HUMANISMO Y TERROR | MAURICE MERLEAU-PONTY

| quinta-feira, 29 de outubro de 2009
Sarniento liberal —es demasiado evidente cjue no lo
hace—, sino si la violencia que ejerce es revolucionaria
y capaz de crear relaciones humanas entre los hombres.
La crítica marxista de las ideas liberales tiene tanta
fuerza que si el comunismo estuviese abocado a la tarea
de establecer por medio de la revolución mundial
una sociedad sin clases de la cual hubiesen desaparecido,
con la explotación del hombre por el hombre, las
causas de las guerras y de las decadencias, sería necesario
ser comunista.





HUMANISMO
Y
. MERLEAU-PONTY
EDITORIAL
LA PLÉYADE
Dos guerras mundiales, y permanentes
estados de guerra regionales, una lucha
ideológica que se agudiza cada vez más,
han convertido a nuestro siglo en el tiempo
de la violencia, ejercida ésta en nombre
de los humanismos más opuestos.
Es así que el título que el filósofo francés
Maurice Merleau-Ponty otorga a este
libro, no surge de una oposición de los
términos humanismo y terror, sino de la
síntesis y alianza con que ambos se manifiestan
en nuestro mundo actual. En
nombre de uno u otro humanismo, se justifican
no sólo las guerras abiertas, sino
las guerras subterráneas, las presiones políticas,
la destrucción sistemática y constante
de cualquier tipo de oposición.
Tanto humanismo, como terror, son términos
que han asumido en nuestra época
valores distintos a los que revestían en el
siglo pasado. Opuestos antes, servían además
para designar, claramente, dos movimientos
del espíritu humano. Hoy en día,
difícilmente puedan separarse ambos, o
pueda obtenerse para ellos una definición
que sea reconocida universalmente.
Se ha producido un verdadero deterioro
en la concepción clásica. O, si se quiere,
nuevas concepciones imponen una revisión
absoluta en las ideas del hombre contemporáneo,
con el objeto de que concuerden
mejor con su propia realidad. Una realidad
que —no lo neguemos—, se nos oculta,
o que preferimos cubrir con un velo.
Merleau-Ponty descubre todos los velos,
y va descifrando el significado de tantos
actos de violencia como se han ido sumando
en estos últimos años. Prefiere polemizar
respecto de todas las estructuras
sólidamente constituidas en el campo del
pensamiento, revisarlas criticándolas, y
exigiendo una actitud más lúcida, más digna
y más realista de todos aquellos que
participan, aunque sólo sea con su existir,
en este tiempo de la violencia.

HUMANISMO Y TERROR
MAURICE MERLEAU - PONTY
HUMANISMO
Y TERROR
EDITORIAL LA PLÉYADE
BUENOS AIRES
Título del original francés
HUMANISME ET TERREUR
Traducción de
LEÓN EOZITCHNER
Queda hecho el depósito que previene la ley 11.723
© by EDITORIAL LA PLÉYADE - Bmé. Mitre 1623 - Buenos Aires
Impreso en la Argentina — Printed in Argentine
PREFACIO
Se discute a menudo el comunismo oponiendo a la
mentira o a la astucia el respeto por la verdad, a la
violencia el respeto por la ley, a la propaganda el respeto
de las conciencias, al realismo político, en fin, los
valores liberales. Los comunistas responden que, encubriéndose
bajo los principios liberales, la astucia, la
violencia, la propaganda, el realismo sin principios
constituyen, en las democracias, la esencia de la política
exterior o colonial y aun de la política social. El respeto
por la ley o por la libertad sirvió en los Estados Unidos
para justificar la represión policial de las huelgas;
sirve aún hoy para justificar la represión militar en Indochina
o en Palestina y el desenvolvimiento del imperio
norteamericano en Medio Oriente. La civilización
moral y material de Inglaterra supone la explotación
de las colonias. La pureza de los principios, no solamente
tolera sino que, más aún, necesita de las violencias.
Hay, pues, una mistificación liberal. Consideradas
en la vida y en la historia, lias ideas liberales forman
sistema con esas violencias, constituyendo, como decía
Marx, su "pundonor espiritualista", el "complemento
solemne", la "razón general de consolación y de justificación"
^.
1 Introducción a la Contribution a la Critique de la Plnlosophie du
Droit de líegel, ed. Molitor, pág. 84.
El juicio es de peso. Cuando se niega a juzgar al liberalismo
en base a las ideas que éste pi^ofesa e inscribe
en las Constituciones, cuando exige que se las confronte
con las relaciones humanas que el Estado liberal
efectivamente establece, Marx no habla solamente en
nombre de una filosofía rnaterialista, siempre discutible,
sino que da con ello la fórmula para un estudia
concreto de las sociedades, fórmula que no puede ser
recusada por el espirituaiismo. Sea cual fuere la filosofía
que se profese, y aun si es teológica, una sociedad no
es el templo de los valores-ídolos que figuran al frente
de sus monumentos o en sus textos constitucionales;
una sociedad vale lo que valen en ella las relaciones
deí nombre con el hombre. La cuestión no es solamente
saber qué piensan los liberales, sino qué hace en realidad
el Estado liberal dentro de sus fronteras y fuera
de ellas. La pureza de sus principios no la absuelve; por
el contrario, la condena si se comprueba que no existe
en la práctica. Para conocer y juzgar una sociedad es
preciso llegar hasta su sustancia profunda, al lazo humano
del cual está hecha y que depende sin duda de
las relaciones jurídicas, pero también de las formas del
trabajo, de la manera de amar, de vivir y de morir. El
teólogo pensará que las relaciones humanas tienen una
significación religiosa y que pasan por Dios: no podrá,
sin embargo, dejar de tomarlas como piedra de toque
y, a menos de degradar la religión convirtiéndola en
ensueño, se verá obligado a admitir que los principios
y la vida interior son coartados cuando dejan de animar
lo exterior y la vida cotidiana- Un régimen nominalmente
liberal puede ser realmente opresivo. Un régim.
en que asume su violencia podría encerrar un humanismo
mayor. Oponer aquí al marxismo un "primero
la moral" es ignorarlo en lo que ha sostenido con mayor
razón y que constituyó su éxito en el numdo; es
continuar la mistificación, pasar de largo junto al problema.
Toda discusión seria del comunismo debe jilantear
el proWema, pues, como el mismo comimísmo ío
hace, es decir, no sobre el terreno de los principios,
sino sobre el de las relaciones humanas. No enarbolará
los valores liberales para abrumar con ellos al comunismo;
buscará saber si éste se encuentra en situación de
resolver el problema que ha sabido exponer en sus verdaderos
términos, y establecer relaciones humanas entre
los hombres.
Con este espíritu retomamos la cuestión de la violencia
comunista que El Cero y el Infinito - de Koestler
ponía a la orden del día. No hemos investigado si Bujarin
dirigía verdaderamente una oposición organizada,
ni tampoco si la ejecución de los viejos bolcHevi-
(¡ues era verdaderamente indispensable para el orden
y la defensa nacional en la U.R.S.S. Nuestro propósito
no era volver sobre los procesos de 1937. Era comprender
a Bujarin como Koestler trata de comprender a
Rubashov, puesto que el caso de Bujarin pone en evidencia
en el comunismo la teoría y la práctica de la violencia,
porque éste la ejerce sobre sí mismo y provoca
su propia condena. Hemos tratado pues, de volver a
encontrar, bajo las convenciones del lenguaje, lo que
Bujarin verdaderamente pensaba- La explicación de
Koestler nos pareció insuficiente. Rubashov es opositor
porque no soporta la nue\a política del Partido y su
disciplina inhumana. Pero como aquí se trata de una
rebelión moral y como su moral ha consistido siempre
2 E! Cero y el Infinito publicóse en sus versiones inglesa y castellana
bajo el título de Oscuridad a Mediodía. (X. del T.)
en obedecer al Partido, termina por capitular sin restricciones.
La "defensa" de Bujarin en los Procesos va
mucho más lejas que esta alternativa de la moral y de
la disciplina. Bujarin, desde el comienzo hasta el final
sigue siendo alguien; si no admite el pundonor personal,
defiende en cambio su honor revolucionario y rechaza
la imputación de espionaje y de sabotaje. Cuando
capitula, no lo hace sólo por disciplina. Es que reconoce
en su conducta política, por más que estuviese justificada,
una ambigüedad inevitable por la cual da lugar
a la condena. El revolucionario opositor, en las
situaciones límites en las cuales es puesta en cuestión
toda la revolución, agrupa a su alrededor a los enemigos
de ésta y puede ponerla en peligro.
Estar con los kulaks contra la colectivización forzada
significa "imputar al proletariado los gastos de la lucha
de clases". Y si el régimen se compromete a fondo en
la colectivización forzada, porque no dispone más que
de un tiempo limitado para solucionar sus conflictos,
estar con los kulaks significa amenazar la obra de la
Revolución. La inminencia de la guerra cambia el car;
ícter de la oposición. Evidentemente la traición no es
sino divergencia política. Pero las divergencias políticas
en períodos de crisis comprometen y traicionan lo adquirido
en octubre de 1917.
Quienes se indignan ante la simple exposición de estas
ideas y se niegan a examinarlas, olvidan que Bujarin
ha pagado caro el derecho de ser escuchado y el
de no ser tratado como un cobarde. Por nuestra parte,
tratamos de comprenderlo —prontos a bucear de inmediato
en sus razones—, remitiéndonos a nuestra experiencia
reciente. Pues también nosotros hemos vivido
uno de esos momentos en que la historia en suspenso,
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las instituciones amenazadas de nulidad, exigen del
hombre decisiones fundamentales, y donde el rii:sg<> es
total porque el sentido final de las decisiones tomadas
depende de una coyuntura que no es totalmente conocible.
Cuando el colaboracionista de 1940 asumía su decisión
de acuerdo con lo que creía que era el porvenir
inevitable (lo suponemos desinteresado), comprometía
a quienes no creían en ese porvenir o no lo querían, y
a partir de ello, entre ambos se planteaba una situación
de fuerza. Cuando se vive lo que Péguy llamaba un
periodo histórico, cuando el hombre político se limita a
administrar un régimen o un derecho establecido, se
puede esperar una historia sin violencia. Cuando se tiene
la desgracia o la suerte de vivir una época, uno de
esos momentos en que el fundamento tradicional de
una nación o de una sociedad se hunde y donde, de
buen o mal grado, el hombre debe reconstruir por sí
mismo las relaciones humanas, entonces la libertad de
cada uno amenaza de muerte la de los otros y la violencia
reaparece.
Ya lo hemos dicho: toda discusión que se coloque
en la perspectiva liberal soslaya el problema, puesto
que éste se plantea a propósito de un país que ha hecho
y pretende proseguir una revolución, y que el liberalismo
excluye la hipótesis revolucionaria. Se pueden preferir
los períodos a las épocas, se puede pensar que la:
violencia revolucionaria no logra transformar las relaciones
humanas —pero si se quiere comprender el problema
comunista es preciso comenzar por volver a colocar
los procesos de Moscú en la Stimrnung revolucionaria
de la violencia, sin la cual serían inconcebibles.
Es entonces cuando la discusión comienza, y no consiste
en averiguar si el comunismo respeta las reglas del pen-
;/
Sarniento liberal —es demasiado evidente cjue no lo
hace—, sino si la violencia que ejerce es revolucionaria
y capaz de crear relaciones humanas entre los hombres.
La crítica marxista de las ideas liberales tiene tanta
fuerza que si el comunismo estuviese abocado a la tarea
de establecer por medio de la revolución mundial
una sociedad sin clases de la cual hubiesen desaparecido,
con la explotación del hombre por el hombre, las
causas de las guerras y de las decadencias, sería necesario
ser comunista. Pero, ¿está en camino de hacerlo?
¿La violencia tiene en el comunismo de hoy el sentido
que tenía en el de Lenin? ¿El comunismo es igual a sus
intenciones humanistas? Esta es la verdadera cuestión
a resolver.
Esas intenciones son indiscutibles. Marx distingue
radicalmente la vida humana de la vida animal porque
el hombre crea los medios de su vida, su cultura, su historia
y demuestra así una capacidad de iniciativa que
constituye su originalidad absoluta. El marxismo se
abre sobre un horizonte futuro donde el "hombre es
para el hombre el ser supremo". Si Marx no toma esta
intuición del hombre por regla inmediata en política,
es porque al enseñar la no-violencia se consolida ki
violencia establecida, es decir, un sistema de produc
ción que torna inevitables la miseria y la guerra. Sin
embargo, si se entra en el juego de la violencia, existe
la posibilidad de quedarse en ella para siempre. La
tarea esencial del marxismo será pues buscar una violencia
cjue se supere en el sentido del porvenir humano.
Marx cree haberla encontrado en la violencia
proletaria, es decir, en el poder de esta clase de hombres
que, porque están en la sociedad actual despojados
de su patria, de su trabajo y de su propia vida, son
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capaces de reconocerse los unos a los oíros niás allá de
toda las particularidades, y crear una humanidad. La
astucia, la mentira, la sangre derramada, la dictadura,
se justifican si hacen posible el poder del proletariado,
y en esa medida solamente. La política marxista es, en
su forma, dictatorial y totalitaria. Pero esta dictadura
es la de los hombres más puramente hombres, esta totalidad
es la de los trabajadores de toda clase que vuelven
a tomar posesión del Estado y de los medios de
pi'oducción. La dictadura del proletariado no es la voluntad
de algunos funcionarios, los únicos iniciados, como
en Hegel, en el secreto de la historia: sigue el movimiento
espontáneo de los proletarios de todos los países,
se apoya en el "instinto" de las masas. Lenin puede
muy bien insistir sobre la autoridad del Partido que
guía al proletariado y sin el cual, dice, los proletarios
se quedarían en el sindicalismo y no pasarían a la acción
política; sin embargo, concede mucha importancia
al instinto de las masas, al menos una vez quebrado
el aparato capitalista, y llega hasta decir, al comienzo
de la Revolución: "No hay y no puede existir un plan
concreto para organizar la vida económica. Nadie podría
darlo. Solamente las masas son capaces, gracias a
su experiencia..." El leninista, puesto que persigue
una acción de clase, abandona la moral universal, pero
ésta le será devuelta en el nuevo universo de los proletarios
de todos los países. Todos los medios no son buenos
para realizar este universo, y, por ejemplo, no puede
ser cuestión de utilizar sistemáticamente la astucia
con los proletarios y ocultarles por mucho tiempo el
verdadero juego: esto está excluido por principio, puesto
que la conciencia de clase sería disminuida y la victoria
del proletariado se vería comprometida. El prole-
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tariado y la conciencia de clase constituyen el tono fundamental
de la política marxista; si las circunstancias
lo exigen, la política marxista puede separar esta conciencia
mediante una modulación, pero una modulación
demasiado amplia o demasiado larga destruiría
la tonalidad. Marx es hostil a: la pretendida no-violencia
del liberalismo, pero la violencia que prescribe no es
ima violencia cualquiera.
¿Podemos decir lo mismo del comunismo de hoy? La
jerarquía social en la U.R.S.S. se ha acentuado considerablemente
desde hace diez años. El proletariado tiene
un papel insignificante en los Congiesos del Partido.
La discusión política tal vez se continúa en el interior
de las células, pero nunca se manifiesta públicamente.
Los partidos comunistas nacionales luchan por el poder
sin plataforma proletaria, y no siempre evitan la demagogia.
Las divergencias políticas, que antes nunca
llevaban a la pena de muerte, no solamente son sancionadas
como delitos sino, lo que es más, convertidas en
crímenes de derecho común. El Terror ya no quiere
afirmarse como Terror revolucionario. En el orden de
la cultura, la dialéctica es reemplazada de hecho por
el racionalismo cientificista de nuestros padres, como si
dejara demasiado margen a la ambigüedad y demasiado
campo a las divergencias. La diferencia es cada vez mayor
entre lo cjue los comunistas piensan y lo que escriben
porque es cada vez más grande la diferencia entre
lo que quieren y lo que hacen. Un comunista que se
declaraba calurosamente de acuerdo con nosotros luego
de haber leído el comienzo de este ensayo, escribe tres
días más tarde diciendo cjue atestigua, digamos, un vicio
solitario del espíritu, y que hacemos el juego al neofascismo
francés. Si se intenta apreciar la orientación
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general del sistema, difícilmente podría sostenerse que
va hacia el reconocimiento del hombre por el hombre,
el internacionalismo, el debilitamiento del Estado y ei
poder efectivo del proletariado- El comportamiento comunista
no ha cambiado: mantiene siempre la misma
actitud de lucha, las mismas astucias de guerra, hi misma
maldad metódica, la misma desconfianza. Pero impulsado
cada vez menos por el espíritu de clase y la fraternidad
revolucionaria, contando cada vez menos con
la convergencia espontánea de los movimientos proletarios
y con la verdad de su propia pei\spectiva histórica,
el comunismo está cada vez más distendido, muestra
cada vez más su faz de sombra. Asimismo, sigue manteniendo
la misma abnegación, la misma fidelidad, y
cuando la ocasión se presenta el mismo heroísmo, pero
ese don sin contraparte y esas virtudes, que se mostraban
en estado puro durante la guerra y constituyeron
la grandeza inolvidable del comunismo, son menos visibles
en la paz, porque la defensa de la U.R.S.S. exige
ahora una política astuta. Desde el régimen de salarios
en la U.R.SS., hasta la duplicidad de un periodista
parisino, los hechos, grandes o pequeños, anuncian en
conjunto una tensión creciente entre las intenciones y
la acción, entre los pensamientos íntimos y la conducta.
El comunista apostó la conciencia y los valores del hombre
interior a una empresa exterior que debía devolvérselos
centuplicados. Todavía espera su parte.
Nos encontramos pues en una situación inextricable.
La crítica marxista del capitalismo sigue siendo válida
y es evidente que el antisovietismo reúne hoy la brutalidad,
el orgullo, el vértigo y la angustia que han encontrado
su expresión en el fascismo. Por otro lado, la
revolución se ha inmovilizado sobre una posición de re-
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pliegue: mantiene y acrecienta el aparato dictatorial
al mismo tiempo que renuncia a la libertad revolucionaria
del proletariado en sus Soviets y en su Partido
y a la apropiación humana del Estado. No se puede ser
anticomunista, no se puede ser comunista.
Trotsky no supera sino en apariencia ese punto
muerto de la reflexión política. Supo marcar con exactitud
el profundo cambio de la U.R.S.S. Pero lo definió
como contrarrevolución, y concluyó que era preciso
recomenzar el movimiento de 1917. Contrarrevolución:
la palabra no tiene un sentido preciso a no ser que actualmente,
en la U.R.S.S., una revolución continua sea
posible. Pero Trotsky ha descrito a menudo el reflujo
revolucionario como un fenómeno inevitable luego del
fracaso de la revolución alemana. Hablar de capitulación
es sobrentender que Stalin careció de coraje frente
a una situación tan clara como la de los combates.
Pero el reflujo revolucionario es, por definición, un período
confuso en el cual las líneas principales son inciertas.
En suma, Trotsky esquematiza. Cuando él hacía
la revolución, ésta era menos clara que cuando escribe
su historia: los límites de la violencia permitida no eran
tan precisos, y ésta no se había ejercido solamente contra
la burguesía. En un folleto reciente sobre la Tragedia
de los escritores soviéticos, Victor Serge recuerda
honestamente que Gorki, "que mantenía una valiente
independencia moral" y "no se privaba de criticar el
poder revolucionario, terminó por recibir una amistosa
invitación de Lenin de exiliarse en el extranjero". De
la invitación amistosa a la deportación hay mucha distancia,
pero no hay un mundo, y Trotsky lo olvida a
menudo. Así como la revolución no fue tan pura como
él dice, la "contrarrevolución" no es tan impura,
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y si no queremos juzgarla mecánicamente, debernos recordar
que arrastra consigo, en un país como Francia,
la mayor parte de las esperanzas populares. El diagnóstico
no es entonces fácil de formular. Ni es fácil encontrar
el remedio. Puesto que el reflujo revolucicmario
lia sido un fenómeno mundial y que, yendo de división
en compromiso, el proletariado mundial se siente cada
vez menos solidario, retomar el movimiento de 1917
constituye una tentativa sin esperanzas.
En definitiva, no podemos volver al año 1917, ni esperar
(|ue el comunismo sea lo que quiso ser, ni esperar,
en consecuencia, que a cambio de las libertades
"formales" de la democracia nos dé la libertad concreta
de una civilización proletaria sin desocupación, sin explotación
y sin guerra. El pasaje marxista de la libertad
formal a la libertad real no ha sido hecho y no
tiene, en lo inmediato, posibilidad alguna de efectuarse.
Si Marx aceptaba "suprimir" la libertad, la discusión,
la filosofía y en general los valores del hombre interior,
lo liacía sólo para poder "realizarlo" en la vida de todos.
Si esta realización se ha hecho problemática, es indispensable
mantener los hábitos de discusión, de crílica
y de investigación, los instrumentos de la cultura
política y social. Necesitamos conservar la libertad, a
ia espera de que un nuevo latido de la historia nos permita,
tal vez, comprometerla en un movimiento popular
sin ambigüedad. Sólo que el uso y la idea misma de
libertad ya no pueden ser en el presente lo que eran
antes de Marx. Tenemos derecho a defender los valores
de libertad y de conciencia únicamente cuando .
estamos seguros, al hacerlo, de no servir los intereses de
lui imperialismo y de no asociarnos a sus mistificaciones.
¿Y cómo estar seguros? Explicando la mistificación
liberal en todas partes donde ésta se produzca —en Palestina,
en Indochina, en Francia mismo—, criticando
la libertad-ídolo, acjuella que inscripta en una bandera
o en una Constitución santifica los medios clásicos de
la represión policial y militar en nombre de la libertad
efectiva, aquella que integra la vida de todos, del campesino
vietnamita o palestinense como la del intelectual
occidental. Debemos recordar que comienza a ser una
enseña mentirosa —un "complemento solemne" de la
violencia—, cuando se concreta en idea y cuando se defiende
la libertad antes que a los hombres libres. Es
decir, que pretendemos preservar lo humano más allá
de las miserias de la política; de hecho, en este mismo
momento endosamos una política determinada. A la
libertad le es esencial existir sólo en acto, en el movimiento
siempre imperfecto que nos une a los otros, a
las cosas del mundo, a nuestras tareas, mezclada a los
azares de nuestra situación. Aislada, comprendida como
un medio de discriminación, la libertad, como la
ley según San Pablo, no es más que un dios cruel que
reclama sus hecatombes. Existe un liberalismo agresivo
que es un dogma y ahora una ideología de guerra. Se
lo reconoce en el hecho de que gusta del formalismo
de los principios, no menciona nunca los azares geográficos
e históricos que le permitieron existir, y juzga
en forma abstracta los sistemas políticos, sin consideración
por las condiciones dadas en las cuales se desarrollan.
Es violento por esencia y no titubeará en imponerse
por la violencia, según la vieja teoría del brazo
secular. Existe una manera de discutir el comunismo
en nombre de la libertad, que consiste en suprimir por
el pensamiento los problemas de la U.R.S.S. y que significaría,
como dirían los psicoanalistas, una destrucción
simbólica de la misma U.R.S.S. La verdadera libertad,
por el contrario, toma a los otros allí donde se
encuentran, trata de penetrar las mismas doctrinas que
ia niegan y no se permite juzgar antes de haber comprendido
^. Nos es preciso transformar nuestra libertad
de pensar en libertad de comprender. Pero, esta actitiíd,
¿cómo puede traducirse en la política cotidiana?
La libertad concreta de la cual hablamos hubiera
podido ser la plataforma del comimismo en Francia
desde que terminó la guerra. En principio, incluso es
la suya. El acuerdo con las democracias occidentales es,
desde 1941, la línea oficial de la política soviética. Si a
pesar de ello los comunistas no han actuado francamente
en el juego democrático en Francia —llegando hasta
a votar contra un gobierno en el cual se encontraban
representados, y aun a hacer votar contra él a sus propios
ministros—, si no han querido comprometerse a
fondo en una política de unidad que sin embargo es
la de ellos, ha sido, en primer lugar, porque han querido
guardar su prestigio de partido revolucionario; seguidamente,
porque bajo la cubierta del acuerdo coit
los aliados de ayer presentían el conflicto y querían, antes
de afrontarlo, conquistar posiciones sólidas en el Estado,
y, finalmente, porque han conservado, si no la
política proletaria, al menos el estilo bolchevique y
3 Es el método que hemos seguido en el presente ensayo. Como se
verá, no liemos invocado, contra la violencia comunista, otros principios
que los suyos. Las mismas razones que nos hacen comprender que se
mate a los hombres en defensa de una revolución (se los mata también
por la defensa de una nación) nos impiden admitir cjue sólo se ose matarlo
bajo la máscara del espía. Las mismas razones que nos permiten
comprender cpie los comunistas consideren traidor a la revolución a un
hombre que la abandone, nos prohiben admitir que lo disfracen de policía.
Cuando disfraza a sus opositores;, la revolución desmiente su propia
audacia y su propia esperanza.
19
realmente no saben qué es la unidad. Es difícil apreciar
el peso relativo de esos tres motivos. El primero no
ha sido probablemente decisivo, porque los comunistas
nunca han estado seriamente inquietos por su izquierda.
El segundo ha debido contar mucho en sus cálculos,
pero podemos preguntarnos si éstos han sido correctos.
Está fuera de duda cjue su actitud ha facilitado la
maniobra simétrica de los otros partidos, (juienes, más
inclinados hiacia el liberalismo y peor armados para la
lucha a muerte, profesan el respeto a la "lealtad parlamentaria"
y reprochan a los comunistas el colocarse
fuera de ella. Ciertamente, a falta de este argumento
el antisovietismo hubiera encontrado otros para pedir
la eliminación de los comunistas. Hubieran tenido que
realizar un gran esfuerzo si los comunistas hubiesen admitido
francamente el pluralismo, si se hubiesen comprometido
en la práctica y en la defensa de la democracia,
y hubieran podido presentarse como sus defensores
calificados. Tal vez hubieran encontrado finalmente
garantías más sólidas contra una coalición occidental
en el ejercicio verdadero de la democracia más que en
sus tentativas de socavar el poder. Más aún considerando
que esas tentativas debían ser al mismo tiempo
prudentes y que ellos no querían comprometerse más
a fondo en una política de combate. Apoyo opositor sin
ruptura, oposición gubernamental sin dimisión, todavía
hoy en día huelgas particulares sin huelgas generales *,
en todo esto no vemos, como sucede 2 menudo, un plan
bien concertado, sino más bien una oscilación entre dos
políticas que los comunistas practican simultáneamente
sin poder llevar ninguna hasta sus últimas consecuen-
* No detimos que los comvmistas fomenten las huelgas: basta, para
que tengan lugar, que ellos no se opongan.
20
cías ®. En estas hesitaciones, es preciso ver el hábito bolchevique
de la violencia que vuelve a los comunistas
incapaces de una política de unión. No conciben la
unión más que con los débiles a los cjue puedan dominar,
como no consienten el diálogo sino con los mudos.
En el orden de la cultura, por ejemplo, colocan a los
escritores no comunistas en la alternativa de ser sus adversarios
o, como se dice, "inocentes vitiles". Los intelectuales
que prelicren son los que no escriben nunca
una palabra de política o de filosofía y dejan cjue sus
nombres figuren en el sumario de los diarios comunistas.
En cuanto a los otros, si a veces acogen sus escritos,
lo hacen acompañándolos no solamente de reservas, lo
cual es natural, sino más aún de apreciaciones morales
lio muy amables, como paia iniciarlos de un solo golpe
en el papel que les reservan: el de mártires sin fe. Los
intelectuales comunistas están tan poco habituados al
diálogo, que se niegan a colaborar en todo trabajo colectivo
en el cual no tengan, abiertamente o no, la dirección.
Esta timidez, esta falta de estima por la investigación,
está unida al cambio profundo del comunismo
contemporáneo, cjue ha dejado de ser una interpretación
que confía en el curso espontáneo de la historia,
para replegarse sobre la defensa de la U.R.S.S. Así, al
mismo tiempo cjue renuncian a librar verdaderamente
la batalla de las clases, los comunistas no dejan de concebir
la política como una guerra, lo cual compromete
su acción sobre el plano liberal. Queriendo ganar a la
vez sobre el tablero proletario y sobre el tablero liberal,
5 El equivoco era visible en septiembre de 1946, en los Recoiitres Internationales
de Ginebra, en la conferentia de G. Lvikats, la cual comenzaba
|)or la crítica clásica de la democracia formal, c iiivita!):i a! fin a los
intelectuales de Occidente a restaurar las mismas ideas democráticas que
.ii::Iial)a de mostrar como muertas.
21
es posible que, en definitiva, pierdan en uno y en otro.
Es cuestión de ellos saber si les es indispensable transformar
en adversario todo cuanto no es comunista. Para
pasar a una verdadera política de unidad, les queda por
comprender este pequeño hecho: que todo el mundo no
es comunista y que, si bien hay muchas razones malas
para no serlo, hay algunas que no son deshonrosas.
¿Puede esperarse de los comunistas y de la izquierda
no comunista una conversión hacia la unidad? Esto
parece ingenuo. Sin embargo, no hay dudas que lo
harán por la fuerza de las cosas. Los comtmistas no
querrán llevar hasta el fin una oposición que, al hacer
imposible el gobierno, resulte favorable al degaullismo.
Los socialistas no podrán gobernar por mucho tiempo
en medio de huelgas. En este momento comprueban
que un gobierno sin los comunistas está muy lejos de
resolver todos los problemas, o, más exactamente, que
no hay gobierno sin los comunistas, puesto que si no
están presentes desde dentro bajo la forma de una oposición
ministerial, se los vuelve a encontrar afuera bajo
la forma de una oposición proletaria. En la actualidad
la formación de un gobierno no se comprende sino
bajo la perspectiva de una próxima guerra, y, a menos
que la guerra no ocurra, los adversarios de hoy día deberán
colaborar nuevamente. Desde este punto de vista,
es preciso deplorar cuánto hay de sospechoso en la
experiencia presente. Hubiera sido comprensible que
un domingo León Blum tomara solemnemente la palabra
para formular las condiciones de un gobierno de
unidad, para exigir de los comunistas que tomen en él
sus plenas responsabilidades y conjurarlos a que se resuelvan.
Pero, al reemplazar furtivamente a los ministros
comunistas, los socialistas han pasado a su vez de la
acción política a la maniobra ". Al recurrir a los expedientes
de la ortodoxia financiera para resolver los problemas
pendientes, o al retomar las posiciones colonialistas
en el problema indochino, han dejado a sus rivales,
cuya política propia no es menos tímida, la fácil
ventaja de presentarse como el i'inico partido "progresista".
En lugar de obligar a los comunistas a hacer verdaderamente
la política de unión de las izquierdas que
es la de ellos, en lugar de dejar sentado claramente
el problema político, los socialistas han contribuido
pues a oscurecerlo. ¿Se dirá que la ayuda norteamericana
era a ese precio? Pero incluso hablar francamente
hubiese podido ser una fuerza. Era preciso plantear el
problema públicamente, hacer sentir en las tratativas
con los Estados Unidos el peso de una opinión pública
informada. En lugar de esto, tres días después de la partida
de Molotov, no sabemos siquiera sobre c|ué punto
se produjo precisamente la ruptura y si el Plan Marshall
instituye en Europa un control norteamericano.
Sobre eso L'Hutnaniíé es tan vaga como L'Auhe''. La
política de hoy en día es, verdaderamente, el dominio
de las cuestiones mal planteadas, o planteadas de tal
manera c|ue no se puede estar con ninguna de las dos
fuerzas en presencia. Nos conminan a elegir entre ellas.
Nuestro deber es no hacer nada, pedir aquí y allá aclaraciones
que nos niegan, explicar las maniobras, disipar
los mitos. Sabemos, como todo el mundo sabe, que
nuestra suerte depende de la política mundial. No estamos
por encima ni por debajo de la lacha. Pero esta-
0 Estas palabras fueron escritas poco después de ser obligados a retirarse
los ministros comunistas del gobierno de coalición formado en 1947
y encabezado por el socialista Ramadier. (N. del 7.)
7 L'Humanilc, órgano del Partido Comunista; T.'Auhe, del Movimien
to Republicano Popular. (N. del T.)
23
mos en Francia y no podemos coníundir nuestro porvenir
con el de la L'.R.S.S. Las críticas que acabamos
de dirigir al commiismo no implican en sí mismas ningüira
adhesión a la política "occidental" tal como se desenvuelve
desde hace dos meses. Será necesario averi
guar si la U.R.S.S. se ha sustraído a un plan aceptable
para ella, si por el contrario tuvo que deíenderse contra
una agresión diplomática o si, en definitiva, el Plan
Marshall no es un proyecto de paz a la vez que una as
tucia de guerra, y cómo, dando por cierta esta hipó
tesis, se puede todavía concebir una política de paz.
La democracia y la libertad ei'ectiva exigen primera
mente que se sometan al juicio de la opinión pública
las maniobras y las contramaniobras de las cancillerías.
Ellas postulan, tanto en el interior como en el exterior,
que la guerra no es inevitable, porque no hav
libertad ni democracia en la guerra.
Tales son (a veces abreviadas, otras precisadas) las
reflexiones sobre el problema de la violencia que, al
ser publicadas este invierno *, le han valido a su avitor
reproches también violentos. No nos permitiríamos
mencionar aquí esas críticas si no nos enseñaran algo
sobre el estado del problema comunista. Cuando apenas
un tercio de nuestro estudio había aparecido, y su
continuación estaba anunciada, hombres que no tienen
el hábito de polemizar, o ([ue lo han perdido, se arrojaron
sobre sus escritorios y, con el tono de la reprobación
moral, han compuesto refutaciones en las cuales
8 El texto presente comprende un Capítulo III v otros £ragnrent(is
inéditos.
24
no encontramos ni una traza de lucidez: unas veces nos
hacen decir lo contrario de lo que sugeríamos, en otras
ignoran el problema que intentábamos plantear.
Nos hacen decir que el Partido no puede equivocarse.
Habíamos escrito que esta idea no es marxista ".
