Las Palavras | SARTRE, J. P.

| quinta-feira, 22 de outubro de 2009
Mi madre, inquieta, temerosa de los rencores de
mi abuela, hablaba bajo, quitaba humildemente la razón
a su padre, que se alzaba de hombros y se iba a su escritorio;
finalmente, ella me suplicaba que fuese a pedir
perdón a mi abuela. Yo gozaba con mi poder: era
San Miguel y había vencido al Espíritu del mal.







I. Leer
En Alsacia, alrededor de 1850, un maestro de escuela
cargado de hijos consintió en hacerse tendero. Pero
no quiso colgar los hábitos sin una compensación: ya
que renunciaba a formar las mentes, uno de sus hijos
formaría las almas; habría un pastor en la familia y sería
Charles. Charles se sustrajo a ese designio y prefirió
correr por los caminos detrás de una amazona. Se volvió
su retrato de cara a la pared y se prohibió pronunciar
su nombre. ¿A quién le tocaba? Auguste se apresuró
a imitar el sacrificio paterno: entró en el negocio,
y se adaptó bien. Quedaba Louis, que no tenía ninguna
predisposición acentuada; el padre se apoderó de este
muchacho tranquilo y le hizo pastor en un abrir y cerrar
de ojos. Después Louis llevó su obediencia hasta engendrar
a un pastor a su vez, Albert Schweitzer, cuya carrera
es bien conocida. Pero ocurrió que Charles no había
encontrado a su amazona; el hermoso gesto del padre
le había dejado su huella: durante toda su vida mantuvo
el gusto por lo sublime y puso todo su empeño en
fabricar grandes circunstancias con pequeños aconteci-
9
10 Jean-Paul Sartre
mientos. Como puede verse, no pensaba en eludir la vocación
familiar: quería entregarse a una forma atenuada
de espiritualidad, a un sacerdocio que le permitiese las
amazonas. Su salida fue el profesorado; Charles eligió
enseñar alemán. Sostuvo una tesis sobre Hans Sachs,
optó por el método directo, del cual más tarde se dijo
inventor; publicó, con la colaboración de Simonnot, un
Deutsche s Lesebuch estimado, hizo una carrera rápida:
Mâcon, Lyon, París. En París, en la distribución de premios,
pronunció un discurso que alcanzó los honores de
la separata: «Señor ministro, señoras y señores, queridos
niños; nunca podríais adivinar de qué voy a hablaros
hoy. ¡De música!». Descollaba en los versos de circunstancias.
En las reuniones de la familia acostumbraba a
decir: «Louis es el más piadoso; Auguste el más rico;
yo soy el más inteligente». Los hermanos se reían, las
cuñadas se mordían los labios. En Macón, Charles
Schweitzer se había casado con Louise Guillemin, hija
de un procurador católico. Louise aborreció el viaje de
novios; Charles la había raptado antes de terminar la
comida de bodas y metido en un tren. A los setenta años
Louise seguía hablando de la ensalada de puerros que
les habían servido en un comedor de estación: «Se comía
todo lo blanco y me dejaba lo verde». Pasaron quince
días en Alsacia sin dejar la mesa; los hermanos se
contaban en su dialecto historietas escatológicas; el pastor
se volvía hacia Louise de vez en cuando y se las traducía,
por caridad cristiana. No tardó ella en conseguir
certificados complacientes que le dispensaron del comercio
conyugal y le dieron el derecho de tener habitación
aparte. Hablaba de sus dolores de cabeza, adquirió la
costumbre de quedarse en la cama, se puso a odiar el
ruido, la pasión, los entusiasmos, toda la vida ruda y
teatral de los Schweitzer. Esa mujer viva y maliciosa,
pero fría, pensaba derecho y mal, porque su marido pensaba
bien y torcido; como él era mentiroso y crédulo,
ella dudaba de todo: «Pretenden que la Tierra gira;
¡qué saben ellos!». Como estaba rodeada de virtuosos
comediantes, aborrecía la comedia y la virtud. Esta reaLas
palabras 11
lista tan fina, perdida en una familia de groseros espiritualistas,
se volvió volteriana por desafío, sin haber
leído a Voltaire. Bonita y llenita, cínica y alegre, se convirtió
en la negación pura. Con un movimiento de las
cejas o una sonrisa imperceptible pulverizaba todas las
grandes actitudes, por sí misma y sin que nadie se diese
cuenta. La devoraron su orgullo negativo y su egoísmo
de rechazo. No veía a nadie porque tenía demasiado orgullo
para solicitar el primer lugar y demasiada vanidad
para conformarse con el segundo. «Aprended —decía—
a haceros desear». La desearon mucho, luego cada vez
menos y, como no la veían, acabaron por olvidarla. Entonces
apenas si dejó el sillón o la cama. A los Schweitzer,
naturalistas y puritanos —esta combinación de virtudes
es menos rara de lo que se cree—, les gustaban
las palabras crudas que, aun rebajando muy cristianamente
al cuerpo, manifestaban su amplia aceptación de
las funciones naturales; a Louise le gustaban palabras
veladas; leía muchas novelas ligeras en las que, más que
la intriga, apreciaba los velos transparentes en que estaba
envuelta: «Es atrevida, está bien escrita —decía
con un aire delicado—. ¡Deslizaos, mortales, no os apoyéis!
». Esta mujer de nieve pensó que se iba a morir de
risa al leer La fille de feu, de Adolphe Belot. Le gustaba
contar historias de noches de bodas que terminaban siempre
mal: unas veces el marido, con su prisa brutal, rompía
el cuello de su mujer contra la madera de la cama,
y otras la joven recién casada aparecía por la mañana
refugiada encima del armario, desnuda y loca. Louise vivía
en la penumbra; Charles entraba en su habitación,
corría las persianas, encendía todas las lámparas; ella
gemía llevándose las manos a los ojos: «¡Charles, me
deslumhras!». Pero su resistencia no iba más allá de los
límites de una oposición constitucional; Charles le inspiraba
temor, una tremenda desazón, a veces también
amistad, con tal de que no la tocase. Ella cedía en todo
en cuanto él se ponía a gritar. Él le hizo cuatro hijos
por sorpresa: una niña que murió muy pronto, dos niños
y otra hija. Por indiferencia o por respeto, él per12
Jean-Paul Sartre
mitió que los educasen en la religión católica. Louise,
que no era creyente, los hizo creyentes por asco del protestantismo.
Los dos varones tomaron el partido de la
madre; ella los alejó suavemente del voluminoso padre;
Charles ni siquiera se dio cuenta. El mayor, Georges,
entró en la Escuela Politénica; el segundo, Emile, se
hizo profesor de alemán. Éste me intriga: sé que quedó
soltero, pero que, aunque no quisiese a su padre, le imitaba
en todo. Padre e hijo acabaron por pelearse; hubo
reconciliaciones memorables. Emile ocultaba su vida;
adoraba a su madre y, hasta el final, guardó la costumbre
de hacerle visitas clandestinas, sin prevenirla; la
llenaba de besos y de caricias y después se ponía a hablar
del padre, al principio irónicamente, luego con rabia,
y se iba dando un portazo. Yo creo que ella le quería,
pero le tenía miedo; esos dos hombres rudos y difí
ciles le cansaban, y prefería a Georges, que nunca estaba
con ella. Emile murió en 1927, loco de soledad; encontraron
un revólver debajo de su almohada, cien pares de
calcetines agujereados y veinte pares de zapatos viejos
en sus baúles.
Anne-Marie, la hija menor, pasó la infancia en una
silla. La enseñaron a aburrirse, a estar derecha, a coser.
Tenía dotes; creyeron que era distinguido dejarlas sin
cultivar; esplendor; tuvieron el cuidado de ocultárselo.
Estos burgueses modestos y orgullosos opinaban que la
belleza estaba por encima de sus medios o por debajo
de su condición; la permitían en las marquesas y en las
putas. Louise tenía el más árido de los orgullos; por
temor al engaño, negaba en su marido, en sus hijos, en
ella misma las cualidades más evidentes. Charles no sabía
reconocer la belleza en los demás; la confundía con
la salud. Desde que su mujer se declaró enferma, se consolaba
con unas idealistas robustas, bigotudas y llenas
de colores y de buena salud. Anne-Marie, al repasar cincuenta
años después las páginas de un álbum de la familia,
se dio cuenta de que había sido bella.
Casi por el mismo tiempo en que Charles Schweitzer
conocía a Louise Guillemin, un médico rural, se casó
Las palabras 13
con la hija de un rico propietario del Périgord y se instaló
con ella en la triste calle mayor de Thiviers, en frente
de la farmacia. Al día siguiente de la boda se descubrió
que el suegro no tenía ni un céntimo. El doctor
Sartre, furioso, pasó cuarenta años sin dirigir la palabra
a su mujer; en la mesa se expresaba por gestos;
ella acabó por llamarle «mi pensionista». Sin embargo,
compartía su lecho, y de vez en cuando, sin una palabra,
la dejaba embarazada. Ella le dio dos hijos y una
hija. Esos hijos del silencio se llamaron Jean-Baptiste,
Joseph y Hélène. Hélène se casó, andando los años,
con un oficial de caballería que se volvió loco; Joseph
hizo su servicio militar con los zuavos y se retiró bastante
pronto con sus padres. No tenía oficio; entre el
mutismo de uno y los chillidos de la otra, se volvió
tartamudo y se pasó la vida luchando con las palabras.
Jean-Baptiste ingresó en la Escuela Naval para ver el
mar. En 1904, en Cherbutgo, siendo ya oficial de marina
y devorado por las fiebres de Cochinchina, conoció
a Anne-Marie Schweitzer, se apoderó de esta mujerona
enamorada, se casó con ella, le hizo un hijo al galope,
a mí, y trató de refugiarse en la muerte.
Morir no es fácil; la fiebre intestinal subía sin prisa
y a veces tenía remisiones. Anne-Marie le cuidaba
con abnegación, pero sin llevar la indecencia hasta el
extremo de amarle. Louise le había prevenido contra la
vida conyugal: tras las bodas de sangre, era una serie
infinita de sacrificios, cortada por trivialidades nocturnas.
Siguiendo el ejemplo de su madre, la mía, prefirió
el deber al placer. No había conocido mucho a mi padre,
ni antes ni después de la boda, y debía a veces
preguntarse por qué ese extraño había escogido morir
en sus brazos. Le llevaron a una granja que estaba a
unas leguas de Thiviers. Su padre iba a visitarle todos
los días en una calesa. Las vigilias y las preocupaciones
.igotaron a Anne-Marie, se le cortó la leche, me pusieron
un ama, no lejos de allí, y me dediqué yo también
i morir de enteritis y tal vez de resentimiento. A los
veinte años, sin experiencia ni consejos, mi madre se
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destrozaba entre dos moribundos desconocidos. Su matrimonio
de conveniencia encontraba su verdad en la
enfermedad y en el luto. Yo me aproveché de la situación.
En aquella época las madres daban el pecho ellas
mismas y durante mucho tiempo; si no hubiera tenido
la suerte de encontrarme con esta doble agonía, me habría
visto expuesto a las dificultades consiguientes a un
destete tardío. Enfermo, destetado por fuerza a los nueve
meses, la fiebre y el entontecimiento impidieron que
sintiera el último tijeretazo que corta los lazos de la
madre y del hijo; me sumergí en un mundo confuso,
poblado por alucinaciones simples e ídolos groseros. Al
morir mi padre, Anne-Marie y yo nos despertamos de
una pesadilla común; yo me curé. Pero éramos las víctimas
de un malentendido: ella volvía a encontrar con
amor a un hijo que realmente nunca había dejado; yo
recobraba el sentido en las rodillas de una extraña.
Anne-Marie, sin oficio y sin dinero, decidió volver a
vivir con sus padres. Pero la insolente muerte de mi
padre había disgustado a los Schweitzer; se parecía demasiado
a un repudio. Mi madre, por no haber sabido
ni preverlo ni prevenirlo, fue decretada culpable. Se había
casado sin pensarlo con un marido que no había hecho
uso de ella. Todo el mundo fue perfecto con la alta
Ariadna que volvió a Meudon con un hijo en sus brazos.
Mi abuelo tenía solicitada la jubilación, pero volvió
a trabajar sin decir una palabra; también mi abuela fue
discreta en su triunfo. Pero Anne-Marie, helada de agradecimiento,
adivinaba la censura tras las buenas maneras;
las familias, claro está, prefieren las viudas a las
madres solteras, pero por muy poco. Para obtener su
perdón, se afanaba sin medida; llevó la casa de sus padres
en Meudon y luego, en París, se hizo ama de llaves,
enfermera, mayordomo, señora de compañía, sirvienta,
sin poder deshacer la muda irritación de su madre. Louise
encontraba fastidioso hacer el menú todas las mañanas
y las cuentas todas las noches, pero soportaba mal
que alguien lo hiciese en su lugar; se dejaba descargar
de sus obligaciones irritándose al perder sus prerrogatiLas
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vas. Esta mujer cínica que ya entraba en la vejez, no
tenía más que una ilusión: se creía indispensable. La
ilusión se desvaneció: Louise empezó a tener celos de su
hija. ¡Pobre Anne-Marie! Si hubiese sido pasiva, la habría
acusado de ser una carga; activa, sospechaba que
quería regentar la casa. Para evitar el primer escollo, necesitó
todo su valor, y toda su humildad para vencer el
segundo. No tuvo que pasar mucho tiempo para que la
joven viuda se volviera otra vez menor: una virgen
mancillada. No se le negaba el dinero para sus gastos
menudos, pero se olvidaban de dárselo; gastó su
ropa hasta hacerla trizas, sin que su padre pensara en
renovársela. Apenas se toleraba que la hija saliera sola.
Cuando la invitaban a cenar sus antiguas amigas •—ya
casadas casi todas—, tenía que pedir permiso con mucha
anticipación y prometer que la llevarían de vuelta antes
de las diez. El dueño de casa tenía que levantarse a mitad
de la comida para acompañarla en coche. Mi abuelo,
entre tanto, se paseaba por el dormitorio en camisón,
con el reloj en la mano. Empezaba a gritar en cuanto
daba la última campanada de las diez. Las invitaciones
se volvieron más raras y mi madre se privó de tan costosos
placeres.
La muerte de Jean-Baptiste fue el gran acontecimiento
de mi vida: hizo que mi madre volviera a sus cadenas
y a mí me dio la libertad.
No existe el buen padre, es la regla: no cabe reprochárselo
a los hombres, sino al lazo de paternidad, que
está podrido. Hacer hijos está muy bien, pero qué iniquidad
es tenerlos! Si hubiera vivido, mi padre se habría
echado encima de mí con todo su peso y me habría aplastado.
Afortunadamente, murió joven; en medio de los
Eneas que llevan a cuestas a sus Anquises, pasé de una
a otra orilla, solo y detestando a esos genitores invisibles,
a horcajadas sobre sus hijos para toda la vida;
dejé detrás de mí a un joven muerto que no tuvo el tiempo
de ser mi padre y que hoy podría ser mi hijo. ¿Fue
un mal o un bien? No sé; pero suscribo gustosamente el
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veredicto de un eminente psicoanalista: no tengo superyó.
Morir no basta: hay que hacerlo a tiempo. Más tarde,
me hubiera sentido culpable; un huérfano consciente
se hace reproches: los padres, ofuscados al verle, se
han retirado a sus departamentos del Cielo. Yo estaba
encantado; mi triste condición imponía respeto, fundaba
mi importancia; yo incluía mi luto entre mis virtudes.
Mi padre había tenido la galantería de morir culpablemente;
mi abuela no hacía más que repetir que se
había sustraído a sus obligaciones; mi abuelo, justamente
orgulloso de la longevidad de los Schweitzer, no admitía
que se pudiese desaparecer a los treinta años; en
vista de lo sospechosa que era esa muerte, llegó a dudar
de que su yerno hubiera existido alguna vez, y al final
lo olvidó. Yo ni siquiera tuve que olvidarlo; al despedirse
a la francesa, Jean-Baptiste me había negado el
placer de conocerlo. Aún hoy me extraña lo poco que
sé sobre él. Sin embargo, amó, quiso vivir, se vio morir;
eso basta para hacer a todo un hombre. Pero nadie
en mi familia supo infundirme curiosidad por ese hombre.
Durante varios años, pude ver, encima de mi cama,
el retrato de un pequeño oficial de ojos candidos, con
la cabeza redonda, una calva incipiente y grandes bigotes;
el retrato desapareció al casarse mi madre otra vez.
Más tarde heredé unos libros que le habían pertenecido:
uno de Le Dantec sobre el porvenir de la ciencia,
otro de Weber titulado Vers le positivisme par l'idéalisme
absolu. Leía libros malos, como todos sus contemporáneos.
En los márgenes descubrí unos garabatos indescifrables,
signos muertos de una pequeña iluminación
que fue viva y danzarina en los tiempos de mi nacimiento.
Vendí los libros: el difunto me concernía muy
poco. Lo conocía de oídas, como a la Máscara de Hierro
o al Caballero de Eón, y lo que sé de él nunca ha tenido
relación conmigo: nadie recuerda si me quiso, si me
tuvo en brazos, si volvió hacia su hijo sus ojos claros,
hoy comidos. Son penas de amor perdidas. Ese padre
ni siquiera es una sombra, ni siquiera una mirada. DuLas
palabras 17
rante algún tiempo, hemos pisado él y yo sobre la misma
tierra; eso es todo. Me dieron a entender que, más que
el hijo de un muerto, era el hijo de un milagro. Sin
duda de aquí proviene mi increíble ligereza. No soy un
jefe ni aspiro a serlo. Mandar y obedecer es lo mismo.
El más autoritario manda en nombre de otro, de un
parásito sagrado —su padre—, transmite las abstractas
violencias que padece. Nunca en mi vida he dado una
orden sin reír, sin hacer reír; es que no me corroe el
chancro del poder: no me enseñaron a obedecer.
¿A quién podría yo obedecer? Me muestran a una
joven gigantesca y me dicen que es mi madre. Por mí,
más bien la tomaría por una hermana mayor. Veo que
esta virgen con residencia vigilada, sometida a todos,
está ahí para servirme. La quiero. ¿Pero cómo la respetaría,
si nadie la respeta? En nuestra casa hay tres habitaciones:
la de mi abuelo, la de mi abuela y la de los
«niños». Los «niños» somos nosotros, igualmente menores
e igualmente mantenidos. Pero todas las consideraciones
son para mí. Han puesto una cama de muchacha
soltera en mi habitación. La muchacha soltera duerme
sola y se despierta castamente; aún duermo yo cuando
corre a tomar su «tub» en el cuarto de baño; vuelve totalmente
vestida. ¿Cómo habría de haber nacido de ella?
Me cuenta sus desgracias y yo la escucho con compasión:
más adelante me casaré con ella para protegerla.
Se lo prometo; extenderé y pondré mi mano sobre ella,
pondré a su servicio mi joven importancia. ¿Se cree
que voy a obedecerla? Tengo la bondad de ceder a sus
ruegos. Por lo demás, órdenes no me da; esboza con
unas palabras ligeras un porvenir y celebra que quiera
realizarlo; «Mi hijito querido va a ser muy bueno y muy
razonable, y se va a portar muy bien dejándose poner
gotas en la nariz». Me dejo caer en la trampa de esas
profecías tan suaves.
Quedaba el patriarca; se parecía tanto a Dios padre
que muchas veces le tomaban por él. Un día entró en
una iglesia por la sacristía. El cura amenazaba a los tibios
con los rayos celestiales: «¡Dios está aquí! ¡Os
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está viendo!» De pronto los fieles descubrieron debajo
del pulpito a un anciano alto y barbudo que los miraba.
Salieron corriendo. Mi abuelo decía otras veces que
se habían hincado de rodillas ante él. Le cogió gusto a
las apariciones. En el mes de septiembre de 1914, se manifestó
en un cine de Arcachon; mi madre y yo estábamos
en la galería, cuando él pidió que se encendiesen
las luces; otros señores hacían de ángeles a su alrededor
y gritaban: «¡Victoria, victoria!» Dios subió al escenario
y leyó el comunicado del Mame. En los tiempos
en que su barba era negra, había sido Jehová y sospecho
que Emile murió por él, indirectamente. Ese Dios
colérico se saciaba con la sangre de sus hijos. Pero yo
aparecí al final de su larga vida. Su barba había encanecido,
el tabaco la había vuelto amarillenta y la paternidad
ya no le divertía. Sin embargo, yo creo que de haberme
engendrado no habría dejado de sojuzgarme: por
costumbre. Pero tuve la suerte de pertener a un muerto.
Un muerto había vertido las pocas gotas de esperma
que son el precio corriente de un niño; yo pertenecía al
sol, mi abuelo podía gozar de mí sin poseerme. Yo fui
su «maravilla», porque quería terminar sus días como un
viejo maravillado. Tomó la decisión de considerarme como
un factor singular del destino, como un don gratuito
y siempre revocable. ¿Qué hubiera podido exigir de
mí? Yo le colmaba con mi sola presencia. Fue el Dios
de Amor, con la barba del Padre y el Sagrado Corazón
del Hijo; me sometía a la imposición de sus manos, sentía
en el cráneo el calor de sus palmas, me llamaba su
chiquitín con una voz que temblaba de ternura; las lágrimas
empañaban sus fríos ojos. Todo el mundo gritaba:
«¡Este picaro le ha vuelto loco!» No cabía duda
de que me adoraba. Pero ¿me quería? Me cuesta trabajo
distinguir en una pasión tan pública la sinceridad
del artificio. No creo que haya mostrado mucho afecto
por sus otros nietos. Verdad es que casi no los veía y
que ellos no le necesitaban. Yo dependía de él para
todo; él adoraba en mí su generosidad.,
Las palabras 19
A decir verdad, se esforzaba por alcanzar lo sublime;
era un hombre del siglo XIX que, como tantos otros,
como Víctor Hugo mismo, se tomaba por Víctor Hugo.
Ese hombre hermoso, con barba fluvial, siempre entre
dos efectos teatrales, como el alcohólico entre dos vinos,
me parece que fue víctima de dos técnicas recientemente
descubiertas: el arte del fotógrafo y el arte de
ser abuelo. Tenía la suerte y la desgracia de ser fotogénico;
la casa estaba llena de fotos suyas. Como no se
practicaba la instantánea, le había dominado el gusto por
las poses y por los cuadros vivos; en él todo era pretexto
para suspender sus gestos, para inmovilizare en
una hermosa actitud, para petrificarse; le encantaban
esos breves instantes de eternidad en que se convertía
en su propia estatua. No he guardado de él —a causa
de su gusto por los cuadros vivos— más que imágenes
tiesas de linterna mágica; el follaje de un bosque, yo
estoy sentado en el tronco de un árbol, tengo cinco
años; Charles Schweitzer lleva un panamá, un traje de
franela crema con listas negras, un chácelo de piqué
blanco, cruzado por la cadena del reloj; los lentes le
cuelgan del extremo de un cordón; se inclina sobre mí,
levanta un dedo ensortijado de oro, habla. Todo está
oscuro y húmedo, salvo su barba solar: lleva su aureola
alrededor de la barbilla. No sé qué dice: estaba yo demasiado
preocupado por escuchar para poder oír. Supongo
que ese viejo republicano del Imperio me enseñaba mis
deberes cívicos y me contaba la historia burguesa; había
habido reyes, emperadores que eran malísimos; los
habían echado y todo iba bien. Por la tarde, cuando íbamos
a esperarle a la carretera, lo reconocíamos en seguida
entre la multitud de viajeros que salían del funicular,
por su alta estatura, por su paso de maestro de
minué. En cuanto nos veía a lo lejos, se «colocaba»,
obedeciendo las órdenes de un fotógrafo invisible: con
la barba al viento, el cuerpo erguido, los pies formando
ángulo recto, el pecho inflado, los brazos ampliamente
abiertos. Yo, al ver esa señal, me inmovilizaba, me inclinaba
hacia adelante, era el corredor que se lanza a la
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carrera, el pajarillo que va a salir del aparato; nos quedábamos
un momento frente a frente, un bonito grupo
de Sajonia; después me lanzaba, cargado de frutas, de
flores y de la felicidad de mi abuelo, y chocaba contra
sus rodillas, con un jadeo fingido; él me alzaba del suelo,
me levantaba hasta las nubes, con sus brazos extendidos
me estrechaba luego contra su corazón murmurando:
«¡Tesoro mío!» Era la segunda figura, muy observada
por la gente que pasaba. Representábamos una amplia
comedia con cien sketches diversos: el flirt, los malentendidos
rápidamente aclarados, las bromas bondadosas
y las amables regañinas, el despecho amoroso, los
tiernos misterios y la pasión; imaginábamos obstáculos
en nuestor amor para sentir la alegría de vencerlos; a
veces yo era imperioso, pero los caprichos no podían
ocultar mi exquisita sensibilidad; él mostraba la vanidad
sublime y candida que corresponde a los abuelos, la
ceguera, las debilidades culpables que recomienda Hugo.
Si me hubiesen castigado a régimen de pan seco, él me
habría llevado mermelada; pero ambas aterrorizadas mujeres
se cuidaban mucho de castigarme. Y además yo era
un niño bueno; me parecía que mi papel me quedaba
tan bien que no salía de él. A decir verdad, la temprana
retirada de mi padre me había gratificado con un Edipo
muy incompleto; no tenía superyó —estamos de acuerdo—,
pero tampoco agresividad. Mi madre era mía, nadie
me discutía su tranquila posesión; yo ignoraba la
violencia y el odio; me libraron del duro aprendizaje que
son los celos; al no haber chocado con sus aristas, al
principio sólo conocí la realidad por su risueña inconsistencia.
¿Contra quién, contra qué hubiera podido rebelarme?
El capricho de otro nunca había pretendido convertirse
en ley para mí.
Permito amablemente que me calcen, que me echen
gotas en la nariz, que me cepillen y que me laven, que
me vistan y que me desnuden, que me ricen y que me
froten; no hay nada más divertido que jugar a ser bueno.
Nunca lloro, apenas si río, no hago ruido; a los
cuatro años me sorprendieron echando sal a la mérmelaLas
palabras 21
da: supongo que lo hice más por amor a la ciencia que
por malignidad; de todas formas es la única fechoría
que recuerdo. Los domingos, las señoras a veces van a
misa, para oír la buena música de un organista famoso;
ni una ni otra son practicantes, pero la fe de los demás
predispone al éxtasis musical; ellas creen en Dios mientras
dura el placer de una toccata. Esos momentos de
alta espiritualidad para mí son deliciosos; como parece
que todo el mundo duerme, es la ocasión para que yo
muestre lo que sé hacer. Me convierto en estatua, de rodillas
en el reclinatorio; no tengo que mover ni un dedo;
tengo la vista fija en mí, sin pestañear, hasta que me
saltan las lágrimas y me corren por las mejillas; naturalmente,
disputo un combate titánico contra el hormigueo,
pero estoy seguro de que venceré y soy tan consciente
de mi fuerza que no dudo en provocar en mí las
más criminales tentaciones para darme el gusto de rechazarlas:
¿Y si me levantase gritando «¡Badabum!»?
¿Si trepase por la columna para hacer pipí en la pileta
de agua bendita? Estas terribles evocaciones darán luego
más valor a las felicitaciones de mi madre. Pero me
miento, finjo estar en peligro para aumentar mi gloria;
las tentaciones no fueron vertiginosas ni siquiera un momento;
temo demasiado el escándalo; si quiero sorprender,
lo será por mis virtudes. Estas victorias fáciles me
persuaden de que soy naturalmente bueno; no tengo
más que ser como soy para que me colmen de alabanzas.
Cuando tengo malos deseos o malos pensamientos, vienen
de fuera; en cuanto están en mí, languidecen y se
marchitan. No soy buen campo para el mal. Soy virtuoso
por comedia; pero no me esfuerzo ni me obligo: invento.
Tengo la libertad principesca del actor que mantiene
al público con la respiración contenida y que refina
su papel. Me adoran, luego soy adorable. Como el mundo
está bien hecho, no hay nada más sencillo. Me dicen
que soy guapo y me lo creo. Desde hace algún tiempo
tengo en el ojo derecho la nube que me volverá tuerto
y bizco, pero aún no se nota nada. Me sacan fotos, que
retoca mi madre con lápices de colores. En una de ellas.
Í2 Jean-Paul Sartre
que hemos conservado, estoy rubio y sonrosado, con bubles,
tengo las mejillas redondas y en la mirada una
afable deferencia para el orden establecido; tengo la boca
hinchada por una hipócrita arrogancia: sé lo que
valgo.
Pero no basta con que sea naturalmente bueno; tengo
que ser ptof ético-, la verdad sale de la boca de los niños.
Como aún están muy cerca de la naturaleza, son los primos
del viento y del mar; a quien sepa entenderlos, sus
balbuceos ofrecen enseñanzas amplias y vagas. Mi abuelo
había cruzado el lago de Ginebra con Henri Bergson.
«Yo estaba loco de alegría —decía—; no tenía bastantes
ojos para contemplar las crestas brillantes, para seguir
los espejeos del agua. Pero Bergson, sentado en una
maleta, no dejó de mirar entre sus pies.» Concluía de
este incidente de viaje que la meditación poética es preferible
a la filosofía. Meditó sobre mí. En el jardín, sentado
en una silla plegable, con un vaso de cerveza al
alcance de la mano, me miraba saltar y correr, buscaba
una sabiduría en mis palabras confusas y la encontraba.
Más tarde me reí de esta locura; lo siento: era el trabajo
de la muerte. Charles combatía la angustia con el
éxtasis. Admiraba en mí la obra admirable de la tierra
para persuadirse de que todo es bueno, incluso nuestro
mísero fin. Iba a buscar esta naturaleza que se disponía
a recuperarlo, en las cimas, en las olas, en medio de las
estrellas, en la fuente de mi joven vida, para poder abar-
• caria por entero y aceptar todo de ella, hasta la fosa que
se cavaba pata él. Lo que hablaba por mi boca no era
la Verdad, sino su muerte. No es de extrañar que la
Insulsa felicidad de mis primeros años haya tenido a
veces un gusto fúnebre: debía mi libertad a una muerte
oportuna, mi importancia a una muerte muy esperada.
Pues, claro, es sabido que todas las pitias son unas muertas;
todos los niños son espejos de muerte.
Y además a mi abuelo le encanta fastidiar a sus hijos.
Este padre terrible se pasó la vida aplastándolos; ellos
entran de puntillas y le sorprenden de rodillas ante un
crío: lo bastante para destrozarles el corazón. En la luLas
palabras 23
cha de las generaciones, los viejos hacen muchas veces
causa común con los niños: los unos dan los oráculos,
los otros los descifran. La Naturaleza habla y la experiencia
traduce; lo más que pueden hacer los adultos es
callarse. A falta de un niño, se toma un perro; en el
cementerio de perros, el año pasado, en el tembloroso
discurso que se prolonga de tumba en tumba, reconocí
las máximas de mi abuelo. Los perros saben querer; son
más tiernos que los hombres, más fieles; tienen más
tacto, un instinto sin fallos que les permite reconocer
el Bien, distinguir a los buenos de los malos. «Polonais
—decía una desconsolada—, eres mejor que yo; tú no
habrías podido sobrevivirme; yo te sobrevivo.» Me acompañaba
un amigo americano; irritado, dio un puntapié
a un perro de cemento y le rompió una oreja. Tenía
razón: cuando se quiere demasiado a los niños y a los
animales, se los quiere contra los hombres.
Luego yo soy un perro con porvenir; yo profetÍ2o.
Digo ocurrencias de niño, las retienen, me las repiten;
aprendo a hacer otras. Digo frases de hombre; sin tocarlas,
sé decir cosas «por encima de mi edad». Estas
cosas son poemas; la receta es sencilla: hay que confiarse
al diablo, a la casualidad, al vacío, tomar frases enteras
de los adultos, juntarlas y repetirlas sin comprenderlas.
En una palabra, hago auténticos oráculos y cada
uno los entiende como quiere. El Bien nace en lo más
ptoíunáo de mi corazón, lo Verdadero en las jóvenes
tinieblas de mi entendimiento. Me admiro instintivamente;
ocurre que mis gestos y mis palabras tienen una
cualidad que se me escapa y que salta a la vista de las
personas mayores. ¡No faltaría más! Les ofreceré sin
descanso el delicado placer que a mí se me niega. Mis
bufonerías cobran la apariencia de la generosidad; unas
pobres gentes estaban desoladas por no tener ningún
niño; conmovido, me saqué de la nada con un impulso
de altruismo y revestí el disfraz de la infancia para darles
la ilusión de que tenían un hijo. Mi madre y mi
abuela me invitan a repetir a menudo el acto de eminente
bondad que me dio la vida; alaban las manías de
24 Jean-Paul Sartre
Charles Schweitzer, su gusto por lo teatral, le preparan
sorpresas. Me esconden detrás de un mueble, retengo la
respiración, las mujeres se van de la habitación haciendo
como que me olvidan, yo me anonado; entra en la habitación
mi abuelo, cansado y mohíno, como lo haría si
yo no existiese; salgo de repente de mi escondite y le
hago la gracia de nacer, él me ve, entra en el juego,
cambia de cara y levanta los brazos al cielo: le colmo
con mi presencia. En una palabra, me doy; me doy siempre
y en todas partes, doy todo; basta con que empuje
una puerta para que yo también tenga el sentimiento
de hacer una aparición. Pongo mis cubos unos encima
de otros, quito los moldes de mis formas de arena, llamo
a gritos; llega alguien y lanza una exclamación; he
hecho feliz a uno más. La comida, el sueño y las precauciones
contra las intemperies forman las fiestas principales
y las principales obligaciones de una vida totalmente
ceremoniosa. Como en público, igual que un rey:
si como bien, me felicitan. Mi misma abuela, exclama:
«¡Qué bueno es! ¡Tiene hambre!»
No paro de crearme; soy el donante y la donación.
Si viviese mi padre, yo conocería mis derechos y mis
deberes; murió y los ignoro; no tengo derechos, puesto
que me colma el amor; no tengo deber, puesto que me
doy por amor. Un solo mandato: gustar; todo para la
muestra. Qué despilfarro de generosidad había en nuestra
familia: mi abuelo me hace vivir y yo constituyo su
felicidad; mi madre se sacrifica por todos. Cuarto pienso
en todo eso, ahora sólo ese sacrificio me parece verdadero;
pero teníamos la tendencia a no hablar de ello.
No importa, nuestra vida no es más que una serie de
ceremonias y consumimos el tiempo abrumándonos con
homenajes. Yo respeto a los adultos a condición de que
me idolatren; soy franco, abierto, dulce como una niña.
Pienso bien, confío en la gente, todo el mundo es bueno,
puesto que todo el mundo está contento. Para mí
la sociedad es una rigurosa jerarquía de méritos y de
poderes. Los que ocupan la cima de la escala dan todo
lo que poseen a los están debajo de ellos. No me atrevo,
Las palabras 25
sin embargo, a situarme en el escalón más alto; no ignoro
que están reservando a las personas severas y bienintencionadas
que hacen reinar el orden. Estoy en una
pequeña alcándara marginal, no lejos de ellas, y mi irradiación
se ejerce de arriba abajo de la escala. En resumen,
pongo el mayor cuidado en apartarme del poder
secular: ni arriba, ni abajo, fuera. Como nieto de clérigo,
soy, desde mi infancia, un clérigo; tengo la unción
de los príncipes de la Iglesia, una jovialidad sacerdotal.
Trato a los inferiores como iguales; es una piadosa manera
de mentir para hacerles más felices y conviene que
se lo crean hasta cierto punto. Hablo con una voz paciente
y moderada a mi niñera, al cartero, a mi perra.
En este mundo en orden hay pobres. También hay corderos
con cinco patas, hermanas siamesas, accidente de
ferrocarril; nadie tiene la culpa de esas anomalías. Los
buenos pobres no saben que su oficio consiste en hacernos
ejercer nuestra generosidad; son pobres vergonzosos
que van pegados a las paredes; yo voy corriendo, les
pongo en la mano una moneda de diez céntimos y, sobre
todo, les regalo una hermosa sonrisa igualitaria. Les encuentro
un aire estúpido y no me gusta tocarles, pero me
esfuerzo: es una prueba; y además tienen que quererme:
este amor embellecerá su vida. Sé que les falta lo más
necesario, y me gusta ser para ellos lo superflue Por lo
demás, por mucha que sea su miseria, nunca sufrirán
tanto como mí abuelo: cuando era pequeño, se levantaba
antes del alba y se vestía en la oscuridad de la noche;
en invierno, para levantarse, tenía que romper el
hielo de la jarra. Afortunadamente las cosas se han arreglado
desde entonces; mi abuelo cree en el Progreso y
yo también: el Progreso, ese largo camino arduo que
lleva hasta mí.
Era el Paraíso. Cada mañana me despertaba con un
estupor alegre, admirando la tremenda suerte que me
había hecho nacer en la más unida de la» familias, en el
Dais más hermoso del mundo. Me escandalizaban los
26 Jean-Paul Sartre
descontentos: ¿de qué se podían quejar? Eran unos
sediciosos. Mi abuela, particularmente, me causaba las
mayores inquietudes; me dolía ver que no me admiraba
lo bastante. La verdad era que Louise me había calado
hasta el tuétano. Me censuraba abiertamente la farsa
que no se atrevía a reprochar a su marido: yo era un
polichinela, un bufón, un hipócrita; me ordenaba que
terminara con mis «melindres». Y yo me indignaba aún
más porque sospechaba que también se burlaba de mi
abuelo: era «el Espíritu que niega siempre». Yo le contestaba,
ella exigía que me disculpase; como estaba seguro
de que me apoyarían, yo no lo hacía. Mi abuelo
aprovechaba al vuelo la ocasión para mostrar su debilidad:
tomaba partido por mí contra su mujer, que se
levantaba, ultrajada, para ir a encerrarse en su habitación.
Mi madre, inquieta, temerosa de los rencores de
mi abuela, hablaba bajo, quitaba humildemente la razón
a su padre, que se alzaba de hombros y se iba a su escritorio;
finalmente, ella me suplicaba que fuese a pedir
perdón a mi abuela. Yo gozaba con mi poder: era
San Miguel y había vencido al Espíritu del mal. Para
terminar, iba a disculparme negligentemente. Aparte de
esto, naturalmente, la adoraba, puesto que era mi abuela.
Me habían sugerido que la llamase Mamie, y que
llamase al jefe de la familia por su nombre alsaciano,
Karl. Karl y Mamie, eso sonaba mejor que Romeo y
Julieta, que Filemón y Baucis. Mi madre me repetía cien
veces al día, no sin intención: «Nos esperan Karlimami;
Karlimami estarán contentos, Karlimami...», evocando
con la íntima unión de las cuatro sílabas el perfecto
acuerdo de las dos personas. Yo me dejaba engañar a
medias, pero me las arreglaba para parecer que me dejaba
del todo; podía mantener a través de Karlimami
la unidad sin fallas de la familia y hacer que cayeran
sobre la cabeza de Louise buena parte de los méritos
de Charles. A mi abuela, suspicaz y pecaminosa, siempre
a punto de flaquear, la retenían los ángeles, el poder de
una palabra.
Las palabras 27
Hay malos auténticos: los prusianos, que nos han quitado
AIsacia-Lorena y todos nuestros relojes de pared,
menos el de mármol negro que adorna la chimenea de
mi abuelo y que le regaló, precisamente, un grupo de
alumnos alemanes; nos preguntamos dónde lo habrían
robado. Me compran los libros de Hansi, me enseñan
las estampas; no siento ninguna antipatía por esos hombres
gordos de azúcar rosa que se parecen tanto a mis
tíos alsacianos. Mi abuelo, que había elegido a Francia
en el año 71, va de vez en cuando a Grunsbach, en
Pfaffenhofen, a visitar a los que se habían quedado. Me
llevan. En los trenes, cuando un revisor alemán le pide
los billetes, cuando en el café un camarero tarda en preguntarle
lo que desea, Charles Schweitzer se pone rojq
de cólera patriótica; las dos mujeres se agarran a sus
brazos: «¡Charles, qué vas a hacer! ¡Nos echarán y no
habrás logrado nada!» Mi abuelo alza el tono: «¡A ver
si se atreven a expulsarme! ¡Estoy en mi casa!» Me empujan
hacia él, yo le miro con aire suplicante, se calma:
«Bueno, por el niño», suspira, acariciándome la cabeza
con sus dedos secos. Estas escenas me indisponen contra
él sin indignarme contra los ocupantes. Además, Charles,
en Gunsbach, no deja de encolerizarse con su cuñada;
tira su servilleta sobre la mesa varias veces por semana
y se va del comedor dando un portazo; sin embargo,
ella no es una alemana. Después de comer, nos
vamos a gemir y a sollozar a sus pies; nos opone un rostro
de bronce. ¿Cómo no suscribir un juicio de mi abuela:
«Alsacia no le sienta bien; op debería volver con
tanta frecuencia»? Por lo demás, no me gustan mucho
los alsacianos, que me tratan sin respeto, y no me importa
que nos las hayan tomado. Parece que voy con
demasiada frecuencia a ver al tendero de Pfaffenhofen,
señor Blumenfeld, y que le molesto para nada. Mi tía
Caroline ha «hecho observaciones» a mi madre; se me
comunican: por una vez somos cómplices Louise y yo:
ella detesta a la familia de su marido. En Estrasburgo,
en la habitación del hotel donde estamos reunidos, oigo
unos sones agudos y lunares; corro a la ventana; ¡los
28 Jean-Paul Sartre
soldados! Me siento feliz al ver desfilar a Prusia al son
de esa música pueril; aplaudo. Mi abuelo, que se ha quedado
sentado, gruñe; mi madre viene a decirme al oído
que tengo que dejar la ventana. Yo obedezco rezongando
un poco. Detesto a los alemanes, caramba, pero sin
convicción. Por lo demás, Charles sólo se puede permitir
un poquito de patrioterismo; dejamos Meudon en
1911 y nos instalamos en París, en el 1 de la calle Le
Goff; se había jubilado y fundó, para que pudiésemos
vivir, el Instituto de Lenguas Vivas: se enseña francés
a los extranjeros que están de paso. Con el método directo.
Los alumnos, en su mayor parte, vienen de Alemania.
Pagan bien; mi abuelo se mete en el bolsillo de
la chaqueta los luises de oro sin contarlos nunca; mi
abuela, que padece insomnio, se desliza por la noche hacia
el vestíbulo para cobrarse su diezmo «a hurtadillas»,
como ella misma dice a su hija. En una palabra, nos
mantiene el enemigo. Una guerra franco-germana nos devolvería
Alsacia, pero arruinaría al Instituto: Charles es
partidario de mantener la paz. Además, hay alemanes
buenos que vienen a almorzar a casa: una novelista coloradota
y peluda a quien Louise llama, con una risita
celosa, «la Dulcinea de Charles»; un doctor calvo que
empuja a mi madre contra las puertas y que trata de
besarla; cuando mi madre se queja tímidamente, mi abuelo
estalla: «¡Hacéis que me pelee con todo el mundo!»
Se alza de hombros y concluye: «Hija mía, has tenido
visiones», y entonces es ella al que se siente culpable.
Todos esos invitados comprenden que tienen que extasiarse
ante mis méritos y me soban dócilmente; es que
a pesar de sus orígenes poseen una oscura noción del
Bien. En las fiestas de aniversario de la fundación del
Instituto hay más de cien invitados; toman tisanas de
champaña; mi madre y Mlle. Moutet tocan Bach a cuatro
manos; yo, con un vestido de muselina azul, con estrellas
en el pelo, con alas, voy de uno a otro ofreciendo
mandarinas en una cesta. Dicen: ¡Realmente es un ángel!
» Vamos, no son tan mala gente. Claro que no hemos
renunciado a vengar a la Alsacia mártir; entre nosotros,
Las palabras 29
en voz baja, como hacen los primos de Gunsbach y de
Pfaffenhofen, matamos a los boches con el arma del ridículo.
