AMOR, CULPA Y REPARACIÓN | MELAINE KLEIN

| quinta-feira, 27 de agosto de 2009
Las dos partes de este libro tratan aspectos muy diferentes de las
emociones humanas. La primera, Odio, voracidad y agresión, considera los
poderosos impulsos de odio que constituyen una parte fundamental de la
naturaleza humana. La segunda, en la que intento describir las fuerzas
igualmente poderosas del amor y el impulso de reparación, complementa la
primera, pues la aparente división implícita en este método de exponerlas en
realidad no existe en la mente humana. Al separar así nuestro enfoque tal
vez no logremos transmitir una idea clara de la constante "interacción" de
amor y odio, pero se impone la división en este vasto tema, pues el modo
como los sentimientos de amor y las tendencias de reparación se
desarrollan en conexión con los impulsos agresivos y a pesar de ellos, sólo
podrá demostrarse cuando se haya tenido en cuenta el papel que aquellas
fuerzas destructivas desempeñan en la interacción de odio y amor.
Las dos partes de este libro tratan aspectos muy diferentes de las
emociones humanas. La primera, Odio, voracidad y agresión, considera los
poderosos impulsos de odio que constituyen una parte fundamental de la
naturaleza humana. La segunda, en la que intento describir las fuerzas
igualmente poderosas del amor y el impulso de reparación, complementa la
primera, pues la aparente división implícita en este método de exponerlas en
realidad no existe en la mente humana. Al separar así nuestro enfoque tal
vez no logremos transmitir una idea clara de la constante "interacción" de
amor y odio, pero se impone la división en este vasto tema, pues el modo
como los sentimientos de amor y las tendencias de reparación se
desarrollan en conexión con los impulsos agresivos y a pesar de ellos, sólo
podrá demostrarse cuando se haya tenido en cuenta el papel que aquellas
fuerzas destructivas desempeñan en la interacción de odio y amor.
El artículo de Joan Riviere demostró que estas emociones aparecen
por primera vez en la temprana relación del niño con el seno materno y que
se dirigen fundamentalmente hacia la persona deseada. Es necesario retomar
la vida mental del niño para estudiar la interacción de las diferentes fuerzas
que se congregan en el más complejo de todos los sentimientos humanos: el
que llamamos amor.
La situación emocional del lactante
El primer objeto de amor y odio del lactante, su madre, es deseado y
odiado a la vez con toda la fuerza e intensidad características de las
tempranas necesidades del niño. Al principio ama a su madre cuando ésta
satisface sus necesidades de nutrición, calmando sus sensaciones de
hambre y proporcionándole placer sensual mediante el estímulo que
experimenta su boca al succionar el pecho. Esta gratificación forma parte
esencial de su sexualidad, de la que en realidad constituye la primera
expresión. Pero cuando el niño tiene hambre y no se lo gratifica, o cuando
siente molestias o dolor físico, la situación cambia bruscamente. Se
despierta su odio y su agresión y lo dominan impulsos de destruir a la
misma persona que es objeto de sus deseos y que en su mente está
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vinculada a todas sus experiencias, buenas y malas. Además, como lo ha
señalado Joan Riviere, el odio y los sentimientos agresivos del lactante dan
origen a los más penosos estados, como la sofocación, el ahogo y otras
sensaciones similares que, al ser sentidas como destructivas para su propio
cuerpo, aumentan nuevamente la agresión, la desdicha y los temores.
El medio primario e inmediato de aliviar al lactante de la dolorosa
situación de hambre, odio, tensión y temor es la satisfacción de sus deseos
por la madre. La temporaria seguridad obtenida al recibir gratificación
incrementa grandemente la gratificación en si; de este modo la seguridad se
transforma en un importante componente de la satisfacción de recibir amor.
Esto se aplica a las formas de amor más simples y a sus manifestaciones
elaboradas, tanto al niño como al adulto. Nuestra madre desempeña un
papel duradero en nuestra mente porque ella fue la que primero satisfizo
todas nuestras necesidades de autopreservación y nuestros deseos
sensuales, proporcionándonos seguridad, aunque los diversos modos en
que esta influencia actúa y las formas que a veces toma no resulten muy
obvios en una etapa ulterior. Por ejemplo: una mujer puede aparentemente
haberse apartado de su madre, y sin embargo buscar inconscientemente
algunos aspectos de aquel primer vínculo en su relación con el marido o
con el hombre que ama. La parte importante que desempeña el padre en la
vida emocional del niño influye también en todas las relaciones de amor
posteriores y en todas las asociaciones humanas. Pero el primer lazo infantil
con él, como figura gratificante, amistosa y protectora, está parcialmente
basado en la relación con la madre.
El lactante, para quien la madre es primariamente sólo un objeto que
satisface todos sus deseos, un pecho bueno1, pronto comienza a responder
a sus gratificaciones y cuidados desarrollando sentimientos de amor hacia
ella como persona. Pero este primer amor se encuentra ya perturbado en su
raíz por impulsos destructivos. Amor y odio luchan en su mente y, en cierto
1 Con el objeto de simplificar la descripción de los fenómenos complicados y poco conocidos que presento
en este artículo, al hablar de la alimentación del lactante me referiré sólo a la lactancia de pecho. Mucho de
lo que expongo y deduzco en relación con la lactancia, se aplica también a la alimentación con biberón,
aunque con algunas diferencias. En relación con esto, citaré un pasaje de mi artículo sobre " El destete"
(1936): "El biberón es un sustituto del seno materno, pues permite al lactante el placer de succionar y
establecer asi cierto grado de relación con el biberón dado por la madre o la niñera. La experiencia nos
enseña que, muy a menudo, los niños que no han sido amamantados se desarrollan muy bien. Sin
embargo, descubrirnos en el análisis que tales personas sienten por el seno un profundo anhelo que
nunca ha sido satisfecho, y aunque la relación con el pecho de la madre se ha establecido en cierto grado,
es enorme la diferencia en el desarrollo psíquico si la gratificación primera y fundamental se obtuvo por
medio de un sustituto en lugar de la cosa real deseada. Podemos decir que, aunque los niños se
desarrollen bien sin ser amamantados, el desarrollo hubiera sido mejor y diferente si hubieran tenido una
lactancia satisfactoria al pecho. Por otra parte, deduzco de mi experiencia que los niños amamantados, aun
cuando se desarrollen mal, hubieran estado peor sin la lactancia de pecho"
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grado, esta lucha persiste durante toda la vida, pudiendo constituirse en
fuente de peligro en las relaciones humanas.
Los impulsos y sentimientos del lactante se acompañan de un tipo de
actividad mental que considero como la más primitiva: es la elaboración de
la fantasía, o más familiarmente, el pensamiento imaginativo. Por ejemplo, el
niño que anhela el pecho materno, al no tenerlo imagina que lo tiene, es
decir, evoca la satisfacción que deriva de él. Este primitivo fantasear es la
forma inicial de una capacidad cuyo desarrollo posterior se observa en los
trabajos más elaborados de la imaginación.
Las fantasías tempranas que acompañan los sentimientos del lactante
son variadas. En la que acabamos de mencionar imagina la gratificación que
le falta. Con todo, las fantasías placenteras también coexisten con la
satisfacción real, y las destructivas vienen con la frustración y los
sentimientos de odio que ésta despierta. Cuando se siente frustrado por el
pecho lo ataca en sus fantasías, pero si el pecho lo gratifica lo ama y
fantasea agradablemente con él. En sus fantasías agresivas desea morder y
destrozar a la madre y a sus pechos, y destruirla también en otras formas.
Un rasgo muy importante de la fantasía destructiva, equivalente al
deseo de muerte, es el del lactante que cree que sus deseos fantaseados
tienen efecto real, es decir, que siente que sus impulsos destructivos han
destruido realmente al objeto y seguirán destruyéndolo; esto tiene
consecuencias sumamente importantes para su desarrollo mental. Se
defiende de tales temores mediante fantasías omnipotentes de tipo
reparador, lo que también influye grandemente en su desarrollo. Si en sus
fantasías agresivas el niño ha dañado a su madre mordiéndola y
destrozándola, pronto puede fantasear que une de nuevo sus pedazos para
repararla2, sin embargo, ello no aplaca del todo su recelo de haber destruido
al objeto que, ya lo sabemos, es el que más ama y necesita, del que
depende enteramente. En mi opinión estos conflictos básicos actúan
profundamente sobre el curso y la fuerza de la vida afectiva de los adultos.
Sentimiento inconsciente de culpa
Todos sabemos que al captar en nosotros impulsos de odio hacia la
persona amada nos sentimos afligidos y culpables. Como dice Coleridge:
... El enojo contra el ser amado
tortura al seso como la demencia.
2 El psicoanálisis de los niños pequeños, que me permitió también llegar a conclusiones en lo que se refiere
al trabajo de la mente en una primera etapa, me ha convencido de que tales fantasías se encuentran activas
ya en los lactantes. El psicoanálisis de adultos me ha demostrado que los efectos de estas fantasías
primitivas son duraderos e influyen profundamente en la mente inconsciente de éstos.
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Como los sentimientos de culpa son muy dolorosos, solemos
relegarlos muy al fondo de la mente. Sin embargo, se expresan disfrazados
en distintas formas y constit uyen una fuente de perturbación en nuestras
relaciones personales. Ciertas personas, por ejemplo, se desazonan muy
pronto cuando notan falta de aprecio, aun en quienes poco signifiquen para
ellas; la razón es que en su inconsciente consideran que no merecen la
atención de nadie, y una actitud fría les confirma la sospecha de no ser
dignos. Otras están insatisfechas de si mismas (sin base objetiva) en las más
variadas formas, sea en relación con su apariencia, su trabajo o su
capacidad en general. Algunas de estas manifestaciones son comúnmente
reconocidas y suelen ser llamadas vulgarmente "complejo de inferioridad".
Las investigaciones psicoanalíticas demuestran que las actitudes de
esta naturaleza tienen raíces mucho más profundas de lo que habitualmente
se supone y siempre están relacionadas con sentimientos inconscientes de
culpa. Muchas personas tienen intensa necesidad de alabanza y aprobación
general, precisamente porque necesitan la prueba de que son dignas de ser
amadas. Esto se origina en su temor inconsciente de ser incapaces de
brindar amor suficiente y genuino y, en particular, de no poder dominar los
impulsos agresivos hacia los demás; temen ser un peligro para los que
aman.
El amor y los conflictos en relación con los padres
La lucha entre el amor y el odio, con todos los conflictos a que da
lugar, aparece, como he tratado de demostrar, en la primera infancia y opera
activamente durante toda la vida. Comienza en la relación del niño con
ambos padres. En el vínculo del lactante con su madre ya están presentes
los sentimientos sensuales. que se expresan a través de sensaciones
placenteras en la boca durante la succión. Pronto aparecen sensaciones
genitales y el anhelo por el pecho materno disminuye. No desaparece del
todo, sin embargo, sino que permanece activo en el inconsciente y también,
en parte, en la mente consciente. En el caso de la niña, su atracción hacia el
pecho materno se transforma en interés, en gran parte inconsciente, por el
genital paterno, el cual se convierte en el objeto de sus deseos y fantasías
libidinales. A medida que prosigue el desarrollo, la niña desea al padre más
que a la madre y tiene fantasías conscientes e inconscientes de ocupar el
lugar de ésta, conquistándolo y transformándose en su esposa. Cela
también a los niños de su madre y quisiera tener hijos con el padre. Estos
sentimientos, deseos y fantasías provocan rivalidad, agresión y odio contra
la madre y vienen a agregarse a anteriores agravios originados en las
primeras frustraciones causadas por el pecho. No obstante, los deseos y
fantasías sexuales hacia la madre permanecen activos en la mente de la niña.
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Bajo esa influencia, quisiera también reemplazar al padre en su relación con
la madre; en ciertos casos este anhelo puede incluso ser más intenso que los
que siente hacia él. De ese modo, su amor por los padres coexiste con
sentimientos de rivalidad hacia ambos, y esta mezcla afectiva incluye
también a los hermanos y hermanas. Los deseos y fantasías vinculados a la
madre y a las hermanas constituyen la base de futuras relaciones
homosexuales directas, ya sea como sentimientos homosexuales que se
expresarán indirectamente en forma de amistad y afecto entre mujeres. En el
desarrollo normal de las cosas, los deseos homosexuales quedan relegados
al segundo plano, se modifican y subliman, y predomina la atracción hacia
el otro sexo.
