Ensayo sobre el entendimiento humano (Parte 1) | John Locke

| sexta-feira, 30 de outubro de 2009
Este tratado, que ha crecido bajo la rnirada de Vuestra Señoría, y que se ha aventurado a salir al
mundo por orden vuestra, regresa ahora a Vos como por un derecho natural debido a la protección
que desde hace años le habéis prometido. Ningún nombre, puesto al principio de un libro, puede
encubrir sus errores, aunque aquél fuera el más noble que el pensamiento pudiera hallar, pues el
pensamiento impreso tan sólo puede permanecer o caer en el olvido o por sus propios meritos o por el










Filosofía de John Locke
Ensayo sobre el entendimiento humano
Locke (1632-1704)
INTRODUCCIÓN
Carta dedicatoria
Epístola al lector
LIBRO I: DE LAS NOCIONES INNATAS
Introducción
Capítulo 1: No hay principios innatos
Capítulo 2: No hay principios prácticos innatos
Capítulo 3: Consideraciones relativas a los principios innatos tanto especulativos como prácticos
LIBRO II: ACERCA DE LAS IDEAS
Capítulo 1: De las ideas en general
Capítulo 2: De las ideas simples
Capítulo 3: De las ideas provenientes de un solo sentido
Capítulo 4: De la solidez
Capítulo 5: De las ideas que provienen de los diferentes sentidos
Capítulo 6: De las ideas simples que provienen de la reflexión
Capítulo 7: De las ideas simples que provienen de la sensación y de la reflexión
Capítulo 8: Otras consideraciones sobre nuestras ideas simples
Capítulo 9: Acerca de la percepción
Capítulo 10: Acerca de la retentiva
Capítulo 11: Acerca del discernir y de otras operaciones de la mente
Capítulo 12: Acerca de las ideas complejas
Capitulo 13: Ideas complejas de los modos simples, y, primero, de los modos simples de la idea de espacio
Capítulo 14: Acerca de la idea de duración y de sus modos simples
Capítulo 15: Ideas de duración y expansión consideradas juntas
Capítulo 16: Idea del número
Capítulo 17: Acerca de la infinitud
Capítulo 18: Otros modos simples
Capítulo 19: De los modos de pensamiento
Capítulo 20: De los modos de placer y de dolor
Capítulo 21: Acerca de la potencia
Capítulo 22: Acerca de los modos mixtos
Capítulo 23: Sobre nuestras ideas complejas de sustancias
Capitulo 24: Acerca de las ideas colectivas de las sustancias
Capítulo 25: De la Relación
Capítulo 26: De la causa y del efecto y de otras relaciones
Capítulo 27: Acerca de la identidad y de la diversidad
Capítulo 28: De otras relaciones
Capítulo 29: De las ideas claras y oscuras, distintas y confusas
Capítulo 30: De las ideas reales y fantásticas
Capítulo 31: De las ideas adecuadas e inadecuadas
Capítulo 32: De las ideas verdaderas y falsas
Capítulo 33: De la asociación de ideas
LIBRO III: DE LAS PALABRAS
Capítulo 1: Acerca de las palabras o del lenguaje en general
Capítulo 2: Acerca de la significación de las palabras
Capítulo 3: De los términos generales
Capítulo 4: Acerca de los nombres de las ideas simples
Capítulo 5: Acerca de los nombres de los modos mixtos y de las relaciones
Capítulo 6: Acerca de los nombres de las sustancias
Capítulo 7: Acerca de las partículas
Capítulo 8: Acerca de los términos abstractos y de los concretos
Capítulo 9: Acerca de la imperfección de las palabras
Capítulo 10: Acerca del abuso de las palabras
Capítulo 11: De los remedios contra las ya mencionadas imperfecciones y abusos de las palabras
LIBRO IV: ACERCA DEL CONOCIMIENTO Y LA PROBABILIDAD
Capítulo 1: Acerca del conocimiento en general
Capítulo 2: Sobre los grados de nuestro conocimiento
Capítulo 3: Acerca del alcance del conocimiento humano
Capítulo 4: Acerca de la realidad del conocimiento
Capítulo 5: Acerca de la verdad en general
Capítulo 6: Acerca de la proposiciones universales, de su verdad y de sus certidumbre
Capítulo 7: Acerca de las máximas
Capítulo 8: Acerca de las proposiciones frívolas
Capítulo 9: Acerca de nuestro conocimiento sobre la existencia
Capítulo 10: Acerca de nuestro conocimiento sobre la existencia de Dios
Capítulo 11: Acerca de nuestro conocimiento de la existencia de otras cosas
Capítulo 12: Acerca del progreso de nuestro conocimiento
Capítulo 13: Algunas consideraciones más sobre nuestro conocimiento
Capítulo 14: Acerca del juicio
Capítulo 15: Acerca de la probabilidad
Capítulo 16: Acerca de los grados de asentimiento
Capítulo 17: Acerca de la razón
Capítulo 18: Acerca de la fe y de la razón y de sus distintos ámbitos
Capítulo 19: Acerca del entusiasmo
Capítulo 20: Acerca del falso asentimiento y del error
Capítulo 21: Acerca de la división de las ciencias
CARTA DEDICATORIA

Al muy honorable Conde de Pembroke y Montgomery, Baron Herbert de Cardiff.


Milord :

Este tratado, que ha crecido bajo la rnirada de Vuestra Señoría, y que se ha aventurado a salir al
mundo por orden vuestra, regresa ahora a Vos como por un derecho natural debido a la protección
que desde hace años le habéis prometido. Ningún nombre, puesto al principio de un libro, puede
encubrir sus errores, aunque aquél fuera el más noble que el pensamiento pudiera hallar, pues el
pensamiento impreso tan sólo puede permanecer o caer en el olvido o por sus propios meritos o por el
capricho de los lectores. Pero como lo más deseable para la verdad es oírla sin ningún perjuicio,
nadie es más adecuado que Vuestra Señoría para concederme esto, ya que os ha sido permitido
mantener con ella un trato íntimo y familiar en vuestros retiros mas apartados y sois conocido por
haber adelantado tanto sus especulaciones en el conocimiento más abstracto y general de los casos -
más allá del alcance ordinario o de los métodos comunes - que el favor y la aprobación por vuestra
parte de este tratado le protegerán de ser condenado sin ser leído e influirán en que sean mas
ponderadas aquellas partes que de otra manera serían pasadas por alto por estar algo desviadas de los
caminos habituales. La acusación de novel es una carga terrible para los que juzgan la valía
intelectual de los hombres como si se tratara de sus pelucas, y no conciben que nadie pueda poseer
una verdad que se aparte de las doctrinas que ellos recibieron. Y puesto que nunca ni en ningún
lugar ha triunfado la verdad, cuando aparece por vez primera, por vía de sufragio toda opiníón nueva
levanta sospechas, por lo que, normalmente, se condena sin otro motivo que el de no ser aún una
opinión común. Pero la verdad, como el oro, no tiene menos valor porque acabe de ser extraído de la
mina, sino que son la prueba y el examen los que fijan su precio por encima de cualquier moda
anticuada. Y aunque no tenga cuño de curso normal, puede, sin embargo, ser tan viejo como la
misma naturaleza y no por eso menos genuino. De todo esto, Vuestra Señoria podrá dar amplios y
convincentes ejemplos cuando tenga a bien favorecer al público con alguno de los importantes
descubrimientos de unas verdades hasta ahora ignoradas excepto por aquellos pocos a los que
Vuestra Señoría no ha querido ocultárselas del todo. Esto sería una razón suficiente, si na hubiera
otra, para que yo os dedicara este Ensayo. Y, como tiene alguna relación con varias partes del
sistema, más noble y amplio, de las ciencias que Vuestra Senoría ha elaborado, es para mi un honor
alardear, si Vuestra Senoría me la permite, de que he llegado, en ocasiones, a algunos pensamientos
no del todo distintos de los Vuesttos. Si Vuestra Señoría creyera conveniente que esta obra se diera a
conocer al público, me permitiría esperar que, durante algún tiempo, le concederiais Vuestro favor, y
creo que con esta obra dais al mundo una muestra de algo que será realmente digno de su
admiración. Esto, Milord, indica que el obsequio que hago a Vuestra Señoría es semejante al que un
hombre pobre hiciera a su vecino rico y poderoso, quien no recibiría de mal grado la cesta de flores y
frutas aunque poseyera en sus campos muchas más de mejor calidad. Pues las cosas del menor precio
alcanzan gran valor cuando se ofrecen con respeto, estima y gratitud, puedo jactarme de manera
confiada de que hago a Vuestra Señoría el presente más rico que jamás recibió, y para sentir esto me
habéis dado poderosas y particulares raaones que, al tiempo que confirman el juicio anterior,
mantienen la proporción de Vuestra grandeza. De una cosa estoy seguro: me encuentro en la mayor
necesidad de reconocer, en toda oportunidad, una larga sucesión de favores recibidos de Vuestra
Señoría; favores que, aunque grandes e importantes por sí mismos, son mucho mayores por la
franqueza, interés y bondad y demás atentas circunstancias que siempre los acompañaron. A todo
habéis querido añadir algo que aún me gratifica y obliga más: concederme parte de vuestra estima y
permitirme un lugar en vuestros buenos deseos que yo me atrevería a llamar amistad. Esto, Milord,
me lo demuestran constantemente vuestros hechos y palabras y como, en mi ausencia, manifestáis a
otros la misma actitud hacia mí, pienso no es vanidad mencionar algo que todo el mundo conoce, sino
que sería una falta de delicadeza no reconocer lo que muchos me dicen a diario sobre todo lo que
debo a Vuestra Señoría. Desearia que con igual facilidad ayudaran a mi gratitud como me convencen
de los grandes y crecientes compromisos que ella ha contraído con Vuestra Señoría, porque estoy
seguro de una cosa: escribiría acerca del Entendimiento careciendo de él, si no fuera éste
extremadamente sensible a ellos, y no me sirviera de esta oportunidad para testimoniar al mundo lo
muy reconocido que estoy a Vuestra persona y lo mucho que soy, Milord, vuestro más humilde y
obediente servidor.



John Locke
Court, 24 de mayo de 1689.

Presentación

EPISTOLA AL LECTOR

Lector :

Pongo en tus manos lo que ha sido entretenimiento de algunas de mis horas ociosas y libres. Si tiene
la fortuna de entretener otras tuyas, y si asi leerlo obtienes tan solo la mitad del placer que yo al
escribirlo, darás por tan bien gastado tu dinero como yo mis desvelos. No confundas lo que te digo
con una recomendación de mi obra, no concluyas que la sobreestimo, ahora que esta terminada, por
haberme sido agradable el trabaio. Quien azuza al can tras alondras y gorriones no saca mgnos
placer, aunque la presa sea más vil, que quien lo suelta en la caza de algo más noble. Del tema de este
Tratado, el entendimiento, sabe poco quien ignore, que siendo la facultad más elevada del alma, se la
emplea con más frecuencia y gusto que a cualquiera de las otras. Sus pasos en busca de la verdad son
una especie de caza en que la persecución misma de la presa constituye gran parte del placer. Cada
paso que dé la mente en su marcha hacia el conocimiento, descubre algo que no es sólo nuevo, sino lo
mejor, al menos por el momento. Porque el entendimiento, como el ojo que juzga los obietos, sólo con
mirarlos, no puede por menos que alegrarse con las cosas que descubre, sin sentir pena por lo que se
le escapa, ya que lo desconoce. De otra forma, quien esté por encima de pedir limosna y no quiera
vivir perezosamente de las migajas de opiniones mendigadas, debe hacer trabajar a sus propias ideas
para buscar y alcanzar la verdad, y no dejará de sentir, cualquiera que sea su hallazgo, la satisfacción
del cazador. Cada instante del proceso premiará su empeño con algún deleite, y tendrá razón para
pensar que no ha malgastado el tiempo, aunque no pueda jactarse de ninguna pieza admirable. Tal
es, lector, el entretenimiento de quienes dan alas a sus propios pensamientos, siguiéndolos al correr
de la pluma; entretenimiento que no debes envidiarles, ya que te ofrecen la ocasión de disfrutar de ese
gusto, siempre que emplees tus propios pensamientos en la iectura. A éstos, si son tuyos, me dirijo;
pero si los tienes prestados, a crédito ajeno, no importa lo que sean, puesto que no les mueve el afán
de verdad, sino una consideración más mezquina. No vale la pena interesarse en lo que dice o piensa
quien sólo dice o piensa lo que otro ordena. Si tú iuzgas por ti mismo, sé que juzgarás con sinceridad,
y entonces no podrá dañarme ni ofenderme tu critica, sea cual fuere. Porqlue, si bien es cierto que
este Tratado no contiene nada de cuya verdad no, esté yo plenamente convencido, con todo, no me
considero menos vulnerable al error de lo que pueda considerarte a ti, y reconozso que está en ti el
que este libro se mantenga o caiga no por la opinión que yo tenga de él, sino por la que tú te formes.

Si encuentras en mi libro pocas cosas que sean nuevas e instructivas para ti, no me culpes: no ha sido
escrito para quienes dominan el tema y han alcanzado perfecta familiaridad con sus propias formas
de entendimiento; las escribí para mi información y oara satisfacer a unos cuantos amigos que
habían reconocido no haber prestado bastante atención al tema. Si fuera necesario aburrirte con la
historía de este «Ensayo». te diría que, estando reunidos en mi despacho cinco o seis amigos
discutiendo un tema bastante lejano a éste, pronto nos vimos en un punto rnuerto por las difcultades
que, desde todos lados, aparecían. Después de devanarnos los sesos durante un rato, sin lograr
aproximarnos a la solución de las dudas que nos tenían sumidos en la perplejidad se me ocurrió que
habíamos equivocado el camino y que, antes de meternos en disquisiciones de esta índole, era
necesario examinar nuestras aptitudes y ver qué objetos están a nuestro alcance o más allá de nuestro
entendimiento. Así lo propuse a la reunión, y como todos estuvieran de acuerdo, convinimos que ése
debería ser el primer objetivo de nuestra investigación. Algunos pensamientos precipitados y mal
digeridos sobre un tema al que jamás había prestado atención, redactados con motivo de nuestra
próxima reunión, fue lo que abrió la puerta a este Tratado, que, habiendo empezado así por azar, fue
continuado a petición de mis amigos; escrito en partes incoherentes, con largos intervalos de
abandono; reanudado cuando lo permitían el humor y la ocasión y, por último, refugiado en un
retiro, donde, por atender a mi salud, tuve el necesario ocio, hasta que fue reducido al orden en que
ahora lo ves.

Esta forma discontinua de escribir ha producido, seguramente, dos efectos contrarios; que es poco y
es mucho lo que en él se dice. Si encuentras que le falta algo, será para mí una satisfaccián saber que
cuanto he escrito te ha suscitado el deseo de que hubiera ido más adelante. Si te pareciera demasiado,
culpa de ello al tema, pues cuando puse la pluma en el papel por vez primera, pensé que para lo que
tenia que decir bastaría con un solo pliego, pero, a medida que avanzaba, el tema se iba ampliando:
cada nuevo descubrimiento me empujaba adelante, y así fue como, insensiblemente, creció hasta
llegar al volumen en que ahora aparece. No negaré que, posiblemente, pudiera reducirse a unos
límites más pequeños y que algunas de sus partes pudieran acortarse, pues la forma en que ha sido
escrito, a ratos y con largos intervalos de interrupción, pudo ser la causa de algunas repeticiones.

Pero, a decir verdad, me siento demasiado perezoso u ocupado para abreviarlo.

No ignoro lo poco que cuido mi reputación al pasar por alto, a sabiendas, un defecto que fácilmente
puede producir sinsabor en los más juiciosos, y siempre más solícitos, lectores. Pero los que saben que
la pereza tiende a justificarse con cualquier excusa, podrán perdonarme si la mía ha surgido en mi
ánimo con tan buena excusa. Me alegraré, pues, en mi defensa que una misma noción, imposible de
citar por distintas razones, pueda ser conveniente o necesaria para probar o ilustrar partes del
presente; pero, dejando esto a un lado, puedo admitir con franqueza que, a veces, me he ocupado
largamente en un mismo argumento y que lo he expresado de diversos modos y con propósitos
diferentes. No pretendo publicar este Ensayo para enseñanza de quienes abriguen elevados
pensamientos y disfruten de una penetración particular; me confìeso discípulo de tales preceptores
del conocimiento, y, por eso, les advierto de antemano que no esperen encontrar aquí nada, ya que es
el producto de mis rudos pensamientos; por el contrario, es apropiado para hombres de mi talla, a
quienes, quizá, no resultara; inaceptable el trabajo que me he tomado de aclarar y hacer familiares a
sus pensamientos algunas verdades que los prejuicios establecidos, o lo abstracto de estas mismas
ideas, pudieran hacer dificiles. Hay objetos qne es necesario examinar desde todos los ángulos; y
cuando se trata de una noción nueva - como confieso que algunas de éstas lo son para mí -, o cuando
se aparta del camino habitual - como sospecho que ocurrirá con otras -, una sola rnirada no es
suficiente para abrirle la puerta de todos los entendimientos, ni para fijarla allí con una impresión
clara y duradera. Creo que habrá pocos que no hayan observado, en sí mismos o en otros, que aquello
que era expuesto de una manera muy oscura, se hacia claro e inteligible al expresarlo de otra forma,
aunque luego la mente encuentre poca diferencia entre ambas formas y se admita que una de ellas se
resista más que la otra a dejarse entender. Pero ocurre que no todo halaga por igual la imaginación
de los hombres. Poseemos entendimientos no menos diferentes que nuestros paladares, y quien piense
que la misma verdad agrada igualmente a todos, es como quien supone que se puede dar el mismo
gusto a todo el mundo con un mismo plato. La comida podrá ser la misma y el alimento bueno; sin
embargo, no todos podrán aceptarlo con ese mismo condimento y tendrá que ser aderezado de modo
diferente si se quiere que algunos, aun de fuerte constitución, puedan aceptarlo. La verdad es que
quienes me aconsejaron que lo publicara me recomendaron, por esa razón, que lo hiciera tal como
está. Y ya que he decidido sacarlo a la luz, mi deseo es que lo entienda el que se tome el trabajo de
leerlo. Me gusta tan poco verme impreso, que si no me hubieran halagado con que este Ensayo puede
ser útiI a otros, como creo que lo ha sido para mí, lo habria dejado reducido a la curiosidad de
aquellos amigos que fueron la ocasión primera de que lo escribiera. El que, por tanto, aparezca
impreso, con el propósito de ser lo más útil posible, hace necesario que cuanto tengo que decir sea tan
fácil e inteligible para toda clase de lectores como me es posible. Y prefiero, con mucbo, que los
especulativos y perspicaces se quejen del tedio de algunas partes de mi obra, que cualquieta, poco
acostumbrado a las especulaciones abstractas, o movidos por ideas distintas confunda o no
corrrprenda mi intención, Posiblemente se juzgue como engreimiento o insolencia mi pretensión de
instruir a esta sabia edad nuestra, pues a ello equivale mi confesión de que publico este Ensayo con la
esperanza de ser útil a otros, Pero si se permite hablar con desenfado de quienes, con falsa modestia,
tachan de inútil lo que escriben, me parece que suena más a vanidad o a insolencia publicar un libro
con cualquier atro propósito; y peca en demasía contra el respeto debido al público quien hace
imprimir, y por lo tanto espera que se lea, una obra que intencionadamente no contiene nada útil
para el lector o para los demás. Y cuando en este tratado no hubiera otra cosa dígna de aceptación,
no por ello dejaria de serlo mi designio, y serviría de excusa por la falta de mérito del obsequio la
bondad de mi propósito. Esta es la excusa que me tranquiliza más ante el temor de una censura a la
que plumas mejores que la mía no están inmunes. Son, en efecto, tan variados los gustos de los
hombres que es sumamente difícil dar con un libro que agrade o disguste a todos. Además debo
reconocer que la edad en que vivimos no es la menos sabia y, por tanto, no resulta la más fácil de
satisfacer. Mas si no tuviera la buena suerte de agradar, nadie se enoje conmigo, ya que sin ambages
digo a todos mis lectores que en un principio este tratado no iba dirigido a ellos ( excepto a media
docena ) y que, por tanto, no es necesario que se empeñen en contarse entre aquéllos. No obstante, si
alguien quisiera enfadarse conmigo y mofarse de mi obra, que lo haga a sus anchas, pues yo sabré
encontrar mejor manera de gastar el tiempo que la de ocuparlo en esa clase de pláticas. Siempre
tendré la satis£acción de haber aspirado sinceramente a la verdad y a la utilidad, no sin haber
admitido la fiaqueza del intento. No está desprovista ahora la república del saber de insignes
arquitectos que, puestos sus grandes designios en el avance de las ciencias, dejarán monumentos
perdurables para admiración de la posteridad; pero no todos puedea aspirar a ser un Boyle o un
Sydenham. Y en una época que produce luminarias tales como el gran Huygenius, el incomparable
Newton y otras de semejante magnitud,
resulta también bastante honoroso trabajar como simple obrero en la tarea de desbrozar un poco el
terreno y de limpiarlo de las escombros que entorpecen la marcha del saber, el cual, ciertamente, se
encontraría en el más alto estado del mundo si los desvelos de los hombres industriosos no hubieran
encontrado tanto tropiezo en el culto, pero frivolo, empleo de términos extraños, afectados o
inintelígibles que se han introducido en las ciencias y convertido en un arte al punto de que la
filosofía, que no es sino el conocimiento verdadero de las cosas, llegó a tenerse por indigna o no
idónea entre la gente de buena crianza y fue desterrada de todo trato útil. Hace tiempo que ciertas
formas de hablar, ambiguas y sin significado, y ciertos abusos del idioma, pasan por ser misterios de
la ciencia; y que ciertas palabras sudas o equivocas, sin ningún o con poco sentido, reclaman, por
prescripción, el derecho de ser tomados por sabiduria profunda o por alta especulación y no será fácil
persuadir a quienes los utilizan o les prestan atención, que eso no es sino el encubrimiento de su
ignorancia y un obstáculo para el verdadero saber. Prestar algún servicio al entendimiento humano
es, según creo, violar el santuario de la presunción y de la ignorancia. Y ya que son tan pocos los que
piensan que el uso de las palabras puede inducir a engaño o a ser engañados, y que el lenguaje de la
secta a que pertenecen tiene deficiencias que deberían ser examinadas o corregidas, espero que se me
perdone el haberme ocupado tan extensamente de este asunto en el tercer libro, pues pretendía
demostrar que ni lo inveterado del daño, ni el predominio por el uso, pueden servir de excusa a
quienes no se preocupara del sentido de sus propías palabras o no toleran el examen del significado
de sus expresiones.

He tenido noticias de que un breve epítome de este Tratado, ímpreso en 1688, fue condenado por
algunos, sin previa lectura, porque en sí se negaban las ideas innatas, de lo que deducían,
precipitadamente, que si no se suponían las ideas innatas poco quedaría ni de la noción ni de la
prueba del espíritu. Si alguno se ve tentado a hacer esa crítica al iniciar este tratado, le ruego que lo
lea en su totalidad, pues creo que entonces llegará a la conclusión de que remover cimientos falsos no
es causar un perjuicio, sino un servicio a la verdad, la cual nunca padece ni peligra tanto como
cuando se mezcla con la falsedad o se edifica sobre ella.

En la segunda edición, añadí lo siguiente: No me perdonaria el editor si no dijera algo acerca de esta
segunda edición que, por ser mas correcta, ha permitido subsanar los muchos errores que contiene la
primera. También quiero que se sepa que esta edición trae un capítulo nuevo sobre la Identidad, y
muchas adiciones y correcciones en otros lugares. A propósito de esto, tengo que informar al lector
que no todas tratan un asunto nuevo, sino que la mayoría o sirven para confirmar mejor algo ya
dicho, o bien son explicaciones para evitar que se equivoque el sentido de lo impreso anteriormente,
pero, en mi opinión, no implican cambios. La única excepción a esto la constituye los cambios que
introduje en el capítub XXI del libro segundo. Todo cuanto escribí allí sobre la Libertad y la Voluntad
me pareció que necesitaba una revisión lo más minuciosa posible, porque son problemas que han
preocupado en todos los tiempos a los hombres sabios del mundo haciéndoles plantearse muchas
cuestiones y dificultades y siendo causa de no poca perplejidad para la Etica y la Teología, esas ramas
del saber sobre cuyos dictados resulta tan necesario que los hombres tengan ideas claras. Después de
realizar una minuciosa inspección del funcionamiento de la mente de los hombres, y previo examen
más riguroso de los motivos v opiniones que la mueven, he encontrado justificación para alterar un
tanto el pensamiento que me habia formado acerca de aquello que causa la definitiva determinación
de la voluntad en todo acto voluntario. De este cambio en mis opiniones quiero hacer confesión al
mundo con la misma libertad y presteza con que antes publiqué lo que entonces me pareció aceptable,
pues considero que tengo más interés en renunciar a cualquier opinión propia o en abandonarla, que
en oponerme a la ajena cuando la verdad está en contra mia. Porque sólo busco la verdad, siempre
será para mí bien venida, cuando quiera y de donde quiera que venga. Pero pese a mi disposición de
renunciar a cualquier opinión o retractarme de cualquier cosa que haya escrito, ante la primera
prueba de mi error, debo decir, no obstante, que no he tenido la suerte de recibir luz de las objeciones
publicadas contra algunas partes de mi líbro; ni tampoco he enconttado motivo, en vista de cuanto se
ha referido en contra suya, para modificar el sentido de aquellos puntos objetados. Y bien sea porque
el tema que traigo entre manos requiera mayor reflexión y atención de las que esté dispuesto a
prestarIe un lector precipitado o, al menos, prejuiciado ya sea porque lo nublen una cierta oscuridad
en mis expresiones, y porque las nociones en que me ocupo sean de difícil aprensiòn para otros por
mi manera de tratarlas, lo cierto es que, según he advertido, se malinterpreta con frecuencia el
sentido de lo que digo y no siempre he tenido la buena suerte de que se me comprenda correctamente.

Son tantos los ejemplos de esto, que me parece justo para mis lectores y para mí concluir que, o he
escrito bien este libro con suficiente claridad como para ser entendido por quienes lo examinan con la
atención e imparcialidad que es necesaria en quien se toma el trabajo de leer, cuando hace esto, o
bien tan oscuramente que sería inútil cualquier intento de corrección. Pero sea cual fuere el caso, no
seré yo quien moleste al lector, abrumandole con lo que se podría replicar a las distintas objeciones
que se han hecho contra estos o aquellos pasajes de mi libro, porque estoy seguro de que quien les
conceda el interés suficiente para averiguar si son verdaderas o falsas podrá advertir por su propia
cuenta si lo que he dicho o no está bien fundado o no responde a mi doctrina, una vez que nos haya
entendido bien a mí y a a mi oponente.

Si algunos, celosos de que no se pierdan ningiuno de sus valiosos pensamientos, han publicado sus
censuras a mi Ensayo, haciéndome un doble honor al no querer admitir que se trata de un mero
ensayo, será el público quien juzgue la obligación que ha contraido por los servicios prestados por
esas plumas críticas, pues yo no malgastaré el tiempo de mis lectores empleando tan ociosa y
aviesamense el mío en disminuir el placer que pueda sacar alguien, o el que pueda proporcionar a
otros con la lectura de la confusión tan precipitada de lo que he escrito.» Hasta aquí lo que el autor
añadió era la segunda edición. Los editores que preparaban la cuarta edición de mi Ensayo me
comunicaron que, si tenía tiempo, podría hacer las adiciones y cambios que creyera necesarios. A este
respecto, me pareció conveniente advertir al lector que, aparte de las correcciones hechas aquí y allá
hay un cambio que es preciso mencionar porque afecta a todo el libro y es importante para su
comprensión exacta. Lo que dije sobre el particular, es lo siguiente: Las palabras «Ideas claras y
distintas» son términos que, si bien son de uso familiar y frecuente, tengo motivo para pensar que no
son entendidas perfectamente por todos los que las utilizan. Y es posible que sólo algunas personas se
tomen el trabajo de reflexionar sobre estos términos hasta el punto de saber con precisión lo que ellas
mismas y otras significan con ellos. Por ese motivo he decidido emplear, en casi todos los lugares, los
términos «ser» y «estar siendo» en lugar de «claro» y «distinto», como fórmula más expresiva del
sentido que doy al asunto. Con estas palabras me refiero a cierto objeto en la mente y, por tanto, un
objeto determinado, es decir, tal como alli se ve y se percibe que es. Creo que se puede decir
adecuadamente de una idea que «es» o «que está determinada», cuando tal y como está objetivamente
en todo tiempo en la mente ( y, por lo tanto, «determinada» allí ) se la adscribe, y sin variación
«queda determinada» por un nombre o sonido articulado, que será el signo permanente de aquel
mismísimo objeto de la mente, o idea que «es determinada».

Para explicar esto de una forma más particular: por «ser determinada», cuando se aplica a una idea
simple, quiero decir esa apariencia simple que la mente tiene a la vista, que percibe en sí misma
cuando se dice que aquella idea está en ella; por «estar determinada», cuando se aplica a una idea
compleja, quiero decir una idea tal que consta de un número determinado de ciertas ideas simples o
menos complejas, reunidas en una proporción y situación tal, según la mente la tiene a la vista y
según lat mira en sí misma cuando esa idea está presente en ella, o debiera estar presente cuando un
hombre le da un nombre a la idea. Y digo «debiera estar», porque no todos, y quizá nadie, son tan
cuidadosos en su lenguaje como para no usar una palabra hasta no ver en su mente la idea precisa
que «esta determinada» y cuyo signo ha decidido que sea. El error en esto es causa de no poca
oscuridad y confusión en los pensamientos y en las disertaciones de los hornbres. Si bien no hay
suficientes palabras en ningún idioma para responder a la variedad de ideas que aparecen en todas
las disertaciones y raciocinios de los hombres, esto no impide que cuando alguien emplee algún
término no tenga en su mente una idea que esté determinada, idea de la cual hace signo a este
término, y a la cual debe adscribirlo involuntariamente a lo largo de la disertación. Y cuando un
hombre no cumpla o no pueda cumplir con esta norma, aspirará en vano a tener ideas claras y
distintas, ya que las suyas no lo son de manera notoria. Y, por tanto, siempre que se emplean términos
a los que no se ha fijado una determinación precisa, sólo se puede esperar la oscuridad y la
confusión .

Por estas razones, he creido que hablar de ideas que estén «determinadas» es un modo de expresión
menos equívoco que el de hablar de «ideas claras y distintas». Y siempre que los hombres tienen
ideas, sobre lo que raciocinan, sobre lo que preguntan o alegan, que están determinadas, se advierte
que desaparecen la mayoría de las dudas y discusiones. Y es que, en su
mayor parte, las controversias y las cuestiones que siembran la confusión entre los hombres dependen
del empleo dudoso e incierto de las palabras o, lo que es lo mismo, de las ideas «no determinadas»
que han sido significadas por esas palabras. He elegido, pues, estos términos para designar, primero,
algún objeto inmediato de la mente, que ella percibe y tiene delante como algo distinto del sonido que
se usa como algo suyo, y, en segundo lugar, para dar a entender que esa idea así «determinada», es
decir, que la mente tiene en sí misma y que conoce y ve allí, está fijada sin cambio alguno a un
nombre, y que ese nombre esta «determinada» para esa idea precisa. Si los hombres tuvieran
semejantes «ideas determinadas» en sus investigaciones y en sus disertaciones, advertirían hasta
dónde llegan sus investigaciones y sus hallazgos, al mismo tiempo que evitaban la mayor parte de las
disputas y de los altercados que tienen entre sí. Además de esto, el editor estimará necesario que
comunique al lector que hay una adición de dos capítulos totalmente nuevos: uno que se refiere a la
«asociación de ideas» y otro al «entusiasmo». El editor se ha comprometido a publicar estas adiciones
por sí solas, con algunas otras de consideración que hasta ahora no habían sido impresas, del mismo
modo y con el mismo propósíto que cuando este Ensayo entró en su segunda edición. En esta sexta
edición es muy poco lo que se ha aumentado o corregido; la mayor parte de lo nuevo está en el
capítulo XXI del segundo libro, lo cual, si alguien lo estima pertinente, eso podrá transcribirse sin
mucho trabajo junto a la edición anterior.

Presentación

INTRODUCCIÓN

1. La investigación acerca del entendimiento es agradable y útil
Puesto que el entendimiento es lo que sitúa al hombre por encima de los seres sensibles y le
concede todas las ventajas y potestad que tiene sobre ellos, es ciertamente un asunto, por su propia
dignidad, que supervalora el trabajo de ser investigado. El entendimiento, como el ojo, aunque nos
permite ver y percibir todas las demás cosas, no se advierte a sí mismo, y precisa arte y esfuerzo
para ponerse a distancia y convertirse en su propio objeto. Pero sean cuales fueren las dificultades
que ofrezca esta situación y sea cual fuese lo que nos sitúa tan en la oscuridad a nosotros mismos,
estoy seguro de que toda luz que podamos derramar sobre nuestras propias mentes, todo el trato
que podamos establecer con nuestro propio entendimiento, no sólo será agradable, sino que nos
traerá grandes ventajas para el gobierno de nuestro pensamiento en la búsqueda de las demás
cosas.

2. El designio

Puesto que es mi intención investigar los orígenes, alcance y certidumbre del entendimiento
humano, junto con los fundamentos y grados de creencias, opiniones y sentimientos, no entraré
aquí en consideraciones físicas de la mente, ni me ocuparé de examinar en qué puede consistir su
esencia, o por qué alteraciones de nuestros espíritus o de nuestros cuerpos llegamos a tener
sensaciones en nuestros órganos, o ideas en nuestros entendimientos, ni tampoco si en su
formación esas ideas dependen, o no, algunas o todas, de la materia. Estas especulaciones, por muy
curiosas o entretenidas que sean, las dejaré a un lado como ajenas a los designios que ahora tengo.

Bastará para mi actual propósito considerar la facultad de discernimiento del hombre según se
emplea respecto a los objetos de que se ocupa, y creo que no habré malgastado mi empeño en lo
que se me ocurra referente a este propósito, si mediante este sencillo método histórico logro dar
alguna razón de la forma en que nuestro entendimiento alcanza esas nociones que tenemos de las
cosas, y si puedo establecer algunas reglas de certidumbre de nuestro conocimiento o mostrar los
fundamentos de esas persuasiones que se encuentran entre los hombres, tan variadas, distintas y
totalmente contradictorias, pero afirmadas, sin embargo, en algún lugar, con tanta seguridad y
confianza, que quien considere las opiniones de los hombres, observe sus contradicciones y, al
mismo tiempo, considere el cariño y devoción con que son mantenidas y la resolución y
vehemencia con que se las defiende, quizá llegue a sospechar que o bien falta eso que se llama la
verdad o que el hombre no pone los medios suficientes para lograr un conocimiento cierto de ella.



3. El Método

Merece la pena, pues, descubrir los límites entre la opinión y el conocimiento, y examinar, respecto
de las cosas que no tenemos conocimiento cierto, por qué medios debemos regular nuestro
asentimiento y moderar nuestras persuasiones. Para este fin, me ajustaré al siguiente método:
Primero, investigaré el origen de esas ideas, nociones o como quieran llamarse, que un hombre
puede advertir y las cuales es consciente que tiene en su mente, y la manera como el entendimiento
llega a hacerse con ellas.



Segundo, intentaré mostrar qué conocimiento tiene por esas ideas el entendimiento, y su
certidumbre, evidencia y alcance.


Tercero, haré alguna investigación respecto a la naturaleza y a los fundamentos de fe u opinión,
con lo que quiero referirme a ese asentimiento que otorgamos a cualquier proposición dada en
cuanto verdadera, pero de cuya verdad aún no tenemos conocimiento cierto. Aquí tendremos
oportunidad de examinar las razones y los grados de asentimiento.

4. La utilidad de conocer el alcance de nuestra comprensión

Si por esta investigación sobre la naturaleza del entendimiento humano logro descubrir sus
potencias; hasta dónde llegan; respecto a qué cosas están en algún grado en proporción y dónde
nos traicionan, creo que será útil que prevalezca en la ocupada mente de los hombres la
conveniencia de que es necesario ser más cuidadoso al. tratar de cosas que sobrepasan su
comprensión, de detenerse cuando ha llegado al último limite de sus posibilidades, y situarse en
reposada ignorancia sobre aquellas cosas que, una vez examinadas, muestran que están más allá
del alcance de nuestra capacidad. Tal vez, entonces, no seamos tan osados, al presumir de un
conocimiento universal, como para suscitar cuestiones y para sumirnos y asumir a otros en
perplejidades en torno a algunas cuestiones para las que nuestro entendimiento no esta adecuado,
y de las que no podemos tener en nuestras mentes ninguna percepción clara y distinta, o de las que
( como sucede, quizá, con demasiada frecuencia ) carecemos completamente de noción. Si
logramos averiguar hasta qué punto puede llegar la mirada del entendimiento; hasta qué punto
tiene facultades para alcanzar la certeza, y en qué punto tiene facultades para alcanzar la certeza,
y en qué casos sólo puede juzgar y adivinar, quizá aprendamos a conformarnos con lo que nos es
asequible en nuestra situación presente.

5. Nuestras capacidades son las adecuadas a nuestro estado y a nuestros intereses

Porque, aunque la comprensión de nuestros entendimientos se quede muy corta respecto a la vasta
extensión de las cosas, tendremos motivos suficientes para alabar al generoso autor de nuestro ser
por aquella porción y grado de conocimiento que nos ha concedido, tan por encima de todos los
demás habitantes de nuestra morada. Los hombres tienen una buena razón para estar satisfechos
con lo que Dios ha creído que les conviene, puesto que les ha dado ( como dice San Pedro: Todas
las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad; II, Pedro, c. I, v. ) cuanto es necesario para la
comodidad en la vida y para el conocimiento de la virtud, ya que ha puesto al alcance de sus
descubrimientos las previsiones de un bienestar en esta vida y les ha mostrado el camino que
conduce a otra mejor. Por cortos que sean sus conocimientos respecto a una comprensión
universal o perfecta de lo que existe, asegura, no obstante, que su gran interés tendrá luz suficiente
para conducirlos al conocimiento de su Hacedor, y para mostrarles cuales son sus deberes. Los
hombres encontrarían materia suficiente para ocupar sus mentes y para emplear sus manos con
variedad, gusto y satisfacción, si no se pusieran en osado conflicto con su propia constitución y
desperdiciaran los beneficios que tienen en sus manos cuando éstas no sean lo bastante grandes
para abarcarlo todo. No tendríamos motivo para lamentarnos de la pequeñez de nuestras mentes
si las dedicáramos a aquello que pueda sernos útil, porque de ello son absolutamente capaces. Y
sería una displicencia imperdonable, al mismo tiempo que pueril, si desestimáramos las ventajas
que nos ofrece nuestro conocimiento y si nos descuidáramos en mejorarlo con vistas a los fines
para los que nos fue dado, sólo porque hay algunas cosas que están fuera de su alcance. No sería
una buena excusa la de un criado perezoso y terco, alegar que le hacía falta la luz del sol para
negarse a cumplir su oficio a la luz de un candil. El candil que nos alumbra brilla lo suficiente
para todos nuestros menesteres. Los descubrimientos que su luz nos permite deben satisfacernos, y
sabremos emplear de buena manera nuestros entendimientos cuando nos ocupemos de todos los
objetos en la manera y proporción en que se adapten a nuestras facultades y que sobre tales bases
sean capaces de proponérsenos, sin requerir perentoria o destempladamente una demostración, ni
exigir certeza allí donde sólo debemos aspirar a probabilidad, y esto es bastante para regir todas
nuestras preocupaciones. Si vamos a descreerlo todo, sólo porque no podemos conocer todo con
certeza, obraremos tan necesariamente como un hombre que no quisiera usar sus piernas y
pereciera por permanecer sentado, sólo porque carece de alas para volar.

6. Conocer el alcance de nuestras capacidades cura el escepticismo y la pereza

Cuando conocemos nuestras fuerzas, sabemos mejor qué cosas emprender para salir adelante; y
cuando hemos medido bien el poder de nuestras mentes y calculado lo que podemos esperar de él,
no caeremos en la tentación de estarnos quietos y abstenernos de todo trabajo por desesperación
de no llegar a saber nada, ni, por otra parte, de poner en duda cualquier conocimiento sólo porque
algunas cosas no puedan entenderse. Al marino le es de gran utilidad saber el alcance de la sonda,
aunque con ella no pueda medir todas las profundidades del océano; le es suficiente con saber que
es lo necesariamente larga para alcanzar el fondo de aquellos lugares por los que va dirigir su
viaje y, de esta forma, prevenir el peligro de navegar contra escollos que pudieran proporcionarle
la ruina. Nuestro propósito aquí no es conocer todas las cosas, sino aquellas que afectan a nuestra
conducta. Si conseguimos averiguar las reglas mediante las cuales un ser racional, puesto en el
estado en que el hombre está en este mundo, puede y debe gobernar sus opiniones y los actos que
de ellas dependan, ya no es necesario preocuparnos porque otras cosas trasciendan nuestro
conocimiento.

7. La ocasión de este Ensayo

Estas consideraciones me ofrecieron la ocasión de escribir este «Ensayo sobre el entendimiento»,
porque pensé que el primer paso para satisfacer algunas investigaciones que la mente del hombre
suscita con facilidad era revisar nuestro propio entendimiento, examinar nuestras propias fuerzas
y ver a qué cosas están adaptadas. Pensé que mientras en vano la satisfacción que nos proporciona
la posesión sosegada y segura de las verdades que más nos importan, mientras dábamos libertad a
nuestros pensamientos para entrar en el vasto océano del ser, como si ese piélago ilimitado fuese la
natural e indiscutible posesión de nuestro entendimiento, donde nada estuviese exento de su
detección y nada escapase a su comprensión. Así, los hombres extienden sus investigaciones más
allá de su capacidad y permiten que sus pensamientos se adentren en aquellas profundidades en
las que no encuentran apoyo seguro, y no es extraño que susciten cuestiones y multipliquen las
disputas que, no alcanzando jamás solución clara, sólo sirven para prolongar y aumentar sus
dudas y para confirmarlos, finalmente, en un perfecto escepticismo. Si, por el contrario, se
tuvieran bien en cuenta nuestras capacidades, una vez visto el alcance de nuestro conocimiento y
hallado el horizonte que fija los límites entre las partes iluminadas y oscuras de las cosas, el
hombre tal vez reconociera su ignorancia en lo primero, y dedicara sus pensamientos v
elucubraciones con mas provecho a lo segundo.

8. Lo que nombra la palabra Idea

Esto fue lo que creí necesario decir respecto a la ocasión de esta investigación sobre el
entendimiento humano. Pero, antes de proseguir con lo que a ese propósito he pensado, debo
excusarme, desde ahora, con el lector por la frecuente utilización de la palabra «idea» que
encontrara en el tratado que va a continuación. Siendo este término el que, en mi opinión, sirve
mejor para nombrar lo que es el objeto del entendimiento cuando un hombre piensa, lo he
empleado para expresar lo que se entiende por fantasma, noción o especie, o aquello con que se
ocupa la mente cuando piensa; y no puedo evitar el uso frecuente de dicho término,
Supongo que se me concederá sin dificultad que existan tales ideas en la mente de los hombres:
todos tienen conciencia de ellas en sí mismos, y las palabras y los actos de los hombres muestran
satisfactoriamente que están en la mente de los otros. Así pues, nuestra primera investigación será
preguntar cómo entran las ideas en la mente.





LIBRO I
DE LAS NOCIONES INNATAS

CAPITULO I
NO HAY PRINCIPIOS INNATOS

1. La forma en que nosotros adquirimos cualquier conocimiento es suficiente para probar que éste no
es innato.

Es una opinión establecida entre algunos hombres, que en el entendimiento hay ciertos principios innatos;
algunas nociones primarias, (poinai ennoiai) , caracteres como impresos en la mente del hombre; que el
alma recibe en su primer ser y que trae en el mundo con ella. Para convencer a un lector sin prejuicios de
la falsedad de esta suposición, me bastaría como mostrar (como espero hacer en las partes siguientes de
este Discurso) de que modo los hombres pueden alcanzar, solamente con el uso de sus facultades
naturales, todo el conocimiento que poseen, sin la ayuda de ninguna impresión innata, y pueden llegar a
la certeza, sin tales principios o nociones innatos. Porque yo me figuro que se reconocerá que sería
impertinente suponer que son innatas las ideas de color, tratándose de una criatura a quien Dios dotó de la
vista y del poder de recibir sensaciones, por medio de los ojos, a partir de los objetos externos. Y no menos
absurdo sería atribuir algunas verdades a ciertas impresiones de la naturaleza y a ciertos caracteres
innatos, cuando podemos observar en nosotros mismos facultades adecuadas para alcanzar tan facil y
seguramente un conocimiento de aquellas verdades como si originariamente hubieran sido impresas en
nuestra mente.

Sin embargo, como a un hombre no le es permitido seguir impunemente sus pensamientos propios en
busca de la verdad, cuando le conducen, por poco que sea, fuera del camino habitual, expondre las
razones que me hicieron dudar de la verdad de aquella opinión para que sirvan de excusa a mi
equivocación, si en ella he incurrido, cosas que dejo al juicio de quienes, como yo, están dispuestos a
abrazar verdad dondequiera que se halle.

2. El asentimiento en general constituye el principal argumento

Nada se presupone más comúnmente que el que haya unos ciertos principios seguros, tanto especulativos
como prácticos, (pues se habla de ambos), universalmente aceptados por toda la humanidad. De ahí se
infiere que deben ser unas impresiones permanenetes que reciben las almas de los hombres en su primer
ser, y que las traen al mundo con ellas de un modo tan necesario y real como las propiedades que les son
inherentes.

3. El consenso universal no prueba nada como innato

Este argumento, sacado de la aquiescencia universal, tiene en sí este inconveniente: que aunque fuera
cierto que de hecho hubiese unas verdades asentidas por toda la humanidad, eso no probaría que eran
innatas, mientras haya otro modo de averigüar la forma en que los hombres pudieron llegar a ese acuerdo
universal sobre esas cosas que todos aceptan; lo que me parece que puede mostrarse.

4. Lo que es, es; y es imposible que la misma cosa sea y no sea.


Estas dos proposiciones son universalmente asentidas. Pero lo que es peor, este argumento del consenso
universal, que se ha utilizado para probar los principios innatos, me parece que es una demostración de
que no existen tales principios innatos, porque hay ningun principio al cual toda la humanidad preste un
asentimiento universal. Empezaré con los principios especulativos, ejemplificando el argumento en esos
celebrados principios de demostración, "toda cosa que es, es y de que es imposible que la misma cosa sea y
no sea, que me parece que, entre todos, tendrían el mayor derecho al título de innatos. Disfrutan de una
reputación tán sólida de ser principio universal que me parecería extraño, sin lugar a dudas, que alguien
los pusiera en entredicho. Sin embargo, me tomo la libertad de afirmar que esas proposiciones andan tan
lejos de tener asentimiento universal, que gran parte de la humanidad ni siquiera tiene noción de ellos.

