RETRATO DEL ARTISTA ADOLESCENTE | JAMES JOYCE

| sexta-feira, 30 de outubro de 2009
—Hombre, y a propósito —dijo Heron de repente—. He visto entrar
a tu padre.
La sonrisa desapareció del rostro de Stephen. Cualquier alusión a su padre, hecha por un compañero o por un profesor, le sobresaltaba inmediatamente. Esperó en silencio, temiendo qué fuese lo que Heron iba a seguir diciendo. Pero Heron sólo le dio un codazo expresivo y dijo:
—¡Anda, que las matas callando!
—¿A qué santo?… —preguntó Stephen.








Traducción de Dámaso Alonso
RBA Editores, S.A.
Barcelona
1995
Título original: A Portrait of the Artist as a Young Man
Traducción: Dámaso Alonso
© Traducción cedida por Editorial Lumen, S. A.
© por la presente edición, en la colección Narrativa Actual,
RBA Editores, S. A., Barcelona, 1995
Proyecto gráfico y diseño de la cubierta: Hans Romberg
Ilustración cubierta: A.G.E. Fotostock
ISBN: 84-473-0882-0 Depósito Legal: B-16.958-1995
Impresión y encuadernación: Printer industria gráfica, S. A.
Ctra. N-II, km 600. Cuatro Caminos, s/n.
Sant Vicenç dels Horts (Barcelona)
Impreso en España - Printed in Spain
Escaneado por: Hypnerotomachia Poliphili
Corregido por: Filobiblion
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Allá en otros tiempos (y bien buenos tiempos que eran), había una
vez una vaquita (¡mu!) que iba por un caminito. Y esta vaquita que iba
por un caminito se encontró un niñín muy guapín, al cual le llamaban el
nene de la casa…
Este era el cuento que le contaba su padre. Su padre le miraba a través
de un cristal: tenía la cara peluda.
El era el nene de la casa. La vaquita venía por el caminito donde vivía
Betty Byrne: Betty Byrne vendía trenzas de azúcar al limón.
Ay, la flores de las rosas silvestres
en el pradecito verde.
Esta era la canción que cantaba. Era su canción.
Ay, las floles de las losas veldes.
Cuando uno moja la cama, aquello está calentito primero y después
se va poniendo frío. Su madre colocaba el hule. ¡Qué olor tan raro!
Su madre olía mejor que su padre y tocaba en el piano una jiga de
marineros para que la bailase él. Bailaba:
Tralala lala,
tralala tralalaina,
tralala lala,
tralala lala.
Tío Charles y Dante aplaudían. Eran más viejos que su padre y que su
madre; pero tío Charles era más viejo que Dante.
Dante tenía dos cepillos en su armario. El cepillo con el respaldo de
terciopelo azul era el de Michael Davitt y el cepillo con el revés de terJames
Joyce
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ciopelo verde, el de Parnell. Dante le daba una gota de esencia cada vez
que le llevaba un pedazo de papel de seda.
Los Vances vivían en el número 7. Tenían otro padre y otra madre diferentes.
Eran los padres de Eileen. Cuando fueran mayores, él se iba a
casar con Eileen… Se escondió bajo la mesa. Su madre dijo:
—Stephen tiene que pedir perdón.
Dante dijo:
—Y si no, vendrán las águilas y le sacarán los ojos.
Le sacarán los ojos.
Pide perdón,
pide perdón
de hinojos.
Le sacarán el corazón.
Pide perdón.
Pide perdón.
Los anchurosos campos de recreo hormigueaban de muchachos. Todos
chillaban y los prefectos les animaban a gritos.
El aire de la tarde era pálido y frío, y a cada volea de los jugadores, el
grasiento globo de cuero volaba como un ave pesada a través de la luz
gris. Stephen se mantenía en el extremo de su línea, fuera de la vista del
prefecto, fuera del alcance de los pies brutales, y de vez en cuando fingía
una carrerita. Comprendía que su cuerpo era pequeño y débil comparado
con los de la turba de jugadores, y sentía que sus ojos eran débiles y
aguanosos. Rody Kickham no era así; sería capitán de la tercera división:
todos los chicos lo decían.
Rody Kickham era una persona decente, pero Roche el Malo era un
asqueroso. Rody Kickham tenía unas espinilleras en su camarilla y, en el
refectorio, una cesta de provisiones que le mandaban de casa. Roche el
Malo tenía las manos grandes y solía decir que el postre de los viernes
parecía un perro en una manta. Y un día le había preguntado:
—¿Cómo te llamas?
Stephen había contestado: Stephen Dédalus.
Y entonces Roche había dicho:
—¿Qué nombre es ese?
Pero Stephen no había sido capaz de responder. Y entonces Roche le
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había vuelto a preguntar:
—¿Qué es tu padre?
Y él había respondido:
—Un señor.
Y todavía Roche había vuelto a preguntarle:
—¿Es magistrado?
Se deslizaba de un punto a otro, siempre en el extremo de la línea,
dando carreritas cortas de vez en cuando. Pero las manos le azuleaban de
frío. Las metió en los bolsillos de su chaqueta gris de cinturón. El cinturón
pasaba por encima del bolsillo. Cinturón, cinturonazo. Y darle a un
chico un cinturonazo era pegarle con el cinturón. Un día un chico le había
dicho a Cantwell:
—¡Te voy a largar un cinturonazo!…
Y Cantwell le había contestado:
—¡Anda y quítate de ahí! Ve a largarle un cinturonazo a Cecil Thunder.
Me gustaría verte. Te mete un puntapié en el trasero como para ti
solo.
Aquella expresión no estaba muy bien. Su madre le había dicho que
no hablara en el colegio con chicos mal educados. ¡Madre querida! Al
despedirse el día de entrada en el vestíbulo del castillo, ella se había recogido
el velo sobre la nariz para besarle: y la nariz y los ojos estaban
enrojecidos. Pero él había hecho como si no se diera cuenta de que su
madre estaba a punto de echarse a llorar. Y su padre le había dado como
dinero de bolsillo dos monedas de a cinco chelines. Y su padre le había
dicho que escribiera a casa si necesitaba algo, y que, sobre todo, nunca
acusara a un compañero aunque hiciese lo que hiciese. Después, a la
puerta del castillo, el rector, con la sotana flotante a la brisa, había estrechado
la mano a sus padres y el coche había partido con su padre y su
madre dentro.
—¡Adiós, Stephen, adiós!
—¡Adiós, Stephen, adiós!
Se vio cogido entre el remolino de un pelotón de jugadores y, temeroso
de los ojos fulgurantes y de las botas embarradas, se dobló completamente
mirando por entre las piernas. Los muchachos pugnaban,
bramaban y pataleaban entre restregones de piernas y puntapiés. De
pronto las botas amarillas de Jack Lawton lanzaron el balón fuera del
corro y todas las otras botas y piernas corrieron detrás. Stephen corrió
también un trecho y luego se paró. No tenía objeto el seguir. Pronto se
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irían a casa, de vacaciones. Después de la cena, en el salón de estudio,
iba a cambiar el número que estaba pegado dentro de su pupitre: de 77 a
76.
Sería mejor estar en el salón de estudio, que no allí fuera al frío. El
cielo estaba pálido y frío, pero en el castillo había luces. Se quedó pensando
desde qué ventana habría arrojado Hamilton Rowan su sombrero
al foso y si habría ya entonces arriates de flores bajo las ventanas. Un día
que le habían llamado al castillo, el despensero le había enseñado las
huellas de las balas de los soldados en la madera de la puerta y le había
dado un pedazo de torta de la que comía la comunidad. ¡Qué agradable y
reconfortante era ver las luces en el castillo! Era como una cosa de un
libro. Tal vez la Abadía de Leicester sería así. ¡Y qué frases tan bonitas
había en el libro de lectura del doctor Cornwell! Eran como versos, sólo
que eran únicamente frases para aprender a deletrear.
Wolsey murió en la Abadía de Leicester
donde los abades le enterraron.
Cancro es una enfermedad de plantas;
cáncer, una de animales.
¡Qué bien se estaría echado sobre la esterilla delante del fuego, con la
cabeza apoyada entre las manos y pensando estas frases! Le corrió un
escalofrío como si hubiera sentido junto a la piel un agua fría y viscosa.
Había sido una villanía de Wells el empujarle dentro de la fosa y todo
porque no le había querido cambiar su cajita de rapé por la castaña pilonga
de él, de Wells, por aquella castaña vencedora en cuarenta combates.
¡Qué fría y qué pegajosa estaba el agua! Un chico había visto una
vez saltar una rata al foso. Madre estaba sentada con Dante al fuego esperando
que Brígida entrase el té. Tenía los pies en el cerco de la chimenea
y sus zapatillas adornadas estaban calientes, ¡calientes!, y ¡tenían un
olor tan agradable! Dante sabía la mar de cosas. Le había enseñado dónde
estaba el canal de Mozambique y cuál era el río más largo de América,
y el nombre de la montaña más alta de la luna. El Padre Arnall sabía
más que Dante porque era sacerdote, pero tanto su padre como tío
Charles decían que Dante era una mujer muy lista y muy instruida. Y
cuando Dante después de comer hacía aquel ruido y se llevaba la mano a
la boca, aquello se llamaba acedía.
Una voz gritó desde lejos en el campo de juego:
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—¡Todo el mundo dentro!
Después otras voces gritaron desde la segunda y la tercera división:
—¡Todos adentro! ¡Todos adentro!
Los jugadores se agrupaban sofocados y embarrados, y él se mezcló
con ellos, contento de volver a entrar. Rody Kickham llevaba el balón
cogido por la atadura grasienta. Un chico le dijo que le pegara todavía la
última patada; pero el otro se metió dentro sin contestarle. Simón Moonan
le dijo que no lo hiciera porque el prefecto estaba mirando. El chico
se volvió a Simón Moonan, y le dijo:
—Todos sabemos por qué lo dices. Tú eres el chupito de Mc Glade.
Chupito era una palabra muy rara. Aquel chico le llamaba así a Simón
Moonan porque Simón Moonan solía atar las mangas falsas del
prefecto y el prefecto hacía como que se enfadaba. Pero el sonido de la
palabra era feo. Una vez se había lavado él las manos en el lavabo del
Hotel Wicklow, y su padre tiró después de la cadena para quitar el tapón,
y el agua sucia cayó por el agujero de la palangana. Y cuando toda el
agua se hubo sumido lentamente, el agujero de la palangana hizo un ruido
así: chup. Sólo que más fuerte.
Y al acordarse de esto y del aspecto blanco del lavabo, sentía frío y
luego calor. Había dos grifos, y al abrirlos corría el agua: fría y caliente.
Y él sentía frío y luego un poquito de calor. Y podía ver los nombres
estampados en los grifos. Era una cosa muy rara.
Y el aire del tránsito le escalofriaba también. Era un aire raro y húmedo.
Pronto encenderían el gas y al arder haría un ligero ruido como
una cancioncilla. Siempre era lo mismo: y, si los chicos dejaban de hablar
en el cuarto de recreo, entonces se podía oír muy bien.
Era la hora de los problemas de aritmética. El Padre Arnall escribió
un problema muy difícil en el encerado, y luego dijo:
—¡Vamos a ver quién va a ganar! ¡Hala, York! ¡Hala, Lancaster!
Stephen lo hacía lo mejor que podía, pero la operación era muy complicada
y se hizo un lío. La pequeña escarapela de seda, prendida con un
alfiler en su chaqueta, comenzó a oscilar. El no se daba mucha maña para
los problemas, pero trataba de hacerlo lo mejor que podía para que
York no perdiese. La cara del Padre Arnall parecía muy ceñuda, pero no
estaba enfadado: se estaba riendo. Al cabo de un rato, Jack Lawton
chascó los dedos, y el Padre Arnall le miró el cuaderno y dijo:
—Bien. ¡Bravo, Lancaster! La rosa roja gana. ¡Vamos, York! ¡Hay
que alcanzarlos!
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Jack Lawton le estaba mirando desde su sitio. La pequeña escarapela
con la rosa roja le caía muy bien, porque llevaba una blusa azul de marinero.
Stephen sintió que su cara estaba roja también, y pensó en todas
las apuestas que había cruzadas sobre quién ganaría el primer puesto en
Nociones, Jack Lawton o él. Algunas semanas ganaba Jack Lawton la
tarjeta de primero, y otras él. Su escarapela de seda blanca vibraba y vibraba,
mientras trabajaba en el siguiente problema y oía la voz del Padre
Arnall. Después, todo su ahínco pasó, y sintió que tenía la cara completamente
fría. Pensó que debía de tener la cara blanca, pues la notaba tan
fría. No podía resolver el problema, pero no importaba. Rosas blancas y
rosas rojas: ¡qué colores tan bonitos para estarse pensando en ellos! Y
las tarjetas del primer puesto y del segundo y del tercero también tenían
unos colores muy bonitos: rosa, crema y azul pálido. Y también era
hermoso pensar en rosas crema y rosas rosa. Tal vez una rosa silvestre
podría tener esos colores, y se acordó de .la canción de las flores de las
rosas silvestres en el pradecito verde. Pero lo que no podría haber era
una rosa verde. Quizá la hubiera en alguna parte del mundo.
Sonó la campana, y los alumnos comenzaron a salir de la clase hacia
el refectorio, a lo largo de los tránsitos. Se sentó mirando los dos moldes
de mantequilla que había en su plato, pero no pudo comer el pan húmedo.
El mantel estaba húmedo y blando. Se bebió de un trago, sin embargo,
el té que le echó en la taza un marmitón zafio, ceñido de un delantal
blanco. Pensaba si el delantal del marmitón estaría húmedo también, o si
todas las cosas blancas serían húmedas y frías. Roche el Malo y Saurín
bebían cacao: se lo enviaban sus familias en latas. Decían que no podían
beber aquel té, porque era como agua de fregar. Decían que sus padres
eran magistrados.
Todos los chicos le parecían muy extraños. Todos tenían padres y
madres, y trajes y voces diferentes. Y deseaba estar en casa y reclinar la
cabeza en el regazo de su madre. Pero no podía; y lo que quería, por lo
menos, era que se acabaran el juego y el estudio y las oraciones para estar
en la cama.
Bebió otra taza de té caliente y Fleming le dijo:
—¿Qué tienes? ¿Te duele algo o qué es lo que te pasa?
—No sé —dijo Stephen.
—Lo que tú tienes malo es el saco del pan —dijo Fleming—, porque
estás muy pálido. ¡Eso se te pasa!
—Sí, sí —dijo Stephen.
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Pero la enfermedad no estaba allí. Pensó que lo que tenía enfermo era
el corazón, si el corazón podía estarlo. ¡Qué amable que había estado
Fleming interesándose por él! Sentía ganas de llorar. Apoyó los codos en
la mesa y se puso a taparse y destaparse los oídos. Cada vez que destapaba
los oídos, se oía el ruido del comedor. Era un estruendo como el
del tren por la noche. Y cuando se tapaba los oídos, el estruendo cesaba,
como el de un tren dentro de un túnel. Aquella noche en Dalkey el tren
había hecho el mismo estruendo, y, luego, al entrar en el túnel, el estrépito
había cesado. Cerró los ojos, y el tren siguió sonando y callando;
sonando otra vez y callando. ¡Qué gusto daba oírlo callar y volver de
nuevo a sonar fuera del túnel y luego callar otra vez!
Comenzaron a venir a lo largo de la estera del centro del refectorio
los de la primera división, Paddy Rath y Jimmy Magee, y el español al
que le dejaban fumar cigarros, y el portuguesito de la gorra de lana. Y
cada uno tenía su manera distinta de andar.
Se sentó en un rincón del salón de recreo, haciendo como que miraba
un partido de dominó, y por dos o tres veces pudo oír la cancioncilla del
gas. El prefecto estaba a la puerta con varios muchachos y Simón Moonan
le estaba atando las mangas falsas del hábito de los jesuitas ingleses.
Estaba contando algo acerca de Tullabeg.
Por fin se marchó de la puerta y Wells se acercó a Stephen y le dijo:
—Dinos, Dédalus, ¿besas tú a tu madre por la noche antes de irte a la
cama?
Stephen contestó:
—Sí.
Wells se volvió a los otros y dijo:
—Mirad, aquí hay uno que dice que besa a su madre todas las noches
antes de irse a la cama.
Los otros chicos pararon de jugar y se volvieron para mirar, riendo.
Stephen se sonrojó ante sus miradas y dijo:
—No, no la beso.
Wells dijo:
—Mirad, aquí hay uno que dice que él no besa a su madre antes de irse
a la cama.
Todos se volvieron a reír. Stephen trató de reír con ellos. En un momento,
se azoró y sintió una oleada de calor por todo el cuerpo. ¿Cuál
era la debida respuesta? Había dado dos y, sin embargo, Wells se reía.
Pero Wells debía saber cuál era la respuesta, porque estaba en tercero de
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gramática. Trató de pensar en la madre de Wells, pero no se atrevía a
mirarle a él a la cara. No le gustaba la cara de Wells. Wells había sido el
que le había tirado a la fosa el día anterior porque no había querido cambiar
su cajita de rapé por la castaña pilonga de Wells, por aquella castaña
vencedora en cuarenta partidos. Había sido una villanía: todos los chicos
lo habían dicho. ¡Y qué fría y qué viscosa estaba el agua! Y un muchacho
había visto una vez una rata muy grande saltar y ¡plum! zambullirse
de cabeza en el légamo.
La viscosidad fría del foso le cubría todo el cuerpo; y cuando sonó la
campana para el estudio y las divisiones salieron de los salones de recreo,
sintió dentro de la ropa el aire frío del tránsito y de la escalera. Todavía
trató de pensar cuál era la verdadera contestación. ¿Estaba bien
besar a su madre o estaba mal? Y, ¿qué significaba aquello, besar? Poner
la cara hacia arriba, así, para decir buenas noches y que luego su madre
inclinara la suya. Eso era besar. Su madre ponía los labios sobre la mejilla
de él; aquellos labios eran suaves y le humedecían la cara; y luego
hacían un ruidillo muy pequeño: be-so. ¿Por qué se hacía así con la cara?
Sentado ya en el salón de estudio, abrió la tapa de su pupitre y cambió
el número que estaba pegado dentro de 77 en 76. Pero las vacaciones
de Navidad estaban muy lejos todavía; y sin embargo, habían de llegar,
porque la tierra giraba siempre.
Había un grabado de la tierra en la primera página de la Geografía:
una pelota muy grande entre nubes. Fleming tenía una caja de lápices y
una noche en el estudio libre había iluminado la tierra de verde y las nubes
de marrón. Era como los dos cepillos en el armario de Dante: el cepillo
con el respaldo verde para Parnell y el cepillo con el respaldo marrón
para Michael Davitt. Pero él no le había dicho a Fleming que las
pintara de aquellos colores: lo había hecho Fleming de por sí.
Abrió la Geografía para estudiar la lección, pero no se podía acordar
de los nombres de lugar de América. Y sin embargo, todos ellos eran sitios
diferentes que tenían diferentes nombres. Todos estaban en países
distintos y los países estaban en continentes y los continentes estaban en
el mundo y el mundo era el universo. Pasó las hojas de la Geografía
hasta llegar a la guarda y leyó lo que él había escrito allí. Allí estaban él,
su nombre y su residencia.
Stephen Dédalus
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Clase de Nociones
Colegio de Clongowes Wood
Sallins
Condado de Kildare
Irlanda
Europa
El Mundo
El Universo
Esto estaba escrito de su mano. Y Fleming había escrito por broma en
la página opuesta:
Stephen Dédalus es mi nombre
e Irlanda mi nación.
Clongowes donde yo vivo
y el cielo mi aspiración.
Leyó los versos del revés, pero así dejaban de ser poesía. Y luego leyó
de abajo a arriba lo que había en la guarda hasta que llegó a su nombre.
Aquello era él: y entonces volvió a leer la página hacia abajo. ¿Qué
había después del universo? Nada. Pero, ¿es que había algo alrededor del
universo para señalar dónde se terminaba, antes de que la nada comenzase?
No podía haber una muralla. Pero podría haber allí una línea muy
delgada, muy delgada, alrededor de todas las cosas. Era algo inmenso el
pensar en todas las cosas y en todos los sitios. Sólo Dios podía hacer
eso. Trataba de imaginarse qué pensamiento tan grande tendría que ser
aquél, pero sólo podía pensar en Dios. Dios era el nombre de Dios, lo
mismo que su nombre era Stephen. Dieu quería decir Dios en francés y
era también el nombre de Dios; y cuando alguien le rezaba a Dios y decía
Dieu, Dios conocía desde el primer momento que era un francés el
que estaba rezando. Pero aunque había diferentes nombres para Dios en
las distintas lenguas del mundo y aunque Dios entendía lo que le rezaban
en todas las lenguas, sin embargo, Dios permanecía siempre el mismo
Dios, y el verdadero nombre de Dios era Dios.
Se cansaba mucho pensando estas cosas. Le hacía experimentar la
sensación de que le crecía la cabeza. Pasó la guarda del libro y se puso a
mirar con aire cansado a la tierra verde y redonda entre las nubes marrón.
Se preguntaba qué era mejor: si decidirse por el verde o por el maJames
Joyce
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rrón, porque un día Dante había arrancado con unas tijeras el respaldo de
terciopelo verde del cepillo dedicado a Parnell y le había dicho que Parnell
era una mala persona. Se preguntaba si estarían discutiendo sobre
eso en casa. Eso se llamaba la política. Había dos partidos: Dante pertenecía
a un partido, y su padre y el señor Casey a otro, pero su madre y
tío Charles no pertenecían a ninguno. El periódico hablaba todos los días
de esto.
Le disgustaba el no comprender bien lo que era la política y el no saber
dónde terminaba el universo. Se sentía pequeño y débil. ¿Cuándo sería
él como los mayores que estudiaban retórica y poética? Tenían unos
vozarrones fuertes y unas botas muy grandes y estudiaban trigonometría.
Eso estaba muy lejos. Primero venían las vacaciones y luego el siguiente
trimestre, y luego vacación otra vez y luego otro trimestre y luego otra
vez vacación. Era como un tren entrando en túneles y saliendo de ellos y
como el ruido de los chicos al comer en el refectorio, si uno se tapa los
oídos y se los destapa luego. Trimestre, vacación; túnel, y salir del túnel;
ruido y silencio. ¡Qué lejos estaba! Lo mejor era irse a la cama y dormir.
Sólo las oraciones en la capilla, y, luego, la cama. Sintió un escalofrío y
bostezó. ¡Qué bien se estaría en la cama cuando las sábanas comenzaran
a ponerse calientes! Primero, al meterse, estaban muy frías. Le dio un
escalofrío de pensar lo frías que estaban al principio. Pero luego se ponían
calientes y uno se dormía. ¡Qué gusto daba estar cansado! Bostezó
otra vez. Las oraciones de la noche y luego la cama: sintió un escalofrío
y le dieron ganas de bostezar. ¡Qué bien se iba a estar dentro de unos
minutos! Sintió un calor reconfortante que se iba deslizando por las sábanas
frías, cada vez más caliente, más caliente, hasta que todo estaba
caliente. ¡Caliente, caliente!; y sin embargo, aún tiritaba un poco y seguía
sintiendo ganas de bostezar.
La campana llamó a las oraciones de la noche y él salió del salón de
estudio en fila detrás de los demás; bajó la escalera y siguió a lo largo de
los tránsitos hacia la capilla. Los tránsitos estaban escasamente alumbrados
y lo mismo la capilla. Pronto, todo estaría obscuro y dormido. En la
capilla había un ambiente nocturno y frío y los mármoles tenían el color
que el mar tiene por la noche. El mar estaba frío día y noche. Pero estaba
más frío de noche. Estaba frío y obscuro debajo del dique, junto a su casa.
Mas la olla del agua estaría al fuego para preparar el ponche.
El prefecto estaba rezando casi por encima de su cabeza y él se sabía
de memoria las respuestas:
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Oh, señor, abre nuestros labios:
y nuestras bocas anunciarán tus alabanzas.
¡Dígnate venir en nuestra ayuda, oh, Dios!
¿Oh, Señor, apresúrate a socorrernos!
Había en la capilla un frío olor a noche. Pero era un olor santo. No
era como el olor de los aldeanos viejos que se ponían de rodillas a la
parte de atrás en la misa de los domingos. Aquél era un olor a aire, a lluvia,
a turba, a pana. Pero eran unos aldeanos muy piadosos. Le echaban
el aliento sobre el cogote desde detrás y suspiraban al rezar. Decía un
chico que vivían en Clane: había allí unas cabañitas, y él había visto una
mujer a la puerta de una cabaña al pasar en los coches viniendo de Sallins.
¡Qué bien, dormir una noche en aquella cabaña, ante el humeante
fuego de turba, en la obscuridad iluminada por el hogar, en la obscuridad
caliente, respirando el olor de los aldeanos, aire y lluvia y turba y pana!
Pero ¡oh!: ¡qué obscuro se hacia el camino hacia allá, entre los árboles!
Se perdería uno en la obscuridad. Le daba miedo de pensar lo que sería.
Oyó la voz del prefecto que decía la última oración, y él rezó también
para librarse de la obscuridad de afuera, bajo los árboles.
Visita, te lo rogamos, oh, Señor, esta vivienda y aparta de ella todas
las asechanzas del enemigo. Vivan tus ángeles aquí para conservarnos
en paz; y sea tu bendición siempre sobre nosotros, por Cristo Nuestro
Señor. Amén.
Le temblaban los dedos al desnudarse en el dormitorio. Les mandó
que se dieran prisa. Para no irse al infierno cuando muriera, era necesario
desnudarse y luego arrodillarse y decir sus oraciones particulares y
estar en la cama antes de que bajaran el gas. Se sacó las medias, se puso
rápidamente el camisón de dormir, se arrodilló al lado de la cama y repitió
de prisa sus oraciones, temiendo a cada paso que iban a apagar el
gas. Sintió que se le estremecían las espaldas, mientras murmuraba:
Bendice, oh Dios, a mis padres y consérvamelos,
bendice, oh Dios, a mis hermanitos y consérvamelos,
bendice, oh Dios, a Dante y a tío Charles y consérvamelos.
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Se santiguó y trepó rápidamente a la cama, enrollando el extremo del
camisón entre los pies, haciéndose un ovillo bajo las frías sábanas blancas,
estremeciéndose, tintando. Pero no iría al infierno cuando se muriera;
y se le pasaría el tiritón. Alguien daba las buenas noches a los muchachos
desde el dormitorio. Miró un momento por encima del cobertor
y vio alrededor de la cama las cortinas amarillas que le aislaban por todas
partes. La luz bajó pasito.
Los zapatos del prefecto se marcharon. ¿Adonde? ¿Escaleras abajo y
por los tránsitos, o a su cuarto situado al extremo del dormitorio? Vio la
obscuridad. ¿Sería cierto lo del perro negro que se paseaba allí por la
noche con unos ojos tan grandes como los faroles de un carruaje? Decían
que era el alma en pena de un asesino. Un largo escalofrío de miedo
le refluyó por el cuerpo. Veía el obscuro vestíbulo de entrada del castillo.
En el cuarto de plancha, en lo alto de la escalera, había unos criados
viejos vestidos con trajes antiguos. Era hacía mucho tiempo. Los criados
viejos estaban inmóviles. Allí había lumbre, pero el vestíbulo estaba
obscuro. Un personaje subía, viniendo del vestíbulo, por la escalera.
Llevaba el manto blanco de mariscal; su cara era extraña y pálida; se
apretaba con una mano el costado. Miraba con unos ojos extraordinarios
a los criados. Ellos le miraban también, y al ver la cara y el manto de su
señor, comprendían que venía herido de muerte. Pero sólo era a la obscuridad
a donde miraban: sólo al aire obscuro y silencioso. Su amo había
recibido la herida de muerte en el campo de batalla de Praga, muy lejos,
al otro lado del mar. Estaba tendido sobre el campo; con una mano se
apretaba el costado. Su cara era extraña y estaba muy pálida. Llevaba el
manto blanco de mariscal.
¡Qué frío daba, qué extraño era el pensar en esto! Toda la obscuridad
era fría y extraña. Había allí caras extrañas y pálidas, ojos grandes como
faroles de carruaje. Eran las almas en pena de los asesinos, las imágenes
de los mariscales heridos de muerte en los campos de batalla, muy lejos,
al otro lado del mar. ¿Qué era lo que querían decir con aquellas caras tan
raras?
Visita, te lo rogamos, ¡oh Señor!, esta vivienda y aparta de ella todas…
¡Irse a casa de vacaciones! Debía ser algo magnífico: se lo habían dicho
los chicos. Montar en los coches una mañana de invierno, tempraRetrato
del artista adolescente
15
nito, a la puerta del castillo. Los coches rodaban sobre la grava. ¡Vivas
al rector!
¡Hurra! ¡Hurra! ¡Hurra!
Los coches pasaban por delante de la capilla y todas las cabezas se
descubrían. Corrían alegremente por los caminos, entre los campos. Los
conductores señalaban con el látigo hacia Bodenstown. Los chicos lanzaban
alegres aclamaciones. Pasaban por la granja del Alegre Granjero.
Vivas y gritos y aclamaciones. Pasaban por Clane gritando y alborotando.
Las aldeanas estaban a las puertas; los hombres, esparcidos aquí y
allá. Un olor delicioso flotaba en el aire invernal: el olor de Clane, a lluvia
y a aire invernizo y a rescoldo de turba y a pana.
El tren estaba lleno de chicos. Un tren largo, largo, de chocolate, con
paramentos de crema. Los empleados iban de un lado a otro, cerrando y
abriendo las portezuelas. Estaban vestidos de azul obscuro y plata; tenían
silbatos de plata y sus llaves hacían un ruido rápido: clic-clac, clicclac.
Y el tren corría sobre las tierras llanas y pasaba la colina de Allen.
Los postes del telégrafo iban pasando, pasando. El tren seguía y seguía.
¡Sabía bien por dónde! Había faroles en el vestíbulo de su casa y guirnaldas
de ramos verdes. Ramos de acebo y yedra alrededor del gran espejo;
y acebo y yedra, rojo y verde, entrelazados por entre las lámparas.
Acebo y yedra verde, alrededor de los antiguos retratos de las paredes.
Acebo y yedra, por ser las Navidades y por venir de él.
Delicioso…
Toda la familia. ¡Bienvenido, Stephen! Algazara de bienvenida. Su
madre le besa. ¿Está eso bien? Su padre es ahora un mariscal: más que
un magistrado. ¡Bienvenido, Stephen!
Ruidos…
Había un ruido de anillas de cortina que se corren a lo largo de las barras,
y de agua vertida en jofainas. Había en el dormitorio un ruido de
gente que se levanta y se viste y se lava. Un ruido de palmadas: el prefecto
que pasaba de un lado a otro excitando a los chicos para que avivasen.
La luz de un sol pálido dejaba ver las cortinas separadas y las camas
revueltas. Su cama estaba muy caliente, y él tenía la cara y el cuerpo ardiendo.
Se levantó y se sentó en el borde de la cama. Estaba débil. Trató
de ponerse las medias. Se sentía horriblemente mal. La luz del sol era
fría y extraña. Fleming le dijo: —¿No estás bueno? No lo sabía. Fleming
añadió:
James Joyce
16
—Vuélvete a la cama. Le voy a decir a Me Glade que no estás bueno.
—Está enfermo. —¿Quién?
—Díselo a Me Glade. —Vuélvete a la cama.
—¿Es que está enfermo?
Un chico sostuvo sus brazos mientras se soltaba la media que colgaba
del pie, y se metió de nuevo en la cama. Se arrebujó entre las sábanas,
halagado por el tibio calor del lecho. Oía a los chicos que hablaban de él,
mientras se vestían para ir a misa: Estaban diciendo que había sido una
cobardía el empujarle así dentro de la fosa.
Después cesaron las voces; se habían ido. Una voz sonó al lado de su
cama:
—Oye, ¿no nos irás a acusar, verdad? Aquella era la cara de Wells.
Le miró y notó que Wells tenía miedo.
—No fue con intención. ¿Seguro que no lo harás? Su padre le había
dicho que nunca acusara a un compañero, hiciera lo que hiciera. Meneó
la cabeza, dijo que no, y se sintió satisfecho. Wells dijo:
—No fue con intención, palabra de honor. Fue sólo por broma. Lo
siento.
Lo sentía porque tenía miedo. Miedo de que fuese alguna enfermedad.
Cancro era una enfermedad de plantas; cáncer, de animales. Cáncer
u otra distinta. Eso era hace mucho tiempo, fuera, en los campos de recreo,
a la luz del atardecer, arrastrándose de un lado a otro, en el extremo
de su línea, un pájaro pesado volaba bajo, a través de la luz gris. Se iluminó
la Abadía de Leicester. Wolsey murió allí. Los mismos abades fueron
quienes le enterraron.
No era la cara de Wells, era la del prefecto. No eran marrullerías. No,
no: estaba malo realmente. No eran marrullerías. Y sintió la mano del
prefecto sobre su frente. Y sintió el contraste de su frente calurosa y húmeda,
contra la mano húmeda y fría del prefecto. Así debía de ser la sensación
que diera una rata: viscosa, fría, húmeda. Las ratas tenían dos ojillos
atisbones. Una piel suave y viscosa, unas patitas diminutas encogidas
para el salto y unos ojos negros, viscosos y atisbones. ¡Bien que sabían
saltar! Pero las inteligencias de las ratas no podían saber trigonometría.
Cuando estaban muertas, se quedaban tendidas de costado. Se les
secaba la piel. Y ya no eran más que cosas muertas.
El prefecto estaba allí otra vez y su voz estaba diciendo que se tenía
que levantar, que el Padre Ministro había dicho que se tenía que levantar
y vestir e ir a la enfermería. Y mientras se estaba vistiendo todo lo de
Retrato del artista adolescente
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prisa que podía, el prefecto añadió:
—¡Tenemos que largarnos a visitar al hermano Michael porque nos
ha entrado mieditis!
Se portaba muy bien el prefecto. Porque le decía aquello sólo por hacerle
reír. Pero no se pudo reír porque le tembleteaban las mejillas y los
labios. Así es que el prefecto se tuvo que reír él solo.
El prefecto gritó:
—¡Paso ligero! ¡Pata de paja! ¡Pata de heno!
Bajaron juntos la escalera, siguieron por el tránsito y pasaron los baños.
Al pasar por la puerta, Stephen recordó con un vago terror el agua
tibia, terrosa y estancada, el aire húmedo y tibio, el ruido de los chapuzones,
el olor, como de medicina, de las toallas.
El hermano Michael estaba a la puerta de la enfermería, y por la
puerta del obscuro gabinete, a su derecha, venía un olor como a medicina.
Era de los botes que había en los estantes. El prefecto habló con el
hermano Michael y el hermano, al contestarle, le llamaba señor. Tenía el
pelo rojizo, veteado de gris, y una expresión extraña. Era curioso que tuviera
que seguir siempre siendo hermano. Y era curioso que no se le pudiera
llamar señor porque era hermano y porque tenía un aspecto distinto
de los otros. ¿Es que no era bastante santo, o por qué no podía llegar a
ser lo que los demás?
Había dos camas en la habitación y en una estaba un chico, que cuando
los vio entrar, exclamó:
—¡Anda! ¡Si es el peque de Dédalus! ¿Qué te trae por aquí?
—Las piernas le traen —dijo el hermano Michael.
Era un alumno de tercero de gramática. Mientras Stephen se desnudaba,
el otro le pidió al hermano Michael que le trajera una rebanada de
pan tostado con manteca.
—¡Ande usted! —suplicó.
—¡Sí, sí, manteca! —dijo el hermano Michael—. Lo que te vamos a
dar van a ser tus papeles. Y esta misma mañana, tan pronto como venga
el doctor.
—¿Sí? —dijo el chico—. ¡Si no estoy bueno todavía!
El hermano Michael repitió:
—Te daremos tus papeles. Te lo aseguro.
Se agachó para atizar el fuego. Tenía los lomos largos, como los de
un caballo del tranvía. Meneaba el atizador gravemente y le decía que sí
con la cabeza al de tercero de gramática.
James Joyce
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Después se marchó el hermano Michael. Y al cabo de un rato, el chico
de tercero de gramática se volvió hacia la pared y se quedó dormido.
Aquello era la enfermería. Luego estaba enfermo. ¿Habían escrito a
casa para decírselo a sus padres? Pero sería más rápido que fuera uno de
los padres a decirlo. O si no escribiría él una carta para que la llevara el
padre.
Querida madre:
Estoy malo. Quiero ir a casa. Haz el favor de venir y llevarme
a casa. Estoy en la enfermería.
Tu hijo que te quiere,
Stephen
¡Qué lejos estaban! Había un sol frío al otro lado de la ventana. Pensaba
si se iría a morir. Se podía uno morir lo mismo en un día de sol. Se
podía morir antes de que viniera su madre. Entonces, habría una misa de
difuntos en la capilla como la vez que le habían contado los chicos,
cuando se había muerto Little. Todos los alumnos asistirían a la misa
vestidos de negro, todos con las caras tristes. Wells estaría también, pero
nadie querría mirarle. El rector iría vestido con una capa negra y de oro,
y habría grandes cirios amarillos ante el altar y alrededor del catafalco.
Y sacarían lentamente el ataúd de la capilla y le enterrarían en el pequeño
cementerio de la comunidad al otro lado de la gran calle de tilos.
Y Wells sentiría entonces lo que había hecho. Y la campana doblaría
lentamente.
La oía doblar. Y se recitaba la canción que Brígida le había enseñado.
¡Din-dón! ¡La campana del castillo!
¡Madre mía, adiós!
Que me entierren en el viejo cementerio
junto a mi hermano mayor.
Que sea negra la caja.
Seis ángeles detrás vayan:
dos para cantar, dos para rezar
y dos para que se lleven mi alma a volar.
¡Qué hermoso y qué triste era aquello! ¡Qué hermosas las palabras
cuando decía: Que me entierren en el viejo cementerial Un estremeciRetrato
del artista adolescente
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miento le pasó por el cuerpo. ¡Qué triste y qué hermoso! Le daban ganas
de llorar mansamente, pero no de llorar por él, de llorar por aquellas palabras
tristes y hermosas como música. ¡La campana! ¡La campana!
¡Adiós! ¡Oh, adiós!
La fría luz solar era aún más débil y el hermano Michael estaba a la
cabecera de la cama con un cuenco de caldo. Le vino bien, porque tenía
la boca ardiente y seca. Les oía jugar en los campos de recreo. Y la distribución
del día continuaba en el colegio como si él estuviera allí.
El hermano Michael iba a salir y el muchacho de tercero de gramática
le dijo que no dejara de volver para contarle las noticias del periódico.
Luego le dijo a Stephen que su nombre era Athy y que su padre tenía la
mar de caballos de carreras que saltaban pistonudamente; y que su padre
le daría una buena propina al hermano Michael siempre que lo necesitase,
porque era bueno para con él y porque le contaba las noticias del periódico
que se recibía todos los días en el castillo. Había noticias de todas
clases en el periódico: accidentes, naufragios, deportes y política.
—Ahora los periódicos no traen más que cosas de política —dijo—.
¿Hablan también en tu casa de eso?
—Sí —dijo Stephen.
—En la mía también —dijo él.
Después se quedó pensando un rato, y añadió:
—Dédalus, tú tienes un apellido muy raro, y el mío es muy raro también.
Mi apellido es el nombre de una ciudad. Tu nombre parece latín.
Después preguntó:
—¿Qué tal maña te das para acertijos?
Stephen contestó:
—No muy buena.
El otro dijo:
—A ver si me puedes acertar éste: ¿En qué se parecen el condado de
Kildare y la pernera de los pantalones de un muchacho?
Stephen estuvo pensando cuál podría ser la respuesta y luego dijo:
—Me doy por vencido.
—En que los dos contienen "un muslo". ¿Comprendes el chiste?
Athy es la ciudad del condado de Kildare y a thigh (un muslo) lo que
hay en una pernera.
—¡Ah, ya caigo! —dijo Stephen.
—Es un acertijo muy viejo —dijo el otro.
Y después de un momento:
James Joyce
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—¡Oye!
—¿Qué? —dijo Stephen.
—¿Sabes? Se puede preguntar ese acertijo de otro modo.
—¿Se puede? —dijo Stephen.
—El mismo acertijo. ¿Sabes la otra manera de preguntarlo?
—No.
—¿No te puedes imaginar la otra forma?
Y miraba a Stephen por encima de las ropas de la cama mientras hablaba.
Después se reclinó sobre la almohada y dijo:
—Hay otra manera, pero no te la quiero decir.
¿Por qué no lo decía? Su padre, que tenía una cuadra de caballos de
carreras, debía de ser también magistrado como el padre de Saurín y el
de Roche el Malo. Pensó en su propio padre, en las canciones que cantaba
mientras su madre tocaba, y en cómo le daba un chelín cada vez que
le pedía seis peniques, y sintió pena por él porque no era magistrado
como los padres de los otros chicos. Entonces, ¿por qué le había mandado
a él allí con ellos? Pero su padre le había dicho que no se sentiría extraño
allí porque en aquel mismo sitio su tío abuelo había dirigido una
alocución al libertador, hacía cincuenta años. Se podía reconocer a la
gente de aquella época por los trajes antiguos. Y se preguntaba si era en
aquel tiempo cuando los estudiantes de Clongowes llevaban trajes azules
con botones de latón y chalecos amarillos y gorras de piel de conejo y
bebían cerveza como la gente mayor y tenían traíllas de galgos para correr
liebres.
Miró a la ventana y vio que la luz del día se había hecho más débil.
En los campos de juego debía de haber una luz nubosa y gris. Ya no se
oía ruido. Debían de estar en clase haciendo los temas o tal vez el Padre
Arnall les estaba leyendo.
Era raro que no le hubiesen dado ninguna medicina. Tal vez se las
traería el hermano Michael cuando volviera. Le habían dicho que cuando
se estaba en la enfermería había que beber muchos mejunjes repugnantes.
Pero ahora se sentía mejor. Sería una cosa que estaría muy bien, irse
poniendo bueno, poquito a poco. En ese caso, le darían un libro. En la
biblioteca había un libro que trataba de Holanda. Tenía unos nombres
extranjeros encantadores y dibujos de ciudades de aspecto muy raro y de
barcos. ¡Se ponía uno tan contento de verlos!
¡Qué pálida, la luz, en la ventana! Pero hacía muy bonito. El resplandor
del fuego subía y bajaba por la pared. Hacía como las olas. Alguien
Retrato del artista adolescente
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había echado carbón y él había sentido que hablaban. Estaban hablando.
Era el ruido de las olas. O quizá las olas estaban hablando entre sí, al subir
y al bajar.
Vio el mar de olas, de amplias olas obscuras que se levantaban y
caían, obscuras bajo la noche sin luna. Una lucecilla brillaba al final de
la escollera, por donde el barco estaba entrando. Y vio una muchedumbre
congregada a la orilla del agua para ver el barco que entraba en el
puerto. Un hombre alto estaba de pie sobre cubierta mirando hacia la tierra
obscura y llana. A la luz de la escollera se le podía ver la cara: era la
cara triste del hermano Michael.
Le vio levantar la mano hacia la multitud y le oyó decir por encima
de las aguas, con voz potente y triste:
—Ha muerto. Le hemos visto yacer tendido sobre el catafalco.
Un gemido de pena se elevó de la muchedumbre.
—¡Parnell! ¡Parnell! ¡Ha muerto!
Todos cayeron de rodillas, sollozando de dolor.
Y vio a Dante con un traje de terciopelo marrón y con un manto de
terciopelo verde pendiente de los hombros, que se alejaba, altiva y silenciosa,
por entre la muchedumbre, arrodillada a la orilla del mar.
En el hogar llameaba una gran fogata roja, bien apilada contra el muro;
y bajo los brazos adornados con yedra de la lámpara, estaba puesta la
mesa de Navidad. Habían venido a casa un poco tarde y, sin embargo, la
cena no estaba lista aún. Pero su madre había dicho que iba a estar en un
periquete. Estaban esperando a que se abriera la puerta del comedor y
entraran los criados llevando las grandes fuentes tapadas con sus pesadas
coberteras de metal.
Todos estaban esperando: tío Charles, sentado lejos, en lo obscuro de
la ventana; Dante y míster Casey, en sendas butacas, a ambos lados del
hogar; Stephen, entre ellos, en una silla y con los pies apoyados sobre un
requemado taburete. Míster Dédalus se estuvo mirando un rato en el espejo
de encima de la chimenea, atusándose las guías de los bigotes, y
luego se quedó en pie, vuelto de espaldas al hogar y con las manos metidas
por la abertura de atrás de la chaqueta, no sin que de vez en cuando
retirara una para darse un último toque a los bigotes.
Míster Casey inclinaba la cabeza hacia un lado, sonriendo, y se daba
golpecitos con los dedos en la nuez. Y Stephen sonreía también porque
James Joyce
22
ahora sabía ya que no era verdad que míster Casey tuviera una bolsa de
plata en la garganta. Se reía de pensar cómo le había engañado aquel
ruido argentino que míster Casey acostumbraba a hacer. Y una vez que
había intentado abrirle la mano para ver si es que tenía escondida allí la
bolsa de plata, había visto que no se le podían enderezar los dedos. Y
míster Casey le había dicho que aquellos dedos se le habían quedado
agarrotados de una vez que había querido hacerle un regalito a la Reina
Victoria, por sus días.
Míster Casey se golpeaba la nuez y le sonreía a Stephen con ojos soñolientos.
Míster Dédalus comenzó a hablar.
—Sí. Bien, bueno está. ¡Oh!, nos hemos dado un buen paseo, ¿no es
verdad, John? Sí… No hay nada comparable a la cena de esta noche.
Sí… Bien, bien: nos hemos ganado hoy una buena ración de ozono,
dando la vuelta a la Punta. ¡Vaya que sí!
Se volvió hacia Dante, y dijo:
—¿Usted no se ha movido en todo el día, mistress Riordan?
Dante frunció el entrecejo, y respondió escuetamente:
—No.
Míster Dédalus abandonó los faldones de su chaqueta, y se dirigió
hacia el aparador. Sacó de él un gran frasco de barro lleno de whisky, y
comenzó a echar lentamente el líquido en una botella de mesa, inclinándose
de vez en cuando para ver si había vertido bastante. Después volvió
a colocar el frasco en su cajón, echó un poquito de whisky en dos vasos,
añadió algo de agua y volvió con ellos a la chimenea.
—John, una dedalada de whisky —dijo—. Únicamente para abrir el
apetito.
Míster Casey cogió el vaso, bebió, y lo colocó cerca de sí, sobre la
repisa de la chimenea. Después dijo:
—Pues bien: no puedo dejar de pensar en cómo nuestro amigo
Christopher fabrica…
Le dio un ataque de risa y tos, hasta que pudo continuar:
—…fabrica el champán para la gente aquella.
Míster Dédalus se echó a reír ruidosamente.
—¿Se trata de Christy? —dijo—. Hay más astucia en una sola de
aquellas verrugas de su calva, que en toda una manada de zorras.
Inclinó la cabeza, cerró los ojos y, después de haberse lamido a su
sabor los labios, comenzó a hablar, imitando la voz del dueño del hotel.
—Y pone una boca tan dulce cuando le está hablando a usted, ¿sabe
Retrato del artista adolescente
23
usted? Parece que le está chorreando la baba por el papo, así Dios le salve.
Míster Casey estaba aún debatiéndose entre su ataque de risa y tos.
Stephen se echó a reír al ver y escuchar al hotelero a través de la voz de
su padre.
Míster Dédalus se colocó el monóculo y, bajando la vista hacia él,
dijo con tono tranquilo y afable:
—¿De qué te estás riendo tú, muñeco?
Entraron los criados y colocaron las fuentes sobre la mesa. Tras ellos
entró mistress Dédalus, quien, una vez hecha la distribución de los sitios,
dijo:
—Siéntense ustedes.
Míster Dédalus se adelantó hasta la cabecera de la mesa y dijo:
—Vamos, mistress Riordan, siéntese usted.
Volvió la vista hacia el sitio donde tío Charles estaba sentado, y le
llamó:
—¡Eh, señor!: que aquí hay un ave que está esperando por usted.
Cuando todos hubieron ocupado sus sitios, colocó una mano sobre la
cubierta de la fuente; mas la retiró de pronto y dijo:
—¡Vamos, Stephen!
Stephen se levantó de su asiento y dijo el Benedicite:
—Bendícenos, Señor, y a estos tus dones, que de tu liberalidad vamos
a recibir, por Cristo, Nuestro Señor. Amén.
Todos se santiguaron y míster Dédalus, dando un suspiro de satisfacción,
levantó la tapadera de la fuente, toda perlada de gotitas brillantes
alrededor del borde.
Stephen contemplaba el pavo cebón que había visto yacer atado con
bramante y espetado sobre la mesa de la cocina. Sabía que su padre había
pagado por él una guinea en la tienda de Dunn, el de D'Olier Street,
y recordaba cómo el vendedor había sobado y resobado el esternón del
ave para mostrar su buena calidad, y también la voz del hombre cuando
decía:
—Lleve usted éste, señor. Es cosa superior.
¿Por qué razón acostumbraba a llamar míster Barret en Clongowes
"mi pava" a su palmeta? Pero Clongowes estaba muy lejos, y el tibio y
denso olor del pavo, del jamón y del apio se elevaba de los platos y de la
fuente, y en el hogar llameaba un gran fuego rojo, bien apilado contra la
pared de la chimenea; y la yedra verde y el acebo encarnado ¡le hacían
James Joyce
24
sentirse a uno tan feliz! Y luego, al acabarse la cena, entrarían el gran
plum-pudding, tachonado de almendras peladas, todo rodeado de llamitas
azules oscilantes alrededor, de aquí para allá y con su banderita verde
flameante en la cima.
Era su primera cena de Navidad y pensaba en sus hermanitos y sus
hermanitas, recluidos en el cuarto de los niños, esperando, como él tantas
veces lo había hecho, a que llegase la hora del pudding. Su amplio
cuello bajo y su chaquetilla de colegial le hacían extrañarse de sí mismo
y sentirse más hombre. Y aquella misma mañana, cuando su madre le
había conducido a la sala vestido para misa, su padre se había echado a
llorar. Era porque le había recordado a su propio padre. Y tío Charles
había dicho lo mismo.
Míster Dédalus cubrió la fuente y comenzó a devorar. Al cabo de un
rato, dijo:
—¡Vaya con el pobre Christy! Ahí le tenéis, doblegado con el peso
de tanta truhanería.
—Simón —dijo mistress Dédalus—, mira que no has servido salsa a
mistress Riordan.
Míster Dédalus cogió la salsera.
—¿Es posible? —exclamó—. Mistress Riordan, tenga usted compasión
de este pobre ciego.
Dante puso ambas manos sobre el plato y dijo:
—No; gracias.
Míster Dédalus se volvió entonces hacia tío Charles.
—¿Cómo anda usted de todo, señor?
—Ando que ni una locomotora, Simón.
—¿Y tú, John?
—Perfectamente. Preocúpate de ti mismo.
—¿Mary?… Mira, Stephen, aquí hay algo para que se te
rice el pelo.
Vertió salsa en abundancia en el plato de Stephen y volvió a colocar
la salsera sobre la mesa. Después preguntó a tío Charles si estaba tierno.
Tío Charles no pudo contestar porque tenía la boca llena. Pero hizo signos
con la cabeza de que sí lo estaba.
—Ha sido una respuesta de primera —dijo míster Dédalus— la que
nuestro común amigo ha dado al canónigo. ¿Qué
les parece?
—Yo no creí que se le pudiera ocurrir otro tanto —dijo míster Casey.
Retrato del artista adolescente
25
—Padre, yo pagaré los diezmos cuando ustedes dejen de convertir la
casa de Dios en una agencia electoral.
—Una respuesta muy bonita —dijo Dante—, para ser dada a un sacerdote
por cualquiera que se llame católico.
—Ellos son los que se tienen la culpa —dijo con tono suave míster
Dédalus—. El más lerdo les había de decir que se redujeran estrictamente
a los asuntos religiosos.
—Eso es religión también —dijo Dante—. Cumplen con su deber
previniendo al pueblo.
—A lo que vamos a la casa de Dios —intervino míster Casey—, es a
rogar humildemente a nuestro Criador y no a escuchar arengas electorales.
—Eso es religión también —volvió a afirmar Dante—. Hacen bien.
Están obligados a dirigir sus ovejas.
—Pero, ¿es religión el hacer política desde el altar? —preguntó míster
Dédalus.
—Ciertamente —contestó Dante—. Es una cuestión de moralidad
pública. Un sacerdote dejaría de ser sacerdote si dejara de advertir a sus
fieles qué es lo bueno y qué es lo malo.
Mistress Dédalus abandonó sobre el plato el cuchillo y el tenedor para
decir:
—Por el amor de Dios, por el amor de Dios, no nos metamos en discusiones
políticas en este día único entre todos los días del año.
—Me parece muy bien, señora —dijo tío Charles—. ¡Vamos, Simón,
ya es bastante! Ni una palabra más sobre el asunto.
—Sí, sí —dijo rápidamente míster Dédalus.
Destapó impetuosamente la fuente y añadió:
—Vamos a ver: ¿quién quiere más pavo?
Nadie contestó. Dante volvió a insistir:
—¡Bonito lenguaje en boca de un católico!
—Mistress Riordan, le suplico —dijo mistress Dédalus— que deje ya
el asunto en paz.
Dante se volvió hacia ella y exclamó:
—¿Pero es que he de estar aquí sentada con toda calma oyendo que
se hace mofa de los pastores de mi Iglesia?
—Nadie tendrá lo más mínimo que decir contra ellos, simplemente
con que se reduzcan a no mezclarse en política —dijo míster Dédalus.
—Los obispos y los sacerdotes de Irlanda han hablado —dijo DanJames
Joyce
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te—. Hay que obedecerlos.
—Que abandonen la política —agregó míster Casey—, o el pueblo
abandonará su Iglesia.
—¿Oye usted? —exclamó Dante, volviéndose hacia mistress Dédalus.
—¡Míster Casey! ¡Simón! ¡Vamos a dejarlo ya de una vez!
—¡Demasiado fuerte! ¡Demasiado fuerte! —dijo tío Charles.
—Pero, ¿qué? ¿Es que habíamos de hacerle traición sólo porque nos
lo mandaran los ingleses?
—Se había hecho indigno del mando —dijo Dante—. Era un pecador
público.
—Todos somos pecadores, y empecatados pecadores —masculló
fríamente míster Casey.
—¡Ay de aquel por quien el escándalo se comete! —dijo mistress
Riordan—. Más le valdría atarse una rueda de molino al cuello y ser
arrojado a los profundos del mar antes que escandalizar a uno de mis
pequeñuelos. Tal es el lenguaje del Espíritu Santo.
—Y muy mal lenguaje, si he de decir mi opinión —dijo con frialdad
míster Dédalus.
—¡Simón! ¡Simón! —exclamó tío Charles—. ¡El niño!
—Sí, sí —dijo míster Dédalus—. Quería decir el… Estaba pensando
en el mal lenguaje de aquel mozo de estación. Bueno, perfectamente.
¡Vamos a ver, Stephen! Enséñame tu plato, barbián. Toma: cómete eso.
Llenó hasta los bordes el plato de Stephen y sirvió grandes pedazos
de pavo y chorreones de salsa a tío Charles y a míster Casey. Mistress
Dédalus comía poco. Y Dante estaba sentada con las manos sobre la falda:
tenía la cara arrebatada. Míster Dédalus desenterró algo con el cubierto
en un extremo de la fuente y dijo:
—Aquí hay un pedazo suculento al que se suele llamar el obispillo.
Si alguna señora o caballero…
Y sostenía un pedazo de ave en la punta del trinchante. Nadie habló.
Se lo puso en su propio plato diciendo:
—Bueno, no podrán ustedes decir que no se lo he ofrecido. Pero creo
que haré mejor comiéndolo yo mismo, porque no me encuentro muy
bien de salud de algún tiempo a esta parte.
Le guiñó un ojo a Stephen y volviendo a colocar la tapadera se puso a
comer de nuevo.
Todos permanecieron callados mientras él comía. Al cabo de un rato
Retrato del artista adolescente
27
dijo:
—Por fin ha acabado el día con buen tiempo. Y han venido la mar de
forasteros a la ciudad.
Todo el mundo continuaba callado. Volvió a hablar de nuevo:
—Creo que han venido más forasteros este año que las últimas Navidades.
Pasó revista a las caras de los demás y las encontró inclinadas sobre
los platos. Y como no recibiera respuesta, esperó un momento, para decir
por fin amargamente:
—¡Vaya! Ya se me ha aguado la cena de Navidad.
—No puede haber ni buena suerte ni gracia en una casa en donde no
existe respeto para los pastores de la Iglesia.
Míster Dédalus arrojó ruidosamente el cuchillo y el tenedor sobre el
plato.
—¡Respeto! —dijo—. ¿A quién? ¿A Billy el Morrudo o al otro tonel
de tripas, al de Armagh? ¡Respeto!
—¡Príncipes de la Iglesia! —dijo míster Casey saboreando despectivamente
las palabras.
—Sí: el cochero de lord Leitrim —dijo míster Dédalus.
—Son los ungidos del Señor —exclamó Dante—. Son la honra de su
nación.
—Es un tonel de tripas —prorrumpió sin miramientos míster Dédalus—.
Bonita cara, sí, en visita. Pero tendrían ustedes que ver al amigo
atiforrándose de berzas con tocino un día de invierno. ¡Je, Johnny!
Contrajo sus facciones hasta darles una apariencia de crasa brutalidad,
mientras hacía un ruido hueco con los labios.
—Simón, de verdad que no deberías hablar de ese modo delante de
Stephen. No está bien.
—Bien que se acordará él cuando sea mayor —dijo acaloradamente
Dante—; bien que se acordará del lenguaje que oyó en su propia casa
contra Dios y contra la religión y sus ministros.
—Pues que se acuerde también —gritó míster Casey dirigiéndose a
Dante a través de la mesa—, que se acuerde también del lenguaje con el
que los sacerdotes y su cuadrilla remataron a Parnell y le llevaron a la
sepultura. Que se acuerde también de esto cuando sea mayor.
—¡Hijos de una perra! —gritó míster Dédalus—. Cuando estuvo caído,
se echaron sobre él como ratas de alcantarilla para traicionarle y
arrancarle la carne a pedazos. ¡Miserables perros! ¡Y que lo parecen!
James Joyce
28
¡Por Cristo, que lo parecen!
—Obraron rectamente —exclamó Dante—. Obedecían a sus obispos
y a sus sacerdotes. ¡Honor a ellos!
—Vaya, que es verdaderamente terrible el decir que no ha de haber ni
un solo día en el año —dijo mistress Dédalus— en el que nos podamos
ver libres de estas tremendas disputas.
Tío Charles levantó ambas manos tratando de imponer paz, y dijo:
—Vamos, vamos, vamos. ¿Pero es que no se puede seguir teniendo
nuestras ideas, sean las que fueren, sin usar esos modales y esas palabras
gruesas? Verdaderamente que es una desgracia.
Mistress Dédalus se inclinó para hablar a Dante en voz baja, pero
Dante contestó levantando la voz:
—No me he de callar. Defenderé mi Iglesia y mi religión siempre que
sean insultadas y escupidas por católicos renegados.
Míster Casey empujó rudamente su-plato hasta el centro de la mesa, e
hincando los codos delante de él, dijo con voz ronca a su huésped:
—¿Te he contado alguna vez la historia de aquel célebre escupitinajo?
—No, John, no me la has contado —contestó míster Dédalus.
—¿No? —dijo míster Casey—, pues es una historia la mar de instructiva.
Ocurrió no hace mucho tiempo en este mismo condado de Wicklow
en el cual nos encontramos ahora.
Se interrumpió de pronto y, volviéndose hacia Dante, dijo con reposada
indignación:
—Y le puedo decir a usted, señora, si es a mí a quien usted se refiere,
que yo no soy un católico renegado. Yo soy tan católico como eran mi
padre y el padre de mi padre y el padre del padre de mi padre, en aquellos
tiempos en que estábamos dispuestos a dar nuestras vidas antes que
traicionar nuestra fe.
—Pues más vergonzoso aún para usted —dijo Dante— el hablar como
usted lo hace ahora.
—¡La historia, John! —dijo míster Dédalus sonriente—. Conozcamos
esa historia antes que nada.
—¡Católico, católico! —repitió irónicamente Dante—. El más empecatado
protestante no hablaría con el lenguaje que yo he oído esta noche.
Míster Dédalus comenzó a menear la cabeza a un lado y otro canturreando
a la manera de un cantor rústico.
—Yo no soy protestante, se lo repito a usted —dijo míster Casey poRetrato
del artista adolescente
29
niéndose arrebatado.
Míster Dédalus seguía aún canturreando y meneando la cabeza; luego
se puso a entonar con unos a manera de gruñidos nasales:
Oh, vosotros, romanocatólicos
que jamás asististeis a misa.
Volvió a coger de nuevo el tenedor y el cuchillo y se dispuso a comer
dando señales de buen humor y mientras decía a míster Casey:
—Cuéntanos esa historia, John. Nos servirá para hacer la digestión
más fácilmente.
Stephen contemplaba con afecto la cara de míster Casey, el cual, desde
el otro lado de la mesa, miraba con fijeza al frente, por encima de sus
manos.
A Stephen le gustaba estar sentado cerca de la lumbre, contemplando
aquella cara sombría y torva. Pero los ojos miraban benignamente y la
despaciosa voz resultaba grata al oído. Y, entonces, ¿cómo era posible
que atacase a los sacerdotes? Porque Dante debía de tener razón. Y, sin
embargo, había oído decir a su padre que Dante era una monja fracasada
y que había salido del convento donde estaba en Alleghanies cuando su
hermano hizo dinero vendiéndoles a los salvajes baratijas y cacharros de
loza. Tal vez esa era la razón por la cual se mostraba tan severa con Parnell.
Y además no le gustaba que él jugase con Eileen, porque Eileen era
protestante, y cuando Dante era joven había conocido niños que jugaban
con protestantes y los protestantes se solían burlar de las letanías de la
Santísima Virgen. Torre de Marfil, solían decir, Casa de Oro: ¿cómo es
posible que una mujer pueda ser una torre de marfil o una casa de oro?
¿Pues, quién tenía razón entonces? Y recordó aquella tarde en la enfermería
de Clongowes, las aguas sombrías, la luz en la escollera y el gemido
de pena de la muchedumbre al escuchar la noticia.
Eileen tenía las manos largas y blancas. Y una vez, jugando a uno de
los juegos de niños, ella le había puesto las manos sobre los ojos: largas
y blancas y finas y frías y suaves.
Aquello era lo que era marfil: una cosa fría y blanca. Aquello era lo
que quería decir Torre de Marfil.
—La historia es sumamente corta y muy interesante —dijo míster
Casey—. Sucedió un día en Arklow, en un día de frío glacial, no mucho
tiempo antes de la muerte del jefe; ¡Dios tenga piedad de su alma!
James Joyce
30
Cerró con aire cansado los ojos e hizo una pausa. Míster Dédalus cogió
un hueso del plato y arrancó con los dientes un residuo de carne, diciendo:
—Querrás decir antes de que lo mataran.
Míster Casey abrió los ojos, suspiró y siguió adelante:
—Ello sucedió cierto día en Arklow. Habíamos ido allí a un mitin y
después del mitin tuvimos necesidad de abrirnos paso por entre la multitud
para llegar a la estación del ferrocarril. Seguramente no has oído en
tu vida un abucheo y unos alaridos semejantes. Nos llamaban todas las
cosas que se pueden llamar en este mundo. Y había allí entre la gente
una harpía vieja —y amiga del mosto que debía ser por cierto— que todos
sus insultos me los dedicaba a mí. Andaba todo el tiempo danzando
entre el barro en torno a mí, desgañitándose y gritándome a la cara:
¡Perseguidor del clero! ¡Los dineros de París! ¡Míster Fox! ¡Kitty
O'Shea!
—¿Y qué hacías tú? —preguntó míster Dédalus.
—Yo la dejaba que se desahogara a placer. Era un día de frío, y para
reconfortarme tenía (con el perdón de usted, señora) una brizna de tabaco
de Tullamore en la boca y, desde luego, no podía hablar palabra, porque
mi boca estaba llena de jugo de tabaco.
—¿Y?…
—¡Verás! Con que la dejo que se desgañite a su sabor gritando Kitty
O'Shea, y todo lo demás, hasta que va y da a esta dama un nombre que
yo no me atrevería a repetir aquí, por no manchar esta cena de Navidad,
ni sus oídos de usted, señora, ni aun mis propios labios.
Hizo otra pausa. Míster Dédalus, apartando la cabeza del hueso, preguntó:
—¿Y tú, qué hiciste, John?
—¿Que qué hice? La vieja había pegado su cara a la mía para decirlo,
y yo tenía la boca llena de jugo de tabaco. Con que me inclino hacia ella,
y no hago más que hacer con la boca así: ¡pss!
Se volvió de lado e hizo la acción de escupir.
—Con que voy y le hago con la boca pss, dirigiéndole bien la puntería
hacia el ojo.
Se aplicó una mano contra el ojo, imitando un alarido de dolor.
—¡Ay, Jesús, María y José!, grita la vieja. ¿Que me han cegado!
¡Que me han anegado!
Se detuvo con un ataque de risa y tos, repitiendo a intervalos:
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—¡Que me han cegado completamente!
Míster Dédalus se reía sonoramente a carcajadas, echándose hacia
atrás en la silla, mientras tío Charles meneaba la cabeza a un lado y otro.
Dante parecía terriblemente furiosa, y repitió mientras los otros reían:
—¡Muy bonito! ¡Ja! ¡Muy bonito!
No estaba bien aquello de escupirle a una mujer en el ojo. Pero, ¿cuál
era el nombre que la mujer había dado a Kitty O'Shea, y que míster Casey
no se atrevía a repetir? Se imaginó a míster Casey avanzando entre
una multitud de gente y echando discursos desde una vagoneta. Era por
eso por lo que había estado en la cárcel: y recordaba que una noche el
sargento O'Nell había venido a casa y había estado hablando en voz baja
con su padre, en el vestíbulo, mientras mordía nerviosamente el barbuquejo
de la gorra. Y aquella noche no había ido míster Casey a Dublín
en el tren, sino que un coche había venido hasta la puerta, y él había oído
decir a su padre algo acerca de la carretera de Cabinteely.
Míster Casey era partidario de Irlanda y de Parnell, y lo mismo su
padre. Y Dante había sido también así a lo primero, porque una noche
que estaba tocando la banda en la explanada, había golpeado en la cabeza
con un paraguas a un caballero que se había descubierto al ejecutar la
banda, al final, el God save the Queen.
Míster Dédalus dio un bufido de desprecio:
—Ay, John —dijo—. Somos una raza manejada por los curas, y lo
hemos sido siempre, y lo seremos hasta la consumación de los siglos.
Tío Charles meneó la cabeza diciendo:
—¡Mala cosa! ¡Mala cosa!
Míster Dédalus repitió:
—Una raza gobernada por los curas y dejada de la mano de Dios.
Señaló hacia el retrato de su abuelo, que pendía en la pared a su derecha:
—¿Ves aquel valiente que está ahí encima, John? —dijo— Fue un
buen irlandés en aquellos tiempos en que se combatía sin esperanza de
recompensa. Le condenaron a muerte acusado de pertenecer a la sociedad
de los Whiteboys. Pues él acostumbraba a decir de nuestros amigos,
los curas, que jamás permitiría poner los pies a ninguno de ellos bajo el
tablero de su mesa de comedor.
Dante no pudo ya reprimir su cólera y exclamó:
—Pues si somos una raza gobernada por los sacerdotes, debemos estar
orgullosos de ello. Ellos son la niña del ojo de Dios. No los toquéis
James Joyce
32
—dice Cristo—, porque ellos son la niña de mí ojo.
—Según eso, ¿no debemos amar a nuestro país? —preguntó míster
Casey—. ¿Y no hemos de seguir al hombre que había nacido para conducirnos?
—¿A un traidor a su patria? —replicó Dante—. ¡A un traidor, a un
adúltero! Los sacerdotes hicieron bien en abandonarle. Los sacerdotes
han sido siempre los verdaderos amigos de Irlanda.
—¿Qué me cuenta? ¿En serio? —dijo míster Casey.
Dejó caer el puño sobre la mesa y, frunciendo el entrecejo coléricamente,
se puso a contar por los dedos, enderezándolos uno a uno.
—¿Acaso no nos hicieron traición los obispos de Irlanda en tiempos
de la Unión, cuando el obispo Lanigan dirigió un mensaje de lealtad al
marqués Cornwallis? ¿No vendieron los obispos y los sacerdotes las aspiraciones
de su propio país en 1829 a cambio de obtener la emancipación
católica? ¿No desaprobaron el movimiento feniano desde el pulpito
y en el confesionario? ¿Y no profanaron las cenizas de Terence Bellew
Mac Manus?