Una evolución similar ocurre en el niño, que pronto experimenta
deseos genitales hacia su madre y odio hacia el padre rival. Pero también en
él se desarrollan deseos genitales hacia el padre, y ésta es la raíz de la
homosexualidad masculina. Estas situaciones suscitan conflictos: la niña,
aunque odie a su madre, también la ama y el niño ama al padre y querría
evitarle el peligro que emana de sus impulsos agresivos. Además, el
principal objeto de todos los deseos sexuales -para la niña, el padre, para el
niño, la madre- también despierta odio y rencor, porque defrauda estos
deseos.
El niño cela intensamente a sus hermanos y hermanas, porque son
sus rivales en el amor de los padres. Sin embargo, también los ama, y aquí
de nuevo surgen fuertes conflictos entre los impulsos agresivos y los
sentimientos de amor. Esto provoca culpa y origina nuevos deseos de hacer
reparaciones, mezcla los sentimientos que tienen gran influencia no sólo en
la relación entre hermanos sino también, ya que las relaciones humanas
obedecen al mismo patrón, en la actitud social, el amor, la culpa y los
futuros deseos de reparar.
Amor, culpa y reparación
Como lo expresé antes, los sentimientos de amor y gratitud surgen
directa y espontáneamente en el niño, como respuesta al amor y cuidado de
su madre. El poder del amor, que es la manifestación de las fuerzas
tendientes a preservar la vida, está presente en el niño, así como los
impulsos destructivos, y encuentra su primera expresión fundamental en el
vínculo con el pecho de la madre; al evolucionar, se transforma en amor por
ella como persona. Mi labor psicoanalítica me ha convencido de que se
produce una etapa muy importante en el desarrollo cuando surgen en la
mente infantil los conflictos de amor y odio y se activa el temor de perder al
ser amado. Los sentimientos de culpa y congoja entran en acción como un
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nuevo elemento de amor, del que forma parte integrante, influyendo
profundamente sobre su cualidad y cantidad.
Hasta en el niño pequeño se observa cierta preocupación por el ser
amado, que no es, como podía pensarse, tan sólo un signo de su
dependencia del adulto benévolo y útil. Junto con los impulsos destructivos
existe en el inconsciente del niño y del adulto una profunda necesidad de
hacer sacrificios para reparar a las personas amadas que, en la fantasía, han
sufrido daño o destrucción. En las profundidades de la mente el deseo de
brindar felicidad a los demás se halla ligado a un fuerte sentimiento de
responsabilidad e interés por ellos, que se manifiesta en forma de genuina
simpatía y de capacidad de comprenderlos tales como son.
Identificación y labor de reparación
La simpatía genuina consiste en poder colocarse en el lugar del otro,
esto es, de "identificarse" con él. La capacidad de identificación es un
importantísimo elemento en las relaciones humanas en general, y una
condición del amor intenso y auténtico. Sólo si tenemos capacidad de
identificación con el ser amado llegamos a descuidar y hasta cierto punto
sacrificar nuestros propios sentimientos y deseos, anteponiendo así
temporariamente a los nuestros los intereses y emociones ajenos. Puesto
que al identificarnos con otro ser compartimos la ayuda o la satisfacción
que le proporcionamos, recuperamos por una vía lo que sacrificamos por
otra3. Los sacrificios por la persona amada y la identificación con ella nos
3 Como he dicho al comienzo, es constante en todos nosotros la interacción de amor y odio. No obstante,
el tema que enfoco es el modo como los sentimientos de amor se desarrollan, se consolidan y estabilizan.
Puesto que no trataré la agresión, debo, de todos modos, declarar que día permanece activa aun en las
personas que poseen gran capacidad de amor. En general en éstas, la agresión y el odio (disminuido éste y
parcialmente contrarrestado por la capacidad de amar), se encauzan en gran parte hacia fines
constructivos, lo que llamamos "sublimación". En realidad, no hay actividad constructiva en la que no
entre algo de agresión, en una u otra forma. Tomemos, por ejemplo, el trabajo del ama de casa: la limpieza y
demás menesteres atestiguan su deseo de crear un ambiente grato para si y para los demás, lo que
constituye una manifestación de amor hacia los seres y objetos que cuida. Al mismo tiempo, libera su
agresión contra el enemigo, o sea la suciedad, que para su inconsciente representa las cosas "malas". El
odio y la agresión originales, pro venientes de las fuentes mas tempranas, pueden resurgir en las mujeres
para quienes la limpieza se vuelve obsesiva. Todos conocen al tipo de mujer que amarga la vida de la
familia con su constante "manía de limpieza": en estos casos, el odio se vuelca prec isamente contra las
personas que ama y cuida. Odiar a los seres y cosas que se consideran odiosas, ya sean personas que nos
disgusten o principios (políticos, artísticos, religiosos o morales) que se oponen a los nuestros, es una
manera general de desahogar sentimientos de odio, agresión, desdén y desprecio en forma permitida e
incluso, a veces, muy cons tructiva, si no se la lleva a extremos. Si bien utilizadas en forma adulta, estas
son, en el fondo las emociones de nuestra infancia cuando odiábamos a las personas que eran al mismo
tiempo, objeto de nuestro amor: los padres. Aun entonces intentábamos dirigir el amor hacia ellos y volcar
el odio hacia otros seres y cosas, proceso que resultará más afortunado cuando hayamos desarrollado y
estabilizado nuestra capacidad de amor, así bien como extendido nuestro ámbito de intereses, amores y
odios en la vida adulta. Daré otro ejemplo: el trabajo de los abogados, políticos y críticos involucra
enfrentar contrincantes, pero de modo tal que resulta permisible y útil . Aquí vuelven a aplicarse las
conclusiones que preceden. Una de las muchas maneras en que la agresión puede expresarse legítima y
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colocan en el papel de un padre bueno, y nos comportamos con ella como
nuestros padres a veces lo han hecho con nosotros, o como hemos
deseado que lo hicieran. A la vez desempeñamos el papel del niño bueno
hacia sus padres, realizando en el presente lo que hubiéramos querido hacer
en el pasado. Así, al invertir la situación, es decir, al actuar hacia otros
como padres bondadosos, nos recreamos y gozamos en la fantasía del
amor y la bondad que anhelamos en nuestros padres. Esto puede también
constituir un modo de manejar los sufrimientos y frustraciones del pasado.
Mediante la fantasía retrospectiva de desempeñar simultáneamente el papel
del buen hijo y del buen padre eliminamos parte de nuestros motivos de
odio, logrando así neutralizar las quejas contra los padres frustradores, el
furor vindicativo que ellos nos han provocado y los sentimientos de culpa y
desesperación provenientes de este odio que dañaba a los que eran al
mismo tiempo objeto de nuestro amor. A la vez, en el inconsciente
reparamos nuestros agravios fantaseados (producto de nuestra fantasía) que
nos causaban aún gran dosis de culpa. Este mecanismo de "reparación" es,
a mi juicio, un elemento fundamental en el amor y en todas las relaciones
humanas; lo mencionaré, pues, a menudo en las páginas siguientes.
Una relación amorosa feliz
Teniendo presente lo que expuse sobre los orígenes del amor,
consideraremos ahora algunas relaciones adultas, tomando como primer
ejemplo una relación de amor estable y satisfactoria entre hombre y mujer,
como la que puede existir en un matrimonio feliz. Involucra un vínculo
profundo y capacidad para el sacrificio mutuo y para compartir tanto el
dolor como el placer, tanto los intereses como los goces sexuales. Una
relación de esta índole abre un extenso ámbito para las más diversas
manifestaciones del amor4. Si la actitud de la mujer hacia el hombre es
maternal, satisface, en la medida posible, los tempranos deseos de él de
recibir gratificaciones de su propia madre. En el pasado esos anhelos nunca
fueron completamente satis fechos, y tampoco han sido abandonados del
todo. Es como si él ahora tuviese a su madre para sí, con sentimientos de
culpa relativamente escasos (cuya razón se detallará más adelante). Si la
loablemente. es en los juegos en que se ataca al adversario temporariamente -y esta transitoriedad ayuda a
disminuir la culpa- con sentimientos que, otra vez, derivan de las primeras emociones infantiles. Existen,
pues, varias formas sublimadas y directas, en que las personas cordiales y capaces de amar pueden
expresar su odio y agresión.
4 Al considerar las emociones y las rela ciones adultas me referiré en este artículo principalmente a la
influencia que tienen sobre las manifestaciones posteriores del amor, los primeros impulsos, sentimientos
inconscientes y fantasías del niño. Esto lleva necesariamente a una presentación algo unilateral y
esquemática, pues no me permite hacer justicia a los múltiples factores que ejercen durante toda la vida
una interacción entre las influencias del mundo externo y las fuerzas internas del individuo y que actúan
conjuntamente para elaborar una relación adulta.
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mujer tiene una vida emocional ricamente desarrollada, además de abrigar
sentimientos maternales, conservará algo de su actitud infantil hacia su
padre, y ciertas características de la antigua relación matizarán su vínculo
con el marido. Por ejemplo, le brindará admiración y confianza, viendo en él
una figura protectora y útil, tal como antes lo fuera su padre. Estos
sentimientos forman la base de una relación que permitirá la plena
satisfacción de los deseos y necesidades de la mujer como persona adulta.
A su vez, esta actitud de la mujer proporciona al hombre la oportunidad de
protegerla y cuidarla de mil maneras, es decir, de desempeñar hacia su
madre, en su inconsciente, el papel de un buen marido.
Cuando una mujer es capaz de amar intensamente a su marido y a sus
hijos podemos deducir que muy probablemente su relación infantil con sus
padres y hermanos ha sido buena, o sea, que pudo manejar en forma
satisfactoria sus tempranos impulsos de odio y venganza contra ellos. He
mencionado anteriormente la importancia del deseo inconsciente de la niña
detener un hijo con su padre, y los impulsos sexuales involucrados en tal
deseo. La frustración sexual que le inflige el padre suscita intensas fantasías
agresivas, que tendrán gran influencia sobre su capacidad de obtener
gratificación sexual en la vida adulta. En la niña pequeña las fantasías
sexuales están, pues, conectadas con el odio que, específicamente, va
dirigido contra el pene del padre, pues este órgano le niega la gratificación
que proporciona a la madre. Su odio y sus celos la llevan a desear que el
pene sea algo peligroso y malo que tampoco pueda gratificar a su madre;
así en su fantasía el pene adquiere cualidades destructivas. A causa de sus
deseos inconscientes, centrados alrededor de las gratificaciones sexuales de
los padres, algunas de sus fantasías atribuyen a los órganos y placeres
genitales un carácter peligroso y dañino. Estas fantasías agresivas son de
nuevo neutralizadas en su mente por el deseo de reparar: más
específicamente, de curar el genital paterno, al que mentalmente ha dañado
o investido de maldad. También las fantasías de índole restauradora están
conectadas con sentimientos y deseos sexuales. Todo este fantasear
inconsciente tendrá gran influencia sobre los sentimientos de la mujer hacia
su marido. Si éste la ama y además la gratifica sexualmente, sus fantasías
sádicas inconscientes se debilitarán. Pero, aunque en la mujer normal nunca
alcancen un grado que inhiba la tendencia a mezclarlas con impulsos
eróticos más positivos o amistosos, estas fantasías jamás desaparecen del
todo, sino que estimulan a las otras de naturaleza reparadora; vuelve así a
actuar el impulso de reparación. Las gratificaciones sexuales no sólo le
proporcionan placer, sino que también la apaciguan y protegen contra los
temores y sentimientos de culpa derivados de sus primeros deseos sádicos.
A su vez, el apaciguamiento acrecienta su gratificación sexual y despierta en
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ella gratitud y ternura, al mismo tiempo que acentúa su amor. Debido a que
en las profundidades de su mente perdura la idea de que su genital es
peligroso y podría dañar el del marido -noción que proviene de sus
fantasías agresivas contra su padre- parte de la satisfacción que obtiene
deriva del hecho de comprobar que sus genitales son buenos, puesto que
proporcionan a su marido placer y felicidad.
Las fantasías de la niña pequeña sobre la peligrosidad de los genitales
paternos conservan cierta vigencia en el inconsciente de la mujer. Pero si
tiene con su marido una relación feliz y sexualmente gratificadora siente que
los genitales de aquél son buenos, lo cual disipa su miedo. La gratificación
sexual actúa así como doble garantía: de su propia bondad y de la de su
marido, y la seguridad que esto le brinda incrementa a su vez el goce sexual,
ampliando el círculo propicio a la paz íntima. Los celos y odios tempranos
de la mujer hacia su madre considerada como rival en el amor del padre,
han desempeñado un papel importante en sus fantasías agresivas. La
felicidad mutua proveniente de la gratificación sexual y de la relación feliz y
amorosa con su marido será parcialmente interpretada como indicio de que
sus deseos sádicos contra la madre han sido inoperantes o anulados por la
reparación.