5. Esos principios no están impresos en el alma naturalmente, porque los desconocen los niños, los
idiotas, etc....

Porque, primero, es evidente que todos los niños no tienen la más mínima aprehensión o pensamiento de
aquellas proposiciones, y tal carencia basta para destruir aquel asenso universal, que por fuerza tiene que
ser el concomitante necesario de toda verdad innata. Además, me parece caso contradictorio decir que hay
verdades impresas en el alma que ella no percibe y no entiende, ya que estar impresas significa que,
precisamente, determinadas verdades son percibidas, porque imprimir algo en la mente sin que la mente
lo perciba me parece poco inteligible. Si, por supuesto, los niños y los idiotas tienen alma, quiere decir que
tienen mentes con dichas impresiones, y será inevitable que las perciban y que necesariamente conozcan y
asientan aquellas verdades; pero como eso no sucede, es evidente que no existen tales impresiones. Porque
si no son nociones naturalmente impresas, entonces, ¿cómo pueden ser innatas? Y si efectivamente son
nociones impresas, ¿cómo pueden ser desconocidas? Decir que una noción está impresa en la mente, y
afirma al tiempo que la mente la ignora y que incluso no la advierte, es igual que reducir a la nada esa
impresión. No puede decirse de ninguna proposición que está en la mente sin que ésta tenga noticia y sea
consciente de aquella. Porque si pudiera afirmarse eso de alguna proposición, entonces por la misma
razón, de todas las proposiciones que son ciertas y a las que la mente es capaz de asentir, podría decirse
que están en la mente y son impresas. Puesto que si acaso pudiera decirse de alguna que está en la mente, y
que ésta todavía no la conoce, tendría que ser sólo porque es capaz de conocerla. Y, desde luego, la mente
es capaz de llegar a conocer todas las verdades. Pero, es más de ese modo, podría haber verdades impresas
en la mente de las que nunca tuvo ni pudo tener conocimiento; porque un hombre puede vivir mucho y
finalmente puede morir en la ignorancia de muchas verdades que su mente hubiera sido capaz de conocer,
y de conocerlas con certeza. De tal suerte que si la capacidad de conocer es el argumento en favor de la
impresión natural, según eso, todas las verdades que un hombre llegue a conocer han de ser innatas: y esta
gran afirmación no pasa de ser un modo impropio de hablar; el cual mientras pretende afirmar lo
contrario nada dice diferente de quienes niegan los principios innatos. Porque, creo, jamás nadie negó que
la mente sea capaz de conocer varias verdades. La capacidad, dicen, es innata; el conocimiento, adquirido.

Pero, ¿con qué fin entonces tanto empeño en favor de ciertos principios innatos? Si las verdades pueden
imprimirse en el entendimiento sin ser percibidas, no llego a ver la diferencia que pueda existir entre las
verdades que la mente sea capaz de conocer por lo que se refiere a su origen. Forzosamente todas son
innatas o todas son adquiridas, y será inútil intentar distinguirlas. Por tanto, quien hable de nociones
innatas en el entendimiento, no puede ( si de
ese modo significa una cierta clase de verdades ) querer decir que tales nociones sean en el entendimiento
de tal manera que el entendimiento no las haya percibido jamás, y de las que sea un ignorante total.

Porque si estas palabras: «ser en el entendimiento» tienen algún sentido recto, significan ser entendidas.

De tal forma que ser en el entendimiento y no ser entendido; ser en la mente y nunca ser percibido, es
tanto como decir que una cosa es y no es en la mente o en el entendimiento. Por tanto, si estas dos
proposiciones: cualquier cosa que es, es, y es imposible que la misma cosa sea y no sea, fueran imgresas por
la naturaleza, los niños no podrían ignorarlas. Los pequeños y todos los dotados de alma tendrían que
poseerlas en el entendimiento, conocerlas como verdaderas, y otogarles su asentimiento.

6. Los hombres las conocen cuando alcanzan el uso de razón.

Para evitar esta dificultad, se dice generalmente que todos los hombres conocen esas verdades y les dan su
asentimiento cuando alcanzan el uso de razón, lo que es suficiente, continúan, para probar que son innatas.

A ello se puede contestar.

7. Las expresiones dudosas, que apenas tienen significación alguna, pasan por ser razones claras
para quienes estando prevenidos no se toman el trabajo ni de examinar lo que ellos mismos dicen.

Porque para aplicar aquella réplica con algún sentido aceptable a nuestro actual propósito tendría que
significar alguna de estas dos cosas. O que, tan pronto como los hombres alcanzan el uso de razón, esas
supuestas inscripciones innatas llegan a ser conocidas y observadas por ellos; o que el uso y el
adiestramiento de la razón de los hombres les ayudan a descubrir esos principios y se los dan a conocer de
modo cierto.

8. Si la razón los descubriera, no se probaría que son innatos.

Si quieren decir que los hombres pueden descubrir esos principios por el uso de la razón y que eso basta
para probar que son innatos, su modo de argumentar se reduce a esto: Que todas las verdades que la
razón nos puede descubrir con certeza y a las que nos puede hacer asentir firmemente, serán verdades
naturalmente impresas en la mente, puesto que ese asentimiento universal, que según se dice es lo que las
particulariza, no pasa de significar esto: Que, por el uso de la razón, somos capaces de llegar a un
conocimiento cierto de ellas y aceptarlas; y, según esto, no habrá diferencia alguna entre los principios de
la matemática y los teoremas que se deducen de ella. A unos y a otros habría que concederles que son
innatos, ya que en ambos casos se trata de descubrimientos hechos por medio de la razón y de verdades
que una criatura racional puede llegar a conocer con certeza, con sólo dirigir correctamente sus
pensamientos por ese camino.

9. Es falso que la razón los descubra.

Pero, ¿cómo esos hombres pueden pensar que el uso de la razón es necesario para descubrir principios que
se suponen innatos cuando la razón ( si hemos de creerlos ) no es sino la facultad de deducir verdades
desconocidas, partiendo de principios o proposiciones ya conocidas? Ciertamente, no puede pensarse que
sea innato lo que la razón requiere para ser descubierto, a no ser, como ya dije, que aceptemos que todas
las verdades ciertas que la razón nos enseña son ciertas. Sería lo mismo pensar que el uso de la razón es
imprescindible para que nuestros ojos descubran los objetos visibles, como que es preciso el uso de la
razón o su ejercicio, para que nuestro entendimiento vea aquello que está orginalmente grabado en él, y
que no puede estar en el entendimiento antes que él lo perciba. De manera que hacer que la razón
descubra esas verdades así impresas es tanto como decir que el uso de la razón le descubre al hombre lo
que ya sabia antes; y si los hombres tienen originariamente esas verdades impresas e innatas, con
anterioridad al uso de la razón, y sin embargo las desconocen hasta llegar al uso de razón, ello equivale a
decir que los hombres las conocen y las desconocen al mismo tiempo.

10. No se utiliza la razón para descubrir esos principios.

Quizá se diga aquí que las demostraciones matemáticas, y otras verdades que no son innatas, no gozan de
asentimiento cuando nos son propuestas, y que en eso se distinguen de aquellos principios y de otras
verdades innatas. Ya llegará el momento en que tenga ocasión de hablar en particular del asentimiento a la
primera propuesta. Aqui tan sólo admitiré, y de buen grado, que esos principios son diferentes de las
demostraciones matemáticas en esto: que las unas necesitan la razón, utilizando pruebas, para ser
aceptadas y para obtener nuestro asentimienro, mientras que los otros tan pronto como se los entiende son
aceptados y asentidos sin ningún raciocinio. Pero me permitiré observar que se hace patente aquí la
debilidad de un subterfugio que consiste en requerir el uso de la razón para el descubrimiento de esas
verdades generales, ya que necesita confesar que en su descubrimiento no se hace uso alguno del
raciocinio. Y estimo que quienes se valen de esas respuestas no pueden tener la osadía de afirmar que el
conocimiento del principio «es imposible que la misma cosa sea o no sea a la vez», se debe a una deducción
de nuestra razón, porque equivaldría a destruir esa liberalidad de la naturaleza - que al parecer tanto les
place - el hacer que el conocimiento de sus principios dependa del esfuerzo de nuestro pensamiento. Desde
el momento en que todo razonar es búsqueda y mirada en torno y require disposición y dedicación,
¿cómo, entonces, se puede suponer con algún sentido, que lo impreso por la naturaleza para servir de
fundamento y guía de nuestra razón, está necesitado del uso de la razón para descubrirlo?
11. Y si los hubiera, esto probaria que no son innatos.

Quienes se tomen el trabajo de reflexionar con un poco de atención acerca de las operaciones del
entendimiento, encontraran que la afirmación inmediata que la mente concede a algunas verdades no
depende de una inscripción innata, ni del uso de la razón, sino de una facultad de la mente muy distinta a
ambas cosas, según veremos más adelante. La razón, por consiguiente, nada tiene que ver en nuestras
afirmaciones de esos principios si es que decir que «los hombres los conocen y les conceden asentimento
cuando llega el uso de razón» significa que el uso de razón nos asiste en el conocimiento de esos príncipios,
lo cual es totalmente falso; y si fuera verdad, sólo probaría que no son innatos.

12. Cuando alcanzamos el uso de razón, no llegamos a conocer esos principios.

Sí conocer y aceptar esos principios, cuando llegamos al uso de razón, quiere decir que éste es el momento
en que la mente los advierte, y tan pronto como los niños llegan al uso de razón alcanzan también a
conocerlos y a aceptarlos, esto es asimismo falso y gratuito. En primer lugar es falso porque es evidente
que esos principios no están en la mente en una época tan temprana como la del uso de razón y, por tanto,
se señala de manera falsa la llegada del uso de razón como el momento en que se descubre. ¿Cuántos
ejemplos podríamos citar de uso de la razón en los niños, mucho antes de que tengan conocimiento alguno
del principio de que «es imposible» que la misma cosa sea y no sea a la vez? Y gran parte de la gente
analfabeta y de los salvajes se pasan muchos años incluso de su edad racional sin jamas pensar en eso, ni
en otras proposiciones generales semejantes. Admito que los hombres no llegan al conocimiento de esas
verdades generales abstractas, que se suponen innatas, hasta no alcanzar el uso de razón; pero añado que
tampoco lo hacen entonces. Esto es así porque, aún después de haber llegado al uso de razón, las ideas
generales y abstractas a que se refieren aquellos principios generales, tenidos erróneamente por principios
innatos, no están forjadas en la mente, sino que son, por cierto, descubrimientos hechos y axiomas
introducidos y traídos a la mente por el mismo camino y por los mismos pasos que otras tantas
proposiciones a las que nadie ha sido tan extravagante de suponer innatas. Espero demostrar claramente
esto en el curso de esta disertación, Admito, por tanto, la necesidad de que los hombres lleguen al uso de
razón antes de alcanzar el concimiento de esas verdades generales; pero niego
que cuando los hombres llegan al uso de razón, sea el momento en que las descubran.

13. Esa circunstancia no las distinguen de otras verdades cognoscibles.

De momento es conveniente observar que decir que los hombres conocen esos principios y que les dan su
asentimiento cuando llegan al uso de razón, equivale de hecho y en realidad a esto: que jamás se las conoce
ni se las advierte antes del uso de razón, sino que posiblemente pueden ser aceptadas en algún momento
posterior de la vida de un hombre; pero, cuándo, es incierto decirlo; y como lo mismo acontece respecto a
todas las demás verdades cognoscibles, aquellos principios no gozan, pues, de ningún privilegio ni
distinción, por esas características que son conocidas cuando alcanzamos el uso de razón; ni tampoco se
prueba por eso que sean innatos sino todo lo contrario.

14. Si la llegada al uso de razón fuese el momento en que se descubrieran, no se probaría con ello que
son innatos.

Pero, en segundo lugar, aun siendo cierto que el momento preciso en el que el hombre alcanza el uso de
razón fuera aquel en que se conocen esos principios y se les presta asentimiento, tampoco eso probaria que
son innatos. Semejante modo de argumentar es tan frívolo, como falso. Porque, ¿con qué lógica puede
sostenerse que cualquier noción esté originariamente impresa por la naturaleza en la mente en su primer
estado, sólo porque se la observa primero y se la admite, cuando una facultad de la mente comienza a
ejercitarse? Según esto, al llegar al uso de la palabra, si se partiera del supuesto de que ése es el momento
en que esos principios reciben nuestro asentimiento ( lo que puede ser tan cierto como supones que ese
momento sea el de llegar al uso de razón ), sería una prueba igualmente buena en favor de que son innatas
que decir que son innatas porque los hombres les dan su asentimiento cuando alcanzan el uso de razón. Así
pues, estoy de acuerdo con esos señores que defienden los principios innatos en que en la mente no hay
ningún conocimiento de esos principios generales y de por sí evidentes hasta que no se llega al ejercicio de
la razón; pero niego que alcanzar el uso de razón sea el momento preciso en que por primera vez se
advierten esos principios y, asimismo, niego que si ése fuera el momento preciso tal circunstancia probase
que son innatos. Cuanto puede significarse de manera razonable mediante la proposición de que los
hombres dan su asentimiento a esos principios cuando alcanzan el uso de razón», no es sino que la
formulación de ideas abstractas y la comprensión de nombres generales son concomitantes a la facultad de
razonar y se desarrollan con ella. Por este motivo, los niños no tienen esas ideas generales, ni aprenden los
nombres que las designan, hasta que, después de haber ejercitado durante algún tiempo su razón en ideas
más familiares y concretas, se les reconoce la capacidad de hablar racionalmente, teniendo en cuenta el
modo ordinario de discurrir y de sus actos. Si aquella proposición, de que el hombre asiente esos principios
cuando alcanza el uso de razón, puede ser verdadera en algún otro sentido distinto del indicado, quisiera
que se me demostrara, o, por lo menos, que se me dijera, cómo ése u otro sentido cualquiera puede probar
que se tratan de principios abstractos.

15. Los pasos a tvavés de los que la mente alcanza distintas verdades.

Inicialmente, los sentidos dan entrada a ideas particulares y llenan un receptáculo hasta entonces vacío y
la mente, familiarizándose poco a poco con alguna de esas ideas, las aloja en la memoria y les da nombre.

Más adelante, la mente la abstrae y paulatinamente aprende el uso de los nombres generales. De este
modo, llega a surtirse la mente de ideas y de lenguaje, materiales adecuados para ejercitar su facultad
discursiva. Y el uso de la razón aparece a diario más visible, a medida que esos materiales que la ocupan,
aumentan. Pero aunque habitualmente la adquisición de ideas generales, el empleo de palabras y el uso de
la razón tengan un desarrollo simultáneo, no veo que se pruebe de ningún modo, por eso, que esas ideas
son innatas. Admito que el conocimiento de algunas verdades aparecen en la mente en una edad muy
temprana; pero de tal manera que se advierte que no son innatas porque si observamos veremos que se
trata de ideas no innatas sino adquiridas, ya que se refieren a esas primeras ideas impresas por aquellas
cosas externas en las que primero se ocupan los niños, y que se imprimen en sus sentidos más fuertemente.

En las ideas así adquiridas, la mente descubre que algunas concuerdan y que otras difieren,
probablemente tan pronto como tiene uso de memoria, tan pronto como es capaz de retener y recibir ideas
distintas. Pero, sea en ese momento o no, es seguro que se hace ese descubrimiento mucho antes de
alcanzar el uso de la palabra, o de llegar a eso que comúnmente llamamos uso de razón, porque un niño
sabe con certeza, antes de poder hablar, la diferencia entre las ideas de lo dulce y lo amargo ( es decir, que
lo dulce no es amargo ), del mismo modo que más tarde, cuando llega a hablar, sabe
que el ajenjo y los confies no son la misma cosa.

16. El asentimiento que se otorga a las supuestas verdades innatas, no depende de su innatismo.

Un niño no sabe que tres más cuatro son igual a siete hasta que puede contar hasta siete y posee el
nombre y la idea de igualdad, y sólo entonces, cuando se les explican esas palabras, admite aquella
proposición o, mejor dicho, percibe su verdad. Pero no es que asienta a ella de buena gana, porque se trate
de una verdad innata; ni tampoco que su asentimiento faltase hasta entonces por carecer de uso de razón,
sino que la verdad se hace patente tan pronto como ha establecido en su mente las ideas claras y los
distintos significados de aquellos nombres. Y es entonces cuando conoce la verdad de esa proposición con
el mismo fundamento y con los mísmos medios por los que conocía antes que una vara y un cerezo no son
la misma cosa, y por lo que también llegara a conocer mas tarde que una misma cosa sea y no sea a la vez,
como demostraremos más adelante de manera detallada. De esta forma, mientras más tarde llegue alguien
a tener esas ideas generales a las que se refieren estos principios, o a conocer el significado de esos términos
generates que las nombran, o a relacionar en su mente las ideas a las que se aluden, más tarde será,
asimismo, cuando se llegue a sentir a esos principios cuyos términos, junto con las ideas que nombran, no
siendo más innatos que pueden serlo las ideas de gato, o de rueda, tendrán que esperar a que el tiempo y la
observación los hayan familiarizado con ellas. Sólo entonces tendra la capacidad de conocer la verdad de
esos principios, al ofrecerse la primera ocasión de relacionar con su mente esas ideas, y observar si
concuerdan o difieren, según el modo en que se expresan con aquellas proposiciones. Y a eso se debe, por
tanto, que un hombre sepa que dieciocho más diecinueve son igual a treinta y siete, con la misma evidencia
con que conoce que uno más dos son igual a tres. Sin embargo, uno mismo no llega a alcanzar lo primero
tan pronto como lo segundo, y no porque le falte el uso de razón, sino porque las ideas significadas con las
palabras, dieciocho, diecinueve y treinta y siete no se adquieren tan rápidamente como las significadas por
los términos uno, dos y tres.

17. El hecho de asentir a esos principios tan pronto como se proponen y se entienden no prueba que
sean innatos.

Puesto que la afirmación de que el asentimiento general se concede en el momento en que los hombres
llegan al uso de razón no es válida como prueba, ya que no distingue entre las ideas que se suponen innatas
y las otras verdades que se adquieren y se aprenden más tarde, los defensores de esta tesis se han
empeñado en aducir el argumento del asentimiento universal con respecto a esos principios, afirmando
que, tan pronto como se propone y se entiende el significado de los términos propuestos, se les concede
general asentimiento, Desde el momento en que todos los hombres, y aún los niños, asienten a esas
proposiciones en cuanto las escuchan y comprenden los términos en que están concebidas se configuran
que es sufciente para probar que son innatas. Como los hombres, una vez entendidas las palabras nunca
dejan de aceptar dichas proposiciones como verdades indudables, quiere deducirse de esto que, realmente,
estaban ya alojadas previamente en el. entendimiento, pues que, sin mediar ninguna enseñanza, la mente
las reconoce en el momento que se propone, las acepta y jamás las pondrá en duda.

18. Si semejante asentimiento fuera prueba de que son innatas, entonces, que uno más dos son igual
a tres, que lo dulce no es amargo, y otras mil proposiciones equivalentes, tendrían que considerarse
innatas

Como réplica a lo anterior, pregunto: ¿es que, acaso, el asentimiento que se concede de inmediato a una
proposición cuando se le escucha por vez primera, y cuando se entienden sus términos, puede tenerse por
prueba de que se trata de principios innatos? Si no es así, en vano se aduce entonces semejante
asentimiento general como prueba de existencia de esos principicos; pero si se dice que se trata, en efecto,
de una prueba para conocer los principios innatos, será preciso entonces que se admita que son
proposiciones innatas todas aquellas a las que generalmente se concede asentimiento en el momento en que
se escuchan, con lo que nos encontramos llenos de principios innatos. Porque, según eso, es decir, por el
argumento del asentimiento concedido a la primera audición y a la previa comprensión de los términos
como motivo para admitir que esos principios son innatos, se tendrá que aceptar también que son innatas
ciertas proposiciones relacionadas con los números. De esta forma, el que uno más dos son igual a tres, que
dos más dos son igual a cuatro, y un sin fín de proposiciones numéricas semejantes a las que todos asienten
en cuanto las escuchan y una vez entendidos sus términos, tendrá lugar entre los axiomas innatos, y no
será, tampoco, esta una prerrogativa peculiar de los números y de las proposiciones a ellos referidos;
también la filosófica natural y el resto de las ciencias ofrecen proposiciones que, una vez entendidas, se
admiten como verdaderas. Que dos cuerpos no pueden ocupar un mismo lugar en el espacio, es una verdad
que nadie podrá objetar, lo mismo que el principio de que es imposible que una misma cosa sea y no sea a
la vez, que lo blanco no es negro, que un cuadrado no es un círculo, que lo amargo no es dulce. Estas y un
millón de proposiciones semejantes, o por lo menos todas aquellas de las que tenemos ideas distintas, son a
las que todo hombre sensato tendrá que asentir necesariamente tan pronto como las escuche y comprenda
el significado de las palabras que se emplean para expresarlas. Por tanto, si los defensores de las ideas
innatas han de atenerse a su propia regla, y mantener el consentimiento que se les otorga al comprenderse
los términos empleados la primera vez que se las escucha, para reconocer una idea innata, entonces,
tendrán que admitir, no sólo tantas proposiciones innatas como ideas diferentes tenga el hombre, sino
también tantas proposiciones cuantas pueda hacer el hombre en las que ideas distintas se nieguen unas por
las otras. Porque cada proposición compuesta por dos ideas diferentes en la que una sea negada por la
otra, será recibida de forma tan cierta como indudable, cuando se escuche por vez primera y se
comprendan los términos, según este principio general: «es imposible que una misma cosa sea o no sea a la
vez» o aquella que le sirve de fundamento y, de las dos es la más fácil de entender: «lo que es lo mismo no
es diferente», y según esto, será preciso que se tengan como verdades innatas un número infinito de
proposiciones, tan sólo de esa clase y sin mencionar las otras. Si se añade a esto que una proposición no
puede ser innata a no ser que las ideas que la componen también sean innatas, será necesario suponer que
todas las ideas que tenemos de los colores, de los sonidos, de los sabores, de las formas, etc... son innatas; lo
cual es totalmente opuesto a la razón y a la experiencia. El asentimiento universal e inmediato que se
otorga a la primera audición y al comprenderse sus términos es, lo admito, una prueba de su evidencia;
pero esta evidencia que por sí misma pueda tener alguna cosa, no depende de impresiones innatas, sino de
algo diferente ( tal como demostrarernos mas adelante ) que pertenece a ciertas proposiciones, y que nadie
ha sido tan extravagante como para comprender que sea innato.

19. Las proposiciones menos generales se conocen antes que esos principios universales

Tampoco puede decirse que esas proposiciones más particulares y que de suyo son evidentes, a las que se
concede asentimiento al ser escuchadas, tales que uno más dos son igual a tres, que lo verde no es rojo,
etcétera, se reciben como consecuencia de esas otras proposiciones más universales consideradas como
princípios innatos, porque quien se toma el trabajo de observar que sucede en el entendimiento podrá ver
que aquellas proposiciones menos generales y otras parecidas son conocidas con certeza y asentidas
firmemente por gente que ignora de manera total los otros principios más generales. Por tanto, puesto que
se hallan en la mente con anterioridad a esos ( así llamados ) principios primeros, resulta que no es posible
que a ellos se les deba el asenso con que se reciben aquellas proposiciones más particulares cuando se
escuchan por vez primera.

20. Contestación a la objeción de que uno más uno igual a dos, etc., no son proposiciones generales
ni utiles

Si se objeta que proposiciones como dos y dos es igual a cuatro y que el rojo no es azul, etc., no son
principios generales ni son de gran utilidad, contesto que no afecta esto en absoluto al argumento que se
pretende sacar del asentimiento universal que se concede a una proposición cuando se escucha por
primera vez y una vez que se comprende. Porque, si aceptamos que ésa es la prueba segura de lo innato,
toda propoción que reciba el asentimiento general tan pronto como se la escuche y se la entienda tendrá
que considerarse como innata, de acuerdo con el principio: «es imposible que una misma cosa sea y no sea
a la vez», puesto que a ese respecto son exactamente iguales. En tanto que este último principio es más
general, eso sólo hace que esté mas lejos de ser innato; porque las ideas generales y abstractas son más
extrañas a nuestra primera compresión que las proposiciones más particulares, de suyo evidente, y, por
tanto, se tarda más en que el entendimiento, que esta en desarrollo, las admita y les conceda su
asentimiento. Por lo que se refiere a la utilidad de esos principios tan ponderados, se vera, quizá, cuando
llegue el momento de considerar esta cuestión con el debido detenimiento, que no es tan grande su utilidad
como generalmente se piensa.

21. El que algunas veces no se conozcan esos principios hasta que no son propuestos sólo prueban
que no son innatos

Pero todavía falta algo por decir respecto a este asentimiento que se otorga a ciertas proposiciones tan
pronto como se escuchan y previa comprensión de los términos que están concedidas. Conviene tomar
nota, primero, de lo que en lugar de ser una prueba de que son innatas, lo es más bien de lo contrario,
puesto que el argumento supone que pueda haber algunos que entiendan y sepan otras cosas e ignoren
aquellos principios hasta que no se proponen, y que es posible no conocer esas verdades mientras no se
escuchen de labios de otros. Porque si fueran principios innatos, ¿qué necesidad tendría de ser propuesto
para obtener nuestro asentimiento? Porque estando ya en el entendimiento, gracias a una impresión
natural y originaria no podrían menos de ser conocidas antes ( suponiendo que tales impresiones existan ).

Pues, ¿es que, acaso, el que sean propuestas les imprime en la mente un modo más claro que como fueron
impresas por la naturaleza? Si así fuera, la consecuencia sería que un hombre llegaría a conocer mejor que
antes esos principios, despues de que se los hubieran enseñado. De donde se seguiría que dichos principios
podrían hacerse más evidentes por la enseñanza de otros que por la impresión originaria de la naturaleza;
y esto se aviene muy mal con la opinión que se tiene de los principios innatos, ya que les resta totalmente la
autoridad. En efecto, las hace inadecuadas para servir de fundamento de todo el resto de nuestros
conocimientos. No se puede negar que los hombres tienen noticias por
primera vez de muchas de esas verdades, de suyo evidentes, cuando les son propuestas; pero es claro que
es entonces cuando comienza a conocer una proposición de la que antes no tenía idea, y de la que en
adelante ya no dudará; pero no porque sea innata, sino porque la consideración de la naturaleza de las
cosas contenida en esas palabras no le permite pensar de otra manera, dondequiera que sea y en el
momento que reflexione sobre ellas. Y si todo aquello a lo que damos nuestro asentimiento al escucharlo
por primera vez y previa compresión de sus términos ha de pasar por ser un principio innato, entonces
toda observación bien fundada como regla general deducida de casos particulares tendrá que ser innata.

Sin embargo, lo cierto es que no todos sino sólo los dotados de inteligencias sagaces, hacen semejantes
observaciones y logran reducirlas a proposiciones generales no innatas sino recogidas por el trato previo y
mediante una reflexión de los casos particulares y sobre ellos. Tales proposiciones, una vez alcanzadas por
el sujeto que las observa, no pueden menos que ser asentidas por los hombres no observadores, cuando les
son propuestas.

22. Conocer implicitamente esos principios antes de ser propuestos significa que la mente es capaz de
entenderlo o no significa nada

Si acaso se dijese que el entendimiento posee un conocimiento implícito de esos principios, pero no
explícito, antes de que se escuchen por primera vez ( tendrán que admitir quienes sostengan que ya están
en el entendimiento antes de que se les conozca ), no sería fácil concebir qué quiere significarse con eso de
un principio impreso implicitamente en el entendimiento, a no ser que signifique que la mente es capaz de
entender y asentir firmemente a tales proposiciones. Pero entonces todas las demostraciones matemáticas,
al igual que los primeros principios, tendrán que ser recibidas como impresiones innatas de la mente, lo
cual, me temo, no aceptarán quienes sepan que es más fácil demostrar una proposición que asentir a ella,
una vez que ha sido demostrada. Y serán muy pocos los matemáticos que estén dispuestos a admitir que
todos los diagramas que han dibujado no son sino meras copias de aquellos rasgos innatos que la
naturaleza imprime en sus mentes.

23. El argumento sobre el asentimiento que se da a la primera audición contiene el supuesto falso de
que no media aprendizaje previo.

Me temo que existe esta otra debilidad en dicho argumento, mediante el que se pretende persuadirnos
para que aceptemos como innatos aquellos principios que los hombres admiten en una primera audición,
porque son proposiciones a las que conceden su asentimiento sin haberlas aprendido antes, y sin que las
acepten por la fuerza de ninguna prueba o demostración, sino gracias a una simple explicación de los
terminos en que están concebidas. En esto me parece que se oculta una falacia, a saber: que se supone que
a los hombres no se les enseña nada y que nada aprenden de nuevo cuando en realidad se les enseña y
aprenden algo que ignoraban antes. Porque, en primer lugar, es evidente que han aprendido los términos y
su significado, ya que no nacieron con ninguna de esas dos cosas; pero, además, no es ése, en ningún caso,
todo el conocimiento que adquieren no nacieron tampoco los hombres con las mismas ideas a que se
refiere la proposición, sino que éstas vienen después. Entonces resulta que si en todas las proposiciones que
se asienten a la primera audición sus términos, el significado que éstos tienen y las mismas ideas
significadas por ellos no son algo nuevo, quisiera saber qué es lo que queda de tales proposiciones que sea
innato. Y si alguien sabe de una proposición cuyos términos o cuyas ideas sean innatos, me gustaría mucho
que me la indicara. Es de manera gradual como nos hacemos con ideas y nombres, y como aprendemos las
conexiones adecuadas que hay entre ellos; despues, aprendemos las que existen entre las proposiciones
formuladas en los términos cuya significación hemos aprendido, y según se manifieste la conformidad y la
inconformidad que percibimos en nuestras ideas cuando las comparamos, asentimos la primera vez que las
escuchamos, aunque respecto a otras proposiciones tan ciertas y evidentes en sí, pero que tratan de ideas
no captadas tan rápida ni fácilmente, no estamos en actitud de asentir de igual manera. Porque, si es cierto
que un niño asentirá con prontitud: una manzana no es el fuego», cuando, por trato familiar, tenga ya
impresas en la mente las ideas de esas dos cosas distintas, y haya aprendido que los nombres «manzana» y
«fuego» la significan, quizá pasarán algunos años antes de que ese mismo niño conceda su asentimiento a
la proposición: «es imposible que una misma cosa sea y no sea a la vez», porque, aun suponiendo que las
palabras sean igualmente fáciles de aprender, sin embargo, como su signifieado es más amplio, más
abstracto y menos comprensivo que el de los nombres dados a aquellas cosas sensibles con las que el niño
tiene un trato familiar, tendrá que transcurrir más tiempo antes de que pueda aprender el sentido preciso
de esos términos abstractos y necesitará, efectivamente, más tiempo para forjar en su mente las ideas
generales que dichas palabras significan. Mientras no suceda esto en vano, se encontrará que el niño
concede su asentimiento a una proposición de términos tan generales; sin embargo, una vez que haya
adquirido esas ideas y haya aprendido sus nombres captará con igual facilidad las dos proposiciones que
hemos mencionado, y alcanzará una u otra por la misma razón: porque advierten que las ideas que tienen
en su mente estarán o no de acuerdo entre sí según que las palabras que se han empleado para expresarlas
se afirmen o nieguen una a las otras en la proposición. Pero si al niño se le presentan proposiciones
formuladas en términos que significan ideas que aún no tiene en su mente, no podra asentir a semejantes
proposiciones, por mas evidentemente verdaderas o falsas que sean entre sí ni podrá disentir, sino que
permanecerá en la ignorancia. Porque, puesto que más haya de ser signos de naestras ideas las palabras
tan sólo son unos sonidos, y no podemos menos de asentir a ellas según las ideas que tengamos, pero no
más allá. Sin embargo, como el tema de la disertación siguiente es el demostrar los pasos y los caminos por
donde el conocimiento llega hasta nuestra mente, cómo y cuáles son los diversos grados de nuestro
asentimiento, es suficiente con que aquí lo hayamos tratado como una de las razones que me hicieron
dudar de la existencia de los principios innatos.

24. No son innatos, puesto que no son universalmente asentidos

Para terminar este argumento sobre el asentimiento universal, convengo con los defensores de los
principios innatos en que, si son innatos, es necesario que gocen de un asentimiento universal; porque, que
una verdad sea innata y, sin embargo, no sea asentida es para mí tan inteligible como que un hombre
conozca una verdad y al tiempo la ignore. Pero, en tal caso, por confesión propia de aquellos sus
defensores, esos principios no pueden ser innatos, ya que no reciben el asentimiento de quienes no
entienden sus términos, ni tampoco de muchos que los entienden, pero que nunca han escuchado ni
pensado esas proposiciones, y que, según me parece, constituyen al menos la mitad de la humanidad. Pero,
suponiendo que ese número de personas sea mucho menor, bastará para destruir el argumento del
asentimiento universal y de esa forma demostrar que dichas proposiciones no son innatas, con que
admitamos solamente que los niños son los que las ignoran.

25. Esos principios no son los primeros que se conocen

Pero para que no se me acuse de que argumento apoyado en los sentimientos de los niños que no
conocemos y de sacar conclusiones de lo que sucede en sus entendimientos antes de que ellos mismos lo
digan, añadiré que aquellas dos proposiciones generales no son las verdades que aparecen en primer lugar
en las mentes infantiles, ni tampoco son anteriores a todas las nociones, adquiridas o adventicias, como
tendría que ocurrir si fueran innatas. Poco importa que podamas o no determinar el momento preciso, lo
cierto es que llega un tiempo en que los niños comienzan a pensar, y tanto sus palabras como sus actos nos
lo testifican. Siendo, pues, capaces de pensar, de conocer y de asentir, ¿puede, acaso, suponerse de manera
racional que ignoren esos caracteres que la naturaleza misma se encargó de imprimir en su interior?
¿Pueden, acaso, recibir nociones adventicias y asentir a ellas, pero a la vez ignorar esas nociones que se
supone están insertas en el tejido mismo de su ser, e impresas alli con caracteres indelebles, como
fundamento y norma de todos sus conocimientos adquiridos y de todos sus raciocinios futuros? Esto
equivaldría a pensar que la naturaleza ha hecho un trabajo inútil o, por lo menos, que imprime
defectuosamente, ya que sus caracteres no pueden ser leídos por esos ojos que, sin embargo, ven
perfectamente otras cosas. Y es completamente falso el suponer que esos principios sean la parte mas
luminosa de la verdad y el fundamento de todos nuestros conocimientos, puesto que esos principios no es lo
primero que conocemos, y dado que, sin ellos, es posible alcanzar el conocimiento cierto de otras cosas. El
niño sabe, sin duda alguna, que la nodriza que le alimenta no es ni el gato con el que juega, ni el coco que
tanto temor le causa, y es completa la seguridad con que conoce que la pimienta o el picante que rechaza
no son la manzana ni el azúcar que pide; pero ¿ habrá alguien que sostenga que el niño otorga su
asentimiento a esos y otros conocimientos suyos con tanta seguridad, en virtud del principio general de que
es imposible que una misma cosa sea y no sea a la vez?, ¿habrá alguien que se atreva a decir que el niño
posee ya alguna noción o comprensión de esos principios en una edad en que, sin embargo, está claro que
conoce otras muchas verdades? A quien sostenga que los niños ya se dedican a esas especulaciones en la
edad del biberón y del sonajero quizá podrá considerársele con justicia más apasionado y celoso de sus
propias opiniones y menos sincero que una criatura de aquella tierna edad.

26. No, son, pues, innatas

Por tanto, si bien es cierto que hay varias proposiciones generales, que reciben un inmediato y constante
asentimiento, cuando se proponen a un hombre maduro que haya alcanzado el uso de las ideas más
generales y abstractas y el empleo de los nombres que las significan, a pesar de todo, como ése no es el caso
de las personas de tierna edad, las cuales, sin embargo, conocen otras cosas, resulta que aquellas
proposiciones no pueden obtener un asentimiento universal de todas las personas inteligentes, y, por tanto,
no se pueden considerar en ningún modo innatas. Porque es imposible que cualquier verdad innata ( si la
hubiera ) pueda ser desconocida por lo menos para cualquiera que conozca a alguna otra cosa, ya que, si
fueran verdades innatas, tendrían que ser pensamientos innatos, puesto que no hay nada que pueda ser
una verdad para la mente y nunca haya sido pensada por ella. De aquí resulta evidente que si hubiera
verdades innatas necesariamente tendrían que ser las primeras que se pensaran, las primeras que
aparecieran en la mente.

27. No son innatas porque se muestran menos allí donde lo que es innato deberia aparecer con más
claridad

Ya hemos dado suficientes pruebas de que los principios generales de que venimos hablando no son
conocidos por los niños, por los idiotas ni por gran parte de la humanidad; de donde se deduce que no
gozan del asentimiento universal, y que no son impresiones generales. Pero aún queda otro argumento
contra el que sean innatas: que si tales características fueran impresiones innatas y originarias aparecerían
más limpias y claras en aquellas personas en las que, sin embargo, no encontramos ninguna huella de ellas.

Y ésta es, a mi parecer, una argumentación fuerte contra él que sean innatas, ya que resultan menos
conocidas, para aquéllos que si se trataran de impresiones innatas, necesariamente deberían mostrarse con
mayor fuerza y vigor. Como los niños, los idiotas, los salvajes y la gente analfabeta, son entre otros los
menos corrompidos por los hábitos y por las opiniones adquiridas, ya que el estudio y la educación no han
forjado aún sus pensamientos innatos en nuevos moldes, ni han sido enturbiados aquellos bellos caracteres
que la naturaleza ha escrito allí por la introducción de doctrinas extranjeras y perjudicadas, seria
razonable imaginar que, en sus mentes, esas nociones innatas estarian expuestas a la vista de todos, como
en realidad sucede con los pensamientos de los niños. Muy bien podría esperarse que esos principios fuesen
perfectamente conocidos por los hombres en otro estado de naturaleza, ya que, como se supone, son
principios impresos de un modo inmediato en el alma, y no dependen en absoluto de la constitución ni de
los órganos del cuerpo, que es la única diferencia que se admite entre aquéllos y los demás. Uno debería
creer según lo que afirman los que sostienen esos principios, que todas esas fulguraciones innatas ( si las
hubiera ) brillarian con todo su esplendor en los que no tienen reservas o desconocen las artes del engaño,
para dejarnos sin duda de que están allí, como nos dejan acerca del amor que sienten por el placer y del
rechazo que manifestan ante el dolor. Pero, desgraciadamente, ¿cuáles son los principios generales que se
encuentran en los niños, los idiotas, los salvajes y en los absolutamente ignorantes? Bien pocos y bien
estrechas son las nociones que aparecen, sacadas todas de aquellos objetos con que tienen un trato mas
íntimo y que han hecho en sus sentidos las impresiones más frecuentes y fuertes. Un niño conoce a su
niñera y a su cuna, y poco a poco a todos los juguetes que corresponden a una edad más avanzada; y el
joven salvaje, quizá, tiene la cabeza llena de amor y de cacerías, según los hábitos de su tribu. Pero quien
espere encontrar en un niño aún no educado o en un salvaje que habita los bosques esos principios
abstractos y esos acreditados principios de la ciencia, mucho me temo que se verá desengañado. Es raro
que semejante clase de proposiciones se escuchen en las chozas de los índios; menos aún han de
encontrarse en los pensamientos de los niños, y no se advierte ninguna impresión de ellas en las mentes de
los hombres en estado primitivo. Son el idioma y el trabajo de las escuelas y de las academias en las
naciones cultas, habituadas a semejante clase de discursos o estudios, donde las disputas se hacen
frecuentes, porque se trata de principios aptos para polemizar en el arte de convencer; aunque, a decir
verdad, en ningún caso conducen al descubrimiento de la verdad o al avance del conocimiento. Pero ya
tendré ocasión de hablar más extensamente sobre la poca utilidad que ofrecen a este respecto ( libro VII,
cap. VII).

28. Recapitulación

No sé si esto parecerá absurdo a los maestros de las demostraciones, y probablemente nadie lo acepte a
primera vista. Debo, por tanto, pedir tregua al prejuicio y paciencia a la censura, hasta que no se haya
oído el fin de esta disertación, manifestando mi buena voluntad para someterme a mejores juicios. Y
puesto que busco la verdad con imparcialidad, no se me deberá censurar de haber tenido demasiado apego
a mis propias convicciones, o que, confieso, a todos nos sucede, cuando la dedicación y el estudio nos han
calentado la cabeza con ellas.

Considerado este asunto en su totalidad, no veo fundamento para poder pensar que esos dos célebres
principios sean innatos, puesto que no son asentidos de manera universal; puesto que el asentimiento que
se les otorga tan generalmente no es sino el mismo que reciben otras proposiciones que no se consideran
innatas y porque dicho asentimiento se produce de otro modo y no por causa de una inscripción natural,
como no vacílaré en demostrar claramente en lo que sigue a continuación. Y si descubrímos que esos
primeros principios del conocimiento y de la ciencia no son innatos, supongo que no habrá ningún otro
príncipio especulativo que pueda aducirse la misma pretensión con mayor derecho.

LIBRO I

DE LAS NOCIONES INNATAS

Capítulo II

«NO HAY PRINCIPIOS PRÁCTICOS INNATOS»

1. No hay pvincipios morales que sean tan claros y tan generalmente acogidos como los principias
especulativos anteriormente mencionados

Si los principios especulativos de que tratamos en el capítulo anterior no gozan, de hecho, de
asentimiento universal por parte de la humanidad, según hemos probado, está mucho más claro
que los principios prácticos quedan lejos de ser universalmente acogidos y me temo que será difícil
presentar una regla moral que pretendra tener un asentimiento inmediato y general como la
proposición «lo que es, es», o que sea una verdad tan manifiesta como aquello de que «es imposible
que una misma cosa sea y no sea a la vez». De aquá resulta evidente que los principios prácticos
están más alejados del derecho de ser innatos, y que es más podesosa la duda acerca de que sean
impresiones innatas en la mente. Pero no es que se ponga en duda su verdad; son igualmente
verdaderos, aunque no igualmente evidentes. Los principios especulativos llevan consigo su
evidencia; los principios morales, en cambio, requieren raciocinio y discurso y algún ejercicio de la
mente para que se descubra la certidumbre de su verdad. No se muestran como caracteres
grabados en la mente, los cuales, sí los hubiera, serían de suyo visibles y conocidos con certeza por
todos gracias a su propia luz. Peso esto no constituye una derogación de su verdad ni de su
certidumbre, del mismo modo que no lo es de la verdad y de la certidumbre de que los tres
ángulos de un triángulo son igual a dos rectos sólo porque no es algo tan evidente como que «el
todo es mayor que la parte», ni algo tan apto para ser asentido la primera vez que lo escuchamos.

Basta que esas reglas morales sean susceptibles de ser demostradas y, por tanto, debemos
culparnos a nosotros mismos si no alcanzamos un conocimiento de ellas. Por la ignorancia que
muchos hombres tienen a ese respecto, y la morosidad en asentir con que otros los acogen, son
pruebas evidentes de que no son innatos, ni aparecen a la vista del hombre sin antes haberlos
buscado.

2. No todos los hombres reconocen que la fidelidad y la justicia son principios

Para saber si existen unos principios morales en los que concuerden todos los hombres, me atengo
a la sentencia de cualquiera medianamente documentado en la historia de la humanidad y que se
haya asomado más allá del humo que desprende su propia chimenea. ¿Dónde está esa verdad
práctica que es universalmente admitida, sin dudas ni reparos, como debería serlo si fuera innata?
La justicia y el cumplimiento de los contratos es algo en lo que la mayoría de los hombres parecen
estar de acuerdo. Es éste un principio que se supone tiene aplicación hasta en las guaridas
de los bandidos y en las cuadrillas de los mayores malvados, y hasta los que han llegado al extremo
de repudiar los mismos sentimientos de humanidad, guardan entre sí la palabra y observan reglas
de justicia. Admito que los forajidos se comportan asi en sus tratos; pero no por haber recibido
esos principios como leyes innatas de la naturaleza. Las observan como reglas de propia
conveniencia dentro de sus comunidades; porque es imposible concebir que admite la justicia
como principio práctico quien obra rectamente con su compañero de fechorías y, al tiempo,
despoja o mata al primer hombre honrado que encuentra. La iusticia y la fidelidad son vínculos
comunes de la sociedad, y por esa razón hasta los forajidos y los ladrones, que han roto con el
resto del mundo, tienen que mantener la palabra y observar entre sí reglas de equidad, pues de lo
contrario no podrían mantenerse unidos. Pero ¿habrá alguien que se atreva a decir que quienes
viven del fraude y de la rapiña tienen principios innatos de fidelidad y de justicia que acatan y a
los que asienten?
3. Contestación a la objeción de que aunque los hombres los nieguen en la práctica, no obstante las
admiten en el pensamiento

Quizá se alegue que el asentimiento tácito de sus mentes esté de acuerdo con lo que sus actos
contradicen. A esto contesto, primero, que siemgre he pensado que las acciones de los hombres son
las mejores intérpretes ee sus pensamientos. Pero puesto que es seguro que los actos de la mayoría
de los hombres y las actividades manifiestas de algunos han puesto en duda o negado esos
principios, es imposible pretender establecer un consenso universal ( aunque solamente lo
busquemos entre hombres maduros ) sin el cual no se podrá concluir que sean innatos esos
principios. Pero, en segundo lugar, resulta muy raro y poco razonable suponer unos principios
prácticos innatos que acaben en pura contemplación. Los principios prácticos derivados de la
naturaleza son para fines operativos, y deben producir conformidad en las acciones y no
solamente un asentimiento especulativo a su verdad, pues de otra manera es inútil distinguirlos de
los principios especulativos. La naturaleza, lo admito, ha sembrado en el hombre un deseo de
felicidad y de aversión ante la desgracia. Realmente, éstos son principios prácticos innatos que,
como corresponde a los principios prácticos, continúan operando constantemente e influyen sin
cesar en todas nuestras acciones. Pueden observarse en todas las personas y en todas las edades de
modo fijo y universal; pero se trata de inclinaciones del apetito hacia el bien, y no de impresiones
de la verdad en el entendimiento. No niego que haya tendencias naturales impresas en la mente de
los hombres, y que desde el mismo momento en que hay sentido y percepeión unas cosas les son
gratas y otras mal recibidas; a unas se inclinan y otras las rehúyen, pero esto no favorece en
absolutoe la doctrina de los caracteres innatos en la mente, que serían los principios del
conocimiento para gobernar nuestros actos. Tan lejos está esto de confìrmar las susodichas
impresiones naturales en el entendimiento, que lo dicho resulta un argumento en contra, porque si
hubiera caracteres ciertos impresos por la naturaleza en el entendimiento, como principios del
conocimiento, no podríamos menos que percibirlos al actuar constantemente en nosotros e influir
en nuestro conocimiento, de igual manera que percibimos a esos otros que operan en la voluntad y
en el apetito, sin que nunca dejen de ser los resortes y los motivos constantes de todas nuestras
acciones, a las que constantemente impulsan con fuerza.