Tenía el rostro resplandeciente de cólera y a Stephen se le arrebataban
también las mejillas sólo de la conmoción que aquellas palabras
causaban en él. Míster Dédalus lanzó una risotada de desprecio.
—¡Por Cristo! —exclamó—. ¡Que se nos olvidaba el chiquitín de
Paul Cullen! Otra niña del ojo de Dios.
Dante avanzó el cuerpo por encima de la mesa y gritó dirigiéndose a
míster Casey:
—¡Han hecho bien! ¡Han hecho bien! ¡Han obrado siempre bien!
Dios, moralidad y religión son antes que nada.
Mistress Dédalus, viendo su excitación, le dijo:
—Mistress Riordan, no se excite contestándoles.
Míster Casey levantó un puño crispado y lo dejó caer sobre la mesa
con estrépito.
—Muy bien —gritó con voz ronca—. Pues si vamos a parar ahí, ¡que
no haya Dios para Irlanda!
—¡John, John! —exclamó míster Dédalus cogiéndole por la manga
de la chaqueta.
Dante, desde su sitio, con las mejillas trémulas, clavó sus ojos espantados
en míster Casey. Este pugnaba por levantarse de la silla y, doblando
el tronco en dirección a ella por encima de la mesa, gritó, mientras
con una mano arañaba el aire delante de él como si tratara de desRetrato
del artista adolescente
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truir una tela de araña:
—¡Que no haya Dios para Irlanda! ¡Es ya mucho Dios el que hemos
tenido en Irlanda! ¡Afuera con él!
—¡Blasfemo! ¡Demonio! —chilló Dante, poniéndose en pie y casi
escupiéndole al rostro.
Tío Charles y míster Dédalus pugnaban por reducir a míster Casey de
nuevo a su asiento, tratando de aplacarle, cada uno por su lado, a fuerza
de buenas razones. Y él, con la mirada estática, lanzando llamaradas
sombrías por los ojos, repetía:
—Afuera con él, he dicho.
Dante empujó violentamente su silla hacia un lado y abandonó la mesa
derribando el servilletero, que rodó lentamente por la alfombra y fue a
quedar inmóvil al pie de una butaca. Míster Dédalus se levantó rápidamente
y siguió a Dante hacia la puerta. Al llegar a ella, Dante se volvió
de pronto con violencia y clamó con las mejillas arrebatadas y trémula
de ira:
—¡Demonio de los infiernos! ¡Le hemos vencido! ¡Le hemos aplastado
la cabeza! ¡Enemigo malo!
La puerta se cerró de golpe tras ella.
Míster Casey, libertándose de los que le sujetaban, abatió repentinamente
la cabeza entre las manos con un sollozo de dolor.
—¡Pobre Parnell! —clamó—. ¡Mi rey muerto!
Y sollozó ruidosamente, amargamente.
Stephen levantó la cara aterrada y vio que los ojos de su padre estaban
llenos de lágrimas.
Los alumnos charlaban en grupitos.
Uno dijo:
—Los han cogido cerca de la colina de Lyons.
—¿Quién los cogió?
—Míster Gleeson y el Padre Ministro. Iban en un coche. El mismo
muchacho añadió:
—Me lo ha dicho uno de la primera división.
Fleming preguntó:
—Pero, dinos, ¿por qué se escapaban?
James Joyce
34
—Yo sé por qué —dijo Cecil Thunder—. Porque habían robado el
dinero del cuarto del rector.
—¿Quién lo robó?
—El hermano de Kickham. Y se lo repartieron entre todos.
¡Pero aquello era robar! ¿Cómo podían haber hecho aquello?
—¡Sí que sabes tú mucho, Thunder! —dijo Wells—. Yo sé por qué
se han largado ésos.
—Dinos por qué.
—Me han dicho que no lo dijera.
—¡Anda, Wells! ¡Ya nos lo puedes contar! —exclamaron todos—.
¡Que no se lo diremos a nadie!
Stephen inclinó la cabeza hacia adelante para oír. Wells miró alrededor
para ver si venía alguien. Después dijo en tono de secreto:
—¿Sabéis el vino de misa que está guardado en el armario de la sacristía?
—Sí.
—Bueno; pues se lo bebieron y han sabido quiénes eran por el olor.
Y por eso fue por lo que se escaparon, si es que queréis saber por qué.
Y el chico que había hablado primero dijo:
—Sí, eso fue también lo que me dijo el de la primera división.
Todos se quedaron callados. Stephen estaba entre ellos, escuchando,
asustado de hablar. Sentía un leve malestar, un desfallecimiento de pavor.
¿Cómo podían haber hecho aquello? Se imaginaba la sacristía obscura
y silenciosa. Había en ella unos armarios de madera obscura en
donde yacían inmóviles las rizadas sobrepellices. No era la capilla y, sin
embargo, había que hablar allí en voz baja. Era un lugar santo. Y recordaba
la tarde de verano cuando había estado allí para revestirse y llevar
la naveta del incienso en la procesión hasta el altarcillo colocado en el
bosque. Un lugar extraño y santo. El muchacho que llevaba el incensario
lo había estado balanceando, cogido por la cadena de en medio, para que
los carbones prendieran bien.
Aquello se llamaba carbón de leña, y ardía suavemente cuando el
chico lo balanceaba con cuidado y exhalaba un ligero olor agrio. Y luego,
cuando todos estuvieron revestidos, él le había presentado la naveta
al rector. El rector puso una cucharada de incienso en el incensario. Y el
incienso silbaba al caer sobre los carbones encendidos.
Los alumnos charlaban en pequeños grupos, aquí y allá, por los campos
de recreo. Le daba la sensación de que los muchachos se habían emRetrato
del artista adolescente
35
pequeñecido. Y era que un ciclista, uno de segundo de gramática, le había
atropellado el día anterior. La bicicleta le había arrojado sobre la
pista de escorias y se le habían roto las gafas en tres pedazos y algunas
partículas de escorias le habían entrado en la boca. Y por eso le parecían
los muchachos más pequeños y más distantes y las porterías tan lejanas
y delgadas y tan alto el cielo apacible y gris. Pero nadie jugaba en los
campos de fútbol porque iba a empezar la temporada de cricket. Unos
decían que Barnes sería el entrenador, y otros, que lo sería Flowers. Por
todos lados había muchachos que se ensayaban en lanzar pelotas muertas
y pelotas con efecto.
Y de aquí y de allá venían a través del aire suave y gris los golpes de
las palas del cricket. Hacían: pie, pac, poc, puc; como gotitas de agua al
caer sobre el tazón repleto de una fuente.
Athy, que había estado callado hasta entonces, dijo:
—Todos estáis equivocados.
Todos se volvieron hacia él con curiosidad.
—¿Por qué?
—¿Es que tú sabes?…
—¿Quién te lo dijo?
—Cuéntanos, Athy.
Athy señaló al otro lado del campo de recreo, hacia donde estaba Simón
Moonan paseándose, llevándose por delante una piedra a patadas.
—Preguntadle a ése —dijo.
Los chicos miraron hacia allá y dijeron:
—¿Por qué a ése?
—¿Tiene que ver con ello?
Athy bajó la voz y dijo:
—¿Sabéis por qué se largaron esos? Os lo diré, pero tenéis que hacer
como que no lo sabéis.
—Dínoslo, Athy. Sigue. Dínoslo, si lo sabes.
Hizo una pausa y luego dijo misteriosamente:
—Los pescaron con Simón Moonan y Boyle, el de los camellos, una
noche en los lugares.
Los chicos le miraron sin comprender y preguntaron:
—¿Los pescaron?
—¿Qué estaban haciendo?
—Besuqueándose.
Todos se quedaron callados. Y Athy añadió:
James Joyce
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—Y esa es la razón.
Stephen observó las caras de sus compañeros, pero todos estaban mirando
hacia el otro lado del campo. Necesitaba preguntar a alguien.
¿Qué significaba aquello de besuquearse en los lugares? ¿Por qué se
habían escapado por eso los muchachos de la primera división? Era una
broma, pensaba. Simón Moonan tenía unos trajes muy bonitos y una noche
le había enseñado una bola de bombones de crema que los jugadores
del equipo de fútbol le habían enviado rodando a lo largo de la alfombra
del centro del comedor. Era la noche del partido contra el equipo de los
Bective Rangers, y la bola representaba exactamente una manzana roja y
verde, sólo que se abría y estaba llena de bombones de crema. Y un día
Boyle había dicho que un elefante tenía dos camellos, en lugar de dos
colmillos, y era por eso por lo que le llamaban Boyle el de los camellos,
pero algunos chicos le llamaban la señorita Boyle, porque siempre se
estaba arreglando las uñas.
Eileen tenía también las manos finas, frescas y delgadas, porque era
una chica. Eran como mármol, sólo que blandas. Aquello era lo que quería
decir Torre de Marfil, pero los protestantes no lo podían entender y
se reían de ello. Un día estaba él al lado de ella mirando los campos del
hotel. Un criado izaba una banderola en su mástil y un perro foxterrier
daba huidas locas de acá para allá sobre el césped soleado. Ella le metió
la mano en el bolsillo donde él tenía la suya propia y Stephen sintió entonces
el frescor, la delgadez y la tersura de aquella mano. Ella le había
dicho que el tener bolsillos era una cosa bien chistosa, y luego, de pronto,
había echado a correr cuesta abajo por el sendero en curva. Su cabello
rubio le ondeaba por detrás, como oro al sol. Torre de Marfil. Casa
de Oro. Había que pensar las cosas para entenderlas.
Pero, ¿por qué en los lugares? Allí se iba cuando se tenía alguna necesidad.
Era aquél un sitio formado todo de gruesas planchas de pizarra,
donde el agua goteaba continuamente a través de unos agujeros pequeñitos,
como hechos con alfileres, y donde había un extraño olor a agua
corrompida. Y detrás de la puerta de uno de los retretes había un dibujo
a lápiz rojo de un hombre barbudo en traje romano y con un par de ladrillos
en las manos, y debajo estaba escrito el título:
Balbo construyendo un muro.
Algún chico lo había pintado allí por broma. Tenía una cara chistosa,
Retrato del artista adolescente
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pero representaba muy bien un hombre con barba. Y en la pared de otro
retrete había este letrero, escrito con hermosos caracteres inclinados hacia
la izquierda:
Julio César escribió de Bello Galgo.
Tal vez estaban allí porque aquél era un sitio donde los chicos escribían
cosas por broma. Y sin embargo, era muy raro lo que había dicho
Athy, y sobre todo, la manera de decirlo. Y no era una broma, puesto
que se habían escapado. Miró con los demás hacia la otra parte del campo
de juego, y comenzó a sentirse asustado.
Por último, Fleming dijo:
—¿Y nos van a castigar a todos por lo que han hecho otros?
—Yo no vuelvo al colegio, lo vais a ver —dijo Cecil Thunder—.
¡Tres días de silencio en el refectorio, y que nos manden a cada momento
a recibir seis u ocho palmetazos!
—Sí —añadió Wells—, y que el vejete de Barrett tiene una nueva
manera de doblar la papeleta, y ya no la puedes abrir y volverla a doblar
después para ver cuántos palmetazos te vas a ganar. Yo tampoco vuelvo.
—Claro —dijo Cecil Thunder—, y además el prefecto de estudios ha
estado esta mañana en segundo de gramática.
—Vamos a insubordinarnos —propuso Fleming—. ¿Queréis?
Todos se quedaron callados. Había un profundo silencio en el aire, y
se podían oír los golpes de las palas de cricket, pero más despacio que
antes: pie, poc.
Wells preguntó:
—¿Qué es lo que les van a hacer?
—A Simón Moonan y a Camellos los van a azotar —contestó Athy—
, y a los de la primera les han dado a escoger entre los azotes o ser expulsados.
—¿Y por qué se deciden? —preguntó el muchacho que había hablado
primero.
—Todos prefieren la expulsión, excepto Corrigan —contestó Athy—.
A él le va a azotar míster Gleeson.
—Ya comprendo por qué —dijo Cecil Thunder—. El está en lo cierto,
y los otros no, porque los azotes se pasan al cabo de un rato, pero a
un chico, al que le han expulsado, le queda una marca para toda la vida.
Además que Gleeson no le azotará muy fuerte.
James Joyce
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—A él mismo le conviene no hacerlo —dijo Fleming.
—No me gustaría ser Simón Moonan o Camellos —dijo Cecil Thunder—.
Pero no creo que los vayan a azotar. Quizá les den sólo nueve
palmetazos en cada mano.
—No, no —dijo Athy—. Los recibirán en el punto doloroso.
Wells se rascó y dijo lloriqueando:
—¡Por favor, señor, déjeme usted! Athy hizo una mueca burlona y se
remangó las manga de la chaqueta, diciendo:
No hay otro remedio,
no te salvarás.
Abajo con los pantalones
y afuera con el tras.
Todos se reían. Pero Stephen sintió que estaban un poco asustados.
En el silencio del suave aire gris venía de aquí y de allá el ruido de las
palas de cricket: poc. Aquello era un sonido si se oía; pero si se recibía
el pelotazo, se sentía dolor. La palmeta hacía ruido también, pero era
muy distinto. Los chicos decían que estaba hecha de hueso de ballena y
cuero con plomo dentro; y se imaginaba cómo sería el dolor. Había diferentes
clases de sonidos. Una vara larga y delgada daría un silbido agudo;
y se imaginaba cómo sería el dolor que produciría. Le daba un estremecimiento
de frío; y también le hacían estremecerse las palabras de
Athy. Pero, ¿qué era lo que encontraban digno de risa? Le daba un estremecimiento,
pero era porque siempre se siente un estremecimiento
cuando se baja uno los pantalones. Lo mismo que en el baño, al desnudarse.
Y se ponía a pensar quién tendría que echar abajo los pantalones,
si el maestro o el chico mismo. ¡Oh!, ¿cómo podían reírse de aquel modo?
Contempló las mangas remangadas de Athy y sus manos de gruesos
nudillos y manchadas de tinta. Se había recogido las mangas para remedar
cómo se las remangaría míster Gleeson. Pero míster Gleeson tenía
los puños de la camisa blancos y brillantes, y unas muñecas limpias y
blancas, y unas manos blancas y gordezuelas, con las uñas crecidas y
puntiagudas. Quizá se las arreglaba también como la señorita Boyle. Pero
eran unas uñas enormemente largas y puntiagudas. ¡Qué largas, qué
crueles! Pero las manos blancas y gordezuelas no eran crueles, sino benignas.
Y aunque temblaba de miedo y de frío al pensar en las uñas larRetrato
del artista adolescente
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gas y crueles y en el silbido agudo de la varilla y en el escalofrío que se
siente hacia los faldones de la camisa cuando se desnuda uno para el baño,
sin embargo, experimentaba una sensación extraña y reposada de
placer al pensar en las manos limpias y gordezuelas, fuertes y benignas.
Y Fleming había dicho que no pegaría muy fuerte porque era su propio
interés. Pero no era por eso.
Una voz gritó desde otro extremo del campo de juego:
—¡Todos adentro!
Y otras voces repitieron:
—¡Todos adentro! ¡Todos adentro!
Durante la lección de escritura se estuvo sentado con los brazos cruzados,
escuchando el lento rasguear de las plumas. Míster Harford iba de
aquí para allá haciendo unas señalitas con lápiz rojo y sentándose algunas
veces al lado de cada muchacho para enseñarles cómo debían tener
la pluma. Stephen había intentado deletrear la primera línea, aunque se
la sabía de memoria por ser la última del libro. Celo sin prudencia es
como nave a la deriva. Pero los trazos de las letras le formaban como
hilos invisibles y sólo cerrando bien el ojo derecho y mirando fijamente
con el izquierdo podía llegar a distinguir todos los rasgos de la inicial.
Pero míster Harford era muy bueno y nunca se encolerizaba como los
otros maestros que solían ponerse furiosos. ¿Por qué habían de sufrir
ellos por lo que hicieran los de la primera división? Wells había dicho
que se habían bebido parte del vino de misa del armario de la sacristía y
que se lo habían conocido en el olor. Quizás habían robado una custodia
para escaparse con ella y venderla en cualquier parte. Debía de haber sido
un terrible pecado el ir de noche, pasito, a abrir el negro armario y
robar aquella cosa de oro, resplandeciente, en la cual Dios era expuesto
sobre el altar en la bendición entre cirios y flores, cuando el incienso se
levantaba en nubes a ambos lados del chico que balanceaba el incensario
y mientras Domingo Kelly entonaba en el coro la primera parte del
Tantum Ergo. Por supuesto, Dios no estaba allí cuando la habían robado.
Sin embargo, era un pecado enorme aun tocarla sólo. Pensó en ello con
profundo terror. Un pecado terrible y extraño: le estremecía pensarlo, en
el silencio sólo levemente arañado por el rasgueo de las plumas. Y beberse
el vino de misa, sacándolo del armario, y ser delatado por el olor,
era también pecado. Pero no era terrible y extraño. Le hacía a uno sólo
sentirse ligeramente mareado por el olor del vino. El día de su primera
comunión, en la capilla, Stephen había cerrado los ojos y abierto la boca
James Joyce
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y sacado la lengua un poquito, y cuando el rector se inclinó para darle la
santa comunión había sentido un ligero olor a vino en el aliento del rector,
al vino de la misa, sin duda. ¡Qué magnífica palabra: vino! Le hacía
a uno pensar en el color púrpura obscuro, porque las uvas tenían ese color
también y crecían allá en Grecia a la parte de fuera de unas casas
como templos blancos. Pero el día de su primera comunión el aliento del
rector le había hecho sentirse mareado. El día de la primera comunión
era el día más feliz de la vida. Y una vez un grupo de generales le había
preguntado a Napoleón cuál había sido el día más feliz de su vida. Todos
pensaban que diría que el día que había ganado alguna gran batalla o el
día que le habían hecho emperador. Pero él dijo:
—Señores, el día más feliz de mi vida fue el día en que hice mi primera
comunión.
Entró el Padre Arnall y comenzó la clase de latín. Y él seguía quieto,
apoyándose sobre la mesa con los brazos cruzados. El Padre Arnall devolvió
los cuadernos de ejercicios y dijo que eran escandalosamente
malos y que los tenían que volver a copiar corregidos inmediatamente.
Pero el peor ejercicio de todos era el de Fleming, porque las páginas se
habían pegado en un borrón las unas a las otras. El Padre Arnall lo levantó
por una esquina y dijo que era un insulto para cualquier profesor
el mandarle un ejercicio como aquél. Después le preguntó a Jack Lawton
la declinación del nombre mare y Jack Lawton se atrancó en el ablativo
del singular y no pudo continuar con el plural.
—Debía usted tener vergüenza de sí mismo —dijo severamente el
Padre Arnall—. ¡Usted, el primero de la clase!
Después se lo preguntó al chico siguiente, y al siguiente, y al otro.
Ninguno lo sabía. El Padre Arnall se iba poniendo tranquilo, cada vez
más tranquilo, según los alumnos iban intentando responder sin acertar.
Pero su cara tenía un aspecto sombrío, y aunque la voz era tranquila,
los ojos miraban fijamente. Por último le preguntó a Fleming, y Fleming
dijo que la palabra no tenía plural. El Padre Arnall cerró de golpe el libro
y le gritó:
—¡Afuera! ¡De rodillas en medio de la clase! Es usted el muchacho
más vago que he conocido. Los demás: ¡a copiar otra vez los ejercicios!
Fleming salió pesadamente de su sitio y se arrodilló entre los dos últimos
bancos. Los otros muchachos se doblaron sobre los cuadernos y
comenzaron a escribir. El silencio reinó en la clase y Stephen, mirando
tímidamente a la cara sombría del Padre Arnall, vio que de tanta cólera
Retrato del artista adolescente
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como tenía se le había puesto un poquito colorada.
¿Pecaba el Padre Arnall encolerizándose o le estaba permitido cuando
los alumnos eran perezosos porque con eso estudiaban mejor? ¿O es
que sólo fingía que se enfadaba? Sin duda era que le estaba permitido,
porque un sacerdote conocería lo que era pecado y no lo haría. Pero, y si
lo hiciera una vez por equivocación, ¿tendría que ir a confesarse? Quizás
iría a confesarse con el ministro. Y si lo hiciera el ministro, iría con el
rector; y el rector, con el provincial; y el provincial, con el general de los
jesuítas. Aquello era la Orden. Y él había oído decir a su padre que todos
ellos eran hombres muy inteligentes y que habrían podido alcanzar
los primeros puestos en el mundo si no se hubieran hecho jesuítas. Y hacía
esfuerzos para imaginarse lo que habrían llegado a ser el Padre Arnall
y Paddy Barret y lo que habrían llegado a ser míster Me Glade y
míster Gleeson, si no se hubieran hecho jesuítas. Era difícil porque había
que representárselos de otro modo distinto, con trajes de otro color y
pantalones y barbas y bigotes y con otros sombreros.
La puerta se abrió y se cerró silenciosamente. Un rápido cuchicheo
corrió a través de la clase: ¡el prefecto de estudios! Por un instante hubo
un silencio de muerte y luego el recio chasquido de una palmeta sobre el
último pupitre. A Stephen se le saltó de miedo el corazón.
—¿Hay aquí algún chico que necesite ser azotado, Padre Arnall? —
gritó el prefecto de estudios—. ¿Hay algún vago, algún gandul que necesite
azotes?
Avanzó hasta el medio de la clase y vio a Fleming de rodillas.
—¡Hola! —exclamó—. ¿Quién es este muchacho? ¿Por qué está de
rodillas? ¿Cuál es tu nombre?
—Fleming, señor.
—¡Ajajá, Fleming! Un vagazo, sin duda. Te lo leo en los ojos. ¿Por
qué está de rodillas, Padre Arnall?
—Ha escrito un ejercicio de latín muy malo —dijo el Padre Arnall—
y no ha contestado a ninguna pregunta de gramática.
—¡Claro está que sí! —exclamó el prefecto de estudios—,¡claro está
que sí! ¡Un vago de nacimiento! Se le ve en las niñas de los ojos.
Golpeó con su férula sobre el pupitre y gritó:
—¡Arriba, Fleming! ¡Arriba, querido!
Fleming se levantó despacio.
—¡La mano! —gritó el prefecto de estudios.
Fleming extendió la mano. La palmeta se abatió sobre ella con un
James Joyce
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fuerte chasquido: una, dos, tres, cuatro, cinco, seis.
—¡La otra mano!
La palmeta se abatió de nuevo con seis fuertes y rápidos chasquidos.
—¡De rodillas! —exclamó el prefecto de estudios.
Fleming se arrodilló, apretándose las manos contra los sobacos y con
la cara contorsionada por el dolor. Pero Stephen sabía que Fleming tenía
las manos endurecidas porque se las estaba siempre frotando con resina.
Pero quizás el dolor era muy fuerte porque el ruido de los palmetazos
había sido terrible. El corazón de Stephen latía y temblaba.
—¡A trabajar todo el mundo! —gritó el prefecto de estudios—. No
queremos aquí vagos, haraganes ni maulas. ¡A trabajar, he dicho! El Padre
Dolan entrará todos los días a visitaros. El padre Dolan entrará mañana.
Tocó a uno de los chicos con el extremo de la palmeta:
—¡Tú, muchacho! ¿Cuándo volverá el Padre Dolan?
—Mañana, señor —dijo la voz de Tom Furlong.
—Mañana y pasado y el otro —dijo el prefecto de estudios—. Que se
os quede bien grabado. Todos los días el Padre Dolan. ¡A escribir! Tú,
muchacho, ¿quién eres tú?
A Stephen se le saltó de golpe el corazón.
—Dédalus, señor.
—¿Por qué no estás escribiendo como los demás?
—Yo… mis…
No podía hablar de terror.
—¿Por qué no está escribiendo éste, Padre Arnall?
—Se le han roto las gafas y le he exceptuado por eso de trabajar —
contestó el Padre Arnall.
—¿Que se le han roto? ¿Qué es lo que oigo? ¿Cómo dices que es tu
nombre? —dijo el prefecto de estudios.
—Dédalus, señor.
—¡Sal aquí fuera, Dédalus! Holgazán y trapisondilla. Se te conoce el
ardid en la cara. ¿Dónde se te rompieron las gafas?
Dédalus salió a trompicones hasta el centro de la clase, ciego de miedo
y de ansia.
—¿Dónde se te rompieron las gafas? —repitió el prefecto
de estudios.
—En la pista, señor.
—¡Jejé! ¡En la pista! —exclamó el prefecto de estudios—. Me sé de
Retrato del artista adolescente
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memoria esa artimaña.
Stephen levantó los ojos asombrado y vio por un momento la cara
gris blancuzca y ya no joven del Padre Dolan, su cabeza calva y blanquecina
con un poco de pelusilla a los lados, los cercos de acero de sus
gafas y sus ojos sin color que le miraban a través de los cristales. ¿Por
qué decía que se sabía de memoria aquella artimaña?
—¡Haragán, maulero! —gritó el prefecto—. ¡Se me han roto las gafas!
¡Es una treta de estudiantes ya muy antigua ésa! ¡A ver, la mano,
inmediatamente!
Stephen cerró los ojos y extendió su mano temblorosa, con la palma
hacia arriba. Sintió que el prefecto le tocaba un momento los dedos para
ponerla plana y luego el silbido de las mangas de la sotana al levantarse
la palmeta para dar. Un golpe ardiente, abrasador, punzante, como el
chasquido de un bastón al quebrarse, obligó a la mano temblorosa a
contraerse toda ella como una hoja en el fuego. Y al ruido, lágrimas ardientes
de dolor se le agolparon en los ojos. Todo su cuerpo estaba estremecido
de terror, el brazo le temblaba y la mano, agarrotada, ardiente,
lívida, vacilaba como una hoja desgajada en el aire. Un grito que era una
súplica de indulgencia le subió a los labios. Pero, aunque las lágrimas le
escaldaban los ojos y las piernas le temblaban de miedo y de dolor, ahogó
las lágrimas abrasadoras y el grito que le hervía en la garganta.
—¡La otra mano! —exclamó el prefecto.
Stephen retiró el herido y tembloroso brazo derecho y extendió la
mano izquierda. La manga de la sotana silbó otra vez al levantar la palmeta
y un estallido punzante, ardiente, bárbaro, enloquecedor, obligó a
la mano a contraerse, palma y dedos confundidos en una masa cárdena y
palpitante. Las escaldantes lágrimas le brotaron de los ojos, y abrasado
de vergüenza, de angustia y de terror, retiró el brazo y prorrumpió en un
quejido. Su cuerpo se estremecía paralizado de espanto y, en medio de
su confusión y de su rabia, sintió que el grito abrasador se le escapaba de
la garganta y que las lágrimas ardientes le caían de los ojos y resbalaban
por las arreboladas mejillas.
—¡Arrodíllate! —gritó el prefecto.
Stephen se arrodilló prestamente, oprimiéndose las manos laceradas
contra los costados. Y de pensar en aquellas manos, en un instante golpeadas
y entumecidas de dolor, le dio pena de ellas mismas, como si no
fueran las suyas propias, sino las de otra persona, de alguien por quien él
sintiera lástima. Y al arrodillarse, calmando los últimos sollozos de su
James Joyce
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garganta y sintiendo el dolor punzante y ardiente oprimido contra los
costados, pensó en aquellas manos que él había extendido con las palmas
hacia arriba, y en la firme presión del prefecto al estirarle los dedos
contraídos, y en aquellos dedos y aquellas palmas que, en una masa golpeada,
entumecida, roja, temblaban, desvalidos, en el aire.
—A trabajar todo el mundo —gritó el prefecto de estudios desde la
puerta—. El Padre Dolan entrará todos los días para ver si hay algún
chico perezoso y holgazán que necesite ser azotado. Todos los días. Todos
los días.
La puerta se cerró tras él.
La clase continuó copiando los ejercicios en silencio.
El Padre Arnall se levantó de su asiento y se puso a pasear entre los
alumnos, ayudándolos con cariñosas palabras y diciéndoles los errores
que habían hecho. Su voz era amable y dulce. Después volvió a su
asiento, y dijo a Fleming y a Stephen:
—Vosotros dos volved a vuestros sitios.
Fleming y Stephen se levantaron y, volviendo a sus sitios, se sentaron.
Stephen, rojo escarlata de vergüenza, abrió rápidamente un libro
con una sola y débil mano, y se doblegó sobre él con la cara contra la
página.
Era una crueldad y una injusticia porque el médico le había mandado
que no leyera sin gafas y él había escrito aquella mañana a su padre diciéndole
que le mandara otras nuevas. Y el Padre Arnall había dicho que
no necesitaba estudiar hasta que no vinieran. Además, ¡llamarle maulero
a él que siempre había sido el primero o el segundo de la clase y que era
el jefe del partido de York! ¿Cómo podía el prefecto saber que era una
artimaña? Sintió el tacto de los dedos del prefecto al estirarle la mano.
Al principio había creído que le iba a dar la mano, porque los dedos eran
suaves y estaban tranquilos, pero en seguida había oído el silbar de la
manga de la sotana y el estallido. Y era una crueldad y una injusticia el
ponerle de rodillas en medio de la clase. Y el Padre Arnall les había dicho
a los dos que podían volver a sus sitios, sin hacer distinción entre
ellos. Escuchó la voz templada y cariñosa del Padre Arnall, que estaba
corrigiendo los ejercicios. Quizá le dolía ahora y quería estar amable.
Pero había sido una injusticia y una crueldad. El prefecto de estudios era
un sacerdote, pero era injusto y cruel. Y su cara blancuzca y sus ojos sin
color, tras las gafas encercadas de acero, eran crueles porque le había
sostenido la mano primero con sus dedos firmes y suaves, sólo para afiRetrato
del artista adolescente
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nar la puntería, para pegar más recio.
—Es una canallada repugnante, eso es lo que es, dar de palmetazos a
un chico por lo que no tiene él la culpa —decía Fleming en el tránsito, al
salir las filas para el refectorio.
—Es cierto que se te rompieron las gafas por accidente, ¿no es verdad?
—le preguntó Roche el Malo.
Stephen sentía su corazón lleno todavía de las palabras de Fleming, y
no contestó.
—¡Claro que sí! —dijo Fleming—. Yo que él no me aguantaría. Yo
iría y se lo diría al rector.
—Sí —dijo apresuradamente Cecil Thunder—, que yo le vi levantar
la palmeta por encima del hombro, y eso no está autorizado a hacerlo.
—¿Te ha dolido mucho? —preguntó Roche el Malo. —Muchísimo
—dijo Stephen.
—Yo no se lo aguantaría —repitió Fleming—, ni a Cabezacalva, ni a
ningún otro Cabezacalva. Es una villanía y una guarrada, eso es lo que
es. Yo que él me iría derechamente al rector y se lo contaría después de
la cena.
—Sí, sí, hazlo —dijo Cecil Thunder.
—Sí, sí. Sube y acúsale al rector, Dédalus —dijo Roche el Malo—,
porque ha dicho que volverá a entrar mañana para darte de palmetazos
otra vez.
—Anda, sí. Díselo al rector —dijeron todos.
Estaban por allí, escuchando, algunos alumnos de segundo de gramática,
y dijeron:
—El Senado y el pueblo romano declaran que Dédalus ha sido injustamente
castigado.
Estaba muy mal: era injusto y cruel. Sentado en el refectorio estuvo
rumiando, una vez y otra, el recuerdo de su afrenta, hasta que se puso a
pensar si realmente no habría algo en su cara que le hiciera parecer trapisondista.
Hubiera deseado tener allí un espejito para verse. Pero no lo
tenía. Y era una injusticia y una crueldad.
No pudo comer los fritos negruzcos de pescado que tenían los miércoles
de Cuaresma; además una de las patatas tenía la señal del azadón.
Sí, haría lo que le habían dicho los chicos. Subiría y le diría al rector que
le habían castigado injustamente. Una cosa así había sido hecha antes en
la historia por alguien, por un gran personaje cuya cabeza estaba representada
en los libros de historia. Y el rector declararía que le habían casJames
Joyce
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tigado injustamente, porque el Senado y el pueblo romano, cuando alguien
iba en queja, declaraban siempre que el castigo había sido injusto.
Aquellos habían sido los grandes hombres, cuyos nombres estaban en el
Libro de Preguntas, de Richmal Magnall. Toda la historia no hacía sino
tratar de estos hombres y de lo que habían hecho, y esto era también lo
que contenían las Narraciones Griegas y Romanas de Peter Parley. Peter
Parley en persona estaba representado en la primera página. Estaba allí
pintado un camino a través de una llanura con hierba y con pequeños arbustos
a un lado, y Peter Parley tenía un sombrero ancho como el de un
pastor protestante y un bastón muy grueso e iba caminando a buen paso
por el camino de Grecia y de Roma.
Era muy fácil lo que tenía que hacer. Todo lo que tenía que hacer era,
cuando se acabara la cena, al salir del comedor, no tirar por el tránsito
adelante, sino subir por la escalera de la derecha que conducía al castillo.
Lo único que tenía que hacer era torcer a la derecha, subir aprisa las escaleras
y en medio minuto se pondría en aquel corredor bajo de techo,
estrecho y obscuro, que conducía a través del castillo a la habitación del
rector. Y todos los chicos habían afirmado que era una injusticia, hasta
el de segundo de gramática que había dicho aquello del Senado y el pueblo
romano.
¿Qué ocurriría?
Oyó levantarse a los de la primera y sintió sus pasos al marchar a lo
largo de la esterilla: Paddy Rath, Jimmy Magee, el español y el portugués.
Y el que seguía el quinto era aquel gordo de Corrigan que iba a ser
azotado por míster Gleeson. Por causa de aquél le había llamado trapisondista
y le había azotado sin motivo el prefecto de estudios. Y esforzando
sus ojos débiles y cansados de llorar, observó al pasar la fila las
anchas espaldas de Corrigan y su hundida cabezota. Pero aquél había
hecho algo y además míster Gleeson no le azotaría muy fuerte. Y se
acordaba de lo grande que parecía Corrigan en el baño. Tenía la piel del
mismo color que el agua rojiza y fangosa de la parte poco profunda de la
piscina y al andar por la orilla sus pies chapoteaban sonoramente en las
baldosas húmedas y los muslos le retemblaban un poquito de gordo que
estaba.
El refectorio estaba medio vacío y los alumnos seguían pasando en
fila. Podría subir por la escalera porque nunca habían ningún padre ni
ningún prefecto a la parle de afuera del refectorio. Pero no iría. El rector
daría la razón al prefecto de estudios y pensaría que se trataba de una arRetrato
del artista adolescente
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timaña de estudiante, y luego el prefecto de estudios entraría todos los
días lo mismo; sólo que sería mucho peor porque se debía de poner horriblemente
enfadado de que un alumno fuera a quejarse de él al rector.
Los otros le habían dicho que fuera, pero no habían ido ellos. Y ya se
habían olvidado. No: lo mejor era olvidarlo todo, que quizás el prefecto
habría dicho que iba a volver sólo por decir. No: lo mejor era ponerse a
un lado. Cuando uno es pequeño, lo mejor es escapar inadvertido.
Los de su mesa se levantaron también. El se levantó y salió en fila
con los demás. Había que decidirse. El estaba llegando a la puerta. Si
seguía adelante con los chicos ya no podría subir a ver al rector porque
no podría salir del campo de juego para eso. Y si iba y le seguían dando
de palmetazos lo mismo, todos los chicos harían burla de él y andarían
diciendo cosas del peque de Dédalus, que había ido al rector a quejarse
del prefecto de estudios.
Ya estaba marchando por la estera y veía la puerta delante de sí. Era
imposible: no podía. Y pensaba en la cabeza calva del prefecto de estudios
que le miraba con sus ojos sin color y oía la voz del prefecto que le
preguntaba dos veces cuál era su nombre.
¿Por qué no se habría acordado del nombre cuando se lo dijo la primera
vez? ¿Era que no estaba escuchando cuando lo dijo o que quería
hacer burla del nombre? Los grandes hombres de la historia habían tenido
nombres como aquél y nadie se había burlado de ellos. Si quería
burlarse de algo se debía haber burlado de su propio nombre. Dolan: parecía
el nombre de una lavandera.
Había llegado a la puerta y, torciendo rápidamente a la derecha, trepó
escaleras arriba, y, antes de que pudiera ni pensar en volverse atrás, había
entrado ya en el corredor bajo de techo, estrecho y obscuro que conducía
al castillo. Y al trasponer el umbral de la puerta del tránsito, vio,
sin volver la cabeza, que todos los chicos le estaban mirando según iban
pasando en fila.
Siguió por el corredor estrecho y obscuro, pasando por delante de
unas puertecitas que eran las puertas de los cuartos de la comunidad. Escudriñó
en la obscuridad delante de sí y a su derecha y a su izquierda, y
pensó que aquellos debían de ser retratos. Estaba el pasillo silencioso y
obscuro. Sus ojos eran débiles y estaban cansados de llorar, así que no
podía ver. Pero pensó que eran los retratos de los santos y grandes hombres
de la Orden que le estaban mirando silenciosamente al pasar: San
Ignacio de Loyola, con un libro abierto y señalando hacia el lema escrito
James Joyce
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en él: "Ad Majorem Dei Gloriam"; San Francisco Javier, señalándose el
pecho; Lorenzo Ricci, con un bonete en la cabeza como los de los prefectos
de las divisiones; los tres patronos de la santa juventud: San Estanislao
de Kostka, San Luis Gonzaga y el beato Juan Berchmans, todos
con caras juveniles porque se habían muerto siendo muy jóvenes; y el
Padre Peter Kenny envuelto en un manteo muy grande.
Salió al rellano sobre el vestíbulo de entrada y miró en torno de sí.
Por allí era por donde había pasado Hamilton Rowan y donde estaban
las huellas de las balas de los soldados. Y era allí donde los viejos criados
habían visto el espíritu envuelto en un manto blanco de mariscal.
Un criado viejo estaba barriendo al extremo del rellano. Le preguntó
dónde estaba el cuarto del rector y el criado se lo señaló al fondo y se le
quedó mirando al marcharse y mientras llamaba a la puerta.
No contestaban. Volvió a llamar más fuerte y le palpitó el corazón al
oír una voz apagada que decía:
—¡Adelante!
Dio la vuelta al tirador, abrió la puerta y estuvo palpando para encontrar
el tirador de la segunda puerta de bayeta verde. Lo encontró,
abrió y entró dentro.
Vio al rector que estaba sentado a una mesa escribiendo. Había una
calavera sobre la mesa y un olor solemne y extraño en la habitación como
a cuero viejo de sillones.
El corazón le latía apresuradamente a causa de la solemnidad del sitio
en que se encontraba y del silencio de la estancia. Y contemplaba la calavera
y la cara amable del rector.
—Bueno —dijo el rector—. ¿Qué es lo que te trae a ti, mocito?
Stephen se tragó una cosa que se le había puesto en la garganta y dijo:
—Se me han roto las gafas, señor.
El rector abrió la boca y comentó:
—¡Caramba!
Después se sonrió y dijo:
—Bueno, si se nos han roto las gafas hay que escribir a casa para que
nos manden otras.
—He escrito a casa, señor, y el Padre Arnall me dijo que no estudiara
hasta que vinieran.
—¡Perfectamente! —dijo el rector.
Stephen se volvió a tragar la cosa otra vez y trató de impedir que le
Retrato del artista adolescente
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temblasen las piernas y la voz.
—Pero, señor…
—¿Qué es ello?
—El Padre Dolan ha entrado hoy en clase y me ha dado de palmetazos
porque no estaba escribiendo mi ejercicio.
El rector le miró en silencio mientras él sentía que la sangre le subía
al rostro y que en los ojos estaban a punto de reventar las lágrimas.
El rector dijo:
—Tu nombre es Dédalus, ¿no es eso?
—Sí, señor.
—Y ¿dónde se te rompieron las gafas?
—En la pista, señor. Me tiró un chico que salía del depósito de las bicicletas
y se me rompieron. No sé el nombre del chico.
El rector le volvió a mirar en silencio. Después se sonrió y dijo:
—Bueno, todo ha sido una equivocación. Estoy seguro de que el Padre
Dolan no lo sabía.
—Sí; le dije que se me habían roto, y sin embargo, me pegó con la
palmeta.
—¿Le dijiste que habías escrito a casa para que te mandaran otras? —
preguntó el rector.
—No, señor.
—Bueno, ¿ves? —dijo el rector—, el Padre Dolan no comprendió
bien. Di que yo te he excusado de dar lección por algunos días.
Stephen dijo prestamente, de miedo que su temblor se lo impidiera:
—Sí, señor; pero el Padre Dolan ha dicho que volverá a entrar mañana
para pegarme otra vez.
—Muy bien —dijo el rector—, es una equivocación y lo mismo hablaré
con el Padre Dolan. ¿Estás contento ahora?
Stephen sintió que las lágrimas le humedecían los ojos y murmuró:
—Sí, señor, sí, gracias.
El rector extendió la mano por encima del lado de la mesa donde estaba
la calavera y Stephen, al colocar en ella por un momento la suya,
sintió una palma húmeda y fría.
—Y ahora, buenas tardes —dijo el rector, retirando la mano y diciéndole
adiós con la cabeza.
—Buenas tardes, señor —dijo Stephen.
Hizo una inclinación y salió suavemente del cuarto cerrando cuidadosamente
y sin ruido las puertas.
James Joyce
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Pero cuando hubo pasado el criado que estaba en el rellano y se vio
de nuevo en el corredor estrecho y obscuro, comenzó a andar de prisa,
cada vez más de prisa. Se precipitó a través de la obscuridad, cada vez
más aprisa y en un estado de excitación. Empujó con el codo la puerta
del fondo, voló escaleras abajo y echó a correr por los dos tránsitos hasta
salir al aire libre.
Se oían los gritos de los chicos en los campos de juego. Rompió en
una carrera cada vez más acelerada, cruzó la pista y llegó jadeando al
campo de la tercera división.
Los chicos le habían visto correr. Se estrecharon alrededor de él formando
un corro, empujándose los unos a los otros para escuchar.
—¡Cuéntanos cuéntanos!
—¿Qué te ha dicho?
—¿Entraste?
—¿Qué te ha dicho?
—¡Cuéntanos, cuéntanos!
Les contó lo que había dicho y lo que le había contestado el rector, y
cuando hubo terminado, todos los chicos arrojaron las gorras dando
vueltas por el aire y gritaron:
—¡Hurra!
Recogieron las gorras y las volvieron a arrojar girando a lo alto, y
gritaron de nuevo: ¡Hurra! ¡Hurra!
Después juntaron las manos entre todos y levantándole en vilo le pasearon
en triunfo hasta que se debatió para que le dejaran. Y cuando se
desasió de ellos, echaron a correr en todas direcciones, arrojando las gorras
a lo alto, dando silbidos mientras giraban por el aire y gritando:
—¡Hurra!
Y aún dieron tres mueras a Dolan el Cabezacalva y tres vivas a Conmee,
diciendo que era el mejor rector que había habido nunca en Clongowes.
Los vivas se dispararon en el aire suave y gris. Estaba solo. Estaba libre;
se sentía feliz. Pero no se había de mostrar ensoberbecido con el
Padre Dolan. Se portaría bien y sería obediente. Y deseaba que se le
ofreciera una ocasión de poder hacerle alguna atención para demostrar
que no estaba ensoberbecido.
El aire era suave y tibio y gris. Anochecía. Se sentía en el aire el
aroma de la noche, el olor de aquellos campos donde los chicos arrancaban
nabos para pelarlos y comérselos cuando iban de paseo hacia la casa
Retrato del artista adolescente
51
del Mayor Barton, el olor que se sentía en el bosquecillo detrás del pabellón
donde cogían las agallas.
Los alumnos se ejercitaban sacando desde lejos, lanzando la pelota
lentamente o haciendo que tomara efecto. En el ambiente suave y gris
resonaba el choque de las pelotas. Y de aquí, de allá, a través de la serena
atmósfera venía el ruido de las palas de cricket: pic, pac, poc, puc,
como lentas gotas de agua al caer sobre el tazón repleto de una fuente.
2
Tío Charles fumaba un tabaco de hebra tan apestoso que, por último,
su sobrino tuvo que decirle que por qué no se iba a fumar por las mañanas
a una casucha que era como una dependencia de la casa y estaba al
otro lado del jardín.
—Muy bien, Simón. Divinamente, Simón —dijo con toda calma el
anciano—. Donde tú quieras. Me vendrá al pelo: será más saludable.
—Que me maten —dijo con franqueza míster Dédalus— si llego a
comprender cómo puede usted fumar ese tabacazo que fuma. Por Dios,
si es como pólvora de cañón.
—Es muy agradable —replicó el viejo—. Muy refrescante y emoliente.
Por lo tanto, todas las mañanas tío Charles se encaminaba a la casilla
del jardín, no sin haberse engrasado y cepillado escrupulosamente los
pelos del cogote, ni sin cepillar y encasquetarse su sombrero de copa.
Mientras fumaba, el ala del sombrero y el hornillo de la pipa asomaban
justamente detrás de las jambas de la casucha.
El cenador, que era como llamaba a la ahumada casilla, le servía
también de caja de resonancia. Y todas las mañanas tarareaba alegremente
alguna de sus canciones favoritas: Ojos azules, cabellos de oro,
En los sotillos de Blarney, o Téjeme una enramada, mientras las vedijas
grises y azuladas del humo ascendían lentamente de la pipa y se desvanecían
en el aire diáfano.
Durante la primera parte de aquel verano en Blackrock, tío Charles
fue el inseparable compañero de Stephen. Tío Charles era un viejo sano
como una manzana, de piel bien curtida, maneras bruscas y patillas
blancas. Los días de trabajo, servía de recadero entre la casa situada en
la avenida de Carysfort y las tiendas de la calle principal del centro,
donde la familia se surtía. A Stephen le gustaba mucho ir con él a estos
recados, porque tío Charles le aprovisionaba liberalmente, a puñados, de
toda suerte de géneros expuestos en cajones abiertos o en barriles, a la
Retrato del artista adolescente
53
parte de fuera del mostrador. Cogía, por ejemplo, un puñado de uvas
entremezcladas con serrín, o tres o cuatro manzanas, y las ponía magnánimamente
en manos de su sobrino, mientras el tendero sonreía con
sonrisa forzada; y como Stephen fingía hacerse rogar para tomarlas,
fruncía el entrecejo y le decía:
—Tómelas usted, señorito. ¿Me ha oído usted, señorito? Son muy
buenas para llevar bien las tripas.
Cuando la lista de encargos quedaba bien apuntada, se iban los dos al
parque, donde un antiguo amigo del padre de Stephen, Mike Flynn, estaba
sentado en un banco esperándolos. Entonces comenzaba la carrera
de Stephen alrededor del parque. Mike Flynn se situaba, reloj en mano, a
la puerta de entrada, cerca de la estación del ferrocarril, mientras Stephen
daba la vuelta, guardando el estilo favorito de Mike Flynn: la cabeza
alta, las rodillas levantadas y las manos completamente colgantes a
los lados. Cuando el ejercicio matinal concluía, hacía el entrenador comentarios
que algunas veces ilustraba arrastrando cosa de unos metros
sus pies calzados con unos viejos zapatos de lona azul. Un reducido círculo
de niños asombrados y de niñeras, se reunía para observarle, y aún
seguían haciéndolo cuando él y tío Charles se habían ya sentado otra
vez, y estaban hablando de atletismo o de política. Aunque había oído
decir a su padre que algunos de los mejores corredores de los tiempos
modernos habían pasado por las manos de Mike Flynn, Stephen observaba
a menudo la cara lacia y cubierta de pelo corto de su entrenador,
cuando se inclinaba sobre los dedos largos y manchados para liar un pitillo,
y miraba con piedad los ojos dulces, azules y sin brillo, que dejaban
de pronto su tarea para contemplar vagamente la azul distancia,
mientras los dedos largos y manchados se detenían en su labor, y algunos
granos y hebras de tabaco volvían a caer en la petaca.
Al regresar a casa, tío Charles solía hacer una visita a la capilla, y
como Stephen no alcanzaba a la pililla del agua bendita, el anciano introducía
su mano en .ella y rociaba vivamente el traje de Stephen y el
piso del pórtico. Para rezar se arrodillaba sobre su pañuelo rojo y leía en
voz alta en un libro de oraciones manchado por la huella del pulgar y en
el que cada página tenía un registro impreso al pie. Stephen se arrodillaba
a su lado, respetando su piedad aunque no la compartiera. Pensaba a
menudo qué era lo que su tío podía estar rezando con tanta seriedad.
Quizá rezaba por las almas del purgatorio, o para alcanzar la gracia de
una buena muerte o tal vez para que Dios le devolviera una parte de
James Joyce
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aquella gran fortuna que había disipado en Cork.
Los domingos, Stephen, su padre y su tío, daban su paseo semanal. El
anciano era un gran andarín a pesar de los callos, y frecuentemente llegaban
a hacer diez o doce millas de camino. La aldea de Stillorgan era el
punto en que se dividían los caminos. Unas veces tomaban a la izquierda,
hacia las montañas de Dublín, y otras por el camino de Goatstown y
de aquí a Dundrum, volviendo por Sandyford. Camino adelante o haciendo
alto en algún tabernucho al paso, las dos personas mayores hablaban
constantemente de los asuntos que más de cerca les tocaban: de
política irlandesa, de Munster o de las leyendas de su propia familia, a
todo lo cual prestaba Stephen oído atento. Las palabras que no comprendía
se las repetía una vez y otra vez, hasta que se las aprendía de
memoria, y a través de ellas le llegaban vislumbres del mundo que les
rodeaba. La hora en que él había de participar también en la vida de
aquel mundo parecía que se le iba acercando y comenzó a prepararse en
secreto para el gran papel que le estaba reservado, pero que sólo confusamente
entreveía.
Las horas de prima noche le pertenecían; y se desojaba sobre una
desgualdramillada traducción de El conde de Montecristo. La figura del
siniestro vengador le representaba en su imaginación todo cuando había
oído o adivinado en su infancia de extraño y de terrible.
Por la noche construía sobre la mesa de la sala un simulacro de la isla
maravillosa formado de pedazos de transferencias, flores de papel, papel
de seda de colores y tiras del papel de oro o plata que venía envolviendo
el chocolate. Y cuando desmoronaba todo este tinglado, hastiado de su
falsedad, se representaba la clara visión de Marsella y las soleadas celosías,
y veía con la imaginación a Mercedes.
Fuera de Blackrock, en el camino que conducía a las montañas, había
una casita enjalbegada en cuyo jardín crecían muchos rosales. Lo mismo
al ir que al volver a casa, aquella casita le servía de mojón para medir la
distancia. Y vivía con la imaginación una larga cadena de aventuras tan
maravillosas como las del libro, hacia el final de las cuales se le representaba
una imagen de sí mismo, ya más viejo y más triste, de pie en un
jardín, a la luz de la luna, con aquella Mercedes que tantos años antes
había rehusado su amor y a la que tristemente, con un gesto de orgullosa
repulsa, decía:
—Señora, yo no acostumbro comer uvas moscateles.
Trabó amistad con un chico llamado Aubrey Mills y fundó con él en
Retrato del artista adolescente
55
la avenida donde vivía una cuadrilla de aventureros. Aubrey llevaba un
silbato colgado de un ojal y una lámpara de bicicleta sujeta en el cinturón,
mientras los demás llevaban atravesados en los suyos unos palos
cortos a guisa de puñal. Stephen, que había leído algo de la sencilla manera
de vestirse de Napoleón, prefirió permanecer sin adornos; así se le
aumentaba el placer de celebrar consejo con su ayudante antes de dar
órdenes. La partida realizaba incursiones en algunos jardines de solterona
o bajaba al castillo y libraba batallas en las rocas erizadas de hierbajos
para regresar por fin a su casa como cansados vagabundos, con las
narices llenas de los olores fermentados de la marisma y las manos y los
cabellos impregnados de espesos jugos de algas de mar.
Aubrey y Stephen tenían el mismo lechero, el cual les llevaba a menudo
en el carricoche de la leche a Carrickmines, que era donde las vacas
pastaban. Mientras los hombres estaban ordeñando, los chicos turnaban
para dar la vuelta al campo a lomos de la pacífica yegua. Pero cuando
vino el otoño, las vacas fueron llevadas del prado a la establía. Stephen
sintió náuseas sólo de ver el patio del establo con sus repugnantes
pozos verdosos y los cuajarones de estiércol líquido y de respirar la
vaharada de las artesas de afrecho. Las vacas, que antes parecían tan
hermosas en los días soleados del campo, ahora le revolvían el cuerpo y
ni aun mirar quería la leche que ellas daban.
La llegada de septiembre no le alteró la vida este año porque ya no
volvía a Clongowes. Los ejercicios del parque se terminaron cuando a
Mike Flynn se lo llevaron al hospital. Aubrey iba al colegio y sólo tenía
libres un par de horas por las tardes. La partida se disolvió y ya no hubo
más incursiones nocturnas ni combates en las rocas. Stephen montaba
algunas veces en el cochecillo que repartía la leche por la noche y aquellas
refrescantes excursiones le quitaron de la memoria el recuerdo de la
suciedad del patio del establo, y ya no sentía repugnancia de ver semillas
de heno o pelos de vaca adheridos a las ropas del repartidor. Cada vez
que el coche hacía una parada, se quedaba espiando para coger una vislumbre
de una bien fregada cocina o de un vestíbulo suavemente alumbrado
y para ver cómo tomaba el cacharro la criada y cómo cerraba la
puerta. Pensaba que sería una vida bastante agradable la de ir en el cochecillo
repartiendo leche todas las noches, con tal de que tuviera unos
guantes bien abrigados y un saco repleto de pastas de jengibre en el bolsillo
para írselas comiendo. Pero la misma entrevisión que le había hecho
desfallecer y había obligado a sus piernas a doblegarse cuando coJames
Joyce
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rría alrededor del parque, la misma intuición que le había hecho mirar
con desconfianza la cara lacia y cubierta de pelo corto de su entrenador
al inclinarse sobre los dedos largos y manchados, la misma le disipaba
ahora toda visión del futuro. De una manera vaga había llegado a comprender
que su padre estaba en un apuro y que ésta era la causa de que
no le volvieran a mandar a Clongowes. Desde hacía algún tiempo sentía
un ligero cambio en su casa, y estos cambios, de lo que consideraba incambiable,
eran otras tantas conmociones de su concepción infantil del
mundo. Aquella ambición que había sentido bullir a veces en la profundidad
de su alma, no le acuciaba ya ahora. Una obscuridad como la del
mundo externo nublaba su espíritu, mientras las herraduras de la yegua
iban resonando a lo largo de la vía del tranvía y el gran cántaro oscilaba
y tintineaba a su espalda.
Volvió otra vez a pensar en Mercedes, y mientras cavilaba pensando
en ella, una extraña inquietud se le deslizaba dentro del alma. A veces se
apoderaba de él una fiebre que le llevaba a vagar de noche, solo, por la
tranquila avenida. La paz de los jardines y las luces acogedoras de las
ventanas derramaban una sedante caricia en su corazón agitado. El ruido
de los niños al jugar le incomodaba y sus locas voces le hacían sentir
aún más claramente que lo había sentido en Clongowes, que él era diferente
de los otros. El no quería jugar. Lo que él necesitaba era encontrar
en el mundo real la imagen irreal que su alma contemplaba constantemente.
No sabía dónde encontrarla ni cómo, pero una voz interior le decía
que aquella imagen le había de salir al encuentro sin ningún acto positivo
por parte suya… Habrían de encontrarse tranquilamente como si
ya se conociesen de antemano, como si se hubieran dado cita en una de
aquellas puertas de los jardines o en algún otro sitio más secreto. Estarían
solos, rodeados por el silencio y la obscuridad. Y en el momento de
la suprema ternura se sentiría transfigurado. Se desharía en algo impalpable
bajo los ojos de ella y se transfiguraría instantáneamente. La debilidad,
la timidez, la inexperiencia caerían de él en aquel momento mágico.
Una mañana, dos grandes carros de mudanza habían parado delante
de la puerta y unos mozos habían entrado a empellones dentro de la casa
y se habían puesto a desmantelarla. Habían sacado los muebles atravesando
el jardín que daba al frente, sembrado ahora de manojos de paja y
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cabos de cuerda, y los habían metido en los enormes carros. Y cuando
todos estuvieron bien hacinados, los carros habían echado a andar por la
avenida adelante. Stephen los había visto avanzar pesadamente por el
camino de Merrion desde la ventana del vagón del tren donde estaba
sentado junto a su madre. Su madre tenía los ojos enrojecidos. Aquella
noche no quería tirar el fuego de la sala y míster Dédalus dejó el atizador
apoyado contra las barras del hogar para atraer la llama. Tío Charles
dormitaba en un rincón del cuarto a medio amueblar y sin alfombra, y
cerca de él los retratos de familia yacían apoyados contra la pared. La
lámpara de la mesa arrojaba una débil luz sobre el suelo de madera, embarrado
por los pies de los mozos de cuerda. Stephen estaba sentado en
una banqueta al lado de su padre escuchando atentamente un largo e incoherente
monólogo. Poco o nada entendía de él, pero poco a poco llegó
a darse cuenta de que su padre tenía enemigos y de que un combate iba a
tener lugar. También sintió que le habían alistado para la batalla, y que
le habían echado sobre los hombros cierta obligación. El súbito abandono
del ambiente de comodidad y ensueño de Blackrock, el paso a través
de la ciudad sombría y nebulosa, la idea de la casa obscura y triste en la
que iban a vivir ahora, todo esto le apesadumbraba el corazón; comprendía
ahora por qué se habían reunido los criados a menudo a hacer comentarios
en el vestíbulo y por qué su padre había permanecido tantas
veces de pie vuelto de espaldas al fuego y hablando en voz alta con tío
Charles, mientras éste le urgía para que se sentara a cenar.
—Amigo mío, aún no nos hemos jugado la última carta, Stephen —
decía míster Dédalus mientras atizaba con bárbara energía el fuego mortecino—.
Aún no estamos muertos, hijito. No, por Cristo (que el Señor
me perdone), ni medio muertos.
Dublín era una nueva y compleja sensación. Tío Charles estaba tan
apagado que ya no se le podía mandar a hacer encargos y el desorden del
acomodo de la nueva casa dejaba a Stephen más libre que lo que había
estado en Blackrock. Al principio se contentaba tímidamente con dar
vueltas alrededor de la plaza inmediata, o, a lo sumo, deslizarse hasta
medio camino por una de las calles adyacentes, pero tan pronto como se
hubo hecho un plano esquemático de la ciudad, se aventuró arrojadamente
por una de las calles principales, hasta que llegó a la casa de
aduanas. Pasó sin ser molestado a lo largo de los docks y de los muelles,
admirando la multitud de corchos que flotaban bailando en el agua, como
una capa amarillenta y espesa, y la muchedumbre de cargadores del
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muelle, y los retumbantes carros, y los guardias mal vestidos y barbudos.
Las balas de mercancías apiladas a lo largo de las paredes, o mecidas en
el aire por encima de las bodegas de los vapores, le sugerían la amplitud
y el misterio de la vida, y despertaban otra vez en él aquella inquietud
que había sentido al vagar por la noche, de jardín en jardín, en busca de
Mercedes. Y entre esta vida bullente y nueva, se hubiera podido imaginar
en otra Marsella, a no faltar el cielo luminoso y los enrejados llenos
de sol a la puerta de las tabernas. Un vago descontento se apoderaba de
él al contemplar los muelles y el río, y el cielo rasero, y, sin embargo,
continuaba errando arriba y abajo, día tras día, como si realmente estuviera
buscando a alguien que se le quisiera esconder.
Fue con su madre, una vez o dos, a visitar a sus parientes, y aunque
pasaban por delante de un jovial despliegue de tiendas iluminadas y
adornadas para las Navidades, no le abandonaba nunca su amargado y
silencioso humor. Las causas de tal amargura eran muchas, unas próximas
y otras remotas. Estaba enfadado consigo mismo, por ser niño y por
estar sujeto a aquellos arrebatos de intranquila locura que le daban, y
disgustado también por el cambio de fortuna que estaba modificando el
mundo que le rodeaba, convirtiéndolo en una pesadilla de mentiras y suciedades.
Mas su disgusto en nada alteraba la visión. Y archivaba con
paciencia cuanto veía, manteniéndose aparte de todo ello, gustando en
secreto su aroma corrompido.
Estaba sentado en una silla sin respaldo, en la cocina de su tía. Una
lámpara de reflector estaba colgada cerca del hogar, en la pared lustrosa
y renegrida, y a su luz, su tía estaba leyendo el periódico de la tarde, que
sostenía sobre las rodillas. Estuvo mirando un rato un retrato sonriente
que había en él, y luego exclamó, pensativa:
—¡La bella Mabel Hunter!
Una niña peinada con tirabuzones se estiró sobre las puntas de los
pies para alcanzar a ver, y dijo dulcemente:
—¿En qué trabaja, mamá?
—En una pantomima.
La niña apoyó su cabeza llena de bucles contra la manga de su madre,
y murmuró extasiadamente:
—¡Qué guapa es!
Y los ojos de la niña quedaron como en éxtasis, fijos largo rato sobre
aquellos otros, provocativos a lo púdico, del grabado, hasta que al fin
murmuró apasionadamente:
Retrato del artista adolescente
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—¿No es verdad que es deliciosa?
Y un chico que entró de la calle, pataleando, agobiado bajo el peso de
una carga de carbón, al oír estas palabras, arrojó prontamente su carga al
suelo y corrió a mirar también. Arrebujaba entre sus manos enrojecidas
y tiznadas el periódico, refunfuñando porque no encontraba el grabado.
Estaba sentado ahora en la estrecha habitación del piso último de una
casa antigua y sombría. Las llamas del fuego oscilaban bailando en la
pared, y un crepúsculo espectral estaba cayendo sobre el río. Una mujer
vieja preparaba el té delante del hogar, y mientras se afanaba en su tarea,
contaba en voz baja lo que habían dicho el médico y el cura. Hablaba de
ciertos cambios que habían observado en la enferma aquellos últimos
tiempos y de las cosas tan raras que hacía y decía. Stephen estaba sentado
escuchando las palabras de la vieja y siguiendo los caminos de ensueño
que se abrían en los carbones enrojecidos, arcos y bóvedas, galerías
en caracol y cavernas repiqueteadas.
De pronto tuvo la impresión de que una cosa estaba parada a la puerta.
Una calavera apareció suspendida resaltando sobre la obscuridad de
la entrada. Una criatura enfermiza, como un mico, estaba allí, atraída por
el sonido de las palabras pronunciadas junto al hogar. Y una voz quejumbrosa
preguntó desde la puerta:
—¿Es Josefina?
La vieja contestó alegremente, sin dejar su labor junto al fuego:
—No, Ellen, es Stephen.
—Ah… Buenas tardes, Stephen.
Contestó al saludo y vio que una sonrisa estúpida se rasgaba sobre la
faz parada a la puerta.
—¿Quieres algo, Ellen? —preguntó la vieja desde su sitio. Pero ella
no contestó a la pregunta, sino dijo:
—Creí que era Josefina. Creí que era Josefina.
Y repitiendo esto varias veces, rompió a reír débilmente.
Stephen se hallaba en una fiesta de niños en Harold Cross. Aquella
actitud suya de observador silencioso se había apoderado de él en aquella
ocasión, así que apenas si participaba de los juegos. Los niños iban
de un lado a otro llevando los residuos de los triquitraques de Navidad,
bailando y retozando ruidosamente. Y aunque él trataba de participar del
regocijo de los otros chicos, se sentía como una figura sombría entre los
bicornios de ellos y los sombreretes de tela de ellas.
Cuando hubo cantado su canción, se retiró a un rincón apartado de la
James Joyce
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estancia, y comenzó a gustar el encanto de su aislamiento. El júbilo, que
al principio le había parecido falso y trivial, era ahora para él como una
brisa reconfortante que se filtraba alegremente por sus sentidos y
que ocultaba a los ojos ajenos la agitación febril de su sangre, cada vez
que, a través del círculo de los bailarines y entre la música y la algazara,
volaba hasta su rincón la mirada de ella, como una provocación, como
una promesa que viniera a explorar su corazón y a excitarlo.
En el vestíbulo se estaban poniendo los abrigos los niños que habían
permanecido hasta el fin; la fiesta había terminado. Ella se echó un chal
por encima y salieron juntos. Su cabeza encapuchada se rodeó de un
fresco nimbo de aliento y sus zapatitos repiqueteaban alegremente sobre
el suelo cubierto de cristalitos de hielo.
Era el último tranvía. Los flacos caballos castaños lo sabían y movían
las campanillas como para anunciarlo a la noche clara. El cobrador hablaba
con el conductor, y ambos hacían a menudo gestos expresivos con
la cabeza a la luz verde de la lámpara. Sobre los asientos vacíos del tranvía
estaban diseminados algunos billetes de colores. No se oía ningún
ruido de pasos por la calle. Ningún ruido turbaba la paz de la noche, sino
el de los caballos al frotar uno contra otro los hocicos, al agitar las campanillas.
Los dos parecían escuchar, él en el peldaño de arriba del estribo, ella
en el de abajo. Mientras hablaban, ella subió varias veces hasta donde
estaba él y volvió a bajar otra vez a su peldaño, pero en una ocasión o
dos permaneció por unos momentos pegada a él, olvidada de bajar, hasta
que volvió a descender por fin. El corazón de Stephen seguía el ritmo de
los movimientos de ella como un corcho el ascenso y descenso de la onda.
Y comprendía lo que los ojos de ella le decían desde las profundidades
del capuchón y comprendía que en un pasado obscuro, no sabía si en
la vida o en el sueño, había oído ya antes su mudo idioma. Y le vio lucir
para él sus galas: el bonito vestido, el ceñidor, las largas medias negras,
y comprendió que él se había ya rendido mil veces a aquellos encantos.
Y, sin embargo, una voz interna más alta que el ruido de su corazón
agitado le preguntaba si aceptaría aquella ofrenda, para la que sólo tenía
que alargar la mano. Y recordaba el día en que Eileen y él estaban mirando
en los campos del hotel cómo los criados izaban un banderín en
un mástil, y aquel foxterrier que daba huidas locas de aquí para allá sobre
el césped soleado, y cómo de pronto había prorrumpido ella en una
carcajada, echando a correr cuesta abajo por el sendero en curva. Ahora,
Retrato del artista adolescente
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como entonces, permanecía indiferente en su lugar, como un tranquilo
observador de la escena que delante de sus ojos se desarrollaba.
—Lo que ella quiere es que yo la coja entre mis brazos —pensó—.
Por eso es por lo que ha venido conmigo al tranvía. Podría fácilmente
agarrarla cuando sube a mi escalón: nadie está mirando. Podría asirla y
besarla.
Pero no hizo ninguna de las dos cosas. Y cuando se vio sentado, solo,
en el tranvía desierto, desgarró en tiras su billete y se quedó mirando sobriamente
el suelo de madera acanalada.
Al día siguiente estuvo sentado frente a su mesa durante muchas horas
en la desnuda habitación del piso de arriba. Delante de él estaban una
pluma, un frasco de tinta y un cuaderno de ejercicios color esmeralda:
todo nuevo. Por la fuerza de la costumbre, había escrito al comienzo de
la página las iniciales del lema jesuítico: A. M. D. G. En la primera línea
aparecía el título de los versos que estaba tratando de escribir: A E—
C—. Sabía que se debía comenzar así porque había visto otros títulos semejantes
en la colección de poemas de lord Byron. Cuando hubo escrito
el título y trazado una raya ornamental por bajo de él, se sumergió en
una especie de ensueño y comenzó a garrapatear sobre la cubierta del
cuaderno. Se veía en Bray, sentado a su mesa, el día después de la discusión
en la cena de Navidad, tratando de escribir un poema sobre Parnell
en el reverso de uno de los documentos de recaudación de su padre.
Pero entonces, su cerebro no había llegado a asir el tema y, desistiendo
de ello, había cubierto la página con los nombres y las señas de algunos
de sus compañeros:
Roderick Kickham
John Lawton
Anthony Mac Swiney
Simón Moonan.
Ahora le parecía que iba a fracasar también, pero a fuerza de meditar
en el incidente del día anterior llegó a cobrar confianza. Durante este
proceso fueron desapareciendo de la escena todos los elementos que estimó
vulgares o insignificantes. Ya no quedaban trazas ni del tranvía, ni
del conductor y el cobrador, ni de los caballos; ni aun él ni ella aparecían
claramente. Los versos sólo hablaban de la noche y de la brisa balsámica
y del fulgor virginal de la luna. Una vaga melancolía estaba oculta en los
James Joyce
62
corazones de los protagonistas, mientras permanecían en pie bajo los árboles
sin hojas. Y cuando llegaba el momento de la despedida, el beso
que la una había negado era dado por los dos. Y tras esto escribió al pie
las letras L. D. S. y, habiendo escondido el libro, fue a la alcoba de su
madre y allí se estuvo mirando un largo rato en el espejo del tocador.