También la actitud emocional y la sexualidad del hombre en su
relación con la mujer sufren por supuesto la influencia de su pasado. La
frustración de sus deseos genitales por su madre, en la niñez, despertó en él
la fantasía de que su pene se transformaba en un instrumento capaz de
herirla y dañarla. También contra su padre alentó fantasías sádicas a raíz de
los celos y el odio que sentía contra ese rival en el amor materno. En la
relación sexual con su compañera entran en juego, en cierto grado, sus
tempranas fantasías agresivas, que lo llevaron a temer la destructividad de
su pene. Y, por una transmutación de naturaleza similar a la que se produce
en la mujer el impulso sádico, cuando no es excesivo, estimula las fantasías
de reparación. Sentirá entonces que su pene es un órgano bueno y curativo,
que proporciona placer a la mujer, repara su genital dañado y le da hijos.
Una relación feliz y sexualmente gratificadora le prueba la bondad de su
pene y también, inconscientemente, el éxito de sus intentos de reparación.
Esto no sólo aumenta su placer sexual, su amor y ternura por la mujer, sino
que propicia sentimientos de gratitud y seguridad, los que a su vez
incrementan sus poderes creadores en otros campos e influyen
favorablemente sobre su capacidad para el trabajo y otras actividades. Al
compartir sus intereses (así como su amor y su placer sexual), la mujer le
prueba el valor de su trabajo. Su primitivo deseo de ser capaz de hacer por
su madre lo que su padre hacía en el terreno sexual y en otros de recibir de
ella lo que él recibía, con ella produce también el efecto de disminuir su
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agresión contra el padre, intensamente estimulada por su fracaso en obtener
a la madre como esposa. Esto le tranquiliza en cuanto a las consecuencias
de sus prolongadas tendencias sádicas contra el padre.
Puesto que su odio y su rencor contra el padre han matizado sus
sentimientos hacia los hombres que lo representan y los resentimientos
contra su madre han igualmente afectado su relación con las mujeres que la
simbolizan, una experiencia amorosa satisfactoria cambia su perspectiva
vital y su actitud hacia la gente y las actividades en general. El amor y el
aprecio de su esposa le dan el sentimiento de haber alcanzado plena
madurez y de ser igual a su padre. Se atenúa la rivalidad hostil y agresiva
contra éste, cediendo el lugar a una competencia más amistosa con él -o
más bien con símbolos paternos admirados- en las realizaciones y tareas
productivas y es muy probable que aumente o mejore su creatividad.
Del mismo modo, una mujer que establece una relación amorosa feliz
con un hombre se siente inconscientemente a la altura del lugar que la
madre, ocupaba junto a "su" marido y capaz de obtener las satisfacciones
de que aquélla disfrutaba y que le fueron negadas en su niñez. Puede
entonces equiparar se a su madre y gozar de la misma felicidad, derechos y
privilegios, pero sin dañaría ni robarla. Los efectos sobre su actitud y el
desarrollo de su personalidad son análogos a los cambios producidos en el
hombre cuando, mediante un matrimonio feliz, se considera igual a su
padre.
De esta manera ambos cónyuges experimentan la relación de amor y
gratificación sexual mutua como una feliz recreación de sus primeros años
familiares. Muchos deseos y fantasías nunca pueden ser satisfechos en la
niñez5, no sólo porque son irrazonables sino también porque en el
5 Cuando se trata de un niño, por ejemplo, éste desea tener a la madre para si las veinticuatro horas del día,
tener con ella relaciones sexuales, darle hijos, matar al padre del que está celoso, despojar a sus hermanos
y hermanas de todo lo que poseen y apartarlos si se interponen en su camino. Es obvio que si estos
deseos imposibles se cumplieran, le causarían un profundo sentimiento de culpa. Hasta la admisión de
deseos destructivos de mucho menor alcance le despierta conflictos agudos. Por ejemplo, muchos niños
se sentirán culpables al ser favoritos de la madre, porque su padre y hermanos quedarán perjudicados.
Esto es lo que quiero dar a entender cuando menciono deseos simultáneos contradictorios en el
inconsciente. Los deseos del niño son ilimitados, lo mismo que sus impulsos destructivos en relación con
estos, pero al mismo tiempo tiene también, inconscientes y conscientemente, tendencias opuestas; desea
también dar amor y reparar. En realidad, quiere que los adultos que lo rodean repriman sus agresiones y
egoísmos, porque si les diera rienda suelta, sufrirá el dolor del remordimiento y del desprecio; cuenta con
esta ayuda de los adultos, como con cualquier otra que necesite. En consecuencia, es psicológicamente
inadecuado intentar solucionar las dificultades de los niños mediante el sistema de no frustrarlos de
ninguna manera. Naturalmente. la frustración que es en realidad innecesaria o arbitraria y que no
demuestra sino falta de amor y comprensión, es muy perjudicial. Es importante darse cuenta de que el
desarrollo del niño depende, y hasta cierto punto está formado, de su capacidad de encontrar medios de
soportar las frustraciones inevitables y necesarias y los conflictos de amor y odio que son en parte
ocasionados por ellas: es decir, manejarse entre el odio que aumenta con las frustraciones, y el amor y el
deseo de reparación impulsado por d dolor del remordimiento. El modo como el niño se adapta a estos
problemas de su mente constituirá la base de todas sus relaciones sociales posteriores, su capacidad
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inconsciente coexisten simultáneamente deseos contradictorios. Parece una
paradoja, pero en cierta forma el cumplimiento de muchos deseos infantiles
sólo es posible cuando el individuo ha crecido. En la relación feliz entre
adultos el temprano deseo de tener a la madre o al padre para sí permanece
aún inconscientemente activo. Por supuesto, la realidad no permite que la
gente se case con su madre o con su padre; si ello fuera factible, los
sentimientos de culpa hacia terceros interferirían en la gratificación. Pero
sólo quien en el inconsciente pudo fantasear tales relaciones y, hasta cierto
punto, vencer los sentimientos de culpa inherentes a estas fantasías y
gradualmente logró desprenderse de los padres a la vez que permanecer
vinculado a ellos, estará capacitado para transferir sus deseos a personas
que representarán los anhelados objetos del pasado, sin ser idénticos a
ellos. Es decir, que sólo el individuo que ha "crecido", en el verdadero
sentido de la palabra, podrá realizar sus fantasías infantiles en la vida adulta;
y por añadidura, con el alivio de la culpa sentida antaño por sus deseos
infantiles. En efecto, una situación fantaseada en la niñez se ha hecho ahora
real, pero lícita y en forma tal que le demuestra que los diversos males que
su fantasía asociaba con dicha situación en realidad no han ocurrido. Una
relación adulta feliz como la que he descripto puede significar, según lo
expresé antes, una recreación de la temprana situación familiar, que será
ahora más completa, ampliando el ámbito de apaciguamiento y seguridad
mediante la relación del hombre y la mujer con los hijos. Esto nos lleva al
tema de la paternidad.
Los padres: ser madre
Consideraremos primero una auténtica relación de afecto entre la
madre y el hijo, tal como la que se desarrolla si la mujer ha alcanzado una
personalidad plenamente maternal. Muchos lazos vinculan la relación de una
madre con su hijo a la que en la niñez mantuvo con su propia madre. En
todos los niños existe un fuerte deseo consciente e inconsciente de tener
hijos. En las fantasías inconscientes de la niña el cuerpo de su madre está
lleno de hijos; se imagina que han sido puestos allí por el pene del padre,
que para ella es símbolo de toda creatividad, poder y bondad. Su actitud
predominantemente admirativa hacia su padre y sus órganos sexuales como
creadores y capaces de dar vida se acompaña de un intenso deseo de
poseer hijos propios y tenerlos dentro de si como la posesión más
preciosa.
adulta para amar y su desarrollo cultural. Puede ser inmensamente ayudado en la niñez por el amor y la
comprensión de los que lo rodean, pero estos profundos problemas no pueden ser solucionados ni
eliminados.
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La observación cotidiana nos muestra que las niñas pequeñas juegan
con las muñecas como si éstas fueran sus hijos. A menudo hacen alarde de
apasionada devoción, tratando a esos juguetes como a niños reales,
compañeros, amigos que forman parte de su vida. No sólo no dejan las
muñecas sino que constantemente se ocupan de ellas desde que comienza
el día y presentan dificultad en abandonarlas cuando deben hacer otra cosa.
Estos deseos de la niñez persisten hacia la edad adulta y contribuyen a
cimentar la fuerza del amor que una mujer embarazada siente por el hijo que
crece en sus entrañas y luego por el que ha dado a luz. La gratificación
detenerlo al fin alivia el dolor de su frustración infantil, cuando deseaba un
hijo de su padre y no podía tenerlo. El cumplimiento de un deseo tan
importante y largamente postergado tiende a disminuir su agresión y
aumentar su capacidad de amor hacia su hijo. Además, el desamparo del
niño y su gran necesidad de cuidados maternales demanda más amor que el
que puede proporcionarse a cualquier otra persona, brindando así un cauce
a todas las tendencias afectuosas y constructivas de la madre, Nadie ignora
que algunas madres sacan partido de esta relación para gratificar sus
propios deseos, es decir, su sentido posesivo y la satisfacción de tener
quien dependa de ellas. Tales mujeres quieren conservar a sus hijos
adheridos a ellas y detestan la idea de verlos crecer y adquirir personalidad.
En otras, el desamparo del niño hace aflorar todos sus fuertes deseos de
reparación, que derivan de varias fuentes y pueden ahora aplicarse al hijo
largamente deseado, que representa el cumplimiento de sus tempranas
aspiraciones. La gratitud hacia el niño que le proporciona el goce de poder
amarlo aumenta estos sentimientos y puede conducirla a subordinar su
propia gratificación al bienestar de su hijo, que se constituirá en su interés
primordial.
La naturaleza de las relaciones de la madre con sus hijos cambia, por
supuesto, a medida que ellos crecen. Su actitud hacia los hijos mayores
estará más o menos bajo la influencia de la actitud que tuvo en el pasado
hacia sus hermanos, hermanas, primos, etc. Ciertas dificultades en las
relaciones pasadas pueden interferir en sus sentimientos hacia su propio
hijo, especialmente si éste revela reacciones y rasgos que tienden a reactivar
en ella los antiguos problemas. Los celos y la rivalidad fraterna le han
despertado deseos de muerte y fantasías agresivas, y en su mente creyó
dañar y destruir a sus hermanos. Si los sentimientos de culpa y conflictos
derivados de estas fantasías no son demasiado fuertes, la posibilidad de
reparar gana así mayor alcance y sus afectos maternales pueden
manifestarse de un modo más completo.
Uno de los elementos de esta actitud materna parece ser la capacidad
de ponerse en el lugar del niño y ver la situación desde su punto de vista. El
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ser capaz de hacerlo con amor y simpatía está íntimamente asociado, como
lo hemos visto, con los sentimientos de culpa y el impulso de reparación.
Sin embargo, si la culpa es muy fuerte esta identificación puede llevar a una
actitud extremada de autosacrificio, sumamente desventajosa para el niño.
Es bien sabido que un niño educado por una madre que lo inunda de amor
y no le pide nada a cambio, a menudo se transforma en una persona
egoísta. La falta de capacidad de amor y consideración en un niño es en
cierta medida un velo que encubre sentimientos de culpa excesivos. La
indulgencia materna exagerada tiende a fomentar un clima de quietud y,
además, no da campo suficiente para el ejercicio del impulso infantil de
hacer reparación, sacrificios a veces, y desarrollar una verdadera
consideración hacia los demás6. Con todo, si la madre no está
demasiado envuelta en los sentimientos del niño ni excesivamente
identificada con él, puede hacer uso de su sensatez para guiar al hijo del
modo más provechoso. Disfrutará entonces plenamente de la posibilidad de
fomentar su desarrollo, satisfacción ésta que se refuerza con las fantasías de
hacer por su hijo lo que logró o deseó que su madre hiciera por ella. Salda
así su deuda y repara los daños que en su fantasía hizo a los hijos de su
madre, lo cual contribuye a aplacar sus sentimientos de culpa. La capacidad
materna de amar y comprender a sus hijos se pone a prueba especialmente
cuando éstos llegan a la adolescencia. En este período los chicos tienden
normalmente a separarse de sus padres ya liberarse en cierta medida de sus
antiguos vínculos con ellos. Sus esfuerzos para abrirse camino hacia
nuevos objetos de amor crean situaciones que quizá resulten muy dolorosas
para los padres. La madre que tiene fuertes sentimientos maternales puede
permanecer firme en su amor, ser paciente y comprensiva, proporcionar
ayuda y consejo cuando sean necesarios y permitir, con todo, que los hijos
elaboren sus propios problemas, todo ello sin pedir mucho. Sin embargo,
esto sólo es posible si su capacidad de amar se ha desarrollado en forma tal
que le permita una doble identificación, con su hijo y con la madre sensata
que su mente evoca.
