Ensayo sobre el entendimiento humano (PARTE 2) | John Locke

| sexta-feira, 30 de outubro de 2009
DE LAS IDEAS REALES Y FANTÁSTICAS
1. Las ideas consideradas en relación con sus arquetipos
Además de lo que ya hemos mencionado referente a las ideas, hay otras consideraciones que les
pertenecen, con respecto a las cosas de donde se toman, con referencia a lo que se puede suponer que
representan; de manera que pienso se pueden ordenar en la siguiente distinción en tres partes, que son:
Primero, reales o fantásticas.











LIBRO II SOBRE EL ENSAYO DEL ENTENDIMIENTO HUMANO

Capítulo XXX
DE LAS IDEAS REALES Y FANTÁSTICAS
1. Las ideas consideradas en relación con sus arquetipos
Además de lo que ya hemos mencionado referente a las ideas, hay otras consideraciones que les
pertenecen, con respecto a las cosas de donde se toman, con referencia a lo que se puede suponer que
representan; de manera que pienso se pueden ordenar en la siguiente distinción en tres partes, que son:
Primero, reales o fantásticas.

Segundo, adecuadas o inadecuadas.

Tercero, verdaderas o falsas.

Primero, por ideas reales significo aquellas que tienen fundamento en la naturaleza, aquellas que
observan conformidad con el ser real, con la existencia de las cosas o con sus arquetipos. Llamo
fantásticas o quiméricas a aquellas que no tienen fundamento en la naturaleza ni observan ninguna
conformidad con esa realidad de ser a la cual se refieren tácitamente sus arquetipos. Si examinamos las
distintas clases de ideas antes mencionadas, encontraremos que:
2. Las ideas simples son todas apariencias reales de las cosas
Primero, nuestras ideas simples son todas reales, todas están de acuerdo con la realidad de las cosas. No
es que todas sean la imagen o representación de lo que en efecto existe, pues lo contrario ya lo hemos
mostrado en todo menos en las cualidades primarias de los cuerpos. Pero, aunque la blancura y la
frialdad no están más en la nieve que lo están en el dolor, sin embargo, como esas ideas de blancura y de
frialdad, de dolor, etc., son el efecto que en nosotros produce las potencias de las cosas externas,
potencias ordenadas por nuestro Creador para que produzcan semejantes sensaciones en nosotros, se
trata de ideas que están en nosotros, por medio de las que diferenciamos cualidades que realmente se
encuentran en las cosas mismas. Porque como estas apariencias diversas que están diseñadas para ser las
señales por las que debemos conocer y distinguir las cosas con las que tenemos relación, nuestras ideas
nos sirven lo mismo para ese propósito, constituyen rasgos reales igualmente distintivos, bien sean
únicamente efectos constantes, bien semejanzas exactas de algo que está en las cosas mismas, ya que la
realidad consiste en esa correspondencia permanente que tiene con las mismas constituciones de los
seres reales. Pero el que respondan a estas constituciones como a causas o modelos, no importa nada,
pues basta con que estas constituciones las produzcan de manera constante. Y así, ocurre que todas
nuestras ideas simples son reales y verdaderas, desde el momento en que responden y se adecuan a esas
potencias de las cosas que las producen en nuestras mentes, que es todo lo que se refiere para hacerlas
reales, y no ficciones a nuestro gusto. Pues en las ideas simples (según ya se ha demostrado) la mente se
encuentra totalmente limitada a las operaciones de las cosas sobre ella y no puede proponerse a sí misma
ninguna idea más de las que ha recibido.

3. Las ideas complejas son combinaciones voluntarias
Aunque la mente sea totalmente pasiva en lo que a sus ideas simples se refiere, creo que podemos
afirmar, sin embargo, que no ocurre lo mismo en sus ideas complejas. Pues al ser estas combinaciones
de ideas simples reunidas y unidas en un nombre general, parece resultar evidente que la mente humana
goza de alguna suerte de libertad para formar esas ideas complejas. Pues, ¿cómo, si no, puede suceder
que las ideas que un hombre tiene sobre el oro a lo justicia sean diferentes de las que tienen otros
hombres, si no es porque ha incluido o excluido en su idea compleja alguna idea simple que el otro,
respectivamente, no haya hecho? La cuestión entonces estriba en saber cuáles de esas combinaciones
son reales y cuáles son únicamente imaginarias. En saber qué colecciones de esas ideas están de acuerdo
con la realidad de las cosas y cuáles no lo están. Y a esto digo que:
4. Los modos mixtos y las relaciones, formados de ideas compatibles, son reales
Segundo, los modos mixtos y las relaciones, careciendo de otra realidad que la que tienen en la mente de
los hombres, no requieren de esa clase de ideas para ser reales, sino únicamente necesitan estar formados
de tal manera que haya una posibilidad de existencia conforme a ellos. Como estas ideas son, en sí
mismas, arquetipos, no pueden diferenciarse de sus arquetipos, de manera que no pueden ser quiméricas)
a menos que se le mezclen ideas compatibles. Realmente, como estas ideas poseen unos nombres del
lenguaje habitual asignado, nombres por los que quien los tiene en su mente intenta significarl
as a los otros, no basta la mera posibilidad de existencia, sino que necesitan observar una conformidad
con la significación habitual del nombre asignado, para que no se las tenga por fantásticas, como
sucedería si un hombre les diera el nombre de justicia a la idea que normalmente se denomina libertad.

Pero esta fantasía se relaciona más bien con la propiedad de hablar que con la realidad de las ideas.

Porque que un hombre se muestre imperturbable ante un peligro y considere tranquilamente lo que debe
hacer, llevándolo a cabo con firmeza, es un modo mixto, o una idea compleja de una acción que puede
existir. Pero permanecer imperturbable ante el peligro, sin emplear la razón ni el arte, también es algo
que posiblemente puede suceder, de manera que es una idea tan real como otra cualquiera. Sin embargo,
como a la primera de éstas se les da el nombre de valor, puede, en lo que se refiere a ese nombre, ser una
idea correcta o falsa; pero como la otra no tiene un nombre que se le haya asignado en ningún lenguaje
conocido, no puede ser susceptible de ninguna deformidad, pues está hecha sin ninguna referencia a
nada que no sea ella misma.

5. Las ideas complejas de sustancias son reales cuando están de acuerdo con la existencia de las cosas
Tercero, como nuestras ideas complejas de las sustancias están formadas en referencia a cosas existentes
fuera de nosotros, pero intentan ser representaciones de las sustancias tal como realmente son, esas ideas
no son reales sino en la medida en que son combinaciones de ideas simples realmente unidas y que
coexisten en las cosas que están fuera de nosotros. Por el contrario, son fantásticas aquellas que están
formadas de tales colecciones de ideas simples que realmente nunca han estado unidas, nunca se han
encontrado juntas en ninguna sustancia: por ejemplo, una criatura racional que conste de una cabeza de
caballo unida a una forma humana, o como se describe que son los centauros: o bien un cuerpo amarillo,
muy maleable, fusible y fijo, pero más ligero que el agua común; o un cuerpo uniforme, no organizado,
que conste, según los sentidos, de partes similares, dotados de percepción y movimiento voluntarios. El
que estas sustancias y otras semejantes puedan existir o no, es algo que tal vez nunca sabremos; pero sea
como fuere, dado que estas ideas de sustancias no se conforman a ningún modelo existente conocido, a
ningún modelo existente que nosotros conozcamos, y como consisten en una colección de ideas que
ninguna sustancia nos ha mostrado reunidas, debemos tenerlas únicamente como ideas imaginarias;
pero, además, mucho más imaginarias son aquellas ideas complejas que contienen en sí mismas alguna
inconsistencia o contradicción en sus partes.

LIBRO II DEL ENSAYO SOBRE EL ENTENDIMIENTO HUMANO

Capítulo XXXI
DE LAS IDEAS ADECUADAS E INADECUADAS
1. Las ideas adecuadas son aquellas que representan perfectamente sus arquetipos
De nuestras ideas, algunas son adecuadas y otras inadecuadas. Aquellas a las que llamo adecuadas son
las que representan perfectamente esos arquetipos de donde la mente supone que han sido tomadas; y
son ideas con las que se propone la mente significar dichos arquetipos y a los que quedan referidas. Las
ideas inadecuadas son aquellas que no son sino una representación parcial o incompleta de esos
arquetipos a los que éstas se refieren. A partir de lo cual es evidente lo siguiente:
2. Las ideas simples son todas adecuadas
En primer lugar, que todas nuestras ideas simples son adecuadas. Porque, como no son sino efectos de
ciertas potencias en las cosas, han sido adaptadas y ordenadas por Dios para producir en nosotros tales
sensaciones, por lo que no pueden sino guardar correspondencia y ser adecuadas a esas potencias; y
nosotros estamos seguros de que están de acuerdo con la realidad de las cosas. Porque si el azúcar
produce en nosotros las ideas que denominamos blancura y dulzura, estamos seguros de que hay una
potencia en el azúcar que produce en nuestra mente esas ideas, ya que de otra manera no habrían podido
ser producidas por ella. De esta manera, cada sensación que responde a la potencia que actúa sobre
cualquiera de nuestros sentidos produce una idea real ( y no una ficción de la mente, que carece de
potencia para producir cualquier idea simple ) y no puede sino ser adecuada, ya que no es otra cosa que
la respuesta a esa potencia, por lo que resulta que todas las ideas simples son adecuadas. Verdad es que
pocas son las cosas, de las que producen en nosotros esas ideas simples, que designamos con nombres
como si fueran únicamente las causas de esas ideas, sino como si esas ideas fuesen seres reales en las
cosas. Porque aunque se diga que el fuego produce dolor al tocarlo, con lo que se significa la potencia de
producir en nosotros la idea de dolor, sin embargo, también se dice que produce luz y calor, como si la
luz y el calor estuvieran realmente en el fuego; por tanto, se dice que son cualidades que están o que
provienen del fuego, que están más allá de la pura potencia de provocar en nosotros esas ideas. Pero
como realmente no se trata sino de potencias que pueden suscitar en nosotros semejantes ideas, es en
este sentido como se me debe entender cuando afirmo que las cualidades secundarias se encuentran en
las cosas, o que sus ideas se encuentran en los objetos que las suscitan en nosotros. Semejante manera de
hablar, aunque se acomoda a los usos vulgares, que no podemos hacernos comprender correctamente,
realmente no significa otra cosa que esas potencias que están en las cosas y que provocan en nosotros
determinadas sensaciones e ideas. Porque si no hubiera unos órganos que estuvieran adaptados para
percibir las impresiones que el fuego provoca sobre la vista y el tacto, ni existiera tampoco una mente
unida a estos órganos y adaptada para captar las ideas de luz y de calor mediante las impresiones del
fuego del sol, no existiría otra luz ni otro calor en el mundo que el dolor al faltar unas criaturas sensibles
que lo experimentaran, aunque el sol continuara en el mismo lugar en que se encuentra ahora y el Etna
permaneciera más candente que nunca. La solidez, la extensión y la forma que es su fin, así como el
movimiento y el reposo, de todo lo cual tenemos ideas, serían realmente en el mundo tal como son, con
independencia de que existieran unos seres sensibles capaces de percibirlo y, por ello, creo que tenemos
razón al mirar todas estas cosas como modificaciones reales de la materia y como las causas que
provocan nuestras distintas sensaciones en nuestros cuerpos. Con todo, como esto es motivo de una
investigación diferente, no seguiré más adelante, sino que me limitaré a mostrar qué ideas complejas son
adecuadas y cuáles no lo son.

3. Los modos son todos adecuados
En segundo lugar, como nuestras ideas complejas de los modos son conjuntos de ideas simples y
voluntarias que la mente reúne, sin que las refiera a ningún arquetipo o modelo fijo, existente en otro
lugar, son ideas y, por tanto, tienen que ser necesariamente adecuadas. Pues al no producirse como
copias de algo que realmente existe, sino como arquetipos que forja la mente, y de los que se sirve para
denominar las cosas y colocarlas en orden, no pueden carecer de nada, pues cada una consta de esa
combinación de ideas y de esa perfección que la mente se propuso que tuvieran; de tal manera que la
mente les otorga su asentimiento y no encuentra nada de lo que estas ideas carezcan. Así, cuando tengo
la idea de una figura de tres lados que forman tres ángulos, tengo una idea completa que nada más
necesita para ser perfecta. Y parece evidente que la mente se encuentra satisfecha con la perfección de
esta idea, como se puede advertir de que no conciba el que un entendimiento cualquiera tenga o deje de
tener una idea más compleja o perfecta de esa cosa que significa por medio de las palabras triángulo,
suponiendo que exista, que la que ella misma posee a partir de esa idea compleja de tres lados y tres
ángulos, en cuya idea se contiene todo lo que le es esencial o puede serio para ella, o todo lo que la
puede complementar en cualquier lugar o en cualquier momento. Otra cosa ocurre con nuestras ideas de
las sustancias, porque como intentan copiar las cosas tal y como realmente existen, y como intentan
representar para nosotros su constitución, de la que dependen todas sus propiedades, llegamos a observar
que nuestras ideas no alcanzan esa perfección a la que tendemos, pues nos damos cuenta de que aún les
falta algo que desearíamos tuvieran, por lo que todas nos resultan ideas inadecuadas. Pero los modos
mixtos y las relaciones, desde el momento en que son arquetipos sin modelos y, por tanto, no tienen que
representar ninguna cosa que no sea ellos mismos, necesariamente tienen que ser adecuados, ya que lo
son todo para sí mismos. Quien reunió por primera vez las ideas de un peligro que había observado o de
la ausencia de alteración que debía provocar el miedo o de la sosegada consideración de lo que debe
hacerse según los designios de la razón, y de su ejecución sin perturbarse o desanimarse ante el peligro;
quien juntó esas ideas, digo, tenía en su mente esa idea compleja formada por una combinación
semejante, y proponiéndose que no fuera ninguna otra cosa sino lo que realmente es, ni que contuviera
ninguna otra idea simple a excepción de la que contiene, no pudo, al mismo tiempo, sino tener una idea
adecuada. De manera que al depositar esto en su memoria y al darle el nombre de valor para significar
con tal nombre esta idea a los demás y seguir denominando cualquier acción que estuviera de acuerdo
con ella en el futuro, que utilizar este modelo para medir las demás acciones según se conformaran o no
con él. Y una vez forjada y mantenida como patrón esta idea, tenía que ser necesariamente adecuada,
pues no quedaba referida a otra cosa sino a sí misma, ni forjada de acuerdo con ningún otro molde que
no fuera la impresión y el libre albedrío del que primero realizó esta combinación.

4. Los modos en referencia a los nombres establecidos pueden ser inadecuados
Además, si después viene otro hombre que aprenda del anterior a través de la conversación, el término
valor, puede suceder perfectamente que se forje una idea a la que designe también mediante la palabra
valor, pero que, sin embargo, difiera de la idea que el primer forjador expresó mediante dicha palabra y
que tiene en la mente cuando la emplea. Y en este caso, además, si intenta que esa idea que tiene en la
mente se conforme con la idea del otro, al igual que lo hace el nombre que emplea cuando habla, en
cuanto al sonido, al emplearlo la persona del que lo aprendió, en ese caso su idea puede ser errónea e
inadecuada, pues en este caso, al ser la idea de otro hombre el patrón de la que él tiene en la mente, de
igual manera que la palabra o sonido empleado por el otro le sirve de modelo para hablar, su idea será
defectuosa e inadecuada, en la medida en que se encuentra lejos del arquetipo o modelo a que se refiere,
pues pretende expresaría y significaría por el término que para ella utiliza, término que quiere hacer
pasar por signo de la idea de otro hombre (a la cual ese nombre fue, en su propio uso, anexado
primariamente) y de la suya propia, como concordante con ella; pero si su propia idea no corresponde
exactamente a ella, resultará defectuosa e inadecuada.

5. Porque entonces pueden ser inadecuadas
Así pues, cuando estas ideas complejas de los modos son referidas por la mente a las ideas de algún otro
ser inteligente, y cuando son expresadas mediante nombres que les aplicamos, entonces pueden ser muy
deficientes, equívocas e inadecuadas, desde el momento en que se las intenta hacer corresponder entre
sí; porque no estando de acuerdo con aquello que la mente intentó que fueran sus arquetipos y modelos
solamente una idea de modo pudo ser, en este sentido, imperfecta o inadecuada. Y por esto, nuestras
ideas de los modos mixtos son más susceptibles de ser defectuosas que cualesquiera otra; pero esto se
refiere más a la propiedad de hablar que a un conocimiento correcto.

6. Las ideas de las sustancias, en cuanto referidas a las sustancias reales, no son adecuadas
En tercer lugar, cuáles son las ideas que tenemos de las sustancias, es algo que ya indiqué más arriba.

Ahora bien, esas ideas tienen en la mente una doble referencia: 1) Algunas veces se las refiere a alguna
esencia real supuesta en cada especie de cosas. 2) Otras veces solamente se intenta que sean dibujos o
representaciones existentes en la mente de algunas cosas que existen en la realidad en tanto en cuanto
son ideas de aquellas cualidades que se pueden descubrir en dichas cosas. En uno y otro caso, estas
copias de esos arquetipos resultan igualmente imperfectas e inadecuadas.

Primero, parece frecuente que los hombres hagan que los nombres de las sustancias signifiquen cosas, en
tanto ellos imaginan que tienen ciertas esencias reales por las que son de esta especie o de aquélla; y
como los nombres significan, a no ser las ideas que existen en la mente de los hombres, en consecuencia,
tienen que hacer que sus ideas se refieran a semejantes esencias reales como a sus arquetipos. Que los
hombres (en especial aquellos que han sido educados en los conocimientos que se enseñan en nuestra
parte del mundo) supongan en efecto ciertas esencias específicas de sustancias, por las que todo
individuo, cada uno según su especie respectiva, está hecho, y de las que participa, está tan lejos de
necesitar una prueba que parecerá extraño el que alguien pretenda hacerlo. Y por ello, los hombres
normalmente aplican los nombres específicos bajo los que ponen las sustancias particulares, a las cosas
en cuanto se distinguen por determinadas y específicas esencias reales. ¿Existe algún hombre que no
tenga a mal que se ponga en duda que se denomine a sí mismo hombre con algún otro significado que no
sea el de que tiene la esencia real de un hombre? ¿Dónde está, si existe? Sin embargo, si se pregunta
cuáles son esas esencias reales, es evidente que los hombres lo ignoran y que las desconocen. De lo que
se deduce que las ideas que tienen en la, mente, al quedar referidas a esencias reales como a arquetipos
desconocidos, tan lejos tienen de estar de ser adecuadas, que no se supone ni siquiera que sean
representaciones de esas esencias. Las ideas complejas que tenemos de las sustancias son, como ya he
demostrado, ciertos conjuntos de ideas simples que se han observado, o que se ha supuesto que existen
constantemente reunidas. Pero una idea compleja semejante no puede ser la esencia real de una sustancia
cualquiera, pues entonces dependerían las propiedades que en ese cuerpo descubrimos de esa idea
compleja, y se podrían deducir de ella, conociéndose la conexión necesaria entre ambas, del mismo
modo en que todas las propiedades de un triángulo dependen, y se pueden deducir, hasta donde son
deducibles, de la idea de tres líneas que encierran un espacio, pero resulta evidente que en nuestras ideas
complejas de las sustancias no se contienen unas ideas semejantes de las que dependan todas las demás
cualidades que se puedan hallar en esas sustancias. La idea común que tienen los hombres del hierro es
la de un cuerpo de determinado color, peso y dureza, y una de sus propiedades es la de maleabilidad.

Pero esta propiedad no tiene ninguna conexión necesaria con aquella idea compleja, ni con ninguna otra
parte suya, por lo que no existe un motivo mayor para pensar que la maleabilidad depende de aquel
color, aquel peso o aquella dureza, que el que existe para suponer que ese color o ese peso dependen de
la maleabilidad de ese metal. Pero a pesar de que nada sabemos sobre estas esencias reales, no hay nada
más común que el que los hombres atribuyan las distintas especies de cosas a unas esencias semejantes.

De esta manera, la mayoría de los hombres tienen la osadía de suponer que este fragmento particular de
materia que forma el anillo que tengo en mi dedo, tiene una esencia real por la que es oro y en virtud, de
la que emanan las cualidades que en él hallo, es decir, su color, su peso, su dureza, su fusibilidad, su
fijeza y el cambio de color que experimenta al someterse al contacto del azogue. Pero cuando busco e
investigo esta esencia, de la que fluyen esas propiedades, me encuentro que no puedo descubriría. A lo
más que puedo alcanzar es a imaginar que, como el anillo no es otra cosa que un cuerpo, su esencia real
o su constitución interna, de la que esas cualidades dependen, no pueden ser sino la figura, el tamaño y
la conexión de sus partes sólidas. Y como no poseo de ninguna de estas cosas una percepción distinta,
no puedo poseer ninguna idea de la esencia, que es la causa por la que el anillo tiene una amarillez
particular, un peso superior al de cualquier otra cosa que yo conozca con igual volumen, y una capacidad
de cambiar de color al entrar en contacto con el azogue. Si alguien me dijera que la esencia real y la
constitución interna de la que dependen esas propiedades no es ni la figura, ni el tamaño, ni la
disposición o entramado de sus partes sólidas, sino algo que llamara su forma particular me encontraría
todavía más lejos de tener una idea de su esencia real de lo que antes estaba. Porque, en general, poseo
una idea de la figura, del tamaño y de la situación de las partes sólidas aunque carezcan de cualquier
idea sobre la figura, el tamaño y el modo de reunir las partes, por lo que se producen las cualidades que
arriba he mencionado, cualidades que encuentro en este fragmento de materia que tengo en el dedo, y
que no hallo en ningún otro, por ejemplo, en esta pluma que me sirve para escribir. Pero cuando se me
dice que su esencia es otra cosa, que no es la figura ni el tamaño, ni la posición de las partes sólidas de
ese cuerpo, algo que se denomina forma sustancial, debo confesar que carezco de cualquier idea sobre
este aspecto, a no ser del sonido forma, lo que está muy lejos de ser una idea acerca je la esencia real o
de la constitución de algo. En la misma ignorancia en la que me encuentro sobre la esencia real de esa
sustancia particular, la tengo sobre la esencia real de las demás sustancias naturales; de estas esencias,
confieso, no tengo en absoluto ninguna idea distinta, y tiendo a suponer que los demás, cuando
examinan su propio conocimiento, encontrarán en sí mismos que, en este punto, se encuentran sumidos
en la misma ignorancia.

7. Porque los hombres desconocen las esencias reales de las sustancias
Ahora bien, cuando los hombres aplican a ese fragmento particular de materia que está en mi dedo un
nombre general ya en uso y lo denominan oro, pregunto, ¿no le dan acaso comúnmente ese nombre, en
tanto en cuanto pertenece a una especie particular de cuerpos que tienen una esencia real interna, o no se
supone que se lo dan, de tal manera que esa sustancia en particular llegue a ser de esa especie, y al ser
llamada por ese nombre, solamente porque tiene aquella esencia? Si, como es evidente que lo es, es así
el nombre por el que se designan las cosas, en cuanto que tiene su esencia, debe ser referido en primer
lugar a esa esencia, y, en consecuencia, la idea a la que ese nombre se da, también se debe referir a esa
esencia, y debe intentar representarla. Pero como esta esencia es desconocida por los que emplean los
nombres de esta manera, todas sus ideas de sustancia tendrán que ser inadecuadas en este sentido, pues
no contienen en ellas esa esencia real que la mente intenta que contengan.

8. Las ideas de sustancias, cuando se tienen por colecciones de sus cualidades, son todas inadecuadas
En segundo lugar, están aquellos que, despreciando esa suposición inútil de unas esencias reales
desconocidas para distinguir las sustancias, intentan representar las que existen en el mundo poniendo
juntas las ideas de aquellas cualidades sensibles, que coexisten en esas sustancias. Verdad es que los que
proceden de esta manera se aproximan bastante más a una semejanza de esas sustancias que quienes
inventan unas esencias reales específicas inexistentes. Con todo, no es menos cierto que no alcanzan las
ideas perfectamente adecuadas de las sustancias que pretenden representar de esta manera, copiándolas
en sus mentes, y que estas copias no contienen, tampoco, todo lo que se encuentra en esos arquetipos,
pues estas cualidades y las potencias de las sustancias de las cuales nos servimos para forjar sus ideas
complejas, tan variadas, que para un hombre resulta imposible contenerlas en una sola idea compleja.

Que nuestras ideas abstractas de las sustancias no contienen todas las ideas simples reunidas en las cosas
mismas, es algo evidente a partir del hecho de que los hombres en muy pocas ocasiones incluyen en su
idea compleja de cualquier sustancia todas las ideas simples que saben existen en ella. Porque al intentar
hacer la significación de sus nombres específicos tan clara y tan poco embarazoso como pueden, forman
la mayor parte de sus ideas específicas de las especies de sustancias solamente con unas cuantas de esas
ideas simples que en ellas se encuentran. Pero como éstas no tienen ninguna procedencia original ni
ningún motivo por el que se las pueda incluir o excluir, resulta evidente que nuestras ideas de las
sustancias son, por una y otra razón, deficientes e inadecuadas. Todas las ideas simples con las que
formamos nuestras ideas complejas de sustancia, a excepción de lo que se refiere a la forma y el
volumen de ciertas sustancias, son potencias que, al ser relaciones con otras sustancias, no podemos
nunca estar seguros de conocer la totalidad de las que existen en un cuerpo, hasta que no sepamos,
mediante la experimentación, qué cambios puede provocar y cuáles puede recibir en y por otra sustancia
en sus distintos modos de aplicación. Y como esto es imposible de experimentar, ni siquiera en un solo
cuerpo, y mucho menos en todos, no podemos tener ideas adecuadas de ninguna sustancia, formadas por
una colección de todas sus propiedades.

9. Sus potencias usualmente forman nuestras ideas complejas de las sustancias
El que se haya fijado en primer lugar en una parcela de esa sustancia que significamos por la palabra
oro, no pudo, racionalmente, haber tomado el volumen y la forma que en dicha porción observó como
dependientes de su esencia real o de su constitución interna. Por tanto, esto nunca entró en la idea que se
formó de esa especie de cuerpo, sino que tal vez su color particular y su peso fueron las primeras cosas
que de este cuerpo abstrajo para formarse la idea compleja de esa especie. Y estas dos cosas no son sino
potencias, la una que afecta a nuestra vista de tal manera que produce en nosotros la idea que llamamos
amarillo, y la otra, que es capaz de hacer subir cualquier otro cuerpo de igual volumen, en una balanza
cuyos platillos están colocados en equilibrio. Tal vez otro hombre añadió a estas ideas las de la
fusibilidad y fijación, otras dos potencias pasivas que se refieren a las operaciones del fuego sobre el
oro; y otro, las de la ductilidad y la solubilidad en agua regia, potencias ambas que se relacionan con las
operaciones de otros cuerpos, en cuanto efectúan cambios en la forma exterior del oro, o lo separan en
partes insensibles. Estas, o parte de éstas, reunidas, usualmente forman la idea compleja existente en la
mente de los hombres de esa especie de cuerpo que llamamos oro.

10. Las sustancias tienen innumerables esencias no contenidas en nuestras ideas complejas
Pero nadie que haya considerado las propiedades de los cuerpos en general, o esta clase en particular,
puede dudar de que ése, que se llama oro, tiene otras infinitas propiedades no contenidas en esa idea
compleja. Algunos que han examinado esta especie más detenidamente, creo que podrían enumerar diez
veces más de propiedades en el oro, todas ellas tan inseparables de su constitución interna como lo son
el color o el peso; y es probable que si alguno de ellos conociera todas las propiedades que diversos
hombres saben que tiene, pondrían en la idea compleja del oro cien veces más ideas que las que hasta
ahora pone cualquier hombre. Y, así y todo, todavía no sería ni la milésima parte de lo que se puede
descubrir en este metal, porque los cambios que ese cuerpo puede sufrir y producir por la aplicación
debida de otro, exceden con mucho no sólo a lo que conocemos, sino a todo lo que seamos capaces de
imaginar. Todo esto nos puede parecer paradójico, si se considera lo alejados que todavía están los
hombres de conocer todas las propiedades de esa figura, no muy compleja, que es el triángulo; aunque
no es pequeño el número de las que ya han descubierto los matemáticos.

11. Las ideas de las sustancias, como la colección de sus cualidades, son todas inadecuadas
Así pues, todas nuestras ideas complejas de las sustancias son imperfectas e inadecuadas, lo cual
sucederá también en las figuras matemáticas si únicamente forjáramos nuestras ideas complejas sobre
ellas, reuniendo sus propiedades en referencia a otras figuras. Cuán inciertas e imperfectas, en efecto, no
serían nuestras ideas de una elipse, si no tuviéramos de ella otra idea que la de algunas de sus
propiedades, en lugar de teniendo en una idea clara toda la esencia de esa figura, descubramos esas
propiedades, partiendo de dicha esencia, y vayamos de manera demostrativa comprobando cómo se
deducen de ella y cómo son inseparables de ella.

12. Las ideas simples ektvena, y adecuadas
De esta manera, la mente tiene tres clases de ideas abstractas o esencias nominales:
Primero, las ideas simples, que son ektvena o copias; pero que, sin embargo, son adecuadas. Porque
como no tiene sino la potencia que tienen las cosas de producir en la mente semejante sensación, esta
sensación, después de producida, tiene que ser el efecto de esa potencia. De esta manera, el papel en el
que escribo, al tener la potencia, en la luz, (hablo sobre la noción común de luz), de provocar en mí la
sensación que llamo blanco, no puede sino ser el efecto de semejante potencia en algo que está fuera de
la mente, pues la mente carece de la potencia de producir por sí sola semejante idea. De tal manera que
esa sensación, al no tener otro propósito que el de ser el efecto de aquella potencia, resulta que esa idea
simple es real y adecuada. Porque como la sensación de lo blanco en mi mente es el efecto de esa
potencia que está en el papel de traducir esa sensación, es algo perfectamente adecuado a esa potencia;
o, de lo contrario esa potencia produciría una idea diferente.

13. Las ideas de las sustancias son ektvena e inadecuadas
En segundo lugar, las ideas complejas de sustancias son también copias, pero no perfectas ni adecuadas;
esto resulta bastante evidente para la mente, ya que claramente puede percibir que en todo conjunto de
ideas simples que reúne sobre cualquier sustancia existente, no puede tener la certeza de que responde de
manera exacta a todo lo que hay en la sustancia. Pues como no ha podido experimentar todo el conjunto
de operaciones que se pueden realizar en todas las demás sustancias con las que trata, ni ha descubierto
todos los cambios que de esta manera es capaz de percibir o de causar, la mente no puede tener una
colección exacta y adecuada de todas las capacidades activas y pasivas de dicha sustancia, de manera tal
que no es capaz de tener una idea compleja adecuada de las potencias de cualquier sustancia existente y
de sus relaciones, que es la clase de ideas complejas de la sustancia que tenemos, y, después de todo, si
pudiéramos tener y tuviéramos realmente en nuestras ideas complejas una colección exacta de todas las
cualidades secundarias o potencias de una sustancia cualquiera, no tendríamos, ni aún así, una idea de la
esencia de esa cosa que, desde el momento en que las potencias o cualidades que se pueden observar no
son la esencia real de esa sustancia, sino que dependen y emanan de ella, todo conjunto de esas
cualidades, sea el que fuere, no puede ser la esencia de esa cosa. Por lo que es evidente que nuestras
ideas de sustancias no son adecuadas; no son lo que nuestra mente intenta que sean. Además, el hombre
no tiene ninguna idea de sustancia en general, ni conoce qué es la sustancia en sí misma.

14. Las ideas de los modos y de las acciones son arquetipos y no pueden ser adecuadas
En tercer lugar, las ideas complejas de los modos y relaciones son originales y arquetipos; no son copias,
ni están formadas según el modelo de alguna existencia real a la que la mente pretenda que se conforme,
y que respondan exactamente. Puesto que se trata de colecciones de ideas simples que la mente misma
reúne, y tales colecciones que cada una contiene en sí misma precisamente todo lo que la mente intentó
que contuvieran, siendo arquetipos y esencias de modos que pueden existir; y de esta manera están
designadas solamente para designar y pertenecer a tales modos, cuando éstos existen realmente,
guardando una conformidad exacta con estas ideas complejas. Las ideas, por tanto, de los modos y las
relaciones no pueden menos que ser adecuadas.

LIBRO II DEL ENSAYO SOBRE EL ENTENDIMIENTO HUMANO

CAPÍTULO XXXII
DE LAS IDEAS VERDADERAS Y FALSAS
§ 1. La verdad y la falsedad pertenecen propiamente a las proposiciones. Aunque, hablando con
propiedad, la verdad y la falsedad sólo pertenecen a las proposiciones, sin embargo, frecuentemente se
dice de las ideas que son verdaderas o falsas, porque ¿qué palabras hay que no se usen con gran latitud,
y con alguna desviación de su significación estricta y propia?, si bien creo, que, cuando se dice de las
ideas mismas que son verdaderas o falsas, todavía hay alguna secreta o tácita proposición que es el
fundamento de esa manera de decir, como veremos, si examinamos las ocasiones particulares en que
acontece que así se las denomine. Encontraremos, en esas ocasiones, alguna clase de afirmación o de
negación, que es la razón de aquella denominación. Porque como nuestras ideas no son sino meras
apariencias o percepciones en nuestra mente, no más se puede con propiedad y llaneza decir de ellas que
son verdaderas o falsas, que pueda decirse de un mero nombre de alguna cosa que es verdadero o falso.

§ 2. La verdad metafísica contiene una proposición tácita. Sin duda, tanto de las ideas como de las
palabras se puede decir que son verdaderas en un sentido metafísico de la palabra verdad, así como de
todas las cosas, que existen de cualquier modo, se dice que son verdaderas; es decir, que realmente son
tal como existen. Aunque en las cosas que se dicen verdaderas, aun en ese sentido, hay, quizá, una
secreta referencia a nuestras ideas, vistas como el patrón de esa verdad, lo cual equivale a una
proposición mental, aun cuando habitualmente no se repare en ella.

§ 3. Ninguna idea, en cuanto apariencia en la mente, es verdadera o falsa. Empero, no es en ese
sentido metafísico de la verdad en el que aquí inquirimos, cuando examinamos si nuestras ideas son
capaces de ser verdaderas o falsas, sino en la aceptación más común de esas palabras. Esto aclarado,
digo que, como las ideas en nuestra mente sólo son otras tantas percepciones o apariencias en ella,
ninguna es falsa. Así, la idea de un centauro no contiene más falsedad, cuando aparece en nuestra mente,
que la que pueda contener el nombre de centauro cuando se pronuncia por nuestros labios, o cuando se
escribe en papel. Porque, como la verdad y la falsedad consisten siempre en alguna afirmación o
negación, mental o verbal, ninguna de nuestras ideas son capaces de ser falsas antes de que la mente
pronuncie algún juicio sobre ellas, es decir, afirme o niegue algo de ellas.

§ 4. Las ideas, en cuanto referidas a algo, pueden ser verdaderas o falsas. Siempre que la mente
refiera cualquiera de sus ideas a cualquier cosa extraña a ellas, entonces son capaces de ser llamadas
verdaderas o falsas. Porque, en semejante referencia, la mente hace una suposición tácita acerca de su
conformidad con aquella cosa; la cual suposición, según sea verdadera o falsa, así serán denominadas las
ideas mismas. Los casos más usuales en que acontece eso son los siguientes:
§ 5. Las ideas de otros hombres, la existencia real y las supuestas esencias reales son aquello a lo que
los hombres usualmente refieren sus ideas. Primero, cuando la mente supone que alguna de sus ideas
es conforme a la que hay en la mente de otros hombres, designada por el mismo nombre común; cuando,
por ejemplo, la mente pretende o juzga que sus ideas de la justicia, de la temperancia, de la religión, son
las mismas que aquellas a las cuales otros hombres dan esos nombres.

Segundo, cuando la mente supone que una idea que tiene en sí misma es conforme a una existencia real.

Así, las ideas de un hombre y de un centauro, en cuanto se supongan ser las ideas de substancias reales,
son verdadera la una y falsa la otra, puesto que la una es conforme a lo que realmente ha existido,
mientras que la otra no.

Tercero, cuando la mente refiere cualquiera de sus ideas a esa constitución real y esencia de una cosa de
donde dependen todas sus propiedades; y en este caso, la mayor parte de nuestras ideas de las
substancias, si no todas, son falsas.

§ 6. La causa de semejantes referencias. Éstas son unas suposiciones que con mucha facilidad se
inclina la mente a hacer, tocante a sus propias ideas. Sin embargo, si examinamos la cuestión, veremos
que principalmente, ya que no totalmente, las hace respecto a sus ideas complejas abstractas. Porque,
como la mente tiene una natural tendencia hacia el conocimiento, y como descubre que si procediera
deteniéndose tan sólo en las cosas particulares sus progresos serían muy lentos y su trabajo inacabable,
por lo tanto, para hacer más corto su camino hacia el conocimiento, y para lograr que cada una de sus
percepciones sea más comprensiva, lo primero que hace, como base para facilitar la ampliación de sus
conocimientos, ya sea contemplando las cosas mismas que desea conocer, ya sea conversando con otros
acerca de esas cosas, es ligarlas en haces, y de ese modo reducirlas a ciertas clases, con el fin de que el
conocimiento que adquiera acerca de cualquiera de esas cosas, lo pueda, así, extender con certidumbre a
todas las demás cosas de esa clase, y de ese modo pueda avanzar con pasos mayores en el conocimiento,
que es su gran negocio. Tal es, como lo he mostrado en otra parte, la razón por la cual reunimos las
cosas, reduciéndolas a géneros y especies, a tipos y clases, en ideas comprensivas a las cuales les
anexamos ciertos nombres.

§ 7. El nombre supone una esencia. Por lo tanto, si miramos con esmero los movimientos de la mente,
y observamos el camino que habitualmente toma en su marcha hacia el conocimiento, veremos, me
parece, que una vez que la mente ha adquirido una idea, ya por vía de la contemplación, ya por vía de
comunicación con otros, idea que estima le puede ser útil, lo primero que hace es abstraerla y en seguida
ponerle un nombre, y de ese modo la deposita en su almacén, la memoria, como conteniendo la esencia
de esa clase de cosa, de cuya esencia aquel nombre es siempre su señal o etiqueta. De aquí acontece lo
que con frecuencia podemos observar que, cuando alguien ve una cosa nueva de una especie que no
conoce de inmediato pregunta qué cosa es ésa, no inquiriendo en esa pregunta sino por el nombre; como
si el nombre llevase consigo el conocimiento de la especie de la cosa, o de su esencia, de la cual
efectivamente se emplea como su señal, y generalmente se supone que la lleva anexa.

§ 8. Los hombres suponen que sus ideas deben corresponder a las cosas y al significado de los
nombres. Pero, como esta idea abstracta es algo en la mente, situado entre la cosa que existe y el nombre
que se le ha dado, es en nuestras ideas en lo que consiste tanto la rectitud de nuestro conocimiento como
la propiedad o inteligibilidad de nuestro hablar. Y de allí resulta que los hombres tengan tanta seguridad
en suponer que las ideas abstractas que tienen en la mente son tales que se conforman con las cosas que
existen fuera de ellos, y a las cuales refieren dichas ideas, y que también son las mismas ideas a las
cuales los nombres que les dan pertenecen según el uso y la propiedad del idioma. Porque, faltando esa
doble conformidad de sus ideas, advierten que piensan equivocadamente acerca de las cosas en sí
mismas, y que hablan de ellas ininteligiblemente a los otros hombres.

§ 9. Las ideas simples pueden ser falsas en referencia a otras que llevan el mismo nombre, pero son
las ideas menos aptas para ser falsas. En primer lugar, pues, digo que cuando la verdad de nuestras
ideas se juzga por la conformidad que guarden con las ideas que tienen otros hombres, y que
comúnmente se significan por el mismo nombre, puede cualquiera de ellas ser falsa. Sin embargo, las
ideas simples son, de todas, las menos aptas para equívocos de ese modo, porque un hombre puede
fácilmente conocer, por sus sentidos y por la cotidiana observación, cuáles son las ideas simples
significadas por sus varios nombres de uso común, ya que esos nombres son pocos en número, y tales
que si hay alguna duda o error acerca de ellos, es fácil rectificarlos por medio de los objetos a que
remiten. Por eso, rara vez alguien se equivoca en los nombres de ideas simples, aplicando, por ejemplo,
el nombre rojo a la idea de verde, o el nombre dulce a la idea de amargo. Mucho menos fácil aún es que
los hombres confundan los nombres de las ideas pertenecientes a diversos sentidos, y que llamen a un
color con el nombre de un sabor, etc.; de donde resulta evidente que las ideas simples que se denominan
por algún nombre son por lo común las mismas ideas que los otros tienen y significan cuando emplean
los mismos nombres.

§ 10. Las ideas de los modos mixtos son las más aptas para ser falsas en ese sentido. Las ideas
complejas son mucho más aptas para ser falsas a ese respecto; y las ideas complejas de los modos
mixtos, mucho más que las ideas de las substancias, porque en las substancias (especialmente aquellas a
las cuales se aplican nombres comunes y oriundos de cualquier idioma), algunas notables cualidades
sensibles, que de ordinario sirven para distinguir una clase de otra, fácilmente impiden, a quienes se
esmeran en el uso de las palabras, aplicarlas a clases de substancias a las cuales no pertenecen en
absoluto. Pero, por lo que toca a los modos mixtos, andamos mucho más inciertos, ya que no es tan fácil
determinar, acerca de diversas acciones, si han de ser llamadas justicia o crueldad, liberalidad o
prodigalidad. Así que, al referir nuestras ideas a las de otros hombres, ideas denominadas por los
mismos nombres, puede ser que las nuestras sean falsas, y que la idea en nuestra mente, que expresamos
con el nombre de justicia, quizá sea una idea que debiera tener otro nombre.

§ 11. O por lo menos a pensarse como falsas. Pero, ya sea o no que nuestras ideas de los modos mixtos
sean más susceptibles que cualesquiera otras a ser diferentes de aquellas de los otros hombres, que estén
señaladas por un mismo nombre, esto por lo menos es seguro: que esta clase de falsedad se atribuye
mucho más comúnmente a nuestras ideas de los modos mixtos, que a cualesquiera otras. Cuando se
piensa que un hombre tiene una idea falsa de la justicia, de la gratitud o de la fama, no es por ninguna
otra razón, sino porque su idea no está de acuerdo con las ideas que cada uno de esos nombres significan
en la mente de otros hombres.