Nos reímos cien veces seguidas, sin cansarnos,
de esa estudiante que acaba de escribir en un tema francés:
«Charlotte était percluse de douleurs sur la tombe
de "Werther» *, de ese joven profesor que, en una cena,
contempló su raja de melón con desconfianza y acabó
por comérsela entera, incluidas las pipas y la cascara.
Estos yerros hacen que me incline a considerarlos con
indulgencia: los alemanes son unos seres inferiores que
tienen la suerte de ser nuestros vecinos; les daremos
nuestras luces.
Un beso sin bigotes, se decía entonces, es como un
huevo sin sal; yo añado: y como el Bien sin el Mal, como
mi vida entre 1905 y 1914. Si sólo nos definimos por
oposición, yo era lo indefinido en carne y hueso; si el
odio y el amor son el anverso y el reverso de la misma
medalla, no quería nada ni a nadie. Estaba bien: a nadie
se le puede pedir que odie y guste a la vez. Ni gustar
ni amar.
¿Soy, pues, un Narciso? Ni siquiera; demasiado preocupado
por seducir, me olvido de mí mismo. Después
de todo no me divierte tanto hacer montoncitos de arena,
garabatos, mis necesidades naturales; para que adquieran
un valor para mí, es necesario que por )o menos
una persona mayor se extasíe ante mis productos. Afortunadamente
los aplausos no faltan; los adultos tienen
la misma sonrisa de degustación maliciosa y de connivencia
cuando escuchan mis charlas o el Arte de la Fuga.
Lo que demuestra que en el fondo soy un bien cultural.
La cultura me impregna, y yo la devuelvo a la familia
por radiación, como los estanques, por la noche,
devuelven el calor del día.
Empecé mi vida como sin duda la acabaré: en medio
de los libros. En el despacho de mi abuelo había libros
* «Carlota estaba baldada de dolores sobre la tumba de Werther.
»
30 Jean-Paul Sartre
por todas partes; estaba prohibido limpiarles el polvo
salvo una vez al año, en octubre, antes del comienzo
de las clases. No sabía leer aún y ya reverenciaba esas
piedras levantadas: derechas o inclinadas, apretadas como
ladrillos en los estantes de la biblioteca o noblemente
espaciadas formando avenidas de menhires; sentía que
la prosperidad de nuestra familia dependía de ellas. Se
parecían todas; yo retozaba en un santuario minúsculo,
rodeado de monumentos rechonchos, antiguos, que me
habían visto nacer, que habían de verme morir y cuya
permanencia me garantizaba un porvenir tan tranquilo
como el pasado. Yo las tocaba a escondidas para honrar
a mis manos con su polvo, pero no sabía qué hacer con
ellas y asistía cada día a unas ceremonias cuyo sentido
se me escapaba. Mi abuelo, tan torpe de costumbre que
mi madre le abrochaba los guantes, manejaba esos objetos
culturales con una destreza de oficiante. Le he visto
mil veces levantarse con un aire ausente, dar la vuelta
a la mesa, cruzar la habitación de dos zancadas, tomar
un volumen sin dudar ni lo más mínimo, sin tener el
tiempo de elegir, hojearlo mientras volvía a su sillón, con
un movimiento combinado del pulgar y del índice, y
luego, apenas sentado, abrirlo de golpe por «la página
buena», haciéndolo crujir como un zapato. A veces me
acercaba para observar esas cajas que se hendían como
ostras y descubrir las desnudez de sus órganos interiores,
unas hojas descoloridas y enmohecidas, ligeramente
infladas, cubiertas de venillas negras que bebían tinta y
olían a hongo.
En la habitación de mi abuela los libros estaban echados;
se los prestaban en una biblioteca y nunca vi más
de dos a la vez. Esas baratijas me hadan pensar en los
confites de Año Nuevo porque sus hojas flexibles y con
reflejos parecían recortadas en papel satinado. Vivas,
blancas, casi nuevas, servían de pretexto para unos ligeros
misterios. Todos*los viernes mi abuela se vestía para
salir y decía: «Los voy a devolver»; a-la vuelta, después
de haberse quitado el sombrero negro y el velo,
los sacaba de su manguito y yo me preguntaba, chasLas
palabras 31
queado: «¿Son los mismos?» Ella los «forraba» cuidadosamente
y luego, tras haber elegido uno de ellos, se instalaba
junto a la ventana, en la poltrona, se calzaba las
gafas, suspiraba de felicidad y de lasitud, bajaba los
párpados con una fina sonrisa voluptuosa, que después
encontré en los labios de la Gioconda; mi madre se callaba,
me pedía que me callase, yo pensaba en la misa,
en la muerte, en el sueño; me llenaba de un silencio
sagrado. Louise soltaba una risita de vez en cuando;
llamaba a su hija, señalaba una línea con el dedo y las
dos mujeres intercambiaban una mirada de complicidad.
Sin embargo, no me gustaban esos libros con encuadernación
demasiado distinguida; eran unos intrusos y mi
abuelo no ocultaba que eran objeto de un culto menor,
•exclusivamente femenino. El domingo entraba por no
saber qué hacer en la habitación de su mujer y se plantaba
delante de ella sin tener nada que decirle; todo el
mundo le miraba, él tamborileaba en el cristal y al final,
cuando ya no podía inventar nada, se volvía hacia donde
estaba Louise y le quitaba la novela de las manos.
«¡Charles —gritaba ella, furiosa—, me vas a perder la
página!» Él, con las cejas levantadas, ya estaba leyendo;
de pronto golpeaba el libro con el índice: «¡No entiendo!
» «¿Pero cómo quieres entender —decía mi abuela—,
si lees para adentro?» Acababa tirando el libro sobre
la mesa y se iba alzándose de hombros.
Como era del oficio, seguramente tenía razón. Yo lo
sabía, me había enseñado, en un estante de la biblioteca,
unos gruesos volúmenes encuadernados cubiertos con una
tela oscura. «Esos, pequeño, los ha hecho tu abuelo.»
¡Qué orgullo! Yo era el nieto de un artesano especializado
en la fabricación de objetos santos, tan respetable
como un constructor de órganos, como un sastre de clérigos.
Yo le vi manos a la obra: todos los años reeditaba
el Deutsches Lesebuch. En las vacaciones toda la familia
esperaba las pruebas con impaciencia; Charles no
soportaba la inactividad; se enfadaba para pasar el tiempo.
Por fin el cartero llegaba con unos gruesos paquetes
blandos, cortábamos los cordeles con unas tijeras; mi
32 Jean-Paul Sartre
abuelo desplegaba las galeradas, las extendía encima de
la mesa del comedor y las acuchillaba con rayas rojas;
cada vez que había una errata blasfemaba entre dientes,
pero sólo gritaba cuando la muchacha pretendía poner
la mesa. Todo el mundo estaba contento. Yo, subido encima
de una silla, contemplaba con éxtasis esas líneas negras
estriadas de sangre. Charles Schweitzer me enseñó
que tenía un enemigo mortal: su editor. Mi abuelo nunca
había sabido contar; pródigo por despreocupación,
generoso por ostentación, acabó por caer, mucho más
tarde, en esa enfermedad de los octogenarios: la avaricia,
efecto de la impotencia y del miedo a la muerte. En
aquella época sólo una extraña desconfianza la anunciaba;
cuando recibía, en un giro, el importe de sus derechos
de autor, elevaba los brazos al cielo gritando que le
degollaban o entraba en la habitación de mi abuela y
declaraba sombríamente: «Mi editor me roba como un
salteador de caminos». Yo descubrí, estupefacto, la explotación
del hombre por el hombre. Sin esta abominación,
afortunadamente circunscrita, el mundo habría estado
bien hecho: los patronos daban según sus posibilidades
a los obreros según sus méritos. ¿Por qué tenían
que deslucirlo los editores, esos vampiros, bebiéndose la
sangre de mi pobre abuelo? Aumentó mi respeto por
aquel hombre de Dios cuya dedicación no encontraba
la merecida recompensa. Muy pronto me encontré preparado
para tratar el profesorado como un sacerdocio y la
literatura como una pasión.
Aún no sabía leer, pero ya era lo bastante snob para
exigir tener mis libros. Mi abuelo se fue a ver al picaro
de su editor e hizo que le diesen Les Contes del poeta
Maurice Bouchor, relatos sacados del folklore y adaptados
al gusto de los niños por un hombre que, según
decía él, había conservado los ojos de la infancia. Yo quise
empezar en seguida las ceremonias de apropiación.
Cogí los dos pequeños volúmenes, los olí, los palpé, los
abrí cuidadosamente por «la página buena» haciendo
que crujiesen. Era en vano: no tenía el sentimiento de
poseerlos. Sin lograr mayor éxito, intenté tratarlos como
Las palabras 33
muñecas, los mecí, los besé, les pegué. A punto de echarme
a llorar, acabé poniéndoselos en las rodillas a mi madre.
Ella levantó la vista de su labor. «¿Qué quieres que
te lea, queridín? ¿Las Hadas?» Yo pregunté, incrédulo:
«¿Están ahí dentro las hadas?» Ese cuento me resultaba
familiar; mi madre me lo contaba muchas veces, cuando
me lavaba, interrumpiéndose para friccionarme con agua
de Colonia, para recoger, debajo de la bañera, el jabón
que se le había escapado de las manos, y yo escuchaba
distraídamente el relato tan conocido; yo no tenía ojos
más que para Anne-Marie, esa muchacha de todos mis
despertares; sólo tenía oídos para su voz turbada por la
servidumbre; me gustaban sus frases inconclusas, sus
palabras siempre retrasadas, su brusca seguridad, rápidamente
desecha y que se volvía derrotada para desaparecer
con unas hilachas melodiosas y recomponerse después
de un silencio. Además de todo eso estaba la historia:
era el lazo de sus soliloquios. Mientras ella hablaba,
estábamos solos y clandestinamente, lejos de los hombres,
de los dioses y de los sacerdotes, como dos corzas
en el bosque, con las otras corzas, las Hadas; yo no
podía creer que se hubiera compuesto todo un libro para
que en él apareciese ese episodio de nuestra vida profana,
que olía a jabón y a agua de Colonia.
Anne-Marie me hizo sentarme frente a ella, en mi sillita;
se inclinó, bajó los párpados, se durmió. De
esa cara de estatua salió una voz de yeso. Yo perdí la
cabeza: ¿quién contaba, qué y a quién? Mi madre se
había ausentado; ni una sonrisa, ni un signo de connivencia,
yo estaba exiliado. Y además, no reconocía su
lenguaje. ¿De dónde sacaba ella esa seguridad? Al cabo
de un instante lo comprendí: el que hablaba era el libro.
Salían de él unas frases que me asustaban; eran verdaderos
ciempiés, hormigueaban de sílabas y de letras,
estiraban sus diptongos, hacían vibrar a las consonantes
dobles; cantarínas, nasales, cortadas por pausas y
por suspiros, ricas de palabras desconocidas, se encantaban
consigo mismas y con sus meandros sin preocuparse
por mí. A veces desaparecían antes de que hubiera
34 Jean-Paul Sartre
podido comprenderlas, otras había comprendido por adelantado,
y seguían rodando noblemente hacia su terminación
sin perdonarme ni una coma. Seguramente ese
discurso no me estaba destinado. En cuanto a la historia,
se había endomingado: el leñador, su mujer y sus
hijas, el hada, toda la gentecilla, nuestros semejantes,
habían adquirido majestad; se hablaba de sus harapos
con magnificencia, las palabras se desteñían sobre las
cosas, transformando las acciones en ritos y los acontecimientos
en ceremonias. Alguien se puso a hacer preguntas:
el editor de mi abuelo, especializado en la publicación
de obras escolares, no perdía la ocasión de
ejercitar la joven inteligencia de sus lectores. Me parecía
que se interrogaba a un niño: ¿qué habría hecho
en lugar del leñador? ¿Cuál de las dos hermanas prefería?
¿Por qué? ¿Aprobaba el castigo de Babette? Pero
ese niño no era yo del todo y me daba miedo contestar.
Sin embargo respondí, mi débil voz se perdió y sentí
que me convertía en otro. También Anne-Marie era otra,
con su aire de ciega extralúcida; me parecía que yo era
el hijo de todas las madres y que ella era la madre de
todos los hijos. Cuando acabó de leer, le quité rápidamente
los libros y me los llevé debajo del brazo sin darle
las gracias.
A la larga acabó por gustarme ese momento que me
arrancaba de mí mismo: Maurice Bouchor se inclinaba
sobre la infancia con la solicitud universal que tienen
los jefes de sección con los clientes de los grandes almacenes;
eso me halagaba. Acabé por preferir los relatos
prefabricados a los improvisados; me volví sensible a
la sucesión rigurosa de las palabras; volvían en todas
las lecturas, siempre las mismas y con el mismo orden;
yo las esperaba. En los cuentos de Anne-Marie, los personajes
vivían a la buena de Dios, como ella misma;
ahora, adquirieron destinos. Yo estaba en misa: yo asistía
al eterno retorno de los nombres y de los acontecimientos.
Entonces tuve celos de mi madre y resolví quitarle
su papel. Me apoderé de una obra titulada Tribulaciones
Las palabras 35
de un chino en China y me la llevé a la habitación de
los trastos; allí, encaramado en una cama plegable, hice
como que leía: seguía con los ojos las líneas negras sin
saltar una sola y me contaba una historia en voz alta,
teniendo el cuidado de pronunciar todas las sílabas. Me
sorprendieron —o hice que me sorprendieran—, lanzaron
exclamaciones y decidieron que ya era hora dé enseñarme
el alfabeto. Mostré tanto celo como un catecúmeno;
llegué hasta a darme clase particulares; me encaramaba
en lo alto de mi cama plegable con Sin familia,
de Héctor Malot, que me sabía de memoria y, medio
recitando, medio descifrando, recorrí una tras otra
todas las páginas; cuando volví la última, ya sabía leer.
Estaba loco de alegría. ¡Eran mías esas voces secadas
en sus pequeños herbarios, esas voces que reanimaba
mi abuelo con su mirada, que él entendía, que yo no
entendía! Yo las escucharía, me llenaría de discursos
ceremoniosos, sabría todo. Me dejaron vagabundear por
la biblioteca y me lancé al asalto de la sabiduría humana.
Es lo que me ha hecho. Más tarde, he oído cien veces
a los antisemitas reprochar a los judíos que ignoran las
lecciones y los silencios de la naturaleza; yo contestaba:
«En tal caso, yo soy más judío que ellos.» En vano buscaría
en mí la dulce sinrazón y los frondosos recuerdos
de las infancias campesinas. Nunca he arañado la tierra
ni buscado nidos, no he herborizado ni tirado piedras
a los pájaros. Pero los libros fueron mis pájaros y mis
nidos, mis animales domésticos, mi establo y mi campo;
la biblioteca era el mundo preso en un espejo; tenía su
espesor infinito, su variedad, su imprevisibilidad. Yo me
lancé a unas aventuras increíbles; tenía que trepar por
las sillas y las mesas a riesgo de provocar unos aludes
que me habrían sepultado. Durante mucho tiempo las
obras del estante superior permanecieron fuera de mi
alcance; otras me las quitaron de las manos cuando apenas
si las había descubierto; y otras se escondían: yo
las había cogido, había empezado a leerlas, creía haberlas
dejado en su sitio y después necesitaba una semana
para volver a encontrarlas. Tuve encuentros ho36
Jean-Paul Sartre
rribles: abría un álbum y caía sobre una lamina en colores
donde unos insectos asquerosos bullían ante mí.
Tumbado en la alfombra, emprendí áridos viajes a través
de Fontenelle, Aristófanes, Rabelais; las frases se
me resistían como cosas; había que obervarlas, contornearlas,
fingir que me alejaba y volver a ellas bruscamente
para sorprenderlas descuidadas: la mayor parte
de las veces guardaban su secreto. Yo era La Perouse,
Magallanes, Vasco de Gama; descubrí indígenas extraños:
«Heautontimorumenos» en una traducción de Terencio
en alejandrinos, «idiosincrasia» en una obra de
literatura comparada. Apócope, Quiasma, Parangón,
otros cien cafres impenetrables y distantes surgían al
volver una página y su sola aparición dislocaba todo el
párrafo. El sentido de esas palabras duras y ngras sólo
lo conocí diez o quince años después y aún hoy guardan
su opacidad: es el humus de mi memoria.
La biblioteca no comprendía apenas más que los grandes
clásicos de Francia y de Alemania. También había
gramáticas, algunas novelas célebres, los Cuentos escogidos,
de Maupassant, unos libros de arte —un Rubens,
un Van Dyck, un Durero, un Rembrandt— que le habían
regalado a mi abuelo los alumnos en algún Año
Nuevo. Magro universo. Pero para mí la Enciclopedia
Larousse lo era todo. Cogía un tomo al azar, detrás de
la mesa, en el penúltimo estante, A-Bello, Belloc-Ch o
Ci-D, Mele-Po o Pr-Z (estas asociaciones de sílabas se
habían vuelto nombres propios que designaban a los
sectores del saber universal: estaba la región Ci-D, la
región Pr-Z, con su fauna y su flora, sus ciudades, sus
grandes hombres y sus batallas); yo lo ponía con mucho
esfuerzo sobre la carpeta de mi abuelo, lo abría, descubría
a los verdaderos pájaros, cazaba verdaderas mariposas
posadas en flores verdaderas. Estaban allí, personalmente,
hombres y animales: los grabados eran sus
cuerpos, el texto era su alma, su esencia singular; en el
exterior se encontraban vagos esbozos que se acercaban
más o menos a los arquetipos sin alcanzar su perfección;
en el Jardín de Aclimatación, los monos eran menos
Las palabras 37
monos; en el Jardín del Luxemburgo, los hombres eran
menos hombres. Platónico por estado, yo iba del saber
a su objeto; encontraba más realidad en la idea que en
la cosa, porque se daba a mí antes y porque se daba como
una cosa. Encontré el universo en los libros: asimilado,
clasificado, etiquetado, pensado, aún temible; y
confundí el desorden de mis experiencias librescas con
el azaroso curso de los acontecimientos reales. De ahí
proviene ese idealismo del que me costó treinta años
deshacerme.
La vida cotidiana era límpida; nos veíamos con personas
tranquilas que hablaban alto y claro, fundaban sus
certidumbres en sanos principios, en la Sabiduría de las
Naciones, y no se dignaban distinguirse de lo común
más que por cierto amaneramiento del alma al que yo
estaba perfectamente acostumbrado. Sus opiniones me
convencían, apenas emitidas, por una evidencia cristalina
y simple; cuando querían justificar sus conductas,
daban unas razones tan aburridas que no podían dejar
de ser ciertas; sus casos de conciencia, complacientemente
expuestos, me turbaban menos que lo que me
edificaban: eran falsos conflictos resueltos por adelantado
y siempre los mismos; sus errores, cuando los reconocían,
apenas si pesaban: la precipitación, una irritación
legítima pero sin duda exagerada, habían alterado
su juicio, afortunadamente se habían dado cuenta a tiempo;
las faltas de los ausentes, más graves, nunca eran
imperdonables: no había maledicencia, entre nosotros
se veían, con aflicción, los defectos de carácter. Yo escuchaba,
comprendía, aprobaba, encontraba tranquilizadoras
esas palabras, y no me equivocaba, ya que trataban
de tranquilizar; nada deja de tener remedio y en el
fondo nada se mueve, las vanas agitaciones -de la superficie
no deben escondernos la calma mortuoria que a
cada uno nos toca en suerte.
Se despedían nuestras visitas, yo me quedaba solo,
me evadía de aquel cementerio trivial, iba a reunirme
ron la vida, con la locura en los libros. Me bastaba con
abrir uno para volver a descubrir en él ese pensamiento
38 Jean-Paul Sartre
inhumano, inquieto, cuyas pompas y tinieblas superaban
a mi entendimiento, que saltaba de una a otra idea, tan
rápidamente que se escapaba cien veces por página, y
aturdido, perdido, dejaba que se fuera. Asistía a unos
acontecimientos que mi abuelo seguramente habría juzgado
inverosímiles y que, sin embargo, tenían la deslumbrante
verdad de las cosas escritas. Los personajes
surgían sin avisar, se amaban, se peleaban entre sí, se degollaban
mutuamente; el sobreviviente se consumía de
pena, se unía en la tumba con el amigo, con la tierna
amante que acababa de asesinar. ¿Qué había que hacer?
¿Estaba yo destinado, como las personas mayores, a
censurar, felicitar, absolver? Pero esos extravagantes
no tenían en absoluto el aspecto de guiarse según nuestros
principios, y sus motivos, incluso cuando los daban,
se me escapaban. Bruto mata a su hijo, y es lo que hace
también Mateo Falcone. Era una práctica que parecía,
pues, bastante común. Sin embargo, en mi derredor
nadie lo había hecho. En Meudon habían reñido
mi abuelo y mi tío Emilio, y les había oído gritar en el
jardín; sin embargo, no parecía que hubieran pensado
en matarse. ¿Cómo juzgaba mi abuelo a los padres infanticidas?
Yo me abstenía. Mi vida no corría peligro,
ya que era huérfano y esos asesinatos aparatosos me divertían
un poco, pero, en los relatos que se hacía de
ellos, sentía cierta aprobación que me desconcertaba.
Tenía que violentarme para no escupir en el grabado
que mostraba a Horacio con el casco, la espada desenvainada,
corriendo detrás de la pobre Camila. Karl. a
veces canturreaba:
On rí peut pas et' plus proch' pa, ents
Que frère et soeur assurément... *.
Eso me turbaba; §i por suerte me hubieran dado una
hermana, ¿habría sido más cercana a mí que Anne-
Marie? ¿Y que Karlimami? Entonces habría sido mi
* Seguramente no se puede ser parientes más cercanos que
hermanos y hermanas.
Las palabras 39
amante. Amante aún no era más que una palabra tenebrosa
que encontraba con frecuencia en las tragedias
de Corneille. Unos amantes se besan y se prometen que
van a dormir en la misma cama (costumbre extraña;
¿por qué no en dos camas gemelas, como hacíamos mi
madre y yo?) Yo no sabía nada más, pero bajo la luminosa
superficie de la idea, presentía una masa velluda.
De haber sido hermano, habría sido incestuoso. Soñaba
con ello. ¿Derivación? ¿Disimulo de sentimientos
prohibidos? Tal vez. Tenía una hermana mayor, mi madre,
y quería tener una hermana menor. Aún hoy
—1963— es sin duda el único lazo de parentesco que
me conmueve\ Cometí el grave error de buscar muchas
veces entre las mujeres a esta hermana que nunca
tuve: se me denegó, quedé condenado a pagar las costas.
Lo que no impide que al escribir estas líneas resucite
a la cólera que sentí contra el asesino de Camila;
es tan fresca y tan viva que me pregunto si el crimen
de Horacio no es una de las fuentes de mi antimilitarismo:
los militares matan a sus hermanos. Yo le hubiera
dado una buena a ese soldadote. Para empezar, ¡al
cadalso! ¡Y doce tiros! Volvía la página; unas letras
de imprenta me demostraban mi error: había que absolver
al fratricida. Durante unos instantes yo resoplaba,
pateaba en el suelo, como un toro decepcionado por
la capa. Y después me apresuraba a echar ceniza sobre
mi cólera. Así eran las cosas; tenía que optar; era de-
1 Cuando tenía unos diez años, me deleitaba leyendo Les
Transatlantiques: aparecen un pequeño americano y su hermana,
de lo más inocente por lo demás. Yo me encarnaba en el niño
y amaba, a través de él, a Biddy, la niña. He pensado mucho
tiempo en escribir un cuento sobre dos niños perdidos y discretamente
incestuosos. En mis escritos pueden encontrarse huellas
de ese fantasma: Orestes y Electra en Las moscas, Boris e Ivich
en Los caminos de la libertad, Frantz y Leni en Los secuestrados
de Aliona. Esta última pareja es la única que llega a las vías de
hecho. Lo que me seducía en este lazo de familia no era tanto
la tentación amorosa como la prohibición de hacer el amor: hielo
y fuego, delicias y frustración mezcladas, el incesto me gustaba
si seguía siendo platónico.
40 Jean-Paul Sartre
masiado joven. Lo había entendido todo al revés; los
numerosos alejandrinos que habían quedado herméticos
para mí o que me había saltado por impaciencia, establecían
precisamente la necesidad de esa absolución. Me
gustaba esta incertidumbre y que la historia se me escapase
por todas partes; eso me desconcertaba. Releí veinte
veces las últimas páginas de Madame Bovary; al final
me sabía de memoria varios párrafos enteros sin que
me resultase más clara la conducta del pobre viudo; él
encontraba unas cartas, ¿era una razón para dejarse crecer
la barba? Echaba una mirada triste a Rodolphe, y
por eso le guardaba rencor. ¿Por qué, después de todo?
¿Y por qué le decía: «No le odio, Rodolphe»? ¿Por qué
Rodolphe le encontraba «cómico y un poco vil»? Después
Charles Bovary se moría; ¿de pena?, ¿por enfermedad?
¿Y por qué le abría el doctor, si todo había terminado
ya? Me gustaba esa resistencia coriácea que nunca
acababa yo de vencer; chasqueado, cansado, gustaba
de la ambigua voluptuosidad de comprender sin comprender:
era el espesor del mundo; encontraba al corazón
humano, del que con tanto gusto hablaba mi abuelo
cuando estaba con la familia, soso y hueco en todas
partes, menos en los libros. Mis humores estaban condicionados
por unos nombres vertiginosos; me sumían
en el terror o en una melancolía cuyas razones se me
escapaban. Decía «Charbovary» y en ninguna parte veía
a un barbudo gigantesco y harapiento pasearse por un
cercado. Era insoportable. En los orígenes de estas ansiosas
delicias estaba la combinación de dos temores
contradictorios. Temía caer de cabeza en un universo
fabuloso y errar por él sin cesar en compañía de Horacio,
de Charbovary, sin esperanza de volver a encontrar
la calle Le Goff, a Karlimami ni a mi madre. Y, por
otra parte, adivinaba que esos desfiles de frases ofrecían
a los lectores adultos unos significados que se me escapaban.
Introducía en mi cabeza, por medio de los ojos,
unas palabras venenosas infinitamente más ricas de lo
que sabía. Una extraña fuerza, que surgía a través de
las historias de unos furiosos que no me concernían, reLas
palabras 41
construía dentro de mí una pena atroz, el descalabro de
una vida; ¿no iba a infectarme, a morir envenenado?
Al absorber el Verbo, absorbido por la imagen, yo, en
definitiva, sólo me salvaba por la incompatibilidad de
esos dos peligros simultáneos. Al caer el día, perdido en
una jungla de palabras, estremeciéndome al menor ruido,
tomando por interjecciones los crujidos del suelo,
creía descubrir el lenguaje en estado natural, sin los
hombres. ¡Con qué cobarde alivio, con qué decepción,
volvía a encontrar la vulgaridad familiar cuando entraba
mi madre y encendía la luz gritando: «¡Pobre hijo mío,
estás destrozándote los ojos!» Azorado yo saltaba, gritaba,
corría, hacía el bufón. Pero en esta infancia recuperada
seguía preocupado:' ¿De qué hablan los libros?
¿Quién los escribe? ¿Por qué? Conté estas preocupaciones
a mi abuelo, y él, después de pensarlo, opinó que
ya era hora de libertarme, y lo hizo tan bien que me
dejó marcado.
Durante mucho tiempo me había hecho saltar en su
pierna estirada cantando: «A caballo en mi jamelgo;
cuando trota se tira pedos» *, y yo reía escandalizado.
No cantó más; me sentó en sus rodillas y me miró a
los ojos: «Soy hombre —repitió con voz de hombre público—
y nada humano me es ajeno». Exageraba mucho;
como Platón hizo con el poeta, Karl expulsaba de su
república al ingeniero, al mercader y probablemente al
oficial. Las fábricas le estropeaban el paisaje; de las ciencias
puras sólo le gustaba la pureza. En Guérigny, donde
pasábamos la segunda quincena de julio, mi tío George
nos llevaba a visitar las fundiciones; hacía calor,
nos empujaban unos hombres brutales y mal vestidos;
aturdido por unos ruidos gigantescos, yo me moría de
miedo y de aburrimiento; mi abuelo miraba el metal
fundido silbando, por educación, pero sus ojos no tenían
brillo. En Auvernia, por el contrario, en el mes de agos-
* En castellano hay canciones de otra tónica que se utilizan
en circunstancias similares; he preferido hacer la traducción literal
para que la reacción del niño y el contraste posterior con
la situación creada no pierdan su sentido total. (N. del T.)
42 Jean-Paul Sartre
to, husmeaba a través de los pueblos, se plantaba delante
de las construcciones antiguas, golpeaba los ladrillos
con la punta del bastón: «Eso que ves, pequeño
—me decía muy animado—, es un muro galorromano.»
También apreciaba la arquitectura religiosa y, aunque
abominaba de los papistas, nunca dejaba de entrar en
las iglesias cuando eran góticas; en cuanto a las románicas,
dependía del humor que tuviese. Ya casi no iba
a los conciertos, pero había ido; le gustaba Beethoven,
su pompa, sus grandes orquestas; también le gustaba
Bach, pero sin entusiasmo. A veces se acercaba al piano
y, sin sentarse, tocaba con sus dedos entumecidos algunos
acordes; mi abuela decía con una sonrisa cerrada:
«Charles está componiendo.» Sus hijos —Georges sobre
todo— se habían convertido en buenos ejecutantes que
detestaban a Beethoven y preferían sobre todo la música
de cámara; estas divergencias no molestaban a mi
abuelo; decía, con cara de bueno: «Los Schwitzer han
nacido músicos». Ocho días después de mi nacimiento,
como parecía alegrarme al oír una cuchara, decretó que
yo tenía oído.
Vitrales, arbotantes, portales esculpidos, coros, crucifixiones
talladas en madera o en piedra. Meditaciones
en verso o Armonías poéticas: esas Humanidades nos
llevaban directamente a lo Divino. Y aún más porque
había que añadirles las bellezas naturales. Las obras de
Dios y las grandes obras humanas estaban modeladas
por un mismo soplo; el mismo arco iris brillaba en la
espuma de las cascadas, y se reflejaba entre las líneas
de Flaubert, lucía en los claroscuros de Rembrandt: era
el Espíritu. El Espíritu hablaba a Dios de los hombres,
para los hombres, era testimonio de Dios. Mi abuela
veía en la Belleza la presencia carnal de la Verdad y la
fuente de las más nobles elevaciones. En algunas circunstancias
excepcionales —cuando estallaba una tormenta
en una montaña, cuando estaba inspirado Víctor Hugo—
se podía alcanzar el Punto Sublime donde lo Verdadero,
lo Bello y el Bien se confundían.
Las palabras 43
Yo había encontrado mi religión: nada me parecía
más importante que un libro. En la bliblioteca veía un
templo. Como nieto de sacerdote, vivía en el techo
del mundo, en el sexto piso, encaramado en la rama más
alta del Árbol Central; el tronco era el hueco del ascensor.
Iba, venía por el balcón, lanzaba una mirada a
vuelo de pájaro sobre la gente que pasaba, saludaba,
a través de la verja, a Lucette Moreau, mi vecina, que
tenía mi edad, mis bucles rubios y mi joven feminidad,
volvía a mi celia o al pronaos, nunca bajaba de allí personalmente;
cuando mi madre me llevaba al Luxemburgo
—es decir, todos los días— yo prestaba mis harapos
a las regiones bajas, pero mi cuerpo glorioso no bajaba
de sus alturas, y hasta creo que aún está allí. Todo hombre
tiene su lugar natural; no fijan su altitud ni el orgullo
ni el valor: decide la infancia. El mío es un sexto
piso parisino con vista sobre los tejados. Durante mucho
tiempo me ahogaba en los valles, me agobiaban las
llanuras; era como si me arrastrase por el planeta Marte,
me aplastaba la gravedad; me bastaba con escalar a una
topera para estar contento otra vez: volvía a estar en
mi sexto piso simbólico, respiraba otra vez el aire enrarecido
de las Letras, el Universo se escalonaba a mis
pies y todo, humildemente, solicitaba un nombre; dárselo
era a la vez crearlo y tomarlo. Sin esta ilusión capital,
no habría escrito nunca.
Hoy, 22 de abril de 1963, corrijo este manuscrito en
el décimo piso de una casa nueva. Por la ventana abierta
veo un cementerio, París, las colinas de Saint-Cloud, azules.
Tal es mi obstinación. Sin embargo, todo ha cambiado.
Aunque de niño haya querido merecer esta posición
elevada, habría que ver en mi gusto por los palomares
un efecto de la ambición, de la vanidad, una compensación
por mi pequeña estatura. Pero no; no se trataba
de trepar a mi árbol sagrado: yo estaba allí y me
negaba a bajar; no se trataba de situarme por encima
de los hombres: quería vivir en pleno éter entre los
aéreos simulacros de las Cosas. Después, en lugar de
agarrarme a los globos, me afané por hundirme muy
44 Jean-Paul Sartre
abajo: tuve que calzarme con suelas de plomo. Con suerte,
me ha ocurrido a veces rozar, en las arenas desnudas,
especies submarinas cuyos nombres tuve que inventar.
Otras veces, nada que hacer; una ligereza irresistible
me retenía en la superficie. En resumen, que se
me ha roto el altímetro; unas veces soy ludión y otras
buzo, y con frecuencia las dos cosas a la vez, como corresponde
a nuestra condición: vivo en el aire por costumbre
y husmeo abajo sin demasiadas esperanzas.
Pero tuvieron que hablarme de los autores. Mi abuelo
lo hizo con tacto, sin calor. Me enseñó los nombres
de esos hombres ilustres. Cuando yo estaba solo, me
recitaba la lista, desde Hesíodo hasta Hugo, sin una
falta: eran los Santos y los Profetas. Charles Schweitzer,
según decía, les consagraba un culto. Sin embargo, le
molestaban. Su inoportuna presencia le impedía atribuir
directamente al Espíritu Santo las obras del Hombre.
Así es que tenía una preferencia secreta por los anónimos,
por los constructores que habían tenido la modestia
de eclipsarse tras sus catedrales, por el innombrable
autor de las canciones populares. No le disgustaba Shakespeare,
cuya identidad no estaba establecida. Ni Homero,
por la misma razón. Ni algunos otros de los que
no se tiene la seguridad de que hayan existido. En cuanto
a los que no habían querido o sabido borrar las huellas
de su vida, los disculpaba a condición de que se
hubiesen muerto. Pero condenaba en su conjunto a sus
contemporáneos, a excepción de Anatole France y de
Courteline, que le divertían. Charles Schweitzer gozaba
orgullosamente de la consideración que se mostraba por
su mucha edad, por su cultura, por su belleza, por sus
virtudes; ese luterano no dejaba de pensar, muy bíblicamente,
que el Eterno había bendecido su Casa. A veces,
en la mesa, se recogía para recorrer muy libremente
su vida y concluir: «Hijos míos, qué bueno es no tener
nada que reprocharse». Sus arrebatos, su majestad, su
orgullo y su gusto por lo sublime cubrían una timidez
de espíritu que debía a su religión, a su siglo y a la Universidad,
su medio. Por esta razón sentía una repugLas
palabras 45
nancia secreta por los monstruos sagrados de su biblioteca,
hombres de vida airada, cuyos libros, muy en el
fondo, tenía por incongruentes. Yo me equivocaba, tomaba
por severidad de juez la reserva que aparecía bajo
un entusiasmo impuesto; su sacerdocio le elevaba por
encima de ellos. De todas formas, me soplaba el ministro
del culto, el genio sólo es un préstamo; hay que
merecerlo por medio de grandes sufrimientos, atravesando
por ciertas pruebas firmemente, modestamente;
se acaba por oír unas voces y se escribe al dictado. Entre
la primera revolución rusa y la primera guerra mundial,
quince años después de la muerte de Mallarmé,
en el momento en que Daniel de Fontanin descubría
Los alimentos terrestres, un hombre del siglo xix imponía
a su nieto las ideas que corrían bajo Luis Felipe.
Así, se dice, se explican las rutinas campesinas: los padres
se van al campo y dejan a los hijos en manos de
los abuelos. Yo empezaba con un handicap de ochenta
años. ¿Debo quejarme? No lo sé; en nuestras sociedades
en movimiento, los retrasos a veces procuran alguna
ventaja. Sea como fuere, me largaron ese hueso y tan
bien lo he roído que veo la luz a su través. Mi abuelo,
taimadamente, había querido asquearme de esos intermediarios
que son los escritores. Obtuvo el resultado contrario:
confundí el talento y el mérito. Esa buena gente
se me parecía: cuando yo era muy bueno, cuando aguantaba
valientemente los dolores, tenía derecho a los laureles,
a una recompensa; era la infancia. Karl Schweitzer
me mostraba a otros niños, como yo vigilados, sufridos
y recompensados que habían sabido conservar mi edad
durante toda su vida. Como yo no tenía ni hermano,
ni hermana, ni compañeros, los convertí en mis primeros
amigos. Habían amado, sufrido con rigor, como los
héroes de sus novelas, y sobre todo habían terminado
bien; yo evocaba sus tormentos con una ternura un poco
alegre: qué contentos debían de estar los muchachos
cuando se sentían desgraciados; se decían: «¡Qué suerte,
va a nacer un hermoso verso!»
46 Jean-Paul Sartre
Para mí no estaban muertos, o por lo menos no del
todo: se habían metamorfoseado en libros. Corneille era
un coloradote, grande, rugoso, con lomo de cuero, que
olía a cola. Ese personaje incómodo y severo, de palabras
difíciles, tenía unos bordes que me lastimaban los
muslos cuando lo transportaba. Pero en cuanto lo había
abierto, me ofrecía sus grabados, oscuros y dulces como
confidencias. Flaubert era uno pequeño forrado de tela,
inodoro, con pecas. Víctor Hugo, el múltiple, estaba
encaramado en todo los estantes. Todo eso en cuanto
a los cuerpos; en cuanto a las almas, estaban en las
obras: las páginas eran ventanas, una cara se pegaba a
los cristales por fuera, alguien me vigilaba; yo fingía
no darme cuenta, seguía leyendo, con la vista pendiente
de las palabras bajo la fija mirada de fuego de Chateaubriand.
Esas inquietudes no duraban: el resto del tiempo,
adoraba a mis compañeros de juego. Los puse por
encima de todo y se me contó sin que me extrañase
que Carlos Quinto había recogido el pincel del Ticiano.
¡Vaya cosa! Para eso están hechos los príncipes. Sin
embargo, no los respetaba; ¿por qué hubiera debido alabarles
el ser grandes? No hacían más que cumplir con
su deber. Yo criticaba a los otros por ser pequeños. En
resumen, había comprendido todo al revés y había convertido
a la excepción en regla: la especie humana se
volvió un comité restringido rodeado por animales afectuosos.
Sobre todo mi abuelo obraba demasiado con ellos
como para que pudiera tomarlos totalmente en serio.
Había dejado de leer desde la muerte de Víctor Hugo;
cuando no tenía nada que hacer, releía. Pero su oficio
era traducir. En lo más íntimo de su corazón, el autor
del Deutsches Lesebuch tenía a la literatura universal
por su material. De labios para afuera, clasificaba a los
autores según sus méritos, pero esta jerarquía de fachada
no llegaba a ocultar sus preferencias, que eran
utilitarias: Maupassant proveía las mejores versiones para
los alumnos alemanes; Goethe, que ganaba por una cabeza
a Gottfried Keller, era inigualable para los temas.
Como humanista que era, mi abuelo estimaba poco las
Las palabras 47
novelas; como profesor, le gustaban mucho por el vocabulario.
Acabó por no soportar más que los trozos escogidos
y le vi, unos años después, deleitarse con un
extracto de Madame Bovary hecho por Mironneau para
sus Lectures cuando Flaubert entero esperaba desde hacía
veinte años para satisfacerlo. Yo sentía que él vivía
de los muertos, lo que no dejaba de complicar mis relaciones
con ellos; con el pretexto de consagrarles un culto,
los tenía atados con cadenas y los cortaba a tajadas para
transportarlos más cómodamente de una a otra lengua.
Yo descubrí al mismo tiempo su grandeza y su miseria.
Mérimée, para su desgracia, convenía al Curso Medio;
en consecuencia, tenía una vida doble; en el cuarto estante
de la biblioteca, Colomba era una fresca paloma
con cien alas, helada, ofrecida e ignorada sistemáticamente;
nunca la desfloró ninguna mirada. Pero en el
estante de abajo se encarcelaba a esta misma virgen en
un librito oscuro, sucio y maloliente; no habían cambiado
ni la historia ni la lengua, pero había notas en
alemán y un léxico; me enteré, además, para escándalo
inigualado desde la violación de Alsacia-Lorena, de
que lo habían editado en Berlín. Mi abuelo metía ese
libro dos veces por semana en su cartera, lo había llenado
de manchas, de rayas rojas, de quemaduras, y yo
lo odiaba: era Mérimée humillado. Con sólo abrirlo me
moría de aburrimiento: cada una de las sílabas se destacaba
ante mis ojos, como hacía, en el Instituto, en la
boca de mi abuelo. Esos signos, conocidos e irreconocibles,
impresos en Alemania, para ser leídos por alemanes,
¿qué eran sino la falsificación de las palabras
francesas? Un asunto de espionaje más: hubiera bastado
con rascar para descubrir, debajo del disfraz galo,
a las palabras germánicas al acecho. Acabé por preguntarme
si no había dos Colombas, una feroz y verdadera,
la otra falsa y didáctica, como hay dos Isoldas.
Las tribulaciones de mis pequeños camaradas me convencieron
de que yo era como ellos. No tenía ni sus
dotes ni sus méritos y aún no pensaba en escribir, pero
como era nieto de sacerdote les ganaba por mi naci48
Jean-Paul Sartre
miento; sin duda alguna estaba predestinado, no a sus
martirios, que siempre eran un poco escandalosos, sino
a algún sacerdocio; como Charles Schweitzer, yo sería
centinela de la cultura. Y, además, yo estaba vivo, y
muy activo; aún no sabía despedazar a los muertos, pero
les imponía mis caprichos: los cogía en brazos, los llevaba,
los dejaba en el suelo, los abría, los volvía a cerrar,
los sacaba de la nada y a la nada los devolvía; esos
hombres-troncos eran mis muñecas, y me daba lástima
esa miserable supervivencia paralizada que se llamaba
su inmortalidad. Mi abuelo alentaba esas familiaridades:
todos los niños están inspirados y no tienen nada que
envidiar a los poetas, que son nada más que niños. Me
encantaba Courteline, perseguía a la cocinera hasta la
cocina para leer en voz alta Théodore cherche des allumettes.
Se divirtieron con mi pasión, la desarrollaron
con mucho cuidado, hicieron de ella una pasión publicada.
Un buen día mi abuelo me dijo como quien no
quiere la cosa: «Courteline debe ser un buen muchacho.
Si tanto te gusta, ¿por qué no le escribes?» Escribí.
Charles Schweitzer me guió la pluma y decidió dejar
varias faltas de ortografía en mi carta. La han reproducido
unos periódicos hace unos años y la he releído
con cierta desazón. Me despedía con las palabras «su
futuro amigo», que me parecían de lo más naturales.
¿Cómo podría negarme su amistad un escritor vivo,
cuando eran como de la familia Voltaire y Corneille?
Courteline la negó e hizo bien; al contestar al nieto
habría caído en el abuelo. En aquellos tiempos opinamos
con dureza sobre su silencio. «Acepto —dijo Charles—
que tenga mucho trabajo, pero a un niño se le
contesta, sea como sea».
Aún hoy mantengo ese vicio menor que es la familiaridad.
A esos ilustres difuntos los trato como a compañeros
de colegio; me expreso sin rodeos sobre Baudelaire
o Flaubert, y cuando se me critica, siempre me
dan ganas de contestar: «No se metan en nuestras cosas.