Pero este largo período de ocio y libertad estaba tocando a su fin. Su
padre vino una noche a casa repleto de noticias y no dejó de hablar durante
toda la cena. Stephen había estado esperando con impaciencia el
regreso de su padre porque tenían guisado de cordero y seguramente su
padre le permitiría mojar pan en la salsa. Pero no pudo saborear el guiso
porque la mención de Clongowes le llenó la boca de repugnancia.
—Me le eché encima —repetía míster Dédalus por cuarta vez— en la
esquina de la plaza.
—Entonces, supongo que él lo arreglará —dijo mistress Dédalus—.
Me refiero a lo de Belvedere.
—Claro que sí. ¿No os he dicho que ahora es provincial de la Orden?
—A mí nunca me satisfizo la idea de mandarle a los Hermanos de las
Doctrinas Cristianas —dijo mistress Dédalus.
—¡Que se vayan al cuerno los Hermanos de las Doctrinas! —dijo
míster Dédalus—. ¿Con el asqueroso Poddy y el cochino Mickey? No,
no: que siga arrimado a los jesuitas puesto que con ellos ha comenzado.
Le pueden servir de mucho el día de mañana. Esa gente le puede labrar
un porvenir a cualquiera.
—Son una Orden muy rica, ¿no es verdad, Simón?
—Desde luego. Saben vivir, te lo aseguro. Ya viste cómo comían en
Clongowes. ¡Cristo!, como cebones.
Míster Dédalus pasó su plato a Stephen para que rebañara lo que
quedaba.
—Y ahora, Stephen —dijo— ¡hay que arrimar el hombro, valiente!
Creo que no te quejarás por falta de vacaciones.
—Estoy segura que ahora va a trabajar con bríos —dijo mistress Dédalus—,
sobre todo teniendo a Mauricio con él.
—¡Caramba, por San Pablo! ¡Que me olvidaba de Mauricio! —exclamó
míster Dédalus—. ¡Aquí, Mauricio! ¡Arrímate, barbián, cabezón!
¿No sabes que te voy a mandar a un colegio donde te enseñen a leer el p
a pa? Y además te voy a comprar un pañuelito muy majo para que te seques
las narices. Va a estar lindo, ¿eh?
Mauricio se rió mirando a su padre y luego a su hermano.
Retrato del artista adolescente
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Míster Dédalus se sujetó el monóculo en el ojo y se quedó mirando
fijamente a sus dos hijos. Stephen tenía la boca llena de pan y no contestó
a la mirada de su padre.
—Y a propósito —dijo por fin míster Dédalus—, el rector, o mejor
dicho, el provincial me ha estado contando aquel jaleo que tuviste con el
Padre Dolan. Ha dicho que eres un granuja sin vergüenza.
—¡No habrá dicho eso, Simón!
—Por supuesto, que no. Pero me ha contado toda la historia ce por
be. Estábamos charlando, ¿sabes?, y unas palabras se enredaban con
otras. Hombre, y a propósito, ¿a que no sabéis quién hereda la rectoría?
Pero, ya os lo diré después. Bueno, como decía, estábamos charla que te
charla como dos buenos amigos y va y me pregunta si aquí el pollo seguía
usando gafas. Y entonces me contó toda la historia.
—¿Y estaba enfadado, Simón?
—¿Enfadado? ¡Quiá! ¿Bravo mocito!, dijo.
Míster Dédalus imitaba la voz nasal y recortada del provincial.
—El Padre Dolan y yo, cuando se lo conté a todos en la cena, el Padre
Dolan y yo nos estuvimos riendo de lo lindo. Fíjese usted mejor —le
dije— porque si no, el chiquitín de Dédalus le va a mandar a usted a
que le den con la palmeta nueve veces en cada mano. Nos estuvimos
riendo de lo lindo. ¡Ja! ¡ja! ¡ja!
Míster Dédalus se volvió hacia su mujer y exclamó en su tono de
voz:
—Eso demuestra el espíritu con el que manejan los chicos allí. No
me digáis nada: si es diplomacia, el jesuíta, ¡lo único!
Volvió a tomar la voz del provincial y repitió:
—Se lo conté a todos en la cena, y el Padre Dolan y yo y todos nos
estuvimos riendo de lo lindo. ¡Ja! ¡ja! ¡ja!
Había llegado la noche de la fiesta que se celebraba en el colegio, por
Pentecostés. Stephen, desde la ventana del vestuario, estaba mirando hacia
el pradillo de enfrente adornado con hileras de farolillos a la veneciana.
Observaba los invitados que bajaban de la casa e iban entrando en
el teatro. Algunos antiguos colegiales vestidos de frac estaban diseminados
en grupos a la entrada del teatro y hacían pasar ceremoniosamente
a los espectadores. Al repentino resplandor de un farolillo, pudo Stephen
reconocer la cara sonriente de un sacerdote.
James Joyce
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Habían sacado el Santísimo de su tabernáculo y retirado los primeros
bancos para dejar libres el presbiterio y el espacio fronterizo a él. Había
montones de barras, de pesas y de mazas indias, apoyadas contra la pared.
Las pesas cortas estaban apiladas en un rincón, y en medio de los
innumerables montones de zapatos de gimnasia y de las masas obscuras
y revueltas que formaban los jerseys, estaba en pie el caballete de voltear,
macizo y enfundado en cuero, que esperaba su turno para ser transportado
al escenario y puesto entre las filas del equipo ganador al fin de
los ejercicios de gimnasia.
Stephen no tenía nada que hacer en la primera parte del programa,
aunque, en atención a su fama como redactor de ensayos literarios, le
habían elegido secretario del gimnasio; pero en la representación que
formaba la segunda parte desempeñaba el principal cometido en el papel
de maestro ridículo. Le habían elegido por razón de su estatura y de sus
maneras graves, pues aquel era su segundo curso en el colegio de Belvedere
y estaba ya en el penúltimo año. Un grupo de alumnos más pequeños,
vestidos con jerseys y pantalones blancos, entró pataleando por la
puerta de la sacristía procedente del escenario. La sacristía y la capilla
estaban llenas de profesores y de alumnos que se afanaban en los preparativos.
El sargento mayor, calvo y rollizo, estaba probando los muelles
del caballo de volteo. Cerca de él y observando con atención sus movimientos,
había un joven delgaducho que iba a exhibir en la fiesta una serie
de intrincados movimientos de maza. Llevaba un largo abrigo, y los
extremos de las mazas plateadas asomaban por las bocas de sus profundos
bolsillos. Se oyó el ruido hueco de los instrumentos de madera, porque
un nuevo equipo se aprestaba a subir al escenario. Seguidamente el
prefecto, con aire excitado, fue empujando a los chicos a través de la sacristía
como a un rebaño de patos, agitando nerviosamente los bordes de
su sotana, y gritando a los rezagados que se dieran prisa. Al otro extremo
de la capilla había un pequeño grupo de campesinos napolitanos que
ensayaban pasos de danza: algunos hacían girar los brazos por encima de
la cabeza, otros balanceaban unas cestas llenas de violetas artificiales.
En un rincón obscuro de la capilla estaba arrodillada una señora vieja y
gorda, entre el gran remolino de sus faldas negras. Cuando se levantó
dejó ver una figura vestida de color rosa, con una peluca de bucles dorados
y un sombrero de paja de gusto arcaico, con las cejas pintadas de
negro y las mejillas dadas de carmín y empolvadas. Un tenue rumor de
curiosidad recorrió la capilla a la vista de esta aparición afeminada. Uno
Retrato del artista adolescente
65
de los prefectos se aproximó sonriendo y meneando la cabeza hasta el
rincón obscuro donde estaba la vieja, y habiendo hecho una inclinación,
dijo, bromeando:
—¿Qué es esto que trae usted aquí, mistress Tallón? ¿Es una hermosa
damisela o una muñeca?
Y después, inclinándose para mirar la cara pintada que sonreía debajo
del sombrerete, exclamó:
—Pero, ¡tate!, si parece nuestro amiguito Bertie Tallón.
Stephen oyó desde su sitio de al lado de la ventana, las risas con que
la anciana señora y el sacerdote celebraban la gracia, y los murmullos de
admiración que a su espalda se levantaban de entre los chicos que se habían
adelantado para contemplar al muchacho que bailaría él solo una de
las danzas de la fiesta. Stephen no pudo reprimir un movimiento de impaciencia.
Dejó caer el extremo de la cortina, saltó del banco en el cual
estaba subido, y salió de la capilla. Atravesó el edificio del colegio y se
metió bajo un cobertizo que orillaba el jardín. Del teatro, situado enfrente,
venían las voces ahogadas de los espectadores y luego, de pronto,
el estrépito de bronce de la banda militar. La luz que salía a través del
techo de cristales daba al teatro la apariencia de un arca iluminada, anclada
entre casas como barcos arrumbados, y sujeta a sus amarras por los
finos cables de sus hileras de farolillos. Se abrió de repente una puerta
lateral del teatro, y un dardo de luz corrió sobre la hierba. Un súbito estallido
de música salió del arca: el preludio de un vals. La puerta se volvió
a cerrar, y Stephen sólo pudo seguir el débil ritmo de la música. La
expresión, la languidez, el aéreo movimiento de aquellos primeros compases,
evocaban en él la incomunicable emoción causa de su desasosiego
de aquel día, y del arranque de impaciencia que le había conducido hasta
allí. Su desasosiego brotaba de él como una onda de sonido: con el fluir
de la música, el arca se había puesto en movimiento, arrastrando tras sí,
al arrancar, sus amarras de farolillos. El movimiento cesó al estallar un
ruido como de una artillería diminuta: eran los aplausos que saludaban la
aparición en la escena de un nuevo equipo de gimnastas.
Una manchilla de luz rosada brillaba en el extremo del cobertizo, y al
irse acercando, llegó a sentir un tenue olor aromático. Dos muchachos
estaban fumando allí al resguardo de una puerta, y antes de llegar a ellos
pudo reconocer la voz de Heron.
—¡He aquí al noble Dédalus! —gritó una voz gutural y fuerte—.
¡Bien venido sea nuestro fiel amigo!
James Joyce
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La bienvenida terminó en una carcajada sin alegría, en tanto que Heron
se deshacía en zalemas. Después se puso a repiquetear en el suelo
con su bastón.
—Aquí me tienes —dijo Stephen, deteniéndose y paseando su mirada
de Heron al otro que estaba con él.
Este último le era desconocido; pero al resplandor de los pitillos pudo
entrever su rostro pálido y afectado, sobre el que se deslizaba lentamente
una sonrisa, y su largo talle y el sombrero hongo con que se tocaba. Heron
no se preocupó de hacer una presentación, sino que en su lugar, dijo:
—Precisamente le estaba diciendo a mi amigo Wallis lo divertido que
sería si tú imitaras esta noche la voz del rector en tu papel de maestro.
Sería un golpe estupendo.
Heron hizo en honor de Wallis un intento poco lucido de remedar la
pedantesca voz de bajo del rector, y riendo él mismo de su fracaso le
dijo a Dédalus que lo hiciera él.
—¡Anda, Dédalus, anda, que tú le imitas estupendamente! Aquel que
no quiera obedecer a la Igle-ssia, sea para ti como el paga-nno y el publica-
nno.
La imitación fue estorbada por una leve expresión de desagrado por
parte de Wallis, cuya boquilla tiraba mal.
—¡Caray con la lata de la boquilla! —dijo, quitándosela de la boca,
sonriendo y frunciendo las cejas con aire tolerante—. Se está atrancando
a cada paso. ¿Usted usa boquilla?
—No fumo —dijo Stephen.
—No —dijo Heron—. Dédalus es un joven modelo. Ni fuma, ni va a
las kermesses, ni flirtea.
Stephen meneó la cabeza y se sonrió de ver la cara de su rival, colorada,
movible y picuda como la de un pájaro. Había pensado con frecuencia
lo extraordinario que era que Vincent Heron, que tenía apellido
de pájaro, tuviera la cara en consonancia con el nombre. Sobre la frente
le descansaba un mechón de cabellos claros, como una cresta alborotada.
La frente era estrecha y huesuda, y una nariz delgada y ganchuda le salía
de entre los ojos, muy juntos y saltones, claros e inexpresivos. Los dos
rivales eran amigos de colegio. Se sentaban en clase en el mismo banco,
tenían su sitio uno al lado del otro en la capilla y charlaban juntos en el
comedor después del rosario. Como los alumnos de último año eran muy
poco brillantes, ellos eran en realidad los que llevaban la voz cantante en
el colegio. Ellos, los que iban a pedir al rector un día de asueto o el perRetrato
del artista adolescente
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dón de un camarada.
—Hombre, y a propósito —dijo Heron de repente—. He visto entrar
a tu padre.
La sonrisa desapareció del rostro de Stephen. Cualquier alusión a su
padre, hecha por un compañero o por un profesor, le sobresaltaba inmediatamente.
Esperó en silencio, temiendo qué fuese lo que Heron iba a
seguir diciendo. Pero Heron sólo le dio un codazo expresivo y dijo:
—¡Anda, que las matas callando!
—¿A qué santo?… —preguntó Stephen.
—Tú pareces una mosquita muerta —siguió Heron—, pero creo que
las matas sin sentir.
—¿Se te puede preguntar a qué es a lo que te refieres? —preguntó
cortésmente Stephen.
—Desde luego, hombre —contestó Heron—. La hemos visto, ¿no es
verdad, Wallis? Y que es endiabladamente bonita. Y preguntona. ¿Y qué
papel va a hacer Stephen, míster Dédalus? ¿Y va a cantar Stephen,
míster Dédalus? Tu señor padre la estaba mirando de hito en hito a través
de aquel monóculo que se trae, y me parece que el viejo te ha calado
las intenciones. A mí no me importaría un comino. ¡Es estupenda!, ¿no
es verdad, Wallis?
—¡De primera! —contestó Wallis tranquilamente, volviéndose a colocar
la boquilla en el ángulo de la boca.
Una oleada momentánea de cólera refluyó por la mente de Stephen al
oír hacer en presencia de un extraño estas alusiones poco delicadas. Para
él las atenciones y el interés de la muchacha no eran una cosa de broma.
En todo el día no había pensado en otra cosa más que en la despedida en
el estribo del tranvía la noche de Harold's Cross, en las fluctuantes emociones
que le había producido y el poema que con este motivo había escrito.
Todo el día había estado imaginándose el nuevo encuentro, porque
sabía de antemano que ella había de asistir a la representación. Y la
misma melancolía inquieta de la otra vez había llenado su pecho, aunque
ahora sin encontrar su desagüe en el verso. El desarrollo y la experiencia
de dos años de adolescencia interpuestos entre aquel entonces y lo presente,
le impedían ahora semejante expansión. Y todo el día la corriente
de melancólica ternura había estado fluyendo y refluyendo dentro de él
en obscuros remolinos y remansos, llegándole, por fin, a cansar, hasta
que la chanza del prefecto y el muchachuelo pintarrajeado le habían
arrancado un movimiento de impaciencia.
James Joyce
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—Así es que tienes que admitir —seguía diciendo Heron— que por
esta vez te hemos calado de lo lindo. Ya no vendrás haciéndote el san
tito, supongo.
Prorrumpió en una carcajada falsa e, inclinándose como antes, golpeó
ligeramente a Stephen en la pantorrilla, como por festivo reproche.
El momento de cólera se le había pasado ya a Stephen. No se sentía
ni halagado ni confuso, sino que sencillamente deseaba que la broma tocase
a su fin. Apenas si se dolía ahora de lo que poco antes le había parecido
una estúpida falta de tacto, porque comprendía que su íntima
aventura no peligraba por aquellas palabras. Y su cara reflejó la falsa
sonrisa de su rival.
—¡Confiesa! —repitió Heron, golpeándole otra vez en la pantorrilla.
El golpe era en broma, pero no tan suave como el primero. Stephen
sintió un escozor en la piel, un ardor apenas doloroso; e inclinándose
sumisamente empezó a recitar el Confíteor como para corresponder al
tono jocoso de su compañero. La cosa terminó bien porque Heron y
Wallis se echaron a reír tolerantemente ante aquella irreverencia.
Los labios de Stephen eran solamente los que recitaban la confesión,
pues mientras pronunciaba las palabras, un repentino recuerdo le había
transportado a otra escena, evocada como por magia al notar las arruguillas
crueles que con la risa se le formaban a Heron en los ángulos de
la boca y al sentirse en la pantorrilla el golpecito cariñoso del bastón y
escuchar la amonestación amical: Confiesa.
Era hacia el final del primer trimestre pasado en el colegio, cuando él
estaba todavía en sexta. Su sensible naturaleza se resentía aún del peso
de la obscuridad y la sordidez de su nueva manera de vida. Su alma estaba
aún conturbada y deprimida por la sombría monstruosidad de Dublín.
Stephen había emergido de dos años de sueño encantado para encontrarse
de pronto en un escenario distinto, donde cada evento y cada
personaje le afectaban íntimamente, seduciéndole a veces y otras descorazonándole,
pero llenándole siempre de intranquilidad y amargos pensamientos,
lo mismo cuando le descorazonaban que cuando le seducían.
Todo el vagar que su vida de colegial le dejaba lo pasaba en la compañía
de escritores subversivos, cuyos sarcasmos y virulencias fermentaban
lentamente en su cerebro para reflejarse después en sus propios y aún no
sazonados escritos.
La composición literaria era la principal ocupación que tenía durante
la semana, y todos los martes, cuando iba de casa al colegio, auguraba la
Retrato del artista adolescente
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suerte que le esperaba deduciéndola de las incidencias del camino; si
veía a alguien que caminara delante de él, se proponía pasarle antes de
llegar a un punto determinado, o bien iba colocando sus pisadas cuidadosamente
en las junturas de las losas de la acera, diciéndose a cada pisada:
seré el primero en el ensayo; no seré el primero en el ensayo.
Cierto martes, la serie de sus triunfos se vio interrumpida de repente.
Míster Tate, el profesor de inglés, le señaló con el dedo y dijo bruscamente:
—Este muchacho tiene una herejía en el ensayo.
Silencio sepulcral en la clase. Míster Tate no lo interrumpió sino que
se puso a hurgarse con una mano entre los muslos, en tanto que se oía
chascar el almidón de su camisa alrededor del cuello y hacia los puños.
Stephen no levantó los ojos. Era una mañana cruda de primavera y sus
ojos estaban todavía débiles y doloridos. Se vio fracasado y cogido; sintió
la sordidez de su espíritu y la de su casa, y en la nuca, el roce del
cuello vuelto y raído.
Un sonoro golpe de risa del profesor permitió respirar más a gusto a
los alumnos.
—Quizá no se ha dado usted cuenta.
—¿En dónde está? —preguntó Stephen.
Míster Tate dejó de hurgarse y extendió el escrito.
—Aquí. Es hablando del Criador y del alma. Emm… emm… emm…
emm… ¡Ah!, sin que nunca puedan llegar a aproximarse. Eso es una
herejía.
Stephen murmuró:
—He querido decir sin que nunca puedan llegar a alcanzarse.
Era someterse. Míster Tate se apaciguó y doblando el ejercicio se lo
alargó diciendo:
—¡Ah!… Bueno. Alcanzarse. Eso es ya otra cosa.
Pero la clase no se había apaciguado tan prestamente. Aunque nadie
le habló del incidente después de la clase, Stephen pudo notar a su alrededor
una especie de alegría malévola.
Unos días después de este tropiezo, iba Stephen al anochecer con una
carta en la mano por el camino de Drumcodra, cuando oyó una voz que
gritaba:
—¡Alto!
Se volvió y pudo distinguir entre las sombras crepusculares a tres de
sus compañeros que le salían al paso.
James Joyce
70
Heron, que era el que había gritado, avanzaba entre sus dos acompañantes
hendiendo el aire con un bastoncillo delgado a compás de las pisadas.
Su amigo Boland marchaba al lado de él con una sonrisa forzada
en el rostro, mientras que el otro, Nash, venía unos cuantos pasos trasero,
resollando a causa de la velocidad de la marcha y haciendo oscilar su
gran cabezota rojiza.
Ya reunidos todos, se internaron por la calle de Clonliffe e inmediatamente
se pusieron a hablar de libros y escritores, diciendo los libros
que estaban leyendo y cuántos volúmenes tenía en la librería el padre de
cada uno. Stephen les estaba escuchando con cierta extrañeza, porque
Boland era el azote de la clase y Nash el vago por excelencia de la misma.
En efecto, después de charlar algún tiempo sobre sus autores favoritos,
Nash se declaró por el capitán Marryat, que, según dijo, era el más
grande escritor.
—¡Quita! —dijo Heron—. Pregúntale a Dédalus. Dédalus, ¿cuál es el
más grande escritor?
Stephen notó el sarcasmo de la pregunta y dijo:
—¿En prosa?
—Sí.
—Creo que Newman.
—¿El cardenal Newman? —preguntó Boland.
—Sí —contestó Stephen.
A Nash se le amplificó en el rostro pecoso la sonrisa doblada, al
mismo tiempo que volviéndose a Stephen, decía:
—¿Y a ti, Dédalus, te gusta el cardenal Newman?
—Hay mucha gente que afirma que Newman es quien tiene el mejor
estilo en prosa —dijo Heron, para que se enteraran los otros dos—, pero,
desde luego, no es poeta.
—Y dinos, Heron, ¿cuál es el mejor poeta? —preguntó Boland.
—Lord Tennyson, indudablemente —contestó Heron.
—Claro, lord Tennyson —dijo Nash—. En casa tenemos todas sus
poesías en un libro.
Al oír esto, Stephen olvidó todos los propósitos de callar que había
estado haciendo y exclamó:
—¡Poeta, Tennyson! ¡Querrás decir un versificador!
—¡Quítate de ahí! —dijo Heron—. Todo el mundo sabe que Tennyson
es el mejor poeta.
—¿Y quién es, según tu parecer, el mejor poeta? —preguntó Boland,
Retrato del artista adolescente
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dándole con el codo a su vecino.
—Byron, desde luego —contestó Stephen.
Heron tomó la iniciativa rompiendo a reír despectivamente y los otros
dos se le unieron.
—¿De qué os reís? —preguntó Stephen.
—De ti —contestó Heron—. ¡Byron el mejor poeta! No es más que
un poeta para gentes sin educación.
—¡Pues, sí que debe ser un poeta! —comentó Boland.
—Lo mejor que puedes hacer tú es callarte —dijo Stephen, encarándose
decididamente con él—. Todo lo que tú sabes acerca de poesía, es
lo que has escrito en las pizarras del patio, que fue por lo que te mandaron
castigado al desván.
Se decía, en efecto, que Boland había escrito en las pizarras del patio
un pareado acerca de un compañero que acostumbraba a volver del colegio
a casa a caballo en un pony:
Tyson iba a caballo hacia Jerusalén.
Se cayó y se hizo daño en el kulipulén.
Esta embestida hizo callar a los dos lugartenientes, pero Heron continuó:
—Por lo menos, no me negarás que Byron es herético e inmoral.
—Me tiene sin cuidado lo que sea —exclamó vivamente Stephen.
—¿Te tiene sin cuidado el que sea herético o no? —dijo Nash.
—¿Qué es lo que entiendes tú de eso? —saltó Stephen—. No has leído
un verso en tu vida, a no ser en una traducción. Ni tú, ni Boland tampoco.
—¡Atención! Sujetadme bien a este hereje —exclamó Heron.
En un instante Stephen se encontró prisionero.
—Tate te despabiló de lo lindo el otro día cuando aquello de la herejía
que tenías en la composición.
—Ya se lo diré yo mañana —dijo Boland.
—¿Tú? —exclamó Stephen—. ¡Te guardarás muy mucho de abrir la
boca!
—¿Y eso?
—Como que te va la vida.
—¡A callarse! —gritó Heron, fustigando en la pierna a Stephen con
el bastón.
James Joyce
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Esta fue la señal para el ataque. Nash le trabó los brazos por la espalda
mientras que Boland cogía un troncho de col que yacía en el arroyo.
Stephen, debatiéndose a patadas, bajo los bastonazos y los golpes del
troncho nudoso, fue empujado contra una alambrada erizada de pinchos.
—Confiesa que Byron no valía nada.
—No.
—Confiesa.
—No.
—Confiesa.
—No. No.
Al fin, tras una serie de embestidas, logró desasirse. Sus verdugos
huyeron en dirección al camino de Jone riendo y mofándose, mientras él,
medio cegado por las lágrimas, echó a andar vacilantemente, crispando
los puños enfurecido, sollozando.
Y ahora, mientras recitaba el Confiteor entre las risas indulgentes de
los otros dos y mientras las escenas de este ultrajante episodio pasaban
incisivas y rápidas por su imaginación, se preguntaba por qué no guardaba
mala voluntad a aquellos que le habían atormentado. No había olvidado
en lo más mínimo su cobardía y su crueldad, pero la evocación
del cuadro no le excitaba al enojo. A causa de esto, todas las descripciones
de amores y de odios violentos que había encontrado en los libros le
habían parecido fantásticas. Y aun aquella noche, al regresar vacilante
hacia casa a lo largo del camino de Jone, había sentido que había una
fuerza oculta que le iba quitando la capa de odio acumulado en un momento
con la misma facilidad con la que se desprende la suave piel de
un fruto maduro.
Permanecía de pie con los otros dos compañeros en el extremo del
cobertizo atendiendo vagamente a su charla o a los estallidos de los
aplausos que venían del teatro. Ella estaba sentada allí dentro, entre el
público, esperando tal vez a que él apareciese. Trató de evocar su imagen,
pero no pudo. Se acordaba sólo de que llevaba un chal echado por
la cabeza que le hacía como una capucha y que sus ojos obscuros le excitaban
y le deprimían. Se preguntaba si él había estado en los pensamientos
de ella del mismo modo que ella en los de él. Y luego, en la
obscuridad, sin que los otros dos le pudieran ver, apoyó las puntas de los
dedos de una mano sobre la palma de la otra, tocándola apenas ligeramente.
Mas la presión de los dedos de ella había sido más ligera y más
firme; y de repente el recuerdo de aquel roce le atravesó el cerebro y el
Retrato del artista adolescente
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cuerpo como una invisible onda.
Un muchacho vino corriendo hacia ellos a través del cobertizo. Llegaba
excitado y sin aliento.
—Anda, Dédalus —gritó—, que Doyle está la mar de enfadado contigo.
Tienes que ir inmediatamente a vestirte para la representación. Anda,
date prisa.
—Irá cuando le dé la gana —contestó Heron al mensajero, arrastrando
desdeñosamente las palabras.
El muchacho se volvió hacia Heron y repitió:
—Es que Doyle está horriblemente enfadado.
—¿Quieres hacer el favor de ofrecer a Doyle mis respetos y decirle
que no me toque las narices?
—Bueno, me tengo que ir —dijo Stephen, a quien se le daba muy poco
de puntillos de honra.
—Yo que tú no iba —dijo Heron—. ¡Vaya que no! Esas no son maneras
de mandar a buscar a uno de los mayores. ¡Que está furioso! Ya es
bastante que desempeñes un papel en ese condenado comedión que se
trae.
Este puntilloso espíritu de camaradería que había observado últimamente
en su rival no lograba apartar a Stephen de sus hábitos de tranquila
obediencia. Desconfiaba de la turbulencia y dudaba de la sinceridad
de una tal camaradería que le parecía una triste anticipación de la
virilidad. El punto de honor suscitado ahora le resultaba tan trivial como
todas estas cuestiones. Mientras su imaginación había estado atareada
persiguiendo fantasmas intangibles, o dejando de perseguirlos para caer
en la irresolución, había estado escuchando constantemente las voces de
sus profesores que le excitaban a ser antes que nada un perfecto caballero
y un buen católico. Estas voces habían llegado a sonar en sus oídos
como palabras vacías. Al abrirse el gimnasio, había oído otra voz que le
mandaba ser fuerte, viril y saludable. Y cuando el movimiento a favor de
un renacimiento nacional se había comenzado a sentir en el colegio, otra
voz le había invitado a ser fiel a su patria y a ayudar a vivificar su lenguaje
y sus tradiciones. En lo profano, lo preveía, habría otra voz que le
invitaría a reconstruir con su trabajo la derruida hacienda de su padre; y,
entre tanto, la voz de sus compañeros le mandaba ser un buen cantarada,
encubrirlos en sus faltas, interceder por su perdón y hacer todos los esfuerzos
posibles para obtener días de asueto para el colegio. Y era el
zumbido vacío de todas estas voces lo que le hacía titubear en la perseJames
Joyce
74
cución de sus propios fantasmas. Sólo les prestaba atención por algún
tiempo, y era feliz cuando podía estar lejos de ellas, fuera del alcance de
su llamamiento, solo, o en compañía de sus propios y fantasmales compañeros.
En la sacristía estaban un jesuita rollizo y de cara lustrosa y un viejo
de traje azul raído, ocupados en revolver en un cajón de coloretes y lápices
de caracterizar. Los chicos que habían sido ya caracterizados se paseaban
de un lado a otro, o, parados y como estupefactos, se pasaban
furtivamente los dedos por la cara. En medio de la sacristía, un jesuita,
que estaba pasando unos días en el colegio, se balanceaba rítmicamente,
poniéndose de puntillas y dejándose caer otra vez sobre los talones, todo
con las manos muy metidas en los bolsillos de la sotana y éstos echados
hacia adelante. Su cabeza, pequeña, adornada de rizos rojizos y lustrosos,
y su cara recientemente afeitada, iban bien con la impecable corrección
de su sotana y con sus irreprochables zapatos.
Al observar esta figura oscilante y tratar de descifrar la sonrisa burlona
del religioso, le vino a Stephen a la memoria una cosa que había oído
decir a su padre antes de que le enviaran a Clongowes: que se puede
siempre reconocer a un jesuita por el corte de su traje. Y en el mismo
momento pensó que le parecía reconocer una semejanza entre la manera
de ser de su padre y la de aquel jesuita bien vestido y sonriente. Y tuvo
certeza de algo como una profanación del oficio de jesuita y aun de la
misma sacristía, cuyo silencio había huido ante la charla en alta voz y el
bromear, y cuya atmósfera estaba llena del olor pungente de los mecheros
de gas y de la grasa.
Mientras que el viejo le pintaba arrugas en la frente y le embadurnaba
las mejillas de negro y de azul, Stephen escuchaba distraído la voz del
jesuita rollizo que le recomendaba que hablara alto y que recalcara bien
los pasajes graciosos. Se oía la banda que tocaba El lirio de Killarney y
comprendió que el telón se iba a levantar dentro de muy pocos minutos.
No sentía ningún miedo de salir al escenario, pero le humillaba la idea
del papel que iba a desempeñar. El recuerdo de algunos de los pasajes
hizo que un rubor repentino subiera hasta sus mejillas pintadas. Y vio
los ojos de ella, pensativos y llenos de promesas, que le miraban desde
la sala; y esta imagen barrió todos sus escrúpulos dejando su voluntad
presta. Parecía que se le había infundido otra nueva naturaleza: que el
contagio de la animada juventud que bullía a su alrededor se le había
metido a él también en el alma y transformado aquella desconfianza
Retrato del artista adolescente
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malhumorada que de ordinario tenía. Por un momento se vio revestido
de la verdadera vitalidad juvenil. Y mezclado entre bastidores con los
otros, participó de la alegría común en medio de la cual dos robustos padres
izaron el telón que se fue elevando a tirones y todo torcido.
Momentos después se encontró en el escenario entre las deslumbrantes
luces de gas y la decoración borrosa, representando delante de las innumerables
caras del vacío. Le sorprendía el ver que la comedia, que en
los ensayos parecía una cosa deslavazada y sin vida, había cobrado de
repente vida propia. Parecía ahora que la comedia se representaba sola y
que ellos sólo ayudaban con sus papeles. Cuando el telón cayó tras la
última escena, oyó cómo el vacío se llenaba de aplausos, y a través de
una rendija pudo ver desde el escenario cómo aquel cuerpo único ante el
cual había representado, se desformaba como por magia, rompiéndose
por todas partes el vacío de rostros y dividiéndose en grupos atareados.
Abandonó rápidamente la escena, se despojó de su disfraz y atravesando
la capilla entró en el jardín del colegio. Ahora que la representación
había terminado, sus nervios excitados exigían una nueva aventura.
Se precipitó hacia adelante como para atraparla. Las puertas del teatro
estaban abiertas y el público había salido ya. En aquellas hileras que antes
se le habían imaginado como las amarras de un arca, quedaban ahora
unos cuantos farolillos, balanceándose en la brisa nocturna, oscilando
sin regocijo. Subió a toda prisa los escalones de entrada al colegio, como
ávido de una presa que se le pudiera escapar, se abrió paso entre la multitud
que llenaba el vestíbulo y pasó por junto a dos jesuitas que presenciaban
la desbandada haciendo reverencias, y cambiando apretones de
mano con los invitados. Y él empujaba hacia adelante, fingiendo una
prisa todavía mayor, y dándose cuenta vagamente de la estela de miradas,
sonrisas y codazos que su empolvada cabeza dejaba tras sí.
Cuando llegó a los escalones de la entrada vio a su familia que le estaba
esperando a la luz del primer farol. A primera vista notó que todas
las figuras del grupo le eran familiares y bajó los escalones malhumorado.
—Tengo que llevar un recado a la calle George —le dijo precipitadamente
a su padre—. Volveré a casa detrás de ustedes.
Y sin aguardar a las preguntas de su padre, atravesó a toda prisa el
camino y echó a andar a hopo colina abajo. Apenas si sabía adonde iba.
Orgullo, esperanza y deseo, como hierbas pisoteadas en su corazón, elevaban
humaredas de un incienso enloquecedor que cual una cortina ceJames
Joyce
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gaba las luces de su espíritu. Bajaba velozmente entre el tumulto de estos
vapores de orgullo herido, de esperanza arruinada, de deseo frustrado,
que en un momento se habían levantado en su alma. Se elevaron ante
sus ojos angustiados en una densa y enloquecedora humareda, fluyeron
y se desvanecieron sobre él.
Por último, el aire quedó de nuevo transparente y frío.
Un velo recubría aún sus ojos, pero éstos no le ardían ya. Un poder
semejante a aquel que otras veces había hecho desaparecer de él la cólera
o el resentimiento, fue el que le hizo pararse.
Se detuvo y se quedó mirando el sombrío pórtico del depósito de cadáveres
y la callejuela empedrada de al lado. Vio el nombre de la callejuela,
Lotts, escrito en la pared, y respiró despacio el aire rancio y denso
que de ella salía.
—Esto son orines de caballo y paja podrida —pensó—. Es bueno
respirar este olor. Me calmará el corazón. Ahora mi corazón* está ya absolutamente
tranquilo. Regresaré.
Stephen se encontraba de nuevo sentado junto a su padre, en un rincón
de un vagón del ferrocarril en Kingsbridge. Iban a Cork y aquel era
el correo de la noche. Cuando el tren arrancó de la estación, le vino a la
memoria aquel asombro infantil experimentado años atrás el primer día
de su estancia en Clongowes. Pero ahora no experimentaba asombro
ninguno. Veía cómo iban resbalando hacia atrás las tierras cada vez más
sombrías y los silenciosos postes del telégrafo que cada cuatro segundos
pasaban rápidamente por la ventana y las pequeñas estaciones penumbrosas,
guardadas sólo por algunos tranquilos vigilantes, arrojadas por el
tren a su espalda, titilantes un momento en la obscuridad como chispas
de fuego proyectadas hacia atrás en plena carrera.
Escuchaba sin interés ninguno la evocación que su padre hacía de
Cork y de las escenas de su juventud, narración interrumpida a menudo
por suspiros o por tragos de la cantimplora de bolsillo, cada vez que la
imagen de un amigo muerto salía a relucir en ella o siempre que el narrador
recordaba el objeto mismo de su viaje actual. Stephen escuchaba
pero no podía sentir piedad alguna. Las imágenes de los muertos le eran
todas extrañas, excepto la de tío Charles, que últimamente se había casi
borrado de su memoria. Sabía, sin embargo, que los bienes de su padre
iban a ser vendidos en subasta, y aun en esta manera de perder lo propio,
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pudo comprender que el mundo daba un rudo mentís a su fantasía.
Al pasar por Maryborough cayó dormido. Cuando se despertó, el
tren había ya dejado atrás Mallow, y su padre dormía tumbado en el
asiento frontero. La fría luz del amanecer caía sobre el campo, sobre las
tierras desoladas y las cerradas cabañas. Y al mirar el campo silencioso o
al oír de vez en cuando la respiración profunda y los súbitos movimientos
que su padre hacía al dormir, el terror del sueño fascinaba su espíritu.
La vecindad de invisibles durmientes le llenaba de horror, como si le
pudieran hacer daño, y rezaba para que el día viniese pronto. Su oración
no se dirigía a Dios ni a ningún santo, sino que comenzaba con un escalofrío,
del aire que por la ranura de la portezuela hasta sus píes entraba, y
concluía por una serie de palabras sin sentido, pero acomodadas al ritmo
insistente del tren. Y silenciosamente, a intervalos de cuatro segundos,
los postes del telégrafo cerraban un compás preciso de notas galopantes.
La desatentada música aliviaba su horror, y recostándose sobre el borde
de la ventanilla, dejó caer los párpados de nuevo.
Atravesaron, en un carricoche de dos ruedas, las calles de Cork a las
primeras horas de la madrugada, y Stephen acabó su sueño en una alcoba
del Hotel Victoria. Un sol alegre y caliente fluía de la ventana, y se
oía el barullo del tráfico. Su padre estaba en pie delante del tocador
contemplándose con gran cuidado el pelo, la cara y el bigote, estirando
el cuello por encima del jarro, y apartándose de lado para poder ver mejor.
Mientras tanto cantaba en voz baja, con extraño acento y vocalización
pintoresca:
Juventud y locura
nos casan cuando jóvenes,
por eso aquí no puedo
quedarme ya.
Para lo que no hay cura
no hay más que sepultura.
Con que, adiós, que me voy
a América.
Ay, mi niña la linda,
mi niña placentera,
tú eres cual whisky nuevo,
cariño mío,
James Joyce
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que, si se pone añejo,
se torna frío y viejo
y se evapora y muere
como rocío.
La idea de que la ciudad caliente y soleada esperaba al otro lado de la
ventana y los tiernos trémolos con los que su padre adornaba su cancioncilla,
extraña, triste y al par regocijada, barrieron del cerebro de Stephen
todas las nieblas del mar humor de la noche. Se levantó rápidamente,
se vistió y, cuando la canción hubo terminado, dijo:
—Eso es mucho más bonito que cualquiera de los Venid todos vosotros,
que acostumbras a cantar.
—¿Crees tú?
—Me gusta —dijo Stephen.
—Es un aire viejo —dijo míster Dédalus mientras se atusaba las
guías del bigote—. ¡Ay, si se lo hubieras oído a Mick Lacy! ¡Pobre
Mick Lacy! ¡El sí que le daba giros especiales y que lo adornaba mucho
mejor que yo! ¡Aquél sí que era mozo para cantar un Venid todos vosotros
Míster Dédalus había encargado un plato local de embutidos para desayunar
y durante la comida interrogó de punta a cabo al camarero acerca
de todas las novedades locales. Casi nunca se entendían porque,
cuando sonaba un nombre, el camarero se refería a su actual poseedor y
míster Dédalus pensaba en el padre o quizás en el abuelo.
—Bueno, por lo menos espero que no se habrán llevado el Colegio de
la Reina del sitio donde estaba —dijo míster Dédalus—, porque quiero
enseñárselo a este pollastre que traigo conmigo.
Los árboles estaban en flor a lo largo del Mardyke. Entraron en los
campos del colegio y fueron conducidos a través del patio por un portero
charlatán. Pero su marcha a través del patio se veía interrumpida a cada
docena de pasos por un alto, a causa de alguna novedad contada por el
portero.
—¿Qué me cuenta usted? ¿Y ha muerto el pobre Pottlebelly?
—Sí, señor. Ha muerto.
A cada una de esas paradas, Stephen permanecía embarazosamente
detrás de los dos hombres, aburrido de la conversación y deseando reanudar
la marcha de nuevo. Cuando hubieron cruzado el patio, su intranquilidad
se había ya convertido en fiebre. Y se maravillaba de cómo su
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padre, al que tenía por astuto y suspicaz, se dejaba engañar por los modales
serviles del portero. Y el fuerte acento meridional que le había divertido
durante toda la mañana resultaba ahora insoportable a sus oídos.
Entraron en el anfiteatro de anatomía, donde míster Dédalus, ayudado
por el portero, se puso a buscar para encontrar sus iniciales. Stephen
permanecía en el fondo, deprimido ahora más que nunca a causa de la
obscuridad y silencio del lugar y de su ambiente adusto y cansino de sitio
de trabajo. En un pupitre leyó la palabra Feto grabada varias veces en
la madera obscura y manchada. Esta palabra sobrecogió su espíritu; le
pareció sentir en torno de él a los ausentes estudiantes del colegio y espantarse
de su compañía. Y una visión de la vida de ellos que las palabras
de su padre habían sido incapaces de evocar, se elevó ante sus ojos
como si brotara de las letras grabadas en la mesa. Un estudiante ancho
de hombros y con bigote estaba grabando gravemente el letrero a punta
de navaja. Otros estudiantes estaban de pie o sentados cerca de él y se
reían de verle tan afanado. Uno le empuja con el codo. El robusto estudiante
se vuelve hacia él frunciendo el entrecejo. Lleva un vestido gris
amplio y unas botas amarillas.
Stephen oyó que le llamaban. Bajó a toda prisa por las gradas del anfiteatro
para apartarse todo lo posible de la visión y procuró ocultar el
arrebato del rostro acercando mucho la cara a las iniciales de su padre.
Pero la palabra y la visión retozaban delante de sus ojos al regresar por
el patio camino de la puerta de entrada. Le extrañaba el encontrar en el
mundo externo huellas de aquello que él había estimado hasta entonces
como una repugnante y peculiar enfermedad de su propia imaginación.
Sus-sueños monstruosos le acudieron en tropel a la memoria. También
ellos habían brotado furiosamente, de improviso, sugeridos por simples
palabras. Y él se había rendido y los había dejado filtrarse por su inteligencia
y profanarla, sin saber nunca de qué caverna de monstruosas
imágenes procedían, dejándole siempre, tan pronto como se desvanecían,
débil y humilde ante los demás, asqueado de sí mismo e intranquilo.
—¡Mira, caramba! —dijo míster Dédalus—. Apostaría cualquier cosa
a que aquello son las Abacerías. Seguramente que me has oído hablar
muchas veces de las Abacerías, ¿no es verdad, Stephen? ¡Cuántas veces
nos hemos escapado después de pasar lista y nos hemos venido aquí!
Éramos una nube: Harry Peard y Jack Mountain y Bob Dyas y Maurice
Moriarty el francés y Tom O'Grady y Mick Lacy del que te hablaba esta
James Joyce
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mañana, y Joey Corbet y aquel buenazo de Johnny Keevers, el de Tantiles.
A lo largo del Mardyke, las hojas de los árboles se movían susurrantes
bajo la luz del sol. Pasó un equipo de jugadores de cricket. En una
callejuela tranquila tocaba una charanga de cinco músicos alemanes, de
uniformes desteñidos e instrumentos derrotados. Un grupo de golfillos
de la calle y de recaderos desocupados se había congregado delante de
ellos. Una criada con bonete y delantal blanco estaba regando una maceta
en un alféizar que resplandecía como una losa de piedra caliza bajo
la luz caliente y deslumbrante. Y a través de otra ventana abierta, venían
las notas de un piano que escala tras escala iban trepando por el teclado.
Stephen caminaba al lado de su padre, oyendo historias que ya conocía,
escuchando una vez más los nombres de aquellos calaveras que habían
sido los compañeros de juventud de su padre, ya muertos o desparramados
por el mundo. Un vago malestar temblaba en su corazón. Y
evocaba su propia y equívoca posición en el colegio de Belvedere, alumno
externo, primero de su clase, atemorizado de su propia autoridad, orgulloso,
sensible y suspicaz, en lucha continua contra la miseria de su
propia vida y el tumulto de sus pensamientos. Aquellas letras grabadas
en. la manchada madera del pupitre le estaban contemplando fijamente,
como si hicieran befa de su flaqueza corporal y de sus fútiles entusiasmos,
le provocaran a la repugnancia de su propia locura y de las asquerosas
orgías de su mente. La saliva le amargaba en la boca y un vago
malestar le subió al cerebro, hasta tal punto, que tuvo que cerrar por un
momento los ojos, caminando a ciegas.
Aún seguía la voz de su padre:
—El día que comiences a vivir por ti mismo, lo que supongo que
ocurrirá de un momento a otro, aunque te dediques a lo que te dediques,
ten cuidado de juntarte con verdaderos caballeros. Cuando yo era muchacho,
ya te digo que la he gozado de lo lindo. Pero me juntaba con
compañeros muy decentes. Cada cual tenía su habilidad. Uno poseía una
hermosa voz, aquél era un buen actor, el otro sabía cantar una canción
con gracia, tal era un buen remero o un buen jugador de raqueta, el de
más allá sabía contar bien un cuento, y así sucesivamente. La pelota estaba
siempre en el tejado y la gozábamos de lo lindo y conocíamos un
poco el mundo, sin que ninguno de nosotros se quedara atrás. Pero, Stephen,
todos éramos caballeros, al menos así lo creo yo, y, además, irlandeses
honrados y fíeles a machamartillo. Esa es la gente con la que yo
Retrato del artista adolescente
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quiero que te juntes, con gente de buen natural. Te estoy hablando como
a un amigo, Stephen. Yo no pienso que un hijo pueda tener miedo a su
padre. No: yo te trato del mismo modo que tu abuelo me trataba a mí,
cuando yo era aún un mocoso. Parecíamos más bien dos hermanos que
padre e hijo. Nunca me olvidaré del primer día que me pescó fumando.
Estaba yo al fin de la Terraza del Sur con otros mequetrefes como yo, y
desde luego nos las dábamos de personas maduras porque teníamos una
pipa en la boca. Y, de pronto: mi padre que pasa. No dijo una palabra, ni
siquiera se paró. Pero al día siguiente, que era domingo, fuimos juntos a
dar un paseo y cuando ya regresábamos, saca la petaca y me dice: "Y a
propósito, Simón, yo no sabía que tú fumases ni cosa que se le pareciese."
Yo hice desde luego lo posible para conllevar la situación. "Si quieres
saborear cosa buena, añadió, prueba uno de estos puros. Me los ha
regalado anoche, en Queenstown, un capitán americano."
Stephen notó que la voz de su padre se deshacía en una carcajada:
una carcajada que era casi un sollozo.
—Era en aquel tiempo el mozo más gallardo de Cork. ¡Cristo, si lo
era! Las mujeres se volvían en la calle para mirarle.
Oyó que el sollozo se hundía sonoramente en la garganta de su padre
y un impulso nervioso le hizo abrir los ojos. La luz del sol, al romper de
improviso contra sus pupilas, transformaba el cielo y las nubes en un
mundo fantástico de masas sombrías entre lagos de luz densa y rosada.
Su mismo cerebro era débil e impotente. Apenas si podía interpretar los
letreros de las tiendas. Porque aquella monstruosa vida suya le había
arrojado más allá de los límites de lo real. No había cosa del mundo real
que le dijera nada, que le conmoviera, a no ser que despertara un eco de
aquellos alaridos furiosos que él sentía brotar de su interior. No podía
responder a las llamadas de la tierra ni de los hombres, sordo e insensible
a la voz del verano y al gozo de la camaradería, ahíto y descorazonado
de oír el sonido de las palabras de su padre. Apenas si podía reconocer
como propios sus pensamientos. Y se repitió lentamente en voz
baja:
—Yo soy Stephen Dédalus. Voy andando junto a mi padre que se
llama Simón Dédalus. Estamos en Cork, en Irlanda. Cork es una ciudad.
Nuestra habitación está en el Hotel Victoria. Victoria, Stephen, Simón.
Nombres.
Se le nubló de repente el recuerdo de su niñez. Trataba de evocar sus
vividos incidentes y no podía. Sólo recordaba nombres. Dante, Parnell,
James Joyce
82
Clane, Clongowes. Una señora de edad que tenía dos cepillos en su armario
y enseñaba geografía a un niño pequeñito. Luego le habían enviado
de casa al colegio, había hecho la primera comunión, había comido
tiras de pasta de malvavisco que iba sacando de su gorra de cricket, había
visto desde su canuta, en la enfermería, cómo el fuego saltaba y danzaba
sobre la pared y había soñado que se había muerto y que el rector,
revestido de una capa dorada y negra, decía una misa por su alma y que
le enterraban en el reducido camposanto de la comunidad, al otro lado de
la avenida de los tilos. Pero no se había muerto. Parnell era el que se había
muerto. No había habido misa en la capilla por el difunto ni procesión.
No se había muerto, sino que se había desvanecido como una placa
impresionada a la luz del sol. Se había perdido o había emigrado de la
existencia, porque ya no existía. ¡Qué extraño era el pensar que él había
dejado de existir de este modo, no a través de la muerte, sino desvanecido
al sol, o perdido y olvidado, Dios sabe dónde, en medio del universo!
Y extraño también, ver que su cuerpecillo reaparecía ahora por un momento:
un niñín vestido con un traje gris de cinturón. Con las manos en
los bolsillos y los pantalones sujetos por elásticos a las rodillas.
La tarde del día en que los bienes fueron vendidos, Stephen siguió
mecánicamente a su padre por la ciudad de taberna en taberna. A los
vendedores del mercado, a los camareros y a las mozas de mostrador, a
los mendigos que le importunaban pidiendo una limosna, míster Dédalus
les había repetido la misma historia, que él era de Cork y que había estado
durante treinta años tratando de librarse allá arriba, en Dublín, de su
acento del sur; y que aquel Perico el de los Palotes que iba con él era su
hijo, pero que aquél ya no era más que un castizo de Dublín. Habían salido
de mañana del café de Newcombe, donde la taza de míster Dédalus
había temblequeado en el platillo, mientras Stephen, moviendo la silla y
con toses fingidas, procuraba ocultar las vergonzosas señales de la correría
alcohólica de su padre, la noche pasada. Las humillaciones habían
venido una tras otra: las falsas sonrisas de los vendedores del mercado,
los meneos y los guiños de las mozas de bar con las que su padre se dedicaba
a timarse, los cumplimientos y las palabras alentadoras de los
amigos de míster Dédalus. Todos habían dicho que Stephen era el vivo
retrato de su abuelo y el padre había convenido en que lo era, aunque ni
la mitad de buen mozo. Se habían dedicado a rastrear huellas del acento
de Cork en su manera de hablar y se habían obstinado en que confesara
que el Lee era un río mucho más hermoso que el Liffey. Uno de ellos
Retrato del artista adolescente
83
había puesto a prueba el latín de Stephen haciéndole traducir algunos pasajes
de Dilecto y le había preguntado qué era lo gramatical, si Tempora
mutantur nos et mutamur in illis, o Tempora mutantur et nos mutamur in
illis. Y otro, un viejecito muy vivo, a quien míster Dédalus llamaba
Johnny Cashman, le había hecho ruborizarse preguntándole cuáles eran
más bonitas, si las chicas de Dublín o las de Cork.
—No está hecho a eso. Déjele usted estar. Es un chico de cabeza
sentada que no se preocupa de esas tonterías.
—Entonces no es el hijo de su padre —contestó el vejete.
—Nadie puede estar seguro —dijo míster Dédalus sonriendo afablemente.
—Tu padre —dijo el viejecito— era en sus tiempos el tenorio más
grande de toda la ciudad de Cork. ¿Sabías tú eso?
Stephen miraba al suelo estudiando el piso embaldosado del bar en el
que se habían metido.
—No me le soliviante usted la cabeza —dijo míster Dédalus—. Déjele
usted tranquilo.
—Desde luego que no le soliviantaré la cabeza. Soy bastante viejo
para ser su abuelo. Porque yo soy realmente abuelo —le dijo el viejecillo
a Stephen—. ¿No sabías tú eso?
—¿Sí? —preguntó Stephen.
—Vaya si lo soy —contestó el vejete—. Tengo dos nietos, dos mozancones
que están en Sunday's Wells. Bueno, y ahora, ¿qué edad crees
tú que tengo? Y que me acuerdo de haber visto a tu abuelo saliendo de
montería con su levita encarnada. Claro que eso era cuando tú no habías
nacido aún.
—Ni en el pensamiento —comentó míster Dédalus.
—Vaya si lo vi —repitió el viejecito—. Y aún más, que me puedo
acordar hasta de tu bisabuelo, el viejo John Stephen Dédalus, y que era
un camorrista formidable. Con que, mira, eso es tener memoria.
—Tres generaciones, quiá, cuatro generaciones —dijo otro del grupo—.
Que usted Johnny Cashman no debe de andar lejos de los ciento.
—Hombre, para decirte la verdad, tengo justo, justo, los veintisiete.
—Tenemos la edad que nos sentimos dentro, Johnny —dijo míster
Dédalus—. Con que tómese usted eso que tiene ahí y que nos traigan
otra de lo mismo. Tú, Tim o Tom, o como te llames: tráenos otra de lo
mismo. Yo me siento de diez y ocho años. Aquí tienen ustedes a este
hijo mío, que no tiene la mitad de mi edad, y sin embargo, le doy ciento
James Joyce
84
y raya, ahora y siempre.
—No hay que exagerar, Dédalus. Me parece que ya es tiempo de que
vayas pensando en pasar a la reserva —dijo el que había hablado antes.
—¡No, por Cristo! —afirmó míster Dédalus—. Que me pongo con él
donde sea a cantar un aria de tenor, o a saltar un portillo de cinco traviesas,
o a correr tras los perros en el campo, como hice treinta años hace
con el chico de Kerry, que era el primero para eso.
—Pero me parece que éste te ganaría a esto —dijo el viejecito golpeándose
en la frente y levantando al mismo tiempo el vaso para acabarlo
de apurar.
—Bueno, yo espero que ha de ser un hombre tan entero como su padre.
Esto es todo lo que puedo decir —dijo míster Dédalus.
—Si lo es, eso basta —sentenció el viejo.
—Y démosle gracias a Dios —dijo míster Dédalus— que en tanto
tiempo como hemos vivido, nunca hemos hecho el menor daño a nadie.
—No, sino mucho de bueno —rectificó el vejete gravemente—. Gracias
sean dadas a Dios porque hemos vivido largo tiempo y hemos hecho
el bien.
Stephen observaba cómo los vasos se levantaban del mostrador cada
vez que su padre y sus compinches bebían a la memoria de su pasado.
Un abismo abierto por el sino o por el temperamento le separaba de
ellos. Su alma parecía más vieja que la de ellos, y brillaba fríamente sobre
sus porfías, sus alegrías y sus pesares, como una luna sobre una tierra
más joven. Ni la vida de la juventud se había agitado en él como en
ellos. No había conocido ni el placer de la camaradería, ni la ruda salud
viril, ni la piedad filial. Nada se agitaba en su alma fuera de una sensualidad
fría, cruel y sin amor. Su niñez estaba muerta o perdida, y con ella,
el alma propicia a las alegrías elementales. Y estaba derivando por la vida
como la cáscara estéril de la luna.
¿Viene tu palidez de aquel hastío
de trepar por los cielos contemplando
la tierra, ¡oh!, tú la errante y solitaria…?
Se repitió en voz baja los versos del fragmento de Shelley Aquella
asociación simultánea que en ellos había de triste esterilidad humana y
actividad de vastos ciclos extrahumanos refrigeró el espíritu de Stephen.
Y se olvidó de su propio dolor, estéril y humano.
Retrato del artista adolescente
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La madre de Stephen, su hermano y uno de sus primos estaban esperando
en la esquina de la tranquila plaza Foster, mientras él y su padre
subían los escalones y pasaban a lo larga de la columnata -bajo la cual
un soldado escocés estaba de centinela. Cuando hubieron entrado en el
gran vestíbulo, se aproximaron a una ventanilla y Stephen exhibió su
mandato de pago contra el Banco de Irlanda por la suma de treinta y tres
libras. Y esta cantidad, suma de la dotación de su beca y de su premio de
composición literaria, le fue entregada inmediatamente por el pagador en
billetes y monedas, respectivamente. Con fingida parsimonia se las metió
en el bolsillo y aún hubo de aguantar que el empleado, con el cual su
padre había estado charlando, le diera la mano por encima del ancho
contador y le deseara un brillante porvenir. Estaba impaciente de oírles
hablar y no podía lograr que sus pies se estuvieran quietos. Pero el empleado
todavía defirió el atender a los que esperaban para decir que los
tiempos habían cambiado mucho y que no había nada mejor que dar una
buena educación a un hijo, fuese al precio que fuese. Todavía se entretuvo
míster Dédalus en el vestíbulo mirando en torno de sí y al techo y diciendo
a Stephen, el cual le estaba dando prisa para que saliesen, que
estaban en aquel momento en la casa de los comunes del antiguo parlamento
irlandés.
—¡Dios se apiade de nosotros! —dijo piadosamente—, ¡pensar en los
hombres de aquellos tiempos, Hely Hutchinson y Flood y Henry Grattan
y Charles Kendal Bushe, y pasar después a los aristócratas que nos han
tocado en suerte, a los directores actuales del pueblo irlandés, en Irlanda
y fuera de ella! Cuando ni aun muertos y en un campo de diez fanegas
podrían ponerse los de ahora al lado de aquellos. No, Stephen; siento decirte
que los que tenemos ahora son tan estúpidos como aquello de: vagando
una mañana de mayo hermosa, en el alegre mes del dulce junio.
Un viento cortante de octubre soplaba en los alrededores del banco.
Las tres personas que esperaban en el borde de la acera embarrada, tenían
la cara amoratada de frío y los ojos humedecidos. Stephen observó
el vestido ligero de su madre y recordó que había visto hacía algunos días
en el escaparate de Barnardo un abrigo marcado con el precio de
veinte guineas.
—Bueno. Ya está —dijo míster Dédalus.
—Lo mejor que podríamos hacer sería ir a comer —dijo Stephen—.
James Joyce
86
¿A dónde vamos?
—¿A comer? —preguntó míster Dédalus—. Bueno, puede ser que
sea lo mejor. ¿Qué os parece?
—A algún sitio que no sea muy caro —dijo mistress Dédalus.
—¿A Underdone?
—Sí. A algún sitio tranquilo.
—Venid —dijo rápidamente Stephen—. No importa el precio.
Y echó a andar por delante, sonriendo, a pasos cortos y nerviosos.
Los otros trataron de seguirle riéndose también de sus prisas.
—Oye, Stephen, haz el favor de tomarlo con más tranquilidad. No
vamos a ganar el premio de la media milla, ¿no es eso?
Fue una corta temporada de diversiones en la cual el dinero de los
premios fluyó abundantemente de los dedos de Stephen. De las tiendas
del centro llegaban grandes paquetes de comestibles, de golosinas y de
frutos secos. Cada día combinaba una lista diferente de platos para la
familia y todas las noches invitaba al teatro a una partida de tres o cuatro
personas para ver Ingomar o La dama de Lyons. En los bolsillos de la
chaqueta llevaba pastillas de chocolate para obsequiar a sus invitados y
los bolsillos del pantalón le reventaban de monedas de plata y cobre.
Compró regalos para todo el mundo, repasó por menudo su habitación,
escribió programas de vida, cambió de sitio en los estantes todos sus libros,
se desojó leyendo listas de precios de toda clase de cosas, estableció
una especie de república para la casa, en la cual cada persona tenía
su cargo, abrió un banco de préstamos para la familia y apremiaba a tomar
cantidades a préstamo a todo el que se ofrecía a ello sólo por darse
el gustazo de extender recibos y de calcular los intereses de las sumas
prestadas. Cuando ya no le quedó otra cosa, se dedicó a recorrer la ciudad
en tranvía de un cabo a otro. Por último, el período de deleites llegó
a su término. El bote de esmalte rosa se concluyó y el maderamen de su
alcoba quedó a medio pintar y lleno de chafarrinones.
La casa volvió a su manera acostumbrada de vida. Su madre ya no
tenía ocasión de reprenderle por malgastar el dinero. El también volvió a
su acostumbrada vida de colegial y todas sus originales empresas se derrumbaron.
La república fracasó, el banco cerró sus arcas y sus libros
con notable pérdida, y las reglas de vida que se había trazado a sí mismo
cayeron en desuso.
¡Cuan necio había sido su intento! Había tratado de construir un dique
de orden y elegancia contra la sórdida marea de la vida que le roRetrato
del artista adolescente
87
deaba y de contener el poderoso empuje de su marejada interior por medio
de reglas de conducta y activos intereses y nuevas relaciones filiales.
Todo inútil. Las aguas habían saltado por encima de sus barreras lo mismo
por fuera que por dentro. Y las aguas continuaban su empuje furioso
por encima del malecón derruido.
Y vio también claramente su inútil aislamiento. No se había acercado
ni un solo paso a aquellas vidas a las cuales había tratado de aproximarse,
ni había logrado echar un puente sobre el abismo de vergüenza y de
rencor que le separaba de su madre y de sus hermanos. Apenas si sentía
la comunidad de sangre con ellos, apenas si se imaginaba ligado a ellos
más que por una especie de misterioso parentesco adoptivo: hijo adoptivo
y hermano adoptivo.
Se dedicó a aplacar los monstruosos deseos de su corazón ante los
cuales todas las demás cosas le resultaban vacías y extrañas. Se le importaba
poco de estar en pecado mortal y de que su vida se hubiera convertido
en un tejido de subterfugios y falsedades. Nada había sagrado
para el salvaje deseo de realizar las enormidades que le preocupaban.
Soportaba cínicamente los pormenores de sus orgías secretas, en las
cuales se complacía en profanar pacientemente cualquier imagen que
hubiera atraído sus ojos. Día y noche se movía entre falseadas imágenes
del mundo externo. Tal figura que durante el día le había parecido inexpresiva
e inocente, se le acercaba luego por la noche entre las espirales
sombrías del sueño con una malicia lasciva, brillantes los ojos de goce
sensual. Sólo el despertar le atormentaba con sus confusos recuerdos del
orgiástico desenfreno, con el sentido agudo y humillante de la transgresión.
Y volvió a sus correrías. Los atardeceres velados del otoño le invitaban
a andar de calle en calle como lo había hecho años antes por las apacibles
avenidas de Blackrock. Pero faltaba ahora la visión de los jardines
recortados y de las acogedoras luces de las ventanas, que hubiera podido
ejercer una influencia calmante sobre él. Sólo a veces, en las pausas del
deseo, cuando la lujuria que le estaba consumiendo dejaba espacio para
una languidez más suave, la imagen de Mercedes atravesaba por el fondo
de su memoria.
Y volvía a ver la casita blanca y el jardín lleno de rosales en el camino
que lleva a las montañas y recordaba el orgulloso gesto de desaire
que había de hacer allí, de pie, en el jardín bañado en luz lunar, tras muchos
años de extrañamiento y aventura. En estos momentos, las dulces
James Joyce
88
palabras de Claude Melnotte subían hasta sus labios y aplacaban su intranquilidad.
Sentía un vago presentimiento de aquella cita que había estado buscando,
y a pesar de la horrible realidad interpuesta entre su esperanza de
entonces y lo presente, preveía aquel sagrado encuentro que en otro
tiempo había imaginado y en el cual habían de desprenderse de él la debilidad,
la timidez y la inexperiencia.
Tales momentos pasaban pronto, y las devoradoras llamas de la lujuria
brotaban de nuevo. Los versos se borraban de sus labios y los gritos
inarticulados y las palabras bestiales, nunca pronunciadas, brotaban ahora
de su cerebro tratando de buscar salida. Su sangre estaba alborotada.
Erraba arriba y abajo por calles obscuras y fangosas, escudriñando en la
sombra de las callejuelas y de las puertas, escuchando ávidamente cualquier
sonido. Gemía como una bestia fracasada en su rapiña. Necesitaba
pecar con otro ser de su misma naturaleza, forzar a otro ser a pecar con
él, regocijarse con una mujer en el pecado. Sentía una presencia obscura
que venía hacia él de entre las sombras, una presencia sutil y susurrante
como una riada que le fuera anegando completamente. Era un murmullo
que le cercaba los oídos: tal el murmullo de una multitud dormida. Ondas
sutiles penetraban todo su ser. Las manos se le crispaban convulsivamente
y apretaba los dientes como si sufriera la agonía de aquella penetración.
En la calle extendía los brazos para alcanzar la forma huidiza
y frágil que se le escapaba incitándole… Hasta que, por fin, el grito que
había ahogado tanto tiempo en su garganta brotó ahora de sus labios.
Brotó de él como un gemido de desesperación de un infierno de condenados
y se desvaneció en un furioso gemido de súplica, como un lamento
por un inicuo abandono, un lamento que era sólo el eco de una
inscripción obscena que había leído en la rezumante pared de un urinario.
Había estado errando por un laberinto de calles estrechas y sucias. De
las malolientes callejuelas venían tumultos de voces roncas y de disputas,
y lentas tonadas de cantores borrachos. Y siguió adelante, sin desmayar,
pensando si tal vez habría ido a dar al barrio de los judíos. Cruzaban
de casa a casa muchachas y mujeres vestidas con trajes largos y
chillones, perfumadas y despaciosas. Un temblor se apoderó de él y sus
ojos se nublaron. Y ante su confusa vista, las llamas amarillas del gas se
elevaban contra un cielo cubierto de nieblas, ardiendo como ante un altar.
En los umbrales de las puertas y en los vestíbulos iluminados, había
Retrato del artista adolescente
89
grupos misteriosos dispuestos como para un rito. Era otro mundo distinto:
se había despertado de una soñolencia de centurias.
Estaba aún en mitad del arroyo sintiendo que el corazón le clamaba
tumultuosamente en el pecho. Una mujer joven, vestida con un largo
traje color rosa, le puso la mano en el brazo para detenerle y le dijo:
—Buenas noches, rico.
La habitación templada y luminosa. Una enorme muñeca estaba espatarrada
sobre el amplio butacón de al lado de la cama. Trató de hacer
articular a su lengua algunas palabras para parecer sereno, mientras veía
cómo ella se iba despojando del traje, y observaba los movimientos sabios
y orgullosos de aquella cabeza perfumada.
Y ella avanzó hasta él, que permanecía en medio de la habitación, y
le abrazó alegre y reposadamente. Sus brazos redondos le ceñían contra
ella; su cara se levantaba mirándole con una tranquila seriedad que él
sentía tibiamente en el movimiento alterno y reposado de los pechos.
Sentía la necesidad de romper en sollozos. Lágrimas de alegría y de consuelo
brillaban en sus ojos extasiados y sus labios se entreabrían para
hablar; pero la voz no salía de su garganta.
Y ella le pasó por el cabello su mano tintineante llamándole mala
personita.
—Dame un beso —le dijo.
Pero los labios de él no sentían deseo de besarla. Lo que quería era
verse ceñido firmemente entre los brazos de ella. Ser acariciado lentamente,
lentamente, lentamente. Que entre aquellos brazos sentía haberse
vuelto fuerte, impávido, seguro de sí mismo. Pero sus labios no se habían
de inclinar para besarla.
De pronto, ella volvió la cabeza y le oprimió los labios con los suyos.
Y él leyó lo que querían decir aquellos movimientos en los ojos francos
que, levantados, le miraban. Era demasiado, cerró los ojos y se entregó a
ella, en cuerpo y alma, sin conciencia de cosa de este mundo, salvo del
sombrío roce, de la dulce hendidura de aquellos labios. Los sentía en la
carne y en el cerebro como conductores de un vago idioma. Y entre ellos
sintió una desconocida y tímida presión, más sombría que el desfallecimiento
del pecado, más dulce que el sonido o el olor.
3
El corto crepúsculo decembrino se había desplomado torpemente tras
un día plomizo, y mientras Stephen miraba el sombrío cuadrado de la
ventana de la clase, el vientre le estaba reclamando su alimento. Esperaba
que tendrían estofado para cenar, con nabos, zanahorias y patatas
majadas y grasientos pedazos de cordero adecuados para ser bien revueltos
en la salsa gruesa, adobada de harina y de pimienta. ¡Engúlletelo!,
ésta era la voz del vientre.