4. Las reglas morales requieren pruebas, luego (ergo), no son innatas

Otro motivo que me hace dudar de la existencia de principios prácticos innatos es que no creo que
pueda proponerse una sola regla moral sin que alguien tenga derecho de exigir su razón, lo que
sería completamente ridiculo y absurdo si fueran innatos o por lo menos evidentes por sí mismos,
que es lo que todo principio innato debe necesariamente ser, sin que requiera una prueba para
determinar su verdad ni necesite ninguna razón para obtener su aprobación. Se creería falto de
sentido común a quien pidiera, de una forma u otra, la razón de por qué es impasible que una
misma cosa sea y no sea a la vez. Esto lleva consigo su propia luz y evidencia, y no necesita ninguna
prueba. Quien entienda los términos, concederá su asentimiento a esta proposición por sí misma, o
de lo contrario nada habrá que pueda influir en su ánimo para que lo haga. Pero si se le
propusiere a alguien esa inamovible regla de moralidad, fundamento de toda virtud social que dice
«uno debe comportarse como quisiera que el otro se comportara con uno», sin que antes lo hubiese
escuchado, pero estando dotado de capacidad para entender su sentido, ¿acaso no podría
preguntar, sin incurrir en el absurdo, por la razón de ella?, ¿acaso quien se lo propusiese no
estaría obligado a explicarle su verdad y su racionalidad? Esto demuestra elocuentemente que no
es innata, porque si lo fuera no necesitaría ni admitiría prueba, sino que necesariamente ( al
menos, tan pronto como fuese escuchada y entendida ) sería acogida y asentida como una verdad
indiscutible, de la que ningún hombre puede dudar en manera alguna. De esta forma, la verdad de
todas estas reglas morales depende claramente de algo que le es previo y de lo que es preciso
deducirlas, lo que no podría ser si fuesen innatas o, por lo menos, evidentes por sí mismas.

5. Ejemplo: en la obligación de guardar los compromisos

Que los hombres guarden sus compromisos es, sin duda alguna, una importante e innegable regla
moral; pero, a pesar de todo, si se pregunta a un cristiano que tiene la perspectiva de la felicidad o
de la desgracia en la otra vida, por qué motivo está un hombre obligado a mantener su palabra,
dará como razón que Dios, que es el poder de la vida y de la muerte eterna, así nos lo pide. Pero si
la misma pregunta se hace a un partidario de Hobbes, contestará que el público asi lo requiere, y
que si no lo hace el Leviatán lo castigará. Y si a uno de los antiguos filósofos paganos se le hubiera
hecho la misma pregunta, habría replicado que obrar de otra manera sería deshonroso,
degradante para la dignidad humana y contrario a la virtud la más alta perfección de la
naturaleza humana.

6. La virtud generalmente merece la aprobación, no porgue sea innata, sino porgue es de provecho

Naturalmente, de aquí se sigue la gran variedad de opiniones con respecto a las reglas morales gue
tienen los hombres, según los diferentes tipos de felicidad que esperan o que se proponen a sí
mismos lo que no podría suceder si los principios prácticos fuesen innatos por la mano de Dios.

Admito que la existencia de Dios se manifiesta de manera muy distinta, y que la obediencia que le
debemos es algo tan congruente con la luz de la razón que gran parte de la humanidad da
testimonio de esta ley natural. Sin embargo, creo que debe reconocerse que varias reglas morales
pueden ser acogidas por la humanidad con aprobación general, sin que se sepa ni se admita el
verdadero fundamento de la verdad, que sólo puede ser la voluntad y la ley de un Dios que
contempla al hombre sumido en tinieblas, que tiene en su mano premios y castigos, y posee el
poder suficiente para llamar a dar cuentas al más engreído de los ofensores. Porque, como Dios
unió con vínculo inseparable la virtud y la felicidad social e hizo que la práctica de la virtud sea
necesaria para el mantenimiento de la sociedad y visiblemente beneficiosa para los que tengan
trato con el hombre virtuoso no es de extrañar que cada uno no sólo con ese, sino que recomiende
esas reglas y las alabe a los demás, por las ventajas que recibirá de la observancia que los otros
presten a dichas reglas. Bien se puede, por interés o por condición, proclamar como sagrado
aquello que, una vez profanado y pisoteado, trae como consecuencia, el que uno mismo no pueda
ya sentirse a salvo y seguro. Esto, aunque en nada menoscaba la obligación moral y eterna que
evidentemente conllevan esas reglas, muestra, sin embargo, que el acatamiento externo que los
hombres les prestan en sus palabras no prueba que sean principios innatos. Por el contrario,
prueba que los hombres les conceden su asentimiento interior en sus propias mentes no tanto
como a reglas inviolables de su propio obrar, ya que vemos que el intetés propio y los beneficios de
esta vida
hacen que profesen y aprueben exteriormente aquellas reglas morales muchos hombres cuyas
acciones delatan suficientemente que no les importa mucho el legislador que dictó esas reglas ni el
infierno que tienen preparado como castigo de quienes las infrinjan.

7. Las acciones dc los hombres nos convencen de que la regla de la virtud no es su principio interno.

Porque, si dejando a un lado la cortesía, no reconocemos que haya demasiada sinceridad en las
declaraciones de la mayoría de los hombres, sino que tomamos sus actos como intérpretes de su
pensamiento, encontraremos que no sienten ese respeto interno por esta regla, ni tienen plena
convicción de su certeza, ni de su obligatoriedad. El gran principio moral que nos ordena
comportarnos como quisiéramos que el prójimo lo hiciera con nosotros, se recomienda más que
practica; pero la infracción de esta regla que no se tiene por mayor vicio que predicar a otros no es
una regla moral ni obligator!a, lo que sería considerado como una locura y contrario a ese interés
que los hombres sacrifican cuando ellos mismos rompen las reglas. Se dirá, quizá, que la
conciencia no reprende tales infracciones y de ese modo se pretenderá dejar a salvo la obligación
interna y el fundamento de la regla.

8. La conciencia no es prueba de ninguna regla moral innata.

A esto contesto que no me cabe duda, pero no admito que estén escritas en sus corazones, porque
muchos hombres, de igual manera que llegan a conocer otras cosas, pueden llegar a asentir ciertas
reglas morales y a convencerse de su obligatoriedad. Otros pueden llegar lo mismo, gracias a su
educación, a la clase de amistades que tengan y a las costumbres de su país; y esa persuasión, de
cualquier forma que se haya adquirido, servirá para que la conciencia actúe, lo que no es sino la
propia opinión o el juicío que nos formamos acerca de la rectitud moral o de la gravedad de
nuestras propias acciones. Y si la conciencia fuera prueba en favor de la existencia de principios
innatos, sus contrarios serían también principios innatos, pues algunos hombres, con la misma
conciencia, buscan lo que otros evitan.

9. Ejemplo de algunas barbaridades ejecutadas sin ningún remordimiento

Por lo demás, no puedo comprender cómo cualquier hombre sería capaz de infringir las reglas
morales con confianza y serenidad si fuesen innatas y estuvieran grabadas en su mente. Basta
observar a un ejercito entrando a saco en una ciudad para ver qué observancia, qué sentido de los
principios morales o qué conciencia demuestra de todos los desmanes que se cometen. Latrocinios,
asesinatos y raptos son las actividades a las que se entregan los hombres cuando se les deja libres
de todo castigo y censura. ¿Es que no ha habido naciones, y de las más civilizadas, entre las que ha
sido una costumbre común la práctica de abandonar a los niños en los campos para que perezcan
de hambre, o devorados por las fieras, y ha sido esta costumbre tan poco censurada y ha suscitado
menos escrúpulos que el hecho de concebirlos? ¿No se da el caso, en algunos otros países, de
meterlos en la misma sepultura de sus madres si éstas mueren de parto o se deshacen de ellos si un
supuesto astrólogo declara que tiene mala estrella? y ¿acaso no existen lugares donde sin
remordimiento alguno los hijos abandonan a sus padres cuando éstos llegan a cierta edad? En
algunas partes de Asia, cuando se desespera de la salud de un enfermo, antes de morir, se le
deposita en la tierra y se le deja expuesto a las inclemencias del viento y de la intemperie sin
auxilio ni piedad de nadie (vid Gruber apud Thevenot, part. IV, p. 13). Es común entre los
mingredianos, que profesan el cristianismo, enterrar vivos a sus hijos sin escrupulo (vid Gruber
apud Thevenot, p. 38). Existen otros lugares donde los padres se comen a sus propios hijos (vid
vossius. De Nili origine, cap. 18, 19). Los caribes ( en las islas del Caribe) tenía por costumbre
castrar a sus hijos con objeto de engordarlos y comérselos (vide P. Marti, Dec. I). Y Garcilaso de
la Vega nos habla de un pueblo en el Perú que tenía la costumbre de engordar para comérselos a
los hijos habidos con mujeres cautivas que servían de concubinas para ese fin, y a las que, una vez
pasada la edad en que podían tener hijos, también mataban y devoraban (vide Historia de los
íncas, lib. I, cap. 12). Los tupinambos creian que una de las virtudes que les harian merecer el
paraíso era vengarse de sus enemigos y comérselos. Desconocen hasta el nombre de Dios (vide
Lery, cap. 16, p. 231),
y no reconocen Dios, religión ni culto alguno. Los que canonizan los turcos como santos llevan una
vida que el pudor impide relatar. A continuación citaré un pasaje interesante de Viaje a
Baumgaste, en el idioma en que fue escrito, por ser una obra bastante escasa «Ibi, ( súl, prope
Belbes en Aegypto) vidimus sanctum unum Saracenicum inter arenarum cumulus; ita ut ex utero
matris prodiit nudum sedentem. Mos est, ut didicimus, Mohometistis, ut eos que amentes et sine
ratione sunt, pro sanctis colant et venerentur. Iusuper et eos qui cum diu vitam egerint
inquinatissimam, voluntariam demum poenitentiam et paupertatem, sanctitate venerandos
deputant. Eiusmodi vero genus hominum libertatem quandam affrenem habent, domos quos
volunt intrandi, edendi, bibendi, et quod est, concumbendi, ex quo concubitu, si proles secuta
fuerit, sancta similiter habetur. His ergo hominibus, dum vivunt, magnos exhibent honores;
mortui vero vel templa vel monumenta extruunt amplissima, eosque contingere ac sepelire
maximae fortunae decunt loco. Audivimus haec dicta et dicenda per interpreten a Mucrelo nostro.

Insuper sanctum illem, quem eo loco vidimus, publicitus apprime commendari, eum esse hominem
sanctum, divinum ac integritate praecipuum; eo quod nec faeminarum unquam esset, nec
puerorum, sed tantummodo asellarum concubitur atque mularumn (Baumbasten, lib. II, cap. I, p.

73). Acerca de estos santos turcos encontramos más datos en Pietro della Valle en su carta del 25
de enero de 1616, Según esto, ¿dónde están esos principios innatos de justícia, piedad, gratitud,
equidad y castidad? y ¿dónde está ese asentimiento universal que nos asegura la existencia de tales
reglas innatas? Los asesinatos en duelo se cometen sin ningun remordimiento de conciencia
cuando se los consiente como honorables. Es más, en muchos lugares, la inocencia a este respecto
es una gran ignominia. Y si nos vamos más allá de nuestras fronteras, para contemplar cómo son
los hombres, nos daremos cuenta que en un sitio unos tendrán
escrúpulos en hacer o dejar de hacer lo que otros, en otro lugar, consideran digno de mérito.

10. Los hombres tienen principios prácticos opuestos Quien lea la historia de la humanidad con

detenimiento y examine a los diversos pueblos de la tierra para considerar sus acciones desde
puntos de vista diferentes, se convencerá de que no se puede nombrar ningún principio moral ni
ninguna regla de virtud que no sea en otro lugar del mundo despreciado y condenado por las
costumbres generales de esa sociedad que se rige por opiniones pragmáticas o reglas de vida
opuestas a la de la otra, excepto aquellas absolutamente necesarias para conservar la sociedad
humana ( las cuales también se violan en las relaciones entre las distintas sociedades ).

11. Naciones enteras rechazan diversas reglas morales

Quizá pueda objetarse a esto que no es ningún argumento decir que una regla es desconocida
porque es violada. Estoy de acuerdo con la objeción cuando se trata del caso de aquellos que
violan la ley sin dejar por eso de reconocerla como ley; cuando la miran con cierta reverencia ante
el temor de verse deshonrado,censurado o castigado. Pero no es concebible que una nación entera
rechace públicamente y renuncie a lo que cada miembro de esa nación reconoce infaliblemente
como ley, pues asi tendrían que reconocerlo quienes lo tuvieran impreso en sus mentes de una
manera innata. Es imposible que en ciertos cases algunos hombres acepten reglas morales que en
el fondo de sus pensamientos no tengan somo verdaderas sólo por mantener la fama y estima entre
quienes estén persuadidos de dichas reglas. Pero es impensable que una sociedad entera de
hombres desconozca de manera pública y expresa una regla y la desechen y que a la vez en sus
propias mentes no puedan menos de reconocer que es una ley cierta e infalible; y también es difícil
de imaginar que todos supongan que los demás con los que tratan ignoren ese hecho, de donde
cada uno de los miembros de esa sociedad temerían atraerse, por parte de los demás, el desprecio
y el aborrecimiento que se debe a quien se declara carente de humanidad y a quien, por confundir
las conocidas y naturales normas de lo bueno y de lo malo tendría que ser considerado como
enemigo declarado de la tranquilidad y felicidad común. Todo principio práctico que sea práctico
no puede ser menos que ser conocido por todos como justo y bueno. Por consiguiente, es
contradictorio suponer que naciones enteras de hombres puedan unánime y universalmente
desmentir, tanto en la teoría como en la práctica, algo que por evidencia absoluta conoce cada uno
de sus miembros como lo verdadero, justo y bueno. Esto basta pasa mostrar que ninguna regla
práctica de conducta que sea violada universalmente y con la aprobación y consentimiento
públicos, en cualquier parte, puede ser considerada innata. Pero tengo algo más que añadir en
respuesta a la objeción formulada anteriormente.

12. Se dice que la violación de una regla no prueba que sea desconocida

Admitido. Pero opino que la aceptación general de su inobservancia sí es una prueba de que no es
única. Tomemos, por ejemplo, una de esas reglas que, por deducción obvia de la razón humana y
acorde con la inclinación natural de la mayor parte de los hombres, casi nadie ha tenido el valor
de negar, o la audacia de poner en duda. Efectivamente, sí existe alguna regla que pueda
suponerse innata, me parece que no hay otra cosa con mejores derechos a serlo que esta: padres,
conservad y amar a vuestros hijos. Por tanto, cuando se dice que ésta es una regla innata, ¿qué se
debe entender? Una de dos, o que es un principio innato que en toda ocasión motiva y dirige los
actos de los hombres; o bien, que se trata de una verdad que todos los hombres tienen impresa en
la mente y que, por eso, conocen y le otorgan su asentimiento. Pero no es innata en ninguno de esos
sentidos. En primer lugar, ya probé con los ejemplos antes citados que no se trata de un principio
que influya en los actos de los hombres. Y no es necesario ir tan lejos como Amingrelia o Perú
para hallar casos de quienes descuidan, abusan y hasta destruyen a sus propios hijos; ni tampoco
se trata de costumbres más que brutales solamente propias de algunas naciones salvajes y
bárbaras, pues se puede recordar que esa práctica habitual e impune entre griegos y romanos
expone a niños inocentes sin sentir misericordia ni remordimiento. En segundo lugar, es también
falso que sea una verdad innata de todos conocida porque tan lejos está de ser una verdad innata
eso de «padres, conservad a vuestros hijos», que no es ni siquiera una verdad; es un mandamiento,
no una proposición, y, por consiguiente, no es susceptible de verdad o falsedad. Para que fuera
susceptible de nuestro asentimiento sería preciso reducirla a una proposición como la siguiente: es
un deber de los padres conservar a sus hijos. Pero un deber no se entiende sin una ley; y una ley
no puede conocerse ni suponerse sin un legislador, o sin que suponga premio o castigo; de tal
manera que es imposible que este principio, o cualquier otro principio de orden práctico, pueda
ser innato, es decir, impreso en la mente como un deber, sin suponer que son innatas las ideas de
Dios, ley, obligación, castigo y de una vida futura. Porque es evidente por sí mismo que en esta
vida el castigo no se sigue de la inobservancia de esa regla, y, por tanto, que carece de sanción legal
en aquellos paises donde la costumbre admitida como norma general le es contraria. Pero esas
ideas ( que necesariamente serán innatas si algo hay de innato en el sentido del deber ) están tan
lejos de ser innatas que si no aparecen como claras y distintas para todos los hombres estudiosos y
reflexivos, mucho menos se mostrarán así a todos los hombres cxistentes. Y que una de esas ideas,
que entre todas aparece con más probabilidades de ser innata no lo es ( me refiero a la idea de
Dios ), es algo que, según creo, mostraré con evidencia para todo hombre que sepa discurrir en el
capítulo siguiente.

13. Si los hombres saben cuáles principios son innatos, no pueden describirlos

De cuanto se ha dicho me parece que podemos concluir con seguridad que cualquier regla de
orden práctico que sea generalmente violada en cualquier parte del mundo, sin oposición, no
puede suponerse innata, porque es imposible que los hombres violen sin pudor ni temor, a sangre
fria y confiadamente, una regla que saben con evidencia que fue establecida psr Dios, y que su
desobediencia será castigad ( lo cual tendrían que saber si fuera innata ) de tal modo que sería un
mal negocio para el infractor. Sin un conocimientc, de esa clase, un hombre nunca podrá estar
seguro de que algo es un deber para él. La ignorancia de la ley, la duda sobre ella, la esperanza de
eludir la vigilancia o el poder del legislador, y otras cosas por el estilo, pueden inducir al hombre a
ceder en sus apetitos. Pero si suponemos que se percibe la culpa seguida del suplicio; la
desobediencia y el fuego que castigará; el placer tentador y, junto a él, visible, levantada la mano
del Todopoderoso y preparada para vengarse ( pues éste sería el caso, si el deber fuera algo
impreso en la mente ), dígase, entonces, si es posible suponer que junto con esta visión y con un
conocimiento tan cierto, pueden desconsideradamente y sin escrúpulos ofender una ley que traen
escrita en sí mismo en caracteres indelebles, y que se les ofrece, a medida que la violan con toda su
evidencia. Dígase si es posible suponer que hombres que sienten en si mismos grabados los edictos
de un legislador omnipotente pueden, sin embargo, menospreciar y pisotear con confianza y
ligereza sus prohibiciones más sagradas. Finalmente, diga si es posible suponer que mientras un
hombre desafía de manera abierta la ley innata y al supremo legislador que la ha dictado, todos
los que la contemplan, y aun los gobernantes y los regentes del pueblo, poseídos ellos también del
respeto que debe inspirar la ley y su legislador, se conviertan en cómpljces silenciosos que no
comenten el desagrado que les causa la infracción, ni se apresuran a culpar al infractor.

Realmente, los apetitos de los hombres se alojan en principios de acción; pero están tan lejos dc
ser principios morales innatos que si se les dejara en libertad de actuar pronto provocarían el
derrumbamiento de toda moralidad. Las leyes éticas se han establecido para frenar y poner
límites a esos deseos tan exorbitantes, lo que consiguen con promesas de premios y amenaza de
castigos que pesan más que la satisfación que cualquiera pueda procurarse a sí mismo con la
violación de la ley. Por consiguiente, si hubiese alguna cosa impresa en la mente de los hombres
que sonara a ley, sería que todos los hombres tendrían cierto e inevitable conocimiento de que la
violación de la ley acarrea el castipo respectivo con inevitable seguridad. Porque si se admite que
los hombres pueden ignorar o tener duda respecto a lo que es innato, no tiene sentido que se
insista en la existencia de principios ínnatos y de su necesidad. Efectivamente, en tal caso no nos
aseguran la verdad y la certeza, que es lo que pretenden, y el hombre queda en el mismo estado
fluctuante e incierto en que está sin ellos. Toda ley innata debería ir acompañada de un
conocimiento evidente e indudahle de un castigo inevitable lo suficienternenfe grande para que
fuera muy poco envidiable el papel del infractoï; a no ser que al suponer innata la ley, se suponga
también innato el Evangelio. Pero no quiero que se me malinterprete, pues no debe deducirse que
creo que sólo existen leyes positivas, porque niego que haya leyes innatas. Hay mucha diferencia
entre una ley innata y una ley natural; entre algo grabado en nuestra mente desde un principio y
algo que ignorándose, sin embargo, podemos llegar a conocer por el uso y ejercicio de nuestras
facultades naturales. Y pienso que de la misma manera se apartan de la verdad quienes,
refugiándose en los extremos contrarios, o afirman que hay una ley innata, o niegan que hay una
ley cognoscible por la luz natural, o sea, sin la ayuda de una revelación positiva.

14. Quienes mantienen quee hay principios prácticos innatos no nos dicen lo que son.

Es tan evidente la discrepancía que hay entre los hombres acerca de los principios de orden
práctico, que me parece que no hay necesidad de añadir nada para demostrar que es imposible
probar la existencia de reglas morales innatas con el argumento del asentimiento universal; y eso
basta para sospechar que tale principios innatos no son solo fruto de una opinión caprichosa,
puesto que quienes hablan de ellos tan confiadamente, sin embargo, muestran gran reserva en
decirnos cuales son, a pesar de que tendría uno derecho a esperar esto de los hombres que tanto
hincaple ponen en esta doctrina. Esta actitud da ocasión para desconfiar de sus luces o de su
claridad, ya que, al sostener que Dios ha impreso en la mente de los hombres los fundamentos del
conocimiento y las reglas de conducta muestran tan poca intención de instruir al prójimo, y tan
poco interés tienen en el bien de la humanidad que no revelan cuáles son esos principios, dada la
disidencia que respecto a esa existe. Pero lo cierto es que de existir tales principios innatos no
habría necesidad de que fueran enseñados. Si los hombres encontraran impresas en sus mentes
esas proposiciones innatas, les sería fácil distinguirlas de las otras verdades que habrían aprendido
después y que hubieran deducido de aquellas proposiciones, y nada seria más sencillo que saber en
qué consisten y cuántas son. No podría haber más duda acerca de su núrnero de la que existe
sobre el número de nuestros dedos, en ese caso aparecerían enumerados en todos los sistemas. No
obstante, como nadie, que yo sepa, ha logrado darnos un inventario de esos principios, no se debe
culpar a quien dude de su existencia, puesto que aun los que discuten sobre que debemos creer en
ellos, no nos dicen qué son. Se puede prever fácilmente que si distintos hombres de diferentes
sectas se encargaran de darnos una lista de esos principios practicos innatos se limitarían a poner
sólo aquello que se acomodara a su propia hipótesis y que sirvieran de apoyo a las doctrinas de las
escuelas o iglesias a que pertenecen, prueba clara de que no hay tales verdades innatas. Pero es
más, una gran parte de los hombres que están tan leios de encontrar en sí mismos esos principios
innatos, que al negarle la libertad al hombre, y de esa forma convertirlo en una pura máquina,
rechazan no solamente las reglas innatas, sino toda regla moral, sin dejar ninguna posibilidad de
creer que las hay a quienes no conciban de qué modo algo que no sea un agente libre pueda ser
capaz de una ley; de tal forma que, con semejante fundamento, será preciso que rechacen todo
principio de virtud quienes no puedan compartir la moral y el mecanicismo, dos cosas que no se
concilian o comparten con facilidad.

15. Examen de los principios innatos que propone Lord Herbert

Después de escribir lo anteriormente dicho, me llegó la noticia de que milord Herbert habia fijado
esos principios innatos en su libro De veritate e inmediatamente consulté la obra con la esperanza
de encontrar en un autor tan distinguido respuesta satisfactoria a esa cuestión, lo que me
autorizaría a poner término a mis investigaciones. En el capítulo donde trata del instinto natural
(«De instinctu naturali», pag 76, edición de 1656,) encontré ordenado en lista los seis síguientes
rasgos por lo que dice pueclen reconocerse lo que él Ilama nociones comunes (notitiae commune).

1." Prioritas. 2," Independentia. 3º Universalitas. 4." Certitudo. 5." Necessitas, es decir-, según él
mismo explica,
lo que sirva para la conservación del hombre (quae facium ad hominis conservationem). 6º Modus
conformationis, o sea, assensus nulla interposita mora (es decir, el modo de conformarse con una
verdad, concediéndole asentimiento sin dilación). Y al fin de su pequeño tratado, De religione laici
(De la religión del laico), dice lo siguiente acerca de esos principios innatos: «Adeo ut non
ubiuscupribis religionis confirmo arctentut quae ubique vigent veritates. Sunt enim in ipsa mente
caelitus descriptae, nullisquae traditionibus, sive escriptis, sive non scriptis, obnoxiae» (Es así que
estas verdades de todos son conocidas, no se encierran dentro de los límites de una religión
particular; porque, como están grabadas en la mente por Dios, no dependen de ninguna tradición
escrita o no escrita.) Y más adelante añade: «Veritates nostrae catholicae, quae tamquam in dubia.

Dei emata, in foro interiore descriptae» (Nuestras verdades católicas, escritas en el fuero interno,
como infalibles oráculos divinos.) Una vez señalados de esta manera los rasgos propios de los
principios innatos o ideas comunes, y afirrmando que están grabados en la mente del hombre por
la mano de. Dios, el autor precede a enumerarlos, y son éstos: 1ª Esse oliquod supremun numen
(que hay un Dios supreme), 2º Numen illud coli debere (que ese Dios debe ser aceptado}. 3º "
Virtutem cum pietate conjunctam optiman esse rationem cultus divini (que la virtud unida a la
piedad es el culto más excelente que puede rendirse a la divinidad). 4º. Resipiscendum esse a
peccatis (que es preciso arrepentirse de los pecados). 5º Darï praemium vel poenam porst anc
vitam transactam (que hay premios o castigos después de esta vida, según se ha vivido). Ahora
bien,
aunque creo que éstas son verdades tan claras por su tal índole, si son explicadas rectamente, que
una criatura racional apenas puede negarle su asentimieato; sin embargo, me parece que el autor
anda lejos de probar que sean impresiones innatas in foro interiori desciptae. Porque me tomo la
libertad de hacer las siguientes observaciones:

16. 1.º Que esas cinco proposiciones, o no son todas las existenes, o son más las nociones comzlnes
grabadas en nuestra mente por la mano de Dios

Si es razonable creer que hay algunas así impresas, puesto que hay otras proposiciones que, de
acuerdo con los rasgos expuestos, tienen tanto derecho a semejante originalidad y a pasar por
innatas, como, al menos, algunas de las cinco numeradas; por ejemplo, «haz como quieras que se
haga contigo»; y tal vez se encontrarían cien ejemplos más, si se buscaran de manera cuidadosa,

17. 2.º Que las cinco proposiciones no poseen los rasgos señalados por el autor

Así, por ejemplo, el primero, segundo y tercer rasgo no conviene de un modo perfecto a ninguna
de ellas; y el primero, segundo, tercero, cuarto y sexto rasgo conviene más a la tercera, cuarta y
quinta proposición. Además, la historia nos habla de muchos hombres, ¡qué digo! naciones
enteras, que dudan o no creen en algunas o en todas las proposiciones aludidas. No veo cómo la
tercera, es decir, «que la virtud unida a la piedad es el mejor culto que se puede brindar a la
divinidad», puede ser un principio innato, cuando la designación conjunto de sonidos «virtud» es
de tan difícil comprensión, tan susceptible de equívoco en su sentido y cuando este hecho da lugar
a tan diversos contenidos y resulta tan dificil de entender. Yor tanto, tal regla de orden práctico es
muy incierta y sirve tan poco de guía en la conducta de nuestras vidas, y, por consiguiente, resulta
muy inadecuado considerarla como un principio práctico innato.

18. Escaso uso de estos principios

Consideremos ahora esa proposición en cuanto a su significado, pues el sentido, no el sonido, es y
debe ser el principio o noción común. Veamos: «la virtud unida a la piedad es el culto más
excelente que puede rendirse a la divinidad», es decir, el culto que le es más aceptable. Ahora bien,
si se toma el sentido que por regla general se suele dar a la palabra «virtud», quiero decir, referida
a aquellas acciones que pasan por dogmas de alabanza, según la diversidad de opiniones de los
distintos paises, esta proposición está tan lejos de ser indubitable, que ni siquiera es verdadera. Si,
por el contrario, consideramos la palabra virtud en el sentido de aplicable a las acciones que se
ajustan a la voluntad de Dios y a la regla por El prescrita, que es la verdadera y única regla de
virtud, cuando este vocablo se emplea para significar lo que es bueno y recto por naturaleza, en
este caso la proposición «que la virtud es el más excelente culto que pueda rendirse a Dios» será
totalmente verdadera e indudable, pero de escasa utilidad para la vida del hombre, ya que no pasa
de significar esto: «que a Dios le place que obre conforme a sus mandamicntos, lo cual un hombre
puede admitir como verdad sin que sin emhargo, sepa qué es lo que Dios manda; de tal forma que
tan lejos estara de poseer una regla o principio que guíe sus actos como lo estaba antes. Y creo que
serán muy pocos los que acepten una proposición que no pasa de decir que a Dios le place que se
obre conforme a sus mandamientos como un principio moral innato escrito en la mente de todos
los hombres (a pesar de lo verdadero e indudable que pueda ser}, puesto que su enseñanza es tan
escasa, si alguno lo acepta, que tendría razón al aceptar cientos de proposiciones como principios
innatos, puesto que hay muchos que ostentan tan buen título como ése para ser considerado de ese
modo, y que, sin embargo, hasta ahora nadie les ha dado el rango de principios
innatos.

19. No sería posible que Dios nos diera unos principios con palabras de significado incierto

Tampoco nos informa mejor la cuarta proposición, a saber: que es preciso arrepentirse de los
pecados» mientras no se determine qué acciones son esas que se consideran pecados. Porque el
término peccata o pecados se toma normalmente para designar los actos malos que traen castigo a
quien los comete; pero ¿entonces cuál puede ser ese gran principio moral que nos obligue a
arrepentirnos y a no hacer eso que nos acarreará un daño, sin que sepamos cuáles sean en
particular esos actos que traen semejantes consecuencias? En realidad, se trata de una proposición
cierta y digna de ser inculcada y recibida en y por quienes enseñan qué actos son pecados en
cualquier circunstancia; pero ni ésta ni la proposición anterior pueden concebirse como principios
innatos, ni, si lo fueran, tendrían alguna utilidad, a no ser que el patrón y medida de vicios y
virtudes estuviesen grabados en la mente de los hombres y también fuesen principios innatos, lo
cual me parece muy dudoso. Por tanto, imagino que es poco probable que Dios hubiera grabado
ciertos principios en la mente de los hombres en términos de significados tan inciertos como son
las palabras «virtud» Y «pecados», que, entre los distintos hombres, se refieren a cosas diferentes.

Pero es más, ni siquiera puede suponerse que tales principios están adscritos a ciertas palabras,
porque las empleadas en la mayoría de ellos son nombres de sentido muy general que no pueden
entenderse sin antes conocer las nociones particulares que abordan. Y es que en los casos
particulares, la ponderación debe salir del conocimiento de las mismas acciones, y las reglas sobre
las que se fundan dichas acciones son independientes de las palabras y anteriores al conocimiento
de los hombres. Estas reglas deben ser conocidas por un hombre, sea el que fuera el idioma que le
toque aprender, el inglés, o el japonés, y aunque jamás aprenda ningún idioma, ni entienda el uso
de las palabras, como sucede en el caso de los sordomudos. Cuando se muestre que quienes no han
aprendido el uso de las palabras y no han sido enseñados por la ley y las costumbres de sus paises
saben que no matar a otro hombre es parte del culto debido a Dios, así como no tener comercio
con más mujer que una; el no procurar el aborto, el no exponer a sus hijos; el no tomar lo ajeno
aunque lo deseemos, sino, por el contrario, aliviar y remediar las necesidades del prójimo, y que,
cuando hemos actuado contrariamente a esos preceptos, debemos arrepentirnos, lamentarnos y
tener propósito de enmienda; cuando se pruebe efectivamente que todos los hombres conocen la
totalidad de esas reglas y otras mil semejantes, que caen bajo el. sentido de esas dos palabras
generales utilizadas anteriormente, es decir, «virtutes et peccata», entonces habra mejor razón
para
admitirlas a ellas y a otras similares como nociones comunes y principio de orden práctico y, a
pesar de todo, aunque fuera cierto que hubiera asentimiento universal ( suponiendo que lo hay
para los principios morales ) respecto a verdades que pueden conocerse de modo distinto al de una
impresión origínal, esa circunstancia no probaría que son innatas, que es lo que pretendo sostener.

20. Se aprueba la objeción de que los principios innatos pueden haberse corrompido

De poco servirá esgrimir en este caso la muy cómoda, pero poco sustanciosa razón de que los
«principios innatos morales pueden haberse ensombrecido» debido a la educación, a las
costumbres y a las opiniones generales de quienes nos rodean y que se «han borrado
completamente» de las mentes de los hombres. Porque, de ser verdad esta afirmación, el
argumento del asentimiento universal con el que se pretende afirmar la existencia de los principios
innatos queda sin efecto a no ser que quienes los invocan piensen que sus opiniones personales o
las de su círculo puedan pasar por ser el consenso universal, cosa no poco frecuente en quienes,
erigiéndose en jueces únicos de la verdad, no tienen en cuenta para nada el sufragio y la opinión
del resto del género humano, pero en este caso el argumento sería el siguiente: los principios
admitidos como verdaderos por toda la humanidad son innatos; los principios admitidos por los
hombres juiciosos son los aceptados por toda la humanidad; nosotros y quienes piensen como
nosotros somos hombres juiciosos; por tanto, estando nosotros de acuerdo, nuestros principios son
innatos;
todo lo cual es un bonito modo de argumentar y un breve camino hacia la infalibilidad. Porque, si
se toma la cosa de otro modo, resultará muy difícil de entender cómo puede haber algunos
principios que todos los hombres conocen y consienten y, sin embargo, que no haya ningún
principio de esos que no esté borrado de la mente de muchos hombres como consecuencia de una
«depravada costumbre y mala educación». Lo que quiere decir que todos los hombres admiten
esos principios, pero que, sin embargo, muchos hombres los niegan y no les conceden su
asentimiento. Y, realmente, suponer la existencia de tales primeros principios no será de gran
provecho porque, con o sin ellos, estaremos en las mismas dudas, puesto que un poder humano,
como es la voluntad de nuestros maestros o la opinión de nuestros amigos, es capaz de alterarlos o
de hacer que los perdamos. Y a pesar de tanta jactancia respecto a los primeros principios y a una
luz innata, permaneceremos en las mismas tinieblas e incertidumbre que si no existiera tal luz,
pues lo mismo da carecer de norma que poseer una que se desvíe hacia cualquier lado o no saber
cuál sea la buena entre reglas diversas u opuestas. Quisiera que los partidarios de los principios
innntos me dijeran si tales principios son o no susceptibles de empañarse y borrarse por causa de
la educación y las costumbres. Si no lo son, será preciso entonces encontrarlos por igual en toda el
género humano, y tendrán que aparecer con claridad en cada hombre; si, en cambio, son
susceptibles de variar a causa de ideas aprendidas entonces, las deberíamos encontrar de manera
más clara y permanente cuanto más nos acercáramos a su origen, es decir, en los niños y en la
gente iletrada, por ser quienes han estado menos expuestos a la influencia de opiniones extrañas.

Elíjase el lado que más guste y se verá que es incompatible con los hechos manifiestos y con la
observación cotidiana.

21. En el mundo hay principios contradictorios

No hay inconveniente en admitir que existe un gran número de «opiniones que son recibidas y
abrazadas por hombres de distintos países, diferente educación y distinto temperamento, como
primeros e incuestionables «principios», muchos de los cuales, bien por ser absurdos, o porque se
oponen entre si, es «imposible que sean verdaderos». Sin embargo, y a pesar de lo irracionables
que puedan ser, todas esas proposiciones son acatadas como sagradas en algún lugar del mundo y
de tal manera que, hasta los hombres de buen entendimiento en estos temas, preferirían sacrificar
la vida y lo más querido antes que permitirse dudar de la verdad de tales proposiciones o permitir
que alguien las ponga en tela de juicio.

22. Cómo los hombres llegan a adquirir sus principios

Aunque parezca extraño, sin embargo, lo confirma la experiencia cotidiana, y tal vez no cause
tanta sorpresa si consideramos los modes y maneras por los cuales puede suceder que ciertas
doctrinas, que no tienen otro origen que la superstición de la niñez o la autoridad de los ancianos,
puedan alcanzar, con el transcurso del tiempo, y el asentimiento de los vecinos, la dignidad de
principios religìosos o morales. Porque quienes se esmeran ( según se suele decir ) en inculcar a sus
hijos los buenos principios ( y son pocos los que no tienen buen acopio de buenos principios, en los
que ellos mismos creen ), infunden en el entendimiento, aun incauto y sin prejuicios (pues el papel
en bianco es apto para recibir cualquier impresión ), esas doctrinas que quieren que se retengan y
profesen. Tales doctrinas, enseñadas a los niños desde que tienen algún entendimiento, y
confirmadas a medida que crecen en edad, bien por profesión declarada, bien por tácito
asentimìento por parte de todos con los que tienen trato o, por lo menos, a quienes respecta por su
sabiduría, por sus conocimientos y por su piedad, y que jamás toleran que se hable de dichas
proposiciones, de ninguna otra manera que no sea como base y cimiento en que se apoyan su
religión y buenas costumbres, llegan, de ese modo, a ser consideradas verdades innatas,
incuestionables y evidentes por sí mismas.

23. Se supone que son innatos porque no recordamos cuándo los adquirimos

A esto se puede añadir que cuando los que han sido educados de ese modo llegan, con el tiempo, a
reflexionar sobre sí mismos, no pueden descubrir en sus mentes nada más antiguo que aquellas
opiniones que le fueron enseñadas antes de que la memoria empezara a llevar el control de sus
acciones o antes de que se fijara el momento en que algo nuevo se le presentara y, por tanto, no
tienen inconveniente en afirmar que esas proposiciones, de cuyo conocimiento no pueden
encontrar en si mismo el origen, fueron con toda seguridad impresas en la mente por Dios y por la
naturaleza, y no enseñadas por nadie. Aceptan y acogen tales proposiciones con la misma
veneración que muchos tienen por sus padres. Pero no porque sea algo natural, ya que los niños no
adoptan esa conducta cuando no les ha sido enseñada, sino porque creen que es natural porque les
educaron así y porque no tienen memoria de los comienzos de tal respeto.

24. Cómo se obtiene cada principio

Esta explicación parecerá muy probable y se podrá comprobar que así sucede inevitablemente, si
consideramos la naturaleza de los hombres y la constitución de las cosas humanas, según las cuales
la mayor parte de las «hombres están obligados, para vivir, a dedicar su tiempo a las labores
diarias de su profesión, y no podrían tener el ánimo tranquilo sin tener alguna base firme o
principio en el que descansen sus pensamlentos». Casi resulta imposible suponer que exista
alguien tan desarraigado y superficial en su entendimiento que no tenga algunas proposicìones que
reverencien y sean para él los princípios en los que funda sus raciocinios y por los cuales juzga la
verdad y la falsedad, lo justo y lo injusto; pero unos por falta de habilidad y de tiempo libre, otros
por carecer
de la propsición adecuada, y otros que se abstienen de preguntar por qué han sido educados así, lo
cierto es que son pocos los hombres que no se ven expuestos, por ignorancia, por pereza, por
educación, o por precipitación a aceptar bajo palabra los principios que le han sido inculcados.

25. Otra explicación

Es evidente que ése es el caso de todos los niños y jóvenes; y el hábito, más fuerte que la
naturaleza, no deja de impulsarles a adorar como divino cuando los ha acostumbrado a acatar en
sus mentes y a aceptar en sus entendimientos. No es sorprendente que en una edad madura,
cuando los hombres están ocupados en los quehaceres de la vida o sumidos en la busca de
placeres, no se pongan seriarnente a la tarea de examinar sus credos, y muy particularmente
cuando uno de sus principios consiste en que los principios no deben dudarse. Y si por casualidad
se disfruta de tiempo y se tienen capacidad y voluntad, ¿quién será el atrevido que intente mover
las bases en que ha fundado todos sus pensamientos y actos anteriores, y a exponerse de ese modo
a atraer sobre sí la vergüenza de haber estado durante tanto tiempo en el equívoco y en el error?,
¿dónde está quien sea tan intrépido para aceptar el reproche, siempre dispuesto, que se lanza a
quienes se atreven a disentir de las opiniones aceptadas en su pais o por su círculo¿, ¿y dónde
encontrará el hombre dispuesto a soportar con paciencia los calificativos de extravagancia,
escéptico o ateo que con seguridad son aplicados a quien, por poco que sea, ponga en duda
cualquier opinion general? Además, hay que considerar que el temor de dudar de esos principios»
será mayor cuando se tienen por normas que Dios estableció en las mentes como patrón y piedra
de toque de todas las demás opiniones, como sucede con todo el mundo, no habrá nada que impida
pensar que son sagradas cuando se advierte que, de todos sus pensamientos, esos son los primeros
en el tiempo y los más venerados por los demás hombres.

26. Idolatria

No es difícil imaginar cómo por estos medios sucede que los hombres terminan adorando ídolos
que han sido erigidos en sus mentes; que se encariñen con las nociones que les han sido tan
familiares y que lleguen a revestir con el atributo de lo divino ciertos absurdos y errores,
convirtiéndose en celosos adeptos de sectas que rinden culto a los toros y a los monos, y por cuya
defensa están dispuestos a argumentar, a pelear y a morir. «Dum solos credat habendod ese deos,
quos iyse colit...» (cada uno está convencido de que únicamente se deben considerar los dioses que
sirve) Juvenar, sátira XV, vv. 37 y 38). Porque, como las facultades raciocinantes del alma, que
casi siempre están ocupadas, aunque no siempre con cautela y sabiduría, no podrían desplegarse,
faltas de fundamento y apoyo en la mayoría de los hombres, quienes, o por certeza o por
distracaon no quieran penetrar hasta los principios del conocimiento y rastrear la verdad hasta su
fuente y origen, o porque no tienen tiempo, por falta de ayudas adecuadas, o por alguna otra
razón no pueden hacer eso, resulta muy natural y casi inevítable que esa gcnte camulgue con
algunos principios prestados; de tal forma que, como éstos gozan de la supuesta reputación de ser
pruebas de otras cosas, se piensa que ellos mismos no están necesitados de prueba alguna. Quien
admita en su mente algunos de esos principios, para darles el acatamiento que se concede a los
principios de esa clase sin que nunca se aventure a examinarlos, sino, por el contrario, se
acostumbre a creer en ellos, puesto que están para ser creidos, estará expuesto a recibir por la
educación que le den y por las costumbrcs aceptadas en su país cualquier absurdo en calidad de
principio innato y, a fuerza de
fijar la atención sobre el mismo objeto, llegará a cegarse de tal modo que tome por imagen de la
deidad y como obra de sus manos algún monstruo forjado por su propio cerebro.

27. Es preciso examinar los principios

Por la variedad de principios opuestos aceptados y defendidos por toda clase y calidad de hombres
fácilmente se puede notar cuántos son los que llegan a ellos por ese lento camino que hemos
expuesto, y, sin embargo, los consideran innatos. Y a quien niegue que ése es el método por el cual
la mayoria de los hombres alcanzan la certidumbre que tienen acerca de la verdad y evidencia de
sus principíos, tal vez no les sea tan fácil encontrar otro modo de explicar la existencia de dogmas
opuestos, firmemente creidos, afirmados confiadamente, y por los que tantos hombres
han estado dispuestos en todo tiempo a morir para demostrar que son verdaderos. Y, por cierto, si
es privilegio de los principios innatos de ser recibidos sin examen y dando fe a su propia
autoridad, no puedo hablar de ninguna cosa que no pueda creerse, ni cómo sería posible poner en
duda los principios aceptados por cualquiera. Pero si se admiten como lícitos y como una
obligación examinar y poner a prueba los principios, me gustaría saber de qué modo pueden
ponerse a prueba los primeros principios innatos; o, por lo menos, cabe preguntar: cuáles son los
rasgos y características que enseñan a distinguir los auténticos principios innatos de los otros, para
que, entre la gran variedad de candidatos, no se caiga en error en un asunto de tanta importancia.

Cuando se haga esto, estaré dispuesto a abrazar unas proposiciones que son tan deseadas como
útiles; pero, mientras tanto, humildemente me permitiré dudar, puesto que temo que el argumento
del asentimiento universal, el único aducido, no es prueba suficiente para decidirme en la elección
y para asegurarme la existencia de cualquier principio innato.

Capítulo III

OTRAS CONSIDERACIONES RELATIVAS A LOS PRINCIPIOS INNATOS, TANTO
ESPECULATIVOS COMO PRÁCTICOS

1. Los principios no podrían ser innatos a menos que también lo fueran sus ideas

Si los que se empeñan en persuadirnos de que hay principios innatos no los hubieran tomado en
conjunto, sino que hubiesen considerado por separado las partes de que están compuestas esas
proposiciones, tal vez no habrían creído tan a la ligera que tales nociones son realmente innatas.

Puesto que, si las ideas que componen esas verdades no fueran innatas sería imposible que las
proposiciones compuestas por ellas fueran innatas o que nuestro conocimiento de ellas hubiera
nacido con nosotros. Porque si las ideas no son innatas, entonces ha habido un momento en que la
mente carecía de esos principios y, por tanto, no son innatas, sino que tendrán otro origen. Y es
que no puede haber ningún conocimiento, ningún asentimiento, ni ningunas proposiciones
mentales o verbales sobre esas ideas cuando éstas no existen.

2. Las ideas, principalmente las que pertenecen a los principios, no nacen al mismo tiempo que los
niños

Si consideráramos con atención a los recién nacidos, tendríamos escasos motivos para pensar que
traen con ellos muchas ideas al mundo. Porque si exceptuamos algunas ideas de hambre, de sed,
de calor y de algún dolor que pudieron haber sentido mientras estaban en el seno materno, no
existe ni la menor apariencia de que tengan alguna idea establecida y de manera particular
ninguna de aquellas ideas que responden a los términos de que están formadas esas proposiciones
universales que se tienen por principios innatos. Cualquiera puede observar cómo, de manera
gradual y a lo largo del tiempo, entran las ideas en sus mentes, y que no reciben ninguna más, ni
otras distintas de las que les proporcionan la experiencia y la observación de las cosas que se les
presenta; y esto será suficiente para demostrarnos de que no se trata de rasgos originales impresos
en la mente.

3. Imposibilidad e identidad no son ideas innatas

Si existieran principios innatos, la proposición de que «es imposible que una cosa sea y no sea al
mismo tiempo», debería ser sin duda alguna uno de esos principios. Pero ¿habrá alguien que
piense o diga que las ideas de «imposibilidad» e «identidad son ideas innatas? ¿Se trata, tal vez, de
ideas que la totalidad de los hombres tengan y con las que vengan al mundo? ¿Son, acaso, las ideas
que se encuentran primero en los niños y que preceden a todas las ideas adquiridas? Tendrían que
ser así si fueran innatas; pero, pregunto, ¿tiene algún niño las ideas de la imposibilidad y de la
identidad, antes de las de lo que es blanco o negro, amargo o dulce? Y ¿acaso es por el
conocimiento de aquel principio como deduce que no tiene igual sabor el pecho de la madre que el
que ha sido frotado con ajenjo? ¿Podemos pensar que sea el conocimiento de «imposibile est: idem
esse, et non esse», lo que hace que un niño distinga a su madre de una persona extraña, o lo que
provoca que acuda a aquélla y huya de ésta? ¿O es que, entonces, la mente se rige a sí misma y a
su asentimiento por ideas que aún no tiene? ¿O será acaso que el entendimiento deduce
conclusiones de unas principios que todavía no ha conocido ni entendido? Los nombres de
«imposibilidad e identidad» se refieren a dos ideas que están tan lejos de ser innatas o de haber
nacido con nosotros que, por el contrario, me parece que son de esas que requieren gran cuidado y
atención para que lleguemos a formarlas bien en nuestro entendimiento. Tan distantes están, en
efecto, de ser ideas que vengan al mundo con nosotros; tan lejos de los pensamientos de la infancia
y la niñez, que, una vez examinado el asunto, me parece que se encontrará su ausencia en muchos
hombres ya maduros.