La relación de la madre con sus hijos volverá a cambiar de carácter, y
su amor buscará nuevas formas de manifestarse cuando ellos hayan crecido
y tengan su propia vida, liberados ya de sus antiguos lazos. La madre
advierte ahora que no desempeña un papel muy amplio en sus vidas. Pero
puede experimentar cierta satisfacción al conservar disponible su amor para
cuando sus hijos lo necesiten. Inconscientemente siente que les proporciona
6 Un efecto similarmente perjudicial (aunque esto sucede en forma diferente) es causado por la rudeza o
por falta de amor de los padres. Esto se relaciona con el importante problema de cómo el ambiente influye
en el desarrollo emocional del niño de un modo favorable o desfavorable , pero esto está más allá del objeto
del presente artículo.
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seguridad: sigue siendo la madre de antes, cuyo seno les dio gratificación
plena y que satisfizo sus necesidades y deseos. En esta situación se
identifica completamente con su propia madre protectora, cuya influencia
benigna jamás se ha desvanecido en su mente. Al mismo tiempo se
identifica con sus propios hijos. En su fantasía vuelve, por así decirlo, a la
niñez y comparte con ellos la posesión de una madre buena y protectora. El
inconsciente de los niños a menudo responde al de la madre y, al margen
del grado en que utilice el acopio de amor que le está destinado,
frecuentemente derivan un gran aliento y apoyo interior del hecho de que
este amor exista.
Los padres: ser padre
Aunque los hijos no signifiquen tanto para el hombre como para la
mujer, desempeñan en su vida un papel importante, especialmente si él y su
mujer viven en armonía. Para remontarnos a los orígenes profundos de esta
relación reitero lo que ya expuse sobre la gratificación que obtiene el
hombre al proporcionar un hijo a su mujer, en la medida en que esto
representa una compensación de sus deseos sádicos hacia su madre y una
reparación de ello. Este mecanismo aumenta la satisfacción real de crear un
hijo y de realizar los deseos de su esposa. La gratificación de sus deseos
femeninos al compartir el goce maternal de su mujer constituye una fuente
adicional del placer. En la niñez deseó intensamente tener hijos con su
madre y estos deseos incrementaron sus impulsos de robarle sus niños.
Como hombre, "puede" dar hijos a su mujer, verla feliz con ellos; puede
ahora, sin sentimientos de culpa, identificarse con ella en el parto y el
amamantamiento, así como en la relación con los hijos mayores.
De todos modos, el ser un "buen padre" para sus hijos da al hombre
muchas satisfacciones. Todos sus impulsos protectores, que han sido
estimulados por sentimientos de culpa en relación con su temprana vida
familiar infantil, encuentran ahora expresión plena. Además, se produce una
identificación con un padre bueno, ya sea su padre real o un padre
idealizado. Otro elemento más en la relación con sus hijos será su
identificación con ellos, pues en su mente comparte sus goces. Asimismo,
al ayudarles en sus dificultades y promover su desarrollo reedita su propia
niñez de una manera más satisfactoria. Mucho de lo expuesto sobre la
relación de la madre con sus hijos en las diferentes etapas se aplica también
al padre. Si bien desempeña un papel distinto del de ella, las actitudes de
ambos se complementan mutuamente. Si (como lo damos por sentado en
este capitulo) la vida matrimonial se apoya en el amor y la comprensión, el
marido también disfruta de la relación de su mujer con los hijos, mientras
ella siente placer de la comprensión y ayuda que el marido les presta.
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Dificultades en las relaciones familiares.
Sabemos que una vida familiar plenamente armoniosa como la que he
descripto no es un caso corriente. Depende de una feliz coincidencia de
circunstancias, de factores psicológicos y, primordialmente, de una
capacidad de amor bien desarrollada en ambos cónyuges. Pueden acaecer
dificultades de todo tipo en la relación entre marido y mujer, y en la de éstos
con sus hijos; daré algunos ejemplos.
La individualidad del niño tal vez no corresponda a lo que los padres
desearían. Cada uno de ellos pudo inconscientemente haber querido que el
hijo se pareciera a uno de sus propios hermanos; y naturalmente, uno de los
dos será defraudado, si no ambos. Asimismo, si ha habido en ellos una
fuerte rivalidad e intensos celos en relación con los hermanos y hermanas,
esta situación puede repetirse ante el desarrollo y las realizaciones de sus
hijos. Otro problema se produce cuando los padres son muy ambiciosos y
utilizan los logros de sus hijos para obtener seguridad y disminuir sus
propios temores. Hay además mujeres incapaces de amar y de gozar el
hecho de tener hijos porque se sienten, en la fantasía, demasiado culpables
de ocupar el lugar de sus propias madres. Una mujer de este tipo tal vez no
pueda atender a sus hijos, debiendo entregarlos al cuidado de niñeras o de
otras personas que, en su inconsciente, representan a su madre. De este
modo le devuelve los hijos que deseó quitarle. Este temor de amar al hijo,
que naturalmente perturba la relación con él, puede ocurrir también en los
hombres y es muy probable que afecte las relaciones mutuas entre marido y
mujer.
He dicho que los sentimientos de culpa y el impulso de reparación
están íntimamente ligados a la emoción amorosa. Sin embargo, si el
primitivo conflicto entre amor y odio no ha sido satisfactoriamente resuelto,
o si la culpa es demasiado fuerte, puede producirse una reacción de
alejamiento ante el ser amado, e incluso de rechazo hacia él. En último
análisis, el temor de que la persona amada -originalmente la madre- pueda
morir a causa de los agravios que en la fantasía se le han infligido, torna
intolerable el depender de ella. Podemos observar la satisfacción de los
niños pequeños ante sus primeras realizaciones y todo lo que aumente su
independencia. Ello se debe a muchas razones obvias, pero, según mi
experiencia, hay una muy importante y profunda: el niño se siente impulsado
a debilitar sus lazos con la persona más importante, su madre.
Originariamente ella preservé su vida, satisfizo todas sus necesidades, le
brindó protección y seguridad; en consecuencia, es para él fuente de toda
bondad y vida. En su fantasía inconsciente, ella forma parte inseparable de
si mismo y, por lo tanto, su muerte implicaría también la del niño. Si tales
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sentimientos y fantasías son muy intensos, el apego a las personas amadas
puede llegar a ser una carga abrumadora.
Muchas personas buscan solución a estas dificultades mediante el
recurso de reducir su capacidad de amor, "negándola" o suprimiéndola, y
evitando toda emoción fuerte. Otras escapan a los peligros del amor
desplazándola predominantemente de las personas a los objetos. El
desplazamiento del amor a las cosas e intereses (que he tratado en relación
con el explorador y el hombre que lucha contra las fuerzas de la naturaleza)
forma parte del crecimiento normal. Pero en algunos, se transforma en el
método principal para manejar los conflictos, o mejor, para evitarlos. Todos
conocemos al individuo que se rodea de animales, al coleccionista
apasionado, al científico, al artista y otros seres capaces de un gran amor y
hasta de sacrificios por los objetos de su devoción o por su tarea favorita,
pero que escatiman su interés y amor hacia los demás seres humanos.
Una evolución muy distinta se produce en los que pasan a depender
enteramente de las personas con quienes establecen vínculos intensos. El
miedo inconsciente a la muerte del ser amado fomenta esa dependencia
excesiva. Los temores de esa naturaleza incrementan la voracidad, que viene
a constituir uno de los elementos de tal actitud y se expresa a través de la
utilización exagerada de la persona de quien se depende. El eludir
responsabilidades es otro componente de la dependencia excesiva; el otro
se hace responsable de nuestros actos y a veces hasta de nuestras
opiniones y pensamientos. (Esta es una de las razones de la adopción
indiscriminada de las ideas de un líder y de la obediencia ciega a sus
mandatos). Para los que son tan dependientes, el amor se hace sumamente
necesario como apoyo contra el sentimiento de culpa y los distintos
temores. El ser amado debe probarles, con manifestaciones de afecto
siempre reiteradas, que no son malos ni agresivos y que sus impulsos
destructivos no se han hecho efectivos.
Estas ligaduras extremadas son especialmente perturbadoras en la
relación de la madre con su hijo. Como lo he señalado antes, la actitud
materna ante el hijo tiene mucho en común con los primeros sentimientos de
la niña hacia su propia madre. Ya sabemos que esta primera relación se
caracteriza por el conflicto entre amor y odio. Al tener un hijo, la mujer
transfiere sobre él los deseos inconscientes de muerte que de niña sintió
hacia su madre.
Los problemas afectivos entre hermanos y hermanas en la niñez,
intensifican estos sentimientos. Si a causa del conflicto no resuelto en el
pasado, la madre se siente demasiado culpable en relación con el hijo,
puede necesitar su amor tan intensamente que utilizará varios recursos para
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mantenerlo estrechamente ligado a ella y dependiente; o quizá se dedique a
él hasta el punto de transformarlo en eje de toda su vida.
Consideremos ahora, aunque sólo desde un aspecto básico, una
actitud mental muy diferente: la infidelidad. Las múltiples manifestaciones y
formas de infidelidad (resultado de los más variados modos de desarrollo y
expresión: en algunas personas, principalmente de amor; en otras, de odio,
con todos los matices intermedios), tienen un fenómeno en común: el
repetido alejamiento de una persona (amada) motivado en parte por el temor
a la dependencia. He descubierto que, en las profundidades de la mente, el
típico Don Juan se siente acosado por el miedo a la muerte de sus amadas,
el que se abriría paso y provocaría depresión y grandes sufrimientos
mentales, si no fuera por su defensa específica: la infidelidad. Por este
medio se está probando constantemente a sí mismo que su objeto, "uno" y
muy amado (originariamente su madre, cuya muerte temía porque su amor
hacia ella era voraz y destructivo), no le es, después de todo, indispensable,
ya que siempre podrá volcar en otra mujer sentimientos apasionados,
aunque superficiales. En contraste con los que por temor a la muerte del ser
amado, lo rechazan, o bien sofocan y niegan el amor, el Don Juan, por
varias razones, toma el camino opuesto. Pero su actitud con las mujeres
involucra una transacción inconsciente. Al abandonar y rechazar a algunas
mujeres se aleja inconscientemente de su madre salvándola de sus deseos
peligrosos y liberándose de su penosa dependencia, mientras que al buscar
a otras y proporcionarles placer y amor, en su inconsciente retiene a la
madre amada o vuelve a re-crearla.
En realidad se siente impulsado hacia una y otra porque pronto todas
ellas se transforman en imagen de su madre. Su objeto original de amor es
así reemplazado por una sucesión de objetos diversos. En la fantasía
inconsciente, recrea o repara a su madre por medio de gratificaciones
sexuales (que realmente brinda a otras mujeres), pues sólo en un aspecto
siente su sexualidad como peligrosa; en otro, la siente reparadora y
susceptible de hacerla feliz. Esta doble actitud forma parte de la transacción
inconsciente que origina la infidelidad y es condición de ese tipo particular
de desarrollo.
Esto me lleva a considerar otra clase de dificultad en las relaciones
amorosas. A veces un hombre vuelca sus sentimientos afectuosos, tiernos y
protectores en una mujer, quizá su esposa, pero es incapaz de obtener goce
sexual con ella y debe reprimir sus deseos sexuales o satisfacerlos con otra.
Los temores de que su sexualidad sea de naturaleza destructiva, el miedo al
padre como rival y los resultantes sentimientos de culpa son otras tantas
razones profundas de la separación entre los afectos tiernos y los
específicamente sexuales. La mujer amada y altamente valorizada, que se
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erige como su madre, tiene que ser preservada de su sexualidad, que en la
fantasía siente como peligrosa.
Elección del compañero de amor
El psicoanálisis nos muestra que profundos motivos inconscientes
participan en la elección de la pareja y determinan la atracción sexual y el
placer de la mutua compañía. Los sentimientos de un hombre hacia una
mujer sufren la influencia de su vínculo temprano con la madre. Pero tal
situación puede ser más o menos inconsciente y presentar manifestaciones
muy enmascaradas. Quizás un hombre elija como compañera a una mujer
que tenga algunas características completamente opuestas a las de su
madre: tal vez la apariencia de la amada sea muy distinta, pero su voz o
ciertos rasgos de su personalidad que le resultan especialmente atractivos,
concordarán con las primeras impresiones que él recibió de su madre. O tal
vez, precisamente con el propósito de desligarse de un vínculo demasiado
fuerte con la madre, venga a elegir una compañera que presente un contraste
absoluto con aquélla.
