HISTORIA DE LA SEXUALIDAD 1- La VOLUNTAD DE SABER | Michel Foucault

| quinta-feira, 22 de outubro de 2009
También se deshace, en el orden civil, la confusa categoría de "desenfreno", que durante más de un siglo había constituido una de las razones más frecuentes de encierro administrativo. De sus restos surgen, por una parte, las infracciones a la legislación (o a la moral) del matrimonio y la familia, y, por otra, los atentados contra la regularidad de un funcionamiento natural (atentados que la ley, por lo demás, puede sancionar). Quizá se alcance aquí una razón, entre otras, del prestigio de Don Juan, que tres siglos no han apagado.






ÍNDICE.



I. NOSOTROS, LOS VICTORIANOS 7.

II. La Hipótesis REPRESIVA 23.
1. La incitación a los Discursos 25.
2. La implantación perversa 48.

III. SCIENTIA SEXUALIS 65.

IV. El DISPOSITIVO DE SEXUALIDAD 93.
1. La apuesta 99.
2. Método 112.
3. Dominio 126.
4. Periodización 140.

V. DERECHO DE MUERTE Y PODER SOBRE

La VIDA 161.








[5].

I. NOSOTROS, LOS VICTORIANOS.











Mucho tiempo habríamos soportado, y padeceríamos aún hoy, un régimen victoriano. " gazmoñería imperial figuraría en el blasón de nuestra sexualidad retenida, muda, hipócrita.
Todavía a comienzos del siglo XVII era moneda corriente, se dice, cierta franqueza. Las prácticas no buscaban el secreto; las palabras se decían sin excesiva reticencia, y las cosas sin demasiado disfraz; se tenía una tolerante familiaridad con lo ilícito. Los códigos de lo grosero, de lo obsceno y de lo indecente, si se los compara con los del siglo XIX, eran muy laxos. Gestos directos, discursos sin vergüenza, transgresiones visibles, anatomías exhibidas y fácilmente entremezcladas, niños desvergonzados vagabundeando sin molestia ni escándalo entre las risas de los adultos: los cuerpos se pavoneaban.
A ese día luminoso habría seguido un rápido crepúsculo hasta llegar a las noches monótonas de la burguesía victoriana. Entonces la sexualidad es cuidadosamente encerrada. Se muda. " familia conyugal la confisca. Y la absorbe por entero en la seriedad de la función reproductora. En torno al sexo, silencio. Dicta la ley la pareja legítima y procreadora. Se impone como modelo, hace valer la norma, detenta la verdad, retiene el derecho de hablar -reservándose el principio del secreto. Tanto en el espacio social como en el corazón de cada hogar existe un único lugar de sexualidad reconocida, utilitaria y fecunda: la alcoba de los padres. El resto no tiene más que esfumarse; la

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conveniencia de las actitudes esquiva los cuerpos, la decencia de las palabras blanquea los discursos. Y el estéril, si insiste y se muestra demasiado, vira a lo anormal: recibirá la condición de tal y deberá pagar las correspondientes sanciones.
Lo que no apunta a la generación o está transfigurado por ella ya no tiene sitio ni ley. Tampoco verbo. Se encuentra a la vez expulsado, negado y reducido al silencio. No sólo no existe sino que no debe existir y se hará desaparecer a la menor manifestación -actos o palabras. Por ejemplo, es sabido que los niños carecen de sexo: razón para prohibírselo, razón para impedirles que hablen de él, razón para cerrar los ojos y taparse los oídos en todos los casos en que lo manifiestan, razón para imponer un celoso silencio general. Tal sería lo propio de la represión y lo que la distingue de las prohibiciones que mantiene la simple ley pena]: funciona como una condena de desaparición, pero también como orden de silencio, afirmación de inexistencia, y, por consiguiente, comprobación de que de todo eso nada hay que decir, ni ver, ni saber. Así marcharía, con su lógica baldada, la hipocresía de nuestras sociedades burguesas. Forzada, no obstante, a algunas concesiones. Si verdaderamente hay que hacer lugar a las sexualidades ilegítimas, que se vayan con su escándalo a otra parte: allí donde se puede reinscribirlas, si no en los circuitos de la producción, al menos en los de la ganancia. El burdel y el manicomio serán esos lugares de tolerancia: la prostituta, el cliente y el rufián, el psiquiatra y su histérico -esos .,otros victorianos", diría Stephen Marcua parecen haber hecho pasar subrepticiamente el placer que no se menciona al orden de las cosas que se

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contabilizan; las palabras y los gestos, autorizados entonces en sordina, se intercambian al precio fuerte. únicamente allí el sexo salvaje tendría derecho a formas de lo real, pero fuertemente insularizadas, y a tipos de discursos clandestinos, circunscritos, cifrados. En todos los demás lugares el puritanismo moderno habría impuesto su triple decreto de prohibición, inexistencia y mutismo.
¿Estaríamos ya liberados de esos dos largos siglos donde la historia de la sexualidad debería leerse en primer término como la crónica de una represión creciente? Tan poco, se nos dice aún. Quizáá por Freud. Pero con qué circunspección, qué prudencia médica, qué garantía científica de inocuidad, y cuántas precauciones para mantenerlo todo, sin temor de "desbordamiento", en el espacio más seguro y discreto, entre diván y discurso: aún otro cuchicheo en un lecho que produce ganancias. ¿Y podría ser de otro modo? Se nos explica que si a partir de la edad clásica la represión ha sido, por cierto, el modo fundamental de relación entre poder, saber y sexualidad, no es posible liberarse sino a un precio considerable: haría falta nada menos que una transgresión de las leyes, una anulación de las prohibiciones, una irrupción de la palabra, una restitución del placer a lo real y toda una nueva economía en los mecanismos del poder; pues el menor fragmento de verdad está sujeto a condición política. Efectos tales no pueden pues ser esperados de una simple práctica médica ni de un discurso teórico, aunque fuese riguroso. Así, se denuncia el conformismo de Freud, las funciones de normalización del psicoanálisis, tanta timidez bajo los arrebatos de Reich, y todos los efectos de integración asegurados por la "ciencia"





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del sexo o las prácticas, apenas sospechosas, de la sexología.
Bien se sostiene este discurso sobre la moderna represión del sexo. Sin duda porque es fácil de sostener. Lo protege una seria caución histórica y política; al hacer que nazca la edad de la represión en el siglo XVII, después de centenas de años de aire libre y libre expresión, se lo lleva a coincidir con el desarrollo del capitalismo: formaría parte del orden burgués. La pequeña crónica del sexo y de sus vejaciones se traspone de inmediato en la historia ceremoniosa de los modos de producción; su futilidad se desvanece. Del hecho mismo parte un principio de explicación: si el sexo es reprimido con tanto rigor, se debe a que es incompatible con una dedicación al trabajo general e intensiva; en la época en que se explotaba sistemáticamente la fuerza de trabajo, ¿se podía tolerar que fuera a dispersarse en los placeres, salvo aquellos, reducidos a un mínimo, que le permitiesen reproducirse? El sexo y sus efectos quizá no sean fáciles de descifrar; -su represión, en cambio, así restituida, es fácilmente analizable. Y la causa del sexo @e su libertad, pero también del conocimiento que de él se adquiere y del derecho que se tiene a hablar de él- con toda legitimidad se encuentra enlazada con el honor de una causa política: también el sexo se inscribe en el porvenir. Quizá un espíritu suspicaz se preguntaría si tantas precauciones para dar a la historia del sexo un padrinazgo tan considerable no llevan todavía la huella de los viejos pudores: como si fueran necesarias nada menos que esas correlaciones valorizantes para que ese discurso pueda ser pronunciado o recibido.

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Pero tal vez hay otra razón que torna tan gratificante para nosotros el formular en términos de represión las relaciones del sexo y el poder: lo que podría llamarse el beneficio del locutor. Si el sexo está reprimido, es decir, destinado a la prohibición, a la inexistencia y al mutismo, el solo hecho de hablar de él, y de hablar de su represión, posee como un aire de transgresión deliberada. Quien usa ese lenguaje hasta cierto punto se coloca fuera del poder; hace tambalearse la ley; anticipa, aunque sea poco, la libertad futura. De ahí esa solemnidad con la que hoy se habla del sexo. Cuando tenían que evocarlo, los primeros demógrafos y los psiquiatras del siglo XIX estimaban que debían hacerse perdonar el retener la atención de sus lectores en temas tan bajos y fútiles. Después de decenas de años, nosotros no hablamos del sexo sin posar un poco: consciencia de desafiar el orden establecido, tono de voz que muestra que uno se sabe subversivo, ardor en conjurar el presente y en llamar a un futuro cuya hora uno piensa que contribuye a apresurar. Algo de la revuelta, de la libertad prometida y de la próxima época de otra ley se filtran fácilmente en ese discurso sobre la opresión del sexo. En el mismo se encuentran reactivadas viejas funciones tradicionales de la profecía. Para mañana el buen sexo. Es porque se afirma esa represión por lo que aún se puede hacer coexistir, discretamente, lo que el miedo al ridículo o la amargura de la historia impiden relacionar a la mayoría de nosotros: la revolución y la felicidad; o la revolución y un cuerpo otro, más nuevo, más bello; o incluso la revolución y el placer. Hablar contra los poderes, decir la verdad y prometer el goce; ligar entre sí

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la iluminación, la liberación y multiplicadas voluptuosidades; erigir un discurso donde se unen el ardor del saber, la voluntad de cambiar la ley y el esperado jardín de las delicias: he ahí indudablemente lo que sostiene en nosotros ese encarnizamiento en hablar del sexo en términos de represión; he ahí lo que quizá también explica el valor mercantil atribuido no sólo a todo lo que del sexo se dice, sino al simple hecho de prestar el oído a aquellos que quieren eliminar sus efectos. Después de todo, somos la única civilización en la que ciertos encargados reciben retribución para escuchar a cada cual hacer confidencias sobre su sexo: como si el deseo de hablar de él y el interés que se espera hubiesen desbordado ampliamente las posibilidades de la escucha, algunos han puesto sus oídos en alquiler.
Pero más que esa incidencia económica, me parece esencial la existencia en nuestra época de un discurso donde el sexo, la revelación de la verdad, el derrumbamiento de la ley del mundo, el anuncio de un nuevo día y la promesa de cierta felicidad están imbricados entre sí. Hoy es el sexo lo que sirve de soporte a esa antigua forma, tan familiar e importante en occidente, de la predicación. Una gran prédica sexual -que ha tenido sus teólogos sutiles y sus voces populares- ha recorrido nuestras sociedades desde hace algunas decenas de años; ha fustigado el antiguo orden, denunciado las hipocresías, cantado el derecho de lo inmediato y de lo real; ha hecho soñar con otra ciudad. Pensemos en los franciscanos. Y preguntémonos cómo ha podido suceder que el lirismo y la religiosidad que acompañaron mucho tiempo al proyecto revolucionario, en las sociedades indus-

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triales y occidentales se hayan vuelto, en buena parte al menos, hacia el sexo.
La idea del sexo reprimido no es pues sólo una cuestión de teoría. La afirmación de una sexualidad que nunca habría sido sometida con tanto rigor como en la edad de la hipócrita burguesía, atareada y contable, va aparejada al énfasis de un discurso destinado a decir la verdad sobre el sexo, a modificar su economía en lo real, a subvertir la ley que lo rige, a cambiar su porvenir. El enunciado de la opresión y la forma de la predicación se remiten el uno a la otra; recíprocamente se refuerzan. Decir que el sexo no está reprimido o decir más bien que la relación del sexo con el poder no es de represión corre el riesgo de no ser sino una paradoja estéril. No consistiría únicamente en chocar con una tesis aceptada. Consistiría en ir contra toda la economía, todos los "intereses" discursivos que la subtienden.
En este punto desearía situar la serie de análisis históricos de los cuales este libro es, a la vez, la introducción y un primer acercamiento: localiza. 1 de algunos puntos históricamente significación
vos y esbozos de ciertos problemas teóricos. Se trata, en suma, de interrogar el caso de una sociedad que desde hace más de un siglo se fustiga ruidosamente por su hipocresía, habla con prolijidad de su propio silencio, se encarniza en detallar lo que no dice, denuncia los poderes que ejerce y promete lucrarse de las leyes que la han hecho funcionar. Desearía presentar el panorama no sólo de esos discursos, sino de la voluntad que los mueve y de la intención estratégica que los sostiene. La pregunta que querría formular no
es: ¿por qué somos reprimidos?, sino: ¿por qué


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decimos con tanta pasión, tanto rencor contra nuestro pasado más próximo, contra nuestro presente y contra nosotros mismos que somos reprimidos? ¿Por qué espiral hemos llegado a afirmar que el sexo es negado, a mostrar ostensiblemente que lo ocultamos, a decir que lo silenciamos -y todo esto formulándolo con palabras explícitas, intentando que se lo vea en su más desnuda realidad, afirmándolo en la positividad de su poder y de sus efectos? Con toda seguridad es legítimo preguntarse por qué, durante tanto tiempo, se ha asociado sexo y pecado (pero habría que ver cómo se realizó esa asociación y cuidarse de decir global y apresuradamente que el sexo estaba ,, condenado"), mas habría que preguntarse también la razón de que hoy nos culpabilicemos tanto por haberlo convertido antaño en un pecado. ¿Por cuáles caminos hemos llegado a estar "en falta" respecto de nuestro propio sexo? ¿Y a ser una civilización lo bastante singular como para decirse que ella misma, durante mucho tiempo y aún hoy, ha "pecado" contra el sexo por abuso de poder? ¿Cómo ha ocurrido ese desplazamiento que, pretendiendo liberarnos de la naturaleza pecadora del sexo, nos abruma con una gran culpa histórica que habría consistido precisamente en imaginar esa naturaleza culpable y en extraer de tal creencia efectos desastrosos?
Se me dirá que si hay tantas personas actualmente que señalan esa represión, ocurre así porque, es históricamente evidente. Y que si hablan de ella con tanta abundancia y desde hace tanto tiempo, se debe a que la represión está profundamente anclada, que posee raíces y razones sólidas, que pesa sobre el sexo de manera tan rigurosa que

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una única denuncia no podría liberarnos; el trabajo sólo puede ser largo. Tanto más largo sin duda cuanto que lo propio del poder -y especialmente de un poder como el que funciona en nuestra sociedad- es ser represivo y reprimir con particular atención las energías inútiles, la intensidad de los placeres y las conductas irregulares. Era pues de esperar que los efectos de liberación respecto de ese poder represivo se manifestasen con lentitud; la empresa de hablar libremente del sexo y de aceptarlo en su realidad es tan ajena al hilo de una historia ya milenario, es además tan hostil a los mecanismos intrínsecos del poder, que no puede sino atascarse mucho tiempo antes de tener éxito en su tarea.
Ahora bien, frente a lo que yo llamaría esta "hipótesis represiva", pueden enarbolarse tres dudas considerables. Primera duda: ¿la represión del sexo es en verdad una evidencia histórica? Lo que a primera vista se manifiesta -y que por consiguiente autoriza a formular una hipótesis inicial : es la acentuación o quizá la instauración, a partir del siglo XVII, de un régimen de represión sobre el sexo? Pregunta propiamente histórica. Segunda duda: la mecánica del poder, y en particular la que está en juego en una sociedad como la nuestra, ¿pertenece en lo esencial al orden de la represión? ¿La prohibición, la censura, la denegación son las formas según las cuales el poder se ejerce de un modo general, tal vez, en toda sociedad, y seguramente en la nuestra? Pregunta históricoteórica. Por último, tercera duda: el discurso crítico que se dirige a la represión, ¿viene a cerrarle el paso a un mecanismo del poder que hasta entonces había funcionado sin discusión o bien for-
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ma parte de la misma red histórica de lo que denuncia (y sin duda disfraza) llamándolo "represión"? ¿Hay una ruptura histórica entre la edad de la represión y el análisis crítico de la Represión? Pregunta histórico-política. Al introducir estas tres dudas, no se trata sólo de erigir contrahipótesis, simétricas e inversas respecto de las primeras; no se trata de decir: la sexualidad, lejos de haber sido reprimida en las sociedades capitalistas y burguesas, ha gozado al contrario de un régimen de constante libertad; no se trata de decir: en sociedades como las nuestras, el poder es más tolerante que represivo y la crítica dirigida contra la represión bien puede darse aires de ruptura, con todo forma parte de un proceso mucho más antiguo que ella misma, y según el sentido en que se lea el proceso aparecerá como un nuevo episodio en la atenuación de las prohibiciones o como una forma más astuta o más discreta del poder.
"s dudas que quisiera oponer a la hipótesis represiva se proponen menos mostrar que ésta es falsa que colocarla en una economía general de los discursos sobre el sexo en el interior de las sociedades modernas a partir del siglo XVII. ¿Por qué se ha hablado de la sexualidad, qué se ha dicho? ¿Cuáles eran los efectos de poder inducidos por lo que de ella se decía? ¿Qué lazos existían entre esos discursos, esos efectos de poder y los placeres que se encontraban invadidos por ellos? ¿Qué saber se formaba a partir de allí? En suma, se trata de determinar, en su funcionamiento y 1
razones de ser, el régimen de poder-saber-placer que sostiene en nosotros al discurso sobre la sexualidad humana. De ahí el hecho de que el punto esencial (al menos en primera instancia) no sea







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saber si al sexo se le dice sí o no, si se formulan prohibiciones o autorizaciones, si se afirma su importancia o si se niegan sus efectos, si se castigan o no las palabras que lo designan; el punto esencial es tomar en consideración el hecho de que se habla de él, quiénes lo hacen, los lugares y puntos de vista desde donde se habla, las ínstituciones que a tal cosa incitan y que almacenan y difunden lo que se dice, en una palabra, el "hecho discursivo" global, la "puesta en discurso" del sexo. De ahí también el hecho de que el punto importante será saber en qué formas, a través de qué canales, deslizándose a lo largo de qué discursos llega el poder hasta las conductas más tenues y más individuales, qué caminos le permiten alcanzar las formas infrecuentes o apenas perceptibles del deseo, cómo infiltra y controla el placer cotidiano -todo ello con efectos que pueden ser de rechazo, de bloqueo, de descalificación, pero también de incitación, de intensificación, en suma: las "técnicas polimorfas del poder". De ahí, por último, que el punto importante no será determinar si esas producciones discursivas y esos efectos de poder conducen a formular la verdad del sexo o, por el contrario, mentiras destinadas a ocultarla, sino aislar y aprehender la "voluntad de saber" que al mismo tiempo les sirve de soporte y de instrumento.
Entendámonos: no pretendo que el sexo no haya sido prohibido o tachado o enmascarado o ignorado desde la edad clásica; tampoco afirmo que lo haya sido desde ese momento menos que antes. No digo que la prohibición del sexo sea una engañifa, sino que lo es trocarla en el elemento fundamental y constituyente a partir del cual se


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podría escribir la historia de lo que ha sido dicho a propósito del sexo en la época moderna. Todos esos elementos negativos -prohibiciones,,rechazos, censuras, denegaciones- que la hipótesis º
En suma, desearía desprender el análisis los ecoprivilegios que de ordinario se otorgan a nomía de escasez y a los principios de rarefacción, para buscar en cambio las instancias de producción discursiva (que ciertamente también manejan silencios), de producción de poder (cuya función es a veces prohibir), de las producciones de saber (que a menudo hacen circular errores o ignorancias sistemáticos) ; desearía hacer la historia de esas instancias y sus transformaciones. Pero una primera aproximación, realizada desde este punto de vista, parece indicar que desde el fin del siglo XVI la puesta en discurso" del sexo, lejos de sufrir un proceso de restricción, ha estado por el contrario sometida a un mecanismo de incitación creciente; que las técnicas de poder ejercidas sobre el sexo no han obedecido a un principio de selección rigurosa sino, en cambio, de diseminación e implantación de sexualidades polimorfas, y que la voluntad de saber no se ha detenido ante un tabú intocable sino que se ha encarnizado -a través, sin duda, de numerosos errores- en constituir una ciencia de la sexualidad. Son estos movimientos los que querría (pasando de alguna manera por

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detrás de la hipótesis represiva y de los hechos de prohibición o exclusión que invoca) hacer aparecer ahora de modo esquemático a partir de algunos hechos históricos que tienen valor de hitos.



II. La Hipótesis Represiva.


































1. La Incitación a los Discursos.




Siglo XVII: sería el comienzo de una edad de represión, propia de las sociedades llamadas burguesas, y de la que quizá todavía no estaríamos completamente liberados. A partir de ese momento, nombrar el sexo se habría tornado más difícil y costoso. Como si para dominarlo en lo real hubiese sido necesario primero reducirlo en el campo del lenguaje, controlar su libre circulación en el discurso, expulsarlo de lo que se dice y apagar las palabras que lo hacen presente con demasiado vigor. Y aparentemente esas mismas prohibiciones tendrían miedo de nombrarlo. Sin tener siquiera que decirlo, el pudor moderno obtendría que no se lo mencione merced al solo juego de prohibiciones que se remiten las unas a las otras: mutismos que imponen el silencio a fuerza de callarse. Censura.
Pero considerando esos últimos tres siglos en sus continuas transformaciones, las cosas aparecen muy diferentes: una verdadera explosión discursiva en torno y a propósito del sexo. Entendámonos. Es bien posible que haya habido una depuración -y rigurosísima- del vocabulario autorizado. Es posible que se haya codificado toda una retórica de la alusión y de la metáfora. Fuera de duda, nuevas reglas de decencia filtraron las palabras: policía de los enunciados. Control, también, de las enunciaciones: se ha definido de manera mucho más estricta dónde y cuándo no era posible hablar
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del sexo; en qué situación, entre qué locutores, y en el interior de cuáles relaciones sociales; as! se han establecido regiones, si no de absoluto silencio' al menos de tacto y discreción: entre padres y niños, por ejemplo, o educadores y alumnos, patrones y sirvientes. Allí hubo, es casi seguro, toda una economía restrictiva, que se integra en esa política de la lengua y el habla -por una parte espontánea, por otra concertada- que acompañó las redistribuciones sociales de la edad clásica.
En desquite, al nivel de los discursos y sus dominios, el fenómeno es casi inverso. Los discursos sobre el sexo -discursos específicos, diferentes a la vez por su forma y su objeto- no han cesado de proliferar: una fermentación discursiva que se aceleró desde el siglo XVIII. No pienso tanto en la multiplicación probable de discursos "ilícitos", discursos de infracción que, con crudeza, nombran el sexo a manera de insulto o irrisión a los nuevos pudores; lo estricto de las reglas de buenas maneras verosímilmente condujo, como contraefecto, a una valoración e intensificación del habla indecente. Pero lo esencial es la multiplicación de discursos sobre el sexo en el campo de ejercicio del poder mismo: incitación institucional a hablar del sexo, y cada vez más; obstinación de las instancias del poder en oír hablar del sexo y en hacerlo hablar acerca del modo de la articulación explícita y el detalle infinitamente acumulado.
Sea la evolución de la pastoral católica y del sacramento de penitencia después del concilio de Trento. Poco a poco se vela la desnudez de las preguntas que formulaban los manuales de confesión de la Edad Media y buen número de las que aún tenían curso en el siglo XVII. Se evita entrar

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en esos pormenores que algunos, como Sánchez o Tamburini, creyeron mucho tiempo indispensables para que la confesión fuera completa: posición respectiva de los amantes, actitudes, gestos, cari-, cias, momento exacto del placer: todo un puntilloso recorrido del acto sexual en su operación misma. La discreción es recomendada con más y más insistencia. En lo relativo a los pecados contra la pureza es necesaria la mayor reserva: "Esta materia se asemeja a la pez, que de cualquier modo que se la manipule y aunque sólo sea para arrojarla lejos, sin embargo mancha y ensucia siempre." 1 Y más tarde Alfonso de Liguori prescribirá que conviene comenzar -sin perjuicio de reducirse a ello, sobre todo con los niños con preguntas "indirectas y algo vagas".2
Pero la lengua puede pulirse. La extensión de la confesión, y de la confesión de la carne, no deja de crecer. Porque la Contrarreforma se dedica en todos los países católicos a acelerar el ritmo de la confesión anual. Porque intenta imponer reglas meticulosas de examen de sí mismo. Pero sobre todo porque otorga cada vez más importancia en la penitencia -a expensas, quizá, de algunos otros pecados- a todas las insinuaciones de la carne: pensamientos, deseos, imaginaciones voluptuosas, delectaciones, movimientos conjuntos del alma y del cuerpo, todo ello debe entrar en adelante, y en detalle, en el juego de la confesión y de la dirección. Según la nueva pastoral, el sexo ya no debe ser nombrado sin prudencia; pero sus aspec-

1 P. Segneri, L'instruction du Pénitent, traducción -de 1695, p. 301.
2 A. de Liguori, Pratique des confesseurs (trad. francesa, 1854), p. 140.

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tos, correlaciones y efectos tienen que ser seguidos hasta en sus más finas ramificaciones: una sombra en una ensoñación, una imagen expulsada demasiado lentamente, una mal conjurada complicidad entre la mecánica del cuerpo y la complacencia del espíritu: todo debe ser dicho. Una evolución doble tiende a convertir la carne en raíz de todos los pecados y trasladar el momento más importante desde el acto mismo hacia la turbación, tan difícil de percibir y fonnular, del deseo; pues es un mal que afecta al hombre entero, y en las formas más secretas: "Examinad pues, diligentemente, todas las facultades de vuestra alma, la memoria, el entendimiento, la voluntad. Examinad también con exactitud todos vuestros sentidos... Examinad aún todos vuestros pensamientos, todas vuestras palabras y todas vuestras acciones. Incluso examinad hasta vuestros sueños, para saber si despiertos no les habéis dado vuestro consentimiento.. . Por último, no estiméis que en esta materia tan cosquillosa y peligrosa pueda haber algo insignificante o ligero." 3 Un discurso obligado y atento debe, pues, seguir en todos sus desvíos la línea de unión del cuerpo y el alma: bajo la superficie de los pecados, saca a la luz la nervadura ininterrumpida de la carne. Bajo el manto de un lenguaje depurado de manera que el sexo ya no pueda ser nombrado directamente, ese mismo sexo es tomado a su cargo (y acosado) por un discurso que pretende no dejarle ni oscuridad ni respiro.
Es quizá entonces cuando se impone por primera vez, en la forma de una coacción general, esa conminación tan propia del occidente moderno.
3 P. Segneri, loc. cit, pp. 301-302.

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No hablo de la obligación de confesar las infracciones a las leyes del sexo, como lo exigía la penitencia tradicional; sino de la tarea, casi infinita, de decir, de decirse a sí mismo y de decir a algún otro, lo más frecuentemente posible, todo lo que puede concernir al juego de los placeres, sensaciones y pensamientos innumerables que, a través del alma y el cuerpo, tienen alguna afinidad con el sexo. Este proyecto de una "puesta en discurso" del sexo se había formado hace mucho tiempo, en una tradición ascética y monástico. El siglo XVII lo convirtió en una regla para todos. Se dirá que, en realidad, no podía aplicarse sino a una reducidísima élite; la masa de los fieles que no se confesaban sino raras veces en el año escapaban a prescripciones tan complejas. Pero lo importante, sin duda, es que esa obligación haya sido fijada al menos como punto ideal para todo buen cristiano. Se plantea un imperativo: no sólo confesar los actos contrarios a la ley, sino intentar convertir el deseo, todo el deseo, en discurso. Si es posible, nada debe escapar a esa formulación, aunque las palabras que emplee deban ser cuidadosamente neutralizadas. La pastoral cristiana ha inscrito como deber fundamental llevar todo lo tocante al sexo al molino sin fin de la palabra .4 La prohibición de determinados vocablos, la decencia de las expresiones, todas las censuras al vocabulario podrían no ser sino dispositivos secundarios respecto de esa gran sujeción: maneras de tornarla moralmente aceptable y técnicamente útil.
4 La pastoral reformada, aunque de manera más discreta, también ha formulado reglas acerca del discurso sobre el sexo. Esto será desarrollado en el siguiente volumen, La carne y el cuerpo.

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Podría trazarse una línea recta que iría desde la pastoral del siglo XVII hasta lo que fue su proyección en la literatura, y en la literatura "escandalosa". Decirlo todo, repiten los directores: "no sólo los actos consumados sino las caricias sensuales, todas las miradas impuras, todas las palabras obscenas. . ., todos los pensamientos consentidos ". 5 Sade vuelve a lanzar la conminación en términos que parecen transcritos de los tratados de guía espiritual: "Vuestros relatos necesitan los detalles más grandes y extensos; no podemos juzgar en qué la pasión que nos contáis atañe a las costumbres y caracteres del hombre sino en la medida en que no disfracéis circunstancia alguna; por lo demás, las menores circunstancias son infinitamente útiles para lo que esperamos de vuestros relatos." 11 Y en las postrimerías del siglo XIX el anónimo autor de My Secret Life se sometió también a la misma prescripción; sin duda fue, al menos en apariencia, una especie de libertino tradicional; pero a esa vida que había consagrado casi por entero a la actividad sexual, tuvo la idea de acompañarla con el más meticuloso relato de cada uno de sus episodios. Se excusa a veces haciendo valer su preocupación de educar a los jóvenes, él que hizo imprimir sólo algunos ejemplares de sus once volúmenes dedicados a las menores aventuras, placeres y sensaciones de su sexo; vale más creerle cuando deja infiltrarse en su texto la voz del puro imperativo: "Narro los hechos como se produjeron, en la medida en que puedo recordarlos; es
5 A. de Liguori, Preceptes sur le sixiéme commandement (trad. 1835), p. 5.
6 D.-A. de Sade, Les 120 journées de Sodome, ed. Pauvert, I, pp. 139-140.

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todo lo que puedo hacer"; "una vida secreta no debe presentar ninguna omisión; no hay nada de lo cual avergonzarse (... ) jamás se conocerá demasiado la naturaleza humana' '.7 El solitario de la Vida secreta a menudo dice, para justificar las descripciones que ofrece, que sus más extrañas prácticas eran ciertamente comunes a millares de hombres sobre la superficie de la tierra. Pero el principio de la más extraña de esas prácticas, la que consiste en contarlas todas, en detalle y día tras día, había sido depositado en el corazón del hombre moderno dos buenos siglos antes. En lugar de ver en este hombre singular al evadido valiente de un "victorianismo" que lo constreñía al silencio, me inclinaría a pensar que, en una época donde dominaban consignas muy prolijas de discreción y pudor, fue el representante más directo y en cierto modo más ingenuo de una plurisecular conminación a hablar del sexo. El accidente histórico estaría constituido más bien por los pudores del "puritanismo victoriano"; serían en todo caso una peripecia, un refinamiento, un giro táctico en el gran proceso de puesta en discurso del sexo.
Más que su soberana, ese inglés sin identidad puede servir de figura central a la historia de una sexualidad moderna que en buena parte se forma ya con la pastoral cristiana. De modo opuesto a esta última, para él sin duda se trataba de aumentar las sensaciones que experimentaba gracias al pormenor de lo que decía de ellas; como Sade, él escribía, en el sentido fuerte de la expresión, 11 para su placer"; mezclaba cuidadosamente la redacción y la relectura de su texto con escenas eró-
7 An., My Secret Life, reeditado por Grove Press, 1964.

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ticas cuya repetición, prolongación y estímulo eran esa redacción y Represiva. Pero, después de todo, también la pastoral cristiana buscaba producir efectos específicos sobre el deseo, por el solo hecho de ponerlo, íntegra y aplicadamente, en discurso: efectos de dominio y desapego, sin duda, pero también efecto de reconversión espiritual, de retorno hacia Dios, efecto físico de bienaventurado dolor al sentir en el cuerpo las dentelladas de la tentación y el amor que se le resiste. Allí está lo esencial. Que el hombre occidental se haya visto desde hace tres siglos apegado a la tarea de decirlo todo sobre su sexo; que desde la edad clásica haya habido un aumento constante y una valoración siempre mayor del discurso sobre el sexo; y que se haya esperado de tal discurso -cuidadosamente analítico- efectos múltiples de desplazamiento, de intensificación, de Reorientación y de modificación sobre el deseo mismo. No sólo se ha ampliado el dominio de lo que se podía decir sobre el sexo y constreñido a los hombres a ampliarlo siempre, sino que se ha conectado el discurso con el sexo mediante un dispositivo complejo y de variados efectos, que no puede agotarse en el vínculo único con una ley de prohibición. ¿Censura respecto al sexo? Más bien se ha construido un artefacto para producir discursos sobre el sexo, siempre más discursos, susceptibles de funcionar y de surtir efecto en su economía misma.
Tal técnica quizá habría quedado ligada al destino de la espiritualidad cristiana o a la economía de los placeres individuales si no hubiese sido apoyada y Reimpulsada por otros mecanismos. Esencialmente, un "interés público". No una curiosidad o una sensibilidad nuevas; tampoco una

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nueva mentalidad. Sí, en cambio, mecanismos de poder para cuyo funcionamiento el discurso sobre el sexo -por razones sobre las que habrá que volver- ha llegado a ser esencial. Nace hacia el siglo XVIII una incitación política, económica y técnica a hablar del sexo. Y no tanto en forma de una teoría general de la sexualidad, sino en forma de análisis, contabilidad, clasificación y especificación, en forma de investigaciones cuantitativas o causases. Tomar "por su cuenta" el sexo, pronunciar sobre él un discurso no únicamente de moral sino de racionalidad, fue una necesidad lo bastante nueva como para que al principio se asombrara de sí misma y se buscase excusas. ¿Cómo un discurso de razón podría hablar de eso? "Rara vez los filósofos han dirigido una mirada tranquila sobre esos objetos colocados entre la repugnancia y el ridículo, donde se necesitaba evitar, a la vez, la hipocresía y el escándalo." 11 Y cerca de un siglo después, la medicina, de la cual se habría podido esperar que estuviese menos sorprendida ante lo que debía formular, también trastabilla en el momento de expresarse: "" sombra que envuelve esos hechos, la vergüenza y la repugnancia que inspiran, alejaron siempre la mirada de los observadores... Mucho> tiempo he dudado en hacer entrar en este estudio el cuadro nauseabundo. . . " o Lo esencial no está en todos esos escrúpulos, en el Amoralismo" que traicionan, en la hipocresía que en ellos se puede sospechar, sino en la reconocida necesidad de que hay que superarlos. Se debe hablar del sexo, se debe hablar públicamente y de
a Condorcet, citado por J. L. Flandrin, Familles, 1976. 9 A. Tardicu, Étude médico-légale sur les atientats aux mocurs, 1857, p. 114.