Sería una noche sombría y secreta. Poco después de la caída de la noche
las lámparas amarillas iluminarían aquí y allá el sórdido barrio de
los burdeles. Iría por caminos extraviados, calles arriba y abajo, haciendo
círculos cada vez más cerrados, más cerrados, con un estremecimiento
de temor y de alegría, hasta que sus pasos le llevaran de pronto a
trasponer cierto sombrío rincón. Las cantoneras estarían saliendo de sus
casas, preparándose para la noche, desperezándose aún del sueño y
ajustándose las horquillas en los mechones de pelo. Y él pasaría tranquilamente
por entre ellas esperando sólo un momentáneo movimiento
de su voluntad o un imprevisto llamamiento que a su espíritu hiciera
aquella carne suave y perfumada. Y sin embargo, al rondar en busca de
tal llamada, sus sentidos embrutecidos sólo por el deseo tendrían que
anotar agudamente todo lo que los hería o llenaba de oprobios: sus ojos,
un círculo de espuma de cerveza sobre una mesa sin tapete o una fotografía
de dos soldados en posición de firmes o un cartel chillón de teatro;
sus oídos, la recalcada jerga de los saludos.
—Hola, Bertie, ¿qué?, ¿vienes?
—¿Eres tú, pichón?
—En el número diez. Nelly la Frescachona te está esperando.
—Buenas noches, maridito. ¿Qué, entras un rato?
La ecuación en la página de su borrador comenzó a desarrollar una
cola cada vez más ancha, llena de ojos y estrellada como la rueda de un
pavo real. Y según iba eliminando los exponentes volvía a recogerse y
Retrato del artista adolescente
91
desplegarse despacio. Los exponentes aparecían y desaparecían según
los ojos se iban abriendo o cerrando. Y los ojos al abrirse y al cerrarse
eran estrellas que nacían o se apagaban. Este vasto ciclo de vida estrellada
transportaba su imaginación, hacia afuera, hasta su límite, y, hacia el
interior, hasta su centro, mientras una música distante acompañaba tal
flujo y reflujo. Pero, ¿qué música? La música se fue aproximando y logró
evocar las palabras, aquellas palabras del fragmento de Shelley en
que habla de la luna errante, sin compañía, pálida de hastío. Las estrellas
comenzaron a desmenuzarse y una nube de fino polvo estelar cayó por el
espacio.
La luz tristona se hacía aún más débil sobre la página donde una nueva
ecuación había comenzado a desarrollarse, amplificando progresivamente
su ancha cola: era su propia alma que salía a la ventura, desarrollándose
pecado tras pecado, amplificando la luminaria de sus ardientes
estrellas, para replegarse de nuevo y desvanecerse lentamente, apagadas
sus luces y sus llamas. Se había apagado. Y la obscuridad fría llenaba el
caos.
Una fría y lúcida indiferencia reinaba en su alma. Tras su primero y
violento pecado sintió que una onda de vitalidad había fluido de él y temió
no quedaran su alma o su cuerpo mutilados por el exceso. Mas, no;
la onda vital se lo había llevado en su seno para devolverle otra vez en el
reflujo. Y ni su alma ni su cuerpo habían sido mutilados, y una paz sombría
se había establecido entre ellos. El caos en el cual su ardor se extinguía
era el frío e indiferente conocimiento de sí mismo. Había pecado
mortalmente no sólo una vez, sino muchas; y sabía que aunque por el
primer pecado estaba ya en peligro de eterna condenación, cada nuevo
pecado multiplicaba su culpa y su castigo. Sus días, sus palabras, sus
pensamientos no le podían ser propiciatorios porque las fuentes de la
gracia santificante habían dejado de refrescar su alma. A lo más, al dar
una limosna a un mendigo de cuyas bendiciones huía, podía esperar lleno
de tedio el obtener alguna partícula de gracia actual. La devoción se
le había marchado por la borda. ¿De qué le servía rezar si sabía que su
alma estaba anhelando la propia destrucción? Algo que era orgullo o temor
le impedía el ofrecer a Dios ni siquiera una plegaria por la noche,
aunque sabía que estaba en la mano de Dios el arrebatarle la vida durante
el sueño y precipitarle en el infierno, sin darle tiempo ni aun de pedir
clemencia. El orgullo de su culpa, y su frío temor de Dios, le decían
que su ofensa era demasiado grave para que pudiera ser reparada, ni total
James Joyce
92
ni parcialmente, por un falso homenaje dirigido al que todo lo ve y todo
lo sabe.
—¡Está bien, Ennis! ¡Te digo que tienes la cabeza tan dura como el
puño de mi bastón! ¡De modo que sales con que no me puedes decir lo
que es una cantidad irracional!
La disparatada respuesta reavivó el rescoldo de su desprecio hacia sus
compañeros. Para con los otros no sentía ni vergüenza ni temor. Los
domingos por la mañana, al pasar por la puerta de la iglesia, echaba una
mirada llena de frialdad a los devotos que destocados, de cuatro en fondo,
estaban a la parte de fuera asistiendo espiritualmente a la misa que
no podían ni ver ni oír. Su roma piedad y el mareante olor de las pomadas
baratas con las que se habían untado la cabeza, le repelían de aquel
mismo altar que ellos adoraban. Y se rebajó hasta el vicio de ser hipócrita
para con los demás, permitiéndose dudar escépticamente de una
inocencia que a él le costaba tan poco trabajo fingir.
De la pared de su alcoba pendía un pergamino iluminado, el diploma
de prefecto de la congregación de la Santísima Virgen María que había
en el colegio. Los domingos por la mañana, cuando la congregación se
reunía en la capilla para rezar el oficio parvo, su sitio era un reclinatorio
acojinado, a la derecha del altar, desde el cual dirigía las respuestas de
los congregantes de su ala. La falsedad de su posición no le apesadumbraba.
En algunos momentos sentía impulsos de levantarse de su sitio de
honor y abandonar la capilla tras haber confesado su indignidad, pero
una sola mirada a las caras de sus compañeros le detenía. Las metáforas
de los salmos profetices amansaban su estéril orgullo. Las glorias de
María mantenían su alma cautiva: nardo, mirra e incienso simbolizaban
su real linaje; sus emblemas, la planta y el árbol de serondo florecer,
simbolizaban el gradual crecimiento de su culto entre los hombres a través
de las edades.
Cuando le tocaba leer la lección al fin del oficio, leía con una voz
velada, acunándose la conciencia con su música.
Quasi cedrus exaltata sum in Libanon et quasi cupressus in monte
Sion. Quasi palma exaltata sum in Gades et quasi plantatio rosae in Jericho.
Quasi uliva speciosa in campis et quasi platanus exaltata sum
juxta aquam in plateis. Sicut cinnamomum et balsamum aromatizans
odorem dedi et quasi myrrha electa deai suavitatem odoris.
Retrato del artista adolescente
93
Su pecado le había apartado de la vista de Dios, pero le había conducido
más cerca del refugio de los pecadores. Los ojos de la Virgen parecían
mirarle con una benigna piedad. Su santidad, como una extraña luz
que brillara vagamente sobre su carne delicada, no humillaba al pecador
que se acercaba a ella. Si alguna vez se sentía impelido a arrojar de sí el
pecado y a arrepentirse, el impulso que le movía era el de ser su caballero.
Si alguna vez su alma volvía a entrar en la propia morada, apagado
ya el frenesí del deseo carnal, y se volvía a aquella cuyo emblema es el
lucero de la mañana, ese lucero brillante y musical que nos habla del
cielo y paz infunde, era cuando los nombres de ella eran murmurados
suavemente por aquellos labios donde todavía había un eco de puercas y
vergonzosas palabras, tal vez el sabor de un beso lascivo.
Era extraño. Trataba de explicarse cómo podía ser. Pero el crepúsculo,
que se hacía cada vez más denso en la clase, le ocultaba sus propios
pensamientos. Sonó la campana. El profesor señaló los problemas y los
gráficos que tenían que preparar para el próximo día y salió. Al lado de
Stephen, Heron comenzó a cantar desafinadamente:
Mi excelente amigo Bombados…
Ennis, que había ido al patio, volvió diciendo:
—El recadero de la residencia viene a buscar al rector.
Un muchacho alto que estaba detrás de Stephen se frotó las manos y
dijo:
—¡Estupendo! Entonces podemos hacer lo que nos dé la gana toda la
hora. Seguramente no vuelve hasta después de las dos y media. Y entonces
le puedes preguntar dudas de catecismo, tú, Dédalus.
Stephen estaba recostado hacia atrás y dibujaba indolentemente en el
borrador escuchando la charla de los otros, que Heron se encargaba de
moderar de vez en cuando, diciendo:
—Callad la boca, si os da la gana. No arméis ese condenado jaleo.
Era extraño cómo encontraba un árido placer en seguir hasta su término
las rígidas líneas de la doctrina católica y en penetrar hasta los
puntos más obscuros sólo por oír y sentir más profundamente su propia
condenación. Aquella sentencia de la Epístola del apóstol Santiago, según
la cual el que infringe un mandamiento se hace reo de todos, le había
parecido antes ser una frase vacía y sólo la había llegado a comprender
ahora al tantear en la obscuridad de su propia situación. De la mala
James Joyce
94
semilla del placer habían brotado todos los otros pecados mortales: orgullo
de sí mismo y desprecio de los demás, codicia de dinero para procurarse
placeres vedados, envidia de aquellos cuyos vicios no podía alcanzar,
goce glotón de la comida, aquella cólera sombría y calenturienta
entre la cual fermentaba el deseo, el pantano de pereza espiritual y corporal
en el que todo su ser se había hundido.
Cuando sentado en su pupitre contemplaba fijamente la cara astuta y
enérgica del rector, la mente de Stephen se deslizaba sinuosamente a
través de aquellas peregrinas dificultades que le eran propuestas. Si un
hombre hubiera robado una libra esterlina en su juventud y con aquella
libra hubiera amasado luego una enorme fortuna, ¿qué era lo que estaba
obligado a devolver, sólo la libra que había robado, o la libra con todos
los intereses acumulados, o el total de su inmensa fortuna? Si un seglar
al administrar el bautismo, vierte el agua antes de pronunciar las palabras
rituales, ¿queda el niño bautizado? ¿Es válido el bautismo con agua
mineral? ¿Cómo puede ser que mientras la primera bienaventuranza
promete el reino de los cielos a los pobres de corazón, la segunda promete
a los mansos la posesión de la tierra? ¿Por qué fue el sacramento
de la eucaristía instituido bajo las especies de pan y vino, siendo así que
Jesucristo está presente en cuerpo y sangre, alma y divinidad en el pan
solo y en el vino solo? ¿Contiene una pequeña partícula del pan consagrado
todo el cuerpo y la sangre de Jesucristo, o sólo una parte de ellos?
Si el vino se agria y la hostia se corrompe y se desmenuza, ¿continúa Jesucristo
estando presente bajo las especies como Dios y como hombre?
—¡Que viene! ¡Que viene!
Un chico apostado a la ventana había visto que el rector salía de la residencia.
Todos los catecismos se abrieron; todas las cabezas se inclinaron
sobre ellos silenciosamente. El rector entró y ocupó su asiento sobre
la tarima. Un suave puntapié del chico alto que estaba sentado en el banco
de detrás de Stephen urgió a éste para que propusiera alguna cuestión
muy difícil.
Pero el rector no pidió un catecismo para preguntar por él la lección,
sino que unió las manos sobre el pupitre y dijo:
—El miércoles por la noche comenzará el retiro en honor de San
Francisco Xavier, cuya festividad se celebra el sábado. El retiro durará
desde el miércoles hasta el viernes. El viernes por la tarde, después del
rosario, habrá confesiones generales. Si algunos alumnos tienen ya su
confesor especial, tal vez será lo mejor que no cambien. -El sábado, a las
Retrato del artista adolescente
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nueve de la mañana, habrá misa de comunión general para todo el colegio.
El sábado será día de vacación. Pero como el sábado y el domingo
son días de vacación, puede ser que haya algunos alumnos que se inclinen
a pensar que el lunes no hay clase tampoco. ¡Mucho cuidado con no
incurrir en este error! Supongo que tú, Lawless, incurrirás probablemente
en esta equivocación.
—¿Yo, señor? ¿Por qué, señor?
Una oleada de contenida hilaridad salió de la sonrisa severa del rector
y se propagó por la clase. El corazón de Stephen comenzó a replegarse y
a marchitarse como una flor en agonía.
El padre rector prosiguió gravemente:
—Os supongo a todos familiarizados con la vida de San Francisco
Xavier, patrón de nuestro colegio. Procedía de una antigua e ilustre familia
española y recordaréis que fue uno de los primeros seguidores de
San Ignacio. Se encontraron en París, donde Francisco Xavier era profesor
de Filosofía en la Universidad. Xavier, joven, brillante, noble y
hombre de letras, se penetró en cuerpo y alma de las ideas de nuestro
glorioso fundador y, como sabéis, a petición propia fue enviado por San
Ignacio a predicar a los indios. Se le llama, como recordaréis, el Apóstol
de las Indias. Recorrió todo el oriente, bautizando a las multitudes, de
territorio en territorio, desde África hasta la India, desde la India hasta el
Japón. Se dice que llegó a bautizar hasta diez mil idólatras en un mes y
que su brazo derecho se le quedó paralítico de haberse alzado tantas veces
sobre las cabezas de aquellos a quienes administraba el bautismo.
Después se propuso entrar en China para ganar todavía más almas para
Dios, pero murió de fiebres en la isla de Sancian. ¡Qué gran santo San
Francisco Xavier! ¡Qué gran soldado de Dios!
El rector hizo una pausa y luego, sacudiendo delante de sí las manos
unidas, continuó:
—Poseía la fe que mueve las montañas. ¡Diez mil almas ganadas para
Dios en sólo un mes! ¡Este sí que era un verdadero conquistador, fiel al
lema de nuestra Orden, ad majorem Dei gloriam! Acordaos de que es un
santo que tiene gran poder en el cielo: poder para interceder por nosotros
en nuestras tribulaciones; poder para alcanzar cualquier cosa que le pidamos,
siempre que sea para bien de nuestra alma; poder para obtenernos
la gracia del arrepentimiento si hemos caído en el pecado. ¡Qué gran
santo, San Francisco Xavier! ¡Qué gran pescador de almas!
Había cesado de agitar sus manos unidas y. descansándolas sobre la
James Joyce
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frente, lanzaba agudas miradas a su auditorio, miradas que salían de sus
ojos sombríos y severos, salvando, ora por la derecha y ora por la izquierda,
la pantalla de las manos.
Y en el silencio, la combustión sombría de aquellos ojos incendiaba
el crepúsculo en una lumbrarada amarillenta. El corazón de Stephen se
había marchitado como una flor del desierto al sentir en la lejanía los
presagios del simún.
—Acuérdate tan sólo de tus postrimerías y no pecarás jamás, son
palabras tomadas, mis queridos hermanitos en Jesucristo, del libro del
Eclesiastés, capítulo séptimo, versículo cuarto. En el nombre del Padre y
del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Stephen estaba sentado en el primer banco de la capilla. El Padre Arnall
lo estaba ante una mesa a la derecha del altar. Tenía echado sobre
los hombros un pesado manteo, la cara pálida y consumida, y una voz
cascada de reumático. La figura tan extrañamente cambiada de su profesor,
trajo a la mente de Stephen las escenas de su vida anterior en Clongowes:
los anchos campos de juego, hormigueantes de muchachos; el
foso; el pequeño cementerio al otro lado de la avenida de tilos donde él
había soñado que le enterraban; el resplandor del fuego sobre la pared de
la enfermería donde yacía enfermo; la cara ensombrecida del hermano
Michael. Y según estos recuerdos le iban volviendo, su alma se iba convirtiendo
otra vez en el alma de un niño.
—Nos hemos congregado hoy aquí, mis queridos hermanitos en
Cristo, apartados por un breve momento del barullo afanoso del mundo
exterior, para celebrar y honrar a uno de los más grandes santos, al
apóstol de las Indias, santo patrono también de vuestro colegio, a San
Francisco Xavier. Año tras año, durante mucho más tiempo que lo que
cualquiera de vosotros o yo mismo podemos recordar, se han reunido los
alumnos de este colegio en esta misma capilla, para hacer el retiro anual
antes de la fiesta de su santo patrono. Ha ido pasando el tiempo e introduciendo
nuevos cambios. Aun en los últimos pocos años, ¿cuántos
cambios no podéis recordar muchos de vosotros? Muchos de los jóvenes
que hace pocos años se sentaban en esos mismos bancos, están ahora
quizás en tierras lejanas, o sumergidos ya en deberes profesionales, o en
seminarios, o bien viajando sobre la vasta extensión de los abismos del
mar, o tal vez, llamados ya a la otra vida por el gran Dios, para rendir
Retrato del artista adolescente
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cuentas de su conducta terrestre. Y sin embargo, conforme los años van
rodando, trayendo consigo sus cambios, lo mismo para bien que para
mal, invariablemente la memoria de este gran santo se ve honrada por
los alumnos de este colegio, cada año una vez, en los días de retiro que
preceden a la festividad establecida por nuestra Santa Madre la Iglesia,
para transmitir a todas las edades el nombre y la fama de uno de los más
grandes hijos de la católica España.
—Pero veamos ahora cuál es el significado de esta palabra, retiro, y
por qué es considerada por todo el mundo como la práctica más saludable
para todo el que desee llevar ante Dios y a los ojos de los hombres
una vida verdaderamente cristiana. Retiro, queridos niños, significa un
temporal apartamiento de todos los cuidados de la vida, de todas las
preocupaciones y trabajos de la vida diaria, con objeto de examinar el
estado de nuestra conciencia, para proyectar sobre ella los misterios de
la santa religión y para comprender mejor cuál es la causa por la que estamos
aquí en este mundo. Durante estos pocos días, voy a tratar de poneros
delante algunos pensamientos concernientes a nuestras cuatro
postrimerías. Nuestras postrimerías son, como sabéis por el catecismo:
muerte, juicio, infierno y gloria. Trataremos de comprenderlas plenamente
durante estos pocos días, de modo que podamos derivar de la
compresión de ellas un duradero beneficio para nuestras almas. Y acordaos,
queridos jóvenes, de que hemos sido enviados a este mundo para
una cosa y sólo para una cosa: para hacer la santa voluntad de Dios y
salvar nuestras almas inmortales. Todo lo demás carece de valor. Sólo
una cosa es necesaria y es: la salvación de nuestra alma. ¿De qué le
aprovecha al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma inmortal?
¡Ah, queridos niños, creedme que no hay nada en este mundo miserable
que pueda compensar semejante pérdida!
—Os voy a rogar, por tanto, queridos jóvenes, que apartéis de vuestra
imaginación durante estos pocos días todo pensamiento mundano, ya sea
de estudios o de placer o de ambición, y que prestéis toda vuestra atención
al estado de vuestra propia alma. Casi no necesito advertiros que
durante estos días de retiro debéis todos observar una conducta compuesta
y piadosa y evitar todo recreo ruidoso o inconveniente. Los mayores,
desde luego, cuidarán de que no se infrinja esta costumbre, y me
dirijo especialmente a los prefectos y dignidades de la congregación de
la Santísima Virgen y de los Santos Ángeles, para que den buen ejemplo
a sus compañeros.
James Joyce
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—Procuremos, por tanto, hacer este retiro en honor de San Francisco
con todo nuestro corazón y nuestra mente. Si así lo hacéis, la bendición
de Dios caerá sobre vuestros estudios. Pero, antes que nada y por encima
de todo, haced que este retiro sea tal que podáis volver los ojos hacia él
en años venideros, cuando estéis tal vez lejos de este colegio y en otros
alrededores muy distintos; que sea tal que podáis volver los ojos a él con
alegría y reconocimiento y dar gracias a Dios por haberos concedido esta
ocasión de echar los primeros cimientos de una vida piadosa y honrada,
celosa y cristiana. Y si, como pudiera ocurrir, hay ahora en esos bancos
alguna pobre alma que ha tenido la inexpresable desdicha de perder la
santa gracia de Dios y caer en pecado mortal, yo confío fervientemente y
pido a Dios que este retiro sea para ella el punto de regreso a una nueva
vida. Y le ruego a Dios, por los méritos de su celoso siervo Francisco
Xavier, que tal alma pueda ser llevada a un sincero arrepentimiento y
que la santa comunión en el día de San Francisco de este año, sirva de
perpetua alianza entre ella y Dios. Y que este retiro sea de grata memoria,
para el justo como para el injusto, para el santo lo mismo que para el
pecador.
—Ayudadme, queridos hermanitos en Cristo, ayudadme con vuestra
piadosa atención, con vuestra devoción, con vuestra conducta externa.
Desterrad de vuestra imaginación todo pensamiento mundano y pensad
sólo en vuestras postrimerías: muerte, juicio, infierno y gloria. Aquel
que las recuerde, dice el Eclesiastés, no pecará jamás. Aquel que se
acuerde de sus postrimerías obrará y pensará siempre con ellas delante
de los ojos. Y vivirá una vida buena y tendrá una buena muerte, creyendo
y sabiendo que todos los sacrificios que ha experimentado en esta vida
le serán pagados al ciento por uno, al mil por uno, en la vida venidera,
en el reino sin acabamiento. Y esta es la felicidad que os deseo con
todo mi corazón a todos y a cada uno de vosotros, amados jóvenes, en el
nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Mientras regresaba a casa entre otros compañeros silenciosos, una
espesa niebla parecía rodear su espíritu. Esperó sumido en un estupor
imaginativo a que se levantara y revelara lo que tenía escondido dentro.
Cenó con devorador apetito y cuando se acabó la cena y sólo quedaron
los platos grasientos abandonados sobre la mesa, se levantó y fue hacia
la ventana, limpiándose con la lengua la boca de los residuos de la comida
y lamiéndose los labios para quitar la grasa de ellos. Hasta aquel
estado había ido a dar, hasta aquel estado de bestia que se relame de la
Retrato del artista adolescente
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carnaza. Era lo último. Y una tenue vislumbre de terror comenzó a atravesar
la niebla de su espíritu. Oprimió su rostro contra el cristal de la
ventana y atisbo la calle, donde estaba obscureciendo. Vagas formas pasaban
aquí y allá a través de la luz triste. Y aquello era la vida. Las letras
del nombre de Dublín las tenía grabadas en su cerebro, y allí se entrechocaban
furiosamente de un lado a otro con una insistencia ruda y monótona.
Su alma se estaba tumefactando y cuajándose en una masa grasienta
que se iba hundiendo llena de obscuro terror en un crepúsculo
amenazador y sombrío; y, mientras tanto, aquel cuerpo suyo, laxo y
deshonrado, buscaba con ojos torpes, huérfano, humano y conturbado,
un dios bovino en quien poder fijar la mirada.
El día siguiente aportó consigo muerte y juicios y con ellos el despertar
del alma de Stephen de su inerte desesperación. La vaga vislumbre
de miedo se convirtió ahora en espanto cuando la voz ronca del predicador
fue introduciendo la idea de la muerte en su alma. Sufrió todas
las miserias de la agonía. Sintió el escalofrío de la muerte que se apoderaba
de sus extremidades y se deslizaba hacia el corazón; el velo de la
muerte que le velaba los ojos; cómo se iban apagando cual lámparas los
centros animados de su cerebro; el postrer sudor que rezumaba de la
piel; la impotencia de los miembros moribundos; la palabra que se iba
haciendo torpe e indecisa, extinguiéndose poco a poco; el palpitar del
corazón, cada vez más tenue, más tenue, casi rendido ya, y el soplo, el
pobre soplo vital, el triste e inerte espíritu humano, sollozante y suspirante,
en un ronquido, en un estertor, allá en la garganta. ¡No hay salvación!
¡No hay salvación! El —él mismo— aquel cuerpo al cual se había
entregado en vida, era quien moría. ¡A la sepultura con él! ¡A clavetear
bien ese cadáver en una caja de madera! ¡A sacarlo de la casa a hombros
de mercenarios! ¡Que lo arrojen fuera de la vista de los hombres en un
hoyo largo, a pudrirse, a servir de pasto a una masa bullidora de gusanos,
a ser devorado por las ratas de remos ágiles y fofo bandullo!
Y mientras que los amigos se deshacían todavía en lágrimas a la cabecera
del lecho, el alma era juzgada. En el último momento consciente,
toda la vida terrena había desfilado ante la vista del alma y, antes de que
pudiera reflexionar, el cuerpo había muerto y el alma estaba en pie, aterrada,
delante de su tribunal. Dios, que había sido clemente tanto tiempo,
iba a ser justo ahora. Había sido paciente largo tiempo, tratando de persuadir
al alma pecadora, dándole tiempo para arrepentirse, dándole un
plazo más todavía. Pero aquel tiempo había pasado. Había habido tiemJames
Joyce
100
po para pecar y recrearse, tiempo para hacer befa de Dios y de las advertencias
de su santa Iglesia, tiempo para desafiar su majestad, para desobedecer
sus mandamientos, para engañar al prójimo, para cometer un
pecado tras otro pecado y ocultar a los ojos de los hombres la propia corrupción.
Pero aquel tiempo había pasado. Ahora era la vez de Dios, y a
El no se le iba a engañar. Cada pecado había de salir de su escondrijo, el
más rebelde contra la divina voluntad y el más degradante para nuestra
pobre y corrompida naturaleza, la más leve imperfección lo mismo que
el más nefando delito. ¿De qué servía entonces haber sido un gran emperador,
un gran general, un maravilloso inventor, o el más sabio entre los
sabios? Todos eran lo mismo ante el tribunal de Dios. Y El había de
premiar al bueno y castigar al malvado. Un solo instante bastaba para el
juicio del alma de un hombre. Un solo instante después de la muerte del
cuerpo, el alma había sido ya pesada en la balanza. El juicio particular
estaba terminado, y el alma había pasado a la mansión de bienaventuranza,
o a la cárcel del purgatorio, o había sido arrojada, dando aullidos,
al infierno.
Pero esto no era todo. La justicia de Dios tenía que ser todavía vindicada
ante los hombres. Tras el juicio particular quedaba aún el juicio
universal. El último día había llegado. El juicio final se acercaba. Las
estrellas del cielo caían sobre la tierra como los higos arrancados de la
higuera que el huracán agita. El sol, la gran luminaria del universo, se
había convertido en un saco de cilicio. El arcángel San Miguel, el príncipe
de la milicia celestial, aparecía glorioso y terrible sobre el cielo.
Con un pie sobre el mar y el otro sobre la tierra, anunciaba con su trompeta
arcangélica la consumación de los tiempos. Los tres toques del arcángel
llenaban el universo. Tiempo hay, tiempo hubo, pero no lo habrá
ya. Al último toque, las almas de la universal humanidad se aglomeran
hacia el valle de Josaphat, ricos y pobres, nobles y plebeyos, sabios y
mentecatos, buenos y malvados. Las almas de todos los seres humanos
que han existido y las de aquellos que han de nacer aún; todos los hijos y
las hijas de Adán, todos están reunidos en aquel supremo día. ¡Mas, ay,
que el Supremo Juez se acerca! No ya el humilde Cordero de Dios, no ya
el manso Jesús de Nazaret, no ya el Hombre de Dolores, no ya el Buen
Pastor. El que ahora se aproxima viene sobre las nubes con todo su poder
y majestad, asistido por nueve coros de ángeles, ángeles y arcángeles,
principados, potestades y virtudes, tronos y dominaciones, querubines
y serafines, el Dios Omnipotente, el Dios Eterno. Y habla. Y su voz
Retrato del artista adolescente
101
es oída en los más remotos límites del espacio, hasta en los abismos sin
fondo. Es el Supremo Juez, y de su sentencia no habrá, no podrá haber
apelación. Helo que llama al justo a su lado, invitándole a entrar en su
reino, en la eterna felicidad que le tiene preparada. Pero al réprobo lo
arroja de sí, gritando en su ofendida majestad: Apartaos de mí, malditos,
id al juego que os ha sido preparado por el demonio y sus ángeles. ¡Oh,
qué agonía entonces para los miserables pecadores! El amigo es arrancado
de los brazos del amigo, los hijos de los de sus padres, los esposos
de los de sus mujeres. El pobre pecador extiende sus brazos hacia aquellos
que le fueron queridos en este mundo terrenal, hacia aquellos de cuya
simple piedad tal vez hizo befa, hacia aquellos que le aconsejaron
bien y trataron de llevarle al camino de la virtud, hacia el buen hermano,
hacia la amorosa hermana, hacia el padre y la madre que tan intensamente
le amaron. Pero es demasiado tarde: el justo se aparta de las miserables
almas de los condenados, que ahora aparecen ante los ojos de todos
en su monstruoso y depravado aspecto. ¡Ay de vosotros, hipócritas,
ay de vosotros, sepulcros blanqueados, ay de vosotros los que presentáis
al mundo una cara pulida y sonriente, mientras el interior de vuestra alma
es una inmunda ciénaga de pecado! ¿Qué será de vosotros en aquel
terrible día?
Y este día ha de venir, tiene que venir, vendrá: el día de la muerte, el
día del juicio. Está decretado que todo hombre tiene que morir; tras la
muerte, juicio final. La muerte es cierta. Lo que es incierto es la fecha, el
modo, si ha de ser de larga enfermedad o por algún accidente imprevisto.
El Hijo de Dios vendrá a la hora en que menos le esperéis. Estad por
tanto preparados a cada momento, puesto que a cada momento podéis
morir. La muerte es el término de todos nosotros. Muerte y juicio, introducidos
en el mundo por el pecado de nuestros primeros padres, son
como los obscuros pórticos que cierran nuestra existencia terrenal, los
pórticos que se abren a lo desconocido e imprevisto, pórticos por los
cuales toda alma tiene que pasar, sola, sin más ayuda que la de sus buenas
obras, sin amigo ni hermano ni padre ni maestro, sola y temblorosa.
Que este pensamiento no se aparte jamás de vuestras mentes y no podréis
pecar. La muerte, que es una causa de terror para el pecador, es un
momento de bendición para aquel que ha caminado por el sendero recto,
cumpliendo plenamente sus deberes durante el tránsito por la vida, rezando
las oraciones de la mañana y de la noche, aproximándose frecuentemente
a la sagrada eucaristía, y realizando obras buenas y miseriJames
Joyce
102
cordiosas. Para el pío y creyente católico, para el hombre justo, la
muerte no es causa de terror. ¿No fue Addison, el gran escritor inglés,
quien, estando en su lecho mortuorio, mandó llamar al joven e impío
conde de Warwick para mostrarle cómo un cristiano afrontaba su acabamiento?
Aquél y sólo aquél, el cristiano creyente y piadoso, es quien
puede decir en su corazón:
¡Oh, tumba! ¿Dónde está tu victoria?
¡Oh muerte! ¿Dónde está tu aguijón?
No había palabra que no se le aplicase a él. Toda la cólera de Dios se
asestaba contra su asqueroso y secreto pecado. La lanceta del predicador
había sondeado profundamente su conciencia haciéndola reventar; y
ahora sentía que su alma estaba supurando en el pecado. Sí, el predicador
tenía razón. Le había llegado su turno a Dios. Como una bestia en su
cubil, su alma se había revolcado en su propia inmundicia, pero los toques
de la trompeta del ángel le habían hecho salir de la obscuridad de la
culpa hacia la luz. El anuncio del juicio proclamado por el ángel había
hecho desmoronarse en un momento toda su presuntuosa paz. El viento
del día postrero soplaba a través de su espíritu: las rameras de ojos de
pedrería, moradoras de su imaginación, huían ante el huracán, dando
chillidos como ratones aterrados, amontonándose bajo la pelambre de
sus cabelleras.
Al cruzar la plaza, ya de regreso, llegó hasta sus oídos congestionados
la risa jovial de una muchacha. Aquel son alegre y quebradizo conmovió
su corazón más profundamente que el sonido de la trompeta, y no
atreviéndose a levantar los ojos, se volvió hacia un lado y miró, mientras
pasaba, hacia la umbría de un macizo de arbustos. Una oleada de vergüenza
se levantó de su corazón herido e inundó todo su ser. La imagen
de Emma se le apareció delante de él, y ante los ojos de ella, la oleada de
vergüenza volvió a brotar otra vez de su corazón. ¡Si ella supiera a qué
cosas le había sometido la imaginación o cómo el apetito bestial había
desgarrado y hollado su inocencia! ¿Era aquello el primer amor? ¿Era
aquello espíritu caballeresco? ¿Era aquello poesía? Los sórdidos pormenores
de sus orgías le hedían físicamente en las ventanas de la nariz.
Aquel paquete manchado de grabados que él había ocultado en el cañón
de la chimenea, y ante cuya inmundicia y vergonzosa procacidad se había
pasado las horas muertas pecando en pensamiento y en acción;
Retrato del artista adolescente
103
aquellos sueños monstruosos, poblados de criaturas simiescas y de prostitutas
cuyos ojos brillaban como joyeles; aquellas largas cartas llenas de
obscenidad que había escrito sólo por el placer de la confesión culpable
y que había llevado consigo días y días, para arrojarlas luego, protegido
por la noche, en un rincón de un campo de hierba, o por debajo de una
puerta desvencijada o en el resquicio de un seto, donde una muchacha se
las pudiera encontrar al paso y leerlas después secretamente. ¡Loco!
¡Loco! ¿Era posible que hubiera hecho tales cosas? Un sudor frío le
brotaba en la frente mientras en el cerebro se le iban condensando estos
bochornosos recuerdos.
Cuando la agonía de la vergüenza hubo pasado, trató de levantar su
alma del fondo de su abyecta impotencia. Dios y la Virgen María estaban
demasiado lejos de él: Dios era demasiado grande y demasiado severo
y la Santísima Virgen demasiado pura y santa. Pero se imaginaba
estar en una amplia llanura al lado de Emma, y que, humildemente,
deshecho en llanto, se inclinaba para besar el borde de su manga.
En una ancha llanura, bajo la tierna luz de un firmamento crepuscular,
mientras una nube derivaba hacia poniente por el mar gris pálido de
los cielos, allí estaban los dos, juntos, como dos niños que hubieran delinquido.
Su error había ofendido profundamente la majestad de Dios;
pero no había ofendido a aquella cuya belleza no es como la belleza terrena,
dañosa a quien la mira, sino como la estrella de la mañana, emblema
suyo, luciente y musical. Los ojos de Ella, al volverse para mirarlos,
no estaban ofendidos, ni aun tenían un reproche. Y Ella les unía
las manos, palma contra palma, y les decía, habiéndoles al corazón:
—Unid vuestras manos, Stephen y Emma. Hoy es un hermoso atardecer
en el cielo. Habéis errado, pero continuáis siendo mis hijos. He
aquí un corazón que ama a otro corazón. Juntad vuestras manos, hijos
míos, y seréis felices juntos, y vuestros corazones se amarán mutuamente.
La capilla estaba inundada por la triste luz rojiza que a través de las
corridas cortinas se filtraba; y por la hendidura, entre el marco de la
ventana y la última cortina, un dardo de luz descolorida pasaba y descendía
como una lanza hasta tocar el repujado bronce de los candelabros,
que en el altar brillaba como una armadura angélica, gastada por
los combates.
Estaba lloviendo sobre la capilla, sobre el jardín, sobre el colegio. Y
había de llover eternamente y sin ruido. El agua se iría elevando, pulgaJames
Joyce
104
da a pulgada, cubriendo la hierba y los arbustos, cubriendo los árboles y
las casas, cubriendo los monumentos y las cimas de los montes. Toda la
vida se ahogaría sin ruido pájaros, hombres, elefantes, cerdos, niños. Y
sin ruido flotarían los cadáveres entre los detritus del naufragio del
mundo. Y por cuarenta días y cuarenta noches caería la lluvia, hasta que
las aguas cubriesen la faz de la tierra.
Podía ser. ¿Por qué no?
El infierno se ha engrandecido y ha abierto inmensamente su boca.
Son palabras tomadas, mis queridos hermanitos en Cristo Jesús, del libro
de Isaías, capítulo quinto, versículo décimo cuarto. En el nombre del Padre
y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
El predicador sacó un reloj sin cadena de un bolsillo de la sotana y
después de contemplar por un instante la esfera en silencio, lo colocó
silenciosamente delante de él sobre la mesa.
Después comenzó a hablar con tono reposado: —Adán y Eva, mis
queridos jóvenes, los cuales, como sabéis, fueron nuestros primeros padres,
fueron creados por Dios, como recordaréis, con objeto de que los
puestos que habían quedado vacantes en el cielo por la caída de Lucifer
y de sus ángeles rebeldes, pudieran ser ocupados de nuevo. Según se nos
dice, Lucifer era un hijo de la mañana, un ángel poderoso y esplendente.
Y sin embargo, cayó. Cayó y con él una tercera parte de las milicias celestiales.
Cayó y fue precipitado con sus ángeles rebeldes en los infiernos.
Cuál fuera su pecado es lo que no podemos decir. Los teólogos consideran
que fue el pecado de orgullo, el pecaminoso pensamiento concebido
en un instante: non serviam: no serviré. Y aquel instante fue su ruina.
Ofendió a la majestad de Dios con el pensamiento pecaminoso de un
solo momento y fue precipitado en los infiernos para siempre.
—Adán y Eva fueron creados por Dios y colocados en el Edén, en la
llanura de Damasco, en aquel hermoso jardín resplandeciente de sol y de
color, lleno de una desbordante vegetación La tierra fértil les regalaba
pródigamente con sus dones; bestias y pájaros concurrían voluntariamente
a su servicio; no conocían los males, herencia de nuestra carne: la
enfermedad, la pobreza, la muerte. Todo lo que un Dios grande y generoso
podía hacer por ellos, todo estaba hecho. Pero había una condición
que les había sido impuesta por Dios: la obediencia a su palabra. No habían
de comer de la fruta del árbol prohibido.
—¡Ay, mis queridos jóvenes, que ellos también cayeron! El demonio,
en otro tiempo un ángel resplandeciente, hijo de la mañana, y ahora un
Retrato del artista adolescente
105
enemigo vil, vino en forma de serpiente, la más sutil de todas las bestias
del campo. Era que les tenía envidia. El, el magnate caído, no podía soportar
el pensamiento de que el hombre, ser de arcilla, pudiera llegar a
poseer la herencia de la cual su pecado le había desposeído para siempre.
Y fue a la mujer, vaso más frágil, y deslizó el veneno de su elocuencia
en los oídos de ella, prometiendo —¡oh, promesa blasfema!— que si ella
y Adán comían del árbol prohibido, serían como dioses, más aún, como
Dios mismo. Eva se rindió a las astucias del tentador por excelencia.
Comió de la manzana y dio también de ella a Adán, quien no tuvo valor
moral para negarse. La lengua de veneno de Satán había realizado su
obra. Y cayeron.
—Entonces se dejó oír en aquel jardín la voz de Dios que llamaba al
hombre, su criatura, a rendir cuentas. Y Miguel, príncipe de la milicia
celestial, con una espada en la mano, apareció ante la culpable pareja y
la arrojó fuera del paraíso, al mundo, al mundo lleno de enfermedad y de
lucha, de crueldad y de pesadumbre, de trabajo y de fatiga, a ganarse el
pan con el sudor de la frente. ¡Pero, aun entonces, cuan misericordioso
fue Dios! Tuvo piedad de nuestros primeros y degradados padres y les
prometió que en la plenitud de los tiempos había de enviar desde los
cielos al mundo uno que los había de redimir, que los había de hacer de
nuevo hijos de Dios y herederos de su gloria. Y ese redentor de los
hombres caídos en la culpa había de ser el unigénito hijo de Dios, la Segunda
Persona de la Santísima Trinidad, el Verbo Eterno.
—Vino. Fue nacido de una virgen pura, María, virgen y madre. Nació
en un pobre establo, en Judea, y vivió como un humilde carpintero durante
treinta años, hasta que llegó la hora de cumplir su misión. Y entonces
la cumplió lleno de amor hacia los hombres, se dio a conocer y convocó
a los hombres, para que oyeran el evangelio nuevo.
—Pero, ¿le oyeron? Sí, le oyeron, pero no le quisieron escuchar. Fue
cogido como un vulgar criminal, mofado como loco, pospuesto a un
malhechor público, flagelado con cinco mil azotes, coronado de espinas,
empujado brutalmente en las calles por el populacho judío y la soldadesca
romana, despojado de sus vestiduras y colgado de un patíbulo, y atravesado
su costado por una lanza; y del llagado cuerpo de Nuestro Señor
manaban incesantemente agua y sangre.
—Y aun entonces, en aquella hora de suprema agonía, nuestro piadoso
redentor tuvo misericordia de la humanidad. Aun entonces, sobre la
colina del Calvario, fundó la Santa Iglesia Católica contra la cual, así
James Joyce
106
está prometido, las puertas del infierno no prevalecerán. La fundó sobre
la roca de los tiempos y la doto con su gracia, con los sacramentos y el
sacrificio, y prometió que si los hombres obedecían a la voz de su Iglesia,
podrían entrar en la vida eterna, pero que si después de todo lo que
había sido hecho en favor de ellos persistían aún en su maldad, habría
para ellos una eternidad de tormento: el infierno.
La voz del predicador se hundió. Hizo una pausa, juntó por un instante
las palmas de sus manos, las volvió a separar. Luego, continuó:
—Vamos a tratar ahora de imaginarnos, en la medida que podamos,
la naturaleza de aquella mansión de los condenados creada por la justicia
de Dios ofendido, para eterno castigo de los pecadores. El infierno es
una angosta, obscura y mefítica mazmorra, mansión de los demonios y
las almas condenadas, llena de fuego y de humo. La angostura de esta
prisión ha sido expresamente dispuesta por Dios para castigar a aquellos
que no quisieron sujetarse a sus leyes. En las prisiones de la tierra el pobre
cautivo tiene al menos alguna libertad de movimiento, aunque no sea
más que entre las cuatro paredes de su celda o en el sombrío patio de la
cárcel. Pero no es así en el infierno. Allí, por razón del gran número de
los condenados, los prisioneros están hacinados unos contra otros en su
horrendo calabozo, las paredes del cual se dice tienen cuatro mil millas
de espesor. Y los condenados están de tal modo imposibilitados y sujetos,
que un Santo Padre, San Anselmo, escribe en el libro de las Semejanzas
que no son capaces ni aun de quitarse del ojo el gusano que se lo
está royendo.
—Allí yacen en la obscuridad exterior. Porque habéis de recordar que
el fuego del infierno no da luz. Lo mismo que, por mandato de Dios, el
fuego del horno de Babilonia perdió el calor pero no la luz, así, por voluntad
de Dios, el fuego del infierno, conservando la intensidad abrasadora
de su calor, arde eternamente en sombra. Allí, en una tempestad sin
término de sombras, entre las llamas obscuras y el obscuro humo de la
ardiente piedra azufre, están los cuerpos hacinados los unos encima de
los otros, sin recibir nunca ni aun siquiera una vislumbre de aire. De todas
las plagas que azotaron la tierra de los faraones, hubo una tan sólo,
la de la obscuridad, a la cual se le diera el dictado de horrible. ¿Qué
nombre habríamos de dar, pues, a la obscuridad del infierno, la cual ha
de durar, no por tres días, sino por toda la eternidad?
—El horror de esta angosta y obscura prisión se ve aumentando aún
por su insoportable hedor. Toda la inmundicia del mundo, toda la carroRetrato
del artista adolescente
107
ña y la hez del mundo, afirman, habrá de desaguar allí, como en un vasto
y vaheante albañal, cuando la terrible conflagración del último día haya
purgado el mundo. La piedra azufre que arde allí en prodigiosas cantidades
llena todo el infierno de su intolerable fetidez. Y los cuerpos
mismos de los condenados exhalan un olor tan pestilencial que, según
dice San Buenaventura, uno solo sería bastante para infestar todo el
mundo. El mismo aire de este mundo, este puro elemento, se hace hediondo
e irrespirable si ha estado cerrado por largo tiempo. Considerad
cuál no será la hediondez del aire del infierno. Imaginad un cadáver que
hubiera estado yaciendo en su tumba, pudriéndose y descomponiéndose,
hasta llegar a ser una masa gelatinosa de líquida corrupción. Imaginad
este cadáver pasto de las llamas, devorado por el fuego de la hirviente
piedra azufre de modo que exhale densas y sofocantes humaredas de
nauseabunda descomposición. Y luego, imaginad este pestífero olor
multiplicado un millón de veces y un millón de veces de nuevo por los
millones y millones de fétidas carroñas amontonadas en la humeante
obscuridad, como un hongo monstruoso de podredumbre humana. Imaginad
todo esto y podréis llegar a tener cierta idea del horroroso hedor
del infierno.
—Pero este hedor, por terrible que sea, no es el mayor tormento físico
al cual están sujetos los condenados en el infierno. El tormento del
fuego es el mayor sufrimiento al cual los tiranos de la tierra han podido
condenar a sus semejantes. Poned el dedo por un momento en la llama
de una bujía y sentiréis el dolor del fuego. Pero el fuego de la tierra ha
sido creado por Dios para beneficio del hombre, para mantener en él la
centella de la vida y para ayudarle en las artes útiles, mientras que el
fuego del infierno es de otra calidad y ha sido creado por Dios para torturar
y castigar al impenitente pecador. Nuestro fuego terrenal consume
también, más o menos rápidamente, según que el objeto al cual ataca es
más o menos combustible, de tal modo que el ingenio humano ha logrado
siempre discurrir procedimientos químicos para impedir o frustrar su
acción. Pero el azufre que arde en el infierno es una sustancia especialmente
creada para arder eternamente y eternamente, con indecible furia.
Más aún, el fuego de la tierra destruye al mismo tiempo que quema, de
tal modo que, cuanto más intenso es, tanto menos dura; pero el fuego del
infierno tiene tal propiedad, que conserva lo mismo que abrasa y, aunque
brama con indecible intensidad, brama para siempre.
—Nuestro fuego terreno, sean cuales sean su furia y su extensión,
James Joyce
108
tiene siempre una zona limitada; pero el lago de fuego del infierno no
tiene límites, ni playas, ni fondo. Se dice que una vez el mismo diablo,
preguntado por cierto soldado, se vio obligado a confesar que si toda una
montaña fuera arrojada en aquel océano hirviente sería consumida en un
instante como un pedazo de cera. Y este terrible fuego no aflige las almas
de los condenados solamente por fuera sino que cada alma condenada
será un infierno dentro de sí misma, abrasada por aquel fuego devorador
en sus mismos centros vitales. ¡Oh, cuan terrible es la suerte de
aquellos miserables seres! La sangre bulle y hierve en sus venas, los sesos
se les abrasan en el cráneo, el corazón se les quema en el pecho como
un ascua, sus intestinos son una masa rojiza de ardiente pulpa, sus
tiernos ojos llamean como globos candentes.
—Y todavía lo que he dicho referente a la fuerza, cualidad e ilimitación
de este fuego, no es nada si se compara con su intensidad, una intensidad
que ha sido el instrumento escogido por designio divino para
castigo del alma y del cuerpo a la par. Es un fuego que procede directamente
de la ira de Dios, y que no obra por propia actividad, sino como
un instrumento de la divina venganza. Como las aguas del bautismo purifican
el alma y el cuerpo al mismo tiempo, así el fuego del castigo
tortura el espíritu y la carne. Todos los sentidos de la carne sufren tortura
y todas las facultades del alma al mismo tiempo. Los ojos, la impenetrable
y absoluta obscuridad; la nariz, los pestilentes olores; el oído, los alaridos,
bramidos e imprecaciones; el gusto, las materias corrompidas, el
estiércol sofocante e indescriptible; el tacto, las punzadas de las candentes
aguijadas y púas y los crueles lamidos de las lenguas de fuego. Y a
través de los múltiples tormentos de los sentidos, el alma inmortal se ve
torturada eternamente en su íntima esencia entre leguas y leguas de llamas
ardientes inflamadas en los abismos por la majestad ofendida del
omnipotente Dios y alimentadas con una furia perdurable y cada vez
más intensa por el soplo de la cólera de la divinidad.
—Considerad, finalmente, que el tormento de esta infernal prisión
está aumentado por la misma compañía de los condenados. La mala
compañía es tan dañina que, aun en la tierra, las plantas se retiran como
por instinto de todo lo que es fatal o nocivo para ellas. En el infierno todas
las leyes están cambiadas; ya no hay allí idea de familia, ni vínculo
ni parentesco. Los condenados braman y se maldicen los unos a los otros
y tienen su tortura y su rabia intensificadas por la presencia de otros seres
tan torturados y rabiosos como ellos mismos. Todo sentimiento de
Retrato del artista adolescente
109
humanidad está olvidado allí. Los alaridos de los atormentados pecadores
llenan los más remotos rincones del vasto abismo. Las bocas de los
condenados están llenas de blasfemias contra Dios y de odio para sus
compañeros de sufrimiento y de maldiciones contra las almas de aquellos
que fueron sus cómplices en el pecado. Allá en tiempos antiguos
había la costumbre de castigar al parricida, al hombre que se había atrevido
a levantar la mano asesina contra su padre, arrojándole a los profundos
del mar dentro de un saco en compañía de un gallo, de un mono
y de una serpiente. La intención de los legisladores que forjaron tal ley,
que hoy en nuestros tiempos nos parece cruel, fue la de castigar al criminal
con la compañía de aquellas odiosas y dañinas bestias. Pero, ¿qué
valor tiene la furia de aquellos mudos animales comparada con la
furia de execración que estalla de los resecos labios del condenado en
los infiernos cuando contempla en sus compañeros de sufrimiento,
aquellos que le ayudaron en el pecado y le indujeron a él, aquellos cuyas
palabras sembraron la primera semilla del mal pensamiento y del mal
vivir en su mente, aquellos que con impúdicas sugestiones le llevaron a
pecar, aquellos cuyos ojos le sedujeron y le apartaron del camino de la
virtud? Y se vuelven a sus cómplices y les reprochan y los maldicen. Pero
ya no tienen socorro ni esperanza: es ya demasiado tarde para el arrepentimiento.
—Considerad por último el horrible tormento que sufren aquellas almas,
las de los tentadores lo mismo que las de los inducidos, en la compañía
de los demonios. Los demonios les afligen de dos modos distintos:
con su presencia y con sus sarcásticos reproches. No podemos formarnos
idea de lo horribles que los demonios son. Santa Catalina de Siena
vio una vez uno, y ha dejado escrito que mejor que volver a ver, aunque
fuera por un solo instante, un monstruo tan espantoso, preferiría estar
marchando toda su vida sobre un rastro de carbones encendidos. Porque
los diablos, que antes fueron ángeles hermosísimos, se convirtieron en
monstruos tan horrendos y repugnantes cuanto primero bellos. Los diablos
befan y escarnecen a las almas condenadas, empujadas por ellos a la
ruina. Son .ellos, los protervos demonios, los que hacen en el infierno el
papel de la voz de la conciencia. ¿Por qué pecaste? ¿Por qué prestaste
oídos a las tentaciones de los amigos? ¿Por qué te apartaste de las prácticas
piadosas y de las buenas obras? ¿Por qué no evitaste las ocasiones de
pecar? ¿Por qué no abandonaste aquella mala compañía? ¿Por qué no
abandonaste aquella lasciva costumbre, aquel hábito impuro? • ¿Por qué
James Joyce
110
no seguiste los consejos de tu confesor? ¿Por qué, después de haber caído
la primera vez, o la segunda, o la tercera, o la cuarta, o la centésima,
por qué no te apartaste del mal camino y te volviste a Dios, que sólo esperaba
tu arrepentimiento para absolverte de tus pecados? Ahora ya ha
pasado el tiempo del arrepentimiento. ¡Tiempo hay, tiempo hubo, pero
ya no lo habrá más! Tiempo hubo para pecar en secreto, para regodearte
en la pereza y el orgullo, para ambicionar lo ilegítimo, para entregarte a
los más bajos ímpetus de tu naturaleza, para vivir como las bestias del
campo, ¡qué digo!, peor que las bestias del campo, pues ellas por lo menos
son simples brutos y no tienen razón que las guíe. ¡Hubo tiempo, pero
ya no lo habrá más! Dios te habló tantas veces…, ¡pero no le quisiste
oír! No querías arrojar aquel orgullo y aquella cólera de tu corazón, no
querías devolver aquellos bienes mal adquiridos, no querías obedecer los
preceptos de tu Santa Madre la Iglesia, no querías cumplir con tus deberes
religiosos, no querías abandonar aquellas malvadas compañías, no
querías evitar aquellas peligrosas tentaciones. Tal es el lenguaje de
aquellos diabólicos atormentadores: palabras de vituperio y de reproche,
de odio y de repulsión. ¡De repulsión, sí! Porque hasta ellos, los mismos
demonios, pecaron sólo tal como era posible a sus angélicas naturalezas,
sólo por la rebelión de la inteligencia; y ellos, hasta ellos mismos, se
vuelven, asqueados y repelidos, al contemplar aquellos innombrables
pecados, con los cuales el hombre ultraja y mancilla el templo del Espíritu
Santo, se mancilla y se empuerca a sí mismo.
—¡Oh, queridos hermanitos míos en Cristo, que nos esté destinado el
oír este lenguaje! ¡Que no nos esté destinado, os digo! Yo le ruego fervientemente
a Dios que en el último día de la terrible cuenta, ni una sola
alma de las que ahora están en esta capilla pueda hallarse entre los miserables
seres a los cuales el Gran Juez ha de mandar apartarse para siempre
de su vista, que ni uno solo de nosotros pueda oír retumbar en sus
oídos la espantosa sentencia de condenación: ¡Apartaos de mí, malditos,
id al juego que os ha sido preparado por el demonio y sus ángeles!
Stephen salió por uno de los lados de la capilla, con las piernas entrechocadas
y la cabeza temblorosa como si hubiera sido tocada por los dedos
de una visión. Subió la escalera y siguió a lo largo de las paredes del
corredor, de las cuales pendían los abrigos y los impermeables goteantes,
como malhechores ejecutados, sin cabeza ni forma. A cada paso que
daba, temía haberse muerto ya y que su alma desgajada de la envoltura
del cuerpo se estaba hundiendo de cabeza a través del espacio. No podía
Retrato del artista adolescente
111
hacer pie en el suelo, y así, se sentó pesadamente en su pupitre abriendo
un libro al azar y quedándoselo mirando como hipnotizado.
No había habido palabra que no se le aplicase a él. Era verdad. Dios
era todopoderoso. Dios podía llamarle ahora, llamarle mientras estaba
sentado en su pupitre, antes de que hubiera podido tener conciencia de la
llamada. Dios le había llamado. ¿Sí? ¿Cómo? ¿Sí? La carne se le contrajo
como si sintiera la proximidad de las voraces llamas, reseca como
si sintiera a su alrededor el remolino del sofocante aire. Se había muerto.
Sí. Y estaba siendo juzgado. Una onda de fuego pasó rápidamente por su
cuerpo: la primera. Otra oleada. Su cerebro comenzó a abrasarse. Otra.
Su cuerpo hervía y burbujeaba dentro de la crepitante morada del cráneo.
Y las llamas salían de su cabeza como un aureola, gritando como si
fueran voces:
—¡Infierno! ¡Infierno! ¡Infierno! ¡Infierno! ¡Infierno!
Alguien hablaba cerca:
—Sobre el infierno.
—Supongo que os lo habrá hecho entrar bien a lo vivo.
—¡Bien a lo vivo! ¡Como que nos ha hecho a todos dar diente con
diente!
—¡Eso es lo que os hace buena falta! ¡Y mucho de eso! ¡A ver si así
trabajáis!
Se inclinó indolentemente sobre la mesa. No se había muerto. Dios le
había dejado todavía. Estaba todavía en aquella clase que tan familiar le
era. Míster Tate y Vincent Heron estaban de pie junto a la ventana, hablando,
bromeando, contemplando la lluvia fría y meneando la cabeza.
—Quisiera que aclarara. Habíamos acordado dar una vuelta en bici
hasta Malahide. Pero debe de llegar el agua hasta las rodillas por esos
caminos.
—Puede ser que aclare, señor.
Aquellas voces que le eran tan conocidas, las palabras usuales, la
quietud de la clase, donde cuando las voces callaban sólo se oía un susurro
como de ganado que anduviese al ramoneo, pues los otros chicos
mascaban tranquilamente sus almuerzos, todo eso tranquilizó su alma
dolorida.
Aún había tiempo. ¡Oh, María, refugio de los pecadores, interceded
por él! ¡Oh, Virgen Inmaculada, salvadle del piélago de la muerte!
La lección de inglés comenzó por las preguntas de historia. Personas
reales, favoritos, intrigantes, obispos, pasaban como fantasmas mudos,
James Joyce
112
tras el velo de sus nombres. Todos habían muerto: todos estaban ya juzgados.
¿De qué le aprovechaba al hombre ganar todo el mundo, si perdía
su alma? Por fin, había comprendido: y la vida humana yacía alrededor
de él como una llanura de paz, donde los hombres trabajaban hermanados,
como hormigas, con sus muertos dormidos bajo unos tranquilos
montones de arena. El codo de su compañero le tocó y su corazón se
sintió tocado a la par. Y cuando habló para contestar a una pregunta del
profesor sintió su propia voz llena de una quietud de humildad y contrición.
Su alma se hundió más profundamente en una contrita paz, incapaz
de soportar por más tiempo la pena del terror, y una vaga plegaria iba
brotando de ella mientras se hundía. Ah, sí: todavía se le concedería un
plazo; se arrepentiría de corazón y sería perdonado. Y luego, los de arriba,
los del cielo, habían de ver lo que él haría para compensar su pasado.
Toda su vida: cada hora de su vida. ¡Al tiempo!
—¡Todo, oh, Dios! ¡Todo, todo!
Un mensajero llegó hasta la puerta para decir que las confesiones habían
comenzado en la capilla. Cuatro muchachos salieron de la clase; y
se oían las pisadas de otros que pasaban por el corredor. Un tembloroso
escalofrío le corrió alrededor del corazón, no más intenso que una brisilla
leve; pero, mientras sufría y escuchaba en silencio, se le hacía como
si tuviera una oreja aplicada contra el músculo de su propio corazón y le
estuviera sintiendo todo tembloroso y cercano, y percibiera la palpitación
de sus ventrículos.
No había escape. Tenía que confesarse, tenía que manifestar con palabras
todo lo que había pensado y hecho, pecado tras pecado.
—¿Y cómo? ¿Cómo?
—Padre, yo…
Aquel pensamiento resbalaba como una hoja fría y brillante de acero
por la entraña de sus carnes: ¡confesión! Pero no en la capilla del colegio.
Lo confesaría sinceramente todo, cada uno de sus pecados de hecho
y de pensamiento: pero no allí, entre sus compañeros de colegio. Lejos,
en algún sitio obscuro, sería donde únicamente se atrevería a expresar su
propia infamia; y le rogó humildemente a Dios que no estuviera ofendido
con él por no atreverse a confesar en la capilla del colegio; y con un
total abatimiento de espíritu imploró mudamente el perdón de aquellos
infantiles corazones que le rodeaban.
Pasaba el tiempo.
Retrato del artista adolescente
113
Volvía a estar sentado en el primer banco de la capilla. La luz del día
estaba ya decayendo y al penetrar por el rojo denso de las cortinas, parecía
que el sol del último día se estaba ocultando y que todas las almas se
congregaban para el juicio final.
—Estoy apartado de la vista de tus ojos: palabras tomadas, mis queridos
hermanitos en Cristo, del Libro de los Salmos, capítulo trece, versículo
veintitrés. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
El predicador comenzó a hablar en un tono reposado y amistoso. Su
rostro tenía una expresión amable y juntaba despacito los dedos de cada
mano formando una caja delicada al reunir las yemas.
—Esta mañana procurábamos, en nuestra meditación del infierno,
hacer lo que nuestro santo fundador llama en su libro de los Ejercicios
Espirituales la composición de lugar. Esto es, tratábamos de imaginar
con los sentidos de la mente, con nuestra imaginación, el carácter material
de las penas de aquel lugar espantoso y de los tormentos físicos que
sufren todos los que están en el infierno. Esta tarde trataremos de considerar
por unos breves momentos la naturaleza de las penas espirituales
del infierno.
—Acordaos de que el pecado constituye un doble delito. Es una vil
condescendencia con las inclinaciones de nuestra corrompida naturaleza
hacia los más bajos instintos, hacia lo que es grosero y bestial.
—Pero es también un apartamiento de lo más noble de nuestro ser, de
todo lo que es puro y santo, del mismo Dios. Por esta razón, el pecado
mortal recibe en el infierno dos clases diferentes de castigo, físico y corporal.
—Pero de todas las penas espirituales, la incomparablemente mayor
es la pena de daño, tan grande, realmente, que es de por sí un tormento
mayor que todos los otros. Santo Tomás, el máximo doctor de la Iglesia,
el doctor angélico, como se le llama, dice que la peor condenación resulta
de que el entendimiento del hombre está totalmente privado de la
divina luz y su afecto inexorablemente apartado de la divinidad de Dios.
Dios, acordaos de ello, es un ser infinitamente bueno y, por tanto, la
pérdida de tal ser debe resultar infinitamente dolorosa. En esta vida no
podemos tener una idea clara de lo que tal pérdida es, pero en el infierno,
el condenado, para su mayor tormento, tiene un conocimiento cabal
de lo que ha perdido y sabe que lo ha perdido por sus propios pecados y
que lo ha perdido para siempre. En el mismo instante de la muerte, se
James Joyce
114
rompen las ligaduras de la carne y el alma tiende inmediatamente hacia
Dios como hacia el centro de su existencia. Acordaos, queridos niños, de
que nuestras almas ansían el estar con Dios. Venimos de Dios, vivimos
por Dios, pertenecemos a Dios; somos suyos, inalienablemente suyos.
Dios ama con un divino amor a cada una de las almas humanas, y cada
una de estas almas vive por aquel amor. ¿Cómo podría ser de otro modo?
Cada soplo de nuestro aliento, cada pensamiento de nuestro cerebro,
cada instante de nuestra vida, proceden de la inagotable bondad de Dios.
Y si es doloroso para una madre el ser apartada de su hijo, para un hombre
el destierro de su patria y de su hogar, para un amigo el verse separado
de su amigo, pensad, pensad, qué pena, qué angustia, debe de ser la
de la pobre alma al verse rechazada de la presencia de aquel supremo
bien, de aquel amante creador que la había formado de la nada, que la
había sostenido en vida y amado con un inmensurable amor. Esto, pues,
el ser separada para siempre del mayor bien, de Dios, el sentir la angustia
de esta separación, sabiendo con absoluta certeza que no ha de haber
cambio posible, en esto consiste el mayor tormento que el alma creada
puede sufrir: poena danni, la pena de daño.
—La segunda pena que afligirá las almas de los condenados en el infierno
es la pena de conciencia. Así como en los cuerpos muertos se engendran
los gusanos por la descomposición, así en las almas de los condenados,
de la putrefacción del pecado, nace un perpetuo remordimiento,
el aguijón de la conciencia, el gusano, como el Papa Inocencio III lo
llama, de la triple mordedura. La primera manera de roer de este cruel
gusano será el recuerdo de los pasados deleites. ¡Oh, qué horrendo recuerdo
habrá de ser! En el lago de llamas que todo lo devoran, el orgulloso
rey recordará la pompa de su corte; el hombre sabio, pero malvado,
sus bibliotecas y sus instrumentos de investigación; el amante de los
placeres artísticos, sus mármoles, sus pinturas y sus otros tesoros de arte;
el que se deleitó con los placeres de la mesa, sus magníficos festines,
aquellos platos preparados con tan exquisita delicadeza, sus escogidos
vinos; el avaro recordará sus montones de oro; el ladrón, sus mal adquiridas
riquezas; los asesinos, coléricos, vengativos y despiadados, aquellas
violencias y aquellos crímenes en que se gozaron; los lascivos y
adúlteros, los innombrables y hediondos placeres que fueron sus delicias.
Recordarán todo esto y se aborrecerán a sí mismos y aborrecerán
sus pecados. Porque, ¿cuan miserables no aparecerán todos estos placeres
al alma condenada a sufrir el fuego del infierno por los siglos de los
Retrato del artista adolescente
115
siglos? ¡Cómo rabiarán y maldecirán al considerar que han perdido la
bienaventuranza celestial por la escoria de la tierra, por unos cuantos
trozos de metal, por vanos honores, por comodidades corporales, por
una simple comezón de los sentidos! Y, ciertamente, se arrepentirán; y
ésta es la segunda roedura de la conciencia: un tardío e infecundo arrepentimiento
de los pecados cometidos. La justicia divina quiere que las
inteligencias de aquellos miserables condenados estén constantemente
atareadas en la contemplación de los pecados de que se hicieron reos, y
aún más, como señala San Agustín, Dios les hará partícipes de su propio
conocimiento del pecado, de tal modo, que el pecado aparecerá en ellos
en toda su monstruosa malicia como aparece a los ojos de Dios mismo.
Contemplarán sus pecados en toda su vileza y se arrepentirán; pero será
demasiado tarde y entonces lamentarán las buenas ocasiones que desperdiciaron.
Esta es la última y más profunda y cruel mordedura del gusano
de la conciencia. La conciencia dirá: tuviste tiempo y oportunidad
para arrepentirte y no quisiste; fuiste educado religiosamente por tus padres;
tuviste en tu ayuda la gracia y los sacramentos e indulgencias de la
Iglesia; tuviste ministros de Dios que te predicaran, que te llamaran al
redil si te habías extraviado, que te perdonaran tus pecados, sin que importase
cuántos o cuan horribles fuesen, con sólo que te hubieras confesado
y arrepentido. No. No quisiste. Hiciste mofa de los sacerdotes de la
santa religión,* volviste la espalda al confesionario, te encenagaste más
y más en el lodazal del pecado. Dios te rogaba, te amenazaba, te imploraba
que volvieses a él. ¡Oh, qué miseria, qué vergüenza! El legislador
del universo te suplicaba a ti, criatura de arcilla, para que guardaras su
ley y para que le amaras a él, a él que te había creado. No. No quisiste. Y
ahora, aunque inundaras todo el infierno con tus lágrimas, si pudieras
llorar todavía, todo ese mar de arrepentimiento no te podría procurar lo
que una sola lágrima de contrición verdadera vertida durante tu vida
mortal. Y ahora clamas por un solo momento de vida terrena para convertirte:
¡en vano! Ha pasado el tiempo. Ha pasado para siempre.
—Es tal la triple mordedura de la conciencia cuando roe el mismo
centro del corazón de los miserables en el infierno, que, llenos de una
furia infernal, se maldicen a sí mismos por su locura, y maldicen a los
malos compañeros que los condujeron a tal ruina, y maldicen a los demonios
que los tentaron en vida y que ahora se mofan de ellos en la
eternidad, y hasta ultrajan y maldicen al Supremo Ser, a aquel cuya bondad
desdeñaron y menospreciaron, pero de cuya justicia y poder no pueJames
Joyce
116
den librarse.
—La siguiente pena espiritual, a la cual los condenados están sujetos,
es la pena de extensión. En esta vida, el hombre, aunque capaz de muchos
males, no los puede tener todos a un tiempo, desde el momento que
cada mal de por sí aminora otro y se contrapone a él. En el infierno, al
contrario, un tormento, en lugar de contraponerse a otro, le presta aún
mayor fuerza. Y más aún, como las facultades internas son más perfectas
que los sentidos externos, resultan, por esta razón, más capaces de sufrimiento.
Lo mismo que cada sentido se ve atormentado por su pena correspondiente,
lo mismo ocurre con las facultades espirituales: la imaginación,
con horrendas imágenes; la facultad sensitiva, con intervalos de
deseo y de rabia; la mente y la inteligencia, con unas tinieblas internas
más terribles aún que la obscuridad exterior que reina en aquel horrible
calabozo. La malicia, aunque impotente, de la que estas almas endemoniadas
se ven poseídas, es un mal de ilimitada extensión, un terrible estado
de perversidad que apenas si nos podemos imaginar, a menos que
no tengamos en nuestra mente la enormidad del pecado y el odio que
Dios le profesa.
—Opuesta a la pena de extensión, y, sin embargo, coexistente con
ella, tenemos la pena de intensidad. El infierno es el centro de los males,
y, como sabéis, las cosas son más intensas en su centro que en sus puntos
remotos. Allí en el infierno no hay remedios ni pociones que puedan
templar o suavizar en lo más mínimo las penas infernales. La compañía,
que en todas partes es una fuente de consuelo para el afligido, será allí
un continuo tormento. El saber, tan ansiado como principal bien de la
inteligencia, será allí odiado más que la ignorancia; la luz, amada por
todas las criaturas, desde el rey de la creación hasta la más humilde
planta del bosque, será intensamente aborrecida. En esta vida, nuestros
pesares o no son muy duraderos o no son muy intensos, porque la naturaleza
o bien se sobrepone a ellos por la costumbre o los hace cesar al
hundirse bajo su carga. Pero en el infierno, los tormentos no pueden ser
amansados por la costumbre, porque al mismo tiempo que son de terrible
intensidad, están cambiando continuamente, cada pena, por decirlo
así, inflamándose al contacto de otra nueva, que a su vez dota de una
más fiera intensidad el fuego de la antigua. Ni puede la naturaleza tampoco
escapar al sufrimiento sucumbiendo a él, porque el alma está mantenida
y sostenida en su daño de tal modo que su sufrimiento pueda ser
aún mayor siempre. Ilimitada extensión de tormento, increíble intensiRetrato
del artista adolescente
117
dad de dolor, incesante variedad de tortura: esto es lo que la divina majestad,
tan ultrajada por los pecadores, exige. Esto es lo que reclama la
sangre del Cordero de Dios, vertida para redimir a los pecadores y hollada
por los más viles entre los viles.
