TELEVISÃO | Lacan, J.

| sábado, 1 de agosto de 2009
o digo siempre la verdad: no toda, porque de decirla toda, no somos capaces. Decirla
toda es materialmente imposible: faltan las palabras. Precisamente por este imposible, la
verdad aspira a lo real.

Aquel que me interroga
sabe también leerme.
J. L.


[Yo digo siempre la verdad]
Yo digo siempre la verdad: no toda, porque de decirla toda, no somos capaces. Decirla
toda es materialmente imposible: faltan las palabras. Precisamente por este imposible, la
verdad aspira a lo real. nota(13)
He de confesar mi intento de responder a la presente comedia y que eso estaba bueno
para la canasta.
Marra pues, y por ahí mismo logro en relación con un error, o para decirlo mejor, con un
vagabundaje [errement].
Este, por ser de ocasión, sin demasiada importancia. ¿Pero cuál en primer lugar?
El vagabundaje consiste en esta idea de hablar para que los idiotas me comprendan.
La idea que naturalmente me conmueve tan poco, que debió serme sugerida. Por la
amistad. Peligro.
Ya que no hay diferencia entre la televisión y el público ante el cual hablo desde hace
mucho tiempo, eso que llaman mi seminario. Una mirada en los dos casos: a quien no me
dirijo en ninguno, mas que en nombre de lo que hablo.
Que no se piense sin embargo que hablo para nadie. Hablo para aquellos que saben, a los
no idiotas, a analistas supuestos.
La experiencia prueba, aun ateniéndose al tropel, prueba que lo que digo interesa a
mucha más gente que a aquellos que con alguna razón supongo analistas. De tal suerte,
¿por qué hablaría yo aquí con tono distinto al de mi seminario?
Aparte que no es inverosímil que suponga también analistas que me oyen.
Iré más lejos: no espero nada más de los analistas supuestos, sino ser ese objeto gracias
al cual lo que enseño no es un autoanálisis. Sin duda, en este punto, no hay más que
ellos, de aquellos que me escuchan, que seré oído. Pero aun, de no oír nada, un analista
tiene ese papel que acabo de formular. Y la televisión lo tiene desde entonces como él.
Agrego que esos analistas que sólo lo son por ser objeto -objeto del analizante-; ocurre
que me dirijo a ellos, no que les hable, sino que hablo de ellos: no fuera más que para
turbarlos. ¿Quién sabe? Ello puede tener efectos de sugestión.
¿Se podrá creer? Hay un caso en que la sugestión no puede nada: aquel en que el
analista recibe su falla del otro, de quien lo condujo hasta «el pase» como digo yo, el de
ponerse en analista.
Felices los casos en que pase ficticio por formación incompleta(14): autorizan la
esperanza.
Segunda Parte
[El inconsciente, cosa bastante precisa]
-Me parece, estimado doctor, que no estoy aquí para rivalizar en ingenio con usted..., sino
solamente para dar lugar a su réplica. De tal modo, no obtendrá de mí sino las preguntas
más ligeras -elementales, incluso vulgares. Ahí va: «El inconsciente, ¡vaya palabra!».
-El mismo Freud no encontró mejor, y no hay que redundar en ello. Esa palabra tiene el
inconveniente de ser negativa, lo que permite suponer cualquier cosa en el mundo, sin
considerar el resto. ¿Por qué no? Para cosa inadvertida, el nombre de «en todas partes»
conviene tanto como el de «en ninguna parte».
Es sin embargo cosa bastante precisa.
Sólo hay inconsciente en el ser parlante. En los animales, quienes no tienen de ser sino el
ser nombrados aun cuando se impongan de lo real, hay instinto, es decir el saber que
implica su supervivencia. Aunque no más que para nuestro pensamiento, quizás ahí
inadecuado.
Quedan los animales carentes de hombre, por ello llamados domésticos(15) y que por esta
razón recorren los sismos, por lo demás bastante breves, del inconsciente.
El inconsciente, ello habla, lo que le hace depender del lenguaje, de lo que sólo se sabe
poco: a pesar de lo que yo designo como lingüistería [linguisterie] para reunir ahí a lo que
pretende, es nuevo, intervenir en los hombres en nombre de la lingüística. Siendo la
lingüística la ciencia que se ocupa de la lengua [la-langue], que escribo en una sola
palabra, si he de especificar su objeto, como es de uso en toda otra ciencia.
Este objeto es sin embargo eminente, de ser a él a que se reduce más legítimamente que
a cualquier otro la noción aristotélica misma de sujeto. Lo que permite instituir el
inconsciente de la existencia de otro sujeto al alma. Al alma como suposición de la suma
de sus funciones al cuerpo. Lareferida [Ladite] más problemática a pesar que lo sea por la
misma voz desde Aristóteles a Uexkull, y que sigue siendo lo que aún suponen los
biólogos, les guste o no.
De hecho el sujeto del inconsciente no toca al alma más que a través del cuerpo,
introduciendo el pensamiento: esta vez de contradecir a Aristóteles. El hombre no piensa
con su alma, como lo imagina el Filósofo.
El piensa ya que una estructura, la del lenguaje -la palabra lo admite-, ya que una
estructura recorta su cuerpo, lo que nada tiene que hacer con la anatomía. La prueba el
histérico. Esta cizalla llega al alma con el síntoma obsesivo: pensamiento con que el alma
se entorpece, no sabe qué hacer.
El pensamiento es disarmónico en cuanto al alma. Y el (griego). griego es el mito de una
anuencia del pensamiento al alma, de una anuencia que sería conforme al mundo, mundo
(Umwelt) cuya alma se considera responsable, cuando no es más que la fantasía en que
se sostiene un pensamiento, «realidad» sin duda, pero a entender como mueca de lo real.
-No obstante se acude a usted, psicoanalista, para poder vivir mejor en este mundo que
usted reduce a la fantasía. ¿Es también la cura una fantasía?
-La cura es una demanda que parte de la voz del sufriente, de alguien que sufre de su
cuerpo o de su pensamiento. Lo sorprendente es que haya respuesta, y que desde
siempre la medicina haya dado en el blanco por las palabras.
¿Qué ocurría antes de que el inconsciente fuera descubierto? Una práctica no tiene
necesidad de ser esclarecida para operar: es lo que se puede deducir.
-¿El análisis no se distinguiría por consiguiente de la terapia más que por «ser
esclarecido»? Eso no es lo que usted quiere decir. Permítame formularle de esta manera
la pregunta: «Tanto el psicoanálisis como la psicoterapia sólo actúan por medio de
palab ras. Sin embargo se oponen. ¿En qué?».