§ 12. ¿Por qué? La razón de eso me parece ser ésta: que, como las ideas abstractas de los modos mixtos
son combinaciones voluntarias de una colección precisa de ideas simples, y como, por eso, la esencia de
cada especie se forja solamente por los hombres, de manera que de esa esencia carecemos de todo patrón
sensible que exista en alguna parte, salvo el nombre mismo, o la definición de ese nombre, no tenemos
ninguna otra cosa a la cual referir estas nuestras ideas de los modos mixtos, como a un patrón que sirva
para conformarlas, sino a las ideas de quienes se piensa que usan esos nombres en su significado más
propio; de manera que, según nuestras ideas se conformen o difieran de aquéllas, pasan por ser
verdaderas o falsas. Y baste esto por lo que toca a la verdad y a la falsedad de nuestras ideas en
referencia a sus nombres.

§ 13. En cuanto referidas a las existencias reales, ninguna de nuestras ideas puede ser falsa, salvo las
de substancias. En segundo lugar, en cuanto a la verdad o falsedad de nuestras ideas en relación a la
existencia real de las cosas, cuando es ésta lo que se pone como patrón de su verdad, ninguna de ellas
puede llamarse falsa, sino tan sólo las ideas complejas de las substancias.

§ 14. Primero, las ideas simples no pueden ser falsas a ese respecto y por qué. Primero, como nuestras
ideas simples son meramente esas percepciones, que Dios nos ha dispuesto a recibir, y ha dado poder a
los objetos externos para que las produzcan en nosotros, de acuerdo con las leyes y las vías establecidas
en razón de su sabiduría y bondad, aunque incomprensibles para nosotros, resulta que la verdad de tales
ideas no consiste en nada más que en semejantes apariencias, tal como se producen en nosotros. Y
necesariamente tienen que estar de acuerdo con aquellos poderes con que Dios ha dotado a los cuerpos
externos, pues de otro modo no se podrían producir en nosotros. De manera que, en cuanto que son
respuesta a esos poderes, dichas ideas son lo que deben ser: ideas verdaderas. Y tampoco esas ideas se
hacen acreedoras a la imputación de falsas, si la mente juzga (como creo que acontece en la mayoría de
los hombres) que esas ideas están en las cosas mismas; porque, como Dios en su sabiduría las estableció
como señales para distinguir las cosas a fin de que podamos discernir una cosa de otra y de que, de ese
modo, podamos elegir cualquiera de ellas para nuestro uso según haya ocasión, en nada altera la
naturaleza de nuestras ideas simples que pensemos que la idea de azul está en la violeta misma, o que
pensemos que sólo está en nuestra mente, y que no hay en la violeta sino el poder de producir esa idea,
por la textura de sus partes, al reflejar de una cierta manera las partículas de luz. Porque, como una tal
textura en el objeto, gracias a una uniforme y constante operación, produce en nosotros mismos la idea
de azul, eso basta para hacernos distinguir por la vista ese objeto de las demás cosas, sea que esa marca
distintiva, según realmente está en la violeta, sólo sea una textura peculiar de sus partes, o bien que sea
ese color mismo, cuya idea (que está en nosotros) es una semejanza exacta. Y es esa apariencia la que
igualmente hace que se le dé el nombre de azul, sea que ese color exista realmente o que tan sólo la
peculiar textura de la violeta baste para causar en nosotros esa idea, porque el nombre de azul no denota
propiamente otra cosa, sino esa marca distintiva que está en la violeta, sólo discernible por la vista, sea
lo que fuere en lo que consista, ya que está más allá de nuestras capacidades conocer esto con distinción,
y quizá sería de menos utilidad para nosotros, si tuviéramos facultades para semejante discernimiento.

§ 15. Y eso a pesar de que la idea de azul que tuviera un hombre fuese diferente a la de otro hombre.

Tampoco podría imputarse falsedad a nuestras ideas simples, si las cosas estuvieran ordenadas de modo
que por la diferente estructura de nuestros órganos un mismo objeto produjera, al mismo tiempo,
diferentes ideas en las mentes de diversos hombres. Por ejemplo, que la idea que produjera una violeta
en la mente de un hombre por conducto de su vista fuese la misma idea producida en la mente de otro
hombre por una caléndula, y viceversa. Porque, como esto no podría jamás saberse, ya que la mente de
un hombre no podría pasar al cuerpo del otro, a fin de percibir qué apariencias se producían por esos
órganos, ni las ideas así formadas, ni los nombres que las denotan tendrían confusión alguna, ni habría
falsedad en las unas y en los otros; porque, como todas las cosas que tuvieran la misma textura de una
violeta producirían de un modo constante la idea que uno de esos hombres denominaría azul, y aquellas
que tuvieran la textura de una caléndula producirían de un modo constante la idea que constantemente
ha denominado amarillo fueren cuales fueren las apariencias que tuviere en su mente, podría distinguir
con igual constancia, por su uso, las cosas que tuvieran esas apariencias, y podría también entender y dar
a entender esas distinciones señaladas por las palabras azul y amarillo, como si las ideas en su mente,
recibidas de esas dos flores, fueran exactamente las mismas que las ideas recibidas por la mente de otros
hombres. Sin embargo, yo me inclino mucho a pensar que las ideas sensibles producidas por cualquier
objeto en la mente de diferentes hombres son, por lo común, muy cercana e indiscerniblemente
parecidas. Me parece que son muchas las razones que se podrían ofrecer en favor de esa opinión; pero
como es cosa ajena a mi asunto no quiero molestar a mi lector con ellas, sino tan sólo advertirle que la
suposición contraria, caso de poderse probar, es de tan poca utilidad, ya para el adelanto de nuestros
conocimientos, ya para la comodidad de la vida, que no hace falta molestarnos en examinarla.

§ 16. Las ideas simples, a ese respecto (con relación a las cosas exteriores), no son falsas, y por qué.

De cuanto se ha dicho tocante a nuestras ideas simples, me parece evidente que nuestras ideas simples
no pueden, ninguna de ellas, ser falsas con respecto a las cosas que existen fuera de nosotros. Porque,
como la verdad de esas apariencias o percepciones en nuestra mente no consiste, como se ha dicho, sino
en su responder a los poderes de los objetos externos para producir por medio de nuestros sentidos
semejantes apariencias, y como cada una de ellas es, de hecho, en la mente conforme al poder que la
produjo, al cual únicamente representa, no puede ser falsa por ese motivo, o en cuanto referida a
semejante modelo. Azul o amarillo, amargo o dulce, son ideas que jamás pueden ser falsas; esas
percepciones en la mente son justamente tales cuales son: respuestas a los poderes que Dios ha
establecido para producirlas, de manera que son verdaderamente lo que son, y lo que se ha intentado que
sean. Ciertamente, es posible que los nombres se apliquen mal; pero eso, a este respecto, no acarrea
ninguna falsedad en la idea, como es el caso de un hombre ignorante de la lengua inglesa, que llame
purple (púrpura) al scarlet (escarlata).

§ 17. Segundo, los modos no son falsos. En segundo lugar, tampoco pueden ser falsas nuestras ideas
complejas de los modos, con referencia a la esencia de cualquier cosa realmente existente. Porque
cualquier idea compleja que tenga de cualquier modo no hace ninguna referencia a ningún modelo
existente y hecho por la naturaleza. No se supone que contenga en sí ningunas otras ideas de las que
tiene, ni que represente nada que no sea semejante complejo de ideas como el que representa. Así,
cuando tengo la idea de una tal acción de un hombre, que se abstiene de procurarse el alimento, la
bebida, la ropa y demás necesidades de la vida, según sus riquezas y su hacienda pueden suficientemente
proporcionarle y su estado social requiere, no tengo ninguna idea falsa, sino una idea tal que representa
una acción, ya sea como la descubro, ya sea como la imagino, de manera que, por eso, no es susceptible
ni de verdad, ni de falsedad. Pero cuando a esa acción le doy el nombre de frugalidad o de virtud,
entonces puede ya decirse que es una idea falsa, si de ese modo se supone que esté de acuerdo con
aquella idea a la que, propiamente hablando, pertenece el nombre de frugalidad, o que se conforme con
aquella ley que es el patrón de la virtud y del vicio.

§ 18. Tercero, cuándo las ideas de las substancias son falsas. Como nuestras ideas complejas de las
substancias quedan todas referidas a modelos en las cosas mismas, pueden ser falsas. Que tales ideas
sean todas falsas cuando se las mira como las representaciones de las esencias desconocidas de las cosas
es tan evidente que no hace falta decir nada acerca de ello. Por lo tanto, no me ocuparé en esa suposición
quimérica, y las consideraré como colecciones de ideas simples en la mente, sacadas de combinaciones
de ideas simples que constantemente existen juntas en las cosas, y de cuyos modelos se supone son
copias; y en esta referencia de dichas ideas a la existencia de las cosas, son ideas falsas: 1) cuando
reúnen ideas simples que no tienen unión en la existencia real de las cosas; como cuando a la forma y
tamaño que existen juntos en un caballo, se une, en la misma idea compleja, la capacidad de ladrar como
un perro; las cuales tres ideas, como quiera que se junten en la mente para formar una idea, nunca se dan
unidas en la naturaleza, y por eso a esta idea se puede llamar una idea falsa de un caballo. 2) Las ideas
de las substancias, a este respecto, también son falsas cuando, de cualquier colección de ideas simples
que en efecto existan siempre juntas, se separa, por una negación directa, cualquier otra idea simple que
constantemente se halla unida a aquéllas. Así, si a la extensión, a la solidez, a la fusibilidad, a la peculiar
pesantez y al color amarillo del oro, cualquiera junta en su pensamiento la negación de un mayor grado
de fijeza que la que hay en el plomo o el cobre, puede decirse que esa persona tiene una idea compleja
falsa, del mismo modo que cuando junta a esas otras ideas simples la idea de una fijeza perfecta y
absoluta. Porque, en ambos casos, como la idea compleja de oro está formada de unas ideas simples que
en la naturaleza no están reunidas, puede decirse que es falsa. Empero, si de esa su idea compleja deja
afuera completamente la idea de fijeza, sin que efectivamente la junte o la separe del resto en su mente,
entonces me parece que se debe mirar más bien como una idea inadecuada e imperfecta, que no como
falsa; porque si bien no contiene todas las ideas simples que están juntas en la naturaleza, de todos
modos no reúne ningunas ideas, sino las que realmente existen juntas.

§ 19. La verdad y la falsedad suponen siempre la afirmación o la negación. Aun cuando,
condescendiendo con la manera común de hablar, he mostrado en qué sentido y sobre qué fundamento
pueden llamarse algunas veces verdaderas o falsas nuestras ideas, sin embargo, con tal de que miremos
un poco más de cerca el asunto en todos los casos en que una idea se dice verdadera o falsa, es a partir
de algún juicio que hace la mente, o que se supone que hace, de donde se dice que es verdadera o falsa.

Porque, como la verdad o la falsedad nunca están sin alguna afirmación o negación, expresa o tácita,
sólo se encuentran allí donde se unen o separan signos, según el acuerdo o desacuerdo respecto a las
cosas que significan. Los signos que principalmente empleamos son ideas o palabras, con los cuales
hacemos proposiciones mentales o verbales. La verdad consiste en unir o en separar esos representantes,
según que las cosas que representan estén, en sí mismas, de acuerdo o no; y la falsedad consiste en lo
contrario, como más adelante se mostrará más plenamente.

§ 20. En sí mismas, las ideas no son ni verdaderas ni falsas. Por lo tanto, de toda idea que tengamos en
la mente, conforme o no a la existencia de las cosas, o a otras ideas en la mente de otros hombres, no
podrá por sólo eso, decirse que es falsa. Porque estas representaciones, si solamente contienen lo que
realmente existe en las cosas externas, no pueden ser consideradas falsas, puesto que son
representaciones exactas de algo. Ni tampoco, si contienen algo diferente a la realidad de las cosas,
puede decirse propiamente que sean representaciones o ideas falsas de las cosas que no representan, sino
que el equívoco y la falsedad tiene lugar:
§ 21. 1) Cuando se juzga que están de acuerdo con la idea de otro hombre, sin estarlo. Primero,
cuando teniendo la mente una idea, juzga y concluye que es la misma que otra idea en la mente de otros
hombres, significada por el mismo nombre, o que está de acuerdo con la significación o definición
comúnmente recibida de esa palabra, si, en efecto, no hay tal acuerdo; equívoco, el más usual respecto a
los modos mixtos, aunque otras ideas también pueden incurrir en él.

§ 22. 2) Cuando se juzga que están de acuerdo con la existencia real, sin estarlo. Segundo, cuando
teniendo la mente una idea completa formada de una colección de ideas simples, tales como la
naturaleza nunca junta, juzga la mente que su idea está de acuerdo con una especie de criaturas
realmente existente; como cuando reúne la pesantez del estaño al color, a la fusibilidad y a la fijeza del
oro.

§ 23. 3) Cuando se juzgan ser adecuadas, sin serlo. Tercero, cuando en su idea compleja la mente ha
unido un cierto número de ideas simples que en efecto existen juntas en alguna clase de criaturas, pero al
mismo tiempo ha dejado fuera otras ideas igualmente inseparables, y juzga que esa su idea es una idea
completa perfecta de una clase de cosas, cuando en realidad no lo es. Así, por ejemplo, habiendo
juntando las ideas de substancia, de amarillo, de maleable, de muy pesado y de fusible, la mente toma
esa idea compleja como una idea completa del oro, cuando, sin embargo, la fijeza peculiar del oro y su
solubilidad en agua regia son tan inseparables de aquellas otras ideas o cualidades de dicho cuerpo,
como éstas lo son las unas de las otras.

§ 24. 4) Cuando se juzga que representan la esencia real. Cuarto, aún mayor es el equívoco cuando yo
juzgo que esta idea compleja contiene en sí misma la esencia real de cualquier cuerpo existente, puesto
que lo más que contiene es solamente algunas pocas de esas propiedades que fluyen de su esencia y
constitución. Y digo solamente algunas pocas de esas propiedades, porque, como esas propiedades
consisten, en su mayoría, en poderes activos y pasivos que tiene el cuerpo respecto de otras cosas, todas
las propiedades de un cuerpo que vulgarmente son conocidas y de las cuales usualmente se forman las
ideas complejas de las clases de cosas no son sino muy pocas en comparación con lo que un hombre que
la haya de diversos modos probado y examinado conoce acerca de esa precisa clase de cosas; y todas las
que pueda conocer el hombre más experto no son sino pocas en comparación con las que en realidad se
hallan en ese cuerpo, y que dependen de su constitución interna o esencial. La esencia de un triángulo es
muy limitada: consiste en muy pocas ideas; tres líneas que cierran un espacio componen esa esencia.

Pero las propiedades que fluyen de esa esencia son más de las que fácilmente pueden conocerse o
enumerarse. Así me imagino que acontece respecto a las substancias: sus esencias reales quedan
comprendidas entre límites estrechos, aunque las propiedades que fluyen de esa interna constitución son
un sinfín.

§ 25. Cuándo son falsas las ideas. Para concluir, como el hombre no tiene noción alguna de ninguna
cosa fuera de él, sino por la idea que tenga de ella en su mente (la cual idea el hombre tiene poder para
llamarla por el nombre que le venga en gana), puede, ciertamente, forjarse una idea que ni responda a la
realidad de las cosas, ni vaya de acuerdo con las ideas comúnmente significadas por las palabras de otros
hombres, pero no puede hacerse una idea equivocada o falsa de una cosa que no conoce de otro modo
que no sea por la idea que tiene de ella. Por ejemplo, cuando formo la idea de las piernas, los brazos y el
cuerpo de un hombre, y le junto la cabeza y el pescuezo de un caballo, no forjo una idea falsa de nada,
porque no representa nada que esté fuera de mí. Pero cuando la llamo hombre o tártaro, e imagino que
representa a algún ser real fuera de mí, o bien, que es la misma idea que otros llaman por el mismo
nombre, entonces, en ambos casos, puedo errar. Y es, con semejante motivo, como viene a decirse que
es una idea falsa, aun cuando, en efecto, la falsedad no radica en la idea, sino en esa proposición mental
tácita en que se le atribuye a la idea una conformidad o semejanza que no tiene. Pero, de todos modos, si
habiendo forjado esa idea en mi mente, sin pensar que la existencia o el nombre de hombre o de tártaro
le pertenecen, me empeño en llamarla hombre o tártaro, con justicia se podrá pensar que soy fantástico
en esa dotación de nombre, pero no que sea erróneo mi juicio, ni que la idea sea en modo alguno falsa.

§ 26. Con más propiedad pueden llamarse las ideas correctas o equivocadas. Acerca de todo este
asunto pienso que nuestras ideas, en cuanto las considera la mente con referencia al significado propio
de sus nombres, o bien con referencia a la realidad de las cosas, muy aptamente pueden llamarse ideas
correctas o equivocadas, según que se conformen, o no, a aquellos modelos a los cuales quedan
referidas. Pero si alguien prefiere llamarlas verdaderas o falsas es justo que se use de la libertad que
todos tenemos de llamar las cosas por los nombres que nos parezca mejor; aunque, en propiedad de
habla, me parece que verdad y falsedad son nombres que apenas les convienen, salvo en cuanto que, de
un modo u otro, las ideas contienen virtualmente alguna proposición mental. Las ideas que están en la
mente de un hombre, consideradas simplemente, no pueden estar equivocadas a no ser las ideas
complejas en las cuales estén mezcladas partes incompatibles. Todas las demás ideas son, en sí mismas,
correctas, y el conocimiento acerca de ellas es un conocimiento correcto y verdadero; pero cuando
venimos a referirlas a cualquier cosa como sus modelos y arquetipos, entonces son capaces de ser
equivocadas en la medida que desacuerden con dichos arquetipos.

LIBRO II DEL ENSAYO SOBRE EL ENTENDIMIENTO HUMANO

Capítulo XXXIII
DE LA ASOCIACIÓN DE IDEAS
1. Hay algo poco razonable en la mayoría de los hombres
Difícilmente existe nadie que no advierta algo extraño y extravagante en las opiniones, en los
razonamientos y en los actos de los hombres. El menor error de esta clase, si es diferente de su razón
propia, todo el mundo muestra la suficiente agudeza para descubrirlo en otro, y podrán, mediante la
autoridad de la razón, condenarlo abiertamente; aunque él, por su parte, sea culpable de una sinrazón
mayor en sus propias creencias y conducta, la cual jamás advertirá, y de la cual se dejará convencer muy
a duras penas.

2. No todo proviene del amor propio
Esto no procede totalmente del amor propio, aunque frecuentemente sea uno de sus focos principales.

Los hombres de mente equitativa y que no tienden a exagerar su propia estimación, frecuentemente son
culpables de esto; y en muchos casos uno escucha asombrado las peleas y queda sorprendido con la
obstinación de un hombre de mérito que no cede a la evidencia de la razón, aunque sea ésta tan clara
como la luz del día.

3. Tampoco proviene de la educación
Esta clase de sinrazón se imputa generalmente a la educación y a los prejuicios y, en la mayor parte de
los casos, con razón; pero esto no alcanza al fondo del mal, ni muestra con suficiente claridad de manera
suficiente de dónde procede, o en qué radica. A menudo se asigna correctamente la educación como la
causa, y el prejuicio como el nombre general que designa la cosa misma; pero me parece que, sin
embargo, se deberá penetrar un poco más en el fondo por parte de quien desee avanzar más en esta clase
de locura, hasta alcanzar las raíces de donde brota, y poder explicarla, mostrando el origen de semejante
defecto en hombres muy equilibrados y racionales.

4. Un grado de demencia que se encuentra en la mayoría de los hombres
Se me perdonará el que emplee un nombre como el de demencia, cuando se considere que la oposición a
la razón merece realmente ese nombre, y que ésta constituye una demencia. Pues apenas hay un hombre
tan libre de ella que no se le pueda juzgar más digno de estar en el manicómio que de ocupar un puesto
en la vida civil, y en todos los casos arguye o actúa como lo hace en algunos. No quiero así referirme al
caso en que se encuentra bajo el impulso de una pasión desenfrenada, sino en el curso normal y estable
de su vida. Lo que también servirá de excusa para la severidad del término, y para la ingrata imputación
que hago de la mayor parte de la humanidad, es todo lo que dije en aquella investigación sobre la
naturaleza de la demencia (lib. II, cap. XI, epígrafe 13). Descubrí que brota precisamente de la misma
raíz y que depende de la misma causa de la que hemos estado hablando. Y fue la consideración de la
cosa misma la que me sugirió este pensamiento, en un momento en que no reflexionaba sobre los
asuntos de que ahora me ocupo. Y si realmente era una debilidad que todos los hombres tienen, una
corrupción que tan universalmente infecta al género humano, entonces se deberá poner mayor empeño
en sancionarla con su verdadero nombre, para poder prevenirla y remediarla de la mejor manera posible.

5. De una equivocada anexión de ideas
Algunas de nuestras ideas tienen una correspondencia natural y una conexión entre sí, debido al oficio y
a la excelencia de nuestra razón para descubrir esas ideas y mantenerlas unidas en esa correspondencia
en la que fundan su ser peculiar. Existe, además, otra conexión de ideas que tiene su origen en el azar o
en la costumbre, de manera que las ideas que en sí mismas no tienen ningún parentesco llegan a quedar
vinculadas de tal manera en la mente de los hombres que resulta muy difícil separarlas: siempre van
juntas, y tan pronto como una de ellas entra en el entendimiento, aparece su asociada, y si por esta
circunstancia son más de una las que se encuentran allí unidas, todas las demás, que le son inseparables,
se le juntan.

6. Esta conexión se realiza por la costumbre
Tan fuerte es esta combinación de ideas, no establecida por la naturaleza, que la mente la hace en sí
misma, bien por su voluntad, bien por el azar; y de aquí suele ocurrir que, en hombres diferentes, estas
combinaciones se muestran como muy diferentes, de acuerdo con sus diferentes inclinaciones, su
educación, sus intereses, etc. La costumbre establece hábitos de pensamiento en el entendimiento, de la
misma manera que produce determinaciones en la voluntad y movimientos en los cuerpos; todo lo cual
no parece ser sino determinados cursos del movimiento de los espíritus animales que, una vez iniciado
su camino, continúan tras los mismos pasos a los que se han acostumbrado, pasos que, por el frecuente
tránsito, acaban por formar un camino llano que facilita el movimiento y lo hace natural. En tanto en
cuanto podemos comprender lo que es el pensamiento es como se produce, al parecer, las ideas en
nuestra mente; o, si no es así, esto nos puede servir para explicar el que unas se sigan a las otras en un
curso habitual, una vez que han sido puestas en línea, del mismo modo que nos explica los movimientos
similares del cuerpo. Un músico, acostumbrado a una melodía cualquiera, descubre que, si empieza a
sonar en su cabeza las ideas de sus diferentes notas se seguirán en su entendimiento de manera ordenada,
sin que él ponga ningún empeño o atención en ello, y de la misma manera tan regular con que se mueven
sus dedos sobre las teclas del órgano cuando ejecuta la melodía que ha comenzado a tocar, aunque sus
pensamientos no se centren en ello. No voy a detenerme sobre si la causa natural de esas ideas, así como
de aquel movimiento de los dedos, es el movimiento de los espíritus animales, aunque, por este ejemplo,
parezca muy probable que lo sea, Lo cierto es que esto nos puede ayudar un poco a formarnos una
concepción sobre los espíritus intelectuales y sobre la ligazón que mantiene unidas a estas ideas.

7. Algunas antipatías y su efecto
Que realmente tales asociaciones, producidas por la costumbre, existan en la mente de la mayoría de los
hombres, me parece que es algo que nadie, después de haberse considerado correctamente a sí mismo y
a los demás, pondrá en duda; y a esto quizá es a lo que con justicia se podría atribuir la mayor parte de
las simpatías y antipatías encontradas en los hombres, las cuales actúan tan fuertemente y producen
efectos tan regulares como si fueran naturales. Por lo cual se las denomina de esta manera, aunque en un
principio no tuvieran otro origen que la conexión casual de dos ideas, ideas que quedaron tan
fuertemente unidas, bien por la fuerza de la primera impresión, bien por la complacencia que de ellas se
derivaba, que en adelante siempre fueron juntas en la mente de ese hombre, como si de una sola idea se
tratase. Debe observarse que he dicho «la mayoría» y no todas las antipatías; porque algunas son
realmente naturales, y dependen de nuestra constitución original, naciendo con nosotros; pero una gran
parte de aquellas que se tienen por naturales se podrían haber conocido como teniendo su origen en
impresiones inadvertidas, aunque tempranas, o en fantasías desordenadas, si se hubieran observado
cuidadosamente. Una persona adulta que se ha saciado de miel, en el momento en que escucha ese
nombre siente que su fantasía le provoca inmediatamente molestias y náuseas en el estómago y que no
puede soportar la idea de ese alimento. Otras ideas de disgusto, molestia y vómitos se suceden con
presteza a aquélla y el hombre se siente indispuesto, aunque sabe de dónde data su molestia y el origen
de su indisposición. Si lo mismo le hubiera ocurrido a un niño, por la ingerencia de una sobredosis de
miel, se habrían sucedido todos los mismos efectos, pero la causa se habría equivocado, y la antipatía se
tendría como natural.

8. La influencia de la asociación se debe achacar a la educación de los jóvenes
Menciono esto no porque exista una necesidad imperiosa de distinguir entre las antipatías naturales y las
adquiridas para apoyar nuestra argumentación, sino que hago mención de ello con otro propósito, es
decir, con el de que quienes tengan hijos, o el encargo de educarlos, comprendan lo mucho que vale la
pena el preocuparse por impedir que se establezcan conexiones inadecuadas de ideas en las mentes de
los jóvenes. Ese es el momento en el que somos más susceptibles a las impresiones duraderas, y aunque
es cierto que las que hacen referencia al cuerpo no pasan inadvertidas para las personas discretas, sin
embargo, dudo que las impresiones que más específicamente se refieren a la mente hayan sido
advertidas con más preocupación de lo que el asunto requería; más aún, sospecho que las que
únicamente se refieren al entendimiento han sido totalmente descuidadas por la mayor parte de los
hombres.

9. La conexión errónea de ideas. es una causa importante de errores
Esta conexión errónea en nuestra mente de ideas que por sí mismas son independientes las unas de las
otras tiene tal influencia y tanta fuerza para descarriarnos en nuestros actos morales y naturales, y en
nuestras pasiones, razonamientos y nociones, que tal vez no exista ninguna cosa que en sí misma
merezca tanto cuidarse.

10. Un ejemplo
Las ideas de fantasmas y espíritus no guardan en realidad más relación con la oscuridad que con la luz;
pero es suficiente con que una descuidada nodriza inculque con frecuencia esas ideas en la mente de un
niño, y las cultive allí para que el niño no pueda separarlas ya mientras viva: en adelante, la oscuridad
siempre traerá consigo aquellas ideas espantosas, y no podrá soportar más la una que la otra.

11. Otro ejemplo
Un hombre recibe una grave injuria de otro y piensa continuamente en ese hombre y en esa acción, de
manera que, con tanto darle vueltas a la una y a lo otro, llega a unir de tal manera esas ideas que acaba
convirtiéndolas en una sola, no pensando nunca en ese hombre sin que el dolor y la afrenta que sufrió
lleguen a su mente de tal manera que apenas pueda separar lo uno de lo otro, sino que, por el contrario,
siente igual aversión por ambos. De esta manera es como ocurre que se origine, en ocasiones de poca
consideración e inocentes, odios, que se propagan y continúan en el mundo a través de tendencias.

12. Tercer ejemplo
Un hombre ha sufrido un dolor o una enfermedad en cualquier lugar, o vio morir a su amigo en una
habitación determinada. Aunque estas cosas nada tengan que ver naturalmente entre sí, sin embargo,
cuando acude a su mente la idea del lugar, lleva consigo (una vez que se ha formado la impresión) la del
dolor y la de la pena, por lo que tan mal soporta la una como la otra.

13. Por qué el tiempo cura algunos desórdenes de la mente que la razón no puede sanar
Cuando se establece esta combinación y en tanto se mantiene, la razón se muestra impotente para
ayudarnos y aliviarnos de sus efectos. Las ideas en nuestras mentes, mientras estén allí, no pueden
operar sino según su naturaleza y de acuerdo con las circunstancias. Así vemos la causa por la que el
tiempo cura ciertos desórdenes que la razón no puede sanar ni puede hacerse oír a otras personas que en
otras circunstancias se mostrarían dispuestas a escuchar. La muerte de un niño, el cual constituía el
encanto diario y la alegría para los ojos y el alma de la madre, priva a su corazón de toda alegría vital
infringiéndole un tormento desgarrador. Empléese en este caso cualquier medio de consuelo que la razón
nos pueda ofrecer, y comprobaremos que es como predicar tranquilidad a un hombre en el potro del
tormento, esperando que nuestros razonamientos puedan aliviar el dolor que le causa la dislocación de
sus miembros. En tanto el tiempo no haya separado por desuso, de la mente de esa madre afligida, el
sentido de gozo, que ha perdido, alejándola de la idea de su hijo que le vuelve a la memoria, todo lo que
se le quiera representar resultará inútil, por muy razonable que sea. Por eso sucede que las personas en
las que la unión de semejantes ideas nunca llega a disolverse pasan sus días amargadas, y llevan su dolor
incurable hasta la tumba.

14. Otro ejemplo del efecto de la asociación de ideas
Un amigo mío conoció a un hombre que había sanado totalmente de la rabia por medio de una operación
difícil y dolorosa. El caballero que así curó, con gran sentimiento de gratitud y reconocimiento, admitió
toda su vida que su curación era el mayor favor que jamás pudo recibir; pero, a pesar de la gratitud que
sus razonamientos le sugerían, nunca pudo soportar la presencia del que lo operó, ya que su imagen traía
consigo la idea de su agonía, que era demasiado poderosa e intolerable para que pudiera soportarla.

15.Más ejemplos
Como muchos niños achacan las penas que sufren en la escuela a los libros por los que fueron
castigados, unen de tal modo esas dos ideas que todo libro les provoca una aversión, y nunca llegan a
reconciliarse con el estudio y el uso de los libros en toda su vida, convirtiéndose así la lectura en un
tormento en lugar de en el placer que les llenara parte de sus vidas. Existen habitaciones, bastante
cómodas, en las que determinados hombres no pueden estudiar, y hay copas de cierta forma en las que
no quieren beber, por más limpias y adecuadas que sean; y eso ocurre porque algunas ideas accidentales
se han unido a esas cosas haciéndolas ofensivas. ¿Y quién no ha observado a algunos hombres que se
acobardan ante la presencia o compañía de otros que en modo alguno son superiores, solamente porque
en algún momento lo fueron? Y es que la idea de autoridad y de distanciamiento van unidas a las de esas
personas, por lo que quien así se vio minusvalorado no es capaz de separar ambas ideas.

16. Un ejemplo curioso
Son tantos los ejemplos de esta clase que si añado uno más es solamente por su curiosa singularidad. Es
éste el de un joven caballero que, habiendo aprendido a bailar con gran perfección, lo hizo en un cuarto
donde existía un viejo baúl. Tanto se mezcló la idea de esta pieza de su mobiliario con las evoluciones y
pasos de sus bailes, que, aunque podía danzar con gran perfección en ese cuarto, solamente era capaz de
hacerlo cuando estaba el viejo baúl; y tampoco podía hacerlo en ningún otro lugar, a no ser que ese baúl
u otro semejante estuviera situado en un lugar similar de la habitación. Si este relato pareciese
sospechoso de haber sido adornado con algunas circunstancias cómicas que exceden lo natural, debo
advertir que me lo refirió hace años un hombre muy serio y digno de crédito, quien lo había presenciado
tal y como yo lo he narrado. Y me atrevo a afirmar que muy pocas serán las personas inquisitivas que
lean esto que no hayan tenido noticia, si no fueran testigos, de ejemplos que puedan compararse a éste
por su naturaleza o que lo justifiquen.

17. La influencia de la asociación de ideas en los hábitos intelectuales
Los hábitos y los defectos intelectuales que se contraen de esta manera no son menos frecuentes ni
poderosos aunque pasen más desapercibidos. Basta que las ideas de ser y de materia estén fuertemente
unidas, bien por los efectos de la educación, bien por el mucho meditar sobre ellas. Y mientras esa
combinación se mantenga en la mente, ¿qué nociones, qué razonamientos podrán hacerse sobre los
espíritus separados. Basta con que la costumbre, desde la infancia, una la figura y la forma a la idea de
Dios y ¿qué absurdos no serán a los que esa mente esté expuesta sobre la divinidad? Basta que la idea de
la infalibilidad se una inseparablemente a la de una persona para que ésta se apodere totalmente de la
mente, y entonces la noción de un solo cuerpo presente en dos lugares a la vez se admitirá como una
verdad fuera de toda duda, siempre que aquella persona hacia la que se tiene una fe implícita de
infalibilidad dicte y exija sin más averiguación el asentimiento.

18. Esta influencia se observa entre diferentes sectas de filósofos y de religiones
Se encontrará que algunas combinaciones equivocadas y no naturales de ideas, son las que establecen las
oposiciones irreconciliables entre las distintas sectas de filosofía y religión; porque no se puede imaginar
que cada uno de sus seguidores se engañen voluntariamente a sí mismos, y rechacen conscientemente la
verdad que le ofrece la razón. Aunque, sin duda, tiene mucha relación con este asunto el interés, sin
embargo, no se puede admitir como la causa de la corrupción que asola a sociedades enteras de hombres
hasta el punto que todos, sin excepción, mantengan a sabiendas la falsedad. Preciso es reconocer que
algunos, al menos, hacen lo que todos pretenden, es decir, buscar la verdad sinceramente; y por ello
tiene que haber algo que ciegue sus entendimientos, y que impidan que vean que aquello que toman por
verdadero es falso. Lo que esta manera ocupa sus razonamientos, y lleva a los hombres hacia algo que es
contrario al sentido común se puede ver, cuando se examina de cerca, que es a lo que nos venimos
refiriendo, es decir, algunas ideas independientes que no tienen ningún vínculo entre sí, pero que se han
acoplado de tal manera en la mente a través de la educación, del uso y del empleo constante de sus
partidarios, que aparecen allí siempre unidas; y éstas no se pueden separar en sus pensamientos más que
si se tratara de una sola idea, y operan como si realmente lo fuesen. Esto es lo que da sentido a tanta
jerga, a tan demostración de absurdos y a tanto sin sentido, y es, como ya he dicho, el mayor cimiento en
que se basan todos los errores del mundo; o, aunque no sea tanto su alcance, es, al menos, el más
peligroso, puesto que en la medida en que alcanza sus objetivos, en esa misma medida impide que los
hombres vean y examinen. Cuando dos cosas, en sí mismas separadas, aparecen constantemente unidas
para la vista; si el ojo ve que estas cosas están juntas, a pesar de ser sueltas, ¿entonces dónde se
empiezan a rectificar los errores de dos ideas que esas personas han venido uniendo en sus mentes, hasta
el punto de sustituir la una por la otra, y, según me inclino a pensar, sin percibirlo muchas veces en ellas
mismas? Esto, en tanto se encuentre bajo la influencia del engaño, y se aplaudan a sí mismos como
celosos campeones de la verdad, cuando realmente en lo que contienden es en el error; y la confusión de
dos ideas diferentes, cuya conexión habitual en sus mentes las convierte, para ellas, en una sola idea,
llena sus cabezas con falsas apreciaciones, y sus razonamientos de falsas consecuencias.

19. Conclusión
Habiendo explicado de esta manera el origen, las clases y la extensión de nuestras ideas con algunas
otras consideraciones sobre estos (no sé si decir) instrumentos o materiales de nuestro conocimiento, el
método que primero me propuse a mí mismo exigiría que ahora mostrara inmediatamente el uso que de
ellos hace el entendimiento, y el conocimiento que alcanzamos por ellos. Esto fue lo que, al principio,
creí que sería lo que tenía que hacer; pero al examinar más detenidamente este asunto he observado que
existe una conexión tan grande entre las ideas y las palabras, y que nuestras ideas abstractas y los
términos genéricos tienen una relación mutua tan constante que resulta imposible hablar con claridad y
distinción sobre nuestro conocimiento, que consiste todo en proposiciones, sin primero considerar la
naturaleza, el uso y la significación del lenguaje; así pues, esto será el asunto del siguiente libro.

LIBRO III DEL ENSAYO SOBRE EL ENTENDIMIENTO HUMANO

Capítulo I
ACERCA DE LAS PALABRAS O DEL LENGUAJE EN GENERAL
1. El hombre tiene disposición para formar sonidos articulados
Dios, habiendo decidido que el hombre fuera una criatura sociable, lo hizo no sólo con la
inclinación y la necesidad de relacionarse con los de su propia especie, sino que además lo dotó de
un lenguaje, que sería su gran instrumento y vínculo común con la sociedad. Por ello, el hombre
tiene por naturaleza sus órganos dispuestos de tal manera que está en disposición de emitir
sonidos articulados a los que llamamos palabras. Pero esto no es todavía suficiente para producir
el lenguaje, pues los lotos, y otros pájaros, pueden ser adiestrados para que produzcan sonidos
articulados diferentes, y, sin embargo, esto no quiere decir estén en posesión del lenguaje.

2. Cómo usar esos sonidos como signos de ideas
Por tanto, además de esos sonidos articulados se hizo necesario que el hombre fuera capaz de
usarlos como signos de concepciones internas; y que estos sonidos se pudieran establecer como
señales de las ideas alojadas en su mente, de tal manera que los pensamientos de las mentes de los
hombres se comunicaran de unas a otras.

3. Para hacerlos signos generales
Ni tampoco era suficiente todo esto para hacer las palabras tan útiles como debieran. No es
suficiente para la perfección del lenguaje con que los sonidos se puedan convertir en signos de
ideas, a no ser que esos signos se puedan usar de manera tal que puedan abarcar varias cosas
particulares: la multiplicación de las palabras habrían confundido su uso, si cada cosa concreta
necesitara de un nombre distinto que la significara. Para remediar este inconveniente, el lenguaje
ha tenido un mayor perfeccionamiento en el uso de términos generales, por el que una palabra se
hizo para señalar una gran cantidad de existencias particulares; este uso ventajoso de los sonidos
se obtuvo solamente por la diferencia de las ideas de las que ellos eran signos, convirtiéndose así
esos nombres en generales, los cuales se han hecho para establecer las ideas generales, quedando
como particulares aquellos en que las ideas para las que se usan son particulares.

4. Para hacerlos significar la ausencia de ideas positivas
Además de los nombres que significan ideas, existen otras palabras que utilizan los nombres no
para significar una idea, sino la carencia o ausencia de algunas ideas, simples o complejas, de
todas las ideas juntas; tales como la palabra nihil en latín o ignorancia y esterilidad en español
(ignorance y barrenness, en inglés). Todas estas palabras negativas o privativas no puede decirse
propiamente que pertenezcan o signifiquen alguna idea, ya que entonces serían sonidos
absolutamente desprovistos de significado, en tanto que se trata de sonidos que se relacionan con
ideas positivas, significando su ausencia.

5. Las palabras se derivan, en última instancia, de otras que significan ideas sensibles
Tal vez nos veamos ligeramente avocados hacia el origen de todas nuestras nociones y
conocimientos, si señalamos la gran dependencia que tienen nuestras palabras con respecto a las
ideas simples comunes; y cómo aquellas palabras que se usan para significar acciones y nociones
lejanas de los sentidos tienen allí su origen, y de ideas que son obviamente sensibles en las
significaciones más abstrusas, hechas para significar ideas que no están comprendidas dentro del
conocimiento de nuestros sentidos. Por ejemplo, imaginar, aprehender, comprender, adherir,
concebir, inculcar, disgusto, perturbación, tranquilidad, etc., son en su totalidad palabras tomadas
de las operaciones de las cosas sensibles y aplicadas a ciertos modos de pensamiento. Espíritu, en
su significación primaria, es aliento; ángel, el mensajero. Y no dudo que, si pudiera investigar sus
orígenes, encontraría, en todas las lenguas, que los nombres aplicados a cosas que no caen bajo
nuestros sentidos tuvieron su origen en ideas sensibles. Por donde podemos llegar a alguna
conclusión sobre la clase de nociones que eran, y de dónde se han derivado, las que ocuparon las
mentes de los hombres que fueron los iniciadores de los lenguajes, y cómo la naturaleza, incluso al
nombrar las cosas, sugirió de manera inadvertida a los hombres los orígenes y principios de sus
conocimientos, ya que, para dar nombres que pudieran comunicar a otros cualquier operación
que sentían en sí mismos, o cualquier idea no proveniente de sus sentidos, necesitaron echar mano
de palabras, de ideas, de sensación comúnmente conocidas, para poder así hacer concebir más
fácilmente a los otros esas operaciones que experimentaban en sí mismos, y que no producían
ninguna apariencia externa sensible; y entonces, cuando ya tenían nombres conocidos y asentidos
para significar esas operaciones internas de sus propias mentes, ya se encontraban suficientemente
dotados para dar a conocer por medio de palabras todas sus otras ideas, desde el momento en que
no podían consistir en nada que no fuera o sus propias percepciones sensibles externas o las
operaciones internas de sus mentes sobre ellas; puesto que, según se ha demostrado, no teniendo
en nosotros ninguna idea, que no sea las que originalmente provienen de los objetos sensibles
externos, o las que sentimos dentro de nosotros mismos, a partir del funcionamiento interno de
nuestro propio espíritu, del cual somos conscientes en nuestro fuero interno.

6. Distribución de los temas que vamos a tratar
Para comprender mejor el uso y la fuerza del lenguaje, en cuanto servidor de la instrucción y del
conocimiento, será conveniente tener en cuenta:
Primero, a qué se aplican, inmediatamente, en el uso que se hace del lenguaje, los nombres.

Segundo, puesto que todos los nombres (a excepción de los propios) son generales, y, por tanto, no
significan particularmente esta o aquélla cosa singular, sino las clases y rangos de las cosas, será
necesario tener en cuenta inmediatamente qué son las clases y rangos de las cosas, o, si se prefieren
los nombres latinos, qué son las especies y géneros de las cosas, en qué consisten y cómo llegan a
formarse. Después que esto se haya delimitado de manera correcta (como debe serlo), podremos
determinar mejor el uso correcto de las palabras; las ventajas y los defectos naturales del lenguaje;
los remedios que se deben emplear para evitar los inconvenientes de la oscuridad o
imprecisión en la significación de las palabras, sin todo lo cual resulta imposible disertar con
claridad u orden en torno al conocimiento, dado que éste, al ocuparse de proposiciones, y
especialmente de las más universales, tiene una conexión más estrecha con las palabras de lo que
comúnmente se sospecha.

Estas consideraciones, por tanto, serán el tema de los capítulos siguientes.

