Hitschmann. Había también
allí una amplia sala en la que entonces comenzó
a reunirse la Sociedad. Seis meses después, a pesar
de todo, las autoridades médicas municipales
ordenaron súbitamente su clausura y pasaron tres
meses de discusiones hasta que se autorizó nuevamente
su funcionamiento.
Durante las vacaciones de verano, recibió la noticia
del fallecimiento de su sobrina Cecilia (Mausi),
de veintitrés años de edad, con la que estaba muy
encariñado. Estando encinta había tomado una dosis
excesiva de veronal. Murió de neumonía el 18 de
agosto. Era la única hija que le quedaba a la hermana
favorita de Freud, Rosa, cuyo único hijo había
muerto en la guerra. Freud se sintió «hondamente
trastornado» por esta inesperada tragedia.
Ferenczi se hallaba en ese mes de agosto en Seefeld
con Rank, y allí recibieron la visita de Abraham
y Sachs. Fue en esa oportunidad, un poco tardíamente,
cuando decidieron fortalecer los lazos de
intimidad del Comité tratándonos mutuamente por
el nombre de pila y con el apelativo de tú. Esto
permitió superar, desde luego, cierto embarazo en
el trato, dado que antes el tratamiento variaba de
uno a otro miembro. Así, por ejemplo, yo tenía el
hábito de tratar de tú a Ferenczi, Rank y Sachs,
pero no así a Abraham o a Eitingon, y así sucesivamente.
Freud nos trataba a todos de usted. Aparte de los
miembros de su familia, la únicas personas que yo
sepa que lo trataban de tú eran el psiquíatra Wagner-
Jauregg y el arqueólogo profesor Lowy, ambos
amigos suyos de la época estudiantil. Probablemente
lo hacían también otros viejos amigos, tales como
el profesor Konigstein, Rosenberg y los hermanos
104
Rie, pero no deja de ser curioso que Breuer conservara
el viejo trato formal de Verehrter Herr Professor.
Por lo que yo conozco, las únicas personas
que lo llamaban por su apellido, sin título alguno,
fueron la famosa recitadora francesa, y amiga de
la familia Yvette Guilbert, el embajador norteamericano
W. Bullitt y el novelista inglés H. G. Wells.
Freud llamaba naturalmente, a los miembros del
Comité por sus apellidos, tanto en la conversación
como en la correspondencia, con excepción de las
cartas dirigidas a Eitingon después de julio de 1920,
ya que a pedido de éste las encabezaba con «Querido
Max» (Lieber Max). Es un poco extraño que no
haya usado nunca el nombre de pila de Ferenczi. En
las cartas dirigidas a éste y a Abraham, escribía
siempre «Querido amigo» (Lieber Ferenczi).
El Congreso de Berlín, del 25 al 27 de septiembre
de 1922, fue el último Congreso al que habría de
asistir Freud, si bien éste hizo serios esfuerzos para
participar en los dos siguientes. El trabajo que leyó
en esta ocasión llevaba por título Algunas observaciones
sobre el inconsciente. Nunca se publicó. Los
nuevos conceptos que aquí exponía fueron tomados
de su libro El yo y el ello, que apareció poco
después. Daban por tierra con su primitiva identificación
del inconsciente propiamente dicho con los
procesos psíquicos en estado de represión. Ahora
se ocupaba de los aspectos inconscientes del yo no
reprimido. Esto fue el comienzo de la nueva psicología
del yo, im progreso fundamental de la teoría
psicoanalítica. Los trabajos de Alexander, Abraham,
Ferenczi, HoUós, Karen, Melanie Klein, Nunberg,
Pfeifer, Rado, Róheim y el que esto escribe entre
muchos otros demostraron más adelante haber servido
de poderoso estímulo. Sobresalían especialmen-
105
te ei de Abraham sobre ía Melancolía y el de íerenczi,
Una teoría genital. En general el nivel científico
de este Congreso fue más elevado que el de
todos los anteriores.
En mi Memoria mencioné el hecho de que el número
de miembros de la Asociación se había elevado,
en los dos últimos años, de ciento noventa y
uno a doscientos treinta y nueve.
Freud se mostró muy satisfecho del éxito del
Congreso y me felicitó especialmente por mi discurso
de sobremesa. Recuerdo el pasaje del mismo que
le resultó especialmente divertido y que puede servir
para demostrar que los analistas no son tan huérfanos
de humor como a menudo se sostiene. Se refería
al rumor circulante acerca de que el anónimo
donante del Policlínico de Berlín había sido en realidad
Eitingon. Y yo dije: «En inglés poseemos dos
notables proverbios: "la caridad empieza por casa"
y "el crimen ya aparecerá". Si aplicamos a esto los
mecanismos de condensación y desplazamiento, llegaremos
a la conclusión de que "el crimen comienza
por casa", un principio fundamental del psicoanálisis,
y "la caridad ya aparecerá", cosa que queda bien
ilustrada por la dificultad de mantener en secreto
el nombre del generoso donante del Policlínico de
Berlín».
Incluso en Viena, finalmente, el interés por el
psicoanálisis estaba alcanzando más amplios círculos,
y Freud había sido invitado a pronunciar conferencias
por el Doktoren-Kollegium, por la Sociedad
de Librepensadores y hasta por las más altas
autoridades policiales. De más está decir que no
accedió a ninguno de estos requerimientos. Su trabajo
profesional, más aún por el hecho de que lo
estaba haciendo en un idioma extranjero, le resul-
106
\aba muy pesado y le manifestó a Eitingon que lo
estaba reduciendo a ocho horas diarias. A Pfister,
que desde mucho atrás le había estado insistiendo
en que redujera su ritmo de trabajo, le prometió
que nunca más tomaría nueve pacientes a la vez.
En el mes de noviembre el hijo de un viejo sirviente
de Freud hirió de un disparo al padre —^aunque
no en forma fatal—, en circunstancias en que
éste estaba violando a una media hermana del joven.
Freud no conocía personalmente al joven, pero
con su carácter humanitario, se veía siempre movido
a compasión por los jóvenes delincuentes. De
modo que contrató por su cuenta los servicios del
doctor Valentin Teirich, la autoridad más destacada
en ese campo y fundador de una institución destinada
a promover la reforma de los procedimientos
judiciales en la materia, para defender al joven. Escribió
también un memorándum, en el que manifestaba
que todo intento de buscar motivaciones más
profundas no haría más que embrollar los hechos,
bien claros por sí. El profesor Stráussier elevó también
un memorándum similar, en el que sostuvo que
la excitación del momento había producido en la
mente del joven un «cortocircuito» equivalente a
una alienación transitoria, este alegato fue aceptado
y el joven fue declarado libre de culpa.
El 8 de diciembre nació un quinto nieto. Se trataba
de Lucían Michael, hijo de Emst, y actualmente
un distinguido pintor.
Este fue uno de los años críticos en la vida de
Freud, el último de tales períodos. Fue un año en
el que las fricciones entre Rank y yo le causaron
una gran desazón, por cuanto ponía en peligro la armonía
dentro del Comité, en el cual residía su prin-
107
cipal esperanza en cuanto a la continuación de su
obra después de su muerte. Pero más lúgubres qué
esto fueron, sin duda, los primeros indicios de la
mortal enfermedad que habría de ocasionarle incontables
sufrimientos antes de llegar a su fatal culminación.
Muchas veces se había imaginado que
tenía los días contados, pero esta vez, por lo menos,
la temible realidad estaba a la vista.
Los primeros indicios del mal aparecieron en febrero,
si bien Freud no hizo nada al respecto sino
al cabo de dos meses. Tampoco hizo ningima mención
de ello a familiares ni amigos. La primera noticia
que yo tuve al respecto me vino de una carta
fechada el 25 de abril (y escrita en inglés): «Hace
dos meses he descubierto una formación leucoplásica
en el carrillo y el paladar del lado derecho, que
me hice extirpar el día 20. Todavía no estoy en
condiciones de trabajar y no puedo tragar alimentos.
Me han dado seguridades acerca del carácter
benigno del proceso, pero, como usted bien sabe,
nadie puede garantizar cómo irá a comportarse en
caso de que se lo deje crecer. Mi diagnóstico fue de
epitelioma, pero fue rechazado. Se indica al tabaco
como causante de esta rebelión de los tejidos».
La leucoplasia no es cosa tan siniestra a los sesenta
y siete años como lo es a los cincuenta y siete, o más
aún, a los cuarenta y siete, de modo que para mí
se trataría solamente de una molestia local, en este
momento ya enteramente superada. El único aspecto
de la cuestión que despertaba algún recelo en mí
era el hecho mismo de que Freud me lo hubiera
mencionado. No era su costumbre ocuparse de asuntos
referentes a su salud con nadie, excepto Ferenczi
—y aún esto lo ignoraba yo en esa época—, de
modo que no dejaba de abrigar alguna duda acerca
IOS
de si Freud no estaría revelando alguna cosa realmente
grave.
Lo que había ocurrido era esto. En la tercera semana
de abril Freud consultó a uno de los más
importantes rinólogos, Hajek, a quien conocía de
mucho atrás: era cuñado de Schitzler. Hajek manifestó
que se trataba de una leucoplasia debida al
tabaco, pero al mismo tiempo, y en respuesta a una
pregunta que se le formuló, hizo una observación
nada tranquilizadora: «Nadie puede esperar que ha
de vivir eternamente». Aconsejó, sin embargo, la remoción
del pequeño tumor —«una operación muy
fácil»— e invitó a Freud a concurrir a su consultorio
extemo alguna mañana. Unos días antes Freud
había recibido la visita de Félix Deutsch, por ciertos
asuntos privados, y al final de la conversación, aquél
le pidió que le examinara «cierta cosa desagradable
» en la boca, que un dermatólogo había considerado
que era una leucoplasia, aconsejándole su extirpación.
Deutsch tuvo inmediatamente la evidencia
del cáncer y se sintió realmente desazonado cuando
Freud le pidió que le ayudara «a abandonar este
mundo en actitud decente» si estaba condenado a
morir en medio del sufrimiento. Freud le habló luego
de su anciana madre, para quien la noticia de
la muerte del hijo sería sumamente difícil de sobrellevar.
Parece ser que Deutsch vio en estas manifestaciones
una amenaza directa de suicidio, seguramente
mayor de la que contenían. Ya tendremos
ocasión de ver que, llegada la hora crítica, Freud
supo soportarla muy bien. En consecuencia, Deutsch
se contentó con decirle que se trataba de una simple
leucoplasia, que realmente convendría extirpar.
Al cabo de unos días de reflexión Freud volvió
a la clínica de Hajek sin decir una palabra a nadie
109
en su casa. Cabe aclarar que esta clínica formaba
parte de un Hospital General de enseñanza, que carecía
de habitaciones privadas. Bien pronto la fa-,
milia tuvo la sorpresa de ser llamada telefónicamen-)
te desde la clínica, a objeto de que trajeran algunas
cosas que Freud necesitaba para pasar la noche
allí. La esposa y la hija corrieron apresuradamente
a la clínica, donde encontraron a Freud sentado en
una silla de cocina, en un consultorio del servicio
«externo del hospital, con las ropas cubiertas de
sangre. La operación no se había desarrollado tal
como se esperaba y la pérdida de sangre había sido
tan considerable que no convenía que el paciente
volviera inmediatamente a la casa. No había en la
clínica ninguna habitación disponible, pero se pudo
armar una cama en una pequeña habitación que
tuvo que compartir con un eneno cretino que se hallaba
en tratamiento. La hermana de la caridad hizo
que se retiraran las dos mujeres a la hora del almuerzo
durante la cual estaban prohibidas las visitas
asegurándoles que el paciente marcharía perfectamente
bien. A su regreso, una o dos horas después,
se enteraron de que había tenido una profusa
hemorragia y que para pedir ayuda había tocado el
timbre, que no funcionaba. Por su parte no estaba en
condiciones de hablar ni de llamar a nadie. El enano
se mostró muy servicial y corrió en busca de ayuda;
después de algunas dificultades, la hemorragia fue
detenida. Esta conducta del compañero de habitación
posiblemente significó salvar la vida de Freud.
Después de esto Ana se negó ya a retirarse y pasó la
noche sentada junto a su padre. Éste se hallaba debilitado
por la pérdida de sangre, semiintoxicado por
los medicamentos y sentía fuertes dolores. Durante
la noche, Ana y la enfermera se sintieron alarmadas
110
ante este cuadro y salieron en busca del médico
interno, quien se negó, empero, a abandonar su le-
"jcho. Al día siguiente Hajek mostró el caso a un numeroso
grupo de estudiantes, después de lo cual
rreud pudo retirarse a su casa.
De esta manera terminó la primera de las treinta
y tres operaciones que sufrió Freud antes de alcanzar
el descanso final.
El tumor extirpado fue examinado y resultó ser
efectivamente canceroso, si bien esto no se le dijo
a Freud. El cirujano no tomó tampoco las diversas
precauciones necesarias para evitar la contracción
del tejido cicatricial, cosa que no se dejó de hacer
en todas las intervenciones posteriores. Se produjo,
por ello una considerable contracción de los tejidos,
cosa que redujo en gran medida el orificio bucal.
Esto fue causa de grandes y constantes dificultades
posteriores.
No es fácil comprender del todo la conducta de
Hajek. Es posible que tuviera la impresión de haber
hecho todo lo que estaba a su alcance en el caso y
de que el tumor no habría de volver a crecer, o bien
consideró el caso, desde un comienzo, tan desesperante
que no valía la pena tomar ninguna precaución
especial. Pero el doctor Holzknecht realizó posteriormente
dos tratamientos de rayos X, cosa que no
concordaba con el supuesto carácter benigno de la
tumoración. Esto fue seguido además por una serie
de drásticos tratamientos con cápsulas de radium,
a cargo de un ayudante de Hajek de apellido Feuchtinger.
Las dosis deben haber sido bastante intensas,
ya que Freud sufrió mucho de sus efectos tóxicos.
Cuatro meses después todavía escribía que no había
tenido una sola hora sin dolor desde la finalización
de este tratamiento y agregaba: «Una comprensible
111
indiferencia hacia la mayor parte de las trivialidades
de la vida me demuestra que la "elaboración del
duelo" se está realizando en lo profundo. Entre es-^i
tas trivialidades se encuentra la ciencia misma. No
se me ocurre ninguna idea nueva y no he escrito nj
una sola línea».
Durante esa misma primavera había ocurrido algO
que tuvo un profundo efecto en el ánimo de Freud
por el resto de su vida. Su nieto Heinerle (Heinz
Rudolf), el segundo chico de Sophie, había estado
pasando varios meses en Viena, con la tía Matilde.
Freud sentía un extraordinario cariño por el muchacho,
de quien decía que era el chico más inteligente
que jamás había conocido. Le habían extirpado
las amígdalas más o menos en la misma época
de la primera operación de la boca sufrida por
Freud, y cuando los dos pacientes se encontraron
por primera vez después de esto, el niño preguntó
a su abuelo con gran interés: «Yo ya puedo comer
corteza de pan. ¿Y usted?» Desgraciadamente el
niño era muy delicado de salud, «una bolsa de piel y
huesos», y había enfermado de tuberculosis el año
anterior, en la campaña. Murió de tuberculosis, a
los cuatro años y medio de edad, el 19 de junio. Fue
la única ocasión en la vida de Freud en que se supiera
que haya derramado lágrimas. Más tarde me
manifestó que esta pérdida le había afectado de una
forma distinta a la de todas las otras que había sufrido.
Estas últimas le habían ocasionado mucho
dolor, pero la del nieto había matado algo dentro
de él. Esta pérdida debe haber afectado alguna cosa
especialmente profunda en sus sentimientos, quizá
algo que alcanzaba incluso al recuerdo del pequeño
Julio de su primera infancia. Un par de años más
tarde manifestó a Marie Bonaparte que después de
112
esa desgracia ya no fue capaz de volver a encariñarse
con nadie: sólo conservaba sus afectos inteikores.
El golpe le resultó completamente insoportable,
más aún que el cáncer. Al mes siguiente escribió
que estaba sufriendo la primera depresión de su
vida, y apenas cabe dudar de que esto se debía a
aquella pérdida, ocurrida tan inmediatamente a continuación
de las primeras manifestaciones de su propia
y mortal enfermedad. Tres años más tarde, al
expresar sus condolencias a Binswanger por la muerte
de su hijo mayor, manifestaba que Heinerle representaba
para él tanto como todos sus hijos y nietos.
Después de esta desgracia no se sentía capaz de
gozar de la vida; y agregaba: «Éste es el secreto de
mi indiferencia —lo que la gente llama coraje—
frente a los peligros que corre mi propia vida».
Freud vio a Hajek varias veces en el transcurso
de los dos meses siguientes, y el cirujano no opuso
objeción alguna a que hiciera su habitual viaje trimestral
de vacaciones. Pero a último momento provocó
el asombro de Freud al pedirle que le enviara
información acerca de su estado de salud cada quince
días y que viniera a verle a fines de julio. A mediados
de julio Freud escribió desde Gastein para
preguntar si realmente hacía falta que regresara a
Viena, a lo cual Hajek respondió, después de una
demora de quince días, que no era necesario y que
podía prolongar su ausencia todo el verano. Esta
ambigüedad, o ambivalencia, era una de las cosas
que hacían crecer constantemente su desconfianza
hacia el cirujano. Un médico de Gastein, que examinó
la cicatriz, hizo un buen informe, pero la molestia
era, en general, tan grande que, por insistencia
de su hija, Freud pidió a Deutch que le hiciera
una visita a Lavarone, donde estaba pasando
113
la mayor parte de las vacaciones con la familia;
Deutsch descubrió inmediatamente una recidiva dé
la tumoración y la necesidad de otra operación, más
radical que la anterior. Por varios motivos, sin embargo,
se abstuvo de exponerle a Freud la situación
con toda franqueza. Por un lado era la incertidumbre
acerca de si Freud consentiría en una operación
de esa magnitud o más bien preferiría dejarse morir;
por otra parte influía en el médico el profundo
duelo de Freud por la muerte de su nieto, y por
último una resistencia a ensombrecer la visita a Roma
que Freud se proponía hacer con su hija Ana,
y que para él significaba mucho. De modo que
Deutsch acompañado de Ana, viajó a San Cristóforo,
donde los miembros del Comité se habían citado
para una reunión. Rank ya estaba informado de la
gravedad de la situación, y ahora, para nuestra
consternación, nos enteramos todos los demás. Nos
reunimos entonces con Ana y fuimos a cenar. Durante
la comida, por supuesto, fue mencionado el
nombre de Freud, a lo cual. Rank, para gran asombro
de todos, tuvo un irrefrenable ataque de risa
histérica. Únicamente dos años después los sucesos
ya relatados en el capítulo anterior hicieron comprensible
esta explosión.
Después de esto, Deutsch y Ana volvieron a Lavarone.
Durante el viaje y con objeto de conocer la
verdadera opinión del médico, Ana le manifestó que
en caso de gustarles la estancia en Roma, podrían
decidirse a prolongarla un poco más de lo calculado.
A esto Deutsch se mostró excitado y le hizo
prometer seriamente que no haría tal cosa. Esto fue
un indicio bastante elocuente para la agudeza de
Ana.
Entretanto, en la reunión del Comité, surgió la
114
(Conversación sobre cuál podría ser el motivo más
pJDtente para decidir a Fraud a aceptar la operación.
Sachs sugirió que podría ser el pensamiento de Ana,
n^ientras que Rank, calando un poco más hondo,
dijo que más bien el pensar en la anciana madre.
Yo protesté ante eso, sosteniendo que no teníamos
el derecho de arrebatar a Freud la decisión acerca
de tal paso, y los otros médicos presentes, Abraham
Eitingon y Ferenczi, estuvieron de acuerdo conmigo.
Muchos años más tarde, cuando Freud vivía en Londres,
le conté que habíamos estado discutiendo acerca
de si debíamos informarle o no, a lo cual contestó,
con una penetrante mirada: «Mit welchem
Recht?»'^ Pero más tarde manifestó a Ferenczi que
desde el comienzo estuvo seguro de que la tumoración
era cancerosa.
Ni aún entonces se le dijo la verdad a Freud.
Hajek, por el contrario y a pesar de haber visto el
informe del examen histológico, le aseguró que la
tumoración no había sido de carácter maligno y que
la operación había sido meramente profiláctica.
Pero entretanto se hicieron los preparativos para
una gran operación, que habría de realizarse a su
regreso a Viena. Freud, pensando para sus adentros
que ésta podría ser la última oportunidad que
tendría para ello, se decidió a cumplir el proyecto
largamente acariciado de mostrar Roma a su hija.
Había tomado esa decisión durante la misma semana
de su primera operación, en el mes de abril. Pasaron
la noche y el día siguiente en Verona, después
de lo cual tomaron el expreso nocturno de esta ciudad
a Roma. Durante el viaje, una pareja que venía
de Cincinnati, trabó conversación con ellos, maní-
1. ¿Con qué derecho?
115
festándoles que les agradaba siempre, conversar con
los «nativos» de cada lugar. En el tren tuvo luge^r
un sombrío episodio, durante el desayuno. Repentinamente
brotó de la boca de Freud un chorro de
sangre, cosa que seguramente se debió a la herida
producida por ima corteza de pan. No cabe duda
acerca de la impresión que esto produjo al padre y
a la hija. La visita a Roma fue, con todo, sumamente
placentera, y Freud, que era un guía admirable,
se deleitaba con las entusiastas reacciones de su
hija ante las cosas que le iba mostrando. «Roma
estaba realmente encantadora, especialmente durante
las dos primeras semanas, hasta que llegó al siroco,
que hizo acrecentar mis sufrimientos físicos.
Ana estaba magnífica. Entendía y gozaba de todo y
yo me sentía muy orgulloso de ella».
Hallándose en Roma llegó a sus manos un recorte
de un diario de Chicago en el que se anunciaba
que él estaba «muriendo lentamente», que había
abandonado el trabajo y transferido sus alumnos a
Otto Rank. El comentario de Freud fue éste: «Esto
es muy instructivo acerca del origen de los rumores
y de todas las cosas que pueden crecer alrededor
de un núcleo de verdad. No se trata de un puro invento.
El artículo me alegra por cuanto la muerte
no existe a no ser para la gente mala; el autor debe
ser de la Christian Science».
Durante la ausencia de Freud, Deutsch siguió con
los preparativos. Convenció al profesor Fichler, el
distinguido cirujano oral, para que se hiciera cargo
del caso, y con ello hizo una elección realmente excelente
y que Freud siempre le agradeció. Realizó además
todos los preparativos necesarios para la probable
intervención, después de lo cual esperó pacientemente
el regreso de Freud.
116
El 26 de septiembre Pichler y Hajek examinaron
jconjuntamente a Freud y descubrieron una inconfundible
úlcera maligna en el paladar óseo, que
había invadido los tejidos circundantes, incluso la
parte superior de la mandíbula y hasta el carrillo.
Pichler decidió inmediatamente que era necesario
realizar una intervención radical. Ese mismo día
Freud escribió a Abraham, a Eitingon y a mí, agregando
: «Ya sabe usted lo que todo esto significa».
Pichler dio comienzo a los preparativos usuales (los
dientes, etc.) al día siguiente. Realizó la operación
radical en dos etapas, los días 4 y 11 de octubre. En
la primera etapa ligó la arteria carótida extema
y extirpó las glándulas submaxilares, algunas de las
cuales habían aumentado sospechosamente de tamaño.
En la segunda etapa, luego de practicar una
considerable incisión del labio y el carrillo, el cirujano
extirpó todo el maxilar superior y el paladar
del lado afectado, operación ésta que por su extensión,
naturalmente, dejó unidas la cavidad nasal y
la oral. Estas dos terribles operaciones fueron realizadas
bajo la anestesia local. Después de la segunda
el paciente no pudo hablar por varios días, durante
los cuales se le debió alimentar, además, a través
de un tubo nasal. Se recuperó bien, no obstante,
el día 28 de octubre se retiró a su casa. Dos veces
escribió Freud durante su estancia en el establecimiento
(Auersberger Sanatorium). Una vez fue un
telegrama que me envió y en el cual no mencionaba
la intervención. La otra fue una carta que apenas
una semana después de la misma envió a Abraham,
a quien había mandado una de sus misivas más optimistas
;
117
Mi querido e insuperable optimista:
Hoy fue renovado el tapón. Levantado de la cama.
Lo que ha quedado de mí ha sido vestido. Gracias por
todas las noticias, cartas, saludos y recortes periodísticos.
Tan pronto como pueda dormir sin inyecciones iré
a casa.
En ese momento comenzaron dieciséis años de
molestias, desdicha y dolor, interrumpidos solamente
por la recurrencia de transtomos y nuevas operaciones.
La gigantesca prótesis —^una especie de enorme
dentadura u obturador— destinada a separar la
boca de la cavidad nasal, era un horror. Se le denominó
«el monstruo». En primer lugar era muy difícil
de sacar o volver a colocar, ya que le era imposible
a Fraud abrir la boca a tal extremo. Así, por
ejemplo, en una ocasión, los esfuerzos combinados
de Freud y de su hija fueron insuficientes para colocarla
en su lugar a pesar de media hora de lucha,
y fue necesario traer al cirujano. Por otra parte,
para que la prótesis llenara el objetivo de taponar
bien el orificio superior y hacer posible coiner y
hablar, tenía que estar bien ajustada. Pero esto producía
una constante irritación, que daba origen a la
formación de puntos dolorosos con lo que llegaba
un momento en que resultaba imposible usarla. Por
otra parte, si quedaba fuera de su lugar por más de
unas pocas horas se producirían variaciones en los
tejidos y ya la «dentadura» no podría ser colocada
nuevamente sin determinados ajustes.
Desde este momento la pronunciación de Freud
fue muy defectuosa, si bien cambiaba bastante de
una época a otra, según el ajuste de la «dentadura
». Tenía una voz nasal y más bien espesa, muy
semejante a la voz de los que tienen fisura en el
118
toaladar. Alimentarse era también un tormento, y
raras veces se animaba a hacerlo en compañía de
Otros. Por otra parte, el daño producido a la trompa
de Eustaquio, a la vez que las constantes infecciones
a los tejidos circundantes, le dificultaban grandemente
la audición con el oído derecho, hasta que
esto llegó a transformarse casi en una completa sordera
de ese lado. Como era el lado por el que se
comunicaba con los pacientes, tuvo que cambiarse
la posición del sofá y también de la silla de su consultorio.
Desde el comienzo de la enfermedad hasta el final
de su vida, Freud rehusó tener ninguna enfermera
que no fuera su hija Ana. Desde el principio hizo
un pacto con ella en el sentido de que habría de ser
evitada toda manifestación afectiva; todo lo que
fuera necesario hacer debería realizarse de una manera
absolutamente fría, con esa ausencia de emoción
que caracteriza la labor de un cirujano. Esa
actitud, más el coraje y la firmeza de parte de ella,
le hicieron posible el cumplimiento del pacto aun
en los momentos y situaciones más descorazonantes.
La segunda elección de cirujano fue para Freud
realmente afortunada. La reputación de Pichler como
cirujano estaba fuera de todo parangón, y además
este hombre hizo en el caso todo lo que de
fue posible. Tenía apenas una vaga idea de lo que
Freud significaba para el mundo, pero no lo habría
atendido mejor así se tratara de un emperador. Pertenecía
al tipo alemán-austríaco más encomiable y
era un hombre de insuperable integridad. Ninguna
molestia era excesiva para su elevada conciencia profesional.
Era precisamente el tipo de médico que
Freud necesitaba, un hombre en quien podía confiar
119
absolutamente, y las relaciones entre ambos fueron
excelentes todo el tiempo.
No cabe duda alguna de que Félix Deutsch actuó
en todo esto con la mejor inspiración y buena fe.
Algunos años después aseguró a Freud de que no se
arrepentía de todo lo que había hecho y de que en
circunstancias similares volvería a hacer exactamene
lo mismo, si bien en esto último no consiguió
que el paciente pensara lo mismo. Muy sensible
siempre a la posibilidad de ser engañado por los
médicos, Freud consideraba difícil perdonar el hecho
de que no se le hubiera dicho toda la verdad desde
el principio, si bien esto último no influyó de ningún
modo en sus amistosos sentimientos y en su gratitud
hacia Deutsch. Lo que le molestaba especialmente,
al parecer, era que se hubiera supuesto que no estaría
dispuesto a enfrentar valerosamente una verdad
dolorosa, ya que precisamente esto constituía una
de sus virtudes más destacadas. Deutsch pudo captar
esto, por supuesto, de modo que pocos meses
después de la operación, una vez que Freud volvió
a una existencia más o menos normal, le expresó
con toda valentía que lo ocurrido haría imposible
en el futuro la completa confianza que es indispensable
en la relación entre médico y paciente.
Freud admitió esto, lamentándolo, pero se reservó
el derecho de llamar a Deutsch en su ayuda en cualquier
momento que ello fuera necesario. Una reconciliación
completa se produjo más tarde, en enero
de 1925.
Después de esta introducción a la épica historia
de los sufrimientos de Freud, tenemos que volver
a la cronología diaria de la época.
En febrero L'Encéphcde, la más importante revis-
120
ta francesa de neurología, requirió una fotografía
de Freud para publicarla junto con una amplia exposición
de su obra. Por otro lado, un excelente libro
de Raymond de Saussure, La méthode psychoanalytique,
había sido prohibido en Francia bajo el
pretexto de que el análisis de un sueño hecho por
Odier atentaba contra la discreción profesional.
La Veriag tenía que negociar ahora una inmensa
cantidad de traducciones de las obras de Freud a
diversos idiomas. Dos mil ejemplares de la traducción
rusa de la Introdución al psicoanálisis fueron
vendidos en Moscú en un solo mes. En esa época había
un enorme interés por el psicoanálisis en Rusia:
acababa de crearse precisamente otra Sociedad psicoanalítica,
esta vez en Kazan. Cuando le llegó el
tumo a las traducciones al chino, Freud expresó la
hipótesis de si en ese idioma no llegaría a ser más
comprensible el análisis que en la lengua original.
Fue en esa época que se tomó la decisión de editar
las obras completas de Freud con el título de
Gesammelte Schriften. El primer volumen que apareció
fue el tomo IV, y en el Congreso de Salzburgo,
de abril de 1924, se pudieron exhibir tres volúmenes.