Nos hacen decir que la dirección de la revolución debe
ser puesta en manos de una "élite de iniciados", nos
reprochan que sometemos a los hombres a la ley de
una "praxis trascendente" y borramos la libertad humana,
sus iniciativas y sus riesgos. Habíamos dicho que
eso era Hegel, no Marx^". Nos acusan de "adorar" la
Historia. Habíamos reprochado precisamente al comunismo
según Koestler esta "adoración de un dios desconocido"
" . Mostramos que el dilema de la conciencia
y de la política —plegarse o negarse, ser fiel o ser
lúcido—, impone una de esas elecciones desgarradoras
([ue Marx no había previsto y traduce pues una crisis
de la dialéctica marxista ^^. Nos hacen decir que es un
cjen)plo de la dialéctica marxista. Nos oponen la mansedumbre
de Lenin hacia sus adversarios políticos. Decíamos
justamente que el terrorismo de los procesos
no tiene ejemplos en el período leninista ^^. Mostramos
cómo un comunista consciente, por ejemplo Bujarin,
pasa de la violencia revolucionaria al comunismo de
hoy e]i día, dispuesto a hacer ver en seguida que el comunismo
se desnaturaliza en el camino. Se detienen en
el primer punto. Se niegan a leer la continuación ".
» Les Temps Modernes, XKI, pág. 10, Aquí mismo, págs. Ü5-'5(.Í.
10 Les Temps Moderiies, XVI, pág. 688. Aquí mismo, pág. 18íi.
11 Les Temps Modernes, XUI, pág. 11. .\qni mismo, pág. .56.
12 Les Temps Modernes, XVI, p:'rg. 680. Aquí mismo, pág. 182.
13 /.e:? Temps Modernes, XVI, pág. 682. Aquí mismo, pág. 177.
1* Hasla se le oculta al lector que e.xista una continuación. Cuando
ella aparece, la Revue de Paris escribe deshonestamente que publicamos
"un iiu<:\o estudio". 25 En verdad, nuestro estudio es largo, y la indignación no puede tolerar la espera. Pero esas personas sensibles, no contentas con cortarnos la palabra, falsifican lo que hemos dicho muy claramente desde el comienzo. Habíamos dicho que, venal o desinteresada, la acción del colaboracionista —sea Pétain, Laval o Pucheu—, terminaba en la Milicia, en la represión de los resistentes, en la ejecución de Politzer, y que ella es responsable. Nos hacen decir que es legítimo castigar a quienes no han hecho nada. Decimos que una revolución no define al delito de acuerdo con el derecho establecido, sino de acuerdo con el de la sociedad que quiere crear. Nos hacen decir que la revolución no juzga los actos realizados, sino los actos posibles. Mostramos que el hombre público, puesto que se pone a gobernar a los otros, no puede quejarse de ser juzgado sobre sus actos, de los cuales los otros sufren las consecuencias, ni sobre la imagen a menudo inexacta cjue dan de él. Como lo decía Diderot a propósito del actor en escena, nosotros declarábamos que todo hombre que acepta representar un papel, se rodea de un "gran fantasma" dentro del cual queda oculto en adelante, y que es responsable de su personaje aun si no reconoce en él lo que quería ser. El político nunca es a los ojos de los demás lo que a los propios ojos, no sólo porque los otros lo juzgan temerariamente, sino más aún porcjue ellos no son él, y porque lo que en él es error o negligencia puede ser para ellos mal absoluto, servidumbre o muerte. Al aceptar, con un papel político, una posibilidad de gloria, acepta también un riesgo de infamia, uno y otro "inmerecido". La acción política es en sí impura, porque es acción de uno sobre otro y porque es acción entre varios. Un opositor pien- 26 sa utilizar a los kulaks; un jefe piensa utilizar la ambición de quienes lo rodean para salvar su obra. Si las fuerzas que ellos liberan los arrastran, helos entonces, frente a la historia: el hombre de los kulaks y el hombre de una dique. Ningiin político puede enorgullecerse de ser inocente. Gobernar, como se dice, es prevenir, y la política no puede justificarse sobre lo imprevisto. Pero lo imprevisible existe. Esa es la tragedia. Se habla, refiriéndose a esto, de una "apología de los procesos de Moscii". Pero, sin embargo, al decir que no hay inocentes en política, esto se aplica más aim a los jueces que a los condenados. Nunca hemos dicho por nuestra cuenta que era necesario condenar a Bujarin ni que Stalingrado justificara los procesos *'. Aun suponiendo que sin la muerte de Bujarin, Stalingrado hubiese sido imposible, nadie podría prever en 1937 la serie de consecuencias que, según esta hipótesis, debía conducir de lo uno a lo otro, por la simple razón que no existe una ciencia del porvenir. La victoria no puede justificar los procesos en su fecha ni nunca en consecuencia, porque no era seguro que fuesen indispensables para la victoria. Si la represión deja de lado estas incertidumbres es por pasión, y ninguna pasión puede estar segura de ser pura: está el apego a la empresa soviética, pero también el sadismo policial, la envidia, el servilismo hacia el poder, la alegría miserable de ser fuerte. La represión convoca todas esas fuerzas como la oposición mezcla lo honorable y lo sórdido. ¿Por qué ha de ser necesario disfrazar lo que pudo 15 Para confirmar nuestra interpretación de Bujarin, hemos citado una frase reciente de Slalin que casi rinde justicia a los condenados. Esto cierra la discusión, decíamos. No se trata, por supuesto, sino de la discusión sobre los "cargos" de espionaje y de sabotaje. 27 haber de patriotismo soviético en la represión cviaiido se jnuestra lo que hubo de honor en la oposicióii? Eso es demasiado todavía, nos responden. Esta justicia pasional no es otra cosa que un crimen. Ya no existe más una justicia igual para los tiempos calmos t[ue para los otros. En 1917, Pétain no preguntó a los amotinados que ordenaba fusilar cuáles eran los "motivos" de su "oposición". Los liberales, sin embargo, no gritaron por la barbarie. Las tropas desfilan delante de los cuerpos de los fusilados. Se oye la música. No' tenemos por supuesto la intención de mezclarnos a semejante ceremonia, pero no vemos por qué, grandiosa cuando se trata de defender la patria, resultaría vergonzosa cuando se trata de defender la revolución. Después de tanto "Morir por la Patria" bien puede escucharse un "Morir por la Revolución". La única cuestión que queda por plantear después de esto, es la de si Bujarin murió verdaderamente por una revolución o por una nueva humanidad. Esta cuestión es la cjue hemos tratado. Tal es nuestra "apología". Los críticos vuelven en tonces a la carga: usted justifica "cual(|uier tiranía", usted enseña que "los poderes siempre tienen razón", usted concede "desde ahora una buena conciencia a los eventuales Grandes Inquisidores". . . ()ue aprendan a leer. Hemos dicho que toda legalidad comienza por ser un poder de hecho. Eso no quiere decir que todo poder de hecho sea legítimo. Hemos dicho que una política no puede justificarse por sus buenas intenciones. Se justificará menos aún por intenciones bárbaras. Nunca dijimos que toda política c^ue triunfa fuese buena. Hemos dicho que una política, para ser buena, tiene que triunfar. Nunca dijimos que el triun- 28 ío santificase todo; hemos dicho que el fracaso es una falta o que en poh'tica no existe el derecho a equivocarse, y que sólo el éxito toiiia definitivamente razonable lo que al principio era audacia y fe. La maldición de la política consiste precisamente en esto: que debe traducir los valores en el orden de los hechos. En el terreno de la acción toda voluntad vale como previsión y, recíprocamente, todo pronóstico es complicidad. Una política no debe estar entonces basada solamente en derecho, debe comprender lo que es. Se dijo siempre; la política es el arte de lo posible. Esto no suprime nuestra iniciativa: puesto que no conocemos el porvenir, no nos queda otra cosa, después de haber calculado todo, que esforzarnos en el sentido que hemos elegido. Pero esto es un llamamiento a la seriedad de la política; en lugar de afirmar simplemente nuestras voluntades, nos obliga a buscar difícilmente en las cosas la figura que deben asumir. Usted justifica, prosigue otro, a un Hitler victorioso. No justificamos nada ni a nadie. Puesto que admitimos un elemento de azar en la política mejor meditada, y por lo tanto un elemento de impostura en cada "gran hombre", estamos muy lejos de absolver a ninguno. Diremos más bien que todos son injustificables. En cuanto a Hitler, si hubiera vencido habría seguido siendo el miserable que era y la resistencia no hubiera sido menos válida. Decimos solamente que, para constituir una política, ella hubiera tenido que darse nuevas consignas, encontrar justificaciones actuales, insinuarse en las fuerzas existentes, a falta de lo cual, luego de cincuenta años de nazismo, no hubiera sido nada más que un recuerdo. Una legitimidad que no encuentra los medios de hacerse valer mucre con el tiempo; no por- 29 que aquélla ocupe su lugar se torna santa y venerable, sino porque ésta constituye en adelante el fondo de las creencias indiscutibles para la mayoría, creencias que solamente el héroe se atreve a rechazar. Nunca hemos inclinado pues lo válido frente a lo real; nos hemos negado a ubicarlo en lo irreal. Decimos: "no hay un vencedor designado, elegid en el riesgo". Los críticos comprenden: "corramos hacia el vencedor". Decimos: "la razón del poder siempre es partidista". Ellos comprenden: "los poderes siempi-e tienen razón". Decimos: "toda ley es violencia". Ellos comprenden: "toda violencia es legítima". Decimos: "el hecho nunca es una excusa; es vuestro asentimiento que lo torna irrevocable". Ellos comprenden: "adoremos el hecho". Decimos: "la historia es cruel". Ellos comprenden: "la historia es adorable". Nos hacen decir que el Gran Inquisidor queda absuelto desde el momento en que le negamos la i'mica justificación admisible: la de una ciencia sobrehumana del porvenir. La contingencia del porvenir, que explica las violencias del poder, le quita al mismo tiempo toda legitimidad, o legitima igualmente la violencia de los opositores. El derecho de la oposición es exactamente igual al det poder. Si nuestros críticos no ven esas evidencias, y si creen encontrar en nuestro ensayo argumentos contra la libertad, es que para ellos se habla contra la libertad cuando se dice que comporta un riesgo de ilusión y de fracaso. Mostramos que una acción puede producir una cosa distinta de la que se proponía, y que sin embargo el hombre político asume las consecuencias. Nuestros críticos no quieren saber de una condición tan dru^a. Necesitan culpables completamente negros, inocentes 30 completamente blancos. No entienden qtae existan trampas en la sinceridad, ninguna ambigüedad en la vida política. Uno de ellos, para resumirnos, escribe con visible indignación: "El acto de matar, a veces bueno, a veces malo ( . . . ) El criterio de la acción no está en la misma acción". Esta indignación prueba que se tienen buenos sentimientos pero poca instrucción. Pues al fin y al cabo, hace tres siglos que Pascal decía: "Resulta honorable matar a un hombre si habita del otro lado del río", y concluía: "Así es, estos absurdos constituyen la vida de las sociedades". Nosotros no vamos tan lejos. Decimos: se podría pasar por eso, si fuese para crear una sociedad sin violencia. Otro crítico cree comprender que Koestler, en El Cero y el Infinito, "toma partido a favor del inocente contra el juez injusto o abusivo". Esto implica confesar con toda nitidez que no se ha leído el libro. Quiera el Cielo que no se trate aquí más que de un error judicial. Quedaríamos en el universo feliz del liberalismo en el cual se sabe lo que se hace y donde, al menos, se conserva la conciencia para sí. La grandeza del libro de Koestler radica precisamente en hacernos entrever que Rubashov no sabe cómo apreciar su propia conducta y, según los momentos, se aprueba o se condena. Sus jueces no son hombres apasionados u hombres mal informados. Es mucho más grave: lo saben honesto y lo condenan por deber político y porque creen en el porvenir socialista de la U.R.S.S. El mismo se sabe honesto (tanto como es posible serlo) y se acusa por lo que durante mucho tiempo creyó. Nuestros críticos no c]uieren saber nada de esos desgarramientos ni de esas dudas. Repiten con satisfacción: un inocente es un inocente, un asesinato es un asesinato. Montaigne decía: "El bien público re- 31 quiere que se traicione y que se mienta y que se masacre ( . . . ) " . Describía al hombre público en la alternativa de no hacer nada o de ser criminal: "¿Qué remedio queda? Ninguno; pero si estuvo verdaderamente atormentado entre los dos extremos, era preciso que lo hiciese; pero si lo estuvo sin lamentarlo, si no le molestó hacerlo, es el signo de que su conciencia está en malos términos". Hacía ya del hombre político una conciencia desdichada. Nuestros críticos no quieren saber nada de todo esto: precisan una libertad que tenga buena conciencia, un hablar francamente sin consecuencias. Hay aquí una verdadera regresión del pensamiento político, en el mismo sentido en que los médicos hablan de una regresión hacia la infancia. Se quiere olvidar un problema que Europa sospechaba desde los griegos: ¿la condición humana será tal que no exista para ella una buena solución? ¿No existe algo así como una desconfianza de la vida en común? íToda acción no nos compromete en un juego que no podemos controlar totalmente? ¿Existe una especie de maleficio de la vida en común? En los períodos de crisis, al menos, ¿cada libertad no se superpone a las otras? Obligados a escoger entre el respeto por las conciencias y el respeto por la acción, que se excluyen y sin embargo se atraen si ese respeto debe ser eficaz y si esa acción ha de ser humana, nuestra elección, ¿no es siempre mala y siempre buena? La vida política, al mismo tiempo que torna posible una civilización a la cual no se trata de renunciar, ¿no comporta un mal fundamental, que no impide sin embargo distinguir entre ios sistemas políticos y preferir el uno al otro, pero que prohibe concentrar la reprobación sobre uno solo y "relativiza" el juicio político? Estas preguntas no parecen nuevas sino a quienes no han leído nada o han olvidado todo. El proceso y la muerte de Sócrates no habrían quedado como tema de reflexión y de comentarios si hubieran sido nada más que un episodio en la lucha de los malos contra los buenos, si no se viera aparecer a un inocente que acepta su condena, un justo que adhiere a la conciencia y que sin embargo se niega a culpar a lo exterior y obedece a los magistrados de la ciudad, queriendo decir con ello que pertenece al hombre juzgar la ley, a riesgo de ser juzgado por ella. Es la pesadilla de una responsabilidad involuntaria y de una culpabilidad por posición que implicaba ya el mito de Edipo: Edipo no quiso desposar a su madre ni matar a su padre, pero lo hizo y el acto vale como un crimen. Toda la tragedia griega sobrentiende esta idea de un azar fundamental que nos hace a todos culpables y a todos inocentes porque no sabemos qué hacemos. Hegel expresó admirablemente la imparcialidad del héroe que ve muy bien que sus adversarios no son necesariamente "malos", que, en cierto sentido, todo el mundo tiene razón, y que cumple su tarea sin esperar ser aprobado por todos ni totalmente por sí mismo ^*'. Cuando nuestros mayores de la guerra de 1914 volvían de permiso, sus familias bien-pensantes ios acoo^ ían con el vocabulario de Barres. Recuerdo esos silencios, esa molestia en el aire y mi sorpresa de niño, cuando el soldado cubierto de gloria y de palmas daba vuelta la cara y rechazaba el elogio. Como dice más o menos Alain, es que el odio estaba atrás, con el miedo, 16 Entre ese héroe y el Inocente del cual nos ofrecen hoy la ccUEkante imagen, !a tül'erencia es niás o menos la inisnia (¡uc existe entre vcr iaderos soldados y los soldados según el Echo de l'ari.s ^Diario conservador fran íes qnc desapareció con la Segunda (.iic-ira Mundial) \(N. del T.]) 33 el coraje estaba adelante, con el perdón. Ellos sabían, que no hay gente de bien y de la otra, y que en la guerra las ideas más honorables se hacen valer por medios que no lo son. El mito del aprendiz de brujo es todavía una de esas imágenes obsesivas en que el Occidente expresa de tiempo en tiempo su terror de ser sobrepasado por la naturaleza y por la historia. Los críticos cristianos que hoy desautorizan alegremente la Inquisición porque están amenazados por una inquisición comunista --olvidando que su religión no condenó el principio y que, durante la guerra, supo aprovechar aquí y allá del brazo se cular—, ¿cómo pueden ignorar que está centrada sobre el suplicio de un inocente, que el verdugo "no sabe lo que hace", que por lo tanto tiene razón a su manera, y que el conflicto es puesto así, solemnemente, en el corazón de la historia humana? La conciencia de ese conflicto se encuentra en su más alto punto en la sociología de Max Weber. Entre una "moral de la responsabilidad" que juzga, no según la intención, sino según las consecuencias de los actos, y una "moral de la fe" o de la "conciencia", que coloca el bien en el respeto incondicional de los valores, sean cuales fueren las consecuencias, Max Weber se niega a elegir. Se niega a sacrificar la moral de la fe, él no es un Maquiavelo. Pero también se niega a sacrificar el resultado, sin el cual la acción pierde su sentido. Hay "politeísmo" y "combate de los dioses" " . Weber critica el realismo político, que a menudo elige demasiado pronto para ahorrarse esfuerzos, pero critica también la moral de la fe, y el Hier stehe ich, ich kann nicht anders " por medio del cual resuelve el dilema cuando 17 y is K. AKON, Socioíogie Aííemande contemparaine, pág. 122. 34 se presenta ineludiblemente, es una fórmula heroica que no garantiza al hombre ni la eficacia de su acción, ni siquiera la aprobación de los otros o de sí mismo. "La moral, a los ojos de Weber, es el imperativo categórico de Kant o el Sermón de la Montaña. Pero tratar a su semejante como un fin y no como un medio es un mandamiento rigurosamente inaplicable en toda política concreta (aun si se da como fin supremo la realización de una sociedad en la que esta ley se convierta en realidad). Por definición la política combina los medios, calcula las consecuencias. Pero las consecuencias son las reacciones humanas a las que trata así como fenómenos naturales; los medios son aún, al menos parcialmente, las acciones humanas reducidas al rango de instrumentos. En cuanto a la moral de Cristo: dar la otra mejilla, es falta de dignidad si no es santidad, y la santidad no tiene cabida en la vida de las colectividades. La política es inmoral por esencia. Comporta un pacto con los poderes infernales porque es lucha por el poder y porque el poder conduce a la violencia, cuyo uso legítimo posee el Estado ( . . . ) . No hay sino rivalidad de dioses, hay una lucha inexpiable ( . . . ) " . Asi es como Raymond Aron expresaba en 1939 un pensamiento que no hacía suyo, pero que juzgaba al menos como uno de los más profundos, sin que por ello se lo acusara de volverse servidor del poder nazi o del poder comunista, lo cual, como sabemos, no hubiera dejado de tener su encanto. Felices tiempos. Todavía se sabía leer. Se podía aim reflexionar en alta voz. Todo esto parece haber terminado. La guerra ha gastado tanto los corazones, ha exigido tanta paciencia, tanto valor, prodigó tanto los horrores gloriosos o no gloriosos, íjiic los hombres no tienen .si(ii:¡iera suficiente ener- 35 gía para mirar la violencia a la cara, para verla allí donde se encuentra. Han deseado tanto alejar al fin la presencia de la muerte y volver a la paz, que no pueden tolerar el no encontrarse en ella todavía, y una visión un poco franca de la historia es considerada como una apología de la violencia. No pueden soportar la idea de estar expuestos a ella todavía, de tener todavía que pagar con audacia el ejercicio de la libertad. Mientras que todo, tanto en la política como en el conocimiento, muestra que el reino de una razón universal es problemático, que tanto la razón como la libertad deben realizarse en un mundo para el cual no están predestinadas, se prefiere olvidar la experiencia, dejar allí la cultura, y formular solemnemente, como verdades venerables, las pobrezas que se adecúan a la propia fatiga. Un inocente es un inocente, un culpable es un culpable, el asesinato es un asesinato —tales son las conclusiones de treinta siglos de filosofía, de meditación, de teología y de casuística. Sería demasiado penoso tener que admitir que en cierto modo los comunistas tienen razón y sus adversarios también. El "politeísmo" es demasiado duro. Se elige entonces el dios del Este o el dios del Oeste. Y —siempre es así—, justamente porque tienen por la paz un amor hecho de debilidad, están prontos para la propaganda y para la guerra. Al fin de cuentas la verdad de la cual huyen, es la que expresa que el hombre no tiene derechos sobre el mundo, que no es, para hablar como Sartre, "hombre de derecho divino", que está arrojado a una aventura cuyo término feliz no está garantizado, que el acuerdo de los espíritus y las voluntades no está asegurado en principio. Y aun esto sólo es cierto para los mejores. Si fuese el lugar de entrar en detalles, iios gustaría describir a los otros. Sus nombres no importan, nuestro propósito es solamente sociológico. Un crítico, para defender la inocencia, encuentra acentos que conmueven, cuando de pronto el lector atento observa que su alegato no dice una sola palabra de los inocentes, de los cuales se ocupa Koestler y de los cuales habla nuestro propio estudio: los opositores condenados en Moscú. "Estimo deplorable, dice ( . . . ) que esas discusiones engranen sobre el ejemplo y sobre la cuestión rusa: los conocemos mal." He aquí un inocente bien astuto. Niega vivamente su ayuda ¡a los Bujarin, que podrían necesitarla, la reserva a Juana de Arco o al duque de Enghien, que no son más que cenizas. Ese paladín es muy prudente. Nos coloca, o poco falta, en el número de los "aduladores del poder". Nosotros preguntamos si gustamos más a los comunistas al hablar de los procesos de Moscú, como hemos hecho, o evitando hablar, como hace él. Es muy evidente, que le interesa primeramente la depuración francesa y "el doble escándalo de las represiones abusivas y de las inmunidades inconcebibles". Naturalmente, nunca hemos dicho una palabra en favor de las represiones abusivas. Hemos dicho que un colaborador desinteresado no es menos condenable, y que el hombre político, en las circunstancias extremas, arriesga su cabeza aun cuando no sea codicioso ni venal. Esta es la idea que no se quiere ver ni discutir. No se quiere que la política sea algo grave o al menos serio. Lo que se defiende es en definitiva la irresponsabilidad del hombre político. Y no sin razones. Este escritor, que en la época de preguerra y aún un poco más tarde, veía más ministros en una semana que los que veremos en nuestra vida, no podría tolerar la seriedad en la política, y menos todavía lo trágico. i7 Cuando decimos que la decisión política comporta un riesgo de error y que solamente el acontecimiento mostriará si hemos tenido razón, él interpreta como puede: "Tener razón significa estar en el poder, tener la sartén por el mango". Esto tiene su firma. Para encontrar semejantes palabras es preciso llevarlas en sí. Un hombre frivolo, que tiene necesidad de un mundo frivolo, en el cual nada sea irreparable, habla para la justicia eterna. Es el picaro quien defiende la "moral rígida". Es Péguy quien defiende la moral flexible. No hay educadores más rígidos que los padres desvergonzados. En la misma medida en que un hombre está menos seguro de sí, en que carece de gravedad y, toléresenos la palabra, de verdadera moralidad, reserva en el fondo de sí mismo un santuario de principios que le dan, para retomar la expresión de Marx, un "pundonor espiritualista", una "razón general de consolación y de justificación". El mismo crítico se da mucho trabajo para encontrar esta precaución hasta en Saint-Just, y pone en el haber del Tribunal Revolucionario "debaíes de parodia", "homenaje que (...) el vicio, por su hipocresía, rinde a la virtud". Así es precisamente cómo razonaban nuestros padres, libertinos en la práctica, intratables en los principios. Es una vida por partida doble la que nos ofrecían bajo el nombre de moral y de cultura. No querían encontrarse solos y desnudos en un mundo enigmático. Que la paz sea con ellos. Han hecho lo que han podido. Digamos aún que esa canallería no carecía de suavidad, porque disfrazaba lo que hay de inquietante en nuestra condición. Pero cuando se toma, para predicarla, el portavoz de la moral, y cuando en nombre de certidumbres fraudulentas se pone en duda la honestidad de quienes quieren sa- 38 ber lo que hacen, les respondemos suave pero firmemente; vuelvan a sus asuntos. En definitiva, se preguntará tal vez por qué nos tomamos tanto trabajo: si finalmente pensamos que no es posible ser comunista ni sacrificar la libertad a la sociedad soviética, ¿por qué tantas vueltas antes de esta conclusión? Porque sucede que la conclusión no tiene el mismo sentido según se llegue a ella por un camino o por otro. Porque —una vez más— existen dos usos y hasta dos ideas de la libertad. Hay una libertad que es la insignia de un clan, y por lo tanto el lema de una propaganda. La historia es lógica al menos en esto: ciertas ideas tienen con cierta política o con ciertos intereses una conveniencia preestablecida, porque unos y otros suponen la misma actitud frente a los hombres. Las libertades democráticas tomadas como tínico criterio en el juicio que se establece sobre una sociedad, las democracias absueltas de todas las violencias 'que ejercen aquí y allá porque reconocen el principio de las libertades y las practican al menos en el interior, en una palabra, la libertad convertida paradójicamente en un principio de separación y de fariseísmo, todo esto constituye ya una actitud de guerra. Por el contrario, de la libertad en acto que busca comprender a los otros hombres y que nos reúne a todos, nunca podrá obtenerse una propaganda. Muchos escritores viven ya en estado de guerra. Ya se ven fusilados. Cuando el presente ensayo fue publicado en revista, un amigo vino a encontrarnos y nos dijo: "En todo caso, y aún si los comunistas lúcidos piensan de los procesos más o menos lo mismo que usted, usted lo dice mientras ellos lo callan, por lo tanto usted debe ser fusilado". Le concedimos de buen grado esta consecuencia, que no provoca nin- 39 guna dificultad. ¿Pero después? Que un sistema tal vez nos condene, eso no prueba que sea el mal absoluto y no nos dispensa de rendirle justicia cuando corresponda. Si nos habituamos a ver en él nada más que una amenaza contra nuestra vida, entramos en la lucha a muerte donde todos los medios son buenos, en el mito, en la propaganda, en el juego de la violencia. En esas perspectivas lúgubres se razona mal. Es preciso comprender de una buena vez que esas cosas pueden pasar, y pensar como gente con vida. Puede que este ensayo sea ya anacrónico, y que la guerra esté establecida ya en los espíritus. Nuestra equivocación, si realmente lo es, ha sido proseguir, pluma en mano, una discusión comenzada hace mucho tiempo con jóvenes compañeros, y someter su relato a fanáticos de todo tipo. Alguien preguntaba recientemente: ¿para quién escribimos? Profunda pregunta. Siempre se debería dedicar un libro. No porque se cambie de pensamiento al mismo tiempo que de interlocutor, sino porque toda palabra, que lo sepamos o no, es siempre palabra hacia alguien, sobrentiende siempre cierto grado de estima o de amistad, un cierto número de malentendidos superados, una determinada bajeza superada, y porque al fin es siempre a través de los encuentros de nuestra vida que un poco de verdad sale a la luz. Es verdad, no escribimos para los sectarios, pero tampoco para ese colega ensoberbecido y siempre vuelto hacia sí mismo. Escribimos para amigos cuyos nombres quisiéramos inscribir aquí, si fuese permitido tomar a los muertos por testigos. Eran simples, sin reputación, sin ambición, sin pasado político. Se podía conversar con ellos. Uno de ellos nos decía en 1939, luego del pacto germano-soviético: "No tengo filosofía 40 de la historia". El otro tampoco admitía el episodio. Sin embargo, con todas las reservas imaginables, se unieron a los comunistas durante la guerra. Eso no los cambió. El primero, como sus hombres estaban prisioneros de los milicianos de Pétain en un pueblo, entró en él para participar de su suerte, a pesar de que nada podía hacer por ellos. Ella, encerrada en la prisión durante dos meses, y destinada a comparecer ante un tribunal francés, como se creía entonces, escribía que recusaría a sus abogados si trataban de sacar un argumento a su favor basándose en su poca edad. Se admitirá tal vez que eran individuos y sabían qué era la libertad. No sorprenderá si, al tener que hablar del comunismo, tratamos de escrutar, a través de la niebla y la noche, esos rostros que se borran de la tierra. 41 PRIMERA PARTE EL TERROR CAPÍTULO PRIMERO LOS DILEMAS DE KOESTLER "Esto es pues lo que quieren establecer en Francia", decía un anticomunista al cerrar El Cero y el Infinito. "jQué apasionante debe ser vivir bajo ese régimen!", decía por el contrario un simpatizante de origen ruso, emigrado en 1905. El primero olvidaba que todos los regímenes son criminales, que el liberalismo occidental se asienta sobre el trabajo forzado de las colonias y sobre veinte guerras, que la muerte de un negro linchado en Luisiana, la de un indígena en Indonesia, en Argelia o en Indochina es, frente a la moral, tan poco perdonable como la de Rubashov, que el comunismo no inventa la violencia, la encuentra establecida, que la cuestión por el momento no es saber si se acepta o se rechaza la violencia, sino si la violencia con la cual se pacta es "progresista" y tiende a suprimirse o si tiende a perpetuarse, y que, en definitiva, para decidirlo, es preciso situar el crimen en la lógica de una situación, en la dinámica de un régimen, en la totalidad histórica a la cual pertenece, en lugar de juzgarlo en sí, según la moral que se llama, equivocadamente, moral "pura". El segundo olvidaba que la violencia —angustia, sufrimiento y muerte—, no es bella sino en imagen, en la historia escrita y en e] arte. Los hombres más pacíficos 45 hablan de Richelieu y de Napoleón sin estremecerse. Sería preciso imaginar cómo veía el duque de Enghien a Napoleón. La distancia, el peso del acontecimiento sucedido transforman el crimen en necesidad histórica y a la víctima en un sueño vacío. ¿Pero qué académico admirador de Richelieu mataría con sus manos a Urbano Grandier? ¿Qué administrador mataría con sus manos a los negros que hace morir para construir un ferrocarril colonial? Sin embargo lo pasado y lo lejano han sido vividos por hombres que jugaban o juegan en él sus únicas vidas, y los gritos de un solo condenado a muerte son inolvidables. El anticomunismo se niega a ver que la violencia está por todas partes, el simpatizante exaltado que nadie puede observarla de frente. Ni uno ni otro habían leído bien El Cero y el Infinito, que confronta esas dos evidencias. Aun si no lo hace como se debe, el libro plantea el problema de nuestro tiempo. Es suficiente como para que haya despertado un interés apasionado. Es suficiente también para que no haya sido verdaderamente leído, pues los problemas que nos preocupan son justamente los que nos negamos a formular. Tratemos pues de comprender ese libro célebre y mal conocido. Rubashov ha estado siempre en el exterior y en la historia. Apenas si tuvo que fijar por sí mismo su conducta: la suerte de los hombres y su suerte personal se jugaban delante de él, en las cosas, en la Revolución por hacer, por terminar, por continuar. ¿Quién era él sino ese X a quien se imponían las tareas evidentes dadas con la situación? Ni siquiera el peligro de muerte podía hacerlo volver a sí mismo: para un revolucionario la muerte de un hombre no es un mundo que se acaba, es un comportamiento que se corta. La muerte no es más que un caso particular o un caso límite de la inactividad histórica, y es por eso que los revolucionarios no dicen de un adversario que éste ha muerto, sino que ha sido "suprimido físicamente". Para Rubashov y sus camaradas, el Yo era a la vez tan irreal y tan indecente que lo llamaban burlándose la "ficción gramatical". Humanidad, valores, virtudes, reconciliación del hombre con el hombre, no eran para ellos fines deliberados sino posibilidades del proletariado al que se trataba de colocar en el poder. Durante años Rubashov vivió pues en la ignorancia de lo subjetivo. Importa poco que Ricardo sea un militante antiguo y abnegado, si se debilita, si discute la línea adoptada, es un peligro para el movimiento, será excluido. No se trata de saber si los portuarios quieren descargar o no la nafta que el país de la Revolución envía a un gobierno reaccionario: al prolongar el boicot el país de la Revolución corre el riesgo de perder un mercado. El desarrollo industrial del país de la Revolución cuenta más que la conciencia de las masas. I,os jefes de la sección de los portuarios serán excluidos. Hasta el mismo Rubashov no se trata mejor que los otros. Piensa que la dirección del Partido se equivoca y lo dice. Detenido, desaprueba su actitud de oposición no para salvar su vida, sino para salvar su vida política y permanecer en la historia en la cual siempre ha estado. Nos preguntamos cómo puede querer a Arlova. También es un amor extraño. Una sola vez ella le dice: "Usted hará siempre de mí lo que quiera". Y nunca más nada. Ni una palabra siquiera cuando ha sido expulsada por la célula del Partido. Ni siquiera una palabra la última noche que va a lo de Rubashov. Y ni una palabra siquiera de Rubashov para defender- 47 la. No hablará de ella si no es para desaprobarla a invitación del Partido. Honor, deshonor, sinceridad, mentira, estas palabras no tienen sentido para el hombre de la historia. No hay sino traiciones objetivas y méritos objetivos. Traidor es aquel que de hecho abandona el país de la Revolución tal como es, con su dirección y su mecanismo. El resto es psicología. La psicología despreciada toma venganza. El individuo y el Estado, confundidos en la juventud de la Revolución, reaparecen cara a cara. Las masas no son portadoras del régimen, le obedecen. Las decisiones ya no son puestas en discusión en la base del Partido, se imponen por la disciplina. La práctica ya no está basada, como al comienzo de la Revolución, sobre un examen permanente del movimiento revolucionario en el mundo, ni concebida como la simple prolongación del curso espontáneo de la histoiia. Los teóricos corren tras las decisiones del poder para encontrarles justificaciones de las cuales el poder se burla. Rubashov toma conocimiento poco a poco de la subjetividad qvie se desprende de los acontecimientos, y los juzga. Detenido nuevamente, y esta vez separado de la acción y de la historia, no es sólo la voz de las masas y de ios militantes excluidos 'que cree escuchar: hasta el enemigo de clase vuelve a tomar para él un rostro hiiinano. El oficial reaccionario que ocupa la celda vecina a la suya —hombre mujeriego, atiborrándose con su honor y coraje personal—, no es solamente uno de esos guardias blancos que Pvubashov hizo fusilar durante la Revolución, es alguien a quien se puede Jiablar dando golpes en la pared, en el lenguaje de todos los prisioneros del mundo. Rubashov ve por primera vez la Revolución en la perspectiva del guardia blanco y siente que nadie puede sentirse justo bajo la mirada de aquellos a quienes hizo violencia. "El con\prende" el odio hacia los guardias blancos, "perdona", pero desde este momento incluso su pasado revolucionario vuelve a estar en tela de juicio. Y, sin embargo, fue justamente por liberar a los hombres c^ue hizo violencia a los hombres. No supone haberse ec[uivocado. Pero ya no es inocente. Quedan todas esas miradas que fue preciso apagar. Oueda otra instancia aparte de la historia y de la tarea revolucionaria, otro criterio aparte del de la razón ocupada totalmente en calcular la eficacia. Queda la necesidad de sufrir lo que se hizo sufrir a los otros para volver a establecer con ellos una reciprocidad y vxna comunicación a la que no se acomoda la acción revolucionaria. Rubashov morirá como un opositor, silencio- •samente, como todos aquellos que en su momento él hizo ejecutar. Sin embargo, si lo que cuenta son los hombres, ¿por qtié ha de ser más fiel a los muertos c^ue a los vivos? Fuera de la prisión están todos aquellos que, a gusto o no, siguen el camino en el cual los introdujo Rubashov. Si muere en silencio, abandona a esos hombres con los cuales combatió, y su muerte no los iluminará. Por otra parte, ¿qué otro camino mostrarles? ¿No fue progresivamente y poco a poco que se llegó a la nueva política? Romper con el régimen sería desaprobar el pasado revolucionario del cual surgió. Pero, cada vez que piensa en 1917, Rubashov ve como evidente que era necesario hacer la revolución, y, en las mismas condiciones, todavía la haría, aun sabiendo a dónde conduce. Si se asume el pasado es preciso asumir el presente. Para morir en silencio, Rubashov tendría primeramente que cambiar de moral; necesitaría hacer 7« accesos de franqueza
no eran comunes entre los liberales. En la política
cotidiana profesaban, al menOS en palabras, el
"ningún enemigo a la izquierda" y trataban de evitar
el problema de la revolución. Nuestra política se realizaba,
pues, en la convicción, no formulada (y por
11 No hablamos aquí a favor de una libertad anárquica: si quiero Ui
libertad para el otro, es inevitable que esta misma le resulte una ley extraña,
y que el liberalismo se convierta de este modo en violencia. No es
posible ocultarse esta consecuencia a no ser que nos neguemos a pensar
en las relaciones del yo con los otros, tomo lo hací^ <-' anarquismo, a\inque no por cerrar los ojos a esta dialéctica deja por ello el anarquismo de sufrir menos sus efectos. Esta dialéctica es el )ieclio fundamental a partir del cual es preciso realizar la libertad. No le reprocliamos al liberalismi>
que sea violencia, le reprochamos que no se apeiiiba de ello, que enmascare
el pacto sobre el cual se basa y que desacreilite por bárbara la otra
libertad —revolucionaria—, que crea todos los paC'os sociales. Al suponer
la existencia de una Razón impersonal, de un Hon'bre racional en general,
y al considerarse un hecho natural y no un hecho histórico, el liberalismo
supone adquirida la universalidad cuando, de liecíio, el pioblema consiste