LIBRO III DEL ENSAYO SOBRE EL ENTENDIMIENTO HUMANO

Capítulo II
ACERCA DE LA SIGNIFICACIÓN DE LAS PALABRAS
1. Las palabras son signos sensibles, necesarios para la comunicación de ideas
El hombre, aunque tenga gran variedad de pensamientos, y de tal clase que de ellos otros hombres, al
igual que él, puedan recibir provecho y satisfacción, sin embargo, tiene alojados en su pecho estos
pensamientos, escondidos e invisibles a la mirada de los demás hombres, de tal manera que no se pueden
manifestar por sí solos. Pero como el confort y progreso de la sociedad no se podían lograr sin la
comunicación de los pensamientos, se hizo necesario que el hombre encontrara unos signos externos
sensibles, por los que esas ideas invisibles, de las que están hechos sus pensamientos, pudieran darse a
conocer a los demás hombres. Y para cumplir este fin, nada más a propósito, tanto por su riqueza como
por su rapidez, que aquellos sonidos articulados de los que se encontró dotado y podía producir con tanta
facilidad y variedad. De esta manera es como podemos llegar a imaginar cómo las palabras, tan bien
adaptadas por naturaleza a aquel fin, llegaron a ser empleadas por los hombres para que sirvieran de
signos de sus ideas; y no porque hubiese relación entre determinadas ideas y los sonidos articulados,
pues en ese caso existiría un único lenguaje entre todos los hombres, sino por una imposición voluntaria,
por la que una palabra se convierte, de forma arbitraria, en el signo de una idea determinada. De esta
forma, el uso de las palabras consiste en que sean las señales sensibles de las ideas, y las ideas que se
significan por aquéllas son su significación propia e inmediata.

2. Las palabras, en su significación inmediata, son los signos sensibles de quien las usa
Dado que el uso que los hombres hacen de esas señales es o para registrar sus propias ideas en auxilio de
la memoria, o, por así decirlo, para extraer sus ideas y exponerlas a la vista de los demás hombres, las
palabras, en su significación primera o inmediata, no significan nada, excepto las ideas que están en la
mente del que las emplea, por muy imperfecta o descuidadamente que esas ideas se hayan recogido de
las cosas que se suponen representan. Cuando un hombre se dirige a otro, es para que éste le entienda; y
la finalidad del habla consiste en que aquellos sonidos puedan, en cuanto señales, dar a conocer sus ideas
al oyente. Resulta, por tanto, que las palabras son las señales o signos de las ideas del hablante, y nadie
puede aplicarlas, como señales, a ninguna cosa inmediatamente, si no es a las ideas que él mismo tiene.

Pues ello supondría convertirlas en signos de sus propias percepciones, y, sin embargo, aplicarlas a otras
ideas distintas, lo que equivaldría a hacerlas signos y no signos de sus ideas al mismo tiempo, y a que
así, de hecho, carecieran de significación. Siendo las palabras signos voluntarios, no pueden ser signos
voluntarios impuestos por el que desconoce las cosas. Ello supondría hacerlas signos de nada, sonidos
sin significación. Un hombre no puede hacer de sus palabras los signos o cualidades de las cosas, o de
las concepciones en la mente de los otros hombres, si él mismo no tiene ninguna idea de ello. Hasta el
momento en que él no tenga algunas ideas propias, no puede suponer que correspondan a las
concepciones de otro hombre, ni podrá usar signos para ellas: serían signos de lo que desconoce, y, por
tanto, de nada. Pero cuando se representa a sí mismo las ideas de otros hombres por algunas ideas
propias, si consiente en darles los mismos nombres que otros hombres, sigue dándoles nombres a sus
propias ideas, a las ideas que tiene, no a las que no tiene.

3. Algunos ejemplos de esto
Esto es tan necesario en el empleo del lenguaje, que a este respecto el conocedor y el ignorante, el
letrado y el analfabeto, usan de un mismo modo las palabras al hablar (cuando tienen algún significado).

Y éstas, en boca de quien sea, significan las ideas del que las emplea, por medio de las que expresa estas
ideas. El niño que solamente tiene noticia del metal llamado oro por su brillante color amarillo, aplicará
la palabra oro tan sólo a la idea de este color, y a nada más. Y, por tanto, denominará con el mismo color
la cola del pavo real. Pero otro que haya observado más detenidamente añadirá al amarillo brillante la
idea de gran peso, y entonces, al usar la palabra oro, significará la idea compleja de una sustancia que es
amarilla brillante y de gran peso. Otra persona añadirá la fusibilidad a esas cualidades, con lo que la
palabra oro pasará a significar un cuerpo, brillante, amarillo, fusible y muy pesado. Aún habrá otro que
añada la cualidad de maleable. Cada una de esas personas usa la misma palabra oro cuando tiene la
ocasión de expresar la idea a la que la ha aplicado; pero resulta evidente que cada uno puede aplicarla
tan sólo a su propia idea, y no convertirla en signo de una idea compleja que no tenga.

4. Las palabras, con frecuencia, hacen referencia en secreto, y en primer lugar, a las ideas que están
en la mente de otros hombres
Pero aun cuando las palabras, según las usan los hombres, sólo puedan significar propia e
inmediatamente las ideas que están en la mente del hablante, sin embargo, hacen en su pensamiento una
referencia secreta a otras dos cosas.

Primero, ellos suponen que las palabras son también señales de las ideas en las mentes de otros hombres
con los que se comunican, porque de lo contrario se expresarían en vano y no podrían hacerse
comprender, si los sonidos que aplican a una idea fueran como los que aplica a otra idea el que les
escucha, lo que supone hablar dos idiomas diferentes. Pero, en este sentido, los hombres no reparan, de
manera usual, en si la idea que tienen en la mente es la misma que la del que dialoga con ellos, sino que
se dan por satisfechos con pensar que es suficiente con usar las palabras, según se imaginan, en la
acepción común del len- guaje; y de ese modo. piensan que la idea de la que han hecho un signo a esa
palabra es precisamente la misma a la que aplican ese nombre los hombres entendidos de ese país.

5. En segundo lugar, a la realidad de las cosas
Porque, como los hombres no quisieran que se pensara que hablan tan sólo a partir de sus propias
imaginaciones, sino de las cosas tal como son en la realidad, imaginan por ello frecuentemente que sus
palabras también significan la realidad de las cosas. Pero como esto hace relación más particularmente a
las sustancias y a sus nombres, del mismo modo que lo anterior se refiere quizá a las ideas simples y a
los modos, nos referiremos de manera más extensa a esas dos maneras diferentes de aplicar las palabras
cuando tratemos, de forma particular, los nombres de los modos mixtos y de las sustancias.

Permítaseme, sin embargo, decir aquí que suponer perverit el uso de las palabras y acarrear inevitable
confusión y oscuridad en su significado, el hacer que signifiquen cualquier otra cosa que las ideas que
tenemos en nuestra mente.

6. Las palabras, por el uso, provocan las ideas de los objetos
Asimismo, conviene tener en cuenta, en lo que se refiere a las ideas, lo siguiente:
Primero, que, al ser los signos de las ideas de los hombres, y por este motivo los instrumentos de los
cuales se valen para comunicar sus concepciones, y expresar a los demás esos pensamientos e
imaginaciones que se encierran en sus pechos, sucede que, por el uso constante, llegan a establecer cierta
conexión entre los sonidos y las ideas que significan, de tal manera que los nombres, apenas oídos,
provocan casi inmediatamente ciertas ideas, como si, en efecto, hubieran operado sobre nuestros
sentidos los mismos objetos que las provocan. Lo cual es manifiestamente así respecto a todas las
cualidades sensibles obvias, y respecto a todas las sustancias que se nos ofrecen de manera frecuente y
familiar.

7. Las palabras se usan muchas veces sin significado
Segundo, dado que la significación propia e inmediata de las palabras son las ideas en la mente de los
hablantes, con todo, porque llegamos a aprender por la costumbre ciertos sonidos articulados desde la
cuna, y siempre los tenemos a mano en nuestra memoria, y dispuestos en la lengua, sin que, a pesar de
todo, tengamos siempre el cuidado de examinar o de establecer perfectamente su significación, resulta
con frecuencia que los hombres, incluso cuando se aplican a una consideración más atenta, fijan más sus
pensamientos en las palabras que en las cosas, Y dado que muchas palabras se aprenden antes de
conocer las ideas que significan, algunos, y no sólo los niños sino también algunos hombres, pronuncian
algunas palabras como los loros, tan sólo porque las han aprendido y se han acostumbrado a sus sonidos.

Pero desde el momento en que las palabras son útiles y significativas, hay una conexión constante entre
el sonido y la idea, y la indicación de que la una está significada por la otra. Y sin esta aplicación de las
palabras, ellas no son nada, sino meros ruidos sin significado.

8. La significación de las palabras es totalmente arbitraria, y no la consecuencia de una conexión
natural
Las palabras, debida al uso prolongado y familiar, como ya se ha dicho, llegan a provocar en los
hombres ciertas ideas de manera tan constante y rápida, que éstos se inclinan a suponer que existe una
conexión natural entre unas y otras. Pero que sólo signifiquen las ideas particulares de los hombres, y
ello por una imposición totalmente arbitraria, resulta evidente por el hecho de que con frecuencia las
palabras dejan de provocar en otros (incluso en aquellos que emplean el mismo lenguaje) las mismas
ideas que habíamos tomado por signos. Y todo hombre tiene una inviolable libertad para hacer que las
palabras signifiquen las ideas que quiera, pues nadie tiene el poder de hacer que otros tengan en sus
mentes las mismas ideas que él tiene, cuando usan las mismas palabras que él. Y, por ello, hasta el gran
Augusto, el señor de un poderío que gobernaba el mundo, tuvo que reconocer que era incapaz de
inventar una nueva palabra latina, es decir, que no podía decretar de manera arbitraria qué sonido
debería ser signo de una idea en el lenguaje común de sus súbditos. Es verdad que el uso común, por un
tácito acuerdo, adecúa determinados sonidos a ciertas ideas en todos los idiomas, lo cual limita la
significación de esos sonidos hasta el punto de que, a no ser que un hombre lo aplique a una misma idea,
no habla con propiedad; y permítaseme añadir que, a no ser que las palabras de un hombre provoquen en
el oyente las mismas ideas que él quiere significar al hablar, ese hombre no se expresa de un modo
inteligible. Pero, cualesquiera que sean las consecuencias del uso diferente que el hombre haga de las
palabras, bien con respecto a su significado general, bien respecto al sentido particular de la persona a
quien las dirige, una cosa es cierta: que su significación, en el uso que se hace de ellas, está limitada a
sus ideas, y no pueden ser signos de ninguna otra cosa.

LIBRO III DEL ENSAYO SOBRE EL ENTENDIMIENTO HUMANO

Capítulo III
DE LOS TÉRMINOS GENERALES
1. La mayor parte de las palabras son términos generales
Siendo particulares todas las cosas existentes, tal vez sea razonable el considerar que las palabras, que
deben conformarse a las cosas, también lo sean -me refiero a su significado; sin embargo, vemos que es
muy al contrario. La mayor parte de las palabras que forman todos los lenguajes son términos generales;
lo cual no ha sido efecto de la negligencia o la fortuna, sino de la razón y la necesidad.

2. Resulta imposible que cada cosa particular tenga un nombre
En primer lugar, es imposible que cada cosa particular tenga un nombre peculiar distinto, porque, como
la significación y el uso de las palabras dependen de la conexión que la mente establece entre esas ideas
y los sonidos que utiliza como signos suyos, es necesario, en la aplicación de los nombres a las cosas,
que la mente pueda tener ideas distintas de las cosas, y retener el nombre particular que pertenece a cada
una, con su apropiación particular a esa idea. Pero está por encima del poder humano la capacidad de
forjar y retener ideas distintas de todas las cosas particulares con las que entramos en contacto; cada
pájaro y cada bestia que el hombre ve; cada árbol o planta que afecta sus sentidos, no podrían tener un
lugar en el entendimiento más espacioso. Si parece un caso prodigioso de memoria, el que algunos
generales hayan sido capaces de llamar por su nombre propio a cada uno de los soldados de su ejército,
con facilidad podemos encontrar una razón por la que los hombres jamás quisieron inventar un nombre
para cada una de las ovejas de su rebaño, o para cada cuervo que vuele sobre sus cabezas, ni, mucho
menos, para cada hoja de las plan- tas, o grano de arena que vieran.

3. Aunque eso fuera posible, resultaría inútil
En segundo lugar, si fuera posible, sería inútil, ya que no serviría al fin principal del lenguaje. En vano
los hombres amontonarían nombres de cosas particulares, que no les servirían para nada al comunicar
sus pensamientos. Los hombres aprenden nombres, y los usan en la conversación con otros hombres, tan
sólo para que se les entienda, lo cual, únicamente, se logra cuando, por el uso o el consenso, el sonido
que mis órganos del habla producen provoca en la mente de quien lo escucha la idea a la que lo aplico en
la mía, cuando hablo. Esto no se consigue aplicando nombres a las cosas particulares, de las que yo
solamente tenga en la mente sus ideas, pues los nombres de esas cosas podrían no ser significativos o
inteligibles para el oyente que no estuviera al tanto de todas esas particularísimas cosas que han caído
bajo mi observación.

4. Admitiendo que esto resultara factible
En tercer lugar, y aun admitiendo que esto resultara factible (lo que no creo), convendría además
advertir que un hombre para una cosa particular no sería dé gran utilidad para el desarrollo del
conocimiento, el cual, aunque esté fundado en las cosas particulares, se amplía por concepciones
generales, a las que las cosas quedan sujetas, una vez reducidas a clases bajo nombres genéricos. Estas
concepciones, con los nombres que les pertenecen, se encierran dentro de ciertos límites, y no se
multiplican a cada momento más allá de lo que la mente puede retener, o el uso requiere. Y por ello, en
los nombres generales, los hombres se han detenido de manera especial, pero no tanto que les haya
impedido el distinguir las cosas particulares por sus nombres apropiados allí donde la conveniencia lo
exige. Y por eso, en su propia especie, que es con lo que más relación tienen, y donde mayores
ocasiones se les presentan de hacer mención de personas particulares, utilizan los nombres propios, y los
distintos individuos tienen denominaciones distintas.

5. Qué cosas tienen nombres propios y por qué
Además de las personas, se da también con frecuencia nombres peculiares a los países, los ríos, las
montañas y otras clases parecidas de lugares, y ello por las mismas razones, puesto que se trata de cosas
que los hombres tienen que señalar con frecuencia de manera particular, y, como quien dice, de
presentar ante otros hombres en las conversaciones que sostienen entre sí. Y yo no dudo que, si hubiera
razones para mencionar caballos de manera particular, y con la misma frecuencia como tenemos que
mencionar a hombres particulares, tendríamos nombres propios para aquellos que nos serían tan
familiares como los que tenemos para los otros, y el nombre de Bucéfalo sería de uso tan común como
Alejandro. Y por ello vemos que, entre los jockeys, éstos tienen sus nombres propios para conocerlos y
distinguirlos tan comúnmente como los tienen los criados; porque, entre ellos, son frecuentes las
alusiones a este o aquel caballo en particular cuando no está a la vista.

6. Cómo se hacen las palabras generales
El siguiente tema que debemos abordar es cómo se forjan las palabras generales. Porque, desde el
momento en que todas las cosas existentes son sólo particulares, ¿cómo llegamos a forjar términos
generales, o en qué lugar encontraremos esas naturalezas generales que se suponen están significadas
por esos términos? Las palabras se llegan a hacer generales porque son los signos de las ideas generales;
y las ideas se convierten en generales cuando se separan de las circunstancias de tiempo y lugar y de
cualquier otra idea que pueda determinarlas a ellas a esta o aquella existencia particular. Por esta vía de
abstracción se habilita a las ideas para representar a más de un individuo; cada uno de los cuales, desde
el momento en que se conforma a la idea abstracta (por así decir) de esa clase.

7. Orígenes de nuestras nociones y nombres
Sin embargo, para deducir más claramente esto, tal vez no resulte del todo inadecuado remontarnos
hasta los orígenes de nuestras nociones y nombres, y observar los grados por los que procedemos y las
etapas por las que ampliamos nuestras ideas desde la primera infancia. Nada resulta más evidente que las
ideas que se forman los niños sobre las personas que tienen trato con ellos, por emplear solamente este
ejemplo, son como las personas mismas, sólo que particulares. Las ideas de la nodriza y de la madre
están perfectamente grabadas en sus mentes, y representan, como si se tratase de retratos de esas
personas, tan sólo a estos individuos. Los nombres que ellos escuchan por vez primera se limitan a
designar a estos individuos, y estos nombres de nodriza y mamá, que el niño emplea, únicamente
designan a estas personas. Después, cuando en virtud del tiempo y el trato prolongado observa que
existen en el mundo muchas otras cosas que, por algún acuerdo común en la forma y en otras cualidades
se parecen a su padre y a su madre, y a esa persona con las que se relaciona, se hace una idea en la que
descubre que participan todos esos individuos, y a la que, por ejemplo, dan el nombre de hombre, como
los demás. Y de esta manera llegan a tener un nombre general y una idea general; en ella, éstos no
inventan nada nuevo, sino que abandonan los aspectos parciales o particulares de cada una de estas
personas, Pedro o Jaime, María o Juana, dejándolos al margen de la idea compleja, y reteniendo tan sólo
lo que es común a todas ellas.

8.Nuestras ideas complejas se definen por las propiedades contenidas en ellas
De la misma manera en que llegan a adquirir el nombre general y la idea de hombre, fácilmente avanzan
hacia nombres y nociones más generales. Pues al observar las distintas cosas que difieren en la idea de
hombre, y que no podrían quedar por ello comprendidas bajo un mismo nombre, pero que, sin embargo,
tienen ciertas cualidades que también convienen al hombre, manteniéndolas como sólo una idea, han
forjado otra idea aún más general, a la que asignan un nombre que convierten en un término de una
extensión más comprensiva. Y esta nueva idea no se logra por ninguna nueva adición, sino tan sólo,
como en el caso anterior, dejando al margen la forma y algunas otras propiedades que se incluyen en el
término hombre, y reteniendo tan sólo la noción de cuerpo, como algo dotado de vida, sentidos y
movimiento espontáneo, todo lo cual está comprendido por el nombre animal.

9. Las naturalezas generales no son sino ideas abstractas y parciales de otras más complejas
Que ésa sea la vía por la que los hombres primero se forjaron ideas y nombres generales para
designarlas, pienso que es algo tan evidente que no necesita de ninguna otra prueba que la consideración
de uno mismo o de los demás, y del común proceder de las mentes en el conocimiento. Y aquel que
piense que las naturalezas generales o nociones son otra cosa que semejantes ideas abstractas, y
parciales de otras más complejas, tomadas en principio de otras existencias particulares, me temo que
tenga bastante dificultad para encontrarlas. Pues que me expliquen razonada- mente en qué difiere la
idea de hombre de la de Pedro o Pablo, o la idea de caballo de la de Bucéfalo, si no es en haberse dejado
fuera lo peculiar de cada individuo, y en mantener la parte de esas ideas complejas particulares de las
otras existencias particulares con las que ellas coinciden con las que se forja una nueva y distinta idea
compleja a la que se da el nombre de animal, logramos un término más general que abarca a los hombres
y a otras criaturas. Dejemos a un lado las ideas de animal, sentidos y movimiento espontáneo, y la idea
compleja remanente, formada por las ideas simples remanentes de cuerpo, vida y alimento, deviene en
una idea simple todavía más general que se engloba bajo el término más comprensivo de ser viviente. Y
para no alargarnos más en este particular, tan evidente por sí mismo, es por idéntico camino por el que la
mente procede hacia las ideas de cuerpo, de sustancia y, por fin, a las de ser, cosa y otros tales términos
universales que significan todas nuestras ideas, cualesquiera que éstas sean. Para terminar todo este
misterio de los géneros y las especies, que tanto ruido meten en las escuelas, y que, con justicia, tan poca
atención reciben fuera de ellas, no son nada más que ciertas ideas abstractas, más o menos
comprensivas, con nombres anejos a ellas. En todo lo cual es constante e invariable que cada uno de los
términos generales significa una cierta idea, y solamente es una parte de aquellas que quedan
comprendidas en estos términos generales.

10. Por qué se usa generalmente el género en las definiciones
Esto nos puede indicar las razones por las que, en las definiciones de las palabras, lo que únicamente
supone declarar su significado, hacernos uso de los géneros, o de la palabra general más próxima que lo
comprenda. Esto no se hace por ninguna necesidad, sino tan sólo para economizar las distintas ideas
simples que la próxima palabra general o el género significa, o, algunas veces, para evitarnos la
vergüenza de no poder hacerlo. Pero aunque definir por el genus y la differentia (permítaseme emplear
estos términos del arte de la lógica, que, aunque latinos en su origen, son lo que mejor denotan estas
nociones a los que se aplican), digo, que aunque definir por el genus sea el camino más corto, no creo
que sea seguro que resulte el mejor. Una cosa no admite duda: que no es el único, y, por tanto, no es
absolutamente necesario. Porque no consistiendo la definición sino en hacer que otro comprenda por las
palabras cuál es la idea significada por el término que se define, una definición será más perfecta si se
enumeran aquellas ideas simples que sé que están combinadas en la significación del término definido; y
si, en lugar de dicha enumeración, los hombres se han habituado a emplear el término general más
próximo, no ha sido por una necesidad, o en virtud de una mayor claridad, sino por mayor comodidad y
rapidez. Pues yo pienso que para aquel que desee conocer qué idea se significa con la palabra hombre, si
se afirmara que el hombre era una sustancia extensa sólida, dotada de vida, sentidos, movimiento
espontáneo, y de la facultad de razonar, no dudo que el significado del término hombre se comprendería
igualmente bien, y que la idea que define ese término se conocería al menos tan claramente como
cuando se le define como un animal racional; lo cual, por las distintas definiciones de animal, viviente, y
cuerpo, se reduce a esas ideas que ya hemos enumerado. He seguido, en esta explicación del término
hombre, la definición común de las escuelas; dicha definición, aunque quizá no sea la más exacta, basta
de todos modos para mi propósito actual. Y cualquiera podrá advertir, en este ejemplo, lo que motivó la
regla de que una definición tiene que consistir de genus y differentia, y es suficiente para mostrarnos la
poca necesidad que existe para establecer semejante regla, y las desventajas que se deducen de su
estricta aplicación. Porque, como ya se dijo, las definiciones son solamente la explicación que se da de
una palabra por medio de otras palabras, de tal manera que pueda darse a conocer su sentido o la idea
que ella significa, los lenguajes que se han formado siempre de acuerdo con las reglas de la lógica, de tal
forma que cada palabra pueda tener su significación exacta y claramente expresada por sólo otras dos
palabras. La experiencia nos ha demostrado hasta la saciedad lo contrario; o bien, los que establecen esa
regla no han obrado muy correctamente desde el momento en que nos han proporcionado tan sólo unas
cuantas definiciones que se amolden a ella. Pero en el siguiente capítulo trataremos más extensamente
de las definiciones.

11. Lo general y lo universal son criaturas del entendimiento y no pertenecen a la real existencia de
las cosas
Para volver a las palabras generales, es claro, e por todo lo que se ha dicho, que lo general y lo universal
no pertenecen a la existencia real de las cosas, sino sólo a los signos, sean Palabras o ideas. Como ya Se
dijo, las palabras son generales cuando se usan como signos de ideas generales, y de esta manera se
pueden aplicar indiferentemente a muchas cosas particulares; y las ideas son generales cuando se forman
para representar muchas cosas particulares; Pero la universalidad no pertenece a las cosas mismas, todas
las cuales son particulares en su existencia, incluso aquellas palabras e ideas que son generales en, su
significación. por ello cuando abandonamos lo particular, las generalidades que quedan son tan sólo
criaturas de nuestra propia hechura: su naturaleza general no es más que la capacidad que se les otorga
por el entendimiento de significar o representar muchas particulares. Porque su significación no es sino
una relación que la mente humana les añade.

12. Las ideas abstractas son las esencias de los géneros y de las especies
El siguiente ejemplo que debe .remos considerar es qué clase de significación es la que tienen las
palabras generales. Porque es evidente que no significan simplemente una cosa particular, ya que
entonces no serían términos generales, sino nombres propios; por otra parte, es también evidente que no
significan una pluralidad, puesto que entonces significarían lo mismo hombre y hombres y la distinción
que los gramáticos llaman número resultaría superflua e inútil, Acontece, entonces, que lo que las
palabras generales significan es una clase de cosas; y cada una de ellas significa eso por ser el signo de
una idea abstracta que tenemos en la mente, y dicha idea, en tanto en cuanto las cosas existentes se
conforman a ella, caen bajo ese nombre, o, lo que es igual, son de esa clase. De lo que se deduce que las
esencias de las diversas clases, o de las especies de las cosas (si se prefiere el término latino), no son
sino esas ideas abstractas. Porque, como el tener la esencia de cualquier especie es lo que hace que una
cosa sea de esa especie, y como la conformidad con la idea, a la que se añade el nombre, es lo que da el
derecho a llevar ese nombre, el tener la esencia y el guardar esa conformidad tienen que ser
necesariamente lo mismo, pues el ser de cualquier especie y el tener el derecho al nombre de esa especie
es la misma cosa. Así, por ejemplo, ser un hombre, o la especie hombre, y tener el derecho al nombre de
hombre, es todo lo mismo. Además, puesto que nada puede ser un hombre o tener el derecho a ser
llamado hombre, sino lo que se conforma con la idea abstracta significada por el nombre de hombre, ni
tampoco puede ser un hombre, o tener el derecho a la especie hombre, sino lo que tenga la esencia de
esa especie, se deduce que la idea abstracta que el nombre significa y la esencia de la especie es todo
uno y lo mismo. A partir de aquí es fácil advertir que las esencias de las clases de cosas, y
consecuentemente su clasificación, es obra del entendimiento que abstrae y forja esas ideas generales.

13. Son obra del entendimiento, pero tienen su fundamento en la similitud de las cosas
No quisiera que se pensara que he olvidado, ni mucho menos niego, que la naturaleza, al producir las
cosas, hace muchas de ellas semejantes; nada hay más obvio, especialmente en las razas animales y en
todos los seres que se reproducen por simiente. Sin embargo, creo que podemos afirmar que su
clasificación bajo ciertos nombres es un producto del entendimiento, motivado por la similitud que
observa entre ellos, para elaborar las ideas abstractas y establecerlas en la mente con ciertos nombres
para cada una de ellas, como modelos o formas (porque en este sentido la palabra forma tiene una
significación muy adecuada), a las que, en la medida en que las cosas particulares existentes se
conforman, en esa misma medida se dicen de tal o cual especie, tiene la denominación correspondiente,
o son incluidas en esa clase. Pues cuando decimos éste es un hombre, eso es un caballo; esto es la
justicia, aquello la crueldad; esto es un reloj, aquello una prensa, qué es lo que hacemos sino clasificar
las cosas bajo diversos nombres específicos, en tanto en cuanto dichas cosas se conforman con aquellas
ideas abstractas de las que las hemos hecho signos. Y ¿qué son las esencias de esas especies, fija- das y
marcadas por ciertos nombres, sino esas ideas abstractas que existen en la mente, que son, como si
dijéramos, los vínculos entre las cosas particulares existentes y los nombres bajo los que deben quedar
clasificadas? Y cuando los nombres generales tienen cualquier conexión con los seres particulares, esas
ideas abstractas constituyen el medio que establece su unión, así que la esencia de las especies, tal como
la distinguimos y denominamos, no pueden ser otra cosa que esas ideas abstractas que tenemos en la
mente. Por tanto, las supuestas esencias reales de las sustancias, si difieren de nuestras ideas abstractas,
no pueden ser las esencias de las especies en que clasificamos a las cosas. Pues dos especies pueden ser
una tan bien como dos esencias diferentes pueden ser la esencia de una especie; y quisiera saber cuáles
son las alteraciones que puedan hacerse o, no en un caballo, o en el plomo, sin que ninguna de esas dos
cosas se haga de otra especie. Cuando determinamos las especies de las cosas por nuestras ideas
abstractas, resulta fácil resolver esta cuestión; pero si alguien pretende basarse en esto por las supuestas
esencias reales, supongo que se verá totalmente perdido, y nunca será capaz de imaginar cuando una
cosa deja precisamente de ser de la especie del plomo o de la del caballo.

14. Cada idea abstracta distinta es una esencia distinta
Nadie deberá sorprenderse si yo digo que esas esencias o ideas abstractas (que son las medidas del
nombre y los límites de las especies) son la obra del entendimiento, si se tiene en cuenta que, al menos
las complejas, son muchas veces, y para la mayoría de los hombres, colecciones diferentes de ideas
simples; de donde se infiere que lo que para un hombre es codicia, no lo es para otro. Pero incluso en las
sustancias, donde las ideas abstractas parecen haber sido tomadas de las cosas mismas, no siempre son
iguales; ni aun en el caso de la especie que nos es más familiar, y con la que tenemos el más íntimo
contacto, ya que más de una vez se ha puesto en duda que el feto nacido de mujer sea hombre, hasta el
punto que se ha debatido si debería o no bautizársele y alimentársele, todo lo cual no ocurriría si la idea
abstracta o esencia a la que pertenece el nombre de hombre fuese obra de la naturaleza, y no el resultado
de una incierta y heterogéneo colección de ideas simples que el entendimiento reunió y a las que,
abstrayéndolas, dotó de un nombre. Así que, realmente, cada idea abstracta distinta es una esencia
distinta, y los nombres que se usan para tales ideas distintas son los nombres de cosas esencialmente
diferentes. De esta manera un círculo es tan esencialmente distinto de un óvalo, como una oveja de un
chivo; y la lluvia es tan esencialmente distinta de la nieve, como el agua lo es de la tierra, pues resulta
imposible que la idea abstracta que es la esencia de lo uno sea comunicada a lo otro. Y así, dos ideas
abstractas cualesquiera, que varíen la una de la otra en cualquier parte, y que tengan dos nombres
distintos anejos a ellas, constituyen dos clases diferentes, o, si se prefiere, dos especies distintas, tan
esencialmente diferentes como lo pueden ser las dos palabras más remotas u opuestas del mundo.

15. Algunas significaciones de la palabra esencia
Desde el momento en que algunos (y no sin razón) piensan que las esencias de las cosas son totalmente
desconocidas, parece oportuno considerar las distintas significaciones de la palabra esencia.

En primer lugar, se puede considerar que la esencia es cualquier cosa, en virtud de lo cual es lo que es. Y
así la constitución real e interna de las cosas (generalmente desconocida en las sustancias), de la que
dependen sus cualidades que se pueden descubrir, puede llamarse su esencia. Esta es la significación
propia y original de la palabra, tal y como se desprende de su formación, ya que esencia, en su
denotación primaria, significa propiamente ser. Y todavía se emplea en este sentido, cuando nos
referimos a la esencia de las cosas particulares sin darles ningún nombre.

En segundo lugar, habiéndose ocupado largamente en las enseñanzas y disputas de las escuelas de los
géneros y las especies, la palabra esencia ha llegado casi a perder su significado original, y, de esta
manera, en lugar de aplicarla a la constitución real de las cosas, ha sido aplicada casi exclusivamente a la
constitución artificial de los géneros y las especies. Es cierto que, por lo general, se supone una
constitución real de las clases de cosas; y no cabe ninguna duda de que tiene que existir alguna
constitución real de la que debe depender cualquier colección de ideas simples coexistentes. Pero siendo
evidente que las cosas se clasifican bajo nombres en clases o especies, tan sólo cuando se conforman con
ciertas ideas abstractas, a las que hemos añadido esos nombres, la esencia de cada género o clase llega a
no ser otra cosa que la idea abstracta significada por el nombre general o clasificador (si se me permite
usar un término semejante por lo mismo que de género he usado general). Y encontraremos que esto es
lo que significa la palabra esencia en su uso más familiar.

Estas dos clases de esencias supongo que no estarán mal designadas si a la una la denomino real y a la
otra nominal.

16. Conexión constante entre el nombre y la esencia nominal
Existe entre la esencia nominal y el nombre una conexión tan estrecha que el nombre de cualquier clase
de cosa no puede ser atribuido a un ser en particular si no tiene esa esencia por la que responde a esa
idea abstracta de que el nombre es el signo.

17. La suposición de que las especies se distinguen por sus esencias reales es vana
En lo que se refiere a las esencias reales de las sustancias corporales (por mencionar éstas solamente)
hay, si no me equivoco, dos opiniones. La una es la de quienes, usando la palabra esencia sin saber para
qué, suponen un cierto número de esas esencias según las cuales están hechas todas las cosas naturales, y
en las que participan de manera exacta cada una de esas cosas para llegar a ser, de esa manera, de tal o
cual especie. La otra opinión, más racional, es la de quienes consideran que todas las cosas tienen una
constitución real, pero desconocida, de sus partes insensibles, de la que fluyen aquellas cualidades
sensibles que sirven para distinguir las unas de las otras, según tengamos ocasión de ordenarlas en clases
bajo denominaciones comunes. La primera de estas opiniones, que supone esas esencias como un cierto
número de formas o moldes en que han sido vaciadas todas las cosas naturales existentes, me imagino
que ha constituido un motivo de gran perplejidad para el conocimiento de las cosas naturales. La
frecuente producción de monstruos en todas las especies animales, y de idiotas y otros extraños
productos en los nacimientos humanos, acarrean dificultades que son incompatibles con esa hipótesis,
desde el momento en que resulta imposible que dos cosas que participen de la misma esencia real
puedan tener propiedades diferentes, lo mismo que dos figuras que participan de la misma esencia real
de un círculo no pueden tener propiedades diferentes. Sin embargo, aunque no existieran otras razones
en contra, la misma suposición de que las esencias no pueden ser conocidas, y el hacer de ellas, con
todo, algo que distingue las especies de las cosas, resulta tan completamente inútil y tan inservible para
cualquier parte de nuestro conocimiento, que eso por sí solo es suficiente para desecharla y para
contentarnos con esencias de las clases o especies de las cosas dentro del alcance de nuestro
conocimiento, las cuales, una vez que se consideren seriamente, se verá, según 'ya dije, que no son sino
aquellas ideas complejas abstractas a las que hemos anexado nombres generales distintos.

18. La esencia real y la nominal son las mismas en las ideas simples y en los modos, y difieren en las
sustancias
Habiendo distinguido las esencias en nominal y real, podemos observar que siempre son las mismas en
las especies de las ideas simples y de los modos; mientras que, en las sustancias, son completamente
diferentes. Así, una figura que encierra un espacio entre tres líneas es tanto la esencia real como la
esencia nominal de un triángulo; pues, al ser tan sólo la idea abstracta a la que va anejo el nombre
general, sino la misma esencia o ser de la cosa en sí, es el fundamento de donde fluyen todas sus
propiedades, y al cual se hallan inseparablemente unidas. Pero ocurre de manera muy diferente cuando
se trata de ese fragmento de materia que forma el anillo que tengo en el dedo, donde esas dos esencias
son visiblemente diferentes. Porque de la constitución real de sus partes insensibles dependen todas esas
propiedades de color, peso, fusibilidad, fijeza, etc., que se pueden observar en él; y esa constitución no
es desconocida, por lo que no teniendo ninguna idea de ella, no tenemos ningún nombre que sea su
signo. Pero son su color, peso, fusibilidad, fijeza, etc., lo que hacen que sea oro, o le den derecho a ese
nombre, que, por ello, constituye su esencia nominal. Pues ninguna cosa puede llevar el nombre de oro
si no es aquella cuyas cualidades se conformen con esa idea abstracta compleja a la que se da ese
nombre. Pero más adelante tendremos oportunidad de referirnos con mayor amplitud a esta distinción de
esencias, puesto que pertenece en particular a las sustancias, cuando tratemos sobre sus nombres.

19. Las esencias son ingenerables e incorruptibles
Que semejantes ideas abstractas, y sus nombres, como aquellas de las que hemos estado hablando, sean
esencias, es algo que se puede ver más claramente al considerar lo que se nos dice con respecto a las
esencias, o sea, que son en su totalidad ingenerables e incorruptibles. Lo cual no resulta cierto para las
constituciones reales de las cosas, que surgen y perecen con ellas. Todas las cosas existentes, con
excepción de su Autor, están sometidas al cambio, en especial aquellas de las que tenemos conocimiento
y que hemos dividido en grupos, bajo distintos nombres y signos. Así lo que hoy es hierba, mañana será
carne de cordero, y, después de unos cuantos días, se convertirá en parte de un hombre. En todos estos
cambios y otros similares es evidente que la esencia real de las cosas - su constitución de la que
dependían sus propiedades respectivas - ha sido destruida y perece con ella. Pero las esencias, tomadas
de las ideas establecidas en la mente, con nombres añadidos a ellas, se supone que permanecen
constantemente igual, cualquiera que sea el cambio a que han sido sometidas las sustancias particulares.

Pues independientemente de lo que ocurriera con Alejandro o Bucéfalo, las ideas a las que van anejos
los nombres de hombre y de caballo se supone que permanecen igual; y así las esencias de esas especies
se conservan en su totalidad e indestructibles, cualesquiera que sean los cambios que experimenten los
individuos de esas especies. De donde se infiere que la esencia de una especie subsiste segura y entera,
incluso sin la existencia de un solo individuo de esa clase. Porque si no existiera en este momento un
solo círculo en el mundo (pues quizá esa figura no exista exactamente trazada en parte alguna), sin
embargo, la idea que ese nombre conlleva no dejaría de ser lo que es; ni tampoco dejaría de ser un
modelo para determinar cuáles de las figuras particulares con las que nos encontramos tienen o no el
derecho a recibir el nombre de círculo, y de esa manera mostrar cuál de ellas, por tener esa esencia,
pertenece a esa especie. Y aunque no exista, ni jamás haya existido, en la naturaleza una bestia tal como
el unicornio, ni un pez semejante a la sirena, sin embargo, suponiendo que esos nombres significan unas
ideas complejas abstractas que no conllevarán en sí ninguna incongruencia, la esencia de una sirena sería
tan inteligible como la de un hombre, y la idea de un unicornio tan segura, tan firme y permanente como
la de un caballo. De todo lo que se ha dicho resulta evidente que la doctrina de la inmutabilidad de las
esencias prueba que sola- mente son ideas abstractas, y que esa doctrina se funda sobre la relación que se
establece entre esas ideas y ciertos sonidos que son sus signos, y que será verdadera en tanto el mismo
nombre pueda tener la misma significación.

20. Recapitulación
Para terminar, he aquí algunas cosas que quisiera decir muy brevemente. Todo este gran asunto de los
géneros y las especies, y de sus esencias, se reduce sólo a esto: que los hombres que forman ideas
abstractas, y las fijan en sus mentes con sus nombres, se capacitan de ese modo para considerar las cosas
y discurrir sobre ellas, como si fueran un ramo de flores, para comunicar de manera más fácil y rápida
sus conocimientos, los cuales avanzarían muy lentamente si sus palabras y pensamientos estuvieran
limitados sólo a lo particular.

LIBRO III DEL ENSAYO SOBRE EL ENTENDIMIENTO HUMANO

Capítulo IV
ACERCA DE LOS NOMBRES DE LAS IDEAS SIMPLES
1. Los nombres de las ideas simples, de los modos y de las sustancias tienen cada uno algo de
particular
Aunque, según he indicado, todos los nombres no significan de manera inmediata más que las ideas que
hay en la mente del hablante, sin embargo después de un examen más detallado descubriremos Que los
nombres de las ideas simples, de los modos mixtos (entre los que también comprendo las relaciones) y
de las sustancias naturales, tienen cada uno algo de particular y diferente respecto a los otros. Por
ejemplo:
2. En primer lugar, los nombres de las ideas simples y de las sustancias implican existencias reales
Los nombres de las ideas simples y de las sustancias, junto con las ideas abstractas de la mente que
significan de un modo inmediato, implican también alguna existencia real, de la que deriv6 su modelo
original. Pero los nombres de los modos mixtos terminan en la idea que está en la mente y no conducen
a ningún pensamiento más allá, según los veremos más detalladamente en el siguiente capítulo.

3. En segundo lugar, los nombres de las ideas simples y de los modos siempre significan tanto la
esencia real como la nominal
Los nombres de las ideas simples significan siempre tanto la esencia real como la nominal de sus
especies. Pero los nombres de las sustancias naturales raramente, por no decir nunca, significan otra cosa
que las esencias nominales de esas especies, según mostraremos en el capítulo que trata de los nombres
de las sustancias en particular.

4. En tercer lugar, los nombres de las ideas simples son indefinibles
Los nombres de las ideas simples no admiten ninguna definición, pero sí las admiten los nombre de las
ideas complejas. Nadie, que yo sepa, ha observado hasta ahora qué palabras son susceptibles de ser
definidas y qué palabras no lo son; y esto me parece que ha sido el motivo de no pocas discusiones y de
oscuridad en los discursos de los hombres, al exigir algunos definiciones de términos que no se pueden
definir, y pensar otros que debían contentarse con la explicación dada por otra palabra más general, y
con su restricción (o para hablar en términos del arte lógico, por el género y la diferencia), incluso
cuando después de que se ha dado semejante definición de acuerdo con la regla establecida, los que la
escuchan no logran una concepción más clara del sentido de la palabra que la que tenían antes. Esto es al
menos lo que yo pienso de la definición, que el mostrar cuáles palabras son susceptibles de definición y
cuáles no, y en qué consiste una buena definición, no estará totalmente alejado de nuestro propósito
actual, y tal vez nos proporcione una luz suficiente sobre la naturaleza de esos signos y de nuestras
ideas, como para merecer una atención más detallada.

5. Si todos los nombres fueran definibles, sería un proceso in infinitum
No voy a detenerme aquí a probar que todos los término no son definibles, a partir de este proceso in
infinitum al que visiblemente nos veríamos avocados si admitiéramos que todos los nombres pueden ser
definidos. Pues si los términos de una definición tuvieran que ser definidos por otra definición, ¿en qué
punto tendríamos que detenernos? Pero sí mostraré, a partir de la naturaleza de nuestras ideas y de la
significación de nuestras palabras, por qué algunos nombres pueden ser definidos y otros no, y cuáles
son éstos.

6. Qué es una definición
Creo que estaremos de acuerdo en que una definición no es otra cosa que mostrar el sentido de una
palabra por otros varios términos que no sean sinónimos. Y siendo tan sólo el significado de las palabras
la idea misma que quien emplea la palabra significa, el sentido de cualquier término se muestra, o el
significado de la palabra se define, cuando por medio de otras palabras, la idea de la que la palabra es
signo, y a la que va unida en la mente del hablante, se representa, o se expone a la vista del otro, y de
este modo se determina su significado. Este es el único uso y finalidad de las definiciones; y por ello la
única medida de que es una buena definición, o no lo es.

7. Por qué son indefinibles las ideas simples
Establecida la premisa anterior, puedo afirmar que los nombres de las ideas simples, y solamente ésos,
no son susceptibles de ser definidos. La razón es ésta: los varios términos de una definición, al significar
distintas ideas, no pueden de ninguna manera juntos significar una idea que no tiene en absoluto una
composición; y, por ello, una definición, que propiamente no es otra que el mostrar el significado de una
palabra por algunas otras, cada una de las cuales no significa la misma cosa, no puede tener ningún lugar
en los nombres de las ideas simples.