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un modo que no se atenga a la división de lo lícito y lo ilícito, incluso si el locutor mantiene para sí la distinción (para mostrarlo sirven esas solemnes declaraciones liminares) ; se debe hablar como de algo que no se tiene, simplemente, que condenar o tolerar, sino que dirigir-, que insertar en sistemas de utilidad, regular para el mayor bien de todos, hacer funcionar según un óptimo. El sexo no es cosa que sólo se juzgue, es cosa que se administra. Participa del poder público; solicita procedimientos de gestión; debe ser tomado a cargo por discursos analíticos. En el siglo XVIII el sexo llega a ser asunto de "policía". Pero en el sentido pleno y fuerte que se daba entonces a la palabra -no represión del desorden sino mejoría ordenada de las fuerzas colectivas e individuales: "Afianzar y aumentar con la sabiduría de sus reglamentos el poder interior del Estado, y como ese poder no consiste sólo en la República en general y en cada uno de los miembros que la componen, sino también en las facultades y talentos de todos los que le pertenecen, se sigue que la policía debe ocuparse enteramente de esos medios y de ponerlos al servicio de la felicidad pública. Ahora bien, no puede alcanzar esa meta sino gracias al conocimiento que tiene de esas diferentes ventajas." 110 Policía del sexo: es decir, no el rigor de una prohibición sino la necesidad de reglamentar el sexo mediante discursos útiles y públicos.
Nada más algunos ejemplos. En el siglo XVIII, una de las grandes novedades en las técnicas del poder fue el surgimiento, como problema econó-
lo J. von justi, Éléments genéraux de Police, trad. 1769,
p. 20.


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mico y político, de la "población": la población-riqueza, la población-mano de obra o capacidad de traba o, la población en equilibrio entre su propio crecimiento y los recursos de que dispone. Los gobiernos advierten que no tienen que vérselas con individuos simplemente, ni siquiera con un "pueblo", sino con una "población" y sus fenómenos específicos, sus variables propias: natalidad, morbilidad, duración de la vida, fecundidad, estado de salud, frecuencia de enfermedades, formas de alimentación y de vivienda. Todas esas variables se hallan en la encrucijada de los movimientos propios de la vida y de los efectos particulares de las instituciones: "Los Estados no se pueblan según la progresión natural de la propagación, sino en razón de su industria, de sus producciones y de las distintas instituciones... Los hombres se multiplican como las producciones del suelo y en proporción con las ventajas y recursos que encuentran en sus trabajos." 11 En el corazón de este problema económico y político de la población, el sexo: hay que analizar la tasa de natalidad, la edad del matrimonio, los nacimientos legítimos e ilegítimos, la precocidad y la frecuencia de las relaciones sexuales, la manera de tornarlas fecundas o estériles, el efecto del celibato o de las prohibiciones, la incidencia de las prácticas anticonceptivas -esos famosos "secretos funestos" que según saben los. demógrafos, en vísperas de la Revolución, son ya corrientes en el campo. Por cierto, hacía mucho tiempo que se afirmaba que un país debía estar poblado si quería ser rico y poderoso. Pero es la primera vez que,
11 C. J. Herbert, Fssai sur la police génerale des grains (1753), >p. 320-321.

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al menos de una manera constante, una sociedad afirma que su futuro y su fortuna están ligados no sólo al número y virtud de sus ciudadanos, no sólo a las reglas de sus matrimonios y a la organización de las familias, sino también a la manera en que cada cual hace uso de su sexo. Se pasa de la desolación ritual acerca del desenfreno sin fruto de los ricos, los célibes y los libertinos a un discurso en el cual la conducta sexual de la población es tomada como objeto de análisis y, a la vez, blanco de intervención; se va de las tesis masivamente poblacionistas de la época mercantil a tentativas de regulación más finas y mejor calculadas, que oscilarán, según los objetivos y las urgencias, hacia una dirección natalista o antinatalista. A través de la economía política de la población se forma toda una red de observaciones sobre el sexo. Nace el análisis de las conductas sexuales, de sus determinaciones y efectos, en el límite entre lo biológico y lo económico. También aparecen esas campañas sistemáticas que, más allá de los medios tradicionales -exhortaciones morales y religiosas, medidas fiscales- tratan de convertir el comportamiento sexual de las parejas en una conducta económica y política concertada. Los racismos de los siglos XIX y XX encontrarán allí algunos de sus puntos de anclaje. Que el Estado sepa lo que sucede con el sexo de los ciudadanos y el uso que le dan, pero que cada cual, también, sea capaz de controlar esa función. Entre el Estado y el individuo, el sexo ha llegado a ser el pozo de una apuesta, y un pozo público, invadido por una trama de discursos, saberes, análisis y conminaciones.
Igual ocurre en cuanto al sexo de los niños. Se dice con frecuencia que la edad clásica lo sometió

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a un ocultamiento del que no se desprendió antes de los Tres ensayos o las benéficas angustias del pequeño Hans. Es verdad que desapareció una antigua "libertad" de lenguaje entre niños y adultos, 0 alumnos y maestros. Ningún pedagogo del siglo XVII habría aconsejado públicamente a su discípulo sobre la elección de una buena prostituta, como lo hace Erasmo en sus Diálogos. Y las risas sonoras que habían acompañado tanto tiempo -y, al parecer, en todas las clases sociales- a la sexualidad precoz de los niños, se apagaron poco a poco. Mas no por ello se trata de una pura y simple llamada al silencio. Se trata más bien de un nuevo régimen de los discursos. No se dice menos: al contrario. Se dice de otro modo; son otras personas quienes lo dicen, a partir de otros puntos de vista y para obtener otros efectos. El propio mutismo, las cosas que se rehusa decir o se prohibe nombrar, la discreción que se requiere entre determinados locutores, son menos el límite absoluto del discurso (el otro lado, del que estaría separado por una frontera rigurosa) que elementos que funcionan junto a las cosas dichas, con ellas y a ellas vinculadas en estrategias de conjunto. No cabe hacer una división binaria entre lo que se dice y lo que se calla; habría que intentar determinar las diferentes maneras de callar, cómo se distribuyen los que pueden y los que no pueden hablar, qué tipo de discurso está autorizado o cuál forma de discreción es requerida para los unos y los otros. No hay un silencio sino silencios varios y son parte integrante de estrategias que subtienden y atraviesan los discursos.
Sean los colegios del siglo XVIII. Globalmente, se puede tener la impresión de que casi no se habla

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del sexo. Pero basta echar una mirada a los dispositivos arquitectónicos, a los reglamentos de disciplina y toda la organización interior: el sexo está siempre presente. Los constructores pensaron en él, y de manera explícita. Los organizadores lo tienen en cuenta de manera permanente. Todos los poseedores de una parte de autoridad están en un estado de alerta perpetua, reavivado sin descanso por las disposiciones, las precauciones y el juego de los castigos y las responsabilidades. El espacio de la clase, la forma de las mesas, el arreglo de los patios de recreo, la distribución de los dormitorios (con o sin tabiques, con o sin cortinas), los reglamentos previstos para el momento de ir al lecho y durante el sueño, todo ello remite, del modo más prolijo a la sexualidad de los niños.!'- Lo que se podría llamar el discurso interno de la institución -el que se dice a sí misma y circula entre quienes la hacen funcionar- está en gran parte articulado sobre la comprobación de que esa sexualidad existe, precoz, activa y permanente. Pero hay más: el sexo del colegial llegó a ser durante el siglo XVIII -de un modo más particular que el de los adolescentes en general-
12 Régiement de police por les lycées (ISW), art. 67: "Habrá siempre, durante las horas de clase y de estudio, un maestro de estudio vigilando el exterior, para impedir a los alumnos que hayan salido por sus necesidades, quedarse afuera y re-
unirse.
68. Después de la oración de la noche, los alumnos serán llevados al dormitorio, donde los maestros los harán acostarse

de inmediato.
69. Los maestros no se acostarán sino después de haberse cerciorado de que cada alumno está en su lecho.
70. Los lechos estarán separados por tabiques de dos metros de altura. Los dormitorios permanecerán iluminados durante

la noche."


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un problema público. Los médicos se dirigen a los directores de establecimientos y a los profesores, pero también dan sus opiniones a las familias; los pedagogos forjan proyectos y los someten a las autoridades; los maestros se vuelven hacia los alumnos, les hacen recomendaciones y redactan para ellos libros de exhortación, de ejemplos morales o médicos. En torno al colegial y su sexo prolifera toda una literatura de preceptos, opiniones, observaciones, consejos médicos, casos clínicos, esquemas de reforma, planes para instituciones ideales. Con Basedow y el movimiento "filantrópico" alemán esa puesta en discurso del sexo adolescente adquirió una amplitud considerable. Incluso Saltzmann había organizado una escuela experimental cuyo carácter particular consistía en un control y una educación del sexo tan bien pensados que el universal pecado de juventud no debía practicarse jamás allí. Y en medio de todas esas medidas, el niño no debía ser sólo el objeto mudo e inconsciente de cuidados concertados por 'los adultos únicamente; se le imponía cierto discurso razonable, limitado, canónico y verdadero sobre el sexo -una especie de ortopedia discursiva. Puede servirnos de viñeta la gran fiesta organizada en el Philanthropinum en mayo de 1776. Fue -en la forma mezclada del examen, los juegos florales, la distribución de premios y el consejo de revisión- la primera comunión solemne del sexo adolescente y del discurso razonable. Para mostrar el éxito de la educación sexual que se daba a sus alumnos, Basedow invitó a los notables de Alemania (Goethe fue uno de los pocos que declinó la invitación). Ante el público reunido, uno de los profesores, Wolke, planteó a los alumnos pregun-

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tas escogidas acerca de los misterios del sexo, del nacimiento, de la procreación: les hizo comentar grabados que representaban a una mujer encinta, una pareja, una cuna. Las respuestas fueron inteligentes, sin vergüenza, sin desazón. No las perturbó ninguna risa chocante, salvo, precisamente, de parte de un público adulto más pueril que los niños y al que Wolke reprendió severamente. Por último se aplaudió a aquellos jovencitos mofletudos que, frente a los mayores, tejieron con hábil saber las guirnaldas del discurso y del sexo .13
Sería inexacto decir que la institución pedagógica impuso masivamente el silencio al sexo de los niños y los adolescentes. Desde el siglo XVIII, por el contrario, multiplicó las formas del discurso sobre el tema; le estableció puntos de implantación diferentes; cifró los contenidos y calificó a los locutores. Hablar del sexo de los niños, hacer hablar a educadores, médicos, administradores y padres (o hablarles), hacer hablar a los propios niños y ceñirlos en una trama de discursos que tan pronto se dirigen a ellos como hablan de ellos tan pronto les imponen conocimientos canónicos como forman a partir de ellos un saber que no pueden asir: todo esto permite vincular una intensificación de los poderes con una multiplicación de los discursos. A partir del siglo XVIII el sexo de niños y adolescentes se tornó un objetivo importante y a su alrededor se erigieron innumerables dispositivos institucionales y estrategias discursivas. Es bien posible que se haya despojado a los adultos y a los propios niños de cierta manera
19 J. Schummel, Fritzens Reise nach Dessau (1776), citado por A. Pinloche, La réforme de I'éducation en Allemagne au XVIII,E siécle (1889), pp. 125-129.

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de hablar del sexo infantil, y que se la haya descalificado por directa, cruda, grosera. Pero eso no era sino el correlato y quizá la condición para el funcionamiento de otros discursos, múltiples, entrecruzados, sutilmente jerarquizados y todos articulados con fuerza en torno de un haz de relaciones de poder.
Se podrían citar otros muchos focos que entraron en actividad, a partir del siglo XVIII o del XIX, para suscitar los discursos sobre el sexo. En primer lugar la medicina, por mediación de las "enfermedades de los nervios"; luego la psiquiatría, cuando se puso a buscar en el "exceso", luego en el onanismo ' luego en la insatisfacción, luego en los "fraudes a la procreación" la etiología de las enfermedades mentales, pero sobre todo cuando se anexó como dominio propio el conjunto de las perversiones sexuales; también la justicia penal, que durante mucho tiempo había tenido que enca-
rar la sexualidad, sobre todo en forma de crímenes 11 enormes" y contra natura, y que a mediados del
siglo XIX se abrió a la jurisdicción menuda de los pequeños atentados, ultrajes secundarios, perversiones sin importancia; por último, todos esos controles sociales que se desarrollaron a fines del siglo pasado y que filtraban la sexualidad de las parejas, de los padres y de los niños, de los adolescentes peligrosos y en peligro -emprendiendo la tarea de proteger, separar y prevenir, señalado peligros por todas partes, llamando la atención, exigiendo diagnósticos, amontonando informes, organizando terapéuticas-; irradiaron discursos alrededor del sexo, intensificando la consciencia de un peligro incesante que a su vez reactivaba la incitación a hablar de él.

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Un obrero agrícola del pueblo de Lapcourt, un tanto simple de espíritu, empleado según las estaciones por unos o por otros, alimenta aquí o allá por un poco de caridad y para los peores trabajos, alojado en las granjas o los establos, fue denunciado un día de 1867: al borde de un campo había obtenido algunas caricias de una niña, como ya antes lo había hecho, como lo había visto hacer, como lo hacían a su alrededor los pilluelos del pueblo; en el lindero del bosque, o en la cuneta de la ruta que lleva a Saint-Nicolas, se jugaba corrientemente al juego llamado de "la leche cuajada". Fue, pues, señalado por los padres al alcalde del pueblo, denunciado por el alcalde a los gendarmes, conducido por los gendarmes al juez, inculpado por éste y sometido a un médico primero, luego a otros dos expertos, quienes redactaron un informe y posteriormente lo publicaron.14 ¿" importancia de esta historia? Su carácter minúsculo; el hecho de que esa cotidianeidad de la sexualidad aldeana, las ínfimas delectaciones montaraces, a partir de cierto momento hayan podido llegar a ser no sólo objeto de intolerancia colectiva sino de una acción judicial, de una intervención médica, de un examen clínico atento y de toda una elaboración teórica. Lo importante es que ese personaje, parte integrante hasta entonces de la vida campesina, haya sido sometido a mediciones de su caja craneana, a estudios de la osamenta d( su cara, a inspecciones anatómicas a fin de descubrir los posibles signos de degeneración; que se lo haya hecho hablar; que se lo haya interrogado sobre sus pensamientos, inclinaciones, hábitos
:L4 H. Bonnet y J. Bulard, Rapport médico-légal sur I'¿tt
mental de Ch.-J. Jouy, 4 de enero de 1868.


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sensaciones, juicios. Y que se haya decidido finalmente, considerándolo inocente de todo delito, convertirlo en un puro objeto de medicina y de saber, objeto por hundir hasta el fin de su vida en el hospital de Maréville, pero también digno de ser dado a conocer al mundo científico mediante un análisis pormenorizado. Se puede apostar que en la misma época el maestro de Lapcourt enseñaba a los pequeños aldeanos a pulir su lenguaje y a no hablar de todas esas cosas en voz alta. Pero sin duda ésa era una de las condiciones para que las instituciones de saber y de poder pudieran recubrir ese pequeño teatro cotidiano con sus discursos solemnes. He aquí que nuestra sociedad -la primera en la historia, sin duda ha invertido todo un aparato de discurrir, de analizar y de conocer en esos gestos sin edad, en esos placeres apenas furtivos que intercambiaban los simples de espíritu con los niños despabilados.
Entre el inglés libertino que se encarnizaba en escribir para sí mismo las singularidades de su vida secreta y su contemporáneo, ese tonto de aldea que daba algunas monedas a las niñas a cambio de complacencias que las mayores le rehusaban, hay sin duda alguna un lazo profundo: de un extremo al otro, el sexo se ha convertido, de todos modos, en algo que debe ser dicho, y dicho exhaustivamente según dispositivos discursivos diversos pero todos, cada uno a su manera, coactivos. Confidencia sutil o interrogatorio autoritario, refinado o rústico, el sexo debe ser dicho. Una gran conminación polimorfa somete tanto al anónimo inglés como al pobre campesino de Lorena, del que quiso la historia que se llamara jouy.*
Alusión al verbo jouir: gozar. Las tres personas del sin-

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Desde el siglo XVIII, el sexo no ha dejado de provocar una especie de eretismo discursivo generalizado. Y tales discursos sobre el sexo no se han multiplicado fuera del poder o contra él, sino en el lugar mismo donde se ejercía y como medio de su ejercicio; en todas partes fueron preparadas incitaciones a hablar, en todas partes dispositivos para escuchar y registrar, en todas partes procedimientos para observar, interrogar y formular. Se lo desaloja y constriñe a una existencia discursiva. Desde el imperativo singular que a cada cual impone trasformar su sexualidad en un permanente discurso hasta los mecanismos múltiples que, en el orden de la economía, de la pedagogía, de la medicina y de la justicia, incitan, extraen, arreglan e institucionalizan el discurso del sexo, nuestra sociedad ha requerido y organizado una inmensa prolijidad. Quizá ningún otro tipo de sociedad acumuló jamás, y en una historia relativamente tan corta, semejante cantidad de discursos sobre el sexo. Bien podría ser que hablásemos de él más que de cualquier otra cosa; nos encarnizarnos en la tarea; nos convencemos, por un extraño escrúpulo, de que nunca decimos bastante, de que somos demasiado tímidos y miedosos, de que nos ocultamos la enceguecedora evidencia por inercia y sumisión, y de que lo esencial se nos escapa siempre y hay que volver a partir en su busca. Respecto al sexo, la sociedad más inagotable e impaciente bien podría ser la nuestra.
Pero ya este primer vistazo a vuelo de pájaro lo muestra: se trata menos de un discurso sobre el sexo que de una multiplicidad de discursos pro-
guiar del presente del indicativo, así como el participio pasado,
se pronuncian exactamente igual que el apellido jouy. [T.]


46 La Hipótesis¿>TESIS "Represiva
masiva, después de las decencias verbales impuestas por la edad clásica? Se trata más bien de una incitación a los discursos, regulada y polimorfa.
Sin duda, puede objetarse que si para hablar del sexo fueron necesarios tantos estímulos y tantos mecanismos coactivos, ocurrió así porque reinaba, de una manera global, determinada prohibición fundamental; únicamente necesidades precisas -urgencias económicas, utilidades políticas-~ pudieron levantar esa prohibición y abrir al discurso sobre el sexo algunos accesos, pero siempre limitados y cuidadosamente cifrados; tanto hablar del sexo, tanto arreglar dispositivos insistentes para hacer hablar de él, pero bajo estrictas condiciones, ¿no prueba acaso que se trata de un secreto y que se busca sobre todo conservarlo así? Pero, precisamente, habría que interrogar este tema frecuentísimo de que el sexo está fuera del discurso y que sólo la eliminación de un obstáculo, la ruptura de un secreto puede abrir la ruta que lleva hasta él. ¿No forma este tema parte de la conminación mediante la cual se suscita el discurso? ¿No es para incitar a hablar del sexo, y para recomenzar siempre a hablar de él, -Por lo que se lo hace brillar y convierte en señuelo en el límite exterior de todo discurso actual, como el secreto que es indispensable descubrir, como algo abusivamente reducido al mutismo y que es, a un tiempo, difícil y necesario, peligroso y valioso mentarlo? No hay que olvidar que la pastoral cristiana, al hacer del sexo, por excelencia, lo que debe ser confesado, lo presentó siempre como el enigma inquietante: no lo que se muestra con obstinación, sino lo que se esconde siempre, una presencia insidiosa a la cual puede uno permane-

La Incitación a los Discursos 47
cer sordo pues habla en voz baja y a menudo disfrazada. El secreto del sexo no es sin duda la realidad fundamental respecto de la cual se sitúan todas las incitaciones a hablar del sexo -ya sea que intenten romper el secreto, ya que mantengan su vigencia d ' e manera oscura en virtud del modo mismo como hablan. Se trata más bien de un tema que forma parte de la mecánica misma de las incitaciones: una manera de dar forma a la exigencia de hablar, una fábula indispensable para la economía indefinidamente proliferante del discurso sobre el sexo. Lo propio de las sociedades pioneras no es que hayan obligado al sexo a permanecer en la sombra, sino que ellas se hayan ,destinado a hablar del sexo siempre, haciéndolo valer, poniéndolo de relieve como el secreto.

2. La Implantación Perversa




Objeción posible: sería un error ver en esa proliferación de los discursos un simple fenómeno cuantitativo, algo como un puro crecimiento, como si fuera indiferente lo que se dice en tales discursos, como si el hecho de hablar fuera en sí más importante que las formas de imperativos que se imponen al sexo al hablar de él. Pues, ¿acaso la puesta en discurso del sexo no está dirigida a la tarea de expulsar de la realidad las formas de sexualidad no sometidas a la economía estricta de la reproducción: decir no a las actividades infecundas, proscribir los placeres vecinos, reducir o excluir las prácticas que no tienen la generación como fin? A través de tantos discursos se multiplicaron las condenas judiciales por pequeñas perversiones; se anexó la irregularidad sexual a la enfermedad mental; se definió una norma de desarrollo de la sexualidad desde la infancia hasta la vejez y se caracterizó con cuidado todos los posibles desvíos; se organizaron controles pedagógicos y curas médicas; los moralistas pero también (y sobre todo) los médicos reunieron alrededor de las menores fantasías todo el enfático vocabulario de la abominación: ¿no constituyen otros tantos medios puestos en acción para reabsorber, en provecho de una sexualidad genitalmente centrada, tantos placeres sin fruto? Toda esa atención charlatana con la que hacemos ruido en tomo de la sexualidad desde hace dos o tres siglos, ¿no está
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La Implantación Perversa 49
dirigida a una preocupación elemental: asegurar ,-la población, reproducir la fuerza de trabajo, mantener la forma de las relaciones sociales, en síntesis: montar una sexualidad económicamente útil y políticamente conservadora?
Yo todavía no sé si tal es, finalmente, el objetivo. Pero, en todo caso, no fue por reducción como se intentó alcanzarlo. El siglo XIX y el nuestro fueron más bien la edad de la multiplicación: una dispersión de las sexualidades, un refuerzo de sus formas disparatadas, una implantación múltiple de las "perversiones". Nuestra época ha sido iniciadora de heterogeneidades sexuales.
Hasta fines del siglo XVIII, tres grandes códigos explícitos -fuera de las regularidades consuetudinarias y de las coacciones sobre la opinión- regían las prácticas sexuales: derecho canónico, pastoral cristiana y ley civil. Fijaban, cada uno a su manera, la línea divisoria de lo lícito y lo ilícito. Pero todos estaban centrados en las relaciones matrimoniales: el deber conyugal, la capacidad para cumplirlo, la manera de observarlo, las exigencias y las violencias que lo acompañaban, las caricias inútiles o indebidas a las que servía de pretexto, su fecundidad o la manera de tornarlo ,estéril, los momentos en que se lo exigía (períodos peligrosos del embarazo y la lactancia, tiempo prohibido de la cuaresma o de las abstinencias), &ti frecuencia y su rareza -era esto, especialmente, que estaba saturado de prescripciones. El sexo de los cónyuges estaba obsesionado por reglas y recomendaciones. La relación matrimonial era el más intenso foco de coacciones; sobre todo era e ella de quien se hablaba; más que cualesquiera tras, debía confesarse con todo detalle. Estabi

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bajo estricta vigilancia: si caía en falta, tenía que mostrarse y demostrarse ante testigo. El "resto" permanecía mucho más confuso: piénsese en la incertidumbre de la condición de la "sodomía" o en la indiferencia ante la sexualidad de los niños.
Además, esos diferentes códigos no establecían división neta entre las infracciones a las reglas de las alianzas y las desviaciones referidas a la genitalidad. Romper las leves del matrimonio o buscar placeres extraños significaba, de todos modos, condenación. En la lista de los pecados graves, separados sólo por su importancia, figuraban el estupro (relaciones extramatrimoniales) , el adulterio, el rapto, el incesto espiritual o carnal, pero también la sodomía y la "caricia" recíproca. En cuanto a los tribunales, podían condenar tanto la homosexualidad como la infidelidad, el matrimonio sin i consentimiento de los padres como la bestialidad. Lo que se tomaba en cuenta, tanto en el orden civil como en el religioso, era una ilegalidad de conjunto. Sin duda el "contra natura" estaba marcado por una abominación particular. Pero no era percibida sino como una forma extrema de lo que iba "contra la ley"; infringía, también ella, decretos tan sagrados como los del matrimonio y que habían sido establecidos para regir el orden de las cosas y el plano de los seres. Las prohibiciones referidas al sexo eran fundamentalmente de na- turaleza jurídica. La "naturaleza" sobre la cual se solía apoyarlas era todavía una especie de derecho Durante mucho tiempo los hermafroditas fueron criminales, o retoños del crimen, puesto que s disposición anatómica, su ser mismo embrollaba trastornaba la ley que distinguía los sexos y prescribía su conjunción.

La Implantación Perversa
La explosión discursiva de los siglos XVII, y XIX provocó dos modificaciones en ese sistema centrado en la alianza legítima. En primer lugar, un movimiento centrífugo respecto a la monogamia heterosexual. Por supuesto, continúa siendo la regla interna del campo de las prácticas y de los placeres. Pero se habla de ella cada vez menos, en todo caso con creciente sobriedad. Se renuncia a perseguirla en sus secretos; sólo se le pide que se formule día tras día. La pareja legítima, con su sexualidad regular, tiene derecho a mayor discreción. Tiende a funcionar como una norma, quizá más rigurosa, pero también más silenciosa. En cambio, se interroga a la sexualidad de los niños, a la de los locos y a la de los criminales; al placer de quienes no aman al otro sexo; a las ensoñaciones las obsesiones, las pequeñas manías o las grandes furias. A todas estas figuras, antaño apenas advertidas, les toca ahora avanzar y tomar la palabra y realizar la difícil confesión de lo que son. Sin duda, no se las condena menos. Pero se las escucha; y si ocurre que se interrogue nuevamente a la sexualidad regular, es así por un movimiento de reflujo, a partir de esas sexualidades periféricas.
De allí, en el campo de la sexualidad, la extracción de una dimensión específica del "contra natura". En relación con las otras formas condenadas (y que lo son cada vez menos) , como el adulterio o el rapto, adquieren autonomía: casarse con un pariente próximo, practicar la sodomía, reducir a una religiosa, ejercer el sadismo, engañar la esposa y violar cadáveres se convierten en cosas esencialmente diferentes. El dominio cubierto r el sexto mandamiento comienza a disociarse.

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También se deshace, en el orden civil, la confusa categoría de "desenfreno", que durante más de un siglo había constituido una de las razones más frecuentes de encierro administrativo. De sus restos surgen, por una parte, las infracciones a la legislación (o a la moral) del matrimonio y la familia, y, por otra, los atentados contra la regularidad de un funcionamiento natural (atentados que la ley, por lo demás, puede sancionar). Quizá se alcance aquí una razón, entre otras, del prestigio de Don Juan, que tres siglos no han apagado. Bajo el gran infractor de las reglas de la alianza -ladrón de mujeres, seductor de vírgenes, vergüenza de las familias e insulto a maridos y padres- se deja ver otro personaje: el que se halla atravesado, a despecho de sí mismo, por la sombría locura del sexo. Debajo del libertino, el perverso. Infringe la ley deliberadamente, pero al mismo tiempo algo como una naturaleza extraviada lo conduce lejos de toda naturaleza; su muerte es el momento en que el retorno sobrenatural de la ofensa y la vindicta interrumpe la huida hacia el contra natura. Los dos grandes sistemas de reglas que Occidente ha concebido para regir el sexo la ley de la alianza y el orden de los deseos son destruidos por la existencia de Don Juan, surgida en su frontera común. Dejemos a los psicoanalistas interrogarse para saber si era homosexual, narcisista o impotente.
No sin lentitud y equívoco, leyes naturales de la matrimonialidad y reglas inmanentes de la sexualidad comienzan a inscribirse en dos registros diferentes. Se dibuja un mundo de la perversión, que no es simplemente una variedad del mundo de la infracción legal o moral, aunque tenga una

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posición de secante en relación con éste. De los antiguos libertinos nace todo un pequeño pueblo, diferente a pesar de ciertos primazgos. Desde las postrimerías del siglo XVIII hasta el nuestro, corren en los intersticios de la sociedad, perseguidos pero no siempre por las leyes, encerrados pero no siempre en las prisiones, enfermos quizá, pero escandalosas, peligrosas víctimas presas de un mal extraño que también lleva el nombre de vicio y a veces el de delito. Niiíos demasiado avispados, niñitas precoces, colegiales ambiguos, sirvientes y educadores dudosos, maridos crueles o maniáticos, coleccionistas solitarios, paseantes con impulsos extraños: pueblan los consejos de disciplina, los reformatorios, las colonias penitenciarias, los tribunales y los asilos; llevan a los médicos su infamia y su enfermedad a los jueces. Trátase de la innumerable familia de los perversos, vecinos de los delincuentes y parientes de los locos. A lo largo del siglo llevaron sucesivamente la marca de la "locura moral", de la "neurosis genital", de la "aberración del sentido genésico", de la "degeneración" y del "desequilibrio psíquico".
¿Qué significa la aparición de todas esas sexualidades periféricas? ¿El hecho de que puedan aparecer a plena luz es el signo de que la regla se afloja? ¿O el hecho de que se les preste tanta atención es prueba de un régimen más severo y de la preocupación de tener sobre ellas un control exacto? En términos de represión, las cosas son ambiguas. Indulgencia, si se piensa que la severidad de los códigos a propósito de los delitos sexuales se atenuó considerablemente durante el siglo XIX, y que a menudo la justicia se declaró competente en provecho de la medicina. Pero
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astucia suplementaria de la severidad si se piensa en todas las instancias de control y en todos los mecanismos de vigilancia montados por la pedagogía o la terapéutica. Es muy posible que la intervención de la Iglesia en la sexualidad conyugal y su rechazo de los "fraudes" a la procreación hayan perdido mucho de su insistencia desde hace 200 años. Pero la medicina ha entrado con fuerza en los placeres de la pareja: ha inventado toda una patología orgánica, funcional o mental, que nacería de las prácticas sexuales "incompletas"; ha clasificado con cuidado todas las formas anexas de placer; las ha integrado al "desarrollo" y a las "perturbaciones" del instinto; y ha emprendido su gestión.
Lo importante quizá no resida en el nivel de indulgencia o la cantidad de represión, sino en la forma de poder que se ejerce. Cuando se nombra, como para que se levante,' a toda esa vegetación de sexualidades dispares, ¿se trata de excluirlas de lo real? Al parecer, la función del poder que aquí se ejerce no es la de prohibir; al parecer, se ha tratado de cuatro operaciones muy diferentes de la simple prohibición.
1] Sean las viejas prohibiciones de alianzas consanguíneas (por numerosas y complejas que fueran) o la condenación del adulterio, con su inevitable frecuencia; sean, por otra parte, los controles recientes con los cuales, desde el siglo XIX, se ha invadido la sexualidad infantil y perseguido sus "hábitos solitarios". Es evidente que no se trata del mismo mecanismo de poder. No sólo porque se trata aquí de medicina y allá de la ley; aquí de educación, allá de penalidad; sino también porque no es la misma la táctica puesta en acción. En

La Implantación Perversa 55
apariencia, se trata en ambos casos de una tarea de eliminación siempre destinada al fracaso y obligada a recomenzar siempre. Pero la prohibición de los "incestos" apunta a su objetivo mediante una disminución asintótica de lo que condena; el control de la sexualidad infantil lo hace mediante una difusión simultánea de su propio poder y del objeto sobre el que se ejerce. Procede según un crecimiento doble prolongado al infinito. Los pedagogos y los médicos han combatido el onanismo de los niños como a una epidemia que se quiere extinguir. En realidad, a lo largo de esa campaña secular que movilizó el mundo adulto en torno al sexo de los niños, se trató de encontrar un punto de apoyo en esos placeres tenues, constituirlos en secretos (es decir, obligarlos a esconderse para permitirse descubrirlos) , remontar su curso, seguirlos desde los orígenes hasta los ('efectos, perseguir todo lo que pudiera inducirles sólo permitirlos; en todas partes donde existía @l riesgo de que se manifestaran se instalaron dispositivos de vigilancia, se establecieron trampas >ara constreñir a la confesión, se impusieron discursos inagotables y correctivos; se alertó a padres educadores, se sembró en ellos la sospecha de que todos los niños eran culpables y el temor .e serlo también ellos si no se tornaban bastante suspicaces; se los mantuvo despiertos ante ese peligro recurrente; se les prescribió una conducta y olvidó a cifrarse su pedagogía; en el espacio familiar se anclaron las tomas de contacto de todo un ,gimen médico-sexual. El "vicio" del niño no es tanto un enemigo como un soporte; es posible designarlo como el mal que se debe suprimir; el necesario fracaso, el extremado encarnizamiento

56 La Hipótesis Represiva
en una tarea bastante vana permiten sospechar que se le exige persistir, proliferar hasta los límites de lo visible y lo invisible, antes que desaparecer para siempre. A lo largo de ese apoyo el poder avanza, multiplica sus estaciones de enlace y sus efectos, mientras que el blanco en el cual deseaba acertar se subdivide y ramifica, hundiéndose en lo real al mismo paso que el poder. Se trata, en apariencia, de un dispositivo de contención; en realidad, se han montado alrededor del niño líneas de penetración indefinida.
2] Esta nueva caza de las sexualidades periféricas produce una incorporación de las perversiones y una nueva especificación de los individuos. La sodomía -la de los antiguos derechos civil y canónico- era un tipo de actos prohibidos; el autor no era más que su sujeto jurídico. El homosexual del siglo XIX ha llegado a ser un personaje: un pasado, una historia y una infancia, un carácter, una forma de vida; asimismo una morfología, con una anatomía indiscreta y quizás misteriosa fisiología. Nada de lo que él es in toto escapa a su sexualidad. Está presente en todo su ser: subyacente en todas sus conductas puesto que constituye su principio insidioso e indefinidamente activo; inscrita sin pudor en su rostro y su cuerpo porque consiste en un secreto que siempre se traiciona. Le es consustancial, menos como un pecado en materia de costumbres que como una naturaleza singular. No hay que olvidar que la categoría psicológica, psiquiátrica, médica, de la homosexualidad se constituyó el día en que se la caracterizó -el famoso artículo de Westphal sobre las "sensaciones sexuales contrarias" (1870) puede valer

La Implantación Perversa 57
como fecha de -, no tanto por un tipo de relaciones sexuales como por cierta cualidad de la sensibilidad sexual, determinada manera de invertir en sí mismo lo masculino y lo femenino. homosexualidad apareció como una de las figuras de la sexualidad cuando fue rebajada de la práctica de la sodomía a una suerte de androginia interior, de hermafroditismo del alma. El sodomita era un relapso, el homosexual es ahora una especie.
Del mismo modo que constituyen especies todos esos pequeños perversos que los psiquiatras del siglo XIX entomologizan dándoles extraños nombres de bautismo: existen los exhibicionistas de Laségue, los fetichistas de Binet, los zoófilos y zooerastas de Krafft-Ebing, los automonosexualistas de Rohleder; existirán los mixoescopófilos, los ginecomastas, los presbiófilos, los invertidos sexoestéticos y las mujeres dispareunistas. Esos bellos nombres de herejías remiten a una naturaleza que se olvidaría de sí lo bastante como para escapar a la ley, pero se recordaría lo bastante como para continuar produciendo especies incluso allí donde ya no hay más orden. La mecánica del poder que persigue a toda esa disparidad no pretende suprimirla sino dándole una realidad analítica, visible y permanente: la hunde en los cuerpos, la desliza bajo las conductas, la convierte en principio de clasificación y de inteligibilidad, la constituye en razón de ser y orden natural del desorden. ¿Exclusión de esas mil sexualidades aberrantes? No. En cambio, especificación, solidificación regional de cada una de ellas. Al disemi-
1 Westphal, Archiv fúr Neurologie, 1870.