4. La idea de identidad no es innata

Si la idea de identidad (por referirme tan sólo a este ejemplo) es una impresión innata y, por ello,
una idea tan clara y obvia que la debemos conocer necesariamente desde la cuna, quisiera yo que
un niño de siete años, o incluso una persona de setenta, me dijera que si un hombre, que es una
criatura compuesta de alma y cuerpo, es el mismo hombre cuando su cuerpo cambia; si Euforbo y
Pitágoras, que tuvieron la misma alma, fueran el mismo hombre, aunque hayan vivido con siglos
de diferencia; y que, asimismo, me dijeran si el gallo, que también tuvo la misma alma, fue el
mismo que Euforbo y Pitágoras. De aquí se deducirá, quizás, que nuestra idea de lo idéntico no es
algo tan claro ni tan bien establecido, como para merecer que se la tenga como innata en nosotros.

Porque si esas ideas innatas no son tan claras y distintas como para ser conocidas de manera
universal y asentidas naturalmente, no pueden ser el sujeto de verdades universales e indubitables
sino que será motivo de la incertidumbre inevitable y eterna. Porque pienso que no todo el mundo
tiene la misma idea de la identidad que tuvo Pitágoras y que tienen miles de sectarios suyos. Pero
¿cuál es, entonces, la verdadera? ¿cuál la innata? o ¿acaso hay dos ideas diferentes de la identidad,
innatas una y otra?
5. Qué hace la identidad

Nadie crea que son puras especulaciones las cuestiones que acabo de proponer sobre la identidad
del hombre, porque, incluso en ese caso, bastaría para demostrar que no hay ninguna idea innata
de la identidad en la mente de los hombres. Pero quien quiera reflexionar con cuidado sobre la
resurrección de la carne y piense que la Justicia Divina llamará a juicio en el último día a las
mismas personas para concederles la felicidad o la miseria en la otra vida, según hayan vivido en
ésta, bien o mal podrá notar, tal vez, que no es fácil de resolver para el, qué es lo que hace que un
hombre sea el mismo, o en qué consiste la identidad, y entonces no admitirá tan
despreocupadamente que él y todo el mundo, incluidos los niños, tienen una idea clara de ese
asunto de manera natural.

6. El todo y las partes no son ideas innatas

Las del todo y de la parte no son innatas. Examinemos ahora el principio matemático que
establece que «el todo es más grande que la parte». Imagino que esta proposición estará
considerada como uno de los principios innatos, y tan buen derecho tiene para ello como cualquier
otra. Pero nadie, si considera que las ideas que contiene, las del todo y de la parte, son
perfectamente relativas, podrá considerar que se trata de una principio innato, y que las ideas
positivas a las que pertenecen propia e inmediatamente son las de extensión y número, de las que
no son sino relaciones el todo y la parte. De tal manera que si el todo y la parte son ideas innatas lo
serán también, por fuerza, las de extensión y número, ya que resulta imposible tener una idea de
una relación, sin tenerla de la cosa misma a la que esa relación pertenece y sobre la que se funda.

En cuanto a que los hombres tengan o no las ideas de extensión y número impresas en la mente de
una manera natural, es algo que dejo a la consideración de aquellos que defienden los principios
innatos.

7. Adorar a Dios no es una idea innata

Que se debe adorar a Dios es, sin duda alguna, una de las mayores verdades que tiene cabida en la
mente del hombre, y por ello merece ocupar el lugar primero entre todos los principios de orden
práctico. Sin embargo, a menos que las ideas de Dios y de adoración sean innatas, no puede
considerarse en modo alguno innata. Que esta idea a que se refiere el término adoración no esté en
el entendimiento de los niños y sea un rasgo original impreso en la mente, es algo que creo se
concederá fácilmente por quien considere que son muy pocos los hombres maduros que tienen una
noción clara y distinta de ella. Y supongo que resultará totalmente ridículo decir que los niños
tienen innato ese principio de orden práctico que establece que Dios debe ser adorado cuando, por
otra parte, no saben exactamente a qué les obliga esa adoración de Dios. Pero dejemos eso para
considerar que
8. La idea de Dios no es innata

Si pudiera suponerse innata alguna idea, sería, entre todas y por muchas razones, la idea de Dios
la que debiera aceptarse como tal, pues es difícil concebir cómo pueda haber principios morales
innatos sin la idea innata de una divinidad. Es imposible tener la noción de una ley y de la
obligación de guardarla sin la noción de un legislador. Aparte de los ateos, mencionados por los
antiguos y que se encuentran condenados en los anales de la historia, ¿no ha descubierto, acaso, la
navegación naciones enteras, en tiempos más tardíos, en la bahía de Soldanía (Roe, apud
Thevenot, p. 2), en el Brasil (Jean de Lery, capítulo 16), en Boronday (La Martinière, Voyage des
pays setentrionarus, pp 310, 332) )1 en las islas de las Caribes, etc., entre los cuales no se encontró
noción alguna ni de un Dios ni de una religión? Nicolás de Techo, en sus Cartas ex Paracuaria, de
Caaiguarum conversione, dice textualmente: «Reperi eam gentem nullum nomen habere, quod
deum et hominis animam significet; nulla sacra habet, nulla idola» ( Encontré que esta gente no
tiene ningún nombre que signifique Dios y el alma del hombre; que no tiene ningún culto ni
ningún ídolo»). Estos ejemplos se Refieren a naciones en las que la naturaleza ha sido abandonada,
sin ningún cultivo, a sus propios recursos, sin contar con el auxilio de las letras, de la disciplina y
de los beneficios de las artes y las ciencias. Pero hay otros que, aunque han gozado en una medida
muy considerable de esas ventajas, carecen, sin embargo, de la idea y del conocimiento de Dios al
no haber llevado debidamente sus pensamientos en esa dirección. Para otros será una sorpresa, sin
duda alguna, como lo fue para mí el enterarme de que los siameses se encuentran en ese caso. En
este sentido consúltese al último enviado del rey de Francia (Luis XIV) a esos países (La Lubère,
Deu royaume de Siam, tomo I, parte 2, capítulo 9, y parte 3 capítulos 20 y 22), quien nos
proporciona mejores noticias sobre los mismos chinos (Ibid., parte 3, capítulos 20 y 2)). Y si no
quisiéramos dar fe a las palabras de la Lubére, los misioneros de China, incluyendo a esos grandes
entusiastas de los chinos, los jesuitas, concuerdan todos y nos convencen de que la secta de los
litteratix, es decir, de los sabios, que guardan la antigua religión china y que san el partido
dominante, son ateos en su totalidad (Vid. Navarrete, Colección de viajes y la Historia cultus
Sinensium). Y si examináramos atentamente las Vidas y razonamientos de gente no tan alejada,
tendríamos demasiados motivos para pensar que muchos, en países más civilizados, no tienen en la
mente una impresión, ni muy profunda ni muy clara sobre una divinidad. Y También hay que
temer que las protestas que desde el púlpito se oyen sobre el ateísmo no están faltas de razón, y
que aunque sólo sean unos pocos y miserables libertinos los que confiesen su ateismo de manera
descarada, sin embargo, conoceríamos posiblemente a muchos más si no fuera porque el temor a
la espada del magistrado o a la censura del prójimo les contiene las lenguas, pues de no existir el
miedo al castigo o a la afrenta proclamarían su ateismo tan abiertamente de palabra como lo
pregonan con sus
actos.

9. El nombre de Dios no es oscuro ni universal

Pero aún si concediéramos que la humanidad, en todas partes, tuviera la noción de un Dios (lo
cual contradice la historial, de ello no se seguiría que fuese una idea innata. Porque, suponiendo
que ningún pueblo careciera de un nombre para designar a Dios, o que no le faltara acerca de El
alguna noción por oscura que fuera, con todo, no se sacaría la conclusión de que se trata de
impresiones naturales en la mente, como tampoco los nombres de fuego, de sol, de calor o de
número prueban que las ideas a que se refieren esos términos sean innatas sólo por el hecho de
que los hombres conozcan o reciban de manera universal los nombres y las ideas de esas cosas. Y
tampoco la falta de un nombre para designar a Dios, ni la ausencia en la mente de los hombres de
una noción sobre El, es argumento contra la asistencia de Dios, pues del mismo modo no se
probaría que en el mundo no existe la piedra imán tan sólo por el hecho de que una gran parte de
la humanidad no tuviera noción de ella, ni nombre para designarla; o que no existen varias
especies distintas de ángeles o seres inteligentes que están por encima de nosotros, sólo porque
carezcamos de ideas sobre dichas especies, o de nombres para designarlas. Porque, como el
lenguaje común de cada país proporciona palabras a los hombres, difícilmente carecerán éstos de
alguna idea acerca de esas cosas de cuyo nombre hacen un uso frecuente; y si se trata de algo que
conlleve las nociones de excelencia, de grandeza, o de extraordinario, que sea algo que interese e
impresione la mente con el temor de un poder absoluto e irresistible, será una idea que, muy
probablemente, penetrará muy hondo y se extenderá mucho, especialmente si se trata de una idea
grata a las luces comunes de la razón, y naturalmente deductible de todo cuanto conocemos, como
ocurre con la idea de Dios. Porque son tan patentes en todas las obras de la creación las huellas
visibles de una sabiduría y un poder extraordinario, que toda criatura racional que las considere
atentamente no puede por menos que descubrir en ellas a la divinidad. Y como el influjo que el
hallazgo de un ente tal deberá ejercer necesariamente sobre todos los que tengan una noción sobre
él es tan poderoso y conlleva una carga tan grande de reflexión y comunicatividad, me parece
sumamente extraño encontrar en la tierra una nación entera de gente tan salvaje que carezca de la
noción de Dios, lo mismo que encontrar una que carezca de las nociones de número o del fuego.

10. Ideas de Dios y de fuego

El emplear una sola vez el nombre de Dios en cualquier lugar del mundo para expresar un Ser
superior, poderoso, sabio e invisible, y la conformidad de una noción semejante con los principios
de la razón común junto con el interés que siempre manifestaran los hombres en mencionarla
frecuentemente, son motivos para que de manera necesaria se propague amplia y lejanamente y
para que se transmita a las generaciones venideras; sin embargo, la aceptación generalizada del
nombre de Dios y la imperfecta y dudosa noción que este término comunica a una parte poco
reflexiva de la humanidad, no prueban que esa idea sea innata; con ello solo se demuestra que
quienes hicieron el descubrimiento supieron emplear correctamente su raciocinio al reflexionar
con seriedad sobre las causas de las cosas, llevándolas a su lugar de origen; de tal suerte que una
vez comunicada esa noción tan importante a gente menos especulativa no resultaría fácil que se
perdiese.

11. La idea de Dios no es innata

Todo eso podría deducirse de la noción de un Dios, si fuera cierto que se hallase entre todas las
estirpes humanas y que fuese reconocida universalmente en todos los países por hombres ya
maduros. Pues me parece que el asentimiento general en conocer un Dios no puede alcanzar a
mucho más, ya que si eso basta para probar que la idea de Dios es innata, será también suficiente
para demostrar que es innata la idea del fuego, porque pienso que puede decirse con verdad que
no existe una sola persona en el mundo que no tenga la idea del fuego, si tiene una noción de Dios.

Estoy seguro de que si se formara una comunidad de niños en una isla en la que no hubiera fuego,
no tendría ni la noción ni el nombre para tal cosa a pesar de que fuera conocida y recibida en el
resto del mundo de manera universal. Y también, quizá, estarían lejos de tener un nombre o una
noción de Dios hasta que alguno de ellos reflexionara sobre el origen y las causas de las cosas, lo
cual le llevaría fácilmente a la noción de Dios. Una vez enseñada esa noción, la razón y la
tendencia natural de los pensamientos la extenderían después y la conservarían entre ellos.

12. «Conviene a la bondad divina que todos los hombres tengan una idea de Dios.» De aquí se
infiere que esta idea es innata. Se responde a esta objeción

Ciertamente, se argumenta que es lógico pensar que conviene imprimir a la bondad divina ciertos
rasgos y nociones de deidad en la mente del hombre, para no dejarlo en tinieblas y en la duda
sobre un asunto que tantísimo le importa; e igualmente para que Dios asegure, de ese modo, el
acatamiento y la veneración que una criatura tan inteligente como el hombre le debe. De donde se
deduce que, por tanto, no habrá dejado de hacerlo. Este argumento, si tiene algún peso, probará
mucho más de lo que de él esperan quienes lo emplean en esta circunstancia. Porque si podemos
aducir que Dios ha hecho para el hombre todo lo que el hombre juzga que es bueno para él, por la
razón de que eso conviene a la bondad Divina, se probará entonces no sólo que Dios ha impreso en
la mente humana una idea de El mismo sino que también ha escrito allí, en bella y clara letra, todo
lo que el hombre debe conocer o creer sobre Dios, todo cuanto debe hacer para acatar sus
mandatos, y que la divinidad lo ha dotado de una voluntad y de unos afectos en todo acordes con
esos mandamientos. Sin duda, todo el mundo estará de acuerdo en que es mejor para el hombre no
andar a tientas en la oscuridad tras el conocimiento, según dice San Pablo que iban en pos de Dios
los gentiles (Hechos, XVII, 27) en lugar de que su voluntad fuese contraria a su entendimiento, y
su apetito se opusiera a su obligación. Los que siguen a la Iglesia de Roma afirman que es más
ventajoso para el hombre y más acorde con la bondad de Dios que haya en la tierra un juez
infalible para resolver las controversias; que, por tanto, lo hay. Y yo, por el mismo motivo, les digo
que es mejor para los hombres que cada hombre sea infalible, y dejo a su consideración si el peso
de este argumento les llevará a admitir que, en efecto, cada hombre es infalible. Me parece una
razón muy sólida el afirmar que «puesto que Dios, infinitamente sabio, ha hecho tal o cual cosa,
está bien que así sea», pero creo que es «confiar excesivamente en nuestra propia sabiduría,
afirmar que puesto que yo pienso que algo es lo mejor, Dios lo habrá hecho, por tanto, según
pienso». Y con referencia al asunto que estamos tratando, será inútil intentar demostrar con este
argumento que Dios ha impreso en la mente unas ideas innatas, ya que la experiencia cierta nos
muestra lo contrario. Pero la bondad divina no ha sido remisa con el hombre porque no le haya
dado esos rasgos naturales del conocimiento o no haya impreso esas ideas innatas en su mente,
pues le ha proporcionado esas facultades que son suficientes para que descubran por sí mismos
todo cuanto es necesario para los fines de este ser; y no dudo que también puede, sin necesidad de
principios innatos, llegar al conocimiento de un Dios y a las demás cosas que le conciernen, con lo
que se pone de manifiesto que un hombre puede hacer buen uso de sus habilidades naturales.

Habiendo Dios dotado al hombre de las facultades de conocimiento que éste posee, no tenía mayor
obligación por su bondad a inculcar en la mente del hombre esas nociones innatas que la que tiene
de construir para él puentes y casas habiéndolo dotado de razón, de manos y materiales necesarios
para tales obras. Sin embargo, hay pueblos en el mundo que, aunque ingeniosos, carece de puentes
y de casas y están mal provistos de ellos; de igual manera que existen otros completamente
desprovistos de la idea de Dios y principios morales, o, al menos, los que tienen son erróneos. Uno
y otro caso se podrían explicar porque nunca emplearon su ingenio con industria en ese sentido, ni
tampoco sus facultades y sus apetencias, sino que se conformaron con las opiniones, con los
hábitos y los objetos de su país en el mismo estado en que los hallaron, sin preocuparse del futuro.

Si vosotros o yo hubiéramos nacido en la bahía de Soldania, es muy probable que nuestros
pensamientos e ideas no excedieran las de los groseros hotentotes que allí habitan; y si al rey de
Virginia, Apochancanal se le hubiera educado en Inglaterra, hubiera sido, tal vez, tan consumado
teólogo y tan buen matemático como cualquiera de los que viven en esta isla. Porque la diferencia
existente entre ese rey y el inglés mejor ubicado estriba simplemente en esto: que el ejercicio de las
facultades de aquél no tuvo más campo que el que le marcaron los usos, maneras y nociones de su
país de origen, y que nunca se orientó hacia otras investigaciones diferentes o más profundas; de
tal manera que si no tuvo idea de Dios, ello se debe únicamente a que no desarrolló los
pensamientos que le habrían llevado a esta idea.

13. Distintos hombres tienen diferentes ideas sobre Dios

Estoy de acuerdo en que si existieran ideas impresas en la mente de los hombres se podría pensar
que la noción acerca de su Creador seria una de ellas, a manera de sello que Dios hubiera puesto a
su obra, para recordar al hombre su dependencia y su deber, y que las primeras muestras del
conocimiento humano tendría su origen en esta noción. Pero ¿cuánto tiempo tiene que transcurrir
antes de que los niños perciban semejante idea? Y cuando ésta aparece, ¿no se asemeja mas a la
opinión y noción que tiene el maestro que a una representación del Dios verdadero? Quien siga el
proceso mediante el que los niños alcanzan sus conocimientos observarán que los objetos que se les
presentan primero y más frecuentemente son los que dejan las primeras impresiones en su
entendimiento, y no encontrará ninguna huella en nada anterior. Además, se puede advertir con
facilidad que sus pensamientos no se amplían sino conforme se van familiarizando con una mayor
variedad de objetos sensibles, para retener en la memoria las ideas de esos objetos, para adquirir
la capacidad de combinar esas ideas y para extenderlas y unirlas de modos diferentes. Más
adelante demostraré de qué manera llegan los niños a forjar en la mente una idea como las que el
hombre tiene de Dios, mediante estos medios.

14. Ideas contrarias e inconsistentes de Dios bajo el mismo nombre

¿Cómo se puede pensar que las ideas que los hombres tienen sobre Dios obedecen a rasgos que el
mismo dedo de la divinidad ha grabado en la mente humana, cuando observamos que en un
mismo país, y bajo el mismo nombre, los hombres tienen ideas muy distintas, y aún contrarias e
incompatibles, y concepciones diversas acerca de El? El hecho de que todos coincidan en un
nombre o sonido malamente prueba que se trate de una noción innata de Dios.

15. Burdas ideas de Dios

¿Qué noción verdadera o tolerable sobre la deidad pueden tener los que reconocen y adoran a
cientos de dioses? Solamente el que se admita a más de un Dios muestra, con una evidencia total,
la ignorancia en que estos hombres están con respecto a El, y prueba que carecen de una noción
verdadera de Dios desde el momento en que excluyen de ella las cualidades de unidad, infinitud y
eternidad. Si a esto añadimos las burdas concepciones que tenían sobre la corporeidad divina que
expresaban en las imágenes y representaciones de sus dioses; si consideramos los idilios amorosos,
matrimonios, ayuntamientos, lujurias, disputas y otras muchas ruindades que ellos achacaban a
sus deidades, tendremos muy pocos motivos para concluir que el mundo pagano, es decir, la
mayor parte de la humanidad, tenía en su mente una idea de Dios como la que El mismo habría
impreso para evitar que el hombre se descarriara en este sentido. Y si probara la existencia de
impresiones innatas el argumento de asentimiento universal, que con tanto empeño se aduce, tan
sólo probaría: que Dios grabó en la mente de todos los hombres que hablan un mismo idioma un
nombre para que le designaran, pero no una idea de sí mismo, pues aunque esta gente concuerde
en el nombre, sin embargo tienen significados bastante diferentes para la cosa designada. Y a los
que me digan que la variedad de deidades que el mundo pagano adoraba no es sino una manera
figurada para expresar los distintos atributos de ese ser incomprensible, o las distintas misiones de
su providencia, les contestaré que
no entro en divagaciones sobre lo que quisieron significar en un principio; pero que nadie se
atreverá a sostener que el vulgo lo entendía como ellos. Y quien consulte el Viaje del obispo de
Verite (cap. 13), para no citar otros testimonios, podrá ver que la teología de los siameses admite
claramente una pluralidad de dioses o, mejor dicho, y según lo advierte juiciosamente el abate de
Choisy en su Journal du Voyage de Siam (pp. 107-111), no reconocen a ninguno, hablando con
propiedad.

16. La idea de Dios no es la misma en todas las naciones

Concede el que se diga que los hombres sabios de todos los países han llegado a tener una
concepción verdadera sobre la unidad y la infinitud de Dios; pero he de señalar, en primer lugar,
que esto excluye el asentimiento universal cuando nos referimos a las cosas divinas, con excepción
del nombre, porque siendo muy pocos los hombres sabios, tal vez uno entre mil, dicha
universalidad se nos queda muy corta; y, en segundo lugar, creo que aquella circunstancia
muestra de manera evidente que las nociones mejores y más verdaderas que han tenido los
hombres sobre Dios no fueron impresas en su mente, sino adquiridas por el pensamiento, la
reflexión y el buen uso de sus facultades, ya que fueron los hombres sabios y más reflexivos los
que, mediante un adecuado y cuidadoso empleo de sus pensamientos y raciocinios, llegaron a
alcanzar una noción verdadera en éste y otros asuntos; en tanto que la parte de hombres perezosos
e irreflexivos, que constituye con mucho un número mayor, recibieron sus nociones por azar,
recogiéndolas de la tradición común y de las concepciones vulgares, sin preocuparse para nada de
su veracidad. Y si fuera lógico pensar que la noción de Dios es innata, porque la hayan tenido
todos los hombres sabios, sería preciso, entonces, pensar que lo es la de la virtud, porque del
mismo modo la han tenido todos los hombres sabios. Evidentemente éste fue el caso de toda la
gentilidad; y ni aún entre los judíos, cristianos y mahometanos, todos los cuales reconocieron la
existencia de un solo Dios, y pese al cuidado que se tuvo por proporcionarles una noción verdadera
de Dios, ha sido esa una doctrina que haya podido prevalecer entre ellos como para que todos
tengan la misma y la verdadera idea sobre El. Y ¿cuántos no habrá todavía entre nosotros que, si
se investigara el caso, se imaginan a Dios mediante la representación de un hombre sentado en el
cielo, y tienen otros conceptos absurdos e indignos acerca de él? Han existido entre los cristianos,
lo mismo que entre los turcos, sectas enteras que han afirmado con toda seriedad que la deidad es
corpórea y tiene forma humana; y aunque entre nosotros haya ahora solamente unos pocos que
profesen el antropomorfismo (conozco algunos que lo admiten), creo, sin embargo, que quien se
preocupe por averiguarlo encontrará entre los cristianos ignorantes y con poca instrucción
muchos que opinan así. Basta hablar con campesinos, cualquiera que sea su edad, o con gente
joven, sean de la condición que sean, para observar que aunque el nombre de Dios no se les cae de
la boca, sin embargo son tan extravagantes, bajas y dignas de lástima las naciones a que aplican
ese nombre, que nadie podría imaginar que fueron enseñadas por hombres racionales, y mucho
menos escritas por el dedo del mismo Dios. Tampoco comprendo por qué Dios ha de tenerse por
menos bondadoso por darnos una mente desprovista de una idea impresa acerca de Sí mismo, que
por enviarnos desnudos al mundo o porque no traigamos al nacer ningún arte o habilidad. Porque
estamos dotados de las facultades necesarias para alcanzar todo eso, será falta de ingenio y
reflexión nuestra, y no de largueza por parte suya, el que carezcamos de ello, tan cierto es que hay
un Dios, como que son iguales los ángulos opuestos que se obtienen por la intersección de dos
líneas rectas. Nunca ha existido ninguna criatura racional que, dedicándose con seriedad a
examinar la verdad de esas proposiciones, pueda menos que asentir a ella; aunque, sin duda
alguna hay muchos hombres que por no haber llevado en ese sentido el pensamiento son tan
ignorantes de la una como de la otra. Y si alguien considera conveniente llamar a esto
asentimiento universal (lo que seria el colmo de su alcance), no me opongo a tal cosa; pero un
asentimiento universal como ése no es más prueba de que sea innata la idea de Dios, de que lo sea
también la idea de los ángulos a que antes nos referíamos.

17. Si no es innata la idea de Dios, no se puede suponer que ninguna otra lo sea

Porque, aunque el conocimiento de la existencia de Dios sea el hallazgo más natural de la razón
humana, y, sin embargo, como me parece evidente de cuanto se ha dicho, la idea acerca de El no es
innata, pienso que ninguna otra idea podrá entonces aspirar a ese rango. Porque si Dios hubiera
grabado alguna impresión o rasgo en el entendimiento de los hombres, sería lo más razonable que
habría sido una idea clara y uniforme sobre Sí mismo, siempre que nuestra limitada capacidad
fuese capaz de recibir un objeto tan incomprensible e infinito. Pero el hecho de que nuestras
mentes carezcan de esa idea, en un principio, siendo la más importante para nosotros, es un
argumento sólido contra cualquier otra impresión que se pretenda innata. Confieso que, hasta
donde puedo observar, no he conseguido encontrar ninguna, y me gustaría mucho que alguien me
ilustrara sobre el particular.

18. La idea de sustancia no es innata

Confieso que existe otra idea que seria muy ventajoso que tuvieran los hombres, ya que
generalmente se refieren a ella como si la tuvieran, y se trata de la idea de sustancia, que no
tenemos ni podemos alcanzar por medio de la sensación o de la reflexión. Si la naturaleza se
hubiera preocupado de dotarnos de alguna idea, bien podríamos esperar que se tratara de la de
sustancia, ya que no podemos procurárnosla nosotros mismos por medio de nuestras propias
facultades; sin embargo, vemos que, por el contrario, ya que esta idea no la alcanzamos por las
mismas vías por las que llegan a la mente las demás, no la poseemos, de hecho, como una idea
clara; de tal manera que la palabra sustancia no significa nada, si no es una incierta suposición de
no se sabe qué idea (es decir, alguna cosa de la que no tenemos ninguna particularidad distinta y
positiva), idea que consideramos como substratum o soporte de aquellas otras que sí conocemos .

19. Dado que ninguna idea es innata, ninguna proposición lo puede ser

A pesar de todo lo que hables, por tanto, de principios innatos, sean especulativos o prácticos,
existe la misma probabilidad al decir que un hombre tiene en la bolsa 100 libras y al tiempo negar
que traiga un penique, un chelín, una corona o cualquier otra moneda que sirva para sumar
aquella cantidad, que la que hay para pensar que ciertas proposiciones son innatas, cuando las
ideas a que se refieren no pueden serlo en modo alguno. El que algunas proposiciones sean
asentidas de manera general, no prueba en absoluto que las ideas que en ella se expresan sean
innatas, porque en la mayoría de los casos, y sea cual sea la manera en que están allí las ideas, será
preciso conceder asentimiento a las palabras que expresan la conformidad o inconformidad
respecto a tales ideas. Cualquier hombre que tenga una idea verdadera de Dios y del culto que se
le dé, asentirá esta proposición: «Dios debe ser objeto de un culto», si la proposición está
expresada en un dialecto que esa persona comprende; y todo hombre razonable que no le haya
prestado atención hoy, mañana estará dispuesto a asentir a esa proposición; sin embargo,
podemos suponer que existen hoy millones de hombres que desconocen una o ambas ideas. Porque
si admitirnos que los salvajes y la mayoría de los campesinos tienen una idea de Dios y del culto
que se le debe (lo que no se estará muy dispuesto a pensar con ellos), de todos modos creo que son
muy pocos los niños de quienes se puede pensar que tienen esas ideas, las cuales, por tanto,
tuvieron que empezar a tenerse en algún momento dado, y entonces es cuando, de igual manera, se
empezará a asentir a aquella proposición, para en lo sucesivo no tratar de nuevo el asunto. Pero
dicho asentimiento, que se concede a una proposición cuando se escucha por primera vez, no
prueba que las ideas que conlleva sean innatas, como no lo prueba que un ciego de nacimiento (a
quien mañana extirparán las cataratas) haya tenido las ideas innatas de sol, de luz, de lo
anaranjado o de lo amarillo, sólo porque cuando recobre la vista asentirá con toda seguridad a las
siguientes proposiciones: «El sol es luminoso, el azafrán es amarillo». Por tanto, si semejante
asentimiento concedido al escucharse una proposición por vez primera no es prueba de que las
ideas que ella conlleva son innatas, menos podrá serlo de que lo sean las mismas proposiciones que
las contienen. Y si existe alguna proposición que tenga ideas innatas me gustaría mucho que me
dijeran cuál es y cuántas son.

20. No existen ideas innatas en la memoria

A todo esto permítaseme añadir que si existieran en la mente ideas innatas, sin que la mente
pensara en ellas de un modo exhaustivo deberían alojarse en la memoria, de donde se expondrían
a la vista por medio de la reminiscencia; es decir, serian conocidas cuando se recordaran como
perfecciones que estaban antes en la mente, a menos que pueda existir reminiscencia sin recuerdo.

Porque recordar es tanto como percibir algo con la memoria o con conciencia de que se trataba de
algo conocido o percibido antes. Si esto falta, toda idea que le llega a la mente es nueva y no es una
idea recordada, ya que la conciencia de que era algo que estaba previamente en la mente es lo que
diferencia el recordar de los demás modos de pensar. Toda idea que la mente nunca recibió, no
estuvo jamás en ella, Toda idea en la mente, o bien es una percepción efectiva, o bien, habiéndolo
sido, está de tal suerte en la mente que por medio de la memoria puede llegar a ser una percepción
efectiva una vez más. Siempre que existe una percepción efectiva de una idea, sin concurso de la
memoria, esta idea parece como totalmente nueva y como desconocida antes por el entendimiento.

Siempre que la memoria muestra efectivamente una idea, es con conciencia de que antes había
estado en la mente y de que le es totalmente extraña. Si esto es o no así, cada uno lo podrá
corroborar personalmente, y en vista de ello quisiera se me diera el ejemplo de una idea de las que
se suponen innatas que alguien pudiera revivir y recordar previamente (antes de haber recibido
ninguna impresión de ella por los días que más adelante mencionaremos), sin cuya conciencia de
una percepción anterior no hay recuerdo; y toda idea que llegue a la mente sin tal conciencia no es
una idea recordada ni procede de la memoria, ni puede afirmarse de ella que estuviera en la mente
antes de su aparición. Porque lo que no se muestra a la vista de manera evidente, o lo que no está
en la memoria, no está en ningún modo en la mente, y es lo mismo que afirmar que nunca estuvo
en ella. Supongamos un niño que tuvo la facultad de la vista hasta el momento en que pudo
distinguir los colores; pero al que después las cataratas dejaron en tinieblas, y por espacio de
cuarenta o cincuenta años vivió en la oscuridad, de tal manera que perdió completamente todo
recuerdo de las ideas que tuvo sobre los colores. Este fue el caso de un ciego con el que en una
ocasión conversé y que había perdido la vista a causa de unas viruelas que tuvo de niño, y que no
tenia más noción de los colores que un ciego de nacimiento. Y pregunto: ¿este hombre podía tener
entonces en su mente algunas ideas sobre los colores, lo mismo que un ciego de nacimiento? Y creo
que nadie diría que ni uno ni otro pudieran tener en la mente alguna idea de colores. Pero
extírpenles las cataratas, y será entonces cuando la idea de los colores (que no recuerda) será
transmitida de nuevo a su mente, en virtud de su vista recobrada, sin conciencia de haber tenido
un conocimiento previo después del cual podrá recordarlos y traerlos a la mente que estaba en las
tinieblas. En este caso, todas estas ideas de colores que pueden, no estando a la vista, ser revividas,
con conciencia de que fueron conocidas antes, estaban en la memoria, y en este sentido se afirma
que están en la memoria. Todo esto nos sirve para concluir que toda idea que está en la mente, sin
que esté efectivamente a su vista, sólo está allí en cuanto que está en la memoria; y si no lo está, es
que no está en la mente, y si está en la memoria ésta no podrá sacarla de la mente a la vista sin
que se tenga la percepción de que procede de la memoria, o sea, de que se trata de algo que antes
se conocía y ahora se recuerda. Si, por tanto, existieran ideas innatas, tendrán que estar en la
memoria o no estarían en ningún lugar de la mente; y si están en la memoria es que se las puede
revivir sin que sea necesaria ninguna impresión externa; y siempre que estén en presencia de la
mente se la recordará; es decir, llevarán con ellas una percepción de que no son algo
completamente nuevo para la mente. Existiendo tal diferencia siempre entre lo que está y lo que
no está en la memoria ni en la mente, todo aquello que no está en la memoria, cuando aparece en
la mente se muestra como totalmente nuevo y antes desconocido; y todo lo que está en la memoria
o en la mente, cuando ha sido sugerido por la memoria, aparece como no-nuevo, sino que la mente
lo encuentra en sí misma y sabe que estuvo antes ahí. Por ello podrá comprobarse si hay alguna
idea innata en la mente, antes de que existiera una impresión hecha por la sensación o por la
reflexión. Y además, quisiera conocer a un hombre que, habiendo alcanzado el uso de razón o en
cualquier otro momento de su vida, se acordara de alguna de esas ideas que no le hubiesen
parecido nuevas desde su nacimiento. Si alguien afirma que existen ideas en la mente que no estén
en la memoria, le rogaría que lo explicara e hiciera inteligible esta afirmación.

21. Los principios que se afirman innatos no lo son, por su escasa utilidad o por su poca certeza

Además de cuanto he dicho existe otra razón para hacerme dudar de que sean innatos los
principios a que me he referido o a otros cualesquiera. Plenamente persuadido de que el Dios
infinitamente sabio hizo todas las cosas en concordancia con su perfecta sabiduría, no logro
comprender por qué se tiene que suponer que haya impreso unos principios universales en las
mentes de los hombres, dado que esos principios que se pretenden innatos y que conciernen a lo
especulativo no son de mucha utilidad, y lo que concierne a la práctica no son de suyo evidentes, y
dado que ni los unos ni los otros se pueden distinguir de otras verdades que no se suponen innatas.

Porque, ¿con qué motivo estarían grabados algunos caracteres en la mente par el dedo de Dios, no
siendo más claros que aquellos que le llegan más tarde o de los que no pueden distinguirse? Si
alguien piensa que existen tales ideas y proposiciones innatas que por su claridad y utilidad
pudieran distinguirse de todo lo que sea adquirido en la mente, no le sería difícil decirnos cuáles
son; y entonces todo el mundo podría ser un juez idóneo para determinar si son o no innatas.

Porque si existen tales ideas o impresiones innatas, diferentes claramente de cualquier otra
percepción o conocimiento, todo el mundo se podrá convencer de ellas por sí mismo. Acerca de la
evidencia de estas supuestas máximas innatas ya he hablado, y más adelante tendré ocasión de
referirme a su utilidad.

22. Las diferencias en los descubrimientos que hacen los hombres dependen del uso diferente que
hacen de sus facultades

Para terminar, hay algunas ideas que se ofrecen francamente por si mismas al entendimiento de
los hombres, y existen algunas verdades que se deducen de algunas ideas en el momento en que la
mente las formula en proposiciones. Existen otras verdades que requieren una sucesión de ideas
colocadas en orden, el compararlas de manera adecuada y ciertas deducciones hechas con
atención, antes de que puedan descubrirse y se les otorgue asentimiento. Algunas de la primera
clase han sido tomadas equivocadamente como innatas, a causa de su recepción fácil y general.

Pero lo cierto es que las ideas y las nociones distan tanto de haber nacido con nosotros como las
artes y las ciencias, aunque realmente algunas se ofrezca antes a nuestras facultades que otras y,
por tanto, sean de aceptación más general. Pero incluso esto depende del modo como se empleen
los órganos de nuestro cuerpo y las potencias de nuestra mente, porque Dios dotó a los hombres de
facultades o medios para descubrir, recibir y retener verdades, según la manera en que se usen
esas facultades y medios». La enorme diferencia de nociones existentes entre los hombres se debe a
la manera diferente en que las facultades son ejercidas. Unos, los más, tomando las cosas bajo
palabra, emplean mal su facultad de asentimiento al someter, por pereza, sus mentes al dictado y
dominio de otros, en doctrinas que, como un deber, les correspondería examinar de manera
cuidadosa y no seguirlas a ciegas con una fe intuitiva. Otros, aplicando sus pensamientos
solamente a unas pocas cosas, llegan a conocer lo suficiente, para alcanzar en ellas un grado
elevado de conocimiento, pero por no haberse dedicado a la búsqueda de otras investigaciones, se
mantienen en la ignorancia de todo lo demás. De esta manera, el que los tres ángulos de un
triángulo sean iguales a dos rectos es una verdad tan cierta como cualquier otra pueda ser, y creo
que es más evidente que muchas de esas proposiciones que se tienen por principios. Sin embargo,
existen millones de hombres, todo la expertos que se quiera en otras cosas que ignoran totalmente
esa verdad, porque nunca se pusieron a pensar sobre esos ángulos. Y quien conozca esa
proposición puede, sin embargo, ignorar de manera absoluta la verdad de otras proposiciones,
aun matemáticas, y que son tan claras y tan evidentes como aquella, sólo porque en la búsqueda de
verdades matemáticas se detuvo sin proseguir más adelante con su pensamiento. Igualmente
puede suceder respecto a las nociones que tengamos sobre el ser de la deidad, porque cuando no
existe ninguna verdad que un hombre pueda encontrar por sí mismo con mayor evidencia que la
existencia de Dios, sin embargo, quien se conforme con aceptar las cosas tal como las encuentra en
el mundo, conforme le halaguen los gustos y las pasiones sin preocuparse por investigar un poco
sus causas, sus fines y su admirable disposición, y de reflexionar de manera preocupada y atenta
sobre el particular, un hombre así puede vivir durante largo tiempo sin ninguna noción de Dios. Y
si alguien, a través de la conversación, le hubiera inculcado semejante noción en su cabeza,
posiblemente creería en ella; pero si nunca se tomó el trabajo de examinarla, el conocimiento que
haya adquirido no será mejor que el que tuviera una persona a quien habiéndosele dicho, que los
tres ángulos de un triangulo son igual a dos rectos, lo aceptara bajo palabra, sin pararse en la
demostración. En tal caso podrá asentir a la existencia de Dios como una opinión probable, pero
sin que por eso tenga un conocimiento su verdad la cual podría haber alcanzado con claridad y
evidencia de haber empleado sus facultades de manera cuidadosa. Todo lo cual, dicho sea de paso,
sirve para demostrar «de qué manera depende nuestro conocimiento del buen uso de esas
potencias de las que nos ha dotado la naturaleza», y lo poco que depende de esos principios innatos
que inútilmente se suponen impresos en el hombre para servirle de guía; principios que todos los
hombres tendrían que conocer necesariamente si existieran, ya que de otro modo su existencia
sería inútil. Y dado que la totalidad de los hombres no los conocen, y no pueden distinguirlos
siquiera de otras verdades adventicias, bien podemos afirmar que tales principios no existen.

23. Los hombre deben pensar y conocer por sí mismos

Al haber dudado de esta manera de la existencia de los principios innatos sé que me expongo a un
número incalculable de censuras, pues se me acusa de destruir los antiguos cimientos del
conocimiento y de la certidumbre. Pero, al menos, he logrado convencerme de que el camino que
he seguido, que coincide con la verdad, les da mayor firmeza a esos cimientos. Y puedo afirmar
con seguridad que en el discurso que sigue a continuación ni me he propuesto desviarme de esto ni
someterme ante ninguna autoridad; mi única meta ha sido la verdad, y cuando me ha parecido
que a ella me dirigía, allí se han encauzado imparcialmente mis pensamientos, sin importarme si
las pisadas de otro habían dejado o no su huella en ese camino. No es que no tenga el respeto que
merecen las opiniones ajenas; pero a pesar de todo, es a la verdad a quien se debe el mayor
respeto, y espero que no se me tilde de arrogante por decir que, tal vez, adelantaríamos más en el
descubrimiento de conocer racional y contemplativo si lo buscásemos en su origen, en la
consideración de las cosas mismas y empleando, mejor que los pensamientos de los demás, los
nuestros propios. Porque pienso que con la misma razón podemos concebir la esperanza a través
de los ojos ajenos, que conocer las cosas mediante el entendimiento de los demás. En la medida en
que nosotros mismos consideramos que alcanzamos la verdad y la razón, en esa misma medida
alcanzamos un conocimiento real y verdadero. El hecho de que en nuestro cerebro circulen las
opiniones de otros hombres, por más que sean verdaderas, no nos hace ni un ápice más
conocedores. Lo que en ellos fue ciencia, en nosotros no supone sino obstinación mientras
otorguemos asentimiento reverentemente a un nombre y no utilicemos, como aquellos hicieran, la
razón para comprender las verdades que los hicieron famosos. Aristóteles fue, en verdad, un
hombre de extensos conocimientos; pero nadie pensó que fuera un sabio porque hubiese abrazado
ciegamente las opiniones de otro y las sostuviese confiadamente. Y si no hizo de él un filósofo el
tomar sin examen los postulados de otra persona, supongo que eso tampoco convertirá en filósofo
a ningún otro. En las ciencias, cada uno posee tanto como en realidad sabe y comprende: lo que se
cree y acepta solamente bajo palabra no son sino fragmentos que, aunque resulten muy valiosos
cuando se ensamblan en la pieza entera, poco aumentan el capital de quien los recoge. Semejante
riqueza prestada, como el dinero en los cuentos de hadas, aunque sea oro en mano de quien lo
recibe, se transformará en hojarasca y polvo cuando se intente emplear.

24. Cuál es el origen de la opinión favorable a los principios innatos

Sé perfectamente que cuando se hallaron unas proposiciones generales que al ser comprendidas no
admitían duda, la conclusión más fácil fue afirmar que eran innatas. Una vez aceptada esta
conclusión, los perezosos se vieron libres del trabajo de investigar, y eso mismo impidió la
búsqueda de los que tenían dudas respecto a todo lo concerniente a lo que se había declarado
innato. Y resultó ventajoso en gran medida, para quienes se consideraban a sí mismos como
profesores y maestros, poder convertir en principio de todos los principios el que los principios son
incuestionables; porque habiéndose establecido el axioma de que existen unos principios innatos,
se obligó a sus partidarios a recibir alguna doctrina como innata, lo que resultó igual que
impedirles el empleo de su propia razón y juicio, y obligarlos a creer y a recibir esa doctrina bajo
palabra y sin examen posterior. Colocados de esta forma en una acritud de fe ciega, fue fácil
dominarlos y servirse de ellos para los fines que pretendieron los que tuvieron la habilidad y
responsabilidad de educarlos y dirigirlos. Pues no es pequeño el poder que se otorga a un hombre
sobre otro cuando éste tiene autoridad para dictarle principios y enseñarle verdades indiscutibles,
y para hacer que un hombre comulgue, como si fuera un principio innato, con todo aquello que
pueda servir para los fines particulares de quien lo enseña. En cambio, si hubieran examinado las
distintas maneras por las que los hombres alcanzan muchas verdades universales, habrían hallado
que se forman en la mente mediante una reflexión adecuada sobre el ser de las cosas mismas, y
que se descubren por el uso de esas facultades de que la naturaleza les dotó para recibir y juzgar,
siempre y cuando se hayan empleado para esos efectos de manera correcta.

25. Conclusión

El propósito del discurso siguiente es el de mostrar cómo actúa el entendimiento, tema del que me
ocuparé después de haber advertido de antemano que para limpiar el camino hacia los
fundamentos que concibo como únicos y verdaderos sobre los que establecer aquellas nociones que
podemos tener sobre nuestro propio conocer, hasta este momento me he encontrado en la
necesidad de dar las razones que tengo para poner en duda la existencia de los principios innatos.

Y dado que algunos de los argumentos en contra de tales principios se apoyan en opiniones
comúnmente recibidas, me he sentido en la obligación de dar varias cosas por supuestas, lo que
difícilmente podrá evitar que se proponga la tarea de mostrar la falsedad o la improbabilidad de
cualquier doctrina. Sucede, en los discursos polémicos, lo mismo que en los asaltos de las ciudades,
donde con tal de que el terreno donde se emplazan las baterías sea firme, no se averigua ni a quien
se ha tomado ni a quién pertenece, y solamente interesa que sea el adecuado para el propósito que
se persigue. Sin embargo, en el resto de este discurso me propongo construir un edificio uniforme
y de partes bien ensambladas, hasta donde me sea posible por mi experiencia y observación, y
tengo la esperanza de edificarlo sobre bases tan sólidas que no me obliguen a apuntalarlo con
soportes y contrafuertes que descansaran sobre cimientos tomados de prestado; o, al menos, si lo
mío resultara ser un castillo en el aire, trataría que fuera todo de una pieza y no se desmoronara.

Por lo demás, quiero advertir a mi lector que no espere demostraciones innegables y convincentes,
a no ser que se me conceda el privilegio, que no pocas veces se ha dado a otro, de que mis
principios se tengan por supuestos, porque entonces no dudo de que también yo sabré hacer
demostraciones. Todo lo que diré en favor de los principios sobre los cuales procede es que
únicamente puedo apelar a la experiencia y observación sin prejuicios de cada uno, para que
afirmen si son o no verdaderos; y eso es todo lo que puede pedirse de un hombre cuya única
pretensión es exponer sincera y abiertamente su propia conjetura respecto a un asunto un tanto
oscuro, y que no persigue más propósito que el de buscar la verdad, sin ningún prejuicio.

LIBRO II

CAPÍTULO 1

De las ideas en general y de su origen

§ 1. La idea es el objeto del pensamiento. Puesto que todo hombre es consciente para sí mismo de que
piensa, y siendo aquello en que su mente se ocupa, mientras está pensando, las ideas que están allí, no
hay duda de que los hombres tienen en su mente varias ideas, tales como las expresadas por las palabras
blancura, dureza, dulzura, pensar, moción, hombre, elefante, ejército, ebriedad y otras. Resulta,
entonces, que lo primero que debe averiguarse es cómo llega a tenerlas. Ya sé que es doctrina recibida
que los hombres tienen ideas innatas y ciertos caracteres originarios impresos en la mente desde el
primer momento de su ser. Semejante opinión ha sido ya examinada por mí con detenimiento, y supongo
que cuanto tengo dicho en el libro anterior será mucho más fácilmente admitido una vez que haya
mostrado de dónde puede tomar el entendimiento todas las ideas que tiene, y por qué vías y grados
pueden penetrar en la mente, para lo cual invocaré la observación y la experiencia de cada quien.

§ 2. Todas las ideas vienen de la sensación o de la reflexión. Supongamos, entonces, que la mente sea,
como se dice, un papel en blanco, limpio de toda inscripción, sin ninguna idea. ¿Cómo llega a tenerlas?
¿De dónde se hace la mente con ese prodigioso cúmulo, que la activa e ilimitada imaginación del
hombre ha pintado en ella, en una variedad casi infinita? ¿De dónde saca todo ese material de la razón y
del conocimiento? A esto contesto con una sola palabra: de la experiencia; he allí el fundamento de todo
nuestro conocimiento, y de allí es de donde en última instancia se deriva. Las observaciones que
hacemos acerca de los objetos sensibles externos o acerca de las operaciones internas de nuestra mente,
que percibimos, y sobre las cuales reflexionamos nosotros mismos, es lo que provee a nuestro
entendimiento de todos los materiales del pensar. Esta son las dos fuentes del conocimiento de donde
dimanan todas las ideas que tenemos o que podamos naturalmente tener.