8. Ejemplos: definiciones escolásticas del movimiento
El no haber observado esta diferencia entre nuestras ideas y sus nombres ha provocado esas eminentes
tonterías en las escuelas, que tan fácilmente se observan en las definiciones que nos dan de algunas de
esas ideas simples. Pues en la mayor parte de ellas, incluso aquellos maestros de las definiciones las
dejaron intactas, simplemente por la imposibilidad que hallaron en ello, Qué jerigonza más exquisita del
ingenio humano se puede encontrar que esta definición: «el acto de un ser en potencia, en cuanto que
está en potencia»; cualquier hombre razonable, a quien todavía no ha llegado la fama del absurdo de esta
definición, estaría perplejo al tratar de encontrar qué palabra respondía a esta explicación. Si Tulio
hubiera preguntado a un holandés qué era un beweeginge, podría haber recibido esta explicación en su
propio idioma, que era «actus entis in potentia quatenus in potentia»; y yo pregunto si cualquiera podría
imaginar que de este modo había entendido lo que significa la palabra beweeginge, o habría adivinado
qué idea tiene un holandés comúnmente en su mente, y desea comunicar a otra persona, cuando emplea
ese sonido.

9. Definiciones modernas del movimiento
Tampoco los filósofos modernos, que han tratado de sacudiese la jerigonza de las escuelas y de hablar
de manera inteligible, han tenido mejor éxito al definir las ideas simples, fuera por la explicación de las
causas, o por otro procedimiento cualquiera. Los atomistas, que definen el movimiento como el paso de
un lugar a otro, ¿qué otra cosa hacen sino poner una palabra sinónima en lugar de otra? ¿Pues qué es
paso sino movimiento? Y si se les preguntara qué es el paso, ¿cómo podrían definirlo mejor que por el
movimiento? Pues ¿acaso no es tan propio y significativo decir que el paso es un movimiento de un sitio
a otro, como afirmar que el movimiento es un paso? Cuando cambiamos dos palabras de igual
significado, la una por la otra, estamos traduciendo, no definiendo. Esto, cuando una de ellas se entiende
mejor que la otra, puede servir mejor para describir qué idea está significada por la palabra desconocida,
pero está muy lejos de ser una definición, a no ser que afirmemos que cada palabra inglesa del
diccionario es una definición de la latina a que responde, y que movimiento es una definición de motus.

Tampoco «la aplicación sucesiva de las partes de la superficie de un cuerpo a las de otro», que es la
definición de los cartesianos, se mostrará como una definición mejor del movimiento, cuando la
examinemos.

10. Definiciones de la luz
«El acto de lo perspicuo, en cuanto perspicuo», es otra definición peripatética de una idea simple; la
cual, aunque no más absurda que la anterior del movimiento, muestra más claramente su inutilidad y
falta de significación, pues la experiencia puede convencer fácilmente a cualquiera que no se puede
comunicar el significado de la palabra luz (que es lo que se pretende al definirla) a un ciego; sin
embargo, la definición de movimiento no aparece a primera vista tan inútil porque elude esta manera de
probarla. Pues esta idea simple, al penetrar en la mente por el tacto, al igual que por la vista, resulta
imposible encontrar un ejemplo de alguien que haya obtenido la idea de movimiento tan sólo por la
definición de ese nombre. Aquellos que afirman que la luz consiste en un gran número de pequeños
glóbulos, que golpean repetidamente en el fondo del ojo, se expresan de manera más inteligente que las
escuelas; sin embargo, aun cuando esas palabras se entendieran de manera perfecta, nunca podrían
evocar la idea que significa la palabra luz, ni servirían mejor para hacerla conocer a un hombre que no
tuviera antes esa idea que si le dijeran que la luz no era sino un conjunto de pelotitas de tenis que las
hadas golpean todo el día con raquetas contra la frente de algunos hombres, en tanto que no lo hacen
contra otros. Pues aun si admitimos que esta explicación de la cosa sea verdadera, todavía la causa de la
luz, aunque la tuviéramos totalmente exacta, no podría aportarnos la idea de la luz misma, como una
percepción particular nuestra, mejor que lo haría la forma y el movimiento de un acero afilado de
proporcionarnos la idea del dolor que nos puede causar. Porque la causa de cualquier sensación y la
sensación misma son dos ideas, en todas las ideas simples que provienen de un solo sentido; y dos ideas
tan diferentes y distantes la una de la otra que no podría encontrarse otras más alejadas. Y por ello,
aunque los glóbulos de Descartes golpearan el tiempo que se quisiera la retina de un hombre que ha
quedado ciego, por la gutta serena, nunca alcanzaría la idea de luz, ni ninguna otra parecida, aunque
entendiera perfectamente lo que son los glóbulos pequeños y lo que es golpear en otro cuerpo. De ahí
que los cartesianos distingan muy bien entre esa luz que es la causa de la sensación en nosotros y la idea
producida por ella, que es a lo que propiamente se llama luz.

11. Más explicaciones de por qué las ideas simples son indefinibles
Según se ha demostrado, las ideas simples se adquieren solamente por aquellas impresiones que los
objetos producen en la mente por medio de las vías adecuadas a cada clase. Si no se reciben de esta
manera, todas las palabras del mundo, usadas para explicar o definir alguno de los nombres, jamás serían
capaces de producir en nosotros la idea que significan. Porque siendo las palabras sonidos, no pueden
producir en nosotros ninguna otra idea que no sea la de esos sonidos; ni tampoco pueden provocar en
nosotros ninguna idea, si no es en virtud de la conexión voluntaria que, según se sabe, se establece entre
ellos y esas ideas simples que el uso común ha establecido como signos de dichos sonidos. Aquel que
piense de otra manera deberá averiguar si existen palabras que le pueden comunicar el sabor de una
piña, y aportarle la verdadera idea de ese fruto delicioso. En la medida en que se le diga que su gusto es
similar a algunos otros de los que ya tenga una idea en la memoria, impresos allí por objetos sensibles,
no extraños a su paladar, en esa misma medida se aproximará a esa semejanza en su mente. Sin
embargo, eso no es proporcionarnos una idea por una definición, sino que es provocar en nosotros otras
ideas simples a través de sus nombres conocidos, los cuales de cualquier forma serán muy diferentes del
verdadero sabor de la fruta misma. En la luz, en los colores, y en todas las demás ideas simples sucede lo
mismo: la significación de los sonidos no es natural, sino impuesta y arbitraria, y ninguna definición de
la luz o de lo rojo resulta más adecuada o más capaz de producir en nosotros esas ideas que los mismos
sonidos luz o rojo. Porque esperar que se puedan producir las ideas de luz o de color por unos sonidos,
sean los que fueren, es. lo mismo que pensar que los sonidos son visibles o los colores audibles; y
supone que los oídos realicen el oficio de todos los demás sentidos. Lo que es lo mismo que afirmar que
podernos gustar, oler y ver por medio de los oídos, especie de filosofía propia solamente de Sancho
Panza, que tuvo la facultad de ver a Dulcinea de oídas. Y, por tanto, el que antes no haya recibido en su
mente, por el camino adecuado, la idea simple que significa una palabra, nunca podrá llegar a conocer el
significado de esa palabra mediante otras palabras o sonidos, unidos según las reglas de la definición. La
única manera consiste en aplicar a sus sentidos el objeto adecuado, provocando de ese modo en él la idea
de la que ya había aprendido el nombre. Existió un ciego estudioso que casi se rompe la cabeza con el
estudio de los objetos visibles y que utilizó a sus libros y amigos para comprender los nombres de la luz
y de los colores con los que tan a menudo se encontraba, hasta que un día pensó que ya él comprendía el
significado de escarlata; habiéndole preguntado uno de sus amigos qué era el escarlata, el ciego contestó
que era como el sonido de una trompeta. La misma comprensión tendrá de un nombre o una idea simple
el que pretenda descubrir su significado por medio de una definición o de otras palabras cualesquiera
que se empleen para explicarlo.

12. Lo contrario sucede en las ideas complejas, como en los ejemplos de una estatua y del arco iris
El caso es totalmente diferente en las ideas complejas, pues al consistir éstas en varias ideas simples
entra dentro del poder de las palabras que significan las diversas ideas que las componen, el imprimir las
ideas complejas en la mente en la que antes no se hallaban, y hacer así que sus nombres sean entendidos.

En tales colecciones de ideas, reunidas bajo un solo nombre, la definición, o el desvelar el significado de
una palabra por medio de otras, tiene un lugar, y puede hacemos entender los nombres de cosas que
jamás llegaron al alcance de nuestros sentidos, y hacernos forjar en la mente ideas semejantes a las que
existen en la mente de otros hombres, cuando utilizan esos nombres, en tanto que ninguno de esos
términos de la definición signifique una idea simple de aquellas que no tenga ya en su pensamiento la
persona a quien se hace la definición. Así, podemos explicar a un ciego la palabra estatua por medio de
otras palabras, mientras que no podemos hacerlo con la palabra pintura, pues sus sentidos le han dado la
idea de figura, pero no la de los colores, y, por tanto, no podemos evocársela mediante palabras. Esto
hizo ganar el premio a un pintor contra un escultor, cada uno de los cuales disputaba la excelencia de su
arte respectiva, presu.miendo el escultor de que la suya era mejor, porque tenía mayor alcance, y podían
percibir sus excelencias incluso los que hubieran perdido la vista. El pintor se mostró de acuerdo en
someterse al juicio de un ciego, el cual, habiendo sido conducido al lugar donde estaban la estatua del
escultor y el cuadro del pintor, fue llevado en primer lugar ante la estatua, de la que fue percibiendo sus
rasgos de la cara y el cuerpo por medio de las manos, y aplaudió la obra del autor con gran admiración.

Pero una vez ante la pintura, y habiendo colocado sus manos sobre ella, se le dijo cuándo tocaba la
cabeza, la frente, los ojos, la nariz, a medida que su mano se movía por las diversas partes de la tela del
cuadro, sin encontrar en él la menor diferencia; visto lo cual, él exclamó que sin duda debería ser una
obra muy admirable y divina, puesto que podía mostrar a ellos todas esas partes mientras él no podía
sentir ni percibir nada.

13. Los colores son indefinibles para el ciego de nacimiento
El que dijera la palabra arco iris a alguien que conociera todos esos colores, pero que jamás hubiese
contemplado ese fenómeno, podría, mediante la explicación de la forma, el tamaño, la posición y el
orden de los colores, definir tan adecuadamente esa palabra que lograría hacer comprender
perfectamente su significado. Pero esa definición, por muy exacta y perfecta que fuese, nunca podría
hacer comprender a un ciego lo que es, pues varias de las ideas simples que forman esa idea compleja,
siendo de aquellas que jamás había recibido por la sensación y la experiencia, no podrían ser provocadas
en su mente por ninguna palabra.

14. Las ideas complejas son solamente definibles cuando las ideas simples de las que constan han
sido recibidas por la experiencia
Las ideas simples, según se ha mostrado, pueden únicamente adquiriese por la experiencia de esos
objetos que son los adecuados para producir esas percepciones en nosotros. Cuando tenemos la mente
abastecida con ellas en este sentido, y conocemos sus nombres, entonces estamos en situación de definir,
y de entender, por medio de definiciones, los nombres de las ideas complejas que están formadas con
aquéllas. Pero cuando un término cualquiera significa una idea simple que un hombre jamás tuvo en su
mente, es imposible darle a conocer su significado mediante palabras. Cuando un término cualquiera
significa una idea que un hombre conoce, pero ignorando que ese término es la señal de ella, entonces el
uso de otro nombre para la misma idea que conocía puede hacerle comprender su significado. Pero en
ningún caso es susceptible de definición el nombre de cualquier idea simple.

15. En cuarto lugar, los nombres de las ideas simples tienen un significado menos dudoso que el de
los modos mixtos y sustancias
Aunque los nombres de las ideas simples no cuentan con la ayuda de la definición para determinar su
significado, eso no es obstáculo para que sean generalmente menos dudosos e inciertos que los de los
modos mixtos y de las sustancias. Pues al significar únicamente una sola percepción simple, los
hombres, en la mayoría de las ocasiones, se ponen de acuerdo más fácil y perfectamente sobre su
significado; y por ello queda poco lugar para errores y disputas sobre su sentido. Aquel que ya sepa que
la blancura es el nombre del color que él ha visto en la nieve o la leche, no aplicará incorrectamente esta
palabra, en tanto que conserve esta idea; pero si la perdiera por completo, no equivocaría seguramente el
sentido, sino que se da- ría cuenta de que no la entiende. No hay aquí ni una multiplicidad de ideas
simples reunidas, que es el origen de las dudas respecto a los modos mixtos, ni una supuesta, pero
desconocida, esencia real, de la que dependen ciertas propiedades y cuyo número exacto también es
desconocido, que es lo que provoca la dificultad en los nombres de las sustancias. Sino que, por el
contrario, en las ideas simples la significación total del nombre se conoce de una sola vez, y no consta de
partes, por las que, al incluirse en mayor o menor grado, la idea varía y la significación del nombre se
hace oscura e incierta.

16. En quinto lugar, las ideas simples tienen pocos ascensos in línea praedicamentali
Se puede observar con respecto a las ideas simples y a sus nombres que tienen muy pocos ascensos in
linea praedicamentali (según la llaman) desde la más baja especie al summum genus. La razón de esto es
que, como la especie más baja no es sino una idea simple, no puede quedar nada fuera de ella, de manera
que al quitarse la diferencia pueda concordar con alguna cosa en una idea común para ambas, la cual, no
teniendo un nombre, es el género de las otras dos; por ejemplo, nada hay que pueda quedarse afuera en
las ideas de blanco o rojo para hacerlas concordar en una apariencia común, y de esta manera tengan un
solo nombre general, como cuando se deja fuera la idea de racionalidad de la idea compleja de hombre,
se hace concordar con la idea de bruto en la idea y nombre más generales de animal. Por esto cuando,
para evitar enumeraciones inútiles, los hombres quieren comprender bajo un solo nombre general las
ideas de blanco y de rojo, y otras ideas simples semejantes, lo han hecho por medio de una palabra que
denota tan sólo la manera por la que esas ideas penetran en la mente. Pues cuando blanco, rojo y
amarillo quedan comprendidos bajo el género o nombre color, ello no significa otra cosa que ideas como
las producidas en la mente solamente por la vista, y que únicamente penetran por los ojos. Y cuando
quieren forjar un término aún más general, para comprender los colores y los sonidos, y otras ideas
simples similares, lo hacen por una palabra que significa todas aquellas ideas que penetran sola- mente
en la mente por un sentido. Y así el término general cualidad, en su acepción común, comprende los
colores, los sonidos, los gustos, los olores y las cualidades tangibles, para distinguirlos de la extensión,
del número, del movimiento, del placer y del dolor que hacen impresiones en la mente e introducen sus
ideas por más de un sentido.

17. En sexto lugar, los nombres de las ideas simples no están tomados de manera arbitraria de la
existencia de las cosas
Los nombres de las ideas simples, de las sustancias y de los modos mixtos tienen también esta
diferencia: que los de los modos mixtos significan ideas en forma totalmente arbitraria, los de las
sustancias no de una forma tan absoluta, porque se refieren a un modelo, aunque con alguna laxitud, y
los de las ideas simples se derivan perfectamente de la existencia de las cosas, y no son arbitrarios en
absoluto. Lo cual proporciona diferencias en la significación de los nombres que veremos en los
capítulos siguientes.

Los nombres de los modos simples difieren poco de los de las ideas simples.

LIBRO III DEL ENSAYO SOBRE EL ENTENDIMIENTO HUMANO

Capítulo V
ACERCA DE LOS NOMBRES DE LOS MODOS MIXTOS Y DE LAS
RELACIONES
1. Los modos mixtos significan ideas abstractas, como los demás nombres generales
Al ser generales, los nombres de los modos mixtos significan, según se ha mostrado, clases o especies de
cosas, cada una de las cuales posee su esencia particular. Las esencias de esas especies, como también se
ha mostrado, no son sino ideas abstractas en la mente, a las que los nombres se añaden. De esta manera,
los nombres y esencias de los modos mixtos nada tienen que no sea común con otras ideas, aunque si los
consideramos más detalladamente, encontraremos que tienen algo peculiar que quizá merezca nuestra
atención.

2. En Primer lugar, las ideas abstractas que significan son elaboradas por el entendimiento
La primera particularidad que observo es que las ideas abstractas, o, si se prefiere, las esencias de las
varias especies de los modos mixtos, son elaboradas por el entendimiento, en lo que se diferencian de las
ideas simples, en las que la mente no tiene poder para hacer ninguna de ellas, sino que únicamente
recibe aquellas que le son presentadas por la existencia real de las cosas que operan sobre ella.

3. En segundo lugar, las hace arbitrariamente y sin modelos
Esas esencias de las especies de los modos mixtos no sólo son hechas por la mente, sino que las hace de
una manera muy arbitraria, sin modelos o referencia de ninguna existencia real. En esto difieren de las
sustancias, que conllevan el supuesto de algún ser real, del que se han derivado y respetado al que se
conforman. Pero en sus ideas complejas de los modos mixtos, la mente tiene libertad para no seguir
exactamente la existencia de las cosas. Une y retiene ciertas colecciones, como un conjunto de ideas
específicas distintas, en tanto que otras, que ocurren con igual frecuencia en la naturaleza, y que son
llanamente sugeridas por las cosas exteriores, son pasadas por alto, sin nombres o especificaciones
particulares. Ni la mente, tanto en las de los modos mixtos como en las ideas complejas de las
sustancias, las examina por la existencia real de las cosas, ni las verifica de acuerdo con modelos
existentes en la naturaleza que contengan una composición peculiar semejante. Pues, para saber si la
idea de adulterio o incesto son correctas, ¿tendría un hombre que buscar entre las distintas cosas
existentes? ¿O bien es verdad porque alguien ha sido testigo de una acción semejante? En absoluto; aquí
es suficiente con que los hombres hayan juntado una colección tal en una sola idea compleja, convertida
en arquetipo e idea específica, con independencia de que dicha acción se haya realizado in rerum natura
o no.

4.Cómo se hace esto
Para entender esto de manera correcta, debemos considerar en qué consiste ese hacer ideas complejas, y
que no se trata de hacer ideas nuevas, sino que consiste en reunir algunas ideas que ya estaban en la
mente. En esto la mente hace tres cosas: primero, escoge un cierto número; segundo, las da una
conexión y las convierte en una sola idea; tercero, las ata por medio de un nombre. Si examinamos la
manera en que la mente procede con respecto a este asunto, y qué libertades se toma, fácilmente
podremos observar cómo estas esencias de las especies de los modos mixtos son obra de la mente, y, en
consecuencia, que las especies mismas son resultado de los ¡hombres.

5. Se evidencia su arbitrariedad en que la idea es con frecuencia anterior a la existencia
Nadie puede dudar que esas ideas de los modos mixtos se hacen por una voluntaria colección de ideas
reunidas en la mente, con independencia de cualquier modelo original de la naturaleza, si piensa que esa
clase de ideas complejas pueden hacerse, abstraerse y dárseles un nombre, y constituir así una especie
antes de que exista un solo individuo de ella. ¿Quién dudará que las ideas de sacrilegio o adulterio se
puedan forjar en las mentes de los hombres, y les den un nombre, constituyendo así esas especies de
modos mixtos, antes de que fuera cometido ninguno de esos actos, y que se puede discutir y razonar
sobre ellos y a partir de ellos descubrir otras verdades, en tanto que no tienen más ser que en el
entendimiento, lo mismo que cuando dichos actos tienen una existencia real tan excesivamente
frecuente? Por lo que se hace evidente hasta qué grado las clases de los modos mixtos son criaturas del
entendimiento, en el que tienen un ser tan servicial para todos los fines de la verdad real y del
conocimiento, como cuando existen en realidad. Y no podemos dudar que los legisladores han hecho
con frecuencia leyes sobre algunas acciones que solamente fueron criaturas de sus propios
entendimientos, seres que no tenían otra existencia que la de sus mentes. Y creo que nadie podrá negar
que la resurrección fuera una especie de modo mixto que existiera en la mente antes de tener una
existencia real.

6. Ejemplos: el asesinato, el incesto y el apuñalamiento
Para ver con cuánta arbitrariedad son hechas esas esencias de los modos mixtos por la mente, bastará
con echar una ojeada a alguno de ellos. Un pequeño examen será suficiente para mostrarnos que es la
mente la que reúne diversas ideas independientes en una sola idea compleja; y, mediante el nombre
común que les da, las convierte en esencias de una cierta especie, sin que se regulen por ninguna
conexión que tengan en la naturaleza. Pues ¿qué mayor conexión en la naturaleza puede tener la idea de
un hombre que la idea de una oveja con la de matar para que en un caso se convierta en una especie
particular de acción, designado por la palabra asesinato, y en el otro no? o ¿qué vínculo existe en la
naturaleza entre la idea de la relación de un padre con la de matar, mayor que con la de un hijo o vecino,
para que aquéllas se combinen en una idea compleja, y por eso en la esencia de una especie distinta, el
parricidio, en tanto que las otras no constituyen una especie distinta? Pero aunque la acción de matar a
un padre o a una madre se ha hecho una especie distinta de la acción de matar al hijo o a la hija, sin
embargo, en otros casos, el hijo y la hija se toman con la misma consideración que el padre y la madre, y
todos quedan comprendidos en la misma especie, como en el caso del incesto. De esta manera, la mente
reúne, en los modos mixtos, de una manera arbitraria, aquellas ideas que le parece conveniente en ideas
complejas, mientras que otras, que tienen la misma unión en la naturaleza, se dejan sueltas y nunca se las
combina en una sola idea, pues no existe ninguna necesidad de darles un solo nombre. Entonces resulta
evidente que, por su libre albedrío, la mente da conexión a cierto número de ideas, que no tienen más
unión en la naturaleza que la que tienen otras ideas a las que no conexiona. Pues ¿por qué, si no, se fija
la atención en esa clase de armas con las que se hiere, para constituir esa especie distinta de acción
llamada apuñalar, y no se tienen en cuenta la forma de¡ arma ni la materia de que esté hecha? ( Locke
utiliza el término inglés Stabbing que, en realidad, significa matar a alguna persona con la punta de un
arma blanca, término intraducible al español.) No afirmo que esto se haga sin ninguna razón, según
tendremos ocasión de comprobar después; lo que sí digo es que se hace por la libre elección de la mente,
persiguiendo ésta sus propios fines, y que; por ello, estas especies de modos mixtos son obra del
entendimiento. Y no hay nada más evidente que el que, en la mayoría de los casos, la mente no busca
modelos en la naturaleza para la formación de esas ideas, ni refiere las ideas que se forma a la existencia
real de las cosas, sino que junta aquellas ideas que mejor le sirven a sus propósitos sin sujetarse a la
imitación precisa de cualquier cosa que exista realmente.

7. Sin embargo, sirven a los fines del lenguaje y no se forman por azar
Aunque estas ideas complejas o esencias de los modos mixtos dependen de la mente y ella las forja con
gran libertad, sin embargo, no se forman por azar, ni se combinan, sin ninguna razón, sus componentes.

Aunque estas ideas complejas no son siempre copia de la naturaleza, son, sin embargo, siempre
adecuadas a los fines para los que se hacen las ideas abstractas, y aunque sean combinaciones hechas de
ideas que están bastante sueltas, y que en sí mismas tengan tan poca conexión como otras a las que la
mente nunca les da una conexión que las combine dentro de una idea, sin embargo, siempre se forman
por las conveniencias de la comunicación, que es el fin principal del lenguaje. El uso del lenguaje estriba
en significar con facilidad y rapidez concepciones generales por medio de sonidos breves; en cuyas
concepciones pueden existir no solamente una abundancia de particulares, sino también una gran
variedad de ideas independientes reunidas en una sola idea compleja. Por tanto, en la formación de las
especies de los modos mixtos, los hombres se han fijado únicamente en aquellas combinaciones que han
tenido ocasión de mencionar uno a otro. Estas las han combinado en ideas complejas distintas, y les han
dado nombres; mientras que las otras, que tienen en la naturaleza una unión igualmente estrecha, las han
dejado abandonadas e inadvertidas. Pues por no pasar de las acciones humanas, si los hombres desearan
formar ideas abstractas distintas con todas las variaciones que se pueden observar en ellas, su número
debería ser infinito, y la memoria quedaría confundida ante tal abundancia, al tiempo que inútilmente
sobrecargada. Es suficiente con que los hombres hagan y nombren tantas de estas ideas complejas de los
modos mixtos cuantas descubran que tienen ocasión de nombrar, en el transcurso ordinario de sus
asuntos. Si se unen a la idea de matar la de padre o madre, y de esa manera se forma una especie distinta
a la de matar a un hijo o al vecino, es por la diferencia existente en la atrocidad del crimen, y el castigo
que debe imponerse a quien asesina a su padre o a su madre difiere del que debe imponerse al asesino de
su hijo o vecino; y por ello se encuentran en la necesidad de mencionarlo por medio de un nombre
distinto, que es el fin que se persigue al hacerse esa combinación distinta. Pero aunque las ideas de
madre e hija sean tratadas de manera tan diferente, con relación a la idea de matar, de manera que una se
le junta para formar así una idea abstracta distinta, mediante un nombre, y para formar así una especie
distinta, en tanto que no ocurre lo mismo con la otra idea, sin embargo, consideradas esas dos ideas
respecto al conocer carnal, quedan ambas comprendidas bajo el nombre de incesto, y eso también por la
misma conveniencia de expresar bajo un nombre, y computar bajo una sola especie, semejantes uniones
turbias que tienen algo particularmente más torpe que las demás; y todo ello para evitar circunloquios y
descripciones tediosas.

8. De todo esto son una prueba las palabras intraducibles de los distintos idiomas
Un conocimiento mediocre de idiomas diferentes bastará para mostrar con facilidad la verdad de esta
afirmación, ya que resulta obvio observar que existe una gran cantidad de palabras de un idioma que no
tienen sus correspondencias exactas en otro. Lo que claramente indica que los habitantes de un país, a
causa de sus costumbres y formas de vida, han encontrado la ocasión de forjar distintas ideas complejas
y de darles nombres, mientras que los de otro país nunca las han reunido en ideas específicas. Esto no
podría haber ocurrido si esas especies fueran la obra constante de la naturaleza, y no colecciones hechas
y abstraídas por la mente, para darles nombres por las necesidades de la comunicación. Los términos de
nuestras leyes, que no son sonidos vacíos, difícilmente encontrarán palabras que los traduzcan en
castellano o en italiano, idiomas nada pobres; mucho menos, me parece, podrían traducirse al lenguaje
de los Caribes o de otros pueblos salvajes. Y para la palabra versura de los romanos o corban de los
judíos no existen términos en otras lenguas que las traduzcan, por las razones que antes se han dicho.

Pero si miramos más detalladamente este asunto, y comparamos con más exactitud idiomas diferentes,
podremos observar que, aunque tienen palabras que en las traducciones y los diccionarios parece que
responden las unas a las otras, apenas existe una entre diez en los nombres de las ideas complejas,
especialmente de los modos mixtos, que signifique precisamente la misma idea que la palabra por la que
se traduce en el diccionario, No existen más comunes y menos compuestas que las medidas del tiempo,
de la extensión y del peso, y los nombres latinos hora, pie, libra, se traducen sin dificultad por los
nombres ingleses hour, loot y pound; sin embargo, nada resulta más evidente que las ideas que los
romanos anexaban a aquellos nombres latinos estaban muy lejos de ser las mismas que las que un inglés
expresa por medio de ellos. Y si uno de los dos empleara las medidas que el otro designa por los
nombres de su idioma, encontraría que sus cálculos eran totalmente erróneos. Estas son pruebas
demasiado evidentes para que no se puedan poner en duda; y veremos esto aún más claramente en los
nombres de las ideas más abstractas o compuestas, como son la mayor parte de las que se usan en las
disertaciones morales, cuyos nombres, cuando los hombres tienen la curiosidad de compararlos con los
que se emplean para traducirlos a otros idiomas, encuentran que son muy pocos los que corresponden en
la total extensión de sus significados.

9. Esto demuestra que las especies se forman para la comunicación
La razón por la que hago tanto hincapié en esto es para que no nos equivoquemos sobre los géneros y las
especies y sus esencias, pensando que se trata de cosas que la naturaleza ha hecho regular y
constantemente, y que tienen una existencia real en las cosas, ya que, después de un examen más
detallado, parece que no se trata sino de un artificio del entendimiento para significar más fácilmente
aquellas colecciones de ideas que con mayor frecuencia puede comunicar por medio de un término
general, bajo el que diversos particulares, en tanto en cuanto se conforman con esa idea abstracta,
pueden quedar comprendidos. Y si la dudosa significación de la palabra especie hace que para algunos
no resulte familiar el que yo afirme que las especies de los modos mixtos son «hechas por el
entendimiento, con todo, creo que nadie podrá negar que es la mente la que hace las ideas abstractas
complejas a las que se dan nombres específicos. Y si es verdad, como lo es, que la mente hace los
modelos para la clasificación y nombramiento de las cosas, dejo que se considere quién establece los
límites de las clases o especies, desde el momento en que para mí especie y clase no tienen otra
diferencia que ser una palabra latina y otra inglesa.

10. En los modos mixtos es el nombre el que une la combinación de las ideas simples y las convierte
en especie
La estrecha relación existente entre especies, esencias y sus nombres generales, al menos en los modos
mixtos, aparecerá más claramente cuando consideramos que es el nombre el que al parecer preserva esas
esencias y les presta una duración permanente. Pues siendo la mente la que establece la conexión entre
las partes sueltas de esas ideas complejas, esta unión, que no tiene un fundamento especial en la
naturaleza, dejaría de existir si no hubiera algo que, como quien dice, la mantuviera, impidiendo que sus
partes se dispersaran. Por ello, aunque la mente es la que hace la conexión, el que de alguna manera
constituye el nudo que la mantiene bien atada es el nombre. ¡Qué amplia variedad de ideas diferentes no
mantiene unidas las palabras triumphus, ofreciéndonoslas como una sola especie! Si esta palabra no se
hubiera inventado nunca, o hubiese desaparecido, habríamos podido tener, sin duda, una descripción de
lo que ocurría en aquella solemnidad; pero pienso que lo que mantiene reunidas esas partes diferentes,
dentro de una sola idea compleja, es precisamente esa palabra anexada a ella, sin la cual las distintas
partes de aquélla se tendrían tan sólo por constitutivas de una cosa igual a cualquier otro espectáculo,
que, por haberse ofrecido una vez sola, nunca fue unificado en una idea compleja bajo una
denominación. Por esto, en el caso de los modos mixtos, la unidad necesaria a cualquier esencia depende
en grado sumo de la mente, y la fijeza y la continuidad dependen también en el mismo grado del nombre
de uso común que se les anexa; y dejo esto a la consideración de aquellos que ven en las esencias y
especies unas cosas reales establecidas en la naturaleza.

11. Para afirmar esto, nos encontramos con que a menudo los hombres, al hablar de los modos
mixtos, raramente se imaginan o toman por especies ningunos otros que no sean los ya establecidos
por nombres
Porque, siendo únicamente obra de los hombres, destinados a nombrar, no se tiene noticia de ninguna
especie, ni se supone que exista, que no lleve un nombre anexado como signo de que se han combinado
por parte del hombre diversas ideas sueltas en una sola, y de que, por medio de ese nombre, se le da una
unión permanente a las partes que, de otro modo, cesarían de tenerla tan pronto como la mente desechara
esa idea abstracta, y en el momento en que dejara de pensar en ella. Pero una vez que el nombre le ha
sido anexa- do, y que han adquirido a través suya una unión permanente y estable, entonces la esencia
queda, como si dijéramos, establecida, y la especie aparece como completa. Pues, ¿con qué fin se podría
cargar la memoria con semejantes composiciones, si no era para convertirlas en generales por medio de
la abstracción? ¿Y para qué serviría convertirlas en generales, si no fuera para dotarlas de nombres
generales, de acuerdo con las necesidades del discurso y de la comunicación? Así vemos que matar a un
hombre con una espada o un hacha no se consideran como distintas especies de acciones, pero si la
punta de la espada entra en el cuerpo, pasa por ser una especie distinta en aquellos lugares en que recibe
un nombre distinto, como en Inglaterra, en cuyo idioma se denomina stabbing; pero en otro país donde
no ha sucedido que esa acción quedara especificada bajo un nombre peculiar, no pasa por ser una
especie distinta. Pero en las especies de las sustancias corporales, aunque sea la mente la que hace la
esencia nominal, sin embargo, desde el momento en que se supone que esas ideas que se combinan en
ella tienen una unión en la naturaleza, las una o no la mente, se las considera por ello como especies
distintas, sin que la mente haga ninguna operación, sea abstrayendo, sea dando un nombre a esa idea
compleja.

12. No inquirimos más allá de la mente detrás de los originales de los modos mixtos, lo que también
muestra que son obra del entendimiento
Conforme a lo que se ha dicho en lo que se refiere a las esencias de las especies de los modos mixtos,
que más bien son criaturas del entendimiento que productos de la naturaleza, conforme a ello, digo,
encontramos que sus nombres conducen nuestros pensamientos a la mente y no más allá. Cuando
hablamos de justicia o de gratitud, no nos forjamos nada imaginable de ninguna cosa existente, que
podríamos concebir, sino que nuestros pensamientos terminan en las ideas abstractas de esas virtudes, y
no más allá, como cuando hablamos de un caballo o del hierro, cuyas ideas específicas no consideramos
como únicamente en la mente, sino como en las cosas mismas, las cuales aportan los modelos originales
de esas ideas. Sin embargo, en los modos mixtos, al menos en una parte considerable de ellos, que son
los seres morales, consideramos los modelos originales como estando en la mente, y a ellos nos
referimos para distinguirlos de los seres particulares con nombres. Y pienso que de aquí se deriva el que
se dé a las esencias de los modos mixtos el nombre más particular de nociones, como si, por un derecho
peculiar, pertenecieran al entendimiento.

13. El que sean hechos, sin modelos, por el entendimiento, explica las razones por las que son así
compuestas
De la misma manera, podemos conocer también por qué las ideas complejas de los modos mixtos son
comúnmente más compuestas y recompuestas que las de las sustancias naturales. Porque, al ser una obra
del entendimiento, empeñado tan sólo en sus propios fines y en la conveniencia de expresar brevemente
las ideas que quiere comunicar a los demás, con frecuencia une, en una sola idea abstracta, cosas que no
tienen coherencia en la naturaleza y de forma bastante libre, de manera que bajo un término reúne una
gran variedad de ideas compuestas y recompuestas. Así el nombre procesión, ¿no es una gran mezcla de
ideas independientes, de personas, de hábitos, de cirios, de órdenes, de movimientos, de sonidos,
contenidos dentro de una idea compleja, que la mente del hombre ha reunido de manera arbitraria, para
expresaría por ese nombre? En tanto que las ideas complejas de las clases de las sustancias se componen
en general de sólo un pequeño número de simples; y en las especies de los animales, estas dos ideas, la
forma y la voz, comúnmente forman la totalidad de la esencia nominal.

14. Los nombres de los modos mixtos significan siempre sus esencias reales, que son obra de nuestras
mentes
Otra cosa que podemos observar a partir de lo que ya se ha dicho es que los nombres de los modos
mixtos significan siempre (cuando tienen una significación determinada) la esencia real de sus especies.

Pues, como esas ideas abstractas son obra de la mente, y no son referidas a la existencia real de las
cosas, no se supone nada más que ese nombre signifique, sino únicamente aquella idea compleja que la
mente misma ha formado, que es todo lo que se desea expresar por aquél; y es de esto de lo que
dependen todas las propiedades de la especie, y de donde únicamente dimanan. De esta manera es como
la esencia real y nominal son la misma en este caso, la importancia de lo cual respecto al conocimiento
cierto de la verdad, comprobaremos más adelante.

15. Por qué sus nombres se adquieren usualmente antes que sus ideas
Esto también nos puede mostrar la razón de por qué la mayor parte de los nombres de los modos mixtos
se adquieren antes de que sean perfectamente conocidas las ideas que ellos significan. Porque no
existiendo especies de aquellos de las que normalmente se tenga conocimiento, a no ser las que ya tienen
nombres, y como esas especies, o, mejor dicho, sus esencias, son ideas complejas abstractas, y
arbitrariamente forjadas por la mente, es conveniente, si no necesario, conocer los nombres antes que
uno intente formar esas ideas complejas, a no ser que un hombre quiera meterse en la cabeza un montón
de ideas abstractas complejas, las cuales, al carecer de nombres para los demás, no podrán servirle de
nada, sino para desecharlas y olvidarlas de nuevo. Confieso que al principio de la formación de los
lenguajes fue necesario tener la idea antes de darle un nombre; y todavía ocurre lo mismo cuando, al
forjarse una nueva idea compleja, se inventa una nueva palabra para imponerle un nuevo nombre. Pero
esto no concierne a los lenguajes ya hechos, que, generalmente, están bien provistos de las ideas que los
hombres tienen frecuente ocasión de usar y comunicar; y sobre esto, yo pregunto si no es el método
ordinario para que los niños aprendan los nombres de los modos mixtos antes de adquirir sus ideas.

¿Quién entre un millón puede tener las ideas abstractas de gloria y ambición antes de haber oído sus
nombres? Admito que en las ideas simples y en las sustancias es de otro modo, pues al tener tales ideas
una existencia y una unión real en la naturaleza, las ideas y los nombres se adquieren unos antes que
otros, según acontezca.

16. Razones por las que me he extendido sobre este tema
Lo que aquí se ha dicho sobre los modos mixtos es, con muy pocas diferencias, aplicable a las
relaciones, lo cual, como cualquiera puede observar, me exime de la tarea de ser más prolijo en este
asunto, y sobre todo porque lo que he dicho aquí sobre las palabras en este Libro Tercero, posiblemente
parecerá a algunos demasiado para lo que un tema tan poco importante requeriría. Admito que podría
haber sido más breve, pero quise que mi lector se detuviera en la consideración de un razonamiento que
creo nuevo y algo apartado de los caminos normales (estoy totalmente seguro de que es algo sobre lo
que no había pensado cuando empecé a escribir), para que, llevándolo hasta sus últimas consecuencias y
examinándolo por todos los lados, alguna de sus partes pudiera coincidir con los pensamientos de los
demás, y de este modo dar ocasión a los más reacios o negligentes para que reflexionaran sobre algo que
en general está muy embrollado y, aunque tiene importantes consecuencias, es poco tomado en
consideración. Cuando se considera el rompecabezas que se hace con las esencias, y hasta qué punto
toda suerte de conocimientos, razonamientos y conversaciones son interrumpidos y embrollados por el
descuido y confuso empleo de la aplicación de las palabras, quizá se piense que merecía la pena dejar el
asunto totalmente cerrado. Y me será perdonado el que me haya detenido tanto en un argumento que, en
mi opinión, necesita ser inculcado, pues los errores en que con frecuencia incurren los hombres en este
aspecto, no sólo son un gran impedimento para el conocimiento verdadero, sino que a menudo se
admiten como si de ese conocimiento se tratara. Con frecuencia, los hombres podrían ver que la cantidad
de razón y verdad es bien poca, o quizá ninguna, en aquellas opiniones pedantes de las que ellos están
orgullosos, si pudieran ir más lejos de los sonidos que están de moda, y observaran qué ideas están o no
comprendidas bajo aquellas palabras en las que basan todos sus argumentos y con las que disputan de
una manera tan confiada. Puedo pensar que he prestado algún servicio a la verdad, a la paz y al
aprendizaje si, extendiéndome en este tema, consigo que los, hombres reflexionen sobre el uso que
hacen del lenguaje, y les doy motivo para sospechar que, desde el momento en que es frecuente en otros,
también les puede ocurrir a ellos el que muchas veces tengan en sus labios y escritos palabras muy
buenas y autorizadas que, sin embargo, sean de un significado incierto, escaso o nulo; y que, por eso, no
es absurdo el que sean cuidadosos en este mundo, ni el que se presten a que las palabras que ellos
utilizan sean examinadas por otros. Así pues, seguiré extendiéndome sobre esta materia con estos
propósitos.

LIBRO III DEL ENSAYO SOBRE EL ENTENDIMIENTO HUMANO

Capítulo VI
ACERCA DE LOS NOMBRES DE LAS SUSTANCIAS
1. Los nombres comunes de las sustancias significan clases
Los nombres comunes de las sustancias, al igual que los otros términos generales, significan clases: lo
cual no representa otra cosa que el ser signos de ideas complejas tales que en ellas concuerden o puedan
concordar varias sustancias particulares, en virtud de lo cual pueden quedar comprendidas en una
concepción común, y ser significadas por un nombre. He dicho que concuerden o puedan concordar,
porque aun cuando sólo exista un sol en el mundo, sin embargo, abstraída la idea del ser de manera que
más sustancias (en el caso de que existieran varias) pudieran cada una coincidir en ella, tanto constituiría
esa idea una clase como si hubiese tantos soles como estrellas. No carecen de razón aquellos que piensan
que los hay, y que cada estrella fija puede responder a la idea significada por el nombre de sol, para
aquel que esté situado a la debida distancia; lo cual, en cualquier caso, puede mostrarnos hasta qué grado
las clases o, si se prefiere, los géneros y las especies de las cosas (pues esos términos latinos no
significan para mí otra cosa que la palabra clase) dependen del tipo de colecciones de ideas que los
hombres han formado, y no la naturaleza real de las cosas; pues no resulta imposible que, ha- blando con
propiedad, un sol sea para uno lo que una estrella sea para otro.

2. La esencia de cada clase de sustancia es nuestra idea abstracta a la que se aneja el nombre
La medida y el límite de cada clase o especie, por donde se constituye en esa clase particular y se
distingue de las otras, es lo que llamamos su esencia, que no es nada más que la idea abstracta a la que
va anejo el nombre, de manera que todo lo que esté contenido en esa idea es lo esencial a esa clase. Esta,
aunque sea toda la esencia de las sustancias naturales que nosotros conocemos, o por la que las
distinguimos en clases, sin embargo, la denomino con un nombre peculiar, la esencia nominal, para
distinguirla de la constitución real de las sustancias, de la que dependen esta esencia nominal y todas las
propiedades de esa clase, la cual puede ser llamada, corno se ha dicho, la esencia real. Por ejemplo, la
esencia nominal del oro es esa idea compleja que significa la palabra oro, a saber: un cuerpo amarillo, de
un cierto peso, maleable, fusible y fijo. Pero la esencia real es la constitución de las partes insensibles de
ese cuerpo, de la que esas cualidades y todas las demás propiedades del oro dependen. Queda patente
que se trata de dos cosas diferentes, aun cuando ambas reciban el nombre de esencias.