El 22 de febrero de 1923 Romain RoUand escribió
a Freud agradeciéndole un elogio que éste había
hecho de él en una carta dirigida a Édouard Monod-
Herzen, un amigo común. Se trata posiblemente del
libro de Rolland Au dessus de la mélée, que poco
tiempo antes había creado bastante sensación. Fue
éste el comienzo de una interesante correspondencia
entre ambos, de la que se desprende que Freud tenía
un alto concepto del escritor francés. Éste manifestó
a Freud que había seguido su obra durante 20 años,
cosa realmente notable si es así.
Durante el verano recibió una carta de un joven
121
judío llamado Leyens, un entusiasta nacionalista
germano que había actuado en el frente durante la
primera Guerra Mundial y que era un partidario de
Hans Blüher. Esperaba de Freud que le aclarara la
paradoja de que Blüher, un furioso nacionalista y
antisemita, fuera un admirador de Freud. En su
respuesta, fechada el 4 de julio de 1923, y que contenía
algunas apreciaciones condenatorias de Blüher,
escribía Freud: «Yo le aconsejaría a usted que no
malgastara sus energías en la estéril lucha contra
el movimiento político actual. Las psicosis de las
masas resisten toda clase de argumentos. Son precisamente
los alemanes quienes tuvieron la ocasión
de aprender esto en la liltima guerra, pero por lo
visto son incapaces de ello. Déjelos usted en paz...
Dediqúese a las cosas que puedan elevar a los judíos
por encima de esta locura, y no tome a mal mi consejo,
que es producto de una larga vida. No se muestre
tan ansioso de unirse a los alemanes». En la
época de los nazis Leyens emigró a Estados Unidos,
desde donde escribió a Freud para reconocer que
éste había tenido toda la razón. He aquí la modesta
respuesta de Freud, fechada el 25 de julio de 1936:
«Espero que usted no crea que me siento orgulloso
de haber estado en lo cierto. Tenía razón en mi carácter
de pesimista contra los entusiastas, de anciano
contra un hombre joven. Más me agradaría haber
estado equivocado».
Como antes he mencionado, Freud fue autorizado
a volver a su casa después de la operación mayor,
el 28 de octubre. Tenía que reanudar su trabajo el
L° de noviembre, pero entonces surgieron algunas
complicaciones relacionadas con la cicatriz de la primera
operación. En el tejido séptico y necrótico se
hallaron rastros de substancia cancerosa, de modo
122
que Pichler realizó inmediatamente una nueva operación,
la tercera, el 2 de noviembre. Esta vez se
hizo una amplia extirpación del paladar blando, junto
con los tejidos de la vieja cicatriz y el proceso
perigóideo. Todo esto fue realizado bajo la acción de
una combinación de pantopon y anestesia local, en el
Auersperg Sanatorium. Durante la operación hubo
una profusa hemorragia y más tarde hubo efectos
secundarios bastante molestos.
El 17 de noviembre se le hizo a Freud una operación
de Steinach —ligadura de los conductos deferentes
de ambos lados— a requerimiento suyo.
Esto fue realizado con la esperanza de que el rejuvenecimiento
que se esperaba de esa operación pudiera
demorar la recidiva del cáncer. Esta idea
provenía de von Urban, que había trabajado con
Steinach y estaba entusiasmado con los resultados
que había podido comprobar. Consiguió que Fedem
insistiera sobre ello ante Freud, quien se dirigió
entonces a von Urban para preguntarle cuáles
habían sido sus experiencias al respecto. Dos años
más tarde, sin embargo, Freud manifestó a Ferenczi
que no había percibido beneficio alguno de esta
operación.
El resto del año estuvo colmado de visitas casi
diarias a Pichler y cambios constantes introducidos
en el «monstruo», en la esperanza de conseguir la
suficiente comodidad para hacer posible el habla.
Se le hicieron además varios tratamientos de rayos
X en la boca durante esos meses. Freud no pudo recibir
ningún paciente hasta el Año Nuevo. Durante
seis meses no había tenido ingreso alguno, y sus
gastos habían sido considerables. Insistió en pagar
a Pichler honorarios completos, tal como lo hizo
con los demás médicos.
123
Su producción más importante de este año fue
im libro con el que entraba en un terreno completamente
nuevo, El Yo y el Ello, que apareció en la
tercera semana de abril. Lo había comenzado en
el mes de julio del año anterior, que fue uno de los
períodos más productivos de Freud, Había escrito a
Ferenczi: «Estoy ocupado con una cosa un tanto
especulativa, una continuación de Más allá del principio
del placer. Lo que saldrá de ello será un pequeño
libro o bien nada.» Freud, posteriormente,
escribió a Ferenczi: «Ahora me encuentro bajo la
conocida depresión que sigue a la corrección de las
pruebas, y me estoy jurando a mí mismo no incurrir
nunca más en semejante embrollo. Se me ocurre
que después del Más allá del principio del placer
la curva ha descendido bruscamente. Este trabajo
estaba aún lleno de ideas y bien escrito, la Psicología
de las masas está bien cerca de la banalidad y
en cuanto a este libro es decididamente oscuro, está
compuesto de una manera artificial y mal escrito...
Con excepción de lo que se refiere a la idea básica
del "ello" y el esquema acerca del origen de la moral,
estoy disconforme realmente con todo lo que
contiene este libro».
Freud escribió durante este año varios artículos,
prólogos y otras cosas por el estilo, amén de dos trabajos
publicados en enero de 1923 que habían sido
escritos el año anterior: Observaciones sobre la teoría
y la práctica de la interpretación de los sueños
y Una neurosis demoníaca del siglo XVII.
El trabajo más importante que escribió Freud
en 1923, realizado en el mes de febrero, fue publicado
en el número de abril del Zeitschrift. Se titulaba
«La organización genital infantil de la libido».
124
Este año fue principalmente cubierto por las penosas
complicaciones a que dieron lugar las críticas
de Abraham a Ferenczi y Rank y los notables cambios
operados en la personalidad de éste último, a
todo lo cual nos hemos referido ya en el capítulo
anterior. Freud, se había propuesto seriamente asistir
al Congreso a realizarse en abril, si bien le manifestó
a Abraham el temor de que el escuchar la lectura
de quince trabajos sería un esfuerzo excesivo
para él. Freud escuchaba por principio todos los
trabajos leídos en cada uno de los Congresos a que
asistió, ejemplo éste que más tarde fue seguido por
su hija. Pero en el mes de marzo sufrió un ataque
de gripe, que le dejó ciertas secuelas en la mucosa
de la nariz y de los senos nasales (una vieja afección
de Freud), de modo que se vio obligado a tomarse
un descanso.
Freud había reiniciado su trabajo profesional el
día 2 de enero, con seis pacientes, pero la dificultad
que tenía para hablar hacía que esto resultara muy
cansado. «Usted es de aquellos que se niegan a
creer que ya no soy el mismo hombre de antes. Pero
estoy, en realidad, muy cansado y necesitado de descanso,
apenas puedo realizar mis seis horas de trabajo
analítico y no puedo pensar en hacer ninguna
otra cosa. Lo sensato sería renunciar a todo mi trabajo
y mis obligaciones y esperar en un tranquilo
rincón la llegada del fin natural de todo. Pero la
tentación —para no decir la necesidad— de seguir
ganando algo cuando los gastos son tantos, es poderosa
». El «monstruo» era fuente de constantes de
molestias y tenía que ser modificado cada varios
días. Se hizo una segunda prótesis en febrero y otra
en octubre, pero sin róucho éxito. Se le permitió
fumar, pero para mantener el cigarro entre los dien-
125
tes tenía que forzar la apertura de la boca con la
ayuda de un instrumento.
La noticia de la grave operación de Freud parece
haber trascendido en Viena y hubo algunas expresiones
de amistad. El Neue Freís Presse publicó un
artículo elogioso el 8 de febrero; fue escrito por
Alfred von Winters tein. Luego de esto el Consejo
Municipal, entonces con mayoría demócrata socialista,
le confirió el título de ciudadano honorario
{Bürgerrecht) de Viena, título semejante al de ciudadano
honorario inglés. «La idea de que mi próximo
68.° aniversario pueda ser el último de mi vida
parece habérsele ocurrido también a otros, ya que
las autoridades de Viena se han apresurado a conferirme
en ese día el Bürgerrecht, para lo cual se espera
habitualmente el 70 cumpleaños». Freud no
mencionó esa nueva a Ferenczi, y cuando éste le
inquirió al resto, le contestó: «Es poco lo que cabe
decir acerca del Bürge&echt a que usted se refiere.
No parece ser esencialmente más que un ritual, algo
simplemente para el Sábado ^>.
También Stekel, movido probablemente por las
mismas consideraciones, así como también por una
resurrección de su viejo vínculo personal con Freud,
llegó a contestar a Stekel. Probablemente no lo hizo
pero de lo que no hay dudas es que no se entrevistó
con él.
El 24 de abril nació el sexto y últimos de los
nietos de Freud, Clemens Raphael.
El octavo Congreso Psicoanalítico Internacional
I. Man, kann Schabbes davon machen. (En su traducción de esta frase,
el Dr. Jones olvida el hecho de que es un dicho judío de carácter
irónico. Significa literalmente "Uno puede sacar de él el Sábado", es decir,
la comida del Sábado. Pero su verdadero significado es que no sirve para
nada en absoluto. — Eds.)
126
se realizó del 21 al 23 de abril en Salzburgo, sede
del primer Congreso realizado 16 años antes. Ocho
fueron los miembros que asistieron a uno y otro
Congreso: dos de ellos viven aún. Hitschman y yo.
Inmediatamente después del Congreso me dirigí a
Viena para visitar a Freud y llevarle mi informe.
Permanecí en esa ciudad tres días. Me produjo una
fuerte impresión por supuesto, el cambio operado
en su fisonomía y la gran alteración de su voz, amén
de que había que acostumbrarse a verle mantener
la prótesis en su lugar con el pulgar. A la larga, sin
embargo, esto último daba la impresión de concentración
filosófica. Inmediatamente se advertía
que la inteligencia y la fineza mental de Freud no
había cambiado. También Abraham se había propuesto
visitarlo, pero el corto visado obtenido para
Austria ya había expirado. El y Ferenczi enviaron a
Freud amplios informes del Congreso, y Freud se
sintió muy aliviado al saber que éste había transcurrido
sin incidencias desagradables. Había temido
mucho que las críticas de Berlín a Ferenczi y Rank
provocaran una escisión mayor.
Romain RoUand visitó a Freud el 14 de mayo.
Quien lo llevó a su casa fue Stephan Zweig. Pasaron
juntos la velada, y Zweig actuó de intérprete. Con su
defectuosa pronunciación, le resultaba a Freud bastante
difícil, a ratos, hacerse entender en alemán,
de modo que el francés estaba enteramente fuera de
su alcance. Lo mismo ocurrió dos años más tarde
en ocasión de la visita que Freud hizo a Yvette Guilbert
en el Bristol Hotel. Dirigiéndose al esposo de
Yvette, hizo esta patética observación: «Mi prótesis
no habla francés».
George Seldes ha tenido la gentileza de hacerme
conocer los detalles del siguiente incidente ocurrido
127
en esa época. Dos jóvenes, Leopold y Loeb, habían
realizado en Chicago lo que ellos describían como
un «crimen perfecto». Fueron descubiertos, sin embargo,
y el largo proceso que siguió a esto fue motivo
de una sensación de primer orden en Estados
Unidos. Sus pudientes parientes y amigos hicieron
todo esfuerzo posible por salvarlos de la pena capital,
cosa que finalmente no pudieron evitar. Seldes,
que formaba parte de la redacción del Chicago Tribune,
recibió instrucciones del Coronel McCormick
de dirigir a Freud el siguiente telegrama: «Ofrecimiento
de 25.000 dólares o cualquier otra cifra que
disponga, venir a Chicago a psicoanalizarlos (es decir,
a los asesinos)». Freud contestó a Seldes, en
carta fechada el 29 de junio de 1924:
Recibí su telegrama con retraso^ a causa de un error
en la dirección. En respuesta al mismo debo declarar
que no se puede pretender que yo esté en condiciones
de emitir una opinión autorizada acerca de personas
y un hecho de los que sólo tengo informes periodísticos
y careciendo de una oportunidad para un examen personal.
He tenido que declinar una invitación de la Hearst
Press para ir a Nueva York por el tiempo que dure
el proceso, por razones de salud.
Esta última frase se refiere a una invitación de
Hearst, de Chicago, para que viajara a Estados Unidos
a «psicoanalizar» a los dos delincuentes y presumiblemente
demostrar que no debían ser ejecutados.
Hearst ofrecía a Freud cualquier suma que
quisiera proponer, y habiéndose enterado de que se
hallaba enfermo estaba dispuesto a fletar un barco
especial para que pudiera realizar el viaje al abrigo
de toda molestia.
128
En el mes de junio Freud, con todo optimismo,
reservó comodidades para el mes de julio en el Walhaus,
Flims, en el Cantón Grisons. A menudo había
tenido el deseo de pasar una vacaciones en Suiza,
pero siempre ocurría algo que lo hacía imposible.
También esta vez sufrió un desengaño, ya que la
molestia local de la boca lo obligó a permanecer al
alcance de su cirujano. Alquiló entonces la villa
Schüler, en el Semmering, desde donde hacía visitas
regulares a Viena.
Entre las noticias que tuve que comunicar a
Freud en esa época una era la del éxito obtenido por
Sachs en una serie de conferencias que pronunció en
Londres ese verano, y otra, más sorprendente, se refería
a que en el National Elisteddford de Gales, el
bardo máximo había sido premiado con un poema
referente al psicoanálisis.
La hija de Oliver Freud, Eva Matilde, nació el 3
de septiembre. Era la segtmda nieta de Freud, ya
que Miriam Sophie, hija de Martin, nació el 6 de
agosto de 1924.
Ese año trajo a Freud un serio desengaño personal,
comparable apenas al que le produjo el caso
de Rank. Frink, de Nueva York, había reanudado
su análisis en Viena en abril de 1922 y continuado
hasta febrero de 1923, y Freud se había formado de
él la más alta opinión. Era, con mucho, según Freud
decía, el más dotado de los norteamericanos que
había conocido, el único de cuyo talento podía esperar
algo. Frink había pasado, durante el análisis,
por una fase psicótica —tuvo que tener a su lado
por un tiempo, un enfermero—, pero Freud consideraba
que la había superado completamente y esperaba
verlo, convertido en el principal psicoanalista
de Estados Unidos. Desgraciadamente, a su regreso
129
5, — Vida y obra de Sigmund Freud, ni,
a Nueva York, Frink se comportó en forma arrogante
con los analistas de más edad, especialmente
Brill, hablando con todo el mundo de que todos ellos
ya eran anticuados. El segundo casamiento de Frink,
que tanto escándalo había causado y en el cual se
habían cifrado grandes esperanzas de dicha, resultó
ser un fracaso, y la esposa había iniciado un juicio
de divorcio. Esto junto con la reyerta que él
mismo provocaba, deben hacer sido la causa que
precipitó un nuevo ataque. Frink me escribió en
noviembre de 1923 que, por razones de salud, tenía
que interrumpir su colaboración en el Journal, así
como su práctica profesional. En el verano siguiente
estaba internado como paciente en el Phipps Psychiatric
Institute y ya nunca recuperó su salud mental.
Falleció en el Chapel Hill Mental Hospital de
North Carolina aproximadamente unos diez años
más tarde.
Freud se había mostrado impaciente, y había manifestado
críticas acerca de la lentitud de la traducción
de sus obras completas en inglés, sin advertir
la inmensa labor que ello significaba si se quería
realizar el trabajo con todo cuidado. Pero finalmente
comenzaron a aparecer. «La noticia que me envía
Mrs. Riviere acerca del primer tomo de la colección,
resultó un placer y una sorpresa. Confieso que
estaba equivocado. Yo subestimaba la duración de
mi existencia o la energía puesta por ustedes en la
empresa. Las perspectivas que me hace conocer usted
en su carta acerca de los volúmenes siguientes
me parecen espléndidas». Más tarde, cuando el primer
tomo de los Colected Papers llegó realmente a
sus manos, escribió: «Veo que ha logrado usted su
propósito, asegurando en Inglaterra un lugar para la
literatura psicoanalítica, y lo congratulo por este
130
resultado, al que yo ya había renunciado casi por
completo».
A fines de ese año, Helene Deutsch propuso la
creación de un Instituto Didáctico, Bernfeld como
Vicedirector y Ana Freud como Secretaria.
Hacia fin de año, por precaución, Freud fue sometido
a varios tratamientos de rayos X, aun cuando
no se había producido aún una recidiva del cáncer.
En 1924 Freud publicó, aparte de algunos prólogos
y otras cosas por el estilo, cinco trabajos. Dos
de ellos. Neurosis y psicosis y La pérdida de la realidad
en las neurosis y psicosis, representaban una
mera extensión de ideas expuestas en su libro El
yo y el ello.
En abril apareció un trabajo muy importante,
El problema económico del masoquismo. Lo que sirvió
de estímulo para escribirlo fueron ciertos desconcertantes
problemas que surgieron como consecuencia
de los conceptos expuestos en su libro Más
allá del principio del placer.
En octubre y noviembre de 1923, aún en plena
convalecencia de su operación radical, Freud había
escrito, por encargo, una breve noticia sobre psicoanálisis,
en parte autobiográfica, para los editores
norteamericanos de la Enciclopedia Británica. Apareció
en ésta en el verano de 1924, bajo el título
bastante sensacional de Psicoanálisis: Explorando
los ocultos reductos de la muerte, como Capítulo
LXXIII de un volumen titulado Estos años memorables.
El siglo XX en plena obra, tal como lo ven
muchos de sus artifices. Cuatro años más tarde se
publicó en los Gesam.melte Schriften con el título de
Kurzer abriss der Psychoanalyse («Breve reseña del
Psicoanálisis»).
131
En el mes de febrero de 1925 Freud informaba
que no se le habían ocurrido nuevas ideas en los últimos
cuatro meses transcurridos, período éste que
era el más largo que podía recordar. Pero esta situación
no duró mucho.
Abraham y su esposa proyectaba realizar una visita
a Viena durante ía Pascua, y Freud estaba tan
ansioso como él mismo de que ésto se llevara a cabo.
Pero justamente entonces Pichler se hallaba empeñado
en rehacer la prótesis bucal, cosa que prácticamente
privaba a Freud de la capacidad del habla, a
la vez que le causaba una gran incomodidad. Muy
contra sus deseos, Freud tuvo que prescindir de la
visita de Abraham, aún cuando abrigaba la esperanza
de verlo en el verano. Fue ésta la última oportunidad
en que podría haberse reunido con él, ya
que durante el verano Abraham se hallaba en plena
convalecencia del primer ataque de la enfermedad
que finalmente resultó fatal. Falleció en diciembre.
En mayo le envié a Freud la siguiente noticia:
«Posiblemente habrá visto usted que Lord Balfour,
en el discurso pronunciado en Jerusalén\ se ha referido,
de una manera personalmente amistosa, a los
tres hombres que a su juicio han influido más en el
pensamiento moderno, judíos los tres: Bergson,
Einstein y Freud. En una reciente comida de la Sociedad
Anglo-austríaca, a la que yo asistí. Lord Haldane,
el huésped de la velada, se ocupó en su discurso
de los aportes a la cultura hechos por Viena a
través de las edades. Los cuatro nombres que destacó
para ilustrar su disertación fueron los de Mozart,
Beethoven, Bach y Freud». Freud acababa de
recibir ejemplares de su Autobiografía, de los que
1. En el acto de inauguración de la Universidad Hebrea.
132
me envió dos para que yo los hiciera llegar a las dos
personas en cuestión. Balfour acusó recibo del envío,
pero no así Haldane.
El 30 de junio Freud partió para el Semmering,
donde había alquilado nuevamente la Villa Schüler.
Ese día la había aparecido una telangiectasis' en
la encía, que fue destruida por el cauterio. Quince
días antes le hicieron el curetaje de unos fondos de
saco en la herida, bajo anestesia local, por supuesto,
Antes de eso le tuvieron que obturar cuatro dientes,
previa mortificación de la pulpa. Una semana antes
de partir de Viena, en junio, tuvo nuevamente un papiloma
y le fue cauterizada la mucosa circundante.
Todas estas pequeñas intervenciones no representaban
más que intervalos en la constante lucha por
el mejoramiento de la prótesis, mediante una modificación
tras otra, de lo cual se deduce hasta qué
punto estaba Freud obligado a mantenerse cerca de
su cirujano.
El 20 de junio fallecía José Breuer, a la edad de
84 años. Freud envió a la familia un expresivo pésame
y escribió una nota necrológica para el Zeitschrift.
De nueva York llegaron buenas noticias: Brill
había reasumido la Presidencia de la Sociedad local.
Después de desempeñarse en el cargo apenas por dos
años desde su fundación, lo había transferido a
Frink por el término de dos años más, después de
lo cual realmente no hubo ya ningún dirigente. Brill
ocupó ahora el cargo en los críticos once años que
siguieron, durante cinco de los cuales fue también
presidente de la Asociación Psicoanalítica Norteame-
1. Un tumor constituido por vasos sanguíneos.
133
ricana. En la época en que abandonó estos dos cargos
había regularizado las relaciones entre las dos
instituciones y entre ellas y la Asociación Internacional.
En sus cuarenta años de actividad, por su
inconmovible adhesión a las verdades del psicoanálisis,
su manera amistosa, pero insobornable, de combatir
a los enemigos del mismo y su invariable disposición
a ayudar a los analistas más jóvenes, prestó
al psicoanálisis en Norteamérica mayores servicios
que ninguna otra persona. En la época a que nos estamos
refiriendo, la lucha por el reconocimiento en
Norteamérica era especialmente seria, y no era nada
fácil lograr nuevos adherentes. En 1925, por ejemplo,
sólo había un analista al occidente de Nueva
York: Lionel Blitzsten, en Chicago.
En Pentecostés, Abraham había pronunciado algimas
conferencias en Holanda y volvía de allí con
una tos bronquial. La historia que nos contaron entonces
era que se había tragado, en un descuido, una
espina de pescado que se alojó en un bronquio. El
mal se resistía a ceder y se creyó que había traído
como consecuencia una bronquiectasis crónica. En
julio se dirigió a Wengen, luego a Sils María, de
donde volvió con una ligera mejoría. Pero en el
Congreso de Homburg, que él había de presidir, era
un hombre enfermo y evidentemente se hallaba bajo
la influencia de la morfina con que trataba de contener
su tos crónica. De regreso en Berlín, fue tratado
de la garganta por Fliess, el antiguo amigo de
Freud, e informó luego su asombro al hallar la estrecha
relación entre las fases de su misteriosa enfermedad
y los cálculos numéricos de Fliess. Dado que
Abraham siempre se había mostrado muy escéptico
en cuanto a las ideas de Fliess, habría que atribuir
su conversión a la extrañeza que le producía —^y que
134
todos compartían— la imposibilidad de llegar a un
diagnóstico razonable de su afección.
El Congreso de Homburg que tuvo lugar del 2 al
5 de septiembre, había sido un éxito, si bien no alcanzó
el nivel científico logrado en el anterior. Habían
asistido muchos norteamericanos, y comenzaban
a hacerse evidentes las serias divergencias —entre
ellos y los grupos europeos— acerca de la zarandeada
cuestión del análisis profano. Le sugerí a
Eitingon que el Congreso creara una Comisión Didáctica
Internacional, cuya función sería la de coordinar
en lo posible los métodos y principios de la
formación de candidatos a analistas en las diversas
Sociedades, y proporcionar la oportunidad de discusión
común de los problemas técnicos del caso. Eitingon
se mostró entusiasta y logró que Rado hiciera
la necesaria proposición en la reunión administrativa,
donde fue inmediatamente aceptada. Esto dio
lugar más adelante, por desgracia, a nuevos inconvenientes,
cuando el siguiente Presidente, Eitingon,
que también lo era de la Comisión, sostuvo, con el
apoyo, hasta cierto punto, de Freud y Ferenczi, que
la Comisión tenía el derecho de imponer en todas
partes los mismos principios y reglas de admisión,
punto de vista éste que muchos de nosotros, especialmente,
los de América, resistíamos.
Pero el verdadero acontecimiento del Congreso
fue la noticia de que Freud había confiado a su hija
Ana la lectura de un trabajo que había escrito especialmente
para la ocasión. Esta muestra de atención
de su parte, así como el contenido del trabajo y la
forma en que fue leído, causaron general agrado. El
trabajo, se titulaba Algunas consecuencias psicológicas
de la diferencia anatómica entre los sexos.
Durante un corto tiempo Freud no pudo conci-
135
liar el sueño a causa del dolor del maxilar inferior
izquierdo. Se descubrió que un diente incluido se
había infectado, originando un absceso. El 1 de noviembre
la pieza fue extirpada, junto con un quiste
dentario. La intervención debe haber sido bastante
desagradable, pero lo único que al respecto se le
oyó decir a Freud es que había sido hecha con gran
elegancia. Una semana después fue expulsado un
secuestro óseo.
Freud se estaba convirtiendo en una especie de
sensación que obligaba a todos los que llegaban a
Viena a hacerle una visita. Años más tarde esto llegó
a transformarse en una verdadera plaga y Freud,
por otra parte, solía discriminar poco en cuanto a
los visitantes.
El primero de ellos fue el famoso escritor francés
Lenormand, quien quería discutir con Freud la
obra de teatro sobre Don Juan de que es autor.
Hizo a Freud una impresión muy seria y simpática,
y ambos concordaron en que los escritores que no
hacen más que tomar los datos del psicoanálisis
para sus creaciones debían ser considerados peligrosos
e indignos.
Durante la Pascua recibió varias visitas de analistas
: Alexander, Landauer y Pfister. Freud manifestó
además que le había resultado excepcionalmente
interesante una conversación de dos horas que
mantuvo con Brandes, el famoso ensayista danés.
En esa época le volvió a visitar también, por dos
veces, el conde Keyeserling, pero sus entrevistas parecen
haber derivado en una consulta, ya que Freud
le aconsejó que se pusiera en manos de Abraham.
En diciembre recibió la visita de otros dos conocidos
escritores, Emil Ludwing y Stephan Zweig.
Freud declaró que el primero de éstos no le había
136
hecho ninguna impresión especial, y Ludwig, a juzgar
por el sorprendente libro sobre Freud que escribió
más de veinte años después, evidentemente le
devolvió el cumplido.
Resultaba doloroso consignar que en los últimos
meses de vida de Abraham, sus relaciones con Freud
fueron menos favorables que en ningún otro momento,
si bien esto tenía las características indudables
de una cosa transitoria. Todo comenzó cuando
Samuel Goldwyn, el famoso director cinematográfico,
hizo a Freud la oferta de cien mil dólares
a cambio de colaborar en la producción de una película
que describiría escenas de famosas historias
de amor, que comenzaría con Antonio y Cleopatra.
Freud se sintió muy divertido frente a esta ingeniosa
manera de explotar la asociación entre psicoanálisis
y amor, pero, por supuesto, rechazó la oferta
de Goldwyn e incluso se negó a entrevistarlo. Hans
Sachs informó que el telegrama con que Freud rechazó
la oferta creó en Nueva York una sensación
mayor de la de su obra maestra La interpretación
de los sueños. En el mes de junio Neuman, en nombre
de la Ufa Film Company, sugirió la producción
de una película que ilustrara algunos de los mecanismos
del psicoanálisis. Abraham, a quien se le
habló al respecto, pidió a Freud su opinión, y por
su parte creía que sería mejor realizar una película
bajo una supervisión auténtica y no con la ayuda
de un analista «silvestre». Freud se negó a autorizarla
por sí mismo, pero no hizo ningún intento serio
de desalentar a Abr£iham si éste quería hacer el ensayo.
Su objeción principal se basaba en la poca confianza
que abrigaba en cuanto a la posibilidad de
que, por abstractas, sus teorías pudieran ser presentadas
al público en la forma plástica de una pe-
137
lícula. Si, no obstante, contra lo que él suponía, ello
resultaba factible, volvería a considerar la posibilidad
de autorizar la película, y en ese caso cedería a
la Verlag cualquier suma que ingresara por tal motivo.
La película se hizo, y yo la vi en el mes de enero
siguiente, en Berlín. La noticia causó bastante consternación,
especialmente el hecho de que una película
de esa índole fuera autorizada por el Presidente
de la Asociación Internacional. Los periódicos ingleses,
donde en ese momento se registraba una de las
tantas olas de insultos al psicoanálisis, aprovecharon
ampliamente la ocasión. Manifestaron que
Freud, habiendo fracasado en su intento de lograr
apoyo para sus teorías en los círculos profesionales,
había descendido, en su desesperación, al recurso
teatral de hacer la propaganda de sus ideas entre el
populacho, mediante la exhibición de una película.
Esto no hacía más que reflejar la típica mala voluntad
con que se atacaba al psicoanálisis en todas las
formas posibles.
En el mes de agosto Freud se quejó de que la
compañía fumadora estaba anunciando, sin su consentimiento,
que se estaba realizando la película, y
que sería exhibida «con la colaboración de Freud».
En Nueva York se afirmó que «cada metro de la película.
El misterio del alma, habría de ser planeado
y vigilado por el Dr. Freud». Por otra parte Sachs,
sobre quien recaía la mayor responsabilidad de la
película, a causa de la ininterrumpida enfermedad de
Abraham, se quejó de que Stofer, entonces director
de la Verlag, hacía circular ejemplares de un artículo
que había escrito en un periódico y en el que criticaba
severamente la película. Bernfeld, entonces, elaboró
otro guión cinematográfico, que junto con Sto-
138
fer ofreció a otras compañías. Trataron incluso de
lograr la colaboración de Abraham en dicha empresa,
pero éste invocó una importante clausura del
contrato que había firmado, que prohibía patrocinar
oficialmente ninguna otra película psicoanalítica, y
menos aún con intervención de la Verlag, por im período
de tres años. Esto dio lugar a una agitada controversia,
en el curso de la cual Abraham se formó
una pobre opinión de la responsabilidad de los analistas
vieneses. A Freud le pareció que esto último
era exagerado, pero Abraham le envió una exposición
detallada de sus críticas, recordándole a la vez cuan
acertado había sido su juicio en el caso de Jung y de
Rank. Esto más bien molestó a Freud, quien le dijo
que no había razón alguna para que estuviera acertado
siempre, pero con todo, si también esta vez tenía
razón, no dejaría de otorgársela nuevamente. La correspondencia
quedó interrumpida en esta carta, en
la que Freud le expresaba sus mejores deseos de restablecimiento.