Sus genios me han pertenecido, los he tenido en
mis manos, los he amado con pasión, con toda irreveLas
palabras 49
rencia. ¿Voy a ponerme guantes para tratarlos?» Pero
del humanismo de Karl, de ese humanismo de prelado,
me deshice el día en que me di cuenta de que todo
hombre es todo el hombre. Qué tristes son las curaciones:
el lenguaje se desencanta; los héroes de la pluma,
mis antiguos pares, despojados de sus privilegios,
están en su lugar; estoy doblemente de luto por ellos.
Lo que acabo de escribir es falso. Verdadero. Ni verdadero
ni falso, como todo lo que se escribe sobre los
locos, sobre los hombres. He contado los hechos con
toda la exactitud que me ha permitido la memoria. ¿Pero
hasta qué punto creía yo en mi delirio? Es la cuestión
fundamental y, sin embargo, no la decido. He visto
después que se podía conocer todo de nuestros afectos,
excepto su fuerza, es decir, su sinceridad. Los actos
mismos no servirán de muestra a menos que se haya
probado que no son gestos, lo que no siempre es fácil.
Más bien, vean: sólo entre adultos, yo era un adulto
en miniatura, y tenía lecturas adultas; eso suena a falso,
ya, porque seguía siendo niño al mismo tiempo. No pretendo
que fuese culpable: era así y nada más; lo que
no impide que mis exploraciones y mis cazas formasen
parte de la comedia familiar, que se encantaran con ello,
que yo lo supiera; sí, lo sabía, todos los días un niño
maravilloso despertaba a los grimorios que su abuelo
ya no leía. Yo vivía por encima de mi edad como se
vive por encima de sus medios: con esfuerzo, con fatiga,
trabajosamente, por ostentación. Apenas abría la
puerta de la biblioteca, me encontraba en el vientre de
un viejo inerte: la mesa, la carpeta, las manchas de
tinta, rojas y negras, en el secante rosa, la regla, el tarro
de cola, el olor a tabaco viejo, y, en invierno, el enrojecimiento
de la salamandra, los crujidos de la mica, era
Karl en persona, reificado; no necesitaba más para encontrarme
en estado de gracia, y corría a los libros. ¿Sinceramente?
¿Qué quiere decir eso? ¿Cómo podría fijar
—sobre todo después de tanto tiempo— la inasible
y movediza frontera que separa a la posesión de la representación?
Me tumbaba boca abajo, frente a las ven50
Jean-Paul Sartre
tanas, con un libro abierto delante de mi. un vaso de
agua enrojecida a mi derecha, y a mi izquierda, en un
plato, una rebanada de pan con mermelada. Yo representaba
hasta cuando estaba solo: Anne-Marie y Karlimami
habían vuelto esas páginas mucho antes de que
yo hubiese nacido, y lo que se extendía ante mis ojos
era su saber; por la noche, me habían de preguntar:
«¿Qué has leído? ¿Qué has comprendido?», ya lo sabía,
estaba de parto, pariría una palabra de niño; huir
de las personas mayores por medio de la lectura era la
mejor manera de comulgar con ellas: si estaban ausentes,
su futura mirada entraba en mí por el occipucio,
volvía a salir por mis pupilas, recorría a nivel del suelo
esas frases leídas cien veces y que yo leía por vez primera.
Visto, yo me veía; me veía leer como uno se
oye hablar. ¿Había cambiado yo tanto desde que fingía
descifrar «el chino en China» antes de conocer el alfabeto?
No; seguía el juego. Detrás de mí se abría la
puerta, venían a ver «qué estaba haciendo»; yo hacía
trampas, me levantaba de un salto, dejaba a Musset en
su sitio y en seguida iba, de puntillas, levantando los
brazos, a coger el pesado Corneille; se medía mi pasión
por mis esfuerzos, oía detrás de mí una voz maravillosa
que murmuraba: «¡Pero cuánto le gusta Corneille!» Y
no me gustaba; los alejandrinos me repelían. Afortunadamente,
el editor sólo había publicado in extenso
las tragedias más célebres; de las otras daba el título
y el argumento analítico; es lo que me interesaba: «Rodelinde,
mujer de Pertharite, rey de los lombardos y
vencido por Grimoald, está acuciado por Unulphe para
que dé su mano al príncipe extranjero...» Conocí a
Rodogune, Théodore, Agésilas antes que al Cid, antes
que a Cinna; me llenaba la boca de nombres sonoros,
el corazón de sentimientos sublimes, y cuidaba de no
extraviarme en los lazos de parentesco. También decían:
«¡Qué sed de instrucción tiene este niño; devora
el Larousse!», y yo les dejaba que dijesen. Pero apenas
si me instruía: había descubierto que el diccionario
Las palabras 51
contenía el resumen de las obras de teatro y de las novelas;
yo me deleitaba con esos resúmenes.
Me satisfacía gustar y quería tomar baños de cultura;
todos los días me recargaba con nuevos aspectos sagrados.
A veces distraídamente; me bastaba con prosternarme
y volver las páginas; las obras de mis pequeños amigos
con mucha frecuencia me sirvieron de tarabilla de
oraciones. Al mismo tiempo tuve espantos y placeres
de verdad; me ocurría olvidar mi papel y correr a toda
velocidad transportado por una ballena loca que no era
nada más que el mundo. ¿Qué concluir? De cualquier
manera, mi mirada trabajaba con las palabras; había
que ensayarlas, decidir su sentido; a la larga, la comedia
de la Cultura me cultivaba.
Sin embargo hacía lecturas verdaderas, fuera del santuario,
en nuestra habitación o debajo de la mesa del
comedor; de éstas no le hablaba a nadie, y nadie, salvo
mi madre, me hablaba de ellas. Anne-Marie se había tomado
en serio mis falsos arrebatos. Contaba sus preocupaciones
a Mamíe. Mi abuela fue una aliada segura:
«Charles no es razonable —decía—. Es él el que empuja
al pequeño, lo he visto. Aviados estaremos cuando este
niño se haya quedado seco.» Las dos mujeres evocaron
también el agotamiento y la meningitis. Hubiera sido
peligroso y vano atacar a mi abuelo de frente; dieron
un rodeo. En uno de nuestros paseos, Anne-Marie se
detuvo como por casualidad delante del quiosco que
está todavía en la esquina del bulevar Saint-Michel y
de la calle Soufflot; vi unas estampas maravillosas, me
fascinaron sus colores chillones, las reclamé, las obtuve;
la maniobra tuvo éxito: quise que me comprasen todas
las semanas Cri-Cri, L'Epatant, Les Vacances, Les Trois
Boyscouts de Jean de la Hiere y Le Tour du Monde en
Aéroplane de Arnould Galopin, que aparecían en fascículos
los jueves. De uno a otro jueves, yo pensaba en
el Águila de los Andes, ea Marcel Dunot, el boxeador
de puños de hierro, en Christian el aviador, mucho más
que en mis amigos Rabelais y Vigny. Mi madre se puso
a buscar obras que me devolviesen a la infancia; al prin52
Jean-Paul Sartre
cipio me dieron «los libritos rosa», luego selecciones
mensuales de cuentos de hadas, y poco a poco Los hijos
del capitán Grant, El último mohicano, Nicolás Nickleby,
Las cinco monedas de Lavarède. Antes que a Jules
Verne, demasiado ponderado, prefería las extravagancias
de Paul d'Ivoí. Pero, cualquiera que fuera- el autor, adoraba
las obras de la colección Het2el, teatritos cuya tapa
roja con borlas de oro imitaban el telón; la íuz del
sol en el canto eran las candilejas. A esas cajas mágicas
y no a las equilibradas frases de Chateaubriand debo
mis primeros encuentros con la Belleza. Cuando las
abría me olvidaba de todo. ¿Era leer? No, sino morir
de éxtasis. De mi abolición nacían en el acto indígenas
armados de lanzas, la maleza, un explorador con casco
blanco. Yo era visión, inundaba de luz las hermosas mejillas
oscuras de Aouda, las patillas de Phileas Fogg. La
pequeña maravilla, liberada de sí misma, se dejaba convertir
en admiración pura. Una felicidad que no dependía
de nadie, perfecta, nacía a cincuenta centímetros del
suelo. El Nuevo Mundo parecía al principio más inquietante
que el Antiguo: se robaba, se mataba, corría la
sangre a chorros. Indios, hindúes, mohicanos, hotentotes
raptaban a la muchacha, amarraban a su viejo padre
y prometían matarlo con los más atroces suplicios. Era
el Mal puro. Pero sólo aparecía para prosternarse frente
al Bien; en el capítulo siguiente se restablecería todo.
Unos blancos valientes harían una hecatombe de salvajes,
cortarían las ataduras del padre, que se uniría en
un abrazo con su hija. Sólo morían los malos —y algunos
buenos muy secundarios cuya muerte figuraba entre
los gastos extraordinarios de la historia. Por lo demás,
hasta la muerte se había hecho aséptica: se caía con los
brazos en cruz con un pequeño agujero redondo debajo
del seno izquierdo o, si no se había inventado el fusil
todavía, los culpables eran «pasados a cuchillo». Me
gustaba este giro; me imaginaba un relámpago recto y
blanco: la hoja se hundía en el cuerpo como si fuera
de manteca y salía por la espalda del fuera-de-la-ley, que
caía sin perder ni una gota de sangre. A veces la muerte
Las palabras 53
era risible; por ejemplo, la del sarraceno que en La
Filleule de Roland, creo, lanzaba su caballo contra el
de un cruzado; el paladín le descargaba en la cabeza
tal sablazo que le hendía de arriba abajo; una ilustración
de Gustave Doré representaba esta peripecia. ¡Qué
divertido era! Las dos mitadaes del cuerpo, separadas,
empezaban a caer, describiendo cada una de ellas un
semicírculo en torno al estribo; el caballo, extrañado,
se encabritaba. Durante varios años no puede ver el
grabado sin echarme a reír hasta saltárseme las lágrimas.
Al fin tenía lo que me hacía falta: el Enemigo,
odioso pero después de todo inofensivo, ya que sus proyectos
nunca llegaban a nada y que incluso, a pesar de
su astucia diabólica, servían a la causa del Bien; noté,
en efecto, que la vuelta al orden iba siempre acompañada
de un progreso: los héroes eran recompensados,
recibían muestras de admiración, dinero; gracias a su
intrepidez se conquistaba un territorio, se sustraía un
objeto de arte a los indígenas y se transportaba a nuestros
museos; la muchacha se enamoraba del explotador
que le había salvado la vida y todo terminaba en boda.
De esos tebeos y de esos libros he sacado mi fantasmagoría
más íntima: el optimismo.
Estas lecturas fueron clandestinas durante mucho
tiempo; Anne-Marie no necesitó prevenirme; consciente
de su indignidad, yo no decía ni una palabra a mi abuelo.
Yo me encanallaba, me tomaba libertades, pasaba unas
vacaciones en el burdel, pero no olvidaba que mi verdad
se había quedado en el templo. ¿Para qué escandalizar
al sacerdote con el relato de mis extravíos? Karl
acabó por sorprenderme; se enfadó con las dos mujeres
y éstas, aprovechando un momento en que él recuperaba
el aliento, me hicieron cargar con toda la responsabilidad:
había visto los tebeos y las novelas de aventuras,
las había querido, pedido, ¿podían negarse ellas?
Esta hábil mentira ponía a mi abuelo entre la espada y
la pared: era yo y sólo yo quien engañaba a Colomba
con esas bellacas excesivamente pintadas. Yo, el niño
profético, la joven Pitonisa, el Eliacín de las Letras, ma54
Jean-Paul Sartre
nifestaba una furiosa inclinación por la infamia. Él tenía
que elegir; o yo no profetizaba o había que respetar
mis gustos sin tratar de comprenderlos. De haber sido
padre, Charles Schweitzer habría quemado todo; como
era abuelo, eligió la indulgencia consternada. Yo no pedía
otra cosa y seguí apaciblemente mi doble vida. Nunca
ha terminado: aún hoy leo con más gusto las novelas
de la «serie negra» que a Wittgenstein.
En mi isla aérea yo era el primero, el incomparable;
en cuanto me sometieron a las reglas comunes, caí hasta
la última fila.
Mi abuelo había decidido inscribirme en el Liceo Montaigne.
Me llevó una mañana a ver al director e hizo un
panegírico de mis méritos; mi único defecto era estar
demasiado adelantado para mi edad. El director se dio
por vencido en todo y me pusieron en la octava clase *;
yo creí que iba a reunifme con los niños de mi edad.
Pues no: después del primer dictado, la administración
convocó urgentemente a mi abuelo; volvió a casa furioso,
sacó de su cartera un papel lleno de garabatos y de manchas
y lo tiró sobre la mesa: era la hoja que yo había
entregado. Le habían hecho observar la ortografía —«le
lapen çovache ême le ten» '— y habían tratado de que
comprendiese que mi lugar estaba en la clase décima
preparatoria *. Mi madre, al leer «lapen çovache» no
pudo aguantar la risa; mi abuelo se la cortó con una
mirada terrible. Empezó a acusarme de mala voluntad
y me riñó por primera vez en su vida; luego declaró
que me habían conocido mal. Al día siguiente me sacó
del colegio y se peleó con el director.
* Corresponde a la penúltima clase de la enseñanza primaria
francesa. Los alumnos la cursan hacia los nueve años de edad.
(N. del T.)
1 Ortografía normal: «Le lapin sauvage aime le thym» (Al
conejo salvaje le gusta el tomillo).
* Primera clase de la enseñanza primaria francesa. ("N. del T.)
Las palabras 51
Yo no había entendido nada de toda la cuestión y
mi fracaso no me afectó en absoluto: yo era un niño
prodigio que no sabía ortografía, y nada más. Además
no me molestaba volver a mi soledad; me gustaba mi
dolencia. Sin darme cuenta había perdido la ocasión de
convertirme en un niño de verdad: encargaron a un
maestro parisién, el señor Líévin, de que me diese clases
particulares; venía casi todos los días. Mi abuelo me
había comprado una mesita personal formada por un
banco y un pupitre de madera blanca. Yo me sentaba
en el banco y el señor Liévin se paseaba mientras dictaba.
Se parecía a Vincent Auriol y mi abuelo pretendía
que era un Hermano Tres Puntos. «Cuando le doy ios
buenos días —nos decía con la medrosa repugnancia
de un hombre decente ante las insinuaciones de un pederasta—,
con el pulgar me traza en la palma de la
mano el triángulo masónico.» Yo le detestaba porque
se olvidaba de mimarme; creo que, no sin razón, me
tomaba por un niño atrasado. Desapareció no sé por
qué; tal vez contara a alguien la opinión que tenía de
mí.
Pasamos algún tiempo en Arcachon y fui a la escuela
municipal; lo exigían los principios democráticos de mi
abuelo. Pero también quería que me tuvieran separado
del vulgo. Me recomendó al maestro con las siguientes
palabras: «Mi querido colega, le entrego lo que más
quiero en el mundo». El señor Barrault llevaba una
barbita y lentes; fue a beber vino de moscatel a nuestro
chalet y declaró que se sentía halagado por la confianza
que mostraba tener en él un miembro de la enseñanza
secundaria. Hacía que me sentase en un pupitre
especial, al lado de su mesa, y durante los recreos
me mantenía junto a él. Me parecía legítimo este trato
especial; ignoro lo que pensaban los «hijos del pueblo»,
mis iguales, aunque creo que les tenía sin cuidado. A
mí me cansaba su turbulencia y encontraba distinguido
aburrirme junto al señor Barrault mientras ellos jugaban
al escondite.
56 Jean-Paul Sartre
Yo tenía dos razones para respetar a mi maestro:
deseaba el bien para mí y tenía el aliento fuerte. Las
personas mayores deben ser arrugadas, feas, incómodas;
cuando me cogían en brazos, no me disgustaba tener
que sobreponerme a cierto desagrado: era la prueba de
que la virtud no era cosa fácil. Había goces simples, triviales:
correr, saltar, comer pasteles, besar la piel suave
y perfumada de mi madre; pero daba más importancia
a los placeres estudiosos y complejos que sentía en compañía
de los hombres maduros: la repulsión que me inspiraban
formaba parte de su prestigio. Yo confundía
el desagrado con el espíritu de seriedad. Era un snob.
Cuando se inclinaba sobre mí el señor Barrault, su aliento
me infligía unas molestias exquisitas, respiraba con
empeño el ingrato olor de sus virtudes. Un día descubrí
una inscripción recién hecha en la pared del colegio;
me acerqué y leí: «El tío Barrault es un gilipollas». El
corazón me latió con tanta fuerza que me pareció que se
me iba a romper; la estupefacción me dejó clavado en
el suelo; tenía miedo. «Gilipollas» no podía ser más
que una de esas palabrotas que pululaban en los bajos
fondos del vocabulario y que jamás encuentra un niño
bien educado; breve y brutal, tenía la horrible simplicidad
de los animales elementales. Demasiado era haberlo
leído. Me prohibí pronunciarlo, aunque fuese en
voz baja. No quería que me saltase a la boca esa cucaracha
pegada a la pared para metamorfosearse en el fondo
de mi garganta en un trompetazo negro. Si simulaba
no haberlo visto, tal vez se metiera por un agujero de
la pared. Pero cuando desviaba la mirada, era para ver
el infame apelativo «el tío Barrault», que me asustaba
aún más; después de todo no hacía más que adivinar el
sentido de «gilipollas»; pero sabía de sobra a quién se
llamaba «tío Tal», en mi casa: a los jardineros, los carteros,
al padre de la criada, es decir, a los viejos pobres.
Alguien veía al señor Barrault, al maestro, al colega de
mi abuelo, con el aspecto de un pobre viejo. Este pensamiento
enfermo y criminal rodaba por algún lugar de
una cabeza. ¿De qué cabeza? Tal vez de la mía. ¿No
Las palabras 57
bastaba con haber leído la inscripción blasfematoria para
ser cómplice de un sacrigelio? Me parecía que un
loco cruel se burlaba de mi educación, de mi respeto,
de mi celo, y de la satisfacción que sentía todas las mañanas
cuando me quitaba la gorra y decía: «Buenos
días, señor maestro», y que a la vez era yo mismo el
loco, que las palabrotas y los malos pensamientos pululaban
dentro de mí. Por ejemplo, ¿qué es lo que me
impedía gritar a voz en cuello: «Ese mono viejo apesta
como un cerdo»? Murmuré: «El tío Barrault apesta»,
y todo se puso a dar vueltas. Me fui llorando. A partir
del día siguiente volví a encontrar mi deferencia por el
señor Barrault, por su cuello de celuloide y su lazo de
pajarita. Pero cuando se inclinaba sobre mi cuaderno,
yo volvía la cabeza reteniendo la respiración.
En el otoño siguiente mi madre decidió llevarme a
la Institución Poupon. Había que subir una escalera
de madera, entrar en una sala del primer piso; los niños
se agrupaban en semicírculo, silenciosamente; sentadas
al fondo de la habitación, derechas y con la espalda
contra la pared, las madres vigilaban al profesor.
El primer deber de las pobres muchachas que nos enseñaban
consistía en repartir por igual los elogios y las
buenas notas en nuestra academia de prodigios. Si una
de ellas tenía un movimiento de impaciencia o se mostraba
excesivamente satisfecha por una buena contestación,
las señoritas Poupon perdían alumnos y ella perdía
su puesto. Éramos unos treinta académicos que nunca
tuvimos tiempo para dirigirnos la palabra. A la salida,
cada una de las madres se apoderaba ferozmente
del suyo y se lo llevaba a toda velocidad, sin despedirse.
Al cabo de un semestre, mi madre me retiró del curso:
apenas si se trabajaba y además había acabado por cansarse
de sentir pesar sobre ella las miradas de sus vecinas
cuando me tocaba a mí el turno de que me felicitasen.
La señorita Marie-Louise, una muchacha rubia,
con lentes, que enseñaba ocho horas diarias en la Institución
Poupon por un salario de hambre, aceptó darme
clases particulares a domicilio, a escondidas de sus
58 Jean-Paul Sartre
directoras. A veces interrumpía los dictados para aliviarse
con profundos suspiros; me decía que no podía
más, que vivía en una soledad espantosa, que hubiese
dado cualquier cosa por tener un marido, el que fuese.
Ella también acabó por desaparecer; se pretendía que
no me enseñaba nada, pero yo creo que sobre todo mi
abuelo la encontraba calamitosa. Este hombre justo no
se negaba a aliviar a los miserables, pero le repugnaba
invitarlos bajo su techo. Ya era hora; la señorita Marie-
Louise me desmoralizaba. Yo creía que los salarios eran
proporcionales a los méritos y me decían que ella tenía
méritos; entonces, ¿por qué le pagaban tan mal? Cuando
se ejercía un oficio había que sentirse digno y orgulloso,
feliz de trabajar; puesto que ella tenía la suerte
de trabajar ocho horas diarias, ¿por qué hablaba de la
vida como de un mal incurable? Cuando yo contaba
sus penas, mi abuelo se echaba a reír: era demasiado
fea como para que la quisiese un hombre. Yo no me
reía: ¿se podía nacer condenado? Entonces me habían
mentido, el orden del mundo ocultaba unos desórdenes
intolerables. Se me pasó el malestar en cuanto ella se
fue. Charles Schweitzer me encontró otros profesores
más decentes. Tan decentes que me he olvidado de todos.
Hasta los diez años me quedó solo, con un viejo
y dos mujeres.
Mi verdad, mi carácter y mi nombre estaban en manos
de los adultos; yo había aprendido a verme con sus
ojos; yo era un niño, ese monstruo que ellos fabrican
con sus pesares. Cuando estaban ausentes, dejaban tras
ellos su mirada, mezclada con la luz; yo corría, saltaba
a través de esa mirada que me conservaba la naturaleza
de nieto modelo, que seguía ofreciéndome mis juguetes
y el universo. En mi bonito bocal, en mi alma,
mis pensamientos giraban, cualquiera podía seguir sus
vueltas, no había ni la menor sombra. Sin embargo, sin
palabras, sin forma ni consistencia, diluida en esta inocente
transparencia, una certeza transparente estropeaLas
palabras 59
ba todo: yo era un impostor. ¿Cómo representar la comedia
sin saber que se está representándola? Las claras
apariencias soleadas que componían mi personaje, se denunciaban
por sí mismas, por un defecto de ser que no
podía ni comprender del todo ni dejar de sentir. Me volvía
hacia las personas mayores, les pedía que garantizasen
mis méritos: era hundirme aún más en la impostura.
Condenado a gustar, me daba unas gracias que
se marchitaban en seguida; arrastraba por todas partes
mi falsa sencillez, mi importancia desocupada, al acecho
de una nueva oportunidad; yo creía asirla, adoptaba
una actitud y acababa reencontrando en ella la inconsistencia
de la que quería escapar. Mi abuelo dormitaba,
envuelto en su manta; veía debajo de su espeso
bigote la desnudez rosa de sus labios, era insoportable,
afortunadamente se le resbalaban los anteojos y yo corría
a recogerlos. Se despertaba, me levantaba en brazos
y hacíamos nuestra gran escena de amor; ya no era
lo que yo quería. Pero, ¿qué era lo que yo quería? Me
olvidaba de todo; hacía mi nido en los arbustos de su
barba. Yo entraba en la cocina, declaraba que quería
mover la ensalada; y venían los gritos, las carcajadas:
«¡No, hijo, así no! Aprieta fuerte la manecita; ¡así!
María, ¡ayúdele! Pero qué bien lo hace». Era un falso
niño, tenía una falsa ensaladera; sentía que mis actos
se cambiaban en gestos. La comedia me hurtaba el mundo
y los hombres. No veía más que papeles y accesorios;
si por bufonada servía en las empresas de los adultos,
¿cómo iba a tomar en serio sus preocupaciones?
Me prestaba a sus deseos con una prontitud virtuosa
que me impedía compartir sus fines. Extraño a las necesidades,
a las esperanzas, a los placeres de la especie,
para seducirla me dilapidaba fríamente; ella era mi público,
me separaban de ella unas candilejas en llamas
que me dejaban en un exilio orgulloso que en seguida
se convertía en angustia.
Lo peor era que sospechaba que los adultos eran
unos farsantes. Las palabras que me dirigían eran caramelos;
pero hablaban entre ellos con otro tono. Y
60 Jean-Paul Sartre
además solían romper contratos sagrados; hacía yo la
mueca más adorable, de la que estaba más seguro, y me
decían con una voz verdadera: «Ve a jugar más lejos,
que estamos hablando». Otras veces tenía el sentimiento
de que me utilizaban. Mi madre me llevaba al Luxemburgo;
el tío Emile, que estaba peleado con toda
k familia, surgía de pronto; miraba a su hermana con
un aire triste y le decía secamente: «No estoy aquí por
ti; he venido a ver al niño». Entonces explicaba que yo
era el único inocente de la familia, el único que nunca
le había ofendido deliberadamente, ni le había condenado
por calumnias. Yo sonreía, incómodo por mi poder
y por el cariño que había encendido en el corazón
de este hombre triste. Pero ya estaban hermano y hermana
enzarzados en la discusión de sus cosas, enumerando
los agravios recíprocos; Emile atacaba a Charles,
Anne-Marie le defendía, cediendo terreno; se ponían
a hablar de Louise, y yo quedaba olvidado entre sus
sillas de hierro. Estaba preparado para admitir —si hubiese
tenido edad para comprenderlas— todas las máximas
de derecha que me enseñaba con su conducta un
viejo de izquierda: que la Verdad y la Fábula son lo
mismo, que hay que representar la pasión para sentirla,
que el hombre es un ser de ceremonias. Me habían convencido
de que habíamos sido creados para representarnos
una comedia; y yo la aceptaba, pero exigía ser
el personaje principal; ahora bien, en unos momentos
relampagueantes que me dejaban anonadado, me daba
cuenta de que desempeñaba un «falso-papel-principal»,
con un texto, mucha presencia, pero sin escena «mía»;
en una palabra, que yo daba la réplica a las personas
mayores. Charles me halagaba para ablandar su muerte;
Louise encontraba la justificación de sus rabietas en mi
petulancia; y Anne-Marie la de su humildad. Y, sin embargo,
sin mí, mi madre habría sido recogida por sus
padres y su delicadeza la habría entregado sin defensas
a Mamie, sin mí Louise habría rabiado. Charles se habría
maravillado ante el monte Cervino, los meteoros o
los hijos de los demás. Yo era la causa ocasional de sus
Las palabras 61
discordias y de sus reconciliaciones; las causas profunda
estaban en otra parte: en Macón, en Gunsbach, en
Thiviers, en un viejo corazón que se engrasaba, en un
pasado muy anterior a mi nacimiento. Yo les reflejaba
la unidad de la familia y sus antiguas contradicciones;
usaban mi divina infancia para llegar a ser lo que eran.
Yo viví en un estado de malestar; en el momento en que
sus ceremonias me convencían de que no haya nada que
exista sin razón y que cada uno, desde el más grande a]
más pequeño, tiene su lugar marcado en el Universo,
mi razón de ser, la mía, se desvanecía, y yo descubría
de pronto que era como si fuera manteca, y mi presencia
insólita en este mundo en orden me avergonzaba.
Un padre me habría lastrado con algunas obstinaciones
duraderas; me habría habitado al hacer de sus
humores mis principios, de su ignorancia mi saber, de
sus rencores mi orgullo, de sus manías mi ley; ese respetable
inquilino me habría dado el respeto por mí mismo.
Yo habría fundado mi derecho a vivir en ese respeto.
Mi progenitor habría decidido mi porvenir: politécnico
de nacimiento, habría estado tranquilo para
siempre. Pero si Jean-Baptiste Sartre había conocido mi
destino, se había llevado el secreto; mi madre sólo recordaba
que había dicho: «¡Mí hijo no entrará en la
Marina». A falta de informes más precisos, nadie, empezando
por mí, sabía qué había venido a hacer a este
mundo. Si me hubiera dejado bienes, mi infancia habría
cambiado, yo no escribiría, porque sería otro. Los campos
y la casa reflejan al joven heredero una imagen estable
de sí mismo; se toca en su casquijo, en los cristales
en forma de rombo de su galería y hace de su inercia
la sustancia inmortal de su alma. Hace unos días, en
el restaurante, el hijo del patrón, un niño de siete años,
gritaba a la cajera: «Cuando no está mi padre, el Dueño
soy yo». ¡Eso es un hombre! Yo a su edad no era
dueño de nadie y nada me pertenecía. En mis pocos
minutos de disipación, mi madre murmuraba: «¡Ten
cuidado, que no estamos en nuestra casa!» Nunca estuvimos
en nuestra casa: ni en la calle Le Goff ni des62
Jean-Paul Sartre
pues, cuando se volvió a casar mi madre. Yo no sufría
por eso, porque me prestaban todo; pero yo seguía siendo
abstracto. Al propietario, los bienes de este mundo
le reflejan lo que él es: yo no era consistente ni permanente;
yo no era el continuador futuro de la obra paterna,
yo no era necesario para la producción del acero;
en una palabra, no tenía alma.
Habría sido perfecto si yo hubiera formado una buena
pareja con mi cuerpo. Pero la verdad es que éramos,
él y yo, una pareja de lo más curiosa. En ía miseria, el
niño no se interroga: experimentada corporalmente por
las necesidades y las enfermedades su injustificable condición
justifica su existencia; son el hambre y el perpetuo
peligro de muerte los que fundan su derecho a
vivir: vive para no morir. Yo no era lo suficientemente
rico para creerme predestinado ni lo bastante pobre para
sentir mis deseos como exigencias. Cumplía con mis
deberes alimenticios y Dios a veces —raras— me enviaba
la gracia que permite comer sin desagrado y que se
llama apetito. Respiraba, digería, defecaba con despreocupación
y vivía porque había empezado a vivir. Ignoraba
la violencia y las salvajes exigencias de mi cuerpo,
ese compañero cebado que sólo se hacía conocer por
una serie de malestares delicados, muy solicitados por
las personas mayores. En aquellos tiempos, una familia
ditinguída debía de tener por lo menos un hijo delicado.
Yo era un buen sujeto, porque había pensado morir
al nacer. Me acechaban, me tomaban el pulso, la temperatura,
me obligaban a sacar la lengua: «¿No te parece
que está un poco paliducho?» «Es la lu?». «¡Te
aseguro que está más delgado!» «Pero, papá, si le pesamos
ayer». Yo, bajo esas miradas inquisidoras, sentía
que me convertía en objeto, en la flor de un florero.
Para terminar, me metían en la cama. Agobiado de calor,
cocido bajo las sábanas, confundía a mi cuerpo con
su malestar; de los dos, no sabía cuál era el indeseable.
El señor Simonnot, colaborador de mi abuelo, almorzaba
los jueves con nosotros. Yo envidiaba a ese cinLas
palabras 63
cuentón de meiiüas de niña que se engomaba el bigote
y se teñía el tupé. Cuando Anne-Marie, para que durase
la conversación, le preguntaba si le gustaba Bach, si le
gustaba el mar, la montaña, si tenía un buen recuerdo
de su ciudad natal, se tomaba cierto tiempo para reflexionar
y dirigía su mirada interior hacia el macizo granítico
de sus gustos. Cuando había encontrado la información
pedida, se la comunicaba a mi madre, con una
voz objetiva, saludando con la cabeza. ¡Qué hombre feliz!;
yo pensaba que todas las mañanas debía despertarse
lleno de gozo, verificar, desde algún Punto Sublime,
sus picos, sus crestas y sus valles, y luego estirarse
voluptuosamente diciendo: «Sin duda soy yo, soy el
señor Simonnot entero». Naturalmente, cuando me preguntaban
a mí, yo era capaz de dar a conocer mis preferencias
y hasta de afirmarlas; pero, en la soledad, se
me escapaban; lejos de verificarlas, había que tenerlas
y empujarlas, insuflarles vida; yo ni siquiera estaba ya
seguro de preferir el filete de vaca al asado de ternera.
Cuánto hubiera dado porque se instalase en mí un paisaje
atormentado, unas obstinaciones rectas como acantilados.
Cuando la señora Picard, usando con tacto un
vocabulario de moda, decía de mi abuelo: «Charles es
un ser exquisito», o «No se conoce a los seres», me
sentía condenado sin recurso. Las piedras del Luxemburgo,
el señor Simonnot, los castaños, Karlimami, eran
seres. Yo, no Yo no tenía ni su inercia, ni su profundidad,
ni su impenetrabilidad. Yo no era nada: una
transparencia imborrable. Mis celos no tuvieron límites
el día en que me dijeron que el señor Simonnot, esa
estatua, ese bloque monolítico, era además indispensable
para el universo.
Era fiesta. En el Instituto de Lenguas Vivas la gente
aplaudía bajo la movediza llama de una lámpara Auer;
mi madre tocaba Chopin, todo el mundo hablaba en
francés por orden de mi abuelo, un francés lento, gutural,
con gracias marchitas y la pompa de un oratorio.
Yo volaba de mano en mano, sin tocar el suelo; me ahogaba
contra el seno de una novelista alemana cuando
64 Jean-Paul Sartre
mi abuelo, desde lo alto de su gloria, dejó caer el veredicto
que me llegó al corazón: «Aquí falta alguien, y es
Simonnot». Yo me escapé de los brazos de la novelista,
me refugié en un rincón, desaparecieron los invitados;
en el centro de un anillo tumultuoso vi una columna:
al señor Simonnot mismo, ausente de carne y hueso.
Esta ausencia prodigiosa le transfiguró. El Instituto no
estaba completo ni mucho menos: algunos alumnos estaban
enfermos, otros se habían disculpado; pero sólo
eran hechos accidentales y desdeñables. Sólo faltaba el
señor Simonnot. Había bastado con pronunciar su nombre;
en aquella sala repleta, el vacío había penetrado
como un cuchillo. Yo me maravillaba de que un hombre
tuviera su lugar establecido. Su lugar: una nada
cavada por la espera universal, un vientre invisible del
que, de pronto, parecía que se pudiera renacer. Sin embargo,
si hubiera salido del suelo, en medio de una ovación,
incluso si las mujeres se hubieran abalanzado para
besarle la mano, yo me habría desembriagado; la presencia
carnal es siempre excedentaria. Virgen, reducido
a la pureza de una escena negativa, mantenía la transparencia
incomprensible del diamante. Ya que me tocaba
a mí estar en todo momento entre ciertas personas, en
un determinado lugar de la tierra y además me sabía
superfluo, quise faltar como el agua, como el pan, como
el aire a todos los demás hombres en todos los demás
lugares.
Este deseo volvió todos los días a mis labios. Charles
Schweitzer ponía la necesidad por todas partes para
tapar una angustia que nunca se me apareció mientras
vivió y que apenas empiezo a adivinar. Todos sus colegas
sostenían el cielo. Entre estos Atlas se contaban
gramáticos, filólogos y lingüistas, el señor Lyon-Caen
y el director de la Revue Pédagogique. Hablaba de ellos
sentenciosamente, para que nos diéramos cuenta de su
importancia: «Lyon-Caen sabe lo que se hace; su lugar
está en el Instituto». O también, «Shurer se vuelve viejo;
esperemos que no hagan la tontería de jubilarle; no
sabe la Facultad lo que perdería». Rodeado de ancianos
Las palabras 65
irreemplazables cuya próxima desaparición iba a sumir
a Europa en una situación de duelo y tal vez de barbarie,
qué no hubiera dado yo por oír una voz fabulosa
que diera a mi corazón la sentencia: «Este pequeño Sartre
sabe lo que se hace; si llegase a desaparacer, ¡no sabe
Francia lo que perdería!» La infancia burguesa vive
en la eternidad del instante, es decir, en la inacción; yo
quería ser Atlas en seguida, para siempre y desde siempre;
ni siquiera concebía que se pudiera trabajar sin
llegar a serlo; necesitaba una Corte Suprema, un decreto
que me restableciese los derechos. ¿Pero dónde estaban
los magistrados? Mis jueces naturales se habían
descalificado por su histrionismo; yo los recusaba, pero
no veía otros.
Insecto, parásito estupefacto, sin fe, sin ley, sin razón
ni fin, yo me evadía en la comedia familiar, giraba,
corría, volaba de impostura en impostura. Yo huía de
mi cuerpo injustificable y de sus endebles confidencias;
bastaba que el trompo tropezara con un obstáculo y se
detuviera, para que el pequeño comediante huraño cayese
en el estupor animal. Unas buenas amigas de mi madre
le dijeron que yo estaba triste, que me habían visto
soñando. Mi madre me apretó contra sí riéndose: «¡Tú
que eres tan alegre, que siempre estás cantando! ¿De
qué podrías quejarte? Si tienes todo lo que quieres».
Tenía razón: un niño mimado no es triste; se aburre
como un rey. Como un perro.
Yo soy un perro: bostezo, me corren las lágrimas,
siento cómo me corren. Soy un árbol, el viento se engancha
en mis ramas y las agita vagamente. Soy una
mosca, trepo a lo largo de un cristal, me caigo y vuelvo
a trepar. A veces siento la caricia del tiempo que pasa,
otras veces —es lo más frecuente— siento que no pasa.
Unos minutos temblorosos se dejan caer, me engullen
y no acaban de agonizar; estancados pero vivos aún,
son barridos, pero los sustituyen otros, más frescos,
igualmente vanos; estas repugnancias se llaman felicidad;
mi madre me repite que soy el niño más feliz de
todos. Puesto que es verdad, ¿cómo no habría de creer66
Jean-Paul Sartre
la? En mi desamparo, nunca pienso; en primer lugar no
hay ninguna palabra para nombrarlo; y además no lo
veo: no dejan de rodearme. Es la trama de mi vida, el
material de mis placeres, la carne de mis pensamientos.
Vi la muerte. A los cinco años me acechaba; por la
noche andaba por el balcón, pegaba el hocico a los cristales,
yo la veía pero no me atrevía a decir nada. Nos
encontramos con ella una vez en el Quai Voltaire: era
una señora vieja, alta y loca, vestida de negro, que, al
pasar yo, murmuró: «A ese niño lo meteré en mi bolsillo
». Otra vez adoptó la forma de una excavación; era
en Arcachon: Karlimami y mi madre visitaban a la señora
Dupont y a su hijo Gabriel, el compositor. Yo jugaba
en el jardín de la villa, asustado porque me habían
dicho que Gabriel estaba enfermo y se iba a morir. Yo
jugaba a ser caballo, sin mucho entusiasmo, y caracoleaba
alrededor de la casa. De pronto vi un agujero de
tinieblas: habían abierto la bodega; me cegó no sé muy
bien qué evidencia de soledad y de horror; di media
vuelta y me escapé, cantando a voz en cuello. En aquellos
tiempos tenía cita con ella todas las noches en mi
cama. Era un rito: tenía que acostarme echado hacia
la izquierda, de cara a la pared; yo esperaba, temblando,
y ella aparecía, como un esqueleto muy conformista
y con una guadaña; entonces tenía permiso para echarme
hacia la derecha, ella se iba y yo podía dormir tranquilo.
Durante el día la reconocía bajo los más diversos
disfraces: si ocurría que mi madre cantase en francés Le
Roi des Aulnes, yo me tapaba los oídos; por haber leído
L'Ivrogne et sa femme, me quedé durante seis meses
sin abrir las fábulas de La Fontaine. A la muy bribona
no le importaba: se escondía en un cuento de Mérimée,
La Vénus d'Ille, y esperaba a que lo leyese para saltarme
al cuello. No me inquietaban ni los entierros ni las
tumbas; por entonces mí abuela Sartre se puso enferma
y murió; mi madre y yo llegamos a Thiviers, avisados
por un telegrama, cuando aún vivía. Prefirieron
separarme de los lugares en que aquella existencia desgraciada
estaba deshaciéndose; unos amigos se ocupaLas
palabras 67
ron de mí, me alojaron, para que estuviese ocupado, me
dieron unos juegos de circunstancia, instructivos, enlutados
de aburrimiento. Yo jugué, leí, me preocupé por
mostrar un recogimiento ejemplar, pero no sentí nada.
Tampoco sentí nada cuando seguimos al coche mortuorio
hasta el cementerio. La muerte brillaba por su ausencia.
Fallecer no era morir, la metamorfosis de aquella
vieja en losa funeraria no me desagradaba; había
una transubstanciación, una accesión al ser; en suma,
todo ocurría como si yo me hubiese transformado pomposamente
en el señor Simonnot. Por esta razón siempre
me han gustado y me siguen gustando los cementerios
italianos: en ellos la piedra está atormentada, es un
hombre barroco, se incrusta un medallón, encuadrando
una foto que recuerda al difunto en su primer estado.
Cuando yo tenía siete años, encontraba a la verdadera
Muerte, a la Descarnada, por todas partes, pero ahí nunca.
¿Qué era? Una persona y una amenaza. La persona
estaba loca; en cuanto a la amenaza, las bocas de sombra
se podían abrir en cualquier parte, en pleno día, bajo
el sol más radiante, y atraparme. Las cosas tenían un
reverso horrible, se veía cuando se perdía la razón, morir
era llevar la locura hasta el extremo y ser tragado por
ella. Viví en el terror, fue una verdadera neurosis. Si
busco la razón de todo esto, encuentro lo siguiente: niño
mimado, don providencial, mi profunda inutilidad
se me manifestaba aún más porque el ritual familiar me
adornaba constantemente con una necesidad forjada. Me
sentía de más, luego tenía que desaparecer. Yo era un
florecimiento insípido en perpetua abolición. Con otras
palabras, estaba condenado y la sentencia podía aplicarse
en cualquier momento. Sin embargo, la rechazaba
con todas mis fuerzas, no porque quisiese mi existencia,
sino, por el contrario, porque no me interesaba;
cuanto más absurda es la vida, menos soportable es la
muerte.
Dios me habría sacado de la pena; yo habría sido
una obra maestra firmada; con la seguridad de tener
mi parte en el concierto universal, habría esperado pa68
Jean-Paul Sartre
cientemente a que Él me revelase sus designios y mi necesidad.
Yo presentía la religión, la esperaba, era el remedio.
Si me la hubieran negado, la habría inventado
yo mismo. No me la negaron: educado en la fe católica,
supe que el Todopoderoso me había hecho para gloria
suya: era más de lo que me atrevía a soñar. Pero
después, en el Dios al uso que me enseñaron no encontré
al que esperaba mi alma; necesitaba un Creador y
me daban un Gran Patrón; los dos eran uno, pero yo
lo ignoraba; yo servía sin calor al ídolo farisaico y la
doctrina oficial hacía que se me quitasen las ganas de
buscar mi propia fe. ¡Qué suerte! Confianza y desolación
hacían de mi alma un terreno ideal para sembrar
el cielo en él. Sin ese equívoco, yo habría sido fraile.
Pero el lento movimiento de descristianización que había
nacido en la alta burguesía volteriana y que había
tardado un siglo en extenderse por todas las capas de
la sociedad, había tocado a mi familia; sin ese debilitamiento
general de la fe, Louise Guillemin, señorita católica
de provincia, hubiera hecho más remilgos antes
de casarse con un luterano. Naturalmente que en nuestra
casa todo el mundo creía: por discreción. Siete u
ocho años después del gobierno Combes, la incredulidad
declarada conservaba la violencia y la indecencia de
la pasión; un ateo era un original, un furioso a quien
no se invitaba a comer, por temor a que «hiciera una
de las suyas», un fanático lleno de tabúes que se negaba
el derecho a arrodillarse en las iglesias, de casar en ella
a sus hijas y de llorar deliciosamente, que se imponía
probar la verdad de su doctrina por la pureza de sus
costumbres, que se encarnizaba contra sí mismo y contra
su felicidad hasta el punto de privarse del medio
de morir consolado, un maniático de Dios, que veía Su
ausencia por todas partes y que no podía abrir la boca
sin pronunciar Su nombre; en una palabra, un señor con
convicciones religiosas. El creyente no las tenía: las certidumbres
cristianas habían tenido el tiempo suficiente
de probarse en dos mil años, pertenecían a todos, se
Las palabras 69
les pedía que brillasen en la mirada de un sacerdote,
en la penumbra de una iglesia, y que alumbrasen a las
almas, pero nadie necesitaba tomarlas por su cuenta.
Era el patrimonio común. La buena sociedad creía en
Dios para no hablar de Él. ¡Qué tolerante parecía la religión!