en batería aparecer en la dialéctica d;> la iii;('isul)i< tividad, coucrciii. tanto más poderosa), de que los juegos de la historia pueden ser dirigidos respetando las opiniones, que si bien estamos divididos sobre los medios, estamos de acuerdo sobre los fines, que las voluntades de los hombres pueden concordar. Esto es lo que no admite el marxismo. La revolución marxista no es irracional, puesto que es la prolongación y la conclusión lógica del presente, pero considera que esta lógica de la historia sólo es plenamente perceptible en una determinada situación social y para los proletarios, los únicos que viven la revolución porque son los únicos que tienen la experiencia de la opresión. Para los otros la revolución puede ser un deber o una noción: no pueden vivirla más que por procuración, en tanto se unen al proletariado y, cuando lo hacen, las ideas y los motivos no pueden ni deben ser determinantes, pues entonces la adhesión sería condicional: todo descansa sobre una decisión fundamental que no consiste solamente en comprender el mundo y en transformarlo, sino en unirse a quienes lo transforman efectivamente por el movimiento espontáneo de sus vidas. La crítica del sujeto pensante en general, el recurrir al proletario como al ser que no sólo piensa la revolución sino que es la revolución en acto, la idea de que la revolución no es solamente asunto de pensamiento y de voluntad, sino asunto de existencia, que la razón "universal" es una razón de clase y que, inversamente, la praxis proletaria lleva en sí la universalidad efectiva, en una palabra, la menor traza de marxismo revela (en el sentido que en ([uímica toma esta palabra) la fuerza creadora del hombre en la historia y la contingencia del pacto liberal, que sólo es un producto histórico que pretcn- 80 día, sin embargo, enunciar las propiedades inmutables de la Naturaleza Humana. Después de 1939 no hemos vivido, ciertamente, una revolución marxista, pero hemos vivido una guerra y una ocupación, y los dos fenómenos son comparables en el hecho de que ambos ponen en discusión lo indiscutible. La derrota de 1940 ha sido en la vida francesa \\n acontecimiento que no puede medirse con los cánones de los más grandes peligros de 1914-18; tuvo para muchos hombres el valor de una duda radical y la significación de una experiencia revolucionaria porí| ue dejaba al desnudo los fundamentos contingentes de la legalidad, porque mostraba cómo se construye una nueva legalidad. Por primera vez desde hacía mucho tiempo se veían disociadas la legalidad formal y la legalidad moral, el aparato de Estado se vaciaba de su legitimidad y perdía su carácter sagrado en provecho de un Estado que estaba por hacerse, que no reposaba todavía más que sobre las voluntades. Por primera vez desde hada mucho tiempo cada francés, y en particular cada oficial y cada funcionario, en lugar de vivir a la sombra de un Estado constituido, era invitado a discutir en sí mismo el pacto social y a reconstituir un Estado según su elección. Aquí no bastaba la simple razón: ya sea que se la comprenda como cálculo de posibilidades o como regla moral de universalidad, nos dejaba sin conclusión, porque era necesario afirmar sin reservas y afirmar contra otros hombres, porque las conciencias volvían a encontrarse colocadas en el dogmatismo de la lucha a muerte. Así aparecían los orígenes pasionales e ilegales de toda legalidad y de toda razón. Había dejado de existir la "diversidad legítima de las opiniones". Los hombres se condena- Sl ban unos a otros a muerte como traidores porque no veían el porvenir de la misma manera. Las intenciones no contaban ya más, sino solamente los actos. Sabemos que muchos hombres de edad u hombres jóvenes pero poco hechos a las responsabilidades radicales, se mostraban por debajo de la prueba y, en el vértigo que se apoderaba de ellos, buscaron un punto fijo en la legalidad de Vichy a la espera de encontrarlo en el el gobierno de De Gaulle al fin reconocido. Sabemos, también que muchos de los liberales se sacaron de encima lo más pronto posible con sus uniformes revolucionarios las responsabilidades de la creación, y que ese gobierno tan pronto como fue creado buscó por todos los medios hacer olvidar sus orígenes insurreccionales y lo logró bastante bien. Pero las consideraciones de la depuración despiertan todavía el recuerdo de ese momento en el cual el Estado de hecho fue puesto entre paréntesis, sus decisiones y sus leyes invalidadas, en el que la Razón era violencia y la libertad carecía de respeto. Pues es un hecho que las sentencias a muerte han sido admitidas por la opinión aún cuando los debates, como en el caso Laval, habían sido acortados, y que también hubiesen sido aceptadas si no hubiera habido ningún debate. Al gobierno, a los magistrados, hasta a la conciencia común, vueltas al estado de paz, les repugna admitir que se pueda ser condenado por las ideas, razón por la cual la acusación, casi siempre, trata de poner de manifiesto una mala intención. Experimentamos una especie de alivio cuando se puede mostrar que las pasiones políticas del acusado lo condujeron a completar contra su país y contra la libertad, o que quiso el pocícr, la gJoria. el dinero. Pero 82 aun cuando, como llega a suceder, la acusación fracasa sobre esos dos planos, basta que una sola víctima de la colaboración venga a testimoniar para 'que la condena surja por sí misma. Es poco probable que Pétain haya buscado deliberadamente arruinar al ejército francés para satisfacer sus pasiones reaccionarias. La liipótcsis del complot, que es siempre la de los acusadores porque participan junto con los jefes de j)olicía de la ingenua idea de una historia hecha de maquinaciones individuales, no tuvo más éxito en el proceso Pétain que en los procesos de Moscú. Es posible que ni Pétain ni Laval hubieran decidido entregarse a Alemania por el dinero, por conservar el poder o para hacer prevalecer determinada política. Y sin embargo, aun si no hubiesen cometido falta alguna en ese sentido, nos negaríamos a absolverlos como hombres que simplemente se han equivocado. Aun si quedara establecido que no han alentado otro móvil que el interés del país, aun si no hubiese sido prematuro dar por adquirida la victoria alemana en una fecha en la cual, como decía De GauUe, el mimdo tenía considerables fuerzas en reservas y podían cambiar todavía el fin de la guerra, aun si no hubiese habido algo sospechoso en el apuro con que registraban el hecho consumado, aun si, según toda probabilidad, la Alemania de 1940 estaba en vísperas de una victoria definitiva, la decisión que tomaron de colaborar no nos parecería menos criminal. ¿Queremos decir que era preciso oponer a la ocupación alemana un rechazo de tipo heroico, sin siquiera ninguna esperanza? ¿Un "en ningún caso" puramente moral? Tai negativa, y esta decisión no sólo de arriesgar la muerte, sino más aún de morir antes que vivir bajo la dominación extranjera o del S'j fascismo es, como el suicidio, un acto de absoluta gratuidad, que está más allá de la existencia. Si este acto es posible por mí y para mí, en tanto que me trasciendo hacia mis valores, pierde todo su sentido al ser impuesto desde afuera y decidido por un gobierno. Es una actitud individual, no es una posición política. Lo que se quiere significar cuando se condena como criminal la elección de los colaboracionistas, es que en historia ninguna situación de hecho aparece como absolutamente necesaria, y que la proposición, "Alemania ganará probablemente la guerra", no podía ser en 1940 una simple comprobación, que esta proposición aportaba a un acontecimiento todavía incierto el sello de lo irrevocable, que en historia no hay neutralidad ni objetividad absoluta, que el juicio aparentemente inocente que comprueba lo posible en realidad dibuja lo posible, que todo juicio de existencia es en realidad un juicio de valor, que el dejar hacer es un hacer. Pero, ¿cómo sabemos todo esto en lo que concierne a los acontecimientos de 1940? Por la victoria aliada. Esta demuestra perentoriamente que la colaboración no era necesaria, la hace aparecer como una iniciativa y la transforma, a pesar de lo que haya sido o creído ser, en voluntad de traición. La historia tiene una especie de maleficio: solicita a los hombres, los tienta, ellos creen marchar en el sentido que ella marcha, y de pronto se les oculta, el acontecimiento cambia, demuestra con hechos que era posible otra cosa. Los hombres a los cuales abandona y que no pensaban ser otra cosa que sus cómplices, son de pronto los instigadores del crimen que la victoria les inspiró, y no pueden buscar excusas ni descargarse de una parte de la responsabilidad y puesto que en el mismo momento en que seguían la pendiente aparente de la historia, otros decidían subir por ella, comprometían sus vidas sobre otro porvenir. No estaba, pues, por encima de las fuerzas humanas. ¿Estaban locos? ¿Ganaron por casualidad? ¿Tenemos derecho a alentar la misma compasión por los fusilados de la ocupación que por los fusilados de la depuración, igualmente víctimas del azar histórico? ¿O bien eran hombres que leían mejor la historia, que ponían en suspenso sus pasiones y actuaban según la verdad? Pero lo que se les reprocha a los colaboracionistas no es ciertamente un error de lectura, y lo que se honra en los resistentes no es la frialdad del juicio y la simple clarividencia. Se admira, por el contrario, que hayan tomado partido por lo probable, que hayan tenido bastante abnegación y bastante pasión como para dejar que hablaran en ellos las razones que sólo venían después. La gloria de los resistentes y la indignidad de los colaboracionistas supone a la vez la contingencia de la historia, sin la cual no existen culpables en política, y la racionalidad de la historia, sin la cual sólo habrá locos. Los resistentes no son locos ni sabios, son héroes, es decir, hombres en quienes la pasión y la razón han sido idénticas, que han hecho, en la obscuridad del deseo, lo que la historia esperaba y que debía aparecer después como la verdad del momento. No se le puede quitar a su elección el elemento de razón, pero menos aún el elemento de audacia y el riesgo del fracaso. Al confrontar al colaboracionista antes que hubiese errado históricamente con el resistente después de haber tenido razón históricamente, al resistente antes que la historia le hubiese dado la razón con el colaboracionista después que ésta se la hubiese negado, el proceso de depuración pone en evidencia S3 la lucha a muerte de las subjetividades que es la historia del presente. En el curso de un proceso por colaboracionismo, el acusado, que no había creído actuar contra el honor al recomendar la colaboración, presentaba al degaullismo de Londres y la colaboración de París como dos armas del interés francés frente a las incertidumbres de la historia. El argumento era odioso por el hecho de que justificaba en conjunto a los dcgaullistas y a los colaboracionistas como si se hubiese tratado de tesis especulativas, cuando en los hechos era necesario ser uno u otro y que los unos perseguían la muerte de los otros. Sobre el terreno de la historia ser colaboracionista no significaba ocupar una de las dos posiciones del interés francés; era afirmar que no había sino una; era asumir la milicia y la ejecución de los resistentes. No podríamos jugar a ser imparciales y justificar a todo el mundo sino frente a un pasado absolutamente ido (si alguna vez hubo uno). En eí pasado reciente, el que juzga ocupa una posición definida, exclusiva de toda otra, y resulta vencedor o perece con lo que escogió. La rebelión de los antiguos colaboracionistas contra los procesos de depuración prueba simplemente que nunca han imaginado la suerte de aquellos para quienes pedían la muerte. Si lo hubiesen hecho, hoy se callarían. Pedir que los jurados de depuración presenten "garantías de imparcialidad" significa probar que nunca se ha tomado partido absolutamente, pues si lo hubiesen hecho sabrían que cuando es radical, la decisión histórica es parcial y absoluta, que únicamente otra decisión puede convertirse en su juez, y que, para terminar, sólo los resistentes tienen derecho a castigar o absolver a los colaboracionistas. Es innoble que magistrados que han enjuiciado a los comunistas se pro- Ai nuncien hoy contra los colaboracionistas, sicnipre en nombre del Estado y llenos de una legalidad dada. Aquí es baja la imparcialidad y justa la parcialidad. I.a idea misma de justicia objetiva esta desprovista de sentido, puesto que debería comparar conductas que se excluyen y entre las cuales la sola razón no bastaba para elegir. La depuración resume y concentra la paradoja de la historia, que consiste en el hecho de que un futuro contingente aparece, una vez llegado al presente, como real y hasta como necesario. Aquí se muestra una dura idea de la responsabilidad, que no es lo que los hombres han querido, pero lo que descubren haber hecho a la luz de los acontecimientos. Nadie puede protestar contra ella; el resistente proyecta sobre 1940 y sobre el primer degaullismo los acontecimientos de 1944, y la victoria del degaullismo juzga al pasado en nombre del presente. Pero no esperó, para negar a la colaboración, que el degaullismo estuviese en el poder: la ha negado en nombre del porvenir que anhelaba. El colaboracionista, por su lado, petrificaba en destino una situación provisoria, prolongaba hacia el porvenir el presente del momento. De los dos lados hubo vma elección absoluta en lo relativo, sancionada por los muertos. Todo arbitraje "imparcial" entre esas elecciones es por eso mismo descalificado, toda justicia "impersonal" es ilegítima. Esas cosas pasan en lo absoluto de la voluntad, algo de lo que no tienen conocimiento los liberales. Bueno o malo, honesto o venal, valiente o cobarde, el colaboracionista es un traidor para el resistente, y por lo tanto un traidor objetiva o históricamente el día en que la resistencia sale victoriosa. La responsabilidad histórica sobrepasa las categorías del pensamiento liberal: intención y acto, circunstan- ,V7 cias y voluntad, objetivo y subjetivo. Aplasta al indivi duo en sus actos, mezcla lo objetivo y lo subjetivo, imputa las circunstancias a la voluntad; subtituye así al individuo, tal como éste se sentía ser, por un papel o un fantasma en el cual ya no se reconoce, pero en el cual debe reconocerse, porque es lo que ha sido para sus víctimas y porque sus víctimas tienen hoy razón. La experiencia de la guerra puede ayudarnos a compi'en der los dilemas de Rubashov y los procesos de Moscú, Es cierto, no hubo entre Hitler y Bujarin ninguna entrevista de Montoire; cuando Bujarin fue juzgado, el enemigo no estaba ya o no estaba todavía sobre el territorio de la U.R.S.S. Pero en un país que no cono-^ ció, casi desde 1917, sino situaciones-límites, aun antes de la guerra y antes de la invasión, la oposición podítt aparecer como traición. Cualquier cosa que haya querido, incluso si se tratara de un porvenir más seguro para la revolución, subsiste la situación de que de hecho debilitaba a la U.R.S.S. En todo caso, por uno de esos golpes de fuerza que acostumbra a hacer la histo ria, los acontecimientos de 1941 la acusan de traición. Igual que los procesos de los colaboracionistas desinteresados, los procesos de Moscú serían el drama de la honestidad subjetiva y de la traición objetiva. No habría más que dos diferencias. La primera consiste en que las condenas de la depuración no hacen revivir a los que están muertos, mientras que la represión podía ahorrar a la U.R.S.S. derrotas y pérdidas. Los procesos de Moscú serían así más crueles porque anticipaban el juicio de los hechos, y menos crueles porque contribuían a una victoria futura. La otra diferencia consiste en que, al estar los acusados marxistas de acuerdo con la acusación sobre el principio de la respotisabilidad his- 88 tórica, se constituyen en sus propios acusadores y que, para descubrir su honestidad subjetiva, tenemos que atravesar no solamente la demanda del fiscal, sino también las propias declaraciones de los acusados. Tal es la hipótesis a la cual nos vemos conducidos si vamos, en buen método marxista, de las circunstancias históricas a los mismos procesos, de lo que podían ser a lo que han sido. Queda por hacer ver que este método permite, y sólo él permite, comprender el detalle de los debates. Estos deben mostrar, si no nos hemos engañado, el doble sentido de los mismos hechos según se los considere en una perspectiva de porvenir o en otra, y cómo esos dos sentidos pasan el uno al otro: la oposición es traición y la traición no es sino oposición. La ambigüedad es visible desde el comienzo. Por un lado, al principio de los debates, Bujarin se reconoce "culpable de los hechos que se le reprochan" ^^ y que acaban de ser enumerados en el acta de acusación. Se trata de su participación, a veces directa, a veces indirecta, en un "bloque de derechistas y de trotskistas", "grupo que había decidido hacer espionaje en provecho de Estados extranjeros, dedicarse al sabotaje, a actos de división, al terrorismo, a socavar la potencia militar de la U.R.S.S., a provocar vma agresión militar de esos Estados contra la U.R.S.S., la derrota de la U.R.S.S., el desmembramiento de la U.R.S.S. {.-.), en fin, derribar el régimen socialista de la sociedad ( . . .) y la restauración en la U.R.S.S. del capitalismo y el poder de la burguesía" ^*, sin perjuicio de "una serie 12 Memoria Taquigráfica de los Debate.';, pí^. 37. 13 Ihid., Acta de acusación, págs. Sá-Sü. de actos terroristas contra los dirigentes del partido comunista de la U.R.S.S. y ciel gobierno soviético ^*. Por todos esos actos del "bloque de derechistas y trotskystas", Bujarin reivindica una responsabilidad personal ^^ Ya por anticipado se considera condenado a muerte ^®. Y sin embargo se niega a reconocerse espía, traidor, saboteador y terrorista. No dio directivas de sabotaje (pág. 816) . No preparó, después de Brest-Litovsk, el asesinato de Lenin, sino solamente el derrumbe de la dirección del Partido y ei arresto de Lenin por veinticuatro horas (pág. 485). Ese proyecto del cual Bujarin fue el primero en hablar en un artículo en 1934, puede aparecer como criminal en 1938, cuando Lenin se ha convertido en una figura histórica y la dictadura se hizo más firme. En la atmósfera de 1918 no era una conspiración (págs. 506, 517, 540). Por cinco veces, y categóricamente, Bujarin rechaza la acusación de espionaje (págs. 409, 441, 452, 460, 817) y no pueden oponérsele más que los testimonios de Charangovitch e Ivanov, los dos acusados en el mismo proceso, a quienes trata de provocadores sin que la palabra arranque ninguna protesta al procurador Vishinsky. ¿Cómo puede al mismo tiempo, declararse responsable por actos de traición y declinar la calificación de traidor? 14 Ibid. 15 "Por consiguiente me reconozco ( . . . ) culpable de iodo el Cünjunlo de crímenes realizados por esta organización contralicvolucioaaria, inde^ pendientemente del hecho que yo conociera o que vo ignorara tal o cual acto, del hecho que yo tomara o no una participación directa en tal o cual acto, porque respondo como uno de los líderes de esla organización contrarrevolucionaria y no como agitador" (pAg. .591). 16 "Debo sufrir el castigo más severo, y estoy de acuerdo con el ciudadano procurador, que varias veces repitió que yo estaba en el umbral de la muerte" (pág. 81.5). "Un veredicto riguroso será justo po-que por tales rotas se puede hacer fusilar diez vetes" (pág. 9,23). ¿Es posible creer en las confesiones sin creer en las denegaciones? Unas y otras están yuxtapuestas, particularmente en la declaración final. Acompañadas de confesión las denegaciones no pueden hacer que el castigo sea atenuado. ¿Es posible creer en las denegaciones y retirar toda confianza a las confesiones? ¿Cómo hubiera podido esperar Bujarin, después de las sentencias de los dos primeros procesos, salvar su vida por la confesión? Si le hubiese sido impuesta por la tortura física o moral, no se concibe que fuese incompleta. Quedan las hipótesis fantásticas de los periodistas. Bujarin las prevé y las rechaza en su liltima declaración. "A menudo se explica el arrepentimiento por todo tipo de cosas absolutamente absurdas, como el polvo del Tibet, por ejemplo, etcétera. En cuanto a mí, diré cjue en la prisión en la cual estuve cerca de un año, he trabajado, he estado ocupado, conservé la lucidez de mi espíritu ( . . . ). Se habla de hipnosis. Pero en este proceso yo asumí mi defensa jurídica, me orienté durante la discusión, y polemice con el procurador. Y cualquier persona, aun si no es muy experta en las diferentes ramas de la medicina, estará obligada a reconocer que no podría haber hipnosis. A menudo se explica el arrepentimiento por un estado de espíritu a lo Dostoievski, por las cualidades específicas del alma (el "alma eslava"). Esto es verdad, por ejemplo, para personajes tales como Aliocha Karamazov, para los personajes de novelas como El Idiota y otros tipos de Dostoievski. Esos están prontos a clamar en la plaza pública: 'Golpéenme, ortodoxos, soy un infame. Pero la cuestión no está allí. En nuestro país el 'alma eslava' y la psicología de los héroes de Dostoievski son cosas desaparecidas hace mucho tiempo: pertenecen a lo pluscuamperfecto. Esos 91 tipos no existen más entre nosotros, a menos que se encuentren en los patios traseros de las casas de provincias, ¡y no estoy muy seguro tampoco!" " . Durante el curso de los debates tanto como en su última declaración, Bujarin no se nos aparece quebrado. Ya hemos visto ique no es un culpable que maniobra con la verdad, pero tampoco es un inocente aterrorizado. Se tiene la impresión de un hombre consciente ejecutando una tarea precisa y difícil. ¿Cuál? Bujarin se propone mostrar que sus actos de opositor, basados en una determinada apreciación del curso de la Revolución en la U.R.S.S. y en el nmndo, podían ser utilizados, sea fuera de la U.R.S.S. o en su interior, por todos los adversarios de la colectivización; les daba una plataforma ideológica y cobraba así figura de contrarrevolucionario sin que, naturalmente, él mismo se haya puesto nunca al servicio de ningún estado mayor extranjero. Pero todo esto no puede decirlo él; decirlo con sus propios términos sería sepaiar la honestidad personal y la responsabilidad ¡listórica, y finalmente recusar el juicio de la historia. Pero entre Bujarin y el poder judicial, aun cuando no haya uii coiunuo expreso, hay al menos ese contrato tácita cjue consiste en que uno y otro son marxistas. Bujarin no podrá, pues, matizar, polemizar, dar a entender. La única alma que se permite es la ironía. Por lo demás, que se lo condene, él está de acuerdo. Nuestra tarea ahora es decir lo que él no pudo sino sugerir. En el punto de partida de los "crímenes" no liay más que conversaciones entre los adversarios de la colectivización forzada y de la dirección autoritaria del Partido, 17 Ibid., piigs. 824-825. 92 La colectivización es prematura. El socialismo no es posible en un solo país. En Rusia, la Revolución llegó antes que el desarrollo económico, de tal modo que la política rusa tiene necesariamente un carácter estrechamente nacional y que el movimiento revolucionario mundial no puede ser orientado sobre las solas necesidades de la Unión Soviética. Hay una estabilización del capitalismo en el mundo y no, como lo habían esperado los hombres de 1917, un contagio revolucionario. Inútil ir contra el curso de las cosas, imposible violentar la historia, es necesario prolongar y amplificar la NEP. Esta política no es contrarrevolucionaria por sí misma. Lenin, que no tenía miedo de las palabras, defendía en 1922 la NEP como política de "retirada" sobre la línea del "capitalismo de Estado". Y agregaba: ". . .esto parece muy extraño a todo el mundo, que un elemento no socialista, en una República que se proclama socialista, sea preferido, es decir, reconocido superior al socialismo. Pero resulta comprensible cuando se recuerda que no considerábamos la estructura económica de Rusia como homogénea: por el contrario, sabíamos muy bien que debíamos afrontar a un tiempo una agricultura patriarcal, es decir, la forma social más primitiva y las formas socialistas". "En mil novecientos veintiuno, cuando ya habíamos atravesado la mayor etapa de la guerra civil, estalló una grave crisis interior, la más grave, creo, desde el nacimiento de la República: grandes masas no sólo de campesinos, sino más aún de obreros, manifestaron su descontento. Era la primera vez y será la última, espero, que en la historia de la Rusia soviética tengamos las masas campesinas contra nosotros, si no conscientemente, al menos instintivamente. ¿Cuál era la causa de esta situa- 93 ción extremadamente desagradable? La causa era que. en nuestro avance económico, habíamos ido demasiado lejos sin haber asegurado nuestras bases; las masas sentían lo que nosotros no podíamos formular conscientemente pero que reconocimos, transcurridas unas pocas semanas, a saber, que el pasaje directo hacia una forma económica puramente socialista, hacia la distribución puramente socialista de las riquezas estaba por encima de nuestras fuerzas. Si no estábamos en condiciones de efectuar nuestra retirada y limitarnos a tareas fáciles, podíamos considerarnos perdidos. Fue en febrero de 1921, creo, que comenzó la crisis. Desde la primavera del mismo año decidimos por unanimidad —comprobé grandes divergencias entre nosotros sobre eso—, la nueva política económica" ***. Luego de la experiencia de la NEP —y, por otra parte, conforme a la visión de la oposición de izquierda—, la dirección del Partido encuentra que es indispensable poner término a las concesiones. Pasa a la ofensiva por todos los medios. Emprende la colectivización forzada, y en una atmósfera de guerra civil, Bujarin y sus amigos mantienen el punto de vista de la NEP. "Esta etapa, dice Bujarin en el proceso, la considero como una transición a la 'contabilidad por partida doble sobre toda la línea del frente". " Es decir, que a partir de ese momento, al haberse comprometido a fondo la dirección stalinista en la colectivización, de buen grado o de mal grado los opositores juegan el papel de contrarrevolucionarios. Es preciso saber que hablaban un lenguaje rudo. La plataforma de Riutin, de la cual Bujarin reconoce haber tenido conoci- 18 LENIN, Discurso del IV Congreso Mundial de la Internacional Comu nista, noviembre 13 de 1922. 18 Memoria Taquigráfica de los Debates, págs. 413 y 415. 04 miento, definía a Stalin como el "gran agente provocador", el "enterrador de la Revolución y del P;ntido". Siendo asi, ¿por qué Bujarin, en el lenguaje de los stalinistas, no sería un provocador? Trotsky sostenía un programa de industrialización, pero por medio de métodos más suaves. "En presencia de la colectivi/.a( ióii forzada, dice Bujarin, Trotsky toma, de hecho, partido por el kulak- ( . . . ) Trotsky tuvo que sacarse su uniforme izquierdista. Cuando las cosas llegaron a la formulación precisa de lo que debía hacerse al fin de cuentas, se reveló de pronto su plataforma de derecha, es decir, que le fue preciso hablar de descolectivización, etc. -*'. La violenta política de la dirección stalinista había creado una crisis tal que sólo dos partidos eran posibles: estar a favor o estar en contra, y discutir los medios era de hecho diferir la colectivización y la industrialización." ¿Hemos querido restaurar el capitalismo?, pregunta en substancia Bujarin. No es ésta la cuestión. No se trata de lo que queríamos, sino de lo que hacíamos "Yo quería tocar otro aspecto de la cuestión, en mi parecer mucho más importante, el lado objetivo de este asunto, porque aquí se plantea el problema de la imputabilidad y de la apreciación desde el punto de trista de los crímenes revelados en el proceso ( . . . ) los contrarrevolucionarios de derecha representaban en un comienzo, según parece, una "desviación", una de esas desviaciones que principian por ser un descontento con motivo de la colectivización, con motivo de la industrialización, bajo el pretexto de que la industrialización arruina la producción. A primera vista era lo esencial ( . . . ) . Cuando toda la máquina del Estado, todos los -" Memoriii Taquigráfica de los Débales, págs. 413 y 415. 95 medios, las mejores fuerzas fueron movilizadas para la industrialización del país, para la colectivización, nosotros nos encontramos con los kulaks, los contrarrevolucionarios, nos encontramos con los restos capitalistas que existían todavía en esa época en el dominio de la circulación de mercaderías ( . . . ) . En esa época, nuestra psicología de conspiradores contrarrevolucionarios se afirmaba cada vez más en ese sentido: el koljós era la música del futuro. Es preciso multiplicar los ricos propietarios. Tal era el giro formidable que se había operado en nuestra manera de ver ( . . . ) . En 1917 no se le hubiese ocurrido a ninguno de los miembros del Partido, yo incluido, lamentarnos por alguno de los guardias blancos ejecutados; pero en el período de la liquidación de los kulaks, en 1929-1930, nos lamentábamos por los kulaks despojados (...)• ¿A quién de nosotros se le hubiera ocurrido, en 1919, imputar la ruina de nuestra economía, imputar esa ruina a los bolcheviques en lugar de imputarla al sabotaje? Nadie. Eso hubiese parecido abiertamente una traición. Y sin embargo, desde 1928, yo mismo di una fórmula relativa a la explotación militar-federal de los campesinos, es decir, que yo imputaba las costas de la lucha de clases no a la clase hostil al proletariado, sino justamente a la dirección del mismo proletariado. Este es un giro de ISO*^ Significa que sobre ese punto las plataformas políticas e ideológicas se han transformado en plataformas contrarrevolucionarias ( . . . ) • La lógica de la lucha llevaba a la lógica de las ideas y nos conducía a modificar nuestra psicología, a contrarrevolucionar nuestros fines" "\ 21 Pígs. 405-406. (Los subiayados son nuestros. Es visible que í?ug;i!in dice aquí lo que piensa y da su propia versión de los "crimcnts" dt \:\ oposición, como lo coníirma la interrupción del Presidente de! Trihunal ("Usted nos está dando una conferencia", pág. 406). 06 Sobre todos los puntos de la acusación, el punto de vista de Bujarin es el mismo: coloca en el origen de su actividad una cierta apreciación de las perspectivas y muestra que en la situación dada, y por la lógica de la lucha, las consecuencias de esta apreciación eran de hecho contrarrevolucionarias, que él tiene pues que responder por una traición histórica. Evidentemente no, Bujarin no era fascista. Hasta tomó precauciones contra las tendencias bonapartistas que sospechaba en los medios militares. Lo cierto es que, en la batalla de la colectivación, la oposición no podía apoyarse más que sobre los kulaks, sobre los elementos mencheviques y socialistas revolucionarios que podían quedar y sobre ciertos elementos del ejército —no podía derribar la dirección del Partido sino con ellos—, que la oposición debía dividir el poder con ellos y que así, en el límite, se encuentran allí "elementos de cesarismo" ^^. Evidentemente no, Bujarin no había hecho causa común con los medios cosacos de guardias-blancos que se encontraban en el extranjero. Pero, políticamente, la oposición kulak le interesaba. Se informó sobre las revueltas kulaks por medio de amigos que venían del Cáucaso del Norte o de Siberia, quienes a su vez se liabrían informado en los medios cosacos. Acepta pues la responsabilidad por esas revueltas ^*. Una política inarxista no es en primer lugar un sistema de ideas, es la lectura de la historia efectiva, y Bujarin, como maixista, no buscaba tanto poner en pie un plan como descubrir en el interior de la U.R.S.S. las fuerzas que él creía activas. Dentro de ese espíritu comprobaba que "el Cáucaso del Norte era uno de los lugares en donde el descontento de ^2 Pág. 7. -•••i I ' á g . 424. 97 los campesinos se manifestaba y continuaría manifestándose con mayor fuerza" ^*. Si luego de eso se ponen, como se dice, "los puntos sobre las íes", si se transforma la espera en complicidad, hay un agrandamiento y falsificación de los hechos, pero la interpretación sigue permitida históricamente, porque el hombre de Estado se define no por lo que él mismo hace, sino en base a las fuerzas con que cuenta. El papel del fiscal es exponer sobre el plano de la historia y de lo objetivo la actividad de Bujarin. Bujarin considera legítima la interpretación; sólo quiere que se sepa que es una interpretación y que él no está unido a los cosacos sino en la perspectiva. Vishinsky pregunta; —¿Sí o no, sus cómplices del Cáucaso del Norte estaban en relación con los medios cosacos de emigrados blancos en el extranjero? —Yo no sé nada —dice Bujarin. —Rykov lo dice. —Si Rykov lo dice debe ser verdad. —Pero usted ¿lo niega? —Yo no lo niego, no sé nada. —Conteste por sí o por no. —Es posible, es probable, pero yo no sé nada. Vishinsky se coloca en las cosas donde nada hay indeterminado. Quisiera borrar ese lugar de la indeterminación, la conciencia de Bujarin, donde existían cosas no sabidas, zonas de vacío, y no dejar ver sino las cosas que hizo o dejó de hacer. Una oposición consecuente no puede ignorar a los países extranjeros que hacen presión sobre las fronteras de la U.R.SS. Le es necesario "utilizar los antago- 24 l':io. l i o. nismos entre las potencias imperialistas" -^', es decir, tomar partido por ciertos Estados burgueses 'conlra otros, o al menos "neutralizar" ^® a los adversarios. KI gobierno soviético había neutralizado en Brest-Lilovsk a Alemania al precio de un desmembramiento ])arcial, y la oposición, puesto que también cree estar en el sentido de la historia, tiene evidentemente los mismos dereclios. También tiene las mismas responsabilidades: realizar contactos directamente con el enemigo ya es ayudarlo. En esos sondajes es evidente que cada uno trata de engañar al otro. "Método poco seguro", dice Vishinsky. "Siempre es así", -" contesta Bujarin. Y efectivamente, en un mundo donde, más allá de los contratos establecidos, el poder de cada uno de los contratantes queda como una cláusula tácita, cada pacto significa otra cosa que lo que en él se encuentra estipulado, una apertura diplomática es un signo de debilidad, siempre existe im riesgo al hacerla, y en particular el riesgo de que la neutralización de Alemania sea un día reprochada a Ikijarin como una traición, mientras que para el gobierno de 1917 (que por otra parte no podía elegir) es un título de gloria. En lo que a él respecta, Bujarin estaba en contra de las concesiones territoriales; pero le era preciso contar con aquellos amigos suyos que las juzgaban necesarias en esa ocasión. Naturalmente nunca fueron precisadas y la oposición no vendió Ucrania por el poder. Pero ciertos opositores juzgaban que sería preciso terminar por ceder. En esta apreciación de ciertos hechos eventuales, todo se presenta como ya dado. Bujarin, por su cuenta, no era un derrotista. Pero muchos hombres en la oposición creían a la U.R.S.S. 25 P;lg;. 818. -ti F;ÍR.s. 436 v 450. -'T Pág. 466. ÍJ9 incapaz de resistir sola una agresión del extranjero -". Si se considera la derrota inevitable, es preciso tomarla como un elemento del problema. Toda acción supone un cálculo del futuro, lo que ya contribuye a tornarlo inevitable. Aun suponiendo que exista, en el verdadero sentido de la palabra, una ciencia del pasado, nadie sostuvo nunca que existiese una ciencia del futuro, y los marxistas son los últimos en hacerlo. Existen perspectivas, pero, la palabra lo expresa suficientemente, no se trata sino de un horizonte de probabilidades, comparable al de nuestra percepción, que puede, a medida que nos aproximamos y que se convierte en presente, revelarse bastante diferente del que esperábamos. Sólo las grandes líneas son ciertas, o más exactamente ciertas posibilidades están excluidas: una estabilización definitiva del capitalismo por ejemplo está excluida. Pero cómo y por qué caminos el socialismo se convertirá en realidad, eso queda para una estimación de la coyuntura cuya dificultad subraya Lenin al señalar que el progreso no es recto como la perspectiva Nevsky. Esto quiere decir no solamente que ciertos cambios pueden imponerse, sino más aún que ni siquiera sabemos, al comenzar una ofensiva, si ella deberá ser proseguida hasta el fin o si por el contrario será preciso pasar a la retirada estratégica. Sólo se podrá decidir en el curso del combate y de acuerdo con el comportamiento del adversario ^". Todo esbozo es sin embargo una elección y ex- 2S Es sabido que Trotsky formuló categóricamente esc pronóstico en La Revolución traicionada. 29 "Nosotros no debemos solamente saber lo que haremos si comenzamos directamente la ofensiva y si alcanzamos la victoria; en una época revolucionaria eso no es muy difícil. Pero no es lo más importante o al menos lo más determinante. Durante la revolución hay siempre momentos en que el adversario pierde la cabeza. Si lo .itacamos durante uno de esos momentos podemos vencerlo fácilmente. Pero todavía no !00 presa, al mismo tiempo que ciertas posibilidades objetivas, el vigor y la justeza de la conciencia revolucionaria de cada uno. Aquel que traza perspectivas de ofensiva puede ser tratado siempre como provocador, aquel que traza perspectivas de repliegue puede ser tratado siempre como contrarrevolucionario. Los amigos de Bujarin contaban con la derrota y actuaban en consecuencia. Pero contar con la derrota es, en cierto modo basarse en la derrota. Toda la polémica entre Vishinsky y Bujarin está basada sobre dos palabras tan cortas como ésas. "Cuando le pregunté a Tomski, declara Bujarin, cómo concebía el mecanismo del golpe de Estado, me respondió que eso correspondía a la organización militar que debía abrir el frente". Vishinsky traduce: "¿Usted proyectaba abrir el frente a los alemanes?" "No, repite Bujarin, Tomski me había dicho que los militares debían abrir el frente". Bujarin: El había dicho "debían", pero el sentido de esa palabra es müssen y no sollen- Vishinsky: Deje, por favor, su filología. "Debía" quiere decir "debía". Bujarin: Eso quiere decir que en los medios militares existía la idea de que, en ese caso, los medios militares... Vishinsky: No, no se trata de ideas, pero ellos debían. Eso quiere decir... Bujarin: No, eso no quiere decir. es nada, porque si nuestro adversario se rehace, si concentra sus fuerzas, puede muy fácilmente provocarnos para que lo ataquemos y rechazarnos poi años. Pienso pues que la idea de que tenemos que preparar la retirada es muy importante, no solamente desde el punto de vista teórico sino sobre todo desde el punto de vista práctico. Todos los partidos que piensan iniciar la ofensiva contra el capital deben también pensar en su retirada." (Discurso de Lenin al IV Congreso de la Internacional Comunisla, noviembre 13 de 1922). 10! Vishinsky: ¿Eso quiere decir que ellos no debían abrir el frente? Bujarin: ¿Pero desde el punto de vista de quién? Tomski hablaba de lo que los militares le habían dicho, de lo que le había dicho Enukidzé. . . Vishinsky: Permítame citar las declaraciones de Bujarin, tomo 5, folios 95-96 ( . - . ) • Está escrito más abajo: "A eso respondí que en ese caso sería oportuno pasar a la justicia a los responsables de la derrota sobre el frente. Eso nos permitirá arrastrar detrás nuestro a las masas jugando con lemas de orden patriótico (. . . ) " . Bujarin: Eso no quiere decir "jugar" en el sentido despectivo de la palabra.. . Vishinsky: Acusado Bujarin: el hecho de que usted siguió, en esa ocasión, el procedimiento jesuítico, el procedimiento de la perfidia, está atestiguado igualmente por lo que viene después. Permítame leer la continuación: "Tenía presente que, por eso mismo, es decir, por medio de la condena de los responsables de la derrota, podríamos librarnos, de paso, del peligro bonapartista que me inspiraba inquietudes" ^''. El escenario aparece claro: existe el patriotismo de las masas, existe en ciertos militares un espíritu derrotista; abatiremos la dictadura por la derrota y liquidaremos a los militares apoyándonos sobre las masas. El objetivo de Bujarin no es patriótico, pero menos aún antipatriótico. Se trata de utilizar la coyuntura para eslablecer una nueva dirección del régimen. No es Bujarin quien creó el derrotismo de los militares. "Ciudadano procurador, yo digo que se trataba de un hecho politico" ^'^. La historia no es una continuación de cornac pág. 461. •" Pág. 434. 102 plots o de maquinaciones en la cual voluruadcs deliberadas orientarían el curso de las cosas. En realidad los complots mismos sincronizaban las fuerzas existentes •'-. El político se equivocaría si declinara la resjjoiisabilidad de los movimientos qtie utiliza, como sería e(]iiivocado imputarle sus proyectos particulares. La lilosoCía de la historia tendría mucho que aprender del voca])ti lario comunista. Una política comunista no elige lines, se orienta sobre fuerzas que están obrando- Se define menos por sus ideas que por la posición que ocupa en la dinámica de la historia. La responsabilidad de un movimiento está determinada por el papel que desempeña en la coexistencia, así como el carácter de un hombre reside en su proyecto fundamental mucho más qvie en sus decisiones deliberadas. Es posible tener que responder pues por actos de traición sin haber querido realizar ninguno. Diez veces, en el curso de los procesos de 1938, los acusados, apurados por confesar, contestaban: "Efectivamente es la fórmula" ^^, "Se podría contestar que sí"^*, "No valgo mucho más que tin espía" ^°, "Se podría formular así" ^''. Para un lector apresurado es el equivalente de un reconocimiento (pero ¿qué importa pasar por un espía ante los ojos de la gente apurada?). Para los marxistas del futuro esas fórmulas preservan el honor revolucionario de los que son acusados. 32 "Discúlpeme, ciudadano procurador —dice una vez Bujarin--, pe ro usted plantea la cuestión de una manera íiado personal. KVJ
corriente tuvo nacimiento..." y Vishinsky lo interrumpe: -'Yo no pregunto
en qué momento esa corriente tuvo nacimiento, yo le pregunto
-en qué momento fue organizado esc grupo." (pág- .Vtü).