-Para los tiempos que corren, no existe psicoterapia de la que no se exija que sea de
«inspiración psicoanalítica». Modulo la cosa con las comillas que merece. La diferencia ahí
sustentada, ¿consistirá solamente en que no se va a la lona(16)..., al diván quiero decir?
Esto ayuda a los analistas carentes de pase en las «sociedades», iguales comillas,
quienes por no querer saber nada, digo: del pase, lo sustituyen por formalidades de grado,
bastante elegantes para ubicar permanentemente a aquellos que despliegan más
habilidad en sus relaciones que en su práctica.
Por eso voy a presentar aquello por lo cual esta práctica prevalece en la psicoterapia.
En la medida en que interesa al inconsciente, hay dos vertientes que la estructura emite,
es decir el lenguaje,
La vertiente del sentido, aquella de la que se creerá que es la del análisis que con el barco
sexual nos inunda con olas de sentido.
Es sorprendente que este sentido se reduzca al no-sentido de la relación sexual, patente
desde siempre en los decires del amor. Patente hasta el punto de ser aullante: lo que da
una alta idea del humano pensamiento.
Y encima hay sentido que se hace tomar por el buen sentido, que encima se pretende
sentido común. Es la cima de lo cómico, a diferencia que lo cómico conlleva el saber de la
no-relación que está en el golpe, en el golpe del sexo. De ahí que nuestra dignidad asuma
su descanso, incluso su relevo.
El buen sentido representa la sugestión, la comedia la risa. ¿Es decir que bastan, aparte
ser poco compatibles? Es ahí que la psicoterapia, cualquiera que sea, no alcanza, no que
no ejerza algún bien, sino que nos retrotrae a lo peor.
De ahí que el inconsciente, es decir la insistencia donde se manifiesta el deseo, o aun la
repetición de lo que ahí es demandado -¿no es ahí que Freud lo dice en el momento
mismo que lo descubre?
De ahí que el inconsciente, si la estructura que se reconoce -Por hacer el lenguaje en
lalengua, como yo digo, lo exige bien, nos recuerda que a la vertiente del sentido que en la
palabra nos fascina -mediante lo cual el ser hace pantalla a esta palabra, este ser del cual
Parménides imagina el pensamiento-,
nos recuerda que a la vertiente del sentido, concluyo, el estudio del lenguaje opone la
vertiente del signo.
¿Cómo es que el síntoma, lo que se llama tal en el análisis, no señaló ahí el camino? Eso
que fue necesario hasta Freud para que, dócil al histérico, llegara él a leer los sueños, los
lapsus, incluso los chistes, como se descifra un mensaje cifrado.
-Pruebe que está ahí lo que dice Freud, y todo lo que él dice.
-Que se vaya a los textos de Freud repartidos en tres mayores -los títulos son ahora
triviales-, para darse cuenta de que no se trata sino de un descifre de dimensión
significante pura.
Es decir que uno de esos fenómenos está articulado ingenuamente: articulado quiere decir
verbalizado, ingenuamente según la lógica vulgar, empleo de la lengua simplemente
recibido.
Es progresando en un tejido de equívocos, de metáforas, de metonimias, que Freud evoca
una substancia, un mito fluidico que intitula libido.
Pero lo que él opera realmente, ahí bajo nuestros ojos fijos en el texto, es una traducción
en la que se demuestra que el goce que Freud supone en el linde de procesos primarios,
consiste propiamente en los desfiladeros lógicos hacia donde él nos conduce con tanto
arte.
No hay más que distinguir, a lo que ya había llegado desde hace mucho tiempo la
sapiencia estoica, el significante del significado (para traducir los nombres latinos como
Saussure), y se aprehende la apariencia de fenómenos de equivalencia de los cuales se
comprende que hayan podido configurar para Freud el aparato de la energética.
Es necesario un esfuerzo de pensamiento para que se funde la lingüística. De su objeto, el
significante. No hay lingüística que no se proponga separarlo como tal, y especialmente
del sentido.
Hablé de la vertiente del signo para acentuar la asociación con el significante. Pero el
significante difiere en que a la batería se la encuentra ya en la lengua.
Hablar de código no conviene, justamente por suponer un sentido.
La batería significante de lalengua no suministra más que la cifra del sentido. Cada
palabra adquiere según el texto una gama enorme, disparatada, de sentido, sentido cuya
heteroclicidad se comprueba a menudo en el diccionario.
No es menos ciertos para miembros enteros de frases organizadas. Tal esta frase: los
no-engañados(17)-erran con la cual yo me armo este año.
Sin duda la gramática hace de obstáculo de la escritura, y por lo tanto da prueba de un
real, pero real se lo sabe, que permanece enigma, hasta tanto en el análisis no se zafe el
resorte seudo-sexual: es decir lo real que, de no poder sino mentir al compañero, se
inscribe neurosis, perversión o psicosis.
«Yo no lo amo», nos enseña Freud, llega lejos por repercusión en la serie.
En realidad, es porque todo significante, del fonema a la frase, puede servir de mensaje
cifrado (personal decía la radio, durante la guerra) que él se desliga como objeto y que se
descubre que es él quien hace que en el mundo, el mundo del ser parlante, haya Uno, es
decir elemento, el (griego) del griego.
Lo que Freud descubre en el inconsciente yo no he podido hace un momento sino invitar a
que se vaya a ver en sus escritos si digo justo, es bien diferente que advertir que se puede
al por mayor dar un sentido sexual a todo lo que se sabe, por la razón que conocer presta
a la metáfora bien conocida de siempre (vertiente del sentido que Jung explota). Es lo real
que permite desanudar efectivamente en qué consiste el síntoma, a saber un nudo de
significantes. Anudar y desanudar no son aquí más que metáforas, pero a considerar
como esos nudos que se construyen realmente para hacer cadena de la materia
significante.
Puesto que esas cadenas no son de sentido sino de gozo-sentido, a escribir como usted
quiera conforme al equívoco que constituye la ley del significante.
Pienso haber dado alcance diferente de lo que arrastra de confusión corriente, al recurso
calificado del psicoanálisis.
Tercera Parte
[Ser un santo]
-Los psicólogos, las psicoterapeutas, los psiquiatras, todos los trabajadores de la salud
mental --- es desde abajo, y a la dura, que ellos se cargan al hombro toda la miseria del
mundo-. Durante todo ese tiempo, ¿qué del analista?
-Es cierto que cargarse la miseria al hombro, como usted dice, es entrar en el discurso que
la condiciona, así no fuera más que a título de protesta.
Por sólo decirlo, me pone en posición -que algunos entenderán como de rechazo de la
política-. Lo que en cuanto a mí, sean quienes fueren tengo por excluido.
Por lo demás los psico -cualesquiera ellos fueran- que se dedican a vuestro supuesto
acarreo, no están para protestar, sino para colaborar. Que lo sepan o no, es lo que hacen.