¡Qué cómoda era! El cristiano podía faltar a misa
y casar a sus hijos por la iglesia, sonreír ante las mojigaterías
de Saint-Sulpice y derramar lágrimas al oír la
Marcha nupcial de Lohengrin; no estaba obligado a llevar
una vida ejemplar ni a morir desesperado; ni siquiera
a hacerse incinerar. En nuestro medio, en mi familia,
la fe no era más que un nombre de ostentación
para la dulce libertad francesa; me habían bautizado,
como a tantos otros, para preservar mi independencia;
si me hubiesen negado el bautizo, habrían creído que
violentaban mi alma; al ser católico inscrito, era libre,
era normal. «Más adelante —decían— hará lo que quiera.
» Entonces se juzgaba que era mucho más difícil lograr
la fe que perderla.
Charles Schweitzer era demasiado comediante como
para no necesitar un Gran Espectador, pero apenas si
pensaba en Dios, salvo en los momentos supremos; como
estaba seguro de encontrarlo en el momento de la
muerte, lo mantenía fuera de su vida. Privadamente, por
fidelidad a nuestras provincias perdidas, a la grosera alegría
de los antipapistas, sus hermanos, no perdía una
ocasión de poner al catolicismo en ridículo: las cosas
que decía en la mesa se parecían a las de Lutero. Con
Lourdes, nunca se cansaba: Bernadette había visto «a
una buena mujer que se cambiaba de camisa»; habían
sumergido a un paralítico en la piscina y al salir «veía
con los dos ojos». Contaba la vida de san Labre, cubierto
de piojos; la de santa María Alacoque, que recogía
con la lengua las deyecciones de los enfermos. Esos
cuentos me hicieron un favor: me inclinaba tanto más
a elevarme por encima de los bienes de este mundo
cuanto que no poseía ninguno, y habría encontrado sin
esfuerzo mi vocación en mi confortable desnudez; el
misticismo conviene a las personas desplazadas, a los
70 Jean-Paul Sartre
hijos supernumerarios; para precipitarme en él habría
bastado con presentarme el asunto por la otra punta;
yo corría el riesgo de ser una presa de la santidad. Mi
abuelo me quitó las ganas para siempre; la vi por sus
ojos, esa locura cruel me repugnó por la insipidez de
sus éxtasis, me aterrorizó por su desprecio sádico del
cuerpo; las excentricidades de los Santos apenas si tenían
más sentido que las del inglés que se metió en el
mar vestido de smoking. Al oír esos relatos, mi abuela
hacía como que se indignaba, llamaba a su marido «descreído
» y hereje, le pegaba en los dedos, pero la indulgencia
de su sonrisa acababa de desengañarme: ella no
creía en nada; sólo su escepticismo le impedía ser atea.
Mi madre tenía el cuidado de no intervenir; tenía
«su Dios particular» y casi sólo le pedía que la consolase
en secreto. El debate continuaba en mi cabeza, debilitado;
otro yo mismo, mi doble oscuro, discutía lánguidamente
todos los artículos de fe; era católico y protestante,
unía el espíritu crítico al espíritu de sumisión.
En el fondo, todo eso me aburría; me vi conducido a la
incredulidad, no por el conflicto de los dogmas, sino por
la indiferencia de mis abuelos. Sin embargo, creía; rezaba
mis oraciones todos los días, en camisón, de rodillas
en la cama, con las manos juntas, pero pensaba en
Dios cada vez menos. Mi madre me llevaba los lunes a
la Institución del abate Dibildos: seguía allí un curso
de instrucción religiosa en medio de otros niños desconocidos.
Mi abuelo había hecho las cosas tan bien
que yo tenía a los curas por bichos curiosos: aunque
fuesen los ministros de mi confesión, me eran más extraños
que los pastores, por su manera de vestir y
por su celibato. Charles Schweitzer respetaba al padre
—«una buena persona»—, a quien conocía personalmente,
pero era de un anticlericalismo tan declarado
que yo pasaba la puerta con el sentimiento
de penetrar en territorio enemigo. En cuanto a mí,
yo no odiaba a los curas; cuando me hablaban ponían
una cara tierna, afinada por la espiritualidad, con un
aire de bondad maravillada, la mirada infinita que
Las palabras 71
apreciaba particularmente en la señora Picard y en
otras músicas amigas de mi madre; el que los odiaba
por mí era mi abuelo. Había sido el primero en tener
la idea de que me llevasen a los cursos de su amigo el
cura, pero miraba con inquietud al pequeño católico que
le devolvían todos los jueves por la tarde, buscaba en
mi mirada los progresos del papismo y no dejaba de
bromear al respecto. Esta falsa situación no duró más
de seis meses. Un día entregué al instructor una redacción
sobre la Pasión; había encantado a toda la familia,
v mi madre la había copiado de su puño y letra. Sólo
obtuvo la medalla de plata. Esta decepción me hundió
en la impiedad. Una enfermedad y las vacaciones impidieron
que volviera a la Institución Dibildos; a la vuelta
de las vacaciones exigí que no me llevasen más. Aún
mantuve, durante varios años, relaciones públicas con
el Todopoderoso, pero en privado dejé de frecuentarle.
Sólo una vez tuve el sentimiento de que existía. Había
jugado con unos fósforos y quemado una alfombrita.
Estaba tratando de arreglar mi destrozo cuando, de pronto,
Dios me vio, sentí Su mirada en el interior de mi
cabeza y en las manos; estuve dando vueltas por el
cuarto de baño, horriblemente visible, como un blanco
vivo. Me salvó la indignación; me puse furioso contra
tan grosera indiscreción, blasfemé, murmuré como mi
abuelo: «Maldito Dios, maldito Dios, maldito Dios».
No me volvió a mirar nunca más.
Acabo de contar la historia de una vocación fallida:
yo necesitaba a Dios, me lo dieron, pero lo recibí sin
comprender que lo buscaba. Al no poder enraizar en mi
corazón, vegetó en mí durante algún tiempo y después
se murió. Hoy, cuando me hablan de Él, digo con la
diversión sin pena de un viejo que se encuentra con una
vieja amiga: «Hace cincuenta años, sin ese malentendido,
sin esa equivocación, sin el accidente que nos separó,
podría haber habido algo entre nosotros».
No hubo nada. Sin embargo, mis asuntos iban de mal
en peor. A mi abuelo le irritaba mi pelo largo. «Es un
chico —le decía a mi madre—; vas a convertirlo en una
72 Jean-Paul Sartre
chica; ¡no quiero que mi nieto se vuelva un marica!»
Anne-Marie seguía en sus trece; me parece que le hubiera
gustado que yo fuese una niña de verdad; con qué
felicidad habría colmado de dones a su triste infancia
resucitada. Como el Cielo no la había oído, ella se las
arregló así: yo tendría el sexo de los ángeles, indeterminado
pero femenino por los bordes. Como era tierna,
me enseñó la ternura; mi soledad hizo lo demás y
me separó de los juegos violentos. Un día —tenía siete
años—, mi abuelo no aguantó más: me cogió de la mano
y dijo que me llevaba de paseo. Pero apenas doblamos
la esquina, me metió en la peluquería y me dijo:
«Vamos a dar una sorpresa a tu madre». A mí me encantaban
las sorpresas. En nuestra casa todo el tiempo
había sorpresas. Pequeños misterios, divertidos o virtuosos,
regalos inesperados, revelaciones teatrales seguidas
de abrazos; era el tono de nuestra vida. Cuando me
quitaron el apéndice, mi madre no dijo nada a Karl, para
que no tuviese una preocupación que de todas formas
no hubiera sentido. Había dado el dinero mi tío Auguste;
habíamos vuelto clandestinamente de Arcachon
y nos habíamos ocultado en una clínica de Courbevoie.
A los dos días de la operación, Augusto fue a ver a mi
abuelo; le dijo: «Voy a darte una buena noticia». A
Karl le engañó la afable solemnidad de la voz: «¡Te
vuelves a casar!» «No —contestó mi tío sonriendo—,
pero todo ha ido muy bien». «¿Cómo todo?», etc., etc.
En resumen, que los efectos teatrales eran el pan nuestro
de cada día, y miré con buenos ojos cómo caían mis
bucles a lo largo de la toalla blanca que tenía alrededor
del cuello y cómo llegaban al suelo, inexplicablemente
deslucidos; volví glorioso y pelado.
Hubo gritos, pero no abrazos, y mi madre se encerró
en su habitación para llorar: habían cambiado a su
niñita en niñito. Pero había cosas peores: mientras mis
preciosos tirabuzones revoloteaban alrededor de mis orejas,
ella había podido negar la evidencia de mi fealdad.
Sin embargo, mi ojo derecho entraba ya en el crepúsculo.
Tuvo que confesarse la verdad. También mi abuelo
Las palabras 73
parecía desconcertado; le habían entregado su pequeña
maravilla y él había devuelto un sapo: era minar por la
base sus futuras maravillas. Mamie le miraba, divertida.
Dijo simplemente: «Karl no está orgulloso; cómo se
achica».
Anne-Marie tuvo la bondad de ocultarme la causa
de su pena. Sólo me enteré a los doce años, de una manera
brutal. Pero yo me encontraba mal con mi facha.
Los amigos de la familia me echaban unas miradas preocupadas
o perplejas que muchas veces sorprendía. Mi
público se volvía más difícil día tras día; tuve que afanarme;
insistí sobre mis efectos y llegué a desafinar.
Conocí las angustias de una actriz que envejece: supe
que otros podían gustar. Me quedaron dos recuerdos,
un poco posteriores, pero sorprendentes.
Tenía nueve años; llovía. En el hotel de Noirétable
éramos diez niños, diez gatos en la misma bolsa. Mi
abuelo, para que hiciéramos algo, aceptó escribir y dirigir
una pieza patriótica con diez personajes. Bernard,
el mayor de la banda, hizo el papel del tío Struthoff, un
hombre brusco pero bueno. Yo fui un joven alsaciano;
mi padre había optado por Francia y yo cruzaba la frontera
secretamente para reunirme con él. Me prepararon
unas réplicas llenas de empaque: levantaba el brazo derecho,
inclinaba la cabeza y murmuraba, ocultando mi
mejilla de prelado en el hueco del hombro: «Adiós,
adiós, querida Alsacia». En los ensayos decían que estaba
comestible, lo que no me sorprendía. La representación
se efectuó en el jardín; el escenario estaba limitado
por dos macizos de boneteros y por la pared del hotel;
los padres estaban sentados en unas sillas de rejilla. Los
niños se divertían de lo lindo; menos yo. Convencido
de que la suerte de la obra estaba entre mis manos, me
esforzaba por gustar, entregado a la causa común; creía
que todos los ojos estaban fijos en mí. Me excedí; las
preferencias fueron para Bernard, menos amanerado que
yo. ¿Lo entendí? Al terminar la representación, él pasaba
la gorra; yo me deslicé detrás de él y tiré de su
barba, que se me quedó entre las manos. Era una bro74
Jean-Paul Sartre
ma de vedette, para hacer gracia; me sentía exquisito,
y saltaba sobre uno y otro pie mostrando mi trofeo.
Nadie se rió. Mi madre me cogió de la mano y me alejó
con presteza. «¿Qué has hecho? —me preguntó, afligida—.
¡Una barba tan bonita! Todo el mundo ha lanzado
un ¡Oh! de estupefacción.» Mi abuela se reunió
con nosotros y traía las últimas noticias: la madre de
Bernard había hablado de celos. «Ya ves lo que se gana
con querer destacar.» Yo me escapé, corrí a la habitación,
me planté delante del armario de luna e hice muecas
durante un rato.
La señora de Picard opinaba que un niño puede leerlo
todo: «Un libro nunca hace daño si está bien escrito
». Había pedido permiso, tiempo antes, delante de
ella, para leer Madame Bovary y mi madre había adoptado
su voz excesivamente musical: «Pero si mi hijito
lee este género de libros a su edad, ¿qué va a hacer
cuando sea mayor?» «¡Los viviré!» Esa contestación
había conocido el éxito más franco y duradero. La señora
de Picard hacía alusión a ella cada vez que nos
visitaba, y mi madre exclamaba, regañándola, pero halagada:
«Blanche, ¿se quiere callar? ¡Mire que me lo
va a estropear!» Yo quería y despreciaba a esa vieja
mujer pálida y gorda, que era mi mejor público; cuando
me anunciaban su llegada, sentía que tenía genio: soñé
que ella perdía las faldas y que le veía el trasero, lo
que era una manera de rendir homenaje a su espiritualidad.
En noviembre de 1915 me regaló una libreta de
cuero rojo con cantos dorados. Como no estaba mi abuelo,
nos habíamos instalado en su despacho; las mujeres
hablaban animadamente, aunque en un tono más bajo
que en 1914, porque estábamos en guerra; se pegaba
a las ventanas una bruma sucia y amarilla, olía a tabaco
rancio. Yo abrí la libreta y en un primer momento quedé
decepcionado. Esperaba que fuera una novela, cuentos;
leí el mismo cuestionario veinte veces en unas hojas
multicolores. «Rellénalo —me dijo— y haz que lo
rellenen tus amiguitos. Así vas a tener buenos recuerdos.
» Comprendí que me ofrecían una oportunidad de
Las palabras 75
ser maravilloso; quise contestar en el acto, me senté en
el sitio de mi abuelo, puse la libreta en el secante de
la carpeta, cogí su pluma con mango de galalita, la hundí
en el frasco de tinta roja y me puse a escribir mientras
las personas mayores cambiaban entre sí miradas
divertidas. De un salto yo me subí más arriba de mi
alma, para cazar respuestas por encima de mi edad».
Desgraciadamente, el cuestionario no ayudaba; me preguntaban
por lo que me gustaba y lo que me desagradaba,
cuál era mi color preferido, mi perfume favorito.
Yo inventaba predilecciones sin entusiasmo, cuando se
me presentó la ocasión de brillar: «¿Cuál es su mayor
deseo?» Yo contesté sin dudar un momento: «Ser un
soldado y vengar a los muertos». Después, demasiado
excitado como para poder seguir, salté al suelo y llevé
mi obra a las personas mayores. Se aguzaron las miradas,
la señora de Picard se ajustó las gafas, mi madre
se inclinó sobre su hombro; las dos avanzaban los labios
con malicia. Las cabezas se levantaron al mismo
tiempo: mi madre se había ruborizado, la señora de Picard
me devolvió la libreta: «Hijo mío, sólo se es interesante
cuando se es sincero». Yo creí morirme. Mi error
salta a la vista: pedían un niño prodigio y yo había dado
un niño sublime. Para desgracia mía aquellas señoras
no tenían a nadie en el frente: lo sublime militar no tenía
efecto en sus almas moderadas. Desaparecí, me fui
a hacer muecas ante el espejo. Cuando hoy recuerdo
aquellas muecas, comprendo que aseguraban mi protección:
me defendía con un bloqueo muscular contra las
fulgurantes descargas de la vergüenza. Y además, al llevar
mi infortunio hasta el límite, me liberaban de él:
me hundía en la humildad para esquivar la humillación,
me privaba de los medios de gustar para olvidar que los
había tenido y que los había usado mal; el espejo era
para mí una gran ayuda: le encargaba de que me hiciera
saber que yo era un monstruo; si lo lograba, mis agrios
remordimientos se transformaban en piedad. Pero sobre
todo, como el fracaso había descubierto mi servilismo,
me volvía horroroso para hacerlo imposible, para
76 Jean-Paul Sartre
renegar de los hombres y para que renegasen de mí. Era
la Comedia del Mal contra la Comedia del Bien; Eliacín
hacía el papel de Quasimodo. Descomponía mi rostro
por contorsiones y plegamientos combinados; me «echaba
vitriolo» a la cara para borrar mis anteriores sonrisas.
El remedio era peor que la enfermedad: contra la
gloria y el deshonor, había tratado de refugiarme en mi
verdad solitaria; pero yo no tenía verdad: en mí sólo
encontraba una insipidez asombrada. Una medusa chocaba
antes mis ojos contra el cristal del acuario, arrugaba
blandamente su umbrela y se deshilacliaba en las tinieblas.
Cayó la noche, se diluyeron en el espejo unas
nubes de tinta, absorbiendo a mi última encarnación. Al
carecer de coartada, caí sobre mí mismo. En la oscuridad,
adivinaba una duda indefinida, un roce, unos latidos,
todo un animal vivo —el más terrible y el único
al que no podía temer—. Huí, volví a arrebatar a la luz
mi papel de querubín ajado. En vano. El espejo me
había enseñado lo que siempre había sabido: yo era horriblemente
natural. Aún no me he repuesto.
Idolatrado por todos, negado por todos también, era
un dejado-a-cuenta, y a los siete años sólo podía recurrir
a mí mismo, que aún no existía, palacio de cristal
vacío donde el siglo naciente contemplaba su aburrimiento.
Nací para colmar la gran necesidad que tenía
de mí mismo; hasta entonces sólo había conocido las
vanidades de un perro de salón; empujado hacia el orgullo,
me convertí en el Orgullo. Puesto que nadie me
reivindicaba seriamente, elevé la pretensión de ser indispensable
para el Universo. ¿Hay algo más soberbio?
¿Hay algo más tonto? La verdad es que no podía elegir.
Viajero clandestino, me había dormido en el asiento,
y el revisor me sacudía: «¡Su billete!» Debía reconocer
que no lo tenía. Ni dinero para pagar en el acto
el precio del viaje. Empezaba confesándome culpable:
no llevaba- encima mi documentación, ni siquiera recordaba
cómo había burlado la vigilancia del guarda de la
Las palabras 77
estación, pero aceptaba que me había introducido fraudulentamente
en el vagón. Lejos de discutir la autoridad
del revisor, protestaba mucho diciendo el respeto
que tenía por sus funciones y me sometía de antemano
a su decisión. En ese punto extremo de la humildad,
sólo podía salvar la situación invirtiéndola: revelaba,
pues, que eran razones importantes y secretas las que
me llevaban a Dijon, que interesaban a Francia y tal vez
a la humanidad. Tomando las cosas con esa perspectiva,
no se habría encontrado a nadie en todo el tren que
tuviese tanto derecho como yo de ocupar un asiento.
Naturalmente, se trataba de una ley superior que contradecía
al reglamento, pero, si el revisor se hubiera
apoyado en él para interrumpir mi viaje, habría incurrido
en unas complicaciones muy graves cuyas consecuencias
habría de pagar él mismo; yo le instaba a bien:
¿era razonable condenar a la especie entera al desorden
bajo el pretexto de mantener el orden en un tren?
Así es el orgullo; la defensa de los miserables. Sólo
tienen el derecho de ser modestos los viajeros provistos
de billetes. Yo seguía sin saber si tenía las de ganar:
el revisor se mantenía en silencio; yo empezaba otra
vez con mis explicaciones; mientras yo siguiera hablando
estaba seguro de que él no me obligaría a bajarme.
Quedamos frente a frente, el uno mudo, el otro inagotable,
en el tren que nos llevaba a Dijon. Yo era a la
vez el tren, el revisor y el delincuente. Y era también
un cuarto personaje; éste, el organizador, sólo tenía un
deseo: engañarse, olvidar, aunque sólo fuera durante
un instante, que él había armado todo aquello. La comedia
familiar me sirvió; me llamaban don del cielo,
era en broma, y yo no lo ignoraba; como estaba cebado
de ternura, lloraba fácilmente, pero tenía el corazón
duro: quise llegar a ser un regalo útil en busca de sus
destinatarios; ofrecía mi persona a Francia, al mundo.
No me importaban los hombres, pero como había que
pasar por ellos, sus lágrimas de alegría me harían saber
que el universo me acogía con agradecimiento. Podría
pensarse que era mucha mi presunción; no, era huérfa78
Jean-Paul Sartre
no de padre. Hijo de nadie, fui mi propia causa, el colmo
del orgullo y el colmo de la miseria; me había echado
al mundo el impulso que me llevaba hacia el bien.
La relación parece clara: afeminado por la ternura materna,
insípido por la ausencia del rudo Moisés que me
había engendrado, infatuado por la adoración de mi
abuelo yo era un puro objeto, destinado por excelencia al
masoquismo si hubiese podido creer en la comedia familiar.
Pero, no; sólo me agitaba en la superficie y el
fondo quedaba frío, injustificado; el sistema me horrorizó,
aborrecí los pasmos felices, el abandono, aquel cuerpo
demasiado acariciado, demasiado restregado, me encontré
oponiéndome, me arrojé al orgullo y al sadismo,
o dicho de otra manera, a la generosidad. Ésta, como
la avaricia o el racismo, no es más que un bálsamo
secretado para curar nuestras llagas interiores y que
acaba por envenenamos; para escapar al abandono de
la criatura, me preparaba la soledad burguesa más irremediable:
la del creador. No se confunda este golpe de
timón con una rebelión auténtica: las rebeliones se hacen
contra los verdugos, y yo sólo tenía bienhechores.
Durante mucho tiempo fui su cómplice. Por lo demás,
ellos eran los que me habían bautizado don de la Providencia;
yo no hice más que emplear con otros fines los
instrumentos de que disponía.
Todo tuvo lugar en mi cabeza; como era un niño
imaginario, me defendí con la imaginación. Cuando vuelvo
a ver mi vida, de seis a nueve años, me llama la
atención la continuidad de mis ejercicios espirituales.
Cambiaron de contenido muchas veces, pero el programa
no varió; había hecho una entrada en falso, me retiré
detrás de un biombo y volví a empezar mi nacimiento
en un punto dado, en el preciso momento en
que el universo me reclamaba silenciosamente.
Mis primeras historias sólo fueron la repetición del
Pájaro Azul, del Gato con Botas, de los cuentos de
Maurice Bouchor. Se hablaban solas, tras mi frente, entre
los arcos superciliares. Más adelante me atreví a retocarlas,
a darme un papel en ellas. Cambiaron de naLas
palabras 79
turaleza; no me gustaban las hadas: había demasiadas
a mi alrededor; las proezas reemplazaron a la magia. Me
convertí en héroe; desnudé mis encantos; ya no se trataba
de gustar, sino de imponerse. Abandoné a mi familia:
Karlímami y Anne-Marie fueron excluidos de mis
fantasías. Harto de gestos y de actitudes, hice verdaderos
actos en sueños. Inventé un universo difícil y
mortal —el de Cri-Cri, de l'Epatant, de Paul d'Ivoi—;
puse al peligro en el lugar de la necesidad y del trabajo,
que ignoraba. Nunca estuve más lejos de discutir
el orden establecido; como estaba seguro de vivir en
el mejor de los mundos, me di la misión de purgarlo
de sus monstruos: policía y linchador, cada noche sacrificaba
a una banda de bandidos. Nunca hice guerras
preventivas ni expediciones punitivas; mataba sin cólera
ni placer, por arrancar de la muerte a unas muchachas.
Estas frágiles criaturas me eran indispensables:
me reclamaban. Desde luego que no podían contar con
mi ayuda, ya que no me conocían. Pero las arrojaba a
unos peligros tan grandes que nadie salvo yo hubiera
podido sacarlas de ellos. Cuando blandían los jenízaros
sus cimitarras curvas, recorría el desierto un gemido y
las rocas decían a la arena: «Aquí falta alguien; es Sartre
». Entonces yo corría el biombo, hacía volar las cabezas
a sablazos, y nacía en un río de sangre. ¡Felicidad
de acero! Estaba en mi sitio.
Yo nacía para morir: salvada, la hija se arrojaba en
brazos del margrave, su padre; yo me alejaba, había que
volverse de nuevo superfluo o buscar nuevos asesinos.
Los encontraba. Como campeón del orden establecido,
había puesto yo mi razón de ser en un perpetuo desorden;
ahogaba al Mal en mis brazos, moría yo con su
muerte y resucitaba con su resurrección; era un anarquista
de derecha. Nada salió a la superficie de esas violencias;
seguí siendo servil y diligente: no se pierde
tan fácilmente la costumbre de la virtud; pero todas las
noches esperaba impaciente la terminación de la bufonería
cotidiana, corría a la cama, largaba mi oración, me
metía entre las sábanas; tenía prisa por volver a en80
Jean-Paul Sartre
contrar mi loca temeridad. Envejecía en la oscuridad,
me volvía un adulto solitario, sin padre ni madre, sin
casa ni hogar, casi sin nombre. Iba por un tejado en
llamas, llevando en mis brazos a una mujer desvanecida;
abajo la gente gritaba: no había duda de que se iba
a derrumbar el edificio. En ese momento pronunciaba
las palabras fatídicas: «Seguirá en el próximo número».
«¿Qué dices?», preguntaba mi madre. Yo contestaba prudentemente.
«Me dejo en suspenso.» Y el hecho es que
me dormía en medio de los peligros y de una deliciosa
inseguridad. A la noche siguiente, fiel a la cita, volvía a
encontrar el tejado, las llamas, la muerte segura. De
pronto me daba cuenta de que había un canalón que
no había visto la víspera. ¡Dios mío, salvados! ¿Pero
cómo agarrarme a él sin soltar mi precioso fardo? Afortunadamente,
la mujer recobraba el sentido, yo la cargaba
a mis espaldas y ella me echaba los brazos al cuello.
No, pensándolo bien, volvía a sumirla en la inconsciencia:
por poco que ella misma contribuyese a su propia
salvación, disminuía mi mérito. Por suerte, estaba la
cuerda aquella a mis pies; ataba fuertemente la víctima
a su salvador y lo demás no era más que un juego. Unos
señores —el alcalde, el jefe de la policía, el capitán de
los bomberos— me abrazaban, me besaban, me daban
una medalla y yo perdía mi entereza y ya no sabía qué
hacer: los abrazos de esos personajes importantes se parecían
mucho a los de mi abuelo. Borraba todo y volvía
a empezar: era de noche, una muchacha pedía socorro,
yo me lanzaba... Seguirá en el próximo número.
Arriesgaba mi vida por el momento sublime que cambiaría
a un animal en transeúnte providencial, pero sentía
que no podría sobrevivir a mi victoria, y me sentía
feliz dejándola para el día siguiente.
Podrán parecer extraños estos sueños de peligro en un
mocoso destinado al clero; las inquietudes de la infancia
son metafísicas; para calmarlas no es necesario derramar
sangre. ¿Nunca he deseado ser un médico heroico
y salvar a mis conciudadanos de la peste o del cólera?
Confieso que no. Sin embargo, yo no era feroz ni
Las palabras 81
guerrero, y no tengo la culpa si este siglo naciente me
volvió épico. La Francia vencida estaba llena de héroes
imaginarios cuyas hazañas curaban su amor propio. Ocho
años antes de mi nacimiento, Cyrano de Bergerac había
«estallado como una charanga con pantalones rojos».
Un poco después, al Aguilucho orgulloso y magullado
le bastó con aparecer para borrar a Fachoda. En 1912
yo ignoraba todo de estos altos personajes: me gustaba
el Cyrano del Hampa, Arsène Lupin, sin saber que debía
su fuerza hercúlea, su valor astuto, su inteligencia
tan francesa, a nuestra derrota de 1870. La agresividad
nacional y el espíritu de revancha convertía en vengadores
a todos los niños. Yo me volví un vengador como
todo el mundo; seducido por el sarcasmo y la pasión
heroica, esos defectos insoportables de los vencidos,
yo ridiculizaba a los truhanes antes de romperles
los riñones. Pero me aburrían las guerras, me gustaban
los pacíficos alemanes que visitaban a mi abuelo y sólo
me interesaban las injusticias privadas; en mi corazón
sin odio, se transformaron las fuerzas colectivas: yo las
dediqué a alimentar mi heroísmo individual. No importa;
estoy señalado; si en un siglo de hierro he cometido
el loco yerro de tomar la vida como una epopeya,
es que soy un nieto de la derrota. Materialista
convencido, mi idealismo épico compensará hasta mi
muerte una afrenta que no sufrí, una vergüenza que
no padecí, la pérdida de dos provincias que volvieron
a nosotros hace ya mucho tiempo.
Los burgueses del siglo pasado nunca olvidaron la
primera noche que fueron al teatro, y sus escritores se
encargaron de comunicarnos las circunstancias. Cuando
se levantó el telón, los niños creyeron que estaban en
la corte. Los oros y las púrpuras, las luces, las pinturas,
el énfasis y los artificios ponían a lo sagrado hasta en
el crimen; en el escenario vieron resucitar a la nobleza
que habían asesinado sus abuelos. En los descansos, la
distribución en pisos de las galerías les ofrecían la ima82
Jean-Paul Sartre
gen de la sociedad; les mostraron que en los palcos había
espaldas desnudas y nobles vivos. Volvieron a sus
casas estupefactos, ablandados, insidiosamente preparados
a unos destinos ceremoniosos, a llegar a ser Jules
Favre, Jules Ferry, Jules Grévy. Desafío a mis contemporáneos
a que me den la fecha de su primer encuentro
con el cine. Entrábamos a ciegas en un siglo sin tradiciones
que tenía que resaltar entre los demás por sus
malos modales y el nuevo arte, arte plebeyo que anticipaba
a nuestra barbarie. Nacido en una cueva de ladrones,
colocado por la administración entre las diversiones
verbeneras, tenía unos modales populacheros
que escandalizaban a las personas serias; era la diversión
de las mujeres y de los niños; mi madre y yo lo
adorábamos, pero apenas sí pensábamos en ello y nunca
lo comentábamos; ¿se habla del pan cuando no falta?
Cuando nos dimos cuenta de su existencia, hacía ya
mucho tiempo que se había convertido en nuestra principal
necesidad.
Los días de lluvia, si Anne-Marie me preguntaba qué
quería hacer, dudábamos mucho entre el circo, el Châtelet,
la Maison Electrique y el Musée Grévin * ; en el
último momento, con una negligencia calculada, decidíamos
entrar en una sala de proyecciones. Cuando abríamos
la puerta de nuestro piso, mi abuelo aparecía en
la de su despacho; preguntaba: «¿Adonde vais, hijos
míos?» «Al cine», decía mi madre. Él fruncía las cejas
y ella añadía rápidamente: «Al cine del Panthéon, que
está al lado, no hay más que cruzar la calle Soufflot».
Él nos dejaba ir encogiéndose de hombros; el jueves siguiente
diría al señor Simonnot: «A ver, Simonnot, usted
que es un hombre serio, ¿comprende esto? ¡Mi hija
lleva al cine a mi nieto!», y el señor Simonnot diría
con una voz conciliadora: «Yo no he ido nunca, pero
mi mujer va a veces».
El espectáculo había empezado ya. Seguíamos a la
acomodadora tropezando, y yo me sentía clandestino.
* Célebre museo de figuras de cera. (N. del T.)
Las palabras 83
Un haz de luz blanca atravesaba la sala por encima de
nuestras cabezas, y se veía bailar en él el polvo y el
humo; un piano relinchaba, unas peras violetas estaban
encendidas en las paredes, el olor acre de un desinfectante
me atacaba a la garganta. El olor y los frutos
de aquella noche habitada se confundían en mí: yo me
comía las lámparas auxiliares, me llenaba de su gusto
acidulado. Tropezaba con la espalda contra unas rodillas,
me sentaba en un asiento chirriante, mi madre deslizaba
una manta doblada debajo de mis nalgas, para
ponerme más alto; por fin miraba a la pantalla, descubría
una tiza fluorescente, unos paisajes parpadeantes,
rayados por las lluvias; llovía siempre, aunque hiciese
un sol espléndido, aunque fuese dentro de las casas; a
veces atravesaba el salón de una baronesa un asteroide
en llamas, sin que ella pareciese extrañarse. Me gustaba
esa lluvia, esa inquietud constante que aparecía en la
pared. El pianista atacaba la obertura de las Grutas de
Fingal y todo el mundo se daba cuenta de que iba a
aparecer el criminal: la baronesa estaba muerta de miedo.
Pero su hermoso rostro ennegrecido dejaba el lugar
a un letrero malva: «Fin de la primera parte». Era la
desintoxicación atropellada, la luz. ¿Dónde estaba yo?
¿En una escuela? ¿En una oficina? No había ni el menor
adorno: unas filas de asientos plegables sin brazos
que, por debajo, dejaban ver sus resortes, unas paredes
pintadas de color ocre, un suelo sembrado de colillas y
de escupitajos. Llenaban la sala unos rumores espesos,
se reinventaba el lenguaje, la acomodadora vendía a gritos
caramelos ingleses, mi madre me los compraba, yo
me los metía en la boca, chupaba las lámparas auxiliares.
La gente se frotaba los ojos, cada cual descubría a
sus vecinos. Soldados, las mucamas del barrio; un viejo
huesudo mascaba tabaco, unas obreras con la cabeza
descubierta se reían muy fuerte: toda esa gente no era
de nuestro mundo; afortunadamente, colocados de trecho
en trecho en aquella platea de cabezas, había unos
grandes sombreros palpitantes que tranquilizaban.
84 Jean-Paul Sartre
A mi difunto padre y a mi abuelo, acostumbrados a
los palcos, la jerarquía social del teatro les había aficionado
al ceremonial: cuando hay muchos hombres juntos,
hay que separarlos por los ritos si se quiere evitar
que se maten unos a otros. El cine probaba todo lo contrario:
más que por una fiesta, aquel público tan mezclado
parecía reunido por una catástrofe; muerta la etiqueta,
se descubría por fin el verdadero lazo de unión
entre los hombres: la adherencia. Me desagradaron las
ceremonias y adoré a las multitudes; las he visto de
todas clases, pero no he vuelto a encontrar en aquella
desnudez, aquella presencia sin reserva de cada uno en
todos, ese sueño despierto, esa conciencia oscura del
peligro de ser hombre, como en 1940, en el Stalag
XII D.
Mi madre se atrevió incluso a llevarme a las salas del
Bulevar: al Kinérama, a las Folies Dramatiques, al Vaudeville,
al Gaumont Palace, que se llamaba entonces
Hippodrome. Vi Zigomar y Fan tomas, Las hazañas de
Maciste, Los misterios de Nueva York; los dorados me
estropeaban el placer. El Vaudeville, teatro venido a
menos, no quería abdicar de su antigua grandeza: había
una cortina roja con borlas de oro que ocultaba la pantalla
hasta el último momento; daban tres golpes para
anunciar que la función iba a empezar, la orquesta tocaba
una obertura, se levantaba el telón, las luces se
apagaban. A mí me molestaba aquel ceremonial incongruente,
aquellas pompas polvorientas que no tenían
más resultado que el de alejar a los personajes; en el
primer piso, en el gallinero, asombrados por la lámpara
por las pinturas del techo, nuestros padres no podían
ni querían creer que les perteneciese el teatro; eran simplemente
recibidos. Yo quería ver la película lo más
cerca posible. Aprendí con la incomodidad igualitaria
de las salas de barrio, que este nuevo arte era tan mío
como de todos. Eramos de la misma edad mental, yo
tenía siete años y sabía leer, él tenía doce y no sabía
hablar. Se decía que estaba en sus comienzos, que tenía
que hacer muchos progresos; a mí me parecía que ereLas
palabras 85
ceríamos juntos. No he olvidado nuestra infancia común;
cuando me ofrecen un caramelo inglés, cuando
una mujer, junto a mí, se pinta las uñas; cuando, en los
retretes de cierto hotel de provincia, huelo determinado
olor a desinfectante; cuando, en un tren nocturno,
veo, suspendida del techo, la bombilla violeta, reencuentro
en mis ojos, en mi nariz, en mi lengua las luces
y los perfumes de aquellas salas hoy en día desaparecidas;
hace cuatro años, navegando frente a las grutas
de Fingal, con mar gruesa, oía un piano en el viento.
Yo, que soy inaccesible para lo sagrado, adoraba la
magia; el cine era una apariencia sospechosa que me
gustaba perversamente por lo que aún le faltaba. Ese
fluir era todo, no era nada, era todo reducido a nada;
yo asistía a los delirios de una muralla; a los cuerpos
sólidos les habían quitado un aspecto macizo que me
estorbaba en mi cuerpo y mi joven idealismo celebraba
esta contracción infinita; más adelante, las rotaciones y
las traslaciones de los triángulos me recordaron el deslizamiento
de las imágenes por la pantalla; me gustó el
cine hasta en la geometría plana. Yo hacía del negro y
el blanco unos colores eminentes que resumían en ellos
a todos los demás y que sólo los revelaban al iniciado;
me encantaba ver lo invisible. Por encima de todo me
gustaba el incurable mutismo de mis héroes. O más
bien, no: no eran mudos, ya que sabían hacerse comprender.
Nos comunicábamos por medio de la música;
era el ruido de su vida interior. La inocencia perseguida
hacía algo mejor que decir o mostrar su dolor, me impregnaba
con esta melodía que salía de ella; yo leía las
conversaciones, pero oía la esperanza y la amargura, sorprendía
por medio del oído el orgulloso dolor que no se
declara. Yo estaba comprometido; yo no era esa joven
viuda que lloraba en la pantalla y, sin embargo, ella y
yo teníamos una sola alma: la marcha fúnebre de Chopin;
me bastaba para que sus lágrimas mojasen mis
ojos. Me sentía profeta sin poder predecir nada: la mala
acción del traidor entraba en mí aun antes de que la
hubiese cometido; cuando parecía que en el castillo todo
86 Jean-Paul Sartre
estaba tranquilo, unos acordes siniestros denunciaban la
presencia del asesino. Qué felices eran los cow-boys, los
mosqueteros, los policías; su porvenir estaba allí, en
aquella música premonitoria, y gobernaba su presente.
Se confundía con sus vidas, era un canto ininterrumpido
que los arrastraba hacia la victoria o hacia la muerte,
avanzando hacia su propio fin. A ellos los esperaban: la
muchacha que estaba en peligro, el general, el traidor
emboscado, el compañero atado a un barril de pólvora
y que veía tristemente cómo corría la llama a lo largo
de la mecha. La carrera de esta llama, la lucha desesperada
de la virgen contra su raptor, el galope del héroe
por la estepa, el entrecruzamiento de todas esas imágenes,
de todas esas velocidades y, por debajo, el movimiento
infernal de la «carrera hacia el abismo» de La
condenación de Fausto, adaptada para piano, todo eso
no formaba nada más que una sola cosa: era el Destino.
El héroe se bajaba del caballo, apagaba la mecha, el traidor
se arrojaba sobre él, empezaba un duelo a cuchillo,
pero las peripecias del duelo participaban también en el
rigor del desarrollo musical: eran falsas peripecias que
no llegaban a disimular el orden universal. ¡Qué alegría,
cuando coincidían la última cuchillada y el último
acorde! Me sentía pletórico, había encontrado el mundo
en el que yo quería vivir, alcanzaba el absoluto. Qué
malestar, también, cuando volvían a encenderse las lámparas:
me había desgarrado de amor por aquellos personajes
y habían desaparecido, llevándose su mundo;
había sentido su victoria en mis huesos y, sin embargo,
era la suya y no la mía; en la calle, volvía a ser un
supernumerario.
Decidí dejar la palabra y vivir en la música. La ocasión
se presentaba todas las tardes hacia las cinco. Mi
abuelo daba sus clases en el Instituto de Lenguas Vivas;
mi abuela, en su habitación, leía a Gyp; mi madre
me había dado la merienda, había preparado la cena y
dado los últimos consejos a la muchacha; ella se sentaba
al piano y tocaba las Baladas de Chopin, una Sonata
de Schumann, las variaciones sinfónicas de Franck
Las palabras 87
y a veces, a petición mía, la obertura de Las gruías de
Fin gal. Yo me colaba en el despacho; ya estaba oscuro
y ardían dos velas en el piano. La penumbra me era
útil, cogía la regla de mi abuelo, era mi tizona, y su cortapapeles
era mi daga; me convertía en el acto en la imagen
plana de un mosquetero. A veces la inspiración se
hacía esperar; para ganar tiempo, decidía que, como era
un espadachín importante, un asunto no menos importante
me obligaba a guardar el incógnito. Tenía que
recibir los golpes sin devolverlos y emplear mi valor en
fingir la cobardía. Daba vueltas por la habitación, con
la mirada torva, la cabeza baja, arrastrando los pies; con
un sobresalto que tenía de vez en cuando, hacía ver que
me habían pegado una bofetada o que me habían dado
un puntapié en el trasero, pero yo no reaccionaba: anotaba
el nombre de la persona que me había ofendido.
La música, tomada en dosis masivas, actuaba al fin. El
piano, como un tambor vudú, me imponía su ritmo. La
Fantasía-Impromptu ocupaba el lugar de mi alma, me
habitaba, me daba un pasado desconocido, un porvenir
fulgurante y mortal; estaba poseído, me había agarrado
el demonio y me sacudía como a un ciruelo. ¡A caballo!
Era yegua y caballero; montando y montado, atravesaba
al galope eriales, barbechos, el despacho, desde
la puerta a la ventana. «Haces mucho ruido, se van a
quejar los vecinos», decía mi madre sin dejar de tocar.
Yo no le respondía, puesto que era mudo. Veo al duque,
me bajo del caballo, le comunico por medio de los
silenciosos movimientos de mis labios que le tengo por
un bastardo. Manda a sus reitres contra mí. Mis molinetes
levantan una muralla de acero; de vez en cuando
atravieso un pecho. De pronto doy media vuelta, soy
el Espadachín herido, caigo, muero en la alfombra. Luego
me retiraba suavemente del cadáver, me levantaba,
volvía a tomar mi papel de caballero errante. Animaba
a todos los personajes: caballero, abofeteaba al duque;
giraba sobre mí mismo; duque, recibía la bofetada. Pero
no encarnaba a los malos durante mucho tiempo, impaciente
siempre de volver al papel principal, a mí mis88
Jean-Paul Sartre
mo. Invencible, triunfaba contra todos. Pero, como hacía
con- mis relatos nocturnos, dejaba mi triunfo para
las calendas por temor al marasmo que sobrevendría
después.
Protejo a una joven condesa contra el propio hermano
del rey. ¡Qué carnicería! Pero mi madre ha vuelto la
hoja. Toca un tierno adagio en lugar del allegro; termino
rápidamente la carnicería y sonrío a mi protegida.
Me ama; me lo dice la música. Y tal vez la ame yo
también; se instala en mí un corazón enamorado y lento.
¿Qué se hace cuando se ama? La cogía del brazo,
la llevaba a una pradera, pero eso no podía bastar. Convocados
a toda prisa, los truhanes y los reitres me sacaban
del apuro: se lanzaban todos contra nosotros, cien
contra uno; mataba a noventa, los otros diez raptaban
a la condesa.
Es el momento de entrar en mis años sombríos: la
mujer que me ama está cautiva, me persiguen todas las
policías del reino; fuera de la ley, acosado, miserable,
me quedan mi conciencia y mi espada. Andaba por el
despacho con aire de abatimiento, me llenaba de la tristeza
apasionada de Chopin. A veces hojeaba mi vida,
saltaba dos o tres años para estar seguro de que todo
había de acabar bien, que me devolverían mis títulos,
mis tierras, una novia casi intacta y que el rey me pediría
perdón. Pero saltaba hacia atrás en seguida y volvía
a establecerme, dos o tres años antes, en la desgracia.
Ese momento me encantaba: se confundían la ficción y
la verdad; vagabundo desolado en pos de la justicia, me
parecía como un hermano al niño desocupado, embarazado
consigo mismo, en busca de una razón para vivir,
que deambulaba dentro de la música por el despacho de
su abuelo. Sin dejar el papel, me aprovechaba del parecido
para amalgamar nuestros destinos; como estaba seguro
de la victoria final, veía en mis tribulaciones el
camino más seguro para llegar a ella;' veía a través de
mi abyección la gloria futura que era su causa verdadera.