—La última tortura, la que sirve de remate a todas las otras del infierno,
es su eternidad. ¡Eternidad! ¡Oh, tremenda y espantosa palabra!
¿Qué mente humana podrá comprenderla? Y tened presente que se trata
de una eternidad de sufrimiento. Aunque las penas del infierno no fueran
tan terribles como son, se harían infinitas sólo por estar destinadas a durar
para siempre. Pero al mismo tiempo que son eternas, son también,
como sabéis, insufriblemente intensas, intolerablemente extensas. Sufrir
aunque fuera sólo la picadura de un insecto por toda la eternidad, sería
un tormento espantoso. ¿Qué será, pues, el sufrir para siempre las múltiples
torturas del infierno? ¡Para siempre! ¡Por toda la eternidad! No por
un año, ni por un siglo, ni por una era, sino para siempre. Tratad de representaros
la horrible significación de estas palabras. Vosotros habréis
visto frecuentemente las arenas de una playa. ¡Qué diminutos son los
granillos de la arena! ¡Y cuántos de estos granillos hacen falta para formar
el puñadito que un niño abarca con la mano en el juego! Pues imaginad
ahora una montaña de esta arena de más de un millón de millas de
altura, que alcanzara desde la tierra hasta los cielos empíreos, de más de
un millón de millas de ancho, tal que se extendiera hasta el espacio más
remoto, y de más de un millón de millas de espesor; e imaginad esta
enorme masa de innumerables partículas de arena, multiplicada tantas
veces como hojas hay en el bosque, gotas de agua en el enorme océano,
plumas en los pájaros, escamas en el pez, pelos en los animales y átomos
en la vasta extensión de los aires. E imaginad que al cabo de un millón
de años viniera una avecilla a la montaña y se llevara en el pico un solo
granillo de arena. ¿Cuántos millones de millones de centurias transcurrirían
antes que la avecilla hubiese transportado ni tan siquiera un pie cuadrado
de la arena de la montaña, y cuántos siglos de siglos de edades
tendrían que transcurrir antes de que la hubiese transportado toda? Y sin
embargo, al final de tan enorme período de tiempo ni aun siquiera un
solo instante de la eternidad podría decirse que había transcurrido. Al fin
de todos esos billones y trillones de años, la eternidad apenas si habría
empezado. Y si esta montaña volviera a levantarse tan pronto como el
pajarillo hubiera terminado de transportarla, y el pájaro volviera y la
comenzara a transportar de nuevo, grano a grano, y así se volviera a leJames
Joyce
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vantar y a ser transportada tantas veces como estrellas hay en el cielo,
átomos en el aire, gotas de agua en el mar, hojas en los árboles plumas
en los pájaros, escamas en el pez, pelos en los animales, al fin de todas
estas innumerables formaciones y desapariciones de aquella montaña
inmensurablemente grande, no se podría decir ni que un solo instante de
la eternidad había transcurrido; aun entonces, al fin de aquel enorme período,
que sólo el imaginarlo hace girar nuestro cerebro vertiginosamente,
aun entonces, la eternidad apenas si habría comenzado.
—Un bienaventurado santo (y me parece que era uno de nuestros padres),
fue favorecido una vez con una visión del infierno. Le pareció encontrarse
en un grande y obscuro vestíbulo, sumido en un profundo silencio,
turbado sólo por el tic-tac de un gran reloj. El tic-tac seguía incesantemente.
Y le pareció al santo aquel, que el sonido del tic-tac era la
incesante repetición de las palabras siempre, jamás, siempre, jamás.
Siempre, estar en el infierno; jamás, estar en el cielo; siempre, estar privado
de la presencia de Dios; jamás, gozar de la visión beatífica. Siempre,
ser comido por las llamas, roído por la gusanera, pinchado con púas;
jamás, verse libre de estas penas. Siempre, tener la conciencia atormentada,
la memoria exasperada, la mente llena de obscuridad y desesperación;
jamás, escapar de estos tormentos. Siempre, maldecir y denostar
a los horrendos demonios que se gozan en contemplar la miseria
de las víctimas de sus engaños; nunca, contemplar los brillantes ropajes
de los santos espíritus; siempre, clamar a Dios, desde los abismos del
fuego, por un instante, un solo instante de tregua a la horrible agonía, y
nunca, recibir, ni aun por un instante, el perdón de Dios. Siempre sufrir,
nunca gozar; siempre, estar condenado, y nunca obtener salvación;
siempre, nunca; siempre, nunca. ¡Oh, cuan horrendo castigo! Una eternidad
de inacabable agonía, de inacabable tormento espiritual y corporal,
sin un rayo de esperanza, sin un momento de descanso. Una eternidad de
agonía ilimitada en intensidad, de tormento infinitamente variado, de
tortura, que alimenta eternamente aquello que eternamente devora, de
angustia, que perdurablemente oprime el espíritu mientras despedaza la
carne, una eternidad, cada instante de la cual es ya de por sí una eternidad
de dolor. Tal es el terrible tormento decretado, para aquellos que
mueren en pecado mortal, por un Dios justo y todopoderoso.
—¡Sí, un Dios justo! Los hombres, al razonar como hombres, se
asombran de que Dios haya podido decretar un castigo eterno e infinito
en las llamas del infierno por un solo pecado mortal. Razonan así porque
Retrato del artista adolescente
119
cegados por la gran ilusión de la carne y la obscuridad de la humana inteligencia,
son incapaces de comprender la horrenda malicia de un pecado
mortal. Razonan así porque son incapaces de comprender que aun
el pecado venial es de tan monstruosa y repugnante naturaleza, que si el
creador omnipotente pudiera hacer acabar todos los males y las miserias
del mundo, las guerras, las enfermedades, los robos, los crímenes, los
asesinatos, sólo a condición de dejar pasar impune un simple pecado venial,
una mentira, una mirada colérica, un momento de voluntaria pereza,
él, el grande y omnipotente Dios, no lo podría hacer, porque el pecado,
ya de pensamiento, ya de hecho, es una transgresión de su ley divina
y Dios no sería Dios si no castigara al transgresor.
—Un pecado, un instante de rebelde orgullo de la inteligencia, hizo
caer de la gloría a Lucifer y a la tercera parte de la cohorte celestial. Un
pecado, un solo instante de locura y debilidad arrojó a Adán y Eva del
paraíso y trajo la muerte y el sufrimiento al mundo. Para reparar las consecuencias
de este pecado, el Hijo Unigénito de Dios bajó a la tierra, vivió,
padeció y murió de la más penosa muerte, colgado por tres horas de
la cruz.
—Ay, mis queridos hermanitos en Cristo Jesús, ¿ofenderemos también
nosotros al buen Redentor y provocaremos su cólera? ¿Pisotearemos
también de nuevo ese cuerpo lacerado y desgarrado? ¿Escupiremos
en ese rostro tan lleno de pena y de amor? ¿Iremos también, como los
crueles judíos y la brutal soldadesca, a burlarnos de aquel manso y compasivo
salvador que holló solo el lagar por nuestro amor? Cada palabra
pecaminosa es una herida en su amoroso costado. Cada acto pecaminoso
es una espina que taladra su cabeza. Cada pensamiento impuro deliberadamente
consentido es una aguda lanza que traspasa su sagrado y amoroso
corazón. No, no. Es imposible que un ser humano haga lo que
ofende tan profundamente a la divina majestad, aquello que crucifica de
nuevo al Hijo de Dios y hace befa de él.
—Yo le pido a Dios que mis pobres palabras hayan servido hoy para
confirmar en santidad a aquellos que estén en estado de gracia, para fortalecer
a los que flaqueen, para traer de nuevo al estado de gracia a la
pobre alma que se haya extraviado, si hubiera alguna entre vosotros. Yo
le pido a Dios, y vosotros debéis hacerlo conmigo, que nos podamos
arrepentir de nuestros pecados. Y ahora os voy a rogar a todos vosotros
que repitáis conmigo el acto de contrición, arrodillándoos aquí, en esta
humilde capilla, en la presencia de Dios. El está aquí en el tabernáculo
James Joyce
120
abrasándose de amor de la humanidad, dispuesto a confortar al afligido.
No tengáis miedo. No importa nada, cuántos o cuan monstruosos sean
los pecados; basta que os arrepintáis de ellos y se os perdonarán. No
permitáis que una vergüenza al estilo mundano os impida hacerlo. Dios
es todavía el señor misericordioso que no desea la muerte del pecador,
sino que se convierta y viva.
—El os está llamando. Sois suyos. El os sacó de la nada. El os amó
como sólo un Dios puede amar. Sus brazos están abiertos para recibiros,
aunque hayáis pecado contra él. Llégate a él, ¡oh, pobre pecador!, ¡oh,
pobre y errado pecador! Ahora es el tiempo oportuno. Ahora es el momento.
El sacerdote se levantó y, volviéndose hacia el altar, se arrodilló sobre
la grada delante del tabernáculo, en la obscuridad de! crepúsculo.
Luego, levantando la cabeza, repitió fervorosamente, frase por frase,
el acto de contrición. Los muchachos contestaban frase por frase también.
Stephen, con la lengua pegada al paladar, inclinó la cabeza y rezó
con el corazón.
—Oh, Dios mío
—Oh, Dios mío
—me pesa de corarán
—me pesa de corazón
—de haberte ofendido
—de haberte ofendido
—v detesto mis pecados
—y detesto mis pecados
—sobre todo mal
—sobre todo mal
—porque te desagradan a ti, Dios mío,
—porque te desagradan a ti, Dios mío,
—que eres tan digno
—que eres tan digno
—de todo mi amor
—de todo mi amor
—y estoy firmemente resuelto
—y estoy firmemente resuelto
—con ayuda de tu divina gracia
—con ayuda de tu divina gracia
Retrato del artista adolescente
121
—a nunca más ofenderte nunca más ofenderte
—y a enmendar mi vida.
—y a enmendar mi vida.
Después de la cena, subió a su habitación con objeto de estar a solas
con su alma, y a cada peldaño su alma parecía suspirar, y a cada peldaño
su alma subía al mismo tiempo que sus pies, y suspiraba al ascender a
través de una región de viscosas tinieblas.
Se detuvo a la entrada en el descansillo, y luego cogió el tirador de
porcelana y abrió la puerta suavemente. Esperó lleno de miedo, sintiendo
que el alma le desfallecía y rogando en silencio que la muerte no le
tocara en la frente al trasponer el umbral, que los demonios que moran
en las tinieblas no tuvieran poder contra él. Y esperó aún en el umbral,
como a la entrada de una caverna sombría. Había caras allí, ojos: le estaban
esperando y acechando.
—Sabíamos desde luego perfectamente que esto tendría que venir a
dar a la luz pública aunque él había de tropezar con extraordinarias dificultades
al procurar tratar de comprometerse a tratar de proponerse averiguar
el plenipotenciario espiritual de modo que desde luego sabíamos
perfectamente bien…
Caras que murmuraban le estaban esperando; voces murmurantes que
llenaban la cóncava obscuridad de la cueva. Sintió miedo en el alma y en
la carne, mas, levantando bravamente la cabeza, entró con resolución en
el cuarto. Una puerta, una habitación, la misma habitación, la misma
ventana. Y pensó que aquellas palabras que le habían parecido levantarse
como un murmullo de la obscuridad, carecían totalmente de sentido.
Y se dijo que todo era simplemente su habitación, su habitación con la
puerta abierta.
Cerró la puerta, y marchando en derechura hacia la cama, se arrodilló
al lado de ella y se cubrió la cara con las manos. Tenía las manos frías y
húmedas y los miembros doloridos y escalofriados. Inquietud corporal y
escalofríos y cansancio le acosaban, poniendo en fuga sus pensamientos.
¿Por qué estaba allí, arrodillado, como un niño que reza sus oraciones de
la noche? Para estar a solas con su alma, para examinarse la conciencia,
para afrontar cara a cara sus pecados, para evocar sus modos, sus épocas,
sus circunstancias, para llorarlos. No podía llorar. No podía evocarlos en
su memoria. Sentía sólo un dolor en el alma y en el cuerpo: todo su ser
—memoria, voluntad, entendimiento, carne— entumecido y cansado.
James Joyce
122
Aquélla era la obra de los demonios, que trataban de diseminar sus
pensamientos y burlar su conciencia asaltándole por las puertas de la
carne cobarde y corrompida por el pecado. Y pidiéndole tímidamente a
Dios que le perdonara su debilidad, se metió lentamente en el lecho, se
arrebujó bien en las coberturas y ocultó de nuevo la cara entre las manos.
Había pecado. Había pecado tan gravemente contra el cielo y delante
de Dios, que no era digno ya de ser llamado hijo de Dios.
¿Era posible que él, Stephen Dédalus, hubiera realizado tales cosas?
Su conciencia suspiró por toda respuesta. Sí; las había realizado, en secreto,
repugnantemente, una vez y otra vez, y, endurecido en la impenitencia
del pecado, se había atrevido a llevar su máscara de santidad hasta
delante del tabernáculo mismo, cuando su alma no era otra cosa que una
masa, viviente de corrupción. ¿Cómo era posible que Dios no le hubiera
matado de repente? La multitud inmunda de sus pecados se estrechaba
en torno de él, le lanzaba el aliento, se doblegaba sobre él por todos lados.
Se esforzó en olvidarlos mediante una oración, arrebujándose como
un ovillo y apretando los párpados cerrados. Pero, ¿cómo sujetar los
sentidos del alma?; que aunque sus ojos estaban fuertemente cerrados,
veía los lugares donde había pecado; y oía, aun con los oídos bien tapados.
Deseaba con toda su alma dejar de oír y de ver, y lo deseó tanto,
que por fin la armazón de su cuerpo se puso a temblar bajo la fuerza de
su deseo y los sentidos de su alma se cerraron. Se cerraron por un instante,
pero se abrieron en seguida. Y vio.
Un campo de hierbajos, de cardos y de matas de ortigas. Entre las
matas espesas y ásperas de las plantas yacían innumerables latas viejas y
destrozadas y coágulos de materias fecales y montones en espiral de excremento
sólido. Un débil reflejo de luz pantanosa se elevaba de toda
esta podredumbre a través del gris verdoso de la erizada maleza. Y un
mal olor, nauseabundo, débil como la luz, subía en pesadas vedijas de
las latas viejas y de la basura añeja y costrosa.
Algunos seres se movían por el campo: uno, tres, seis. Entes errantes,
acá, allá. Seres cabrunos con cara humana, frente cornuda y barba rala
de un color gris como el del caucho. La perversidad del mal les brillaba
en la mirada dura, mientras se movían, acá, allá, arrastrando en pos de sí
la larga cola. Un rictus de cruel maldad iluminaba con un resplandor grisáceo
sus caras viejas y huesudas. El uno se cubría las costillas con un
harapiento chaleco de franela; otro se lamentaba monótonamente porque
la barba se le enredaba entre la maleza. Un lenguaje impreciso salía de
Retrato del artista adolescente
123
sus bocas sin saliva, mientras zumbaban en lentos círculos, cada vez más
estrechos, dando vueltas y vueltas alrededor del campo, arrastrando las
largas colas entre las latas tintineantes. Se movían en lentos círculos, para
encerrar, para encerrar… con el lenguaje indistinto de sus labios, y el
silbido de las largas colas embadurnadas de estiércol enranciado… impeliendo
hacia lo alto las espantosas caras…
¡Socorro!
Arrojó enloquecido las coberturas lejos de sí para libertarse la cara y
el cuello. Aquel era su infierno. Dios le había permitido ver el infierno
que estaba reservado para sus pecados. Un infierno nauseabundo, bestial,
perverso, un infierno de demonios cabrunos y lascivos. ¡Para él!
¡Para él!
Saltó de la cama. Sentía la nauseabunda vaharada que se le metía
garganta abajo, asqueándole y revolviéndole las entrañas. ¡Aire! ¡Aire
del cielo! Se arrastró a encontronazos hacia la ventana, gimiente y casi
desvanecido de malestar. Frente al lavabo una náusea se apoderó de él.
Y oprimiéndose con frenesí la frente helada, vomitó en agonía, profusamente.
Cuando el malestar hubo pasado, caminó con dificultad hasta la ventana
y, levantando el bastidor, se sentó en el extremo del alféizar y apoyó
el codo sobre el antepecho. La lluvia había cesado y entre movibles
masas de vapor de agua, la ciudad estaba hilando de luz a luz el delicado
capullo de una neblina amarillenta. El cielo estaba tranquilo y tenía una
vaga luminosidad. Y el aire resultaba grato al pulmón como en una arboleda
bien calada a chaparrones. Y, en medio de aquella paz de las luces
temblorosas y la quieta fragancia de la noche, Stephen hizo un pacto
con su corazón.
Y oró:
—Un día, quiso venir a la tierra en toda su gloría celestial. Pero pecamos.
Y ya no nos pudo visitar sino ocultando su majestad, sofocando
su resplandor porque era Dios. Y vino como débil, no como poderoso, y
te envió a ti en su lugar, criatura dotada del encanto de las criaturas, y
de atractivos humanos, proporcionados a nuestra condición. Y ahora,
tu mismo rostro y forma, querida madre, nos están hablando del eterno.
No como la belleza terrena, dañosa a quien la mira, sino como la estrella
de la mañana, emblema tuyo, radiante y musical, que habla del cielo
y paz infunde. ¿Oh, heraldo de la mañana! ¡Oh, luz del peregrino! SíJames
Joyce
124
guenos conduciendo como hasta ahora lo hiciste, a través del desierto
inhospitalario, guíanos a Jesús Nuestro Señor, guíanos a nuestra patria.
Sus ojos estaban empañados de lágrimas y, mirando humildemente al
cielo, lloró por su inocencia perdida.
Cuando hubo caído la noche, salió de casa. El primer contacto del aire
húmedo y obscuro y el ruido de la puerta al cerrarse en pos de él despertaron
de nuevo el dolor de su conciencia, tranquilizada a fuerza de
oración y de lágrimas. ¡Confesarse! ¡Confesarse! No era bastante el aliviar
el alma con una lágrima y una oración. Tenía que arrodillarse delante
del ministro del Espíritu Santo y contarle sus pecados con arrepentimiento
y verdad. Antes de oír de nuevo el batiente de la puerta girar
sobre el umbral para darle paso, antes de volver a ver en la cocina la mesa
dispuesta para la cena, se habría ya arrodillado y confesado. ¡Qué
sencillo era! El dolor de su conciencia cesó y Stephen comenzó a avanzar
despacio por las calles sombrías. ¡Había tantas losas en la acera de la
calle y tantas calles en la ciudad y tantas ciudades en el mundo! Y sin
embargo, la eternidad no tenía fin. Estaba en pecado mortal. Aun una
sola vez, ya era pecado mortal. Podía ocurrir en un instante. ¿Cómo podía
ocurrir tan de prisa? O viendo o imaginando ver. Primero, los ojos
veían la cosa sin haber deseado verla. Después, todo ocurría en un instante.
Pero ¿es que esa parte del cuerpo comprende, o qué? La serpiente,
el animal más astuto del campo. Claro que debe de comprender, cuando
desea así, en un momento, y luego puede prolongar pecaminosamente su
propio deseo, instante tras instante. Siente y comprende y desea. ¡Qué
cosa tan horrible! ¿Quién formó así esa parte del cuerpo, capaz de comprender
y de desear bestialmente? Y según eso, aquello ¿era una parte de
él o era una cosa inhumana, movida por un alma bajuna? Sentía un malestar
en el alma al imaginarse una torpe vida de reptil que dentro de él
se estaba alimentando de su delicada substancia vital, engordando entre
el cieno del placer. Oh, ¿por qué ocurría esto así? ¿Por qué?
Se humilló entre las sombras de su pensamiento, abatiéndose ante el
respeto a la divinidad que había hecho todas las cosas y todos los hombres.
¿Cómo se le podía ocurrir tal pensamiento? Y doblegándose rendido
en sus propias tinieblas, rogó en silencio a su ángel de la guarda que
apartara con su espada al demonio que le estaba susurrando en el cerebro.
El susurro cesó y entonces comprendió claramente que era su propia
Retrato del artista adolescente
125
alma la que había pecado voluntariamente mediante su cuerpo, de pensamiento,
palabra y obra. ¡Confesarse! Tenía que confesarse de cada uno
de sus pecados. ¿Y cómo expresarle en palabras al sacerdote lo que había
hecho? No había otro remedio, no había otro remedio. ¿Y cómo decirlo
sin morirse de vergüenza? O mejor: ¿cómo había hecho aquellas
cosas sin avergonzarse? ¡Ay, loco! ¡Confesarse! ¡Oh, sí, seguramente se
iba a quedar limpio y libre otra vez! ¡Ay, Dios del alma!
Siguió andando a través de calles mal alumbradas temiendo detenerse
ni aun un momento, no pareciese que reculaba ante lo que le estaba esperando,
y temiendo llegar a lo mismo que ansiaba. ¡Cuan hermosa debía
de parecer un alma en estado de gracia cuando Dios la mira amorosamente!
Había sentadas en el borde de la acera delante de sus cestas unas muchachas
desharrapadas. Mechones de pelo húmedo les colgaban por encima
de la frente. Ciertamente no estaban hermosas, sentadas así sobre el
fango. Pero Dios veía sus almas, y si estaban en estado de gracia, eran
bellas y Dios las amaba al mirarlas.
Un soplo frío de humillación pasó por su alma al pensar cuan bajo
había caído, al sentir que aquellas almas eran más gratas a Dios que la
suya. El viento pasaba por encima de él y se iba a otras innumerables
almas que brillaban con el favor de Dios, tan pronto más, tan pronto menos,
que flotaban o se hundían, fundidas en aquel soplo huidizo. Pero un
alma estaba perdida, un alma diminuta: la suya propia. Había vacilado
un instante, se había apagado, olvidada, perdida. Y nada más: negrura,
frío, vacío, desolación.
La conciencia del lugar en que se encontraba fue refluyendo lentamente
a su espíritu por encima de un vasto y obscuro período de tiempo
sin sensación ni vida. La escena sórdida iba resucitando ahora en torno
de él: la entonación familiar, los mecheros de gas encendidos en las
tiendas, y olores a aguardiente, a pescado, a serrín húmedo, y mujeres y
hombres que pasaban de un lado a otro. Una vieja se disponía a cruzar la
calle con su lata de aceite en la mano. Se inclinó y le preguntó si había
una capilla por allí cerca.
—¿Una capilla, señor? Sí, señor. La capilla de la calle de la Iglesia.
—¿De la Iglesia?
La vieja se pasó de mano la lata para indicarle la dirección. Y al sacar
ella su mano ennegrecida y marchita de debajo de los flecos del mantón,
Stephen se inclinó más profundamente, entristecido y aliviado por la voz
James Joyce
126
de la vieja.
—Gracias.
—No hay de qué, señor.
Los cirios del altar mayor estaban ya apagados, pero la fragancia del
incienso se difundía aún, flotando por la nave. Unos trabajadores barbudos
y de cara piadosa estaban sacando un palio por una puerta lateral y
el sacristán los ayudaba con gestos y con palabras suaves. Unos cuantos
devotos permanecían todavía rezando delante de uno de los altares laterales,
o arrodillados en los bancos cerca de los confesonarios. Stephen se
acercó humildemente y se arrodilló en el último banco, con el alma confortada
por la paz, el silencio y la fragante sombra de la capilla. El larguero
sobre el que estaba arrodillado era estrecho y estaba desgastado, y
aquellos que estaban de rodillas cerca de él eran humildes seguidores de
Jesús. También Jesús había nacido pobremente y había trabajado en el
taller de un carpintero, serrando tablas y cepillándolas, y cuando había
comenzado a hablar del reino de Dios había sido a pobres pescadores,
enseñando así a todos a ser humildes y mansos de corazón.
Inclinó la cabeza sobre las manos y mandó a su corazón que fuese
manso y humilde para poder llegar a ser como aquellos que estaban
arrodillados cerca de él y para que su oración fuera propiciatoria cual la
de ellos. Oraba junto a ellos, pero comprendía que su caso era más arduo.
Su alma estaba manchada por el pecado, y no se atrevía a pedir el
perdón de sus culpas con la simple confianza de aquellos a los cuales,
por inescrutable designio de Dios, había llamado los primeros a su lado,
carpinteros y pescadores, gente pobre y sencilla dedicada a humildes tareas,
a obrar y modelar la madera de los árboles o a remendar pacientemente
las redes.
Una sombra alta avanzó por la nave lateral y los penitentes se removieron.
Y por ultimo, levantando un momento los ojos, distinguió una
larga barba gris y el hábito obscuro de un capuchino. El religioso entró
en el confesionario y quedó oculto. Los penitentes se levantaron y se
colocaron a ambos lados del confesionario. Se oyó el ruido de un cierre
de madera al decorrerse y el murmullo de una voz comenzó a turbar el
silencio. La sangre le comenzó a murmurar en las venas, como una ciudad
pecadora despertada del sueño para oír su sentencia de destrucción.
Copos de fuego y polvo de cenizas caían mansamente sobre las casas de
los hombres. Y ellos se agitaban, despertando del sueño, turbados por el
aire abrasador.
Retrato del artista adolescente
127
El cierre volvió a correrse y el penitente emergió de la sombra por el
costado del confesionario. Se descorrió el cierre del otro lado. Una mujer
entró con calmosa compostura en el sitio donde el primer penitente había
estado arrodillado. Y el leve murmullo comenzó de nuevo.
Aún podía abandonar la capilla. Podía levantarse, echar un pie tras
otro, salir suavemente y luego correr, correr, correr a toda velocidad a
través de las calles obscuras. Aún tenía tiempo de escapar de aquel bochorno.
Si hubiera sido algún terrible crimen, ¡pero aquel pecado! ¡Si
hubiera sido un asesinato! Menudos copos de fuego caían abrasándole
por todas partes: pensamientos vergonzosos, palabras vergonzosas, actos
vergonzosos. Y la vergüenza le cubría totalmente como una capa impalpable
de abrasadora ceniza que iba cayendo sin cesar. ¡Expresarlo con
palabras! Su alma, entre el ansia de la asfixia y el desamparo, quería cesar
de existir.
El cierre fue descorrido otra vez. Un penitente emergió del lado
opuesto del confesionario. Otra vez el cierre. Un penitente entró en el
sitio de donde el anterior había salido. El suave susurro salía en vaporosas
nubecillas de la caja de madera. Era la mujer: nubecillas tenues y susurrantes,
vapor tenue en susurros, que susurraba, que se desvanecía.
Secretamente, por debajo del antepecho del banco, se golpeó humildemente
el seno. Viviría en paz con Dios y con los otros. Amaría a su
prójimo. Amaría a Dios que le había creado y le había amado. Se arrodillaría
y rezaría con los demás, y sería feliz. Dios se dignaría posar su mirada
sobre él y sobre los otros y los amaría a todos.
¡Qué fácil era el ser bueno! El yugo de Dios era ligero y suave. Mejor
era no haber pecado nunca, haber permanecido siempre como un niño,
porque Dios amaba a los pequeñuelos y dejaba que se acercasen a él. Pero
Dios era misericordioso para los pobres pecadores que se arrepentían
de corazón. ¡Cuan cierto era aquello! ¡Eso sí que se podía llamar bondad!
El cierre se corrió de pronto. El era el siguiente. Se levantó lleno de
terror y caminó a ciegas hasta el confesionario.
Había llegado por fin. Se arrodilló en la silenciosa obscuridad y levantó
los ojos hacia el blanco crucifijo que estaba colgado encima de él.
Dios podría ver que le pesaba. Diría todos sus pecados. Su confesión sería
larga, larga. Todo el mundo en la capilla comprendería cuan pecador
había sido. ¡Que lo supieran! Era verdad. Pero Dios había prometido
perdonarle, con tal de que le pesase de corazón. Y le pesaba. Juntó las
James Joyce
128
manos y las levantó hacia la blanca forma, rogando con sus ojos entenebrecidos,
rogando con todo el trémulo cuerpo, moviendo la cabeza de un
lado a otro como una criatura abandonada, rogando con los gimientes
labios.
—¡Me pesa! ¡Me pesa! ¡Me pesa!
El cierre se descorrió con un golpe brusco y el corazón le dio un salto
en el pecho. Por la rejilla se veía la cara de un anciano sacerdote, apartada
del penitente, apoyada sobre una mano. Stephen hizo la señal de la
cruz y rogó al sacerdote que le bendijera porque había pecado. Luego,
inclinando la cabeza, recitó despavorido el Confiteor. Al llegar a las palabras
de mi gravísima culpa, cesó, sin aliento.
—¿Cuánto tiempo hace desde su última confesión, hijo mío?
—Mucho tiempo, padre.
—¿Un mes, hijo mío?
—Más, padre.
—¿Tres meses, hijo mío?
—Más aún, padre.
—¿Seis meses?
—Ocho meses, padre.
Había comenzado. El sacerdote preguntó:
—¿Y de qué se acuerda usted desde entonces?
Comenzó a confesar sus pecados: misas perdidas, oraciones no dichas,
mentiras.
—¿Alguna cosa más, hijo mío?
Pecados de cólera, envidia de lo ajeno, glotonería, vanidad, desobediencia.
—¿Alguna cosa más, hijo mío?
No había otro remedio. Murmuró:
—He… cometido pecados de impureza, padre.
El sacerdote no volvió la cabeza.
—¿Consigo mismo, hijo mío?
—Y… con otros.
—¿Con mujeres, hijo mío?
—Sí, padre.
—¿Eran mujeres casadas, hijo mío?
No lo sabía. Sus pecados le iban goteando de los labios y del alma,
rezumando, supurando como una corriente de vicio sucia y emponzoñada.
Los últimos pecados salieron por fin, lentos y asquerosos. Ya no haRetrato
del artista adolescente
129
bía más que decir. Inclinó la cabeza, rendido.
El sacerdote callaba. Después, preguntó:
—¿Qué edad tiene usted, hijo mío?
—Diez y seis años, padre.
El sacerdote se pasó la mano varias veces por la cara. Después descansó
la frente sobre una mano, se recostó contra la rejilla y, los ojos todavía
desviados, habló lentamente. Tenía la voz cansada y vieja.
—Es usted muy joven, hijo mío, y me va usted a permitir que le ruegue
que abandone ese pecado. Es un pecado terrible. Mata el cuerpo y
mata el alma. Es la causa de muchos crímenes y desgracias. Abandónelo
usted, hijo mío, por el amor de Dios. Es deshonroso e indigno de hombres.
Usted no sabe hasta dónde ese maldito hábito le puede llevar a usted
o hasta dónde puede llegar él en contra suya. Mientras cometa usted
ese pecado, su alma carecerá absolutamente de valor a los ojos de Dios.
Pídale a nuestra madre María que le ayude. Ella le ayudará, hijo mío.
Ruégueselo a Nuestra Señora cada vez que este pecado le venga a la
imaginación. Estoy seguro de que lo hará así, ¿no es cierto? Usted se
arrepiente de todos estos pecados. Estoy seguro. Y le va usted a prometer
a Dios que, con ayuda de su santa gracia, no le va a volver a ofender
con ese pecado asqueroso. Hágale esta promesa a Dios. ¿La hará usted?
—Sí, padre.
La voz, vieja y cansada, caía como una suave lluvia sobre su corazón
trémulo y reseco. ¡Cuan suave! ¡Cuan triste!
—Hágalo así, pobre hijo mío. El demonio le tiene extraviado. Rechácele
hacia el infierno siempre que le traiga la tentación de deshonrar su
cuerpo de esta manera; rechace al espíritu infernal que aborrece a Nuestro
Señor. Prométale a Dios que abandonará ese pecado vil, ese pecado
asqueroso.
Cegado por las lágrimas y por la luz de la misericordia divina, Stephen
inclinó la cabeza y oyó las graves palabras de la absolución y vio
cómo la mano del sacerdote se levantaba sobre él en prenda de perdón.
—Dios le bendiga, hijo mío. Ruegue a Dios por mí. Se arrodilló para
rezar la penitencia en un rincón de la obscura nave; y sus oraciones ascendían
al cielo desde el corazón purificado como una oleada de aroma
que fluyera aire arriba desde el corazón de una rosa blanca.
¡Qué alegres, las calles enfangadas! Marchaba hacia casa a grandes
pasos, consciente de una gracia que se difundía por sus miembros y los
aligeraba. A pesar de todo, lo había hecho. Se había confesado y Dios le
James Joyce
130
había perdonado. Su alma era pura y santa una vez más, santa y feliz.
¡Qué hermoso morir ahora, si fuera voluntad de Dios! Y qué hermoso
vivir en gracia una vida de paz y de virtud y de indulgencia para con los
demás.
Se sentó al fuego en la cocina, sin atreverse a hablar de pura felicidad.
Hasta aquel momento no había sabido cuan hermosa y apacible podía
ser la vida. El cuadrado de papel verde, prendido con alfileres alrededor
de la lámpara, proyectaba un dulce reflejo. Sobre la mesa había un
plato de salchichas y pudding blanco y, en la repisa, huevos. Todo para
el desayuno del día siguiente, después de la comunión en la capilla del
colegio. Pudding blanco y huevos y salchichas y tazas de té. Después de
todo, ¡qué simple y qué hermosa que era la vida! Y toda la vida yacía
ahora delante de él.
Como en un ensueño, cayó dormido. Como en un ensueño, se levantó
y vio que ya era de mañana. Como en un ensueño de duermevela, caminó
hacia el colegio a través de la mañana tranquila.
Todos los muchachos estaban ya arrodillados en sus sitios. Se arrodilló
entre ellos, tímido y feliz. El altar estaba recubierto de masas olorosas
de flores blancas. Y, en la luz matinal, las llamas pálidas de los cirios
ardían entre las blancas flores, pulcras y silenciosas como su propia alma.
Se arrodilló delante del altar con sus compañeros y sostuvo al par que
ellos el paño que descansaba como sobre una balaustrada de manos. Las
suyas temblaban y su alma con ellas, mientras el sacerdote iba avanzando
de sitio en sitio llevando el copón.
—Corpus Domini nostrí.
¿Sería posible? Estaba arrodillado allí, tímido y limpio de pecado. Y
sostendría en su lengua la hostia y Dios entraría en su cuerpo purificado.
—In vitam eternam. Amen.
¡Una nueva vida! ¡Una vida de gracia y de virtud y de felicidad! Y lo
pasado, pasado.
—Corpus Domini nostrí.
La copa sagrada había llegado hasta él.
4
Los domingos los tenía dedicados al misterio de la Santísima Trinidad;
los lunes, al Espíritu Santo; los martes, a los Ángeles Custodios; los
miércoles, a San José; los jueves, al Santísimo Sacramento del Altar; los
viernes, a la Pasión de Jesús; los sábados, a la Santísima Virgen María.
Todas las mañanas se santificaba de nuevo en la presencia de alguna
sagrada imagen o de algún misterio. El día comenzaba para él con el
ofrecimiento heroico de cada uno de sus pensamientos y acciones por la
intención del Sumo Pontífice y con una misa temprana. El aire crudo de
la mañana aguzaba su decidida piedad; y a menudo, arrodillado entre los
escasos fieles delante de un altar lateral, siguiendo el murmullo del sacerdote
en su devocionario lleno de estampas que servían de señal,
echaba una rápida ojeada hacia la figura revestida, en pie, allá en la obscuridad,
entre los dos cirios que representaban el Antiguo y el Nuevo
Testamento, y se imaginaba que estaba asistiendo a una misa en las catacumbas.
Su vida diaria estaba dividida en diversas áreas de devoción.
Por medio de jaculatorias y de oraciones, acumulaba de muy buena
voluntad centenas y cuarentenas de días, y aun años enteros, en favor de
las almas del purgatorio; aunque el triunfo espiritual que sentía al ganar
con tan poca molestia tan largos períodos de penitencia canónica no le
recompensaba completamente su celo, desde el momento que ignoraba
cuánto sufrimiento temporal había evitado a las pobres almas por medio
de su sufragio; e introdujo su alma en un círculo cada vez más amplio de
obras heroicas, temeroso de que para con el fuego del purgatorio, que no
se diferencia del infernal más que en no ser eterno, su penitencia no tuviera
más validez que la de una gota de agua.
Cada momento del día, dedicado ahora a los que miraba como deberes
de su paso por la vida, giraba en torno de su actividad espiritual. Su
vida parecía haberse aproximado a la eternidad. Podía lograr que cada
uno de sus pensamientos, palabras y obras, revibrara radiantemente en el
James Joyce
132
cielo; y a veces la sensación de este repercutir inmediato era tan intensa,
que le parecía que su alma devota obraba como los dedos sobre el teclado
de una gran caja registradora y que podía ver la suma de su adquisición
aparecer inmediatamente inscrita en el cielo, no como una cifra, sino
como una débil columnilla de incienso o como una delicada flor.
También los rosarios que rezaba constantemente —pues llevaba las
cuentas sueltas en los bolsillos del pantalón para poder rezar por la calle—
se le transformaban en coronas de flores de una contextura tan extraterrena,
tan vaga, que le parecían carecer de matiz y de olor, del mismo
modo que carecían de nombre. Cada uno de sus tres rosarios cotidianos
era ofrecido para que su alma creciera más vigorosamente en cada
una de las virtudes teologales, en la fe en el Padre que le había creado,
en la esperanza en el Hijo que le había redimido y en el amor al Espíritu
Santo que le había santificado; y esta plegaria tres veces triple la ofrecía
a las tres personas de la Santísima Trinidad por mediación de María considerada
en sus misterios gozosos, dolorosos y gloriosos.
Cada día de los siete de la semana rezaba para que uno de los siete
dones del Espíritu Santo descendiera sobre su alma y arrojara día por día
a cada uno de los siete pecados mortales que le habían mancillado en el
pasado; y rezaba para obtener cada don en su día señalado, con la confianza
de que descenderían sobre él, aunque le resultaba extraño algunas
veces que tres dones como sabiduría, entendimiento y ciencia, fuesen tan
distintos que necesitaran cada uno por su lado un día diferente. Con todo,
creía que en una etapa futura de su progreso espiritual, quedaría la
dificultad resuelta cuando su alma pecadora estuviera más fortalecida y
alumbrada por la tercera persona de la Trinidad Santísima. Pero lo creía
tanto más, y aun con ansia, a causa de la divina obscuridad y silencio
donde mora el invisible Paráclito cuyos símbolos son una paloma y un
viento poderoso; pecar contra El es pecado que no encuentra perdón; El
es, en fin, aquel eterno, secreto y misterioso ser al que como a Dios ofrecen
los sacerdotes una misa cada año revestidos del rojo de las llamas de
fuego.
Las imágenes bajo las cuales quedaban veladas en los libros de devoción
la naturaleza y las relaciones de las tres personas de la Santísima
Trinidad —el Padre, que se contempla por una eternidad, como en un
espejo, en sus divinas perfecciones, y de ahí engendra a su Eterno Hijo,
y el Espíritu Santo, que procede eternamente del Padre y del Hijo—, estas
imágenes obscuras eran, en razón de su augusta incomprensibilidad,
Retrato del artista adolescente
133
más fácilmente aceptadas por su mente que el simple hecho de que Dios
hubiera amado al alma de él, de su criatura, desde una eternidad, eras y
eras antes de que naciera en el mundo, eras antes de que el mismo mundo
existiera.
Había oído pronunciar solemnemente en la escena y en el pulpito los
nombres de las pasiones del amor y del odio; las había visto expuestas
pomposamente en los libros, y se preguntaba por qué su alma era incapaz
de albergar ni el uno ni el otro ni aun siquiera de forzar los labios a
pronunciar sus nombres con convicción. A menudo había sentido un
breve acceso de cólera, pero nunca había sido capaz de conservar su resentimiento
largo rato, sino que había sentido que se iba desvaneciendo
en seguida como una cáscara o una piel que se desprendiera con toda
suavidad de su propio cuerpo. Y había sentido también una presencia
obscura, sutil y susurrante que penetraba por todo su ser, que lo incendiaba
en las llamas pasajeras de un deseo vedado. Y también este anhelo
resbalaba hasta colocarse fuera de su alcance, dejando su mente indiferente
y lúcida. Parecían éstos el único amor y el único odio que su alma
era capaz de albergar.
Pero ahora no podía dejar por más tiempo de creer en la realidad del
amor, puesto que el mismo Dios había amado a su alma individual con
un amor divino por una eternidad toda. Gradualmente, según su alma se
iba enriqueciendo en conocimiento espiritual, iba viendo cómo el mundo
todo formaba una expresión simétrica del poder y el amor de Dios. La
vida se convertía en un don divino, y por cada sensación, por cada momento
de él, su alma tenía que alabar y dar gracias a Dios, aunque no
fuera más que de ver cómo colgaba una hoja de la rama de un árbol. El
mundo, no obstante su solidez y su complejidad, ya no existía para Stephen
más que como un teorema de la universalidad, el amor y el poder
divinos. Y tan íntegra e incuestionable era la sensación de un divino
sentido que la naturaleza le daba, que llegó a casi no comprender para
qué era necesario que él siguiera existiendo en el mundo. Y, sin embargo,
esto formaba parte del designio divino y no era él, por tanto, quien lo
había de discutir, él menos que nadie, pues había pecado tan gravemente,
tan horrendamente contra los designios de Dios. Manso y abatido
por este conocimiento de una realidad eterna, omnipresente y perfecta,
se refugió de nuevo en su carga de devociones, misas, preces, mortificaciones
y sacramentos, y sólo entonces por primera vez desde que cavilaba
en el gran misterio del amor, sintió dentro de sí un cálido movimiento
James Joyce
134
como de algo recién nacido, una nueva vida o una nueva virtud de su
propia alma. La actitud de éxtasis que conocía por el arte sagrado, las
manos separadas y en alto, los labios entreabiertos, los ojos como los de
quien está próximo a desmayarse, esta actitud llegó a ser para él la imagen
del alma en oración, humillada y débil delante de su Creador.
Pero había sido prevenido contra los peligros de la exaltación espiritual
y no se permitió, por tanto, cejar en la más nimia o insignificante de
sus devociones, y tendía también por medio de una constante mortificación
más a borrar su pasado pecaminoso que a adquirir una santidad llena
de peligros. Cada uno de sus sentidos estaba sometido a una rigurosa
disciplina. Con objeto de mortificar el sentido de la vista, se puso como
norma de conducta el caminar por la calle con los ojos bajos, sin mirar
ni a derecha ni a izquierda y ni por asomo hacia atrás. Sus ojos evitaban
todo encuentro con ojos de mujer. Y de vez en cuando los refrenaba mediante
un repentino esfuerzo de voluntad, dejando a medio leer una frase
comenzada y cerrando de golpe el libro. Para mortificar el oído dejaba
en libertad su voz, que estaba por entonces cambiando, no cantaba ni
silbaba nunca y no hacía lo más mínimo para huir de algunos ruidos que
le causaban una penosa irritación de los nervios, como el oír afilar cuchillos
en la plancha de la cocina, el ruido de recoger la ceniza en el cogedor
o el varear de una alfombra. Mortificar el olfato le resultaba más
difícil, porque no sentía la menor repugnancia instintiva de los malos
olores, ya fueran exteriores, como los del estiércol o el alquitrán, ya fueran
de su propia persona. Entre todos ellos había hecho muchas curiosas
comparaciones y experimentos, hasta que decidió que el único olor contra
el cual su olfato se rebelaba, era una especie de hedor como a pescado
podrido o como a orines viejos y descompuestos; y cada vez que le
era posible, se sometía por mortificación a este olor desagradable. Para
mortificar el gusto se sujetaba a normas muy estrictas en la mesa; observaba
a la letra los ayunos de la Iglesia y procuraba distrayéndose apartar
la imaginación del gusto de los diferentes platos. Pero era en la mortificación
del tacto donde su inventiva y su ingenuidad trabajaron más infatigablemente.
No cambiaba nunca conscientemente de posición en la
cama, se sentaba en las posturas menos cómodas, sufría pacientemente
todo picor o dolor, se separaba del fuego, estaba de rodillas toda la misa,
excepto durante los evangelios, dejaba parte de la cara y del cuello sin
secar para que se le cortaran con el aire y, cuando no estaba rezando el
rosario, llevaba los brazos rígidos, colgados a los costados como un coRetrato
del artista adolescente
135
rredor, y nunca metía las manos en los bolsillos ni se las echaba a la espalda.
No tenía tentaciones de pecar mortalmente. Pero le sorprendía, sin
embargo, el ver que después de todo aquel complicado curso de piedad y
de propia contención, se hallaba a merced de las más pueriles e insignificantes
imperfecciones. Todos sus ayunos y oraciones le servían de poco
para llegar a suprimir el movimiento de cólera que experimentaba al
oír estornudar a su madre o al ser interrumpido en sus devociones. Y necesitaba
un inmenso esfuerzo de su voluntad para dominar el impulso
que le excitaba a dar salida a su irritación. Se le representaban ahora las
imágenes de cólera trivial que había observado entre sus maestros, las
bocas crispadas, los labios contraídos, las mejillas arreboladas, y estos
recuerdos le descorazonaban, a pesar de sus prácticas de humildad, al
establecer una comparación con sus propios arrebatos. Confundir su vida
en la común marea de todas las otras era lo que se le hacía más difícil
que todo ayuno u oración; fracasaba constantemente cuando se proponía
hacerlo a todo su sabor, y estos fracasos le llegaron a dejar en el alma
una sensación de sequedad espiritual junto con brotes de dudas y de escrúpulos.
Su alma atravesaba por un período de desolación en el cual
hasta los mismos sacramentos parecían haberse convertido en fuentes
agotadas. La confesión le servía sólo como un canal de desagüe para sus
escrúpulos y sus imperfecciones incorregibles. Y cuando recibía ahora la
eucaristía, no le aportaba aquellos fervorosos momentos de entrega virginal
que aún le proporcionaban las comuniones espirituales hechas algunas
veces al final de una visita al Santísimo Sacramento. El libro que
usaba para tales visitas era un libro desechado escrito por San Alfonso
María de Ligorio, de pálidos caracteres y secas y amarillentas hojas. Un
mundo marchito de amor ferviente y virginales respuestas parecía ser
evocado por su alma a la lectura de estas páginas, en las cuales la serie
metafórica de los cánticos estaba entretejida con las oraciones del que
hacía la comunión espiritual. Una voz imperceptible parecía acariciar el
alma, una voz que le decía sus glorías y sus nombres, que la invitaba a
levantarse y salir al encuentro del cortejo de bodas, que la invitaba a avizorar
al esposo desde Amana y desde las montañas de los leopardos; y el
alma parecía contestar, entregándose con la misma imperceptible voz:
ínter ubera mea commorabitur.
Esta idea de la entrega tenía una peligrosa atracción para su mente,
pues ahora sentía el alma asediada de nuevo por las insistentes voces de
James Joyce
136
la carne que comenzaba a murmurarle al oído durante sus plegarías y sus
meditaciones. Le daba un intenso sentido de su poder el conocer que con
un simple acto de consentimiento, en un instante podía deshacer todo lo
que había hecho. Le parecía sentir una inundación que iba avanzando
poco a poco hacia sus pies desnudos y estar esperando la llegada de la
primera y diminuta onda que, débil, silenciosa, se iba aproximando tímidamente
hasta él. Y entonces, cuando casi sentía que el agua lamía su
piel febril, cuando casi estaba al borde de consentir en el pecado, se encontraba
de repente lejos de la onda sobre la ribera segura, salvado por
un acto instantáneo de su voluntad o por una jaculatoria repentina; y al
ver desde lejos la línea argentada de las ondas que comenzaban de nuevo
un lento avanzar hacia sus pies, un estremecimiento de satisfacción le
conmovía el alma, por la conciencia del propio poder, porque no se había
rendido, porque no había deshecho todo lo edificado.
Después de haber esquivado varias veces por este procedimiento el
piélago de la tentación, se sintió turbado, y se preguntaba si la gracia que
se había negado a perder en el ataque cara a cara no le estaría siendo
arrebatada poco a poco. Se le enturbió la clara certidumbre de su inmunidad
y en su lugar nació un vago recelo de que su alma no se hubiera
rendido ya sin darse cuenta. Sólo con dificultad volvía a adquirir la conciencia
de hallarse en estado de gracia al repetirse a sí mismo que había
rogado a Dios en cada una de sus tentaciones y que la gracia que había
pedido le tenía que haber sido concedida, ya que el mismo Dios estaba
obligado a darla. La mucha frecuencia y furor de sus tentaciones le dieron
a conocer por fin cuan verdad era lo que había oído decir acerca de
las pruebas a que se veían sometidos los santos. Las tentaciones frecuentes
y violentas eran precisamente la prueba de que la ciudadela del
alma no se había rendido y de que el demonio rabiaba por hacerla caer.
Al confesar sus dudas y sus escrúpulos —descuidos momentáneos en
la oración, fútiles movimientos interiores de cólera o leves voluntariedades
de palabra o de hecho— se veía a menudo invitado por el confesor a
nombrar algún pecado de la vida pasada antes de recibir la absolución. Y
lo nombraba con humildad y vergüenza y se arrepentía de él de nuevo.
Le humillaba y le avergonzaba el pensar que no se vería libre enteramente
de él jamás, por muy santamente que viviese, por muchas virtudes
y perfecciones que llegase a alcanzar. Siempre existiría en su alma un
inquieto sentimiento de culpa; se arrepentiría, se confesaría, sería absuelto,
se volvería a arrepentir, a confesar, le volverían a absolver: todo
Retrato del artista adolescente
137
inútil. Quizás aquella primera confesión hecha a toda prisa, arrancada
sólo por el temor del infierno, no había sido válida. Quizá movido sólo
por su inminente condenación no había tenido sincero dolor de su pecado.
Pero la prueba más indudable de que su confesión había sido válida,
era —lo veía muy bien— la enmienda de su vida.
—Porque he enmendado mi vida, ¿verdad? —se preguntaba.
El director estaba en pie junto al marco de la ventana, dando la espalda
a la claridad y con el antebrazo apoyado en el obscuro visillo. Mientras
hablaba y sonreía se entretenía, ya en balancear la cuerda de la cortina,
ya en anudarla. Stephen estaba delante de él y seguía alternativamente,
tan pronto la lenta luz de un día de verano que se iba desvaneciendo,
tan pronto los pausados y hábiles movimientos de los dedos
del religioso. La cara del sacerdote estaba sumergida en total obscuridad,
pero la luz pálida llegaba por detrás hasta tocarle las hundidas sienes y la
forma del cráneo. Stephen seguía también con el oído el son y las pausas
de la voz del director, que estaba tratando en un tono grave y cordial de
varios temas indiferentes: de las vacaciones que justamente habían terminado,
de los colegios que la Orden tenía en el extranjero, de los cambios
de profesores. La voz grave y cordial seguía adelante con su charla
y Stephen se sentía obligado en las pausas a hacerla continuar proponiendo
alguna respetuosa pregunta. Sabía que todo aquello no era más
que un prólogo y se preguntaba en qué vendría a parar. Desde que había
recibido la cita del director, su mente había estado luchando por descifrar
la intención de tal mensaje; y durante la larga espera en la sala de
visitas del colegio, sus ojos habían ido pasando revista mecánicamente a
los severos cuadros que pendían de las paredes mientras su imaginación
se deshacía en hipótesis; hasta que por fin el objeto de la convocatoria se
le había hecho casi claro. Y entonces, cuando estaba deseando que alguna
causa imprevista . impidiera la venida del director, había sentido el
ruido del pestillo de la puerta y el roce de una sotana.
El director se había puesto a hablar de las órdenes de los dominicos y
los franciscanos y de la amistad entre Santo Tomás y San Buenaventura.
El hábito de los capuchinos, a su parecer, era demasiado…
El rostro de Stephen reflejó la indulgente sonrisa del director, y como
no tenía especial interés en opinar, hizo un leve gesto de duda con los
labios.
James Joyce
138
—Me parece —continuó el director— que se habla ahora, hasta por
los mismos capuchinos, de desecharlo y de seguir el ejemplo de los otros
franciscanos.
—Pero seguirán llevándolo en el convento —dijo Stephen.
—Claro, desde luego —dijo el director—. Para el convento está perfectamente,
pero para salir a la calle, me parece que harían mejor en dejarlo
de una vez, ¿no crees?
—Me parece que debe de ser molesto.
—Claro que lo es, claro. Figúrate que cuando yo estaba en Bélgica
los veía, hiciera el tiempo que hiciese, montar en bicicleta, con esa cosa
que se les subía hasta las rodillas. Era verdaderamente ridículo. En Bélgica
les llaman les ¡upes.
Cambiaba de tal modo la vocal que era imposible comprender.
—¿Cómo les llaman?
—Les jupes.
—¡Ah!
Stephen volvió a sonreír en respuesta a la sonrisa del sacerdote, sonrisa
que él no podía llegar a distinguir en el rostro recatado en la sombra,
pero cuya imagen o cuyo espectro le pasó rápidamente por la imaginación
al sentir llegar a su oreja el sonido discreto de la palabra pronunciada
en voz baja. Se puso a mirar serenamente el cielo que palidecía y se
sintió contento del fresco del atardecer y de aquella débil luz amarillenta
que ocultaba el leve rubor que le había subido a las mejillas.
Los nombres de las prendas de vestir de las mujeres o el de algunas
telas suaves y delicadas que sirven para hacerlas, solían llevar a su imaginación
un perfume delicado y pecaminoso. De niño había imaginado
que las riendas de los caballos eran sutiles bandas de seda, y se había
quedado decepcionado al sentir en Stradbrooke el roce del cuerpo grasiento
de los arneses. Había sufrido otra decepción al sentir por primera
vez entre sus dedos trémulos la frágil contextura de una media de mujer;
como no retenía de sus lecturas más que lo que le parecía un eco o una
profecía de su propio estado, sólo podía imaginar que el cuerpo o el alma
de una mujer pudiesen palpitar llenos de su vida delicada entre palabras
musicales o dentro de telas blandas como el pétalo de las rosas.
Pero la frase de los labios del sacerdote no era inocente, pues sabía
que un religioso no podía hablar ligeramente de un tema como aquel. La
frase había sido dejada caer con intención y Stephen notaba que su rostro
estaba siendo espiado por dos ojos que se recataban en la sombra.
Retrato del artista adolescente
139
Todo lo que había oído o leído de la astucia de los jesuitas, lo había
apartado resueltamente de sí, como materia no confirmada por su propia
experiencia. Sus profesores, aun aquellos que no le eran simpáticos, le
habían parecido siempre ser sacerdotes serios e inteligentes, prefectos
endurecidos en los deportes y de alma franca. Se los representaba como
hombres que se lavoteaban bravamente el cuerpo con agua fría y que
llevaban bien limpia la ropa interior. Durante todo el tiempo que había
estado en Clongowes sólo había recibido dos palmetazos, y aunque éstos
habían sido injustos, comprendía, sin embargo, que había escapado al
castigo muchas otras veces. Durante todos aquellos años jamás había oído
a sus profesores tratar de un tema serio ligeramente. Ellos eran los
que le habían enseñado la doctrina cristiana, los que le habían excitado a
llevar una buena vida, los que cuando había caído en pecado mortal le
habían ayudado a volver a la gracia. Pero, ellos, la presencia de ellos, era
lo que le había hecho desconfiar de sí mismo en Clongowes, cuando todavía
era un chiquillo, y lo que le había hecho desconfiar de sí mismo
mientras se había ido sosteniendo en posición equívoca en el Belvedere.
Una constante sensación de esto le había estado acompañando hasta el
último año de su vida de colegial. Nunca había desobedecido, nunca había
tolerado que compañeros turbulentos le apartasen de sus hábitos de
tranquila obediencia, y aun, si alguna vez había dudado de lo afirmado
por un profesor, nunca había hecho alarde de dudar abiertamente. Recientemente,
algunos de los juicios emitidos por ellos le habían parecido
un poco pueriles y había sentido pena como si estuviera saliendo lentamente
de un mundo familiar y oyera su lenguaje por última vez. Un día
que estaban varios alumnos congregados alrededor de un padre en el cobertizo
de al lado de la capilla, oyó que el padre decía:
—Tengo la convicción de que lord Macaulay fue un hombre que probablemente
no cometió ni un pecado mortal en toda su vida, es decir, un
pecado mortal deliberado.
Algunos de los chicos le preguntaron entonces si Víctor Hugo era el
mejor escritor francés. El sacerdote contestó que Víctor Hugo no había
escrito ni con mucho tan bien cuando se había vuelto contra la Iglesia
como cuando era católico.
—Pero hay muchos críticos franceses —agregó el padre— que consideran
que Víctor Hugo, siendo un gran escritor como es, no tiene, sin
embargo, un estilo francés tan puro como Louis Veuillot.
Se había desvanecido ya la ligerísima oleada de rubor que a la alusión
James Joyce
140
del director había teñido las mejillas de Stephen, pero sus ojos estaban
fijos todavía en el descolorido cielo de la tarde. Una duda inquieta revoloteaba
aquí y allá por su mente. Se veía a sí mismo paseando por los
campos de deporte de Clongowes un día en que se celebraban unos juegos
y comiendo algún comistrajo que iba sacando de su gorra de cricket.
Unos jesuitas se paseaban por la pista de las bicicletas en compañía de
algunas señoras. Y en las cavernas más apartadas de su imaginación resonaba
ahora el eco de ciertas expresiones que había oído en Clongowes.
Su oído estaba atento a estos ecos lejanos, cuando notó de pronto que
el director se dirigía a él en un tono distinto:
—Te he hecho venir hoy, Stephen, porque deseaba hablarte de un
asunto de mucha importancia.
—Dígame, señor.
—¿Has sentido alguna vez vocación? Stephen abrió la boca para
contestar que sí, pero de pronto retuvo la salida de la palabra. El religioso
aguardó la respuesta y luego añadió:
—Quiero decir si has sentido alguna vez dentro de ti mismo, en tu
alma, el deseo de entrar en nuestra Orden. Piénsalo.
—Algunas veces he pensado en ello —dijo Stephen.
El sacerdote dejó caer la cuerda de la cortina y, uniendo las manos,
apoyó la barbilla gravemente sobre ellas, como si comulgara consigo
mismo.
—En un colegio como éste —dijo al cabo de un rato—, hay siempre
un muchacho o dos o tres a los cuales Dios llama a la vida religiosa. Un
muchacho de esta clase resalta entre sus compañeros por su piedad, por
el buen ejemplo que da a los otros. Todos se miran en él; tal vez es elegido
prefecto por sus compañeros de congregación. Y tú, Stephen, has
sido un alumno de este tipo, has sido prefecto de la congregación de
Nuestra Señora. Quizás eres el muchacho de este colegio al cual Dios se
propone llamar para sí.
Un timbre de orgullo que reforzaba la grave voz del sacerdote hizo
que, por toda respuesta, el corazón de Stephen comenzara a latir más
apresuradamente.
—Recibir este llamamiento —continuó el director—, es el mayor honor
que el Omnipotente puede otorgar a un alma. No hay rey ni emperador
en la tierra que tenga el poder de un sacerdote de Dios. No hay ángel
ni arcángel en el cielo, ni santo, ni aun la Santísima Virgen, que tenga el
mismo poder que un sacerdote de Dios, el poder de las llaves, el poder
Retrato del artista adolescente
141
de atar y desatar los pecados, el poder de exorcismo, el poder de arrojar
de las criaturas de Dios los malos espíritus que se han posesionado de
ellas; el poder, la autoridad de hacer que el gran Dios del cielo baje hasta
el altar y tome la forma del pan y el vino. ¡Qué tremendo poder, Stephen!
Una oleada comenzó a teñir de nuevo las mejillas de Stephen al sentir
en aquella orgullosa arenga un eco de sus propias fantasías. A menudo
se había visto a sí mismo en figura de sacerdote, provisto de aquel tremendo
poder ante el cual ángeles y santos se inclinan reverentes. Su alma
había cultivado secretamente aquel deseo. Se había visto a sí mismo,
sacerdote joven y de maneras silenciosas, entrar rápidamente en el confesionario,
subir las gradas del altar, incensando, haciendo genuflexiones,
ejecutando todos aquellos vagos actos sacerdotales que le agradaban
por su parecido con la realidad y por lo apartados que al mismo tiempo
estaban de la realidad misma. En aquella borrosa vida que él había vivido,
en sus fantasías, se había arrogado las voces y los gestos observados
en algunos sacerdotes. Se había visto doblar la rodilla de lado como hacía
aquél, mover muy tenuemente el incensario como tal otro, volverse
de nuevo cara al altar después de dar la bendición al pueblo, con la casulla
entreabierta y flotante, como había observado en el de más allá. Pero,
sobre todo, lo que le agradaba era el desempeñar un papel secundario
en estas escenas entrevistas en su imaginación. Se sustraía de la dignidad
de celebrante, pues le desagradaba el pensar que toda aquella misteriosa
pompa pudiera convergir hacia su propia persona o que el ritual le hubiese
de asegurar un oficio tan claro y tan definido. Anhelaba en cambio
los oficios de los ordenados de menores, el estar vestido en la misa mayor
con la túnica de subdiácono, apartado del altar, olvidado por la gente,
con los hombros cubiertos por el velo humeral y sosteniendo la patena
entre sus pliegues, o bien, acabado el sacrificio, estar actuando de
diácono, de pie sobre la grada siguiente a la del celebrante, con las manos
juntas y el rostro dirigido hacia el pueblo, entonando el Ite, missa
est. Si alguna vez se había visto de celebrante, había sido, como en los
dibujos de su libro de misa de cuando niño, en una iglesia sin más fieles
que el ángel del sacrificio, oficiando ante un altar desnudo, y ayudado
por un acólito apenas un poco más niño que él mismo. Sólo en vagos ensueños
sacerdotales parecía que su voluntad quería salir al encuentro de
la realidad. Y la ausencia de un rito determinado era lo que había hecho
que su alma se hubiera conservado en la inacción, lo mismo cuando haJames
Joyce
142
bía dejado que el silencio cubriera sus movimientos de cólera o de orgullo
que cuando se había limitado a recibir un beso que hubiera querido
dar.
Y ahora escuchaba reverentemente y en silencio el llamamiento del
director, a través de cuyas palabras oía, cada vez más distintamente, una
voz que le estaba invitando a aproximarse, ofreciéndole una ciencia
misteriosa, un misterioso poder. Entonces podría saber cuál fue el pecado
de Simón Mago, y cuál era el pecado contra el Espíritu Santo para el
cual no hay perdón. Sabría cosas obscuras, ocultas para otros, para todos
los concebidos y nacidos como hijos de ira. Conocería los pecados
de los otros, los pensamientos y actos pecaminosos que le serían murmurados
en sus oídos, en el confesionario, bajo el cobijo vergonzoso de una
capilla sombría, por labios de mujeres y de muchachas. Pero, inmunizado
misteriosamente en la ordenación por la imposición de manos, su
alma volvería incontaminada a la paz blanca del altar. Ni huella de pecado
quedaría en las manos con que había de alzar y partir la hostia, ni
huella de pecado quedaría en sus labios en oración, ni huella de pecado
que le pudiera hacer comer y beber su propia condena y negar el cuerpo
del Señor. Y conservaría su misterioso poder y su ciencia misteriosa, puro
como un pequeñuelo, y sería sacerdote para siempre según la orden de
Melquisedec.
—Ofreceré la misa de mañana para que el Omnipotente te revele su
santa voluntad. Haz, tú, una novena a tu santo patrón, el protomártir, que
tiene gran poder para con Dios, a fin de que Dios ilumine tu mente. Pero
tienes que estar bien seguro de que sientes vocación porque sería después
terrible, si encontraras que te habías equivocado. Una vez sacerdote,
sacerdote para siempre, acuérdate bien. El catecismo te dice que el
sacramento de las Sagradas Ordenes sólo puede ser recibido una vez
porque imprime en el alma una huella indeleble, que nunca puede ser
borrada. Por eso lo tienes que pensar bien primero, no después. Es ésta
una cuestión solemne, Stephen; como que de ella depende la salvación
de tu alma inmortal. Pero los dos rogaremos a Dios para que te ilumine.
Tenía abierta la puerta del vestíbulo y le daba la mano como si se
tratase ya de un compañero de vida espiritual. Stephen salió al amplio
rellano que conducía a la escalinata y sintió la caricia del tibio aire del
anochecer. En dirección a la iglesia de Findlater marchaban a grandes
zancadas cuatro mozalbetes, cogidos del brazo, llevando con la cabeza el
compás de la ágil melodía que el que hacía de jefe tocaba al acordeón.
Retrato del artista adolescente
143
La música pasó en un instante, como siempre ocurre con los primeros
compases de una música repentina, pasó sobre las fantásticas construcciones
de su imaginación, disolviéndolas sin dolor y sin ruido, como una
ola inesperada disuelve en la playa los castillos de arena de los niños.
Stephen sonrió al escuchar la musiquilla y levantó los ojos hacia el rostro
del sacerdote; y viendo en ellos un reflejo triste del día muerto, libertó
despacio la mano que ya había consentido débilmente en la alianza.
Al bajar los escalones, la impresión que acabó de borrar el turbado
recogimiento de su mente fue la de que una máscara triste estaba reflejando
el día ido, desde el umbral del colegio. Y entonces la sombra de la
vida en el colegio pasó gravemente por su cerebro. Lo que le esperaba
allí era una vida grave, ordenada e impasible, una vida sin cuidados materiales.
Se imaginaba cómo pasaría la primera noche en el noviciado y
con qué decaimiento se había de levantar la primera mañana en el dormitorio.
Volvió a sentir el extraño olor de los largos tránsitos de Clongowes
y a oír el discreto murmullo de los mecheros de gas. De pronto,
una difusa intranquilidad comenzó a propagarse por todos sus miembros.
Siguió a esto un latir febril de sus arterias y un zumbido de palabras incoherentes
llevó de acá para allá la línea constructiva de sus pensamientos.
Los pulmones se le dilataban y se le contraían como si estuviera
respirando un aire tibio, húmedo y enrarecido y volvió a sentir otra
vez el olor del aire tibio y húmedo que dormía en Clongowes sobre el
agua muerta y rojiza del baño.
Con estos recuerdos, se le despertó un instinto más fuerte que la educación
y la piedad, un instinto que se vivificaba en su interior ante la
proximidad de aquella existencia, un instinto agudo y hostil que le
prohibía dar su consentimiento. La frialdad y el orden de aquella existencia
le repelían. Se veía a la hora de levantarse en el frío del alba, y
bajar luego en fila con los otros para asistir a la misa primera y cómo
procuraría en vano adormecer por medio de oraciones la debilidad y el
malestar de su estómago. Se vio en la comida sentado con los otros de la
comunidad. ¿Qué se había hecho, entonces, de aquella esquivez que le
hacía aborrecer la comida y la bebida bajo un techo extraño? ¿Qué había
sido del orgullo de su espíritu que le había hecho siempre imaginarse a
sí propio como un ser aparte en todos los órdenes de la vida?
El Reverendo Padre Stephen Dédalus, S. J.
Su nuevo nombre saltaba con todos sus caracteres delante de él, seJames
Joyce
144
guido de la sensación mental de una cara indefinida, o mejor, del color
indefinido de una cara. El color se desvanecía y luego se hacía intenso
como el color cambiante de un ladrillo rojo y pálido. ¿Era aquél el color
rojizo y crudo que había observado con tanta frecuencia en las afeitadas
sotabarbas de los padres las mañanas de invierno? El rostro carecía de
ojos y tenía un aire devoto y de pocos amigos, con un tinte rosa de cólera
reprimida. ¿No era aquél el espectro mental de uno de aquellos jesuitas
a los cuales algunos chicos llamaban "Quijadas largas" y otros "Doña
Raposa"?
En aquel momento pasaba por la calle Gardiner, por delante de la Residencia
de los Jesuitas, y se preguntó vagamente cuál sería su ventana si
alguna vez entraba en la Compañía. Después se maravilló de la vaguedad
de su pregunta, de la lejanía en la que su alma se encontraba de lo
que había sido hasta entonces su santuario, de la fuerza de tantos años de
disciplina y de obediencia, de lo lejos que se veía de todo eco en el momento
en que un acto definido e irrevocable de su voluntad amenazaba
acabar con su libertad para siempre. La voz del director que le excitaba
desplegando ante él las orgullosas prerrogativas de la Iglesia y el misterio
y el poder del oficio sacerdotal, resonaba en vano en su memoria. Su
alma no estaba allí para oírla y recibirla y comprendió que aquel discurso
que había escuchado se le había ya convertido en una fábula vana y
convencional. Nunca había él de ser el sacerdote que balancea el incensario
ante el tabernáculo. Su destino era eludir todo orden, lo mismo el
social que el religioso. La sabiduría del llamamiento del sacerdote no le
había tocado en lo vivo. Estaba destinado a aprender su propia sabiduría
aparte de los otros o a aprender la sabiduría de los otros por sí mismo,
errando entre las asechanzas del mundo.