Es bien cómodo, hágome yo retorsión demasiado fácil, bien cómoda esta idea de discurso,
para reducir el juicio a lo que lo determina. Lo que me asombra, es que de hecho no
encuentran mejor que oponerme, se dice: intelectualismo. Lo que carece de peso, si se
trata de saber quién tiene razón.
Lo es tanto menos que al referir esta miseria al discurso capitalista, yo lo denuncio.
Indico solamente que no puedo hacerlo seriamente, porque al denunciarlo lo refuerzo -lo
normativizo, a saber lo perfecciono.
Interpolo una observación. No fundo esta idea de discurso sobre la existencia del
inconsciente. Es el inconsciente que ahí sitúo -de no existir más que a un discurso.
Usted lo comprende tan bien que a ese proyecto que declaro ensayo vano, usted anexa
una pregunta sobre el porvenir del psicoanálisis.
El inconsciente existe tanto más que por sólo revelarse claramente en el discurso del
histérico, en cualquier otra parte no hay más que injertos: sí, por sorprendente que
parezca, hasta en el discurso del analista donde lo que se hace, es cultura.
Aquí paréntesis, ¿el inconsciente implica que se lo escuche? A mi entender, sí. Pero él no
implica, seguramente no sin el discurso en que él existe, que se lo evalúe como saber que
no piensa, ni calcula, ni juzga, lo que no le impide trabajar (en el sueño por ejemplo).
Digamos que es el trabajador ideal, aquel de quien Marx hizo la flor de la economía
capitalista con la esperanza de verlo tomar el relevo del discurso del amo: lo que ocurrió en
efecto, bien que bajo forma inesperada. Hay sorpresas en estos asuntos de discurso, es
eso precisamente el hecho del inconsciente.
El discurso que digo analítico, es el lazo social determinado por la práctica de un análisis.
Merece ser puesto a la altura de los más fundamentales entre los lazos que permanecen
para nosotros en actividad.
-Pero de lo que constituye lazo social entre los analistas, está usted mismo, ¿no es así?,
excluido...
La Sociedad -llamada internacional, aun cuando ello sea un poco ficticio, habiéndose
reducido el asunto a no ser más que familiar-, yo la conocí en manos aún de la
descendencia directa y adoptiva de Freud: si yo me atreviera -pero prevengo que aquí soy
juez y parte, luego partidario-, diría que actualmente es una sociedad de asistencia mutua
contra el discurso analítico. La SAMCDA.
¡Sacra SAMCDA!
Ellos no quieren saber nada pues del discurso que los condiciona. Pero eso no los
excluye: lejos de ahí, puesto que funcionan como analistas, lo que quiere decir que hay
gente que se analiza con ellos.
A este discurso, por consiguiente satisfacen, aunque algunos de sus efectos son para
ellos desconocidos. En conjunto la prudencia no les falta; y aun si no es la verdadera,
puede ser la buena.
Por lo demás, es para ellos que existen los riesgos.
Volvamos entonces al psicoanálisis y no busquemos subterfugios. Nos conducirían de
todas maneras ahí donde voy a decir.
No podría situársele mejor objetivamente de lo que en el pasado se llamó: ser un santo.
Un santo durante su vida no impone el respeto que le vale a veces una aureola.
Nadie lo nota cuando sigue el camino de Baltasar Gracián, no ponerse de manifiesto -por
donde Amelot de la Houssaye presumió que había escrito el Homme de cour.
Un santo, para hacerme entender, no practica la caridad. Más bien se pone a desperdiciar
[faire le dechet]: él descarida [décharite]. Eso para realizar lo que la estructura impone, a
saber, permitir al sujeto, al sujeto del inconsciente, tomarlo por causa de su deseo.
Es por la abyección de esa causa en efecto
7. El conocimiento temprano de Baltasar Gracián en Francia se debió a AmeIot de la
Houssaye, traductor de El Príncipe de Machiavello, quien en 1639 traduce el Oráculo
Manual de Gracián bajo título de L'Homme de cour (El cortesano).
Que el sujeto en cuestión tiene oportunidad de localizarse al menos en la estructura. Para
el santo no es divertido, pero imagino que, para algunas orejas de esta tele, confirma bien
las rarezas de hechos de santos.
Que eso tenga efecto de goce, ¿quién no tiene el sentido con el goce? Sólo el santo
permanece seco, nada que hacer para él. Es precisamente lo que sorprende más en el
asunto. Sorprende a aquellos que se aproximan y no se equivocan: el santo es el
desperdicio [rebut] del goce.
A veces sin embargo hay un relevo, del que se contenta como todo el mundo. ]Él goza. Él
no obra durante ese tiempo. No es que los vivillos no lo acechen entonces para sacar
consecuencias y alentarse a sí mismos. Pero el santo se burla, tanto como de aquellos
que ven ahí su recompensa. Lo que es para desternillarse.
Puesto que frecuentemente partió de burlarse también de la justicia distributiva.
En verdad el santo no se cree meritorio, lo que no quiere decir que carezca de moral. El
único fastidio para los otros, que no se ve a dónde lo conduce.
Yo cogito desvariadamente para que haya de nuevo otros así. Sin duda por no conseguirlo
Yo mismo.
Cuanto más santos hay, más se ríe, es mi principio, véase la salida del discurso capitalista
-lo que constituirá un progreso-, si solamente es para algunos.
Cuarta Parte
[Esos gestos vagos de los que vuestra garantía es mi discurso]
-Desde hace veinte años que usted propuso su fórmula, que el inconsciente está
estructurado como un lenguaje, se le objeta bajo diversas formas: «No son más que
palabras -palabras, palabras, palabras-. Y lo que no se complica con palabras, ¿qué hace
usted con eso? ¿Quid de la energía psíquica, o del afecto, o de la pulsión?».
-Usted imita los gestos con los cuales se finge un aire de patrimonio en la SAMCDA.
Porque, usted sabe, al menos en la SAMCDA de París, los únicos elementos de sustento
provienen de mi enseñanza. Se filtra por todos lados, es un viento, que hiela cuando sopla
demasiado fuerte. Entonces se vuelve a los viejos gestos, uno se calienta acurrucándose
en Congreso.
Puesto que el que yo me venga de esta manera hoy con la SAMCDA no es un pito
catalán, historia de hacer reír a la tele. Es expresamente a tal título que Freud concibió la
organización a que legaba el discurso analítico. Sabía que la prueba sería dura, la
experiencia de sus primeros seguidores lo había instruido al respecto.
-Consideremos primero la cuestión de la energía natural.