Abraham se había mostrado constantemente optimista
en cuanto a su salud, pero ésta iba empeorando
constantemente, sin que los médicos supieran decir
a qué se debía. A Freud esto le pareció de mal
agüero y comenzó a demostrar gran asiedad acerca
del curso futuro de los hechos. En octubre Abraham
informó de una complicación: un hígado inflamado
y dolorido. A su juicio se trataba de una molestia
de la vesícula, por lo cual insistió en que se le
hiciera una intervención, para lo cual elegiría una
fecha de acuerdo con los cálculos de Fliess. La operación
se hizo, sin llegar a aclararse nada, e hizo más
mal que bien. En la misma carta transmitía Abraham
un mensaje de simpatía a Freud de parte de Fliess.
El comentario de Freud fue este: «Esta expresión de
139
simpatía al cabo de veinte años me deja bastante indiferente
». Esto no deja de dar la impresión de que
aiin se sentía lastimado por la forma en que Fliess
se apartó de él.
La ansiedad continuó, y algunas semanas más tarde,
Freud ya había perdido casi toda esperanza de
ver restablecido a Abraham. A la luz de los actuales
conocimientos médicos no cabe dudar de que la
misteriosa enfermedad del caso debe haber sido un
cáncer de pulmón, que hizo su inevitable evolución
en poco más de seis meses. El 18 de octubre tuve la
terrible noticia, en un telegrama de Sachs; «El estado
de Abraham es desesperante». Una semana más
tarde, el día de Navidad, se produjo el desenlace.
Freud recibió lá noticia el mismo día, e inmediatamente
redactó la breve nota fúnebre, más tarde complementada
por otra más amplia, de carácter biográfico,
que hube de escribir yo. Refiriéndose a la
frase de Horacio que aquí citaba (integer vitae, scelerisgue
purus) \ me escribió: «Siempre me parecieron
detestables las exageraciones en ocasión de un
fallecimiento. He puesto todo cuidado en evitarlas,
pero siento que esta cita es realmente justa». Muchos
años antes, mientras presenciaba el acto de descubrir
una placa recordatoria de Fleischl-Marxow, en
1898, había oído esas mismas palabras en boca del
profesor Exner, el sucesor de Brücke, a propósito
del extinto amigo. Difícilmente pudo Freud haber
conocido jamás dos hombres que merecieran más
que Fleischl y Abraham semejante elogio.
En la misma carta agregaba: «¡Quién habría pensado
cuando nos hallábamos todos juntos en el
Hartz, que él habría de ser el primero de abandonar
1. "Un hombre de vida recta e intachable".
140
esta vida sin sentido! Tenemos que trabajar y seguir
juntos. Nadie puede remplazar la pérdida personal,
pero en el trabajo nadie puede ser considerado
irremplazable. Pronto habré de desaparecer yo —es
de esperar que a los otros les tocará mucho más tarde—,
pero la labor debe ser continuada: en relación
con ésta todos somos igualmente pequeños».
El trabajo más importante de Freud en el año
1925 fue su Autobiografía, el más extenso de los esbozos
de esta índole que habría de producir en diversas
ocasiones. Constituye una de las más importantes
fuentes para los estudiosos de Freud. Como era de
esperar, dada la índole del trabajo, proporciona un
relato de su carrera científica, a la vez que una reseña
del desarrollo de sus ideas, más que una verdadera
exposición de su vida.
Durante las mismas vacaciones escribió otro ensayo,
también por encargo, probablemente en el mes de
septiembre. Freud había prestado su nombre como
miembro del Comité de Redacción de una Revista,
la Revue Juive, que se publicaba en Ginebra. El Director
Albert Cohen, le insistía en que le enviara una
colaboración, usando como anzuelo la afirmación de
que Einstein y Freud eran los dos judíos más distinguidos
en ese momento. La colaboración, titulada
«Las resistencias al psicoanálisis», apareció en esa
revista en marzo de 1925. Después de una interesante
disquisición acerca de la actitud ambivalente hacia
cualquier cosa nueva (el miedo a la misma y a
la vez su ansiosa búsqueda), Freud exponía razones
por las cuales se podía atribuir la oposición al psicoanálisis
a motivos afectivos, principalmente basados
en la represión de la sexualidad. Dado que la
civilización dependía de nuestro dominio sobre los
141
instintos primitivos, las revelaciones del psicoanálisis
parecían constituir una amenaza a la solidez de
ese dominio. Freud sugería finalmente que los prejuicios
de carácter antisemita con respecto a su
persona podían ser un motivo más de la enorme oposición
a sus ideas y del carácter tan desagradable
que ella asumía a menudo.
En el mes de enero de 1925 del Zeitschrift apareció
un breve trabajo con el curioso título de «A
Note upon the Mystic Writing Pad» *. Los otros dos
trabajos de índole clínica publicados en 1925, «La
negación» y «Algunas consecuencias psicológicas de
las diferencias anatómicas de los sexos».
* Traducido al castellano con el titulo de El block maravilloso. (Nota
del Traductor.)
142
IV
FAMA Y SUFRIMIENTO
(1926-1933)
La muerte de Abraham no sólo dejó una brecha
irreparable sino también importantes cuestiones por
resolver. Estaba ahí, ante todo, el problema de reemplazarlo
en el Comité. Dado que Brill se hallaba demasiado
lejos para lograr una comunicación asidua,
con él sugerí los nombres de James Glover, van
Ophuijsen, Rado y Joan Riviere, pero se resolvió continuar
^in cambios. Quedaban, además, dos presidencias
sin vacantes. Ferenczi expuso su pretensión de
ser el próximo Presidente de la Asociación Internacional,
pero Freud, al ser informado de ello, dijo
que significaría una seria ofensa para Eitingon, dado
que por ser el Secretario, quedaba entendido que le
correspondía ser el sucesor de Abraham. No estábamos
del todo seguros de que Eitingon aceptaría el
pesado cargo, que, entre otras cosas, le impediría
continuar con su viejo hábito de tomarse largas vacaciones
en el extranjero, en distintas épocas del año.
Sin embargo, no sólo expresó estar dispuesto a aceptar
el cargo sino que comenzó a mostrar desde ese
143
momento un alto sentido de responsabilidad, que
no dejó de ser una sorpresa para muchos. En cambio,
rechazó firmemente la idea de ocupar el lugar
de Abraham en la presidencia de la Sociedad Alemana.
Para ese cargo la elección recayó, después de
muchas discusiones, en Simmel, quien por cierto no
defraudó tampoco nuestras esperanzas. Ana Freud
reemplazó a Eitingon como Secretaria de la Asociación
Internacional.
Freud, desde su operación mayor, había renunciado
a asistir a las reuniones de la Sociedad de Viena,
pero se impuso a sí mismo el hacer una excepción
a esto al realizarse el 6 de enero, el acto de homenaje
postumo a Abraham. El número siguiente debió
haber sido dedicado a conmemorar el 70 aniversario
de Freud, pero éste dio instrucciones a Rado,
el activo director de la Revista, para que postergara
ese homenaje a él y dedicara el número a las noticias
fúnebre de Abraham, que Rado pensaba publicar
a fin de año. «No se pueden celebrar festejos
antes de cumplir con los deberes de un duelo».
El 17 y el 19 de febrero Freud sufrió en la calle
leves accesos de angina de pecho (estenocardia). No
hubo, aparte del dolor, ni disnea ni angustia. Al producirse
el segundo de estos episodios se hallaba
Freud a pocos pasos de la casa de un conocido médico,
amigo suyo, el doctor Braun, hasta donde consiguió
llegar. Braun hizo el diagnóstico de miocarditis
y aconsejó un tratamiento de quince días en un
sanatorio. Freud desoyó el consejo y, siquiera por
una vez, se mostró optimista acerca de su afección,
que atribuyó, con toda razón, a una intolerancia al
tabaco. Había estado fumando unos cigarros desnicotinizados,
pero aún así se registraban, en cada ocasión,
molestias cardíacas. Para él esto era un inquie-
144
tanta presagio de que la abstinencia ya no le resultaba
nada dura. Ferenczi estaba convencido de que
esto se trataba de una cosa de índole psicológica y
se ofreció a venir a Viena por unos meses, para analizarlo.
Freud se sintió conmovido por el ofrecimiento,
y luego de agradecerle, agregaba: «Bien puede ser
que esto tenga raíz psicológica y es extremadamente
dudoso que ello pueda ser dominado por el psicoanálisis;
además, cuando uno ya ha llegado a los setenta,
¿no tiene derecho acaso a toda forma de descanso?
»
Freud se conformó, por im tiempo, con llevar
una vida tranquila y no atender más que tres pacientes
por día. Pero la insistencia de Braun, reforzada
con una consulta con Lajos Levy, de Budapest, terminó
por decidirlo a internarse el 5 de marzo, en el
Cottage Sanatorium, donde siguió tratando a sus
tres pacientes. Su hija Ana dormía en la habitación
contigua y actuaba como enfermera del padre durante
medio día, mientras que la mujer y la cuñada
se turnaban el resto de la jomada. Nos informó jocosamente
que se había tomado unas vacaciones en
la Riviera. Volvió a su casa el viernes 2 de abril (Viernes
Santo).
Freud estaba tomando ahora más en serio su afección,
y escribió acerca de esto a Eitingon lo que
sigue:
Sí, con toda seguridad recibiré al Comité, usted,
Ferenczi, Jones y Sachs a comienzos de mayo. Me propongo
interrumpir mi trabajo del 6 al 10 de mayo para
dedicarme exclusivamente a ustedes, mis huéspedes.
Una cosa que contribuye a ello es la idea de que bien
puede ser éste el último encuentro con mis amigos. Digo
esto sin mal ánimo contra el destino, sin tener que ha-
145
cer esfuerzo alguno de resignación, sino simplemente
como un hecho, si bien sé lo difícil que resulta convencer
a los demás de que lo veo así. Cuando no se es un
optimista, como lo fue nuestro Abraham, se lo cree a
uno naturalmente un pesimista o un hipocondríaco. Nadie
puede creer que yo pueda estar preparado para algo
desfavorable por el solo hecho de que sea, según toda
probabilidad, lo que va a ocurrir.
Es cosa bien segura que yo muestro signos de una
afección en el miocardio que no puede ser tratada con
sólo dejar de fumar. Lo que dicen mis médicos acerca
de que es apenas una cosa leve y que pronto habrá una
gran mejoría y cosas por el estilo, no es, por supuesto,
que más que una historia calculada pensando en que
yo no soy un aguafiestas y que me portaré bien y que
no he de atentar contra las convenciones establecidas.
No me siento nada bien aquí, y aunque realmente esto
fuera la Riviera, hace mucho que hubiera vuelto a casa.
.. .La cantidad de transtomos corporales que padezco
hace que me pregunte por cuánto tiempo más estaré
en condiciones de continuar con mi trabajo profesional,
especialmente en vista de que la renuncia al dulce
hábito de fumar ha tenido como consecuencia una gran
disminución de mis intereses intelectuales. Todo esto
proyecta una amenazante sombra sobre el cercano porvenir.
La única cosa que me inspira miedo es la perspectiva
de una prolongada invalidez, sin posibilidad de
trabajar: para decirlo más claramente, sin posibilidad
de ingresos. Y esto es precisamente lo que con más probabilidad
ocurrirá. No poseo lo suficiente como para
seguir viviendo como hasta aquí ni seguir afrontando
mis incesantes obligaciones sin ingresos. En última instancia,
son estas serias consideraciones de índole personal
las que importan.
Usted podrá comprender que ante esta conjunción de
cosas —el peligro de la incapacidad de trabajar por
la dificultad para hablar y para oír, por una parte, y
por la otra el agotamiento intelectual— no puedo sen-
146
tirme descontento con mi corazón, ya que la afección
al corazón abre en mí la perspectiva de un final no
muy dilatado ni demasiado desdichado... No ignoro,
naturalmente, que la incertidumbre en el diagnóstico
tiene también el otro aspecto, que puede tratarse solamente
de una advertencia momentánea, que la inflamación
puede disminuir, tec. Pero, ¿por qué ha de ocurrir
todo tan placenteramente a los setenta? Por otra parte,
nunca me he conformado con las sobras. Ni siquiera he
podido conformarme cuando sólo me quedaba un par
de cigarros en mi caja.
¿Que por qué le estoy contando todo esto? Probablemente
para evitarme el hacerlo cuando usted esté aquí.
Además, para lograr su ayuda para aliviarme en lo posible
de las formalidades y festejos que se acercan... No
cometa el error de pensar que estoy deprimido. Considero
un verdadero triunfo el mío el mantener siempre
un juicio claro cualesquiera sean las circunstancias y
no dejarme engañar por la euforia, como el pobre Abraham.
Sé también que, a no ser por esta única preocupación
que tengo de que pueda llegar a no poder trabajar,
me consideraría un hombre digno de envidia. Luego a
una edad tan avanzada; encontrar tanto y tan cálido
afecto en la familia y en los amigos; tanta esperanza de
éxito —si no el éxito mismo— en una empresa tan azarosa:
¿quién más ha llegado a obtener tanto?
De regreso a Viena, Freud continuó llevando una
existencia de semiinválido. Todas las mañanas antes
de iniciar su trabajo, solía hacer un viaje a los verdecidos
suburbios de la ciudad. Esto le dio la oportunidad
de conocer la hermosura de la primavera
naciente: ¡el tiempo de las lilas en Viena! ¡Qué lástima
tener que llegar a viejo y estar enfermo para
venir a descubrir esto!
A comienzo del año el ánimo de Freud comenzó
a conturbarse con la proximidad de su 70 aniver-
147
sano. Lo que lo perturbaba no era, de ningún modo,
el simple hecho de sentir que estaba envejeciendo,
sino la idea de los diversos actos celebratorios a que
sin duda daría lugar el acontecimiento. Ya había habido
anteriores fiestas de cumpleaños bastante malas,
pero éste tenía perspectivas aún peores.
En un determinado momento pensó huir de todo
eso enclaustrándose por una semana en un sanatorio
pero finalmente le pareció que sería una conducta
cobarde y demasiado desconsiderada para con todos
aquellos que lo apreciaban.
Durante varios días hubo una lluvia de cartas y
telegramas de felicitación procedentes de todas partes
del mimdo. Las cartas que más satisfacción le
produjeron fueron las de Brandes, Einstein, Yvette
Guilbert, Romain Rolland y la Universidad Hebrea
de Jerusalén, de la cual él era uno de los Directores.
Se sintió evidentemente conmovido al recibir una
carta de felicitación de la viuda de Breuer.
Todos los diarios de Viena, así como también muchos
de Alemania, publicaron artículos especiales,
la mayor parte de ellos llenos de apreciaciones favorables.
Los mejores fueron los de Bleuler y Stephan
Zweig.
Por su parte, el mundo académico de Viena —la
Universidad, la Academia, la Sociedad Médica, etcétera—
ignoraron por completo el acontecimiento.
Este comportamiento le pareció sincero a Freud.
«Cualquier congratulación que proviniera de ellos
me parecería insincera.»
La Logia judía Bnei Brith, de la que Freud era
miembro, le dedicó un número especial de su periódico,
que contenía una cantidad de artículos amistosamente
inspirados. «En su conjunto, eran bastan-
148
te inofensivos. Yo me considero uno de los más peligrosos
enemigos de la religión, pero ellos no parecen
tener ninguna sospecha al respecto». También
realizaron una fiesta en homenaje, en la que el Profesor
Ludwig Braun —el médico de Freud— pronunció
un discurso muy brillante. La familia de Freud
estuvo presente, pero no así él: «Mi presencia hubiera
resultado embarazosa, y de mal gusto además.
Cuando alguien me insulta, me puedo defender, pero
contra el elogio me encuentro indefenso... En general,
los judíos me tratan como a un héroe nacional,
si bien mi único servicio a la causa judía se reduce
al hecho de no haber renegado nunca de mi
condición de judío».
Llegado el día —6 de mayo— se reunieron en la
casa de Freud y le hicieron entrega de una donación
de 30.000 marcos (£ 1.500), importe recolectado entre
los miembros de la Asociación. Freud destinó
las cuatro quintas partes del dinero a la Verlag y lo
demás a la Clínica de Viena. Al damos las gracias,
Freud pronunció una alocución de despedida. Una
cosa que nos manifestó era que debíamos considerarlo
ahora retirado de toda participación activa en
el movimiento psicoanalítico y que en el futuro sólo
deberíamos contar con nosotros mismos. Nos hizo un
requerimiento, además, de que fuéramos testigos,
ante la posteridad, de cuan buenos amigos había
tenido. La parte más enfática de su alocución fue,
sin embargo, aquella en que nos pidió que no nos
dejáramos engañar por aparentes éxitos, en virtud
de una subestimación de la intensidad de la oposición
que aún habría que superar.
Al día siguiente, mantuvo su última reunión con
el Comité en pleno. Se prolongó durante siete horas
y media —aunque no en forma continuada por su-
149
puesto—, sin que él mostrara signo alguno de cansancio.
El tercer número del Zeitschrift de ese año, tuvo
carácter conmemorativo, en homenaje a Freud, y
reproducía un retrato de éste, especialmente hecho
para la ocasión por el conocido artista vienes Profesor
Schmutzer. Cuando Freud se enteró de que
Ferenczi había recibido el encargo de hacer la nota
introductoria de salutación, le escribió: «Si en lugar
del artículo que me tocó hacer cuando usted cumplió
cincuenta años me hubiera visto obligado a escribir
dos más, habría terminado por sentirme agresivo
contra usted. Yo no quisiera que una cosa así le
ocurra a usted ahora, de modo que será bueno tener
en cuenta la necesidad de un poco de higiene emocional
para el caso».
El 17 de junio Freud alquiló comodidades en la
Villa Schüler, en el Semmering, donde permaneció
hasta el fin de septiembre. Desde allí realizó frecuentes
visitas a su cirujano, en Viena, en su empeño de
lograr, mediante sucesivas modificaciones, una mayor
comodidad con su terrible prótesis. Sufrió mucho
durante ese verano, y sólo un par de meses después
mejoró de su afección al corazón. Así y todo,
lo pasó mejor un mes o dos, al final de sus vacaciones,
y en ese lapso estuvo tratando dos pacientes
por día.
Ferenczi llegó el 22 de agosto, para permanecer
una semana antes de partir, el 22 de septiembre,
para Estados Unidos. Cuando se dirigía a Cherburgo,
para embarcarse, se encontró con Rank en París,
en una agencia de viajes. Curioso encuentro debió
haber sido éste de dos hombres que habían colaborado
tan estrechamente apenas dos años antes. Fue
una semana muy feliz la que transcurrió en el Sem-
150
mering, y fue la última ocasión en que habría de
sentirse feliz en compañía de Ferenczi. Porque estamos
aquí en el comienzo de una historia bien triste
en cuanto a las relaciones entre los dos. Hacía un
tiempo que Ferenczi se sentía insatisfecho y aislado
en Budapest y en la primavera tuvo deseo de trasladarse
a Viena, cosa que no contó con el apoyo de su
mujer. En abril había recibido una invitación de
Frankwood Williams para dar una serie de conferencias
en la New School of Social Research de Nueva
York, y aceptó la invitación, con la aprobación de
Freud. Pronunció la primera conferencia el 5 de
octubre de 1926, en un acto que presidió Brill. Cierta
intuición premonitoria, basada probablemente en
las desdichadas consecuencias que habían tenido los
viajes similares de Jung y de Rank, me movió a aconsejarle
a Ferenczi que no aceptara la invitación. Pero
él no hizo caso de mi consejo e hizo el plan de quedarse
seis meses en Nueva York y analizar en este
lapso el mayor número posible de personas. El resultado
del viaje no hizo más que justificar mi premonición.
Al regresar de sus prolongadas vacaciones, Freud
decidió tomar sólo cinco pacientes, en lugar de los
seis que atendía antes, pero dado que en ese momento
aumentó sus honorarios de veinte a veinticinco
dólares, la reducción de horas de trabajo no
le produjo ninguna pérdida económica. Otra innovación
de esa época consistió en que, dado que aún
no se sentía en condiciones de dirigir las reuniones
de la Sociedad de Viena, consintió en recibir en su
casa un reducido número de miembros selectos de
la misma, el segundo viernes de cada mes, para realizar
con ellos una reunión científica nocturna.
El 25 de octubre, invitado por Rabindranath Ta-
151
gore, que se hallaba en Viena, Freud le hizo una visita.
Tagore no debe haberle hecho gran impresión,
ya que al ser visitado poco después por otro hindú
—Gupta, profesor de filosofía en Calcuta— Freud
hizo este comentario: «Por el momento, mis necesidades
en cuanto a hindúes están completamente satisfechas
».
Puesto que estoy describiendo, en sus diversas
fases, las relaciones personales de Freud con los
miembros del Comité, que tanto significaba para
él, no puedo dejar de referirme a mí mismo en este
aspecto. Durante diez años, a partir de 1922, la relación
conmigo no fue excelente como lo había sido
antes y lo sería más tarde nuevamente durante esta
década, si bien no me había retirado su afecto y a
ratos éste solía expresarse cálidamente, Freud mostró
hacia mí una actitud más crítica y menos íntima.
Las dificultades comenzaron cuando Rank lo
predispuso contra mí, y hubo de transcurrir mucho
tiempo antes de que Freud abandonara la ojeriza
contra Abraham y contra mí por todo lo que hicimos
para desengañarlo respecto a Rank y a sus
ideas. Más tarde fue Ferenczi quien desempeñó igual
papel. Sin interrupción estuvo expresando ante
Freud su animadversión hacia mí, cosa que por cierto
yo ignoraba totalmente, ya que he llegado a saberlo
apenas ahora, al leer su correspondencia con
Freud. Tal como fue el caso con Rank, esta hostilidad
precursora de la que más tarde habría de manifestarse
contra Freud mismo. Había, además, algunos
tópicos en los que yo no pude estar de acuerdo
con Freud: el tema de la telepatía, la posición exacta
en el problema de los analistas «profanos» y mi
apoyo a la obra de Mel^nie Klein.
Para Navidad, Freud y su esposa viajaron a Ber-
152
íín, de donde regresaron el 2 de enero. Fue su primer
viaje después de la operación, realizada tres
años atrás, y habría de ser el último que hacía a
esta ciudad simplemente por placer. El objeto del
viaje era ver a sus dos hijos, uno de los cuales estaba
por partir para Palestina, a realizar cierto trabajo,
y a los cuatro nietos que tenía allí: hasta entonces
sólo había visto a uno de ellos, y ello cuando
apenas tenía un año de edad.
Esta fue la primera ocasión en que Freud se puso
en contacto con Einstein. Se encontraba en casa de
su hijo Ernst, y allá recibió la visita de Einstein y
su mujer. Freud escribió: «Es alegre, seguro de sí
mismo y hombre agradable. Entiende tanto de psicología
como yo de física, de modo que tuvimos una
conversación muy placentera».
El libro titulado Inhibición, síntoma y angustia,
que Freud había escrito en el mes de julio anterior
y revisado en el mes de diciembre, apareció en la
tercera semana de febrero de 1926. El juicio de
Freud mismo era que «contiene varias cosas nuevas
e importantes, revoca y corrige algunas conclusiones
anteriores y en general no es bueno».
Esta obra es sin duda la más valiosa contribución
clínica que hiciera Freud en el período de los años
de posguerra. Es esencialmente un amplio estudio de
los diversos problemas relativos a la angustia.
Constituye un libro más bien discursivo y lo escribió
con toda evidencia para sí mismo, y para tratar de
aclarar sus propias ideas, más que para hacer una
exposición de las mismas. Como hemos visto, Freud
se hallaba lejos de sentirse satisfecho con el resultado,
pero la forma en que indicó la complejidad de
muchos problemas que habían sido pasados por
153
alto, ha parecido muy estimulante a los estudiosos
serios. Algunos de esos problemas no se habían solucionado
hasta entonces.
El libro es tan rico y sugeridor de ideas y conclusiones
provisionales, que sólo es posible aquí seleccionar
algunas de las más sobresalientes. Freud
tomó a una de sus tempranas concepciones, la de
«defensa», que durante veinte años había sido reemplazada
por la de «represión»; ahora juzgaba a ésta
como una más de las diversas defensas utilizadas
por el yo. Contrastaba la parte fundamental que
desempeña la represión en la histeria con las más
características defensas de «reacción-formación»,
«aislamiento», y «supresión» (una forma de reparación),
en la neurosis obsesiva.
Freud admitía que había estado equivocado al
mantener que la angustia mórbida es simplemente
libido transformada. Ya en 1910, yo había criticado
este punto de vista antibiológico, y sostenido que la
langustia debe proceder del propio yo, pero Freud
no hizo caso de ello y sólo cambió su opinión cuando
se dedicó al tema por sí mismo dieciséis años después.
Entonces Freud prosiguió la cuestión de la naturaleza
del peligro con el que se relaciona la angustia.
La situación de «angustia real» difiere de la angustia
mórbida en que la naturaleza del peligro es
evidente en la primera, mientras que se ignora en
la última. En la angustia mórbida, el peligro puede
emanar del temor de los impulsos del ello, de amenazas
desde el superyo, o del miedo al castigo procedente
del exterior, pero en los machos es siempre,
en definitiva, un peligro de castración, y en las
hembras más característicamente el temor de no ser
amadas. Sin embargo, Freud fue capaz de ahondar
más profundamente en el problema, distinguiendo
entre la vaga sensación de peligro y la auténtica catástrofe
final que él denominaba trauma. Este supone
una situación de impotencia en la que el sujeto
es incapaz de dominar sin ayuda cualquier excitación
excesiva; el mismo acto de nacimiento constituye
el prototipo de este trauma, pero Freud no
estaba de acuerdo con Rank en que los posteriores
ataques de angustia eran meras repeticiones de éste
y constantes tentativas de resistirlo. En la situación
traumática han sido desbordadas todas las barreras
protectoras, resultando una impotencia inmersa en
pánico, una respuesta que Freud calificaba de inevitable
pero inoportuna. La mayoría de los casos
clínicos de angustia, sin embargo, pueden calificarse
de oportunos, porque constituyen muestras fundamentales
de un próximo peligro que en su mayor
parte puede entonces evitarse de distintas formas;
entre ellas está la acción misma de la represión, que
Freud consideraba como provocada por la angustia
en vez de ser la causa de la angustia como antes había
pensado.
La definida relación existente entre los síntomas
neuróticos y la angustia da origen a otro difícil problema.
En su conjunto, Freud los consideraría como
defensas parciales destinadas a obviar la angustia,
facilitando salidas sustitutivas a los impulsos temidos.
Pero la cuestión más escabrosa reside en saber
bajo qué condiciones queda retenida la situación original
de peligro en toda su fuerza dentro del inconsciente.
Por ejemplo, puede acontecer en la vida adulta
una curiosa resistencia al miedo infantil a la castración
como si existiera una contingencia inminente.
El enigma de la neurosis depende de esta fijación.
Sin duda, el elemento económico de la canti-
155
dad es el decisivo, pero Freud señalaba tres factores
que tenían sobre él gran influencia. El primero, o
biológico, es la sobresaliente y prolongada falta de
madurez de los infantes, en contraste con otros
animales; esto realza el papel de la dependencia respecto
a la madre protectora, cuya ausencia evoca tan
asiduamente una angustia alarmante. El segundo
factor, histórico o filogenético, lo deducía Freud de
la curiosa circimstancia de los dos estadios existentes
en el desarrollo libidinal del hombre que se hallan
separados por los años del período de latencia.
El tercer factor, es el psicológico, y se refiere a la
peculiar organización de la mente humana con su
diferenciación en ello y yo. Debido a los peligros
exteriores (castración), el yo ha de considerar determinados
impulsos instintivos como si condujeran
a un peligro, pero sólo puede hacerles frente a expensas
de sufrir serias deformaciones, restringiendo
su propia organización, y asintiendo a la formación
de síntomas neuróticos, corno sustitutos parciales
de los impulsos en cuestión.
En junio, Freud empezó a escribir otro libro, Análisis
profano. La ocasión para ello la brindó la acusación
puesta en marcha contra Theodor Reik basada
en la práctica ilegal del psicoanálisis, una acción
que no prosperó. Freud definió el libro de «amargo»,
puesto que cuando lo escribió no estaba de buen
talante.
Los acontecimientos más importantes de este año
fueron; los primeros indicios de los cambios que
se producían en la personalidad de Ferenczi y que
habrían de conducirlo a alejarse de Freud, la disputa
con los norteamericanos y los holandeses en el
Congreso de Innsbruk y el desacuerdo entre Freud
156
y yo acerca del análisis profano y el análisis de
niños.
Freud había conocido,* hacía algún tiempo, a Stephan
Zweig, con quien mantuvo correspondencia durante
unos años. En la primavera presente inició una
correspondencia mucho más extensa con Arnold
Zweig. Estos dos hombres, a quienes no unía ni el
más remoto parentesco, eran además muy distintos
entre sí. Stephan, hijo de padres pudientes, actuaba
en los círculos intelectuales y artísticos más
destacados de Viena. Su vida se deslizaba con facilidad.
Escritor fluido y con talento, produjo mmierosas
biografías históricas, en las que demostró una
considerable penetración psicológica. Pero dejaba
poco que hacer a la imaginación del lector, a quien
instruye cabalmente acerca de lo que debe sentir
ante cada párrafo del relato. Arnold, en cambio, había
tenido que sobrellevar una dura existencia, y
además fue menos afortunado también por su constitución
orgánica. Su prusiano estilo era más pesado,
pero más consumado y profundo. La actitud de
Freud hacia uno y otro se deduce de la distinta manera
de dirigirse a ellos. Stephan era para él Lieher
Herr Doktor (estimado Doctor); Arnold, en cambio,
Lieher Meister Arnold (Estimado maestro Arnold).
Conocía bien, por supuesto, las primeras obras de
Arnold Zweig, pero fue su famosa novela de guerra
El sargento Grischa lo que aproximó a los dos hombres.
Los analistas de Nueva York, si bien se sentían
im tanto ofendidos con Ferenczi por no haberles escrito
éste al aproximarse la fecha de su viaje, lo recibieron
de manera amistosa y lo invitaron a hacer
uso de la palabra en la reunión invernal que realizáis?
ba la Asociación Psicoanalítica Norteamericana, cosa
que hizo el 26 de diciembre de 1926. Brill se mostró
cordial con su viejo y respetado amigo, y tuvo otras
atenciones con él, lo invitó a almorzar, etc.; presidió
además la sesión en que Ferenczi pronunció su primera
conferencia en la New School of Social Research.