58 La Hipótesis Represiva
narlas, se trata de sembrarlas en lo real y de in-
corporarlas al individuo.
31 Para ejercerse, esta forma de poder exige, más que las viejas prohibiciones, presencias constantes, atentas, también curiosas; supone proximidades; procede por exámenes y observaciones insistentes; -requiere un intercambio de discursos, a través de preguntas que arrancan confesiones y de confidencias que desbordan los interrogatorios. Implica una aproximación física y un juego de sensaciones intensas. La medicalización de lo insólito es, a un tiempo, el efecto y el instrumento de todo ello. Internadas en el cuerpo, convertidas en carácter profundo de los individuos, las rarezas del sexo dependen de una tecnología de la salud y de lo patológico. E inversamente, desde el momento en que se vuelve cosa médica o medicalizable, es en tanto que lesión, disfunción o síntoma como hay que ir a sorprenderla en el fondo del organismo o en la superficie de la piel o entre todos los signos del comportamiento. El poder que, así, toma a su cargo a la sexualidad, se impone el deber de rozar los cuerpos; los acaricia con la mirada; intensifica sus regiones; electriza superficies; dramatiza momentos turbados. Abraza con fuerza al cuerpo sexual. Acrecentamiento de las eficacias -sin duda y extensión del dominio controlado. Pero también sensualización del poder y beneficio del placer. Lo que produce un doble efecto: un impulso es dado al poder por su ejercicio mismo; una emoción recompensa el control vigilante y lo lleva más lejos; la intensidad de la confesión reactiva la curiosidad del interrogador; el placer descubierto fluye hacia el poder que lo ciñe. Pero tantas preguntas acuciosas singularizan, en quien debe res-

La Implantación Perversa 59
ponderlas, los placeres que experimenta; la mirada los fija, la atención los aísla y anima. El poder funciona como un mecanismo de llamada, como un señuelo: atrae, extrae esas rarezas sobre las que vela. El placer irradia sobre el poder que lo persigue; el poder ancla el placer que acaba de desembozar. El examen médico, la investigación psiquiátrica, el informe pedagógico y los controles familiares pueden tener por objetivo global y aparente negar todas las sexualidades erráticas o improductivas; de hecho, funcionan como mecanismos de doble impulso: placer y poder. Placer de ejercer un poder que pregunta, vigila, acecha, espía, excava, palpa, saca a la luz; y del otro lado, placer que se enciende al tener que escapar de ese poder, al tener que huirlo, engañarlo o desnaturalizarlo. Poder que se deja invadir por el placer al que da caza; y frente a él, placer que se afirma en el poder de mostrarse, de escandalizar o de resistir. Captación y seducción; enfrentamiento y reforzamiento recíproco: los padres y los niños, el adulto y el adolescente, el educador y los alumnos, los médicos y los enfermos, el psiquiatra con su histérica y sus perversos no han dejado de jugar este juego desde el siglo XIX. "s llamadas, las evasiones, las incitaciones circulares han dispuesto alrededor de los sexos y los cuerpos no ya fronteras infranqueables sino las espirales perpetuas del poder y del placer.
4] De allí esos dispositivos de saturación sexual tan característicos del espacio y los ritos sociales del siglo XIX. Se dice con frecuencia que la sociedad moderna ha intentado reducir la sexualidad a la de la pareja, pareja heterosexual y, en lo posible, legítima. También se podría decir que si

60 La Hipótesis Represiva
bien no los inventó, al menos aprovechó cuidadosamente e hizo proliferar los grupos con elementos múltiples y sexualidad circulante: una distribución de puntos de poder, jerarquizados o enfrentados; de los placeres "perseguidos", es decir, a la vez deseados y hostigados; de las sexualidades parcelarias toleradas o alentadas; de las proximidades que se dan como procedimientos de vigilancia y que funcionan como mecanismos de intensificación; de los contactos inductores. Así ocurre con la familia, o más exactamente con toda la gente de la casa, padres, hijos y sirvientes en algunos casos. ¿La familia del siglo XIX era realmente una célula monogamia y conyugal? Tal vez en cierta medida. Pero también era una red placeres-poderes articulados en puntos múltiples y con relaciones transformables. La separación de los adultos y de los niños, la polaridad establecida entre el dormitorio de los padres y el de los hijos (que llegó a ser canónica en el curso del siglo, cuando se emprendió la construcción de alojamientos populares) , la segregación relativa de varones y muchachas, las consignas estrictas de los cuidados debidos a los lactantes (lactancia maternal, higiene), la atención despierta sobre la sexualidad infantil, los supuestos peligros de la masturbación, la importancia acordada a la pubertad, los métodos de vigilancia sugeridos a los padres, las exhortaciones, los secretos y los miedos, la presencia a la vez valorada y temida de los sirvientes -todo ello hacía de la familia, incluso reducida a sus dimensiones más pequeñas, una red compleja, saturada de sexualidades múltiples, fragmentarias y móviles. Reducirlas a la relación conyugal, sin perjuicio de proyectar ésta, en forma de deseo prohi-

La Implantación Perversa 61
bido, sobre los hijos, no alcanza a dar razón de ese dispositivo que era, respecto a esas sexualidades, menos principio de inhibición que mecanismo incitador y multiplicador. Las instituciones escolares o psiquiátricas, con su población numerosa, su jerarquía, sus disposiciones espaciales, sus sistemas de vigilancia, constituían, junto a la familia, otra manera de distribuir el juego de los poderes y los placeres; pero dibujaban, también ellas, regiones de alta saturación sexual, con sus espacios o ritos privilegiados como las aulas, el dormitorio, la visita o la consulta. Las formas de una sexualidad no conyugal, no heterosexual, no monógama, son allí llamadas e instaladas.
La sociedad "burguesa" del siglo XIX, sin duda también la nuestra, es una sociedad de la perversión notoria y patente. Y no de manera hipócrita, pues nada ha sido más manifiesto y prolijo, más abiertamente tomado a su cargo por los discursos y las instituciones. No porque tal sociedad, al querer levantar contra la sexualidad una barrera demasiado rigurosa o demasiado general, hubiera a pesar suyo dado lugar a un brote perverso y a una larga patología del instinto sexual, Se trata más bien del tipo de poder que ha hecho funcionar sobre el cuerpo y el sexo. Tal poder, precisamente, no tiene ni la forma de la ley ni los efectos de la prohibición. Al contrario, procede por desmultiplicación de las sexualidades singulares. No fija fronteras a la sexualidad; prolonga sus diversas formas, persiguiéndolas según líneas de penetración indefinida. No la excluye, la incluye en el cuerpo como modo de especificación de los individuos; no intenta esquivarla; atrae sus variedades mediante espirales donde placer y poder se refuer-

62 La Hipótesis Represiva
zan; no establece barreras; dispone lugares de máxima saturación. Produce y fija a la disparidad sexual. La sociedad moderna es perversa, no a despecho de su puritanismo o como contrapartida de su hipocresía; es perversa directa y realmente.
Realmente. Las sexualidades múltiples -las que aparecen con la edad (sexualidades del bebé o del niño) , las que se fijan en gustos o prácticas (sexualidad del invertido, del gerontófilo, del fetichista ... ), las que invaden de modo difuso ciertas relaciones (sexualidad de la relación médico-enferino, pedagogo-alumno, psiquiatra-loco), las que habitan los espacios (sexualidad del hogar, de la escuela, de la cárcel) - todas forman el correlato de procedimientos precisos de poder. No hay que imaginar que todas esas cosas hasta entonces toleradas llamaron la atención y recibieron una calificación peyorativa cuando se quiso dar un papel regulador al único tipo de sexualidad susceptible de reproducir la fuerza de trabajo y la forma de la familia. Esos comportamientos polimorfos fueron realmente extraídos del cuerpo de los hornbres y de sus placeres; o más bien fueron solidificados en ellos; mediante múltiples dispositivos de poder, fueron sacados a la luz, aislados, intensificados, incorporados. El crecimiento de las perversiones no es un tema moralizador que habría obsesionado a los espíritus escrupulosos de los victorianos. Es el producto real de la interferencia de un tipo de poder sobre el cuerpo y sus placeres. Es posible que Occidente no haya sido capaz de inventar placeres nuevos, y sin duda no descubrió vicios inéditos. Pero definió nuevas reglas para el juego de los poderes y los placeres: allí se dibujó el rostro fijo de las perversiones.

La Implantación Perversa 63
Directamente. La Implantación de perversiones múltiples no es una burla de la sexualidad que así se venga de un poder que le impone una ley
represiva en exceso. Tampoco se trata de formas
paradójicas de placer que se vuelven hacia el po-
der para invadirle en la forma de un placer a
soportar". La implantación de las perversiones es
un efecto-instrumento: merced al aislamiento, la
intensificación y la consolidación de las sexuali-
S dades periféricas, las relaciones del poder con el
sexo y el placer se ramifican, se multiplican, mi-
e den el cuerpo y penetran en las conductas. Y con
a esa avanzada de los poderes se fijan sexualidades
diseminadas, prendidas a una edad, a un lugar, a
i un gusto, a un tipo de prácticas. Proliferación de
las sexualidades por la extensión del poder; au-
mento del poder al que cada una de las sexuali-
dades regionales ofrece tina superficie de inter-
vención: este encadenamiento, sobre todo a partir
del siglo XIX, está asegurado y relevado por las
innumerables ganancias económicas que gracias a
la mediación de la medicina, de la psiquiatría,
de la prostitución y de la pornografía se han co-
nectado a la vez sobre la desmultiplicación ana-
lítica del placer y el aumento del poder que lo
controla. Poder y placer no se anulan; no se vuel-
ven el uno contra el otro; se persiguen, se en-
cabalgan y reactivan. Se encadenan según meca-
nismos complejos y positivos de excitación y de
incitación.
Sin duda, pues, es preciso abandonar la hipó-
tesis de que las sociedades industriales modernas
inauguraron acerca del sexo una época de repre-
sión acrecentada. No sólo se asiste a una explosión
visible de sexualidades heréticas. También -y


64 La Hipótesis Represiva

éste es el punto importante- un dispositivo muy diferente de la ley, incluso si se apoya localmente en procedimientos de prohibición, asegura por medio de una red de mecanismos encadenados la proliferación de placeres específicos y la multiplicación de sexualidades dispares. Nunca una sociedad fue más pudibunda, se dice, jamás las instancias de poder pusieron tanto cuidado en fingir que ignoraban lo que prohibían, como si no quisieran tener con ello ningún punto en común. Pero, al menos en un sobrevuelo general, lo que aparece es lo contrario: nunca tantos centros de poder; jamás tanta atención manifiesta y prolija; nunca tantos contactos y lazos circulares; jamás tantos focos donde se encienden, para diseminarse más lejos, la intensidad de los goces y la obstinación de los poderes.

III. SIENTA SEXUALES

Supongo que se me conceden los dos primeros puntos; imagino que se acepta decir que el discurso sobre el sexo, desde hace ya tres siglos hoy, ha sido multiplicado más bien que rarificado; y que si ha llevado consigo interdicciones y prohibiciones, de una manera más fundamental ha asegurado la solidificación y la implantación de toda una disparidad sexual. Queda en pie que todo ello parece haber desempeñado esencialmente un papel de defensa. Al hablar tanto del sexo, al descubrirlo desmultiplicado, compartimentado y especificado justamente allí donde se ha insertado, no se buscaría en el fondo sino enmascararlo: discurso encubridor, dispersión que equivale a evitación. Al menos hasta Freud, el discurso sobre el sexo @l discurso de científicos y teóricos- no habría cesado de ocultar aquello de lo que hablaba. Se podría tomar a todas esas cosas dichas, precauciones meticulosas y análisis detallados, por otros tantos procedimientos destinados a esquivar la insoportable, la demasiado peligrosa verdad del sexo. Y el solo hecho de que se haya pretendido hablar desde el punto de vista purificado y neutro de una ciencia es en sí mismo significativo. Era, en efecto, una ciencia hecha de fintas, puesto que en la incapacidad o el rechazo a hablar del sexo mismo, se refirió sobre todo a sus aberraciones, perversiones, rarezas excepcionales, anulaciones patológicas, exasperaciones mórbidas. Era igualmente una ciencia subordinada en lo esencial a los imperativos de una moral cuyas divisiones reiteró [67]

68 SCIENTIA, SEXUAUS
bajo los modos de la norma médica. So pretexto de decir la verdad, por todas partes encendía miedos; a las menores oscilaciones de la sexualidad prestaba una dinastía imaginaria de males destinados a repercutir en generaciones enteras; afirmó como peligrosos para la sociedad entera los hábitos furtivos de los tímidos y las pequeñas manías más solitarias; como fin de los placeres insólitos puso nada menos que la muerte: la de los individuos, la de las generaciones, la de la especie.
También se ligó así a una práctica médica insistente e indiscreta, locuaz para proclamar sus repugnancias, lista para correr en socorro de la ley y la opinión, más servil con las potencias del orden que dócil con las exigencias de lo verdadero. Involuntariamente ingenua en el mejor de los casos, y, en los más frecuentes, voluntariamente mentirosa, cómplice de lo que denunciaba, altanera y acariciadora, instauró toda una indecencia de lo mórbido, característica del último tramo del siglo XIX; médicos como Garnier, Pouillet y Ladoucette fueron en Francia sus escribas sin gloria, y Rollinat su chantre. Pero más allá de esos placeres turbios reivindicaba ella otros poderes; se definía como instancia soberana de los imperativos de higiene, uniendo los viejos temores al mal venéreo con los temas nuevos de la asepsia, los grandes mitos evolucionistas con las recientes instituciones de salud pública; pretendía asegurar el vigor físico y la limpieza moral del cuerpo social; prometía eliminar a los titulares de taras, a los degenerados y a las poblaciones bastardeadas. En nombre de una urgencia biológica e histórica justificaba los racismos de Estado, entonces inminentes. Los fundaba en la "verdad".

SCIMNA SIEXUALIS 69
Sorprende la diferencia cuando se compara lo que en la misma época era la fisiología de la reproducción animal y vegetal con esos discursos sobre la sexualidad humana. Su débil tenor, no digo ya en cientificidad, sino en mera racionalidad elemental, pone a tales discursos en un lugar aparte en la historia de los conocimientos. Forman una zona extrañamente embrollada. Todo a lo largo del siglo XIX, el sexo parece inscribirse en dos registros de saber muy distintos: una biología de la reproducción que se desarrolló de modo continuo según una normatividad científica general, y una medicina del sexo que obedeció a muy otras reglas de formación. Entre ambas, ningún intercambio real, ninguna estructuración recíproca; la primera, en relación con la otra, no desempeñó sino el papel de una garantía lejana, y muy ficticia: una caución global que servía de pretexto para que los obstáculos morales, las opciones económicas o políticas, los miedos tradicionales, pudieran reescribirse en un vocabulario de consonancia científica. Todo ocurriría como si una fundamental resistencia se hubiera opuesto a que se pronunciara un discurso de forma racional sobre el 'sexo humano, sus correlaciones y sus efectos. Semejante desnivelación sería el signo de que en ese género de discursos no se trataba de decir la verdad, sino sólo de impedir que se produjese. En la diferencia entre la fisiología de la reproducción y la medicina de la sexualidad habría que ver otra cosa (y más) que un progreso científico desigual o una desnivelación en las formas de la racionalidad; la primera dependería de esa inmensa voluntad de saber que en Occidente sostuvo la institución del

70 SCIENTIA SEXUALIS
discurso científico; la segunda, de una obstinada
voluntad de no saber.
Es innegable: el discurso científico formulado sobre el sexo en el siglo XIX estuvo atravesado por credulidades sin tiempo, pero también por cegueras sistemáticas: negación a ver y oír; pero -sin duda es el punto esencial- negación referida a lo mismo que se hacía aparecer o cuya formulación se solicitaba imperiosamente. Pues no puede haber desconocimiento sino sobre el fondo de una relación fundamental con la verdad. Esquivarla, cerrarle el acceso, enmascararla: tácticas locales, que como una sobreimpresión (y por un desvío de última instancia) daban una forma paradójica a una petición esencial de saber. No querer reconocer algo es también una peripecia de la voluntad de saber. Que sirva aquí de ejemplo la Salpe'triére de Charcot: era un inmenso aparato de observación, con sus exámenes, sus interrogatorios, sus experiencias, pero también era una maquinaria de incitación, con sus presentaciones públicas, su teatro de las crisis rituales cuidadosamente preparadas con éter o nitrito de amilo, su juego de diálogos, de palpaciones, de imposición de manos, de posturas que los médicos, mediante un gesto o una palabra, suscitan o borran, con la jerarquía del personal que espía, organiza, provoca, anota, informa, y que acumula una inmensa pirámide de observaciones y expedientes. Ahora bien, sobre el fondo de esa incitación permanente al discurso y a la verdad, jugaban los mecanismos propios del desconocimiento: tal el gesto de Charcot interrumpiendo una consulta pública en la que demasiado manifiestamente comenzaba a tratarse de "eso"; así también, con mayor frecuencia,

SCIENTIA SEXUALIS 71
el desvanecimiento progresivo en los expedientes de lo que, en materia de sexo, había sido dicho y mostrado por los enfermos, pero también visto, solicitado por los médicos mismos, y que las observaciones publicadas eliden casi por entero.' Lo importante, en esta historia, no es que los sabios se taparan Ojos y oídos ni que se equivocaran; sino, en primer lugar, que se construyera en torno al sexo y a propósito del cinismo un inmenso aparato destinado a producir, sin perjuicio de enmascararla en el último momento, la verdad. Lo importante es que el sexo no haya sido únicamente una cuestión de sensación y de placer, de ley o de interdicción, sino también de verdad y de falsedad, que la verdad del sexo haya llegado a ser algo esencial, útil o peligroso, precioso o temible; en suma, que el sexo haya sido constituido como una apuesta en el juego de la verdad. Lo que hay que localizar, pues, no es el umbral de una racionalidad nueva cuyo descubrimiento correspondería a Freud -o a otro-, sino la fonación progresiva (y también las transformaciones) de ese "juego de la verdad y del sexo" que nos legó el siglo XIX y del cual nada prueba que nos hayamos liberado,
1 Cf., por ejemplo, Bourneville, Icotiographie de la Salpétriére, pp. 116ss. Los documentos inéditos sobre las lecciones de Charcot, que aún se encuentran en la Salpétriére, son sobre este punto más explícitos que los textos publicados. Los juegos de la incitación y de la elisión se leen allí con gran claridad. Una nota manuscrita narra la sesión del 25 de noviembre de 877. El sujeto presenta una contracción histérica; Charcot sus>ende una crisis colocando, primero, las manos, luego un bastón, sobre los ovarios. Retira el bastón, la crisis recomienza, la cierra con inhalaciones de nitrito de amilo. La enferma reclama entonces el bastón-sexo con palabras que no implican ninguna metáfora. El manuscrito añade: "Se hace desaparecer a cuyo delirio continúa."

72 SCIENTIA SEXUALIS
incluso si hemos logrado modificarlo. Desconocimientos, evasiones y evitaciones no han sido posibles, ni producido sus efectos, sino sobre el fondo de esa extraña empresa: decir la verdad del sexo. Empresa que no data del siglo XIX, aun si entonces le prestó forma singular el proyecto de una "ciencia". Es el pedestal de todos los discursos aberrantes, ingenuos o astutos en los que el saber sobre el sexo se extravió al parecer tanto tiempo.

Ha habido históricamente dos grandes procedimientos para producir la verdad del sexo.
Por un lado, las sociedades -fueron numerosas: China, Japón, India, Roma, las sociedades árabes musulmanas que se dotaron de una ars erotica. En el arte erótico, la verdad es extraída del placer mismo, tomado como práctica y recogido como experiencia; el placer no es tomado en cuenta en relación con una ley absoluta de lo permitido y lo prohibido ni con un criterio de utilidad, sino que, primero y ante todo en relación consigo mismo, debe ser conocido como placer, por lo tanto según su intensidad, su calidad específica, su duración, sus reverberaciones en el cuerpo y el alma. Más aún: ese saber debe ser revertido sobre la práctica sexual, para trabajaría desde el interior y amplificar sus efectos. Así se constituye un saber que debe permanecer secreto, no por una sospecha de infamia que mancharía a su objeto, sino por la necesidad de mantenerlo secreto, ya que según la tradición perdería su eficacia y su virtud si fuera divulgado. Es, pues, fundamental la relación con el maestro poseedor de los secretos; él, únicamente, puede trasmitirlo de manera esoté-

SCIENTIA SEXUALIS 73
rica y al término de una iniciación durante la cual guía, con un saber y una severidad sin fallas, el avance de su discípulo. Los efectos de ese arte magistral, mucho más generosos de lo que dejaría suponer la sequedad de sus recetas, deben transfigurar al que recibe sus privilegios: dominio absoluto del cuerpo, goce único, olvido del tiempo y de los límites, elixir de larga vida, exilio de la muerte y de sus amenazas.
Nuestra civilización, a primera vista al menos, no posee ninguna ars erotica. Como desquite, es sin duda la única en practicar una scientia sexualis. 0 mejor: en haber desarrollado durante siglos, para decir la verdad del sexo, procedimientos que en lo esencial corresponden a una forma de saber rigurosamente opuesta al arte de las iniciaciones y al secreto magistral: se trata de la confesión.
Al menos desde la Edad Media, las sociedades occidentales colocaron la confesión entre los rituales mayores de los cuales se espera la producción de la verdad: reglamentación del sacramento de penitencia por el concilio de Letrán, en 1215, desarrollo consiguiente de las técnicas de confesión, retroceso en la justicia criminal de los procedimientos acusatorios, desaparición de ciertas pruebas de culpabilidad Juramentos, duelos, juicios de Dios) y desarrollo de los métodos de interrogatorio e investigación, parte cada vez mayor de la administración real en la persecución de las infracciones y ello a expensas de los procedimientos de transacción privada, constitución de los tribunales de inquisición: todo ello contribuyó a dar a la confesión un papel central en el orden de los poderes civiles y religiosos. La evolución de la pa-

74 SCIENTIA SEXUALIS
labra aveu * y de la función jurídica que ha designado es en sí característica: del aveu, garantía de condición y estatuto, de identidad y de valor acordado a alguien por otro, se ha pasado al aveu, reconocimiento por alguien de sus propias acciones o pensamientos. Durante mucho tiempo el individuo se autentificó gracias a la referencia de los demás y a la manifestación de su vínculo con otro (familia, juramento de fidelidad, protección) ; después se lo autentificó mediante el discurso verdadero que era capaz de formular sobre sí mismo o que se le obligaba a formular. La confesión de la verdad se inscribió en el corazón de los procedimientos de individualización por parte del poder.
En todo caso, al lado de los rituales consistentes en pasar por pruebas, al lado de las garantías dadas por la autoridad de la tradición, al lado de los testimonios, pero también de los procedimientos científicos de observación y demostración, la confesión se convirtió, en Occidente, en una de las técnicas más altamente valoradas para producir lo verdadero. Desde entonces hemos llegado a ser una sociedad singularmente confesante. La confesión difundió hasta muy lejos sus efectos: en la justicia, en la medicina, en la pedagogía, en las relaciones familiares, en las relaciones amorosas, en el orden de lo más cotidiano, en los ritos más solemnes; se confiesan los crímenes, los pecados,
4 Aveu: 11 en la Edad Media, su primera acepción era: "Declaración escrita comprobando el compromiso del vasallo hacia su señor, en razón del feudo que ha recibido" (Robert); 21 en el siglo XVII su primera acepción ha llegado a ser: "Acción de avouer (confesar), de reconocer ciertos hechos más o menos penosos de revelar" (Robert). A esta evolución se refiere el autor en el pasaje que sigue. [T.]

SCIENTIA SEXUALIS 75
los pensamientos y deseos, el pasado y los sueños, la infancia; se confiesan las enfermedades y las miserias; la gente se esfuerza en decir con la mayor exactitud lo más difícil de decir, y se confiesa en público y en privado, a padres, educadores, médicos, seres amados; y, en el placer o la pena, uno se hace a sí mismo confesiones imposibles de hacer a otro, y con ellas escribe libros. La gente conflesa es forzada a confesar. Cuando la confesión no es espontánea ni impuesta por algún imperativo interior, se la arranca; se la descubre en el alma o se la arranca al cuerpo. Desde la Edad Media, la tortura la acompaña como una sombra y la sostiene cuando se esquiva: negras mellizas.2 La más desarmada ternura, así como el más sangriento de los poderes, necesitan la confesión. El hombre, en Occidente, ha llegado a ser un animal de confesión.
De allí, sin duda, una metamorfosis literaria: del placer de contar y oír, centrado en el relato heroico o maravilloso de las "pruebas" de valentía o santidad, se pasó a una literatura dirigida a la infinita tarea de sacar del fondo de uno mismo, entre las palabras, una verdad que la forma misma de la confesión hace espejear como lo inaccesible. De allí, también, esta otra manera de filoso fár: buscar la relación fundamental con lo verdadero no simplemente en uno mismo -en algún saber olvidado o en cierta huella originaria- sino en el examen de uno mismo, que libera, a través de tantas impresiones fugitivas, las certidumbres
2 Ya el derecho griego había unido tortura y confesión, al menos para los esclavos. Práctica que amplió el derecho romano imperial. Estos temas serán retomados en Le Pouvoir de la vérit¿.

76 SCIENTIA SEXUALIS
fundamentales de la consciencia. La obligación de confesar nos llega ahora desde tantos puntos diferentes, está ya tan profundamente incorporada a nosotros que no la percibimos más como efecto de un poder que nos constriñe; al contrario, nos parece que la verdad, en lo más secreto de nosotros mismos, sólo "pide" salir a la luz; que si no lo hace es porque una coerción la retiene, porque la violencia de un poder pesa sobre ella, y no podrá articularse al fin sino al precio de una especie de liberación. La confesión manumite, el poder reduce al silencio; la verdad no pertenece al orden del poder y en cambio posee un parentesco originario con la libertad: otros tantos temas tradicionales en la filosofía, a los que una "historia política de la verdad" debería dar vuelta mostrando que la verdad no es libre por naturaleza, ni siervo el error, sino que su producción está toda entera atravesada por relaciones de poder. La confesión es un ejemplo.
Es preciso que uno mismo haya caído en la celada de esta astucia interna de la confesión para que preste un papel fundamental a la censura, a la prohibición de decir y de pensar; también es necesario haberse construido una representación harto invertida del poder para llegar a creer que nos hablan de libertad todas esas voces que en nuestra civilización, desde hace tanto tiempo, repiten la formidable conminación de decir lo que uno es, lo que ha hecho, lo que recuerda y lo que ha olvidado, lo que esconde y lo que se esconde, lo que uno no piensa y lo que piensa no pensar. Inmensa obra a la cual Occidente sometió a generaciones a fin de producir -mientras que otras formas de trabajo aseguraban la acumu-

78 SCIENTIA SEXUAUS
gularidad sexual, por extremada que sea. En Grecia la verdad y el sexo se ligaban en la forma de la pedagogía, por la transmisión, cuerpo a cuerpo, de un saber precioso; el sexo servía de soporte a las iniciaciones del conocimiento. Para nosotros, la verdad y el sexo se ligan en la confesión, por la expresión obligatoria y exhaustiva de un secreto individual. Pero esta vez es la verdad la que sirve de soporte al sexo y sus manifestaciones.
Ahora bien, la confesión es un ritual de discurso en el cual el sujeto que habla coincide con el sujeto del enunciado; también es un ritual que se despliega en una relación de poder, pues no se confiesa sin la presencia al menos virtual de otro, que no es simplemente el interlocutor sino la instancia que requiere la confesión, la impone, la aprecia e interviene para juzgar, castigar, perdonar, consolar, reconciliar; un ritual donde la verdad se autentifica gracias al obstáculo y las resistencias que ha tenido que vencer para formularse; un ritual, finalmente, donde la sola enunciación, independientemente de sus consecuencias externas, produce en el que la articula modificaciones intrínsecas: lo torna inocente, lo redime, lo purifica, lo descarga de sus faltas, lo libera, le promete la salvación. " verdad del sexo, al menos en cuanto a lo esencial, ha sido presa durante siglos de esa forma discursiva, y no de la de la enseñanza (la educación sexual se limitará a los principios generales y a las reglas de prudencia) , ni de la de la iniciación (práctica esencialmente muda, que el acto de despabilar o de desflorar sólo torna risible o violenta). Es una forma, como se ve, lo más lejana posible de la que rige al "arte erótico". Por la estructura de poder que le es inmanen-

SCIENNA SEXUALIS 79
te, el discurso de la confesión no sabría provenir de lo alto, como en el ars erotica, por la voluntad soberana del maestro, sino de abajo, como una palabra obligada, requerida, que por una coerción imperiosa hace saltar los sellos de la discreción y del olvido. Lo que de secreto supone tal discurso no está ligado al elevado precio de lo que tiene que decir y al pequeño número de los que merecen recibir sus beneficios, sino a su oscura familiaridad y a su general bajeza. Su verdad no está garantizada por la autoridad altanera del magisterio ni por la tradición que trasmite, sino por el vínculo, la pertenencia esencial en el discurso entre quien habla y aquello de lo que habla. En desquite, la instancia de dominación no está del lado del que habla (pues es él el coercionado) sino del que escucha y se calla; no del lado del que sabe y formula una respuesta, sino del que interroga y no pasa por saber. Por último, este discurso verídico tiene efectos en aquel a quien le es arrancado y no en quien lo recibe. Con tales verdades confesadas estamos lo más lejos posible de las sabias iniciaciones en el placer, con su técnica y su mística. Pertenecemos, en cambio, a una sociedad que ha ordenado alrededor del lento ascenso de la confidencia, y no en la transmisión del secreto, el difícil saber del sexo.

La confesión fue y sigue siendo hoy la matriz general que rige la producción del discurso verídico sobre el sexo. Ha sido, no obstante, considerablemente trasformada. Durante mucho tiempo permaneció sólidamente encastrado en la práctica de la penitencia. Pero poco a poco, después del pro-

80 SCI@'NA SEXUALIS
testantismo, la Contrarreforma, la pedagogía del siglo XVIII y la medicina del XIX, perdió su ubicación ritual y exclusiva; se difundió; se la utilizó en toda una serie de relaciones: niños y padres, alumnos y pedagogos, enfermos y psiquiatras, delincuentes y expertos. "s motivaciones y los efectos esperados se diversificaron, así como las formas que adquirió: interrogatorios, consultas, relatos autobiográficos, cartas; fueron consignados, transcritos, reunidos en expedientes, publicados y comentados. Pero, sobre todo, la confesión se abrió,' si no a otros dominios, al menos a nuevas maneras de recorrerles. Ya no se trata sólo de decir lo que se hizo -el acto sexual- y cómo, sino de restituir en él y en torno a él los pensamientos, las obsesiones que lo acompañan, las imágenes, los deseos, las modulaciones y la calidad del placer que lo habitan. Por primera vez sin duda una sociedad se inclinó para solicitar y oír la confidencia misma de los placeres individuales.
Diseminación, pues, de los procedimientos de la confesión, localización múltiple de su coacción, extensión de su dominio: poco a poco se constituyó un gran archivo de los placeres del sexo. Durante mucho tiempo este archivo se disimuló a medida que se constituía. No dejó huellas (así lo quería la confesión cristiana), hasta que la medicina, la psiquiatría y también la pedagogía comenzaron a solidificarlo: Campe, Salzmann, luego sobre todo Kaan, Krafft-Ebing, Tardieu, Molle, Havelock Ellis, reunieron con cuidado toda esa lírica pobre de la heterogeneidad sexual. Así las sociedades occidentales comenzaron a llevar el indefinido registro de sus placeres. Establecieron su herbario, instauraron su clasificación; descri-

SCIENTIA SEXUALIS 81
'bieron las deficiencias cotidianas tanto como las i rarezas o las exasperaciones. Momento importante:
es fácil reírse de los psiquiatras del siglo XIX que enfáticamente se excusaban, por los horrores a los que daban la palabra, evocando "atentados a las costumbres" o "'aberraciones de los sentidos genésicos". Yo me inclinaría más bien a saludar su seriedad: tenían el sentido del acontecimiento. Era el momento en que los placeres más singulares eran llamados a formular sobre sí mismos un discurso verídico que ya no debía articularse con el que habla del pecado y la salvación, de la muerte y la eternidad, sino con el que habla del cuerpo y de la vida -con el discurso de la ciencia. Había motivos para hacer temblar las palabras; se constituía entonces esta cosa improbable: una ciencia confesión, una ciencia que se apoyaba en los rituales de la confesión y en sus contenidos, una ciencia que suponía esa extorsión múltiple e insistente y se daba como objeto lo inconfesable-confesado. Escándalo, por supuesto, repulsión en todo caso, del discurso científico, tan grandemente institucionalizado en el siglo XIX, cuando debió tomar a su cargo todo ese discurso de abajo. Paradoja teórica y metodológica: las largas discusiones sobre la posibilidad de constituir una ciencia del sujeto, la validez de la introspección, la evidencia de lo vivido o la presencia a sí de la conciencia, respondían sin duda al problema inherente al funcionamiento de los discursos sobre la verdad en nuestra sociedad: ¿es posible articular la producción de la verdad según el viejo modelo jurídico-religioso de la confesión, y la extorsión de la confidencia según la regla del discurso científico? Dejemos hablar a los que creen que la verdad del

82 SCIENTIA SIEXUALIS
sexo fue elidida más rigurosamente que nunca en el siglo XIX, por un temible mecanismo de bloqueo y un déficitácentral del discurso. No déficit, sino sobrecarga, reduplicación, más bien demasiados (antes que no bastantes) discursos, en todo caso interferencia entre dos modalidades de producción de lo verdadero: los procedimientos de la confesión y la discursividad científica.
Y en lugar de contar los errores, ingenuidades y moralismos que poblaron en el siglo XIX los discursos sobre la verdad del sexo, más valdría descubrir los procedimientos por los cuales esa voluntad de saber relativa al sexo, que caracteriza al Occidente moderno, hizo funcionar los rituales de la confesión en los esquemas de la regularidad científica: ¿cómo se logró constituir esa inmensa y tradicional extorsión de confesión sexual en formas científicas?
1] Por una codificación clínica del "hacer hablar": combinar la confesión con el examen, el relato de sí mismo con el despliegue de un conjunto de signos y síntomas descifrables; el interrogatorio, el cuestionario apretado, la hipnosis con la rememoración de recuerdos, las asociaciones libres: otros tantos medios para reinscribir el procedimiento de la confesión en un campo de observaciones científicamente aceptables.
21 Por el postulado de una causalidad general y difusa: el deber decirlo todo y el poder interrogar acerca de todo encontrarán su justificación en el principio de que el sexo está dotado de un poder causal inagotable y polimorfo. Al más discreto acontecimiento en la conducta sexual -accidente o desviación, déficit o exceso- se lo supone capaz de acarrear las consecuencias más