3. La esencia nominal y la real son diferentes
Porque, aunque quizá el movimiento voluntario, la sensación y la razón, unidos a un cuerpo de cierta
forma, sea la idea compleja a la que yo y los demás anexamos el nombre de hombre, y sea así la esencia
nominal de la especie llamada de esta manera, nadie podrá decir, sin embargo, que esa idea compleja es
la esencia real y la fuente de todas aquellas operaciones que se encuentran en cualquier individuo de esa
clase. El fundamento de todas esas cualidades que constituyen los ingredientes de nuestra idea compleja
es algo totalmente diferente; y si poseyéramos un conocimiento de esa constitución del hombre, de la
que manan sus facultades de movimiento, sensación, razonamiento, y demás potencias, y de la que su
forma tan regular depende, tal como es posible que los ángeles lo posean y que con toda seguridad tiene
su Hacedor, tendríamos otra idea distinta de su esencia de la que ahora se contiene en nuestra definición
de esa especie, sea la que fuera; y nuestra idea de cualquier hombre individual sería tan diferente de lo
que es ahora, como es la de quien conoce todos los mecanismos y engranajes del famoso reloj de
Estrasburgo de la que un campesino tiene de éste, el cual tan sólo ve el movimiento de las manecillas,
escucha las campanadas y observa únicamente algunas de sus apariencias externas.

4. Nada es esencial para los individuos
Que la esencia, en el uso normal de la palabra, se relaciona a las clases, y que se la considera en los seres
particulares no más allá que en cuanto ordenados en clases, se deduce de lo siguiente: quitemos las ideas
abstractas tan sólo por las que clasificamos a los individuos, y por las que los agrupamos bajo nombres
comunes, y entonces el pensamiento de algo que les sea esencial se desvanece inmediatamente: no
tenemos ninguna noción. Es necesario para mí ser como soy; Dios y la naturaleza me han hecho así;
pero no hay nada que yo tenga que sea esencia a mí. Un accidente o una enfermedad pueden alterar
mucho mi color o aspecto; una fiebre o caída me pueden privar de la razón, de la memoria o de ambas; y
una apoplejía me puede dejar sin sentidos, sin entendimiento o sin vida. Otras criaturas de mi forma
pueden haber sido hechas con más y mejores, o con menos y peores cualidades que yo; y otras pueden
tener razón y sensación en una forma y en un cuerpo muy diferentes del mío. Nada de todo esto es
esencial para uno u otro, ni para ningún individuo, hasta que la mente lo refiere a alguna clase o especie
de cosas, y entonces, en ese momento, de acuerdo con la idea abstracta de esa clase, se descubre que
algo es esencial. Examine cualquiera sus propios pensamientos, y podrá encontrar que tan pronto como
suponga o hable de lo esencial, la consideración de alguna especie o de alguna idea compleja significada
por algún nombre general le vendrá a su mente; y es en este sentido en el que se dice que esta o aquella
cualidad es esencial. Así que si se pregunta para más o para cualquier otro ser corpóreo particular, estar
dotado de razón, contestaré que no; no más necesariamente que es esencial para esta cosa blanca en la
que escribo el tener palabras escritas en ella. Pero si se ha de incluir ese ser particular en la clase
hombre, y ha de llevar el nombre de hombre, entonces la razón resulta esencial para él, suponiendo que
la razón sea una parte de la idea compleja que significa el nombre de hombre; de la misma manera que
es esencial para esta cosa sobre la que escribo el contener palabras, si la quiero dar el nombre de tratado
e incluirlo dentro de esa especie. Así que lo esencial y lo no esencial se refiere solamente a nuestras
ideas abstractas y a los nombres que a éstas se les anexan, lo cual no significa otra cosa que esto: que
cualquier cosa particular que no conlleve esas cualidades que están contenidas en la idea abstracta que
significa cualquier término general, no puede ser clasificada dentro de esa especie, ni ser llamada por ese
nombre, desde el momento en que esa idea abstracta es la misma esencia de esa especie.

5. Las únicas esencias percibidas por nosotros en las sustancias individuales son aquellas cualidades
que las autorizan a recibir sus nombres
Así, si la idea de cuerpo es para algunas personas la mera extensión o el espacio, entonces la solidez no
es esencial para el cuerpo; si otros hacen que la idea a la que dan el nombre de cuerpo sea la solidez y la
extensión, será esencial para el cuerpo la solidez. Por ello, tan sólo aquello que forma parte de la idea
compleja de una especie significada por el nombre se debe considerar como esencial, sin lo cual ninguna
cosa particular puede quedar comprendida en esa especie, ni estar autorizada para recibir ese nombre, Si
pudiéramos encontrar una porción de materia con todas las cualidades que tiene el hierro, a excepción de
la atracción por el imán, de manera que no fuera atraída por él ni recibiera ninguna modificación de su
causa, ¿habría alguien que preguntara si le faltaba algo esencial? Sería absurdo preguntar si una cosa
realmente existente carecía de algo esencial para ella. O preguntarse si esto implicaba una diferencia
especial o específica o no, ya que no tenemos otra medida de lo esencial o específico que no sean
nuestras ideas abstractas. Y hablar de diferencias específicas en la naturaleza, sin referencia a ideas
generales en nombres, es hablar de manera ininteligible. Pues yo preguntaría a cualquiera: ¿qué es
necesario para que se produzca una diferencia esencial en la naturaleza entre dos seres particulares
cualesquiera, sin ninguna referencia a una idea abstracta, que es considerada como la esencia y el
modelo de la especie? Y si se abandonan totalmente todos esos modelos y patrones, se podrá comprobar
que los seres particulares, considerados únicamente en sí mismos, tienen todas las cualidades de una
manera igualmente esencial; y todo será esencial en cada individuo, o, lo que es lo mismo, nada le será
esencial. Pues aunque pueda ser razonable preguntar si la atracción al imán es esencial para el hierro,
creo, sin embargo, que resulta muy impropio y poco significativo preguntar si es esencial a una porción
determinada de materia con la que corto ni¡ pluma, sin considerarla bajo el nombre de hierro, o como
perteneciente a cierta especie. Y si, como se ha dicho, nuestras ideas abstractas, que tienen nombres
anexados a ellas, son los límites de las especies, nada puede ser esencial, excepto lo que esté contenido
en esas ideas.

6. Incluso las esencias reales de las sustancias individuales implican clases potenciales
Es verdad que con frecuencia me he referido a unas esencias reales, distintas en las sustancias de las
ideas abstractas de dichas sustancias, a las que he denominado sus esencias nominales. Por esta esencia
real significo la constitución real de cualquier cosa, la cual es el fundamento de todas aquellas
propiedades que están combinadas, y que se encuentran coexistiendo, de manera constante, con la
esencia nominal; esa constitución particular que cada cosa tiene en sí misma, sin ninguna relación con
nada que esté fuera de ella. Pero la esencia, incluso en este sentido, se refiere a una clase y supone una
especie. Pues siendo ésta una constitución real de donde dependen las propiedades, necesariamente
supone una clase de cosas, ya que las propiedades pertenecen únicamente a las especies y no a los
individuos; suponiendo que la esencia nominal del oro sea un cuerpo de un color y un peso peculiares,
dotado de maleabilidad y fusibilidad, la esencia real es esa constitución de las partes de materia de las
que esas cualidades y su unión dependen; y es también el fundamento de su solubilidad en aqua regia y
de las demás propiedades que están comprendidas en esa idea compleja. He aquí esencias y propiedades,
pero todas basadas en la suposición de una clase o idea abstracta general, que se considera como
inmutable; pues no existe ninguna porción individual de materia a la que ninguna de esas cualidades esté
tan anexada como para ser esencial o inseparable de ella. El que le sea esencial le pertenece como una
condición por la que es de esta clase o de aquélla; pero elimínese la consideración de estar clasificada
bajo el nombre de alguna idea abstracta, y nada habrá entonces necesario para ella, ni inseparable suyo.

Además, en cuanto a las esencias reales de las sustancias, únicamente suponemos su ser, sin saber con
exactitud lo que son. Pero lo que las une a las especies es la esencia nominal, de la que son el
fundamento y la causa supuestos.

7. La esencia nominal nos limita las especies
La próxima cosa que es necesario considerar es por cuál de esas esencias son determinadas las
sustancias en clases o especies, y, evidentemente, es por la esencia nominal. Pues eso sólo, que es la
señal de la clase, es lo que el nombre significa. Por tanto, resulta imposible que las clases de cosas, que
ordenamos bajo nombres generales, puedan ser determinadas por otra cosa distinta a esa idea cuyo
nombre ha sido designado como signo suyo; y esto es, según hemos venido mostrando, lo que nosotros
llamamos esencia nominal. ¿Por qué decimos que esto es un caballo y ésa una mula, que esto es un
animal y eso una hierba? ¿Cómo sucede que una cosa particular llegue a ser de esta clase o aquélla, sino
porque tiene esa esencia nominal, o, lo que es igual, porque se conforma a esa idea abstracta a la que va
anexo el nombre? Me gustaría que cada uno reflexionara sobre sus propios pensamientos cuando
escuche o emplee alguno de esos nombres de sustancias, para saber qué clase de esencias significan.

8. Cómo formamos la naturaleza de las especies
Y que las especies de las cosas no sean para nosotros sino el ordenarlas bajo distintos nombres, según las
ideas complejas existentes en nosotros, y no según las esencias precisas, distintas y reales que hay en las
cosas mismas, se deduce de lo siguiente: que encontramos que muchos de los individuos que han sido
clasificados dentro de una clase, designados por un nombre común, y considerados por eso como de una
especie, tienen, con todo, cualidades que dependen de su constitución real, en las que difieren tanto entre
ellos como con respecto a otros individuos con los que se encuentran diferencias específicas. Esto, que
es fácil de observar para todos los que se relacionan con los cuerpos naturales, y en especial para los
químicos, quienes, con frecuencia, se convencen de ello por sus tristes experiencias, cuando buscan, la
mayor parte de las veces en vano, en un trozo de azufre, antimonio o vitriolo, las mismas cualidades que
habían encontrado en otros fragmentos. Pues, aunque sean cuerpos de la misma especie, teniendo la
misma esencia nominal bajo el mismo nombre, sin embargo, muestran muchas veces, después de
algunos exámenes, cualidades tan diferentes de un tipo u otro, como para frustrar las esperanzas y
trabajos de los químicos más cuidadosos. Pero si las cosas se distinguieran en especies, según sus
esencias reales, resultaría tan imposible encontrar propiedades diferentes en dos sustancias individuales
de la misma especie, como lo es encontrar propiedades diferentes en dos círculos o en dos triángulos
equiláteros. La esencia para nosotros es propiamente esto, lo que determina toda particularidad de esta
clase o aquélla, o, lo que es lo mismo, de éste o aquel nombre general; y ¿qué otra cosa puede ser sino
esa idea abstracta a la que está anexado el nombre; y así, en realidad, no guarda más relación esa esencia
con el ser de las cosas particulares que con sus denominaciones generales?
9. No conocemos la esencia real
Por tanto, nosotros no podemos ordenar y clasificar las cosas y, en consecuencia, darles denominaciones
(que es la finalidad de la clasificación por sus esencias reales desde el momento en que éstas nos son
desconocidas. Nuestras facultades no nos conducen más allá en el conocimiento y distinción de las
sustancias de una colección de aquellas ideas sensibles que podemos observar en ellas; la cual, aunque
se forme con la mayor diligencia y exactitud de la que seamos capaces, está, sin embargo, más lejos de
la verdadera constitución interna de la que fluyen esas cualidades, que, como ya dije, lo está la idea de
un campesino del mecanismo interno de aquel famoso reloj de Estrasburgo, del que tan sólo ve su forma
externa y sus movimientos. No hay planta o animal tan insignificantes que no siembren la confusión en
los más preclaros entendimientos; pues aunque el uso familiar de las cosas con las que pisamos, o el
hierro que manejamos todos los días, en seguida encontramos que su hechura nos es desconocida, y que
no podemos dar razón de las diferentes cualidades que encontramos en ellos: resulta evidente que su
constitución interna, de la que dependen sus propiedades, nos es desconocida. Pues para quedarnos tan
sólo en las cosas más groseras y obvias que podamos imaginar, ¿cuál es la textura de las partes, esa
esencia real que hace fusibles al plomo y al antimonio, y no a la madera o a las piedras? Y ¿qué es lo
que hace maleables al plomo y al hierro, sin que lo sean el antimonio y las piedras? Y, sin embargo,
cuán infinitamente cortos resultan estos ejemplos respecto a los finísimos mecanismos e inconcebibles
esencias reales de las plantas y animales, es algo que todo el mundo sabe. Los recursos empleados por el
sapientísimo y todopoderoso Dios en la grandiosa fabricación del universo y en cada una de sus partes,
exceden más la capacidad y comprensión del hombre más inquisitivo e inteligente, que el mejor artificio
del hombre más ingenioso supera las concepciones de la más ignorante de las criaturas racionales. En
vano, pues, pretendemos ordenar las cosas en clases y disponerlas en determinadas especies bajo
nombres, por sus esencias reales, que tan lejos están de ser descubiertas o comprendidas. Un ciego que
intentara clasificar las cosas por sus colores o el que, habiendo perdido el olfato, quisiera distinguir una
lila de una rosa por su aroma, actuarían de la misma manera que el que quisiera clasificar las cosas por
una constitución interna que él desconoce. El que piense que puede distinguir una oveja de una cabra por
sus esencias reales que le son desconocidas, deberá probar sus habilidades en esas especies llamadas
casuario y querenquinquio, y determinar, por sus esencias reales internas, los límites de esas especies,
sin conocer las ideas complejas de cualidades sensibles que significan cada uno de esos nombres en los
países en que se encuentran dichos animales.

10. Ni las formas sustanciales que aún conocemos menos
Por tanto, aquellos a los que se ha enseñado que las diversas especies de sustancias tienen sus distintas
formas sustanciales internas, y que eran esas formas las que producían la distinción de las sustancias
dentro de sus verdaderos aspectos y géneros, están aún más apartados del camino ya que ocupan sus
mentes en fútiles investigaciones en pos de las formas sustanciales, totalmente ininteligibles y de las que
apenas alcanzamos una oscura o confusa concepción general.

11. Que la esencia nominal es aquello por lo que distinguimos las especies de las sustancias resulta
aún más evidente a partir de nuestras ideas de los espíritus finitos y de Dios
Que nuestro clasificar y distinguir las sustancias naturales en especies consista en las esencias nominales
que fabrica la mente, y no en las esencias reales que se han de encontrar en las cosas mismas, es aún más
evidente a partir de nuestras ideas sobre los espíritus. Pues al adquirir la mente solamente por medio de
la reflexión sobre sus propias operaciones esas ideas simples que atribuye a los espíritus, ni tiene ni
puede tener ninguna otra noción sobre el espíritu si no es atribuyendo todas esas operaciones que
encuentra en sí misma a una clase de seres, sin ninguna consideración de la materia. E incluso la más
perfecta noción que tenemos acerca de Dios no es sino la atribución de las mismas ideas simples que
hemos obtenido por reflexión sobre lo que encontramos en nosotros mismos, y que concebimos con más
perfección que la que tendríamos si estuvieran ausentes, atribuyendo, según decía, esas ideas simples a
Dios en un grado ¡limitado. Habiendo obtenido de esta manera por la reflexión sobre nosotros mismos
las ideas de existencia, de conocimiento, de poder y de placer, cada una de las cuales encontramos que
es mejor tener que desear, y que es mejor que tengamos lo más posible de cada una, reuniéndolas todas y
llevando una de ellas al infinito, es como tenemos la idea compleja de un Ser eterno, omnisciente,
omnipotente, infinitamente sabio y feliz. Y aunque se nos dice que existen diferentes especies de
ángeles, sin embargo, no sabemos cómo forjar ideas específicas distintas acerca de ellos; y no porque no
podamos imaginar la existencia de más especies de una de espíritus, sino porque no teniendo más ideas
simples (ni siendo capaces de forjar más) aplicables a esos seres, con excepción de esas pocas que
tomamos de nosotros mismos, y de las acciones de nuestra propia mente al pensar, y al sentirse dichosa,
y al mover diversas partes de nuestro cuerpo, no podemos distinguir de ninguna otra manera en nuestras
concepciones las distintas especies de espíritus, las unas de las otras, si no es atribuyéndoles esas
operaciones y poderes que encontramos en nosotros mismos en un grado más bajo o más alto; y así no
tenemos ideas específicas muy distintas de los espíritus, excepto únicamente de Dios, a quien atribuimos
tanto la duración como todas esas otras ideas en grado infinito, en tanto que a los otros espíritus lo
hacemos de un modo limitado. Y me parece que hasta donde mi modestia alcanza a imaginar, no
hacemos ninguna diferencia en nuestras ideas entre Dios y aquellos, por el número de ideas simples que
tuviéramos del uno y no de los otros, sino tan sólo por la infinitud. Todas las ideas particulares de la
existencia, del conocimiento de la voluntad, de la potencia, del movimiento, etcétera, siendo ideas
derivadas de las operaciones de nuestra mente, se las atribuimos a toda clase de espíritus, con la única
diferencia de grados; y hasta el máximo que podamos imaginar, incluso hasta el infinito, cuando
deseamos forjarnos lo mejor que podamos una idea del Ser Primero, quien, sin embargo, en verdad está
infinitamente más remoto por la esencia real de su naturaleza del ser creado más elevado y perfecto, que
lo pueda estar el hombre más excelso, el más puro serafín, de la parte más despreciable de materia y, en
consecuencia, tiene que exceder infinitamente lo que nuestro pobre entendimiento puede concebir acerca
de El.

12. Probablemente hay innumerables especies de espíritus finitos
No resulta imposible concebir, ni repugna a la razón, que pueda haber muchas especies de espíritus, tan
separadas y diversificadas unas de las otras por distintas propiedades de las que no tenemos ninguna
idea, como las especies de las cosas sensibles se distinguen las unas de las otras por cualidades que
conocemos y observamos en ellas. Que pueda existir un número mayor de especies de criaturas
inteligibles sobre nosotros, que las que hay, sensibles y materiales, debajo de nosotros, es algo que me
parece probable por lo siguiente: que en todo el mundo visible corpóreo no vemos abismos o lagunas.

Todo el descenso, desde nosotros hacia abajo, es por pasos graduales, y por una serie continua de cosas
que difieren muy poco, en cada grado, las unas de las otras. Existen peces alados que no extrañan las
regiones aéreas; aves que habitan en el agua, cuya sangre es £ría como la de los peces y cuya carne es de
un sabor tan parecido, que hasta los más escrupulosos se permiten comerla en los días de vigilia. Hay
animales tan cercanos a la estirpe de las aves y de las bestias que están a medio camino entre ambos: los
anfibios, que aúnan las propiedades de los terrestres y los acuáticos. Las focas habitan en la tierra y el
mar, y los puercos marinos tienen la sangre caliente y las entrañas de un cerdo, sin hacer mención de lo
que se dice sobre la existencia de sirenas y tritones. Existen algunos brutos que parecen tener tanto
conocimiento y razón como algunos de los que se denominan hombres; y los reinos animal y vegetal
están tan estrechamente entrelazados, que si tomamos el más bajo del primero y el más elevado del
segundo, apenas se observa una pequeña diferencia entre ambos. Y así, hasta llegar hasta las partes más
baja e inorgánicas de la materia, podemos encontrar por cualquier parte que las diversas especies están
unidas, y que tan sólo difieren en grados irrelevantes. Y cuando consideramos la infinita sabiduría y
poder del Hacedor, tenemos motivo para pensar que está en consonancia con la magnífica armonía del
universo, así como con el grandioso designio e infinita bondad del Arquitecto, el que las especies de
criaturas también pueden, gradualmente, ascender desde nosotros hacia su infinita perfección, del mismo
modo en que observamos cómo descienden desde nosotros hacia abajo también de manera gradual. Por
todo lo cual, si es probable, tenemos buena razón para persuadirnos de que existen más especies de
criaturas por encima de nosotros que por abajo, pues estamos, en grado de perfección, mucho más
alejado del ser infinito de Dios que del estado más ínfimo del ser y que se acerque a la nada. Y, sin
embargo, no poseemos ninguna idea clara y distinta, por las razones antes expuestas, de todas esas
especies distintas.

13. Con los ejemplos del agua y del hielo, se prueba que la esencia nominal es la de las especies,
según habíamos afirmado
Pero para volver a las especies de las sustancias corporales, si le preguntas a cualquiera si el hielo y el
agua son dos especies distintas de cosas, no dudo que respondería en un sentido afirmativo, y no se
puede negar que el que dijera que son dos especies distintas estaría en lo cierto. Pero si un inglés criado
en Jamaica, que quizá nunca hubiese visto ni oído hablar del hielo, al llegar a Inglaterra en invierno
encontrara que el agua que había puesto durante la noche en una vasija estaba helada por la mañana, y
no conociendo ningún nombre peculiar que aplicar a este fenómeno, la llamara agua endurecida,
pregunto: ¿sería para él una nueva especie, diferente del agua? Pienso que, en este caso, se me
respondería que no era una nueva especie para él, como tampoco lo es la gelatina congelada, cuando está
fría, de la misma gelatina fluida y caliente; ni el oro líquido en el horno es una especie distinta del oro
duro en manos del artífice. Y si esto es así, es evidente que nuestras especies distintas no son sino
distintas ideas complejas, con nombres distintos anexados a ellas. Verdad es que toda sustancia existente
tiene su constitución peculiar de donde dependen esas cualidades sensibles y potencias que observamos
en ella; pero el ordenar las cosas en especies (lo que no supone sino el clasificarlas bajo diversos títulos)
lo hacemos nosotros de acuerdo con las ideas que tenemos sobre ellas; lo cual, aunque basta para
distinguirlas por medio de nombres, de manera que podamos hablar de ellas cuando no las tenemos
presentes, sin embargo, si suponemos que se hace de acuerdo con sus constituciones reales internas y
que las cosas existentes se distinguen por la naturaleza en especies por sus esencias reales, según como
las distinguimos en especies por nombres, quedaremos ex- puestos a cometer grandes errores.

14. Dificultades que entraña la suposición de cierto número de esencias reales
Una cruda suposición. Para distinguir los seres sustanciales en especies, de acuerdo con la suposición
habitual de que existen ciertas esencias precisas o formas de las cosas, por las que todos los individuos
existentes se distinguen por naturaleza en especies, son necesarias las condiciones siguientes:
15. Primero
Sería necesario estar seguros de que la naturaleza, en la producción de las cosas, siempre se propone que
participen de ciertas esencias ordenadas y establecidas, que tendrían que ser los modelos de todas las
cosas que han de ser producidas. Esto, en el sentido crudo en que habitualmente se propone, necesitaría
de una explicación más convincente antes de poder consentir en ello totalmente.

16. Segundo nacimientos monstruosos
Sería necesario saber si la naturaleza logra siempre esas esencias que se propone en la producción de las
cosas. Los nacimientos anormales y monstruosos, que se han podido observar en las diversas clases de
animales, nos darán siempre una razón para dudar de una o de ambas condiciones.

17. Tercero, ¿son los monstruos en realidad una especie distinta?
Se debería determinar si eso que llamamos monstruos son realmente una especie distinta, de acuerdo con
la noci6n escolástica de la palabra especie, ya que es seguro que todo lo existente tiene su constitución
particular. Y, sin embargo, encontramos que algunas de esas producciones monstruosas no tienen sino
pocas o ninguna de esas cualidades que se suponen resultan, y acompañan, de la esencia de esa especie
de la que originariamente se derivan y a la cual parecen pertenecer.

18. Cuarto, los hombres pueden carecer de ideas di las esencias reales
Las esencias reales de esas cosas que distinguimos en especies, y a las que damos nombres una vez que
han sido distinguidas de esta manera, debieran ser conocidas; ergo, deberíamos tener ideas acerca de
ellas. Pero desde el momento en que somos ignorantes con respecto a esos cuatro puntos, las supuestas
esencias reales de las cosas no nos sirven de ayuda para distinguir las sustancias en especies.

19. Quinto, nuestras esencias nominales de las sustancias no son colecciones perfectas de las
propiedades que fluyen de sus esencias reales
La única ayuda imaginable en este caso sería que, una vez que se habían formado ideas complejas
perfectas de las propiedades de las cosas que fluyen de sus diferentes esencias reales, pudiéramos
distinguirlas en especies. Pero esto no puede hacerse, pues, como ignoramos la esencia real misma,
resulta imposible conocer todas esas propiedades que fluyen de ella, y que tan unidas están a ella, de
manera que, faltando cualquiera de ellas, podamos concluir con certeza que esa esencia no está allí y
que, por tanto, la cosa no es de esa especie. Nunca podremos saber cuál es el número preciso de
propiedades que dependen de la esencia real del oro, faltando una de las cuales, la esencia real del oro, y,
en consecuencia, el oro no estaría allí a no ser que conociéramos la esencia real misma del oro, y por ella
determináramos su especie. Deseo que se entienda que uso la palabra oro para designar un fragmento
particular de materia; la última guinea que ha sido acuñada. Pues si se tomara aquí en su significado
ordinario, por esa idea compleja que yo o cualquier otro llamamos oro, es decir, por la esencia nominal
del oro, sería una jerigonza; tan difícil resulta mostrar los distintos significados e imperfecciones de las
palabras, cuando no tenemos otra cosa que palabras para hacerlo.

20. Los nombres no dependen de las esencias reales
Por todo lo cual resulta evidente que nuestro distinguir las sustancias en especies por medio de nombres
no se funda en sus esencias reales, y que no podemos pretender ordenarlas y reducirlas exactamente a
especies, de acuerdo con diferencias esenciales internas.

21. Pero contienen una colección tal de ideas simples como la que nosotros hemos hecho que
signifiquen los nombres
Pero como, según se ha señalado repetidamente, tenemos necesidad de palabras generales, aunque no
conozcamos las esencias reales de las cosas, todo cuanto podemos hacer es reunir aquel número de ideas
simples cuando, mediante un examen, las encontramos unidas a las cosas existentes, y formar de este
modo una sola idea compleja. La cual, aunque no sea la esencia real de ninguna sustancia existente, es,
sin embargo, la esencia específica a la que pertenece nuestro nombre, y se puede intercambiar con él;
por lo que podemos al menos probar la verdad de esas esencias nominales. Por ejemplo, hay quien
afirma que la esencia del cuerpo es la extensión. Si es así, nunca podríamos equivocarnos al poner la
esencia de la cosa en lugar de la cosa misma. Cambiemos, pues, extensión por cuerpo, y cuando
queramos afirmar que los cuerpos se mueven, digamos que se mueve la extensión: he aquí lo que resulta.

El que dijere que una extensión mueve por impulso a otra extensión, mostraría suficientemente, en razón
de su misma expresión, lo absurdo de una noción semejante. La esencia de cualquier cosa en relación
con nosotros es la totalidad de la idea compleja comprendida y marcada por ese nombre; y en las
sustancias, además de las distintas ideas simples que las forma, la confusa idea de sustancia es siempre
una parte, o de un soporte desconocido o de su vinculación; por tanto, la esencia de cuerpo no es la mera
extensión, sino una extensa cosa sólida; y decir que una cosa sólida extensa se mueve, o impele a otra, es
todo lo mismo y tan inteligible corno decir que un cuerpo se mueve o impele a otro. De la misma
manera, afirmar que un animal racional es capaz de conversación, es igual que si dijéramos que lo es un
hombre; pero nadie podrá decir que la racionalidad es capaz de conversación, porque no forma la
totalidad de la esencia a la que damos el nombre de hombre.

22. Nuestras ideas abstractas son para nosotros la medida de las especies, lo que se explica con la
idea de hombre
Existen criaturas en el mundo que tienen una forma similar a la nuestra, pero están cubiertas de pelo y
carecen de lenguaje y razón. Hay criaturas, como se ha dicho (sit fides penes authorem, pero no parece
haber contradicción para que existan tales) que, teniendo lenguaje, razón y una forma en todo similar a
la nuestra, poseen colas cubiertas de pelo; otras hay en que los varones no tienen barba, y otras en que
las hembras la tienen. Si se preguntara si todos ellos son hombres o no, si son todos de la especie
humana, sería evidente que la pregunta se refería sólo a la esencia nominal; pues aquellas a las que
conviene la definición de la palabra hombre, o la idea compleja que esa palabra significa, son hombres,
mientras que las otras no. Pero si lo que se inquiere es la supuesta esencia real, y si la constitución
interna y estructura de esas diversas criaturas es específicamente diferente, nos es absolutamente
imposible responder, ya que ninguna parte de aquélla entra en nuestra idea específica; solamente que
tenemos motivo para pensar que donde las facultades o la estructura externa sean tan diferentes, la
constitución interna no es exactamente la misma. Pero en vano nos preguntaremos cuál es la diferencia
en la constitución real interna que conlleva una diferencia específica, mientras que nuestras medidas de
las especies sean, como lo son, solamente nuestras ideas abstractas que conocemos, y no es esa
constitución interna que no forma parte de ellas. ¿Acaso la sola diferencia del pelo sobre la piel puede
ser una señal de constitución específica interna diferente entre un idiota y un simio, cuando ellos
coinciden en forma, en la ausencia de razón y habla? ¿No será la ausencia de razón y de habla una señal
para nosotros de una constitución real diferente y de especie, entre un idiota y un hombre razonable? Y
así ocurre respecto a lo demás, si nosotros pretendemos que la distinción de las especies o clases está
firmemente establecida por la estructura real y por la secreta constitución de las cosas.

23. No se distingue los animales
Que nadie diga que la potencia de propagación en los animales por el ayuntamiento del macho y la
hembra, y en las plantas por las semillas, mantiene las supuestas especies reales distintas y enteras. Pues
si esto fuera cierto, no nos ayudaría más en la distinción de las especies de las cosas que en lo que se
refiere a las familias de animales y vegetales, y ¿qué deberíamos hacer con respecto al resto? Pero
tampoco es suficiente para aquellos casos, pues, si la historia no miente, han existido mujeres que han
concebido de simios, y por esa medida se nos plantea una nueva cuestión, la de qué especie real será en
la naturaleza el producto de dicha unión; y tenemos algunas razones para pensar que ello no es
imposible, puesto que las mulas y onotauros, productos de la unión de un asno y una yegua y de un toro
y una yegua son tan frecuentes en el mundo. Y una vez tuve ocasión de ver una criatura que era el
producto de un gato y una rata y que tenía características de ambos, por lo que la naturaleza no parecía
haberse ceñido al modelo de ninguno de los dos, sino que mezcló confusamente a ambos. A todo lo cual,
el que añada las monstruosas producciones que se encuentran de manera tan frecuente en la naturaleza,
encontrará dificultades, incluso en las razas de animales, para determinar, por medio de la estirpe, de qué
especie proviene cada nacimiento de animal; y se encontrará totalmente perdido acerca de la esencia real
que él piensa se transmite con toda seguridad por generación y que sólo tiene derecho al nombre
específico. Pero es más, si las especies de animales y plantas se distinguieran solamente por la
propagación, ¿tendría que ir a las Indias para ver a los progenitores del uno, y a la planta de la que fue
cosechada la semilla que produjo al otro, para saber si esto es un tigre y aquello té?
24. Ni por formas sustanciales
Desde este punto de vista, resulta evidente que las mismas colecciones que los hombres han hecho de las
cualidades sensibles constituyen las esencias de las distintas clases de sustancias, y que sus estructuras
reales internas no son consideradas por la mayor parte de los hombres al clasificarlas. Y mucho menos
aún pensaron en ciertas formas sustanciales a no ser aquello que en esta parte del mundo han aprendido
el lenguaje de las escuelas; y, sin embargo, esos hombres ignorantes, que no intentan penetrar en las
esencias reales, y que no se preocupan acerca de las formas sustanciales, sino que se conforman con
conocer unas cosas por otras por medio de sus cualidades sensibles, a menudo conocen mejor sus
diferencias, pueden distinguirlas más claramente por sus usos, y saben mejor lo que pueden esperar de
cada una, que esos hombres cultivados y sutiles que penetran en las entrarías de las cosas y tan
confidencialmente nos hablan de algo más oculto y esencial.

25. Las esencias específicas que comúnmente son forjadas por los hombres
Pero suponiendo que las esencias reales de las sustancias fueran descubribles por aquellos que se
aplicaran seriamente a esa investigación, no podríamos pensar, sin embargo, de manera razonable que la
clasificación de las cosas por nombres generales estuviera regulada por esas constituciones reales
internas, ni por nada que no sean sus apariencias obvias, pues los lenguajes, en todos los países, se
establecieron mucho antes que las ciencias. Por esto es por lo que no han sido los filósofos, ni los
lógicos u otros que se hayan ocupado acerca de las formas y las esencias, los que establecieron los
nombres generales que están en uso entre las diversas naciones de los hombres, sino que esos términos
más o menos comprensivos han recibido, en su mayor parte y en todos los idiomas, su origen y
significado de gente ignorante e inculta que clasificaron y denominaron las cosas por las cualidades
sensibles que encontraron en ellas, para de esta manera significarías a los otros cuando estuvieran
ausentes, y siempre que tenían la ocasión de mencionar una clase o cosa particular.

26. Por eso son muy diversas e inciertas en las ideas de diferentes hombres
Puesto que es evidente que nosotros clasificamos y nombramos las sustancias por sus esencias
nominales y no por sus esencias reales, lo siguiente que debemos considerar es cómo y por quién se
hacen esas esencias. En cuanto a lo último, resulta evidente que las hace la mente y no la naturaleza,
pues si fueran obra de la naturaleza no podrían ser tan varias y diferentes en los distintos hombres como
la experiencia nos dice que lo son. Pues si examinamos esto, encontraremos que la esencia nominal de
cualquier especie de sustancia no es la misma en todos los hombres, ni siquiera aquella que nos es más
íntimamente familiar entre todas. No sería posible que la idea abstracta a la que se da el nombre de
hombre fuera diferente en los distintos hombres si fuera una obra de la naturaleza; y que para uno fuera
un «animal rationale», y para otro, «animal implume bipes latis unguibus». Aquel que una el nombre
de hombre a una idea compleja, formada de movimiento espontáneo y sensación, unidos a un cuerpo de
una forma determinada, tiene de esa manera una cierta esencia de la especie hombre; y aquel que,
después de un examen más minucioso, añada la racionalidad, tendrá otra esencia de la especie que él
llama hombre; por lo que para uno será verdadero hombre, en tanto que para otro, el mismo individuo,
no lo será. Pienso que no puede haber nadie que admita que esta figura erguida, tan bien conocida,
constituya la diferencia esencial de la especie hombre; y, sin embargo, con cuánta frecuencia los
hombres determinan las clases de animales por su aspecto exterior más bien que por su descendencia, es
algo bastante evidente, puesto que más de una vez se ha discutido el que ciertos fetos humanos deberían
o no recibir el bautismo, tan sólo por la diferencia de su configuración externa con respecto a la que
comúnmente ofrecen los recién nacidos, sin saber si no eran tan capaces de razón como los niños
vaciados en otro molde, alguno de los cuales, aunque tuvieran apropiada, en toda sus vidas son capaces
de dar más muestras de razón que las que ofrecen un simio o un elefante, y nunca muestran ningún signo
de estar movidos por un alma racional. Por lo que resulta evidente que la forma exterior, que era lo que
faltaba, y no la facultad de razonar, que nadie podría saber si faltaría a su debida sazón, fue lo que se
tomó como esencial de la especie humana. El docto teólogo y el jurista deberán, en tales casos, renunciar
a su sagrada definición de «animal rationale», y sustituirla por alguna otra esencia de la especie
humana. Monsieur Menage nos lo ilustra con un ejemplo que nos parece apropiado para esta ocasión:
«Cuando nació el abate de Saint Martin - dice - poseía en tan escasa medida la forma de un hombre que
más bien parecía un monstruo. Durante algún tiempo se anduvo deliberando sobre si le debería bautizar
o no. Sin embargo, fue bautizado y provisionalmente se le declaró hombre (hasta que el tiempo mostrase
lo que debía mostrar). Tan extrañamente había sido formado por la naturaleza, que durante toda su vida
fue llamado el abate Malotru; es decir, mal-hecho. Era natural de Caen» (Menagiana, 278, 430).

Podemos ver cómo este niño estuvo muy cerca de ser excluido de la especie hombre simplemente por su
aspecto. Tal como era casi no se escapa, y es seguro que de ser su forma exterior un poco más extraña,
habría sido expulsado y se le habría ejecutado como algo que no era digno de pasar por un hombre. Y,
sin embargo, no se puede dar ninguna razón para que, porque las facciones de su rostro estuvieran un
tanto alteradas, porque su cara fuera un poco alargada, su nariz chata, o su boca muy grande, no se
alojara en él un alma racional, ni para que esas facciones no hubieran podido compadecerse, así como el
resto de su mala figura, con esa alma y esas cualidades que lo hicieron, desfigurado y todo, capaz de
llegar a ser un dignatario dentro de la Iglesia.

27. Las esencias nominales de las sustancias particulares son indeterminadas por naturaleza
Me gustaría saber, entonces, en qué consisten los precisos e inamovibles límites de esa especie. Resulta
evidente, si examinamos el asunto, que la naturaleza no ha hecho, ni establecido, ninguna cosa
semejante entre los hombres. Es claro que no conocemos la esencia real de esa sustancia ni de ninguna
otra, y, por tanto, tan indeterminadas son nuestras esencias nominales, que nosotros hemos fabricado,
que si se preguntara a algunos hombres sobre algún feto de forma extraña que acabara de nacer, si era o
no un hombre, no me cabe duda de que nos encontraríamos con respuestas diferentes. Esto no podría
suceder si las esencias nominales, por las que limitamos y distinguimos las especies de las sustancias, no
estuvieran hechas por los hombres con cierta libertad, sino que hubieran sido exactamente copiadas de
los límites precisos establecidos por la naturaleza, por medio de los cuales habría distinguido todas las
sustancias en especies de- terminadas. ¿Quién podría afirmar a qué especie pertenecía ese monstruo del
que hace mención Liceto (Lib1, cap. 3), que tenía la cabeza de hombre y el cuerpo de cerdo? ¿O
aquellos otros que con cuerpos de hombre tenían cabezas de bestias como perros, caballos, etc.? Si
alguna de esas criaturas hubiera vivido y hubiese podido hablar, la dificultad habría aumentado aún más.

Si la parte superior hasta la cintura hubiera sido de forma humana, y la de abajo de cerdo, ¿supondría un
asesinato su destrucción? ¿O se debería consultar al obispo para saber si tenía lo suficiente de humano
como para ser llevado a la pila bautismal? Según me han dicho, un caso semejante sucedió en Francia
hace algunos años. Así de inciertos son los límites de las especies animales para nosotros, que no
tenemos otras medidas que las ideas complejas de nuestra propia cosecha; y así de alejados nos
encontramos de un conocimiento exacto de lo que sea el hombre, aunque quizá se tenga como signo de
gran ignorancia el dudar sobre ello. Y, sin embargo, me parece, y puedo afirmar, que los límites ciertos
de esa especie están tan lejos de ser determinados, y el número preciso de ideas simples que forman su
esencia nominal tan lejos de ser establecido y conocido, que todavía pueden originarse dudas muy
graves acerca de ello. Y me imagino que ninguna de las definiciones de la palabra hombre que hasta el
momento tenemos, ni ninguna de las descripciones de esa clase de animal, son tan perfectas y exactas
como para que dejen satisfecha a una persona inquisitivo; ni mucho menos para obtener un consenso
general, y ser aquello que los hombres aceptarían en todas partes como base de las decisiones en las
casos y en las determinaciones de vida o muerte, de bautismo o no bautismo, en las distintas
circunstancias que puede acontecer.

28. Pero no son tan arbitrarias como los modos mixtos
Pero aunque esas esencias nominales de las sustancias son elaboradas por la mente, no se hacen, sin
embargo, de una manera tan arbitraria como las de los modos mixtos. Para la elaboración de cualquier
esencia nominal es necesario, en primer lugar, que las ideas en que consisten tengan una unión como
para hacer una sola idea, por muy compuesta que sea. En segundo lugar, que las ideas particulares
unidas de esta manera sean exactamente las mismas, ni más ni menos. Pues si dos ideas complejas
abstractas difieren en el número o en la clase de sus partes componentes, constituyen dos esencias
diferentes, y no una y la misma esencia. En el primero de estos casos, la mente, al formar sus ideas
complejas de las sustancias, tan sólo sigue a la naturaleza, y no junta ninguna de ellas que no tengan una
unión en la naturaleza. Nadie une el balido de una oveja con la forma de un caballo, ni el color del
plomo con el peso y la fijeza del oro, para formar de esta manera las ideas complejas de unas sustancias
reales cualesquiera, a no ser que desee llenar su mente con quimeras y sus discursos con palabras
ininteligibles. Los hombres, observando ciertas cualidades que siempre se dan unidas y conjuntamente,
han copiado la naturaleza de manera que de unas ideas así reunidas han formado sus ideas complejas de
sustancias. Porque aunque los hombres pueden forjar las ideas complejas que deseen, y darles los
nombres que les plazcan, sin embargo, si quieren que se les entienda cuando hablan de cosas realmente
existentes, tienen, en algún grado, que conformar sus ideas a las cosas de las que quieren hablar, pues si
no el lenguaje dé los hombres sería como el de Babel; y siendo cada' palabra solamente inteligible para
el hombre que la emplea, ya no serviría para la conversación ni para los asuntos ordinarios de la vida, si
las ideas por ellas significadas no respondieran de alguna manera a las apariencias comunes y estuvieran
conformes a las sustancias, según realmente existen.

29. Nuestras esencias nominales de sustancias generalmente constan de unas cuantas cualidades
obvias observadas en las cosas
En segundo lugar, aunque la mente humana, al forjar sus ideas complejas a partir de las sustancias,
nunca reúne ningunas que no existan realmente o que no se suponga que coexisten, y de esta manera, en
verdad, reclama a la naturaleza esa unión como de prestado, sin embargo, el número que combina
depende de la diferencia en esmero, industria o imaginación de quien los combina. Los hombres, por
regla general, se contentan con unas cuantas cualidades sensibles obvias, y a menudo, si no siempre,
desechan otras tan palpables y firmemente unidas como aquellas que toman. Existen dos clases de
sustancias sensibles: una de los cuerpos organizados que se propagan por simiente, y respecto a éstos la
forma exterior constituye la cualidad principal para nosotros, y la parte más característica que determina
la especie. Por ello, en los vegetales y animales, una sustancia extensa y sólida> de esta u otra forma
externa, sirve generalmente para el caso. Pues aunque algunos hombres hagan hincapié en su definición
de «animal rationale», sin embargo, si apareciera una criatura dotada de lenguaje y de razón, pero que no
participara de la forma externa usual del hombre, creo que a duras penas pasaría por ser un hombre, por
mucho que fuera un «animal rationale» Y si la burra de Balaam hubiera conversado tan racionalmente
con su amo como lo hizo en una ocasión, dudo que existiera alguien que lo creyera merecedor del
nombre de hombre, o que afirmara que era de su misma especie. Y lo mismo que respecto a los
vegetales y a los animales es la forma exterior, así en la mayor parte de los otros cuerpos, no propagados
por simiente, es el color en lo que más nos fijamos y lo que más nos guía. Así, donde encontramos el
color del pro nos inclinamos a imaginar que se encuentran allí todas las demás cualidades comprendidas
en esa idea compleja; y comúnmente tomamos esas dos cualidades obvias, la forma y el color, como
unas ideas tan inherentes, que al ver un buen cuadro afirmamos en seguida: esto es un león, ésa es una
rosa; esto es una copa de oro, ésta de plata, tan sólo por las diferentes figuras y colores que el pincel
presenta al ojo humano.