Muy a menudo, a medida que se produce el desarrollo del niño, una
hermana o una prima ocupan el lugar de la madre en sus fantasías sexuales y
en su amor. Es obvio que la actitud basada en estos sentimientos será
distinta de la del hombre que busca fundamentalmente rasgos maternos en
la mujer. Con todo, la elección resultante de sentimientos experimentados
hacia una hermana, puede tender también a la búsqueda de aspectos de
índole maternal en la compañera. La temprana influencia que sobre el niño
ejercen las personas de su ambiente, crea una gran variedad de
posibilidades: una niñera, una tía, una abuela, pueden desempeñar un papel
muy importante. Naturalmente, al considerar la influencia de las primeras
relaciones sobre la elección posterior, no debemos olvidar que lo que el
hombre desea recrear en sus relaciones amorosas es su impresión infantil
ante la persona amada y las fantasías que tuvo con ella. Además, el
inconsciente establece asociaciones sobre bases muy distintas de las que
rigen en la mente consciente. Toda suerte de impresiones completamente
olvidadas -reprimidas- contribuye así para que una persona resulte para
determinado individuo, más atractiva que las demás, en el terreno sexual y
en otros.
Factores similares actúan en la elección femenina. Las impresiones
que conserva de su padre, sus sentimientos hacia él -admiración, confianza,
etc.-, pueden desempeñar un papel predominante en la elección del
compañero. Pero quizá su temprano amor hacia su padre haya sufrido
serias alteraciones. Tal vez se haya alejado de él muy pronto debido a
fuertes conflictos o graves decepciones. En este caso, un hermano, un
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primo o un compañero de juegos puede haber asumido gran importancia,
tomándose en el receptáculo de sus deseos y fantasías sexuales, así como
de sus sentimientos maternales. Buscará entonces un amante o un marido
que configure la imagen de ese hermano, de preferencia el que tenga
cualidades de tipo paterno. En una relación de amor feliz el inconsciente de
la pareja se corresponde. En el caso de la mujer que tiene marcados
sentimientos maternales, las fantasías y los deseos del hombre que busca
una mujer predominantemente maternal corresponderán a los suyos. Si
permanece muy ligada a su padre, inconscientemente buscará a un hombre
que necesite desempeñar ante la mujer el papel de un buen padre.
Aunque los vínculos amorosos de la vida adulta están fundados en
las primeras relaciones emocionales con los padres, hermanos y hermanas,
los nuevos lazos no son necesariamente meras repeticiones de la temprana
situación familiar. Los recuerdos, sentimientos y fantasías inconscientes
entran en la nueva ligazón de amor y amistad en formas completamente
disfrazadas. Pero además de las primeras influencias, muchos otros
factores actúan en los complicados procesos que cimentan una relación
amorosa o amistosa. Las relaciones normales adultas siempre contienen
nuevos elementos derivados de la nueva situación: las circunstancias, la
personalidad del otro, y su respuesta a las necesidades emocionales y a los
intereses prácticos del adulto.
Logro de independencia
Hasta aquí me he referido principalmente a las relaciones íntimas entre
los seres. Entraremos ahora en las manifestaciones más generales del amor
y las formas en que éste participa de intereses y actividades de todo tipo. El
vínculo primario del niño con el pecho y la leche de su madre constituye la
base de todas las relaciones de amor en la vida. Pero si consideráramos la
leche materna simplemente como un alimento saludable y adecuado,
concluiríamos que seria fácil reemplazarlo por otro igualmente conveniente.
Sin embargo, la leche de la madre, la primera que aplaca los tormentos del
hambre en el niño y que proviene del pecho que llega a amar cada vez más,
adquiere para él un inestimable valor emocional. El pecho y su producto,
primeras gratificaciones de su instinto de autopreservación y de sus deseos
sexuales, se erigen en su mente en símbolos de amor, placer y seguridad. Es
por lo tanto de suprema importancia el saber hasta qué punto puede
"psicológicamente" reemplazar este primer alimento por otros. La madre
logra, con mayor o menor dificultad, que el niño se acostumbre a ingerir
otras sustancias. Con todo, quizás él no abandone su intenso deseo del
alimento primitivo; quizá no olvide sus quejas y su odio por haber sido
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privado de él, ni se adapte, en el verdadero sentido, a esta frustración; y si
ello ocurriera, no podrá adaptarse a ninguna frustración de su vida futura.
Si llegamos a comprender, mediante la exploración del inconsciente,
la fuerza y profundidad del primer apego a la madre y a su alimento así
como la intensidad con que éste persiste en el inconsciente del adulto, nos
sorprenderá ver que el niño logre paulatinamente desprenderse de ella y
conquistar independencia. Es cierto que ya en el lactante existe un agudo
interés por lo que ocurre a su alrededor, una creciente curiosidad y placer
en aumentar su ámbito de personas, cosas y realizaciones, todo lo cual
parece facilitarle nuevos objetos de amor y de interés. Pero esto no basta
para explicar su posibilidad de desligarse de la madre con quien tiene un
vínculo inconsciente tan fuerte. La índole misma de este intenso apego lo
impulsa a separarse de ella porque (dada la inevitabilidad de la avidez
frustrada y del odio) despierta en él el miedo de perder a esta persona tan
importante y, por lo tanto, el temor a depender de ella. Existe así, en el
inconsciente, la tendencia a abandonarla, contrarrestada por el apremiante
deseo de tenerla para siempre. Estos sentimientos contradictorios,
juntamente con el crecimiento emocional e intelectual del niño, que le
permite encontrar otros objetos de interés y placer, conducen a la
capacidad de transferir el amor, reemplazando al ser amado por otras
personas y cosas. Precisamente la cantidad de amor que el niño
experimenta hacia su madre le proporciona una gran disponibilidad para sus
vínculos futuros. El proceso de desplazar amor es de suma importancia
para el desarrollo de la personalidad y para las relaciones humanas y
podríamos decir, incluso, para el desarrollo de la cultura y de la civilización.
Junto con el proceso de desplazar el amor (y el odio) de la madre a
otras personas y cosas, distribuyendo así estas emociones en un círculo
más amplio, hay otra manera de manejar los primitivos impulsos. Las
sensaciones sensuales que el niño experimenta en relación con el pecho
materno se transforman en amor hacia la madre como persona integral; los
sentimientos de amor se funden desde el comienzo con los deseos sexuales.
El psicoanálisis ha subrayado el hecho de que los impulsos sexuales hacia
los padres, hermanos y hermanas no sólo existen, sino que pueden ser
observados en cierta medida en los niños muy pequeños. Con todo, sólo la
exploración del inconsciente permite aquilatar su fuerza y su enorme
importancia.
Ya hemos visto que los deseos sexuales están íntimamente ligados a
impulsos y fantasías agresivas, a la culpa y al temor de que mueran las
personas queridas. Todo ello impulsa al niño a disminuir su apego hacia los
padres. El tiene, además, tendencia a reprimir estos sentimientos sexuales,
que se vuelven inconscientes y quedan enterrados en las profundidades de
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la mente. Los impulsos sexuales se deslizan también de los primeros
objetos de amor y el niño adquiere así la capacidad de amar a otros de
modo predominantemente afectuoso.
El proceso descripto arriba, consistente en reemplazar a la persona
amada por otras, en disociar parcialmente la sexualidad y la ternura y
reprimir los impulsos y deseos sexuales, viene a integrar la capacidad del
niño para establecer relaciones más amplias. No obstante, para lograr un
desarrollo total exitoso es esencial que la represión de los deseos sexuales
hacia los primeros seres queridos no sea demasiado fuerte7, ni demasiado
completo el desplazamiento de los sentimientos de los padres a otras
personas. Si el niño conserva bastante amor para los que se hallan
próximos, si sus deseos sexuales hacia ellos no están muy reprimidos, amor
y deseo sexual podrán, más tarde en la vida, revivir, unirse y desempeñar
una parte vital en sus relaciones amorosas. En una personalidad realmente
bien desarrollada, el amor por los padres subsiste, pero se le sumará el
amor por otros seres y objetos, no como mera extensión del primero, sino,
como lo he señalado, mediante una difusión de las emociones que
disminuye el peso de los conflictos y de la culpa derivada del apego y
dependencia en relación con las primeras personas que ama.
Al volcar sus conflictos en otras personas, el niño no los suprime,
sino que los transfiere en forma menos intensa: de los primeros y más
importantes, a nuevos objetos de amor (y odio) que parcialmente
representan a los antiguos. Como sus sentimientos hacia estas nuevas
personas no son tan fuertes, sus impulsos de reparación, que una culpa
excesiva hubiera obstaculizado, pueden manifestarse ahora más plenamente.
Es bien sabido que la existencia de hermanos y hermanas favorece el
desarrollo. El crecer juntos ayuda al niño a desprenderse más de los padres
y elaborar con sus hermanos un nuevo tipo de relación. Sabemos, con
todo, que no sólo los ama, sino que también tiene hacia ellos fuertes
sentimientos de rivalidad, odio y celos. Por esta razón las relaciones con los
primos, compañeros de juego y otros niños más alejados de la situación
familiar permiten nuevas alternativas a la relación fraterna, variaciones éstas
que son de gran importancia como fundamento de los futuros vínculos
sociales.
7 Las fantasías y los deseos sexuales permanecen activos en el inconsciente y también se expresar hasta
cierto punto en el comportamiento, en los juegos y otras actividades del niño. Si la represión es demasiado
fuerte, si las fantasías y deseos permanecen profundamente enterrados y no encuentran expresión, no
solamente se inhiben en forma drástica las elaboraciones de su imaginación (y las actividades de toda
clase) sino que también la futura vida sexual del individuo quedará seriamente obstaculizada.
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Relaciones en la vida escolar
La escuela brinda la oportunidad de desarrollar la experiencia ya
adquirida en materia de relaciones humanas y proporciona campo propicio
para nuevos experimentos en este terreno. Entre un gran número de chicos
el niño puede congeniar con uno, dos o varios mejor que con sus
hermanos. Estas nuevas amistades le dan, entre otras satisfacciones, la
posibilidad de corregir y mejorar, por así decirlo, las primeras relaciones
con aquéllos, que tal vez hayan sido insatisfactorias. El niño puede haber
sido realmente agresivo con un hermano más débil o menor; o quizá su
sentimiento inconsciente de culpa debido al odio y a los celos fuera la causa
principal que perturbó la relación, con trastornos susceptibles de persistir
en la vida adulta. Este desagradable estado de cosas puede ejercer más
adelante una profunda influencia sobre sus actitudes emocionales respecto
de la gente en general. Sabemos que hay niños incapaces de hacerse de
amigos en la escuela. Esto ocurre porque trasladan al nuevo ambiente sus
primitivos conflictos. Entre los que logran liberarse suficientemente de sus
primeras dificultades afectivas y hacer amistades entre los compañeros de
escuela se observa a menudo una mejoría en la relación con sus hermanos.
El nuevo compañero prueba al niño que es capaz de amar y ser amado y
que el amor y la bondad "existen", lo que también inconscientemente
significa que puede reparar el daño que en su imaginación o de hecho ha
infligido a otros. Así las nuevas amistades colaboran para la solución de las
primeras dificultades emocionales, sin que se tenga conocimiento de la
naturaleza exacta de los primitivos trastornos o del modo como van siendo
allanados. Todos estos medios proporcionan otras tantas válvulas a las
tendencias de reparación, el sentimiento de culpa disminuye, y aumenta la
confianza propia y en los demás.
La vida escolar también da oportunidad de establecer entre el odio y
el amor una separación mayor que lo que es posible en el pequeño círculo
familiar. En la escuela algunos niños son detestados o simplemente no
gozan de simpatía, mientras que otros son queridos. En esta forma las
emociones de amor y odio, reprimidas debido al conflicto que surge al
odiar a la persona amada, pueden encontrar plena expresión en cauces más
o menos aceptados socialmente. Los niños se unen de varias maneras y
desarrollan ciertas normas que regulan hasta dónde pueden llevar sus
manifestaciones de odio o disgusto por los demás. Los juegos y el espíritu
de compañerismo implícito en ellos constituyen un factor moderador en
estas alianzas y en el despliegue de la agresión.
Aunque los celos y la rivalidad por el amor y el aprecio del maestro
pueden ser muy fuertes, se desarrollan en un marco distinto al de la vida de
hogar. Los maestros están más alejados de los sentimientos del niño,
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aportan a la situación menos emoción que los padres y además reparten sus
afectos entre varios niños.
Relaciones en la adolescencia
A medida que el niño avanza hacia la adolescencia, su tendencia al
culto del héroe frecuentemente se expresa a través de sus relaciones con
algunos maestros, mientras que otros le inspiran aversión, odio o desprecio.
Aquí de nuevo se manifiesta el proceso de separar el odio del amor que
proporciona alivio, porque permite preservar a la persona "buena" y brinda
además la satisfacción de odiar a alguien que a nuestro juicio se lo merece.