La energía natural hace de matraz de ejercicios para demostrar que en ese punto también
se tiene ideas. La energía -es usted que le pone el gallardete de natural-, porque en lo que
ellos dicen se sobreentiende que es natural: algo de hecho para el consumo, en tanto que
una represa puede retenerla y tornarla útil. Solamente he ahí, no es porque la represa
haga de decorado en un paisaje, que la energía es natural.
El que una «fuerza de vida» pueda constituir lo que se consume, es una metáfora grosera.
Porque la energía no es una sustancia, que por ejemplo se bonifica o que al envejecer se
pone agria, es una constante numérica que para poder trabajar necesita el físico encontrar
en sus cálculos.
Trabajar de manera conforme a lo que, de Galileo a Newton, se fomentó de una dinámica
puramente mecánica: a lo que constituye el núcleo de lo que se llama más o menos
propiamente una física, estrictamente verificable.
Sin esta constancia que no es más que una combinación de cálculo, no hay física. Se
piensa que los físicos son cautelosos y que ordenan las equivalencias entre masas,
campos e impulsiones para que resulte una cifra que satisfaga el principio de conservación
de la energía. Todavía es necesario que pueda plantearse ese principio, para que una
física satisfaga la exigencia de ser verificable: es un hecho de experiencia mental, como se
expresaba Galileo. 0 para decirlo mejor, la condición de que el sistema sea
matemáticamente cerrado prevalece aún sobre la suposición de que sea físicamente
aislado.
Esto no es de mi cepa. Cualquier físico sabe claramente, es decir, presto a decírselo, que
la energía no es más que la cifra de una constancia.
Ahora bien, lo que Freud articula como proceso primario en el inconsciente -esto es mío,
pero que se recurra y se lo verá-, no es algo que se cifre, sino que se descifra. Yo digo: el
goce mismo. Caso en el cual, no constituye energía, y no podría escribirse como tal.
Los esquemas de la segunda tópica con que Freud se tantea en eso, el célebre huevo de
gallina por ejemplo, son un verdadero pudendum y servirían al análisis, si se lo analizara al
padre. Ahora bien, tengo por excluido que se analice al Padre real, y para mejor el manto
de Noé cuando el padre es imaginario.
De tal suerte que más bien me interrogo yo sobre lo que distingue el discurso científico del
discurso histérico donde, hay- que decirlo, Freud, para recoger su miel, no lo hace
inocentemente. Puesto que lo que inventa es el trabajo de las abejas como no pensando,
no calculando, no juzgando, es decir lo que aquí mismo he destacado ya -cuando después
de todo puede que no sea lo que piensa von Friesch.
Concluyo que el discurso científico y el discurso histérico tienen casi la misma estructura,
lo que explica que Freud nos sugiera la esperanza de una termodinámica por donde el
inconsciente encontraría en el porvenir de la ciencia su explicación póstuma.
Se puede decir que después de tres cuartos de siglo no despunta la más mínima
indicación de una tal promesa y aun que retrocede la idea de endosar el proceso primario
a cuenta del principio que, de decirse del placer, nos demostraría nada, salvo que nos
aferramos al alma como la garrapata al pellejo del perro. Puesto que esta famosa tensión
menor con que Freud articula el placer, ¿qué es si no la ética de Aristóteles?
Tal no podría ser el mismo hedonismo que aquel de que los epicuros se hacían
portavoces. Se necesitaba que tuvieran algo muy precioso que cobijar, más secreto que
los estoicos, para hacerse injuriar con el nombre de cochinos por esa insignia que no
querría decir hoy día sino psiquismo.
De todos modos, me atuve a Nicómaco y a Eudemo, es decir a Aristóteles, para diferenciar
rigurosamente la ética del psicoanálisis -cuyo camino facilité todo un año.
Lo mismo de la historia del afecto que yo descuidaría.
Que se me responda solamente sobre este punto: un afecto, ¿concierne al cuerpo? Una
descarga de adrenalina, ¿es del cuerpo o no? Que desordene las funciones, es verdad.
¿Pero en que viene ello del alma? Es del pensamiento que descarga.
Entonces lo que hay que pesar, es si mi idea de que el inconsciente está estructurado
como un lenguaje, permite verificar más seriamente el afecto -que aquella que expresa
que es un despatarro del que se produjo una mejor acomodación-. Puesto que tal es lo
que se me opone.
Lo que digo del inconsciente va o no más lejos que esperar que las alondras ya asadas os
caigan en el pico, ¿adecuado? Adecuatio, más bufonesco por remitir a otra más compacta,
a arredomar esta vez rei, la cosa, a affectus, al afecto en el que ella se reacomodará. Se
necesitó esperar a nuestro siglo para que los médicos produjeran eso.
Por mi parte, no he hecho más que restituir lo que Freud enuncia en 1915 sobre la
represión, y en otros que vuelven sobre el punto: que el afecto está desplazado. ¿Cómo
podría juzgarse de este desplazamiento si no fuera por el sujeto que supone que no
encaja ahí mejor que la representación?
Yo lo explico con su «cinta» 1 para como destacarlo con alfileres, pues tengo que
reconocer que debo habérmelas con la misma. Solamente que yo demostré recurriendo a
su correspondencia con Fliess (la única edición que se tiene de esta correspondencia
expurgada) que la dicha representación, especialmente reprimida, no es nada menos que
la estructura y precisamente en tanto ligada al postulado del significante. Cf. carta 52: este
postulado está ahí escrito.
¿Cómo persistir diciendo que descuido el afecto, para pavonearse de hacerlo valer, sin
recordar que un año, el último de mi permanencia en Saint-Anne, me ocupé de la
angustia?
Algunos conocen la constelación en que le di lugar. La emoción [l'émoi], el impedimento
[l'empéchement], el desconcierto [l'embarras] diferenciados como tales, prueban bastante
que no hago poco caso del afecto.
Es cierto que escucharme en Saint-Anne estaba prohibido a los analistas en formación en
la SAMCDA.
No lo echo de menos. Afecté tan bien mi mundo para, ese año, fundar la angustia del
objeto que ella concierne -lejos de estar desprovista de él, (en lo que se quedaron los
psicólogos que no pudieron aportar más que su distinción del miedo ... ), fundarla, digo, de
este abjeto [abjet] como designo ahora más bien a mi objeto (a), que uno de los míos tuvo
el vértigo (vértigo reprimido), de dejarme, tal objeto, caer(18).
Reconsiderar el afecto a partir de mis decires, reconduce en todo caso a lo que se dijo de
seguro.
La simple resección de las pasiones del alma, como Santo Tomás nombra más
pertinentemente esos afectos, la resección desde Platón de esas pasiones según el
cuerpo: cabeza, corazón, véase como dice (latín) o sobrecorazón, ¿no es el testimonio ya
de lo que es inevitable para su aborde, pasar por ese cuerpo, que yo digo no estar
afectado más que por la estructura?