Rank —digamos de paso— estaba desarrollando
un curso, simultáneamente, en la Old School
of Social Research. A esto siguió un período de agasajos
y desmedido ensalzamiento de parte de la gente
local, que produjo en Ferenczi una exaltada explosión
de energía. Todos los días recibía alguna invitación
para hablar, tanto en privado como en público.
Ai mismo tiempo comenzó a preparar a ocho
o nueve candidatos para el ejercicio del análisis, la
mayor parte de ellos no médicos. Se trataba forzosamente
de análisis breves, pero el número de los
candidatos fue suficiente como para formar tm grupo
especial de analistas no médicos, que él tenía la
esperanza de que sería aceptado por la Asociación
Internacional como una Sociedad aparte. Éstas y
otras actividades lo llevaron a entrar en conflicto
con los analistas neoyorquinos, quienes aprobaron,
el 25 de enero de 1927, enérgicas resoluciones condenando
toda actividad terapéutica de quienes no
fueran médicos. A medida que transcurrían los meses
las relaciones se hicieron cada vez más tirantes,
hasta que llegó el momento en que se vio casi completamente
aislado de sus colegas. Cuando, en la
víspera de su partida para Europa, el 2 de junio, Ferenczi
ofreció una fiesta de despedida, hasta el mismo
Brill, tan cordial siempre, se abstuvo de asistir,
lo mismo que Obemdorf.
Ferenczi se dirigió primeramente a Inglaterra,
donde habló ante la British Psychological Society y
158
la British Psychoanalytical Society. Lo recibimos con
todo afecto, cosa que, por contraste con lo ocurrido
en Nueva York, debe haberle resultado muy grato.
Yo ofrecí en su honor una fiesta al aire libre, así
como varias recepciones en mi casa, y fue huésped
un par de días en mi casa de campo. Tuve la impresión
de que nuestra vieja amistad se conservaba intacta,
y en realidad conservé esta impresión hasta
hace poco, cuando leí su correspondencia con Freud.
Peor aún en aquella ocasión, cuando me preguntó si
yo había estado en Italia para encontrarme con Brill
y yo le dije que no, escribió a Freud diciéndole que
estaba convencido de que yo le había mentido y que
seguramente yo había estado con Brill en Italia,
conspirando juntos en el asunto del análisis profano.
De Londres, Ferenczi se dirigió a Baden-Baden
para visitar a Groddeck, luego a Berlín, para ver a
Eitingon, después nuevamente a Báden-Baden, y no
fue a visitar a Freud hasta después del Congreso de
Innsbruck, en septiembre. Freud se sintió molesto
por el hecho de que Ferenczi no lo fue a ver sino
después de tres meses de estancia en Europa. Sospechaba
que esto pudiera ser indicio de cierta tendencia
a emanciparse. Fue éste el primer indicio de su
gradual alejamiento de Freud. En ese momento
Freud no podía tener idea del alcance que esto llegaría
a alcanzar, a pesar de lo cual, por alguna razón,
hubo algo que les indujo a ofrecerse mutuas seguridades
de que su vieja amistad seguiría siempre en
•pie.
En este año, la preocupación más importante de
Freud, de orden organizativo, era la que se refería
al problema del análisis profano.
159
Fue este el rasgo del movimiento psicoanalítico
que, con la posible excepción de la Vertag, atrajo
más decididamente el interés de Freud, y ciertamente
sus emociones, durante la última fase de su vida.
Venía ligado aquél con un problema central para
el movimiento psicoanalítico, para el que todavía
no se ha hallado solución.
Prescindiendo del hecho de que el psicoanálisis se
originó en el campo de la psicopatología, Freud reconocía
que los descubrimientos que hizo y la base
teórica establecida a partir de ellos tenían unas conexiones
generales y extraordinariamente amplias
fuera de ese campo. Hasta el punto en que supone
un conocimiento más profundo de la naturaleza humana,
de los motivos y emociones de la humanidad,
era inevitable que el psicoanálisis se hallara posibilitado
para realizar valiosas y a veces cruciales
aportaciones a todos los campos del espíritu humano,
y que posteriores investigaciones aumentarían
la validez de esas contribuciones hasta un punto
nada fácil de delimitar. Por no mencionar más que
unos cuantos: el estudio de la antropología, mitología
y folklore; la evolución histórica de la humanidad
con los varios caminos divergentes por los
que ha discurrido; la crianza y educación de los
niños; el significado del empeño artístico; el amplio
campo de la sociología, con una más penetrante estimación
de las distintas instituciones sociales, tales
como matrimonio, ley, religión, y quizás incluso el
Estado. Todas esas posibilidades sin fin se hubieran
perdido si el psicoanálisis hubiera terminado confinándose
a una pequeña sección del capítulo sobre
terapia en un libro de texto de psiquiatría que se
situara junto a las secciones de sugestión hipnótica,
electroterapia, etc. Esto es lo que él preveía que po-
160
día haber muy bien sucedido si el psicoanálisis hubiese
llegado a considerarse sólo como una rama de
la práctica médica.
Posteriormente, Freud se percató de que aunque
los analistas prácticos podían brindar indicaciones y
sugerencias en aquellos distintos campos, las únicas
contribuciones de valor permanente habrían de ser
obra de especialistas en ellos, especialistas que también
han adquirido un aceptable conocimiento del
psicoanálisis recurriendo a una enseñanza autorizada.
Una parte esencial de esta formación consiste
en la realización de psicoanálisis a aquellos que desean
sujetarse a ella. Así por ejemplo, un antropólogo
deseoso de aplicar las doctrinas psicoanalíticas
dentro de su especial ámbito habría de convertirse
sobre todo, al menos durante un cierto tiempo, en
un psicoterapeuta. Cabría suponer que esta sería
una solución verdaderamente satisfactoria de toda
la cuestión, pero de hecho quienes venían de otros
campos para estudiar el psicoanálisis deseaban convertirse
invariablemente en analistas prácticos durante
el resto de sus vidas, una decisión que forzosamente
limita su utilidad en aplicar sus recién adquiridos
conocimientos a sus anteriores esferas de
trabajo. A esas personas se las denomina psicoanalistas
profanos, o no médicos.
Freud acogió cálidamente la llegada al campo
terapéutico de personas de valia procedentes de
otras ocupaciones distintas a la médica, y en su opinión
era indiferente el que los candidatos que se
presentaban para la enseñanza psicoanalítica tuvieran
o no cualificación médica. Cuando se le pedía
consejo, incitaba a esos candidatos a que no gastaran
años de estudio en obtener aquella cualificación,
sino a adelantar inmediatamente en la obra
161
6. — Vida y obra de Sigmund Freud, III.
psicoanalítica. Freud deseaba una formación previa
más amplia y mejor para el novicio en psicoanálisis.
Debería existir un centro especial en el que se dieran
clases sobre rudimentos de anatomía, fisiología
y patología, biología, embriología y evolución, en mitologa
y psicología de la religión, y en los clásicos
de la literatura.
Por mucho que uno se sintiera cautivado por su
enfoque, con todo, hemos de tener en cuenta una
serie de consideraciones a las que habría primero
que prestar atención. Para empezar, Freud insistía
con firmeza y buen sentido en que sus analistas profanos
no serían en la práctica completamente independientes.
Al faltarles formación en todas la materias
que encaminaban a un diagnóstico médico,
eran incompetentes para decidir qué pacientes eran
apropiados para su tratamiento, y Freud sentaba la
regla invariable de que los analistas profanos nunca
habían de operar como consejeros; la primera persona
que examinase un paciente debía ser un doctor,
quien llevaría luego los casos que así lo requirieran
al analista. Esto suponía una cooperación plena con
la profesión médica, y suscitaba la cuestión de hasta
qué punto y bajo qué condiciones podría ser ello
posible. Existían algunos países, como Austria, Francia,
y algunos de los estados de Norteamérica en
donde la ley prohibía cualquier medida terapéutica
adoptada por cualquiera que no se hallara en posesión
de un título médico. Había muchos más en
donde a los miembros de la profesión médica la ley
les prohibía colaborar con los prácticos no médicos.
Más aún, si la mayoría de los analistas eran legos,
había que prever la posibilidad de que el psicoanálisis
se fuera divorciando cada vez más de la ciencia
de la medicina con gran detrimento práctico y teoré-
162
tico. Además, su perspectiva de llegar en alguna
ocasión a ser reconocidos como una rama legítima de
la ciencia, quedaría reducida, quizás, a un punto
prácticamente despreciable.
Por lo que a mí me consta, los únicos analistas
no médicos que ejercieron antes de la Gran Guerra
fueron Hermine Hug-Hellmuth, en Viena, y el reverendo
Oskar Pfister en Zurich. La doctora en filosofía
Hug-Hellmuth realizó análisis pedagógicos y aportó
muchas observaciones analíticas útiles sobre de
los niños. También se la recuerda por haber trazado
la técnica del juego para el análisis de los niños que
Melanie Klein habría de utilizar con tanta brillantez
tras la guerra. Los dos primeros años después de la
guerra, una serie de analistas no médicos comenzaron
a practicar en Viena. Otto Rank fue quizás el
primero de ellos, aunque él me dijo casi apologéticamente
entonces que sólo analizaba a niños. Prevalecía
por aquel tiempo la ilusión de que los análisis
practicados a niños eran una cuestión más fácil que
la de los adultos; ese fue el motivo de que cuando
la New York Society mostró en 1929 temporalmente
su acuerdo de permitir la práctica del análisis profano,
la limitara al análisis del niño. A Rank pronto
se le unieron Bemfeld y Reik, y en 1923 Anna Freud;
más tarde Aichhorn, Kris, Wálder, y otros. Más o
menos por aquella época otros varios empezaron su
labor en Londres, especialmente J. C. Flugel, Barbara
Low, Joan Riviere, Ella Sharpe, y mucho antes
James y Alix Strachey.
En Viena muchos de los que venían a analizarse
eran americanos, y muchos de esos se establecieron
a su vez como analistas profanos a su regreso a América.
Este fue el comienzo de una disensión entre los
analistas americanos y europeos que se mantuvo
163
viva durante muchos afios y sólo acabó solucionan:
dose tras la última guerra. En la terrible situación
de Austria en aquella época, en que era difícil hacer
frente a las más urgentes necesidades vitales, no
es sorprendente que consideraciones económicas impulsaran
a unos cuantos analistas, tanto profanos
como médicos, a descuidar las nonnas generalmente
tenidas por deseables dentro de la profesión. Por
ejemplo, recuerdo haberle preguntado a Rank cómo
podía enviar a Norteamérica como analista en ejercicio
a alguien que había estado con él escasamente
seis semanas, y replicó, con un encogimiento de hombros,
«uno tiene que vivir». También hay que recordar
que en esa época la «enseñanza» era enteramente
individual y no tenía carácter oficial, sin que
existieran normas impuestas por una institución,
como sucedería en años posteriores.
En 1925, Brill escribió vm artículo para un periódico
de Nueva York, manifestando su desautorización
del análisis profano, y en ese otoño anunció
a la Sociedad Psicoanalítica de Nueva York su determinación
de romper las relaciones con Freud si la
actitud vienesa hacia Norteamérica continuaba.
En la primavera de 1926 un paciente de Theodor
Reik inició una acción judicial contra él basada en
un tratamiento perjudicial, e invocó la ley austríaca
contra el curanderismo. Afortunadamente para Reik
se demostró que el paciente era una persona desequilibrada,
cuyo testimonio no merecía crédito. Esta
circunstancia y la intervención personal de Freud
ante un alto funcionario decidieron el caso en favor
de Reik. No obstante, ésto motivó que Freud escribiera
rápidamente durante el mes de julio un librito
titulado Análisis profano. Estaba dispuesto en forma
de un diálogo entre él y un oyente no mal predis-
164
puesto, modelado al estilo del funcionario que acabamos
de mencionar. La mayor parte del libro es
una brillante exposición hecha a un no entendido
de lo que es y hace el psicoanálisis, y constituye
uno de los mejores ejemplos del arte expositivo de
Freud. Va seguido de un ruego, sin duda el ruego
más persuasivo que se haya hecho, para granjearse
una actitud liberal hacia el análisis profano. Habló
a Eitingon de lo bien que se estaban portando los
periódicos de Viena en el asunto Reik, y añadía: «El
movimiento contra el análisis profano sólo parece
ser un rebrote de la vieja resistencia contra el análisis
en general. Desgraciadamente, muchos de nuestros
propios miembros están tan aquejados de miopía,
o tan cegados por sus intereses profesionales,
como para sumársele».
En el otoño de ese año, la Legislatura de Nueva
York aprobó una ley, que según Ferenczi se debió a
instigación de Brill» por la que se declaraba ilegal
el análisis profano, en tanto que la Asociación Médica
Americana publicaba también una advertencia
a sus miembros contra cualquier cooperación con
aquellos prácticos.
Previendo que el tema iba a transformarse en
algo de capital interés en el próximo congreso a celebrar
en Innsbruck el mes de septiembre de 1927,
Eitingon y yo organizamos una discusión preliminar
en forma de colaboraciones que habían de publicarse
en el International Journal y el Zeitschrift, que
eran los órganos oficiales de la Asociación. En ese
momento, Ferenczi era la única persona que compartía
la postura extrema de Freud. Eitingon, el
presidente de la Asociación, era un neto simpatizante
con la postura pro-médica, más incluso que yo
mismo, y, como más de una vez se quejó Freud,
165
«indiferente» respecto al tema del análisis profano.
El grupo de analistas profanos de Ferenczi en Norteamérica
deseaba entrar en la Asociación Internacional,
y Freud consideraba esto como una prueba.
Sin embargo, Eitingon se mostraba contrario a aceptarlo,
y en la práctica no lo hizo.
En mayo de 1927, la Sociedad de Nueva York
aprobó una resolución condenando sin reservas el
análisis profano, una acción precipitada que no mejoró
la atmósfera para la próxima discusión general.
Escribí a Brill con vehemencia rogándole que
hiciera algo en el último momento para disminuir
la pésima impresión que había causado en Europa,
pero era ya demasiado tarde. Y en el Congreso de
Innsbruck se debatieron muy acaloradamente, aunque
sin llegar a ninguna resolución, las diferencias
entre Viena y Nueva York.
Freud se mostraba siempre contrario a la posición
norteamericana, y me imagino que una de los
principales razones para ello fue la siguiente: quizás
en ninguna parte del mundo la profesión médica había
gozado de una más alta estima que en la Austria
de antes de la guerra. Un título universitario, de
auxiliar o profesor, constituía el pasaporte para
cualquier posición social. Freud nunca comprendió
que la situación de la profesión médica pudiese ser
completamente distinta en los demás países. No
tenía ninguna idea de la dura lucha que hubieron
de mantener hace cincuenta años en Norteamérica
los doctores, en donde todo tipo de prácticos sin cualificación
gozaban, por lo menos de tanta estima,
sino mucha más en ocasiones, que los médicos. Por
consiguiente, nunca admitiría que la oposición de
los analistas norteamericanos al análisis profano
constituía hasta un punto muy considerable ima par-
166
te de la lucha mantenida por varias profesiones
doctas de Norteamérica para asegurar el respeto y
el reconocimiento al saber del especialista y a la
formación precisa para conseguirlo. En la primavera
de 1928 comentó a Ferenczi que «el desarrollo
interno del psicoanálisis está avanzando por doquier
divorciado del análisis profano contrariamente a mis
intenciones, y convirtiéndose en una especialidad
puramente médica, lo que considero como trágico
para el futuro del análisis».
La tensión acerca del problema del análisis profano
se mantuvo hasta la llegada de la segunda guerra
mundial. Cuando ésta hubo concluido, poco había
quedado del movimiento psicoanalítico en el
continente europeo, y los norteamericanos, que formaban
entonces la gran mayoría de los analistas
existentes en el mundo, no sólo habían perdido su
antigua aprensión hacia la Asociación Internacional,
sino que cooperaron también cordialmente con ella,
hasta un extremo que nunca antes había sida posible
lograr. Nuestra unidad se salvó, por consiguiente,
pero al precio de seguir posponiendo el problema
todavía sin resolver del status de los analistas profanos.
A finales de la década de 1930 se había difundido
ampliamente una noticia en los Estados Unidos, según
la cual Freud había cambiado radicalmente las
ideas que tan claramente había expresado en su folleto
sobre el análisis profano, siendo su opinión
ahora la de que la práctica del psicoanálisis debía
limitarse estrictamente en todos los países a los
miembros de la profesión médica. A continuación
presentamos la respuesta que dio en 1938 a una pregunta
sobre el rumor: «No puedo concebir cómo
puede haber surgido este burdo rumor sobre mi
167
cambio de punto de vista sobre el problema del análisis
profano. Lo cierto es que nunca he negado esos
puntos de vista, e insisto en ellos incluso con más
fuerza que antes frente a la clara tendencia americana
a convertir el psicoanálisis en una mera sirvienta
de la psiquiatría».
Después del Congreso de Innsbruck convertimos
el Comité en grupo —ya no privado— de dirigentes
de la Asociación,
El problema más urgente que había que encarar
era el de las finanzas, siempre difíciles, de la Verlag.
Las cosas marchaban tan mal que se había iniciado
tratos formales para vender las existencias y
transferir la firma a una empresa comercial. A Freud
le disgustaba mucho la idea de perder el control de
una empresa que siempre había querido de una forma
entrañable, de modo que Eitingon siguió afrontando
noblemente todas las dificultades. Una donación
de cinco mil dólares de parte de la señorita
Potter conjuró momentáneamente la crisis.
En septiembre me escribió una extensa carta en
la que se quejaba vivamente de que yo estaba realizando
una campaña pública contra su hija Ana y
acaso, de ese modo, también contra él. El único
hecho en que se basaba ese arranque de su parte era
el haber publicado yo, en el Journal, un largo informe
sobre una discusión que había tenido lugar sobre
§1 tema del psicoanálisis de niños. Era un tópico
este que durante años había interesado a nuestra
Sociedad, en la que había muchas analistas, y que
iiegó a interesar más aún con la llegada a Inglaterra,
un año antes, de Melanie Klein. En una carta que le
envié, expliqué todo a Freud, extensa y detalladamente,
y recibí de él la siguiente contestación; «JVIe
m
siento muy feliz, por supuesto, de que me haya contestado
usted con tanta calma y de una manera tan
amplia, en lugar de sentirse muy ofendido por la
mía». Pero siguió mostrándose escéptico, y probablemente
receloso, acerca de los métodos y las conclusiones
de Melanie Klein.
Posteriormente sostuve con él varias conversaciones
sobre el tema del análisis temprano, pero nunca
llegué a impresionarle para nada y lo único que
logré obtener de él fue admitir que no tenía, para
orientarse en esto, ninguna experiencia personal.
Tres trabajos escribió en 1927. El primero de
ellos fue un suplemento al ensayo sobre el Moisés
de Miguel Ángel, que había publicado, en forma anónima,
trece años antes. Fue escrito en junio y publi- •
cado en Imago a fin de año, luego de haber aparecido,
en el verano, en el primer número de la recién
fundada Revue Frangaise de Psychanályse. Después
escribió —«repentinamente», según dijo— un breve
trabajo sobre Fetichismo, que fue despachado a fines
de la primera semana de agosto. Hizo esta triste
reflexión: «Probablemente esto no dará lugar a
nada».
El mismo día en que despachó este trabajo, £inunció
que estaba escribiendo uno sobre El humor, dado
que se hallaba en un buen estado de ánimo porque
una vez más acababa de evitarse la bancarrota de la
Verlag. Su interés por el tema databa de la época
en que había escrito el libro sobre El chiste, más de
veinte años atrás, pero el problema había quedado
sin resolver hasta ese momento. Tardó apenas cinco
días en escribirlo. Ana Freud lo leyó en el Congreso
de Innsbruck, en septiembre.
También publicó un libro ese año. El futuro de
una ilusión^ Éste dio origen a nvmierosas y ásperas
169
controversias, que aún no han terminado. Él mismo
escribió a Ferenczi lo siguiente: «Ahora ya me parece
pueril; básicamente mi pensamiento es distinto;
lo considero, desde el punto de vista analítico, tan
flojo e inadecuado como una autoconfesión»; Esta
frase puede inquietar a mucha gente. Evidentemente
se presta a numerosas interpretaciones. Había en esa
época una amplia controversia religiosa en Inglaterra,
que arrancó de la exposición del obispo de
Birmingham sobre el origen antropológico de la
creencia en la transubstanciación, de modo que
Freud se mostró muy ansioso de ver publicada cuanto
antes una traducción inglesa del libro.
El comienzo del año 1928 trajo consigo una gran
sensación: la expedición de Róheim al Pacífico y a
Australia, que resultó posible gracias a la generosidad
y la perspicaz visión de Marie Bonaparte. He
aquí algunas sugestiones de Freud acerca del viaje.
«Róheim está añadiendo de ansias por "analizar" a
sus primitivos aborígenes. Yo creo que sería más urgente
observar en lo posible lo que se refiere a la
libertad sexual y al período de latencia en los niños,
a cualquier indicio que hubiera sobre el complejo
de Edipo y a todo lo que pudiera haber en cuanto a
la existencia de un complejo de masculinidad en la
mujer. Pero convinimos en que el programa tendría
que adecuarse finalmente a las oportunidades que
allí se presentaran».
Róheim se proponía radicarse, a su regreso, en
Berlín, cosa que por entonces hizo. Ferenczi se quejó
de que fueran tantos los húngaros que hacían
otro tanto, y se sintió muy inclinado a imitarlos. Recabó
la opinión de Freud acerca de cómo sería recibido
allí, pero Freud le aconsejó que permaneciera
170
en Hungría tanto como le fuera posible con el antisemitismo
reinante bajo el régimen de Horthy.
En febrero le pregunté a Freud si estaba enterado
de los nuevos esfuerzos que se estaban haciendo
para que le concedieran el Premio Nobel. Me contestó
: «No, no sé nada acerca de los esfuerzos tendientes
a procurarme un Premio Nobel, y no los encuentro
loables. ¿Quién va a ser tan tonto como para
mezclarse en este asunto?»
En este mes estuvo afectado de una seria conjuntivitis,
que le hacía sumamente difícil la lectura,
pero a fines de marzo actuó como testigo en la boda
de Ruth Mack y Marck Brunswick. Era el tercer
casamiento a que asistía, aparte del suyo propio.
En esa época recibió un librito del filósofo ruso
Chestov, que le enviaba Eitingon, que era amigo y
admirador del escritor. Freud dijo que lo había leído
de un tirón, pero sin lograr enterarse de cuál era
la actitud del autor. «Probablemente no se imagina
usted cuan lejos me siento de todos estos rodeos de
los filósofos. La satisfacción que me procuran es el
hecho de no participar en este lamentable despilfarro
de la capacidad intelectual. No hay duda de que
estos filósofos creen contribuir con esta clase de estudios
al desarrollo del pensamiento humano, pero
detrás de todo esto hay siempre un problema psicológico,
o incluso psicopatológico».
El 72 aniversario de Freud fue celebrado en forma
muy silenciosa, de acuerdo con los deseos de
éste. El siempre fiel Eitingon fue el único de nosotros
que estuvo presente.
Freud partió para sus vacaciones el 16 de junio.
Gozaba ahora de la compañía de su primera perra
pekinesa, que Dorothy Burlingham, que estaba intimando
mucho con la familia, le había regalado. Tal
171
como la mayor parte de los judíos de su generación,
Freud había tenido poco contacto con animales;
pero un par de años antes alguien había procurado
un perro alsaciano. Wolf, para hacerle compañía a
Ana en sus caminatas por los bosques del Semmering.
Freud se había interesado considerablemente
en observar las costumbres caninas y desde ahora
comenzó a cobrar cariño a un perro tras otro, lo
cual era evidentemente una sublimación de su enorme
afecto a los niños pequeños, que ahora ya no
podía verse satisfecho. Esta primera perra, llamada
Lun-Yu, desgraciadamente no sobrevivió más que
once meses. En agosto del año siguiente, Eva Rosenfeld
la estaba conduciendo de Berchtesgaden a
Viena, cuando se escapó en la estación de Salzburgo,
donde tras de tres días de búsqueda, fue hallada en
la vía férrea, muerta bajo las ruedas de un tren.
Freud manifestó que el dolor que todos sintieron
era de la misma cualidad, aunque no de igual intensidad,
que el que produce la muerte de un niño. Pero
no tardó en ser reemplazada por una congénere, Jo
Fie, que fue su compañera costante durante siete
años.
Esa primavera había sido excepcionalmente desdichada
para Freud, y en marzo manifestó que su
cansancio había alcanzado un grado desusado. Las
molestias y el dolor en la boca habían llegado a ser
casi insoportables y, a pesar de los constantes esfuerzos
de Pichler, ya estaba perdiendo toda esperanza
de hallar alivio. Si hubiera estado en condiciones
económicas para ello, dejaría el trabajo. Hacía un
año ya que su hijo Emst le estaba rogando que consultara
a un famoso cirujano oral de Berlín, el profesor
Schroeder, pero su poca disposición a abandonar
a su cirujano le impulsó a dejar de lado esa
172
Idea hasta que el propio Pichier le confesó que hat^
ía llegado al límite de sus posibilidades, y ya no
podía hacer nada más por él. Se resolvió entonces
hacer una consulta entre ambos médicos, y Schroeder
vino a ver a Freud el 24 de junio. El resultado
fue tan prometedor que Freud consintió en permanecer
algún tiempo en Berlín, tan pronto como
Schroeder estuviera desocupado. Nos pidió que mantuviéramos
en reserva, todo lo posible, esta noticia,
porque no quería que nadie llegara a suponer que
su resolución pudiera significar desaprobación alguna
de su parte en cuanto al cirujano vienes. Se hizo
circular entonces la noticia de que iba a visitar nuevamente
a sus hijos y nietos en Berlín. Partió acompañado
por Ana, el 30 de agosto, y por primera vez
se alojaron en el Sanatorio de Tegel. Marie Bonaparte
y Ferenczi lo visitaron allí ese mes, pero Freud
se hallaba en un estado deplorable, apenas en condiciones
de hablar y embargado de incertidumbre
acerca del éxito de ese intento. Cuando regresó a
Viena, sin embargo, a comienzo de noviembre, la
nueva prótesis, aun cuando distaba mucho de ser
perfecta, registraba un evidente progreso sobre la
anterior, de modo que la vida, nuevamente, se hizo
tolerable. Era mejor que la otra en un 70 %.
Durante los dos años y medio que siguieron el
cirujano de Freud fue el doctor Weinmann, un vienes
que había estado cierto tiempo con Schroeder,
en Berlín, de modo que estaba al tanto del caso de
Freud en detalle. Fue Weinmann quien sugirió el
uso del ortoformo, integrante del grupo de la novocaína,
y que por consiguiente era una adquisición
derivada de los primitivos estudios de Freud sobre
la cocaína. Esto significó una verdadera dicha para
Freud durante algunos años, pero luego, por desgra-
173
cia, dio origen a irritaciones que condujeron a unq
hiperqueratosis local, afección esta de carácter pre
canceroso. Su uso, después de eso, tuvo que ser coi)
siderablemente restringido. j
Nada sorprendente resulta que en un año de tapto
sufrimiento físico no se registre ningún trabajo
suyo que valga la pena citar. Parece ser que no esbrió
nada en todo el año, cosa que durante vm cuarto
de siglo por lo menos no podría haberse afirmado
de él.
Un ensayo más extenso que los dos anteriores,
Dostoievski y el parricidio, apareció también en este
año. Dos años atrás Freud había sido invitado a escribir
una introducción psicológica para una edición
erudita de Los hermanos Karamazov que estaban
preparando F. Eckstein y E. Fülop-Miller. Había comenzado
a trabajar en. esto en la primavera de 1926.
Había mucho que leer y que meditar al respecto, pero
comenzó a escribir el ensayo en las vacaciones y le
leyó el comienzo del mismo a Eitingon cuando éste
lo visitó en el Semmering a fines de junio de 1926.
Pero lo tuvo que dejar a un lado para escribir urgentemente
el ensayo sobre Análisis profano, y cuando
volvió de la libertad de las vacaciones al joigo del
trabajo en Viena, tanto la energía como el interés
se habían desvanecido. Luego confesó que la poca
disposición que había sentido en todo momento para
escribir ese ensayo provino de haber descubierto
que la mayor parte de lo que él tenía que decir desde
el punto de vista psicoanalítico ya estaba contenido
en el librito de Neufeld que la Verlag había publicado
un poco antes. Pero Eitingon continuó presionándole
para que terminara el trabajo, mientras
que le iba enviando libro tras libro, incluyendo una
colección completa de la correspondencia de Dos-
174
toievski, hasta que finalmente el ensayo fue concluido,
probablemente a comienzos de 1927.
Esta fue la última y más brillante contribución
de ¡Freud a la psicología de la literatura. Freud tuvo
en la más alta estima las dotes de Ddstoievski. De
él decía: «Como autor imaginativo ocupa un lugar
no muy distante al de Shakespeare. Los hermanos
Karamazov es la mayor novela que se haya escrito
jamás, el episodio del gran inquisidor uno de los
mayores logros de nuestra literatura mundial, del
que difícilmente puede exagerarse su importancia».
Por otra parte, Freud le consideraba mucho menos
como hombre, y se sentía evidentemente disgustado
por el hecho de que quien parecía destinado a conducir
la humanidad hacia metas mejores, no acabara
siendo más que un dócil reaccionario. Observaba que
no era una casualidad que las tres obras maestras
de todos los tiempos trataran del tema del parricidio
: el Edipo rey de Sófocles, el Hamlet de Shakespeare,
y Los hermanos Karamazov de Dostoievski.
Freud tenía muchas cosas interesantes que decir sobre
la personalidad de Dostoievski, sus ataques histérico-
epilépticos, su pasión por el juego, etc. Pero
acaso la parte más notable del ensayo consiste en
las observaciones de Freud acerca de las distintas
clases de virtud que él ejemplificaba en la variedad
desplegada por Dostoievski.
Theodor Reik escribió una crítica detallada de
este ensayo, y en una carta de respuesta a él, Freud
se mostraba de acuerdo con muchos de los detalles
que señalaba, y añadía: «Tiene usted razón al suponer
que en realidad no me gusta Dostoievski, a pesar
de toda mi admiración por su vigor y altura.
Ello se debe a que mi paciencia con respecto a los
175
caracteres patológicos ha quedado agotada por Ibs
análisis reales. En el arte y en la vida soy intolerante
con ellos. Es una característica personal mía la de
que no necesito avenirme con el resto de la gente».