Las asechanzas del mundo eran los caminos mundanales del pecado.
Caería. No había caído aún pero caería silenciosamente, en un momento.
El no caer era demasiado duro, demasiado duro; y sintió la silenciosa
caída de su alma tal como había de llegar a su hora. Caía, caía. No estaba
caída aún, pero sí a punto de caer.
Cruzó el puente sobre el curso del Tolka y volvió fríamente los ojos
por un momento hacia la hornacina azul y descolorida de la Santísima
Virgen, que como un ave sobre su alcándara preside allí el amontonamiento
de las casuchas miserables. Luego, torciendo hacia la izquierda,
siguió la callejuela que conducía a su casa. Un agrio olor a berzas podridas
le llegaba de las huertas situadas en la cuesta, sobre el río. Sonrió al
Retrato del artista adolescente
145
pensar que era este desorden, este desgobierno y confusión de la casa
paterna y de la putrefacción de la vida vegetal lo que había de coronar
aquel día suyo. Y un breve golpe de risa le subió a los labios al acordarse
de aquel solitario cultivador de las huertas que caían a la espalda de
su casa, al cual había puesto él de sobrenombre "el hombre del sombrero".
Y otro golpe de risa, provocado, tras una pausa, por el primero, salió
de él involuntariamente al pensar en el modo que el hombre aquel tenía
de trabajar: contemplaba alternativamente los cuatro puntos cardinales y
luego clavaba a desgana en tierra el azadón.
Empujó la puerta sin pestillo de la entrada y pasó hasta la cocina a
través del desnudo recibimiento. Sus hermanos y hermanas estaban sentados
en grupo alrededor de la mesa. El té estaba casi agotado: no quedaban
más que los posos del segundo té, aguado ya, en el fondo de los
jarros de cristal y frascos de confitura que hacían oficio de tazas. Desparramados
sobre la mesa yacían cortezas desechadas y raigones de pan
con manteca teñidos del color del té que se había vertido. Charquitos de
té yacían acá y allá sobre la mesa y un cuchillo con el mango de madera
roto estaba clavado en la entraña de los restos de una tarta rellena de
confitura.
El gris azulenco de la luz triste y serena del atardecer entraba por la
ventana y por la puerta abierta y acallaba quietamente un remordimiento
que se había despertado en el corazón de Stephen. Todo lo que les había
sido negado a ellos le había sido concedido a él, el hermano mayor. Pero
la luz serena del atardecer no delataba en el rostro de los hermanos ninguna
huella de rencor.
Se sentó al lado de ellos a la mesa y preguntó dónde estaban sus padres.
Uno contestó:
—Fue-rí ron-tí bus-lí car-dí ca-ní sa-bí.
¡Otra mudanza más! Un chico del colegio llamado Fallón le solía
preguntar con una risilla idiota por qué razón se mudaban con tanta frecuencia.
Una arruga de desdén sombreó la frente de Stephen, porque le
pareció oír una vez más la risilla mema del curioso. Preguntó:
—¿Por qué causa vamos a mudarnos de nuevo, si es que se puede saber?
—Por-ní que-bí el-tí ca-dí se-lí ro-bí nos-dí e-lí cha-bí.
La voz del hermano más pequeño comenzó a cantar desde cerca del
fuego la tonada de A menudo en la noche serena. Uno a uno, los otros se
le fueron juntando hasta formar un coro completo. Se estarían así canJames
Joyce
146
tando las horas muertas, tonada tras tonada, hasta que la pálida luz desapareciera
del horizonte, hasta que avanzaran las primeras nubes nocturnas
y la noche cayese.
Esperó algunos momentos, escuchando, hasta que por fin se unió a
ellos también. Le daba pena sentir el fondo de cansancio que se escondía
tras la frágil frescura de sus inocentes voces. Aún no se habían puesto en
camino para la jornada de la vida y ya estaban cansados del viaje.
Oía el coro de voces que en la cocina sonaba, repetido y multiplicado
por el coro innumerable de infinitas generaciones de niños; y en todas
estas voces sonaba una nota de cansancio eterno, de eterno dolor.
Todos parecían cansados de la vida antes de haber entrado en ella. Y
se acordaba de que Newman había oído también esta misma nota salir de
entre los versos entrecortados de Virgilio y expresar, igual que la voz de
la misma naturaleza, aquella pena y aquel cansancio, pero al mismo
tiempo, aquella esperanza de otras cosas mejores que han sentido sus
hijos en todas las edades.
No podía esperar por más tiempo.
De la puerta de la taberna de Byron hasta la entrada de la capilla de
Clontarf, desde la entrada de la capilla de Clontarf hasta la puerta de la
taberna de Byron, y vuelta otra vez hasta la capilla y vuelta de nuevo
hasta la taberna, había estado recorriendo este camino, al principio, a pasos
lentos, colocando sus pisadas en los intersticios de las losas de la
acera, y luego ajustando la caída de sus pasos a un ritmo de versos. Una
hora entera había transcurrido desde que su padre había ido con Dan
Crosby, el tutor de estudios, a enterarse de algo que le concernía relativo
a la Universidad. Por espacio de una hora había estado paseando, arriba,
abajo, en espera; pero no podía aguardar más.
Se dirigió de repente hacia el Bull, aligerando el paso, temeroso de
que el agudo silbido de su padre le obligara a volver atrás; y al cabo de
un momento había ya traspuesto la esquina del cuartel de la policía y
estaba a salvo.
Sí, su madre se mostraba opuesta a la idea; era lo que se podía deducir
de aquel obstinado silencio suyo. La desconfianza de su madre le
aguijoneaba más agudamente que la fanfarronería paterna. Y pensó
fríamente cómo había ido observando que la fe que estaba desapareciendo
de su alma se iba encendiendo y fortificando en los ojos de su madre.
Retrato del artista adolescente
147
Un antagonismo confuso iba cobrando fuerzas dentro de él y nublando
su mente como una nube que los separara; y cuando la nube se desvanecía
dejando su inteligencia serena y consciente de sus deberes para con
su madre, sentía indistintamente algo como el dolor de la primera y silenciosa
separación de las vidas de ambos.
¡La Universidad! ¿De modo que había burlado el quién vive de los
centinelas que habían sido los guardianes de su infancia, de los que habían
querido retenerle para someterle y hacerle servir a los fines de
ellos? Satisfacción y orgullo le aupaban como olas anchas y lentas. El
fin para el cual estaba destinado, aunque él mismo no lo conociera, era
lo que le había hecho escapar por un camino imprevisto, lo que ahora le
estaba alentando una vez más con aquella nueva aventura que estaba a
punto de abrirse delante de él. Le parecía escuchar las notas de una música
caprichosa que saltase un tono hacia arriba y luego una cuarta menor
hacia abajo, un tono hacia arriba y una tercera menor hacia abajo,
como llamas tripartitas que brotaran intermitentemente del misterio de
una selva, a la media noche. Era como un preludio encantado de elfos,
sin término y sin forma; según se iba haciendo más salvaje y más rápido,
mientras las llamas brotaban a contratiempo, le parecía oír bajo las ramas,
sobre la hierba, las pisadas veloces de seres salvajes que hollaban
las hojas con el ruido de las gotas de la lluvia. Aquellos pies pasaban en
tumulto por su mente, pies de liebres, de conejos, de gamos, de ciervos,
de antílopes; hasta que ya no los oyó más y sólo pudo recordar la noble
cadencia de un pasaje de Newman:
—Sus pies son como los pies de la cierva; pero debajo están los brazos
eternales.
La nobleza de aquella imagen obscura llevó otra vez a su imaginación
la dignidad del oficio que había rechazado. Durante toda su infancia
había estado haciendo fantasías acerca de aquello que solía considerar
como su destino; pero al sonar la hora de obedecer al llamamiento, se
había desviado, siguiendo un instinto que le impulsaba hacia adelante.
Ya había pasado el tiempo, y nunca habían de ungir su cuerpo los óleos
de la ordenación. Había rehusado. ¿Por qué?
Al llegar a Dollymount se desvió del camino dirigiéndose hacia el
mar. Las planchas del débil puente de madera temblaban bajo las pisadas
de unos pies reciamente calzados. Un pelotón de hermanos de la Doctrina
Cristiana volvía de Bull; cruzaban de dos en dos por el puente. Pronto
todo el puente comenzó a temblar y a resonar. Las caras toscas pasaban
James Joyce
148
de dos en dos, rojas, amarillas o lívidas de la brisa del mar, y aunque
Stephen procuraba mirarlas sin turbación y con indiferencia, sintió que
un rubor de vergüenza personal y de piedad le subía al rostro. Molesto
consigo mismo trató de esquivar aquellos ojos bajando la mirada hacia
un lado, pero hasta en el agua, poco profunda y arremolinada, de debajo
del puente, continuó viendo los pesados sombreros de seda, la raya blanca
de los cuellos y los amplios y colgantes hábitos clericales.
—Hermano Hickey.
Hermano Quaid.
Hermano Mac Ardle.
Hermano Keogh—.
Su piedad debía de ser como sus nombres, como sus caras, como sus
hábitos; y era inútil que se dijera a sí mismo que quizás aquellos contritos
y humildes corazones darían un fruto de devoción mucho más rico
que el de su propio corazón, un don diez veces más aceptable que el de
su adoración meticulosa. Y era inútil que tratara de excitarse a ser más
generoso para con ellos, diciéndose que si alguna vez llegase a sus
puertas, despojado de su orgullo, roto y en andrajos, ellos habrían de ser
compasivos para con él y le habían de amar como a sí mismos. Era inútil
y amargante, en fin, el oponer a su serena certidumbre el argumento de
que el mandamiento del amor no nos ordena amar a nuestro prójimo
como a nosotros mismos, con la misma cantidad e intensidad de amor
que a nosotros mismos, sino con la misma especie de amor.
Escogió una frase de su tesoro y se la repitió suavemente:
—Un día avellonado por las nubes del mar.
La frase, el día y la escena se armonizaban en un acorde único. Palabras.
¿Era a causa de los colores que sugerían? Los fue dejando brillar y
desvanecerse, matiz a matiz: oro del naciente, verdes arreboles de pomares
y avellanales, azul de ondas saladas, oda gris de vellones celestes.
No. No era a causa de los colores: era por el equilibrio y contrabalanceo
del período mismo. ¿Era que amaba el rítmico alzarse y caer de las palabras
más que sus asociaciones de significado y de color? ¿O era que,
siendo tan débil su vista como tímida su imaginación, sacaba menos placer
del refractarse del brillante mundo sensible a través de un lenguaje
policromado y rico en sugerencias, que de la contemplación de un mundo
interno de emociones individuales perfectamente reflejado en el espejo
de un período de prosa lúcida y alada?
Salió de nuevo del puente trepidante a tierra firme. En ese instante le
Retrato del artista adolescente
149
pareció que el aire estaba helado, y mirando de lado al agua, vio pasar el
vuelo de una racha, que obscureció y rizó de pronto la superficie. Un vago
estremecimiento del corazón y una débil contracción de la garganta le
dijeron una vez más el miedo que su carne sentía al olor frío e infrahumano
del mar; sin embargo, no se dirigió a través de las dunas, a su
izquierda, sino que continuó hacia adelante a lo largo de la cima de las
rocas que avanzaban hacia la boca del río.
La luz velada del sol iluminaba débilmente el gris mantel de agua del
estero. A lo lejos, siguiendo el lento curso del Liffey, esbeltos mástiles
manchaban el cielo, y, más lejos aún, el confuso caserío de la ciudad yacía
sumido en la neblina. Como en un tapiz borroso y tan viejo como el
cansancio del hombre, la imagen de la séptima ciudad de la cristiandad
le era visible a través del aire, del aire que no varía con los años; y la
ciudad no aparecía más vieja ni más cansada, ni menos sufrida en la esclavitud
que en tiempos de las asambleas medievales.
Descorazonado, levantó los ojos hacia las nubes que derivaban lentamente
como vellones marinos. Viajaban a través de los desiertos del
cielo, como un ejército de nómadas en camino; viajaban por encima de
Irlanda, con rumbo a occidente. Y Europa, de donde venían, yacía, lejos,
al otro lado del mar de Irlanda; Europa, la de las extrañas lenguas, con
sus valles y sus bosques y sus ciudadelas, con sus razas dispuestas y
atrincheradas. Oyó dentro de sí una confusa música hecha de recuerdos
y de nombres de los cuales casi tenía conciencia, aunque sin poderlos
capturar ni por un momento; luego la música pareció ir cejando, cejando,
cejando, y de cada paso de su retroceso salía siempre una larga nota de
llamada que atravesaba como una estrella el crepúsculo de silencio.
¡Otra vez! ¡Otra vez! ¡Otra vez! Una voz del otro mundo le estaba llamando.
—¡Eh! ¡Stephanos!
—¡Mira el Dédalus!
—¡Au!… ¡Oye, tú, Dwyer, dámelo! ¡Te digo que me lo des, o si no,
te zampo un porrazo en los morros!… ¡Au!
—¡Bravo, Towser! ¡Dale un chapuzón!
—¡Arrímate, Dédalus! ¡Bous Stephanoumenos! ¡Bous Stephanephoros!
—¡Chapúzale! ¡Que trague ahora, Towser!
—¡Socorro! ¡Socorro!… ¡Au!
Pudo reconocer sus voces colectivamente antes de llegar a distinguir
James Joyce
150
las caras. La simple vista de aquel revoltijo de chorreante desnudez le
hizo sentir un escalofrío en los mismos huesos. Los cuerpos, de un blancor
cadavérico o bañados de una pálida luz dorada o crudamente tostados
por el sol, brillaban con el agua del mar. La piedra desde donde se
lanzaban, puesta en equilibrio sobre rudos soportes, trepidante a cada
zambullida, y los escarpados peñascos del rompeolas, por donde trepaban
a cuatro patas, todo relucía con un brillo frío y húmedo. Las toallas
con las que se fustigaban sonoramente, pendían pesadas de agua fría de
mar. Y empapados de agua salada y fría estaban también los mechones
de sus greñas.
Se quedó parado ante sus gritos y les devolvió las bromas con palabras
usuales. ¡Cómo perdían su individualidad así desnudos! Shuley, sin
el cuello grande y desabrochado; Ennis, sin el cinturón rojo con el cierre
en forma de culebra, y Connolly, sin su cazadora de bolsillos desorejados.
Daba pena verlos, y una pena aguda como una espada, el ver los
signos de la adolescencia, que hacían repelente su lamentable desnudez.
Quizás habían buscado refugio en el agrupamiento y la bulla para huir
del secreto espanto de sus almas.
—¡Stephanos Dédalos! ¡Bous Stephanoumenos! ¡Bous Stephanephoros!
La zumba aquella no era nueva para él, y ahora se sentía blandamente
halagado por semejante especie de tumultuoso acatamiento. Ahora más
que nunca le parecía profetice aquel extraño nombre que llevaba. Tan
fuera del curso del tiempo parecía el aire tibio y gris, tan fluido e impersonal
su propio modo de ser, que todas las edades se le confundían en
una sola sensación. Un momento antes el espectro del antiguo reino danés
había surgido evocado por el ropaje de neblina de la ciudad. Ahora,
al nombre del fabuloso artífice, le parecía oír el rumor confuso del mar y
ver una forma alada que volaba por encima de las ondas y escalaba lentamente
el cielo. ¿Qué significaba aquello? ¿Era como el lema al frente
de una página en algún libro medieval de profecías y de símbolos, aquel
hombre que como un neblí volaba hacia el sol sobre la mar? ¿Era una
profecía del destino para el que había nacido, y que había estado siguiendo
a través de las nieblas de su infancia y de su adolescencia, un
símbolo del artista que forja en su oficina con el barro inerte de la tierra
un ser nuevo, alado, impalpable, imperecedero? Su corazón temblaba;
respiraba anhelosamente y un hálito impetuoso pasaba por sus miembros
como si se estuviera remontando, rumbo al sol. Su corazón temblaba en
Retrato del artista adolescente
151
un éxtasis de pavor y el alma le huía. El alma se remontaba en una atmósfera
que no era de este mundo, y el cuerpo suyo había sido purificado
por un solo soplo, libertado de la incertidumbre, iluminado, confundido
en el elemento del espíritu. Un éxtasis de huida hacía brillar sus
ojos y aceleraba su respiración y hacía a sus miembros acariciados por el
viento, trémulos, potentes, gloriosos.
—A la una, a las dos… ¡Cuidado!
—¡Tú, Gripes, que me ahogo!
—A la una, a las dos, ¡a las tres!
—¡El siguiente! ¡El siguiente!
—A la una… ¡Plun!
—¡ Stephanephoros!
Le atormentaba la garganta un deseo de gritar, de gritar como el halcón,
como el águila en las alturas, de proclamar penetrantemente a los
vientos la liberación de su alma. Este era el llamamiento de la vida, no la
voz grosera y turbia del mundo lleno de deberes y de pesares, no la voz
inhumana que le había llamado al lívido servicio del altar. Un instante
de vuelo pleno le acababa de libertar y el grito de triunfo que sus labios
aprisionaban estallaba en su cerebro.
—¡Stephanephoros!
¿Qué habían sido todas aquellas cosas sino el sudario que se acababa
de desprender del cuerpo mortal? ¿Qué eran el miedo que le había
acompañado día y noche, la incertidumbre que le había estado rondando,
el oprobio que le había envilecido en alma y cuerpo, qué eran sino sudarios,
lienzos de sepultura?
Su alma se acababa de levantar de la tumba de su adolescencia,
apartando de sí sus vestiduras mortuorias. ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! Encarnaría altivamente
en la libertad y el poder de su alma, como el gran artífice cuyo
nombre llevaba, un ser vivo, nuevo y alado y bello, impalpable, imperecedero.
Se arrancó nerviosamente de la roca porque no podía ahogar por
más tiempo la llama de su sangre. Sentía las mejillas abrasadas y que en
la garganta le palpitaba un canto. Y sus pies, ansiosos de errar, pugnaban
por partir hacia los confines del mundo. ¡Adelante! ¡Adelante!, tal era el
grito de su corazón. El atardecer descendería sobre el mar, la noche caería
sobre las llanuras, y la aurora brillaría ante el errabundo y le mostraría
campos extraños y colinas y rostros. ¿Dónde?
Miró hacia el norte, en dirección a Howth. El mar había ya dejado al
descubierto la línea de algas en la rampa del rompeolas y la marea desJames
Joyce
152
cendía de nuevo playa abajo. Ya había quedado descubierto un largo y
ovalado banco de arena que yacía ahora enjuto y oreado entre el agua
rizada del reflujo.
Acá y allá brillaban tibios islotes cercados de agua somera, y formas
vestidas de claro circulaban vadeando y removiendo en la arena por los
canalillos del reflujo, entre los islotes y el teso.
En un abrir y cerrar de ojos se descalzó, se metió las medias en los
bolsillos y se colgó al hombro los zapatos de lona, atándolos por los cordones.
Cogió un palo puntiagudo abandonado por el mar y roído por las
sales, y descendió por la rampa del rompeolas. Corría un largo arroyuelo
por la arena y mientras lo vadeaba lentamente, lentamente, admiró el
fluir interminable de las algas. Negras y esmeralda, bermejas y verde
oliva, derivaban en la corriente, ondeaban con giros y con juegos. El
agua del arroyuelo negreaba de aquel fluir inacabable y en ella se reflejaban
las nubes que pasaban a la deriva por el cielo alto. Arriba, el derivar
silencioso de las nubes; abajo, el silencioso fluir de las algas de mar;
el aire gris, tibio aún; y en sus venas, la canción nueva y salvaje de la
vida.
¿Dónde estaba ahora su adolescencia? ¿Dónde estaba el alma que había
reculado ante su destino para cavilar a solas sobre su propia miseria
y para coronarla allá en su morada de sordidez y subterfugios, envuelta
en un lívido sudario, con guirnaldas, marchitas ya al primer roce? ¿Dónde,
dónde estaba?
Solo. Libre, feliz, al lado del corazón salvaje de la vida. Estaba solo y
se sentía lleno de voluntad, con el corazón salvaje, solo en un desierto de
aire libre y de agua amarga, entre la cosecha marina de algas y de conchas;
solo en la luz velada y gris del sol, entre formas gayas, claras, de
niños y de doncellitas, entre gritos infantiles y voces de muchachas.
Una muchacha estaba ante él, en medio de la corriente, mirando sola
y tranquila mar afuera. Parecía que un arte mágico le diera la apariencia
de un ave de mar bella y extraña. Sus piernas desnudas y largas eran esbeltas
como las de la grulla y sin mancha, salvo allí donde el rastro esmeralda
de un alga de mar se había quedado prendido como un signo
sobre la carne. Los muslos más llenos, y de suaves matices de marfil,
estaban desnudos casi hasta la cadera, donde las puntillas blancas de los
pantalones fingían un juego de plumaje suave y blanco. La falda, de un
azul pizarra, la llevaba despreocupadamente recogida hasta la cintura y
por detrás colgaba como la cola de una paloma. Su pecho era como el de
Retrato del artista adolescente
153
un ave, liso y delicado, delicado y liso como el de una paloma de plumaje
obscuro. Pero el largo cabello rubio era el de una niña; y de niña, y
sellado con el prodigio de la belleza mortal, su rostro.
Estaba sola e inmóvil mirando mar adentro, y cuando sintió la presencia
y la adoración de los ojos de Stephen, los suyos se volvieron hacia
él, soportando tranquilamente aquella mirada, ni vergonzosos ni provocativos.
Estuvo así largo tiempo, largo tiempo, y luego, imperturbable,
retiró sus ojos de los de él y, dirigiéndolos hacia la corriente, se puso a
menear despacito el agua, acá y allá, con los pies. El primer rumor del
agua dulcemente removida rompió el silencio, suave, tenue, susurrante,
tenue como las campanas de un ensueño. Acá y allá, acá y allá. Y una
llamita imperceptible temblaba en las mejillas de la muchacha.
—¡Dios del cielo! —exclamó el alma de Stephen en un estallido de
pagana alegría.
Se apartó súbitamente de ella y echó a andar playa adelante. Tenía las
mejillas encendidas; el cuerpo, como una brasa; le temblaban los miembros.
Y avanzó adelante, adelante, adelante, playa afuera, cantándole un
canto salvaje al mar, voceando para saludar el advenimiento de la vida,
cuyo llamamiento acababa de recibir.
La imagen de la muchacha había penetrado en su alma para siempre y
ni una palabra había roto el santo silencio de su éxtasis. Los ojos de ella
le habían llamado y su alma se había precipitado al llamamiento. ¡Vivir,
errar, caer, triunfar, volver a crear la vida con materia de vida! Un ángel
salvaje se le había aparecido, el ángel de la juventud mortal, de la belleza
mortal, enviado por el tribunal estricto de la vida para abrirle de par
en par, en un instante de éxtasis, las puertas de todos los caminos del
error y de la gloria. ¡Adelante! ¡Adelante! ¡Adelante!
Se detuvo, de súbito, y oyó en el silencio el zumbido de su corazón.
¿Hasta dónde había caminado? ¿Qué hora era?
No había persona humana cerca de él; ni el más leve son le traía el aire.
Mas la marea iba a comenzar a subir y el día menguaba. Se volvió
hacia tierra y echó a correr por la playa hasta la rampa del rompeolas; la
escaló a toda prisa, sin preocuparse de los cortantes guijarros y, encontrando
un hoyo en la arena rodeado de lomillas entre matas de vegetación,
se tendió allí para ver si la paz y el silencio del atardecer conseguían
aplacar el tumulto de su sangre.
Sentía sobre él la gran cúpula indiferente del cielo y el reposado
avance de los cuerpos celestes; y, debajo, la tierra, la tierra que le había
James Joyce
154
engendrado, le tenía cobijado en el seno.
Cerró los ojos, adormilado. Le temblaban los párpados como si sintieran
el gran movimiento cíclico de la tierra y de sus satélites, como si
sintieran la luz extraña de un mundo nuevo. Su alma se iba hundiendo en
aquel mundo desconocido, fantástico, vago como las profundidades
submarinas, surcado por formas y seres de niebla. ¿Era un mundo, una
luz vaga o una flor? Brillo y temblor, temblor y flujo, luz en aurora, flor
que se abre, manaba continuamente de sí mismo en una sucesión indefinida,
hasta la plenitud neta del rojo, hasta el desvanecimiento de un rosa
pálido, hoja a hoja, y onda de luz a onda de luz, para inundar el cielo todo
de sus dulces tornasoles, a cada matiz más densos, a cada oleada más
obscuros.
Cuando se incorporó, la tarde había caído ya. La arena y las plantas
raquíticas de su lecho ya habían perdido su dulce calor. Se levantó lentamente
y, al recordar el gozo arrobado de su sueño, suspiró.
Trepó hasta la cresta de la colina de arena y miró en derredor. La tarde
se había hundido. El borde de la luna nueva rasgaba la pálida aridez
del horizonte, tal un aro de plata a medio enterrar en la arena; y el flujo
de la marea trepaba tierra adelante y aislaba, allá lejos, algunas figuras
humanas diseminadas aún por la playa entre los últimos charcos.
5
Apuró hasta el fondo la tercera taza de té aguado y se dedicó a roer
las cortezas de pan frito que yacían diseminadas alrededor, mientras
contemplaba fijamente el negro hoyo del tarro. El unto amarillento había
sido excavado en él formando como un hoyo en tierra pantanosa; la
contemplación de aquella sima le trajo a la memoria el recuerdo del agua
terrosa y obscura que había en el baño de Clongowes. Una caja, recientemente
revuelta, de papeletas de empeño, yacía junto a su brazo; fue
cogiendo mecánicamente con sus dedos manchados de grasa aquellos
papelitos, blancos y azules, llenos de dobleces y de arena, mal garrapateados
con la firma de un prestamista: Daly o Mac Evoy.
1 par borceguíes.
1 abrigo.
3 varios y blanca.
1 pantalones caballero.
Después los puso a un lado y se quedó contemplando pensativamente
la tapa de la caja, manchada con huellas de insectos; y, por fin, preguntó
indiferentemente:
—¿Cuánto adelanta ahora el reloj?
Su madre enderezó el destartalado despertador que yacía tumbado
sobre la repisa de la chimenea, hasta que se pudo ver la esfera que señalaba
las doce menos cuarto, y luego lo volvió a colocar como antes.
—Una hora y veinticinco minutos —contestó—. Date prisa, por Dios,
si quieres llegar a tiempo a clase.
—Que me llenen la palangana para lavarme.
—Katey, prepara la palangana para que se lave Stephen.
—Boody, prepara la palangana para que se lave Stephen.
—No puedo. Tengo que ir por añil. Prepárala tú, Maggy.
Por fin colocaron una jofaina esmaltada en el hueco del vertedero, en
unión de un guante viejo de baño, y Stephen dejó que su madre le restregara
bien el cuello, y le escarbara entre los repliegues de las orejas y
James Joyce
156
en los huecos de la nariz.
—Es verdaderamente un caso lastimoso —dijo la madre— el de todo
un estudiante de universidad, tan sucio, que su madre le tiene que lavar.
—Pero, ¡si te gusta! —contestó tranquilamente Stephen.
Un silbido desgarrante sonó en el piso de arriba, y la madre de Stephen
le puso en las manos a toda prisa un mandil húmedo, diciendo:
—Sécate y vete más que a paso, por el amor de Dios.
Un segundo silbido prolongado por la cólera, hizo que una de las muchachas
se asomara al pie de la escalera.
—¿Qué quiere, padre?
—¿Se ha ido por fin ese marmota de tu hermano?
—Sí, padre.
—¿De verdad?
—Sí, padre.
—¡Jem!
La muchacha volvió haciéndole señas para que se diera prisa y saliese
sin hacer ruido por la puerta de atrás. Stephen se echó a reír y dijo:
¡Sí que tiene una buena idea de los géneros si piensa que marmota es
masculino!
—Es una vergüenza y un bochorno, Stephen, y ya llorarás el día en
que pusiste los pies en tal sitio. Bien se te ve cómo te me han cambiado
allí.
—Adiós a todo el mundo —dijo Stephen sonriendo y besándose las
puntas de los dedos como despedida.
La callejuela a la espalda de la terraza estaba llena de agua y para
bajar por ella tuvo que ir fijándose dónde pisaba y poniendo los pies sobre
los montones de basura húmeda. Una monja chillaba al otro lado del
muro en el manicomio para religiosas.
—¡Jesús! ¡Ay, Jesús! ¡Jesús!
Sacudió, molesto, la cabeza para arrojar de sus oídos aquellas voces,
y se apresuró a tropezones por entre la basura corrompida. El silbido de
su padre, las reconvenciones de su madre, los alaridos de la loca oculta
tras la pared, eran otras tantas voces que herían y trataban de abatir el
orgullo de su juventud. Arrojó de su corazón, maldiciéndolos, hasta los
ecos de aquellas voces. Pero cuando comenzó a bajar por la avenida y
vio cómo descendía en torno de él la luz gris y mañanera nitrada a través
de los árboles goteantes, cuando percibió el olor selvático y extraño de
las hojas y de las cortezas húmedas, entonces su alma se sintió libre de
Retrato del artista adolescente
157
todas sus miserias.
Los árboles cargados de lluvia de la avenida le evocaban, como
siempre, un recuerdo de las muchachas y las mujeres de las obras de
Gerhart Hauptmann, las pálidas tristezas de estos seres y la fragancia
que caía de las hojas húmedas se le mezclaban en una especie de reposada
alegría. Su paseo matinal a través de la ciudad había comenzado y
ahora sabía ya de antemano que al pasar por los pantanos de Fairview
había de pensar en la prosa claustral y veteada de plata de Newman; que
al pasear lanzando miradas ociosas a los escaparates de las tiendas de
comestibles, a lo largo de North Strand Road, se había de acordar del
sombrío humor de Guido Cavalcanti y sonreír después; que al pasar por
los talleres de los tallistas en la plaza de Talbot, el espíritu de Ibsen le
traspasaría como un viento agudo, como un hálito de belleza indomable
y juvenil; que al cruzar frente al tenducho de un comerciante en artículos
navales, al otro lado del Liffey, había de repetir la canción de Ben Jonson,
que comienza:
No más cansado estaba do yacía…
Cuando se le cansaba la mente, de rebuscar la esencia de la belleza
entre las obras espectrales de Aristóteles o del de Aquino, se volvía a
menudo en busca de placer a las canciones de los poetas de la época de
Isabel. Su espíritu, como un monje escéptico, gustaba de detenerse en la
sombra bajo los ventanales de aquella época, para oír la grave y burlona
música de los tañedores de laúd o las sonoras carcajadas de las mozas
del partido, hasta que una risotada demasiado plebeya o una frase oxidada
por el tiempo, llena de un pundonor añejo y falso, herían su orgullo
monástico y le hacían apartarse de su escondite.
Toda aquella ciencia con la que suponían que él llenaba sus horas y
que le había apartado de sus cantaradas de juventud, se reducía a un almacén
de máximas de la poética y la psicología de Aristóteles y a una
Synopsis Philosophiae Scholaticae ad mentem divi Thomae. Su pensamiento
era como un crepúsculo de duda y de desconfianza propia, alumbrado
acá y allá por los relámpagos de la intuición, pero relámpagos de
tan diáfana claridad, que en aquellos instantes el mundo se deshacía bajo
sus pies, como si hubiera sido consumido por el fuego; después su lengua
se anudaba y sus ojos permanecían mudos ante las miradas de los
demás, porque se sentía envuelto como en un manto en el espíritu de la
James Joyce
158
belleza y en contacto, aunque sólo fuera en sueños, con todo lo noble.
Pero cuando le abandonaban estos breves raptos de silencioso orgullo, se
sentía contento de hallarse entre las otras vidas vulgares, de seguir su
camino impávido y con alegre corazón a través de la miseria, el bullicio
y la indolencia de la ciudad.
Cerca de la empalizada del canal se cruzó con el tísico de la cara de
muñeco y el sombrero sin alas, que muy abrochado en su abrigo color
chocolate, bajaba por la rampa del puente empuñando la enrollada sombrilla
a poca distancia de su cuerpo, como si fuera la varita de un adivino.
Deben de ser las once, pensó, y echó un vistazo en una lechería para
ver la hora. El reloj de la lechería le dijo que eran las cinco menos cinco,
pero, al volverse, la campana de un reloj invisible, pero cercano, dio once
golpes apresurados, precisos. Se rió al oírlos porque le hicieron acordarse
de Mc Cann y hasta vio la silueta del propagandista que, encogido
dentro de una chaqueta de caza y con pantalones de montar y perilla rubia,
parado al viento en la esquina de Hopkins, le decía:
—Dédalus, usted es un ser antisocial, un ser envuelto en su propio
egoísmo. Yo no. Yo soy demócrata y he de trabajar en favor de la libertad
social y de la igualdad de clases y de sexos en los Estados Unidos de
la Europa futura.
¡Las once! ¡Ya era también hoy tarde para clase! ¿Qué día de la semana
era? Se paró ante un puesto de periódicos para leer la primera línea
de un anuncio. Jueves. De diez a once, inglés; de once a doce, francés;
de doce a una, física. Se imaginó la clase de inglés y se sintió, aun a
distancia, descompuesto y deprimido. Veía las cabezas de sus compañeros
inclinadas dolientemente mientras escribían en sus cuadernos los
puntos que les recomendaban anotar: definiciones nominales, definiciones
esenciales, ejemplos, fechas de nacimiento y de muerte, con las críticas
favorables y adversas contrapuestas a dos columnas. Pero su cabeza
no se inclinaba porque sus pensamientos erraban lejos, y lo mismo si miraba
a sus compañeros de clase, que al jardín desolado que por las ventanas
se veía, le sobrevenía una sensación de olor a humedad triste de
cueva, a vejez. Además de la suya había otra cabeza, allá, delante, en los
primeros bancos, que se levantaba, rígida sobre las otras inclinadas de
sus compañeros, como la de un sacerdote que rogase orgullosamente
ante el tabernáculo en favor de los humildes fieles prosternados en torno
de él. ¿Cómo era que cuando pensaba en Cranley nunca podía evocar la
imagen de todo su cuerpo, sino sólo la de su cabeza y cara? Aun ahora,
Retrato del artista adolescente
159
le veía delante de él, contra la gris cortina de la mañana, como un fantasma
de una pesadilla que sólo consistiera en una cabeza decapitada o
en una mascarilla mortuoria, coronadas por un pelo recio, negro y erizado
como una corona de hierro. Era una cara de sacerdote, de sacerdote
por su palidez, por las anchas ventanas de la nariz, por los matices de
sombra de las ojeras y las mandíbulas, por aquella sonrisa tenue que
erraba sobre los labios anchos y descoloridos. Y Stephen, al recordar
cómo le había él contado a Cranley todos los tumultos y las inquietudes
y los anhelos de su alma para no recibir más respuesta que el silencio
atento de su amigo, se hubiera dicho ahora que aquella cara era como la
de un sacerdote culpable que escuchara la confesión de aquellos a los
cuales no tenía la facultad de absolver… se lo hubiera dicho, a no sentir
de pronto otra vez en la memoria la mirada fija de sus ojos negros y femeninos.
A través de esta mirada, se le abrió una extraña y obscura caverna de
meditaciones, pero la apartó de su mente comprendiendo que no era todavía
hora de entrar en ella. Mas la indiferencia de su amigo parecía estarse
difundiendo por el aire como un narcótico, como un vaho tenue y
mortal. Y se encontró, de pronto, mirando las palabras casuales que a su
derecha o a su izquierda surgían, y estúpidamente maravillado de que se
hubieran desposeído en silencio de todo sentido actual, de tal modo, que
hasta el más insignificante letrero de tienda llegaba a aprisionar su espíritu
como si se tratase de las palabras de un ensalmo; y el alma se le iba
arrugando, suspirante de puro vieja, mientras avanzaba por aquella callejuela
entre montones de lenguaje muerto. Su propia conciencia del lenguaje
estaba refluyendo de su cerebro y condensándose en simples palabras
que se ponían a enlazarse y desenlazarse con ritmos traviesos:
La yedra llora en la pared,
llora y se azora en la pared,
yedra amarilla en la pared,
yedra, la yedra en la pared.
¿Quién había oído jamás despropósito semejante? ¡Dios del cielo!
¿Quién había visto nunca una yedra que llorase en la pared? Yedra amarilla…
bueno, eso estaba bien. O marfil amarillo también podía haber
sido. Pero, ¿y yedra de marfil?
La palabra le brillaba ahora en el cerebro, más clara y más resplandeJames
Joyce
160
ciente que todo marfil extraído de los veteados colmillos de los elefantes.
Ivory, ivoire, avorio, ebur. Uno de los primeros ejemplos que había
aprendido en latín, había sido: India mittit ebur; y se acordaba de la astuta
cara del rector que le había enseñado a traducir las Metamorfosis de
Ovidio en un inglés pulido en el cual disonaba curiosamente la mención
de porqueros, cascos de alfarería y lomos de cerdo. Lo poco que sabía de
las leyes del verso latino lo había aprendido en un libro desgualdramillado
escrito por un clérigo portugués.
Contrahit orator, variant in carmine vates.
Las crisis, las victorias y las luchas civiles de Roma le habían sido
transmitidas en aquella retahíla: in tanto discrimine; y había tratado de
formarse una idea de la vida social de la ciudad de las ciudades a través
de las palabras implere ollam denariorum, que el rector pronunciaba sonoramente
como si estuviese llenando una olla de denarios. Las páginas
de su traído y llevado Horacio, nunca estaban frías al tacto aunque sus
propios dedos lo estuviesen: ¡páginas llenas de humanidad que habían
sido pasadas cincuenta años antes por los dedos cálidos de John Duncan
Inverarity y de su hermano William Malcolm Inverarity! Sí, que aquellos
venerables nombres escritos en la amarillenta hoja primera, y aquellos
versos patinados por los siglos, conservaban, hasta para un latinista
tan deficiente como él, una fragancia como si hubieran estado guardados
todos aquellos años entre mirto, verbena y espliego. Pero le hería el pensar
que él no había de ser nunca más que un invitado retraído en medio
del banquete de la cultura del mundo y que aquella erudición conventual
de la cual se estaba esforzando en extraer una filosofía estética no tenía
más valor en los tiempos en que vivía que el que podían tener los sutiles
y extraños léxicos de la halconería o la heráldica.
La masa gris del edificio de Trinity yacía a su izquierda, incrustada
pesadamente en medio de la ignorancia de la ciudad como una piedra
mate en una sortija maciza. Aquella masa le deprimía y, tratando de huir
de ella para libertar sus pies de las cadenas de la conciencia reformada,
fue a dar con la estatua ridícula del poeta nacional de Irlanda.
La contempló sin cólera. Porque aquella estatua parecía descubrir
humildemente su indignidad a través de la invisible carcoma de laxitud
que se deslizaba desde los pies pesados, por los pliegues del manto,
hasta la cabeza servil. Era un Filborg bajo el manto postizo de un mileRetrato
del artista adolescente
161
sio. Se acordó de su amigo Davin, "el estudiante cazurro". Era el nombre
que le solía dar en broma y que el otro soportaba jovialmente:
—No importa, Stevie. Tú mismo dices que tengo la cabeza dura.
Puedes llamarme lo que te dé la gana.
Desde la primera vez que oyó en labios de su amigo esta variante familiar
de su nombre de pila, Stephen gustó de ella, acostumbrado como
estaba a que los otros usaran con él en la conversación las mismas formas
ceremoniosas que él empleaba para con ellos. A menudo, sentado
en el cuarto de Davin en Grantham Street, mientras contemplaba la fila
de las botas sólidas de su amigo, alineadas junto a la pared, y mientras
recitaba para las simples orejas de éste versos y cadencias ajenos, tras
los cuales latían el propio anhelar y la melancolía propia, la ruda mentalidad
del descendiente de la antigua raza de Filborg le había atraído para
repelerle en seguida; le atraía por su innata y reposada cortesía al escucharle
o por un giro raro de inglés arcaico, tal vez por su gusto de los rudos
ejercicios de destreza corporal (Davin había sido discípulo de Michael
Cusack, el Celta); pero le repelía de pronto por la rudeza de su inteligencia,
por sus sentimientos embotados, por aquella sombría mirada
de terror que había en sus ojos, como el terror de un famélico poblado de
Irlanda donde el cubrefuego fuera aún uno de los espantos de la noche.
Junto con el recuerdo de las proezas de su tío Mat Davin, el atleta,
aquel joven campesino cultivaba la adoración de la dolorosa leyenda de
Irlanda. Los otros compañeros, en su deseo de prestar relieve a cualquier
incidente de la monótona vida del colegio universitario, le consideraban
en sus charlas como un prototipo del verdadero feniano. Su nodriza le
había enseñado el irlandés y había modelado su ruda imaginación a los
dispersos resplandores de los mitos de Irlanda. Ante aquellos mitos a los
cuales jamás mente de individuo humano había añadido ni una sola línea
de belleza, ante los informes leyendas que se iban subdividiendo al
avanzar de los ciclos, guardaba él la misma actitud que ante la Iglesia
católica romana, la actitud de un siervo leal y corto de alcances. Cualquier
idea, cualquier sentimiento que viniera de Inglaterra o a través de
la cultura inglesa, chocaba contra su alma, armada y atenta a su consigna;
y del mundo que yacía más allá de Inglaterra, no conocía más que la
legión extranjera de Francia, en la cual pensaba inscribirse.
Stephen solía llamar a su amigo "el pato casero", refiriéndose a la vez
a este deseo de su joven camarada y a su tardo espíritu. Y había en el
apodo una punta de ira contra aquella desgana para la palabra y la acción
James Joyce
162
que su amigo tenía, y que era lo que separaba el espíritu de Stephen,
ávido de especulación, de las latentes maneras de la vida irlandesa.
Una noche, aguijoneado por el lenguaje violento y atrevido en el que
Stephen se refugiaba para huir del frío silencio de su estado de protesta
intelectual, su rústico compañero había evocado ante su imaginación una
visión extraña. Iban los dos andando lentamente hacia el cuarto de Davin,
a través de las callejuelas sombrías del miserable barrio de los judíos.
—El otoño pasado, cuando estaba ya entrando el invierno, me ocurrió
una cosa, Stevie, que no se la he dicho a persona viviente, y tú eres el
primero a quien se la cuento. No me acuerdo si era por octubre o por noviembre.
Pero era por octubre, porque fue antes de que viniera aquí para
matricularme.
Stephen había vuelto sonriendo los ojos hacia el rostro de su amigo,
halagado por su confianza y movido a simpatía por el sencillo acento del
narrador.
—Había estado todo el día fuera de mi pueblo para ver un partido de
hurley entre el equipo de los mozos de Croke y el de los "Sin Miedo", de
Thurles. ¡Dios, Stevie, qué partido más duro que fue! A mi primo hermano
Fonsy Davin, me le dejaron en cueros vivos defendiendo la meta
de los de Limerick, pero aún estuvo atacando con los delanteros la mitad
del tiempo y berreando como loco. Nunca me olvidaré de aquel día. Uno
de los de Croke le dio un golpazo tremendo con la garrota de juego, y en
Dios y en mi alma que estuvo a ras de un pelo de cogerle por medio de
la sien. Dios de Dios, que si le da de lleno, no necesita más.
—Me alegro de que librara con bien —interrumpió riendo Stephen—,
pero seguramente esa no es la extraña aventura que te ocurrió.
—Bueno, ya sé que eso no te importará. Pero es que se levantó tal alboroto
después del partido, que perdí el tren para volver a casa y no encontré
ni un mal carro que me pudiera servir de ayuda, porque por mi
mala suerte, aquel día había una función religiosa en Castletownroche, y
todos los vehículos de la región estaban en ella. Con que, me pongo a
caminar, y yo sigue que te sigue adelante, y la noche que ya venía encima,
cuando llego a las colinas de Ballyhoura, a más de diez millas de
Kilmallock, que desde allí hay una carretera larga y deshabitada. No
veías allí, a todo lo largo del camino, ni huellas de una casa de cristianos,
ni se oía un solo ruido. Estaba ya casi obscuro como boca de lobo.
Una o dos veces me detuve al resguardo de un arbusto para encender la
Retrato del artista adolescente
163
pipa, y a no ser porque el suelo estaba cubierto de rocío, me hubiera
tumbado allí mismo a dormir. Por último, tras una revuelta del camino,
divisé una casa con una ventana encendida. Me acerqué y llamé a la
puerta. Una voz contestó preguntando quién era, a lo que respondí que
había estado en el partido en Buttevant, que regresaba a pie a casa y
agradecería que me diesen un vaso de agua. Al cabo de un rato, se abrió
la puerta y apareció una mujer joven que me traía un gran jarro de leche.
Estaba a medio vestir, como si se estuviera preparando para ir a acostarse
al tiempo de mi llamada; tenía el pelo suelto y por su aspecto y un no
sé qué en el mirar de los ojos, deduje que estaba preñada. Me retuvo un
rato charlando a la puerta, y se me hizo extraño porque tenía el pecho y
los hombros desnudos. Me preguntó si estaba cansado y si no querría
pasar la noche allí. Y añadió que estaba sola, pues su marido se había
ido aquella mañana a Queenstown acompañando a una hermana suya
hasta dejarla en el tren. Y mientras hablaba, Stevie, tenía la mirada fija
en mi rostro y tan cerca de mí que podía sentir su aliento. Cuando, por
último, le devolví el jarro, me tomó de la mano tirando de mí hacia
adentro, y dijo: Entre y pase aquí la noche. No tiene usted por qué tener
miedo. No hay nadie más que nosotros dos… No entré, Stevie. Le di las
gracias y seguí caminando adelante, abrasado como de calentura. Al
primer recodo, volví la vista atrás y la vi todavía de pie a la puerta.
Las últimas palabras de la narración de Davin se le quedaron cantando
a Stephen en la memoria. La figura de aquella mujer se le destacaba,
reflejada por las de aquellas aldeanas que había visto a las puertas de sus
casas en Gane al pasar en los coches del colegio. Aquella figura se le representaba
como un símbolo de la raza de ella, que era también la suya
de él; como un alma de murciélago en la cual entre silencio, tinieblas y
soledad, la conciencia se despertara de su sopor para atraer a un extraño
al lecho propio por medio de los ademanes y las palabras de una mujer
sin malicia.
Sintió que una mano se posaba sobre su brazo mientras una voz juvenil
exclamaba:
—Ande, señorito, cómprele el primer ramo a su niña para que se estrene.
Mire qué bonito es. Ande, señorito.
Las flores azules que la muchacha le presentaba y el azul de sus ojos
le parecieron en aquel instante un símbolo de inocencia, hasta que la
imagen se hubo desvanecido y sólo vio los harapos, el pelo húmedo y
áspero y la cara desvergonzada de la moza.
James Joyce
164
—¡Ande, señorito! ¡No le haga usted un feo a su chiquilla!
—No tengo dinero —dijo Stephen.
—¡Cómpreme estas tan bonitas, ande! ¡Sólo un penique!
—¿Ha oído usted lo que le he dicho? —interrumpió Stephen inclinándose
hacia ella—. Le he dicho que no tengo dinero. Y se lo repito
ahora otra vez.
—Pues ya lo tendrá usted, si Dios quiere, algún día, señorito.
—Puede ser —contestó Stephen—, pero no me parece probable.
Se apartó bruscamente de ella, temeroso de que de la familiaridad pasase
a las burlas y deseando desaparecer antes de verle ofrecer su mercancía
a otra persona, a un turista inglés o a un estudiante de Trinity. La
calle por donde caminaba, Grafton Street, prolongaba aquella sensación
de desalentada pobreza. Al extremo de la calle había una placa dedicada
a la memoria de Wolfe Tone. Le vino a la memoria el haber asistido con
su padre a la colocación de ella. Y evocaba con amargura el oropel chillón
de la ceremonia. Había cuatro delegados franceses subidos en una
camioneta y uno de ellos, un joven rollizo y sonriente, sostenía un palo,
al extremo del cual había un cartel con este letrero: Vive l’Irlande!
Los árboles del Stephen's Green estaban fragantes y cargados de lluvia
y la tierra empapada exhalaba su olor mortal: como un incienso vago
que ascendiera a través del mantillo de muchos corazones humanos. Era
el alma de la ciudad galante y venal, de la que sus mayores le habían hablado,
reducida por el transcurso del tiempo a aquel vago olor funeral
que subía de la tierra. Iba a entrar en el sombrío edificio del colegio, y
entonces comprendió que en cuanto entrara notaría la sensación de otra
podredumbre bien distinta de la de Buck Egan y Burnchapel Whaley.
Era demasiado tarde para subir a clase de francés. Cruzó el vestíbulo
y tomó el corredor a mano derecha que conducía al anfiteatro de física.
El corredor estaba obscuro y silencioso, pero una presencia invisible parecía
espiar en él. ¿Por qué sentía esta sensación? ¿Era porque sabía que
en tiempos de Buck Whaley había habido allí una escalera secreta? ¿O
era quizá porque la casa de los jesuitas gozaba de extraterritorialidad y
se sentía uno como entre extraños al andar por ella? La Irlanda de Tone
y de Parnell parecía haber retrocedido en el espacio.
Abrió la puerta del anfiteatro y se detuvo a la luz friolenta y gris que
pugnaba por entrar a través de las ventanas cubiertas de polvo. Una persona
estaba en cuclillas delante del hogar de la gran chimenea y a causa
de su delgadez y de su color desvaído comprendió que era el decano de
Retrato del artista adolescente
165
estudios que trataba de encender la chimenea. Stephen cerró la puerta
silenciosamente y se aproximó a él.
—Buenos días, señor. ¿Le puedo servir de ayuda?
El religioso levantó prestamente la vista y dijo:
—Un momento solo, señor Dédalus, y ya verá usted. Hay un arte de
encender la lumbre. Tenemos artes liberales y artes útiles. Esta es una de
las artes útiles.
—Procuraré aprenderla —dijo Stephen.
—No hay que poner demasiado carbón —continuó el decano, mientras
trabajaba briosamente en su tarea—, ese es uno de los secretos.
Sacó cuatro cabos de vela de los bolsillos de la sotana y los colocó
hábilmente entre los carbones y los papeles apelotonados. Stephen le observaba
en silencio. Arrodillado así frente al hogar, atareado en encender
aquellos cabos de vela y trozos de papel, el religioso parecía más que
nunca un siervo humilde que preparase el ara del sacrificio en un templo
vacío, un levita del Señor. La sotana pardeante y raída envolvía como la
túnica de hilo de un levita su figura arrodillada, a la que sin duda hubieran
servido de molestia y cansancio los suntuosos trajes de ceremonia y
el efod orlado de campanillas. Hasta su mismo cuerpo había envejecido
en el servicio humilde del Señor —atender al fuego del altar, ser receptor
de noticias secretas, velar por los mundanos, sacudir prestos zurriagazos,
si tal era la consigna—, y sin embargo, había permanecido ajeno
a toda huella de santidad, a todo signo de belleza prelaticia. Más aún, su
misma alma había envejecido en tal servicio sin aproximarse hacia la luz
y la belleza, sin exhalar el más mínimo hálito de santidad, con voluntad
doblegada, insensible en su propia obediencia, del mismo modo que su
cuerpo añoso, frugal y recio, cubierto de una pelusa gris, plateada en las
puntas, era también insensible a todo ímpetu de lucha o de amor.
El decano permanecía en cuclillas contemplando cómo el fuego tomaba
incremento en la madera. Stephen, para romper el silencio, dijo:
—De fijo que yo no sabría encender fuego.
—Usted es un artista, ¿no es verdad?, señor Dédalus —dijo el decano
levantando la cara y guiñando los ojos descoloridos—. El fin del artista
es la creación de lo bello. Qué sea lo bello, eso es ya otra cuestión.
Ante esta dificultad, el decano se frotó fríamente, lentamente, las manos.
—¿Qué? ¿Me puede usted resolver esta cuestión?
—Aquino —contestó Stephen— dice Pulcra sunt quae visa placera.
James Joyce
166
—Este fuego que tenemos delante —objetó el decano— agrada a los
ojos. ¿Será según eso bello?
—En tanto que es percibido con la vista, la cual supongo significa
aquí intelección estética, será bello. Pero Aquino dice también Bonum
est in quo tendit appetitus. El fuego es bueno en cuanto satisface la necesidad
animal de calor. En el infierno es, sin embargo, un mal.
—Exactamente —dijo el decano—. Ha puesto usted el dedo en la llaga.
Se levantó ágilmente, abrió la puerta y continuó:
—Una corriente de aire dicen que ayuda mucho en estos casos.
Mientras volvía a la chimenea, cojeando ligeramente, pero con paso
vivo, Stephen pudo ver cómo el alma callada del jesuita le contemplaba
desde el fondo de sus ojos pálidos y desamorados. Era cojo como Ignacio,
pero en sus ojos no había ni una centella del entusiasmo ignaciano.
Ni aun siquiera había encendido su alma con la llama de la energía
apostólica aquella astucia legendaria de la Compañía, más sutil y más
recatada que los libros de la ciencia sutil y misteriosa. Parecía como si
usase los ardides, el saber y las astucias del mundo a la mayor gloria de
Dios, pero forzado a hacerlo, sin la alegría de poseerlos, sin aborrecer
tampoco aquello de malo que había en ellos, sino simplemente replegándolos
sobre ellos mismos con un gesto firme y servil, y sin que, a pesar
de toda esta servidumbre silenciosa, pareciera tener la más mínima
cantidad de amor a su amo y sintiendo a lo más una cantidad muy pequeña
de cariño a los fines que servía. Similiter atque senis baculus: era
lo que su fundador había querido que fuese, un bastón en manos de un
anciano, un bastón que sirve para apoyarse en él en el camino, a la caída
de la noche o en medio del temporal, o para yacer junto al ramillete de
flores de una dama sobre un banco del jardín, o para ser esgrimido en
amenaza.
El decano regresó a la chimenea y comenzó a golpearse la barbilla.
—¿Cuándo vamos a tener algo de usted sobre los problemas estéticos?
—¿Algo mío? —contestó Stephen asombrado—. Tropiezo con una
idea una vez cada quince días y eso si estoy de buenas.
—Esas cuestiones son muy profundas, míster Dédalus —dijo el decano—.
Es como mirar hacia el abismo desde la escarpa de Moher. Algunos
penetran en lo profundo para no volver a salir. Sólo buzos bien
adiestrados pueden sumergirse en esas profundidades, explorarlas y volRetrato
del artista adolescente
167
ver a salir a la superficie de nuevo.
—Si es a la especulación a lo que se refiere usted, señor —dijo Stephen—,
yo estoy también seguro de que no hay tal pensamiento libre
puesto que todo pensamiento está limitado por sus propias leyes.
—¡Ah!
—Para lo que me propongo, puedo seguir trabajando al presente a la
luz de una o dos ideas de Aristóteles y de Santo Tomás de Aquino.
—¡Ya! Comprendo perfectamente su idea.
—Me hacen falta para mi propio uso y guía sólo hasta que haya logrado
algo por mí mismo a la luz de ellas. Si la lámpara humea o da tufo,
procuraré despabilarla. Si no da bastante luz, la venderé y compraré
otra.
—Epicteto tenía también una lámpara —dijo el decano—, que fue
vendida por un precio exorbitante después de su muerte. Era la lámpara
a cuya luz había escrito sus disertaciones filosóficas. ¿Conoce usted a
Epicteto?
—Un señor antiguo —contestó rudamente Stephen— que dijo que el
alma era muy parecida a un cubo de agua.
—Epicteto nos cuenta, con aquella lisa manera suya —continuó el
decano—, que una vez había puesto una lámpara de hierro delante de
uno de los dioses y que un ladrón robó la lámpara. ¿Qué hizo el filósofo?
Reflexionó que era connatural en un ladrón el robar y decidió comprar
al día siguiente una lámpara de arcilla en lugar de la lámpara de hierro.
Un olor a sebo fundido subía en aquel momento de los cabos de vela
del decano, y se le fundía en la mente a Stephen con el sonido de las palabras:
cubo y lámpara, lámpara y cubo. También la voz del religioso
tenía un deje duro y resonante. La mente de Stephen se detuvo instintivamente,
inmovilizada por el extraño tono, por el juego de metáforas y
por la cara del sacerdote, que parecía una lámpara apagada o un reflector
desenfocado. ¿Qué era lo que había oculto detrás de ella? ¿Un sombrío
letargo espiritual o la negrura de la nube tempestuosa, cargada de intelección
y capaz de las profundidades sombrías de Dios?
—Quiero decir otra clase de lámpara, señor.
—Indudablemente —contestó el decano.
—Una dificultad en las discusiones estéticas —dijo Stephen—, es el
saber si las palabras que estamos usando lo están siendo con arreglo a la
tradición literaria o según el uso común de la vida. Me acuerdo de un paJames
Joyce
168
saje de Newman, en el cual dice que la Santísima Virgen estaba entretenida
en compañía de todos los santos. Pero la palabra en el uso diario
tiene también otro sentido distinto. Espero que no le estaré entreteniendo
a usted.
—De ningún modo —dijo el decano cortésmente.
—No, no —dijo sonriendo Stephen—, si quiero decir…
—Sí, sí —dijo el decano con presteza—; comprendo perfectamente:
entretener.
Avanzó la mandíbula inferior y dejó escapar una tos seca y breve.
—Para volver a la lámpara —dijo—, el alimentarla es también un
lindo problema. Tiene usted que escoger aceite limpio y tener cuidado
de no llenarla demasiado, de no verter en el embudo más de lo que pueda
contener.
—¿Qué embudo? —preguntó Stephen.
—El embudo por el cual vierte usted el aceite en la lámpara.
—¿Sí? ¿Se llama eso un embudo? ¿No se llama envás?
—¿Qué es un envás?
—Eso. El… embudo.
—¿Pero se llama envás en Irlanda? —preguntó el decano—. No he
oído en mi vida semejante palabra.
—Pues lo llaman así en el Bajo Drumcondra, donde hablan el inglés
más puro —contestó Stephen.
—¡Envás! —dijo el decano pensativo—. Es muy interesante. He de
buscar esa palabra. Vaya si la he de buscar.
Las palabras corteses del decano sonaban un poquito a falso, y Stephen
contemplaba al converso inglés con los mismos ojos con los que el
hermano mayor de la parábola habría contemplado al pródigo. ¡Pobre
inglés en Irlanda, pobre seguidor de una oleada de clamorosas conversiones!
Parecía haber entrado en el escenario de la historia jesuítica,
cuando estaba casi acabando la extraordinaria farsa de intrigas, y sufrimiento,
y envidia e indignidad. Era un allegado de última hora, un espíritu
tardío. ¿De dónde había partido? Tal vez había nacido y sido educado
entre rígidos disidentes, que esperaban la salvación tan sólo de Jesús,
y aborrecían las vanas pompas de la iglesia constituida. ¿Había sentido
la necesidad de una fe independiente del juicio individual, viéndose entre
el caos de las sectas y la jerga cismática de los fieles de los seis principios,
de los independientes, de los baptistas de la semilla y la serpiente,
y de los dogmáticos supralapsarios? ¿Había encontrado la verdaRetrato
del artista adolescente
169
dera iglesia después de haber seguido hasta su término un hilo sutil de
raciocinio sobre la insuflación o la imposición de manos, o la procesión
del Espíritu Santo? ¿O le había tocado Nuestro Señor y mandado que le
siguiera, como a aquel discípulo que estaba sentado junto al banco de los
tributos, al estar él sentado cerca de la puerta de alguna capilla techada
de zinc, bostezando y contando sus denarios?
El decano repitió otra vez la palabra.
—¡Envás! ¡Caramba si es interesante!
—La pregunta que me hacía usted hace un momento me parece más
interesante. ¿Qué es esa belleza que el artista se esfuerza por expresar,
sacándola de la materia de arcilla? —dijo fríamente Stephen.
La palabreja en la que diferían parecía habérsele convertido en la
punta aguda de un florete da sensibilidad, esgrimido contra aquel su
cortés y vigilante adversario. Y sintió como una punzada de desánimo al
descubrir que aquel hombre con el que estaba hablando, era un compatriota
de Ben Jonson. Pensaba:
—El lenguaje en que estamos hablando ha sido suyo antes que mío.
¡Qué diferentes resultan las palabras hogar, Cristo, cerveza, maestro, en
mis labios y en los suyos! Yo no puedo pronunciar o escribir esas palabras
sin sentir una sensación de desasosiego. Su idioma, tan familiar y
tan extraño, será siempre para mí un lenguaje adquirido. Yo no he creado
esas palabras, ni las he puesto en uso. Mi voz se revuelve para defenderse
de ellas. Mi alma se angustia entre las tinieblas del idioma de este
hombre.
—Y el distinguir —añadió el decano— entre lo bello y lo sublime, y
el distinguir entre la belleza material y la belleza moral. Y el investigar
qué especie de belleza es la que está más cercana de cada una de las diversas
artes. He aquí algunos temas interesantes que habría que tratar.
Descorazonado súbitamente por el tono seco y firme del decano, Stephen
permaneció sin decir nada. Y a través de este silencio subió procedente
de la escalera un ruido distante de botas y de voces.
—Al seguir estas especulaciones —añadió el decano como para terminar
—hay el peligro de perecer de inanición. Lo primero que debe
usted hacer es tomar el grado. Propóngase usted esto antes que nada.
Luego, poco a poco, ya irá usted encontrando su camino. Quiero decir su
camino en todos aspectos, lo mismo en la vida que en las ideas. Tal vez
se le haga cuesta arriba al principio. Tome usted el ejemplo de Mr. Moonan.
Le ha costado mucho tiempo el llegar a la cima. Pero la ha alcanJames
Joyce
170
zado por fin.
—Puede ser que yo no posea su talento —dijo reposadamente Stephen.
—Eso nadie lo sabe —repuso vivamente el decano—. Nunca podemos
decir lo que hay dentro de nosotros. Yo, desde luego, no me desanimaría.
Per aspera ad astra.
Abandonó raudo la chimenea y salió al rellano de la escalera para vigilar
la entrada de la primera clase de artes.
Recostado en la chimenea, Stephen le oyó cómo iba saludando rápidamente
y sin hacer diferencias a cada uno de los de la clase y pudo notar
las desenmascaradas sonrisas de algunos estudiantes menos corteses.
Una desoladora piedad comenzó a caer como un rocío sobre su corazón
propicio a la amargura, piedad por aquel escrupuloso criado del caballeresco
Loyola, por aquel hermanastro de la clerecía, más venal que los
otros en sus palabras, pero más recio de alma que ellos, por aquel hombre
al cual él nunca podría llamar su padre espiritual. Y pensó en la fama
de mundanos que él y sus compañeros de religión habían adquirido, no
sólo entre los apartados del mundo, sino entre los mundanos mismos,
por haber defendido al flojo, al tibio y al prudente, ante los tribunales de
Dios, a través de toda su historia.
La entrada del profesor fue saludada por una algarada de ruido de
pies procedente de las recias botas de los estudiantes sentados bajo las
ventanas grisáceas y llenas de telarañas, allá arriba, en las últimas filas
del sombrío anfiteatro. Comenzó la lista y a cada nombre fueron siguiendo
las respuestas dadas en todos los tonos, hasta que llegó el nombre
de Peter Byrne.
—¡Presente!
De la parte alta de la gradería llegó una nota profunda, seguida de toses
de protesta de los otros bancos.
El profesor hizo una pausa en la lectura y luego pronunció el nombre
siguiente:
—¡Cranly!
No hubo respuesta.
—¡El señor Cranly!
Una sonrisa cruzó por el rostro de Stephen al pensar en los estudios
de su camarada.
—¡Que le busquen en Leopardstown! —dijo una voz desde el banco
de detrás.
Retrato del artista adolescente
171
Stephen levantó rápidamente la vista, pero sólo vio, recortada sobre
la luz gris, la cara hocicuda e impasible de Moynihan. El profesor expuso
una fórmula. Entre el susurro de los cuadernos, Stephen volvió la cabeza
otra vez y dijo:
—¡Dame un pedazo de papel, por amor de Dios!
—¿En esas estamos? —preguntó Moynihan haciendo una mueca.
Arrancó una hoja de su cuaderno y se la pasó murmurando:
—En caso de necesidad, cualquier seglar o mujer puede hacerlo.
La fórmula que había escrito dócilmente sobre la hoja de papel, el
arrollarse y desarrollarse de los cálculos del profesor y los símbolos espectrales
de la fuerza y la velocidad eran otras tantas cosas que fascinaban
y fatigaban el alma de Stephen. Había oído decir a algunos que
aquel anciano profesor era masón y ateo. ¡Qué día tan gris, tan triste! Parecía
un limbo de una lucidez insensible y reposada a través del cual
erraran las almas de los matemáticos, elevando esbeltas construcciones
entre los planos de una luz cada vez más extraña y pálida y haciendo
irradiar rápidos remolinos hacia los últimos confines de un universo cada
vez más vasto, más lejano, más impalpable.
—Debemos distinguir, por tanto, entre elíptico y elipsoidal. Tal vez
algunos de ustedes, señores, conozcan las obras de Mr. W. S. Gilber. En
una de sus canciones habla de un jugador fullero de billar, condenado a
jugar:
Sobre una mesa desnivelada;
el taco, tuerto; bolas elípticas.
—Lo que quiere decir es con una bola que tuviera la forma de un
elipsoide como éste, de cuyos principales ejes les acabo de hablar.
Moynihan se inclinó hacia la oreja de Stephen y murmuró:
—¿A cuánto van las bolas elipsoidales? ¡Que me echen señoras!
¡Que soy de caballería!
La burda broma de su compañero atravesó como una ráfaga el claustro
del espíritu de Stephen, agitando los fláccidos vestidos sacerdotales
que colgaban de sus paredes, dándoles vida, obligándolos a ondear y a
hacer cabriolas como en un sábado salido de quicio. De los vestidos
agitados por la ráfaga iban saliendo las formas de los individuos de la
comunidad: el decano de estudios; el tesorero con su tocado de pelo gris,
majestuoso y encendido; el presidente, aquel sacerdote diminuto, de un
James Joyce
172
pelo tenue cual plumón, que escribía versos piadosos; el tipo rechoncho
y lugareño del profesor de economía; la figura altísima del joven profesor
de ciencia mental discutiendo con sus discípulos un caso de conciencia,
en el rellano de una escalera, como una girafa que estuviera desmochando
las ramas altas de los árboles en medio de una manada de antílopes;
el grave e inquieto prefecto de la congregación; el rollizo profesor
de italiano, con sus ojos picarescos. Y venían en un trotecillo, a trompicones,
dando volteretas y cabriolas, remangándose los hábitos para saltar
a "a la una andaba la muía", agarrándose los unos a los otros, contorsionados
por una risa recóndita y falsa, dándose sonoros lapos en las costillas
y celebrando la broma pesada, llamándose con remoquetes familiares,
entre súbitas protestas de dignidad ante tal broma excesiva, en cuchicheos,
por parejas, la boca oculta tras la mano.
El profesor se había dirigido a las vitrinas que estaban en la pared lateral,
de uno de cuyos estantes extrajo un juego de bobinas, que transportó
cuidadosamente hasta la mesa, después de bien sopladas por todos
lados para quitarles el polvo. Y con un dedo sobre el aparato, continuó
su explicación. Hablaba de que los hilos en las bobinas modernas estaban
hechos de un compuesto llamado platinoide, descubierto recientemente
por F. W. Martino.
Pronunció con toda claridad las iniciales y el apellido del descubridor.
Moynihan susurró desde detrás:
—¡Vaya por el Famoso Water-closet Martino!
—Pregúntale —murmuró Stephen con desgana— si necesita un sujeto
para ser electrocutado. Yo me ofrezco.
Moynihan, viendo que el profesor estaba inclinado sobre los carretes,
se puso en pie, y haciendo como que chascaba los dedos de la mano derecha,
comenzó a gritar con una voz de pilluelo acongojado:
—Señor maestro, este muchacho está diciendo malas palabras, señor
maestro.
—Se prefiere el platinoide al metal blanco —continuó el profesor
solemnemente—, porque tiene un coeficiente más bajo de resistencia por
cambios de temperatura. El alambre de platinoide está aislado y la cubierta
de seda que lo aísla está enrollada en las bobinas de ebonita, precisamente
donde tengo puesto el dedo. Las bobinas han sido saturadas
en parafina caliente…
Una voz aguda y con acento del Ulster dijo desde el banco inmediatamente
inferior al de Stephen:
Retrato del artista adolescente
173
—Pero, ¿es que nos van a hacer preguntas sobre ciencias aplicadas?