Indicaré por qué cabo se podría dar continuación seria, a entender por serial, a lo que en
ese afecto prevalece del inconsciente.
Se califica por ejemplo a la tristeza de depresión, cuando se le da el alma por soporte, o la
tensión psicológica del filósofo Pierre Janet. Pero no es un estado de alma, es
simplemente una falla moral, como se expresaba Dante, incluso Spinoza: un pecado, lo
que quiere decir una cobardía moral, que no cae en última instancia más que del
pensamiento, o sea, del deber de bien decir o de reconocerse en el inconsciente, en la
estructura.
Y lo que resulta por poco que esta cobardía, de ser desecho del inconsciente, vaya a la
psicosis, es el retorno en lo real de lo que es rechazado, del lenguaje; es por la excitación
maníaca que ese retorno se hace mortal.
Lo opuesto de la tristeza, el gay saber, el cual es una virtud. Una virtud no absuelve a
nadie del pecado -original como todos saben-. La virtud de manifestar en qué consiste,
que designo como gay sabor, es su ejemplo: no se trata de comprender, de mordiscar en
el sentido, sino de rasurarlo lo más que se pueda sin que haga liga para esta virtud,
gozando del descifraje, lo que implica que el gay saber no produzca al final más que la
caída, el retorno al pecado,
¿Dónde en todo eso, lo que produce buena suerte? Exactamente en todos lados. En
incluso su definición puesto que no puedo deber nada sino a la suerte [heur], dicho de otra
manera a la fortuna, y que toda suerte le es buena para lo que lo mantiene, o sea para que
él se repita.
Lo sorprendente no es que sea feliz [heu-reux] sin sospechar lo que lo reduce, su
dependencia de la estructura, sino que se haga idea de la beatitud, una idea que llega
bastante lejos para que se sienta exilado.
Felizmente [heureusement] que ahí tenemos al poeta para revelar la intriga": Dante que
acabo de citar, y otros, fuera de los prostitutos que se venden al clacisismo.
Una mirada, la de Beatriz, o sea menos que nada, un parpadeo y el desperdicio que de
eso resulta: y he ahí surgido al Otro que sólo debemos identificar al goce de ella, aquella
que él, Dante, no quiere satisfacer, puesto que de ella no puede tener más que esa
mirada, que ese objeto, pero de la que nos enuncia que Dios la colma; es aun de la boca
de ella que él nos provoca a recibir la promesa.
A lo que en nosotros responde: fastidio [en-nui]. Palabra con que, al hacer danzar las
letras, como en el cinematógrafo hasta que ellas se reacomoden en una línea, recompuse
el término: uniano [unien]. Con que designo la identificación del Otro al Uno. Yo digo: el
Uno mismo cuyo Otro cómico, que hace eminencia en el Banquete de Platón, Aristófanes
para nombrarlo, nos ofrece el crudo equivalente de la bestia-de-dos-espaldas de la que
imputa a Júpiter que no pueda sino, la bisección: es muy feo, ya dije yo que eso no se
hace. No se compromete al Padre real en tales inconveniencias.
Queda que Freud también cae en eso: puesto que lo que imputa a Eros, en tanto que lo
opone a Tanatos, como principio de «la vida», es de unir, como si, fuera de una fugaz
coiteración, no se hubiera visto nunca dos cuerpos unirse en uno.
Así el afecto llega a un cuerpo cuya peculiaridad consiste en habitar el lenguaje -me
pavoneo aquí de plumas que se venden mejor que las mías-, el afecto, digo, de no
encontrar alojamiento, al menos no de su gusto. Eso se llama pesadumbre [morosité], mal
humor también. ¿Es un pecado, una pizca de locura, o una verdadera pincelada de lo
real?
Los SAMCDA hubieran hecho mejor, usted ve, en tomar mi ronroneo para modular el
afecto. Les hubiera permitido algo más que papar moscas.
Que ustedes comprendan la pulsión en esos gestos vagos de los que vuestra garantía es
mi discurso, en otorgarme un lugar demasiado bello para que yo os agradezca, puesto que
lo saben bien, ustedes que con brocha impecable han transcrito mi XI seminario: ¿quién
otro que yo supo arriesgarse a decir sobre eso alguna cosa?
Por primera vez, y ante ustedes especialmente, yo sentía escucharme otras orejas que no
eran taciturnas: es decir que no se escuchaba que yo Otrificaba [Autrifiais] el Uno, como se
abalanzó a pensarlo la persona misma que me llamó al lugar que me concede vuestra
audiencia.
¿Al leer los capítulos 6, 7, 8, 9, 13 y 14 de ese seminario XI, no se advierte lo que se gana
en no traducir Trieb por instinto, y ciñendo de cerca a esta pulsión, llamarla deriva [dérive],
en desmontar, luego remontarla, adhiriendo a Freud, la singularidad?
De seguirme, ¿quién no sentirá la diferencia que hay, entre la energía, constante en todo
momento localizable de lo Uno donde se constituye lo experimental de la ciencia, y el
Drang o impulso de la pulsión que, goce, cierto, no se prende sino en los bordes
corporales, -llegué hasta dar la forma matemática-, su permanencia? Permanencia que no
consiste más que en la cuádruple instancia en que cada pulsión se sostiene al coexistir
con las otras tres. Cuatro no da acceso más que de ser potencia, a la desunión a la que se
trata de evitar, para aquellos que el sexo no alcanza para convertirlos en compañeros.
Ciertamente no hago ahí la aplicación con la que se distinguen neurosis, perversión y
psicosis.
Lo hice en otra parte: no procediendo jamás sino por los rodeos con que el inconsciente
abre camino al volver sobre sus pasos. Mostré lo que era la fobia de Juanito, donde él
paseaba a Freud y a su padre, pero donde desde entonces los analistas tienen miedo.
Parte Quinta
[El desvarío de nuestro goce]
-Hay un rumor que canta: si se goza tan mal, es que hay represión [repression] del sexo, y
la culpa es primeramente de la familia, segundo de la sociedad, y particularmente del
capitalismo. Se plantea la pregunta.
-Es una pregunta -me permití decir, puesto que de vuestras preguntas yo hablo-, una
pregunta que podría entenderse de vuestro deseo de saber cómo responder usted mismo
en la oportunidad. Sea: si le fuera planteada, por una voz más bien que por una persona,
una voz que no pudiera concebirse sino como proviniendo de la tele, una voz que no
existe, ese no decir nada, la voz sin embargo, en nombre de la que hago existir esta
respuesta, que es interpretación.