En el invierno de este año la Verlag estaba pasando
por una de sus periódicas crisis, y fue un gran
alivio para Freud el que Marie Bonaparte se ofreciera
a salvar la empresa de la bancarrota. En marzo
se agregaron otras donaciones: la Sociedad de Budapest
recolectó y envió 1.857 dólares, Ruth Brunswisk
consiguió que su padre donara 4.(XX) dólares y
otros 1.500 llegaron de Brill, 500 de él mismo y
1.000 provenientes de un paciente anónimo.
Marie Bonaparte había estado insistiendo ante
Freud para que tomara un médico de cabecera que
se ocupara de vigilar el estado general de su salud y
se mantuviera a la vez en contacto con los cirujanos.
Recomendó para ello al doctor Max Schur, un excelente
clínico, que tenía además la ventaja de haber
sido también analizado. Freud admitió gustoso la
idea. En la primera entrevista con Schur le puso
como condición básica el no ocultarle jamás la verdad,
por penosa que fuera. La sinceridal de su tono,
demostraba que lo pensaba literalmente así. Hubo
un apretón de manos y Freud agregó: «Tengo mucha
capacidad para soportar el dolor y detesto los
sedantes, pero confío en que no me hará sufrir sin
necesidad». Más adelante llegó el día en que Freud
tuvo que recurrir a Schur para que cxmípliera este
último deseo. Con excepción de vmas pocas semanas
en 1939, en los últimos diez años de la vida de Freud,
Schur se mantuvo en estrecho contacto con él.
Schur tenía una personalidad ideal para médico.
Estableció una perfecta relación con el paciente, y
consideración, su paciencia incansable y la riqueza
176
de sus recursos eran insuperables. Él y Ana formaban
una pareja ideal de guardianes encargados de
véjlar por la salud del enfermo y de aliviar sus multiples
molestias. Con el tiempo, además, se hicieron
sumamente competentes los dos para vigilar y sorprender
cualquier cambio en la afección local. Este
cuidado meticuloso y esta habilidad para detectar
los mas leves indicios de peligro prolongaron la vida
de Freud, sin lugar a dudas, por varios años. Ana,
con su característica falta de ostentación, tuvo que
desempeñar diversos papeles: enfermera, médico
«personal» leal y de confianza, compañera, secretaria,
colaboradora y, como coronación de todo esto,
un guardián que lo protegía de las intrusiones del
taiimdo extemo.
Freud, por su parte, merecía esta extraordinaria
atención y este cuidado. Era en todos sentidos un
paciente perfecto, conmovedoramente agradecido
por todo alivio que se le procuraba y además, a lo
largo de tantos años, un paciente que no se quejaba.
Cualquiera fuera el grado de sufrimiento, jamás
hubo en él un asomo de irritabilidad o de fastidio.
Nunca se le oyó rezongar, por mucho que tuviera
que soportar.
Una de sus expresiones favoritas era ésta: «de
nada sirve pelear con el destino». Su bondadosa cortesía
con el médico, así como su consideración y su
gratitud hacia él, no flaquearon en ningún momento.
Ese mismo mes de mayo pude informar la formación
de la más dificultosa conquista en la lucha
por el psicoanálisis: el informe satisfactorio del comité
especial de la British Medical Association documento
que algunas veces se consideró como una
«Carta de Admisión» del psicoanálisis. Durante más
de tres años Glover y yo tuvimos que luchar ardua-
177
mente contra veinticinco enconados adversario?,
pero cuando se encargó a una subcomisión de tr¿s
miembros —uno de los cuales era yo— la redacción
del informe final, mis posibilidades ya fueron mejores.
Una de las clausulas definía oficialmente el psicoanálisis
como labor en que se emplea la técnica
de Freud, con lo cual quedaban excluidos todos
aquellos que pretendían usar el mismo nombre sin
cumplir ese requisito. No creo que esto haya impresionado
mucho a Freud, ya que se trataba, después
de todo, de un pronunciamiento médico y el objetivo
de él era independizar el psicoanálisis de la medicina.
A fines de mayo se reunió en París el Comité, recientemente
reorganizado, para tratar el dificultoso
problema de las relaciones con los norteamericanos
en el Congreso venidero. Hubo acaloradas discusiones
entre Ana y Ferenczi por un lado, y van Ophuijsen
por el otro —con Eitingon en el papel de conciliador—,
pero todos confiábamos en una buena solución.
Resolvimos proponer la reelección de Eitingon
para la presidencia de la Asociación.
Durante todo el año, Ferenczi continuó exponiendo
ante Freud —y no sin éxito— sus acerbas críticas
contra mí. Estaba convencido de que yo estaba
aprovechando la cuestión del análisis profano como
un pretexto al servicio de mi ambición, con finalidades
económicas, para «unificar el mundo anglosajón
bajo mi cetro». Yo era «una persona inescrupulosa
y peligrosa, a quien se debería tratar en forma
más severa. Habría que librar de mi tiranía al
grupo inglés». Ni yo ni ninguna otra persona llegó a
enterarse para nada de estos sentimientos de sospecha
y hostilidad, que se reservaban exclusivamente
para Freud.
178
\^ El Congreso de Oxford transcurrió en una atmósfeí^
a pacífica y agradable. Tal como lo reconoció
Fr^ud, la escisión en la Asociación, por la cuestión
del análisis profano, se pudo evitar gracias a los
esfuerzos desplegados por Brill y por mí, cosa que
él nos agradeció calurosamente. Pero Ferenczi, decepcionado
por no haber sido designado presidente
de la Asociación, comenzó desde ese momento a desentenderse
de los asuntos administrativos, para concentrarse
exclusivamente en sus investigaciones científicas,
y desde esa época más o menos comenzó a
desarrollar una orientación propia, que divergía seriamente
de la aceptada generalmente en los círculos
psicoanalíticos. En el trabajo que leyó en Oxford
denunció lo que él llamó unilateralidad del psicoanálisis,
en cuanto éste estaría prestando excesiva atención
a las fantasías infantiles. Sostuvo, en cambio,
que era correcto el primer concepto de Freud sobre
la etiología de las neurosis, a saber, que éstas tendrían
su origen en ciertos y determinados traumas,
especialmente el de la falta de amabilidad o la crueldad
de parte de los progenitores. Esto debería remediarse
mostrando al analista más afecto al paciente
del que Freud, por ejemplo, consideraba conveniente
para el caso.
Luego de visitarlo en junio, sólo le escribió a
Freud una vez, antes de Navidad, cosa que contrastaba
grandemente con su conducta de años anteriores,
ya que difícilmente dejaba pasar vina semana sin
escribirle una extensa carta. Él mismo atribuyó su
silencio actual al gran temor que sentía ante la posibilidad
de que Freud no concordara con sus nuevas
ideas (situación ésta que no sería capaz de tolerar),
así como a la necesidad de procurar a sus teorías
una base firme antes de formularlas definitivamen-
179
te. En su respuesta decía Freud «No hay duda de
que, en los últimos años, en lo extemo, usted se ha
distanciado de mí. Espero, sin embargo, que no
será el anuncio de un intento de creación de un nuevo
psicoanálisis disidente de parte de mi paladín
y secreto Gran Visir».
En 1929 Freud reanudó su actividad literaria y
escribió otro libro. Comenzó a hacerlo en julio y
terminó el primer borrador al cabo de un mes más o
menos. El título que en un comienzo le quiso poner
era Das Unglück in der kultur («La desdicha en la
cultura»), pero luego lo cambió por Das Unbehagen
in der Kultur («El malestar en la cultura»).
Unbehagen fue para nosotros una palabra de difícil
traducción, puesto que el término inglés más
apropiado, «Dis-ease» (desazón), resultaba anticuado.
El propio Freud sugirió «Man's Discomfort in Civilization
» (El desasosiego del hombre en la civilización),
pero finalmente se tituló Civilization and Its
Discontents (El descontento en la civilización) —en
la versión castellana «El Malestar en la cultura».
En el plazo de un año se agotó por completo la edición
de 12.000 ejemplares, y hubo de reeditarse. No
obstante el mismo Freud quedó muy insatisfecho
con el libro. Así lo notificó a Lou Andreas Salomé:
«Su acostumbrada perspicacia le habrá hecho suponer
el porqué he demorado tanto la respuesta a su
carta. Ya le ha dicho Ana que estoy escribiendo
algo, y hoy he terminado la última frase, con la que
—en cuanto es posible hacerlo así aquí, sin contar
con una biblioteca— acaba la obra. Trata ésta de la
civilización, consciencia de culpabilidad, felicidad y
parecidas excelsas cuestiones, y se me antoja, a mi
entender con toda la razón, muy superflua en con-
180
traposición a mis primeras obras, en las que siempre
Jiabía un impulso creador. Pero, ¿qué otra cosa
podría hacer? No puedo pasar todo el día fumando
y jugando a las cartas, no debo andar demasiado, y
la mayoría de lo que hay para leer ya no me interesa.
Así que me puse a escribir, y el tiempo transcurría
de esta forma muy agradablemente. Al escribir
esta obra he descubierto de nuevo las verdades
más triviales».
En El malestar en la cultura Freud hacía la más
completa exposición de sus ideas en el campo de la
sociología, un campo que, tal como dijo en alguna
ocasión, «no puede ser otra cosa que una psicología
aplicada». El libro comienza con el problema más
amplio posible: la relación del hombre con el universo.
Su amigo Romain RoUand le describió ima
emoción mística de identificación con el universo,
a la que Freud llamó sentimiento «oceánico». Sin
embargo, Freud no podía hacerse a la idea de que
esto fuera un elemento primario del espíritu, y lo
recondujo al estadio más primitivo de la infancia,
a tma época en que no se establecía distinción alguna
entre el yo y el mundo exterior. Freud planteaba
entonces la cuestión del objeto de la vida. En su
opinión, este planteamiento no tenía sentido estrictamente
hablando, al basarse en premisas no demostradas;
como observaba, se trata de un problema
que raramente se plantea respecto al mundo animal.
Por tanto, se centró sobre la más modesta cuestión
de cuál es el fin que pone de manifiesto la conducta
humana. Este le parecía sin discusión la búsqueda
de la felicidad, no sólo de la felicidad en su sentido
más limitado, sino asimismo de la dicha, placer,
tranquilidad de espíritu y contento: la satisfacción
de todos los deseos. La vida se halla sujeta al prin-
181
cipio placer-dolor. En su forma más intensa ello sólo
tiene lugar como fenómeno episódico; cualquier continuación
del principio del placer se experimenta
únicamente como un tibio bienestar. La felicidad humana,
por tanto, no parece constituir el objeto del
universo, y las posibilidades de infelicidad se hallan
más a nuestro alcance. El sufrimiento tiene tres
fuentes: el corporal, los peligros del mundo exterior,
y los problemas en nuestras relaciones con
nuestros semejantes, acaso los más dolorosos de todos
ellos.
A continuación pasaba Freud al tema de las relaciones
sociales, el verdadero origen de la civilización.
Este tenía lugar merced al descubrimiento de
que un cierto número de hombres que fijaban límites
a su propia satisfacción eran más fuertes que
un hombre solo, por fuerte que éste fuera, pero que
se hubiera acostumbrado a gratificar sus impulsos
sin restricción. «La fuerza de este cuerpo unido se
opone entonces, como "Derecho" la fuerza de cualquier
individuo, a la que se condena como "fuerza
bruta". La sustitución del poder de un grupo unido
por el poder de un hombre solo representa el paso
decisivo hacia la cultura. Su carácter esencial reside
en la circunstancia de que los miembros de la comunidad
han restringido sus posibilidades de satisfacción,
mientras que el individuo no reconocía semejantes
restricciones. Por consiguiente, el primer requisito
de una cultura es el de la justicia, es decir, la
seguridad de que una vez establecido un orden jurídico,
no será infringido en beneficio de cualquier
individuo».
Esta situación conduce inevitablemente a un interminable
conflicto entre las pretensiones de libertad
del individuo para obtener satisfacción personal,
182
y las demandas de la sociedad que con tanta frecuencia
se les oponen. Entonces Freud pasaba a
discutir la cuestión, tan vital para el futuro de la
civilización, de si era o no este conflicto irreconciliable.
A este respecto fijaba una lista impresionantes
de restricciones que pendían sobre la vida sexual
del hombre: prohibición de auto-erotismo, impulsos
pregenitales, incesto, y perversiones; limitación a un
sexo, y en última instancia a un compañero. «La vida
sexual del hombre ha sido seriamente perjudicada, y
en ocasiones produce la impresión de ser una función
que se halla en proceso de atrofia». Esas restricciones
imponen un duro tributo en forma de neurosis
generalizadas que se acompañan de sufrimientos
y de la consiguiente reducción de la energía cultural
disponible.
¿Por qué la comunidad civilizada no podría consistir
en parejas de individuos felices ligados entre
sí únicamente por intereses comunes? ¿Por qué necesita
además extraer una energía que deriva de una
libido cuyo fin está inhibido? Freud halló una clave
al interrogante considerando el precepto «amarás al
prójimo como a ti mismo» no sólo como poco práctico,
sino indeseable por muchos conceptos. Esta
gran carga impuesta por la sociedad tiene lugar por
el fuerte instinto de crueldad agresiva del hombre.
«Debido a esta primordial hostilidad entre los hombres,
la sociedad civilizada se ve constantemente
amenazada de desintegración. La cultura tiene que
recurrir a cualquier esfuerzo que sea necesario para
levantar barreras a los instintos agresivos del hombre
». Esta tendencia a la agresión, que en opinión
de Freud representaba el obstáculo más formidable
a la cultura, es «una disposición humana innata,
autónoma e instintiva».
183
La forma más típica de hacer frente a esta realidad
de la agresión consiste en interiorizarla en parte
del yo denominada superyo o conciencia. Esta experimenta
entonces la misma tendencia de dura
agresividad hacia el yo que el yo le hubiera gustado
ejercer contra los demás. La tensión entre los dos
constituye lo que se llama el sentimiento de culpabilidad.
Un sentimiento de culpa no procede de tm
sentimiento innato de pecado, sino del miedo a la
pérdida del amor. Y cuando el superyo se halla firmemente
constituido, entonces el temor a su,desaprobación
se convierte incluso en más fuerte que el
miedo a la desaprobación de las otras personas. La
simple renuncia a un acto prohibido no libera ya a
la conciencia, como bien saben los santos, porque
todavía subsiste el deseo. Por el contrario, la privación,
y más todavía la desgracia, intensifican el sentimiento
de culpa porque se consideran como merecedores
de castigo. Llegados a este ptmto, Freud adelanta
la original idea de que el sentimiento de culpa
es la respuesta concreta a la agresividad reprimida.
Puesto que es hasta tal extremo inconsciente, su expresión
aparente constituye un sentimiento de angustia,
de malestar general o infelicidad.
Cabe expresar el objeto fundamental del libro,
según las palabras de Freud, como la «intención de
presentar el sentimiento de culpabilidad como el
problema más importante de la evolución de la cultura,
señalando que el precio pagado por el progreso
de la cultura consiste en la pérdida de felicidad
a que se llega con el aumento del sentimiento de culpabilidad
».
En cuanto al futuro de la sociedad, Freud escribió
siempre en tono de prudente optimismo. «Cabe
esperar que con el transcurso del tiempo se lleven
184
p. efecto cambios en nuestra civilización, de manera
^ue sea capaz de satisfacer mejor nuestras necesidades,
y no se halle por más tiempo expuesta a los
reproches que le hechos formulado. Con todo, quizá
nos hayamos de acostumbrar también a la idea
de que existen ciertas dificultades consustanciales a
ía propia naturaleza de la cultura que no cederán
a ningún esfuerzo por reformarlas».
En los dos primeros meses del año la salud mental
de Ferenczi llegó a ser muy inquietante. Su estado
de sensibilización condujo a algunas conversaciones
francas entre ambos, con resultados muy favorables.
Freud le manifestó que tanto su amargura
por la forma en que había sido tratado por los norteamericanos
como la decepción que le causó el no
haber sido designado presidente de la Asociación
promovían su simpatía, aún cuando esa designación
—destacaba— habría provocado una escisión, pero
no podía comprender el porqué de la hostilidad
contra él. Ferenczi, entonces, comenzó a invocar hechos
del pasado; por qué Freud no había sido más
amable con él en Sicilia, veinte años atrás, cuando
él estaba en tan mal estado de ánimo, y por qué
no había analizado su hostilidad reprimida, en el
análisis de tres semanas que le había hecho quince
años atrás.
Ferenczi, durante algunos años, ocultó a Freud
sus crecientes divergencias científicas y su idea acerca
de la «unilateralidad» de Freud, en parte atendiendo
al estado de salud de éste y en parte por temor
a la reacción que esto provocaría en él el día
que se enterara. Las amistosas cartas de Freud
tranquilizaron a Ferenczi, y al visitarlo éste el 21 de
_abril mantuvieron un^ conversación extensa y sa-
185
tisfactoria, que lo dejó convencido de que sus temores
de verse desaprobado por aquél habían sido muy
exagerados. Pero la suceptibilidad persistió. Cuando
ese mismo año, un poco después, Freud calificó de
«muy inteligente» un trabajo de Ferenczi, éste lamentó
que en lugar de usar esto términos no hubiera
escrito «correcto, probable o siquiera plausible
».
Freud había dispuesto todo para ir a Berlín en
la tercera semana de abril, para hacer allí una nueva
prótesis, pero tal como ocurrió tres años atrás en
esa misma época del año, tuvo que retirarse por
orden de los médicos, al Cottage Sanatorium, ppra
someterse a un tratamiento de sus afecciones cardíaca
y abdominal. Se trasladó al Sanatorio el 24 de
abril y, permaneció allí hasta el 4 de mayo, fecha
en que partió para Berlín. Se recuperó rápidamente,
«no por efecto de milagro terapéutico alguno sino
por un acto de autonomía». Repentinamente se le
había manifestado una intolerancia al tabaco y habiendo
dejado de fumar se sintió mejor de como había
estado mucho tiempo atrás. Pero esta abstinencia
no duró más que veintitrés días. Después de ese
lapso se autorizó a sí mismo a fumar un cigarro
por día, y al cabo de unos meses, dos. Al finalizar el
año informaba estar fumando tres o cuatro por día,
«con el aplauso de mí médico, Braun».
Fue dur£inte su estancia en Berlín que el embajador
norteamericano, W. G. Bullitt, persuadió a Freud
a que colaborara con él para escribir un estudio psicoanalítico
sobre el Presidente Wilson. Dieron término
al libro, que será publicado en el momento
oportuno, y yo he sido la única persona que ha tenido
el privilegio de leerlo. Es un estudio completo
de la vida de Wilson y contiene algunas revela-
186
clones sorprendentes. Aunque se trata de un trabajo
hecho en colaboración, no es difícil distinguir en él
las contribuciones analíticas de uno de los dos autores,
de las de carácter político hechas por el otro.
El embajador BuUit me hizo conocer una observación
que Freud había hecho durante su estancia en
Berlín y que revela hasta qué punto confiaba entonces
en que los alemanes estaban en condiciones de
frenar el movimiento nazi: «No es posible que una
nación que ha producido a Goethe pueda marchar
hacia el mal». No tuvo que pasar mucho tiempo para
que tuviera que revisar radicalmente este juicio.
Eva Rosenfeld y la señora Freud le habían procurado
comodidades en Redenburg, Grundlsee, en el
Salzkammergut, un paraje maravilloso a pesar de
las constantes lluvias. Fueron las últimas vacaciones
que pudo tomarse más allá de los alrededores de
Viena. Llegó allí el 28 de julio, y apenas dos días después
recibió una carta «sumamente encantadora» en
la que le anunciaban que le había sido concedido el
premio Goethe de ese año. La carta era de Paquet,
un conocido poeta lírico y ensayista, secretario de
la Comisión encargada de administrar la Fundación
en cuestión. La cantidad del premio era de diez mil
marcos, suma que cubría exactamente los gastos de
su larga estancia en Berlín. El ver su nombre asociado
con el de Goethe representaba para Freud un honor
especialmente valioso y la distinción le produjo
tin gran placer. Freud tuvo que redactar una comunicación,
cosa que hizo a continuación", en el término
de pocos días, y en ella describrió, con trazo magistral,
la relación entre el psicoanálisis y el estudio de
Goethe. Hizo un convincente alegato tendiente a justificar
el hecho de haber realizado estudios sobre la
vida íntima de grandes hombres como Leonardo y
187
Goethe, «de modo tal que si en la otra vida su espíritu
me reprocha el haber adoptado la misma actitud
frente a él citaré simplemente, en mi defensa, sus
propias palabras». Ana Freud lo leyó en una ceremonia
realizada, en una atmósfera relevante y digna, en
la casa de Goethe de Frankfurt, el 28 de agosto.
Freud desechó inmediatamente mis esperanzas de
que Frankfurt pudiera constituir un paso hacia Estocolmo
(Premio Nobel). Tenía razón, la oposición al
psicoanálisis y a su persona se manifestó bien pronto
en una avalancha de artículos periodísticos en los
que se «lamentaba» que Freud estuviera al borde
de la muerte. Esto tuvo por supuesto un pésimo efecto
sobre su práctica profesional, que era su único
medio de vida. Por lo demás, se divirtió al enterarse
de la enorme cantidad de tratamientos que existían
para el cáncer.
En ese mismo mes, tan trascendente para Freud,
su madre estaba pasando por un estado peligroso.
Sufría de gangrena en una pierna y los dolores consiguientes
imponían el uso constante de morfina. Fedem
consiguió llevarla de Ischl a Viena, donde falleció
el 12 de septiembre, a la edad de noventa y
cinco años. La gran cantidad de personas que le escribieron
en esta ocasión desde las más alejadas regiones
del mundo le hicieron comprobar —dijo—
que la gente, en general, parece más dispuesta a expresar
un pésame a los demás que a una congratulación.
Freud describió a dos de nosotros su reacción
ante el suceso de la siguiente manera: «No ocultaré
el hecho de que mi reacción a este acontecimiento, en
virtud de circunstancias especiales, ha sido curiosa.
Por supuesto, no es el caso de hablar ^ de los efectos
1. There is no saying, escrito por Freud en inglés.
188
producidos en planos más profundos pero en lo superficial
solo puedo descubrir dos cosas: un esfuerzo
de mi libertad personal, por cuanto siempre me resultó
aterradora la idea de que ella pudiera algún
día llegar a enterarse de mi muerte, y en segundo
lugar la satisfacción de que finalmente ella ha alcanzado
la liberación a que se hizo acreedora después de
tan larga vida. Por lo demás ningún sentimiento de
aflicción, tal como en este momento pesa dolorosamente
sobre mi hermano, diez años menor que yo.
No estuve en los funerales. Nuevamente, como en
Frankfurt, me reemplazó Ana. Difícilmente podría
exagerarse lo que representa Ana para mí». «Este
importante acontecimiento me ha afectado de una
manera curiosa. Nada de dolor, nada de congoja,
cosa que probablemente se explica por las circunstancias,
su avanzada edad y el final de toda compasión
frente a su estado de impotencia. Jimto a esto,
un sentimiento de liberación, de alivio, que creo poder
entender. No me era permitido morir mientras
ella viviera, y ahora sí puedo. De algún modo ha cambiado
notablemente, en los planos más profundos los
valores de la vida».
Eva Rosenfeld me refirió dos incidentes ocurridos
diurante la estancia en Grundlsee, que paso a relatar
en los mismos términos en que lo hizo ella.
«Hacia el final del verano la salud del Profesor estaba
lejos de ser buena, y Ruth Brunswick, olvidando
evidentemente la circunstancia de que yo estaba
en análisis con él, me confió su ansiedad con respecto
a la posible gravedad de los síntomas. Yo quedé
muy perturbada y trataba de no revelar nada en
el curso de la sesión siguiente. Freud sintió, por supuesto,
mi vacilación y, luego de arrancarme mi malhadado
secreto, me dijo algo que desde entonces he
189
considerado como la más significativa "lección" de
técnica psicoanalítica. Fue lo siguiente: "Sólo tenemos
una finalidad y una sola lealtad, la que debemos
al psicoanálisis. Si usted, viola esta regla daña con
ello algo más importante que cualquier consideración
que me deba a mí"».
El 10 de octubre, Freud fue sometido a otra operación.
Se trataba de una parte de la cicatriz que
Schroeder había cauterizado completamente en junio,
pero que requería ser cuidadosanaente vigilada.
Ahora Pichler recortó como cuatro pulgadas y, tal
cosa hizo repetidas veces, hizo allí un injerto de piel
tomada del brazo del paciente. La intervención se
prolongó por espacio de una hora y media y fue
«completamente desagradable, si bien como intervención
no se le debe conceder excesiva importancia
». Las anotaciones de Pichler proporcionan un
cuadro mucho más lúgubre. Una semana más tarde,
el 17 de octubre, cayó con una bronconeumonia y
estuvo en cada diez días, aunque se recuperó bien, y
el L° de noviembre ya estaba trabajando otra vez,
con cuatro pacientes.
Hacia fin de año Freud se sintió, por unos días
mucho mejor e incluso llegó a creer en la posibilidad
de gozar nuevamente de la vida. Era la época
en que fumaba tres o cuatro cigarros por día. En los
últimos meses había aumentado tmos seis kilos de
peso.
En enero de 1931 Freud tuvo la gran satisfacción
de verse invitado por la Universidad de Londres para
pronunciar la conferencia que anualmente se da
allí con el nombre de «Huxley lecture». Ningún científico
de habla alemana había recibido tal invitación
después de Virchow, en 1898. Freud fue un gran
190
admirador de T. H. Huxley, y lamentó no poder
aceptar ese honor.
Freud solía expresar, en un tono a medias jocoso,
el intenso rechazo que le inspiraba toda clase de ceremonias.
Su 75 aniversario comenzaba ya a proyectar
su sombra. Luego de ocuparse con Eitingon
de las dificultades que había con Storfer en la Verlag,
agregó: «La semana pasada se evidenció también
el peligro de otra calamidad aunque ésta por
fortuna, menos temible. La Sociedad Médica nos ha
propuesto a mí y a Landsteiner (el ganador del premio
Nobel) para ser designados Miembros Honorarios
de la misma, y la cosa pronto será ratificada. Se
trata de un gesto cobarde, provocado por la vista
del éxito. Es una actitud muy antipática y repelente.
De nada serviría el rechazarlo, a no ser crear im revuelo
sensacionalista. Resolveré la situación mediante
una fría carta de agradecimiento». Realmente no
era cosa fácil saber cómo responder a semejante
gesto de parte de gente que durante años no había
hecho otra cosa que mofarse desdeñosamente de él.
A todo eso llegó el momento de plantearse el
asunto de la celebración del onomástica de Freud,
que para él no dejó de ser nunca un problema. De
mala gana había consentido en que se reuniera una
suma para esa ocasión, con motivo de la aguda situación
económica de la Verlag, a la que aquélla sería
destinada. Pero encargó a Eitingon que no se requiriera
el aporte de ningún analista ni paciente. Después
de escribirle esto se le ocurrió la obvia reflexión
—«que debía habérseme ocurrido antes»— decía,
de que tampoco había ninguna otra posibilidad
que ésa de hacer una colecta, y con ello llegó a lamentar
en haber consentido en iniciar todo el asimto.
Con referencia a esto describió su actitud frente
191
a los regalos en general en una forma que ilustra
su penetrante e impacable realismo. «Evidentemente
uno no puede aceptar un regalo y negarse a estar
presente en el momento de la entrega. Como si uno
dijera: "¿Me han traído ustedes algo? Déjenlo allí.
Ya lo iré a recoger en el momento oportuno".
La agresión ligada a la ternura del donante reclama
su gratificación. El beneficiado debe sentirse agitado,
incómodo, avergonzado, etc. En ocasiones tales,
las personas ancianas, si son débiles, al comprobar
con sorpresa hasta qué punto son estimados por sus
contemporáneos más jóvenes, se sienten abrumados
a menudo por un exceso de emoción y se ven sometidos
un poco a las consecuencias ulteriores de la
misma. Nada puede uno recibir gratuitamente, y finalmente
hay que pagar caro el haber llegado a vivir
demasiado». Eitingon, naturalmente, prometió hacer
todo lo que pudiera para no poner a prueba la fortaleza
de Freud.
La fortaleza que aún conservaba Freud fue puesta
a prueba, de todos modos, por factores que están
más allá del poder de los hombres. Los sufrimientos
acarreados por la última intervención, la de diciembre,
se prolongaron hasta la primavera, y en octubre
se puso de manifiesto otro punto sospechoso, que
esta vez fue tratado con electrocoagulación. Pero
la herida no se curaba bien, y dos meses más tarde
informaba Freud que desde el momento de la electrocoagulación
no había tenido ni un sólo día que
no le resultara insoportable. Además, pocos días después
de esa intervención, apareció un nuevo pimto
sospechoso, que Pichler, el cirujano, quería suprimir
antes de que se hiciera maligno. Freud y sus dos
médicos argüyeron que bien podía ocurrir que apareciera
otra área semejante después de la proyec-
192
tada intervención, o acaso a consecuencia de la misma,
y que la intervención le valdría, con toda seguridad,
un nuevo período de sufrimientos que se
prolongaría durante meses. Uno de los médicos, el
doctor Schur, sugirió como un camino posible a seguir
para evitar la operación, una consulta con un
especialista en tratamientos con radium. Como en
Viena no se contaba con nadie que tuviera bastante
experiencia en esto, Marie Bonaparte escribió a Rigaud,
la más grande autoridad en París y amigo de
ella, pero éste opinó que no debía aplicarse radium
en un caso como el presente, si había posibilidad de
que se tratara de un brote canceroso. Como último
recurso, consultaron con Holzknecht, el radiólogo,
quien estuvo de acuerdo con su colega, y el resultado
de todo esto fue que el 24 de abril se le hizo una
nueva intervención, y se le escindió un buen trozo
de tejido. Esto se había hecho realmente a último
momento, cuando ya estaba a punto de hacerse decididamente
maligno.
Durante ocho años se había tenido la esperanza
de que la primera operación radical de la mandíbula
había conducido a una curación definitiva. Ahora
se desvanecía esa esperanza y lo único que podía
esperar Freud era una constante vigilancia ante posibles
recurrencias del mal y la disposición a combatirlas,
en tal caso, con la mayor rapidez. Este futuro
que ahora debía encarar se prolongó por ocho
años.
Holzknecht, que a su vez había sido paciente de
Freud, era el principal radiólogo de Viena y uno de
los pioneros de esa ciencia. Como muchos de esos
pioneros, era también una víctima y ahora estaba
hospitalizado, muriendo de un cáncer, que no pudo
detenerse con una amputación de su brazo derecho.