SCIENTIA SEXUALIS 83
variadas a lo largo de toda la existencia; no hay
enfermedad o trastorno físico al cual el siglo XIX
no le haya imaginado por lo menos una parte de
etiología sexual. De los malos hábitos de los niños
a las tisis de los adultos, a las apoplejías de los
viejos, a las enfermedades nerviosas y a las dege-
neraciones de la raza, la medicina de entonces
tejió toda una red de causalidad sexual. Puede
parecernos fantástica. El principio del sexo como
"causa de todo y de cualquier cosa" es el reverso
teórico de una exigencia técnica: hacer funcionar
en una práctica de tipo científico los procedimien-
tos de una confesión que debía ser total, meticu-
losa y constante. Los peligros ­limitados que el
sexo conlleva justifican el carácter exhaustivo de
la inquisición a la cual es sometido.
3] Por el principio de una latencia intrínseca
de la sexualidad: si hay que arrancar la verdad del
sexo con la técnica de la confesión, no sucede así
simplemente porque sea difícil de decir o est‚ blo-
queada por las prohibiciones de la decencia, sino
porque el funcionamiento del sexo es oscuro; por-
que est en su naturaleza escapar siempre, porque
su energía y sus mecanismos se escabullen; por-
que su poder causal es en parte clandestino. Al
integrarla a un proyecto de discurso científico, el
siglo XIX desplazó a la confesión; ésta tiende a no
versar ya sobre lo que el sujeto desearía esconder,
sino sobre lo que est escondido para ‚l mismo
y que no puede salir a la luz sino poco a poco y
merced al trabajo de una confesión en la cual, cada
uno por su lado, participan el interrogador y el
interrogado. El principio de una latencia esencial
de la sexualidad permite articular en una prác-
tica científica la obligación de una confesión di-


84 SCIENTIA SEXUALIS
fícil. Es preciso arrancarla, y por la fuerza, puesto
que se esconde.
4] Por el método de la interpretación: si hay
que confesar, no es sólo porque el confesor tenga
el poder de perdonar, consolar y dirigir, sino por-
que el trabajo de producir la verdad, si se quiere
validarlo científicamente, debe pasar por esa re-
lación. La verdad no reside en el sujeto solo que,
confesando, la sacaría por entero a la luz. Se cons-
tituye por partida doble:

éste le toca decir la verdad de esa verdad oscura:
hay que acompañar la revelación de la confesión
con el desciframiento de lo que dice. El que es-
cucha no ser sólo el dueño del perdón, el juez
que condena o absuelve; ser el dueño de la ver-
dad. Su función es hermenéutica. Respecto a la
confesión, su poder no consiste sólo en exigirla,
antes de que haya sido hecha, o en decidir, des-
pués de que ha sido proferida; consiste en consti-
tuir, a través de la confesión y descifrándola, un
discurso verdadero. Al convertir la confesión no ya
en una prueba sino en un signo, y la sexualidad en
algo que debe interpretarse, el siglo XIX se dio la
posibilidad de hacer funcionar los procedimientos
de la confesión en la formación regular de un dis-
curso científico.
51 Por la medicalización de los efectos de la
confesión: la obtención de la confesión y sus efec-
tos son otra vez cifrados en la forma de operacio-
nes terapéuticas. Lo que significa en primer lugar
que el dominio del sexo ya no ser colocado sólo
en el registro de la falta y el pecado, del exceso
o de la transgresión, sino -lo que no es más que


SCIENTIA SEXUALIS 85
una transposición- bajo el r‚gimen de lo normal
y de lo patológico; por primera vez se define una
morbilidad propia de lo sexual; aparece como un
campo de alta fragilidad patológica: superficie de
repercusión de las otras enfermedades, pero tam-
bién foco de una nosografía propia, la del instin-
to, las inclinaciones, las imágenes, el placer, la
conducta. Ello quiere decir que la confesión ad-
quirir su sentido y su necesidad entre las inter-
venciones médicas: exigida por el médico, necesa-
ria para el diagnostico y por sí misma eficaz para
la curación. Lo verdadero sana, es curativo si lo
dice a tiempo y a quien conviene aquel que, a
un tiempo, es el poseedor y el responsable.
Tomemos puntos de referencia amplios: nues
tra sociedad, rompiendo con las tradiciones de la
ars erotica, se dio una scientia sexualis. Más pre-
cisamente, continuó la tarea de proseguir discursos
verdaderos sobre el sexo, ajustando, no sin traba-
jo, el antiguo procedimiento de la confesión a las
reglas del discurso científico. La scientia sexualis,
desarrollada a partir del siglo XIX, conserva para-
dójicamente como núcleo el rito singular de la
confesión obligatoria y exhaustiva, que en el Oc-
cidente cristiano fue la primera técnica para pro-
ducir la verdad del sexo. Este rito, a partir del
siglo XVI, se desprendió poco a poco del sacra-
mento de la penitencia, y por mediación de la
conducción de las almas y la dirección de las con-
ciencias ars artium- emigró hacia la pedagogía,
hacia las relaciones entre adultos y niños, hacia
las relaciones familiares, hacia la medicina y la
psiquiatría. En todo caso, desde hace casi ciento
cincuenta años, est montado un dispositivo com-
plejo para producir sobre el sexo discursos verda-


86 SCIENTIA SEXUALIS
deros: un dispositivo que atraviesa ampliamente
la historia puesto que conecta la vieja orden de
confesar con los m‚todos de la escucha clínica. Y
fue a través de ese dispositivo como, a modo de
verdad del sexo y sus placeres, pudo aparecer algo
como la "sexualidad".
La "sexualidad": correlato de esa práctica dis-
cursiva lentamente desarrollada que es la scientia
sexualis. Los caracteres fundamentales de esa se-
xualidad no traducen una representación más o
menos embrollada, borroneada por la ideología,
o un desconocimiento inducido por las prohibi-
ciones; corresponden a exigencias funcionales del
discurso que debe producir su verdad. En la in-
tersección de una técnica de confesión y una dis-
cursividad científica, allíí donde fue necesario ha-
llar entre ellas algunos grandes mecanismos de
ajuste (técnica de la escucha, postulado de causa-
lidad, principio de latencia, regla de interpreta-
ción, imperativo de medicalización), la sexualidad
se definió "por naturaleza" como: un dominio
penetrable por procesos patológicos, y que por lo
tanto exigía intervenciones terapéuticas o de nor-
matización; un campo de º
mos específicos; un foco de relaciones causases
indefinidas, una palabra oscura que hay que des-
emboscar y, a la vez, escuchar. Es la "economía"
de los discursos, quiero decir su tecnología in-
trínseca, las necesidades de su funcionamiento, las
tácticas que ponen en acción, los efectos de poder
que los subtienden y que conllevan -es esto y no
un sistema de representaciones lo que determina
los caracteres fundamentales de lo que dicen. "
historia de la sexualidad -es decir, de lo que fun-


SCIENTIA SEXUALIS 87
cionó en el siglo XIX como dominio de una verdad
especifica- debe hacerse en primer término desde
el punto de vista de una historia de los discursos.
Adelantemos la hipótesis general del trabajo. La
sociedad que se desarrolla en el siglo XVIII -llá -
mesela como se quiera, burguesa, capitalista o in-
dustrial-, no opuso al sexo un rechazo funda-
mental a reconocerlo. Al contrario, puso en acción
todo un aparato para producir sobre ‚l discursos
verdaderos. No sólo habló mucho de él y constriñó
a todos a hacerlo, sino que se lanzó a la empresa
de formular su verdad regulada. Como si lo sospe-
chase de poseer un secreto capital. Como si tuviese
necesidad de esa producción de la verdad. Como
si fuese esencial para ella que el sexo esté inscrito
no sólo en una economía del placer, sino en un
ordenado régimen de saber. Así, se convirtió poco
a poco en el objeto de un gran recelo; el sentido
general e inquietante que a pesar nuestro atra-
viesa nuestras conductas y nuestras existencias; el
punto frágil por donde nos llegan las amenazas
del mal; el fragmento de noche que cada uno lleva
en sí. Significación general, secreto universal, cau-
sa omnipresente, miedo que no cesa. Tanto y tan
bien que en esta "cuestión" del sexo (en los dos
sentidos: * interrogatorio y problematización; exi-
gencia de confesión e integración a un campo de
racionalidad) se desarrollan dos procesos, y siem-
pre cada uno de ellos remite al otro: le pedimos
que diga la verdad (pero como es el secreto y

Question": actualmente, entre otros, posee los significados
"cuestión" y de "pregunta"; pero antiguamente, y a este sentido alude el autor, denomina base la question, por eufemismo, a la tortura infligida a un acusado para arrancarle confesiones. [T.]

88 SCIENTIA SEXUALIS
escapa a SÍ mismo, nos reservamos el derecho de
decir nosotros la verdad finalmente iluminada, fi-
nalmente descifrada, de su verdad); y le pedimos
que diga nuestra verdad o, mejor, le pedimos que
diga la verdad profundamente enterrada de esa
verdad de nosotros mismos que creemos poseer en
la inmediatez de la consciencia. Le decimos su ver-
dad, descifrando lo que ‚l nos dice de ella; ‚l nos
dice la nuestra liberando lo que se esquiva. Desde
hace varios siglos, con ese juego se constituyó, len-
tamente, un saber sobre el. sujeto; no tanto un
saber de su forma, sino de lo que lo escinde; de lo
que quizá lo determina, pero, sobre todo, hace que
se desconozca. Esto pudo parecer imprevisto, pero
no debe asombrar cuando se piensa en la larga
historia de la confesión cristiana y judicial, en los
desplazamientos y transformaciones de esa forma de
saber-poder, tan capital en Occidente, que es la
confesión: según círculos cada vez más estrechos,
el proyecto de una ciencia del sujeto se puso a
gravitar alrededor de la cuestión del sexo. " cau-
salidad en el sujeto, el inconsciente del sujeto, la
verdad del sujeto en el otro que sabe, el saber en
el otro de lo que el sujeto no sabe, todo eso haló
campo propicio para desplegarse en el discurso
del sexo. No, sin embargo, en razón de alguna
propiedad natural inherente al sexo mismo, sino
en función de las técnicas de poder inmanentes en
tal discurso.


Scientia sexualis contra ars erotica, sin duda. Pero
hay que notar que la ars erotica, con todo, no ha
desaparecido de la civilización occidental; tam-
poco estuvo ausente del movimiento con que se


SCIENTIA SEXUAUS 89
buscó producir la ciencia de lo sexual. Hubo en
la confesión cristiana, pero sobre todo en la direc-
ción y el examen de conciencia, en la búsqueda
de la unión espiritual y del amor de Dios, toda
una serie de procedimientos que se vinculan a un
arte erótica: gula por el maestro a lo largo de
un camino de iniciación, intensificación de las
experiencias hasta en sus componentes físicos, au-
mento de los efectos gracias al discurso que los
acompaña; los fenómenos de posesión y de éxtasis,
que tuvieron tanta frecuencia en el catolicismo
de la Contrarreforma, fueron sin duda los efectos
incontrolados que desbordaron la técnica erótica
inmanente en esa sutil ciencia de la carne. Y hay
que preguntarse si desde el siglo XIX, la scientia
sexualis, bajo el afeite de su positivismo decente '
no funciona al menos en algunas de sus dimen-
siones como una ars erotica. Quizá la producción
de verdad, por intimidada que est‚ por el modelo
científico, haya multiplicado, intensificado e in-
cluso creado sus placeres intrínsecos. A menudo se
dice que no hemos sido capaces de imaginar pla-
ceres nuevos. Al menos inventamos un placer di-
ferente: placer en la verdad del placer, placer en
saberla, en exponerla, en descubrirla, en fascinar-
se al verla, al decirla, al cautivar y capturar a los
otros con ella, al confiarla secretamente, al desen-
mascararla con astucia; placer especifico en el dis-
curso verdadero sobre el placer. No es en el ideal
de una sexualidad sana, prometido por la medi-
cina, ni en la ensoñación humanista de una sexua-
lidad completa y desenvuelta, ni, menos, en el
lirismo del orgasmo y los buenos sentimientos de
la bioenergía, donde habría que buscar los ele-
mentos más importantes de un arte erótica ligada


90 SCIENTIA SEXUALIS
a nuestro saber sobre la sexualidad (todo eso se
refiere sólo a su utilización normalizadora) , sino
en esa multiplicación e intensificación de los pla-
ceres ligados a la producción de la verdad sobre
el sexo. Los libros científicos, escritos y leídos, las
consultas y los exámenes, la angustia de responder
a las preguntas y las delicias de sentirse interpre-
tado, tantos relatos contados a uno mismo y a los
demás s, tanta curiosidad, tantas numerosas confi-
dencias cuyo escándalo sostiene, no sin temblar
un poco, el deber de ser veraz, la pluralicen de
fantasías secretas que tan caro cuesta cuchichear
a quien sabe oírlas, en una palabra: el formidable
"placer del análisis" (en el sentido más amplio de
la última palabra), que desde hace varios siglos el
Occidente ha fomentado sabiamente, todo ello
forma los fragmentos errantes de un arte erótica
que, en sordina, trasmiten la confesión y la cien-
cia del sexo. ¨Hay que creer que nuestra scientia
sexualis no es más que una forma singularmente
sutil de ars erotica? ¨y qué‚ es la versión occidental
y quintaesenciado de esa tradición aparentemente
perdida? ¨O hay que suponer que todos esos pla-
ceres no son sino los subproductos de una ciencia
sexual, un beneficio que sostiene los innumera-
bles esfuerzos de la misma?
En todo caso, la hipótesis de un poder de re-
presión ejercido por nuestra sociedad sobre el sexo
por motivos de economía parece muy exigua si
hay que dar razón de toda esa serie de refuerzos e
intensificaciones que un primer recorrido hace
aparecer: proliferación de discursos, y de discursos
cuidadosamente inscritos en exigencias de poder;
solidificación de la discordancia sexual y constitu-
ción de los dispositivos capaces no sólo de aislar-

LIS SCIENNA SEXUALIS
91
se la, sino de suscitaría, de constituirla en focos de
.10 atención, de discurso y de placeres; producción
obligatoria de confesiones e instauración a partir
de allí de un sistema de saber legitimo y de una
economía de placeres múltiples. Mucho más que
un mecanismo negativo de exclusión o rechazo, se
trata del encendido de una red sutil de discursos,
de saberes, de placeres, de poderes; no se trata de
un movimiento que se obstinaría en rechazar el
sexo salvaje hacia alguna región oscura e inaccesi-
ble, sino, por el contrario, de procesos que lo di-
seminan en la superficie de las cosas y los cuer-
pos, que lo excitan, lo manifiestan y lo hacen
hablar, lo implantan en lo real y lo conminan a
decir la verdad: toda una titulación visible de
lo sexual que emana de la multiplicidad de los
discursos, de la obstinación de los poderes y de
los juegos del saber con el placer.
¨Ilusión, todo esto? ¨Impresión apresurada detrás
de la cual una mirada más cuidadosa redescubri-
ría la grande y conocida mecánica de la represión?
Más allá de estas pocas fosforescencias, ¨no hay
que redescubrir la oscura ley que dice siempre
no? Responder , o debería responder, la investi-
gación histórica. Indagación de la manera en que
se formó desde hace tres buenos siglos el saber
sobre el sexo; de la manera en que se multipli-
caron los discursos que lo tomaron como objeto,
y de las razones por las cuales hemos llegado a
otorgar un precio casi fabuloso a la verdad que
pensaban producir. Quizá s esos análisis históricos
terminar n por disipar lo que parece sugerir este
primer recorrido. Pero el postulado de partida
que yo querría mantener el mayor tiempo posible,
consiste en que esos dispositivos de poder y saber,


92 SCIENTIA SEXUALIS
de verdad y placeres, no son forzosamente secun-
darios y derivados; y que, de todos modos, la
represión no es fundamental ni triunfante. Se tra-
ta pues de considerar con seriedad esos dispositivos
y de invertir la dirección del análisis; más que de
una represión generalizada y de una ignorancia
medida con el patrón de lo que suponemos sa-
ber, hay que partir de esos mecanismos positivos,
productores de saber, multiplicadores de discursos,
inductores de placer y generadores de poder; hay
que partir de ellos y seguirlos en sus condiciones
de aparición y funcionamiento, y buscar cómo se
distribuyen, en relación con ellos, los hechos de
prohibición y de ocultamiento que es est n liga-
dos. En suma, se trata de definir las estrategias de
poder inmanentes en tal voluntad de saber. Y, en
el caso preciso de la sexualidad, constituir la "eco-
nomía política" de una voluntad de saber.


1
IV. EL DISPOSITIVO DE SEXUALIDAD







i







1
1







1
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la

1

¨De qué se trata en esta serie de estudios? De tras.
cribir como historia la f bula de las Joyas indis-
cretas.
Entre sus emblemas, nuestra sociedad lleva el
del sexo que habla. Del sexo sorprendido e inte-
rrogado que, a la vez constreñido y locuaz, res-
ponde inagotablemente. Cierto mecanismo, lo bas-
tante maravilloso como para tornarse ‚l mismo
invisible, lo capturó un día. Y en un juego donde
el placer se mezcla con lo involuntario y el con-
sentimiento con la inquisición, le hace decir la
verdad de sí y de los demás. Desde hace muchos
años, vivimos en el reino del príncipe Mangogul:
presas de una inmensa curiosidad por el sexo, obs-
tinados en interrogarlo, insaciables para escuchar-
lo y oír hablar de ‚l, listos para inventar todos los
anillos mágicos que pudieran forzar su discreción.
Como si fuese esencial que de ese pequeño frag-
mento de nosotros mismos pudiéramos extraer no
sólo placer sino saber y todo un sutil juego que
salta del uno al otro: saber sobre el placer, placer
en saber sobre el placer, placer-saber; y como si
ese peregrino animal, que alojamos tuviese por su
parte orejas lo bastante curiosas, ojos lo bastante
atentos y una lengua y un espíritu lo bastante bien
construidos como para saber machismo sobre ello
y ser completamente capaz de decirlo, con sólo que
uno se lo solicite con un poco de maña. Entre cada
uno de nosotros y nuestro sexo, el Occidente ten-
dió una incesante exigencia de verdad: a nosotros
nos toca arrancarle la suya, puesto que la ignora; a
[95]

96 EL DISPOSITIVO DE SEXUALIDAD
‚l, decirnos la nuestra, puesto que la posee en la
sombra. ¨Oculto, el sexo? ¨Escondido por nuevos
pudores, metido en la chimenea por las tristes
exigencias de la sociedad burguesa? Al contrario:
incandescente. Hace ya varios cientos de años, fue
colocado en el centro de una formidable petición
de saber. Petición doble, pues estamos constreñi-
dos a saber qué pasa con ‚l, mientras se sospe-
cha que él sabe qué es lo que pasa con nos-
otros.
Determinada pendiente nos ha conducido, en
unos siglos, a formular al sexo la pregunta acerca
de lo que somos. Y no tanto al sexo-naturaleza
(elemento del sistema de lo viviente, objeto para
una biología), sino al sexo-historia, o sexo-signi-
ficación: al sexo-discurso. Nos colocamos nosotros
mismos bajo el signo del sexo, pero más bien de
una Lógica del sexo que de una Física. No hay
que engañarse: bajo la gran serie de las oposicio-
nes binarias (cuerpo-alma, came-espíritu, instinto-
razón, pulsiones-consciencia) que parecían reducir
y remitir el sexo a una pura mecánica sin razón,
Occidente ha logrado no sólo -no tanto- anexar
el sexo a un campo de racionalidad (lo que no sería
nada notable, habituados como estamos, desde los
griegos, a tales "conquistas"), sino hacernos pasar
casi por entero -nosotros, nuestro cuerpo. nuestra
alma, nuestra individualidad, nuestra historia-
bajo el signo de una lógica de la concupiscencia
y el deseo. Tal lógica nos sirve de clave universal
cuando se trata de saber quiénes somos. Desde
hace varias décadas, los especialistas en gen‚tica
no conciben más la vida como una organización
dotada, además, de la extraña capacidad de repro-
ducirse; en el mecanismo de reproducción ven


EL DISPOSITIVO DE SEXUALIDAD 97
precisamente lo que introduce en la dimensión
de lo biológico: no sólo matriz de los seres vi-
vientes, sino de la vida. Ahora bien, ya van varios
siglos que, de una manera indudablemente muy
poco "científica", los innumerables teóricos y prác-
ticos de la carne hicieron del hombre el hijo de
un sexo imperioso e inteligible. El sexo, razón
de todo.

No cabe plantear la pregunta: ¨por qué, pues,
el sexo es tan secreto? ¨qué fuerza es esa que tanto
tiempo lo redujo al silencio y que apenas acaba
de aflojarse, permitiéndonos quizá interrogarlo,
pero siempre a partir y a través de su represión?
En realidad, esa pregunta tan a menudo repeti-
da en nuestra ‚poca no es sino la forma reciente de
una afirmación considerable y de una prescrip-
ción secular: allí lejos est la verdad; id a sorpren-
derla. Acheronta movebo: antigua decisión.

Vosotros que sois sabios, llenos de alta y prolíja
ciencia,
vosotros que concebís y sabéis
cómo, dónde y cuándo todo se une
... Vosotros, grandes sabios, decidme lo que pasa,
descubridme qué sucedió conmigo,
descubridme dónde, cómo y cuándo,
por qué tal cosa me ha ocurrido.,

Conviene, pues, preguntar antes que nada: ¨cuál
es esa conminación? ¨Por qué esa gran caza de la
verdad del sexo, de la verdad en el sexo?
En el relato de Diderot,* el buen genio Cucufa
,descubre en el fondo de su bolsillo, entre algunas
miserias los benditos, pequeñas pagodas de

1 G.-A. Burger, citado por Schopenhauer, Metafísica del amor.
Les biioux indiscrets: "Las joyas indiscretas." [T.)

98 EL DISPOSITIVO DE SEXUALIDAD
plomo y pesadillas enmohecidas-, el minúsculo
anillo de plata cuyo engaste, invertido, hace ha-
blar a los sexos que uno encuentra. Se lo da al
sultán curioso. A nosotros nos toca saber qué ani-
llo maravilloso confiere entre nosotros un poder
semejante, en el dedo de cuál amo ha sido puesto;
qué juego de poder permite o supone, y cómo
cada uno de nosotros pudo llegar a ser respecto
de su propio sexo y el de los otros una especie de
sultán atento e imprudente. A ese anillo mágico,
a esa joya tan indiscreta cuando se trata de hacer
hablar a los demás pero tan poco elocuente acer-
ca de su propio mecanismo, conviene volverlo lo-
cuaz a su vez. Hay que hacer la historia de esa
voluntad de verdad, de esa petición de saber que
desde hace ya tantos siglos hace espejear el sexo:
la historia de una terquedad y un encarnizamien-
to. Más allá de sus placeres posibles, ¨qué le pe-
dimos al sexo, para obstinarnos así? ¨Qué es esa
paciencia o avidez de constituirlo en el secreto, la
,causa omnipotente, el sentido oculto, el miedo sin
respiro? ¨Y por qué la tarea de descubrir la difícil
verdad se mudó finalmente en una invitación a
levantar las prohibiciones y desatar las ligaduras?
¨Era pues tan arduo el trabajo, que había que
hechizarle con esa promesa? 0 ese saber había
llegado a tener tal precio -político, económico,
‚tico- que fue necesario, para sujetar a todos a
‚l, asegurarle no sin paradoja que allí se encon-
traría la liberación?
Para situar las investigaciones futuras, he aquí
algunas proposiciones generales concernientes a lo
que se apuesta, al m‚todo, al dominio por explo-
rar y a las periodizaciones que es posible admitir
provisionalmente.


1. LA APUESTA




¨Por qué estas investigaciones? Me doy cuenta muy
bien de que una incertidumbre atravesó los sebo-
zoos trazados más arriba; corro el riesgo de que la
misma condene las investigaciones más pormeno-
rizadas que he proyectado. Cien veces he repetido
que la historia de las sociedades occidentales en
los últimos siglos no mostraba demasiado el juego
de un poder esencialmente represivo. Dirigíí mi
discurso a poner fuera de juego esa noción, fin-
giendo ignorar que una critica era formulada des-
de otra parte y sin duda de modo más radical:
una critica que se ha efectuado al nivel de la teo-
ría del deseo. Que el sexo, en efecto, no est‚
reprimido' , no es una noción muy nueva. Hace
un buen tiempo que ciertos psicoanalistas lo dije-
ron. Recusaron la pequeña maquinaria simple que
gustosamente uno imagina cuando se habla de re-
presión; la idea de una energía -rebelde a la que
habría que dominar les pareció inadecuada para
descifrar de qué manera se articulan poder y de-
seo; los suponen ligados de una manera más com-
pleja y originaria que el juego entre una energía
salvaje, natural y viviente, que sin cesar asciende
desde lo bajo, y un orden de lo alto que busca
obstaculizarla; no habría que imaginar que el de-
seo est reprimido, por la buena razón de que la
ley es constitutiva del deseo y de la carencia que
lo instaura. La relación de poder ya estaría allí
donde est el deseo: ilusorio, pues, denunciarla en
[991

100 EL DISPOSITIVO DE SEXUALIDAD
una represión que se ejercería a posterior­; pero,
también, vanidoso partir a la busca de un deseo
al margen del poder.
Ahora bien, de una manera obstinadamente
confusa, he hablado, como si fueran nociones equi-
valentes, ora de la represión, ora de la ley, la pro-
hibición o la censura. He ignorado -tozudez o
negligencia- todo lo que puede distinguir sus
­aplicaciones teóricas o prácticas. Y ciertamente
concibo que se pueda decirme: refiriéndose sin
cesar a técnicas positivas de poder, usted intenta
ganar en los dos tableros; usted confunde a los
adversarios en la figura del más débil, y, discu-
tiendo la sola represión, abusivamente quiere ha-
cer creer que se ha desembarazado del problema
de la ley; y no obstante usted conserva del prin-
cipio del poder-ley la consecuencia práctica esen-
cial, a saber, que no es posible escapar del poder,
que siempre est ahí y que constituye precisamente
aquello que se intenta oponerle. De la idea del
poder-represión, retiene usted el elemento teórico
más frágil, para criticarlo; de la idea del poder-
ley, retiene, para usarla a su modo, la consecuencia
política más esterilizante.
La apuesta de las investigaciones que seguir n
consiste en avanzar menos hacia una "teoría" que
hacia una "analítica" del poder: quiero decir, ha-
cia la definición del dominio especifico que for-
man las relaciones de poder y la determinación
de los instrumentos que permiten analizarlo. Per(
creo que tal analítica no puede constituirse sin,
a condición de hacer tabla rasa y de liberarse d
cierta representación del poder, la que yo llamar
en seguida se ver por qué- "jurídico-discur
siva". Esta concepción gobierna tanto la temática

I)AD LA APUESTA
101
de la represión como la teoría de la ley constitu-
tiva del deseo. En otros términos, lo que distingue
el análisis que se hace en términos de los instintos
del que se lleva a cabo en términos de ley del
deseo, es con toda seguridad la manera de conce-
bir la naturaleza y la din mica de las pulsiones;
no la manera de concebir el poder. Una y otra
recurren a una representación coman del poder

que, según el uso que se le d‚ y la posición que se
le reconozca respecto del deseo, conduce a dos con-
secuencias opuestas: o bien a la promesa de una
"liberación" si el poder sólo ejerce sobre el deseo
un apresamiento exterior, o bien, si es consti-
tutivo del deseo mismo, a la afirmación: usted
est , siempre, apresado ya. Por lo demás, no ima-
ginemos que esa representación sea propia de los
que se plantean el problema de las relaciones en-
tre poder y sexo. En realidad es mucho más gene-
ral; frecuentemente la volvemos a encontrar en
los análisis políticos del poder, y sin duda est
arraigada allá lejos en la historia de Occidente.
He aquí algunos de sus rasgos principales:

La relación negativa. Entre poder y sexo, no
establece relación ninguna sino de modo negativo:
rechazo, exclusión, desestimación, barrera, y aun
ocultación o máscara. El poder nada "puede" so-
bre el sexo y los placeres, salvo decirles no; si algo
produce, son ausencias o lagunas; elide elementos,
introduce discontinuidades, separa lo que
do, traza fronteras. Sus efectos adquieren la forma
general del limite y de la carencia.
[] La instancia de la regla. El poder, esencial-
mente, sería lo que dicta al sexo su ley. Lo que
quiere decir, en primer término, que el sexo es
colocado por aquí‚bajo un r‚gimen binario:


102 EL DISTINTIVO DE SEXUALIDAD
cito e ilícito, permitido y prohibido. Lo que quie-
re decir, en segundo lugar, que el poder prescribe
al sexo un "orden" que a la vez funciona como
forma de inteligibilidad: el sexo se descifra a par-
tir de su relación con la ley. Lo que quiere decir,
por último, que el poder actúa pronunciando la
regla: el poder apresa el sexo mediante el lenguaje
o más bien por un acto de discurso que crea, por
el hecho mismo de articularse, un estado de dere-
cho. Habla, y eso es la regla. La forma pura del
poder se encontrara en la función del legislador;
y su modo de acción respecto del sexo seria de
tipo jurídico-discursivo.
[] El ciclo de lo prohibido: no te acercar s, no
tocar s, no consumir s, no experimentar s placer,
no hablar s, no aparecer s; en definitiva, no exis-
tirás, salvo en la sombra y el secreto. El poder
no aplicaría al sexo más que una ley de prohibi-
ción. Su objetivo: que el sexo renuncie a sí mis-
mo. Su instrumento: la amenaza de un castigo
que consistiría en suprimirlo. Renuncia a ti mis-
mo so pena de ser suprimido; no aparezcas si no
quieres desaparecer. Tu existencia no ser mante-
nida sino al precio de tu anulación. El poder
constriñe al sexo con una prohibición que im-
planta la alternativa entre dos inexistencias.
[1] La lógica de la censura. Se supone que este
tipo de prohibición adopta tres formas: afirmar
que eso no est permitido, impedir que eso sea
dicho, negar que eso exista. Formas aparentemente
difíciles de conciliar. Pero es entonces cuando se
imagina una especie de lógica en cadena que sería
característica de los mecanismos de censura: liga
lo inexistente, lo ­lícito y lo informulable de ma-
nera que cada uno sea a la vez principio y efecto


LA APUESTA 103
del otro: de lo que est prohibido no se debe
hablar hasta que est‚ anulado en la realidad; lo
inexistente no tiene derecho a ninguna manifes-
tación, ni siquiera en el orden de la palabra que
enuncia su inexistencia; y lo que se debe callar
se encuentra proscrito de lo real como lo que est
prohibido por excelencia. La lógica del poder so-
bre el sexo sería la lógica paradójica de una ley
que se podría enunciar como conminación a la
inexistencia, la no manifestación y el mutismo.
La unidad de dispositivo. El poder sobre el
sexo se ejercería de la misma manera en todos los
niveles. De arriba abajo, en sus decisiones globales
como en sus intervenciones capilares, cualesquiera
que sean los aparatos o las instituciones en las que
se apoye, actuaría de manera uniforme y masiva;
funcionaría según los engranajes simples e inde-
finidamente reproducidos de la lev, la prohibición
y la censura: del Estado a la familia, del príncipe
al padre, del tribunal a la trivialidad de los cas-
tigos cotidianos, de las instancias de la dominación
social a las estructuras constitutivas del sujeto mis-
mo se hallaría, en diferente escala, una forma

general de poder. Esta forma es el derecho, con
el juego de lo lícito y lo ­lícito, de la transgresión
y el castigo. Ya se le preste la forma del príncipe
que formula el derecho, del padre que prohibe,

@a del censor que hace callar o del maestro que en-
seña la ley, de todos modos se esquematiza el po-
der. en una forma jurídica y se definen sus efectos
se como obediencia. Frente a un poder que es ley, el
sujeto constituido como sujeto que está "suje-
to"- es el que obedece. A la homogeneidad for-

mal del poder a lo largo de esas instancias, corres-

pondería a aquel a quien constriñe -ya se trate


104 EL DISPOSITIVO DE SEXUALIDAD
del súbdito frente al monarca, del ciudadano fren-
te al Estado, del niño frente a los padres, del
discípulo frente al maestro- la forma general de
sumisión. Por un lado, poder legislador y, por el
otro, sujeto obediente.
Tanto en el tema general de que el poder re-
prime el sexo como en la idea de la ley consti-
tutiva del deseo, encontramos la misma supuesta
mecánica del poder. Se la define de un modo
extrañamente limitativo. Primero porque se tra-
taría de un poder pobre en recursos, muy ahorra-
tivo en sus procedimientos, monótono en sus tác-
ticas incapaz de invención y condenado a repe-
tirse siempre. Luego, porque sería un poder que
sólo tendría la fuerza del "no"; incapaz de produ-
cir nada, apto únicamente para trazar límites, se-
ría en esencia una antienergía; en ello consistiría
la paradoja de su eficacia; no poder nada, salvo
lograr que su sometido nada pueda tampoco, ex-
cepto lo que le deja hacer. Finalmente, porque se
trataría de un poder cuyo modelo sería esencial-
mente jurídico, centrado en el solo enunciado de
la ley y el solo funcionamiento de lo prohibido.
Todos los modos de dominación, de sumisión, de
sujeción se reducirían en suma al efecto de obe-
diencia.
¨Por qué se acepta tan fácilmente esta concep-
ción jurídica del poder, y por consiguiente la eli-
sión de todo lo que podría constituir su eficacia
productiva, su riqueza estratégica, su positividad?
En una sociedad como la nuestra, donde los apa-
ratos del poder son tan numerosos, sus rituales tan
visibles y sus instrumentos finalmente tan seguros,
en esta sociedad que fue, sin duda, más inventiva
que cualquiera en materia de mecanismos de po-


LA APUESTA 105

der. sutiles y finos, ¨por qué esa tendencia a no
reconocerlo sino en la forma negativa y descar-
nada de lo prohibido? ¨Por qué‚ reducir los dispo-
sitivos de la dominación nada más al procedimien-
to de la ley de prohibición?
Razón general y táctica que parece evidente
el poder es tolerable sólo con la condición de
enmascarar una parte importante de sí mismo. Su
éxito está en proporción directa con lo que logra
esconder de sus mecanismos. ¨Sería aceptado el
poder, si fuera enteramente cínico? Para el po-
der, el secreto no pertenece al orden del abuso; es
indispensable para su funcionamiento. Y no sólo
porque lo impone a quienes somete, sino porque
también a éstos les resulta igualmente indispen-
sable: ¨lo aceptarían acaso, si no viesen en ello un
simple límite impuesto al deseo, dejando intacta
una parte -incluso reducida- de libertad? El
poder, como puro límite trazado a la libertad, es,
en nuestra sociedad al menos, la forma general
de su aceptabilidad.
Quizá hay para esto una razón histórica. Las
grandes instituciones de poder que se desarrolla-
ron en la Edad Media -la monarquía, el Estado
con sus aparatos- tomaron impulso sobre el fon-
do de una multiplicidad de poderes que eran
anteriores y, hasta cierto punto, contra ellos: po-
deres densos, enmarañados, conflictivos, poderes
ligados al dominio directo o indirecto de la tierra,
a la posesión de las armas, a la servidumbre, a los
vínculos de soberanía o de vasallaje. Si tales insti-
tuciones pudieron implantarse, si supieron -be-
neficiándose con toda una serie de alianzas tácti-
cas- hacerse aceptar, fue porque se presentaron
como instancias de regulación, de arbitraje, de de-