Para decirlo crudamente, usted sabe que tengo respuesta para todo, mediante lo que
usted me presta la pregunta: usted se fía al proverbio de que no se presta sino al rico. Con
razón.
¿Quién ignora que es por el discurso analítico que hice fortuna? En lo que soy un
self-made man. Hubo otros, pero no en nuestros días.
Freud no dijo que la represión [refoulement] proviene de la supresión [repression] que
(para hacer imagen), la castración sea debida a que papá sentencie al chiquillín que se
toquetea el pitito: «Si empiezas de nuevo, seguro que te lo cortarán».
Bien natural entonces que Freud haya tenido la idea, de partir de ahí para la experiencia -a
entender por lo que la define en el discurso analítico-. Digamos que a medida que
avanzaba, se inclinaba más hacia la idea de que la represión era primera. Ello en el
conjunto de la báscula de la segunda tópica. La gula con que denota al superyó es
estructural, no efecto de la civilización, sino «malestar» (síntoma) en la civilización.
De tal suerte que es pertinente volver sobre la prueba, a partir de que sea la represión la
que produce la supresión. ¿Por qué la familia, la sociedad misma, no serían ellas creación
a edificarse de la represión?. Nada menos que eso, pero se podría decir que el
inconsciente ex-siste, se motiva en la estructura, es decir, en el lenguaje. Freud elimina tan
poco esta solución que es para abreviar [entrancher] que se obstina con el caso del
hombre de los lobos, el cual hombre se siente más bien mal. Aun parece que ese fracaso,
fracaso del caso, sea poco comparado a su éxito: el de establecer lo real de los hechos.
Si este real permanece enigmático, ¿es que hay que atribuirlo al discurso analítico, por ser
él mismo institución?
No hay otro remedio entonces que el proyecto de la ciencia de apropiarse la sexualidad: la
sexología no era al respecto más que proyecto. Proyecto en el que Freud confiaba.
Confianza que confiesa gratuita, lo que nos dice largo sobre su ética.
Ahora bien, el discurso analítico, promete: innovar. Eso, cosa enorme, en el campo en que
se produce el inconsciente, puesto que esos callejones sin salida, entre otros ciertamente,
pero en primer lugar, se revelan en el amor.
No es que todo el mundo no esté al corriente de esta novedad que corre por las calles,
pero que no inquieta a nadie, por la razón de que esa novedad es trascendente: la palabra
debe considerarse con el mismo signo que constituye en la teoría de los números, o sea,
matemáticamente.
De donde no es por nada si se sostiene con el nombre de transferencia.
Para despertar a mi mundo, articulo esa transferencia al «sujeto supuesto saber». Hay ahí
explicación, despliegue de eso que el nombre no fila sino oscuramente. A saber: que el
sujeto, por la transferencia, es supuesto al saber en que consiste como sujeto del
inconsciente y que es eso que es transferido al analista, es decir ese saber en tanto que él
no piensa, ni calcula, ni juzga, sin dejar de comportar efecto de trabajo.
Este facilitamiento vale lo que vale, pero es como si tocara la flauta, ... o peor como si les
metiera miedo.
SAMCDA simplicitas: ellos no se atreven. No se atreven a avanzar hacia donde ello los
conduce.
¡No es que no me rompa e'- lomo! Profiero «el analista sólo se autoriza por sí mismo».
Instituyo el «pase» en mi escuela, es decir el examen de eso que decide a un analizante a
ponerse analista -esto sin forzar a nadie-. Ello no resulta todavía, debo confesarlo, sino ahí
donde se ocupan de ello, y mi escuela no la tengo desde hace tanto tiempo. No es que
tenga la esperanza de que en otra parte se cese de hacer de la transferencia retorno al
expedidor. El atributo del paciente es una singularidad que sólo nos concierne al
recomendarnos prudencia, en su apreciación en primer lugar y más que en su manejo.
Aquí uno se las arregla, ¿pero allí donde iríamos a parar?
Lo que sé, es que el discurso analítico no puede sostenerse con uno solo. Tengo la suerte
de que haya quienes me siguen. El discurso tiene por consiguiente su probabilidad.
Ninguna efervescencia -que también proviene de él- podría eliminar lo que da testimonio
de una maldición sobre el sexo, que Freud evoca en su «Malestar».
Si hablo de fastidio, incluso de pesadumbre, a propósito de la aproximación «divina» del
amor, ¿cómo desconocer que esos dos afectos se denuncian -de palabra, incluso con
actos- en los jóvenes que se entregan a relaciones sin supresión [repression], siendo lo
más curioso que los analistas en quienes ellos se motivan les oponen una afectada
gazmoñería?
Aun si los recursos de la supresión familiar no fueran verdaderos, habría que inventarlos, y
de ello no nos privamos. Eso es el mito, la tentativa de dar forma épica a lo que se obra de
la estructura.
La encrucijada sexual segrega las ficciones que racionalizan lo imposible del que ellas
provienen. Yo no digo imaginadas, yo leo ahí como Freud la invitación a lo real que a ello
concierne.
El orden familiar no hace más que traducir que el padre no es el genitor, y que la madre
permanece [reste](19) contaminar a la mujer para el hombrecito; el resto continúa.
No es que valorice el gusto por el orden que hay en ese pequeño, lo que él enuncia al
decir: «personalmente (sic) la anarquía me horroriza». Lo propio del orden, donde hay el
mínimo, es que no se tiene que apreciarlo puesto que está establecido.
La buena suerte ya ocurrió en otro lugar, y es suerte buena la justa para demostrar que ahí
va mal hasta para el esbozo de una libertad. Es el capitalismo reordenado. Lo mismo pues
para el sexo, puesto que en efecto el capitalismo, es de ahí que partió, de desecharlo.
Ustedes dieron en el izquierdismo, pero por lo que yo sé, no en el sexo-izquierdismo. Es
que éste no adhiere sino al discurso analítico, tal como ex-siste por el momento. Ex-siste
mal, al no hacer más que duplicar la maldición sobre el sexo. En lo que se revela teme
esta ética que yo situaba del bien-decir.
¿No es reconocer solamente que no hay nada que esperar del psicoanálisis en lo que
respecta a aprender a hacer el amor? Se comprende de ahí que las esperanzas se
vuelquen sobre la sexología. lógica clásica, por donde él solamente da prueba de ser
juguete de su inconsciente, quien de no pensar no podría juzgar ni calcular en el trabajo
que produce a ciegas.
El sujeto del inconsciente embraga sobre el cuerpo. Es necesario que insista sobre lo que
no se sitúa verdaderamente más que por un discurso, a saber, de eso cuyo artificio plasma
lo concreto [fait le concret]. ¡Ah tanto!