30. Por muy imperfectas que sean, sirven para la conservación
Pero aunque esto sea suficiente para concepciones groseras y confusas, y para formas inadecuadas de
hablar y de pensar, sin embargo, los hombres se hallan muy lejos de ponerse de acuerdo sobre el número
preciso de las ideas simples o cualidades, pertenecientes a cualquier clase de cosas, significadas por el
nombre. Y no es de extrañar desde el momento en que se requieren mucho tiempo, esfuerzo, habilidad,
inquisición esmerada y un largo examen para descubrir cuáles y cuántas de esas ideas simples son las
que se hallan unidas de manera constante e inseparable en la naturaleza, y que siempre se encuentran
fundidas en un mismo sujeto. La mayor parte de los hombres, por andar faltos de tiempo, inclinación o
arte para estos asuntos, incluso en un grado tolerable, se contentan con algunas cuantas obvias y externas
apariencias de las cosas, clasificándolas y distinguiéndolas de esta manera para los asuntos comunes de
la vida, y así, sin un examen más detallado, les dan nombres, o toman los que ya están en uso. Los
cuales, aunque en la conversación común pasan perfectamente por signos de unas cuantas cualidades
obvias coexistentes, están, sin embargo, muy lejos de comprender en su sentido establecido un número
preciso de ideas simples, y mucho menos todas aquellas que han sido reunidas por la naturaleza. El que
quiera considerar, a pesar de tanto ruido sobre los géneros y las especies, y de tanta charla inútil sobre
las diferencias específicas, de qué pocas palabras tenemos definiciones establecidas podrá pensar con
razón que esas formas que han provocado tanto revuelo no son sino quimeras que no nos aportan
ninguna luz sobre la naturaleza específica de las cosas. Y el que desee considerar cuán lejos están los
nombres de las sustancias de tener una significación en la que coincidan todos los que emplean esos
nombres, tendrá motivos para concluir que, aunque la esencia nominal de las sustancias se supone que
están copia- das de la naturaleza, sin embargo, todas, o casi todas, son imperfectas. Pues la composición
de esas ideas complejas es muy diferente en distintos hombres y, por ello, los límites de las especies no
son los que establece la naturaleza, sino el hombre, y eso suponiendo que en la naturaleza existan tales
límites predeterminados. Es verdad que existen muchas sustancias particulares que han sido hechas por
la naturaleza de tal manera que guardan entre sí cierta conformidad y parecido, de tal manera que hay un
fundamento para clasificarlas en clases. Pero como la clasificación que nosotros hacemos de las cosas, o
la determinación de las especies, está destinada a darles un nombre y a comprenderlas bajo términos
generales, no alcanzo a comprender cómo puede afirmarse con propiedad que la naturaleza establece los
límites de las especies de las cosas; 0, si ello fuera así, nuestros límites de las especies no se conforman
exactamente a los de la naturaleza, pues al tener nosotros una necesidad inmediata de los nombres
generales para el uso presente, no aguardamos a un descubrimiento completo de todas esas cualidades
que nos mostrarían mejor sus diferencias y similitudes más sobresalientes, sino que nos- otros mismos
dividimos, en razón de ciertas apariencias obvias, las cosas en especies, a fin de poder comunicar
nuestros pensamientos sobre ellas más fácilmente mediante nombres generales. Porque como no
tenemos conocimiento de ninguna otra sustancia, sino de las ideas simples que están unidas a ella, y
como observamos que diversas cosas particulares coinciden entre sí en algunas de esas ideas simples,
convertimos en nuestra idea específica ese conjunto y le damos un nombre general, para que al registrar
nuestros pensamientos y en nuestras conversaciones con los demás podamos designar con una sola
palabra todos los individuos que se ajustan a esa idea compleja, sin tener que enumerar todas las ideas
simples que la componen, y de esa manera no malgastar nuestro tiempo y esfuerzos en descripciones
tediosas, que es lo que vernos necesitan los que pretenden hablar de cualquier clase nueva de cosas para
la que aún no tienen un nombre.

31. Las esencias de las especies bajo un mismo nombre son muy diferentes en las distintas mentes de
los hombres
Pero aun cuando esas especies de sustancias son suficientes para la conversación común, es evidente que
la idea compleja, a la que se advierte que se ajustan diversos individuos, está formada muy
diferentemente por los distintos nombres: por algunos con mayor exactitud, por otros con menos. Para
algunos esa idea compleja contiene un mayor número de cualidades que para otros, así que resulta claro
que es según la forme la mente. El amarillo luminoso significa el oro para los niños; otros añadirá el
peso, la maleabilidad, la fusibilidad; y otros unas cualidades distintas que encuentran unidas a ese color
amarillo de manera tan constante como el peso y la fusibilidad. Porque en todas esas cualidades y en
otras similares, cada una tiene tan legítimo derecho de ser incluida en la idea compleja de esa sustancia,
en la que todas están unidas, como cualquier otra. Y por eso hombres diferentes, omitiendo o incluyendo
diversas ideas simples que los demás no hacen, según el diverso examen, habilidad u observación sobre
el asunto, tienen diferentes esencias del oro, que deben ser, por eso, obra de ellos mismos y no de la
naturaleza.

32. Mientras más generales sean nuestras ideas de las sustancias, serán más incompletas y parciales
Si el número de las ideas simples que forman la esencia nominal de la especie más baja, o la primera
clasificación de los individuos, depende de la mente del hombre que las reúne de maneras diversas, es
mucho más evidente que ellos hacen lo mismo en las clases más comprensivas, que son denominadas
géneros por los maestros de la lógica. Estas son ideas complejas imperfectas a voluntad, y a simple vista
se advierte que varias de esas cualidades que se encuentran en las cosas mismas han sido omitidas de las
ideas genéricas. Porque como la mente omite, para formar ideas generales que comprendan diversas
particulares, las de tiempo y lugar, y otras semejantes, que no pueden ser comunicables a más de un
individuo, así para formar otras ideas aún más generales que puedan comprender diferentes clases, omite
esas cualidades que las distinguen, y solamente incluye en su nueva colección aquellas ideas que sean
comunes a diversas clases. La misma conveniencia que llevó a los hombres a expresar bajo un mismo
nombre porciones diversas de material amarillo procedente de Guinea y Perú, los induce también a
forjar un nombre que pueda comprender a la vez el oro, la plata y otros cuerpos de clases diferentes.

Esto se consigue mediante la omisión de esas cualidades que sean peculiares de cada clase, y reuniendo
una idea compleja hecha de aquellas que sean comunes a todas; con la cual, habiéndole anexado el
nombre de metal, se constituye un género, la esencia del cual es una idea abstracta que contiene
solamente la maleabilidad y fusibilidad, con ciertos grados de peso y fijeza, a las que se ajustan diversos
cuerpos de distintas especies, si se dejan aparte el color y otras cualidades peculiares al oro y a la plata, y
a otras clases de cuerpos comprendidas bajo el nombre de metal. Por lo que es evidente que los hombres
no siguen exactamente los modelos que les ofrece la naturaleza, cuando forman sus ideas genéricas de
sustancias, puesto que no se puede encontrar ningún cuerpo que únicamente tenga maleabilidad y
fusibilidad, sin ninguna otra cualidad tan inseparable como ésas. Pero como los hombres persiguen, al
formar sus ideas generales, la eficacia del lenguaje y la rapidez por medio de signos breves y
comprensivos, antes que la verdadera y precisa naturaleza de las cosas tales como existen, se han
propuesto, al forjar sus ideas abstractas, ese fin principalmente; fin que consiste en hacer acopio de
nombres generales y de vario alcance comprensivo. Así que en todo este asunto de los géneros y las
especies, el género, o lo más comprensivo, no es sino una concepción parcial de lo que está contenido en
la especie; y la especie no es sino una idea parcial de lo que se encuentra en cada individuo. Y, por tanto,
si alguien piensa que un hombre, un caballo, un animal, una planta, etc., se distinguen por esencias
reales fabricadas por la naturaleza, debe de creerse que la naturaleza es muy liberal en esas esencias
reales, forjando una para un cuerpo, otra para un animal y otra para un caballo, y que todas esas esencias
se otorguen con liberalidad a Bucéfalo. Pero si consideramos de manera, adecuada lo que ocurre en todo
esto de los géneros y las especies, o clases, encontraremos que no se hace nada que sea nuevo, sino. que
aquellos no son sino signos más o menos comprensivos, por medio de los cuales somos capaces de
expresar en unas cuantas sílabas gran número de cosas particulares, en tanto en cuanto se ajustan más o
menos a las concepciones generales que con ese propósito hemos formado. Respecto a todo lo cual
podemos observar que el término más general es siempre el nombre de una idea menos compleja, y que
cada género no es sino una concepción parcial de la especie bajo él comprendida, De manera que si se
piensa que esas ideas generales abstractas son completas, éstas tan sólo lo pueden ser con respecto a
cierta relación establecida entre ellas y determinados nombres que se usan para significarías, y no con
respecto a nada existente que haya sido hecho por la naturaleza.

33. Todo esto está acomodado a la finalidad del habla
Esto se ajusta al verdadero fin del lenguaje, que estriba en la manera más fácil y breve de comunicar
nuestras nociones. Pues, de este modo, el que quiera discurrir sobre las cosas, en cuanto éstas se
conforman con la idea compleja de extensión y solidez, necesitará únicamente emplear la palabra cuerpo
para denotar todo esto. El que desee añadir otras ideas, significadas por las palabras vida, sensación y
movimiento espontáneo, necesitará solamente usar la palabra animal para significar todo lo que participa
de esas ideas; y el que haya formado una idea compleja de un cuerpo, dotado de vida, sensación y
movimiento, más la facultad de raciocinio, y una cierta forma unida a él, no necesitará más que emplear
el breve monosílabo man (hombre) para expresar todos los particulares que corresponden a esa idea
compleja. Este es el fin propio de los géneros y las especies, y esto hacen los hombres sin ninguna
consideración de las esencias reales, o de las formas sustanciales, que no entran dentro del alcance de
nuestro conocimiento cuando pensamos en aquellas cosas, ni en la significación de nuestras palabras
cuando hablamos con otras personas.

34. Ejemplo en los casuarios
Si yo deseara hablar con alguien de una clase de pájaros que últimamente vi en el parque de St. james,
de unos tres o cuatro pies de altura, con una extraña cubierta entre las plumas y el pelo, de un color
marrón oscuro, sin alas, pero en su lugar dos o tres pequeñas ramas apuntando hacia abajo como brotes
de retama, con unas patas largas y grandes, con sólo tres garras y sin cola, sería necesario que hiciera
toda la descripción precedente si quisiera que los demás pudieran entenderme. Pero cuando se me ha
dicho que el nombre de este animal es casuario, entonces ya puedo hacer uso de esta palabra para
significar en mi conversación toda la idea compleja mencionada en aquella descripción, aunque por esa
palabra, que ahora ha llegado a ser un nombre específico para mí, no sé más acerca de la esencia real o
de la constitución de esa clase de animales de lo que sabía antes; y seguramente conocía tanto sobre la
naturaleza de esa especie de aves antes de saber su nombre, como muchos ingleses sobre la naturaleza
de los cisnes o las garzas, que son nombres específicos y muy conocidos de ciertas aves muy conocidas
en Inglaterra.

35. Los hombres son los que determinan las clases de las sustancias
A partir de lo que se ha dicho, resulta evidente que los hombres hacen las clases de las cosas. Pues
siendo únicamente las esencias diferentes las que hacen las diferentes especies, es evidente que quienes
hacen esas ideas abstractas que son las esencias nominales forman de igual manera las especies o clases.

Si se pudiera encontrar un cuerpo que tuviera todas las demás cualidades del oro con excepción de la
maleabilidad, no hay duda de que se suscitarían problemas a la hora de saber si se trataba o no de oro, y,
por tanto, si era de esa especie. Esto únicamente se podría determinar por esa idea abstracta a la que todo
el mundo anexa el nombre de oro, así que sería verdadero ese oro y pertenecería a esa especie para aquel
que no incluyera la maleabilidad en su esencia nominal, significada por el sonido; y, por el contrario, no
sería oro verdadero, ni pertenecería a esa especie, para quien incluyera la maleabilidad en su idea
específica. ¿Y quién, pregunto, es el que hace esas diversas especies, incluso bajo un único y mismo
nombre, sino los hombres que forjan dos ideas abstractas diferentes, que no tienen exactamente el
mismo número de cualidades? No es una mera suposición imaginar que pueda existir un cuerpo en el
que se encuentren todas las cualidades del oro con excepción de la maleabilidad, ya que es cierto que el
oro mismo es tan ávido (como dicen los propios artífices) algunas veces que no soporta mejor el martillo
que el propio cristal. Y lo que hemos afirmado sobre que incluya, o excluya, la maleabilidad en la idea
compleja el nombre de oro cualquier persona, puede decirse también de su peso específico, de su fijeza y
de otras cualidades semejantes; pues sea lo que fuere lo incluido u omitido, es siempre la idea compleja,
a la que se anexa el nombre, la que determina la especie; y con que una porción particular de materia
responda a esa idea, el nombre de la especie le pertenecerá verdaderamente, y será de esa especie. Y así,
cuando algo es verdadero oro, es un perfecto metal; por lo que resulta evidente que la determinación de
las especies depende del entendimiento del hombre que se forma esta o aquella idea compleja.

36. La naturaleza forja las semejanzas de las sustancias
En resumen, éste es el caso: la naturaleza hace muchas cosas particulares que coinciden entre sí en
muchas cualidades sensibles, y probablemente también en su estructura y constitución interna; sin
embargo, no es esta esencia real la que las distingue en especies, sino el hombre, quien, partiendo de las
cualidades que encuentra unidas en ellas y en las que observa convergen a menudo varios individuos, las
ordena en clases por medio de nombres, para la comodidad de tener signos comprensivos bajo los cuales
los individuos, según su conformidad con esta o aquella idea abstracta, quedan clasificados como bajo
enseñas; así que éste será del regimiento azul, aquél del rojo; éste será un hombre, aquél un mandril. Y
en esto, según mi opinión, estriba todo este asunto de los géneros y las especies.

37. La clasificación de los seres particulares es obra de los hombres
No digo que la naturaleza, en la constante producción de seres particulares, los haga siempre nuevos y
varios, sino que, muy frecuentemente, los hace muy semejantes los unos de los otros. Sin embargo, lo
que resulta indudablemente cierto es que los límites de las especies, por los que los hombres clasifican a
los seres, son obra de los mismos hombres, ya que las esencias de las especies, que se distinguen por
nombres diferentes, son obra humana, según se ha probado, y muy pocas veces están de acuerdo con la
naturaleza de las cosas de la que toman su origen. De manera que podemos decir con seguridad que esa
forma de clasificar las cosas es obra de los hombres.

38. Cada idea abstracta, con su nombre, es una esencia nominal
Hay una cosa que, sin duda, parecerá muy extraña en esta doctrina, y es que parece deducirse, de cuanto
hemos venido diciendo, que cada idea abstracta, dotada de nombre, forma una especie distinta. Pero
¿qué podemos hacer, si así lo exige la verdad? Pues así tendrá que ser en tanto que alguien no nos
muestre las especies de cosas limitadas y distinguidas por alguna otra, y no nos permita ver que los
términos generales no significan nuestras ideas abstractas, sino algo diferentes de ellas. Me gustaría
saber por qué un perro lanudo y uno de caza no son especies tan distintas como lo son un perro de aguas
y un elefante. No tenemos otra idea de la esencia diferente de un perro de aguas y un elefante de la que
tenemos de la esencia diferente de un perro lanudo y uno de caza; toda la diferencia esencial, por la que
los distinguimos y conocemos, consiste tan sólo en la diferente colección de ideas simples, a las que
hemos dado esos nombres diferentes.

39. Cómo se refieren a los nombres los géneros y las especies
Hasta qué punto la formación de especies y géneros está referida a los nombres generales, y hasta qué
punto los nombres generales son necesarios, si no al ser, al menos para completar una especie, y hacer
que pase por tal, se muestra, además de con el ejemplo anterior del hielo y el agua, con otro muy
familiar. Un reloj silencioso y uno con campanas son de la misma especie para los que tengan un solo
nombre para ambos; pero quien tenga el nombre watch ( Watch en inglés significa reloj de pulsera o
bolsillo, mientras que clock significa reloj de pared o, en este caso, de campanario) para uno y clock
para el otro, y distinga las ideas complejas a las que pertenecen esos nombres, tendrá dos especies
diferentes. Se podrá decir quizá que el mecanismo interior y la hechura de ambos son diferentes, y que el
relojero tiene una idea clara de ello. Y, sin embargo, es evidente que constituirán una sola especie para el
que sólo tenga un nombre para ambos. Pues ¿qué se necesita en el mecanismo interior para que se
constituya una nueva especie? Hay algunos relojes que han sido fabricados con cuatro engranajes,
mientras que otros lo han sido con cinco; pero ¿es esto una diferencia especial para el artífice? Algunos
tienen cuerdas y husos, otros no; algunos tienen el balancín suelto, otros regulado por un resorte en
espiral y otros por cerdas de puerco. ¿Son suficientes algunas o todas esas circunstancias en conjunto
para constituir una diferencia específica para el artífice, que conoce cada una de esas diferencias y otras
diferentes que presentan los mecanismos dentro de la constitución interna de los relojes? Es totalmente
cierto que cada una de aquéllas presenta una diferencia real con respecto a las demás; pero si es o no una
diferencia esencial, o una diferencia específica, es algo que sola- mente se refiere a la idea compleja a la
que se da el nombre de reloj; en tanto todas éstas se conformen con la idea que el nombre significa, y ese
nombre no sea un nombre genérico que abarque diferentes especies, no serán esencial o específicamente
diferentes. Pero si alguien quiere hacer divisiones más minuciosas, partir de las diferencias que él sabe
existen en la estructura interna de los relojes, y a estas ideas complejas precisas les da nombres que
lleguen a perdurar, éstas constituirán nuevas especies, para quienes tienen dichas ideas con sus nombres,
y podrán por esas diferencias distinguir los relojes en esas clases diversas, y entonces el término reloj
será un nombre genérico. Sin embargo, no existirían esas especies diferentes para los hombres que
ignoran el funcionamiento de un reloj, así como sus mecanismos internos, y que no tiene otra idea de
ellos que la de sus formas exteriores y su tamaño, además de saber que señalan las horas con las
manecillas. Pues, para aquellos, todos esos otros nombres no serían sino términos sinónimos de una
misma idea, y no significarían otra cosa que reloj. justamente lo mismo pienso que acontece con las
cosas naturales. Nadie podrá poner en duda que los engranajes y resortes internos de un hombre racional
(si se me permite la expresión) sean diferentes a los de un imbécil, lo mismo que existe diferencia en la
formación de. un mandril y un imbecil. Pero el que una de esas diferencias o ambas sean esenciales o
específicas, solamente lo podemos saber por su conformidad o disconformidad con la idea compleja que
significa el nombre de hombre; pues solamente de esa manera se puede determinar si uno o ambos seres
son un hombre, o si ninguno lo son.

40. Las especies de las cosas artificiales son menos confusas que las naturales
A partir de lo que se ha dicho, podemos ver el motivo por el que, en las especies de las cosas artificiales,
hay generalmente menos confusión e incertidumbre que en las naturales. Pues siendo las cosas
artificiales un producto humano que el artífice se propuso hacer, y de¡ que, por tanto, tiene una idea
conocida, se su- pone que el nombre de la cosa no significa otra idea, ni implica otra esencia que no
pueda ser conocida con seguridad y fácilmente aprendida. Porque como la idea o la esencia de las
diversas clases de cosas artificiales no consiste, la mayor parte de las veces, en otra cosa que la forma
determinada de las partes sensibles, y algunas veces en un movimiento dependiente de ellas, lo cual el
artífice labra con los materiales que encuentra adecuados para este fin, no sobrepasa el alcance de
nuestras facultades el forjarnos una determinada idea de ello, y fijar así el significado de los nombres,
por los que se distinguen las especies de las cosas artificiales, con menos dudas, oscuridad y
equivocaciones de las que podemos cometer con respecto a las cosas naturales, cuyas diferencias y
operaciones dependen de los mecanismos que sobrepasan el alcance de nuestros descubrimientos.

41. Las cosas artificiales de las distintas especies
Perdóneseme aquí el que piense que las cosas artificiales son de distintas especies al igual que lo son las
naturales, puesto que encuentro que están ordenadas en clase de una manera totalmente llana, en razón
de diferentes ideas abstractas que tienen sus nombres generales tan distintos los unos de los otros como
aquellos de las sustancias generales. Pues ¿por qué tenemos que pensar que un reloj y una pistola no son
especies tan distintas la una de la otra como un caballo y un perro, ya que se expresan en nuestras
mentes por ideas distintas, y los demás les dan nombres distintos?
42. Sólo las sustancias, entre todas las clases de ideas, tienen nombres propios
Hay que tener en cuenta además, en lo que se refiere a las sustancias, que únicamente ellas, entre todas
nuestras clases de ideas, tienen nombres particulares o propios por los que solamente se significa una
cosa particular. Porque en las ideas simples, en los modos y en las relaciones, ocurre que los hombres
raramente tienen ocasión de mencionar con frecuencia este o aquel particular cuando están ausentes.

Además, la mayor parte de los modos mixtos, por ser acciones que perecen al nacer, no son tan capaces
de una duración tan larga como las sustancias, las cuales son actores, y en las que las ideas simples que
forman la idea compleja designada por el nombre tienen una unión permanente.

43. La dificultad que hay en guiar a otro por medio de palabras se deriva de esas ideas abstractas
Debo pedir perdón al lector por haberme extendido tanto en este asunto, y quizá con cierta oscuridad.

Pero me gustaría que considerara la gran dificultad que existe para guiar a otro, por medio de palabras,
dentro de los pensamientos de las cosas, cuando las hemos privado de aquellas diferencias específicas
que les otorgamos; las cuales cosas, si no las nombro, no digo nada, y si las nombro, las tengo que
colocar, por ello, dentro de una clase u otra, y sugerir a la mente la idea abstracta habitual de esa especie,
contradiciendo así mi propósito. Porque hablar de un hombre, y al tiempo desechar el significado usual
del nombre de hombre, que es nuestra idea compleja anexada usualmente a él, y rogar al lector que
considere al hombre como es en sí mismo, tal y como se distingue de los demás por su constitución
interna o esencial real, es decir, por algo que no conoce, parece una broma. Y, sin embargo, tal es lo que
tiene que hacer aquel que quiera hablar de las supuestas esencias reales y de las especies de las cosas, en
cuanto se piensan establecidas por la naturaleza, aunque no sea nada más que para dar a entender que no
hay tal cosa significada por los nombres generales por los que las sustancias se llaman. Pues como es
difícil lograr esto por el conocimiento de los nombres familiares, permítaseme aclarar por medio de un
ejemplo la diferente consideración que tiene la mente de los nombres y de las ideas específicas, y
mostrar cómo las ideas complejas de los modos se refieren, algunas veces, a arquetipos que están en las
mentes de otros seres inteligentes, o, lo que es lo mismo, a la significación que otros anexan a los
nombres recibidos, y que algunas veces no hacen en absoluto referencia a ningún arquetipo.

Permítaseme también mostrar cómo la mente refiere siempre sus ideas de sustancias, bien a las mismas
sustancias, bien a la significación de sus nombres, como a arquetipos; y permítaseme asimismo aclarar
bien la naturaleza de las especies o clasificación de las cosas, tal y como las aprehendemos y las usamos;
y la naturaleza de las esencias que pertenecen a esas especies, lo cual tal vez sea más adecuado para
descubrir el alcance y certidumbre de nuestro conocimiento, de lo que en un principio podíamos
imaginar.

44. Ejemplos de modos mixtos llamados «kinneah» y «niouph»
Supongamos a Adán convertido en un hombre maduro, y dotado de un buen entendimiento, pero en un
país extraño, y rodeado de cosas nuevas y desconocidas para él, y sin más dificultades para conocerlas
que las que tendría ahora un hombre de esta época. El se da cuenta de que Lamech está más melancólico
de lo habitual y se imagina que es por una sospecha que tiene de que su mujer Adah (a la que ama
ardientemente) siente demasiada simpatía por otro hombre. Adán comunica su pensamiento a Eva, y le
expresa su deseo de que evite que Adah cometa una locura, y en esta conversación con Eva emplea dos
palabras nuevas: kinneab y niouph. Al cabo del tiempo, se descubre el error de Adán, cuando él se entera
de que la preocupación de Lamech procede de que ha matado a un hombre, pero las dos nuevas palabras,
kinneab y niouph (la primera de las cuales significa la sospecha de un marido respecto a la lealtad de su
mujer, y la segunda la deslealtad de la esposa), no pierden sus distintas significaciones. Resulta evidente,
pues, que aquí tenemos dos ideas complejas distintas de modos mixtos, junto con sus nombres, dos
distintas especies de acciones esencialmente diferentes; y entonces pregunto: ¿en qué consistían las
esencias de esas dos especies distintas de acciones? Y resulta claro que consistían en una combinación
precisa de ideas simples, diferentes en la una de la otra. Y de nuevo pregunto si la idea compleja que
había en la mente de Adán, que él llamó kinneah, era o no adecuada. Y es evidente que lo era, porque se
trata de una combinación de ideas simples que él, sin referirse a ningún arquetipo, reunió
voluntariamente, abstrayéndola y dándole el nombre de kinneah para expresar brevemente a los demás,
por medio de ese sonido, todas las ideas simples contenidas y reunidas en aquella idea compleja; por
todo ello, resulta evidente que era una idea adecuada. Habiéndose hecho esta combinación por su propia
elección, tenía todo lo que él quiso que tuviera, así que no pudo por menos que ser una combinación
perfecta, y, por tanto, adecuada, sin referirse a ningún arquetipo que se supusiera debería representar.

45. Estas palabras, «kinneah» y «niouph», fueron siendo admitidas en el uso común de manera
gradual, y entonces el caso sufrió una ligera alteración
Los hijos de Adán tuvieron las mismas facultades, y, por tanto, el mismo poder, para formar las ideas
complejas de modos mixtos en sus mentes que quisieran, para abstraerlos, y convertir los sonidos que les
vinieran en gana en sus signos; pero como el uso de los nombres consiste en proporcionar a otros las
ideas que nosotros tenemos, ello no se podría realizar sino cuando el mismo signo significa la misma
idea para aquellos que quieren comunicar sus pensamientos y discutir entre sí. De esta manera, aquellos
hijos de Adán que encontraron que las palabras kinneah y niouph estaban en el uso familiar, no pudieron
tomar- las como sonidos desprovistos de significado, sino que necesariamente debieron llegar a la
conclusión de que significaban algo, ciertas ideas, ideas abstractas, puesto que eran nombres generales,
ideas abstractas que serían las esencias de las especies distinguidas por esos nombres. Por tanto, si ellos
pretendían usar esas palabras como nombres de especies ya establecidas y sobre las que existía un
acuerdo, estaban obligados a conformar en sus mentes las ideas significadas por esos nombres, con las
ideas que significaban en las mentes de los demás hombres, como a sus modelos y arquetipos. Y
verdaderamente entonces sus ideas, esos modos complejos, estarían muy expuestas a ser inadecuadas,
pues aunque estas ideas sean muy adecuadas pueden no ajustarse exactamente (especialmente si están
formadas por la combinación de muchas ideas simples) a las ideas existentes en las mentes de otros
hombres que emplean los mismos nombres; aunque para esto hay generalmente un remedio a mano, que
consiste en preguntar por el significado de cualquier palabra, cuando no la entendemos, a quien la usa;
pues tan imposible es saber lo que significan con certeza las palabras celos y adulterio (que, según creo,
equivalen a kinneah y niouph) en la mente de otro hombre con el que trato sobre estas cosas, como era
imposible, en el principio de los lenguajes, saber el significado de kinneah y niouph en la mente de otro
hombre, sin que existiera una explicación, ya que son para todo el mundo signos voluntarios.

46. Ejemplos de sustancia en el término «zahab»
Consideremos ahora de la misma manera los nombres de las sustancias en su primera aplicación. Uno de
los hijos de Adán, que deambulaba por los montes, encuentra una sustancia brillante que le resulta
agradable a la vista. La lleva a casa de Adán, quien, después de examinarla, encuentra que es dura, que
tiene un brillante color amarillo y un gran peso, Estas quizá sean, en un principio, todas las cualidades
que advierte en aquélla; y abstrayendo esa idea compleja, que consiste en una sustancia que tiene ese
peculiar color amarillo brillante, y un peso bastante considerable en relación con su tamaño, le da el
nombre de zahab, para denominar y señalar todas las sustancias que posean esas cualidades sensibles.

Resulta evidente que, en este caso, Adán actúa de una manera completamente diferente a como lo hizo
antes, cuando forjó esas ideas de los modos mixtos a las que dio los nombres de kinneah y niouph. Pues
en aquella ocasión solamente reunió ideas a partir de su propia imaginación, sin tomarlas de la existencia
de cosa alguna, y les dio nombres para denominar cuanto sucediera acorde con esas ideas abstractas
suyas, sin considerar si tales cosas existían o no: el modelo que había tomado era obra suya. Pero al
formarse la idea de esta nueva sustancia, actúa de una manera totalmente distinta, pues toma el modelo
de la naturaleza; y de esta manera, para representárselo a sí mismo por la idea que tiene sobre él, incluso
cuando no tenga este modelo delante, no incluye en esta idea compleja ninguna idea simple que no haya
recibido por medio de la percepción a partir de la cosa misma. Se preocupa de que su idea esté de
acuerdo con el arquetipo, e intenta que el nombre signifique una idea así ajustada.

47. Este fragmento de materia, que ha sido denominado «zahab» por Adán, siendo totalmente distinto
de cualquier otra cosa que él hubiese visto antes, pienso que indudablemente constituye una especie
distinta que tiene su esencia particular, y que el nombre «zahab» es la marca de esa especie, nombre
que pertenece a todas las cosas que participen de esa esencia
Pero de aquí se hace evidente que la esencia que Adán significa con el nombre zahab no era otra cosa
que un cuerpo duro, brillante, amarillo y muy pesado. Pero la mente inquisitivo del hombre no se
contenta con el conocimiento de estas, diré, cualidades superficiales, sino que empuja a Adán a un
examen más detallado. Por ello, éste empezará a golpearla con piedras para ver lo que descubre en su
interior; así encontrará que cede a los golpes, pero que no se divide fácilmente en fragmentos, que se
dobla sin romperse. ¿Y no es en este momento cuando debe añadir la ductilidad a la idea anteriormente
forjada para que forme parte de la esencia que había denominado zahab? Más adelante hallará pruebas
de la fusibilidad y la fijeza. ¿No serán éstas, por la misma razón que las otras lo fueron, añadidas a la
idea compleja que el nombre zahab significa? Si no es así, ¿qué razón se encontrará para que en unas sea
y en otras no? Y si lo es, entonces todas las demás propiedades, que otros experimentos descubrirán en
esta materia, deberán formar parte, por la misma razón, de los ingredientes de la idea compleja que
significa la palabra zahab, y de esa manera ser la esencia de la especie designada con ese nombre. Y
careciendo de fin estas propiedades, resulta evidente que la idea formada por este procedimiento será
siempre inadecuada con respecto un arquetipo semejante.

48. Las ideas abstractas de las sustancias son siempre imperfectas y, por tanto, diversas
Pero eso no es todo. También quisiera añadir que los nombres de las sustancias no solamente tendrían,
como de hecho tienen, diferentes significados cuando son usados por hombres distintos, sino que
también se sospecharía que era así, lo cual resultaría un inconveniente bastante considerable para el uso
del lenguaje. Pues si se supusiera que cada cualidad distinta que se descubriera en cualquier materia
formaba una parte necesaria de la idea compleja significada por el nombre común que se le da, se
debería seguir que la misma palabra significa cosas diferentes en hombres distintos, puesto que no se
puede poner en duda que diferentes hombres puedan haber descubierto diversas cualidades en sustancia
de una misma denominación de las que otros nada supieran.

49. Por tanto, para fijar sus especies nominales, se ha supuesto una esencia real
Para poder evitar esto, los hombres han supuesto una esencia real perteneciente a cada especie, a partir
de la que fluyen esas propiedades, con la intención de que el nombre de esa especie signifique esa
esencia. Pero no teniendo éstos ninguna idea de esa esencia real en las sustancias, y no significando nada
sus palabras, sino las ideas que tienen, lo que se consigue mediante este intento es poner el nombre o
sonido en lugar y circunstancia de la cosa que tiene esa esencia real, sin llegar a saber qué es esa esencia
real; y esto es lo que hacen los hombres cuando hablan de especies de cosas, suponiendo que han sido
hechas por la naturaleza y distinguidas por esencias reales.

50. La cual suposición no es de ninguna utilidad
Cuando afirmamos que todo el oro es fijo, consideremos que o bien se quiere decir que la fijeza es una
parte de la definición, es decir, parte de la esencia nominal que la palabra oro significa, de manera que la
afirmación «todo el oro es fijo» no contiene nada que no esté significado en el término oro; o bien se
quiere decir que la fijeza, no siendo parte de la definición del oro, es una propiedad de la sustancia
misma, en cuyo caso resulta evidente que la palabra oro está tomada en lugar de una sustancia, que tiene
la esencia real de una especie de cosas establecida por la naturaleza. Y en este proceso de sustitución se
da una significación tan confusa e incierta que, aunque esta proposición «el oro es fijo» sea en ese
sentido afirmación de algo real, es una verdad que siempre nos fallará en su aplicación particular, por lo
que siempre carecerá de una utilidad real y de certidumbre. Pues por muy verdadero que sea afirmar que
todo oro es fijo, es decir, todo lo que tenga su esencia real, ¿de qué servirá esto mientras no sepamos lo
que es o no oro en ese sentido? Porque si no conocernos la esencia real del oro, resulta imposible que
podamos saber qué parte de materia tiene esa esencia, y, en consecuencia, si es o no oro verdadero.

51. Conclusión
Para concluir: la misma libertad que tuvo Adán en un principio para formar cualquier idea compleja de
modos mixtos sin otro modelo que sus propios pensamientos, han tenido todos los hombres desde
entonces. Y la misma necesidad de conformar sus ideas de sustancias a las cosas externas a él, como
arquetipos hechos por la naturaleza, esa misma necesidad que tuvo Adán, han tenido todos los hombres
desde entonces, a menos que quisieran engañarse voluntaria- mente. Igualmente, la misma libertad que
tuvo Adán para otorgar cualquier nombre nuevo a cualquier idea, tiene todavía cualquier persona
(especialmente los iniciadores de los lenguajes, si es que podemos imaginárnoslos), pero con sólo esta
diferencia: que, en los lugares en los que los hombres en sociedad han establecido ya un lenguaje entre
ellos, el significado de las palabras es alterado raramente y con muchas precauciones. Porque como los
hombres han cubierto sus ideas con nombres, y el uso común ha establecido nombres conocidos para
designar ciertas ideas, una afectada aplicación de esos nombres no podría menos que ser
extremadamente ridícula. Aquel que tenga nuevas nociones podrá, quizá, aventurarse en ocasiones a
acuñar términos nuevos para expresarlas; pero los hombres piensan que es un tanto atrevido, ya que es
incierto que el uso común los pueda hacer pasar por términos corrientes. Pero en nuestra comunicación
con los demás es necesario que conformemos las ideas que significamos con las palabras vulgares con
su significado conocido y propio (lo que ya hemos explicado ampliamente), o bien será necesario dar a
LIBRO III DEL ENSAYO SOBRE EL ENTENDIMIENTO HUMANO

Capítulo VII
ACERCA DE LAS PARTÍCULAS
1. Las partículas ligan partes de las frases, o las frases enteras
Además de las palabras que son nombres de ideas en la mente, hay otras muchas que se usan para
significar la conexión que establece la mente entre las ideas o las proposiciones. La mente no solamente
necesita, al comunicar sus pensamientos a los demás, signos de las ideas que tiene o ha tenido, sino que,
además, tiene necesidad de otros signos para mostrar o insinuar alguna acción suya particular, que en ese
momento se relaciona con sus ideas. Esto lo hace de diversas maneras, como ES y NO ES que son las
señales de la mente para afirmar o negar. Pero además de las afirmaciones y negaciones, sin las que no
hay en las palabras ni verdad ni falsedad, la mente, al declarar sus sentimientos a los demás, conecta no
sólo las partes de las proposiciones, sino frases enteras, unas con otras, con sus diversas relaciones y
dependencias, para lograr un discurso coherente.

2. En el recto uso de estas partículas consiste el arte del bien-hablar
Las palabras por las que significa que se establece una conexión entre diversas afirmaciones y
negaciones, que une en un razonamiento continuado o narración, son generalmente denominadas
partículas; y es en su uso correcto en lo que consiste más particularmente la claridad y belleza de un
buen estilo. Para pensar bien no basta con que un hombre tenga ideas claras y distintas en sus
pensamientos, ni con que observe la conveniencia o inconveniencia de algunas de ellas, sino que se
necesita que piense con ilación, y que observe la dependencia de sus pensamientos y razonamientos los
unos con respecto a los otros. Y para expresar de una forma correcta tales pensamientos, metódicos y
racionales, deberá emplear palabras que muestren la conexión, la restricción, la distinción, la oposición,
el énfasis, etc., que establece en cada parte respectiva de su discurso. Equivocarse en cualquiera de ellas
supone confundir a quien escucha, en lugar de informarle; por ello es por lo que esas palabras, que
realmente no son los nombres de idea alguna, son de un uso tan constante e indispensable en el lenguaje
y tanto contribuyen a la correcta expresión de los hombres.

3. Muestran la relación que la mente establece entre sus pensamientos
Esta parte de la gramática ha sido, quizá, tan negligentemente cultivada como otras lo han sido en
demasía. Resulta fácil para los hombres el escribir sin interrupción sobre los casos y los géneros, los
modos y los tiempos, los gerundios y los supinos. En estos y otros temas similares se ha puesto gran
empeño, y las mismas partículas, en algunos lenguajes, han sido ordenadas en diferentes clases con
bastante exactitud aparente. Pero aunque las preposiciones, conjunciones, etc., son nombres bien
conocidos en la gramática, y las partículas contenidas bajo esos epígrafes han sido cuidadosamente
ordenadas en sus distintas subdivisiones, sin embargo, el que quiera mostrar el uso correcto de esas
partículas, y cuál es su significación y fuerza, necesitará de mayores esfuerzos, deberá adentrarse en sus
propios pensamientos y observar cuidadosamente las diversas posturas de su mente cuando está
ejerciendo el arte del discurso.

4. Son marcas de alguna acción de la mente
No resulta suficiente, para la explicación de estas palabras, con traducirlas, como es usual en los
diccionarios, con las palabras de otro idioma que más se acerquen a su significado, pues, por lo común,
tan difícil es entender su significado en un idioma como en otro. Todas ellas son marcas de alguna
acción o insinuación de la mente y, por tanto, para entenderlas correctamente resulta necesario estudiar
diligentemente las diferentes perspectivas, posturas, situaciones, giros, limitaciones y excepciones, y
algunos otros pensamientos de la mente para los que no tenemos nombres, o los que tenemos son muy
deficientes. De éstos existe una gran variedad que con mucho sobrepasa el número de partículas que la
mayoría de los lenguajes tienen para expresarles; y por eso no resulta extraño que la mayor parte de esas
partículas tengan significados diversos y, en ocasiones, opuestos. En la lengua hebrea hay una partícula
que consta de una sola letra, de la que se cuentan, si recuerdo bien, setenta significaciones distintas (de
más de cincuenta estoy totalmente seguro).

5. Ejemplo de la partícula «pero»
Pero es una de las partículas más familiares en nuestro idioma; y el que afirme que es una conjunción
adversativo que responde al sed latino o al mais francés creerá que la ha explicado suficientemente.

Pero, con todo, me parece que insinúa diversas relaciones que la mente da a diversas proposiciones o
partes suyas, las cuales une por medio de esa palabra.

Primero, en «pero, para no decir más» (inglés, but to say no more), se insinúa que la mente hace una
pausa en su discurrir, antes de haber llegado a su fin.

Segundo, en «no vi sino dos plantas» (I saw but two plants) muestra que la mente limita el número de
los que expresa, con una negación de lo demás.

Tercero, en «rezas, pero no haces para que Dios te conduzca hacia la religión verdaderas (You pray; but
It is not that God would bring you to the true religion).

Cuarto, «sino para que te confirme en la tuya propia» (But that he would confirm you in your own). El
primero de esos peros insinúa una suposición en la mente de algo distinto de lo que debiera ser; mientras
que el segundo muestra que la mente realiza una oposición directa entre esto y lo que precede.

Quinto, en «todos los animales tienen sentidos, pero un perro es un animal» (All animals have sense, but
a dog is an animal) no significa más que la segunda proposición está unida a la anterior, como la menor
de un silogismo.

NOTA: En inglés la partícula adversativa but engloba los significados de las españolas: pero, mas, sino,
etc.

6. Tan sólo hemos tocado de una forma ligera este asunto del uso de las partículas
No dudo que se puedan añadir, a estos significados de esa partícula, muchos otros, si me propusiera
examinarla en toda su extensión, y considerarla en todos los lugares en que aparece. Si alguien quiere
hacerlo, dudo que pueda darle el título de adversativo, que le conceden los dramáticos, en todas las
ocasiones en que se emplea. Pero no es mi intención realizar aquí una explicación completa de esta clase
de señales. Los ejemplos que he aducido en esta ocasión podrán servir para que se reflexione sobre su
uso y fuerza en el lenguaje, y para llevarnos a la contemplación de distintas acciones de nuestra mente
en el acto del discurso, acciones que ha podido insinuar a los demás por medio de esas partículas,
algunas de las cuales sólo tienen sentido completo cuando se encuentran en ciertas construcciones,
mientras que otras lo tienen siempre.

LIBRO III DEL ENSAYO SOBRE EL ENTENDIMIENTO HUMANO

Capítulo VIII
ACERCA DE LOS TÉRMINOS ABSTRACTOS Y DE LOS CONCRETOS
1.Los términos abstractos no son predicables el uno, del otro y por qué
Las palabras normales del lenguaje, y el uso común que hacemos de ellas, habrían podido aportarnos
alguna claridad sobre la naturaleza de nuestras ideas, si se hubieran considerado con la debida atención.