193
7. — Vida y obra de ^i^mmd Freud, IH.
Falleció pocos meses después, Freud y Schur lo visitaron,
y en ese momento ni Holzknecht ni ellos abrigaban
ilusión alguna acerca del desenlace. En el momento
de despedirse, le dijo Freud: «Usted es digno
de admiración por la forma en que soporta su destino
». A lo que él replicó: «Usted sabe que sólo a usted
se lo tengo que agradecer».
Freud regresó del sanatorio el 4 de mayo, de
modo que, para alivio de la familia, pudo celebrar el
cumpleaños en la casa. Pero estaba completamente
agotado, tanto por todo lo que había soportado como
por los dolores, el efecto de las drogas, ima complicación
pulmonar (una ligera neumonía) y, sobre
todo, por el hambre a causa de no haber podido tragar
los alimentos. No era realmente el caso de hablar
de ninguna clase de festejos. Ni siquiera se le permitió
a Eitingon que viniera, y fue esta la primera
vez que él dejaba de estar presente en una onomástica
de Freud.
Habíamos reunido la suma de 50.000 marcos
(£ 2.500) y ahora se presentaba la cuestión de darles
destino. Storfer había adelantado algunas sumas
para cubrir préstamos bancarios, y como pronto
se iba a retirar, Eitingon, que era la autoridad suprema
en cuanto a las finanzas de la Verlag, envió a
Freud —muy a tiempo— un cheque de 20.000 marcos
para que se devolviera a Stormer el dinero adelantado.
Propuso, además, que el resto fuera para
Freud, en pago de derechos de autor que se le
adeudaban desde mucho tiempo atrás. Freud, desde
el primer momento se había negado a aceptar derechos
de autor de la Verlag, por la venta de sus libros
y en ese momento la suma correspondiente
había llegado a 76.500 marcos ( £ 3.825). Con gesto
adusto y enérgico se negó a tocar un solo penique
Í94
de esa suma y efectivamente nunca llegó a cobrar
parte alguno de esos derechos de autor.
Kretschmer, a quien le tocó presidir, el 14 de
mayo, el Sexto Congreso Médico Internacional de
Psicoterapia de Dresde, rindió a Freud un tributo
realmente gentil con motivo del 75 aniversario. La
mayor parte de los trabajos que se leyeron en el Congreso
fueron dedicados al tema de la psicología de
los sueños.
Una comisión formada en Nueva York preparó
un banquete para 200 personas en el Ritz-Carlton
Hotel. El discurso principal estuvo a cargo de William
A. White; hablaron, además, A. A. Brill, Mrs. Jessica
Cosgrave, Clarence Darrow, Theodore Dreiser,
Jerome Frank, y Alvin Johnson.
Llegaron, por supuesto, montones de cartas y telegramas
de congratulación, incluyendo entre los firmantes
a Einstein. Esto, amén de «montañas de espléndidas
flores». Al agradacerle a Marie Bonaparte
un vaso griego que le había enviado, le decía
además: «es lástima que uno no pueda llevárselo a
la tumba». De una manera un tanto extraña, este deseo
se cumplió, sin embargo: las cenizas de Freud
descansan ahora en ese vaso.
Erdheim había escrito un magistral informe sobre
la patología de los tejidos que fueron removidos
en el maxilar inferior de Freud en la operación realizada
en abril: señalaba, como agente causal del
caso, a la nicotina. Freud se limitó a encogerse de
hombros ante lo que él denominó «la sentencia nicotínica
de Erdheim». Vale la pena señalar que Freud
no dejó nunca de fumar por causa de su cáncer del
maxilar ni por sus molestias abdominales, que también
parecían relacionadas con el tabaco, sino úni-
195
camente con sus complicaciones cardíacas. Éstas sí
las tomaba en serio.
Al finalizar el mes ya estaba en condiciones de
volver a fumar, y en junio partió para sus vacaciones
de verano llevando consigo cinco pacientes. Esta
vez, por desgracia, no pudo ir más allá de los suburbios.
De hecho ya no volvió a abandonar Viena
hasta llegado el momento en que le toco huir de los
nazis, en 1938.
Después de la época de sufrimiento por la que
había pasado, Freud se sintió dispuesto a la indulgencia
consigo mismo. Afirmaba que «la abstinencia
(del tabaco) no se justifica a mi edad». Más adelante,
en relación con esto mismo, y ya cumplidos los
setenta y cinco, dijo que ya no habría que prohibirle
nada. Dado que no podía fumar nada que pudiera
obtenerse en Austria, dependía de los esfuerzos que
hiciera Eitingon para encontrar para él, algo que
fuera pasable, en Alemania. Pero al final del año, la
crisis económica hizo que se dictara una ley prohibiendo
la exportación de toda clase de mercancías
de Alemania a Austria, de modo que hubo que inventar
todo un complicado sistema de contrabando,
cuya realización quedaba a cargo de cada uno de los
amigos que viajaban de uno a otro país.
Llegamos ahora a un período en que los acontecimientos
de orden extemo comenzaban a ejercer
su presión sobre la vida de Freud y sobre el movimiento
psicoanalítico en general. La crisis económica
mundial, que se había iniciado con la quiebra del
Creditanstalt de Viena, estaba en plena expansión en
1931, y pronto hubo de verse cuan desastrosas llegaron
a ser sus consecuencias políticas tanto para
Alemania como para Austria. En todos los países los
analistas estaban sintiendo el impacto de manera
196
bastante seria en su profesión, y llegó a ser muy dudoso
el que pudiera reunirse más de un puñado de
asistentes para el Congreso que debía realizEirse en
otoño. A fines de julio decidimos que era necesario
postergarlo por un año más.
El infernal aparato de prótesis era en ese momento
menos satisfactorio que nunca, y en agosto se hizo
otro desesperado intento de mejorarlo. Ruth Brunswick
había oído decir que el Profesor Kazanijan, de
Harward, que era considerado poseedor de un talento
mágico, estaba asistiendo a un Congreso Odontológico
de Berlín, y todos los días no dejaba de
telefonearle rogándole que viniera a ver a Freud.
Kazanijan se rehusó finalmente, pero entonces Ruth
Brvmswick y Marie Bonaparte —que estaba también
en Viena— unieron sus esfuerzos. Ruth consiguió
que su padre, el juez Mack, que era miembro del
Consejo de la Universidad de Harward, hiciera valer
su influencia mediante un cablegrama, y Marie Bonaparte
tomó un tren para París, alcanzó al mal dispuesto
mago en el viaje de regreso de éste a su casa,
y lo trajo de vuelta consigo, arrastrándolo, por decir
así, junto con el doctor Weimann, que también había
asistido al Congreso. El hombre en cuestión cobró
a Freud, por este viaje, 6.000 dólares. Trabajó
en el aparto de Freud durante veinte días, pero el
resultado estaba muy lejos de ser satisfactorio. Las
dos señoras habían tenido las mejores intenciones
del mundo, pero las consecuencias para las finanzas
de la Verlag fueron desdichadas.
Pero en el mes de octubre se produjo un acontecimiento
sumamente satisfactorio. El Consejo Municipal
de Freiberg, actualmente Príbor, decidió honrar
a Freud (y honrarse a sí mismo) colocando una
placa de bronce en su casa natal. El día de la cere-
197
mónia, 28 de octubre, fueron engalanadas las calles
y se pronunciaron muchos discursos, Ana Freud
dio lectura a una carta de agradecimiento escrita
por Freud al Intendente de la ciudad. Éste era el
cuarto homenaje que se hacia a Freud en este año
de su 75 aniversario. Pero estos hechos tan halagüeños
más bien lo envejecían. «A partir del premio
Goethe del año pasado, el mundo ha cambiado su
actitud hacía mí pasando a un reconocimiento de
mala gana, pero esto apenas ha servido para hacerme
comprender lo poco que todo esto importa. ¡Cuan
distinto valor tendría para mí una prótesis pasable,
por más que ésta no podría tener la pretensión de
constituir el objetivo esencial de mi existencia!»
En mayo, Ferenczi envió a Freud una copia del
trabajo que se proponía leer en el Congreso y en el
cual sostenía haber encontrado una nueva segunda
función de los sueños, relacionada con las experiencias
traumáticas. Freud le contestó secamente que
ésta era también su primera función, tal como él lo
había expuesto ya años atrás.
En el mes de octubre, Ferenczi pasó una vacaciones
en Capri, y Freud confió en que este alejamiento
de la labor analítica le resultaría beneficioso.
En su camino de regreso, Ferenczi pasó dos días en
Viena, el 27 y 28 de octubre y en esta ocasión hablaron
francamente acerca de sus divergencias.
La divergencia esencial radicaba en el asunto de
la técnica. En relación con sus recientes ideas acerca
de la importancia predominante de los traimias
infantiles, especialmente la falta de cariño de los padres,
Ferenczi había comenzado a introducir cambios
en su técnica en el sentido de convertirse él en
un progenitor amante, con el objeto de compensar la
198
infelicidad infantil de sus pacientes. Esto traía también
como consecuencia el permitir a sus pacientes
que, a medida que avanzaba su tratamiento, analizaran
también a él, con el riesgo consiguiente de un
mutuo análisis, que quitaba la necesaria objetividad
a la situación terapéutica. El papel desempeñado
por el padre, así como también el miedo inspirado
por éste, quedaban en segundo plano, de manera
que, tal como más adelante lo expresó Freud, la situación
analítica empezaba a quedar reducida a un
agradable juego entre madre e hijo, con sucesivos
cambios de papel entre analista y analizado.
Freud le envió ahora una carta importante, que,
de paso, ilustra acerca de la forma desprejuiciada en
que él enfocaba los asuntos sexuales.
Me ha complacido mucho recibir su carta, como
siempre, pero no puedo decir otro tanto en cuanto al
contenido de la misma. Si en esta situación no logra
usted imponerse ningún cambio de actitud, es muy poco
probable que consiga hacerlo más tarde. Pero esto es,
fundamentalmente, asunto suyo. Mi opinión en el sentido
de que usted no lleva una orientación promisoria
es asunto privado, que no tiene por qué perturbarle.
Me parece patente que las divergencias entre usted
y yo están llegando a un punto culminante a causa de
un detalle técnico que bien vale la pena discutir. Usted
no ha hecho ningún secreto en cuanto a que usted besa
a sus pacientes y les permite que a su vez hagan lo mismo
con usted; lo he escuchado también de boca de un
paciente mío. Ahora bien, si usted se decide a exponer
ampliamente su técnica y los resultados de la misma,
tendrá que elegir uno de estos dos caminos: o bien usted
expone este detalle o lo mantiene oculto. Esto último,
como bien puede comprender usted, sería poco
honorable. Todo lo que uno hace, en cuanto a técnica,
199
lo debe defender abiertamente. Por otra parte, ambos
caminos pronto desembocan en uno solo. Aun cuando
se lo ocultara a usted a sí mismo, no tardaría mucho
en saberse del mismo modo en que yo he llegado a enterarme
de esto antes de que usted me lo dijera.
Por supuesto yo no soy una de estas personas que
por mojigatería o llevados por convencionalismos burgueses,
habría de condenar alguna que otra gratificación
de esta índole. Y estoy seguro también de que
en el tiempo de los Nibelungos un beso era un ino^
fensivo saludo ofrecido a cualquier huésped. En mi opinión,
por otra parte, el análisis es posible incluso en
la Rusia soviética, donde, en lo que al Estado concierne,
hay una absoluta libertad sexual. Pero esto no modifica
para nada el hecho de que no estamos viviendo en
Rusia y que, entre nosotros, un beso representa cierto
grado de intimidad erótica. Hasta el presente nos hemos
mantenido, en nuestra técnica, fieles al principio de que
a los pacientes se les debe negar toda gratificación
erótica. Usted sabe, también, que allí donde no existe
la posibilidad de gratificaciones más intensas, éstas son
muy fácilmente reemplazadas por caricias menos íntimas,
tal como ocurre, en determinado momento, en el
curso de una aventura amorosa, o como es en el caso
en el escenario teatral, etc.
Ahora bien, imagínese usted qué resultado puede tener
el que usted haga conocer públicamente su técnica.
No hay ningún revolucionario que, en su momento, no
sea desalojado a su vez por otro más radical que él.
Serían muchos los francotiradores en materia de técnica
que se dirían a sí mismos: ¿por qué vamos a detenernos
en el beso? Ciertamente no se puede lograr
más si se recurre al manoseo, que, después de todo no
va a engendrar un niño. Más tarde llegarán otros, más
audaces, que extenderán esas libertades a mirar y mostrar.
.. y pronto veremos la aceptación, en la técnica psicoanalítica,
de todas las formas de juegos vigentes en
el mundo de la semivirginidad y las caricias, todo lo cual
200
conduciría a un incremento enorme de interés por el
psicoanálisis, tanto de parte de los analistas como de los
pacientes. El partidario novicio, además, reclamará para
sí gran parte de ese interés, a los más jóvenes de nuestros
colegas les resultará difícil detenerse precisamente
en el punto en que anticipadamente planearon hacerlo,
y Dios Padre —Ferenczi—, contemplando este animado
cuadro, que él mismo ha creado, tal vez se diga a sí
mismo: después de todo, yo debía haberme detenido tal
vez, en mí técnica de cariño maternal, antes de llegar al
beso...
Ningún comentario posterior «acerca de los peligros
de la neocatarsis» serviría de gran cosa. Evidentemente
uno no debe dejarse arrastrar a ese peligro. Intencionadamente
he dejado de mencionar toda la exacerbación
de las calumniosas resistencias contra el análisis
que la técnica del beso traería aparejada, si bien me
parece que el provocarlas no deja de ser una actitud
poco responsable.
En esta advertencia que le dirijo no creo haber dicho
nada que usted mismo no sepa. Pero ya que a usted
le agrada desempeñar el papel de madre cariñosa con
los demás, tal vez pueda usted hacer otro tanto consigo
mismo. En ese caso, usted no tendrá más remedio
que escuchar una admonición brutalmente paterna. Es
por esto que yo he hablado, en mi carta anterior, de una
nueva pubertad... y ahora me ha obligado usted a ser
enteramente rudo.
No me asiste la esperanza de hacer en usted impresión
alguna. En nuestras relaciones falta la base necesaria
para ello. Me parece que su necesidad de absoluta
independencia es más fuerte que usted de lo que
usted mismo podría reconocer. Pero por mi parte, al
menos, he hecho todo lo que pude en mi rol paterno.
Ahora le toca a usted seguir adelante.
Ferenczi no tomó a bien esta carta. Tal como lo
manifestó él mismo, era ésta la primera vez en que
201
realmente tenía una divergencia con Freud. Pero sería
mucho pedir el que Freud estuviera de acuerdo
con él en asuntos tan fundamentales de la técnica,
que, después de todo, era la base de toda su obra.
En el número de octubre del Zeitschrift aparecieroiv
juntos dos trabajos de Freud. El primero de
ellos. Tipos libidinosos, distinguía tres tipos principales
de personas, que Freud denominó de tipo erótico,
obsesivo y narcista respectivamente. Existen,
además, tres formas compuestas de los mismos. El
trabajo, a pesar de su brevedad, constituyó un agregado
importante al tema de caracterología. En el
otro trabajo, Sobre la sexualidad femenina, Freud
encaraba un tema que, según él mismo confesaba,
siempre le había resultado difícil, y en este caso no
llegó a exponer más que un par de conclusiones importantes
de las que pudiera sentirse seguro.
En el mes de diciembre Freud se comprometió a
escribir un trabajo sobre La conquista y el control
del fuego, que fue publicado un año más tarde.
El primer incidente de 1932 se relacionó con la
revista. Wilhelm Reich había enviado, para que se
publicara en el Zeitschrift, un artículo cuyo tema
era la condensación del marxismo con el psicoanálisis,
artículo que, según Freud, «culminaba en una
afirmación enteramente sin sentido: que lo que habíamos
llamado instinto de muerte era un producto
de la sociedad capitalista». Este punto de vista era,
por cierto, muy diferente del sustentado por Freud,
para quien se trataba de una tendencia intrínseca
de todos los seres vivientes, animales y vegetales. Su
deseo era, naturalmente, agregar un comentario de
la revista en el sentido de que el psicoanálisis era
ajeno a toda clase de intereses políticos, cosa que
202
por mi parte, como director, yo no habría de vacilar
en hacer. Reich mismo estuvo de acuerdo con este
procedimiento, pero Eitingon, Jekels y Bemfeld, consultados
por Freud se opusieron, y Bemfeld dijo que
esto equivaldría a una declaración de guerra a los
Soviets. El asunto quedó finalmente resuelto al publicarse
el trabajo de Reich, pero seguido por una
amplia crítica de Bemfeld.
Mucho más serio que esto fue la verdadera crisis
económica de la Verlag, la más alarmante de las muchas
que tuvo que superar. La situación económica
de todo el mundo, especialmente la de Alemania, había
reducido al mínimo la venta de los libros de
Freud, de la cual dependía principalmente la supervivencia
de la Verlag. Las ganancias personales de
Freud se redujeron también, y alguno de sus hijos
se hallaba sin trabajo. Los ingresos de Eitingon, provenientes
de Estados Unidos, y que siempre habían
sido la defensa a la que se recurría en última instancia,
estaban en tren de franca desaparición, y en el
mes de febrero, en efecto, ya no había nada de esto.
Eitingon se encontraba ahora ante una situación,
para él nueva, la de tener que ganarse la vida. Tenía
un solo paciente y ninguna perspectiva de que llegaran
otros.
En febrero llegó Freud a la conclusión de que era
imposible mantener por más tiempo a la Verlag sobre
una base personal tan endeble y anunció su intención
de hacer un llamamiento a la Asociación Psicoanalítica
Internacional para que se hiciera cargo de
las responsabilidades del mismo en el futuro.
Eitingon sufrió, precisamente en ese momento,
una leve trombosis cerebral con parálisis del brazo
izquierdo. Había resuelto ya no presentar su candidatura
a la reelección como Presidente de la Aso-
203
ciación Psicoanalítica Internacional, cosa que tomó
el carácter de una decisión absoluta luego de producirse
este episodio cerebral. Entretanto tuvo que
guardar cama por varias semanas. Freud, ante la
posibilidad de que Eitingon pudiera tener dificultades
económicas, se ofreció amablemente a prestarle
mil dólares.
Freud era muy pesimista en cuanto al probable
efecto de su solicitud de ayuda para la Verlag. «No
creo que salga nada de esto. Terminará por ser nada
más que una divertida muestra de un diferente estilo
literario». A causa de la catastrófica situación económica
imperante, las perspectivas parecían bastante
lúgubres. «Sería superfluo decir cualquier cosa
que fuera acerca de la situación general del mimdo.
Es posible que estemos repitiendo simplemente el
acto ridículo de salvar un pajarito encerrado en su
jaula en un momento en que está en llamas la casa
entera». Pero estaba, en esto, completamente equivocado,
dado que el llamamiento encontró una respuesta
inmediata y satisfactoria. Estaba equivocado
también, lo mismo que yo, en cuanto al temor de que
surgiera la acusación, de parte de algún analista
de que la Internazionáler Verlag tenía una orientación
exclusivamente de habla alemana.
Dos tareas se nos presentaron en nuestro empeño
de salvar a la Verlag: afrontar las deudas inmediatas
y más que apremiantes, en primer lugar, y luego
asegurar una suma anual que pudiera servir de
base para la subsistencia de la empresa. La mayor
parte de las Sociedades, sin embargo, hicieron todo
lo que les fue posible. La Británica, por ejemplo,
aprobó en forma unánime y entusiasta una resolución
de apoyo, y en la primera semana llegó a reunir
£ 500. Brill, además de los aportes de la Sociedad
204
de Nueva York, envió 2.500 dólares. Edith Jackson
envió 2.000 dólares.
Martin Freud tuvo que hacer los mayores esfuerzos
para llegar a una transacción con un acreedor
tras otro, pero al finalizar el año había completado
esta difícil misión, y la Verlag, por el momento, quedaba
en pie. En el Congreso de Wiesbaden, en septiembre,
se impuso a todos los miembros, con un
amplio consentimiento general, la obligación de contribuir
con tres dólares por mes, por lo menos durante
tres años.
En marzo de 1932 Freud recibió la primera visita
de Thomas Mann. Freud intimó con él de inmediato
: «lo que él tenía que decir era muy fácil de
comprender; daba la impresión de una buena formación
».
En la primavera, y por primera vez, hubo indicios
de disminución espontánea en la clientela psicoanalítica
de Freud. «En el verano tendré que escribir
algo, dado que tendré pocas personas en análisis. En
este momento llegarán a cuatro, a comienzos de marzo
sólo tendré tres, y por el momento no se han registrado
nuevas solicitudes. Tienen razón los que así
proceden; ya soy demasiado viejo, y en cuanto a mi
trabajo, es demasiado diferente. Debería no tener necesidad
de seguir trabajando. Pero por otra parte es
agradable pensar que mi "oferta de trabajo" ha durado
más tiempo que la "demanda"». Ese año su
onomástica transcurrió en forma bastante tranquila.
Fue esta la primera vez que no se hallaba presente
ningún miembro del Comité; precisamente entonces
Eitingon estaba convaleciente de su ataque.
La ausencia de Eitingon dio a Freud la oportunidad
de pasar el día en la forma en que «siempre había
205
deseado hacerlo, es decir, exactamente como si se
tratara de cualquier otro día de la semana. Por la
mañana hizo una visita a Kagran, llevando a sus perros.
Por la tarde la habitual visita a Pichler; a esto
siguieron 4 horas de trabajo analítico y una inofensiva
partida de naipes por la noche. Alguna duda
acerca de si uno debiera sentirse contento de haber
vivido hasta esta fecha, y luego la resignación».
La emigración hacia Norteamérica continuaba su
curso. Alexander dejaba su cargo temporario en
Boston para asumir otro, permanente, en Chicago.
Sachs había consentido en reemplazarlo en Boston
durante el otoño y Karen Homey estaba por viajar
a Nueva York.
Todos habíamos dado por entendido de que Ferenczi
había de suceder a Eitingon en la presidencia
de la Asociación. Freud estaba enteramente en
favor de esta idea, por más que el alejamiento de Ferenczi
con respecto a él le hacía sentirse desdichado.
Fue el propio Ferenczi quien formuló sus dudas
acerca de que le correspondiera el cargo. Estando
tan absorbido por sus investigaciones terapéuticas,
se preguntaba si le quedaría energía suficiente para
la pesada labor que debe realizar un presidente de la
Asociación. Freud hizo una sugestión brillante, enel
sentido de que la aceptación del cargo tendría el
carácter de una «cura forzada» que habría de
arrancarlo de su aislamiento, pero Ferenczi se sintió
más bien ofendido por esto y negó que hubiera nada
que fuera patológico en su aislamiento: estaba simplemente
concentrado en su tarea. Ya avanzado el
mes de agosto, 10 días antes de la fecha en que debía
comenzar el Congreso, anunció su decisión de no
optar por la presidencia en vista de que sus más
recientes ideas se hallaban tan en conflicto con los
206
principios aceptados en psicoanálisis qué no sería
una actitud honrosa de su parte el representar a
éste en su cargo oficial. Freud, sin embargo, le presionó
todavía para que aceptara y se negó, a su vez,
a aceptar la razón invocada.
Ferenczi pasó entonces a otro terreno. Sostuvo
que no pensaba en la creación de una nueva escuela,
pero que todavía no estaba seguro de que Freud
realmente quisiera que él ocupara el cargo. Visitaría
a Freud en el viaje de Budapest a Wiesbaden, y
tomaría su decisión en ese momento. En el intervalo
envió a Eitingon, el 30 de agosto, un telegrama de
último momento, pidiéndole que no iniciara negociación
algunas conmigo hasta después que él visitara
a Freud. Después de ocurrir esto, Freud telegrafió
a Eitingon: «Ferenczi inaccesible. Impresión insatisfactoria
», Eitingon que durante cierto tiempo había
sido de opinión que, dadas las circuBstancias,
Ferenczi no era un candidato aceptable, se sintió aliviado
e inmediatamente me preguntó si yo estaría
dispuesto a aceptar el cargo. En su opinión, mi salud
mental era más que suficiente garantía contra
todo peligro de iniciar una nueva tendencia. No me
era fácil rehusarme, si bien había abrigado la esperanza
de no tener que cargar con semejante peso por
algún tiempo, hasta que me fuera más fácil delegar
en otros algunos de mis cargos en Londres. Muchos
años tuvieron que pasar hasta que se me presentara
oportunidad alguna de aliviarme de esa carga, de
modo que, sumando los dos períodos, ejercí el cargo
durante casi veintitrés años, experiencia ésta que,
por suerte, pienso que nadie más estará llamado a
afrontar.
Será necesario que digamos algo acerca de esa crítica
entrevista, en que los viejos amigos habrían de
207
verse por última vez. Unos días antes de realizarse
el encuentro, el 24 de agosto, Freud recibió la visita
de Brill. Este había estado en Budapest, para visitar
a Ferenczi, y la impresión fue desdichada. Se sintió
particularmente asombrado al oír decir a Ferenczi
que no podía adjudicar a Freud más visión de la que
tiene un niño.
Es el caso que esta misma frase es la que había
usado, en su tiempo. Rank, recuerdo este que no podía
menos que intensificar los aciagos presentimientos
de Freud. Sin pronunciar una palabra de saludo,
anunció Ferenczi, al penetrar en la habitación:
«Quiero que usted lea mi trabajo para el Congreso».
Hacia la mitad de la entrevista llegó Brill y, dado
que Ferenczi y él habían hablado recientemente sobre
el tema, Freud admitió que continuara con ellos,
si bien Brill no participó en la conversación. Evidentemente
Freud hizo todo lo que pudo para lograr
algún grado de comprensión, pero fue en vano. Un
mes más tarde, Ferenczi le escribió acusándolo de
haber planeado la aparición de Brill en forma de
contrabando, para que éste tomara el papel de juez
entre ambos, y expresándole además su ira por el
hecho de habérsele solicitado que no publicara su
trabajo por el término de un año. Freud, en su contestación,
manifestaba que esta última sugerencia
había sido hecha simplemente en el propio interés de
Ferenczi, en la esperanza, a la que él no renunciaba
todavía, de que una reflexión ulterior pudiera demostrarle
la incorrección de su técnica y de sus conclusiones.
Agregaba: «Durante dos años usted ha
estado alejándose sistemáticamente de mí y probablemente
ha incubado una animosidad personal que
va más allá de lo que fue capaz de expresar. Cualquiera
de aquellos que en un tiempo estuvieron cer-
208
Ca de mí y luego se apartaron podrían tener más
motivos que usted de hacerme cualquier reproche.
(No, en realidad, tan poco motivo como lo tuvo
Rank.) Esto no me produce un efecto traumático;
me siento preparado y acostumbrado a hechos como
éste. Yo podría muy bien señalar, en forma objetiva,
los errores técnicos implícitos en sus conclusiones,
pero, ¿para qué lo voy a hacer? Estoy convencido de
que usted se mostraría inaccesible a toda duda. De
modo que ya no queda otra cosa que desearle lo
mejor».
En el transcurso del Congreso surgió una delicada
cuestión. A Freud le pareció que el artículo preparado
por Ferenczi no habría de beneficiar la reputación
de éste, de manera que le rogó que no lo presentara.
Brill, Eitingon, y van Ophuijsen fueron más
lejos aún y pensaron que sería escandaloso leer un
trabajo así en un Congreso psicoanalítico. Eitingon,
en consecuencia, decidió prohibírselo firmemente.
Yo, por otra parte, pensé que el trabajo era demasiado
vago como para causar una clara impresión
para bien o para mal —^y así resultó— y que sería
tan inofensivo para el miembro más distinguido de
la Asociación, y verdadero fundador de ésta, el decirle
que lo que tenía que exponer en el trabajo no valía
la pena de ser escuchado y bien podría leerlo o
no, que podría darle motivo para retirarse encolerizado.
Mi consejo fue escuchado y Ferenczi reaccionó
cálidamente a la buena acogida que encontró su trabajo
al ser leído. Participó, además, en las discusiones
de carácter administrativo, demostrando que
todavía era uno de los nuestros. Se mostró muy amistoso
conmigo y me reveló, no sin cierta sorpresa para
mí, hasta que punto se había sentido decepcionado
por no haber sido nunca elegido como Presidente
209
por un Congreso en pleno, ya que el de Budapest era
una simple reunión. Me dijo también que sufría
también de una anemia perniciosa, pero que tenía
esperanzas de mejorar con una terapia del hígado.
Después del Congreso salió de viaje hacia el mediodía
de Francia, pero pasó ahí tanto tiempo en cama
que decidió acortar estas vacaciones y volver a su
casa lo más directamente posible, sin detenerse siquiera
en Viena. No cabe duda de que era ya un
hombre muy enfermo.
Al escribir a Marie Bonaparte sobre la satisfacción
que le producía el éxito del Congreso, agregaba
Freud: «Ferenczi ya es un trago verdaderamente
amargo. Su prudente mujer me ha manifestado que
yo debiera tratarlo... ¡como a un chico enfermo! Usted
tiene razón: la decadencia psíquica e intelectual
es mucho más grave que la inevitable decadencia del
cuerpo».
En el mes de noviembre Freud fue víctima de un
ataque excepcionalmente serio de gripe, con una
otitis media. La inflamación consiguiente, que era
una de las causas principales de malestar en su herida,
se prolongó por más de un mes. En conjunto,
este año fue malo, con cinco operaciones, una de las
cuales, realizada en octubre, fue bastante grande.
En marzo, cuando el estado de las finanzas de la
Verlag era tan desesperante, concibió Freud la idea
de procurarle una ayuda escribiendo una nueva serie
de capítulos de introducción al psicoanálisis (la Nueva
introducción al psicoanálisis), lo cual le daría la
oportunidad de decir algo acerca del progreso operado
en sus ideas a partir de la aparición de la primera
Introducción. «Este trabajo responde, por cierto,
más a una necesidad de la Verlag que a una mía,
pero de todos modos uno debiera siempre estar ha-
210
ciendo algo en que pueda ser interrumpido, en lugar
de dejarse arrastrar en la pendiente de la holgazanería.
»
El año anterior había sido ya bastante desagradable,
pero 1933 trajo consigo crisis aún más graves.
Freud había abrigado el temor de que la destrucción
y los sentimientos de enemistad que acompañaron a
la primera guerra mundial podrían reducir al mínimo
el interés por el psicoanálisis o incluso poner
fin a ese interés. Ahora las persecuciones desencadenadas
por Hitler constituían una renovación de la
misma amenaza, y efectivamente cumplieron ésta
en cuanto concierne a los países que fueron patria
del psicoanálisis: Austria, Alemania y Hungría.