¿Qué puede de ahí decirse, del saber que ex-siste para nosotros en el inconsciente, sino
que únicamente un discurso articula? ¿Qué puede decirse de que lo real nos llega por ese
discurso? Así se traduce su pregunta en mi contexto, es decir que parece loca.
Si se sigue la experiencia instituida, es necesario atreverse a plantearla tal para anticipar
cómo podrían sobrevenir proposiciones a de. mostrar para sostenerla. Veamos.
¿Se puede decir por ejemplo que, si El hombre quiere La mujer, no la alcanza sino
cayendo en el campo, de la perversión? Es lo que se formula por la experiencia instituida
del psicoanálisis. De verificarse, ¿es enseñable a todo el mundo, es decir científico, puesto
que la ciencia se facilitó el camino a partir de este postulado?
Digo que lo es, y tanto más que, como lo deseaba Renan para «el porvenir de la ciencia»,
no tiene consecuencias puesto que La mujer no ex-siste. Pero que ella no ex-sista no
excluye que se haga de ella el objeto del deseo. Bien por el contrario; de ahí el resultado.
Mediante lo cual El hombre, para equivocarse, da con una mujer, con la que sobreviene
todo: es decir habitualmente ese fracaso en que consiste el logro del acto sexual. Los
actores son capaces de las acciones más eminentes, como se sabe por el teatro.
Lo noble, lo trágico, lo cómico, lo bufonesco (a presentarse con una curva de Gauss),
brevemente, el abanico de lo que reproduce la escena donde se exhibe -la que escinde de
todo lugar social los asuntos de amor- el abanico, pues, se realiza -para producir las
fantasías cuyos seres de palabra subsisten en lo que denominan, no se sabe muy bien por
qué, «la vida»-. Puesto que de «la vida» ellos sólo tienen noción por el animal, donde no
tiene que hacer su saber.
Nada testimonia [tu-émoigne], en efecto, como advirtieron los poetas del teatro, que la vida
de ellos seres de palabra no fuera un sueño, fuera del hecho de que ellos matan [tu-ent]
esos animales, matan-a-ti-mismo [tu-é-a-toi], es el caso de decirlo en lalengua que me es
amiga por ser mí(a) [mie(nne)]. nota(20)
Puesto que en fin de cuentas la amistad, la (griego) primero de Aristóteles (que por dejarla
no desestimo), justamente por donde bascula ese teatro del amor en la conjugación del
verbo amar con todo lo que se sigue de devoción a la economía, a la ley de la casa.
Como se sabe el hombre habita, y aun cuando no sabe dónde, no tiene menos la
costumbre. El 10o~, como dice Aristóteles, no tiene que ver con la ética, donde observa la
hominimia que tiene con ella el lazo conyugal, sin llegar a escindirla.
¿Cómo sin barrundar al objeto que pivotea en todo eso, no (griego) sino el objeto (a) parra
nombrarlo, poder establecer su ciencia?
Es cierto que queda por acordar este objeto del matema que La ciencia, la única que aún
ex-siste, La física, encontró en el número y la demostración, ¿Pero cómo no encontraría
zapato mejor aún en este objeto que dije, si él es el producto mismo de ese matema a
situar de la estructura, por poco que ésta sea propiamente la-garantía [l'en-gage],
la-garantía [l'engage] que aporta el inconsciente a la muda [muette]?
¿Es necesario para convencerse volver sobre la huella que ya hay en el Menón, a saber
que hay acceso de lo particular a la verdad?
Es para coordinar esos caminos que se establecen de un discurso, como también a que él
no procede más que uno a uno, lo particular, se concibe uno nuevo que ese discurso
transmite tan incontestablemente como el matema numérico.
Basta que en alguna parte la relación sexual cese de no escribirse, que se establezca
contingencia (da lo mismo decir), para que un aliciente sea conquistado de lo que debe
determinarse al demostrar como imposible esa relación, es decir al instituirla en l o real.
Esta probabilidad misma, se puede anticiparlo, de un recurso a la axiomática, lógica de la
contingencia a que nos acostumbra eso de que el matema, o lo que él determina como
matemático, sintió la necesidad: abandonar el recurso a evidencia alguna.
De este modo proseguiremos nosotros a partir del Otro, del Otro radical, que evoca la
no-relación que el sexo encarna, -desde que se advierte que tal vez no hay Uno más que
para la experiencia del (a)sexuado.
Para nosotros él tiene tanto derecho como el Uno a hacer sujeto de un axioma. Y he ahí lo
que la experiencia aquí sugiere. En primer lugar que se impone para las mujeres esta
negación que Aristóteles aparta por incidir en lo universal, es decir de no ser todas,
(griego). Como si separando de lo universal su negación, Aristóteles no lo tornara
simplemente fútil: el dictus de omni et nullo no asegura de ninguna ex-sistencia, como él
mismo lo testimonia, esta ex-sistencia, al no afirmarlo más que de lo particular, sin, en
sentido lato, darse cuenta, es decir saber por qué: -el inconsciente.
De ahí que una mujer -puesto que de más de una no se puede hablar-, una mujer no da
con El hombre más que en la psicosis.
Planteamos este axioma, no que El hombre no ex-siste, caso de La mujer, sino que una
mujer se lo prohibe, no de que sea el Otro, sino de que «no hay Otro del Otro» como lo
digo yo.
Así lo universal de lo que ellas desean es locura: todas las mujeres son locas, que se dice.
Es también por eso que no son todas, es decir locas-del-todo, sino más bien
acomodaticias: hasta el punto que no hay límites a las concesiones que cada una hace
para un hombre: de su cuerpo, de su alma, de sus bienes.
No pudiéndolo sino por sus fantasías de las que es menos fácil responder.
Ella se presta más bien a la perversión que tengo por la de El hombre. Lo que la conduce
a la mascarada que se sabe, y que no es la mentira que los ingratos, por adherir a El
hombre, le imputan. Más bien el por-si-acaso de preparse para que la fantasía del hombre
encuentre en ella su hora de verdad. Eso no es excesivo puesto que la verdad es mujer ya
por no ser toda, no toda a decirse en todo caso.
Pero es en que la verdad se rehusa más a menudo que a su turno, exigiendo del acto
aires de sexo que él no puede sostener, es el fracaso: rayado como hoja de música.
Dejémoslo torcido. Pero viene justo para la mujer que no es fiable el axioma célebre de M.
Fenouillard, y que, pasados los lindes, no hay límite: a no olvidar.
Por lo que, del amor, no es el sentido el que cuenta, sino más bien el signo, como en todo
lo demás. Precisamente ahí está todo el drama.
Y no se dirá que por traducirse del discurso analítico, el amor se sustrae como lo hace en
otros lados.