Según se ha indicado, la mente tiene el poder de abstraer sus ideas, y convertirles así en esencias, en
esencias generales, por las que se distinguen las clases de cosas. Pero como cada idea abstracta es
distinta, de manera que, en dos de ellas, una jamás podrá ser la otra, la mente podrá, por su conocimiento
instintivo, percibir la diferencia; por eso, en las proposiciones, no existen dos ideas totales que puedan
afirmarse la una de la otra. Esto mismo lo podemos ver en el uso normal del lenguaje que no permite que
dos palabras abstractas, o nombres de ideas abstractas, puedan afirmarse la una de la otra. Pues aunque
su parentesco parezca muy cercano, y aunque sea cierto que el hombre es un animal racional, blanco, sin
embargo, cada cual puede percibir la falsedad de estas proposiciones nada más escucharlas: «la
humanidad es racionalidad, o animalidad, o blancura»; y esto es tan evidente como cualquiera de las
máximas más admitidas lo son. Todas nuestras afirmaciones solamente son inconcretas, lo cual supone
afirmar no que una idea abstracta es igual a otra, sino que una idea abstracta está unida a otra; las cuales
ideas abstractas, en las sustancias, pueden ser de cualquier clase, y en todo lo demás no son sino
relaciones. En las sustancias, las más frecuentes son las potencias; por ejemplo, «un hombre es blanco»
significa que la cosa que tiene la potencia de un hombre tiene también en ella la esencia de la blancura,
que no es sino la potencia de producir la blancura en alguien cuyos ojos puedan descubrir objetos
ordinarios; o «un hombre es racional» significa que la misma cosa que tiene la esencia de un hombre
tiene también la de racionalidad, es decir, la potencia de razonar.

2. Muestran la diferencia de nuestras ideas
Esta distinción de los nombres nos muestra también la diferencia de nuestras ideas; porque, si la
observamos, encontraremos que nuestras ideas simples tienen todas nombres abstractos lo mismo que
nombres concretos, pues los unos (para emplear el lenguaje de los gramáticos) son los sustantivos,
mientras que los otros, los adjetivos: blancura y blanco, dulzura y dulce. Lo mismo ocurre con nuestras
ideas de modos y relaciones, como justicia y justo, igualdad e igual, sólo que con esta diferencia: que
algunos de los nombres concretos de relaciones, principalmente entre los hombres, son sustantivados
(como paternidad y padre), lo cual resulta fácil de explicar. Sin embargo, en cuanto a nuestras ideas de
sustancias, tenemos muy pocos o ningún nombre abstracto. Pues aunque las escuelas hayan introducido
los de animalitas, humanitas, corporietas y algunos otros más, sin embargo, éstos resultan poquísimos
en relación con el infinito número de nombres de sustancias, respecto a los cuales las escuelas nunca
fueron tan ridículas de intentar acuñar como nombres abstractos; y esos pocos que las escuelas forjaron
y pusieron en boca de sus alumnos no han podido obtener todavía el consenso del uso común, ni la
autorización de la aprobación pública. Lo cual me parece que, al menos, insinúa una confesión de todo
el género humano, de que no tiene ninguna idea de las esencias reales de las sustancias, puesto que no
tienen nombres para dichas ideas, pues habrían tenido sin duda tales nombres, de no ser porque la
conciencia de su propia ignorancia sobre ellos los mantuvo apartados de un intento tan inútil. Y por eso,
aunque tenían ideas suficientes para distinguir el oro de una piedra, y el metal de la madera, sin
embargo, sólo muy tímidamente se aventuraron con términos como aurietas y saxietas, metalleitas y
lignietas, u otros nombres similares, con los que pretendieron significar la esencia real de aquellas
sustancias de las que ellos sabían que carecían de ideas. Y en verdad fue la doctrina de las formas
sustanciales, y la confianza de las personas que pretendían saber lo que ignoraban, lo que motivó y
después introdujo los términos de animalitas y humanitas, y otros semejantes, términos que, sin
embargo, no fueron mucho más allá de sus propias escuelas, y jamás lograron penetrar en hombres de
buen entendimiento. Con todo, humanitas era una palabra de uso familiar entre los romanos, pero en un
sentido muy diferente, ya que no significaba la esencia abstracta de ninguna sustancia, sino el nombre
abstracto de un modo, siendo su concreto humanos, no homo.

LIBRO III DEL ENSAYO SOBRE EL ENTENDIMIENTO HUMANO

Capítulo IX
ACERCA DE LA IMPERFECCIÓN DE LAS PALABRAS
1. Las palabras se usan para registrar y comunicar nuestros pensamientos
De cuanto se ha dicho en los capítulos precedentes, resulta fácil advertir cuánta imperfección hay en el
lenguaje, y cómo la misma naturaleza de las palabras hace casi inevitable que muchas de ellas sean
dudosas e inciertas en su significado. Para examinar la perfección o imperfección de las palabras es
necesario considerar, en primer lugar, su uso y finalidad, porque en la misma forma en que puedan
alcanzar eso, así serán más o menos perfectas. Hemos mencionado, en partes anteriores de este tratado,
un doble uso de las palabras.

Primero, para el registro de nuestros propios pensamientos.

Segundo, para comunicar nuestros pensamientos a los demás.

2. Cualquier palabra sirve
En cuanto al primero de estos dos fines, para el registro de nuestros propios pensamientos, para auxilio
de nuestra memoria, como si, por decirlo así, habláramos con nosotros mismos, cualesquiera palabras
sirven. Pues como los sonidos son signos voluntarios y diferentes de cualesquiera ideas, un hombre
puede usar las palabras que quiera para significar sus propias ideas para sí mismo; y no habrá
imperfección en ellas si se usa de manera constante el mismo signo para la misma idea, ya que entonces
tendrá que entenderse el sentido de su mensaje, que es en lo que consiste el uso correcto y la perfección
del lenguaje.

3. La comunicación por las palabras o es civil o filosófica
En segundo lugar, la comunicación por las palabras también tiene un doble uso:
1. Civil.

II. Filosófico.

Primero, por uso civil quiero decir esa comunicación de pensamientos e ideas por medio de palabras, en
cuanto sirve para el mantenimiento de la conversación común y del comercio, sobre los asuntos y
conveniencias de la vida civil, en las sociedades de los hombres, los unos entre los otros.

Segundo, por uso filosófico de las palabras quiero decir un uso tal de ellas que pueda servir para
comunicar las nociones precisas de las cosas, y para expresar en proposiciones generales las verdades
ciertas e indubitables, en las que la mente pueda encontrar reposo y con las que se satisfaga en su
búsqueda de un conocimiento verdadero. Estos dos usos son muy distintos, y será necesario un grado
mucho menor de exactitud en uno que en el otro, según veremos en lo que sigue.

4. La imperfección de las palabras es la ambigüedad de su significado, que es producto de la clase de
ideas que significan
Siendo la finalidad principal del lenguaje en la comunicación el ser entendido, las palabras no sirven
adecuadamente para este fin, ni en el discurso civil ni en el filosófico, cuando una palabra cualquiera no
suscita en el oyente la misma idea que significa en la mente del hablante. Ahora bien, como los sonidos
no tienen ninguna conexión natural con nuestras ideas, sino que han tomado su significado por una
imposición arbitraria de los hombres, la duda e incertidumbre en su significación, que es la imperfección
de la que estamos hablando, tiene su causa más bien en las ideas que significan que en alguna
incapacidad que hubiera en un sonido más que en otro para significar cualquier idea, ya que, desde este
punto de vista, to- dos los sonidos son igualmente perfectos.

Entonces, lo que hace que algunas palabras sean más dudosas e inciertas en sus significados es la
diferencia de las ideas que significan.

5. Causas naturales de su imperfección
Dado que las palabras carecen de significación, las ideas que cada una significan deben ser aprendidas y
retenidas por aquellos que pretenden cambiar los pensamientos, y mantener una conversación inteligible
con los demás en cualquier lenguaje. Pero esto resulta más difícil de conseguir en las siguientes
ocasiones:
Primero, cuando las ideas que significan son muy complejas y están compuestas de un gran número de
ideas juntas.

Segundo, cuando las ideas que significan no tienen ninguna conexión cierta en la naturaleza, de tal
forma que no existe ningún modelo en la naturaleza que sirva para rectificarlas y ajustarlas.

Tercero, cuando la significación de las palabras se refiere a un modelo que no es fácil de conocer.

Cuarto, cuando la significación de la palabra y la esencia real de la cosa no son exactamente las mismas.

Estas son las dificultades que conllevan la significación de algunas palabras inteligibles. Y aquellas que
no lo son en absoluto, como los nombres que significan algunas ideas simples que otro, por carencia de
los órganos o facultades apropiadas, no puede conocer, como los nombres de los colores para un ciego, o
los sonidos para un sordo, no se necesitan mencionar aquí.

En todos estos casos encontraremos una imperfección en las palabras que yo explicaré más
detenidamente cuando trate de la aplicación particular de aquéllas a nuestras diversas clases de ideas;
porque, si las examinamos, encontraremos que los nombres de los modos mixtos están más sujetos a ser
dudosos e imperfectos, por las dos primeras razones, mientras que los nombres de las sustancias lo están
más por las dos últimas.

6. Los nombres de los modos mixtos son dudosos en primer lugar porque las ideas que significan son
complejas
Primero, los nombres de los modos mixtos son, en su mayor parte, susceptibles de gran incertidumbre y
oscuridad en su significación a causa de esa gran composición que a menudo ofrecen esas ideas
complejas. Para que las palabras resulten adecuadas para los fines de la comunicación es necesario,
como ya se ha dicho, que provoquen exactamente en el oyente la misma idea que significan en la mente
del que habla. Sin esto, los hombres se llenarían sus cabezas de ruidos y sonidos, pero sin conseguir
comunicar sus pensamientos, ni presentar sus ideas a los demás, que son los fines de la comunicación y
del lenguaje. Pero cuando una palabra significa una idea muy compleja, que sea compuesta y
descompuesta, no resulta fácil que los hombres retengan y se formen esa idea de una manera tan exacta
como para que el nombre, en el uso común, signifique la misma idea sin la menor variación. De aquí se
puede deducir que los nombres que los hombres han dado a ideas muy compuestas, tales como la mayor
parte de las palabras morales, raramente tienen la misma significación para dos hombres diferentes, ya
que raramente la idea de un hombre coincide con la de los demás, y con frecuencia difiere de la suya
propia, de la que tuvo ayer o de la que tendrá mañana.

7. En segundo lugar, porque porque no tienen modelos en la naturaleza
Puesto que los nombres de los modos mixtos carecen, en su mayor parte, de modelos en la naturaleza,
por medio de los que los hombres pueden rectificar y ajustar sus significados, sucede que son muy
distintos y dudosos. Son conjuntos de ideas unidas al capricho de la mente que persigue sus propios
fines en el discurso, y de acuerdo con sus propias nociones, por medio de las cuales no intenta copiar
nada de lo realmente existente, sino denominar y ordenar las cosas en tanto en cuanto están de acuerdo
con aquellos arquetipos o formas que ha fabricado. El que por primera vez acuñó las palabras ficción,
halagar y burla, unió según sus deseos las ideas que quería significar, y lo mismo que ahora ocurre con
cualquiera de los nombres nuevos que se introducen en el lenguaje, así sucedió con los antiguos cuando
fueron empleados por vez primera. Por tanto, los nombres que significan conjuntos de ideas que la
mente reúne según su capricho deben ser, necesariamente, de dudosa significación, desde el momento en
que semejantes colecciones no se encuentran constantemente unidas en la naturaleza, ni existen modelos
que se puedan mostrar a los hombres para que se ajusten a ellos. Lo que significan las palabras
asesinato, sacrilegio, etc., no podrá saberse nunca a partir de las cosas mismas, pues muchas de las
partes de esas ideas complejas no son visibles en la acción misma; la intención de la mente, o la relación
de las cosas sagradas, que forman parte del asesinato o del sacrilegio, no tienen necesariamente ninguna
conexión con la acción externa y visible de quien la comete; y la de impulsar el gatillo del revólver con
que se comete un asesinato, y que quizá sea la única acción visible, no tiene ninguna conexión natural
con aquellas otras ideas que forman la idea compleja llamada asesinato. Únicamente a partir del
entendimiento obtienen su unión y combinación, el cual las reúne bajo un nombre, pero, al hacerlo sin
ninguna regla ni modelo, necesariamente tiene que ocurrir que la significación del nombre que establece
unas colecciones de ideas tan variadas sea distinta con frecuencia en la mente de los diferentes hombres,
que no tienen ninguna regla para regirse a sí mismos y a las nociones en esa clase de ideas arbitrarias.

8. El uso común o la propiedad no son remedios suficientes
Es verdad que el uso común, que es una norma de propiedad, puede suponerse como una ayuda para el
establecimiento en la significación del lenguaje; y no puede negarse que, hasta cierto punto, sea así. El
uso común regula el significado de las palabras lo suficiente en la conversación ordinaria; pero como
nadie tiene la suficiente autoridad para establecer la significación precisa de las palabras, ni para
determinar a qué ideas puede anexarlas cada uno, el uso común no es suficiente para ajustarlas a los
discursos filosóficos; pues casi no existe ningún nombre de alguna idea muy compleja (para no hablar de
otras) que, en el uso común, no tenga gran latitud, y que, manteniendo los límites de la propiedad, no
pueda trocarse en signo de ideas muy diferentes. Además, dado que la regla y la medida de la propiedad
no son nada establecido, es muchas veces motivo de disputa el que el uso de tal o cual palabra sea o no
propio. De todo lo cual resulta evidente que los nombres de esa especie de ideas muy complejas están
sujetos a esa imperfección de manera natural, al ser su significado incierto y dudoso; e incluso entre los
hombres que se esfuerzan en comprenderse mutuamente no siempre significan la misma idea en el
hablante y en el oyente. Aunque los nombres de gloria y gratitud sean los mismos en boca de todos los
hombres de un mismo país, sin embargo, la idea compleja colectiva que cada uno entiende o expresa por
ese nombre es totalmente diferente al usarla los hombres que hablan una misma lengua.

9. La manera de aprender esos nombres contribuye también a su dubitabilidad
La manera por la que normalmente se aprenden esos nombres de los modos mixtos contribuye también
en gran medida a la dubitabilidad de su significado. Porque si observamos cómo aprenden los niños los
lenguajes, encontraremos que, para hacerles comprender lo que significan los nombres de las ideas
simples o sustancias, las gentes les muestra normalmente la cosa de la que quieren que aquél se forme
una idea, y luego le repite el nombre que la significa, como blanco, dulce, leche, azúcar, gato, perro.

Pero en cuan- to a los modos mixtos, en especial a los más materia- les de ellos, las palabras morales,
son los sonidos los que primero se aprenden por lo general; y luego, para saber qué ideas complejas
significan, o bien siguen la explicación de los demás o (lo que acontece en la mayor parte de las
ocasiones) se les deja a su propia observación e industria. Y como realizan poco esfuerzo en la búsqueda
del significado preciso y verdadero de los nombres, esas palabras morales no son más que meros sonidos
en la boca de la mayoría de los hombres; o cuando tienen algún significado, generalmente es muy difuso
e indeterminado, y, en consecuencia, oscuro y confuso. E incluso aquellos que han fijado sus nociones
con mayor atención apenas consiguen evitar el inconveniente de hacer que esos nombres signifiquen
ideas complejas diferentes de aquellas que otros, incluso hombres inteligentes y estudiosos, significan al
usarlos. ¿Dónde podrá encontrar, en cualquier controversia, o discurso familiar sobre el honor, la fe, la
gracia, la religión, etc., que no sea fácil observar las diferentes nociones que los hombres tienen sobre
estos temas? Lo cual se reduce a esto. que no están de acuerdo en la significación de esas palabras, ni
tienen en sus mentes las mismas ideas complejas que quieren significar, y así todas las diferencias que se
siguen son solamente sobre el significado de un sonido. Y por ello vemos que no hay fin en la
interpretación de las leyes, sean humanas o divinas, que un comentario es motivo de otro comentario,
que una explicación provoca una nueva explicación, sin que se-pueda hallar un final en la delimitación,
distinciones y variaciones de los sentidos de esas palabras morales. Y siendo es- tas ideas obra de los
hombres, éstos siempre tendrán el poder de multiplicarlas hasta el infinito, Con frecuencia un hombre,
que ha quedado totalmente satisfecho del significado de un texto de las Sagradas Escrituras, o de una
cláusula de un código, en su primera lectura, pierden después totalmente su sentido por consultar a los
comentaristas, ya que las elucubraciones de éstos hacen nacer las dudas o las incrementan, llevando la
oscuridad a estos pasajes. No digo esto porque crea que son inútiles los comentarios, sino para demostrar
cuán inciertos son de manera natural los nombres de los modos mixtos, incluso en boca de aquellos que
tenían la intención y la facultad de hablar tan claramente como el lenguaje fuera capaz de expresar sus
pensamientos.

10. De aquí surge la inevitable oscuridad de los autores antiguos
No será preciso advertir cuánta oscuridad conllevarán, inevitablemente, los escritos de los hombres que
vivieron en edades remotas, y en diferentes países, puesto que los numerosos volúmenes de hombres
sapientísimos que han empleado sus pensamientos de esta manera son una prueba más que suficiente
para mostrar cuánta atención, estudio, sagacidad y razona- miento se requieren para desentrañar el
verdadero sentido de los autores antiguos. Pero como no hay escritos en los que tengamos que ser muy
solícitos para averiguar su significado, excepto aquellos que contienen verdades que debemos creer, o
leyes que tenemos que obedecer, y que nos pueden acarrear serias inconveniencias si nos equivocamos
sobre su sentido o las transgresiones, podemos mostrarnos me-. nos preocupados por el sentido de otros
autores quienes, puesto que sólo escribieron sus propias opiniones, no nos sitúan ante una necesidad
imperiosa de conocerlas mayor que la que ellos tienen por conocer las nuestras. Y dado que nuestro bien
o nuestro mal no dependen de sus decretos, nos sentimos seguros en la ignorancia de sus nociones, y,
por tanto, al leerlos, si no usaron sus palabras con la debida claridad y perspicuidad, podemos apartarlos
de nosotros y, sin ánimo de injuriarles, decir para nuestros adentros:
Si non vis intellegi, debes negligi
11. Los nombres de las sustancias son de significación dudosa, porque las ideas que significan se
refieren a la realidad de las cosas
Si la significación de los nombres de los modos mixtos es incierta porque no existen modelos reales en
la naturaleza a los que se refieran esas ideas, y por las que puedan ajustarse, los nombres de las
sustancias son de dudosa significación por una razón opuesta: porque se supone que las ideas que
significan se con- forman a la realidad de las cosas y se les refiere a modelos fabricados por la
naturaleza. En nuestras ideas de sustancias no tenemos la libertad, como en las de los modos mixtos, de
formar las combinaciones que creamos las más adecuadas para ser las notas características q e sirven
para clasificar y denominar las u cosas. En aquéllas debemos seguir a la naturaleza, adecuar nuestras
ideas complejas a las existencias reales y regular el significado de sus nombres por las cosas mismas, si
queremos que nuestros nombres sean sus signos y las signifiquen. Aquí, realmente, tenemos patrones
que seguir, pero patrones que harán la significación de sus nombres muy incierta, porque los nombres
deben tener un significado muy difuso y vario, si las ideas que significan se refieren a modelos
exteriores que no puedan ser en absoluto conocidos, o tan sólo lo puedan ser de una manen incierta e
imperfecta.

12. Los nombres de las sustancias se refieren, primero, a esencias reales que no pueden ser conocidas
Los nombres de las sustancias tienen, según se ha mostrado ya, una doble referencia en su uso común:
Primero, algunas veces se supone que su significación se ajusta y significa a la constitución real de las
cosas, de la que fluyen todas sus propiedades y en la que todas tienen su centro. Pero como esta
constitución real, o (como es más adecuado llamarla) esencia, nos es totalmente desconocida, cualquier
sonido que se emplee para significaría deberá ser muy incierto en su aplicación; y de esta manera
resultará imposible saber qué cosas deben ser llamadas caballo o antimonio, cuando esas palabras se
emplean como esencias reales de las que en absoluto tenemos una idea. Y, por tanto, a partir de esta
suposición y dado que los nombres de las sustancias se refieren a modelos que no pueden ser conocidos,
nunca podrá ajustarse su significación a esos modelos ni ser establecida por ellos.

13. En segundo lugar, se refieren a cualidades coexistentes que solamente se conocen de manera
imperfecta
Como las ideas simples que se encuentran coexistiendo con las sustancias es lo que significan de manera
inmediata los nombres de estas sustancias, estas ideas, en cuanto están más unidas a las diversas clases
de las cosas, son los modelos propios a los que sus nombres quedan referidos, y por los que mejor
pueden rectificarse sus significaciones. Sin embargo, estos arquetipos sirven tan fielmente a este
propósito como para dejar a esos nombres sin unas significaciones muy variadas e inciertas. Porque
siendo muy numerosas esas ideas simples que coexisten y están unidas en el mismo sujeto, y teniendo
todas el mismo derecho a entrar en la idea compleja específica que es significada por el nombre
específico, los hombres, aunque se propongan a sí mismos considerar el mismo sujeto, sin embargo, se
forjan ideas muy diferentes sobre él; y así, el nombre que éstos emplean inevitablemente llega a tener
significados muy diferentes para los diversos hombres. Las cualidades simples que componen la idea
compleja son casi infinitas, desde el momento en que la mayoría de ellas son potencias en relación a los
cambios que pueden producir o recibir de los otros cuerpos. Aquel que observe la gran variedad de
alteraciones que pueden experimentar cualquiera de los metales más bajos, tan sólo por las diferentes
aplicaciones del fuego, y el gran número de cambios que puede sufrir cualquiera de esos metales en
manos de un químico, por aplicación de otros cuerpos, me parece que no se extrañará porque yo crea
que no es nada fácil enumerar las propiedades de cualquier clase de cuerpos, ni el llegar a un
conocimiento completo por las vías de la investigación de que son capaces nuestras facultades. Por
tanto, siendo estas propiedades al menos tantas que ningún hombre puede conocer su número preciso y
definido, son des- cubiertas de manera diferente por distintos hombres, de acuerdo con sus distintas
habilidades, atención y formas de manipular estos cuerpos, por lo que no pueden sino tener diferentes
ideas de la misma sustancia, y convertir así la significación de su nombre común en algo muy vario e
incierto. Pues como las ideas complejas de sustancias están formadas por tantas ideas simples como se
supone coexisten en la naturaleza, cada uno tiene el derecho de incluir en su idea compleja esas
cualidades que ha encontrado unidas. Porque aunque uno se sienta satisfecho con incluir en la sustancia
llamada oro el peso y el color habrá otro, sin embargo, que piense que la solubilidad en aqua regia es
necesaria que sea unida al color en la idea de oro, como otro afirmará lo mismo de la fusibilidad; ya que
la solubilidad en aqua regia es una cualidad tan constantemente unida al color y al peso como la
fusibilidad u otras cualidades del oro; otros incluirán la ductibilidad, la fijeza, etc., según su tradición o
experiencia. ¿Quién, pues, entre todos éstos ha establecido el verdadero significado de la palabra oro? Y
¿quién será el juez que determine esto? Cada uno encuentra su modelo en la naturaleza, al que se remite,
y con toda la razón piensa que tiene el mismo derecho para reunir en su idea compleja significada por la
palabra oro aquellas cualidades que, por sus experimentos, ha encontrado unidas; lo mismo que otro, que
no las haya examinado tan detenidamente, puede dejarlas fuera, o un tercero, que ha realizado
experimentos distintos, puede incluir otras cualidades distintas. Porque como la unión de esas cualidades
en la naturaleza es el verdadero fundamento de su unión en una idea compleja, ¿quién puede decir que
una de ellas tiene más motivos que otra para ser incluida o excluida? De aquí se deducirá
inevitablemente que como las ideas complejas de las sustancias son muy variadas entre los hombres que
usan el mismo nombre para ellas, la significación de esos nombres ha de ser muy incierta.

14. En tercer lugar, las cualidades no se conocen sino de una manera muy imperfecta
Además, apenas existe ninguna cosa particular que en algunas de sus ideas simples no se comunique con
un número mayor, y en otras, con un número menor de seres particulares. Y ¿quién puede determinar en
estos casos cuáles son los que forman la colección precisa que ha de ser determinada por el nombre
específico? o ¿quién puede prescribir con autoridad legítima cuáles cualidades obvias o comunes han de
apartarse, o cuáles más secretas o más particulares, han de incluirse en la significación del nombre de
cualquier sustancia? Todo lo cual, conjuntamente, rara vez o nunca deja de producir esa significación
varia y dudosa en los nombres de las sustancias, la cual significación causa tanta incertidumbre, disputas
y errores cuando hacemos un uso filosófico de ellos.

15. Con esta imperfección pueden servir para un uso civil, pero no para un uso filosófico
Es verdad que en la conversación civil y común los nombres generales de las sustancias, regulados en su
significación ordinaria por algunas cualidades obvias (como por la forma y la figura en las cosas de
propagación seminal conocida, y en la mayoría de las otras sustancias por el color junto con otras
cualidades sensibles), son suficientes para designar las cosas a las que los hombres quieren dar a
entender que se refieren; y de esta manera conciben lo suficientemente bien las sustancias significadas
por las palabras oro o manzana como para distinguir la una de la otra. Pero en las investigaciones y
debates filosóficos, donde hay que establecer verdades generales, y donde se perfilan consecuencias de
posiciones encontradas, allí se encontrará que la significación precisa de los nombres de las sustancias
no solamente no está bien establecida, sino que resulta muy difícil establecerla. Por ejemplo: el que
incluya la maleabilidad o cierto grado de fijeza como partes de su idea compleja de oro, podrá establecer
proposiciones relativas al oro, y a partir de ellas extraer conclusiones que se derivan de forma cierta y
clara del oro, entendido en este sentido; empero, estas consecuencias serán de tal naturaleza que ningún
otro hombre podrá admitir, ni convencerse de su verdad, en el caso de que no incluya la maleabilidad, ni
el mismo grado de fijeza como parte de la idea compleja que el nombre oto significa en el uso que hace
de él.

16. Ejemplo con líquido
Esta es una natural y casi inevitable perfección en la mayor parte de los nombres de las sustancias en
todos los lenguajes, lo cual descubrirán fácilmente los hombres cuando, pasando de nociones confusas y
vagas, llegan a realizar investigaciones más estrictas y cerradas; pues entonces se convencerán de cuán
dudosas y oscuras son esas palabras en su significado, aunque en el uso ordinario aparecían tan claras y
bien determinadas, Una vez estuve en una asamblea de médicos muy letrados y de mucho ingenio en la
que, por casualidad, surgió la cuestión de si pasaba algún líquido por los filamentos de los nervios.

Habiendo durado un buen espacio el debate, con gran variedad de argumentos por ambos bandos, yo
(que ya tenía la tendencia de sospechar que la mayor parte de las disputas surgen más por el significado
de las palabras que por una diferencia real existente entre las cosas) les rogué que antes de que fueran
más lejos en su disputa, examinaran y se pusieran de acuerdo sobre el significado de la palabra líquido.

Al principio se mostraron ligeramente sorprendidos por mi proposición, y si se hubiera tratado de
personas menos discretas tal vez la hubieran tomado como algo frívolo o extravagante, ya que no había
nadie que no pensara que no comprendía totalmente el significado de la palabra líquido, la cual, creo, no
es uno de los nombres de las sustancias más complejos. Sin embargo, se mostraron de acuerdo con mi
propuesta, y después de un examen encontraron que el significado de la palabra no era tan cierto ni
acorde como ellos habían imaginado, sino que cada uno de ellos lo convertía en el signo de una idea
compleja diferente. Esto hizo que cayeran en la cuenta de que lo principal de su disputa estribaba en la
significación de ese término, y que era muy escasa la diferencia en sus opiniones sobre si algún fluido o
materia sutil pasaba a través de los conductos nerviosos, aunque no resultara tan fácil llegar a un acuerdo
sobre si debería o no llamarse líquido, cosa que, cuando fue considerada, se pensó que no era importante
discutir.

17. Ejemplo con oro
Hasta qué punto éste es el caso de la mayoría de las disputas en que los hombres tan continuamente se
enfrascan, es algo de lo que, tal vez, tenga ocasión de hablar en otro lugar. Permítaseme considerar aquí
solamente el ejemplo arriba mencionado de la palabra oro con un poco más de exactitud, y podremos ver
lo difícil que resulta determinar su significado de una manera precisa. Pienso que todos estarán de
acuerdo en que significa un cuerpo de un cierto color amarillo brillante; y siendo ésa la idea a la que los
niños han anexado ese nombre, la parte amarillo brillante de la cola de un pavo real es, propiamente, oro
para ellos. Encontrando otros que la fusibilidad va unida al color amarillo en ciertas partículas de
materia, forman con esa combinación una idea compleja a la que dan el nombre de oro para denotar esa
clase de sustancia; y de esta manera excluyen del oro todos los cuerpos amarillo-brillantes que pueden
ser reducidos a cenizas por el fuego, y admiten que sea de esa especie, o que pueda quedar comprendido
bajo el nombre oro, solamente unas sustancias tales que, teniendo ese color amarillo-brillante, puedan
ser reducidos por el fuego a fusión, y no a cenizas. Otros, por la misma razón, añaden el peso, que
siendo una cualidad tan estrechamente unida a ese color como la fusibilidad, deben tener el mismo
derecho a incluirse en esa idea, y a ser significada por ese nombre y que, por tanto, la otra idea de este
cuerpo, formada por su color y fusibilidad, es imperfecta; y así ocurriría con el resto de las cualidades.

Porque nadie puede aducir una razón para que algunas de las cualidades inseparables, que están siempre
unidas en la naturaleza, se incluyan en la esencia nominal, en tanto se excluyen otras; o por qué la
palabra oro, que significa esa clase de cuerpo de la que está hecha el anillo de su dedo, debiera
determinar esa clase por su color, peso y fusibilidad, mejor que por su color, peso y solubilidad en aqua
regia, ya que el disolverlo por ese líquido es una cualidad tan inseparable como la fusión por el fuego; y
una y otra no son sino la relación que esa sustancia establece con otros cuerpos que tienen el poder de
actuar sobre ella. Porque ¿con qué razón puede afirmarse que la fusibilidad se convierte en parte de la
esencia significada por la palabra oro, y la solubilidad no es sino una propiedad suya? o ¿por qué es el
color parte de su esencia, mientras la maleabilidad no es sino una de sus propiedades? Lo que quiero
decir es que no siendo éstas nada más que propiedades que dependen de su constitución real, y no siendo
sino potencias activas o pasivas, en relación con otros cuerpos, nadie tiene la suficiente autoridad como
para determinar que la significación de la palabra oro (en cuanto referida a este cuerpo existente en la
naturaleza) sea más una colección de ideas que se encuentran más en este cuerpo que en otro; por lo que
la significación de ese nombre deberá ser, inevitablemente, muy incierta, puesto que, como ya se ha
dicho, diversas personas observan distintas propiedades en la misma sustancia, y creo que puedo afirmar
que nadie lo hace en absoluto. Y, por tanto, nosotros no tenemos sino descripciones muy imperfectas de
las cosas, y las palabras significados muy inciertos.

18. Los nombres de las ideas simples son los menos dudosos
A partir de cuanto se ha dicho, resulta fácil observar lo que ya apuntamos antes, es decir, que los
nombres de las ideas simples son, entre todos, los menos sujetos a errores, y ello por estas razones.

Primero, porque como las ideas que significan no son sino una percepción única, resultan mucho más
fácil de obtener y se retienen más claramente que las complejas, por lo que no están sujetas a la
incertidumbre que generalmente acompaña a las compuestas de las sustancias y de los modos mixtos, en
las que no es fácil llegar a un acuerdo sobre el número de ideas simples que las forman, ni mantenerlas
tan inmediatamente en la mente. Segundo, porque éstas nunca quedan referidas a ninguna otra esencia,
sino únicamente a la percepción que significan de una manera inmediata, la cual referencia es lo que
provoca que el significado de los nombres de las sustancias sea causa de tanta perplejidad y de tantas
disputas. Los hombres que no hacen un uso malintencionado de sus palabras o que no intentan
confundir, raramente yerran, en cualquier lenguaje que conozcan, en el empleo y significado de los
nombres de las ideas simples; blanco y dulce, amarillo y amargo, conllevan un significado tan obvio que
todo el mundo las comprende con precisión, o que fácilmente se da cuenta de que lo ignora y busca ser
informado de él. Pero cuál es el conjunto preciso de ideas simples que conllevan modestia o frugalidad,
en el uso de los demás, no es tan fácil de saber. Y aunque tengamos la tendencia de pensar que sabemos
lo que se significa por las palabras oro o hierro, sin embargo, las ideas precisas que otros quieren
significar no resultan tan fáciles de determinar; y pienso que es muy raro que hablante y oyente se
refieran a un mismo conjunto de ideas. Lo cual necesariamente ha de producir errores y disputas cuando
estas palabras se emplean en discursos, en los que los hombres establecen proposiciones universales, y
quieren fijar en sus mentes verdades universales teniendo en cuenta las consecuencias que de ellas se
siguen.

19. Y próximos a ellos, los modos simples
Por la misma razón, los nombres de los modos simples son, junto con los de las ideas simples, los menos
sujetos a la duda e incertidumbre; especialmente los de la figura y número, de los que los hombres tienen
ideas tan claras y distintas. Porque, ¿quién ha equivocado, deseando que se le entendiera, el significado
usual de siete o de triángulo? Y, en general, las ideas menos compuestas en cada especie son las que
tienen los nombres menos dudosos.

20. Los más dudosos son los nombres de los modos mixtos muy compuestos y de las sustancias
Los modos mixtos, por tanto, que están formados de unas cuantas y obvias ideas simples, generalmente
tienen nombres de significación no muy incierta. Pero los nombres de los modos mixtos que
comprenden un gran número de ideas simples, son frecuentemente de un sentido muy dudoso e
indeterminado, como ya se ha demostrado. Los nombres de las sustancias, ya que van anexados a las
ideas que no son ni la esencia real ni la representación exacta de los modelos a que se refieren, son aún
más susceptibles de una mayor imperfección e incertidumbre, especialmente cuando hacemos un uso
filosófico de ellos.

21. Por qué esta imperfección se hace recaer sobre las palabras
Como el gran desorden que existe en nuestros nombres de las sustancias procede, en su mayor parte, de
nuestra falta de conocimiento y de la falta de habilidad para penetrar en sus constituciones reales, es
probable que se inquiera por el motivo por el que hago recaer esta imperfección sobre las palabras y no
sobre nuestro entendimiento. Esta excepción tiene tanta apariencia de justicia, que creo estoy obligado a
dar una explicación de por qué he seguido este método. Así, pues debo confesar que cuando comencé
este tratado sobre el entendimiento, e incluso bastante tiempo después, no tenía la menor idea de que
fuese necesario hacer ninguna consideración sobre las palabras. Pero después de que hube tratado sobre
el origen y composición de nuestras ideas, empecé a examinar la extensión y certeza de nuestro
conocimiento, y encontré que existía una vinculación tan estrecha con las palabras que, a menos que se
observara detenidamente su fuerza y manera de significar, muy poco podría decirse con claridad y
certeza sobre el conocimiento, el cual, dado que versa sobre la verdad, tenía una relación constante con
las proposiciones; y aunque terminaba en las cosas, sin embargo, era en tantas ocasiones por la
intervención de las palabras, que éstas apenas parecían poder separarse de nuestro conocimiento general.

Estas, por lo menos, se interponen tanto entre nuestro entendimiento y la verdad que quisieran
contemplar y aprehender que, como ocurre con el medio que atraviesan los objetos visibles, la oscuridad
y el desorden interponen a menudo una luz ante nuestros ojos, oscureciendo así nuestro entendimiento.

Si tenemos en cuenta, en las falacias que los hombres se imponen a sí mismos y a los otros, y en los
errores existentes en las disputas y nociones de los hombres, qué parte tan grande se debe a las palabras
y a sus significaciones inciertas y dudosas, tendremos una razón de peso para pensar que no se trata de
un pequeño obstáculo en la vía del conocimiento, sobre el cual concluyo que debemos estar
especialmente atentos, especialmente porque ha estado muy lejos de ser considerado como un
inconveniente, ya que el arte de fomentarlo se ha convertido en motivo de los estudios humanos,
obteniendo la reputación de aprendizaje y sutileza, como veremos en el capítulo siguiente. Pero tiendo a
pensar que si las imperfecciones del lenguaje como instrumento del conocimiento se examinaran más
cuidadosamente, dejarían de existir por sí mismas gran parte de las controversias que tanto ruido hacen
en el mundo, y el camino hacia el conocimiento, y tal vez también hacia la paz, quedaría sin tantos
obstáculos como lo está ahora.

22. Esto podría enseñarnos la moderación cuando intentamos proponer a otros nuestros criterios
sobre los autores antiguos
Estoy seguro de que la significación de las palabras en todos los idiomas, puesto que depende mucho de
los pensamientos, de las nociones y de las ideas de quien las usa, debe causar inevitablemente gran
incertidumbre entre los hombres que tienen un mismo idioma y viven en el mismo país. Esto es tan
evidente en los autores griegos, que el que examine sus escritos encontrará en la mayoría de ellos un
lenguaje distinto, aunque usen las mismas palabras. Pero cuando a esta dificultad natural en todos los
países, se añaden las de países diferentes y edades remotas, en las que hablantes y escritores tenían
nociones muy diferentes, al igual que temperamentos, costumbres, ornamentos y figuras retóricas, etc.,
cada una de las cuales influyeron en el significado de sus palabras, entonces, aunque para nosotros se
hayan perdido y resulten desconocidas, resultará adecuado que seamos caritativos los unos con los otros
respecto a nuestras interpretaciones o malos entendidos de esos autores antiguos; pues sus escritos, por
muy importante que resulte el comprenderlos, están sujetos a las inevitables dificultades relativas al
discurso, el cual (si exceptuamos los nombres de las ideas simples y algunas otras cosas totalmente
obviar,) no es capaz de comunicar al oyente el sentido y la intención del hablante de una manera
indubitable y cierta, a no ser que haya una definición constante de los términos. Y en discursos sobre
religión, leyes y moralidad, como se trata de asuntos de un interés muy elevado, existirá una dificultad
en consonancia con esa elevación.

23. En especial, en las escrituras del Antiguo y Nuevo Testamento
Los muchos volúmenes de intérpretes y comentaristas del Antiguo y Nuevo Testamento no son sino
pruebas claras de esto. Aunque todo lo que está escrito en estos textos sea infaliblemente verdadero, sin
embargo el lector puede, o mejor, no puede sino ser muy falible al intentar entenderlo. Ni es extraño que
la voluntad de Dios, cuando está expresado por medio de palabras, esté expuesta a esa duda e
incertidumbre que inevitablemente acompaña a esa clase de comunicación, puesto que incluso su Hijo,
mientras estuvo revestido de forma humana, estuvo sujeto a todas las fragilidades e inconveniencias de
la naturaleza humana, a excepción del pecado. Y debemos magnificar su bondad, puesto que ha
evidenciado ante el mundo caracteres tan legibles de su obra y de su providencia, y porque ha dotado a
la humanidad de suficiente luz y razón para que aquellos a quienes nunca llegó la palabra escrita no
pudieran (siempre y cuando la buscaran) dudar de la existencia de Dios, ni de la obediencia que se le
debe. Y puesto que los preceptos de la religión natural son sencillos e inteligibles para cualquiera, y
pocas veces llegan a ser controvertidos, y puesto que otras verdades reveladas, que nos han sido
comunicadas por libros y lenguajes, están expuestas a las dificultades comunes y naturales y a las
oscuridades inherentes a las palabras, encuentro que debemos ser más cuidadosos y diligentes en la
observación de los anteriores preceptos, y menos magistrales, positivos e imperiosos a la hora de
interpretar esas otras verdades.

LIBRO III DEL ENSAYO SOBRE EL ENTENDIMIENTO HUMANO

Capítulo X
ACERCA DEL ABUSO DE LAS PALABRAS
1. Abuso de las palabras
Además de la imperfección que se encuentra de manera natural en el lenguaje, y de la oscuridad y
confusión que es tan difícil de evitar en el uso de las palabras, hay algunas faltas intencionales y
negligencias de que los hombres son culpables en esta manera de la comunicación, por las que hacen
que estos signos sean menos claros y distintos en su significación de lo que naturalmente deben ser.

2. Primero, las palabras se emplean muchas veces sin ninguna idea o con ninguna idea clara
Dentro de esta clase, el abuso primero y más palpable consiste en el empleo de palabras sin ideas claras
y distintas, o, lo que es peor, el de signos sin ninguna cosa significada. De éstos los hay de dos clases:
1. Se pueden advertir, en todos los lenguajes, ciertas palabras que, una vez examinadas, no significan
ninguna idea clara y distinta en su uso apropiado y en su origen. Estas, en su mayoría, han sido
introducidas por las diversas sectas de la filosofía y de la religión. Porque sus autores o promotores, bien
por afectar a algo singular y fuera de las comunes aprehensiones, bien por defender opiniones extrañas o
por ocultar alguna debilidad de sus hipótesis, rara vez dejan de acuñar palabras nuevas y tales que, si se
las examina bien, pueden con justicia calificarse de términos sin significado. Porque no teniendo ningún
conjunto determinado de ideas anejos a ellos cuando fueron inventados, o al menos no teniendo ninguno
que sea congruente al ser examinadas esas ideas, no es de extrañar que más tarde en el uso vulgar que
hacen sus partidarios, no será sino sonidos vacíos, con ninguna o muy escasa significación, para aquellos
que piensan que es suficiente con ponerlos en su boca, como caracteres distintivos de su escuela o
iglesia, sin tener la preocupación de examinar cuáles son las ideas precisas que significan. No necesito
añadir aquí más ejemplos, puesto que todo hombre puede encontrar un amplio repertorio de ellos en sus
lecturas y conversaciones. Y si alguien quiere estar mejor abastecido, los grandes maestros en esta clase
de términos, quiero decir los escolásticos y metafísicos (entre los que pienso se pueden incluir los
filósofos diletantes, naturales y morales, de estas últimas edades) les pueden proporcionar gran
abundancia donde contentarse.

3. Segundo, otras palabras carecen de significados distintivos
Hay otros que llevan este abuso aún más lejos, los cuales, teniendo la poca precaución de no emplear
palabras que en su denotación primaria apenas significan ideas claras y distintas anexas a estas palabras,
sino que, por una negligencia imperdonable, emplean con frecuencia palabras que la propiedad del
lenguaje ha unido a ideas muy importantes, sin ningún significado realmente establecido. Sabiduría,
gloria, gracia, etcétera, son palabras que con frecuencia se encuentran en boca de los hombres; pero si a
muchos de los que las emplean se les preguntara qué es lo que quieren significar con ellas, se quedarían
sorprendidos y sin saber qué respuesta dar, prueba evidente de que, aunque han aprendido esos sonidos,
y los tienen continuamente en sus labios, no tienen en sus mentes ninguna idea determinada que deseen
comunicar a los demás por medio de dichos términos.