106 EL DISPOSITIVO DE SEXUALIDAD
limitación, como una manera de introducir entre
esos poderes un orden, de fijar un principio para
mitigarlos y distribuirlos con arreglo a fronteras
y a una jerarquía establecida. Esas grandes formas
de poder, frente a fuerzas múltiples que chocaban
entre sí, funcionaron por encima de todos los de-
rechos heterogéneos en tanto que principio del
derecho, con el triple carácter de constituirse como
conjunto unitario, de identificar su voluntad con
la ley y de ejercerse a través de mecanismos de
prohibición y de sanción. Su fórmula, pax et ­us-
titia, señalaba, en esa función a la que pretendía,
a la paz como prohibición de las guerras feudales
o privadas y a la justicia como manera de suspen-
der el arreglo privado de los litigios. En ese des-
arrollo de las grandes instituciones monárquicas,
se trataba, sin duda, de muy otra cosa que de un
puro y simple edificio jurídico. Pero tal fue el
lenguaje del poder, tal la representación de sí
mismo que ofreció, y de la cual toda la teoría del
derecho público construida en la Edad Media o
reconstruida a partir del derecho romano ha dado
testimonio. El derecho no fue simplemente un
arma manejada hábilmente por los monarcas; fue
el modo de manifestación y la forma de aceptabi-
lidad del sistema monárquico. A partir de la Edad
Media, en las sociedades occidentales el ejercicio
del poder se formula siempre en el derecho.
Una tradición que se remonta al siglo XVIII o
al XIX nos habituó a situar el poder monárquico
absoluto del lado del no-derecho: lo arbitrario, los
abusos, el capricho, la buena voluntad, los privi-
legios y las excepciones, la continuación tradicio-
nal de estados de hecho. Pero eso significa olvidar
el rasgo histórico fundamental: las monarquías


LA APUESTA 107
occidentales se edificaron como sistemas de dere-
cho, se reflejaron a través de teorías del derecho
e hicieron funcionar sus mecanismos de poder se-
gún la forma del derecho. El viejo reproche de
Boulainvilliers a la monarquía francesa -haberse
valido del derecho y los juristas para abolir los
derechos y rebajar a la aristocracia-, tiene, grosso
modo, fundamento. A través del desarrollo de la
monarquía y de sus instituciones se instauró esa
dimensión de lo jurídico-político; por cierto que
no se adecua a la manera en que el poder se ejer-
ció y se ejerce; pero es el código con que se pre-
senta, y prescribe que se lo piense según ese códi-
go. La historia de la monarquía y el recubrimiento
de hechos y procedimientos de poder por el dis-
curso jurídico-político fueron cosas que marcha-
ron al unísono.
Ahora bien, a pesar de los esfuerzos realizados
para separar lo jurídico de la institución monár-
quica y para liberar lo político de lo jurídico, la
representación del poder continuó atrapada por
ese sistema. Consideremos dos ejemplos. En Fran-
cia, la crítica de la institución monárquica en el
siglo XVIII no se hizo contra el sistema jurídico-
monárquico, sino en nombre de un sistema jurí-
dico puro, riguroso, en el que podrían introdu-
cirse sin excesos ni irregularidades todos los me-
canismos del poder, contra una monarquía que a
pesar de sus afirmaciones desbordaba sin cesar el
derecho y se colocaba a sí misma por encima de
las leyes. La crítica política se valió entonces
de toda la reflexión jurídica que había acompa-
ñado al desarrollo de la monarquía, para conde-
narla; pero no puso en entredicho el principio
según el cual el derecho debe ser la forma misma


108 EL DISPOSITIVO DE SEXUALIDAD
del poder y que el poder debe ejercerse siempre
con arreglo a la forma del derecho. En el siglo XIX
apareció otro tipo de crítica de las instituciones
políticas; crítica mucho más radical puesto que se
trataba de mostrar no sólo que el poder real es-
capaba a las reglas del derecho, sino que el sistema
mismo del derecho era una manera de ejercer la
violencia, de anexarla en provecho de algunos, y
de hacer funcionar, bajo la apariencia de la ley
general, las asimetrías e injusticias de una domi-
nación. Pero esta crítica del derecho se formula
aún según el postulado de que el poder debe por
esencia, e idealmente, ejercerse con arreglo a un
derecho fundamental.
En el fondo, a pesar de las diferencias de ‚pocas
y de objetivos, la representación del poder ha
permanecido acechada por la monarquía. En el
pensamiento y en el análisis político, aún no se ha
guillotinado al rey. De allí la importancia que
todavía se otorga en la teoría del poder al pro-
blema del derecho y de la violencia, de la ley y
la ilegalidad, de la voluntad y de la libertad, y
sobre todo del Estado y la soberanía (incluso si
ésta es interrogada en un ser colectivo y no más
en la persona del soberano). Pensar el poder a
partir de estos problemas equivale a pensarlos
a partir de una forma histórica muy particular
de nuestras sociedades: la monarquía jurídica.
Muy particular, y a pesar de todo transitoria. Pues
si muchas de sus formas subsistieron y aún subsis-
ten, novísimos mecanismos de poder la penetraron
poco a poco y son probablemente irreducibles a
la representación del derecho. M s lejos se ver :
esos mecanismos de poder son, en parte al menos,
los que a partir del siglo XVIII tomaron a su cargo


LA APUESTA 109
la vida de los hombres, a los hombres cómo cuer-
pos vivientes. Y si es verdad que lo jurídico sirvió
para representarse (de manera sin duda no ex-
haustiva) un poder centrado esencialmente en la
extracción (en sentido jurídico) y la muerte, aho-
ra resulta absolutamente heterogéneo respecto de
los nuevos procedimientos de poder que funcionan
no ya por el derecho sino por la técnica, no por
la ley sino por la normalización, no por el castigo
sino por el control, y que se ejercen en niveles y
formas que rebasan el Estado y sus aparatos. Hace
ya siglos que entramos en un tipo de sociedad
donde lo jurídico puede cada vez menos servirle
al poder de cifra o de sistema de representación.
Nuestro declive nos aleja cada vez más de un reino
del derecho que comenzaba ya a retroceder hacia
el pasado en la ‚poca en que la Revolución fran-
cesa (y con ella la edad de las constituciones y los
códigos) parecía convertirlo en una promesa para
un futuro cercano.
Es m representación jurídica la que todavía
est en acción en los análisis contemporáneos de
las relaciones entre el poder y el sexo. Ahora bien,
el problema no consiste en saber si el deseo es
extraño al poder, si es anterior a la ley, como se
imagina con frecuencia, o si, por el contrario, la
ley lo constituye. Ése no es el punto. Sea el deseo
esto o aquello, de todos modos se continúa conci-
biendolo en relación con un poder siempre jurí-
dico y discursivo, un poder cuyo punto central es
la enunciación de la ley. Se permanece aferrado a
cierta imagen del poder-ley, del poder-soberanía,
que los teóricos del derecho y la institución mo-
nárquica dibujaron. Y hay que liberarse de esa
imagen, es decir, del privilegio teórico de la ley


110 EL DISTINTIVO DE SEXUALIDAD
y de la soberanía, si se quiere realizar un análisis
del poder según el juego concreto e histórico de
sus procedimientos. Hay que construir una analí-
tica del poder que ya no tome al derecho como
modelo y como código.
Reconozco gustosamente que el proyecto de esta
historia de la sexualidad, o más bien de esta serie
de estudios concernientes a las relaciones históri-
cas entre el poder y el discurso sobre el sexo, es
circular, en el sentido de que se trata de dos ten-
tativas, cada una de las cuales remite a la otra.
Intentemos deshacernos de una representación ju-
rídica y negativa del poder, renunciemos a pen-
sarlo en términos de ley, prohibición, libertad y
soberanía: ¨cómo analizar entonces lo que ocurrió,
en la historia reciente, a propósito del sexo, apa-
rentemente uno de los aspectos más prohibidos
de nuestra vida y nuestro cuerpo? ¨Cómo -fue-
ra de la prohibición y el obstáculo- tiene acceso
al mismo el poder? ¨Mediante qué mecanismos,
tácticas o dispositivos? Pero admitamos en cambio
que un examen algo cuidadoso muestra que en
las sociedades modernas el poder en realidad no
ha regido la sexualidad según la ley y la sobera-
nía; supongamos que el análisis histórico haya
revelado la presencia de una verdadera "tecnolo-
gía" del sexo, mucho más compleja y sobre todo
mucho más positiva que el efecto de una mera
"prohibición"; desde ese momento, este ejemplo
que no se puede dejar de considerar privilegia-
do, puesto que ahí, más que en cualquiera otra
parte, el poder parecía funcionar como prohibi-
ción- ¨acaso no nos constriñe a forjar, a propósito
del poder, principios de análisis que no partici-
pen del sistema del derecho y la forma de la ley?


LA APUESTA
Por lo tanto, al forjar otra teoría del poder, se tra-
ta, al mismo tiempo, de formar otro enrejado de
desciframiento histórico y, mirando más de cerca
todo un material histórico, de avanzar poco a poco
hacia otra concepción del poder. Se trata de pen-
sar el sexo sin la ley y, a la vez, el poder sin el rey.


2. MÉTODO



Luego: analizar la formación de cierto tipo de
saber sobre el sexo en términos de poder, no de re-
presión o ley. Pero la palabra "poder" amenaza
introducir varios malentendidos. Malentendidos
acerca de su identidad, su forma, su unidad. Por
poder no quiero decir "el Poder", como conjunto
de instituciones y aparatos que garantizan la suje-
ción de los ciudadanos en un Estado determinado.
Tampoco indico un modo de sujeción que, por
oposición a la violencia, tendría la forma de la
regla. Finalmente, no entiendo por poder un sis-
tema general de dominación ejercida por un ele-
mento o un grupo sobre otro, y cuyos efectos,
merced a sucesivas derivaciones, atravesarían el
cuerpo social entero. El análisis en términos de
poder no debe postular, como datos iniciales, la
soberanía del Estado, la forma de la ley o la uni-
dad global de una dominación; éstas son más bien
formas terminales. Me parece que por poder hay
que comprender, primero, la multiplicidad de las
relaciones de fuerza inmanentes y propias del do-
minio en que se ejercen, y que son constitutivas
de su organización; el juego que por medio de
.luchas y enfrentamientos incesantes las trasforma,
las refuerza, las invierte; los apoyos que dichas
relaciones de fuerza encuentran las unas en las
otras, de modo que formen cadena o sistema, o, al
contrario, los corrimientos a las contradicciones que
aíslan a unas de otras; las estrategias, por último,
[1121

MÉTODO 113
que las tornan efectivas, y cuyo dibujo general o
cristalización institucional toma forma en los apa-
ratos estatales, en la formulación de la ley, en las
hegemonías sociales. La condición de posibilidad
del poder, en todo caso el punto de vista que
permite volver inteligible su ejercicio (hasta en
sus efectos más "esféricos" y que también per-
mite utilizar sus mecanismos como cifra de inteli-
gibilidad del campo social), no debe ser buscado
en la existencia ­mera de un punto central, en un
foco único de soberanía del cual irradiarían for-
mas derivadas y descendientes; son los pedestales

móviles de las relaciones de fuerzas los que sin
cesar inducen, por su desigualdad, estados de Po-
der -pero siempre locales e inestables. Omnipre-
sencia del poder: no porque tenga el privilegio de
reagruparlo todo bajo su invencible unidad, sino
se est produciendo a cada instante, en
porque
4 todos los puntos, o más bien en toda relación de
un punto con otro. El poder est en todas partes;
no es que lo englobe todo, sino que viene de
todas partes. Y "el" poder, en lo que tiene de per-
manente, de repetitivo, de inerte, de autorrepro-
ductor, no es más que el efecto de conjunto que
se dibuja a partir de todas esas movilidades, el
encadenamiento que se apoya en cada una de ellas
y trata de fijarlas. Hay que ser nominalista, sin
duda: el poder no es una institución, y no es una
estructura, no es cierta potencia de la que algunos
estarían dotados: es el nombre que se presta a
una situación estratégica compleja en una socie-
dad dada.
¨Cabe, entonces, invertir la fórmula y decir que
la política es la continuación de la guerra por
otros medios? Quizá , si aún se quiere mantener
114 EL DISPOSITIVO DE SEXUALIDAD
una distancia entre guerra y política, se debería
adelantar más bien que esa multiplicidad de las
relaciones de fuerza puede ser cifrada -en parte
y nunca totalmente- ya sea en forma de "gue-
rra", ya en forma de "política"; constituirían dos
estrategias diferentes (pero prontas a caer la una
en la otra) para integrar las relaciones de fuerza
desequilibradas, heterogéneas, inestables, tensas.
Siguiendo esa línea, se podrían adelantar cierto
número de proposiciones:
que el poder no es algo que se adquiera,
arranque o comparta, algo que se conserve o se
deje escapar; el poder se ejerce a partir de innu-
merables puntos, y en el juego de relaciones mó-
viles y no igualitarias;
que las relaciones de poder no est n en po-
sición de exterioridad respecto de otros tipos de
relaciones (procesos económicos, -relaciones de co-
nocimiento, relaciones sexuales), sino que son
inmanentes; constituyen los efectos inmediatos de
las particiones, desigualdades y desequilibrados que
se producen, y, recíprocamente, son las condicio-
nes internas de tales diferenciaciones; las -rela-
ciones de poder no se hallan en posición de super-
estructura, con un simple papel de prohibición o
reconducción; desempeñan, allí en donde actúan,
un papel directamente productor;
E] que el poder viene de abajo; es decir, que
no hay, en el principio de las relaciones de poder,
y como matriz general, una oposición binaria y
global entre dominadores y dominados, refleján-
dose esa dualidad de arriba abajo y en grupos cada
vez más restringidos, hasta las profundidades del
cuerpo social. M s bien hay que suponer que las
.relaciones de fuerza múltiples que se forman y


MÉTODO 115
actúan en los aparatos de producción, las familias,
los grupos restringidos y las instituciones, sirven
de soporte a amplios efectos de escisión que re-
corren el conjunto del cuerpo social. Estos forman
entonces una línea de fuerza general que atraviesa
los enfrentamientos locales y los vincula; de re-
chazo, por supuesto, estos últimos proceden sobre
aquéllos a redistribuciones, alineamientos, homo-
geneizaciones, arreglos de serie, establecimientos
de convergencia. "s grandes dominaciones son los
efectos hegemónicos sostenidos continuamente por
la intensidad de todos esos enfrentamientos;
el que las relaciones de poder son a la vez in-
tencionales y no subjetivas. Si, de hecho, son inte-
ligibles, no se debe a que sean el efecto, en térmi-
nos de causalidad, de una instancia distinta que las
11 explicaría", sino a que est n atravesadas de parte
a parte por un cálculo: no hay poder que se ejerza
sin una serie de miras y objetivos. Pero ello no
significa que resulte de la opción o decisión de
un sujeto individual; no busquemos el estado ma-
yor que gobierna su racionalidad; ni la casta que
gobierna, ni los grupos que controlan los aparatos
del Estado, ni los que toman las decisiones eco-
nómicas más importantes administran el conjunto
de la red de poder que funciona en una sociedad
(y que la hace funcionar) ; la racionalidad del po-
der es la de las tácticas a menudo muy explícitas
en el nivel en que se inscriben -cinismo local
del poder-, que encadenándose unas con otras
solicitándose mutuamente y propasándose, encon-
trando en otras partes sus apoyos y su condición,
dibujan finalmente dispositivos de conjunto: ahí,
la lógica es aún perfectamente clara, las miras des-
cifrables, y, sin embargo, sucede que no hay nadie


116 EL DISPOSITIVO DE SEXUALIDAD
para concebirlas y muy pocos para formularlas:
carácter implícito de las grandes estrategias anó-
nimas, casi mudas, que coordinan tácticas locuaces
cuyos "inventores" o responsables frecuentemente
carecen de hipocresía;
que donde hay poder hay resistencia, y no
obstante (o mejor: por lo mismo), ésta nunca está
en posición de exterioridad respecto del poder
¨Hay que decir que se est necesariamente "en'
el poder, que no es posible "escapar" de ‚l, que
no hay, en relación con ‚l, exterior absoluto, pues-
to que se estaría infaltablemente sometido a la
ley? ¨O que, siendo la historia la astucia de la ra-
zón, el poder sería la astucia de la historia -el
que siempre gana? Eso sería desconocer el carácter
estrictamente relacionar de las relaciones de pc
der. No pueden existir más que en función de un
multiplicidad de puntos de resistencia: éstos de
empeñan, en las relaciones de poder, el (
adversario, de blanco, de apoyo, de pa
una aprehensión. Los puntos de resistencia
presentes en todas partes dentro de la red de
der. Respecto del poder no existe, pues, un
gar del grp-ii Rechazo -alma de la revuelta, f,
de todas las rebeliones, ley pura del revoluci(
rio. Pero hay varias resistencias que constitu
excepciones, casos especiales: posibles, necesa
improbables, espont neas, salvajes, solitarias,
certaclas, rastreras, violentase irreconciliables,
das para la transacción, interesadas o sacrific:
or definición, no pueden existir sino en el c,,
p
estrat‚gico de las relaciones de poder. Perc
no significa que sólo sean su contraparti(
marca en hueco de un vaciado del poder, fo
do respecto de la esencial dominación un


M�TODO 117
finalmente siempre pasivo, destinado a la indefi-
nida derrota. Las resistencias no dependen de al-
gunos principios heterog‚ncos; mas no por eso
son engaiío o promesa necesariamente frustrada.
Constituyen el otro t‚rmino en las relaciones de
poder; en ellas se inscriben como el irreducible
elemento enfrentador.' Las resistencias tambi‚n,
pues, est n distribuidas de manera irregular: los
puntos, los nudos, los focos de resistencia se ha-
llan diseminados con más o menos densidad en el
tiempo y en el espacio, llevando a lo alto a veces
grupos o individuos de manera definitiva, encen-
diendo algunos puntos del cuerpo, ciertos momen-
tos de la vida, determinados tipos de compo@-
miento. ¨Grandes rupturas radicales, particiones
binarias y masivas? A veces. Pero más frecuente-
mente nos enfrentamos a puntos de resistencia
móviles y transitorios, que introducen en una
sociedad líneas divisorias que se desplazan rom-
piendo unidades y suscitando reagrupamientos,
abriendo surcos en el interior de los propios
individuos, cort ndolos en trozos y remodel ndo-
los, trazando en ellos, en su cuerpo y su alma, re-
giones irreducibles. Así como la red de las rela-
ciones de poder concluye por construir ­in espeso
tejido que atraviesa los aparatos y las instituciones
sin localizarse exactamente en ellos, así tambi‚n
la formación del enjambre de los puntos de resis-
tencia surca las estratificaciones sociales y las un­-
dades individuales. Y es sin duda la codificación
estrat‚gica de esos puntos de resistencia lo que
torna posible una revolución, un poco como el
Estado reposa en la integración institucional de
las relaciones de poder.

lis EL DISPOSITIVO DE SEXUALIDAD
Dentro de ese campo de las relaciones de fuerza
hay que analizar los mecanismos del poder. Así se
escapar del sistema Soberano-Ley que tanto tiem- d4
po fascinó al pensamiento político. Y, si es verdad ¨(
que Maquiavelo fue uno de los pocos -y sin
duda residía en eso el esc ndalo de su "cinismo"-
en pensar el poder del príncipe en t‚rminos de
relaciones de fuerza, quizá haya que dar un paso
más, dejar de lado el personaje del Príncipe y des-
cifrar los mecanismos del poder a partir de una
relaciones de fuerza.
estrategia inmanente en las
Para volver al sexo y a los discursos verdaderos
que lo tomaron a su cargo, el problema a resolver
no debe pues consistir en lo siguiente: habida
cuenta de determinada estructura estatal, ¨cómo y
por qu‚ "el" poder necesita instituir un saber so-
bre el sexo? No ser tampoco: ¨a qu‚ dominación
de conjunto sirvió el cuidado puesto (desde el
siglo XVIIIA) en producir sobre el sexo discursos
verdaderos? Ni tampoco: ¨qu‚ ley presidió, al mis-
mo tiempo, a la regularidad del comportamiento
sexual y a la conformidad de lo que se decía sobre
el mismo? Sino, en cambio: en tal tipo de discurso
sobre el sexo, en tal forma de extorsión de la ver-
dad que aparece históricamente y en lugares de-
terminados (en torno al cuerpo del niño, a pro-
pósito del sexo femenino, en la oportunidad de
pr cticas de restricciones de nacimientos, etc.)
¨cu les son las relaciones de poder, las más inme-
diatas, las más locales, que est n actuando? ¨Cómo
tornan posibles esas especies de discursos, e, inver-
samente, cómo esos discursos les sirven de soporte?
¨Cómo se ve modificado el juego de esas relaciones
de poder en virtud de su ejercicio mismo -re-
fuerzo de ciertos t‚rminos, debilitamiento de otros,


M�TODO
119
efectos de resistencia, contracargas (contre-inves-
lissements), de tal suerte otie no ha habido, dado
de una vez por todas, un ti@po estable de sujeción?
¨Cómo se entrelazan unas con otras las relaciones
de poder, según la lógica de una estrategia global
que retrospectivamente adquiere el aspecto de una
política unitaria y voluntarista del sexo? Grosso
modo: en lugar de referir a la forma única del
gran Poder todas las violencias infinitesimales que
se ejercen sobre el sexo, todas las miradas turbias
que se le dirigen y todos los sellos con que se obli-
tera su conocimiento posible, se trata de inmergir
la abundosa producción de discursos sobre el sexo
en el campo de las -relaciones de poder múltiples
y móviles.

Lo que conduce a plantear previamente cuatro
reglas. Pero no constituyen imperativos metodol@
gicos; cuanto más, prescripciones de prudencia.

1] Regla de inmanencia
No considerar que existe determinado dominio
de la sexualidad que depende por derecho de un
conocimiento científico desinteresado y libre, pero
sobre el cual las exigencias del poder -económi-
cas o ideológicas hicieron pesar mecanismos de
prohibición. Si la sexualidad se constituyó como
dominio por conocer, tal cosa sucedió a partir de
relaciones de poder que la instituyeron como ob-
jeto posible; y si el poder pudo considerarla un
blanco, eso ocurrió porque t‚cnicas de saber y
procedimientos discursivos fueron capaces de si-
tiarla e inmovilizarla. Entre t‚cnicas de saber y
estrategias de poder no existe exterioridad algu-


120 EL DISPOSITIVO DE SEXUALIDAD
na, incluso si poseen su propio papel específico y
se articulan una con otra, a partir de su diferen-
cia. Se partir pues de lo que podría denominarse
"focos locales" de poder-saber: por ejemplo, las
relaciones que se anudan entre penitente y con-
fesor o fiel y director de conciencia: en ellas, y
bajo el signo de la "carne" que se debe dominar,
diferentes formas de discursos -examen de sí mis-
mo, interrogatorios, confesiones, interpretaciones,
conversaciones portan en una especie de vaiv‚n
incesante formas de sujeción y esquemas de co-
nocimiento. Asimismo, el cuerpo del niño vigi-
lado, rodeado en su cuna, lecho o cuarto por toda
una ronda de padres, nodrizas, dom‚sticos, peda-
gogos, m‚dicos, todos atentos a las menores mani-
festaciones de su sexo, constituyó, sobre todo a
partir del siglo XVIII, otro "foco local" de poder-
saber.

ontinuas
.2] Reglas de las variaciones c
No buscar qui‚n posee el poder en el orden de la
:sexualidad (los hombres, los adultos, los padres,
los m‚dicos) y a qui‚n le falta (las mujeres, los
adolescentes, los niños, los enfermos ... ) ; ni qui‚n
tiene el derecho de saber y qui‚n est mantenido
por la fuerza en la ignorancia. Sino buscar, más
bien, el esquema de las modificaciones que las
relaciones de fuerza, por su propio juego, impli-
can. Las "distribuciones de poder" o las "apropia-
ciones de saber" nunca representan otra cosa que
cortes instant neos de ciertos procesos, ya de re-
fuerzo acumulado del elemento más fuerte, ya de
inversión de la relación, ya de crecimiento simul-


M�TODO 121
t neo de ambos t‚rminos. Las relaciones de poder-
saber no son formas establecidas de repartición
sino "matrices de trasformaciones". El conjunto
constituido en el siglo XIX alrededor del niño y su
sexo por el padre, la madre, el educador y el m‚-
dico, atravesó modificaciones incesantes, desplaza-
mientos continuos, uno de cuyos resultados más
espectaculares fue una extraña inversión: mien-
tras que, al principio, la sexualidad del niño fue
problematizada en una relación directamente es-
tablecida entre el m‚dico y los padres (en forma
de consejos, de opinión sobre vigilancia, de ame-
nazas para el futuro), finalmente fue en la rela-
ción del psiquiatra con el niño como la sexualidad
de los adultos se vio puesta en entredicho.


3] Regla del doble condicionamiento
NinOMINIO 129
chillón, de indócil? ¨De una manera de formular
esa parte de saber que sería aceptable o útil? En
realidad, se trata más bien de la producción mis-
ma de la sexualidad, a la que no hay que concebir
como una especie dada de naturaleza que el poder
intentaría reducir, o como un dominio oscuro
que el saber intentaría, poco a poco, descubrir. Es
el nombre que se puede dar a un dispositivo his-
tórico: no una realidad por debajo en la que se
ejercerían difíciles apresamientos, sino una gran
red superficial donde la estimulación de los cuer-
pos, la intensificación de los placeres, la incitación
al discurso, la formación de conocimientos, el re-
fuerzo de los controles y las resistencias se enca-
denan unos con otros según grandes estrategias de
saber y de poder.
Sin duda puede admitirse que las relaciones de
sexo dieron lugar, en toda sociedad, a un disposi-
tivo de alianza: sistema de matrimonio, de fijación
y de desarrollo del parentesco, de trasmisión de
nombres y bienes. El dispositivo de alianza, con
los mecanismos coercitivos que lo aseguran, con el
saber que exige, a menudo complejo, perdió im-
pomncia a medida que los procesos económicos
y las estructuras políticas dejaron de hallar en ‚l
un instrumento adecuado o un soporte suficiente.
Las sociedades occidentales modernas inventaron
y erigieron, sobre todo a partir del siglo XVIII, un
nuevo dispositivo que se le superpone y que
contribuyó, aunque sin excluirlo, a reducir su
importancia. �ste es el dispositivo de sexualidad:
como el de alianza, est empalmado a los com-
paíleros sexuales, pero de muy otra manera. Se
podría oponerlos t‚rmino a t‚rmino. El dispositi-
vo de alianza se edifica en tomo de un sistema de


130 EL DISPOSITIVO DE SEXUALIDAD
reglas que definen lo permitido y lo prohibido, lo
prescrito y lo ­lícito; el de sexualidad funciona
según t‚cnicas móviles, polimorfas y coyunturales
de poder. El clispositivo de alianza tiene entre sus
principales ol)jetivos el de reproducir el juego de
las relaciones y mantener la ley que las rige; el
de sexualidad engendra en cambio una extensión
permanente de los dominios y las formas de con-
trol. Para el primero, lo pertinente es el lazo
.entre dos personas de estatuto definido; para el
secrundo, lo pertinente son las sensaciones del cuer-
po, la calidad de los placeres, la naturaleza de
las impresiones, por tenues o imperceptibles que
sean. Finalmente, si el dispositivo de alianza est
fuertemente articulado con la economía a causa
del papel que puede desempeñar en la trasmisión
o circulación de -riquezas, el dispositivo de sexua-
lidad est vinculado a la economía a trav‚s de
mediaciones numerosas y sutiles, pero la principal
es el cuerpo -cuerpo que produce y que consu-
me. En una palabra, el dispositivo de alianza sin
duda est orientado a una homeostasis del cuerpo
social, que es su función mantener; de ahí su
vínculo privilegiado con el derecho'; de ahí tam-
bi‚n que, para ‚l, el tiempo fuerte sea el de la
.,reproducción". El dispositivo de sexualidad no
tiene como razón de ser el hecho de reproducir,
sino el de proliferar, innovar, anexar, inventar,
penetrar los cuerpos de manera cada vez más de-
tallada y controlar las poblaciones de manera cada
vez más global. Es necesario, pues, admitir tres o
cuatro tesis contrarias a la que supone el tema de
una sexualidad reprimida por las formas moder-
nas de la sociedad: la sexualidad est ligada a dis-
positivos de poder recientes; ha estado en expan-


I>OMINIO 131
sión creciente desde el siglo XVII; la disposición
o arreglo que desde entonces la sostuvo no se di-
rige a la reproducción; se ligó desde el origen a
una intensificación del cuerpo; a su valoración
como objeto de saber y como elemento en las
relaciones de poder.
No sería exacto decir que el dispositivo de se-
xualidad sustituyó al dispositivo de alianza. Es
posible imaginar que quizá s un día lo remplace.
Pero hoy, de hecho, si bien tiende a recubrirlo,
no lo ha borrado ni tornado inútil. Históricamen-
te, por lo demás, fue alrededor y a partir del
dispositivo de alianza donde se erigió el de sexua-
­­dad. La pr ctica de la penitencia, luego la del
examen de conciencia y la de la dirección espiri-
tual fue el núcleo formador: ahora bien, como vi-
mos,' lo que en primer t‚rmino estuvo en juego
en el tribunal de la penitencia fue el sexo en
tanto que soporte de relaciones; la cues 'tión plan-
teada era la del comercio permitido o prohibido
(adulterio, relaciones extramatrimoniales, o con
una persona interdicto por la sangre o por su con-
dición, car cter legítimo o no del acto de cópula) ;
luego, poco a poco, con la nueva pastoral -y su
aplicación en seminarios, colegios y conventos-
se pasó de una problem tica de la relación a una
problem tica de la "carne", es decir: del cuerpo,
de la sensación, de la naturaleza del placer, de los
movimientos más secretos de la concupiscencia,
de las formas sutiles de la delectación y del con-
sentimiento. La "sexualidad" estaba naciendo, na-
ciendo de una t‚cnica de poder que en el origen
estuvo centrada en la alianza. Desde entonces no

1 Cf., supra, p. 49

132 EL DISPOSITIVO DE SEXUALIDAD
dejó de funcionar en relación con un sistema de
alianza y apoy ndose en ‚l. " c‚lula familiar, tal
como fue valorada en el curso del siglo XVIII, per-
mitió que en sus dos dimensiones principales (el
eje marido-mujer y el eje padres-hijos) se desarro-
llaran los elementos principales del dispositivo de
sexualidad (el cuerpo femenino, la precocidad
infantil, la regulación de-los nacimientos y, sin
duda en menor medida, la especificación de los 1
perversos). No hay que entender la familia en su
forma contempor nea como una estructura social,
económica y política de alianza que excluye la se-
xualidad o al menos la refrena, la atenúa tanto
como es posible y sólo se queda con sus funciones
útiles. El papel de la familia es anclarla y consti-
tuir su soporte permanente. Asegura la produc-
ción de una sexualidad que no es homog‚nea',
respecto de los privilegios de alianza, permitiendo
al mismo tiempo que los sistemas de alianza sean
atravesados por toda una nueva táctica de poder
que hasta entonces ignoraban. La familia es ef
cambiador de la sexualidad y de la alianza: tras-
porta la ley y la dimensión de lo jurídico hasta el
dispositivo de seXXialidad; y trasporta la economía
del placer y la intensidad de las sensaciones hasta
el r‚gimen de la alianza.
Esa acción de prender con alfileres el disposi.
tivo de alianza y el de sexualidad en la forma d(
la familia permite comprender un cierto númer(
de hechos: que a partir del siglo XVIII la famili:
haya llegado a ser un lugar obligatorio de afecto
de sentimientos, de amor; que la sexualidad tenl
como punto privilegiado la eclosión de la famili
que, por la misma razón, la familia nazca ya "i
cestuosa". Es posible que en las sociedades don


I>OMINIQ 133
predominan los dispositivos de alianza la prohibi-
ción del incesto sea una regla funcionalmente in-
dispensable. Pero en una sociedad como la nues-
tra, donde la familia es el más activo foco de se-
xualidad, y donde sin duda son las exigencias de
‚sta las que mantienen y prolongan la existencia
de aqu‚lla, el incesto -por muy otras razones y de
otra manera- ocupa un lugar central; sin cesar
es solicitado y rechazado, objeto de obsesión y re-
querimiento, secreto temido y unión indispensa-
ble. Aparece como lo prohibidísimo en la familia
mientras ‚sta actúe como dispositivo de alianza;
pero tambi‚n como lo continuamente requerido
para que la familia sea un foco de incitación per-
manente de la sexualidad. Si durante más de un
siglo el Occidente se interesó tanto en la prohibi-
ción del incesto, si con acuerdo más o menos co-
mún se vio en ‚l un universal social y uno de los
puntos de pasaje a la cultura obligatorios, quizá
fue porque se encontraba allí un medio de defen-
derse, no contra un deseo incestuoso, sino contra
la extensión y las ­aplicaciones de ese dispositivo
de sexualidad que se había erigido y cuyo incon-
veniente, entre muchos beneficios, consistía en
ignorar las leyes y las formas jurídicas de la alian-
za. La afirmación de que toda sociedad, sea la que
fuere, y por consiguiente la nuestra, est some-
tida a esa regla de reglas, garantizaba que el dis-
positivo de sexualidad, cuyos efectos extraiíos co-
menzaban a manipularse -entre ellos la intensi-
ficación afectiva del espacio familiar-, no podría
escapar al viejo gran sistema de la alianza. Así el
derecho estaría a salvo, inclusive en la nueva me-
c nica de poder. Pues tal es la paradoja de esta
sociedad que inventó desde el siglo XVIII tantas


134 EL DISPOSITIVO DE SEXUALIDAD
tecnologías de poder extrañas al derecho: teme sus
efectos y proliferaciones y trata de recodificarlos
en las formas del derecho. Si se admite que la
prohibición del incesto es el umbral de toda cul-
tura, entonces la sexualidad se encuentra desde el
fondo de los tiempos colocada bajo el signo de
la ley y el derecho. La etnología, al Teelaborar sin
cesar durante tanto tiempo la teoría trascultural
de la prohibición del incesto, se ha hecho digna de
todo el dispositivo moderno de sexualidad y de los
discursos teóricos que produce.
Lo que ha ocurrido desde el siglo XVII puede
descifrarse así: el dispositivo de sexualidad, que
se había desarrollado primero en los m rgenes de
las instituciones familiares (en la dirección de con-
ciencias, en la pedagogía), poco a poco volver a
centrarse en la familia: lo que podía incluir de
extraño, de irreducible, quizá de peligroso para
el dispositivo de alianza -la consciencia de tal
peligro se manifiesta en las críticas frecuentemen-
te dirigidas contra la indiscreción de los directo-
res, y en todo el debate, algo más tardío, sobre la
educación de los niiíos: privada o pública, insti-
tucional o familiar- @2 fue vuelto a tomar en cuen-
ta por la familia, una familia reorganizada, más
cerrada sin duda, intensificada seguramente en
relación con las antiouas funciones que ejercía en
el dispositivo de alianza. Los padres y los cónyu-
ges llegaron a ser en la familia los principales
agentes de un dispositivo de sexualidad que, en el

2 Tartufo, de molitre, y El preceptor, de Lenz, representan,
con un siglo de distancia entre ellas, la interferencia del dis-
positivo de sexualidad en el dispositivo de familia: Tartufo
en el caso de la dirección espiritual y El preceptor en el de
la educación.