§ 3. Los objetos de la sensación, uno de los orígenes de las ideas. En primer lugar, nuestros sentidos,
que tienen trato con objetos sensibles particulares, transmiten respectivas y distintas percepciones de
cosas a la mente, según los variados modos en que esos objetos los afectan, y es así como llegamos a
poseer esas ideas que tenemos del amarillo, del blanco, del calor, del frío, de lo blando, de lo duro, de lo
amargo, de lo dulce, y de todas aquellas que llamamos cualidades sensibles. Cuando digo que eso es lo
que los sentidos transmiten a la mente, quiero decir que ellos transmiten desde los objetos externos a la
mente lo que en ella produce aquellas percepciones. A esta gran fuente que origina el mayor número de
las ideas que tenemos, puesto que dependen totalmente de nuestros sentidos y de ellos son transmitidas
al entendimiento, la llamo sensación.

§ 4. Las operaciones de nuestra mente, el otro origen de las ideas. Pero, en segundo lugar, la otra
fuente de donde la experiencia provee de ideas al entendimiento es la percepción de las operaciones
interiores de nuestra propia mente al estar ocupada en las ideas que tiene; las cuales operaciones, cuando
el alma reflexiona sobre ellas y las considera, proveen al entendimiento de otra serie de ideas que no
podrían haberse derivado de cosas externas: tales son las ideas de percepción, de pensar, de dudar, de
creer, de razonar, de conocer, de querer y de todas las diferentes actividades de nuestras propias mentes,
de las cuales, puesto que tenemos de ellas conciencia y podemos observarlas en nosotros mismos,
recibimos en nuestro entendimiento ideas tan distintas como recibimos de los cuerpos que afectan a
nuestros sentidos. Esta fuente de ideas la tiene todo hombre en sí mismo, y aunque no es un sentido, ya
que no tiene nada que ver con objetos externos, con todo se parece mucho y puede llamársele con
propiedad sentido interno. Pero, así como a la otra la llamé sensación, a ésta la llamo reflexión, porque
las ideas que ofrece son sólo aquellas que la mente consigue al reflexionar sobre sus propias operaciones
dentro de sí misma. Por lo tanto, en lo que sigue de este discurso, quiero que se entienda por reflexión
esa advertencia que hace la mente de sus propias operaciones y de los modos de ellas, y en razón de los
cuales llega el entendimiento a tener ideas acerca de tales operaciones. Estas dos fuentes, digo, a saber:
las cosas externas materiales, como objetos de sensación, y las operaciones internas de nuestra propia
mente, como objetos de reflexión, son, para mí, los únicos orígenes de donde todas nuestras ideas
proceden inicialmente. Aquí empleo el término “operaciones” en un sentido amplio para significar, no
tan sólo las acciones de la mente respecto a sus ideas, sino ciertas pasiones que algunas veces surgen de
ellas, tales como la satisfacción o el desasosiego que cualquier idea pueda provocar.

§ 5. Todas nuestras ideas son o de la una o de la otra clase. Me parece que el entendimiento no tiene el
menor vislumbre de alguna idea que no sea de las que recibe de unos de esos dos orígenes. Los objetos
externos proveen a la mente de ideas de cualidades sensibles, que son todas esas diferentes percepciones
que producen en nosotros: y la mente provee al entendimiento con ideas de sus propias operaciones. Si
hacemos una revisión completa de todas estas ideas y de sus distintos modos, combinaciones y
relaciones, veremos que contienen toda la suma de nuestras ideas, y que nada tenemos en la mente que
no proceda de una de esas dos vías. Examine cualquiera sus propios pensamientos y hurgue a fondo en
su propio entendimiento, y que me diga, después, si todas las ideas originales que tiene allí no son de las
que corresponden a objetos de sus sentidos, o a operaciones de su mente, consideradas como objetos de
su reflexión. Por más grande que se imagine el cúmulo de los conocimientos alojados allí, verá, si lo
considera con rigor, que en su mente no hay más ideas que las que han sido impresas por conducto de
una de esas dos vías, aunque, quizá, combinadas y ampliadas por el entendimiento con una variedad
infinita, como veremos más adelante.

6. Lo que se observa en los niños

Quien considere atentamente el estado de un niño recién llegado al mundo, tendrá escasos motivos para
pensar que está repleto de las ideas que constituyen el material de sus conocimientos futuros. Se llega a
proveer de estas ideas de manera gradual, y aunque las cualidades mas evidentes y familiares son las que
se imprimen antes de que la memoria comience a llevar un registro del tiempo y del orden, es frecuente,
con todo, que ciertas cualidades raras se presenten tan tarde que son pocos los hombres que no pueden
recordar el tiempo en que las conocieron por vez primera; y si valiera la pena, no hay duda de que sería
posible observar cómo un niño tiene muy pocas ideas, incluso de las comunes, antes de hacerse hombre.

Pero como todos los que nacen en este mundo se hallan rodeados de cuerpos que continuamente y de
manera diversa les afectan, una gran variedad de ideas son impresas en la mente de los niños, se tenga o
no el cuidado de enseñárselas. La luz y los colores en todas partes se encuentran en una disposición
constante de causar impresiones, con sólo que el ojo esté abierto; el sonido y algunas cualidades
tangibles no dejan de afectar a los sentidos que le son propios, y de ese modo penetran en la mente. Sin
embargo, creo que se concederá sin dificultad que si se tuviera a un niño en un lugar en que sólo viera el
negro y el blanco hasta hacerse hombre, no tendría más ideas del escarlata o del verde que la que podría
tener del saber de un ostión o de la piña aquel que, desde su infancia, jamás hubiera probado estos
alimentos.

7. Los hombres tienen distintas ideas según la diferencia con los objetos que entran en contacto

Por tanto, los hombres se proveen de mayor o menor ideas simples que proceden del exterior, según que
los objetos con los que entran en contacto presenten mayor o menor variedad, lo mismo que sucede
respecto a las ideas procedentes de las operaciones internas de la mente, según que el hombre sea más o
menos reflexivo. Porque, si bien es cierto que quien contempla las operaciones de su mente no puede
menos que tener ideas sencillas y claras sobre dichas operaciones, sin embargo, a no ser que vuelva su
pensamiento en esa dirección para considerarlas atentamente, no llegará a tener mas ideas claras de esas
operaciones de su mente y de todo lo que allí pueda observarse que las ideas particulares que podría
tener de cualquier paisaje o de las partes y movimientos de un reloj, aquel que no dirija sus ojos hacia
estos objetos y no repare cuidadosamente en sus partes. Puede suceder que el cuadro o el reloj estén
situados de manera tal que todos los días pase junto a ellos, pero a pesar de ello tendrá una idea confusa
de todas las partes de que éstos se componen, en tanto no se dedique a considerar cuidadosamente cada
una en particular.

8. Las ideas de reflexión son más tardías porque requieren atención.

Y he aquí la razón por la que es necesario que transcurra algún tiempo antes de que la mayoría de los
niños tengan ideas sobre las operaciones de sus mentes, y por qué muchas personas no tienen, durante su
vida, ninguna idea muy clara y perfecta de la mayor parte de esas operaciones. Porque, aunque estén
incurriendo constantemente en la mente, sin embargo, como si se tratase de visiones flotantes, no
imprimen huellas lo suficientemente profundas para dejar en la mente ideas claras, distintas y duraderas
hasta que el entendimiento, volviendo sobre sí mismo, reflexiona acerca de sus propias operaciones y las
convierte en el objeto de su propia contemplación. Cuando los niños entran en el mundo, se hallan
rodeados de casas nuevas, las cuales, por una constante solicitud de sus sentidos, están llamando
continuamente a la mente hacia ellas obligándola a fijarse en lo nuevo, lo que produce un gusto por la
variedad de objetos cambiantes. De esta manera, los primeros años se emplean generalmente en mirar
hacia fuera; y como, por otra parte, las ocupaciones de los hombres los llevan a familiarizarse con lo que
se encuentra en el exterior, el niño crece con la atención constantemente dedicada a las sensaciones
externas, y pocas veces se detiene a pensar en lo que ocurre en su interior, hasta que alcanza la madurez;
y algunos hay que ni entonces lo hacen.

9. El alma empieza a tener ideas cuando comienza a percibir

Preguntar en qué momento tiene ideas un hombre es igual que preguntar cuándo comienza a percibir, ya
que tener ideas y percibir son la misma cosa. Sé que es opinión aceptada que el alma siempre piensa, y
que, mientras existe, constantemente tiene en sí misma una percepción actual de ciertas ideas, y que ese
pensar actual es tan inseparable del alma como lo es del cuerpo la extensión actual. Sí esto es cierto,
preguntar por el comienzo de las ideas de un hombre es lo mismo que inquirir por el comienzo de su
alma; porque, según eso, el alma y sus ideas, como el cuerpo y su extensión, empezarán a existir al
mismo tiempo.

10. El alma no piensa siempre, ya que esto no puede probarse

Pero que se suponga que el alma exista con anterioridad, o simultáneamente o después de los primeros
rudimentos u organización, o al inicio de la vida en el cuerpo, es algo que dejo a la discusión de quienes
lo hayan pensado más detenidamente que yo. Admito que soy de esos que poseen un alma obtusa que no
se percibe a si misma en constante contemplación de ideas; ni tampoco imagino que sea más necesario el
que la mente esté siempre reflexionando o que el cuerpo esté siempre en movimiento, ya que según
concibo, la percepción de ideas es para el alma lo que el movimiento para el cuerpo: no su esencia, sino
tan sólo una de sus operaciones, Por ello, por más que se suponga que la acción más propia del alma es
el pensar, no hace falta, sin embargo, creer que siempre está pensando, que siempre está activa. Ese, tal
vez, sea el privilegio del Autor infinito y Conservador de todas las cosas, «que nunca se adormece ni
duerme»; pero no es acorde con ningún ser finito, o por lo menos con el alma humana. Sabemos de
manera cierta y por experiencia que algunas veces pensamos, y de aquí podemos extraer esta conclusión
infalible: existe algo, en nosotros que tiene el poder de pensar; pero si piensa perpetuamente o no esa
sustancia es algo de lo que no podemos estar mas seguros que lo que la experiencia nos informa. Porque
afirmar que el pensar actual es esencial al alma e inseparable de ella, es caer en una petición de principio
y no supone aportar ninguna prueba por medio de la razón, lo cual es necesario, cuando no se trata de
una proposición por sí misma evidente. Pero que sea cierto que esta proposición «que el alma piensa
siempre» sea de suyo evidente y a la que todo el mundo asiente una vez la oye, es algo que dejo al
dictado del género humano. Se pone en duda si pensé o no durante toda la noche anterior; como es un
asunto de hecho, se incurre en petición de principio al aducir como prueba una hipótesis sobre la cosa
misma que se discute. De esta manera se podría probar cualquier cosa: bastaría suponer que todos los
relojes piensan mientras se mueve el péndulo para probar de manera indudable que mi reloj estuvo
pensando durante toda la noche anterior. Para quien no quiera mentir tiene que construir sus hipótesis
sobre hechos y demostrarlas por medio de la experiencia sensible, y no establecer una presunción de
hecho en favor de su hipótesis, es decir, suponer que el hecho es así. Semejante manera de probar se
reduce a esto: es necesario admitir que estuve pensando durante toda la noche anterior porque otra
persona supone que siempre estoy pensando, aun cuando yo mismo no pueda percibir que lo hago. Pero
los hombres que aman sus opiniones no sólo son capaces de suponer lo que se está cuestionando, sino de
alegar falsamente en materia de hecho. Pues de otra forma quien podría decir que es inferencia mía «que
una cosa no es, porque no somos conscientes de ella mientras dormimos». Yo no afirmo que no exista
un alma en un hombre porque no sea consciente de ella mientras duermo; pero si digo que en ningún
momento puede pensar, despierto o dormido, sin ser sensible de ello. Este ser sensible no es necesario
respecto a ninguna cosa, con excepción de nuestros pensamientos, para los que es y será siempre
necesario, en tanto que no podamos pensar sin tener conciencia de que pensamos.

11. El alma no es siempre consciente de que piensa

Admito que el alma en un hombre en estado de vigilia nunca está sin pensamiento, ya que esa es la
condición de ese estado. Pero que el dormir sin soñar no sea una acepción que haga referencia al hombre
en su totalidad, en mente y cuerpo, es algo que quizá merezca la pena que un hombre en estado de
vigilia considere, pues no resulta fácil concebir que alguien piense sin ser consciente de ello. Si el alma
piensa en un hombre dormido, sin tener conciencia de ello, pregunto si mientras piensa de ese modo
tiene algún placer o dolor, o si es capaz de experimentar felicidad o tristeza. Estoy seguro de que no lo
es más de lo que lo sería la cama o el suelo en que descansa; porque ser feliz o desgraciado sin ser
consciente de ello, me parece totalmente inconsecuente e imposible, O si acaso fuera posible que la
mente pueda, mientras el cuerpo duerme, tener por su cuenta sus pensamientos, sus placeres y
preocupaciones, su goce y su dolor, de los que el hombre no es consciente, es seguro que Sócrates
dormido y Sócrates despierto no son la misma persona; sino que el alma de Sócrates mientras duerme, y
Sócrates el hombre, compuesto de cuerpo y alma cuando está despierto, son dos personas; ya que el
Sócrates no tiene conocimiento, ni le importa, de esa felicidad o miseria que su alma experimenta sola y
por si mientras él duerme, sin que nada perciba de ello, y que le es tan extraño como la felicidad o
miseria de un hombre en las Indias, cuya existencia desconoce totalmente. Porque si privamos de
manera total nuestras acciones y sensaciones de toda conciencia sobre ellas, especialmente del placer y
del dolor y del remedio que siempre les acompaña, nos resultará difícil saber en qué parte radica la
identidad personal.

12. Si un hombre dormido pensara sin darse cuenta, el hombre dormido y el despierto serían dos
personas

Dicen estos hombres que el alma piensa cuando duermen profundamente. Mientras piensa y percibe es
capaz de experimentar con toda certeza delicia y turbación, así como otras percepciones cualquiera. Pero
todo esto lo tiene por su cuenta: el hombre dormido, desde luego, no tiene conciencia de ello.

Supongamos, entonces, el alma de Cástor separada de su cuerpo mientras éste duerme; suposición que
no resulta imposible a la gente con la que ahora discuto, y que concede vida de manera liberal a todos
los animales distintos del hombre, al otorgarles un alma pensante. Esta gente no podrá juzgar, por tanto,
como imposible o contradictorio que el cuerpo viva sin alma, ni tampoco que el alma subsista y piense o
tenga percepción, separada del cuerpo, incluso percepciones de la felicidad o de la miseria.

Supongamos, pues, que el alma de Cástor esté separada de su cuerpo mientras duerme, y que tenga sus
pensamientos aparte. Supongamos, además, que escogiera como escenario de su pensar el cuerpo de otro
hombre, el de Polux por ejemplo, que está dormida sin alma; pues si cuando Cástor duerme, su alma
puede pensar aquello de que Cástor nunca será consciente, nada importa el lugar que su alma elija para
pensar. Nos encontramos así con los cuerpos de dos hombres y una sola alma para los dos, y
supondremos que éstos despiertan y duermen de manera alternativa, de forma que el alma siempre
piensa en el que esté despierto, y acerca de lo cual, el que duerma, no tenga nunca conciencia ni
percepción alguna. Y ahora, pregunto, si Cástor y Polux, que sólo tienen un alma que piensa y percibe
en uno de los dos aquello de lo que no tiene conciencia ni se preocupa del otro, no son dos personas tan
diferentes como lo fueron Cástor y Hércules, o Sócrates y Platón, y si no podrá suceder que uno de ellos
sea muy feliz y el otro totalmente desgraciado. Por idéntica razón, los que creen que el alma puede
pensar aparte sobre algo de lo que el hombre no es consciente, hacen dos personas distintas del alma y
del hombre; ya que supongo que nadie tratará de hacer consistir la identidad de las personas en que el
alma esté unida a un mismo número de partículas de materia, pues si esto fuera necesario para la
identidad, sería imposible, en el fluir constante de las partículas de nuestro cuerpo, que ningún hombre
pudiera ser la misma persona dos días o dos momentos seguidos.

13. Es imposible convencer de que piensan a los que duermen sin soñar

Me parece, por tanto, que la doctrina de los que enseñan que el alma siempre está pensando se tambalea
ante cada cabeceo soñoliento. Es una realidad que a quienes les sucede que alguna vez duermen sin
soñar les es imposible llegar a convencerse de que sus pensamientos han estado ocupados, a veces
durante cuatro horas, sin darse cuenta de ello; y si se les sorprende en el acto mismo, despertándolos en
la mitad de esa contemplación soñolienta, nunca pueden dar la menor razón de ella.

14. Inútilmente se aducirá que esos hombres sueñan sin recordarlo

Quizá se afirme que el alma piensa hasta en los momentos de sueño mas profundo, pero que la memoria
no lo retiene. Pero resulta difícil imaginar que el alma de un hombre dormido pueda estar ocupada en un
momento en pensar, y que en otro momento, cuando el hombre esta despierto, no consiga recordar
ninguno de esos pensamientos, y esto es algo que requeriría una prueba más convincente que la pura
afirmación para que se pudiera creer. Porque, ¿quien puede imaginar, sin más ni más, y tomando sólo
como base una afirmación, que los hombres piensan durante toda la vida, durante varias horas al día
sobre algo que, cuando se les pregunta incluso en medio del acto, no guardan el menor recuerdo? Creo
que la mayoría de los hombres pasan gran parte del tiempo en el que duermen sin soñar. Yo conocí una
vez a un hombre, educado en las letras y de no mala memoria, que me dijo que en toda su vida jamás
había soñado hasta que tuvo unas calenturas de las que acababa de sanar, lo cual le ocurrió hacia los
veinticinco o 26 años de edad. Supongo que se podrán encontrar en el mundo más casos similares a ese;
por lo menos cada uno podría encontrar, entre sus conocidos, ejemplos de personas que pasan la mayoría
de las noches sin soñar.

15. Según esta hipótesis, los pensamientos de un hombre dormido tendrían que ser racionales en
extremo

Es una manera muy inútil de pensar el hacerlo frecuentemente, sin retener jamás ni por un momento lo
que se piensa. Y el alma en semejante estado del pensar excede en bien poco, si acaso, a un espejo que
recibe continuamente una multiplicidad de imágenes o ideas, pero sin retener ninguna: desaparecen y se
esfuman sin dejar ninguna huella. En nada aprovecha el espejo tales ideas, ni semejantes pensamientos
el alma. Tal ve se podrá decir que en un hombre en estado de vigilia se emplean los materiales del
cuerpo y se usan en el pensar, y que se retiene el recuerdo de los pensamientos por las impresiones que
se graban en el cerebro y por las huellas que quedan una vez que han pasado; pero que respecto al pensar
del alma de que el hombre no es consciente cuando duerme, el alma piensa aparte, y al no emplear las
órganos del cuerpo, no deja ninguna impresión y, por tanto, ningún recuerdo de tales pensamientos. Para
no volver a argumentar mas con lo absurdo de dos personas distintas que de esta suposición se sigue,
contesto que sean cuales fueren las ideas que puede recibir la mente y que pueda considerar sin ayuda
del cuerpo es razonable concluir que podría también retenerlas sin ese auxilio, ya que de otro modo el
alma, o cualquier espíritu separado, obtendría al pensar un beneficio muy exiguo. Si carece del recuerdo
de sus propios pensamientos; si no puede almacenarlos para su provecho, ni recordarlos cuando quiera;
si no puede reflexionar sobre lo pasado y beneficiarse de sus experiencias previas, de sus razonamientos
y de sus consideraciones, ¿con qué fin piensa? Quienes, según esto, hacen del alma una cosa pensante,
no hacen de ella un ser mucho más noble que aquellos a quienes ésos condenan por creer que el alma no
es sino la parte más sutil de la materia. Porque, en resumen, son tan útiles y le prestan iguales beneficios
al sujeto los rasgos trazados en el polvo y que el primer soplo de aire borra, o las impresiones realizadas
en un montón de átomos o espíritus animales, que los pensamientos de un alma que se extinguen al ser
pensados, y que, una vez fuera de su vista, desaparecen para siempre sin dejar ninguna memoria detrás
de ellos. La naturaleza nunca puede realizar cosas excelentes para usos bajos o para ningún uso; y
apenas puede concebirse que nuestro Creador, infinitamente sabio, nos haya dotado de tan admirable
facultad como es la potencia dc pensar, la facultad que más se acerca a la excelencia de su propio e
incomprensible ser, para que se emplee de manera tan ociosa e inútil, al menos durante una cuarta parte
del tiempo que está aquí, en pensar constantemente sin recordar ninguno de sus pensamientos, y sin que
resulte provechoso para ella ni para los demás, ni en modo alguno útil a ninguna otra parte de la
Creación. Si lo examinamos, pienso que encontremos que el movimiento de la materia bruta e insensible
pueda ser en parte alguna del Universo de tan poca utilidad y tan absolutamente desperdiciada.

16 Si pienso sin conocer es algo que nadie puede saber

Ciertamente, mientras dormimos, existen casos de percepción en los que retenemos el recuerdo de esos
pensamientos. Pero cuan extravagantes e incoherentes son en su mayor parte, y que poco en consonancia
con la perfección y el orden propio de un ser racional, no hace falta decírselo a quienes están
familiarizados con los sueños. Y gustosamente querría que se me dijera, sobre este particular, si el alma,
cuando piensa de este modo por su cuenta y como quien dice separada del cuerpo, actúa o no menos
racionalmente que cuando está unida a él. Si sus pensamientos separados son menos racionales, entonces
esta gente tendrá que afirmar que el alma debe al cuerpo la perfección del pensar racional; si no es así,
resulta sorprendente que nuestros sueños, en su mayor parte, sean tan frívolos e irracionales, y que el
alma no retenga nada de sus monólogos y meditaciones mas racionales.

17. De acuerdo con esta hipótesis, el alma tendrá ideas que no se originan ni en la sensación ni en la
reflexión, de las que no existe ninguna apariencia

Asimismo quisiera que me dijeran, aquellos que afirman de manera tan confiada que el alma siempre
está pensando qué son esas ideas que están en el alma de un niño, antes o justo en el momento de la
unión con el cuerpo, antes de que haya recibido, por vía de sensación, ninguna idea, Según me parece,
las sueños del hombre dormido se fabrican con las ideas del despierto, aunque en su mayor parte estas
ideas se hilen de un modo extraño, Y sería extraño si el alma tuviera ideas propias no provenientes de la
sensación o de la reflexión (como tendría que tenerlas, si pensara antes de recibir ninguna impresión del
cuerpo), que nunca, en su pensar privado (tan privado, que ni el mismo hombre lo percibe), que no
conservara ninguna de esas ideas en el preciso momento en que despierta de ellas. Y de ese modo
proporciona al hombre el placer de nuevos hallazgos. Pero ¿a quien podrá parecerle razonable que el
alma, sumergida en su retiro durante el sueño, haya pensado durante tantas horas, y que, sin embargo,
nunca repare en alguna de esas ideas que no tomó prestadas ni de la sensación ni de la reflexión, o por lo
menos que no mantenga el recuerdo de ninguna, excepto de aquellas que, por ser ocasionadas por el
cuerpo, necesariamente serán menos naturales para un espíritu? Es extraño que el alma ni una sola vez
en toda la vida del hombre recuerde ninguno de sus pensamientos puros y originarios; ninguna de esas
ideas que tuvo antes de que tomara nada prestado al cuerpo, y que nunca le ofrezca, cuando está
despierto, ninguna idea diferente de las que retiene el olor del recipiente en que está encerrada, es decir,
de las que derivan de manera clara de su origen de la unión entre el alma y el cuerpo. Si el alma piensa
constantemente y, por tanto, ha tenido ideas antes de unirse al cuerpo o antes de haber recibido ninguna
idea de este, no es de suponer sino que durante el sueño tendría que recordar las ideas que le son
originales, y que, durante esa incomunicación con el cuerpo mientras piensa por si sola, las ideas en que
se ocupa tendrían que ser, por lo menos algunas veces, esas ideas más naturales y análogas que tuvo en
si misma, y que no proceden ni del cuerpo ni de una reflexión sobre sus operaciones propias sobre las
ideas así derivadas. Ahora bien, puesto que el hombre en estado de vigilia nunca recuerda aquellas ideas,
es necesario concluir de esta hipótesis o bien que el alma recuerda algo que el hombre no recuerda, o
bien que la memoria pertenece solamente a aquellas ideas que proceden del cuerpo o de las operaciones
de la mente sobre ella.

18. ¿Cómo puede alguien saber que el alma piensa constantemente? Al no ser una proposición de
suyo evidente, requiere una demostración?

Me gustaría también que aquellos que afirman de manera tan confiada que el alma humana, o lo que es
lo mismo el hombre, siempre piensan, me dijeran cómo pueden saberlo. Es más, «que me digan de qué
forma pueden llegar a saber que ellos mismos piensan, puesto que ellos no lo perciben». Mucho me
temo que, seguramente, se trata de una mera afirmación sin pruebas y de un conocimiento sin
percepción. Sospecho que se trata de una noción ambigua que se ha arbitrado para servir a una hipótesis,
y, en manera alguna de una de esas verdades claras cuya propia evidencia nos obliga a aceptarlas, o que
no nos permite negar sin atrevimiento la experiencia común. Porque lo más que puede aceptarse a su
favor es que seguramente el alma piensa siempre, pero que no siempre puede guardar el pensamiento en
la memoria. Yo afirmo que es igualmente posible que el alma no piensa siempre, y mucho más probable
que a veces no piense, que el que lo haga con frecuencia durante un largo espacio de tiempo, sin ser
consciente de que ha pensado, en el momento inmediatamente posterior.

19. Resulta muy improbable que el hombre se ocupe en pensar y, sin embargo, no lo recuerde
inmediatamente después

Imaginar que el alma piensa sin que el hombre lo perciba es, según ya se demostró, hacer dos personas
de un solo hombre. Y si se considera cuidadosamente la manera en que estos hombres se expresan, uno
estaría tentado a sospechar que eso es exactamente lo que quiero decir. Porque aquellos que afirman que
el alma siempre piensa, jamás dicen, al menos que yo recuerde, que un hombre piense siempre. Pero
¿puede pensar el alma sin que el hombre lo haga?, o ¿acaso puede pensar el hombre: sin ser consciente
de ello? Esto tal vez parecería un trabalenguas en boca de otros. Si afirman que el hombre piensa
constantemente, pero que no tiene siempre conciencia de ello, lo mismo podrían decir que su cuerpo es
extenso, pero que no tiene partes. Porque es tan absolutamente ininteligible afirmar que un cuerpo es
extenso sin partes, como el decir que alguien piensa sin ser consciente de ello, o sin darse cuenta de que
lo hace. Los que así se expresan podrán afirmar con idéntica razón, si su hipótesis lo requiere, que un
hombre esta continuamente hambriento, pero que no siempre siente el hambre, ya que el hambre
consiste precisamente en esa sensación del mismo modo que el pensar consiste en tener conciencia de
que uno lo hace. Y yo preguntaría a aquellos que afirman que un hombre siempre tiene conciencia de
que piensa cómo lo saben, ya que el tener conciencia es la percepción de lo que pasa en la propia mente
de un hombre. ¿Acaso puede otro hombre advertir que yo tengo conciencia de algo, cuando yo no lo
percibo en sí mismo? En esto, el conocimiento del hombre no puede ir más lejos de su experiencia.

Despertad a un hombre de un sueño profundo y preguntarle qué es lo que pensaba en ese momento. Si el
mismo no tiene conciencia de haber estado pensando en nada, tendrá que ser un adivino muy notable de
pensamientos el que pueda asegurarle que estaba pensando. ¿No podría, con mayor razón, asegurarle
que no dormía? Esto excede toda filosofía, y supone nada menos que una revelación el que otro
descubra en mi mente alguna idea, cuando yo no hallo ninguna en ella. Y necesitarán una vista muy
penetrante aquellos que puedan ver con certeza que yo pienso, cuando yo mismo no puedo percibirlo y
cuando afirmo que no pienso; éstos, sin embargo, ven que los perros y los elefantes no piensan cuando
nos ofrecen todas las demostraciones que se puedan imaginar de lo contrario, excepto el decirnos que
piensan. No faltará quien sospeche que esto supone dar un paso más allá de las pretensiones de los
hermanos de la Rosa-Cruz, ya que parece más fácil hacerse invisible a los demás que el hacer visible
para mí los pensamientos de otro, cuando no lo son para él mismo. Pero basta definir el alma como una
sustancia que siempre piensa, y asunto concluido. Si semejante definición goza de alguna autoridad, no
sé para que fin pueda servir si no es para hacer que muchos hombres sospechen que carecen de alma, ya
que se dan cuenta que buena parte de sus vidas transcurren sin estar pensando. Porque, que yo sepa, no
hay definición, ni suposiciones de ninguna secta con el suficiente peso como para destruir lo que enseña
una experiencia constante; y quizás sea la presunción de saber lo que está más allá de lo que percibimos
lo que origina tanta inútil disputa y tanto ruido en el mundo.

20. Si observamos, en los niños no hay prueba de ideas diferentes de las que origina la sensación o la
reflexión

No veo, por tanto, ninguna razón para creer que el alma piensa antes de que los sentidos le hayan
proporcionado ideas sobre las que reflexionar; puesto que el número de esas ideas aumenta y las mismas
se retienen, sucede que el alma, gracias al ejercicio, perfecciona su facultad de pensar en sus diversas
partes; así como, más tarde, combinando esas ideas y reflexionando sobre sus propias operaciones,
aumenta el caudal de ideas lo mismo que su habilidad para recordar, imaginar, razonar y otras maneras
de pensar.

21. El estado de un niño en el vientre de su madre

Quien se deje llevar de la observación y la experiencia, y no se empeñe en convertir sus propias
hipótesis en reglas de la naturaleza, podrá advertir en un recién nacido escasas señales de un alma
habituada a pensar, y menos aún hallara en él muestras de raciocinio. Es difícil imaginar, sin embargo,
que el alma racional piense tanto y que no raciocine para nada. Y aquel que considere que los niños
recién llegados al mundo ocupan la mayor parte de su tiempo durmiendo, y rara vez están despiertos,
excepto cuando el hambre les hace pedir el pecho, o cuando algún dolor (la más inoportuna de las
sensaciones) o alguna otra impresión violenta en el cuerpo obliga a la mente a percibirlo y a prestarle
atención; digo que quien considere esto tendrá motivo, quizá, para imaginar que «el feto en el seno
materno no se diferencia mucho del estado de un vegetal», sino que pasa la mayor parte de su tiempo sin
percepciones o pensamientos, sin hacer otra cosa que dormir en un lugar donde no necesita buscar su
alimento, rodeado de un líquido siempre igualmente agradable y casi siempre a una misma temperatura;
donde los ojos carecen de luz, y donde los oídos, al ser tan grande el aislamiento, no son vulnerables a
los ruidos y donde existe poca o ninguna variedad o cambio de objetos que puedan afectar a los sentidos.

22. La mente piensa en relación con el asunto que obtiene de la experiencia

Seguid a un niño desde su nacimiento y observad las modificaciones que causa el tiempo, y podréis ver
que a medida que el alma se abastece más y más de ideas pos medio de los sentidos llega a estar más y
mas despierta: piensa más, cuanto más materia tiene en que pensar. Pasado algún tiempo, empieza a
reconocer los objetos que, por serle más habituales, han dejado una impresión duradera. De esta manera
llega a conocer de manera gradual a las personas que trata diariamente y diferenciarlas de los extraños;
lo que es ejemplo u efecto de que empieza a retener y a distinguir aquellas ideas que los sentidos le
comunican. Y de este modo podemos observar cómo la mente se perfecciona, de manera gradual, en
esas facultades y cómo marcha hacia el desarrollo de aquellas otras que consisten en ampliar, componer
y abstraer sus ideas, y en raciocinar y reflexionar sobre la totalidad de esas ideas y de otras acerca de las
cuales podré hablar más detenidamente en adelante.

23. Un hombre comienza a tener ideas cuando tiene la primera sensación

Si se llega a preguntar: ¿en qué momento comienza un hombre a tener ideas?, creo que la verdadera
respuesta es que empieza en el momento en que tiene una sensación por vez primera. Porque visto que,
según parece, no existen ideas en la mente antes de que se las comuniquen los sentidos, pienso que las
ideas en el entendimiento son simultáneas a la sensación, que es una impresión hecha en alguna parte del
cuerpo, de tal índole que provoca alguna percepción en el entendimiento. Estas impresiones que
producen en nuestros sentidos los objetos externos son aquello en lo que la mente parece primero
ocuparse en las operaciones que denominamos percepción, recuerdo, consideración, raciocinio, etc.

24. El origen de todo nuestro conocimiento

La mente, a lo largo del tiempo, llega a reflexionar sobre sus propias operaciones en torno a las ideas
adquiridas por la sensación, y de ese modo acumula una nueva serie de ideas, que son las que yo llamo
ideas de reflexión. Estas son las impresiones que en nuestros sentidos hacen los objetos exteriores,
impresiones extrínsecas a la mente; y sus propias operaciones, que responden a potencias intrínsecas que
le pertenecen de manera exclusiva, operaciones que, cuando son motivo de una reflexión por la mente
misma se convierten a sí mismas en objetos de su contemplación, son, como dije, el origen de todo
nuestro conocimiento. De esta manera, la primera capacidad del intelecto humano radica en que la mente
está conformada para recibir las impresiones que en ella producen bien los objetos exteriores a través de
los sentidos, bien sus propias operaciones, cuando reflexiona sobre ellas. Tal es el primer caso que todo
hombre da hacia el descubrimiento de cualquier hecho, y ésa es la base sobre la que ha de construir
todas esas nociones que debe poseer en este mundo de manera natural. Todos esos extensos
pensamientos que se elevan sobre las nubes y que alcanzan las alturas del mismo cielo tienen su origen y
su base en aquel cimiento, y en toda esa inmensa extensión que recorre la mente cuando se entrega a sus
apartadas especulaciones que, al parecer, tanto la elevan, y no excede ni en un ápice el alcance de esas
ideas que la sensación y la reflexión le han ofrecido como objetos de su contemplación.

25. Normalmente el entendimiento es pasivo en la recepción de las ideas simples

A este respecto, el. entendimiento es meramente pasivo y no está a su alcance el poseer o no esos
rudimentos, o, como quien dice, esos materiales de conocimiento. Porque, se quiera o no, en la mayoría
de los casos los objetos de nuestros sentidos imponen a nuestra mente las ideas que le son particulares; y
las operaciones de nuestra mente no permiten que estemos sin ninguna noción sobre ellas, por muy
oscuras que sean. Ningún hombre puede permanecer en absoluta ignorancia de lo que hace cuando
piensa. A estas ideas simples», que, cuando se ofrecen a la mente, el entendimiento es tan incapaz de
rechazar o de alterar una vez impresas, o de borrar y fabricar una nueva, como lo es un espejo de
rechazar, cambiar, o extinguir las imágenes o ideas que producen en él los objetos que se le ponen
delante. Puesto que los cuerpos que nos rodean afectan de maneras diferentes a nuestros órganos, la
mente está obligada a recibir esas impresiones, no puede evitar la percepción de las ideas que conllevan.

LIBRO II

CAPÍTULO 2

De las ideas simples

§ 1. Apariencias no compuestas. Para entender mejor la naturaleza, el modo y el alcance de nuestro
conocimiento, es de observarse cuidadosamente una circunstancia respecto a las ideas que tenemos, y es
que algunas de ellas son simples y algunas son complejas.

Aun cuando las cualidades que afectan a nuestros sentidos están, en las cosas mismas, tan unidas y
mezcladas que no hay separación o distancia entre ellas, con todo, es llano que las ideas que esas
cualidades producen en la mente le llegan, por vía de los sentidos, simples y sin mezcla. Porque si bien
es cierto que la vista y el tacto toman frecuentemente del mismo objeto y al mismo tiempo ideas
diferentes, como cuando un hombre ve a un tiempo el movimiento y el color, y cuando la mano siente la
suavidad y el calor de un mismo trozo de cera, sin embargo, las ideas simples así unidas en un mismo
objeto son tan perfectamente distintas como las que llegan por diferentes sentidos. La frialdad y la
dureza, que un hombre siente en un pedazo de hielo, son, en la mente, ideas tan distintas como el aroma
y la blancura de un lirio, o como el sabor del azúcar y el aroma de una rosa. Y nada hay más llano para
un hombre que la percepción clara y distinta que tiene de esas ideas simples; las cuales, siendo cada una
en sí misma no compuesta, no contienen nada en sí, sino una apariencia o concepción uniforme en la
mente, que no puede ser distinguida en ideas diferentes.

§ 2. La mente no puede ni hacerlas ni destruirlas. Estas ideas simples, los materiales de todo nuestro
conocimiento, le son sugeridas y proporcionadas a la mente por sólo esas dos vías arriba mencionadas, a
saber: sensación y reflexión. Una vez que el entendimiento está provisto de esas ideas simples tiene el
poder de repetirlas, compararlas y unirlas en una variedad casi infinita, de tal manera que puede formar a
su gusto nuevas ideas complejas. Empero, el más elevado ingenio o el entendimiento más amplio,
cualquiera que sea la agilidad o variedad de su pensamiento, no tiene el poder de inventar o idear en la
mente ninguna idea simple nueva que no proceda de las vías antes mencionadas; ni tampoco le es dable
a ninguna fuerza del entendimiento destruir las que ya están allí; ya que el imperio que tiene el hombre
en este pequeño mundo de su propio entendimiento se asemeja mucho al que tiene respecto al gran
mundo de las cosas visibles, donde su poder, como quiera que esté dirigido por el arte y la habilidad, no
va más allá de componer y dividir los materiales que están al alcance de su mano; pero es impotente para
hacer la más mínima partícula de materia nueva, o para destruir un solo átomo de lo que ya está en ser.

Igual incapacidad encontrará en sí mismo todo aquel que se ponga a modelar en su entendimiento
cualquier idea simple que no haya recibido por sus sentidos, procedente de objetos externos, o por la
reflexión que haga sobre las operaciones de su propia mente acerca de ellas. Y yo quisiera que alguien
tratase de imaginar un sabor jamás probado por su paladar, o de formarse la idea de un aroma nunca
antes olido; y cuando pueda hacer esto, yo concluiré también que un ciego tiene ideas de los colores, y
que un sordo tiene nociones distintas y verdaderas de los sonidos.

§ 3. Sólo son imaginables las cualidades que afectan a los sentidos. Ésta es la razón por la cual, aunque
no podamos creer que sea imposible para Dios hacer una criatura con otros órganos y más vías que le
comuniquen a su entendimiento la noticia de cosas corpóreas, además de esas cinco, según usualmente
se cuentan, con que dotó al hombre, por esa razón pienso, sin embargo, que no es posible para nadie
imaginarse otras cualidades en los cuerpos, como quiera que estén constituidos, de las cuales se pueda
tener noticia, fuera de sonidos, gustos, olores y cualidades visibles y tangibles. Y si la humanidad
hubiese sido dotada de tan sólo cuatro sentidos, entonces, las cualidades que son el objeto del quinto
sentido estarían tan alejadas de nuestra noticia, de nuestra imaginación y de nuestra concepción, como
pueden estarlo ahora las que pudieran pertenecer a un sexto, séptimo u octavo sentidos, y de los cuales
no podría decirse, sin gran presunción, si algunas otras criaturas no los tienen en alguna otra parte de
este dilatado y maravilloso universo. Quien no tenga la arrogancia de colocarse a sí mismo en la cima de
todas las cosas, sino que considere la inmensidad de este edificio y la gran variedad que se encuentra en
esta pequeña e inconsiderable parte suya que le es familiar, quizá se vea inclinado a pensar que en otras
mansiones del universo puede haber otros y distintos seres inteligentes, de cuyas facultades tiene tan
poco conocimiento o sospecha, como pueda tenerlo una polilla encerrada en la gaveta de un armario, de
los sentidos o entendimiento de un hombre, ya que semejante variedad y excelencia convienen a la
sabiduría y poder del Hacedor. Aquí he seguido la opinión común de tener el hombre solamente cinco
sentidos, aunque, quizá, puedan con justicia contarse más; pero ambas suposiciones sirven por igual a mi
actual propósito de la misma forma.

Capítulo III

DE LAS IDEAS PROVENIENTES DE UN SOLO SENTIDO

1. División de las ideas simples

Para concebir más adecuadamente las ideas que recibimos de la sensación, tal vez no resulte impropio
que las consideremos en relación con los distintos modos por los que llegan a nuestra mente y se nos
hacen perceptibles.

Primero, hay algunas que llegan a nuestra mente a través de un solo sentido; segundo, hay otras que
penetran en la mente por más de un sentido; tercero, otras que se obtienen solamente mediante la
reflexión, y cuarto, existen algunas que se abren paso y se sugieren a la mente por todas las vías de la
sensación y de la reflexión. Vamos a considerarlas por separado y en apartados diferentes.

Primeramente, existen algunas ideas que son admitidas por medio de un solo sentido, el cual está
especialmente adecuado para recibirlas. De esta forma, la luz y los colores, el blanco, el rojo, el amarillo,
el azul, con sus distintos grados o matices, el verde, el escarlata, el morado, verdemar y todos los demás,
entran solamente por los ojos. Todas las clases de ruidos, de sonidos y tonos, únicamente por los oídos;
los distintos sabores y olores, por la nariz y el paladar. Si estos órganos, o los nervios que son los
conductores que transmiten esas ideas del exterior hasta aparecer en el cerebro, esa sala de recepciones
de la mente (como puedo llamarlo), están cualquiera de ellos en tal con fusión que no desempeñan su
cometido, entonces no poseen ninguna fuerza que les permita la entrada; ninguna otra manera de
aparecer y de ser percibidas por el entendimiento.

Las más importantes de aquellas sensaciones que pertenecen al tacto son el calor, el frío y la solidez;
todas las demás, que casi consisten en su totalidad en la configuración sensible, como lo liso y lo rugoso,
o bien en la adhesión más o menos sólida de las partes, como son lo áspero y lo suave, lo resistente y lo
frágil, son lo bastante obvias.

2. Pocas ideas simples tienen nombre

Pienso que resultará innecesario el enumerar todas las ideas simples particulares que pertenecen a cada
uno de los sentidos. Ni, además, resultaría factible poder hacerlo aunque quisiéramos, puesto que existen
muchas más, que pertenecen a la mayoría de los sentidos, que aquellas para las que poseemos nombre.

La variedad de los olores, que están tal vez en el mismo número, si no más que las diversas especies de
los cuerpos en el mundo, carecen en su mayoría de nombre. Fragancia y hedor sirven habitualmente para
expresar esas ideas, lo que realmente equivale a decir que nos agradan o desagradan; aunque el aroma de
una rosa y el de una violeta, ambos fragantes, son seguramente dos ideas bastante diferentes. Tampoco
están mejor dotados de nombre los distintos sabores de los que recibimos ideas por medio de palabras.

Dulce, amargo, desagradable, agrio y salado, forman la mayoría de los calificativos con que contamos
para designar esa inmensa variedad de gustos que se pueden distinguir, no sólo en casi todas las clases
de criaturas sino en las distintas partes de un mismo fruto, animal o vegetal. Igualmente puede afirmarse
de los colores y de los sonidos. Por tanto, en la enumeración que estoy haciendo sobre las ideas simples,
me conformaré con señalar solamente aquellas que ofrecen un interés mayor para nuestro actual
propósito, o aquellas que son menos aptas de ser notadas por sí mismas, aunque con frecuencia son los
ingredientes con los que se forman nuestras ideas complejas. Creo que entre éstas puedo incluir la
solidez, de la que, por ello, voy a tratar en el capítulo siguiente.

Capítulo IV

DE LA SOLIDEZ

1. Recibimos esta idea por medio del tacto

La idea de la solidez la recibimos por nuestro tacto; y proviene de la resistencia que notamos en un
cuerpo a que cualquier otro cuerpo ocupe el lugar que tiene, hasta que cede. No existe ninguna otra idea
que recibamos de forma más constante a través de la sensación que la de solidez. Bien nos hallemos en
movimiento, bien en reposo, sea cual fuera la posición en que estemos, siempre sentimos algo debajo de
nosotros, algo que nos sostiene y que nos impide hundirnos todavía más. Y los cuerpos que diariamente
manejamos nos hace darnos cuenta que mientras están en nuestras manos, a causa de una fuerza
irresistible, impiden que se aproximen las partes de nuestras manos que los oprimen. Eso que impide de
una forma tal el acercamiento de los cuerpos, cuando se mueven el uno hacia el otro, es a lo que yo
llamo la solidez. No voy a discutir el que esta acepción de la palabra sólido se encuentre más cerca de su
significación original, que aquella en la que la emplean los matemáticos. Me basta que la noción común
de la solidez permita, ya que no justifique, su empleo; pero si alguien cree oportuno denominarla
«impenetrabilidad», nada opondré a ello. Únicamente me ha parecido el término «solidez» más
adecuado para expresar esta idea, no sólo porque vulgarmente se emplea con este sentido, sino además
porque conlleva algo más de positivo que el término de «impenetrabilidad», que es negativo, y que tal
vez sea más una consecuencia de la «solidez» que no la misma «solidez». Entre todas las demás ésta
parece ser la idea que está más íntimamente unida con lo corpóreo y a la esencia de cuerpo; de tal
manera que no se puede encontrar o imaginar en ningún otro lugar que no sea en la materia. Y aunque
nuestros sentidos no tomen nota de ella sino en masas de materia que por su volumen sean suficientes
para producir en nosotros una sensación, sin embargo, la mente, una vez que adquiere mediante la
experiencia la idea en los cuerpos toscos, la persigue más allá y la considera (lo mismo que la forma) en
la partícula más ínfima de materia que puede haber, y la encuentra inherente e inseparable de lo
corpóreo, dondequiera que esté o de cualquier modo que esté modificado.

2. La solidez llena el espacio

Por esta idea, perteneciente a lo corpóreo, es por la que deducimos que el cuerpo «llena el espacio». Esta
idea de llenar el espacio lleva consigo que, en cualquier lugar que imaginemos que algún espacio está
ocupado por una sustancia sólida, concebimos que dicha sustancia lo posee de un modo tal que excluye
a cualquier otra, y que impedirá continuamente que otros dos cuerpos cualesquiera, que se muevan en
una línea recta el uno hacia el otro, lleguen a tocarse, a no ser que se desplace de en medio de esos dos
cuerpos en una línea que no sea paralela a aquella en que se mueve. Y ésta es una idea que nos
proporciona suficientemente los cuerpos que normalmente manejamos.