La sonata de Schumann acababa de convencerme:
yo era la criatura que desespera y el Dios que la ha salLas
palabras 89
vado desde que el mundo es mundo. Qué alegría era
poder amargarse de tal manera; tenía el derecho de enojarme
con el universo entero. Cansado de éxitos demasiado
fáciles, saboreaba las delicias de la melancolía, el
áspero placer del resentimiento. Objeto de los más tiernos
cuidados, ahito, sin deseos, me precipitaba a una
privación imaginaria; ocho años de felicidad sólo habían
terminado por darme el gusto del martirio. Sustituía a
mis jueces ordinarios, todos predispuestos en mi favor,
por un tribunal ceñudo dispuesto a condenarme sin oírme:
yo le arrancaría la absolución, sus felicitaciones, una
recompensa ejemplar. Había leído cien veces, en la pasión,
la historia de Grisélidis; sin embargo, no me gustaba
sufrir y mis primeros deseos fueron crueles: al defensor
de tantas princesas no le molestaba azotar mentalmente
en el trasero a su vecinita. Lo que me gustaba
en este relato poco recomendable era el sadismo de la
víctima y la inflexible virtud que acaba por arrojar de
rodillas al marido verdugo. Eso es lo que quería para
mí: hacer que los magistrados se arrodillasen a la fuerza,
obligarles a que me reverenciaran para castigarles por
sus prevenciones. Pero siempre aplazaba la absolución al
día siguiente: héroe siempre futuro, me moría de ganas
de lograr una consagración que siempre dejaba para más
adelante.
Esta doble melancolía, sentida e interpretada, creo
que traducía mi decepción; mis proezas alineadas, no
eran más que un rosario de azares; en cuanto mi madre
tocaba los últimos acordes de la Fantasía-Impromptu, yo
volvía a caer en el tiempo sin memoria de los huérfanos
de padre, de los caballeros errantes privados de huérfanos;
héroe o escolar, haciendo y rehaciendo los mismos
dictados, las mismas proezas, seguía encerrado en la misma
cárcel: la repetición. Sin embargo, existía el porvenir,
el cine me lo había revelado: yo soñaba con tener
un destino. Los enojos de Grisélidis acabaron por cansarme;
por mucho que retrasase indefinidamente el minuto
histórico de mi glorificación, no era un verdadero
porvenir: sólo era un presente diferido.
90 Jean-Paul Sartre
Fue por entonces —1912 ó 1913— cuando leí Miguel
Strogoff. Lloré de alegría: ¡qué vida ejemplar! Para
mostrar su valor, este oficial no tuvo que esperar a que
tuviesen ganas los bandidos; le había sacado de la oscuridad
una orden superior, vivía para obedecerla y moría
con su triunfo; pues esa gloria era una muerte: una vez
vuelta la última página del libro, Miguel se encerraba
vivo en su pequeño ataúd con cantos dorados. Ninguna
inquietud: él estaba justificado desde su primera aparición.
Ni el menor azar; verdad es que se desplazaba
continuamente, pero grandes intereses, su valor, la vigilancia
del enemigo, la naturaleza del terreno, los medios
de comunicación y otros veinte factores, establecidos
todos de antemano, permitían que en todo momento se
pudiese señalar su situación en el mapa. Ninguna repetición;
todo cambiaba, él tenía que cambiar sin cesar;
le iluminaba su porvenir, se guiaba por una estrella.
Tres meses después volví a leer esta novela con los mismos
transportes; ahora bien, yo no quería a Miguel, le
encontraba demasiado bueno: era su destino lo que yo
envidiaba. Adoraba en él, oculto, al cristiano que me
habían impedido que fuese. El zar de todas las Rusias
era Dios Padre; salido de la nada por un decreto singular,
Miguel, encargado, como todas las criaturas, de una
misión única y capital, atravesaba nuestro valle de lágrimas,
descartando las tentaciones y franqueando los
obstáculos, probaba el martirio, se beneficiaba de la
ayuda sobrenatural \ glorificaba a su Creador, y luego,
al cabo de su misión, entraba en la inmortalidad. Para
mí, ese libro fue como un veneno: ¿entonces había elegidos?
¿Les trazaban el camino las más altas exigencias?
Me repugnaba la santidad; en Miguel Strogoff me fascinó
porque había tomado las apariencias del heroísmo.
Sin embargo, no cambié nada en mis pantomimas y la
idea de misión quedó en el aire, como un fantasma inconsistente
que no llegaba a tomar cuerpo y del cual no
podía deshacerme. Sin duda que mis comparsas, los re-
Salvado por el milagro de una lágrima.
Las palabras 91
yes de Francia, estaban a mis órdenes y sólo esperaban
una señal para darme ellos a su vez las suyas. Yo no
se las pedí. Si se arriesga la vida por obediencia, ¿en
qué se convierte la generosidad? Marcel Dunot, boxeador
con puños de hierro, me sorprendía todas las semanas,
haciendo, graciosamente, más de lo que el deber le
exigía: Miguel Strogoff, ciego, cubierto de heridas gloriosas,
apenas si podía decir que había cumplido con el
suyo. Yo admiraba su valor y condenaba su humildad.
Ese valiente no tenía nada más que el cielo por encima
de su cabeza, entonces, ¿por qué la curvaba ante el zar
cuando era el zar quien hubiera debido besarle los pies?
Pero, a no ser que uno se rebajase, ¿de dónde podría sacar
el mandato de vivir? Esta contradicción me hizo caer
en un profundo embarazo. Algunas veces traté de sortear
la dificultad: niño desconocido, oía hablar de una
misión peligrosa; me arrojaba a los pies del rey, le suplicaba
que me la diese. Se negaba: yo era demasiado
joven y el asunto demasiado grave. Yo me levantaba,
provocaba a duelo y batía rápidamente a todos sus capitanes.
El soberano se rendía a la evidencia: «¡Ya que
lo quieres, ve!» Pero mi estratagema no me engañaba
y me daba cuenta de que me había impuesto. Además,
todos aquellos monigotes me desagradaban: yo era sansculotte
y regicida, mi abuelo me había prevenido contra
los tiranos, ya se llamasen Luis XVI o Badinguet. Sobre
todo, leía todos los días en Le Matin el folletín de
Michel Zévaco; este genial autor había inventado, por
influencia de Hugo, la novela de capa y espada republicana.
Sus héroes representaban al pueblo; hacían y deshacían
imperios, predecían desde el siglo xvi la Revolución
Francesa, protegían por pura bondad a los reyes
niños o a los reyes locos contra sus ministros, abofeteaban
a los reyes malos. El más grande de todos, Pardaillan,
era mi maestro; muchas veces, para imitarle,
soberbiamente plantado sobre mis patitas de gallito, abofeteé
a Enrique III y a Luis XIII. ¿Iba a ponerme a
sus órdenes después de eso? En una palabra, no podía
ni obtener de mí mismo el mandato imperativo que jus92
Jean-Paul Sartre
tificara mi presencia en la tierra ni reconocer a nadie
el derecho de dármelo. Volví a mis cabalgatas, negligentemente,
languidecí en la refriega; era un matador
distraído, un mártir indolente, y seguí siendo Grisélidis,
por no tener un zar, un Dios o simplemente un
padre.
Yo llevaba dos vidas y ambas eran falsas. Públicamente,
era un impostor, el famoso nieto del célebre
Charles Schweitzer; solo, me hundía en un enojo imaginario.
Corregía mi falsa gloria con un falso incógnito.
No me costaba ningún trabajo pasar de uno a otro papel.
Justo en el momento en que iba a dar mi estocada
secreta, giraba la llave en la cerradura, las manos de
mi madre, súbitamente paralizadas, se inmovilizaban en
el teclado, yo dejaba la regla en la biblioteca e iba a
arrojarme en brazos de mi abuelo, le adelantaba el sillón,
le llevaba las zapatillas forradas, le hacía preguntas
sobre lo que había hecho durante el día, llamando
a sus alumnos por sus nombres. Nunca me perdí en mis
sueños, por muy profundos que fuesen. Sin embargo,
yo estaba amenazado: mi verdad corría el grave riesgo
de ser para siempre la alternancia de mis mentiras.
Había otra verdad. En las terrazas del Luxemburgo
jugaban unos niños, me acercaba a ellos, me rozaban
sin verme, los miraba con ojos de pobre: ¡qué fuertes
y rápidos eran! ¡Y qué hermosos! Por una palabra, brutalmente
pronunciada por el jefe de la banda: «Avanza,
Pardaillan, tu harás de prisionero», yo habría abandonado
mis privilegios. Hasta un papel mudo me habría
colmado; habría aceptado con entusiasmo hacer de herido
en una camilla, hacer de muerto. Pero no me dieron
la ocasión; había encontrado a mis verdaderos jueces,
mis contemporáneos, mis pares, y su indiferencia
me condenaba. Me sorprendía descubrirme a través de
ellos: ni maravilla ni medusa, un mequetrefe que no
interesaba a nadie. Mi madre no lograba ocultar su indignación;
a esta alta y hermosa mujer le parecía muy
bien mi corta estatura, para ella era de lo más natural:
los Schweitzer son altos, los Sartre son bajos, y yo me
Las palabras 93
parecía a mi padre, eso era todo. A ella le gustaba que,
a los ocho años, yo fuese aún portátil y de fácil manejo;
mi formato reducido era para ella una primera edad
prolongada. Pero, al ver que nadie me invitaba a jugar,
llevaba su amor hasta adivinar que yo podía creerme
enano —lo que no soy del todo— y sufrir por ello. Para
salvarme de la desesperación, fingía la impaciencia:
«¿Qué estás esperando, bobo? Pregúntales si quieren
jugar contigo». Yo sacudía la cabeza. Podía aceptar las
más bajas tareas, pero ponía todo mi orgullo en no
solicitarlas. Ella señalaba a las mujeres que hacían punto
sentadas en las sillas de hierro. «¿Quieres que hable
con sus madres?» Yo le rogaba que no lo hiciera; me
cogía de la mano e íbamos de árbol en árbol, de grupo
en grupo, siempre implorantes y siempre excluidos. Al
llegar el crepúsculo, volvía a encontrar mi alcándara, los
altos lugares donde alentaba el espíritu, mis sueños; me
vengaba de mis fracasos con seis palabras de niño y la
muerte de cien reitres. No importa; las cosas no iban
bien.
Me salvó mi abuelo; me lanzó, sin quererlo, a una
nueva impostura que cambió mi vida.
II. Escribir
Charles Schweitzer nunca se había tomado por un
escritor, pero la lengua francesa le maravillaba aún, a
sus setenta años, porque la había aprendido con dificultad
y no la poseía del todo; jugaba con ella, le gustaban
las palabras, le gustaba también pronunciarlas, y
su implacable dicción no perdonaba ni una sílaba; cuando
tenía tiempo, su pluma las juntaba en ramilletes.
Ilustraba de buena gana los acontecimientos de nuestra
familia y de la Universidad con obras de circunstancias:
felicitaciones de Año Nuevo, de cumpleaños, parabienes
en las comidas de bodas, discursos en verso el día
de San Carlomagno, saínetes, charadas, versos de pie
forzado, trivialidades amables; en los congresos improvisaba
cuartetas, en alemán y en francés.
Al principio del verano, antes de que mi abuelo hubiera
terminado el curso, las dos mujeres y yo nos íbamos
a Arcachon. Nos escribía tres veces por semana:
dos páginas para Louise, un post-scriptum para Anne-
Marie, y para mí una carta entera en verso. Para que mi
felicidad fuese mayor, mi madre estudió y me enseñó
94
Las palabras 95
las reglas de la prosodia. Alguien me sorprendió garabateando
una respuesta en verso, me animaron para que
terminara, me ayudaron. Cuando las dos mujeres echaron
la carta, se reían a más no poder, pensando en el
estupor de mi abuelo. Recibí a vuelta de correo un poema
a mi gloria; contesté con otro poema. Al convertirse
en costumbre, abuelo y nieto estaban unidos con un
nuevo lazo; se hablaban, como los indios, como los chulos
de Montmartre, en una lengua prohibida para las
mujeres. Me dieron un diccionario de rimas y me hice
versificador; escribía madrigales para Vevé, una rubita
que no dejaba su mecedora y que moriría unos años después.
A la niña le tenían sin cuidado: era un ángel; pero
me consolaba de esta indiferencia la admiración de
un amplio público. He encontrado algunos de estos poemas.
Cocteau dijo en 1955 que todos los niños menos
Minou Drouet tienen ingenio. En 1912 lo tenían todos
menos yo; escribía por imitación, por ritual, por hacerme
el mayor; escribía sobre todo porque era el nieto
de Charles Schweitzer. Me dieron las fábulas de La Fontaine.
No me gustaron: el autor las hacía con excesiva
facilidad; yo decidí reescribirlas en alejandrinos. La empresa
superó a mis fuerzas y creí notar que hacía sonreír;
fue mi última experiencia poética. Pero estaba lanzado;
pasé de los versos a la prosa y no me costó ningún
trabajo reinventar por escrito las apasionantes aventuras
que leía en Cri-Cri. Ya era hora: iba a descubrir la
inanidad de mis sueños. En mis cabalgatas fantásticas
yo quería alcanzar la realidad. Cuando mi madre, sin
dejar de mirar la partitura, me preguntaba: «Poulou,
¿qué estás haciendo?», a veces ocurría que rompiese mi
voto de silencio y le contestase: «Estoy haciendo cine».
En efecto, trataba de arrancar las imágenes de mi cabeza
y de realizarlas fuera de mí, entre muebles y paredes
verdaderos, tan brillantes y visibles como los que chorreaban
en la pantalla. En vano, ya no podía ignorar
mi doble impostura: fingía ser un actor, que fingía ser
un héroe.
% Jean-Paul Sartre
Apenas empecé a escribir, solté la pluma con gran
júbilo. La impostura era la misma, pero ya he dicho
que para mí las palabras eran la quintaesencia de las
cosas. Nada me turbaba más que ver cómo mis patas de
mosca perdían poco a poco su brillo de fuegos fatuos
en la apagada consistencia de la materia. Era la realización
de lo imaginario. Un león, un capitán del Segundo
Imperio, un beduino, caídos en la trampa del nombramiento,
entraban en el comedor; se quedaban allí para
siempre, cautivos, incorporados por los signos, creía haber
anclado a mis sueños en el mundo con los arañazos
de una pluma de acero. Obtuve un cuaderno, un frasco
de tinta violeta; escribí en la cubierta: «Cuaderno de
novelas». La primera que terminé se llamaba Para una
mariposa. Un sabio, su hija y un joven explorador atlético
suben el curso del Amazonas en busca de una mariposa
preciosa. El argumento, los personajes, el detalle
de las aventuras e incluso el título estaban tomados
de un relato ilustrado aparecido el trimestre anterior.
Ese plagio deliberado me liberaba de mis últimas inquietudes:
todo era verdad forzosamente, ya que no inventaba
nada. No tenía la ambición de que se publicase,
pero me las había arreglado para que me lo hubiesen impreso
por adelantado y no trazaba ni una línea que no
estuviese garantizada por mi modelo. ¿Me tenía por un
copista? No. Por un autor original: retocaba, rejuvenecía;
por ejemplo, había tenido el cuidado de cambiar
los nombres de los personajes. Esas ligeras alteraciones
me autorizaban a confundir la memoria y la imaginación.
En mi cabeza se formaban unas frases nuevas y
totalmente escritas con la implacable seguridad que se
otorga a la inspiración. Yo las transcribía, ellas tomaban
para mí la densidad de las cosas. Si, como comúnmente
se cree, el autor inspirado es en lo más profundo
de sí mismo, otro distinto de sí, yo conocí la inspiración
entre los siete y los ocho años.
Nunca me engañó esta «escritura automática». Pero
el juego me gustaba también por sí mismo; como era
hijo único, podía jugar solo. A veces detenía la mano,
Las palabras 97
fingía que dudaba para sentirme, con la frente ceñuda,
con la mirada alucinada, un escritor. Por lo demás, por
snobismo adoraba el plagio, y como veremos, lo llevaba
deliberadamente hasta el extremo.
Boussenard y Jules Verne no pierden la menor ocasión
de instruir; en los instantes más críticos, cortan el
hilo del relato para lanzarse a la descripción de una planta
venenosa, de un poblado indígena. Como lector, me
saltaba esos pasajes didácticos; como autor, atiborraba
de ellos mis novelas; pretendía enseñar a mis contemporáneos
todo lo que yo ignoraba: las costumbres de
los fueguinos, la flora africana, el clima del desierto.
Separados por el capricho de la suerte y luego embarcados
sin saberlo en el mismo navio y víctimas del mismo
naufragio, el coleccionista de mariposas y su hija
se aferraban a la misma boya, levantaban la cabeza, los
dos daban un grito: «¡Daisy!», «¡Papá!» Pero, ¡ay!, un
tiburón merodeaba en busca de carne fresca, se acercaba,
brillaba su vientre entre las olas. ¿Escaparían de
la muerte los desgraciados? Iba a buscar el tomo «Pr-
Z» del Larousse, lo llevaba penosamente hasta mi pupitre,
lo abría en la página correspondiente y copiaba
palabra por palabra pasando a la otra línea: «Los tiburones
son comunes en el Atlántico tropical. Estos grandes
peces marinos muy voraces, alcanzan hasta trece
metros y pesan hasta ocho toneladas...» Yo me tomaba
el tiempo de transcribir el artículo; me sentía deliciosamente
aburrido, tan distinguido como Boussenard y,
como aún no había encontrado el medio de salvar a mis
héroes, lo planeaba entre exquisitas angustias.
Todo destinaba a esta nueva actividad a no ser más
que una imitación más. Mi madre me prodigaba ánimos,
metía a los visitantes en el comedor para que sorprendiesen
al joven creador en su pupitre escolar; yo
hacía como que estaba demasiado absorto para darme
cuenta de la presencia de mis admiradores; se iban de
ountillas murmurando que yo era monísimo, que era
encantador. Mi tío EmÜe me regaló una máquina de
escribir que no utilicé, la señora de Picard me com98
Jean-Paul Sartre
pro un mapamundi para que pudiese seguir sin equivocarme
el itinerario de mis globe-trotters. Anne-Marie
volvió a copiar mi segunda novela, Le Marchand de bananes
en papel satinado y la hicieron circular. Mamie
también me animaba: «Por lo menos —decía— se porta
bien, no hace ruido». Afortunadamente la consagración
se difirió por el descontento de mi abuelo.
Karl no había admitido nunca lo que él llamaba mis
«malas lecturas». Cuando mi madre le anunció que había
empezado a escribir, al principio le encantó, esperando,
supongo yo, una crónica de nuestra familia con
observaciones ingeniosas y con ingenuidades adorables.
Cogió el cuaderno, lo hojeó, hizo una mueca y se fue
del comedor, molesto por encontrar, escritas por mí,
las «tonterías» de mis tebeos favoritos. Después mi obra
dejó de interesarle. Mi madre, mortificada, trató de hacerle
leer varias veces por sorpresa Le Marchand de bananes.
Esperaba a que se hubiese puesto las zapatillas
y sentado en el sillón: mientras descansaba en silencio,
con la mirada fija y dura, con las manos en las rodillas,
ella se apoderaba de mi manuscrito, lo hojeaba distraídamente
y de pronto, cautivada, se echaba a reír sola.
Para terminar, se lo daba a mi abuelo con un impulso
irresistible: «¡Léelo, papá! ¡Es tan divertido!» Pero él
rechazaba el cuaderno con la mano o, si le echaba un
vistazo, era para notar, con mal humor, mis faltas de
ortografía. A la larga intimidó a mi madre: como no se
atrevía a felicitarme y temía apenarme, dejó de leer mis
escritos para no tener que hablarme de ellos.
Mis actividades literarias, apenas toleradas, mantenidas
en silencio, cayeron en una semiclandestinidad. Sin
embargo, yo las proseguí asiduamente: en las horas de
recreo, los jueves y los domingos y, cuando tenía la
suerte de estar enfermo, en la cama; aún recuerdo las
convalecencias felices, con un cuaderno negro de cantos
rojos que yo tomaba y dejaba como una tapicería. Hice
menos cine: mis novelas me servían para todo. En una
palabra, escribí mi propia satisfacción.
Las palabras 99
Mis intrigas se complicaron, hice que en mis libros
entrasen los más diversos episodios, volqué en ellos todas
mis lecturas, las buenas y las malas, mezcladas en
un batiburrillo. Se notó en los relatos; sin embargo, salieron
ganando: hubo que inventar las junturas y, como
consecuencia, me volví un poco menos plagiario. Y además
me desdoblé. El año anterior, cuando «hacía cine»,
vo desempeñaba mi propio papel, me lanzaba sin trabas
a lo imaginario y más de una vez hasta pensé hundirme
en él totalmente. Como autor, el héroe seguía siendo
yo, y seguía proyectando en él mis sueños épicos. Sin
embargo, éramos dos: él no llevaba mi nombre y yo
sólo hablaba de él en tercera persona. En vez de prestarle
mis gestos, le hice con palabras un cuerpo que yo
pretendía ver. Hubiera podido asustarme esta «distanciación
» repentina, pero me encantó; me alegró ser él
sin que fuese yo del todo. Era mi muñeco, lo doblegaba
a mis caprichos, podía ponerlo a prueba, darle un
lanzazo en el costado y cuidarle después como me cuidaba
mi madre, curarle como ella me curaba. Mis autores
favoritos, por un resto de vergüenza, se detenían a
mitad de camino de lo sublime. Ni siquiera en Zévaco
había un paladín que deshiciese a más de veinte truhanes
a la vez. Yo quise radicalizar la novela de aventuras,
eché por la borda la verosimilitud, multipliqué a
los enemigos, los peligros: el joven explorador de Para
una mariposa luchó durante tres días y tres noches con
ios tiburones para salvar a su futuro suegro y a su novia;
al final el mar estaba rojo; él mismo, herido, se fugó
de un rancho sitiado por los apaches, atravesó el desierto
sosteniéndose las tripas con las manos y se negó
a que se las cosieran hasta haber hablado con el general.
Poco después, bajo el nombre de Goetz von Berlichingen,
derrotó a todo un ejército. Uno contra todos: era
mi regla; puede buscarse la fuente de este sueño triste
y grandioso en el individualismo burgués y puritano que
me rodeaba.
Héroe yo, luchaba contra las tiranías; demiurgo, me
volví tirano yo mismo, conocí todas las tentaciones del
100 Jean-Paul Sartre
poder. Yo era inofensivo y me hice malvado. ¿Qué me
impedía reventar los ojos de Daisy? Muerto de miedo,
me contestaba: nada. Y se los reventaba como habría
arrancado las alas a una mosca. Escribí, latiéndome el corazón:
«Daisy se pasó la mano por los ojos: se había quedado
ciega», y me quedé azorado, con la pluma en el
aire; había producido en el absoluto un pequeño acontecimiento
que me comprometía deliciosamente. Yo no
era verdaderamente sádico; mi alegría perversa se cambiaba
en seguida en pánico, yo anulaba todos mis decretos,
los llenaba de tachaduras para que se volviesen
indescifrables: la muchacha recobraba la vista, o más
bien nunca la había perdido. Pero el recuerdo de mis
caprichos me atormentaba durante mucho tiempo; me
causaba muy serias inquietudes.
El mundo escrito me inquietaba también; a veces,
cansado de las dulces matanzas para niños, me dejaba
naufragar, descubría en h angustia unas posibilidades
espantosas, un universo monstruoso que no era más que
el reverso de mi omnipotencia; me decía: «¡todo puede
ocurrir!», y eso quería decir: «puedo imaginar todo».
Tembloroso, siempre a punto de romper la hoja, yo
contaba atrocidades sobrenaturales. Cuando, a veces, mi
madre leía por encima de mi hombro, lanzaba un grito
de gloria y de alarma: «¡Qué imaginación!» Ella se mordía
los labios, quería hablar, no encontraba qué decir y
se iba bruscamente; su derrota me colmaba de angustia.
Pero no se discutía la imaginación; yo no inventaba esos
horrores, los encontraba, como lo demás, en mi memoria.
En esa época, Occidente moría de asfixia; es lo que
se llamó «la dulzura de vivir». Como no tenía enemigos
visibles, la burguesía se daba el gusto de asustarse de
su propia sombra; cambiaba su aburrimiento por una
inquietud dirigida. Se hablaba de espiritismo, de ectoplasmas;
en la calle Le Goff, en el número 2, enfrente
de nuestra casa, hacían que girasen las mesas. Eso ocurría
en el cuarto piso, «en casa del mago», como decía
mi abuela. A veces ella nos llamaba y llegábamos a tiemLas
palabras 101
po para ver unos pares de manos en una mesita, pero
alguien se acercaba a la ventana y echaba las cortinas.
Louise pretendía que ese mago recibía todos los días a
unos niños de mi edad, llevados por sus madres, «y lo
veo —decía ella—; les hace la imposición de manos».
Mi abuelo meneaba la cabeza pero, aunque condenase
esas prácticas, no se atrevía a burlarse de ellas; a mi
madre le daban miedo y mi abuela, por una vez, parecía
más intrigada que escéptica. Al final se ponían de acuerdo:
«Sobre todo no hay que ocuparse de eso, ¡es algo
que enloquece!» Las historias fantásticas estaban de moda;
los periódicos conservadores daban dos o tres por
semana a ese público descristianizado que echaba de menos
las elegancias de la fe. El narrador contaba con toda
objetividad un hecho perturbador; dejaba una posibilidad
al positivismo: por extraño que fuese, el suceso debía
de tener una explicación racional. El autor buscaba
esa explicación, la encontraba, nos la presentaba lealmente.
Pero en seguida empleaba su arte para que nos
diésemos cuenta de la insuficiencia y ligereza de tal explicación.
Nada más: el cuento terminaba con una interrogación.
Pero bastaba: el Otro Mundo estaba allí, aun
más terrible porque no se lo nombraba.
Cuando yo abría Le Matin, me helaba el espanto. Entre
todas esas historias, una me llamó la atención. Aún
recuerdo su título: «Viento entre los árboles». Una noche
de verano, una enferma, sola en el primer piso de
una casa de campo, da vueltas y más vueltas en la cama;
las ramas de un castaño llegan hasta la ventana abierta.
En la planta baja hay varias personas reunidas que hablan
y ven cómo la noche cae en el jardín. De pronto,
alguien señala el castaño: «Vaya, vaya, parece que hay
viento». Se extrañan, salen afuera; no se neta nada; sin
embargo, las ramas se agitan. En ese momento, ¡un grito!
El marido de la enferma corre por la escalera y encuentra
a su joven esposa erguida en la cama, señalando
el árbol con el dedo, y cae muerta; el castaño ha
encontrado su estupor acostumbrado. ¿Qué es lo que
ella ha visto? Del manicomio se ha escapado un loco:
102 Jean-Paul Sartre
será él, escondido en el árbol, quien haya mostrado su
cara gesticulante. Es él, tiene que ser él por la única
razón de que no hay ninguna otra explicación satisfactoria.
Y, sin embargo... ¿Cómo no lo vieron subir? ¿Ni
bajar? ¿Cómo no ladraron los perros? ¿Cómo pudieron
detenerlo seis horas después, a cien kilómetros de la
propiedad? Preguntas sin respuesta. El narrador pasaba
a la línea siguiente y concluía negligentemente: «Si tenemos
que creer a la gente del pueblo, quien sacudía
las ramas del castaño era la muerte». Yo tiré el periódico,
golpeé el suelo con el pie, dije en voz alta: «¡No!
¡No!» Me iba a estallar el corazón. Un día en que iba
en el tren de Limoges creí que me iba a desmayar mientras
hojeaba el almanaque de Hachette. Había visto un
grabado que era como para poner los pelos de punta:
un muelle a la luz de la luna, una larga pinza rugosa que
salía del agua agarraba a un borracho y lo arrastraba al
fondo del mar. El grabado ilustraba un texto que leí
ávidamente y que terminaba, más o menos, con las siguientes
palabras: «¿Era una alucinación de alcohólico?
¿Se había entreabierto el infierno?» Me dieron miedo
el agua, los cangrejos, los árboles. Sobre todo me dieron
miedo los libros; maldije a los verdugos que poblaban
sus relatos con esas figuras atroces. Sin embargo, los
imité.
Naturalmente, necesitaba una ocasión. Por ejemplo,
al caer la tarde: la sombra invadía el comedor, yo empujaba
el pupitre contra la ventana, renacía la angustia;
la docilidad de mis héroes, inexorablemente sublimes,
desconocidos y rehabilitados, revelaba su inconsistencia;
entonces eso llegaba: me fascinaba un ser vertiginoso,
invisible; para verlo, tenía que describirlo. Terminé
rápidamente la aventura en curso, me llevé a los
personajes a una parte del globo completamente distinta,
en general submarina o subterránea, me apresuré a
exponerlos a nuevos peligros: buzos o geólogos improvisados,
seguían las huellas del Ser, las seguían y de repente
las encontraban. Lo que entonces me venía a la
pluma —pulpo con ojos de fuego, crustáceo de veinte
Las palabras 103
toneladas, araña gigante y que hablaba— era yo mismo,
monstruo infantil, era mi aburrimiento de vivir, mi miedo
a morir, mi insulsez y mi perversidad. No me reconocía;
la criatura inmunda apenas engendrada se alzaba
contra mí, contra mis valientes espeleólogos, yo temía
por su vida, se me embalaba el corazón, me olvidaba de
la mano y trazando palabras creía que las leía. Muchas
veces, ahí quedaban las cosas; yo no entregaba los hombres
a la Bestia, pero tampoco los sacaba de apuros; en
suma, bastaba con que los hubiera puesto en contacto;
me levantaba, me iba a la cocina, a la biblioteca; al día
siguiente dejaba una o dos páginas en blanco y lanzaba
a mis personajes a una nueva empresa. Extrañas «novelas
», siempre inconclusas, siempre recomenzadas o continuadas,
como se quiera, con otros títulos, revoltijo de
cuentos negros y de aventuras blancas, de acontecimienos
fantásticos y de artículos de diccionario; las he perdido
y a veces me digo que es una lástima: si hubiera
aensado en guardarlas con llave, ahora me entregarían
roda mi infancia.
Empezaba a descubrirme. Yo no era casi nada; a lo
sumo, una actividad sin contenido, pero no hacía falta
más. Me escapaba de la comedia; aún no trabajaba, pero
ya no jugaba, el mentiroso encontraba su verdad en la
elaboración de sus mentiras. Yo he nacido de la escritura;
antes de ella, sólo había un juego de espejos; desde
que hice mi primera novela supe que en el palacio
de los espejos se había introducido un niño. Al escribir,
existía, me escapaba de las personas mayores; pero sólo
existía para escribir, y si decía «yo», eso significaba:
«yo que escribo». No importa: conocí la alegría; el niño
público se dio citas privadas.
Era demasiado hermoso para durar: habría seguido
hiendo sincero si me hubiera mantenido en la clandestinidad;
me arrancaron de ella. Llegaba a la edad en la
que se conviene que los niños burgueses dan las primeras
muestras de su vocación; nos habían hecho saber
104 Jean-Paul Sartre
desde hacía tiempo que mis primos Schweitzer, de Guérigny,
serían ingenieros como su padre. Ya no había ni
un minuto que perder. La señora de Picard quiso ser
la primera en descubrir la marca que yo llevaba en la
frente. «Este pequeño escribirá», dijo con convicción.
Louise, irritada, respondió con su sonrisita seca. Blanche
Picard se volvió hacia ella y repitió severamente:
«¡Escribirá! Está hecho para escribir». Mi madre sabía
que Charles no me animaba mucho, temía las complicaciones
y me consideró con sus ojos miopes. «¿Le parece,
Blanche, le parece?» Pero a la noche, al saltar yo
a mi cama, en camisón me apretó los hombros fuertemente
y me dijo sonriendo: «Mi hombrecito va a ser
escritor.» A mi abuelo le informaron prudentemente, temían
un estallido. Se contentó con mover la cabeza y
el jueves siguiente oí cómo decía al señor Simonnot que,
en el crepúsculo de la vida, nadie asistía sin emoción
al despertar de un talento. Siguió ignorando mis garrapateos,
pero cuando sus alumnos alemanes iban a cenar
a casa, me ponía la mano en la cabeza y repetía, separando
las sílabas para no perder una ocasión de enseñarles
locuciones francesas con el método directo: «Tiene
el bulto de la literatura».
No creía ni una palabra de lo que decía, ¿pero qué
importa? El mal ya estaba hecho. Si lo combatían de
frente, lo podían agravar: tal vez me obstinase. Karl
proclamó mi vocación para tener la posibilidad de desviarme
de ella. Era lo contrario de un cínico, pero envejecía;
sus entusiasmos le cansaban; en el fondo de su
pensamiento, en un frío desierto poco visitado, estoy
seguro de que sabía a qué atenerse sobre mí, sobre la
familia, sobre él mismo. Un día en que yo leía, echado
entre sus pies, en medio de uno de los interminables
silencios petrificados que nos imponía, tuvo una idea
que hizo que se olvidase de mi presencia; miró a mi
madre con reproche: «¿Y si se empeñase en vivir de la
pluma?» Mi abuelo apreciaba a Verlaine, de quien tenía
una selección de poemas. Pero creía haberlo visto,
en 1894, entrando «borracho como un cerdo» en una
Las palabras 105
taberna de la calle Saint-Jacques; ese encuentro le había
llenado de desprecio por los escritores profesionales,
taumaturgos risibles que pedían un luis de oro para
mostrar la luna y que, por un franco acababan por enseñar
el trasero. Mi madre puso cara de susto, pero no
contestó, ella sabía que Charles tenía otras aspiraciones
para mí. En la mayor parte de los institutos, las cátedras
de lengua alemana estaban ocupadas por alsacianos
que habían optado por Francia y cuyo patriotismo
se había querido recompensar; pero como se encontraban
entre dos naciones, entre dos lenguas, habían hecho
estudios irregulares y su cultura tenía lagunas; sufrían
por ello; se quejaban también de que la hostilidad de
sus colegas les tuviera al margen de la comunidad docente.
Yo sería su vengador, vengaría a mi abuelo; yo
era nieto de alsaciano y al mismo tiempo francés de
Francia; Karl me haría adquirir un saber universal, yo
seguiría la vía real; con mi persona, la Alsacia mártir
entraría en la Escuela Normal Superior, ganaría brillantemente
las oposiciones a cátedra y me convertiría en
ese príncipe que es un profesor de letras. Una noche
anunció que me quería hablar de hombre a hombre; las
mujeres se retiraron, me sentó en sus rodillas y me habló
gravemente. Desde luego que escribiría, no había
ni la menor duda; debía conocerle lo bastante como para
no temer que contrariase mis deseos. Pero había que
ver las cosas de frente, con lucidez: la literatura no daba
de comer. ¿Sabía yo que algunos escritores famosos
se habían muerto de hambre? ¿Que otros, para comer,
se habían vendido? Si yo quería mantener mi independencia,
debía de elegir una segunda profesión. El
profesorado dejaba tiempo libre; las preocupaciones de
los universitarios convergen con las de los literatos; yo
pasaría constantemente de uno a otro sacerdocio; viviría
en el comercio de los grandes autores; revelaría sus
obras a mis alumnos y al mismo tiempo me inspiraría
en ellas. Me distraería de mi soledad provincial componiendo
poemas, una traducción de Horacio en versos libres;
daría a los periódicos locales breves notas litera106
Jean-Paul Sartre
rias, a la Revue Pédagogique un ensayo brillante sobre
la enseñanza del griego, otro sobre la psicología de los
adolescentes; tras de mí muerte encontrarían trabajos
inéditos en mis cajones, una meditación sobre el mar,
una comedia en un acto, algunas páginas eruditas y sensibles
sobre los monumentos de Aurillac, el material suficiente
para hacer un pequeño volumen que se encargarían
de publicar mis antiguos alumnos.
Desde hacía algún tiempo, cuando mi abuelo se extasiaba
con mis virtudes, yo me sentía de hielo; fingía
que escuchaba aún la voz que temblaba de amor al llamarme
«regalo del Cielo», pero había acabado por no
oírla. ¿Por qué la escuché aquel día, en el momento en
que más deliberadamente mentía? ¿Por qué malentendido
le hice decir lo contrario de lo que pretendía enseñarme?
Es que esa voz había cambiado; se había secado,
endurecido, y la tomé por la del ausente que me
había dado la vida. Charles tenía dos caras: cuando jugaba
al abuelo, yo lo tomaba por un bufón de mi especie
y no le respetaba. Pero si hablaba al señor Simonnot,
a sus hijos, si en la mesa se hacía servir por las mujeres,
señalando, sin decir ni una palabra, la aceitera o
el cestillo del pan, entonces admiraba su autoridad. Me
impresionaba sobre todo el gesto que hacía con el índice;
tenía el cuidado de no extenderlo, de pasearlo vagamente
por el aire, medio doblado, para que fuese más
impreciso lo señalado y que las dos sirvientas tuviesen
que adivinar sus órdenes; a veces, mí abuela, exasperada,
se equivocaba y le ofrecía la compotera cuando él
había pedido de beber. Yo censuraba a mi abuela y me
inclinaba ante esos deseos regios que más querían ser
prevenidos que colmados. Si Charles hubiese gritado a
lo lejos, abriendo los brazos: «¡Aquí está el nuevo Hugo,
el Shakespeare en flor!», yo sería hoy dibujante industrial
o profesor de letras. Pero se cuidó muy bien de
hacerlo; tuve que habérmelas con el patriarca por primera
vez, parecía triste y aún más venerable porque se
había olvidado de adorarme. Era Moisés dictando la
nueva ley. Mi ley. No había mencionado mi vocación
Las palabras 107
más que para insistir sobre sus desventajas; deduje de
su actitud que me la daba por sentada. Si me hubiera
predicho que mojaría el papel con mis lágrimas o que
rodaría por la alfombra, mi moderación burguesa se habría
espantado. Me convenció de mi vocación al hacerme
comprender que esos fastuosos desórdenes no me
estaban reservados; para tratar de Aurillac o de pedagogía,
desgraciadamente, no eran necesarios ni la fiebre
ni el tumulto. Otros se encargarían de lanzar los inmortales
sollozos del siglo xx. Yo me resigné a no ser
nunca ni rayo ni tempestad, a brillar en la literatura por
cualidades domésticas, por mi amabilidad y por mi aplicación.
El oficio de escribir se me apareció como una
actividad de persona mayor, tan pesadamente seria, tan
fútil y, en el fondo, tan desprovista de interés que no
dudé ni un instante que me estuviera reservado; me dije
a la vez: «No es más que eso» y «tengo condiciones».
Confundí, como los quiméricos, el desencanto con la
verdad.
Karl me había dado la vuelta como a una piel de conejo:
yo había creído que sólo escribía para fijar mis
sueños cuando sólo soñaba, si le creía, para ejercitar la
pluma; mis angustias y mis pasiones imaginarias no eran
más que ardides de mi talento, no tenían más razón de
ser que la de hacerme volver cada día al pupitre y darme
el tema de narración que convenía a mi edad esperando
los grandes dictados de la experiencia y la madurez.
Perdí mis fabulosas ilusiones: «Ah —decía mi
abuelo—, no basta con tener ojos; hay que aprender a
usarlos. ¿Sabes qué hacía Flaubert cuando Maupassant
era pequeño? Le instalaba delante de un árbol y le daba
dos horas para que lo describiera». Entonces aprendí
a ver. Predestinado a ser chantre de los edificios de Aurillac,
miraba con melancolía esos otros monumentos:
la carpeta, el piano, el reloj, que serían también —¿por
qué no?— inmortalizados por mis futuros deberes de
castigo. Observé. Era un juego fúnebre y decepcionante:
había que plantarse delante del sillón de terciopelo
e inspeccionarlo. ¿Qué se podía decir? Pues bien, que
108 Jean-Paul Sartre
estaba cubierto por una tela verde y burda, que tenía
dos brazos, cuatro patas, un respaldo con dos pequeñas
pinas de madera en lo alto. De momento eso era todo,
pero volvería, lo haría mejor la próxima vez, acabaría
por conocerlo de memoria; después lo describiría y dirían
los lectores: «¡Qué bien observado está, qué bien
visto! ¡Es realmente eso! ¡Son unos rasgos que no se
inventan!» Si pintaba objetos verdaderos con palabras
verdaderas trazadas por una pluma verdadera, o se metía
por en medio el diablo o yo también me volvería
verdadero. En una palabra, sabía de una vez por todas
lo que había que contestar a los revisores que me pidieran
el billete.
Desde luego que apreciaba mi felicidad. Lo malo es
que no la gozaba. Estaba titularizado, habían tenido la
bondad de darme un porvenir y lo proclamaban encantador,
pero, disimuladamente, lo aborrecía. ¿Había pedido
yo este cargo de escribano? La relación con los
grandes hombres me había convencido de que no se
puede ser escritor sin llegar a ser ilustre; pero cuando
comparaba la gloria que me correspondía con los pocos
opúsculos que dejaría detrás de mí, me sentía mistificado;
¿podía creer realmente que mis sobrinos-nietos me
seguirían leyendo y que se entusiasmarían con una obra
tan pequeña y con unos temas que me aburrían por adelantado?
A veces me decía que me salvaría del olvido
gracias a mi «estilo», esa enigmática virtud que mi abuelo
negaba a Stendhal y que reconocía a Renan; pero estas
palabras desprovistas de sentido no llegaban a tranquilizarme.
Sobre todo, tenía que renunciar a mí mismo. Dos
meses antes yo era un espadachín, un atleta; ¡se acabó!
Se me obligaba a elegir entre Pierre Corneille y Pardaillan.
Descarté a Pardaillan, a quien quería con toda mi
alma; opté por Corneille, por humildad. En el Luxemburgo
había visto a los héroes correr y luchar; abatido
por su belleza, comprendí que yo pertenecía a la especie
inferior. Hubo que proclamarlo, envainar la espada,
volver al rebaño común, hacer las paces con los
Las palabras 109
grandes escritores, esos chiflados que no me intimidaban;
habían sido unos niños raquíticos, por lo menos
en eso me parecía a ellos; se habían vuelto adultos enfermizos,
viejos catarrosos, en eso yo me parecería a
ellos. Un noble había hecho que pegasen a Voltaire, tal
vez me azotase a mí un capitán, antiguo fierabrás de los
jardines públicos.
Me creí dotado por resignación; en el despacho de
Charles Schweitzer, en medio de los libros deslomados,
desencuadernados, desparejos, el talento era la cosa menos
apreciada del mundo. Es así como, bajo el Antiguo
Régimen, muchos segundones, que por nacimiento
tenían que dedicarse a la clericatura, se habrían condenado
por mandar un batallón. Hay una imagen que durante
mucho tiempo resumió para mí los fastos siniestros
de la notoriedad: una mesa larga, cubierta por un
mantel blanco y con botellones de naranjada y botellas
de espumoso encima; yo tomaba una copa, unos hombres
de etiqueta que me rodeaban —eran por lo menos
quince— brindaban a mi salud, yo adivinaba que detrás
de nosotros estaba la polvorienta y desierta inmensidad
de una sala de alquiler. Ya se ve que de la vida sólo esperaba
que resucítase para mí, con los años, la fiesta
anual del Instituto de Lenguas Vivas.
Así se forjó mi destino, en el número uno de la calle
Le Goff, en un piso de la quinta planta, debajo de
Goethe y de Schiller, encima de Molière, de Racine, de
La Fontaine, enfrente de Henri Heine, de Víctor Hugo,
durante unas conversaciones recomenzadas cien veces:
Karl y yo echábamos a las mujeres, nos abrazábamos,
proseguíamos al oído esos diálogos de sordos, de los
que cada palabra me dejaba marcado. Con pequeños
toques bien colocados, Charles me persuadía de que yo
no tenía talento. Y en efecto, no lo tenía, pero ya lo
sabía y me tenía sin cuidado; el heroísmo, ausente, imposible,
era el único objeto de mi pasión; es la llama
de las almas pobres, y mi miseria interior y el sentimiento
de gratitud me impedían que renunciase a él del
todo. Ya no me atrevía a encantarme con mi gesta fu110
Jean-Paul Sartre
tura, pero en el fondo estaba aterrorizado: habían debido
equivocarse o de niño o de vocación. Perdido, por
obedecer a Karl acepté la aplicada carrera de un escritor
menor. En una palabra, me lanzó a la literatura por el
cuidado que puso en separarme de ella; hasta el punto
de que aún hoy me ocurre preguntarme, cuando estoy
de mal humor, si no he consumido tantos días y tantas
noches, llenado tantas hojas de papel con mi tinta, lanzado
al mercado tantos libros que nadie deseaba con
la única y loca esperanza de gustar a mi abuelo. Sería
una farsa: con más de cincuenta años, me encontraría
embarcado, para cumplir la voluntad de un hombre
muerto hace mucho tiempo, en una empresa que él no
dejaría de condenar.