DOMINIO 135
exterior, se apoya en los m‚dicos, los pedagogos,
más tarde los psiquiatras, y que en el interior
llega a acompañar y pronto a "psicologizar" 0
"psiquiatrizar" los vínculos de alianza. Entonces
aparecen estos nuevos personajes: la mujer ner-
viosa, la esposa frígida, la madre indiferente 0
asaltada por obsesiones criminales, el marido im-
potente, s dico, perverso, la hija hist‚rica o neu-
rast‚nica, el niiío precoz y ya agotado, el joven
homosexual que rechaza el matrimonio o descuida
a su mujer. Constituyen las figuras mixtas de la
alianza descarriada y de la sexualidad anormal;
llevan el trastorno o perturbación de ‚sta al or-
den de la primera; y para el sistema de alianza
son la ocasión de hacer valer sus derechos en el
orden de la sexualidad. Una demanda incesante
nace entonces de la familia: pide que se la ayude
a resolver esos juegos desdichados de la sexuali-
dad y de la alianza, y, atrapada por el dispositivo
de sexualidad que la invadió desde el exterior,
que contribuyó a solidificarla en su forma moder-
na, profiere hacia los m‚dicos, los pedagogos, los
psiquiatras, los curas y tambi‚n los pastores, hacia
todos los "expertos" posibles, la larga queja de su
sufrimiento sexual. Todo sucede como si de pron-
to descubriese el temible secreto de lo que se le
inculcó y que no se dejaba de sugerirle: ella, arca
fundamental de la alianza, era el germen de todos
los infortunios del sexo. Y hela ahí, desde media-
dos del siglo XIX cuando menos, persiguiendo en
sí misma las menores huellas de sexualidad, arran-
c ndose a sí misma las más difíciles confesiones,
solicitando ser oída por todos los que pueden sa-
ber mucho sobre el tema, abri‚ndose de parte a
parte a la infinitud del examen. En el dispositivo


136 EL DISPOSITIVO DE SIEXUALIDAD
de sexualidad la familia es el cristal: parece di-
fundir una sexualidad que en realidad refleja y
difracta. Por su penetrabilidad y por ese juego
de remisiones al exterior, es para el dispositivo de
marras uno de los elementos tácticos más valiosos.
Pero nada de ello sucedió sin tensión ni pro-
blemas. Tambi‚n en esto Charcotáconstituye, sin
duda, una figura central. Durante años fue el más
notable entre aquellos a quienes las familias, in-
comodadas por la sexualidad que las saturaba, so-
licitaban arbitraje y atención. Y ‚l, que del mun-
do entero recibía padres que conducían a sus
hi'os, esposos con sus mujeres, mujeres con sus
maridos, se preocupaba en primer lugar -y a me-
nudo dio este consejo a sus alumnos- por separar
al "enfermo" de su familia y, para observarlo me-
jor, la escuchaba lo menos posible.3 Buscaba se-
parar el dominio de la sexualidad del sistema de
la alianza, a fin de tratarlo directamente con una
pr ctica m‚dica cuya tecnicidad y autonomía es-
taban garantizadas por el modelo neurológico. La
medicina retomaba así por su propia cuenta, y
según las reglas de un saber específico, una sexua-
lidad acerca de la cual la medicina misma había
incitado a las familias a preocuparse como de una
tarea esencial y un peligro mayor. Y Cha-rcot, va-

3 Charcot, LeCons du mardi, 7 de enero de 1888: "Para tratar
bien a una joven hist¨Tica, no hay que dejarla con su padre
y su madre, hay que llevarla a una casa de salud... ¨Saben
ustedes cu nto tiempo lloran a sus madres, cuando las aban.
donan, las jóvenes bien educadas? Consideremos el t‚rmino
medio, si ustedes quieren: una media hora. No es mucho."
21 de febrero de 1888: "En los casos de histeria de jóvenes
varones, lo que hay que hacer es separarlos de sus madres.
Mientras est‚n con ellas, no hay nada que hacer... A veces
el padre es tan insoportable como la madre; lo mejor, pues, es
suprimir a ambos."


DOMINIO 137
rias veces, notó con qu‚ dificultad las familias
"cedían" al m‚dico el paciente que sin embargo
venían a traerle, cómo ponían sitio a las casas de
salud en que el sujeto era mantenido aparte y con
qu‚ interferencias perturbaban sin cesar el tra-
bajo del m‚dico. No tenían, sin embargo, por qu‚
inquietarse: era para devolverles individuos se-
xualmente integrables al sistema de la familia por
lo que el terapeuta intervenía; y esta interven-
ción, aunque manipulara el cuerpo sexual, no lo
autorizaba a formular un discurso explícito. No
hay que hablar de esas "causas genitales": tal fue,
pronunciada a media voz, la frase que el oído más
famoso de nuestra ‚poca sorprendió, un día de
1886, en boca de Charcot.
En ese espacio se alojó el psicoanálisis, pero
modificando considerablemente el r‚gimen de las
inquietudes y las seguridades. Al principio tenía
que suscitar desconfianza y hostilidad puesto que
se proponía, llevando al límite la lección de Char-
cot, recorrer fuera del control familiar la sexuali-
dad de los individuos; sacaba a luz esa sexualidad
misma sin recubrirla con el modelo neurológico;
más aún, ponía en entredicho las relaciones fami-
liares con el análisis que de ellas hacía. Pero he
aquí que el psicoanálisis, que en sus modalidades
t‚cnicas parecía colocar la confesión de la sexua-
lidad fuera de la soberanía familiar, en el co-ra-
zón mismo de esa sexualidad rencontraba como
principio de su formación y cifra de su inteligi-
bilidad la ley de la alianza, los juegos mezclados
de los esponsales y el parentesco, el incesto. La
garantía de que en el fondo de la sexualidad de
cada cual iba a reaparecer la relación padres-hijos,
permitía mantener la sujeción con alfileres del


138 EL DISPOSITIVO DE SEXUALIDAD
dispositivo de sexualidad sobre el sistema de la
alianza en el momento en que todo parecía indi-
car el proceso inverso. No había ningún riesgo de
que la sexualidad apareciese, por naturaleza, ex-
traña a la ley: no se constituía sino gracias a ‚sta.
Padres, no tem is llevar a vuestros hijos al an li-
sis: en ‚l aprender n que, de todos modos, es a
vosotros a quienes aman. Hijos, no os quej‚is de-
masiado por no ser hu‚rfanos y siempre redescu-
brir en el fondo de vosotros mismos a la Madre-
Objeto o al signo soberano del Padre: es gracias
a ellos como acced‚is al deseo. De ahí, despu‚s de
tantas reticencias, el inmenso consumo de análisis
en las sociedades donde el dispositivo de alianza
y el sistema de la familia tenían necesidad de ser
reforzados. Pues en ello reside uno de los puntos
fundamentales en toda esta historia del dispositivo
de sexualidad: con la tecnología de la "carne" en
el cristianismo cl sico, nació apoy ndose en los sis-
temas de alianza y las leyes que los rigen; pero
hoy desempeña un papel inverso: tiende a soste-
ner el viejo dispositivo de alianza. Desde la direc-
ción de conciencias hasta el psicoanálisis, los dis-
positivos de alianza y de sexualidad, girando uno
con relación al otro según un lento proceso que
ahora tiene más de tres siglos, invirtieron sus res-
pectivas posiciones; en la pastoral cristiana, la ley
de la alianza codificaba esa carne que se estaba
descubriendo y le imponía desde un principio unz
armazón aún jurídica; con el psicoanálisis, la se
xualidad da cuerpo y vida a las reglas de la alianzp
satur ndolas de deseo.
El dominio que se tratar de analizar en los di
ferentes estudios que seguir n al presente volumei
consiste, pues, en ese dispositivo de sexualidad: si


I>OMINIO 139
formación a partir de la carne cristiana; su des-
arrollo a trav‚s de las cuatro grandes estrategias
desplegadas en el siglo XIX: sexualización del niño,
histerización de la mujer, especificación de los
perversos, regulación de las poblaciones -estrate-
gias todas que pasan por una familia que fue (hay
que verlo bien) no una potencia de prohibición
sino factor capital de sexualización.
El primer momento correspondería a la necesi-
dad de constituir una "fuerza de trabajo" (por
lo tanto nada de "gasto" inútil, nada de energía
dilapidada: todas las fuerzas volcadas al solo tra-
bajo) y de asegurar su reproducción (conyugal­-
dad, fabricación regulada de hijos). El segundo
momento correspondería a la ‚poca del Spdtkapi-
talismus donde la explotación del trabajo asalaria-
do no exige las mismas coacciones violentas y fí-
sicas que en el siglo XIX y donde la política del
cuerpo no requiere ya la elisión del sexo o su
limitación al solo papel reproductor; pasa más
bien por su canalización múltiple en los circuitos
controlados de la economía: una desublimación
sobrerrepresiva, como se dice.
Ahora bien, si la política del sexo no hace ac-
tuar en lo esencial la ley de la prohibición sino
todo un aparato t‚cnico, si se trata más bien de
la producción de la "sexualidad" que de la re-
presión del sexo, es preciso abandonar semejante
división y distanciar el análisis respecto del pro-
blema de la "fuerza de trabajo" y, sin duda, aban-
donar el energetismo difuso que sustenta el tema
de una sexualidad reprimida por razones econó-
micas.


4. PERIODIZACIàN




La historia de la sexualidad -si se quiere cen-
trarla en los mecanismos de represión- supone
dos rupturas. Una, durante el siglo XVIII naci-
miento de las grandes prohibiciones, valoración de
la sexualidad adulta y matrimonial únicamente,
imperativos de decencia, evitación obligatoria del
cuerpo, silencios y pudores imperativos del len-
guaje; la otra, en el siglo XX: no tanto ruptura,
por lo demás, como inflexión de la curva: en tal
momento los mecanismos de la represión habrían
comenzado a aflojarse; se habría pasado de las
prohibiciones sexuales apremiantes a una toleran-
cia relativa respecto de las relaciones prenupciales
o extramatrimoniales; la descalificación de los
..perversos" se habría atenuado, y borrado en par-
te su condena por la ley; se habrían levantado en
buena medida los tabúes que pesaban sobre la
sexualidad infantil.
Hay que intentar seguir la cronología de esos
procedimientos: las invenciones, las mutaciones
instrumentales, las remanencias. Pero existe tam-
bi‚n el calendario de su utilización, la cronología
de su difusión y de los defectos que inducen (de
sujeción o resistencia). Esos fechados múltiples
indudablemente no coinciden con el gran ciclo
represivo que de ordinario se sitúa entre los si-
glos XVII y XX.
11 U cronología de las t‚cnicas mismas se re-
monta muy atr s. Hay que buscar su punto de
[140]

PERIODIZACIàN 141
formación en las pr cticas penitenciales del cris-
tianismo medieval o, mejor, en la doble serie cons-
tituida por la confesión obligatoria, exhaustiva y
periódica impuesta a todos los ficles en el conci-
lio de Letr n, y por los m‚todos del ascetismo, del
ejercicio espiritual y del misticismo desarrollados
con particular intensidad desde el siglo XIV. Pri-
mero la Reforma, luego el catolicismo tridentino
marcaron una mutación importante y una escision
en lo que se podría llamar la "tecnología tradi-
cional de la carne". Escisión cuya profundidad no
debe ser ignorada; ello no excluye sin embargo
cierto paralelismo entre los m‚todos católicos y
protestantes del examen de conciencia y de la
dirección pastoral: aquí y all se fijan, con diver-
sas sutilezas, procedimientos de análisis y de for-
mulación discursiva de la "concupiscencia". T‚c-
nica rica, refinada, que se desarrolló a partir del
siglo XVI a trav‚s de largas elaboraciones teóricas
y se fijó a fines del XVIII en fórmulas que pueden
simbolizar, por un lado, el rigorismo mitigado
de Alfonso de Liguori, y, por otro, la pedago-
gía de Wesley.
Ahora bien, en esas postrimerías del siglo XVIII,
ypor razones que habr que determinar, nació
una tecnología del sexo enteramente nueva; nue-
va, pues sin ser de veras independiente de la te-
m tica del pecado, escapaba en lo esencial a la
institución eclesi stica. Por mediación de la medi-
cina, la pedagogía y la economía, hizo del sexo no
sólo un asunto laico, sino un asunto de Estado;
aún más: un asunto en el cual todo el cuerpo
social, y casi cada uno de sus individuos, era ins-
tado a vigilarse. Y nueva, tambi‚n, pues se des-
arrollaba según tres ejes: el de la pedagogía, cuyo


142 EL DISPOSINVO DE SEXUALIDAD
objetivo era la sexualidad específica del niño; el
de la medicina, cuyo objetivo era la fisiología
sexual de las mujeres; y el de la demografía fi-
nalmente, cuyo objetivo era la regulación espon-
t nea o controlada de los nacimientos. El "pecado
de juventud", las "enfermedades de los nervios"
y los "fraudes a la procreación" (como más tarde
se llamó a esos "funestos secretos") señalaron así
los tres dominios privilegiados de aquella nueva
tecnología. Sin duda, en cada uno de esos puntos
retomó, no sin simplificarlos, m‚todos ya forma-
dos por el cristianismo: la sexualidad infantil ya
estaba problematizada en la pedagogía espiritual
del cristianismo (no es indiferente que el primer,
tratado consagrado al pecado De mollities haya
sido escrito en el siglo XV por Gerson, educador
y místico; y que la colección Onania, redactada
por Dekker en el siglo XVIII vuelva palabra por
palabra a ejemplos establecidos por la pastoral
anglicana) ; la medicina de los nervios y los vapo--
res, en el siglo XVIII, retomó a su vez el dominio
de análisis descubierto ya en el momento en que
los fenómenos de posesión abrieron una crisis
rave en las pr cticas tan "indiscretas" de la di-
rección de conciencia y del examen espiritual (la
enfermedad nerviosa no es, por cierto, la verdad
de la posesión; pero la medicina de la histeria nc
carece de relación con la antigua dirección de lo.
,,obsesos") ; y las campañas a propósito de la nata
lidad desplazan bajo otra forma y en otro nive
el control de las relaciones conyugales, cuyo exa
men la penitencia cristiana había perseguido coi
tanta obstinación. Continuidad visible, pero qu
no impide una trasformación capital: la tecn(
loaía del sexo, a partir de ese momento, empez


PERIOD"ClóN 143
a responder a la institución m‚dica, a la exigencia
de normalidad, y más que al problema de la muer-
te y el castigo eterno, al problema de la vida y la
enfermedad. La "carne" es proyectada sobre el
organismo.
Tal mutación se sitúa en el tr nsito del siglo
XVIII al XIX; abrió el camino a muchas otras tras-
formaciones derivadas de ella. Una, en primer lu-
gar, separó la medicina del sexo de la medicina
general del cuerpo; aisló un "instinto" sexual sus-
ceptible -incluso sin alteración org nica- de
presentar anomalías constitutivas, desviaciones ad-
quiridas, dolencias o procesos patológicos. La
Psychopathia sexualis de Heinrich Kaan, en 1846,
puede servir como indicador: de entonces data la
relativa autonomización del sexo respecto del
cuerpo, la aparición correlativa de una medicina,
de una "ortopedia" específica, la apertura, en una
palabra, de ese gran dominio m‚dico-psicolóyico
de las "perversiones", que relevó a las viejas cate-
gorías morales del libertinaje o el exceso. En la
misma ‚poca, el análisis de la herencia otorgaba
al sexo (relaciones sexuales, enfermedades ven‚-
reas, alianzas matrimoniales, perversiones) una
posición de "responsabilidad biológica" en lo to-
cante a la especie: el sexo no sólo podía verse
afectado por sus propias enfermedades, sino tam-
bi‚n, en el caso de no controlarse, trasmitir en-
fermedades o bien cre‚rselas a las generaciones
futuras: así aparecía en el principio de todo un
capital patológico de la especie. De ahí el proyecto
m‚dico y tambi‚n político de organizar una ad-
ministración estatal de los matrimonios, nacimien-
tos y sobrevivencias; el sexo y su fecundidad re-
quieren una gerencia. La medicina de las perver-


144 EL DISPOSINVO DE SEXUALIDAD
siones y los programas de eugenesia fueron en la
tecnología del sexo las dos grandes innovaciones
de la segunda mitad del siglo XIX.
Innovaciones que se articularon fáclmente,
pues la teoría de la "degeneración" les permitía
referirse perpetuamente la una a la otra; expli-
caba cómo una herencia cargada de diversas enfer-
medades -org nicas, funcionales o psíquicas, poco
importa- producía en definitiva un perverso se-
xual (buscad en la genealogía de un exhibicionis-
ta o de un homosexual: encontrar‚is un antepa-
sado hemipl‚jico, un padre tísico o un tío con
demencia senil) ; pero tambi‚n explicaba cómo
una perversión sexual inducía un agotamiento de
la descendencia -raquitismo infantil, esterilidad
de las generaciones futuras. El conjunto perver-
sión-herencia-degeneración constituyó el sólido nú-
cleo de nuevas tecnologías del sexo. Y no hay que
imaginar que se trataba sólo de una teoría m‚-
dica científicamente insuficiente y abusivamente
moralizadora. Su superficie de dispersión fue am-
plia, y profunda su implantación. Psiquiatría, ju-
risprudencia tambi‚n, y medicina legal, instancias
de control social, vigilancia de niiíos peligrosos o
en peligro, funcionaron mucho tiempo con arre-
glo a la teoría de la degeneración, al sistema he-
rencia-perversión. Toda una pr ctica social, cuya
forma exasperada y a la vez coherente fue el ra-
cismo de Estado, dio a la tecnología del sexo un
poder temible y efectos remotos.
Y se comprendería mal la posición del psico-
análisis, a fines del siglo XIX, si no se viera la rup-
tura que operó respecto al gran sistema de la de-
generación: volvió al proyecto de una tecnología
m‚dica propia del instinto sexual, pero buscó


PEMODIZACI¨>N 145
emanciparía de sus correlaciones con la herencia
y, por consiguiente, con todos los racismos y todos
los eugenismos. Podemos ahora volver sobre lo
que podía haber de voluntad normalizadora en
Freud; tambi‚n se puede denunciar el papel des-
empeííado desde hace años por la institución psi-
coanalítica; en la gran familia de las tecnologías
del sexo, que se remonta tan lejos en la histo-
ria del Occidente cristiano, y entre las que en el
siglo XIX emprendieron la medicalización del sexo,
el psicoanálisis fue hasta la d‚cada de 1940 la que
se opuso, rigurosamente, a los efectos políticos e
institucionales del sistema perversión-herencia-de-
generación.
Ya se ve: la genealogía de todas esas t‚cnicas,
con sus mutaciones, desplazamientos, continuida-
des y rupturas, no coincide con la hipótesis de una
gran fase represiva inaugurada durante la edad
clásica y en vías de concluir lentamente en el
siglo XIX. M s bien hubo una inventiva perpe-
tua, una constante abundancia de m‚todos y pro-
cedimientos, con dos momentos particularmente
fecundos en esta proliferante historia: hacia me-
diados del siglo XVI, el desarrollo de los procedi-
mientos de dirección y examen de conciencia; a
comienzos del siglo XIX, la aparición de las tecno-
logías m‚dicas del sexo.
2] Pero todo eso no consistiría todavía sino en
un fechado de las t‚cnicas mismas. Fue otra la
historia de su difusión y su punto de aplicación.
Si se escribe la historia de la sexualidad en t‚rini-
nos de represión y si se refiere esa represión a la
utilización de la fuerza de trabajo, es preciso su-
poner que los controles sexuales fueron más inten-
sos y cuidadosos cuando se refirieron a las clases


146 EL DISPOSITIVO DE SEXUALIDAD
pobres; se debe inia‚lnar que siguieron las líneas
de la mayor dominación y la explotación más
sistem tica: el hombre adulto, joven, que no po-
seía sino su fuerza para vivir, debería ser el pri-
mer blanco de una sujeción destinada a desplaza:.
las energías disponibles desde el placer inútil hz
cia el trabajo obligatorio. Pero no parece que Iz
cosas hayan sucedido así. Al contrario, las t‚cnic,
más rigurosas se formaron y@ sobre todo, se ap
caron en primer lugar y con más intensidad en 1
clases económicamente privilegiadas y polítif
mente dirigentes. La dirección de las concienci
el examen de sí, toda la larga elaboración de
pecados de la carne, la localización escrupul
de la concupiscencia, fueron otros tantos proc,
mientos sutiles que no podían ser accesibles
a grupos restringidos. El m‚todo penitencial
Alfonso de Liguori, las reglas propuestas a los
todistas por Wesley, les aseguraron, es cierto,
difusión más amplia; pero al precio de una
siderable simplificación. Lo mismo podría di
de la familia como instancia de control y pun
saturación sexual: fue en primer t‚rmino
familia "burguesa" o "aristocr tica" don,
problematizó la sexualidad de los niños y 2
centes; donde se medicalizó la sexualidad
nina; y donde se alertó sobre la posible pa
del sexo, la urgente necesidad de vigilar (
inventar una tecnología racional de cori
Fue allí el primer lugar de la psiquiatrizac
sexo. Fue la primera que entró en cretismo
provoc ndose miedos, inventando recetas,
do al socorro de t‚cnicas científicas, su
innumerables discursos para repetírselos
ina. La burguesía comenzó por considera


P.ERIODIZACIàN 147
pio sexo como cosa importante, fr gil tesoro, se-
creto que era indispensable conocer. El personaje
invadido en primer lugar por el dispositivo de se-
xualidad, uno de los primeros en verse "sexual­-
zado", fue, no hay que olvidarlo, la mujer "ocio-
sa", en los límites de lo 44 mundano", donde debía
figurar siempre como un valor, y de la familia,
donde se le asignaba un nuevo lote de obligacio-
nes conyugales y maternales: así apareció la mujer
11 nerviosa", la mujer que sufría de "vapores"; allí
encontró su ancoraje la histerización de la mujer.
En cuanto al adolescente que dilapidaba en ' la-
p
ceres secretos su futura sustancia, el niño onanista
que preocupó tanto a m‚dicos y educadores desde
fines del siglo XVIII hasta fines del XIX, no era el
niño del pueblo, el futuro obrero, a quien habría
sido necesario inculcarle las disciplinas del cuer-
po; era el colegial, el jovencito rodeado de sir-
vientes, preceptores y gobernantes, y que corría el
riesgo de comprometer menos una fuerza física
que capacidades intelectuales, un deber moral y
la obligación de conservar para su familia y su
clase una descendencia sana.
Frente a ello, las capas populares escaparon
durante mucho tiempo al dispositivo de "sexuali-
dad". Ciertamente, estaban sometidas según mo-
dalidades particulares al dispositivo de las "alian-
zas": valoración del matrimonio legítimo y la
fecundidad, exclusión de las uniones consanguí-
neas, prescripciones de endogamia social y local. Es
poco probable, en cambio, que la tecnología cris-
tiana de la carne haya tenido nunca gran impor-
tancia para ellas. Los mecanismos de sexualización
penetraron lentamente en esas capas, y sin duda
en tres etapas sucesivas. Primero a propósito de


ALIDAD
El, Dlsp<:>Slrlvo DF SFXXJ
148 e natalidad cuando a fines del si-
,., pTobjernas d 1 arte de engañar a la
glo'XVlll se descubrió que @ egio de citadinos Y li-
Ta u', PTiv" .cado por
naturaleza lo e -. 0 y ptact,
que era cOrlOcid deberían sent"r
bertinos, slno nos a la naturalezas
cerca eni s. Lue-
quienes, ­a que los @. .1
r tal arte In s repugna,,c de la fanl"la canóni-
n
eció un insttuniento de
ión económica indispen-
1 p oletatiado urbano:

la I,UIOTalización de la .s

an carnpañ en cuando a fines del.sl-
1. Fir troj @udicial v in‚dico
saTTO de una p@otecció"
siones, en no puede decirse que
sociedad y 1' ­dad' elaborad(

en ispositivo de ni s intensas PO

en su forrnas rn s conil se difundió en 11
y para las clases privile adquirió en tod2
cuerpo social entero- P S ni utilizó los inisnl(
partes las rnismas fOTIr de la in
(los pax)eles Tespectivos
instrumentos . judicial no fuerc
tancia rn‚dica Y la instan a ariera
y all ; ni @o
c' 'u
aquí tarnp ­dad)
los raisinos lló'la medicina de la seyual
que funcio
ológicos -@a se trate
F,STOS TecordatoTi0s cron . 1 calendario de
la invención de las t‚cnicas 0 del. -Fornan rl
,poseen su inipottancia ivo, con un
clifusión- ea de u,, ciclo Tepres
dudosa la i .aido 1,1 nienos una c,
,iierizo 'Y un fin, dibul exión: probablemente
con sus puntos de infl sexual; y tarn]
hubo un@ edad de la TCStTiCC'órl del PTOCCS(
hacen dudat de la h en todas las
todos los niveles de 1

PMODIZACIàN
149
ses; no existió una política sexual unitaria. Pero
sobre todo vuelven problem tico el sentido del
proceso y sus razones de ser: al parecer, el dispo-
sitivo de sexualidad no fue erigido como princi-
pio de limitación del placer de los demás por
parte de lo que era tradicional denominar las
"clases dirigentes". Parece más bien que lo ensa-
yaron primero en sí mismas. ¨Nuevo avatar de ese
ascetismo burgu‚s tantas veces descrito a propósito
de la Reforma, de la nueva ‚tica del trabajo y de
la expansión del capitalismo? Precisamente, pare-
ciera no tratarse de un ascetismo o, en todo caso,
de una renuncia al lacer, de una descalifica-
p
ción de la carne, sino, por el contrario, de una
intensificación del cuerpo, una problematización
de la salud y sus condiciones de funcionamien-
to; de nuevas t‚cnicas para "maximizar" la vida.
M s que de una represión del sexo de las clases
explotables, se trató del cuerpo, del vigor, de la
longevidad, de la progenitura y de la descendencia
de las clases "dominantes". Allí fue establecido,
en primera instancia, el dispositivo de sexuali-
dad en tanto que distribución nueva de los pla-
ceres, los discursos, las verdades y los poderes. Hay
que sospechar en ello la autoafirmación de una
clase más que el avasallamiento de otra: una de-
fensa, una protección, un refuerzo y una exalta-
ción que luego fueron -al precio de diferentes
trasformaciones- extendidos a las demás como
medio de control económico y sujeción política.
En esta invasión de su propio sexo por una tecno-
loaía de poder que ella misma inventaba, la bur-
guesía hizo valer el alto precio político de su
ctierpo, sus sensaciones, sus placeres, su salud y
su supervivencia. No aislemos en todos esos pro-


150 EL DISPOSITIVO DE SEXUALIDAD
cedimientos lo que tengan en materia de restric-
ciones, pudores, esquivamientos o silencio, a fin
de referirlos a alguna prohibición constitutiva o
represión * o instinto de muerte. Fue un arreglo
político de la vida, y se constituyó en una afirma-
ción de sí, no en el sometimiento de otro. Y lejos
de que la clase que se volvía hegemónico en el
siglo XVIII haya creído deber amputar a su cuerpo
un sexo inútil, gastador y peligroso no bien no
estaba limitado a la reproducción, se puede decir
por el contrario que se otorgó un cuerpo al que
había que cuidar, proteger, cultivar y preservar
de todos los peligros y todos los contactos, y ais-
lar de los demás para que conservase su valor
diferencial; y dot ndose para ello, entre otros me-
dios, de una tecnología del sexo.
El sexo no fue una parte del cuerpo que la
burguesía tuvo que descalificar o anular para in-
ducir al trabajo a los que dominaba. Fue el ele-
mento de sí misma que la inquietó más que cual-
quier otro, que la preocupó, exigió y obtuvo sus
cuidados, y que ella cultivó con una mezcla de
espanto, curiosidad, delectación y fiebre. Con ‚l
identificó su cuerpo, o al menos se lo sometió,
adjudic ndole un poder misterioso e indefinido;
bajo su f‚rula puso su vida y su muerte, volvi‚n-
dolo responsable de su salud futura; en ‚l invirtió
su futuro, suponiendo que tenía efectos inclucta-
bles sobre la descendencia; le subordinó su alma,
pretendiendo que ‚l constituía su elemento más
secreto y determinante. No imaginemos a la bur-
guesía castr ndose simbólicamente para rehusar
mejor a los demás el derecho de tener un sexo y
usarlo libremente. M s bien, a partir de mediados
Refoulement. Represión en su acepción psicoanalítico. [T.]
PMODIZACIàN 151
del siglo XVIII, hay q .ue verla empezada en pro-
veerse de una sexualidad y constituirse a partir de
ella un cuerpo específico, un cuerpo "de clase",
dotado de una salud, una higiene, una descenden-
cia, una raza: autosexualización de su cuerpo, en-
carnación del sexo en su propio cuerpo, endoga-
mia del sexo y el cuerpo. Diversas razones, sin
duda, había para ello.
En primer lugar, una trasposición, en otras for-
mas, de los procedimientos utilizados por la no-
bleza para seííalar y mantener su distinción de
casta; pues la aristocracia nobiliario tambi‚n ha-
bía afirmado la especificidad de su cuerpo, pero>
por medio de la sangre, es decir, por la antig�edad
de las ascendencias y el valor de las alianzas; la
burguesía, para darse un cuerpo, miró en cambio
hacia la descendencia y la salud de su organismo.
El sexo fue la "sangre" de la burguesía. No es un
juego de palabras: muchos de los temas propios
de las maneras de casta de la nobleza reaparecen
en la burguesía del siglo XIX, pero en forma
de preceptos biológicos, m‚dicos, eugen‚sicos; la
preocupación genealógica se volvió preocupación
por la herencia; en los matrimonios se tomaron
en cuenta no sólo imperativos económicos y re-
glas de homogeneidad social, no sólo las promesas
de la herencia económica sino las amenazas de la
herencia biológica; las familias llevaban y escon-
dían una especie de blasón invertido y sombrío
cuyos cuartos infamantes eran las enfermedades o
taras de la parentela -la par lisis general del
abuelo, la neurastenia de la madre, la tisis de la
hermana menor, las tías hist‚ricas o erotómanas,
los primos de malas costumbres. Pero en ese en­-
dado del cuerpo sexual había algo más que la tras-


152 EL DISPOSITIVO DE SEXUALIDAD
posición burguesa de los temas de la nobleza con
propósitos de afirmación de sí. Tambi‚n se tra-
taba de otro proyecto: el de una expansión inde-
finida de la fuerza, del vigor, de la salud, de la
vida. La valoración del cuerpo debe ser enlazada
con el proceso de crecimiento y establecimiento
de la hegemonía burguesa: nc> a causa, sin embar-
go, del valor mercantil adquirido por la fuerza de
trabajo, sino en virtud de lo que la "cultura"
de su propio cuerpo podía representar política-
mente, económicamente e históricamente tanto
para el presente como para el porvenir de la bur-
guesía. En parte, su dominación dependía de aqu‚-
lla; no se trataba sólo de un asunto económico o
ideológico, sino tambi‚n "físico". Lo atestiguan
las obras tan numerosas publicadas a fines del si-
glo XVIII sobre la higiene del cuerpo, el arte de
la longevidad, los m‚todos para tener hijos salu-
dables y conservarlos vivos el mayor tiempo posi-
ble, los procedimientos para mejorar la descen-
dencia humana; así atestiguan la correlación de
ese cuidado del cuerpo y el sexo con un "racis-
mo", pero muy diferente del manifestado por la
nobleza, orientado a fines esencialmente conser- rc
vadores. Se trataba de un racismo din mico, de p¨
un racismo de la expansión, incluso si aún se en- na
contraba en estado embrionario y si tuvo que au
esperar hasta la segunda mitad del siglo XIX para roi
dar los frutos que nosotros hemos saboreado. de
Que me perdonen aquellos para quienes bur- ma
guesía significa elisión del cuerpo y represión de
li,efoulementl de la sexualidad, aquellos para gul
quienes lucha de clases implica combate para anu-
lar esa represión. La "filosofía espont nea" de la
bu
burguesía quizá no es tan idealista ni castradora

PMODIZACIàN 153
como se dice; en todo caso, una de sus primeras
preocupaciones fue darse un cuerpo y una sexua-
lidad -asegurarse la fuerza, la perennidad, la pro-
liferación secular de ese cuerpo mediante la or-
ganización de un dispositivo de sexualidad. Y tal
proceso estuvo ligado al movimiento con el que
afirmaba su diferencia y su hegemonía. Sin duda
hay que admitir que una de las formas primor-
diales de la conciencia de clase es la afirmación
del cuerpo; al menos ‚se fue el caso de la burgue-
sía durante el siglo XVIII convirtió la sangre azul
de los nobles en un organismo con buena salud
y una sexualidad sana; se comprende por qu‚ em-
pleó tanto tiempo y opuso tantas reticencias para
reconocer un cuerpo y un sexo a las demás clases,
precisamente a las que explotaba. Las condiciones
de vida del proletariado, sobre todo en la primera
mitad del siglo XIX, muestran que se estaba lejos
de tomar en cuenta su cuerpo y su sexo: 1 poco
importaba que aquella gente viviera o muriera;
de todos modos se reproducían. Para que el pro-
letariado apareciera dotado de un cuerpo y una
sexualidad, para que su salud, su sexo y su repro-
ducción se convirtiesen en problema, se necesita-
ron conflictos (en particular a propósito del es-
pacio urbano: cohabitación, proximidad, contami-
nación, epidemias -como el cólera en 1832- o
aun prostitución y enfermedades ven‚reas) ; fue-
ron necesarias urgencias económicas (desarrollo
de la industria pesada con la necesidad de una
mano de obra estable y competente, obligación
de controlar el flujo de población y de lograr re-
gulaciones demoat ficas) ; fue finalmente necesa-

1 Cf. K. Marx, El capital, libro i, cap. viii, 2, 'La ham-
bruna de plustrabajo". Siglo XXI Editores, 1975.

154 EL DISPOSITIVO DE SEXUALIDAD
ria la erección de toda una tecnología de control
que permitiese mantener bajo vigilancia ese cuer-
po y esa sexualidad que al fin se le reconocía (la
escuela, la política habitacional, la higiene públi-
ca, las instituciones de socorro y seguro, la medi-
calización general de las poblaciones -en suma,
todo un aparato administrativo y t‚cnico permitió
llevar a la clase explotada, sin peligro, el dispo-
sitivo de sexualidad; ya no se corría el riesgo de
que el mismo desempeñara un papel de afirma-
ción de clase frente a la burguesía; seguía siendo
el instrumento de la hegemonía de esta última).
De allí, sin duda, las reticencias del proletariado
a aceptar ese dispositivo; de allí su tendencia a
decir que toda esa sexualidad es un asunto bur-
gu‚s que no le concierne.
Hay quienes creen poder denunciar a la vez dos
hipocresías sim‚tricas: una, dominante, de la bur-
guesía que negaría su propia sexualidad; otra, in-
ducida, del proletariado que por aceptación de la
ideología de enfrente rechaza la propia. Esto es
no comprender el proceso por el cual la burgue-
sía, al contrario, se dotó, en una afirmación polí-
tica arrogante, de una sexualidad parlanchina que
el proletariado por mucho tiempo no quiso acep-
tar, ya que le era impuesta con fines de sujeción. e

Si es verdad que la "sexualidad" es el conjunto ti

de los efectos producidos en los cuerpos, los com- ti

portamientos y las relaciones sociales por cierto t:

dispositivo dependiente de una tecnología política F
compleja, hay que reconocer que ese dispositivo ¨

no actúa de manera sim‚trica aquí y all , que por
lo tanto no produce los mismos efectos. Hay pues
que volver a formulaciones desacreditadas desde
hace mucho; hay que decir que existe una sexua-


PtXíODlZAC16N 155
lidad burguesa, que existen sexualidades de cla-
se. 0 más bien que la sexualidad es originaria e
históricamente burguesa y que induce, en sus des-
plazamientos sucesivos y sus trasp'osiciones, efectos
de clase de car cter específico.