El padre amado y odiado, la madre odiada y amada son originariamente,
como ya lo he expuesto, los objetos tanto de admiración como de odio y
desvalorización. Pero estos sentimientos que mezclados resultan, como
sabemos, demasiado contradictorios y gravosos para la mente del niño y
son, por lo tanto, probablemente soterrados, encuentran expresión parcial
en las relaciones con otras personas: niñeras, tíos y parientes en general.
Más tarde, en la adolescencia, la mayoría de los niños tiende a alejarse de
sus padres. Esto se debe en gran parte a que sus deseos sexuales y
conflictos en relación con aquéllos están reforzándose una vez más. Los
primeros sentimientos de rivalidad y odio contra el padre o la madre, según
el caso, reviven y adquieren todo su vigor, aunque su origen sexual
permanezca inconsciente. Los jóvenes suelen ser muy agresivos y
desagradables con sus padres y con otras personas que se presten a ello,
tales como sirvientes, un maestro débil o compañeros de escuela por los
que sientan aversión. Pero cuando el odio ha llegado a esa intensidad, la
necesidad de preservar el bien y el amor en el mundo interno y externo se
hace muy urgente. El joven agresivo se siente, por lo tanto, impulsado a
buscar seres a quienes pueda idealizar y reverenciar. Los maestros
admirados pueden servir para ese fin y los sentimientos de amor,
admiración y confianza hacia ellos le dan seguridad interior. Entre otras
razones, porque para el inconsciente parecen confirmar la existencia de
padres buenos con los cuales hay una relación positiva, lo que refuta así el
odio intenso, la ansiedad y la culpa, que en este período se han vuelto muy
fuertes. Hay, por supuesto, niños que pueden sentir amor y admiración por
los propios padres mientras atraviesan estas dificultades, pero no son muy
comunes. Creo que lo que se ha dicho explica en parte la posición especial
que suelen ocupar en la mente las figuras idealizadas, como hombres y
mujeres famosos, autores, atletas, aventureros, personajes imaginarios
recogidos de la literatura, seres sobre quienes se vuelca la admiración y
amor, sentimientos sin los cuales todo se matizaría de odio y desamor, lo
cual se experimenta como peligroso para el yo y para los demás.
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Simultáneamente con la idealización de ciertas personas se produce el
odio hacia otras que son vistas bajo un cristal muy oscuro, especialmente
seres imaginarios, como algunos villanos del cine o de la literatura, o bien
individuos reales pero algo remotos, como los caudillos políticos del
partido opositor. Odiar a la gente irreal o lejana resulta mucho menos
peligroso para todos los interesados que odiar a los que nos son muy
próximos. Hasta cierto punto esto es aplicable también al odio hacia
algunos maestros o directores: la disciplina escolar y el conjunto de la
situación interpone entre maestro y alumno una barrera mayor que la que
existe entre padre e hijo.
La división entre amor y odio está dirigida hacia los menos íntimos;
sirve también para salvaguardar mejor a las personas amadas, tanto en la
realidad como en la mente. No sólo aquéllas se hallan físicamente lejos y
son por lo tanto inaccesibles, sino que la división entre la actitud de amor y
odio fomenta el sentimiento de que se puede conservar incólume el amor. El
sentimiento de seguridad que proviene de la capacidad de amar está
íntimamente ligado en el inconsciente al de conservar sana y salva ala
persona amada. Parecería que la creencia inconsciente rezara así: "puedo
mantener intactos algunos de los seres que amo, por lo tanto no he dañado
a ninguno, y los conservo a todos para siempre en mi mente". En último
análisis, el inconsciente preserva la imagen de los padres amados como la
posesión más preciosa, porque protege a su poseedor del dolor de la
desolación total.
El desarrollo de las amistades
Las primeras amistades del niño cambian de índole durante la
adolescencia. La fuerza de los afectos e impulsos, tan característica de esta
etapa de la vida, favorece amistades intensas entre la gente joven,
principalmente entre los del mismo sexo. Las tendencias y sentimientos
homosexuales están subyacentes a estas relaciones, que frecuentemente
conducen a verdaderas actividades homosexuales. Estos vínculos
constituyen en parte una huida del impulso hacia el sexo opuesto, que en
este período es a menudo ingobernable por varias razones internas y
externas: sus deseos y fantasías se encuentran aún muy conectados con su
madre y hermanas, y la lucha por alejarse de ellas y encontrar nuevos
objetos de amor está en su punto culminante. Tanto las niñas como los
muchachos en esta etapa sienten cargados de tantos peligros los impulsos
hacia el otro sexo, que intensifican los que se dirigen hacia el mismo sexo.
El amor, la admiración y la lisonja que puedan entrar en estas amistades
constituyen también, como lo he señalado antes, una salvaguardia contra el
odio, y por todos estos motivos los jóvenes se apegan más a tales vínculos.
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En este período del desarrollo las tendencias homosexuales intensificadas,
sean conscientes o inconscientes, desempeñan también un papel importante
en la adulación al maestro del mismo sexo. Las amistades de la
adolescencia son, como sabemos, frecuentemente inestables; una de las
razones es que la fuerza de los sentimientos sexuales (inconscientes y
conscientes) las invaden y perturban. El adolescente aún no se ha
emancipado de las fuertes ligaduras emocionales de la infancia y está
todavía -más de lo que se imagina- dominado por ellas.
Las amistades de la vida adulta
Aunque en la vida adulta las tendencias homosexuales inconscientes
tienen su parte en la amistad con el mismo sexo, ésta se caracteriza, a
diferencia del vínculo homosexual8, por la disociación parcial entre los
sentimientos afectuosos y los sexuales, que pasan a segundo plano, y
aunque activos en cierta medida en el inconsciente, en la práctica
desaparecen. También en la separación entre sentimientos sexuales y
afectivos. Pero como este amplio sector es sólo una parte de mi tema, me
limitaré a hablar de las amistades entre personas del mismo sexo, y aun
entonces sólo haré unas pocas observaciones generales.
Tomemos como ejemplo la amistad entre dos mujeres que no
dependen demasiado una de otra. A favor de las circunstancias, una u otra
puede necesitar protección o ayuda. La capacidad de dar y recibir
afectivamente es esencial en la verdadera amistad. Aquí los elementos de
situaciones tempranas se expresan en forma adulta. Inicialmente,
protección, ayuda y consejo nos fueron proporcionados por nuestras
madres. Si logramos madurez emocional y autosuficiencia, no
dependeremos demasiado del apoyo y consuelo maternal, pero el deseo de
recibirlos en los momentos difíciles y penosos perdura hasta la muerte. En
la relación con una amiga podemos a veces recibir y dar algo del amor y
cuidado de una madre. Una combinación exitosa de actitud maternal y filial
parece constituir una de las condiciones de una personalidad femenina
emocionalmente rica y capaz de amistad. (Una personalidad femenina
completamente desarrollada involucra la capacidad de mantener buenas
relaciones con los hombres en lo que concierne a sentimientos afectuosos y
sexuales. Pero al hablar de la amistad entre mujeres me refiero a las
tendencias y sentimientos homosexuales sublimados). Quizás en las
relaciones con nuestras hermanas hayamos tenido oportunidad de
experimentar y expresar a la vez cuidados maternos y respuestas filiales.
8 El tema de las relaciones de amor homosexual es amplio y muy complejo. Para tratarlo adecuadamente
necesitaría mas espacio del que dispongo; por lo tanto, me limito a mencionar que en estas relaciones
puede caber mucho amor.
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Podremos entonces fácilmente trasladarlos a la amistad adulta. Pero tal vez
no existió una hermana o alguien con quien viviésemos estos sentimientos.
En este caso, si llegamos a desarrollar una amistad con otra mujer, ésta
traerá la realización, modificada por las necesidades adultas, de un fuerte e
importante deseo de la niñez.
Con una amiga compartimos intereses y placeres, pero también
somos capaces de alegrarnos por su felicidad y éxitos, aun cuando
carezcamos de ellos. Los sentimientos de envidia y celos pueden
permanecer soterrados si nuestra capacidad de identificarnos con ella y
compartir así su felicidad es bastante fuerte. El elemento de culpa y
reparación no está ausente nunca en tal identificación. Si hemos manejado
con éxito nuestros odios, celos, insatisfacciones y resentimientos contra
nuestra madre; si hemos logrado ser felices al verla feliz, al sentir que la
hemos agraviado o que podemos reparar el daño hecho en la fantasía,
seremos capaces de una verdadera identificación con otra mujer. Los
sentimientos posesivos y reivindicatorios que originan grandes exigencias
son elementos perturbadores de la amistad. En realidad, todas las
emociones exageradamente intensas pueden socavarla. Cuando esto ocurre,
la investigación psicoanalítica revela que han interferido las tempranas
situaciones de deseos insatisfechos, rencor, voracidad o celos, o sea, que
aun cuando los episodios actuales hayan desencadenado la perturbación, un
conflicto infantil no resuelto desempeña un papel importante en la ruptura
de una amistad. Un clima emocional equilibrado, lo cual no excluye para
nada la fuerza del sentimiento, constituye la base del éxito de una amistad.
No es muy probable que lo logremos si esperamos demasiado de ella, es
decir, si esperamos que el amigo compense nuestras primeras privaciones.
Tales exigencias son, en su mayor parte, inconscientes y, por lo tanto, no
pueden ser manejadas de manera racional. Nos exponen necesariamente al
desengaño, al dolor y al resentimiento. Si las exageradas demandas
inconscientes ocasionan trastornos en la amistad, han acaecido repeticiones
exactas -por muy distintas que sean las circunstancias- de situaciones
tempranas, cuando la voracidad intensa y el odio perturbaron el amor hacia
los padres, causándonos sentimientos de insatisfacción y soledad. Si el
pasado no pesa demasiado sobre el presente seremos más capaces de
hacer una adecuada elección de amigos y de satisfacernos con lo que ellos
nos den.
Mucho de lo que he dicho sobre la amistad entre mujeres se aplica al
desarrollo de las amistades entre hombres, por más que también haya
desemejanzas derivadas de la diferencia entre la psicología masculina y la
femenina. La separación entre los sentimientos afectuosos y los sexuales, la
sublimación de las tendencias homosexuales y la identificación constituyen
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igualmente la base de la amistad entre hombres. Aunque los elementos y las
nuevas gratificaciones que corresponden a la personalidad adulta entran
renovados en la amistad masculina, también los hombres, en parte, buscan
la repetición de sus relaciones con el padre o los hermanos, o tratan de
hallar una nueva afinidad que satisfaga deseos pasados, o mejorar las
relaciones insatisfactorias que antaño mantuvieron con quienes los
rodeaban.
Aspectos más amplios del amor
El proceso por el cual desplazamos el amor de los primeros seres
queridos hacia otros se extiende, desde la primera infancia en adelante, a
todas las cosas. De este modo desarrollamos intereses y actividades en los
que penemos algo del amor que originariamente se dirigía a las personas. En
la mente infantil una parte del cuerpo puede representar otra, y un objeto
puede representar partes del cuerpo o personas. De esta manera simbólica,
cualquier objeto redondeado puede en su inconsciente representar el pecho
de su madre. Por un proceso gradual, todo lo que emana bondad y belleza,
todo lo que causa placer y satisfacción en sentido físico o más amplio,
vendría a tomar en el inconsciente el lugar de este seno generoso y el de la
madre como persona total. Así, al referirnos a la patria la llamamos "la
madre tierra", porque en el inconsciente el país natal puede simbolizar a
nuestra madre, y por lo tanto, ser amado con sentimientos matizados por
nuestro vínculo con ella.
Para ilustrar la forma en que la primitiva relación invade intereses que
parecen serle muy ajenos tomemos el ejemplo de los exploradores que
parten en busca de nuevos descubrimientos, sobrellevando las más penosas
privaciones y encontrando a su paso grandes peligros y quizá la muerte.
Además del estímulo de las circunstancias externas, muchos elementos
psicológicos se hallan detrás del interés y el atractivo de la exploración. No
mencionaré aquí más que uno o dos factores inconscientes específicos. En
su voracidad el niño pequeño desea atacar el cuerpo de su madre, al que
considera como una extensión de su pecho bueno. También tiene fantasías
de robarle el contenido de su cuerpo, entre otras cosas, los hijos, preciosa
posesión, que también ataca por celos. Estas fantasías agresivas de penetrar
en su cuerpo pronto se enlazan con sus deseos genitales de tener un coito
con ella. El trabajo psicoanalítico ha descubierto que las fantasías de
explorar el cuerpo de la madre, que surgen de los deseos sexuales y
agresivos del niño, de su voracidad, curiosidad y amor, contribuyen a
fomentar el interés del adulto en explorar nuevos países.