La verdad es que me parezco a Swann curado de su
amor y suspirando: «¡Y pensar que he estropeado mi
vida por una mujer que no era de mi estilo!» A veces
soy grosero en secreto: es una higiene rudimentaria.
Ahora bien, el grosero siempre tiene razón, pero sólo
hasta cierto punto. Cierto es que no estoy dotado para
escribir; me lo han hecho saber, me han tratado de empollón
y lo soy; mis libros huelen a sudor y esfuerzo,
y admito que apestan para la nariz de nuestros aristócratas;
muchas veces los he hecho contra mí, lo que
quiere decir contra todos l, con una contención de espíritu
que ha acabado por volverse hipertensión de mis
arterias. Me han cosido los mandamientos debajo de la
piel; si me paso un día sin escribir, me quema la cicatriz;
si escribo con demasiada facilidad, me quema también.
Esta ruda exigencia aún me choca hoy por su rigidez,
por su torpeza: se parece a esos cangrejos prehistóricos
y solemnes que lleva el mar a las playas de
Long Island; sobrevive como ellos a unos tiempos muertos.
Envidié durante mucho tiempo a los porteros de
la calle Lacépède, cuando la noche y el verano les ha-
1 Sed complacientes con vosotros mismos y los otros complacientes
os amarán; desgarrad a vuestro vecino y los otros vecinos
reirán. Pero si azotáis a vuestra alma, todas las almas gritarán.
Las palabras 111
cen salir a las aceras, sentados en sus sillas a horcajadas;
sus ojos inocentes veían sin tener la misión de
mirar.
Sólo que ocurre que aparte de algunos ancianos que
mojan sus plumas en agua de colonia y de algunos pequeños
dandys que escriben como carniceros, la escritura
fácil no existe. Se debe a la naturaleza del Verbo:
se habla en la propia lengua y se escribe en lengua extranjera.
Concluyo de aquí que en nuestro oficio somos
todos iguales: todos presidiarios, todos tatuados. Y además
el lector ha comprendido que detesto mi infancia
y todo lo que sigue existiendo de ella; la voz de mi
abuelo, esa voz grabada que me despierta sobresaltado
y que me hace ir a la mesa, es algo que no escucharía
si no fuera la mía, si no hubiera tomado por mi cuenta,
entre los ocho y los diez años, la arrogancia, el mandato
supuestamente imperativo que había recibido con humildad.
«Sé muy bien que no soy más que una
máquina de hacer libros.»
(Chateaubriand)
Estuve a punto de renunciar. En los dones que Karl
me reconocía, con la boca pequeña, por considerar que
negarlos completamente sería una torpeza, yo no veía,
en el fondo, más que un azar incapaz de legitimar otro
azar: yo mismo. Mi madre tenía una voz hermosa, luego
cantaba. No por eso dejaba de viajar sin billete. Yo tenía
la joroba de la literatura, luego escribiría, explotaría
ese filón durante toda mi vida. De acuerdo. Pero el
Arte perdía —por lo menos para mí— sus poderes sagrados
y yo sería un vagabundo, un poco mejor provisto
que lo usual, pero nada más. Para sentirme necesario
habría hecho falta que me reclamasen. Mi familia me
había mantenido durante algún tiempo en esta ilusión;
me habían repetido que yo era un don del Qelo, muy
112 Jean-Paul Sartre
esperado, indispensable para mi abuelo, para mi madre;
yo ya no lo creía, pero había conservado el sentimiento
de que se nace superfluo, a menos de que a uno se le
eche al mundo especialmente para colmar una espera.
Eran tales mi orgullo y mi desamparo por entonces
que quería o morir o ser requerido por todo el mundo.
Ya no escribía; las declaraciones de la señora de Picard
habían dado tal importancia a los soliloquios de mi
pluma que no me atrevía a proseguirlos. Cuando quise
reanudar mi novela, y salvar por lo menos a la joven
pareja a la que había dejado sin provisiones ni casco
colonial en mitad del Sahara, conocí las angustias de
la impotencia. En cuanto me sentaba, se me llenaba
la cabeza de niebla, me mordía las uñas haciendo muecas:
había perdido la inocencia. Me levantaba, daba
vueltas por la casa con alma de incendiario; desgraciadamente,
nunca prendí el fuego; dócil por condición, por
gusto y por costumbre, si más tarde llegué a la rebelión
fue por haber llevado la sumisión hasta el extremo. Me
compraron un «cuaderno de deberes» forrado con una
tela negra y con los cantos rojos; no había ningún signo
exterior que lo distinguiese de mi «cuaderno de novelas
»; apenas lo miré, se fusionaron mis deberes escolares
y mis obligaciones personales, identifiqué al autor
con el alumno, al alumno con el futuro profesor y era
lo mismo escribir que enseñar gramática. La pluma, socializada,
se me cayó de las manos y durante varios
meses no volví a cogerla. Mi abuelo sonreía detrás de
la barba cuando llevaba mi mal humor hasta su despacho;
sin duda se decía que su política estaba dando sus
primeros frutos.
Su política fracasó porque ya tenía la cabeza épica.
Rota mi espada, caído de nuevo en el estado llano soñé
ansiosamente muchas noches que estaba en el Luxemburgo,
junto al estanque, frente al Senado; tenía que
proteger de un peligro desconocido a una niña rubia que
se parecía a Vevé, muerta el año anterior. La pequeña,
tranquila y confiada, levantaba hacia mí sus ojos graves;
muchas veces ella tenía un aro. El que tenía miedo era
Las palabras 113
yo, temía abandonarla a unas fuerzas invisibles. Sin
embargo, ¡cuánto la quería, y con qué amor desolado!
Aún la quiero: la he buscado, perdido, vuelto a encontrar,
tenido en mis brazos, perdido de nuevo: es la Epopeya.
A los ocho años, en el momento de resignarme,
tuve un sobresalto violento: para salvar a esta pequeña
muerta me lancé a una operación simple y demente que
desvió el curso de mi vida: entregué al escritor los poderes
sagrados del héroe.
En un principio hubo un descubrimiento, o más bien
una reminiscencia, porque había tenido el presentimiento
dos años antes: los grandes autores se parecen a los
caballeros errantes en que tanto unos como otros suscitan
muestras apasionadas de gratitud. Para Pardaillan
ya no tenía que hacerse la prueba: las lágrimas de las
huérfanas agradecidas habían resquebrajado el dorso de
su mano. Pero si creemos al Larousse y las noticias necrológicas
que yo leía en los periódicos, el escritor no
era menos favorecido: a poco que viviese mucho tiempo
invariablemente acababa por recibir una carta de un
desconocido que le daba las gracias; a partir de ese momento
los mensajes de agradecimiento ya no se detenían,
se amontonaban en su mesa, llenaban su casa; los
extranjeros llegaban de más allá de los mares para saludarle;
sus compatriotas cotizaban, después de su muerte,
para erigirle un monumento; unas calles llevaban su
nombre en su ciudad natal, y a veces en la capital de
su país. Esos honores no me interesaban por sí mismos:
me recordaban demasiado la comedia familiar. Sin
embargo, hubo un grabado que me conmovió: el célebre
novelista Dickens va a desembarcar dentro de unas
horas en Nueva York; a lo lejos se ve el barco que lo
trae: la multitud se amontona en el muelle para recibirle,
abre todas sus bocas y agita mil gorras; es tan densa
que se asfixian los niños y, sin embargo, está solitaria,
huérfana y viuda, despoblada por la sola ausencia
del hombre al que espera. Yo murmuré: «¡Aquí falta
alguien: es Dickens!», y se me saltaron las lágrimas. Sin
embargo, rechacé estos efectos, fui derecho a su causa:
114 Jean-Paul Sartre
para ser tan enloquecidamente aclamados, me dije, los
hombres de letras tenían que arrostrar los peores peligros
y rendir a la humanidad los servicios más eminentes.
Yo había asistido una vez a un desencadenamiento
de entusiasmo semejante: volaban los sombreros, las mujeres
y los hombres gritaban «¡Bravo! ¡Hurra!»: era el
14 de julio y desfilaba la infantería argelina. Este recuerdo
acabó de convencerme; a pesar de sus taras físicas,
de sus melindres, de su aparente feminidad, mis
colegas eran como soldados, arriesgaban la vida como
francotiradores en unos combates misteriosos; más aún
que su talento, se aplaudía su valor militar. ¡Entonces
es verdad!, me dije. ¡Se tiene necesidad de ellos' Se les
espera en París, en Nueva York, en Moscú, con angustia
o con éxtasis, antes de que hayan publicado el primer
libro, antes de que hayan empezado a escribir, incluso
antes de que hayan nacido.
Pero entonces... ¿yo? ¿Yo, que tenía la misión de
escribir? Pues bien, me esperaban. Transformé a Corneille
en Pardaillan; conservó las piernas torcidas, el
pecho estrecho y la cara de cuaresma, pero le quité su
avaricia y su apetito de ganancia; confundí deliberadamente
el arte de escribir y la generosidad. Después de
lo cual para mí fue un juego convertirme en Corneille
y darme este mandato: proteger a la especie. Mi nueva
impostura me preparaba un porvenir de lo más curioso;
lo gané todo en el acto. Como había nacido mal, ya he
dicho los esfuerzos que hice para renacer: las súplicas
de la inocencia en peligro me habían suscitado mil veces.
Pero era en broma; como era un falso caballero,
hacía falsas proezas cuya inconsistencia había acabado
por desagradarme. Pero ocurría que me devolvían mis
sueños y que éstos se realizaban. Pues mi vocación era
real, no podía dudarlo, ya que lo garantizaba el gran
sacerdote. Niño imaginario, me convertía en un verdadero
paladín cuyas hazañas serían verdaderos libros.
¡Yo era requerido! Se esperaba mi obra, cuyo primer
tomo, a pesar de mis esfuerzos, no aparecería antes
de 1935. Hacia 1930 la gente empezaría a impacientarLas
palabras 115
se, comentaría: «¡Cuánto tarda éste!» «¡Hace veinticinco
años que le alimentamos para que no haga nada!
¿Nos vamos a morir sin haberle leído?» Yo les contestaba
con mi voz de 1913: «¡Eh, dejadme el tiempo
de trabajar!» Pero amablemente; veía que necesitaban
—sólo Dios sabe por qué— mi ayuda y que esa necesidad
me había engendrado a mí, único medio de satisfacerla.
Me dediqué a sorprender en el fondo de mí
mismo esta espera universal, mi fuente viva y mi razón
de ser; a veces me creía a punto de lograrlo y luego,
al cabo de algún tiempo, dejaba todo. No importa: me
bastaban esas falsas iluminaciones. Una vez tranquilizado,
miraba afuera: tal vez faltase ya en algunos lugares.
Pero no, era demasiado pronto. Hermoso objeto
como era de un deseo que aún se ignoraba, aceptaba
alegremente mantener el incógnito por algún tiempo.
A veces mi abuela me llevaba a su gabinete de lectura
y veía divertido a unas señoras altas, pensativas, insatisfechas,
deslizarse de una a otra pared buscando un
autor que las saciase: seguía siendo inencontrable porque
era yo, aquel niño que estaba entre sus faldas y que
ellas ni siquiera miraban.
Me reía maliciosamente, lloraba enternecidamente;
me había pasado mi corta vida inventando gustos y teniendo
opiniones preconcebidas que se diluían en seguida.
Ahora bien, me habían sondeado y la sonda había
encontrado la roca; yo era escritor como Charles
Schweitzer era abuelo: de nacimiento y para siempre.
Sin embargo, ocurría que bajo el entusiasmo apareciese
cierta inquietud: yo rehusaba ver un accidente en mi talento,
que yo creía avalado por Karl, y me las había
arreglado para convertirlo en mandato, pero a falta de
estímulos y de un verdadero requerimiento, no podía
olvidar que me lo otorgaba yo mismo. Surgido de un
mundo antediluviano, en el instante en que yo escapaba
a la Naturaleza para llegar, al fin, a ser yo, ese Otro
que yo pretendía ser para los demás; miraba a mi Destino
de frente y lo reconocía: no era más que mi libertad,
erguida ante mí por medio de mí mismo como un
116 Jean-Paul Sartre
poder extraño. En una palabra, no llegaba a engañarme
del todo. Ni a desengañarme tampoco del todo. Oscilaba.
Mis vacilaciones resucitaron un viejo problema:
¿cómo unir las certidumbres de Miguel Strogoff con
la generosidad de Pardaillan? Yo era caballero, pero
nunca había tomado las órdenes del rey; ¿había que
aceptar ser autor por orden? El malestar nunca duraba
mucho; yo era presa de dos místicas opuestas, pero me
las arreglaba muy bien con sus contradicciones. No me
venía mal incluso ser a la vez regalo del Cielo e hijo
de mis obras. Los días de buen humor, todo provenía
de mí, yo me había sacado de la nada por mis propias
fuerzas para llevar a los hombres las lecturas que ellos
deseaban: niño sumiso, obedecería hasta la muerte, pero
a mí. En las horas desoladas, cuando sentía la repugnante
insipidez de mi disponibilidad, sólo podía calmarme
forzando a la predestinación: convocaba a la especie
y le endosaba la responsabilidad de mi vida; yo no
era más que el producto de una exigencia colectiva. La
mayor parte del tiempo administraba la paz de mi corazón
teniendo siempre el cuidado de no excluir del todo
ni la libertad que exalta ni la necesidad que justifica.
Pardaillan y Strogoff podían llevarse bien: el peligro
estaba en otra parte y se me hizo testigo de una
confrontación desagradable, que después me obligó a
tomar precauciones. El gran responsable es Zévaco, de
quien yo no desconfiaba; ¿quiso molestarme o prevenirme?
El hecho es que un buen día, en Madrid, en
una posada *, cuando sólo tenía ojos para Pardaillan,
que descansaba el pobre, tomando una copa de vino
bien ganada, este autor atrajo mi atención sobre un consumidor
que era nada menos que Cervantes. Se conocen
los dos hombres, sienten una estimación recíproca
y van a intentar juntos un virtuoso golpe de mano. Y
aún peor. Cervantes, feliz, dice a su nuevo amigo que
quiere escribir un libro; hasta ese momento el persona-
* En castellano, en el original.
Las palabras 117
je principal estaba borroso, pero, a Dios gracias, Pardaí-
Uan había aparecido y le serviría de modelo. Me embargó
la indignación, estuve a punto de arrojar el libro:
¡qué falta de tacto! Yo era escritor-caballero, me cortaban
en dos, cada mitad se convertía en un hombre entero,
encontraba a la otra y la ponía en duda. Pardaillan
no era tonto, pero no habría escrito el Quijote; Cervantes
se batía bien, pero no había ni que pensar que él
solo hiciera huir a veinte reitres. Su amistad subrayaba
sus límites. El primero pensaba: «Está un poco flacucho
este pedante, pero no deja de ser valiente». Y el
segundo: «Caramba, para ser soldado, este hombre no
razona demasiado mal». Además, no me gustaba nada
que mi héroe sirviera de modelo al Caballero de la Triste
Figura. En los tiempos del «cine» me habían regalado
un Don Quijote expurgado, pero no había leído
más de cincuenta páginas; ¡ridiculizaban mis proezas
públicamente! Y ahora, el propio Zévaco... ¿En quién
confiar? La verdad es que yo era una ribalda, una mujerzuela
para la soldadesca: mi corazón, mi cobarde corazón
prefería el aventurero al intelectual; me avergonzaba
ser sólo Cervantes. Para impedirme la traición hice
reinar el terror en mi cabeza y en mi vocabulario, perseguía
a la palabra heroísmo y a sus sucedáneos, rechacé
a los caballeros errantes, me hablé sin cesar de los
hombres de letras, de los peligros que corrían, de su
pluma acerada que ensartaba a los malos. Proseguí la
lectura de Pardaillan y Fausta, de Los miserables, de La
leyenda de los siglos, lloré por Jean Valjean, por Eviradnus,
pero una vez cerrado el libro, borraba sus nombres
de mi memoria y pasaba lista a mi verdadero regimiento.
Silvio Pellico: encarcelado para toda la vida.
André Chénier: guillotinado. Etienne Dolet: quemado
vivo. Byron: muerto por Grecia. Me dediqué con una
pasión fría a transfigurar mi vocación vertiendo en ella
mis viejos sueños; nada me hizo retroceder; retorcí las
ideas, falseé el sentido de las palabras, me aparté del
mundo por temor a los malos encuentros y a las malas
comparaciones. A la vacante de mi alma sucedió la mo118
Jean-Paul Sartre
vilización total y permanente: me volví una dictadura
militar.
El malestar persistió bajo otra forma: afilé mi talento,
nada mejor. Pero ¿para qué serviría? Me necesitaban
los hombres, ¿para qué? Tuve la desgracia de interrogarme
sobre mi papel y mi destino. Pregunté: «Finalmente,
¿de qué se trata?», y, de momento, lo creí
todo perdido. Se trataba de nada. No es héroe quien
quiere; no bastan ni el valor ni el don, es necesario que
haya hidras y dragones. Y no los veía por ninguna parte.
Voltaire y Rousseau habían peleado duramente en su
tiempo: es que aún había tiranos. Hugo, desde Guernesey,
había fulminado a Badinguet, a quien mi abuelo
me había enseñado a detestar. Pero yo no encontraba
ningún mérito en proclamar mi odio, porque este emperador
se había muerto hacía ya cuarenta años. Charles
Schweitzer permanecía mudo ante la historia contemporánea.
Partidario de Dreyfus, jamás habló de él. ¡Qué
lástima! Con qué entusiasmo habría desempeñado yo el
papel de Zola: me maltratan a la salida del Tribunal,
me vuelvo en el estribo de mi calesa, les sacudo la badana
a los más excitados —no, no, encuentro una palabra
terrible que les hace retroceder—. Y naturalmente,
yo me niego a huir a Inglaterra; desconocido, abandonado,
qué delicia es ser de nuevo Grisélidis, andar
por París sin dudar un solo momento que me espera el
Panteón *.
Mi abuela recibía todos los días Le Matin y, si no me
equivoco, l'Excelsior; me enteré así de la existencia del
hampa a la que odié, como le ocurre a toda la gente que
es como es debido. Pero esos tigres con cara humana
no eran cosa mía; bastaba con el intrépido señor Lépine
para dominarlos. Los obreros se enfadaban a veces, los
capitales volaban en el acto, pero no supe nada de eso
y aún ignoro lo que pensaba mi abuelo. Él cumplía puntualmente
con sus deberes de elector, salía rejuvenecido
* En el Panteón sepultan en Francia a los hombres ilustres.
(N. del T.)
Las palabras 119
del cuarto oscuro, un poco fatuo y cuando le incomodaban
nuestras mujeres diciéndole: «¡Bueno, pero dinos
por quién has votado!», contestaba secamente: «¡Eso
es cosa de hombres!» Sin embargo, cuando se eligió al
nuevo Presidente de la República, nos dio a entender, en
un momento de abandono, que deploraba la presentación
de la candidatura de Pams. «Es un vendedor de
cigarrillos», gritó, enfurecido. Este intelectual pequeño
burgués quería que el primer funcionario de Francia
fuese uno de sus pares, un pequeño burgués intelectual,
Poincaré. Mi madre me asegura hoy que votaba
por los radicales y que ella lo sabía muy bien. No me
extraña: había elegido el partido de los funcionarios;
además, los radicales se sobrevivían ya a ellos mismos:
Charles tenía la satisfacción de votar por un partido de
orden al dar su voto al partido del movimiento. En resumen,
según él, la política francesa no andaba nada
mal.
Todo esto me afligía; me había armado para defender
a la humanidad contra unos peligros terribles y todo
el mundo me aseguraba que aquella se encaminaba tranquilamente
hacia la perfección. Abuelo me había educado
en el respeto a la democracia burguesa: yo habría
desenfundado por ella mi pluma muy gustosamente, pero
bajo la presidencia de Falliere votaron los campesinos
también: ¿qué más se podía pedir? ¿Y qué hace
un republicano si tiene la dicha de vivir en república?
No da golpe o enseña el griego y describe los monumentos
de Aurillac en sus ratos libres. Yo había vuelto
al punto de partida y creía una vez más que me iba a
asfixiar en este mundo sin conflictos que reducía al
escritor al paro.
Fue Charles también quien me sacó del apuro. Sin
darse cuenta, naturalmente. Dos años antes, para abrirme
los ojos al humanismo, me había expuesto unas ideas
de las que ya no decía nada, por temor a animar mi locura,
pero que se habían grabado en mi mente. Recuperaron
su virulencia silentemente y, para salvar lo esencial,
transformaron poco a poco al escritor-caballero en
120 Jean-Paul Sartre
escritor-mártir. Ya he dicho cómo este pastor malogrado,
fiel a la voluntad de su padre, había guardado lo
Divino para verterlo en la Cultura. De esta amalgama
había nacido el Espíritu Santo, atributo de la Substancia
infinita, patrono de las letras y de las artes, de las
lenguas muertas o vivas y del Método Directo, blanca
paloma que colmaba a la familia Schweitzer con sus
apariciones, revoloteaba el domingo por encima de los
órganos, de las orquestas, y se posaba, los días laborables,
en el cráneo de mi abuelo. Las viejas palabras de
Karl, reunidas, compusieron en mi cabeza un discurso:
el mundo era la presa del Mal: una sola salvación posible:
morir en sí mismo, en la Tierra, contemplar las imposibles
Ideas desde el fondo de un naufragio. Como no
podía lograrse sin un enfrentamiento difícil y peligroso,
se había confiado la tarea a un cuerpo de especialistas.
La intelectualidad tomaba a su cargo a la humanidad y
la salvaba por la reversibilidad de los méritos: las fieras
de lo temporal, pequeñas y grandes, tenían el tiempo
de matarse entre sí o de llevar estúpidamente una
existencia sin veçdad, ya que los escritores y los artistas
meditaban sobre la Belleza y el Bien en su lugar. Sólo
hacían falta dos condiciones para arrancar a la especie
de la animalidad: que se conservasen en locales vigilados
las reliquias —telas, libros, estatuas— de los intelectuales
muertos: que quedase uno vivo por lo menos
para seguir la labor y fabricar las reliquias futuras.
Puras bobadas que me tragué sin comprenderlas demasiado
y aún creía en ellas a los veinte años. Por su
causa he tenido durante mucho tiempo a la obra de arte
por un acontecimiento metafísico cuyo nacimiento
interesaba al universo. Desenterré esta feroz religión y
la hice mía para dorar mi poco lustrosa vocación: absorbí
rencores y acritudes que no me pertenecían, ni
tampoco a mi abuelo; las viejas bilis de Flaubert, de
los Goncourt, de Gautier, me envenenaron; su odio abstracto
al hombre introducido en mí bajo la máscara del
amor, me infectó de nuevas pretensiones. Me volví cátaro,
confundí la literatura con la oración, hice de ella
Las palabras 121
un sacrificio humano. Decidí que mis hermanos me pedían
sencillamente, que dedicase mi pluma a su rescate;
padecían una insuficiencia de ser que, sin la intercesión
de los Santos, les habría destinado permanentemente a
la aniquilación; si abría los ojos cada mañana, si al correr
a la ventana veía pasar por la calle a unos Señores
y a unas Señoras aún vivos, era porque, desde el crepúsculo
hasta el alba, un trabajador había luchado en su
habitación para escribir una página inmortal que nos
suponía la prórroga de un día. Volvería a empezar al
caer la tarde, hoy, mañana, hasta morir agotado; yo tomaría
el relevo, yo también mantendría a la especie al
borde del abismo con mi ofrenda mística, con mi obra;
el militar cedía su lugar al sacerdote: Parsifal trágico,
yo me ofrecía de víctima expiatoria. El día en que descubrí
a Chantecler, se me hizo un nudo en el corazón,
un nudo de víboras que me costaría treinta años deshacer:
desgarrado, sangrante, apaleado, este gallo encuentra
el medio de proteger a todo el gallinero, basta
con su canto para derrotar a un gavilán y la multitud
abyecta lo incensa después de haberse burlado de él;
desaparecido el gavilán, vuelve al combate el poeta, la
Belleza le inspira, duplica sus fuerzas, acomete al adversario
y lo derriba. Yo lloré; encontraba reunidos en
uno a Grisélidis, Corneille y Pardaillan: Chantecler sería
yo. Todo me pareció simple: escribir es aumentar
con una perla el collar de las Musas, dejar a la posteridad
el recuerdo de una vida ejemplar, defender al pueblo
contra sí mismo y contra sus enemigos, atraer sobre
los hombres la bendición del Cielo por una misa solemne.
No se me ocurrió la idea de que se pudiera escribir
para ser leído.
Se escribe para sus vecinos o para Dios. Yo tomé el
partido de escribir para Dios con la intención de salvar
a mis vecinos. No quería lectores, sino agradecidos. El
desprecio corrompía a mi generosidad. Ya, en la época
en que protegía a las huérfanas, empezaba por quitármelas
de encima haciendo que se escondiesen. Como
escritor, no cambié; antes de salvar a la humanidad em122
Jean-Paul Sartre
pezaría por vendarle los ojos; sólo entonces me volvería
contra los pequeños reitres negros y veloces, contra las
palabras; cuando mi nueva huérfana se atreviese a quitarse
la venda, yo ya estaría lejos; salvada por una proeza
solitaria, ella no se daría cuenta del flamante pequeño
volumen que estaría en un estante de la Biblioteca
Nacional y que llevaría mi nombre.
Invoco en mi defensa las circunstancias atenuantes.
Hay tres. En primer lugar, ponía en tela de juicio mi
derecho a vivir, a través de un fantasma límpido. En
esta humanidad sin visado que espera el capricho del
Artista se habrá reconocido al nifio cebado de felicidad
que se aburría en su alcándara; acepté el mito odioso
del Santo que salva al populacho porque después de todo
el populacho era yo; me declaré salvador patentado
de las multitudes para salvarme de paso yo también y,
como dicen los jesuítas, además.
Y tenía nueve años. Hijo único y sin amigos; no me
imaginaba que pudiera terminar mi aislamiento. Hay que
reconocer que yo era un autor muy ignorado. Me había
puesto a escribir de nuevo. Mis nuevas novelas, como
no podía por menos de ser, se parecían a las anteriores
línea por línea, pero no se enteraba nadie. Ni siquiera
yo, porque me fastidiaba releerme; iba tan rápida la
pluma que a menudo me dolía la muñeca; tiraba al suelo
los cuadernos llenos, acababa por olvidarlos, desaparecían;
no acababa nada por esta razón: ¿para qué contar
cómo termina una historia si se ha perdido el comienzo?
Además, si Karl se hubiera dignado echar un
vistazo a esas páginas, para mí no habría sido lector,
sino juez supremo, y yo habría temido que me condenase.
La escritura, mi trabajo forzado, no llevaba a nada
y, por lo mismo, se tomaba a sí misma por fin. Yo
escribía por escribir. No lo lamento: si me hubiesen
leído, habría tratado de gustar y de volver a ser maravilloso.
Clandestino, era verdadero.
Por último, el idealismo del intelectual se fundaba
en el realismo del niño. Ya lo he dicho antes; por haber
descubierto el mundo a través del lenguaje, durante
Las palabras 123
mucho tiempo tomé al lenguaje por el mundo. Existir
era poseer una marca controlada en alguna parte de las
Tablas infinitas del Verbo; escribir era grabar en ellas
a seres nuevos o —fue mi más tenaz ilusión— tomar
las cosas, vivas, en la trampa de la frase: si yo combinaba
ingeniosamente las palabras, el objeto se enredaba
en los signos, y quedaba en mi poder. En el Luxemburgo
empecé fascinándome con un brillante simulacro
de plátano; yo no lo observaba, sino que, por el contrario,
confiaba en el vacío, esperaba; al cabo de un rato
surgía su verdadero follaje bajo el aspecto de un simple
adjetivo o, a veces, de toda una frase: había enriquecido
al universo con un tembloroso verdor. Nunca deposité
mis hallazgos en el papel; pensaba que se acumulaban
en mi memoria. La verdad es que los olvidaba.
Pero me daban un presentimiento de mi función futura:
yo impondría nombres. En Aurillac, desde hacía
varios siglos, unos vanos y confusos montones de blancura
exigían contornos fijos, un sentido; yo haría de
ellos verdaderos monumentos. Terrorista, yo no apuntaba
más que a su ser: lo constituiría por el lenguaje;
retórico, sólo me gustaban las palabras: yo erigiría catedrales
de palabras bajo el ojo azul de la palabra cielo.
Construiría para varios milenios. Cuando cogía un libro,
por mucho que lo abriese y lo cerrase veinte veces,
veía que no se alteraba. Al deslizarse sobre esa substancia
incorruptible que es el texto, mi mirada no era más
que un minúsculo accidente superficial, no desordenaba
nada, no desgastaba en absoluto. Yo, por el contrario,
pasivo, efímero, era un mosquito deslumhrado, atravesado
por las luces de un faro. Salía del despacho, apagaba;
el libro, invisible en las tinieblas, seguía brillando;
para él solo. Yo daría a mis libros la violencia de
esos chorros de luz corrosivos y más tarde, en las bibliotecas
en ruinas, sobrevivirían al hombre.
Me complacía en la oscuridad, deseé prolongarla, hacer
de ella un mérito. Envidié a los detenidos célebres
que escribieron en los calabozos en papel de estraza. Habían
mantenido la obligación de rescatar a sus contem124
Jean-Paul Sartre
poráneos y perdido la de frecuentarlos. Naturalmente, el
progreso de las costumbres disminuía mis posibilidades
de mostrar mi talento en la reclusión, pero no desesperaba
del todo: la Providencia, asombrada por la modestia
de mis ambiciones, anhelaría que se realizaran. Mientras
tanto, me secuestraba por anticipado.
Mi madre, engañada por mi abuelo, no perdía una
ocasión de describirme mis alegrías futuras; para seducirme,
ella ponía en mi vida lo que faltaba en la suya:
la tranquilidad, el tiempo libre, la concordia; sería un
joven profesor, soltero todavía, y una señora de edad
me alquilaría una habitación muy cómoda que olería a
lavanda y a ropa fresca; iría al colegio en dos zancadas
y así volvería: por la noche, me quedaría en el umbral,
charlando con la dueña de la casa, que estaría encantada
conmigo; además me querría todo el mundo, porque yo
sería cortés y bien educado. Yo sólo oía una palabra:
tu habitación, olviáaba el colegio, la viuda del oficial
superior, el olor de provincia, ya sólo veía un círculo
de luz en mi mesa; en el centro de una habitación sumida
en la oscuridad, con las cortinas corridas, me inclinaba
sobre un cuaderno de tela negra. Mi madre seguía
su relato, saltaba diez años: me protegía un inspector
general, me recibía la alta sociedad de Aurillac,
mi mujer me quería tiernamente, yo le hacía unos hijos
sanos, dos hijos y una hija, ella recibía una herencia, yo
compraba un terreno junto a la ciudad, edificábamos y
la familia entera iba todos los domingos a inspeccionar
las obras. Yo no escuchaba durante esos diez años, no
había abandonado mi mesa; bajo, bigotudo como mi padre,
encaramado sobre un montón de diccionarios, mi
bigote encanecía, mi muñeca seguía moviéndose, los cuadernos
caían al suelo uno tras otro. La humanidad dormía,
era de noche, mi mujer y mis hijos dormían, a menos
que estuviesen muertos, mi huéspeda también dormía;
el sueño me había abolido en todas las memorias.
Qué soledad: dos mil millones de hombres a lo largo y
yo, por encima de ellos, como único vigía.
Las palabras 125
El Espíritu Santo me miraba. Precisamente acababa
de tomar la decisión de abandonar a los hombres y subir
al Cielo; a mí sólo me quedaba el tiempo de ofrecerme,
le enseñaba las llagas de mi alma, las lágrimas
que empapaban el papel, él leía por encima de mi hombro
y su cólera desaparecía. ¿Se había apaciguado por
la profundidad de los sufrimientos o por la magnificencia
de la obra? Yo me decía que por la obra; y a hurtadillas
añadía que por los sufrimientos. Claro está que
el Espíritu Santo sólo apreciaba los escritos verdaderamente
artísticos, pero yo había leído a Musset, sabía que
«los cantos más hermosos son los más desesperados» y
había decidido captar a la Belleza con una desesperación
que fuera una trampa. La palabra genio siempre
me había parecido sospechosa; llegué a tenerle realmente
asco. Si yo tuviera el don, ¿dónde estaría la angustia,
la prueba, la tentación frustrada o el mérito? Soportaba
mal tener un cuerpo y la misma cara siempre, no me
dejaría encerrar todo el tiempo en el mismo equipo.
Aceptaba mi designación a condición de que no se apoyase
en nada, que brillase gratuitamente en el vacío absoluto.
Sostenía conciliábulos con el Espíritu Santo. «Escribirás
», me decía. Y yo me retorcía las manos: «Señor,
¿qué tengo yo para que me hayas elegido?». «Nada
de particular». «Entonces, ¿por qué yo?». «Sin ninguna
razón». «¿Tengo al menos alguna facilidad de pluma?».
«Ninguna. ¿Crees acaso que las grandes obras nacen de
las plumas fáciles?». «Señor, si soy tan nulo, ¿cómo podría
hacer un libro?». «Aplicándote». «Entonces, ¿cualquiera
puede escribir?». «Cualquiera, pero te he elegido
a ti». Este truco me resultaba muy cómodo; me permitía
proclamar mi insignificancia y al mismo tiempo venerar
en mí al autor de futuras obras maestras. Yo estaba
elegido, señalado, pero no tenía talento, todo llegaría
por mi paciencia sin fin y mis sufrimientos; me
negaba toda singularidad: los rasgos de carácter embarazan;
yo no era fiel a nada, excepto al compromiso regio
que me conducía a la gloria por el suplicio. Pero había
que encontrar los suplicios: era el único problema,
126 Jean-Paul Sartre
pero parecía insoluble, porque me habían privado de la
esperanza de vivir miserablemente. Oscuro o famoso,
yo cobraría del presupuesto de la Enseñanza y nunca pasaría
hambre. Me prometí unas penas de amor atroces,
aunque sin entusiasmo, porque detestaba a los amantes
traspasados; Cyrano me escandalizaba, era un falso Pardaillan
que se volvía tonto con las mujeres: el verdadero
arrastraba a todos los corazones detrás de él sin ni
siquiera darse cuenta; aunque es justo reconocer que la
muerte de Violetta, su amante, le había deshecho el corazón
para siempre. Una viudez, una llaga incurable:
por la causa de una mujer, pero no por su culpa; eso
me permitiría rechazar las insinuaciones de todas las demás.
A profundizar. Pero de todas formas, aun admitiendo
que mi joven mujer aurillaciense desapareciese a
causa de un accidente, esa desgracia no bastaría para
elegirme; era a la vez fortuito y demasiado común. Mi
furia superó todos los obstáculos; algunos autores, burlados,
maltratados, se habían estancado en el oprobio y
en la noche hasta exhalar el último aliento, y la gloria
sólo había coronado a sus cadáveres. Esto es lo que yo
sería. Escribiría concienzudamente sobre Aurillac y sobre
sus estatuas. Incapaz de odiar, no trataría más que
de reconciliar y servir. Sin embargo, mi primer libro provocaría
un escándalo en cuanto apareciera, yo sería un
enemigo público; los periódicos de Auvergne me insultarían,
los comerciantes se negarían a despacharme, unos
exaltados tirarían piedras contra mis ventanas; tendría
que huir para escapar al linchamiento. Aterrado al principio,
pasaría meses enteros imbecilizado, repitiendo
constantemente: «¡Sólo es un malentendido, hombre! Si
todo el mundo es bueno...» Y, en efecto, sólo sería un
malentendido, pero el Espíritu Santo no permitiría que
se disipase. Yo me curaría; un día me sentaría ante mi
mesa y empezaría un nuevo libro, sobre el mar o sobre
la montaña. Éste no encontraría editor. Perseguido, disfrazado,
tal vez proscrito, haría más, muchos más, traduciría
a Horacio en verso, expondría ideas modestas y
razonables sobre la pedagogía. Pero no habría nada que
Las palabras 127
hacer: mis cuadernos se amontonarían en un baúl, inéditos.
La historia tenía dos conclusiones; según el humor
que tuviera, elegía una u otra. En mis días malhumorados,
me veía morir en una cama de hierro, odiado por
todos, desesperado, justo en el momento en que la Gloria
embocaba su trompeta. Otras veces me concedía un
poco de felicidad. A los cincuenta años, escribía mi nombre
en un manuscrito para probar una pluma nueva,
pero el manuscrito se perdía poco después. Lo encontraba
alguien, en un granero, en el arroyo, en una alacena
de la casa que acababa de dejar, y lo leía, lo llevaba,
conmovido, a Arthème Fayard, el célebre editor
de Michel Zévaco. Era el triunfo: diez mil ejemplares
vendidos en dos días. ¡Cuántos remordimientos en los
corazones! Cien reporteros se lanzaban en mi búsqueda,
pero no me encontraban. Recluido, ignoraba durante
mucho tiempo ese cambio de opinión. Un día, por fin,
entro en un café para protegerme de la lluvia, cojo un
periódico abandonado y ¿qué veo?: «Jean-Paul Sartre,
el escritor oculto, el chantre de Aurillac, el poeta del
mar». En la página tres, a seis columnas, con letras mayúsculas.
Exulto. No, me siento voluptuosamente melancólico.
De todas formas, vuelvo a casa y, con la ayuda
de mi huéspeda, cierro y ato el baúl de los cuadernos y
lo mando a Arthème Fayard, sin darle mi dirección. Me
interrumpía en ese momento del relato para lanzarme a
unas combinaciones deliciosas: si enviaba el paquete desde
la ciudad donde vivía, los periodistas encontrarían mi
refugio en seguida. Entonces me llevaba el baúl a París
y hacía que lo llevase un recadero a la editorial; antes
de tomar el tren, regresaba a los lugares donde había
transcurrido mi infancia: calle Le Goff, calle Soufflot,
Luxemburgo. Me atraía el Balzar; recordaba que mi abuelo
—muerto después— me había llevado allí algunas
veces, en 1913; nos sentábamos uno junto al otro, nos
miraba todo el mundo con aire de connivencia, él pedía
un jarro de cerveza y, para mí, una caña; yo me sentía
querido. Cincuentón y nostálgico, yo empujaba la puer128
Jean-Paul Sartre
ta de la cervecería y pedía una caña. En la mesa de al
lado unas mujeres jóvenes y hermosas hablaban con viveza,
pronunciaban mi nombre. «¡Ah! —decía una de
ellas—, puede ser que sea viejo, que sea feo, pero qué
importa: yo daría treinta años de mi vida por casarme
con él». Yo le dirigía una mirada triste y orgullosa, ella
me contestaba con una sonrisa de extrañeza, yo me levantaba,
me iba.
Pasé mucho tiempo arreglando con esmero este episodio
y cien más de que hago gracia al lector. Pueden
reconocerse en él, proyectadas en un mundo futuro, mi
misma infancia, los inventos de mis seis años, los enfados
de mis paladines desconocidos. A los nueve años
seguía enfadándome, cosa que me gustaba mucho; por
enfado, yo mantenía, mártir inexorable, un malentendido
que parecía cansar hasta al Espíritu Santo. ¿Por qué
no decir mi nombre a esa deliciosa admiradora? «¡Ah!,
me decía ella, llega demasiado tarde». «¿Pero puesto
que de todos modos me acepta?». «Es que soy demasiado
pobre». «¡Demasiado pobre! ¿Y los derechos de
autor?». Esta objeción no me detenía: había escrito a
Fayard que distribuyera entre los pobres el dinero que
me correspondía. Sin embargo, había que terminar; pues
bien, me apagaba en mi habitación, abandonado por todos
pero sereno; misión cumplida.
Me llama la atención algo en este relato mil veces repetido:
el día en que veo mi nombre en un periódico,
se rompe un resorte, estoy terminado; gozo tristemente
de mi renombre, pero ya no escribo más. Los dos desenlaces
se confunden en uno: el apetito de escribir encierra
una negativa a vivir, ya sea muriendo para nacer
a la gloria, ya sea llegando la gloria primero pero matándome.
Por aquel tiempo me había conmovido una
anécdota leída no sé dónde: era en el siglo pasado; en
una estación siberiana, un escritor anda de un lado para
otro mientras espera el tren. En el horizonte, ni una
casa, ni un ser vivo. Al escritor le cuesta trabajo sostener
su gruesa cabeza melancólica. Es miope, soltero, grosero,
está siempre furioso, se aburre, piensa en su prosLas
palabras 129
tata, en sus dientes. Surge una joven condesa, en su coche,
por la carretera paralela a las vías del tren: salta
del coche, corre hacia el viajero, a quien nunca ha visto,
pero al que cree reconocer por un daguerrotipo que le
han mostrado; la condesa se inclina, le coge la mano
derecha y se la besa. La historia se detenía ahí y no sé
qué es lo que quería darnos a entender. A los nueve años
me maravillaba que ese autor refunfuñón encontrara
lectoras en la estepa y que una mujer tan hermosa le
recordara la gloria que tenía olvidada: era nacer. Mas
en el fondo, era morir; yo lo sentía, lo quería así; un
plebeyo vivo no podía recibir de una aristócrata semejante
testimonio de admiración. La condesa parecía decirle:
«Si he podido llegar hasta usted y tocarle, es que
ya ni siquiera hace falta mantener la superioridad del
rango; no me importa lo que usted piense de mi gesto,
ya no le tengo por un hombre, sino por el símbolo de
su obra». Muerto por un besamanos, a mil verstas de
San Petersburgo, a los cincuenta años de su nacimiento,
un viajero ardía, su gloria le consumía y no dejaba de
él, con letras de llamas, más que el catálogo de sus obras.
Yo veía a la condesa subiéndose al coche, desapareciendo,
y a la estepa cayendo de nuevo en la soledad; en el
crepúsculo, el tren pasaba de largo por la estación para
recuperar el tiempo perdido; yo sentía, en el hueco de
los ríñones, el estremecimiento del miedo, recordaba
Viento entre los árboles y me decía: «La condesa era
la muerte». Ella vendría: un día, en un camino desierto,
me besaría los dedos.
La muerte era mi vértigo porque no me gustaba vivir;
es lo que explica el terror que me inspiraba. Al
identificarla con la gloria, hice de ella mi destino. Quise
morir; a veces el horror congelaba mi impaciencia, aunque
nunca por mucho tiempo; volvía a renacer mi santa
alegría, yo esperaba el instante fulgurante en que ardería
hasta los huesos. Nuestras intenciones profundas son
proyectos y fugas inseparablemente ligados; veo que la
loca empresa de escribir para que se me perdonase la
existencia, a pesar de las fanfarronadas y de las menti130
Jean-Paul Sartre
ras, tenía alguna realidad; la prueba de ello es que cincuenta
años después sigo escribiendo. Pero si me remonto
a los orígenes, veo una fuga por delante, un suicidio
a lo Gribouille *. Sí, más que la epopeya, más que
el martirio, era la muerte lo que yo buscaba. Temí durante
mucho tiempo terminar como había empezado, en
cualquier lugar, de cualquier modo, y que esa vaga defunción
no fuese más que el reflejo de mi vago nacimiento.