Una palabra más. kn el curso del siglo XIX hubo,
pues, una generalización del dispositivo de sexua-
lidad a partir de un foco hegemónico. En última
instancia, aunque de un modo y con instrumentos
diferentes, el cuerpo social entero fue dotado de
un "cuerpo sexual". ¨Universalidad de la sexua-
lidad? Allí vemos que se introduce un nuevo ele-
mento diferenciador. Un poco como la burguesía,
a fines del siglo XVIII, había opuesto a la sangre
valiosa de los nobles su propio cuerpo y su sexua-
lidad preciosa, así, a fines del siglo XIX, buscó re-
definir la especificidad de la suya frente a la de
los otros, trazar una línea divisoria que singula-
rizara y protegiera su cuerpo. Esta línea ya no ser
la que instaura la sexualidad, sino una línea que,
por el contrario, la intercepta; la diferencia pro-
viene de la prohibición o, por lo menos, del modo
en que se ejerce y del rigor con que se impone. La
teoría de la represión, que poco a poco recubrir
todo el dispositivo de sexualidad y le dar el sen-
tido de una prohibición generalizada, tiene allí su
punto de origen. Est históricamente ligada a la
difusión del dispositivo de sexualidad. Por un
lado, va a justificar su extensión autoritaria y
coercitiva formulando el principio de que toda
sexualidad debe estar sometida a la ley o, mejor
aún, que no es sexualidad sino por el efecto de
la ley: no sólo debe uno someter su sexualidad


156 ]EL DISPWITIVO DE SEXUALIDAD
a la ley, sino que únicamente tendr una sexua-
lidad si se sujeta a la ley. Pero, por otro lado, la
teoría de la represión compensar esa difusión ge-
neral del dispositivo de sexualidad por el análisis
del juego diferencial de las prohibiciones según
las clases sociales. Del discurso que, a fines del
siglo XVIII, decía: "hay en nosotros un elemento
de alto precio al que conviene temer y tratar con
tino, al que corresponde aportar todos nuestros
cuidados si no queremos que engendre males in-
finitos", se pas‚ a un discurso que dice: "nuestra
sexualidad, a diferencia de la de los otros, est
sometida a un r‚gimen de represión tan intenso
que desde ahora reside allí el peligro; el sexo no
sólo es un secreto temible, como no dejaban de
decirlo a las generaciones anteriores los directores
de conciencia, los moralistas, los pedagogos y los
m‚dicos, no sólo hay que desenmascararlo en su
verdad, sino que si trae consigo tantos peligros,
se debe a que durante demasiado tiempo -escrú
pulo, sentido excesivamente agudo del pecado, hi@
pocresía, lo que se prefiera- lo hemos reducidc
al silencio". A partir de allí la diferenciación so
cial se afirmar no por la calidad "sexual" de
cuerpo sino por la intensidad de su represión.
El psicoanálisis se inserta en este punto: teorí
de la relación esencial entre la ley y el deseo y,
la vez, t‚cnica para eliminar los efectos de lo pr,
hibido allí donde su rigor lo torna patógeno. 1
su emergencia histórica, el psicoanálisis no pue
disociarse de la generalización del dispositivo
sexualidad y de los mecanismos secundarios de
ferenciación que en ‚l se produjeron. Tamt
desde este punto de vista el problema del inc
es significativo. Por una parte, como se ha vist< 'PMIODIZACIàN 157 prohibición es planteada como principio absolu- tamente universal que permite pensar a un tiem- po ¨I sistema de alianza y el r‚gimen de sexua- lidad; esa prohibición, en una u otra forma, es v lida pues para toda sociedad y todo individuo. Pero en la pr ctica, el psicoanálisis asume como tarea eliminar, en quienes est n en posición de utilizarlo, los efectos de represión [refoulement] que puede inducir; les permite articular en dis- curso su deseo incestuoso. Ahora bien, en la mis- ma ‚poca se organizaba una caza sistem tica de las pr cticas incestuosas, tal como existían en el cam- po o en ciertos medios urbanos a los que no te- nía acceso el psicoanálisis: una apretada división en zonas administrativas y judiciales fue montada para ponerles un t‚rmino; toda una política de protección de la infancia o de puesta bajo tutela de los menores "en peligro" tenía como objetivo, en parte, su retirada de las familias sospechosas oie practicar el incesto -por falta de lugar, proximi- dad dudosa, h bito del libertinaje, primitivismo" salvaje o degeneración. Mientras que el dispositivo de sexualidad, desde el siglo XVIII, había intensi- ficado las relaciones efectivas, las proximidades corporales entre padres e hijos, y hubo una per- petua incitación al incesto en la familia burgue- sa, el r‚gimen de sexualidad aplicado a las clases populares implica en cambio la exclusión de las pr cticas incestuosas o al menos su desplazamiento hacia otra forma. En la ‚poca en que el incesto, por un lado, es perseguido en tanto que conducta, el psicoanálisis, por el otro, se empeña en sacarlo a la luz en tanto que deseo y eliminar el rigor que lo reprime. No hay que olvidar que el descu- brimiento del Edipo fue contempor neo de la 158 EL DISPOSITIVO DE SEXUALIDAD organización jurídica de la inhabilitación paternal (en Francia, por las leyes de 1889 y 1898). En el momento en que Freud descubría cu l era el de- .seo de Dora y le permitía ser formulado, la so- ciedad se armaba para impedir en otras capas sociales todas esas proximidades censurables; el padre, por una parte, era convertido en objeto de obligado amor; pero, por la otra, si era amante resultaba disminuido por la ley. Así el psicoan - lisis, como pr ctica terap‚utica reservada, desem- peñaba un papel diferenciador respecto de otros procedimientos dentro de un dispositivo de sexua- lidad ahora generalizado. Los que perdieron el privilegio exclusivo de preocuparse por su sexua- lidad gozaron a partir de entonces del privilegio de experimentar más que los demás lo que la prohibe y de poseer el m‚todo que permite ven- ccr la represión [refoulement]. La historia del dispositivo de sexualidad, tal como se desarrolló desde la edad clásica, puede valer como arqueología del psicoanálisis. En efec- to, ya lo vimos: ‚ste desempeña en tal dispositivo varios papeles simult neos: es mecanismo de unión de la sexualidad con el sistema de alianza; se esta- blece en posición adversa a la teoría de la dege- neración; funciona como elemento diferenciador en la tecnología general del sexo. La gran exigen- cia de confesión formada muchísimo antes adquie- re en ‚l el sentido nuevo de una conminación a levantar la represión. La tarea de la verdad se halla ahora ligada a la puesta en entredicho de lo prohibido. Pero eso mismo abría la posibilidad de un desplazamiento táctico considerable: reinterpretar todo el dispositivo de sexualidad en t‚rminos de PMODIZACIàN 159 represión [r‚pression] generalizada; vincularla con mecanismos generales de dominación y explota- ción; y ligar unos con otros los procesos que per- miten liberarse de unas y otras. Así se formó al- rededor de Reich, entre las guerras mundiales, la crítica histórico-política de la represión sexual. El valor de esa crítica y sus efectos sobre la realidad fueron considerables. Pero la posibilidad misma de su ‚xito estaba vinculada al hecho de que se desplegaba siempre dentro del dispositivo de sexua- lidad, y no fuera de ‚l o contra ‚l. El hecho de que tantas cosas hayan podido cambiar en el com- portamiento sexual de las sociedades occidentales sin que se haya realizado ninguna de las prome- sas,o condiciones políticas que Reich consideraba necesarias, basta para probar que toda la "revo- lución" del sexo, toda la lucha "antirrepresiva no representaba nada más, ni tampoco nada menos lo que ya era importantísimo-, que un despla- zamiento y un giro tácticos en el gran dispositivo de sexualidad. Pero tambi‚n se comprende por qu‚ no se podía pedir a esa crítica que fuera el enrejado para una historia de ese mismo dispo- sitivo. Ni el principio de un movimiento para desmantelarlo. 1 9 V. DERECHO DE MUERTE Y PODER SOBRE LA VIDA Duralle mucho tiempo, uno de los privilegios característicos del poder soberano fue el derecho de vida y muerte. Sin duda derivaba formal- mente de la vieja Patria Potestas que daba al pa- dre de familia romano el derecho de "disponerpr de la vida de sus hijos como de la de sus escla- vos; la había "dado", podía quitarla. El derecho de vida y muerte tal como se formula en los teó- ricos clásicos ya es una fohna considerablemente atenuada. Desde el soberano hasta sus súbditos, ya no se concibe que tal privil - egio se ejerza en lo absoluto e inco¨dicionainiente, sino en' los únicos casos en que el soberano se encuentra expuesto en su existencia misma: una especie de derecho de r‚plica. ¨Est amenazado por sus enemigos exte- riores, que quieren derribarlo o discutir sus dere- chos? Puede entonces hacer la erra legítimamen- te y pedir a sus s tOMCn- Parte en la defensa del Estadc erse directamente su muerte", es líci er sus vidas": en este sentido eierce sobre ellos un derecho "in- directo" de vida ' y muerte." Pero si es uno de sus súbditos el que se levanta contra ‚l, entonces el soberano puede e 'jercer sobre su vida un poder di- recto: a título de castigo, lo matar . Así entendido, el derecho de vida y muerte va 0 es un privilegio .,- n absoluto: est condicionado por la defensa del so- berano Y su Propia supervivencia. ¨llay que con- siderar]O, COIno Hobbes, una trasposición al prín- 1 S. Pufendorf, Le drit d, ¨O nature (trad. p. 445. [1631 frane de i734), 164 I)ERECIIO DE MUM@ y PODER SOBRE LA VIDA cipc del derecho de cada cual a defender su vida al precio de la muerte de otros? ¨O hay que ver ahí un derecho específico que aparece con la for- mación de ese nuevo ser jurídico: el soberano? ' De todos modos, el derecho de vida y muerte, tanto en esa forma moderna, relativa y iiiiiitada, como en su antigua forma absoluta, es un derecho ejerce su derecho so, disim‚trico. El soberano no , bTe la vida sino poniendc, en acción su derecho de matar, o Teteni‚ndolo; no indica su poder sobre la vida sino en virtud de la muerte que puede exigir. El derecho que se forrnula coinc> "dfj vida
" es en realidad el derecho de hacer me-
y muerte . he-
rir o de dejar vivir. Despu‚s de todo, era Sin'
lizado por 'la espada. Y_ quizá haya que referir
esa forma jurídica a un tipo histórico de sociedad
en donde el poder se ejercía esencialmente como
instancia de deducción, mecanismo de sustrac-
ción, derecho de apropiarse de una parte de las
riquezas, extorsión de productos, de bienes, de
servicios, de trabajo y de sangre, impuesto a los
súbditos. El poder era ante todo derecho de cap-
y fi-
tación: de las cosas, del tiempo, los cuerpos
nalmente la vida; caminaba en el privilegio de

apoderarse de ‚sta para suprimirla.
Ahora bien, el occidente conoció desde la edad
clásica una profundísima trasforrnación de esos
mecanismos de poder. Las "deducciones" ya no

son la forma mayor, sino sólo una pieza entre

2 "As p '0 puede :;,r @c llidadm
,.m, iin cuerpo coro u@ los C.@ i::
d@ ples de
que no ‚n un cuerpo moral puede
la mez< m d, las PetsOnas Que lo tener. e nc "ti,n frmaime.te a compol cuyo ejercicio sólo corT,Sponde ningun loc. lit., p. 452. a los DERECHO DE MUERTE Y PODER SOBRE LA VIDA 165 otras que poseen funciones de incitación, de re- forzamiento, de control, de vigilancia, de aumento y organización de las fuerzas que somete: un poder destinado a producir fuerzas, a hacerlas crecer y ordenarlas más que a obstaculizarlas, doblegarlas o destruirlas. A partir de entonces el derecho de muerte tendió a desplazarse o al menos a apoyarse en las exigencias de un poder que administra la vida, y a conformarse a lo que reclaman dichas exigencias. Esa muerte, que se fundaba en el de- recho del soberano a defenderse o a exigir ser defendido, apareció como el simple env‚s del de- recho que posee el cuerpo social de asegurar su vida, mantenerla y desarrollarla. Sin embargo, nunca las guerras fueron tan sangrientas como a partir del siglo XIX e, incluso salvando las distan- cias, nunca hasta entonces los regímenes habían practicado sobre sus propias poblaciones holo- caustos semejantes. Pero ese formidable poder de muerte -y esto quizá sea lo que le da una parte de su fuerza y del cinismo con que ha llevado tan lejos sus propios límites- parece ahora como el complemento de un poder que se ejerce positiva- mente sobre la vida, que procura administrarla, aumentarla, multiplicarla, ejercer sobre ella con- troles precisos y regulaciones generales. Las gue- rras ya no se hacen en nombre del soberano al que hay que defender; se hacen en nombre de la existencia de todos; se educa a poblaciones enteras para que se maten mutuamente en nombre de la necesidad que tienen de vivir. Las matanzas han llegado a ser vitales. Fue en tanto que gerentes de la vida y la supervivencia, de los cuerpos y la raza, como tantos regímenes pudieron hacer tan- tas guerras, haciendo matar a tantos hombres. Y 166 DERECHO DE MUERTE Y PODER SOBRE LA VIDA por un giro que permite cerrar el círculo, mientras más ha llevado a las guerras a la destrucción ex- haustiva su tecnología, tanto más, en efecto, la decisión que las abre y la que viene a concluirlas responden a la cuestión desnuda de la superviven- cia. Hoy la situación atómica se encuentra en la desembocadura de ese proceso: el poder de expc>-
ner a una población a una muerte general es el
env‚s del poder de garantizar a otra su existencia.
El principio de poder matar para poder vivir, que
sostenía la táctica de los combates, se ha vuelto
principio de estrategia entre Estados; pero la exis-
tencia de marras ya no es aquella, jurídica, de la
soberanía, sino la puramente biológica de una
población. Si el genocidio es por cierto el sueiío
de los poderes modernos, ello no se debe a un
retorno, hoy, del viejo derecho de matar; se debe
a que el poder reside y ejerce en el nivel de la
vida, de la especie, de la raza y de los fenómenos
masivos de población.
En otro nivel, yo habría podido tomar el ejem-
plo de la pena de muerte. junto con la guerra, fue
mucho tiempo la otra forma del derecho de espa-
da; constituía la respuesta del soberano a quien
atacaba su voluntad, su ley, su persona. Los que
mueren en el cadalso escasean cada vez más, a la
inversa de los que mueren en las guerras. Pero es
por las mismas razones por lo que ‚stos son más
numerosos y aqu‚llos más escasos. Desde que el
poder asumió como función administrar la vida,
no fue el nacimiento de sentimientos humanita-
rios lo que hizo cada vez más difícil la aplicación
de la pena de muerte, sino la razón de ser del
poder y la lógica de su ejercicio. ¨Cómo puede
un poder ejercer en el acto de matar sus más altas


DEUCHO DE MUERTE Y PODER SOBRE LA VIDA 167

prerrogativas, si su papel mayor es asegurar, re-
forzar, sostener, multiplicar la vida y ponerla en
orden? Para semejante poder la e .ecución capital
es a la vez el límite, el esc ndalo y la contradic-
ción. De ahí el hecho de que no se pudo man-
tenerla sino invocando menos la enormidad del
crimen que la monstruosidad del criminal, su in-
corregibilidad, y la salvaguarda de la sociedad. Se
mata legítimamente a quienes significan para los
demás una especie de peligro biológico.
Podría decirse que el viejo derecho de hacer
morir o dejar vivir fue remplazado por el poder
de hacer vivir o de rechazar hacia la muerte. Q u­-
z se explique así esa descalificación de la muerte
señalada por la reciente caída en desuso de los
rituales que la acompañaban. El cuidado puesto
en esquivar la muerte est ligado menos a una
nueva angustia que la tornaría insoportable para
nuestras sociedades, q'ue al hecho de que los pro-
cedimientos de poder no han dejado de apartarse
de ella. En el paso de un mundo a otro, la muerte
era el relevo de una soberanía terrestre por otra,
singularmente más poderosa; el fasto que la ro-
deaba era signo del car cter político de la cere-
monia. Ahora es en la vida y a lo largo de su
desarrollo donde el poder establece su fuerza; la
muerte es su límite, el momento que no puede
apresar; se torna el punto más secreto de la exis-
tencia, el más "privado". No hay que asombrarse
si el suicidio -antaño un crimen, puesto que era
una manera de usurpar el derecho de muerte que
sólo el soberano, el de aquí abajo o el del más
all , podía ejercer- llegó a ser durante el siglo XIX
una de las primeras conductas que entraron en el
campo del análisis sociológico; hacía aparecer en


168 DERECHO DE MUERTE Y PODER SOBRE LA VIDA
las fronteras y los intersticios del poder que se
ejerce sobre la vida, el derecho individual y pri-
vado de morir. Esa obstinación en morir, tan ex-
trafía y sin embargo tan regular, tan constante
en sus manifestaciones, por lo mismo tan poco
explicable por particularidades o accidentes indi-
viduales, fue una de las primeras perplejidades
de una sociedad en la cual el poder político aca-
baba de proponerse como tarea la administración
de la vida.
Concretamente, ese poder sobre la vida se des-
arrolló desde el siglo XVII en dos formas principa-
les; no son antit‚ticas; más bien constituyen dos
polos de desarrollo enlazados por todo un haz in-
termedio de relaciones. Uno de los polos, al pa-
recer el primero en formarse, fue centrado en el
cuerpo como m quina: su educación, el aumento
de sus aptitudes, el arrancamiento de sus fuerzas,
el crecimiento paralelo de su utilidad y su doci-
lidad, su integración en sistemas de control efica-
ces y económicos, todo ello quedó asegurado por
procedimientos de poder característicos de las dis-
ciplinas: anatomopolítica del cuerpo humano. El
segundo, formado algo más tarde, hacia mediados
del siglo XVIII, fue centrado en el cuerpo-especie,
en el cuerpo transido por la mec nica de lo vivien-
te y que sirve de soporte a los procesos biológicos:
la proliferación, los nacimientos y la mortalidad, e
nivel de salud, la duración de la vida y la longe
vidad, con todas las condiciones que pueden hz
cerlos variar; todos esos problemas los toma a s
cargo una serie de intervenciones y controles r
guladores: una biopolítica de la población. 1
disciplinas del cuerpo y las regulaciones de la 1
blación constituyen los dos polos alrededor de


DERECHO DE MUERTE Y PODER SOBRE LA VIDA 169
cuales se desarrolló la organización del poder so-
bre la vida. El establecimiento, durante la edad
clásica, de esa gran tecnología de doble faz -ana-
tómica y biológica, individualizante y especifican-
te, vuelta hacia las realizaciones del cuerpo y
atenta a los procesos de la vida- caracteriza un
poder cuya más alta función no es ya matar sino
invadir la vida enteramente.
La vieja potencia de la muerte, en la cual se
simbolizaba el poder soberano, se halla ahora cui-
dadosamente recubierto por la administración de
los cuerpos y la gestión calculadora de la vida.
Desarrollo r pido durante la edad clásica de diver-
sas disciplinas -escuelas ' colegios, cuarteles, talle-
res; aparición tambi‚n, en el campo de las pr c-
ticas políticas y las observaciones económicas, de
los problemas de natalidad, longevidad, salud pú-
blica, vivienda, migración; explosión, pues, de
t‚cnicas diversas y numerosas para obtener la su-
jeción de los cuerpos y el control de las pobla-
ciones. Se inicia así la era de un "bio-poder". Las
dos direcciones en las cuales se desarrolla todavía
aparecían netamente separadas en el siglo XVIII.
En la vertiente de la disciplina figuraban institu-
ciones como el ej‚rcito y la escuela; reflexiones
sobre la táctica, el aprendizaje, la educación, el or-
den de las sociedades; van desde los análisis pro-
piamente militares del mariscal de Saxe hasta los
sueiíos políticos de Guibert o de Servan. En la
vertiente de las regulaciones de población, figura
la demografía, la estimación de la relación entre
recursos y habitantes, los cuadros de las riquezas
y su circulación, de las vidas y su probable dura-
ción: los trabajos de Quesnay, Moheau, S�ssmilch.
La filosofía de los "ideólogos" -como teoría de la

7

170 DERECHO DE MUERTE Y PODER SOBRE LA VIDA
idea, del signo, de la g‚nesis individual de las sen-
saciones, pero tambi‚n de la composición social
de los intereses, la Ideología como doctrina del
aprendizaje, pero tambi‚n del contrato y la for-
mación regulada del cuerpo social- constituye sin
duda el discurso abstracto en el que se buscó
coordinar ambas t‚cnicas de poder para construir
su teoría general. En realidad, su articulación
no se realizar en el nivel de un discurso especu-
lativo sino en la forma de arreglos concretos que
constituir n la gran tecnología del poder en el
siglo XIX: el dispositivo de sexualidad es uno de
ellos, y de los más importantes.
Ese bio-poder fue, a no dudarlo, un elemento
indispensable en el desarrollo del capitalismo; ‚ste
no pudo afirmarse sino al precio de la inserción
controlada de los cuerpos en el aparato de pro-
ducción y mediante un ajuste de los fenómenos de
población a los procesos económicos. Pero exigió
más; necesitó el crecimiento de unos y otros, su
reforzamiento al mismo tiempo que su utilizabi-
lidad y docilidad; requirió m‚todos de poder ca-
paces de aumentar las fuerzas, las aptitudes y la
vida en general, sin por ello tornarlas más difíciles
de dominar; si el desarrollo de los grandes apa-
ratos de Estado, como instituciones de poder, ase-
guraron el mantenimiento de las relaciones de
producción, los rudimentos de anatomo y biopo-
lítica, inventados en el siglo XVIII como t¨cnicas
de poder presentes en todos los niveles del cuerpo
social y utilizadas por instituciones muy diversas
(la familia, el ej‚rcito, la escuela, la policía, la
medicina individual o la administración de colec-
tividades), actuaron en el terreno de los procesos
económicos, de su desarrollo, de las fuerzas invo-


DERECHO DE MUERTE Y PODER SOBRE LA VIDA 171
lucradas en ellos y que los sostienen; operaron
tambi‚n como factores de segregación y jerarqui-
zación sociales, incidiendo en las fuerzas respec-
tivas de unos y otros, garantizando relaciones de
1 dominación y efectos de hegemonía; el ajuste en-
5 tre la acumulación de los hombres y la del capital,
r la articulación entre el crecimiento de los grupos
humanos y la expansión de las fuerzas productivas
y la repartición diferencial de la ganancia, en par-
te fueron posibles gracias al ejercicio del bio-po-
der en sus formas y procedimientos múltiples. La
invasión del cuerpo viviente, su valorización y
la gestión distributivo de sus fuerzas fueron en ese
momento indispensables.
Es sabido que muchas veces se planteó el pro-
blema del papel que pudo tener, en la primerísi-
ma formación del capitalismo, una moral asc‚tica;
pero lo que sucedió en el siglo XVIII en ciertos
países occidentales y que fue ligado por el desarro-
llo del capitalismo, fue otro fenómeno y quizá de
mayor amplitud que esa nueva moral que parecía
descalificar el cuerpo; fue nada menos que la en-
trada de la vida en la historia @uiero decir la
entrada de los fenómenos propios de la vida de
la especie humana en el orden del saber y del
poder-, en el campo de las t‚cnicas políticas. No
se trata de pretender que en ese momento se pro-
dujo el primer contacto de la vida con la historia.
Al contrario, la presión de lo biológico sobre lo
histórico, durante milenios, fue extremadamente
fuerte; la epidemia y el hambre constituían las
dos grandes formas dram ticas de esa relación que
permanecía así colocada bajo el signo de la muer-
te; por un proceso circular, el desarrollo econó-
mico y principalmente agrícola del siglo XVIII, el


172 DERECHO DE MUMTE Y PODER SOBRE LA VIDA
aumento de la productividad y los recursos más
r pido aún que el crecimiento demogr fico al que
favorecía, permitieron que se aflojaran un poco
esas amenazas profundas: la era de los grandes
estragos del hambre y la peste -salvo algunas
resurgencias- se cerró antes de la Revolución
francesa; la muerte dejó, o comenzó a dejar, de
hostigar directamente a la vida. Pero al mismo
tiempo, el desarrollo de los conocimientos relati-
vos a la vida en general, el mejoramiento de las
t‚cnicas agrícolas, las observaciones y las medidas
dirigidas a la vida y supervivencia de los hombres,
contribuían a ese aflojamiento: un relativo domi-
nio sobre la vida apartaba algunas inminencias de
muerte. En el espacio de juego así adquirido, los
procedimientos de poder y saber, organiz ndolo
y ampliándolo, toman en cuenta los procesos de
la vida y emprenden la tarea de controlarlos y
modificarlos. El hombre occidental aprende poco
a poco en qu‚ consiste ser una especie viviente
en un mundo viviente, tener un cuerpo, condi-
ciones de existencia, probabilidades de vida, sa-
lud individual o colectiva, fuerzas que es posible
modificar y un espacio donde repartirlas de ma-
nera óptima. Por primera vez en la historia, sin
duda lo biológico se refleja en lo político; el
hecho de vivir ya no es un basamento inaccesi-
ble que sólo emerge de tiempo en tiempo, en el
azar de la muerte y su fatalidad; pasa en parte
al campo de control del saber y de intervención
del poder. �ste ya no tiene que v‚rselas sólo
con sujetos de derecho, sobre los cuales el último
poder del poder es la muerte, sino con seres vivos,
y el dominio que pueda ejercer sobre ellos deber
colocarse en el nivel de la vida misma; haber to-


DEMCHO DE MUERTE Y PODM SOBRE LA VIDA 173
mado a su cargo a la vida, más que la amenaza de
asesinato, dio al poder su acceso al cuerpo. Si se
puede denominar "biohistoria" a las presiones
mediante las cuales los movimientos de la vida y
los procesos de la historia se interfieren mutua-
mente, habría que hablar de "biopolítica" para
designar lo que hace entrar a la vida y sus meca-
nismos en el dominio de los c lculos explícitos y
convierte al poder-saber en un agente de trasfor-
mación de la vida humana; esto no significa que
la vida haya sido exhaustivamente integrada a t‚c-
nicas que la dominen o administren; escapa de
ellas sin cesar. Fuera del mundo occidental, el
hambre existe, y en una escala más importante
que nunca; y los riesgos biológicos corridos por
la especie son quizá más grandes, en todo caso más
graves, que antes del nacimiento de la microbio-
logía. Pero lo que se podría llamar "umbral de
modernidad biológica" de una sociedad se sitúa en
el momento en que la especie entra como apuesta
del juego en sus propias estrategias políticas. Du-
rante milenios, el hombre siguió siendo lo que
era para Aristóteles: un animal viviente y además
capaz de una existencia política; el hombre mo-
derno es un animal en cuya política est puesta
en entredicho su vida de ser viviente.
Tal trasformación tuvo consecuencias conside-
rables. Es inútil insistir aquí en la ruptura que
se produjo entonces en el r‚gimen del discurso
científico y sobre la manera en que la doble pro-
blem tica de la vida y del hombre vino a atrave-
sar y redistribuir el orden de la episteme clásica'
Si la cuestión del hombre fue planteada -en su
especificidad de ser viviente y en su especificidad
en relación con los seres vivientes-, debe buscar-


174 DERECHO DE MUERTE Y PODER SOBRE LA VIDA
se la razón en el nuevo modo de relación entre la
historia y la vida: en esa doble posición de la vida
que la pone en el exterior de la historia como su
entorno biológico y, a la vez, en el interior de la
historicidad humana, penetrada por sus t‚cnicas
de saber y de poder. Es igualmente inútil insistir
sobre la proliferación de las tecnologías políticas,
que a partir de allí van a invadir el cuerpo, la
salud, las maneras de alimentarse y alojarse, las
condiciones de vida, el espacio entero de la exis-
tencia.
Otra consecuencia del desarrollo del bio-poder
es la creciente importancia adquirida por el juego
de la norma a expensas del sistema jurídico de la
ley. La ley no puede no estar armada, y su arma
por excelencia es la muerte; a quienes la trasgre-
den responde, al menos a título de último recur-
so, con esa amenaza absoluta. " ley se refiere
siempre a la espada. Pero un poder que tiene como
tarea tomar la vida a su cargo necesita mecanis-
mos continuos, reguladores y correctivos. Ya no
se trata de hacer jugar la muerte en el campo de
la soberanía, sino de distribuir lo viviente en un
dominio de valor y de utilidad. Un poder seme-
jante debe calificar, medir, apreciar y jerarquizar,
más que manifestarse en su brillo asesino; no tie-
ne que trazar la línea que separa a los súbditos
obedientes de los enemigos del soberano; realiza
distribuciones en torno a la norma. No quiero
decir que la ley se borre ni que las instituciones
de justicia tiendan a desaparecer; sino que la ley
funciona siempre más como una norma, y que la
institución judicial se integra cada vez más en un
continuum de aparatos (m‚dicos, administrativos,
etc.) cuyas funciones son sobre todo reguladores.


DMECHO DE MUERTE Y WDER SOIBRE LA VIDA 175
Una sociedad normalizadora fue el efecto histó-
rico de una tecnología de poder centrada en la
vida. En relación con las sociedades que hemos
conocido hasta el siglo XVIII, hemos entrado en una
fase de regresión de lo jurídico; las constituciones
escritas en el mundo entero a partir de la Revo-
lución francesa, los códigos redactados y modifi-
cados, toda una actividad legislativa permanente y
ruidosa no deben engañarnos son las formas que
tornan aceptable un poder esencialmente norma-
lizador.
Y contra este poder aún nuevo en el siglo XIX,
las fuerzas que resisten se apoyaron en lo mismo
que aqu‚l invadía -es decir, en la vida del hom-
bre en tanto que ser viviente. Desde el siglo pa-
sado, las grandes luchas que ponen en tela de jui-
cio el sistema general de poder ya no se hacen en
nombre de un retorno a los antiguos derechos ni
en función del sueño milenario de un ciclo de los
tiempos y una edad de oro. Ya no se espera más
al emperador de los pobres, ni el reino de los
últimos días, ni siquiera el restablecimiento de
justicias imaginadas como ancestrales; lo que se
reivindica y sirve de objetivo, es la vida, entendi-
da como necesidades fundamentales, esencia con-
creta del hombre, cumplimiento de sus virtuali-
dades, plenitud de lo posible. Poco importa si se
trata o no de utopía; tenemos ahí un proceso de
lucha muy real; la vida como objeto político fue
en cierto modo tomada al pie de la letra y vuelta
contra el sistema que pretendía controlarla. U
vida, pues, mucho más que el derecho, se volvió
entonces la apuesta de las luchas políticas, incluso
si ‚stas se formularon a trav‚s de afirmaciones de
derecho. El "derecho" a la vida, al cuerpo, a la


176 D@CHO DE MUERTE Y PODER SOBRE LA VIDA
salud, a la felicidad, a la satisfacción de las nece-
sidades; el "derecho", más all de todas las opre-
siones o "alienaciones", a encontrar lo que uno
es y todo lo que uno puede ser, este "derecho" tan
incomprensible para el sistema jurídico cl sico,
fue la r‚plica política a todos los nuevos procedi-
mientos de poder que, por su parte, tampoco de-
penden del derecho tradicional de la soberanía.