33 Bujarin, pág. 430.
34 Bujarin, pág. 441.
S5 Rykov, pág. 441.
36 liujarin, pág. 148.
¿Habría habido conversaciones entre la oposición y
el gobierno alemán? ¿Las conocía Bujarin? No, pero
"en general" consideraba útiles las conversaciones. ¿Las
aprobó o las desaprobó cuando las conoció? No las desaprobó,
por lo tanto las aprobó. "Le pregunto, insiste
Vishinsky, si usted las aprobó o no".
Bujarin: Le repito, ciudadano procurador: desde el
momento en que yo no las desaprobé, luego quiere decir
que las aprobé.
Vishinsky: Por consiguiente ¿usted las aprobó?
Bujarin: Si yo no las desaprobé, por consiguiente las
aprobé.
Vishinsky: Eso es lo que le pregunto: luego ¿usted
las aprobó?
Bujarin: Por consiguiente equivale a luego.
Vishinsky: ¿Luego?
Bujarin: Luego, las aprobé '^''.
Y Rykov, para terminar, da la fórmula: "Ninguno de
los dos somos niños. Si no se aprueba una cosa es preciso
combatirla. En esas cuestiones no se puede jugar
a ser neutral" ^*. Sólo los niños imaginan que sus vidas
son separables de la de los otros, que su responsabilidad
se limita a lo que ellos mismos han hecho, que existe
una frontera entre el bien y el mal. Un marxista
sabe bien que cada iniciativa humana polariza intereses,
no todos confesables. Trata simplemente de hacer las
cosas de tal manera que, en esa confusión, las fuerzas
progresistas salgan a la luz. En un mundo en lucha
nadie puede vanagloriarse de tener las manos puras. Bujarin
no desaprobó las relaciones establecidas con los
alemanes. Stalin firmó el pacto germano-soviético. ¿Qué
37 Págs. 434-435.
3S Pás. 435.
104
importa cuando se trata de salvar la revolución, es decii,
el porvenir humano? Todos los marxistas (y supongo
que algunos otros) conocen bien esta ambigüedad
de una historia desgarrada. Es por eso que sus polémicas
son tan violentas, por eso que "traidor" y "provocador"
son términos clásicos en sus discusiones, por eso
también que se los ve, luego de las peores polémicas,
reconciliarse. Es que no se trata de un juicio sobre la
persona, sino de una apreciación del papel histórico. Es
por eso que, en los mismos procesos, los acusados hablan
con los jueces de igual a igual y a veces más parecen colaboradores
que adversarios.
Pero en fin, si la oposición corría el riesgo de volverse
contrarrevolucionaria y lo sabía, ¿por qué mantenía
esta línea? Y si la mantuvo, ¿por qué la abandona
el día del proceso? Porque han intervenido nuevos hechos
que trastornan las perspectivas y transforman a
la oposición en aventura. La amenaza extranjera de guerra
.se hizo precisa. " . . . Me acuerdo y no lo olvidaré
nunca mientras viva, dice Rakovski, una circunstancia
que me condujo definitivamente por el camino del reconocimiento
de mi culpabilidad. Una vez, durante la
instrucción, era en verano, me enteré primeramente del
desencadenamiento de la agresión japonesa contra China,
contra el pueblo chino; supe de la agresión sin disfraz
de Alemania, de Italia, contra el pueblo español. . .
Conocí los preparativos afiebrados de todos los Estados
fascistas en vista de la declaración de la guerra mundial.
Lo que habitualmente el lector conoce día a día por
cuentagotas a través de los telegramas, yo lo supe todo
de golpe, en dosis fuerte y masiva. Quedé literalmente
aterrado. . . " ^'*. Y Bujarin: 'Hace ya más de un año que
:w Fág. 333.
105
estoy en la prisión. Ignoro, por consiguiente, lo que
pasa en el mundo; pero a juzgar por algunas briznas de
realidad que me llegan por casualidad, veo, siento y
comprendo que los intereses que hemos traicionado
tan criminalmente entran en una nueva fase de su desarrollo
gigantesco: que aparecen ahora sobre la escena
internacional como el más grande, el más poderoso
factor de la etapa proletaria internacional" *". La colectivización
forzada, el ritmo de la industrialización
o el de los planes quinquenales dejan de ser materia de
discusión a partir del momento en que se torna claro
que se trabaja a corto plazo y que la existencia del Estado
soviético va a ser puesta en juego. La inminencia
de la guerra aclara retrospectivamente los años pasados
y hace ver que pertenecían ya a esta "nueva etapa de
la lucha de la U.R.S.S." *^, en la cual no puede entrar
en discusión la consolidación de un frente. Detenido
algunos años antes *^, hasta juzgado algunos meses antes,
tal vez Bujarin se hubiera negado a capitular. Pero
en la situación mundial de 1938 el aplastamiento de
la oposición no puede ser tomado ya por un accidente:
Bujarin y sus amigos han sido derrotados; esto quiere
decir que tenían contra sí una policía ejercitada, una
dictadura implacable, pero su fracaso significa algo más
esencial: significa que el sistema que los ha destrozado
era una necesidad de la fase histórica. "La historia mundial
es un tribunal universal", dice Bujarin *^.
Existe, pues, un drama de los procesos de Moscú, del
cual Koestler está lejos de dar la verdadera fórmula.
40 Pág. 814.
41 Pág. 827.
42 Bujarin no fue detenido antes, y es preciso señalar que la represión
no ataca a la cabeza del Partido sino en los años de \:i prcgiieira.
*s Ultima declaración, pág. 826.
106
No se trata del Yogi en lucha con el Comisario, la conciencia
moral en lucha con la eficacia política, el sentimiento
oceánico en lucha con la acción, el corazón en
lucha con la lógica, el hombre "sin lastre" en lucha
con la tradición: entre esos antagonistas no hay un terreno
común y por consiguiente no hay encuentro posible.
Cuanto más puede suceder que en un mismo
hombre las dos actitudes alternen según las circunstancias.
Es patético, pero no se trata más cjue de un caso
de psicología: se lo ve pasar de una actitud a la otra
sin que siga siendo el mismo en los dos momentos. A
veces es el Yogi, y entonces olvida la necesidad en la
cual nos encontramos de realizar nuestra vida hacia el
exterior para que sea verdadera, a veces se vuelve Comisario
y entonces está pronto a confesarse cualquier
cosa. Pasa del cientificismo a los desarreglos de la vida
interior, es decir, de una tontería a otra. Por el contrario,
lo verdaderamente trágico comienza cuando el
mismo hombre comprendió al mismo tiempo que no
podría negar la figura objetiva de sus acciones, que
él es lo que es para los otros en el contexto de la historia,
y que sin embargo el motivo de su acción sigue
siendo el valor del hombre tal como él lo siente inmediatamente.
Entonces, entre lo interior y lo exterior,
la subjetividad y la objetividad, el juicio y el aparato,
ya no tenemos sólo una serie de oscilaciones, sino una
relación dialética, es decir, una contradicción fundada
en verdad, y el mismo hombre trata de realizarse en
ambos planos. No tenemos sólo un Rubashov tiue capitula
sin condiciones cuando siente los lazos de camaradería
del Partido y que desaprueba su pasado cuando
escucha los gritos de Bogrov, tenemos un Bujarin que
acepta mirar en la historia y motiva históricamente su
107
condena, pero defiende su honor revolucionario. Bujarin,
como todo hombre, se presta a una explicación
psicológica. Lenin decía de él: "Se fía de todos los
comadreríos y es endiabladamente inestable en política".
Y además: "La guerra lo empujó hacia ideas semianarquistas.
En la conferencia donde fuei'on adoptadas
las resoluciones de Berna (primavera de 1915) presentó
una tesis... el colmo de la ineptitud, de la vergüenza,
un semianarquismo". Opositor, unido a la dirección
stalinista, nuevamente opositor, unido a ella una vez
más, puede ser y debe ser comprendido como un intelectual
arrojado a la política. Si el papel y el hábito del
intelectual es el de descubrir, para un conjunto dado de
hechos, varias significaciones posibles y confrontarlas
metódicamente, mientras que el político es aquel que,
tal vez con menos ideas, percibe con mayor seguridad
la significación efectiva y algo así como la configuración
de una situación dada, es posible explicar la inestabilidad
de Bujarin por la psicología del profesor. Sin embargo,
dentro del cuadro del marxismo es donde varía,
hay allí una constante de su carrera, y los hábitos del
profesor por lo tanto no lo explican todo en su caso.
En el proceso de 1938 lo patético personal se borra
para transparentar un drama que está unido a las estructuras
más generales de la acción humana, una tragedia
verdadera que es la de la contingencia histórica.
Sea cual fuere su buena voluntad, el hombre emprende
la acción sin poder apreciar exactamente su sentido
objetivo, se construye una imagen del porvenir que no
se justifica sino por su probabilidad, que en realidad
solicita al porvenir y sobre el cual entonces puede ser
condenado, pues sólo el acontecimiento no es equívoco.
Una dialéctica cuyo curso no es completamente pre-
108
visible puede transformar las intenciones de los hombres
en lo contrario, y sin embargo es preciso tomar
partido en seguida. En resumen, como lo dijo Napoleón
y como Bujarin lo repitió antes de callarse: "El
destino es la política" **, por lo tanto el destino no es
aquí un "fatum" escrito anticipadamente sin nuestro
conocimiento, sino la colisión, en el corazón misino de
la historia, de la contingencia y del acontecimiento, de
lo eventual que es múltiple y lo actual que es único,
y la necesidad en la cual nos encontramos, en la acción,
de dar como realizado uno de los posibles, como ya presente
uno de los futuros. El hombre no puede suprimirse
a sí mismo como libertad y como juicio —lo
que llama el curso de las cosas no es nunca más que el
curso de las cosas visto por él—, ni negar la competencia
del tribunal de la historia, puesto que, al actuar,
comprometió a los demás y, poco a poco, la suerte de
la humanidad. Ir en el sentido de la historia sería una
fórmula simple si el sentido de la historia fuese evidente
en el presente. ¿Pero es preciso pensar, con la oposición
de la derecha, que la historia va hacia una estabilización
del capitalismo en el mundo, que la U.R.S.S. no
puede, en ese contexto, realizar en su territorio el socialismo,
y por consiguiente que debe replegarse y acentuar
su NEP? ¿Es preciso pensar, por el contrario, con
la oposición de izquierda, que al dar por realizada la
estabilización del capitalismo se la fortificaría y que es
necesario preparar simultáneamente el socialismo por
la industrialización y la colectivización y tomar la ofensiva
hacia afuera por intermedio de los partidos comunistas
nacionales? ¿Es preciso en fin pensar con el cen-
" Pag. 826.
109
tro stalinista que en el corto plazo que precede a la
guerra, la historia exige que se gane tiempo en el exterior
por medio de una política oportunista y que se
apresuie el equipamiento económico de la U.R.S.S. por
todos los medios? La historia nos ofrece líneas de hechos
que se trata de prolongar hacia el fututro, pero no
nos hace conocer con una evidencia geométrica la línea
de los hechos privilegiados que finalmente dibujará
nuestro presente cuando éste se haya cumplido.
Más aún, al menos en ciertos momentos nada es definitivo
en los hechos, y la historia espera justamente nuestra
abstención o nuestra intervención para tomar forma.
Esto no quiere decir que podamos hacer cualquier
cosa: hay grados de semejanza que no dejan de significar
algo. Pero esto quiere decir que cualquier cosa que
hagamos, la haremos arriesgándonos. Esto no quiere
decir que se deba dudar y rehuir la decisión, sino que
ésta puede conducir al hombre de Estado a la muerte
y la Revolución al fracaso. Lenin se puso a bailar cuando
la Revolución rusa sobrepasó el tiempo que había
durado la Comuna. Hay una tragedia de la Revolución
y el revolucionario eufórico pertenece a las imágenes
ilusorias. Esa tragedia se agrava cuando se trata de saber,
no sólo si la Revolución triunfará de sus enemigos,
sino, lo que es más, quién de entre los revolucionarios
ha leído mejor la historia. Finalmente llega al colmo
en el opositor persuadido que la dirección revolucionaria
se equivoca. Entonces no solamente existe la fatalidad
—una fuerza exterior que quiebra una voluntad—,
sino verdaderamente la tragedia —un hombre en lucha
con fuerzas exteriores ciíyo cómplice es el secreto—, porque
el opositor no puede estar a favor, ni completamente
en contra de la dirección en el poder. Deja de
no
existir la división entre el hombre y el mundo, y queda
planteada entre el hombre y sí mismo. Este es todo
el secreto de las confesiones de culpabilidad en los procesos
de Moscú.
Bujarin sabe que, a pesar de todo, la infraestructuia
de un Estado socialista se construye, reconoce en lo que
se está haciendo sus propias intenciones, sus propios lemas
de antes. Y sin embargo no puede formar bloc[ue
con la dirección, puesto que piensa que va hacia un
fracaso. El famoso ni contigo ni sin ti, que era la fórmula
de un sentimiento, se convierte, en los momentos
ambiguos de la historia, en la de toda acción humana,
porque ésta se transforma en las cosas, no se reconoce
en lo que ha producido, y sin embargo no puede negarse
a sí misma sin contradicción.
En política, como en el orden de los sentimientos,
unos rompen entonces el pacto, otros sobrepasan el desacuerdo
a fuerza de abnegación o por una conducta
totalmente voluntaria, otros, en fin, no quieren separarse
ni callarse, porque su fidelidad y su crítica vienen
de un mismo principio: son fieles al partido porque
creen en la revolución, que es un proceso en las cosas,
y critican al partido porque creen en la revolución,
que es también una idea en los espíritus. Es lo que expresa
muy bien Bujarin en un lenguaje de circunstancias:
"(•••) cada, uno de nosotros ( . . . ) tenía un singular
desdoblamiento de conciencia, una fe incompleta
en su trabajo contrarrevolucionario. No diré que esta
conciencia fuese un defecto, pero era incompleta. De
allí esta especie de semiparálisis de la voluntad, esta
disminución de los reflejos ( . . . ) . Esto no provenía de
la ausencia de ideas consecuentes, sino de la grandeza
objetiva de la edificación socialista ( . . . ) . Se creó allí
una doble psicología ( . . . ) • A veces yo mismo rae entusiasmaba
glorificando en mis escritos la edificación
socialista; pero al día siguiente me retractaba por mis
acciones prácticas de carácter criminal. Se formó allí lo
que en la filosofía de Hegel se llamaba una conciencia
desdichada ( . . . ) . Lo que constituye el poder del Estado
proletario, no radica sólo en que haya aplastado
las bandas contrarrevolucionarias, sino también en que
ha descompuesto interiormente a sus enemigos, desorganizado
su voluntad" ^®, Es verdad que al término de
la historia la conciencia debía, según Hegel, reconciliarse
consigo misma. La conciencia desdichada era la
conciencia alienada, colocada frente a una trascendencia
que no podía abandonar ni asumir. Cuando la
historia dejara de ser historia de los señores y se convirtiera
en historia humana, cada uno debía encontrarse
en la obra común y realizarse en ella. Pero el país
de la Revolución no está todavía al término de la historia:
la lucha de clases no se termina, por un toque
de varita mágica, con la Revolución de Octubre *", la
conciencia desdichada no desaparece por decreto. La revolución,
especialmente cuando sobreviene en im país
donde las premisas económicas del socialismo no están
dadas todavía, no hace más que comenzar con la insurrección
victoriosa, es un porvenir. Mientras las infraestructuras
no hayan sido construidas podrá haber conciencias
desdichadas, opositoixs que se le unen, que pasan
a la oposición, que vuelven a tomar su sitio en el
trabajo común por un esfuerzo voluntario más que
por un movimiento espontáneo. Las confesiones en los
45 Ultima declaración, pág. 824.
46 LENIN, La Enfermedad Infantil del Comunismo, edición del P. C. F.,
i<.m. pág. 2.^. I!2 procesos de Moscú no son más que el caso límite de esas cartas de sumisión dirigidas al Comité Central que formaban parte de la vida cotidiana de la U.R.S.S. en 1938. Sólo son misteriosas para quienes ignoran la relación de lo subjetivo y lo objetivo en una política marxista. "La confesión de los acusados es un principio jurídico medieval", dice Bujarin ". Y sin embargo se confiesa responsable. Quiere decir que la edad media no terminó, que Ja historia no ha dejado de ser diabólica, que no ha expulsado todavía de sí su genio maligno, que sigue siendo capaz de mistificar la buena conciencia o conciencia moral y convertir la oposición en traición. En la medida en que la alienación y la trascendencia persisten, el drama del opositor en el Partido es, al menos formalmente, el drama del herético en la Iglesia, no porque el comunismo sea, como se lo dice vagamente, una religión, sino porque en un caso como en el otro el individuo admite por anticipado la jurisdicción del acontecimiento y, al haberle reconocido a la Iglesia una significación providencial, al proletariado y a su dirección una misión histórica, al admitir que todo lo que sucede está permitido por Dios o por la lógica de la historia, no puede hacer valer hasta el fin su propio sentimiento contra el juicio del Partido o de la Iglesia. Como la Iglesia, el Partido rehabilitará tal vez a quienes condenó cuando una nueva fase de la historia cambie el sentido de sus conductas. Así es que se colocan los jalones para una justificación personal: la Memoria Taquigráfica de los Debates está allí. Entre otras cosas se ve en ella a Rykov y Bujarin batallando para que se •11 ultima declaración, pág. 826. / / J atengan a las declaraciones que hicieron durante la instrucción, como si un contrato (expreso o tácito) les diese el derecho de no ir más allá **. Escuchamos declarar a Bujarin que a algunos de sus coacusados los ve por primera vez en su vida *", que otros, antes amigos suyos, son ahora irreconocibles ^^, y que "las personas sentadas en ese banco de acusados no forman un grupo" ^\ Si esas palabras, traducidas a todos los idiomas, han sido lanzadas a través del mundo y propuestas a la atención de todos, es porque el Comisariado del Pueblo de la Justicia lo decidió así. Lo trágico de los procesos y el sacrificio de Bujarin pueden ser medidos mediante la comparación de dos textos. Vishinsky decía en 19.88: "La importancia histórica de ese proceso estriba en primer lugar en que descubrió hasta el fin la naturaleza de los bandidos del bosque de derechistas y trotskistas privado de toda ideología; descubrió que ese bloque ( . . . ) era una agencia de mercenarios de los servicios de espionaje fascista" ^^. Ocho años más tarde y después de una guerra victoriosa, Stalin declaraba: "No se puede decir que la política del Partido no haya tropezado con contradicciones. No solamente gente atrasada que evita siempre todo lo nuevo, sino también muchos miembros notables de nuestro Partido han empujado sistemáticamente al Partido hacia atrás y se esforzaron por todos los medios posibles de encaminarlo sobre la vía capitalista 'habitual' del desarrollo. Todas esas maquinaciones de los trotskistas y de los elementos de derecha dirigidas contra el Partido, toda su actividad de 48 Págs. 438 y 445. 49 Pág. 816. 50 Pág. 529. Bi Pág. 817. 52 Pi-s. 665-G6G. sabotaje hacia las medidas de nuestro gobierno no han perseguido más que un solo fin: tornar vana la política del Partido y frenar la obra de industrialización y de colectivización" ®*. Que en lugar de "no han perseguido más que un solo fin", se diga "no podían tener más (|uc un solo resultado", o "un solo sentido", y la discusión está cerrada. 63 Discurso publicado por Scanteia, órgano central del P. C. rumano. 13 de febrero de 1946. 115 CAPÍTULO III EL RACIONALISMO DE TROTSKY Si se convierte a los procesos de Moscú en un drama de la responsabilidad nos alejamos ciertamente de la interpretación que les da Vishinsky, pero también de la interpretación izquierdista. De acuerdo al menos por una vez, Vishinsky y Trotsky admiten ambos que los procesos de Moscú no plantean ningún problema; el primero porque los acusados son pura y simplemente culpables, el segundo porque son pura y simplemente inocentes. Para Vishinsky es preciso creer en las confesiones de los acusados y no se debe creer en las restricciones que las acompañan. Para Trotsky es preciso creer en las restricciones y dar como nulas las confesiones. Han confesado bajo la amenaza del revólver y porque esperaban salvar sus propias vidas o sus familias, han confesado sobre todo porque no eran verdaderos bolcheviques- leninistas sino opositores de derecha, prontos a la capitulación. Faltos de una plataforma marxista verdaderamente sólida, debían sentirse tentados a unirse a la dirección stalinista cada vez que la situación se distendía en el país, y por el contrario tentados a pasar a la oposición en los períodos de crisis o de guerra civil encubierta, como por ejemplo en la época de la coleclivi/ ación forzada. Eran incsm1)les porque tenían ideas 117 confusas y más emoción que pensamiento. Pero todo nuevo acto de plegarse se hacía cada vez más oneroso. Para volver a encontrar sus lugares en el Partido debían negar cada vez más completamente sus propias tesis de la víspera. De allí que hayan terminado por tener un espíritu escéptico y cínico que se traducía tanto por medio de la crítica frivola como por la obediencia sin vergüenza. Estaban "destrozados". El caso de esos inocentes prontos a la capitulación no es más que un caso psicológico. En la historia no existe la ambivalencia, sólo hay hombres irresolutos. Trotsky conocía mejor que nosotros el carácter de los hombres de los cuales habla. Justamente es por eso que abusa de la explicación psicológica en lo que concierne a las capitulaciones. Su conocimiento de los individuos le oculta la significación histórica del hecho. Es preciso buscar más allá de la psicología, unir las "capitulaciones" a la fase histórica en la cual aparecen y finalmente a la estructura misma de la historia. Los opositores que han aceptado capitular y que han sido juzgados públicamente son precisamente los más conocidos, los que habían desempeñado el papel más importante en la Revolución de Octubre (con excepción, naturalmente, de Trotsky mismo), por lo tanto probablemente los marxistas más conscientes. A partir de este hecho no resulta razonable explicar las capitulaciones únicamente por la debilidad del carácter y del pensamiento político; es forzoso creer que son motivadas por la fase presente de la historia. En su fase stalinista la U.R.S.S. se encuentra en tal situación que, para la generación de Octubre, se hace igualmente difícil adaptarse como oponerse hasta el fin. Es un hecho indiscutible que los procesos de Moscú liquidan a los princi- 118 pales representantes de esta generación. Zinovicív, Kamenev, Rykov, Bujarin, Trotsky componían junio con Stalin el Comité Político de Lenin. Los dos |)ri meros han sido fusilados como consecuencia del proceso de 1936, el tercero luego del proceso de 1937, el cuarto luego del proceso de 1938. Rykov y Bujarin eran toda vía miembros del Comité Central de 1936. Piatakov y Radek, miembros igualmente del Comité Central, fueron ejecutados en 1937. El que dirige el juicio contra ellos entró tardíamente al Partido, después de la Revolución. Entre los seis hombres de primer orden que mencionaba el testamento de Lenin sólo queda Stalin. Todos estos hechos son indiscutibles, y también resulta evidente que Lenin se habría rodeado muy mal si todos sus colaboradores, salvo uno, hubiesen tenido un carácter tal como para pasar al servicio de los estados mayores capitalistas. Una oposición tan general debe traducir un cambio profundo en la línea del gobierno soviético. Todo el problema consiste en saber de qué cambio se trata y si Trotsky lo interpreta bien. Para él se trata del paso de la Revolución a la contrarrevolución. Sin embargo, como la dirección stalinista tomó por su cuenta la plataforma izquierdista de la industrialización y la colectivización, Trotsky se ve obligado a atemperar su crítica. Que vaya hacia la izquierda o hacia la derecha, la dirección stalinista procede por una serie de zigzags y no según una verdadera línea marxista. A veces se bate en retirada (sobre el terreno de la política extranjera y de la i-evolución mundial, o en el interior cuando se acentúa la diferenciación social), a veces dirige contra los restos de la burguesía una ofensiva terrorista (como durante el período de la colecti- •^'ización forzada), pero en los dos casos hace violencia U9 a la historia; por esa misiiia razón fracasará y, con el pretexto de salvar la Revolución, la habrá liquidado como Thermidor y Bonaparte han liquidado la Revolución Francesa. Pero nosotros encontramos justamente aquí esta ambigüedad de la historia que Trotsky no quiere reconocer. Pues constituye un problema saber si históricamente Thermidor y Bonaparte han liquidado la Revolución o más bien no han consolidado los resultados. Se podría decir ciue, en la coyuntura, el compromiso preserva el porvenir de la Revolución rusa mejor que una política radical, como en la historia del pensamiento político el compromiso hegeliano tenía mayor porvenir que el radicalismo de Hólderlin. Cuando trata de comprender, como marxista consecuente, su propio fracaso y la consolidación de Stalin, Trotsky se ve llevado a definir la fase presente como una fase de reflujo revolucionario en el mundo. En la dinámica mundial de las clases, el emptije revolucionario es seguido inevitablemente de una pausa; luego de cada ola de marea parece detenida por un tiempo. No se trata de un hecho contingente, explicable por las concepciones personales de un hombre c> de varios, o
por los intereses de una burocracia establecida, sino de
un momento que tiene su lugar en el desarrollo cié 1;Í
revolución. Con ese espíritu analizan la situación pre
senté los mejores textos de Trotsky. Pero, o bien na
quieren decir nada, o quieren decir que la teoría de la
Revolución permanente —la idea de un esfuerzo revolucionario
continuo, de una estructura social sin inercia
y siempre vuelta a poner en duda por la iniciativa de
las masas, de una historia transparente o sin espesor—,
expresa, mucho más que la marcha efectiva del proceso
re-í'oluctonario, los postulados racionalistas del trots-
¡20
kismo. Para una conciencia revolucionaria abstracta
—que se aparta del acontecimiento y se a ierra a sus fines—,
Napoleón liquida la Revolución. De liecho las
armas de Napoleón han llevado a través de Eurojía,
con las violencias de la ocupación militar, una itleología
que debía hacer posible seguidamente una recuperación
revolucionaria. Muchos volúmenes serían necesarios
para establecer el sentido histórico de Therm iclor
y del bonapartismo. Aquí bastará con mostrar que
Trotsky mismo caracteriza el "Thermidor" soviético
de tal modo que aparece como una fase ambigua de la
historia y no como el fin de la Revolución. Podría representar,
dentro de la escala de la historia universal,
un período de latencia durante el cual algo adquirido
se estabiliza. El mismo Trotsky escribe a propósito de
Stalin: "Cada una de las frases de sus discursos tiene
un fin práctico; nunca se eleva el discurso en su totalidad
a la altura de una construcción lógica. Esta debilidad
constituye su fuerza. Existen ciertas tareas históricas
que no pueden ser realizadas a menos de renvxnciar
a las generalizaciones; existen épocas en las que las
generalizaciones y la previsión excluyen el éxito inmediato"
^. En otras palabras: Stalin es el hombre de nuestro
tiempo, que no es (suponiendo que ningún tiempo
lo sea nunca completamente) el de las "construcciones
lógicas". Precisamente la formación y las cualidades que
habían calificado a la generación de Octubre para emprender
su trabajo histórico, la descalifican para la fase
en la cual hemos entrado. En esa perspectiva los procesos
de Moscú serían el drama de una generación que
perdió las condiciones objetivas de su actividad política.