3. Es diferente del espacio

Esta resistencia, por la que un cuerpo impide a los otros ocupar el espacio que él posee, es tan grande
que no existe fuerza, por grande que sea su poder, que pueda vencerla. Todos los cuerpos del mundo
presionando a una gota de agua por todos lados nunca podrán vencer la resistencia que ofrecerá, con
todo lo blanda que es, a que se toquen los unos a los otros, hasta que no se quite de entre ellos. De aquí
que nuestra idea de solidez se diferencie tanto del «espacio puro», incapaz de resistencia o moción,
como de la idea común de «dureza». Porque un hombre puede imaginar dos cuerpos colocados a
distancia que se acerquen el uno al otro sin desalojar ninguna cosa sólida, hasta que lleguen a tocarse sus
superficies. De donde creo extraemos una idea clara del espacio sin solidez. Porque, para no llegar al
extremo de la destrucción de un cuerpo particular, pregunto: ¿no puede acaso un hombre tener la idea
del movimiento de un único cuerpo solitario, sin que le suceda inmediatamente en su lugar ningún otro?
Creo que es evidente que sí es posible, puesto que la idea de movimiento en un cuerpo no conlleva la
idea de movimiento en otro más que la idea de una figura cuadrada en un cuerpo encierra la idea de una
figura cuadrada en otro. No me cuestiono sí los cuerpos existen de tal manera que el movimiento de uno
no puede realmente existir sin el movimiento de otro; resolver esto de una forma u otra es caer en una
petición de principios en favor o en contra de un «vacío». Mi pregunta es si uno no puede tener la «idea»
de un cuerpo movido, mientras otros se hallan en reposo; y pienso que nadie podrá negar que sí puede.

Si es de esta forma, entonces el lugar que abandonó nos proporciona la idea de espacio puro sin solidez,
en el cual otro cuerpo puede penetrar sin resistencia ni expulsión de ninguna cosa. Cuando se tira del
émbolo de una bomba, el espacio que ocupaba en el tubo es seguramente el mismo, aunque otro siga o
no el movimiento del émbolo. Y tampoco supone una contradicción el que, al moverse el cuerpo, otro
cuerpo, que solamente esté contiguo, no lo siga. La necesidad de semejante emoción radica en el
supuesto de que el mundo está lleno; pero en ningún modo en las ideas diferentes de espacio y solidez,
tan distintas como la resistencia y la no-resistencia, la expulsión y la no-expulsión. Y como se demuestra
en otro lugar, que tengan los hombres ideas de espacio sin cuerpo es lo que indican, justamente, sus
disputas sobre el vacío.

4. Es distinta de la dureza

De esto se deduce que la solidez se distingue también de la dureza en que la solidez consiste en repulsión, y por
ello excluye totalmente a otros cuerpos del espacio que ocupa; mientras que la dureza consiste en una
cohesión firme de las partes de materia que componen masas de volumen sensible, de tal manera que el
todo no cambia con facilidad de forma. Realmente, duro y blando no son sino unos nombres que damos
a los objetos en relación a la constitución de nuestros propios cuerpos. De esta manera afirmamos
generalmente que es duro lo que nos causa un dolor, antes que cambie de forma a causa de la presión
ejercida por cualquier parte de nuestro cuerpo; mientras que afirmamos que algo es blando, cuando
modifica la situación de sus partes sin esfuerzo ni dolor al ser tocado por nosotros. Pero esta dificultad
que existe para lograr que cambie la situación de las partes sensibles entre sí, o que cambie la forma del
todo, no comunica una mayor solidez al cuerpo más duro del mundo que al más blando; y un diamante
no es más sólido que el agua. Porque, aunque es cierto que las caras de dos fragmentos de mármol
pueden acercarse con más facilidad la una a la otra cuando no existe entre ellas sino agua o aire, que si
hubiera un diamante, sin embargo, no es porque las partes del diamante sean más sólidas que las del
agua, o por que resistan más, sino porque, dado que las partes del agua se separan más fácilmente las
unas de las otras, será más fácil que se separen por un movimiento lateral, permitiendo así el
acercamiento de los dos fragmentos de mármol, lo mismo que lo impide el diamante, y sería igualmente
tan imposible para ninguna fuerza vencer su resistencia, como el vencer la de las partes de un diamante.

El cuerpo más blando del mundo podrá aguantar tan irresistiblemente el que se junten otros dos cuerpos
cualesquiera, si no se aparta, como el cuerpo más duro que pueda hallarse o imaginarse. Quien llene de
aire o de agua un cuerpo dilatable y blando, pronto podrá notar su resistencia, y aquel que crea que
solamente los cuerpos duros pueden evitar que sus manos se toquen, podrá comprobarlo con el aire
contenido en un balón. El experimento que me han dicho se realizó en Florencia con un globo hueco de oro,
lleno de agua y cuidadosamente cerrado, demuestra claramente la solidez de un cuerpo tan blando como el agua.

Porque en el globo de oro, lleno de esta manera y puesto en una prensa que se accionaba por la fuerza extrema
de los tornillos, el agua se abrió camino a través de los poros de ese metal tan compacto, y al no encontrar espacio
para un acercamiento mayor de sus partículas en el interior se dirigió hacia fuera donde se levantó como si se
tratara de rocío y cayó antes que las paredes del globo cedieran a la violenta compresión de la máquina que lo
oprimía.

5. El impulso, la resistencia y la expulsión dependen de la solidez
Por esta idea de la solidez se diferencia la extensión del cuerpo de la del espacio, ya que la extensión del cuerpo
no es nada, sino la cohesión continua de partes sólidas, separadas y movibles, y la extensión del espacio, la
continuidad de partes no sólidas, inseparables e inamovibles. También depende de la solidez de los cuerpos su
mutuo impulso, resistencia y expulsión. Acerca del puro espacio, por tanto, y de la solidez, existen varios (entre los
que me cuento) que creen tener ideas claras y distintas, así como de que pueden pensar sobre un espacio que no
contenga nada que resista o que sea expulsado por un cuerpo. Esta es la idea del espacio puro que ellos piensan
que tienen tan claramente como cualquier otra idea que puedan poseer sobre la extensión del cuerpo; porque es
igualmente clara la idea de la distancia entre las partes opuestas de una superficie cóncava sin la idea de ninguna
parte sólida entre ellas como con esa idea. Creen, además, de que tiene la idea de algo que llena el espacio y que
es susceptible de ser expulsado por el impulso de otros cuerpos, o de resistir a su movimiento, idea distinta de la
del espacio puro. Si existen otros hombres que no diferencian estas dos ideas, sino que las confunden y de las dos
hacen una sola, no sé cómo personas que tengan la misma idea bajo nombres distintos, o ideas diferentes bajo un
mismo nombre, puedan hablar mejor entre sí, que lo que un hombre que no es ciego ni sordo y tiene ideas distintas
del color escarlata y del sonido de una trompeta, podría conversar sobre el color escarlata con el ciego que
mencioné en otro lugar, que identificaba la idea de escarlata con el sonido de una trompeta.

6. Qué puede ser la solidez

Si alguien me interroga sobre ¿qué es la solidez?, le remitiré a sus propios sentidos para que lo informen:
que coja entre sus manos un pedernal o un balón e intente juntarlos, y lo sabrá. Y si no le parece ésta una
explicación suficiente de la solidez, de qué cosa sea y en qué consiste, le prometo explicarle qué cosa es
y en qué consiste cuando él me diga qué es pensar y en qué consiste, o cuando me explique lo que es la
extensión y el movimiento, lo cual, quizá, parece más fácil. Las ideas simples que tenemos son tal como
la experiencia nos las muestra. Pero si intentamos ir más allá con las palabras para hacerlas más claras a
la mente, tendremos el mismo éxito que si nos pusiéramos a esclarecer, mediante el habla, la oscuridad
de la mente de un ciego, con el objeto de comunicarle hablando las ideas de la luz y del color. En otro
lugar mostraré el fundamento de esto.

Capítulo V

LAS IDEAS QUE PROVIENEN DE DIFERENTES SENTIDOS

1. Las ideas recibidas por la vista y el tacto

Las ideas que adquirimos a través de más de un solo sentido son las del espacio o extensión, de la forma,
del reposo y del movimiento. Porque provocan impresiones en los ojos y el tacto, de manera que
podemos recibir y comunicar a nuestra mente las ideas de suspensión, forma, movimiento y reposo de
los cuerpos, tanto al verlos como al tocarlos. Pero, como tendré ocasión de referirme ampliamente a ésta
en otro lugar, aquí solamente voy a enumerarlas.

Capítulo VI

LAS IDEAS SIMPLES QUE PROVIENEN DE LA REFLEXION

1. Son las operaciones de la mente sobre sus otras ideas

Al recibir la mente del exterior las ideas de las que hemos hablado en los anteriores capítulos, cuando dirige su
mirada hacia dentro sobre sí misma y observa sus propias acciones sobre las ideas que tiene, toma de allí otras
ideas, tan capaces de ser objeto de su contemplación como cualesquiera de aquellas que recibió de cosas
exteriores.

2. Por medio de la reflexión tenemos las ideas de percepción y de volición

Las dos acciones más importantes y principales de la mente de las que más frecuentemente se habla, y
que, en efecto, son tan frecuentes que quien lo desee puede advertirlas en sí mismo, son estas dos: la
percepción o potencia de pensar, y la voluntad o potencia de volición, La potencia de pensar se
denomina entendimiento, y la de volición se denomina voluntad; y a estas dos potencias o habilidades de
la mente se la llama facultades. Posteriormente podré hablar de algunos de los modos de esas ideas
simples que provienen de la reflexión; tales como el recordar, el discernir, el razonar, el juzgar, el
conocer, el creer, etc.

Capítulo VII

DE LAS IDEAS SIMPLES QUE PROVIENEN DE LA SENSACIÓN Y DE LA REPLEXIÓN

1. El placer y el dolor

Existen otras ideas simples que se comunican a la mente mediante todas las vías de la sensación y de la
reflexión, a saber:

1. el placer o deleite, y su contrario;

2. el dolor o la inquietud;

3. el poder;

4. la existencia;

5. la unidad.

2. El placer y el dolor se mezclan con casi todas nuestras ideas

El placer o la inquietud se unen, el uno a la otra, a casi todas nuestras ideas, tanto de sensación como de
reflexión; y apenas existe nada que afecte desde el exterior a nuestros sentidos, o ningún escondido
pensamiento interior de nuestra mente, que no sea capaz de provocar en nosotros placer o dolor. Quiero
que se entienda que el placer y el dolor significan todo aquello que nos deleita o nos molesta, bien
proceda de los pensamientos en la mente, bien de cualquier cosa que actúa sobre nuestros cuerpos.

Porque ya sea que, por una parte, hablemos de satisfacción, deleite, placer, felicidad, etc., y por otra de
inquietud, pena, dolor, tormento, angustia, miseria, etc., no son, sin embargo, sino grados diferentes de
una misma cosa, y pertenecen a las ideas de placer y color, deleite o inquietud; éstos serán los nombres
que emplearé con mayor frecuencia para esas dos clases de ideas.

3. Como motivos de nuestras acciones

Habiéndonos dado el infinitamente sabio autor de nuestro ser el poder de mover diferentes partes de
nuestros cuerpos o de mantenerlos en reposo, según nos parezca conveniente, y, asimismo, por el
movimiento de esas partes, el poder de movernos a nosotros mismos y a los cuerpos que nos son
contiguos, en lo que consisten todas las acciones del cuerpo, y habiendo dado poder a vuestra mente, en
algunos casos, para elegir entre sus ideas, sobre la que pensar, a fin de realizar, de manera atenta y
detallada, la investigación de este o aquel asunto, y de llevarnos a esas acciones de pensamiento y
movimiento, de las que somos capaces, ha creído conveniente unir a pensamientos distintos y a varias
sensaciones una percepción de placer. Si ésta estuviera totalmente separada de todas nuestras
sensaciones externas y nuestros pensamientos internos, ningún motivo tendríamos para preferir un
pensamiento a otro, una acción a otra, por ejemplo, no podríamos escoger entre la negligencia y la
atención, o el movimiento y el reposo. De tal manera que no moveríamos nuestros cuerpos ni
mantendríamos la mente ocupada, sino que dejaríamos que nuestros pensamientos corriesen a la deriva
(valga la expresión), sin ninguna dirección ni propósito, y permitiríamos que aparecieran en nuestra
mente, según fueran ocurriendo y sin otorgarles atención alguna, las ideas, cual sombras inadvertidas. Y
en esta situación el hombre, por muy dotado que estuviera de las facultades de entendimiento y de la
voluntad, resultaría un ser ocioso e inactivo que pasaba su cuerpo en un perezoso y letárgico sueño, Por
tanto, nuestro sabio Creador se ha dignado agregar a los objetos y a las ideas que recibimos de ellos, lo
mismo que a algunos de nuestros pensamientos, un placer concomitante, graduado en los diversos
objetos, para que aquellas facultades de las que El nos ha dotado no queden por completo ociosas y sin
ocupación por nuestra parte.

4. Fin y utilidad del dolor

Tan eficaz y útil resulta el dolor para hacernos trabajar como el placer, ya que nos mostramos tan
dispuestos a usar nuestras facultades para evitar aquél, como para lograr éste. Y hay algo que merece
una consideración especial: que es frecuente que el dolor lo produzcan los mismos objetos y las mismas
ideas que nos proporcionan el placer. Pero esta estrecha unión que frecuentemente nos hace sentir dolor
en las sensaciones que antes nos resultaban placenteras, nos ofrece un motivo más para admirar la
sabiduría y bondad de nuestro Creador, que, al proponerse la continuación de nuestro ser, ha unido el
dolor a la aplicación de muchas cosas a nuestro cuerpo, para advertirnos del daño que pueden hacernos,
y como aviso para que las evitemos. Pero como El no se propuso únicamente nuestra preservación, sino
además la de cada parte y órgano en su perfección, ha unido, en muchos casos, el dolor a las mismas
ideas que nos complacen. De esta manera, el calor, muy agradable para nosotros en ciertas condiciones
de temperatura, resulta un tormento nada común cuando se aumenta un poco; y el más placentero de
todos los objetos sensibles, la propia luz, si se da en exceso, si se aumenta más allá de lo que los ojos
admiten, produce una sensación especialmente dolorosa. Esto ha sido ordenado por la naturaleza de
manera sabia y adecuada, a fin de que cuando cualquier objeto, por la vehemencia de su operación,
amenace destruir los instrumentos de la sensación, cuyas estructuras son necesariamente muy delicadas
y sutiles, pueda el dolor advertirnos para que nos retiremos antes de que el órgano se destruya totalmente
y pierda su aptitud en el futuro para desempeñar sus funciones inherentes. La consideración sobre los
objetos que la producen podrá convencernos de que éste es el fin o la utilidad del dolor. Porque aunque
los ojos no puedan soportar una gran cantidad de luz, sin embargo, el máximo grado de oscuridad no los
enferma, pues al no provocar ningún cambio desordenado mantiene a ese órgano singular en su estado
natural y sin daño. Sin embargo, el exceso de frío, igual que el de calor, nos produce dolor, porque es
igualmente descriptivo para esa templanza que necesitamos para la continuación de la vida y para el
ejercicio de las distintas funciones del cuerpo, templanza que consiste en un grado moderado de calor, si
se quiere, en el movimiento de las partes insensibles de nuestro cuerpo, que está restringido por unos
límites determinados.

5. Otro fin

Además de todo esto, podemos hallar otra razón que explica los motivos por los que Dios ha dispuesto
varios grados de placer y de dolor, por defecto y por exceso, en todas las cosas que nos rodean y que nos
afectan, mezclándolo en casi todo aquello relacionado con nuestros pensamientos y sentidos, y es que al
encontrar nosotros la imperfección, la insatisfacción y la ausencia de una felicidad verdadera en todos
los deleites que puede ofrecernos el Creador, nos veamos llevados a buscarla en el goce de aquel en
quien «harturas de alegrías hay y deleites en tu diestra para siempre» (Salmo XIV,11 ).

6. La bondad de Dios une el placer y el dolor a nuestras otras ideas

Aunque lo explicado hasta aquí no sirve, quizá, para aclararnos más las ideas de placer y de dolor de lo
que nuestra propia experiencia nos muestra, única forma de que podemos alcanzar estas ideas, sin
embargo, como la consideración de los motivos por los que se entrelazan como otras tantas ideas puede
servir para hacernos concebir justos sentimientos sobre la sabiduría y bondad del Soberano que ha
dispuesto todas las cosas; semejante consideración no deja de ser adecuada para el propósito
fundamental de estas investigaciones, ya que el conocimiento y la adoración de ese Ser Supremo es el
fin principal de todos nuestros pensamientos y el verdadero objeto de todo el entendimiento.

7. Existencia y unidad

La existencia y la unidad son otras dos ideas que llegan al entendimiento por todos los objetos externos
y por todas las ideas internas. Cuando tenemos ideas en la mente, consideramos que están allí de manera
efectiva, de igual manera que consideramos que están efectivamente fuera de nosotros las cosas, es
decir, que existen o que tienen existencia. Y el entendimiento alcanza la idea de la unidad por todo
aquello que podemos considerar como una cosa sola, sea un ser real, sea una idea.

8. El poder

Otra de las ideas simples que recibimos por medio de la sensación y de la reflexión es la del poder. Pues
al observar nosotros mismos que pensamos y que podemos hacerlo, que podemos, según nuestro deseo,
mover distintas partes de nuestro cuerpo que antes estaban en reposo, y los efectos que, asimismo,
pueden producir entre sí los cuerpos naturales que se presentan ante nuestros sentidos a cada momento,
llegamos a adquirir la idea del poder a través de estas dos vías.

9. La sucesión

Además de ésas, existe otra idea que, aunque también se sugiere con los sentidos, nos la ofrecen de una
forma más continua en los acontecimientos de nuestra propia mente, y es la idea de sucesión. Porque si
nos viéramos de una manera inmediata por dentro a nosotros mismos, y reflexionáramos sobre lo que
allí se puede observar, encontraríamos que nuestras ideas van y vienen sin interrupción, siempre que nos
hallemos en estado de vigilia o en el acto del pensamiento.

10.Las ideas simples son los materiales de todo nuestro conocimiento

Según creo, éstas son, si no todas, al menos las ideas simples más importantes que tiene la mente, y el
resto de sus conocimientos se producen a partir de ellas; y todo lo recibe únicamente por las vías de la
sensación y de la reflexión a que antes nos hemos referido. Y no crea nadie que estamos limitando
excesivamente la espaciosa capacidad de la mente humana que vuela más alto de las estrellas, y que, al
no poder quedar limitada por las fronteras del mundo, extiende con frecuencia sus pensamientos incluso
por encima de las regiones últimas de lo material, y hace incursiones por el vacío insalvable. Admito
todo esto; pero me gustaría que alguien mencionara cualquier idea simple que no se reciba a través de
uno de esos dos conductos a que antes me refería, o cualquier idea incompleta que no surja de esas ideas
simples. Ni parecerá tan extraño pensar que estas pocas ideas simples sean suficientes para llenar por
completo el pensamiento más agudo o la capacidad más amplia, y para dotar los materiales de todo ese
conocimiento vario, y de las todavía más variadas fantasías y opiniones de toda la humanidad, si
tenemos en cuenta la cantidad de palabras que pueden componerse a partir de las distintas
combinaciones de veinticuatro letras; o si yendo más adelante, pensamos en la variedad de
combinaciones que se pueden establecer solamente con alguna de las ideas que antes mencionamos, es
decir: el número, cuyos fondos son inagotables y en verdad infinitos. Y ¿qué decir del amplio e inmenso
campo que la idea de extensión brinda a los matemáticos?

Capítulo VIII

OTRAS CONSIDERACIONES SOBRE NUESTRAS IDEAS SIMPLES

1. Ideas positivas que tienen como causa una privación

En lo que se refiere a las ideas simples de la sensación, hay que tener en cuenta que todo aquello que
esté constituido por la naturaleza de forma que pueda producir en la mente alguna percepción al afectar a
nuestros sentidos, produce también una idea simple en el entendimiento; dicha idea, sea cual fuere su
causa externa, una vez que nuestra facultad de discernir la advierte, se ve y se considera por la mente, lo
mismo que cualquier otra idea, como una idea que realmente es positiva en él entendimiento, aunque
pudiera ser que su causa no fuera, en el sujeto, sino una privación.

2. La mente distingue las ideas a partir de los casos que los origina

De esta manera, las ideas del calor y del frío, de la luz y de la oscuridad, de blanco y de negro, de
movimiento y de reposo, son igualmente ideas claras y positivas en la mente; aunque, tal vez, algunas de
las causas que las producen no sean más que simples privaciones en los sujetos de donde nuestros
sentidos extraen esas ideas. Y el entendimiento, al ver estas ideas, las considera en su totalidad como
positivas y distintas, sin reparar en las causas que las producen, ya que ésa sería una investigación que
no afecta a la idea en cuanto que está en el entendimiento, sino a la naturaleza de la cosa existente fuera
de nosotros. Estas son dos cosas distintas que se deben diferenciar de manera cuidadosa, porque una
cosa es percibir y conocer la idea de lo blanco y de lo negro y otra muy diferente el examinar qué clase
de partículas tendrán que ser y cómo deberán disponerse en la superficie para que un objeto cualquiera
aparezca como blanco o como negro.

3.Podemos tener ideas cuando ignoramos sus causas físicas

Un pintor o teñidor que nunca haya investigado las causas de los colores tienen en su entendimiento las
ideas de lo blanco y de lo negro y de los demás colores de manera tan clara, perfecta y diferenciada, y tal
vez con más nitidez que el filósofo que se ha ocupado de considerar su naturaleza, y que cree saber en
qué grado es positiva o privativa la causa, en uno u otro caso; y la idea de lo negro no es menos positiva
en la mente de aquel pintor que lo es la idea de lo blanco, aunque la causa de aquel color sólo pueda ser
una privación en el objeto externo.

4. Por qué una causa privation en la naturaleza puede desligar a una idea positiva

Sí me hubiera propuesto el investigar las causas naturales y la manera de la percepción, aduciría la
siguiente razón para explicar por qué una causa privativa puede producir, en algunos casos, una idea
positiva, y es la siguiente: que, dado que todas las sensaciones se producen en nosotros únicamente por
diversas formas y gradaciones del movimiento en nuestros espíritus animales diversamente agitados por
los objetos externos, el cese de cualquier movimiento previo tendría que provocar una sensación nueva
de manera tan inevitable como la provoca la variación o aumento de dicho movimiento de manera que se
introduce así una nueva idea que depende tan sólo de un movimiento diferente de los espíritus animales
según el órgano de que se trate.

5. Los nombres negativos no significan ideas positivas

Sin embargo, que esto sea así o no, es algo que no voy a determinar aquí; me conformo con hacer un
llamamiento a la experiencia individual de cada uno para que diga si la sombra de un hombre, aunque
sólo consista en la ausencia de luz (pues mientras mayor sea la ausencia de luz, más visible será la
sombra), no provoca, al observarla, una idea tan nítida y positiva en su mente como la que produce el
cuerpo de un hombre cuando está totalmente bañado por la luz solar. Y el dibujo de una sombra es una
cosa positiva. Ciertamente, poseemos algunos nombres negativos que no significan directamente ideas
positivas, sino su ausencia, tales como insípido, silencio, nada, etc., palabras que hacen referencia a otras
ideas positivas, como gusto, sonido y sed, significando su ausencia.

6. Por todo ello se podría asegurar que la oscuridad se ve
Porque imaginemos un agujero totalmente oscuro del que no se desprende ninguna luz y es evidente que
podríamos ver la forma que tiene o representarla en un dibujo; y cabría preguntarse si la idea que
produce la tinta con la que escribo proviene de una manera diferente. Las causas privativas que he
asignado aquí a ideas positivas coinciden con la opinión vulgar; pero realmente sería difícil determinar si
existe de hecho alguna idea que derive de una causa privativa hasta que se determine si el reposo es más
una privación que el movimiento.

7. Ideas en la mente, cualidades en los cuerpos. Para mejor descubrir la naturaleza de nuestras ideas y
para discurrir inteligiblemente acerca de ellas será conveniente distinguirlas en cuanto que son ideas o
percepciones en nuestra mente, y en cuanto que son modificaciones de materia en los cuerpos que
causan en nosotros dichas percepciones. Y ello, para que no pensemos (como quizá se hace
habitualmente) que las ideas son exactamente las imágenes y semejanzas de algo inherente al objeto que
las produce, ya que la mayoría de las ideas de sensación no son más en la mente la semejanza de algo
que exista fuera de nosotros, que los nombres que las significan son una semejanza de nuestras ideas,
aunque al escuchar esos nombres no dejan de provocarlas en nosotros.

§ 8. Nuestras ideas y las cualidades del cuerpo. Todo aquello que la mente percibe en sí misma, o todo
aquello que es el objeto inmediato de percepción, de pensamiento o de entendimiento, a eso llamo idea;
en cuanto al poder de producir cualquier idea en la mente, lo llamo cualidad del objeto en que reside ese
poder. Así, una bola de nieve tiene el poder de producir en nosotros las ideas de blanco, frío y redondo; a
esos poderes de producir en nosotros esas ideas, en cuanto que están en la bola de nieve, los llamo
cualidades; y en cuanto son sensaciones o percepciones en nuestro entendimiento, los llamo ideas; de las
cuales ideas, si algunas veces hablo como estando en las cosas mismas, quiero que se entienda que me
refiero a esas cualidades en los objetos que producen esas ideas en nosotros.

§ 9. Cualidades primarias. Así consideradas, las cualidades en los cuerpos son, primero, aquellas
enteramente inseparables del cuerpo, cualquiera que sea el estado en que se encuentre, y tales que las
conserva constantemente en todas las alteraciones y cambios que dicho cuerpo pueda sufrir a causa de la
mayor fuerza que pueda ejercerse sobre él. Esas cualidades son tales que los sentidos constantemente las
encuentran en cada partícula de materia con bulto suficiente para ser percibida, y tales que la mente las
considera como inseparables de cada partícula de materia aun cuando sean demasiado pequeñas para que
nuestros sentidos puedan percibirlas individualmente. Por ejemplo, tomemos un grano de trigo y
dividámoslo en dos partes; cada parte todavía tiene solidez, extensión, forma y movilidad. Divídase una
vez más, y las partes aún retienen las mismas cualidades; y si se sigue dividiendo hasta que las partes se
hagan insensibles, retendrán necesariamente, cada una de ellas, todas esas cualidades. Porque la división
(que es todo cuanto un molino o un triturador o cualquier otro cuerpo le hace a otro al reducirlo a partes
insensibles) no puede jamás quitarle a un cuerpo la solidez, la extensión, la forma y la movilidad, sino
que tan sólo hace dos o más distintas y separadas masas de materia de la que antes era una; todas las
cuales, consideradas desde ese momento como otros tantos cuerpos distintos, hacen un cierto número
determinado, una vez hecha la división. A esas cualidades llamo cualidades originales o primarias de un
cuerpo, las cuales, creo, podemos advertir que producen en nosotros las ideas simples de la solidez, la
extensión, la forma, el movimiento, el reposo y el número.

§ 10. Cualidades secundarias. Pero, en segundo lugar, hay cualidades tales que en verdad no son nada
en los objetos mismos, sino poderes de producir en nosotros diversas sensaciones por medio de sus
cualidades primarias, es decir, por el bulto, la forma, la textura y el movimiento de sus partes
insensibles, como son colores, sonidos, gustos, etc. A éstas llamo cualidades secundarias. Podría
añadirse una tercera clase, que todos admiten no ser sino poderes, aunque sean cualidades tan reales en
el objeto como las que yo, para acomodarme a la manera común de hablar, llamo cualidades, pero que,
para distinguirlas, llamo cualidades secundarias. Porque el poder del fuego de producir un nuevo color o
una consistencia distinta en la cera o en el barro por medio de sus cualidades primarias, tan es una
cualidad del fuego, como lo es el poder que tiene para producir en mí, por medio de esas mismas
cualidades primarias, a saber: bulto, textura y movimiento de sus partes insensibles, una nueva idea o
sensación de calor o ardor que no sentía antes.

§ 11. Cómo producen sus ideas las cualidades primarias. La próxima cosa que debe considerarse es
cómo los cuerpos producen ideas en nosotros, y manifiestamente, la única manera en que podemos
concebir que operen los cuerpos es por impulso.

§ 12. Por movimientos externos y en nuestro organismo. Si, por lo tanto, los objetos externos no se
unen a nuestra mente cuando producen ideas en ella, y, sin embargo, percibimos esas cualidades
originales de aquellos objetos que individualmente caen bajo nuestros sentidos, es evidente que habrá
algún movimiento en esos objetos que, afectando a algunas partes de nuestro cuerpo, se prolongue por
conducto de nuestros nervios o espíritus animales hasta el cerebro o el asiento de la sensación, hasta
producir en nuestra mente las ideas particulares que tenemos acerca de dichos objetos. Y puesto que la
extensión, la forma, el número y el movimiento de cuerpos de grandor observable pueden percibirse a
distancia por medio de la vista, es evidente que algunos cuerpos individualmente imperceptibles deben
venir de ellos a los ojos, y de ese modo comunican al cerebro algún movimiento que produce esas ideas
que tenemos en nosotros acerca de tales objetos.

§ 13. Cómo producen sus ideas las cualidades secundarias. De un modo igual al que se producen en
nosotros las ideas de estas cualidades originales, podemos concebir que también se producen las ideas de
las cualidades secundarias, es decir, por la operación de partículas insensibles sobre nuestros sentidos.

Porque es manifiesto que hay cuerpos, y cuerpos en gran cantidad, cada uno de los cuales es tan pequeño
que no podemos por nuestros sentidos descubrir ni su volumen, ni su forma, ni su movimiento, como es
evidente respecto a las partículas del aire y del agua, y respecto a otras extremadamente más pequeñas
que ésas; quizá tanto más pequeñas que las partículas de aire y de agua, como más pequeñas son las
partículas de aire y agua respecto a un guisante o a un granizo. Vamos a suponer, entonces, que los
diferentes movimientos y formas, volumen y número de tales partículas, al afectar a los diversos órganos
de nuestros sentidos, producen en nosotros esas diferentes sensaciones que nos provocan los colores y
olores de los cuerpos; que una violeta, por ejemplo, por el impulso de tales partículas insensibles de
materia, de formas y volumen peculiares y en diferentes grados y modificaciones de sus movimientos,
haga que las ideas del color azul y del aroma dulce de esa flor se produzcan en nuestra mente. En efecto,
no es más imposible concebir que Dios haya unido tales ideas a tales movimientos con los cuales no
tienen ninguna similitud, que concebir que haya unido la idea de dolor al movimiento de un pedazo de
acero que divide nuestra carne, movimiento respecto al cual esa idea de dolor no guarda ninguna
semejanza.

§ 14. Las cualidades secundarias dependen de las primarias. Cuanto he dicho tocante a los colores y
olores, puede entenderse también respecto a gustos, sonidos y demás cualidades sensibles semejantes,
las cuales, cualquiera que sea la realidad que equivocadamente les atribuimos, no son nada en verdad en
los objetos mismos, sino poderes de producir en nosotros diversas sensaciones, y dependen de aquellas
cualidades primarias, a saber: volumen, forma, textura y movimiento de sus partes, como ya dije.

§ 15. Las ideas de las cualidades primarias son semejanzas; no así las ideas de las cualidades
secundarias. De donde, creo, es fácil sacar esta observación: que las ideas de las cualidades primarias de
los cuerpos son semejanzas de dichas cualidades, y que sus modelos realmente existen en los cuerpos
mismos; pero que las ideas producidas en nosotros por las cualidades secundarias en nada se les
asemejan. Nada hay que exista en los cuerpos mismos que se asemeje a esas ideas nuestras. En los
cuerpos a los que denominamos de conformidad con esas ideas, sólo son un poder para producir en
nosotros esas sensaciones; y lo que en idea es dulce, azul o caliente, no es, en los cuerpos que así
llamamos, sino cierto volumen, forma y movimiento de las partes insensibles de los cuerpos mismos;
pero que en nada se asemejan las ideas que en nosotros producen las cualidades secundarias. No hay
nada que exista en los cuerpos mismos que se parezca a esas ideas nuestras. Sólo existe un poder para
producir en nosotros esas sensaciones en los cuerpos a los que denominamos conforme a esas ideas; y lo
que es dulce, azul o caliente según una idea, no es, en los cuerpos así denominados, sino cierto volumen,
forma y movimiento de las partes insensibles de los mismos cuerpos.

16. Ejemplos. -Se denomina caliente y ligera a la llama, blanca y fría a la nieve, al azúcar, blanca y
dulce, a causa de las ideas que en nosotros provocan.

Generalmente se cree que estas cualidades son en esos cuerpos lo mismo que esas ideas que están en
nosotros: equivalencia total las unas de las otras, como lo serían de reflejarse en un espejo; y la mayoría
de los hombres tendrán por muy extravagante a quien afirme lo contrario. Sin embargo, el que tenga en
cuenta que el mismo fuego, que provoca en nosotros a cierta distancia la sensación de calor, nos
produce, si nos acercamos más, la sensación totalmente diferente de dolor, tendrá que reflexionar para él
mismo el motivo que pueda tener para afirmar que su idea de calor provocada en él por el fuego está
realmente en el mismo fuego, y que su idea de dolor, que de igual manera le produjo el mismo fuego, no
está en el fuego. ¿Por qué causa, pues, han de estar la blancura y la frialdad en la nieve, y no debe estarlo
el dolor que produce todas esas ideas en nosotros; ideas que no se pueden provocar sino por el volumen,
la forma, el número y el movimiento de sus partes sólidas?
17. Sólo existen realmente las ideas primarias
Los perciban o no los sentidos, el volumen, el número, la forma y el movimiento particulares de las
partes del fuego o de la nieve están realmente en esos cuerpos, y por ello, pueden denominárseles
cualidades reales, pues existen en realidad en esos cuerpo;. Sin embargo, la luz, el calor, la blancura o la
frialdad no existen de una forma más real en los cuerpos que la enfermedad o el dolor en el azúcar.

Suprimamos la sensación de esas cualidades; evitemos que los ojos vean la luz o los colores, que los
oídos escuchen los sonidos; hagamos que no guste el paladar, y que la nariz no huela, y todos los
colores, sabores y sonidos desde el momento en que son ideas particulares, des-parecerán y se
suprimirán totalmente para quedar reducido a sus causas, o sea, volumen, forma y movimiento de las
partes de los cuerpos.

18.Las cualidades secundarias sólo existen en las cosas como modos de las primarias
El volumen de un trozo de azúcar puede producirnos la idea de una forma redonda o cuadrada y, si se
desplaza de un lugar a otro, la de movimiento. Esta última idea nos representa el movimiento como
realmente ocurre en el azúcar que se desplaza. Ya sea en idea o en existencia, son lo mismo la forma
redonda o cuadrada; bien en la mente, bien en el azúcar. E, independientemente de que se repare o no en
ellos, lo mismo el movimiento que la forma están realmente en el azúcar. Esto es algo que todo el
mundo estará dispuesto a admitir. Además, por su volumen, forma, textura y movimiento de sus partes,
el azúcar puede producir en nosotros la sensación de malestar, y, a veces, la de dolor agudo, a causa de
un exótico. Todo el mundo estará dispuesto a admitir, asimismo, que estas ideas de malestar y de dolor
no están en el azúcar, sino que son efectos de sus operaciones en nosotros y que, cuando no las
percibimos, no están en ninguna parte. Y, sin embargo, difícilmente podría hacerse creer a los hombres
que no están la blancura y la dulzura realmente en el azúcar y que no son sino los efectos del
movimiento provocado por las operaciones del azúcar, por el tamaño y por la forma de sus partículas
sobre los ojos y el paladar; de igual manera que el dolor y el malestar provocados por el azúcar no son,
según todos admiten, sino los efectos de sus operaciones en el estómago y en los intestinos, a
consecuencia del tamaño, del movimiento y de las formas de sus partes no sensibles (ya que, según se ha
probado, ningún cuerpo puede obrar por otro medio diferente). Como si no pudiera obrar el azúcar sobre
los ojos y el paladar, y, de esa manera, provocar en la mente ciertas ideas particulares y distintas que no
tenía en sí, de la misma manera en que admitimos que puede obrar sobre los intestinos y el estómago y
provocar ciertas ideas particulares que no tenían en sí. No veo por qué motivo aquellas ideas producidas
por los efectos sobre los ojos y sobre el paladar (puesto que todas esas ideas son efecto de la forma en
que opera el azúcar sobre diversas partes de nuestro cuerpo por el tamaño, la forma, el número y el
movimiento de sus partes) tienen que considerarse como algo que está realmente en el azúcar, y no se
consideran de la misma manera las ideas producidas a causa de los efectos sobre el estómago y los
intestinos; ni tampoco, por qué motivo han de considerarse ideas que son efectos del azúcar (como el
dolor y el malestar) como no estando en ninguna parte cuando no se perciben; y, sin embargo, será
necesario explicar por qué motivo la blancura y la dulzura, efectos del mismo azúcar sobre otras partes
del cuerpo que operan por modos igualmente desconocidos, tienen que considerarse, cuando no se ve esa
blancura o no se gusta esa dulzura, como existentes en el azúcar.

19. Ejemplo
Se consideran semejantes las ideas de las cualidades primarias; pero no de la misma manera la de las
cualidades secundarias. Consideremos los colores rojo y verde en el pórfido, impidamos que la luz caiga
sobre él y desaparecerán sus colores, y no se producirán esas ideas en nosotros. En el momento en que la
luz vuelva, se producirán de nuevo en nosotros esas ideas: ¿puede alguien pensar que hubo un cambio
real en el pórfido por la presencia y ausencia de la luz, y que las ideas de blancura y de rojo están en
realidad en el pórfido iluminado, cuando, al estar en la oscuridad, no tiene ningún color y es totalmente
llano? Realmente, de día o de noche, tiene una configuración tal de partículas que puede, por el reflejo
de los rayos de la luz en algunas de las partes de esa piedra dura, provocar en nosotros la idea de rojo, y
en otras partes, la idea de lo blanco. Pero lo blanco y lo rojo no están nunca en lo pórfido, sino
únicamente una textura tal que puede producirnos semejantes sensaciones.

20. Siguen los ejemplos
Muélase una almendra, y se convertirá su limpio color blanco en un blanco sucio, y su sabor dulce en un
sabor oleaginoso. Pero ¿qué alteración real pueden producir los golpes de una muela en un cuerpo que
no sea la de su textura?
21. Ejemplos de cómo el agua puede provocar en una mano la idea del frío y en la otra la del calor
Si entendemos de esta manera y diferenciamos las ideas, seremos capaces de explicar el porqué la
misma agua, en un mismo momento, puede provocar en una mano la idea del frío y en la otra la del
calor; puesto que es imposible que una misma agua sea fría y caliente al mismo tiempo, lo que tendría
que suceder si realmente estuvieran en ella esas ideas. Pues pensando que el calor no es, cuando está en
nuestras manos, sino un cierto tipo y clase de movimiento en las partículas pequeñas de nuestros nervios
o espíritus animales, podremos comprender cómo es posible que la misma agua pueda provocar, al
tiempo, la sensación de calor en una mano y la de frío en la otra; esto, sin embargo, no sucede jamás
respecto a la forma, que nunca produce en una mano la idea de un cuadrado, cuando en la otra ha
provocado la de un globo. Pero si la sensación es de calor y de frío, no son sino el aumento o la
disminución del movimiento de las partes más pequeñas de nuestros cuerpos, provocado por las
partículas de otro cuerpo cualquiera, es fácil comprender que, si este movimiento es mayor en una mano
que en la otra, y si se les aplica a las dos manos un cuerpo que tenga en sus partículas más pequeñas un
movimiento mayor que el que tiene una de las manos y más pequeño que el que tiene la otra, ese cuerpo,
cuando se aumenta el movimiento de una mano y se disminuye el de la otra, causa, por ello, las
sensaciones distintas de calor y frío que están relacionadas con esos diferentes grados de movimiento.

22. Una excursión por la Filosofía natural
En todo lo que acabo de decir me he metido algo más en investigaciones físicas de lo que en un
principio era mi intención; pero como ello era necesario para explicar un poco cuál es la naturaleza de la
sensación, y para que se conciba de manera diferenciada la diferencia existente entre las cualidades en
los cuerpos y las ideas que éstas producen en la mente, sin lo que sería totalmente imposible disertar de
forma inteligible sobre este asunto, espero que se me disculpe esta breve intuición en el campo de la
filosofía natural, pues es necesario para nuestra investigación actual el distinguir las cualidades
primarias y reales de los cuerpos, las que siempre se encuentran en ellos (es decir: solidez, extensión,
forma, número y movimiento o reposo, y que algunas veces percibimos, fundamentalmente, cuando los
cuerpos en que se encuentran son lo suficientemente grandes para poder discernirlos de manera
individual), de aquellas cualidades secundarias que no son sino las potencias de combinaciones distintas
de esas otras cualidades primarias, cuando actúan sin que se las distinga de manera clara. De donde
también podremos llegar a saber qué ideas son y qué ideas no son semejantes de algo existente de
manera real en los cuerpos a los que otorgamos nombres que provienen de esas ideas.

23. Clases de cualidades en los cuerpos
Las cualidades, si se consideran de manera debida, que realmente existen en los cuerpos son de tres
clases:
Primero, el volumen, la forma, el número, la situación y el movimiento o reposo de sus partes sólidas:
estas cualidades están en los cuerpos, las percibamos o no. Y cuando los cuerpos tienen el tamaño
suficiente para poder percibirlas, tenemos, a través de ellas, una idea de la cosa como es en sí misma,
según acontece normalmente en las cosas artificiales. Yo llamo a estas cualidades cualidades primarias.

En segundo lugar, el poder que existe en cualquier cuerpo, a causa de sus cualidades primarias
insensibles, para obrar conforme a una manera peculiar sobre cualquiera de nuestros sentidos, y de esta
forma provocar en nosotros las ideas diferentes de diversos colores, sonidos, olores, gustos, etc. A estas
cualidades se las denomina usualmente cualidades sensibles.

En tercer lugar, el poder que existe en cualquier cuerpo, en razón con la constitución particular de sus
cualidades primarias, para producir un cambio de esa clase en el volumen, en la forma, en la textura y en
el movimiento de otro cuerpo que lo haga actuar sobre nuestros sentidos de una manera diferente a la
que operaba antes. De esta manera, el Sol tiene el poder de blanquear la cera y el fuego de derretir el
plomo. Normalmente, a estas cualidades se las denomina potencias.

Como ya se dijo, podría llamarse, a las primeras de estas tres clases, con propiedad cualidades reales
originales o cualidades primarias, ya que se encuentran, se las perciba o no, en las cosas mismas; y las
cualidades secundarias dependen, precisamente, de sus diversas modificaciones.

Las otras dos clases solamente son potencias para obrar de un modo distinto sobre cosas diferentes,
dichas potencias provienen de las distintas modificaciones de aquellas cualidades primarias.

24. Las primeras son semejanzas; se piensa que lo son las segundas, pero no es así; las terceras, ni lo
son ni se piensa que lo sean
Pero aunque estas dos últimas clases de cualidades sean únicamente, y nada más, que potencias, que se
refieren a otros cuerpos varios y que provienen de los distintos cambios de las cualidades originales, se
piensa, sin embargo, de un modo distinto de ellas de manera general. Puesto que las de la segunda clase,
es decir, las potencias que producen en nosotros varias ideas con nuestros sentidos, son consideradas
como cualidades reales en las cosas que nos afectan de esta manera. Sin embargo, a las de la tercera
clase se las denomina potencias, y como tales se las tiene. Por ejemplo, las ideas del calor o de la luz que
por nuestros ojos o por el tacto recibimos del sol, son consideradas normalmente como cualidades reales
que existen en el sol y como algo más que meras potencias en él. Pero cuando consideramos el sol con
referencia a la cera, a la que derrite o blanquea, tenemos en cuenta la blancura y la blandura que en ella
produce, y no como cualidades que se encuentran en el sol, sino como efectos producidos por potencias
en él; en tanto que, si lo consideramos de manera debida, estas cualidades de luz y calor, percepciones
mías cuando este sol me calienta o ilumina, no están más en el sol, que lo están en él por los cambios
que opera, cuando la blanquea o la derrite, en la cera. En todos los casos se trata igualmente de potencias
en el sol, que dependen de sus cualidades primarias, por las que puede, en un caso, cambiar hasta tal
punto el volumen, la forma, la textura o el movimiento de algunas partes insensibles de mis ojos o de
mis manos, que puede provocarme la idea de luz o la de calor; y, en el otro caso, puede cambiar de tal
manera el volumen, la forma, la textura o el movimiento de las partes insensibles en la cera como para
hacer que provoquen las ideas distintas de blanco y de blando.

25. Por qué las cualidades secundarias se toman frecuentemente como cualidades reales y no como
meras potencias
Parece ser que el motivo por el que unas cualidades se tienen frecuentemente por cualidades reales y las
otras por meras potencias es porque como las ideas que tenemos de distintos colores, sonidos, etc., no
contienen nada de volumen, forma o movimiento en ellas, no somos capaces de considerar los efectos de
esas cualidades primarias; las cuales a nuestros sentidos no aparecen como agentes que actúan para
producirlas, y respecto a las cuales no guardan ni una congruencia aparente, ni una conexión visible. Por
esto se explica que tendamos a concebir que esas ideas son la semejanza de algo realmente existente en
los objetos mismos; porque la sensación no permite descubrir que contribuya a la producción de esas
ideas, el volumen, la forma o el movimiento de partes y también porque la razón no puede demostrar
hasta qué punto puedan producir los cuerpos en la mente las ideas de azul, de amarillo, etc., por su
volumen, su forma y su movimiento. Pero en el otro caso, en el de la acción de los cuerpos cuyas
cualidades se alteran recíprocamente, podemos descubrir de manera evidente que la cualidad que ha sido
producida no tiene ninguna semejanza, de manera general, con nada en la cosa que la produce; de donde
se infiere que la consideramos como un mero efecto de una potencia. Porque, si bien nos inclinamos, al
recibir la idea de calor o de luz solar, a pensar qué es la percepción y la semejanza de estas cualidades
con el sol, sin embargo, cuando observamos que mudan el color la cera o el blanco rostro al exponerse al
sol, no podemos concebir que sea la emanación o la semejanza de algo existente en el sol, puesto que no
hallamos en el mismo sol esos colores diferentes. Porque, desde que en el momento que nuestros
sentidos pueden advertir una semejanza o una diferencia de unas cualidades sensibles de dos objetos
exteriores distintos, tenemos que llegar a la conclusión sin ninguna dificultad de que la producción de
cualquier cualidad sensible en cualquier objeto es el efecto de una mera potencia, y no la transición de
alguna cualidad que realmente existía en el actuante, puesto que no encontramos dicha cualidad
insensible en la cosa que la produjo. Pero, puesto que nuestros sentidos no pueden advertir ninguna
diferencia entre la idea que se ha producido en nosotros y la cualidad del objeto que la produce,
tendemos a imaginar que nuestras ideas son la semejanza de algo que se encuentra en los objetos, y no
los efectos de ciertas potencias que radican en los cambios de sus cualidades primarias, con cuyas
cualidades primarias no guardan ninguna similitud las ideas que provocan en nosotros.

26. Las cualidades secundarias son de dos clases: una, las percibidas de manera inmediata; dos, las
que lo son de manera mediata
Para terminar, además de las cualidades primarias ya mencionadas, es decir, volumen, forma, extensión,
número y movimiento de sus partes sólidas, todas las demás, por las que llegamos a notar a los cuerpos y
los distinguimos los unos de los otros, no son sino diversas potencias que se encuentran en ellos, que
dependen de aquellas cualidades primarias, por medio de las que operando de manera inmediata sobre
nuestros cuerpos pueden producirnos varias ideas diferentes u operando sobre otros cuerpos alterar sus
cualidades primarias, para hacerlas capaces de provocar en nosotros unas ideas distintas de las que antes
nos producían. Creo que se podría llamar a las primeras cualidades secundarias inmediatamente
perceptibles, y a las segundas cualidades secundarias mediatamente perceptibles.