Para Freud la situación comenzaba a ponerse grave.
Escribió a Marie Bonaparte: «¡Cuan dichosa es
usted al verse enfrascada en su trabajo sin tener que
enterarse de las cosas horribles que ocurren alrededor
de uno! En nuestros círculos la vacilación ha
llegado a ser bastante grande. La gente teme que las
extravagancias nacionalistas de Alemania puedan extenderse
a nuestro pequeño país. Se me ha aconsejado
incluso que huya de inmediato a Suiza o a Francia.
Esto no tiene sentido; no creo que exista peligro
alguno aquí y si tal cosa llega estoy firmemente resuelto
a esperarla aquí. Si me matan, bueno. Es una
suerte como cualquier otra. Pero probablemente
esto no es más que una bravata de poca monta».
Y diez días más tarde: «Estos son tiempos en que
uno no se siente inclinado a escribir, pero no me
agradaría dejar de estar en contacto con usted.
«Gracias por su invitación a St. Cloud. He resuelto
no utilizarla; difícilmente será necesario. Las
brutalidades parecen estar disminuyendo en Alema-
211
nia. La forma en que han reaccionado a ellas Francia
y Estados Unidos no han dejado de producir cierta
impresión; pero las calamidades, pequeñas pero no
por ello menos dolorosas, no van a cesar y el sistemático
sojuzgamiento de los judíos, a quienes se
está desalojando de todas sus posiciones, apenas si
ha comenzado. No se puede evitar la evidencia de
que la persecución de los judíos y las restricciones
de la libertad individual son los únicos puntos del
programa de Hitler que pudiera llegar a realizarse.
Todo lo demás es debilidad y utopía...»
Después de su encuentro anterior en el mes de
septiembre, Freud y Ferenczi no volvieron más a discutir
con respecto a sus divergencias. Los sentimientos
de Freud hacia él no cambiaron nunca, y Ferenczi,
por su parte, se mantuvo, en las apariencias-extemas
al menos, en términos amistosos. Continuaron
escribiéndose, y la parte principal de la correspondencia
se refería al estado de salud, cada vez más
grave, de Ferenczi. El tratamiento médico pudo tener
a raya la anemia misma, pero en el mes de marzo
ésta —tal como ocurre a veces— atacó la columna
vertebral y el cerebro, y en los últimos dos meses de
su vida Ferenczi ya no pudo estar de pie ni caminar.
Esto exacerbó, sin duda, sus impulsos psicóticos latentes.
Tres semanas después del incendio del Reichstag
en Berlín, fue la señal con que se inició el desborde
de la persecución nazi. Ferenczi, en una carta que
denotaba cierto pánico, emplazó urgentemente a
Freud a que huyera de Austria mientras fuera tiempo
aún de escapar del peligro. Le aconsejó que partiera
inmediatamente para Inglaterra, junto con su
hija Ana, y tal vez con algunos pacientes. Por su
parte, si el peligro llegara a aproximarse a Hxmgría,
212
tenía el propósito de partir para Suiza. Su médico
le aseguró que su pesimismo provenía de su estado
patológico, pero nosotros, conocedores de ciertos detalles,
teníamos que admitir que en su locura había
cierto método. Ha aquí la respuesta de Freud, la
última carta que escribió a su viejo amigo.
Me ha afligido mucho el enterarme de su convalecencia,
que había comenzado tan bien, sufrió una interrupción,
pero de todos modos estoy más contento con
la noticia de su reciente mejoría. Le ruego que se abstenga
de trabajar mucho. Su escritura me demuestra
claramente lo cansado que usted está todavía. Las discusiones
entre nosotros acerca de sus novedades en técnica
y en teoría pueden esperar otro momento. El ponerlas
de lado ahora no puede sino beneficiarlas. Para
mí es más importante que usted recobre su salud.
En cuanto al motivo inmediato de su carta, lo que
se refiere a huir, me siento contento de poder decirle
que no pienso abandonar Viena. No estoy en buenas
condiciones de movilidad y dependo demasiado de mi
tratamiento, de ciertas cosas que me pueden traer alguna
mejoría y comodidad. Además, no quiero dejar lo
que poseo aquí. De todos modos, probablemente me
quedaría aún si estuviera en pleno goce de mi salud
y mi juventud. Hay detrás de eso, por supuesto, xma actitud
emocional, pero también algunas racionalizaciones.
No hay seguridad de que el régimen de Hitler se imponga
también en Austria. Ello es posible, ciertamente, pero
todo el mundo cree que no alcanzará aquí la crueldad
y la brutalidad que ha llegado en Alemania. No hay
peligro personal alguno en cuanto a mí, y cuando usted
se imagina que la opresión de nosotros, los judíos, nos
depara una vida sumamente desagradable, piense también
cuan incómoda sería la vida en el extranjero, ya
sea en Suiza o en Inglaterra, que son los países que
acogen a los refugiados. En mi opinión la fuga se jus-
213
tificaría solamente por una amenaza directa de muerte;
además, si lo llegan a matar a uno, esto sería simplemente
una forma de morir, como cualquier otra.
Hace apenas unas horas que ha llegado Emestito * de
Berlín, después de algunas peripecias desagradables en
Dresde y en la frontera. Como él es alemán, no podrá
volver. Desde hoy en adelante a ningún judío alemán
le será permitido abandonar el país. Supe que Simmel
ha salido para Zurich. Confío en que usted podrá quedar,
si ser molestado, en Budapest, y que pronto me
enviará usted buenas noticias acerca de su salud...
La última carta de Ferenczi, que éste escribió
desde la cama, el 4 de mayo, consistía en unas pocas
líneas referentes a la onomástica de Freud. La perturbación
mental de Ferenczi había hecho rápidos progfesos
en pocos meses. Escribió que una de sus pacientes
norteamericanas, a quien solía dedicar cuatro
o cinco horas diarias, lo había analizado a él y curado
de todos sus transtornos. Recibía mensajes de
ella a través del Atlántico... (Ferenczi había creído
siempre firmemente en la telepatía.) Además de eso
estaban sus delirios acerca de la supuesta hostilidad
de Freud I Hacia el final aparecieron violentos accesos
paranoicos, e incluso homicidas, que fueron seguidos
por el repentino fallecimiento, el 24 de mayo.
Tal fue el trágico final de una personalidad brillante,
encantadora y distinguida, de una persona que durante
un cuarto de siglo fue el amigo más íntimo de
1. El nieto de Freud.
2, En América algunos de los antiguos alumnos de Ferenczi, especialmente
Izette de Forest y Clara Thompson, alimentaron el mito de que
Freud había inferido malos tratos a Ferenczi. Mediaron frases tales como
"animosidad" y "dura y acerba crítica" de Freud, afirmándose que había
perseguido a Ferenczi con inquina. La correspondencia de Freud, así como
sus recuerdos personales, no dejan lugar a dudas de que no existe ni
un asomo de verdad en este relato, aunque es muy probable que el mismo
Ferenczi, en su estado final transportado, creyera en él y contribuyera
a su propagación.
214
Freud. Los demonios agazapados en su interior, y
oon los cuales Ferenczi había luchado durante años
en medio de sus desdichas y con no poco éxito, se
impusieron finalmente a él, y una vez más tuvimos
la dolorosa experiencia del terrible poder de que
están dotados.
Escribí a Freud, por supuesto, para expresarle mi
pesar por la pérdida de su amigo, «de esa figura tan
inspiradora y que todos habíamos amado tanto. Me
siento más contento que nunca de haber logrado,
en el último Congreso, retenerlo en nuestro círculo».
Freud respondió: «Sí, tenemos todas las razones
para expresamos mutuamente nuestra condolencia.
Nuestra pérdida es grande y dolorosa; es una parte
del constante proceso que va derribando todo lo que
existe y haciendo lugar, de este modo, a los nuevos.
Ferenczi se lleva consigo una parte de los tiempos
viejos; más adelante, cuando me toque partir a mí,
comenzará tma época que usted todavía alcanzará a
ver. Fatalidad. Resignación. Eso es todo».
En esa época el doctor Roy Winn, de Sydney,
propuso a Freud la idea de escribir una autobiografía
de carácter más íntimo. Difícilmente podría habérsele
ocurrido una cosa que desagradara más a
Freud. Pero éste, en una carta encantadora, le replicó
con toda tranquilidad: «Su deseo de que yo
escribiera una autobiografía íntima no tiene probabilidades
de ser satisfecho. Incluso lo que hay de autobiografía
(exhibicionismo) en La interpretación de
los sueños, por más que fue necesario para dicha
obra, resultó bastante duro para mí, y no creo que
nadie aprenda gran cosa de una obra como la que
usted me propone. Personalmente no pido al mundo
sino que me deje tranquilo y consagre más bien su
interés al psicoanálisis».
215
El día de su onomástica, Freud fue objeto, como
de costumbre, de un examen médico por parte de
Schur. La esposa de Schur estaba esperando un bebé,
que venía con algunos días de retraso. Freud le insistió
vivamente en que volviera a toda prisa junto
a su mujer, y en el momento en que el médico partía,
dijo con tono meditativo: «Usted está alejándose
de un hombre que no desea abandonar el mundo
para ir al encuentro de un niño que no desea venir
a este mundo».
Con ese gran afecto que Freud siempre sintió por
los niños, se tomaba un especial interés en todo nuevo
nacimiento. Cuando yo le hice saber que dentro de
poco tendríamos un nuevo bebé, me escribió: «La
hermosa noticia de lo que ustedes esperan para
mayo merece una cordial congratulación de parte
de todos, sin demora alguna. Si llegara a ser el hijo
más joven, usted puede comprobar, por mi propia
familia, de que el último en llegar no es por eso el
que menos vale». Cuando le anuncié el nacimiento,
hacia la misma época de su propio cumpleaños, hizo
las siguientes reflexiones:
La primera contestación, una vez que ha cedido el
aflujo de cartas recibidas, le corresponde naturalmente
a usted, ya que en las demás misivas no hay nada
encantador e importante como la que hay en la suya
y porque ésta es una oportunidad de responder a ima
felicitación con otra, de más sólido fundamento. En
medio de todas las incertidumbres, tan conocidas, de la
vida, uno puede envidiar a los padres la alegría y las
esperanzas que pronto afloran alrededor de una nueva
criatura humana, en tanto que, en lo que se refiere
a la gente anciana, bien puede uno conformarse si ve
que se equilibran los dos platillos de la balanza: la
inevitable necesidad de un descanso final, por un lado,
216
y por el otro el deseo de gozar un poco más del amor y
la amistad de la gente que nos es cercana. Creo haber
descubierto que el anhelo de un descanso final no
es una cosa elemental y primaria, sino la expresión de
la necesidad de liberarse del sentimiento de inadecuación
que caracterizan a la vejez, especialmente en lo
que se refiere a los más pequeños detalles de la vida.
Usted tiene razón cuando dice que, en comparación
con la época en que yo cumplía los setenta, yo no me
siento ansioso en cuanto al futuro del psicoanálisis. Éste
ya está asegurado y sé que está en buenas manos. Pero
el futuro de mis hijos y de mis nietos está en peligro
y mi propia impotencia es angustiante.
La ola de emigración de los judíos de Alemania
estaba en su apogeo, y las perspectivas de los analistas
que se quedaban eran bastante oscuras. Algunos
de los emigrantes hallaban un descanso temporal,
por uno o dos años, en Copenhague, Oslo, Estocolmo,
Estrasburgo y Zurich, pero la mayor parte de ellos
se iba finalmente a Norteamérica.
Freud no se mostraba nada pesimista respecto a
Austria, como en realidad fue el caso de la mayor
parte de la gente, hasta el momento en que Mussolini
decidió abandonarla a su suerte. En abril informaba
Freud: «Viena, a despecho de los levantamientos,
los desfiles, etc., está tranquila, según los diarios,
y la vida aquí se desarrolla sin perturbación.
Se puede afirmar con seguridad que el movimiento
de Hitler se extenderá a Austria —^ya está aquí, en
realidad—, pero es muy poco probable que esto signifique
el mismo peligro que en Alemania. Lo más
probable es que sea frenado por la conjunción de las
demás fuerzas de derecha. Estamos pasando a xma
dictadura de la derecha, lo cual significa que la social
democracia será reprimida. Esto no será dema-
217
siado agradable, y no podrá gustamos a nosotros
los judíos, pero todos pensamos aquí que las leyes
de excepción contra los judíos, están fuera de cuestión
en Austria, a causa de las clausulas contenidas
en nuestro tratado de paz, que garantizan expresamente
los derechos de las minorías, a diferencia del
Tratado de Versalles (para Alemania). Las persecuciones
legales a los judíos aquí conducirían inmediatamente
a que la Liga de las Naciones tomara medidas.
En cuanto a una unión de Austria con Alemania
—caso en el cual los judíos perderían inmediatamente
todos sus derechos— es cosa que Francia y sus
aliados no permitirían nunca. Austria, además, no es
proclive a asumir la brutalidad de los alemanes. Es
así que nos mantenemos en una relativa seguridad.
De todos modos, estoy decidido a no moverme de mi
lugar».
Dos meses después hacia el siguiente comentario
a Marie Bonaparte: «En cuanto a la situación política
ya la ha descrito usted en forma exhaustiva. Creo
que ni en la guerra dominaban tanto las escenas
de mentiras y frases huecas como lo hacen hoy.
El mundo se está convirtiendo en una enorme prisión.
Alemania es la celda peor. En cuanto a lo que
ha de ocurrir en Austria, es sumamente difícil de
preveer. Preveo una paradójica sorpresa en Alemania.
Han comenzado por enfrentar al comunismo
como su enemigo de muerto, pero terminarán en
algo que será sumamente difícil de distinguir del
comunismo, excepto, quizá, en el hecho de que el
bolchevismo, después de todo, ha adoptado ciertos
ideales revolucionarios en tanto que los del hitlerismo
son enteraimente medievales y reaccionarios.
Tengo la impresión de que este mundo ha perdido
218
vitalidad y está condenado a la perdición. Me alegra
pensar que usted aún vive en una bendita isla».
Tan pronto como Hitler llegó al poder, Eitingon
fue a Viena, el 27 de enero, a discutir la situación
con Freud. Su principal preocupación era, por supuesto,
el futuro del Instituto de Berlín, por el que
tanto había hecho él. A su visita siguió xina extensa
correspondencia con Freud, en la que analizaron las
diversas eventualidades posibles. Freud alentaba a
Eitingon a que resistiera todo lo que le fuera posible,
cosa que por otra parte Eitingon no necesitaba.
En una de sus cartas, decía Freud: «No faltan aquí
los intentos de crear pánico, pero al igual que usted,
abandonaré mi puesto tan sólo a la última hora, y
aún entonces es posible que no lo haga». Tampoco
le perturbó mucho la quema de sus libros en Berlín,
cosa que ocurrió a fines de mayo. Hizo este sonriente
comentario: «¡Cuánto progresamos! En la
Edad Media me hubieran quemado a mí; ahora se
conforman con quemar mis libros». No le tocó saber
que aún este progreso era solamente ilusorio, ya que
diez años más tarde estarían dispuestos también a
quemar su cuerpo.
Eitingon lo visitó el 5 de agosto, y más tarde, el
8 de septiembre, hizo un viaje preparatorio a Palestina.
Ya había decidido establecerse en este país, y en
los dos meses que permaneció en el mismo, organizó
una Sociedad Psicoanalítica Palestina, que aún hoy
lleva una floreciente existencia. El 31 de diciembre
abandonó Berlín para siempre.
Al final del año era yo el único miembro primitivo
del Comité que quedaba en Europa. Abraham
y Ferenczi habían muerto. Rank nos había abandonado,
Sachs estaba en Boston y ahora Eitingon se
había ido casi tan lejos como él, en Palestina.
219
LOS ÚLTIMOS AÑOS TRANSCURRIDOS
EN VIENA
(1934-1938)
En este año se produjo la fuga de los analistas
judíos que aún quedaban en Alemania y la «liquidación
» del psicoanálisis en este país. Esta fue una
de las cosas realizadas por Hitler con pleno éxito.
Echando una ojeada hacia el pasado resulta notable
comprobar hasta que punto el conocimiento de
Freud y de su obra, en un tiempo tan extendido por
toda Alemania, pudo llegar a ser casi completamente
barrido del país, de manera tal que veinte años después
todavía se hallaba a un nivel más bajo, digamos,
que en Brasil o en Japón. Esto, naturalmente,
fue causa de gran desazón para Freud y confirmó
sus ideas pesimistas sobre la ubicuidad del antisemitismo.
El primer hecho sintomático fue la quema en
público, en Berlín, de las obras psicoanalíticas de
Freud y de otros autores, a fines de mayo de 1933,
poco tiempo después de la llegada de Hitler al poder.
El 17 de abril de 1933 recibió Freud la visita de
220
Boehm en Viena, quien venía a pedirle consejo acerca
de la situación creada. El problema inmediato
era la reciente orden en el sentido de que ningiin judío
podía formar parte de un consejo científico. En
opinión de Freud el simple cambio de personas, en
esto, no impediría de ningún modo que el gobierno
terminara por proscribir el psicoanális en Alemania.
Así y todo, no consideraba prudente el darles el pretexto
que significaría el abstenerse de realizar el cambio
ordenado y fue así como consintió en que Eitingon
fuera reemplazado por Boehm en la Comisión.
Algunos médicos del hospital de beneficencia redactaron
una declaración atacando a la Sociedad Psicoanalítica
y al mismo tiempo llegaron rumores de
que las cosas seguían empeorando.
En junio de 1933 la Sociedad Alemana de Psicoterapia
cayó bajo el control de los nazis y poco después,
ya bajo el rótulo de «Sociedad Médica General
Internacional de Psicoterapia», fue «reajustada»
de acuerdo con los principios de la «Revolución Nacional
Alemana». El Reichfübrer Dr. M. H. Goring
hizo saber a todos los miembros de la Sociedad que
deberían realizar un estudio intenso del Mein Kampf
de Hitler, que debería servir de base a sus tareas.
Bien pronto Kretschmer renunció a la presidencia y
ésta fue ocupada —con igual celeridad— por C. G.
Jung. Éste fue designado también para dirigir el órgano
oficial de la Sociedad, el Zentrcdblatt für Psychotherapie,
y en 1936 se le unió, como codirector, el
mismo Goring. Jung renunció en 1940. Su función
principal consistía en discriminar entre psicología
aria y psicología judía y destacar la importancia de
la primera. Inmediatamente se escuchó la protesta de
un psiquiatra suizo por esta actitud, que significaba
apartarse de la neutralidad científica. Esta conduc-
221
ta de Jung ha sido objeto desde entonces, de severas
críticas, provenientes de distintos sectores.
En noviembre de 1933 dos psicoterápeutas oficiales
nazis se presentaron a Boehm y Müller-Braunschweig
para hacerles saber que la única posibilidad
de que se autorizada el psicoanálisis en Alemania
consistía en que todos los miembros judíos de la
Sociedad fueran excluidos de la misma. La presión
en este sentido fue en aumento, si bien no acompañada
de amenazas.
El proceso de aplicación de una uniformidad total
(Gleichschaltung) siguió su curso y las diferentes
ramas de la ciencia fueron «nacionalizadas» y sometidas
a una supervisión única. El doctor Goring, primo
del Reichsführer, fue designado Presidente de la
ya citada Sociedad Médica General de Psicoterapia
y su función era la de unificar, en todo lo posible,
todas las formas de psicoterapia e imbuirlas, en lo
posible, de los objetivos del nacionalsocialismo. Las
autoridades nazis exigieron que la Sociedad Alemana
—lo que de ella quedaba— cancelara su afiliación
a la Sociedad Psicoanalítica Internacional, cosa que
fue aceptada en una asamblea general realizada el
13 de mayo de 1936. Esta resolución fue registrada
en el Boletín de la Asociación, pero más adelante
las autoridades anularon su propia decisión.
El 19 de julio de 1936 me reuní en Basilea con Goring,
Boehm y MüUer-Braunschweig. También fue
Brill. Encontré en Goring una persona sumamente
amable y dúctil, pero resultó después que no estaba
en condiciones de cumplir las cosas que me prometió
acerca del grado de libertad de que gozaría
el grupo psicoanalítico. No cabe duda de que en el
Ínterin alguien le informó plenamente sobre el origen
judaico del psicoanálisis. Fueron prohibidos los
222
análisis didácticos, aunque todavía se permitieron
las conferencias. Goring se impuso —o, alternativamente,
su esposa— asistir a estas últimas para asegurarse
de que en el curso de las mismas no habrían
de usarse términos psicoanalíticos, de manera que
había que aludir al complejo de Edipo con un sinónimo.
En enero de 1937 Boehm se las arregló para
viajar otra vez a Viena. En una entrevista que mantuvo
con Freud, este le propuso que expusiera la situación
a un grupo más numeroso, cosa que Boehm
hizo al día siguiente. Entre otras personas se encontraban
allí Ana y Martin Freud, Federn y Jeane
Jampl-de Groot. Boehm habló durante tres horas,
hasta que la paciencia de Freud se agotó. Interrumpió
la exposición con estas palabras: «¡Basta! Los
judíos han sufrido a causa de sus convicciones durante
siglos. Ahora ha llegado el momento de que
los colegas cristianos sufran también por las suyas
propias. No concedo ninguna importancia al hecho
de que mi nombre se mencione en Alemania, siempre
y cuando mi obra sea presentada allí en una forma
correcta». Después de decir esto se retiró del recinto.
El 28 de marzo de 1936, Martin Freud me telefoneó
la desastrosa noticia de que la Gestapo se había
apoderado de los bienes de la Verlag. Inmediatamente
envié un telegrama al jefe de policía de Leipzig, explicándole
que la Verlag pertenecía a una entidad de
carácter internacional, pero esto, por supuesto, no
influyó para nada en la situación. De manera que,
durante los dos años que siguieron, la Verlag tuvo
que mantener una triste existencia de organismo
mutilado, en Viena. No obstante gracias a la energía
de Martin Freud, la Verlag consiguió mantenerse en
223
funciones hasta que los nazis la confiscaron, en marzo
de 1938.
Freud tuvo, en ese año, un sinfín de molestias en
su afección a la mandíbula. En el mes de febrero se
le aplicaron rayos X varias veces, con poco resultado,
de modo que hubo que hacerle aplicaciones
de radium en marzo. Se volvieron a hacer varias aplicaciones
más en los meses siguientes, con el resultado
de que se pudo prescindir de toda operación
durante un año entero. Fueron muy frecuentes, sin
embargo, los síntomas de dolor y malestares, si bien
disminuyeron, una vez que el doctor Schloss, formado
en el Instituto Curie de París descubrió que el
metal de la prótesis estaba produciendo una radiación
suplementaria. Para obviar este inconveniente
se hizo un nuevo aparato.
A comienzos de mayo se sintió feliz al poder abandonar
su enclaustramiento de la vida de ciudad por
una comodidad de tipo rural. Tuvo ese verano más
suerte que el anterior, pues encontró una casa con
mucho terreno en Grinzing, no lejos de Cobenzl
(Strassergasse 47, en el circuito 19).
Zweig acababa de escribir una obra sobre Napoleón
en Jaffa, en la que criticaba duramente el episodio
del fusilamiento de prisioneros. En una carta
a Zweig observaba Freud: «De modo que acaba usted
de dar rápidamente a luz una nueva obra, un
episodio de la vida de ese terrible bribón que fue
Napoleón, quien, fijado como estaba a sus fantasías
de la pubertad, favorecido por una suerte increíble y
sin ninguna inhibición, salvo en cuanto a lazos de
familia, recorrió atropelladamente el mundo, como
un sonámbulo, para terminar finalmente en la megalomanía.
Difícilmente ha habido otro genio tan ajeno
a todo rastro de nobleza, un anticaballero tan
224
clásico como éste. Pero su estructura era de dimensiones
grandiosas».
Ese año el Congreso Internacional se celebró en
Lucena, el 26 de agosto. Fue el primero que se celebraba
sin la presencia de Ferenczi. Fueron aceptadas
nuevas Sociedades de Boston, Holanda, Japón
y Palestina. Mi primitivo plan de reunir a todas las
Sociedades de Norteamérica bajo la égida de la American
psychoanalytical Association, comenzaba a ponerse
finalmente en marcha, después de veintitrés
años, si bien había todavía una considerable oposición
de parte de los poderosos grupos locales. Este
fue el momento en que Wilhelm Reich renunció a la
Asociación. Freud había tenido de él, en los primeros
tiempos, un alto concepto, pero su fanatismo político
condujo a Reich a alejarse de él, tanto en lo personal
como en lo científico.
Al parecer, la única cosa que Freud publicó ese
año fue un prólogo a la edición hebrea de su Introducción
al Psicoanálisis. Pero fue el año en que concibió
sus ideas sobre Moisés y sobre la religión,
ideas que lo tendrían enfrascado por el resto de su
vida. Esto fue en el verano, dado que lo mencionó a
Eitingon y a mí en el mes de agosto. La primera
referencia extensa a ello está contenida en una carta
a Arnold Zweig: «No sabiendo qué hacer con mi
tiempo libre, me puse a escribir algo, y contra mi primera
intención, ocurrió que ésto se apoderó de
mi de tal modo, que tuve que dejar de lado todas
las demás cosas. Ahora bien, no se ponga contento
con la idea de que lo va a leer, porque usted no lo
hará nunca.
»Aquí estamos viviendo en una atmósfera de estricta
fe católica. Se ha dicho que nuestra política es
elaborada por un tal padre Schmidt, que es confi-
225
8. — Vida y obra de Sigmund Freud, III.
dente del Papa y, por desgracia, realiza también él
investigaciones sobre etnología y religión; en sus libros
no oculta su aborrecimiento del psicoanálisis
y especialmente de mi teoría totémica... Ahora bien,
cabe esperar que una cosa que yo publique atraerá
cierta atención y no dejará de llegar a manos de este
Padre, tan mal dispuesto hacia mí. En ese caso corremos
el riesgo de una proscripción total del psicoanálisis
en Viena y el cese de todas las demás cosas que
publicamos. Si el peligro fuera sólo para mí, poco
me impresionaría, pero el privar a nuestros miembros
de aquí, en Viena, de su fuente de subsistencia
es una responsabilidad demasido grande. Agregúese
a esto que yo mismo considero que este trabajo mío
carece de una base bien sólida y que no me gusta
tanto. De modo que no es esta la ocasión apropiada
para un martirologio. Por ahora finis».
Zweig hizo saber a Eitingon el contenido de la
carta. Quien preguntó a Freud si había en el libro
algo que fuera más fuerte que El futuro de una ilusión,
que no provocó queja alguna de parte de Schmidt.
Freud contestó que difería del libro anterior
solamente en cuanto admitía que la religión no estaba
íntegramente basada en una ilusión sino que contenía
también cierto núcleo histórico de verdad, que
es lo que le confería su gran eficacia. Agregaba además
que no temería a ningún peligro exteríio si estuviera
más seguro de su tesis sobre Moisés. «No les
sería difícil a los expertos desacreditarme como ajeno
a la materia», cosa que efectivamente han hecho
cuando se produjo la ocasión. El libro, agregaba,
ya está terminado.
Lo que no satisfacía a Freud era la peirte histórica;
«no resistirá a mi propia crítica. Necesito más
seguridad, y no me gustaría poner en peligro la fór-
226
muía final de todo el libro, que rñe parece válida,
si doy la impresión de fundar la motivación del mismo
sobre una base de arcilla. De modo que lo dejaremos
a un lado». Al mismo tiempo dijo a Eitingon:
«No soy bueno para novelas históricas. Dejémoslas
para Thomas Mann». Pero, como veremos luego, esto
no fue de ningún modo el final del asunto Moisés.
En enero de 1935 hizo a Lou Salomé una extensa
descripción —de varias páginas— de sus ideas sobre
Moisés y la religión. Culminaban en esta fórmula:
la religión no debe su fuerza a verdad alguna entendida
al pie de la letra sino a la verdad histórica que
contiene. Y concluía de este modo: «Ahora, Lou, ve
usted que uno no puede publicar esta fórmula, que
me ha fascinado a mí, en la Austria de hoy sin correr
el riesgo de que las autoridades católicas prohiban
oficialmente la práctica psicoanalítica. Y este catolicismo
es el que nos protege del nazismo. Además,
la base histórica de todo lo que se refiere a
Moisés no es lo bastante sólida como para servir de
base a mis puntos de vista, valiosísimos a mi juicio.
De modo que me mantengo en silencio. Me basta con
poder creer yo mismo en la solución que propongo
al problema. Esta idea me ha perseguido toda la
vida».
El 6 de febrero recibió la visita del famoso arqueólogo
francés Lévi-Bruhl, con quien intercambió
algunos libros. He aquí el comentario de Freud: «Es
un verdadero savant, especialmente en comparación
conmigo». En ese mismo mes escribió a Arnold
Zweig, que estaba en Palestina: «Su descripción de
la primavera me hace poner triste y despierta mi
envidia. Tengo todavía tanta capacidad de goce que
no me siento satisfecho con la resignación que se
227
me impone. Él único punto luminoso en mi vida es
el éxito que obtiene Ana en su trabajo».
En abril recibió de Norteamérica la carta de una
madre desesperada que le pedía su consejo. Reproduzco
a continuación, la respuesta de Freud, con el
consiguiente permiso, como un ejemplo de la bondad
con que se disponía a hacer lo que pudiera por una
persona extraña, por más que él mismo estaba preocupado
por su propio sufrimiento.
Abril, 9 de 1935
Querida señora...
Deduzco de su carta que su hijo es un homosexual.
Me impresiona mucho el hecho de que usted no menciona
esta palabra en su información sobre él. ¿Puedo
preguntarle por qué evita el uso de ese término? La
homosexualidad no es, desde luego, una ventaja, pero
tampoco no es nada de que uno deba avergonzarse, un
vicio o una degradación, ni puede clasificarse como una
enfermedad; nosotros la consideramos como una variante
de la función sexual, producto de una detención
en el desarrollo sexual. Muchos individuos altamente
respetables, de tiempos antiguos y modernos, entre ellos
varios de los más grandes (Platón, Miguel Ángel, Leonardo
da Vinci, etc.) fueron homosexuales. Es una gran
injusticia perseguir la homosexualidad como un crimen,
y es también una crueldad. Si usted no me cree
a mí, lea los libros de Havelok Ellis.