Sobre ese fondo puede compr .enderse la importan-
cia adquirida por el sexo como el "pozo" del jue-
go político. Est en el cruce de dos ejes, a lo largo
de los cuales se desarrolló toda la tecnología po-
lítica de la vida. Por un lado, depende de las
disciplinas del cuerpo: adiestramiento, intensifi-
cación y distribución de las fuerzas, ajuste y eco-
nomía de las energías. Por el otro, participa de
la regulación de las poblaciones, por todos los
efectos globales que induce. Se inserta simult nea-
mente en ambos registros; da lugar a vigilancias
infinitesimales, a controles de todos los instantes,
a arreglos espaciales de una meticulosidad extre-
ma, a ex menes m‚dicos o psicológicos indefini-
dos, a todo un micropoder sobre el cuerpo; pero
tambi‚n da lugar a medidas masivas, a estimacio-
nes estadísticas, a intervenciones que apuntan al
cuerpo social entero o a grupos tomados en con-
junto. El sexo es, a un tiempo, acceso a la vida
del cuerpo y a la vida de la especie. Es utilizado
como matriz de las disciplinas y principio de las
regulaciones. Por ello, en el siglo XIX, la sexua-
lidad es perseguida hasta en el más ínfimo detalle
de las existencias; es acorralada en las conductas,
perseguida en los sueiíos; se la sospecha en las


177
DERECITO DE MUERTE Y PODER SOBRE LA VIDA
menores locuras, se la persigue hasta los primeros
años de la infancia; pasa a ser la cifra de la indi-
vidualidad, a la vez lo que permite analizarla y
torna posible amaestrarla. Pero tambi‚n se con-
vierte en tema de operaciones políticas, de inter-
venciones económicas (mediante incitaciones o
frenos a la procreación) , de campañas ideológicas
de moralización o de -re'sponsabilización: se la hace
valer como índice de fuerza de una sociedad, reve-
lando así tanto su energía política como su vigor
biológico. De uno a otro polo de esta tecnología
del sexo se escalona toda una serie de tácticas di-
versas que en proporciones variadas combinan el
objetivo de las disciplinas del cuerpo y el de la
regulación de las poblaciones.
De ahí la importancia de las cuatro grandes
líneas de ataque a lo largo de las cuales avanzó la
política del sexo desde hace dos siglos. Cada una
fue una manera de componer las t‚cnicas discipli-
natias con los procedimientos reguladores. Las dos
primeras se apoyaron en exigencias de regulación
en toda una tem tica de la especie, de la descen-

dencia, de la salud colectiva- para obtener efec-
tos en el campo de la disciplina; la sexualización
del niño se llevó a cabo con la forma de una cam-
paíía por la salud de la raza (la sexualidad precoz,
desde el siglo XVIII hasta fines del XIX, fue presen-
tada como una amenaza epid‚mica capaz de com-
prometer no sólo la futura salud de los adultos
sino tambi‚n el porvenir de la sociedad y de la es-
pecie entera) ; la histerízación de las mujeres, que
exigió una medicalización minuciosa de su cuerpo
y su sexo, se llevó a cabo en nombre de la Tespon-
sabilidad que les cabría respecto de la salud de
sus hijos, de la solidez de la institución familiar y

178 DERECHO DE MUERTE Y PODER soBRE LA VIDA
de la salvación de la sociedad. En cuanto al con-
trol de los nacimientos y la psiquiatrización de las
perversiones, actuó la relación inversa: aquí la in-
tervención era de naturaleza regularizadora, pero
debía apoyarse en la exigencia de disciplinas y
adiestramientos individuales. De una manera ge-
neral, en la unión del "cuerpo" y la "población",
el sexo se convirtió en blanco central para un
poder organizado alrededor de la administración
de la vida y no de la amenaza de muerte.
Durante mucho tiempo la sangre continuó sien-
do un elemento importante en los mecanismos
del poder, en sus manifestaciones y sus rituales.
Para una sociedad en que eran preponderantes los
sistemas de alianza, la forma política del sobera-
no, la diferenciación en órdenes y castas, el valor
de los linajes, para una sociedad donde el ham-
bre, las epidemias y las violencias hacían inminen-
te la muerte, la sangre constituía uno de los va-
lores esenciales: su precio provenía a la vez de su
papel instrumental (poder derramar la sangre),
de su funcionamiento en el orden de los signos
(poseer determinada sangre, ser de la misma san-
gre, aceptar arriesgar la sangre), y tambi‚n de su
precariedad (fácil de difundir, sujeta a agotarse,
demasiado pronta para mezclarse, r pidamente
susceptible de corromperse). Sociedad de sangre
iba a decir de "sanguinidad": honor de la guerra
y miedo de las hombrunas, triunfo de la muerte,
soberano con espada, verdugos y suplicios, el po-
der habla a trav‚s de la sangre; ‚sta es una realidad
con función simbólica. Nosotros, en cambio, esta-
mos en una sociedad del "sexo" o, mejor, de "se-
xualidad": los mecanismos del poder se dirigen al
cuerpo, a la vida, a lo que la hace proliferar, a


D@CHO DE MUMTE Y PODER SOBRE LA VIDA 179
lo que refuerza la especie, su vigor, su capacidad
de dominar o su aptitud para ser utilizada. Salud,
proaenitura, raza, porvenir de la especie, vitalidad
del cuerpo social, el poder habla de la sexualidad
y a la sexualidad; no es marca o símbolo, es ob-
jeto y blanco. Y lo que determina su importancia
es menos su rareza o sik precariedad que su insis-
tencia, su presencia insidiosa, el hecho de que en
todas partes sea a la vez encendida y temida. El
poder la dibuja, la suscita y utiliza como el sentido
proliferante que siempre hay que mantener bajo
control para que no escape; es un efecto con valor
de sentido. No quiero decir que la sustitución de
la sangre por el sexo resuma por sí sola las tras-
formaciones que marcan el umbral de nuestra
modernidad. No es el alma de dos civilizaciones
o el principio organizador de dos formas cultura-
les lo que intento expresar; busco las razones por
las cuales la sexualidad, lejos de haber sido repri-
mida en la sociedad contempor nea, es en cambio
permanentemente suscitada. Los nuevos procedi-
mientos de poder elaborados durante la edad cl -
sica y puestos en acción en el siglo XIX hicieron
pasar a nuestras sociedades de una simbólica de la
sangre a una analítica de la sexualidad. Como se
ve, si hay algo que est‚ del lado de la ley, de la
muerte, de la trasgresión, de lo simbólico y de
la soberanía, ese algo es la sangre; la sexualidad
est del lado de la norma, del saber, de la vida,
del sentido, de las disciplinas y las regulaciones.
Sade y los primeros eugenistas son contempor -
neos de ese tr nsito de la "sanguinidad" a la "se-
xualidad". Pero mientras los primeros sueños de
perfeccionamiento de la especie llevan todo el
problema de la sangre a una gestión del sexo muy


180 DERECHO DE MUERTE Y PODER SOBRE LA VIDA
coercitiva (arte de determinar los buenos matri-
monios, de provocar las fecundidades deseadas, de
asegurar la salud y la longevidad de los niños),
mientras la nueva idea de raza tiende a borrar las
particularidades aristocr ticas de la sangre para
no retener sino los efectos controlables del sexo,
Sade sitúa el análisis exhaustivo del sexo en los
mecanismos exasperados del antiguo poder de so-
beranía y bajo los viejos prestigios de la sangr 'e,
enteramente mantenidos; la sangre corre a todo
lo largo del placer -sangre del suplicio y del po-
der absoluto, sangre de la casta que uno -respeta
en sí y que no obstante hace correr en los rituales
mayores del parricidio y el incesto, sangre del pue-
blo que se derrama a voluntad puesto que la que
corre en esas venas ni siquiera es digna de ser
nombrada. En Sade el sexo carece de norma, de
regla intrínseca que podría formularse a partir
de su propia naturaleza; pero est sometido a la
ley ­limitada de un poder que no conoce sino
la suya propia; si le ocurre imponerse por juego el
orden de las progresiones cuidadosamente disci-
plinadas en jornadas sucesivas, tal ejercicio lo con-
duce a no ser más que el punto puro de una sobe-
ranía única y desnuda: derecho ­limitado de la
monstruosidad todopoderosa. La sangre ha reab-
sorbido al sexo.
En realidad, la analítica de la sexualidad y la
simbólica de la sangre bien pueden depender en
su principio de dos regímenes de poder muy dis-
tintos, de todos modos no se sucedieron (como
tampoco esos poderes) sin encabalgamientos, in-
teracciones o ecos. De diferentes maneras, la preo-
cupación por la sangre y la ley obsesionó durante
casi dos siglos la gestión d‚ la sexualidad. Dos de


DERECHO DE MUERTE Y PODER SOBRE LA VIDA 181
esas interferencias son notables, una a causa de su
importancia histórica, la otra a causa de los pro-
blemas teóricos que plantea. Desde la segunda
mitad del siglo XIX, sucedió que la tem tica de la
sangre fue llamada a vivificar y sostener con todo
un espesor histórico el tipo de poder político que
se ejer e a trav‚s de los dispositivos de sexualidad.
El racismo se forma en este punto (el racismo en
su forma moderna, estatal, biologizante) : toda
una política de población, de la familia, del ma-
trimonio, de la educación, de la jerarquización
social y de la propiedad, y una larga serie de in-
tervenciones permanentes a nivel del cuerpo, las
conductas, la salud y la vida cotidiana recibieron
entonces su color y su justificación de la preocu-
pación mítica de proteger la pureza de la sangre
y llevar la raza al triunfo. El nazismo fue sin duda
la combinación más ingenua y más astuta -y esto
por aquello- de las fantasías de la sangre con los
paroxismos de un poder disciplinario. Una orde-
nación eugen‚sica de la sociedad, con lo que po-
día llevar consigo de extensión e intensificación de
los micropoderes, so capa de una estatización ­li-
mitada, iba acompañada por la exaltación onírica
de una sangre superior; ‚sta implicaba el genoci-
dio sistem tico de los otros y el riesgo de expo-
nerse a sí misma a un sacrificio total. Y la historia
quiso que la política hitleriana del sexo no haya
pasado de una pr ctica irrisoria mientras que el
mito de la sangre se trasformaba en la mayor
matanza que los hombres puedan recordar por
ahora.
En el extremo opuesto, se puede seguir (tambi‚n
a partir de fines del siglo XIX) el esfuerzo teórico
para reinscribir la tem tica de la sexualidad en el


182 DERECHO DE MUERTE Y PODER soBRE LA VIDA
sistema de la ley, del orden simbólico y de la sobe-
Tanía. Es el honor 3olítico del psicoanálisis -o al
úubo en ‚l de más cohetente-
menos de lo que (y esto desde su nacimiento, es
haber sospechado
decir, desde su línea de ruptura con la neutopsi-
lo que podía haber
quiattía de la d aeneración)
e, e en esos mecanis-
de irrepatablernente ptoliferant admi-
mos de poder que pretendían controlar Y
nisttar lo cotidiano de la sexualidad: de ahí el
esfuerzo freudiano (poT reacción sin duda contra
el gran ascenso contempor neo del Tacisrno) para
. . . de la sexualidad -la
poner la ley como principio guinidad prohibida,
ley de la alianza, de la consan
Soberano, en SUMA paTa convocar en
del Padre o orden del poder. A
torno al deseo todo el antigu osición
eso debe el psicoanálisis haber estado en op
teórica y pr ctica con el fascismo, en cuanto a lo
esencial y salvo algunas excepciones. Pero esa po-
sición del psicoanálisis estuvo ligada a una coyun-
tura h4stórica precisa. Y nada podría impedir que
pensar el orden de lo sexual según la instancia de
la ley, la muerte, la sangre y la soberanía -sean
cuales fueren las referencias a Sade y a Bataille,
sean cuales fueren las prendas de "subversión"
que se les pida- no sea en definitiva una "Tetro-
versión" histórica. Hay que pensar el dispositivo
de sexualidad a partir de las t‚cnicas de poder
que le son contempor neas.


Se me dir : eso es caer en un histoticismo más
apresurado que radical; es esquivar, en provecho
de fenómenos quizá variables @ero fr giles, secun-
darios y en suma superficiales, la existencia bioló-
gicamente sólida de las funciones sexuales; es ha-


DERECHO DE MUERTE Y PODER SOBRE LA VIDA 183
blar de la sexualidad como si el sexo no existiese.
Y se tendría el derecho de objetarme: "Usted
pretende analizar en detalle los procesos merced
a los cuales han sido sexualizados el cuerpo de
la mujer, la vida de los niños, los vínculos fami-
liares y toda una amplia red de relaciones socia-
les. Usted quiere describir ese gran ascenso de la
preocupación sexual desde el siglo XVIII y el cre-
ciente encarnizamiento que pusimos en sospechar
la presencia del sexo en todas partes. Adn-út -
moslo; y supongamos que, en efecto, los meca-
nismos del poder fueron más empleados en susci-
tar e 'irritar' la sexualidad que en reprimirla.
Pero asi@permanece muy cercano a aquello de lo
que pensaba, sin duda, haberse separado; en el
fondo usted muestra fenómenos de difusión, de
anclaje, de fijación de la sexualidad, usted intenta
mostrar lo que podría denominarse la organiza-
ción de 'zonas erógenas' en el cuerpo social; bien
podría resultar que usted no haya hecho más que
trasponer, a la escala de procesos difusos, meca-
nismos que el psicoanálisis ha localizado con pre-
cisión al nivel del individuo. Pero usted elide
aquello a partir de lo cual la sexualización pudo
realizarse, y que el psicoanálisis, a su vez, no ig-
nora, o sea el sexo. Antes de Freud, buscaban
localizar la sexualidad del modo más estricto y
apretado: en el sexo, sus funciones de reproduc-
ción, sus localizaciones anatómicas inmediatas; se
volvían hacia un mínimo biológico -órgano, ins-
tinto, finalidad. Pero usted est en una posición
sim‚trica e inversa: para usted sólo quedan efectos
sin soporte, ramificaciones privadas de raíz, una
sexualidad sin sexo. Tambi‚n aquí, entonces: cas-
tración."


184 DERECHO DE MUERTE Y PODER SOBRE LA VIDA
En este punto hay que distinguir dos pregun-
tas. Por un lado: ¨el análisis de la sexualidad como
"dispositivo político" implica necesariamente la
elisión del cuerpo, de lo anatómico, de lo bioló-
gico, de lo funcional? Creo que a esta primera
pregunta se puede responder negativamente. En
todo caso, el objftivo de la presente investigación
es mostrar cómo los dispositivos de poder se ar-
ticulan directamente en el cuerpo -en cuerpos,
funciones, procesos fisiológicos, sensaciones, place-
res; lejos de que el cuerpo haya sido borrado, se
trata de hacerlo aparecer en un análisis donde lo
biológico y lo histórico no se sucederían (como en
el evolucionismo de los antiguos sociólogos), sino
que se ligarían con arreglo a una complejidad cre-
ciente conformada al desarrollo de las tecnologías
modernas de poder que toman como blanco suyo
la vida. Nada, pues, de una "historia de las men-
talidades" que sólo tendría en cuenta los cuerpos
según el modo de percibirlos y de darles sentido
y valor, sino, en cambio, una "historia de los cuer-
pos" y de la manera en que se invadió lo que
tienen de más material y viviente.
Otra pregunta, distinta de la primera: esa ma-
terialidad a la que se alude ¨no es acaso la del
sexo, y no constituye una paradoja querer hacer
una historia de la sexualidad a nivel de los cuer-
pos sin tratar para nada del sexo? Despu‚s de todo,
el poder que se ejerce a trav‚s de la sexualidad
¨no se dirige acaso, específicamente, a ese elemen-
to de lo real que es el "sexo" -el sexo en gene-
ral? Puede admitirse que la sexualidad no sea, res-
pecto del poder, un dominio exterior en el que
‚ste se impondría, sino, por el contrario, efecto e
instrumento de sus arreglos o maniobras. Pero ¨el


DERECHO DE MUEPTE Y PODEP, SO]3RE LA VIDA 185
11 11
sexo no es acaso, respecto del poder, lo otro ,
mientras que es para la sexualidad el foco en
torno al cual distribuye ‚sta sus efectos? Pero, jus-
tamente, es esa idea del sexo la que no se puede
admitir sin examen. ¨El "sexo", en la realidad, es
el ancoraie ut e soporta las manifestaciones de la
Ll
sexualidad", 0 bien una id@a compleja, histórica-
mente formada en el interior del dispositivo de
sexualidad? Se podría mostrar, en todo caso, cómo
esa idea "del sexo" se formó a trav‚s de las dife-
rentes estrategias de'poder y qu‚ papel definido
deseinpeiíó en ellas.

A lo largo de las líneas en que se desarrolló el
dispositivo de sexualidad desde el siglo XIX, ve-
mos elaborarse la idea de que existe al más que
los cuerpos, los órganos, las localizaci@oones som -
ticas, las funciones, los sistemas anatomofisiológi-
cos, las sensaciones, los placeres; algo más y algo
diferente, algo dotado de Propiedades intrínsecas y
leyes propias: el "sexo". µsí'en el proceso de his-
terización de la mujer, el "sexo" fue definido de
tres maneras: corno lo que es común al hombre y
la mujer; o como lo que pertenece por excelencia
al hombre y falta por lo tanto a la mujer; pero
tambi‚n como lo que constituye por sí solo el
cuerpo de la mujer, orient ndolo por entero a las
funciones de reproducción y perturb ndole sin
cesar en virtud de los efectos de esas mismas fun-
ciones; en esta estrategia, la historia es interpre-
1t1ada corno el juego del sexc> en tanto que es lo
uno" y lo "otro", todo y parte, princip' y ca-
'0
rencia. En la sexualización e la infancia se ela-
bora la idea de un sexo presente (anatórnic rnente)
y ausente (fisiológicamente) , presente tambi‚n si
se considera su actividad y deficiente si se atiende


186 DERECHO DE MUERTE Y PODER SOBRE LA VIDA
a su finalidad reproductora; o asimismo actual en
sus manifestaciones pero escondido en sus efectos,
que sólo más tarde aparecer n en su gravedad pa-
tológica; y en el adulto, si el sexo del niiío sigue
presente, lo hace en la forma de una causalidad
secreta que tiende a anular el sexo del adulto (fue
uno de los dogmas de la medicina de los siglos
XVIII y XIX suponer que la precocidad del sexo
provoca luego esterilidad, impotencia, frigidez,
incapacidad de experimentar placer, anestesia de
los sentidos) ; al sexualizar la infancia se constitu-
yó la idea de un sexo marcado por el juego esen-
cial de la presencia y la ausencia, de lo oculto y
lo manifiesto; la masturbación, con los efectos que
se le prestaban, revelaría de modo privilegiado ese
juego de la presencia y la ausencia, de lo mani-
fiesto y lo oculto. En la psiquiatrización de las
perversiones, el sexo fue referido a funciones bio-
lógicas y a un aparato anatomofisiológico que le
da su sentido", es decir, su finalidad; pero tam-
bi‚n fue referido a un instinto que, a trav‚s de
su propio desarrollo y según los objetos a los que
puede apegarse, torna posible la aparición de con-
ductas perversas e inteligible su g‚nesis; así el
4 osexo" es definido mediante un entrelazamiento
de función e instinto, de finalidad y significación;
y en esta forma, en parte alguna se manifiesta
mejor que en la perversión-modelo, ese "fetichis-
mo" que, al menos desde 1877, sirvió de hilo con-
ductor para el análisis de todas las demás desvia-
ciones, pues en ‚l se leía claramente la fijación del
instinto a un objeto con arreglo a la manera de la
adherencia histórica y de la inadecuación bioló-
gica. Por último, en la socialización de las con-
ductas procreadoras, el "sexo" es descrito como


DERECHO DE MUERTE Y POIYER SOBRE LA VIDA 187
atrapado entre una ley de realidad (cuya forma
más inmediata y más abrupta es la necesidad eco-
nómica) y una economía de placer que siempre
trata de esquivarla, cuando no la ignora; el más
c‚lebre de los "fraudes", el coitus interruptus, re-
presenta el punto donde la instancia de lo real
obliga a poner un t‚rmino al placer y donde el
placer logra realizarse a pesar de la economía pres-
crita por lo real. Como se ve, en esas diferentes
estrategias la idea "del sexo" es erigida por el dis-
positivo de sexualidad; y en las cuatro grandes
formas: la histeria, el onanismo, el fetichismo y el
coito interrumpido, hace aparecer al sexo como
sometido al juego del todo y la parte, del prin-
cipio y la carencia, de la ausencia y la presencia,
del exceso y la deficiencia, de la función y el ins-
tinto, de la finalidad y el sentido, de la realidad
y el placer. Así se formó poco a poco el armazón
de una teoría general del sexo.
Ahora bien, la teoría así engendrada ejerció en
el dispositivo de sexualidad cierto número de fun-
ciones que la tornaron indispensable. Sobre todo
tres fueron importantes. En primer lugar, la no-
ción de "sexo" permitió agrupar en una unidad
artificial elementos anatómicos, funciones bioló-
gicas, conductas, sensaciones, placeres, y permitió
el funcionamiento como principio causal de esa
misma unidad ficticia; como principio causal, pero
tambi‚n como sentido omnipresente, secreto a des-
cubrir en todas partes: el sexo, pues, pudo funcio-
na como significante único y como significado
universal. Además, al darse unitariamente como
anatomía y como carencia, como función y como
latencia, como instinto y como sentido, pudo tra-
zar la linea de contacto entre un saber de la sexua-


188 DERECHO DE MUERTE Y PODM SOBRE LA VIDA
lidad humana y las ciencias biológicas de la repro-
ducción; así el primero, sin tomar realmente nada
de las segundas -salvo algunas analogías inciertas
y algunos conceptos trasplantados-, recibió por
privilegio de vecindad una garantía de cuasi-cien-
tificidad; pero, por esa misma vecindad, ciertos
contenidos de la biología y la fisiología pudieron
servir de principio de normalidad para la sexuali-
dad humana. Finalmente, la noción de sexo ase-
guró un vuelco esencial; permitió invertir la re-
presentación de las relaciones del poder con la
sexualidad, y hacer que ‚sta aparezca no en su
relación esencial y positiva con el poder, sino como
anclada en una instancia específica e irreducible
que el poder intenta dominar como puede; así,
la idea "del sexo" permite esquivar lo que hace el
"poder" del poder; permite no pensarlo sino como
ley y prohibición. El sexo, esa instancia que pa-
rece dominarnos y ese secreto que nos parece sub-
yacente en todo lo que somos, ese punto que nos
fascina por el poder que manifiesta y el sentido
que esconde, al que pedimos que nos revele lo que
somos y nos libere de lo que nos define, el sexo,
fuera de duda, no es sino un punto ideal vuelto
necesario por el dispositivo de sexualidad y su fun-
cionamiento. No hay que imaginar una instancia
autónoma del sexo que produjese secundariamente
los múltiples efectos de la sexualidad a lo largo
de su superficie de contacto con el poder. El sexo,
por el contrario, es el elemento más especulativo,
más ideal y tambi‚n más interior en un dispositivo
de sexualidad que el poder organiza en su apode-
ramiento de los cuerpos, su maternidad, sus fuer-
zas, sus energías, sus sensaciones y sus placeres.
Se podría añadir que "el sexo" desempeña otra


DERECRO DE lfyj@TE
Y POD@ SOBRE LA VIDA 189
función aún, que atraviesa a las pri r
sostiene. Papel ine as y las
El' efecto, es Po'.n s Pr ctico que teórico esta vez.
r el sexo, punto inaginari<:> fijado
por el dispositivo de sexualidad, por lo que cada
cual debe pasar para acceder a su Propia inteligi-
bilidad (puesto @ue es a la vez el elemento encu-
bierto y el p,inci.Pio roductor de sentido), a la
p
totalidad de su cuerpo (puesto que es una parte
real Y amenazada de-esescuerpo Y constituye sin-
bólicarnente el todo), a u identidad (Puesto que
une a la fuerza de una pulsión la singularidad
de una historia) - Merced a una inversión que sin
duda co,,nenzó subreptic-ariiente hace mucho tiern-
Po -Ya en la ‚póca'de la pastoral cristiana de la
carne- hemos llegado ahora a pedir nuestra inte-
ligibilidad a lo que
siderado locura@ durante tantos siglos fue con-
la Plenitud de nuestro cuerpo a
lo que mucho
tlen'Po fue su estigma Y su herida,
nuestra identidad a lo que se percibía
einpuje sin nombre. D CO"NO oscuro
e ahí la importancia que le
Prestarnos, el reverencia] temor con que lo rodea-
nernos en conocerlo. De
,la de ]Os siglos, haya
nte que nuestra alma.,
vida; y de ahí que
geros co lo, parezcan tan ]­-
M.parados con ese secreto, minúsculo en
cacla uno de nosotros, pero cuya densidad lo torna
rnls grave que cualesquiera otros. El pacto f usti
cO cuya tentación inscribió en nosotros el dispo-
sitivo de sexualidad es, de ahora en adelante, ‚ste:
intercam .
jar la vida toda entera contra el sexo
mismo, contra la verdad Y soberanía del se
sexo bien vale la muerte. Es en este sentido, xeso' El
tric-
tarnente histórico, como hoy el sexo es t atrave-

sado por el instinto de muerte. Cuando Occiden-
te, hace ya mucho, descubrió el amor, le acordó
suficiente precio como para tornar aceptable la
muerte; hoy, el sexo pretende esa equivalencia,
la más elevada de todas. Y mientras que el dispo-
sitivo de sexualidad permite a las t‚cnicas de po-
der la invasión de la vida, el punto ficticio del
sexo, establecido por el mismo dispositivo, ejerce
sobre todos bastante fascinación como para que
aceptemos oír cómo gruñe allí la muerte.
Al crear ese elemento imaginario que es "el
sexo", el dispositivo de sexualidad suscitó uno de
sus más esenciales principios internos de funcio-
namiento: el deseo del sexo @eseo de tenerlo,
deseo de acceder a ‚l, de descubrirlo, de libe-
rarlo, de articularlo como discurso, de formularlo
como verdad. Constituyó al "sexo" mismo como
deseable. Y esa deseabilidad del sexo nos fija a
cada uno de nosotros al imperio de conocerlo, de
sacar a la luz su ley y su poder; esa deseabilidad
nos hace creer que afirmamos contra todo poder
los derechos de nuestro sexo, mientras en rea-
lidad nos ata al dispositivo de sexualidad que ha
hecho subir desde el fondo de nosotros mismos,
como un espejismo en el que creemos reconocer-
nos, el brillo negro del sexo.
"Todo es sexo -decía Kate, en La serpiente
emplum@-, todo es sexo. Qu‚ bello puede ser
el sexo cuando el hombre lo conserva poderoso y
sagrado, cuando llena el mundo. Es como el sol
que te inunda, te penetra con su luz."
Por lo tanto, no hay que referir a la instancia
del sexo una historia de la sexualidad, sino que
mostrar cómo el "sexo" se encuentra bajo la de-
pendencia histórica de la sexualidad. No hay que


DMMCHO DE MUERTE Y ]PODER SOBRE LA VIDA 191
poner el sexo del lado de lo real, y la sexualidad
del lado de las ideas confusas y las ilusiones; la
sexualidad es una figura histórica muy real, y ella
misma suscitó, como elemento especulativo reque-
rido por su funcionamiento, la noción de sexo. No
hay que creer que diciendo que sí al sexo se diga
que no al poder; se sigue, por el contrario, el
hilo del dispositivo general de sexualidad. Si me-
diante una inversión táctica de los diversos meca-
nismos de la sexualidad se quiere hacer valer, con-
tra el poder, los cuerpos, los placeres, los saberes
en su multiplicidad y posibilidad de resistencia,
conviene liberarse primero de la instancia del sexo.
Contra el dispositivo de sexualidad, el punto de
apoyo del contrataque no debe ser el sexo-deseo,
sino los cuerpos y los placeres.


"Tanta acción hubo en el pasado @ecía D. H.
Lawyence-, particularmente acción sexual, una
tan monótona y cansadora repetición sin ningún
desarrollo paralelo en el pensamiento y la com-
prensión. Actualmente nuestra tarea es compren-
der la sexualidad. Hoy, la comprensión plenamen-
te consciente del instinto sexual importa más que
el acto sexual."
Quizá algún día la gente se asombrar . No se
comprender que una civilización tan dedicada a
desarrollar inmensos aparatos de producción y de
destrucción haya encontrado el tiempo y la infi-
nita paciencia para interrogarse con tanta ansiedad
respecto al sexo; quizá se sonreir , recordando
que esos hombres que nosotros habremos sido
creían que en el dominio sexual residía una ver-
dad al menos tan valiosa como la que ya habían


192 DERECHO DE MUERTE Y PODM SOBRE LA VIDA
pedido a la tierra, a las estrellas y a las formas
puras de su pensamiento; la gente se sorprender
del encarnizamiento que pusimos en fingir arran-
car de su noche una sexualidad que todo -nues-
tros discursos, nuestros h bitos, nuestras institu-
ciones, nuestros reglamentos, nuestros saberes-
producía a plena luz y reactivaba con estr‚pito. Y
el ftituro se preguntar por qu‚ quisimos tanto
derogar la ley del silencio en lo que era la más
ruidosa de nuestras preocupaciones. Retrospectiva-
mente, el ruido podr parecer desmesurado, pero
aún más extraiía nuestra obstinación en no desci-
frar en ‚l más que la negativa a hablar y la con-
signa de callar. Se interrogar sobre lo que pudo
volvernos tan presuntuosos; se buscar por qu‚
nos atribuimos el m‚rito de haber sido los pri-
meros en acordar al sexo, contra toda una moral
milenario, esa importancia que decimos le corres-
ponde y cómo pudimos glorificamos de habernos
liberado a fines del siglo XX de un tiempo de
larga y dura represión -el de un ascetismo cris-
tiano prolongado, modificado, avaricioso y minu-
ciosainente utilizado por los imperativos de la eco-
nomía burguesa. Y allí donde nosotros vemos hoy
la historia de una censura difícilmente vencida, se
reconocer más bien el largo ascenso, a trav‚s de
los siglos, de un dispositivo complejo para hacer
hablar del sexo, para afincar en ‚l nuestra atención
y cuidado, para hacernos creer en la soberanía de
su ley cuando en realidad estamos trabajados por
los mecanismos de poder de la sexualidad.
La gente se burlar del reproche de pansexua-
lismo que en cierto momento se objetó a Freud
y al psicoanálisis. Pero los que parecer n ciegos
ser n quizá menos quienes lo formularon que


DERECHO DE MUERTE Y ]PODER SOBRE LA VIDA 193
aquellos que lo apartaron de un rev‚s, como si
tradujera únicamente los terrores de una vieja
pudibundez. Pues los primeros, despu‚s de todo,
sólo se vieron sorprendidos por un proceso muy
antiguo del cual no vieron que los rodeaba ya por
todas partes; atribuyeron nada más al genio malo
de Freud lo que había sido preparado desde an-
taflo; se equivocaron de fecha en cuanto al esta-
blecimiento, en nuestra sociedad, de un disposi-
tivo general de sexualidad. Pero los segundos, por
su parte, se equivocaron sobre la naturaleza del
proceso; creyeron que Freud restituía por fin al
sexo, gracias a un vuelco súbito, la parte que se
le debía y durante tanto tiempo había estado im-
pugnada; no vieron que el genio bueno de Freud
lo colocó en uno de los puntos decisivos señalados
desde el siglo XVIII por las estrategias de saber y
de poder; que así ‚l reactivaba, con admirable
eficacia, digna de los más grandes religiosos y di-
rectores de conciencia de la ‚poca clásica, la con-
minación secular a conocer el sexo y conformarlo
como discurso. Con frecuencia se evocan los innu-
merables procedimientos con los cuales el cristia-
nismo antiguo nos habría hecho detestar el cuer-
po; pero pensemos un poco en todas esas astucias
con las cuales, desde hace varios siglos, se nos ha
hecho amar el sexo, con las cuales se nos tornó
deseable conocerlo y valioso todo lo que de ‚l se
dice; con las cuales, tambi‚n, se nos incitó a des-
plegar todas nuestras habilidades para sorpren-
derlo, y se nos impuso el deber de extraer la ver-
dad; con las cuales se nos culpabilizó por haberío
ignorado tanto tiempo. Ellas son las que hoy me-
recerían causar asombro. Y debemos pensar que
quizá s un día, en otra economía de los cuerpos


194 DERECHO DE MUERTE Y PODER SOBRE LA VIDA
y los placeres, ya no se comprender cómo las as-
tucias de la sexualidad, y del poder que sostiene
su dispositivo, lograron someternos a esta austera
monarquía del sexo, hasta el punto de destinarnos
a la tarea indefinida de forzar su secreto y arran-
car a esa sombra las confesiones más verdaderas.
Ironía del dispositivo: nos hace creer que en
ello reside nuestra "liberación".

Historia de
la
2. El uso de los placeres
Michel Foucault






siglo veintiuno de españa editores, s. a.

HISTORIA DE LA SEXUALIDAD
2. El uso de los placeres

ÖNDICE
INTRODUCCIàN
1. Modificaciones; 2. Las formas de problematización;
3. Moral y pr ctica de sí.

I. LA PROBLEMATIZACIàN M@L DE LOS PLACERES
1. Aphrodisia,- 2. Chr‚sis; 3. Enkrateia; 4. Libertad y
verdad.

11. DIET�TICA
1. Del r‚gimen en general; 2. La dieta de los placeres;
3. Riesgos y peligros; 4. El acto; el gasto, la muerte.

iii. ECONàMICA
1. La sabiduría del matrimonio; 2. El hogar de Iscó-
maco; 3. Tres políticas de la templanza.

IV. ERàTICA
1. Una relación problem tica; 2. El honor de un mu-
chacho; 3. El objeto del placer.

V. EL VERDADERO AMOR
CONCLUSIàN
ÖNDICE DE TEXTOS CITADOS

HISTORIA DE LA SEXUALIDAD
3. La inquietud de sí
(en preparación)
ÖNDICE
1. SO¥AR CON LOS PROPIOS PLACERES
1. El m‚todo de Artemidoro; 2. El an bsis; 3. El sue-
ño y el acto.
II. EL CULNVO DE Sí

III. UNO MISMO Y LOS DEMµS
1. El papel matrimonial; 2. El juego político.
IV. EL CUERPO
1. Galeno; 2. ¨Son buenos, son malos?; 3. El r‚gimen
de los placeres; 4. El trabajo del alma.
V. LA MUJER
1. El lazo conyugal; 2. La cuestión del monopolio;
3. Los placeres del matrimonio.

VI. LOS MUCHACHOS
1. Plutarco; 2. El seudo-Luciano; 3. Una nueva erótica.
CONCLUSIàN
I¥DICE DE OBRAS CITADAS
Autores antiguos; Autores modernos.

OBRAS DE
MICHEL FOUCAULT
EL NACIMIENTO DE LA CLÖNICA
Su inter‚s no se limita al campo de la medicina y de la his-
toria de la medicina, tambi‚n los historiadores y sociólogos
del conocimiento se sentir n atraídos por el planteamiento
original del libro: la medicina como lenguaje, como óptica
científica y como relación interhuman'a.
Traducción de Francisca Perujo
304 pp. 10,5 x 18 cm.
LAS PALABRAS Y LAS COSAS
El rigor, la originalidad y la inspiración de Michel Foucault
nos traen una mirada radicalmente nueva sobre el pasado
de la cultura occidental y una concepción más lúcida de la
confusión de su presente.
Traducción de Elsa Cecilia �rost
384 pp. + 1 l mina a color. 13,5 x 21 cm.
RAYMOND ROUSSEL
Insuperado análisis del conjunto de la obra de Raymond
Roussel, encuentra en la producción del autor de Impresio-
nes de µfrica la repetición de la misma forma: el juego del
doble y el mismo, de la diferencia y la identidad, del tiem-
po que se repite y que queda abolido, de la palabra que se
desliza sobre sí misma para decir otra cosa distinta a la que
enuncia. La obra de Roussel aparece, en el agudo estudio
de Foucault, como el primer inventario, en forma de lite-
ratura, de los poderes desdqbladores del lenguaje.
Traducción de Patricio Canto
192 pp. 13,5 x 21 cm. [Agotado]

,A ARQUEOLOGIA DEL SABER
Se inscribe en ese campo en el que se manifiestan, se cru-
zan, se entrelazan y se especifican las cuestiones sobre el
ser humano, la conciencia, el origen y el sujeto.
Traducción de Aurelio Garzón del Camino
368 pp. 10,5 x 18 cm.
VIGILAR Y CASTIGAR
Un estudio del origen de los procedimientos penales mo-
dernos y de su naturaleza, que corresponde a las necesida-
des de una sociedad ®disciplinada¯ en la que se busca for-
mar individuos dóciles y útiles.
Traducción de Aurelio Garzón del Camino
320 pp. 13,5 x 21 cm.
El hombre occidental se ha especializado durante los tres últimos siglos en el ejercicio de registrar minuciosamente sus placeres. En nuestra sociedad, la scientia sexualis ha desplazado a la ars erotica. Se han multiplicado los sermones sobre -lo,, prohibido. Hay placer en saber sobre el placer. La sexualidad se transforma en discurso permanente. El Estado ejerce de administrador de los cuerpos. ¿Por qué? ¿Por qué la burguesía victoriana forjó e impuso norm,as tales a los cuerpos? ¿Por qué tanta prolijidad, ta@tas reglas pastorales, tanta multiplicidad de disctisos, tanto oído abierto hacia el sexo? La seri'e de estudios que inicia Michel Foi-jcaultácon este volumen pretende aclarar cuáles fueron las relaciones históricas ,entre el poder y el discurso» que forjaron el dispositivo de sexualidad que nos afecta.







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