4. Esto es debido a que los hombres aprenden los nombres antes de tener las ideas que les pertenecen
Habiendo sido acostumbrados los hombres desde la cuna a aprender palabras que fácilmente adquieren y
retienen, antes de haber conocido o forjado las ideas complejas a las que van anejas, o que se encuentran
en las cosas que pensaron significaban, continúan a lo largo de toda su existencia haciendo lo mismo; y,
sin realizar los esfuerzos necesarios para fijar en sus mentes determinadas ideas, emplean sus palabras
para significar sus confusas nociones, contentándose a sí mismos con las mismas palabras que los
demás, como si estos sonidos llevaran necesariamente el mismo significado. Sin embargo, aunque los
hombres se ajustan a esto en los acontecimientos ordinarios de la vida, en los que encuentran que es
necesario que se les comprenda, para lo que utilizan los signos necesarios, esta falta de significación en
sus palabras, cuando se ponen a razonar sobre sus opiniones o intereses, ocupa de manera evidente sus
discursos con una abundancia de ruidos ininteligibles y palabrería vana, especialmente en los asuntos
morales, en los que, al significar las palabras numerosos y arbitrarios conjuntos de ideas, que no están
reunidas de manera regular y permanente en la naturaleza, son con frecuencia meros sonidos o, al
menos, evocan unas nociones oscuras e inciertas anejas a ellas. Los hombres toman las palabras que
encuentran en uso entre sus vecinos, y para no parecer ignorantes de lo que significan, las emplean
confiadamente, sin romperse mucho la cabeza, para determinar su sentido exacto; de esta manera,
además de la comodidad, obtienen otra ventaja, a saber: que como en tales discursos rara vez tienen la
razón, también rara vez se convencen de que están equivocados, pues querer convencer de sus errores a
hombres que no tienen unas nociones determinadas es lo mismo que echar de su habitación a un
vagabundo que no tiene un domicilio fijo. Yo pienso que ocurre así, pero cada cual podrá observar en sí
mismo y en los demás si lo es o no.

5. En segundo lugar, la inconstancia en su aplicación
Otro gran abuso de las palabras es la inconstancia en su uso. Resulta difícil encontrar un escrito sobre
cualquier tema, especialmente sobre alguno controvertido, en el que no se pueda observar, si se lee con
atención, que las mismas palabras (por lo general, las de mayor importancia y sobre las que gira la
argumentación) se usan algunas veces para significar un conjunto de ideas simples, y otras para
significar un conjunto diferente, lo que supone un total abuso del lenguaje. Siendo la finalidad de las
palabras el ser signos de mis ideas, para comunicarlas a los demás, no por ninguna significación natural,
sino por una imposición voluntaria, resulta un claro engaño y un abuso el que unas veces signifiquen una
cosa y en otras ocasiones otra distinta; y si esto se hace intencionadamente, no podrá reputarse más que a
una gran estupidez o deshonestidad. Y un hombre, en sus cuentas con otro, podría con la misma equidad
hacer que los caracteres numéricos significaran unas veces un conjunto de unidades y otras otro
diferente, por lo que, por ejemplo, el guarismo 3 significaría unas veces tres, otras cuatro y otras ocho,
pues tendría el mismo derecho para ello que el que le asiste para que, en sus discursos o razonamiento,
las palabras signifiquen conjuntos diferentes de ideas simples. Si los hombres actuaran así en sus
negocios, me gustaría ver quién los realizaba. El que se expresara de esta manera en los asuntos y
negocios del mundo, y algunas veces llamara al ocho siete, y otras nueve, según sus conveniencias,
rápidamente sería motejado con uno de los nombres que las personas tanto aborrecen. Y, sin embargo,
en las argumentaciones y controversias eruditas, esta misma clase de procedimiento pasa comúnmente
por ingenioso y docto, aunque para mí es una deshonestidad mayor que la suplantación de cuentas
cuando se va a saldar una deuda; y me parece que el engaño será tanto mayor cuanto mayor es el valor
de la verdad y su trascendencia que el dinero.

6. En tercer lugar, la afectada oscuridad, como ocurre con los peripatéticos y otras sectas de filósofos
Otro de los abusos del lenguaje consiste en una oscuridad afectada, bien aplicando a las palabras
significaciones nuevas o desusadas, bien introduciendo términos nuevos o ambiguos, sin definirlos o
poniéndolos juntos, de modo que su significado usual resulte confuso. Aunque la filosofía peripatética
ha sobresalido en este procedimiento, otras sectas no han sido mucho más claras. Apenas existe alguna
de éstas (tal es la imperfección del conocimiento humano) que no intente cubrir con la oscuridad de sus
términos sus problemas, pues haciendo confusa la significación de las palabras, éstas impiden, como una
neblina ante los ojos de la gente, que se descubran sus puntos más débiles. Que cuerpo y extensión
signifiquen en el uso común dos ideas distintas, es algo evidente para quien reflexione un poco; pues si
sus significados fueran exactamente los mismos, sería tan acertado e inteligible decir «el cuerpo de una
extensi6n» como «la extensión de un cuerpo»; y, con todo, hay algunos que piensan es necesario
confundir el significado de estos dos términos. A este abuso y a los perjuicios que trae consigo el
confundir la significación de las palabras, la lógica y las ciencias liberales le han dado su aprobación, tal
y como se han practicado en las escuelas; y el admirado Arte de la Controversia ha contribuido mucho a
la natural imperfección de los lenguajes, puesto que se ha usado para desdibujar la significación de las
palabras más que para descubrir el conocimiento y la verdad de las cosas; y el que quiera adentrarse en
el estudio de esta clase de escritos doctos, encontrará que las palabras son mucho más oscuras, inciertas
e indeterminadas en su significado, que lo son en la conversación normal.

7. La lógica y las disputas han contribuido mucho
Inevitablemente tendrá que ocurrir así mientras el ingenio de los hombres se valore por su capacidad de
disputar. Y si la fama y los galardones dependen de esta clase de triunfos, directamente relacionados en
su mayor parte en las sutilezas y finuras de las palabras, no resulta sorprendente que el ingenio del
hombre empleado de esta manera, pudiera confundir, en volver y sutilizar la significación de los
sonidos, de manera que nunca le falte qué decir para oponerse o defender cualquier cuestión, ya que la
victoria se adjudica no a quien tenga la razón de su parte, sino a quien aporte la última palabra en la
disputa.

8. Se la llama sutileza
Aunque esta habilidad me parece muy inútil y totalmente contraria a los caminos del conocimiento, ha
pasado, sin embargo, por recibir los laudables y estimables nombres de sutileza y agudezas ha obtenido
el aplauso de las escuelas y el apoyo de una parte de los hombres doctos del mundo. Y no resulta extraño
desde el momento en que los filósofos de la antigüedad (me refiero a esos filósofos disputantes y
enredosos a los que Luciano ridiculiza con tanta gracia como razón), y más tarde los escolásticos,
deseando cosechar gloria y estimación por su conocimiento grande y universal, el cual resulta más fácil
simular que adquirir de verdad, encontraron en esto un buen motivo para encubrir su ignorancia,
mediante un curioso e inexplicable juego de palabras confusas, y para procurarse la admiración de los
demás por medio de términos ininteligibles, tanto más capaces de producir asombro cuanto más difíciles
resultan de comprenderse. Empero, como se puede ver en toda la historia, esos doctores tan profundos
no fueron ni más sabios ni más útiles que sus vecinos, y trajeron muy poca utilidad a la vida humana o
las sociedades en que vivieron, a no ser que la acuñación de palabras nuevas si la producción de objetos
a los que aplicarlas, o el confundir y oscurecer la significación de las antiguas, provocando que todas las
cosas sean causas de polémicas y disputas, sea algo beneficioso para la vida del hombre, o digno de la
alabanza y el galardón.

9. Este saber es muy poco beneficioso para la sociedad
Porque por encima de todos estos sabios polemizantes, de todos estos doctores sapientísimos, fue a
estadistas no escolásticos a los que los gobiernos del mundo debieron su paz, su seguridad y sus
libertades; y del iletrado y minusvalorado mecánico (nombre que se desprecia) fue de donde recibieron
los avances en las artes útiles. Sin embargo, esta ignorancia artificiosa y esta jerga cultista prevalecieron
poderosamente en estos últimos tiempos por el interés y el artificio de quienes no han sabido encontrar
un camino más fácil de mantenerse en esa autoridad y dominio que han alcanzado que el de divertir a los
hombres de negocios y a los ignorantes con palabras confusas, o empleando el ingenio y el ocio en
intrincadas disputas sobre términos ininteligibles, manteniéndolos perpetuamente en esos intrincados
laberintos. Además, no existe mejor manera de conseguir la entrada o sostener la defensa de cualquier
extraña y absurda doctrina que el de envolverla con una legión de palabras oscuras, dudosas e
indefinidas; lo cual, sin embargo, convierte a esos refugios más en guaridas de ladrones o en
madrigueras de zorros que en fortalezas de valerosos guerreros. Y si resulta difícil desalojarlos no es por
su fuerza, sino por las zarzas y las espinas y la espesura de la maleza con que se han envuelto, pues
como la verdad no es inaceptable para la mente, no le queda otra defensa a lo absurdo que la oscuridad.

10. Pero destruye los instrumentos del conocimiento y la comunicación
De esta manera, la docta ignorancia y ese arte de apartar a los hombres del conocimiento verdadero se ha
propagado en el mundo (incluso entre las personas más inquisitivas) y, pretendiendo esclarecer el
entendimiento, lo ha confundido en gran medida. Pues vemos que otros hombres bien intencionados y
sabios, cuya educación y circunstancias no les han permitido adquirir esa «sutileza», pueden
comunicarse de manera inteligible con los demás, y beneficiarse del lenguaje en su uso normal. Pues
aunque los hombres iletrados entienden suficientemente bien las palabras blanco, negro, etc., y poseen
constantes nociones de las ideas que esas palabras significan, sin embargo hay filósofos que tuvieron la
suficiente erudición y sutileza como para probar que la nieve era negra, es decir, para probar que lo
blanco era negro. Y como ellos tenían la ventaja de poder destruir los instrumentos y significados del
discurso, de la conversación, de la instrucción y de la sociedad, no han hecho, con su gran arte y
sutileza, sino embrollar y confundir la significación de las palabras, y de esta manera han hecho el
lenguaje menos útil de lo que sus verdaderos defectos lo habían hecho; talento que el iletrado no ha
conseguido alcanzar aún
11.Resulta tan útil como confundir los sonidos que significan las letras del alfabeto
Estos doctos hombres han instruido el entendimiento de los hombres y han aportado beneficios a sus
vidas, en tan gran medida como el que hubiera alterado el significado de las letras conocidas y, mediante
alguna sutil prueba de cultura, muy por encima de la capacidad de los ¡letrados de los obtusos y de los
vulgares, mostrara en su manera de escribir que podía poner A en lugar de B, D en lugar de E, etc., con
no poca admiración y provecho para sus lectores. Pues es tan absurdo poner negro, que es una palabra
aceptada para significar una idea sensible, poner esa palabra, digo, para una idea distinta o contraria, por
ejemplo, decir que la nieve es negra, como poner el signo A, que es una letra aceptada para significar la
modificación de un sonido, producida por cierto movimiento de los órganos del habla, en lugar de B,
que se ha acordado signifique otra modificación diferente de sonido, hecha por otros movimientos
distintos de los órganos del habla.

12. Este arte ha confundido la religión y la justicia
No se ha detenido este daño en las sutilezas lógicas, o en las curiosas y vanas especulaciones, sino que
ha invadido los más importantes cimientos sobre los que se asienta la vida y la sociedad, ha oscurecido y
confundido las verdades materiales de las leyes humanas y divinas, ha traído la confusión, el desorden y
la incertidumbre a los asuntos relacionados con los hombres, y si no las ha destruido, al menos ha hecho
inútiles en gran medida, estas dos grandes importantes normas: la religión y la justicia. ¿Para qué han
servido, si no, la mayor parte de los comentarios y de las disputas sobre las leyes humanas y divinas,
sino para hacer su significado más dudoso y su sentido más confuso? ¿Cuál ha sido el efecto de toda esa
multitud de distinciones curiosas, de esas amenas sutilezas, sino la oscuridad e incertidumbre, que hacen
más ininteligibles las palabras y dejan más desorientado al lector? ¿Por qué ocurre que los príncipes son
comprendidos por sus criados cuando les hablan y escriben, y no lo son cuando dictan las leyes a su
pueblo? Y, según advertí antes, ¿acaso no ocurre que muchas veces un hombre de capacidad normal
comprende perfectamente un texto, o una ley que acaba de leer, hasta que consulta a un expositor o a un
abogado, quienes, después de gastar el tiempo en explicarlos, hacen que las palabras no signifiquen nada
en absoluto, o que signifiquen lo que ellos quieran?
13. Y no debe pasar por un saber
No voy a examinar aquí si algunos han sido los causantes de todo esto por el interés de sus profesiones;
pero me gustaría que se considerase si no sería bueno para el género humano, cuyo mayor interés está en
conocer las cosas como son y en actuar como deben, y no en gastar sus vidas en hablar sobre ellas,
dando vueltas y jugando con las palabras, si no sería bueno, digo, que el uso de las palabras fuese llano y
directo, y que el lenguaje, que nos ha sido dado para perfeccionar el conocimiento y unirnos a la
sociedad, no se empleara en destruir la verdad y camuflar los derechos de los pueblos, para sembrar
tinieblas y hacer ininteligibles a la vez la moral y la religión o, al menos, si tiene que suceder así, ¿no
tendrían que dejar de tenerse como ciencia y conocimiento?
14. Tomar las palabras por las cosas
Otro gran abuso en las palabras consiste en tomarlas por cosas. Esto, aunque en alguna medida
concierne a todos los nombres en general, afecta, sin embargo, de manera más específica a los de las
sustancias. Caen con más frecuencia en este abuso aquellos hombres que reducen sus pensamientos a un
sistema único cualquiera, y se entregan a la firme creencia de la perfección de cualquier hipótesis
recibida, por lo que se llegan a convencer de que los términos de esa secta son tan adecuados a la
naturaleza de las cosas, que corresponden perfectamente a su existencia real. ¿Quién que haya sido
educado dentro de la filosofía peripatética no piensa que los diez nombres bajo los que se han clasificado
los diez predicamentos están exactamente de acuerdo con la naturaleza de las cosas? ¿Quién hay de esta
escuela que no esté convencido de que las formas sustanciales, las almas vegetativas, el horror al vacío,
las especies intencionales, etc., son algo real? Estas palabras los hombres las han aprendido desale muy
pronto en sus estudios, y han visto cómo sus maestros y los sistemas hacían gran hincapié sobre ellas,
por lo que no pueden abandonar la opinión de que son términos conforme a la naturaleza, que
representan algo realmente existente. Los platónicos tienen su alma del mundo, y los epicúreos la
tendencia hacia el movimiento en sus átomos cuando están en reposo. Y apenas existe una secta
filosófica que no tenga un conjunto de términos que los demás no entienden. Pero esta jerigonza, que por
la debilidad del entendimiento humano sirve ya bien para paliar la ignorancia de los hombres y para
cubrir sus errores, llega a parecer, por el uso familiar que hacen de ella los de un mismo clan, la parte
más importante del lenguaje, y sus términos los más significativos de todos; y si llegaran a prevalecer,
por la influencia de esa doctrina, los de «vehículos aéreos y etéreos», y fueran aceptados de forma
general, no dudo que esos términos impresionarían las mentes de los hombres de modo que les
convencerían de la realidad de dichas cosas, al igual que ha ocurrido hasta ahora con las formas y las
especies intencionales de los peripatéticos.

15. Ejemplo con materia
Hasta qué punto los nombres tomados en lugar de las cosas son capaces de confundir el entendimiento
es algo que podrá descubrir el lector atento de los escritores filosóficos; y eso quizá en palabras poco
sospechosas de prestarse a esas confusiones. Voy a usar como ejemplo una sola palabra de las de uso
más familiar. ¿Cuántas intrincadas disputas no se han dado sobre la materia, como si hubiera realmente
alguna cosa tal en la naturaleza, distinta del cuerpo, pues es evidente que la palabra materia significa una
idea diferente de la idea de cuerpo? Pues si las ideas que estos dos términos significan fueran
precisamente las mismas, en cualquier ocasión se podría usar indiferentemente el uno por el otro. Pero
podemos ver que, si bien resulta adecuado afirmar que hay una materia de todos los cuerpos, no es
posible decir que hay un cuerpo de todas las materias. De manera familiar, decimos que un cuerpo es
mayor que otro, pero suena mal (y creo que nunca se usa) decir que una materia es mayor que otra. ¿Qué
se deduce, entonces, de aquí?, es decir, de que aunque la materia y el cuerpo no sean realmente distintos,
sino que donde existe uno existe la otra, sin embargo, materia y cuerpo signifiquen dos concepciones
diferentes, en que la una es incompleta y solamente una parte de la otra. Pues cuerpo significa una
sustancia sólida y dotada de forma, en tanto que materia no es sino una concepción parcial y más
confusa, que me parece se usa para referirse a la sustancia y solidez de un cuerpo, sin referirse a su
extensión y forma. Y por eso, cuando nosotros hablamos de materia, hablamos siempre de ella corno
una, porque en realidad solamente contiene de una manera expresa la idea de una sustancia sólida, que
en todas partes es la misma y uniforme. Siendo ésta nuestra idea de materia, no concebimos mejor ni
hablamos de materias diferentes en el mundo que de solideces diferentes, aunque concebimos y
hablamos de cuerpos diferentes, pues la extensión y la figura son susceptibles de variaciones. Pero desde
el momento en que la solidez no puede existir sin la extensión y la forma, el hablar de materia como algo
que realmente existe bajo esta abstracción, ha producido sin lugar a dudas esos oscuros e ininteligibles
discursos y disputas, que han llenado las cabezas y los libros de los filósofos en torno a la materia prima;
y hasta qué punto esta imperfección o abuso se refiere también a muchos otros términos generales, es
algo que dejo a la consideración de los demás. Pienso que lo que sí puedo afirmar es que tendríamos un
número mucho menor de disputas en el mundo, si las palabras fueran solamente tomadas como signos de
nuestras ideas, y no por las cosas mismas. Pues cuando discutimos sobre materia, o sobre cualquier
término semejante, realmente sólo discutimos sobre la idea que expresamos por esos sonidos, sin tener
en cuenta si esa idea precisa se conforma con algo realmente existente en la naturaleza o no. Y si los
hombres nos dijeran qué ideas son las que significan sus palabras, no habría ni la mitad de esa oscuridad
o polémicas que se dan en la búsqueda de la verdad.

16. Esto hace que los errores se mantengan
Pero cualesquiera que sean los inconvenientes que se siguen de estos errores en el empleo de las
palabras, estoy seguro de que, por el uso constante y familiar, se provoca que los hombres acepten
nociones muy lejanas de la verdad de las cosas. Resulta un asunto muy arduo el persuadir a alguien de
que las palabras de su padre, de su maestro, del reverendo de su parroquia o de aquel insigne doctor no
significan nada que tenga una existencia real en la naturaleza, lo cual, quizá, no es una de las menores
causas que hacen tan difíciles el que los hombres abandonen por completo sus errores, incluso en
opiniones meramente filosóficas, en las que no existe más interés que la verdad. Porque como las
palabras que ellos han estado utilizando durante tanto tiempo están firmemente grabadas en sus mentes,
no resulta extraño que sean fáciles de suprimir las nociones equivocadas que van anejas a estas palabras.

17. En quinto lugar, por concederles un significado que no pueden tener
Otro abuso de las palabras consiste en colocarlas en lugar de cosas que éstas ni significan, ni pueden
significar. Podemos observar que en los nombres generales de las sustancias, de las que únicamente
conocemos sus esencias nominales, cuando los ponemos en proposiciones y afirmamos o negamos algo
sobre ellos, muy comúnmente suponemos de manera tácita o pretendemos que significan la esencia real
de alguna clase de sustancias. Porque cuando un hombre afirma que el oro es maleable, quiere decir e
insinúa algo más que esto: que lo que llamo oro es maleable (aunque realmente no significa más), sino
que quiere que se entienda que el oro, es decir, lo que tiene la esencia real del oro, es maleable, lo que
supone decir que la maleabilidad depende y es inseparable de la esencia real del oro. Pero para el
hombre que no conoce en qué consiste la esencia real, la conexión en su mente sobre la maleabilidad no
se establece realmente con una esencia que desconoce, sino con el sonido oro que pone en lugar de ella.

De esta manera, cuando decimos que animal rationale es una buena definición de hombre, y que animal
implume bipes latis ungibus no lo es, es evidente que suponemos que el nombre hombre significa en este
caso la esencia real de una especie, lo que significaría que «animal racional» describe mejor la esencia
real que «animal bípedo, de largas uñas e implume». ¿Por qué, si no, puede Platón hacer que la palabra
"ávzropos", u hombre, signifique su idea compleja, hecha de la idea de un cuerpo que se distingue de
otros por una cierta forma y apariencia externas, con la misma propiedad que Aristóteles forma la idea
compleja, a la que da el nombre de "ávzropos", u hombre, uniendo un cuerpo y la facultad de razonar; a
no ser que se suponga que el nombre de ávzropos u hombre, signifique algo distinto de lo que significa,
y que se ha puesto en el lugar de alguna otra cosa que la idea de un hombre quiere expresar?
18 V. gr., cuando las palabras se ponen en lugar de las esencias reales de las sustancias
Es verdad que los nombres de las sustancias serían mucho más útiles, y las proposiciones sobre ellos
mucho más ciertas, si las esencias reales de las sustancias fueran las ideas que tenemos en las mentes y
que significan esas palabras. Y es por carecer de esas esencias reales por lo que nuestras palabras
conllevan tan escaso conocimiento o certeza en las discusiones sobre ellas; y por lo que la mente, para
remediar en lo posible esa imperfección, establece, en virtud de una secreta suposición, que las palabras
signifiquen algo con esa esencia real, como si de ese modo se aproximara más a ella. Porque, aunque las
palabras hombre u oro no signifiquen en verdad sino una idea compleja de las propiedades reunidas en
esta clase de sustancias, sin embargo, apenas hay alguien que al usar estas palabras no suponga que cada
uno de esos nombres significa una esencia real de la que aquellas propiedades dependan. Y lejos de que
esto disminuya la imperfección de nuestras palabras, por el abuso evidente que hacemos de ello, la
aumentamos cuando pretendemos hacer que signifiquen algo que, al no estar dentro de nuestra idea
compleja, el nombre que empleamos no puede en modo alguno servir como signo suyo.

19. Por esto pensamos que el cambio en nuestras ideas complejas de sustancias no cambia su especie
Esto nos muestra las razones por las que, en los modos mixtos, cuando se excluye o se cambia
cualquiera de las ideas que forman la composición de la idea compleja, resulta ser otra cosa, es decir, de
otra especie, como resulta evidente en las palabras homicidio involuntario, asesinato, asesinato
premeditado, parricidio, etc. La razón de esto estriba en que la idea compleja significada por el nombre
es la esencia real al igual que la esencia nominal, y no existe ninguna secreta referencia de ese nombre
para ninguna otra esencia que no sea ésa. Pero no ocurre lo mismo en las sustancias. Porque aunque en
esa que llamamos oro uno incluya en su idea compleja lo que otro excluye, y viceversa, sin embargo, los
hombres no piensan habitualmente que haya cambiado la especie; porque en sus mentes secretamente
refieren ese nombre y lo suponen anejo a la esencia real inmutable de una cosa existente, de la que
dependen esas propiedades. Quien añada a su idea compleja de oro la fijeza y la solubilidad en aqua
regia, que no había incluido antes, no se piensa que haya cambiado las especies, sino que únicamente
tienen una idea más perfecta al haberse añadido una idea simple más, la cual, de hechos siempre se junta
con aquellas otras de las que estaba formada su idea compleja anterior. Pero esta referencia del nombre a
una cosa, de la que no tenemos la idea, está tan lejos de ayudarnos en nada que únicamente sirve para
envolvernos en dificultades mayores aún. Pues por esta tácita referencia a la esencia real de las especies
de los cuerpos, la palabra oro (que significando una más o menos perfecta colección de ideas simples,
sirve para designar bastante bien esa clase de cuerpo en la conversación normal) llega a no tener
significación alguna, al usarse para algo de lo que no tenemos ninguna idea, de manera que no podemos
significar nada cuando no tenemos presente al cuerpo mismo. Porque aunque se piense que es lo mismo,
sin embargo, si se considera detalladamente, se encontrará una gran diferencia en discutir sobre el oro en
cuanto a nombre y en hacerlo sobre una parte de este mismo cuerpo, por ejemplo, una hoja de oro
colocada ante nosotros, y eso aunque en la conversación nos veamos forzados a sustituir el nombre por
la cosa.

20. La causa de este abuso está en la suposición de que la naturaleza no obra siempre de manera
regular al definir los límites de las especies
Pienso que lo que predispone tanto a los hombres para sustituir sus nombres por las esencias reales de
las especies, es la suposición antes mencionada de que la naturaleza obra de una manera regular en la
producción de las cosas, y establece los límites de cada una de esas especies dando exactamente la
misma constitución real interna a cada individuo que nosotros clasificamos bajo un nombre general.

Pero cualquiera que observe sus diferentes cualidades, podrá difícilmente dudar que muchos de esos
individuos, llamados por el mismo nombre, son, en su constitución interna, tan distintos unos de los
otros como diferentes de aquellos individuos que han sido clasificados bajo nombres específicos
diferentes. Sin embargo, esta suposición de que la misma y precisa constitución interna va siempre unida
al nombre específico mismo, hace que los hombres tomen esos nombres corno representativos de esas
esencias reales, aunque, de hecho, no significan sino las ideas complejas que tienen en sus mentes
cuando los usan. De manera que, por decirlo así, significando una cosa y suponiéndola o colocándola en
el lugar de otra, no pueden, con tal uso, sino ser causa de muchísima confusión o incertidumbre en los
discursos de los hombres, y en especial en aquellos que están plenamente imbuidos en la doctrina de las
formas sustanciales, por la que ellos imaginan firmemente que se determinan y distinguen las distintas
especies de cosas.

21. Este abuso contiene dos suposiciones falsas
Pero aunque sea pretencioso y absurdo hacer que nuestros nombres signifiquen ideas que no tenemos, o
(lo que es lo mismo) esencias que no conocemos, lo que supone, en efecto, hacer a nuestras palabras
signos de nada, sin embargo resulta evidente, para cualquiera que reflexione un poco sobre el uso que
los hombres hacen de sus palabras, que nada es más frecuente. Cuando un hombre, si esta o aquella cosa
que ve, sea un simio o un feto monstruoso, es o no un hombre, es evidente que la cuestión no estriba en
si ese ser particular se ajusta a la idea compleja que expresa por el nombre de hombre, sino si contiene la
esencia real de una especie de cosas que él supone significa el nombre de hombre. En esta manera de
usar los nombres de las sustancias se contienen las siguientes suposiciones falsas:
Primero, que hay ciertas esencias precisas según las cuales la naturaleza hace todas las cosas
particulares, y por las que éstas se distinguen en especies. Que todo tenga una constitución real, por la
que es lo que es, y de la que dependen sus cualidades sensibles, es algo que no ofrece duda; pero pienso
que ha sido probado que esto no establece la distinción de las especies, según las clasificamos, ni los
límites de sus nombres.

Segundo, esto insinúa también, tácitamente, que tenemos ideas de esas propuestas esencias. Porque ¿a
qué propósito, si no, se inquiere si esta o aquella cosa tiene la esencia real de la especie hombre, si no
supiéramos que existe una semejante esencia específica conocida? Lo cual, sin embargo, es totalmente
falso, y, por tanto, una semejante aplicación de los nombres cuando queremos que signifiquen ideas que
no tenernos, debe necesariamente causar gran desorden en los discursos y razonamientos sobre ellos, y
suponer un gran inconveniente en nuestra comunicación por palabras.

22. Al proceder mediante la suposición de que las palabras que usamos tienen una significación
cierta y evidente que los hombres deben entender necesariamente
En sexto lugar, aún queda otro abuso más general, aunque tal vez menos observado, de las palabras que
consiste en que los hombres, acostumbrados por un uso familiar a anexarlas a determinadas ideas,
tienden a imaginar que existe una conexión tan cercana y necesaria entre los nombres y el significado
con el que los usan, que suponen atrevidamente que uno no puede sino entender lo que significan, y que
por tanto uno debe aceptar las palabras como si no hubiera duda de que, en el uso de esos sonidos
comunes recibidos, el hablante y el oyente tenían necesariamente las mismas ideas precisas. De donde
deducen que cuando han usado en el discurso algún término, han puesto, como si dijéramos, delante de
los demás la misma cosa de la que están hablando. Y de esta manera, tomando las palabras de los otros
como si naturalmente significaran justo lo que ellos están acostumbrados a aplicarlas, nunca se molestan
en explicar sus propios significados, o en entender claramente el significado de los demás. De aquí
proceden comúnmente tanto ruido y tantas querellas que en nada sirven a la información, en tanto los
hombres tomen las palabras como señales constantes y regulares de nociones aceptadas, cuando
realmente no son sino signos voluntarios e inestables de sus propias ideas. Y, sin embargo, los hombres
se extravían si en el discurso o en una disputa (en las que a menudo se hace absolutamente necesario) se
les pregunta el significado de los términos que emplean; aunque las argumentaciones que todos los días
pueden advertirse en las conversaciones hacen evidente que sólo existen unos cuantos nombres de ideas
complejas que dos hombres usen para designar precisamente la misma colección de ideas. Resulta
sumamente difícil encontrar una palabra que no sea un claro ejemplo de esto. Vida es uno de los
términos familiares, y casi resulta imposible encontrar a nadie que no se ofendiera si se le preguntara lo
que quería significar con él. Y, sin embargo, cuando surge la cuestión de si una planta que se ha
desarrollado de una semilla tiene vida, si el embrión de un huevo antes de su incubación, o un hombre
privado de sentidos y movimientos tienen o no vida, es fácil advertir que no siempre acompaña una idea
clara, distinta y fija al empleo de una palabra tan conocida como es ésta de vida. Algunos hombres
tienen comúnmente ciertas concepciones groseras y confusas, a las que aplican las palabras comunes de
su lenguaje, y que un empleo tan difuso de sus palabras le sirve adecuadamente para sus discursos o
asuntos habituales. Pero esto no basta para las investigaciones filosóficas: el conocimiento y el
razonamiento requieren ideas precisas y determinadas. Y aunque los hombres no serán tan
inoportunamente ingenuos como para no entender lo que dicen los demás y no exigir una explicación de
sus términos, ni tan críticos a ultranza como para corregir a los demás en el uso de las palabras que
reciben de éstos, sin embargo, cuando se aúnan verdad y conocimiento en un asunto, no veo qué falta se
puede cometer por exigir la explicación de términos cuyo sentido parece dudoso, o por qué un hombre
ha de avergonzarse por su ignorancia sobre el sentido de las palabras que otro emplea, puesto que no
tiene otra manera de informarse de su significado que no sea la explicación del otro. Este abuso de tomar
las palabras sin examen en ninguna parte se ha extendido tanto, ni ha tenido tan perjudiciales efectos,
como entre los hombres de le- tras. La multiplicación y la obstinación en las disputas, que tanto han
perjudicado el mundo intelectual, no obedecen más que a este uso de las palabras. Pues aunque
generalmente se crea que hay una gran diversidad de opiniones en los libros y distintas controversias que
existen en el mundo, sin embargo, lo único que encuentro que hacen los hombres doctos de diferentes
bandos es, en sus argumentaciones encontradas, hablar lenguajes diferentes. Y me inclino a pensar que
cuando cualquiera de ellos abandona los términos y piensa sólo en las cosas, sabiendo lo que piensa,
piensa lo mismo que los demás, aunque quizá sean diferentes sus intenciones.

23. Los fines del lenguaje son primero transmitir muestras ideas
Para concluir estas consideraciones sobre la imperfección y abuso del lenguaje, estableceré los tres fines
principales en nuestros discursos con los demás, a saber: primero, dar a conocer los pensamientos de un
hombre o sus ideas a otro; segundo, hacerlo con la mayor celeridad y facilidad posibles, y tercero,
transmitir el conocimiento de las cosas: se abusa o se hace un uso deficiente del lenguaje cuando no se
cumple cualquiera de estos tres fines.

Primero, las palabras incumplen el primero de estos fines, y no colocan abiertamente las ideas de un
hombre a la vista de otro en los siguientes casos: 1., cuando los hombres ponen en su boca nombres sin
tener ninguna idea determinada en su mente, ideas de las que esos nombres son los signos; 2., cuando
aplican los nombres comúnmente recibidos de cualquier lenguaje a ideas a las que el uso común de ese
lenguaje no las aplica, o 3., cuando las aplican de una forma muy inestable, haciendo que ahora
signifiquen una idea y luego otra.

24. Hacerlo rápidamente
Los hombres no consiguen comunicar sus pensamientos con la rapidez y facilidad que se pudiera,
cuando tienen ideas complejas sin tener nombres distintos para las mismas. Esto, a veces, es culpa del
mismo lenguaje, que no tiene todavía un sonido que se aplique a semejante significación, y en otras
ocasiones es culpa del hombre, que aún no ha aprendido el nombre de la idea que quiere comunicar a
otro.

25. Tercero, transmitir así el conocimiento de las cosas
No existe un conocimiento de las cosas transmitido por las palabras de los hombres, cuando sus ideas no
se ajustan a la realidad de las mismas. Aunque este defecto tenga su origen en nuestras ideas, las cuales
no se conforman tanto a la naturaleza de las cosas como la atención, el estudio y la aplicación, sin
embargo, no deja de hacerse extensivo también a nuestras palabras, cuando las empleamos como signos
de entes reales, que, con todo, nunca tuvieron ninguna realidad o existencia.

26. Cómo las palabras de los hombres fallan en todos estos aspectos: primero, cuando las usamos sin
ninguna idea
El que tenga, en cualquier lenguaje, palabras que no correspondan con ideas distintas en la mente a las
que las aplique, solamente emitirá ruidos sin ningún sentido ni significado cuando las use en sus
discursos. Y por muy sabio que pueda parecer por el empleo de palabras difíciles o de términos doctos,
no estará más avanzado en conocimiento de lo que lo estaría en erudición quien tuviera como únicos
estudios con los títulos de los libros sin poseer sus contenidos. Porque todas estas palabras, aunque estén
puestas en el discurso según las reglas correctas de la construcción gramatical, o con la armonía de
períodos bien adornados, no son sino sonidos vacíos y nada más.

27. Segundo, cuando las ideas complejas no son sino nombres anexados a ellas
El que tenga ideas complejas, sin nombres particulares para las mismas, no estará en una situación mejor
que la del librero que tuviera en su tienda gran cantidad de libros en hojas sueltas y sin títulos, pues sólo
los podría mostrar a los demás enseñándoles las hojas sueltas una por una. Aquel hombre se encontrará,
igualmente, impedido en su discurso por la falta de palabras para comunicar sus ideas complejas, las
cuales únicamente podrá dar a conocer mediante la enumeración de las simples que las componen; y de
esta manera deberá, con frecuencia, usar veinte palabras para expresar lo que otro hombre podría
significar con una.

28. Tercero, cuando el mismo signo no se emplea para una misma idea
Quien no emplea de manera constante el mismo signo para una misma idea, sino que usa idénticas
palabras unas veces con un significado y otras con otro, deberá ser considerado en las escuelas y en la
conversación como un hombre de la misma honestidad que el que vende en el mercado o en la Bolsa
diversas cosas bajo un mismo nombre.

29. Cuarto, cuando las palabras se emplean en un sentido diferente del habitual
Quien use las palabras de cualquier lenguaje para significar ideas diferentes de las que dichas palabras se
aplican en el uso habitual de un país, aunque su propio entendimiento esté rebosante de verdad y de luz,
no podrá por medio de semejantes palabras comunicar nada a los demás, si no define previamente sus
términos. Pues aunque los sonidos sean muy conocidos y penetren con facilidad en los oídos de quien
los escucha, al significar, sin embargo, otras ideas diferentes de las que normalmente están anexadas a
ellos, y que acostumbran provocar en la mente de los oyentes, éstas no podrán dar a conocer los
pensamientos de quien así use esos sonidos.

30. Quinto, cuando son nombres de imaginaciones fantásticas
Quien se imagine para sí ciertas sustancias que nunca han existido, y haya llenado su cabeza con ideas
que no tienen ninguna correspondencia con la naturaleza real de las cosas, a las cuales, sin embargo, da
nombres establecidos y definidos, podrá llenar sus discursos, y tal vez la cabeza de otro hombre, con las
imaginaciones fantásticas de su propio cerebro, pero estará muy lejos de avanzar ni un ápice en el
conocimiento real y verdadero.

31. Quien tenga nombres sin ideas carecerá de sentido en sus palabras y emitirá solamente sonidos
vacíos
Quien tenga ideas complejas sin nombres para ellas, carecerá de libertad y prontitud en sus expresiones,
y se verá obligado a recurrir a perífrasis. Quien emplee las palabras de manera vaga e incierta será mal
interpretado o no será comprendido. Quien aplique sus nombres a ideas diferentes de las del uso
habitual, carecerá de propiedad en su lenguaje y éste se convertirá en una jerga sin sentido, y quien tenga
ideas de sustancias que no se amolden a la existencia real de las cosas, carecerá en la misma medida de
los materiales de un verdadero conocimiento en su entendimiento, y tendrá en su lugar meras quimeras.

32. Cómo las palabras de los hombres yerran cuando se emplean para significar sustancias
1. En nuestras nociones sobre las sustancias estamos sujetos a las mismas inconveniencias anteriores;
por ejemplo, quien emplee la palabra tarántula, sin tener ninguna idea o imagen de lo que significa,
pronuncia una palabra correcta, pero sin querer significar nada por ella. 2. Aquel que, en un país recién
descubierto, vea diversas clases de animales y vegetales desconocidos hasta entonces para él, podrá
tener ideas tan verdaderas acerca de ellos como sobre un caballo o un ciervo; pero solamente podrá de
ellos por medio de la descripción, hasta tanto no haya tomado los nombres que les dan los naturales del
país, o les dé él mismo nombres. 3. Quien emplee la palabra cuerpo unas veces por mera extensión, y
otras por extensión y solidez a la vez, hablará de una manera muy falaz. 4. Quien dé el nombre de
caballo a esa idea que el uso común denomina mula, hablará de forma impropia y no será comprendido.

5. Quien piense que el nombre centauro significa algún ser real, se engaña a sí mismo, y confunde las
palabras con las cosas.

33. Cómo cuando significan modos y relaciones
Generalmente, en los modos y relaciones estamos expuestos tan sólo a incurrir en los cuatro
inconvenientes primeros; es decir: 1. Puedo tener en la memoria los nombres de modos, como gratitud o
caridad, y, sin embargo, carecer de ideas precisas anexadas en mis pensamientos a esos nombres. 2.

Puedo tener ideas y desconocer los nombres que les pertenecen: por ejemplo, puedo tener la idea de un
hombre que beba hasta alterar su color y humor, hasta que se traba su lengua, sus ojos enrojecen y sus
pies se muestran inseguros, y, sin embargo, no conocer que esa idea recibe el nombre de borrachera. 3.

Puedo tener ideas de virtudes y vicios, junto con sus nombres, pero aplicarlos de manera errónea,
aplicando, por ejemplo, el nombre frugalidad a la idea que otros llaman y significan con el sonido
codicia. 4. Puedo usar cualquiera de esos nombres con inconstancia. 5. Pero, en los modos y relaciones,
no puedo tener ideas incompatibles con la existencia de las cosas, por- que, como los modos son ideas
complejas forjadas por la mente a su gusto, y como las relaciones no son sino mi manera de considerar o
comparar dos cosas entre sí, y, por tanto, una idea de mi propia factura, apenas puede suceder que estas
ideas no se amolden a algo existente que no están en la mente como copias de cosas regularmente
hechas por la naturaleza, ni como propiedades que inseparablemente fluyan de la constitución interna o
esencia de alguna sustancia, sino que, por decirlo así, son patrones alejados en mi memoria, con sus
nombres anexados a ellos, para denominar acciones y relaciones, tal como existen. Pero el error surge
comúnmente al darle un nombre equivocado a mi concepción, de manera que, usando así palabras en un
sentido diferente al que les dan los demás, no soy entendido, sino que se piensa que tengo ideas
equivocadas sobre ellas cuando les doy nombres falsos. Solamente si pongo en mis ideas de modos
mixtos o relaciones algunas ideas inconsistentes entre sí, me lleno la cabeza de quimeras, puesto que
tales ideas, si las examinamos bien, no pueden ni si- quiera existir en la mente, y menos aún puede un
ser real ser denominado a partir de ellas.

34. Séptimo, a menudo se hace también un abuso del lenguaje por las expresiones figuradas
Desde el momento en que el ingenio y la fantasía tienen en el mundo una mejor acogida que la seca
verdad y el conocimiento real, las expresiones figuradas y las alusiones en el lenguaje difícilmente
podrán ser admitidas como una imperfección o abuso de éste. Admito que en los discursos en los que
pretendemos más el placer y el agrado que la información y el aprovechamiento, semejantes adornos
tomados de ellos no pueden pasar por faltas. Sin embargo, si queremos hablar de las cosas como son,
debemos admitir que todo el arte de la retórica, exceptuando el orden y la claridad, todas las aplicaciones
artificiosas y figuradas de las palabras que ha inventado la elocuencia, no sirven sino para insinuar ideas
equivocadas, mover las pasiones y para seducir el juicio, de manera que no es sino superchería y, por
tanto, por muy laudables o adecuados que puedan ser la oratoria en las arengas y discursos populares, es
cierto que en todos los discursos que pretendan informar o instruir debe ser totalmente evitada; y cuando
concierne a la verdad o al conocimiento, no puede sino tenerse por gran falta, ya del lenguaje, ya de la
persona que hace uso de ella. Cuál y cuán varias sean, es superfluo señalarlo aquí; los libros de retórica,
abundantes en el mundo, pueden instruir a los que deseen informarse. Solamente no puedo sino observar
lo poco que se preocupan de la conservación y el aprovechamiento de la verdad y del conocimiento, ya
que las artes de la falacia son las elegidas y preferidas. Es evidente en qué gran medida los hombres
aman el engaño y el ser engañados, puesto que la retórica, ese poderoso instrumento del error y la
falacia, tiene sus profeso- res establecidos, es públicamente enseñada y ha sido siempre tenida en gran
reputación; y no dudo que se tenga por gran atrevimiento, sino por brutalidad, el que yo haya dicho todo
lo anterior en su contra. La elocuencia, como el sexo bello, tiene encantos demasiado atractivos para que
se permita hablar en su contra. Y resulta inútil intentar buscar los defectos de aquellas artes de engaño
cuando los hombres encuentran placer en ser engañados.












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