Al discutir el desarrollo emocional del niño pequeño he señalado que
sus impulsos agresivos dan lugar a fuertes sentimientos de culpa y al temor
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de que la persona querida muera, todo lo cual forma parte del amor, lo
refuerza e intensifica. En el inconsciente del explorador, un nuevo territorio
representa una nueva madre que compensará la pérdida de la madre real.
Busca la "tierra prometida", la "tierra de la que mana leche y miel". Y hemos
visto que el temor a la muerte de la persona más amada lleva al niño a
alejarse de ella en cierta medida; pero al mismo tiempo lo conduce también
a re-crearla y encontrarla nuevamente en cualquier tarea que emprenda. De
ese modo, tanto el impulso de apartarse como el de mantener el vínculo
original encuentran plena expresión. La temprana agresión del niño estimula
la tendencia a restaurar y compensar, a devolver a su madre los bienes
robados en su fantasía, y estos deseos de resarcimiento se unen más tarde a
la vocación de explorador: encontrar una nueva tierra es dar algo al mundo
en general y a algunas personas en particular. Su actividad expresa tanto su
agresión como su deseo de reparar. Sabemos que al descubrir una nueva
tierra la agresión se utiliza en la lucha con los elementos y con toda suerte
de dificultades. Pero a veces se manifiesta más abiertamente. Ocurría en
otras épocas, cuando los exploradores, que además conquistaban y
colonizaban, dieron muestras de despiadada crueldad contra las
poblaciones nativas. Con esta actitud concretaban los tempranos ataques
fantaseados contra los niños imaginarios en el cuerpo de la madre y el odio
real contra los hermanos recién nacidos. El deseo de restauración, sin
embargo, encontró plena expresión al repoblar el país con elementos de su
propia nacionalidad. Podemos ver cómo, a través del interés por la
exploración, varios impulsos y emociones -la agresión (manifiesta o no), los
sentimientos de culpa, el amor y el impulso de reparar- pueden transferirse a
otra esfera, alejada de su objeto original.
La vocación de explorar no tiene que manifestarse necesariamente a
través de la exploración física del mundo, sino que puede extenderse a
otros campos, como cualquier tipo de pesquisa científica. Los primeros
deseos y fantasías de explorar el cuerpo materno forman parte de la
satisfacción que el astrónomo, por ejemplo, deriva de su trabajo. El anhelo
de redescubrir a la madre de los primeros tiempos, real o afectivamente
perdida, es también de gran importancia en el arte creador y en la forma de
apreciarlo y disfrutar de él.
Para ilustrar algunos de los procesos que acabo de exponer
transcribiré la conocida composición de Keats, On First Looking into
Chaprnan's Homer9 (Primera ojeada al Homero de Chapman).Much have I
travell'd in the realms of gold,and many goodly states and kingdoms
seen;round many western islands have I been
9 Por razones de conveniencia transcribo todo el poema, a pesar de que es bien conocido.
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which bards in fealty to Apollo hold.
Oft of one wide expanse had I been told
that deep-brow'd Homer ruled as his demesne:
yet did I never breathe its pure serene
till I heard Chapman speak out loud and bold:
then felt I like some watcher of the skies
when a new planet swims into his ken;
or like stout Cortez, when with eagle eyes
he stared at the Pacific - and all his men
look'd at each other with a wild surmisesilent,
upon a peak in Darien.
Mucho viajé por comarcas de oro, y
he visto países y reinos esplendentes;
muchas islas recorrí del occidente
donde los poetas guardan lealtad a Apolo.
Frecuentemente oí de una vasta extensión
donde ejerce su imperio el soñador Homero,
pero jamás respiré su pura exaltación
hasta escuchar de Chapman el verbo altanero.
Entonces fui como un explorador del cielo inmenso
cuando un nuevo planeta nada en las alturas
o como el fue Cortés, cuyos ojos de halcón
contemplaron el Pacífico, y su tripulación
se miraba con salvaje conjetura
sobre una cima del Darién, en profundo silencio.
Keats habla aquí con el enfoque del que goza ante una obra de arte.
Compara la poesía con "países y reinos esplendentes" y "comarcas de
oro". Al leer a Homero traducido por Chapman se siente al principio como
un astrónomo que observa los cielos cuando "un nuevo planeta nada en las
alturas". Pero luego se vuelve el explorador que descubre "con salvaje
conjetura" nuevas tierras y mares. En este perfecto poema de Keats el
mundo representa el arte, y es evidente que para él el goce y la exploración
científicos y artísticos provienen de la misma fuente: del amor por las
hermosas tierras, las "comarcas de oro". La exploración del inconsciente
(precisamente, un continente desconocido descubierto por Freud)
demuestra que, como lo he señalado antes, las hermosas tierras representan
a la madre amada y el anhelo hacia ésta. Volviendo al poema, se puede
sugerir, sin llegar al análisis detallado, que el "soñador Homero" que
gobierna la tierra de la poesía representa al padre admirado y poderoso,
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cuyo ejemplo sigue el hijo (Keats) cuando penetra, él también, en el país de
su deseo (arte, belleza, el mundo: en esencia, su madre).
Del mismo modo el escultor que da vida a su objeto de arte, ya sea
que éste represente una figura humana o no, inconscientemente está
restaurando y re-creando a las personas a quienes amó primero y a las que
destruyó en su fantasía.
Sentimientos de culpa, amor y creatividad
Los sentimientos de culpa, como traté de señalar, constituyen un
incentivo fundamental para la creación y el trabajo en general, aun en sus
formas más simples. No obstante, si son demasiado intensos tienen el
efecto de inhibir las actividades e intereses productivos. Estas complejas
conexiones se tornaron claras en primer término a través del psicoanálisis
de niños pequeños. En los niños los impulsos creadores que habían
permanecido latentes despiertan y se expresan mediante actividades tales
como el dibujo, el modelado, la construcción y la palabra cuando el
psicoanálisis reduce sus diversos temas. Estos incrementan los impulsos
destructivos y, por consiguiente, al disminuir los impulsos demostrativos
también se debilitan. Simultáneamente con estos procesos, los sentimientos
de culpa y de ansiedad por la muerte de la persona amada, que la mente
infantil no pudo superar por ser demasiado abrumadores, disminuyen
gradualmente, pierden intensidad, haciéndose por lo tanto más fácil su
manejo. Como resultado aumenta el interés del niño por la gente, se estimula
la piedad y la identificación con los demás, y así se acrece su caudal de
amor. El deseo de reparar, tan íntimamente ligado al interés por el ser
amado y a la ansiedad por su muerte, puede ahora expresarse en formas
creadoras y constructivas. También en el psicoanálisis de adultos pueden
observarse estos procesos y cambios.
He sugerido que cualquier fuente de alegría, belleza y enriquecimiento
(externo o interno) representa para el inconsciente el pecho generoso y
amante y el pene creador que en la fantasía posee cualidades similares: en
esencia, los dos padres buenos y dadivosos. La relación con la naturaleza,
que despierta fuertes sentimientos de amor, reverencia, admiración y
devoción, tiene mucho en común con la relación con la madre, como
siempre lo han reconocido los poetas. Los múltiples dones naturales son
equiparados a los que hemos recibido de nuestra madre en los primeros
tiempos de la vida. Pero no siempre nos han satisfecho. Muchas veces nos
pareció mezquina y frustradora, aspectos que también se reviven en la
relación con la naturaleza, que a menudo no está dispuesta a dar.
La satisfacción de las necesidades de autoconservación y la
gratificación del deseo de amor permanecen eternamente ligados entre sí, ya
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que al principio ambas provenían de una misma fuente. La primera
seguridad nos fue proporcionada por nuestra madre, que no sólo nos calmó
los tormentos del hambre, sino que también nos satisfizo emocionalmente y
alivió nuestra ansiedad. Por lo tanto, la seguridad derivada de la satisfacción
de nuestras necesidades básicas se vincula a la seguridad afectiva, y la
importancia de ambas se agranda, pues contrarrestan los primeros temores
de perder a la madre amada. Tener asegurada la subsistencia en la fantasía
inconsciente significa también no estar privado de amor y no haber perdido
a la madre. El hombre que se queda sin trabajo y lucha por encontrar
empleo tiene en mente, por sobre todo sus necesidades materiales. No trato
de subestimar los sufrimientos y penurias reales, directos e indirectos, que
la pobreza provoca, pero la situación auténticamente dolorosa se hace más
acerba por el infortunio y la desesperación que resurgen de tempranas
experiencias emocionales, cuando lo acosaba el hambre porque la madre no
satisfacía sus necesidades, y temía perderla y verse privado de amor y
protección10. La falta de trabajo le impide también expresar sus tendencias
constructivas que constituyen un método fundamental de manejar temores
inconscientes y sentimientos de culpa, o sea, de hacer reparación. La dureza
de las circunstancias -aunque pueda ser en parte consecuencia de un
sistema social insatisfactorio que justificaría que el miserable achacara a
otros la culpa de su situación- tiene algo en común con la inexorabilidad
que los niños, bajo la presión de la ansiedad, atribuyen a los padres
temidos. En cambio, la ayuda material o moral proporcionada a los pobres
o a los desocupados, además de su valor real, inconscientemente les prueba
la existencia de padres cariñosos.
Volvamos a la relación con la naturaleza. En algunas regiones del
mundo la naturaleza es cruel y destructiva. Sin embargo, los habitantes no
renuncian a su suelo, sino que desafían los elementos, sequías,
inundaciones, heladas, calor, terremotos, plagas. Es cierto que las
circunstancias externas desempeñan un papel importante, pues esta gente
tenaz tal vez no pueda marcharse del lugar donde ha nacido. Sin embargo,
no me parece que esto baste para explicar por qué se soportan tales
penurias para conservar la tierra natal. Para los que viven en condiciones
naturales tan arduas la lucha por la subsistencia sirve también para otros
10 He descubierto frecuentemente, en el psicoanálisis de niños -en grados variables-, temores de que los
echen de su casa como castigo por la agresión inconsciente (deseos de echar a otros) y por daños reales
que hayan cometido. Esta ansiedad se implanta muy temprano y puede ejercer una intensa presión sobre la
mente del niño. Un caso especial es el temor a ser un pobre huérfano o un pordiosero y no tener casa ni
comida. Estos temores al desamparo eran en los niños que he observado, completamente independientes
de la situación financiera de los padres. Posteriormente en la vida, los temores de esta naturaleza tienen el
efecto de aumentar las dificultades reales que surgen de situaciones como pérdida de dinero, de una casa
o del trabajo, añadiendo un elemento de desesperación amarga y profunda.
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propósitos (inconscientes). La naturaleza representa para ellos una madre
exigente y regañona cuyos dones deben serle extraídos a la fuerza, lo cual
reedita las primeras fantasías violentas (aunque en forma sublimada y
socialmente adaptada). Habiendo sentido culpa inconsciente por la agresión
contra su madre, el hombre comprendía que ella fuera ruda con él; lo
comprende aún ahora inconscientemente, en relación con la naturaleza. Este
sentimiento de culpa actúa como incentivo para la reparación. La lucha
contra la naturaleza se siente en parte como una lucha "para preservar la
naturaleza", porque expresa también el deseo de reparar a la madre. De este
modo, los que luchan contra los rigores naturales no sólo lo hacen en su
propio beneficio sino que también sirven a la naturaleza. Al mantener su
conexión con ella mantienen viva la imagen de la madre de antaño. En la
fantasía, la protegen y se protegen permaneciendo unidos a ella. En la
realidad, mediante el apego a su país. En cambio, el explorador busca en la
fantasía una nueva madre para reemplazar a la real, de la que se siente
apartado o que inconscientemente teme perder.
Relaciones consigo mismo y con los demás
He tratado en estos capítulos algunos aspectos del amor y de las
relaciones con los demás. No puedo, con todo, concluir sin intentar echar
alguna luz sobre la más complicada de todas las relaciones: la que
mantenemos con nosotros mismos. Pero, ¿qué somos nosotros? Todo lo
bueno y lo malo que hemos pasado desde los primeros días; todo lo que
hemos recibido del mundo externo, y sentido en el mundo interno;
experiencias felices y desdichadas, vínculos con la gente. actividades,
intereses y pensamientos de todo tipo, es decir, todo lo que hemos vivido
forma parte de nosotros y construye nuestra personalidad. Si algunas de
nuestras relaciones pasadas, con todos los recuerdos que traen, con la
riqueza de sentimientos que suscitan, pudieran ser súbitamente barridas de
nuestra mente ¡qué pobres y vacíos nos sentiríamos! ¡Cuánto se perdería
del amor, confianza, placer, consuelo y gratitud que hemos brindado y
recibido! Muchos no quisiéramos siquiera haber evitado las experiencias
dolorosas, porque han contribuido al enriquecimiento de nuestra
personalidad. Me he referido ya varias veces en este artículo a la influencia
de nuestras primeras relaciones sobre las siguientes. Quisiera ahora
demostrar la fundamental gravitación de las tempranas situaciones
emocionales sobre nuestras relaciones con "nosotros mismos". Nuestra
mente guarda como reliquias a los seres que amamos. En momentos
difíciles sentimos a veces que ellos nos guían. De pronto senos ocurre
preguntarnos cómo habrían actuado "ellos" y si aprobarían o no nuestros
actos. Por lo que he dicho podemos concluir que las personas a quienes así
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consideramos representan en esencia a los padres admirados y amados.