Capítulo IX

ACERCA DE LA PERCEPCIÓN
1. Es la primera de las ideas simples que se produce por medio de la reflexión
Así como la percepción es la primera facultad de la mente, desde el momento en que se ocupa de
nuestras ideas, también es la primera y más simple idea que tenemos por medio de la reflexión que
algunos llaman pensar en general; aunque la palabra pensar significa propiamente en la lengua inglesa
esa clase de operación de la mente sobre sus ideas, en cuya operación solamente se muestra activa, y por
la cual considera algo por medio de un cierto grado de atención voluntaria. Porque en la mera y simple
percepción la mente es, en términos generales, solamente pasiva, y cuando percibe no puede por menos
que advertirlo.

2. La reflexión por sí sola nos puede dar la idea de lo que es la percepción
Si uno reflexiona sobre lo que él mismo dice, podrá llegar a saber lo que es la percepción mejor que
nadie cuando ve, oye, siente, o cuando piensa, mejor que por cualquier explicación que en este sentido
se le diera. Cualquiera que reflexione sobre lo que sucede en su propia mente tendrá que advertirlo de
manera necesaria; y si no reflexiona, ninguna palabra del mundo será lo suficientemente clara para
comunicarle ninguna noción en torno a este asunto.

3. Sólo surge cuando la mente observa una impresión orgánica
Es totalmente seguro que cualquier alteración que experimenta el cuerpo, si no llega a la mente;
cualquier impresión que afecta las partes exteriores, sin ser advertida en el interior, no produce ninguna
percepción. El fuego puede abrasar nuestros cuerpos sin que produzca en nosotros más efecto que sobre
un trozo de madera, a menos que el movimiento se continúe hasta llegar al cerebro, y que allí se
produzca la sensación de calor o la idea de dolor, que es en lo que consiste la verdadera percepción.

4. Existe una impresión insuficiente sobre el órgano
Con qué frecuencia no habremos observado en nosotros mismos que mientras la mente está absorta
contemplando algún objeto, considerando detenidamente ciertas ideas que tiene, no observa las
impresiones que algunos cuerpos sonoros producen sobre el órgano del oído, aunque sufran las mismas
alteraciones que normalmente se hacen para producir la idea de sonido. Existe una impresión suficiente
sobre el órgano; pero, al no llegar a ser observada por la mente, no existe percepción; y aunque el
movimiento que comúnmente provoca la idea de sonido llegue al oído, no se escucha, sin embargo,
ningún sonido. En este caso, no se debe a ningún defecto del órgano la falta de sensación, ni tampoco a
que los oídos estén menos afectados que en ocasiones diferentes en que oyen, sino a que, como eso que
de manera normal produce la idea, no es advertido por el entendimiento, aunque el órgano habitual lo
transmita, y por tanto no imprime una idea en la mente, no se sigue ninguna sensación. De esta manera,
siempre que exista sensación o percepción es que se ha producido realmente alguna idea y que se
encuentra en el entendimiento.

5. Aunque los niños que están en el seno materno tengan ideas, éstas no son innatas
Por esto no tengo ninguna duda de que los niños, gracias al empleo de sus sentidos con respecto a los
objetos que los afectan, cuando se hallan en el seno materno reciban unas cuantas ideas antes de nacer,
como efectos inevitables bien de los cuerpos que lo rodean, bien de las necesidades o penalidades que
padezcan; entre estas ideas pienso (si me es lícito hacer conjeturas sobre cosas que no son muy fáciles de
examinar) que las del hambre y las del calor serían dos de ellas, probablemente las primeras que tienen
los niños, y de las que nunca se desprenderán.

6. Efectos de la sensación en el seno materno
Sin embargo, aunque es razonable pensar que los niños reciben algunas ideas antes de llegar al mundo,
dichas ideas simples están muy lejos de constituir esos principios innatos que algunos defienden y que
antes hemos rebatido. Puesto que estas ideas, a las que aquí nos referimos, son el efecto de la sensación,
no proceden sino de alguna afección que el cuerpo padece mientras se halla en el seno materno, de tal
manera que dependen de algo exterior a su mente, y en nada se diferencian respecto a la manera en que
se producen de las otras ideas derivadas de los sentidos, salvo en ser anteriores en el tiempo. En cambio,
aquellos principios innatos se tienen como de una naturaleza muy distinta, puesto que no vienen a la
mente por una alteración accidental en el cuerpo o por una operación sobre el mismo, sino que, por
decirlo así, son caracteres originarios, impresos en la mente desde el mismo momento primero de su ser
y constitución.

7. No es tan claro saber qué ideas son las primeras
Así como existen algunas ideas a las que podemos imaginar, de manera razonable, dentro de la mente de
los niños que aún se hallan en el seno materno, ideas subordinadas a las necesidades vitales y a las del
ser que se encuentran en esas condiciones de la misma manera, una vez que han nacido, las primeras
ideas que reciben provienen de las cualidades sensibles que se les presentan antes, entre las cuales la de
más consideración y eficacia es la luz. Y puede adivinarse ligeramente lo ansiosa que está la mente por
apropiarse de todas aquellas ideas que no conllevan una sensación dolorosa por lo que se observa en los
recién nacidos, quienes siempre dirigen los ojos hacia el lugar del que proviene la luz, sea cual fuere la
posición en las que se les ha acostado. Pero como al principio son bastante diversas las ideas más
familiares, de acuerdo con las distintas circunstancias en que los niños se enfrentan al mundo en un
principio, el orden en que llegan las ideas a la mente es tan diverso como incierto; y, por otra parte, no es
de gran importancia el saberlo.

8. Con frecuencia las ideas provenientes de la sensación cambian por medio del juicio
En lo que se refiere a la percepción, conviene tener en cuenta que las ideas percibidas a través de la
sensación se alteran con frecuencia por medio del juicio, en el caso de los adultos, sin que lo
observemos. Cuando situamos delante de nuestros ojos un globo esférico de un color cualquiera, por
ejemplo, dorado, alabastro o azabache, es seguro que la idea que se imprime en nuestra mente al
contemplar ese globo es la de un círculo plano, con varias sombras y con diversos matices de luz y de
tonos que hieren nuestros ojos. Pero como ya estamos habituados por la costumbre a percibir el aspecto
producido por los cuerpos convexos en nosotros, y los cambios que experimentan los reflejos luminosos
según las diferencias de las formas sensibles de los cuerpos, el juicio a causa de una costumbre reiterada
cambia de manera inmediata las apariencias en sus causas de forma tal que lo que realmente es una
variedad de sombra o de color reunida en la forma, lo hace pasar por un cambio de la forma, y se forja
para el mismo la percepción de una forma convexa y de un color uniforme, cuando la idea que
percibimos no es sino la de un plano coloreado de forma diversa, según se puede ver en los cuadros. A
este respecto voy a insertar aquí un problema de ese ingenioso y estudioso promotor del verdadero
conocimiento, el apreciable sabio señor Molineux, quien tuvo la gentileza de enviármelo hace algunos
meses en una de sus cartas. He aquí el problema: supongamos que un hombre ya adulto es ciego de
nacimiento, y que se le ha enseñado a distinguir por medio del tacto la diferencia que existe entre un
cubo y una esfera del mismo metal, e igual tamaño aproximadamente, de tal manera que, tocando una y
otra figura, puede decir cuál es el cubo y cuál la esfera. Imaginemos ahora que el cubo y la esfera se
encuentran sobre una mesa y que el hombre ciego ha recobrado su vista. La pregunta es si, antes de
tocarlos, podría diferenciar, por medio de la vista, la esfera y el cubo. A ello responde nuestro agudo y
juicioso promotor que no; porque, aunque el hombre en cuestión tenga la experiencia del modo en que
afectan a su tacto una esfera y un cubo, no tiene, sin embargo, la experiencia de que aquello que afecta a
su tacto de tal o cual forma deberá hacerlo de esta o aquella manera a su vista; ni de que un ángulo
saliente del cubo, que causaba una presión desigual en su mano, se muestre a su vista en forma de cubo.

Estoy totalmente de acuerdo con la respuesta que da al problema este hombre inteligente de quien me
precio en llamarme amigo, y soy de la opinión que el ciego no podría decir con certeza, a primera vista,
cuál es la esfera y cuál el cubo mientras los viera solamente, aunque pudiera diferenciarlos sin
equivocarse y con toda seguridad por el tacto a causa de las formas que él apreciaba por esta vía. Me ha
parecido oportuno ofrecer este problema al lector para que piense lo mucho que les debe a la
experiencia, a la educación y a las nociones adquiridas, aunque él crea que no le sirven para nada, ni le
ayudan en absoluto, y principalmente porque este hombre observador añade que, habiendo propuesto
este problema a varios hombres muy ingeniosos con ocasión de mi libro, apenas topó con uno que
supiera darle desde el principio la respuesta que a él le parece la verdadera, hasta que, una vez
escuchadas sus razones, se convencieron.

9. Este juicio puede conducirnos a errores
Sin embargo, creo que esto no ocurre de manera habitual excepto con aquellas ideas que recibimos por
medio de la vista; porque como la vista, que es el más amplio de todos nuestros sentidos, lleva a nuestra
mente las ideas de luz y color, solamente propias de este sentido y transmite también las ideas muy
diferentes de espacio, forma y movimiento, cuya distinta variedad cambian la apariencia de los objetos
que le son propios, es decir, la luz y los colores, llegamos a acostumbrarnos a juzgar unas por las otras.

En la mayoría de los casos esto se produce por una costumbre muy arraigada respecto a cosas de las que
tenemos una experiencia frecuente y se efectúa de una manera tan rápida y constante que llegamos a
considerar como percepción de nuestra sensación algo que es una idea formada por nuestro juicio de tal
forma que la una, es decir, la sensación, solamente sirve para provocar a la otra sin apenas ser advertida,
lo que sucede al hombre que lee o escucha atentamente y con entendimiento sin fijarse apenas en las
letras o sonidos, atento solamente a las ideas que en él provocan.

10. Por el hábito, las ideas de la sensación son cambiadas de manera inconsciente por ideas de juicios
Y no debe extrañarnos que esto se produzca con tan poca advertencia sí tenemos en cuenta la rapidez
con que se producen en la mente las operaciones; porque del mismo modo que se cree que aquélla no
ocupa ningún espacio, y que no tiene extensión igualmente, parece que sus acciones no necesitan ningún
tiempo, sino que, en un instante parecen acumularse gran número de ellas. Esto lo digo en relación a las
acciones del cuerpo. Cualquiera podrá observar fácilmente esto en sus propios pensamientos siempre
que se tome la molestia de reflexionar acerca de ellos. Hasta dónde, por ejemplo, como si ocurriera en
un instante, puede abarcar nuestra mente de un solo vistazo todas las partes de una larga demostración, si
se tiene en cuenta el tiempo que se necesitaría para expresaría por medio de palabras y explicársela
gradualmente a otro. En segundo lugar, no nos extrañará tanto que esto se produzca tan
inadvertidamente si tenemos en cuenta que la facilidad que adquirimos, por medio de la costumbre, para
hacer algo, conlleva con frecuencia el efecto de pasar inadvertido. Ciertos hábitos, y de manera especial
los que adquirirnos en edades tempranas, terminan por producir en nosotros actos que con frecuencia
escapan a nuestra observación. ¿Cuántas veces tapamos, a lo largo de un día, nuestros ojos con los
párpados, sin darnos cuenta de que estamos a oscuras? Algún hombre utiliza constantemente y por
costumbre ciertas palabras que no vienen al caso y de este modo, en casi todas sus frases, emite ciertos
sonidos que, aunque son advertidos por los demás, no son escuchados ni observados por él mismo. Por
tanto, no resulta tan extraño que nuestra mente cambie con frecuencia la idea de sus sensaciones por otra
de su juicio, y que haga que la una solamente sirva para provocar la otra sin que nosotros lo percibamos.

11. La diferencia entre los animales y los vegetales viene dada por la percepción
Me parece que esta facultad de la percepción es la que marca la diferencia existente entre el reino animal
y los seres inferiores de la naturaleza. Porque si bien es cierto que muchos vegetales poseen un cierto
grado de movimiento, y que al serles aplicados otros cuerpos alteran muy vivamente sus formas y sus
movimientos, por lo que se les ha dado con justeza él nombre de plantas sensibles, a causa de un
movimiento que se asemeja ligeramente al que existe en los animales provocado por la sensación, sin
embargo, pienso que no es sino mero mecanicismo, y que ese movimiento no se produce de una forma
muy diferente a la que provoca que se rice, por efecto de la humedad, la barba de la avena selvática, o
que se acorte un lazo al mojarse; ya que todo ello se efectúa sin ninguna sensación por parte del sujeto, y
sin que éste tenga ni reciba ninguna ida.

12. La percepción se encuentra en todos los animales
Creo que la percepción se encuentra, en cierto grado, en todas las clases de animales; aunque, en
algunas, es probable que los conductos con que la naturaleza las ha dotado para percibir las sensaciones
sean tan escasos y la percepción que ofrecen tan oscura y absurda, que se queda muy por debajo de la
vivacidad y riqueza de sensaciones que tienen otros animales. Sin embargo, resulta adecuada, de manera
sabia y suficiente, para el estado y condición de la clase animal que se haya hecho así, de tal manera que
la sabiduría y la bondad del Creador se muestran de forma evidente en todas las partes de esa fábrica
portentosa, y en todos los distintos grados y clases de criaturas que en ésta se encuentran.

13. De acuerdo con su condición
A partir de la constitución de una ostra o una almeja, me parece que podemos afirmar de manera
razonable que no poseen ni la cantidad ni la viveza de sentidos que un hombre u otros animales
distintos; y en el caso de que los tuvieran de poco provecho les podrían resultar dada la incapacidad que
tienen para moverse de un lugar a otro. ¿Qué beneficio le podría suponer la vista o el oído a una criatura
que no puede moverse hacia los objetos que les pueden ser de provecho, ni alejarse de los que le pueden
producir un perjuicio? ¿No sería acaso inconveniente la viveza en la sensación para un animal que debe
permanecer inmóvil en el mismo sitio en que lo colocó la suerte, y donde recibe las corrientes de agua
fría o caliente, limpia o sucia, según llega adonde se encuentra?
14. Debilitación de la percepción en los tiempos remotos
No puedo menos de pensar, sin embargo, que estos animales poseen alguna pequeña percepción que los
diferencia de la absoluta insensibilidad. Y de que esto es así, tenemos algunos ejemplos hasta en los
mismos hombres, Tomemos un hombre en quien la decrepitud de la vejez ha borrado el recuerdo de sus
anteriores conocimientos y ha desprovisto a su mente de las ideas que antes tenía y que, además, por
haber perdido totalmente la vista, el oído y el olfato y el paladar hasta cierto grado, se le han obstruido
casi todos los conductos para la recepción de nuevas ideas, o, suponiendo que algunos de esos conductos
todavía estén a medio abrir, pensemos que las impresiones hechas en la mente apenas son percibidas o
recordadas. Pues bien, dejaré a la consideración del lector lo lejos que esta persona se encuentra (pese a
cuanto se pretende sobre los principios innatos) en lo que se refiere a conocimientos y a facultades
intelectuales, de una almeja o de una ostra. Y si un hombre ha pasado en. estas circunstancias sesenta
años (lo que es tan viable como que sólo pase tres días), sería sorprendente saber la diferencia, en lo que
toca al desarrollo intelectual existente entre él y los animales del rango más inferior.

15. La entrada del conocimiento es la percepción
Al ser, pues, la percepción el primer paso y grado hacia el conocimiento y la vía de acceso de todos sus
materiales cuantos menos sean los sentidos que cualquier hombre, o cualquier otra criatura tenga;
cuantas menos y más difusas sean las impresiones que provocan, y cuanto más embotadas sean las
facultades que se ocupen en ellas, más lejano se estará de aquel conocimiento que se halla en algunos
hombres. Pero como esto sucede (según puede observarse, entre los hombres) en gran variedad de
grados, no se puede descubrir con certeza en las distintas especies de animales, y menos aún en sus
individuos particulares. Me basta tan sólo haber advertido aquí que la primera operación de nuestras
facultades intelectuales, y la vía de acceso de todo conocimiento a nuestra mente, es la percepción. Y,
además, me inclino a pensar que es la percepción en su grado ínfimo lo que establece la frontera entre
los animales y las especies inferiores de las criaturas. Pero esto tan sólo lo digo de paso y como una
conjetura mía, pues es irrelevante para la materia en que me ocupo lo que dictaminen los sabios sobre
este asunto.

Capítulo X

ACERCA DE LA RETENTIVA
1. La contemplación
Denomino retentiva a la siguiente facultad de la mente, por la que avanza más hacia el conocimiento, es
decir, a la conservación de aquellas ideas simples que ha recibido por medio de la sensación o de la
reflexión. La primera de las dos maneras por las que esto se hace se llama contemplación, y consiste en
conservar durante algún tiempo a la vista la idea que ha sido llevada a la mente.

2. Memoria
La otra forma de retención supone la facultad de revivir de nuevo en nuestra mente aquellas ideas que,
después de quedar impresas, han desaparecido o han sido, como quien dice, dejadas de lado y fuera de la
vista. Esto es lo que hacemos cuando imaginamos el color o la luz, el amarillo o lo dulce, sin estar
presente el objeto que provoca esas sensaciones. La memoria es, pues, como un almacén de nuestras
ideas. Porque, dado que la mente humana no permite, por su estrechez, tener gran número de ideas bajo
inspección y consideración a un tiempo, resultaba necesario que tuviera un lugar donde almacenar
aquellas ideas que podría necesitar en cualquier momento. Mas como nuestras ideas no son sino
percepciones efectivas en la mente, y en el momento en que no existe percepción de ellas dejan de ser
algo, el almacenamiento de nuestras ideas en la memoria sólo significa lo siguiente: que la mente posee
en muchos casos el poder de revivir percepciones que antes ha tenido, y además tiene una percepción
adicional: el saber que las ha tenido antes. Y es en este sentido en el que se dice que nuestras ideas están
en nuestra memoria, cuando realmente no están en parte alguna de manera efectiva, sino que la mente
posee únicamente la capacidad de revivirlas cuando lo desea, y, como quien dice, de grabarlas de nuevo
en ella misma, aunque algunas con más dificultad que otras, unas de manera muy nítida, otras de forma
más opaca. Y es precisamente por la ayuda de esa facultad por lo que se puede afirmar que todas esas
ideas están en nuestro entendimiento, pues, aunque no las contemplamos efectivamente, podemos
representárnoslas de nuevo y hacerlas aparecer para que sean otra vez objetos de nuestros pensamientos,
sin la presencia de esas cualidades sensibles que las imprimieron allí por vez primera.

3. La atención, la repetición, el placer y el dolor lijan las ideas
Para fijar cualquier idea en la memoria, son de gran utilidad la atención y la repetición; pero las que
dejan de manera natural la impresión más profunda y duradera son las que conllevan placer o dolor.

Como la finalidad principal de nuestros sentidos es informarnos sobre lo que daría o favorece al cuerpo,
la naturaleza ha ordenado (como ya hemos demostrado) de manera sumamente sabia que el dolor
acompañe a la recepción de determinadas ideas; y éste, al sustituir en los niños al raciocinio y a la
consideración, y al actuar más rápidamente que ésta en los adultos, hace que tanto los jóvenes como los
viejos procuren evitar los objetos dolorosos con la rapidez que es necesaria para su conservación, y que
ambos registren en su memoria una advertencia para el futuro.

4. Las ideas se desvanecen en la memoria
En lo que se refiere a los diferentes grados de duración con que las ideas están impresas en la memoria,
podemos ver que algunas de ellas han sido producidas en el entendimiento por un objeto que ha afectado
a los sentidos solamente una vez. Existen otras que han sido poco advertidas, aunque se hayan ofrecido
más de una vez a los sentidos, bien porque la mente no estuviera atenta, como ocurre a los niños, bien
porque estuviera ocupada en otra cosa, como les ocurre a los hombres cuando están pensando en otro
objeto, por lo que estas ideas no dejan una huella muy profunda. Existen otras personas en quienes las
ideas han sido grabadas de manera cuidadosa y por impresiones repetidas y que, sin embargo, tienen una
memoria muy frágil, ya sea por un temperamento de su cuerpo o por cualquier otra causa. En todos los
casos que hemos enumerado, las ideas se desvanecen muy pronto de la mente, y con frecuencia
desaparecen por completo del entendimiento sin dejar más huella o señales de sí mismas que la sombra
pasajera en un campo de trigo; y la mente está tan desprovista de ellas, como si jamás se hubieran
hallado allí.

5 Causas del olvido
De esta manera, muchas de las ideas que se forman en la mente de los niños cuando éstos comienzan a
tener sensaciones (algunas de cuyas ideas se produjeron, quizá, antes de haber nacido, como las que
consisten en placer o dolor, y otras durante la infancia), si no se repiten a lo largo de sus vidas, se
pierden completamente, sin que de ellas quede ni el menor rastro. Esto es algo que se puede observar en
las personas que perdieron la vista por accidente siendo muy jóvenes, para las que, al no haber advertido
bastante las ideas de los colores, y al dejar de repetirse, estas ideas han desaparecido de tal manera que
después de unos años no tienen en sus mentes más noción ni recuerdo de los colores que los que son
ciegos de nacimiento. Es verdad que la memoria de algunos hombres es persistente hasta límites
milagrosos; pero, de cualquier forma, parece que existe un deterioro constante de todas nuestras ideas,
incluso de aquellas que han sido impresas de manera más vigorosa en las mentes más retentivas; hasta
tal punto, que si no se renuevan alguna vez mediante el ejercicio repetido de los sentidos o de la
reflexión, la huella producida por los objetos que en un principio las ocasionaron se desvanece hasta no
quedar nada de su imagen. De esta manera es como las ideas de nuestra juventud mueren, al igual que
nuestros hijos, antes que nosotros; y en esto, nuestra mente se asemeja a aquellos sepulcros en los que
podemos ver, según nos vamos acercando, que aunque el bronce y el mármol permanezcan, las
inscripciones han sido borradas por el tiempo y las imágenes desgastadas. Pues también las imágenes
grabadas en nuestra mente han sido dibujadas con colores que se desvanecen, y si no se repasan de vez
en cuando, se enturbian y borran. Hasta qué grado depende todo esto de la constitución de nuestros
cuerpos y de la formación de nuestros espíritus animales, y si es la constitución particular del cerebro lo
que explica los motivos de que unas personas retengan los caracteres allí impresos como si lo hubieran
sido en mármol, otras como si en piedra, y otras casi corno en arena, son cuestiones en las que no voy a
entrar aquí, aunque parece probable que el temperamento del cuerpo influya algunas veces en la
memoria; pues existen ocasiones en que vemos que una enfermedad quita todas las ideas de la mente, y
en las que el fuego de la fiebre abrasa en pocos días, dejándolas reducidas a polvo y a confusión, todas
aquellas imágenes que creíamos tan permanentemente grabadas, como si lo hubieran sido en mármol.

6. Las ideas que se repiten constantemente es muy difícil que se pierdan
Con relación a las ideas mismas, resulta muy fácil advertir que aquellas que se refrescan con más
frecuencia (entre las que están las que llegan a la mente por más de un camino) por el regreso repetido
de los objetos o de las acciones producidas, son las que se fijan mejor en la memoria y las que
permanecen en ella de un modo más estable y duradero; y, por tanto, se trata de aquellas que provienen
de las cualidades originales de los cuerpos, es decir, solidez, extensión, forma, movimiento y reposo, y
también de aquellas que afectan constantemente a nuestros cuerpos, como el calor y el frío, y lo mismo
de las que son propiedad de toda clase de seres, como la existencia, duración o número, las cuales
poseen casi todos los objetos que afectan a nuestros sentidos y todas las ideas que ocupan nuestra mente.

Afirmo, pues, que estas y otras ideas semejantes casi nunca se pierden del todo, en tanto que la mente
conserve todavía algunas ideas.

7. Generalmente, la mente es activa cuando recuerda
En esta percepción secundaria, como también se puede llamar, o en este contemplar de nuevo las ideas
que están alojadas en la memoria, la mente no es con frecuencia meramente pasiva, ya que la aparición
de esas imágenes latentes muchas veces depende de la voluntad. Con frecuencia, la mente se ocupa en
buscar una idea y, por así decirlo, vuelve la mirada del alma sobre ella; aunque también es verdad que a
veces surgen en la mente por su propio acuerdo y se ofrecen a sí mismas al entendimiento; y con mucha
frecuencia sucede que alguna inflamada y turbulenta pasión las despierta y saca de las oscuras
mazmorras en que se hallaban, para conducirlas a la luz del día, ya que nuestras pasiones pueden traer a
la memoria algunas ideas que de otra manera permanecerían tranquilas e inactivas. Además, se puede
observar otro hecho con respecto a las ideas que están alojadas en la memoria Y que son revividas en
ocasiones por la mente: que no solamente no son ideas nuevas, como indica el término revivir, sino que,
además, la mente se da cuenta de que se trata de impresiones anteriores y renueva su trato con ellas por
ser ideas de las que ya tenía un conocimiento. De esta manera, aunque las ideas que han sido impresas
con anterioridad no estén a la vista de una manera constante, se conoce, sin embargo, por medio del
recuerdo, que estaban ya impresas, es decir, que el entendimiento las había advertido anteriormente, y
habían estado a la vista.

8 Dos defectos de la memoria: el olvido y la lentitud
En cualquier criatura inteligente, la memoria sigue en importancia a la percepción. Es algo tan necesario
que allí donde falta, el resto de nuestras facultades son en gran medida inútiles; y, si no fuera por el
auxilio de nuestra memoria, no podríamos ir más allá de los objetos presentes en el raciocinio y en el
conocimiento; pero la memoria puede tener dos defectos:
Primero, que haga que se pierda una idea completamente, con lo que se produce una perfecta ignorancia,
pues, como no podemos conocer algo más allá de la idea que tengamos de ello, cuando la idea
desaparece, nos encontramos en una ignorancia absoluta al respecto.

Segundo, que actúe con lentitud y no extraiga las ideas que tiene almacenadas con la suficiente rapidez
que la mente requiera en una ocasión determinada. Cuando esta lentitud se da en un grado muy alto, la
llamamos estupidez; y a la persona que, por tener este defecto en la memoria, le sucede que no tiene a
mano las ideas allí conservadas para usarlas cuando la necesidad y la ocasión lo requieren, le es casi
igual el no tenerlas, pues de muy poco le sirven. El hombre necio que deja pasar la oportunidad mientras
busca en su mente las ideas que en un momento determinado pudieran servirle, no tiene unos
conocimientos más eficaces que el que es totalmente ignorante. La finalidad principal de la memoria
consiste, por tanto, en entregar a la mente aquellas ideas latentes que en un momento determinado
necesite; y denominamos inventiva, fantasía y rapidez de espíritu a la capacidad de tener esas ideas a
mano en toda ocasión.

9. Un defecto que pertenece a la memoria del hombre
Quiero advertir que éstos son los defectos de la memoria de los hombres comparados los unos con los
otros. Pero existe otro defecto en la memoria del hombre en general, comparado con otras criaturas
inteligentes de orden superior, las cuales pueden exceder en esa facultad al hombre hasta tal punto, que
les es dado el tener constantemente a la vista el sentido total de todas sus acciones previas, de tal manera
que ninguna de las ideas que hayan tenido pueda escapar a su mirada. Puede ser suficiente, para
convencernos de esta posibilidad, la omnisciencia de Dios, que sabe todas las cosas pasadas, presentes y
futuras, y para el que siempre son visibles los pensamientos del corazón de todos los hombres. Y no
admite duda alguna el que Dios pueda comunicar a esos gloriosos espíritus, que son sus servidores
inmediatos, alguna de sus perfecciones, en la proporción que se le antoje y hasta el punto a que puedan
llegar unas criaturas finitas. Se cuenta de ese prodigio del espíritu, que fue el señor Pascal, que nunca
olvidó nada de cuanto había hecho, pensado o leído a lo largo de su edad racional, hasta que el desgaste
de su salud no hubo deteriorado su memoria. Este privilegio es tan poco frecuente en la mayor parte de
los hombres, que resultará increíble para quienes miden a los demás según su propio rasero, lo que
resulta bastante frecuente. Pero si consideramos, de todos modos, ese caso excepcional (el de Pascal), tal
vez nos sirva de ayuda para ampliar nuestros pensamientos sobre la mayor perfección existente a este
respecto en los órdenes superiores de los espíritus. Porque, al fin y al cabo, la excelencia del señor
Pascal estaba limitada por la estrechez a que se ve reducida la mente humana, es decir, el poder tener
una gran variedad de ideas, pero sólo una detrás de otra y no conjuntamente; en tanto que los distintos
órdenes angélicos probablemente tengan una visión más amplia, y algunos de ellos estén dotados de
capacidades que les permitan retener en su totalidad y ver constantemente, y de un solo golpe, la
totalidad de sus conocimientos previos. Es fácil de comprender la gran ventaja que supondría para el
hombre que cultiva su espíritu el poder tener siempre presentes todos sus pensamientos pasados y todos
sus raciocinios. De aquí podemos deducir que ésta es una de las formas por las que el conocimiento de
los espíritus puros sobre- pasa muchísimo al nuestro.

10. Los animales irracionales tienen memoria
Parece que, al igual que el hombre, otros animales poseen esta facultad de almacenar y retener las ideas
que entran en la mente en grado considerable. No me cabe la menor duda de que los pájaros, para no
recurrir a otros ejemplos, poseen percepción y retienen ideas en su memoria que usan como modelos,
cuando aprenden algunas tonadillas poniendo un especial empeño en acertar en las notas musicales. Pues
me resulta imposible pensar que se esforzarán por ajustar sus voces a notas (como claramente lo hacen)
de las que no tuvieron ninguna idea. Porque, aunque yo admita que el sonido provoca mecánicamente
cierto movimiento de los espíritus animales en el cerebro de esos pájaros cuando se está interpretando la
melodía, y que ese movimiento pudiera prolongarse hasta los músculos de las alas, de manera tal que el
pájaro se ahuyentara instintivamente por ciertos ruidos, ya que ello podría contribuir a su conservación;
sin embargo, no se podrá aducir esto como razón para explicar por qué, al interpretar una melodía al
pájaro, y menos aún cuando la música ha cesado, eso debería provocar mecánicamente un movimiento,
en los órganos de la voz del pájaro, movimiento que lo lleva a imitar las notas de un sonido extraño, no
siendo de ninguna utilidad para su conservación esta imitación. Y no puede presuponerse, y menos aún
probarse, con algún motivo razonable, que los pájaros pudieran, careciendo de razón y de memoria,
acercarse de manera lenta y gradual a una melodía que les fue interpretada ayer; ya que, si no
conservaran ninguna idea de ella en la memoria, no estaría presente en parte alguna, y, por tanto,
difícilmente pudiera ser para ellos un modelo a imitar, y al que acercarse por medio de ensayos
repetidos. Porque no hay razón para que el sonido de una flauta les deje una huella en el cerebro, el cual
no podrá producir unos sonidos similares en el primer momento, sino sólo después de ciertos ensayos
posteriores que los pájaros se empeñan en hacer, una vez que han oído la flauta; y, por otra parte, es
imposible imaginar por qué los sonidos que ellos mismos producen no habrían de dejar una huella, del
mismo modo que aquellas huellas que deja el sonido de la flauta y que éstos imitan.

Capítulo XI

ACERCA DEL DISCERNIR Y DE OTRAS OPERACIONES DE LA MENTE
1. No existe conocimiento sin discernimiento
Otra de las facultades de la mente, que necesariamente tenemos que señalar, es la de discernir o
distinguir entre las distintas ideas que hay en ella. No es suficiente con que la mente tenga una
percepción confusa de algo general; pues si la mente no poseyera también una percepción diferenciada
de los distintos objetos y de sus diversas cualidades, podrá llegar solamente a un conocimiento muy
pequeño, aun cuando la acción de los cuerpos que nos afectan y rodean fuera tan fuerte como lo es
ahora, y aun cuando la mente se ocupara en pensar de manera continua. La evidencia y la certidumbre de
varias proposiciones dependen de esta facultad de diferenciar una cosa de otra, incluso de algunas
proposiciones de orden muy general que se han considerado proposiciones innatas; porque los hombres,
sin detenerse en la verdadera razón por la que esas razones reciben un asentimiento universal, han
pensado que se trata de impresiones uniformes e innatas, cuando realmente depende de esta facultad de
la mente de discernir con claridad, que le permite diferenciar cuándo dos ideas son las mismas o cuándo
son diferentes. Después nos referiremos a este asunto de manera más detallada.

2. De la diferencia existente entre ingenio y juicio
No voy a examinar aquí hasta qué punto se debe la imperfección en diferenciar unas ideas de otras, bien
al embotamiento o a defecto de los órganos sensoriales, bien a la falta de penetración, ejercicio o
atención por parte del entendimiento, bien a la prisa y precipitación que existe en algunos
entendimientos. Sea suficiente con señalar que se trata de una de las operaciones sobre las que la mente
puede autoreflexionar. Y es tan importante para los demás conocimientos que tiene la mente, que en la
misma medida en que esa facultad se halla embotada, o no sea capaz de distinguir unas ideas de otras, en
esa misma medida nuestras nociones resultarán confusas, y nuestra razón y nuestro juicio estarán
perdidos y perturbados. Si la vivacidad consiste en tener a nuestro alcance las ideas que están en la
memoria, en tenerlas de manera clara, y en poder distinguir bien una cosa de otra cuando hay la menor
diferencia, también consiste en gran medida en esa exactitud de juicio y en esa claridad de razonamiento
que diferencia a algunos hombres para situarlos por encima de los otros. De esto se ha inferido, tal vez
con bastante razón, que los hombres de mucho ingenio y memoria viva no son siempre los que poseen
un juicio más claro, ni una razón más profunda. Porque el ingenio, de manera fundamental, estriba en
reunir varias ideas, juntando rápidamente aquellas en las que se pueda, ver alguna semejanza o relación,
de manera que se producen cuadros felices y visiones agradables a la imaginación; por el contrario, el
juicio es totalmente opuesto, desde el momento en que actúa separando cuidadosamente aquellas ideas
entre las que puede encontrar la menor diferencia, para, de este modo, evitar que por la semejanza se
produzca engaño, ya que podría tomar una cosa por otra debido a su similitud. Esta manera de actuar
resulta totalmente contraria a la metáfora y a la alusión, que resultan tan gratas a todos, por dirigirse a
nuestra imaginación de manera tan viva; y porque, además, su belleza nos deslumbra y hace inútil
cualquier esfuerzo del pensamiento por descubrir la verdad o razón que conllevan. La mente queda
satisfecha con lo agradable del cuadro y lo llamativo de la imagen, sin ocuparse de penetrar más
adelante; y supondría una especie de agravio examinar esta clase de pensamientos según las severas
reglas de la verdad y del buen razonar; de donde se infiere que el ingenio consiste en algo que no
corresponde a dichas reglas de manera exacta.

3. Unicamente la claridad evita la confusión
Para poder distinguir bien nuestras ideas, tienen que ser claras y concretas; cuando son de esta manera,
no se engendrará confusión ni error sobre ellas, aunque (como sucede a veces) los sentidos las
transmitan de manera diferente en distintas ocasiones a partir de un mismo objeto, y de esa manera
parezca que se contradicen. Porque aunque suceda que un hombre, a causa de la fiebre, perciba en el
azúcar un sabor amargo mientras que en otras circunstancia cualquiera sentiría un sabor dulce, sin
embargo, es tan clara y distinta en ese hombre la idea de lo amargo con respecto a la de lo dulce, como
la de la hiel y la del azúcar. Y porque en ocasiones una misma clase de cuerpo provoque la idea de lo
dulce o la de lo amargo, no se da una mayor confusión entre esas ideas que entre las de blanco y dulce, o
blanco y redondo, por el hecho de ser producidas al tiempo y conjuntamente por un mismo trozo de
azúcar. Y las ideas de naranja y azul que produce en la mente un mismo trozo de la infusión de lignum
nephriticum, no son ideas menos distintas que las de esos mismos colores cuando son producidas por
dos cuerpos muy diferentes.

4. Comparar ideas
Otra operación que la mente hace sobre sus ideas es la de compararlas, unas con otras, con respecto a su
alcance, a los grados, al tiempo, al lugar y a cualquier otra circunstancia; y de esta operación depende
toda esa amplia serie de ideas que se engloban bajo la denominación de relación, de cuya gran extensión
hablaré más adelante.

5. Los animales irracionales comparan las ideas de un modo imperfecto
No resulta fácil establecer hasta qué punto participan de esa facultad los animales irracionales; pero yo
pienso que no la poseen en un grado alto, pues aunque es probable que tengan varias ideas bastante
distintas, sin embargo, me parece que es exclusivo del entendimiento humano el ver y comparar las
circunstancias en que se han producido dos ideas, cuando las ha distinguido como perfectamente
diferentes y, en consecuencia, ha establecido que son dos ideas. Por ello, creo que los animales no
comparan sus ideas en ciertas circunstancias sensibles que van ligadas a los mismos objetos. En cuanto a
la otra potencia de comparar que se observa en los hombres, y que pertenece a las ideas generales,
siendo solamente útil para los razonamientos abstractos, podemos pensar con toda certeza que los brutos
carecen de ella.

6. Composición de ideas
Otra facultad que podemos observar en la mente con respecto a sus ideas es la composición, por la que
la mente reúne varias de las ideas simples que había reunido a través de la sensación y la reflexión, y las
combina para formar ideas complejas. En esta misma operación de componer las ideas se puede incluir
la de ampliación, pues aunque aquí la composición no es tan evidente como en los casos más complejos,
se trata de todos modos de reunir ideas, aunque de una misma clase. De esta manera, tenemos la idea de
una docena al sumar varias unidades, y juntando las ideas repetidas de varias pérticas, la de un estadio.

7. Los brutos hacen poca composición de ideas
Supongo que también a este respecto los animales irracionales se quedan cortos en comparación con el
hombre; porque, si bien reciben y retienen juntas varias combinaciones de ideas simples, como,
posiblemente, la forma, el olor y la voz de su amo, y constituyan la idea compleja que un perro tenga de
éste, o sean, más bien, distintas señales por las que le conoce, sin embargo, yo no creo que los brutos
compongan jamás estas ideas para formar ideas complejas . Y tal vez incluso cuando pensamos que
tienen una idea compleja, sólo sea una idea simple que les orienta hacia el conocimiento de distintas
cosas que distinguen por la vista con más dificultad de la que imaginamos. Porque me han informado
fielmente de que una perra amamantará a pequeños zorros, jugará y se encariñará con ellos como si
fueran sus propios cachorros, con tal de que se consiga que tomen su leche. Y aquellos animales que
tienen una prole numerosa parecen no conocer el número exacto de sus hijos; pues aunque es cierto que
les importa mucho que le quiten uno cuando lo ven o lo oyen, sin embargo, si les roban uno o dos
cuando están ausentes, no los echan de menos, al parecer, ni advierten que su número ha disminuido.

8. Dar nombres
Cuando, a través de la repetición de las sensaciones, los niños han adquirido algunas ideas fijas en la
memoria, empiezan a aprender el uso de los sonidos paulatinamente; y cuando han adquirido la
habilidad de aplicar los órganos del habla para formar sonidos articulados empiezan a valerse de
palabras para comunicar sus ideas a otros. Unas veces 'toman de los demás esos signos verbales, y otras
los inventan por su cuenta, como puede observarse por los nuevos y extraños nombres que
frecuentemente dan los niños a las cosas al empezar a hablar.

9. La abstracción
Ahora bien, puesto que el uso de las palabras consiste en servir de señal exterior de nuestras ideas
interiores, y como esas ideas se forman a partir de las cosas particulares, si cada idea particular que
tomamos tuviese un nombre distinto, éstos serían infinitos. Para que esto no ocurra, la mente hace que
las ideas particulares, que recibe de los objetos concretos, se conviertan en generales, lo que se logra
considerándolas tal y como está en la mente esas apariencias, es decir, al margen de toda otra existencia
y de todas las circunstancias de la existencia real, como el tiempo, el lugar o cualesquiera otras ideas
concomitantes. A esta operación se la denomina abstracción, y por medio de ella las ideas tomadas de
seres particulares se convierten en representativas de todas las de la misma especie; y los nombres de
ellas se hacen generales y aplicables a todo lo existente que convenga a tales ideas abstractas. Estas
apariencias desnudas y precisas de la mente las erige el entendimiento (con los nombres que
comúnmente se les dan), sin tener en cuenta cómo, de dónde y con qué otras ideas fueron recibidas en la
mente, como modelos para dividir en clases las existencias reales, según, se ajusten a esos paradigmas, y
para denominarlas de acuerdo con ellos. De esta manera, cuando la mente advierte en el yeso o la nieve
el mismo color que ayer percibiera en la leche, considera tan sólo esa apariencia, la convierte en
representativa de todas las de su clase, y dándole el nombre de blancura, significa por ese conjunto de
sonidos la misma cualidad en cualquier lugar que pueda imaginarse o encontrarse; y de esta manera es
como se forman los universales, sean ideas, sean los términos que se emplean para expresarlas.

10. Los brutos no abstraen
Si existe alguna duda sobre si los animales irracionales pueden, hasta cierto punto, componer y de esa
manera ampliar sus ideas, en esto me parece que puedo ser tajante: carecen totalmente del poder de
abstracción, y es la posesión de ideas generales lo que establece la diferencia completa entre el hombre y
los brutos, excelencia que en modo alguno poseen las facultades de los animales. Pues es evidente que
no se puede vislumbrar en ellos ninguna huella de que empleen signos generales para expresar ideas
universales; por todo lo cual tenemos razones suficientes para imaginar que éstos no tienen la facultad
de abstraer, o de formar ideas generales, ya que no utilizan palabras, ni ningunos otros signos generales.

11. Los brutos no abstraen, sino que son meras máquinas
No puede reputarse a su carencia de órganos para emitir sonidos articulados el que ellos no utilicen o
conozcan los términos generales, puesto que podemos encontrar que muchos de ellos pueden emitir tales
sonidos y pronunciar palabras con suficiente claridad, pero nunca con una finalidad semejante. Y, desde
otro punto de vista, los hombres que, por algún defecto en sus órganos, carecen de palabras, expresan,
sin embargo, sus ideas universales por medio de signos que hacen las veces de los términos generales, lo
cual es una facultad de la que podemos observar carecen las bestias. Por tanto, pienso que podemos
suponer que es en esto en lo que las especies de los brutos se distinguen de la humana, y que ésta es la
diferencia peculiar que las separa totalmente y que, en definitiva, crea una distancia tan insalvable.

Porque si algunos de ellos tuvieran ideas y no fueran meras máquinas (como algunos pretenden), no
podríamos negarles el que tengan algo de razón. Y me parece tan evidente que algunos de ellos en
ciertas ocasiones razonan como si estuvieran dotados de sentidos; lo que ocurre es que sólo lo hacen en
las ideas particulares tal y como las reciben de sus sentidos. En el mejor de los casos, están encerrados
dentro de esos estrechos límites y no tienen (según pienso) la facultad de ampliarlos por ninguna clase
de abstracción.

12. Idiotas y locos
Hasta qué punto la idiotez se refiere a esta escasez o debilidad de alguna, o de todas las facultades
referidas, no dudo que se podría descubrir por medio de una observación exacta de sus distintas formas
de desvaríos. Porque quienes perciben muy dificultosamente, o no retengan las ideas que llegan a su
mente sino de manera equivocada, quienes no puedan ponerlas rápidamente en práctica o componerlas,
poca será la materia sobre la que piensen. Aquellos que no pueden distinguir, comparar y abstraer,
difícilmente serán capaces de comprender y de utilizar el lenguaje, o de juzgar o razonar en un grado
medianamente tolerable, sino que lo harán de una manera escasa e imperfecta sobre las cosas que tengan
presentes y que resulten muy familiares para sus sentidos. Y además, si falta alguna de las facultades
antes mencionadas, o si no están en orden, se producen forzosos defectos en los entendimientos y
conocimientos de los hombres.

13. Diferencias entre los idiotas y los locos
En definitiva, el defecto de los imbéciles parece proceder de la carencia de rapidez, actividad y
movimiento en las facultades intelectuales, por lo que están privados de razón; mientras los locos, por el
contrario, parecen encontrarse en el extremo opuesto. Así pues, éstos no me parecen que hayan perdido
la facultad de razonar, sino que habiendo unido algunas ideas de manera muy equivocada, las tienen por
verdades, y se equivocan como los hombres que razonan correctamente a partir de principios erróneos.

Porque habiendo convertido, por la fuerza de sus imaginaciones, sus fantasías en realidades, establecen
deducciones correctas a partir de ellas. De esta manera encontrarás a un loco que se cree un rey que con
una correcta indiferencia exige se le guarde un debido acatamiento, respeto y obediencia; otros que
creen estar hechos de cristal, toman las precauciones necesarias para, preservar unos cuerpos tan
frágiles. Por ello es por lo que suele suceder que un hombre muy prudente y de un entendimiento
correcto en todas las demás cosas pueda ser en un asunto particular tan fanático como los que se
encuentran en el manicómio, si por alguna impresión muy fuerte, o por haber dedicado durante mucho
tiempo su fantasía a una clase de pensamientos, ideas incoherentes, se han unido tan poderosamente que
continúan juntas. Pero hay diversos grados de locura, lo mismo que de estupidez, siendo la unión
desordenada de ideas una mayor locura en unos que en otros. En resumen, creo que la diferencia entre
los idiotas y los locos radica en lo siguiente: que los locos juntan ideas equivocadas, y de esta manera
formulan proposiciones erróneas, aunque argumentan y razonan correctamente a partir de ellas; mientras
que los idiotas formulan muy pocas proposiciones o ninguna, y razonan muy poco.

14. Método seguido en esta explicación de las facultades.

Estas son, según creo, las primeras facultades y operaciones de la mente que ésta utiliza en el
entendimiento; y aunque las usa en todas sus ideas en general, sin embargo, los ejemplos que he dado
hasta ahora han sido principalmente de ideas simples. Y si he unido la explicación de estas facultades de
la mente a la de las ideas simples, antes de que llegue a decir algo sobre las ideas complejas, explicaré
que ha sido por estas razones:
Primera, porque algunas de estas facultades, como en un principio se han ejercitado sobre ideas simples,
pueden, mediante el método que es usual en la naturaleza, ser rastreadas y descubiertas por nosotros
desde su nacimiento, hasta llegar a su progreso y desarrollo gradual.

Segunda, porque observando cómo operan las facultades de la mente sobre las ideas simples -las cuales
están usualmente en la mente de la mayoría de los hombres de una manera mucho más clara, precisa y
distinta que las complejas-, podemos examinar mejor aprender cómo la mente abstrae, denomina,
compara y se ejercita en otras operaciones sobre esas ideas que son complejas, y en las cuales somos
mucho más susceptibles de equivocarnos.