1 /,(» cíimcnes de Slalin, pAgs. 116-117.
121
Seguramente Trotsky nunca hubiera aceptado esta interpretación.
Las "condiciones objetivas" de la fase presente,
hubiera dicho, son en parte el resultado de la política
stalinista. Respetándolas se agravaría la situación.
Por el contrario, es posible mejorarla constituyendo una
nueva dirección revolucionaria. Y es sabido que a partir
de 1933 Trotsky renunció a modificar desde el interior
la dirección del Partido Comunista y sentó las
bases de una Cuarta Internacional. Pero en 1933 Trotsky
había sido despojado de la nacionalidad soviética y
exiliado. Podemos preguntarnos si fuera del medio soviético,
obligado en el exilio a una vida de intelectual
aislado, no subestimó las necesidades de hecho y cedió
a la tentación de los intelectuales, que es la de construir
la historia según su esquema, porque no viven enfrentados
con sus dificultades. Hay en esto algo más que
una hipótesis. El testimonio de Trotsky, cuando todavía
estaba comprometido en la vida soviética, puede ser
confrontado con el de un Trotsky aislado y cortado de
la historia. Si hubo un momento en que la dirección
stalinista no estaba todavía consolidada, fue en 1929,
cuando Zinoviev y Kamenev dejaron de constituir un
bloque con Stalin. Pero, en esa fecha, Trotsky estimaba
que la situación en la U.R.S.S. y fuera de la U.R-S.S.
prohibía a la oposición tomar el poder. "Cuando a
comienzos de 1926, la nueva oposición (Zinoviev-Kamenev)
comenzó las conversaciones con mis amigos y
conmigo sobre una acción común, Kamenev me dijo
en el curso de la primera conversación que tuvimos
frente a frente: 'El bloque no será posible, es evidente,
a menos que usted tenga la intención de luchar por el
poder. Nos hemos preguntado varias veces si usted no
estaría fatigado y decidido a limitarse de ahora en adelante
a la crítica escrita sin comenzar esla liiclia'. En
esa época, Zinoviev, el gran agitador, y Kanicncv, el
'político avisado', según la expresión de Lcnin, estaban
todavía completamente bajo el imperio de la ilusión
de que les sería fácil recobrar el poder. 'Cuando
se lo vea a usted en la tribuna al lado de Zinoviev
—•me decía Kamenev—, el partido exclamará: ¡He allí
el Comité Central de Leninl ¡He ahí el gobierno! Todo
consiste en saber si usted se dispone a formar un gobierno'.
Saliendo de tres años de lucha en la oposición
(1923-1926), yo no participaba de ningún modo de
esas esperanzas optimistas. Nuestro grupo ("trotskista")
se había formado ya una idea bastante acabada
del segundo capítulo de la Revolución —Thermidor—,
y del desacuerdo creciente entre la burocracia y el pueblo,
de la degeneración nacional-conservadora de los
dirigentes en trance de convertirse en nacional-conservadores,
de la profunda repercusión de las derrotas del
proletariado mundial sobre el destino de la U.R.S.S.
El problema del poder no se planteaba a mí aisladamente,
es decir fuera de esos procesos esenciales. El papel
de la oposición en los tiempos venideros se convertía
necesariamente en papel preparatorio. Era preciso
formar nuevos cuadros y esperar los acontecimientos-
Es lo que le contesté a Kamenev: 'No estoy de ningún
modo fatigado, pero mi parecer es que debemos armarnos
de paciencia por un tiempo bastante largo, por todo
un período histórico. No se trata hoy en día de luchar
por el poder, sino de preparar los instrumentos ideológicos
y la organización de la lucha por el poder en vista
de un nuevo impulso de la Revolución. Cuándo
vendrá ese impulso, no lo sé'." ^ Por lo tanto, al menos
- IJ'S crímenes de .S'lalin, pág. 110.
J23
una vez, Trotsky se inclinó frente al stalinismo considerado
como situación de hecho y frente a la dirección
existente considerada como la única posible. Pero ¿puede
entonces hablar de "cobardía política" cuando otros
se unen a ellas? El retrato que traza de Radek es muy
verosímil, y nadie pensará en comparar a Trotsky negándose
en 1926 a luchar por el poder con Radek cuando
éste quemaba en 1929 lo que adoraba algunos meses
antes. La calidad humana de una y otra parte no es
comparable, y al mismo tiempo que el mal humor, existe
algo así como la envidia y una especie de estima en
estas palabras de Bujarin al finalizar su última declaración:
"Es necesario ser Trotsky para no ceder" •'. Pero
la historia hace posible que existan oponentes irresolutos
porque ella misma es ambigua, y esta ambigüedad,
que no determina pero al menos motiva la cobardía
de Radek, la reconoció Trotsky el día en que renunció
a reemplazar una dirección que desaprobaba.
Se responderá que él nunca adhirió a ella. Y en efecto,
frente al dilema de Zinoviev (gobernar o adherirse))
Trotsky esboza una tercera solución: preservar la herencia
revolucionaria, proseguir en el país la agitación
a favor de una línea clásica hasta que las condiciones
objetivas se tornen nuevamente favorables y que un
nuevo impulso de las masas lo manifieste; en ima pala
bra, emprender un trabajo de oposición. ¿Pero si las
circunstancias fuesen tales que la oposición desorganizaría
la producción, si el plazo acordado a la II.R.S-S.
para construir su industria fuese demasiado corto para
que pueda hacerlo sin obligar al trabajo por la fuerza?
;Si en el contexto de la obra emprendida la política "hu-
3 AJtíiüirid Taijuiirjufiai de ífs l)ebulf\, pág. H'¿(i.
124
mana" fuese impracticable y sólo el I error fuese |)()8Íble?
¿Si el dilema de Zinoviev y Kameiiev —obedecer o
mandar— expresara las exigencias de la fase presente?
¿Si la tercera solución de Trotsky estuviese excluida
en principio por la situación? Ella lo ha sido de hecho
y Trotsky fue desterrado. En ese momento deja de pensar
"en situación". Se ve predominar en él un elemento
de racionalismo y de moralidad kantiana que se expresa
literalmente en una frase del Boletín de la Oposición:
"Jugar a las escondidas con la Revolución, ser
astutos con las clases sociales, hacer diplomacia con la
historia es absurdo y criminal. . . Zinoviev y Kamenev
caen por no haber observado la única regla válida: haz
lo que debas, suceda lo que sucediere" "*. Naturalmente,
el deber del cual habla no es el deber hacia sí mismo
y hacia los demás en general; es el deber marxista
hacia la clase que tiene una misión histórica. Naturalmente
también el "suceda lo que sucediere" debe entenderse
referido al porvenir inmediato: para Trotsky
como para todos los marxistas es en la historia donde el
hombre puede realizarse. Piensa simplemente que la
historia inmediata no es la única que cuenta, que ningún
sacrificio se pierde puesto que se incorpora a la
tradición proletaria y que en condiciones objetivas desfavorables
el revolucionario puede servir siempre, muriendo
por sus ideas: "Si nuestra generación reveló ser
demasiado débil para construir el socialismo sobre la
tierra, legaremos al menos a nuestros hijos una bandera
sin manchas". " . . . B a j o los golpes implacables de la
suerte, me sentiría feliz como en los mejores días de
mi juventud si contribuyera al triunfo de la verdad.
4 Octubre, 1932.
125
Pues la más alta felicidad humana no se encuentra de
ningún modo en la explotación del presente, sino en
la preparación del porvenir" ^. Aprehendemos tal vez
aquí el fondo de los pensamientos de Trotsky, este
apuntar inmediato hacia el porvenir o este afrontamiento
de la muerte que son el equivalente existencial del
racionalismo y, como Hegel lo había visto, la tentación
de la conciencia. Sabemos que Trotsky ha hecho
lo que decía, no se trata de palabras. Este tipo de hombres
es sublime en el orden de lo individual. Nos queda
por preguntarnos si son ellos los que hacen la historia.
Tanto creen en la racionalidad de la historia
que si por un tiempo deja de ser racional se arrojan
hacia el porvenir antes de sostener compromisos con
la incoherencia. Pero vivir y morir por un porvenir establecido
por la voluntad antes que pensar y obrar en
el presente es exactamente lo que los marxistas han llamado
siempre utopía. Para el presente el precio de esta
intransigencia puede ser pesado. ¿Si los planes quinquenales
no hubieran sido ejecutados, si la disciplina
militar y la propaganda patriótica de tipo tradicional
no hubiesen sido reimplantadas en la U.RS.S., estamos
seguros que el ejército rojo hubiera vencido? Afirmarlo
es postular que las exigencias de la verdad y las de la
eficacia, las necesidades de la guerra y las de la revolución,
la disciplina y la humanidad no solamente se encuentran
al fin, sino más aún, que son idénticas a cada
instante, es negar el papel de la contingencia en la historia,
que Trotsky, sin embargo, como historiador y como
teórico siempre admitió ".
B Los crímenes de Stalin.
6 Sería absurdo imputar a 'I'rotsky las ojjiniones de cada uno de
los trotskistas. Bajo esta reserva, he aquí una anécdota: Recuerdo haber
126
Ciertas tesis fundamentales del troskismo muestran
a las claras que para Trotsky como para los marxistas,
la política no es solamente un asunto de conciencia,
una simple ocasión para la subjetividad de poder expresar
hacia afuera ideas o valores, sino el compromiso del
sujeto moral abstracto asumido en los acontecimientos
ambiguos. Bien sabía que en ciertas situaciones-límites
no existe otra elección fuera del estar por o contra, y
es por eso que hasta el fin sostuvo la tesis de la defensa
incondicional de la U.R.S.S. en tiempo de guerra. "Sobre
ese punto, y la compilación publicada recientemente
en Nueva York (L. Trotsky: In déjense of the
Soviet Union) dan fe de ello, yo he combatido invariable
e inflexiblemente toda duda. Más de una vez he debido
romper con mis amigos por ese problema. Expongo
en La Revolución traicionada que la guerra pondría
en peligro, al mismo tiempo que la burocracia, las nuevas
bases sociales de la U.R.S.S. ique representan un inmenso
progreso en la historia de la humanidad. De allí
el deber, para todo revolucionario, de defender la
U.R.S.S. contra el imperialismo a pesar de la burocracia
soviética" '. Esta defensa de la U.R.S.S. se distingue
discutido, durante la ocupación, el problema de la eficacia con un amigo
trotskista, deportado más tarde y muerto en un comando. Me dijo que
tal vez, sin Stalin, la U.R.S.S. hubiera tenido menos artillería y menos
tancjues, pero que al penetrar en un país donde la democracia de los
trabajadores y la iniciativa de las masas habrían sido visibles a cada
paso, los nazis hubieran perdido en seguridad lo que ganaban en territorio
y que todo hubiera terminado en soviets de soldados dentro de!
ejército alemán. Ejemplo de lo que podría llamarse historia abstracta.
Preferimos, como más consciente, el "suceda lo que sucediere" de Trotsky.
Peio si es preciso elegir entre una U.R.S.S. que es "astuta con la historia",
que se mantiene dentro de la existencia y detiene a los alem.-ines,
y una U.R.S.S. que conserva su línea proletaria y desaparece en la
guerra, dejando a las generaciones futuras un ejemplo heroico y cincuenta
años o más de nazismo, ¿es cobardía política preferir la primera?
" Los crímenes de Stnlin.
127
de una adhesión en esto: en que Trotsky esperaba proseguir
en plena guerra la agitación a favor de sus planteos,
así como Clemenceau había hecho oposición hasta
que la conducción de la guerra le fue confiada. ¿Pero
esta restricción es compatible coii la tesis de la defensa
de la U.R.S.S.? Tal vez resulte posible que en un país
adelantado y en una democracia la dirección de la guerra
sea fácilmente compatible con la existencia de una
oposición. En un país que apenas sale de la colectivización
y la industrialización forzadas, la existencia de
una oposición organizada que se propone derribar la
dirección revolucionaria plantea problemas completamente
diferentes. Dar por sentado que es posible buscar
los matices, que nunca estamos obligados a contestar
por sí o por no, a estar por o contra en bloque, que
siempre queda un cierto margen de libertad. La tesis
de la defensa de la U.R.S.S. está basada sobre el principio
contrario. Pero ¿cómo circunscribir la urgencia? El
peligro comienza antes de la declaración de guerra. Existen
pues todas las transiciones entre la tesis de la defensa
de la U.R.S.S. y la adhesión de los "capitulantes".
Al negarse a seguir a la ultraizquierda, al admitir que
la violencia revolucionaria y el elemento subjetivo no
pueden disociarse de las estructuras económicas establecidas
por la Revolución de Octubre, Trotsky reconoce
que el radicalismo sería aquí contrarrevolucionario y
reencuentra a Bujarin. La diferencia es de grado, no de
naturaleza. Es verdad que pasado cierto punto la cantidad
se convierte en calidad y que formar bloque no es
capitular. Pero la última declaración de Bujarin muestra
a su manera tanto orgullo como los escritos de
128
Trotsky exiliado. La izquierda tiene su ultr;i¡z(|uicr(la
que la acusará también de "cobardía política" ".
A medida que se alejaba de la acción y del |)()(Ic:i
y veía a la U.R.S.S. no ya desde el punto de vista de
quien gobierna sino a través de los testimonios de la
oposición perseguida y desde el punto de vista de quien
es gobernado, Trotsky estaba inclinado a idealizar la
historia pasada —la que había contribuido a hacer—, y
a obscurecer la historia presente, aquella que él sufría.
Nos entran deseos de releer a los opositores de izquierd.
a los brillantes textos que escribía en 1920 para defender
la dictadura. Contestarían que en 1920 existía la
dictadura del proletariado, de la cuai el Partido no era
sino su fracción consciente, y los jefes los representantes
elegidos, y que por lo tanto, al menos en el interior
del Partido, había lugar para la fraternidad revolucionaria.
Al actuar, si no en virtud de un mandato expreso
de la humanidad existente, al menos por delegación del
proletariado, núcleo de la humanidad futura, la dictadura
tenía motivos para utilizar la violencia contra el
proletariado y sus representantes políticos. Esta concepción
teórica requeriría todo un examen. Sería preciso
preguntarse si la dictadura del proletariado existió alguna
vez más allá de la conciencia de los dirigentes
y de los militantes más activos. Al lado de los militantes
estaban las masas no conscientes. La dictadura para
sí misma podía bien ser dictadura del proletariado,
8 Aun recientemente los elementos de la IV Internacional daban a
los electores la consigna de votar a los comunistas en todos los higare»
donde no presentaban candidatos propios, porque los candidatos comunistas
seguían siendo para ellos los candidatos del proletariado. En principio,
los votos 'rotskistas corren el riesgo de llamar al poder a un
aparato político que, segiin Trotsky, sabotea la Revolución, pero que, en
las condiciones dadas, debe sin embargo set preferido. No cxhíe. ona diferencia
isencial entre esta técnica y !:i adhesión de Bojarin.
J29
el obrero apolítico o el campesino atrasado no pudieron¡
reconocerse en ella sino durante algunos breves episodios
de la Revolución. El Partido es la conciencia de]
proletariado, pero como todo el mundo admite que el
proletariado no es totalmente consciente, eso quiere decir
que una fracción de las masas piensa y quiere por
procuración. Está fuera de duda que en muchos momentos
decisivos de la Revolución rusa, las resoluciones
del Partido sobrepasaban las voluntades del proletariado
de hecho (como por otra parte en otros momentos el
Partido moderaba a las masas). En esta medida el Partido
substituía a las masas y su papel consistía más bien
en explicar y justificar frente a ellas las decisiones ya
elaboradas y no sólo en recoger sus opiniones. Lenin
decía más o menos cjue el Partido no debe estar detrás
del proletariado ni al lado, que debe estar adelante,
pero solamente un paso. Esta frase famosa muestra bien
hasta qué punto estaba lejos de una teoría de la revolución
por los jefes. Pero también muestra que la dirección
revolucionaria ha sido siempre una dirección, y que
si debía ser seguida por las masas, le era preciso entonces
precederlas. El Partido conduce al proletariado de hecho
en nombre de una idea del proletariado que toma prestada
a su filosofía de la historia y que no coincide a cada
instante con las voluntades y los sentimientos del proletariado
de hecho. Lenin y sus compañeros hacían lo
que las masas querían en su voluntad profunda y en la
medida en que ellas eran conscientes de sí mismas, pero
obrar según la voluntad profunda de alguien tal como
uno mismo lo definió, significa precisamente ejercer sobre
él una violencia, como el padre que prohibe a su
hijo realizar un casamiento tonto "por su bien'". El
proletariado no puede ejercer él mismo la dictadura:
delega sus poderes. O bien se quiere hacer ui\a revolución,
y entonces es preciso pasar por eso, o l)icii se (luicrc
a cada instante tratar a cada hombre como un lin en sí,
y entonces no se hace absolutamente nada. No le rej)rochamos
pues a Trotsky el haber utilizado en su luMiipo
la violencia sino que lo haya olvidado, que retome contra
la dictadura que él sufre los argumentos del humanismo
formal que le parecieron falsos cuando los dirigían
a la dictadura que él ejercía. ¿La dictadura de antes
utilizaba la violencia contra el enemigo de la clase, la
de ahora la utiliza contra viejos bolcheviques? Puede
ser que la oposición, en la situación presente, haya hecho
el juego del enemigo de clase. Formalmente, la dictadura
es la dictadura. Y sin duda el contenido varió
—volveremos a hablar de eso—, pero el pasaje de la dictadura
de 1920 a la de 1935 se hace por transiciones insensibles
y nunca inmotivadas. Esto es lo que hay que
comenzar por ver.
Trotsky escribía en 1920: "Sin las formas de coerción
gubernamental que constituyen el fundamento de la
militarización del trabajo, el reemplazo de la economía
capitalista por la economía socialista no sería más que
una palabra hueca" ". Defendía el principio de una dirección
autoritaria de las fábricas contra el de una dirección
colectiva por los obreros, la idea de un "frente
de trabajo", la obligación para los obreros de trabajar
en el puesto que les era asignado. Los refractarios se
verían privados de su ración. "La verdad es que en un
régimen socialista si no hubiera aparato de coerción no
habría Estado. El Estado se disolvería en la comunidad
de producción y de consumo. La vía del socialismo no
'•> ¡(irorismn y Comunismo, ¡jág. 17().
y;/
deja de pasar por la tensión más alta de la estatización
( . . . ) - Antes de desaparecer, el Estado reviste la
forma de dictadura del proletariado, es decir, del más
despiadado gobierno que exista, de un gobierno que
abarca imperiosamente la existencia de todos los ciudadanos"
^".
¿La libertad política? De observarla escrupulosamente
se la convertiría en su contrario. Una asamblea constituyente
con mayoría conciliadora fue elegida en 1917.
Si se hubiera tenido el tiempo de dejar que las cosas
maduraran se habría visto al cabo de dos años, dice
Trotsky, que los socialistas-revolucionarios y los mencheviques,
en último análisis, habrían formado bloque
con los minoritarios y que el proletariado y los bolcheviques
eran los únicos capaces de llevar adelante la Revolución.
Pero "si nuestro Partido se hubiese remitido,
para todas las responsabilidades, a la pedagogía objetiva
del curso de las cosas, los acontecimientos militares hubiesen
bastado para determinarnos. El imperialismo
alemán podía apoderarse de Petrogado cuya evacuación
había comenzado el gobierno de Kerensky. La pérdida
de Petrogrado hubiera sido mortal entonces para el proletariado
ruso cuyas mejores fuerzas eran en ese entonces
las de la flota del Báltico y de la capital roja. No se
puede pues reprochar a nuestro Partido haber querido
remontar el curso de la historia, sino más bien haber
saltado algunos grados de la evolución política. Pasó por
encima de los socialistas-revolucionarios y de los mencheviques
para no permitir al militarismo alemán pasar
por encima del proletariado ruso y concluir la paz con
la Entente en detrimento de la Revolución" " . Pero
VO Ibid., págs. 48-49.
11 Ibid., págs. 48-49.
132
entonces puede decirse que Stalin salta por encima de la
oposición para no permitir al militarismo alemán saltar
por encima del único país donde las formas socialistas
de producción han sido establecidas.
¿La libertad de prensa? Kautsky la reclamaba en nombre
de esta idea incontrovertible de que no hay verdad
absoluta, ni hombre o grupo que pueda vanagloriarse de
poseerla, que los mentirosos y los fanáticos de (lo que
ellos creen ser) la verdad se encuentran en todos los
campos. A lo cual Trotsky contestaba vigorosamente:
"Así, para Kautsky, la revolución en su fase aguda,
cuando se trata para las clases de vida o de muerte, sigue
siendo como antes una discusión literaria con vistas a
establecer. . . la verdad. ¡Qué profundo es! Nuestra
'verdad' no es ciertamente absoluta. Pero por el hecho
que en la hora actual vertemos sangre en su nombre,
no tenemos ninguna razón, ninguna posibilidad de
comenzar una discusión literaria sobre la relatividad
de la verdad con todos los que nos "critican" esgrimiendo
cualquier argumento. Nuestra tarea no consiste
tampoco en castigar a los mentirosos y alentar a los
justos de la prensa de todas las tendencias, sino únicamente
ahogar la mentira de clase de la burguesía y asegurar
el triunfo de la verdad de clase del proletariado,
independientemente del hecho que existen en los dos
campos fanáticos y mentirosos" ^^. Las ideas por las cuales
se vive y se muere son, por ese mismo hecho, absolutas,
y no se puede al mismo tiempo tratarlas como verdades
relativas que podrían ser confrontadas tranquilamente
con otras y "libremente criticadas". Pero si en
nombre de su absoluto Trotsky considera como relativo
12 Ibid., págs. 70-71.
133
el absoluto de los mencheviques, ¿cómo podría sorprenderse
que un día otros a su vez consideren como relativo
el absoluto de Trotsky en nombre de sus propias convicciones?
Trotsky pone en evidencia el elemento de
subjetividad y de Terror que contiene toda revolución,
aun marxista. Pero a partir de esto, toda crítica al stalinismo
que enjuicie formalmente al Terror, puede aplicarse
a la Revolución en general.
Estando en el poder, Trotsky sentía vivamente que la
historia, aun cuando en su conjunto puede ser considerada
en perspectiva como historia de la lucha de clases,
tiene necesidad en todo momento de ser pensada y deseada
por los individuos para llegar a su solución revolucionaria,
que hay momentos privilegiados, que las
ocasiones perdidas pueden modificar por largo tiempo
el curso de las cosas, que por consiguiente es preciso
aprehenderlas a medida que se presenten aunque no
tengamos tiempo de convencer primeramente a las masas
y que, en definitiva, la historia debe ser hecha en
la violencia y no se hace por sí misma. Cuenta en algún
lado que un día, trabajando junto a Lenin, le preguntó:
"Si nos fusilaran, ¿qué sucedería con la Revolución".
Lenin pensó un momento, sonrió y contestó simplemente:
"Tal vez, después de todo, ni nos fusilen". Aun
cuando una revolución va "en el sentido de la historia",
tiene necesidad de la iniciativa de los individuos. Kautsky
decía: "Rusia es un país atrasado en el cual La revolución
proletaria sucedió demasiado temprano; inejor hubiera
sido dejarla madurar antes que forzar a la historia
y comprometer al proletariado ruso sobre un camino
dentro del cual no puede triunfar si no es por la violencia.