Cuando usted me pregunta si puedo ayudarle, debo
suponer que lo que usted me pregunta es si puedo abolir
la homosexualidad y hacer ocupar su lugar por la heterosexualidad.
La respuesta, en términos generales, es
que no podemos prometer semejante éxito. En cierto
número de casos conseguimos desarrollar los marchitados
gérmenes de heterosexualidad presentes siempre
228
en todo homosexual, pero en la mayor parte de los casos
eso ya no es posible. Ello depende de la cualidad y la
edad del individuo. No es posible predecir cual será el
resultado del tratamiento.
Lo que el psicoanálisis puede hacer por su hijo ya es
cosa diferente. Si es desdichado, neurótico, si vive desgarrado
por sus conflictos, inhibiciones en su vida social,
el análisis puede traerle armonía, tranquilidad mental,
completa eficiencia, ya sea que siga siendo homosexual
o cambie. Si usted se decide a ello, podrá anaüzarse
conmigo. No creo que usted lo haga. Tendría
que venir a Viena. No tengo intención algima de salir
de aquí. No deje sin embargo, de contestarme al respecto.
Sinceramente suyo y con los mejores deseos,
Freud
P. S. No he tenido dificultad en leer su escritura.
Espero que su dificultad para entender mi letra y mi
inglés no sea mayor que la mía con su carta.
Su cumpleaños, esta vez, pasó bastante tranquilamente,
con pocas visitas pero bastantes cartas que
contestar. Freud comentó que setenta y nueve «era
un número bastante irracional». Pero para él fue
una época desdichada. Hubo operaciones en marzo y
en abril, y el día de su cumpleaños forcejeó hasta
quedar exhausto, para colocarse el horrible «monstruo
» en la boca. Tampoco pudieron hacerlo Schur
ni Ana, de modo que llamaron en su auxilio a Pichler.
Ese año hizo Freud, en su correspondencia, numerosas
alusiones a su libro sobre Moisés, tema que
siempre tenía presente. Comenzó a leer todos los
libros que encontraba sobre historia judía. En mayo
la noticia que leyó sobre unas excavaciones en Tel-
229
el-Amama le produjo una verdadera excitación, debido
a que se había mencionado el nombre de cierto
príncipe Thothmes. Se preguntó si ése no era «su»
Moisés y hubiera querido disponer de dinero para
hacer que continuaran las excavaciones en ese lugar.
En mayo Freud fue designado Miembro Honorario
de la Royal Society of Medicine, según se le hizo
saber, por unanimidad. Candorosamente me preguntó
si ahora podría poner una tanda de letras después
de su apellido, tales como H.F.R.S.M.
El 1 de agosto Ana Freud se reunió con Eitingon
y conmigo en París para tratar asuntos didácticos,
lo cual demuestra que Freud se hallaba evidentemente
bastante bien como para poder prescindir
por un par de días de los cuidados de su hija...
cosa rara en realidad.
Arnold Zweig acababa justamente de escribir su
libro Erziehung vor Verdun, cuyo tema eran las brutalidades
alemanas que él había visto durante la guerra.
Freud se sentía extremadamente indignado por
la conducta de los alemanes contra los judíos en
esa época, y es esto lo que escribió a Zweig luego de
leer detenidamente el libro. «Es como una liberación
que se ha ansiado durante mucho tiempo. Finalmente
llega la verdad, la liigubre y definitiva verdad que
uno necesita con urgencia. Ño es posible entender
la Alemania de hoy si no se sabe lo de "Verdun" (y
lo que ello representa). Este deshacerse de las ilusiones
llega tarde, en verdad también para usted. De
ahí el craso anacronismo de que el idilio de Grischa,
un libro en el que tampoco puede hallarse de superación
de toda ilusión, haya sido posterior a su educación
en Verdun. Esto concuerda con el hecho de
que, después de la guerra, usted se haya establecido
en Berlín e incluso haya edificado allí una casa.
230
Hoy diríamos: "Si yo hubiera deducido las conclusiones
correspondientes a mi experiencia en Verdun,
sabría que no es posible vivir con un pueblo como
ése". Nosotros creíamos todos que era la guerra y
no el pueblo, pero los demás países también tuvieron
la guerra y se comportaron de otra manera completamente
distinta. Entonces no lo creíamos, pero
es cierto lo que los otros han dicho sobre los boches
».
En junio de este año la Fischer Verlag pidió a
Freud que escribiera una carta que pudiera publicarse
para celebrar el sexagésimo cumpleaños de
Thomas Mann. Desde la altura de sus ochenta años,
Freud debe haber sonreído ante la idea de esta juvenil
celebración. Los editores norteamericanos de
su Estudio autobiográfico, la casa Brentano, le pidieron
en ese verano que escribiera un suplemento
del mismo, cosa que hizo de inmediato. En el expresó
su pesar por haber llegado a publicar detalles de
su vida privada y aconsejaba a sus amigos no imitarlo
jamás en eso.
Dos acontecimientos dominan la perspectiva del
año 1936: el octogésimo onomástico de Freud y su
designación como Miembro Correspondiente de la
Royal Society. Los esfuerzos que acarrearían para él
los festejos de su octogésimo cumpleaños venían
preocupándole y eran la fuente de angustiosos pensamientos
que precedieron por meses esta fecha.
Freud hizo lo posible para reducir al mínimo esos
actos. Un año antes yo había concebido el plan de
un volumen conmemorativo de ensayos como un
regalo adecuado de sus discípulos, cosa que llevaría
algún tiempo organizar. Había llegado de algún modo
a sus oídos esa idea, por lo cual me escribió:
231
«Y ahora unas palabras de detrás de las bambalinas.
Ha llegado hasta mí la información de que usted
está preparando una celebración especial para mi
80 cumpleaños. Aparte de la posibilidad de que puede
no llegar a ocurrir y de mi convicción de que un
telegrama de condolencia sería la única reacción adecuada
para un hecho así, soy de opinión que ni la
situación que impera en los círculos analíticos ni el
estado del mundo justifica celebración alguna. Si la
necesidad de expresarse no puede ser del todo refrenada
en este caso me gustaría orientarla en alguna
dirección que no obligara más que al mínimo de molestias,
excitaciones o trabajos. Esto podría ser un
álbum con las fotografías de los miembros». Yo temblé
ante esta asombrosa proposición, que me hizo
el impacto de una idea sumamente impracticable y
que no reportaría placer alguno. De modo que le repliqué:
«Me siento inclinado, a pesar mío, a creer
que usted tiene razón acerca de mi proyecto de "Libro
conmemorativo" (Gedenkbuch). Sería absolutamente
inútil pensar en una proposición que no habría
de proporcionarle a usted un placer, y me animo
a decir que usted puede imaginar desde ya los riesgos
que, por la envidia que provocaría la selección
de los colaboradores, podría dar lugar a considerables
celos y sentimientos de malestar. Probablemente
tendríamos que volver a la idea de las fotografías,
que me parece sumamente interesante y que encierra
muchas posibilidades. Afortunadamente para usted,
Eitingon ya no será presidente para la época de
su cumpleaños. Pienso que usted sabe hasta qué punto
yo comparto más su calma actitud frente a las
ceremonias». Fue entonces cuando hizo una exposición
más completa de sus ideas. «Estoy de acuerdo
en que usted tiene razón para sentirse contento
23?
de tener en sus manos el timón de la nave psicoanalítica,
y ello no sólo por causa del Gendenkbuch.
Usted ha comprendido de tal modo mis recelos que
ahora tengo el coraje de dar un paso más.
«Procedamos entonces, a enterrar el Gendenkbuch
o el Sammelband (Volumen de homenaje), etcétera.
Vuelvo ahora a mi propia sugestión respecto
a un álbum y confieso que ya me gusta tan poco
como la otra idea; básicamente, en realidad, me disgusta.
Dejando a un lado las dos objeciones respecto
a que implicaría muchas molestias y no significaría
para mí garantía alguna de que voy a sobrevivir hasta
ese día, está empezando a disgustarme la monstruosidad
estética de cuatrocientos retratos de gente
sumamente fea de la que desconozco por completo
a más de la mitad y de las cuales una buena parte
po quiere saber nada de mí. No, los tiempos no son
adecuados para una festividad, ni siquiera ^Hntra
Iliacos muros nec extra". La única cosa que me parece
posible es renunciar a toda acción en común.
Dejemos que quien sienta la necesidad de congratularme
lo haga así, y quien no, no tiene por que temer
mi venganza.
»Hay todavía otro argumento. ¿Cuál es el significado
secreto de esto de celebrar las cifras redondas
de la edad avanzada? Es seguramente una medición
del triunfo sobre lo transitorio de la vida, que, como
nunca olvidamos, está dispuesto a devorarnos a todos.
Uno se regocija entonces con una especie de
sentimiento común de que no estamos hechos de un
material tan frágil como para impedir que uno de
nosotros resista victoriosamente los efectos hostiles
de la vida por 60, 70 o incluso 80 años. Eso es una
cosa que uno puede entender y con la que se puede
estar de acuerdo, pero la celebración evidentemente
233
tiene sentido solamente cuando el sobreviviente puede,
a despecho de todas las heridas y cicatrices, intervenir
en ella como persona sana; pierde este sentido
cuando se trata de un inválido tal que de ninguna
manera se puede hablar de festejos comunes con él.
Y dado que éste es mi caso y lo lleva la carga de
mi destino por mí mismo, preferiría que mi octogésimo
cumpleaños fuera considerado como asunto
privado mío... por mis amigos».
El asunto quedó, por lo pronto, en estos térmi^
nos, pero a medida que se acercaba la temida fecha
la angustia de Freud frente al esfuerzo que se le imponía
iba en aumento. Una cantidad de partidarios
y gente extraña anunciaron su intención de visitarlo,
entre ellos Eitingon, Landauer, Laforgue y yo. Marie
Bonaparte se ofreció a venir, pero luego, con muy
buen criterio, postergó la fecha de su viaje. Antes
de eso ya había escrito a Arnold Zweig acerca de las
intenciones de los diarios en diversos países y señaló:
«¡Qué poco sentido tiene pensar en reparar,
con motivo de una fecha tan cuestionable, el mal
trato sufrido durante una larga vida! No; más vale
que sigamos siendo enemigos». Se consolaba con la
idea de que la celebración solamente duraría unos
pocos días, y de que es una de esas cosas que sólo
pueden presentarse una vez en la vida; «después de
eso habrá un magnífico descanso y ya no podrán perturbarme
cacareos ni manifestaciones de ninguna
clase».
El día del cumpleaños se pasó con toda tranquilidad,
convertidas sus habitaciones en una verdadera
florería. Freud se sentía bastante bien, recuperado
ya de una dolorosa operación que le fue hecha
en marzo. Pero seis semanas más tarde todavía estaba
Freud en plena lucha en medio del montón de
234
felicitaciones, provenientes de todas las partes del
mundo, que tenía que contestar.
Esta onomástica dio lugar a un encantador cambio
de cartas entre los dos grandes hombres de este
siglo. Vamos a reproducir aquí las dos cartas en toda
su extensión.
Princenton, 21-4-1936
Verehhter Herr Freud:
Me siento feliz de que a esta generación le haya tocado
en suerte la oportunidad de expresar su respeto
y su gratitud a usted, que es uno de sus más grandes
maestros. Seguramente no le fue fácil lograr que la gente
profana, escéptica como es, haya llegado a hacerse al
respecto un juicio independiente. Hasta hace poco, lo
único que me era posible captar era la fuerza especulativa
de sus concepciones, a la vez que la enorme
influencia ejercida sobre la Weltanschauung (concepción
del mundo) de nuestra presente era, sin estar en
condiciones' de hacerme un juicio independiente acerca
del grado de verdad que contenía. Pero hace muy poco
tuve oportunidad de oír acerca de algunas cosas no
muy importantes en sí mismas, que a mi juicio descartan
toda interpretación que no sea la que usted ofrece
en su teoría de la represión. Me sentí encantado de haber
dado con esas cosas, ya que siempre es encantador
el ver que una grande y hermosa concepción concuerda
con la realidad.
Con mis más cordiales deseos y mi profundo respeto.
Suyo
A. Einstein
P. S. Por favor, no conteste usted a esta carta. El
placer que me produce la oportunidad que tengo de escribirle
ya es suficiente para mí.
235
Viena, 3-5-1936
Verehrter Herr Einstein:
En vano objeta usted la idea de que yo conteste a
su muy amable carta. Realmente tengo que decirle cuan
contento me he sentido al comprobar el cambio registrado
en su opinión, o al menos el comienzo de un
cambio. Siempre he sabido, por supuesto, que usted me
«admiraba» por cortesía y creía muy poco en cualquier
aspecto de mis doctrinas, si bien me he estado preguntando
a menudo qué es lo que en realidad se puede
admirar en ellas si no son verdaderas, es decir, si no
contienen una gran parte de verdad. De paso, ¿no cree
usted que yo hubiera sido tratado mejor si mis doctrinas
contuvieran un porcentaje mayor de error y de
extravagancias? Yo le llevo a usted tantos años que puedo
permitirme la esperanza de contarlo entre mis «partidarios
» cuando usted haya alcanzado mi edad. Como
yo no podré enterarme de ello, estoy saboreando ya
esa satisfacción. Usted sabe lo que ahora está cruzando
por mi mente: ein Vorgefühl von solchem Gliick ge'
niesse ich, etc. ^
In herzlicher Ergehenheit und unrvandelbarer Ver
rehrumg,
Ihr
Freud.
Lo que más le gustó —o le molestó menos— en
cuanto a la celebración de su cumpleaños fue la visita
de Thomas Mann. El 8 de mayo pronunció Mann
un impresionante discurso en la Sociedad Académica
de Psicología Médica. Lo repitió en el mismo mes
cinco o seis veces, en distintos lugares, y seis sema-
1. "Basta el presentimiento de aquella felicidad sublime para hacerme
gozar mi hora inefable' (Fausto, Acto V).
236
ñas más tarde, el domingo 14 de junio se lo leyó a
Freud, quien hizo el comentario de que era aún mejor
de como él lo conocía por referencia. Pero Freud
no se dejó seducir por otras demostraciones: «Los
colegas vieneses se unieron también a las celebraciones,
pero hubo toda clase de indicios que delataban
lo duro que se les hacía. El Ministro de Educación
me felicitó ceremoniosamente y de una manera muy
cortés, pero a los periódicos se les prohibió, bajo
peña de confiscación, hacer mención alguna de este
simpático hecho. En numerosos artículos periodísticos,
de aquí y del extranjero, se expresó lisa y llanamente
rechazo y odio. Tuve así la satisfacción de ver
que la sinceridad aún no ha desaparecido de este
mundo».
Entre los muchos presentes que llegaron figura
una declaración firmada por Thomas Mann, Romain
RoIIand, Jules Romains, H. G. Wells, Virginia Woolf,
Stefan Zweig y otras 191 personas, entre escritores y
artistas. Mann se la entregó personalmente el día
del cumpleaños.
Hubo también muchas visitas, por supuesto. Una
de ellas, preguntó a Freud cómo se sentía, a lo cual
él respondió: «Como se siente un hombre de ochenta
años no es un tema de conversación».
Al mismo tiempo fue designado Freud Miembro
Honorario de la Asociación Psiquiátrica Norteamericana,
de la Asociación Psicoanalítica Norteamericana,
de la Sociedad Psicoanalítica Francesa, de la Sociedad
Neurológica Norteamericana y de la Royal
Médico-Psychological Association. Por encima de
todo esto estaba el reconocimiento más alto de que
jamás había sido objeto, y que por eso apreciaba
más que ningún otro: la designación de Miembro
Correspondiente de la Royal Society. Su nombre ha-
237
bía sido propuesto por un distinguido médico, ex paciente
mío, y recuerdo cómo Wilfred Trotter, que
entonces formaba parte del Consejo de la entidad,
me contaba la sorpresa que había causado la proposición.
Todos los miembros del Consejo habían oído
hablar vagamente de Freud, pero ninguno de ellos
conocía ninguno de sus trabajos. Pero Trotter poseía
el don de convencer a cualquier Comisión.
Pero ninguna Universidad impuso a Freud un título
honoris causa. El único que había recibido en
su vida era el que le confirió la Clark University de
Massachussetts, casi treinta años antes.
En mayo Freud y Lou Salomé intercambiaron las
últimas cartas, dando fin así a una correspondencia
que se había prolongado veinticuatro años. Ella falleció
en febrero del año siguiente. Freud la había
admirado extraordinariamente y estuvo muy encariñado
con ella, «lo que no deja que su curioso, sin
muestra alguna de atracción sexual». La describía
como el único vínculo real entre Nietzsche y él mismo.
Freud se sintió contrariado y alarmado al enterarse
de que Arnold Zweig se proponía escribir su
biografía. Se lo prohibió con toda firmeza, diciéndole
que tenía cosas mucho más útiles para escribir. La
opinión de Freud acerca de escribir biografías se
iba por cierto al extremo. «Quien se pone a escribir
una biografía se obliga a sí mismo a la mentira, al
engaño, al ocultamiento, la hipocresía y al adulamiento,
e incluso a ocultar la propia falta de entendimiento,
dado que el material biográfico no hay manera
de obtenerlo, donde lo hubiera no se puede usar.
La verdad no es accesible; la humanidad no la merece.
¿Y no tenía razón el Príncipe Hamlet cuando se
preguntaba quién podría escapar de una azotaina si
238
a cada uno se lo tratara según sus méritos? Por mi
parte yo continúo, sin embargo, con mi trabajo a
pesar de estas terribles afirmaciones».
Ahora Freud se sentía cada vez más y más convencido
de que el porvenir de Austria estaría en manos
de los nazis, si bien las personas en quien pensaba
especialmente, en este sentido, eran los nazis austríacos,
de quienes esperaba (erróneamente) que habrían
de ser más moderados. Decía por ello: «Estoy
esperando, cada vez con menos pesar, que la cortina
caiga definitivamente para mí».
En julio Freud fue sometido a dos intervenciones
excepcionalmente dolorosas, y por primera vez desde
la operación primitiva, de 1923, fue encontrado,
sin lugar a duda alguna, tejido canceroso. Durante
los últimos cinco años los médicos habían estado
evitando ese desenlace, mediante la extirpación de tejidos
precancerosos, pero de ahora en adelante ya
sabían que estaban frente a frente con el enemigo
y que había que estar dispuestos a que se reprodujeran
constantemente recurrencias de formaciones malignas.
A esto siguió el Congreso de Marienbad, el 2 de
agosto. Esta localidad fue elegida con el objeto de
que Ana, en el caso de que el padre la necesitara
con urgencia, no estuviera lejos de él. En mi discurso
de Presidente me referí a Checoslovaquia como
una isla de libertad rodeada de Estados totalitarios
e hice algunas observaciones acerca de dichos estados
que hicieron que se incluyera mi nombre en la
lista negra nazi de los que debían ser liquidados tan
pronto como fuera invadida Inglaterra. Eitingon visitó
a Freud antes del Congreso —^no había podido
hacerlo cuando el día del octogésimo aniversario—
y yo lo hice poco después del Congreso. Fue ésta la
239
última vez que vi a Freud antes del episodio de
su emigración a Londres, que se produjo dieciocho
meses más tarde.
El 13 de septiembre, con todo silencio, se celebraron
las bodas de oro de Freud. De sus hijos sobrevivientes
vinieron cuatro, es decir, todos menos
Oliver. Hizo a Marie Bonaparte una de sus características
y sintéticas afirmaciones: «Realmente no ha
resultado una mala solución del problema del matrimonio,
y mi mujer todavía es tierna, sana y activa».
Hacia fin de año Freud volvió a pasarlo mal, cuando
Ana había detectado otra área sospechosa, que
Pichler pensó equivocadamente, que era carcinomatosa.
«El sábado 12 de diciembre me dijo Pichler que
se veía obligado a cauterizar otro punto que le parecía
sospechoso \ Lo hizo así, pero esta vez el examen
microscópico demostró que se trataba de un
tejido inofensivo, pero la reacción fue terrible. En
primer lugar fuertes dolores, y en los días que siguieron,
la boca cerraba mal, por lo cual no podía
comer nada. Tenía grandes dificultades para beber.
"Prosigo con mi trabajo analítico mediante el recurso
de poner una bolsa de agua caliente a la mejilla,
que renuevo cada media hora". Logro algún alivio
con terapia de onda corta, pero la mejoría no dura
mucho. Me dicen que debo soportar este estado de
cosas por una semana más ^. Me gustaría que usted
viera la simpatía que me demuestra Jo-Fi' en mi
sufrimiento, como si lo entendiera todo».
«Nuestro Ministro de Educación ha emitido un
formal anuncio en el sentido de que la época de la
labor científica que se realice al margen de ciertos
1. Ésta fue una de las tantas veces en que ocurrió tal cosa.
2. Duró, sin embargo, mucho más tiempo.
3. Su perro.
240
supuestos previos —como era el caso en la era liberal—
ha pasado ya; desde ahora en adelante, toda
ciencia deberá trabajar al unisono con la Weltanschauung
cristiano-germánica. Esto no deja de prometerme
una buena diversión. ¡Ni más ni nlenos que en
la querida Alemania!»
La intervención quirúrgica que acabamos de mencionar
fue la única oportunidad, en tantos años de
sufrimiento, en que Freud, no sin cierta sorpresa de
Pichler, exclamó: «¡Ya no puedo soportar más!»
Pero los nervios de acero del cirujano le pusieron en
condiciones de terminar la operación, y la protesta
no pasó de ahí.
En enero de 1937 sufrió Freud una nueva pérdida,
la de la perrita a la que se había aficionado tanto
en los últimos siete años. Acostumbraba a intercambiar
confidencias con Marie Bonaparte, otra persona
amante de los animales. Apenas im mes antes le había
escrito:
Acaban de llegarme la tarjeta postal y el manuscrito
del libro de Topsy que usted me envía desde Atenas.
El libro me enamora; es conmovedoramente real y cierto.
No es, por supuesto, un trabajo analítico, pero la
búsqueda que el analista hace de la verdad y el conocimiento
puede percibirse muy bien detrás de esta creación.
Realmente proporciona las razones por las cuales
uno puede amar con tan extraña profundidad a un animal
Topsy o Jo-Fi: su afecto, desprovisto de toda ambivalencia,
la simplicidad de su vida, libre de todos los
conflictos casi insoportables de la civilización, la belleza
de una existencia completa de sí misma. Y a pesar de
la extraña naturaleza de su desarrollo orgánico, un sentimiento
de íntima relación —un sentido innegable del
pertenecerse mutuamente— existe entre nosotros. Mientras
acariciaba a Jo-Fi me he sorprendido a veces en-
241
tonando en voz baja una melodía, que, aún siendo yo
completamente antimusical, pude reconocer como el
aria de Don Giovanni:

Pesquisar este blog

Carregando...
arte (407) pintura (248) filosofia (102) fotografia (89) literatura (84) psicanálise (57) morte (37) HQ (28) freud (28) peanuts (27) skull (27) antropologia (26) comic (24) poesia (23) lacan (22) PSYCHOANALYSIS (20) Desenho (17) Picasso (15) o seminário (15) Bresson (13) cat (12) oriente (12) borges (11) kant (11) psicologia (11) foucault (10) levi-strauss (10) platão (10) SONHOS (9) religião (9) Kirchner (8) biografia (8) kafka (8) love (8) Ernest Max (7) Guimaraes Rosa (7) Ken Rosenthal (7) Mark Eshbaugh (7) NIETZSCHE (6) Salvador Dali (6) aristóteles (6) manet (6) snoopy (6) sociologia (6) Animais (5) Aristotle (5) Escher (5) Geertz (5) Hundertwasser (5) Lauren Simonutti (5) Sommer (5) medicina (5) munch (5) Arthur DOVE (4) CINEMA (4) Carl LARSSON (4) Cézanne (4) DICIONARIO (4) Descartes (4) Doré (4) Ernest Jones (4) Ernst HAAS (4) Guido Crepax (4) H. Bergson (4) Julio Cortázar (4) Kacere (4) Locke (4) Mucha (4) Richter (4) Van Gogh (4) Will Barnet (4) alexandre koyrè (4) caveira (4) drummond (4) gravura (4) hegel (4) história (4) linguística (4) monet (4) música (4) sartre (4) teatro (4) televisão (4) universo (4) verdade (4) Abbas (3) Arthur Rackham (3) Avigdor (3) Blake (3) CORINTH (3) Cambon (3) Connie Imboden (3) David Hockney (3) F. Hodler (3) Frida KAHLO (3) GEORGES BATAILLE (3) James Joyce (3) Kojeve (3) Konrad LORENZ (3) Lori Nix (3) M. J. A. Eguiño (3) Marcel MAUSS (3) Marqués de Sade (3) Marx (3) Memling (3) Pierre Bourdieu (3) Psychiatry (3) SENECA (3) Schopenhauer (3) Tom Chambers (3) Winnicott (3) arroyo (3) autobiografia (3) baby (3) caravaggio (3) cristianismo (3) dickens (3) einstein (3) erwitt (3) etologia (3) fisica (3) magia (3) planetas (3) B. F. Skinner (2) BACHELARD (2) Birman J. (2) CERVANTES (2) Castillo (2) Dix (2) Dulac (2) E. HOPPER (2) E. Nodel (2) ETNOLOGÍA (2) Ernest HAAS (2) Ferenczi (2) G. JOHN (2) GEORGE CANGUILHEM (2) Gustav Caillebotte (2) Hipocrates (2) J. Ensor (2) J. J. Tissot (2) JUNG (2) John Donne (2) KARL JASPERS (2) KIERKEGAARD (2) Kandinsky (2) Klimt (2) L. da VINCI (2) LOUIS ALTHUSSER (2) Lewis Carroll (2) M. Dzama (2) MAUGHAM (2) MERLEAU - PONTY (2) Mann (2) Melanie Klein (2) Neil Welliver (2) Norman Rockwell (2) Pascal (2) Piaget (2) Pollock (2) Quino (2) Roland Barthes (2) Sahlins (2) Serge Leclaire (2) St. Agostinho (2) Stratton (2) Vinicus de Moraes (2) Vuillard (2) WITTGENSTEIN (2) amor (2) beauvoir (2) biology (2) cogito (2) critica (2) cultura (2) diabo (2) erotic (2) estruturalismo (2) gide (2) guerra (2) loucura (2) lua (2) mind (2) mitologia (2) mitos (2) rilke (2) salomão (2) saturno (2) sono (2) sócrates (2) vida (2) ética (2) A. Comte (1) A. Warhol (1) Alix Malka (1) Andreas Gursky (1) Anticristo (1) Arcimboldo (1) Aristófanes (1) Augusto dos Anjos (1) B. Barbey (1) B. Jacklin (1) Bagheria (1) Barbara Morgan (1) Basquiat (1) Berkeley (1) Bhagavad-Gita (1) Bhopal (1) Bocklin (1) Bouguereau (1) Brauner (1) Bruegel (1) Brueghel (1) Brueguel (1) Burt GLINN (1) CALOUSTE GULBENKIAN (1) CAZOTTE (1) CRVANTES (1) Charles S. Peirce (1) Chavannes (1) China (1) Claesz (1) Confucius (1) Confúncio (1) D. (1) DAVIS Stuart (1) DEGAS (1) DELACROIX (1) Dalton Trevisan (1) Deleuze (1) Denis (1) Design (1) Diebenkorn (1) Diógenes (1) E. (1) ERNST CASSIRER (1) Emile Durkheim (1) Empédocles (1) Epimenides (1) F. Vallotton (1) FERDINAND DE SAUSSURE (1) Feuerbach (1) Feyerabend (1) Florbela Espanca (1) Franceco Clemente (1) Franz Marc (1) GROOT (1) GUSTON (1) Galileu (1) Gestalt (1) Graham (1) Grécia (1) Guercino (1) H. Arendt (1) H. MARCUSE (1) Hals (1) Helmut Newton (1) Holbien (1) Hume (1) J. Derrida (1) J.-F. Millet (1) Jan Van KESSEL (1) Jean Laplanche (1) KROYER (1) Kandel E. (1) Keane (1) Kim (1) Kitaoka (1) Klee (1) Knight (1) Korand Von SOEST (1) Kôhler (1) Liev Tolstói (1) M. Mead (1) Malinowski (1) Mantegna (1) Mark Petrick (1) Max Weber (1) Mário Quintana (1) Münter (1) N. Chomsky (1) NEIL GAIMAN (1) Nasio (1) Otto Rank (1) Ovídio (1) Palencia (1) Parmênides (1) Paul DELVAUX (1) Peter HILLE (1) Raduan Nassar (1) Ron Van Dongen (1) S. Franklin (1) Sandman (1) Satrapi (1) Schiele (1) Shakespeare (1) Silvers (1) Siqueiros (1) Spinoza (1) St. T. de Aquino (1) TELEPATIA (1) TODOROV (1) Tarsila do Amaral (1) Taschen (1) Thomas HOPKER (1) Truffaut (1) Tycho (1) Uccello (1) Velvet underground Nico (1) Verne (1) Victor Brochard (1) W. Metcalf (1) Web (1) Weinberg (1) William Bailey (1) Woody Allen (1) Xenofonte (1) Y. Utagawa (1) Yoshitoshi (1) alessandro gottardo (1) arcoiris (1) armour (1) arquitetura (1) asselyn (1) ate (1) bassano (1) biblia (1) breton (1) cartoon (1) ceticismo (1) cocaina (1) conto (1) criança (1) dança (1) direito (1) dor (1) eclesiastes (1) economia (1) edgar allan poe (1) edgar morin (1) ego (1) ensaio (1) epicurus (1) espelho (1) estações (1) eu (1) fala (1) feed (1) foto (1) frr (1) física (1) game (1) gato (1) giger (1) girafa (1) goya (1) hamlet (1) hoffmann (1) humor (1) identificação (1) impressionismo (1) intuição (1) jakobson (1) japan (1) krsna (1) kundera (1) lacn (1) leminski (1) lévi-strauss (1) mafalda (1) magritte (1) miró (1) moda (1) moral (1) mundo (1) mãe (1) narrativa (1) nausea (1) neruda (1) nokides (1) ocultismo (1) perguntas (1) poeso (1) poker (1) política (1) praia (1) sabedoria (1) sapatos (1) saramago (1) semina (1) semiótica (1) shopenhauer (1) soutine (1) suicidio (1) swan (1) sêneca (1) tatoo (1) tatuagem (1) tese (1) titã (1) touro (1) umberto eco (1) valentina (1) venus (1) virtude (1) war (1) weeks (1)
 

sobrefulanos by nokides