Mi vocación lo cambió todo: los mandobles desaparecen
pero los escritos quedan; descubrí que en las
Bellas Letras el Donante puede transformarse en su propia
Donación, es decir, en objeto puro. El azar me había
hecho hombre, la generosidad me haría libro; podría
fundir a mi parlanchína, a mi conciencia, en letras de
bronce, sustituir los ruidos de mi vida por inscripciones
imborrables, mi carne por un estilo, las blandas espirales
del tiempo por la eternidad, aparecer al Espíritu Santo
como un precipitado del lenguaje, volverme una obsesión
para la especie, ser otro finalmente, ser otro distinto
de mí, otro distinto de los otros, otro distinto de
todo. Empezaría por darme un cuerpo inquebrantable y
después me entregaría a los consumidores. No escribiría
por el placer de escribir, sino para tallar a ese cuerpo de
gloria en las palabras. Considerándolo desde lo alto de
mi tumba, mi nacimiento se me apareció como un mal
necesario, como una encarnación completamente provisional
que preparaba mi transfiguración; para renacer
había que escribir, para escribir hacía falta un cerebro,
ojos, brazos; una vez terminado el trabajo, esos órganos
se reabsorberían solos; en los alrededores de 1955 estallaría
una larva, se escaparían veinticinco mariposas infolio
batiendo todas sus páginas para ir a posarse en un
estante de la Biblioteca Nacional. Esas mariposas no serían
nada más que yo. Yo: veinticinco tomos, dieciocho
mil páginas de texto, trescientos grabados y entre ellos
el retrato del autor. Mis huesos son de cuero y de car-
* Nombre popular, similar al de Abundio, en España, con
que se designa al tonto o ingenuo.
Las palabras 131
ton, mi carne apergaminada huele a cola y a moho, me
contoneo muy a gusto a través de sesenta kilos de papel.
Renazco, por fin llego a ser todo un hombre, pensante,
hablante, cantante, estruendoso, que se afirma con la
inercia perentoria de la materia. Me toman, me abren,
me extienden en la mesa, me alisan con la palma de la
mano y a veces me hacen crujir. Yo me dejo y de pronto
fulguro, deslumhro, me impongo a distancia, mis poderes
atraviesan el espacio y el tiempo, fulminan a los malos,
protegen a los buenos. Nadie puede olvidarme ni
silenciarme; soy un gran fetiche, manejable y terrible.
Mi conciencia está hecha migas; mejor. Me han tomado
a su cargo otras conciencias. Se me lee, salto a la vista;
me hablan, estoy en todas las bocas, lengua universal y
singular; me convierto en curiosidad prospectiva en millones
de miradas; para el que sabe quererme, soy su
inquietud más íntima, pero si quieren tocarme, me borro
y desaparezco; no existo en ninguna parte, \soy, por
fin!, estoy en todas partes; parásito de la humanidad,
mis servicios la corroen y la obligan incesantemente a
resucitar mi ausencia.
Este juego de manos tuvo éxito; envolví a la muerte
en el sudario de la gloria, ya sólo pensé en ésta, nunca
en aquélla, sin darme cuenta de que las dos eran la misma.
En el momento en que escribo estas líneas sé que,
años más o menos, ya he cumplido mi tiempo. Ahora
bien, me represento claramente, sin mucha alegría, la
vejez que se anuncia y mi futura decrepitud, y la muerte
de los que amo; mi muerte, jamás. Me ocurre a veces
dar a entender a mis íntimos —algunos de los cuales
tienen diez, veinte, treinta años menos que yo—
cuánto sentiré sobrevivirles; se burlan de mí, y me río
con ellos, pero nada lo consigue ni lo conseguirá; a los
nueve años una operación me privó de los medios de
sentir cierto patetismo propio de nuestra condición, según
se dice. Diez años después, en la Escuela Normal,
ese patetismo despertaba y sobresaltaba con espanto o
con rabia, a algunos .de mis mejores amigos; yo roncaba
como un campanero. Después de una grave enfer132
Jean-Paul Sartre
medad, uno de ellos nos aseguró que había conocido las
angustias de la agonía, incluso la del último suspiro; el
más obeso era Nizan: a veces, en estado de vela, se
veía cadáver; se levantaba, con los ojos llenos de gusanos,
cogía a tientas su sombrero y desaparecía; lo encontrábamos
dos días después, borracho, con unos desconocidos:
A veces, en la habitación de un hotelucho,
esos condenados se contaban las noches que habían pasado
en vela, sus experiencias anticipadas de la nada; se
entendían con medias palabras. Yo los escuchaba, les quería
lo bastante para desear apasionadamente parecerme
a ellos, pero por mucho que hiciese, no asía ni retenía
más que lugares comunes de entierro: se vive, se muere,
no se sabe ni quién vive ni quién muere; aún se está
vivo una hora antes de la muerte. Yo no dudaba de que
en sus palabras hubiese un sentido que se me escapaba,
me callaba, celoso, exiliado. Al final, se yolvían contra
mí, irritados de antemano: «¿A ti eso te deja frío?» Yo
abría los brazos en señal de impotencia y de humildad.
Se reían de rabia, deslumhrados por la evidencia fulminante
que no lograban comunicarme: «¿No te has dicho
nunca al dormirte que había gente que se moría mientras
estaba durmiendo? ¿No has pensado nunca, al limpiarte
los dientes: esta vez ya está, es mi último día?
¿No has sentido nunca que había que ir rápido, rápido,
rápido y que faltaba el tiempo? ¿Te crees inmortal?»
Yo contestaba mitad por desafío y mitad por excitación:
«Eso es, me creo inmortal». Nada más falso: yo me había
prevenido contra las muertes accidentales y nada más;
el Espíritu Santo me había encargado una obra de largo
aliento y tenía que dejarme el tiempo de realizarla. Muerte
de honor, era mi muerte la que me protegía contra
los descarrilamientos, las congestiones, la peritonitis: ella
y yo teníamos una fecha fijada; si yo me presentaba a
la cita demasiado pronto, no la encontraría; me reprochaban
mis amigos que no pensase en ella: ignoraban
que no dejaba de vivirla ni un minuto.
Hoy les doy la razón: ellos habían aceptado todo de
nuestra condición, incluso la inquietud; yo había elegido
Las palabras 133
tranquilizarme; y la verdad es que en el fondo me creía
inmortal: me había matado por adelantado porque sólo
los difuntos gozan de la inmortalidad. Nizan y Maheu
sabían que serían objeto de una agresión salvaje, que los
arrancarían del mundo vivos, llenos de sangre. Yo me
mentía. Para quitar su barbarie a la muerte, había hecho
de ella mi fin y de mi vida el único medio conocido
de morir; yo iba lentamente hacia mi fin, sin más esperanza
ni deseos que los necesarios para llenar mis libros,
seguro de que el último impulso de mi corazón se inscribiría
en la última página del último tomo de mis obras
y que la muerte sólo se llevaría a un muerto. Nizan, a
los veinte años, miraba a las mujeres y a los coches, a
todos los bienes de este mundo, con una precipitación
desesperada: había que verlo todo, había que tomarlo
todo en seguida. Yo también miraba, pero con más celo
que avidez; yo no estaba en la tierra para gozar, sino
para hacer un balance. Era demasiado cómodo; por timidez
de niño excesivamente bueno, por cobardía, había
reculado ante los riesgos de una existencia abierta, libre
y sin garantía providencial, me había persuadido de que
todo estaba escrito por adelantado, y aún más, concluido.
Evidentemente, esta operación fraudulenta me evitaba
la tentación de quererme. Cada uno de mis amigos,
amenazado de abolición, se parapetaba en el presente,
descubría la irremplazable calidad de su vida mortal y
se juzgaba conmovedor, precioso, único; cada uno se
complacía consigo mismo; yo, el muerto, no me complacía,
me encontraba muy ordinario, más aburrido que
el gran Corneille y mi singularidad de sujeto no ofrecía
para mí más interés que preparar el momento que me
cambiaría en objeto. ¿Era yo más modesto? No, sino
más astuto: encargaba a mis descendientes que me quisiesen
en mi lugar; algún día yo ejercería una seducción,
un no sé qué, sobre hombres y mujeres que aún no habían
nacido, les haría felices. Pero mi malicia y mi disimulo
iban aun más allá: volvía en secreto, y para salvarla,
a esa vida que me parecía fastidiosa y de la que
134 Jean-Paul Sartre
yo no había sabido hacer otra cosa que el instrumento
de mi muerte; la miraba a través de los ojos futuros y
me parecía una historia conmovedora y maravillosa que
yo había vivido para todos, que, gracias a mí, nadie tendría
que revivir y que bastaría con contarla. Puse en ello
un auténtico frenesí: elegí como porvenir un pasado de
muerto y traté de vivir al revés. Entre los nueve y los
diez años llegué a ser totalmente postumo.
La culpa no es del todo mía: mi abuelo me había
educado en la ilusión retrospectiva. Por lo demás, tampoco
él tiene la culpa y estoy muy lejos de guardarle
rencor: ese espejismo nace espontáneamente de la cultura.
Cuando han desaparecido los testigos, la muerte de
un gran hombre deja de ser para siempre un rayo, el
tiempo la convierte en un rasgo de carácter. Un viejo difunto
está muerto por constitución, lo está igual, ni más
ni menos, en el bautizo que en la extremaunción, su vida
nos pertenece, entramos en ella por una punta, por la
otra, por en medio, descendemos o remontamos su curso
a voluntad; es que ha saltado el orden cronológico, imposible
restituirlo; ese personaje no corre ya ningún riesgo
ni siquiera espera que los cosquilieos de su nariz
acaben en un estornudo. Su existencia ofrece las apariencias
de un desarrollo, pero en cuanto se le quiere
dar un poco de vida, recae en la simultaneidad. Por mucho
que uno quiera ponerse en lugar del desaparecido,
fingir que comparte sus pasiones, sus ignorancias, sus
prejuicios, resucitar resistencias abolidas, una pizca de
impaciencia o de aprensión, no podrá dejar de apreciar
su conducta a la luz de resultados que no eran previsibles
y de informaciones que él no poseía, ni de dar una
particular solemnidad a unos acontecimientos cuyos
efectos los marcaron más tarde pero que él vivió con
negligencia. Ése es el espejismo: el porvenir más real
que el presente. No es sorprendente: en una vida terminada
es el fin lo que se tiene por la verdad del comienzo.
El difunto queda a mitad de camino entre el ser
y el valor, entre el hecho bruto y la reconstrucción; su
historia se vuelve una especie de esencia circular que se
Las palabras 135
resume en cada uno de sus momentos. En los salones
de Arras, un joven abogado frío y melindroso lleva la
cabeza bajo el brazo porque es el difunto Robespierre;
esa cabeza gotea sangre pero no mancha la alfombra; ni
un solo invitado se da cuenta, pero nosotros no podemos
ver otra cosa; faltan cinco años para que haya caído al
cesto y, sin embargo, ahí está, cortada, diciendo madrigales
a pesar de su mandíbula colgante. Reconocido el
error de óptica, no molesta; hay medios para corregirlo;
pero los letrados de la época lo ocultaban, alimentando
así su idealismo. Insinuaban que cuando quiere nacer un
gran pensamiento, éste requisa en el vientre de una
mujer al gran hombre que lo sostendrá; elige su condición,
su medio, dosifica exactamente la inteligencia y la
incomprensión de sus parientes, regula su educación, lo
somete a las pruebas necesarias, le compone por toques
sucesivos un carácter inestable cuyos desequilibrios gobierna
hasta que estalla el objeto de tantos cuidados,
pariéndolo. Esto no estaba declarado en ninguna parte;
pero todo sugería que el encadenamiento de las causas
cubre un orden inverso y secreto.
Yo utilicé este espejismo con entusiasmo para acabar
de garantizar mi destino. Tomé el tiempo, lo invertí y
todo se aclaró. Todo empezó con un librito azul oscuro
con guarniciones de oro un poco oscurecidas, cuyas espesas
hojas olían a cadáver y que tenía por título L'Enfance
îles hommes illustres; una etiqueta demostraba
que lo había recibido mi tío Georges en 1885 como segundo
premio de aritmética. Yo lo había descubierto
en los tiempos de mis viajes excéntricos, lo había hojeado
y lo había dejado, molesto, porque aquellos jóvenes
elegidos no se parecían en nada a los niños prodigios;
a mí sólo se me parecían por la insulsez de-sus virtudes
y yo me preguntaba por qué se hablaba de ellos. Finalmente
el libro desapareció; había decidido castigarlo escondiéndolo.
Un año después revolví todos los estantes
buscándolo; yo había cambiado, el niño prodigio se había
convertido en gran hombre presa de la infancia. ¡Qué
sorpresa!: también el libro había cambiado. Eran las
136 Jean-Paul Sartre
mismas palabras, pero me hablaban de mí. Yo presentí
que esta obra me iba a perder, la detesté, me dio miedo.
Cada día, antes de abrirlo, me sentaba junto a la ventana:
en caso de peligro haría que me entrase por los
ojos la verdadera luz del sol. Hoy me hacen reír los que
deploran la influencia de Fantomas o de André Gide;
¿acaso puede creerse que los niños no eligen ellos mismos
sus venenos? Yo me tragué el mío con la ansiosa
austeridad de los drogados. Sin embargo, parecía de lo
más inofensivo. Se animaba a los jóvenes lectores: la
bondad y la piedad filial llevan a todo, incluso a convertirse
en Rembrandt o en Mozart; se trazaban en unas
narraciones breves las ocupaciones ordinarias de niños
no menos ordinarios, pero sensibles y piadosos que se
llamaban Jean-Sébastien, Jean-Jacques o Jean-Baptiste y
que constituían la felicidad de sus familias como yo de la
mía. Pero aquí está el veneno: sin pronunciar nunca el
nombre de Rousseau, de Bach o de Molière, el autor se
las ingeniaba para deslizar en todas partes alusiones a
su futura grandeza, a recordar descuidadamente, por un
detalle, sus obras o sus acciones más famosas, armando
tan bien sus relatos que no podría comprenderse el incidente
más trivial sin referirlo a acontecimientos posteriores;
en el tumulto cotidiano hacía descender un gran
silencio fabuloso que transfiguraba todo: el provenir. Un
tal Sanzio se moría de ganas de ver al Papa, y se las arreglaba
tan bien que le llevaron a la plaza pública un día
en que pasaba por allí el Santo Padre; el niño palidecía,
abría mucho los ojos, le decían por fin: «¿Creo que estarás
contento, Raffaello? ¿Le has visto bien a nuestro
Santo Padre?» Pero él contestaba, huraño: «¿Qué Santo
Padre? ¡Yo sólo he visto colores!» Otro día, el pequeño
Miguel, que quería seguir la carrera de las armas, sentado
bajo un árbol, se deleitaba con una novela de caballería,
cuando de pronto le hizo sobresaltarse un entrechocar
de hierros viejos; era un viejo loco de la vecindad,
un noble arruinado que caracoleaba en un jamelgo
y apuntaba con su lanza herrumbrosa a un molino. Durante
la cena, Miguel contaba el incidente con unos gesLas
palabras 137
tos tan divertidos que hizo reír mucho a todos; pero
más tarde, solo en su habitación, tiró la novela al suelo,
la pisoteó y lloró mucho.
Estos niños vivían en el error; creían que actuaban y
hablaban por azar cuando sus menores palabras tenían
como auténtico fin anunciar su Destino. El autor y yo
cambiábamos sonrisas enternecidas por encima de sus
cabezas. Yo leía la vida de esos falsos mediocres como
la había concebido Dios: empezando por el fin. Al principio
estaba contentísimo: eran mis hermanos y su gloria
sería la mía. Y después todo cambiaba: me encontraba
a otro lado de la página, en el libro; la infancia de
Jean-Paul se parecía a las de Jean-Jacques y Jean-Sébastien
y no le ocurría nada que no fuese ampliamente premonitorio.
Sólo que esta vez el autor hacía guiños de
ojo a mis sobrinos-nietos. A mí me veían, desde mi infancia
hasta mi muerte, esos niños futuros que yo no
podía imaginar y yo no paraba de enviarles mensajes
indescifrables para mí. Me estremecía, transido por mi
muerte, verdadero sentido de todos mis gestos, desposeído
de mí mismo, y trataba de volver a atravesar la página
en sentido contrario para encontrarme de nuevo del
lado de los lectores, levantaba la cabeza, pedía socorro
a la luz; ahora bien, también eso era un mensaje; esa
inquietud repentina, esa duda, ese movimiento de los
ojos y del cuello, ¿cómo los interpretarían en 2013, cuando
tuvieran las dos llaves que habían de abrirme: la
obra y la muerte? No pude salir del libro: había terminado
su lectura hacía tiempo, pero quedé siendo uno de
sus personajes. Yo me espiaba: una hora antes había
estado charlando con mi madre: ¿qué era lo que yo había
anunciado? Recordaba algunas de mis palabras, me
las repetí en voz alta, pero no logré nada. Las frases se
deslizaban impenetrables; mi voz resonaba en mis propios
oídos como una extraña, un ángel fullero me robaba
los pensamientos hasta en mi cabeza y ese ángel no
era más que un rubito del siglo xxx, que estaba sentado
junto a la ventana y me observaba a través de un libro.
Sentí con amor y horror cómo me clavaba su mirada a
138 Jean-Paul Sartre
mi milenario. Hice trampas por él: fabriqué frases con
doble sentido que soltaba ante la gente. Anne-Marie me
encontraba en mi pupitre, escribiendo, y me decía: «Está
muy oscuro, ¡vas a quedarte ciego!» Era lo ocasión
de contestar inocentemente: «Podría escribir aun en la
oscuridad.» Ella se reía, me llamaba tontuelo, encendía
la luz y ya estaba hecha la trampa; ignorábamos los dos
que acababa de informar al año tres mil sobre mi futura
ceguera. En efecto, al final de mi vida, aún más ciego
que sordo era Beethoven, escribiría a tientas mi última
obra; se encontraría el manuscrito entre mis papeles, la
gente diría, descepcionada: «¡Pero es ilegible!» Hasta se
hablaría de tirarlo a la basura. Al final, lo reclamaría
por pura piedad la Biblioteca Municipal de Aurillac, y
allí quedaría durante cien años, olvidado. Y luego, un
día, unos jóvenes eruditos, por amor a mí tratarían de
descifrarlo; no les bastaría toda su vida para reconstituir
lo que, naturalmente, sería mi obra maestra. Mi
madre había salido de la habitación, yo estaba solo, repetía
para mí, lentamente, sin pensarlo sobre todo: «¡En
la oscuridad!». Se oía un ruido, era mi sobrino-biznieto
que cerraba su libro, allá arriba; pensaba en la infancia
de su tío-bisabuelo y le corrían las lágrimas por las mejillas:
«Es verdad —suspiraba—, ¡lo escribió en las tinieblas!
»
Yo me exhibía ante niños que tenían que nacer y que
se me parecían en todos los detalles; me arrancaba lágrimas
evocando las que les haría verter. Veía mi muerte
con sus ojos; había muerto, mi muerte era mi verdad:
me convertí en mi noticia necrológica.
Tras haber leído lo que precede, un amigo me miró
con aire inquieto: «Estaba usted —me dijo— más loco
de lo que me imaginaba.» ¿Loco? No sé muy bien. Mi
delirio era indudablemente forzado. Para mí la cuestión
principal sería más bien la de la sinceridad. A los nueve
años estaba más acá de ella; después me fui mucho más
allá.
Al principio yo era sano como una manzana: un pequeño
tramposo que sabía detenerse a tiempo. Pero me
Las palabras 139
apliqué; hasta en el bluf seguía siendo un empollón; hoy
tengo aún mis bufonerías por ejercicios espirituales, y
mi insinceridad por la caricatura de una sinceridad total
que me rozaba sin cesar y se me escapaba. Yo no había
elegido mi vocación; me la habían impuesto otros. De
hecho no había habido nada: palabras en el aire, lanzadas
por una vieja y el maquiavelismo de Charles. Pero
bastaba que yo estuviese convencido. Las personas mayores,
establecidas en mi alma, señalaban mi estrella con
el dedo; yo no lo veía, pero veía el dedo, creía en ellas,
que pretendían creer en mí. Ellas me habían enseñado la
existencia de los grandes muertos —uno de ellos futuro—
Napoleón, Temístocles, Felipe-Augusto, Jean-Paul
Sartre. Yo no lo dudaba: hubiera sido dudar de eËas.
Al último, sencillamente, me hubiera gustado encontrármelo
cara a cara. Yo me embobaba, me contorsionaba
para provocar la intuición que me hubiera colmado, era
como una mujer fría cuyas convulsiones solicitan y después
tratan de sustituir al orgasmo. ¿Se la llamará simuladora
o tan sólo demasiado aplicada? De todas formas,
yo no obtenía nada, estaba siempre antes o después
de la imposible visión que me habría descubierto a mí
mismo y al final de mis ejercicios me encontraba dudoso
y sin haber ganado nada, excepto algunos enervamientos.
Fundado en el principio de autoridad y en la innegable
bondad de las personas mayores, nada podía confirmar
mi mandato: fuera de alcance, sellado, seguía en
mí pero me pertenecía tan poco que, aunque fuese un
instante, jamás había podido ponerlo en duda; era incapaz
de disolverlo y de asimilarlo.
La fe nunca es entera por profunda que sea. Hay que
sostenerla sin cesar o al menos hay que impedir que se
arruine. Yo estaba predestinado, era ilustre, tenía mi
tumba en el Père-Lachaise y tal vez en el Panteón, mi
avenida en París, mis plazas y mis jardines en provincias,
en el extranjero: sin embargo, en el seno del optimismo,
invisible, innominado, mantenía la sospecha de mi inconsistencia.
En Sainte-Anne, un enfermo gritaba desde su
cama: «¡Soy príncipe! ¡Que detengan al Gran Duque!»
140 Jean-Paul Sartre
Se acercaban a él, le decían al oído: «¿Suénate la nariz!»,
y se sonaba; le preguntaban: «¿Qué oficio tienes?», y
contestaba en voz baja: «Zapatero», y después se ponía
a gritar otra vez. Nos parecemos todos a ese hombre,
creo yo; por lo menos yo me parecía a él en los comienzos
de mi noveno año; era príncipe y zapatero.
Dos años después me habrían dado por curado; el
príncipe había desaparecido, el zapatero no creía en nada
y yo ni siquiera escribía ya; arrojados a la basura, extraviados
o quemados, los cuadernos de las novelas habían
dejado su lugar a los de análisis lógico, dictado y
cálculo. Si alguien se hubiera metido en mi cabeza, abierta
a todos los vientos, habría encontrado algunos bustos,
una tabla de multiplicar aberrante y la regla de tres,
treinta y dos departamentos con las cabezas de partido
pero sin las subprefecturas, una rosa llamada rosarosarosamorosaoerosaerosa,
monumentos históricos y literarios,
algunas máximas de urbanidad grabadas en estelas
y a veces, como chai de bruma arrastrándose por ese triste
jardín, un sueño sádico. De huérfanas, nada. De esforzados
guerreros, ni la menor huella. Las palabras héroe,
mártir y santo no estaban inscritas en ninguna parte, ni
repetidas por ninguna voz. El ex Pardaillan recibía todos
los trimestres unas notas satisfactorias: niño de inteligencia
media y de mucha moral, poco dotado para
las ciencias exactas, imaginativo pero no demasiado, sensible:
normalidad perfecta a pesar de cierto amaneramiento
cada vez más reducido. En suma, buena salud.
Y sin embargo, me había vuelto loco del todo. Dos
acontecimientos, uno público y otro privado, me habían
birlado la poca razón que me quedaba.
El primero fue una verdadera sorpresa: en el mes de
julio de 1914, aún había algunos malos; pero el 2 de
agosto, bruscamente, la virtud tomó el poder y reinó:
todos los franceses se volvieron buenos. Los enemigos
de mi abuelo le abrazaban, unos editores se enrolaron,
la gente sin importancia profetizaba: nuestros amigos recogían
las grandes frases simples de su portero, del cartero,
del fontanero, y nos las contaban y todo el mundo
Las palabras 141
se entusiasmaba, excepto mi abuela, que decididamente
era sospechosa. Yo estaba encantado: Francia me ofrecía
una comedia, yo interpreté la comedia para Francia.
Sin embargo, la guerra me aburrió pronto: afectaba tan
poco a mi vida que sin duda la hubiera olvidado; pero
me desagradó cuando me di cuenta de que arruinaba mis
lecturas. Mis publicaciones preferidas desaparecieron de
los quioscos: Arnould Galopin, Jo Valle, Jean de la Hire
abandonaron a sus héroes familiares, esos adolescentes,
mis hermanos, que daban la vuelta al mundo en biplano,
en hidroavión y que luchaban en número de dos o tres
contra cien; las novelas colonialistas de la preguerra dejaron
el lugar a las novelas guerreras pobladas de grumetes,
de jóvenes alsacianos y de huérfanos, mascotas de
regimiento. Yo odiaba a esos recién llegados. Tenía a
los pequeños aventureros de la jungla por niños prodigios
porque mataban a los indígenas, que después de
todo son adultos; como yo también era un niño prodigio,
me reconocía en ellos. Pero con estos niños soldados,
todo ocurría al margen de ellos. Vaciló el heroísmo
individual: contra los salvajes estaba sostenido por la
superioridad del armamento; pero ¿qué hacer contra los
cañones de los alemanes? Hacían falta otros cañones,
artilleros, un ejército. Entre los valientes soldados que
le acariciaban la cabeza y que le protegían, el niño prodigio
volvía a caer en la infancia; yo caía con él. De
vez en cuando, el autor, por lástima, me encargaba llevar
un mensaje, me capturaban los alemanes, les decía
unas cuantas frases orguUosas y luego me evadía, volvía
a nuestras líneas y cumplía con mi misión. Naturalmente,
me felicitaban, pero sin mostrar mucho entusiasmo; yo
no encontraba en los ojos paternales del general la
mirada de agradecimiento de las viudas y de los huérfanos.
Yo había perdido la iniciativa: se ganaban las
batallas y se ganaría la guerra sin mí; las personas mayores
recuperaban el monopolio del heroísmo, yo podía, sí,
recoger el fusil de un muerto y disparar unos cuantos
tiros, pero Arnould Galopin y Jean de la Hire jamás me
permitieron cargar a la bayoneta. Aprendiz de héroe, yo
142 Jean-Paul Sartre
esperaba con impaciencia la edad necesaria para enrolarme.
O más bien no, era la mascota de la tropa el
que esperaba, era el huérfano de Alsacia. Me separaba
de ellos, cerraba el libro. Escribir sería un largo trabajo
ingrato, lo sabía, tendría toda la paciencia necesaria.
Pero la lectura era una fiesta: quería todas las glorias
en seguida. ¿Y qué porvenir se me ofrecía? ¿Soldado?
¡Vaya cosa! Aislado, el soldado no cuenta más que un
niño. Se lanzaba al asalto con los demás, pero el que ganaba
la batalla era el regimiento. No me interesaba participar
en victorias comunitarias. Cuando Arnould Galopin
quería distinguir a un soldado, lo mejor que se
le ocurría era mandarlo a auxiliar a un capitán herido.
Esa oscura abnegación me molestaba; el esclavo salvaba
al amo. Y además era una proeza momentánea; en
tiempos de guerra el valor es la cosa más compartida;
con un poco de suerte, cualquier soldado habría hecho
lo mismo. Yo estaba furioso; lo que prefería del heroísmo
de antes de la guerra era su soledad y su gratuidad:
dejaba tras mí las pálidas virtudes cotidianas, inventaba
al hombre yo solo, por generosidad; Le Tour du Monde
en Hydravion, Les Aventures d'un gamin de Paris,
Les Trois Boy-scouts eran textos sagrados que me guiaban
por el camino de la muerte y la resurrección. Y de
pronto sus autores me habían traicionado; habían puesto
el heroísmo al alcance de cualquiera; el valor y el
don de sí se volvían virtudes cotidianas; aún peor, se
les degradaba al rango de los deberes más elementales.
El cambio del decorado correspondía a la metamorfosis:
el gran sol único y la luz individualista del Ecuador habían
sido reemplazados por las brumas colectivas de la
Argonne.
Tras una interrupción de varios meses, resolví tomar
de nuevo la pluma para escribir una novela como
me dictaba el corazón y dar una buena lección a esos
Señores. Era en octubre de 1914 y no nos habíamos ido
todavía de Arcachon. Mi madre me compró unos cuadernos
todos iguales; en la tapa malva había una figura
de Juana de Arco con casco, signo de los tiempos. Bajo
Las palabras 143
los auspicios de la Doncella, empecé la historia del soldado
Perrin, que raptaba al Kaiser, y se lo llevaba amarrado
hasta nuestras líneas; luego, ante el regimiento reunido,
le provocaba a un combate singular, le vencía y,
poniéndole la punta del cuchillo en la garganta, le obligaba
a firmar una paz infamante y a devolvernos Alsacia-
Lorena. Al cabo de una semana me harté de mi relato.
Había tomado la idea del duelo de las novelas de capa
y espada: Stoerte-Becker, hijo de familia acomodada y
proscrito, entraba en una taberna de bandidos; insultado
por un hércules, el jefe de la banda, le mataba a puñetazos,
ocupaba su lugar y salía, como jefe de los truhanes,
justo a tiempo para embarcar a sus tropas en un
barco pirata. Leyes inmutables y estrictas regían la ceremonia:
necesario era que el campeón del Mal pasase
por invencible y que el del Bien se batiese bajo los abucheos
hasta que su inesperada victoria helase de espanto
a sus detractores. Pero yo, con mi inexperiencia, había
infringido todas las reglas y hecho lo contrario de
lo que deseaba: el Kaiser, por robusto que fuese, no
tenía un brazo muy fuerte; se sabía de antemano que
Perrin, magnífico atleta, le haría papilla. Además, el público
le era hostil, nuestros soldados le expresaban el
odio que sentían por él; por una inversión que me dejó
estupefacto, Guillermo II, criminal pero solo, cubierto
de insultos y de escupitajos^ usurpó ante mis ojos el robusto
desamparo de mis héroes.
Y aún peor. Hasta entonces, nada había confirmado
ni desmentido lo que Louise llamaba mis «elucubraciones
»: África era vasta, lejana, poco poblada, faltaban las
informaciones, nadie podía probar que no estuviesen
allí mis exploradores, que no disparasen contra los pigmeos
justo en el momento en que yo contaba su combate.
No llegaba hasta el punto de tomarme por su historiógrafo,
pero me habían hablado tanto de la realidad
de las obras novelescas que pensaba decir la verdad a
través de mis fábulas, de una manera que aún se me
escapaba pero que saltaría a la vista de mis futuros lectores.
Ahora bien, en ese desdichado mes de octubre
144 Jean-Paul Sartre
asistí, impotente, al choque de la ficción y de la realidad:
el Kaiser nacido de mi pluma, vencido, ordenaba
el alto del fuego; era preciso, pues, en buena lógica, que
ese otoño viese el retorno de la paz; pero los periódicos
y los adultos repetían precisamente a todas horas
que nos instalábamos en la guerra y que iba a durar.
Yo me sentí engañado; yo era un impostor, contaba bobadas
que nadie querría creer; en una palabra descubrí
la imaginación. Me releí por primera vez en mi vida.
Avergonzado. ¿Era yo, yo quien se había complacido
con esos fantasmas pueriles? Poco faltó para que renunciase
a la literatura. Al final, me llevé el cuaderno a la
playa y lo enterré en la arena. Se me pasó el malestar;
recuperé la confianza: no había duda de que estaba predestinado:
lo que ocurría era, sencillamente, que las Bellas
Letras tenían un secreto, que algún día me revelarían.
Entre tanto, la edad me imponía una reserva extrema.
No volví a escribir.
Regresamos a París. Yo abandoné para siempre a Arnould
Galopin y a Jean de la Hire: no podía perdonar
a esos oportunistas que hubiesen tenido razón a mis
expensas. Me disgustó la guerra, epopeya de la mediocridad;
agriado, deserté de mi época y me refugié en el
pasado. Unos meses antes, a fin de 1913, había descubierto
a Nick Carter, Buffalo Bill, Texas Jack, Sitting
Bull; estas publicaciones desaparecieron en cuanto empezaron
las hostilidades: mi abuelo pretendía que el editor
era alemán. Afortunadamente, casi todas las entregas
aparecidas se encontraban en los puestos de reventa
de los muelles. Y arrastré a mi madre hasta las orillas
del Sena, nos pusimos a registrar los cajones uno por
uno desde la estación de Orsay hasta la de Austerlitz;
algunas veces conseguimos quince fascículos a la vez;
llegué muy pronto a tener quinientos. Los colocaba en
pilas regulares; no me cansaba de contarlos, de pronunciar
en voz alta sus títulos misteriosos: Un crime en
ballon, Le Pacte avec le Diable, Les Esclaves du Baron
Moutoushimi, La Résurrection de Dazaar. Me gustaba
que estuviesen amarillentos, manchados, endurecidos con
Las palabras 145
un extraño olor a hojas muertas: eran hojas muertas,
ruinas, ya que la guerra había detenido todo; yo sabía
que nunca conocería la última aventura del hombre de
la luenga cabellera, que ignoraría siempre la última investigación
del rey de los detectives; esos héroes solitarios
eran, como yo, víctimas del conflicto mundial y por
eso los quería aún más. Para delirar de alegría me bastaba
con contemplar los grabados en colores que adornaban
las portadas. Buffalo Bill, a caballo, galopaba por
la pradera, unas veces persiguiendo a los indios y otras
huyendo de ellos. Prefería las ilustraciones de Nick Carter.
Pueden parecer monótonas: en casi todas el gran
detective tira a alguien de un puñetazo, o le tiran a él.
Pero esas peleas tenían lugar en las calles de Manhattan,
en los solares, rodeados por empalizadas oscuras o por
frágiles edificios cúbicos con color de sangre seca; me
fascinaba, imaginaba una ciudad puritana y sangrienta
devorada por el espacio y disimulando apenas la sabana
sobre la cual estaba construida: en un sitio así estaban
fuera de la ley el crimen y la virtud; el asesino y el justiciero,
uno y otro libres y soberanos, se las entendían a
navajazos por la noche. En esta ciudad, como en África,
bajo el mismo sol de fuego, el heroísmo volvía a ser
una perpetua improvisación; de ahí proviene mi pasión
por Nueva York.
Olvidé al mismo tiempo la guerra y mi mandato.
Cuando me preguntaban: «¿Qué harás cuando seas mayor?
», yo contestaba amablemente, modestamente, que
escribiría, pero había abandonado mis sueños de gloria
y los ejercicios espirituales. Tal vez gracias a esto fueran
aquellos años los más felices de mi infancia. Mi madre
y yo teníamos la mismo edad y no nos dejábamos. Ella
me llamaba su caballero, su hombrecito; yo le decía todo.
Más que todo: la escritura, metida dentro, se me
volvió chachara y volvió a salir por mi boca; describía
lo que veía, lo que Anne-Marie veía tan bien como yo,
las casas, los árboles, la gente; me otorgaba sentimientos
por la satisfacción de comunicárselos, me volví un
transformador de energía: el mundo me usaba para vol146
Jean-Paul Sartre
verse palabra. Esto empezaba como una charla anónima
en mi cabeza; alguien decía: «Ando, me siento, bebo
un vaso de agua, como una almendra garrapiñada».
Yo repetía en alta voz este comentario perpetuo: «Ando,
mamá, bebo un vaso de agua, me siento». Creí tener
dos voces, una de las cuales —que apenas me pertenecía
y no dependía de mi voluntad— dictaba a la
otra lo que tenía que decir; decidí que yo era doble.
Estas ligeras confusiones persistieron hasta el verano;
me agotaban, me irritaban y llegaron a asustarme. «En
mi cabeza hay alguien que habla», dije a mi madre, que,
por suerte, no se preocupó.
Eso no estropeaba ni mi felicidad ni nuestra unión.
Tuvimos nuestros mitos, nuestros tics de lenguaje, nuestras
bromas rituales. Durante casi un año terminé por
lo menos una de cada diez frases con estas palabras pronunciadas
con una resignación irónica: «Pero no importa
». Decía: «Ahí va un perrazo blanco. No es blanco, es
gris, pero no importa». Tomamos la costumbre de contarnos
los incidentes menudos de nuestra vida con un
estilo épico a medida que se iban produciendo; hablábamos
de nosotros en la tercera persona del plural. Esperábamos
el autobús, pasaba delante de nosotros sin
detenerse; uno de nosotros decía entonces: «Dieron una
patada en el suelo maldiciendo al cielo», y nos echábamos
a reír. Cuando había gente delante, teníamos nuestras
connivencia; nos bastaba con un guiño. En un almacén,
en un salón de té, la vendedora nos parecía cómica;
mi madre me decía al salir: «No te he mirado
porque me daba miedo echarme a reír en sus narices».
Y yo me sentía orgulloso de mi poder; no hay tantos
niños capaces de hacer soltar el trapo a su madre con
una sola mirada. Eramos tímidos y teníamos miedo juntos;
un día, en los muelles, había descubierto doce números
de Buffalo Bill que no tenía aún; mi madre iba
a pagarlos cuando se acercó un hombre, gordo y pálido,
con unos ojos muy negros, bigotes engomados, sombrero
de paja y ese aspecto comestible que procuraban tener
las bellezas masculinas de la época. Miraba fijamenLas
palabras 147
te a mi madre, pero se dirigió a mí: «Cómo te miman,
pequeño, cómo te miman», repetía precipitadamente.
Primero no hice más que ofenderme: no se me tuteaba
tan rápido; pero comprendí su mirada maníaca y Anne-
Marie y yo no fuimos más que una muchacha asustada
que salta hacia atrás. El hombre, desconcertado, se alejó;
he olvidado miles de rostros pero aún recuerdo esa
cara de manteca; yo ignoraba todo de la carne y no imaginaba
lo que ese hombre quería de nosotros, pero es
tal la evidencia del deseo que me parecía comprender,
y que, en cierta forma, todo me había sido desvelado.
Había sentido ese deseo a través de Anne-Marie; a través
de ella aprendía a husmear al macho, a temerle, a
odiarlo. Este incidente reforzó nuestros lazos; yo trotaba,
con un gesto duro, de la mano de mi madre, y estaba
seguro de que la protegía. ¿Es el recuerdo de aquellos
años? Aún hoy me gusta ver a un niño excesivamente
serio que habla con su madre-niña gravemente,
tiernamente; me gustan esas dulces amistades salvajes
que nacen lejos de los hombres y contra ellos. Contemplo
largamente a esas parejas pueriles y después recuerdo
que soy un hombre y vuelvo la cabeza.
El segundo acontecimiento se produjo en octubre de
1915. Yo tenía diez años y tres meses, y ya no podían
tenerme más tiempo bajo secuestro. Charles Sdrweitzer
se guardó sus rencores y me inscribió en el Liceo Henri
IV en calidad de alumno externo.
En la primera composición, fui el último. Joven feudal,
para mí la enseñanza era un lazo personal: la señorita
Marie-Louise me había dado su saber por amor,
yo lo había recibido por bondad, por amor a ella. Me
desconcertaron esos cursos ex cathedra que se dirigían
a todos, la frialdad democrática de la ley. Sometido a
continuas comparaciones, mis superioridades soñadas se
desvanecieron: siempre había alguien que contestase
mejor y más rápido que yo. Demasiado querido para
ponerme en tela de juicio, yo admiraba de buena gana
a mis compañeros y no los envidiaba; ya me llegaría el
turno. A los cincuenta años. En una suma, me perdía sin
148 Jean-Paul Sartre
sufrir; embargado por la turbación del mal discípulo,
entregaba con mucho celo unos deberes execrables. Mi
abuelo empezaba a fruncir el entrecejo; mi madre se
apresuró a pedir una cita al señor Ollivier, mi principal
profesor. Nos recibió en su pequeño departamento de
soltero; mi madre había adoptado su voz cantarína; yo
estaba de pie junto a su sillón y le escuchaba mientras
miraba al sol a través del polvo de los cristales de la
ventana. Ella trató de probar que yo valía más que mis
deberes: había aprendido a leer solo, escribía novelas;
a falta de más argumentos reveló que había nacido de
diez meses: más hecho que los demás, más dorado, más
churruscado por haberme estado más tiempo en el horno.
El señor Ollivier, más sensible a sus encantos que
a mis méritos, la escuchaba atentamente. Era un hombre
alto, descarnado, calvo, todo cabeza, con ojos hundidos,
tez de cera y algunos pelos rojos bajo su arqueada
nariz. Se negó a darme clases particulares, pero prometió
«seguirme». Yo no pedía nada mejor; acechaba
su mirada durante las clases, estaba seguro de que sólo
hablaba para mí; creí que me quería, yo le quería a él
y algunas palabras amables lograron el resto; me volví
buen alumno sin mucho esfuerzo. Mi abuelo razonaba
cuando leía las notas trimestrales, pero ya no pensaba
retirarme del colegio. En segundo, tuve otro profesor,
perdí el trato de favor, pero ya me había acostumbrado
a la democracia.
Los trabajos escolares no me dejaban tiempo para escribir;
mis nuevas amistades me quitaron hasta las ganas
de hacerlo. ¡Por fin tenía camaradas! Me habían
adoptado desde el primer día, a mí, el excluido de los
jardines públicos, y de la manera más natu-al del mundo;
no cabía en mí de gozo. A decir verdad, me parecía
que mis amigos estaban más cerca de mí que los jóvenes
Pardaillanes que me habían roto el corazón; eran
externos, hijos de mamá, alumnos aplicados. No importa;
yo exultaba. Tuve dos vidas. En casa seguía remedando
al hombre. Pero entre ellos, los niños detestan el
infantilismo; son hombres de verdad. Hombre entre
Las palabras 149
hombres, yo salía todos los días del colegio en compañía
de los tres Malaquin, Jean, René, André, de Paul y de
Norbert Meyre, de Brun, de Max Bercot, de Grégoire,
corríamos gritando por la plaza del Panteón, era un momento
de grave felicidad; me lavaba de la comedia familiar;
lejos de querer brillar, me reía como un eco, repetía
las consignas y las palabras chistosas, me callaba,
obedecía, imitaba los gestos de mis vecinos, no tenía
más que una pasión: integrarme. Seco, duro y alegre,
me sentía de acero, liberado por fin del pecado de existir;
jugábamos a la pelota entre el Hôtel des Grands
Hommes y la estatua de Jean-Jacques Rousseau; yo era
indispensable, the right man in the right place. Ya no
envidiaba nada al señor Simonnot; ¿a quién habría hecho
su pase Meyre, tras haber regateado a Grégoire, si
no hubiera estado yo, presente aquí, ahora? Qué insípidos
y lúgubres parecían mis sueños de gloria al lado
de esas intuiciones fulgurantes que me descubrían mi
necesidad.
Desgraciadamente tardaban menos en apagarse que
en encenderse. Nuestros juegos nos «sobreexcitaban»,
como decían nuestras madres, y a veces transformaban
nuestros grupos en una pequeña multitud unánime que
me tragaba; pero nunca pudimos olvidar mucho rato a
nuestros padres, cuya invisible presencia nos hacía recaer
en seguida en la soledad en común de las colonias
animales. Nuestra sociedad, sin finalidad, sin meta, sin
jerarquía, oscilaba entre la fusión total j la yuxtaposición.
Cuando estábamos juntos, vivíamos en la verdad,
pero no podíamos defendernos del sentimiento que nos
prestaban los unos a los otros y de que pertenecíamos
cada uno de nosotros a colectividades estrechas, poderosas
y muy primitivas, que forjaban mitos fascinantes,
se alimentaban con el error y nos imponían su arbitrariedad.
Mimados y bien pensantes, sensibles, razonadores,
espantados por el desorden, odiando la violencia y
la injusticia, unidos y separados por la tácita convicción
de que el mundo había sido creado para nuestro uso y
que nuestros respectivos progenitores eran los mejores
150 Jean-Paul Sartre
del mundo, tomábamos a pecho no ofender a nadie y ser
corteses hasta en nuestros juegos. Las bromas y las burlas
estaban severamente proscritas; si alguno se dejaba
llevar por el malhumor, los demás le rodeaban, le calmaban,
le obligaban a disculparse, era su propia madre
quien le reprendía por boca de Jean Malaquin o de Norbert
Meyre. Por lo demás, todas esas señoras se conocían
y se trataban cruelmente; se contaban nuestros dichos,
nuestras críticas, los juicios de cada uno sobre
todos; nosotros, los hijos, nos ocultábamos los de ellas.