Es necesario conocer una locomotora antes de
ponerla a andar". A lo cual contestaba Trotsky con fuerza;
"Si se espera conocer el caballo para moiiliu' a caballo,
nunca se sabrá hacerlo. El prejuicio bollk'vi(|uc (jue="" .="" 1917="" a="" aclare.="" al="" aprender="" aun="" bien="" bolchevi-="" caballo="" ciencia="" colectivización="" como="" comparable="" comunes="" creer="" criticar="" cuando="" cuya="" de="" democrático-="" día,="" día="" el="" en="" ensayo="" entonces="" es="" espontáneo="" esquemas="" estaban="" esto="" etapas="" existe="" fase="" favor="" frente="" fundamental="" hacer="" hicieron="" historia="" humana="" i="" intermedia="" intervención="" kautsky="" la="" las="" liberal.="" lo="" los="" mientras="" monlar="" movimiento="" ni¡="" no="" objetiva,="" para="" partir="" percibieron="" pero="" posibilidad="" posiciones="" prc="" preciso="" previsiones="" prevista="" primer="" práctica="" puede="" pues="" que="" quema="" quina="" reemplaza="" retome="" revolución,="" revolución="" sabía="" ser="" sin="" sino="" stalin="" también="" teóricos.="" tipo="" todos="" tomaba="" trotsky,="" u="" un="" una="" violencia="" vivo.="" y="" |)aración="">< ¡hid., pág. 24. ]36 ees resulta difícil marcar los límites del Terror permitido. Existen todas las transiciones desde la dictadura, según Trotsky, ,a la dictadura, según Stalin, y no hay, entre el camino leninista y el camino stalinista, una diferencia que sea absoluta. Nada permite decir con precisión: aquí termina la política marxista y comienza la contrarrevolución. El terror culmina en la revolución, y la historia es terror porque existe una contingencia. Cada uno encuentra sus motivos en los hechos y los plantea en una perspectiva del futuro que en rigor no puede demostrarse. Trotsky concibe la dirección revolucionaria en función de la lucha de clases y de las grandes líneas de la historia universal. Stalin establece su política en función de las circunstancias particulares a nuestro tiempo: revolución en un solo país, fascismo, estabilización del capitalismo en Occidente y, al decir que el camino stalinista comienza con el fracaso de la revolución alemana de 1923, " Trotsky reconoce al menos que se adaptó a la historia inmediata. En esas condiciones cada luio puede acusar al otro de ser el "enterrador de la revolución". Trotsky habla de la contrarrevolución stalinista. Pero al considerar el uso que la burguesía hace de la crítica trotskista, Bujarin dice en su última declaración: "El destino de Trotsky es la política contrarrevolucionaria". Habría una verdad absoluta que desempatara a los adversarios si el mundo y la historia estuviesen terminados. Cuando todo haya sido consumado, entonces, y sólo entonces, lo actual igualará lo posible porque no 18 "Si a fines de 1923 la revolución hubiese salido victoriosa en Alemania —lo cual era perfectamente posible—, la dictadura del proletariado en Rusia hubiera sido depurada y consolidada sin sacudidas interiores..." Z,a Defensa de la U.R.S.S. y la Oposición (1929). pági ñas 28-29. 137 existirá nada más que lo pasado. En ese momento ya no tendrá sentido decir que la historia, conducida por los hombres en forma diferente, hubiera podido ser diferente: en la hipótesis de una historia acabada, de un mundo totalizado, esas otras posibilidades se convierten en imaginarias y todo ser concebible se reduce al ser que ha sido. Pero, precisamente, somos actores en una historia abierta, nuestra praxis reserva la parte de lo que no es para ser conocido, sino para ser hecho, la praxis es un ingrediente del mundo y es por eso que el mundo no existe sólo para ser contemplado, sino también para ser transformado. La hipótesis de una conciencia sin porvenir y de un fin de la historia resulta para nosotros irrepresentable. Siempre, en tanto haya hombres, el porvenir estará abierto, no habrá en lo que le concierne más que conjeturas metódicas y no un saber absoluto. En consecuencia siempre "la dictadura de la verdad" será la dictadura de alguno, y aparecerá, a quienes no adhieren, como algo puramente arbitrario. Una revolución, aun basada sobre una filosofía de la historia, es una revolución forzada, es violencia, y correlativamente la oposición conducida en nombre del humanismo puede ser contrarrevolucionaria. Esto podía escapársele a Trotsky, jefe y exiliado. Los militantes que quedaban en sus sitios lo veían. "Correríamos el riesgo de cometer un crimen levantando a los trabajadores hambrientos, atrasados, inconscientes, contra su propia vanguardia organizada, la única que tienen, por más desfalleciente y gastada que esté. Correríamos el riesgo, al buscar la renovación de la Revolución, de desencadenar las fuerzas enemigas de las masas campesinas" ^*'. 20 VÍCTOR SERGE, S'U est minuit clans le siecle, pig. 231. 1^8 La ironía de la suerte nos hace hacer lo contrario de lo que pensábamos hacer, nos obliga a dudar de niiestras evidencias, a recusar nuestra conciencia como siendo capaz de mistificaciones, y pone en el orden del día no solamente el Terror que ejerce el hombre sobre el hombre, sino en primer término este terror fundamental que en cada uno de nosotros es la conciencia de sus responsabilidades históricas. Plegarse o negarse: el problema de Rubashov existe, puesto que Bujarin y Trotsky tienen razones para discutir la línea del Partido; razones tiene Bujarin para volver al Partido; razones tiene Stalin para pasar por encima de la oposición si quiere darle un porvenir a la Revolución, sin que pueda reconocerse a cualquiera de esas posiciones el privilegio de una verdad absoluta en nombre de una ciencia de la historia. Las divergencias políticas en el interior de una misma filosofía marxista no son sorprendentes, puesto que la acción marxista quiere a la vez el movimiento espontáneo de la historia y transformarla, puesto que nada indica en los hechos, de una manera evidente, en qué momento es preciso inclinarse ante ellos, en qué momento por el contrario es preciso hacerles violencia, puesto que nuestro planteo en perspectiva y la "única solución posible" que ella indica expresan una decisión ya tomada, así como nuestras decisiones traducen alrededor nuestro el aspecto del pasaje histórico, y puesto que en definitiva este conocimiento operante cuya fórmula general dio el marxismo, debe reconsiderarse sin cesar y buscar difícilmente su camino manteniéndose a la misma distancia tanto del oportunismo como de la utopía. La historia es terror porque necesitamos avanzar dentro de ella, y no siguiendo una línea recta, siempre fácil de trazar, sino eleván- 139 donos a cada momento sobre una situación general cjue cambia, como un viajero que avanzara dentro de un paisaje inestable que se modifica a sus propios pasos, donde lo que era obstáculo puede convertirse en pasaje y donde el camino recto puede convertirse en sinuoso. Una realidad social que nunca está separada de nosotros, que no está determinada en sí, como un objeto, y que depende de nuestra praxis en toda la extensión del presente y del porvenir, no nos ofrece a cada momento un único posible, como si Dios hubiera fijado ya el porvenir en el anverso del mundo. Aun el éxito de una política no podría probar que únicamente esa política podía triunfar. Tal vez otra línea se hubiese presentado como posible si al menos se la hubiera escogido y seguido. Parece entonces que la historia ofrece más enigmas que problemas. Pero esto es sólo un comienzo y una verdad a medias. Fijar la ambigüedad y la contingencia en el corazón de la historia, "comprender", pues, todos los personajes del drama, referir todas las opiniones sobre la historia a decisiones en rigor facultativas, concluir, en fin, que no se trata de tener razón puesto que el presente y el porvenir no son objetos de ciencia, sino de hacer o de actuar, consiste en un irracionalismo que no puede sostenerse por la razón decisiva que nadie lo vive, ni siquiera el que lo profesa. El filósofo abstracto que considera las opiniones una tras otra, no encuentra la instancia última que dé razón a una de ellas y concluye que la historia es terror, adopta por su cuenta una actitud de espectador en la que se encuentra a lo sumo un terror bastante literario, olvida decir que ese género de pensa- 140 miento está unido a una situación muy precisa, la <51o de diferentes modalidades de una situación fundamental. Lo que se propone el marxismo es resolver radicalmente el problema de la coexistencia hxnnana más allá de la opresión de la subjetividad absoluta, de la objetividad absoluta, de la seudosolución del liberalismo. En la medida en que da un cuadro pesimista del comienzo de nuestra situación —conflicto y lucha a muerte—, el marxismo guardará siempre un elemento de violencia y de terror. Si es verdad que la historia es una lucha, si el racionalismo mismo es una ideología de clase, no hay ninguna posibilidad de reconciliar inmediatamente a los hombres haciendo uso de la "buena voluntad", como decía Kant, es decir, de una moral universal por encima de las luchas. "Es preciso saber consentirlo todo, decía Lenin, todos los sacrificios, hasta utilizar, en caso de necesidad, todas las estratagemas, utilizar la astucia, los procedimientos ilegales, el silencio, la disimulación de la verdad para penetrar en los sindicatos, y permanecer en ellos, y proseguir a cualquier precio la acción comunista" ^. Y Trotsky mismo comentaba: "La lucha a muerte no se concibe sin tácticas de guerra, en otros términos, sin mentira y engaño" ^. Decir la verdad, proceder con conciencia, son las coariadas de la falsa moralidad; la verdadera moralidad no 2 f.a Maladie infantile du Communisme, ed. citad:!, pñg. 31. •• l.itir morale ct ¡ü no tic, p;ig. 71, l-!9 se ocupa de lo que pensamos o queremos, sino de lo que hacemos; nos obliga a asumir de nosotros mismos una visión histórica. El comunista desconfiará entonces de la conciencia en sí mismo y en los demás. La conciencia no es buen juez de lo que hacemos porque estamos compí ometidos en la hicha histórica y hacemos más, menos u otra cosa de lo que pensábamos hacer. El comunista se niega por método a creer a los otros bajo palabra, a tratarlos como sujetos razonables y libres. ¿Cómo habría de hacerlo puesto que están como él mismo expuestos a la mistificación? Detrás de lo que dicen y piensan deliberadamente, quiere encontrar lo que son, el papel que representan, tal vez a pesar de ellos, en la colisión de los poderes y en la lucha de clases. Debe aprender a conocer el juego de las fuerzas antagonistas, y los escritores, aun reaccionarios, que la han descrito, son para los comunistas más preciosos que aquéllos, aun progresistas, que la han ocultado bajo las ilusiones liberales. Maquiavelo cuenta más que Kant. Engels decía de Maquiavelo que era "el primer escritor de los tiempos modernos digno de ser mencionado". Marx decía de la Historia de Florencia que era una "obra maestra". Contaba a Maquiavelo, junto con Spinoza, Rousseau y Hegel en el número de quienes han descubierto las leyes del funcionamiento del Estado *. Como la vida social en general determina en cada hombre, más allá de los pensamientos o de las decisiones deliberadas, la manera misma de ser en el mundo, la revolución en el sentido marxista no se agota en las disposiciones legislativas que toma y es preciso mucho tiempo para que ascienda sus infraestructuras i Kólnische Zeitung, m 179. 150 económicas y jurídicas hasta las relaciones vividas de los hombres; mucho tiempo, pues, para que sea verdaderamente indiscutible y esté asegurada contra los retornos ofensivos del viejo mundo. Durante este período transitorio, la aplicación de la regla según la cual "el hombre es para el hombre el ser supremo" (Marx), significaría volver a la utopía y hacer que el Estado, tal como lo conocemos, es el instrumento de una clase, se puede presumir que "se echará a perder" al mismo tiempo que las clases. Pero Lenin se toma el cuidado de precisar que "ni un solo socialista osó prometer el advenimiento" de la fase superior del comunismo •"*. Esto quiere decir que el marxismo es, mucho más que la afirmación de un necesario futuro, el enjuiciamiento del presente como contradictorio e intolerable. Es en la dimensión del presente donde se actúa, y con los medios de acción que ofrece ese presente. El proletariado no destruirá el aparato de represión de la burguesía más que anexándoselo primero y utilizándolo luego contra ella. De esto resulta que la acción comunista niega por anticipado las reglas formales del liberalismo burgués. "Mientras el proletariado hace todavía uso del Estado, no lo hace en el interés de la libertad, sino para derrotar a su adversario, y desde que se pueda hablar de libertad, el Estado como tal dejará de existir" *". "Es claro que allí donde existe el aplastamiento, allí donde existe la violencia, no hay libertad, no hay democracia" ''. No se trata de observar las reglas del liberalismo frente a la burguesía, ni siquiera frente a la totalidad del proletariado. "Las clases subsisten y subsistirán por 5 LENIN, L'Etat et la Revolution, E.S.I., pág. 21. e Engeis a Bebel, 18-28 de marzo de 1875. 7 LENIÑ, ibid., pág. 514. 151 todas partes durante años después de la conquista del poder po' ei proletariado ( . . . } • Aniquilar las clases no consiste solamente en echar a los propietarios y a los capitalistas, lo cual nos resultó relativamente fácil, sino también aniquilar los pequeños productores de mercaderías, y es imposible echarlos, es imposible aplastarlos, es preciso hacer buenas migas con ellos. Solamente se puede (y se debe) transformarlos, reeducar los por un trabajo de organización muy largo, muy lento y muy prudente. Ellos rodean al proletariado por todas partes de una atmósfera de pequeñoburguesía, lo penetran, lo corrompen, suscitan constantemente en el interior del proletariado la reaparición de tendencias pequeñoburguesas: falta de carácter, disgregamiento, individualismo, pasaje del entusiasmo a la desesperación. El partido político del proletariado debe tener una centralización y una disciplina rigurosa para poder ponerles un obstáculo (.--). La dictadura del proletariado es una lucha encarnizada, sangrienta y no sangrienta, violenta y pacífica, militar y económica, pedagógica y administrativa, contra las fuerzas y las tradiciones del viejo mundo. La fuerza de la tradición en millones y decenas de millones de hombres es la fuerza más temible. Sin un partido, sin un partido de hierro y endurecido en la lucha, sin un partido poderoso por la confianza de todos los elementos honestos de la clase en cuestión, sin un partido hábil en seguir la mentalidad de la masa e influirla, es imposible sostener esta lucha con éxito" *. Se comprende que en el sistema del "centralismo democrático" la dosificación de democracia y de centralismo pueda variar según la situación y 8 LKNIN, La Malndie infiintile du Communisme, pág. 24. (Los subra. yaiJos soi) nuestros). ¡52 que en cienos momentos el aparato se aproxime al ecu tralismo puro. El partido y sus jefes enij)njaii a la nía sa hacia su liberación real, que está en el jjorvenii', sa crificando si es preciso la libertad formal, {|ue es la I i bertad de todos los días. Pero a partir de eso, para lodo el período de transformación revolucionaria (y nosotros no sabemos si llegará alguna vez a una "lase superior" en la que el Estado se desintegrará) , ¿no estamos muy cerca de la concepción hegeliana del Estado, es decir, de un sistema que, en último análisis, reserva a algunos el papel de sujetos de la historia^ permaneciendo los otros como objetos frente a esta voluntad trascendente? La respuesta marxista será primeramente: o eso o nada. O bien se quiere hacer algo, pero a condición de utilizar la violencia, o bien se respeta la libertad formal, se renuncia a la violencia, pero sólo se puede hacer esto renunciando al socialismo y a la sociedad sin clases, es decir consolidando el reino del "cuáquero hipócrita". La revolución asume y dirige una violencia ijue la sociedad burguesa tolera en la desocupación y en la guerra, y que disfraza bajo el nombre de fatalidad. Pero todas las revoluciones reunidas no han derramado más sangre que la que derramaron los imperios. No hay más que violencias, y la violencia revolucionaria debe ser preferida porque tiene un porvenir de humanismo. Sin embargo ¿qué importa el porvenir de la revolución si su presente queda bajo la ley de la violencia? Aun cuando produzca a continuación una sociedad sin violencia, frente a aquellos que aplasta hoy en día y cada uno de los cuales es como un mundo para sí, ella es el mal absoluto. Aun cuando aquellos que vivin'm en el futuro puedan hablar vui día de éxito. 75? los que viven el presente y no pueden saltar por encima de él, comprueban nada más que un fracaso. La violencia revolucionaria no se distingue para nosotros de las otras violencias, y la vida social no comporta más que fracasos. El argumento y la conclusión serían válidos si la historia fuese el simple encuentro y la sucesión discontinua de individuos absolutamente autónomos, sin raíces, sin posteridad, sin intercambio. Entonces el bien de unos no podría rescatar el mal de los otros y al ser cada conciencia una totalidad en sí misma, la violencia efectuada a una sola conciencia bastaría, como lo pensaba Péguy, para hacer de la sociedad una sociedad maldita. No tendría sentido preferir un régimen que emplea la violencia para fines humanistas, porque desde el punto de vista de la conciencia que la sufre, al ser lo que la niega, la violencia es absolutamente inaceptable, y porque en semejante filosofía no habría otro punto de vista que el de la conciencia de sí, el mundo y la historia sólo serían la suma de esos puntos de vista. Pero tales son justamente los postulados que el marxismo pone en duda al introducir, siguiendo a Hegel, la perspectiva de ima conciencia sobre otra. Lo que encontramos en la vida privada de la pareja, o en una sociedad de amigos o, con mayor razón, en la historia, no son "conciencias de sí" yuxtapuestas. Nunca encuentro frente a frente la conciencia de otro como nunca tampoco encuentra él la raía. Yo no soy para él y él no es para mí pura existencia en sí. Somos uno para el otro seres situados, definidos por un cierto tipo de relación con los hombres y con el mundo, por una cierta actividad, una cierta manera de tratar a los otros y a la naturaleza. Ciertamente una 154 conciencia pura estaría en tal estado de inocencia original que la violencia que se le haría sería irreparable. Pero, por comenzar, una conciencia pura está fuera de mi acción, no podría hacerle violencia, aun cuando torture su cuerpo. El problema de la violencia no se plantea, pues, frente a ella. Se plantea sólo frente a una conciencia originalmente comprometida en el mundo, es decir, en la violencia, y se resuelve solamente más allá de la utopía. Para nosotros no hay más que conciencias situadas que se confunden a sí mismas con la situación que asumen, y no podrían quejarse de ser confundidas con ella y de que se desdeñe la inocencia incorruptible del fuero interior. Cuando se dice que existe una historia se quiere decir justamente que cada uno en lo que hace no actúa solamente en su propio nombre, no dispone solamente de sí, sino que compromete a los otros y dispone de ellos, de tal modo que, desde el momento en que vivimos, perdemos la estratagema de las buenas intenciones, somos lo que hacemos a los otros, renunciamos al derecho de ser respetados como minorías selectas. Respetar a quien no respeta a los otros es, finalmente, despreciarlos, abstenerse de la violencia frente a los violentos, es hacerse su cómplice. No podemos elegir entre la pureza y la violencia, sino entre distintos tipos de violencia. La violencia es nuestro mundo en tanto que estamos encarnados. No hay siquiera persuasión sin seducción, es decir, en último análisis, sin desprecio. La violencia es el punto de partida común a todos los regímenes. La vida, la discusión y la elección política se realizan sobre ese fondo. Lo que cuenta y lo que es preciso discutir no es la violencia, es su sentido o su porvenir. Es ley de la acción humana saltar 155 por encima del presente hacia el porvenir y del yo liacia los demás. Esta intrusión no es sólo un hecho de la vida política, se produce también en la vida privada. Lo mismo que en el amor, en el afecto, en la amistad, no tenemos frente nuestro "conciencias" cuya individualidad absoluta pudiésemos respetar a cada instante, sino seres calificados —"mi hijo", "mi mujer", "mi amigo"—, que arrastramos con nosotros en proyectos, comunes donde reciben (como nosotros mismos) un papel definido, con poderes y deberes definidos; del mismo modo en la historia colectiva los átomos espirituales arrastran tras sí sus papeles históricos, están unidos entre ellos por el hilo de sus acciones, más aún: se confunden con la totalidad de las acciones, deliberadas o no, que ejercen sobre los otros y sobre el mundo; hay, no una pluralidad de sujetos, sino una intersubjetividad, y por eso existe una común medida del mal que se hace a unos y del bien que se obtiene para los otros. Al condenar toda violencia nos colocamos fuera del dominio donde la justicia y la injusticia existen, maldecimos el mundo y la humanidad; maldición hipó crita, porque quien la pronuncia, desde el momento que ya vivió, aceptó las reglas del juego. Entre los horn bres considerados como conciencias puras no habría, en efecto, ninguna razón para escoger. Pero entre los hombres considerados como titulares de situaciones que conforman en conjunto una única situación común, es inevitable que se escoja; está permitido sacrificar a quienes, según la lógica de su situación, son una amenaza, y preferir a quienes son una promesa de humanidad. Esto es lo que hace el marxismo cuando establece su política sobre un análisis de la situación proletaria. Los problemas de la política existen por el hecho de i 'I 6 que somos todos sujetos, que sin embargo vemos y Iratamos a los otros como objetos. La coexistencia de Uw hombres parece, pues, condenada al fracaso. I'()r(|ue, o algunos de entre ellos ejercen su derecho ahsohiK» sl:i iihoia y
los han dominado como potencias absohilaim'iilc; cxirañas"
" . Hay, pues, una premisa objetiva do la revohición:
la dependencia universal, y una premisa subjetiva:
la conciencia de esta dependencia como alienación.
Y es perceptible la relación muy particular de esas ilos
premisas. No se adicionan; no existe una situación objetiva
del proletario y una conciencia de esta situación
que vendría a agregarse a ella sin motivo. La misma situación
"objetiva" solicita del proletario la toma de
conciencia; la toma de conciencia está motivada por el
ejei'cicio mismo de la vida. Por su condición el proletario
es llevado al punto de separación y de libertad eu
el cual es posible una conciencia de la dependencia. En
el proletario la individualidad o la conciencia de sí y
la conciencia de clase son absolutamente idénticas
" ( . . . ) Un noble sigue siendo siempre un noble, tin
plebeyo siempre un plebeyo, abstracción hecha de las
otras condiciones; hay allí una propiedad inseparable
de su individualidad. La distinción entre el individuo
personal y el individuo de clase, el azar de las condiciones
de vida para el individuo, sólo aparece con la aparición
de la clase que es ella misma un producto de
la burguesía ( . . . ) • En los proletarios ( . - . ) , su propia
condición de vida, el trabajo y, por lo tanto, todas
las condiciones de existencia de la sociedad actual, se
han convertido en algo accidental, sobre lo cual ninguna
organización social puede darles el control ( • • • ) ' '^•
Todo hombre puede, en la reflexión, concebirse simplemente
como hombre y reencontrar a los otros. Pero
será por medio de una abstracción: le es preciso olvi-
11 /bid, pág. 228.
12 I hid., pág. 228.
Irt)
dar su situación particular, y cuando vuelve de la reflexión
a la vida se conduce de nuevo como francés,
médico, burgués, etc. La universalidad no es vivida, es
concebida. Por el contrario, la condición del proletario
es tal que se separa de las particularidades no por el
pensamiento y por un proceso de abstracción, sino en
la realidad y por el movimiento mismo de su vida. Sólo
él es la universalidad que piensa, sólo él realiza la conciencia
de sí cuyo esbozo han trazado, en la reflexión,
los filósofos. Con el proletario la historia sobrepasa las
particularidades del provincialismo y del chauvinismo y
"pone al fin a individuos dependientes de la historia
universal y empíricamente universales en el lugar de
los individuos locales'' ^''. El proletariado no recibió su
misión histórica de un Espíritu Mundial insondable; es
él mismo, manifiestamente, este espíritu mundial, puesto
que inaugura el acuerdo del hombre con el hombre y
la universalidad. Hegel distinguía en la sociedad la clase
substancial (los campesinos), la clase c^ue la refleja
(los obreros y los productores), y la clase universal
(los funcionarios del Estado). Pero el Estado hegeliano
no es universal sino en derecho, porque los funcionarios,
Hegel mismo y la historia tal como la conciben,
le acuerdan esta significación y este valor. El proletariado
es universal de hecho, visiblemente y en su misma
vida. Realiza lo que es válido para todos porque es el
único que está más allá de las particularidades, el único
que está en situación universal. No es una suma de
conciencias que elegirían cada una por su cuenta la
revolución, ni tampoco una fuerza objetiva como la
gravitación o la tracción universal, es la tínica intersub-
I:Í Ibid., j)á"g. 177. (Subrayado por nosolros).
162
jetividad auténtica, porque es la únii';i que vive la
unión y la separación de los individuos. Naliualnienlt'
el proletariado puro es un caso límite: "el IDÍHIIKI <¡¡iiiu>ii.sinfi, pág. 41.
JoJ
compromiso no puede ser practicado sino ''de manera
de elevar y no de hacer descender el nivel general de
la conciencia, del espíritu revolucionario, de la capacidad
de lucha y de victoria del proletariado" ^°. Se podría
decir lo mismo del terror que, por el contrario,
fuerza a la historia. La teoría del proletariado como
portador del sentido de la historia es el aspecto humanista
del marxismo. El principio marxista consiste en que
el partido y sus jefes desarrollan en ideas y en palabras
lo que está implicado en la práctica revolucionaria.
La dirección revolucionaria puede recurrir desde
el proletariado de hecho, cegado por los agentes del desviacionismo,
hasta el proletariado "puro", cuyo esquema
teórico hemos reproducido; desde el proletariado
"descompuesto" hasta los "elementos honestos del proletariado".
A veces empuja a las masas. Inversamente,
puede tener que retenerlas: es un acto de espíritus que
piensan mecánicamente —y de provocadores— invitar
al comunismo a marchar sobre la línea recta. Los principios
generales del comunismo deben ser aplicados a
"lo que existe de particular en cada tiempo y en cada
país", "que es preciso saber estudiar, descubrir, presentir"
^''. La historia local y la historia presente no son
ciencias y no pueden ser consideradas a "la escala de
la historia universal" ^''. Y todavía sucede que el contacto
perdido entre la vida espontánea de las masas y
las exigencias de la victoria proletaria concebida por
ios jefes, debe establecerse al fin de un plazo previsible,
sin lo cual el proletariado no vería más a qué se sacrifi-
IB LENIN, La enfermedad infantil del comunismo, pág. 44. (Subrayado
por nosotros).
16 Ibid., pAg. 55.
IT ¡bid., pág. 5.5.
ca y volveríamos a la filosofía hegeliana del Estado: algunos
funcionarios de la historia que sal)cn por lodo»
y realizan con la sangre de los otros lo (|iic (|uipre ti
Espíritu Mundial. La historia local debe tener una relación
visible con la historia universal, sin lo cual el
proletariado vuelve a caer en el provincialismo que debía
imperar.
La teoría del proletariado asigna a la dialéctica tnarxista
una orientación general y es ella la que la distingue
de la dialéctica de los sofistas o de los escépticos.
El escéptico se alegra de ver que cada idea se convierte
en su contraria, que "todo es relativo", que bajo
cierta relación lo grande es pequeño y lo pequeño grande,
que la religión, salida del corazón, se convierte en
Inquisición, violencia, hipocresía, por lo tanto en irreligión,
que la libertad y la virtud del siglo xvii, pasadas
al gobierno, se convierten en libertad y virtud
forzadas, ley de los sospechosos, Terror y por lo tanto
tartuferia. Que Kant se convierte en Robespierre. La
dialéctica marxista no pretende agregar un capítulo
más a las ironías de la historia: quiere terminar con
ellas. Sí, nuestras intenciones se desnaturalizan al plantearse
fuera de nosotros; sí, existen provocadores y lo
que parece revolucionario en la forma, puede convertirse,
en una situación de momento, en maniobra reaccionaria;
sí, "toda la historia del bolcheviquismo, antes
y después de la Revolución de Octubre, está llena de
casos de contorneos, de conciliación, y de compromiso
con los otros partidos, sin exceptuar los partidos burgueses"
^^. Sí, "unirse por anticipado, decirle en voz
alta a un enemigo, que por el instante está mejor ar-
18 LENIN, La enfermedad infantil del comunismo, págs. 40-41.
165
mado que nosotros, si vamos a hacerle la guerra o no y
en qué momento, es tontería y no ardor revolucionario.
Aceptar el combate cuando manifiestamente no es
ventajoso más que para el enemigo, es un crimen, y
los que no saben proceder por medio de contorneos,
acuerdos y compromisos, para evitar un combate reconocido
como no ventajoso, son lamentables dirigentes
políticos de la clase revolucionaria" '". Hay, pues, rodeos.
Pero el maquiavelismo marxisla se distingue del
maquiavelismo en el hecho de que transforma el compromiso
en conciencia del compromiso, la ambigüedad
de la historia en conciencia de la ambigüedad,
que realiza los rodeos sabiendo y diciendo (¡ne so7i rodeos,
que llama retirada a las retiradas, que sitúa a las
particularidades de la política local y las paradojas de
la táctica en una perspectiva de conjunto. La dialéctica
marxista subordina los meandros de la táctica en
una fase dada; a una definición general de esta fase, y
da a conocer esta definición. No admite, pues, que
cualquier cosa sea cualquier cosa. En todo caso, se sabe
adonde va, y por qué se va. Un mundo dialéctico es
un mundo en movimiento en el que cada idea comunica
con todas las otras y donde los valores pueden invertirse.
No es, sin embargo, un mundo hechizado donde
la participación de las ideas se realiza sin regla, donde
a cada instante los ángeles se transforman en demonios
y los aliados en enemigos. En un período dado
de la historia y de la política del partido, los valores
están determinados y la adhesión es sin reservas porque
está motivada por la lógica de la historia. Este absoluto
en lo relativo constituye la diferencia entre la
39 Ibid., pág. 46.
166
dialéctica marxista y el relativismo vulgai-. Kl i'illiino
discurso de Lenin, ya citado, da un buen cieiii|)lo de
esta política flexible y franca a la vez, que no iciiic el
compromiso porque lo domina. Se trata de jiisiiíi(;ir
la NEP. Lenin comienza por describir la crisis de lí)2l.
I.as insurrecciones campesinas, dice, "componían lias
ta 1921, por decirlo así, el cuadro general de Rusia".
Esas insurrecciones era preciso comprenderlas: "Las masas
sentían lo que nosotros no podíamos formular consíientcmente,
pero que reconocimos luego de un corto
espacio de algunas semanas, a saber: que el pasaje directo
a una forma económica puramente socialista, a
la distribución puramente socialista de las riquezas, estaba
por encima de nuestras fuerzas". Era preciso enlonces
atenerse por el momento a objetivos que estuviesen
más acá del socialismo ^° y es por lo cual Lenin
no titubea en hablar de "retirada". La estabilización
del rublo, que él estima haber casi obtenido en un
•nio, era el primer paso sobre la nueva línea. Cree poder
afirmar que sobre esta base el descontento de los
campesinos dejó de ser grave y de ser general ^^ La pe-
esto
hecho posible o necesario por el régimen de compromiso generalizado
al cual se vio obligado la U.R.S.S. después del fracaso de la revolución
en Alemania. Pero —volveremos a ello más adelante—, la cuestión es
entonces saber si el combate es todavía un combate marxista, si no asistimos
a una disociación de los factores subjetivos y objetivos que Marx
quería unir en su concepción de la historia; en otros términos, si tenemos
todavía la mínima razón en creer en una lógica de la historia en el
momento en que arroja por encima de la borda el regulador de la dialétlica:
el proletariado mundial
ló9
como Densamiento "formal" y "analítico", y como scudoobjetividad.
El marxismo muestra que una política
basada sobre el hombre en general, la verdad en general,
una vez emplazada en la totalidad concreta de
la historia, funciona en provecho de intereses muy
particulares, y entiende que debe ser juzgada en ese
contexto. Del mismo modo hace ver que el hábito de
distinguir las cuestiones (económicas, políticas, filosóficas,
religiosas, etc.), como el principio de la división
de los poderes, disfraza sus relaciones en la historia viva,
sus convergencias, su significación común y retarda
entonces la toma de conciencia revolucionaria. Los adversarios
del marxismo no dejan de comparar este método
"totalitario" con las ideologías fascistas que también
pretenden pasar de lo formal a lo real, de lo contractual
a lo orgánico. Pero la comparación es de mala
fe. Pues el fascismo es como una mímica del bolcheviquismo.
Partido único, propaganda, justicia de Estado,
verdad de Estado, el fascismo retiene todo del bolcheviquismo,
salvo lo esencial, es decir la teoría del proletariado.
Pues si el proletariado es la fuerza sobre la
cual reposa la sociedad revolucionaria, y si el proletariado
es esta "clase universal" que hemos descrito de
acuerdo con Marx, entonces los intereses de esta clase
llevan a la historia los valores humanos, y el poder del
proletariado es el poder de la humanidad. La violencia
fascista, por el contrario, no es la de una clase universal,
es la de una "raza" o de una nación que llegó
tarde; no sigue el curso de las cosas, va contra la corriente.
No es casualidad, por otra parte, si se pueden
encontrar analogías formales entre el fascismo y bolcheviquismo:
la razón de ser del fascismo, como miedo
frente a la revolución, es burlarla tratando de utilizar
170
en su provecho las fuerzas que la descoiiiposicic')!) del
liberalismo deja disponibles. Para jugar su p;\pt'l do
agente de división, es preciso, pues, 'que el fascismo se
parezca formalmente al bolcheviquismo. La diferencia
)io es notable sino en el contenido, pero en éslc os inmensa:
la propaganda, que en el bolcheviquismo es el
medio de introducir las masas en el Estado y en la historia,
se convierte, en el fascismo, en el arte de hater
aceptar el Estado militar por las masas. El Partido, que
en el bolcheviquismo concentra los movimientos espontáneos
de las masas para dirigirlos hacia una verdadera
universalidad, se convierte en el fascismo en la
causa eficiente de todo movimiento de masas y lo desvía
hacia los fines tradicionales del Estado militar.
Nunca podría insistirse demasiado, por lo tanto, en
subrayar que el marxismo no critica el pensamiento
formal sino en provecho de un pensamiento proletario
más capaz que el primero de llegar a la "objetividad",
a la "verdad", a la "universalidad", en una panlabra,
de realizar los valores del liberalismo. En ellos
están dados el sentido y la medida del "realismo" marxista.
La acción revolucionaria no apunta hacia ideas
o valores, sino hacia el poder del proletariado. Pero el
proletario, por su modo de existencia, y como "hombre
de la historia universal", es el heredero del humanismo
liberal. De modo que la acción revolucionaria
no reemplaza el servicio de las ideas por el servicio de
una clase: los identifica. El marxismo niega por principio
todo conflicto entre las exigencias del realismo y
las de la moral, porque la pretendida "moral" del capitalismo
es una mistificación y porque el poder del
proletariado es realmente lo que el aparato burgués sólo
es nominalmente. El marxismo no es un inmoralis-
171
mo, es la resolución de considerar las virtudes y la moral
no sólo en el corazón de cada uno, sino en la coexistencia
de los hombres. La alternativa de lo real y de
lo ideal está superada en la concepción del proletariado
como portador concreto de los valores.
Asimismo, por la operación histórica del proletariado
es como se resuelve en el marxismo el famoso problema
del fin y de los medios. Desde que apareció
Darkness at noon ^' no existe en los países anglosajones
o en Francia un hombre ctdtivado >Í\\IC no se declare
de acuerdo con los fines de una revolución marxista,
lamentando solamente que el marxismo se dirija a fines
tan honorables por medios vergonzosos. En realidad
el alegre cinismo del "no importan los medios",
nada tiene en común con el marxismo. Sería preciso
señalar en primer lugar, que las mismas categorías de
"fines" y "medios" le son totalmente extrañas. Un fin
es un resultado por venir que nos representamos y cuya
obtención nos proponemos. Debiera resultar superfino
recordar que el marxismo se diferenció, con plena
conciencia, de la utopía al definir la acción revolucionaria,
no como el planteo por medio del entendimiento
y la voluntad de un cierto niimero de fines, sino
como la simple prolongación de una práctica que obra
ya en la historia y de la existencia ya comprometida
del proletariado. Ninguna representación hay aquí de
una "sociedad por venir". Antes que la conciencia de
un fin, existe la comprobación de una imposibilidad,
la del mundo actual entendido como contradicción y
descomposición; antes que la concepción fantástica de
un paraíso sobre la tierra, el análisis paciente de la
23 Oscuridad a Mediodía. En inglés en e! original. {N. del T.)
172
historia pasada y presente como liisloria tr<'i.so sembrar un grano de trigo para obtenej- ini;t es|)igii de trigo" ~". El marxismo no acepta la alternativa del nía qtñavelismo y del moralismo, del Comisario y del Yo gi, del "por cualquier medio" y del "hago lo que dcix) y que pase lo que pase", porque el hombre moral es inmoral si se desinteresa de lo qtie hace, y ponqué el éxito es un fracaso si no es el éxito de una nueva luiluanidad. No se trata de ir hacia los fines por medios (]ue no tienen esos caracteres; para el partido revolucionario no podría haber conflicto entre las razones de ser y las condiciones de existencia, porque, más allá (le sus accidentes, la historia comporta una lógica tal que los medios no proletarios no podrían conducir a los fines proletarios, porque la historia, a pesar de sus x'ueltas, sus crueldades y sus ironías, lleva ya en sí misiiia, con la situación proletaria, una lógica eficaz que solicita la contingencia de las cosas, la libertad de los individuos, y los convierte en razón. El marxismo es, en lo esencial, la idea de que la historia tiene un sentido, en otros términos, que es inteligible y que tiene orientación, que va hacia el poder del proletariado, el cual es capaz, como factor esen- -.T Ibid., págs. 82-83. No vemos claiaiiicntc pov quó Aridié Jlrctoii, en un ledente reportaje que se le hiricni adjudica a trotsky el lamoso precepto "el fin justifica los medios", cpie Trolsky, por el contrario, ha rechazado, preguntando: "Si el fin justifica los medios, ¿qué es pues lo que justificará el fin?" La verdad es (juc Trotsl<|iic no lo es. La revolución hubiera podido seguir en RiiHÍa la línea recta de la política proletaria si se hubiera desarrollado seguidamente a través de Europa, si otroi países hubieran acordado a la economía soviética los créditos de los cuales tenía necesidad y hubieran venido a relevar la vanguardia rusa del puesto que ocupaba desde 1917. Pero nada de esto se produjo. El mismo Trotsky escribió que el reflujo revolucionario era "inevitable en ciertas condiciones dadas de la historia", y que no existía una fórmula para conservar "el poder revolucionario cuando la contrarrevolución triunfa en el mundo entero" *^. Esto equivale a decir que la revolución permanente es imposible justo en el momento en que seria necesaria. También Lenin definía al socialismo como "el poder de los Soviets más la electrificación". Pero ¿si el estancamiento revolucionario en el mundo, con todas sus consecuencias —amenaza de guerra exterior a corto plazo de la acción política—, disociaba esos (Jos principios? ¿Si la iniciativa de las masas, el recurso ;i los móviles por una parte, la industrialización por v>tva 7 el desanTcollo de vma pxotlMCción moderna, en
una fase donde el proletariado mundial se encuentra
debilitado, el proletariado ruso aisbdo y fatigado, dejaban
de ser tareas complementarias, como lo creían
Marx y Lenin, y se convertían en tareas distintas y
hasta alternadas? De los tres aspectos fundamentales
que una filosofía proletaria de la historia ponía a la orden
del día —iniciativa de las masas, internacionalismo
y construcción de las bases económicas—, al no ha-
2» Leur morale et la notre, págí. 31-35.
ber permitido la historia efectiva que la revolución en
un solo país, y en un país que no estaba todavía equipjido,
el tercero pasa a primer plano y los otros dos
entran en regresión. El marxismo concebía la revolución
como el resultado combinado de los factores objetivos
y de los factores subjetivos. Si no en la teoría,
que sigue siendo la misma, al menos en la práctica revolucionaria
la fase presente rompe el equilibrio de
los dos factores y, comparada con las perspectivas clásicas,
sobrestima el factor objetivo de las bases económicas
y subestima el factor subjetivo de la conciencia proletaria.
La revolución cuenta menos en la actualidad
con el crecimiento del proletariado mvmdial y nacional
que con la clarividencia del Centro, con la eficacia de
los planes, con la disciplina de los trabajadores. Se convierte
en una empresa casi puramente voluntaria. Ya
no puede tratarse más para el Centro de percibir a través
del mundo y de la U.R.S.S. el empuje revolucionario
del proletariado, de descifrar la historia a medida
que ésta se hace y prolongar su curso espontáneo. Puesto
que no aportó a la revolución de 1917 el socorro esperado,
se trata de forzarle la mano y hacerle violencia.
De allí surge, hacia el exterior, una política prudente
que contiene el empuje de los proletariados nacionales
y admite la colaboración de las clases. De allí que hasta
en la U . R . S . S . una política de industrialización y
de colectivización forzadas que hace uso, si resulta necesario,
del móvil de la ganancia, no teme establecer
privilegios y liquida las ilusiones de 1917. De allí, en
fin, la paradoja del Terror después de veinte años de
comenzada la revolución.
Así resulta posible, con hechos exactos en la medida
que podemos saberlo, componer un montaje que nos
IS2
representa la vida soviética situada en el j)oI() <)|)U('sl<) del humanismo proletario^*. La significación icvoliicionaria de la política presente está sumergida en las "\r,\ ses económicas" del régimxn y no aparecerá situj inii cho más tarde, como esos granos guardados bajo lierta que germinan después de siglos. iNo es visible en csla política misma, no se la adivina sino encuadrando el presente en las perspectivas marxistas. Por eso subsiste la enseñanza clásica. Pero los rodeos del presente son tales que la relación se presenta difícil. El cuadro que podemos hacernos de la vida soviética es comparable a esas figuras ambiguas, que aparecen a voluntad en el espacio como mosaico plano o cubo, según la incidencia de la mirada, sin que los materiales en sí mismos impongan una de las dos significaciones. En el dominio técnico de la economía política los sabios rusos intentan a veces dominar y pensar la situación seriamente. Leontiev, por ejemplo, formuló la tesis de una persistencia del valor en el presente período de transición •'". Pero sobre el punto esencial de las relaciones de lo objetivo y lo subjetivo no se nota ninguna toma de conciencia. No sin razón. Pues una teoría "objetivista" i!9 Es lo que hace Koestler en El Yogi y el Coiuisntio. (lilaiuos iti.
33 KoESiLER, El Yogi y el Comisario, págs. 1,50-151.
36 Jd., ibid.. Decreto del 2.*! de agosto de 1943.
•'ÍT Id., ibid., pág.s. 165-108.
en 1922 el complot de los socialrrevolucionarios, a raíz
del cvial dos bolcheviques fueron muertos y Lcnin herido,
no fue seguido de ninguna ejecución. Riutiii, cuyo
programa clandestino era muy violento, no es condenado
a muerte en 1931. De 1934 hasta las vísperas de la
guerra la distinción entre divergencias políticas y crímenes
de derecho común no es mantenida. Así, al mismo
tiempo que deja adormecer afuera el internacionalismo
proletario, el régimen disminuye la importancia
del proletariado en la vida política del país, se apoya
sobre un nuevo estrato cuyo modo de vida es distinto
del de las masas, y utiliza para el caso las ideologías
clásicamente consideradas como reaccionarias. Los comunistas
dicen a veces que han depurado sus "ilusiones".