El profesor se puso gravemente a hacer habilidades con los términos
ciencia pura y ciencia aplicada. Un estudiante rechoncho, que llevaba
gafas de oro, se quedó mirando con cierto asombro al que había hecho la
pregunta. Moynihan murmuró desde detrás con su voz natural:
—¡Ese diablo de Mac Alister! ¿No parece un Shylock reclamando su
libra de carne?
Stephen pasó fríamente la mirada sobre el cráneo oblongo cubierto de
una maraña de cabellos de un desvaído color de bramante. La voz, el
acento y la mentalidad del que había hecho la pregunta le molestaban; y
permitió que su repugnancia le llevara hasta una enconada mala voluntad,
hasta dejar pensar a su imaginación que el padre del estudiante hubiera
hecho mucho mejor si hubiera enviado a su hijo a estudiar a Belfast,
ahorrando algo de paso en el billete del ferrocarril.
El cráneo oblongo no se volvió para encontrar aquella flecha de pensamiento;
pero la flecha regresó a su arco, porque Stephen pudo ver un
momento la cara, de una palidez serosa, del estudiante.
Este pensamiento no es mío, se dijo a sí mismo inmediatamente. No;
procede de ese burlón irlandés del banco de detrás. Paciencia. ¿Podrías
decirte cuál de los dos ha sido el que ha traficado con el alma de tu raza,
el que ha hecho traición a sus elegidos, el de la pregunta o el de la burla?
Paciencia. Acuérdate de Epicteto. Probablemente es connatural a su carácter
el proponer tal pregunta en tal momento y con tal tono y el pronunciar
la palabra science como un monosílabo.
El mosconeo de la voz del profesor seguía enrollándose y enrollándose
alrededor de las bobinas de las cuales hablaba, doblando, triplicando,
cuadruplicando su soñolienta energía del mismo modo que el carrete
multiplicaba sus ohmios de resistencia.
La voz de Moynihan sonó detrás como un eco de la distante campana:
-Señores, esto se ha acabado.
El vestíbulo estaba lleno de estudiantes y sonoro de charlas. Sobre
una mesa cerca de la puerta había dos fotografías con sus marcos y entre
ellas un largo rollo de papel con una cola irregular de firmas. Mac Cann
iba y venía rápidamente entre los estudiantes, hablando de prisa, con una
respuesta pronta para cada negativa, e iba llevándoselos, uno tras otro, a
la mesa. En el vestíbulo interior estaba el decano de estudios hablando
de pie con un profesor joven, golpeándose gravemente la barbilla y moJames
Joyce
174
viendo la cabeza.
Stephen, embarazado por los que estaban a la puerta, se paró en ella
irresoluto. Desde debajo de la ancha y caída ala del flexible los ojos obscuros
de Cranly le estaban observando.
—¿Has firmado? —le preguntó Stephen.
Cranly cerró la boca de delgados labios, comulgó por un instante
consigo mismo, y contestó:
—Ego habeo.
—¿Para qué es eso?
—Quod?
—¿Para qué es eso?
Cranly volvió su pálido rostro hacia Stephen, y dijo, blandamente,
amargamente:
—Per pax universalis.
Stephen señaló a la fotografía del zar, y comentó:
—Tiene la cara de un Cristo embrutecido.
El desprecio y la cólera que había en la voz de Stephen atrajeron hacia
él los ojos de Cranly, entretenidos en pasar tranquilamente revista a
las paredes del vestíbulo.
—¿Estás disgustado? —le preguntó.
—No —contestó Stephen.
—¿Estás de mal humor?
—No.
—Credo ud vos grandissimus mendax estis —dijo Cranly—, quia facies
vostra monstrat ut vos in fututo malo humore estis.
Moynihan, al acercarse a la mesa, le susurró a Stephen al oído:
—Mac Cann está estupendamente en forma. Dispuesto a verter hasta
la última gota. Un mundo nuevo. Nada de estimulantes y voto para las
zorras.
La forma de tal confidencia hizo sonreír a Stephen; y, cuando Moynihan
hubo pasado, se volvió de nuevo al encuentro de los ojos de
Cranly.
—¿Me podrías tú, quizá, decir por qué razón se desahoga así con
tanta libertad en mis orejas?
A Cranly se le formó un ceño sombrío en la frente. Contempló la mesa
sobre la cual estaba inclinado Moynihan para poner su firma en la
lista y luego dijo rotundamente:
—¡Es un mierda!
Retrato del artista adolescente
175
—Quis est in malo humore —preguntó Stephen—, ego aut vos?
Cranly no notó el reproche. Estuvo rumiando amargamente su propio
juicio, hasta que por fin repitió con la misma rotunda energía de antes:
—¡Un piñonero mierda! ¡Eso es lo que es!
Era el epitafio que ponía a todas las amistades muertas. Stephen se
preguntó si alguna vez le tocaría a él el turno, y si aquella expresión sería
empleada en el mismo tono para designarle a él. La expresión torpe y
grosera se fue hundiendo en los oídos de Stephen como una piedra en un
cenagal. La vio hundirse como había visto otras muchas, y sintió que su
pesadumbre le deprimía el corazón. El lenguaje de Cranly, a diferencia
del de Davin, no poseía ni raras frases del inglés isabelino, ni giros anticuados
de los dialectos irlandeses. Su arrastrarse era un eco de los muelles
de Dublín reflejado por un puerto de mar diminuto, descolorido y
venido a menos; su energía, un eco de la elocuencia sagrada de Dublín
repetida llanamente desde un pulpito de Wicklow.
El pesado entrecejo desapareció de la frente de Cranly cuando Mac
Cann se aproximó a ellos viniendo del otro lado del vestíbulo.
—¿Está usted aquí? —dijo Mac Cann alegremente.
—Aquí estoy —contestó Stephen.
—Tarde como de costumbre. ¿No puede usted poner de acuerdo sus
tendencias progresistas con el respeto a la puntualidad?
—Esa pregunta no está en el orden del día —dijo Stephen—. Pasemos
al siguiente punto.
Sus ojos sonrientes estaban fijos en una tableta de chocolate con leche
envuelta en papel de plata, que asomaba por uno de los bolsillos del
propagandista. Un círculo reducido de oyentes se había congregado para
asistir al escarceo de ingeniosidades. Un estudiante delgado de piel olivácea
y lacio cabello negro, tenía introducida la cabeza entre los dos,
mirando al uno y al otro alternativamente a cada frase, como si quisiera
capturar con la boca abierta y húmeda cada una de aquellas palabras
volanderas. Cranly había sacado del bolsillo una pelotita gris de jugar a
mano y se había puesto a examinarla haciéndola girar y girar entre sus
dedos.
—¿El punto siguiente? —preguntó Mac Cann—. ¡Jem!
Le dio un ataque sonoro de risa y se tiró por dos veces de la pajiza
perilla que de la llena mandíbula le colgaba.
—El punto siguiente es firmar el manifiesto.
—¿Me va a pagar usted algo si firmo? —preguntó Stephen.
James Joyce
176
—Yo pensaba que usted era un idealista —dijo Mac Cann.
El estudiante agitanado miró en torno de sí y, dirigiéndose a los circunstantes,
dijo, con una voz trémula que parecía un balido:
—¡Demonio! Esa idea sí que es rara. Esa idea me parece una idea
muy mezquina.
Sus palabras se disiparon en el silencio. Nadie prestó atención a su
voz. Y él volvió hacia Stephen su cara olivácea y de expresión equina,
invitándole a que hablara de nuevo.
Mac Cann se puso a hablar con enérgica fluidez del rescripto del zar,
de Stead, del desarme general, del arbitraje en caso de discordias internacionales,
de las señales de los tiempos, de una nueva humanidad y de
un nuevo evangelio de vida, según el cual la comunidad sería la encargada
de asegurar al menor coste posible la mayor cantidad posible de
felicidad para el mayor número posible de mortales.
El estudiante de la cara olivácea saludó al fin del período gritando:
—¡Tres vivas a la confraternidad universal!
—¡Duro, Temple —dijo un estudiante rechoncho que estaba cerca de
él—, que luego te voy a pagar una caña!
—Yo soy un convencido de la confraternidad universal —dijo Temple,
mirando a su alrededor desde lo profundo de sus ojos negros—.
Marx no es otra cosa que un molido vaina.
Cranly le agarró fuertemente por un brazo para que callara la boca y,
sonriendo embarazosamente, repitió:
—¡Calma, calma, calma!
Temple se debatió para libertar su brazo, pero continuó, la boca manchada
por una espumilla tenue:
—El socialismo ha sido fundado por un irlandés, y el primero que
predicó la libertad de pensamiento fue Collins. Hace doscientos años. El,
el filósofo de Middlesex, se atrevió a denunciar al clericato. ¡Tres vivas
a la memoria de John Anthony Collins!
Una voz delgada respondió desde un extremo del auditorio:
—¡Juy! ¡juy!
Moynihan le murmuró al oído a Stephen:
—¿Y dónde nos dejamos a la pobre hermanita de John Anthony?
Lottie Collins ha perdido,
La pobre, los pantalones.
¿Quién entre ustedes le presta
Retrato del artista adolescente
177
los suyos propios señores?
Stephen se echó a reír y Moynihan, halagado por el éxito, murmuró
otra vez:
—Vamos a apostarnos cinco beatas por John Anthony Collins.
—Estoy esperando su respuesta —dijo lacónicamente Mac Cann.
—El asunto no me interesa lo más mínimo —contestó ya cansado
Stephen—. Lo sabe usted de sobra. ¿Por qué razón, pues, me arma usted
esta escena?
—¡Bueno! —dijo Mac Cann haciendo una pequeña explosión con los
labios—. Según eso, ¿usted es un reaccionario?
—¿Cree usted que me voy a asustar porque esgrima usted su espada
de palo?
—Todo eso son metáforas —dijo Mac Cann bruscamente—. Redúzcase
usted a los hechos.
Stephen se puso colorado y volvió el rostro. Mac Cann no se daba por
vencido, y agregó sarcásticamente:
—Los poetas menores, supongo, están por encima de cuestiones tan
triviales como la paz universal.
Cranly levantó la cabeza y alzó la pelota como ofrenda conciliatoria
entre los dos estudiantes, diciendo:
—Pax super totum sanguinarium globum.
Stephen se apartó del grupo y, señalando despectivamente con el
hombro la imagen del zar, dijo:
—Guárdese usted su icono. Si es que nos hace falta un Jesús, tengamos
por lo menos un Jesús legítimo.
—¡Diantre! ¡Eso sí que me ha gustado! —dijo el estudiante de la cara
olivácea a los que estaban en torno de él—. ¡Esa sí que es una frase! Esa
frase me gusta más que todas las cosas.
Tragó una bocanada de saliva como si se estuviera tragando la frase,
y luego, llevándose la mano a la visera de su gorra de paño recio, se volvió
hacia Stephen y dijo:
—Permítame usted, señor. ¿Qué quiere usted decir con esa expresión
que acaba de proferir?
Y como los estudiantes que estaban cerca de él le daban con el codo,
les explicó:
—Tengo curiosidad de saber qué es lo que quiere decir con esa frase.
Se volvió de nuevo a Stephen y susurró:
James Joyce
178
—¿Usted cree en Jesús? Yo creo en el hombre. Por de contado que
yo no sé si usted cree en el hombre o no. Le admiro a usted. Admiro la
mentalidad del hombre independiente de todas las religiones. ¿Es esa su
opinión con respecto a la mentalidad de Jesús?
—¡Duro, Temple! —dijo el estudiante ancho y coloradote, volviendo
como tenía por costumbre a su idea anterior—. ¡Duro, que te espera una
caña!
—Ese piensa que soy un imbécil —le explicó Temple a Stephen—
porque creo en el poder del pensamiento.
Cranly, metiéndose entre Stephen y su admirador, se colgó de los
brazos de ambos, y dijo:
—Nos ad manum ballum jocabimus.
Stephen, mientras se dejaba conducir, columbró la cara roma y arrebatada
de Mac Cann.
—Mi firma carece de calor —le dijo cortésmente—. Usted obra perfectamente
siguiendo su camino. Déjeme usted seguir a mí el mío.
—Dédalus —dijo Mac Cann dejando caer las palabras—, creo que es
usted un buen chico, pero que le falta a usted todavía aprender a conocer
la generosidad del altruismo y la responsabilidad del ser individual.
Una voz exclamó:
—No queremos en nuestra compañía intelectuales excéntricos.
Stephen reconoció el tono áspero de la voz de Mac Alister y por esta
causa permaneció sin volverse hacia la parte de donde la voz venía.
Cranly se abrió solemnemente paso a empujones por entre la aglomeración
de estudiantes, llevando a Stephen y a Temple cogidos del brazo,
como un celebrante asistido por sus dos acólitos camino del altar.
Temple se inclinó impaciente por delante del pecho da Cranly para
decir a Stephen:
—¿Ha oído usted lo que ha dicho Mac Alister? Ese pollo está envidioso
de usted. ¿Lo ha notado? ¡Qué demonio, yo lo he comprendido
desde el primer momento!
Cuando pasaban por el segundo vestíbulo, el decano de estudios estaba
tratando de sacudirse un estudiante con el que acababa de hablar. Estaba
el decano al comienzo de la escalera con un pie en el primer escalón.
Tenía la raída sotana recogida con femenil cuidado y preparada ya
para el ascenso. Accionaba expresivamente con la cabeza, repitiendo:
—¡Ni dudarlo siquiera, míster Hackett! ¡Estupendo! ¡Ni dudarlo siquiera!
Retrato del artista adolescente
179
En medio del vestíbulo estaba el prefecto de la congregación del colegio
hablando gravemente con uno de la junta. Tenía una voz dulce y
quejumbrosa. Mientras hablaba, fruncía un poco la frente pecosa, mordisqueando,
entre frase y frase, un diminuto lápiz de hueso.
—Tengo la esperanza de que los recién matriculados se nos unirán.
Los del primero de artes los tenemos asegurados. Los del segundo también.
Los que tenemos que asegurar bien son los nuevos.
Temple volvió a cruzar la cabeza por delante de Cranly, en el momento
en que trasponía el umbral, y dijo en un susurro tenue:
—¿Sabía usted que es un hombre casado? Estaba casado antes de su
conversión. Y tiene no sé dónde su mujer y sus chicos. Por todos los
diablos, que es la idea más rara que he oído en mi vida. ¿No?
El susurro se disipó en una risa taimada y cacareante. En el mismo
momento en que trasponían el umbral, Cranly le agarró rudamente por el
cuello y, zarandeándole, dijo:
—¡Eres un molido memo! ¡Te juro por mi salvación —¿sabes?— que
no hay en todo el cochambrero mundo un piñonero monacaco más idiota
que tú!
Temple, hecho un guiñapo entre aquellos puños, reía aún con un regocijo
ficticio, mientras Cranly seguía repitiendo de plano a cada zarandeo:
—¡Un grandísimo y molido memo!
Cruzaban el jardín lleno de hierbajos. El presidente, envuelto en un
manteo amplio y pesado, venía hacia ellos, leyendo las horas, a lo largo
de una de las paredes. Antes de dar la vuelta, se detuvo un momento y
levantó los ojos. Saludaron los tres. Temple sólo llevándose la mano al
extremo de la gorra, como había hecho antes. Siguieron adelante en silencio.
Al aproximarse al juego, Stephen oyó los golpetazos de las manos
de los jugadores, el chasquido húmedo de la pelota y la voz excitada
de Davin que gritaba a cada pelotazo.
Los tres estudiantes se detuvieron alrededor de la caja en la que Davin
estaba sentado para observar el juego. Al cabo de un momento,
Temple giró hasta encontrar a Stephen y dijo:
—Perdone usted, le quería preguntar si usted cree que Juan Jacobo
Rousseau era un hombre sincero.
Stephen se echó a reír de buena gana. Cranly cogió a sus pies, de entre
la hierba, un pedazo de una duela rota de tonel, se volvió rápidamente
y dijo con aire muy serio:
James Joyce
180
—Temple, te juro por el Dios vivo, que si vuelves a decir una sola
palabra —¡sabes!— sea de lo que sea, y a quien sea, te dejo seco super
sitium,
—Se me hace —dijo Stephen— que era un hombre como usted: un
emotivo.
—¡Maldito sea, condenado sea! —dijo de lleno Cranly—. No le
vuelvas a dirigir la palabra, Stephen. Ten por seguro que lo mismo da
hablar con una condenada bacinilla que hablar con Temple. ¡Vete a tu
casa, Temple! ¡Vete a tu casa, por el amor de Dios!
—Se me importa un pito de ti, Cranly —contestó Temple, poniéndose
fuera del alcance de la amenazadora duela y señalando a Stephen—.
Ese es el único hombre en esta institución que tiene una mentalidad individual.
—¡Institución! ¡Individual! —gritó Cranly—. ¡Mira, vete a casa,
condenado, que eres un molido idiota sin esperanza de cura!
—¡Soy un emotivo! —dijo Temple—. ¡Eso es expresar las cosas con
precisión! Y me enorgullezco de ser un emotivo.
Se deslizó fuera del juego de pelota, con una sonrisita falsa. Cranly se
quedó viéndole ir, con cara impasible, inexpresiva.
—Mírale ahí —dijo—. ¿Has visto en tu vida semejante sostieneparedes?
Esta última frase fue saludada con una risotada por un estudiante que
estaba repantingado contra la pared y con la gorra de visera calada hasta
los ojos. Tal risa, aguda de tono y salida de una contextura musculosa,
tenia algo del bramido de un elefante. El corpachón se le contraía todo y,
para dar suelta a su regocijo, se puso a restregarse epicúreamente las ingles
con las manos.
—¡Lynch está despierto! —dijo Cranly.
Lynch, por toda respuesta, se puso en pie y sacó el pecho hacia adelante.
—Cuando Lynch adelanta el pecho —dijo Stephen—, parece que expone
una teoría sobre la vida.
Lynch se golpeó sonoramente el tórax y dijo:
—¿Quién es el que tiene algo que decir acerca de mi tambor?
Cranly recogió el reto y los dos comenzaron a luchar. Cuando las caras
se les habían ya puesto arrebatadas del esfuerzo, se separaron jadeantes.
Stephen se inclinó hacia Davin que, atento al juego, no había
prestado atención a la charla de los otros.
Retrato del artista adolescente
181
—¿Cómo se encuentra hoy mi patito casero? —le preguntó—. ¿Ha
firmado también?
Davin dijo que sí con la cabeza y añadió:
—¿Y tú, Stevie?
Stephen negó en silencio.
—Eres una persona terrible, Stevie. ¡Siempre aparte de los demás! —
dijo Davin quitándose de los labios su corta pipa.
—Ahora que has firmado la petición para la paz universal —dijo Stephen—,
supongo que quemarás aquel cuadernito que he visto en tu
cuarto.
Davin no contestó, y en vista de ello, Stephen se puso a hacer citas
del contenido del cuaderno:
—¡Paso largo, fianna1 ¡Inclinación a la derecha! ¡Fianna, saludo por
números, uno, dos!
—Eso es otra cuestión —dijo Davin—. Yo soy un nacionalista irlandés
primero y antes que nada. Pero eso está en tu natural. Tú has nacido
para burlarte de todo, Stevie.
—Cuando emprendáis la próxima rebelión armados con bastones del
juego de hurley —dijo Stephen—, y tengáis necesidad de los indispensables
confidentes, no dejéis de decírmelo. Yo os podría encontrar algunos
en este colegio.
—No te entiendo —dijo Davin—. Otras veces hablabas en contra de
la literatura inglesa. Ahora hablas contra los directores del pueblo irlandés.
¿Dónde te dejas tu nombre, tus ideas?… Pero, ¿eres tú verdaderamente
irlandés?
—Vente conmigo al departamento de heráldica —contestó Stephen—
, y te enseñaré el árbol genealógico de mi familia.
—Entonces, sé uno de los nuestros. ¿Por qué no aprendes irlandés?
¿Por qué dejaste las clases de la Liga después de la primera lección?
—Tú sabes la razón por la que lo hice —contestó Stephen.
Davin meneó la cabeza y se echó a reír.
—¡Vamos, hombre! —dijo—. ¿Es por lo de aquella señorita y el Padre
Moran? Eso son sólo fantasías tuyas, Stevie. ¡Si estaban únicamente
charlando y riendo!
Stephen hizo una pausa antes de contestar, y posó amical-mente una
mano sobre el hombro de Davin.
—¿Te acuerdas —dijo— de la primera vez que nos conocimos? La
1 En gaélico, soldado.
James Joyce
182
primera mañana que nos encontramos, tú me preguntaste el camino para
ir a tu primera clase, poniendo una acentuación muy enérgica sobre la
primera sílaba. ¿Te acuerdas? Además, te dirigías a los jesuitas dándoles
el tratamiento de "Padre". ¿Te acuerdas? Y yo me pregunto: ¿Será tan
inocente como son sus palabras?
—Soy un simple —dijo Davin—. Y tú lo sabes. Cuando me dijiste
una noche en Harcourt Street aquellas cosas acerca de tu vida privada,
en Dios y en mi alma, Stevie, que no pude probar bocado en la cena. Me
sentía enfermo. Y estuve desvelado mucho tiempo en la cama. ¿Por qué
me contaste aquello?
—Gracias —dijo Stephen—. Quieres decir que soy un monstruo.
—No —dijo Davin—. Pero hubiera deseado que no me lo hubieras
dicho.
Una oleada comenzó a pujar tras la tranquila superficie de* los sentimientos
amistosos de Stephen.
—Son esta raza y este país y esta vida los que me han producido —
dijo—. Tengo que expresarme como soy.
—Procura ser uno de los nuestros —repitió Davin—. Tú eres irlandés
de corazón, pero el orgullo puede más en ti.
—Mis antecesores arrojaron su propia lengua para aceptar otra —dijo
Stephen—. Permitieron ser sometidos por un puñado de extranjeros. ¿Y
te imaginas tú que voy a pagar con mi propia vida y persona las deudas
que ellos contrajeron? ¿Por qué?
—Por nuestra libertad —contestó Davin.
—No ha habido ni un hombre honrado y sincero que os haya sacrificado
su vida, su juventud y sus afecciones, desde los días de Tone a los
de Parnell, sin que le hayáis vendido al enemigo o abandonado en la necesidad
o traicionado y dejado por otro. Y ahora me invitas a que sea
uno de los vuestros. Antes que eso, que os lleve el diablo a todos vosotros.
—Ellos sucumbieron por sus ideales, Stevie —dijo Davin—. Nuestro
día ha de llegar aún, créeme.
Stephen se quedó callado por un instante mientras seguía su propio
pensamiento.
—Nace el alma —dijo por fin abstraído—, en esos momentos de los
que te he hablado. Su nacimiento es lento y obscuro, más misterioso que
el del cuerpo mismo. Cuando el alma de un hombre nace en este país, se
encuentra con unas redes arrojadas para retenerla, para impedirle la huiRetrato
del artista adolescente
183
da. Me estás hablando de nacionalidad, de lengua, de religión. Estas son
las redes de las que yo he de procurar escaparme.
Davin sacudió la ceniza de su pipa.
—Demasiado profundo para mí, Stevie —dijo—. Pero la tierra de
uno es lo primero. Irlanda, primero, Stevie. Después bien puedes ser
poeta o místico, si quieres.
—¿Sabes lo que es Irlanda? —preguntó Stephen con glacial violencia—.
Irlanda es la cerda vieja que devora su propia lechigada.
Davin se levantó del cajón en el que había estado sentado y se dirigió
hacia los jugadores meneando la cabeza tristemente. Pero su tristeza se
le pasó en un minuto y pronto se enredó en una acalorada disputa con los
jugadores que acababan de terminar su partido. Acordaron uno de cuatro.
Cranly insistía en que habían de jugar con su pelota. La hizo rebotar
dos o tres veces contra la mano y luego la arrojó con un movimiento
enérgico y rápido contra el basamento del frontón, coreando el bote con
un: "¡Al diablo!"
Stephen y Lynch permanecieron allí hasta que el tanteo comenzó a
elevarse. En este punto, Stephen le dio a Lynch un tirón de la manga para
llevárselo. Lynch, obediente, dijo:
—Vámosnos, como diría Cranly.
Stephen se sonrió al escuchar la alusión.
Retrocedieron a través del jardín y salieron por el vestíbulo, en el cual
el portero, tembleante de puro viejo, estaba tratando de colgar un cuadro
en el tablón. Al pie de la escalera se detuvieron, y Stephen sacó una
cajetilla del bolsillo y se la ofreció a su compañero.
—Sé que no tienes dinero —le dijo.
—Caray con tu incordiante desfachatez —contestó Lynch.
Esta segunda prueba de la cultura de Lynch hizo sonreír de nuevo a
Stephen.
—Día señalado para la cultura europea —dijo— el día en que aprendiste
a jurar por incordios.
Encendieron los pitillos y echaron hacia la derecha. Al cabo de un
rato, comenzó a decir Stephen:
—Aristóteles no ha definido la piedad ni el terror. Yo sí. Para mí…
Lynch se paró y dijo brutalmente:
—Detente. No te quiero escuchar. Estoy mal. Anoche me dediqué a
un incordiante tasqueo en compañía de Horan y Goggins.
Stephen continuó:
James Joyce
184
—Piedad es el sentimiento que paraliza el ánimo en presencia de todo
lo que hay de grave y constante en los sufrimientos humanos y lo une
con el ser paciente. Terror es el sentimiento que paraliza el ánimo en
presencia de todo lo que hay de grave y constante en los sufrimientos
humanos y lo une con la causa secreta.
—Repite —dijo Lynch.
Stephen repitió lentamente las definiciones.
—Hace algunos días, una muchacha tomó un coche de punto en Londres.
Iba a reunirse con su madre, a la cual no había visto desde hacía
muchos años. En la esquina de una bocacalle, la vara de un carro de carga
hace añicos la ventanilla del coche, que queda estriada como un asterisco.
Una esquirla larga y aguda se le clava a la muchacha atravesándole
el corazón. Muere instantáneamente. Un, periodista calificaba esta
muerte de trágica. No hay tal cosa. Está muy lejos de todo terror y piedad,
según los términos de mis definiciones.
—La emoción trágica, efectivamente, es una cara que mira en dos direcciones:
hacia el terror y hacia la piedad, y ambos son fases de ella.
Habrás visto que uso la palabra paraliza. Quiero decir que la emoción
trágica es estática. O más bien que la emoción dramática lo es. Los sentimientos
excitados por un arte impuro son cinéticos, deseo y repulsión.
El deseo nos incita a la posesión, a movernos hacia algo; la repulsión
nos incita al abandono, a apartarnos de algo. Las artes que sugieren estos
sentimientos, pornográficas o didácticas, no son, por tanto, artes puras.
La emoción estética (ahora uso el término general) es por consiguiente
estática. El espíritu queda paralizado por encima de todo deseo, de toda
repulsión.
—¿Dices que el arte no excita el deseo? —dijo Lynch—. ¿Cómo me
explicas entonces aquello que te conté de haber yo escrito un día a lápiz
mi nombre sobre la espalda de la Venus de Praxíteles del Museo? ¿Acaso
eso no era deseo?
—Hablo de las naturalezas normales —contestó Stephen—. También
me has dicho otra vez que cuando chico, en aquel pintoresco colegio de
carmelitas donde estabas, acostumbrabas comer las boñigas secas de las
vacas.
Lynch prorrumpió otra vez en un bramido de risa y se restregó de
nuevo ambas ingles con las manos sin sacar éstas de los bolsillos.
—¡Que si me las comía! ¡Y tanto!
Stephen se volvió hacia su compañero y se quedó mirándole fríaRetrato
del artista adolescente
185
mente, de hito en hito, por un momento. Lynch, repuesto ya de su ataque
de risa, correspondió a aquella mirada con sus ojos humildes. Aquel cráneo
largo, estrecho y achatado, bajo la gorra puntiaguda, trajo a la mente
de Stephen el recuerdo de una serpiente de caperuza. Los ojos también
eran como los de una serpiente, tal su brillo, tal su mirada. Mas en aquel
instante, humildes y en acecho, lucía en ellos una centella de humanidad,
ventana de un alma en amargura, mordaz y anquilosada.
—En cuanto a eso —dijo Stephen abriendo un paréntesis cortés—,
hay que reconocer que, todos somos animales. Yo también soy un animal.
—Y tanto que lo eres —dijo Lynch.
—Pero ahora estamos precisamente en el mundo espiritual —prosiguió
Stephen—. El deseo y la repulsión excitados por medios no puramente
estéticos no son emociones estéticas, no sólo por su carácter cinético,
sino también por su naturaleza simplemente física. Nuestra carne
retrocede ante lo que le espanta y responde al estímulo de lo que desea
por una simple acción refleja del sistema nervioso. Nuestros párpados se
cierran antes de que tengamos conciencia de que una mosca está a punto
de entrarnos en el ojo.
—No siempre —dijo Lynch a modo de objeción.
—Del mismo modo —continuó Stephen— respondió tu carne al estímulo
de una estatua desnuda, pero no fue más que por una simple acción
refleja de los nervios. La belleza que el artista expresa no puede
despertar en nosotros una emoción cinética o una sensación puramente
física. Despierta, o debería despertar, induce, o debería inducir, una stasis
estética, una piedad ideal o un ideal terror, una stasis provocada,
prolongada y al fin disuelta por aquello que yo llamo el ritmo de la belleza.
—¿Qué quiere decir eso exactamente? —preguntó Lynch.
—Ritmo —dijo Stephen—, es la primera y formal relación estética
entre parte y parte en un conjunto estético, o entre el conjunto estético y
sus partes o una de sus partes, o entre una parte del conjunto estético y el
conjunto mismo.
—Si eso es ritmo —dijo Lynch—, sepamos qué es lo que llamas belleza;
y hazme el favor de recordar que, aunque en otro tiempo haya comido
pastel de boñiga, lo que yo admiro es únicamente la belleza.
Stephen levantó la gorra como para saludar. Después, sonrojándose
ligeramente, apoyó una mano sobre el áspero paño de la manga de
James Joyce
186
Lynch.
—Nosotros estamos en lo cierto, los otros, no —dijo—. El hablar de
estas cosas y el tratar de comprender su naturaleza y, una vez comprendida,
el tratar lentamente, humildemente, constantemente de expresar, de
exprimir de nuevo, de la tierra grosera o de lo que la tierra produce, de la
forma, del sonido y del color (que son las puertas de la cárcel del alma)
una imagen de la belleza que hemos llegado a comprender: eso es el arte.
Habían llegado al puente del canal. Dejaron el camino que habían
llevado, y siguieron adelante por la arboleda. Una luz cruda y gris espejeaba
sobre el agua perezosa y, por encima de sus cabezas, el olor de las
ramas húmedas parecía oponerse al curso de los pensamientos de Stephen.
—Pero has dejado sin contestar mi pregunta —dijo Lynch—. ¿Qué es
el arte? ¿Y cuál es la belleza que el arte expresa?
—Esa fue la primera definición que te di, cabeza de chorlito —dijo
Stephen—, cuando comenzaba yo a deshilvanar para mí mismo la cuestión.
¿Te acuerdas de aquella noche? Cranly perdió la ecuanimidad y se
puso a hablar del jamón de Wicklow.
—Me acuerdo —dijo Lynch—. Nos estuvo hablando de los cochinos
cerdos de todos los diablos.
—Arte —dijo Stephen— es la adaptación por el hombre de la materia
sensible o inteligible para un fin estético. Pero tú te acuerdas de los cochinos
y olvidas esto. Tú y Cranly sois un par como para hacerle perder
la paciencia a uno.
Lynch dirigió una mueca hacia el cielo desapacible y gris.
—Si he de oír tus filosofías estéticas, dame otro pitillo. Me tienen sin
cuidado. Me tienen sin cuidado hasta las mujeres. Al diablo contigo y
con todas las cosas. Lo que yo necesito es un puesto de quinientas al
año. Y tú me lo puedes dar.
Stephen le alargó la cajetilla. Lynch cogió el último pitillo que quedaba,
diciendo sencillamente:
—Adelante.
—Aquino —continuó Stephen— dice que lo bello es aquello cuya
aprehensión agrada.
Lynch afirmó con la cabeza.
—Lo recuerdo —dijo—. Pulchra sunt quae visa placent.
—Usa la palabra visa —dijo Stephen— para cubrir todas las aprehenRetrato
del artista adolescente
187
siones estéticas de cualquier naturaleza, ya provengan de la vista o del
oído, o de cualquier otra vía aprehensiva. Esa palabra, aunque vaga, es
suficientemente clara para dejar a un lado lo bueno y lo malo que excita
el deseo o la repulsión. Quiere decir una stasis, no una kinesis. ¿Qué diremos
de la verdad? También produce una stasis de la mente. Tú no habrías
escrito con lápiz tu nombre sobre la hipotenusa de un triángulo
rectángulo.
—No —dijo Lynch—, lo que quiero es la hipotenusa de la Venus de
Praxíteles.
—Luego lo que produce la verdad es una stasis —dedujo Stephen—.
Me parece que Platón dijo que la belleza es el resplandor de la verdad.
No creo que eso quiera decir sino simplemente que la verdad y la belleza
son afines. La verdad es contemplada por la inteligencia aquietada por
las relaciones más satisfactorias de lo inteligible. La belleza es contemplada
por la imaginación aquietada por las relaciones más satisfactorias
de lo sensible. El primer paso en dirección a la verdad es el llegar a
comprender la contextura y la esfera de acción de la inteligencia misma,
el comprender el acto intelectivo mismo. Todo el sistema de la filosofía
de Aristóteles descansa sobre su libro de psicología, y éste, sobre la
afirmación de que un mismo atributo no puede al mismo tiempo, y en la
misma conexión, pertenecer y no pertenecer al mismo sujeto. El primer
paso en dirección a la belleza es el comprender la contextura y la esfera
de acción de la imaginación, el comprender el acto mismo de la aprehensión
estética. ¿Está claro?
—Bien. ¿Pero qué es la belleza? —preguntó Lynch impaciente—.
Venga otra definición. ¡Algo que vemos y que nos agrada! ¿Es a eso a
todo lo que llegáis entre Aquino y tú?
—Tomemos la mujer —dijo Stephen.
—Tomémosla —repitió fervorosamente Lynch.
—El griego, el turco, el chino, el copto, el hotentote —dijo Stephen—,
todos admiran un tipo diferente de belleza femenina. En este
punto parece que nos perdemos en un laberinto sin salida. Hay, sin embargo,
dos salidas. Una es la hipótesis de que cualquier cualidad física
que los hombres admiran en las mujeres, está en conexión directa con las
múltiples funciones de la mujer para la propagación de la especie. Tal
vez sea así. El mundo, según parece, es aún más lóbrego que lo que tú
piensas, Lynch. Por mi parte, a mí me desagrada esta solución. Conduce
a la eugénica más bien que a la estética. Te saca fuera del laberinto para
James Joyce
188
ir a dar a un aula nueva y chillona en la cual Mac Cann, en una mano El
origen de las especies, y en la otra El Nuevo Testamento, te explica que
si tú admiras las mórbidas caderas de Venus, es porque sientes que ella
puede darte el fruto de una prole rolliza, y que si admiras sus abundantes
senos, es porque sientes que serían capaces de proporcionar una leche
nutritiva a los hijos que en ella engendres.
—Pues si es así, Mac Cann no es más que un requeteincordiante
mentiroso —exclamó vibrantemente Lynch.
—Queda otra salida —continuó Stephen sin poder contener la risa.
—¿Y es? —dijo Lynch.
—La siguiente hipótesis —comenzó Stephen.
Un gran carro cargado de hierro avanzó por la esquina del hospital de
Sir Patrick Dun, sumiendo las últimas palabras de Stephen en un horrible
estruendo de metal tintineante. Lynch se tapó los oídos y se puso a
proferir juramento tras juramento hasta que el carro hubo desaparecido.
Por fin, giró con ímpetu sobre los talones. Stephen se volvió también y
esperó por unos momentos hasta que el mal humor de su compañero estuvo
bien desahogado.
—La siguiente hipótesis —repitió Stephen— es la otra salida: aunque
un mismo objeto pueda no parecer hermoso a todo el mundo, todo el que
admira un objeto bello encuentra en él ciertas relaciones que le satisfacen
y que coinciden con las etapas mismas de la aprehensión estética.
Estas relaciones de lo sensible, visibles para ti a través de una determinada
forma y para mí a través de otra distinta, serán, por tanto, las cualidades
necesarias de la belleza. Y ahora vamos a volver a nuestro antiguo
amigo Santo Tomás de Aquino en demanda de otros dos peniques de sabiduría.
Lynch se echó a reír.
—Me resulta enormemente divertido —dijo— el oírte citarle una vez
y otra vez como si se tratara de un compinche frailuno que te hubieras
echado. No sé si tú mismo no te estarás riendo para tu capote.
—Mac Alister —contestó Stephen— seguramente pondría a mi teoría
estética el remoquete de "tomismo aplicado". Hasta allí, hasta donde se
extiende este aspecto de la filosofía estética, el de Aquino me puede
conducir perfectamente encarrilado. Pero al llegar a los fenómenos de la
concepción, gestación y reproducción artísticas, necesito una nueva terminología
y una nueva investigación personal.
—Naturalmente —dijo Lynch—. Después de todo, Santo Tomás, a
Retrato del artista adolescente
189
pesar de su inteligencia, no era más que un frailuco como otro cualquiera.
Pero eso de la investigación personal y de la nueva terminología ya
me lo explicarás otra vez. Date prisa ahora y acaba la primera parte.
—¿Quién sabe? —dijo Stephen sonriendo—. Tal vez Santo Tomás
me podría entender mejor que tú. Era poeta también. Escribió un himno
para el Jueves Santo. Comienza con las palabras Pange lingua gloriosi.
Afirman que es la joya más preciosa de todo el himnario. Es un himno
intrincado y confortante. Me gusta. Pero no hay himno que pueda ponerse
al lado del Vexilla Regis, el canto procesional, triste y majestuoso de
Venancio Fortunato.
Lynch se puso a cantar, suavemente, solemnemente, con una voz de
bajo profundo:
Impleta sunt quae concinit
David fideli carmine
Dicendo a nationibus
Regnavit a ligno Deus.
—¡Eso sí que es hermoso! —dijo, satisfecho—. ¡Estupenda música!
Se metieron por Lower Mount Street. A pocos pasos de la esquina se
encontraron con un mozo gordiflón que llevaba una bufanda de seda, el
cual les saludó, deteniéndolos.
—¿Habéis oído el resultado de los exámenes? —les preguntó—. A
Griffin me lo han cateado. Halpin y O'Flynn han obtenido puesto para el
Servicio Civil. Moonan ha salido el quinto para el de la India. O'Shaughnessy,
el catorce. Los irlandeses de Clark les han dado una comilona
anoche. Comieron curry.
La cara hinchada y pálida expresaba una benevolente malicia, y
mientras proseguía en la enumeración de los éxitos, los ojos se le iban
sumiendo dentro de un brocal de grasa, y la voz débil y jadeante se hacía
cada vez más imperceptible al oído.
En contestación a una pregunta de Stephen, los ojos y la voz del noticiero
volvieron a resurgir de sus escondrijos.
—Sí, Mac Cullagh y yo —dijo—. El toma matemáticas puras y yo
historia política. También tomo botánica, además. Ya sabes que soy
miembro de la sociedad de herborizantes.
Se retiró un poco con aire majestuoso y se colocó una mano gordezuela
y enguantada en lana sobre el pecho, del cual brotó al mismo
James Joyce
190
tiempo una risa quebrada y jadeante.
—La primera vez que salgáis a herborizar, tráenos unos nabos y unas
cebollas, para que hagamos un estofado —dijo secamente Stephen.
El rollizo estudiante se echó a reír indulgentemente y dijo:
—Todos los de la sociedad de herborizantes somos personas de absoluta
respetabilidad. El sábado último fuimos siete de nosotros a Glenmalure.
—¿Con mujeres, Donovan? —preguntó Lynch.
Donovan se volvió otra vez a colocar la mano en el pecho y dijo:
—Nuestro objeto es la adquisición de conocimientos. Después añadió
rápidamente:
—He oído que estás escribiendo un trabajo sobre estética.
Stephen hizo un vago gesto de negación.
—Goethe y Lessing —dijo Donovan— han escrito la mar acerca de
ese asunto, que si la escuela clásica, que si la romántica, y todas esas cosas.
El Laocoonte me interesó mucho cuando lo leí. Claro que es idealista,
germánico, ultraprofundo.
Ninguno de los otros dos contestó. Donovan se despidió cortésmente.
—Tengo que irme —dijo con aire benevolente y manso—. Tengo vivas
sospechas, que casi llegan a ser convicción, de que mi hermana se
proponía hacer fillós para el postre de la familia Donovan.
—Adiós —dijo Stephen andando ya—, no te olvides de traernos esos
nabos.
Lynch volvió la cara para verle ir, e inició un gesto de desdén que se
fue agudizando hasta dar a su rostro la apariencia de una máscara diabólica.
—¡Y pensar —dijo por fin— que ese amarillo excremento, que ese
comedor de fruta en sartén, pueda obtener un buen puesto, mientras que
yo tengo que fumar de lo barato!
Se dirigieron hacia Merrion Square y avanzaron en silencio por unos
momentos.
Terminaré lo que estaba diciendo acerca de la belleza —dijo Stephen—.
Las más satisfactorias relaciones de lo sensible deben por tanto
corresponderse con las fases indispensables de la aprehensión estética.
Si podemos encontrar éstas, habremos hallado las cualidades de la belleza
universal. Aquino dice: Ad pulchritudinem tria requiruntur integritas,
consonantia, claritas. Lo cual yo traduzco así: Tres cosas son precisas
en la belleza: integridad, armonía, luminosidad. ¿Se corresponden estas
Retrato del artista adolescente
191
cualidades con las fases de mi aprehensión? ¿Me estás siguiendo?
—Claro que estoy —dijo Lynch—. Si crees que tengo una inteligencia
excrementicia como la de Donovan, corre a buscarle y que sea él
quien te escuche.
Stephen señaló hacia una cesta que el recadero de una carnicería llevaba
en posición invertida sobre la cabeza.
—Mira esa cesta.
—Ya la veo —dijo Lynch.
—Para ver esa cesta tu mente necesita antes que nada aislarla del
resto del universo visible que no es la cesta misma. La primera fase de la
aprehensión es una línea trazada en torno del objeto que ha de ser
aprehendido. Una imagen estética se nos presenta ya en el espacio o ya
en el tiempo. Lo que es perceptible por el oído se nos presenta en el
tiempo; lo visible, en el espacio. Pero, temporal o espacial, la imagen
estética es percibida primero como un todo delimitado precisamente en
sí mismo, contenido en sí mismo sobre el inmensurable fondo de espacio
o tiempo que no es la imagen misma. La aprehendemos como una sola
cosa. La vemos como un todo. Aprehendemos su integridad. Esto es integritas.
—¡De medio a medio, en el blanco! —dijo Lynch riendo—. Sigue.
—Después —continuó Stephen—, pasas de un punto a otro llevado
por las líneas formales de la imagen; la aprehendes como un equilibrio
de partes dentro de sus límites; sientes el ritmo de su estructura. Con
otras palabras: a la síntesis de la percepción inmediata sigue el análisis
de la aprehensión. Habiendo sentido primero que es una sola cosa pasas
a sentir que es una cosa. La aprehendes como un complejo, múltiple, divisible,
separable, compuesto de sus partes, y armonioso en el resultado,
en la suma de ellas. Esto quiere decir consonantia.
—¡En el blanco otra vez! —dijo donosamente Lynch—. Explícame
ahora lo que significa claritas, y te ganas un puro.
—La significación especial de la palabra resulta bastante vaga —dijo
Stephen—. Santo Tomás emplea un término que parece ser inexacto. A
mí me tuvo desorientado por mucho tiempo. Te podría llevar a creer que
el de Aquino había pensado en una especie de simbolismo o idealismo,
según el cual la suprema cualidad de la belleza sería una luz extraterrena,
de cuya noción la materia no sería más que una sombra, de cuya realidad
sólo sería un símbolo. Pensaba yo que claritas quisiera significar el
descubrimiento y la representación artística del universal designio diviJames
Joyce
192
no, o una fuerza generalizadora que nos llevaría a convertir la imagen
estética en universal, que le haría extrarradiar sus propias condiciones.
Pero todo esto es literatura. Mi explicación es la siguiente: Una vez que
has aprehendido la cesta de nuestro ejemplo tomándola como una sola
cosa, y después de haberla analizado con arreglo a su forma, de haberla
aprehendido como cosa, lo que haces es la única síntesis que es lógicamente
y estéticamente permisible. Ves entonces que aquella cosa es ella
misma no otra alguna. La luminosidad a que se refiere Santo Tomás es
lo que la escolástica llama quidditas, la esencia del ser. Esta suprema
cualidad es sentida por el artista en el momento en que la imagen estética
es concebida en su imaginación. La mente en este instante ha sido
bellamente comparada por Shelley a un carbón encendido que se extingue.
El momento en el que la suprema cualidad de la belleza, la neta luminosidad
de la imagen estética, es aprehendida en toda su claridad por
la mente, suspensa primero ante su integridad, y fascinada por su armonía,
la luminosa y callada stasis de la deleitación estética, estado espiritual
semejante a aquel otro del corazón, al cual, usando una frase casi tan
bella como la de Shelley, el fisiólogo italiano Luigi Galvani llama el encantamiento
del corazón.
Stephen hizo una pausa y, aunque su compañero permanecía callado,
sintió que sus palabras habían convocado a su alrededor un silencio encantado
y pensativo.
—Lo que he dicho —comenzó de nuevo— se refiere a la belleza en
el amplio sentido de la palabra, en el sentido que la palabra tiene dentro
de la tradición literaria. En la vida corriente tiene otro sentido distinto.
Cuando hablamos de la belleza en el segundo sentido del vocablo, nuestro
juicio está influenciado en primer lugar por el arte mismo y por la
forma del arte. La imagen, claro está, ha de ser colocada entre la mente o
los sentidos del artista mismo y la mente o los sentidos de los otros. Si
tienes esto presente, comprenderás que el arte tiene necesariamente que
dividirse en tres formas que van progresando de una en una. Estas formas
son: la lírica, forma en la cual el artista presenta la imagen en inmediata
relación consigo mismo; la épica, en la cual presenta la imagen
como relación mediata entre él mismo y los demás; y la dramática, en la
cual presenta la imagen en relación inmediata con los demás.
—Eso me lo has dicho ya hace unas cuantas noches y fue entonces
cuando empezamos aquella famosa discusión.
—Tengo un cuaderno en casa —dijo Stephen— en el cual voy escriRetrato
del artista adolescente
193
biendo una serie de preguntas más divertidas aún que las que tú me haces.
Fue precisamente al tratar de resolverlas cuando encontré la teoría
estética que te estoy explicando. He aquí algunas de las preguntas que
me propongo: Una silla primorosamente trabajada, ¿es trágica o cómica?
¿Es bueno el retrato de Mona Lisa si siento deseo de verlo? ¿Qué es
el busto de Sir Philip Crampton, lírico, épico o dramático? Y, si no,
¿por qué causa?
—Efectivamente, ¿por qué causa? —dijo Lynch, echándose a reír.
—Si un hombre dando furiosos hachazos en un leño —prosiguió Stephen—
llega a darle la forma de una vaca, ¿será esta imagen una obra
de arte? Y si no lo es, ¿cuál es la causa?
—Esa sí que es estupenda —dijo Lynch echándose a reír de nuevo—.
Apesta a escolástica, que trasciende.
—Lessing —dijo Stephen —no debería haber escogido un grupo de
estatuas como tema literario. El arte, necesariamente impuro, no presenta
nunca netamente separadas estas distintas formas de que acabo de
hablar. Aun en literatura, que es la más elevada y espiritual de las artes,
estas formas se presentan a menudo confundidas. La forma Úrica es de
hecho la más simple vestidura verbal de un instante de emoción, un grito
rítmico como aquellos que en épocas remotas animaban al hombre primitivo
doblado sobre el remo u ocupado en izar un peñasco por la ladera
de una montaña. Aquel que lo profiere tiene más conciencia del instante
emocionado que de sí mismo como sujeto de la emoción. La forma más
simple de la épica la vemos emerger de la literatura lírica cuando el artista
se demora y repasa sobre sí mismo como centro de un acaecimiento
épico, y tal forma va progresando hasta que el centro de gravedad emocional
llega a estar a una distancia igual del artista y de los demás. La
forma narrativa ya no es puramente personal. La personalidad del artista
se diluye en la narración misma, fluyendo en torno a los personajes y a
la acción, como las ondas de un mar vital. Esta progresión la puedes ver
fácilmente en aquella antigua balada inglesa, Turpin Hero, que comienza
en primera y acaba en tercera persona. Se llega a la forma dramática
cuando la vitalidad que ha estado fluyendo y arremolinándose en torno a
los personajes, llena a cada uno de éstos de una tal fuerza vital que los
personajes mismos, hombres, mujeres, llegan a asumir una propia y ya
intangible vida estética. La personalidad del artista, primeramente un
grito, una canción, una humorada, más tarde una narración fluida y superficial,
llega por fin como a evaporarse fuera de la existencia, a imperJames
Joyce
194
sonalizarse, por decirlo así. La imagen estética en la forma dramática es
sólo vida purificada dentro de la imaginación humana y reproyectada
por ella. El misterio de la estética, como el de la creación material, está
ya consumado. El artista, como el Dios de la creación, permanece dentro,
o detrás, o más allá, o por encima de su obra, trasfundido, evaporado
de la existencia… indiferente… entretenido en arreglarse las uñas.
—En plan de trasfundirlas también fuera de la existencia —dijo
Lynch.
Una lluvia menuda había comenzado a caer del cielo alto y nublado,
y en vista de ello giraron hacia el Prado del Duque para llegar a la Biblioteca
Nacional antes de que sobreviniera el chaparrón.
—¿Qué te has propuesto —preguntó agriamente Lynch— con toda
esa jerigonza acerca de la imaginación y de la belleza, estando como estás
en esta condenada isla, dejada de la mano de Dios? No me maravillo
de que el artista se retirase dentro, o detrás de su obra, después de haber
perpetrado un país semejante.
La lluvia caía más de prisa. Cuando hubieron atravesado el pasadizo
de al lado de Kildare House, toparon con una turba de estudiantes que
estaban refugiados bajo las arcadas de la biblioteca. Cranly, recostado
contra una columna, seguía la charla de unos camaradas, mondándose
los dientes con el palillo de una cerilla previamente agudizado. Lynch le
murmuró al oído a Stephen:
—Tu amada está aquí.
Stephen se dirigió en silencio a colocarse en el escalón de debajo del
grupo de estudiantes, sin preocuparse de la lluvia cada vez más intensa,
volviendo de cuando en cuando los ojos hacia la muchacha. También
ella permanecía en silencio entre sus compañeras. Ahora no tiene un cura
con quien coquetear, pensó con una consciente amargura Stephen,
acordándose de cómo la había visto hacía poco. Lynch tenía razón. Y el
espíritu de Stephen, vaciado ya de sus propias teorías y de su valor, volvía
a sumirse en una paz indiferente.
Oía la charla de los estudiantes. Hablaban de dos amigos que acababan
de sufrir el examen final de medicina, de las probabilidades de obtener
un puesto en un trasatlántico, de clientelas pobres y ricas.
—Todo eso es filfa. Una clientela rural en Irlanda es mucho mejor.
—Hynes ha estado dos años en Liverpool y dice lo mismo. Que es un
hoyo como para morirse. Nada más que partos.
—¿Es que me vas a contar que es mejor coger un distrito del campo,
Retrato del artista adolescente
195
aquí, que ejercer en una ciudad rica como ésa? Conozco a un socio…
—Hynes es un memo. Se puede hacer la mar de dinero en una gran
ciudad comercial.
—Depende de la clientela.
—Ego credo ut vita pauperum est simpliciter atrox, simpliciter futute
atrox, in Liverpoolio.
Las voces llegaban a sus oídos como desde una gran distancia, a latidos
irregulares. La muchacha se preparaba a salir con sus compañeras.
El rápido y ligero chaparrón había pasado ya, prolongado ahora en
racimos de diamantes entre los arbustos del patio donde de la tierra
mantillosa se exhalaba una húmeda emanación. Los lindos botines de las
muchachas crujían sobre los escalones de la columnata donde ellas estaban
ahora charlando tranquila y placenteramente. Miraban hacia el cielo,
sosteniendo hábilmente inclinados sus paraguas contra las postreras y
escasas gotas de lluvia, pero los cerraron por fin para recogerse púdicamente
las faldas.
¿Y si la hubiera juzgado con demasiada severidad? ¿Y si fuera su vida
un simple rosario de horas, sencilla y extraña como la vida de un pájaro
alegre a la mañana, inquieto por el día, cansado a la puesta del sol?
¿Y si fuera su corazón simple y voluntarioso como el de un pájaro?
Despertó hacia el amanecer. ¡Oh, qué música tan dulce! Su alma estaba
húmeda de rocío. Sobre sus miembros dormidos unas frías ondas de
luz se habían deslizado. Estaba echado aún, como si su alma yaciera entre
unas aguas frías, consciente sólo de la música dulce y vaga. Su mente
se iba despertando lenta, hacia un tembloroso conocimiento matinal, hacia
una matinal inspiración. Estaba lleno de un espíritu, puro como el
agua más pura, dulce como rocío, móvil como música. Pero, ¡cuan tenue
era aquel hálito! ¡Cuan desapasionado era! Tal un aliento de serafines
que apenas le rozase. Su alma se iba despertando lentamente, temerosa
de despertar del todo. Era la hora de amanecida, cuando el viento está
dormido, cuando despierta la locura y las flores extrañas se abren a la
luz y la mariposilla inicia su vuelo silencioso.
¡El encantamiento del corazón! La noche había sido encantada. £1
éxtasis de la vida seráfica le había sido revelado en una visión, en un
sueño. ¿Había sido sólo un instante de encanto? ¿O largas horas, años,
edades?
El instante de inspiración parecía ahora ser reflejado de todas partes a
la vez por una multitud de incidencias nebulosas, por todo lo que había
James Joyce
196
existido, por todo lo que podía haber existido. El instante se había
abierto como un punto de luz y ahora de nube a nube, entre vagas incidencias,
se iba tendiendo una forma que velaba el último rastro luminoso.
En las entradas virginales de la inspiración, la palabra se había hecho
carne. El arcángel Gabriel había bajado a la celda de la doncella. Y, disipada
ya la llama blanca, sólo quedaba en el espíritu su rastro resplandeciente,
que se iba de nuevo intensificando, intensificando, hasta dar
una llamarada de luz ardiente y rosa.
Aquella luz rosa y ardiente, era el corazón de ella, su corazón extraño
y anhelante, lleno de anhelos desde antes de los principios del mundo, y,
tan extraño, que el hombre nunca lo había conocido ni nunca lo podría
conocer; y seducidos por aquel resplandor rosado, los coros de los serafines
estaban cayendo de los cielos.
¿No estás cansada de ese ardiente afán,
tú, de ángeles caídos seducción?
No me evoques encantos que se van.
Los versos descendían desde su mente a los labios. Y mientras se los
repetía en voz baja sintió que bullía por entre ellos el movimiento rítmico
de una villanela. El resplandor rosado estaba irradiando unas emanaciones
de rima: afán, volcán, imán; rayos que abrasaban el mundo consumiendo
a un tiempo los corazones de los hombres y de los ángeles. Y
eran los rayos que salían de la rosa del corazón de ella, de su corazón
lleno de anhelos.
El corazón del hombre es un volcán
por tus ojos que dueños suyos son.
¿No estás cansada de ese ardiente afán?
¿Más? El ritmo se extinguió, cesó, comenzó de nuevo a moverse y a
latir. ¿Más aún? Sí: un ascensión de humo, de incienso que subía desde
el altar del mundo.
Más que el juego tus laudes altos van,
humo en el mar, desde uno a otro rincón
No me evoques encantos que se van.
Retrato del artista adolescente
197
El humo ascendía desde todos los puntos de la tierra, desde los mares
nebulosos también y era el incienso de sus alabanzas. La tierra toda era
como un incensario que se mecía, que se balanceaba, como una bola de
incienso, como una bola elipsoidal. El ritmo cesó de repente. Se había
roto el grito de su corazón. Sus labios comenzaron a murmurar los primeros
versos una vez y otra vez. Después trató de continuar a tentones,
entre versos medio iniciados, inconclusos, balbuceante, desorientado.
Por fin se detuvo. El grito de su corazón estaba roto.
La hora del viento dormido, la hora velada, había pasado y ya tras los
cristales de la desnuda ventana se estaba agolpando la luz mañanera. Un
débil sonido de campana, muy lejos. El gorjeo de un pájaro… dos pájaros…
tres. Gorjeos y campana habían cesado. Y la luz triste y blanca se
esparció de este a oeste, cubriendo el mundo entero, cubriendo el resplandor
rosado de su corazón.
Temeroso de perderlo todo se irguió de pronto sobre un brazo tratando
de buscar un lápiz y un papel. No había sobre la mesa ni lo uno ni lo
otro. Sólo el plato sopero del arroz de la cena y el candelero con sus estalactitas
de esperma y su casquillo de papel, chamuscado por la última
llama. Alargó el brazo penosamente hacia los pies de la cama y buscó a
tientas por los bolsillos de la chaqueta colgada allí. Sus dedos tropezaron
con un lápiz primero y una cajetilla después. Se tendió de nuevo y, desgarrando
la cubierta de la cajetilla, colocó e; último pitillo que había en
el reborde de la ventana y se puso a copiar con letra menudita y pulcra
sobre la áspera superficie de la cartulina las estrofas de su villanela.
Cuando hubo terminado se dejó descansar sobre la almohada llena de
burujones, murmurando de nuevo los versos para sí. La almohada de lana
apelotonada y nudosa sobre la que su cabeza yacía le trajo el recuerdo
del sofá de crin de caballo que había en el salón, en casa de ella, y en el
cual solía él sentarse, ya sonriente, ya serio, preguntándose por qué razón
había ido allí, molesto con ella y consigo mismo, anonadado por el
cromo del Sagrado Corazón que sobre un desprovisto aparador lucía. La
vio que venía hacia él, en una pausa de las conversaciones, para decirle
que cantara una de aquellas canciones suyas tan curiosas. Y se vio a sí
mismo, sentado ante un piano viejo haciendo vibrar dulcemente las
cuerdas, a tientas sobre las teclas moteadas, y cantando entre la cháchara
de la conversación de nuevo reanudada, cantando para ella, reclinada en
la repisa de la chimenea, alguna delicada canción de la época isabelina,
un triste y dulce lamento de despedida, o el canto de victoria de AginJames
Joyce
198
court o la chispeante tonada de Greensleeves. Y mientras él cantaba, y
ella le estaba escuchando, o fingiendo escuchar, sentía el corazón en reposo,
pero cuando se terminaban las deliciosas canciones arcaicas y oía
de nuevo el rumor de las voces, se acordaba de pronto de aquella frase
irónica que él mismo había forjado: "casa donde a los muchachos solteros
les llaman por el diminutivo un poquito prematuramente".
Había momentos en que los ojos de ella parecían prestos a entregarle
su confianza. Pero había aguardado siempre en vano. Y ahora la veía
danzando aéreamente en su memoria, tal como en aquella noche de un
baile de carnavales, con un ligero revuelo de su traje blanco y un ramito
de flores blancas oscilante entre el cabello. Danzaba aéreamente en la
rueda. Danzaba viniendo hacia él, ya a punto de llegar, los ojos un poco
desviados, y un tenue rubor en las mejillas. En la cadena de manos del
corro, la de ella se había apoyado por un instante en la de Stephen, entregándose
como una suave mercadería:
—¡Qué caro te vendes ahora!
—Sí. He nacido para monje.
—Tengo miedo de que seas hereje.
—¿Miedo? ¿Mucho miedo?
Por toda contestación, ella se había apartado bailando en la cadena
del corro, bailando aéreamente, discretamente, sin entregarse a ninguno.
El ramito de flores blancas oscilaba, con el aire, entre su cabello y en los
espacios de sombra se le hacía más intenso el resplandor de las mejillas.
¡Monje! Su propia imagen surgía como la de un profanador del
claustro, como la de un franciscano herético, dispuesto y reluctante al
divino servicio, como la de un Gherardino da Borgo San Donnino, como
la de un tejedor sutil de una tela de sofismas, filtrados a susurros en los
oídos de la muchacha.
No. No era su imagen propia. Era la imagen de aquel sacerdote mozo
en cuya compañía la había visto a ella hacía poco tiempo, de aquel a
quien él la había visto mirar con ojos de paloma, mientras los dedos jugaban
con las páginas de su manual de lengua irlandesa.
—Sí, sí, las mujeres se nos van agregando. Cada día lo noto más. Las
mujeres están con nosotros. Son las mejores propagandistas de nuestro
idioma.
—¿Y la Iglesia, Padre Moran?
—La Iglesia también. También va entrando por ello. Nuestra campaña
hace progresos en los medios eclesiásticos. No se preocupe usted por
Retrato del artista adolescente
199
la Iglesia.
¡Bah! Había hecho bien en abandonar desdeñosamente la habitación.
¡Había hecho bien en no saludarla en la columnata de la Biblioteca! Había
hecho bien en dejarla que coqueteara con su cura, que jugara con una
iglesia que era la fregona de la cristiandad.
Una cólera ruda, brutal, ahuyentó de su alma los últimos vapores del
éxtasis, rompiendo violentamente la dulce imagen de la amada y dispersándola
en fragmentos en todas direcciones. Por todos lados surgían en
el recuerdo reflejos dislocados de aquella imagen rota. La florista del
vestido harapiento y el cabello húmedo y basto y la cara desvergonzada,
que le había importunado con un ramillete "para estrenarse", dándose a
sí misma el nombre de "su niña". La moza de cocina de la casa de al lado,
que entre el estruendo de los platos solía cantar los primeros compases
de Entre los lagos y las montañas de Killarney. Y aquella otra muchacha
que se había reído de lo lindo de verle dar un trompicón, enganchado
por un agujero de la suela del zapato en un pedazo de hierro, al ir
por la acera cerca de Cork Hill. Y aquella otra a la cual había mirado
atraído por su boca breve y madura, al pasar por la fábrica de galletas de
Jacob, y que le había gritado, volviendo la cabeza por encima del hombro:
—¿Te gusto, pelo lacio y cejas rizosas?
Y sin embargo sentía que, aunque tratara de burlarse de la imagen de
ella y de envilecerla, su cólera misma no era sino una forma de homenaje.
Al abandonar la clase donde se daban las lecciones de irlandés, había
sentido un desdén que no era totalmente sincero. ¿No sería tal vez el
secreto de su raza —había pensado—, lo que yacía oculto tras aquellos
ojos sobre los cuales las largas pestañas derramaban relámpagos de
sombra? Y al avanzar por la calle, se había dicho amargamente que ella
era la verdadera representación de la feminidad de su país: alma que nace
a la conciencia del propio ser, como un murciélago que se despierta
abandonado y entre sombras y misterios, alma que presta por un momento
oídos, sin pasión y sin pecado, a su tímido amante, pero le deja
luego para ir a susurrar sus inocentes transgresiones a través de una rejilla
en las orejas de un sacerdote. La cólera que sentía contra ella encontró
desahogo desatándose en soeces injurias contra su rival. Su voz, su
nombre, sus rasgos fisionómicos, todo en él ofendía su amor propio
burlado. ¡Aquel palurdo convertido en cura, con un hermano guardia en
Dublín y otro camarero en Moycullen! Y era ante aquel ser ante quien
James Joyce
200
ella levantaría el velo de la tímida desnudez de su alma, ante aquel ser
enseñado a cumplir rutinariamente un rito formal, y no ante él, sacerdote
de la eterna imaginación, capaz de transmutar el pan cotidiano de la experiencia
en materia radiante de vida imperecedera.
La imagen radiante de la eucaristía reunió de nuevo en un instante sus
amargos y desesperanzados pensamientos. Y de entre ellos surgió un
grito intacto, un himno de acción de gracias.
Nuestros gritos y layes cantarán
eucarísticamente la canción.
¿No estás cansada de ese ardiente afán?
Mientras las manos levantando están
el desbordante cáliz de pasión.
No me evoques encantos que se van.
Repitió los versos en voz alta desde el principio, hasta que su alma,
bañada en música y en ritmo, se sintió aquietada en un remanso de indulgencia.
Después los copió trabajosamente para sentirlos mejor viéndolos,
y tornó a reclinarse sobre la almohada.
La mañana estaba inundada de luz plena. No se oía ruido alguno. Pero
sentía que en torno de él la vida estaba a punto de despertar entre ruidos
vulgares, voces rudas y oraciones soñolientas. Y huyendo de aquella
vida, se volvió hacia el muro, arrebujado entre las ropas, y se puso a
contemplar las flores rojas y muy abiertas del desgarrado papel de la pared.
Trató de reanimar su alegría huidiza con aquel resplandor rojo, imaginándose
un camino de rosas que ascendía todo sembrado de flores encendidas
desde su lecho hasta el cielo. ¡Cansado! ¡Cansado! El también
estaba cansado de los ardientes afanes, de los ardientes caminos.
Un tibio y gradual calor, un lánguido cansancio, descendía por su
cuerpo a lo largo de la espina dorsal desde la cabeza arrebujada como en
un capuchón entre las coberturas. Lo sentía descender, y, viéndose tal
como estaba allí tendido, sonrió. Se dormiría pronto.
Había escrito versos para ella otra vez, al cabo de diez años.
Diez años antes, ella llevaba la cabeza envuelta en su chal como en
un capuchón, y su aliento tibio se esparcía en torno de ella en el aire de
la noche, mientras sus piececitos repiqueteaban sobre la calle cubierta de
cristales de hielo. Era el último tranvía. Los jamelgos castaños lo sabían
y agitaban sus campanillas para advertírselo a la noche clara. El cobraRetrato
del artista adolescente
201
dor hablaba con el conductor y ambos hacían a menudo signos expresivos
con la cabeza, a la luz verde de la lámpara. Y ella y él estaban de pie
en el estribo del tranvía, él en el escalón de arriba, ella en el de abajo. Y
ella había subido varias veces al escalón de él mientras hablaban y
vuelto a bajar de nuevo; y una o dos veces se había quedado al lado suyo
por un rato, olvidada de volver al escalón inferior, hasta que por fin lo
había hecho. ¡Bah! ¡Bah!
Y ya diez años entre aquella cordura infantil y la locura presente. ¿Y
si le enviara los versos? Los leerían en voz alta a la hora del desayuno,
entre el descascarilleo de los huevos pasados por agua. ¡Bah! ¡Locura!
Sus hermanos se reirían y tratarían de arrebatarse uno a otro la hoja con
sus dedos fuertes y rudos. Y el tío, el almibarado sacerdote, sostendría el
papel con todo el brazo extendido para leerlo y aprobar con una sonrisa
la forma literaria.
No, no. Era una locura. Que aun si le enviara los versos, seguramente
ella no los había de enseñar a los demás. No, no: no lo haría.
Comenzó a tener la sensación de que tal vez la había juzgado injustamente.
Comprendió que ella era inocente, lo comprendió de tal modo,
que casi llegó a sentir piedad. Era la inocencia que él no había podido
comprender hasta que había llegado a conocerla por medio del pecado,
la inocencia que ella tampoco había podido comprender mientras era
inocente, hasta que la extraña miseria de la naturaleza femenina había
llegado por primera vez a su cuerpo. Que entonces su alma habría comenzado
a vivir, del mismo modo que la de él después del primer pecado.
Y una tierna piedad llenó su corazón al recordar la frágil palidez de
aquellos ojos, humildes y entristecidos por el obscuro oprobio de la feminidad.
Y ¿dónde estaba ella mientras su alma de él había pasado del éxtasis
al desfallecimiento? ¿Podría ser, por las misteriosas vías de la vida espiritual,
que su alma en aquellos mismos momentos tuviera conciencia del
homenaje que él le dedicaba? Podía ser.
Una llamarada de deseo inflamó de nuevo su espíritu e incendió y
traspasó todo su cuerpo. Consciente de aquel deseo, ella se estaba levantando
de su sueño aromado, ella, la tentadora de su villanela. Sus
ojos, profundos y de un lánguido mirar, se estaban abriendo hacia los
ojos de él. Su desnudez se le entregaba, radiante, tibia, aromada y plena,
envolviéndole en efluvios vitales como un agua. Y como una nube de
vapor, o como aguas que en círculos se derramaran por el espacio, los
James Joyce
202
signos líquidos del verbo, los símbolos del elemento misterioso fluían
otra vez del cerebro de Stephen.
¿No estás cansada de ese ardiente afán
tú, de ángeles caídos seducción?
No me evoques encantos que se van.
El corazón del hombre es un volcán
por tus ojos que dueños suyos son.
¿No estás cansada de ese ardiente afán?