Mi madre volvió irritada de una visita a la señora de
Malaquin, quien le había dicho a las primeras de cambio:
«A André le parece que Poulou se da mucho pisto».
No le di importancia; así hablan las madres entre ellas;
yo no guardé ningún rencor a André ni le dije nada.
En suma, respetábamos a todo el mundo, a ricos y pobres,
a soldados y paisanos, a jóvenes y viejos, a hombres
y animales; sólo despreciábamos a los mediopensionistas
y a los internos; tenían que ser muy culpables
para que los hubiesen abandonado sus familias; tal vez
tuviesen malos padres, pero eso no solucionaba nada,
porque los niños tienen los padres que se merecen. Por
la tarde, después de las cuatro, cuando se habían ido
los externos, el colegio se volvía un lugar peligroso.
Unas amistades tan precavidas no dejan de tener cierta
frialdad. Al llegar las vacaciones, nos separábamos
sin pena. Sin embargo, yo quería a Bercot. Hijo de viuda,
era mi hermano. Era guapo, frágil y amable, no me
cansaba de contemplar sus largos cabellos negros peinados
a lo Juana de Arco. Pero sobre todo nos enorgullecíamos
ambos de haber leído todo y nos aislábamos
en un rincón del patio para hablar de literatura, es decir,
para volver a empezar cien veces, siempre con el
mismo gusto, la enumeración de las obras que habían
pasado por nuestras manos. Un día me miró con aire
maníaco y me dijo que quería escribir. Volví a encontrármelo
más tarde en retórica, tan guapo como siempre,
pero tuberculoso; murió a los dieciocho años.
Las palabras 151
Todos, incluso Bercot, admirábamos a Bénard, un
muchacho friolero y redondo que parecía un pollito. La
fama de sus méritos había llegado a oídos de nuestras
madres, a quienes no dejaba de molestarles, aunque no
se cansaban de ponérnoslo como ejemplo, sin que por
ello lograran que le cogiésemos rabia. Juzgúese de nuestra
parcialidad: era mediopensionista y por eso le queríamos
más; para nosotros era un externo honorario.
Por la noche, bajo la lámpara familiar, pensábamos en
ese misionero que se había quedado en la jungla para
convertir a los caníbales del internado y sentíamos menos
miedo. Es justo decir que hasta los propios internos
le respetaban. Ya no veo muy claramente las razones
de esa aceptación unánime. Bénard era tierno, amable,
sensible\, y era el primero en todo. Y además, su
madre se sacrificaba por él. Nuestras madres no visitaban
a esa costurera, pero nos hablaban mucho de ella
para que midiésemos la grandeza del amor materno;
nosotros sólo pensábamos en Bénard, que era la luz, la
alegría de esa desgraciada; medíamos la grandeza del
amor filial; todo el mundo se enternecía con esos buenos
pobres. Sin embargo, eso no habría bastado; la verdad
era que Bénard vivía sólo a medias; nunca le vi
sin una gran bufanda de lana; nos sonría amablemente,
pero hablaba poco, y recuerdo que le habían prohibido
jugar con nosotros. Por mi parte, le veneraba tanto
más cuanto que su fragilidad nos separaba de él: le habían
puesto bajo una campana de cristal: nos saludaba
y hacía señas desde detrás del cristal, pero no nos acercábamos
a él; le queríamos de lejos porque su vida tenía
la discreción de los símbolos. La infancia es conformista:
le agradecíamos que llevase la perfección hasta
la impersonalidad. Si hablaba con nosotros, la insignificancia
de sus palabras nos llenaba de satisfacción; nunca
le vimos enfadado o excesivamente alegre; en clase, nunca
levantaba el dedo, pero cuando le preguntaban, por
su boca hablaba la Verdad, sin ninguna duda, sin exceso,
justo como debe de hablar la Verdad. Sorprendía
mucho a nuestra banda de niños prodigios porque era
152 Jean-Paul Sartre
el mejor sin ser prodigioso. En aquellos tiempos todos
éramos más o menos huérfanos de padres; esos señores,
o se habían muerto, o estaban en el frente los que
quedaban, disminuidos o desvirilizados, trataban de que
sus hijos los olvidasen; era el reino de las madres: Bénard
nos reflejaba las virtudes negativas de ese matriarcado.
Se murió al final del invierno. Los niños y los soldados
apenas si se preocupan por los muertos; sin embargo,
lloramos los cuarenta detrás de su ataúd. Nuestras
madres velaban: las flores colmaron el abismo; lo hicieron
tan bien que tomamos su desaparición por un superpremio
de excelencia concedido a lo largo del curso.
Y además Bénard vivía tan poco que realmente no murió;
quedó entre nosotros como una presencia difusa y
sagrada. Nuestra moralidad dio un salto: teníamos a
nuestro querido difunto, hablábamos de él en voz baja,
con una satisfacción melancólica, también nos ocurriere
a nosotros desaparecer prematuramente. Tal vez. Nos
imaginábamos las lágrimas de nuestras madres y nos
sentíamos preciosos. ¿No he soñado, sin embargo? Guardo
confusamente el recuerdo de una atroz evidencia: esa
costurera, esa viuda, había perdido todo. ¿Me horrorizó
verdaderamente ese pensamiento? ¿Entrevi realmente el
Mal, la ausencia de Dios, un mundo inhabitable? Creo
que sí; ¿por qué, si no, en mi infancia renegada, olvidada,
perdida, conservó la imagen de Bénard su dolorosa
nitidez?
Una semana después, el segundo curso A I fue escenario
de un acontecimiento singular: estábamos en clase
de latín cuando se abrió la puerta, entró Bénard escoltado
por el portero, saludó al señor Durry, nuestro profesor,
y se sentó. Todos reconocimos sus gafas de alambre,
su bufanda, su nariz un poco arqueada, su aire de
pollito friolero; yo creí que nos lo devolvía Dios. El señor
Durry pareció compartir nuestro estupor: se interrumpió,
respiró muy fuerte y preguntó: «Apellido,
nombre, condición, profesión de los padres». Bénard
contestó que era mediopensionista e hijo de ingeniero,
Las palabras 153
y que se llamaba Paul-Yves Nizan. Yo era el más sorprendido
de todos; en el recreo me acerqué a él y él contestó:
estábamos unidos. Sin embargo, hubo un detalle
que me hizo presentir que no se trataba de Bénard, sino
de un simulacro satánico: Nizan era bizco. Ya era demasiado
tarde para tenerlo en cuenta: en esa cara yo
no había amado la encarnación del Bien: acabé queriéndole
por sí mismo. Había caído en la trampa, mi inclinación
por la virtud me había llevado a querer al Diablo.
A decir verdad, el seudo-Bénard no era malo: vivía
y nada más; tenía todas las cualidades de su sosias,
pero marchitas. En él, la reserva de Bénard se volvía
disimulo; cuando estaba dominado por las emociones
violentas y pasivas, no gritaba, pero le vimos ponerse
blanco de ira, tartamudear; lo que tomábamos por dulzura
no era más que una parálisis momentánea; no era
la verdad lo que se expresaba por su boca, sino una especie
de objetividad cínica y ligera que nos ponía incómodos
porque no estábamos acostumbrados a ella, y,
aunque naturalmente adorase a sus padres era el único
que hablaba de ellos con ironía. En clase brillaba menos
que Bénard; pero había leído mucho y quería escribir.
En suma, era una persona completa y nada me extrañaba
más que ver una persona bajo los rasgos de
Bénard. Obsesionado con este parecido, nunca sabía yo
si había que elogiarle por tener la apariencia de la virtud,
o si había que condenarle por no tener nada más
que la apariencia y entonces pasaba sin cesar de la confianza
ciega a la desconfianza irrazonable. Sólo nos hicimos
auténticos amigos mucho más tarde, tras una larga
separación.
Durante dos años estos acontecimientos y estos encuentros
suspendieron mis pensamientos habituales sin
eliminar su causa. En realidad, en el fondo nada había
cambiado; ya no pensaba en ese mandato depositado en
mí por los adultos bajo pliego lacrado, pero subsistía.
Se apoderó de mi persona. Me vigilaba, a los nueve años,
hasta en mis mayores excesos. A los diez, me perdí de
vista. Corría con Brun, charlaba con Bercot, con Nizan;
154 Jean-Paul Sartre
durante ese tiempo, mi falsa misión, abandonada a sí
misma, tomó cuerpo y al final cayó en mi noche; no
volví a verla más, pero ella me hizo; ejercía su fuerza
de atracción sobre todo, curvando árboles y muros, arqueando
el cielo por encima de mi cabeza. Me había tomado
por un príncipe y mi locura consistió en serlo.
Neurosis caracterológica, dice un analista amigo mío.
Tiene razón; entre el verano de 1914 y el otoño de
1916 mi mandato se convirtió en mi carácter; mi delirio
dejó mi cabeza para meterse en mis huesos.
No me ocurría nada nuevo; volvía a encontrar intacto
lo que había representado, profetizado. Había una
sola diferencia: realicé todo sin conocimiento, sin palabras,
a ciegas. Antes, me representaba mi vida por medio
de imágenes: era mi muerte provocando mi nacimiento,
era mi nacimiento lanzándome hacia la muerte;
en cuanto renuncié a verla me volví yo mismo esta
reciprocidad, me tensé hasta romperme entre estos dos
extremos, naciendo y muriendo con cada latido. Mi eternidad
futura se convirtió en mi porvenir concreto; hacía
sentir cada instante de frivolidad, estuvo en el centro
de la más profunda atención, una distracción aún
más profunda, el vacío de toda plenitud, la irrealidad
ligera de la realidad; me mataba, de lejos, el gusto de
un caramelo en la boca, las penas y los placeres en mi
corazón; pero salvaba al momento más nulo por la única
razón de que llegaba al final y de que me acercaba
a ella; me dio la paciencia de vivir; nunca volví a desear
saltar veinte años, a hojear otros veinte más, nunca
volví a imaginar los lejanos días de mi triunfo; esperé.
Después de cada minuto esperaba al próximo, porque
atraía al siguiente. Viví serenamente con extrema urgencia:
siempre delante de mí mismo, todo me absorbía,
nada me retenía. ¡Qué alivio! Antes mis días se parecían
tanto que a veces me preguntaba si no estaba condenado
a sufrir el eterno retorno del mismo. No habían
cambiado mucho, seguían teniendo la mala costumbre
de derrumbarse temblando; pero yo había cambiado en
ellos; ya no era el tiempo que volvía a fluir sobre mi
Las palabras 155
infancia inmóvil, sino que era yo, flecha disparada por
orden, quien agujereaba al tiempo y corría derecho hacia
el blanco. En 1948, en Utrecht, el profesor Van Lennep
me mostraba unos tests proyectivos. Una tarjeta
me llamó la atención; representaba un caballo al galope,
un hombre andando, un águila en pleno vuelo, una
canoa motora saltando; el sujeto debía decir qué viñeta
le daba la mayor sensación de velocidad. Yo dije: «Es
la canoa». Después miré curiosamente el dibujo que
se había impuesto tan brutalmente: la canoa parecía que
se iba a despegar del lago, un instante después planearía
por encima de aquel marasmo ondulante. En seguida
vi la razón de mí elección: a los diez años había
tenido la impresión de que mi roda hendía el presente
y me arrancaba de él; corrí desde entonces y sigo corriendo
aún. Para mí, la velocidad no estriba tanto en
la distancia recorrida en un lapso determinado, como
en el poder de arranque.
Hace más de veinte años, una noche Giacometti cruzaba
la plaza de Italie y un auto le atropello. Herido,
con una pierna torcida, en el desvanecimiento lúcido en
que había caído, lo primero que sintió fue una especie
de alegría. «¡Por fin me ocurre algo!» Conozco su radicalismo:
él esperaba lo peor; esta vida que le gustaba
tanto como para no desear ninguna otra, se halla derribada,
rota tal vez por la estúpida violencia del azar:
«Luego, se decía, yo no estaba hecho para esculpir, ni
siquiera para vivir; no estaba hecho para nada». Lo que
le exaltaba era el orden amenazante de las causas súbitamente
desenmascarado y también fijar en las luces de
la ciudad, en los hombres, en su propio cuerpo tirado
en el barro, la mirada petrificante de un cataclismo;
para un escultor nunca está lejos el reino mineral. Yo
admiro esa voluntad de acoger todo. Al que le gusten
las sorpresas, tiene que quererlas hasta ahí, hasta esos
raros destellos que revelan a los aficionados que la tierra
no está hecha para ellos.
A los diez años yo pretendía que sólo me gustaban
las sorpresas. Cada eslabón de mi vida debía de ser
156 Jean-Paul Sartre
imprevisto, oler a pintura fresca. Aceptaba de antemano
los contratiempos, las desventuras y, para ser justo,
debo decir que les ponía buena cara. Una noche se cortó
la electricidad: una avería; me llamaron desde otra
habitación, yo avancé con los brazos separados y me
golpeé tan fuerte en la cara contra una puerta que se
me rompió un diente. A pesar del dolor, me divirtió,
me reía. Como más tarde, aunque por razones diametralmente
opuestas, debía reírse Giacometti de su pierna.
Ya que había decidido que mi historia tendría un
desenlace feliz, lo imprevisto no podía ser más que un
señuelo y la novedad, una apariencia; al hacerme nacer,
la exigencia de los pueblos había regulado todo; en ese
diente roto vi un signo, una oscura premonición que
comprendería más adelante. Dicho de otra manera, conservaba
el orden de los fines en cualquier circunstancia,
a cualquier precio; contemplaba mi vida a través de mi
defunción y no veía más que una memoria cerrada de
la que nada podía salir, donde nada entraba. ¿Se imaginan
mi seguridad? El azar no existía; no tenía que
habérmelas más que con sus imitaciones providenciales.
Los periódicos hacían creer que por las calles se arrastraban
unas fuerzas dispersas que segaban a la gente
menuda; yo, el predestinado, no las encontraría. Tal vez
perdiera un brazo, una pierna, ambos ojos. Pero todo
consistía en la manera: mis infortunios siempre serían
pruebas, medios para hacer un libro. Aprendí a soportar
las penas y las enfermedades; vi en ellas las primicias
de mi muerte, los escalones que ésta iba esculpiendo
para elevarme hasta ella. No me disgustaba esta
solicitud un tanto brutal, y estaba muy interesado en
mostrarme digno de ella. Para mí lo peor era la condición
de lo mejor; servían hasta mis faltas, lo que quiere
decir que nunca las cometía. A los diez años, estaba
seguro de mí mismo: modesto, intolerable, veía en mis
derrotas las condiciones de mí victoria postuma. Ciego
o sin piernas, descarriado, ganaría la guerra a fuerza
de perder las batallas. No veía diferencia entre las pruebas
reservadas a los elegidos y los fracasos cuya responLas
palabras 157
sabílídad me concernía, lo que significa que, en el fondo,
mis crímenes me parecían infortunios y que reivindicaba
mis desgracias como faltas; de hecho, yo no
podía contraer una enfermedad, ya fuese el sarampión
o un resfrío, sin declararme culpable: había descuidado
la vigilancia, había olvidado ponerme el abrigo o la bufanda.
Siempre he preferido acusarme que acusar al universo;
y no por bondad, sino para no depender más
que de mí. Esta arrogancia no excluía la humildad;
aceptaba ser falible sin resistirme porque mis fallos eran
forzosamente el camino más corto para llegar al Bien.
Me las arreglaba para sentir en el movimiento de mi
vida una atracción irresistible que, aunque fuese a pesar
de mí, me obligase a hacer nuevos progresos.
Todos los niños saben que progresan. Además, no
se les permite que lo ignoren: «Progresos por hacer,
progresando, progresos serios y regulares...» Las personas
mayores nos contaban la historia de Francia, después
de la primera República, la incierta, estuvo la segunda,
y luego la tercera, que era la buena: nunca hay
dos sin tres. El optimismo burgués se resumía entonces
en el programa de los radicales: abundancia creciente de
bienes, supresión del pauperismo por la multiplicación
de las luces y de la pequeña propiedad. A nosotros, jóvenes
señores, nos lo habían puesto a nuestro alcance,
y descubríamos, satisfechos, que nuestros progresos individuales
reproducían los de la nación. Sin embargo,
eran raros los que se querían elevar por encima de sus
padres; la mayor parte sólo quería alcanzar la edad de
ser hombre; después dejarían de crecer y de desarrollarse:
era el mundo que estaba a su alrededor lo que se volvería
espontáneamente mejor y más confortable. Algunos
de nosotros esperaban ese momento con impaciencia,
otros con miedo y otros con pesar. En cuanto a mí,
hasta entonces, creía en la indiferencia, me tenía sin
cuidado la pretexta. Mi abuelo me encontraba minúsculo
y se desconsolaba: «Tendrá la estatura de los Sartre
», decía mi abuela para molestarle. El hacía como
que no lo oía, se plantaba delante de mí, me miraba de
158 Jean-Paul Sartre
arriba a abajo: «¡Está creciendo!», decía por fin sin demasiada
convicción. Yo no compartía ni sus inquietudes
ni sus esperabas; también crecen las malas hierbas;
la prueba es que se puede llegar a ser alto sin dejar de
ser malo. Mi problema, entonces, era ser bueno in aeternum.
Todo cambió cuando mi vida se aceleró: no bastaba
hacerlo bien, sino que había que hacerlo mejor en
todo momento. Ya no tuve más que una ley: trepar.
Para alimentar mis pretensiones y para ocultar su desmesura,
recurrí a la experiencia común: me empeñé en
ver en los progresos vacilantes de mi infancia los primeros
efectos de mi destino. Estas mejoras auténticas,
aunque pequeñas y de lo más ordinarias, me dieron la
ilusión de probar mi fuerza ascendente. Niño público,
adopté en público el mito de mi clase y de mi generación:
se aprovecha lo adquirido, se capitaliza la experiencia,
el presente se enriquece con todo el pasado.
En la soledad, distaba mucho de sentirme satisfecho. No
podía admitir que se recibiese el ser desde fuera, que
se conservase por inercia ni que los movimientos del alma
fuesen los efectos de movimientos anteriores. Nacido
de una espera futura, saltaba, luminoso, total, y
cada instante repetía la ceremonia de mi nacimiento:
quería ver en los afectos de mi corazón un crepitar de
chispas. ¿Por qué había de enriquecerme el pasado? El
no me había hecho, era yo, por el contrario, resucitado
de mis cenizas, el que arrancaba de la nada a mi memoria
por una creación siempre recomenzada. Renacía
mejor y utilizaba mejor las inertes reservas de mi alma
por la simple razón de que cada vez la muerte, más
próxima, me iluminaba más fuerte con su oscura luz.
Me decían muchas veces: el pasado nos empuja, pero yo
estaba convencido de que me atraía el porvenir; habría
detestado sentir en mí fuerzas flojas para la labor, el
lento despliegue de mis disposiciones. Había metido en
mi alma el progreso continuo de los burgueses y hacía
de él un motor de explosión; rebajé el pasado ante el
presente y a éste ante el porvenir, transformé un evolucionismo
tranquilo en un catastrofismo revolucionario
Las palabras 159
y discontinuo. Hace algunos años me hicieron ver que
los personajes de mis obras de teatro y de mis novelas
toman sus decisiones bruscamente y por crisis, que, por
ejemplo, basta un instante para que el Orestes de Las
moscas lleve a cabo su conversión. Caramba, es que los
hago a mi imagen y semejanza; desde luego no como yo
soy, sino como he querido ser.
Me volví traidor y no he dejado de serlo. Por mucho
que me meta por entero en lo que haga, que me entregue
sin reservas al trabajo, a la ira, a la amistad, sé que
en un instante lo renegaré, lo quiero así y me traiciono,
ya en plena pasión, por el alegre presentimiento de
mi futura traición. De una manera general, mantengo
mis compromisos como cualquier otro; constante en mis
afectos y en mi conducta, soy infiel a mis emociones:
monumentos, cuadros, paisajes, hubo un tiempo en que
el último que hubiera visto era siempre el más hermoso;
enojaba a mis amigos evocando cínica o simplemente
con ligereza —para convencerme de que me sentía
despegado— un recuerdo común que podía ser precioso
para ellos. Al no poder quererme lo bastante, huí
hacia adelante; resultado: aún me quiero menos, esta
inexorable progresión me descalifica constantemente ante
mí mismo: ayer actué mal porque era ayer y presiento
hoy el severo juicio que haré mañana sobre mí. Sobre
todo, nada de promiscuidad: mantengo a mi pasado a
respetuosa distancia. La adolescencia, la edad madura,
hasta el año que acaba de pasar, serán siempre el Antiguo
Régimen; el Nuevo se anuncia en la hora presente
pero no está instituido nunca: hoy no se fía, mañana,
sí. Sobre todo he borrado mis primeros años; cuando
empecé este libro necesité mucho tiempo para descifrarlos
bajo las tachaduras. Había amigos que se extrañaban,
cuando yo tenía treinta años: «Se diría que no ha
tenido usted padres. Ni infancia». Y yo era tan tonto
como para sentirme halagado. Sin embargo, aprecio y
respeto la humilde y tenaz fidelidad que determinadas
peronas —sobre todo mujeres— mantienen por sus gustos,
sus deseos, sus antiguas empresas, por las fiestas des160
Jean-Paul Sartre
aparecidas; admiro su voluntad de seguir siendo los
mismos en medio del cambio, de salvar su memoria, de
llevarse con la muerte la primera muñeca, un diente
de 4eche, un primer amor. He conocido a hombres que
se acostaron tardíamente con una mujer envejecida por
la sola razón de que la habían deseado en su juventud;
otros que guardaban rencor a los muertos o que se habrían
batido antes de reconocer una falta venal cometida
veinte años antes. A mí no me duran los rencores
y confieso todo, complacientemente; estoy muy dotado
para la autocrítica a condición de que no pretendan imponérmela.
Han atacado mucho, en 1936 y en 1945, al
personaje que llevaba mi nombre; ¿qué tengo yo que
ver con eso? Las afrentas recibidas las cargo en su débito:
ese imbécil ni siquiera sabía hacerse respetar. Me
encuentra un viejo amigo; exposición de amargura: hace
diecisiete años que rumia un agravio; en una circunstancia
determinada le traté sin mucha consideración.
Recuerdo vagamente que por entonces yo me defendía
contraatacando, que le reprochaba su susceptibilidad,
su manía de persecución, en una palabra, que
yo tenía mi versión personal de ese incidente: entonces
adopto la suya aún con mayor prontitud; abundo en su
sentido, me abrumo: me he comportado como un vanidoso,
como un egoísta, no tengo corazón; es una alegre
matanza: me deleito con mi lucidez; reconocer mis faltas
con tan buena gracia es probarme que ya no las podría
cometer. ¿Puede creerse? Mi lealtad, mi generosa
confesión no hacen más que irritar al ofendido. Me ha
descubierto el juego, sabe que me sirvo de él; a quien
guardo rencor es a mí, a mí, vivo, presente, pasado, el
mismo que él ha conocido siempre, y yo le abandono
un despojo inerte por el gusto de sentirme un niño que
acaba de nacer. Acabo por enfurecerme a mi vez contra
ese furioso desenterrador de cadáveres. Inversamente, si
me recuerdan alguna circunstancia en la que, según me
dicen, no hice mal papel, borro ese recuerdo con la
mano; me creen modesto y soy todo lo contrario: pienso
que hoy lo haría mejor y mucho mejor mañana. A los
Las palabras 161
escritores de edad madura no les gusta que se les felicite
con mucha convicción por su primera obra, pero
estoy seguro de que es a mí a quien menos le gusta. Mi
mejor libro es el que estoy escribiendo; después viene
el último publicado, pero ya me estoy preparando para
que no me guste. Si los críticos lo encuentran malo hoy,
tal vez me hirieran, pero dentro de seis meses no distaré
mucho de compartir su opinión. Con la condición,
sin embargo, de que esa obra la pongan por encima de
todo lo que he hecho anteriormente; consiento que desprecien
el conjunto con tal que se mantenga la jerarquía
cronológica, la única que me conserva la posibilidad
de que mañana pueda hacerlo mejor, mejor aún
pasado mañana y de que acabe con una obra maestra.
Claro está que no me engaño; ya sé que nos repetimos.
Pero este conocimiento adquirido más recientemente
corroe mis viejas evidencias sin disiparlas del todo.
Mi vida tiene algunos testigos severos que no me perdonan
nada; me sorprenden a veces cayendo en los mismos
pasos. Me lo dicen, les creo y luego, en el último
momento, me felicito: ayer estaba ciego; mí progreso
de hoy es haber comprendido que ya no progreso. A
veces soy yo mismo mi testigo de cargo. Por ejemplo,
me doy cuenta de que, dos años antes, escribí una página
que me podría servir. La busco, no la encuentro;
mejor, por ceder a la pereza iba a meter una cosa vieja
en una obra nueva, ahora escribo mucho mejor, voy a
rehacerla. Cuando he terminado el trabajo, encuentro
por casualidad la hoja perdida. Estupor: con la diferencia
de alguna coma, expresaba la misma idea con los
mismos términos. Dudo y después tiro a la canasta este
documento prescrito, guardo la nueva versión: tiene un
no sé qué de superior sobre la antigua. En una palabra,
me arreglo; desilusionado, me engaño para sentir aún,
a pesar del envejecimiento que me arruina, la joven
embriaguez del alpinista.
A los diez años aún no conocía mis manías, mis repeticiones,
y la duda ni me rozaba; corría de un lado
para otro, charlaba, fascinado por los espectáculos de la
162 Jean-Paul Sartre
calle, no dejaba de cambiar de piel y oía a mis viejas
pieles caer una tras otra. Cuando subía por la calle Souiflot,
sentía a cada paso, en la deslumbrante desaparición
de los escaparates, el movimiento de mi vida, su ley
y el hermoso mandato de ser infiel a todo. Yo me llevaba
todo entero conmigo. Mi abuela quiere renovar
la vajilla: yo la acompaño a un almacén de porcelanas
y de cristalería; ella señala una sopera cuya tapadera
tiene una manzana roja, y platos con flores. No es exactamente
lo que quiere: en los platos hay flores, naturalmente,
pero también hay insectos oscuros que trepan
por los tallos. La vendedora se anima a su vez: ella sabe
muy bien lo que quiere la cliente, tenía el artículo
pero no se fabrica desde hace tres años; este modelo
es más reciente, más ventajoso, y además, con o sin
insectos, las flores, ¿no es cierto?, son siempre flores,
y la verdad es que nadie se pondrá a buscar el bichito.
Mi abuela no comparte esa opinión, insiste: ¿no se podría
mirar en la trastienda? Ah, en la trastienda, sí, claro,
pero hará falta un poco de tiempo y la vendedora
está sola: el empleado acaba de dejarla. Me han mandado
a un rincón advirtiéndome que no toque nada, me
han dejado olvidado ahí, aterrorizado por las fragilidades
que me rodean, por brillos polvorientos, por la máscara
de Pascual muerto, por un orinal que representa
la cabeza del presidente Fallieres. Pero a pesar de las
apariencias soy un falso personaje secundario. Es así
como determinados autores llevan a sus personajes secundarios
al proscenio y presentan a sus héroes fugazmente
de perfil. El lector no se equivoca; ha hojeado
el último capítulo para ver si la novela acaba bien, sabe
que el joven pálido, apoyado en la chimenea tiene trescientas
cincuenta páginas en el vientre. Trescientas cincuenta
páginas de amor y de aventuras. Yo por lo menos
tenía quinientas. Yo era el héroe de una larga historia
que terminaba bien. Pero había dejado de contarme
esta historia: ¿para qué? Me sentía novelesco, eso
era todo. El tiempo tiraba hacia atrás a las viejas señoras
perplejas, a las flores de loza y todo lo demás, emLas
palabras 163
palidecían las faldas negras, las voces se volvían algodonadas,
a mí me daba pena mi abuela porque seguramente
no se la vería en la segunda parte. En cuanto a mí,
yo era el comienzo, la mitad y el final reunidos en un
niño pequeño ya viejo, ya muerto, aquí, en la sombra,
entre pilas de platos más altas que él y juera, muy lejos,
bajo el gran sol fúnebre de la gloria. Yo era el corpúsculo
al principio de su trayectoria y el tren de ondas
que refluye sobre él tras haber chocado contra el parachoques
de final de trayecto. Reunido, apretado, tocando
con una mano la tumba y con la otra la cuna, me
sentía breve y espléndido, un relámpago borrado por las
tinieblas.
Sin embargo, no me abandonaba el aburrimiento, a
veces discreto, a veces descorazonador; yo cedía a la
tentación más fatal cuando ya no podía soportarlo: Orfeo
perdió por impaciencia a Eurídice; por impaciencia
me perdí yo también muchas veces. Perdido por desocupación,
me ocurría volverme hacia mi locura cuando
hubiera debido ignorarla, mantenerla en la carpeta,
fijando mi atención en los objetos exteriores; en esos
momentos quería realizarme en el acto, abrazar de un
solo vistazo la totalidad que se me imponía cuando no
pensaba en ella. ¡Catástrofe! El progreso, el optimismo,
las traiciones alegres y la finalidad secreta se hundían
por lo que había añadido yo mismo a la predicción de
la señora de Picard. La predicción seguía ahí, ¿pero qué
podía hacer con ella? Por querer salvar todos mis instantes,
este oráculo sin contenido se impedía distinguir
alguno; el porvenir, desecado de repente, ya no era más
que un caparazón, volvía a encontrar mi dificultad de
ser y me daba cuenta de que nunca me había abandonado.
Recuerdo sin fecha: estoy sentado en un banco en el
Luxemburgo; Anne-Marie me ha pedido que descanse
junto a ella porque estaba empapado de sudor por haber
corrido tanto. Tal es al menos el orden de las causas.
Me aburro tanto que tengo la arrogancia de invertirlo:
he corrido porque tenía que estar empapado para dar a
164 Jean-Paul Sartre
mi madre la ocasión de llamarme. Todo termina en este
banco, todo tenía que terminar en él. ¿Cuál es su papel?
Lo ignoro y en un primer momento no me preocupa:
de todas las impresiones que me rozan, no perderé
ninguna; hay un fin, lo conoceré y lo conocerán mis
sobrinitos. Balanceo mis cortas piernas, que no llegan
al suelo, veo pasar a un hombre que lleva un paquete
a una jorobada: eso servirá. Me repito extasiado: «Es
muy importante que siga sentado». Aumenta el aburrimiento;
no aguanto más las ganas de arriesgar una ojeada
sobre mí mismo; no pido revelaciones sensacionales,
pero me gustaría adivinar el secreto de este minuto,
sentir su urgencia, gozar un poco de esta oscura presencia
vital que presto a Musset, a Hugo. Naturalmente,
sólo veo brumas. La abstracta postulación de mi necesidad
y la intuición bruta de mi existencia subsisten
una junto a la otra sin combatirse ni confundirse. Ya
sólo pienso en huir de mí, en encontrar la sorda velocidad
que me llevaba: es en vano, se ha roto el encantamiento.
Siento hormigueos en las pantorrillas, me retuerzo.
Muy oportunamente, el Cielo me encarga una
nueva misión: es muy importante que me ponga a correr
otra vez. Salto al suelo, salgo disparado; en el extremo
del paseo, me vuelvo; nada se ha movido, nada
ha ocurrido. Me oculto la decepción por medio de unas
palabras: en una habitación amueblada de Aurillac, lo
afirmo, en los alrededores de 1945, esta carrera tendrá
consecuencias inapreciables. Me declaro colmado, me
exalto; para forzarle la mano al Espíritu Santo, le hago
el truco de la confianza: juro con frenesí merecer la
oportunidad que me ha dado. Todo está a flor de piel,
todo depende de las reacciones nerviosas y lo sé. Mi
madre viene hacía mí, me pone el jersey de lana, la bufanda,
el abrigo; me dejo envolver, soy un paquete.
Aún hay que soportar la calle Soufflot, los bigotes del
portero, el señor Trigon, las toses del ascensor hidráulico.
Finalmente, el pequeño pretendiente calamitoso se
encuentra de nuevo en la biblioteca, se desplaza de una
a otra silla, hojea unos libros y los deja; me acerco a la
Las palabras 165
ventana, veo una mosca en el visillo, la atrapo en una
trampa de muselina y dirijo hacia ella un índice asesino.
Ese momento está fuera de programa, extraído del tiempo
común, puesto aparte, incomparable, inmóvil, nada
saldrá de ahí ni esta tarde ni en adelante. Aurillac ignora
siempre esta eternidad turbia. La Humanidad dormita;
en cuanto al ilustre escritor —un santo que no
haría daño ni a una mosca—, precisamente ha salido.
Un niño, solo y sin porvenir en un minuto estancado,
pide sensaciones fuertes al asesinato; ya que me niegan
un destino de hombre, seré el destino de una mosca.
No me apresuro, le dejo el tiempo de que adivine al
gigante que se inclina sobre ella: presiono con el dedo,
revienta la mosca, ¡aviado estoy! No había que matarla.
¡Dios mío! Era el único ser que me temía en toda la
creación; ya no cuento para nadie. Insecticida, ocupo el
lugar de la víctima y me vuelvo insecto a mi vez.
Soy mosca, siempre lo he sido. Esta vez he tocado fondo.
Ya lo único que puedo hacer es coger de la mesa
Las aventuras del capitán Corcorán, dejarme caer en la
alfombra y abrir por cualquier página el libro releído
ya cien veces; estoy tan cansado, tan triste, que no siento
ya mis nervios y me olvido de mí mismo en cuanto
leo la primera línea. Corcorán hace unas batidas por la
biblioteca vacía, con la carabina al brazo y la tigresa
detrás de él; a su alrededor se disponen apresuradamente
las espesuras de la jungla; he plantado unos árboles
a lo lejos y los monos saltan de rama en rama. De pronto,
Louison, la tigresa, se pone a gruñir. Corcorán se
inmoviliza: el enemigo. Ése es el momento palpitante
que elige mi gloria para volver a su domicilio, la Humanidad
para despertarse sobresaltada y pedirme auxilio,
el Espíritu Santo para susurrarme estas r labra»
conmovedoras: «No me buscarías si no me huoieaes
encontrado». Pero se perderán esos halagos; no hay nadie
que pueda oírlos a excepción del valie :e Coree- -.
Como si no hubiese esperado más que esta dedartooo,
retorna el Ilustre Escritor; un sobrino-nieto indina su
rubia cabeza sobre la historia de mi vida, d llanto Ve
166 Jean-Paul Sartre
moja los ojos, se levanta el porvenir, me envuelve un
amor infinito, unas luces giran en mi corazón; yo no
me muevo, no dirijo ni una mirada a la fiesta. Prosigo
tranquilamente mi lectura, las luces acaban por apagarse,
ya no siento nada salvo un ritmo, un impulso irresistible,
arranco, ya he arrancado, avanzo, el motor ronca.
Siento la velocidad de mi alma.
Tal fue mi comienzo: huía, fuerzas exteriores modelaron
mi huida y me hicieron. La religión que sirvió de
maqueta se transparentaba a través de una concepción
obsoleta de la cultura; infantil, nada hay más cerca de
un niño. Me enseñaban la Historia Sagrada, el Evangelio,
el Catecismo sin darme los medios para creer; el
resultado fue un desorden que se tornó mi orden particular.
Hubo plegamientos, un desplazamiento considerable;
lo sagrado, extraído del catolicismo, se posó en
las Bellas Letras y apareció el hombre de pluma, ersatz
del cristiano que yo no podía ser; su único negocio era
la salvación, su estancia en este mundo no tenía más
fin que hacerle merecer la beatitud postuma por medio
de unas pruebas dignamente soportadas. La muerte se
reducía a un rito de paso y la inmortalidad terrestre se
ofrecía como un sustituto de la vida eterna. Para asegurarme
de que la especie humana me perpetuaría, en mi
cabeza se convino que no habría de terminar. Apagarme
en ella era nacer y tornarme infinito, pero si se emitía
ante mí la hipótesis de que un cataclismo pudiese un
día destruir el planeta, aunque fuese cincuenta mil años
después, me horrorizaba; aun hoy, desencantado, no puedo
pensar sin temor en el enfriamiento del sol; que mis
congéneres me olviden al día siguiente de mi muerte,
poco me importa: los visitaré mientras vivan, inasible,
innominado, presente en cada uno como están en mí los
millones y millones de muertos que ignoro y que preservo
de la aniquilación; pero si desaparece la humanidad,
matará de verdad a los muertos.
Las palabras 167
El mito era muy simple y lo digerí sin esfuerzo. Protestante
y católico, mi doble pertenencia confesional me
impedía creer en los Santos, en la Virgen, y finalmente
en Dios en tanto que los llamase por su nombre. Pero
me había penetrado una enorme potencia colectiva; establecida
en mi corazón, acechaba, era la Fe de los otros;
bastó con desbautizar y modificar en la supeficie a su
objeto ordinario: lo reconoció bajo los disfraces que
me engañaban, se arrojó sobre él, lo sujetó con sus garras.
Yo pensaba darme a la Literatura cuando, en verdad,
lo que hacía era entrar en las órdenes. En mí la
certeza del más humilde creyente se volvió la orgullosa
evidencia de mi predestinación. Predestinado, ¿por qué
no? ¿No es un elegido todo cristiano? Yo crecía, mala
hierba, en la tierra de la catolicidad, mis raíces chupaban
sus jugos y los convertía en mi savia. De ahí provino
esa ceguera lúcida que padecí durante treinta años.
Una mañana, en 1917, en La Rochelle, esperaba a unos
camaradas que me tenían que acompañar al colegio; tardaban,
al poco rato no supe qué inventar para distraerme
y decidí pensar en el Todopoderoso. Cayó rodando
por el azul en el acto y desapareció sin darme explicaciones:
«no existe», me dije con una extrañeza cortés,
y creí zanjado el asunto. En cierta forma lo estaba, ya
que desde entonces nunca he tenido la menor tentación
de resucitarlo. Pero seguía el Otro, el Invisible, el Espíritu
Santo, el que garantizaba mi mandato y regía mi
vida con grandes fuerzas anónimas y sagradas. Aún me
costó más librarme de éste porque se había instalado
en la parte de atrás de mi cabeza en las nociones traficadas
que yo usaba para comprender, situarme y justificarme.
Escribir fue durante mucho tiempo pedir a la
Muerte, a la Religión, bajo una máscara, que arrancase
mi vida del azar. Fui de Iglesia. Militante, quise salvarme
por las obras; místico, intenté desvelar el silencio
del ser por un rumor encontrado de palabras y, sobre
todo, confundí las cosas con sus nombres: eso es creer.
Estaba alucinado. Mientras duró, consideré que no tenía
problemas. A los treinta años logré una jugada maes168
Jean-Paul Sartre
tra: escribir en La náusea —y puede creérseme que muy
sinceramente— la existencia injustificada, salobre de mis
congéneres y de poner a la mía a salvo. Yo era Roquentin,
mostraba en él, sin complacencia, la trama de mi
vida; al mismo tiempo era yo, el elegido, analista de
los infiernos, fotomicroscopio de cristal y de acero inclinado
sobre mis propios jarabes protoplásmicos. Más
tarde expuse alegremente que el hombre es imposible;
imposible yo mismo, difería de los otros sólo por el
mandato de manifestar esta imposibilidad que, como
consecuencia, se transfiguraba, se volvía mi más íntima
posibilidad, el objeto de mi misión, el trampolín de mi
gloria. Era prisionero de estas evidencias pero no las
veía: veía el mundo a través de ellas. Falsificado hasta
los huesos y mistificado, yo escribía alegremente sobre
nuestra desgraciada condición. Dogmático, dudaba de todo,
excepto de ser el elegido de la duda: restablecía con
una mano lo que destruía con la otra y tenía a la inquietud
por la garantía de mi seguridad: era feliz.
He cambiado. Más adelante contaré qué ácidos corroyeron
las transparencias deformantes que me envolvían,
cuándo y cómo hice el aprendizaje de la violencia, descubrí
mi fealdad —que durante mucho tiempo fue mi
principio negativo, la cal viva en que se disolvió el niño
maravilloso—, la razón que me llevó a pensar sistemáticamente
contra mí mismo hasta el punto de medir
la evidencia de una idea por el desagrado que me causaba.
La ilusión retrospectiva está hecha migas; martirio,
salvación, inmortalidad, se derrumban, el edificio
cae en ruinas, he cogido al Espíritu Santo en el sótano
y lo he expulsado; el ateísmo es una empresa cruel y
de largo aliento: creo haberla llevado hasta su fin. Veo
claro, estoy desengañado, conozco mis verdaderas tareas,
seguramente merezco un premio de civismo; desde
hace unos diez años soy un hombre que se despierta,
curado de una amarga y dulce locura que le sorprende
y que no puede recordar sin reírse sus antiguos errores
y que ya no sabe qué hacer con su vida. He vuelto a
ser el viajero sin billete que era a los siete años; el reLas
palabras 169
visor ha entrado en el compartimento, me mira, menos
severo que antaño, en realidad sólo quiere irse, dejarme
que termine el viaje en paz; que le dé una excusa válida,
cualquiera, con la que se contentara. Desgraciadamente
no encuentro ninguna y, además, ni siquiera tengo
ganas de buscarla. Quedaremos uno frente a otro,
incómodos, hasta Dijon, donde sé muy bien que nadie
me espera.
Me he desinvestido pero no he renegado: sigo escribiendo.
¿Qué otra cosa se puede hacer?
Nulla dies sine linea.
Es mi costumbre y además es mi oficio. Durante mucho
tiempo tomé mi pluma por una espada; ahora conozco
nuestra impotencia. No importa, hago, haré libros;
es preciso. Son útiles, de todos modos. La cultura
no salva nada ni a nadie, no justifica. Pero es un producto
del hombre: el hombre se proyecta en ella, se reconoce;
sólo este espejo crítico le ofrece su imagen. Por
lo demás, este viejo edificio en ruinas, mi impostura, es
también mi carácter; podemos deshacernos de una neurosis,
pero no curarnos de nosotros mismos. Todos los
rasgos del niño, desgastados, borrados, humillados, arrinconados,
silentes, han quedado en el quincuagenario. La
mayor parte del tiempo se aplanan en la sombra, acechan;
al menor descuido levantan la cabeza y salen a
la luz bajo un disfraz; pretendo sinceramente no escribir
más que para nuestro tiempo, pero no me molesta
mi notoriedad actual: no es la gloria, ya que vivo, y eso
basta sin embargo para desmentir mis viejos sueños, ¿o
será que sigo alimentándolos secretamente? Del todo,
no; creo que los he adaptado; ya que he perdido la posibilidad
de morir desconocido, me enorgullezco a veces
de vivir mal conocido. Grisélidis no ha muerto. Pardaillan
sigue habitándome. Y Strogoff. Yo no dependo
más que de ellos, que no dependen más que de Dios y
yo no creo en Dios. ¡Vaya uno a reconocerse! Por mi
parte, no me reconozco, y a veces me pregunto si no
estov jugando al ganapierde y no me empeño en pisotear
mis esperanzas de antaño para que se me devuelva
170 Jean-Paul Sartre
todo multiplicado por cien. En tal caso yo sería Filoctetes:
este cojo magnífico y apestoso que dio hasta su
arco sin condiciones, pero, subterráneamente, puede estarse
seguro de que espera su recompensa.
Dejemos eso, Mamie diría:
«Deslizaos, mortales, no os apoyéis.»
Lo que me gusta de mi locura es que me ha protegido,
desde el primer día, contra las seducciones de la
élite; nunca he creído ser el feliz propietario de un «talento
»; mi único objetivo era el de salvarme —nada
en las manos, nada en los bolsillos— por el trabajo
y la fe. Como consecuencia, mi pura opción no me elevaba
por encima de nadie: sin equipo, sin herramientas,
me he metido entero en la tarea para salvarme entero.
Si coloco a la imposible Salvación en el almacén de los
accesorios, ¿qué queda? Todo un hombre, hecho de todos
los hombres y que vale lo que todos y lo que cualquiera
de ellos.
índice
I. Leer 9
II. Escribir 94
171

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