Nosotros expresaremos lo mismo de manera distinta:
ya no pueden creer por el momento en esa lógica
de la historia según la cual la construcción de una
economía socialista, el desarrollo de la producción, se
apoya sobre el crecimiento de la conciencia proletaria y
a su vez la apoya. No decimos que la U.R.S.S. cuenta
de ahora en adelante con una clase dirigente semejante
a la de los países capitalistas, puesto que los privilegios
en especies o en naturaleza son conferidos en razón del
trabajo y no dan a ningún hombre el derecho de explotar
a los otros hombres. Nos parece pueril explicar la
orientación presente por la "sed del poder" o por los
intereses del aparato estatal. Decimos que la construcción
de las bases socialistas de la economía se acompaña
de una regresión de la ideología proletaria y que,
por razones que dependen del curso de las cosas —revolución
en un solo país, estancamiento revolucionario
y destrucción de la historia en el resto del mundo—, la
TI.R.S.S. no constituye el ascenso al pleno día de la his-
187
loria del proletariado tal como Marx lo había definido.
Lo será, se dice. Puede ser. Pero cuando la generación
que está en el poder, que recibió la formación clásica
y practicó la política marxista, desaparezca con el
tiempo, ¿de dónde podrá venir entonces la rectificación?
¿No resultará triunfante el peso específico de los sin
partido? Los comunistas dicen con razón que las intenciones
de los hombres importan poco en la historia y
que únicamente cuenta lo que hacen, la lógica interna
de sus acciones. Stalin rectifica las desviaciones de derecha,
e Iván el Terrible es desaprobado después de
ser aprobado. Pero todo reposa ahora en la conciencia
de los jefes. ¿Existe la seguridad de cjue la nueva generación
será también vigilante, mientras que el proletariado,
recurso permanente y contrapeso de una política
marxista, se ve debilitado políticamente en la U.R.S.Sy
fuera de la U.R.S.S? ¿La lógica interna de la nueva
política no desencadenará sus consecuencias? Nosotros
no afirmamos que la U.R.S.S- hubiera podido sobrevivir
de otro modo; sólo nos preguntamos si en lugar de
una sociedad humana y abierta a los proletarios de todos
los países no veremos aparecer un nuevo tipo de
sociedad, que falta estudiar, pero a la cual no es posible
reconocer el valor ejemplar de lo que Marx llamaba
la "sociedad sin clases". Con mayor razón será preciso
estudiar la anastomosis del marxismo y de las ideologías
prerrevolucionarias en los países donde la influencia
de la U.R.S.S. es predominante Queda fuera
de duda que en Rumania o en Yugoslavia resulta factible
por primera vez plantear seriamente y resolver los
problemas frente a los cuales retrocedieron los regímenes
precedentes. El comunismo del presente es una
realidad mixta donde se encuentran a la vez elementos
188
"progresivos" y aspectos de la más clásica sociología, como
ser el culto del jefe. Nos encontrarnos frente a iin
fenómeno nuevo. No sólo existen, en el curso del movimiento
proletario, giros inesperados, sino que el movimiento
proletario mismo, considerado como movimiento
consciente y espontáneo y como superación de la sociología
eterna, ha dejado de ser el término de referencia
del pensamiento comunista.
Lenin afirmaba que no es preciso aplicar las perspectivas
de la historia universal a cada episodio local de
la historia. El camino que nos parece sinuoso aparecerá
tal vez, cuando los tiempos hayan pasado y cuando
la historia total se haya revelado, como el único posible
y a fortiori como el más corto que existió. Dado
que el autor de estas líneas no tiene ante sí la historia
terminada y está obligado a una perspectiva particular
—la de un intelectual francés de 1946—, su apreciación
puede ser recusada. Pero ese recurso al juicio del porvenir
no se distingue del recurso teológico al Juicio Final
a no ser que se trate de algo distinto a una simple
transformación de lo positivo en negativo, a no ser que
el porvenir se dibuje de algún moáct en el estilo de}
presente, que la esperanza no sea solamente fe y que
sepamos adonde vamos. Siempre se puede presentar
la desigualdad de los salarios como un meandro hacia
la igualdad, como la igualdad "concreta", o una política
patriótica como un retorno haci^ el internacionalismo,
como internacionalismo "concreto". No se trata,
se dirá, más que de una tensión acrecentada entre contenido
y forma, entre presente y futuro. Pero esto quiere
decir que la dialéctica es ilegible, de ahora en adelante,
que es una pura transformación de lo contrario en
contrario. La política comunista, dice Pierre Hervé, es
189
"la elaboración cotidiana de una estrategia y c!e una
táctica ( . . . ) adaptada a las condiciones diversas de
tiempo, de lugar, de situación, etc., subordinada a la
ley fundamental que es la de vigilar los intereses permanentes
de los trabajadores" ^^. La ley fundamental y
la condición del compromiso válido consistían para Lenin
en "elevar ( . . . ) el nivel general de conciencia,
de espíritu revolucionario, de capacidad de lucha y de
victoria del proletariado" •'^.
Para Hervé, consisten en "vigilar los intereses permanentes
de los trabajadores". Se ve que el criterio cambió.
Es desplazado de lo subjetivo hacia lo objetivo, de
la conciencia del proletariado hacia sus intereses permanentes,
es decir, hacia la conciencia de sus jefes, pues,
como es evidente, solamente los jefes disponen de los informes
necesarios para determinar los intereses de los
trabajadores a largo plazo. Tal vez esta revisión del leninismo
era inevitable. Pero la nueva política no puede,
como la antigua, concordar con los requerimientos
de la conciencia. Tal vez exista todavía una dialéctica,
pero tínicamente frente a un dios que conociera la Historia
Universal. Un hombre situado en su tiempo, si lo
observa francamente, y no a través de sus recuerdos y
de sus sueños, ve una economía colectivizada construyéndose.
No ve al proletario en el poder como "hombre
de la Historia Universal".
¿Cómo podría promover en su acción los valores en
los cuales cree como individuo? El proletario de Marx
alcanza simultáneamente la experiencia de la individualidad
y la de la universalidad. Hoy es preciso elegir
38 Action, 15 de febrero de 1946.
39 LENIN, La enfermedad infantil del comunismo, pág. 44; citado más
arriba, págs. 135-136.
190
entre una y otra. Para seguir una dialéctica Quebrada
es necesario que el mismo individuo esté quebrado.
Por ello —volvemos aquí a algunas cosas de las cuales
estamos más seguros porque están ante nuestra vistauna
especie de neocomunismo bastante próximo al pragmatismo.
Cada palabra que pronunciamos, me decía un
comunista, no es solamente una palabra, sino también
una acción. Debemos preguntarnos entonces primero
no si es justa, sino quién sacará provecho. Los marxistas
siempre se preocupan del sentido objetivo de sus
palabras, pero en otras épocas creían que el curso de
las cosas les era favorable, lo cual les daba un margen
de libertad. También la verdad era una fuerza. La autocrítica
ha sido Y sigue siendo de uso oficial en h
U.R.S.S. Hoy en día, en Francia, muchos comunistas
desconfían hasta tal punto de la historia y de las consecuencias
de sus palabras que no admiten la discusión
sobre el fondo del problema. Discutir con usted sobre
el fondo del problema, me decía uno de ellos (se trata
ba de una cuestión de filosofía) es rendir las armas.
En el límite, en una historia sin estructuras y sin líneas
rectoras, no se puede decir más nada, porque no hay
períodos, ni constelaciones durables, y porque una tesis
no es válida sino por un instante. No estamos ya en el
universo dialéctico de Platón sino en el fluido universo
de Heráclito. Resulta gracioso escuchar a los mismos
hombres partir a la guerra contra el irracionalismo,
mientras lo practican todos los días. Como el padre Daniélou
reprochara a los comunistas que dieran la mano
a los católicos y los atacaran al día siguiente, Hervé
responde que no puede hacer nada contra eso, que él
mismo, el padre DaniéJou, Ja religión y el partido comunista,
son arrastrados todos juntos en una dialéctica que
191
los sobrepasa y que ordena la decisión política. I.a respuesta
es, en verdad, marxista: la religión tiene muchos
lados y es la coyuntura mundial la que aclara a veces
una cara, a veces otra, y le confiere según el caso, una
significación progresista o reaccionaria. Pero esto mismo
puede ser comprendido de dos maneras. O bien se
deduce que para un determinado período el marxista
puede concluir alianzas francas, porque ellas se encuentran
en el sentido que en ese momento tiene la historia.
O bien quiere decir que el marxista sólo concluye alianzas
sometidas a restricción mental. En el primer caso
es siempre sincero; en el segundo caso, nvmca. La primera
actitud va unida a una concepción racional de la
historia; la segunda a una concepción patética y terrorista.
El romanticismo político no está del lado de quienes
quieren mantener el humanismo marxista y la teoría
del proletariado que es su fundamento. No son ello»
los que establecen las alternativas: o la moral o la política,
o la astucia o el fracaso. Esas elecciones desgarradoras
pertenecen al neocomunismo.
Cuando se compara la figura presente del comunismo
con su figura clásica, P. Hervé contesta: "No hay
Antiguo Testamento sino para los historiadores. Y hay
un comunismo vivo que es el que es, y que no puede
juzgarse como una desviación en relación a fórmulas
históricas" *". Sin embargo, a menos de unirse a un movimiento
muy bergsoiiiano, es necesario formular con
precisión, definir bien una noción del comunismo, un
método y un estilo de acción comunistas, es preciso saber
a grandes líneas adonde se va, y por qué, por ejemplo,
el comunismo se llama comunismo. No merece su
40 Action, 15 de febrero de 1946.
192
nombre más que si va (en el mejor sentido de la palabra,
robado como tantos otros, por el na/isnio) hacia
una comunidad y una comunicación, no hac:ia una ¡c
rarquía. Hervé nos reprocha "no reconocer el marxismo
en el mismo momento en que anima una joolílica
y deja de ser ( . . . ) una simple crítica" *^. Pero entonces
corresponde a los comunistas ubicar los desvíos y los
compromisos en una línea general, los detalles en un
conjunto, y mostrar que el comunismo sigue siendo el
comunismo, si no en una identidad muerta, al menos
en un crecimiento vivo. Hervé habla de la "fascinación
ejercida por los gestos y el lenguaje de un período ido
para siempre". Y agrega estas palabras que pesan mucho:
"No habrá más otro Octubre de 1917 {. . .)"'^^.
Si quiere decir que las circunstacnias concretas de una
revolución nunca son dos veces las mismas, es evidente.
Si, por el contrario, quiere decir que esta revolución no
está destinada, como la de 1917, a colocar en su sitio
una nueva humanidad, una nueva igualdad, vuia nueva
relación del hombre con el hombre, entonces niega el
sentido mismo del marxismo y ya no vemos el porqué
de su lucha. Lenin improvisaba, sentado en los escalones
de la tribuna, la respuesta que va a dar a un orador;
la simplicidad por una vez en el poder; la camaradería,
en su sentido más bello, convertida en ley del Estado;
las relaciones de los hombres basadas sobre lo que verdaderamente
son y no sobre los prestigios del dinero,
de la influencia o del poder social; los hombres tomando
en sus manos la propia historia, comentando el acontecimiento
y haciendo frente a "resoluciones" comunes,
como también lo hacían los comunistas alemanes de
41 Ibid.
42 Ibid.
19J
Buchenwald después de diez años de cautiverio; si se
está totalmente de vuelta de esas "ilusiones" se abanliona
el sentido humano y la razón de ser del comtmis
mo. Al estar la sociedad hiunana en estado natural
de conflicto, puesto que cada conciencia tiuiere hacer
reconocer por las otras su autonoiuía, Marx había creí
do encontrar la solución del problema hiunano en el
proletario en tanto cjue está separado de su contorno
natural, despojado de su vida privada y en tanto (]uc
existe verdaderamente un destino que le es común con
todos los otros proletarios. La lógica de la situación
lo conducía a lurirse a los otros en la lucha couuin contra
el destino económico secundado por todos los otros
destinos, a realizar con ellos una libertad coinún. Del
misino modo que la desigualdad de la edad, de los do
nes, del amor, la diversidad de las historias individuales
son superadas en la pareja humana por la vida connín
y los proyectos comunes, del mismo modo la diversidad
de los proletarios, sus particularidades nacionales, históricas
o étnicas debían ser superadas cuando los proletarios
de todos los países se reconocieran los unos a los
otros frente a los mismos problemas, a los mismos enemigos,
y emprendieran juntos la misma lucha contra el
mismo aparato de opresión. Lo menos que puede decii
se es que la historia no tomó esta dirección.
Pero una cosa es reconocer este hecho, otra cosa es
declarar al marxismo superado y buscar la solución del
problema humano sobre los caminos que, segim demostró
perfectamente, vuelven a conducir a los conflictos
eternos. No nos hemos sacado de encima los problemas
comunistas por haber comprobado ique el comunismo
del presente está en dificultad frente a ellos. Si, como
trataremos de demostrar, lo esencial de la crítica mar-
194
xista es una adquisición definitiva de com ieiiciü J)Í)1Í
lica, y se dirige contra la ideología "laborista" de los
anglosajones, las dificultades del comiuiisnio ían intentado
para mistificar la conciencia de clase. Tenían sin du
da interés en persuadir a los anglosajones fiue constituían
una muralla contra el proletariado, y reahnentc,
al menos a uno de entre ellos no le Evic tan mal. Las
declaraciones de Hitler sobre los peligros de un trotskismo
europeo pertenecen ai mismo género de propaganda.
Pero como todas las propagandas, ésta expresa
en un lenguaje aproximado un aspecto de las cosas, la
posibilidad permanente de un movimiento proletario
en cada país, bajo la presión de sus propios pioblemas.
Sería erróneo acordar al proletariado y a la lucha de
clases, como factores políticos, menos importancia cpxe
la que le acuerdan a través del mundo sus adversarios
más resueltos. Se ha visto al general De GauUc, que
pedía para su país la gran ola de vuia revolución, disgregar
esta ola, que sin embargo no fue violenta, ni
bien puso los pies en Francia, y volver a llamar a un
personal político sumamente desacreditado, pero totalmente
seguro, para tratar los problemas militares, económicos
y judiciales fuera de toda iniciativa popular,
además de moderar, desalentar, agotar a quienes lo habían
sostenido, como si para él el problema de los problemas
fuese volver a colocar a las masas en ese estado
de pasividad que constituye la felicidad de los gobier-
20ry
nos, como si toda renovación fuese necesariamente re
volución, lo cual es exactamente la tesis marxista -. La
conducta del proletariado francés durante la ocupación
alemana es también uno de esos hechos que el marxismo
aclara y c|ue lo confirma. Se puede decir que en su
conjunto —y en particular el proletariado industrial—,
aun cuando trabajó y comerció con el ocupante, resultó
notablemente insensible a su propaganda, como por
otra parte mostróse rebelde al chauvinismo. Los elementos
menos politizados le oponían, no actos de heroísmo
sin duda, pero sí una especie de certidumbre
en bloque, venida de muy lejos: "Todo esto no nos
concierne", "Ese socialismo europeo no es nuestro socialismo",
como si la condición proletaria llevara en
sí un rechazo implícito y definitivo de los temas reaccionarios,
aun disfrazados, y una sabiduría espontánea
muy de acuerdo con la descripción de Marx. Si se considera
la historia contemporánea, no estadísticamente
y en sus grandes líneas, sino a nivel de los individuos
(¡ue la viven, se ven aparecer los temas marxistas que
se creían "superados". Incluso en la física no existe ya
esa experiencia crucial en base a la cual una teoría
puede ser llamada verdadera o falsa, sino que más bien
existe una declinación de las teorías demasiado simples,
menos capaces, cada día, de abarcar el conjunto
de los hechos conocidos. Con mayor razón sucede esto
en historia, donde no se trata de una naturaleza exterior,
sino del hombre mismo, donde, por consiguien-
- Se dirá que el general De Gaiiiie no iba contra el proletariado,
sino contra el Partido Comunista o la U.R.S.S. £s probable, pero el
hecho es que apuntando a uno alcanzaba al otro. Todas las distinciones
del mundo no impiden que el gobierno de De Gau'le, en la medida en
que se convertía en anticomunista, restringía las libertades, trataba de
obrar astutamente con e! sufragio y lomaba un asj>ecu) rca-iionaiio.
207
te, una teoría no deja de contar como factor histórico,
y de ser verdadera en ese sentido, sino el día en que
los hombres dejan de adherir a ella. Que un francés,
a pesar de los "desmentidos de la experiencia", permanezca
adicto a los temas marxistas no es, si se quiere,
más que un hecho psicológico, pero multiplicado
por varios millones, este "error" se convierte en un
hecho sociológico perfectamente objetivo y debe expresar
alguna calidad presente de la historia francesa. Aun
cuando el Partido comunista contraiga compromisos,
es, en razón de su composición social, por ejemplo, el
único capaz de sostener eficazmente a los granjeros contra
los propietarios y resulta muy difícil demostrar a los
campesinos que se equivocan cuando votan por él. Del
mismo modo, sea cual fuese su política del momento,
el País de la Revolución debe conformarse a la imagen
que de sí mismo se construyen las masas, e introducir en
los países donde domina las reformas que éstas esperan
hace un siglo. En cuanto al proletariado urbano e industrial,
al cual la política de compromiso podría desagradar,
no es necesario recurrir, con Koestler, a la patología
mental para explicar su fidelidad: permanece en
el partido porque está en él y mientras esté, el Partido
comunista sigue siendo el partido del proletariado. La
adhesión tiende a continuarse por sí misma. La política
proletaria, decía un anticomunista, quiere decir la política
de los rusos. Sí, le contestaron, pero la política de
los rusos quiere decir un mínimo de política proletaria
que no se encuentra en otra parte, al menos mientras
el proletariado no separe su destino del de la U.R.S.S.
Tal es la situación ambigua en la cual nos encontramos
y que hace que el anticomunismo virulento sea conservador,
aun cuando los comunistas hayan dejado dormir
20S
o nasta hayan abandonado la política revolucionaria de
tipo clásico.
Muchos ex comunistas cierran los ojos ante esta verdad
remanente o permanente del marxismo y adoptan
en consecuencia posiciones filosóficas y políticas que los
sitúan más acá y no más allá del marxismo. Se han separado
de un partido que para sus adherentes es no solamente
como otros partidos o como una sociedad de
socorros mutuos, el instrumento de una actividad estrictamente
delimitada, sino el lugar de todas las esperanzas
y el garante del destino humano. La ruptura con el
partido ha de ser total, como la ruptura con alguien, y
obedecen a la ley del todo o nada. La ruptura no deja
intacto el recuerdo de lo que le ha precedido. Los ex
comunistas son a menudo menos equitativos hacia el
marxismo que quienes nunca hicieron profesión de él,
porque para ellos pertenece a un pasado que han rechazado
con indudable esfuerzo, y del cual nada más
quieren saber. Si en sus períodos comunistas comprendieron
mal el alcance del marxismo, no podría pedírseles
que vuelvan hacia atrás y planteen ahora las cuestiones,
teniendo en cuenta que se trata de ima doctrina
que rechazaron como se rechaza una amistad o un amor,
es decir en bloque. Hasta puede ocurrir que se mantengan
adheridos a la imagen indigente que se hacían
de él, porque ésta justifica la ruptura. Un hombre que
abandonó a su mujer con la que había vivido se muestra
incrédulo si ésta resulta preciosa a los ojos de algún
otro: la conocía mejor que nadie, por la vida diaria, y
esta imagen tan diferente que otro tiene ahora de ella
Jio puede ser nada más que una ilusión. El es el que
-i)9
sabe, los otros se engañan. No tiene nada de frivolo comparar
así la vida política y la vida personal. Nuestras relaciones
con las ideas son inevitablemente, y con pleno
derecho, relaciones con la gente. A esto se debe cjue,
sobre algunas cuestiones, el ex comunista carece de lucidez
por mucho tiempo.
Es lo que demuestra el ejemplo de Koestler. Al escucharlo
hablar de la "escolástica marxista" y de la "jerga
filosófica" * se puede presumir que nunca tomó en serio
la elaboración filosófica que desde los poskantianos
hasta Marx lleva a ver en la historia la existencia del
espíritu. De hecho, partió de lo que él llama la "filosofía
del Comisario": el complejo, considerado como un
conjunto de elementos simples, la vida como una modalidad
de la naturaleza física, el hombre como una modalidad
de la vida, la conciencia como un producto o
hasta una apariencia; un mundo homogéneo, ostensible,
chato, sin profundidad ni interior; la acción humana
explicada por las causas como todos los procesos físicos,
la moral, la política referidas a una técnica de lo útil,
en una palabra, la afirmación exclusiva de lo exterior.
Ahora descubre la libertad en el sentido cartesiano, como
experiencia indudable de la propia existencia *, la
conciencia como verdad primera; se complace en anotar
todo cuanto en la física o en la psicología moderna contradice
la filosofía del Comisario: discontinuidad de los
cuanta, valor únicamente estadístico de las leyes, valor
únicamente macroscópico del determinismo ^ y en consecuencia
limitación del pensamiento "explicativo" y
•! El Yogi y el Comisario (passim).
1 Ibid., pág. 220.
•-. ¡hid., pág. 225.
210
rehabilitación del juicio de valor *. Es concebible que
después de haber respirado durante tanto tiempo la
irrespirable filosofía del Comisario se aleje de ella con
satisfacción. Lo que es menos concebible es que la ponga
a cuenta del marxismo y arroje por la borda, con
ella, al mismo marxismo, puesto cjue, en definitiva, la
cualidad irreductible a las diferencias de cantidad, el
todo irreductible a las partes y portador de una ley de
organización intrínseca, un a priori o un interior de la
vida y de la historia cuyo despliegue visible y a manera
de emergencia son los acontecimientos comprobables
y de los cuales el hombre es, en último análisis, su
portador, son todas cosas que Koestler podía haber
comprendido en Hegel y en Marx considerado como
"realizador" de Hegel.
Hubiera logrado, con ello, no cambiar vma ingenuidad
por otra y el cientificismo por el sentimiento oceánico.
Es verdad, no se hizo religioso. Se burla de quienes
creen encontrar en el comportamiento del electrón
un pasaje para alguna inspiración divina '^, en el de la
célula viva un libre arbitrio comparable con la libertad
humana, y generalmente en los límites de la ciencia
exacta una prueba de la Inmaculada Concepción ^.
Lo que quiere oponer a la filosofía de lo exterior o filosofía
del Comisario no es la filosofía del Yogi o filosofía
del interior: ambas son negadas. El Yogi comete
el equívoco de descuidar la higiene y los antisépticos ^.
Deja obrar a la violencia y no hace nada'". "Suponer
que fuera del mecanismo no queda más que la Iglesia
6 rbid., p;'igs. 240 y 242-243.
T ¡bid.j p;íg. 226.
8 Ibid., pdg. 27.
y Ibid., pág. 6.
10 Ibid., pág. 244.
21/
de Inglaterra y que el único camino hacia lo que no
podemos ver ni tocar pasa por el dogma cristiano, es
una ingenuidad que desarma, . . " ". Lo que él busca
es una "síntesis" ^^ entre la filosofía del exterior, que
nivela al mundo sobre el único plano de la aplicación
causal, y la filosofía del interior, c}ue se limita a describir
los niveles del ser en sus diferencias y pierde de vista
sus relaciones efectivas ^*. "La paradoja fundamental
de la condición humana, el conflicto entre la libertad
y el determinismo, la moral y la lógica o como quiera
decirse, no puede ser resuelto a no ser que, pensando y
obrando sobre el plano horizontal, que es el de nuestra
existencia, nos mantengamos conscientes, sin embargo,
de su dimensión vertical. Tomar conciencia del uno sin
perder la conciencia del otro es tal vez la tarea más difícil
y la más necesaria que nuestra especie haya encontrado
nunca ante sí" ^*. La fórmula es excelente. Pero
en los hechos Koestler se inclina hacia el Yogi sin evitar
siquiera los accesos de fanatismo que, como él mismo
lo indica, alternan en el Yogi con la vida interior ^*.
Se lo siente tentado, no digamos por la religión, que
posee el sentido de los problemas del mundo, sino por
la religiosidad y la evasión: ". . .El siglo de las luces ha
destruido la fe en una inmortalidad personal. Las cica
trices de la operación nunca se han curado. Hay un vacío
en cada alma humana, una sed ardiente en todos
nosotros..." ^''. Pone a cuenta del cristianismo, y parece
pues unir a las creencias trascendentales, la idea
11 Ibid.
12 Ibid., pig. 245.
13 Ibid., pág. 243.
14 Ibid., págs. 245-245.
15 Ibid., pág. 245.
16 Ibid., pág. 217.
212
de una pluralidad de niveles donde lo inferior no explica
lo superior ^^, lo cual también es excesivo si se
piensa en Aristóteles. Declara fríamente que la ciencia
usurpó el lugar del "otro modo de conocimiento. . . desde
hace casi tres siglos", lo cual es violento si se piensa
en el Descartes de las Meditaciones, en Kant, en Hegel.
A este otro modo de conocimiento "lo llama contemplación"
y declara que "no sobrevive más que en Oriente
y que, para aprenderlo, tenemos que volvernos hacia el
Oriente" ^*. Se tienen ganas, una vez más, de remitirlo
a Hegel, que explica tan bien el Oriente como sueño
de un Infinito natural, sin mediación histórica, y en la
ociosidad de la muerte.
Se tiene la impresión de una filosofía en retirada:
Koestler se retira del mundo, se despide de su juventud,
no retiene casi nada de ella. Cuando habla, por
ejemplo, de Freud, no lo hace para separar las adquisiciones
del freudismo de su armazón teórico hoy en
día carcomido, y de los prejuicios cientificistas de los
que Freud participaba con su generación; lo hace, en
verdad, para reservar, más allá de todo condicionamiento
corporal e histórico, un puro dominio de los
valores. Es preciso que la sonrisa de la Gioconda sea
arrancada de todo compromiso con la infancia de Leonardo
^^ o el coraje y el sacrificio de toda contaminación
con el masoquismo o el "instinto de la muerte" ^*.
Cuando en realidad hubiera sido necesario buscar hasta
en el masoquismo y en el instinto de la muerte y
hasta en los conflictos infantiles el anuncio y el primer
esbozo del drama humano que las acciones y las obras
17 Ibid., pig. 236.
18 Ibid., pág. 246.
19 Ibid., pág. 238.
-1" Ibid., pág. 241.
213
del adulto llevarán a su más pura expresión, sin abstraerse
nunca de ellos; cuando hubiera sido preciso hacer
descender los valores y el espíritu hasta los hechos
pretendidamente "biológicos", Koestler reivindica para
ellos un lugar metafísico distinto, prohibe por consiguiente
el análisis y la crítica psicológica de nosotros
mismos y nos libra a las mistificaciones de nuestra buena
conciencia. Cuando sería preciso retener todas las
condiciones psicológicas, o históricas de una obra, o de
una vida y simplemente integrarlas dentro de una situación
total que se ha de proponer al individuo como
el tema de toda su vida, tema que por otra parte es
libre de tratar de diversas maneras, pues el hombre lee
en los datos de su vida lo que consiente en leer, Koestler
desacredita la historia y la psicología. Cuando sería
preciso reconocer yendo, si fuese menester, contra
las declaraciones de principio de Freud pero de acuerdo
con el espíritu de sus estudios concretos, la significación
humana de la libido como poder indeterminado
de "fijación" y de "transferencia", Koestler reclama
púdicamente que se coloque el amor al prójimo más
allá de los conflictos somáticos ^^. Debido a que durante
largo tiempo creyó en una vida sin valores y sin espíritu
—y porque aún lo cree—, no puede reintegrarlos
ahora sino en el piso superior. Es necesario ver có-
21 Señala la obra de Sade (pág. 240) como un buen ejemplo de una
moral sometida a la "biología" cuando, como es evidente, Sade prueba
más bien que a nivel del hombre lo biológico como lo sociológico está
cargado de una voluntad absoluta. En las palabras de Kirilov, en Los
endemoniados (pág. 239), ("Si cree, no cree, si no cree, no cree que no
cree"), Koestler no encuentra el eco del genio maligno cartesiano, la expresión
de una duda siempre posible sobre la autenticidad de nuestras
afirmaciones y de nuestras decisiones, que han de ser superadas, como
lo enseña Descartes, por la experiencia del pensamiento en acto. No, para
Koestler es necesario olvidar la duda, olvidando la psicología y la historia,
y estableciendo de vina vez por todas que las trascendemos.
2!'f
mo en nombre de las "reglas elementales ele la lógica"',
de la cual algunos ejemplos contemporáneos de "preligazones
colectivas" ~'", de razonamientos "talámicos" "•''
y de mentalidad esquizoide nos dan la aterradora con
traprueba. Koestler manda a pasear la "dialéctica" "* y
rehabilita el pensamiento pretendidamente clar(j, co
mo si se pudieran superar las contradicciones de la vi
da olvidando uno de los dos términos de los cuales es
tá hecha, como si el abuso de la dialéctica tuviese su
causa en sí mismo y no en las contradicciones cada vez
mayores cuya experiencia hace la humanidad, y como
si la regla del pensamiento fuese detenerse en las ideas
más simples como si fuesen las más claras, a riesgo de
no comprender lo que sucede. Del mismo modo, en
fin, en el orden del juicio moral, Koestler la emprende
contra la fórmula "comprenderlo todo es perdonarlo
todo", la pulveriza por medio de esa lógica abstracta
de cuyo secreto participa con los colaboradores de
Polemic. O bien, efectivamente dice, comprendo una
acción en sí misma, y entonces por comprenderla no
puedo menos que condenarla más sevcrauíente si es
mala, o bien comprender es explicar por medio de causas
exteriores como el medio, la herencia, la ocasión,
pero entonces trato a la acción como xin simple producto
natural, lo cual deja intacto mi juicio sobre la
acción como acción libre. ¿Y si nuestras acciones no
fuesen necesarias, en el sentido de la necesidad natural,
ni libres en el sentido de una acción ex nihilo?
¿Si la esencia misma de la historia fuese el imputarnos
responsabilidades que no son totalmente nuestras? ¿Si
22 Pág. 118.
23 Pág. 128.
21 Pág. 228, nota.
275
lóela libertad se decidiese en una siluación que ésta no
eligió, aun cuando la asuma? Estaríamos entonces en
la penosa situación de no poder condenar nunca con
buena conciencia, aun cuando sea inevitable condenar
Es lo que no quiere Koestler. Por temor de tener
que perdonar, prefiere no comprender. Basta de equí
vocos, piensa, basta de problemas y de rompederos de
cabeza. Volvamos a los valores absolutos y a los pensa
mientos claros. Se trata tal vez, aquí, de una cuestión
de salud y nos sentiríamos molestos de interrumpir
una cura. Pero que no presente un remedio a sus incertidumbres
como una solución a los problemas del
tiempo. Quema la filosofía del Comisario que antes
adoraba. Esto concede poca confianza a sus afirmaciones
del momento. En los ensayos de Koestler reina un
estilo de "ida y vuelta" que es el de muchos ex comunistas,
y que aburre a los otros. Después de todo, nosotros
no tenemos por qué expiar los pecados de juventud
de Koestler y si a los veinte años concedió sus bondades
al "racionalismo, al optimismo superficial, a la
lógica cruel, a la arrogante confianza en sí mismo, a
la actitud prometeica", no es una razón para liquidar
con ellos las adquisiciones del siglo xix^ para inclinarse
ahora hacia "el misticismo, el romanticismo, los valores
morales irracionales y el mediodía medieval", ni
sobre todo, para prestar a las masas, que continuaban
durante ese tiempo su sacrificada existencia, una "nos
talgia antimaterialista" tan vana como el mismo materialismo"
-^. No nos placen estos bellos sentimientos
recién estrenados.
Como decía Montaigne, "entre nosotros, son cosas
25 Pág. 13.
21tí
que siempre vi en singular acuerdo: las opiniones supercelestes
y las costumbres subterráneas" ^''. Un cierto
culto ostentoso de los valores, de la pureza moral,
del hombre interior está secretamente emparentado con
la violencia, el odio, el fanatismo, y Koestler lo sabe
puesto que nos pone en guardia contra el "misticismo
que actúa como un Comisario al revés" ^^. Apreciamos
a un hombre que cambia porque madura y comprende
hoy más cosas de las que comprendía ayer. Pero un
hombre que invierte sus opiniones no cambia, no supera
sus errores.
En el terreno de la política es donde Koestler va a
mostrar su aspecto de maldad. También aquí, al igual
que en otros dominios, no progresa, sólo rompe con su
pasado, es decir, sigue siendo el mismo. En un solo pasaje
de su libro llega a mencionar, entre el tipo del
Comisario y el del Yogi, el tipo del revolucionario marxista
tal como lo formó el siglo xix. "Desde Rosa Luxemburgo,
dice, no apareció ningún hombre, ninguna
mujer que tuviera al mismo tiempo el sentimiento
oceánico y el móvil de la acción" ^^. Esto deja entender
que ni Rosa Luxemburgo —ni, agregaremos, los
grandes marxistas de ese siglo—, han profesado o, en
todo caso, han vivido, la sórdida filosofía del Comisario.
Si descubrimos, pues, que el comunismo actual se
separa de su inspiración originaria, debemos decirlo,
pero el remedio no consistirá en ningún caso en entrar
en el juego de la vida interior cuyas mistificaciones
aclaró, de una vez por todas, el marxismo. De su
pasado comunista, olvida lo que debería conservar: el
za Essais. HI. XIII.
27 El Yogi y el Comisario, pág. 245.
2S ibid.. pág. 13.
217
sentido de lo concreto; y conserva lo que debiera olvidar:
la disyunción de lo interior y lo exterior. Le es,
a un mismo tiempo, demasiado fiel y demasiado poco
fiel, como esos sujetos de Freud que permanecían fijados
a sus experiencias y que por esa razón, no podían
comprenderlas, asumirlas y liquidarlas. Hace, simplemente,
el elogio del "socialismo" británico. "El cuadro
constitucional de la democracia británica ofrece al
menos una posibilidad de transición relativamente suave
hacia el socialismo" -". "Una de las enseñanzas fundamentales
del marxismo consiste en señalar la importancia
que tiene para el proletariado el conservar ciertas
libertades democráticas en el Estado" ^". Que el "socialismo"
y la democracia británica descansan sobre la
explotación de una parte del mundo, es una objeción
que ni siquiera se menciona. Más aún, Koestler entiende
que deben serle retirados a los socialistas ingleses
los escrúpulos que pudieran quedarles, y a los proletarios
conscientes, si se encuentra alguno, lo que puedan
conservar de universalismo. "La famosa frase del
Manifiesto Comunista: 'Los trabajadores no tienen patria',
es inhumana y falsa. El labrador, el minero, el
barrendero están unidos a su calle o a su pueblo natal,
a las tradiciones del lenguaje y de las costumbres por
lazos emocionales tan fuertes como ios del rico. Ir contra
esos lazos es ir contra la naturaleza humana, como
tan a menudo lo ha hecho el socialismo doctrinario
con sus raíces materialistas" ^^. Si un proletario emerge
del provincialismo o del chauvinismo, podemos contar
con Koestler para volver a hundirlo. Y no se ve muy cla-
29 Pág. 216.
80 Pág. 215.
M Pág. 211.