Más que el juego tus laudes altos van,
humo en el mar, desde uno a otro rincón.
No me evoques encantos que se van.
Nuestros gritos y layes cantarán
eucarísticamente la canción.
¿No estás cansada de ese ardiente afán?
Mientras las manos levantando están
el desbordante cáliz de pasión.
No me evoques encantos que se van.
Que aun, tuyos, a los ojos piedra imán,
mirar lánguido y forma plena, son.
¿No estás cansada de ese ardiente afán?
No me evoques encantos que se van.
¿Qué pájaros eran aquéllos? Se detuvo en los escalones de la Biblioteca
y, apoyándose con aire de cansancio en su vara de fresno, se puso a
contemplar cómo volaban. Revoloteaban girando y girando sin cesar, en
tomo al saledizo de una casa de Molesworth Street. Su vuelo resaltaba
netamente sobre el cielo de un atardecer de a últimos de marzo, como si
aquellos trémulos y dardeantes cuerpecillos volaran sobre un tapiz azul y
neblinoso apenas suspendido allá en los aires.
Estaba mirando cómo volaban. Y eran al pasar, pájaro a pájaro, sólo
un relámpago quebrado y sombrío, sólo un temblor de alas. Trató de
contarlos antes de que todos hubieran desaparecido: seis, diez, once. Y
se preguntaba si serían nones o pares. Doce, trece: que dos bajaban aún
deslizándose en círculos desde las regiones más altas. Volaban arriba,
abajo, pero siempre girando, girando, cambiando constantemente de la
trayectoria recta a la curva, siempre de derecha a izquierda, como si estuviesen
dando vueltas alrededor de un templo aéreo.
Retrato del artista adolescente
203
Y oía sus gritos. Tal el chillido de los ratones tras el maderamen: una
nota doble y aguda. Pero las notas giraban largas y agudas, no comparables
al chillido de los ratones ni al ruido de la carcoma. Bajaban de tono
una tercera o una cuarta y se prolongaban en trino cuando los picos alados
hendían los aires. Eran unos gritos penetrantes, finos, claros, que
caían como hilos de luz sedosa al fluir del giro de una devanadera.
Aquel clamor extrahumano le aliviaba el insistente murmullo de los
sollozos y reproches de su madre, que aún en los oídos le estaba resonando.
Y aquellos cuerpecillos obscuros, frágiles, estremecidos, que giraban
cambiantes y temblorosos alrededor de un templo aéreo, le velaban
la visión del rostro de la madre que aún no se le había borrado de los
ojos. ¿Por qué se había detenido en los escalones del pórtico para oír
aquel grito doble y agudo, para contemplar aquel vuelo? ¿En busca de
algún augurio adverso o favorable? A través de su mente pasó una frase
de Cornelio Agripa y luego revolotearon aquí y allá, por su espíritu, algunos
pensamientos borrosos de Swedenborg acerca de la semejanza de
los pájaros y de las cosas de la inteligencia, y de cómo las criaturas del
aire tienen su entendimiento propio y conocen las diferentes horas y estaciones,
porque, a diferencia del hombre, permanecen dentro del orden
de su vida sin haberlo pervertido por la razón.
Y edades tras edades, los hombres habían levantado la vista para
contemplar el vuelo de los pájaros. La columnata que se elevaba sobre él
le hizo recordar vagamente un templo antiguo, y la vara de fresno en la
que cansadamente se apoyaba trajo a su memoria el bastón curvado de
un augur. Un temor a lo desconocido latió allá en las entrañas de su cansancio,
temor a símbolos y a portentos, temor al hombre-halcón cuyo
nombre llevaba, al hombre que trata de evadirse de su cautividad volando
con alas de mimbres entretejidos, temor a Thoth, el dios de los escritores,
que escribe con su caña sobre una tablilla y lleva sobre su fino
cráneo de ibis los cuernos de la luna nueva.
Se sonrió al pensar en la imagen del dios porque le hizo pensar en un
juez de nariz porruda y peluquín que estuviera poniendo comas en un
documento sostenido a la distancia permitida por la longitud de su brazo,
y porque comprendió que no le hubiera venido a las mientes el nombre
de aquel dios a no ser porque sonaba lo mismo que un juramento irlandés.
¡Bah, locuras! ¿Pero no era también por tal locura por lo que estaba
a punto de abandonar la casa de oración y prudencia en la que había nacido
y el orden de vida que le había dado el ser?
James Joyce
204
Y volvían de nuevo, lanzando agudos gritos, revoloteando por encima
del saledizo de la casa: cuerpos obscuros y alados sobre el cielo del
atardecer. ¿Qué pájaros eran aquéllos? Pensó que debían de ser golondrinas
ya de regreso del sur. El augurio era, pues, de partida, porque
aquellos pájaros siempre estaban yendo y viniendo, construyendo un hogar
transitorio bajo los aleros de las casas de los hombres y abandonando
siempre sus hogares para errar de nuevo.
Inclinad vuestros rostros, Oona y Aleel. Yo los contemplo cual la
golondrina mira, bajo el alero, su nidal, antes de errar sobre la mar sonora.
Una dulce y líquida alegría, como un rumor de infinitas aguas, fluía
sobre su memoria. Y sentía en su corazón una dulce paz de espacios silenciosos,
de tenues cielos, al atardecer, sobre las aguas, de silencios
oceánicos, de un volar de golondrinas a través del crepúsculo marino sobre
las aguas agitadas.
Una dulce y líquida alegría fluía también a través de las palabras de
los versos, en los que las largas vocales se entrechocaban sin ruido para
desvanecerse en un pujar y refluir que agitaba las blancas campanillas de
sus ondas: juego de notas mudo, mudo repique, grito que se desvanece,
dulcemente, en voz baja. Y sintió que el augurio que había buscado en
las evoluciones dardeantes de los pájaros y en el pálido espacio de los
cielos, había surgido de su corazón, como un ave que se lanzara al vuelo
desde una torrecilla, quedamente, rápidamente.
¿Símbolo de partida o de soledad? Los versos canturreados en los oídos
de su memoria le recomponían ahora lentamente delante de los ojos
la escena de la sala del teatro nacional en la noche de la inauguración.
Sentado, solo, en su asiento de galería lateral, contemplaba desde allí
con ojos apagados la flor y nata de la sociedad de Dublín, congregada en
las butacas, y las chillonas bambalinas, y los muñecos humanos, que
gesticulaban encuadrados por las deslumbrantes luces de la escena. Detrás
de él, estaba sentado un guardia corpulento, que parecía a cada instante
deseoso de entrar en acción. Y los maullidos, los silbidos y los
gritos burlones de los estudiantes, compañeros suyos, desparramados por
la sala, salían de un lado y otro, conglomerándose en rachas tumultuosas.
—¡Esto es un libelo contra Irlanda!
Retrato del artista adolescente
205
—¡Fabricado en Alemania!
—¡Blasfemia!
—¡Jamás hemos hecho traición a nuestro ideal!
—¡No hay mujer irlandesa que lo haya hecho!
—¡Abajo el diletantismo ateo!
—¡Afuera con los budistas de nuevo cuño!
De las ventanas de encima descendió un rápido y súbito silbido.
Comprendió que acababan de encender las luces de la sala de lectura. Se
volvió hacia las columnas del vestíbulo, que ahora yacía en calma bajo
la luz, subió la escalera y pasó el torniquete.
Cranly estaba sentado cerca del sitio de los diccionarios. Frente a él,
yacía sobre el atril de madera un grueso volumen abierto por la portada.
Y Cranly, recostado en el respaldo de la silla, alargaba la oreja, como un
cura en su confesionario, hacia un estudiante de medicina que le estaba
leyendo un problema de ajedrez en la sección recreativa de un periódico.
Stephen se sentó a la derecha de Cranly. Un sacerdote, al otro lado de
la mesa, cerró con furia el ejemplar de The Tablet que estaba leyendo y
se puso en pie. Cranly le miró tranquilamente y con aire distraído. El
estudiante de medicina continuó en voz más baja:
—Peón a cuarta de rey.
—Mejor haríamos en marcharnos, Dixon —dijo Stephen a manera de
advertencia—. Ha ido a quejarse.
Dixon dobló el periódico, y levantándose con dignidad, afirmó:
—Nuestros hombres se retiran en buen orden.
—Con cañones y ganado —agregó Stephen, señalando a la portada
del libró de Cranly, donde se leía: Enfermedades del Buey.
Al pasar por uno de los pasillos que dejaban las mesas, Stephen dijo a
Cranly:
—Necesito hablarte.
Cranly ni contestó ni se volvió. Dejó el libro sobre la mesa de devoluciones
y salió, plantando sonoramente sus bien calzados pies sobre el
pavimento.
En la escalera se detuvo, y mirando distraídamente a Dixon, repitió:
—Peón a esa condenada cuarta de rey.
—Puedes ponerlo ahí si te place —dijo Dixon.
Tenía una voz átona y tranquila y maneras corteses; y de vez en
cuando, dejaba ver una sortija de sello en uno de los dedos de su mano
limpia y gordezuela.
James Joyce
206
Al cruzar el vestíbulo, se adelantó al encuentro de ellos un hombrecillo
de estatura enana. Bajo la cúpula de su diminuto sombrero, se le dibujó
una sonrisa en el rostro barbado de días y se le oyó que exhalaba un
murmullo. Sus ojos eran melancólicos como los de un mono.
—Buenas tardes, caballeros —dijo aquella cara simiesca y erizada de
pelos.
—Para estar en marzo, hace calor —dijo Cranly—. Allá arriba tienen
todo abierto.
Dixon se sonrió e hizo dar una vuelta a su anillo. La cara negruzca y
surcada de arrugas simiescas frunció su boca humana con un gesto de
sereno agrado y un murmullo de satisfacción salió de ella:
—Hace un tiempo delicioso para marzo. Sencillamente delicioso.
—Tiene usted ahí arriba a dos chicas de primera, cansadas de esperarle,
capitán —dijo Dixon.
Cranly se sonrió y exclamó amablemente:
—Para el capitán no hay más que una pasión: Walter Scott. ¿No es
así, capitán?
—¿Qué está usted leyendo ahora, capitán? —le preguntó Dixon—.
¿La novia de Lammermoor?
—Tengo verdadera pasión por Scott —afirmaron los labios flexibles
del hombrecillo—. Creo que sus escritos son admirables. No hay escritor
que se pueda comparar con él.
Y una mano desmedrada se movió suavemente en el aire para acompañar
la alabanza, mientras sus párpados finos y rápidos pasaban y repasaban
repetidamente sobre los ojos tristes.
Más triste aún, el sonido de aquella voz en los oídos de Stephen: dulce
entonación empañada y tenue, estropeada por un constante trabucar
las palabras. Stephen la escuchaba y se preguntaba si sería cierta aquella
historia, según la cual la sangre mezquina que corría por aquella desmedrada
naturaleza era noble y fruto de un amor incestuoso.
Los árboles del parque estaban cargados de lluvia. La lluvia caía incesantemente
sobre el lago, gris como un escudo de metal. Pasaba una
manada de cisnes, y el agua y la margen estaban manchadas de un légamo
blancuzco y verdoso.
Y, ellos, se abrazaban dulcemente, excitados por la luz pluviosa y
gris, por los árboles húmedos y silenciosos, por la presencia del lago,
gris como un escudo de acero, por los cisnes. Se abrazaban sin alegría,
sin pasión, el brazo de él alrededor del cuello de su hermana. Ella se enRetrato
del artista adolescente
207
volvía en una capa de lana gris, terciada del hombro al talle, y su cabeza
rubia se inclinaba consentidora y avergonzada. La cabellera de él, suelta
y de un rojo obscuro; sus manos, pecosas, fuertes y bien modeladas. ¿La
cara? No, cara no se veía. El rostro del hermano estaba doblado sobre el
cabello, rubio y fragante de lluvia, de ella. Y aquella mano pecosa, recia,
bien modelada y acariciante, era la mano de Davin.
Frunció el ceño, malhumorado por esta idea y por el muñeco humano
que la había hecho nacer. Y de su memoria surgieron de pronto las bromas
de su padre allá en la peña de amigos de Bantry. Las mantuvo a
distancia y se puso a cavilar desagradablemente sobre su propio pensamiento.
¿Por qué no eran las manos de Cranly? ¿Era que la simplicidad
y la inocencia de Davin le corroían más profundamente?
Siguió vestíbulo adelante en compañía de Dixon, mientras Cranly
quedaba despidiéndose con todo primor del enano.
Bajo la columnata estaba Temple en medio de un grupito de estudiantes.
Uno de ellos gritó:
—Dixon, acércate para que oigas. Temple está hoy estupendamente.
Temple volvió hacia el que había hablado sus ojos agitanados y obscuros.
—Eres un hipócrita, O'Keeffe —dijo—. Y Dixon, un sonreidor.
¡Demonio, vaya expresión literaria que acabo de inventar!
Se echó a reír solapadamente mirándole a Stephen a la cara y repitió:
—¡Demonio! ¡Estoy la mar de contento con esa palabra! ¡Sonreidor!
Un estudiante regordete que estaba de pie debajo del grupo dijo:
—Vuelve otra vez a lo de la querida, Temple. Tenemos ganas de saber
lo que hay.
—Tenía una, palabra de honor —continuó Temple—. Y era casado,
además. Y todos los curas acostumbraban ir a comer allí. ¡Qué demonio!
Yo creo que todos sacaban tajada.
—Sí; lo que diríamos: "arregostarse al penco por no gastar el bridón"
—sentenció Dixon.
—Dinos, Temple —preguntó O'Keeffe—, ¿cuántos litros de la negra
tienes hoy en el cuerpo?
—Toda tu inteligencia está condensada en esa frase —dijo Temple
con marcado desprecio.
Dio una vuelta con paso vacilante alrededor del grupo, y luego se dirigió
a Stephen:
—¿Sabe usted que los Forsters son los reyes de Bélgica?
James Joyce
208
En este momento apareció Cranly en la puerta del vestíbulo. Traía el
sombrero echado sobre el cogote, y venía mondándose los dientes con
todo cuidado.
—Aquí tenemos el pozo de ciencia —dijo Temple—. ¿Qué, sabes tú
eso de los Forsters?
Se detuvo en espera de respuesta. Cranly había extraído de entre su
dentadura un granito de higo; lo tenía en la punta de su primitivo mondadientes
y lo estaba contemplando con toda atención.
—La familia Forster —continuó Temple— desciende de Balduino I,
rey de Flandes, llamado el del Bosque, o sea Forester. Forester y Forster
son una misma palabra. Un descendiente de Balduino I, el capitán Francis
Forster, se estableció en Irlanda, y se casó con la hija del último jefe
de Clanbrassil. Existen, además, los Blake Forster. Pero son otra rama
distinta.
—De la del Calvo, rey de Flandes —repitió Cranly, mientras se hurgaba
de nuevo con toda cachaza la dentadura, reluciente entre los labios
abiertos.
—¿Dónde te has agenciado esa historia? —preguntó O'Keeffe.
—Sé también la historia de toda su familia de usted —dijo Temple
volviéndose hacia Stephen—. ¿Sabe usted lo que Giraldo Cambrense
dice acerca de su familia?
—¿Qué? ¿Desciende también de Balduino? —preguntó un estudiante
alto, de ojos obscuros y aspecto hético.
—Del Calvo —repitió otra vez Cranly, chupando por entre una juntura
de sus dientes.
—Pernobilis et pervetusta familia —dijo Temple dirigiéndose a Stephen.
El estudiante regordete que estaba en los escalones, un poco más
abajo que los otros, se soltó un pedito breve. Dixon se volvió hacia él y
preguntó con toda suavidad:
—¿Ha hablado un ángel?
Cranly se volvió también y exclamó vehementemente, pero sin cólera:
—Goggins, eres el condenado marrano más grande que he conocido
en mi vida.
—Se me estaba ocurriendo hacer esa afirmación —dijo Goggins cachazudamente—.
¿He hecho daño a alguien?
—Suponemos —dijo Dixon suavemente—, que no habrá sido de la
Retrato del artista adolescente
209
especie que la ciencia conoce como paulo post futurum.
—¿No os lo había definido como un sonreidor? —dijo Temple, volviéndose
a derecha e izquierda—. ¿No os lo había dicho?
—Sí, sí. No estamos sordos —dijo el alto que parecía tísico.
Cranly miraba todavía ceñudamente al estudiante rechoncho, que seguía
en los escalones debajo de él.
—¡Vete de aquí! —exclamó por fin rudamente—. ¡Vete, vaso de inmundicia!
¡Que no eres más que un vaso de inmundicia!
Goggins saltó de un brinco al sendero para volver en seguida a encaramarse,
sonriente, en su sitio. Temple se volvió a Stephen y le preguntó:
—¿Cree usted en la ley de la herencia?
—¿Estás borracho o qué te pasa, o qué es todo eso que andas diciendo?
—le preguntó Cranly, encarándosele de súbito con expresión de
asombro.
—La sentencia más profunda que se ha escrito jamás —dijo lleno de
entusiasmo Temple— es ésta con la que termina el libro de Zoología: La
reproducción es el principio de la muerte.
Tocó tímidamente a Stephen en el codo y añadió con viveza:
—Usted que es poeta sí que podrá comprender bien la profundidad de
esa frase.
Cranly le apuntó con el dedo índice y dijo con desprecio a los otros:
—¡Miradle! ¡Contemplad la esperanza de Irlanda!
Todos los demás se echaron a reír del ademán y las palabras. Temple
se volvió decididamente hacia él y exclamó:
—Cranly, tú te estás burlando siempre de mí. Lo veo. Pero yo valgo
lo que tú aquí y en cualquier sitio. ¿Sabes lo que pienso de ti si te comparo
conmigo mismo?
—Querido amigo —dijo Cranly en tono cortés—, eres incapaz, ¿sabes?,
absolutamente incapaz de pensar.
—Pero, ¿sabes —siguió Temple— lo que pienso de ti y de mí si nos
comparo el uno con el otro?
—¡Afuera con ello, Temple! —gritó el estudiante regordete desde su
puesto en los escalones—. ¡Anda, velo diciendo a cachos!
Temple se volvió a derecha e izquierda haciendo gestos vagos mientras
hablaba.
—Yo soy un tío badajo —dijo meneando la cabeza con ademán pesimista—.
Lo soy y sé que lo soy. Y reconozco que lo soy.
James Joyce
210
Dixon le dio una palmadita en el hombro, agregando en tono suave:
—Y esa declaración te honra.
—Pero él —continuó Temple, señalando con el dedo a Cranly—, él
es un badajo también, lo mismo que yo. Sólo que no lo sabe. Y esa es
toda la diferencia que encuentro entre los dos.
Una explosión de risotadas cubrió la última frase. Pero él se volvió a
Stephen, y dijo con una repentina excitación:
—Es una palabra muy interesante: badajo. ¿Sabía usted que esa palabra
tiene una difusión geográfica muy interesante? ¿Lo sabía usted?
—¿Sí? —dijo Stephen con aire distraído.
Estaba ocupado en observar la cara de trazos firmes y doloridos de
Cranly, iluminada ahora por una sonrisa de falsa paciencia. El insulto
grosero había pasado por encima de él como un agua inmunda vertida
sobre una antigua imagen de piedra, indiferente a todo ultraje. Y mientras
le observaba notó que se quitaba el sombrero como para saludar,
dejando al descubierto su pelo negro, erizado sobre la frente como una
férrea corona.
Era ella la que pasaba. Salía de la Biblioteca e hizo una inclinación
para responder por detrás de Stephen al saludo de Cranly. ¿También él?
¿No había un ligero rubor en las mejillas de Cranly? ¿O procedía de las
palabras de Temple? La luz se había desvanecido. Y no lo podía ver.
¿Era ésta la explicación del silencio distraído de su compañero, de
sus desabridos comentarios, de sus súbitas y desagradables salidas de
tono ante las que iban a estrellarse tan a menudo las confesiones apasionadas
e irrefrenables de Stephen? Stephen había perdonado ampliamente
todo, porque tal rudeza la había encontrado también en sí mismo. Y se
acordaba de aquel atardecer en que apeándose de una bicicleta prestada
y rechinante, se había puesto a orar en medio del bosque, cerca de Malahide.
Extático, los brazos levantados hacia el cielo, había dirigido sus
palabras hacia la sombría nave de troncos, conociendo que estaba en un
lugar sagrado y que sagrada era también la hora. Pero al divisar dos
guardias, surgidos de un recodo del camino obscuro, había interrumpido
su plegaria, para ponerse a silbar sonoramente una cancioncilla de la última
pantomima.
Se puso a golpear el astillado extremo de su varita de fresno contra
una columna. ¿Acaso no le había oído Cranly? "¡Que espere!", se diría.
La charla de los que estaban cerca de él había cesado por un momento y
por segunda vez un suave silbido descendió de una de las ventanas de
Retrato del artista adolescente
211
arriba. Todo lo demás estaba silencioso en el aire y ya estarían dormidas
aquellas golondrinas cuyas evoluciones había seguido con ocioso mirar.
Y ella había pasado entre el crepúsculo. Esa era la causa por la que
todo estaba silencioso, todo, salvo el suave siseo que caía de la ventana.
Y ésa era la razón por la que las lenguas de los hombres habían cesado
también en su cháchara. Estaba cayendo la obscuridad.
La obscuridad desciende de los aires.
Una alegría temblorosa, como una caricia de luces pálidas, danzaba
una danza de espíritus encantados en torno de él. ¿Qué era? ¿El paso de
la muchacha por entre el aire crepuscular? ¿O el verso lleno de vocales
densas, pleno de ritmo, son de laúd?
Quiso ocultar su ensueño a los otros y se apartó lentamente hacia el
extremo de la columnata donde las sombras eran más intensas; y, según
iba andando, golpeaba blandamente las losas con su bastón y dejaba a su
espíritu vagar a su placer por otras edades: tiempos de Dowland, de
Byrd y de Nash.
Ojos, ojos abiertos entre las lobregueces del deseo, ojos por los que la
aurora rompiente se torna obscura. Su gracia lánguida, ¿qué era sino un
encanto de rancias galanterías? ¿Y qué su esplendor sino brillo de espuma
sobre el cieno de la corte de un lujurioso Estuardo? Y paladeó en el
recuerdo vinos ambarados, dejos expirantes de dulces canciones y esplendores
de pavana, y vio con los ojos de la memoria gentiles damas,
las bocas contraídas por un gesto incitante, muy atentas a sus martelos
desde los balcones de Covent Carden; y mozas de mesón, llenas de lacras;
y casadas rozagantes, rendidas a sus seductores entre besos y abrazos
y caricias.
No le producían placer estas imágenes. Tenían un encanto íntimo y
abrasado, pero la de ella quedaba señera, aislada de toda esta barahúnda.
Tales pensamientos iban mal con su imagen; cuando pensaba en ella, lo
hacía de modo distinto. ¿No había, pues, ni aun fiarse de la mente propia?
Frases rancias, dulces sólo con una dulzura exhumada, como los
granitos de higo que Cranly se extraía de entre sus dientes esmaltados.
Tenía una vaga conciencia de que ella avanzaba a través de la ciudad,
de regreso a casa; pero ni los ojos lo veían ni lo pensaba el cerebro. El
aroma de su cuerpo le fue llegando, dudoso al principio, después neto y
claro. Una consciente intranquilidad comenzó a hervir en la sangre de
James Joyce
212
Stephen. Sí, era el aroma del cuerpo de ella, un aroma lánguido y salvaje.
Tibio calor de los miembros sobre los que la música de los versos había
fluido anhelante. Y dulces ropas íntimas sobre las que su carne manaba
un rocío y un perfume.
Algo le andaba por la nuca. Metió diestramente el índice y el pulgar
por debajo del amplio cuello y lo cogió: un piojo. Restregó entre sus dedos
por un instante aquel cuerpecillo tierno, pero quebradizo como un
grano de arroz, y lo dejó caer por fin mientras se preguntaba si seguiría
viviendo o moriría. Y recordó una frase curiosa de Cornelio a Lapide,
según la cual, los piojos procedían del sudor del hombre y no habían sido
criados por Dios en el día sexto al mismo tiempo que los oíros animales.
La piel de la nuca le escocía y el alma con ella. La vida de su
cuerpo, mal vestido, mal alimentado, comido de piojos, le hizo cerrar los
párpados en un súbito espasmo de desesperación y entonces vio en la
obscuridad multitud de cuerpos de piojos quebradizos y brillantes que
caían del cielo, girando y girando al caer. Sí: no era obscuridad lo que
caía de los aires. Era claridad.
La claridad desciende de los aires.
Ni aun siquiera se había acordado bien del verso de Nash. Todas las
imágenes que había evocado eran falsas. Su espíritu criaba miseria. Sus
pensamientos eran piojos nacidos del sudor de su propio abandono.
Volvió rápidamente a lo largo de la columnata para reunirse con el
grupo de sus compañeros. Y ella, ¡que hiciese lo que quisiera, que se
fuera al diablo! ¡Que se dedicara, si quería, a amar a cualquier joven deportivo,
bien lavoteado cada mañana de medio cuerpo para arriba y con
una greña negra en el pecho! ¡Mejor!
Cranly había sacado otro higo seco de la provisión que llevaba en el
bolsillo y se lo estaba comiendo despaciosa y ruidosamente. Temple se
había sentado sobre la base de una columna y estaba recostado en ella
con la gorra calada hasta los ojos adormilados. Un joven regordete apareció
en la puerta de la Biblioteca con una cartera de papeles bajo el brazo.
Marchaba hacia el grupo, golpeando las losas con los tacones y con
la contera de un pesado paraguas. Levantó el paraguas, saludando, y dijo
a todos:
—¡Buenas tardes, señores!
Golpeó otra vez las losas y se puso a reír entre dientes mientras la caRetrato
del artista adolescente
213
beza le temblaba con un ligero movimiento nervioso. El estudiante alto
de aspecto tísico, Dixon y O'Keeffe se habían puesto a hablar en irlandés
y no le contestaron al saludo. Entonces, volviéndose hacia Cranly, dijo:
—Buenas tardes a ti en particular.
Movió el paraguas apuntándole y se volvió a reír entre dientes.
Cranly, que estaba todavía masticando un higo, contestó con un sonoro
movimiento de sus mandíbulas.
—¿Buenas? Sí. Hace una tarde muy buena.
El estudiante regordete se le quedó mirando con aire serio y meneó
ligeramente su paraguas a manera de reproche. —Te veo en plan de hacer
resaltar verdades palmarias. —¡Umm! —contestó Cranly sosteniendo
lo que quedaba del higo a medio mascar y casi metiéndoselo por la
boca al otro para darle a entender que debía probarlo.
El estudiante regordete no aceptó la invitación. Y como si disculpara
el humor especial de Cranly, dijo con dignidad, aunque sin dejar su risilla,
y acompañando su frase con el paraguas:
—¿Quieres decir que…?
Se detuvo, apuntó bruscamente a la carne del higo a medio mascar y
dijo en voz alta: —Me refiero a eso.
—¡Umm! —profirió como antes Cranly. —Bueno. ¿Y qué quieres
decir con eso?, ¿que ha de ser ipso facto, o, como si dijéramos, por decirlo
así?
Dixon se separó de su grupito y se aproximó, diciendo:
—Oye, Glynn, Goggins te está esperando. Ha ido al Adelphi a buscaros
a ti y a Moynihan. ¿Qué traes ahí? —le preguntó, dando con la mano
en la cartera que Glynn llevaba bajo el brazo.
—Ejercicios de examen —contestó Glynn—. Les hago sufrir un
examen mensual para estar al tanto del provecho que sacan de mi enseñanza.
Dio también un golpecito sobre la cartera y se sonrió suavemente.
—¡Enseñanza! —exclamó Cranly—. Supongo que te refieres a esos
arrapiezos descalzos que van a que les enseñe un molido mico como tú.
¡Que el Señor les tenga de su mano!
Mordió lo que le quedaba del higo y arrojó el rabillo lejos de sí.
—Dejo que los niños se acerquen a mí —dijo Glynn con toda amabilidad.
—Un molido mico —repitió Cranly con énfasis— y además de molido,
blasfemo.
James Joyce
214
Temple se puso en pie; apartó a Cranly, y dijo, dirigiéndose a Glynn:
—La frase que acaba usted de pronunciar, es la frase del Evangelio:
Dejad que los niños se acerquen a mí.
—¡Vuélvete a dormir, Temple! —dijo O'Keeffe.
—Muy bien —continuó Temple, dirigiéndose aún a Glynn—; y entonces,
si Jesús permitía que los niños se le acercaran, ¿por qué la Iglesia
los envía a todos al infierno, si mueren sin estar bautizados? ¿Por qué
razón?
—Pero, oye, ¿acaso estás tú bautizado, Temple? —le preguntó el estudiante
que parecía tísico.
—Pues bien, ¿por qué me los mandan al infierno si Jesús ha permitido
que se le acercaran todos, sin excepción?
Glynn tosió y dijo suavemente, reprimiendo con dificultad su sonrisilla
nerviosa y accionando a cada palabra con el paraguas:
—Si ello es así como usted dice, requiero que se me conteste categóricamente
¿cuál es la causa?
—La causa es —contestó Temple— que la Iglesia es cruel, como todos
los pecadores viejos.
—No sé si esa declaración está muy dentro de la doctrina católica —
comentó con suavidad Dixon.
—San Agustín dice eso de que los niños sin bautizar se van al infierno,
porque él era también un pecador viejo y cruel —agregó Temple.
—Yo inclino la frente ante ti —dijo Dixon—, pero tengo así una idea
de que el limbo se creó para tales casos.
—No le discutas, Dixon —exclamó brutalmente Cranly—. No le hables
ni le mires. Llévatele a casa con una soga como si fuera una cabra.
—¡El limbo! —gritó Temple—. Esa es también otra linda invención.
Lo mismo que el infierno.
—Pero sin lo desagradable de él —comentó Dixon.
Se volvió sonriendo hacia los otros y añadió:
—Al hablar así, creo ser el portavoz de todos los presentes.
—Tenlo por seguro —dijo Glynn con tono firme—. En esta cuestión
Irlanda está de acuerdo.
Y volvió a golpear con la contera del paraguas sobre el piso de piedra
del pórtico.
—¡El infierno! —prosiguió Temple—. Todavía se puede sentir respeto
por esa invención de la esposa grisácea de Satanás. El infierno es
algo romano, como las murallas romanas: fuerte y feo. ¿Pero, qué es el
Retrato del artista adolescente
215
limbo?
—Llévatelo a acostar otra vez, Cranly —exclamó O'Keeffe.
Cranly dio rápidamente un paso hacia Temple, se detuvo y pegó una
patada en el suelo, gritándole como a un ave de corral:
—¡Ocsss!
Temple se retiró prestamente.
—¿Sabéis lo que es el limbo? —exclamó aún—. ¿Sabéis el calificativo
que damos a una idea de ese género en Roscommon?
—¡Ocsss, condenado! —gritó Cranly dando palmadas para ahuyentarle.
—"Ni culo ni codo" —concluyó despectivamente Temple—. Y eso
es vuestro limbo.
—Trae aquí ese bastón —dijo Cranly.
Arrebató rápidamente el bastón de manos de Stephen y bajó de un
brinco los escalones. Pero ya Temple, oyendo que se le venía encima,
había echado a correr en la obscuridad como una bestia salvaje y de pies
alados.
Se oyeron las pisadas a paso de carga de las pesadas botas de Cranly,
según avanzaban a través del patio, para volver luego pesadamente tras
la persecución infructuosa, haciendo saltar la arena del sendero cada vez
que plantaba el pie.
Se le notaba el mal humor en el pisar, y malhumorado y brusco fue
también el gesto con el que arrojó el bastón en manos de Stephen al devolvérselo.
Stephen sintió que aquella cólera tenía otra causa, pero fingiendo paciencia,
tocó ligeramente el brazo de su compañero y dijo en tono tranquilo:
—Cranly, ya te he dicho que quería hablarte. Vámonos.
Cranly se le quedó mirando por algunos momentos, y por fin le preguntó:
—¿Ahora?
—Sí, ahora —dijo Stephen—. Aquí no podemos hablar. Vámonos.
Cruzaron juntos el patio sin decir palabra. Desde los escalones del
pórtico, les seguía el canto del pájaro de Siegfried, silbado suavemente.
Cranly se volvió, y Dixon, que era el que había silbado, gritó desde la
escalera:
—¿A dónde vais? ¿En qué quedamos de aquel partido? Se pusieron a
concertar a gritos, a través del aire encalmado, las condiciones de un
James Joyce
216
partido de billar que había de ser jugado en el Adelphi Hotel. Stephen
siguió andando solo hasta salir a la tranquila Kildare Street, frente al
Maple's Hotel, donde se detuvo para aguardar pacientemente de nuevo.
El nombre del hotel, un letrero descolorido de madera pulimentada, y su
fachada no menos descolorida, le molestaban como una mirada de desdeñosa
cortesía. También él lanzó una mirada dentro del suavemente
alumbrado salón del hotel, donde se imaginaba ver tranquilamente aposentadas
las almas de los patricios de Irlanda. El círculo de las ideas de
estas gentes giraba en torno a jerarquías militares y administradores y
agentes de fincas rústicas; los labriegos les saludaban al cruzarse con
ellos en las carreteras; sabían los nombres de algunos platos franceses;
daban órdenes a sus cocheros con una entonación provincial y de tonos
agudos que se trasparentaban a través de su pronunciación afectada.
¿Cómo conmover la conciencia de tales hombres, o cómo infiltrar la
sombra del propio espíritu en la imaginación de sus hijas, antes de que
sus galanes hubieran engendrado en ellas, para lograr que criaran una
raza menos innoble que aquella a que pertenecían? Y a través del crepúsculo
cada vez más intenso, sintió que los pensamientos y deseos de la
raza que le había dado origen revoloteaban como murciélagos por las
desiertas veredas de los campos, bajo los árboles, junto al borde de los
riachuelos, por las tierras pantanosas, manchadas acá y allá de charcos.
Una mujer había estado esperando a Davin a la puerta de su casa cuando
él pasaba de camino en la noche, y al ofrecerle una taza de leche le había
invitado a seguirla a su lecho. Y era que los ojos de Davin eran unos
ojos dulces que parecían prometer silencio. Mas él nunca había recibido
la invitación de unos ojos de mujer.
Sintió que le agarraban fuertemente por el brazo, y la voz de Cranly
que decía:
—Vámosnos.
Echaron a andar en silencio en dirección al sur. Por fin, Cranly habló:
—¡Qué idiota más regocijante el Temple ese! Te juro por Moisés,
que me le dejo en el sitio el mejor día.
Pero la cólera había desaparecido de su voz, y Stephen se preguntaba
si en lo que estaba pensando su amigo no era en el saludo que ella le había
dirigido en el pórtico de la Biblioteca.
Echaron hacia la izquierda y siguieron caminando como antes. Tras
de algún tiempo de avanzar así, dijo Stephen:
—Cranly, he tenido una cuestión desagradable esta tarde.
Retrato del artista adolescente
217
—¿Con tu familia? —preguntó Cranly.
—Con mi madre.
—¿Sobre religión?
—Sí.
Tras una pausa, Cranly preguntó:
—¿Qué edad tiene tu madre?
—No mucha —contestó Stephen—. Quiere que cumpla con el precepto
pascual.
—¿Y tú?
—Yo no quiero.
—¿Por qué no? —preguntó Cranly.
—No serviré.
—He aquí una contestación que alguien ha dado antes que tú —dijo
Cranly con calma.
—Yo la vuelvo a dar ahora —contestó vivamente Stephen.
Cranly oprimió el brazo de Stephen, mientras decía:
—Calma, querido. Eres un condenado excitable, ¿sabes?
Se reía con una risa nerviosa al hablar y, mirándole a Stephen a la cara
con ojos enternecidos y amicales, dijo:
—¿Sabes que eres un hombre fácilmente excitable?
—No me parece mal confesar que lo soy —dijo Stephen riéndose
también.
Sus almas, apartadas desde hacía poco, parecían haberse acercado de
repente la una a la otra.
—¿Crees en la eucaristía? —preguntó Cranly.
—No.
—¿No crees en ella?
—Ni creo ni dejo de creer en ella —contestó Stephen.
—Muchas personas, aun personas de creencias religiosas, tienen dudas
que logran dominar. ¿Son muy fuertes las dudas que tienes acerca de
este punto?
—No quiero dominarlas —contestó Stephen.
Cranly, embarazado por un momento, sacó otro higo de su bolsillo y
estaba a punto de ponerse a comerlo cuando Stephen le detuvo diciendo:
—¡Déjalo ahora, te lo suplico! No puedes discutir esta cuestión con la
boca llena de higo mascado.
Cranly examinó el higo a la luz de un farol bajo el cual se había parado.
Luego lo olió por ambos lados de la nariz, mordió un pedacito, lo esJames
Joyce
218
cupió y arrojó el higo violentamente al arroyo. Y dirigiéndose al higo
que yacía en el suelo, exclamó:
—Apártate de mí, maldito; ¡vete al fuego eterno!
Agarró a Stephen por el brazo, echó a andar y dijo:
—¿No temes que estas palabras puedan serte aplicadas
a ti en el día del juicio?
—¿Qué es lo que me ofrecen del otro lado? ¿Una eternidad de bienaventuranza
en compañía del decano de estudios?
—Acuérdate —observó Cranly— que él ha de ser glorificado.
—Efectivamente —dijo Stephen con cierta amargura—, y será brillante,
ágil, impasible y, lo más importante de todo, sutil.
—Es una cosa curiosa, ¿sabes? —dijo indiferentemente Cranly—,
hasta qué punto está sobresaturado tu espíritu de una religión en la cual
afirmas no creer. ¿Creías en ella cuando estabas en el colegio? Apuesto
que sí.
—Creía —contestó Stephen.
—¿Y eras entonces más feliz? —preguntó con tono suave Cranly—.
¿Más feliz que ahora, por ejemplo?
—A veces me sentía feliz y a veces desgraciado. Lo que era entonces
era otra persona distinta.
—¿Cómo que otra persona distinta? ¿Qué es lo que quieres decir con
eso?
—Lo que quiero decir —contestó Stephen— es que entonces no era
yo mismo lo que soy ahora; mejor, lo que tengo que llegar a ser.
—No eras lo que eres ahora, lo que tienes que llegar a ser… —repitió
Cranly—. Permíteme que te haga una pregunta. ¿Amas a tu madre?
Stephen meneó con lentitud la cabeza.
—No entiendo lo que quieren decir esas palabras —dijo sencillamente.
—¿Has amado alguna vez a alguien? —le preguntó Cranly.
—¿Quieres decir a mujeres?
—No hablo de eso ahora —dijo con un tono más frío Cranly—. Lo
que te pregunto es si has sentido alguna vez amor hacia alguna persona o
cosa.
Stephen avanzaba junto a su amigo contemplando sombríamente la
acera. Por fin, dijo:
—He tratado de amar a Dios. Y parece que por lo visto he fracasado.
Es muy difícil. He tratado de unir, momento a momento, mi voluntad
Retrato del artista adolescente
219
con la voluntad divina. En esto sí que no siempre he fracasado. Podría,
tal vez, hacerlo todavía.
Cranly le interrumpió en seco, preguntándole:
—¿Lleva tu madre una vida feliz?
—¿Qué sé yo? —contestó Stephen.
—¿Cuántos hijos ha tenido?
—Nueve o diez —contestó Stephen—. Algunos han muerto.
—¿Era tu padre…? —Cranly se detuvo por un instante, y luego dijo—:
No quiero inmiscuirme en los asuntos de tu casa. Pero ¿estaba tu
padre, lo que se dice, bien de posibles? Quiero decir cuando tú eras niño.
—Sí —contestó Stephen.
—¿Cuál era su profesión? —preguntó Cranly después de una pausa.
Stephen se puso a enumerar pródigamente las diferentes ocupaciones
de su padre:
—Estudiante de medicina, remero, tenor, actor aficionado, político de
estruendo, pequeño terrateniente, pequeño rentista, bebedor, buena persona,
especialista en chistes y anécdotas, secretario de no sé quién, no sé
qué cosa en una destilería, colector de impuestos, quebrado, y al presente
ensalzador de todo su propio pasado.
Cranly se echó a reír al mismo tiempo que oprimía más estrechamente
el brazo de Stephen. Después dijo:
—Eso de la destilería tiene una gracia brutal.
—¿Queda algo más que quieras saber? —preguntó Stephen.
—¿Estás, al presente, en buena situación económica?
—¿Te lo parezco? —exclamó bruscamente Stephen.
—Quiere decir —continuó con aire pensativo Cranly—, que te has
criado en el seno de la abundancia.
Dijo la frase recalcando las palabras con toda claridad, como acostumbraba
a hacer siempre que usaba expresiones técnicas, como si quisiera
dar a entender al oyente que eran proferidas sin la menor convicción.
—Tu madre ha debido de sufrir mucho en esta vida —agregó al cabo
de un momento—. ¿No querrías evitarle nuevos sufrimientos aunque…?
¿No lo querrías?
—Si ello fuera posible —contestó Stephen—, no me sería preciso
violentarme mucho por mi parte.
—Pues entonces —replicó Cranly—, haz lo que desea. ¿Qué te
cuesta? No crees en ello. Pero es sólo una cuestión de forma, nada más.
James Joyce
220
Y en cambio le vas a proporcionar una satisfacción espiritual.
Se detuvo, y viendo que Stephen no respondía continuó callado.
Por fin, dijo, como si estuviera dando expresión a su propio proceso
mental:
—Si hay algo seguro en este apestoso estercolero del mundo, es el
amor de una madre. Tu madre te trae al mundo; te lleva primero dentro
de su cuerpo mismo. ¿Qué es lo que sabemos acerca de sus sentimientos?
Pero, sea lo que sea, lo que ella siente es, por lo menos, algo verdadero.
Tiene que serlo. ¿Qué son nuestras ideas y nuestras ambiciones?
¡Pamplinas! ¡Nuestras ideas! Mira: ese grandísimo cabra de Temple tiene
ideas. Mac Cann tiene ideas también. No hay un condenado borrico
por esas tierras de Dios que no piense que tiene ideas.
Stephen, que había estado prestando oídos al silencioso lenguaje
oculto tras de aquellas palabras, dijo por fin con afectado descuido:
—Pascal, si mal no recuerdo, no podía tolerar que su madre le besara
de miedo al contacto del sexo de ella.
—Pascal era un cerdo —dijo Cranly.
—Creo que San Luis Gonzaga era de la misma opinión.
—Pues era otro cerdo —afirmó Cranly.
—La Iglesia le llama santo —objetó Stephen.
—Se me importa un piñonero comino de lo que le llamen —dijo lisa
y llanamente Cranly—. Para mí es un cerdo.
Stephen, preparando cuidadosamente cada palabra, antes de ser proferida,
dijo:
—También parece que Jesús trató a su madre en público con escasa
cortesía. Pero Suárez, teólogo jesuita y caballero español, le defiende.
—¿No se te ha ocurrido nunca pensar que Jesús no era lo que pretendía
ser? —preguntó Cranly.
—La primera persona a quien se le ocurrió eso fue al mismo Jesús.
—Quiero decir —dijo con tono más decidido Cranly—, si se te ha
ocurrido alguna vez pensar que fuese conscientemente hipócrita, que
fuese lo que los judíos de aquel tiempo llamaban un sepulcro blanqueado.
O, más claramente aún: que fuese un sinvergüenza.
—Nunca se me ha ocurrido pensar en eso —contestó Stephen—. Pero
lo que quisiera saber es si de lo que tratas es de convertirme a mí o de
prevenirte a ti mismo.
Se volvió hacia su amigo, en cuya cara se estaba dibujando una desapacible
sonrisa a la cual un esfuerzo de la voluntad trataba de dar un fino
Retrato del artista adolescente
221
matiz expresivo.
Cranly preguntó de pronto en tono juicioso y franco:
—Dime la verdad: ¿Te ha escandalizado lo que acabo de decir?
—Algo —contestó Stephen.
—¿Y por qué te ha escandalizado? —insistió Cranly—, si sabes con
certeza que nuestra religión es falsa y que Jesús no es el hijo de Dios.
—No lo sé con certeza ni mucho menos —contestó Stephen—. Más
bien parece hijo de Dios que hijo de María.
—¿Y es esa la causa por la que no quieres comulgar? —preguntó
Cranly—, ¿porque no estás seguro tampoco de eso, porque temes que la
hostia pueda ser el cuerpo y la sangre de Dios, en lugar de ser simplemente
un pedazo de pan sin levadura? ¿Porque tienes miedo de que pueda
ser así?
—Sí —contestó tranquilamente Stephen—, por eso. Porque siento y
temo que pueda ser así.
—Lo comprendo —dijo Cranly.
Stephen, impresionado por el tono definitivo de estas palabras, volvió
a abrir inmediatamente la discusión, diciendo:
—Hay muchas cosas a las que tengo miedo: a los perros, a los caballos,
a las armas de fuego, al mar, a las tormentas, a las maquinarias, a
los caminos en despoblado por la noche.
—Pero, ¿por qué tienes miedo a un pedazo de pan?
—Se me figura —dijo Stephen— que hay una realidad maligna
oculta detrás de estas cosas a las cuales temo.
—¿Es que tienes miedo, según eso, a que el Dios de los católicos te
deje muerto en el acto y te condene si haces una comunión sacrílega?
—El Dios de los católicos podría hacerlo si quisiera. Pero lo que temo
más que eso es la acción química que se desarrollaría en mi alma a
consecuencia de rendir un homenaje fingido a un símbolo tras del cual
están conglomerados veinte siglos de autoridad y de veneración.
—¿Serías capaz —preguntó Cranly— de cometer tal sacrilegio en caso
de extremo peligro? Por ejemplo, ¿si vivieras en los días en que había
una sanción penal?
—No puedo contestar para tiempos pasados. Posiblemente no.
—Pero —dijo Cranly—, ¿no irás a hacerte protestante?
—Te he dicho que he perdido la fe —contestó Stephen— pero no que
haya perdido el respeto a mí mismo. ¿Qué clase de liberación sería esa
de abandonar un absurdo que es lógico y coherente para abrazar otro
James Joyce
222
ilógico e incoherente?
Habían seguido caminando hacia Pembroke. Y, según iban avanzando
a lo largo de las avenidas, parecía que los árboles y las luces, esparcidas
aquí y allá por las quintas, les confortaban el espíritu. El ambiente de
riqueza y de tranquilidad difundido en torno de ellos parecía remediar su
propia indigencia. Tras un seto de laurel brillaba la luz de la ventana de
una cocina y se oía la voz de una criada que estaba cantando mientras
afilaba cuchillos. Cantaba a compases cortos y entrecortados:
—Rosie O'Grady.
Cranly se detuvo para escuchar y dijo:
—Mulier cantat.
La dulce belleza de la palabra latina rozó la obscuridad de la noche
con un roce más tenue y más persuasivo que el de la música o el de una
mano de mujer. Y las almas de ambos quedaron aquietadas. A través de
la obscuridad pasaba silenciosamente la figura de una mujer tal como
aparece en la liturgia de la Iglesia: vestida de blanco, débil y esbelta como
un muchacho, el ceñidor amplio y caído. Desde un coro distante llegaba
su voz, frágil y de timbre agudo como la de un niño: primeras palabras
de mujer que atraviesan por entre el misterio y el clamor de la pasión
del Domingo de Ramos.
—Et tu cum Jesu Galilaeo eras.
Y todos los corazones se sentían conmovidos y se volvían hacia
aquella voz radiante como una estrella nueva, como una estrella que brillara
con más claros resplandores hacia la mitad de las palabras, y más
débilmente al expirar de la cadencia.
La canción cesó. Siguieron adelante mientras Cranly repetía el fin del
estribillo haciendo resaltar el ritmo fuertemente:
Y cuando nos casemos,
¡oh, qué feliz la vida así!
Que amo a la dulce Rosie O'Grady
y Rosie O'Grady me ama a mí.
—Eso sí que es verdadera poesía —dijo—. Eso sí que es verdadero
amor.
Miró de lado a Stephen con una extraña sonrisa y añadió:
—¿Crees que eso es poesía? ¿Comprendes el sentido de las palabras?
—Lo que quiero es encontrar a Rosie primero —contestó Stephen.
Retrato del artista adolescente
223
—Es fácil de encontrar —dijo Cranly.
El sombrero se le había calado hasta la frente. Se lo echó hacia atrás
y bajo la sombra de los árboles pudo Stephen ver la frente pálida y encuadrada
en la obscuridad de Cranly, y sus grandes y profundos ojos. Sí.
Su rostro era hermoso, y su cuerpo fuerte y recio. Había estado hablando
del amor maternal. Podía por tanto comprender los sufrimientos de las
mujeres, la debilidad de sus cuerpos y de sus almas. Y sabría defenderlas
con brazo fuerte y resuelto, e inclinar ante ellas su espíritu.
¡Partir, pues! ¡Era tiempo de partir! Una voz estaba aconsejando en
voz baja al solitario corazón de Stephen, invitándole a partir y anunciándole
que aquella amistad estaba tocando a su término. Sí: se iría. No podía
luchar contra otro. Sabía bien cuál era su papel.
—Probablemente -me iré —dijo.
—¿A dónde? —preguntó Cranly.
—A donde pueda —contestó Stephen.
—Sí —dijo Cranly—. Te podría resultar difícil el vivir aquí ahora.
¿Pero es esa la causa de que te vayas?
—Tengo que irme —contestó Stephen.
—Porque creo —continuó Cranly—, que si no sientes ganas de irte,
no te debes considerar arrojado como un hereje o un proscrito. Hay muchos
buenos creyentes que piensan como tú. ¿Qué, te sorprende? La
Iglesia no es el edificio de piedra, ni los curas, ni sus dogmas. La Iglesia
es la masa total de los que han -nacido dentro de ella. No sé qué es lo
que pretendes hacer en esta vida. ¿Es lo que me dijiste aquella noche que
estábamos al lado de la estación de Harcourt Street?
—Sí —contestó Stephen sonriendo a pesar suyo, ante aquella manía
de Cranly de recordar ideas asociándolas siempre a sitios—. Sí: aquella
noche en que perdiste media hora discutiendo con Doherty acerca del
camino más corto para ir de Sallygap a Larras.
—¡El muy alma de cántaro! ¿Qué sabe él del camino de Sallygap a
Larras? O, mejor: ¿qué idea puede tener él de todo eso con aquella cochina
bacinilla que Dios le ha dado por cabeza?
Se echó a reír sonora y ampliamente.
—Bien —dijo Stephen—. ¿Te acuerdas de lo demás?
—¿De lo que me dijiste? —preguntó Cranly—. Sí, me acuerdo. Descubrir
una manera de vida o de arte, en la cual tu alma pudiera expresarse
a sí misma con ilimitada libertad.
Stephen se quitó el sombrero en señal de asentimiento.
James Joyce
224
—¡Libertad! —repitió Cranly—. Y sin embargo, no eres bastante libre
para cometer un sacrilegio. Dime: ¿serías capaz de robar?
—Primero pediría —contestó Stephen.
—Y si no te dieran nada, ¿robarías?
—Lo que pretendes —respondió Stephen— es que diga que los derechos
de propiedad son provisionales y que en ciertas circunstancias no
es ilegal el robar. Todo el mundo obraría en conformidad con esta creencia.
He aquí la razón por la que no te he de contestar de ese modo. Pregúntale
al teólogo jesuita Juan de Mariana, natural de Talavera, el cual te
explicará en qué circunstancias te es lícito matar a tu rey y si es preferible
el darle un bebedizo o untarle el veneno en el traje o en la silla de
montar. Pregúntame a mí más bien si toleraría el que otros me robaran o
si, dado que lo hicieran, sería capaz de exigir para ellos eso que según
creo se llama el castigo del brazo secular. —¿Y serías capaz?
—Creo —dijo Stephen— que ello me produciría tanto dolor como el
ser robado.
—¡Ya!… —dijo Cranly.
Sacó su cerilla y se puso a limpiarse la juntura de dos dientes. Después,
como sin darle importancia, dijo:
—Dime, por ejemplo: ¿serías capaz de desflorar a una virgen?
—Perdona —dijo cortésmente Stephen—, pero, ¿no es eso lo que
constituye la ambición de la mayor parte de los hijos de familia?
—¿Cuál es entonces tu punto de vista? —preguntó Cranly.
Esta última frase excitó el cerebro de Stephen: la sentía gravitar sobre
su espíritu como una nube de humo de un olor acre y deprimente.
—Mira, Cranly —dijo—. Me has preguntado qué es lo que haría y
qué es lo que no haría. Te voy a decir lo que haré y lo que no haré. No
serviré por más tiempo a aquello en lo que no creo, llámese mi hogar, mi
patria o mi religión. Y trataré de expresarme de algún modo en vida y
arte, tan libremente como me sea posible, tan plenamente como me sea
posible, usando para mi defensa las solas armas que me permito usar:
silencio, destierro y astucia.
Cranly le cogió por el brazo y le hizo girar tal como para hacerle volver
hacia Leeson Park. Se echó a reír casi disimuladamente y oprimió el
brazo de Stephen con un cariño de mayor en edad.
—¡Astucia! —dijo—. Pero, ¿eres el mismo? ¿Tú, pobre poeta, tú?
—Y tú has sido quien me lo ha hecho confesar —dijo conmovido por
aquel contacto Stephen—, lo mismo que te he confesado tantas otras coRetrato
del artista adolescente
225
sas, ¿no es cierto?
—Sí, hijito —contestó Cranly, riéndose aún.
—Me has hecho confesar los miedos que siento. Pero te voy a decir
ahora cuáles son las cosas que no me dan miedo. No me da miedo de
estar solo, ni de ser pospuesto a otro, ni de abandonar lo que tenga que
abandonar, sea lo que sea. No me da miedo el cometer un error, aunque
sea un error de importancia, un error de por vida, tan largo tal vez como
la misma eternidad.
Cranly, serio de nuevo, retardó el paso y dijo:
—Solo, completamente solo. No te da miedo de eso. Pero, ¿sabes lo
que esa palabra quiere decir? No solamente el estar separado de todos
los demás, sino más aún, el no tener ni siquiera un amigo.
—Correré el riesgo —afirmó Stephen.
—Y no tener ni aun aquel ser querido —dijo Cranly— que es para el
hombre más que un amigo, más que el amigo más noble y fiel que en el
mundo pueda existir.
Al hablar, parecía como si sus palabras estuviesen hiriendo alguna
profunda cuerda de su propia alma. ¿Había hablado de sí mismo, de sí
mismo tal como era o tal como deseaba ser? Stephen observó por algunos
instantes el rostro de su amigo. Había una fría tristeza en aquel rostro.
Había hablado de sí mismo; era el temor de su propia soledad.
—¿De quién estás hablando? —preguntó por fin Stephen.
Cranly no contestó.
Marzo, 20. La conversación con Cranly acerca del asunto de mi rebelión.
El, con aires de importancia. Yo, dúctil y suave. Me ataca con motivo
del amor a la propia madre. Trato de imaginarme la suya: no puedo. Sin
darse cuenta, me dice que su padre tenía sesenta y un años al tiempo de
nacer él. Le veo. Tipo robusto de labrador. Traje gris a pintas menudas.
Pies cuadrados. Barba grisácea y descuidada. Probablemente, aficionado
a las carreras de galgos. Paga puntualmente sus diezmos al Padre Dwyr
de Larras (pero no con esplendidez). Habla algunas veces con mozas a la
hora de anochecido. ¿Pero y su madre? ¿Muy joven o muy vieja? Difícilmente
lo primero. De ser así, no me habría hablado Cranly como lo ha
hecho. Por tanto: vieja. Probablemente. Y abandonada. De aquí la desesperación
espiritual de Cranly: hijo de entrañas exhaustas.
James Joyce
226
Marzo, 21, por la mañana. Pensé esto anoche en la cama. Demasiado
perezoso y libre para añadir algo más. Y libre, sí. Las entrañas exhaustas
son las de Isabel y Zacarías. Por tanto, él es el precursor. Además: se
alimenta principalmente de tocino e higos secos. Léase: langostas y miel
silvestre. Más aún: cuando pienso en él, veo siempre una austera cabeza
separada del tronco, o como una mascarilla mortuoria recortada sobre
una cortina gris o un lienzo de verónica. Degollación llaman a eso los de
la grey. Despistado por un momento por la idea de San Juan ante portam
latinan. ¿Qué es lo que veo? Un precursor degollado que trata de hacer
saltar la cerradura.
Marzo, 21, por la noche. Libre. Alma libre e imaginación libre. Y que
los muertos entierren a los muertos. Sí. Y que los muertos se casen con
los muertos.
Marzo, 22. Sigo en compañía de Lynch a una enfermera de buenas
carnes. Idea de Lynch. Me molesta. Dos galgos famélicos tras una novilla.
Marzo, 23. No la he visto desde aquella noche. ¿Enferma? Tal vez, al
lado de la lumbre con el chal de mamá por los hombros. Pero, nada displicente.
¿Una tacita de caldo vegetal? ¿No lo tomarías ahora?
Marzo, 24. Comienzo por una discusión con mi madre. Tema: la B.
V. M. Me veo atado por mi sexo y mi edad. Para escapar sostengo las
relaciones entre Jesús y su Papá contra las de María y su hijo. Afirmo
que la religión no es un hospital para parturientas. Madre, indulgente.
Me dice que tengo unas ideas muy raras y que he leído demasiado. Falso.
He leído poco y entendido menos. Después, asegura que he de volver
a la fe porque tengo un espíritu tornadizo. Eso sería salir de la Iglesia por
la puerta trasera del pecado y volver a entrar en ella por la claraboya del
arrepentimiento. No me puedo arrepentir. Se lo digo así y le pido seis
peniques. Me da tres.
Después voy al colegio. Otra disputa con Ghezzi, el de la cabeza redonda
y los ojos de pícaro. Esta vez acerca de Giordano Bruno. Comienza
en italiano y acaba en un inglés chinesco. Me dice que Bruno era un
hereje terrible. Le contesto que me le quemaron terriblemente. Conviene
en esto, aunque a desgana. Después me da la receta de lo que llama risoteo
alla bergamasca. Al pronunciar una o suave avanza sus labios
carnosos como si fuera a besar la vocal. ¿Habrá quizás?… ¿Y se habrá
podido arrepentir? Sí, habrá podido. Y aun llorar dos lágrimas redondas
Retrato del artista adolescente
227
y picarescas, una con cada ojo.
Al cruzar Stephen's Green, es decir, el mío, me acuerdo de que han
sido sus compatriotas y no los míos los que han inventado lo que Cranly
llamaba la otra noche nuestra religión. Cuatro de ellos, soldados del 97
de línea, estaban allí sentados al pie de la cruz, jugándose a los dados el
sobretodo del Cristo.
Voy a la Biblioteca. Trato de leer tres revistas. Inútil. Ella no sale a la
calle todavía. ¿Estoy intranquilo? ¿De qué? De que no vuelva a salir jamás.
Blake ha escrito:
Me pregunto si William Bond se muere
porque seguramente está muy malo.
¡Ay, pobre William!
Estaba yo una vez en un diorama en Rotunda. Al final presentaron
retratos de celebridades en boga. Entre ellas el de William Ewart
Gladstone, que acababa de morir. Y la orquesta va y se me pone a tocar:
Oh, Willie, te hemos echado de menos.
¡Raza de destripaterrones!
Marzo, 25, por la mañana. Noche turbada por pesadillas. Necesidad
de librarme de su congoja.
Una galería larga y en curva. Columnas de vapores obscuros que ascienden
del suelo. La galería está poblada de figuras petrificadas de reyes
fabulosos. Tienen las manos recogidas sobre las rodillas en señal de
cansancio, y sus ojos están obscurecidos por los errores de los hombres,
que como negros vapores suben al espacio delante de ellos.
Hay unas figuras extrañas que avanzan saliendo de una caverna. No
llegan a tener estatura humana ni a estar completamente separadas las
unas de las otras. Sus rostros son fosforescentes con algunas franjas más
obscuras. Me miran fijamente y sus ojos parece que me quieren preguntar
algo. No hablan.
Marzo, 30. Cranly estaba esta tarde en los soportales de la Biblioteca
proponiendo un problema a Dixon y al hermano de ella. Una madre deja
caer su hijo al Nilo. ¡Y dale con la madre! Un cocodrilo se apodera de él.
La madre implora que se lo devuelva. El cocodrilo dice que perfectamente
con tal de que ella adivine lo que va a hacer con el niño: si comérselo
o no comérselo.
James Joyce
228
Tal mentalidad, diría Lépido, nace del barro humano por la acción del
sol.
¿Y la mía? ¿No nace del mismo sitio? Entonces: ¡Al cieno del Nilo
con ella!
Abril, 1. Desapruebo esta última frase.
Abril 2. La he visto tomando té y comiendo pasteles en Johnston's,
Mooncy y O'Brien's. Mejor: fue Lynch, el de los ojos de lince, el que la
vio cuando pasábamos. Me dice que Cranly estaba invitado también por
el hermano. ¿Habrá traído su cocodrilo? ¿Es su luz la que está en candelero
ahora? Pues bien: yo he sido quien lo ha descubierto. Que conste
que yo he sido quien lo ha hecho. Cuando él brillaba tranquilamente detrás
de un celemín de salvado de Wicklow.
Abril, 3. Encontré a Davin en la tienda de tabacos que está enfrente
a la iglesia de Findlater. Llevaba un jersey negro y un bastón de hurley.
Me preguntó si era verdad que me marchaba y por qué causa. Le dije
que el camino más corto para Tara era vía Holyhead. En aquel mismo
momento llegó mi padre. Presentación. Padre, correcto y observador.
Preguntó a Davin si quería tomar un refresco. Davin no podía porque tenía
que ir a una reunión. Después de separarnos de él, mi padre me dijo
que la mirada de Davin respira simpatía y honradez. Y a continuación
que por qué no me hacía socio de un club de remo. Finjo que lo pensaré.
Me cuenta cómo venció a Pennyfeather en una regata. Quiere que estudie
leyes. Dice que no encontraría cosa que me fuera mejor. Más cieno,
más cocodrilos.
Abril, 5. Primavera salvaje. Huida de nubes veloces. ¡Oh, vida! Corriente
sombría de aguas arremolinadas y fangosas sobre la cual los
manzanos han abatido sus flores delicadas. Ojos de muchachas entre las
hojas. Muchachas recatadas y retozonas. Todas rubias o pelirrojas: ninguna
morena. Se ruborizan mejor. ¡Hopla!
Abril, 6. Seguramente que ella se acuerda del pasado. Lynch dice que
todas las mujeres lo hacen. Se acordará, por tanto, de los años de su infancia
y mía, si es que yo he sido niño alguna vez. El pasado se deshace
en el presente y el presente no vive más que para dar origen al futuro. Si
he de hacer caso de Lynch, toda estatua de mujer debería aparecer completamente
cubierta por sus vestiduras, con una mano en melancólica
exploración de sus partes posteriores.
Abril, 6, más tarde. Michael Robarles recuerda la belleza olvidada, y
cuando sus brazos se ciñen en torno de ella, abraza entre ellos encantos
Retrato del artista adolescente
229
ha largo tiempo desaparecidos del mundo. No es eso. De ninguna manera.
Yo quiero estrechar entre mis brazos la belleza que todavía no ha venido
al mundo.
Abril, 10. Débilmente, bajo el agobio de la noche, a través del silencio
de la ciudad, tornada ya del ensueño al sueño como amante ahíto, insensible
a las caricias, el son de las herraduras por el camino. No tan débilmente
ya, ahora al acercarse al puente. Y un momento después, al pasar
por debajo de las ensombrecidas ventanas, su flecha de alarma que
hiende el silencio. Para sonar de nuevo, lejos, herraduras que brillan como
gemas bajo el agobio de la noche, sones que se precipitan allá por
los campos dormidos, ¿hacia qué meta remota?, ¿hacia qué corazón?,
¿para llevar qué nuevas?
Abril, 11. Leo lo que escribí anoche. Palabras vagas para una vaga
emoción. ¿Le gustaría a ella? Creo que sí. Si fuera así, también a mí me
tendrían que gustar.
Abril, 13. Hace mucho tiempo que me anda dando vueltas por la cabeza
aquello del envás. He buscado la palabra en el diccionario y he encontrado
que es inglés, e inglés castizo y de buena ley. ¡A la porra con el
decano de estudios y su embudo! ¿A qué ha venido aquí, a enseñarnos
su propio idioma o a aprenderlo de nosotros? Lo mismo en un caso que
en otro: ¡a la porra con él!
Abril, 14. John Alphonsus Mulrennan acaba de regresar del occidente
de Irlanda. Se ruega la inserción en los periódicos de Europa y Asia.
Cuenta que en su viaje se encontró con un hombre en una choza en medio
de los montes. El viejo le habló en irlandés. Mulrennan contestó en
irlandés. Después Mulrennan y el viejo hablaron en inglés. Mulrennan le
habló del universo y de las estrellas. El viejo estaba sentado y no hacía
más que escuchar, fumar y escupir. Por fin, dijo:
—Sí que debe haber unos seres bien extraordinarios allá en el otro
extremo del mundo.
Le tengo miedo. Me dan miedo sus ojos córneos y orillados de encarnado.
Con él es con quien tengo que luchar durante toda esta noche hasta
que venga el día, hasta que quede muerto sobre el campo; agarrándole
bien por el cuello nervudo, hasta que… ¿hasta qué? ¿Hasta que se me
rinda? No. No tengo intención de hacer mal.
Abril, 15. Me la he encontrado de pronto en Grafton Street. La multitud
nos llevó el uno hacia el otro. Ambos nos detuvimos. Me ha preguntado
que por qué no iba nunca. Que ha oído toda clase de cuentos
James Joyce
230
acerca de mí. Todo esto sólo para ganar tiempo. Que si estoy escribiendo
versos. ¿A quién?, le pregunto a mi vez. Esto la azora aún más, y siento
haberlo dicho y me califico de mala persona. Cierro la llave del grifo y
abro el aparato refrigerante heroicoespiritual patentado en todos los países
e inventado por Dante Alighieri. Hablo rápidamente acerca de mí
mismo y de mis planes. Desgraciadamente, en medio de la conversación
hago, de súbito, un gesto de carácter revolucionario. Debo haber parecido
como un tipo en actitud de arrojar un puñado de guisantes al aire. La
gente comienza a mirarnos. Un momento después me estrecha la mano y
al echar a andar me dice que espera he de realizar lo que he dicho.
Bueno: creo que esto se puede calificar de afable, ¿no es verdad?
Sí, me ha gustado. ¿Mucho o poco? No sé. Me ha gustado, y el que
me haya gustado resulta un sentimiento nuevo para mí. En ese caso, todo
lo demás, todo lo que pensaba haber pensado, todo lo que sentía haber
sentido, todo lo anterior, realmente… ¡Anda, déjalo, amigo! ¡Déjalo y
que se te borre con el sueño!
Abril, 16. ¡Partir! ¡Partir!
Un hechizo de brazos y de voces. Brazos blancos de los caminos,
promesa de estrechos abrazos, y brazos negros de los enormes buques
que, levantados contra la luna, hablan de otros países apartados. Y están
extendidos para decirme: Estamos solos, ¡ven! Y sus voces me llaman:
Nosotros somos tus allegados. Y pueblan el aire y me llaman, a mí, a su
semejante, ya prestos a partir, agitando las alas de su exultante y terrible
juventud.
Abril, 26. Madre está poniendo en orden mis nuevos trajes de segunda
mano. Y reza, dice, para que sea capaz de aprender, al vivir mi propia
vida y lejos de mi hogar y de mis amigos, lo que es el corazón, lo que
puede sentir un corazón. Amén. Así sea. Bien llegada, ¡oh, vida! Salgo a
buscar por millonésima vez la realidad de la experiencia y a forjar en la
fragua de mi espíritu la conciencia increada de mi raza.
Abril, 27. Antepasado mío, antiguo artífice, ampárame ahora y siempre
con tu ayuda.
Dublín, 1904.
Trieste, 1914.
JAMES JOYCE nació en Rathgar, suburbio de Dublín, en 1882 y murió
en Zurich en 1941. Se educó con los jesuitas en el Belvedere College y
en el University College de Dublín. En 1904, junto con su compañera
Nora Barnacle, abandonó para siempre Irlanda y, a partir de entonces,
residió en lugares como Zurich, Roma y Trieste, donde se ganó la vida
dando clases de inglés. De las obras que escribió en esta época destacan
los poemas de Música de cámara, el libro de relatos Dublineses, el drama
Exilados y la novela autobiográfica Retrato del artista adolescente.
Al concluir la Primera Guerra Mundial se trasladó a París y allí dio a conocer
en 1922 Ulises, novela con la que revolucionó los procedimientos
de la narrativa del siglo XX. De su última obra, Finnegans wake, célebre
por la extrema complejidad de su lenguaje, se publicó en 1993 la versión
española.









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