Tercera, porque estas operaciones de la mente sobre las ideas recibidas a partir de las sensaciones son en
sí mismas, cuando se reflexiona sobre ellas, otra serie de ideas derivada de esa otra fuente de nuestro
conocimiento que yo denomino reflexión; y, por tanto, parece conveniente considerarlas en este lugar,
después de las ideas simples de sensación. De la comparación, composición, abstracción, etc., no he
hablado casi, ya que tendré ocasión de tratar estos aspectos de una manera más detenida en otros lugares.

15. El verdadero comienzo del conocimiento humano
De esta manera he dado una breve, y según pienso verdadera, historia de los primeros orígenes del
conocimiento humano, por la que podamos saber de dónde extrae la mente sus primeros objetos, y
mediante qué pasos obtiene y almacena aquellas ideas con las que forma todo el conocimiento de que es
capaz. Sobre esto debo apelar a la experiencia y a la observación para ver si estoy en lo cierto, pues la
mejor manera de llegar a la verdad consiste en examinar las cosas tal y como son en realidad, y no
concluir que son como nosotros nos las imaginamos, o como otros nos han enseñado a imaginarlas.

16. Apelación a la experiencia
A decir verdad, ésta es la única vía que puede descubrir cómo las ideas de las cosas llegan al
entendimiento. Si hay otros hombres con ideas innatas, o con principios infusos, tendrán razones para
disfrutar de ellos; y si ellos están seguros de éstos, será imposible que otros le nieguen un privilegio que
tienen sobre sus demás vecinos. Yo puedo hablar solamente de lo que encuentro en mí mismo y de lo
que se conforma a esas nociones que, si examinamos el curso total de los hombres en sus distintas
edades, países y educaciones, parecen depender de aquellos fundamentos que he establecido, y que
coinciden con este método en todas sus partes y grados.

17. El cuarto oscuro
No pretendo enseñar, sino inquirir. Por tanto, no puedo sino confesar aquí, una vez más, que las
sensaciones externas e internas son las únicas vías de paso del conocimiento al entendimiento que puedo
encontrar. Hasta dónde puedo descubrir éstas son las únicas claraboyas por las que la luz se introduce en
este cuarto oscuro. Porque pienso que el entendimiento no deja de parecerse a una institución totalmente
desprovista de luz, que no tuviera sino una abertura muy pequeña para dejar que penetraran las
apariencias visibles externas, o las ideas de las cosas; de tal manera que si las imágenes que penetran en
este cuarto oscuro permanecieran allí, y se situaran de una manera tan ordenada como para ser halladas
cuando lo requiriera la ocasión, este cuarto sería muy similar al entendimiento de un hombre, en lo que
se refiere a todos los objetos de la vista, y a las ideas de ellos.

Estas son mis conjeturas sobre los medios por los que el entendimiento llega a tener y a retener las ideas
simples, sus modos y algunas otras operaciones de ellas.

Ahora voy a proceder a examinar algunas de estas ideas simples y sus modos con un poco más
detenimiento.

LIBRO II DEL ENSAYO SOBRE EL ENTENDIMIENTO HUMANO

CAPÍTULO 12
De las ideas complejas
§ 1. Son las que la mente compone de ideas simples. Hasta aquí hemos considerado aquellas ideas para
cuya recepción la mente es sólo pasiva, es decir, aquellas ideas simples que recibe por las vías de la
sensación y de la reflexión, antes mencionadas, de manera que la mente no puede producir por sí sola
una de esas ideas, ni tampoco puede tener ninguna idea que no consista enteramente en ellas. Pero
aunque es cierto que la mente es completamente pasiva en la recepción de todas sus ideas simples,
también es cierto que ejerce varios actos propios por los cuales forma otras ideas, compuestas de sus
ideas simples, las cuales son como los materiales y fundamento de todas las demás. Los actos de la
mente por los cuales ejerce su poder sobre sus ideas simples son principalmente estos tres:
1. Combinar varias ideas simples en una idea compuesta; así es como se hacen todas las ideas complejas.

2. El segundo consiste en juntar dos ideas, ya sean simples o complejas, para ponerlas una cerca de la
otra, de tal manera que pueda verlas a la vez sin combinarlas en una; es así como la mente obtiene todas
sus ideas de relaciones.

3. El tercero consiste en separarlas de todas las demás ideas que las acompañan en su existencia real;
esta operación se llama abstracción, y es así como la mente hace todas sus ideas generales. Todo esto
muestra cuál es el poder del hombre, y que su modo de operar es más o menos el mismo en los mundos
material e intelectual. Porque en ambos casos los materiales de que dispone son tales que el hombre no
tiene poder sobre ellos, ni para fabricarlos, ni para destruirlos; cuanto puede hacer el hombre es, o bien
unirlos, o bien colocar uno junto al otro, o bien separarlos completamente. Comenzaré aquí con la
primera operación, visto el propósito que tengo de estudiar las ideas complejas, y pasaré a examinar las
otras dos en el sitio que les corresponde. Así como se observa que las ideas simples existen unidas en
diversas combinaciones, así la mente tiene el poder de considerar a varias ideas unidas, como una sola
idea, y eso es así no sólo según se dan unidas en los objetos externos, sino según ella misma las ha
unido. A las ideas así hechas de varias ideas simples unidas las llamo ideas complejas. Tales son belleza,
gratitud, un hombre, un ejército, el universo. Y aunque son compuestas de varias ideas simples, o de
ideas complejas formadas de ideas simples, sin embargo, cuando la mente quiere, las considera a cada
una, en sí misma, como una cosa entera significada por un nombre.

§ 2. Las ideas complejas se hacen a voluntad. Por esta facultad de repetir y unir sus ideas, la mente
tienen un gran poder en variar y en multiplicar los objetos de sus pensamientos, infinitamente más allá
de lo que le proporcionan la sensación y la reflexión. Pero todo esto no se sale de las ideas simples que
la mente recibe de esas dos fuentes, ideas que son, en definitiva, los materiales de todas las
composiciones que haga. Porque las ideas simples provienen todas de las cosas mismas, y de esa clase
de ideas la mente no puede tener ni más ni otras que las que le son sugeridas. No puede tener otras ideas
de las cualidades sensibles fuera de las que le llegan del exterior por los sentidos, ni ninguna otra idea de
distintas especies de operaciones de una substancia pensante, que no sean las que encuentra en sí misma.

Empero, una vez que la mente tiene ya esas ideas simples, no queda reducida a la mera observación y a
lo que se presenta del exterior; puede, por su propio poder, unir esas ideas que ya tiene, y producir
nuevas ideas complejas, que jamás recibió así formadas.

§ 3. Las ideas complejas son modos, substancias o relaciones. Cualquiera que sea la manera como las
ideas complejas se componen y descomponen, y aun cuando su número sea infinito, y no tenga término
la variedad con que llenan y ocupan los pensamientos de los hombres, sin embargo me parece que
pueden comprenderse todas dentro de estos tres capítulos:
1) Los modos.

2) Las substancias.

3) Las relaciones.

§ 4. Los modos. Primero, llamo modos a esas ideas complejas que, cualquiera que sea su combinación,
no contengan en sí el supuesto de que subsisten por sí mismas, sino que se las considera como
dependencias o afecciones de las substancias. Tales son las ideas significadas por las palabras triángulo,
gratitud, asesinato, etc. Y si empleo la palabra modo en un sentido un tanto diferente de su significación
habitual, pido perdón; pero es que resulta inevitable en las disertaciones que se desvían de las nociones
comúnmente recibidas, ya sea fabricar palabras nuevas, ya usar palabras viejas con una significación un
tanto nueva, y este último expediente es quizá el más tolerable para el presente caso.

§ 5. Modos simples y mixtos. Hay dos clases de estos modos que merecen consideración separada.

Primero, hay algunos que sólo son variaciones o combinaciones diferentes de una y la misma idea
simple, sin mezcla de ninguna otra. Por ejemplo, una docena, una veintena, que no son sino las ideas de
otras tantas unidades distintas que han sido sumadas, y a éstas llamo modos simples, en cuanto que
quedan contenidas dentro de los límites de una idea simple. Pero, segundo, hay algunos otros
compuestos de ideas simples de diversas especies, que han sido unidas para producir una sola idea
compleja; por ejemplo, la belleza, que consiste en una cierta composición de color y forma que produce
gozo en el espectador, y el robo, que siendo la oculta mudanza de la posesión de alguna cosa, sin que
medie el consentimiento de su dueño, contiene, como es patente, una combinación de varias ideas de
diversas clases; y a éstos llamo modos mixtos.

§ 6. Substancias singulares o colectivas. Segundo, las ideas de las substancias son aquellas
combinaciones de ideas simples que se supone representan distintas cosas particulares que subsisten por
sí mismas, en las cuales la supuesta o confusa idea de substancia, tal como es, aparece siempre como la
primera y principal. Así, si a la substancia se une la idea simple de un cierto color blanquecino apagado,
con ciertos grados de pesantez, de dureza, de ductilidad y de fusibilidad, tenemos la idea del plomo; y
una combinación de las ideas de una cierta forma, con los poderes de moverse, pensar y razonar, unidas
a la de substancia, produce la idea común de un hombre. Ahora bien, también de las substancias hay dos
clases de ideas: la una, de substancias singulares, según existen separadas, como de un hombre o una
oveja; la otra, de varias substancias reunidas, como un ejército de hombres, o un rebaño de ovejas; las
cuales ideas colectivas de varias substancias así reunidas, son, cada una, tan una sola idea como lo es la
de un hombre o de una unidad.

§ 7. La relación. Tercero, la última especie de ideas complejas es la que llamamos relación, que consiste
en la consideración y comparación de una idea con otra. Trataremos por su orden de estas tres especies
de ideas.

§ 8. Las ideas más abstrusas proceden de las dos fuentes: la sensación o la reflexión. Si seguimos
paso a paso el progreso de nuestra mente, y si observamos con atención cómo repite, suma y une las
ideas simples que ha recibido de la sensación o de la reflexión, nos veremos conducidos más allá de
donde en un principio, quizá, podríamos habernos imaginado. Y si observamos cuidadosamente los
orígenes de las nociones que tenemos, encontraremos, así lo creo, que ni siquiera las ideas más
abstrusas, por más alejadas que puedan parecer de la sensación o de cualquiera operación de nuestra
propia mente no son, sin embargo, sino ideas que el entendimiento forma para sí mismo, repitiendo y
uniendo ideas que ha recibido, ya de los objetos sensibles, ya de sus propias operaciones acerca de esas
ideas. De tal suerte que aun las ideas más amplias y más abstractas proceden de la sensación o de la
reflexión, ya que no son sino lo que la mente, por el uso común de sus propias facultades ocupadas en
las ideas recibidas de los objetos sensibles, o de las operaciones que acerca de ellas observa en sí misma,
puede alcanzar y de hecho alcanza. Esto es lo que intentaré mostrar respecto de las ideas que tenemos
del espacio, del tiempo, y de la infinitud, y de algunas otras que parecen las más remotas de aquellos dos
orígenes.

LIBRO II DEL ENSAYO SOBRE EL ENTENDIMIENTO HUMANO

Capítulo XIII
IDEAS COMPLEJAS DE LOS MODOS SIMPLES, Y, PRIMERO, DE LOS
MODOS SIMPLES DE LA IDEA DE ESPACIO
1. Modos simples de ideas simples
Aunque en la parte anterior he mencionado a menudo las ideas simples, que son los verdaderos
materiales de todo nuestro conocimiento, sin embargo, como las consideré más bien según las vías por
las que llegan a la mente, que en cuanto distintas de las otras ideas más complejas, quizá no sea
inadecuado echarles de nuevo una ojeada bajo esta consideración, y examinar estas modificaciones
diferentes de la misma idea, la cual o bien encuentra la mente en las cosas existentes, o bien es capaz de
producir en sí misma sin la ayuda de ningún objeto extrínseco, o de una sujeción extraña.

Estas modificaciones de cualquier idea simple (que, como ya se dijo, llamo modos simples) son ideas
tan perfectamente diferentes y distintas en la mente como lo son aquellas que muestran una gran
distancia o contrariedad, Porque la idea de dos es tan distinta de la de uno, como lo es la idea de azul de
la de color, o como lo son una y otra de la idea de un número cualquiera; y, sin embargo, aquélla no está
formada sino a partir de la idea simple de una unidad repetida; y las repeticiones de esta clase de ideas
son las que producen, al unirse, esos distintos modos simples de una docena, un grosor, un millón.

2. Idea de Espacio
Voy a empezar con la idea simple de espacio. Ya he mostrado antes, capítulo IV, que adquirimos la idea
de espacio tanto por la vista, como por el tacto; pienso que esto resulta tan evidente que sería tan
absurdo intentar probar que los hombres perciben la distancia que hay entre dos cuerpos de distintos
colores por medio de la vista, o entre las partes de un mismo cuerpo, como sería absurdo probar que ven
los mismos colores: no es menos obvio que también pueden percibir en la oscuridad por medio de la
sensación y del tacto.

3. Espacio y extensión
Este espacio, considerado únicamente como la longitud entre dos cuerpos, sin tener en cuenta en
absoluto lo que existe entre ellos, es lo que se llama distancia; si se la considera en longitud, anchura y
profundidad, pienso que se la puede llamar capacidad (el término extensión se aplica usualmente al
espacio considerado de cualquier forma).

4. La inmensidad
Cada distancia diferente es una modificación diferente del espacio; y cada idea de una distancia diferente
o de un espacio es un modo simple de esta idea. Los hombres, para su utilidad y por la costumbre que
han adquirido de medir, han fijado en sus mentes las ideas de ciertas longitudes establecidas, tales como
son una pulgada, un pie, una yarda, una braza, una milla, el diámetro de la tierra, etc. Cuando alguna de
tales medidas de longitud establecidas o de estas medidas del espacio se hacen familiares a los
pensamientos de los hombres, éstos pueden repetirlas en sus mentes cuantas veces lo deseen, sin que
necesiten mezclar con ellas o unirlos la idea de cuerpo ni ninguna otra; y de esta manera llegan a fraguar
por ellos mismos las ideas de longitud, de cuadrado, de pies cúbicos, de yardas o brazas, para poder
aplicarlas a los cuerpos del universo, o a lo que está más allá de los límites de todos los cuerpos; Y de
esta manera, mediante la adición de estas ideas, la una a la otra, poder ampliar sus ideas de espacio
cuanto lo deseen. El poder de repetir o de duplicar cualquier idea de una distancia que tenemos, y el de
añadirla a la idea anterior tantas veces como lo deseamos, sin que nunca podamos llegar a detenernos o a
hacer una pausa, aunque las ampliemos cuanto queramos, es lo que nos da la idea de inmensidad.

5. La forma
Existe otra modificación de esta idea que no es sino la relación que tienen entre sí las partes de la
determinación de la extensión o del espacio circunscrito. Esto es lo que descubre el tacto en los cuerpos
sensibles, cuyos extremos entran dentro de nuestro alcance; y lo que el ojo puede observar de los
cuerpos y colores, cuyos límites entran en su radio visual; por lo que, observando cómo terminan las
extremidades, o por las líneas rectas que se encuentran en ángulos discernibles, o por las líneas curvas en
las que no se puede percibir ningún ángulo, considerándolas en cuanto a las relaciones que guardan las
unas con las otras, en todas las partes de las extremidades de un cuerpo o espacio, llegamos a tener esa
idea que llamamos forma y que se presenta ante la mente con una variedad infinita. Porque, además del
amplio número de formas diferentes que existen en realidad en las masas coherentes de materia, la
reserva que tiene la mente en su poder, solamente con variar la idea de espacio, y fabricando mediante
ello nuevas composiciones, mediante la repetición de sus propias ideas y la unión tal y como le plazca,
es totalmente inagotable. Y de esta manera la mente puede multiplicar las formas in infinitum.

6. Variedad ilimitada de las formas
Porque, como la mente tiene el poder de repetir la idea de cualquier longitud extendida en una dirección
recta, y de unirla a otra en la misma dirección, lo cual significa doblar la longitud de esa línea recta; o
como tiene el poder de unirla a otra en la inclinación que le parezca más oportuna, y conseguir de esta
manera el tipo de ángulo que desee; como también puede acortar cualquier línea que se imagine,
restando la mitad de la otra, o una cuarta parte, o el fragmento que desee, sin que nunca pueda llegar al
fin de semejantes divisiones, de la misma manera puede construir un ángulo de cualquier división. De
igual forma puede hacer también los lados de la longitud que lo desee, uniéndolos a otras líneas de
diferentes longitudes y a otros ángulos diferentes, hasta que haya cerrado totalmente cualquier espacio;
por lo que resulta evidente que puede multiplicar las formas in infinitum, tanto en su trazado como en su
capacidad; todo lo cual no son sino muy distintos modos simples del espacio.

Lo mismo que se puede hacer con las líneas rectas, se puede realizar con las curvas y rectas juntas; y lo
mismo que se puede hacer con las líneas, se puede realizar con la superficie, por lo que podemos llegar a
la conclusión de la ilimitada variedad de formas que la mente tiene el poder de fabricar, y, por tanto, de
multiplicar los modos simples del espacio.

7. Otra idea que encaja aquí, y que pertenece a la misma familia de las señaladas, es la que
denominamos lugar
Al igual que en el espacio simple consideramos la relación de distancia existente entre dos cuerpos o
puntos cualesquiera, de la misma manera en nuestra idea de lugar consideramos la relación de distancia
existente entre una cosa y dos o más puntos que se consideran tienen la misma distancia entre sí y que
igualmente se considera que están en reposo. Porque, cuando comprobamos que algo está a la misma
distancia hoy de la que estaba ayer con respecto a otros dos o más puntos, y que no ha cambiado la
distancia existente entre ellos desde entonces, y cuando comparamos esta distancia con esos puntos,
entonces afirmamos que esa cosa ha conservado su mismo lugar; pero si ha alterado de manera sensible
su distancia con alguno de esos puntos, afirmamos que ha cambiado de lugar; aunque, hablando
vulgarmente, y según la noción común de lugar, no siempre observamos exactamente la distancia con
respecto a esos puntos precisos, sino con respecto a porciones más amplías que los objetos sensibles, con
los que consideramos que la cosa tiene una relación, y respecto a los cuales tenemos alguna razón para
observar su distancia.

8. El lugar relativo a los cuerpos particulares
De esta manera podemos decir que un conjunto de piezas de ajedrez, cuando están en las casillas donde
las dejamos, se encuentran todas en el mismo lugar, o que permanecen inmóviles, aun cuando el tablero
tal vez haya sido llevado a otra habitación durante un descanso del juego; y esto es porque comparamos
las piezas solamente con las casillas del tablero, que tienen la misma distancia entre sí. También
decimos que el tablero permanece en el mismo lugar si se encuentra en la misma parte del camarote,
aunque quizá el barco en donde se encuentra haya estado navegando mientras tanto, y afirmamos que el
barco está en el mismo lugar en tanto guarde la misma distancia con la costa, aunque la tierra haya
estado girando; de manera que, tanto las piezas del ajedrez como el tablero y el barco han cambiado de
lugar con respecto a cuerpos remotos que mantienen la misma distancia entre sí. Pero como la distancia
de ciertas casillas del tablero es la que determina el lugar de las piezas, y como la distancia de las partes
fijas del camarote (con respecto a las cuales establecimos la comparación) es la que determina el lugar
del tablero, y corno las partes fijas de la tierra son las que determinan el lugar del barco, puede afirmarse
que estas cosas están en el mismo lugar, aunque la distancia respecto a otras cosas, que en este momento
no se tienen en cuenta, haya variado, y aunque resulte indudable que ellas también han cambiado de
lugar en este sentido, y nosotros mismos no tendremos ningún inconveniente en pensar que esto es así
cuando tengamos ocasión de compararlas con esas otras cosas.

9. Lugar relativo a un propósito actual
Pero como esta modificación de la distancia que denominamos lugar ha sido realizada por los hombres
para su utilización común, que consiste en ser capaces de designar la posición particular de las cosas,
cuando tuvieron la necesidad y determinan este lugar mediante la referencia de aquellas cosas
adyacentes que mejor sirvieron para sus propósitos en esos momentos, sin tener en cuenta otras cosas
que servirían, en otros fines, mejor para determinar el lugar de la misma cosa. De esta manera, como en
el tablero de ajedrez la utilidad de la designación del lugar de cada pieza viene determinado por el sitio
que debe ocupar, resultaría absurdo determinar este lugar por cualquier otra cosa; pero cuando estas
piezas de ajedrez están metidas en una caja, si alguien pregunta dónde está el rey negro, lo más
apropiado será determinar el lugar por las partes de la habitación en la que se encuentra, y no por las
casillas del tablero, puesto que la utilidad para la que se designa el lugar en que se encuentra ahora es
diferente de cuando estaba, durante la partida, en el tablero, y por ello su posición debe determinarse
mediante otros cuerpos. Igualmente, si alguien pregunta en qué lugar se encuentran los versos que narran
la historia de Niso y Nurialo, resultaría muy impropio determinar este lugar afirmando que están en tal o
cual parte del globo terráqueo, o en la biblioteca de Bodley, puesto que la correcta designación del lugar
consistiría en señalar el lugar en que se encuentran dentro de la obra de Virgilio; y la contestación más
adecuada sería que estos versos están hacia la mitad del libro noveno de su Eneida y que han estado allí
siempre desde que Virgilio los escribió; lo que es cierto, aunque el mismo libro haya cambiado de lugar
en mil ocasiones, pues la utilidad de la idea del lugar aquí consiste en conocer en qué parte del libro está
esa historia, de manera que, cuando lo necesitemos, sepamos dónde encontrarla exactamente para poder
recurrir a ella.

10. Lugar del Universo
Que nuestra idea de lugar no es sino una posición relativa a algo, como ya he mencionado anteriormente,
pienso que resulta evidente y que será fácilmente admitido cuando consideremos que no podemos tener
ninguna idea del lugar del universo, aunque la podamos tener de todas sus partes; porque más allá de
éste no tenemos la idea de ningún ser fijo, distinto y particular, con referencia al cual podamos imaginar
que tiene cualquier relación de distancia; sino que todo lo que está más allá es un solo espacio uniforme
o una expansión en la que la mente no encuentra ninguna variedad ni señales. Porque afirmar que el
mundo está en alguna parte no significa nada más que decir que existe, pues aunque esta frase esté
tomada en el sentido de lugar, solamente significa existencia, y no localización; y cuando exista alguien
que pueda descubrir y representarse en su mente de manera clara y distinta el lugar del universo, será
capaz de decirnos si se mueve o si permanece en reposo en el vacío indistinguible del espacio infinito;
con todo, sin embargo, es cierto que la palabra lugar tiene a veces un sentido más confuso, y significa el
espacio que cualquier cuerpo ocupa: así el universo estaría en un lugar.

Por tanto, la idea que tenemos de lugar la adquirimos por los mismos medios que la idea de espacio (y
ésta no es sino una consideración más limitada de aquélla), es decir, por nuestra vista y tacto, por las
cuales recibimos en nuestra mente las ideas de extensión o de distancia.

11. La extensión y el cuerpo no son lo mismo
Hay algunos que quisieran convencernos de que el cuerpo y la extensión son la misma cosa; y éstos, o
cambian la significación de las palabras, lo cual no me gustaría sospechar de ellos, pues se trata de
personas que han condenado con gran seguridad la filosofía de los demás porque estaba basada en el
sentido incierto o en una oscuridad engañosa de ciertos términos dudosos o desprovistos de significado,
o bien, si significan con los términos cuerpo y extensión lo mismo que otras personas, es decir,
«cuerpos» algo que es sólido y extenso, cuyas partes son separables y movibles de diferentes maneras; y
«extensión» solamente el espacio que está entre los extremos de estas partes coherentes y sólidas, y que
está ocupado por ellas, digo que en este caso ellos confunden ideas muy diferentes entre sí. Pues apelo a
los pensamientos de cualquier hombre para saber si la idea de espacio no es tan distinta de la de solidez
como de la idea de un color escarlata. Es verdad que la solidez no puede existir sin la extensión, lo
mismo que no puede existir el color escarlata sin la extensión, pero esto no obsta para que sean ideas
completamente distintas. Muchas ideas necesitan de otras para existir o para que se las conciba, y, sin
embargo, son ideas muy diferentes. El movimiento no puede existir ni ser concebido sin el espacio; y,
sin embargo, el movimiento no es el espacio ni el espacio el movimiento; el espacio puede existir sin él,
y son ideas muy diferentes ,al igual que me parece que lo son las del espacio y la solidez. La solidez es
tan inseparable de la idea de cuerpo, que de eso depende que ocupe un espacio, que esté en contacto con
otro cuerpo, que lo impulse, y que le comunique el movimiento a partir de este impulso. Y si esta razón
resulta válida para probar que el espíritu es diferente al cuerpo, porque el pensamiento no incluye la idea
de extensión, la misma razón deberá resultar igualmente válida, me imagino, para probar que el espacio
no es cuerpo, porque no influye la idea de solidez en él; pues espacio y solidez son ideas tan distintas
como pensamiento y extensión, y tan totalmente separables en la mente la una de la otra. Así pues
resulta evidente que cuerpo y extensión son dos ideas distintas, ya que:
12. Primero, la extensión no es la solidez
La extensión no incluye la solidez, ni la resistencia al movimiento de un cuerpo, como sucede con el
cuerpo mismo.

13. Segundo, las partes del espacio son inseparables real y mentalmente
En segundo lugar, las partes del espacio puro son inseparables las unas de las otras, de manera que la
continuidad no se puede separar, ni real ni mentalmente. Porque me gustaría ver cómo alguien podía
separar una parte de otra con la cual es contigua, incluso en su pensamiento. Pienso que dividir y separar
realmente es hacer dos superficies al separar las partes que antes tenían una continuidad; y que dividir
mentalmente consiste en formarse en la mente dos superficies cuando antes había una continuidad, y
considerarlas distanciadas la una de la otra; y esto solamente se puede hacer en las cosas que la mente
considera susceptibles de separarse, y de adquirir, mediante la separación, nuevas superficies
diferenciadas que en ese momento no tienen, pero que pueden llegar a tener. Pero ninguna de estas
maneras de separación, real o mental, me parece que resulta compatible con el espacio puro.

Es cierto que un hombre puede considerar una porción tal de espacio que responda a la medida de un pie
o que sea mensurable con él sin tener en cuenta lo demás; lo cual es realmente una consideración parcial,
pero no una separación o división mental, puesto que un hombre no puede dividir mentalmente, sin
considerar dos superficies separadas la una de la otra, mejor de lo que podría dividir realmente sin hacer
dos superficies desunidas la una de la otra, ya que una consideración parcial no es una separación. Un
hombre puede considerar la luz del sol sin tener en cuenta el calor, o la movilidad de un cuerpo sin hacer
lo mismo con su extensión, y lo puede hacer sin pensar en su separación. Lo uno no es sino una
consideración parcial que termina en una parte única, en tanto que lo otro es una consideración de ambas
partes como existiendo separadamente.

14. Las partes del espacio son inmóviles
En tercer lugar, las partes del espacio puro son inmóviles, lo cual se deduce de su inseparabilidad, ya que
el movimiento no es sino el cambio de distancia entre dos cosas cualesquiera; pero esto no puede ser
entre las partes que sean inseparables, las cuales, por lo mismo, necesitan estar en un perpetuo reposo la
una entre las otras.

De esta manera la idea determinada del espacio simple se distingue llana y suficientemente de la de
cuerpo, puesto que sus partes son inseparables, inmóviles y sin resistencia al movimiento del cuerpo.

15. La definición de extensión no lo explica
Si cualquier persona me preguntara qué es el espacio del que hablo, le diría que se lo podría explicar
cuando me dijera qué es la extensión. Porque afirmar, como usualmente se hace, que la extensión es
tener artes extra partes» es lo mismo que decir que la extensión es la extensión. Porque, ¿cuál es la
información que se me da sobre la naturaleza de la extensión, cuando se me dice que la extensión
consiste en tener partes que son extensas, exteriores a partes que son extensas, es decir, que la extensión
consiste en partes extensas? La misma información que yo daría a quien me preguntara lo que es una
fibra, si le respondiera que es una cosa hecha de distintas fibras. ¿Comprendería ahora mejor esta
persona lo que es una fibra de lo que lo entendía antes? ¿O quizá no tendría razones más que suficientes
para pensar que yo intentaba más bien burlarme de él que instruirlo seriamente?
16. La división de los seres en cuerpos y espíritus no prueba que el espacio y el cuerpo sean lo mismo
Aquellos que afirman que el espacio y el cuerpo son la misma cosa, plantean el siguiente dilema; o este
espacio es algo o no es nada; si no es nada lo que hay entre dos cuerpos, entonces éstos se tocarán
necesariamente; y si se afirma que es algo, ellos preguntan si es cuerpo o espíritu. A esto yo respondo
con otra pregunta: ¿quién les contó a éstos que no hay, o que no puede haber, sino cuerpos sólidos, que
no puedan pensar, y seres pensantes que no sean extensos? Pues esto es todo lo que significan los
términos cuerpo y espíritu.

17. La sustancia que no conocemos no es prueba contra el espacio sin cuerpo
Si se me pregunta (como usualmente se hace) si este espacio vacío de cuerpo es una sustancia o un
accidente, responderé con presteza que lo ignoro; y no me sentiré avergonzado de mi ignorancia en tanto
que los que esta pregunta me formulan no me aporten una idea clara y distinta de sustancia.

18. Diferentes significados de sustancia
Intento con todas mis fuerzas librarme de estas falacias con las que nos mostramos dispuestos a
engañarnos al tomar las palabras en lugar de las cosas. En nada auxilia a nuestra ignorancia fingir un
conocimiento que no tenernos, haciendo solamente el ruido de emitir sonidos que no llevan consigo
significados claros y distintos. Los nombres hechos según el deseo de cada uno no alteran la naturaleza
de las cosas, ni nos hacen entenderlas, sino en cuanto son signos de algo y expresan ideas determinadas.

Y mucho me gustaría que quienes tanto insisten en pronunciar las sílabas de la palabra sustancia
consideraran si al aplicarlas, como lo hacen, al infinito, al incomprensible Dios, a los espíritus finitos y
al cuerpo, lo hacen con un mismo sentido, y si significan una misma idea cuando llaman sustancia a
cada uno de esos tres seres tan diferentes. Si es así, necesariamente se deberá deducir que Dios, los
espíritus y el cuerpo, al compartir la misma naturaleza común de sustancia, no difieren más que en una
modificación diferente de esa sustancia, lo mismo que un árbol y una piedra que, siendo cuerpos en el
mismo sentido, y teniendo en común la misma naturaleza de cuerpo, difieren solamente en una mera
modificación de esa materia común, lo cual sería una doctrina bastante inaceptable. Y si afirman que la
aplican a Dios, a los espíritus finitos y a la materia con tres significados diferentes, y que significa una
idea cuando se dice que Dios es una sustancia, otra cuando se llama sustancia al alma, y una tercera idea
cuando se aplica este término al cuerpo, si, por tanto, el nombre sustancia significa tres ideas distintas y
diferenciadas, deberían dar a conocer estas tres ideas distintas, o al menos darles tres nombres diferentes,
para evitar, en una noción tan importante, la confusión y los errores que siguen forzosamente del uso
promiscuo de un término equívoco; término del que se está tan lejos de sospechar que tenga tres
significados diferentes que apenas tiene, en el empleo ordinario, una significación clara y distinta. Y si,
de esta manera, aquellos pueden hacer tres ideas distintas de sustancia, ¿qué es lo que impide que otra
persona elabore una cuarta?
19. La sustancia y los accidentes son de poca utilidad en la Filosofía
Aquellos que fueron los primeros en acuñar la noción de accidente como una clase de seres reales que
necesitaban algo a lo que ser inherentes, se vieron obligados a encontrar la palabra sustancia para que les
sirviera de soporte. Si al pobre filósofo hindú (que imaginaba que también necesita la tierra algo en lo
que apoyarse) se le hubiera ocurrido pensar en la palabra sustancia, no habría tenido necesidad de
molestarse en encontrar un elefante que sustentara la tierra, y una tortuga que sostuviera a este elefante,
ya que la palabra sustancia habría hecho ambas cosas sin ninguna dificultad. Y cualquiera que le
preguntara debería sentirse tan satisfecho con la respuesta del filósofo hindú de que es la sustancia lo
que sostiene la tierra (aunque no sepa qué es la sustancia), como nosotros nos sentimos satisfechos de las
respuestas de los filósofos europeos y de su doctrina, cuando afirman que la sustancia, aunque
desconocen lo que es, es la que soporta los accidentes. De esta manera, no tenemos ninguna idea de qué
es la sustancia, y sólo tenemos una idea confusa y oscura de lo que hace.

20. «Adherirse» y «sostener»
Aunque un hombre instruido pudiera hacerlo, ningún americano inteligente y preocupado por investigar
la naturaleza de las cosas se sentiría satisfecho si, deseando conocer nuestra arquitectura, se le dijera que
una columna es algo sostenido por una basa, y que una basa es algo que sostiene una columna. ¿No se
sentiría más bien burlado que instruido por una explicación semejante? Y alguien que no conociera los
libros se sentiría muy librescamente instruido sobre su naturaleza si se le dijera que todos los libros de
ciencia consisten en papel y letras, que las letras son cosas adheridas al papel, y que el papel es una cosa
que sostiene las letras: notable manera ésta de explicar claramente las ideas de letras y papel. Pero
cuando las palabras latinas inherentia y substancia se tradujeran a las equivalentes del inglés corriente,
pasando a ser stícking y under-propping, se descubriría fácilmente la muchísima claridad que existe en
la doctrina de las sustancias y los accidentes, y se mostraría su utilidad para resolver cuestiones
filosóficas.

21. El vacío, más allá de los límites del cuerpo
Pero volvamos a nuestra idea de espacio. Si no se supone que el cuerpo es infinito (lo cual creo que
nadie supondrá), pregunto si un hombre que hubiera sido situado por Dios en los extremos de los seres
corporales podría extender sus manos más allá de su cuerpo. En caso afirmativo, podría poner su mano
donde antes había espacio sin cuerpo, y si abriera sus dedos, habría espacio sin cuerpo entre ellos. Si no
podía extender su mano, ello sería debido a algún impedimento externo (pues suponemos que está vivo,
con el mismo poder de mover las partes de su cuerpo que ahora tiene, lo que no resulta imposible si Dios
lo quiere de esa manera, o al menos no es imposible para Dios el moverlo de esa manera), y entonces yo
pregunto si aquello que le impide extender su mano hacia afuera es sustancia o accidente, algo o nada. Y
cuando hayan resuelto esta cuestión serán capaces de resolver por sí mismos qué cosa es eso que está, o
que puede estar entre dos cuerpos, a distancia, que no es cuerpo y que no tiene solidez. Entre tanto, el
argumento de que cuando nada lo impide (como más allá de los últimos límites de los cuerpos) un
cuerpo en movimiento puede continuar moviéndose, es tan bueno como el que establece que, cuando no
hay nada entre ellos, dos cuerpos deben tocarse necesariamente. Porque el espacio puro entre ellos es
suficiente para desechar la necesidad de contacto mutuo; pero el mero espacio en el trayecto no es
suficiente para detener el movimiento. Lo cierto es que estos hombres tienen que admitir que, o piensan
que el cuerpo es infinito, aunque no gusten de declararlo, o el espacio no es cuerpo. Pues me gustaría
encontrarme con un hombre reflexivo que pudiera, en sus pensamientos, ponerle más límites al espacio
que a la duración, o que, por medio del pensamiento, esperara llegar al final del uno o de la otra. Y, por
tanto, si su idea de eternidad es infinita, lo será de la misma manera su idea de inmensidad, pues ambas
son igualmente finitas o infinitas.

22. La potencia de aniquilación prueba el vacío
Más aún, quienes aseguran la imposibilidad de que exista el espacio sin materia, no sólo hacen infinitos
a los cuerpos, sino que también niegan el poder de Dios de aniquilar cualquier parte de materia. Supongo
que no habrá nadie que negará que Dios pueda poner fin a todo movimiento existente en la materia, y
dejar a todos los cuerpos del universo en una perfecta quietud y reposo, manteniéndolos así cuanto le
plazca. El que admita, entonces, que Dios puede, durante semejante descanso general, aniquilar este
libro o el cuerpo del que lo lee, deberá necesariamente admitir la posibilidad del vacío. Porque resulta
evidente que el espacio que había estado ocupado por las partes de un cuerpo aniquilado seguirá
existiendo, y será un espacio sin cuerpo. Pues, como los cuerpos circuncambiantes están en reposo
perfecto, son como una pared de adamante, y en ese estado constituyen una perfecta imposibilidad de
que otro cuerpo ocupe ese espacio. Y, además, el movimiento necesario de una partícula de materia
hacia el lugar que antes ocupaba otra partícula de materia, no es sino la consecuencia de la suposición de
la plenitud; y éste, por tanto, necesitará alguna prueba mejor que la de un supuesto asunto de hecho que
nunca se podrá comprobar por la experimentación, pues nuestras propias ideas claras y distintas nos
satisfacen plenamente de que no existe ninguna conexión necesaria entre el espacio y, la solidez, desde
el momento en que podemos concebir el uno sin la otra. Y quienes disputan a favor o en contra del vacío
confiesan con ello que tienen ideas distintas del vacío y de la plenitud, es decir, que tienen una idea de la
extensión vacía de solidez, aunque nieguen su existencia; pues, si no, es que disputan sobre nada. Porque
aquellos que alteran el significado de las palabras hasta el punto de llamar a la extensión cuerpo, y que,
consecuentemente, hacen que toda la esencia del cuerpo no sea nada, sino pura extensión, sin solidez,
deben hablar absurdos cuando se refieren al vacío, ya que resulta imposible que la extensión exista sin la
extensión. Porque el vacío, independientemente de que afirmemos o neguemos su existencia, significa
espacio sin cuerpo, y su existencia nadie la puede negar como posible, a no ser aquellos que quieran
hacer infinita a la materia, y quitar a Dios el poder de aniquilar cualquier partícula de ella.

23. El movimiento prueba el vacío
Pero para no llegar tan lejos como los últimos límites del cuerpo en el universo, y para no remitirnos a la
omnipotencia de Dios para encontrar el vacío, me parece que el movimiento de los cuerpos que caen
bajo nuestro campo visual y que están cerca de nosotros lo evidencia suficientemente. Porque desearía
que alguien intentara dividir un cuerpo sólido, de las dimensiones que quisiera, de manera que hiciera
posible que las partes sólidas se movieran libremente arriba y abajo dentro de los límites de esa
superficie, sin que quedara en ella un espacio vacío tan grande como la parte más íntima en que ha
dividido dicho cuerpo sólido. Y si la parte más pequeña de ese cuerpo que se ha dividido es tan grande
como una semilla de mostaza, un espacio vacío igual al volumen de una semilla de mostaza se requerirá
para permitir el libre movimiento de las partes del cuerpo dentro de los límites de su superficie; y
cuando las partículas de materia sean 100 millones más pequeñas que una semilla de mostaza, se
necesitará también un espacio vacío de materia sólida que sea tan grande como la cienmillonésima parte
de una semilla de mostaza; porque si esto se mantiene para uno, también se deberá mantener para otro, y
así sucesivamente. Y cuando se deje que este espacio vacío sea tan pequeño como se quiera, se destruirá
la hipótesis de la plenitud. Porque si puede existir un espacio vacío de cuerpo igual a la más diminuta
partícula de materia separada existiendo ahora en la naturaleza, será un espacio sin cuerpo; y habrá una
diferencia tan grande entre espacio y cuerpo como si fuera mega jastia, una distancia tan amplia como
cualquier otra en la naturaleza. Y, por tanto, si no suponemos que el espacio vacío necesario para el
movimiento es igual a la partícula más pequeña de la materia sólida dividida, sino a una décima o
milésima parte de ella, la misma consecuencia se seguirá siempre del espacio sin materia.

24. Las ideas de espacio y cuerpo son distintas
Pero como la cuestión aquí estriba en saber si la idea de espacio o de extensión es la misma que la idea
de cuerpo, no es necesario probar la existencia real del vacío, sino la de la idea del mismo; la cual es una
idea que los hombres evidentemente tienen, desde el momento en que inquieren y disputan sobre si
existe o no el vacío. Porque si ellos no tuvieran la idea de espacio sin cuerpos, no podrían cuestionarse
su existencia; y si su idea de cuerpo no incluyera algo más que la meta idea de espacio, no podrían tener
ninguna duda sobre la plenitud del mundo, por lo que sería tan absurdo preguntar si hay un espacio sin
cuerpo, como si hay un espacio sin espacio, o un cuerpo sin cuerpo, ya que no serían sino nombres
diferentes de una misma idea.

25. Que la extensión sea inseparable del cuerpo, no prueba que sea lo mismo que él
Es verdad que la idea de extensión se une tan inseparablemente a todas las cualidades visibles, y más
aún a las sensibles, que no podemos ver ningún objeto exterior, o sentir muy pocos, sin tener también las
impresiones de extensión. Esta presteza de la extensión en la unión de las ideas de una manera tan
constante, pienso que ha sido la ocasión de que algunos hayan hecho consistir la total esencia del cuerpo
en la extensión; lo cual no debe extrañarnos demasiado, porque algunos hombres se han llenado tanto
sus mentes, por medio de la vista y del tacto, con la idea de extensión (pues estos sentidos son los más
utilizados), y están, como si dijéramos, tan poseídos de esa idea, que llegaron a negar la existencia de
todo lo que no tuviera extensión. No voy a argumentar ahora en contra de unos hombres que toman la
medida y la posibilidad de todos los seres solamente de sus estrechas y groseras imaginaciones; pero
como aquí solamente me dirijo a aquellos que concluyen que la esencia del cuerpo es la extensión,
porque dicen que no pueden imaginar ninguna cualidad sensible de ningún cuerpo sin la extensión, les
pediré que consideren que, si hubieran reflexionado sobre sus ideas de gustos y olores como lo han
hecho sobre las de vista y tacto, es decir, que si hubieran examinado sus ideas de hambre y sed, y de
algunas otras molestias, habrían encontrado que ellas no incluyen ninguna idea de extensión, la cual no
es sino una afección del cuerpo descubrible, como todas las demás, por nuestros sentidos, que no poseen
la suficiente agudeza como para asomarse a las esencias puras de las cosas.

26. Esencias de las cosas
Si aquellas ideas que constantemente se unen a todas las demás, deben establecerse como la esencia de
aquellas cosas que constantemente tienen esas ideas que están unidas a ellas, y que son inseparables de
ellas, entonces la unidad es, sin lugar a dudas, la esencia de todas las cosas. Porque no hay ningún objeto
de sensación o reflexión que no conlleve la idea de unidad: pero la debilidad de esta clase de argumentos
es algo que ya hemos mostrado suficientemente.

27. Las ideas de espacio y solidez son distintas
Para concluir, y con independencia de lo que piensen los hombres sobre la existencia del vacío, me
parece evidente que tenemos una idea tan clara del espacio distinta de la de solidez, como la idea que
tenemos de solidez distinta de la de movimiento, o la de movimiento distinta de la de espacio. No
tenemos ningunas otras ideas que sean tan distintas, y podemos concebir tan fácilmente el espacio sin
solidez, como podemos concebir el cuerpo o el espacio sin movimiento, aunque no sea cierto que ni el
cuerpo ni el movimiento puedan existir sin el espacio. Pero, bien se tome el espacio solamente como una
relación resultante de la existencia de otros seres que están a distancia, o bien se quieran mantener las
palabras del sapientísimo rey Salomón: «El cielo y el cielo de los cielos no te pueden contener», o
aquellas otras más enfáticas del inspirado filósofo San Pablo: «en él vivimos, nos movemos y tenemos
nuestro ser», entendidas en un sentido literal, es algo que dejo a la consideración de cada uno; para mí,
la idea de espacio es como la he referido, y distinta a la idea de cuerpo. Porque, ya consideremos en la
misma materia la distancia de sus partes sólidas coherentes, y que las llamemos extensión, en relación
con aquellas otras partes sólidas; o ya, considerando esa distancia como algo que está entre las
extremidades de un cuerpo, en sus distintas dimensiones, la llamemos longitud, latitud y profundidad; o
ya considerando que está entre dos cuerpos, o entre seres positivos, sin ninguna consideración sobre si
hay o no materia entre ellos, la llamemos distancia, cualquiera que sea el nombre que le otorguemos o la
consideración que se le dé, siempre será la misma idea simple y uniforme de espacio, tomada de los
objetos sobre los que nuestros sentidos se han ocupado; de manera que, teniendo ideas determinadas en
la mente, podemos revivirlas, repetirlas y añadirles otras tantas veces como lo deseemos, y considerar el
espacio o la distancia imaginados de esta manera, bien como lleno de partes sólidas, de forma tal que
otro cuerpo no pueda llegar allí sin desplazar y echar fuera al cuerpo que había antes, bien como vacío
de solidez, de manera que un cuerpo de dimensión igual a la de ese espacio vacío o puro pueda ocuparlo,
sin remover o echar fuera nada de lo que había antes. Pero, para evitar malentendidos en los discursos
sobre esta materia, sería de desear que el nombre extensión se aplicara sólo a la materia o a la distancia
de los extremos de los cuerpos particulares. Y que el término de expansión se aplicara sólo al espacio en
general, con o sin materia sólida, ocupándolo, de manera que se dijera que el espacio es expandido y que
el cuerpo es extenso. Pero en este terreno, cada uno tiene libertad; yo me limito a proponer esta
terminología para intentar una manera más clara y distinta de hablar.

28. Los hombres difieren poco en las ideas claras y simples
Imagino que el conocer con exactitud lo que significan nuestras palabras podría en este asunto, como en
muchos otros, terminar rápidamente con la disputa. Porque me inclino a pensar que los hombres, cuando
las examinan, encuentran que todas sus ideas simples concuerdan generalmente, aunque en las
discusiones con los demás quizá confunden unas con otras a causa de los distintos nombres que les dan.

Creo que los hombres que abstraen sus pensamientos, y que examinan detenidamente las ideas de sus
mentes, no pueden diferir mucho en sus pensamientos, aunque se confundan a causa de las palabras,
según las distintas maneras de hablar de las diversas sectas o escuelas en que se han educado; sin
embargo, entre hombres poco reflexivos, que no examinan sus propias ideas de manera escrupulosa y
con cuidado, y que nos las desnudan de los signos que los hombres utilizan, sino que las confunden con
palabras, debe haber disputas sin fin, polémicas y jerigonza, especialmente si éstos son hombres que
sólo han extraído su sabiduría de los libros, devotos de alguna secta, acostumbrados a su lenguaje y a
expresarse a partir de lo que han oído de los demás. Pero si negara a suceder que dos hombres reflexivos
tuvieran realmente ideas diferentes, no llego a ver cómo podrían argumentar o discutir entre sí. No
quiero que se confunda lo que aquí digo y se piense que todas las imaginaciones que flotan en las mentes
de los hombres son esa clase de ideas de las que estoy hablando. No resulta fácil para la mente
despojarse de esas nociones confusas y de esos prejuicios de los que se encuentra embebida por sus
costumbres, por desidia o por las conversaciones vulgares. Se requieren esfuerzo y constancia para
examinar las ideas, hasta que la mente pueda reducirlas a esas ideas simples, claras y distintas, de las que
están formadas; y también para ver cuáles, entre las ideas simples, tienen o no una conexión necesaria y
una dependencia mutua. Hasta que un hombre no haga esto en las nociones primarias y originales de las
cosas, seguirá construyendo sobre principios confusos e inciertos, y a menudo caerá en los extravíos.









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