2!S
ro por qué, en un reciente reportaje, le hacía al Partido
Laborista el reproche (tínico) de no haber creado
una Internacional (sin interrogarse por otra parte sobre
las razones de una omisión tan lamentable). Después
de los períodos de hambre de Kharkov, se comprende
qtie Koestler aprecie en su valor el clima moral
de la bella y melancólica Inglaterra. Es verdad, nadie
gusta de las restricciones ni de la policía, nadie que
sea sensato ha dudado jamás que resulta más agradable
vivir en los países que, favorecidos por sus adelantos
históricos, gracias a los recursos naturales ayudados
por las rentas de un Estado usurero, aseguran a sus
nacionales un nivel de vida y de libertad que una economía
colectiva en construcción niega a los suyos. Pero
el problema no está allí. Aun cuando mañana los Estados
Unidos fuesen los amos del inundo, es bastante
evidente que ni su prosperidad ni su régiinen se extendería,
por ese hecho, a todo el mundo. Aun cuando
Francia estuviese políticamente unida a los Estados
Unidos, no conocería por este motivo la prosperidad
relativa que los belgas deben, por ejemplo, a la posesión
del Congo. Tendría que pagar sus importaciones
con su producción que es la más costosa del mundo.
Del mismo modo es preciso apreciar sobre el terreno
ruso los problemas y las soluciones soviéticas. El tono
de Koestler al hablar del hambre de Kharkov y de los
cortes de corriente eléctrica, recuerda el de los periodistas
franceses, antes de la guerra, cuando hablaban
del racionamiento, de las colas y de las penurias en la
U.R.S.S. Desde ese entonces nosotros también hemos
conocido todo eso, y para nada. Algunos soldados nor»
teamericanos mostraban, ante el espectáculo de nuestra
vida miserable, una especie de desprecio y de es-
2J9
cándalo, y de ningún modo compasión, persuadidos
probablemente que no se puede ser tan desgraciado sin
haber pecado mucho. Algo análogo existía en algunos
de rmestros compatriotas que habían residido en los
Estados Unidos durante la ocupación. Paralelamente,
se encuentra, en muchos de los continentales, una especie
de simpatía por los pueblos famélicos y que tienen
la experiencia de la necesidad. Con sentimientos
no se resolverá el problema que, una vez más, no consiste
en saber si estamos mejor aquí que allá, sino en
saber si uno de esos sistemas (y cuál) está investido de
una misión histórica. Hemos planteado la cuestión en
lo que concierne al "socialismo" británico. Es preciso
preguntarse si un "socialismo" que abandona el internacionalismo
al menos "bajo su forma doctrinaria", y
sin escrúpulos, asume la sucesión de la política de
Churchill en el mundo, interesa en algo a los hombres
de todos los países y si el "socialismo" así comprendido
no es otro nombre de la política imperial. Los electores
franceses, dice el anticomunista, votan por el marxismo
y hacen el juego a los rusos. ¿Pero cómo no ve,
entonces, que el "socialismo humanista" es exactamente
el disfraz que deben tomar los imperialistas occidentales
si quieren hacerse reconocer una misión histórica?
Sensible como es al primer equívoco, nos confunde
ver cuan poco lo es Koestler al segundo. Recurre al
"humanismo revolucionario del Occidente" ^^, pero,
por otra parte, nada reprocha al Partido Laborista en
cuanto a la política interior, cuyo espíritu revolucionario
hemos podido apreciar desde hace algún tiempo. En
cuanto al humanismo, Koestler desea la paz, pero todo
•12 E! Yogi y el Comisario, pág. 216.
220
el problema consiste en saber cómo espera obtenerla, y,
como se dice en la Escuela, por qué medios nos dirigimos
hacia este honorable fin. Respecto de esto. El Yogi
y el Comisario muestra claramente que el anticomunismo
y el humanismo tienen dos morales: la que profesan,
celeste e intransigente; la que practican, terrestre
y hasta subterránea. "¡Qué convincentes resultaban los
periodistas de izquierda cuando señalaban, en los días
de Munich, que el apaciguamiento no conducía a la paz
sino a la guerra, y cuan olvidados están del sermón que
predicaban entonces! En el caso de Rusia como en el de
Alemania, el apaciguamiento se basaba en el error lógico
de considerar que un poder en expansión, si se lo
deja hacer, alcanzará su saturación. La historia prueba
lo contrario. Un medio que no resiste actúa como un
vacío, incita constantemente a una nueva expansión y
no indica al agresor hasta dónde puede ir sin arriesgar
un conflicto mayor; para éste, se trata de una invitación
directa a jugar por encima de su juego y a caer en la
guerra por una falta de cálculo. De hecho las dos guerras
mundiales han nacido de tales errores de cálculo. El
'apaciguamiento' transforma el campo de la política internacional
del tablero de ajedrez en mesa de poker: en
el primer caso los jugadores saben ambos en qué están,
en el segundo no lo saben. Lo contrario del apaciguamiento
no es el belicismo sino una política de claros lincamientos
y principios firmes que no permite que el
contrincante ignore hasta dónde puede ir. Esta política
no elimina la posibilidad de la guerra, pero aleja el peligro
de caer en ella ciegamente: ahora bien, esto es todo
cuanto la sabiduría política puede hacer. Es casi improbable
que una gran potencia cometa un acto de agresión
contra una pequeña nación si todos los interesados
22!
han comprendido clara y definitivamente que una nueva
guerra mundial sería la consecuencia inevitable de
este acto" *®. He aquí pues cómo terminan tantas escrupulosas
meditaciones sobre los fines y los medios. Las últimas
frases arrojan sobre el conjunto la bendición del
si vis pacem. .. ¡Ay!, si el pacifismo de los periodistas
de izquierda le recuerda hoy en día a Koestler la política
de apaciguamiento de los años 1938 y 1939, el si vis
pacem de Koestler también nos recuerda algo. Asistíamos
en 1939 a dos maneras de burlarse del mundo: una
era, en efecto, decir que se desarmaría a Alemania mediante
concesiones, la otra, que Alemania simulaba y
que la firmeza evitaría una guerra. El año 1939 nos enseñó
que el "apaciguamiento" conduce a la guerra, pero
también que la "firmeza" no es seria sino cuando ya es
consentimiento a la guerra, tal vez hasta voluntad de
guerra, pues un consentimiento al ser condicional, no
es más que una veleidad, y el adversario, que lo siente,
actúa en consecuencia. O bien las potencias "firmes" se
consagran totalmente a la preparación de la guerra, entonces
sus amenazas cuentan, y por más pacíficos que
sean sus fines permanecen ignorados por el adversario
que no ve otra cosa que sus tanques, la artillería, la flota
y saca sus conclusiones de esta situación. O bien las
potencias sienten repugnancia por los medios belicosos,
y entonces la firmeza diplomática carece de efecto. ¿Es
preciso entonces que a partir de hoy Inglaterra y los Estados
Unidos preparen la guerra como prepararon el
desembarco de 1940 a 1944? ¿Es preciso dar desde ahora
como hecho definitivo el que la U. R. S. S. no puede
coexistir con el resto del mundo? Este es el verdadero
83 El Yogi y el Comisario, pág. 214.
222
problema, pues es imposible presentar la amenaza de
una guerra mundial como un medio de asegurar la paz
cuando se ha visto a Alemania en 1941 emprender la
guerra hacia el Este sin haber liquidado al Occidente y
a los alemanes pelear contra una coalición casi general,
e imposible también evocar un frente unido de las potencias
que dejarían solo al agresor, puesto que el agresor
nunca lo es sin complicidades, dado que los intereses
de las potencias son demasiado variados como para
que se agrupen todas contra él. La verdadera firmeza
exige que se considere el estado de guerra como un hecho.
Y, ciertamente, ésa es una política, pero que no
podría ser llamada "humanismo" sin abusar de las palabras.
Por otra parte, es de temer que también aquí los
medios devoren los fines. Cuando los Estados Unidos
hayan liquidado a la U.R.S.S. (lo que no ha de suceder
fácilmente), Koestler (si sobrevive) no tendrá más que
proponer a los pueblos de la Europa Occidental (si queda
alguno) una nueva política de "firmeza" frente a los
Estados Unidos, "potencia en expansión". Es fácil imaginar
bajo el título de Anatomía de un Mito o El Fin de
una Ilusión un nuevo ensayo de Koestler, esta vez consagrado
a los países anglosajones. Establecerá, perentoriamente,
que los Estados Unidos, país del antisemitismo,
del racismo y de la represión de las huelgas no son
más que de nombre el "País de la Libertad" y que las
"bases ideológicas" intactas del socialismo laborista no
bastarán para justificar la política extranjera del Imperio
inglés. Luego de ese doble giro por medios vergonzosos,
podrá tal vez el Yogi marchar directamente, al fin,
hacia los fines humanistas.
Koestler dirá tal vez que volvemos a tomar contra él
c! lenguaje del pacifismo rad-'cal, que actualmente es el
de la quinta columna soviética como en 1939 lo era de
la quinta columna hitlerista. Pero no somos nosotros los
(jue profesamos el humanismo abstracto, la pureza de
los medios y el sentimiento oceánico; es él, es su propia
divisa la que le oponemos. Nosotros mostramos que si
se aplican sus principios sin compromisos, éstos condenan
con el mismo título la política anglosajona y la política
soviética, y no permiten, en el mundo actual, definir
una posición política, y que por el contrario si se
quiere expandir esos principios en el mundo por la fuerza,
con el poder anglosajón que los sostiene y con los
cuales se cubre, entramos y entran en el juego de la historia
eterna: se transforman en lo contrario. Mostrar
que la violencia es una componente del humanismo
occidental considerado en su obra histórica, no implica
justificar de golpe al comunismo, porque queda por saber
si la violencia comunista es, como lo pensaba Marx,
"progresiva", y menos aún darle ese equívoco asentimiento
que el pacifismo, sobre el terreno de la historia,
aporta con gusto u obligadamente a los regímenes violentos.
Pero retirarle a la política occidental esta buena conciencia
sin vergüenza, tan notable en este momento en
muchos de los escritos anglosajones, es volver a colocar
en su verdadero terreno la discusión de las democracias
occidentales con el comunismo, que no es la discusión
del Yogi con el Comisario, sino la discusión de un Comisario
con otro. Si los acontecimientos de los últimos treinta
años nos autorizan a dudar que los proletarios de todos
los países se unan y que el poder proletario en un
solo país establezca las relaciones recíprocas entre los
hombres, no quitan nada de su verdad a esta otra idea
marxista, que expresa que el humanismo de las socie-
224
dades capitalistas, por más precioso y real que pueda
ser para quienes se benefician con él, no suprime la
desocupación, ni la guerra, ni la explotación colonial y
que, en consecuencia, colocado en la historia de todos
los hombres es, como la libertad de la ciudad antigua,
el privilegio de algunos y no el bien de todos. ¿Qué podemos
contestar cuando un indochino o un árabe nos
hace observar que ha visto nuestras armas pero no nuestro
humanismo? ¿Quién se atreverá a decir que después
de todo la humanidad siempre ha progresado sólo por
algunos hombres y vivido por delegación, que nosotros
somos esta élite y que los otros no tienen más que esperar?
Sería sin embargo la única respuesta franca. Pero
sería también confesar que el humanismo occidental es
un humanismo en comprensión —algunos montan guardia
alrededor del tesoro de la cultura occidental, los demás
obedecen—, que subordina, a la manera del Estado
hegeliano, la humanidad de hecho a una cierta idea del
hombre y a las instituciones que la llevan, y que, en definitiva,
no tiene nada en común con el humanismo en
extensión que admite en cada hombre, no en tanto que
organismo dotado de tal o cual carácter distintivo, sino
en tanto que existencia capaz de determinarse y de situarse
a sí misma en el mundo, un poder más precioso
que lo que produce. El humanismo occidental, a sus
propios ojos, es el amor hacia la humanidad, pero para
los otros no es más que la costumbre y la institución de
un grupo de hombres, su santo y seña y a veces su grito
de guerra. El Imperio inglés no envió a Indonesia, como
tampoco Francia a Indochina, misiones de Yogis para
enseñar allí el "cambio de lo interior". Lo menos que
puede decirse es que su acción en esos países ha sido la
de im "cambio de lo exterior", y bastante rudo. Si se
225
((jiiicsla: las armas defienden la libertad y la civilización,
significa pues que se renuncia a la moralidad absoluta,
se concede a los comunistas el derecho a decir:
nuestras armas defienden un sistema económico que
hará que cese la explotación del hombre por el hombre.
Del Occidente conservador es de donde el comunismo
recibió la noción de historia y aprendió a relativizar el
juicio moral. Retuvo la lección y al menos buscó en el
medio histórico dado las iucrzas que tenían la posibilidad
de realizar, con todo, la humanidad. Si no se cree
que el poder del proletariado pueda establecerse o que
pueda aportar lo que el marxismo espera de el, las civilizaciones
capitalistas que tienen el mérito, por más
imperfectas que sean, de existir, representan tal vez lo
menos terrible que la historia ha producido, pero entre
ellas y las otras civilizaciones o entre ellas y la empresa
soviética, la diferencia no es la del cielo y del infierno
o la: del bien y del mal: se trata de distintos usos de la
violencia. El comunismo debe ser considerado y discutido
como un ensayo de solución del problema humano,
y no tratado con el tono de la invectiva. Haber apren
dido a confrontar las ideas con el funcionamiento social
que ellas animan, nuestra perspectiva con la de los demás,
nuestra moral con nuestra política, es tai mérito
definitivo del marxismo y un progreso de la conciencia
occidental. Toda defensa del Occidente que olvide esas
verdades primeras es una mistificación.
226
CONCLUSION
El marxismo consistía primeramente en esa idea de
que la historia tiene dos polos, que de xm lado está la
audacia, la preponderancia del porvenir, la voluntad de
constituir la humanidad; del otro la prudencia, el espíritu
de conservación, el respeto por las "leyes eternas"
de la sociedad, y que esas dos tendencias distinguen casi
infaliblemente y echan mano a lo que les pueda servir.
En escala local, esto se verifica todos los días. Pero el
marxismo es también la idea que las dos actitudes son
asumidas en la historia por dos clases. Y si en los países
viejos el espíritu de los medios capitalistas está de acuerdo,
en general, con lo que debe ser según el esquema
marxista, sucede que el capitalismo norteamericano se
ve beneficiado con los recursos naturales y con una situación
histórica que le permite representar, al menos
por un tiempo, a la audacia, el espíritu de empresa, y
que el proletariado mundial, en la medida en que está
encuadrado por los partidos comunistas está orientado
hacia la sabiduría táctica, y en la medida en que se les
escapa, se encuentra demasiado fatigado, o demasiado
dividido por el diversionismo de las guerras mundiales
para ejercer su función de crítica radical. Así, los primeros
papeles de la historia son retenidos por personajes
en los cuales difícilmente se reconocería al "capitalismo"
y al "proletariado" de la descripción clásica, y
determina que la acción histórica de los mismos siga
siendo ambigua. Un francés, un italiano, un republicano
español dirían fácilmente que la cuestión política,
planteada bajo la forma de la rivalidad entre los Estados
Unidos de América y la U.R.S.S., está mal planteada.
La guerra entre esas dos potencias llevaría la confusión
al colmo, y si alguna vez una cruzada pura fue posible,
no lo es hoy en día. Sin duda las dos potencias
encontrarán en su patriotismo las certezas que les hagan
falta. Pero las potencias intermedias no podrían participar
de esas certezas. No hay porvenir para ellas y no habrá
claridad en la historia sino por medio de la paz. Las
potencias de segundo orden no pueden mucho y sus intelectuales
menos todavía. Nuestro papel tal vez no es
muy importante, pero es preciso mantenerse en él. Eficaz
o no, consiste en aclarar la situación ideológica, en
subrayar, más allá de las paradojas y de las contingencias
de la historia presente, los verdaderos términos del
problema humano, recordar a los marxistas su inspiración
humanista, recordar a las democracias su hipocresía
fundamental y mantener intactas, contra las propagandas,
las posibilidades que tiene todavía la historia de
tornarse clara.
Si buscamos sacar de esto una política al menos provisoria,
las principales reglas podrían ser las siguientes:
1*^ Toda crítica del comunismo o de la U.R.S.S. que
utilice hechos aislados sin situarlos en su contexto y en
relación con los problemas de la U.R.S.S., toda apología
de los regímenes democráticos que deje pasar en silencio
su intervención violenta en el resto del mundo, o
que la realice mediante una doble contabilidad, en una
palabra, toda política que no trate de "comprender" a
228
las sociedades rivales en su totalidad, sólo puede servir
para enmascarar el problema del capitalismo, y apunta
en realidad a la existencia misma de la U.R.S.S. y debe
ser considerada como un acto de guerra. En la U.R.S.S.
la violencia y la astucia son oficiales, la humanidad
existe en la vida cotidiana; en las democracias, por el
contrario, los principios son hutnanos, la astucia y la violencia
se encuentran en la práctica. A partir de esto, la
propaganda resulta fácil. La comparación no tiene sentido
si no es entre conjuntos y teniendo en cuenta todas
las situaciones. Es vano confrontar nuestras costumbres
y nuestras leyes con un fragmento de la historia soviética.
Una empresa como la de la U.R.S.S., comenzada y
proseguida en medio de la hostilidad general, en un país
donde los recursos son inmensos pero que no conoció
nunca el nivel de cultura y el nivel de vida del Occidente,
y que soportó en definitiva más que ningún otro
aliado el peso de la guerra, no puede ser juzgada sobre
hechos separados de su contexto. El régimen de vida de
Dreyfus en la Isla del Diablo, el suicidio del coronel
Henry, al que se le había dejado su navaja, el de uno
de sus colaboradores, falsificador como él, a quien se le
habían dejado intactos los cordones de sus zapatos, son
tal vez más vergonzosos en un país favorecido por la historia
que la ejecución de Bujarin o la deportación de
una familia en la U.R.S.S. Sería falso, naturalmente,
imaginar a cada ciudadano soviético sometido a la misma
vigilancia y expuesto a los mismos peligros que los
intelectuales y los militantes, tan falso como representarse,
de acuerdo con el caso Dreyfus, la suerte de los acusados
frente a la justicia francesa. La condena a muerte
de Sócrates y el affaire Dreyfus dejan intacta la reputación
"humanista" de Atenas y de Francia. No hay
229
motivos para aplicarle otxos criterios a la U.R.S.S. El
gobierno soviético acaba de intensificar la movilización
de la juventud para el trabajo. Para una Europa que
recuerda el S. T. O.' es fácil montar una propaganda
sobre esa base. ¿Pero qué puede liaccr la U.R.S.S. después
de haber perdido siete millones de hoiubres y de
verse obligada a reconstruir el país sin ayuda apreciablc?
¿Querrían que tome toda su mano de obra en Alemania?
Si debiera satisfacer a todas las críticas no le quedaría
otra solución, salvo la de abandonar la parlicla y abdicar
de su independencia. Ese tipo de críticas se dirige pues
contra la existencia misma del régimen.
2*^ Nuestra segunda regla podría ser la de que el humanismo
excluye la guerra preventiva contra Rusia.
No pensamos aquí en el argumento pacifista: t[ue la
guerra es tan grave como los males que pretende evitar.
Admitimos la idea de las guerras, si no justas, al
menos necesarias. La guerra contra la Alemania nazi
era una de ellas, porque la lógica del sistema conducía
a la dominación de Europa. El caso de la U.R.S.S., por
el contrario, no es claro. Si la sociedad soviética arrastra
ideologías reaccionarias junto con el humanismo marxista,
si utiliza junto con los móviles socialistas los móviles
del provecho, y admite al mismo tiempo la igualdad
en el trabajo y la jerarquía del salario y del poder, no
está basada, sin embargo, ni sobre la ideología nacionalista,
ni obligada a buscar su equilibrio económico en
el desarrollo de una producción de guerra o en la conquista
de los mercados exteriores. La guerra contra la
U.R.S.S, no habría de abatir sólo a una gran potencia
amenazadora; abatirá al mismo tiempo el principio de
1 Servicio de Trabajo Obligatorio, que enviaba obreros a .\Iernania
durante la ocupación de Francia. (A', del T.)
230
una economía socialista. Basta recordar en qué tono los
republicanos hablan en los Estados Unidos de los "rojos"
y de los "radicales" cjue se habían infiltrado en la
administración de Roosevelt para imaginar cuál sería la
actitud del capitalismo francés luego de una guerra victoriosa
de los Estados Unidos contra la U.R.S.S. Para
hacer la guerra a la U.R.S.S. un gobierno francés debería
comenzar por hacer callar a un tercio de los electores
y de los elegidos franceses, y el mayor número de representantes
de la ciase obrera. Por estas razones una
guerra preventiva contra la U.R.S.S. no puede ser "progresista"
y plantearía a todo hombre "progresista" un
problema que la guerra contra la Alemania nazi no
planteaba.
3*3 Nuestra tercera regla sería recordar (jiie no estamos
en estado de guerra y que no existe una agresión
rusa, lo cual constituye una segvnida diferencia entre el
caso de la U.R.S.S. y el de Alemania. La U.R.S.S. y los
comunistas están estratégicamente a la ofensiva. La
propaganda nos quiere hacer creer que ya estamos en
guerra, y que es necesario estar a favor o en contra, ir
a la cárcel o poner allí a los comunistas. Cuando Koestler
habla de la expansión rusa se diría tjue verdaderamente
la U.R.S.S. tiene en su mano a Europa luego de
una serie de bribonadas comparables a las de Hitler. En
realidad la "expansión rusa" en Europa comenzó cierto
día en Stalingrado para terminar con la guerra en Praga
y en las fronteras de Yugoslavia. Nadie hacía objeciones
en ese entonces. ¿Qtié es lo que ha cambiado desde entonces?
¿Los rusos no hicieron elecciones libres por todas
partes? ¿Pero (]ué decir de las elecciones griegas? ¿Los
rusos deportaron familias polacas o bálticas? Pero hay
15.000 judíos en Bergen-Belsen, y las tropas inglesas
23!
montan guardia en la frontera de Palestina^. Por otra
parte, ni Roosevelt ni Churchill eran unos niños. Bien
sabían 'que Rusia no luchaba para establecer por todas
partes el régimen parlamentario y las libertades. Todavía
ignoramos las cláusulas de ios acuerdos secretos
firmados por Roosevelt. Pero puesto que los republicanos
estadounidenses amenazan a los demócratas con publicarlos,
es que, sin duda, pondrían en evidencia a un
Roosevelt demasiado osado. Es el estado de espíritu de
los gobiernos anglosajones lo que ha cambiado a partir
de 1945; estamos obligados a comprobar que la U.R.S.S.
cedió respecto de Azerbaijan, cedió respecto de Trieste,
y cedió en el incidente yugoslavo. ¿Acaso, en el interior
de Francia, los comunistas cambiaron tanto a partir de
1944? Un escritor francés, que después combatió vivamente
el tripartidismo y al Partido comunista, me decía
en ese entonces, pensando en la reconstrucción: "Lo
que es cierto, es que nada puede hacerse sin ellos". ¿Qué
pasó desde entonces? ¿No trataron seriamente de gobernar
solos con los socialistas cuando podían hacerla?
Cuando su éxito electoral los emptijaba al primer plano,
anuncian una ofensiva bastante circunspecta, como
cuando se votó la primera Constitución. Pero si los electores
no los siguen, ellos se repliegan, sin insistir, sobre
la posición de la unidad de los franceses. Todavía últimamente
buscaban el remedio al tripartidismo mucho
menos en un gobierno de combate que en un gobierno
más amplio. También aquí se los encuentra, pues, a la
detensiva, y tal vez no quieren en Francia otra cosa que
garantías sólidas contra una coalición militar. Resu-
2 El autor se refiere a la política inglesa en Palestina durante eí
Mandato británico que finalizó en 1948, por la cual se impedía la entrada
a dicho país de ¡as víctimas judías del nazismo. (N. del T.) .
232
miendo: en el proceso que los anglosajones siguen a la
U.R.S-S. y a los comunistas, no se hace conocer casi
ningún hecho nuevo desde 1945, y toda la cuestión
consiste, en el fondo, en saber si se ha admitido verdaderamente
el hecho de la victoria soviética (posibilitada
por las demoras en abrir el segundo frente) o si
se busca ahora eludir las consecuencias, sin embargo
previsibles, de esta victoria. Hasta nueva orden no se
puede hablar de agresión soviética''.
Se dirá: sea. La U.R.S.S. está a la ofensiva. Pero
lo hace porque es débil. Si mañana llega a ser fuerte
aterrorizará a Europa. Los partidos comunistas abandonarán
sus vestimentas democráticas; pondrán en prisión
a todo aquel que piense mal, comprendidos los ingenuos
'que hoy en día la defienden desde afuera. Todo
alegato por la U.R.S.S., debilitada ahora, significa una
complicidad con la U.R.S.S. agresiva de mañana. Las
críticas, aun simpáticas, no tienen efecto sobre el comunismo;
por el contrario, lo que se dice a su favor le
sirve tal cual es. Estamos a favor o en contra. No
existe, por lo menos a largo plazo, una tercera posición.
Este argumento tiene su peso y ese riesgo existe. Creemos
que es preciso correrlo. Postulamos que la guerra
no comenzó todavía, que la elección no se plantea entre
la guerra contra la U.R.S.S. y la sujeción a la U.R.S.S.,
entre el a favor y el en contra, que la vida de la
U.R.S.S. es compatible con la independencia de los países
occidentales, que todavía existe en la marcha de las
cosas ese mínimo de juego indispensable para que se
3 Alemania e Italia han podido enviar a España divisiones enteras
sin provocar la intervención anglosajona. La ayuda indirecta e intermitente
de Yugoslavia y Bulgaria a los guerrilleros griegos basta para que
se proclame la libertad en peligro.
233
pueda hablar de libertad y para oponer a la propaganda
algo distinto a la contrapropaganda, que no se puede
en nombre de las verdades posibles de mañana ocultar
las verdades comprobables de hoy. Si mañana la U.R.S.S.
amenazara invadir Europa y establecer en todos los países
un régimen de su agrado, se plantearía otra cuestión
y será preciso examinarla. Esa cuestión no se plantea
ahora. Lo que aquí objetamos al anticomunismo
no es el famoso "una hora de libertad siempre es agradable
tomarla". Es a la verdad a la que entendemos ajustamos
a despecho de todas las propagandas. Si la historia
es irracional comporta fases en las que los intelectuales
resultan intolerables y donde la lucidez está prohibida.
Mientras tienen la palabra, no se les puede pedir
que digan otra cosa que lo que ven. Su regla de
oro es ique la vida humana y en particular la historia
son compatibles con la verdad, siempre que todos los
aspectos sean aclarados. La opinión es tal vez temeraria,
pero es preciso ajustarse a ella. Es, por así decirlo, ci
riesgo profesional de los hombres. Toda otra conducta
anticipa la guerra, entra dentro de la propaganda estadounidense
para escapar a la propaganda comunista
y se arroja ahora en los mitos por miedo de caer en ellos
más tarde *.
4 Estas indicaciones no encontraran una aplicación en (xilítica in
terior a no ser que los partidos admitan francamente la presencia ciclos
comunistas en el gobierno, y a no ser que los comunistas sigan sii
línea general de acuerdo con las democracias "formales". Aquí no realizan
la revolución proletaria, v sin embargo conservan las formas de
la política bolchevique que son evidentemente incompatibles con el funcionamiento
de la democracia "formal". lis necesario elegir entre estas
formas y el principio pluralista del Frente l'opular. I/a coexistent ¡a del
Partido Comunista y de los otros partidos será difícil mientras éste no haya
elaborado y promovido en la práctica esta teoría del "comunismo occidental"
que sobrentendían las rccieiucs declaraciones de Thorez a la
prensa anglosajona. (Cf. Prejacio).
2?;
Este género de discusiones desagrada. Hablar por el
humanismo sin estar por el "socialismo humanista" a
la manera anglosajona, "comprender" a los comunistas
sin ser comunista, aparentemente significa situarse muy
alto o colocarse en todo caso por encima de la lucha.
En realidad, simplemente significa negarse a comprometerse
en la confusión y fuera de la verdad. ;Es culpa
nuestra si el humanismo occidental está falseado al
ser también una máquina de guerra? ¿Y si la empresa
marxista no ha podido sobrevivir sino cambianclo su
carácter? Cuando se pide "una solución", se sobrentiende
que el mundo y la coexistencia humana son comparables
a algún problema de geometría donde existe
algo desconocido, pero no algo indeterminado, que lo
que se busca está en una relación regulada con lo que
está dado y el conjvmto de los datos susceptibles de ser
ordenados entre ellos. Pero el problema de nuestro
tiempo es precisamente saber si la humanidad no es
más que un problema de este tipo. Vemos perfectamente
lo que exige: el reconocimiento del hombre por el
hombre, pero también vemos que, hasta el presente, los
hombres no se han reconocido entre ellos más que implícitamente,
en la caza del poder y en la lucha. Los
datos del problema humano forman un sistema, pero
un sistema de oposiciones. Se trata de saber si pueden
ser superados. Hegel decía: "El principio: en la acción
no tener en cuenta las consecuencias, y este otro: juzgar
las acciones según su continuidad y tomar a ésta
como medida de lo que es justo o bueno, pertenecen
los dos al entendimiento abstracto" '. Rechazaba el realismo
tanto como el moralismo porque suponía vm
5 Principios de la Filosofía del Di-ri'rlio, cil. Callinviid. ]>;Í;.;. llKi.
21^
estado de la historia donde las buenas intenciones dejarían
de promover, hacia afuera, frutos envenenados,
donde las reglas de la eficacia se confundirían con las de
la conciencia, porque él creía en una Razón situada más
allá de las alternativas de lo interior y lo exterior que
permitiría al hombre existir simultáneamente en conciencia
y en realidad, de ser lo mismo para sí y para
los otros. Marx era menos afirmativo, porque supeditaba
esta síntesis a la iniciativa humana y le retiraba más
resueltamente toda garantía metafísica. Las filosofías
actuales no renuncian a la racionalidad, al acuerdo de
sí mismo consigo mismo y con los demás, sino solamente
a la impostura de una razón que se satisface con tener
razón para sí y se sustrae al juicio de los otros. No
significa querer a la razón el definirla de una manera
que constituya el privilegio de los iniciados de Occidente,
la desligue de toda responsabilidad hacia el resto
del mundo y en particular del deber de comprender
la variedad de las situaciones históricas. Buscar el acuerdo
con nosotros mismos y con los otros, en una palabra,
buscar la verdad, no solamente en la reflexión a priori
y en el pensamiento solitario, sino también en la experiencia
de las situaciones concretas y en el diálogo con
los demás vivientes sin el cual la evidencia interior no
puede probar su derecho universal, este método es todo
lo contrario del irracionalismo, puesto que toma como
definitivos nuestra incoherencia y nuestro desacuerdo
con los demás y nos supone capaces de superarlos.
En el mismo movimiento excluye la fatalidad de la razón
y la del desorden. No favorece el conflicto de las
opiniones. Lo comprueba desde la partida. ¿Y cómo podría
no hacerlo? No se es "existencialista" por gusto, y
hay tanto "existencialismo" —en el sentido de paradoja,
236
división, angustia y resolución—, en la Memoria Taquigráfica
de los Debates de Moscú, como en todas las
obras de filosofía de Heidegger. Esta filosofía, se dice,
es la expresión de un mundo dislocado. Es cierto, y es
lo que constituye su verdad. Toda la cuestión radica
en saber si tomando en serio nuestros conflictos y nuestras
divisiones, nos abruma o nos cura de ellos. Hegel
habla a menudo de una mala identidad, entendiendo
con ello la identidad abstracta que no integró las diferencias
y no sobrevivirá a sus manifestaciones. De una
manera análoga se podría hablar de un mal existencialismo
que se agota en describir el choque de la razón
contra las contradicciones de la experiencia y se acaba
en la conciencia de un fracaso. Pero eso no es más que
una renovación del escepticismo clásico, y una descripción
incompleta, puesto que en el mismo momento en
que comprobamos que la unidad y la razón no son, y
que las opiniones son llevadas por opciones discordantes
de las cuales no podemos dar totalmente razón, esta
conciencia que adquirimos de lo irracional y de lo
fortuito en nosotros, los suprime como fatalidad y nos
abre a los demás. La vida y el desacuerdo son hechos,
pero también esta extraña pretensión de pensar con
verdad que todos nosotros tenemos, nuestro poder de
colocarnos en el otro para juzgarnos, nuestra necesidad
de hacer reconocer por él nuestras opiniones y de justificar
frente a él nuestra elección, en una palabra, la
experiencia del otro corno alter ego en medio mismo de
la discusión. El mundo humano es un sistema abierto e
inacabado y la misma contigencia fundamental que lo
amenaza de discordancia lo sustrae también a la fatalidad
del desorden y prohibe desesperar de él, con la única
condición de recordar que los elementos son los
237
hombres y de mantener y multiplicar las relaciones humanas
de hombre a hombre. Esta filosofía no puede decirnos
que la humanidad será en acto, como si dispusiera
de algún conocimiento separado y no estuviese,
también, embarcada en la experiencia, de la cual no
es nada más que una conciencia más aguda. Pero nos
despierta a la importancia del acontecimiento y de la
acción, nos hace querer nuestro tiempo, que no es la
simple repetición de una eternidad hun:iana, la simple
conclusión de premisas ya sentadas, sino que, como la
menor cosa percibida —como una pompa de jabón, como
una ola—, o como el más simple de los diálogos, encierra
indiviso todo el desorden y todo el orden del
mundo.
2Jc9
Í N D I C E
Prefacio 7
PRIMERA PARTE
EL TERROR
Capítulo I: Los dilemas de Koestler 45
„ II: La ambigüedad de la historia según
Bujarin 69
„ III: El racionalismo de Trostki 117
SEGUNDA PARTE
LA PERSPECTIVA HUMANISTA
Capítulo I: Del proletario al comisario 147
„ II: El yogi y el proletario 197
Conclusión 227

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