Hemos visto, no obstante, que de ningún modo es fácil para el niño
establecer con ellos relaciones armoniosas y que los primeros lazos de
amor se ven seriamente inhibidos y perturbados por el odio y el
concomitante sentimiento inconsciente de culpa. Es cierto que los padres
pueden haber carecido de amor y comprensión, lo cual tendería a aumentar
todas las dificultades. Los impulsos y fantasías destructivos, los temores y
la desconfianza, que en cierta medida se hallan siempre activos, aun en las
circunstancias más propicias, se incrementan innecesariamente si las
condiciones son desfavorables y las experiencias desagradables. Además,
lo que es también muy importante, es que si al niño no se le da bastante
felicidad en la primera etapa de su vida, quedará perturbada su capacidad
para desarrollar una actitud optimista, amor y confianza en los demás. No
debe, sin embargo, deducirse que la capacidad de amar y ser feliz responde
en proporción directa a la cantidad de amor que se haya recibido. En
realidad, hay niños que configuran en su inconsciente imágenes paternas
extremadamente duras y severas (lo que perturba su relación con los padres
reales y con la gente en general) aunque hayan tenido padres buenos y
cariñosos. Por otra parte, las dificultades mentales del niño no están
frecuentemente en proporción con el trato desfavorable que puedan haber
sufrido. Si por razones internas, que desde el principio varían en cada
individuo, existe escasa capacidad para tolerar la frustración, y si la
agresión, temores y sentimientos de culpa son muy intensos, la mente
infantil puede exagerar y deformar grotescamente los defectos de los padres
y en especial la intención que determina sus errores. De este modo, los
padres y otras personas de su ambiente serán juzgados predominantemente
duros y severos. Nuestro propio odio, temor y desconfianza tienden a crear
en el inconsciente figuras paternas terribles y exigentes. Estos procesos se
encuentran, en diverso grado, activos en todos, ya que todos tenemos que
luchar, con mayor o menor intensidad y en un sentido o en otro, con
sentimientos de odio y temor. Vemos así que las "cantidades" de impulsos
agresivos, temores y sentimientos de culpa (que parcialmente surgen de
razones internas) guardan una relación importante con la actitud mental
predominante que asumimos.
En contraste con niños que, en respuesta a un trato desfavorable,
desarrollan en su inconsciente figuras paternas duras y severas, que afectan
desastrosamente su perspectiva mental, en muchos otros los errores o la
falta de comprensión de los padres producen consecuencias menos
adversas. Los niños que, por razones internas, son desde el comienzo
mucho más capaces de soportar las frustraciones (ya sean evitables o
inevitables), es decir, que puedan hacerlo sin exceso de odio y sospechas,
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serán más tolerantes con los errores que los padres cometan al tratarlos.
Podrán confiar más en sus propios sentimientos amistosos y, por lo tanto,
al tener más autoseguridad serán menos susceptibles a lo que provenga del
mundo externo. Ninguna mente infantil se encuentra libre de temores y
sospechas, pero si la relación con los padres está basada sobre todo en la
confianza y el amor, éstos podrán ser establecidos firmemente en la mente
como figuras mentoras y benéficas, las que serán fuente de bienestar y
armonía y prototipo de todas las relaciones amistosas de la vida futura.
He tratado de aclarar algo sobre las relaciones adultas señalando que,
con ciertas personas, nos conducimos como nuestros padres lo hacían con
nosotros, o bien como hubiésemos deseado que se comportasen,
invirtiendo de esta manera las primeras situaciones. Asimismo, en algunos
casos, nuestra actitud es la del niño afectuoso con sus padres. Esta relación
recíproca niño-padre, que manifestamos frente a los demás, también es
experimentada internamente ante las figuras benéficas y mentoras que
conservamos en la mente. Inconscientemente, consideramos a los seres que
forman parte de nuestro mundo interno como padres afectuosos y
protectores y les retribuimos su amor; nos sentimos hacia ellos como
padres. Estas relaciones fantaseadas, basadas en experiencias y recuerdos
reales, integran nuestra continua y activa vida afectiva e imaginativa y
contribuyen a darnos felicidad y fuerza mental. En cambio, si las figuras
paternas que conservamos en los sentimientos y en el inconsciente son
predominantemente duras, no lograremos estar en paz con nosotros
mismos. Es harto sabido que una conciencia demasiado severa ocasiona
desdicha y preocupación. Es menos sabido, pero comprobado por los
descubrimientos psicoanalíticos, que la presión de las fantasías de lucha
interna y los temores con ellas conectados, se hallan en el fondo de lo que
reconocemos como conciencia vindicativa. Incidentalmente, estas tensiones
y temores pueden expresarse en profundas perturbaciones mentales y
conducir al suicidio.
He utilizado la extraña frase "relación con nosotros mismos".
Quisiera ahora agregar que ésta es la relación de todo lo que apreciamos y
amamos, con todo lo que odiamos en nosotros. He tratado de aclarar que la
parte nuestra que apreciamos es la riqueza que hemos acumulado a través
del contacto con otros seres, pues estos vínculos y las emociones que los
acompañan han llegado a constituir una posesión interna. Odiarnos en
nosotros las figuras duras y severas que también forman parte de nuestro
mundo interno y que son en gran medida el resultado de nuestra propia
agresión hacia nuestros padres. Sin embargo, en el fondo, lo que más
violentamente odiarnos es el odio interno en si. Lo tememos tanto que nos
vemos llevados a emplear una de nuestras más fuertes medidas de defensa,
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que consiste en ubicarlo en otros, o sea, proyectarlo. Pero también
desplazamos amor hacia el mundo externo, y sólo podemos hacerlo
genuinamente si hemos establecido buenas relaciones con figuras amistosas
en nuestra mente, creando así un circulo benigno: en primer lugar brindamos
amor y confianza a nuestros padres; luego los incorporamos a nosotros,
por así decirlo, con todo ese caudal, y podemos de nuevo dar al mundo
externo parte de esta riqueza de sentimientos positivos. El odio configura un
círculo análogo pues, como hemos visto, erige figuras aterradoras en
nuestra mente y entonces dotamos a los demás de cualidades desagradables
y malas. Incidentalmente, esa actitud mental produce el efecto real de
suscitar sospechas y desagrado en los demás, mientras que una actitud
confiada y amistosa de nuestra parte tiende a provocar la confianza y la
benevolencia ajenas.
Observamos que algunas personas, especialmente a medida que
envejecen, se vuelven cada vez más desagradables. Otras en cambio, se
suavizan y se hacen más comprensivas y tolerantes. Es bien sabido que
tales variaciones no corresponden simplemente a las experiencias adversas
o favorables que hayan tenido en la vida, sino que se deben a las diferencias
de actitud y de carácter. De lo expuesto, podemos llegar a la conclusión de
que la amargura, ya sea hacia la gente o hacia el destino -y por lo general
abarca a ambos- se establece fundamentalmente en la niñez y puede
reforzarse o intensificarse más tarde.
Si el amor no ha sido ahogado por el resentimiento, los pesares y el
odio, sino que se ha consolidado internamente, la confianza en los demás y
en nuestra propia bondad soporta como una roca los embates de la vida.
Cuando surge el infortunio, la persona que se ha desarrollado de ese modo
es capaz de preservar en sí a aquellos padres buenos cuyo amor constituye
una ayuda infalible en la desdicha y volver a encontrar en el mundo
personas que en su mente los reemplacen. La capacidad de invertir
situaciones en la fantasía e identificarse con los demás -importante
característica de la mente humana- permite al individuo otorgar a otros la
ayuda y el amor que él mismo necesita, obteniendo de ese modo bienestar y
satisfacción para sí.
Comencé por describir la situación emocional del lactante en su
relación con la madre, fuente primera y fundamental de la bondad que
recibe del mundo externo. Afirmé también que es un proceso
extremadamente doloroso para el niño el privarse de la suprema satisfacción
de ser alimentado por ella. Con todo, si su voracidad y su resentimiento
ante la frustración no son excesivos, puede éste desprenderse gradualmente
de la madre y al mismo tiempo obtener satisfacción de otras fuentes. En su
inconsciente los nuevos objetos de placer se eslabonan con las primeras
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gratificaciones recibidas de la madre. Puede por consecuencia, aceptar
otros goces como sustitutos de los originales. Podría decirse que retiene la
bondad primaria a la vez que la reemplaza, y cuanto más exitoso es ese
proceso, menos apoyo tendrán en su mente la voracidad y el odio. Pero,
como lo he señalado frecuentemente, los sentimientos inconscientes de
culpa que derivan de la destrucción fantaseada del ser amado, desempeñan
aquí un papel importante. Hemos visto que los sentimientos de culpa y
pesar, provenientes de la fantasía agresiva y voraz de destruir a la madre,
activan el impulso de curar estos daños imaginarios y repararla. Estas
emociones actúan grandemente sobre el deseo y la capacidad infantiles de
aceptar sustitutos maternos. Los sentimientos de culpa provocan el temor a
depender de esta persona querida, cuya pérdida se recela, pues no bien
surge la agresión el niño siente que está causándole daño. Este temor es un
incentivo para desligarse, para volcarse en otras personas y cosas y
agrandar así su círculo de intereses. Normalmente el impulso de reparar
logra mantener a raya la desesperación suscitada por los sentimientos de
culpa. En este caso, prevalecerá la esperanza; el amor y el deseo de
reparación del niño serán inconscientemente extendidos a los nuevos
objetos de amor e interés. Estos, como ya sabemos, se asocian en su mente
con la primera persona amada, a quien vuelve a descubrir o crear a través
de sus nuevas relaciones e intereses constructivos. En esta forma, la
reparación -que es en parte inherente a la capacidad de amar- ensancha su
ámbito, consolidando la posibilidad infantil de aceptar amor y de hacer
suya, por varios medios, la bondad proveniente del mundo externo. Un
equilibrio satisfactorio entre "dar" y "recibir" es condición primordial para
la felicidad futura.
Si en nuestro temprano desarrollo hemos podido transferir interés y
amor de nuestra madre a otras personas y hemos obtenido nuevas
gratificaciones, entonces y sólo entonces, podremos en el futuro obtener
placer de otras fuentes. Esto nos permite compensar, mediante un nuevo
vínculo afectivo, los fracasos o desengaños que sufrimos, bien como
aceptar sustitutos para lo que no hemos logrado conseguir o conservar. Si
la voracidad frustrada, el resentimiento y el odio no perturban la relación
con el mundo externo, hay infinidad de modos de extraer de él belleza,
bondad y amor. Al hacerlo, acrecentamos continuamente nuestro acervo de
recuerdos felices y este acopio de valores nos da una seguridad difícil de
vulnerar y un bienestar íntimo que aleja la amargura. Además del placer que
proporcionan, estas satisfacciones tienen el efecto de mitigar las
frustraciones (o mejor, el sentimiento de frustración) pasadas y presentes,
incluso las primeras y fundamentales. Cuanto más satisfacción auténtica
logremos, menor será nuestro resentimiento ante las privaciones y menos
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nos dominarán la voracidad y el odio. Seremos entonces realmente capaces
de aceptar de otros amor y bondad, de brindárselos y, en retribución, de
recibir más aun. En otras palabras, la capacidad esencial de "dar y recibir"
se desarrolla de tal manera que nos asegura satisfacciones y contribuye al
placer, al bienestar o a la felicidad de otras personas.
Y para terminar, una buena relación consigo mismo condiciona el
amor, la tolerancia y la buena disposición hacia los demás. En parte esta
buena relación deriva, como intenté demostrar, de una actitud amistosa,
comprensiva y afectuosa hacia los demás, o sea hacia aquellos que tanto
significaron para nosotros en el pasado y cuyo vínculo con nosotros integra
nuestra mente y personalidad. Si en lo más hondo del inconsciente
logramos superar los rencores contra nuestros padres y perdonarles las
frustraciones que debimos sufrir, podremos entonces vivir en paz con
nosotros mismos y amar a otros en el verdadero sentido de la palabra.

Melanie Klein

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