De ahí por lo tanto que se demuestre que es por este insensato por naturaleza que lo real
hace su entrada en el mundo del hombre -es decir, los pasajes, todo comprendido: ciencia
y política, que arrinconan al hombre alunado-, de aquí hasta ahí hay margen.
Puesto que es necesario suponer que hay un todo de lo real, lo que habría que probar en
primer lugar puesto que no se supone jamás sujeto más que de lo razonable. Hypoteses
non fingo quiere decir que no ex-sisten más que discursos.
-¿Qué debo yo hacer?
No puedo retomar la pregunta como todo el mundo, si no me la planteo a mí mismo. Y la
respuesta es simple. Lo que hago es extraer de mi práctica la ética del Bien-decir, que ya
he acentuado.
Presten atención, si ustedes creen que ésta puede prosperar en otros discursos.
Pero lo dudo. Puesto que la ética es relativa al discurso. No nos repitamos.
La idea kantiana de la máxima a someter a la prueba de la universalidad de su aplicación,
no es sino la mueca con que lo real se coge las de villadiego [s'ebigne] de ser tomado por
un solo lado.
El pito-catalán [pied-de-nez] para responder de la no relación al Otro cuando nos
contentamos con tomarla al pie de la letra [pied de la lettre].
Una ética de soltero para decirlo todo, aquella que encarnó más cercano a nosotros
Montherlant.
Ojalá mi amigo Lévi-Strauss estructure su ejemplo en su discurso de recepción a la
Academia, puesto que el académico tiene la suerte de no tener más que cosquillear a la
verdad para hacer honor a su posición.
Es perceptible que gracias a vuestra atención, me encuentro ahí yo mismo.
-Me gusta la malicia. Pero si usted no se rehusó a este ejercicio, en efecto, de académico,
es que se siente usted estimulado. Y se lo demuestro, puesto que responde usted a la
tercera pregunta.
-Para «¿qué me es permitido esperar?», le devuelvo el argumento, la pregunta, es decir
que esta vez la escucho como viniendo de usted. Respondí más arriba, en lo que me
atañe.
¿Cómo podría concernirme si no me dijera qué esperar? ¿Piensa usted a la esperanza
como sin objeto?
Usted por consiguiente como cualquier otro a quien tratar de usted, es a usted que
respondo: espere lo que le gusta.
Sepa solamente que vi muchas veces la esperanza, lo que llaman los mañanas que
cantan, conducir a gentes que yo estimaba tanto como lo estimo a usted, únicamente al
suicidio.
¿Por qué no? El suicidio es el único acto que tiene éxito sin fracaso. Si nadie sabe nada
de él, es porque procede del prejuicio de no saber nada. Todavía Montherlant, en quien sin
Claude ni siquiera pensaría.
Para que la pregunta de Kant tenga sentido, la transformaría en: ¿de dónde espera usted?
En que usted quisiera saber eso que el discurso analítico puede prometer a usted, puesto
que para mí está todo cocinado.
El psicoanálisis le permitiría esperar seguramente elucidar el inconsciente del que usted es
sujeto. Pero todos saben, que yo no aliento a nadie, nadie cuyo , deseo no se haya
decidido.
Más aún, excúseme de hablarle de los ustedes de mala compañía, pienso que hay que
rehusar el psicoanálisis a los canallas: he ahí seguramente lo que Freud disfrazaba con un
pretendido criterio de cultura. Los criterios éticos desgraciadamente no son seguros. Sea
como fuere, es por otros discursos que ellos pueden juzgarse, y si me atrevo a articular
que el análisis debe rehusarse a los canallas, es que los canallas se vuelven necios, lo que
sin duda es un adelanto, pero sin esperanza, para retomar vuestro término.
Por lo demás el discurso analítico excluye al usted que no está ya en la transferencia, por
demostrar esa relación al sujeto supuesto saber -que es una manifestación sintomática del
inconsciente.
Yo exigiría además un don del mismo tipo con que se criba el acceso a la matemática, si
ese don existiera, pero es un hecho de que no hay todavía don reconocible cuando se lo
prueba, a falta sin duda de que ningún materna, excepto los míos, haya salido de ese
discurso.
La única probabilidad de que ex-sista no depende más que de la buena suerte, en lo que
quiero decir que la esperanza no tendrá ahí efecto, lo que basta para tornarla inútil, o sea
para no permitirla.
Parte Sexta
[Lo que se enuncia bien, se concibe claramente]
-Tirite pues ante la verdad que Boileau versifica como sigue: «Lo que se concibe bien, se
enuncia claramente». Vuestro estilo, etc.
-Le respondo con la misma moneda. Bastan diez años para que lo que escribo se torne
claro para todos, lo vi con mi tesis en la que sin embargo mi estilo todavía no era cristalino.
Por consiguiente es un hecho de experiencia. Con todo no lo remito a las calendas.
Mejoro que lo que se enuncia bien, se lo concibe claramente -claramente quiere decir que
anda-. Es incluso desesperante, esta promesa de éxito para el rigor de una ética, de éxito
al menos.
Ello nos haría sentir el precio de la neurosis por donde se mantiene lo que Freud nos
recuerda: que no es el mal sino el bien, el que engendra la culpabilidad.
Imposible reconocerse ahí adentro sin el atisbo de lo que quiere decir la castración. Y esto
nos aclara sobre la historia que Boileau a propósito dejaba difundir, «claramente», para
que nos equivoquemos, a saber, que creamos en ella.
El maldicho [médit] instalado en su reputado ocre: «No existe grado de lo mediocre a lo
peor», he ahí lo que me cuesta atribuir al autor del verso que humoriza tan bien la frase.
Todo eso es fácil, pero vale más por lo que revela, si se escucha lo que rectifico con pie de
plomo, por lo que es: un chiste en quien nadie ve más que artificio.
¿No sabemos nosotros que el chiste es lapsus calculado, aquel que le gana de mano al
inconsciente? Es lo que se lee en Freud sobre el chiste.
Y si el inconsciente no piensa, no calcula, etc., es tanto más pensable.
Se lo capturará, si se lo puede, volviendo a oír lo que me divertí modulando en mi ejemplo
de lo que puede saberse, y mejor: no tanto servirse de la buena suerte de lalengua como
de estar atento a su advenimiento en el lenguaje.
Fue preciso que me dieran una mano para que yo lo advirtiera, y es ahí donde se
demuestra el sitio de la interpretación.
Suponer ante el guante dado vuelta que la mano sabía lo que hacía, ¿no es devolver el
guante, justamente, a alguno de los aficionados a La Fontaine y Racine?
La interpretación debe estar presta a satisfacer el entreprest.
De lo que perdura a pérdida pura a lo que no apuesta más que del padre a lo peor.

J. LACAN

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